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Full text of "Lope de Vega: Periódico semanal literario"

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¡mneSc 







« * 



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2^c/ííL ít^z. 






L VEGA. 

PERIÓDICO SEMANAL LITERARIO. 



AÑO PRIMERO. 



MALAQA.— 1863. 



^^: 



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(.3 - í''J / / O 



AÑO I. 



DOmNOO 



NÚM. 1.* 



LOPE DE VEGA, 

PERIÓDICO SEMANAL DEDICADO A LA SOCIEDAD QUE LLEVA ESTE NOMBRE. 



535555-— 5 ! .■■^A 



Al emprender esta, aunque pe- 
queña, para nosotros colosal em« 
presa, nos anima la convicción en 
que estamos de que el Pueblo ma- 
lagueño , cuya tolerancia con pro- 
pios 7 estraños es proverbial en 
todo el mundo, no dejará en esta 
ocasión de tenerla con uno de sus 
mas cariñosos hijos. 

Acogiéndonos bajo sus auspicios 
y conociendo su natural indulgen- 
cia, cobramos esperanzas y fuer- 
zas para lanzarnos á una senda que 
está erizada de espinas. 

Para cruzarla tranquilo; para 
llegar á su ñn sin que una de ellas 
punze nuestra alma y arranque un 
grito de angustia al corazón, se 
necesita la sabiduría , el tacto y la 
esperienoia que seria muy dificil 
encontrar reunidas en un solo 
hombre. 

Pero nosotros, á falta de esas 
cualidades indispensables, posee- 
mos otras, que tal vez, aunque 
muy opuestas, nos den el mismo 
resultado. 

Somos humildes ; tenemos fé , y 
la seguridad de que el Público, si 
se muestra inflecsible con el fuer- 
te , en cambio es bondadoso y pro- 
tector para con el débil. 

Por eso nos presentamos des- 
nudos de pretensiones, y confian- 
do , mas que en nuestros pobres 
conocimientos, en su nunca des- 
mentida tolerancia. 

Pero asegurándole, que traba- 
jaremos constantemente y con to- 
da el alma, para ver si logramos 
algún dia ser dignos de su pro- 
tección. 

A CirrioQ. 



A ustedes, que componen casi 
la totalidad de los suscritores á es- 
te pequeño periódico; 

A ustedes, que tan eficazmente 
han cooperado al buen ecsito de 
mi atrevida cn^nresa; 

A UiStedes , en fin , que llevados 
del mejor deseo me animaron á 
emprenderla, consagro estas mal 
trazadas líneas , con el solo pensa- 
miento de mostraros la profunda 
gratitud que encierra mi alma. 

Pero como hay sentimientos que 
pierden su primitiva esencia al 
ser tocados por la pluma , yo , co- 
nociendo la rudeza de la mia , me 
limito á deciros que siempre con- 
servaré vuestros favores grabados 
en lo mas tierno del corazón. 

Sé demasiado que esto no basta; 

Sé que debo probaros , no con 
palabras « sino con hechos mi sin- 
cero recocimiento. 

Pero sé también, que me será 
muy difícil lograrlo, pues ^olo es 
comparable la pobreza de mía re- 
cursos , con lo rico de mi voluntad. 

Sin embargo , al recordar la be- 
nevolencia con que siempre han'* 
recibido mis insignificantes pro- 
ducciones, abrigo la esperanza de 
que á la sombra de la amistad , tal 
vez algún dia pueda, sino pagar, 
al menos demostraros que me afa- 
no por corresponder á los frater- 
nales consejos que he recibido. 

Entre tanto, y contando con 
varios jóvenes muy conocidos por 
sus escelentes dotes literarios , pu- 
blicaré una colección de articuli- 
tos, novelas y poesías, que espero 
serán bien recibidas. 

A. Cirrion. 



Lope de Vega, 



EL OIDIUM LITERARIO 



EXT •^JlA.TuA.CS'A.. 



Sin embargo de ser tan ignorante se ad- 
hiere algunas veces á personas de instrucción. 
En este caso la guasa toma la forma de 
enfermedad y el carácter de contagiosa. 

La guasa como la savia, pero como una 
savia venenosa, se infillra en las costumbres. 
Galantemente invitados por la Dirección ' en los oradores, y hasta en esas reuniones 
de este Semanario para insertar en él algu- j de cuya decisión depende el bien de nació- 
nos articules, quisiéramos tener fuerzas su- Aes enteras. 



ficientcs para contribuir, como siempre lo 
deseamos, al sosten, en Málaga, de un pe- 
riódico literario; pero ya que no con fuerzas, 
al menos con voluntad y un poco de trabajo 



En Málaga, desgraciadamente, abunda 
esa langosta de los campos de la inteligencia. 
Todo lo tala, todo lo destruye; se ama de 
guasa; se estudia de guasa; se habla de gua- 
procurarcmos ocupar algunas do sus cnlum-jsa y poco importa que los que vienen cri- 
nas, en la gra!a esperanza y según se nos liquen y anatematicen tal proceder; donde no 
promete que el Semanario que nace hoy, lejos hay sensibilidad no hay dolor. 

¿Y diremos por esto que en Málaga no 
existo el deseo de saber y el gusto de estu- 
diar? No debemos pensar asi cuando hemos 



de todo partido político y de toda discusión 
religiosa, solo se ocupara de ciencias y ame- 
na literatura. 



En osta suposición tomamos la pluma y escrito este artículo. 



en esta suposición escribimos lo siguienlo::: 

Ldi guasa os nm palabra que hasta el'mis- 
mo Diccionario repulsa. 

Ifíuoro quien fué su inventor y quien la 
introílujo en el lenguage vulgar; pero si sé 
que durante mucho tiempo fué considerada 
el esprit de la cursería. 

Algunos han querido hacer sinónimas las 
palabrtis guasa y gracia tal voz porque son 
asonantes, pero maldita la gracia que tiene 
el haberlas querido confundir. 

La guasa carece de oportunidad y de ta- 
lento y no seria di^Mia bajo ningún concepto 



Si inútiles son las medicinas para animar 
un cadáver, no lo son, ciertamente, para cu- 
rar á un enfermo. 

A haber creído nosotros reconocer un ca- 
dáver en la juventud malagueña seguramente 
no le hubiéramos indicado la medicina. 

Esta medicina es el estudio, el amor al 
saber; y todo ej empezar. 

