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Full text of "Literatura española"

LÍT£RATl)RA ESPAÑOLA 



POR El. DOCrOK. 



DON SANTOS SANTAMARÍA DEL POZO, 



Catedrático de la Unixeisidad de \''alladolid. 



OBRA DE TEXTO 



aprobada por el Consejo de Instrucción pública. 



a\-^ 



VALLADOLIO. 

ÍMPRKNTA, LTÜRF.RÍA "' VCIOXAL V FV.RAVTEUA PE J.ÓS HUOS DE Kon^íinUEi: 
í.'bieroi de la Uiihcrsidi-ní v ■/' Insll'ulo. 



1888. 




LITERATURA ESPAÑOLA. 






LITEHATCRA ESPAÑOLA 



POR EU DOCTOF 



DON SANTOS SANTAMARÍA DFX POZO, 

CATEDRÁTICO NUMERARIO DE ESTA ASIGNATURA 
Y 

AGADÉMÍCO CORRESPONDIENTE 

DE UA DE 

BEttAS ARTES BE SAW FEflNANBO. 



519G67 

2o . 3. S{ 



VALLADOLID. 

ín'Prenla, Lihrería Nacional y Extranjera do los Hijos de Rodríguez 
Libreros de la Universidad y del Instituto. 

^ 885. 



ADVERTENCIA. 



Si ei) lütlas las ciencias es indispensable seguir paso 
á paso los cambios y trasformaciones que sucesivamente 
esperimentan y de aqui la necesidad de nuevas y repe- 
tidas publicaciones jurídicas, filosóficas y artísticas de 
varias clases, que vemos aparecer en la república de las 
letras, no lo es menos cuando se trata de la ciencia li- 
teraria, que incesantemente observamos enriquecida con 
preciosos descubrimientos, debidos á la constancia y la- 
boriosidad de infatigables y sabios escritores. Ayer en 
poco era tenido el primer poema épico de nuestra lite- 
ratura y mirado hasta cierto punto con desden, por con- 
siderarle nada menos que como una crónica rimada; (1) 
hoy es una peregrina joya de grandísimo é inestimable 
valer, que acredita las costumbres nacionales en tiempos 
lejanos y reÜeja vivamente el heroísmo grande de nues- 



(l) Gil y Zarate, Matmal de literatura., pág. 7, edición de 1874. 



o ADYERTENCIA. 

tro pueblo: (1) no hace mucho que las crónicas de los 
reyes de Castilla del siglo XIII eran consideradas por 
muchos escritores como producciones toscas, indigestas 
é insignificantes de que solamente algún erudito se ocu- 
paba; ahora ya reconoce la Academia de la Historia sin 
dificultad que son documentos los mas seguros que te- 
nemos para adquirir noticias de aquel tiempo: ('2) en toda 
la edad media el romance castellano fué producción que 
los poetas eruditos desdeñaban; después del renacimiento 
de las letras vino á constituir el mas rico florón de la 
literatura española: a principios del siglo actual, el dis- 
tinguido critico y maestro de algunos sabios, Don Alberto 
Lista y Aragón, desconocía el Conde Lucanor, de Don 
Juan Manuel, «obra que por lo rara no h'abia llegado 
aún á sus manos», asegurando por testimonio ajeno que 
Alarcon tomó de ella el argumento de su drama Prueba 
de las promesas; (3> posteriormente la dificultad de exa- 
minarla ha desaparecido, con las recientes publicacio- 
nes (jue se han hecho de la misma. Acreciéntanse cada 
dia los descubrimientos de autores de composiciones, 
reconocidas largo tiempo como anónimas^ y los juicios 
críticos, especialmente en el género dramático, se suce- 
den, no ya tratándose de la iitei atura contemporánea, 
que esto es usual y corriente á raiz de la representación 



(i) Aiiiadur de los Riüs, Histoyia ciíiica, tomo III, cap. III y IV. 

(2) Id., id., tumo IV, cap. XX, pág. 378. 

(3) Id., id., lomo I, pág- LXX, en erudita c interesante neta. 



ADVERUENCIA.. 7 

de las obras, sinú también de las publicaciones de otro 
tiempo, relegadas á la lectura privada por las condicio- 
nes especiales de! teatro, que vive principalmente de 
actualidad. 

Bastarían estas consideraciones sobre el progresivo 
desarrollo y perfeccionamiento de la literatura patria 
para servir de motivo á la modesta publicación que te- 
nemos el atrevimiento de ofrecer, si á esto no se agre- 
gasen razones importantes relacionadas con la enseñanza. 

Hemos procurado ante todo citar obras y estudiar 
composiciones, que se hallan coleccionadas en las Biblio- 
tecas de Autores españoles, como la de Rivadeneyra, 
para que de ese modo no se vean frustradas las espe- 
ranzas de los jóvenes añcionados, que las quieran con- 
sultar. De qué servirla al profesor hablar mucho y es- 
tenderse en consideraciones crítico-literarias sobre la 
Crónica general del rey sabio, sobre sus Cantigas, y 
tantos otros códices que no han podido publicarse, aún 
cuando sean de mérito indiscutible, si jamás llegan á 
mano de los estudiantes, que frecuentan nuestras univer- 
sidades? En buen hora que sepan la existencia de estos 
preciosos documentos y algo de su mérito literario; pero 
mayor satisfacción encontrarán seguramente cuando, des- 
pués de hablarles de una obra cualesquiera (^ue esta sea, 
se les presenta aquella en confirmación de la doctrina 
que se acabado exponer, ó tienen facilidad de conocerla. 

Empezamos nuestra tarea en el siglo Xil y principios 



8 ADVERTENCIA. 

del siguiente, cuando hay ya monumentos escritos en 
lengua castellana, porque siendo este el medio de espre- 
sion de la literatura nacional, á ella principalmente y á 
las obras producidas en aquel idioma debemos atenernos. 
Los trabajos realizados en literaturas estrangeras sir- 
ven de fuente inagotable muchas veces para conocer el 
espíritu y las tendencias de las obras españolas, descu- 
briendo también frecuentemente los grados de origina- 
lidad que en ellas se revelan. 



LITERATURA ESPAÑOLA. 



3F»3C=í.3E:x_.i3viir<r.í?k.i=i.aH:^. 



CAl»ITH.O PRIMERO. 

Literatura española. —Épocas. 

Dos acepciones importantes dijimos en la exposición 
teórica de los géneros literarios, recientemente publi- 
cada, (i) que se conocen de la palabra literatura, según 
que se la considera como arte, ó como ciencia de las 
composiciones literarias. Haciendo aplicación de esta doc- 
trina á la literatura particular española, habrá de encon- 
trar necesariamente su confirmación, y veremos que en 
el sentido de arte no es otra cosa que el poder y habi- 
lidad que tiene el hombre de producir las obras del es- 
píritu, especialmente las obras de la poesía y elocuen- 
cia, en lengua castellana ó española, y en el concepto de 
ciencia un conocimiento metódico y ordenado de las 
mismas, con el juicio crítico y la apreciación de su mé- 
rito literario. 

Vienen pues á formar el objeto de esta asignatura ó 
contenido de la misma, como ciencia histórica, en pri- 
mer término las obras literarias de todas clases, poéticas, 
oratorias y didácticas, producidas en lerigua castellana, 
escluyeudo las purauiente cieiiLíficas, (jue en cierto modo 
no pertenecen al dominio de la literatura. En segundo 
luLfar deben liifurar los autores, cuvo conocimiento inte- 
resa mucho, por el carácter mismo que les es propio, por 



(i) Literatura ¡;cncraly ó teoría de los géneros lilerarios. — Edic. de 1883, 
página I, 



10 PRELIMINARES. 

SUS ideas sociales, políticas y religiosas, y por el grado 
de ilustración que les distingue, todo lo cual ha de refle- 
jarse necesariamente en sus composiciones. No es indi- 
ferente además, el tiempo, lugar y circunstancias, en 
que las obras españolas liayan siilo escritas, y así echa- 
mos de ver la diferencia que hay entre muchas de las 
poesías líricas producidas en la decadencia de las letras, 
á unes del siglo XVII, y las que aparecieron en los bue- 
nos tiempos del lirismo con Garcili'so y fray Luis de 
León; entre las debidas á los escritores hijos del mediodía 
y á. los del norte de lílspaña, lo cual dio margen á la di- 
versidad de escuelas; entre las que vieron la luz en cir- 
cunstancias azarosas y tiempos turbulentos de la edad 
media, y las que nacieron al calor de una paz bonancible 
en el seno de la patria. Nada de todo esto puede ser 
indiferente para el historiador y crítico, que atentamente 
se propone conocer las obras de la literatura nacional. 

Tres son los fines que debe aspirar á conseguir el que 
al estudio de la literatura española se dedica: en las obras 
poéticas recrearse y gozar pura y desinteresadamente por 
el sentimiento y la contemplación de la-belleza; en las 
oratorias hallar el convencimiento necesario para fines 
útiles, de inmediata aplicación á la vida, por el cono- 
cimiento de la verdad; y en las didácticas ó científicas 
instruirse principalmente. La diversidad de fines, que en 
las obras se propusieron sus autores, hace variar por 
completo ul fondo y forma de las composiciones literarias 
y dá margen á los géneros ó agrupaciones diferentes de 
las mismas. 

Entendemos por crítica literaiia la apreciación del 
mérito de las obras de una literatura, española, íVancesa 
ó alemana, examinando las bellezas y defectos que con~ 
tienen, asi en el fondo y materia de que se ocupan, 



PRELIMINARES. 11 

como en la forma ó plan, estilo y lenguaje que les cor- 
responde. 

Para el mejor orden y claridad en el estudio de la 
literatura española conviene desde luego dividirla en 
épocas, á la manera que acostumbra á hacerse cuando 
de la historia general de una nación se trata^ que no de 
distinto modo se ha de proceder en la exposición metó- 
dica y ordenada de las obras literarias, producidas en el 
tiempo y en el espacio, donde también se realizan los 
hechos históricos Teniendo presentes los orígenes, en- 
grandecimiento y decadencia de la literatura patria, re- 
sulta necesariamente dividida en tres épocas. Empezamos 
á tener obras literarias, escritas en lengua castellana ya 
formada, en el siglo XIII, y éste y los dos siguientes XIV 
y XV, forman la primera época. Los siglos XVI y XVIÍ 
pertenecen á la segunda, que en su mayor parte com- 
prende la casa de Austria. El siglo XVIII, en que domina 
la casa de Borbon, y parte del anterior, constituyen la 
tercera. Son tres por consiguiente las é[)Ocas de la lite- 
ratura española: una que abarca los tiempos de la edad 
media, desde Fernando III el Santo hasta Garlos I; otra 
que se estiende á la casa de Austria, desde Carlos I hasta 
Carlos II; y la tercera, que abraza la casa de Borbon, 
desde Felipe V hasta fines del reinado de Carlos IV en 
1808, ó principios del siglo actual. No es posible dejar 
de entrar en consideraciones crítico-literarias acerca de 
las obras prodlicidas en el presente siglo, especialmente 
en su primera mitad, y esto forma el objeto de la lite- 
ratura española contemporánea. (1) 



(i) El anglu-ainericaiio Tickiiur divide la üleraUíra. cspanula en dus épücas, 
cunespundientes á las dos edades, media y moderna, de la Historia universal. 
Se estiende la primera desde los orígenes de la literatura hasta Carlos V, y la 
segunda desde Carlos V hasta nuestros dias. 



12 PRELIMINARES. 

Caracterizada se lialla la primera de estas tres épo- 
cas por ser un tiempo en que la literatura se forma, y 
los géneros empiezan paulatina y sucesivamente á pre- 
sentarse, de modo qne pudiéramos llamarla época de 
formación. Se distingue la segunda por el desarrollo y 
perfeccionamiento grandes de los géneros, que habian 
aparecido y se formaron en la época anterior, mere- 
ciendo el dictado de época de gloria literaria. En la ter- 
cera decae lastimosamente la literatura, á íines del 
siglo XVII y principios del XVIII sobre todo, sin que lo- 
gre rehabilitarse completamente y llegar al estado de 
progreso y elevación que anteriormente habia tenido, por 
lo cual se la considera como una época de decadencia. 
Sin embargo, el reinado de Garlos III no puede confun- 
dirse con los demás, que figuraron en el siglo XVIII. 
Viene después la literatura contemporánea y en ella pa- 
rece como que las letras patrias cobran nueva vida, y 
multitud de ingenios en competencia se dedican á cul- 
tivarlas. 

No al mismo tiempo aparecen los variados géneros 
de la literatura nacional, sino sucesivamente y por grados 
En el siglo XIII existe ya el épico, que es el primero á 
presentarse con el Poema del Cid. En el mismo siglo 



Con mas detenimiento y maduro examen establece el Sr. Amador de los 
Ríos dos ciclos, uno de la manifestación hiipano-latina, y otro de la manifes- 
tación nacional Subdivide luego cada uno de los ciclos en épocas, y señala 
tres al primero: época romana, visigoda y árabe; y dos al segundo: edad media 
y moderna. Divide la edad media en cuatro periodos: hasta Alonso X, Enri- 
que II, Juan II, Carlos I; y la edad moderna en dos: casa de Austria; casa de 
Borbon Esta división fué adoptada, con ligeras variantes, por algunos escrito- 
res, como Revilla y Alcántara García 

La misma división que nosotros, de la literatura espaiiola en tres épocas, 
hace el moderno escritor Mr. Baret, con el cual no conformamos en varios pun 
tos de doctrina, donde escribe con bastante parcialidad sobre cosas de España. 



PRELIMINARES. i3 

hay manifestaciones del lírico en las Cantigas del rey sa- 
bio, y del didáctico histórico y jurídico en la Crónica 
general y Las Partidas. El género dramático, desconc- 
cido aún, tardará mucho tiempo en aparecer, porque es 
bastante mas complejo y de mayores exigencias que los 
anteriores. Toscas é informes las representaciones de que 
hay noticia, no merecen el nombre de verdaderas pro- 
ducciones teatrales. 

Con el Arcipreste de Hita se desarrolla el género lí- 
rico en el siglo XIV, y nace el didáctico en las sátiras 
y fábulas de éste y otros escritores. 

En el siglo XV progresa mas y mas el lirismo con la 
iníluencia de la literatura provenzal, y adquiere vida la 
novela en los libros de caballerías. El género didáctico 
alcanza mayores proporciones, y empieza á tener razón 
de ser el dramático. No faltan vestigios de la musa épica 
en éste y en los siglos que preceden. 

Trascurrida la primera época de la literatura españo- 
la, en tiempos más gloriosos de las letras patrias los Ho- 
jedas y ErcUlas hacen esfuerzos, que merecen no olvidar- 
se, en la poesía épica; adquiere un grado extraordinario 
de esplendor con los Garcilasos, Herreras y Leones la 
poesía lírica: y tenemos en la dramática y en la novela 
una importancia tal, que nos envidian las naciones es- 
trangeras. Cultívase con decidido empeño la historia, y 
llegamos á conseguir en Mariana el primero de los Ids- 
toriadores descriptivos de los tiempos modernos. 

Cuando tanta ventura y tanta gloria literaria hemos 
alcanzado, es imposible sostenernos, y siguiendo el curso 
ordinario de los acontecimientos humanos, venimos al 
fin de la casa de Austria y principios de la de Borbon á 
un decaimiento y postración tales, que no parece sino 
que las musas españolas han enmudecido; y solamente 



i4 PRELIMINARES. 

después, en la segunda mitad del siglo XVIII, vemos 
reaparecer la lírica y la dramática, merced <á los esfuer- 
zos de hombres tan notables como los Luzanes, Morati- 
nes y Melendez. La musa épica continúa profundamente 
silenciosa. 

Tal es la manifestación y el desenvolvimiento progre- 
sivo de la literatura nacional hasta fines del pasado siglo y 
principios del presente, como tendremos ocasión de obser- 
var en el curso de nuestros estudios y al bacer el examen 
particular de cada uno de los escritores y de sus obras. 

No es suficiente la división que hacemos de la litera- 
tura española en épocas, para que haya la claridad nece- 
saris en el conocimiento de esta parte de la asignatura, 
y se comprenda bien el método que en ella conviene se- 
guir. ¡Manifiéstanse á veces los escritores apasionados del 
orden de materias en la exposición de las obras, y dan 
otras visiblemente la preferencia al orden cronológico ó 
de autores. Cualquiera de estos dos métodos, sise estre- 
ma, ofrece gravísimos inconvenientes. Siguiendo el orden 
de géneros ó materias, se procura agrupar los trabajos 
de varios escritores, de tal modo ({ue estén reunidas las 
obras que pertenecen á un género dado, cuidando poco 
de respetar el orden de los tiempos en que hayan sido 
producidas, de donde resultan anacronismos, por el afán 
de colocar en un mismo cuadro coniposiciones de escri- 
tores distantes entre si, y esto no permite apreciar debi- 
damente las circunstancias de todas clases que les rodea- 
ban, ni las ideas dominantes de la nación, cuando escri- 
bieron. Sucede además que siendo extraordinaria la 
fecundidad de muchos que, como Lope de Vega, culti- 
varon todos ó casi todos los géneros conocidos, hay ne- 
cesidad de frecuentes y enojosas repeticiones, al mismo 
tiempo que se desvirtúa la unidad de conjunto. Es un 



PRELIMINARES. ' Í5 

método analítico. Por otra parte el orden de autores ó 
cronológico, que tanto favorece á esa unidad, présenla 
los inconvenientes de pasar de un género a otro y acaso 
de recorrerles todos, cuando se trata de uno solo y mismo 
escritor, y esto supone gran movilidad de criterio, ha- 
biendo de fijar la atención en multitud de composiciones 
de varias clases, cuyo organismo analiza y estudia la li- 
teratura general. Es un método sintético. Por la dificul- 
tad de acertar en este punto, se observa que algunos 
escritores, queriendo ser fieles al método preferido, el 
de autores por ejemplo, si algunas veces le siguen al 
principio, incurren luego en contradicion adoptando el 
de materias. (1) Pi.esulta pues, que en la imposibilidad de 
seguir uno ú otro exclusivamente, conviene optar por un 
término medio, empleando el método misto, de géneros 
y de autores, según aconsejen las circunstancias. (2) 

Lengua española.— Orígenes. 

No es fácil estudiar la literatura de un pueblo, como 
corresponde, sin ideas anteriores de la lengua, en que 
dicha Uteratura se halla formulada; y el conocimiento del 
origen y progresos del idioma lleva consigo el de las na- 
ciones que sucesivamente contribuyeron á formarle. 



(i) Casi todos los autores de obras de literatura española se inclinan al 
tnétodo de materias, y si alguno, como Fernandez Espino, pretende combatirltí 
y adoptar el de autores, incurre en contradicción al hablar del género dramático. 

(2) Atín hay un cuarto método, que es el de diccionario ó alfabético, usado 
por Ticknor al fin de su Historia de l£^ literatura española, en la Biblioteca de 
Rivadeneyrü^ y en multitud de obras científicas y literarias. Sirve como método 
de consulta y auxiliar de los anteriores, para encontrar fácilmente por el nom- 
bre del autor, título de la obra ó primeras palabras de un verso, la materia que 
se quiere conocer. 



10 • PRELIMINARES. 

En distintas épocas, basta donde alcanzan los testimo- 
nios auténticos de. la historia, fué invadida y ocupada 
España por fenicios, godos, romanos y árabes; pero el 
mas antiguo de los pueblos, que debemos mirar como pri- 
mitivo en la península, fué el de los Iberos, cuyo len- 
guaje parece haber sido un tiempo general en toda ella, 
dejando vestigios que se advierten en el moderno caste- 
llano. Los Vascos del norte son tenidos como legítimos 
sucesores de aquella antiquísima raza, pues hablan un 
idioma particular, conservan instituciones locales de ín- 
dole especial, y una literatura que parece remontarse á 
tiempos muy lejanos. Alejandro Humbold opina que el 
lenguaje actual de los vascos fué el de los primitivos Ibe- 
ros, y que éste era el único hablado en toda la nación. 

Los primeros invasores de la Iberia, que vinieron por 
tierra, fueron los :Celtas. La nación formada por la unión 
de éstas dos razas, que en lo antiguo tuvieron fama de 
guerreras, fué llamada con propiedad Celtiberia. El idio- 
ma de los Celtas se trasluce todavía en el castellano mo- 
derno, así como en el francés y aún italiano, aunque li- 
geramente. 

Los fenicios, primer pueblo comercial de la clásica 
antigüedad, arribaron después á la península, atravesan- 
do el Mediterráneo. Se establecieron cerca de las colum- 
nas de Hércules, á inmediaciones de la moderna Cádiz, 
que probablemente les debe su origen; y el principal ob- 
jeto era la esplotacion de las ricas minas de metales pre- 
ciosos, en que abundaba España, pero introduciendo su 
lengua y costumbres á la vez en una gran parte del me- 
diodía y hasta las orillas del Atlántico. 

Mas antes de venir á España los Fenicios, hablan fun- 
dado en la costa setentrional de África una colonia, que 
bajo el nombre de Cartago llegaría á ser mas poderosa 



PRELIMINARES. 17 

aún que la madre patria. Siguiendo los cartagineses, pue- 
blo eminentemente mercantil, las huellas de la Metrópoli, 
suplantaban con frecuencia su poder, y por medio de las 
mismas colonias fenicias lograron poner el pié en la pe- 
nínsula, de cuyo codiciado territorio les separaba única- 
mente el Mediterráneo. Estendieron con osadía y fortuna 
sus conquistas á lo largo de la costa oriental, y al man- 
do de Almilcar, padre de Annibal, ocuparon el año 227 
antes de J. (). casi todo el territorio comarcano, hasta 
llegar al Ebro. Habiendo fundado á Cartagena y otras 
plazas fuertes, se hicieron dueños de casi toda la penín- 
sula, antes que los romanos pusieran el pié en ella. 

Tan pronto como estos se apercibieron de las venta- 
jas que la posesión de España proporcionaba á sus riva- 
les, hicieron que en el primer tratado de paz, entre ro- 
manos y cartagineses, quedara estipulado «que estos no 
pasarían adelante en sus conquistas, ni molestarían á Sa- 
gunto, ni atravesarían el Ebro»; condiciones todas que 
fueron violadas por Annibal, estallando la segunda guer- 
ra púnica. A consecuencia de ella los Escipiones entraron 
en España, y el año 201 antes de J. G, habían perdido 
los cartagineses todas sus posesiones, dejando sin em- 
bargo, como sus antecesores los fenicios, profundas hue- 
llas en el idioma. 

Espulsados de España los cartagineses, tardaron mu- 
cho tiempo los romanos en tomar pacifica posesión del 
territorio. Desde que las legiones entraron por primera 
vez, hasta hacerse dueñas de ella, esceptuando la región 
montañosa del norte que no sucumbió á su poder, pasa- 
ron 200 años de sangrientas luchas. Los varios sitios de 
Numancia, las guerras de Víriato y de Sertorío, sin con- 
tar la de César y Pompeyo, demuestran claramente la 
formidable lucha sostenida para consolidar su imperio. 

2 



18 PRELIMINARES. 

El tiempo en que adquiere mayor generalidad el idio- 
ma de los españoles, y se estiende á un número mas 
crecido de habitantes, existiendo á pesar de todo los dia- 
lectos fenicio, griego, cartaginés y alguno otro, además 
de la lengua éuscara ó vascuence, es la época de la do- 
minación romana. Estrabon, que un siglo antes de Jesu- 
cristo habia visitado la península, dice que se hablaba 
entonces el latín y era el lenguaje mas generalizado. Las 
grandes ventajas de la* civilización romana, que España 
apetecía, no p3diaa obtenerse de otro modo que por la 
adopción de las costumbres y de la lengua del Lacio. 
Asi es que llegamos á tener en la cuarta época de la Li- 
teratura latina (años 14-117 de J. C.) distinguidísimos 
escritores en aquella lengua, que cultivaron casi todos 
los géneros literarios. Las obras de Marcial, Lucano, los 
Sénecas, y las debidas á Quintiliano, Columela, Pompo- 
nio Mela y otros, constituyen una buena parte del cau- 
dal literario-clásico de los españoles, así como son un bri- 
llante testimonio de la civilización romana durante los úl- 
timos tiempos de la república, ó en los mejores diasdel 
imperio. 

En la decadencia de éste principalmente se introdu- 
jo en España y comenzó á producir efecto en la cultura 
intelectual un elemento nuevo, que fué el cristianismo. 
Aunque perseguido al principio, ya en el año 300 exis- 
tían públicamente varias iglesias, y desde el tiempo de 
Constantino y del cordobés Osio era reconocido como re- 
ligión dominante en la mayor parte de la península. Con- 
viene dejar consignado que el idioma de la cristiandad 
era el latin; que la enseñanza se hacia en esta lengua, y 
que en ella además se escribieron los mas antiguos do- 
cumentos literarios que se conservan de aquel tiempo. 

La gran irrupción de los bárbaros del norte produjo 



PRELIMINARES. iQ 

una muy importante revolución en el idioma de la penín- 
sula. El que hablaban los visigodos, que nunca llegó á 
ser lenguaje escrito, pertenecía á la familia teutónica', sin 
que tuviera semejanza alguna con el latin; pero es lo cier- 
to que vencedores y vencidos se hallaban en tal situa- 
ción y dependencia uno de otro, que forzosamente ha- 
bian de buscar un medio de comunicarse, acomodado al 
roce continuo y trato familiar de la vida. Verificóse pues 
cierta fusión y amalgama de las dos lenguas, latina y vi- 
sigoda, aunque en muy desiguales proporciones, como no 
podia menos de suceder, porque al lado del latin milita- 
ban cuantos elementos de civihzacion y cultura habia en- 
tonces en el mundo, además del vasto y creciente pode- 
río del cristianismo, con su clero y sacerdocio organiza- 
dos, que no querian ser escuchados en otro idioma que 
no fuese aquel. 

La alteración mas importante, que hicieron los visi- 
godos en la lengua de los españoles de aquel tiempo, fué 
en su estructura gramatical. Al paso que adoptaron li- 
brómente el estenso y rico vocabulario de la lengua la- 
tina, amoldaron sus complicadas y artificiosas formas al 
mecanismo, mas sencillo y natural, de sus dialectos na- 
tivos. Esto se echa de ver claramente en las notables 
variaciones por ellos introducidas en las inflexiones de 
los nombres y verbos latinos. Tenían los romanos decli- 
naciones para indicar las relaciones de los nombres, y 
conjugaciones con que distinguir los tiempos y modos'de 
sus verbos; carecían los visigodos de estos elementos, y 
empleaban artículos unidos á preposiciones para señalar 
los casos de sus nombres, y auxiliares de varias clases 
para espresar los cambios en la significación de los ver- 
bos. Hicieron pues, que Ule sirviera de artículo definido 
y unus de indefinido; de donde proviene que en sus do- 



20 PRELIMINARES. 

cumfentos y escrituras primitivas se halle Ule homo, el 
hombre, uniis liomo, un hombre, illa mulier, la mujer; 
locuciones de que tomaron los españoles sus artículos, 
el, la, uno y una. En los demás casos, hominis íué del 
hombre, miilieris, de la mujer, sustituyendo las termi- 
naciones por la preposición y el artículo. En vez de vici, 
he vencido, dijeron habeo victam; en vez de amor, soy 
amado, siim amatus; y con el uso frecuente de habercY 
esse se introdujeron en el castellano los auxiliares haber 
y ser. Una cosa parecida sucedia en el lenguaje de los 
demás pueblos neo-latinos. De ese modo vino á quedar 
el idioma español sin declinación en el nombre, y con 
media conjugación en el verbo; pero hizo, á cambio de 
esto, un uso mas írecuente de las preposiciones para 
sustituir á la declinación suprimida, y de los verbos au- 
xihares, que reenq)lazaban la conjugación de la voz pa- 
siva. Esta gran revolución del idioma sólo pudo llevarse 
á cabo después de siete siglos, sin contar otros dos ó tres 
mas que fueron necesa-rios para completarla. 

La ultima invasión en España fué la de los árabes, 
que amenazaba destruir por entero los restos de civiliza- 
ción que aún quedaban de las antiguas instituciones del 
país, ó hablan surgido de nuevo bajo los últimos domi- 
nadores. Poseyendo tranquilamente las ciudades situadas 
en la costa setentrional del África, desembarcaron á prin- 
cipio del siglo VIH con fuerzas considerables en la pe- 
nínsula, á cuyo hecho siguió la batalla del Guadalete; y 
en el corto espacio de tres años, con desusado Ímpetu, 
hablan ya conquistado la España entera, á escepcion de 
las proYincias del norte, en cuyas ásperas montañas se 
refugiaron los cristianos, acaudillados por Pelayo, dejan- 
do el resto del país en poder de los vencedores. 

Al mismo tiempo que los cristianos visigodos empe- 



PRELIMINARES. 21 

zaban en Asturias una desesperada lucha de ocho siglos, 
que habia de terminar con la espulsion total de los moros 
invasores, estos que vivían en el centro y mediodía de 
España, echaron los cimientos de un espléndido y civili- 
zado imperio. Los gloriosos reinados de los Abderrama- 
nes, y el periodo del Califato de Córdoba, hasta la toma 
de la ciudad santa por los cristianos en 1236, bajo el 
punto de vista intelectual fueron los primeros de su tiem- 
po en el mundo; y el reino de Granada, que terminó en 
1492, aunque no llegó á la misma altura, les aventajó tal 
vez en magnificencia y esplendor. 

En medio de este floreciente imperio de los árabes 
españoles vivía un considerable número de cristianos, que 
llegaron á vestir el traje de los vencedores, se amoldaron 
á sus costumbres, y hasta ocuparon distinguidos puestos 
en las cortes musulmanas de Córdoba y Granada, mere- 
ciendo de ese modo el dictado de muzárabes, es decir 
árabes por idioma y hábitos, que mezclados con los do- 
minadores se confundieron al cabo de algún tiempo, sin 
distinguirse mas que por sus creencias religiosas. Resul- 
tado de esto fué que olvidando muy pronto los cristianos 
su latín adulterado, comenzaron á hablar el árabe y, obli- 
gados á frecuentar las escuelas donde se enseñaba esta 
lengua, llegó á ser general entre ellos y de uso común 
en las escrituras. Cuando D. Alonso el Sabio fundaba 
escuelas públicas en Sevilla en 1252, dispuso la enseñan- 
za de la lengua arábiga al mismo tiempo que el latín. 

En la restauración de España por los cristianos, des- 
pués de una tenaz y prolongada lucha, á medida que avan- 
zaban, se hallaron rodeados de sus antiguos compañeros 
en creencias, aunque moros completamente en el traje, 
hábitos é idioma. Entonces se amalgamaron y coníuu- 
dieron las dos masas que los azares de la guerra había 



22 PRELIMINARES. 

tenido por largo tiempo separadas, y esta unión de las 
dos partes de un mismo pueblo habia de producir nece- 
sariamente una modificación inmediata en el idioma ha- 
blado por ambos. La lengua arábiga por consiguiente 
vino á formar parte integrante del castellano, y este fué 
el último elemento que recibió en su seno. 

Aunque no es fácil señalar con precisión el tiempo 
en que esta unión del latin adulterado del norte, con el 
árabe del mediodía, llegó á formar la después llamada 
lengua castellana ó española, bien se puede asegurar que 
á mediados del siglo XII habia ya conseguido elevarse á 
la categoría de lengua escrita, y figuraba en los documen- 
tos públicos importantes de aquel tiempo. Recibió en 
un principio el nombre de romance, por ser hija en su 
mayor parte de la lengua de los romanos; y se llamó des- 
pués castellana, por aquella porción del territorio, cuyo 
poder se hizo dominante en la península sobre las demás 
que, como el gallego, catalán y valenciano, quedaban re- 
ducidas á la condición de dialectos, que mas tarde ha- 
blan de tener su literatura. 

El número de voces de cada una de las lenguas que 
formaron el castellano, imposible es averiguarlo con exac- 
titud, por la falta de fijeza en la procedencia de algunas. 
Un cálculo, sin embargo, del erudito Sarmiento da el si- 
guiente resultado. Dividiendo la lengua española, dice, 
en cien partes iguales, sesenta voces son latinas, ó puras 
ó corruptas; diez eclesiásticas ó griegas; diez setentrio- 
naltís, antiguas, medias ó modernas; diez orientales, an- 
teriores y posteriores á la invasión de los árabes; y las 
diez restantes se componen de voces de las Indias orien- 
tales y occidentales, alemenas, borgoñonas y de la gerga 
de los gitanos. Es indudable, después de todo, que el ci- 
miento del castellano se encuentra en el latin, de donde 



PRELIMINARES. 23 

procede el mayor número de raices que concurrieron á 
formarle. 

El desarrollo adquirido rápidamente por la lengua cas- 
tellana ya formada hubo de contribuir en gran parte á 
que, á fines del siglo XII y principios del XIII aparecie- 
sen los primeros monumentos de la poesía, escritos en 
aquel idioma, como el Poema del Cid y las obras de 
Gonzalo de Berceo, que aún se disculpaba de no escribir 
en lengua latina. Y en la segunda mitad del siglo XIII 
hallaba sólido fundamento el castellano^ con el lenguaje 
de las Partidas^ de D. Alonso el Sabio. 

Romance. —Lengua castellana* 

Anteriormente se ha visto el interés que despierta la 
variación progresiva del idioma nacional, cuando ha per- 
dido, con la invasión de los bárbaros del norte, multitud 
de inflexiones en los nombres, y de terminaciones en 
los verbos, para convertirse en una lengua, que tiene 
mas de semítica que de latina, por lo que á su gramáti- 
ca se refiere, si bien es preciso convenir en que el dic- 
cionario castellano está formado de un crecidísimo nú- 
mero de voces de origen y procedencia latinos. Acaso 
ninguna lengua haya mas parecida á la antigua de los 
Hebreos, madre de todas las semíticas, que la española, 
puesto que tiene como ella solamente variación de sin- 
gular á plural en los nombres y carece de la voz pasiva 
propiamente dicha en los verbos. 

Se hacen notar con entera claridad las alteraciones, 
que poco á poco fué esperimentando el idioma latino, en 
el romance de los fueros, como el de Aviles, Oviedo y 
Saliagun. Resulta del ligero análisis de aquellos docu- 
mentos, concedidos por los reyes á importantes pobla- 



24 PRELIMINARES. 

ciones otorgando multitud de privilegios, que muchas 
palabras conservan la forma latina pura de los tiempos 
de Virgilio y Cicerón, mientras que otras aparecen com- 
pletamente desfiguradas, aunque su derivación latina sea 
la misma. Van perdiendo enteramente la declinación, y 
el uso que de ellas se hace es muy semejante al que tie- 
nen en la actualidad. Adviértese, además, el aumento de 
preposiciones, que vienen á suplir la falta de termina- 
ciones en los nombres, así como el frecuente uso de 
verbos auxiliares en las dos voces, para sustituir á la 
conjugación mas sencilla de los verbos. Por consiguiente 
á medida que avanzan los tiempos, irá desapareciendo 
la forma del elemento latino, hasta quedar completamen- 
te modificado el idioma, y con su estructura propia cas- 
tellana, (i) 

El mas notable de los documentos citados es el Fuero 
ó Cai'ta-puehla de Aviles, sobre cuya autenticidad discur- 
ren estensamente varios escritores, atreviéndose alguno 
á ponerla en duda, pero conviniendo todos en que es un 
monumento literario de importancia suma. (2) General- 

(i) Todavía, segim Luitprando, obispo de Cremona en el siglo X y uno de 
los hombres mas sabios de su tiempo, se hablaba en España en el siglo VIII 
el griego, caldeo, hebreo, cántabro y celtíbero; además del latin, árabe y de la 
lengua provenzal, que ya entonces empezaba á descollar entre las vulgares. 
Consta además, de una manera fehaciente, que el lenguaje que llevaron visigo- 
dos-cristianos á las montañas de Asturias, cuando se retiraron allí por conse- 
cuencia de la invasión de los árabes del mediodía, esperimentó una alteración 
tan grande, que en el siglo IX los legos no entendian el latin escrito, ó el que 
se acostumbral)a á usar en los códices ó libros. Por tanto, del siglo IX al XII 
tenemos en España un lenguaje de transición, entre el latin y el castellano pu- 
ros, que es el romance ó lengua romana adulterada. 

(2) D. Aureliano Fernandez Guerra en un discurso leído en 1S65, para so- 
lemnizar el aniversario de fundación de la Academia española, aduce varios ar- 
gumentos en contra de la autenticidad del Fuero de Aviles. Se observa, dice 
entre otras cosas, que falla el crismon al principio, con el alfa y omega\ que 



PRELIMINARES. 25 

mente se atribuye el fuero primitivo á D. Alfonso VI. 
que deseando dar una muestra de preferencia al pueblo 
de Aviles, hubo de otorgarle varios privilegios, que se 
hallan consignados en aquella carta-puebla, posteriormen- 
te confirmada por Alfonso VII, emperador, en 1.144. 

El documento original de la confirmación del Fuero 
de Aviles se conserva en la villa de este nombre en As- 
turias, y el Sr. González Llanos, hijo de la misma, le dio 
á conocer íntegro en la Revista de Madrid, si bien Ma- 
rina citaba anteriormente algunos pasages. Es un perga- 
mino de cinco cuartas próximamente de largo, por algo 
mas de tres de ancbo, en dos pedazos cosidos por una 
correa. Después de un corto preámbulo, escrito en latin, 
siguen las disposiciones del Fuero en romance, y ter- 
mina con las penas que se imponen á los que tengan el 
atrevimiento de rasgarle; con las firmas del rey, de la 
reina, de los infantes, del obispo de Oviedo, de los me- 
rinos ó jueces de Oviedo y de Gozon, y de los testigos. 

Como encabezamiento á las disposiciones que contie- 
ne, dice lo siguiente: 

Islos sunt los foros quos deu el rei D. Alfonso 
ad Abilies quando la poblou par foro Sancli Fa- 
cmidi; et otorgóla Emperador. 



es prolongada su forma, y no apaisada; que los nombres de los confirmantes se 
hallan á continuación, y no en columna; y por último, que el sello real está 
bien hecho, no en forma de cruz, según acostumbraba el monarca.— Ocurre 
desde luego á esto, que necesitando los falsificadores de la citada carta porme- 
nores tan #\nportantes, no es creible que careciesen de ellos, cuando se refieren 
á un siglo antes de su confirmación: fácil les sería por lo menos consultar en mul- 
titud de documentos el sello del rey, para no equivocarse; ni tampoco es evi- 
dente que todos los fueros de aquel tiempo llevasen el crismon, que fueran 
apaisados y tuviesen el nombre de los confirmantes en columna. — El Sr. Alias 
de Miranda, en un erudito discurso, se ha encargado de rebatir los razonamien- 
tos del D, Aureliano Fernandez Guerra. 



26 PRELIMINARES. 

Fácilmente se descubre en estas palabras la mezcla 
de voces latinas y castellanas, que formaban el idioma 
nacional del siglo XII, á cuyo lenguaje damos el nombre 
de romance ó lengua de transición del latin al castella- 
no. De este modo analizado el Fuero, es un precioso mo- 
numento lingüístico. 

Gomo documento jurídico^ el espíritu de la Carta- 
¡mehla es el siguiente. -Un fuero en Aviles para todo 
vecino, grande ó pequeño, infanzón, potestad ó conde. — 
La casa un sagrado; entrar en ella con violencia, el mayor 
crimen; afrentarla un delito. -Libre, absoluta é ilimitada 
facultad de testar, pero dando al bijo á mano alguna co- 
sa.- — Obligación en el novio, cuando pedia la novia á sus 
padres, parientes ó amigos, de librarle carta de arras, 
que se babia de autorizar por el concejo. — El desafío y 
lid particular decidiendo pleitos y satisfaciendo agravios 
en determinadas circunstancias; pero despuntada la bar- 
barie de semejante medio con algunas formalidades y res- 
tricciones. — La prueba del bierro candente, para deudas 
inciertas, para las demandas de créditos por herencia; y 
también en el caso de hurto, á fin de librarse de la acu- 
sación del delincuente; pudiendo entonces llevar por la 
mujer el hierro, ó sino lidiar en abierto campo, el ma- 
rido, hijos ó parientes. — Exactitud y fidelidad en los pe- 
sos y medidas; aseo y limpieza en las calles. — Dos me- 
rinos de nombramiento real y á satisfacción del concejo, 
.vecinos de la villa, el uno gallego y el otro franco. — Con- 
tribución por ocupar, vender y comprar los solafes, por 
habitar casa y tener horno. — Exención de ir á la gueri-a 
mientras el mismo rey no saliese á lid campal ó se viera 
cercado.— Y franqueza y libertad para no dar poitaje ni 
ribuje desde la mar hasta León. -Esta era la última y la 
mas interesante de todas las prescripciones. 



PRELIMINARES. 27 

El romance de los íueros vino á tomar el nombre de 
lengua castellana en el siglo XIII, por haber sido Castilla 
la parte del territorio español donde se hablaba princi- 
palmente por el pueblo, y á los castellanos debió su for- 
mación; así como del lenguaje de los Galos nacia al 
mismo tiempo el dialecto gallego, y de la lengua de los 
Provenzales se hablan formado anteriormente los dia- 
lectos catalán y valenciano. 

Es la lengua castellana rica, fluida, armoniosa, dulce 
casi tanto como la italiana, y carece de los sonidos sor- 
dos y secos que afean al francés. Mas que ninguna otra 
de las lenguas modernas se parece al latin, por la abun- 
dancia de palabras y la armonía de sus cláusulas y pe- 
riodos, aventajando á todos los idiomas neo-latinos en 
dulzura, si se exceptúa el italiano. 

No todas las lenguas son igualmente eufónicas y agra- 
dables al oido. La griega y latina, entre las antiguas, eran 
bastante mas sonoras que las habladas en los tiempos mo- 
dernos, por la fijeza de la cantidad, por la ostensión y 
variedad de terminaciones en las palabras, y por la 
mayor libertad del hipérbaton, como eminentemente tras- 
positivas, que dejaban ancho campo á la armonía. Las 
modernas del norte de la culta Europa son ásperas y de 
mas oscura pronunciación que las del mediodía; mientras 
que éstas, especialmente la castellana é italiana, aventa- 
jan á las anteriores en dulzura, sonoridad y armonía. 
D'Alembert, crítico del siglo pasado, decia lo siguiente: 
«Una lengua abundante en vocales dulces, como la ita- 
liana, seria la mas dulce, pero no la mas armoniosa de 
todas; ponqué para ser agradable la armonía, no basta 
quesea suave, sino es variada: otra, que tuviese, como 
la española, una mezcla fehz de consonantes y vocales 
dulces y sonoras, seria quizá la mas armoniosa de todas.» 



28 PRELIMINARES. 

Tenemos que agradecer al secretario perpetuo de la 
Academia francesa el juieio favorable de nuestro idioma^ 
aunque los ensayos que hasta ahora se han hecho, es- 
pecialmente con aplicaciotí á la música, no hayan sido 
enteramente satisfactorios, á no ser en composiciones 
ligeras, como la Zarzuela, que tiene en el idioma caste- 
llano el auxiliar mas favorable de expresión. (1) 



(i) Así como había en el siglo XIII dos lenguajes, uno que empleaba la 
gente del pueblo en los usos comunes de la vida, y otro conocido solamente 
de las personas ilustradas; era también natural que existiesen á la par dos lite- 
raturas, la llamada popular, como hija del pueblo y nacida para él, y la erudita 
ó de la gente culta, que manejaba los códices y tenía conocimientos superiores 
á los demás. Era la literatura popular origina], espontánea y anónima, si alguna 
vez llegaba á manifestarse en romances escritos: apreciada y conocida del ma- 
yor número, sus triunfos eran seguros, porque espresaba ideas y sentimientos 
del pueblo, á quien servía de intérprete fiel. Sus autores, gente poco culta, pero 
que sentía mucho, por lo mismo que discurria poco y espresaba fielmente aque- 
llos sentimientos. Al contrario, la literatura erudita, cultivada por los monjes 
en los conventos, por algunos eclesiásticos y unos pocos seglares que amantes 
de las letras á ellas se dedicaban, carecia de la originalidad y frescura, que 
aparece en las obras cuyos autores á nadie se proponen imitar, siguiendo tínica- 
mente las inspiraciones del genio. Si su forma era galana, carecia el fondo de 
novedad, vigor y energía, circunstancias que tanto favorecían á la literatura 
popular. 

Consecuencia de esto debia ser que la erudita quedase últimamente poster. 
gada, y si hubo un tiempo en que se atrajo las miradas de todos por la gala- 
nura de su forma; vino mas tarde á adulterarse aquella, perdiendo el funda- 
mento principal de su brillantez y de sus atractivos. Cuidando un poco mas la 
literatura popular de la forma, imitando el ejemplo que le daba su irreconci- 
liable enemiga, llegó al fin á reunir los dos elementos indispensables de fondo 
y forma, consiguiendo atraer hacia sí las miradas de todos y triunfar defini- 
tivamente de su rival. Así es como se creó aquella literatura genuina y propia- 
mente espaiiola, que manifestaba, no ya las ideas y sentimientos cstrarios, sino 
los que eran propios de la nación á que perteuecia. 



ÉPOCA PRIMERA. 



CASA DE CASTILLA. 



FOUMACION DE LOS GENEUOS LITERARIOS. 



CAPITLXO II. 

Poema del Ci<l. — Otras ol»i*as«; 

Una de las primeras y mas importantes obras de la 
poesía castellana, que merece ser examinada con algún 
detenimiento, es el Poema del Cid. Aún cuando el héroe 
y asunto de este poema son verdaderamente épicos, al- 
gunos han creído sin embargo que por su extraordina- 
ria sencillez y falta de adornos poéticos, á lo cual se 
agrega la relación cronológica de los sucesos, no merece 
las consideraciones de una obra literaria de esta clase. 
La importancia que generalmente se la atribuye, depende 
de ios hechos interesantes en ella referidos, y de las 
ideas, sentimientos y costumbres nacionales,, que revela 
incesantemente. El héroe del Poema del Cid es Rodrigo 
Díaz de Vivar, caudillo un tiempo de los ejércitos de 
Fernando I, de Sancho II el fuerte, y que, desterrado 
mas tarde por Alonso VI, vá á pelear con los moros en 
la época de la reconquista. (1) El asunto de la obra se 
reduce á una sencilla y poética relación de los altos 



(i) La época de la vida del Cid es bastante oscura en la Historia de Espa- 
ña, porque no existen documentos contemporáneos. 



30 LITERATtTRA ESPAÑOLA. 

fechos del Cid, desde su destierro hasta que muere en 
Valencia y es enterrado en San Pedro de Cárdena. Ha- 
remos de el una reseña mas detenida. 

Lanzado el Cid de sus hogares, por enojo del rey Al- 
fonso desde que fué obligado á prestar juramento en 
Santa Gadea, y por envidia de sus enemigos^ abandona 
tristemente, ya en edad avanzada, el heredado castillo 
de Vivar, (1) como se descubre en los primeros versos 
del Poema. 

1. De los sos oíos | tan fuerte-mientre lorando 
Tornaua la cabera | e estaua-los catando. 
Vio puertas abiertas | e vros sin cannados, 
Alcándaras uazias 1 sin pielles e sin mantos, 
E sin falcones | e sin adtores mudados. 
Sospiró Myo Cid | ca mucho auie grandes cuydados... 
Esto me han huello | myos enemigos malos.' 

Dirigiéndose á Burgos acompañado de sesenta pen- 
dones, con gran pena es recibido por los habitantes de 
esta ciudad, que apesar de todo le cierran las puertas de 
sus casas, para no incurrir en el enojo del soberano que 
así lo habia dispuesto. Martin AntoUnez, sobrino del hé- 
roe, teniendo en poco la ojeriza de la corte, resuelve su- 
ministrarle vituallas para su gente, y deja en poder de 
Rachel y Vidas, logreros judíos de Burgos, dos arcas 
llenas de arena, recabando con ese ardiz seiscientos 
marcos de plata y oro. 

Hecho esto, emprende Rui Diaz su forzado viaje yendo 
á San Pedro de Cárdena (2) donde moraban su mujer y 



(1) t-%ar del Cid es una aldeaj á una legua y tres cuartos de Burgos, de 
poco vecindario, 

(2) . San Pedro de Cárdena, monasterio de Benedictinos á legua y media 
de Burgos. 



ÉPOCA PRTMEnA. 31 

SUS bijas, que deja encomendadas á la solicitud del abad 
Don Sancho. El poeta describe la despedida de su fami- 
lia de la manera siguiente; 

370. El Cid á doña Ximena | ybala abrazar: 
Doña Ximena ai Cid | la manol va besar, 
Lorando de los oíos I que nou sabe que se far; 
E él á las niñas | tornólas á catar: 
— «ADiosvosacomiendo, fijas, | é la mugieral Padre Spirilual. 

375. Agora nos partimos, | Dios sabe el aiuntar.» 
Lorando de los oíos, | que non viestes atal, 
Assis parten unos d'otros | como la unna de la carne. 

Esita despedida tiernísima recuerda la tan aplaudida 
de Héctor y Andrómaca en la Iliada, aún cuando entre 
una y otra hay notable diferencia: es grata siempre la 
pintura de la sensibilidad de un héroe al tiempo de se- 
pararse de personas queridas; es bello aquel volver la 
cabeza alejándose, y que le esfuerzen y persuadan los 
mismos, á quienes dá el ejemplo del esfuerzo y de la cons- 
tancia en las batallas. 

Han aumentado nuevas lanzas su pequeña hueste 
cuando llega á Figueruela, en los confmes de Castilla, 
donde reposa breves instantes, y se le aparece en sue- 
ños el arcángel San Gabriel para alentarle. Continúa su 
marcha hacia la fortaleza de Gastrejon, (1) sobre el He- 
nares, de la cual se apodera, mientras su primo, Alvar 
Fañez de Minaya, hace escursiones hasta las puertas de 
Alcalá, volviendo cargado de ricos despojos. Llegan al 
castillo de Alcocer, sobre el Jalón (2) y después de ha- 
berle tomado, sostiene terribles encuentros con los mu- 



(1) Población sobre el Heiiaíes, cerca de Guadalajara; 

(2) Alcocer sobre eljalon, villa en la Alcarria, á diez leguas de Guádala- 
jarai Es palabra de procedencia árabe que significa pequeño palaeioj 



32 LITERATURA ESPAÑOLA. 

sulmanes de Valencia, quedando vencedor. En bellos 
cuadros aparece descrita la toma del castillo de Alcocer. 

Embrazan los escudos ] delant los corazones: 
Abaxan las lanzas | apuestas de los pendones, 
7:25. Enclinarou las caras | desuso de los arzones; 
Ibanlos ferir | de fuertes corazones. 

Vieredes tantas lanzas | premer é alzar 
735. Tanta adarga | aforadar é pasar; 
Tanta loriga falsa desmanchar: 
Tantos pendones blancos | salir bermeios en sangre: 
Tantos buenos cavallos | sin sos dueanos andar. 

Aquí se cree ya el Cid obligado á enviar un presente 
de treinta caballos á su rey don Alfonso, como prueba 
de fidelidad aún en medio de aquel destierro, y se lo en- 
comienda á Alvar Fañez de Minaya, con el encargo de 
que se dijesen mil misas en Santa Maria de Burgos, rasgo 
que pinta á maravilla los piadosos sentimientos y las ve- 
nerables costumbres de aquellos eslorzados campeones: 

880. Treinta cavallos | al rey los empresentaba: 
Violos el rey, | fermoso sonrrisaba: 
—¿Quién los dio estos, | si vos vala Dios, Minaya?.. 
— Myo Cid Ruy Diaz, | qui en buen hora cinxó espada: 
Venció dos reyes moros | en aquesta batalla: 

895. Sobeiana es, Señor, | la su ganancia. 

A vos, rey ondrado, | embia esta preséntala: 
Bésavos los pies j e assy las manos amas; 
Quer ayades merced, | si el Criador vos valaí 
Dixo el rey don Alfonso: | Mucho es mannana. 

Seguía el Cid sus correrlas hacia las tierras de Ara- 
gón, cuando sabedor de ello el conde de Barcelona, Rai- 
mundo III, aliado de los sarracenos, tiene el atrevimiento 
de salir á su encuentro y es derrotado por el Campeador. 

En esto se dirige al mediodía de aquellas comarcas, 
y talando los campos por espacio de tres años, viene por 



ÉPOCA PRIMERA.. UÚ 

fin á tomar á Valencia, donde consigue entrar al cabo de 
nueve meses, y recoge un inmenso botin, del cual envía 
rico presente de cien caballos al rey don Alfonso. 

Alvar Fañez de Minaya, obligado mensagero de los 
presentes al rey, llevaba además el encargo de obtener 
su permiso para trasladar á Valencia la esposa y las hi- 
jas del Cid, permiso que el monarca se prestó gustoso á 
conceder. Se trasladaron en efecto, celebrándose fiestas 
y torneos, con motivo de tan fausto acontecimiento, en 
aquella ciudad. Aún no habian terminado, cuando se vio 
precisado el Cid á batirse con numeroso ejército de Yu- 
zeph, rey de Marruecos, que desembarcara en aquellas 
costas; y vencido este nuevo enemigo, manda doscientos 
caballos al rey don Alfonso, con la riquísima tienda del 
fugitivo monarca, llenando de admiración á la corte por 
sus donativos. 

Los infantes de Carrion, don Diego y don Fernando, 
codiciando las riquezas del héroe de Vivar, piden la mano 
de sus hijas, doña Elvira y doña Sol, por la mediación del 
rey don Alfonso, que lo hace saber al Campeador, para 
que venga á las orillas del Tajo, á fin de concertar el 
casamiento. Acuden los infantes que, presentados al Cid, 
le piden formalmente sus hijas en matrimonio, que se- 
realiza después en Valencia, donde con grandes fiestas. 
se solemnizan las bodas por espacio de quince dias. 

A los dos años de este acontecimiento se cumplen los 
presentimientos del Cid. Ocurre el hecho del león, y 
enseguida el levantamiento del rey Bucar, de Marruecos, 
derrotado tras una espantosa batalla, en que los infan- 
tes manifestaron su cobardía, siendo objeto de burla por 
parte de los valientes que acompañaban al héroe. No pu- 
diendo sobreponerse á tamaña afrenta, conciben los in- 
fantes la mas cruel é infame de las venganzas. 

3 



34 LITERATURA ESPAÑOLA. 

Con el pretesto de volverse á Garrion en compañía de 
sus mujeres, obtienen, no sin algún recelo el permiso 
del Cid y de doña Jimena, recibiendo de aquel las espa- 
das colada y tizón, pero encargando á su sobrino, Felez 
Muñoz, que les acompañase. Al llegar á Robledo de Cor- 
pes, (1) lugar áspero y montañoso, se aislan con doña El- 
vira y doña Sol en medio de la espesura del bosque, y 
cobardemente maltratan á sus mujeres con las cinchas 
de los caballos, hasta dejarlas medio muertas y ensan- 
grentadas. Apercíbese de lo ocurrido Felez Muñoz, que 
acude presuroso en busca de las desgraciadas, y lo hace 
saber á sus padres y al rey don Alfonso. 

Irritado el Cid con la noticia, jura solemnemente ven- 
garse de aquella ofensa; lo manifiesta á sus guerreros 
congregados, y ordena á Munio Gustiozque vaya con un 
mensaje á pedir justicia al rey Alfonso. Disgustado el 
monarca por la conducta de los condes, accede á la de- 
manda, señalando un plazo de siete semanas para reunir 
las cortes en Toledo. Este pasage de la reunión de las 
cortes es acaso uno dé los más interesantes y dramáti- 
cos de todo el poema. 

Al presentarse el Cid en tan respetable asamblea, el 
rey, los magnates y ricos ornes se levantan para hon- 
rarle, permaneciendo sentados los infantes y sus parti- 
darios. Autorizado á usar de la palabra, reclama de los 
infantes las espadas colada y tizón, que de mano del rey 
le fueron entregadas; pide enseguida los tres mil marcos 
de plata, recibidos en Valencia como dote de sus hijas; 
y por último exige reparación de su honra, increpando 
duramente á los infantes. 



(i) Robledo dt toi'pcs^ lugar áspero y montañoso junto á la sierra de Marí^ 
Yelasco, 



ÉPOCA ÍRtMEtlA. 35 

A quem' desciibriestes | las telas del corazón?.,. 

A la salida de Valencia | mis fijas vos di yo, 

Con muy grand ondra | e averes á nombre. 
3275. Cuando las non queriedes | ya, canes traydores, 

Por qué las sacabades | de Valencia, sus onores? 

A que las firiestes | á cinclias é á espolones?... 

Solas las dexastes | en el Robledo de Gorpes 

A las bestias fieras | é á las aves del monte. 
3280. Por cuanto les ficiestes, t menos valedes vos: 

Si non recudedes, | véalo esta cort. 

Después de hablar los defensores de uno y otro ban- 
do, queda concertado el duelo entre seis combatientes, 
tres por cada parte. Piden aplazamiento los infantes, y 
se les conceden tres semanas, designando las vegas de 
Garrion para la pelea. Al despedirse el Cid, que ha de 
marchar á Valencia, encomienda el valor y la fortaleza 
á sus caballeros de combate, Pedro Bermudez, Martin 
Antolinez y Munio Gustioz, que le contestan enérgi- 
camente: 

3541. Podedes oir de muertos, | ca de vencidos non. 

Abierto el palenque donde habian de entrar los seis 
combatientes, en el pueblo mismo de los infantes, re- 
sultan vencidos don Fernando y Asur González, huyendo 
despavorido don Diego. Queda de ese modo restaurado 
el honor de doña Elvira y doña Sol, y declarados traido- 
res los condes de Carrion. Él Cid manifiesta su alegría 
én las siguientes palabras: 

¡Grado al rey del cielo! | ¡Mis fijas vengadas son! 

Grandes fiestas se celebraron en Valencia, á la llega- 
da de los paladines del combate Las hubo también poco 
después, con motivo del secundo casamiento de las hijas 
del Cid con los infantes de Aragón y deNavara, de que a- 



36 ÜTERATÚRA ESPAfíOLÁ. 

penas se dá cuenta, y con estos sucesos y los últimos mo- 
mentos de la vida del Cid, termina la relación del Poema. 

Al considerar la obra por el argumento elegido, po- 
cas habria que la aventajasen, del mismo modo que po- 
cos guerreros podrían disputar á Rodrigo de Vivar la pal- 
ma de las proezas y del heroísmo. Su gloria, que eclipsó 
la de todos los guerreros de su tiempo, ha pasado de si- 
glo en siglo hasta ahora, por medio de una infinidad de 
fábulas que la admiración ignorante ha acumulado en su 
historia. Consignada en poemas, en tragedias, en come- 
dias, en canciones populares, su memoria ha tenido la 
suerte de herir fuertemente y ocupar la fantasía de los 
españoles. 

No carece el Poema en su esencia considerado, de 
cierta unidad de acción, además de la unidad de persona- 
je, cuando se refieren poéticamente los hechos, desde 
que es desterrado hasta su muerte; pero lo que llama la 
atención sobre todo, es la unidad de interés, ley supre- 
ma de toda obra de arte, cualesquiera que sea el estado 
de cultura en que aparezca, bastando sin duda para ase- 
gurar el triunfo, á que podía entonces aspirar el poeta. 

El Cid interesa como desterrado, porque siendo víc- 
tima de envidias y rencores bastardos, lleva tras sí el amor, 
las bendiciones y el voto unánime del pueblo entero: In- 
teresa como caudillo, porque sus triunfos exaltan pode- 
rosamente la fantasía de ese mismo pueblo, Impulsándo- 
le á Inauditas empresas: Interesa como padre ofendido, 
porque de un lado se descubre la codicia y el indigno 
proceder de los condes, y del otro la generosidad y no- 
bleza del héroe: Interesa por fin como caballero, que de- 
fiende el honor y los sentimientos de patria y religión, 
que eran los sentimientos de la nación entera. 

Interesan de una manera semejante los personajes 



ÉPOCA PRIMERA. 37 

todos que figuran en la obra, cuyos caracteres se hallan 
perfectamente dibujados. Alvar Fañez de Minaya, el inse- 
parable compañero del Cid, es prudente en el consejo; 
animoso en el combate; discreto en la corte de Alfonso 
VI, venciendo la malquerencia y desvaneciendo el ceño 
del irritado monarca; solicito y respetuoso con las damas, 
cuando es encargado por el Cid de trasladar su mujer y 
sus hijas á Valencia; generoso con los infantes de Carrion, 
que huyeron despavoridos en presencia del Rey Bucar, 
ante los muros de Valencia: todo lo subordina al inmen- 
so cariño que profesa al héroe de Vivar, quien le prodi- 
ga en cambio las mayores distinciones. A diferencia de 
Alvar Fañez de Minaya, si bien no menos leal y valien- 
te, es Pedro Bermudez áspero, inquieto y estremada- 
mente irascible^ que arriesga la batalla en la toma del 
castillo de Alcocer. Martin Antolinez presenta una cua- 
lidad dominante, que constituye, á no dudarlo, la verda- 
dera espresion de su carácter. Así como Minaya se dis- 
tingue por la discreción é hidalguía; así como Bermudez 
es entre todos conocido por su escesiva fiereza y arrojo 
temerario; así también resalta la fisonomía de Martin An- 
tolinez por su astucia y sagacidad, que se revela bien á 
las claras en el engaño á los logreros judíos, Rachel y 
Vidas. Con estas cualidades de Martin Antolinez contras- 
ta la ternura de Felez Muñoz, que acompaña y atiende 
cariñosamente á doña Elvira y doña Sol, abandonadas 
en el Robledo de Corpes, hasta sacarlas de aquel monta- 
ñoso lugar. El respeto á las costumbres de sus mayores 
y la veneración á las cosas sagradas, constituyen, por 
decirlo así, el bello ideal de Munio Gustioz, cuando re- 
prende á Asur González la manera de presentarse en el 
combate, donde se habla apelado al juicio de Dios, guar- 
dada la vigilia y el ayuno: 



38 LITERATURA ESPAÑOLA. 

Bermeio uiene | ca era almorzado. 

Este mismo entusiasmo religioso se advierte, mas acen- 
tuado todavia, en la figura del obispo don Gerónimo, cuyo 
único móvil es el triunfo del cristianismo. 

Fuera de las grandes cualidades comunes á todos los 
españoles de los siglos XI y XII, poca ó ninguna es la 
semejanza que entre los capitanes del Cid existe, no pu' 
diendo ser mayor ni mas evidente la diferencia de sus 
caracteres. 

Para formar contraste con esta naturaleza de héroes, 
coloca el poeta frente á frente de ellos á los infantes de 
Garrion, cuyo carácter no se confundirá por cierto con 
los de tan esclarecidos campeones de la religión y de la 
patria, y á lo¿ condes castellanos, enemigos jurados del 
conquistador de Valencia. Estos personages completan el 
grupo destinado en el Poema á destacar por lo oscuro, 
realzando mas y mas á los paladines del Gid. Al lado 
de ellos puso también el poeta las dos bellisimas figuras 
de doña Elvira y doña Sol, hijas tiernas, respetuosas 
y obedientes, que se sacrifican en aras de la reconcilia- 
ción de su padre y de su rey. 

Entre todos los personages sobresalen, sin embargo, 
las figuras del Gid, de Jimena su mujer, y del rey don 
Alfonso. Ocupa ol primer lugar el Gid, que es el héroe 
de la reUgion y de la patria, vasallo, padre y esposo, al 
mismo tiempo que ciñe sus sienes con el inmarcesible 
lauro de cien victorias. Gomo vasallo de un rey, la idea 
de haber escitado su enojo le aílije en el destierro, y cuan- 
tas pruebas de respeto y de cariño puede imaginar su 
acrisolada lealtad son tributadas al rey Alfonso, no cre- 
yendo solemnizar sus maravillosos triunfos sin compartir 
los despojos del campo con el monarca que le tiene des- 



ÉPOCA PRIMERA. 39 

terrado. Guando sabe que vencido el rey de su herois- 
mo y de su generosidad consiente al cabo en restituirle 
su cariño, rebosa su alma en la mas pura alegría, levan- 
tando sus manos al cielo para rendirle gracias por tan 
señalada ventura. 

1.930 ¿Cómo son las saludes | de Alfonso, mió sennor?... 
Decidme si es pagado, I ó si recibió el don?... 
Dixo Minaya Alvar Fañez: ¡ D' alma é de corazón 
Es pagado Don Alfonso | é davos su amor. 
Dixo Mío Cid: | Grado al criador. 

Gomo padre y esposo, llora copiosamente al separar- 
se tal vez para siempre de su triste mujer y de sus ino- 
centes hijas; pero llora con la simpática espansion del 
guerrero, que vuela desde los brazos de su esposa á co- 
ronarse de laureles en el campo de batalla: y si lleno de 
heroico entusiasmo consagra todo su valor en aras de la 
independencia y de la religión de su pueblo, también res- 
ponde con varonil entereza al grito de su honor ofendi- 
do; y le mueve á tomar venganza de los condes de Gar- 
rion la torpe mancha que osan estos echar sobresuela, 
rísima fama en el Robledo de.Gorpes. Por eso, el honor 
ultrajado que en la juventud despertaba su heroísmo re- 
tando al conde Lozano, en los últimos momentos de su 
vida le hace recurrir al juicio de Dios, excitando siempre 
la admiración del pueblo castellano. Viene á ser pues 
el honor la mas íirme base de su elevado carácter, ani- 
mando desde entonces este sentimiento á los héroes es- 
pañoles, y siendo el tema favorito de los poetas popu- 
lares. 

Jimena es el modelo de esposas. Obediente, sumisa, 
cariñosa y tierna con el Gid, no es todavía la mujer, a 
quien levanta sobre los altares de la galantería uu caba- 



40 LITERATURA ESPAÑOLA. 

llerismo exagerado. Ni la rodea el fingido respeto que 
los provenzales tributan á sus damas, al mismo tiempo 
que ponen á prueba su quebradiza virtud, ni le asedian 
tampoco los voluptuosos deseos que alhagan la imagina- 
ción ardiente de las mujeres orientales. El amor de Ji- 
mena se expresa con la sencillez y espontaneidad que 
recibe del sentimiento, y su mas firme escudo le tiene 
en el honor. Aparece también como el modelo de las ma- 
dres cristianas, que consagra en el retiro de Cárdena to- 
da su existencia á inocular en los corazones de sus hijas 
aquellas mismas virtudes. 

El rey don Alfonso, aunque ofendido por la indomable 
entereza del Cid, oye todavía con generoso agrado sus 
maravillosos triunfos, y se envanece de ser rey de un 
caudillo á quien pagan tributo otros reyes, volando la fa- 
ma de su nombre del uno al otro confin de España. Dan- 
do rienda suelta á sus nobles sentimientos, le restituye 
su mujer, sus hijas y sus riquezas; y cuando sal)e la bas" 
tarda conducta de los condes, se indigna; y mas tarde' 
en presencia de los grandes y prelados del reino, se di- 
rige al Cid en cortes para que esponga sus quejas con- 
tra ellos. 

3 13i Agora demande | Mió Cid, el Campeador: 

Sabremos que responden j Infantes de Carrion. 

Acoge bajo la salvaguardia real á los guerreros que 
en nombre del héroe apelaban al juicio divino, y el triun- 
fo que obtienen en las mismas tierras de Carrion llena 
de gozo al monarca. 

Se advierte en ese atrevido bosíjuejo del heroísmo 
castellano que son demasiado brillantes los colores que 
dan vida a los personajes, echándose de menos la dul- 
zura y morbidez de las medias tintas; pero son los úni- 



ÉPOCA PRIMERA. 41 

eos de que puede disponer un arte que se halla todavía 
en sus primeros albores. Sin embargo, esa brillantez y 
extraordinaria frescura ha bastado para arrancar á los 
críticos la confesión de que abundan en tan preciosa joya 
de la poesía castellana rasgos verdaderamente sublimes, 
y no faltan escritores que en la nativa sencillez de estos 
mismos rasgos hayan descubierto todo el candor y toda 
la grandeza de Homero. 

El Poema del Cid no debía, sin embargo, llenar en 
su conjunto las condiciones de la epopeya griega, que 
admitía lo sobrenatural, haciendo intervenir á los dioses 
en las cosas de los hombres de una manera personal y 
activa, de donde se ha deducido la necesidad de ese re- 
curso llamado máquina. La epopeya cristiana debía fun- 
darse también en lo maravilloso, que estriba en la omni- 
potencia de Dios y en la fuerza del sentimiento religio- 
so y patriótico; pero sin anular el libre albedrío, ni divi- 
dir en opuestos bandos las potestades celestiales, para 
decidir de la suerte de dos ejércitos enemigos, y espo- 
nerlas á que la pica de un guerrero derramase su sangre 
en mitad de las batallas. Fuera de la aparición del ar- 
cángel San Gabriel, expuesta con suma sencillez, no pue- 
de mostrarse el poeta mas sobrio al referir los hechos 
que le inspiran, convencido tal vez de que sólo ha me- 
nester de su propia grandeza, para escitar con ellos el 
entusiasmo. 

Ni invierte ni trastorna los sucesos, por lo cual se ha 
dado al Poema el título de crónica; ni busca la contra- 
posición de estudiadas situaciones, ni se mortifica por 
hallar en medio de su entusiasmo la belleza de la frase; 
sin embargo, no carece de ciertas condiciones, que en 
estrecha armonía con la sociedad que le produce, debe- 
rían acaso colocarle entre los poemas épicos, aún admi- 



42 LITERATURA ESPAÑOLA. 

tiendo la idea que tenemos de esta clase de composicio- 
nes. Hay en efecto unidad de acción, y se cuentan cosas 
de reyes y de egregios caudillos, según el precepto de 
Horacio: 

Res gestae regumque, ducuraque et tristia bella. 

Y admitiendo la doctrina de que la epopeya debe re- 
velar un pueblo, una religión y una historia, tampoco se- 
ría desacertado colocar este Poema entre las epopeyas 
primitivas; sin embargo, no llena las condiciones todas 
que ha exigido la crítica á este género de composiciones. 
La civilización española, que se enlaza directamente con 
la de los tiempos modernos, aparece todavía en su cuna: 
el carácter nacional, personificado en el Cid, se halla 
todavía en germen; y un pueblo tan hidalgo como valien- 
te no podía aún abrigar la esperanza de un triunfo in- 
mediato y decisivo en aquellos tiempos de la reconquis- 
ta, peleando únicamente para el porvenir. Así pues, no 
es una civilización triunfante la que se canta en el poe- 
ma, ni debe ser considerado como la epopeya española 
propiamente dicha, sino mas bien como su primera pá- 
gina, posteriormente trazada con vigor, aunque sin en- 
tera unidad, en los romances históricos. 

Examinando la estructura de la obra, en la colección 
de don Tomás Sánchez aparece dividida en dos partes so- 
lamente, comprendiendo la primera hasta las bodas délas 
hijas del Cid, en Valencia, con los Infantes de Carrion; 
y la segunda todo lo demás. Pero de un estudio mas mi- 
nucioso y detenido pueden resultar sin dificultad hasta 
siete partes, en la forma siguiente: 1.* desde la salida 
del Cid de Burgos hasta el vencimiento del conde don 
Raimundo 111 de Barcelona; 2.* la conquista de Valen- 
cia; 3.^ el proyecto de matrimonio de los Infantes de Car- 



ÉPOCA PRIiMÉRA. 43 

rion; 4.^ las bodas de las hijas del Cid con los Infantes 
de Carrion, y su estancia dos años en Valencia; 5.* la 
salida de los Infantes con sus mujeres para Carrion; 
6.* los sucesos del Robledo de Gorpes; 7.* las Cortes 
en Toledo, el anuncio de segundas bodas de las hijas del 
Cid y la muerte del héroe. (1) 

Se emplea generalmente en el Poema la forma nar- 
rativa, pero no sin que aparezca frecuentemente la per- 
sonalidad del poeta, que no llega á descubrirse con su 
nombre, ni sin interesar vivamente en la relación de los 
sucesos. Al decir que refiere nuevas de Mió Cid, parece 
que acude mas bien á las fuentes de la tradición, que á 
los monumentos escritos de aquel tiempo. La versifica- 
ción es sumamente variada é imperfecta, como una de- 
rivación quizá del exámetro y pentámetro latinos, y se 
encuentran versos de doce, catorce y hasta diez y siete 
silabas. En el estilo y lenguaje, á pesar de su rudeza, 
hállanse á menudo espresiones no poco graciosas y ele- 
gantes, y giros verdaderamente poéticos. Abundan los 
pleonasmos y las pueriles comparaciones. (2) 



(i) Comienzan las partes del Poema, después de la i.^, en los versos si- 
guientes; 



2.^ 


verso 


1.092. 


3.^ 


» 


1.626. 


4.=^ 


i> 


1.887. 


5." 


» 


2.288. 


6.^ 


a 


2.651. 


ya 


» 


2.930- 



(2) Se atreve á asegurar el Sr. Gil y Zarate que el Poctna del Cid no me- 
rece este nombre, y que debe llamarse mas bien una historia ó crónica rimada 
de cierta parte de los hechos de aquel célebre guerrero; y poco después añade, 
que la falla en el lenguaje no se halla resarcida por otras prendas poéticas, 
pues los sucesos están referidos cronológicamente, sin adorno alguno, y sin mas 
interés que el inspirado por el asunto. En suma, concluye diciendo que esta 



44 LITERATURA ESPAÑOLA, 

A fines del siglo XII ó principios del XIII correspon- 
den igualmente dos conocidas leyendas, La Vida de San- 
ta Maña Egipciaca y la Adoración de los Reyes de Orien- 
te, publicadas de un antiguo códice, que se conserva en 
la biblioteca del Escorial. Unida á ellas está la Vida del 
Rey Apolonio, que sin duda es de fecha posterior. El 
asunto de la primera de estas tres obras es la conver- 
sión de aquella mujer, pecadora en un principio y suje- 
ta á los vicios y pasiones de la humanidad, salvada mas 
tarde por la íé cristiana y la penitencia. Es anónima y 
aparece escrita en verso corto, sin medida determinada y 
con mucha irregularidad en los consonantes pareados que 
en ella se usan. Empieza de este modo: 

Esta de qui quiero ffablar 
Maria la hoí nombrar. 
El su nombre es en escripto 
Porque nasció en Egipto. 
De pequenyia fué bautizada; 
Mala-mientre fué ensenyada; 
Mientre que fué en piancebia 
Dexo bondad é priso follia, etc. 

La Adoración de los Reyes de Oriente es anónima 
también, de cortas dimensiones y se halla inspirada en 
las sagradas escrituras y en las piadosas tradiciones que 
corrían entre los devotos de la edad media. En ella se 
descubre el mismo verso de siete á once silabas, que en 



"obra se debe mirar como una curiosidad literaria y nada mas. — No es fácil con- 
ciliar semejantes asertos con suponer, antes y después de esto, que el autor es 
un poeta no vulgar, sino de estudio y aliento, y que la obra está adornada de 
algunos pasages, como la despedida del Cid, que trascribe, donde brilla la ter- 
nura y una sencillez propia de las obras de Homero, y que lo mismo sucede 
con la entrada y desamparo del Cid en Burgos, la acusación de los Infantes de 
Carrion delante del rey y de las cortes, cuadros que interesan, y que á lo pinto- 
resco reúnen el mérito de retratar al vivo las costumbres de aquella época. 



ÉPOCA PRIMERA. 4-5 

la anterior, con iguales defectos de regularidad en la medida 
y cadencia,'que reflejan los albores de la naciente poesía. 

Berceo.— Seg^iira de Astorga. 

Al contemplar el poco tiempo trascurrido desde la 
aparición del Poema del Cid hasta las obras poéticas de 
Berceo en el siglo XIII, llama extraordinariamente la 
atención que en un periodo de veinte años próximamente 
llegue á regularizarse el verso de tal modo, que siendo 
antes unos imperfectos renglones los que formaban las 
composiciones literarias, tengan ahora medida exacta y 
cadencia. Tal sucede con las llamadas coplas de Berceo, 
á quien debemos considerar como el primer escritor en 
poesia de nombre indubitado, que vive hacia el año 1220, 
y lleva este sobrenombre del pueblo de su nacimiento, 
en la diócesis de Calahorra, no lejos del monasterio de 
San Millan de la Cogulla, donde pasó los primeros años 
de su vida y fué mas tarde eclesiástico agregado á aque- 
lla reUgiosa corporación. No puede, sin embargo, desco- 
nocerse que hay un desenvolvimiento de la literatura in- 
termediario, que llena el gran vacío que notamos en- 
tre la aparición del Poema del Cid y las obras de Berceo, 
porque además de convencernos de ello la razón natural, 
existen algunos documentos que lo confirman. 

Escritor infatigable Gonzalo de Berceo, se ocupa en 
sus obras de asuntos sagrados, y especialmente de refe- 
rir la vida y hechos de algunos santos, siendo aplaudido 
en su tiempo como poeta religioso, y celebrado después 
como el cantor de la devoción y de la virtud. Es por 
tanto un autor épico-didáctico, que cuenta los sucesos 
con el candor y la sencillez propios de quien como él se 
halla separado del mundo, inspirándose en los documen- 



46 LITERATURA ESPAÑOLA. 

tos escritos que le sirven para la formación de sus obras, 
al contrario de lo que habia sucedido al autor del Poema 
del Cid y otros anteriores, que se apoyaban únicamente 
en la tradición oral. (1) Merecen ser citadas entre las 
composiciones poéticas del cantor de los santos, como 
le llama un distinguido escritor, (2) la Vida de Santo 
Domingo de Silos, la de San Millan de la Cogulla y la 
de Santa Oria, que manifiestan tendencias biográficas; 
los Milagros de la Virgen y el Duelo de la Virgen, ade- 
más de Los signos que aparecerán ante del juicio y el 
Sacrificio de la misa, que reconocen por fundamento al- 
guna piadosa tradición escrita ó la misma liturgia. 

Comienza la Vida de Santo Domingo de Silos con 
una invocación á la Santísima Trinidad, manifestando 
desde luego el. sentimiento religioso profundamente arrai- 
gado en nuestra fiteratura, como tuvimos ocasión de ob- 
servar en las composiciones anteriores. Dice así en las 
dos primeras estancias ó cuadernas: 

Ea el nombre del Padre | que fizo toda cosa 
E de Don Jesucristo, | fijo de la gloriosa, 
E del Espíritu Santo, | que egual de ellos posa, 
De un confesor Santo | quiero fer una prosa. 

Quiero fer una prosa, | en román paladino, 
En cual suele el lióme ) fablar á su vecino, 
Ca non so tan letrado | par fer otro latino; 
Bien valdrá según creo | un vaso de bon vino. 



(i) Examinando los primeros monumentos déla poesía popular castellana) 
vemos que aparece en ellos con frecuencia la voz cafitar, como sucede en el 
Poema del Cid, mientras que en las obras de Berceo y otros poetas eruditos se 
emplean las de dictado, ystoña y ¡ióro, lo cual está claramente revelando que 
la musa popular de Castilla átíudia , como fuente de inspiración, á los recuerdos 
tradicionales de loa héroes mas Celebrados; al paso que la musa erudita hallaba 
los recursos necesarios en las obras científicas de todas clases* 

(2) Amador de los Rips. 



ÉPOCA PRIMERA. Íl 

Cada una de las estancias, coplas ó cuadernas de la 
Vida de Santo Domingo, consta de cuatro versos largos, 
de catorce sílabas, consonantados. La medida es exacta 
y la rima perfecta, cosa que llama mucho la atención en 
los orígenes de nuestra literatura, porque si en épocas 
posteriores se prohibe terminantemente la monotonía que 
resulta de rimar cuatro versos seguidos, como sucede en la 
cuaderna de Berceo, en aquellos tiempos fuerza es consi- 
derar esto como un verdadero progreso del arte literario. 

Anuncia en la primera cuaderna de las dos anterior- 
mente citadas que quiere hacer «una prosa», es decir 
una obra en lenguaje popular, pero escrita en verso, puesto 
que la palabra prosa no tiene en el lenguaje antiguo caste- 
llano la significación que hoy le concedemos. Aclárase 
mas el propósito del escritor en la cuaderna siguiente, 
donde dice con entera franqueza el lenguaje que prefiere, 
que es el del pueblo, y no el de la gente ilustrada, que 
aparenta desconocer. Va escribir en romance y este de- 
be ser «paladino», es decir, claro, acomodado á los co- 
nocimientos del pueblo, no romance latino ó erudito, pro- 
pio de gentes ilustradas. Establece pues una distinción 
entre los dos romances, que á la sazón existían en la li- 
teratura española, uno rústico y vulgar, y otro erudito: 
opta por el primero, puesto que su modestia le obliga á 
confesar que no es bastante ilustrado — «letrado» — para 
emplear el romance latino. Concluye dando expansión 
á su buen humor con aquellas palabras «bien valdrá se- 
gún creo un vaso de bon vino.» La lectura del resto de 
la Vida de Santo Domingo nos hace ver, en los tres li- 
bros que comprende, hechos memorables del héroe re- 
Hgioso-cristíano, hasta que llega á pertenecer al estado 
eclesiástico, milagros realizados durante su vida, y otros 
que le atribuyeron después de muerto. 



4¿ LtTER ATURA ESPAÑOLA. 

Llama la atención en la Vida de San Millan de ía 
Cogulla, una descripción de la batalla de Simancas (1) 
donde no se propone escitar el entusiasmo popular, ni 
elogiar el valor de Don Ptamiro, ni recordar á los caste- 
llanos las memorables hazañas del conde Fernán Gon- 
zález, sino que tiende únicamente á hacer ver como, 
ayudado por el patrón de las Españas, ovo ganado San 
Millan los votos^ que dejaban tributarios del monasterio 
de Suso gran número de pueblos de Castilla, procurando 
al mismo tiempo despertar la devoción, que supone un 
tanto resfriada. Del siguiente modo pinta aquel memo- 
rable suceso, cuando ya las huestes sarracenas se halla- 
ban al frente de las cristianas, y el rey Don Ramiro se 
adelanta á la cabeza de los leoneses. 

433. Moviéronse las huestes, | toviecoQ su carrera 
Por acorrer al rey, | ca en porfazo era; 

Mas cuando aplegó | la punta delantera, 
Ya pisaban los reyes j el suelo de la era. 

434. Ya eran en el campo 1 entramas las partidas, 
Avian ambos los reyes | mezcladas las feridas; 
Las haces de los moros | ya eran embaydas, 
Ca la ira de Xripsto | las avie confondidas. 

436. Quando estauan en campo | los reys, azes paradas. 
Mezclaban las feridas, | las lanzas abaxadas; 
Temiense los cristianos | de las otras mesnadas, 
Ca eran ellos pocos, | et ellas muy granadas. 

437. Mientre en esta dubda | sedien las buenas yentes, 
Asuso contra el cielo | fueron parando mientes: 



(i) Ramiro II sostuvo cerca de Simancas una reñida y sangrienta pelea 
contra mas de cien mil árabes, mandados por Abderraman III en persona. Le 
acompañaba el mas poderoso conde de Castilla, Fernán González, y la victoria 
quedó por parte de los cristianos. Este mismo rey tomó por asalto á Madrid, 
arrasando sus murallas, y estendiendo hasta Toledo sus conquistas.— CastrO) 
/listona universal. 