Asi como el que se resbala por la pen- 
diente de los vicios al fin cae en ellos y cae 
insensiblemente, así el que empieza á subir 

Eor la escala del verdadero saber, insensi- 
lemente se eleva y en medio de goces es- 



de mencionarse, sino fuese una especie de , pirituales llega á una altura desde la cual do- 
oidium para las producciones de la inteligen- mina á las pasiones y adora á la virtud, 
cia v los actos de la Sociedad. Málaga encierra una juventud que ama 

Se discute una ¡dea que de realizarse pue- el saber; á ella me dirijo en este momento 
de traer grandes bienes morales, insensible- por que de ella debe esperarse una pronta y 
mente se introduce la guasa en la realización saludable regeneración. 



de aquel proyecto y, lo que parece increiJ}le, 
el proyecto sucumbe. 

La' guasa no es el valiente guerrero que 
se pone ante su adversario para luchar cara 
á cara; es el cobarde gusano que roe ocul- 



Si ella también se contagia con los efec- 
tos de esa corrupción llamada auasa con ({ue 
la ignorancia procura burlarse de las ciencias, 
7a elevándolas irónicamente, ya ensalzando- 
as con marcada intención, permanerá la lite- 



i 



tamente las raices de toda planta cuyos fru- ratura malagueña en la mas triste paralización, 
tos podrían ser ventajosos para la Sociedad. = imagen de la muerte, hasta que una nueva 

Es un ser que no tiene ni carácter ni generación mas emprendedora y ávida de no- 
forma, pero que se presenta bajo todas las bles triunfos se levante orgullosa sobre la en- 
fermas y se adapta á todos los caracteres. \níza de la que ni aun el recuerdo existe. 

En cuanto a su hisloiia en particular es i O bien esperen á que asi como se con- 
bicn pocD interesante. quistan las naciones, vengan a conquistar la in- 

Nace de la ignorancia, vive en la igno- , lelígencia naciones estrangeras. 



rancia y muere en la ignorancia. 



¡Qué nobles esperanzas las del que aguar- 



Periódico semanal. 



da impasible que la mano de la civilización 
venga á empujarle y él siga arrebatado por 
este impulso con la misma conciencia de lo 
que hace que el corcho arrebatado por la cor- 
néate de un rio! 

Si no hay amor para e1 estudio; si todo lo 
constituye ese desprecio hijo de la ignoran- 
cia; si para nada sírvela literatura, las cien-, 
cias, bajo su verdadero punto de vista, en una 
palabra: el saber; estuaiese a lo menos como 
se puede estudiar la esgrima y el tiro de pis- 
tola para poder luchar siquiera con ese espí- 
ritu de ilustración que alumbra al mundo, en 
caso de que nos ataque. 

Estudióse, siquiera, para no caminar á os- 
curas por el siglo luminoso que atravesamos, 
ó para tener las suficientes luces para probar 
que el siglo es el que va a oscuras. 

No basta decir que nada se adelanta, que 
estamos como al principio del mundo, es ne- 
cesario probarlo. 

Repito que en Málaga existen personas que 
infructuosamente estudian, trabajan y forman 
edificios literarios que nadie se ocupa no ya de 
admirar sino ni aun de combatir. No hay emu- 
lación, no hay premios, no hay competencias, 
y lo que es mas, los estudios ele concienciase 
toman por broma; todo se empieza critican- 
do y acaba por guasa. 

Desaparezca ese oidium de los campos de 
•la literatura y este árbol benéfico florecerá 
en el suelo de Málaga como florece en cual- 
quiera otro suelo donde se cultiva. 



José C. Bruna. 



LAS FIARES DEL G4MP0 Y LAS DEL JARDÍN. 

LA PLOB SHiVBSTBB Y LA CULTIVADA 



Un amigo del Sr. D. Salvador Ló- 
pez, nos ha facilitado la siguiente be- 
llísima composición que conservaba iné- 
dita en so poder, y que insertamos con 
•el Diayor gusto, consagrando este re- 
cuerdo al distinguido y sabio sacerdo- 
te que tanto se afanaba por los ade- 
lantos literarios de la juventud ma- 
'lagueña. 



En c] magnífico templo 
Mansión de ZéGro y Flora, 
A el despertar de la Aurora 
Vio la. Fama un raro egemplo 
J)e emulación triunfadora. 

A rendir sus homenagcs 
T á ofrecerle sus olores 
Fueron allí hermosas flores, 
De muy diversos parages. 
Veslidas de mil colores. 

Disputando preferencia. 
Una en el campo criada. 
Otra en jardín cultivada, 
Travos© esta competeHcia 
Por la Fama publicada. 

—¿Para qué vienes aqu¡ 
Flor cultivada y ^pomposa, 
Si el que aparezcas hermosa 
Solo se debe, no á tí, 
A una mano laboriosa? 

— Y tú ¿por qué te presentas 
Flor mezquina, agreste y dura. 
Si esa común hermosura 
Dios mismo, aunque u|^ la ostentas. 
La dio k toda criatura? 

— Yo soy el tipo y el padre 
De tu abultada corola; 

Y aunque el matiz te arrebola, 
Eres una estéril madre 

Por esa cualidad sola. 

Yo, sencilla y natural 
Cual me vistió el Criador 
Brillo en el campo, y mi amor. 
Reproduciendo otra igual, 
Vuelvo á mi antiguo verdor. 

Tú, á quien el lujo y regalo 
Nutrieron en el jardín, 
Vistes púrpura y carmín, 

Y con trage bueno ó malo 
Solo agradar es tu fin. 

Yo adorno lo tersa frente 
De la sencilla aldeana, 

Y va al baile tan ufana 
Como la dama eminente 
Que diamantes engalana. 

Mira, en fm, flor engreíd) 

Y de tus galas prendada, 
Mira la tierra alfombrada, 
De rico matiz tegida. 

Por mis hermanas bordada. 



Lope de Vega, 



• \ 



Desde el encumbrado monte 
Hasta el soto y la llanura 
Sus cálices de dulzura 
Del uno al otro horizonte 
Embalsaman la aura pura. 

Generosas á porfía, 
Tapizando el verde prado 
Ofrecemos al ganado 
Suave y ^rata ambrosía 
En su alimento adecuado. 

Frutos reparte al morir 
Nuestra sencilla belleza, 
Hegalo al hombre y riqueza, 

Y siempre reproducir 
Nos vé la Naturaleza. 

No busca el enfermo en ti 
El alivio en susí dolores, 
Ni el artista sus colores. 
Ni el suave neroli 
Lo producen vuestras flores. 

Por todas estas razones, 
Flor del jardin, es eu vano 
Que vengas con aire ufano, 
Ni de hermosura blasones 
En el templo soberano. 

— En defensa de mi honor^ 

Y al conocer tu ignorancia 
Contestaré sin jactancia, 
Pues no sé cunl es mayor 
Mi paciencia ó tu arrogancia. 

El hombre, señor del mundo 
Cuya vasta inteligencia 
Unió al saber la esperiencia, 
Ualló el arcano profundo 
Que escondió la Omnipotencia. 

Leyó en la Naturaleza^ 
El arte y combinación 
De elevar á perfección 
Vuc'r'» original rudeza. 
Cual segunda creación. 

De una coscoja villana 
Forma una copuda encina^ 

Y de una yerva mezquina 
Cria una planta lozana 

Que una hermosa flor termina. 

Frutos amargos convierte 
En dulces y saborosos, 

Y cambia en prados frondosos 
Los campos de horror y muerte 

Y de abrojos espinosos. 

Por estas leyes eternas 

Y una mano laboriosa 

Mi talla erguida y pomposa. 
Tronco verde y hojas tiernas 
líe venido i ser hermosa. 

Yo fui,* como tú, salvage, 



No nie^o mi origen, no; 
Pero el hombre me elevó 
A un distinguido linage^ 

Y ya DO soy tú, soy yo. 

Soy ladelicia y ornato. 
En unión de mis Hermanas, 
Copudas, frescas, lozanas, 
Dignas del regio aparato, 
Como otras tantas sultanas. 

No todas somos fecundas, 
Pero á nuestro lado crecen 
Otras muchas que merecen 
De Himeneo las coyundas 

Y en lecho nupcial se mecen. 

Las que el tálamo resisten 

Y los lazos conyugales. 
Sus órganos secsuales 

La hermosa corola visten 
De petalos desiguales. 

Somos el gusto y pasión' 
De los paises templadlos, 

Y de los climas helados 
Objetos de admiración 
De los ricos potentados. 

Cada cual se halla dotada 
De una atribución preciosa, 

Y la joven mas hermosa 
Se estima bien comparada 
Si se compara á una rosa« 

Ven pues, flor deil campo, ven, 
Te guiaré á mi jardin, 

Y en variedades sin íin 
Verás el antiguo Edén 
En bóvedas de jazmin. 

Símbolo encuentran los hombres 
De los afectos humanos. 
Ni son los matices vanos. 
Ni carecen nuestros nombres 
Do misteriosos arcanos. 

Flores célebres la historia 
Cuenta en sus vastos anales, 

Y á deideg inmortales 
Elevó la gentil gloria 
Varias flores naturales. 

¿Qué alegas ya en tu demencia, 
Flor del campo, sobre mi? 
Confiesa que te vencí, 

Y que en esta competencia 
Soy muy superior á tí. 

Atenta escuchó la diosa, 

Y aquel concurso florido 
Prestando discreto oido; 
Mas el aura vagarosa 
Difundió un sordo ruido. 

Era ZéGro, que en torno 
Batiendo sus alas ^íra, 

Y los aromas respira 



Feriódioo semanal. 



T esparce por el contorno 
Que ansioso al favor aspira. 

Abrió ^1 carmin de sus labios 
Flora y con dulce J sonrisa» 
En frase grave, y concisa 
Les dio estos preceptos sabios, 

Y ¿ cumplirlos les precisa. 
aDejad vuestra presunción, 

«Flores útiles y bellas, 
•Que en medio vuestras querellas 
«Soplará un recio { aauilon 
nT pereceréis convelías. 

aCombatid el vil gusano 
«De la envidia roedora, 
«Que- cada cual es deudora 
«A el Arbitro soberano 
«De la virtud oue atesora. 

«No hay periec^ion absoluta 
«Bajo el sol, y es tan amante 
«La sencillez elegante, 
«Como aquella que disfruta 
cLa pompa y lujo brillante.» 

Dijo^ y el sol la arrebata 
En su carro, y desparece, 
T mi lecho se estremece, , 

Y acabó la ilusión grata 

Y el sueño que me la ofrece. 



OJEADA BETROASPECnVA 

SOBRE LA SOCIEDAD 



POR A. CARRION. 



Gomo, este periódico eslá dedicado 
á tan dislioguida Academia, y como 
están llamando la atención en núes* 
tra querida ciudad las brillantes se- 
siones que presenta, creemos muy opor* 
tuno y justo ocuparnos estensamente de 
las que lleva celebradas desde su crea- 
ción hasta el dia. 

Por el sencillo y elegante discur- 
so que pronunció el Sr. Presidente en 
la sesión inaugural, que insertamos en 
el lugar respectivo, comprenderán nues- 
tros lectores los desvelos y sacrificios 
que han sufrido los jóvenes que com- 
ponen la espresada corporación para 
llevar á cabo una empresa tan dificil. 



Terdad es que si eran ionumera- 
bles los obstáculos que encoolrabao 
á eada paso, en cambio, teniao un po- 
derosa ansiliar para vencerios, cual es 
la unión que reinaba entre todos, y 
la absoluta confianza que depositaron 
en su Junta Directiva. 

Esta, después de dos meses de in- 
calculables trabajos tuvo la satisfacción 
de anunciar á la Sociedad y al Público 
que el dia 11 de Enero era el desti- 
nado para la inauguración. 

Con júbilo inesplicable fué recibi- 
da la noticia por los jóvenes entusias- 
tas, que al fin tocaban al término de 
sis afanes» y vcian realizadas sus es- 
peranzas. 

Y en verdad que tenian sobrados 
motivos para estar orgullosos y satis- 
fechos de su obra, pues habían lle- 
vado á efecto, aunque en pequeño^ la 
formación de una Sociedad artística 
como nunca se había conocido en Má- 
Isg^' y que tan buena idea daba del 
espíritu de su juventud. 

Por fin llegó la noche esperada con 
tanta impaciencia, y vamos á trazar, 
aunque no con sus tintas verdaderas, 
pues desconfiamos de nuestra pluma, 
el cuadro animado y encantador que 
ofrecía la Sociedad Lope de Vega. 