ÉPOCA PRIMERA. 49 

Vieron dues personas | fernaosasct lucientes; 
Mucho eran mas blancas ] que las nieves recientes. 

438. Vinienon dos caballos | plus blancosque cristal, 
Armas cuales non vio ( nunqua orne moría!: 

El uno tenie croza, | mitra pontifical. 
El otro una cruz, | ome non vio tal. 

439. Avien caras angélicas, | celestial figura, 
Descendíen por el aer | á una gran presura, 
Catando á los moros | con turva catadura, 
Espadas sobre mano, ( un signo de pavura. 

La victoria es debida esclusivaniente á la interven- 
ción de los santos: 

440. Los christianos con esto | fueron mas esforzados; 
Fincaron los ynoios | en tierra apeados: 

Firíen todos los pechos I con los puños cerrados, 
Prometiendo emienda | á Dios de sus pecados. 

441. Quando gerca de tierra | fueron los caballeros, 
Dieron entre los moros | dando golpes certeros; 
Ficieron tal domage | en los mas delanteros 
Que plegó el espanto | á los mas postremeros. 

442. A vuelta de estos ambos | que del cielo vinieron 
Aforzaron cristianos, | al ferir se metieron: 
turaban los moriellos, | por la ley que prisieron. 
Que nunqua en sos días | tal priesa non ovieron. 

Ha merecido elogios de la crítica el bellísimo preám- 
bulo ó introducion alegórica, con que empieza su obra 
Los Milagros de Nuestra Señora, y es tenida por lo 
mas acabado y feliz que sale de la pluma de Berceo, 
porque además de la exactitud del verso y de la rirnn, 
hay en ella indicios de verdadera poesía. Dice así* 

Yo maestro Gonzalo | de Berceo nonmado 
Yendo en romería | caecí en un prado 
Verde é bien sencido, ( de flores bien poblado, 
Logar cobdiciadero | para un ome cansado. 

4 



50 LITERATURA ESPAÑOLA. 

Daban olor sobeio | las íloros bien olientes, 
Refrescaban en orne | las caras é las mientes 
Manaban cada canto | fuentes claras, corrientes, 
En invierno bien frias, I en verano calientes. 

Avíe hy gran abondo | de buenas arboledas, 
Milgranos é ñgueiras, | peros é manzanedas, 
E muchas oirás frutas i de diversas monedas. 
Mas non avie ningunas | podridas nin acedas. 

La verdura del prado, | la olor de las flores, 
Las somi)ras de los árboles | de temprados sabores 
Refrescáronme todo, | é perdí los sudores; 
Podrie vivir orne | con aquellos olores. 

Siguen á esa especie de introducion, poco relacionada 
ciertamente con el resto de la obra, los veinticinco ca- 
sos milagrosos, que son como peíjueños dramas, con su 
esposicion., nudo y desenlace, aunque participando algo 
del apólogo en la manera de presentar la doctrina. (1) 
Están fundados en las tradiciones populares, que les dan 
interés y movimiento, y reproducen la memoria de algún 
singular beneficio obtenido por la mediación de la Vir- 
gen, escitando de ese modo el culto y la devoción de 
los fieles. 

Si esta composición es la mas poética de Berceo en 
algunos pasages, la mas tierna, la mas sentida de todas 
es el Duelo de la Virgen, donde se lamenta de la pasión 
y muerte de su hijo. 

Los Signos que aparecerán ante del juicio son una 
prueba de las ideas un tanto extrañas del escritor, que 
supone las aguas de los mares levantándose por cima de 
las montañas mas altas, dejando á los peces en seco re- 
volcándose en el fango y devorando los unos á los otros, 



^l) Las tan conocidas leyendas del popular Zorrilla Margarita ¡a Tornera 
y A buen juez mejor testigo, guardan cierta semejanza con los Milagros II y 
^¿XIQ de la obra de Gonzalo de Berceo. 



KPOCA PRUÍERA. ^-j 

y á los animales terrestres que se hacen ciuda guerra. 

Mientras el cantor de los santos y demás poetad que le 
siguen acuden á la lengua patria para enriquecerla, le- 
gitimando hasta cierto punto su cultivo, logran darla el 
carácter de lengua literaria, que no le habia sido posi- 
ble recibir antes de los cantores populares. Recompensa 
es esta que nadie se atreverá á disputar con fundamento 
a Gonzalo de Berceo, á quien tampoco es licito ne-ar la 
gloria que de hecho le corresponde, como perfecciona- 
dor de las formas artísticas, sujetando metro y rima á 
las leyes de la cuaderna via, tan celebrada en el indica- 
do siglo y buena parte del siguiente. 

Juan Lorenzo Segura de Astorga, poeta que vivió en 
el remado de don Alonso el Sabio, era también eclesiás- 
tico ormndo de la ciudad que indica su nombre, y se pro- 
puso escribir, en el mismo verso y rima que Berceo la 
vida y hechos del gran conquistador del oriente, en una 
obra que lleva por título El Libro de Alexandre. (1) Su 
intento, que manifiesta de una manera clara en las pri- 
meras estancias, fué usar un lenguaje erudito, propio de 
las personas instruidas de aquel tiempo, y enteramente 
distinto del usado por Berceo, como se descubre en los 
siguientes versos del Poema. 

2. Mester trago fermoso, | non es de ioglería, 
Mester es sen pecado, | ca es de clerecía, 
Fablar curso rimado | per la cuaderna via, 
A sílabas cuntadas, i ca es gran maestría.' 

Con mas pretensiones que Berceo anuncia en esta 
segunda cuaderna el objeto de su obra, que él califica 
de hermosa, escrita en un lenguaje que no es el de los ¡u- 
glares^^ger^ pueblo, sino el de las personas ilus- 

(1) B¡ó. de Riv. Tom. S7,.pág. 147. 



52 LITERATURA ESPAÑOLA. 

tradas ó clérigos; lenguaje que nada tiene de inmoral, 
como el usado por aquellos, y está sujeto á las leyes de 
la cuaderna via, que cita con estas mismas palabras, 
cuyos versos eran hechos á sílabas cuntadas, porque 
esto para él supone grande habilidad, ca es gran maestría. 

Después de semejante indicación de su propósito, 
empieza la relación de los hechos del héroe de su Poe- 
ma, á quien supone antes de partir al oriente armado 
caballero, con una espada que le fabrica don Vulcano, 
una faja ó cinto dispuesto por doña Filosofía, y la indis» 
pensable cota de malla que le hacen dos Magas de la 
mar. Emprende luego sus espediciones, y al llegar á Je- 
rusalen manda decir una misa el obispo de aquella ciu- 
dad, para evitar que se apodere de ella el Gran conquis- 
tador. Guando hubo pasado por Troya, no quiso privarse 
de mencionar algunos hechos que ocurrieron en el ase- 
dio de la misma por los griegos. Al caudillo mas vaUente 
del ejército espedicionario de los griegos, á quien llama 
don Aquiles, queriendo imitar un pasage de Homero, 
que á la conclusión de su Poema le envia á la corte de 
Lycómedes, rey de Sciros, le hace ir á parar á un con- 
vento de monjas, disfrazado de mujer. 

Por la sencilla relación de estos hechos venimos en 
conocimiento de los muchos anacronismos, que abundan 
en la obra, y que si bien descubren imaginación en el 
escritor, revelan que se halla completamente estraviado 
por el mal gusto y la ignorancia de los tiempos. Presen- 
tar juntos á Alejandro el Grande y al obispo de Jeru- 
salen, cuando aún no se conocia la Iglesia católica; ad- 
mitir la existencia de conventos de monjas, para que en 
uno de aquellos se albergase don Aquiles, cuando no 
podia siquiera haber noticia de semejantes corporacio- 
nes religiosas, son defectos de tanto bulto, que solo el 



ÉPOCA PRIMERA. 53 

atraso general de los escritores podia dispensar. En aten- 
ción al título que lleva la obra, empezaron tal vez á lla- 
marse desde entonces alejandrinos los versos de catorce 
sílabas, que en ella se usan. 

Además de estos monumentos literarios del siglo XIII, 
que agregan al interés poético el muy especial de la rima 
y versificación anteriormente desconocidas, hallamos 
otras obras mas ó menos interesantes y anónimas, como el 
Poema de Fernán González, el Libro de Apolonio y el 
Poema de José, las cuales no podemos detenernos á 
examinar. 



54 LITERATURA ESPAÑOLA 



CAPITULO III. 

Fernando III. - D. Alonso el 8ál>lo. 

Dos escritores hay en el siglo XIII, que son precisamen- 
te nrionarcas distinguidos, el uno como emprendedor, gue- 
rrero y conquistador de nuevas tierras que agregar á la 
corona de Castilla, el otro como varón esclarecido y hom" 
bre de ciencia, cuya fama llena la Europa entera. El pri- 
mero se llama Fernando III; el segundo es su hijo Don 
Alonso el Sabio. Por herencia de Doña Berenguela de 
Castilla consiguió D. Fernando el cetro de este reino, y 
como sucesor de su padre, D. Alfonso IX, le corres- 
pondía el cetro de León; de suerte que se reunieron de- 
finitivamente en él las dos coronas, de Castilla y de León, 
para no volver á separarse en adelante. Tan pronto como 
vino á conseguir el mando, dos cosas se propuso Don 
Fernando: una, mantener la unidad política; otra, esten- 
der sus do:ninio3 ganando nuevas tierras á los moros. 
Para conseguir lo último dirige sus míralas á la ciudad 
santa de los árabes, la renombrada Córdoba y, apode- 
rándose de ella sin tardanza, obliga á los sectarios de 
Mahoma á retirarse hasta Granada, único baluarte que 
les quedaba para su defensa. Intenta luego conquistar á 
Sevilla^ y con dos ejércitos, uno de mar aprestado en las 



ÉPOCA PRIMEPA. 55 

costas de Cantabria, y otro de tierra que directamente 
envia, lo consigue fácilmente. 

Comprendiendo entonces Don Fernando la necesidad 
de unificarla legislación de los paises conquistados, man- 
da desde luego á la ciudad de Córdoba el código visigo- 
do ó Fuero-juzgo^ con orden espresa de que fuera tra- 
ducido al castellano, y además declarado vigente en esta 
y otras poblaciones de Andalucía. Por eso conservamos 
desde su tiempo aquella traducion del mismo, que en 
sentir de la Academia de la Lengua es un documento ca- 



O' 



lificado del idioma castellano. Fué escrito en latin á me- 
diados del siglo VI y se halla dividido en doce libros, los 
libros en títulos, y los títulos en leyes. Muy notable es 
la primera de éstas acerca del sucesor á la corona en la 
monarquía visigoda. «Cuando el rey morre, dice la ley, 
ningún orne debe tomar el reino, nin facerse rey. Nin 
clérigo, nin servo, nin estraño puede tomar el reino, si- 
non orne de linage de los godos, et de sangre noble, et 
digno de costumes, et con otorgamiento de los obispos, 
et de los mayores del reino, et del pobló todo. Si algún 
orne contraviniere á esta ley, sea cscomulgado». Suficien- 
te era la pena de escomunion, para impedir que se in- 
fringiese la ley, y una de las mayores que pudieran impo- 
nerse en aquel tiempo. 

No contento D. Fernando III con el código visigodo 
para el régimen de sus estados, concibió el pensamien- 
to de escribir uno original, con el propósito firme de uni- 
ficar la legislación de los paises conquistados, dividida 
en multitud de fueros y cartas-pueblas, contradictorias 
iVecuentemenfce en sus disposiciones. Empezado por él 
este código, con la ayuda probablernente de su hijo Don 
Alonso, le llamó Setetuirio. Debía ser una obra dividida 
en siete partes ó setenas; pero de toda ella no existe 



5G LITERATURA ESPAÑOLA. 

mas que la primera setena sin concluir, y una introdu- 
cion á la obra, escrita por D. Alonso el Sabio. Lo que 
de esta setena se conserva, está refundido en la Partida 
I, y trata de la religión cristiana, del paganismo y de 
otros asuntos. Antes de que muriera D. Fernando dio el 
encargo á su hijo de que terminase ei Setenario. 

Acogió D. Alonso el pensamiento de su padre, si bien 
no quiso continuar el trabajo en la forma que se habia 
empezado, prefiriendo hacer una obra enteramente ori. 
ginal, y en el año 1256 acometió el nieto de Doña Be- 
renguela la publicación de las Partidas^ código funda- 
mental, [que tardó nueve años en to'minarse, sin que lle- 
gara á ser declarado vigente en la vida de este rey. A 
D. Alonso pertenecen además varias disposiciones parti- 
culares en forma de leyes, para el gobierno de la nación 
hasta los últimos años de su reinado. 

Son las Partidas un código diferente de cuantos se 
conocen desde que empezó el sistema de codificar en 
las naciones modernas, y sus disposiciones no aparecen 
terminantes y escuetas en forma fracmentaria, sin razo- 
namientos de ninguna clase. Hallase dividida la obra, á 
semejanza del Setenario de D. Fernando III, en siete par- 
tes ó partidas, las partidas en títulos y los títulos en leyes. 
Al hacer el rey Sabio la exposición de las leyes, presen' 
ta verdaderos tratados de moral, de religión y de políti 
ca, razonados convenientemente; de modo que pudiera 
muy bien decirse que es una obra científica el Libro de 
las leyes, donde se enseña en diversas materias lo que 
conviene saber. Es un código filosófico, que sirve de fun- 
damento á varias disposiciones de la legislación actual, 
que tiene aplicación en todos los tiempos, habiendo es_ 
tado vigente no solamente en la península, sino también 
en algunas de sus colonias, como la Luisiana, que le 



ÉPOCA PRIMERA. 57 

conservaba al tiempo de incorporarse á los Estados unidos. 
No alcanzaron las Partidas el honor ds su promulgación 
como ley, en vida del Rey Sabio, y hasta el siglo XIV, 
reinando D. Alonso XI, no llegó á obtenérsela sanción. 
Como obra literaria se halla el lenguaje de las Parti- 
das á una altura tal, que sirve de fundamento sólido al 
idioma castellano, y ya no es posible retroceder, habien- 
do necesidad de llegar mas adelante para encontrar algo 
que tenga parecido con el lenguaje usado en el Libro de 
las Leyes. Su estilo es sencillo ordinariamente, como co- 
rresponde á las obras científicas, sin que por esto carezca 
en ocasiones de elegancia y armonía, escepcion hecha 
de algunas espresiones un tanto duras y de repeticiones 
que eran frecuentes en aquellos tiempos. En la Partida 
11, titulo V, ley 10, se hace referencia á las costumbres 
que deben tener los monarcas, de la manera siguiente. 

«Mucho se deben los reyes guardar de la saña, é de la ira, é de la 
malquerencia, porque estas son sobre las buenas costumbres. E la 
guarda que deben tomar en sí contra la saña, es que sean sofridos, 
de guisa que non les venza, nin se muevan por ella á facer cosa que 
les esté mal ó que sea contra derecho: ca lo que con ella ticiesen de 
esta guisa, mas seraeiaria venganza que justicia. E por ende dixeron 
los sabios: que la saña embarga el corazón del home, de manera 
(¡uel non deja escoger la verdad, E tanto tuvo el rey David por fuerte 
cosa la saña, que á Dios mismo dijo en su corazón: «Señor, cuando 
fueres sañudo, non me quieras reprender, nin seyendo irado casti- 
gar». E por esto debe el rey sofrirse en lasaña fasta que lesea pasa- 
da: é cuando lo ficiere, seguírsele ha gran pro, ca podrá escoger la 
verdad, é facer con derecho lo que íiciere. E si de esta guisa non lo 
(luisiere facer, caerá en saña de Dios é de los homes ... Ira luenga 
non debe el rey haber, pues qve ha poder de vedar luego las cosas 
mas fechas... E porque la ira del rey es mas fuerte é mas dañosa que 
la de los otros homes, poniue la puede mas aina complir; por ende 
debe ser mas apercibido, cuando la oviere, en saberla sufrir» etc. 

Aunque se designa á D. Alonso el Sabio como autor 



58 LITERATURA ^ESPAÑOLA. 

del Libro de las Leyes, convienen los críticos general, 
mente en que tan vasto é importantísimo trabajo no es 
obra de un escritor aislado; y lo que parece fuera de du- 
da es que la dirección y el trabajo principal le corres- 
ponde, como se descubre en el estilo y lenguaje, que 
guarda entera conformidad con las demás obras del nieto 
de Doña Berenguela Y si en el prólogo del Libro de las 
Leyes se leen las palabras «hicimos este código,» sabido 
es que la espresion hacer no tuvo siempre la significa- 
ción de ser autor. 

Notables son las disposiciones terminantes de D. Al- 
fonso, para que se escribiesen los documentos oficiales 
en idioma castellano, mandando al mismo tiempo que la 
Biblia se tradujera al lenguaje vulgar. (1) Desde aquel 
momento quedaba escluido como oficial el latin, y los pro- 
gresos de la lengua nacional fueron rapidísimos por esta 
causa. El Padre Juan Mariana asegura que vinimos á pa- 
rar entonces aun atraso é ignorancia- inconcebibles, con 
el abandono del latin; á lo cual ocurre preguntar, si era 
mas lo que se sabia antes de las disposiciones del Rey 
Sabio. Pero en orden á los progresos tlel idioma dice (¡ue 
en los dos ó tres siglos siguientes la prosa castellana no 
presenta nada comparable á las Partidas en pureza, 
nervio y elevación. 

Este hombre, que en tantas cosas daba muestras de 
su saber, se ocupó de la historia, escribiendo la crónica 
que, en un [)rincipio, asegura Mondéjar que llevó el nom- 
bre de Estoria (jeneral de España. Es de las mas anti- 
guas escritas en lengua castellana, y permanece inédita, 
en códices que la Real Academia de la Historia no se ha 



(i) Bié. de Kiv, Tom, 66. Cap, IX, pág. 8— Crónica de D. Alfonso dé- 
cimo. 



ÉPOCA PRIMERA. 59 

atrevido á publicar. En Florian de Ocampo, historiador 
cronista del siglo XVI, la encontramos notablemente des- 
figurada. D. Cayetano Rosell, que prestó un gran servicio 
coleccionando las crónicas españolas para la Biblioteca 
de Rivadeneira, dice en el Prólogo del primer tomo de 
su colección que no se atreve á hacer lo que hasta aho' 
ra la Academia de la Historia no habia realizado, y deja 
de publicarla. 

Se distingue esta crónica de todas las demás, que se 
escribieron después del siglo XIII, por su carácter poé- 
tico en algunos pasages, y por la desmedida ostensión 
que manifiesta. F]l plan de la obra es el siguiente. Em- 
pieza con un prólogo del mismo rey, donde espone ios 
motivos que le obligaron á escribir la historia de España 
é indica algunas de las muchas fuentes que hubo de con- 
sultar. «Deseando, dice, que fuera sabudo el comienzo de 
los españoles mandamos ayuntar cuantos libros pu- 
dimos aver de estorias, en que se contase alguna cosa 
de los fechos de España.... é tomamos la coronica de 
Maestre Lucas, obispo de Tuy (I), et la coronica del Ar- 
zobispo D. Rodrigo (2) y compusimos este libro.» No 

queda duda alguna, en virtud de semejante afirmación, 
de que el mismo D. Alonso tomó una parte muy prin- 
cipal en el trabajo. Dá principio luego á la relación de 
los hechos, desde la dispersión de los hombres después 



(i) D. Lucas, obispo de Tuy, natural de León, á mediados del siglo XO, 
compiló por orden de Doña Berenguela las crónicas hasta su tiempo, escribién- 
dolas en latin, aunque á flnes del siglo XIII fueron romanzadas algunas de sus 
obras. 

(z) Don Rodrigo, el Arzobispo, nació en Puente la Reina, á fines del si- 
glo XII y fué designado para la silla de Toledo, que ocupó. Escribió la Historia 
gótica, en latin, accediendo á los deseos de Don Fernando III, la cual fué puesta 
en romance por el mismo D. Rodrigo. 



60 LITERATURA ESPAÑOLA. 

del diluvio, hasta la muerte de D. Fernando III, padr» 
de D. Alonso, ocurrida en 1252. Toda la obra se halla 
dividida en cuatro partes: la primera se estiende desde 
los tiempos mas antiguos hasta la época visigoda; la se_ 
gunda desde la época visigoda hasta la época árabe, ó de 
la restauración con D. Pelayo en el siglo V; la tercera 
desde Don Pelayo hasta Fernando I el ma^no; y la cuarta 
y última, desde Fernando I en el siglo XI, hasta Don 
Fernando líl en el siglo XIII. 

Comprende la primera parte de la crónica de Don 
Alonso los hechos ocurridos en la época romana, sobre 
todo, y del modo que en la edad media fueron conoci- 
dos, es decir antes de la época del renacimiento de las 
letras. En ella se habla del episodio de la reina Dido de 
Gartago, á quien los cronistas defienden de las imputa- 
ciones de Virgilio, tratándola mejor que los poetas, y 
supone que después de la huida de Eneas, éste la escri- 
bió una carta, sin que ella se hubiese suicidado, como 
la pinta el vate mantuano. Esta parte es la menos intere- 
sante de todas. La segunda, que abraza la época visigo- 
da, manifiesta ya los sentimientos nacionales, mejor que 
la anterior, y tiene como fuentes los escritores eclesiás- 
ticos de la edad media, cuyo estilo es el dominante siem- 
pre. Carece igualmente de verdadero interés histórico. 
La tercera parte es la mas poética de todas, por ocuparse 
de los hechos gloriosos de la nación en el periodo de la 
reconquista, y habla en ella con interés y aniniacion 
del mismo Don Pelayo, de Bernardo del Carpió en Ron- 
cesvalles, del conde Fernán González y de los siete in- 
fantes de Lara. Refiere algunos hechos milagrosos con 
extraordinaria sencillez, como el de haber fabricado los 
ángeles una cruz para Don Alfonso el Gasto, y la apari- 
ción del Apóstol Santiago peleando en un caballo blanco 



ÉPOCA PRIMERA. 64 

y matando moros en la batalla de Glavijo. La cuarta par- 
te empieza con los liechos de la vida del Cid en tiempo 
de Fernando I, ocupando una estension considerable lo 
que á este personage se refiere, fundado en las tradicio- 
nes y romances anteriores. Generalmente se advierte 
que á medida que están cercanos al escritor, son mas 
creibles y verídicos los sucesos, desaparece la poesía y 
manifiesta ya condiciones de verdadera historia, por ejem- 
plo en la muerte de su padre Don Fernando, de la cual 
parece haber sido testigo presencial. 

Entre los pasages mas notables merecen citarse dos 
especialmente: uno que pinta la situación de España, an- 
tes de la invasión de los árabes, «Los bienes que tiene 
España»; y otro, el estado en que se encuentra, después 
de la invasión de los mismos, «El llanto de España.» 
Además, las relaciones de los hechos atribuidos á Ber- 
nardo el Carpió y al Cid son muy interesantes. 

Al examinar los trabajos literarios de Don Alonso X 
empiezan algunos el estudio de sus obras por las escri- 
tas en verso, teniendo presente sin duda el orden cro- 
nológico en que debieron aparecer, como fruto de sus 
juveniles años casi todas; pero atendida la grandísima 
importancia que revela, hemos preferido ocuparnos en 
primer término de las Pariidas, por ser esta la obra 
maestra del rey sabio. Todas las escritas en prosa per- 
tenecen al género didáctico, y se dividen en legales, his- 
tóricas y puramente científicas. Hiciéronse también por 
mandato suyo las traduciones novelescas de Calila y 
Dina y el Libro de Sendebar, de la literatura oriental. 

Las que existen en verso corresponden al género lí- 
rico, y entre ellas ocupan lugar preferente las Cantigas 
ó canciones dedicadas á la Virgen, hechas con el objeto 
de que se cantasen en la iglesia de Santa María de Mur- 



()^ LITERATtTRA. ESPAÑOLA. 

cia, donde pensaba ser enterrado, aunque sucedió de 
muy diversa manera, porque sus restos mortales queda- 
ron en Sevilla. Cuatrocientas y una son las Cantigas que 
se conservan, de las cuales hasta ahora solamente algu- 
nas se han publicado sueltas por varios escritores; pero 
acaso no tarde la Academia española en hacer de ellas 
una edición completa y de lujo, según acostumbra con 
obras de esta clase. (1) Están divididas en estancias, 
que llevan frecuentemente un estribillo á manera de le- 
trillas: su verso varia, desde seis hasta doce sílabas, y 
el lenguaje es el dialecto gallegj antiguo, el mas antiguo 
acaso hablado en aquella región de España. Disputáronse 
en un principio dos dialectos, gallego y castellano, el 
privilegio de convertirse en lengua nacional, pero las 
continuas guerras del siglo XI, en tiempo de Sancho II 
el fuerte y de sus sucesores, hicieron que viviesen los 
gallegos con cierta independencia del resto déla nación, 
quedando su lenguaje vinculado á la parte noroeste de 
la península, mientras que mas afortunado el castellano 
vino á convertirse en lengua de España. 

La razón que tuvo Don Alonso para preferir el dia- 
lecto gallego en sus Cantigas, siendo así que jamás se 
habló en el mediodía de España, adonde las destinaba, 
difícil es averiguarlo. Tal vez la dulzura de ese lenguaje 
primitivo, ó el haber vivido largo tiempo con su padre, 
Fernando III, no lejos de aquel pais, fueran los motivos 
que á esto le impulsaran. Hay en ellas mucha ternura y 
con frecuencia se descubren los sentimientos religiosos 
del monarca. 

Parece indudable que una sentida elegía en escelen- 



(i) Don Leopoldo Augusto de Cueto, marqués de Valmar, proyectó rea- 
'lizar este pensamiento durante las vacaciones de la Academia, en el año de l879( 



^PÓCA PniMERA.. 6í^ 

te verso de arte mayor, titulada las Querellas^ ó que- 
jas del estado turbulento de la nación, y de las rebe- 
liones de los nobles y de su hijo, fué debida á la bien 
cortada pluma de Don Alonso, si atendemos á las dos 
coplas que de ella se conservan, citadas por varios es- 
critores, donde se descubre cierta analogía con la ma- 
nera de expresarse el rey, cuando escribe á su primo 
Don Alonso Pérez de Guzman, protegida en la corte del 
rey de Fez, Aben Juzaf, lamentándose de las mismas 
rebeliones y turbulencias. (1) No puede asegurarse lo 
mismo respecto al libro de El Tesoro, que tiene por 
asunto la trasmutación de los metales en oro, por encon- 
trarse en las leyes de Partida opiniones abiertamente 
opuestas á las que en el expresado libro se manifiestan. (2) 



(i) Las Querillas del Rey Sabio se titula un drama de Eguilaz, que de 
cuando en cuando se representa, y cuyo asunto son los disgustos que sufría este 
rey, con su hijo especialmente, viniendo los dos á las manos en la misma esce- 
na. Está escrito en castellano antiguo. 

(2) Amador de los Rios, Hisí&ria crítica, tomo III, pág. 517. 



64 



LITERATURA ESPAÑOLA. 



CAPITLXO IV. 

•Iiiaii Riiíx.— Otros poetas. 

Pocos escritores hay en el parnaso español, que me- 
rezcan juicios tan encontrados á los ojos de la crítica 
literaria, como el Arcipreste de Hita, Juan Ruiz, aumen- 
tando esto la dificultad para examinar acertadamente las 
obras que debemos a su pluma. Quien, como Puibusque 
y Villemain, le trata con estremada injusticia, hasta el 
punto de no incluirle este úUimó en el número de poe- 
tas españoles de su siglo, por considerarle acaso indigno 
de este honor: quien, como Giarus, le concede de buen 
grado todas las condiciones de distinguido poeta, cuando 
dice que «por cierta incomparable ironía que no perdona 
á sí propio, por la verdad del colorido, por el acertado 
manejo del apólogo, por la gracia con que promueve el 
júbilo poético, aparece no solo superior á los escritores 
castellanos del siglo XIV, sino á los mejores poetas de 
la edad media en general:» quien, como Fernando Wolf, 
crítico de grande estima y el primero que dio á conocer 
en Alemania el mérito del Arcipreste ocupándose esten- 
samente de sus obras, se atreve á compararle con Cer- 
vantes; y Fernandez Espino, abundando en las mismas 
ideas, dice que en marco mas estrecho y con menos ho- 



ÉPOCA PRBfERA. B5 

nestidad retrata, como él, las costumbres de su tiempo, 
y le llama el poeta del siglo XIV. (1) Indudable parece 
que el mismo empeño que unos y otros manifiestan en 
deprimirle ó ensalzarle, viene á descubrir paladinamente 
que algún mérito, cuando menos, es necesario recono- 
cer en el escritor. En que consista aquél, y por qué tan 
encontradas hayan sido las opiniones, vamos á vislum- 
brarlo exponiendo ligeramente el asunto de su obra. 

Empieza El Libro cielos Cantares del Arcipreste, que 
este es el título que lleva, por una oración á Dios, á 
quien repetidamente suplica que le saque de la prisión 
en que se halla, donde probablemente según aparece en 
uno de los códices, compuso la mayor parte de sus 
poesías. Explica á continuación, en un prólogo en 
prosa, la intención que tuvo al escribirle que «no fué 
por dar manera de pecar, ni por mal decir»,» sino «por 
dar ensiemplo de buenas costumbres, et porque sean 
todos apercebidos é se puedan mejor guardar de tantas 
maestrías como algunos usan por el loco amor;> pero lo 
que realmente se trasluce es que quiso justificar en cierto 
modo la tendencia inmoral de una gran parte de su 
obra. El asunto principal de ella, que en uno de los pri- 
meros epígrafes se anuncia, (2) es referir alegórica- 

(1) Don Luis José Velazquez, el primero que dá alguna noticia de su* es- 
critos, le llama el Petronio de la poesía castellana; otros le comparan con el 
inglés Chaucer, con el sarcástico Rabellais y hasta con el sublime é inspirado 
Dante, porque aparece siempre, como él, en medio de los cuadros que bosqueja 
ó pinta con esmerado empeño. A nadie, que sepamos hasta ahora, le ocurrió 
compararle con el satírico Que vedo, con quien tiene mucho parecido, si se 
atiende á la mezcla de devoción é inmoralidad que hallamos en sus poemas, y 
á la desnudez con que presenta los vicios y defectos de la humanidad, á los 
cuales no pone siempre el debido correctivoi llegando á ser entonces su natura- 
lismo repugnante. 

(2) Copla 67. 

5 



66 LÍTERATURA ESPAÑOLA. 

mente las aventuras amorosas del mismo Arcipreste, 
intercaladas de fábulas, (enxiemplos) sátiras, cantigas 
de, serrana é himnos de devoción, todo ello oportuna- 
mente traido casi siempre. Sírvese desde luego, para el 
fm propuesto, de una mensagera (1) que es la tercera 
de sus amoríos, á quien descaradamente llama después 
Trota-conventos; la envia primero á una mujer ins- 
truida — mucho letrada— que se niega á corresponderle. 
Procura consolarse de semejante desacierto con las pa. 
labras de la Escritura, diciendo que todas las cosas de 
este mundo son vanidad y liviandad. En la siguiente 
aventura resulta engañado por un amigo, que le hace 
traición robándole su dama; pero tampoco esto le desa- 
nima, sino que se encuentra dispuesto á dejarse llevar 
de su destino, como sucedió al hijo de un rey moro, 
cuya historia refiere. Recibe un tercer desengaño, y se 
le aparece entonces don Amor, aconsejándole en unos 
cuantos apólogos, con mucha gracia y facilidad es- 
puestos. 

Cambia la suerte del Arcipreste, en lo que pudiéramos 
llamar segunda parte de su obra. Decide presentarse á 
doña Venus, á quien equivocadamente supone mujer de 
don Amor, y sigue los consejos de ésta, logrando de ese 
modo sahr airoso de las empresas amorosas que aco- 
mete. Este género de aventuras, cuya relación conoci- 
damente es alegórica, le hace arrepentirse de una vida 
demasiado libre y cambia de entonación, dando consejos 
morales y lecciones de inmediata aplicación á las damas. 
Sin decirnos la causa, aparece nuevamente caminando 
á los montes de Segovia en busca de aventuras de amor, 
y con este motivo escribe las Cantigas de Serrana] pero 

(l) Copla 71. 



ÉPOCA PPvIMRhA. 67 

acercándose la cuaresma, decide volver precipitadamente 
á su casa. 

Recibe allí la orden terminante de doña Cuaresma, 
para presentarse armado con todos los arciprestes y clé- 
rigos, á fin de librar batalla campal con don Carnaval 
y su gente. Ocurre una contienda alegórica, estensa- 
mente descrita, en la cual figura don Ayuno, don To- 
cino y doña Cecina, ademas de los principales persona- 
ges, y resulta naturalmente la victoria por parte de 
la cuaresma, en cuyo tiempo se verifica; pero acabada 
esta, recobra su libertad el prisionero don Carnal, 
y acompañado de sus partidarios, entre los cuales figuran 
don Almuerzo y doña Merienda, vuelve con ellos al 
campo y queda vencedor. 

Triunfante Don Carnal, hace amistades con don Amor, 
y juntos se presentan con grande aparato, siendo ale- 
gremente recibidos por clérigos y seglares que le dan la 
bienvenida, designando en primer lugar al Arcipreste 
para salir á su encuentro. Le refiere el Amor sus aven- 
turas en Sevilla y Toledo durante el invierno, y ense- 
guida le abandona para buscar otras nuevas. Valiéndose 
otra vez el Arcipreste de doña Trota-conventos, empren- 
de aventuras sumamente libres, á que da fin la muerte 
de su mensagera de amor, á la cual dedica un epitafio, 
pudiendo decirse que con esto se pone término á la obra. 

Aunque mezcla informe, al parecer, de cosas hetero- 
géneas el Libro de los Cantares del Arcipreste, donde 
trata de lo mas santo como gozos á la Virgen, y de lo 
mas inmoral, como estensas relaciones de amores en las 
cuales interviene siendo eclesiástico, y valiéndose de la 
famosa tercera llamada Trota-conventos, á quien cita so- 
lamente alguna vez con el nombre de Urraca^ no es po- 
sible consiilerarle desprovisto de cierto géa ero de unidad, 



68 LITERATURA ESPAÑOLA. 

que se descubre ya en la esposicion misma del asunto. 
No falta quien para encontrar esa unidad, que tra- 
bajosamente se descubre en esta obra, acude á compa- 
rarla con la Divina Comedia, ofreciéndose en aquella el 
mismo Arcipreste á servir de vínculo de unión á las di- 
ferentes partes que contiene, y estableciendo á la vez la 
misma unidad de acción que se refleja en la inmortal 
composición del Dante. «Asi como este gran poeta re- 
corre en alas de su prodigiosa fantasía las regiones idea- 
les del iniierno, del purgatorio y del paraíso, pintando 
el dolor, la esperanza y la beatitud interna, como cas- 
tigo ó premio de los pecados ó virtudes del mundo, así 
también, sin desviarse de la tierra, recorre el Arcipreste 
todos los círculos de la sociedad para mostrar las pre- 
varicaciones de la carne.» (1) Hallamos una diferencia 
solamente en esta comparación, y consiste en que mien- 
tras Dante viaja acompañado por aquellas regiones de 
Beatriz ó Virgilio, le es indespensable al Arcipreste la 
consabida Trota-conventos. Por lo demás es indudable 
que la figura de este personage aparece constantemente 
en escena realizando aventuras de amor y viene á dar 
á su libro la unidad apetecida: cuando muere la indis- 
pensable mensagera de amor, ha terminado su misión 

el Arcipreste. 

Bajo dos puntos de vista ha de considerarse el hbro 
de Juan Ruiz, para formar un juicio acertado sobre el 
' mérito de su autor. Si se le mira como hombre de in- 
aenio y adornado de dotes poéticas nada comunes, que 
escribe con facilidad, gracia y soltura, que se revelan 
especialmente en los Enxiemplos ó fábulas con que sabe 
amenizar las aventuras que forman el núcleo de su tra- 



(!) Amador de ios Ríos, /¿is(. mí. d^ la Ut, csp., tom. IV, pág. 171. 



ÉPOCA PRIMERA. 69 

bajo, y en varios pasages aislados, digna es de todo elo- 
gio ciertamente la habilidad del escritor y merece ser 
colocado en primer lugar entre los poetas del siglo XIV. 
Pero si al lado de tan brillantes cualidades, paramos 
mientes en multitud de pasages conocidamente inmora- 
les y por lo mismo feos, que obligan á su primer editor 
don Tomás Sánchez, á purificarle de una parte de la 
inmundicia que contiene, dejando mucho todavía que á 
la simple vista se descubre, no podemos dejar de cen- 
surar la obra de un eclesiástico, autor de un hbro en 
que él mismo se presenta sin rebozo, aunque sea alegó- 
ricamente, como principal agente de todo género de 
liviandad. (1) 

En prueba de que no es posible desconocer las esce- 
lentes condiciones poéticas del escritor, citaremos algu- 
nos pasages, como la pintura que hace don Amor de la 
mujer, á quien le aconseja que debe elegir. 



(i) El ilustrado conde Th. de Puiíúagre, rechazando la esplicacion queda 
Sánchez de la situación del Arcipreste, declara f^que no reconoce en él la pureza 
de intención que inspira su obra,» indignándole la mezcla de obscenidad y de- 
voción que en ella resalta, é infundiéndole desconfianza el empeño que pone 
Juan Ruiz en hablar á cada paso de sus buenas intenciones. Vieux auteurs 
^astillans, tom. II, cap. XV. — Tampoco justifica Ticknor el propósito del 
Arcipreste, cuando dice que en uu prólogo, en prosa, esplica el objeto moral 
de la colección, ó «rmas bien trata de ocultar la tendencia inmoral de la mayor 
parte de su obra.» Hist, de la lit. csp.^ tom. I, pág. 86. — El Sr. Amador de los 
Ríos contesta al primero «que si el Arcipreste debia recorrer todas las clases de 
la sociedad, para presentar el estado de corrupción, á que durante la primera 
mitad del siglo XIV hablan venido las costumbres, y si éstas hablan de aparecer 
con toda verdad en su poema, no le era dado dejar de presentar aquella suerte 
de maridaje (da obscenidad y devoción) sin que por esto recayese sobre su per- 
sona ni la responsabilidad, ni la mancha de loi vicios que retrataba. .. Hay, 
añade, escesiva fuerza de colorido, sobrada naturalidad^ poco ó ningún disi- 
mulo en el bosquejo de las escenas que imagina»,... pero ¡protesta de su in- 
tención! Hist. crít, t, IV, pág. 193. 



70 LITERATURA ESPAÑOLA, 

423. Ojos grandes, fermosos, | pintados, relucientes, 
Et de luengas pestañas, | bien claras é reyentes; 
Las orejas pequeñas, | delgadas para al mientes; 
Si ha el cuello alto, | atal quieren las gentes. 

424. La nariz afilada, | los dientes menudiellos, 
Egoales é bien blancos | un poco aprietadiellos. 
Las ensivas bermejas, | los dientes agudiellos, 
Los labios de la boca, | bermejos, angostiellos. 

Menga Llórente, una de las mas apuestas serranas 
de los montes de Segovia, le pide dádivas, en recom- 
pensa de su amor. 

977. Dis:— «dame un prendedero, 

Que sea de un bermeio paño, 

Et dame un bel pandero 

Et seys aniellos de estaño. 

Un camarro disantero, 

Garnachon para entrel año 

Et non fables en engaño. 
078. Dam' (;argiellos et heviella, 

De latón bien relusiente; 

Et dame toca amariella, 

Bien listada en la fruente, 

Zapatas fasta rodiella; 

Et dirá toda la gente: 

Bien casó Menga Lloriente. 

Para conocer los escesos de inmoralidad, no es ne- 
cesai'io mas que abrir el libro y la sana crítica rechaza 
donde ({uicra gran parte de su contenido. No se oculta- 
ban estos lunares á Jovellanos que encargado de emitir 
dictamen acerba de su publicación, cuando don Tomás 
Sánchez le presentaba expurgado á la Academia de la 
Historia, alega entre otras razones para que se haga 
completa la edición, como habia salido de manos de su 
autor, la de que no habia de ser leido el Libro de los 



ÉPOCA PRIMERA. li 

Cantares por personas de escasa ilustración, para las 
cuales ningún atractivo hay en el castellano antiguo que 
apenas entienden, ni por los meramente curiosos ó afi- 
cionados que gustan sobre todo de las obras escritas en 
el lenguaje de los buenos tiempos. (1) 

Rabbi don Haiito. 

Al subir al poder don Pedro I de Castilla existia en 
Garrion de los Condes un hombre de raza judía, muy 
ilustrado, que se llamaba Maestro ó Rabbi don Santo, 
el cual agradecido tal vez á la protección que le dispen- 
sara el monarca, escribió una obra didáctica en verso, 
con objeto de darle algunos consejos ó máximas de mo- 
ral, y la tituló Proverbios morales. Que este sea el ver- 
dadero nombre y no el de Consejos é documentos al rey 
don Pedro, como suelen designarla varios escritores, nos 
autoriza á creerlo el Marqués de Santillana en su Carta al 
Condestable de Portugal, cuando juzga al Rabi don Santo 
de la manera siguiente: a Concurrió, dice, en estos 
tiempos un judio que se llamó Rabi don Santo; escribió 
muy buenas cosas, é entre otras Proverbios morales^ en 
verdat de assazcommendables sentencias.» 

Consta la obra de seiscientas ochenta y seis coplas, 
de cuatro versos heptasílabos, empezando con la siguiente: 

Señor, noble, muy alto 
Oid este sermón 
Que vos dice don Sanio 
Judio de Carrion. 

Queriendo poco después sincerarse de que un judio 



(i) Biblioteca de autores españoles, tom. 57. — XXXV, — Nota, 



72 LITERATURA ESPA^'OLA. 

tuviera el atrevimiento de aconsejar al rey don Pedro 
de Castilla, continúa: 



'> 



• 47. Por nacer en espino 

La rosa, yo non siento 
Que pierde, ni el buen vino 
Con salir de sarmiento. 
48. Ni vale el azor menos 
Porque en vil nio siga, 
Ni los enxiemplos buenos 
Porque judio los diga. 

En la copla treinta y seis, después de una introdu- 
cion algo pesada, empieza los consejos con una versifi- 
cación fácil y agradable, como no escribían los rabinos 
de ningún pais en aquel tiempo, cuando además del co- 
mercio se dedicaban los espatriados de Judea al cultivo 
de las letras. Hay á veces, sin embargo, cierta oscuridad 
que un comentador del códice existente en la Biblioteca 
nacional (Bb. 82) pretendía disculpar, en atención al 
lenguaje versificado, en que la obra se halla escrita. (1) 

Mas notable que la anterior es sin duda una compo- 
sición festiva, de autor desconocido, aunque algunos sin 
bastante fundamento suelen atribuirla al judio deCarrion, 
y se llama La Danza de la Muerte. . Si atendemos al 
asunto, es una muy conocida ficción de la edad media, 
que supone á la muerte llamando á presencia suya á to- 
dos los nacidos, desde la mas elevada hasta la mas hu- 
milde condición, para que danzando comparezcan en for- 
ma de esqueletos á dar cuenta de su conducta; de donde 
resulta una especie de juicio final, y el destinado á juz- 
gar es la muerte. 

Empieza la obra por un pregón ó llamamiento ge- 



(i) Bti. de Eiv , tom. 57.— XLII. 



ÉPOCA PRIMERA. 73 

neral, que hacen la muerte y un predicador á todas las 
criaturas, y estas se van presentando sucesivamente por 
el orden gerárquico á que pertenecen, desde el papa y «I 
emperador, hasta el sacristán y los porteros. Cada uno de 
JOS que van entrando en la danza manifiesta sus escusas 
á la muerte, en una copla de ocho versos de arte mayor, 
y ésta adecuadamente le contesta en otra igual, procu- 
rando enlazar el asunto con el llamamiento del perso- 
naje siguiente. Sirva de ejemplo el del labrador y la 
contestación de la muerte. 

DISE EL LABRADOR. 

Como conuiene | danzar al billaao 
Que nunca la mano | sacó de la reja? 
Busca sy te piase | quien dance liuiano, 
Dexa-me Muerte, | con otro trebeja. 
Ca yo como tocino | e abeses oveja, 
E es mi oficio | trabajo e afán 
Arando las tierras | para sembrar pan, 
Por ende non curo | de oir tu conseja. 

DISE LA MUERTE. 

Si vuestro trabajo | fué siempre sin arle 

Non fasiendo furto | en la tierra agena, 
En la gloria eternal | abredes gran parle, 
E por el contrario j sufriredes pena. 
Pero con todo eso | poned la melena, 
AUegad-vos a mi, I yo vos buire, 
Lo que á otros íise | á vos lo faré- 
E vos monje negro | tomad buen estrena. 

De las composiciones de su clase, escritas en las de- 
mas naciones, ninguna hay tan interesante ni dramática 
corno la española, donde llama la atención sobre todo, 
que siendo un asunto de suyo tétrico y sombrio, se ha 
conseguido hacerle entretenido y agradable. El verso 



74 LITERATURA ESPAÑOLA. 

empleado en las setenta y siete coplas, de que consta la 
obra, es el de arte mayor, con bastante regularidad y 
armenia, hasta el punto de haber dudado la critica fun- 
dadamente si seria posterior al Judio de Carrion. 

El Poema de Alonso XI, composición también del 
siglo XIV, es una obra épica, que conservamos incom- 
pleta sin principio ni fin, perú muy interesante por las 
contiendas entre moros y cristianos, que refiere de aquel 
reinado, en el mediodía de España. Figura impresa en 
el tomo de poetas anteriores al siglo XV, de la Biblio- 
ca de Ribadeneyra, y fué tomada eu su origen de un 
códice, que se conserva en la Biblioteca del Escorial, de 
los muchos que formabau la librería de don Diego Hur- 
tado de Mendoza y se trajeron de Granada. Reimpresa 
esta obra en tiempo de doña Isabel II, pur disposición 
de aquella reina, es la edición de mas lujo que circula 
en la actualidad. 

El título que llevaba en un principio era el siguien- 
te: Historia del rey don Alfonso XI, el que ganó las 
Algeciras, en metro, sin iwincipio ni fin, lo cual hizo 
creer á muchos que habla sido escrita por el mismo 
don Alfonso; pero con mas detenimiento examinada, 
apareció en el cuerpo de la obra una copla que revela 
su verdadero autor: 

La profecía la conté 
E torné en decir llano 
Yo Ruy Yañez la noté 
En lenguaje castellano. 

No (jueda duda, después de esto, que fué debida á 
Ruy Yañez ó Rodrigo Yafiez, uno de los caudillos que 
acompañaron á don Altonso en las espediciones de AK 
geciras y Tarifa. El verso que en ella se emplea es el de 



ÉPOCA PRIMÉBA. 75 

ocho sílabas, como se observa en la copla anteriormente 
citada y en las siguientes. 

El rey moro de Granada 
Mas quisiera la su ña 
La su seña mas preciada 
Entrególa á don Osmin. 
El poder le dio sin falla 
. A don Osmin su vasallo 
Escusose de batalla 
Con cinco mil de acaballo. 
Después de zaga vinieron 
Ricos ornes y Arrayaces 
E todos luego ficieron 
Muy bien apostadas faces. 

Estos pasages son de los mejores que tiene, pues 
generalmente aparece con bastante descuido escrita en 
la versificación y ortografía. Su principal mérito consiste 
en que refiere hechos interesantísimos, y refleja las 
costumbres de aquellos tiempos lejanos de la reconquista. 

Juan Ulaiiiiel* — Oliras Aiióiiiiiiaí^. 

Gomo escritor en prosa del siglo XIV debemos citar 
al infante D. Juan Manuel, hijo de D. Pedro Manuel, 
hermano de D. Alonso el Sabio. Nació en Escalona, pue- 
blo hoy de la provincia de Segovia, y pasó los primeros 
años al lado de su primo D. Sancho, llegando á distin- 
guirse mas tarde en las armas y en las letras, durante 
los reinados de D. Fernando IV y D. Alfonso XI. 

Entre los sucesores del rey Sabio es mirado como el 
escritor mas fecundo, que produce multitud de obras, de 
las cuales una gran parle ha desaparecido. (I) La mas 



(l) Se conservan coleccionadas en la Btbliokca Je Autores Españoles de 



76 LITERATURA ESPAÑOLA. 

importante de cuantas escribió el Sr. de Peñañel es sin 
duda El Conde Lucanoró Libro de Patronio, que se re- 
duce á una colección de enxiemplos ó fábulas de gusto 
conocidamente oriental, como el Libro de Calila y Dina, 
relacionados entre sí por medio de una ficción que les 
une, con el fm de servir de utilidad á las gentes de es- 
casa instrucción «que non fuesen muy letrados nin muy 
sabidores». Figuran en toda ella dos personajes prin- 
cipales, el conde Lucanor y Patronio, que sostienen un 
diálogo, valiéndose Patronio de los citados enxiemplos 
oportunamente traídos, como en el Libro de los canta- 
res del Arcipreste, siguiendo la costumbre de escribir 
en aquel tiempo, sin que llegue á faltar al conjunte la 
unidad de composición. Supónese en la obra que el 
Conde Lucanor tiene escasez de conocimientos, pero 
al mismo tiempo gran deseo de saber, y para conseguir 
esto lleva siempre consigo á un maestro ó consejero há- 
bil llamado Patronio, que por medio de enxiemplos, ó 
ejemplos, le resuelve cuantas dudas en materias polití- 
cas y morales suelen ocurrirle. 



Rivadeneyra las siguientes, algunas por cierto de bien escasa importancia y po- 
quísima extensión. Tomo Ll. 

Libro del caballero y del escudero. 

Tractado que fizo D, Juan Manuel sobre las armas, etc. 

El libro de los castigos. 

De las maneras de amor 

Libro de los estados. 

Libro de los fraires predicadores. 

Libro de Patronio. 

Tractado en que se prueba por razón que Santa María está en cuerpo y al- 
ma en Paraíso. 

Agregúense á las anteriores algunas descubiertas en varios códices, como 
la Crónica abrwiada, que es un resumen de la General del rey Sabio, muy in- 
teresante para aclarar puntos que en esta son dudosos. 



ÉPOCA PRIMERA.. ^-^ 

De cincuenta y un enxiemplos consta la primera par- 
te de esta colección, que es sumamente variada, pues á 
veces son una anécdota de la historia de España, como 
dos del Conde Fernán González, cuando venció áAlman- 
zor en las Hacinas, (1) que tienen un mismo asunto de 
diversa manera espuesto; otras un recuerdo de costum- 
bres nacionales; otras una ficción caballeresca; y algu- 
nas, imitación de antiguos fabulistas, como el de la Zor- 
ra y el Cuervo que tenia un pedazo de queso en el pico, 
(2) La demasiada ostensión nos priva de insertar el Ca- 
samiento morisco, (3) que es el mas interesante de todos 
por la novedad del asunto, tratado después por Scha- 
kespeare en su comedia la Brava domada, y en él ma- 
nifiesta D. Juan Manuel sus ideas acerca de la obedien- 
cia que debe al marido la mujer casada. (4) Para que 
veamos en que consisten esta clase de composiciones, pue- 
de servir de modelo el siguiente enxiemplo, imitado por 
Calderón de la Barca en la tan conocida décima de la 
Vida es Sueño f «Cuentan de un sabio, etc. 

ENXIEMPLO X. 

De LO QUE CONTESGIÓ Á UN HOME QUE POR P0CRE2A ET 
MENGUA DE OTRA VIANDA GOMIA ALTAUMUCES. 

Otro (lia fablalia el conde Lucatior con Patronio, su consejero, en 
esla manera: «Patronio, bien conozco á Dios que me lia fecho muchas 
mercedes mas que yo le podría servir, ct en todas las otras cosas en- 



(1) Enxiemplos XVI y XXXIII, 

(2) Enxiemplo V. 

(3) Enxiemplo XXXV. 

(4^ El enxiemplo VII, de Doña Truhana, le encontramos imitado por Sama* 
niego en su fábula de la Lechera, 



*7^ LITERATURA EéPAífÓLA. 

tiendo que está la mi facienda asaz bien et con honra; pero algunas 
vegadas acaésceme de estar tan afincado de pobreza, especialmente, 
de manera que querría tanto la muerte como la vida, et ruégovosque 
algunt conorte me dedes para esto.» ftSeñor conde, dijo Patronio, pa- 
ra que vos conortedes cuando tal cosa vos acaesciere, seria muy bien 
que supiésedes lo que contesció á dos homes muy ricos, qué fueron 
después pobres». Et el conde le rogó que le dijese cómo fuera aquello. 

«Señor conde, dijo Patronio, destos dos homes, el uno llegó á tan 
gran pobreza, que le non fincó en el mundo cosa que pudiese comer; 
et desque fizo mucho por buscar alguna cosa que comiese, no pudo 
haber cosa sinon una escudilla de altarmuces, et acordándose de tan 
rico que solia ser, et que agora con fame et con mengua comía altar- 
muces. que son tan amargos et de tau mal sabor, comenzó de llorar 
mucho fieramente; pero con la grand fame comenzó de comer de ellos, 
et comiéndoles estaba llorando, et echaba las cascaras de ellos en pos 
de sí; et él estando en este pesar et en esta cuita, sintió que estaba 
otro home en pos del, et volvió la cabeza, et vio un borne cabe sí que 
estaba comiendo las cascaras que él desechaba, et era aquel de que 
vos fablé desuso. Et cuando él vio aquel que comía las cascaras de 
los altarmuces, dijo que por qué facía aquello, et él dijo que supiese 
que fuera muy mas rico que non él, et agora que habia llegado á tan 
grant pobreza et á tan grant fambre, que le placía mucho cuando fa- 
llaba aquellas cortezas que él dejaba. Et cuando esto víó el que comía 
los altarmuces, conortóse, pues entendía que otro habia mas pobre 
que non él, et que habia menos razón porque lo debía ser; et con es- 
te conorte esforzóse, et ayudóle Dios, et cató manera como saliese de 
aquella pobreza, et salió della, el fué muy bien andante 

«Et vos, señor conde, debedes saber quel mundo es tal, et aun 
Dios nuestro Señor lo tiene por bien, que ningún home non haya 
complidamente todas las cosas; mas en el todo lo ál vos face Dios 
merced, et estados con bien et con honra. Sí alguna vegada vos men- 
guaren dineros, et estuvierdes en algún afincamiento, non desmaye- 
des por ello, el creed por cierto que otros mas honrados et mas ricos 
qne vos están ansimesrao afincados, que se temían por pagados si 
pudiesen dar á sus gentes, et les diesen aun muy menos de cuanto 
vos dades á los vuestros.» 

Et al conde plogo mucho de este consejo que Patronio le dló, et 
conortóse, et ayudóse él et ayudóle Dios, et salió muy bien de aquel 
quexo en que estaba. Et enlendieüdo D. Johan que este enxiemplo era 



ÉPOCA. PRIMERA. 79 

muy bueno, fizólo ponor en este libro, et fizo estos viesos que di- 
cen así: 

Por pobreza nunca desmayedes. 

Pues otros mas pobres que vos veredes. 

Hombre de moral severa D. Juan Manuel, contrasta 
visiblemente en este como en los demás apólogos y en 
todas sus obras la rigidez de principios, con la libertad 
que campea en los enxiemplos del Arcipreste de Hita, á 
quien por otra parte es necesario conceder mas gracia 
para presentarles. Hay aquí la sencillez y naturalidad 
que tan bien cuadran á esta clase de composiciones, y 
se advierte el progreso que paulatinamente hace la len- 
gua castellana. Escribió el Libro de Patronio cuando ya 
habia llegado al colmo de la autoridad y de les honores 
«en un feliz intervalo robado al estrépito y alboroto del 
campamento, á las intrigas de la corte, y á los críme- 
nes y desafueros de la rebelión, teniendo su autor de- 
lante la esperiencia de una larga y azarosa vida, cuan- 
sus pasiones estaban demasiado apagadas y sus propios 
aventuras demasiado lejos para escitar sus sentimientos 
personales, aunque al mismo tiempo tan fuertemente gra- 
badas en su memoria, que bien pudo presentarlas de 
nuevo en una serie de cuentos y anécdotas llenas de ori- 
ginalidad y que reflejan bien así la filosofía práctica del 
que las escribió, como el adelantamiento y cultura de su 
siglo». (1) 

Al mismo tiempo que D. Juan Manuel escribía el Con- 
de Lucanor, se cultivaba en la literatura española el gé- 
nero didáctico simbólico, en que tanto se habia distinguí ■ 
do, por escritores de no escaso mérito, cuyos nombres 
nos son desconocidos. 



(i) Tomo 51 de la Biblioteca de Rivadencyra , — XI, 



80 LITERATTTRA. ESPAÑOLA- 

DOS son las obras de esta clase que poseemos, co- 
leccionadas por el erudito D. Pascual Gayangos, (1) cuyo 
lenguaje y referencias históricas á ciertas instituciones 
de la época de D. Juan Manuel no permiten dudar en 
manera alguna de que entonces fueron escritas. Se co- 
nocen con los nombres de Libro de los enxiemplon 
y Libro de los gatos, ambos de índole parecida, si 
atendemos al fin moral á que se encaminan, pero sir- 
viéndose para conseguirle de medios diferentes de es- 
presion. 

El Libro de los enxiemplos se distingue del Conde 
Lucanor y demás obras didáctico-simbólicas, de proce- 
dencia oriental ó española, en que no existe una acción 
á la cual estén subordinados los apólogos y que dé uni- 
dad al conjunto, sino que aparecen desligados y con en- 
tera independencia, formando cada uno de por si la lec- 
ción que se pretende, como sucede en los fabulistas an- 
tiguos y modernos; sin otro orden que el alfabético, y 
llevando además en forma de epígrafe latino y castella- 
no la moralidad que de ellos fácilmente se deduce. Es 
tan numerosa esta colección, á contar desde parte de la 
correspondiente á la letra C que se conserva, que llegan 
á trescientos noventa y siete los enxiemplos de que se 
compone, ofreciendo suma variedad de doctrina, tomada 
de escritores de la antigüedad que gozaban de gran fama 
y reputación en la edad media, para hacer la oportuna 
aplicación á las diferentes clases de aquella sociedad. 
Llevado á veces el autor de su deseo de reproducir y 
conservar trabajos importantes, se contenta con ser me- 
ro traductor de otros escritores; y así es que pueden se- 
ñalarse hasta veinticinco enxiemplos tomados de la DiS" 

(i) ídem. 



ÉPOCA PRIMKRA. • " Ki 

ciplina clericalis, ó enseñanza para clérigos, de Pero Alon- 
so, obra escrita originariamente en lalin. 

Aun bajo el punto de vista de estilo y lenguaje no es 
menos apreciable la composición de que nos estamos 
ocupando, la cual en nada desmerece al lado de los tra- 
bajos literarios del sobrino de D. Alonso. 

De menos ostensión el Libro de los Gatos, ofrece si 
se quiere mayor interés que el anterior, por la tenden- 
cia satírica muy acentuada que en este se revela, no per- 
donando sus frecuentes y elevadas censuras á las clases 
todas á que se dirige, muy especialmente á la nobleza 
y al clero. 



82 LITERATURA ESPAÑOLA. 



CAPITILO V. 

Crónicas espauolas.— Ayala poeta* 

De origen griego la palabra crónica significa relación 
de sucesos pasados, que se consignan por el orden de 
tiempo en que han ocurrido, sin otro método ni sistema 
especial y sin juicios ó apreciaciones particulares acer- 
ca de los acontecimientos referidos. La crónica viene á 
ser, en suma, la historia de los hechos presentados en 
forma puramente narrativa. (1) Todas las crónicas ,que 
conocemos de la literatura española, pueden dividirse en 
generales ó reales y en particulares. (2) Las generales 
se ocupan de los acontecimientos de un reinado, que re- 
fiere un escritor de nombramiento real, llamado cronista, 
II otro que sin aquella circunstancia haya querido tomar- 
se ese trabajo. Las crónicas particulares son de sucesos 
de un personage determinado, como la de D. Alvaro de 
Luna; de hechos caballerescos, como el Paso honroso 
de Suero de Quiñones; ó también de viajes, como la de 
Cristóbal Colon. De cualquier clase que ellas sean, ge- 



(1) Literatura General, pág. I02. 

(2) No incluimos en esta división los Cronicones de la edad media, ante- 
riores á las crónicas y escritos en latin. 



ÉPOCA PRIMERA. ^3 

íierales ó particulares, ponen siempre ios liechos de ma- 
nifiesto sencillamente y con pasmosa credulidad ©n oca- 
siones, sin detenerse á averiguar las causas y consecuen- 
cias que han producido, siendo este el carácter mas 
acentuado que las distingue. 

En la primera época de la Literatura española todos 
ios monarcas tuvieron su cronista, que se ocupó en de- 
jar consignados los hechos importantes de aquellos rei- 
nados; pero el cargo de cronista real empieza en el Siglo 
XIV con D. Alfonso XI, que secunda en la historia, como 
en la promulgación de Las Partidas, el pensamiento de 
D. Alfonso el Sabio. Sin que esté completamente averi- 
guado quién haya sido el primer cronista designado por 
el monarca, termina el espresado cargo con Hernando 
del Pulgar en tiempo de los Reyes Católicos. Conservan» 
sin embargo, algunos historiadores al principio de la se- 
gunda época el nombre de cronistas, como Ambrosio de 
Morales, Ocampo, Mejía, Sohs, Zurita y los Argensolas, 
viniendo por fin á desaparecer enteramente con la crea- 
ción de la Academia de la Historia en el siglo XVIII. 

Probablemente el primer cronista nombrado por Don 
Alfonso XI íué el designado como autor de las tres cró- 
nicas; la de D. Alonso X, la de su hijo D. Sancho IV y 
la de Fernando IV, el emplazado; que aparecieron anó- 
nimas desde luego, y anónimas continúan en las edicio- 
nes posteriores, lo cual escitó mucho la curiosidad de 
los eruditos, para saber quién haya sido su verdadero 
autor. El ilustrado literato D. José Pellicer, dando razón 
de un códice antiguo en que se contenían, las atribuyó 
a Fernán Sánchez del Tobar, jurista acreditado en Va- 
Iladolid y consejero áulico de Alonso XI. Fúndase para 
ello en el testimonio auténtico del docto Ambrosio de 
Morales, quien asegura haberle dicho Zurita «que tenia 



84 LITERATURA ESPAÑOLA. 

por cierto ser autor de la crónica de Fernando IV Sán- 
chez del Tobar ó de Valladolid, porque en un papel muy 
antiguo en que se hacia mención de Sánchez del Tobar, 
cuando le nombraba, decia así: Sánchez de Valladolid 
en la crónica de Castilla dijo, etc.; y como esta crónica 
era la de Fernando IV, que formaba colección con las 
otras dos, y sabiéndose además que las tres proceden 
de una misma pluma, á Sánchez del Tobar ó de Valla- 
dolid debe atribuirse la paternidad de las tres crónicas 
mencionadas. Esta fué también la opinión del Sr. Ama- 
dor de los Ríos, recibida posteriormente sin dificultad 
por D Cayetano Rosell, al formar su colección de cró- 
nicas para la Biblioteca de Rivadeneyra, 

Las tres crónicas que se conservan anónimas con la 
de Alfonso XI, escritas según la opinión mas probable 
en el siglo XIV por Fernán Sánchez del Tobar ó. de Va- 
lladolid, son de mérito reconocido. Oigamos lo que so- 
bre este particular dice el mencionado autor de la His- 
toria critica de la Literatura española. «Tiénenlo indis- 
putable, no solamente por ser las mas seguras fuentes 
históricas relativas al mencionado periodo, según dejó 
confesado el Marqués de Mondejar y ha reconocido la 
Academia de la Historia, sino también por ostentar, en 
medio de la sobriedad del estilo, cierto espíritu de rec- 
titud é hidalguía, distante de la adulación y lisonja em- 
pleada en tiempos mas cercanos, hermanándose con es- 
tas virtudes que no son para despreciadas la predilección 
constante que muestra el autor á toda empresa digna 
del nombre y esfuerzo castellanos; momentos en que 
olvidada su habitual llaneza, infunde á la narración no 
escaso interés, cobrando á la par mayor elevación y mas 
animado colorido. ... Deber es de la crítica confesar que 
no tiene poco merecimiento la tarea de tejer con orden 



ÉPOCA PRIMERA. 85 

y claridad la urdimbre de tantos y tan vergonzosos dis- 
turbios, no siendo dueño el historiador de adular ni tras- 
formar !a materia que le liabia cabido en suerte » Con 
relación á la Crónica de Alfonso AT añade: «Quede es- 
tas peregrinas circunstancias ha nacido también el mayor 
aprecio en que se ha tenido el úUiílio hbro de los atri- 
buidos á Sánchez del Tobar, yendo hasta el punto de 
suponerle mas pulido y ataviado bien que tan severo y 
mesurado ,como las tres crónicas, cosa es de suyo de- 
mostrada. Mas aunque les lleve, en efecto, tales venta- 
jas literarias, conviene á la crítica consignar que el ma- 
yor mérito de la Crónica de D. Alfonso XI estriba en la 
esposicion autorizada de los hechos, revelándose en ella 
á cada paso que es el historiador abonado testigr» y no 
desleal confidente, una y otra vez iniciado en los conse- 
jos y reservadas resoluciones del Monarca». 

Hay algunos pasajes en las crónicas citadas, que me- 
recen ser aducidos en este lugar,- sirviendo al mismo 
tiempo como una muestra del estilo propio de la histo- 
ria primitiva en la edad media. Tal sucede con la Cró- 
nica de Alonso X, cuando habla «de cómo el rey íizo el 
fuero de las leyes. (1) 

«Esle rey D. Alfonso, por saber todas las escrituras, fizólas tornar 
de lalin en romance, é desto mandó facer el fuero de las leyes en (]ue 
asuüimó muy l)reveraente muclias leyes de los derechos E diolo por 
ley é por fuero á ia cibdad de Burgos é k otras cibdades é villas del 
reguo de Castilla, ca en el regno de León avian el Fuero Juzgo, que 
los godos ovieron fecho en Toledo. E otrosí las villas de las Eslrema- 
duras avian otros fueros aparlados, é porque por estos fueros non se 
podian librar todos los pleitos, é el rey D. Fernando su padre avia 
comenzado á facer los libros de las Partidas, este rey D. Alfonso su 
hijo fizólas acabar. E mandó que todos los homes de los sus regnos 
las ovieseu por ley é por fuero, é los alcaldes que juzgasen por ellas 



(i) Biblioteca de Rivadcncyra, Tom. 66, cap. IX, pág, 8. 



86 LITERATURA ESPAÑOLA. 

los pleitos. E otrosí mandó tornar después en romance las escripturas 
de la Biblia, ó todo el Eclesiástico, é de la arte de las naturas de la 
astrología.» 

No es menos notable la Crónica de D. Sancho IV, el 
Bravo, cuando habla de la respuesta que dio este al men- 
sajero del rey Aben Yuzaf, donde se encuentra vivamen- 
te retratado su carácter. (1) 

(íE él morando en Sevilla, llegó y á él Abdalhac, un moro man- 
dadero del rey Aben Yuzaf, señor de Marruecos, é fabló con el Rey, é 
díjole que venia á él de parte del Rey su señor é á preguntarle de 
cómo quería pasar con él. E el Rey D. Sancho respondióle que fasta 
aquí adelante que él tenie en una mano el pan é en la otra el palo, é 
quien el pan quisiere tomar que le feriria con el palo. E este moro Ab- 
dalhac tornóse con esta respuesta á Algecira, donde viniera en dos 
galeas por mar.»— Y sigue poco después: «E porque falló el Rey Don 
Sancho que algunos andaban por la su tierra, después que el reina- 
ra, faciendo ayuntamientos contra él é contra su señorío, fué contra 
ellos, é á los unos mató, é á los otros deheredó, é á los otros hecho 
de la tierra é los tOmó cuanto habían, en guisa que todos los sus rei- 
nos tornó sosegados». 

En la Crónica de Fernando IV hallamos la razón del 
emplazamiento de este rey por dos caballeros de Marios, 
de la siguiente manera espuesto. (2) 

«Estando el Rey en Marios mandó matar dos caballeros que anda- 
van en su casa, que vinieran á riepto que les facían por muerte de 
un caballero que decían que mataran cuando el Rey era en Falencia 
saliendo de casa del Rey una noche, que decían Juan Alonso de Be- 
navídes. E estos caballeros, cuando el Rey los mandó matar, veyen- 
do que los mataban con tuerto, dijeron que emplazaban al rey que 
paresciese ante Dios con ellos á juicio sobre esta muerte que él les 
mandaba dar con tuerto, de aquel día que ellos morían á treinta días* 

E ellos muertos otro día, fuese el Rey para la hueste de Alcaudete 

E el Rey estando en la cerca de Alcaudete, tomóle una dolencia muy 



(1) B¡¿>, de Riv, Tom. 66, cap. I, pág, 69. 

(2) ídem, cap, XX, pág, 169. 



ÉPOCA PRIMERA. 87 

grande, é afincóle en tal manera que non pudo y estar, é vínose para 
Jahen con la dolencia, é non se quiso guardar, é comía cada día car- 
ne é bebia vino.... E el jueves siete dias de Setiembre, víspera de 
Santa María, echóse el Rey á dormir, é un poco después de mediodía 
falláronle muerto en la cama, en guisa que ningunos le vieron morir. 
E este jueves se cumplieron los treinta dias del emplazamiento de los 
caballeros que mando matar en Martos; é fizóse el roído muy grande 
por toda la villa». 

Llama sobremanera la atención en la Crónica de 
Alfonso XI el acto solemne de la coronación del Rey en 
las Huelgas de Burgos, y especialmente el de armar ca- 
balleros el siguiente dia á un considerable número de 
ricos homes. (1) 

• Otro dia el Rey mandó venir al su palacio los que habían de ser 
caballeros (cita los nombres de todos y son muchos) et dixoles como 
tenía por bien que otro dia recebíesen del honra et caballería: et an- 
tes desto les avía mandado dar los paños de oro et de seda, et otros 
paños, á cada uno de ellos lo que le convenia; et mandóles dar espa- 
das guarnidas á lodos. Et ese día de la tarde fueron todos ayuntados 
en su posada del Rey en las casas del obispo de Burgos, en un pala- 
cío que el Rey había mandado enderezar de muchos paños de oro et 
de seda para esto. Et el Rey mandó que fuesen todos delante del de 
dos en dos, et que fuese ante cada uno dellos un escudero que le le- 
vase el espada, et á las espaldas del Rey que fuesen las sus guardas; 
et los que levasen las armas de estos caballeros noveles que fuesen 
en pos las guardas, de dos en dos ordenadamente.. .. Et dende sa- 
lieron todos, presidiendo el Rey á caballo, con muchos cirios de cera, 
que él había mandado facer para estas caballerías, et fueron velar 
todos esa noche á la Iglesia de Santa 3Iaría la Real de las Huelgas, do 
el Rey se había coronado.. . Et desque todos fueron en la Iglesia, el 
Rey descendió y con ellos, et mandó como estodiesen todos ordena- 
damente á los altares, et mandó quales estodiesen á cada altar do 
avian de velar. Et otro día de mañana fué á la Iglesia, et armóles to- 
dos caballeros, cíñendo á cada uno de ellos la espada, et dando 1 1 
pescozada. Et estos caballeros estaban todos armados de todas sus 



(i) Bib, de J\iv., tom. 66, cap. CI, pág, 235. 



88 LITERATURA ESPAÍiOLA. 

armas al tiempo que recihian la caballeria. Et desde que ovieron res- 
cebido del Rey la honra de la caballeria tiraroii de sí las armas, et 
vestieron sus paños de oro et de seda que el Rey les avia dado. Et 
iwrlieron dende todos con el Rey, et fueron comer con él en el pala- 
cio de las Huelgas.» 

En el mismo siglo XIV vemos aparecer las cuatro 
crónicas del canciller de Castilla señor de Salvatierra de 
Álava, don Pedro López de Ayala, correspondientes á 
los cuatro reyes, don Pedro I, don Enrique II, don Juan I 
y don Enrique III. Adviértese en las crónicas de 
Ayala mas orden y mejor gusto literario que en las an- 
teriores, porque están dispuestas por años de la vida de 
los monarcas, y porque se propuso imitar á los histo- 
riadores latinos que conocía, especialmente á Tito Livio, 
imitación que se observa en la frecuencia de arengas y 
epístolas qué, á semejanza de aquel, suele poner en boca 
de los. personajes, (i) creyendo hacer mas perceptibles 
de ese modo los sentimientos y opiniones de aquellos, 
que si se limitara á referir simplemente los hechos, 
como mero narrador. Respecto á la imparcialidad del 
escritor son bastante dudosas para algunos críticos, so- 
bre todo en lo concerniente al reitiado de don Pedro I, 
de quien fué el canciller Ayala partidario en un princi- 
l)io y enemigo después, por haberse pasado al bando 
opuesto de su hermano el bastardo, don Enrique de 
Trastamara. Llama sin. embargo la atención su prudente 
reserva y abstención de juzgar los hechos (]ue niinucio- 
sainente refiere, aun siendo de los mas atroces de aquel 
«•einado, como la muerte del maestre don Fadriijue y de 
tantos otros, hallando únicamente explicación semejante 



()) En la esmeracla edición de las crónicas para la Biblioteca de luvaJe- 
«.nv77,. coleccionad is por don Cayetano l\osell, se distinguen á la simple vista 
por medio de comillas las arejigas y epístolas, que abundan en las de Ayala. 



ÉPOCA PRIMERA. 89 

proceder en la costumbre admitida entonces de escribir 
la historia sin apreciaciones ni juicios acerca de los 
sucesos referidos. 

Se hace notar esa estremada impasibilidad del escri- 
tor y la minuciosa descripción de los mas insiguili^antes 
pormenores, en la relación de la muerte del maestre 
don Fadrique especialmente, á quien está viendo pasar 
el lector por los diferentes lugares que recorre, desde 
que entró en Sevilla hasta el sitio de la catástrofe; ve á 
sus compañeros, á la reina doña María de Padilla, al rey, 
á sus servidores, á cada uno colocado y moviéndose se- 
gún conviene; y nada tendrá que preguntar, porque na- 
da le quedará por saber. 

«E el Maestre llegó á Sevilla el dicho dia martes por la mañana á 
hora de tercia: é luego como llegó el Maestre fué á facer reverencia 
al Rey, é fallóle que jugaba á las tablas en el su Alcázar. E luego ffue 
llegó besóle la mano él, e muchos caballeros que venían con él: e el 
Rey les rescivio con buena voluntad (^ue le mostró, e preguntóle 
donde partiera aquel dia e si tenia buenas posadas. E el Maestre divo, 
(pie partiera de Cantillana que es á cinco leguas de Sevilla: e que de 
las posadas aun no sabia cuales las tenia; pero que bien creia (|ue 
serian buenas. Eel Reydixole que fuese á sosegar las posadas, é que 
después se viniese para él: e esto decia el Rey porque entraran con 
el Maestre muchas compañas en el Alcázar. E ei Maestre partió en- 
tonce del Rey, e fué á ver á doña Maria de Padilla e á las fijas del 
Rey, que estaban en otro apartamiento del Alcázar qua dicen del Ca- 
i'acül. E doña Maria sabia todo lo que estaba acordado contra el 
Maestre, e cuando lo vio fizo tan triste cara que todos lo podrían eo- 
tender, ca ella era Dueña muy buena, e de buen seso, e non se pa- 
gaba de las cosas que el rey facia, é pesábale mucho de la muerte 
que era ordenada de dar al Maestre. E el Maestre desque vio á doña 
Maria é á las tijas del Rey sus sobrinas, partió de allí e fuese al cor- 
ral del AIcSzar do tenia las muías, para ir á las posadas á sosegar 
sus campañas: e cuando llegó al corral del Alcázar, non falló las bes- 
tias, ca los porteros del Rey avian mandado á todos desembargar el 
corral, e echaron todas las bestias fuera del corral e cerraron las 



90 LITERATURA ESPAÑOLA 

puerta?; que asi les era mandado, porque non estuviesen muctias 
gentes allí. E el Maestre, desque non falló las muías, no sabia si se 
tornase al Rey, ó que faria: e un caballero suyo que decian Suer Gu- 
tiérrez de Navales, que era Asturiano, entendió que algún mal era 
aquello, ca vela movimiento en el Alcázar, é dijo al Maestre: • Señor: 
el postigo del corral está abierto: salid de fuera que non vos men- 
guarán muías.' E dixolo muchas veces; ca tenia que si el Maestre sa- 
liera fuera del Alcázar, que por aventura pudiera escapar, ó non le 
pudieran asi tomar que non moriesen muchos de los suyos delante 
del. E estando en esto llegaron al Maestre dos caballeros hermanos, 
que decian Ferran Sánchez de Tovar, e Juan Fernandez de Tovar, que 
non sabian nada desto, e por mandado del Rey dixeron al Maestre: 
c( Señor, el Rey vos llama.» E el Maestre tornóse para ir al Rey es- 
pantado, ca ya se rescelaba del mal: e asi como iba entrando por las 
puertas de los palacios e de las cámaras, iba mas sin compaña, ca 
los que tenían las puertas en guarda lo tenian asi mandado á los 

porteros que los non acogiesen. El Maestre llegó do el Rey estaba 

E el Rey estaba en un palacio que dicen del fierro la puerta cerra- 
da.,... E dijo el Rey á Pero López de Padilla su ballestero mayor: 

«Pero López, prended al Maestre » E luego Pero López de Padilla 

travo del Maestre don Fadrique, e dixole: «Sed preso.» E el Maestre 
estovo quedo muy espantado: e luego dixo el Rey á unos ballesteros 
de maza, que ay estaban: «Ballesteros, matad al Maestre de San- 
tiago » E los ballesteros llegaron á él por le ferir con las mazas; e 

non se les guisaba, ca el Maestre andaba muy recio de una parte á 
otra, e non le podían ferir. E Ñuño Fernandez de Roa, que le seguía 
mas que otro ninguno, llegó al Maestre, diole un golpe de la maza en 
la cabeza, en guisa que cayó en tierra; e estonce llegaron los otros 
ballesteros, e firieronle todos. E el Rey desque vio que el Maestre ya- 
cía en tierra, salió por el Alcázar cuidando fallar algunos de los dej 
Maestre para los matar Tornóse el Rey do yacia el Maestre, é fa- 
llóle que aún no era muerto e saco el Rey una broncha que tenia en 
la cinta, e diola á un mozo de su cámara, e tizóle malar. E desque 
esto fué fecho, asentóse el Rey ácomer donde el Maestre yacia muer- 
to en una quadra que dicen de los azulejos (jue es en el Alcázar. (I) 



(i) Bib. de Riv., Crónica del rey don Pedro, tom. 66, Año noveno, ca- 
pítulo III, pág. 481. 



ÉPOCA PRIMERA. 91 

El mérito principal de Ayala estriba en las crónicas 
de que es autor; sin embargo, le debemos, como poeta, 
una obra didáctica de cierta importancia literaria, titu- 
lada el Rimado de Palacio. En ella se propuso dar con- 
sejos á los reyes, principes y distinguidos personajes, á 
semejanza del Judio de Garrion, aunque en sentido bas- 
tante mas elevado, manifestando grandes conocimientos 
y una independencia de carácter que le hace mucho 
honor. Está compuesta en versos de catorce sílabas, ri- 
mados por la cuaderna via y algunas veces cruzados, in- 
feriores en armenia ciertamente á los de Berceo, Segura 
de Astorga y el Arcipreste; lo cual obliga á decir el se- 
ñor Gil y Zarate «que no se perdia de vista en cuanto 
á lo de poeta.» En el fondo de la composición se des- 
cubre mucha variedad de asuntos, rehgiosos en un prin- 
cipio y profanos después, cuando empieza á hablar del 
gobierno de la república y de los consejeros del rey, de 
los mercaderes, de los letrados, de la guerra, de los 
arrendadores y de los casamientos. Con tono mas levan- 
tado se ocupa luego de los sucesos de Palacio, y refiere 
las intrigas y vicios de los malos cortesanos, dando con- 
sejos á todos, hasta al mismo rey, con el íih de obtener 
por ese medio la prosperidad de los pueblos. Veamos 
la severidad con que habla de los malos consejeros de 
los reyes. 

Quando en el consejo | la question es propuesta 
Luego cata el privado | á aquel cabo se acuesta 
La voluntad del Rey, | e va por esa cuesta, 
Cuydando á su casa | levar buena respuesta. 
El Rey dallos se lia, | por ende quien le danna, 
A muy mala ventura | quien con lisonja enganna, 
Dígale su servicio, | ca si un bora se ensanna, 
El Rey no le echará | por ende de su conipanna. 
Que debe el consejero | decir al Rey verdal 



92 LITERATURA ESPAÑOLA. 

E siempre lo inclinar | á facer piedat, 

E todo tiempo guarde | non faga crueldat, 

Ca clemencia es en los Reyes | muy loada bondal. 

Dando algunas veces, aunque son las menos, rienda 
suelta á su buen humor, censura vicios de clases deter- 
minadas, por ejemplo en el siguiente pasage donde re- 
trata á los letrados. 

Si quisieres sobre un pleito | dVJlos aver consejo, 
Pénense solemnemente, | luego ahajan el cejo; 
Diz: cgrant cuestión es esta, | graiil trabajo sobejo.» 
El pleito será luengo, ( ca atañe á to el consejo. 
Yo pienso que podria j aquí algo ayudar, 
Tomando grant trabajo j mis libros estudiar; 
Mas todos mis negocios | me conviene dexar 
E solamente en aqueste | vuestro pleito estudiar. (1) 



(i) Nació don Pedro López de Ayala, uno de los españoles mas distin- 
guidos de su tiempo, en 1332. Contaba diez y ocho años cuando don Pedro el 
Cruel subió al trono, y poco después entró en su servicio: separado de él y 
convertido en partidario de don Enrique, fué hecho prisionero en la batalla de 
Nájera, en que llevaba el estandarte real, y conducido á Inglaterra; allí sufrió 
una larga cautividad. La muerte de don Pedro dio libertad á Ayala y se resti- 
tuyó á su patria.. En 1385 volvió á ser hecho prisionero en la batalla de Al- 
jubarrota, ganada por los portugueses á los españoles. Menos larga y penosa 
esta prisión que la de Inglaterra, le permitió volver pronto á su país, y pasar 
tranquilamente sus últimos años, que se prolongaron hasta el reinado de don 
Juan II. ¡Murió en 1407. 

«Era, dice su sobrino Fernán Pérez de Guzman en el retrato que hace de 
este personaje, de muy dulce condición e de buena conversación, y de gran 
conciencia, que temia mucho áDios. Amó mucho las ciencias, diose mucho á 
os libros e historias, tanto que como él fuese asaz caballero, y de gran dis- 
creción en la práctica del mundo, pero naturalmente fué inclinado á las cien- 
cias; é con esto gran parte del tiempo ocupaba en leer y estudiar, no en obras 
de derecho, sino en filosofía é historia. Por causa del son conocidos algimos 
libros en Castilla que antes nu lo eran, ansi como Tito Livio que es la mas 
notable historia romana; las Caídas délos Príncipes, de Bocacio,..,» — Genera- 
ciones y semblanzas, cap. VIL 



ÉPOCA PRIMERA. 93 



CAPITtI.O VI. 