Los salones de sesiones y de reci- 
bo estaban perfectamente alfombrados 
y tapizados, del mismo modo que el 
pequeñito, pero elegante tocador de se- 
ñoras. 

Magníficos espejos y divanes, pre- 
ciosas cortinas, aromosas flores y airo- 
sos candelabros derramando su luz so- 
bre los angelicales semblantes de las 
divinas malagueñas, formaban un con- 
junto verdaderamcnle mágico. 

Al fondo aparecía el telón de boca 
obra de bastante mérito, como todas 



Lo pe de Vega, 



las del inteligenle y simpático artista 
D. Manuel Montesinos, y que era ale- 
górico al nombre inmortal^ que lleva 
la Sociedad. 

Las decoraciones estaban pinjadas 
también con mucho gusto por el joven 
D. Emilio Herrera; y el Teatro t^ons- 
traído por el maestro D. José Pérez. 

A fia hora anunciada, y apiñando- 
se^en el local lo mas escogido de nues- 
tras seductoras paisanas, las autori- 
dades, una comisión del Liceo y mu- 
chas personas notables, se descorrió 
el telón, apareciendo en el Palco es- 
cénico la Junta Directiva acompañan* 
do al Sr. Presidente D. Felipe Plácido 
Mar lino, el cual, conmovido por la so- 
lemnidad del acto y con el mayor en- 
tusiasmo, dijo: 

Señores: 

Nuestra' hermosa y amada patria,' fué la'que 
dló al imperio sumas .grande gefe, Trajaoo; su 
roas ilustrado retórico^ Quintiliano; su mas amar- 
go satírico, Marcial; su mas profundo y erudi- 
to filósofo, Séneca: sino mas, uno de sus ver- 
daderos poetas, el Fénix de ios ingenios, el ¡n- 
liiortal Lope db Vega, cuya vida y obras qui- 
siera fueran esta noche objeto de mi discur- 
so, pues con ello habría bastante para pasar 
una y otra y mil noches mas; empero ni es 
oportuno, bí mi pluma es suficiente, ni mis la- 
bios son autorizados para tan grande empresa: 
asi es que enmudezco ante cosa tan ardua, y 
solo me limitaré á manifestar que esta Sociedad 
Artística, al inaugurar su modesto salón, ha 
creído que ningún título la honraría mejor, que 
el del fecundísimo escritor dramático Lopb dí 
Vega, escritor dramático que llena el mundo con 
su nombre. 

(Se eouUoaui.) 



Emanación divina; 
Celeste llama ignífera 

8ne, el ser que arrebatándose te siente, 
ájica, peregrína. 
Cual antorcha lucífera 



La sacra inspiración arde en su mente: 
T cuanto mas vehemente 
Agitación volcánica le abrasa^ 
Rompiendo diques, con valor sin tasa 
Vuela libre, y do quier el sello imprime 
De logrando, lo bello y lo sublime. 

¡Oh! alma misteriosa, 
Que elevas al teórico 
A la altura del sabio en ciencias y artes! 
Rica vena hervorosa, 

8ue eternizó el histórico 
ombre y saber del físico Descartes! 
Confluye en todas partes 
Tu magnético ardor, con savia tanta. 
Que, al par que al débil é ignorante espanta 
Destácase entre el vulgo el grande tngenio^ 
Cor tí divino ardor aue llaman Gbkio. 

La mente en lo infinito 
De las regiones del espacio etéreo, 
Aérea vaga de tu fuego en alas 
Mas ay! asaz maldito, 
Sobre la humanidad tu deletéreo 
Mortal aliento exhalas!... 
;Porqué Genio no igualas 
£1 mismo ardor del bien, con noble ejemplo 
A tus almas guiando al bello Templo 
Do la virtud notoria 
Irradia al mundo del amor la gloria!... 

¿Porqué al naezquiúo pecho 
Haces sentir también tu ardor volcánico. 
Cuando el bien incapaz de sentir se halla, 
T quizá en su despecho. 
Se erije altivo, con furor tiránico. 
En el Genio del Mal que atroz batalla 
De leyes justas en romper la valla, 

Y solo el mal inculca 

Y lo sagrado en su impiedad conculca?... 
— Este Genio es Satán, que en su desvelo 
Mantiene lucha eterna contra el cielo. 

El, maléfico y cruel 

¿protervo, se ensaña airado y bélico 
ontra la humanidad que en Dios confia. 
No mas cantar con él; 
Vítores mil tan solo al numen célico 

?ue con puros raudales de poesía, 
plácida armonía, 
A tas almas trasporta en raudo vuelo 
A las rejiones del inmenso cielo. 
Este, vierte fecundo 
amor y bienhandanza v paz al mundo. 

¡Oh! si á mi tosca lira 
Arrancara bov sublime son poético, 
La gloria aquí cantara 
Del Genío qne suspira 
Por todo lo ideal, y en son patético 
Al mundo entusiasmado declarara 
Con voz robusta y clara. 
Cuanto bien, cuanta dicha al alma infuude 
La antorcha que difunde 



Periódico semanaL 



Rayos de amor, qae acrecen. 
Cuanto mas á las artes enaltecen. 

¡Oh Genio! sin tu ayuda 
Como vibrar podré el acento lírico 
T elevarme contígol 
Ay! ya no tengo duda 
De que tras de mi estilo, quizá empírico, 
Nunca arderás conmigo! 
En vano me atosigo 
Y me eanso infeliz en evocarte 
Para poder cantarle. 
Que aunque tu ardor me niega. 
La mente en proseguir se empeña ciega. 

Miro al mortal dichoso 
Que contigo nació, lanzarse impávido 
Con éxito fecundo 
En el mar proceloso. 
De nuevas glorias y conquistas ávido. 
Tal fué el que le inspiraste ardor profundo 
Al gran Colon al descubrir un mundo. 
Tal el en que lucharon los Pizarros 
En el Perú, feroces mas bizarros; 
Tal el que denodado y eairatéiico 
Sintió Cortee al conquistar á Méjico. 

Del grande pensamiento, 
Haces lOh Gekio! acaso un ser alijero; 
Ora vagando intrépido y gozoso 
Con el chocar violento 
Del hórrido huracán, cuando 'flamijero 
Relámpago dispara sulfuroso; 
Ora del mar undoso 
Dendiendo audaz la tempestad horrorosa 
Absorto en el mujir de hinchadas olas, 
U ora en su son halla en playa arenosa 
Entonando melifluas barcarolas. 
Y ora la alegre fiesta 

Célebres tierno, candido ó bucólico. 

Del morador del valle y sus amores 

En plácida floresta: 

U ora enardeciendo del católico 

Los místicos fervores 

Inspirando á elocuentes oradores; 

Siempre eres Genio, el próvido elemento 

Que eleva hasta lo sumo el pensamiento; 

Constante tu ardor se halla 

En el campo, en el Templo, en la batalla. 
Por tí, de su sepulcro 

Se alzan los manes de Virgilio y Sócrates 

Y otros ingenios mil que fueron sabios 

Y hoy se veneran mas que al oro pulcro. 
Por tí, el eterno Hipócrates 

Enseña de sus labios 
El arte de curar que científica. 
Por ti, se identifica 
El arte con la idea y con el alma. 
Por tí, la eterna palma 
Guarda la historia cou renombre y brillo 
A Kubens, Miguel Ángel y á Munllo. 
Lleno de tí, cantó el clásico Ovidio; 



Contigo, murió Diójenes misántropo; 
Contigo, fué elocuente Cicerón. 
Tal es el Genio, que al cantar yo 'envidio, 
Genio del Bien, que es alma del filántropo; 
Genio de ardiente y sacra inspiración!. •• 
—También elevó el Genio á Calderón!... 
Al festivo Quevedo v gran Cervantes, 
En las letras su ardor nunca les niega 
Mil producciones ricas, palpitantes; 

Y el clarin de la fama al mundo lega 
Sus nombres tan brillantes^ 

Cual el del inmortal LOPE DE VEGA. 

¡LOPE DE VEGAI... el ^enio entre los genios! 
£1 escritor y poeta fecundísimo!... 
El Fénix inmortal de los Ingeniosa. 
El filósofo ilustre, eruditísimo! 
De este modo los pueblos le renombran 
Por sus obras sin un que al mundo asoipbran . 
Con entusiasmo, al par que con ternura. 
Los sabios venerándole le nombran, 
Porque la llama pura 

Que en su mente encendiera el rubio Apolo 
Fué del Genio sin par que tuvo él solo. 

Hoy el joven intrépido se afana. 
Emulo de su ciencia, asaz metódico, 
.Las sus huellas sesuir^ do el saber mana^ 
Al comenzar sencillo en un periódico 
A redactar modesto algún capítulo. 
El, á las letras, anhelante hermana 
Su gran veneración, pues dánle un titulo 
Que es símbolo de gloria v de fé ciega, 

Y es título de honor'LOPE DE VEGA. 

Y yo que aplaudo el pensamiento, en tanto 
Que me afane con loco devaneo. 
En el Genio evocar que humilde canto 
Creyendo eficaz ser con mi d^seo; 
A tanto noble afán de joven tanto 
Felicísimo el éxito preveo^ 
Si campea del Genio el ardimiento 
Cual la flor de tan bello pensamiento. 



G. Marti y Franch. 



TRADUCIDO POR FEDERICO BEJAR. 

Yivia yo por entonces en una modesta calle, 
cuya situación ustedes sin duda desconocen, la 
calle de Lesdiguieres: comienza ésta en la de 
S. Antonio, en frente de una fuente que hay cerca 
de la plaza de la Bastilla, y desemboca en la 
de Cerisaie, 
I Impulsado por el amor á la ciencia me h^^^vv 



Lope de Vega, Feriódioo semanal. 



■ Jr.-. 



meüdo eo una boardilla, donde Itrabajaba de no- 
che, pasando el día en la biblioteca yeeina de 
MonsietiT. (1) 

Vivía frugalmente y me babia ajustado á to- 
das las condiciones de la rida monástica, tan ne- 
cesaria á los que se dedican á la meditación. 
Aun en los días mas bermosos, apenas me pa- 
seaba per el boulevard Baurion, 

Una sola pasión me hacia abandonar mi mé- 
todo de conducta;. mas no era esto también es- 
tudiar? Iba á observar las costumbres del bar- 
rio, y los caracteres de sus habitantes. 

\estido con un traje de obrero, indifirente 
i toda compostura, no les hacia fijar en mí su 
atención: podia mezclarme en sus grupos, ver 
eoncluir sus tratos, y eir sus disputas á la ho- 
ra de abandonar el trabajo. 

Su observación habiendo venido i ser para 
mi intuitiva, penetraba hasta el alma, sin desa- 
tender por eso el cuerpo; ó mejor dicho, se apo- 
deraba de tal modo de los detalles esteriores, aue 
bien pronto tomaba posesión de aquella; mena- 
bia dado la facultad de vivir de la vida Bel in- 
dividuo sobre el cual se ejereia, permitiéndome 
sustituirme ¿ el mismo, como el derviche de las 
Mil y una Noches, que tomaba el cuerno y el 
alma de las personas á quienes pronunciaba cier- 
tas palabras. 

Cuando entre once y doce de la noche me 
encontraba con un obrero y su muger, que vol- 
vían juntos del Amhiaú'Comique, me divertía en 
seguirlos desde el boulevard del PotU-ñnx-Ckoux 
hasta el de BeanmarchaU. 

Esas buenas gentes hablaban entonces de la co- 
media que concluían de ver, y sinsabor como lle- 
gaban á conversar de sus asuntos; la madre, arras- 
traba á su hijo de la mano sin escuchar ni sus 
quejas ni sus súplicas, y los dos esposos, con- 
tando de antemano con el dinero que les sería 
pagado al día siguiente., lo distribuían de mil 
maneras diversas. 

Ta giraba la conversación sobre los porme- 
nores de la casa, ya sobre el escesivo precio de 
las patatas, ó sobre lo lar^o del invierno, ya so- 
bre el creciente encarecimiento de los combusti- 
bles, va sobre la actitud enérgica del panadero 
al reclamar lo que se le debía; en fín^ las discu- 
siones se agriaban, descubriendo cada cual su ca- 
rácter en la espresion de sus palabras. 

JEscucliandü á estas gentes podia identificar- 
me con su vida, sentía pesar sobre mis hombros 
sus harapos y creía estar calzado con sus estro- 
peados zapatos; sus deseos, sus necesidades, to- 
do pasaba en mi alma, ó mi alma iba á relevar 
á la suya. 