Influencia pi*oveiiKal.— IIIai*(|iiés ele Villeiia* 

El siglo XV, aunque de transición, es sin embargo 
de progreso literario, y por esta circunstancia merece 
un estudio particular. Adviértese muy especialmente en 
este siglo la influencia de la literatura provenzal en la 
española, además de las influencias clásica é italiana, 
como después veremos; de donde proviene la necesidad 
de hablar, aunque ligeramente, de la Provenza y de su 
literatura en primer lugar. 

Originariamente fué la Provenza, como su mismo 
nombre lo indica, una provincia romana, cuando el im- 
perio se hallaba dividido en cuatro grandes prefecturas, 
estas en diócesis, y las diócesis en provincias. Poste- 
riormente conserva el nombre de Provenza en Francia 
una gran parte del territorio comprendido entre los Al- 
pes y los Pirineos, que se estiende á los departamentos 
de las Bocas del Ródano, del Var, y de los Alpes (altos, 
bajos y marítimos) y algo á los departamentos del Broma 
y del Vaucluse. Nos hace recordar la denominación de 
Mancha y Rioja, que damos en España al territorio com- 
prendido por diferentes provincias. 

Durante la época romana se hablaba en la Provenza 



í)4 LITERATURA ESPAÑOLA. 

lo mismo que en España la lengua latina, que era usual 
y corriente entre las naciones sujetas al imperio; pero 
al tiempo de las invasiones de los pueblos setentrionales 
se establecieron los Borgoñones en aquel pais, gente la 
mas ilustrada acaso de cuantas vinieron del norte, y for- 
móse entonces una dinastía de reyes borgoñones, que 
duró hasta principios del siglo XII. Mezclóse el idioma 
de estos nuevos moradores, de origen teutónico, con el 
latin que hablaban ya los provenzales, y resultó adultera- 
da la lengua latina, que predominaba sin embargo y sufria 
las variaciones consiguientes, como á la invasión de los 
visigodos en España. Poseía la Provenza á mediados del 
siglo X una literatura rica y armoniosa , como ninguna 
de Europa, y llegó á su mayor grado de esplendor en 
los siglos XI y XII; pero á causa de las doctrinas de 
Alby, en el mediodía de Francia, formóse una cruzada en 
tiempo de Inocencio III contra los herejes albigenses, 
que en su mayor parte eran poetas provenzales, y se 
vieron precisados á abandonar el pais, refugiándose 
en las cortes de Aragón y de Castilla. Estas persecucio- 
nes dieron por resultado la decadencia de la literatura 
provenzal, que arrastraba desde entonces lánguida vida 
en estrangero suelo. 

No pudiendo ser indiferentes á ese retroceso los afi- 
cionados á la amena literatura, se propusieron restau- 
rarla, habiéndose formado en Tolosa, en el siglo XlV, 
una sociedad de personas ilustradas con objeto de man- 
tener vivo el estudio y la aticion á la literatura proven- 
zal. Diose á esta sociedad el nombre de Sobregaya com* 
paíiia de sept señores trovadores de Tolosa, y era una 
especie de academia compuesta de siete individuos, que 
empezaron dirigiendo cartas á todos los poetas, y ofre- 
ciendo premios á las mejores composiciones presentadas 



ÉPOCA PRIMERA. 95 

en un certamen que debia celebrarse el dial.» de Mayo; 
En efecto, la violeta de oro, que fué el premio entonces 
acordado, se adjudicó á un poema dedicado A Nuestra 
Señora, cuyo autor habia sido don P».amon Vidal de Be- 
salú, caballero catalán, encargado de formar el programa 
para aquella fiesta, al cual inmediatamente después se 
declaró doctor en gay saber. Queriendo dar mas impor- 
tancia á los estatutos de la academia, se publicaron im- 
presos con el título de Ordenanzas desept señores man- 
tenedores del gaij saber, y continuaron celebrándose reu- 
niones todos los años el dia 1.° de Mayo. Del mismo 
modo que en el siglo XIV hablan pretendido restaurar 
la literatura provenzal del otro lado del Pirineo, se hizo 
también en España hacia la parte de Aragón y Cataluña, 
donde los monarcas eran muy aficionados á aquella li- 
teratura. Don Juan I, rey de Aragón, semejante por sus 
aficiones literarias á don Juan II de Castilla, se propuso 
en el mismo siglo XIV establecer Juegos florales en Bar- 
celona, donde acostumbraba á reunirse la corte. Cuén- 
tase que envió este monarca una solemne embajada á 
Carlos VI de Francia, con objeto de que le concediese 
algunos poetas de la Sobregaya Compañía de Tolosa, para 
que fundasen los Juegos florales en Barcelona: vinieron 
en efecto dos de aquellos mantenedores, y pudo de este 
modo quedar formado desde entonces el llamado Con- 
sistorio de la gaya ciencia. Se hablaba á la sazón la 
lengua lem.osina en Ciitaluña, Aragón y Valencia, donde 
se conocieron poetas distinguidísimos, como los Jordis, 
Muntaner, Ansias Marc y Raimundo Lulio. 

En el siülo XV, con motivo de la coronación de don 
Fernando el Justo, rey de Aragón, recibió mayor impulso 
el consistorio de Barcelona, por haber sido nombrado 
director don Enrique de Aragón, marqués de Villena, 



90 LITERATURA ESPAÑOLA. 

emparentado coa la familia real. Asistía entonces el mo- 
narca á las reuniones, y fué el tiempo de mayor esplen- 
dor que tuvo el consistorio, habiéndose despertado aque- 
lla extraordinaria afición á los juegos florales, que tan 
vivase conserva en la actualidad. 

Antes de la guerra y espulsion de los poetas albigen- 
ses de la Provenza, se notaba ya en España, desde el 
siglo XII, la influencia de la literatura provenzal. Co- 
menzó en Barcelona por el casamiento del conde don 
Ramón Berenguer III con doña Dulce, heredera del 
reino de la Provenza, de donde resultó su incorporación 
al condado de Barcelona. Gomo la corte residía en esta 
ciudad, debían establecerse en ella relaciones de todas 
clases, y de aquí la influencia de la literatura lemosína. 
Por otro casamiento, en el mismo siglo, de don Ramón 
Berenguer ÍV con doña Berenguela de Aragón vino.á 
incorporarse este reino al condado de Barcelona, contri- 
buyendo á nuevas influencias de la literatura lemosina, 
que se hacen ostensivas al interior de España. En el si- 
glo XIII don Alonso el Sabio con la protección dispen- 
sada á los trovadores albigenses, perseguidos como here- 
jes, contribuye también al mismo fin, y se advierte igual- 
mente la influencia provenzal. 

Don Enrique de Aragón, marqués de Villena y el 
mas distinguido caballero de la corte, (1) es considerado 
como el fundador de la escuela provenzal en España. 
Era hombre de vastos conocimientos, y escribió multitud 
de obras, de las cuales muy pocas han llegado hasta 



(i) Don ALiriano José de Larra en su novela El Doncel don Enriqíic el 
Doliente supone ambicioso y altivo al marqués de Villena, circunstancias que 
nadie ha pretendido hallar eu este personaje. Falsea también, aunque no tan- 
to, la verdad histórica en el drama titulado Maclas^ fundado en el mismo argu» 
mentó que la novela. 



ÉPOCA PRIMERA. 97 

nuestros días. Le llamaban sus contemporáneos «muy 
sotil en poesía», «columna única del templo de las mu- 
sas», tdulce fuente del Gástalo monte, donde resonaba 
su voz», cuyos epítetos y otros semejantes revelaban la 
alta estimación en que era tenido. Habíase dedicado á 
la filosofía, astronomía y ciencias naturales, en las cua- 
les tenia grandes conocimientos. Atrasados entonces los 
españoles en estos ramos del saber humano, se consi- 
deró á Villena como nigromántico por sus aficiones lite- 
rarias, llegando á asegurar Pellicer que era muy común 
esta opinión en su tiempo, y Mariana parece haberlo 
creído, pues cuando menos refiere el suceso para que le^ 
crean sus lectores, (i) 

iSío otra debió ser la causa de que don Juan II man^^ 
dará recoger sus libros á la muerte del marqués de Vi- 
llena, habiendo sido quemados casi todos. Refiere el 
suceso Fernán Gómez de Cibdarreal en una festiva carta 
al docto váron Juan de Mena, cronista real, de la manera 
siguiente: 

«JVo le bastó á doa Enrique de Villeaa su saber para no inarirse?) 
ni tampoco le bastó ser tio del rey, para no ser llamado por encanta- . 
dor. Ha venido al rey el tanto de su muerte: é la conclusión que vos 
puedo dar será que asaz don Enrique era sabio de lo que á los otros 
cumplía, é nada supo de lo que le cumplía á él. Dos carretas son car- 
gadas de los libros que dejó, que al rey han traído; é porque dizque 
son mágicos é de artes non cumplideras de leer, el rey mandó que á 
la posada de Fr. Lope Barrientes fuesen llevados; é Fr, Lope que mas 
se cura del andar del príncipe, que de ser revisor de nigromancias, 
fizo quemar mas de cíen libros que no los vio él mis que el rey de 
Marruecos, ni mas los entiende que el Dean de Cidá Rodrigo; ca son 
muchos los que en este tiempo se fan dotos, faciendo á otros insi- 



(l) Don Juan F^ugenio Hartzenbusch escribió en nuestros dias La redoma' 
encantada, uno de los mejores dramas de magia que se conocen, fundado en 
aquella' tíadicion. 

7 



98 LITERATURA ESPAÑOLA. 

píenles é magos: é peor es, que se fazan beatos, facieodo á otros ni- 
gromantes. Tan solo este denuesto no tiabia gustado del fado este 
bueno é magnífico señor.» (1) 

Nos quedan de tan insigne escritor producciones de 
escaso mérito literario, como El Arte cisoria, El Arte de 
trovar y Los trabajos de Hércules, que son originales; 
y los siete primeros libros de la Eneida de Virgilio tra- 
ducidos. El Arte cisoria ó arte de cortar del cuchillo es 
un tratado didáctico en prosa, que se ocupa de la ma- 
nera de trinchar, muy en voga en el reinado de don 
Juan II y que prueba lo aficionado que debia ser aquel 
rey á los placeres de la mesa. Empieza la obra con una 
introducion sobre la creación del mundo y la invención 
de las artes, contando entre las primeras el arte cisoria. 
Manifiesta enseguida las condiciones que debe tener el 
cortador de cuchillo, sobre todo en presencia del rey, y 
concluye examinando los secretos del arte. Mas que por 
su importancia literaria, que es bien escasa, interesa 
porque vemos allí retratadas las costumbres de aquella 
época. De escaso valer es también El Arte de trovar, 
del cual solamente hay un resumen y pequeños frag- 
mentos, y se reduce á dar reglas sobre la poesia pro- 
venzal ó arte de los trovadores para uso del Consistorio 
de Barcelona, de que el marqués de Villena era direc- 
tor. Envió esta obra con una carta suya al marqués de 
Santillana, á fin de que la utilizase en los estudios pro- 

(i) Francisco Sánchez, el Brócense, comentarista de Juan deJVIcna, dacuenta 
del suceso -también en la forma siguiente: «Don Enrique de Villena, fué poe- 
ta, filósofo y astrólogo; y dejó escritos libros de arte mágica; mandólos que- 
mar el rey don Juan á don Lope de Barrientos, obispo de Cuenca; hízose la 
quema en Santo Domingo el Real de Madrid. Después se arrepintió el rey don 
Juan de esta quema: porque mas valiera que aquellos libros se guardaran mu- 
cho, y no se dejaran leer sino á hombres doctos y de gran confianza.» — Ano- 
(adornes á Un obras de Juan de Mena, Madrid, 1804, P^g. 272. Nota 77. 



ÉPOCA PRlMEiRÁ. M ' 

vénzales de Castilla, queriendo de ese modo promover 
la afición á aquella literatura en el centro de España. 
fía tenido mucha fama entre los eruditos la obra titulada 
Los trabajos de Hércules, por los conocimientos que re- 
vela, especialmente mitológicos, y las descripciones, al- 
gunas de ellas interesantes, en que abunda. Su objeto 
es presentar los hechos ó trabajos heroicos de este per- 
sonaje fabuloso, considerado un tiempo como bienhechor 
de España. Hoy es mirada solamente como un objeto de 
curiosidad Uteraria. 



Dt Jiiaii seg'uiiclo.— MaiMfués «le Saiití llana* 

D. Juan II, cuyo reinado ocupa la primera mitad del 
siglo XV^ es un rey indolente y perezoso, entregado á 
los placeres de la mesa y de la amena literatura, que se 
cuida muy poco del gobierno de la nación, confiada en-' 
teramente á su favorito el condestable D. Alvaro de Lu- 
na, hombre de talento ciertamente, pero de humilde 
condición, que por eso escita el odio de toda la nobleza, 
con la que se vé precisado á reñir frecuentes batallas, ' 
hasta el punto de que los hechos mas notables del rei-', 
nado de D. Juan II pueden sintetizarse en la incesante 
lucha sostenida con los noJíles y alentada por su hijo re- 
belde, el príncipe D. Enrique. Taii aficionado era Don 
Juan II á la poesía, afición que despertaba D. Alvaro de 
Luna para estar solo encargado del mando déla nación,' 
que el palacio del monarca se convertía frecuentemente' 
en una academia, donde acudian con sus composiciones 
las personas mas notables de nombre y de ilustración. 
El mismo rey daba el ejemplo, y su cronista le elogia 
diciendo: «el rey se recrea de metrificar.» Asi es que 



100 LITERATURA ESPAÑOLA, 

podemos decir con un escritor contemporáneo, que había 
en su corte un gran movimiento literario, dotj Je todos se 
dedicaban á componer: «coplas hacia el rey, coplas su 
condestable D. Alvaro de Luna, coplas tolos los corte- 
sanos». 

Una prueba. de la extraordinaria afición que se habia 
despertado en aquel tiempo á la poesía, no solo entre 
la nobleza, siiió también estendida á las clases populares, 
la tenemos en los cancioneros que como el de Baena, 
en el siglo XV, recientemente impreso, y el de Fernan- 
do del Castillo, en el siglo XVI, coulient-n multitud de 
producciones, que suponen considerable número de es- 
critores; sin embargo, muy pocas son las composiciones 
que merecen ser leídas, y que no hayan venido á parar 
en el silenció del olvido. No es otra la causa del aban- 
dono en que se las tiene, sino la diferente forma que pos- 
teriormente se adoptó, mas apropósito para el lenguaje 
de las musas, que la versificación antigua castellana. 

Uno de los personages mas imp )rtantes, que se dis- 
tingue en la corte del rey D, Juan II y asiste á aquella 
tan celebrada academia de trovadores, es D. Iñigo Lopez 
de Mendoza, marqués de Santillana, de la ilustre familia 
de los Mendozas que desciende del norte de España; y 
aunque menos importante por su rango y posición que 
la del mismo rey y del Marqués de Villena, superior á 
ellos por sus conocimientos, (1) Un contemporáneo suyo 
Gómez Manrique, le llama á este escritor ((sábio, capaz 
de enmendar las obras del Dante y de escribir otras mas 
altas». Se preciaba también el Marqués de Santillana de 
esforzado mihtar, cuando en el Proemio ó introducion 
á sus obras dice lo siguiente: «la sciencia no embota el 



(i; 2Nació el Marqués de Santillana en Carrion de los Condes, ti año 1398 



ÉPOCA PRIMERA. 101 

hierro de la lanza, ni face floxa la espada en la mano 
del caballer > » Demostró en efecto el valor á que se re- 
fiere, en Li famosa batalla de Olmedo sostenida contra 
la nobleza, donde eátuvo al lado del rey, que le conce- 
dió el título de Marqués rnuy apreciado entonces, que se 
empezaba á conocer. 

Es D. Iñigo López de Mendoza el verdadero fundador 
de las escuelas provenzal é italiana en España, cuyos 
estudios y aficiones promovía reuniendo en su casa á los 
hombres mas notables en la ciencia y en la poesía. (1) 
Llegó á ser tan grande la fama de este escritor, que ase- 
gura Juan de Mena que venían gentes de otras nacio- 
nes á verle y admirarle. El condestable de Portugal le 
pedia sus obras por el deseo de conocerlas, y el Mar- 
qués de Santillana se vio en la precisión de mandarlas, 
acompañadas de una carta muy notable, que es una re- 
seña histórico-literaria, la primera que en su género te- 
nemos, de algunos escritores españoles, y otros que per- 
tenecen á varias literaturas, desde la mas remota anti- 
güedad. 

Las obras poéticas del Marqués de Santillana se en- 
cuentran hoy coleccionadas en esmerada edición por Don 
José Amador de los Rios, que formó de ellas un volu- 
men, que pudiéramos llamar el cancionero particular de 



(l^ Los caracteres de la escuela Provenzal se descubren con entera claridad 
en sus canciones y decires, pero muy especialmente en las Serranillas , donde 
campea la mayor frescura, sencillez y gracia, que en composiciones de este 
genero pudiera desearse. Canta en ellas el amor y sus devaneos, á la manera 
de las Pastorelas y z'a</iíeiras de la literatura provenzal. — Son imitaciones de la 
escuela alegórico-dantesca varias de sus producciones, cómo el Injierno de los 
enamorados y la Coincdicta de Ponza. — Lo que algunos escritores llaman escue- 
la didáctica, mirando á Santillana como cultivador de ella, no es otra cosa que 
un género literario, del cual tiene varias obras, como los Proverbios ó Centi- 
loquio, El Doctrinal de Privados y el Diálogo de Bias contra Fortuna, 



102 LITERATURA ESPAÑOLA. 

tan distinguido escritor. Para conocerlas debidamente 
conviene hacer una clasificación relacionada con los di- 
ferentes géneros poéticos á que pertenecen: son líricas, 
didácticas y dramáticas ó con apariencias de tales. Cor- 
responden al género lírico, por ejemplo, las Serranillas 
y los sonetos; al género didáctico los Proverbios, el 
Proemio ó carta á D. Pedro, condestable de Portugal (1) 
y el Doctrinal de Privados-, al género dramático por su 
forma la Comedieta de Ponza. Son muy notables en el 
género lírico las Serranillas, imitación de las pastorelas 
y vaqueiras de la poesía provenzal, como las Cantigas de 
Serrana del Arcipreste de Hita; pero con mas gracia y 
mejor escritas las del Marqués de Santillana. Se conser- 
van hasta el número de diez de esta clase de composi- 
ciones, tres de ellas en verso corto — Pastora de Loro- 
yuela — Vaquera de la Finojosa~y Mocuela de Bores^ 
que son admirables. (5) Las demás, como las tituladas Se- 



(l) Era D. Pedro, condestable de Portugal, aficionado desde sus primeros 
años al ejercicio de las letras, lo mismo que su padre el infante del mismo 
nombre, regente del reino largos años y uno de los hombres mas ilustrados de 
su tiempo. Había conocido personalmente á D. Iñigo López de Mendoza en 
la batalla de Olmedo donde juntos hicieron armas, y deseando tener sus poe- 
sías que le daban renombre de consumado trovador, suplicábale en 1449 que 
le remitiese sus canciones y decires. A los deseos del condestable accedió Don 
Iñigo, dirigiéndole, con el Cancionero de sus obras, la famosa carta que sirve 
á las mismas de Prohcmioy uno de los mas preciosos documentos de nuestra 
historia literaria. 

(2} SERRANILLA lli. 

I. 

Después que nas(;í, 
Non vi tal serrana 
Como esta mañana. 



ÉPOCA PRIMERA. 103 

rr anillas del Moncayo y Menga del Manzanares, no ca« 
recen de interés y se hallan en verso de arte mayor. To- 



II. 

Allá á la vegüela, 
A Mata el Espino, 
En esse camino 
Que vá á Logoyuela, 
De guissa la vi 
Que me fii;o gana 
La fruta temprana. 

III. 

Garnacha traia 
De oro, pressada 
Con broncha dorada. 
Que bien relugía. 
A ella volví 
Digiendo : — « Logana , 
E soys vos villana?» 

IV. 

«—Sí soy, cavallero; 
Si por mí lo avedes, 
Decit ¿qué queredes?. ,. 
Fablat verdadero:» 
Yo le dixe asy: 
€ — ^Juro por Santana 
Que non soys villana.» 

SERRANILLA VI 

I. 

Moya tan fermosa 
JMon vi en la frontera, 



104 LITERATURA ESPAÑOLA. 

das merecen ser tenidas como el mas acabado madelo 
de la antigua canción castellana, inimitables hoy é intra- 
ducibies á otros idiomas. De menor importancia en el 



Como una vaquera 
De la Finojosa, 

Fagiendo la via 
Del Calatreveño 
A Sancta María, 
Vencido del sueño 
Por tierra fragosa 
Perdí la carrera, 
Do vi la vaquera 
De la Fino jos a. 

III. 

En un verde prado 
De rosas é flores, 
Guardando ganado 
Con otros pastores. 
La vi tan gragiosa 
Que apenas creyera 
Que fuesse vaquera 
De la Fino josa, 

IV. 

Non creo las rosas 
De la primavera 
Seai^ tap fermosas 
Nin de tal manera, 
Pablando sia glosa 
Si antes sepiera 
D' aquella vaquera 
De la Finojosa. 



ÉPOCA PRIMERA. iOS 

mismo género son los sonetos, que guar(l;iii<lo la medi- 
da carecen enteramente de gusto literario; llaman sin 



V. 

Non tanto mirara 
Su mucha beldat, 
Porque me dexára 
En mi libertad. 
Mas dixe: «Donosa, 
(Por saber quién era) 
¿Dónde es la vaquera 
De la Fino josa?, , . » 

Bien como riendo, 
Dixo: «Bien vengades; 
Que ya bien entiendo 
Lo que demandades; 
Non es deseosa 
De amar, nin lo espera, 
Aquessa vaquera 
jDe la Fino/osa.» 

SERRANILLA IX. 

Moguela de Bores 
Allá do la Lama 
Püsom' en amores. 

I. 

Cuydé cjue olvidado 
' Amor me tenia, 
Como quien s'avia 
Grand tiempo dexado 
De tales dolores, 
Que mas que la llama 
Queman amadores. 



406 LITERATURA ESPAÑOLA. 

embargo la atención, porque en ellos vemos al Marqués 
de Santillana como introductor de esta clase de compo- 
siciones en la literatura castellana. 



II. 

Mas vi la fermo'ja 
De buen continente, 
La cara plagíente, 
Fresca como rosa. 
De tales colores 
Qual nunca vi dama 
Nin otra, señores. 

III. 

Por lo qual: f< Señora 
(Le dixe), en verdal 
La vuestra beldat 
Saldrá desd' agora 
Dentre estos alcores, 
Pues meresCe fama 
De grandes loores.» 

IV. 

Dixo: tCavallero, 
Tiratvüs á fuera: 
Dexat la vaquera 
Passar al otero; 
Ca dos labradores 
Me piden de Frama, 
Entrambos pastores,» 

V. 

«Señora, pastor 
Seré, si queredes: 
Mandarme podedes, 
Como á servidor; 



Éi^ocA trímera. 107 

Figura en primer término en el género didáctico el 
Centiloquio ó los Proverbios, obra de ciento veinte co- 
plas de cuatro versos, escrita por encargo del rey Don 
Juan II para su hijo D. Enrique, con objeto quizá de 
traer por ese medio á buen camino al príncipe rebelde. 
El verso de estas coplas es de ocho sílabas con su (que- 
brado de cuatro, como se observa en las siguientes, que 
son las primeras del Centiloquio. 

Fijo mió, mucho amado, 

Para mientes 

Et non contrastes las gentes 

Mal su grado. 

Ama é serás amado 

E farás 

Lo que facer no podrás 

Desamado. (1) 

Grande fué la popularidad que alcanzaron los Pro- 
verbios, superior á su mérito literario, é hizo figurar es- 
ta obra entre las primeras del Marqués de Santillana. Es- 



Mayores dulrores 

Será á mi la brama 

Que oyr riiyseñores.» » 

VI. 

Asy concluymos 

El nuestro proreso 

Sin fa<;er exoesso, 

E nos avenimos. 

E fueron las flores 

De cabe Espinama 

Los encobridores. 
(i) El Sr. Amador de los Ríos, en su escelenle colección de las obras del 
Marqués de Santillana, presenta un hermoso facxíuiile de estas dos primeras 
coplas del Centiloquio^ y de otras dos del Infierne de ¿fs enamorados^ según 
aparecían en lujoso códice de aquel tiempo. 



108 LTTERATUnA F'-PANOI.A. 

dita para el príncipe D. Enrique, contribuyó acaso aque- 
lla circunstancia á darla naayor fama. El Proemio es una 
ligera reseña histórico-literaria de los poetas anteriores 
al siglo XV, de que el Marqués de Santillana tuvo noti- 
cia, y la primera composición de au clase que conoce- 
mos en la literatura española; así como el Arte de trovar 
del Marqués de Villana, la primera colección de reglas 
sobre poesía. En ella vemos citado aí Judio de Garrion, 
de quien dice que escribió Proverbios «de assaz muy 
comendables sentencias», (1) 

La obra mas notable por su mérito é importancia li- 
teraria de cuantas escribió el Marqués de Santillana, aun- 
que no tan popular como el Centiloquio, que interesaba 
sobre todo por la persona á quien iba dirigida y por el 
objeto que en ella se proponía, es la Comedieta de Pon- 
za, que pertenece al género dramático-alegórico. Fué 
compuesta después de una derrota naval sufrida por los 
españoles en las islas Poncias, no lejos del golfo de Gae- 
ta, donde quedaron prisioneros de los genoveses Alonso 
V de Aragón y sus hermanos los infantes. Figuran como 
personages principales en esta obra las reinas de Aragón 
y de Na'varra, la reina madre de los infantes. Doña Leo- 
nor, y la infanta Doña Catarina, además del poeta Bo- 
cacio, con motivo de haber escrito el libro titulado Caí- 
da de principes. Hacen mención estas señoras, vestidas 
(le luto, en un diálogo con el poeta, de los timbres de su 
casa y familia, y le invitan á que consigne en su libro 
la causa que les produce su tristeza. Llega en esto la 

(i) Bib. Je Rivi Tom. 72. — Epislulario españul, tom. 11, caria XI. — Me- 
rece leerse también la carta X del mismo Santillana, dirigida o A la muy no- 
ble señora Doña Violante de Pradas, condesa de Módica é de Cabrera». Estas 
dos. cartas son los tínicos trabajos de este escritor, coleccionados en la Biblio- 
teca de Riyadeneyra. 



l^.POCA PRlMEnA. 1.09 

noticia de la derrota naval ocurrida en Ponza, por medio 
de una carta escrita á la reina madre Doña Leonor, que 
en el momento de leerla, cae desmayada; pero no tarda 
en presentarse la Fortuna, con muchísimo boato y acom- 
pañamiento de damas, trayendo felices nuevas sobre el 
rescate de los príncipes, con lo cual vuelve en sí Doña 
Leonor y todos quedan satisfechos. La obra se halla 
recargada de erudición indigesta, que hace pesada su 
lectura. En ella se advierte la tendencia á imitar al Dan- 
te, sobre todo en el pasage de la aparición de la Fortuna 
tomado visiblemente del Canto Vil del Infierno, El ver- 
so empleado es el de arte mayor. La misma influencia, 
que empieza á ejercer la hteratura italiana en la espa- 
ñola, observamos en varios poetas de esta centuria y la 
siguiente, como Juan de Mena y Juan de Padilla, de quie- 
nes hablaremos oportunamente. 

Iiifliieiieia italiana. — Juan de Mena. 

Que se advierte de una manera tangible la influen- 
cia de la literatura italiana en la española, en el siglo XV, 
hemos podido conocerlo fácilmente sin mas que exami- 
nar algunos pasages de obras importantes, como la Co- 
medieta de Ponza, del marqués de Santillana, especial- 
mente cuando describe la aparición de la Fortuna en 
forma de hermosísima doncella, tomado visiblemente del 
canto VII del Infierno del Dante. Y si esto es asi, hay 
indudablemente algunas causas que obligan á nuestros 
literatos á inspirarse y á beber en las fuentes italianas, 
como las hubo también anteriormente para que se ins- 
pirasen y bebieran en fuentes provenzules. Cuáles son 
estas causas? Caatro principalmente debemos señalar: 
primera, las- relaciones frecuentes en materias religiosas 



i40 T.ITERATTTRA ESPAÑOLA. 

con Italia; segunda, las relaciones también frecuentes etl 
materias científicas y literarias; tercera, las relaciones 
comerciales y políticas; y cuarta, la semejanza de idioma. 
Desde los tiempos de la invasión árabe en España 
hasta la toma de Granada, mientras dura el periodo de 
la reconquista, nuestras ideas fueron siempre religioso- 
cristianas, lo mismo que en Italia donde estaba el Pon- 
tificado, centro común del cristianismo, al que debíamos 
volver constantemente los ojos, y nuestras relaciones 
con aquella nación eran frecuentes. Si de esto pasamos 
á la comunidad de ideas científicas y literarias, vemos 
que ocurre lo siguiente. Guando en el siglo XIV la lite- 
ratura española estaba en la época de formación, la ita- 
liana se encontraba floreciente, porque existia el famoso 
triunvirato de Dante, Petrarca y Bocacio, poeta elevado 
y sublime el primero, distinguidísimo también, pero mas 
templado el segundo^ y prosista elegante el tercero. Te- 
mamos pues, en literatura, modelos que imitar en aquel 
siglo, y nuestras relaciones con Italia en este sentido de- 
bian ser igualmente frecuentes. Habia además para la 
ciencia desde muy antiguo, antes del siglo XIII, famosas 
universidades, á donde iban á instruirse los estudiantes 
españoles, como ahora vienen á Europa del continente 
americano. En la mas antigua de todas, la de Bolonia, 
tuvimos profesores españoles, y un rector en la de Pa- 
dua, cuando no contábamos siquiera con los estudios 
generales de Patencia y las universidades de Valladolid 
y Salamanca. El comercio y la comunidad de idioma en 
poco ó en mucho hablan de contribuir á la influencia de 
la literatura italiana. La plaza de Barcelona estuvo en 
frecuentes relaciones comerciales durante la edad media 
con las no menos importantes de Genova y Pisa; y el 
comercio lleva consigo los conocimientos y la cultura de 



los países en que se halla establecido, cuando estos son 
ilustrados, como Italia. Uabia entonces, como ahora, las 
relaciones consiguienles de idioma, puesto que proce- 
diendo el italiano y el español de una misma familia, 
por ser lenguas neo-latinas, tienen bastante parecido y 
deben considerarse como dos hermanas, de las cuales 
conocida la una hay mucho adelantado para llegar al co- 
nocimiento de la otra. Asi es que temarnos por ese me- 
dio facilidades de comunicación con la Uteratura ita- 
liana, y la inñuencia de esta debia ser considerable. 

El príncipe de los poetas del siglo XV, que contribuye 
á que se manifieste la influencia de la literatura italiana 
en la española, es Juan de Mena, cordobés, de la patria de 
los Sénecas, Lucanos y Góngoras, hombre de humilde 
condición, que hizo sus estudios en la universidad de 
Salamanca, yendo luego á completarles en Roma, con 
objeto de conocer la lengua y literatura del Dante, que 
mas tarde había de servirle de modeló en sus composi- 
ciones. A su regreso de Itaha se acercó á la corte del 
rey don Juan II, dándose á conocer como poeta lírico, 
que hacia versos lo mismo á la batalla de Olmedo y á 
los sucesos de Peñafiel, que á la reconcihacion del prin- 
cipe don Enrique con su padre ó á la paz de Madri- 
gal. (1) En poco tiempo llegó á ser considerado como el 
poeta mas importante de los que entonces florecían, 
consiguiendo por ese medio ser nombrado cronista del 
monarca. Es por demás curioso lo que pasaba entre el 
cronista y el rey, cuando se trataba de escribir los su- 
cesos de aquel reinado. Valíase don Juan II del médico 



(l) Era en un principio Juan de Mena aficionado á la escuela provehzal 
cortesana, pero cambió luego de sistema y se hizo partidario de la escuela 
italiana. 



4 12 LtTÉRAtlTRA ESPAÑOLA. 

SU antiguo confidente, Fernán Gómez de Cibdarreal, 
para indicar á Juan de Mena la íorina en que deseaba 
se escribiese la crónica, y este solia decir al cronista lo 
siguiente: «El rey es muy cobdicioso de loa, como de 
meterse en arduos fechos....» «El rey que de vos espera 
mucha gloria, me manda que os narre....» y á continua- 
ción le referia lo que deseaba el rey que en su crónica 
fuese consignado. En verdad que no tendría el mérito 
de la imparcialidad una historia escrita de esa manera 
bajo la influencia del monarca. 

Varias son las obras debidas á la pluma de Juan de 
Mena, y entre ellas merecen citarse dos en que se pro- 
puso imitar al Dante: estas son La Coronación y El La- 
berinto ó Las Trescientas. La Coronación es un elogio 
al marqués de Santillana, su protector en la corte del 
rey, y que después de su muerte mandó se le erigiese 
un monumento en Torrelaguna, cerca de Guadalajara, 
monumento que aún se conserva con un epitafio del 
mismo Santillana. El asunto de esta obra es la relación, 
por visión y alegoría, de un viaje que hace el poeta al 
monte Parnaso, con objeto de presenciar la coronación 
del marqués de Santillana por las musas, como poeta, 
y por las virtudes, como héroe. Supónese estraviado al 
principio del poema en medio de una selva oscura, donde 
revela ya una servil imitación del Dante; pasa luego á 
las regiones de la miseria, y sucesivamente al pais de 
los bienaventurados, hasta que por fin llega al monte 
Parnaso, en donde presencia la apoteosis de algunos 
poetas que aún vivian en su tiempo, y sobre todo la del 
marqués de Santillana. Carece de mérito literario esta 
composición, si bien reúne la circunstancia de haberse 
propuesto en ella imitar al Dante. 

Donde se hace mas visible lu imitación del Dante es 



ÉPOCA PRTMP.r.A. lili 

en El Laberinto, obra que se conoce también con el 
nombre de Las trescientas, por ser este el número de 
coplas de que se halla formatla. El Laberinto es un poe- 
ma épico-alegórico, que tiene por objeto elogiar las vir- 
tudes y censurar los vicios de personage*^ notables de 
los tiempos pasados y preserdes, á medida que van apa- 
reciendo: por eso, sin duda, un escritor contemporáneo 
le llama «cuadro alegórico de la vida liumana.^) Está di- 
vidida la obra en siete partes, que corresponden á los 
siete planetas, Mercurio, Venus, etc. Empieza con una 
dedicatoria al rey don Juan II, á (juien adula, conside- 
rándole superior á Cesar, y enseguida viene la proposi- 
ción, invocación y narración. En la proposición mani- 
fiesta el asunto que, según dice, es narrar en breve suma 
los hechos de personages de tiempos pasados y presen- 
tes, de la nación española, cosa que después no realiza 
por cierto, ocupándose muy poco de los héroes nacio- 
nales. En la invocación pide á la musa Galiope, protec- 
tora de la epopeya, que le ayude en su tarea, petición 
que hace segunda vez á las musas en general. Al empe- 
zar la narración se supone él mismo trasportado á un 
gran desierto, donde estraviado como Dante en la selva 
oscura, se le aparece un guia que no es ni Virgilio, ni 
la Beatriz de aquel poeta, sino la Providencia en figura 
de hermosísima doncella, que le conduce á un misterioso 
palacio, desde donde descubre el orbe esférico y las cinco 
zonas. Llega á ver poco después tres grandes ruedas 
—las ruedas de la fortuna — que simbolizan el pasado, 
presente y porvenir. Las ruedas del pasado y porve- 
nir permanecen «inmotas é quedas;» pero la del pre- 
sente se llalla en continuo movimiento, para dar lugar 
á la aparición de los sucesos. Descubre luego en esas 
ruedas misteriosas los siete planetas —orbes setenos — 

8 



114 LITERATURA ESPAÑOLA. 

que rigen los destinos de los hombres, y en ellos á imi- 
tación de lo que sucede en los círculos del Dante los 
personages de tiempos pasados é presentes, que le dá 
á conocer la Providencia, facilitándole de ese modo el 
juzgarles favorable ó desfavorablemente. En Júpiter es- 
tán los emperadores y reyes, como Octavio, don Juan II; 
en Marte los guerreros, como el conde de Niebla, Juan 
Merlo, Lorenzo de Avalos; en Saturno los culpables que 
fueron castigados, como don Alvaro de Luna; en Venus 
los enamorados, por ejemplo Maclas, el escudero del 
marqués de Villena, y así sucesivamente. (1] No son los 
retratos mejor hechos en e.sta galería los de personages 
de tiempos antiguos, que muchas veces apenas son co- 
nocidos, sino los de personages de su tiempo, como don 
Juan II, don Alvaro de Luna, el conde de Niebla, Lo- 
renzo de Avalos. Con algo de adulación pinta al con- 
destable y al rey, y aparece bastante mas exacto 
en los retratos del marqués de Villena, (2) conde de 

(1) Desde aquí en adelante resulta la obra dividida en siete partes, corres- 
pondientes á los siete planetas por este urden; la Luna, Mercurio, Venus, Febo, 
Marte, Júpiter y Saturno. 

(2) Retrato que hace del marques de Villena, 

COPLAS CXXVI Y SIGUIENTES. 

Aquel que tú ves estar contemplando 
el movimiento de tantas estrellas, 
la fuerza, la orden, la obra de aquellas 
que mide los versos de cómo y de quando, 
y ovo noticia filosofando 
del movedor, y los conmovidos 
de fuego de rayos, de son de tronidos, 
y supo las causas del mundo velando. 

Aquel claro padre, aquel dulce fuente, 
aquel que en castalio monte resuena, 
es don Enrique, señor de \'illena, 
honra de España, y del siglo presente; 



tPocA PRí:\rF,RÁ.. 115 

Nieltla y Lorenzo de Avalos. Por estos pasages, que son 
rnuy escasos en la obra, se viene en conocimiento del 
gran mérito del escritor, que si no Wegó á conseguir la 



ó ínclito sabio, autor muj' sciente, 
otra y aun otra vegada te lloro, 
porque Castilla perdió tal tesoro, 
no conocido del ante la gente. 

Perdió los sus libros, sin ser conocidos, 
y como en exequias se fueron ya luego, 
unos metidos al ávido fuego, 
y otros sin orden no bien repartidos,.,., 

Pintura de la muerte de don Enrique de Guzman, uno de los mas notables 
y considerados magnates del reino, queriendo tomar á Gibraltar, que se hallaba 
en poder de los moros, 

COPLAS CLX Y SIGUIENTES. 

Aquel que en la barca parece sentado, 
vestido en engaño de las bravas ondas 
en agijas crueles, ya mas que no ondas, 
con mucha gran gente en la mar anegado, 
es el valiente no bien afortunado 
muy virtuoso perínclito conde 
de Niebla, que todos sabéis adonde 
dio fin al dia del curso fadado. 

Y los que los cercan por el derredor, 
puesto que fuesen magníficos hombres, 
los títulos todos de todos sus nombres, 
el nombre los cubre de aquel su señor; 
que todos los hechos que son de valor 
para se mostrar por sí cada uno, 
quando se juntan y van de consuno 
pierden el nombre delante el mayor. 

Arlanza, Pisuerga, y aun Carrion 
gozan de nombre de rios, empero 
después de juntados llamámoslos Duero; 
hacemos de muchos ima relación 



1-16 LITERATURA ESPAÑOLA. 

tama del marqués de Santularia, es sin embargo el poeta 
mas notable del siglo á que pertenece. En cuanto á lo 
demás, se hace muy pesada é insoportable la lectura del 
poema, por la abundancia de una erudición empalagosa. 
Por la confianza que dispensaba don Juan II al cro- 
nista, se tomaba éste la libertad de enviarle las parles de 
su obra, á medida que las iba concluyendo. Gibdarreal, 
que era el intermediario de ambos, solia decir á Juan 
de Mena alhagando su vanidad: «El rey gusta mucho 
de leer vuestros escritos....» «le ha placido la Segunda 
Orden de Mercurio, que tiene siempre consigo y la lleva 
á los caminos y á las cazas.... la tiene á la par del libro 
de sus oraciones.» Cuéntase que el mismo rey hizo al- 
gunas correcciones de sus coplas, y que le manifestó 
deseos de que agregara sesenta y cinco mas á las ante- 
riores, para que igualasen á los dias del año. No se sabe 
si llegó á verificarlo, pero es lo cierto que nadie echa 
de meóos que la obra no tenga mayores proporciones. 



ÉPOCA PRIMERA. 117 



CAPITULO VII. 

Prosistas.— Perex ele Oiiziiiaii. — Groiiiez de 
Cilxlapreal* 

La mas puntual y segura de cuantas crónicas se con- 
servan antiguas es sin duda la de ü. Juan II, (1) que 
empieza con la muerte de Enrique III y concluye con 
la del mismo rey, cuyos hechos refiere, comprendiendo 
un estenso periodo de cuarenta y seis años, hasta 1454. 
No fué obra de uno, sino de varios escritores que suce- 
sivamente pusieron mano en ella, según el testimonio 
del Doctor Galindez de Carvajal, catedrático de Salaman- 
ca, quien al publicarla, dedicándola á D. Garlos I de Aus- 
tria, dice habei' visto él mismo los primeros originales. (2) 
Comenzó á ordenar y escribir esta crónica el sabio 
Alvar García de Santamaría, que siguió la relación por 
espacio de catorce años, hasta 1420, y se estiende á casi 
todo el tiempo de las tutorías de D. Juan II, habiendo 
dejado aquel trabajo por su adhesión tal vez al infante 
D. Fernando, regente durante la menor edad del rey, y 

muy aborrecido de él últimamente. No se sabe quién 

(i) Mondcjar. Noticia y juicio de los mas principales historiadores de Es- 
paña. — Madrid, 1746, folio, pág. 112. 

(2) Bib. de Kiv., tona 68. Prefación, pág. 273. — Es interesante la in- 
troducion á la Crónica de D. Juan II, por el Doctor Galindez de Carvajal- 



118 LITERATURA ESPAÑOLA. 

fuera el continuador de la obra; pero es lo cierto que el 
príncipe de los poetas de aquel tiempo, Juan de Mena, 
tuvo el cargo de cronista real desde 1429 á 1445, {ij y 
fué muy diligente en reunir los materiales para su tra- 
bajo. Después de estos se cita á Pero Carrillo de Albor- 
noz, D. Lope Barrientos y Mosen Diego Valera, que su- 
ministraron materiales para terminarla. 

De cualquier modo, parece indudable que el encar- 
gado definitivamente de ordenar los trabajos reunidos 
por Alvar García de Santamaría, Juan de Mena, Lope 
Barrientos y Diego Valera, fué el distinguido cortesano y 
literato Fernán Pérez de Guzman, uno de los mas inge- 
niosos y hábiles observadores de las costumbres del tiem- 
po de D. Juan II, habiendo completado probablemente 
lu crónica de este rey, según fué pubhcadade orden del 
Emperador Carlos V por Galindez de Carvajal. 

Siguiendo la costumbre introducida en las crónicas 
de Ayala, que debieron naturalmente servir de modelo 
á sus autoj'es, se halla dividida la de D. Juan II en los 
años del reinado del soberano, y cada año en varios ca- 
pítulos. Abundan desde el principio las arengas y discur- 
sos estudiados, puestos en boca de los personajes prin- 
cipales, como sucede también en las de Ayala, y dá fre- 
cuentes noticias de las íiestas y torneos, que eran pro- 
pios del tiempo de D. Juan 11. Se distingue,, sin embaigo, 
de todas las demás crónicas por el considerable nu- 
mero de documentos contemporáneos, (2) que tanto con- 



(i) Centón epistolario., de Fernán Gómez de Cibdarreal. — Ejjístolas 23 y 
74, dirigidas á su amigo Juan de Mena. 

(2) \'éase una estensa Carta real dirigida á las ciudades é villas de sus 
Reynos, haciéndoles saber D. Juan II las causas de la prisión é muerte del 
Maestre c Condcstalilc, D. Alvaro de Luna, que tan poco favor luice al débil 
nionarca que la escribe. — Bib, de /vÍ7\ tom. 68, pág. 684. 



ÉPOCA PRIMERA. 119 

tribuyen á que sea mirada como mas fidedigna (jiie nin- 
guna de cuantas se escribieron en ios reinados anterio- 
res. Su estilo es sumamente variado, corno era consi- 
guiente á una obra debida en su origen á la pluma de 
varios escritores; y aunque generalmente se halla des- 
provista de adornos y manifiesta grande sencillez, hay 
pasages, especialmente al último, donde parece acercar- 
se á la manera de escribir la verdadera historia. Puede 
citarse uno sobre todo en que, recordando áBocaciopor 
su libro de la Caída de príncipes, se hacen varias re- 
flexiones con motivo de la caida é ignominiosa muerte 
del gran Condestable, D Alvaro de Luna, á quien se 
manifiesta por cierto no muy favorable el escritor. Em- 
pieza asi: 

«¡O Juaü Bocacio! si oy fueses viva, no creo que tu pluma olvida- 
se poner en escripto la caida deste tan estrenuo y esforzado varón, 
ontre aquellas que de muy grandes príncipes mencionó. ¿Qual exem- 
jilo mayor á todo estado puede ser? ¿Qual mayor castigo? ¿Qual ma- 
yor doctrina para conocer la variedad é movimientos de la engañosa 
é incierta fortuna? ¡O ceguedad de todo el linage humano! ¡O acae- 
cimiento sin sospecha de las cosas de este mundo! ¿Quien pudiera tai 
creer, que un hombre espurio, nacido de tan haxa madre, aunque 
de padre virtuoso é noble, no conocido de aquel hasta la mueite, sin 
iierencia, sin favor, sin otra mundana esperanza, en Reyno estraño, 
alongado de parientes, desamparado en edad pueril, ser venido en 
tan gran estado é tan altas dignidades? Gofide de Sanlesteban, Con- 
destable de Castilla, Maestre de Santiago, Duque de Trujillo; haber 
pur suyas patrimoniales sesenta villas é íorlalezas, no mencionando 
las de la Orden; haber por suyos cinco Condes, é pagar tres mil lan- 
zas eu Castilla, rico de muy graudes tesoros; ser preterido, é ante- 
puesto á todos los ilustres é grandes señores naturales de España; 
haber lieynos tan grandes como son estos de Castilla é León tan luen- 
go tiempo absolulamente á su (pierer é mando, no menos habiendo 
poder en las eclesiásticas dignidades, (jue en las seglares, é lo (|ue 
es mas de maravillar, que tanto cuanto (piiso dar paz ó guerra entre 
Francia é Inglaterra, lo pudo hacer. Por cierto no creo (jue eu esta 



120 LITERATURA ESPAÑOLA. 

España ninguno de los antepasados sin corona, igual de este se puede 
hallar». 

Al distinguido caballero Fernán Pérez de Guzman, 
escritor de mucha nombradla en tiempo de D. Juan II 
y que ordenó la crónica de este rey, se debe también 
una composición en prosa, de carácter mas original y de 
mayor mérito literario, titulada Generaciones y Sem- 
blanzas. Es una especie de galería de retratos, con pare- 
cido histórico y colorido local, donde figuran treinta y 
cuatro de los principales personajes que vivieron en su 
tiempo, como el rey D. Juan II, el condestable D. Alra- 
ro de Luna y el Marqués de Villena. (1) Después de indi- 
car el linage de que proceden, refiere los sucesos políti- 
cos en que tomaron parte, y hasta se entretiene en pin- 
tar con minuciosa exactitud y de mano maestra las fac- 
ciones, figura y carácter personal de cada uno. Es el tra- 
bajo de un hombre desengañado del mundo y dé la corte, 
en quien se advierte la tendencia á poner de manifiesto 
y á corregir los vicios de la sociedad en que vivia, como 
sucede en la Semblanza de D. Gonzalo Nuñez de Guz- 
man, cuando dice, hablando de los linages y servicios á 
los reyes, que «en Castilla aquel es mas noble que es 
mas rico» y que «los reyes no dan galardón á quien me- 
jor sirve, ni á quien mas virtuosamente obra; sino á quien 
mas les sigue la voluntad é les complace». Pero domina 
en general cierto espíritu de buena fé y de justicia, que 
le bace mucho honor, por ejemplo en el retrato del con- 
destable D Alvaro de Luna, que habiendo sido enemigo 
suyo político, le trata sin embargo con notable impar- 



(i) />i¿>. de Riv. — A continuación de la Crónica de D. Juan II, y como 
apéndice á ella, colocó muy oportunamente D. Cuiyetano Rosell las Genera- 
ciones y Semblanzas-, de Pérez de Guzman, siguiendo en esto á su primer edi- 
tor, Galindez de Carvajal. 



ÉPOCA PRIMERA. 121 

cialidad. Hay Semblanzas, como la del Marqués deVille- 
na, la del rey D. Juan II y la del infante D. Fernando, 
que están dibujadas de mano maestra, y en ellas se des- 
cubre una prosa abundante y vigorosa, de que no hay 
ejemplo en los autores castellanos de aquel tiempo. No 
siempre se conserva <á la misma altura, y á veces es con- 
ciso y desabrido por demás. (1) 

Fue además poela distinguido Fernán Pérez de Guz- 
man, y de él existen varias obras, como el Centiloquio, 
elogiadas de su tio el Marqués de Santillana en la Car- 
ta al condestable de Portugal; pero su fama principal es 
debida á las composiciones en prosa. (2) 

En el turbulento reinado de Enrique IV, dividido 
entre dos grandes parcialidades que al principio se dis- 
putaban el mando, la del monarca legitimo, y la de su 
hermano el intruso D. Alfonso, figura Diego Eariquez 
del Cíastillo, capellán del rey, distinguido con el honroso 
cargo de cronista, que formaba parte de su consejo. No 
le era desconocida la vergonzosa situación de la corte 
en que vivia, y temiendo manifestarse apasionado, ya en 
favor del monarca, ya en contra de los descontentos, se 
limitaba el consejero de Eurique IV á presentar en su 
crónica los liechos mas salientes y de mayor importan- 
cia, naciendo de aquí las condiciones literarias que la 

(i)' Las Generaciones y Semblanzas opina un escritor contemporáneo que es 
la tercera parte del Mar de Historias, obra del mismo autor, que en las dos 
primeras bosqueja los retratos de los grandes héroes de la antigüedad, troyanos 
griegos, romanos, padres de la Iglesia, papas, santos y otros personajes, imi- 
tando á Giovanni de Colona, en su Alare kisíoriariiiii. La primera edición, 
disgregada, aparece ya al tin de la crónica de D. Juan II, en una de las mas 
antiguas ediciones 

(2) La mayor parte de las poe-^ías de Pérez de Guzman se hallan esparcí- 
das en los Cancioneros. El Cenliloquio se ha publicado recientemente en la 
Biblioteca Universal. 



122 LITERATURA ESPAÑOLA. 

distinguen. Enriquez del Castillo no es ya un mero ero • 
nista que refiere los hechos sencillamente y en la forma 
ordinaria que presentan; sino que aspira á juzgarles uno 
por uno, deseando producir con su fallo determinada en- 
señanza, circunstancia por la cual se le acusa de per- 
petuo declamador, que se aparta de las condiciones y 
leyes especiales de toda crónica. 

Plagada ésta de arengas, discursos, cartas y apostro- 
fes, como medio sin duda de comunicar interés y movi- 
miento á su obra, revelaba desde un principio que seguia 
los modelos de la antigüedad clásica, naciendo de aquí 
el empeño de que todos los personajes se espresen de 
una manera atildada, y empleando con frecuencia un 
estilo sobradamente declamatorio. Estos mismos defectos 
imprimen carácter especial á la crónica de Enrique IV, 
y hacen que se distinga de las demás crónicas anteriores. 

Al lado de las conocidas con el nombre de crónicas 
generales, que suministran datos abundantísimos para 
formar la historia de la nación y de sus tradiciones, cu- 
yo objeto y carácter hace á estas obras las mas impor- 
tantes y curiosas de su clase, aparecieron otras de su- 
cesos particulares que, á imitación de aquellas, se escri- 
bían en número considerable, de las cuales unas eran 
de personajes notables, como la de D. Alvaro de Luna 
y D. Pero Niño; otras de sucesos caballerescos ó his- 
tóricos, como El Paso honroso y el Seguro de Tordesi- 
llas\ otras de viajes, como la de Cristóbal Colon. Todas 
son de menos valor que las generales ordinariamente. 

Fernán Gómez de Cibdarreal, sobre cuya existencia 
ha llegado á dudarse, fué médico del rey D. Juan II, ó 
físico según entonces se decía, nombre que aún se con- 
serva en el lenguaje vulgar. IJabia nacido en Ciudad Ueal 
como su mismo nombre lo indica, y en ese punto vivió 



ÉPOCA PRIMERA. I'i3 

los primeros años, hasta que siendo joven entró al ser- 
vicio de D. Juan lí en concepto de médico de cámara, 
(jue estaba á su lado en contacto frecuente con el mo- 
narca y bastante bien relacionado con los mas distingui- 
dos personajes de la corte. Allí pasó cuarenta años, y 
por muerte de D. Juan II él mismo nos dice en la últi- 
ma carta de la colección, que pensaba retirarse á vivir 
en la ciudad de su nacimiento. 

Debemos á Fernán Gómez de Cibdarreal una pre- 
ciosa colección de cartas, en número de ciento cinco, 
conocida con el nombre de Centón epistolario, (i) Lla- 
mamos preciosa á esta colección, ya se atienda al con- 
tenido de las cartas, ya á la forma en que se hallan es- 
critas. Versan sol3re asuntos de estado, ó hechos de la 
vida privada, que se refieren ordinariamente á perso- 
nages tan iinpjrtantes de su tiempo, como el rey don 
Jiían II, el condestable don Alvaro de Luna, el docto va- 
ron Juan de Mena y varios arzobispos y obispos. Merece 
especial mención la primera carta, en que se pinta con 
vivos colores el hecho del bautismo del príncipe don En- 
rique, y se citan los personages y damas que asistieron, 
hasta con los trages que llevaban; (2) la XVI, que se 
ocupa de fiestas y torneos en Valladolid con motivo del 

(i) Biá. de Riv., tum. XIII. 

(2) EPÍSTOLA PRIMERA. 

AL MAC;NÍFIC0 SEÑUR don PEDRO STrXIGA, JUSTICIA MAYOR DEL REY. (l) 

Mas festivo quel duminyu de Pascua fué el viernes, 5 "-'este mes, ca parió 
la Reina un fiio, ijue la infanla doña Leonor tomara que fuera tija, porque VnT 
vederá lo que vá de diez cuentos de florines de dote que llevara, ó ser reina 
de Castilla. Dios le señala por buen rey, pues que nació en víspera de los 
Reyes; y agüeros trae de que será adevino é saludador, pues nació en vier- 

(1) En Valladoliil, I'mi' Eueru de 1425. — Crónica de don Juan cl Segundu, Año 25, 
caO- 70. 



124 LITERATURA ESPAS'OLÁ. 

casamiento de la infanta doña Leonor; las cartas Gilí 
y CIV, en las cuales se refiere minuciosamente el supli- 
cio de don Alvaro de Luna en la misma ciudad, y se dá 
cuenta de la confiscación de sus bienes; la GV, donde 
se habla de la muerte del rey don Juan II con algunos 
detalles; todas las dirigidas al doto varón Juan de Mena, 
y entre ellas la muy festiva, ya citada, que refiere la 
quema de los libros del marques de Yillena. 



nes Balizaron ayer al príncipe y lo llaman Enrique; digamos que Dios lo 

haga tan cobrado como su agüelo. Balizólo el obispo de Cuenca, que se tusó 
la l)arba, é se vistió de nuevo, que parecia que demandaba la vacanza del ar- 
zobispado de Toledo Vm. se echó de menos, mas b'ienos florines salvó por 
estar ocupado en esa buena parreda de los aragoneses. El Rey señaló por pa- 
drino del bateo al duque don Fadrique, aunque está en Galicia, é que por é 
lo fuese don Alonso fijo del Almirante, é también su padre el Almirante, é el 
condestable don Alvaro, é Diego Gómez de Sandoval, que este sobre todos sa- 
lió de madre, é sacó muy apuestos los de su casa, los criados bajos de entra- 
pada bermeja con carreras de medio velludo amarillo; é los de cerca de sí, de 
velarte morisco, é revesadas de colorado, é pespuntadas las orlas El Almirante 
llevó mas gente suya, mas no tan á punto, también de pavonado y tiras blan- 
cas; é su hijo que era sostituidor del duque don Fadrique, pasó á todos, porque 
sacó unas calzas ni francesas ni castellanas, blancas, con tomados de piezas de 
oro; y su gente llevó hatos muy mas ricos recamados de orfebrería. El Condes- 
table no llevó casa, porque todos eran de su casa; é sacó un collar que le dio 
el rey de Aragón, ques valioso en mil florines de oro. Las madrinas si que son 
para ver é uir: la mujer del Almirante, é la mujer del Condestable, é la mujer 
del Adelantado. La del Almirante llevaba una cara acontecida, simil simil ala 
de doña Juana de JMendoza, que es ella mesma, y dice Fajaron que no ha 
visto otra cara que se le parezca: sacó una saboyana ceñida, de medio raso 
pardo, con vivos de armiños, y tomados de verde. Doña Elvira Portocarrero, 
salió de blanco, que la apodó Fajaron, como escarabajo en leche, con cuchi- 
lladas sobre nacarado, abotonada de granates falsos Doña Beatriz de Ave- 
llaneda llevó una ropa escotada, de punzado morado , y mangas largas de arriba 
abajo, con tiras de seda azul y armiñada, y las vueltas nacaradas. Esta, dijo 
el canónigo León, que le placia mas sola, que esotras dos juntas; y lo mesmo 
dijera Vm, Hubo grande procesión de todos los prelados que se hallaron en 



ÉPOCA PRIMERA. 125 

El mérito de estas cartas es incuestionable, si se 
atiende á los hechos y costuml)res privailas que revelan 
del tieni])o de don Juan II, por lo cual no dudó el señor 
Gil y Zarate en miradas como la historia secreta de 
aquel reinado. Pero es además el estillo tan sencillo, 
tan claro, tan natural y propio del genero epistolar, que 
seducen muchas veces con su lectura. De cuando en 
cuando se descubre también el estdo festivo, que era 
muy del gusto de Gómez de Cibdarreal. 

Algunos críticos han dudado acerca de la autentici- 
dad del Centón epistolario, fundándose principalmente 
en que ni de esta colección de cartas, ni de su autor, 
se hace mención en nuestras historias, hasta una época 
muy reciente dos siglos después — y en la diversa ma- 
nera de referir hechos determinados, según la noticia 
que de ellos tenemos por la crónica de don Juan II. Tal 
sucede con uno de los pormenores de la muerte de don 
Alvaro de Luna, suceso culminante y acaso el mas tras- 
cendental de su tiempo, de que da cuenta la mencio- 
nada carta CIII del Centón epistolario. Se infiere de lo 
que el bachiller Fernán Gómez asegura que el rey estaba 
á la sazón en Valladolid, puesto que en medio de la in- 
decisión de su médico, le ordenaba que fuese á ver á don 
Alvaro, mientras que la crónica de don Juan II supone 



esta vilki que duró mas que al obispo de Falencia le fuera en grado, pUes se 
ovo de meter en una casa, é decir que tenia cámaras, por no decir que tiene 
sesenta y seis años. Un famoso torneo se preparaba de cincuenta con cincuenta. 
No hay alegrías que no sean pocas por la salud de un rey bueno, y por el na- 
cimiento de un fijo tan deseado. Vm. venga antes que nos vamos, porque di- 
cen que presto saldrá el Rey; solo esperan al señor don Juan de Lara. Nuestro 
Señor mantenga é prospere a Vm. 

El Bachiller Fernán Gómez. 



426 LITERATURA ESPAÑOLA. 

que se hallaba en la toma de Escalona oyendo á un con^ 
sejo de doctores acerca de su muerte. (\) Parece indu- 
dable que quien, como el médico Cibdarreal, vivia cons 
tantemente al lado del monarca, debia estar enterado de 
lo que pasaba. El señor Amador de los Paos se mani- 
fiesta inclinado á admitir la autenticidad del Centón, lo 
mismo que Fernandez Espino y otros historiadores, en 
contra de la opinión del anglo-americano Ticknor. Si 
atendemos al candor y naturalidad con que aparecen 
escritas las referidas cartas, además del sello propio de 
la época que llevan en el lenguaje, muy difícil nos pa- 
rece que hayan podido ser fingidas con posterioridad al 
tiempo de don Juan II. 

Comparando ahora los escritores en prosa con los 
poetas se advierte desde luego notable diferencia en 
cuanto á los progresos que hicieron, habiendo sido rela- 
tivamente mayores los adelantos de los primeros. • Qué 
causas contribuyen á semejante resultado? Ü3s se han 
fijado principalmente. Mientras que los prosistas, como 
Fernán Pérez de Guzman, Fernán Gómez de Cibdarreal 
y otros se ocupan de lo que á la nación interesa y re- 
tratan personages españoles cuyos hechos refieren, ve- 
mos que pasan el tiempo la mayor parte de los poetas, 
como Mena y Santillana, en serviles imitaciones de la li- 
teratura provenzal y de la italiana, sobre todo del Dante, 
careciendo por eso mismo de verdadera inspiración y 
originalidad. De aqui proviene que falta además á la 
poesia española de aquel tiempo, si esceptuamos los ro- 
mances, el sello de nacionalidad indispensable en las 
obras literarias de esta clase; pues solo un poeta, el 
príncipe de los que ñorecieron en el siglo XV, Juan de 



(i) B¡¿/. de F.'iv ^Año cuadragésimo sexto, cap. II, pág. 682 del tomo 6S. 



ftPOCA. PRIMERA. 127 

Mena, intentó celebrar hechos nacionales, y apenas si 
llega á realizarlo en su Laberinto. Tal era el dominio 
que sobre todos ejeicia la poesia erudita, y el afán que 
tuvieron de imitar á los escritores de otras naciones. 



128 LITERATURA ESPAÑOLA. 



CiiPITl LO Vlil. 

tteiiaciniieiito clá^^ico. — Últimos croiii«ta!§>. 

Antes de terminar el estudio de la literatura espa- 
ñola en el siglo XV y entrar de lleno en el XVI no 
puede menoá de llamar nuestra atención que, asi como 
anteriormente eran los escritores decididos partidarios de 
la literatura provenzal unas veces y de la italiana otras, 
entusiasmados ahora con el clasicismo antiguo, se pro- 
pongan imitarle, admitiéndose ostensiblemente la influen- 
cia en España de las literaturas griega y latina. Una es- 
plicacion tiene el que asi suceda, y es que nos encon- 
tramos ya en la época del renacimiento general de 
las letras en Europa, que habia de manifestarse de igual 
modo en la nación española. Sacábanse de entre el pol- 
vo de archivos y bibliotecas los códices antiguos con el 
afán de conocerles, y esta era la tendencia de todos los 
pueblos civilizados. (1) 



(o Don Alonso el Sabio había proscrito el latin de los documentos oficia- 
les en el siglo XIII, y dando él niisnio el ejemplo queria que todos los espa- 
ñoles escribieran y hablaran en lengua castellana. En tiempo de los reyes cató- 
licos, á fines del siglo XV y principio del X\'I, se opera una reacción en sen- 
tido contrario, y vuelve la afición decidida á la lengua y literatura clásicas, con 
motivo del renacimiento de las letras en Europa. 



ilPOCX PRIMERA. 120 

^ Contábamos á la sazón en España con una nueva 
monarquía, la mas importante acaso de cuantas han 
existido en la nación. Un periodo de treinta años, des- 
de 1474 á 1504, que comprende el reinado de los cató- 
licos monarcas, don Fernando de Aragón y doña Isabel 
de Castilla, puede considerarse como la época del rena- 
cimiento de las letras en España, y una verdadera pre- 
paración al engrandecimiento de la literatura nacional 
en los siglos XVI y XVII. Heredera del trono de Castilla 
doña Isabel por muerte de su hermano Enrique IV el 
impotente, hijos ambos de don Juan lí, y con derecho 
además á la corona de Aragón por su esposo don Fer- 
nando, fué proclamada en Segovia por la nobleza, reu- 
nida con ese objeto. A la sazón estaba dividida España 
en cuatro reinos, Castilla, Aragón, Navarra y Granada* 
Comprendía Castilla el antiguo reino de León, las pro- 
vincias vascongadas, las dos Castillas y Andalucía, excep- 
ción hecha del reino de Granada; Aragón abarcaba el 
reino de este nombre, el condado de Cataluña, el reino 
de Valencia y las islas de Mallorca, Sicilia y Cerdeña; 
Navarra tenia la parte de territorio situado al lado de 
acá de los Pirineos; y Granada estaba en poder de los 
moros. 

Aspiraban los reyes católicos á conseguir la unidad 
territorial, política, administrativa y religiosa de la na- 
ción. Para alcanzar la primera, dueños ya desde 1479 
del reino de Aragón por herencia de don Fernando, y 
del reino de Castilla por doña Isabel, les faltaba única- 
mente Navarra, y la conquista de Granada, sobre todoj 
que en 1492 llegaron á realizar. Para obtener la unidad 
política y administrativa, y abatir el orgullo de la no- 
bleza levantisca en los reinados anteriores, á partir desde 
el siglo XIII, organizaron la Santa Hermandad, especie 



130 LITERATURA ESPAÑOLA. 

de institución judicial armada; crearon los tribunales su- 
periores, á donde podia apelarse de los jueces de seño- 
río; é incorporaron vitaliciamente á la corona los Maes- 
trazgos de las órdenes militares. Con objeto de atender 
á la unidad religiosa establecieron el tribunal de la In- 
quisición, nombrando á fray Tomás de Torquemada, 
confesor del rey, inquisidor general, y decretaron la ex- 
pulsión de los moros y judies de la península. 

Gomo excelentes administradores de la nación, com- 
prendían que una de las cosas que babia de contri- 
buir á elevarla sobre las demás, era el cultivo de las 
ciencias y de las letras. Asi es que pensaron en ins- 
truirse á si mismos y á la familia real, y contribuir ade- 
más á que la nobleza ignorante en tiempo de Enrique IV, 
se hiciera ilustrada y digna de su nombre, tomando afi- 
ción á los estudios. 

Don Fernando de Aragón recibió una educación poco 
esmerada en sus primeros años por causa de las conti- 
nuas guerras con Cataluña, á que le obligaba su vida 
militar; pero consiguió subsanar mas tarde aquella falta 
con la prudencia y el talento. No sucedía lo mismo á la 
reina doña Isabel de Castilla su mujer, que educada en 
Arévalo al lado de una madre cuidadosa, se dedicaba á 
adquirir los conocimientos propios de su sexo, con aquella 
madurez y buen juicio que la distinguieron siempre. 
Tenia esta señora una propensión grande á la medita- 
ción y á los estudios serios, dedicándose con preferencia 
al conocimiento de las lenguas vivas, y cuando fué rei- 
na, sobre todo, al del idioma hdino. El cronista Pulgar 
le preguntaba en una de sus Letras (1) qué adelantos hacia 

(i) Bib. de Riv. Tomo XIIL Letra A7, al final, donde dice lo siguien- 
te: «Mucho deseo saber cómo vá \ , A, en el latín que aprendéis: dígolo, sano- 
ra, porque hay un latín tan zahareño que no se deja tomar de los que tientíi 



ÉPOCA PRlMÉr.A. 13Í 

en aquel idiomn, y uu escritor contemporáneo asegura 
que en menos de un año llegó á saberlo perfectamente 
para entender á los que lo hablaban y escribirlo. 

La misma instrucción que la reina se procuraba á si 
misma, quiso hacerla estensiva á sus hijas y al príncipe 
don Juan. Rodeó á este, desde los primeros años, de diez 
jóvenes de la nobleza, cinco de su misma edad y 
cinco mayores, que vivian en el palacio de la reina, y 
juntos asistian á oir las espUcaciones de sus profesores. 
Comprendia las ventajas de la enseñanza colectiva, su- 
periores indudablemente á las que oírece la individual 
y privada. Cuando el príncipe era ya joven, formó la 
reina una especie de academia para su hijo, donde se 
discutía sobre política y administración, relacionadas con 
el gobierno del Estado. Procuró además que adquiriese 
conocimientos en las artes de adorno, y llegó á ser tan 
esmerada su educación que se le miraba como un por- 
tento dentro y fuera de España.- ¡Lástima grande que á 
un joven de tales condiciones le sorprendiera la muerte, 
y no hubiera llegado á gobernar! 

Para instruir á la nobleza ignorante y levantisca, 
mas empeñada en las guerras que aficionada á los es- 
tudios procuró que viniesen de Italia profesores distin- 
guidísimos, antes de la toma de Granada; pero creyendo 
que no seria conveniente distraer á las gentes en las 
ciencias, cuando tanto necesitaba de guerreros, lo aplazó 
por entonces. Realizada la conquista de aquella ciudad, 
pudo ya utilizar los servicios del italiano Pedro Mártir 
de Angleria, (I) á quien mandó á llamará su corte, para 

muchos negocios; aunque yo confio tanto en el ingenio de V. A., que si lo to* 
mais entre manos, por soberbio que sea lo amansareis, como habéis fecho otros 
lenguajes.)) 

(i) Pedro Mártir de Angleria enseñó, por encargo de la reina, en Valla^ 



132 LITERATURA. ESPAÑOLA. 

establecer una escuela de jóvenes de la nobleza. En una 
desús cartas á la reina manifestaba aquel las dificulta- 
des con que habia de tropezar, para que unos hombres, 
amantes sobre todo del arte militar y que desprecian la 
ciencia, puedan aficionarse á los estudios. Añade, sin 
embargo, que confia en los nobles sentimientos de los 
españoles y en el admirable ejemplo que tienen en el 
príncipe. Eu otra carta posterior, escrita desde Zaragoza, 
se manifiesta ya satisfecho de la concurrencia á su cá- 
tedra, que está llena por la mañana de jóvenes de la 
nobleza, emparentados algunos con la familia real. Su- 
cedió á Pedro Mártir, Lucio Marineo Sículo ó de Sicilia, 
que después de enseñar algún tiempo en su pais, vino 
á la universidad de Salamanca, y creó mas tarde una 
escuela de jóvenes nobles en la corte, parala enseñanza, 
sobre todo, de los clásicos latinos. 

Merece lugar preferente, entre los profesores espa- 
ñoles que promovieron los estudios clásicos, el doctísimo 
Nebrija, catedrático de las universidades de Sevilla, Sa- 
lamanca y Alcalá sucesivamente. A él se deben varias 
obras de indisputable mérito, como las Introducciones 
latinas, impresa á dos columnas por indicación de la 
reina, una en latín y otra en castellano, circunstancia 
que era entonces una novedad; la Gramática castellana, 
para instrucción de las damas nobles de la corte; el 
primer Diccionario español y varios trabajos de crítica 
Uteraria. (1) 



tlolid, Zaragoza y otras universidades. — Prescot.— //«/cr/íT de los Reyes Cato- 
icos-, pág 165, en nota. 
(1) Ninguno, ni de su tiempo, ni de otros posteriores, contribuyó mas 
eficazmente que Lebrija á la introducción en España de los principios de la mas 
pura y sana crítica; y no será mucho decir, si se asegura que apenas hubo un 
eminente literato español, á principios del siglo XVI, que no se hubiera formado 



ÉPOCA PRIMERA. 133 

No solamente los hombres se consagraban á la ense- 
ñanza: multitud de señoras conocían entonces el latin, y 
algunas fueron profesoras de estudios en las universi- 
dades españolas, cosa de que no habia ejemplo en las 
demás naciones de Europa. Se esplica esa afición de las 
mujeres á los estudios literarios, por el ejemplo que te- 
nian en la reina Isabel I. Florecieron como profesoras 
doña Beatriz de Galindo, llamada la latina, que fué 
maestra de la misma reina; doña Lucía de Medrano, que 
leyó, como entonces se decia, clásicos griegos en la uni- 
versidad de Salamanca; doña Francisca de Nebrija, hija 
del sapientísimo Nebrija, encargada de retórica y poé- 
tica en la universidad complutense. 

Resulta de lo espuesto anteriormente, que en el rei- 
nado de don Fernando y doña Isabel se desarrollaron 
de una manera notable los estudios clásicos en la litera- 
tura nacional, contribuyendo especialmente á ello la 
época del renacimiento en España y las demás naciones 
civilizadas, como Italia, á las cuales nos propusimos imi- 
tar. Pvesulta además, qué si habia erudición en los es- 
critores, el gusto Uterario no ganaba mucho, precisa- 
mente por la afición desmedida á la lengua latina; y 
habían de pasar algunos años todavía para que además 
de clásicos, fuésemos españoles al mismo tiempo. Esta 
gloria quedaba reservada para la segunda época de la 
literatura con la aparición de los Cervantes, Lopes y 
Calderones. 



con las lecciones de esle maestro — Nicolás Antonio. — Biblioteca nova, tomo I, 
pág. 132 y 139. 

Habia pasado diez años en Italia, formando su gusto literario en la univer- 
sidad de Bolonia y otros centros de enseñanza. Al llamarle Nicolás Antonio 
maestro de sabios, nos recuerda al insigne crítico de nuestros dias, don Alberto 
Lista y Aragón, 



Í34 LITERATURA ESPAÑOLA. 

Entre el considerable número de escritores, que or- 
denada y elocuentemente refieren los grandes hechos del 
reinado de don Fernando y de doña Isabel, merece con 
preferencia ser citado el cronista Hernando del Pulgar, 
último que en España desempeñó este cargo, de nom- 
bramiento real. Ninguno le aventaja seguramente en la 
acertada distribución de su crónica, en la grandiosidad 
del conjunto, gallardía de la espresion, regularidad y ar- 
mónica construcción de los periodos, sin otras prendas 
que, como dice un historiador juicioso de nuestra htera- 
tura, preludiaban el próximo reinado de la verdadera 
historia. Incurre sí, en el abuso mismo que Ayala y 
tantos otros de la introducion falsa y estudiada de aren- 
gas y discursos, bien que algunos puedan ser tenidos 
por acabadas modelos de elocuencia, y por falta de datos 
veraces falsea en algún periodo de su obra hechos que 
debió investigar mas detenidamente, como asegura Ga- 
lindez de Carvajal; pero ni siempre es mordaz, ni sin 
notoria y apasionada injusticia puede ser calificado de 
escritor bárbaro, como alguno se atrevió á llamarle. (1) 

No es posible citar el nombre de Pulgar, sin que al 
momento nos ocurra su apreciable colección de cartas 
dirigidas á varios personajes y algunas á la reina Isa- 
bel I de Castilla, (2) así como la escelente galería de re- 
tratos titulada Claros varones de Castilla, semejante á 
la de Fernán Pérez de Guzman, aunque se diferencia 
por la mayor elegancia de su estilo. (3) 

Daremos fin al examen de las crónicas de Castilla 
con la Historia de los Reyes Católicos, debida al bachi- 



(i) B¿6. de Kiv., tomo 70. 

^2) Letras de Pulgar, Bib. de Riv., tomo 13. 

(3) Esta obra no figura en la tantas veces citada Bih, de Riv, 



ÉPOCA PRIMERA. 135 

11er Andrés Bernaldez, eura de los Palacios, tenida en 
grande estima de los eruditos y con jastísima razón. No 
le corresponde, sin embargo, á esta obra el nombre de 
Historia^ con que su autor la designa, porque se pres- 
cinde en ella de un estudio detenido y conocimiento del 
estado social, intelectual y político del pais en aquella 
época. Bernaldez se propuso únicamente, como casi to- 
dos los cronistas, acopiar materiales para la historia. Desde 
luego descubrimos en este escritor al hombre que observa 
los sucesos contemporáneos de que se ocupa, sin tomar 
en ellos alguna participación, y que se halla relacionado 
con los principales personages de su tiempo y de su 
pais. Mucha importancia se concede á aquella parte de 
su crónica, que se refiere á Cristóbal Colon, basada en 
manuscritos originales, que le sirvieron para su verídica 
relación; contribuyendo esto á que figure entre los docu- 
mentos de grandísimo valer, asi para la historia de Amé- 
rica, como para la de España. No interesan menos los 
capítulos, en que se dá cuenta del establecimiento de la 
Inquisición, que hizo quemar enseguida multitud de ju- 
dies por sus ideas religiosas, castigando á otros públi- 
camente de la manera mas ignominiosa; asi como la re- 
lación de su salida, cuando fueron espulsados de España, 
y los contratiempos, desgracias y hasta miseria inaudita,, 
á que se vieron* expuestos. (1) 

Joi'g-e MaiiiMffiíe.— Juan «le Padilla. 

El escritor que por su naturalidad y sentimiento, sin 
alardes de una pedantesca erudición como la mayor par- 



(i) Capítulos XLIV, CXI, CXII, CXIII y CXIV del tomu 70, de la 
£ié. de Kiv. — Crónicas de los Reyes de Castilla. 



430 I IirRATURA ESPAÑOLA. 

te de los poetas del siglo XV, llama justamente la aten- 
ción en tiempo de los católicos reyes, es Jarge Manri- 
que, castellano, hijo del conde de Paredes, D. Rodrigo 
Manrique. Escribió varias composiciones en verso; pero 
basta para acreditarle como inspirado vate una elegía, 
dedicada á la muerte de su padre, que vulgarmente se 
conoce con el nombre de Coplas de Jorge Manrique, (i) 
como si este genérico título fuera suficiente para desig- 
nar la interesante producción de que se trata. 

Empieza lamentándose con gran pena, al mismo tiem- 
po que en estilo sumamente natural y sencillo, de la ins- 
tulibilidad de las cosas humanas y brevedad de la vida, 
coronando el pensamiento con un interesante simil de 
la rapidez de los rios que se dirigen hacia el mar, para 
invocar después el auxilio divino al escribir esta com- 
posición. 

Pasando ligeramente Jorge Manrique una mirada por 
los tiempos antiguos, llega á la ruidosa y alegre corte de 
D. Juan II, que le sugiere como mas cercana recuerdos 
muy vivos de tristeza, que penetran hasta lo íntimo del 
corazón. Trae enseguida á la memoria la sombría y es- 
candalosa corte de Enrique IV; la allegadiza, aunque 
deslumbradora, de su hermano el intruso D. Alfonso; la 
catástrofe inesperada del Condestable D. Alvaro de Luna; 
la prematura muerte de los dos Pachecos en tiempo de 
D. Enrique, y el fallecimiento de tantos duques, mar- 
queses y condes, que con orgullo y poderío hablan lle- 
nado el suelo de Castilla. Viene por íin al recuerdo de 
su padre, objeto principal de la elegía, y reseñando bre- 
vemente las virtudes del Maestre, después de compa- 
rarle con los mas celebrados héroes de la antigüedad, 



(i) Bib.dcKiv., tum, 35, pag, 256, — Roniancero y Cancionero sagrados. 



ÉPOCA PRIMERA. 137 

hace comparecer á la Muerte en su presencia. Los con- 
sejos de saludable esperanza que esta le dá, así como la 
piadosa contestación de D. Rodrigo, están saturados de 
un religioso perfume que lleva á morir cristianamente al 
Maestre en el seno de la familia y con tranquila resig- 
nación. Citemos algunas coplas de las mas interesantes. 

Recuerde el alma dormida, (1) 
Avive el seso y despierte, 
Contemplando 
Cómo se pasa la vida, 
Cómo se viene la muerte 
Tan callando. 

Cuan presto se vá el placer, 
Cómo después de acordado 
Dá dolor: . 

Cómo, á nuestro parecer, 
Cualquiera tiempo pasado 
Fué mejor. 



Nuestras vidas son los rios 
Que van á dar en la mar, 
Que es el morir. 
Allí van los señoríos 
Derechos á se acabar 

Y consumir. 

Allí los rios caudales. 
Allí los otros medianos 

Y mas chicos, 
Allegados son iguales 

Los que viven por sus manos 

Y los ricos. 

Dexo las invocaciones 
De los famosos poetas 

Y oradores; 



(i) Las Coplas de Jorge Manrique son 43, de I2 versos cada una. 



138 LITERATURA ESPAÑOLA. 

No curo de sus fictiones, 

Que traen yerbas secretas 

Sus sabores. 

A aquel solo me encomiendo, 

A aquel solo invoco yo 

De verdad, 

Que en este mundo viviendo, 

El mundo no conoció 

Su deidad. 



¿Qué se hizo el rey D. Juan? 
Los infantes de Aragón, 
Qué se hicieron? 
¿Qué fué de tanto galán? 
¿Qué fué de tanta invención 
Como traxeron? 
Las justas y los torneos. 
Paramentos, bordaduras 
Y cimeras, 

¿Fueron sino devaneos? 
¿Qué fueron sino verduras'de las eras? 

¿Qué se hicieron las damas. 
Sus tocados y vestidos, 
Sus olores? 

¿Qué se hicieron las llamas 
De los fuegos encendidos 
De amadores? 
Qué se hizo aquel trovar, 
Las músicas acordadas 
Que tañían? 

¿Qué se hizo aquel danzar? 
Aquellas ropas chapadas 
Qué traian? 

Pues aquel gran Condestable 
Maestre que conocimos 
Tan privado, 
jNo cumple que del se hable 



ÉPOCA PRIMERA. 139 



Síqó solo que lo vimos 

Degollado. 

Sus infinitos thesoros, 

Sus villas y sus lugares, 

Y mandar, 

¿Que le fueron sino lloros, 
Fuéronle sino pesares 
Al dexar? 

Tantos duques excellentes, 
Tantos marqueses y condes 

Y barones 

Como vimos tan potentes, 
Di, muerte, ¿do los abscondes 

Y traspones? 

Y sus muy claras hazañas 
Que hirieron en las guerras 

Y en las pazes. 

Cuando tú, cruel, le ensañas 
Con tu fuerza, las atierras 

Y deshaces. 

Aquel de buenos abrigo, 
Amado por virtuoso 
De la gente. 
El Maestre D. Rodrigo 
Manrique, tan famoso 

Y tan valiente, 

Sus grandes hechos y claros 
No cumple que los alabe, 
Pues los vieron, 
Ni los quiero yo hazer caros, 
Pues el mundo todo sabe 
Quales fueron. 

Amigo de sus amigos 
¡Qué señor para criados 

Y parientes; 

Qué enemigo de enemigos, 



140 LITERATURA ESPAÑOLA 

Qué maestro de esforzados 

Y valientes! 

¡Qué seso paro discretos, 
Qué gracia para donosos, 
Qué razón, 
Que benigno á los subjectos 

Y á los bravos y dañosos 
Un león? 



No dejó grandes thesoros, 
Ni alcanzó grandes riquezas 
Ni vaxillas, 
Mas hizo guerra á los moros 

Y sus villas; 

En las lides que venció, 
Muchos moros y caballos 
Se perdieron, 

Y en este oficio ganó 
Las rentas y los vasallos 
Que le dieron. 

Después que puso la vida 
Tantas veces por su ley 
Al tablero; 

Después de tan bien servida 
La corona de su rey 
Verdadero; 

Después de tanta hazaña 
En que no puede bastar 
Cuenta cierta, 
En la su villa de Ocaña 
Vino la muerte á llamar 
A su puerta. 

Diciendo: buen cavallero, 
Dexad al mundo engañoso 
Con halago, 

Vuestro corazón de acoro 
Muestre su esíuerzo famoso 
En este trago. 



ÉPOCA PRIMERA.. Í4l 

Pues de vida y de salud 
Tan poca cuenta hícisles 
Por la fama. 
Esfuérceos la virtud 
Para sufrir esta afrenta 
Que vos llama. 

El vivir es perdurable. 
No se gana con estados 
Mundanales, 
Ni con vida deleitable, 
Donde moran los pecados 
Infernales. 

Mas los buenos religiosos 
Gánanlo con oraciones 
Y con lloros. 
Los cavalleros famosos. 
Con trabajos y aflicciones 
Contra moros. 

No gastemos tiempo ya 
En esta vida mezquina 
Por tal modo, 
Que mi voluntad está 
Conforme con la divina 
Para todo. 

Que consiento en mi morir 
Con voluntad plazentera, 
Clara y pura, 
Que querer hombre vivir, 
Cuando Dios quiere que muera > 
Es locura. 

Toda esta elegía se halla sostenida 611 un tono de la 
mas elevada dignidad moral, por cuyo medio el autor 
nos conduce desde los transitorios objetos de este mun- 
do miserable, hasta la contemplación de aquella existen- 
cia eterna é imperecedera, que mas allá del sepulcro la 



142 MfER^TURA ESPAÑOLA. 

religión cristiana nos presenta. El efecto del sentimiento 
se halla realzado por los sencillos giros y cortada melo- 
día del antiguo metro castellano, de que esta es, acaso, 
la muestra que puede reputarse mas perfecta. Lope de 
Vega juzgaba las Coplas de Jorge Manrique dignas de 
estar escritas con letras de oro. Se hicieron de ellas mul- 
titud de glosas y comentarios en el siglo XVI y siguien- 
tes, habiendo llegado á formar, por sí solos, un tomo 
separado. 

Juan de Padilla es el último de los "poetas del tiem- 
po de los reyes católicos que, como Juan de Mena, se 
proponía seguir las huellas del Dante advirtiéndose por 
eso mismo la influencia de la Uteratura itahana en sus 
composiciones. Nació en Sevilla, en la segunda mitad del 
siglo XV, y allí hizo sus estudios, con afición decidida 
á los clásicos antiguos é italianos principalmente. Profe- 
só en el convento de Santa María de las Cuevas de aque- 
lla ciudad, abrazando la religión de San Bruno, por lo 
cual es conocido con el nombre de Cartujano este poeta. 

En el mismo convento escribió algunas obras epico- 
rehgiosas, y de éstas la mas notable un poema titulado 
Los doce triwifos (i). El asunto de la composición es 
describir, por visión y alegoría, los hechos de los doce 
apóstoles, que van divididos por los doce signos del Zo- 
diaco^ donde él supone que tienen lugar los sucesos. Con- 
siderándose trasportado á aquellas apartadas regiones, 
necesita un guia, que se les vaya indicando, y se vale 
no de un gentil, como Dante en su Divina Comedia, sino 
de, un apóstol del cristianismo, San Pablo, que le con- 
duce por los mismos lugares en que los discípulos de 



(i) Bií. de Riv., tom. 2>S'~0clavas á, la Encarnación del hijo de Dios: 
Komancero y cancionero sagrados. 



ÉPOCA PRIMERA. 143 

Jesucristo se consagraron á la propagación del evangelio 
con su palabra, con sus virtudes, y hasta con el marti- 
rio. Viene primero ú las regiones donde sufren tormen- 
to los reprobos por diferentes pecados, y después á la 
Jerusalen santa ó región de los bienaventurados. Cuan- 
do San Pablo termina su misión, desaparece y concluye 
el poema. 

Si hemos de juzgar esta obra como algunos escrito- 
res modernos, hay en ella defectos de consideración, 
porque se mezclan los dioses y fábulas del paganismo 
con los misterios de nuestra religión; pero no conviene 
olvidar que eran disculpables aquellas faltas, por ser co- 
munes á la mayor parte de los poetas de aquel tiempo 
empapados como estaban, con el renacimiento de las le- 
tras, en las obras de la clásica antigüedad. No partici- 
pamos de la opinión del anglo-americano Ticknor, quien 
supone el poema lleno de fantásticos desvarios y de va- 
gas é insignificantes descripciones. Decir que son vagas 
las descripciones, cuando sabemos lo que pinta, y que 
son insignificantes, cuando se refieren á los hechos in- 
teresantes del cristianismo, es ser mas apasionado, que 
crítico razonable. No consideramos á Padilla ciertamen- 
te un poeta de tantos alientos como Juan de Mena, pero 
sí muy digno de aprecio en la época en que vivió. 



r^ 



ÉPOCA SEGUNDA. 



CASA DE AUSTRIA. 



poesía. 



CAPITIJL.O I. 

Boscaii. — Castillejo* 

La segunda época de la literatura española es de glo- 
ria y engrandecimiento nacional. Comprende los reina- 
dos de ios dos Garlos y los tres Felipes, además del bien 
poco interesante de Felipe I, comunmente llamado el 
Hermoso. Empieza con Carlos I y acaba con- Carlos II. 

En esta época todos los géneros literarios se cultivan 
y adquieren grandísimo desarrollo y perfeccionamiento, 
que no hablan podido alcanzar en la época anterior. Mo- 
delos tenemos de poesia lírica en, Garcilaso de la Vega, 
fray Luis de León, Herrera, Fdoja, Góngora y Quevedo; 
en la dramática sobresalen Lope de Vega, Tirso de Mo- 
lina, Moreto, Alarcon, Ilojas y Calderón de la Barca; y 
en la novela Cervantes, príncipe de los ingenios espa- 
lo 



146 LITERATURA ESPAÑOLA. 

ñoles. En la oratoria sagrada brillan esplendorosamente 
fray Luis de Granada y el venerable Juan de Avila, 
apóstol de Andalucía; y en la didáctica científica se ha- 
cen notar el P. Juan de Mariana, Hurtado de Mendoza, 
Zurita y Oviedo, como historiadores, y Saavedra Fajar- 
do y Quevedo, como políticos. La poesia épica y didác- 
tica no fueron igualmente afortunadas que los géneros 
anteriores. 

Las innovaciones que advertimos, sobre todo en la 
poesia que era la mas necesitada de reforma, consisten 
principalmente en la aparición del endecasílabo, verso 
que anteriormente apenas era conocido, y en una imi- 
tación mas juiciosa y prudente de los escritores clásicos, 
que la hecha en la última centuria. 

Viene á sustituir el verso endecasílabo á las coplas 
de arte mayor y versos alejandrinos de la primera épo- 
ca, que por sa pesadez y monotonía en la rima se hicie- 
ron insoportables. Ofrece ventajas incomparables á las 
que tienen los versos cortos por la armenia del hipér- 
baton, hasta el punto de poderse sostener aislado sin 
necesidad de la rima, circunstancia que no concurre en 
los demás; por los cortes ó cesuras y pausas que le ha- 
cen mucha gracia; por la agradable combinación que re- 
sulta de unirse con el verso de siete sílabas, que es una 
especie de quebrado del mismo endecasílabo, formando 
las estancias llamadas lira y silva. Es el verso de la poe- 
sia grande, de la poesia heroica; el verso de la tragedia 
y de la epopeya y de las mas sublimes concepciones 
líricas. 

No es ahora la primera vez que se usa el verso en- 
decasílabo por los poetas españoles. En el siglo XIV le 
encontramos ya en el Libro de los Cantares del Arci- 
preste de Hita; le hallamos también en algunos dísticos 



ÉPOCA SÉaUNDA. 14t 

Ó moraleja final del Libro de los enxiemplos de don Juan 
Manuel, y en los sonetos del marqués de Santillana^ en 
el siglo XV; pero ninguno de los escritores de la pri- 
mera época, algunos tan notables como el Arcipreste y 
don Juan Manuel, sabe apreciar debidamente el mérito 
é importancia de este verso; y si á veces le emplean en 
sus composiciones, lo hacen como por casualidad y no 
por sistema, desconociendo el valor que tiene, incompa- 
rablemente mayor que el de los versos cortos. De con- 
siguiente, aun cuando se liabia conocido en los siglos 
anteriores, no supieron los poetas aprovecharse de él 
y sacar todo el partido de que era susceptible. 

A un caballero catalán, natural de Barcelona llamado 
Juan Boscan, estaba reservado tanto honor. Por su afi- 
ción á la literatura y especialmente á la poesia, se dedi- 
caba á escribir en variedad de metros, imitando sobre 
todo á los provenzales; pero una feliz casualidad hizo que 
cambiase de rumbo en sus trabajos literarios. Tuvo oca- 
sión de tratar en Granada á un italiano, Andrés Nava- 
jero, embajador de la República de Venecia cerca de la 
corte de Carlos I de España, hombre de mucha y va- 
riada ilustración. Entablóse cierto dia entre los dos una 
conversación animada sobre materias literarias y mani- 
festó en ella Navajero su extrañeza de que aún no se 
hubiese adoptado por los españoles el verso endecasílabo 
de Dante y de Petrarca, y estimuló á Juan Boscan á que 
hiciera algunos ensayos para conseguirlo. Escuchaba si- 
lenciosamente el laborioso catalán, y cuando regresó á 
Barcelona, pensaba seriaaiente en el consejo que Nava- 
jero le habia dado. Hizo algunos ensayos, que al princi- 
pio apenas le daban resultado; pero su constancia y pro- 
pósito firme de llevar á cabo el pensamiento, hicieron 
al fin que le miremos hoy como el introductor del verso 



148 LITERATURA ESPAÑOLA. 

endecasílabo en la poesía española. ¡Difícilmente el con- 
sejo de un hombre ha podido nunca producir un cambio 
tan radical é importante en la literatura de un paisl 

Juan Boscan es autor de varias obras, en las cuales 
se sirve del endecasílabo, como verso suelto unas veces, 
y otras íormando las variadas combinaciones de que es 
susceptible, importadas de la literatura de Italia. Supo 
imitar perfectamente la terza y octava rima del Dante en 
los tercetos y octavas reales de la poesia española; es- 
cribió multitud de sonetos á la manera de Petrarca y el 
estensísimo poema de Ilero y Leandro en verso ende- 
casílabo libre, á semejanza del sciolto que usaban los 
italianos. Ocúpase este poema de los amores del joven 
Leandro con la sacerdotisa de Venus, llamada Hero. 
A-mbos viven en puntos opuestos de las costas del He- 
llesponto. Leandro pasa el estrecho todas las noches con 
objeto de visitarla, hasta que en uno de aquellos viajes 
nocturnos perece en medio de las ondas. Sabedora de 
ello la sacerdotisa, se arroja también al mar, no que- 
riendo sobrevivir á la desgracia de su amante. 

El mérito de Juan Boscan, como escritor, inútil será 
buscarle precisamente en las obras que de él se conser- 
van, publicadas por la viuda, juntamente con las de su 
amigo Garcilaso de la Vega. Carecen de inspiración poé- 
tica y se hace bastante pesada su lectura por la falta de 
armonía en la versificación. Estriba principalmente la 
fama de este escritor en haber dado nueva forma y ro- 
paje mas adecuado á la poesia, con la introducción del 
verso de los italianos. Justo es, por eso mismo, que le 
consideremos como el fundador de la escuela italiana en 
la literatura española. Boscan y los afiliados á ella sos- 
tienen la importancia del verso endecasílabo, siguiendo 
las huellas del Dante y de Petrarca en sus combinacio- 



ÉPOCA PRIMERA. 149 

nes. Iniciado el pensamiento y dados los primeros pasos, 
el acabar la obra llevándola á feliz término estaba reser- 
vado á Garcilaso de la Vega. 

La innovación literaria introducida por Boscan no ob- 
tuvo la misma acogida entre los aficionados á la amena 
literatura. Hubo algunos, como Cristóbal del Castillejo, 
que haciendo tenaz oposición, se propusieron combatir 
la escuela italiana por medio del ridículo, pero cierta- 
mente sin un satisfactorio resultado. Era Castillejo natu- 
ral de Ciudad Real, según Gil y Zarate, y de Ciudad Ro- 
drigo según. Moratin y Ticknor. Habia pasado los mejo- 
res años en la vida del gran mundo, como secretario 
de Fernando, emperador de Alemania, hermano de Car- 
los V, y arrepentido al fin, se hizo monge del Cister, 
religión reformada de san Bernardo, en el convento de 
san Martin de Valdeiglesías, cerca de Toledo. Comprende 
su vida la mayor parte del siglo XVÍ y algo del anterior, 
pues duró mas de cien años (1494 — 1596). 

Escribió mucho Castillejo, casi todo en el antiguo 
verso castellano de ocho sílabas. Es unas veces dema- 
siado Ubre y sus obras fueron prohibidas por la Inqui- 
sición; otras veces escesivamente religioso-cristiano. Co- 
leccionadas en la biblioteca de autores españoles de 
Rivadeneyra, se hallan divididas en tres clases: obras 
de amores; obras de conversación y pasatiempo; obras 
morales y de devoción. Pertenecen á la clase de obras 
de amores las Coplas á Ana, y el Sermón de amores. Son 
obras de conversación y pasatiempo la Sátira contra 
los Petrar quistas, (1) el Diálogo de las condiciones de 
las mujeres (2) y el Diálogo entre el autor y su pluma. 



(i) Bi¿>, de Riv,^ tom, 32, pág. 157. 
(2) Idem^ pág. iSo, 



150 LITERATURA- ESPAÑOLA, 

En la tercera clase hay coleccionadas varias poesías, in- 
feriores en mérito á las anteriores, 

No tenia Castillejo bastante numen para elevarse á 
las altas concepciones de la poesia; sin embargo en el 
antiguo metro español de versos de ocho sílabas, escribe 
con facilidad, gracia, naturalidad y dulzura, además de 
usar frecuentemente el estilo festivo y un tanto satírico, 
que en gran manera le favorece. Bajo el punto de vista 
moral es digno de censura en muchos pasages; sobre 
todo su Sermón de amores, obra que debió sin duda á 
esta circunstancia el haber sido prohibida por la Inqui- 
sición. Seguramente que no le escribiría siendo monge 
del Cister, sino mas bien en los años de su juventud pa- 
sados en Alemania. 

En el Diálogo entre él y su pluma pide á esta cuenta 
del tiempo que ha malgastado escribiendo con ella mas 
de treinta años; y la pluma le contesta echándole en 
cara el espíritu que le guiara. Dos personages solamente 
hay en el Diálogo sobre las condiciones de las mujeres, 
Aletio y Fileno, el primero que dice mal de las muje- 
res, y el segundo que con gracia sin igual las defiende. 

La Sátira contra los Petrar quistas, ó imitadores de 
Petrarca por la adopción del endecasílabo, es sumamente 
ingeniosa y está llena de gracia. Hace hablar á varios 
personages de la anterior centuria, como Juan de Mena, 
Jorge Manrique, Garci-Sanchez de Badajoz, Alonso de 
Cartagena y Torres Naharro, proponiéndose ridiculizar 
de ese modo la nueva escuela italiana. Veamos algo de 
esta composición. 

CONTRA LOS QUE DEJAN LOS METROS CASTELLANOS ¥ SIGUEN LOS ITALIANOS. 

Pues la santa Inquisición 11 En rastigar con razón 
Suele ser tan diligente || Cualquier secta y opinión 



ÉPOCA SEGUNDA. 



151 



Levantada nuevamente, 
Resucítese Lucero 
A corregir en España 
Una muy nueva y eslraña 
Como aquella de Lulero 
En las partes de Alemana. 

Bien se puede castigar 
A cuenta de anabaptistas, 
Pues por ley particular 
Se tornan á bautizar 

Y se llaman Petrarquistas. 
Han renegado la fé 

De las trovas castellanas, 

Y tras de las italianas 

Se pierden, diciendo que 
Son mas ricas y galanas. 

Juan de Mena como oyó, 
La nueva trova pulida 
Contentamiento mostró, 
Caso que se sonrió 
Como de cosa sabida, 

Y dijo: «Según la prueba, 
Once sílabas por pié 

No halló causa por qué 
Se tenga por cosa nueva. 
Pues yo también las usé.» 

Don Jorge dijo: «No veo 
Necesidad ni razón 
De vestir nuestro deseo 
De coplas que por rodeo 
Van diciendo su intención. 
Nuestra lengua es muy devota 
De la clara brevedad 
y esta trova, á la verdad, 
Por el contrario, denota 
Oscura proligidad.» 

Garci-Sanchez se mostró 
Estar con alguna saña, 



Y dijo: «No cumple, no, 
Al que en España nació 
Valerse de tierra estraña; 
Porque en solas mis lecciones, 
Miradas bien sus estancias. 
Veréis tales consonancias. 
Que Petrarca y sus canciones 
Queda atrás en elegancias.» 

Cartagena dijo luego 
Como práctico en amores: 
«Con la fuerza de este fuego 
No nos ganarán el juego 
Estos nuevos trovadores; 
Muy mal entonadas son 
Estas trovas, á mi ver. 
Enfadosas de leer 

Y tardas de relación 

Y enemigas de placer.» 
Torres dijo: «Si yo viera 

Que la lengua castellana 
Sonetos de mi sufriera 
Fácilmente los hiciera, 
Pues los hice en la italiana; 
Pero ningún sabor tomo 
En coplas tan altaneras 
Escritas siempre de veras. 
Que corren con pies de plomo, 
muy pesadas de caderas.» 

Al cabo la conclusión 
Fué que por buena crianza 
y por honrar la nación 
De parte de la invención 
Sean dignas de alabanza. 

Y para que á todos fuese 
Manifiesto este favor, 

Se dio cargo á un trovador 
Que aqui debajo escribiese 
Un soneto en su loor. 



SONETO. 



Musas italianas y latinas. 
Gente en estas partes tan estraña, 
¿Cómo habéis venido á nuestra España 
Tan nuevas y hermosas clavellinas? 

O ¿quien os ha traído á ser vecinas 
Del Tajo y de sus montes y campaña? 
O ¿(juién es el que os guia y acompaña 
De tierras tan ajenas peregrinas? 



152 LITERATURA ESPAÑOLA. 

Don Diego de Mendoza y Garcilaso 
Nos trujaron, y Boscan y Luis de Haro, 
Por orden y favor del dios Apolo, 

Los dos llevó la muerte paso á paso, 
El otro Solimán, y por amparo 
Solo queda don Diego, y basta solo. 

Razón de método. — Mas fácil se presenta en la se- 
gunda época de la literatura española el método que con- 
viene seguir, cuando los géneros se hallan ya formados. 
Asi es que procede establecer una división general de 
toda la materia en cuatro secciones, comprendiendo en 
la primera la poesia lirica, asi como la épica y didáctica 
en la segunda la poesia dramática; en la tercera la pro- 
sa poética ó la novela; y en la cuarta la prosa didáctica 
ó científica. Por este orden habremos de examinarlas su- 
cesivamente, sin que tengamos necesidad de faltar á él, 
á no ser en muy contadas excepciones. 



Oai'cilaiso <le la Vega» 

En la segunda época de la literatura española algu- 
nos poetas de primer orden se pueden considerar como 
fundadores de escuelas, atendiendo al mérito de sus obras 
y á la fama y popularidad que entre sus contemporáneos 
alcanzaron y que posteriormente han conservado. Tal 
sucede con Garcilaso de la Vega, conocido por el prín- 
cipe de los poetas de su tiempo, que viene á cambiar 
la faz de las letras españolas, acreditando la escuela ita- 
liana fundada por Boscan, (|ue inútilmente Cristóbal del 
Castillejo se babia propuesto combatir. 

Nació Garcilaso de la Vega en Toledo á principios 
del siglo XVI, y su vida fué tan corta que á los treinta 



ÉPOCA PRIMERA. 453 

años había dejado de existir. Se distinguió en el doble 
concepto de militar y literato. Gomo militar le vemos acom- 
pañar á Garlos V, emperador de Alemania, en diferen- 
tes espediciones por Europa, tomando una parte muy ac- 
tiva en sus campañas. Asi es que acude á la defensa de 
Viena primero, sitiada por Solimán el Magnífico, Sultán 
de Turquía, donde el ejército enemigo es derrotado por 
las tropas del emperador y Garcilaso contribuye eficaz- 
mente á la victoria, recibiendo dos heridas, una en la 
cabeza y otra en un brazo. Al poco tiempo se encuentra 
en Túnez, cuando Garlos V pretendía dominar de un solo 
golpe á las potencias berberiscas, y últimamente en la 
campaña de la Provenza donde halló su muerte Lleva- 
ban la mejor parte los imperiales, que ya se habían apo- 
derado de Marsella, cuando vieron á unos campesinos 
parapetados en una altura, y designado para tomarla 
Garcilaso, á quien distinguía el emperador, lo hizo con 
tan mala suerte que una piedra lanzada de lo alto le hi- 
rió mortalmente en la cabeza, siendo necesario trasladar- 
le á Niza, donde dejó de existir. 

Mariana y Sandoval hablan de la muerte de Garcila- 
so, como de un acontecimiento. Quedó tan disgustado 
el emperador, que inmediatamente dispuso la toma de 
la fortaleza y que todos los campesinos fueran pasados 
por las armas. 

La importancia de Grarcilaso y su fama literaria fueron 
desde un principio grandes, por haber isido el primero 
que con éxito brillaiile emplea el verso endecasílabo en 
sus composiciones, y crea ese lenguage poético que an- 
tes dtí él era desconocido. Se leían con afán sus poesías 
en España á su regreso do Ñapóles, donde probablemen- 
te algunas fueron escritas. Gonvienen todos los escrito- 
res contemporáneos en designarle como el principe de 



154 LITERATURA. ESPAÑOLA. 

los poetas españoles, y sin duda alguna que lo merecía, 
cuando nada semejante á lo que él hizo se habia hasta 
entonces conocido. 

Consigue por eso mismo acreditar la escuela italiana 
fundada por Boscan, escribiendo, con mas gusto que su 
amigo, en tercetos, octavas reales, sonetos y otras com- 
binaciones, como la lira y silva, y usando también el 
verso endecasílabo libre. 

En tan corta y agitada como fué la vida de Garcilaso 
le quedó tiempo sin embargo para escribir, haciendo lo 
que él mismo refiere en una de sus églogas: 

Tomando ora la espada, ora la pluma 

como el cantor de Arauco y mucho antes el Marqués 
de SantiUana lo hablan hecho. Es tan escaso el número 
de composiciones de este escritor, que están reducidas á 
las siguientes, únicas hasta ahora conocidas: treinta y 
siete sonetos, cinco canciones, una epístola, dos elegías 
y tres églogas. Aparecieron entre los papeles de su inse- 
parable amigo Boscan, que la viuda conservaba y tuvo la 
feliz idea de publicar, al mismo tiempo que las obras de 
su marido, prestando de ese modo un servicio á las le- 
tras patrias. Reunidos los trabajos de uno y otro escritor 
formaban un tomo en la edición príncipe, dividido en 
cuatro partes, comprendiendo la primera poesías de Bos- 
can á la castellana; la segunda y tercera, poesías del 
mismo escritor á la italiana; y la última estaba reser- 
vada á las obras de Garcilaso. 

Encontramos lo mas notable de la poesía de Garci- 
laso en el género pastoril, donde no es posible que nadie 
le aventaje. Facilidad, dulzura, sentimiento, todo se ad- 
mira en sus églogas, y éste es el carácter que principal- 
mente las distingue. De las tres que se conocen suyas 



ÉPOCA SEGUNDA. 155 

es la mas importante la titulada Salido y Nemoroso, (1) 
escrita en estancias largas de catorce versos, en forma 
de silva, imitando la canzone de Petrarca, agregando un 
precioso estribillo al final de cada estancia en su prime- 
ra parte. 

Comienza esta égloga por una invocación al virey de 
Ñapóles, D. Pedro de Toledo, duque de Alba, escitándo- 
le á presenciar las quejas y lamentos de dos pastores, 
en esta forma: 

El dulce lamentar de dos pastores, 
Salicio juntamente y Nemeroso, 
He de cantar sus quejas imitando; 
Cuyas ovejas al cantar sabroso, 
Estaban muy atentas, los amores, 
De pacer olvidadas, escuchando. 
Tú que ganaste obrando 
Un nombre en todo el mundo, etc. 

Bajo el nombre de Salicio ven algunos encubierto el 
mismo de Garcilaso, y en el de Nemoroso el de Boscan, 
ambos á la verdad nombres campestres, admitiendo su 
derivación de salix, sauce, y nemus, bosque; pero sea 
de esto lo quiera, es lo cierto que el pastor Salicio se 
lamenta de la infidelidad de su afeada Galatea, y Nemo- 
roso siente la muerte de su inolvidable Elisa. Si á esta 
composición se le suprime la invocación al virey de Ñá- 
peles del principio, y una bella descripción del crepús- 
culo de la tarde con que acaba, resultan dos tiernlsimas 
elegías, en forma de letrilla la primera con un sentido é 
interesante estribillo. — En la segunda desús églogas pre- 
tendía Garcilaso introducir una novedad en la versifica- 
ción, cual es la de que el final del verso rime frecuen- 
temente con el medio del verso siguiente; novedad por 

(i) Bió. de Riv. Tom. 32, pág. 3. 



i 56 LITERATURA ESPAÑOLA. 

cierto de escaso resultado, porque ó no se advierte el 
consonante, en cuyo caso es inútil el esfuerzo del poeta, 
ó si se hace sentir tiene poco de agradable al oido. Cer- 
vantes en la canción de Grisostomo, estudiante disfraza- 
do de pastor, que lamentaba los desdenes de la pastora 
Marcela, no fué mas afortunado en este ensayo de la 
rima, que pretendía imitar de Garcilaso. — En la tercera 
égloga aparecen bellísimas octavas, como la siguiente ci- 
tada íi^ecuentemente por modelo de armonía imitativa: 

¿Ves el furor del animoso viento 
Embravecido en la fragosa sierra. 
Que ios antiguos robles ciento á ciento 

Y los pinos altísimos atierra, 

Y de tanto furor aun no contento 
Al espantoso mar mueve la guerra? 
Pequeña es esta furia comparada 

A la de Filis con Alcino airada. (1) 

De entre sus canciones merece especial mención la 
titulada A la Flor de Guido. Es amorosa y tierna, manifes- 
tando en ella Garcilaso los desdenes de esta dama, que 
no se sabe quien sea, hacia un amigo suyo y pretendien- 
do al mismo tiempo que varié de conducta para mitigar 
la pena y el sentimiento de su amante. Por primera vez 
se usa en la literatura española la combinación métrica 
de cinco versos, dos endecasílabos y tres heptasilabos, 
llamada lira sin duda por encontrarse esa palabra en el 
primer verso de la canción. 
Si de mi baja lira 

Tanto pudiese el son, (jue en un momento 

Aplacase la ira 

Del animoso viento 

Y la furia del mar y el movimiento, etc. 



(i) En la segunda parle del Quijote, cap, 58, se hace referencia á las Églo- 
gas de Garcilaso, cc-mo destinadas á la representación. 



ÉPOCA PRIMERA. 'J57 

La única epístola quo so cüiiserva de Garcilaso, es- 
crita en verso endecasílabo suelto como el Poeníia de 
TIero y Leandro de Boscan, es la segunda producción de 
la literatura española, donde vemos usada esta clase de 
metro. Fué dedicada á Boscan, á quien recuerda su amis- 
tad, y le da cuenta de un penoso viaje por Francia y de 
su llegada á Italia, habiendo puesto la fecha en Valclu- 
sa, pueblo de la dama celebrada por Petrarca, con lo cual 
termina la composición. 

Francisco Sánchez de las Brozas, el hombre mas eru- 
dito del reinado de Felipe II, imprimió segunda vez las 
obras de Boscan, agregándolas escelentes comentarios 
que todavía son leídos. Herrera hizo nueva edición y Co- 
mentarios, intercalando pasages de la vida de Garcilaso, 
que no dejan de tener interés. 

Además de estos comentaristas, existen escritores 
como Fray Luis de León y Lope de Vega, que le imitan 
de mil maneras. En las composiciones donde el Maestro 
León celebra la vida del campo, se advierte sin dificul- 
tad la imitación bastante clara de la poesía de Garcilaso 
de la Vega. 



i5á LITERATURA. ESPAÑOLA. 



CAPITULO II. 

Fray Luiís de Leoii* 

Fray Luis de León, sucesor de Garcilaso de la Vega 
y continuador de su obra, es un poeta eminentemente 
cristiano, y éste uno de los principales caracteres que 
le distingue^ así como el haber sido fundador de una 
escuela, que por imitar constantemente al gran lírico 
latino Horacio, se la dio el nombre de escuela clásica. 

De una familia distinguida nació en Belmente del Ta- 
jo (1) y no en Granada, como pretenden algunos escri- 
tores. Su padre, que era abogado de corte, vivia en Ma- 
drid, y manifestando el hijo desde un principio afición 
decidida á los estudios eclesiásticos, le envió á la uni- 
versidad de Salamanca, donde cursó teología con gran- 
de aprovechamiento, profesando luego en un convento 
de monges agustinos y alcanzando una cátedra de teolo- 
gía en aquella universidad. Distinguíase tanteen los cer- 
támenes y academias que tenían los compañeros de va- 
rias órdenes religiosas, que llegó á escitar la envidia y 
rivalidad de sus competidores, quienes se declararon 



( I ) Así consta de una declaración de Fray Luis de Leoii eh eí proceso qu6 
se le foímó, Bib, de Riv.^ tom. 37. 



ÉPOCA SEGUNDA. IS^ 

acérrimos enemigos, aguardando el momento de tomar 
satisfacción cumplida de las que ellos crian verdaderas 
ofensas. 

No tardó este en presentarse con motivo de haber he- 
cho Fray Luis de León la traducción del Cantar de los 
Cantares de Salomón en lengua vulgar, sin notas ni co- 
mentarios, cosa prohibida por la Inquisición. Empezaron 
entonces las quejas de sus enemigos, que le acusaban 
además de no estar conforme en las esplicaciones de su 
cátedra con la interpretación dada á muchos pasages de 
\SL Biblia, esponiéndoles libremente; de que era luterano 
y pertenecía á la misma orden que aquel reformador; y 
de que llevaba sangre judia en sus venas. No tardó en 
ser denunciado al tribunal del Santo Oficio en Salaman- 
ca, donde fué acusado el año 1571 por primera vez. 

Procedia sigilosamente el severo tribunal, sin que 
diese parte al interesado, según costumbre, é hizo de- 
clarar á mas de veinte testigos sobre la conducta de Fray 
Luis de León en materias religiosas, procurando hacer 
al mismo tiempo averiguaciones en algunos puntos de 
Andalucía, como Granada y Córdoba, para saber si habia 
circulado allí el Cantar de los Cantares traducido. Parece 
que hasta se hicieron ostensivas las averiguaciones á la 
ciudad de Cuzco, en el Perú. 

Cuando ya creian haber reunido datos suficientes los 
individuos del Santo Oficio, se le llamó á declarar, ha- 
ciéndole principalmente cargo de haber traducido el 
Cantar de los Cantares en lengua vulgar, considerando 
esta obra como una égloga pastoril. La declaración franca 
y paladina del maestro León se redujo á confesar que 
habia traducido aquella obra, á instancia de una persona 
conocida suya que tenia vivo interés en leerla, á quien 
él mismo entregó la traducción volviéndola á recoger; 



46D LITERATURA ESPAÑOLA. 

pero que un leguilo encargado del aseo de su celda hizo 
algunas copias y no le fué posible impedir la circula- 
ción. Protestó de su adhesión á la doctrina de la Iglesia 
y de someterse en un todo á las decisiones del Santo 
Tribunal. 

Después de tan franca y leal declaración, el tribunal 
compuesto de siete jueces procedió á votación en la si- 
guiente forma: cuatro opinaron que se la sometiera á 
tormento, aunque ligero por el estado de su salud, para 
que fuera mas esplícito en sus declaraciones; dos creye- 
ron que debia ser objeto de una reprensión en presen- 
cia del tribunal, exhonerado luego ante el claustro de 
doctores de Salamanca y privado de su cátedra; uno por 
íin, se abstuvo de votar. Atizando el fuego de la discor- 
dia sus implacables enemigos, se le trasladó á las cárce- 
les del Santo Oficio de Valladolid, donde permaneció 
hasta 1576. 

En este año y después de no guardarle las conside- 
raciones debidas, se resolvió elevar la causa al tribunal 
de la Suprema, que acordó no estimar el fallo del infe- 
rior, juzgando que procedía la libre absolución, á condi- 
ción de recoger los ejemplares del Cantar de los Canta- 
res, y de no interpretar en adelante, ni traducir libros 
sagrados. Rescatada su libertad, volvió Fray Luis de León 
á ocupar su cátedra en la universidad de Salamanca, 
pues los doctores con mejor acuerdo que algunos individuos 
del Santo Oficio se la reservaban. Acudieron multitud de 
estudiantes ansiosos de escuchar algo sobre las perse- 
cuciones de que habia sido objeto; pero ni una palabra 
se escapó délos labios de tan discreto varón, empezando 
con aquellas tan conocidas palabras: «Declaraos ayer,» 
como si sus explicaciones no hubieran sido interrumpidas. 

Fray Luis de León es un escritor en verso y en prosaj 



ÉPOCA SEGUNDA. '■ 161 

acaso mas notable <;omo prosista que como poeta. Sus 
poesías pertenecen al género lírico; sus obras en prosa 
son del género didáctico religioso y moral. De las últi- 
mas corresponde tratar mas adelante; ahora vamos á juz- 
garle solamente como poeta. 

Las obras en verso de este escritor se hallan clasifi- 
cadas por él mismo y divididas en tres libros, en una 
dedicatoria á don Pedro Puertocarrero, inquisidor de 
la Suprema, á quien las enviaba manuscritas y coleccio- 
nadas, sin pretensiones de ninguna clase. (1) «En el 
primer libro, dice, van las que compuse mías, en los 
dos siguientes las traducidas, asi de escritores sagrados 
como profanos.» Figuran, entre las que él llama origina- 
les ó suyas, odas de todas clases, esceptuando las eró- 
ticas, género á que nunca se dedicó, pues la única diri- 
gida A Elisa pertenece al género moral. 

De entre las odas morales del maestro León merece 
especial mención la titulada A la vida del campo. Cele- 
bra en ella imitando á Horacio en su oda «Beatus ille 
qui procul negotiis,» los encantos de la vida retirada, 
donde disfruta el hombre los placeres que por todas 
partes ofrece la naturaleza, libre al mismo tiempo de los 
sinsabores y disgustos que proporciona la vida del mundo 
y de los negocios. Avalora el mérito de esta oda una 
bellísima digresión del poeta, que distraído en medio de 
su inspiración empieza á describir un huerto que tenia 
cerca de Salamanca, en esta forma. (2) 

Del monte en la ladera 
Por mi mano plantado tengo un huerto, 
Que con la primavera 



(1) Bib. de Riv.^ tom. 37. 

(2) Fray Diego González habla de este huerto que poseia, en una carta 
al P. Miras.— yT/. M. de Pidal. 

u 



162 LITERATURA ESPAÑOLA > 

De bella flor cubierto, 

Ya muestra en la esperanza el fruto cierto. 

Y como codiciosa 

Por ver acrecentar su hermosura, 

Desde la cumbre airosa 

Una fontana pura 

Hasta llegar corriendo se apresura. 

Y luego sosegada, 

El paso entre los árboles torciendo, 
El suelo de pasada 
De verdura vistiendo 

Y con diversas flores va esparciendo. 
El aire el huerto orea 

Y ofrece mil olores al sentido, 
Los árboles menea, 

Con un manso ruido, 

Que del oro y del cetro pone olvido. 

. Si á Fray Luis de León se le considera como poeta 
heroico y patriótico, la oda titulada Profecía del Tajo y 
imitación de otra de Horacio que empieza «Pastor cum 
traheret» y es un vaticinio sobre la destrucción de Tro- 
ya, es una obra maestra. Supone Horacio en esta oda 
que el dios marino Nereo, padre de las Nereidas, pre- 
dice en medio del Mediterráneo á Páris, hijo de Pria- 
mo rey de Troya, cuando llevaba consigo robada á He- 
lena, esposa de Menelao rey de Esparta, que ocasionaría 
con su conducta la ruina de aquella ciudad. De una ma- 
nera semejante el maestro León personificando al río 
Tajo vaticina á don Piodrigo, por sus amores con la Caba, 
hija supuesta del conde don Julián, la ruina de España. 
Hay elevación y grandeza en esta oda, que es emi- 
nentemente patriótica y nacional. Su forma indirecta. 
Se advierte en ella que el poeta falsea la historia, que 
rechaza los amores de don Rodrigo y la existencia de la 
Caba, habiéndose atenido sin duda únicamente á latra- 

II ' 



ÉPOCA SEGUNDA. 163 

dicion. Es la primera composición de su clase que vemos 
aparecer en la literatura española. 

Acrecienta el mérito de este escritor el haber sido 
poeta de nacimiento, que nunca puso empeño en culti- 
var sus escelentes condiciones, mirando hasta con cierto 
abandono la poesía, ya porque era mal visto que los 
eclesiásticos de su tiempo se dedicaran á hacer versos, 
ya por haberlo tom.ado él únicamente como entreteni- 
miento y distracción de mas serias ocupaciones. Asi es 
que nunca pensó en publicar él mismo sus poesías^ (1) 
ñi se conocieron apenas en vida de su autor. El estilo 
de las odas es elevado y magestuoso en las heroicas; 
templado como corresponde en las morales; elevado á 
veces y templado otras en las de carácter reUgioso. Sü 
lenguaje sencillo, pero las espresiones á veces tan nue* 
vas y oportunas, que sorprenden. Fray Luis de León es 
el poeta que con los medios mas sencillos ha conseguido 
producir los efectos mas grandes. La elevación á que 
aspira, hemos de buscarla, sobre todo, en las ideas su* 
blimes, en los pensamientos grandes y en las imágenes 
atrevidas, mas bien que en el ropage con que se propuso 
ataviarlas. (2) Como dice un escritor contemporáneo, fué 
grande sin énfasis, y natural sin bajeza. 

(í) Don Francisco de Quevedo y Villegas publicó en 163 1, por ptimeía 
vez, las obras poéticas de Fray Luis de León, al mismo tiempo 4ue las de 
Francisco de la Torre, con el único objeto de atajar el mal gusto del cultera- 
nismo dominante. Lo que únicamente hizo su autor fué coleccionarlas manus-* 
cristas, enviándolas de ese modo acompañadas de un prólogo, a don Pedro 
Puerto carrero, su amigo, inquisidor de la Suprema. 

(2) Bellísima es la imagen siguiente de la Profecía del Tajo^ que raya en 

la sublimidad. 

Cubre la gente el suelo, 

Debajo de las velas desparece la mar, 

La voz al cielo confusa y varia crece, 

El polvo roba el dia y le oscurece 



164 LITERATURA ESPAÑOLA. 

Corno Garcilaso en sus églogas, celebra Fray Luis de 
León la vida del campo en sus composiciones, pero de 
distinta manera, pues mientras el primero es un poeta 
erótico, é introduce pastores que lamentan sus desgra- 
ciados amores, buscando por ese medio el efecto pinto- 
resco; se fija principalmente el segundo en la instabili- 
dad de las cosas humanas y duración de las celestes, 
para cantar de ese modo la tranquilidad y el sosiego de 
una vida retirada. Aun cuando imita á Horacio y se le 
propuso por modelo, hay no obstante una gran diferen- 
cia entre las odas del lírico latino y las del vate español. 
Mientras que éste es eminentemente cristiano, en aquél 
abundan las ideas del paganismo, y la oda de Horacio 
se halla perfeccionada en manos de León con el perfu- 
me religioso-cristiano que la distingue. (1) 

Aun cuando se descubre ordinariamente en sus poe- 
sias la tendencia clásica y el propósito de imitar á Hora- 
cio, hay sin embargo en alguna de sus odas, como la 
dedicada A Felipe Ruiz donde tuvo presente el Psal- 
mo 103 de David, ideas y pensamientos que revelan sus 
aficiones á la escuela de Herrera. 



(i) Casi todas las mejores odas de Fray Luis de León fueron' escritas en la 
combinación métrica inventada por Garcilaso, que se conoce con el nombre de 
JJrn, y con una pureza clásica, un vigor y una exactitud desconocidas antes 
en la poesia española, á donde pocas veces se ha llegado después. 



ÉPOCA SEGUNDA. 165 



CAPITUL.O III. 

Feriiaiiflo ele Herrera. 

Conocidas las dos escuelas clásica é italiana en la li- 
teratura española, oportuno es hablar de otra muy im- 
portante sin duda, y de mayores pretensiones, denomi- 
nada escuela oriental ó sevillana, cuyas tendencias eran 
recibir sus inspiraciones en la Biblia, como Fray Luis de 
León en la poesía del gran lírico latino, Horacio. 

El verdadero fundador de esta escuela es Fernando 
de Herrera, poeta sevillano, que vive en la segunda mi- 
tad del siglo XVL Las pocas noticias que tenemos de la 
vida de este escritor son debidas á Francisco Pacheco, 
pintor y poeta amigo del mismo, que hizo su retrato, el 
cual se conserva en una colección de retratos de varo- 
nes ilustres pertenecientes al referido autor. Dice este 
biógrafo que Herrera fué beneficiado de la catedral de 
Sevilla, pero sin haber recibido órdenes mayores, atri- 
buyendo esto á que era de pingües rentas el beneficio y 
nunca tuvo mayores aspiraciones. Hombre de muy bue- 
nas relaciones, contaba entre ellas la de los condes de 
Gelves. Mucho se habló de los amores de Herrera con 
Doña Leonor de Guzman, Heliodora, á quien tan frecuen- 
temente celebra en sus poesias; pero asegura Pacheco 
que nunca debieron pasar del platonismo aquellos amo- 



166 LITERATURA ESPAÑOLA. 

res. En su tiempo le llamaban el poeta, y Herera se dis- 
gustaba, comprendiendo las muchas condiciones que son 
necesarias para merecerlo. 

Hasta ahora Garcilaso de la Vega, que escribía en los 
ratos de ocio después del combate, tomando, según él 
mismo dice, «ora la espada, ora la pluma», y Fray Luis 
de León, que hacia versos por entretenimiento, no por 
afición decidida á la poesia, ningún empeño tuvieron en 
elevarse y escribir obras, donde su numen desplegase 
todo el vuelo de que era capaz. Celebra el primero la 
vida del campo, que no se presta á grandes concepciones 
y tratando el segundo de asuntos nacionales, solia hacer- 
lo sin artificio de ningún género: era «grande sin énfa- 
sis y natural sin bajeza», como se ha dicho anteriormente. 

Sentia Herrera la necesidad de producir una revolu- 
ción en la poesía, ocupándose de asuntos nacionales con 
estilo y lenguaje diferentes; creia preciso aumentar el 
caudal de voces y formar un nuevo y mas rico dicciona- 
rio poético, trabajando sin cesar y limando sus compo- 
siciones, pues asegura Pacheco que las solia leer á sus 
amigos, y al menor defecto que notasen, las hacia mil 
pedazos para empezarlas de nuevo. Se habia propuesto 
ser poeta de profesión y un verdadero artista literario, y 
este deseo de sobresalir, imitando sobre todo las gran- 
des concepciones de los libros sagrados, hizo nacer otra 
escuela, que separándose de las anteriores, buscaba la 
magnificencia y pompa en el lenguaje. 

Llama la atención en sus composiciones la variada 
entonación que se observa, pues mas bien parecen obras 
de poetas diferentes que de uno solo y el mismo escri- 
tor. (1) Le vemos elevado y enérgico en su oda A D. 



(i) , Bill, de Kiv , tom, 32, pag. 257. 



ÉPOCA SEGUNDA. 167 

Juan de Austria-, majestuoso y sublime en la canción A 
la victoria de Lepanto; sentimental y triste en la canción,. r 
A la pérdida del rey D. Sebastian] tierno y voluptuoso 
en la dedicada Al Sueño: es decir que su ánimo flexible 
se plegaba fácilmente á las exigencias del asunto, cuali- 
dad propia de los grandes escritores. 

La oda A D. Juan de Austria reconoce un fundamen- 
to histórico. (1) Después de la toma de Granada queda- 
ban algunos moros habitando en las inmediaciones de 
aquella ciudad y paises comarcanos, los cuales profesa- 
ban en apariencia la religión cristiana, si bien eran ma- 
hometanos en el fondo y de corazón. Cansados de las 
disposiciones un tanto duras de Felipe II, pretendían sa- 
cudir el yugo y hacerse independientes. Fué necesaria 
la intervención de D. Juan de Austria para someterles, 
habiendo sido espulsados completamente del reino de 
Granada. A la raiz de aquel suceso celebra Herrera la 
victoria conseguida, por medio de una estensa compara- 
ción entre D. Juan de Austria, caudillo de los cristianos 
que combate á los moriscos, y Marte, dios de la guerra 
que derrota á los gigantes. Presenta desde luego en pri- 
mer término la victoria de Júpiter, suponiendo que Apo- 
lo en el congreso de los dioses la celebra, y esta parte 
es bellísima. 

Cantó el crinado Apolo 
Entonces dulcemente, 
Y en oro y lauro coronó su frente. 

Pero cuando se llega á la derrota de los moriscos por 
D. Juan de Austria en el segundo miembro de la com- 
paración, no puede menos de estrañar que los esfuerzos 
y el valor del héroe de las Alpuj arras superen á los del 



(i) Tomo 32, pág. 28§. 



468 LITERATURA ESPAÑOLA. 

Dios de la guerra, y que la victoria alcanzada contra los 
moriscos sea de mayor entidad que la obtenida por Mar- 
te contra los gigantes, lo cual es inverosimil sin duda 
alguna, porque los hechos de los dioses han de conside- 
rarse necesariamente superiores á los de los hombres. 
Si se atiende al desarrollo del plan que se propuso, una 
y otra parte son notables igualmente. Abundan las refe- 
rencias mitológicas, en lo cual participa Herrera de las 
aficiones clásicas de Fray Luis de León, y se sirve de la 
lira, combinación métrica de los poetas anteriores. 

La canción de Herrera A la victoria de Lepanto (1) 
bastarla para acreditarle como fundador de la escuela 
oriental por los muchos hebraísmos que contiene, y es 
de notar que, en opinión de D. Alberto Lista, las odas 
de Herrera tienen mas hebraísmos que las de todos los 
poetas reunidos. Reconoce, como la anterior, un funda- 
mento histórico y es el siguiente. Selin H, hijo de Soli- 
mán el magnífico, sultán de Turquía, se había apoderado 
de la isla de Chipre, que pertenecía á la república de 
Venecia, y se consideraba como la llave de aquellos ma- 
res. No pudiendo ver esto encalma Felipe II y el pon- 
tífice Pío V;, determinaron* coalígarse con la república de 
Venecia y hacer la guerra al Sultán, aprestando una es- 
cuadra de doscientos bajeles, de la cual fué nombrado 
almirante D. Juan de Austria. Reunidas las fuerzas del 
Sultán en el golfo de Lepanto, frente á las tropas de las 
tres potencias coaligadas, la escuadra de Sehn H sufrió 
una espantosa derrota, que venía á estorbar tal vez una 
segunda invasión de los musulmanes en Europa, seme- 
jante á la que habia tenido lugar en tiempos anteriores. 
Herrera celebra esta victoria de Lepanto en una can- 



(l) Tomo 32, pág. 306. 



ÉPOCA SEGUNDA. 169 

cíon sublime, escrita en estancias largas muy propias 
para el asunto, imitando el magnífico cántico de Moisés 
después del paso del mar rojo, cuando huia de los ejér- 
citos de Faraón. (1) Atribuye la victoria al poder de Dios, 
comparado con el cual todo otro poder es nada. Aquí la 
comparación está bien hecha y los términos bien presen- 
tados, á diferencia de lo que sucede en la canción ante- 
rior, porque el poder de Dios debe estar por cima siem- 
pre del poder de los hombres. 

La canción A la pérdida del rey D. Sebastian es ele- 
giaca y se halla basada también en la historia. Este rey 
aventurero y ambicioso hizo una espedicion al África 
acompañado de ejército numeroso, con el fm de secun- 
dar el pensamiento de las potencias cristianas reunidas 
en Lepanto y humillar una vez masa la morisma. Pere- 
ció D. Sebastian en la batalla de Alcazar-quivir, sin que 
se supiera mas de él. Los portugueses que en esperan- 
zas, como en otras cosas, son exagerados, le aguardaban 
mucho tiempo después de la derrota, y dieron motivo á 
la tradición de Gabriel de Espinosa, pastelero de Madri- 
gal, que se quiso fingir el rey D Sebastian de Portugal, 
sobre lo cual se escribió una historia y ha servido de 
fundamento al drama de Zorrilla Traidor^ inconfeso y 
mártir. 

En la canción Al Sueño Herrera es tierno y volup- 
tuoso Suave sueño, dulce sueño, tierno sueño dice, re- 
pitiendo su nombre con variados epítetos. (2) 

Las elegías de este escritor descubren ya tendencias 
al culteranismo, de que mas tarde nos ocuparemos. Tie- 
nen una versificación brillante, pero el estilo es muchas 



(i) Exodo^ cap, XV. — I. 
(2) Tomo 32, pág. 259, 



170 LITERATURA ESPAÑOLA. 

veces impropio de la verdadera elegía, que exige el calor 
de la pasión, pero no el arrebato del entusiasmo. Sin 
embargo, la dedicada A la muerte de la condesa deGel- 
ves (1) es una de las mas tiernas y sentidas que se con 
nocen en castellano. 

Los sonetos, aun cuando escribió muchos, apenas 
tienen importancia, por mas que Herrera en su Comen- 
tario d las obras de Garcilaso concede un valor estraor- 
dinario á esta clase de composiciones, que considera su- 
periores á las odas griegas y latinas. 

Quintana hablando de Herrera dice «que se le dio el 
sobrenombre de divino y quede todos los poetas á quie- 
nes se habia concedido este título, ninguno lo merecía 
sino él». Lope de Vega, que se entusiasmaba recitando 
algunos de sus versos, cuando trata de la canción Al 
Santo rey D. Fernando, (2) dice lo siguiente: «Aquí nin- 
guna lengua aventaja á la española, perdonen la griega 
y la latina». 

Francisco ele Rioja. 

Gomo continuador de la escuela de Herrera, en sus 
dos manifestaciones de clásica y oriental, merece citarse 
Francisco de Rioja, que nació también en Sevilla, el 
año 1600, y fué como él beneficiado, aunque de órde- 
nes mayores. Por sus relaciones con el conde duque de 
Olivares parece que vino á la corte de Felipe IV, de la 
que se le puede considerar como un honor, llegando á 
merecer que se le nombrase individuo del tribunal de la 
Suprema. Era Rioja hombre de buenos conocimientos, 



(l^ Tomo 32, pág. 305. 
(2) Id, pág. 229. 



ÉPOCA SEGUNDA. 171 

que habia seguido los estudios de derecho y teología, 
pero no de tanta erudición como Herrera, según se des- 
cubre fácilmente en sus composiciones. Sin que sepamos 
la razón, se vio comprometido en una causa y encerrado 
en una prisión, cayendo entonces del favor del conde 
duque de Olivares. Asi que recobró su libertad, no quiso 
vivir mas en la corte, y se trasladó á Sevilla, donde edi^ 
ficó una casita, que rodeó de fuentes y jardines, y allí 
pasó los últimos años de su vida entregado á la amena 
literatura. 

Fué escritor en prosa y verso. Las obras en prosa, 
místicas en su mayor parte, carecen de interés. Las pu- 
blicadas en verso deben mirarse como de verdadero 
mérito literario, y muy pocas se conservan; pero revelan 
que muchas mas debieron salir de la pluma de este 
distinguido escritor. Silvas, canciones, sonetos en corto 
número, y la tan conocida Epístola moral á FabiOy for- 
man el repertorio de sus poesías. Las silvas, á que dio 
este nombre por la mezcla de endecasílabos y heptasí- 
labos en que fueron escritas, son verdaderas odas dedi- 
cadas á diferentes objetos. Figuran como notables las 
dirigidas á las flores, de que Rioja era cantor apasionado. 
Tiene silvas A la rosa; Al jazmín; A la arrebolera; 
A la rosa amarilla y A la primavera, estación de las 
flores. Hay ademas otras A la constancia; A la pobreza; 
A la riqueza, y pocas mas. La dedicada A la rosa es 
bellísima. En ella pretende el poeta, contemplando y 
describiendo esta flor, despertar el sentimiento que pro- 
duce la brevedad de la vida. (1) 

Mucho se ha discutido acerca de si le pertenece la 
tan conocida canción A las ruinas de Itálica. Apareció 



(i) Bió. de Riv., tom. 32, pág. 381. 



172 LITERATURA ESPAÑOLA. 

por primera vez esta obra en el Parnaso español, de 
López de Sedaño, colección estensa de escritores, for- 
mada en el siglo pasado, desde Boscan y Garcilaso. 
Reúne preciosos materiales de literatos de la buena épo- 
ca, aunque falta de método y de critica. Dice su autor 
«que publica la canción en vista de unos manuscritos 
que tuvo en su poder y que le parecieron de letra de 
Rioja.» Desde entonces nadie se atrevió á dudar de se- 
mejante afirmación, y Quintana, Lista y otros así lo ad- 
mitieron, hasta que se descubrió una copia en el archivo 
de la catedral de Sevilla, donde se reconocía como autor 
á Rodrigo Caro, eclesiástico y poeta de la villa de Utre- 
ra, no lejos de aquella ciudad. 

Asi las cosas, publicó en 1862 don AureUano Fernan- 
dez Guerra y Orbe un discurso en la Academia española, 
y se propuso demostrar «que la canción A las ruinas 
de Itálica, ni original, ni refundida, es de Rioja.» Se 
exhibieron los documentos existentes en la catedral de 
Sevilla, que daban alguna luz á sus afirmaciones, y pa- 
rece que llevó la convicción al ánimo de los señores 
académicos, hasta el punto de que uno de los mas re- 
fractarios, el señor Barrera, hubo de cambiar de opi- 
nión, teniéndose desde aquel momento por indudable 
entre los individuos de tan docta corporación que el 
verdadero autor era Rodrigo Caro. 

A pesar de todo y después del parecer de la Acade- 
mia, hay críticos que opinan, como don Luis Vidart, 
que siendo contemporáneos y amigos Rioja y Rodrigo 
Caro es muy posible que ambos tuviesen parte en la 
mencionada obra, no atreviéndose á negar la que al pri- 
mero haya podido corresponder. Llama desde luego la 
atención, sin pretender con eso desvirtuar las opiniones 
de críticos respetables, que en la canción A las ruinas 



ÉPOCA. SEaUNDA. 173 

de Itálica existan citas de nombres, corno Fabio, Itáli- 
ca y algunos mas, iguales en un todo á los que vemos 
en otras composiciones que indudablemente son de 
Piioja, los cuales parece que están acusando una misma 
paternidad. Empieza la canción con las siguientes pa- 
labras: 

Estos, Fabio, ¡ay dolor! que ves ahora 

y la epístola moral, del mismo autor, dice también al 
principio: 

Fabio, las esperanzas cortesanas 

repitiéndose otras dos veces la misma palabra. Está de- 
dicada la canción «A las ruinas de Itálica;» y en un ter- 
ceto de la epístola moral hallamos lo siguiente: 

Casi no tienes una sombra vana 
De nuestra antigua Itálica.... 

Igual uso repetido hallamos de la palabra «anfiteatro» 
en ambas composiciones. Agregúese á esto que entre 
4as poesías de Rioja hay tres sonetos dedicados aá ruinas» 
de ciudades, y uno de ellos á la misma Itálica, (1) por 
lo cual sin duda el señor Cañete llama á Rioja el cantor 
de ruinas. Después de tan estrañas coincidencias ¿no 
será suya la tan conocida canción? Trabajo cuesta des- 
prenderse de esta idea y dejar de considerar á Rioja 
como su verdadero autor. 

Hagamos con el señor Quintana el análisis de esta 
canción, examinando el asunto y las bellezas de ejecu- 
ción. Itálica, Hispalis veíws, es una antigua ciudad roma- 
na, situada al noroeste y á poca distancia de la moderna 
Sevilla. Manifiesta el poeta un profundo sentimiento 



(i) Tomo 32, pág. 379 y 3S0. 



174 LITERATURA ESPAÑOLA. 

de que tan hermosa ciudad haya desaparecido casi en- 
teramente. Consta de seis estrofas de versos endecasí- 
labos mezclados con heptasílabos, y de ellas las cinco 
primeras muy importantes, de las cuales únicamente se 
ocupa Quintana. La sexta no ofrece particular interés. 
Empieza el poeta recorriendo lo material de las rui- 
nas, y lamenta que torres y edificios hayan sido arreba- 
tados por el tiempo. 

Las torres que desprecio al aire fueron 
A su. gran pesadumbre se rindieroa. 

Continúa en la segunda estrofa recordando la vida y 
animación de sus teatros y el movimiento de los circos. 

Dónde, pues, fieras, ¡ay! está el desnudo 
Luchador? Dónde está el atleta fuerte? 

Presenta en la tercera el origen de hombres eminen- 
tes, que aUi nacieron, como Trajano, Adriano, Teodosio. 

Rodaron de marfil y oro las cunas. 

Compara á Itálica en la cuarta con populosas ciuda- 
des antiguas, á las cuales tampoco la fortuna perdonó. 

¡Ay! ni por sabia á tí, ni á tí por fuerte. 

Supone en la quinta que se oye de noche una voz 
misteriosa que escuchan reUgiosamente los transeúntes, 
y su eco resuena en los paises comarcanos. 

Cayó Ilcilica, dice; y lastimosa 
Eco repite Itálica ... 

En la sexta y última se acuerda del obispo que fué 
de aquella ciudad, Geroncio, y quiere buscar ios restos 
que no halla. 

Tal es el asunto. El mérito de su desarrollo se hace 
consistir en las bellísimas estancias de versos endecasí- 



ÉPOCA SEGUNDA. ilTy 

labos, tan apropósito para expresar los sentimientos que 
embargan al poeta, y en la variedad que quiso darles 
intercalando los tres lieptasílabos en el medio. Contri- 
buyen ademas á la belleza de la obra^ la trasposición 
enfática del principio, las pausas y apoyaturas de algu- 
nas estrofas, y las condiciones de estilo y armenia en 
toda ella. (1) 

La obra maestra de Rioja y de la literatura española, 
en su género, es la Epístola moral á Fahio, que pro- 
bablemente escribirla en los últimos años de su vida, 
cuando se retiraba á Sevilla abandonando una corte, 
donde debió sufrir muchos desengaños y adquirió gran 
conocimiento de los vicios que encierra la privanza. Es 
una carta en verso y en la combinación métrica de esta 
clase de composiciones, dedicada también A Fabio, co- 
mo la canción «A las ruinas de Itálica.» Abunda en má- 
ximas de moral y reílexiones hijas de las experiencia del 
mundo, propias de la edad madura. Habiendo pasado 
muchos años en la corte y observado las intrigas y adu- 
laciones de la vida palaciega, parece que viene á servirle 
como de natural desahogo esta epístola moral. 

Empieza censurando á los pretendientes cortesanos, 
cuando dice: 

Fabio, las esperanzas cortesanas 
Prisiones son, do el ambicioso muere 
Y donde al mas astuto nacen canas. 

El que no las limare o las rompiere^ 
Ni el nombre de varón ha merecido, 
Ni llegar al honor que pretendiere. 

Se lamenta en otro terceto de la instabilidad y mudanza 
de la fortuna. 



(i) Tomo 32, pág. 386. 



176 LITERATURA. ESPAÑOLA.. 

Dejémosla correr, como á la fiera 
Corriente del gran Betis, cuando airado 
Dilata hasta los montes su ribera. 

Sigue después ensalzando la vida libre de ambicio- 
nes, en un hermoso símil. 

Mas precia el ruiseñor su pobre nido 
De pluma y leves pajas, mas sus quejas 
En el bosque repuesto y escondido 

Que agradar lisonjero las orejas 
De algún príncipe insigne, aprisionado 
En el metal de las doradas rejas. 

Concluye prefiriendo, en el cuarteto final, la vida re- 
tirada, y estimulando á su amigo Fabio á que venga á 
disfrutar con él las delicias que esta ofrece. (1) 

Lope ele Vegaé 

Lope de Vega, oriundo del Valle de Carriedo en la 
provincia de Santander, no lejos del valle de Toranzo, 
donde estuvo la cuna solariega de Quevedo, nació en Ma- 



(l) Tomo 32, pág. 387. 
Llama sobremanera la atención el atrevimiento de algún crítico, que ha ne- 
gado á Rioja la paternidad de su Epístola moral. Desde.que López de .Sedaño 
la publicó en el Parnaso español ^ nadie dudaba que Rioja fuera su autor, hasta 
que recientemente don Adolfo de Castro escribió un libro con el fin de probar, 
como Guerra y Orbe lo hizo respecto á la canción, «que la epístola moral no 
es de Rioja,» y la atribuye al capitán Andrés Fernandez de Andrada, muy en- 
tendido en el arte de la gineta, y de quien se conserva solamente el fragmento 
de una silva de poqm'simo mérito, según el mismo señor Castro asegura. No 
aduce razones sólidas en confirmación de su aserto y pocos son los escritores 
que le signen, recordando sin duda que no salió muy bien librado en sus eru- 
ditas investigaciones sobre el Buscapié^ de Cervantes. Parece que hay cierto em- 
peño en despojar á Rioja de sus mejores obras. 



tPÓCÁ Steí'.tJNDÁ. Mi 

drid (1) en una de las casas de Jerónimo de Soto, á las 
puertas de Guadalajara, el año 1565, de familia distin- 
guida que le proporcionó esmerada educación en su pri- 
mera edad, cuando empezaba ya á manifestar gran faci- 
lidad para versificar. A los cinco años cuéntase que ha- 
cia versos y los cambiaba por juguetes con otros com- 
pañeros de la niñez. A los once y doce, cuando se de- 
dicaba al estudio de las humanidades, habia escrito al- 
gunas piezas cortas, destinadas á la representación. 

Con objeto de que continuase los estudios le enviaron 
sus padres á la universidad de Alcalá, y habiéndoles ter- 
minado con grande aprovechamiento, regresó á la corte, 
donde huertano al poco tiempo se decidió á vivir al lado 
de un tio suyo, Fray Jerónimo Manrique, obispo de Avi- 
la é Inquisidor general. No podia agradar mucho á Lope 
de Vega aquella compañía respetable, cuando era joven 
de vida activa, que deseaba lucir en los estrados y ga- 
lantear á las hermosas. Asi es que, aprovechando la pri- 
mera ocasión, sienta plaza de soldado y se aUsta en los 
ejércitos de Fehpe II, que tanta fama alcanzaban en la 
Europa entera. Al lado del duque de Alba hizo varias 
campañas en clase de secretario, hasta que cansado de 
la vida miUtar resolvió dedicarse á las letras, cuando te- 
nia cerca de treinta años. 

Por entonces abandona la compañía del Duque de 
Alba y se casa con Doña Isabel de Urbina, dama de sin- 
gular hermosura, hija de un rey de armas de Fehpe II 
y Fehpe III. Al poco tiempo un lance desagradable, s.e- 



(l) La fuente mas segura para conocer lo referente á la vida de Lope de 
Vega es la obra de su amigo, el Doctor D. Juan Pérez de Montalban, titula- 
da: Fama postuma á la vida y muerte del Doctor Frey Lope Félix de Vega 
Carpió. — Bib. de Riv. Tom. 24, Disc. de D, Juan Eugenio Harceijibust, 



178 LITERATURA ESPA^'OLA. 

mejante al de Quevedo en la Iglesia de San Martin de 
iMadrid que le obligó á marcharse á Italia, hizo que tu- 
viera necesidad de abandonar la corte para trasladarse 
á Valencia, donde adquirió gran popularidad entre los 
ingenios que allí tanto florecían, y algunos, como Guillen 
de Castro, fueron sus íntimos amigos. 

Trascurrido algún tiempo y desvanecidos los temores 
de que pudiera ser perseguido, volvió á la corte; pero 
habiendo muerto su mujer, la hermosa Isabel de Urbina, 
disgustado por el triste acontecimiento se alistó en la 
Armada Invencible, que Felipe II enviaba contra Isabel 
de Inglaterra, no á luchar con los vientos y tempestades 
como él dijo después. Desbaratada aquella escuadra, tuvo 
la suerte de encontrarse nuevamente en Madrid, donde 
segunda vez se casa, con Doña Juana de Guardio, de 
quien llegó á tener dos niños. 

Muerto el varón á los pocos años y despueS su madre, 
resolvió abrazar el estado eclesiástico en una edad avan- 
zada, según la costumbre de la época, seguida mas tar- 
de por Calderón, sin que ni uno ni otro abandonasen la 
vida de escritores dramáticos, que tanta- fama les pro- 
porcionó. Murió Lope á los setenta años de edad, habien- 
do vivido la mitad en el siglo XVI y la otra mitad en el 
XVII. Su muerte produjo tanto sentimiento, como asom- 
bro y admiración habia causado su vida, y se dispusie- 
ron honras fúnebres, á espensas del Duque de Sesa, por 
espacio de nueve dias. Se escribieron obras laudatorias, 
y dos tomos gruesos existen todavía de las publicadas 
en Italia y España, con una comedia titulada Apoteosis 
de Lope de Vega. 

La fama contemporánea de este escritor fué tan gran- 
de, en el género dramático sobre todo, que avasalló el 
teatro, y los autores se creian empequeñecidos á su 



¿POCA SEGUNDA. 1 79 

lado. Asi es que no aparecían mas anuncios de come- 
dias que de Lope de Vega. Las gentes estupefactas le 
admiraJ)an por las calles; ios estrangeros venian ansio- 
sos de conocerle; los reyes se creian honrados admitién- 
dole en su mesa; los pontífices, como Urbano VII, le en- 
viaban el título de Doctor, acompañado de una carta au- 
tógrafa; y todos á porfía le colmaban de distinciones. 
Llegó esta fama á su mayor apogeo, cuando en avanza- 
da edad figuraba en la corte, como poeta laureado de los 
reyes Felipe III y Felipe IV. 

La fecundidad de Lope de Vega no tiene ejemplo en 
la historia literaria y por esto Cervantes le llama mons^ 
truo de la naturaleza. (1) Cuéntase que un amanuense 
apenas le podia seguir, cuando redactaba versos, y en 
veintiún millones se calculan los escritos durante su vida. 
Componía en veinticuatro horas una comedia, según él 
mismo asegura en la Égloga á Claudio, 

Mas de ciento en horas veinticuatro 
Pasaron de las musas al teatro. 

En todos los géneros Uterarios dio pruebas de aque- 
lla pasmosa fecundidad. En poesía lírica un crecido nú- 
mero de odas, elegías, canciones y sonetos se conservan; 
en la épica seria once poemas, y uno en la épica festi- 
va, la Gatomaquia-, en la dramática mil y quinientas co- 
medias señala él mismo al final de La Moza de\cánta-^ 



(i) En un prólogo de ocho comedias suyas é igual número de entre.neses, 
que imprimió Cervantes en 1615, dice lo siguiente hablando de Lope de Vega: 
«Dejé la pluma y las comedias, y entró luego el monstruo de la naturaleza, el 
gran Lope de Vega, y alzóse con la monarquía cómica». — Edic, de Madridj 
por la Viuda de Alonso Martin, año de l6l5) en 4.0 



-180 LITERATURA ESPAÑOLA. 

ro, (1) y su amigo Montalban le atribuye mil ochocientas 
en la Fama postuma, sin contar cuatrocientos autos sa- 
cramentales y varios entremeses; en la didáctica, el Arte 
nuevo de hacer comedias y el Laurel de Apolo; en la 
pastoril, La Arcadia] en la novela dramática, La Doro- 
tea. Y quedan muchos trabajos sin citar, hasta el punto 
de que se dice de Lope, como de Quevedo, que le cor- 
responderia á pUego diario por cada uno de los dias de 
su vida. 

De entre sus muchas poesías líricas merecen citarse 
especialmente las canciones A Belisa y A Isabela. La 
primera, cuyo título es el anagrama de Isabel, está dedi- 
cada á la hija del rey de armas, con quien debia casar- 
se, y en ella descubre los celos que esta dama tiene con 
otra, á quien designa con el nombre de Filis; celos de 
que habla en varias de sus poesías, y unas veces les ca- 
lifica de infunciados y otras les declara justos. La canción 
á Belisa empieza: 

En una playa amena, 

A quien el Turia perlas ofrecía, etc. 

En la canción A Isabela descubre el tierno amor que 

la profesa. 

! Por la florida orilla 

De un claro y manso rio, etc. 

No interesan menos las canciones á la libertad de la 



(i) Aquí 

Puso fin á esta comedia 
Quien, si perdiere el pleito, 
Apela á Mil y Quinientas, 
Mil y quinientas ha escrito: 
Bien es que perdón merezca. 

, Jl/o3<;i de cántaro^ al fin. 



ÉPOCA SEGUNDA. 181 

vida del campo, reflejo de la poesía del Maestro León, y 
la oda A la Barquilla ^ que figuran en la novela dramá- 
tica La Dorotea. (í) 

De sus sonetos es delicado y tierno el dedicado A 
Lucinda, y festivo, de crítica literaria, el escrito Al len- 
guaje culterano, calificado por el anglo-americano Tick- 
nor de saladísimo soneto. Intervienen tres personajes, 
Boscan, Garcilaso y una criada de venta, cuyo lengua- 
je culterano se descubre en las contestaciones á las pre- 
guntas que le hacen Boscan y Garcilaso, viajeros á Cas- 
tilla desde Vizcaya. (2) 

Una circunstancia distingue principalmente á Lope 
de Vega, y es la popularidad de su poesía. Antes de él 
se habia escrito mucho, siguiendo las huellas del clasi- 
cismo antiguo y los conocimientos de la Biblia, que se 
revelan con bastante claridad en las poesías de los Leo- 
nes, Herreras y otros escritores. Conocía Lope de Vega 
el inconveniente de semejante erudición y se propuso 
evitarle, popularizando la poesía, al mismo tiempo que 



(i) Tomo 34, pág. 3 y siguientes 
(2) — Boscan, tarde llegamos. ¿Hay posada? 

—Llamad desde la posta, Garcilaso. 
— Quién es? — Dos caballeros del Parnaso. 
— No hay donde nocturnar palestra armada, 

— No entiendo lo que dice la criada, 
Madona, ¿qué decis? — Que afecten paso. 
Que ostenta limbos el mentido ocaso, 
Y el sol depingc la porción rosada, 

— Estás en tí, mujer? — Negóse al tino 
El ambulante huésped. — Que en tan poco 
Tiempo tal lengua entre cristianos hayal 

Boscan, perdido habemos el camino; 
Preguntad por Castilla, que estoy loco, 
O no habemos salido de Vizcaya, 



182 LITERA.TURA ESPAÑOLA, 

la daba formas escogidas. En este feliz maridaje de una 
y otra poesía, erudita y popular, llevado á cabo por Lope 
de Vega, estriba el mérito del escritor, que debe ser 
mirado como fundador de una escuela, que pudiéramos 
llamar armónica, puesto que une en consorcio legítimo 
las dos manifestaciones, erudita y popular, sin inclinarse 
á ninguna de ellas esclusivamente. Asi es que ni se des- 
cubre en sus obras la erudición nacida al calor del re- 
nacimiento clásico, ni tampoco el prosaísmo de los pri- 
mitivos romances, desdeñados en la edad media por de- 
masiado vulgares. Su estilo es fácil, natural y sencillo, 
y rara vez se eleva á las altas concepciones de la ima- 
ginación. 

Cierto que el mismo afán de hacerse popular y sen- 
cillo le obliga á incurrir en algunos defectos, de prosaís- 
mo sobre todo, que deben evitarse. 



ÉPOCA SEGUNDA. 183 



CAPITVXO IV. 

Góiig'ora. 

Conocidos ya los líricos españoles modelos de buen 
gusto en la época de gloria literaria y las escuelas que 
fundaron, corresponde examinar otros de grandísimo mé- 
rito, que se apartaron completamente á veces de las le- 
yes que deben presidir á la belleza en la formación de las 
obras: tales son Góngora y Quevedo. Al tratar del primero 
conviene saber qué es el culteranismo y cuáles son los de- 
fectos que caracterizan ala escuela culterana. El estilo de 
las obras debe ser claro y natural, condiciones esencia- 
les reconocidas en literatura preceptiva: claridad, para 
que se entienda lo que decimos, y naturalidad, á ñn de 
evitar el estudio y la afectación. Olvidando algunos es- 
critores aquellas condiciones, incurrieron en el doble 
defecto de oscuridad y amaneramiento en el estilo, na- 
ciendo el propiamente llamado culteranismo en España 
y otras naciones, que se descubre, no solamente en la 
poesía lírica, sino también en la dramática y en la ora- 
toria. 

Precedentes hay ya de culteranismo en la edad me- 
dia, si entendemos por esta palabra un exegerado uso de 
voces cultas. El marqués de Santillana en la Comedíela 



184 LITERATURA ESPAÑOLA- 

de Ponza y Juan de Mena en su Laberinto empiezan á 
manifestarse cultos por el frecuente uso de voces erudi- 
tas que hacen pesada la lectura de sus obras. A princi- 
pio del siglo XVI continúa el renacimiento de las letras 
en España, y Vasco Diez Tanco de Frejenal emplea mul- 
titud de voces tomadas del latin, y se le puede conside- 
rar como el inmediato precursor de Góngora, verdadero 
fundador de la escuela culterana. Ese mal gusto dura 
hasta fines del siglo XVII. 

Nació don Luis de Góngora y Argote en la patria de 
los Sénecas, Lucanos y Juan de Mena, la renombrada 
Córdoba. Abogado su padre, de modesta fortuna, le en- 
vió á Salamanca, con objeto de que siguiera los estudios 
de derecho; pero muy poco aficionado á las leyes, se 
ocupaba principalmente de la amena literatura, á que 
tenia especial inclinación. Posteriormente hecho eclesiás- 
tico, obtuvo como Herrera y Rioja, un beneficio en la 
catedral de Córdoba, hasta que en el reinado de Feli- 
pe III vino á la corte de Valladolid, consiguiendo por el 
favor del duque de Lerma el puesto de capellán de ho- 
nor de Su Majestad. Debilitada su salud y sin esperanza 
de obtener mayores distinciones, se retiró en los últi- 
mos años de su vida á Córdoba, donde murió el año 1627. 

Góngora, en opinión de don Adolfo de Castro, ha 
sido muy mal juzgado por los críticos. «Tenia, dice, mas 
vehemencia y estro poético que Fernando de Herrera, 
si bien era menos erudito. Indudablemente es el primero 
de los poetas españoles. Ninguno, cuando Góngora va. 
por el camino del buen gusto, le aventaja en ingenio; 
ninguno, aun en las obras en que parece abandonado de la 
razón, tiene rasgos mas subUmes y mas brillante colo- 
rido poético.» 

«Corno poeta satírico aventaja á todos en sus román- 



ÉPOCA SEGUNDA. 185 

ees y letrillas; no pueden ser mas lindas sus maliciosas 
ingeniosidades, ni mas puro su estilo, ni mas la senci" 
Hez elegante de sus versos.» 

«Si en todas sus obras se hubiera dejado llevar mas 
del ingenio que del estudio, seria reputado como el mas 
perfecto modelo de los poetas españoles. Aún algunas de 
sus mas escelentes composiciones no se hallan inmunes 
de afectaciones y oscuridades.» 

«Góngora que lloró en tenebrosos versos la muerte 
del pintor Dominico Greco, merece el nombre del Greco 
de la poesia.» (1) 

Hay dos épocas en su vida literaria, y á cada una de 
ellas corresponden obras diferentes. El tiempo que vive 
en Salamanca siendo estudiante y después en Córdoba, 
hasta hacerse eclesiástico, es la época de buen gusto y 
sus obras casi todas verdaderos modelos. Cuando viene 
luego á la corte de Valladolid y se esfuerza en aparecer 
cómo escritor original, aventajando á los Herreras y 
Leones, se estravia para bascar nuevas sendas y funda 
entonces la escuela culterana. Esta es la época de mal 
gusto, y si Góngora fuese- un poeta de escasa importan- 
cia, las obras de esta clase habrían quedado sepultadas 
en el silencio del olvido; pero se trataba de un genio, 
y de ahí el fundamento de la triste celebridad que con- 
siguió. 

Las mejores obras de Góngora pertenecen al género 
lírico y son letrillas, canciones, sonetos y romances, me- 
reciendo el dictado de rey de los romances y de las le- 



(l) Bib.dcRiv., tom. 32, pág, XXXIV y XXXVl.— El Dominiquino ó 
Domingo el Greco, pintor italiano contemporáneo de Góngora, trataba de real- 
zar el alma coronando sus obras de bellísimos cielos, pero no sabia sostenerse 
solamente con la forma cuando le faltaba el pensamiento, y se abandonaba 
demasiado á la inspiración, — Cesar Caníit, tom. V, pág. 789, edic. de 1856. 



186 LITERATURA ESPAÑOLA. 

trillas. Entre estas unas son amorosas y otras satíricas, 
distinguiéndose principalnaente en las últimas, cuyos es- 
tribillos se hicieron tan populares, como los siguientes: 

Ande yo caliente 

Y riase la gente. 

Aprended flores de raí 
Lo que va de ayer á hoy, 
Ayer maravilla fui, 
Hoy sombra mia no soy. 

Cuando pitos, flautas, 
Cuando flautas, pitos. 

Los dineros del sacristán. 
Cantando se vienen, 

Y cantando se van. (1) 

Entre las obras de mal gusto, que le acreditan como 
fundador de la escuela culterana, figura un soneto dedi- 
cado A la Historia pontifical del doctor Babia; las dos 
Soledades primera y segunda, que es difícil saber el 
género á que pertenecen; y las fábulas de Píramo ij JiS' 
be y de Polifemo y Galatea. (2) Tan oscuras son estas 
producciones, sobre todo las Soledades,, que emplea al 
principio de la primera catorce versos, de los cuales 
sólo se entiende el siguiente, que habla de la primavera: 

Era del año la estación florida (3) 

Como un escriler de las condiciones poéticas de Gón- 
gora no debía pasar desapercibido aun en las coni posi- 
ciones culteranas, no íalturon admiradores que se prupo- 



(1) Bib. de Ki-j,, tum, 32, pájí. 494. 502 y 491. 

(2) Id., id., pág. 429 y siguientes. 

(3) Id., id., pág. 463. 



ÉPOCA SEGUNDA. 187 

nian aclarar la oscuridad de aquellas, publicando comen- 
tarios á las producciones mas laberínticas de este poeta. 
Don José Pellicer, de acuerdo con el mismo Góngora, 
escribió uno muy estenso titulado: Lecciones solemnes 
á las obras de don Luis de Góngora. A este comentador 
dirigió el principe de Esquilache aquellos versos: 

Un doctor comentador, 
(El mas presumido digo) 
Es el mayor enemigo 
Que pudo tener el autor. 

Cristóbal Salazar y Mardones ilustraba la fábula de 
Píramo y Tisbe, y don Garcia de Salcedo Coronel se 
entretenía en dar á la imprenta un libro de mil y qui- 
nientas páginas, donde ocupa diez, nada menos, la acla- 
ración del soneto «A la Historia pontifical.» Calculando 
aproximadamente, dice un crítico, abultarían diez veces 
mas los comentarios, que las obras de Góngora comen- 
tadas. Tanto era el afán por hacer inteligible y claro lo 
que él se habia propuesto enmarañar! 

Algunos escritores, alucinados por la nueva escuela, 
intentaron seguirla, y entre ellos el conde de Villame- 
diana, ilustre caballero de la corte de Felipe III, y el 
padre Horlensio Paraviciuo, predicador afamado de 
Felipe IV, que llevó el culteranismo al lenguaje del pul- 
pito, contribuyendo á que se hiciera de moda. 

Hubo también adversarios de la misma, quienes con 
sana intención á veces publicaban obras de buen gusto, 
como las de Fray Luis de León y Francisco de la Torre 
en 1631; y satirizaban otras á los partidarios del culte- 
ranismo. Los principales eran Quevedo y Lope de Vega. 

Se conservan del primero dos juguetes satíricos ti- 
tulados Aguja para navegar cultos y Culta latini-parla, 
donde se acredita de gran equivoquista. A Lope de Vega 



188 LITERATURA ESPAÑOLA. 

pertenece el soneto ya citado de Boscan y Garcilaso. Él 
mismo da fin á otro con el siguiente terceto: 

Entiendes, Fabio, lo que voy diciendo? 
—Y toma si lo entiendo!— Mientes Fal)io, 
Que yo soy quien lo digo y no lo entiendo. 

Que vedo. 

üeciamos anteriormente que uno de los escritiires es- 
pañoles que se oponen al culteranismo á principios del 
siglo XVII, unas veces publicando obras, como las de 
Fray Luis de León y Francisco déla Torre, en 1631, con 
objeto de estender su lectura, atajando por ese medio el 
mal gusto que cundia, y otras veces escribiendo él mis- 
mo sátiras á fm de ridiculizar la nueva escuela culterana, 
es don Francisco de (luevedo y Villegas, poeta que se 
distingue notablemente de los Herreras, Leones, Riojas 
y Garcilasos: sus obras lo están proclamando á voces. 
Como hombre de genio merece un puesto de preferencia 
al lado de Góngora entre los poetas, y atendiendo á lo^ 
defectos en que frecuentemente incurre, no parece de- 
sacertado colocarle en la escuela misma, que se atrevió 
á censurar, (i) El llamado conceptismo de Quevedo es 

(i) Conviene saber algo acerca de la vida de este escritor t^n traído y lle- 
vado por los aficionados á las letras. Hay la creencia vulgar en algunos de que 
era un poeta chocarrero, repentista y bufón, acostumbrado á decir necedades; 
pero quien asi piensa, ni conoce á Quevedo, ni sabe nada acerca de su vida. 
Fué un poeta distinguido de la corte, natural de Madrid como Lepe de Vega, 
y oriundo del valle de Toranzo en la provincia de Santander, no lejos del valle 
de Carriedo, donde el fénix de los ingenios tuvo sus ascendientes. En ese valle 
hay una peqiieña aldea llamada Bejoris, inmediata al conocido balneario de 
Ontaneda, en la cual se indica el punto donde existió la casa de los padres de 
Quevedo, y allí pensaron algunos hace poco en erigir un monumento á su 
memoria. 



ÉPOCA SEGUNDA. Í89 

Una especie de culteranismo, donde resalta mas el ama- 
neramiento por el abuso de palabras y de fr^\ses rebus- 
cadas, que la oscuridad. 