Esto era soñar despierto. 

(Se oODcIairá.) 



MISCELÁNEA. 



Epigrama. 

Cantando D.Juan Chinelas-— dio lo que se llama 
un gallOt'^y el pobre por disculparse— de tan 
atroz lap8Ui-canto,^dec\di que allá en sus tiem- 
pos—con mucho desembarazo— habia dado el do 
de pecho. — Uno que estaba escuchando— respon- 
dió asi sotto voce:— «se conoce que lo ha dado, 
—por eso ahora lo buscaba— y no ha podido 
encontrarlo.» 

a«rbl. 



Charada. 

Mí primera y mi segunda— si eres latino verás 
— como sin ella en el mundo— nadie pudiera pa- 
sar.— Segunda y tercia hay algunas— retrato de 
Satanás--^ por el contrario otras— de belleza ce- 
lestial. —Cuarta y quinta es instrumento,— y es un 
sabroso manjar — mi segunda repetida. — Y el todo 
conocerás— si eres un poco entendido -*es nom- 
bre de un animal— que ocupa un puesto brillante 
—en la Historia Natural. 



Zarzuelas. 

Esta noche empiezan en el Teatro del Principe 
Alfonso las representaciones de la ctfmpañia Hrica- 
dramátiea que ha estado actuando en el del (jrco 
de Madrid. 

Casi todos los artbtas que la componen se pre- 
sentan por primera vez en esta ciudad. 

£1 mas conocido es el simpático y aplaudido 
tenor cómico I). Eugenio Fernandez, á cuyo cargo 
está la dirección de escena. 

Oportunamente y con toda imparcialidad nos 
ocuparemos de los trabajos de esta compa!\ia, que 
viene de la Corte precedida de una fama bastante 
buena. ^'^ 

■» 

Lope de Vega. 

La distinguida Sociedad que lleva este nombre 
prepara una sesión para el Domingo prócsimo. 

Indudablemente será brillantísima/ pues en elh 
se inaugura la sección liteiaria, tomando también 
parte' la lírica. 



DIRECTOR Y EDITOR RESPONSABLE, 



(JJ Mons/eur ¡lermaDO msyor di-1 hfj. 



Imprenta de 6iwt7rtri.— Comedías 11. 



A:fro I. 



DOMINQO 12 DE ABBIL DE 1863. 



NÚM. 2/ 



LOPE DE VEGA, 

PSaiÓDICO SSSIANAL DEDICADO A LA bOCiEDAD QUE LLEVA ESTE NOMBRE. 



c=asi 



i.fcii I f s 




OJEADA BETB03PECTIVA 

SOBRE LA SOCIEDAD 



POR A. CAnftION. 



Pocos dm hace que (a Real Acideroia E^- 
paA )la, acaba do pagar un tributo á la memo- 
ria del referido poeta Lope dk Vega, compramlo 
la casa que fué de su propiedad, y en la cual 
babíló muchos aHos, y en su fachada ha hecho 
oooslruir ¿ sus espensas un roonumeolo mural. 
La prensa toda llena l«is columnas do sus pe- 
riMicos con elogios al fecundísimo escritor El 
acto de inauguración de dicho mi uso leo no pu- 
do ser mas brillinte ci mas di^no. Asistió nues- 
tro primer cuerpf) literario; las personas mas dis- 
tinguidas de todas las carreras del Estado: Se- 
nadores; Diputados; individuos del Ayuntamiento 
de Madrid; comisiones de las Reales Academias. 
de la Universidad, de los poetas dramáticos y 
líricos, de la prensa üeriódica, y do los acto- 
res dramáticos. Nada, en fio, ha faltado para quA 
ai acto fuese lo mas solemrie, lo mas gratide 
posible, AIH se pronunciaron discursos reseñin- 
do la vida de Lope; se leyeron composiciones; se 
improvisó, y por último, con motivo de haberse 
escogido para el dia de la inauguración del mo- 
nnmento, el del aniversario del natalicio del in- 
mortal poeta, en el Teatro de su nombr*^, en el 
del Principe y en el de Vaiiedades, veiiricáro:ise 
ftinciones que solemnizaron mas y mas un sucei>o 
tan fausto para el país, que al mirarle nacer se vio 
enriquecido con una brillante página de gloria. 
¿Seiores, y cuando tan grata memoria de su 
nombre, ha sido resefttda por tantas autorida- 
des en la república de las onenas letras, seria 
yo tan audaí que pretendiera hacerlo, bien pa- 
ra enaltecer sos dptes como autor dramático, ha- 
blar de su vida, do su genio, de sus obras? 
]Ah! no; bastí y sobra oon que yo lo nombre 
CQo respeto, y que .^odos los señores socios que 
so encuentran* en este recinto, saluden al Fénix 
de los ingenios, al célebre poeta, al fecundo es- 
critor, á Lope de Vega. 

Con esta denominación se distinguirá desde 
boy esta Academia, la que deberán sostener sus 
fnndadorcs á true^ de todo. ¿Qué ocupación 



mas noble ni mejor podrán elegir, lo mismf> e 
nifto que el hombre, el joven q.ie el Viejo? ti Tea 
tro á la vez que instruye, deleita: veamos si no 
lo que dice un autor, entre ot^os de sue in- 
finitos egcmplos, respecto de las obras que se 
dedicín al Templo de Ttlli. «Una tragedia p^r- 
fe(Ua, es una dn las mas nobles priducciones de 
la nituralfza humana, es también la mas apro- 
pósto para úir al alma el gusto mas delicioso y 
mas instructivo • 

Pues si estoes asi, cultivemos tan noble como 
sublime arte, dedicando las horas ociosas á tan 
útil ocujpaci'in. 

Muchos son los que consideran el Teatro co- 
mo un simnie desahoj^o del espíritii, y que nin- 
gún género de influiMicia puBde ei^ercer en I «s 
costumbres; pero son mayor número los que 
opinan lo contrario, y yo siempre estoy con la 
mayoría, mácsime cuamfo en esta se hallan l(»8 
ant(»res mas renómbralas. Scliilier, d'ce: «El 
Teatro secunda la justicia social: es una escuela 
de sabiduría práctica; ua guia en el camino de 
la vida civiL y una llive segura para descubrir 
los mas profundos secretos del corazón .. en- 
seQa al hombro á conformarse con .su desti- 
no contribuye á formar el espíritu nacional.» 