La vida de Quevedo, escrita por don Pablo' Antonio Tarsia, veinte año? 
después de su muerte, figura íntegra al frente de la colección de sus obras. 
Tuvo á la vista documentos fehacientes, y oyó á muchos de los que se habian 
relacionado con Quevedo. Sus padres don Pedro de Quevedo y doña Francisca 
de Santibañez, ambos de noble cuna, desempeñaron respectivamente los cargos 
de Secretario particular y camarista ella de doña Ana de Austria, cuarta mujer 
de Felipe II. Hizo sus primeros estudios en la corte, y en la muy famosa uni- 
versidad de Alcalá aprendió la ciencia del derecho, medicina y teología; las 
ciencias exactas, filosóficas y cuanto por entonces se enseñaba, apoderándose 
con estraordinaria facilidad de tantos y tan variados conocimientos. Dedicóse 
especialmente á las lenguas sabias, hebreo, árabe, griego, latin; y á las vulga- 
res italiana y francesa, que llegó á poseer con perfección. Una prueba de sus 
conocimientos en la lengua hebrea es que encargado el padre Juan de Mariana 
de emitir dictamen acerca de la famosa traducción de la Biblia, hecha por 
Arias Montano, la elevó á consulta de Quevedo, residente á la sazón en Toledo. 

Terminados sus estudios, volvió á la corte al lado de sus padres, pero un 
lance desagradable ocurrido al poco tiempo, le hizo fugarse á Italia. El jueves 
de semana santa se encontraba en la iglesia de san Martin de Madrid, con mo- 
tivo de las tinieblas, y observó que trabándose de palabras una señora y un ca- 
ballero, llego éste á dar una bofetada á la señora. Irritado con semejante pro- 
ceder, toma- parte en el asunto y no obteniendo explicación satisfactoria del ca- 
ballero, asióle fuertemente de un brazo y le sacó arrastrando de la Iglesia, infi- 
riéndole tan graves heridas que al poco tiempo dejaba de existir. Un hecho se- 
mejante le obligaba á huir de las persecuciones de sus enemigos y de la auto- 
ridad judicial 

Trasladóse á Italia, donde recibió pruebas inequívocas de aprecio y consi- 
deración del entonces virey de Ñapóles, don Pedro Girón, duque de Osuna, 
que le nombró secretario de hacienda para arreglar los bienes del patrimonio 
real de Felipe III, á la sazón bastante descuidados. Terminado su cometido, 
vino á Madrid á dar cuenta de su administración y en pre nio de los buenos 
servicios se le otorgó el hábito de caballero de Santiago y 400 ducados de pen- 
sión. Después de esto volvió á Italia, al lado del duque de Osuna. 

A principios del reinado de Felipe IV, con motivo del cambio de gobierno 
cayó el duque Osuna y Quevedo corrió la misma suerte, habiendo sido puestQ 



1^0 LITERATURA ESPAÑOLA. 

Para juzgar á Quevedo es necesario tener en cuenta, 
de una parte las bellezas, y de otra los defectos, que mas 
resaltan en sus composiciones. Si le consideramos como 
hombre de ciencia por sus estensos, variados y profun- 
dos conocimientos, como escritor que maneja diestra- 
mente el idioma castellano, y como poeta festivo incan- 
sable en sus chistes y gracias, merece acaso uno de los 
primeros lugares entre los literatos españoles; pero si 
nos fijamos en lo rebuscado y oscuro de la frase, que le 
convierte en un verdadero poeta culterano muchas ve- 
ces, en el desarreglo é incorrección de sus trabajos, y 
en la falta de moralidad y decencia, acaso merezca el 
último puesto. Dos son por consiguiente los juicios acerca 



en prisiones al llegar á Madrid y desterrado luego á su señorio de la Torre de 
Juan de Abad, en la Mancha, pequeño despoblado con algún territorio perte- 
teneciente á Quevedo. Tres años y medio permaneció allí, con prohibición es- 
presa de no acercarse en una distancia de diez leguas á Madrid; le visitaba, sin 
embargo, 1» mas distinguido de la nobleza de la corte, Al fin de este tiempo 
le brindaron con la embajada de Genova, que no admitió, atendiendo á ¡a mala 
recompensa que tuvieron sus grandes servicios anteriares, y á las persecuciones 
de que fué objeto por su causa. Pero la suerte le tenia reservados mayores con- 
tratiempos. 

Apareció un dia en la mesa del rey Felipe IV una sátira, colocada encima 
de la servilleta de su plato, que empieza: 

Católica, sacra, real magestadj 

Del orbe terror, de España deidad, etc. 

y era una invectiva terrible contra el monarca. No sabiéndose entonces quien 
era el autor, acaso por indicaciones del conde duque de Olivares la atribuyeron 
á Quevedo, y el resultado fué enviarle nuevamente desterrado, en una litera y 
en medió del rigor del invierno, al convento de san Marcos de León, Perma- 
neció tres años mas en este segundo destierro, abandonado casi enteramente, 
sin otras relaciones que las de un criado para asistirle y algunas visitas de los 
frailes, hasta que al fin dirigió una esposicion al conde duque de Olivares, co- 
piada por Tarsia, y alcanzó !a libertad. Perdida la salud y confiscados sus 
bienes durante las prisiones, vino á la corte y mas tarde á Villanueva de los 
Infantes, jdonde murió el año 1645. 



ÉPOCA. SEGUNDA. 491 

de Lis obras de Quovedo: uno favorable por las riquezas 
sin cuento que en ellas vemos, y otro perjuiUcial y ad- 
verso, si atendemos á los defectos capitalísimos que en- 
cierran. 

Es uno de los mas fecundos escritores que se cono- 
cen en la literatura española, acaso tanto como Lope de 
Vega, porque para apreciar la multitud de sus trabajos, se 
han de tener presentes no solamente los once tomos gruesos 
que de él se conservan en las primeras ediciones, ocho 
de prosa y tres de verso, sino también las innumerables 
producciones que permanecen inéditas en archivos y bi- 
bliotecas, y las que se han extraviado ó de intento fue- 
ron destruidas. En la biblioteca nacional de Madrid y 
en varias particulares se conservan manuscritos de Que- 
vedo, que no han visto la luz de la publicidad. Las per- 
secuciones de que fué objeto, y las dos prisiones que su- 
frió, contribuyeron á que muchas se perdieran, asi como 
el haber encomendado sus escritos antes de morir, se- 
gún dicen, al tribunal de la Inquisición para que supri- 
miera lo que estimase conveniente. En un índice expur- 
gatorio de 1607 hay una referencia de haber sido entre- 
gados los escritos de Quevedo para que fuesen expurgados, 
y si así se hizo ¡cuanto no tendría que mutilar el tri- 
bunal en un escritor como Quevedo! Nunca tuvo el 
pensamiento de publicar sus versos, que hacia salo por 
entretenimiento, como Garcilaso, Fray Luis de León y 
Góngora. Quedaba esto reservado á un amigo suyo, Gon- 
zález Salas, y á Pedro Alderete, su sobrino, que publicó 
una edición con el altisonante título de El Parnaso es- 
¡Mñol, Monte en dos cumbres dividido, con las nueve 
musas castellanas, (I) en el cual dice Salas que no re- 



(i) B:¿. de Riv , tomo 69. 



192 LITERATURA ESPAÑOLA. 

cogió ni la vigésima parte de las poesías de Que vedo, 
conocidas muchas de varios y que él mismo habia tenido 
mil veces en sus manos. 

Cultivó casi todos los géneros literarios, así en prosa 
como en verso, distinguiéndose en poesía como lírico, 
de mil maneras, algo en el género dramático, mucho en 
el didáctico satíiico, y en el bucólico y novelesco. De 
sus composiciones en prosa las hay políticas, históricas, 
filosóficas, morales y de crítica literaria. 

Todas las poesías de Quevedo pueden clasificarse en 
serias y festivas. Principalmente resalta el mérito del es- 
critor en las composiciones festivas, donde abundan los 
equívocos graciosísimos y los chistes sin cuento, por 
cuya razón le apellidan muchos el gran equivoquista y 
el chistosísimo Quevedo. En la poesía seria es notable 
una silva A Roma antigua y Roma moderna, (1) en la 
cual hay elevación, grandes pensamientos y todo el mé- 
rito de que era capaz el escritor en algunos pasages, 
aunque en otros abunda la afectación, y en su conjunto 
examinada aparece bastante incorrecta. Entre las poe- 
sías festivas tiene multitud de letrillas, como la del Di- 
7iero, (2) y varios romances, por ejemplo el dedicado 
Al origen mmundo del papel, donde hay pensamientos 
intencionados y profundos. Es como sigue. 



Una incrédula de años 
De las que niegan el fué 
Y al limbo dan tragantonas 
Callando el Matusalén; 
De las que detrás del moño 
Han procurado esconder, 
Sino el agua del bautismo, 
Las edades de la fé, 
Buscaba en los muladares 
Los abuelos del papel, 



No quise decir andrajos 
Porque no se afrente el leer. 
Fué, pues, muy contemplativa 
La vejezuela esta vez, 
Y quedóse asi elevada 
En un trapajo de bien. 
Tarazón de cuello era, 
De aquellos que solian ser 
Mas azules que los cielos 
Mas entonados que juez, 



(i) £i¿i de Riv., tom. l6, pág. 304. 
(2) Id., id., pág. 93. 



ÉPOCA SEGÜNf)A. 



íí)3 



Y bamboleando iin diente, 
Volatín de la vejez, 

Dijo con la voz sin huesos, 

Y remedando al sorber: 
Lo que era ayer estropajo 
Que desechó la sartén, 

Hoy pliego manda dos mundos 

Y está amenazando tres.... 
Buen andrajo, cuando seas, 
Pues que todo puede ser, 

O provisión ó decreto, 
O letra de ginovés; 
Acuérdate que en tu busca 
Con este palo soez 
Te saqué de la basura 
Para tornarte á nacer. 
En esto, haciendo cosquillas 
Al muladar con el pié, 
Llamada de la vislumbre 

Y asustando el interés. 

Si es diamante, no es diamante, 
Sacó envuelto en un cordel 



Un casquillo de un espejo, 
Perdido por bacer bien. 
Miróse la viejecilla, 
Preudiéndose un alfiler, 

Y vio un orejón con tocas 
Donde buscó un Aranjuez, 
Dos cabos de ojos gastados 
Con caducas por niñez, 

Y á boca de noche un diente 
Cerca ya de anochecer. 

Mas que cabellos arrugas 
En su cascara de nuez; 
Pinzas por nariz y barba 
Con que el hablar es moder, 

Y arrojándole en el suelo 
Dijo con rostro cruel: 
Bien supo lo que se hizo 
Quien te echó donde te ves. 
Señoras, si aquesto propio 
Os llegare á suceder. 
Arrojar la cara importa, 

Que el espejo no hay por qué. 



En sus romances cortos conocidos con el nombre de 
jácaras de los jitanos, se descubre el lenguaje mas bajo 
del pueblo y la mayor inmoralidad. De los sonetos el 
dedicado A una nariz, como festivo, y en estilo serio el 
dirigido al Grande Osuna, ambos son interesantes. 

Es con frecuencia la sátira de Quevedo cáustica y 
mordaz, á lo Juvenal; aunque por mas libre y fuerte que 
parezca, se le perdona todo fácilmente en gracia á lo 
mucho qne divierte su lectura. Véase en prueba de ello 
la escrita Contra el matrimonio, dirigida en forma de 
carta á su amigo Polo, á quien supone pretensiones de 
casar al poeta, y éste se desentiende con muchísima 
gracia, concluyendo con el siguiente cuarteto: 

Y aunque hijo de padre muy honrado, 
Y de madre santísima y discreta, 
Dirás que me ha traído mi pecado 
A desventura tal, que soy poeta. 

En la epístola satírica al Conde duque de Olivares 
pone de manifiesto la decadencia del antiguo espíritu 

13 



494 UTERATURA ESPA^^OLÁ. 

castellano y la corrupción de costumbres de la sociedad 
en que vive. No se explica como entonces permitiera el 
monarca su circulación, por lo intencionadas qne son 
muchas de las invectivas contra algunos personages de 
actualidad. 

En su tiempo Justo Lipsio, profesor distinguido de 
Lovaina, con el cual se comunicaba en latin, llama á 
Quevedo «la mayor prez y la mas alta gloria de los es- 
pañoles;» Lope de Vega en aquellos versos de su Laurel 
de Apolo 

Príncipe de los líricos, que él solo 
Pudiera serlo, si faltara Apolo. 

V Cervantes «hijo de Apolo » 



ÉPOCA SEGUNDA. 495 



CAPITUL-O V. 

Poetas épicos españoles* 

Es la poesía épica un género que abunda mucho en 
la literatura española; pero ni una obra siquiera hay que 
merezca el nombre de epopeya. Mientras que antigua- 
mente le vemos florecer en Grecia con la Iliada y la 
Odisea de Homero y en Roma con la Eneida de Virgilio, 
maestros ambos y padres de la epopeya; mientras que 
en la edad media aparece una obra de fama imperece- 
dera, la Divina comedia, del Dante; y en los tiempos 
modernos Uaman estraordinariamente la atención El Pa- 
raiso perdido, de Millón en Inglaterra, y la Jerusalen 
libertada, del Tasso, en Italia; los españoles contamos 
solamente la epopeya del Cid, á la cual faltan algunas 
condiciones, y otras de escasa importancia, que no me- 
recen ser consideradas como tales. Estas son La Arau- 
cana de Ercilla; (1) El Bernardo, de Valbuena; La Je- 



(i) D. Alonso de Ercilla y Zúñiga, oriundo de Bermeo en Vizcaya, es un 
poeta madrileño, como Lope de Vega y tantos otros. Sus padres, que forma- 
ban parte de la servidumbre del Emperador Carlos V, le proporcionaron esme- 
rada educación, viviendo á su lado en concepto de menino ó paje del príncipe. 
Muy aficionado á las letras al mismo tiempo que á las armas, cuando Felipe 
11 hizo la espedicion á Inglaterra para acordar su casamiento con Doña María 



196 LITERATURA ESPAÑOLA. 

rusalen conquistada, de Lope de Vega; y LaCr.istiada, 
del padre Hojeda. 

La Araucana, de Ercilla, tomó ese nombre del valle 
de Arauco, donde su autor libraba los combates. Guan- 
do Chile fué conquistada por Diego de Almagro, habita- 
ban el pais indígena los Araucanos y los Púleos, mora- 
dores del valle los primeros y de la montaña los segun- 
dos, entre los Andes y el mar pacífico. Esta obra no es 
una verdadera epopeya, y si como tal pudiera conside- 
rarse, mas bien sería la epopeya de los araucanos, es- 
crita por un español, puesto que los hechos de estos son 
los que principalmente en ella vemos celebrados, y has- 
ta el nombre mismo de Araucana viene á confirmarlo. 
Para que fuese una epopeya, como las de Homero y Vir- 
gilio, deberla reunir las condiciones indispensables en 
esta clase de composiciones: plan constantemente se- 
guido, exposición, nudo y desenlace, y asunto grande, 
Pero lejos de esto lo que vemos en la Araucana es una 
relación cronológica de los acontecimientos, hecha por 
Ercilla á medida que van ocurriendo; de suerte que mas 
bien que epopeya, viene á ser un diario, en octavas rea- 
les, de los sucesos y aventuras de araucanos y españo- 
les, que tienen lugar en el valle de Arauco, en Chile, 

de Tudor, la sanguman'a, le acompañaba, y sabiéndose allí que el Valle de 
Arauco^ sometido á España desde los tiempos de Diego de Almagro y Valdi- 
via, sus primeros conquistadores, se habia insurreccionado, el deseo de distin- 
guirse en lejanas tierras defendiendo los derechos españoles obligó á Ercilla á 
solicitar el permiso de Felipe II para trasladarse á Chile. Conseguido este, voló 
al punto de combate, á los veintiún años de edad, tomando una parte muy 
activa en las luchas con los indígenas y escribiendo de noche en hojas de árbo- 
les, pedazos de cartas ó cuero las hazañas ocurridas en el dia. Al cabo de ocho 
^ños vino á Madrid, á consecuencia de un altercado con varios caballeros, en 
que pudo correr grave peligro, viviendo líltimamente en una situación pre- 
caria y hasta miserable, según él mismo asegura al final de su obra. 



ÉPOCA 'SEGUNDA. 197 

luchando los primeros por su independencia, y los segun- 
dos por reconquistar el pais que se insurreccionaba. 

De treinta y siete cantos consta la obra entera, y se 
halla dividida en tres partes. (1) Comprende la primera 
hasta el canto XV; la segunda hasta el XXXII; y los cin- 
co restantes, hasta el XXXVII, la tercera. Lo que prin- 
cipalmente constituye la épica relación de la Araucana 
son los quince primeros cantos, escritos en el punto mis- 
mo del combate, después de las fatigas tenidas por el 
dia. Conociendo Ercilla la necesidad de introducir algu- 
nos episidios en su obra, refiere en la segunda parte el 
sueño de Belona, que pinta la batalla de San Quintin; 
y por medio de visión describe la victoria de Lepanto, 
que no se habia conseguido todavía. Introduce en la ter- 
cera el episodio de la reina Dido abandonada por Eneas, 
tratándola mejor que Virgilio, y el de la conquista de 
Portugal realizada por Felipe II, á quien considera con 
indisputables derechos á apuella corona, y termina ha- 
blando de los últimos años de la vida de este monarca. 

Es defectuosa la Araucana en el asunto ó materia de 
que en ella se trata, y en los personajes, á quienes la 
acción ha sido encomendada. La posesión del valle de 
Arauco, en paises remotos y de escasa importancia para 
España, no es un asunto verdaderamente épico, como 
lo sería si se tratase, por ejemplo, de conquistar el vas- 
to imperio mejicano. Es además un asunto de actuali- 
dad, porque Ercilla mismo toma parte en los sucesos, y 
no se presta á la máquina ó maravilloso, exigida en las 
epopeyas. Entre los personajes no hay uno que sobre- 
salga y la obra carece de protagonista, que es otro de- 
fecto. Si alguno pudiera merecer ese nombre, seria Cau- 



(i) Bib, de Mv,^ Tom. 17, 



i9S LITERATURA ESPAÑOIA, 

polican, elegido general por los caciques reunidos, á 
consecuencia del discurso pronunciado por el viejo Co- 
locólo. 

Encontramos, sin embargo, bellezas de primer orden, 
así en la pintura de caracteres, descripciones y discur- 
sos, como en el estilo y lenguaje. Están pintados de ma- 
no maestra algunos caudillos araucanos, que se prestan 
mejor indudablemente que los españoles, como que de- 
fienden sus hogares. Llama la atención entre ellos Cau- 
polican, jefe de todos los caciques; Lautaro, hombre de 
gran consejo, prudente y comedido; y Tucapel, opuesto 
al anterior, por lo valiente y atrevido. Sabe Ercilla re- 
tratar con variedad á todos, conservando el carácter ge- 
neral que les distingue. Las descripciones de batallas no 
son de ejércitos numerosos, sino de encuentros de unos 
cuantos salvajes, que pelean con los españoles, á quienes 
disputan la posesión del suelo patrio. Los discursos, co- 
mo el del viejo Colocólo al designar un caudillo para los 
Araucanos, y el del page Valdivia animándoles al com- 
bate, son de primer orden. El autor de la Enriada no 
se cansaba de admirar el primero. Es á veces elevado 
el estilo, conservando la entonación propia de la musa 
épica, y el lenguaje admirable; pero uno y otro decaen 
frecuentemente, careciendo las octavas de armonía. 

Vemos pues que la Araucana tiene mérito literario, 
á pesar de los defectos anteriores, y si en conjunto exa- 
minada no reúne las condiciones de epopeya, en los de- 
talles presenta rasgos verdaderamente épicos: así es que 
donde quiera hay algo que interesa vivamente, aun cuan- 
do no es fácil sostener la lectura seguida de la obra. 

El Bernardo, conocido también por la Victoria do 
Roncesvalles, seria una verdadera epopeya probablemen- 
te, si su autof hubiese puesto en ella la.iiUima mano. 



ÉPOCA SEGUNDA. 199 

Este es Bernardo de Valbuena. (1) Cuando aún era jo- 
ven y se encontraba en Méjico, le ocurrió la idea de es- 
cribir una epopeya nacional española, y para conseguir- 
lo tuvo presentes, como dice un historiador, los clásicos 
latinos é italianos que acababa de estudiar; de suerte que 
hizo una obra de imitación y esto es lo que principal- 
mente la perjudica; aparte de otros defectos. Veamos 
las condiciones del asunto y modo de presentarle. 

Gomo el título mismo indica, se propuso Valbuena 
referir los hechos de un héroe español, Bernardo del 
Carpió, que terminan con la victoria de Roncesvalles, 
donde es abatido el orgullo del emperador Cario Mag- 
no, siendo rey de España D. Alonso el Casto, en el si- 
glo IX. (i) La Crónica general supone á Bernardo del 
Carpió hijo clandestino de una hermana de este rey y 
del conde D. Sandias de Saldaña, y nos le pinta como 
uno de los héroes mas interesantes, al lado del Cid cam- 
peador. Si se atiende á la época, en que tienen lugar los 
sucesos, ninguna mas apropósito que esta, porque son 
tiempos bastante oscuros en que la mayor parte de los 
hechos se conservan por la tradición, y permite gran- 
dísima libertad al poeta para idealizarles; y si nos fija- 
mos en el héroe ó protagonista, de no haber elegido 
al Cid, ninguno acaso mas acertado que Bernardo del 
Carpió. 



(i) Nació en Valdepeñas, la Mancha, de una familia distinguida y noble, 
floreciendo como poeta á fines del siglo XVI y principios del XVII. Sin que 
sepamos la causa, de muy poca edad todavía pasó á Méjico, donde completó 
su educación, dedicándose preferentemente á los estudios teológicos, que eran 
sus favoritos. Manifestaba al mismo tiempo grande afición á la poesía y obtu- 
vo prernios en públicos certámenes. Vuelto á España se le nombró abad de Ja- 
maica primero y después obispo de Puerto Rico, en donde parece que murió, 

(í) Tomo 17, pág. 139. 



200 LITERATURA KSPANOl A. 

Supone que educado éste por el mago Orontes, con- 
cibe la idea de humillar el poder ambicioso de Garlo 
Magno, idea que secundan las hadas enemigas de aquel 
emperador. Con el auxilio de ellas parte Bernardo al 
oriente en busca de las armas de Aquiles, que tenia ocul- 
tas Ayax Telamón desde la guerra de Troya. Es armado 
caballero por el rey de Persia, Orimandro, con quien se 
bate después y le vence, asi como á otros muchos caba- 
lleros. Pasa por mil aventuras, hasta que al fin consigue 
pelear con Ayax Telamón y arrebatarle las codiciadas 
armas. En posesión de eUas, viene á España y se incor- 
pora al ejército de D. Alonso el Casto, en cuyo tiem- 
po colocan los historiadores el suceso de Roncesvalles. 
Armanse los dos ejércitos enemigos y en aquel desfila- 
dero se libra una batalla, donde Bernardo da muerte á 
Roldan, sobrino de Cario Magno, y queda la victoria por 
los españoles. Aquí se trata de la lucha de dos pueblos 
y de los intereses de dos grandes naciones, é intervi- 
niendo los valientes de una y otra parte, la acción os 
épica y digna de ser cantada. Reúne además la circuns- 
tancia de antigüedad, que avalora su importancia. 

Los defectos del poema se encuentran: I.*' en la es- 
cesiva ostensión de la obra, que consta nada menos que 
de cinco mil octavas reales; porque en el deseo de dar 
largas á su trabajo, tuvo necesidad de amontonar episo- 
dios sobre episodios, de inventar personajes y lugares, 
perdiéndose á veces en un laberinto sin salida, pues al- 
gunos de sus personajes aparecen en escena, y no se 
vuelve á hacer de ellos mención, sin que la ausencia se 
encuentre justificada: 2.° en la imitación poco meditada 
del Orlando^ de Aviosto, que se advierte en lo laberínti- 
co de la obra, y de la Iliada de Homero, de la cual to- 
mó los personajes principales: en su D. Alonso, el Cas- 



ÉPOCA SEGUNDA. 201 

to, se está viendo á Agamenón; Bernardo es el A.quiles 
griego, educado por el Centauro Quiron, como aquel por 
el sabio Orontes; Roldan se parece á Héctor, vencido 
por Aquiles, como aquel por Bernardo: 3." en el len- 
guaje y versificación, que son frecuentemente descuida- 
dos. De haberse liecho este poema en edad madura y con 
mayor descernimiento, no merecería las censuras de que 
es objeto. 

A pesar de todo reúne bellezas de primer orden en 
la pintura de caracteres de los personajes, en las des- 
cripciones de lugares, armas y blasones, y en la magni- 
ficencia y elevación de algunas octavas. Se le ha solido 
comparar con esos terrenos vírgenes, donde la vejetacion 
es frondosísima, pero mezclada de malezas, que tienen 
igual frondosidad. Se citan como trozos escogidos la des- 
cripción estensa que hace del templo de la fama, y la del 
combate entre Bernardo del Carpió y Roldan, donde le 
dá muerte, al fin del poema. 

Dotado Lope de Vega de una fecundidad superior á 
la de todos los poetas, escribió hasta el número de once 
poemas épicos, de los cuales uno solo merece ser cita- 
do, la Jerusalen conquistada. El asunto de la obra es 
la tercera cruzada, y su objeto la conquista de Jerusalen 
por los príncipes cristianos, Federico Barbarroja, Ricar- 
do: corazón de Leen, y Alfonso VIH, á quien supone 
espedicionario, debiendo arrebatarla al sultán Saladino, 
en cuyo poder se hallaba. El título revela cual deberla 
ser el desenlace: la conquista de Jerusalen por los cris- 
tianos; pero nada de esto sucede. De los héroes de aque- 
lla espedicioii, unos mueren, como Federico Barba- 
rroja, y otros se retiran, como Alfonso VHI. Aunque 
perece Saladino, lo cierto es que Jerusalen queda sin 
conquistar y continúa en poder de los infieles. 



202 TITFRATURA ESPAÑOLA. 

. Las bellezas que reúne son hijas de la lozanía de 
imaginación, que se advierte en todas las obras de Lope 
de Vega, y en esto supera á Ercilla. No es tampoco ama- 
nerado y conceptuoso, como frecuentemente sucede á 
Valbuena; pero Lope, mas tierno que elevado y grande, 
no habla nacido para la epopeya. 

Entre los poemas épico religiosos ocupa un lugar 
preferente la Cristiada, de Fray Diego de Ojeda, escri- 
tor sevillano, del cual se tienen muy pocas noticias. Pa- 
rece que se trasladó á Lima y fué alU regente de es- 
tudios. Su obra se imprimió en Sevilla. (1) El asunto es 
la pasión y muerte de Jesucristo, empezando con la cena 
que tuvo el Señor con sus discípulos, y recorriendo toda 
la pasión concluye por el hecho de ser desenclavado 
de la cruz y. trasladado al sepulcro. La máquina ó mara- 
villoso cristiano está perfectamente desenvuelto, porque 
la materia se presta á ello, con mucha naturalidad en el 
lenguaje y magnificencia en las octavas; pero los perso- 
nages que intervienen, como son tan conocidos, hacen 
que pierda mucho en interés, y la pintura de los carac- 
teres resulta necesariamente desgraciada. • 



(i) Tomo 17, pág. 401. 



ÉPOCA SEGUNDA. 203 



POESÍA DRAMÁTICA. 



CAPITtXO I. 

Ii^l Teati-o espaíiol. — Oi-íg-eiies. 

Los géneros poéticos mas populares en España son 
el romance, la novela y el drama. Han coexistido siem- 
pre en la nación, porque no se concibe un momento de 
su vida en que no se haya manifestado la afición á ex- 
presar los sentimientos alegres ó tristes del corazón por 
medio de cantares; á referir hechos maravillosos por 
medio dé mas ó menos estensas relaciones; y á imitar ó 
ver imitadas las acciones de los demás en el teatro de 
la vida social. Asi es que como géneros informes toda- 
vía, ninguno puede decirse que es anterior a los demás, 
por la tendencia natural en el hombre á cantar, contar 
y remedar á sus semejantes, que es de todos los tiempos 
y de todas las edades. 

Pero si se habla de estos géneros poéticos ya for- 
njadus y acercándose á la perfección, fuerza será conve- 
nir en que el primero de los tres en aparecer es el ro- 
mance que tiene menores exigencias que los otros dos; 
porque la novela reclama ya personages y una acción 



204 LITERATURA ESPAÑOLA. 

siquiera no sea mas que referida, y en el teatro, donde 
la acción ha de ser representada, hacen falta lugares á 
propósito y multitud de artes auxiliares de la dramática. 
Por esto vemos que mientras existen en toda la primera 
época de la literatura española romances y se echan los 
cimientos de la novela^ hasta los tiempos de los reyes 
católicos, cuando empieza la segunda, nada hay que 
tenga condiciones de verdadera representación. El tea- 
tro supone la poesia del romance y la acción de la no- 
vela, como género mas complejo que los anteriores. 

«Considerando en conjunto el teatro español, no hay 
nación alguna que pueda disputarle la preferencia en 
originalidad, abundancia y bizarría. En vano la crítica 
apasionada de los aristarcos del siglo XVIII pudo ata- 
carle á mansalva por aquellas mismas estrañas dotes, 
aparapetada en los argumentos y pedantesca erudición 
de las escuelas y en el rigorismo clásico de los antiguos 
preceptistas, sin tener en cuenta que lo que quisieron 
hacer, y realmente hicieron nuestros poetas, era fundar 
un teatro distinto del griego y del latino, especial, y que 
creyeron mas propio de la moderna sociedad; y que por 
su misma abundosa esplendidez y su inagotable fecundi- 
dad, vino á ser también el inmenso arsenal donde fue- 
ron á buscar y templar sus principales armas los res- 
tauradores de la escuela clásica, el gran Gorneille y el 
inmortal Moliere. (1) Mas pasada aquella época de reac- 
ción injusta y pedantesca, la critica moderna, especial- 
mente la alemana (cuyo teatro tiene muchos puntos de 
contacto con el nuestro) empezó á estudiar y analizar 



(i) Sabido es que la primera tragedia francesa El Cid, de Corneille, es 
una refundición de la obra de Guillen de Castro, y que su primera comedia 
El Mentiroso, lo es de la Verdad sospechosa, de Alarcon, 



ÉPOCA SEGUNDA. 2Ó5 

cumplidamente aquellos insignes dramáticos, imitó sus 
bellezas, huyó sus estravios, señaló y comentó unos y 
otros, y supliendo y enmendando nuestra criminal apa- 
tía, reprodujo por medio de la prensa gran parte de las 
riquezas inagotables del teatro nacional » 

«Hija natural de éste, é inspirada sin duda por sus 
altas creaciones, nació en nuestros tiempos la moderna 
escuela, apellidada romántica, ya la consideremos en su 
cuna, en los dramas de Schiller y Goethe, ya en su vi- 
rilidad y lozanía en los de Byron y Victor Hugo. Y la 
rehabilitación fué completa, como no podia menos. El 
siglo actual, que aplaudia las fantásticas y atrevidas crea- 
ciones de estos grandes ingenios contemporáneos, no 
podia desconocer y mostrarse indiferente ante los mag- 
níficos modelos de nuestro siglo XVH; y al admirar el 
atrevimiento y entonación de don Garlos y Fausto, de 
don Juan y Marino Faliero, de Lucrecia Borgia y Her- 
nani, tornó naturalmente los ojos á nuestra antigua es- 
cena, y guiado por la crítica (que se encargó de probarle 
el por qué le debia gustar lo que realmente le gustaba) 
encontró el foco de esta vivísima lumbre en La Estrella 
de Sevilla, La vida es sueño, El Médico de su honra, 
El Burlador de Sevilla, García del Castañar, El mas 
impropio verdugo, y otras cien y cien creaciones de 
nuestros ilustres dramáticos.» 

«Lope de Vega, Tirso de Molina, Calderón, Rojas 
Alarcon y Moreto: he aquí los grandes nombres de nues- 
tra escena nacional, y que forman cojí su abundoso re- 
pertorio lo que pudiéramos llamar el estro español de 
primer orden. Al lado de ellos, la crítica ilustrada ha 
calificado de segunda línea á otros muchos.» (1) 



(i) Mesonero RomanoSj tomo 43 déla Bíl>. de Riv,, disc. prel, 



2Ó6 LITERATURA ESPAÑOLA. 

En el siglo Xíll existe ya algo que descubre los orí- 
genes del teatro español y tiene apariencias de dramático. 
Tal sucede con los llamados Juegos de escarnio, que eran, 
como dice Martínez de la R.osa, unas composiciones sa- 
tíricas representables, semejantes á lo que mas tarde 
fueron los entremeses ó piezas tortas, que se ponían en 
escena entre jornada y jornada de las comedias, para 
hacer reír. Los actores de estos juegos se denominaban 
juglares y son los mismos de que habla Segura de As- 
torga, cuando dice que su «mester ó canto non es de 
yogleria.» Les había de dos clases, unos que represen- 
taban por las calles y plazas, y otros que cantaban ro- 
mances. Eran los primeros actores de baja estofa, que 
se proponían entretener agradablemente al público, 
cualesquiera que fuesen los medios empleados al efecto. 
Poco les importaba que hubiera de sacrificarse la moral 
con tal de que escitasen la risa, por cuyo motivo las 
leyes les declararon infames. Hubo algunos mas decen- 
tes, que representaban en casas particulares, y de estos 
debían ser los que dice la Crónica general que asistie- 
ron á las bodas de las hijas del Cid, doña Elvira y 
doña Sol. 

Se conocían además en la edad media las represen- 
taciones denominadas Misterios, cuyo objeto era llevar 
á la escena los hechos principales de la religión, como 
la Nascencia de Nuestro Señor Jesucristo; el anuncio 
dado á los pastores del recien nacido en Belén; la ado- 
ración de los reyes magos de Oriente, y los hechos de 
la pasión y muerte del Salvador. 

De ambas representaciones da cuenta el código de 
don Alonso el Sabio, en la Partida I, título VI^ ley 34, 
con motivo de prohibir la concurrencia de los clérigos á 
diversiones groseras, impropias de su estado, cuando 



ÉPOCA SEGUNDA. '10^ 

dice que estos «no deben facer Juegos de escarnio, ni 
asistir adonde aquellos se representan,» dando la razun 
de que «en ellos se facen muchas villanías y desapostu- 
ras;» y que .tampoco han de consentirles en lugares sa- 
grados, porque el templo es casa de oración. Permite 
en cambio la citada ley otras diversiones á los clérigos, 
como la representación' de los misterios de la religión; 
porque estas, dice, les afirman en la te, y son de hechos 
que han sucedido de verdad. Acerca del punto en que 
han de representarse los Misterios, añade que debe ser 
en las grandes poblaciones, donde haya arzobispos ú 
obispos, que den su aprobación y consentimiento, no en 
pequeñas aldeas ó villas, ni tampoco por dinero. 

Se conservan además varias poesías de forma dramá- 
tica en la edad media, que prübablemente no fueron 
destinadas á ponerse en escena. Del siglo XIV es la tan 
conocida Danza de la muerte, atribuida al Judio de 
Carrion, hecha tal vez para algún misteño y que aparece 
escrita en diálogo, figurando en ella personages, como la 
muerte é individuos de varias clases sociales en el orden 
civil y eclesiástico, que acuden á su llamanliento. Del 
marques de Santihana hay La Comedieta de P onza ^ an- 
teriormente citada,, que tiene apariencias de dramática. 

Dos diálogos existen del siglo XV debidos á Piodrigo 
de Gota, natural de Toledo. El primero es entre el Amor 
y un viejo, que inútilmente pretende resistir á las se- 
ducciones de aquel, cuando se acerca á una choza si- 
tuada en medio del jardin de su propiedad. (1) 

El viejo. Cerrada estaba la puerta 

A qué vienes, por dó entraste? 
Di, ladrón, porque saltaste 
Las paredes de mi liuerta? 

(i) Moratin, Orígenc) del teatro Cspariol-, Bib. de Riv,, toiii. 2, pág. 226. 



208 LITERATURA ESPAÑOLA. 

La edad y la razón 
Ya de tí me han libertado: 
Deja el pobre corazón 
Retirado en un rincón 
Contemplar cual le has paradft. 



El amor. Comunmente todavía 

Han los viejos un vecino 
Enconado, muy malino, 
Gobernado en sangre fría, 
Llámase melancolía; 

Pero donde yo me llego 
Todo el mal y pena quito, 
De los hielos saco fuego, 
Á los viejos meto en juego 
Y á los muertos resucito. 



Convencido el viejo, accede á los deseos del amor, 
le ofrece riquezas, amores y arreglarle su cabana; pero 
este concluye burlándose de él y diciendo que si en su 
edad se cree todavía capaz de tener amores. 

El segundo diálogo de Cota son las conocidas coplas 
de Mingo Revulgo y Gil Rivato, invectiva satírica contra 
el turbulento reinado de Enrique IV. Bajo el supuesto 
nombre de dos pastores se entabla animada conversación, 
y uno representa al pueblo, otro á la clase elevada. 
Ambos se echan en cara el haber sido causa de los tras- 
tornos ocurridos en la nación, culpando el primero á la 
clase popular, y á la nobleza levantisca el segundo. 

Al mismo tiempo que estas obras aparece la Celes^ 
tÍ7ia, titulada en un principio Tragicomedia de Calixto 
y Melibea, que es de mucha mayor importancia para la 
dramática española. Está dividida en veintiún actos, en 
prosa, atribuyéndose el primero á Rodrigo de Cota, autor 



ÉPOCA séoüNdA. 20& 

de los diálogos anteriores, y los veinte siguientes á Fer- 
nando de Rojas, natural de la Puebla de Montalban. 
Mas bien que obra representable, es una novela de cos- 
tumbres, cuyo movimiento dramático debió ejercer pode- 
rosa influencia en el teatro nacional. El asunto es el si- 
guiente. Calixto, joven de noble cuna, encuentra á 
Melibea, doncella ilustre, en el jardin de la casa de sus 
padres, donde ésta le recibe con estrañeza la primera 
vez. Contrariado en sus planes y obligado á retirarse, 
cierto criado suyo de confianza, Sempronio, le propor- 
ciona un medio de salir airoso, y es la vieja llamada 
Celestina, que se presta fácilmente á servir de zurcidora 
de voluntades. Hasta aquí pertenece la obra á Piodrigo 
de Cota. En la segunda parte facilita ya una entrevista 
la tercera de estos amores, yendo ella á casa de los pa- 
dres de Melibea, con el protesto de vender joyas. Calixto 
visita de noche reservadamente á su dama, y la acción 
camina desde aquel momento rápidamente á su desen- 
lace. Los criados que han mediado en el asunto, dispu- 
tan sobre la recompeiisa debida á sus servicios, y Celes- 
tina muere asesinada por los mismos, que la habian 
ayudado. Algunos de estos perecen á manos de la justi- 
cia; otros riñen con los criados de Calixto, y cuando él 
acude en su defensa, cae de una escalera y queda muerto 
en el acto. Entonces Melibea confiesa las debilidades de 
que fué objeto, y se arroja de lo alto de un terrado. 
Termina la novela acudiendo el padre á lamentarse de 
la suerte desgraciada de su hija. 

Toda la obra está rebosando animación y vida, y 
hasta su tiempo nada se conocía en la prosa poética 
española comparable á ella en mérito literario. Los ca- 
racteres sin excepción, asi el de la misma- Celestina y 
sus criados insolentes, como los de Calisto y Melibea, 

U 



210 LITERATUJRA ESPAÑOLA. 

están pintados con rara habilidad. El estilo fácil y ele- 
gante descubre las riquezas de la antigua lengua caste- 
llana. Cervantes la elogia sobremanera en los siguientes 
versos, que figuran en la primera parte del Quijote: 

Libro en mi opinión divi- 

Si encubriera mas lo huma- 
ai mismo tiempo que señala el capitalísimo defecto de la 
obra entera. 

Lope de Rueda. 

Cuatro periodos ó manifestaciones del teatro nacio- 
nal se conocen hasta llegar á los buenos tiempos de la 
literatura draínática. Dejando á un lado los juegos de 
escarnio y misterios, toscas é informes representaciones 
de la edad media, el primer periodo es el de los teatros 
caseros, en tiempo de los Reyes católicos; el segundo, 
el de Lope de Rueda, que comprende las representacio- 
nes al descubierto en corrales ó huertas alquiladas, á 
mediados del siglo XVI; el tercero abarca las que tenian 
lugar en edificios á propósito, reinando FeUpe II; y el 
cuarto y último alcanza ya la perfección del arte dramá- 
tico con Lope de Vega, en los reinados de Felipe III y 
Felipe IV. 

Comprende pues el segundo periodo del teatro espa- 
ñolel reinado de Carlos V y parte del de Felipe II, en 
que saliendo á sitios públicos los actores y abandonando 
las representaciones caseras, se echan los cimientos del 
verdadero teatro nacional con Lope de Rueda. Muy tris- 
te era, sin embargo, el estado en que se encontraba 
todavía en casi todo el siglo XVI, sin esperanzas de pro- 
greso ni adelanto, porque á ello se oponían varias cau- 
sas, y una de las principales el estado político de Espa- 



Ét^OCA SIÍGÜNOA. ^\i 

ña en tiempo de Carlos V, que se prestaba mas á luchas 
incesantes sostenidas en el antiguo y nuevo mundo, que 
á despertar afición á las representaciones dramáticas, 
que requieren tranquilidad y reposo en las naciones. Las 
diversiones favoritas del monarca y de su corte eran las 
justas y torneos, que podian servir de útil preparación 
en el arte militar. A esto se agregaba la desmedida afi- 
ción de los escritores á imitar las literaturas clásica é 
italiana, continuando la obra del renacimiento, y la ma- 
yor parte de los poetas, como los Herreras y Leones, 
cultivaban el género lírico, de menores exigencias que 
el dramático. 

A Garlos V sucede Felipe IL Alcanza ya tiempos mas 
pacíficos que su padre, y el teatro hubiera indudable- 
mente prosperado, si el carácter sombrío del monarca 
no lo impidiera. El pueblo, sin embargo, manifestó siem- 
pre decidida afición á los espectáculos y las compañías 
ambulantes aumentaban considerablemente, si bien es 
cierto que se cometían innumerables abusos, hasta el 
punto que Felipe II se creyó en el caso de adoptar se- 
rias medidas para corregirles. Antes de verificarlo y de- 
seando obrar prudentemente, envió una consulta á teó- 
logos distinguidos, para que dijeran «si el oficio ó cargo 
de histrión era lícito». La contestación fué negativa, y 
desde entonces, el mismo año de su muerte 1598, que- 
daron prohibidas las representaciones de las compañías 
ambulantes, prohibición que unida á las causas anterio- 
res debia impedir el progreso del arte teatral. 

Empezó á dar vida á las representaciones ambulan- 
tes, por lo cual se le considera como verdadero funda- 
dor del teatro en España, un artesano de Sevilla, de ofi- 
cio bati-hoja ó batidor de oro, llamado Lope de Rueda, 
que por su mucha afición á representar abandonó el oii- 



212 LITERATURA ESPAÑOLA-, 

cío, llegando á formar una compañía de la cual era di- 
rector, y recorrientio con ella las principales poblacio-* 
nes de Castilla y Andalucía. Reunía ademas de empre- 
sario, las condiciones de actor de gran habilidad para 
su tiempo, y de autor de algunas piezas dramáticas, que 
se conservan. Floreció de 1544 á 1567. 

Escribió Lope de Rueda coloquios, pasos de risa y 
comedias. Eran los primeros sencillas composiciones pas- 
toriles, de escasísimo interés, semejantes á las églogas 
de Juan de la Encina. (1) Amenísimos por el contrario 
los pasos de risa, llamaban la atención del público, como 
lo atestiguan Cervantes y Antonio Pérez, que les vieron 
representar: eran piezas en un acto, con escenas suma- 
mente cortas entre pageS; rufianes y matones, y su prin- 
cipal objeto promover la risa. Las comedias, escritas en 
prosa, tenían la división en actos y escenas, y una de 
ellas es la primera de magia que se conoce, titulada 
Armelina. 

El paso de Las Aceitunas es uno de los mejores de 
su clase y tan sencillo el asunto, como desde luego se 
comprende. (2) Toruvio viene del campo con una carga 
de leña. Águeda, su mujer, le pregunta si ha plantado 
el renuevo de olivo, que llevó. Convencido de que lo hizo, 
se forma la ilusión de que dentro de seis ó siete años 
producirá cuatro ó cinco fanegas de aceitunas, y que to. 
mando de él otros renuevos llegará á plantarse un olivar; 
ella entonces cogerá las aceitunas; su marido las llevará 
en el asnillo á la plaza y Mencigüela, su hija, las ven- 
derá. Aquí empiézalo mas interesante de la acción, por- 
que Águeda no quiere que la chica venda el celemín de 



(i) Moratin. Tomo 2 de la Bió. de J\w., pág. 286, 
(2) Id. id,, pág. 265. 



ÉPOCA SEGUNDA. 213 

aceitunas en menos de dos reales, y su marido opina que 
bastará venderlas á catorce ó quince dineros. Mencigiiela 
recibe órdenes encontradas de los padres y á cada uno 
promete hacer lo que mande, docilidad que la perjudica, 
porque sólo sirve para escitar la cólera de entrambos, 
que alternativamente la castigan. Alas voces sale un veci- 
no, Aloja, preguntando la causa de aquella desazón, y 
viendo que todo ello es sobre fijar el precio de unas 
aceitunas, que deben nacer de aIü á treinta años, pro- 
cura ponerles en paz y concluye tan ridicula contienda. 
Es un asunto cómico muy gracioso, sostenido con un 
buen diálogo en prosa. 

Conservó al drama, dice D. Alberto Lista, el carácter 
novelesco de las obras de Torres Naharro, é hizo pro- 
gresos en la descripción de los caracteres. Introdujo la 
novedad de escribir comedias en prosa y fué el inven- 
tor de la de magia. Manejaba la lengua con habilidad y 
tenia vis cómica suficiente para promover el ridículo. 

En tiempo de Lope de R.ueda no habia aún teatros 
permanentes, (1) donde la Talia española mostrara sus 
gracias. Puede juzgarse detestado, á que se hallaban re- 
ducidos á mediados del siglo XVÍ, por la pintura quede 
ellos vemos en el prólogo de las comedias de Cervantes. 
Era la indumentaria de todo punto desconocida. Consis- 
tían los vestidos de los actores en cuatro pellicos blan- 
cos, (vestidos de pieles) guarnecidos de guadamecí dora- 
do; cuatro barbas ó cabelleras y algunos zapatos. El es- 
cenario, hecho de improviso con cuatro bancos y algunas 



(i^ Por real cédula de P^lipe II se concedió en Madrid, el año 1568, pri- 
vilegio esclusivo á dos cofradias, la de la Santa pasión y la Soledad, para dar 
locales á los cómicos, mediante un alquiler de 8 á 10 duros, Estos fueron los 
corrales, denominados de la Pacheca y de Puente. Igual privilegio se otorgó 
posteriormente al Hospital general. 



214 LITERATURA ESPAÑOLA. 

tablas colocadas encima; una manta vieja, sujeta de un 
estrerao á otro del escenario por dos cordeles, y detras 
de ella se colocaban los músicos que cantaban algún ro- 
mance antiguo. Las obras representadas, de poquísimo 
enredo, y para mayor solaz acostumbraba á ponerse en 
escena algún paso de risa, donde el papel principal era de 
negro, bobo, ruñan ó vizcaíno, que desempeñaba Lope 
de Rueda con mucha gracia, según el testimonio de Cer- 
vantes y Antonio Pérez. 



ÉPOCA SEGUNDA. 215 



CAPITLXO II. 

Lope de Vega, dramático. 

El cuarto periodo del teatro español, ó sea el de su 
perfeccionamiento, comprende dos manifestaciones: la 
primera es la de Lope de Vega que termina, puede de- 
cirse con el reinado de Felipe III, y la cierra Montal- 
ban, el mas aventajado discípulo, panegirista y felicísi- 
mo imitador de Lope: la segunda fué inaugura.da por 
D. Pedro Calderón de la Barca, hacia el año 1630, y es 
sin duda alguna aún mas brillante y esplendorosa que la 
primera, recibiendo su carácter especial de la espléndi- 
da musa y galana fantasía del mismo Calderón, seguido 
inmediatamente por la magnífica pléyade de ingenios tan 
insignes como Rojas, Ruiz de Alarcon, Moreto y otros, 
hasta e\ mismo rey Felipe IV, que se honraba en cru- 
zar con aquellos campeones sus poéticas armas, calada 
la visera y ataviado el escudo con el modesto lema de 
Un ingenio de esta corte. (1) 

A la aparición de Lope Vega, aunque existían teatros 
permanentes, como los de la Cruz y del Príncipe en Ma- 
drid, el arte dramático estaba sumamente desarreglado, 



(i) Mesonero Romanos. Tomo 43 de Riv, — Disc, prelim. 



216 LITERATURA ESPAÑOLA. 

con exageraciones en todos sentidos; ya por las aspira- 
ciones inútiles de algunos escritores á resucitar el viejo 
clasicismo; ya por las opuestas tendencias del naciente 
romanticismo; ya en fin, por las groseras farsas de mu- 
chos, que eran insostenibles en presencia de un público 
cada dia mas ilustrado. (1) Hacia falla mas ordénenlas 
producciones dramáticas, mas regularidad en los planes, 
mas respeto á las unidades de lugar y de tiempo, aun- 
que no una religiosa observancia de los preceptos clási- • 
eos; y esta era la obra que le estaba reservada al Shas- 
kespeare español, al verdadero fundador del romanticis- 
mo en nuestra literatura dramática. 

En este sentido puede asegurarse que Lope de Vega 
eleva el teatro á una perfección hasta entonces descono- 
cida, y que sus composiciones son regulares, compara- 
das con las anteriores, y que por consiguiente crea el 
verdadero drama y es el genuino fundador del teatro 
nacional. 

Hay bellezas en la invención de la fábula, porque su 
fecunda imaginación le suministra á cada paso argumen- 
tos nuevos que desarrollar, y sobresale en esto de tal 
manera, que ni tiene necesidad de imitar á los poetas 
que le preceden, ni hay asunto, entre los numerosos de 
sus comedias, que se parezca á otro. Todo es nuevo en 
Lope, todo se trata por él de primera intención. 

En la pintura de caracteres de los personajes, hasta 
él mismo hace alarde de haberles sabido retratar como 
ninguno; porque si antes de su tiempo se hablan pre- 
sentado ya tipos generales, ninguno como él supo des- 

(i) El estado del teatro español, cuando aparece Lope de Vega, presen- 
la tres manifestaciones diferentes.- la romántica, de Cueva y Virues; la clási- 
ca de Villalobos, Simón Abril y el canónigo Bermudez; y la popular, de Lope 
de Rueda y de los cóniicosi ambulantes. 



ÉPOCA SEGUNDA 217 

cender á la pintura de caracteres en particular, distin- 
guiéndose perfectamente los unos de los otros. En la 
égloga dedicada á su amigo Claudio Conde, (I) que le 
acompañó á Valencia y acaso también en la Invencible , 
tiene el atrevimiento de elogiarse, cuando dice: 

Débenme á mi de sü principio el arte, 
Si bien en los preceptos difereacio 
Rigores de Terencio, 

Y no negando parte á los grandes ingenios 
Tres ó cuatro 

Que vieron las infancias del teatro, 

Pintar las iras del armado Aquiles, 
Guardar á los palacios el decoro, 
Iluminados de oro 

V de lisonjas viles, 

La furia del amante sin consejo, 

La hermosa dama, el sentencioso viejo. 



Describir el villano al fuego atento, 
Cuando con puntas de cristal las tejas 
Detienen las ovejas, 
O cuando mira exento 
Cómo de trigo y de maduras uvas . 
Se colman trojes y rebosan cubas, 

A quién se debe, Claudio? 



Pero donde sobre todo descuella Lope es en la pin- 
tura que hace de las mujeres, á quienes presenta tier- 
nas, constantes, virtuosas, y con un valor á toda prue- 
ba en las situaciones difíciles de su vida. Son un mode- 
lo de perfección y de virtud ordinariamente, y llega á 
idealizar el tipo de la mujer hasta el punto de hacerlas 
aparecer como ángeles, bajados del cielo para morar en- 
tre los hombres. 



(i) Obras no dramáticas de Lope. — Bió. de Riv., tom. 38, pág. 431, 



218 LITERATURA ESPAÑOLA. 

Los diálogos de las comedias de Lope son con fre' 
cuencia vivos y animados, evitan do las estensas rela- 
ciones que tanto perjudican en otros escritores. Su poe- 
sía es dulce, fluida, armoniosa, y el lenguaje claro y na- 
tural, huyendo de los vicios de culteranismo que tanto 
le afeaban. Aunque usa variedad de metros en las come- 
dias, predominan siempre las combinaciones propias del 
drama nacional. 

En cambio de estas bellezas de primer orden, encon- 
tramos á veces gravísimos defectos en el teatro de Lope 
de Vega^ que es necesario conocer. El mas capital de 
todos, que se advierte con frecuencia, es la falta de un 
plan constantemente seguido hasta la terminación de sus 
comedias. Si en la invención del asunto le hallamos ini- 
mitable, en la distribución de las diferentes partes de 
sus obras llega á parecemos mal; porque él que sabe 
empezar bien una comedia cuando la inspiración le acu- 
de y no se halla fatigado todavía, en la continuación de 
la misma revela su cansancio, y á la conclusión se preci- 
pita, acabando por cortarles, en vez de desatar los nu- 
dos de sus comedias. Así es como ha podido decirse de 
Lope, que es de quien tenemos mayor número de esce- 
nas admirables, y menor de comedias arregladas. Elo- 
giábamos anteriormente el orden y la regularidad de sus 
planes con relación á los dramáticos que le preceden; 
pero de ningún modo en términos generales, ni mucho 
menos si le comparamos con los dramáticos que le su- 
ceden, especialmente Moreto y Calderón. 

Ese desorden frecuente de las comedias de Lope, dos 
causas principalmente reconoce por fundamento. Una de 
estas sin duda ora la pi'ecipitaciun al escribir, porque 
la viveza de su imaginación no le dejaba, y queriendo 
acabarlas en seguida, asegura él mismo que habia com- 



ÉPOCA SEGUNDA. 210 

puesto mas de ciento en veinticuatro horas, (1) cosa di- 
íicilísima de llevar á cabo, si una comedia ha de quedar 
bien terminada, porque ni hay casi tiempo material para 
escribirla. La segunda causa estaba en las exigencias del 
público impaciente, que aspiraba á presenciar obras 
nuevas y Lope no tenia inconveniente en complacerle, 
prefiriendo este afán de popularidad á detenerse y limar 
sus composiciones. 



¥ cuando he de escribir una comedia, 
Encierro los preceptos con seis llaves; 
Saco á Terencio y á Planto de mi estudio, 
Para que no me den voces; que suele 
Dar gritos la verdad en libros mudos; 
Y escribo por el arte que inventaron 
Los que el vulgar aplauso pretendieron; 
Porque, como las paga el vulgo, és justo 
Hablarle en necio para darle gusto. (2) 

Encuéntranse además otros defectos de diversa Índo- 
le en las producciones dramáticas de Lope, que no tie- 
nen satisfactoria explicación: tales son algunos errores 
históricos, geográficos y de conveniencia moral. En su 



(i) En !a citada égloga á su amigo Claudio, muy interesante por las no- 
ticias literarias que dá Lope de Vega de sí mismo, dice, como en la Moza de 
Cántaro, que habia compuesto 1.500 comedias, 

Mil y quinientas fábulas admira; 



y añade lo siguiente: 

Hubiera sido yo de algún provecho 
Si tuviera Mecenas mi fortuna; 
Mas fué tan importuna 
Que gobernó mi pluma á mi despecho, . 
Tanto, que sale ¡qué inmortal porfía! 
A cinco pliegos de mi vida el dia. 
(2) Arte nuevo de hacer comedias. — Bié. de Kiv., tom, 38, página 230, 



220 LITERATURA ESPAÑOLA. 

comedia El Primer rey de Castilla, atribuye hechos á 
Fernando I, que suponen mas tiempo del que estuvo 
encargado del poder. Hace figurar en otra comedia per- 
sonages del antiguo testamento, David, Job, etc, como 
contemporáneos de la universidad.de Salamanca, en la 
edad media. Aparentando desconocer la geografía, supo- 
ne otra vez, que unas cuantas galeras desembarcan en 
las costas de Hungría, como si tuviera costas y fuese un 
puerto de mar. Faltando á las conveniencias morales, ti- 
tula una comedia Venganza prudente, como si alguna 
vez pudiera serlo. Pero todas estas faltas, que mejor pu- 
dieran llamarse descuidos, son pequeñísimos lunares, al 
lado de las innumerables bellezas, que abundan en sus 
obras. 

Comedias de Lope de Ve^a. 

Antes de examinar algunas de las comedias del es- 
critor mas fecundo que ha existido en el género dramá- 
tico, conviene hacer una clasificación de todas ellas, 
determinando al mismo tiempo lo que entonces signi- 
ficaba la palabra comedia. Sin apartarnos enteramente 
de la clasificación hecha por don Alberto Lista, que á 
su vez nos hace recordar la de Bartolomé de Torres 
Naharro en comedias «á noticia y á fantasia,» anticipa- 
remos la división de comedias de capa y espada, heroi- 
cas ó historiales y de costumbres, prescindiendo de los 
autos sacramentales, que merecen capítulo separado. 
Comprendíase bajo el nombre de comedia en el teatro 
antiguo, toda producción dramática dividida en jornadas 
ó actos, de cualquier clase que ella fuese. Comedias ei'an 
entonces los dramas, las tragedias y las verdaderas co- 
medias, según hoy las conocemos: es decir que tenia el 



ÉPOCA SEGUNDA. 224 

mismo sigiüíicaJo que ahora damos á la palabra drama, 
en general; toda ohra destinada á la representación. Se 
usa-todavia erdre la gente del pueblo la frase común de 
ir á la comedia^ en vez de la mas propia y adecuada de 
ir al teatro. 

La primera clase de comedias que inventó Lope de 
Vega, en las que mas se complacía su ingenio, y que se 
han conservado en el teatro con mas favor del público, 
es la de comedias de capa y espada. Versan sobre in- 
trigas de amor y celos, y recibieron este nombre, porque 
los personages principales que en ellas figuran, perte- 
necían á lo que hoy llamamos gente de la buena socie- 
dad, que en tiempo de Lope de Vega usaba el traje 
pintoresco nacional de capa y espada ceñida. No son 
verdaderas comedias, porque están llenas de muertes, 
desafios y asesinatos; tampoco son tragedias^ porque 
además de un término feliz en casi todas, aparecen es- 
critas en diálogo fácil y gracioso, interviniendo amantes 
apasionados y bufones, llenos de agudeza y gracia. Esto 
era completamente nuevo en la escena española, si es- 
ceptuamos algunos ensayos menos afortunados de Bar- 
tolomé de Torres Naharro. 

El carácter mas saliente de estas comedias es la ga- 
lantería, tal como existia en tiempo de su autor^ fundada 
en el principio siguiente: 

Es honrar á las mujeres 
Deuda, á que obligados nacen 
Todos los hombres de bien. (1) 

Suele haber en ellas una intriga de segundo orden ó 
cómica, en la cual figuran los graciosos y graciosas, que 
ordinariamente son criados de los personages principa- 



(i) El Premio del bien hablar.^ acto í, esc. ÍI, 



^2^ LITERATURA ESPAÑOLA. 

les, que ridiculizan ios caracteres y hechos de sus seño-» 
res. A estos personages cómicos se agregó mas tarde el 
papel de vejete ó escuderp anciauo, que habla sin cesar 
de su noble alcurnia y se entretiene casi siempre en 
hacer rabiar al gracioso. Unos y otros personages están 
llenos de gracia y picardía, que se oculta con el velo de 
una sencillez aparente. 

Los títulos se procuraba que fuesen populares y co- 
nocidos, como tomados de refranes ú objetos de actua- 
lidad, y que revelasen el asunto, por ejemplo, (¡.Obras son 
amores y no buenas razones',y> (i\Si no vieran las miije- 
resl^ (íEl acero de Madrid.-» Se hallan divididas en tres 
jornadas, y comprenden frecuentemente los sucesos de 
un dia, aunque Lope de Vega no era escrupuloso en la 
observancia de esta regla. Grande es el número de las 
que conocemos de esta clase, pues se cuentan algunos 
centenares. 

Las heroicas ó historiales, que forman el segundo 
grupo mas importante de las comedias de Lope de 
Vega, se diferencian de las anteriores en que presentan 
en la escena personages ilustres, como reyes, príncipes; 
en que tienen un fundamento histórico, ó cuando menos 
aparece que le tienen; y en que su entonación es gra- 
ve, imponente, trágica. Apesar de todo, hay en ellas 
las mismas intrigas, embrollos y enredos; el mismo re- 
curso de los celos y del puntillo de honor llevado hasta 
la exageración; las mismas caricaturas ridiculas y los 
mismos graciosos de baja ralea para disminuir la grave- 
dad del asunto, que en las comedias de capa y espada. 
No son mas que una alteración de este género verda- 
deramente nacional, y que se formaron dando á los per- 
sonages principales nombres históricos, en lugar de los 
que eran propios de los caballeros y galanes de aquel 



ÉPOCA SEGUNDA. 2^3 

tiempo. De esta clase tiene muchas también Lope de 
Vef(a, acaso mas que en todas las otras reunidas; y á 
Felipe II le digustaban, porque veia en ellas rebajada 
la dignidad de los reyes. 

A las anteriores se agrega un tercer grupo, que es 
el de comedias de costumbres, en que los personages y 
sus caracteres son tomados de la clase Ínfima de la so- 
ciedad, como «La Esclava de su galari)^ y La Moza de 
cántaro.)} De este género escribió pocas Lope de Vega, 
aunque todas ellas muy interesantes. 

Las dos primeras formas de comedias, que guardan 
entre si cierta semejanza, fueron sin duda alguna pro- 
ducciones espontáneas' del ingenio de Lope y entera- 
mente originales. Pero cuando en ellas empezaba á darse 
a conocer, la Iglesia miró con cierto recelo estas com- 
posiciones que tanto agradaban al público; ya porque 
sus aventuras amorosas estaban llenas de licencia; ya 
porque sus duelos é ideas generales sobre la vida do- 
méstica y el carácter personal de todo tenian menos de 
cristianos. Entonces se suscitó, en el reinado de Feli- 
pe II, una controversia sobre su conveniencia y sobre 
si eran ó no lícitas, controversia que duró hasta el 
año 1598, último de su vida, en que salió por fin una 
Real cédula prohibiendo la representación de comedias 
. profanas en Madrid, por lo cual estuvieron cerrados los 
teatros cerca de dos años. 

[ ' Esta fué la causa de que Lope de Vega empezase á 
cultivar otro género, mas en armonía con las costumbres 
y exigencias de aquella sociedad, y nació entonces la 
comedia rehgiosa ó sagrada, que versó primero sobre 
asuntos tomados de la Escritura, y mas tarde sobre la 
vida y hechos de loa santos. De aquí no había mas que 
un paso á los Autos sa'Tamentales, forma grotesca de las 



224 LITERATURA ESPAÑOTA. 

comedias religiosas, destinada principalmeiile á edificar 
al pueblo, aunque muy espuesta al ridículo. 

Otras clases de comedias, como las pastoriles, cuyo 
mérito estriba en las descripciones déla vida del campo, 
las mitológicas y las filosófico morales, son de menor 
importancia en el teatro de Lope de Vega. Esta última 
clase fué llevada á su mayor grado de perfección por 
don Pedro Calderón de la Barca. 

De las de capa y espada citaremos únicamente dos. 
La primera de estas. El Premio del bien hablar, es una 
bellísima comedia, en que las noticias del casamiento y 
juventud del protagonista se hallan copiadas tan á la le- 
tra de las que tenemos de la vida de Lope de Vega, que 
probablemente quiso retratarse. Don Juan, que vive en 
Sevilla, se detiene cierto dia á la puerta de una iglesia, 
viendo salir á las damas. Oye hablar con suma ligereza 
de un señora, á quien no conoce; pero indignado toma 
su defensa, y esto le produce un lance, en el cual hiere 
y da muerte á su contrario. Perseguido por la acción de 
la justicia, se vé precisado á huir, refugiándose en una 
casa, que es la raisma de la dama, cuyo honor habia sa- 
lido á defender momentos antes. Agradecida ella al sa- 
ber quien es el personage que se ha acogido en su casa, 
procura ocultarle, y después de esto la comedia termina 
por casamiento. 

El título de la segunda, El Acero de Madrid, está 
tomado de una preparación medicinal del acero, que en 
tiempo de Lope de Vega era de moda para varias enfer- 
medades. Cierta muchacha atolondrada, que engaña á 
su padre y especialmente á una tia beata é hipócrita, 
se finge enferma. Un supuesto médico, amigo de 3u 
amante, la receta la preparación del acero, y además 
como medida higiénica, que salga frecuentemente á pa- 



ÉPOCA SEGUNDA. 2-2o 

íiear. Por ese medio logra su amante ocasiones de verla 
y obsequiarla. Termina por casamiento, como la anterior. 
Los caracteres principales son el de la lia hipócrita y su 
sobrina, mucho mejor pintados que estos mismos perso- 
nages en el Médico á palos, de Moliere, que utiUzó los 
elementos de aquella comedia. (1) 

Entre las mejores comedias historiales de Lope de 
Vega figura La Estrella de Sevilla, cuyo asunto se re- 
duce á lo siguiente. Don Sancho, el Bravo, se enamora, 
mientras vivió en Sevilla, de Estrella, hermana de Bus- 
tos Tabora, con la cual Sancho Ortiz de las Roelas es- 
taba en relaciones y esperaba fundadamente ser su 
esposo. Habia pretendido el rey hablar á Estrella por 
medio de dádivas á su hermano, y viendo que no lo con- 
sigue, se vale de una sirvienta de la misma casa, que le 
facilita la entrada á la habitación de Estrella. Bustos 
Tabora se apercibe de esto, y sorprendiendo al rey dis- 
frazado, procura saber quién es. No satisfaciéndole su 
conducta «porque un rey no comete acción semejante,» 
le arroja de su casa de mala maneira. Indignado enton- 
ces Sancho IV, pretende tomar venganza; pero necesita 
un hombre y manda llamar precisamente al amante de 
Estrella, Sancho Ortiz. Cuando éste no sabe aún quien 
es al que ha de matar, se compromete á hacerlo, como 
caballero, donde todo el mundo lo vea. Recibe después 
un billete, en el que lee el nombre de Bustos Tabera. 
Hay en este momento una lucha terrible en el alma de 
Sancho Ortiz entre dos sentimientos encontrados, el del 
amor que profesa á Estrella y el de lealtad al monarca, 
en cumplimiento de la palabra empeñada. En situación 



(i) Le Médecin malgrc hii, comedia traducida libremente por Moratin, 
hijo. 

15 



22t) LITERATURA ESPAÑOLA. 

tan apurada decide obedecer al rey, y cuando Bustos 
Tubera viene á casa de Sancho Ortiz, para hablarle del 
casamiento de su hermana, éste le desafía y le mata; 
Hecho prisionero enseguida, están á punto de senten- 
ciai"le á muerte los tribunales de justicia; pero se pre- 
senta Sancho IV, que declara su inocencia y confiesa 
haber sido él mismo la causa de todo lo ocurrido. Los 
tribunales perdonan á Sancho Ortiz, y el rey quiere que 
se case con Estrella; pero á esta no se lo permite su 
delicadeza, y se retira á vivir en un convento. 

Esta obra, como se ve, no es tragedia, que tenga un 
desenlace enteramente desgraciado y terrible para los 
personages principales; ni tampoco merece el nombre 
de comedia, por los muchos lances desagradables que 
suceden, hasta la muerte del mismo Bustos Tabera. Será 
por consiguiente un drama trágico, y conservando el 
lenguaje antiguo, una comedia heroica ó historial. Las 
escenas mas terribles son aquellas en que se manifiesta 
el conflicto de Sancho Ortiz entre el amor y el deber; 
las anteriores de alegría, cuando piensan los dos ena- 
morados en su casamiento; y las siguientes de tristeza, 
al presentar á Estrella el cadáver de su hermano, cuando 
sabe que le ha dado muerte su misjno amante. 

Dramáticos coiiteiuporáiieo>s «le Lope* 

Iniciado ya el buen camino en el teatro por los es- 
fuerzos de Lope de Vega, era natural que hubiese mu- 
chos aficionados á su escuela dramática, que intentaran 
seguir las mismas huellas; y en efecto, se cuenta un nú- 
mero considerable de poetas, que Montalvan en su Para 
todos hace subir hasta ochenta y añade que deja muchos 
sin coatar. Tal era el movimiento literario que por ea- 



ÉPOHA sí:nuNnA. ^27 

tónces se operaba. Cervantes, que en el prólogo de sus 
comedias da menta del estado en que se hallaba el tea- 
tro antes de Lope de Rueda y en la época misma de su 
fundador, cuando el vestuario de los actores consistía en 
cuatro pellicos blancos guarnecidos de guademecí dora- 
do, algunas barbas y varios zapatos de escena, todo ello 
metido en un saco para trasportarlo fácilmente, refiere 
luego cómo el teatro iba poco á poco caminando á su per- 
fección, cuando desaparecieron las barbas y la manta, y 
los actores se presentaban á cureña rasa, es decir al des- 
cubierto; y continúa después recordando el número de 
escritores dramáticos que habla, con un Ugero juicio crí- 
tico de ellos, citando los nombres del doctor Ramón, del 
canónigo Tarrega, de Miguel Sánchez, titulado el divino, 
de Guillen de Castro, á quien elogia por su suavidad y 
dulzura, y de algunos mas. 

Habia nacido Guillen de Castro en Valencia y vivia en 
aquella ciudad entregado á las letras, que era su afición 
favorita, cuando Lope, á consecuencia del lance desagra- 
dable que le obligó á salir de la corte, tuvo ocasión de 
conocerle y de entablar con él frecuentes relaciones. Per* 
tenecia á una de esas academias de nombres extraños, 
que por entonces abundaban en España, la «Academia 
de los nocturnos,» donde se reunían varios amigos para 
tratar asuntos literarios. Posteriormente le vemos figurar 
como empleado en Italia, protegido del conde de Bena - 
vente, á la sazón virey de Ñápeles. Consiguió ademas el 
favor del conde-duque de Olivares á su regreso á la cor- 
te, una pensión de doscientos ducados y algunas oirás: 
distinciones; pero cansado de aquella sujeccion, lo aban- 
donó todo, y se concretó á vivir del producto de sus obras 
dramáticas, bien escaso por cierto, pues nada de cuantos 
recursos podia allegar como escritor le bastaba, y pasó 



^28 LITERATURA ESPAÑOLA. 

los Últimos í\ños en la miseria, hasta el punto de qiielnl- 
bo necesidad de enterrarle de limosna. 

Escribió unas cuarenta comedias y en todas se deS" 
cubre la afición decidida á la escuela de Lope de Vega. 
Tuvo el buen instinto de apoderarse de los asuntos his- 
tóricos y caballerescos nacionales mas propios para es- 
citar la simpatía del público español, calcándoles sobre 
nuestros antiguos romanceros é impregnándoles en su 
mismo colorido; ó bien aprovechándose á veces de las 
leyendas mas populares de la época, el inmortal Quijote 
y las novelas de Cervantes, reprodujo sus argumentos y 
episodios. (1) Poco mas de la mitad de sus obras se ha 
conservado; pero bastarla una sola para alcanzar la fama 
y celebridad de que goza en literatura. Esta se titula «Las 
Mocedades- del Cid^, que ademas de ser notable por el 
asunto eminentemente nacional y patriótico, reúne la cir- 
cunstancia de haber dado ocasión á Gorneille para el ar- 
reglo de su conocida tragedia, El Cid. 

El asunto de Las Mocedades está tomado de la prime- 
ra parte del Romancero del Cid, que corresponde á los 
tiempos de Fernando I, en que según la tradición vivia 
aquel personaje. Una de las primeras escenas pasa en la 
cámara real, donde es armado caballero el Cid, en pre- 
sencia de la corte, calzándole la espuela Doña Urraca. 
Dispone en seguida el monarca que se retiren las damas, 
porque iba á nombrarse ayo para el principe Don Sancho, 
en cuyo acto no debian intervenir. Designado para el 
cargo vacante Diego Lainez, padre del Cid, oféndese el 
conde Lozano, padre de Jimena, y trabándose de pala- 



(i) Mesonero Romanos — Bi¿>. de Riv. tomo 43 — disc, prel.—'D& asunto 
histórico nacional es Las Mocedades del Cid; y El Curioso impertinente y Don Qtti' 
Jote están calcadas sobre asuntos y episodios de aquella novela. 



ÉPOCA SEGUNDA. 229 

bras, concluye éste por dar una bofetada á Diego Lainez. 
Injuriado el viejo, y sin fuerzas para reparar la ofensa, 
marcha inmediatamente á su casa, donde hace una prue- 
ba del valor dé sus hijos y encuentra sólo capaz de to- 
mar venganza al mas pequeño de todos, Rodrigo, que 
asido fuertemente de la mano, exclama: 

Padre, soltad en mal hora, 
Solíedes, padre, en hora mala, 
Que si no fuerades mi padre, 
Diéraos una bofetada. (1) 

«Y no fuera la primera», dice el padre, que en seguida 
le encomienda la venganza. Después viene la resolución 
del Cid de tomar satisfacción de la ofensa recibida, (2) y 
por último el reto ó desafío en que da muerte el conde 
Lozano. (3)— Hasta aqui se ha tomado del romancero del 
Cid esta parte de la obra, pero lo que sigue es ya de la 
invención de Guillen de Castro. Ofendida Jimena por la 
muerte de su padre, se presenta al rey á pedir repara- 
ción y castigo del Cid, que huye á la guerra para dar 
pruebas de valor, peleando contra la morisma. Quieren 
saber en la corte si el amor de Jimena era verdadero, y 
le dicen que ha muerto el Cid. Por la sorpresa, que le 
causa la noticia, comprenden que estaba vivamente inte- 
resada, y el rey interviene desde entonces, consiguiendo 
al ñn que, después de pasados algunos meses, se case 
con Rodrigo, por dos razones: primera, porque estaba asi 
dispuesto por el hado, y segunda, porque se habia hecho 
digno de los favores de Jimena en las luchas incesantes 
sostenidas con los moros.— Lo principal sobre que gira 



(i) Véase el romance, que empieza: «Cuidaba Diego Lainez», etc. 

(2) Romance: «Tensativo estaba el Cid», etc. 

(3) Romance: «Non es de sesudos ornes», etc. 



230 LITERATURA ESPAÑOLA. 

esta obra son los amores de Rodrigo y de Jimena y las 
fuchas interiores de ambos personajes. En Rodrigo hay 
un conflicto grande al principio entre el amor á Jimena 
y el honor ofendido por su padre. Jimena lucha igual- 
mente entre el deber de hija y el amor al Cid, que ha 
dado mnerte a su padre. El asunto es patriótico é inte- 
resante sobremanera, ya porque trae á la memoria los 
romances antiguos^ de donde en una gran parte fué to- 
mado, ya por la multitud de episodios que nunca pueden 
ser indiferentes para el pueblo español. 

Queriendo sujetarse Corneille á las unidades clásicas 
en su tragedia El Cid, redujo á veinticuatro horas el 
tiempo -de la representación. (1) Guillen de Castro habia 
dispuesto su obra de modo que la acción durase algunos 
meses, y estuvo sin duda mas acertado, porque suponer 
que en el corto periodo de veinticuatro horas habia de 
pasar una mujer del odio mas grande hacia el matador 



(i) Pedro Coraeille es el padre de la tragedia neo-clásica en Francia y el 
fundador de su teatro, como Lope de Vega en España y Shakespeare en In- 
glaterra. Nació el año 1 606, floreciendo en el reinado de Luis XIV, como es- 
critor dramático. Hablando de este hombre, le llaman los franceses el Gran 
Corneille, calificativo que no suelen concederá ninguno de los otros eminentes 
escritores, y nunca dicen el gran Moliere, el gran Rarine. Empezó á darse á 
Conocer con la tragedia Medca, en tiempo del cardenal Richelieu, y al siguien- 
te año publicó el Cid, tragedia que le dio gran fama, pero que también le pro- 
porcionó muchos disgustos. H-abia entonces la tan debatida cuestión de clási- 
cos y románticos sobre las unidades dramáticas, y los críticos se ensañaron con 
aquella tragedia que las observaba, hasta el punto de que el célebre ministro 
de Luis XIII, Richelieu, influyó con los miembros de la Academia francesa, 
para que la obra fuese censurada. A estos odios é invectivas de la crítica con- 
testó Corneille publicando trabajos tan notables como El Cinna y Los Hora- 
cios, que aseguraron su buen nombre. El mismo cardenal, cuando vio las nue- 
vas publicaciones, pidió y obtuvo del monarca un premio para Corneille, y los 
miembros de la Academia le a,dmilieron sin dificultad en el número de sus in- 
dividuos. 



ÉPOCA SEGUNDA. 231 

de su padre, al cariño mas tierno y acendrado á esa mis- 
ma persona, que vendría luego á ser su esposo, es la 
mayor de las inverosimilitudes que pueden concebirse, 
y uno de los mayores defectos de la tragedia de Gornti- 
lle. Suprime además varios episodios y presenta la ac- 
ción con demasiada sencillez por el afán de someterse á 
los preceptos clásicos, quitando de ese modo gran par- 
te del interés que tendrían para un público español, y 
este es otro de los defectos que se advierten. La intere-, 
sante escena de armar caballero al Cid tampoco pasa 
en la Cámara real, sino en otro punto diferente, que dis- 
minuye el interés. Comete, por fin, el error histórico de 
poner la acción en tiempo de Fernando III, confundien- 
do al padre de D. Alonso el Sabio con Fernando I, mo* 
narca del siglo XI, contemporáneo del Cid. Si á esto se 
agrega que la tragedia francesa es un arreglo de la co- 
media española, y que algunas escenas se. hallan nada 
mas que traducidas, como el monólogo del Cid, cuando 
toma -la resolución de venganza, en el acto I, 

Suspenso, de afligido, estoy, 
Fortuna ¿Es cierto lo que veo? 



poco es el mérito reservado al trágico francés. 

Para completar su obra publicó Guillen de Castro una 
segunda parte, bastante inferior á la primera, titulada Las 
Hazañas del Cid, que se refiere principalmente á los 
romances, en que figura este personaje como caudillo de 
los ejércitos del rey D. Sancho, el de Zamora la vieja. 

El Doctor Juan Pérez de Montalban era hijo de un 
Ubrero del rey Felipe III, amigo desde niño y admira- 
dor de Lope de Vega, á quien por su talento considera- 
ba cotno maestro. Hizo también sus esludios en la uni- 
versidad de Alcalá y abrazó el estado eclesiástico, per- 



232 LITERATURA ESPAÑOLA. 

teneciendo á la congregación de sacerdotes naturales de 
Madrid. La critica envidiosa se ensañó con él y apare- 
cieron multitud de sátiras y epigramas, con el fin de 
zaherirle. 

Pertenece á la escuela misma de Lope, con algunas 
variantes, y sus mejores comedias son las de capa y es- 
pada. Hay menos naturalidad en algunas de sus obras, 
y el tipo de mujer aparece con bastante desenvoltura 
presentado. Se debe citar en el número de sus mejores 
composiciones el tan conocido drama Los Amantes de 
Teruel, asunto tratado ya por Tirso de Molina, aunque 
no de la misma manera, y posteriormente en nuestros 
diasporD. Juan Eugenio Hatzcenbusch, que empezó con 
él á adquirir renombre merecido entre los literatos es- 
pañoles. Se ocupa de reproducir algunos hechos que en 
la ciudad de los Amantes conserva muy vivos la tradi- 
ción, según la cual allá por el siglo XIII un joven de mo- 
desta fortuna, Diego Marcilla, aspiraba á la mano de una 
dama de familia distinguida, Isabel de Segura, y sus pa- 
dres se la negaron por ser pobre, aplazando el consen- 
timiento para cuando tuviera fortuna y honores. Fuese 
Marcilla á la guerra por entonces sostenida con los mo- 
ros, y cuando ya era rico y honrado, vino con la misma 
pretensión. Acababa Isabel de contraer matrimonio, por 
indicación de sus padres, con un caballero de la misma 
ciudad, y cuando aún estaban en la solemnidad del acto, 
dirigióse Marcilla á la habitación de Isabel, y cayó muer- 
to de dolor. Al ir el siguiente dia á enterrarle, observa- 
ron que estaban de cuerpo presente los dos amantes, que 
habian muerto ambos de pasión de ánimo. 



ÉPOCA SEGUNDA. 233 



CAPITULO III. 

Tirso de Molina. 

Al lado de Lope de Vega, ademas de los poetas con- 
temporáneos que siguen de cerca su escuela romántica 
y procuran imitarle, hubo otros escritores que, apartán- 
dose mas ó menos de él, se hacen notar por las condi- 
ciones especiales de su teatro. Pertenecen si, á la es- 
cuela misma de Lope, que trajo y acreditó la gran reforma 
en los caracteres de los personages, en la invención de 
la fábula y en el diálogo, pero no siempre están confor- 
mes con ella en todo; de suerte que siendo una misma 
la tendencia dramática, presenta sin embargo matices 
diferentes entre sus afiliados, escritores insignes del 
siglo XVII, que unas veces le igualan, otras le superan 
en condiciones poéticas, y cuyos nombres adquirieron 
fama imperecedera en el teatro español. Tales son Tirso 
de Molina, Agustín Moreto y Cabana, Juan Ruiz de 
Alarcon, Francisco de Rojas y Zorrilla, y el mas insigne 
de todos don Pedro Calderón de la Barca. 

A cada uno de ellos le fueron concendidas cualida- 
des especiales, y alguna encontramos cuando menos, 
que forma por decirlo asi el carácter distintivo del es- 
critor y le hace separarse de todos los demás, Asi sucede 



234 LITERATURA. ESPAÑOLA. 

por ejemplo, en Tirso de Moliaa, que sobresale por la 
vis cómica, el chiste, la gracia, el donaire y la intención 
dramática de sus comedias; en Moreto, que además de 
la gracia de Tirso reúne la naturalidad del lenguaje poé- 
tico; en Alarcon, que se distingue por la filosofía y per- 
fección de estilo; en Rojas, por la fuerza y energía en 
los caracteres de los personages, aparte del lenguaje 
culterano; y por último, en Calderón de la Barca, el mas 
regular y ordenado de cuantos dramáticos le precedie- 
ron, por la sublimidad de los pensamientos y la magia 
encantadora del lenguaje. Este se halla colocado ya en 
la cúspide del romanticismo. 

El verdadero nombre de Tirso era el de Gabriel Te- 
llez, que apareció disfrazado con el pseudónimo de Tirso 
de Mohna, sin que sepamos la causa de semejante va- 
riación. Fué poeta madrileño como Lope de Vega, y 
eclesiástico del orden regular, por haberse hecho fraile, 
mercenario en edad algo avanzada. Son las noticias, ó 
pocas mas, que tenemos acerca de la vida de tan dis- 
tinguido escritor. 

Vivia Tirso de Molina en tiempo de Lope de Vega, 
y sin embargo la fama que ambos adquieren es muy 
diferente. Los dos son escritores de primer orden, esto 
es innegable. Pues, en qué consiste que Lope avasalla 
á Tirso en el teatro y éste queda oscurecido? Tal vez en 
el carácter libre atribuido á la mujer. No retrata Tirso 
las costumbres de la mujer de los tiempos de Felipe II 
y Felipe III, que mas bien era la que nos pinta Lope de 
Vega en sus comedias; y como es condición indispen- 
sable en las producciones dramáticas, para que vivan, 
reílejar las costumbres de la sociedad y esto no sucedia 
en las obras de Tirso, por eso quedaron postergadas y 
su autor oscurecido en presencia del Fénix de los inge- 



ÉPOCA SEGUNDA. 235 

nios. Llevó al teatro el tipo de mujei'eá probableaieute 
conocidas en su juventud, pero no el de las mujeres de 
buen tono y de la sociedad escogida ordinariamente. 

Como Tirso era, apesar de todo, escritor distinguidí- 
simo, hubo un tiempo en que se pensó en hacerle justi- 
cia, aunque ya muy tarde. Entonces la crítica imparcial 
procuró resarcirle de la fama que anteriormente habia 
perdido, y volvieron á la escena sus comedias, quesera-' 
presentaron con mayor aplauso que las de su mismo 
rival. Verdad es que para ello todavía en nuestro siglo 
fué necesario someterlas á un arreglo, despojándolas al 
mismo tiempo de multitud de pasages indecentes- que las 
afeaban. De ese modo se pudo admirar en el teatro la 
gracia singular del maestro Tirso de Molina y su rara 
habilidad en el manejo del idioma castellano. 

Al hacer un examen breve de los rasgos mas salien- 
tes de su teatro y de las bellezas y defectos que contiene, 
vemos que en la invención de la fábula iguala casi al 
mismo Lope de Vega, pues compuso cerca de cuatro- 
cientas comedias en poco tiempo, y merece un lugar 
preferente entre los dramáticos españoles por su fecun- 
didad. En la pintura de los caracteres de algunos per- 
sonages llega á aventajarle, y ya sabemos cuanto se jac- 
taba Lope en este punto de haber sobresalido. Tal sucede 
en el tipo de los graciosos, que en el teatro de Tirso 
siempre tienen gracia, debido á la vis cómica del escri- 
tor, que es una de sus mas bellas cualidades. Aventaja 
también á Lope en el manejo del diálogo, por conocer 
perfectamente la lengua castellana y usar de ella con rara 
habilidad, acomodándose en la forma al carácter elevado 
ó humilde de cada uno de los interlocutores. Por eso han 
solido algunos apellidarle el rey del lenguaje dramático. 

A cambio de estas bellezas en la invención de la 



236 LITERATURA ESPAÑOLA. 

fábula, pintara de caracteres y diálogo, tropezamos íre- 
cuentemente con defectos de mucho bulto, que no siem- 
pre quedan encubiertos por aquellas bellezas. Así sucede 
con los tipos que ordinariamente presenta de los gala- 
nes y de las damas. Aquellos suelen aparecer cobardes, 
y débiles juguetes de la mujer, que dispone á su antojo 
de esa misma debilidad: éstas por el contrario, libres y 
desenvueltas, se disfrazan con facilidad para ir en segui- 
miento de los hombres. ¡Qué contraste tan notable for- 
man con el tipo de mujer, pura, honesta, recatada, que 
se observa constantemente en el teatro de Lope! 

Llaman la atención, entre las obras mejores de Tirso, 
principalmente dos: «La Prudencia en la mujer» y nEl 
Burlador de Sevilla;^ la primera, porque en ella contra 
su costumbre presenta Tirso el tipo de mujer honesta, 
constante y virtuosa; y la segunda por la fama y popu- 
laridad europea que llegó á adquirir. Es La Prudencia 
en la mujer un drama histórico, que se halla relacio- 
nado con la minoría de Fernando IV, el Emplazado, hijo 
de don Sancho IV y de doña Maria de Molina. Había 
quedado viuda esta señora y con un hijo de menor edad, 
Fernando, para quien necesitaba conservar los derechos 
á la corona de Castilla. Eran aquellos unos tiempos tur- 
bulentos y de continuadas rebeliones, que venian ya de 
los reinados anteriores. Aspiraban á conseguir el trono 
por medio del casamiento con la reina viuda los infantes 
don Enrique y don Juan, y don Diego de Haro, señor 
de Vizcaya. Tiene precisión de oponerse doña Maria de 
Molina á sus intentos luchando con firmeza y constan- 
cia, y demostrando una prudencia poco frecuente en la 
mujer. Consigue al ün lo que desea y su hijo es coro- 
nado rey, con ayuda de las corporaciones populares y 
del estado llano, viéndose obligados á huir de Castilla los 



ÉPOCA SEf.UNDA. 23? 

inlantes y el señor de Vizcaya. La energía y entereza de 
carácter de la protagonista hacen de esta composición 
una de las mejores de Tirso. 

El Burlador de Sevilla es una tragedia romántica, 
de origen tradicional por el asunto y personajes princi- 
pales que en ella figuran. Habia en Sevilla^ reinando 
don Alfonso XI que tenia su corte en aquella ciudad, 
una familia muy conocida, la familia de los Tenorios, 
de la cual formaba parte don Diego, 'privado del rey, 
y don Pedro, embajador á la sazón en Ñapóles. Un 
hijo del primero, don [Juan, era joven demasiado li- 
bertino, que pasaba la vida entreteniendo á las mujeres 
y dejándolas burladas, por lo que de sobrenombre le 
llamaban el burlador de Sevilla. Disgustado el padre de 
conducta semejante, dispuso enviarle á Italia al lado 
del embajador su tio, para ver si desistia de aquella per- 
versa inclinación. A poco de encontrarse en Ñapóles 
consigue seducir á cierta dama, hermana de un amigo 
de su tio, de la cual se fingió amante, viéndose precisado 
por este motivo á embarcarse para España. Hasta aquí 
el asunto parece tradicional, y de la invención de Tirso 
es todo lo demás. 

De vuelta á España don Juan por orden de su tio, 
llega á las costas de Tarragona, donde naufraga el bu* 
que, y sale á duras penas nadando hacia la orilla. Una 
pescadora que le ve, procura recogerle, pero al poco 
tiempo corresponde con la mas negra ingratitud á sus 
favores y la engaña diciendo que ha de casarse con ella. 
Huye después en un caballo de la misma mujer con 
dirección á Sevilla. Su padre que nada habia conseguido 
enviándole á Italia, piensa en casarle ya con una hija 
del comendador de Calatrava, don Gonzalo de Ulloa. 
Antes de que esto sucediera, entra disfrazado en la Ccisa 



'238 IJTERATTIRA EMPAÑÓLA. 

misma del Comendador con el fm de sediuñr á su liija. 
Ella lo conoce, da voces, acude el Comendador y para 
abiirse paso don Juan y encontrar pronta salida, le mata. 
Huye entonces de la persecución de la justicia y se di- 
rige á Lebrija. Tropieza en Dos Hermanas con el festejo 
de una boda que acababa de celebrarse, consigue burlar 
á la novia y vuelve á Sevilla, donde se acoge al asilo de 
un convento. Allí ve en magnífico sepulcro de piedra la 
estatua del Comendador que había matado, y una ins- 
cripción debajo, que decia: 

Aquí aguarda del Señor 

El mas leal caballero 

La venganza de un traidor. 

Se rie don Juan de aquellas palabras, con qne se le 
retaba, y llama á la estatua «buen viejo, barbas de pie- 
dra,» convidándola á cenar á su casa en las afueras de 
Sevilla, donde tenga lugar el desafio. Ella acude y cuando 
han concluido la cena, la estatua convida á su vez á 
don Juan para cenar en su sepulcro. Acude también á 
la cita y en aquella entrevista coge la estatua fuerte- 
mente dala mano á don Juan, que inútilmente pretende 
desasirse, y muere lleno de terror á su lado. 

Adviértese el mérito de esta obra en el bien sostenido 
carácter del protagonista, que es malo y se halla dispuesto 
á toda clase de crímenes hasta su terminación. Es un ca- 
rácter. bello sin embargo, porque no queda impune el cri- 
men, sino que tiene su castigo en la muerte misma del cri- 
minal, y el orden moral hasta entonces perturbado, viene 
á quedar al Un restablecido. Tiene mérito además en la in. 
vención del asunto, que e* original de Tirso de Molina. (1) 

Desde el momento en que fué conocido El Bur^ 



(i) El acto mas interesante es el tercero. 



ÉPOCA SEGUNDA. 239 

lador de Sevilla, se apresuraron á imitarle de varios 
modos en todas las naciones, de suerte que el Comen- 
dador de Tirso ha recorrido la Europa entera En la 
decadencia del txjatro le reprodujo Zamora en España, con 
su Convidado de Piedrrt; en Francia Moliere, con Le 
Festín pierre; en Alemania sirvió al maestro compositor 
Mozart para su ópera Don Juan; y en Inglaterra es muy 
conocido el poema épico de Lord Byron, que lleva el 
mismo nombre. Nuestro distinguidísimo poeta vallisole- 
tano Zorrilla ha conseguido mas dinero para libreros é 
impresores con su Don Juan lenorio que con todas las 
demás obras reunidas. Tan grande fué siempre la fama 
y popularidad de esta composición. 

D* A^iiistiii Moi-eto y Caliaíia* 

A la escuela dramática de Lope de Vega, fundador 
del romanticismo en España, pertenece uno de sus afi- 
liados de mas nombre, cuyo estudio corresponde inme- 
diatamente después del de Tirso de Molina, por la vis có- 
mica que le es también caracteristica. Fué dramático de 
primer orden, conocido por el nombre de Agustín Mo- 
reto y Cabana. (1) Muy pocas noticias tenemos acerca 
de su vida. Se sabe sin embargo que nació en Ma- 
drid, (2) según los últimos datos biográficos, y vivió 
dentro del siglo XVIL Muy joven todavía manifestaba 
gran afición al teatro y escribió comedías, hasta que en 

(i) En las Poesías pan egíricas á la temprana muerte de Montalban apare- 
ce por primera vez el nombre de Moreto. — Bib, de Riv., torn. 39.^V, 

(2) Se atribuye la gloria de haber descubierto el origen madrileño de Mo- 
reto D. Aureliano Fernandez Guerra y Orbe. Cita su partida de bautismO| que 
se conserva en la parroquia de San Ginés, año 161S, á 9 de Abril»— ^í¿, de 
Riv.^ tom. 39.-- VII. 



^40 LITERATURA E«Pa5J0LA. 

una edad algo avanzada se hizo eclesiástico, como Tirso y 
Lope de Vega. Arrepentido entonces, parece que desistió 
de escribir, y dispuso en su testamento que le enterra- 
sen en el pradillo de los ahorcados, sin que sepamos la 
causa de esta determinación. Dicen algunos escritores 
que tal vez pretendiera espiar de ese modo la parte que 
hubiera tenido en la muerte del poeta querido de Lope 
de Vega, Baltasar Elisio de Medinilla, que se encontró 
asesinado. No hay datos suficientes, sin embargo, para 
hacerle tan grave cargo. 

De plagiario acusaron algunos críticos á Moreto, co- 
mo su amigo Cáncer, dramático de escasa importancia, 
que en un iVejámen poético» (1) refiere lo siguiente. 
Nos encontrábamos todos con las armas en la mano y 
á punto de pelear, cuando veo á D. Agustín Moreto re- 
gistrando papeles viejos, que á mi parecer eran come- 
dias antiguas, (2) de las que nadie se acordaba, y me 
atreví á preguntarle qué hacia, á lo cual me contestó que 
«estaba minando al enemigo». Lo que usted hace, repli- 
qué, es aprovecharse de esas comedias para sus trabajos 
particulares. «Precisamente, dijo, es lo que estoy hacien- 
do», y lo eché de ver en la siguiente copla. 

Que estoy minandu imagiaa, 
Cuando tú de mi te quejas, 
Que en estas comedias viejas 
Encontré una brava mina. 



(1^ El Vejamen de ingenios^ de Cáncer, es una sátira muy punzante ett 
prosa, que recuerda el <r Examen de IngeniosD) de Huarte de Juan, y el «Exa- 
men de maridos», de otro escritor. Se daba el nombre de Vejamen en los cer- 
támenes literarios, á los escritos satiríco^festivos, en que se haeia cargo á los 
p5etas de algunos defectos personales, ó bien de los descuidos que hubieran 
tenido en la versificación, 

(i) Probablemente alude á las comedias de Lope de Vega, antiguas ya en 
la época del escritor. 



ÉPOCA SEGUNDA. 241 

La falta de originalidad, sin embargo, atribuida á 
Moreto, se halla subsanada por bellezas de primer or- 
den que aparecen en sus obras, porque sabe convertir 
en oro la escoria de algunos escritores y hacer trabajos 
notabilísimos con argumentos, que á otros poetas dieron 
por resultado comedias medianas. 

En la invención de la fábula no es tan feliz cierta- 
mente, ni tiene la imaginación de Lope de Vega para 
encontrar asuntos nuevos. Relativamente es mucho mas 
pobre que el Fénix de los ingenios, porque sus come- 
dias no pasan de ciento y suele aprovecharse con frecuen- 
cia de los asuntos ya tratados por aquel. Así sucede en 
El Desden con el desden, cuyo argumento fué tomado 
de la comedia Los Milagros del desprecio, de Lope. 
Apesar de todo, hay que reconocer en Moreto grandísima 
habilidad para sacar partido de asuntos ya tocados; y 
mientras la comedia original de Lope de Vega vino á 
quedar en el silencio del olvido, la imitación habilidosa 
de Moreto produjo una obra maestra de fama imperece- 
dera. — En la pintura de caracteres sobresale de unama- 
ñera notable. El de los hombres es á veces elevado y 
grande, como el de D. Tello, en el Rico-hombre de Al- 
calá, otras veces gracioso y festivo, como el de El Lin- 
do D. Diego, en la comedia del mismo nombre; otras, 
conocedor profundo del corazón humano y de las pasio* 
nes, como el de D. Carlos, en El Desden con el desden. 
Las mujeres del teatro de Moreto no son libres y desen- 
vueltas, como las de Tirso^ por lo que hay en él mas 
moralidad. Guardan cierta semejanza con las mujeres 
del teatro de Lope de Vega, y sus caracteres aparecen 
bien pintados. — En cuanto al diálogo se observa muclia 
sencillez y naturaUdad en el lenguaje de los interlocu- 
tores, no habiéndose dejado llevar de los vicios entonces 

16 



242 LITERA.TURA ESPAÑOLA. 

muy comunes de afectnoion y rulteranismo (I). — Loqué 
distingue á Moreto, sobre todo, y le hace superior al Fé- 
nix de los ingenios, acercándose ya á Calderón, es la re- 
gularidad en los planes de sus comedias, que trabajó con 
esmero, é hizo que en ellas resplandeciese la unidad y 
el orden. Cuatro son pues, las bellezas principales del 
teatro de Moreto: habilidad para presentar asuntos ya 
tratados; escelente pintura de caracteres de los persona- 
jes, altos y bajos, grandes y pequeños; naturaUdad en 
el diálogo, y regularidad en los planes de sus obras. 

De las comedias del teatro de Moreto se hacen notar 
principalmente tres: una comedia de figurón, El Lindo 
D. Diego] otra de capa y espada. El Desden con el des- 
den; y otra heroica ó historial, El Rico-homhre de Al- 
calá, ó Rey valiente y justiciero. El asunto de la prime- 
ra se reduce á lo siguiente. D. Diego, el protagonista, es 
un joven pagado de su figura y de su talle, que única- 
mente cuida de componerse al espejo; uno de los jóve- 
nes almibarados del tiempo de FeUpe IV, semejante á 
los dandys ó gomesos de nuestros dias. Aquella época de 
galanteos era mas á propósito para esta clase de persona- 
jes, que los sombríos tiempos de Felipe II y los religiosos 
de Felipe III, y Moreto en su comedia, presenta un tipo 
de actualidad con el fin de ridiculizarle. Su primo D. Mon- 
do le reprende ese afán que tiene de ataviarse, á lo cual 
contesta lleno de vanidad, que lo hace por virtud única- 
mente, en agradecimiento á la buena figura que Dios le 
ha concedido y de la que debe cuidar. 

Veis este cuidado vos? 

Pues es virtud, mas que aseo, 



(i) Al contrario, ridiculiza el culteranismo en la persona de Beatriz, con- 
desa fingida, del Li/ido D, Z^/V^-^c^ .—Jornada II, esc. 7, 



flPOCA SEGUNDA. '24^^ 

Porque siompm que me veo, 
Me admiro y alal)0 á Dios. 

Quiere casarse y alentado por esa idea, van él y su 
primo D. Mendo á la corte, desde Burgos donde vivian, 
para realizarlo ambos con dos hijas de un tio suyo, Don 
Tello; pero sucede que la joven, á quien se dirige D. Die- 
go, está ya enamorada de otro galán y no puede acceder 
á sus pretensiones. El gracioso, Mosquito, es el encar- 
gado de sacarle de aquel apurado trance. En una confe-^~^ 
rencia que tiene con él á solas, le adula y hace ver lo 
modesto de sus pretensiones: que un hombre, le dice, 
de prendas y condiciones tales debe aspirar á la mano 
de una persona de clase, de un título; y al efecto le pro- 
pone una condesa, con la cual pueda sin dificultad arre- 
glar el casamiento. Cree D. Diego á piesjuntillas lo que 
le dice el gracioso y piensa desde luego en dirigirse á 
la condesa, de quien le acaba de hablar. Habia salido 
ésta fuera de la corte y Mosquito convence á su criada 
Beatriz, para que naga el papel de condesa fingida y re- 
ciba á D. Diego, que ha de ir á visitarla, como á su 
amanté. Llena perfectamente su cometido, hablando en 
lenguaje culterano á D. Diego, que por fin viene á ca- 
sarse con ella, creyendo que es la verdadera condesa. 
Cuando se descubre que está casado con una criada, Don 
Diego queda corrido de vergüenza. — En esta comedia fes- 
tiva hay un personaje ridículo, que se coloca fuera del 
orden, y es el protagonista, cuyo carácter se halla per- 
fectamente dibujado, así como el del gracioso Mosquito y 
el de la criada, que hace de condesa fingida. 

El Desden con el desden es una comedia, cuyo asunto 
versa sobre intrigas de amor y celos, incluida por con- 
siguiente en el número de las llamadas «de capa y es- 
padan). En ella figuran come personajes importantes Don 



244 LITERATURA ESPAÑOLA. 

Carlos, desdeñoso fingido; Diana, desdeñosa por convic- 
ción; una amiga de Diana, Cinlia; y el gracioso Polilla. 
El asunto es el siguiente. Diana, hija de un conde de Bar- 
celona y heredera suya, aparece con el carácter de una 
mujer poco impresionable al amor y que obra en el mis- 
mo sentido por convicción, porque ha leido en los libros 
multitud de desengaños que tiene presentes. El conde 
de Barcelona, su padre, quiere vencer aquella resisten- 
cia al amor v da írecuentes reuniones en su casa, á 
donde concurren jóvenes distinguidísimos. De ninguno 
hace caso Diana, que á todos les desdeña. Pero al fin 
se presenta un joven, hijo del conde de ürgel, Don 
Carlos, y convencido de lo que es la muchacha, em- 
pieza fingiendo desdeñarla, sin hacer aprecio alguno de 
sus joyas y- de sus adornos. Ella lo entiende, y lastima- 
do el amor propio y la vanidad de mujer, manifiesta al- 
guna inclinación hacia el nuevo amante. D. Carlos, que 
conoce su vida ordinaria por medio del gracioso, busca 
frecuentes ocasiones de hacerla ver sus desdenes, fin- 
giéndose apasionado de su amiga Cintia, hasta conseguir 
que Diana sucumba, y se casa con ella. — En esta obra 
llama la atención el carácter del protagonista D. Garlos, 
que conoce profundamente el corazón humano y sabe 
manejar con gran habilidad el resorte de los celos para 
alcanzar el amor de Diana, Está perfectamente pintado 
ese carácter, asi como el de Diana, que no es desdeño- 
sa por melindres ni coquetería, como el mismo tipo de 
Lope de Vega en Los Milagros del desprecio, sino 
por convencimiento, nacido de lo mucho que ha leido 
sobre los graves inconvenientes del amor. Se considera 
esta comedia como la obra maestra del teatro de ]\íoreto. 
El Rico-liomhre de Alcalá es una comedia heroica, 
en la que figura el rey D. Pedro I de Castilla.— D. Tello, 



ÉPOCA SEGUNDA. 245 

rico-hombre de Alcalá, de carácter orgulloso é indepen- 
diente, se halla prendado de una dama, á quien ha ofre- 
cido palabra de casamiento. Pero sucede que enamorado 
después de otra, novia de un protegido suyo, abandona 
la primera. Sábelo el rey D. Pedro, que á fuer de jus- 
ticiero, quiere conocer al rico-hombre de Alcalá que si- 
gue una conducta semejante, y ponerle correctivo. Se 
dirige á su misma casa, disfrazado con el supuesto nom- 
bre de Aguilera de la Montaña, y en medio de la conver- 
sación advierte su orgullo y altanería hasta con el mismo 
rey, á quien en muy poco estima. Vuelve enseguida á 
su palacio y manda á llamar á D. Tello, al que recon- 
viene duramente por su conducta y manda poner en pri- 
siones. Pero á fin de no aparecer obrando de una mane- 
ra arbitraria prevalido de su autoridad de rey, se dirige 
á la cárcel, donde estaba preso, y allí le desafía y le vence. 
Entonces ya, vencido y humillado D. Tello, le obliga á 
que cumpla su palabra á la primera dama, á quien la 
habia ofrecido. — Estriba gran parte del mérito de esta 
obra en el carácter enérgico del monarca, que es justi- 
ciero y amante del pueblo, en oposición á la orgullosa 
nobleza, que simboliza el rico-hombre de Alcalá. Es de 
notar que los poetas tratan generalmente bien al rey 
ü. Pedro 1 de C4astilla y le presentan como justiciero y 
popular, al contrario de los historiadores, entre los cua- 
les conservará siempre su fama de cruel; y acaso haya 
dependido esto, de (¡ue se presta mejor á la ])oesia con 
aquel carácter bondadoso y digno. 



246 LITFRATURA ESPAÑOLA. 



CAPIXrLO IV. 

Don Juan Riiiz de 'Alarcoii* 

A continuación del teatro de Moreto procede exami- 
nar el de don Juan Ruiz de Alarcon, que guarda con él 
mucha semejanza, si se atiende á la moralidad de sus 
composiciones. Nació este escritor, según las últimas 
noticias, debidas al erudito don Aureliano Fernandez 
Guerra y Orbe, en la ciudad de Méjico. De consiguiente, 
si atendemos á su origen, es un poeta americano, pero 
como pasó una gran parte de su vida en España y era 
oriundo de Alarcon en la provincia de Cuenca, donde 
residía su ilustre y distinguida familia; como floreció 
principalmente en la corte de Felipe IV y sus obras 
fueron escritas en lengua castellana, de aqui el que so 
le incluya en el número de los dramáticos españoles 
contemporáneos de don Pedro Calderón de la Barca. 
■Gomo abogado, desempeñó el cargo de Relator del Con- 
sejo de Indias, sin que abrazara el estado eclesiástico 
como Lope, Tirso y Moreto. Pocas mas son las noticias 
que de él tenemos. 

En su tiempo le acusaron de plagiario^ y llama la 
atención que poetas diátiiiguidísimoá contemporáneos, 
como üóngora, Que vedo, Tirso y otros, escribieran siti- 



ÉPOCA SEGUNDA. 247 

ras contra Alarcon y se propusieran zaherirle. Buscaron 
unos el ridículo en la mala figura que tenia; otros en que 
se aprovechaba de los trabajos ajenos; y aparecieron 
versos como los siguientes: 

Tanto de corcoba atrás 

Y adelante Alarcon tienes, 
Que saber es por demás, 
De donde te corcovienes, 

Y á donde te corcobas. 

De las ya fiestas reales 
Sastre, y no poeta seas, 
Si á octavas como libreas 
Introduces oficiales. 
De ajenas plumas te vales 
Corneja, desmentirás 
La que adelante y atrás, 
Gemina concha tuviste: 
Galápago siempre fuiste, 

Y galápago serás. 

Como se vé en esta décima satírica, punzante y aguda, 
Góngora le llama corneja, sinónimo de plagiario. 

Pero esta acusación de falta de originalidad era a 
todas luces injustificada, porque él mismo tiene precisión 
de quejarse de que le roban su nombre con los asuntos 
de sus comedias. Cuando imprimió la segunda parte de 
sus composiciones dramáticas, reclamaba en un prólogo 
la propiedad de La Verdad sospechosa, reproducida 
por Corneille en su Le Menteur, el cual se la habia 
equivocadamente atribuido á Lope de Vega. «Sabe, dice, 
que las ocho comedias de mi primera parte de la colec- 
ción, y las doce de la segunda, son todas mias, aunque 
algunas han sido plumas de otras cornejas.» Si trató 
Alarcon asuntos ajenos algunas veces, fué sin embargo 
nuevo y original en el desenvolvimiento d« los planes. 



248 LITERATURA ESI'A5íOL\ = 

Acaso la envidia, mala consejera siempre, liizo que 
le motejasen de plagiario sus contemporáneos. Se trataba 
de celebrar unas fiestas reales de toros en la corte de 
Felipe IV, y el conde duque de Olivares encomendó la 
dirección de ellas alPielator del Consejo de Indias. Según 
parece, le valieron algunos cuartos, y publicó después 
con algo de inmodestia por cierto una estensa relación 
en verso de todo lo ocurrido. Ambas cosas reunidas 
debieron influir para que se empezaran á publicar epi- 
gramas, décimas satíricas y seguidillas contra Alarcon, 
algunas de las cuales se conservan manuscritas en la 
biblioteca del Escorial. 

Las condiciones generales del teatro de Alarcon son 
las siguientes. Si se atiende á la invención de la fábula 
de sus composiciones dramáticas, es un poeta original, 
que no necesita ocuparse de asuntos ya tocados por otros 
escritores. No es ciertamente fecundo, como Lope, Tir- 
so y Moreto, á juzgar por el corto número de comedias 
que se le atribuyen, que no pasan de treinta; pero, qué 
importa, si todas son enteramente suyas, enteramente 
originales? Descuella, sobre esta, otra cualidad que cons- 
tituye la principal belleza del teatro de Alarcon, y con- 
siste en la habilidad que tiene para escribir obras íilosó- 
lico morales, cuyo objeto es el de ensalzar la virtud y 
censurar el vicio. Asi sucede en La Verdad sospechosa, 
donde reprende la mentira y aparece castigado el menti- 
roso; en Las Paredes oyen, donde censura y castiga el 
vicio de la murmuración; en Ganar amigos, que tiende 
á ensalzar el cumplimiento fiel de la palabra empeñada. 

En la pintura de caracteies se advierte que los gala- 
nes son friüs, las damas egoístas, y los graciosos vulga- 
res, con poca gracia y bufones. Por lo que hace al estilo, 
e^^^^^ncillo y natural, no i^icurriqu^dui en los vicios de 



ÉPOCA SEGUNDA. 249 

afectación y culteranismo, comunes en su tiempo. La 
versificación es tan esmerada, que pudiera citarse como 
uno de los escritores, que se distinguen por su pureza y 
corrección. Sin embargo, tiene el defecto de ser mas li- 
mada que musical. 

Los críticos, en general, no escasean los elogios con- 
cedidos á Alarcon, como autor de obras filosófico morales. 
Decia Montalban en su Para todos, que en las obras 
de este escritor habia mucho que alabar y nada que re- 
prender. Entre los contemporáneos, el señor Gil y Zarate 
asegura que, á juzgar por las comedias de Alarcon, su 
alma debia ser bellísima, y que por su gusto particular 
le prefiere á todos los dramáticos. El señor Hartzem- 
busch considera sus comedias como un libro de filosofía 
práctica, donde se puede aprender mucho aplicable á la 
vida social. 

La obra maestra del teatro de Alarcon es La Verdad 
sospechosa, comedia filosófico moral, en cuyo género no 
se distinguió Lope de Vega ni otro alguno, hasta don 
Pedro Calderón de la Barca. El título indica ya la mora- 
lidad que encierra, y se infiere del curso de la acción. 
La verdad sospechosa quiere decir que, quien miente, 
hace sospechosa la verdad en sus labios. El asunto se 
se reduce á lo siguiente. Un estudiante de Salamanca, 
don García, tiene la costumbre de mentir, pero tan 
arraigada que miente sin interés alguno y solamente por 
el placer de mentir, de no decir la verdad. Su padre, 
don JJeltran, le envió á estudiar á Salamanca desde la 
corte donde residía la familia, cuidando de que viviera 
en su compañía un letrado, para que le atendiese y vi- 
gilara en el concepto de ayo ó director. Guando hubo 
terminado sus estudios, volvió á hi corte en cotnpañia 
del letrado, y el padre le pregunta cómo se porta su 



250 LITERATURA ESPAÑOLA 

hijo, qué ha hecho en Salamanca y cuáles son sus cos- 
tumbres. A esto contesta el letrado que es im joven de 
escelentes condiciones y que todas sus cualidades son 
muy buenas, escepto una, que es mala y no se ha po- 
dido corregir, la cualidad de mentir. Se disgusta el padre 
sobremanera, comprendiendo que es un vicio detestable 
para vivir en sociedad. Al dia siguiente de estar en la 
corte el estudiante se enamora de una dama, Jacinta, 
que vivia en unión de otra amiga suya, Lucrecia, y no 
sabiendo como se llama, envia un escudero á averiguarlo; 
pero el cochero, que da la noticia, confunde el nombre 
de Jacinta con el de Lucrecia, y en esta confusión de 
nombres estriba el asunto de la comedia. Don Garcia 
toma á Lucrecia por Jacinta y dirigiéndose á ella le de- 
clara su amor, mintiendo para interesarla, pues dice que 
es un indiano rico, que hacia un año estaba en Madrid- 
A su amigo, don Juan, que le cuenta los amores que 
tiene con Jacinta, celoso de otro joven que la habia con- 
vidado á cenar obsequiándola además con un baile, le 
niiente de igual modo suponiendo que aquellos obsequios 
hablan sido hechos por él. A su mismo criado y confiden- 
te, Tristan, le engaña, refiriendo cierto desafio en que 
dejó muerto á su rival. Pero sucede que en aquel ins- 
tante mismo pasa por delante de ambos la supuesta vic- 
tima, y el criado entonces esclama con mucha opor- 
tunidad: 

También á mi me la pegas? 

Al secrelario del alma? 
pasage que presenta Corneille, en su Mentiroso, con 
bastante originalidad: 

Las gents que vous tuez 

Se porteal assez bien. 

Los muertos, (]ue vos matáis, 

Gozan de buena salud. 



ÉPOCA SEGUNBA. 251 

A don Beltran, su padre, que quiere casarle con Ja- 
cinta, creyendo que la dama de quien le habla es Lu- 
crecia efecto de la equivocación de nombres, le engaña 
también, pretestando anteriores compromisos en Sala- 
manca, á los que no puede faltar. Por último, como los 
padres de Lucrecia y don Garcia han convenido en ca- 
sarles, el estudiante se ve precisado á hacerlo, resultando 
de sus engaños y mentiras que tiene necesidad de unirse 
á la mujer a quien realmente no habia amado. Jacinta 
se casa con don Juan. — Aparece en esta comedia cierta 
perturbación del orden moral, que al fm llega á quedar 
restablecido por el castigo del mentiroso, don Garcia, 
que pierde la mujer de quien estaba realmente enamo- 
rado, y se indispone con su amigo, con su padre, y hasta 
con el mismo criado y confidente. El carácter está per- 
fectamente sostenido hasta la terminación de la obra. 
Como la obra de Corneille titulada «El Mentiroso» 
era una imitación de «La Verdad sospechosa,» de Alar- 
con, y la tragedia «El Cid,» del mismo escritor, lo ha- 
bia sido antes de Las Mocedades^ de Guillen de Cas- 
tro, resulta que el fundador del teatro francés vino á 
recibir su inspiración en los argumentos de obras espa- 
ñolas, para adquirir luego fama y popularidad entre 
nuestros vecinos. Moliere escribió posteriormente una de 
sus mejores comedias, «El Misántropo,» y asegura é 
mismo que no lo hubiera hecho, á no ver antes la re- 
presentación de «El Mentiroso,» de Corneille, y que por 
«La verdad sospechosa,» de Alarcon, daria dos de las 
mejores comedias suyas. 



252 LITERATURA ESPAÑOLA. 

D. Francisco de Hofaí^ y %oiTilla, 

Del teatro de Lope y sus afiliados pasamos al de Ro- 
jas y Calderón. Ocurre desde luego al examinar estos 
dos escritores que su escuela dramática varia un tanto de 
la del fundador del romanticismo en España, y aqui su- 
cede algo parecido á lo que en poesía lírica vimos en los 
grandes escritores. Algunos de estos, como Garcilaso y 
Fray Luis de León, se distinguían por la sencillez y na- 
turalidad en el lenguaje de sus poesías, al paso que otros 
como Góngora y Quevedo sobresalieron por la afectación 
y amaneramiento. Mientras que Lope, Tirso, Moreto y 
Alarcon son sencillos y naturales en la forma de espre- 
sion de sus comedias, Piojas y Calderón crean una es- 
cuela de culteranismo dramático, que parece enteramen- 
te distinta de la del Fénix de los ingenios. 

. Muy pocas noticias hay acerca de la vida de D. Fran- 
cisco de Rojas y Zorrilla, y fuerza es repetir ahora lo 
que ya dijimos hablando de otros poetas. Únicamen- 
te se sabe, con relación á los últimos trabajos debidos al 
erudito Sr. tlartzenbusch, que fué natural de Toledo, hijo 
de una familia distinguida, y siguió los estudios de abo- 
gado con bastante aprovechamiento, lo mismo que Alar- 
con, y se hizo notar en el foro, reinando Fehpe IV. En- 
teramente olvidado, como poeta dramático, á íines del 
siglo pasado se le empezó á conocer por una de sus me- 
jores comedias, García del Castañar, y de entonces 
viene la fama, de que hoy goza en el mundo literario. (1) 



(i) Pasadas las tinieblas de nuestra escena, hacia hnes del siglo XVIII, y 
cuando la crítica galicista, acudillada por Luzan, Montiano y Nasarre, se ocu- 
pó en estudiar y aquilatar en el crisol de Racine y de Moliere el teatro de Lo- 
pe y Calderón, apenas tomó en cuenta mas que á estos dos insignes autores, 



T^POCA SECUNDA. 25rí 

Eli la invención do la fábula, si bien es original, no 
estuvo dotado de gran fecundidad, puesto que el mayor 
número de obras que se reconocen como suyas, no pasa 
de treinta, y de ellas una docena solamente mereció el 
examen de la crítica, sin que esto perjudique al mérito 
literario del escritor, porque algunas son de primer or- 
den. En cuanto al carácter de los personajes, se distin- 
gue por la energía en las obras serias, como García del 
Castañar; y por la gracia y chiste en las composiciones 
festivas, como Entre bobos anda el juego. El "estilo y 
lenguaje de Pvojas lleva á veces el sello del culteranismo, 
pero con alguna diferencia que le separa notablemente 
del empleado por Góngora y sus secuaces en la poesía 
lírica: circunstancia que debe tenerse muy en cuenta, lo 
mismo cuando se trata de Rojas, que de Calderón. Con- 
sistía el verdadero culteranismo lírico, según dijimos, 
en hablar oscuro y afectado, faltando á las dos condicio- 
nes esenciales del lenguaje, claridad y naturalidad; pero 
en el culteranismo dramático de Rojas y Calderón, si 
bien se desatiende con frecuencia la naturalidad del len- 
guaje por el escesivo uso de figuras y toda clase de ador- 
nos poéticos, incurriendo en un estilo amanerado y con 
sobra de afectación^ pocas veces en cambio se viene á 
parar al defecto de oscuridad, y su poesía es clara y se 
entiende perfectamente, .además, por lo que tiene de 
armoniosa y encantadora al oido, hace olvidar la afecta- 

olvidatldo completamente á Tirso y Alarcon, y apenas saludando á Rojas y 
Moreto. Algunas de las inmortales piezas de estos colosos de la escena por su 
estraordinario mérito se abrieron paso al través de las tinieblas de la io-noran- 
cia y de los análisis qui'micos de la crítica, y á par de A/ Desden con d desden 
y El Rko-hombrc de Alcalá^ de Moreto; del Sancho Orliz de las Roelas y Lo 
cierto por lo dudoso^ de Lope; de La vida es siieiio y El Tetrarca^ de Calde- 
rón; del Vergonzoso en Pulacioi de Tirso; brilló de nuevo en la escena Garda 
dtt Castañcir,' — Bib. de Riv , Tomo 54. — XI, 



á54 LITERATURA ESPAÑOLA. 

cion y amaneramiento, pudiendo muy bien decirse que 
Rojas es el Góngora del teatro, que busca el efecto mu- 
sical de la armonía, sin la oscuridad del fundador del 
culteranismo en sus composiciones. 

El doble título por el que se conoce la obra maestra 
de Rojas (i) García del Castañar ó «Del Picy abajo nin- 
guno», está tomado del nombre del protagonista, ó de 
las célebres palabras que al ñnal pronuncia D. García 
en presencia del rey Alonso XI, después de baber dado 
muerte á D. Mendo; 

Pero en tanto que mi cuello 
Esté en mis hombros robusto, 
No he de permitir me agravie 
((Del Rey abajo ninguno». 

D. García es un hombre rico, que vive alejado del bu- 
llicio de la corte en su dehesa del Castañar, cerca de 
Toledo. D. Alonso XI, que sostenía á la sazón guerra 
con los moros en el mediodía de España, y aspiraba á 
la conquista de las Algeciras y Tarifa, necesitaba gentes 
y dinero para conseguirlo. Hizo una cuestación volunta- 
ria entre los magnates de sus estados, y D. García, rico- 
hombre del Castañar, se suscribió por una cantidad res- 
petable, tanto que llama la atención del monarca su do- 
nativo y se propone hacerle una visita en prueba de re- 
conocimiento por semejante proceder. Va en efecto á la 
aldea del Castañar llevando en su compañía á un caba- 

(i) La magnífica obra áe Rojas Dí¡ Rey abajo ?i'¡?igtino brilló en primera 
línea al lado de El Rico-hombre de Alcalá, desde que el gran actor Isidoro 
Maíquez las escogió como instrumento de dos de sus mas legítimos triunfos es- 
cénicos, siendo el drama de Rojas considerado desde entonces como el mas 
popular y simpático del teatro español, el mas completo y acabado cuadro de su 
hidalg^o y poético carácter A él debe Rojas su postumo renombre y el sin- 
gular honor de ser colocado unánimente por los modernos críticos en primera 
líriea al lado de nuestros autores de primer orden, •*it'/í''. de Kiv^ toni» 54,— XIII» 



ÉPOCA SEGUNDA.. ^55' 

llero de la corle, D. Mendo. Prendado éste de la hermo- 
sura de la mujer del rico-hombre, Doña Blanca, intenta 
escalar ¡a habitación de la casa en que vive, para con- 
seguir hablarla; pero es sorprendido por su marido, Don 
García, quien por la confusión de una banda roja que 
llevaba, cree que es el rey y le respeta En aquel mo- 
mento se produce una lucha terrible en él, entre el ho- 
nor ofendido y el sentimiento de lealtad incondicional 
al monarca. Decide al fin castigar á su mujer, que huye 
á la corte, donde él viene á descubrir que quien habia in- 
tentado faltarle era D. Mendo. Se dirige entonces á la 
habitación de este y le dá muerte violenta, volviendo en- 
seguida á la presencia del rey, para decirle lo que aca- 
ba de hacer. Aprueba su conducta el monarca, y conti- 
nua gozando como antes de los favores de la corte. 

García y Blanca, dice el Sr. Ochoa (4) son dos carac- 
teres pintados de mano maestra: el primero es el mode- 
lo de los hombres nobles y honrados, la segunda el mo- 
delo de las esposas virtuosas. Después de la delicio- 
sa pintura de la vida del campo con toda su serena dul- 
zura que presenta el poeta en los dos primeros actos de 
este dramaj después de ofrecernos un cuadro bellísimo 
de la serenidad perfecta de dos jóvenes esposos, eleva en 
el ánimo del. espectador el sentimiento trágico asumas 
alto punto, cuando al reconocer García que no es Don 
Mendo el Rey, como hasta entonces equivocadamente 
habia creido, exclama fuera de sí: 

Honra desdichada mia, 
¿Qué engaño es este que veo? 

Al oir estas terribles palabras conoce el espectador que 
no hay poder humano capaz de salvar á D. Mendo. La 
sentencia de muerte está ya pronunciada y es irrevocable. 

(i) Tesoro del teatro español. 



áh6' LITERATURA ESPAÑOLA, 



CAPITULO V. 

Don Pedro Calderón de la Barca. 

Llegamos ya al príncipe de los dramáticos españoles, 
don Pedro Calderón de la Barca, que coincide con el 
cuarto periodo en la vida del teatro español, después de 
los teatros caseros, ambulantes y fijos en tiempos ante- 
riores El romanticismo, que habia nacido con Lope de 
Vega, llega á su mas alto grado de esplendor y engran- 
decimiento con don Pedro Calderón de la Barca. La 
perfección á que elevó el teatro el Fénix de los ingenios 
era un grandísimo adelanto sobre lo hecho por algunos 
dramáticos de importancia, como Juan de la Cueva, 
Cristóbal de Virues y Miguel de Cervantes: la perfección 
á que lleva el teatro Calderón de la Barca, está por cima 
de los trabajos de escritores de primer orden, contem- 
poráneos ó antecesores suyos, como Tirso de Molina, 
Moreto, Alarcon, Rojas y hasta el mismo Lope, presen- 
tando á veces bellezas desconocidas y evitando otras al- 
gunos defectos en que ellos incurrieron. 

Para juzgarle como corresponde, es necesario recor- 
dar cuál era el estado del teatro cuando él aparece, y 
qué hacia falta para que llegara á la perfección. Cono- 
cidos son los dramáticos de primer orden y las bellezas 



ÉPoriA sF/UTrcnA-. 



■25Í 



propias cíe cada uno, así como loá defectos que oportu- 
namente señalamos. En el fundador del romanticismo 
se advierte poca regularidad y falta de arte en los planes 
de sus comedias, al lado de una grandísima fncilidad 
para hablar de asuntos nuevos; en Tirso sobresale la 
vis cómica, y excesiva libertad al mismo tiempo en la 
pintura de los caracteres, de la mujer sobre todo; en 
MoretO; al lado déla vis cómica y gracia semejante á la 
de Tirso, hay escasez de originalidad por el afán de re- 
buscar asuntos inventados por otros escritores; en Alar- 
con mucha filosofía, á la par que poca poesía; y en Ro- 
jas energía sobrada para los asuntos serios y gracia 
para los festivos, con el empleo frecuente de un lenguaje 
culterano. Al poeta cesáreo de la corte de Felipe IV le 
corresponde aprovecharse de todo lo bueno que halla, 
evitando los defectos en que escritores tan notables 
incurrieron. 

Conviene además tener presente el estado político, 
religioso, moral y literario de la nación en tiempo de 
Felipe IV, para ver luego si Calderón ha sabido reflejar 
en sus obras las costumbres de la sociedad en que vivió. 
Si Uegó á conseguir esto, nada mas tenemos derecha á 
exigir de él. En el orden político, España era monár- 
quica y conservaba un respeto incondicional á los reyes, 
que en los primeros tiempos de la dinastía austríaca le 
habían proporcionado dias de esplendor y gloria, pero 
que en los últimos años del reinado del cuarto Felipe y 
sobre todo en el de Carlos II no le deparaban ya mas 
que luto y desolación; y la España grande de los Reyes 
católicos estaba enteramente abatida, viviendo solo de 
los recuerdos de su pasada gloria. En el orden religioso, 
eminen teniente católica v cristiana, guardaba este sen- 
timiento profundamente arraigado en los corazones eg- 

17 



258 TJTERATTTRA ESPA^^OLA. 

pañoles desde la edad media, por las luchas incesantes 
con los árabes y por la inquisición. En el orden moral, 
sus costumbres rígidas y severas no le permitian que se 
transijiera con faltas de ninguna especie, por pequeñas 
é insignificantes que fuesen. En el orden literario, la 
poesia en todos los géneros habia prosperado extraor- 
dinariamente, llegando á su mayor grado de brillantez 
y gloria. 

Pero no es posible desconocer que estas condiciones 
de la sociedad española, monárquicas, religiosas, mora- 
les y literarias, estaban afeadas por defectos de mucho 
bulto, nacidos de la exageración misma de aquellas bue- 
nas cuaUdades. Asi es que, si habia respeto al monarca 
en cuyas manos estaba el gobierno de la nación, se con- 
vertía fácilmente en servilismo, com.o se descubre en los 
personages principales de muchas comedias; si era vivo 
el sentimiento religioso cristiano, la exageración misma 
le trasformaba en superstición; si habia costumbres 
rígidas, esa misma rigidez obhgaba á la reserva y á la 
hipocresía en las acciones; y si existia por ñn riqueza y 
grandilocuencia literaria, degeneraba el abuso de frases 
y palabras en culteranismo. Tales eran los defectos, en 
medio de tan buenas cualidades, de la sociedad en que 
vivia don Pedro Calderón de la Barca. Asi es que los 
galanes de sus comedias, reflejo fiel de las costumbres 
de la época, participan de unos y de otras, y son fre- 
cuentemente respetuosos con el poder constituido, pero 
serviles; amantes de su reUgion, pero superticiosos; 
severos en sus costumbres, pero hipócritas; emplean un 
lenf^uaje armonioso, pero amanerado. Y las damas, si 
devotas y amantes de su honor, aparecen también hipó- 
critas y dispuestas á manejar intrigas secretas. Los gra- 
ciosos en general frios, no se distinguen por sus gracias. 



ÉPOCA SEOUXDA. 259 

El carácter de los dramas de Calderón no debiu ser 
otro que el de reflejar vivamente, bajo todos los puntos 
de vista, las costumbres de la sociedad en que vivió, y 
espresar con fidelidad los sentimientos nacionales de 
todo género. Conviene la mayoria de los críticos en 
que bajo este punto de vista nada dejan que desear. 

El año 1600 nació en Madrid, patria de Lopes, Tir- 
sos y Moretes, el respetable sacerdote y consumado 
poeta, que vive durante casi todo el siglo XVII, habiendo 
ocurrido su muerte el año 81 de aquel siglo, á 25 de 
Mayo, dia señalado para reproducir la memoria de su 
centenario, que gobierno, autoridades y corporaciones 
se apresuran á celebrar con la pompa y solemnidad que 
merece. Como Lope de Vega, descencia del valle de Car- 
riedo, en la provincia de Santander. Sus padres fueron 
don Diego Calderón y Sotillo, secretario del Consejo de 
Hacienda de Felipe III, y doña Ana María de Henao y Ria- 
ño, de ilustre familia. Hizo sus primeros estudios de hu- 
manidades en la corte, continuando luego los de Teolo- 
gia y Derecho en la entonces famosa universidad 4e 
Salamanca. Empezó ya, desde muy joven, á manifestar 
afición decidida al teatro, y cuéntase que á los trece 
años habia escrito una obra, El Carro del cielo, que se 
representó con mucho éxito. 

Probablemente después de terminados sus estudios 
seguirla escribiendo para la escena; pero consta que 
siendo joven todavía abrazó la carrera de las armas, 
distinguiéndose como valiente y esforzado miUtar en las 
campañas de Itulia y Flandes, Ptegresó después á Ma- 
drid, donde fué considerado como el poeta favorito de 
la corte de Fehpe IV, escribiendo comedias, que debían 
ser representadas en presencia de los reyes. Cuando 
muere Lope de Vega, el año de 1635, el llamado á sus- 



260 LITERATURA ESPAÑOLA. 

tituirle en el cargo de poeta cesáreo de la corte fué Cal- 
derón. Ocurrió por entonces la sublevación de Cataluña, 
y á fin de pacificarla se pusieron en armas las Ordenes 
militares. Calderón, que había sido condecorado con el 
hábito de caballero de Santiago por el rey, se vio preci- 
sado á formar parte de aquella espedicion. En vano le 
procura disuadir el monarca, encargándole que escri- 
biese una comedia. Calderón termina en ocho dias El 
Certamen de amor y celos y vuela á Cataluña. Pacificado 
el pais, regresa definitivamente á la corte para consa- 
grarse enteramente á sus ocupaciones literarias, que eran 
sobre todo las del teatro. 

Cansado de la vida del mundo, á una edad algo 
avanzada se hizo eclesiástico, como Lope y tantos otros 
que siguieron la costumbre de aquellos tiempos. Conti- 
nuó, apesar de todo, escribiendo para el teatro comedias 
y autos sacramentales, que tan del agrado eran de los es- 
pañoles de entonces, ocupación meritoria á los ojos de 
Calderón. Muere el principe de los dramáticos en el 
reinado de Carlos II, al finalizar la dinastía de los 
Austrias. 

Juicios 8ol>i*e Calderón. 

D. Pedro Calderón de la Barca ocupa un segundo lu- 
gar, como Tirso, al lado del mas fecundo de los dramá- 
ticos españoles, Lope de Vega. Ordinariamente es origi- 
nal y el número de comedias suyas asciende á mas de 
ciento; pero hace' falta agregar á ellas multitud de autos 
sacramentales, loas, fiestas cantadas ó fiestas de zarzue- 
la, trabajos en su mayor parte no pubUcados. Escribió 
también crecido número de composiciones del género lí- 
rico, de las cuales muchas han quedado inéditas. 



ÉPOCA SEGUNDA. 261 

La fecundidad de Calderón es preciso juzgarla de dis- 
tinta manera que la de Lope de Vega. Consiste la fecun- 
didad de un escritor dramático, no solamente el núme- 
ro de comedias que haya producido, sino también en la 
calidad ó condiciones de las mismas. Calderón escribió 
bastante menos que Lope; pero siguiendo su sistema qui- 
zá hubiera sido tan fe(;undo como él. Para escribir mu- 
cho, como Lope, no se necesitaba mas que genio; para 
producir obras, como Calderón, se necesitaba genio y 
talento. Lope daba por terminada en veinticuatro horas 
una comedia; á Calderón le hacian falta por lo menos 
ocho dias. La causa de esta diferencia estaba en el sis- 
tema diverso que ambos escritores se hablan propuesto 
seguir: el primero dejaba correr la pluma sin gran cui- 
dado ni esmero, por lo cual es el poeta de quien tene- 
mos poquísimas comedias regulares y ordenadas; mien- 
tras que el segundo escribía menos, pero la mayor par- 
te acabadas en la disposición de la fábula y en el des- 
envolvimiento del plan. Por eso en el teatro de Lope se 
observa que las escenas son buenas y las comedias fre- 
cuentemente malas; y en el de Calderón escenas y come- 
dias suelen ser admirables y á veces obras maestras de 
la poesía. 

De muy distinta manera ha juzgado la crítica apasio-. 
nada, dentro y fuera de España, el teatro de Calderón 
Sus comedias se representaron desde luego con el mayor 
aplauso hasta nuestros dias, en que todavía acuden los 
literatos á admirarle, cuando se ponen en escena. Algu- 
nos escritores españoles, á fuer de clásicos, como Luzan 
y los Moratines, empezaron á censurarle en la segunda 
mitad del siglo XVlll; y á principios de este, el se- 
ñor Gómez Hermosilla tuvo el atrevimiento de llamarle 
delirante', pero su crítica exagerada ha merecido justa- 



ÍÍO'2 LITERATURA ESPAÑOLA. 

mente la reprobación de todos. (1) En el estrangero 
los alemanes le ensalzaron con delirio, siendo admirado- 
res apasionados de Calderón; y los franceses por el contra- 
rio, se han manifestado enemigos declarados de su teatro 
por ciertas aficiones de pseudo clasicismo, que se opo- 
nían abiertamente al romanticismo de Calderón. 

Entre los críticos alemanes, admiradores del teatro 
de Calderón, merece especial mención Federico Shlegel, 
(2) partidario del romanticismo, que erige en sistema 
dramático; pero sus apreciaciones le favorecen demasia- 
do aveces y exagera las b'ellezas de aquel distinguido 
escritor. Si atiende á su fecundidad, dice que poseia un 
genio tan creador y fecundo como el de Lope de Vega, 
afirmación algo aventurada, si de ella no se dan las es- 
plicaciones convenientes. Lope de Vega cultivó todos los 
géneros, ofreciendo muestras abundantes en cada uno, 
y ésto no puede afirmarse de Calderón: por eso Cervan- 
tes llamaba á aquel monstruo de la naturaleza, y nadie 
después de Lope ha merecido igual dictado. Para Shle- 
gel sobresale de tal modo Calderón en la pintura de 
caracteres, que los galanes de las comedias son tipos de 
perfección, atendiendo al sentimiento delicado que tienen 
de su honor; y les compara con el armiño, animalito de 
blanquísima piel, tan amante de conservarla pura, que 
antes prefiere la muerte que ensuciarla. Las damas son 
para él igualmente delicadas en sus amores, y el senti- 
miento que tienen del lionor es tan estremado, que ja- 
más consienten mancillarle. Consagradas esclusivamente 



(i) Hermosilla es el crílico alrabilariu que califica de poesía tabernaria la 
de nuestro precioso romancero, y de canijos y copleros á los autores de ro- 
mances. 

(2) Federico Shlegel, autor del Curso ik Literatura ^ en que se espone por 
primera ve;; la teoria del romanticismo. Nació en 1772 y murió en 1826. 



ÉPOCA SEGUNDA. 263 

á un hombre, á quien dan la preferencia, le guardan su 
amor en secreto, hasta que llega el momento de mani- 
festarle públicamente por medio de la unión conyugal. 
Es pues un amor único y reservado. 

Jorge Sismondi por el contrario, afiliado á la escuela 
clásica francesa, se presenta como enemigo declarado 
del teatro de Calderón ( 1) empezando por llamarle poeta 
de la inquisición, poeta miserable de la miserable corte 
de Felipe IV. Para él las obras del príncipe de los dra- 
máticos españoles están plagadas de defectos que enu- 
mera, sin tener en cuenta las bellezas de primer orden 
que por todas partes sobresalen, cuidando al mismo tiem- 
po de exagerar los defectos que censura. Le considera 
falso en las ideas religiosas de los personajes que pone 
en escena; falso en las ideas morales que les atribuye; 
falso en el lenguaje que emplean los interlocutores, y fal- 
so por último en algunos hechos históricos que refiere, 
atribuyendo esto á ignorancia de Calderón. No puede 
concebirse mayor ensañamiento. Si se averigua la causa 
de tanta severidad, tiene satisfactoria esplicacion en la 
manera equivocada de discurrir el escritor. Calderón es 
falso para Sismondi en las ideas religiosas que sustenta, 
porque católico y cristiano ferviente, no aparece calvi- 
nista protestante, como él; falso en las ideas morales y 
costumbres de los personajes, porque no se hace cargo 
de la sociedad en que el poeta vivia y le juzga á través 
de las ideas que eran propias de su tiempo; falso en el 
lenguaje dramático, porque no le considera hablando co- 
mo los escritores del siglo XVIÍ; y falso en historia tam- 



(l) Siámondi, escritor del siglo pasado y autor de una Historia de la lilcralu- 
ra en el mediodía de Europa, traducida al castellano con notas y juicios críti- 
cos interesantes por 1). José Lorenzo Figueroa y el Sr. Amador de los Ríos, 



'264 LITERATURA ESPAÑOLA. 

bien, porque los que para una crítica imparcial serian 
nada mas que descuidos, Sismondi les convierte en ver- 
daderos defectos. Descuidos de la misma ó parecida índole 
encontramos en Shakespeare y Lope de Vega. No hay pues 
motivo para juzgar tan duramente á Calderón. El omi- 
tir bellezas de primer orden, como lo hace, prescindien- 
do del genio del escritor y de la regularidad en los pla- 
nes de sus obras, es falta imperdonable propia de un 
crítico apasionado. 

Resta sólo presentar el verdadero y único juicio sobre 
Calderón, huyendo de los estremos en que diferentes es- 
critores han incurrido. Si Shlegel admira demasiado á 
Calderón, esto proviene de (|ue, romántico como él, per- 
tenecen ambos á una misma escuela y participan de idén- 
tico gusto literario; y si Jorge Sismondi le deprime con 
esceso, obra en consonancia con sus ideas de clasicismo 
exagerado. Dejando las cosas en un justo medio, fuerza 
será convenir en que, ui las bellezas de Calderón son 
tan estremadas como las presenta Shlegel, ni los defec- 
tos de tanto bulto como á Sismondi le parecen, si se 
atiende, sobre todo, á que no son defectos propios del 
escritor, sino de la sociedad en que vivió. Al reflejarles 
Calderón en sus obras, interpreta fielmente la vida del 
siglo XVII y es el poeta cesáreo de la corte de Felipe IV. 

Calderón es el poeta de su siglo, que procura intere- 
sar mas á la imaginación que al corazón sirviéndose con 
frecuencia de cuadros brillantes, magníficos, sorprenden- 
tes, y que por esto mismo llega á colocarse en la cús- 
pide del romanticismo, cuya base quedaba establecida 
anteriormente por el gran J^ope de Vega. Y si de román- 
tico censuramos á Calderón, igual censura merecen to- 
dos los dramáticos españoles, que le precedieron, y ios 
de otras naciones afiliados á la misma escuela. Si en la 



ÉPOCA SEGUNDA. 265 

pintura de caracteres exagera el honor de los hombres 
y de las mujeres; si por demasiado reUgiosos, unos y 
otros se hacen supersticiosos; si por muy sumisos á los 
reyes, aparecen los caballeros un tanto serviles, culpa 
fué de aquella sociedad, no de Calderón, que de ese mo- 
do se propuso retratarles. 

Las obras de este escritor casi no se representan ya, 
porque el teatro (juedaria desierto, dejando de acudir los 
espectadores. La causa de este fenómeno indudablemen- 
te se halla, en que el teatro vive de actualidad, y los 
gustos han cambiado con el tiempo. La belleza sin duda 
alguna es patrimonio de todas las edades; pero como la 
belleza mayor de las obras dramáticas consiste en espre- 
sar fielmente las costumbres de una época dada y estas 
han variado, lógico es que hoy no tengan muchos admi- 
jadores los dramas de Calderón. Ni los hombres de aho- 
ra son pundonorosos á la manera de los del siglo XVII; 
ni las mujeres amantes en secreto y reservadas como las 
damas de entonces; ni la religiosidad tanta y exngerada; 
ni la sumisión á los reyes igual; ni amanerada la ento- 
nación de las obras literarias: en una palabra, han va- 
riado extraordinariamente los elementos del teatro, y el 
de Calderón deja por eso mismo de ser patrimonio de 
nuestros dias. (1) 



(l) Calderón aspira á lo bello en sus composiciones, mas bien que á la ■ 
jiroduccion de lo ridículo, y esto (¡ue da mayor importancia á su teatro, le se- 
llara de los de Moreto y Tirso, cuyas tendencias son á la consecución de lo se- 
gundo. Por eso los graciosos carecen de interés, y le tienen muy grande, por 
el contrario, los galanes caballerosos y amantes de su honor, lo mismo que las 
damas. — llarlzcubuscli, Bib. de Riv.^ tom. 7, prók)gü. 



266 LITERATURA ESPAÑOLA. 

Oliras «Iraiiísiticas ile Calíleroii. 

Calderón no se cuida en la confección de sus come- 
dias, que es meditada y detenida, de guardar las unidades 
de lugar y de tiempo, porque su escuela es la romántica'' 
pero atiende siempre á la unidad de acción. Empieza 
esponiendo con brillantez y orden como I^ope de Vega, 
á quien iguala en esta cualidad; al llegar al enredo, 
aunque los lances se amontonan y las situaciones se 
complican, jamás (¡ueda ningún episodio suelto ó desli- 
gado del asunto principal; y cuando viene el desenlace, 
se presenta con naturalidad y preparado, al contrario 
de lo que en las comedias de Lope suele suoeder. Así 
es que el interés de la acción nunca cesa y el movi- 
miento dramático se descubre en la composición entera. 

ílay frecuentemente sublimidad en los pensamientos 
de Calderón, que aspira á conseguir lo bello en su dife- 
rentes grados y matices, diferenciándose en esto de Mo- 
rete y Tirso, que procuran, soljre todo, la manifestación 
do lo ridículo. Por eso los graciosos, que tanta impor- 
tancia tienen en el teatro de estos escritores, se encuen- 
tran casi desprovistos de gracia en las comedias de Cal- 
derón. La elevación de estilo guarda relación con los 
pensamientos sublimes de sus obras. Si atendemos al 
lenguaje, se espresa con tanta habilidad y sin esfuerzo 
• alguno, (jue su poesia semejente á una música encanta^ 
dora, á la cual se acerca mucho, seduce y arrebata. En 
la armonía de los versos escede Calderón á todos los 
dramáticos y es uno de los principales adornos de su 
teatro, así corno la regularidad en los planes de sus 
obras. El lirismo, ijue abunda mucho, es una de sus ma- 
yores bellezas. Hoy no se le da tanta importancia, pero 
nunca dejará de agradar á los oidos españoles. 



ÉPOCA SEGUNDA. 267 

Excelente maestro en la pintura de caracteres, aven- 
taja á los dramáticos anteriores y presenta en el teatro 
el verdadero tipo de la mujer y del hombre de su tiempo. 
Las damas de Calderón no son como las de Lope, ni 
tampoco parecidas á las de Tirso. Con el tacto delicado 
de sn genio hubo de comprender que la mujer de Tirso 
no podia agradar á los espectadores de entonces, por la 
escesiva liviandad y desenvoltura con que á veces se 
presenta. Por esta causa prefirió el tipo de mujer adop- 
tado por Lope de Vega, decente, decoroso y digno; pero 
le agregó una buena cualidad, que hace mas estimables 
todavía á las mujeres: esta fué la altivez. Así es que una 
dama de Lope ama la persona de su galán; pero una 
dama de Calderón ama no solamente esto, sino también 
las prendas de que se halla adornada la persona: los 
lionores, las distinciones y la gloria del objeto de su amor. 
Los caracteres de los hombres están igualmente pintados 
de mano maestra, en cuanto que son ios hombres de su 
siglo. Asi como en el teatro clásico griego se hallaban 
sometidos á una ley, que era la de la fatalidad, respetada 
siempre y que inlluia poderosamente en el ánimo de los 
espectadores; los hombres del teatro romántico de Cal- 
derón están sometidos á otra ley, pero esta es la ley del 
honor. Aman sí, á las mujeres con idolatría, ))ero su 
urnor está subordinado al honor de tal modo, que te- 
niendo rivales que esciten sus celos, mientras no se han 
desengañado de la importancia de aquellos, ó han con- 
seguido vengarles si luese nei^esario, dejarán de conti- 
nuar amando, porque la delicadeza de su honor no se 
loconsiente. 

Henjos dicho lo bastante para apreciar los defectos 
del teatro de Calderón, ([ue consideramos propios de la 
sociedad en que vivió; y haberles sabido reproducir en 



268 LITERATURA ESPAÑOLA. 

el teatro, no es una falta, sino más bien mérito del es- 
critor, que tuvo habilidad para reflejar en sus comedias 
las costumbres de aquellos tiempos. Así es que, ni la 
exageración de monarquismo, de las ideas religiosas y 
del honor; ni la rigidez de costumbres y el culteranis- 
mo .(1) son verdaderos defectos de sus obras. Cierto que 
al lado de estas cualidades existen lunares, como en las 
de Lope de Vega y Shakespeare, que no tienen satisfac- 
toria explicación, y que mas bien qne descuidos de un 
poeta dramático, serian errores graves, si se tratara de 
un escritor científico Tales son las faltas históricas y 
geográficas. En la comedia Duelos de amor y lealtad 
supone que el rey de Persia vencido por Alejandro el 
Grande, no fué Dario, sino Ciro; y en la tragedia El 
Mayor monstruo los celos convierte á Jerusalen y á Men- 
fis en puertos de mar. Difícil es averiguar la causa de 
semejantes desaciertos en un hombre tan ilustrado como. 
CdlJeroa. 

De las muchas obras debidas á su pluma conviene 



(i) En las comedias de capa y espada, y en las palaciegas puramenle «le 
enredo, no ofende mucho esa hojarasca llamada cnltcranisvw, porque se con- 
siente sin dificultad en situaciones poco apuradas; en los dramas cuyo asunto 
se acerca á lo trágico, produce malísimo efecto. La afectación de la galantería 
cabe en un diálogo amoroso, en que dama y galán solamente se tienen que 
decir castos amores ó templadas quejas; pero en los grandes conflictos de la 
vida, en la lucha fiera, en medio de la terrible esplosion de las mas violentas 
pasiones; allí no cabe galantería; allí no se admiten silogismos ni discreteos; 
allí ha de hablar el corazón y ha de enmudecer la agudeza: el ingenio está en 
el corazón entonces. Calderón en estos casos, ó de propósito, ó por instinto, cura- 
])le á medias con las exigencias del arte, y cede á medias á la tiranía del mal 
gusto dominante en su época; mezcla la verdad con la falsedad, poniendo al- 
ternativamente en boca de sus héroes, ya rasgos de sentimiento y pasiones ad- 
mirables, ya conceptos alambicados, frias sutilezas, ó cavilaciones malamente 
'ngeridas. Hartzembusch, Bib, de Riv,, tom. 7. XIII. 



ÉPOCA SEGUNDA. 269 

hacer el examen de dos dramas interesantes, que figuran 
en primer término, La Vida es sueño y El Alcalde de 
Zalamea; y de la tragedia El Teírarca de Jerusalen, ó 
El Mayoi' monstruo los celos. Pertenece el piñmero al 
género filosófico moral, cultivado por Alarcon especial- 
mente, y en que tanto sobresale Calderón; el segundo 
es un drama históiico; y la tercera una verdadera tra- 
gedia, que termina por el sacrificio del protagonista. 

La Vida es sueño lleva en el titulo mismo de la obra 
una reflexión filosófica profunda, que descubre la mora- 
lidad en ella contenida. Las dichas y felicidades de esta 
vida son una cosa efímera y pasagera, f[ue se desvanece 
Como un sueño; y cuando mas seguros nos creemos con 
los bienes que nos rodean, sobreviene la desgracia y se 
pierde todo, por lo cual es conveniente usar de ellos 
con prudencia y mesura. Veamos el asunto. Basilio, rey 
de Polonia, tiene un hijo heredero de su corona, Segis- 
mundo, que es el protagonista de la obra. Al nacer éste, 
viene al mundo con los mas funestos auspicios, y su 
padre receloso de lo que pudiera sucederle, consulta á 
los astros, llegando á entreveer que algún dia aquel hijo 
vendria á humillarle á sus plantas. Para evitar este fa- 
tídico pronóstico, determina encerrarle en una prisión, 
acompañado de su ayo Clotaldo, que le tiene amarrado 
con cadenas y vestido de pieles, al mismo tiempo que 
procura instruirle. Trascurrido algún tiempo, cuando ya 
Segismundo es joven, acusa la conciencia á su padre de 
tenerle separado, y resuelve que venga á la corte re- 
servadamente por me lio de un narcótico, á fin de ob- 
servar sus inclinaciones. En palacio ya Segismundo^ 
rodeado de gente cortesana, arroja por el balcón á un 
criado, quiere matar á su ayo, insulta íx su padre, alio- 
pella á una dama y comete todo género de atrocidades, 



270 LITERATURA ESPAÑOLA. 

Convencido Basilio de las malas cualidades de su hijo, 
valiéndose otra vez del narcótico, le eavia á la prisión. 
Cuando despierta Segismundo y se ve privado de la fe- 
licidad que le rodeó, cree que es un sueao cuanto ha 
pasado á su vista, y piensa desde entonces con modera- 
ción y prudencia. Estalla una sublevación en Polonia y 
se dirigen á él los revolucionarios, para qae se ponga al 
frente de la conspiración en contra del rey su padre. 
Accede á ello Segismundo y de ese modo consigue la 
victoria, viniendo á quedar Basilio humillado á las plan- 
tas de su hijo y cumplida la profecía de los astros. Pero 
después de esto se somete y da las mayores pruebas 
de adhesión y obediencia al rey, ofreciendo ser un 
principe modelo, capaz de gobernar el reino de Polonia. 
En Setjismundo vemos la realización del illosófico 
pens amiento la vida es sueño, no menos (|ue en Ba- 
silio, quien del poderío real viene á parar á la mas triste 
humillación. Aquel' se encuentra una vez en la corte 
rodeado de grandeza, que desaparece al instante por 
falta de prudencia: vuelve á hallarse en el mismo caso 
y obra entonces de distinta manera, consiguiendo ser 
un príncipe digno de su misión. Son interesantísimos 
los monólogos de Segismundo en la prisión, y cuando 
sale de ella por sujestiones de los sublevados, y el dis- 
curso final á la corte de Polonia. El culteranismo se 
hace notar ya en una de las primeras escenas, apostro- 
fando Rosaura á su caballo, en esta forma: 

Hipógrifo viólenlo 

que corriste parejas con el viento, 

Donde, rayo sin llama, 

Pájaro sin matiz, pez sin escama, etc. 

Pieserva sin embargo Calderón este lenguaje, de moda 



ÉPOCA SEGUNDA. 271 

en nqiiella época, i)ara las sitiiacionefi en que ineiios 
perjadica á sus obras. 

El Alcalde de Zalamea, uno de los mejores dramas 
de carácter, es heroico ó historial, porque en él inter- 
viene FeUpe II y los hechos se consideran como suce- 
didos. (I) El protagonista, de quien lleva el título, es 
Pedro Crespo, alcalde de Zalamea, pueblo de Estrema- 
dura, hoy provincia de Badajoz; y íiguran como perso- 
nages principales un capitán, don Alvaro Ataide; un 
maestre de campo, don Lope de Figueroa, jefe inmediato 
del capitán; y la hija de Pedro Crespo, Isabel. El asunto 
se reduce á lo siguiente. Habiendo llegado á Zalamea 
un batallón de soldados, tiene precisión de buscar alo- 
jamiento. El capitán de una compañía, don Alvaro Ataide, 
va á parar á la casa del alcalde, de cuya hija se ena- 
mora. Sorprende á los dos su padre en relaciones dentro 
de la misma casa, hace salir' de ella al capitán velando 
por el honor de su hija, y le despide con dureza. Jura 
éste vengarse, apoderándose de Isabel. Poco tiempo des- 
pués aparece aquella robada por el capitán, que la 
abandona en un monte cercano, con lo cual quedan sa- 
tisfechos sus deseos. Averiguado el hecho por el alcalde, 
logra encontrar á su hija, y va inmediatamente á avis- 
tarse con el capitán para que le devuelva su honra, ca- 
sándose con Isabel. Le recibe aquel de mala manera y 
abiertamente se niega á lo que Pedro Crespo solicitaba. 



(l) Aiin se conserva en Zalamea la tradición de este suceso: aitn señalan 
sus vecinos el sitio en que estuvo la casa de Pedro Crespo, y el cercano monte 
teatro de la desgracia de su hija. — Adelardo I^opez de Ayala, Discurso de re- 
cepción en ¡a Academia española, 1S70. 

No falta quien asegura que los hechos deljieron ocurrir en la expedición 
del duque de Alba á Portugal con objeto de asegurar los derechos de Felipe ll 
á la corona de aquel reino, cuando los ejércitos pasaron por Zalamea. 



^72 LITERATURA ESPAK^OTA. 

Este reúne á los labradores del pueblo, manda que 
prendan á don Alvaro Ataide y le forma causa. Sabe el 
jefe del batallón, don Lope de Figueroa, que estaba 
preso el capitán y le reclama, por el derecho que tenia 
en virtud del fuero militar á intervenir en aquella cau- 
sa. El alcalde se niega á entregar al prisioneru, con lo 
cual se irrita don Lope de Figueroa, que está á punto 
de mandar á los soldados que prendan fuego al pueblo 
de Zalamea. Aparece entonces Felipe II, que va á diri- 
mir la competencia de las autoridades civil y militar; 
pero cuando reclama al capitán, contesta Pedro Crespo 
que ya le ha dado garrote. Felipe II le hace ver que, 
cómo una causa de jurisdicion militar, la ha hecho ci- 
vil ordinaria. A lo cual replica Pedro Crespo que no sien- 
do mas que una la justicia, aunque tiene brazos diferen- 
tes, igual es que sea uno ú otro el que la administre. 
Satisface la ingeniosa respuesta á FeUpe II, y nombra á 
Pedro Crespo alcalde perpetuo de Zalamea. 

En este drama los caracteres de Pedro Crespo, de 
don Lope de Figueroa y del capitán están vivamente 
pintados y son muy interesantes. Ua anciano y honrado 
labrador, que vela por el honor de su casa; que ultra- 
jado éste obra con prudencia; y que luego se manifiesta 
enérgico, hasta el punto de dar muerte al capitán que 
le robó el lionor de su hija, con la autoridad que tiene 
de alcalde de Zalamea, es un personage interesantísimo. 
Don Lope de Figueroa, queriendo sostener los derechos 
del fuero militar con energía, hasta el punto de prender 
fuego al pueblo, si no le entregan al capitán, es también 
de primer orden. Y el capitán mismo, atrevido en sus 
amores y resuelto á faltar á la hija del Alcalde, está per- 
fectamente retratado; pero este personage vicioso y feo, 
que viene á oscurecer el cuadro, resulta castigado por 



ÉPOCA SEGUNDA. ^^3 

la mano del alcalde mismo. í^a conversación entre Pedio 
Crespo y Felipe II es ingeniosa por parte del primero, 
qne hábilmente da solución á aquel litigio. Si se atiende 
á la pintura de caracteres, dice Federico Schak que nin- 
gún drama español aventaja al Alcalde de Zalamea. 

El sentimiento del honor y de lealtad al monarca se 
revelan de una manera admirable en esta obra, asi como 
el sentimiento de independencia y de popularidad de 
que se hace alarde, en frente del poder militar y el de 
los reyes. Felipe II da la razón á Pedro Crespo y le 
nombra, en conformidad con los deseos del pueblo, al- 
calde perpetuo de Zalamea. (1) 

El Tetrarca de Jerusalen es una tragedia que reco- 
noce por fundamento los horribles celos que, según el 
historiador Flavio Josefo^ tuvo Herodes, Tetrarca de Ga- 
lilea. La época es la del segundo triunvirato romano, 
con el cual termina la república y comienza el imperio. 
El asunto se presenta de la manera siguiente. Presiente 
Herodes que su esposa, Marienne, ha de ser víctima del 
mayor monstruo en el hombre que son los celos, lle- 
gando á darla muerte con su misma espada. (2) En la 
guerra civil del imperio romano entre Octavio y Anto- 
nio;, habia sido partidario de éste, y fué llamado á Egipto 
por Octavio, después de terminada, para pedirle estrecha 

(i) £¿ Alcalde de Zalatnca fué traducido y se representó en Francia duran- 
te la revolución del 93, como el mas á propósito para aquellas circunstancias 
habiendo sido calurosamente aplaudido. Al contrario, las autoridades de la cul- 
ta Berlín prohibieron en 1861 su representación en Alemania, como drama se- 
dicioso y subversivo. ¡Sedicioso y subversivo el drama de un cura tan católico 
y virtuoso, como D, Pedro Calderón de la Barca! 

(2) Como Basilio habia leido en las estrellas que tendría que postrarse al* 
gun dia á los pies de su hijo Segismundo, así Herodes tiene el presentimiento 
de que su esposa Marienne será víctima de los celos y de que él mismo ha de 
atravesarla con su espada, 

18 



^ 274 LITERATURA ESPAÑOLA. 

cuenta de su conducta, como enemigo polUico. A.I pre- 
sentarse en el palacio de aquel ve dos retratos de su 
mujer, uno colgado en la sala de recibimiento y otro en 
manos del mismo Octavio, quedando profundamente he- 
rido de celos. Acusado entonces y convencido de su par- 
cialidad con Antonio, cuando sale de la presencia de 
Octavio quiere atravesarle con un puñal, pero aíraviesia 
equivocadamente el retrato de su mujer, colgado cerca 
de la puerta de entrada, y huye precipitadamente á Je- 
rusalen. Octavio jura matarle y se dispone á ir á Jerusa- 
len para darle ejemplar castigo en presencia del. pueblo, 
que habia gobernado. Sábelo Herodes y encarga á su 
confidente Filipo que de muerte á su mujer, antes de 
que caiga en poder del triunviro, si él llegaba á ser víc- 
tima suya. Marienne, que ha descubierto los planes, 
pide á Octavio encarecidamente la vida de su esposo, 
que ofrece respetar, y se retira á su palacio para 
vivir separada de Herodes, en una habitación interior. 
AUi viene á visitarla Octavio; poco después entra Hero- 
des y, encontrándose con él, riñen. Marienne apaga la 
luz, y Herodes creyendo herir á Octavio, atraviesa con 
la espada á su mujer, quedando de ese modo cumplido 
el presentimiento que habia tenido. Sube entonces He- 
rodes á lo alto de una torre y se arroja al mar. 

Los celos del Tetrarca no son celos de honor, sino 
mas bien de amor é infundados hasta cierto punto. He- 
rodes resulta castigado al ün de la tragedia; Marienne 
es inocente y muere sin culpa alguna; Octavio queda sin 
castigo, pero el hecho de penetrar en el palacio de He- 
rodes por sí mismo se halla condenado. Marienne mue- 
re, no á manos de un marido celoso, sino porque se 
cumpla el destino. Son diferentes los celos del Tetrarca 
de los de Ótelo, en la tragedia de Schakespeare, porque 



ÉPOCA SEÍiUNrvA. ^75 

Ótelo tenia fundamento para ellos; este no. Un escesivo 
aniior á su mujer le lleva á cometer el crimen, para que 
se cumplan los hados. Es un verdadero monstruo de ce- 
los, porque no se conciben mas exagerados. (1) 



(i) Si en las comedias de capa y espada del teatro antiguo español entra 
por todo la pasión de los celos y del amor, en las tragedias de Calderón y de 
otros dramáticos se hace figurar también esta pasión, pero de una manera la 
mas fuerte que puede concebirse. He aquí lo que establece notable diferencia 
entre la tragedia y la comedia: allí el conflicto de los celos es %'iolentísimo; 
aquí es un conflicto ligero, que llega á veces hasta promover la risa de los es- 
pectadores. 



276 LITERATURA ESPAÑOLA. 



PROSA POÉTICA. 



CAPITLXO I. 

Libros de Caballería* 

La prosa puede ser ordinaria ó sencilla sin preten- 
siones y poética, es decir ataviada con todas las figuras, 
adornos y encantos propios de la poesía, escepcion hecha 
del lenguaje rítmico ó versificado. De consiguiente se 
concibe muy bien la existencia de la poesía en el len- 
guaje de la prosa y esto sucede precisamente en la no- 
vela, de que vamos á ocuparnos. 

Tres dijimos anteriormente que eran los géneros poé- 
ticos mas populares en la Uíeratura española, el roman- 
ce, el drama y la novela. Entonces vimos que las colec- 
ciones de romances son una riqueza de la literatura na- 
cional; al teatro le considerábamos igual por lo menos, 
en importancia, á los de otras naciones de la culta Euro- 
pa, y superior á ellos atendiendo á la originalidad y 
abundancia de obras producidas; en la novela tenemos 
la obra maestra de la literatura española, debida al prín- 
cipe de los ingenios, Miguel de Cervantes Saavedra. 

Muchos son los escritores de novelas en la segunda 



ÉPOCA SEGUNDA. 277 

época de la literatura y grande también la importancia 
que saha dado á esta clase de composiciones, ya por el 
número escesivo y la estraordinaria variedad que ofrecen, 
ya por la influencia notable que suelen ejercer en las 
costumbres, lo mismo que las obras destinadas á la re- 
presentación. Comienza á manifestarse el género en la 
novela caballeresca, que alcanza mucha fama; y aparece 
luego la pastoril, picaresca y de costumbres, que llega 
á su mayor grado de esplendor con la obra del inmortal 
Cervantes. Parece que desde entonces como que se ago- 
tó la vena de la novela en España, y sólo de cuando en 
cuando vemos en los siglos XVII y XVIll alguno que 
otro escritor, que apenas llama la atención. Quizá la 
principal causa de este fenómeno estuvo en la propen- 
sión á traducir las novelas de otras naciones, especial- 
mente francesas. En la literatura contemporánea abun- 
dan los autores de novelas. 

Los libros de caballería ó novelas caballerescas son 
unas relaciones poéticas, en prosa, de las aventuras atri- 
buidas por sus autores á los caballeros andantes, per- 
sonajes imaginarios semejantes á los caballeros de la edad 
media, que aparecen luchando, como aquellos, contra 
todo género de injusticia. Abunda en ellas una máquina 
especial llamada caballeresca, que se distingue de todas 
las demás. Es la primera manifestación de la novela en 
España. 

Tuvo su origen en los cuentos y canciones populares 
de la edad media, que por los siglos VII y VIII se cono- 
cían en Inglaterra y Francia, fundados en las luchas sos- 
tenidas por Artús. el Pelayo de Inglaterra, con los Sajo- 
nes y en las momorables hazañas de los caballeros de 
la Tabla redonda; asi como en los notables hechos atri- 
buidos á Cario Magno y su sobrino Roldan con los doce 



278 LITERATURA ESPAÑOLA. 

Pares de Francia. Habiendo tomado cuerpo el espiritu 
caballeresco hacia los siglos XII y XIII, forjáronse aven- 
turas parecidas á las de aquellos personajes, y en ro- 
mances y canciones populares se estendieron por toda 
Europa. De aquí nacieron cuatro clases de novelas ca- 
ballerescas: unas referían las empresas de Artús y los 
caballeros de la tabla redonda; otras, las hazañas de Gar- 
lo Magno, Pioldan y los doce Pares; otras, las aventuras 
de los Amadises con toda su descendencia; y hubo por 
fm novelas, que eran imitaciones de las anteriores. 

Los libros de caballería españoles son los Amadises, 
y el principal de todos Amadís de Gaula, del cual hay 
noticia ya en el siglo XIV por el canciller Ayala, que se 
lamentaba del tiempo que algunos perdían en leerle. 
Esta obra debida al portugués Vasco de Lobeira no tu- 
vo influencia probablemente en la hteratura nacional has- 
ta fines del siglo XV, en cuyo tiempo la tradujo al cas- 
tellano García Ordoñez de Montalvo. 

Es el Amadís de Gaula una historia fingida de las 
aventuras de este imaginario caballero, realizadas en 
compañía de su hermano Galaor, hasta casarse con uria- 
na, la dama de sus pensamientos. No se fija en esta no- 
vela época de los sucesos, á no ser con el dato general 
y vago de que tienen lugar á muy poco de comenzada la 
era cristiana, y la geografía con frecuencia es inventada. 
Figuran en toda la obra magos, hadas encantadas, gigan- 
tes, endriagos y vestiglos, que forman la máquina de la 
composición. 