Para no fatigar la iitencion del auditorio, que 
tan bbnévolam?nle ha escucliado mi nial coor- 
dinado discurso, voy á concluir, dándole las 
mas esprcsivas gracias p.ir su inilul^eimia, como 
igualmente á mis com¡)iñeros los Señores de la 
JiiJita, que tan pode ro -a mente han contribuido 
á llevar á cabo uní em;»r('.s) tan ardua. 

¿Y á los dt^ nás Sres S.)cios do qie se com - 
pone esta Academia, como les podré espresar 
mi gratitud! 

Jóvenes todas, hijos de familia en su mayo- 
rfa, que han dedicado sus ahorros y aun m'^s, 
para contribuir á la creación de la misma ¡Ahí 
para estos no tengo pihbras bistmtes siguí íica- 
tivas h fin de baeerlf^s compren ler mi satisfac- 
ción, mi gozo al .tenerlos á mi lado. 

tínicamente su afición al sublima arte del 
Teatro es la que lo consigue en esta inolvida- 
ble noche, cuyo gruo recuerdo vivirá eterna- 
mente en mi memoria. 

He DICBO. 

Después de haber ;ip1aud¡do la concur- 
rencia tan oportuno discurso ^ klqi?. ^^t^íf^^Scv- 



Lope. da .Vega; 



mos á leer unas decimitas alusivas á la j Con su natural indulgencia dispensó el 
inaugiiracioi, las cuales, aunque por su es- público los visibles defectos de e«a pobre 
caso mérito no son dignas de publicarse, composicicn, por lo cual, y cumpliendo un 
inv!!íar;*os n]8lo>os, accediendo á las ins- deber sagrado, aprovechamos esta oportuna 
tandas ile ¿niicbos amigos que desean con- ocasión para darle las mas repetidas gracias. 

' Varias Piezas tocadas al piano por los 
simpáticos jóvenes D. Ricardo Pozo y D. Mi- 
guel Reina, precedieron á la Comedia en tres 
actos titulada: LO POSITIVO, de cuya ege- 



servarlas en su poder. 

AHSGOKSOGIOSMLOPINTKi. 



Si llenos do voluntad, 
con !a mejor armonía, • • 
Irábajarou noche y dia 
en pró de la Sociedad; 
sí tras de U^ta ansiedad 
llegó la inauguración, 
quisiera en esta ocasión 
al ver su engrandecimiento, 
esprosar como lo siento 
lo que siente el corazón. 

Mas en vano lo pretendo 
con mi ignorancia luchando, 
y me presento... tienidld^ndo, 
tu indulgencia conociendo, 
pues demasiado comprendo 
que haciéndolo asi mal obre, 
que aunque voluntad me sobre 
bien claramente se esplíca 
que es una empresa muy rica 
para mi que soy tan ponre. 

Y solo acierto a decir 
que mucho se trabajó, 
mas que LOPE, divisó 
un bnllante porvenir, 
por que ha logrado cumplir 
su esperanza mas risuofia, 
pues ¿ reunión tan pequefta 
á honrarla esta noche viene 
lo mas ¿alante que tiene 
la sociedad malagueña. 

La unión comi)one la vida 
y no hay vida sin la unión; 

f^or eso en esta ocasión 
a unión será nuestra egida; 
y no se estrafte que os pida 
en mi entusiasmo profundo 
que nunca manche el inmundo 
soplo de discordia, ailero, 
uñ nombre, que es el primero 
de los primeros del mundo. 



-n 



cucion, aunque muy ligeramente, vamos i 
ocuparnos. 

La Srta. D.' Dolores MQih». esa joven é 
inteligente aficionada á la declamación, que 
tantos laureles se ba conquistado en las pnn- 
cipales sociedades de Málaga, tivo á su cargo 
el delicado papel de Cecilia. 

La gracia, la desenvoltura y el aplomo 
con ffue sostuvo su carácter en las variadas y 
difíciles situaciones que ofrece LO POSITIVO, 
llamaron estraordinariamente la atención de 
la concurrencia, que la aplaudió con entusias- 
mo repetidas veces. 

(5e ooBliNArl.) 



a«3 



Sentado en las orillas 
que un arroyuelo bafia 

Í entre la luz dudosa 
e una fresca mafiana, 
veíase un mancebo 
cree contemplando el agua 
lloroso y apenado 
y silencioso estaba. 
Su mal ha de ser mnde, 
pues parece que el alma 
se escapa de su pecho 
según suspira y calla. 
Otro mucnacbo ciego 
que por allí pasaba, 
hermoso como un ángel 

Ícual ángel con alas, 
olido de su pena 
al oírlo se para 
y sentándose al lado 
asi diálogo entabla. 

—Por quién, dime, mancebo 
suspiras con tal ansia? 
;Murió tu amor querido, 
-ó acaso la manaaa 



Periódioo miMiial. 



. de mansas ovegiliaa 

que solicito guardas 

se estravió en el bosque? 
—Ahí no, que es mi d^raqía 

mayor, pues que ayer (arde 

vi á Laun la zagala. 
— ^Muy bien que la eonozco. 
— Entonce^ por qué estrañas 

que yo muera de amores 

si una vez la mirara; 

si vi de la amapola 

la color en su cara 

y contemplé los soles 

con que airada me mata... 

nifio, por Dios te pido 

que vengando mis ansias 

claves en sú albo seno 

zaeta emponzofiada 

y bagas que por sus venas 

corra amorosa lava. 

Calló el mancebo y dando 
rienda suelta á sus lágrima» 
quedóse pensativo 
viendo correr el agua. 

R. Franqudo y Homero. 



EL AMANECEfl. 



Magniflco y encantador es tin duda el espec- 
ticalo que la naturaleza presenta al amanecer. 

Digno es de admirarse, pues en él encaenlra 
el hombre todo aquello que mas le puede aluci- 
nar; esperimenta sensaciones mucho mas agrada- 
bles que las que pudiera gozar en los mvolos 
placeres que el mundo con sus engafios le ofrece. 

Si éste adorna sus precipicios con mezquinas 
flores artificiales, que cubren Us punzantes espi- 
nas que en su seno se hallan, á tin de hacer caer 
al incauto; si usa de aquellos hechizos que enlo- 
quecen la mente humana; la naturaleza al ama- 
necer atrae no solo al hombre incauto sino al mas 
previsor, pues está rodeada de flores puras y na- 
turales, que alhagan al hombre, fortificándole en 
sus religiosos pensamientos. 