Amadís, el protagonista de la novela, es hijo de un 
rey imaginario del imaginario reino de Gaula. Su madre 
Elisena, princesa de Inglaterra que tuvo este niño secre- 
tamente, se avergüenza de la falta cometida y le espone 
á las orillas de un mar, que no se sabe cual sea, donde 



ÉPOCA SEGUNDA. 279 

le encuentra un caballero escocés que le lleva á su país. 
Allí pasa los primeros años de su vida hasta que, sien- 
do joven todavía, se enamora de Oriana dama de sin- 
gular hermosura, hija de un rey de Inglaterra. Entre 
tanto la madre de Amadís, Elisena, por muerte del rey 
de Gaula se casa con Perion, sucesor en el reino, y de 
este matrimonio nace un hijo denon^inado Galaor. Los 
dos hermanos, Amadís y Galaor, van en busca de aven- 
turas por Inglaterra, Francia, Alemania, y otros países 
desconocidos y á veces encantados, donde tienen ocasión 
de galantear á las hermosas, que les reciben con agrado 
ó les desdeñan, como sucedió én la Hermita de la Isla 
firme. Al cabo de mil aventuras de amores y combates 
con otros caballeros, en los cuales intervienen magos, 
gigantes y demás seres mitológico-caballerescos, termina 
la novela volviendo los dos hermanos á Escocia, donde 
Amadís se casa con Oriana. Con esto acaban los encanta- 
mientos que por tanto tiempo se opusieron á sus amores. 

Caracteriza á esta obra el reflejar fielmente y con los 
mas vivos colores el espíritu caballeresco y aventurero 
de la edad media. Amadís, esforzado y valiente, enamo- 
rado y rendido á su dama, es el tipo de un caballero 
perfecto. Dominan en toda la novela tres ideas: religión 
á toda prueba, valor exagerado hasta la temeridad, y 
adoración á las mujeres; ideas que fueron la base de todo 
el sistema caballeresco social. 

En cuanto á la forma, es el libro mejor escrito de 
cuantos se publicaron de su clase, y asi lo confirma Cer- 
vantes en el escrutinio que hicieron el Cura y el Bar- 
bero de la librería de D. Quiiote. (1) Iba examinando el 
Barbero los libros por sus títulos, y el primero que tomó 



(i) . El Ingenioso Hidalgo D. Quijole de laiMancha, parte I,, cap. VI. 



280 LIIERATURA ESPAíi'OLA. 

en sus manos faé uno que decia Amadís de Gaula. Al 
oiiio el Cura, no pudo menos de esclamar: «Parece cosa 
de misterio esta porque, según he oido decir, este libro 
fué el primero que se imprimió en España de caballe- 
rías, y así me parece que como á dogmatizador de una 
mala secta debemos sin escusa alguna condenarle al 
fuego». A lo cual se opuso el Barbero, «porque también 
babia oido decir que era el mejor de todos los libros 
que de su clase se hablan compuesto, y que por lo mis- 
mo, como único en su arte, se le debia perdonar». «Así 
es la verdad, rephcó el Cura, y por esta causa se le otor- 
ga la vida por ahora».— La sentencia del Cura y el Bar- 
bero la vemos confirmada en la posteridad, y por la mis* 
ma razón que movió á Cervantes á pronunciarla. 

Apenas pubhcado el Amadís de Gaula, á fines del 
siglo XV ó principios del XVI, adquirió tal fama que se 
multiplicaron las ediciones en España y otras naciones 
de Europa, y se escribieron novelas semejantes á aque- 
lla. Todos los libros de caballería españoles formaron una 
familia numerosa procedente de un mismo tronco, el 
Amadís de Gaula, y pueden reducirse á cuatro clases: 
Amadises en línea recta, en línea lateral é indirecta, y 
Amadises qué eran imitaciones de los anteriores ó ente- 
ramente originales. Pertenecen á la primera clase, entre 
otros muchos, el Amadís de Gaula y el de Grecia; á la 
segunda el D. Belianis de Grecia; á la tercera Los Pal- 
merines de Oliva y de Inglaterra, (1) y á la cuarta Don 

(i) Del Palnierin de Inglaterra hizo también Cervantes especial menciun 
en su famoso escrutinio, con aquellas palabras que puso en boca del Cura: 
«Esa Palma de Inglaterra se guarde y se conserve, como cosa única, y hágase 
para ella una caja, semejante á la que Alejandro liillú en los despojos de Da- 
río, y que disputó para guardar en ella las obras de Homero». Alabanza indu- 
dablemente exagerada la de Cervantes ron relación á esta novela, pero que 
descubre olarárnent« la fama de que gozaba cuando el Quijote se publicó. 



ÉPOCA SEGUNDA. 281 

Ciringolio de Tracia, D, Félixmarte de Hircania, y El 
Caballero Lepolemo. 

Al juzgar el mérito literario de estas novelas, si se ha 
de tener en cuenta la escasa ó ninguna importancia que 
hoy se las concede, nadie creerá que haya podido ser 
tan grande en tiempos anteriores. Existian á la sazón las 
obras maestras de los Herreras, Marianas y Mendozas, 
y sin embargo se leian igualmente y con el mismo afán 
las novelas caballerescas. Esto no se concibe careciendo 
enteramente de mérito literario. Es indudable que le tie- 
nen, y consiste, sobre todo, en haber reflejado con fide- 
lidad las costumbres de aquella sociedad, sus ideas reli- 
giosas, sus sentimientos del honor exagerado y el espí- 
ritu galanteador á las damas. Hay también algunos pa- 
sajes en los libros de caballería, que pueden figurar al 
lado de los mejores de Mariana y de Cervantes.— El de- 
fecto capital de ellos fué el haberse hecho interminables 
y cansados en la relación de las aventuras imaginarias. 

Su época de mayor gloria literaria corresponde al si- 
glo XVI. Se leian ya con interés á fines del siglo XV, y 
de tal manera aumentó su número después que á prin- 
cipiüs del siglo XVII pasaban de setenta las obras publi- 
cadas, y la mayor parte en folio, compuestas de dos y tres 
tomos. Esta circunstancia, cuando no abundaban todavía 
los libi'os impresos por ser caras las ediciones, prueba 
evidentemente la gran popularidad de que gozaron. 

Empezó la decadencia de los libros de caballería por 
haberse inoculado en ellos el espíritu culterano, que to- 
do lo invadía. Existian algunos, por ejemplo el D. Flori- 
sel y D. Feliciano de Silva, tan afectados y poco inteli- 
gibles en determinados pasajes como las obras cultera- 
nas de llóngora, como los sermones del Padre Hortensio 
Paravicino, y como varios trozos de las comedias de Ro- 



282 literatura'española. 

jas y Calderón. Dice el autor del D. Feliciano de Silva 
en una advertencia preliminar, «que no sigue en el fra- 
sis de escribir mero estilo de historiador, para hacer su 
historia mas levantada de estilo». A lo cual observa muy 
oportunamente un critico moderno: «es decir que dispa- 
rataba de intento».— Contribuyó también á la decaden- 
cia de aquellos libros el haberse publicado algunos en- 
teramente religiosos, como La Caballeria celestial. El 
protagonista de esta novela es Jesucristo, á quien se su- 
pone caballero andante con el nombre del Caballero del 
León. A su lado se coloca al demonio que es el Caba- 
llero de la Serpiente, y á San Juan Bautista, el Ca- 
ballero del desierto. Tiene lugar un desafio entre el 
Caballero del León y el de la Serpiente, quedando 
vencedor el primero como era consiguiente. Claro está 
que semejantes personajes y desafíos tales eran ocasio- 
nados á la profanación, del mismo modo que los Autos 
sacramentales y la representación de sus misterios en 
las plazas públicas. 

Los escritores místicos así lo comprendieron, y Fray 
Luis de Granada en el Símbolo de la Fé, y Malón de Chaide 
en el Tratado de la Magdalena, llegaron á decir que per- 
vertian las costumbres y tenían alarmadas las concien- 
cias. Así lo comprendió también la autoridad civil y el 
gobierno de Carlos 1 prohibió la venta é impresión de 
libros de caballerías en las posesiones de Ultramar. Qui- 
sieron las cortes de aquel gobierno hacer estensiva la 
misma prohibición á la metrópoli, pidiendo que se que" 
masen cuantos ejemplares pudieran ser habidos, lo cual 
parece que no se llegó á verílicar. Por último, la obra del 
mayor ingenio que ha producido el pueblo español acabó 
con ellos en el siglo XVll, y desde eutónces se reimprimie- 
ron solamente dos ó tres y no se publicó ninguno nuevo. 



ÉPOCA SEGUNDA. 283 



CAPITIII.O II. 

Cervantes. 

Llegamos ya á examinar la ultima de las cuatro cla- 
ses de novela que distinguimos en la literatura española 
y de aquí la necesidad de conocer al príncipe de los 
ingenios de nuestra nación, Miguel de Cervantes Saave- 
dra. Los libros de caballería simbolizaban una vida pu- 
ramente ideal é imaginaria, en que la mayor parte de 
los hechos tenían razón de ser únicamente en la cabeza 
de los escritores, y las novelas pastoriles reflejaban una 
sociedad que no existia. Estaban por consiguiente unos 
y otras llamados á desaparecer. Ateniéndose por el 
contrario las novelas picarescas á la vida real, mas que 
las anteriores producciones, debía encontrarse en ellas 
el fundamento de la verdadera novela de costumbres; 
pero como reproducían hechos bajos y de clases ínfimas 
de aquella sociedad, estuvieron destinadas, ó á sufrir las 
persecuciones de ki inquisición por su procacidad y des- 
caro, ó á ser abandonadas de sus lectores. Hacia falta, 
pues, una especie de novela que no refiriendo hechos 
increíbles de andantes caballeros, ni los fingidos y su- 
puestos de inverosímiles pastores, ó de otros personajes 
de la clase mas abyecta y degradada, se contuviese en 



284 LITERATURA ESPAÑOLA 

los límites de la verdad poética guardando el decoro y 
la decencia convenientes, sin exageraciones de ningún 
género, y que fuese además el reflejo de las costumbres 
de su tiempo. 

El creador de esta novela, príncipe de los novelistas 
y de todos los ingenios españoles, nació en Alcalá de 
Henares á mediados del siglo XVI- 1647. Aun cuando 
hubo en un principio dudas acerca del punto de su naci- 
miento y varias poblaciones se disputaron la preferencia, 
está averiguado ya con la partida de bautismo y fuera 
de toda duda que no pudo ser otro, siiió el que anterior- 
mente hemos citado. No se concibe como un historiador 
moderno ha cometido la falta de decir que ni se sabe 
donde nació ni donde murió Cervantes. (1) Sus padres fue- 
ron don Rodrigo de Cervantes y doña Leonor de Cortinas, 
de ilustre prosapia y de noble cuna. Le dedicaron en los 
primeros años al estudio de las Humanidades con el 
profesor don Juan López de Hoyos, que le distinguía 
sobremanera entre todos sus compañeros, llamándole 
«muy caro y amado discípulo.» Se ignora que Cervantes 
tuviera estudios literarios seguidos en alguna de las 
universidades, al contrario de lo que sucedió á Queve- 
do, Lope de Vega y la mayor parte de los ingenios es- 
pañoles. Sin embargo, su instrucción en muchos ramos 
del saber humano debía ser grande. Había aprendido 
de todo con su vasta lectura y en el gran libro del mundo. 
Tenía conocimiento de los clásicos latinos y especial- 
mente de los libros de caballería que leyó muy deteni- 
damente, porque hablando de Amadís de Gaula asegura 
que Galahad, escudero de Gulaor, no se cita mas que 
una sola vez en toda la obia Comprobado el hechO; re- 



(i) Cesar Cantü, Historia universal. 



ÉPOCA SEGUNDA. 285 

sultó ser cierto. Por afición se enteraba de cuantos papeles 
viejos llegaban á sus manos. El mismo dice que esa cu- 
riosidad de leer le hizo tropezar con la Hisloria de Don 
Quijote de la Mancha, escrita en arábigo, y la mandó 
traducir enseguida al castellano, que es como se propone 
referirla. (1) 

Cuando aún era joven, se encontraba en Madrid el 
cardenal Aquaviva, delegado del pontífice Pió V cerca 
de la corte de Felipe II, y por el deseo de viajar y co- 
nocer nuevos paises consiguió pertenecer á la servidum- 
bre de este personaje. Terminada su misión le acompañó 
á Italia, pero cansado al poco tiempo de una vida dema- 
siado regular y ordenada sentó plaza de soldado, preci- 
samente cuando se formaba la grande alianza entre 
España, la república de Venecia y el pontífice Pió V, 
para contrarestar el poder de Selin II que se habia apo- 
derado de la isla de Chipre perteneciente á los vene- 
cianos, y era un temor continuado para los pueblos de 
Occidente. La escuadra de las tres naciones coaligadas 
era mandada por don Juan de Austria, hijo natural de 
Carlos I. Al frente de los ejércitos del papa iba Marco 
Antonio de Colona, y en una de las galeras que llevaba 
se embarcó Cervantes. Asistió á la batalla de Lepanto, 
encontrándose en lo mas recio del combate; pero con 
tan mala suerte que recibió tres heridas de considera- 
ción, dos en el pecho y una en el brazo izquierdo que 
obligó á amputarle la mano, por lo que se le llama el 
manco de Lepanto. Piestablecida la salud pudo volver á 
Italia, donde residió algún tiempo agregado á los ejercí tos 
españoles en aquel pais, tiempo que aprovechó para re- 
correrla casi toda. Pero descontento de la pequeña re- 



(l) Quijote^ parte I, cap. g. 



28G LITERATURA ESPAÑOLA. 

compeasa concedida á sus servicios, porque únicamente 
le valieron el aumento de tres escudos mensuales á la 
paga ordinaria, resolvió venir á España con objeto de 
reclamar algo mas del gobierno de Felipe II. 

Embarcóse pues en la galera Sol, pero con tal des- 
gracia que al poco tiempo de navegación salió al en- 
cuentro una escuadra de corsarios argelinos, y la goleta 
de Arraez-Dali hizo prisionero á Cervantes y se le llevó 
á Argel. Allí pasó cinco años de sufrimientos y penali- 
dades, durante los cuales por considerarle un personaje 
distinguido en vista de las cartas de recomendación que 
llevaba para España, era mas vigilado que ninguno otro. 
Intentó fugarse varias veces, pero siempre sin resultado. 
Apesar de los malos tratamientos, asegura él mismo que 
jamás fué empalado. (1) 

Con objeto de rescatar á Cervantes reunieron sus 
padres, de la escasa fortuna que tenian, cuanto les fué 
posible; pero todo ello no alcanzaba mas que para su 
hermano, cuyo precio de rescate era menor. Permaneció 
cautivo en Argel hasta que los frailes trinitarios facili- 
taron la cantidad de algo mas de dos mil reales, con la 
cual pudo conseguir su libertad. Vino enseguida á Es- 
paña; pero los padres hablan muerto y los hermanos 
estaban pobres, por lo que determinó aUstarse como 
soldado en los ejércitos que por entonces enviaba Fe- 
lipe II á Portugal al mando del duque de Alba, con ob- 
jeto de que se respetaran sus derechos á la corona de 
aquel pais. 

Terminada felizmente aquella espedicion, volvió Cer- 
vantes á Madrid decidido ya á abandonar la carrera de 
las armas, y á cambiarla por la menos peligrosa de las 



(1) Qiiijote^ parte I, cap. 40. 



ÉPOCA SEGUNDA. 287 

letras. Lo primero que escribió fué la Galatea, novela 
pastoril muy celebrada en su tiempo. (1) Encubria este 
nombre el de doña Catalina Salazar y Palacios de quien 
estaba enamorado al escribirla, y con ella últimamente 
se casó. Era natural de Esquivias, pueblo cerca de la 
corte. Casado Cervantes, se vio en la precisión de aten- 
der á las necesidades de la vida escribiendo para el tea- 
tro, donde consiguió un resultado satisfactorio con la 
representación de La Numancia, Los Tratos de Argel y 
algunas otras comedias y entremeses, hasta que el gran 
Lope vino á oscurecer su nombre y á eclipsarle como 
poeta dramático. A consecuencia de esto buscó otro me- 
dio de vivir en la ocupación de empleado, que tuvo bas- 
tantes años antes de escribir el Quijote. 

Parece que en Sevilla estuvo encargado de proveer 
de mercancías á una compañía que fletaba buques para 
América, y figuró mas tarde como recaudador de contri- 
buciones en toda Andalucía. Desempeñó este último 
destino con tan mala suerte, que alcanzado en una can- 
tidad que le era imposible pagar, se vio reducido á pri- 
sión. Arregláronse al fin aquellas cuentas y con objeto 
de conseguir su aprobación vino á Valladolid, donde á La 
sazón estaba la corte de Felipe IIL Aqui imprimió la 
Primera parte del Quijote, que habia escrito en la cár- 
cel de Sevilla probablemente (1605). Pasó después á 
Madrid, donde se trasladó la corte, y allí imprimió el 
Viaje al Parnaso, las Novelas ejemplares, la Segunda 
parte del Quijote, (1615) y los Trabajos de Persiles y 
Segismunda, última novela que escribió dedicada al 
Conde de Lemus, que habia sido su Mecenas. 



(i) jBí¿>, de Eiv., tomo I, pág. l.^A continuación siguen las demás obrai3 
de Cervantes coleccionadas, 



288 LITERATURA ESPAÑOT.A. 

Puesto j'a el pié en el estribo, 
Con las ansias de la muerte 
Gran señor esta te escribo. 

Murió Cervantes el dia 23 de Abril do 1616, cuyo 
aniversario celebran las monjas trinitarias de Madrid, 
con asistencia de las Academias y corporaciones ilustrada?. 
La Nación á veces se acuerda también del príncipe de 
los ingenios y dispone fiestas en su honor. 

Muchos trabajos literarios se deben á la pluma de 
este escritor, aunque por su fecundidad no sea compa- 
rable al Fénix de los ingenios, ni al príncipe de los dra- 
máticos españoles, don Pedro Calderón de la Barca. Cul- 
tivó principalmente dos géneros, el dramático y novelesco; 
pero estriba su fama, sobre todo, en las composiciones 
que de él tenemos en el segundo. 

Las Novelas ejemplares y El Ingenioso hidalgo son 
el mejor título de gloria de Cervantes. La Gitanilla de 
Madrid, Rinconele y Cortadillo y El Celoso extremeño, 
que figuran entre las mejores de las doce que escribió, 
llevan el titulo de ejemplares, porque según dice su 
autor en un prólogo de las mismas, «si bien lo miras, 
no hay ninguna de la cual no se pueda sacar un ejemplo 
provechoso,» tomando la palabra ejemplo en el sentido 
de lección instructiva, en que la usaron el Arcipreste de 
Hita y don Juan Manuel. 

El mérito de las Novelas ejemplares se funda en que 
son enteramente originales, como el mismo Cervantes 
asegura en el citado prólogo, y retratan muy al vivo las 
costumbres de las diferentes clases sociales de su tiem- 
po, tomándolas del natural; y además del estilo abun- 
dante y lleno de riqueza, como en todas las composi- 
ciones en prosa de Cervantes, resalta en ellas la origi- 



ílfOCA SEGUNDA. 289 

halidad, el españolismo y la gracia. Merecen colocarse 
inmediatamente después del Quijote, como obras de in- 
genio, y no inferiores á él en gracia y corrección. 

La Gitanilla de Madrid es la historia de una joven 
de singular hermosura, llamada Preciosa, hija de una 
familia distinguida; pero que robada desde su niñez pasa 
la vida en compañía de unos gitanos. La descripción 
de Preciosa, cuando aparece por primera vez en las 
fiestas de semana santa en Madrid; el agradable entre- 
tenimiento que sus .bailes y cantares producen en las 
calles y plazas; sus visitas á las casas de personas aco- 
modadas, á donde era llamada para servir de entrete- 
nimiento y solaz; y los saraos y fiestas de la corte, están 
admirablemente trazados, no dejando la menor duda del 
realismo de Cervantes en esta novela. 

Rinconete y Cortadillo, que en nada se parece á la 
anterior, se reduce á contar las aventuras de dos mucha- 
chos vagabundos, pero sagaces y despiertos, que se agre- 
gan á una de aquellas compañías de ladrones y pordio- 
seros tan conocidos en España, y hacen vida común á 
las órdenes de su jefe Monipodio. En toda la novela se 
descubre también el realismo de Cervantes por algunos 
rasgos característicos. Los individuos de aquella asocia- 
ción, que viven sin freno alguno, son apesar de todo 
supersticiosos, y tienen estampas devotas y escapularios, 
como si el conservarles fuera compatible con la posesión 
y el destino de otros muchos objetos robados. 

No se advierte menos el realismo de Cervantes en 
El Celoso extremeño, novela tomada como las anteriores 
del natural, es decir de la vida propia de los españoles 
de su tiempo. 



19 



290 LítERATTIRA ESPAÑOLA, 

El Quijote. 

Los géneros que principalmente cultivó Cervantes, 
según dijimos, y en que dio muestras de su poderoso 
ingenio fueron el dramático y novelesco, pero sobre todo 
el último donde se ha colocado á la misma altura, por 
lo menos, que los mejores novelistas de otras naciones y 
ocupa el puesto de preferencia entre los escritores españo- 
les. Así es que podemos llamarle con razón el príncipe de 
los novelistas y acaso también de los ingenios de nues- 
tra literatura toda. Ademas de las ejemplares que son 
modelos de novela de costumbres, (ejemplar, modelo) 
tituladas La Gitanilla de Madrid, La Fuerza de la san- 
gre, Rincanele y Cortadillo, La Española inglesa, El 
Amante liberal, El Licenciado Vidriera, El Celoso ex- 
tremeño. Las Dos Doncellas, La liuslre Fregona, La Se- 
ñora Cornelia, El Casamiento engañoso y El Coloquio 
de los ¡cerros Ciprion y Berganza; debemos hacer especial 
mención de la obra maestra de Cervantes, El Ingenioso 
Hidalgo Don Quijote de la Mancha, que es una novela 
satírica ó, como su autor mismo dice, una invectiva 
contra los libros de caballerías, y según don Vicente Sal- 
va un libro mas de caballerías que acaba con todos los 
de su género. 

El asunto de esta obra es la interpretación de lo bello 
y de lo ridículo de la vida humana por medio de la re- 
lación poética de las aventuras de un caballero andante, 
Don Quijote de la Míincha, que trastornada la razón pero 
con momentos de' grande lucidez va buscando por el 
mundo en tres espediciones diferentes acompañado de 
su escudero Sancho Panza, hasta que sanando de la 
locura, después de hacer testamento y como buen cris- 



ÉPOCA SRniINDA. 1%Í 

liano, muere en su misma casa. Don Quijote se propone 
realizar el l)ello ideal de la cal)alleria andante en el si- 
glo XVI, y Sancho Panza aspira únicamente á satis- 
facer su ambición y medro personal al lado del ca- 
ballero. 

La obra está dividida en dos partes, publicada la 
primera el año 1605 en Valladolid, según la opinión 
mas probable, y la segunda diez años después en Ma- 
drid á donde Felipe III habia trasladado su corte, y cada 
una de ellas va acompañada de un prólogo. El de la 
primera parte es un diálogo entre el autor y el lector, 
donde manifiesta aquel sus recelos de publicar la leyen- 
da como él la llama, porque le faltan condiciones; y el 
lector le aconseja que lo haga. El prólogo de la segunda 
parte es una sentida queja de que, sin noticia ni con- 
sentimiento suyo, se esté pubhcando una segunda parte 
del Quijote, y se defiende además de que su autor le 
llame maiico y viejo. En el curso de la novela aparece 
el protagonista saliendo tres veces de su casa con ob- 
jeto de buscar aventuras y volviendo otras tantas á la 
misma, donde se queda por fin y muere. Hace las dos 
primeras salidas por los campos de Montiel y la tercera 
va en dirección al Toboso y á Zaragoza, donde se cele- 
braban unas justas de caballeros. No ha faltado quien 
presente planos del itinerario que siguió don Quijote en 
sus espediciones de aventuras. 

Desde el principio de la obra hasta el capítulo VI 
se refiere la primera salida de Don Quijote, causa que la 
produce, preparativos que hace, y lo que en este 
viaje le sucede hasta volver á su casa. Empieza con 
aquellas tan conocidas palabras: «En un lugar de la 
Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha 
mucho tiempo que vivia un hidalgo de los de lanza en 



2^2 LTTíÍR ATURA ESPAÑOLA. 

astillero, adarga antigua, rociii flaco y galgo corredor.» 
Qué lugar seria este de cuyo nombre no quiere acor- 
darse Cervantes? Acaso, dice Clemencin, Argamasilla de 
Alba donde según la tradidion estuvo preso y de aquí 
los malos recuerdos que conserva. Allí vivia don Qui- 
jote, hidalgo muy querido de todos sus convecinos, y 
tenia una escelente librería en que abundaban las no- 
velas caballerescas La lectura constante de ellas vino á 
trastornarle el juii io, pues se pasaba las noches «de 
claro en claro» y los dias «de turbio en turbio,» de 
suerte que «del mucho leer y del poco dormir se le secó 
el celebro.» No otra fué la causado que pensara en ha- 
cerse caballero andante, como los personajes de aque- 
llas novelas. 

Aquí empiezan lus preparativos de todo lo necesario 
á un caballero andante, y que Don Quijote debia tener 
de la misma manera. Le hacian falta por de pronto ar- 
mas, caballo, y una dama de sus pensamientos á quien 
mostrarse rendido. Buscando por los rincones de su 
casa encuentra unas armas que estaban cubiertas de 
moho y prepara una celada de cartón que intenta probar 
por medio de la espada; pero al primer golpe quedó ht- 
cha mil pedazos, acabando de ese modo «con el trabajo de 
ocho dias.» Arreglada lo mejor que pudo colocando unos 
hierros por dentro, sin hacer nueva prueba le pareció 
que estaba en disposición de servir. Fuese luego á bus- 
car un rocin flaco que tenia, y resolvió llamarle Roci' 
nante, por parecerle mas sonora la palabra. Quiso va- 
riarse también el nombre á sí mismo y se puso el de 
Don Quijote de la Mancha, recordando que Amadís se 
habla llamado de Gaula por su procedencia. No le fal- 
taba mas que la dama de sus pensamientos y se acordó 
de una mujer del Toboso, por la cual habia suspirado 



éPOCA SEGUNDA. 293 

en sus mocedades, aunque sin conocerla ni tratarla, que 
se llamaba Aldonza Lorenzo, nombre que le pareció 
muy prosaico, y convino en cambiarle por el de Dulci- 
nea, que era mas significativo y musical. 

Terminados los preparativos de caballero, estaba á 
punto ya de hacer su primera salida en busca de aven- 
turas, y una mañana temprano, cuando menos lo pen- 
saban el ama y la sobrina que con él vivían, dispone su 
caballo y se marcha por las puertas del corral de su casa 
empezando á viajar por los campos de Montiel (1) hasta 
el anochecer que llega á una venta, que á él le pareció 
castillo encantado. Salieron á recibirle el ventero y unas 
criadas que muy pronto conocieron la enfermedad que 
padecía. Le dispusieron de cenar, y apenas habia con- 
cluido cuando le ocurrió la idea de que para ejercer su 
profesión debia ser antes armado caballero, (2) siguien^ 
do la costumbre de todos los que figuran en las novelas 
que habia leido. Llama al ventero con ese objeto y se 
presta fácilmente á ello; pero le aconseja después de 
armarle caballero, que debia volverse á su aldea en bus- 
ca de ropa limpia, dinero, y otros menesteres, que lleva 
siempre la gente de su clase. Convino en ello D. Qui- 
jote y en el camino le ocurrió ya la primer aventura con 
unos mercaderes toledanos, que iban á comprar seda á 
Murcia, de la cual no salió muy bien librado. (3) 

De vuelta ya en su casa y con gran pena recibido por 
el ama y la sobrina, decidieron estas rogar al Cura y 
al JJarbero del pueblo que hicieran el examen de su 
librería, que según ellas era la causa de su locura. Ac- 
cedieron sin dificultad y empezó la obra del famoso es- 

(1) In^cniosü Hida/gOy Part. I, cap. 2. 

(2) Id., cap. 3. 

(3) Id., cap. 4. 



294 LITERATURA ESPAKÜLA, 

cmtinio (1) leyendo el Barbero los títulos de las obras 
y conviniendo ambos en las que debian ser llevadas al 
corral y condenadas al fuego. Tropezaron primero con 
los libros de cabellerías y enseguida con los de poesía, 
que así llamaban á los de novelas pastoriles y otros es- 
critos en verso heroico, consiguiendo muy pocos verse 
libres de sus destructores intentos. 

Después de esto, en el capítulo VII empieza la rela- 
ción de la segunda salida de D. Quijote de su casa en 
busca de aventuras por los campos de Montiel, como 
anteriormente. Los preparativos que ahora debe hacer, 
consisten únicamente en proveerse de un escudero (2) 
indispensable á todo caballero andante, como las armas, 
caballo y dama de sus pensamientos, y se acuerda de 
un vecino de su pueblo llamado Sancho Panza. Para 
obligarle á que aceptara el cargo entre otras cosas le 
ofreció que llegaría á ser Gobernador de la ínsula Ba- 
rataría y no le fué difícil conseguir lo que deseaba. Sin 
dar cuenta D. Quijote al ama y la sobrina ni Sancho 
á su mujer Teresa Panza, empezaron juntos á via- 
jar por los campos de Montiel conocidos ya de D. Qui- 
jote, y tropezaron luego con multitud de aventuras, al- 
gunas muy interesantes según las pinta Cervantes. Tales 
■fueron, entre otras, la de los molinos de viento, (3) que 
D. Quijote se figuraba que eran gigantes descomunales 
y empezó á batirse con ellos, hasta que una de las aspas 
hizo marchar rodando por el suelo á caballo y caballero; 
la de los rebaños de ovejas, (4) que le parecieron ejér- 



(i) Part. I, cap. 6. 

(2) Id., cap. 7. 

(3) Id., cap. 8. 

(4) Id,, cap. 18. 



ÉPOCA SEGUNDA. 295 

citos numerosos; la de los cueros de vino tinto, (1) don- 
de creia estar peleando con un gigante; la de los dis- 
ciplinantes, (2) que llevaban en procesión á una Virgen 
vestida de negro, que D. Quijote tomó por una doncella 
que traian prisionera é intentaba rescatarla, quedando 
tan mal parado como siempre. Terminan las aventuras de 
esta segunda salida, porque sabedores el Gura y el Bar- 
bero de que continuaba en sus locuras dispusieron lle- 
varle á casa en una jaula, haciéndole creer que estaba 
encantado y que todo aquello sucedía por via de encan- 
tamento. Asi no hubo dificultad alguna en realizarlo y 
tenemos otra vez á D, Quijote en su pueblo y en su ca- 
sa, con lo cual termina la segunda espedicion y se da 
fin á la Primera parte de la obra. 

Hace su tercera y última salida en compañía de San- 
cho, (3) por consejo del Bachiller Sansón Carrasco, uno 
de los personajes mas interesantes de la novela. En esta 
espedicion D. Quijote y Sancho van en dirección al To- 
boso, (4) que era el pueblo de Dulcinea á quien queria 
mostrarse rendido, y después á la ciudad de Zaragoza con 
objeto de asistir á unas justas de' caballeros que debian 
celebrarse. Preguntando D. Quijote por los soñados pa- 
lacios de su señora Dulcinea en el Toboso (5) nadie le 
daba razón, y comprendiendo Sancho que su amo iba á 
servir de burla á los vecinos del lugar, determinó disua- 
dirle á que se emboscase, es decir á que se internase en 
un bosque no lejano mientras él adquiría noticias ciertas 
de su señora Dulcinea. Después de esto, tiene lugar el 



(0 


Part. I., cap. 35. 


(2) 


Id., cap. 52. 


(3) 


Part. II, cap. 7. 


(4) 


Id,, cap. 8. 


(S) 


Id., cap. 9. 



296 LITERATURA ESPAÑOLA. 

famosísimo monólogo (1) de Sancho sobre el encanta- 
miento de Dulcinea. En seguida procura convencer á 
D. Quijote de que no era semejante señora, como él se 
figuraba, sino una moza lugareña de tres que le hizo 
ver montadas en unas borricas. Por último después de 
varias aventuras, en el capítulo LXXI aparece D. Quijote 
volviendo en compañía de Sancho á su casa, (2) donde 
muere haciendo testamento y como buen cristiano des- 
pués de haber sanado de su locura. (3) 

Una vez que ya conocemos la novela del inmortal 
Cervantes y el plan que en toda ella se propuso seguir, 
veamos el ñn que tuvo al escribirla y si le consiguió; 
dónde se escribieron las dos partes de que consta y fue- 
ron publicadas; la fama que adquirió con su publicación 
y el fundamento que reconoce; así como los personajes 
principales que en ella figuran y sus caracteres; los pa- 
sajes mas notables en toda la obra, y algunos defectos. 

Consta de lo que el mismo Cervantes dice en el pró- 
logo de su Primera parte, nuda menos que tres veces, 
y una además al final de la Segunda en las seis últimas 
líneas, que pretendía publicando su novela acabar con 
los famosos libros de caballerías y éste sin duda alguna 
es el fin principal que se propuso. No falla quien ase- 
gura que Cervantes intentaba ridiculizar en su obra las 
empresas de Carlos V, y quiere ver un sentido político, 
oculto y misterioso en toda ella. El verdadero protago- 
nista en este caso hubiia de ser el mismo CárU»s V con 
el supuesto nombre de D. Quijute. Esta upiuiun se cor- 
robora con la aparición del Buscapié ó relación critico- 



(1) Part. II., cap. lO. 

(2) Id., cap. 73. 

(3) Id., cap. 74. 



ÉPOCA SEGUNDA. 297 

satírka de las empresas de aquel emperador, obra re- 
cientemente publicada por D. Adolfo de Castro (18i9) y 
que supone escrita por el mismo Cervantes. Hubo varias 
polémicas entre los críticos afirmando unos y negando 
otros la autenticidad del códice que sirvió para la publi- 
cación del Buscapié, hasta que por último los señores 
Gayangos y Vedia, traductores de la Historia de Ticknor, 
pusieron de manifiesto la falsedad del mencionado códi- 
ce y dieron por terminada la cuestión. Imposible parece 
que una critica impertinente se atreviera á poner en duda 
la palabra honrada de un grande hombre y que esto 
haya sucedido dos siglos después de su muerte. 

Que Cervantes consiguió su objeto de esterminar los 
libros de caballerías se ve clarísimainente, porque ni una 
sola novela de este género se escribió después de la pu- 
blicación del Quijote, cesando hasta las reimpresiones 
de las que eran mas leidas y populares; de modo que 
desde entonces hasta nuestros dias han ido sucesiva- 
mente desapareciendo, hasta el punto de haber llegado 
á ser en la actualidad meras curiosidades bibliográficas. 
Estraño ejemplo del poder y fuerza del genio de Cer- 
vantes que así destruyó oportunamente y de un solo gol- 
pe todo un ramo de literatura favorito y floreciente en 
un pueblo grande y altivo! 

No se sabe á punto fijo donde y cuando empezó Cer- 
vantes á escribir el Quijote y únicamente consta de lo 
que él mismo dice en el ptólogo de la Primera parto 
«que se engendró en una cárcel donde toda incomodi- 
dad tiene su asiento». Que cárcel fuera aquella no está 
completamente averiguado, aunque parece lo mas pro- 
bable que haga referencia á la de Sevilla, porque añade 
en ese mismo prólogo que la escribió en los últimos 
años de su vida. De la prisión que pudiera haber sufrí- 



298 LITERATURA ESPAÑOLA. 

do en la Mancha solo consta por la tradición y respec- 
to á la de Valladulid debió ser de corta duración. 

Llegó Cervantes á presentir la fama estraordinaria y 
y popularidad de su obra, como se desprende de un pa- 
saje en el capitulo LXXI, donde pone en boca de Sancho 
Panza las siguientes palabras: «Yo apostaré que antes 
de mucho tiempo no lia de haber bodegón, venta, ni me- 
són, ó tienda de barbero, donde no ande pintada la 
historia de nuestras hazañas». Confirmada se halla esta 
predicción de Cervantes por las innumerables ediciones 
que se han hecho del Quijote en todas las naciones, pues- 
se cuentan mas de mil y entre ellas una en vascuence, 
dos en catalán y otra en latin. (4) La fama que Cervan- 
tes consiguió pubUcando esta obra es superior á que Lo- 
pe y C'dderon alcanzaron con sus innumerables trabajos 
literarios, porque hay entre ellos notable diferencia. 
Aquellos eran poetas eminentes de su tiempo, cuyas cos- 
tumbres supieron reflejar en sus comedias; Cervantes es 
el gran novelista de todos los tiempos y de todas las 
edades. Como prueba de la popularidad del Ingenioso 
Hidalgo desde el momento en que fué conocido, se re- 
fiere la anécdota siguiente. Estaba un dia Felipe III re- 
creando la vista en uno de los balcones de su palacio en 
Madrid y advirtió que un estudiante sentado y con un 
libro en la mano le dejaba de cuando en cuando para 
reirse á carcajada tendida. El rey no pudo menos de ex- 
clamar: «ó a(|uel estudiante está loco, ó el libro que tie- 
ne en la mano es el Quijote)). Averiguada la causa, re- 
sultó que era producida su risa por la lectura de la in- 
mortal obra de Cervantes. 



(i) Tuvo además el Quijote mullitud de cumentadores y críticos, como Cle- 
mencin, Ríos, Pellicer, Navarrete, Hartzenbusch y otros. 



ÉPOCA SEGUNDA. 299 

El que la novela de Cervantes haya conseguido tanta 
tama depende del mérito real y positivo que en ella se 
encuentra, fundado primero, en que es una obra original 
mas en la primera que en la segunda parte; segundo, en 
que su autor sabe manejar el ridiculo de una manera 
admirable en toda ella; tercero, en que abundan las be- 
llezas de fondo y forma y trata á veces las cosas mas 
st^rias engalanadas de tal modo que allí se ven la razón 
y la imaginación perfectamente concilladas, sin que jamás 
la una llegue á perjudicar á la otra, cosa sumamente di- 
fícil de conseguir en las producciones literarias. 

Los personajes principales del Ingenioso Hidalgo, á 
quienes tiene Cervantes constantemente en escena, son 
D. Quijote el andante caballero y Sancho Panza su es- 
cudero. Figuran como de menor impoitancia Doña Dul- 
cinea del Toboso frecuentemente citada y aludida en la 
novela; el Cura y el Barbero del pueblo mismo del hi- 
dalgo manchego, encargados en un principio de hacer el 
escrutinio de su librería; Sansón Carrasco en la segunda 
parte de la obra y los Duques. Hay además personajes 
de tercer orden y por consiguiente de menor interés. 

El carácter de Don Quijote es el de un hidalgo man 
diego, de nobles y elevados sentimientos, de vasta ins- 
trucción debida á su mucha lectura, y que ha perdido 
el juicio por la estremada afición á los libros de caballe- 
rias, hasta el punto de tener por cierto cuanto en ellos 
se refiere y creerse él mismo uno de los caballeros an- 
dantes de aquellas novelas, con la obligación de irse 
como ellos por el mundo en busca de aventuras, luchando 
siempre contra todo género de injusticia y defendiendo 
á las damas, huérfanos y desvalidos. El carácter de 
Sancho Panza por el contrario, es el de un honrado la- 
brador del lugar mismo de don Quijote, de sentimientos 



300 LITERATURA ESPAÑOLA. 

bajos, egoísta por demás y de poquísima instrucción, 
Atiende únicamente á su medro personal, sin acordarse 
como don Quijote de ir en aux.ilio de los menesterosos, 
ni de lucliar contra la injusticia: su ciencia toda se re- 
duce á un sinnúmero de refranes y proverbios que en- 
sarta oportuna é inoportunamente De consiguiente sim- 
boliza don Quijote el idealismo puro de la caballería 
andante, y su escudero Sancho Panza el positivismo y 
el medro personal. Con el idealismo de don Quijote sin 
su candidez, y con el positivismo de Sancho, sin su exa- 
gerado egoísmo, tendríamos dos tipos dignos de imita- 
ción. El Cura y el Barbero queriendo librar á don Qui- 
jote de aquellas estravagantes aventuras, representan el 
buen sentido mucho mejor que Sancho Panza. Sansón 
Carrasco, Bachiller y hombre de conocimientos, se burla 
de don Quijote, pero al mismo tiempo se interesa por 
él y procura llevarle al buen camino. Los Duques 
son personajes burlones también, pero que únicamente 
se proponen reírse de las estravagancias del héroe aven- 
turero sin ánimo de corregirle, como Sansón Carrasco. 
Doña Dulcinea simboliza una dama desconocida y por 
lo mismo siempre deseada, sin que lleguen jamás á rea- 
lizarse las platónicas aspiraciones del caballero andante. 
Los pasajes mas notables del Quijote se hallan en la 
Segunda Parte que es la mejor y mas trabajada, si bien 
el mérito de la originalidad corresponde á la Primera. 
Los consejos que Sansón Cai'rasco da á Don Quijote y el 
carácter de este personaje son una felicísima adición 
aunque algo atrevida de la obra. (1) La bajada á la cueva 
de Montesinos; (2) el encuentro con el capitán de ban. 



(i) Ingenioso Hidalgo., Part. II, cap. 3 y 4, 
(2) Id., cap, 22 y 23. 



í:Pon A SEGUNDA. 301 

didos, Roque Guinart; (1) el gobierno de Sancho 
en la ínsula Barataría que comprende cinco capítulos, y 
los consejos y lecciones de buen gobierno que en ellos da 
don Quijote á Sancho Punza, que son otras tantas lec- 
ciones de política aplicables á todos los gobernantes; ('2) 
el recibimiento burlesco de don Quijote en el palacio de 
los Duques, donde el héroe llega al colmo de su locu- 
ra; (3) la acogida también burlesca que le hizo don An- 
tonio Moreno en Barcelona: (4) todos estos son otros 
tantos bellísimos pasajes de la Segunda parte, dignos 
de llamar la atención y que dan fama imperecedera á la 
obra de Cervantes. 

Si nos fijamos en el estilo del Quijote vemos desde 
luego que es rico, elegante yá veces florido. Hay en esta 
obra una variedad tal en la forma de espresion, que se 
acomoda á todos los tonos del estilo, á todas las situa- 
ciones, á todos los tipos y caracteres. Ningún escritor 
hay en ia lengua castellana que sea superior á Cervantes 
en el estilo, parte tan interesante de las obras hterarias, 
y ninguno por esto mismo á quien deba estudiarse con 
mas detenimiento. Reúne además la circunstancia de ser 
una obra que nunca llega á cansar y se encuentran 
siempre en su lectura bellezas ignoradas. 

Hay sin embargo en el Quijote algunos defectos que 
merecen tenerse en cuenta. Vemos, por ejemplo, dos 
episodios ó relaciones secundarias en la Primera parte, 
que pecan por demasiado estensas y no guardan pro- 
porción con la totalidad de la obra; pero al m.ismo tiempo 
son tan interesantes estas pequeñas novelitas, que á 



(i) Part II., cap. 6o. 

(2) Id., cap. 45, 47, 49, 51 y 53. 

(3) Id., cap. 32 y 33, 

(4) Id., cap. 62. 



302 LITERATURA ESPAÑOLA . 

nadie le habi-á ocurrido la idea de omitirlas. FAisteri 
equivocaciones, como la de suponer que Sancho iba mon- 
tado en el rucio, cuando acababa de decir que se le ha- 
bla robado Ginés de Pasamente; (i) pero es un descuido 
éste de que el mismo Cervantes se rie (2) y no le quiere 
evitar. Tiene incorrecciones y faltas gramaticales, que 
minuciosamente se ha entretenido Clemencin en hacer 
ver; pero que ó son debidas al atraso en que se encon- 
traba todavia la imprenta, ó al descuido con qm Cer- 
vantes escribía, y en este caso prueban la originalidad 
del genio y avaloran la importancia de la novela. Por 
fin, en lo que aparece un tanto defectuoso el Ingenioso 
Hidalgo, es en la insistencia con que Cervantes se pro- 
pone ridiculizar al autor del falso Quijote^ Alonso de Ave- 
llaneda, desde la mitad de la Segunda Parte en adelante. 
Publicada la Primera Parte del Quijote de Cervantes 
en el año 1605, aumentaron tanto las ediciones en los 
diez años siguientes, que tardó en aparecer la Segunda, 
que algunos escritores de hbros de caballerías perdieron 
las esperanzas de adquirir fama y se ensañaron contra 
el autor. Otros dominados por la envidia, como Alonso 
de Avellaneda, se propusieron arrebarle la gloria, ade- 
lantándose á publicar en Tarragona la Segunda Parle. 
El autor de esta obra no carecía de ingenio ciertamente 
y con seguridad que si Cervantes no pubhca su Segunda 
Parte liabria conseguido mayor éxito; pero tan pronto 
como ésta se llegó á conocer, quedó para siempre la de 
Avellaneda sepultada en el silencio del olvido. Los per- 



{l) Part, I, cap. 23, edic. de 1605. 

(2) Part. II, cap. 3 y 27 — Se rie Cervantes de sus descuidos. En el capí- 
tulo 9 de la Primera Parte dice que no ha visto á Dulcinea y en el 25 asegura 
lo contrario. Sansón Carrasco refiere que van publicados ya 12.QOO volúmenes 
de su obra y don Quijote asegura que 30.000. 



Éí»ocA 'segunda. ^Ó3 

sonajes principales del Quijote de Avellaneda carecen, 
del mérito que tanto se hace notar en losóle Cervantes. 
Avellaneda convierte á su protagonista en un loco exal- 
tado, pero con exageraciones de valor semejante al de 
Aquiles, y el desenlace de la obra tiene lugar muriendo 
el protagonista en una casa de locos, desenlace poco sa- 
tisfactorio ciertamente para el héroe de la novela, que 
debe interesarnos hasta en sus últimos momentos, como 
sucede con el héroe de Cervantes. 

Cliieveclo, iirosista. 

Conocemos á Qiievedo como escritor en verso y es 
necesario examinarle además como prosista, puesto que 
precisamente aquí es donde sobresale y se distingue, ya 
por el mayor número de composiciones que de él exis- 
ten, ya porque en muchas de ellas manifiesta la gracia 
que siempre le acompaña. Al publicarse los trabajos en 
verso de Que vedo por su amigo González Salas, decia 
éste que apenas serian la vigésima parte de sus obras 
las que se daban á luz^ habiéndose extraviado casi todas, 
ó porque la Inquisición se apoderó de sus papeles en 
virtud de una disposición testamentaria, ó por el mucho 
descuido que tuvo siempre en conservarles. Algo pare- 
cido á esto debió suceder también con sus obras cien- 
tíficas y novelescas. 

Iguales censuras y parecidos elogios hemos de tri- 
butarle aquí, á los que nos vimos en la precisión de 
señalar al juzgarle como poeta. Quevedo era hombre 
de vastísimos conocimientos, que fácilmente se descu- 
bren en sus obras. Él lo abarca todo, las ciencias y las 
artes; la filosofía, la teología y la política; revela un co- 
nocimiento profundo de las sagradas escrituras, al mismo 



304 LITERATURA. ESPAÑOLA. 

tiempo que demuestra gran esperiencia del mundo y de 
la vida. Se hace notar en prosa y en poesía por el hábil 
manejo de la lengua castellana, de que dispone á su 
antojo, inventando á veces palabras nuevas, cuando lo 
considera necesario. Como escritor festivo, dijimos que 
en verso era notable por sus romances y letrillas amo- 
rosas y satíricas; con atender solamente en prosa á los 
innumerables chistes y gracias esparcidas en sus cuentos 
y obras novelescas, basta para juzgarle. Manantial ina- 
gotable de sales y equívocos graciosos, á esto sin duda 
es debido que algunos le apelliden frecuentemente el 
chistosísimo Quevedo y otros el gran equivoquista. En 
suma, tres son las cualidades mas salientes de sus obras: 
la estension de conocimientos, el diestro uso del lenguaje 
y la gracia en el decir. 

Pero ai lado de estas buenas cualidades que distin- 
guen á Quevedo, se hallan vicios y defectos de considera- 
ción. Ordinariamente es duro é incorrecto en el lenguaje, 
aficionado á un estilo amanerado y altisonante, á veces 
oscuro, prodigando los equívocos de tal modo que llega 
á hacerse pesado, especialmente en la lectura de sus 
obras serias. Cierto que no es en ellas donde mas se 
ha distinguido. Lo que dio fama imperecedera á Que- 
vedo y contribuye á su mayor celebridad, son induda- 
blemente los escritos satíricos y festivos, en los cuales 
se propuso ridiculizar vicios de la sociedad en general, 
ó los que eran propios de su tiempo, (i) 



(i) Veamos el juicio que ha merecido al docto escritor y crítico señor Cap- 
many, que dice lo siguiente: «Muy difícil nos parece juzgar á Quevedo, aten- 
dida la variedad de sus conocimientos, y la diversidad de estilos y de tonos que 
adopta en sus composiciones, desde el mas elevado hasta el mas bajo.... 
Como satírico, añade, censura los vicios de la sociedad, pero desciende á la 
Qlase mas abyecta, y tiene que usar los términos que le son propios, ofendiendo 



1?P0CA SEGUNDA. 305 

Las obras serias y festivas se designan con el nom- 
bre común de discursos, y entre ellos unos son políticos, 
otros satírico-morales ó festivos y algunos de crítica 
literaria. 

La Política de Dios y Gobierno de Cristo es un tra- 
tado que dedicó á Felipe IV con ese estraño título, y en 
él se propuso deducir del ejemplo de Jesucristo un 
cuerpo entero de filosofía política ó sistema de gobierno, 
que había de continuar luego en su Vida de Marco Bruto, 
obra que figura en el número de sus discursos políticos, 
lo mismo que la anterior. El retrato que hace en ella 
de este personaje y un discurso pronunciado al pueblo 
romano, después del asesinato de Cesar, se citan entre 
los mejores que hay de los escritos de Quevedo. 

El Sueño del Infierno ó Zahúrdas de Pluton es la 
relación de un viaje alegórico á la mansión de los con- 
denados, con pretensiones de imitar al Dante en su Di- 
vina Comedia. Se supone el poeta en sueños, y que guiado 
de su genio viene á parar á un lugar favorecido de la 



muchas veces el decoro, el buen gusto y hasta la decencia» Sabe pintar admí 
rablemente los caracteres de los personajes que pone en escena; les da vida, 
animación y movimiento; pero insiste á veces demasiado y les recarga de colo- 
rines y de trapos..,. Es Quevedo, ano dudar el gran equivoqaista, pero abusa 
también déla facilidad que tiene para ello.... Por fin, concluye, muchas délas 
alusiones de sus cuentos y sátiras, si bien tuvieron importancia en su tiempo, 
hoy que ya pasan desapercibidas, son comida rancia y fria, que desagrada.» 

A la ultima apreciación del crítico ) que nos parece un tanto apasionada, 
pudiéramos observar que comida rancia y fria han de ser necesariamente los 
escritos satíricos de todos los autores, cuando se ocupan de vicios de actualidad 
que ridiculizan y las obras se leen después de trascurrido mucho tiempo. Las 
sátiras de Juvenal y de Horacio ¿cómo han de tener para nosotros el interés que 
despertaban en vida de sus autores? Las costumbres son á veces desconocidas 
con el trascurso de los años y hasta viene á ser trabajoso el entender lo qUe 
quisieron decir. 

20 



306 LITERATURA ESPAÑOLA. 

naturaleza, pero sin compañía ni gente alguna. Tiende 
los ojos con el deseo de buscar algún camino y ve luego 
dos, que partiendo de un mismo punto tendian á sepa- 
rarse. De estos el uno es muy estrecho: por el van po- 
quísimas personas y éstas demacradas por el ayuno y la 
penitencia. Allí no había caballos ricamente enjaezados 
para los hombres, ni carruajes en donde pudieran lucirse 
las señoras, y eran desconocidas las posadas para des- 
cansar. Habiéndose internado un poco en este camino, 
se arrepiente de llevar á su lado gente tan triste, y vien- 
do á la mano izquierda otro mas ancho y espacioso; 
por el que iban personas con muchas comodidades, á 
caballo, en carruajes y de mil maneras, se dirige á él. 
Allí todo eran tiestas, bailes, regocijo y contento. Aque- 
llas gentes- iban al infierno por el camino ancho. Refiere 
Quevedo lo que vio después en él, y lo que mas tarde le 
ocurrió cuando vino á encontrarse en el infierno, donde 
había gentes de todas profesiones y clases, bajas en su 
mayor parte — la canalla del infierno -y esto le da motivo 
para ridiculizarlas. Concluye diciendo que en su relación 
se había propuesto un fin bueno, con objeto de apartar 
á las gentes de aquel camino de perdición. 

Son notables además las veintidós Cartas del Caba- 
llero de la Tenaza, en que se descubre una crítica del 
vicio de la avaricia, que intenta ridiculizar. Tiene el 
Caballero de la Tenaza una dama que le está pidiendo 
constantemente, y él procura desentenderse de una ma- 
nera ingeniosa y festiva de aquella mujer, recordando Cj 
aforismo tan frecuente de «á la costumbre de pedir la 
virtud de no dar.» 

La Culta latÍ7iiparla es un tratado de critica litera- 
ria, escrito con abundancia de equívocos y chistes, para 
ridiculizar el culteranismo dominante. 



ÉPOCA SEGUNDA. 807 



PROSA DIDÁCTICA. 



CAPÍTULO I. 

Saaveclra Fajai'ilo.— Otros escritores* 

El mas importante de todos los escritores políticos, 
al que pudiéramos llamar el príncipe de los de su clase 
en los siglos XVI y XVII, es don Diego Saavedra Fa- 
jardo. Superior á Guevara, Antonio Pérez, Quevedo y á 
cuantos le precedieron ó vivian en su tiempo y escri- 
bieron sobre materias políticas, no falta sin embargo 
quien, como Puibusque, autor de una obra de gran 
nombradla titulada Literatura española y francesa com- 
paradas y escritor de merecida reputación literaria, 
quiere colocarle mas alto aún, y le llama «el mas grande 
hombre del reinado de Felipe IV, » añadiendo á estoque 
«no hay mas que una voz en España para proclamar á 
Saavedra el primer escritor de aquel reinado,» El juicio 
anterior de Puibusque nos ha parecido un tanto exage- 
rado, si se atiende á que en tiempo de Felipe IV vivian 
en España multitud de hombres eminentes, entre los 
cuales muy difícil seria establecer la preferencia. Qué 
hacer del insigne Calderón y de aquellos dramáticos dis- 



§08 LITERATURA ESPATÍOLA. 

tinguidos, que colocan el teatro á mayor altura por su 
originalidad y genio fecundo, que ninguno de los escri- 
tores de las demás naciones civilizadas? No se acomo- 
daba esto al gusto del escritor francés enemigo, como 
algunos de nuestros vecinos, del teatro español. Bastará 
colocarle el primero entre los autores de trabajos poli- 
ticos de su tiempo. 

Nació en Aljezares, pueblo hoy de la provincia de 
Murcia, de una familia distinguida. Quiso esta que desde 
sus primeros años hiciera los estudios de teología y de- 
recho en la Universidad de Salamanca, donde dio mues- 
tras repetidas de sus escelen tes condiciones y claro ta- 
lento. Siendo aún muy joven fué condecorado con el 
hábito de caballero de Santiago. Posteriormente acompañó 
en clase de secretario al cardenal Borja, que se encon- 
traba en España como embajador de la corte de Roma. 
Llamando la atención de Felipe IV por sus escelentes 
cualidades de hombre de gobierno, le hizo venir á su 
palacio para nombrarle embajador, cargo que desempeñó 
en Alemania, Italia, Suecia y otros puntos, habiéndose 
ocupado en la carrera diplomática por espacio de cua- 
renta años. Al terminar sus funciones, vino á descansar 
á la corte donde pasó los últimos años de su vida. Cuén- 
tase que enterrrado en el convento de recoletos agusti- 
nos de Madrid, la calavera de Saavedra Fajardo servia 
para colocarla sobre los túmulos de los entierros. 

Se deben varias obras á este escritor, y entre ellas 
muy conocidas Las Empresas políticas^ La República 
literaria y La Corona gótica, distinguiéndose de las de- 
mas por su importancia científica y literaria la prime- 
ra. (I) Escribió esta obra en los ratos de ocio, que le 



(i^ £iá, di Riv.^ tomo 25. 



ÉPOCA SEGUNDA. 309 

dejaban libres los asuntos diplomáticos, habiéndola de- 
dicado al principe Baltasar Garlos, hijo de FeUpe III y 
hermano de Garlos II, el Hechizado, quien por muerte 
¿e su hermano llegó á ser el heredero de la corona de 
España. El asunto se reduce á esponer científicamente 
lo que él entiende que debe ser un príncipe político cris- 
tiano, desde que empieza á gobernar la nación hasta su 
muerte. Se la conoce también por el título de Idea de un 
príncipe político criüiano, contenida en cien empresas. 
Son ciento y una sin embargo, las empresas ó partes 
que comprende esta obra. En ella se propone tratar las" 
siguientes cuestiones: cómo el príncipe debe saberse go- 
bernar á sí mismo; cómo debe conducirse para gober- 
nar á sus subditos; cómo ha de entrar en inteligencia 
con los gobiernos estrangeros; cómo ha de tratar á los 
ministros; cuál ha de ser su conducta en tiempo de paz 
y de guerra; y por fin, hasta cómo debe un príncipe 
pasar los últimos años de su vida. La moral ó filosofía 
poUtica de un principe cristiano es, en suma, la obra 
de Saavedra Fajardo: un tratado completo de la ciencia 
de gobierno, tal como se encontraba la política en aque- 
llos tiempos. Procura confirmar su doctrina con ejemplos 
tomados de la historia antigua y moderna, y con razones 
filosóficas de gran peso, que hacen de ella un dechado 
de erudición y de filosofía. Esto por lo que á su fondo 
se refiere. Si atendemos á la forma el estilo es conciso, 
á la manera del de Tácito, y cortado. Las bellezas 
de la obra se encuentran á veces oscurecidas por algu- 
nos defectos, que eran consiguientes á su manera de 
escribir. Abusando de la concisión de las cláusulas, in- 
curre en la oscuridad y en escesivo laconismo: lastrases 
cortadas hacen que haya cierto acompasamiento y sime- 
tria, que disgustan. Se advierte además algo de amane- 



310 LITERATURA ESPAÑOLA. 

raraiento y afectación, vicios nacidos del culteranismo 
dominante que todo lo invadía. No son un obstáculo, 
sin embargo, estos lunares, para que á Saavedra Fajardo 
se le tenga por un distinguidísimo escritor político. 
Cualquiera puede convencerse de ello con leer solamente 
el retrato que hace en la última empresa— la ciento y 
una — de Fernando el Católico, á quien presenta como 
un modelo de príncipe político cristiano. 

La República literaria, menos conocida que la ante- 
rior, es una obra de crítica, donde bajo la alegoría de 
un sueño, juzga los autores y sus obras de una manera 
ingeniosa, y con elegancia y armonía en el lenguaje. 

Baltasar Gracian, de Calatayud, era conocido ya en el 
reinado de Felipe IV, como preceptista del culteranismo, 
por su obra Agudeza y arte de ingenio, que es una es- 
pecie de poética de aquella escuela. Fué escritor de mu- 
cho ingenio y de escelentes condiciones, pero estraviado 
por haberse dejado llevar de la corriente del mal gusto 
que cundía, precisamente en la época en que él vivió. 
Es acaso el que dio mas importancia á la escuela culte- 
rana con la publicación de sus obras fdosóficas, que 
adquirieron mucha fama y se tradujeron á varios idio- 
mas, tituladas El Discreto, Arle de prudencia y El 
Héroe, {i) 

La mas estensa de las obras de Baltasar Gracian es 
El Criticón, cuyo asunto se reduce á presentarnos un 
cuadro alegórico de la vida humana, refiriendo las aven- 
turas de un caballero español, llamado Critilo, que apa- 
rece náufrago en la isla de Santa Elena, donde halla un 
salvaje que ninguna otra noticia tiene de si mismo 
y de su vida, sino que una fiera le ha criado á sus 



(i) Bió. de Riv.^ tom. 65. — Obras escogidas de filósofos. 



ÉPOCA SEGUNDA. 311 

pechos. Comunicándose en un principio por señas, 
llegan después á entenderse en castellano, y saliendo de 
aquella isla andan juntos por el mundo discurriendo so- 
bre varios asuntos, que les dan ocasión para juzgar á 
los hombres mas distinguidos de España en aquella época. 
La historia de las aventuras de estos dos camaradas es 
larga y se divide en tres partes, correspondientes á los 
tres periodos de la vida humana, niñez, virilidad y vejez. 
El Criticón es una obra satírico-moral, donde abundan 
los razonamientos filosóficos en estilo á veces ameno y 
entretenido. El pasaje en que describe como Egenio fué 
conduciendo á los dos camaradas, Critilo y Andrenio, por 
la gran feria del mundo, es uno de los mejores y basta 
para conocer el mérito literario y apreciar el estilo fes- 
tivo del escritor. 

Si el vicio del culteranismo no desluciese de cuando 
en cuando las obras de Baltasar Gracian, hoy mismo 
seria tenido por escritor distinguidísimo; y se comprende 
que cuando estaba de moda ese mal gusto literario lla- 
mara justamente la atención con sus composiciones, que 
fueron traducidas á varios idiomas y entre ellos al latin. 

Don Juan de Zabaleta, escritor madrileño del tiempo 
de Felipe IV, dejó á la posteridad varias obras, algunas 
festivas, como el Día de fiesta en Madrid, que es una 
serie de cuadros de costumbres semejante á las Escenas 
matritenses, de Mesonero Romanos. No se advierte en 
olla el defecto de culteranismo que hay en las demás, y 
su estilo es natural y claro. Como una muestra del chiste 
y gracia de sus pinturas puede verse la que hace del 
galán en dia de fiesta. 



312 LITERATURA ESPAÑOLA 



CAPITULO II. 

Ilistoi-ia<loi*e>s» — Mariana. 

Uno de los géneros mas importantes que figuran en 
la literatura cientifica es la historia, que empieza á tener 
razón de ser entre nosotros en el siglo XVI, cuando la 
nacionalidad española se ha formado y la unidad terri- 
torial, política y religiosa estaban conseguidas. Entonces 
era lógico también que apareciesen escritores que, pres- 
cindiendo del individualismo característico de las cróni- 
cas, se fijasen mas en los hechos generales que intere- 
san á la nación entera, no solamente á las parcialidades 
y divisiones de reinos anteriormente conocidas: es lle- 
gado el momento de la unidad en la historia. 

En la edad media hubo un hombre grande en todos 
sentidos, que adelantándose á la época en que vive, se 
propuso escribir una historia general de España, comen- 
zando ú referir los hechos desde la mas remota antigüe- 
dad, para llegar á los tiempos de su padre don Fernan- 
do III, el Santo: este hombre fué don Alonso el Sabio. 
Pero no habiendo esciitor alguno, que se atreviera á 
secundar el pensamiento suyo en los siglos XIV y XV, 
nacieron entonces las crónicas ó historias particulares de 



ÉPOCA SEGUNDA. 313 

los reinados, y tuvimos las atribuidas á Sánchez del To- 
bar, que se refieren á don Alonso el Sabio, á su hijo 
Sancho IV, á Fernando IV y ádon Alonso XI; las cuatro 
del siglo XIV escritas por el canciller don Pedro López 
de Ayala; la de don Juan II en el siglo XV arreglada en 
orden y estilo por el cronista Fernán Pérez de Guzman; 
y por fin las de los Reyes GatóUcos debidas al cura de 
Palacios y á Hernando del Pulgar, último cronista. Con 
él acaba el tiempo de las crónicas y empieza la historia 
propiamente dicha. 

Guando se creó la Academia de la Historia en el si- 
glo XVIII, procuraron desde luego los individuos de tan 
distinguida como ilustrada corporación reunir cuantos 
documentos históricos les fué posible, á fin de exami- 
narles debidamente, haciendo al mismo tiempo una cla- 
sificación de todos ellos. Se encontró un número tan 
considerable de escritos históricos, sin contar los que 
habia diseminados en los archivos de las catedrales y en 
las bibliotecas de particulares, que ascendía á mas de 
trece mil volúmenes, pertenecientes á historias de rei- 
nos, conventos, corporaciones y particulares. Mas de 
cuatrocientos de estos documentos hablan sido escritos 
por historiadores contemporáneos de los sucesos que re- 
fieren. A una cantidad tan considerable de trabajos no 
correspondía la calidad, porque la mayor parte eran fá- 
rragos indigestos, cuya lectura se hace insoportable, en- 
contrándose el lector que pretende estudiarles, como un 
viajero que penetrando en un espeso bosque le impide 
la maleza tropezar con el camino que facilite su salida. 

En tiempo de Garlos I los procuradores á cortes pen- 
saron nombrar un cronista de aquel reinado, siguiendo 
la costumbre de tiempos anteriores, y se acordó enco- 
mendar este cargo á Florian de Ocampo, canónigo en- 



314 LITERATURA ESPAÑOLA. 

tonces de la catedral de Zamora. Natural de aquella 
ciudad, habla sido aventajado discípulo en Alcalá del 
famosísimo Nebrija. Gomo hombre de gran ilustración, 
tomó á su cuidado y con empeño el formar una Crónica 
general de España. Aunque su autor llevó el nombre de 
cronista, sin embargo tiene ya condiciones de historiador 
que se propone referir sucesos generales que interesan 
á la nación entera. El plan de Ooampo era empezar la 
narración en los tiempos de la dispersión de los hombres 
después del diluvio, cá semejanza del rey sabio, y dividir 
luego su historia en cuatro partes. Debia comprender la 
primera, la época romana desde los tiempos primitivos; 
la segunda, la época visigoda; la tercera, la época ára- 
be; y la cuarta, lo demás hasta llegar á su tiempo. Pero 
le fué imposible concluir por haberle sorprendido la 
muerte, y dejó escrita solamente la primera de estas 
partes, acabando en tiempo de los Escipiones. Se ad- 
vierte en la Crónica de Ocampo un estilo regular y pro- 
pio de la historia, como sucede en el retrato que hace 
de Annibal; pero está plagada de cuentos y con poquí- 
simo criterio escrita. 

A Florian de Ocampo sucede Ambrosio de Morales, 
cronista de Felipe II. Era natural de Córdoba, y figuraba 
ala sazón como distinguido catedrático de la universidad 
de Alcalá. Se propuso continuar la obra de su antecesor 
y siguió la narración en el mismo punto donde aquel 
la habia dejado, consiguiendo llevarla hasta los tiempos 
de Fernando I, el Magno. Le sorprendió la muerte, lo 
mismo que á Ocampo, sin que la pudiera concluir, por 
haberla empezado cuando tenia ya muy avanzada edad. 
La Crónica de Morales es de peor estilo que la de de 
su antecesor; pero tiene mejores condiciones de historia, 
por la veracidad en la relación de los sucesos. Esteban 



ÉPOCA SEGUNDA. 315 

de Garibay, autor escelente de consulta, se estendió en 
sus Cuarenta libros hasta la toma de Granada. 

Si se quiere fijar el carácter general de nuestros 
historiadores en los siglos XVI y XVII, antes de exami- 
nar algunos de los mas importantes, debemos tener pre- 
sente que éste es el de usar constantemente de la nar- 
ración y ocuparse muy poco ó casi nada de la filosofía 
de los acontecimientos; eran mas narradores que filósofos; 
referían hechos, pero no discurrían sobre las causas y 
consecuencias de aquellos. El motivo de esa tendencia ú 
referir mas bien que á razonar los historiadores, le ve- 
mos en la m.ultltud de hechos que existían esparcidos 
en diferentes cronicones y hadan bastante si conseguían 
entresacarles y ponerles en orden y estilo convenientes; 
en la credulidad mayor entonces para recibir los sucesos 
según eran presentados; y en el menor número de obras 
Impresas que circulaban, que dejaba tiempo de cono- 
cerlas aunque fuesen muy estensas y pesadas. Hoy que 
han variado las circunstancias y que existen obras his- 
tóricas de tantas clases, no es posible detenerse en he- 
chos minuciosos, y hace falta mas concisión y laconismo, 
descartando multitud de pormenores en que abundan 
aquellas historias. Esto por lo que al fondo se refiere. 
En orden á la forma, los historiadores tomaban por mo- 
delo á los escritores de la clásica antigüedad y se esme- 
raban mucho en que sus obras fuesen elegantemente 
escritas. Asi es que, á imitación de ellos, empleaban 
pomposas arengas ó discursos puestos en boca de los 
personajes é Inventados por los historiadores mismos; 
hadan estensisimas descripciones de batallas; cuidaban 
de retratar con gusto á los valientes. Pero el afán do 
buscar estas bellezas en el lenguaje de sus retratos, 
arengas y descripciones, les obligaba á Incurrir en gran- 



316 LITERATURA ESPAÑOLA. 

dísimos defectos, resultando á veces inexactos ó dema- 
siado recargados los retratos, y diíusas, lánguidas ó pesa- 
das las arengas y descripciones. 

Mariana* 

El príncipe de los historiadores en la segunda época 
es el P. Juan de Mariana, como Saavedra Fajardo lo es 
de los escritores políticos. Fray Luis de Granada de los 
religiosos, Cervantes de los novelistas, Herrera en la 
poesía lírica y Calderón en el teatro. Sabio le llamaban 
en su tiempo, y nada menos que Lope de Vega, cuando 
dice: 

Su misma patria no perdonó 
- Al sabio Mariana, cuando erró. 

La fama de que gozó fué debida principalmente á su 
Historia general de España, obra de la cual se hicieron 
muchas ediciones, y cuyo mérito es reconocido aún des- 
pués de haberse publicado las muy notables historias de 
Carlos Romey, Saint Hilaire y don Modesto Lafuente, 
con justicia celebradas, especialmente la de este último 
escritor. Una prueba de su gran nombre, como historia- 
dor, la tenemos en aquellas palabras que anduvieron en 
boca de todos: «Roma tiene medio historiador, España 
uno, y las demás naciones ninguno.» El medio historia- 
dor, á que se alude, es Tito Livio, que escribió la Historia 
general de Roma, como Mariana la de España, pero le 
faltaron las guerras civiles tan importantes en la historia 
del pueblo rey, y por eso quedó iticompleto su trabajo. (1) 



(i) Nació Mariana en Talavera de la Reina, hoy provincia de Toledo, y 
recibió su educación literaria en la Universidad de Alcalá. Se distinguía allí 
entre sus compañeros, cuando vino el P. Nadal á Castilla con el encargo de 



ÉPOCA SEGUNDA, 317 

Muchos fueron los disgustos y hasta persecuciones 
que !e ocasionó la publicación de algunas de sus obras. 
Era Mariana en Toledo el consultor de personas eminen- 
tes, que en grande estima le tenian por sus buenas 
prendas y grandss merecimientos. Pensábase entonces 
en hacer un examen detenido de la traducción de la 
Biblia poliglota de Arias Montano, que tenia fama como 
el Maestro León de interpretarla con demasiada libertad. 
Dióse la comisión de revisarla al P. Juan de Mariana 
con beneplácito de los compañeros de la orden, pero 
cuál no seria su sorpresa al ver que después de dos años 
emitia un informe favorable al traductor! Aumentáron- 
sele los disgustos con la publicación de otras obras. 

Escribió un tratado De rege el regís instilutione^ de- 
dicado á Felipe III, y en él sostenía ideas un tanto atre- 
vidas en orden á la monarquía y persona del rey, cuando 
entre otras cosas dijo «que es lícito matarle en algunos 
casos.» Fué tan mal recibida esta obra en Francia, donde 
Mariana era conocido, que el parlamento dispuso entre- 
garla á las llamas por mano del verdugo. En España 
no mereció tan desfavorable acogida. Sin embargo, otra 
publicación suya «sobre la alteración de la moneda de 
vellón,» desagradó tanto al duque de Lerma y al mismo 
Felipe III, qué por ese medio hablan llegado á depre-' 
ciarla, que Mariana fué encerrado en prisiones sujetán- 
dole además á duros castigos. 

recoger jóvenes para la Compañía de JesuS) á la cual se agregaron muchos dé 
las clases mas acomodadas. Le fué muy fácil á Mariana llamar la atención 
del P. Nadal, que pronto le sometió á las pruebas necesarias para ingresar en 
la orden. Al poco tiempo era nombrado catedrático de un famoso colegio que 
habia organizado en Roma aquella compañia, y trasladado después á Francia 
estuvo encargado en la Universidad de Paris de exponer la Suvui tcolcigica de 
Santo Tomás, que como la Divina Comedia tuvo enseguida admiradores. Que- 
brantada su salud, vino á fijar su residencia en Toledo y allí murió el año 16^3. 



318 IJTERAfüRA ESPAÑOLA. 

Vengamos á la Historia general de España^ que es 
la obra maestra de Mariana. Forman el asunto los hechos 
importantes de nuestra nación, desde la venida de Tubal 
supuesto hijo de Jafet, hasta los últimos años de los Re- 
yes Católicos. Comprendió después en una reseña his- 
tórica los reinados de Carlos I y Felipe II, hasta la muer- 
te de Felipe III. Está dividida la primera parte en veinte 
libros, y en diez la reseña histórica que la acompaña, 
formando en su conjunto treinta, que son los que com- 
prende la Historia de Mariana. En un principio la es- 
cribió en latin, y por consejo del cardenal Bembo la tras- 
ladó él mismo al castellano, para evitar que desmereciese 
el trabajo en manos de estraños traductores. Qué se 
propuso Mariana al escribirla? ¿Pretendía hacer una his- 
toria filosófica á la cual no faltará el examen crítico de 
los hechos referidos? Al contrario, el mismo historiador 
asegura, contestando á Lupercio L. de Argensola que le 
censuraba por haber considerado á Prudencio natural de 
Calahorra, que su objeto fué «poner en orden y estilo 
lo que otros historiadores hablan recogido, como mate- 
riales de la fábrica que pensaba levantar, sin obligarse 
á averiguar todos los particulares; así que nadie tenia 
derecho á obligarle á lo que él no quiso obhgarse de su 
voluntad». Manifiesta á veces terminantemente «que dice 
mas de lo que cree,» y otras añade «que mientras no 
halle razones para desechar lo que se sabe por tradición 
aunque parezca muy estraño, prefiere contarlo á entrar 
en juicios críticos sobre ello». 

Muchos han sido los elogios y grandes las censuras 
de la obra de Mariana; pero unos y otras dependen del 
criterio diferente que se ha tomado para juzgarla, sin 
tener en cuenta la escuela histórica á que Mariana per- 
tenece. El que busca allí una historia narrativa y des- 



I 



ÉPOCA SEGUNDA. 31^ 

Criptiva, la encuentra; el que además quiere una historia 
pragnicática y filosófica, lo desea inútilmente, porque ni el 
autor se propuso esto, ni los tiempos eran apropósito para 
•escribir historias de esta clase. No lejana todavía la épo- 
ca del renacimiento, quiso tomar por modelo á Tácito 
en la filosofía, y á Tito Livio en la narración. 

Akunos críticos hallan dos clases de defectos en la 
Historia de Mariana. Dicen que presenta los hechos y los 
reyes con negros colores y que hace con esto poco favor 
á la nación, sin tener en cuenta que á fuer de escritor 
independiente necesitaba ser imparcial en la relación de 
los sucesos y con los personages de cualquier clase que 
estos fueran. Le echan otros en cara el no haber acla- 
rado muchas cosas que permanecen oscuras en su his- 
toria, y el hacerse eco de cuentos y patrañas; pero no 
reparan que Mariana no se propuso, como ya dijimos, 
hacer crítica histórica de los sucesos, sino mas bien reu- 
nir lo que encontró formado, trabajo sobradamente mo- 
lesto para el primer escritor de historia general de nues- 
tra nación. 

Al lado de estos defectos, en Mariana disculpables 
hasta cierto punto, hay bellezas de primer orden en las 
descripciones, pintura de caracteres y retratos de los 
personajes; en los discursos y arengas que pone en boca 
de los mismos; y en el lenguaje que ordinariamente es 
un modelo de idioma castellano. Son muy brillantes en 
la edad antigua las descripciones de las guerras de Anni- 
bal; (1) en la edad media las de la irrupción de los Bár- 
baros; (2) conjuración de Juan de Prócida; (3) reinado 



(1) Libro 11. 

(2) Libro V. 

(3) Libro XIV. 



320 LITERATURA ESPAÑOLA. 

turbulento de D. Pedro el cruel; (1) y principales acon- 
tecimientos del tiempo délos Reyes C4atólicos. (2). Todas 
están llenas de animación y vida, así como los retratos 
de D. Alonso el Sabio y D. Alvaro de Luna, pintados de 
mano maestra; aunque generalmente Mariana no sabe 
pintar á los personajes con pocos y muy significativos 
rasgos, sino que se estiende en dibujarles, circunstancia 
que hace pesada su lectura. Entre las arengas es digna 
de citarse la de D. Pelayo animando á los montañeses 
de los primeros tiempos de la reconquista á ganar el 
territorio perdido con la invasión de los árabes. 



(i; Libro XVII. 

(2) Al fiu de la primera parte. 



ÉPOCA TERCERA. 



CASA DE BORBON 



poesía y prosa. 

CAPITULO I. 

Felipe V.—Estado ele las letras. 

Terminada la segunda época de gloria literaria con 
los siglos XVI y XVIL, empieza el examen crítico de la 
tercera, que abarca la última centuria, es decir el si- 
glo XVÍII y por consiguiente los reinados de cuatro mo- 
narcas españoles pertenecientes á la dinastía conocida 
en la Historia de España con el nombre de Gasa de 
Borbon. Conviene recordar el estado político de la nación 
para conocer mejor los escritores de aquel tiempo. 

Con el último rey de la dinastía austríaca había lle- 
gado España al mayor grado de postración que puede 
concebirse. Carlos II, llamado comunmente el Hechizado 
y por algunos imbécil, era débil de cuerpo y alma, y por 
lo mismo incapaz de gobernar. Habiéndose casado dos 
veces sin que llegara á tener sucesión, se formaron dos 

21 



322 LITERATURA ESPAÑOLA- 

partidos en la corte, el austríaco y el francés, que as- 
piraban á vincular la corona en las casas reinantes en 
su pais. Celebraban además Inglaterra y Holanda los 
tratados de La Haya y Londres, donde se disponia de la 
corona que cenia las sienes de Carlos H, según dice un 
historiador contemporáneo, del mismo modo que una 
casa de comercio dispone libremente de sus capitales y 
decide quién es el llamado á recogerles. En tal estado 
las cosas, se acercaba la muerte del rey, y previendo 
éste los males sin cuento que habia de ocasionar á su 
pueblo dejándole á merced de unos cuantos ambiciosos, 
aconsejado por el pontífice Inocencio XI resolvió hacer 
testamento en favor del nieto de Luis XIV, Felipe An- 
jou de Borbon, conocido después en la historia de Es- 
paña por Felipe V, el Animoso. 

Cuando muere Carlos II la nación habia llegado al 
mayor grado de decadencia en las ciencias, artes y lite- 
ratura, así como en las costumbres, en la religión y en 
todo. A ello contribuía la misma incapacidad del mo- 
narca para gobernar y los desaciertos de algunos reyes 
de la casa de Austria sus antecesores. La ciencia del 
gobierno era completamente desconocida, y de este modo 
se esplica el atrevírniento de las demás naciones á dis- 
putarse la corona de España: en las artes se había intro- 
ducido el estilo de Churriguera; en literatura campeaba 
á sus anchas el culteranismo de Baltasar Gracian y el 
conceptismo délos secuaces de la escuela de Paravicino; 
en religión abundaban las creencias supersticiosas de 
duendes, brujas, hechizados y otras semejantes; las cos- 
tumbres públicas se hallaban tan pervertidas que los 
destinos quedaban á merced del mejor postor. En tan 
lamentable estado sucede la casa de Borbon á la de 
Austria, que terminaba en Garlos II. 



iypoc.k tercehA. 323 

Mucho tenia que hacer el hiiulador de hi nueva cli- 
nastia, Felipe V, para atender al remedio de tantos ma- 
les. Aun cuando era de ánimo resuelto y decidido, tro- 
pezó con serias dificultades en los primeros años de su 
reinado por los planes de sus enemigos, los austriacos, 
que con los ingleses y holandeses se hablan coaligado. 
Tuvo lugar entonces la tan conocida guerra de sucesión, 
que terminada en 1713, después de tres años de lucha 
consecutivos, vino á asegurar los derechos de Felipe V 
en el tratado de Utrech, Desde entonces, Ubre de sus 
enemigos el monarca, se encuentra en condiciones de 
poderse dedicar al gobierno del pueblo, cuyos destinos 
le hablan sido encomendados. 

Gomo educado en Francia en la corte de su abuelo 
Luis XIV, donde brillaron los mas grandes ingenios de 
la literatura de aquella nación, Felipe V era ante todo 
francés, dispuesto á secundar el pensamiento de aqiiel 
monarca que le habiadado, como principal encargo, «no 
olvidarse nunca de que lo era.» Aficionado por su edu- 
cación á las letras, al mismo tiempo que á la vida corte- 
sana, pensó desde luego en la creación de grandes cen- 
tros del saber en España semejantes á los conocidos en 
su pais, donde habia desde los tiempos del cardenal 
Richelieu una famosa Academia, compuesta de personas 
de grande ilustración. Creó pues, al siguiente año del 
tratado de Utrech, la Academia de la Lengua , que fué 
la primera corporación científico literaria de su clase co- 
nocida por entonces en España. 

El objeto de la Academia de la Lengua, vasto en un 
principio, porque debían tratarse en ella las ciencias 
todas conforme al sistema de Bacon, muy pronto se li- 
mitó á los fines propios de su instituto, consignados en 
el siguiente lema: limpia, fija y da esplendor. Limpia, 



324 LITERATURA ESPAÑOLA. 

separando las voces que pertetiecen á- otros idiomas; 
fija, al indicar con claridad las que son propias de la 
lengua castellana; y realizando ambos fines consigue el 
tercero, que es dar esplendor al idioma nacional. Para 
llenar su cometido publicó enseguida un magnífico Dic- 
cionario en seis tomos en folio, que redujo después á 
uno solo, mas útil y manuable para las clases populares. 
Las definiciones, del primitivo diccionario, escelentes; las 
citas, ricas; y la parte etimológica un tanto descuidada. 
. Los tratados de Ortografía y Gramática de aquel tiempo 
dejan bastante que desear. Entraba además en el pen- 
samiento de la Academia escribir una Historia de la 
lengua española y un Arte poética] y si no llegó á rea- 
lizarlo, prestó en cambio otros servicios, que no eran de 
su incumbencia, como la publicación de lujosas edicio- 
nes, por ejemplo la del Quijote de don Vicente de los 
Ríos, y concedió premios á trabajos literarios. 

La creación de la Academia de la Lengua, en 1714, 
vino á promover el espíritu de asociación para fines 
científicos y literarios, y durante el reinado de Felipe V 
se formaron corporaciones análogas, como la Academia 
de la Historia, fundada en 1738, cuyos trabajos de todo 
género son de la mayor importancia y honran sobrema- 
nera á sus individuos. 

Poco favorable es el juicio que merece la poesía en 
el periodo que estamos recorriendo. Acaso no hubo en 
todo aquel reinado otro escritor consagrado á las musas 
que alcanzara mas fama y popularidad que don Eugenio 
Gerardo Lobo, capitán de guardias corazas y conocido 
entonces por el capitán coplero entre los partidarios de 
la escuela clásica francesa, que le denigraban. (1) No lo 

(l) Don Antonio Alcalá Galiano en sus Lecciones de Literatura española^ 
francesa^ inglesa i italiana ., dadas en el Ateneo de Madrid, defiende á Gerardo 



ÉPOCA TERCERA. 325 

merecía ciertamente, pues aficionado á la poesia desde 
joven, hizo ensayos en casi todos los géneros, siguiendo 
el gusto de la escuela tradicional castellana; sus obras 
fueron muchas veces impresas, y algunas se repetían y 
conservaban en la memoria de los españoles á principio 
del siglo actual. Los versos largos en su mayor parte son 
de la mala escuela que antes dominaba; pero las décimas, 
fáciles y graciosas, recuerdan los buenos tiempos de 
nuestra literatura. 

Con el fin de atajar el mal gusto dominante en la 
primera mitad del siglo XVIII, se escribieron sátiras 
como la de Jorge Pitillas, y empezó la publicación de 
periódicos ilustrados. Es la sátira de Pitillas, seudónimo 
de su verdadero autor don José Gerardo Hervás, una 
ingeniosa y cáustica invectiva contra los malos escrito- 
res, citándoles á veces por sus nombres, como á Mañer, 
director del Mercurio literario, á Cañizares, y otros 
de una manera bastante clara para que no se pudieran 
confundir. Desde el principio descubre el poeta su in- 
tención de ser fuerte é implacable con los vicios de los 
escritores. 

Y ya que otro no chista, ni se mueve, 
Quiero ser satírico Quijote 
Contra todo escritor follón y aleve. 

El Diario de los literatos de España forma época 
entre las publicaciones de este género en nuestro pais. 



Lobo del calificativo de coplero de la manera siguiente. «Aunque se le ha lla- 
mado el capitán coplero y le cuadra bien el tal título, es menester confesar que 
hubo un periodo, desde que nuestra literatura se afrancesó, en que se despre- 
ciaba demasiado á los copleros, y aunque estos no deben ser citados como mo- 
delos, es preciso tener presente que los copleros empezaron nuestra literatura; 
que ésta fué de copleros hasta el siglo XV, y en las obras de los copleros se 
hallaba una parte de la índole del ingenio español en sus mejores dias. 



326 LITERATURA ESPAÑOLA. 

Tenia por objeto principal «reunir los extractos de libros 
que fueran saliendo á luz, de tres en tres meses, y con 
templanza y mesura formar el juicio crítico de ellos.» 
En el año 1737 dio principio á sus tareas, que continua- 
ron por espacio de cerca de dos años. Existe una colec- 
ción de siete tomos, formada á raíz de la publicación 
del diario, y comprende cada uno de ellos un trimestre. 
Precede la dedicatoria á Felipe V, cuya protección se 
implora, y sigue la introducción que es por demás inte- 
resante. En ella se averigua la razón de ser que tiene 
la institución de los diarios, y se hace después la historia 
de los pubUcados en diferentes naciones de Europa, hasta 
llegar á España, que no ha sido de las primeras en aco- 
meter tamaña empresa. Propósitos laudables eran los de 
los fundadores del Diario, y no vieron defraudadas sus 
esperanzas, á la altura que entonces se hallaba la crítica 
literaria. 

liifliieiiciii francesa* — Liizaii. 

Continuando el reinado de Felipe V, á medida que 
avanzaban los años se hacia notar mas visiblemente la 
iniluencia de las costumbres francesas en la cultura es- 
pañola; porque ni las clases populares se fijaban en 
aquella mudanza, ni le hacían resistencia, y el nuevo go- 
l)íerno por su parte contribuía también al mismo fin, 
siguiendo los buenos principios de no herir en lo mas 
mínimo la susceptibilidad del antiguo espíritu castellano. 
París era entonces, como lo habia sido mucho tiempo 
antes, la capital mas adelantada y brillante de Europa, 
y las cortes de Luis XIV y de Luis XV, íntimamente 
relacionadas con, la de Felipe V, habían de introducir 
necesariamente en Madrid el mismo tono y las mismas 



ÉPOCA TERCERA. 327 

maneras, que iban ya propagándose por los paisas mas 
avanzados del Norte. 

Se empezaba áusar la lengua francesa entre la socie- 
dad elegante, y en la corte de Felipe V era mirado esto 
como una prueba de atención y galantería hacia el mo- 
narca reinante, manifestando la gente de palacio especial 
interés por introducir aquella costumbre, desconocida 
hasta entonces en España. El autor déla sátira que lleva 
el seudónimo de Pitillas, burlándose de sí mismo, por 
haberse dejado llevar de la moda de hablar francés, la 
ridiculiza con mucha gracia en los siguientes versos: 

Hablo francés, aquello que rae basta 
Para que qo me entiendan, ni yo entienda 
Y fermentar la castellana pasta. 

El Padre Isla se ríe también de los que degenerando del 
carácter español afectan ser estrangeros, y pinta á un 
hombre que creía haberse casado con una andaluza, y 
resultó ser francesa hecha y derecha. Sobrevino además 
la costumbre de traducir obras francesas, principalmente 
novelas, que tan perjudicial había de ser á nuestro rico 
idioma castellano. 

De aquí al planteamiento de un sistema Uterario fun- 
dado en las doctrinas clásicas, á la sazón dominantes en 
Francia, no había mas que un paso, y el llamado á darle 
era D. Ignacio de Luzan. Nacido este escritor en Aragón 
de familia noble y distinguida que le procuraba esme- 
rada educación, siendo de poca edad todavía hizo sus 
estudios en las universidades de Italia, donde vívia en 
compañía de un hermano suyo. Por espacio de diez y 
ocho años adquirió estensos y variados conocimientos en 
la literatura italiana, y estuvo en relaciones amistosas 
con los poetas mas conocidos de aquel país, como Maffei 
y Metastasio. Al íin de ese tiempo regresó á la Penin- 



328 LITERATURA ESPAÑOLA. 

sula, para atender á unos bienes de fortuna que su her- 
mano conservaba en Aragón, y entonces fué cuando con 
decidido empeño quiso consagrarse al cultivo déla lite- 
ratura española, que se proponía regenerar. Nombrado 
posteriormente secretario de la Embajada en Paris por 
el gobierno de Felipe V, adquirió profundos conocimien- 
tos de la literatura clasico-francesa, cuyos principios ha- 
bla de consignar en su Poética, cuando definitivamente 
lijara su residencia eu España. 

Se conocían en la literatura española algunas obras 
de esta clase, desde los tiempos del marqués de Villena, 
Juan de la Encina, Torres Naharro, Juan de la Cueva y 
Lope de Vega, pero todas eran deficientes; y aún cuan- 
do últimamente aparecieron dos. El Arte y agudeza de 
ingenio y de .Baltasar Gradan y un Tratado de la elo- 
cuencia, del Sr. Artigas, fueron ambas de malísimo gus- 
to, porque en ellas se esponia el sistema completo de 
la escuela culterana. Con el fin de atajar el mal ejemplo 
de estos escritores y «sujetar, como él decia, la poesía 
española á los principios que se usan en las naciones 
cultas», publicó Luzan su Arte poética. 

No era otro el objeto de aquella obra didáctica, emi- 
nentemente clara y metódica, donde sienta los princi- 
pios del clasicismo francés del tiempo de Luis XIV. Toda 
ella está dividida en cuatro libros: en los dos primeros 
trata de la poesia, su naturaleza, orígenes y ventajas; 
ligeramente de la lírica^ la sátira y la bucólica, que con- 
sideraba partes inferiores: en los dos últimos se estien- 
de mucho en la épica y la dramática, donde creía él 
que se habían distinguido sobre todo los ingenios espa- 
ñoles. Abundan las citas y referencias á la literatura 
francesa é italiana, y constituyen una parte importantísi- 
ma de su trabajo, en lo cual pocos le aventajan. Apenas 



ÉPOCA TERCERA. 329 

publicada, el éxito fué estraordinario, porque se leia con 
afán por las personas ilustradas, y en su clase vino á ser 
el libro de moda en el siglo XVIII. Se comprende esto 
perfectamente, puesto que propendía á entronizar la li- 
teratura del tiempo de Luis XIV, que era entonces la 
literatura del mundo. 

No obtuvo Luzan el mismo resultado en sus compo- 
siciones poéticas del género lírico, sobradamente frias 
aún las mejores, como una oda A la defensa y conquista 
de Oran. 

Academia del liiieii g*ii.sto« — Velaz€|iiez*~ 
Mayaiis y Sisear. 

Si en el reinado del animoso Felipe V se habia des- 
pertado en España la afición á las letras, debida en una 
gran parte á la benéfica influencia oficial que eontribuyó 
al nacimiento de las Academias, y si además existieron 
hombres tan eminentes como D. Ignacio de Luzan, que 
cooperaban al mismo fin de progreso é ilustración, fuer- 
za será convenir en que durante el reinado de su sucesor 
el pacifico Fernando VI los adelantos no fueron tan rá- 
pidos como seria de desear, por mas que el espíritu de 
lucha y de> controversia anteriormente iniciado, con la 
publicación de la Sátira de Pitillas y la fundación del 
Diario de los literatos, no hubiera decaído. 

Y ciertamente que á ese mismo espíritu de lucha in- 
telectual propendía la creación de Academias poéticas, 
que tan en voga estuvieron en los siglos XVI y XVII en 
España, y posteriormente en Francia, cuya literatura em- 
pezaba á servi.rnos de modelo. Nació entonces en Madrid 
con éxito lisongero la Academia del buen gusto, que for- 
ma época en la historia poética del siglo anterior, cuyo 



330 LITERATURA ESPAÑOLA. 

presidente era la distinguida condesa viuda de Lemus, 
Doña Josefa de Zúñiga y Castro, que habitaba un her- 
moso palacio en la calle del Turco, donde se reunian 
sus individuos, tan conocidos en el mundo literario de 
entonces, como Montiano, Luzan, Velazquez y otros. Des- 
de su creación en 1749 llamaba mucho la atención de 
la corte, y de ella decia con gracia D. Juan de Iriarte, 
aludiendo á que estaba aquel grupo de poetas presidido 
por una mujer, que esta Academia era un Parnaso al 
revés, (i) 

Uno de los principales individuos de la Academia del 
buen gusto, el mas distinguido acaso después de Luzan, 
fué D. Luis José Velazquez, Marqués de Valdeílores, á 
quien es necesario tener en cuenta para apreciar debi- 
damente el periodo de transición que corresponde al 
reinado de Fernando VI, y conocer el espíritu de la crí- 
tica literaria de entonces. Nacido en Málaga de ilustre fa- 
milia, se vio precisado á pasar la mayor parte de su vida 



(i) L'na sola figura estaba allí como fuera de su centro, el estrafalario Vi- 
llarroel, cuya musa indisciplinada ni se doblegaba á los preceptos que habrían 
embargado su vuelo irregular, ni se arredraba ante los atildamientos de aquella 
esfera elegante y encumbrada. Su inalterable llaneza, su simpática condición, 
su carácter sacerdotal, y principalmente su humor festivo, le grangeaban el 
aprecio de todos. A él le era lícito decir cosas contrarias al instituto y nombre 
de la Academia, que en los labios de otro cualquiera habrían sido insolencias 
y descortesía. Al abrigo de su jovial y bondadosa índole había llegado á con - 
quistar la impunidad de los juglares de otros tiempos. Siempre era aplaudido 
con entusiasmo, y nadie caía en la tentación de tomar por lo serio ni sus es- 
travagancias literarias ni sus escabrosas agudezas. Acaso el mismo Villarroel no 
se decidió nunca tampoco á tomar por lo serio ni sus propios versos ni los aje- 
nos. Comprendía que su época no era tiempo de poesía y así lo espresaba cla- 
ramente diciendo: 

Bien sé que el laurel de Apolo, 

Hoy mas que corona, afrenta 

Bi6. de Kiv. tora. 6l.— XCH. 



ÉPOCA TERCERA. 331 

en la corte, donde favorecido al principio de su admi- 
rador sincero el célebre ministro Marqués de la Ense- 
nada, fué últimamente comprometido y envuelto en la 
causa del motin de Esquilache. Después de seis años de 
prisión en los castillos de Alicante y las Alhucemas, 
murió precisamente el mismo año que recobraba su liber- 
tad. La historia no esplica satisfactoriamente estos suce- 
sos de su vida, tratándose. de un escritor tan ilustrado y 
laborioso como el Marqués de Valdeflores. 

Aunque no de grande ingenio poético, era un crítico 
elevado y al mismo tiempo de buen gusto, según lo que 
por buen gusto solía entonces entenderse, y dejó escri- 
tas varias obras muy eruditas sobre las antigüedades y 
literatura de su pais. La mas conocida y estimada hoy 
se titula Orígenes de la poesía espafiola, que es un bos- 
quejo histórico de la misma, hasta casi los tiempos del 
autor. Resulta demasiado breve é incompleta para el 
asunto que se propuso desenvolver; (1) pero escrita en 
estilo propio de los trabajos doctrinales, y con juicios crí- 
ticos muy acertados, honra sobremanera al discernimiento 
y agudeza de ingenio del escritor. Se advierte además, 
que basada en los mismos principios de la escuela clá- 
sico francesa, diez y siete años antes consignados por 
Luzan en su Poética, aspiraba á robustecerles con un 
trabajo histórico crítico sobre la poesía española. 

Figura también como crítico D. Gregorio Mayans y 
Sisear, hombre muy instruido y de los que mayor in- 
ílucncía ejercieron en la literatura española de aquel 
tiempo. Entre las muchas obras que escribió, es autor 
de una Retórica, basada en las opiniones de los precep- 



(l) En la primera edición, hecha en 1754, consta la obra de un tomo en 
4.0, de 175 páginas nada mas. 



332 LITERATURA ESPAÑOLA. 

tistas latinos, mas bien que en las de Boileau y su es- 
cuela. Esta obra es un gran almacén de interesantes 
extractos de escritores, que pertenecen á los buenos 
tiempos de la literatura española, escogidos cor* acierto, 
aunque no siempre oportunamente aplicados al asunto 
que se propone. Escesivamente larga y pesada, se aco- 
modaba menos á las necesidades de su tiempo que la 
Poética de Luzan, y era mas opuesta aún al antiguo es- 
píritu castellano, que siempre se manifestó enemigo de 
reglas y de preceptos. 



ÉPOCA TERCERA. 333 



CAPITULO II. 

Carlos III. — Moratiii, Doit Xleolas. — Otros 
escritores. 

Dos periodos comprende la tercera época de la lite- 
ratura españolaj es decir el siglo XVIII principalmente: 
uno de postración y decaimiento al principio; y otro de 
regeneración, florecimiento y vida en su última mitad, 
cuando vemos ya que la reforma iniciada por Felipe V 
con la creación de las Academias, y secundada por Luzan 
con su Poética, ha de quedar triunfante en el reinado de 
Carlos III, cuya duración fué de veintinueve años, desde 
1759 hasta 1788. Así como dijimos oportunamente que 
en tiempo de Carlos II las ciencias, artes, literatura, y 
hasta las costumbres se hallaban decadentes y envileci- 
das, ahora sucede precisamente lo contrario, pues du- 
rante el reinado del hijo de Fehpe V las vemos regene- 
rarse cobrando nueva vida y esplendor. 

A Carlos III se debe el mejoramiento de la Hacien- 
da, que paulatinamente caminaba hacia la bancarrota; la 
enseñanza de las ciencias físicas y matemáticas en las 
universidades; la creación de las Sociedades económicas 
de Amigos del Pais, protectoras de las artes, de la in- 
dustria y del comercio; la construcción de grandes edi- 



334 LITERATURA. ESPAÑOLA. 

ficios que hoy se distinguen por su solidez y magnificen- 
cia, como el Museo de Pintura y Escultura de la corte 
y varias aduanas; la provisión de canales de riego, como 
el de Aragón y Murcia; la repoblación de la parle me- 
ridional de España, que con la espulsion de judios y mo- 
riscos se encontraba notablemente perjudicada. 

Uno de los escritores notabilísimos del reinado de 
Carlos III, que secundaba el pensamiento de Luzan y 
su escuela «de sujetar la poesia española á los preceptos 
que se usan en las naciones cultas,» era don Nicolás 
Fernandez de Moratin. Nació en Madrid de familia dis- 
tinguida, que le daba esmerada educación en San Ilde- 
fonso. Hizo sus estudios de derecho en Valladolid y se 
recibió de abogado, volviendo luego al pueblo de su 
residencia ordinaria para casarse, y después á la corte, 
donde estaba llamado á brillar como hterato y profesor 
distinguido en el Colegio Imperial. 

Protegido de hombres tan importantes en aquel rei- 
nado, como el conde de Aranda, Gampomanes, Florida- 
blanca, y en frecuentes relaciones con los mas aficionados 
á la literatura, reunió en torno suyo un círculo de ami- 
gos, que concurrían al café de San Sebastian, y crearon 
una especie de Tertulia literaria, cuyo lema era ocu- 
parse de teatros^ toros, amores y versos. Semejante á la 
Academia del buen gusto del tiempo de Fernando VI, 
se prohibía tratar en ella de política, pero no estaba 
permitido el acceso á las mujeres. Su objeto era emi- 
nentemente español, aunque con tendencias marcadísi- 
mas á introducir el clasicismo francés. Formaban parte 
de aquella reunión don Vicente de los Rios, autor del 
Análisis del Quijote, don José de Cadalso y algunos lite- 
ratos italianos residentes en Madrid. Leíanse obras de los 
jnismos concurrentes, que juzgaban siempre en la mejor 



ÉPOCA TERCERA. B35 

armonía; se discutian y analizaban trabajos de otros es- 
critores, que por entonces salian á luz en España; y al- 
canzaba también la critica al exánien de obras estran- 
geras, siempre bajo el punto de vista del clasicismo 
que invadia la literatura. 

Escritor «déla cantera de los antiguos vates castellanos,» 
como dice Gil y Zarate, cultivó casi todos los géneros poé- 
ticos y se distinguía por la pureza y exactitud del lengua- 
je, uniendo á esto la armonia en la versificación. Tenia 
el don de improvisar y era lo que llamamos repentista; 
pero sabia detenerse a corregir sus trabajos y puso es- 
pecial cuidado en atajar el mal gusto y esterminar el 
culteranismo que tantos estragos habia hecho en la lite- 
ratura. El interesantísimo romance en quintillas, La fiesta 
de toros en Madrid, (i) que es su obra mas popular, 
debida á la afición misma que él tenia á este género de 
diversiones; el canto épico Las naves de Cortés destruí- 
daSj poema de cortas dimensiones, escrito en octavas 



(i) /Ji¿>. de Riv., tom. II, pág. 12. 
Se describe una función de toros en Madrid, que el poeta supone celebrada 
en el siglo XI, cuando estaba en poder de los moros. Su alcaide Aliatar es 
quien dispone la fiesta, con motivo de ser el natalicio de Alimenon de Toledo, 
Quiere él mismo demostrar su valor y destreza en la lidia, para agradar á la 
hermosa Zaida, de quien se habia enamorado, y mata tres toros; pero cuando 
se presenta el cuarto que es muy bravo, quedó tan mal parado como otros 
caballeros que lo intentaron. En medio de aquel apuro se presenta un algua- 
cil, que hincada la rodilla en tierra da la siguiente noticia: «un caballero «cris- 
tiano solicita perjniso para lidiar. « Concedido éste, sale á la plaza y hay gran 
curiosidad por saber quién es, hasta que una doncella de Zaida cita el nombre de 
Rodrigo de Vivar. Mata en efecto el toro rebelde y, cogiendo la divisa, se la 
ofrece enseguida á la bella Zaida con la punta de su lanza. Celoso entonces 
Aliatar deja de entrar con él en desafío por respeto á la fiesta; y cuando apa- 
rece la gente del Cid que le esparaba, aquel le despide galante á las puertas 
de la plaza. 



336 LITERATURA ESPAÑOLA. 

reales; (1) y un poema didáctico sobre la caza, titulado 
Diana, (2) son las principales composiciones literarias 
de este escritor, sin contar otras originales ó traducidas, 
del género lírico. En el dramático dejó también algunas 
comedias y tragedias, que apenas fueron representadas, 
y de ellas hablaremos oportunamente. 

Partidario de la escuela neo- clásica fundada por don 
Nicolás Fernandez de Moratin en España, y uno de los 
concurrentes á la afamada Tertulia literaria del café de 
San Sebastian, fué el coronel don José Cadahalso. Aun- 
que carecia este poeta de fuego y elevación, tenia mucha 
naturalidad y dulzura en la versificación, distinguiéndose 
especialmente en las odas anacreónticas, que se proponía 
resucitar, completamente olvidadas desde los tiempos de 
Villegas. Escribió en prosa la obra titulada Eruditos á 
la violeta, que es una sátira ingeniosa contra los estu- 
dios superficiales, escrita en forma de lecciones sobre 
el modo de aprender todos los conocimientos humanos 
en el corto espacio de una semana. Fué tal el éxito de 
esta obra, que al siguiente año publicaba un suplemento 
con varias ilustraciones al mismo asunto, y algunas car- 
tas escritas por supuestos discípulos del autor, que le 
daban cuenta del mahsimo resultado de su aprendizaje 
por aquel método detestable. 

Cadahalso había nacido en Cádiz, pero los años de 
su juventud les pasó en París, habiendo además recor- 
ri,do las principales naciones de Europa, Poseía varios 
idiomas, especialmente el inglés, y quizá esto le movió 
á escribir Las Noches hlguhres, imitación del inglés 
Young, que fué por mucho tiempc» su obra mas popular 
en España y por la que principalmente se le conoce. 

(i) Tom. II., pág. 39. 
(2) Id., pág. 49. 



ÉPOCA TERCERA.. 337 

A.[ mismo tin que Gerardo Hervás, Lazan y Moratin, 
el padre, aspiraba don Tomás triarte con la publicación 
de sus Fábulas literarias. Se proponía también atajar el 
mal gusto dominante, poniendo en vez de moraleja final 
un precepto literario ó máxima de buen gusto, que puede 
ser útil á los buenos escritores, y un preservativo á los 
extraviados. Tuvo el mérito de la originalidad en esta 
clase de fábulas, y es digno de loa por esa circunstancia. 

Don Félix Maria Samaniego se hizo tan popular en 
España con sus Fáhdas morales, que es el escritor mas 
conocido de todos los de aquel tiempo, á juzgar por la 
frecuencia con que se repiten las ediciones de su obra* 
No se dirige, como Lafontaine, á la inteligencia de los 
hombres; pero le aventaja como fabulista que escribe 
para niños. 

lleleiulez Váleles.— Fray Diego C^oiizalez.— =■ 
Otros poetas* 

Guando en el siglo XVIII habia llegado á su mayor 
apogeo una discordia suscitada entre los que seguían á 
Moratin y su escuela, imitación de la clásica francesa, y 
los partidarios de la antigua poesía castellana, apareció 
en la esfera literaria un tercer grupo de escritores que, 
mirando sin prevención á unos y otros, se apartaba de 
las exageraciones de ambos, no propendiendo á las ex- 
travagancias del tiempo de los FeUpes, y acomodándose 
en cuanto era posible, á las severas reglas del gusto li- 
terario que á la sazón dominaba, en Europa. Es lo cierto 
que tan fuera de razón estaba Moratin con desdeñar los 
antiguos romances, por ejemplo el viejo y bellísimo de 
Calaínos, como Huerta, de quien luego hablaremos, afir- 
mando sin robozo que la Athalia, de Racine, no servia 

22 



338 LITERATURA. ESPAÑOLA. 

mas que para ser representada en algún seminario con- 
ciliar. 

Nació, pues, á fines del reinado de Carlos III y prin- 
cipios del siguiente, la conocida hoy con el nombre de 
escuela Salmantina. Y no se crea que al hablar de ella 
entendemos por escuela salmantina una agrupación de 
literatos, con bandera común y que siguieron todos unos 
mismos principios; sino que únicamente incluimos en este 
número á los entonces partidarios del buen gusto que, 
ó eran hijos de Salamanca, ó hablan residido mucho 
tiempo en aquella ciudad, y no pasan de cinco. Es un 
recuerdo de la escuela salmantina del tiempo de Fray 
Luis de León. 

El patriarca de esta escuela fué D. Juan Melendez 
Valdés, (1) poeta no de inspiración grande y numen ele- 



(i) Nació Melendez Valdés en un pueblo de la provincia de Badajoz y, sien- 
do joven todavía, pasó á estudiar á Salamanca, punto de residencia ordinaria 
en los mejores años de su vida. Dos épocas hay que distinguir en la historia 
literaria de Melendez, como en la de Góngora y Hurtado de Mendoza: una 
cuando sigue los consejos de Cadahalso, y escribe sus mas delicadas y dulces 
poesías en Salamanca-; otra cuando por indicación de Jovellanos, y viviendo en 
la corte, se propone dar sentido filosófico á sus escritos, que pierden mucho con 
ello en colorido poético. 

Empezó Melendez imitando la manera de escribir de Gerardo Lobo, cuyos 
versos fueron muy celebrados en todo el siglo XVIII; pero la circunstancia de 
haberse fijado en Salamanca D. José Cadahalso le hizo variar de sistema y ad- 
quirió nuevas aficiones lirerarias. Su trato frecuente con este poeta llegó á im- 
pregnarle tanto en su manera de escribir, que solia decirse entonces <rque la 
mejor obra de Cadahalso era Melendez Valdés». Hay entre las poesías de aquel 
periodo de su vida algunas anacreónticas^ (i) que recuerdan los buenos tieni' 
pos de Villegas, con toda la ligereza y dulzura propia de esta clase de compo- 
siciones. Era sin duda lo mejor que se habia escrito y alcanzaron de todos jus- 
tos y merecidos aplausos. 

De la viJa de catedrático, y hombre consagrado a la amena literatura en 

(1) Tomo63, pág. 93, yslg, 



ÉPOCA TERCERA. 339 

vado, como pretendían sus amigos, discípulos y maestros; 
pero de vena fácil, abundante y amena, que supo cauti- 
var la atención de sus contemporáneos con las primeras 
poesías, y superior á cuantos le habían precedido en 
aquella centuria, sin escluir al mismo Moratín. Las obras 
de estos escritores mas bien parecen ensayos de una 
época literaria, que aun no se hallaba fija y definitiva- 
mente asentada; pero Melendez, que es el poeta prin- 
cipal de su tiempo, acertó á dar sanción y autoridad á 
la nueva poesía, que se iba formando en España desde 
el advenimiento al trono de la dinastía de Borbon. 

Carecía de fuerza creadora y de originalidad vigoro- 
sa; pero en cambio poseía en alto grado un instinto imi- 
tativo, no vulgar y rastrero, que podría llamarse verda- 
dera facultad de asimilación. La fuerza descriptiva ade- 
más, es tan característica de Melendez que nunca le 
faltan recursos, y le sucede á veces que embaraza ia efu- 
sión de sus sentimientos con las imágenes pintorescas. 
Por eso la poesía campestre, que pinta mas que siente, 
érala favorita de su ingenio; por eso con la égloga titulada 
Batilo (1) dio vida por un momento á un género muer- 
to; por eso Las bodas de Camacho el rico, cuyo plan 



Salamanca, pasó á ocupar un puesto en la carrera judicial el primer año del 
reinado de Carlos IV, llegando á ser nombrado Oidor en la Chancillería de 
Valladolid. A pesar de las muchas ocupaciones de su cargo, no abandonó Me- 
lendez la afición á la poesia, y aquí empieza la segunda época de su vida lite- 
raria. Por consejo de un respetable amigo y admirador suyo, Jovellanos, se de- 
dicó entonces á escribir algunas poesias serias del género filosófico, pero no 
obtuvo el mismo resultado que en las dulces y delicadas anacreónticas de su 
primera edad, sin embargo deque algunas merecieron aplauso, como las odas 
Al Invierno; A la Presencia de Dios en sus obras; y A la Verdad, (l ) Formó 
de todas una colección dedicada al Príncipe de la Paz, 

(i) Bib, de Riv,, tom. 63, pág, 174, 

(1) Tomo 63, pág. 216ysis. 



840 LITERATURA ESPAÑOLA. 

había formado s;u amigo y maestro Jovellanos, resultó ser 
una especie de égloga, cuando pensaba hacer una comedia. 

Entre los poetas del grupo salmantino figura el maes- 
tro Fray Diego González, á quien su respetable amigo 
Jovellanos acostumbraba á llamar Delio, como áMelen- 
dez Butilo, aludiendo á las églogas mas conocidas de 
estos escritores. Natural de Ciudad Rodrigo, vistió muy 
joven el hábito de monje agustino y fué Prior en un 
convento de Salamanca, ciudad que se envanece de con- 
tarle en el número de sus distinguidos vates. 

Como poeta, dice Ticknor que el maestro González 
se adhirió mas que Melendez á la antigua escuela caste- 
llana, eligiendo uno de sus mejores modelos, por ha- 
ber imitado á Fray Luis de León, con tan feliz éxito, 
que al leer sus odas y algunas versiones de los sal- 
mos nos parece oir aún la solemne entonación de su 
gran maestro. Sus poesías mas populares, sin embargo, 
pertenecen al género festivo, por ejemplo el Murciélago 
alevoso, (1) que se reimprimió muchas veces y es una 
bella poesía descriptiva. 

Quien haya pasado la vista por su égloga, titulada 
Llanto de Delio y profecía del Manzanares, no podrá me- 
nos de recordar las odas de Fray Luis de León, de cu- 
yos pensamientos se apodera y desarrolla estensamenté, 
reproduciendo el estilo natural y sencillo de aquel poe- 
ta, con quien tiene mas de una semejanza, por haber 
sido monje agustino, de moral intachab'e y aficionado á 
los placeres de la vida del campo, (2) cuyos encantos 



(i) Bi¿>. de Riv., tom. 6l, pág, iS6. 

(2) En una carta autógrafa á su amigo el P. Miras, dice lo siguiente: «Ma- 
ñana salgo á pasar tres ó cuatro dias en \a\ flecha, que está de aquí, rio arriba, 
legua y media. Tenemos allí unas haceñas, un hermoso soto y prado, y lo que 
es mas que todo, aquella huerta que en el principio de 9X Diálogo de los Ncm- 



ÉPOCA TERCERA. 341 

reproduce en sus poesías con todas las galas de que es 
susceptible la hermosa lengua castellana. Sin dificultad 
se le puede llamar el León del siglo XVIII, aun cuando 
en las composiciones serias no se eleva á la altura que 
el insigne cantor del Tajo. 

Don José Iglesias y La Casa formaba también parte 
de la escuela salmantina, aunque en último lugar. Nació 
en Salamanca y se entregó con cierto desenfado en los 
mejores dias de su juventud, á la sátira. Sus poesias ob- 
tuvieron escelente resultado; pero arrepentido luego, 
siendo párroco, de haber escrito lo que pudiera desdecir 
de su clase, se dedicó á trabajos serios, que no alcanza- 
ron ni con mucho la importancia que los escritos festi- 
vos; por lo que será siempre conocido en la literatura 
española, como la mejor imitación que se ha hecho de 
Quevedo. (1) 



brcs de Cristo describe con tanta belleza nuestro insigne León, y donde aquel 
Marcelo enseñó á sus compañeros tan divinas doctrinas. Este es el huerto que, 
en la canción de la vida solitaria, llama plantado por su mano, «del monte en 
la ladera, y la fontana pura», que 

Por ver acrecentar su hermosura. 

Desde la cumbre airosa 

Hasta llegar corriendo se apresura. 

que tú lo sabes todo de memoria y á la letra, como tan aficionado á Fray Luis.» 
(i) Villegas, Fray Luis de León y Quevedo, escritores de los buenos tiem. 
pos de la literatura, tienen su genuina representación como poetas, en el si- 
glo XVIII, por Melendez Valdés, Fray Diego González y don José Iglesias y 
La Casa. 



34'2 LITERATURA ESPAÑOLA. 



CAPITLXO III. 

El Teatro hasta 1T50.— Clasicismo francés. 

La poesia dramática carecteriza mejor que ningún 
otro género el movimiento literario del siglo XVIII, 
porque en el teatro fué donde primero se aplicaron las 
reglas del clasicismo francés. 

En el reinado de Felipe V se hallaba el teatro en 
plena decadencia y entregado en manos del populacho, 
á quien no solo debió en tiempos mas felices una buena 
parte del carácter que le distinguía, sino que fué su 
protector mas decidido y constante en sus dias de adver- 
sidad y desgracia. Eran todavía en Madrid los teatros 
públicos verdaderos corrales al aire libre, rodeados de 
galerías ó corredores, siu mas resguardo en caso de llu- 
via para los numerosos espectadores del patio, que veian 
la comedia en pié, que un toldo insuficiente, ó el re- 
curso de invadir las galerías; de suerte que, cuando la 
mucha concurrencia á éstas les impedia ponerse al 
abrigo de la intemperie, se suspendía la función y se 
dispersaba el auditorio. La representación se hacia de 
dia, era casi enteramente desconocido el aparato escé- 
nico, vestuario y mueblaje de época, y recogíase en me- 



ÉPOCA TERCERA. 343 

tálico á la puerla el precio de la entrada, que se reduela 
a unos cuantos maravedises por persona. 

La segunda esposa de Felipe V, Isabel de Farnesio, 
hizo arreglar un teatro donde una compañía italiana solia 
de vez en cuando dar óperas, destinándole para su pro- 
pio recreo. Este importante cambio sirvió de estímulo 
para que los dos antiguos corrales de la Cruz y del Prín- 
cipe se reformasen en 1743 y 1745 respectivamente. 
Apesar de todo los nuevos coliseos siguieron llamándose 
corrales y los palcos aposentos- la cazuela era destinada 
únicamente para las mujeres tapadas con sus mantos, y 
en el proscenio estaba el alcalde de corte con dos algua- 
ciles para conservar el orden. Tal era la situación de 
los teatros, aunque había adelantado algo en su parte 
arquitectónica. 

En todo ese tiempo abastecían el teatro nacional, 
abandonado por la corte y las clases elevadas, escritores 
que solicitaban con frases vulgares los aplausos de la 
ínfima plebe. Don Agustín Montiano y Luyando, caba- 
llero castellano que ocupaba en palacio un puesto im- 
portante y era además individuo de la Academia del 
buen gusto, fué el primero que escribió en tiempo de 
Fernando VI una tragedia fundada en la historia roma- 
na, titulada Virginia, enteramente ajustada á los mode- 
los de la escuela francesa, que no se trató siquiera de po- 
ner en escena. La composición era tan fria como regular, 
pues todas las reglas, inclusa la de no dejar la escena 
vacia durante la representación en un acto, están rigo- 
rosamente observadas. 

La primera comedia original española ajustada al 
clasicismo francés fué la Pelr ¿metra (1) de Moratin, pa- 



(l) Z>V¿. de Jíizf., toni. 2, pág. 66. 



344 LITERATURA ESPAÑOLA. 

dre, que tampoco mereció los honores de ser represen- 
tada. Cupo esta distinción en 1770, aunque con alguna 
dificultad, á la tragedia del mismo autor titulada fíorme- 
sinda, (1) primer drama original á la manera de Cor- 
neille y de Racine que apareció en los teatros públicos 
de España. Fúndase su acción en sucesos enlazados con 
la invasión sarracena y las hazañas de don Pelayo, todo 
ello escrito en silvas. El buen éxito obtenido en parte 
por esta pieza indujo á su autor en 1777 á escribir su 
Guzman el Bueno. El carácter bien conocido del héroe 
de esta tragedia que prefirió la muerte de su hijo por 
los árabes á la entrega de la plaza de Tarifa, cuya de- 
fensa le estaba encomendada, si bien no está pintado 
con todo el vigor de las antiguas crónicas ni del drama 
de Guevara, está al menos bien sostenido, y revela mas 
esfuerzo poético que las demás obras de este escritor. 
Fué también representada, aunque no obtuvo mejor for- 
tuna que la anterior. 

Cadahalso, de quien hablamos anteiiormente, dio 
un nuevo paso en la imitación de los clásicos franceses 
escribiendo su tragedia D@n Sancho García y que se im- 
primió en 1771 y fué representada algo después. Está 
escrita en endecasílabos pareados, innovación que no 
podia menos de tildarse de monótona en un* teatro como 
el español, donde siempre se habia hecho gala de una 
lozana y abundante variedad de metros. 

Don Tomás Iriarte, mas conocido como fabulista, 
goza sin embargo el honor de haber escrito la primera 
comedia original, sujeta á las reglas del arte, que se re- 
presentó en España. Mejor aconsejado escribió después 
dos comedias completamente originales, que valen mas 



(l) Tomo 2, pág. 85. 



ÉPOCA TERCERA. 345 

que cuanto había producido antes la escuela á que per- 
tenecía. Una de ellas apareció en 1778, El Señorito mi- 
mado, y otra diez años después La Señorita mal criada. 
La primera tiene por objeto demostrar los daños produ- 
cidos por la indiscreta indulgencia de una madre en la 
educación de su hijo, y la segunda iguales perjuicios 
ocasionados por el ciego cariño y descuido de un padre 
rico con una hija. Una y otra constan de tres actos, y 
están escritas en versos cortos rimados, género de ver- 
sificación siempre grato á los oidos españoles. Hay en 
ambas caracteres bien delineados y un estilo fácil y 
agradable, que si no revela gran travesura de ingenio, 
no está enteramente falto de cierta originalidad de pen- 
samiento. 

El primero que obtuvo un verdadero triunfo intro- 
duciendo en la escena española algo de la francesa fué 
Jovellanos, si bien no siguió rigorosamente el clasicismo 
de Racine y de Boileau. La honradez de sus sentimien- 
tos y su filantropía le llevaron á elegir el asunto de su 
Delincuente honrado^ (1) en que se propuso combatir 
la crueldad é ineficacia de las terribles leyes contra el 
desafío, que estaban aún vigentes en España. (2) Esta 
es una* comedía sentimental en prosa, y el primer ensayo 
de este género en la escena española. Su argumento 

(i) El motivo de escribir Jovellanos ^/ Z'í;//«í:«í«/í honrado fué el siguien- 
te. Disputábase en una tertulia de Sevilla sobre el mérito de la comedia senti- 
mental ó llorona francesa, como algunos dicen. Varios délos contertulios con- 
vinieron en calificar de espúreo y malo aquel género; pero la mayor parte le 
consideraba interesante y propio para escitar los sentimientos del alma. Jove- 
llanos, que participaba de esta opinión, se propuso escribir inmediatamente una 
comedia y este fué el origen que tuvo El Delincuente honrado, — Bib. de Riv. , to- 
mo 46, XI, disc. prel. 

_ (2) Existia una Pragmática de Carlos III, por la que se castigaba con pena 
capital á los duelistas, sin distinción de provocado y provocador. 



346 LITERATURA ESPAÑOLA. 

está reducido á lo siguiente. Un caballerOj después de 
rehusar repetidas veces un duelo, mata en desafio y sin 
testigos á su contrario, indigno esposo de una señora 
con la cual el matador se casa mas adelante; mas con- 
fesando después su delito por salvar á un amigo, injus- 
tamente acusado de aquel homicidio, es condenado á 
muerte por un juez inflexible, que impensadamente re- 
sulta ser su mismo padre, salvándose por último del 
suplicio por la clemencia del rey, aunque no de una 
pena rigorosa. 

Desde luego se echa de ver lo mucho que un argu- 
mento semejante se presta á situaciones interesantes y 
dolorosas;-supo Jovellanos aprovecharlas con destreza, 
manejando el asunto de la manera mas sencilla y opor- 
tuna, con gran calor y afecto en los sentimientos, y 
en un estilo cuya pureza y corrección no son el menor 
atractivo. La comedia El Delincuente honrado fué pues 
muy bien acogida desde luego, y siempre que sea bien 
representada no dejará de arrancar lágrimas á los espec- 
tadores. Se puso en escena por primera vez en uno de 
los teatros reales, (1) y representada luego en España 
entera se tradujo al francés llegando á ser muy conocida 
en los teatros de Francia y Alemania: éxito portentoso de 
que no habia ejemplo mucho tiempo antes en la historia 
literaria de España. Ninguna comedia obtuvo igual re- 
sultado de cuantas se escribieron después. 

Desde la primera tentativa de introducir en la escena 
española comedias ajustadas á los modelos franceses 
habíase suscitado una reñida contienda, que si bien pa- 
recía terminar á favor de los innovadores, se hallaba aún 



(i) Cosa eslraña, y más que fuese bien recibida, censurándose en ella se- 
veramente una pragmática de Carlos 111, 



ÉPOCA TERCERA. 347 

muy lejos de estar completamente acabada. Moratin el 
padre publicó en 1762 lo que él llamaba Desengaño al 
teatro español, en tres valientes discursos contra el 
teatro antiguo, y especialmente contra los Autos sacra- 
mentales, en que sin desconocer el mérito poético de 
los de Calderón, declaraba y sostenía que representa- 
ciones tan rudas, groseras y blasfemas, como lo eran 
aquellas por punto general, no debian sostenerse en una 
nación culta y devota. Las reclamaciones de Moratin 
fueron escuchadas con relación á los autos, cuya repre- 
sentación fué prohibida por una Pragmática de 17 de 
Junio de 1765, y desde entonces no volvieron á aparecer 
en escena en las grandes poblaciones. Este fué el único 
resultado que alcanzó Moratin, porque en la escena pro- 
fana poco ó nada influyeron ni su poesía, ni su ingenio. 

Oposición al clasicismo.— Ci'uz.— Huerta. — 
Cornelia. 

Dos partidos estacionados en los dos coliseos de Ma- 
drid, capitaneados por rudos artesanos, acordes en hacer 
guerra abierta á toda innovación, consiguieron impedir 
hasta 17701a representación publicado todos los dramas 
regulares escritos por aquellos años. Toleraban hasta 
cierto punto á los antiguos maestros, especialmente á 
Calderón y Lope; pero sus autores predilectos eran el 
cómico Vicente Guerrero, el coplero Julián de Castro, 
autor de romances de ciego, y otros de la misma laya, 
dignos favoritos del auditorio que los aplaudía. 

En medio de la rigidez, corrección y regularidad del 
teatro estrangero, y del desaUño y desconcierto de la pro- 
ducciones nacionales que inundaban la escena, apareció 
un escritor que por la fuerza sola de su natural talento 



348 LITEHA.TURA ESPAÑOLA. 

acertó instintivamente con cierto género no indigno del 
teatro y obtuvo, gracias á él, un grado de favor negado 
á personas de mayor importancia poética. Este fué Don 
Ramón de la Cruz, de noble cuna, y empleado en el go- 
bierno de Madrid, que desde los primeros años del rei- 
nado de Carlos III hasta fines del siglo entretuvo cons- 
tantemente al público de la capital con producciones, que 
así servían para los teatros de Palacio, como para los 
coliseos públicos y algunas casas particulares. 

Escribió este autor sobre unas trescientas composicio- 
nes cortas en el verso del antiguo drama nacional, sin 
otro objeto que el de agradar al vulgo, y les dio nom- 
bres tan característicos como el de caprichos dramáti- 
coSj saínetes ¡jara cantar, tragedias burlescas, y también 
á veces el de loas, entremeses y zarzuelas, aunque se 
parecen bien poco á las que llevan estos nombres en el 
teatro antigua. El mérito principal se halla en sus saí- 
netes. 

Los argumentos de estos son variados y desiguales 
en la ostensión; pero tienen una circunstancia, que les 
aseguró siempre buena acogida, y es la de estar gene- 
ralmente fundados en las costumbres de las clases media 
é ínfima de la corte, las que supo retratar con viveza y 
verdad, ora escogiese sus personajes en las tertulias de 
medio pelo, ora en el concurrido salón del Prado ó entre 
los ociosos de la Puerta del Sol, ora en los barrios del 
Avapies y Maravillas, donde la clase baja, con sus vis- 
tosos y pintorescos trajes y sus costumbres tradicionales 
é invariables, reinaba esclusivamente. 

En todas circunstancias y condiciones D. Piamon de 
la Cruz acertó con sus saínetes á entretener agradable- 
mente al público, aún cuando se cuidó muy poco de dar 
un giro dramático á sus combinaciones y preparar un 



ÉPOCA TERCERA. 249 

desenlace, y su estilo es generalmente incorrecto y poco 
esmerada la versificación. Sin embargo, sus sainetea es- 
tán llenos de gracias y de chistes, y los caracteres, que 
bien pudieran llamarse caricaturas, están tan bien tra- 
zados y retratan con tanta exactitud las costumbres del 
pueblo, son tan nacionales en su forma y entonación, 
que parecen hechos para servir de remate y acompaña- 
miento á los dramas de Calderón y de Lope, con los 
que tienen de común el ser dictados por el espíritu po- 
pular. 

La prensa entre tanto daba ya mas señales de vida, 
y D. Vicente García de la Huerta publicó varios tomos 
de comedias antiguas y uno de entremeses, con cuya 
colección pretendía vindicar al teatro español del siglo 
anterior y colocarle á tanta altura, ó quizá mayor que 
los demás teatros de Europa. Pero no acertó á llenar 
bien su cometido, porque, además del poco gusto que 
tuvo para la elección de las obras antiguas, prescindió 
completamente de Lope de Vega, y cayó en la evidente 
contradicion de publicar trabajos, como La Raquel, en- 
teramente ajustados á las reglas del teatro clásico fran- 
cés. Sin embargo, El Teatro Español de Huerta, ó su 
colección de comedias antiguas, produjo un escelente 
resultado, que fué el gran incremento que tomaron las 
comedias, de las cuales salieron á luz, durante la segun- 
da mitad del siglo XVHI, (punto divisorio en la historia 
del teatro) diez veces más que en la mitad anterior. 

Pero el mayor obstáculo á los progresos del teatro 
consistía en los muchos escritores que halagaban con sus 
obras el mal gusto de la clase baja y del vulgo de su 
tiempo, en medio de alguno que otro poeta y hombre 
de talento, como D. Ramón de la Cruz y Jovellanos, que 
eran honrosa excepción. El menos malo de aquellos es- 



'-Í50 LITERATURA ESPAÑOLA. 

critores y el mas aplaudido por la clase culta de sus con- 
temporáneos fué D. Luciano Francisco Cornelia, que por 
su facilidad en escribir y en inventar nuevas é inespe- 
radas situaciones parecia haber producido en sus oyen- 
tes el mismo encanto que Lope y Calderón produjeron 
en su tiempo. Pero carecía Cornelia por desgracia del 
ingenio de estos grandes hombres. Sus tabulas son tan 
enmarañadas que generalmente rayan en el mas alto 
grado de necedad y de absurdo. Prescinde completamen- 
te de la verdad histórica, de la verosimilitud y aun de la 
conveniencia, tratándose de asuntos tan conocidos como 
los de Luis XIV y Federico, el Grande. A esto se agre- 
ga lo pobrísimo de la versificación. — Con todo, es preciso 
confesar que con sus diálogos en romance, con la ter- 
nura y honradez de sus sentimientos, y la buena elec- 
ción del asunto, Cornelia supo de tal manera ganarse el 
favor de su auditorio, que mas de ciento de sus dispa- 
ratados dramas, unos en prosa, los mas en verso, (ya 
sobre asuntos históricos, ya sobre anécdotas amorosas 
de su propia invención) fueron recibidos con grande 
aplauso en el último tercio del siglo XVIII, y produjeron 
mas ganancia á los teatros que todo cuanto podian ofre- 
cer á la multitud, de quien dependía su existencia. 



ÉPOCA. TERCERA. 351 



CAPITCI.O IV. 

lloratiii) D* Leandro. — 8tis comediáis. 

Mientras D. Luciano Francisco Cornelia gozaba de su 
mas alta reputación en la corte, aparecia un formidable 
antagonista, no solo suyo, sino de toda la raza de escri- 
tores por él representada, y la figura mas importante 
del teatro en el siglo XVIII. Fué este D. Leandro Fer- 
nandez de Moratin, hijo del Moratin poeta que dio al tea- 
tro la primera tragedia original, escrita con sujeción á 
las doctrinas francesas. 

Nació este distinguido escritor en Madrid, el año 
1760, y contando sus padres con escasísimos recursos, 
tuvieron necesidad de ponerle al oficio de joyero, habien- 
do conseguido por ese medio atender á la subsistencia 
propia y de su madre últimamente viuda. Pero su afición 
decidida á la poesía, que manifestaba desde niño escribien- 
do versos á los siete años, hizo que á los diez y ocho alcan- 
zara ya un premio de la Academia española, ofrecido al 
mejor poema sobre la conquista de Granada, habiendo 
causado á la familia gran sorpresa este suceso, por ha- 
ber ocultado la composición de su trabajo, que presen- 
tó al certamen con supuesto nombre. 

Poco tiempo después fué premiado nuevamente por 



3^2 LITERAtURA ESPANÓTA. 

la misma Academia y á consecuencia de esto, cuando 
ya era conocido, consiguió por la influencia de Jovellanos 
ser nombrado secretario de la Embajada en Taris. Allí 
adquirió, por sus relaciones con Goldoni y otros literatos 
de la corte, la afición al teatro francés, cuya tendencia 
clásica debia manifestar después en sus comedias. A su 
regreso á Madrid, protegido del primer ministro de Car- 
los IV, D. Manuel Godoy, mereció ser comisionado para 
estudiar los teatros de Inglaterra, Alemania, Italia y 
Francia. 

Obtuvo además otras distinciones del gobierno de 
Carlos IV, hasta que en 1808 con el cambio de monar- 
quía empieza su desgracia. Era á la sazón secretario de 
Estado en Madrid, y aun cuando no tuvo participación 
alguna en aquellos sucesos, se vio precisado á abando- 
nar definitivamente á su patria para vivir en estrangero 
suelo. Murió en París el año 1828, y fué enterrado al 
lado de Moliere, donde descansan sus cenizas, hasta que 
un recuerdo justo á sus merecimientos las haga venir 
al seno de la patria. (1/ Igual deuda tiene España con loá 
restos mortales de Melendez Valdés, muerto en Mom- 
peller. 

Al empezar Moratin su vida de escritor dramático 
encontraba obstáculos por todas partes. La tragedia Hor- 
mesinda de su padre se había puesto en escena merced 
sólo á^ la protección ministerial del conde de Aranda y 
contra la voluntad de los actores. Asi es que desistieron 
los escritores de dedicarse á un género de literatura en 
que tan pocas esperanzas habia de buen éxito. La nue- 
va escuela de Cornelia habia ganado bastante terreno, y 



(i) D. Manuel Silvela, siendo embajador eil París, propuso en l884lá tras- 
lacÍ9n á España de los restos mortales de Moratin, 



ÉPOCA TErtCET\A. á5rí 

este eúa. el menos malo de los representantes del anti- 
guo teatro; pero el gusto del público no habia cambiado 
y los empresarios de teatros se veian obligados á con- 
temporizar con las exigencias y con el gusto de los es- 
pectadores. 

Moratin resolvió, sin embargo, seguir las huellas de 
su padre, á cuya memoria profesó siempre un culto sin- 
cero. Escribió pues, su primera comedia El Viejo y la 
niña, enteramente ajustada á las reglas del teatro fran- 
cés, aunque dividida, como las antiguas comedias espa- 
ñolas, en solos tres actos, y empleando el romance oc- 
tosílabo, siempre popular. Guando llegó á ponerse en 
escena, fué recibida con un moderado aplauso, que no 
satisfizo á ninguno de los dos partidos estremos, en que 
á la sazón se hallaba dividido el público; pero al menos 
consiguió Moratin hacerse oir, y su mérito en esta par- 
te fué reconocido. Determinó seguir adelante. 

Con objeto de sacar á pública vergüenza en el teatro 
mismo á aquellos escritores vulgares que le profanaban 
con sus absurdas producciones, escribió La Comedia nue- 
va (1) ó El Café. Su argumento se reduce á esponer los 
motivos que obligan por lo común á un autor necesitado 
á componer uno de aquellos desordenados y estravagan* 
tes dramas, que con tanto aplauso eran recibidos en la 
escena española, y á dar cuenta del resultado de su pri- 
mera representación; todo esto referido por el autor mis- 
mo á sus amigos, reunidos en un café contiguo al teatro 
y en el momento mismo de la supuesta representación. 

Consta la comedia de dos actos en prosa, y su des- 
enlace consiste en la confusión del autor y de su fami- 
lia al oir el mal éxito de la pieza. Tuvo una acogida con 



(i) Bi6. de Rlv,., tom, 2» pág. 356. 

23 



354 LITERATURA ESPAÑOLA. 

que seguramente no contaban Moratin ni sus amigos por 
la sencillez de la trama. Cornelia fué desde luecío desicí- 
nado por todos como el protagonista, y el carácter de al- 
gunos otros personajes se aplicó, justa ó injustamente, 
á otros individuos que figuraban por entonces; recono- 
ciéndose en La Comedia nueva una brillante sátira, seve- 
ra sin duda alguna, pero muy bien merecida y felizmen- 
te aplicada. Desde aquella época, 1792, á pesar de la 
exagerada oposición de los partidarios de la antigua es- 
cuela, adquirió Moratin un puesto permanente en la es- 
cena nacional y lo que es aun mas notable, esta come- 
dia ligera, que casi puede decirse que carece de acción 
regular, y que está fundada tan solo en intereses pura- 
mente locales, se tradujo, merced al ingenio y origina- 
lidad que en ella se advierten, y fué representada con éxito 
y aceptación en Francia y en Italia. 

Otra de sus comedias en verso es La Mogigata, (!) 
escelente muestra de caracteres bien trazados, especial- 
mente el de una joven que aparenta una devoción que 
no tiene, y el de otra prima suya, franca y resuelta, 
cuyo carácter contrasta visiblemente con el anterior. Este 
argumento resbaladizo espuso á Moratin á que su obra 
fuese prohibida por la Inquisición; pero la autoridad del 
Príncipe de la Paz le libró de consecuencias desagrada- 
bles y la Mogigala fué recibida con aplauso por parte del 
público. 

El último trabajo dramático y original de Moratin es 
una larga comedia en tres actos y en prosa, titulada El 
Sí de las niñas. (2) El asunto es el siguiente. Una niña 
joven, criada en un convento de monjas, se enamora, 



(i) Tomo 2, pag, 392. 
(2) Id., pág. 418. 



ÉPor.A TERr.Ei\A. 355 

durante ei periodo de suediicacion, de un apuesto man- 
cebo, oficial de dragones. Su madre ignorando estos 
amores, la saca del convento, y trata de casarla con un 
respetable anciano, á quien no ha visto nunca, y le acepta 
como esposo por debilidad mas bien y por respeto á su 
madre. Júntanse todos en una posada del camino, á don- 
de el oficial acude para ver si logra impedir la boda; pero 
entonces descubre, muy á pesar suyo, que el rival es 
su tio, á quien respeta y quiere entrañablemente. Los 
lances y enredos de una noctie en la posada dan anima- 
ción á la comedia y están referidos con gracia; por otra 
parte, la pasión desinteresada de los amantes y la bene- 
volencia del anciano tio aumentan la complicada situa- 
ción de los personajes, produciendo escenas muy inte- 
resantes y nuevas. La comedia termina por descubrirse 
el verdadero estado del corazón de la niña, y por la ge- 
nerosa renuncia del tio en favor de su sobrino, á quien 
nombra heredero de cuanto tiene. 

El éxito alcanzado con la representación del Sí de las 
niñas treinta y seis noches consecutivas, y el méri- 
to de las demás hasta el número de cinco, basta- 
ron para asegurar á su autor una reputación y fama 
duradera; pues si no logró con ellas fundar una escuela 
bastante fuerte para concluir de una vez con las malas 
imitaciones de los antiguos maestros, que aun inundaban 
la escena, han conservado sin embargo, y conservan to- 
davía un puesto distinguido en la literatura dramática 
española. Refiriéndose al teatro de Moratin el joven, dice 
D. Alberto Lista lo siguiente: «Las comedias de Moratin 
no se representan ya tanto mejor: con eso las coge- 
rá mas á deseo la generación que empieza»; cuyo juicio 
se esplica por las aficiones clásicas de este sabio maestro. 

No se puede dudar que durante el siglo trascurrido 



356 LITERATURA ESPAÑOLA. 

entre el advenimiento al trono de la casa de Borbon y 
su temporal espulsion por las armas de Bonaparte, el 
drama español habia en cierto modo adelantado. Pero 
nada de cuanto se hizo recordaba el espíritu del antiguo 
drama del siglo XVII, y si vemos que al fin del XVIII 
no puede ya ser restablecido en la plenitud de sus an- 
tiguos derechos, se observa en cambio que el nuevo dra- 
ma, fundado en las doctrinas de Luzan y en la práctica 
de los dos Moratines, tampoco consigue reemplazarle. 



ÉPOCA TERCERA. 357 



CAPITIXO V. 

Prosistas. — Marqués de San Felipe.— Feijóo» 

Dos escritores en prosa llaman desde luego la aten- 
ción en la primera mitad del siglo XVIII, y estos son 
un historiador no despreciable, y un crítico sincero y 
muy aventajado para la época en que vivió. Fué el pri- 
mero un caballero de procedencia española, aunque 
nacido en Cerdeña, que desempeñó allí en su juventud 
varios cargos importantes del gobierno español; pero 
conquistada su patria por los austríacos, permaneció 
fiel á la dinastía francesa y se trasladó á Madrid. Bien 
recibido del monarca y nombrado Marqués, escogió él 
mismo el titulo de San Felipe, en obsequio al rey que 
se le conferia. 

Escribió varias obras, pero su principal trabajo litera- 
rio es la Historia de la Guerra de Sucesión. El motivo 
que le impulsó á escribirla, fué su adhesión á los Bor- 
bones; y la posición elevada que ocupó, así como su in- 
tervención en los negocios públicos, le proporcionaron 
abundantes materiales, de que pocos hubieran podido 
disponer. La tituló Comentarios de la guerra de Es- 
paña, é historia de su rey Felipe V, el Animoso, desde 
el principio de su reinado hasta el año 1725, 



LITERATURA ESPAÑOLA. 

Está escrita la obra con cierta animación, abrazando 
con ardor la causa de Castilla contra Cataluña; y apesar 
de su carácter decididamente parcial y apasionado, es la 
mejor narración de loá acontecimientos que refiere. El 
estilo no es enteramente puro, advirtiéndose en algunas 
voces y modismos la educación sarda del escritor. Sin 
embargo de estos defectos de apasionamiento y estilo, 
son los Comentarios un libro muy entretenido, lleno de 
pormenores referidos con suma modestia por el autor 
mismo que siempre figura en ellos, y con aquel colorido 
que solo puedfe dar á una relación quien ha tomado parte 
en los mismos sucesos. 

Poner de manifiesto el lamentable atraso de las cien- 
cias físicas y morales de la nación española, que durante 
un siglo marchaban á pasos de yigante en los demás 
pueblos de Europa, y desarraigar multitud de preocu- 
paciones sociales y vicios en la enseñanza, esplica el 
objeto y fin que se propuso en sus trabajos literarios 
el notable crítico Fray Benito Jerónimo Feijóo. Las uni- 
versidades españolas se servían aún de los mismos li- 
bros y métodos de enseñanza que en tiempo del car- 
denal Jiménez de Cisneros, y la filosofía escolástica se 
consideraba como el pináculo del estudio y del cultivo 
intelectual: nada se concedía al estudio de la amena 
literatura; las ciencias exactas y físicas estaban com- 
pletamente olvidadas y, como decía Jovellanos con gran 
resolución en un memorial á Carlos IV, «hasta la mis- 
ma medicina y jurisprudencia hubieran sido desaten- 
didas, si el instinto natural permitiera al hombre olvidar 
los medios de protejer su existencia y su propiedad.» 

Semejante situación no era posible que durase; el 
espíritu humano no puede permanecer mucho tiempo en 
cautiverio, y la prueba evidente de este hecho consola- 



ÉPOCA TERCERA. 359 

dor se halla en que el primero que acometió la empresa 
de la emancipación intelectual en España no fué un hom- 
bre de extraordinarias dotes ni de posición aventajada, 
sino un monje pacifico y templado, el P. Fr. Benito Je- 
rónimo Feijóo. Nacido á fines del siglo XVII de una fa- 
miha respetable en Galicia, aunque era el primogénito 
de la casa, su afición le llevó á abrazar el estado ecle- 
siástico; pero amante del estudio, no solo se aplicó á la 
teología, sino también á la medicina y á las ciencias 
físico-matemáticas, según lo permitían entonces los es- 
casos medios y el estado lamentable de la enseñanza; 
En i7i7 entró en un convento de Benedictinos de Ovie- 
do, donde vivió muchos años en el retiro, consagrado 
enteramente al estudio, y fiando de vez en cuando á la 
imprenta el fruto de sus trabajos para bien de sus com- 
patriotas. Su vida comprende los reinados de Felipe V, 
Fernando VI y algo del tiempo de Garlos III; es decir, 
mas de la primera mitad del siglo XVIII. 

No era Feijóo un genio superior, ni hombre capaz 
de inventar un sistema nuevo de filosofía ó metafísica; 
pero si un erudito de recto juicio, que conocía y apre- 
ciaba en su justo valor los trabajos de Galileo, Bacon y 
Neuton, Leibniz, Descartes, Pascal y Gasendi, dotado 
mas que todo de una resolución inquebrantable para co- 
municar á sus paisanos lo mucho de lo que en Francia, 
Italia y aún Inglaterra se habia trabajado en beneficio de 
las ciencias durante el siglo anterior. Conociendo el abis- 
mo que entonces separaba á su patria del resto de 
Europa, vio que en muchos puntos importantes la verdad 
era completamente ignorada, y que mientras Gervantes, 
Lope de Vega, Galderon y Quevedo se hablan solazado 
libremente y sin trabas en el campo de la imaginación, 
el mundo de la verdad física y moral habia estado en 



300 LITERATURA ESPAÑOLA. 

España enteramente cerrado á toda investigación, como 
si este pais no formara parte de la Europa civilizada. 

En 1726 imprimió Feijóo el primer tomo de su obra, 
que fué bien recibido del público. Le dio el título de 
Teatro crítico, y en los discursos (1) de que se compone, 
á manera de artículos de fondo de nuestros periódicos, 
atacó vigorosamente la dialéctica y metafísica que enton- 
ces se enseñaba en España; defendió el sistema de 
inducción en las ciencias físicas proclamado por Bacon; 
ridiculizó las opiniones vulgares respecto á los come- 
tas, eclipses, artes mágicas y divinatorias; estableció 
reglas de fé histórica, que escluian las tradiciones pri- 
mitivas del pais; manifestó mayor deferencia y respeto 
á la mujer, y en ñn aconsejó eficazmente á sus compa- 
triotas la investigación de la verdad y el adelantamiento 
de la vida social. Ocho tomos de esta obra notable sa- 
lieron sucesivamente á luz. (2) Continuó mas tarde las 
mismas discusiones en otra obra, titulada Cartas erudi- 

(i) Bi¿>. de Riv., tom. 56. 

(2) En el prólogo del primer tomo indica el fin que se propone al escribir, 
que no es otro sino el de desarraigar preocupaciones ó errores comunes, y ex- 
plica lo que entiende por estas palabras. Llama error á toda opinión que con- 
sidera falsa, y le apellida común, por haber tomado carta de naturaleza entre 
las gentes vulgares, y encontrar acogida en las personas ilustradas. Mis escritos, 
dice, serán una serie de discursos que, tratando de muy diversas materias, aun 
cuando al principio quise reducirles á método, lo dejé por imposible. Asi es 
que forman una especie de miscelánea, sobre asuntos diferentes, y convienen 
en el fin común á que se dirigen, que es desterrar errores comunes, pero se 
apartan en el objeto ó materia que trata cada uno en particular Se hace cargo 
también de las impugnaciones de que han de ser blanco sus escritos, por lo 
mismo que aspira á desarraigar preocupaciones sociales; pues, según dice Ma- 
jebranche, ningunos libros son peor recibidos que los que atacan á las opinio- 
nes del vulgo. A esto añade, que contestará, si se presentan razones; pero si 
dicterios y chocarrerías, no entiende de ese género de literatura, y guardará 
silencio. 



ÉPOCA TERCERA. 361 

tas^ (4) que concluyó en 1760 con un tomo quinto, que 
cierra esta larga serie de filosóficas, al par que filantró- 
picas tareas. 

Las obras de Feijóo sufrieron rudos ataques por parte 
de varios escritores. El primero de estos fué don Salvador 
José Mañer, director del Mercurio literario, que en 1729 
publicó su Antiteatro crítico, cuyos tres primeros tomos 
eran la impugnación de los correspondientes de la obra de 
Feijóo. Los ataques que le dirigieron sus adversario?, de 
quienes supo defenderse con ingenio y energía, no sir- 
vieron mas que para escitar la atención del público ha- 
cia sus obras; de modo que, en vez de perjudicar á la 
causa que sostenía, vinieron á favorecerla. Lo cierto es 
que Feijóo hizo en favor de la vida intelectual de sus 
paisanos mas que sus pri^-decesores en un siglo entero. 

Un escritor eminente ha dicho á principios de este 
siglo, hablando del ilustre benedictino: «Al Padre Feijóo 
se le debiera erigir una estatua, y al pié de ella quemar 
sus escritos.» Este juicio ha quedado casi en proverbio 
y se cita á cada paso hablando de aquel distinguido es- 
critor, pero es necesario vindicar al célebre polígrafo del 
siglo pasado, con cuyas obras se trataba de hacer un 
auto de fé después de aboUda la inquisición. Nunca creo 
que fuera el pensamiento del severo crítico, ni pudo serlo, 
que se mirase de este modo su fallo literario. Las obras 
del Padre Fijoó son tan puras y sanas bajo todos con- 
ceptos; su moral tan austera y sublime en lo religioso y 
en lo político, que el mismo literato autor de la senten- 
cia se reiría, si viera tomar su dicho al pié de la letra. 

Eligir una estatua á Feijoó, como escritor, y quemar 
al lado de la estatua sus escritos, es un contrasentido. 



(i) Tomo 56, pág, 452 y sig. 



362 LITERATURA ESPAÑOLA. 

Suponer que las obras de los antiguos deben ser rele- 
gadas al olvido, porque en algunas materias se haya ade- 
lantado algo, es matar toda la literatura cientiflca de los 
pasados siglos. Recorriendo ligeramente los títulos que 
llevan sus trabajos, se verá cuantas y cuan varias é im- 
portantes materias, filosóficas, políticas, económicas é 
históricas trató la pluma del P. Feijóo, y casi siempre 
con soltura, acierto y erudición. 

P. I.sla. — Otros escritores. — Jovellaiios. 

El movimiento literario de España en el reinado de 
Carlos III se manifiesta en algunas publicaciones satíri- 
cas en prosa, con el fin de ridiculizar vicios sociales, 
debidos á escritores tan distinguidos como D. José Fran- 
cisco de Isla, el coronel D. José Cadahalso, Moratin el 
joven, y se conocen con los títulos de Fray Gerundio 
de Campazas^ Eruditos á la violeta y Derrota de los 
Pedantes, que á cada uno de ellos respectivamente cor- 
responden. 

D. José Francisco de Isla nació en Vidanes, pue- 
blo del antiguo reino de León, viviendo los primeros 
años en la conocida villa de Valderas, hasta i]ue muy 
joven todavía profesó en el convento de San Ignacio de 
Loyola. Consagrado á la predicación, uno de los fines 
de su instituto, se propuso ya desde aquel momento com- 
batir con el ejemplo aquello mismo que mas tarde habia 
de ridiculizar con la sátira. Con motivo de la espulsiou 
de los Jesuítas se vio en la precisión de abandonar su 
patria, siguiendo la misma suerte que los demás compa- 
ñeros de la orden, que iban deportados á Italia. Allí re- 
sidió bastantes años basta su muerte, el año 1781, en un 
convento de Bolonia. 



ÉPOCA TERCERA. 363 

El Padre Isla como predicador, cuyos sermones se con- 
servan, no reúne las condiciones de ios grandes orado- 
res sagrados, Avila, Granada y Luis de León; pero su 
elocuencia se distingue por la pureza de estilo, y está 
muy lejos de parecerse á la del Padre Hortensio Para- 
vicino, predicador de Felipe IV, ni á la de aquellos ora- 
dores de malísimo gusto de la escuela culterana. Gomo 
escritor festivo, ocupa un puesto distinguido en la his- 
toria de la literatura española. Su obra mas conocida. 
Historia del famoso predicador Fray Gerundio de Cam- 
pazas, (1) es una novela satírica, que tiene por objeto 
combatir la mala oratoria del pulpito en su tiempo, por 
medio del ridículo. Para conseguirlo se apodera del tipo 
de uno de aquellos predicadores vulgares de su tiempo, 
á quien llama Fray Gerundio, cuya vida refiere minucio- 
samente, desde su nacimiento en una oscura aldea y 
cuando hace sus estudios en el convento, hasta contar 
luego sus aventuras como misionero por los pueblos de 
la comarca, y concluyendo por disponerse á predicar una 
serie de sermones de semana santa en una población 
importante, que parece ser la corte. 

El plan de la obra se asemeja un tanto al de Gervan- 
tes en su Quijote^ que se había propuesto por modelo, 
y con análogo fin, según el autor manifiesta en su pró- 
logo; pues intentaba acabar con los malos predicadores 
á la manera que el inmortal novelista habia logrado es- 
lertninar los perniciosos libros de caballerías. Su mérito 
estriba, además de la erudición que revela, en la agu- 
deza de ingenio del escritor, que en muchos pasajes pin- 
ta con donaire y gracia el carácter y las costundjres na- 
cionales, echándose de ver en lus h'ecuentes episodios, 



(i) Pió. de Kiv., tomo 15, pág 33, 



364 LITERATURA ESPAÑOLA. 

que copiaba del natural y de la misma esperiencia que 
tenia. El estilo, sin embargo, peca á veces de redundan- 
te y prolijo, y adolece en general de pesadez y monoto- 
nía: lo mas interesante son las diferentes muestras del mal 
estilo oratorio que presenta, y que sirven mucho para 
ilustrar la historia literaria del siglo XVIII. De cualquier 
modo, pocos libros han obtenido un éxito tan portentoso 
y conforme al objeto que el autor se habia propuesto 
conseguir, pues el nombre de Gerundio se aplicó desde 
entonces á los malos predicadores de todos los tiempos. 

Impreso el tomo primero antes de lo que el P. Isla 
deseaba y vendidos numerosos ejemplares, la misma po- 
pularidad de la obra vino á perjudicarle, pues el clero 
y los malos predicadores se ensañaron contra ella, por 
los ataques inusitados y rudos á la clase, como jamás 
en España se hablan conocid'). En su consecuencia fué 
prohibida por la inquisición y privado su autor de con- 
tinuarla, habiendo tardado mucho tiempo en publicarse 
el segundo tomo; pero esto mismo vino á contribuir á 
que fuese mas buscada y conocida de los curiosos. 

Hicimos ya mención oportunamente del coronel Don 
José Cadalso, como poeta lírico, dando noticia al mismo 
tiempo de su obra satírica Eruditos á la violeta. El Pa- 
dre Fray Enrique Florez, monje agustino, se distinguió 
por su laboriosidad en reunir datos para una obra his- 
tórica titulada España sagrada, que, prescindiendo del 
estilo un tanto defectuoso, es un trabajo de importancia 
suma por la veracidad que en ella domina, y el buen jui- 
cio para apreciar los hachos que refiere, acompañando 
multitud de ilustraciones y documentos, que hacen inte- 
resante su lectura. Algunos compañeros de la orden cui- 
daron de continuar, y con excelente resultado, la histo- 
ria que el P. Florez dejaba sin concluir. 



ÉPOCA tEtlCERA. 365 

Don Gaspar Melchor <le Ji)vellaiios, el riUinio de los 
escritores que en la tercera época nos hemos propuesto 
examinar, es jurisconsulto-poeta, como su amigo Melen- 
dez Valdés, oportunamente citado en el número de los 
que formaban la escuela ó grupo salmantino. Asturiano 
insigne, que honra á su pais y debe mirarse como una 
gloria nacional, sin mas que tener presente la conside- 
ración que la Academia de la historia le concede, cuan- 
do se atreve á llamarle «modelo de magistrados, de pa- 
triotas y de sabios». Bajo estos tres puntos de vista lige- 
ramente vamos á juzgarle. (1) 



(i) Nació Jo vellanos enGijon, Asturias, el ano 1744 y florece como hom- 
bre público y literato en los reinados de Carlos III y Carlos IV, habiéndole sor- 
prendido la muerte el año II del presente siglo. Está pues dentro de la tercera 
época su vida política y literaria. Numerosa la familia á que pertenece, com- 
puesta de nueve hermanos, deseaban sus padres proporcionarle una colocación 
ventajosa para todos en el estado eclesiástico, y al efecto después de los pri- 
meros estudios hechos en Gijon y Oviedo, le enviaron primero á Avila bajo la 
protección del obispo su paisano, donde hizo la carrera de cánones, acaban- 
do de formarse luego coma hombre de buenos conocimientos en la universidad 
de Alcalá. Se disponía á hacer oposición á una vacante de canónigo doctoral 
de Tuy, pero los consejos de un tio suyo, sumillers de corps, le obligaron á 
desistir para consagrarse á la carrera judicial. 

En el reinado de Carlos III, cuando los destinos se confiaban al verdadero 
mérito y nadie ascendía de un puesto á otro sin justa causa y capacidad recono- 
cida, fué nombrado Alcalde de la Cuadra, en la audiencia de Sevilla, cargo que 
era lo mismo que Alcalde del crimen, y únicamente recibía aquel nombre de la 
sala cuadrada ó cuadra, donde se reunían los magistrados, palabra de antiguo 
conocida en la lengua española con esta significación. Como de hermosa figura 
y blonda cabellera, el conde de Aranda le encargó que no se la cortase para 
encasquetarse el empolvado pelucon que usaban todos los golillas. Desapareció 
con él la costumbre de usar pelucas los magistrados. En Sevilla mismo ascen- 
dió á la plaza de Oidor; pero reinando Carlos III obtuvo el cargo superior de 
Alcalde de casa y corte en Madrid. 

Con el cambio de monarquía es desterrado por primera vez, merced á las 
ntrigas del favorito de Carlos IV, don Manuel Godoy, y á las enemistades de 



366 LITERATURA ESPAÑOLA. 

Como magistrado, se distinguió siempre Jovellanos 
por los muchos y sólidos conocimientos en derecho, que 
revelan varios informes que aúa se conservan, y por su 
integridad en el desempeño de aquel cargo. 

Como buen patricio, mereció que las primeras cor- 
tes de la nación, reunidas en Cádiz, le declararan Bene- 
mérito de la patria en grado eminente y heroico, honro- 
sísima distinción cuando aquel título aún no se habia 
prostituido. Y lo merecía ciertamente el hombre de su 
talla, que separándose del parecer de los amigos, prefiere 
la libertad é independencia de su patria al cargo de mi- 
nistro de José Bonaparte, revelando en esto la entereza 
y energía de carácter que solo á los grandes hombres 
acompaña; y precisamente cuando tantos se dejaban He- 



la reina, y pasa algunos años en Gijon; pero convencido el príncipe de la Paz 
por Cabarrtís y otros amigos de Jovellanos del mérito de este hombre, es 
llamado, cuando menos lo pensaba, á regir los destinos del pais en el cargo de 
ministro de Gracia y Justicia. Muy poco tiempo hubo de disfrutar aquella hon- 
rosa distinción, pues á los cinco meses, desterrado segunda vez por hereje y 
como traductor del Facía social de J. J. Rousseau, es deportado á Gijon en- 
seguida y poco después á las Baleares, y encerrado en la Cartuja de Valdezu- 
ma, últimamente en el castillo de Belver. 

Viene la revolución de i8oS, y uno de los primeros hombres de quien se 
acuerda Napoleón , para formar el ministerio de su hermano Pepe Bonaparte , fué 
Jovellanos. Renuncia con la entereza de buen patricio aquella distinción, que 
sus amigos los afrancesados como Cabarrús y otros aceptaron, contestando ne- 
gativamente á una carta autógrafa del Emperador. A cambio de este minis- 
terio, que le deshonraba, aceptó el formar parte de la Junta Central ó suprema, 
por el principado de Asturias, la cual era llamada á gobernar el pais en ausen- 
cia del prisionero monarca, presidida por el conde de Florida Blanca (5 de 
Mayo de iSoS.) 

En 1 8 10 se acuerda que una Junta compuesta de cinco individuos solamente, 
con el título de Regencia, sustituya á la Junta Central, con las atribuciones to • 
, das del monarca, y entonces Jovellanos pide su retiro para Asturias, donde muere 
el año 181 1. ' 



ÉPOCA TERCERA. ¿Íó7 

var de In ambición, disculpable en cierto modo poi' el 
lamentable atraso del reinado de Carlos IV, el cazador, 
(que este dictado merece quien, por confesión propia á 
Napoleón, no habia pensado en otra cosa, durante los 
veinte años de su gobierno.) Reunia, sin embargo, este 
rey acaso las condiciones todas de su antecesor Car- 
los IIT, al lado de aquella indolencia que le dominaba. 
Como sabio literato, ahí están sus obras de todas clases 
para juzgarle. En poesia su Epístola del Paular se con- 
sidera por algún crítico, (el señor Cañete) como la obra 
mas acabada del siglo XVIII. En el género dramático, 
su Delincuente honrado, aún cuando inferior al Sí de las 
niñas de Moratin, aventaja en mucho á cuanto se habia 
hecho en España durante la casa de Borbon. En la cien- 
cia del Dereclio, las obras maestras de Jovellanos son 
dos: el Informe sobre la ley agraria y la Memoria en de- 
fensa de la Junta Central, (i) 

Fué dado el Informe en virtud de un espediente for- 
mado por el Consejo de Castilla para mejorar el estado 
de la agricultura del pais, que envió á consulta de la 
Sociedad económica de Amigos del pais de Madrid, y 
ésta lo encomendó á Jovellanos, como uno de sus mas 
distinguidos individuos. Propónese en este Informe la 
desamortización civil y eclesiástica; pero llevada á cabo 
con la prudencia necesaria y guardando los respetos 
convenientes á la Iglesia y al Estado. Se declara además 
Jovellanos enemigo, hasta cierto punto, de las vincula- 
ciones. Muchos adversarios tuvo y otros tantos defenso- 
res la Ley agraria, que tal como Jovellanos lo entendía, 
perfectamente puede sostenerse. 

La Memoria en defensa de la Junta Central es un 



(i) Bill, de J?iv., tom. So. 



368 LITERATURA ESPAÑOLA^ 

modelo de elocuencia, como no se ha visto de muchos 
años á esta parte, y solo adolece si acaso de un defecto, 
que es el de citar nombres propios y hacer referencias 
que hubiera sido conveniente omitir. 

Aquí hacemos punto final; pues aunque nos falta 
tratar de nuestra historia contemporánea, no nos con- 
ceptuamos con la fuerza y valor bastantes para contituir- 
nos voluntariamente en jueces de nuestros compañeros 
y maestros. Tal vez en otra ocasión y mejor preparados 
emprendamos tan espinosa como difícil tarea. 



1 



ÍNDICE DE MATERIAS. 



^K 

PRELIMINARES. 

Capítulo I. 

Literatura española.— Épocas que comprende 9 

Lengua española.— Orígenes - . . . 15 

Romance.— Lengua castellana 23 

ÉPOCA PRIMERA. 

FORMACIÓN DE LOS GÉNEROS LITERARIOS. 

Cap. II. 

Poema del Cid.— Otras obras. ¿9 

Berceo.— Segura de Astorga 45 

Cap. III. 

Fernando III.— Don Alonso el Sabio 54 

Cap. IV. 

Juan Ruiz, Arcipreste de Hita.— Otros poetas 64 

Rabbi Don Santo, judio de Carrion 71 

Juan Manuel.— Obras anónimas 75 

2i 



370 ÍNDICE. 

Cap. V. 

Crónicas españolas.— Ayala, poeta 82 

Cap. VI. 

Influencia provenzal.— Marqués de Villena 93 

Don Juan II.— Marqués de Sautillana 99 

Influencia italiana.— Juan de Mena 109 

Cap. VII. 

Prosistas.— Pérez de Guzman.— Gómez de Cibdarreal 117 

Cap. VIII. 

Renacimiento clásico — Últimos cronistas ]2S 

Jorge Manrique.— Juan de Padilla 135 

ÉPOCA SEGUNDA. 
poesía. 

Cap. I. 

Boscan.— Castillejo 145 

Garcilaso de la Vega.— Escuela italiana 152 

Cap. II. 

Fray Luis de León.— Escuela clásica 158 

Cap. III. 

Fernando de Herrera.— Escuela oriental 165 

Francisco de Rioja • ... 170 

Lope de Vega 176 

Cap. IV. 

GóDgora. — ^Escuela culterana 183 

Quevedo 188 

Cap. V. 
Poetas épicos españoles.— Ercilla.—Valbuena.— Lope de Vega. 
— P. Hojeda 195 



ÍNDICE. 371 

poesía dramática. 

Cap. i 

Teatro español.— Sus orígenes 203 

Lope de Rueda.— Teatros ainl)ulantes •íiO 

Gap. II. 

Lope de Vega.— Fundación del teatro 215 

Comedias de Lope de Vega SríO 

Dramáticos contemporáneos de Lope. — Guillen de Castro.— Morí - 

talban • : 226 

Cap. III. 

Tirso de Molina 233 

Don Agustín Moreto y Cabana 289 

Cap. IV. 

Don Juan Ruiz de Alarcon 246 

Don Francisco de Rojas y Zorrilla , . . . 252 

Cap. V. 

Don Pedro Calderón de la Barca 256 

Juicios sobre Calderón 260 

Obras dramáticas de Calderón 266 

PROSA POÉTICA. 

Cap. I. 

Libros de Caballería 276 

Cap. II. 

Miguel de Cervantes Saavedra 283 

El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha 290 

Quevedo, prosista 303 

PROSA DIDÁCTICA. 

Cap. i. 
Saavedra Fajardo.— Otros escritores 307 



372 



Historiadores. 
Mariana. . . 



ÍNDICE. 
Cap. II. 



312 

316 



ÉPOCA TERCERA. 



o.^s.^ i>:e! :BCDZi.:DOKr. 



poesía y prosa. 

Cap. i. 

Felipe V.— Estado de las letras • ... 381 

Influencia francesa.— Luzan 326 

Academia del buen gusto.— Velazquez.—Mayans y Sisear.. . . 329 

Cap. II. 

Carlos III.—Moratin, Don Nicolás.— Otros escritores 333 

Melendez Valdes.— Fray Diego González.— Otros poetas. . . . 337 

Cap. III. 

Estado del teatro.— Clasicismo francés 342 

Oposición al clasicismo. — Cruz.— Huerta —Cornelia 347 

Cap. IV. 

Moratin, Don Leandro.— Sus comedias 351 

Cap. V. 

Prosistas. — Marqués de San Felipe — Feijóo 357 

P. Isla.— Otros escritores.— Jovellanos 362 






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