Apenas el luminoso Feboesuarce su dorada 
cabellera, cuando todo se llena Je vida y i^splen* 
dor. 

Apenas colora las- cimas de las mas elevadas 
montañas, cuando mil y mil pintados pajarillos 
entonan otros tantos himnos de alegría, saliendo 
de los nidos que durante la nochf Yes c^bij^ra y 



como dando .gracias al cielo por haberles conser- 
vado ua día mas de vida. 

Los árfcoles son mecidos suavemente por una 
Ugen brisa, la eaal nos fortifica y reanima. 

£1 labrador prepara los instrumentos de su 
trabajo y sale á cumplir la sentencia del Padre 
Omnipotente, que tan admirablemente narra el 
Génesis, á fin de poder sustentar su prole. 

Los animalillos todos, salen de sus guaridas, 
llenos también de nuevo brío, y saltan alejg^res de 
risco en risco, aspirando el regalado ambiente de 
la mafiana. 

Las niantas y las hermosas praderas, lamidas 
por cristalinos arroyuelos, aparecen llenas de vi- 
da y hermosura. 

Las flores bañadas por el fresco roció, lucen 
con mas brillantez sus matizados colores, espar- 
ciendo un suavísimo perfumo que infumle al alma 
sublime y tierna meiancolfa 

T que mas grato que este grandioso eraec- 
tieulo, donde al par que se goza se spreadef 

Ven acá, epícurtsta, observa grandeza tanta, 
y dime si en los placeres de tu desordenada eon- 
eapiscencia gozas tanto oomo aqut. 

T tú alfaeo, contempla el amanecer;, medita un 
momento, y quedarás convencido de que hay un 
Ser Omnipotente, sabio ó ioOnito qud todo lo or- 
dena y que todo io. tiene baje un mano protec- 
tora 

El sol apareciendo; las avecillas trinando; las 
flores eoff sus caprichosos Colores; ¿atura en fia, 
con sus bellísimos atractivos, alhaga mas, mocho 
mas que los mentidos placeres que el mundo nos 
presenta. 

Por que esos phceres están adornados con 
flores artificiales^ cuya esencia emponzofiada des- 
truye la paz y los buenos instintos del hombre. 

C, L. Jf. 



Li Din A DEL MEDALLÓN, 

NOVELA OEíaiKAL, 

POR EMILIO DE LA CERDA. 



AmaMisimo é mMgentkimo ieclor: hou 
que por prirherú te% hago eonocitmmto conti- 
go, por medio de mi novel pluma, quiero ee- 
pUcprte brevemente los motitos gue me hean 
obligado á presentar á tu censura mu «t^t»:^ 



Lope de Vega, 



de poeta, varias veces me he dedicado á es- 
erlir cJ junas composiciones que no han sali- 
do de un redacidisiíno número de amigos, pe- 
ro esto solo por un pasatiempo, sin aspira- 
ciones de nintpm género, y sm pmsar jamás 
que un dia pudieran ver la luz publica, escritos 
solo l/wnos, para leidos en el seno de la 
amistad y ae la confianza. 

Hoy tampoco pretendo pasar por literato 
al d*ir á la prensa las desaliñadas páfjints 
de esta novela, y solo he podiib ceder a las 
instancias de mis dignos colaboradores dfl 
fiuevo periódico que se publica bajo el titulo 
de LoPfi DB vüGA, los cuales, haciéndo- 
me mas favor del que mi escasísimo talento 
merece, contaron desde luego con mi coopera- 
ción para redactar dicho periódico. Yo á mi 
vez cuento también con su indulgencia, y á ti, 
caro lector, te suplico te unas á ellos para di-- 
simular las mil fallas que encontrares á cada 
paso en el curso de la obra. 

El Autor. 



PRIMERA PARTE. 



Amor 7 Desengaño. 
1. 

Hace tres años que por el roes de Mayo, salí 
una mañ»na con intención de dar un lar^ paseo. 
£1 sol aun no doraba Jas verdes alfombras de 
las matiíadas praderas, húmedas por el roció de 
la noche, que cuil gotas de liquido diamante, 

E india tembloroso de las hojas mecidas por la 
risa matinal. El aire puro de la mañana, tras- 
Grtaba en sus alas los deliciosos perfumes de 
\ florecillas silvestres, que se balanceaban 
galanas en sus flexibles y delgados tallos. Los 
arroyos murmuraban al rodar sus cristalinas aguas 
sobre un lecho de guijas y de menuda arena. 
El cielo límpido y terso como una inmensa su- 
períicie de zafir se desvaüecia en el horizonte 
en las tintas de rosa y oro con qup se viste la 
aurora, precursora del astto del dia. Todo con- 
vidaba á la meditación, y cada fuente, cada 
mata, cada colina era un manantial de poéticas 
imágenes, cuya descripción, digna de mejor plu- 
ma, renuncio' ¿ hacer, coa. humildad. 

Largo tiempo. hacia aue me paseaba por una 
alameda de copudos árooles, que entrelazando 
etus ramas formaban una bóveda de follaje, im-r 
penetrable á los rayos del sol. En uqo de n^is 
¡tascos y al llegar ni estremo de la^'alaitueda dis- 
//^/// ///7 hombre, gue sentado sobre el césped, 
^.</^/^? ^/ pifreri^r dormido, r^roHufto contra el 



tronco de un álamo corpulento- Me aprocsimé 
muy despacio, y mi asombro fué grande al re- 
conocer en él á un amigo mió, á quien no veia 
desde hacia un aAo. Le sacudí fuertemente, di- 
ciéndole al mismo tiempo: 

—Julio, amigo mió, que haces ahí? Como te 
encuentro en este sitio después de tan larga ausen- 
cia? 

Al pronfo no me reconoció, embargado por 
el sueño; pero así que se despejó, levantándose 
me estrechó entre sus brazos 

— ¿Quéhibrás pensado, me dijo, de laestraña 
maneta como me has encontrad«>! 

—Qué quenas que pensara? Supuse que como 
yo habias venido á dar un paseo, y que sentán- 
dote á descansar te habias quedado dormido Pe- 
ro lo que me estraña es nuestro raro encuen- 
tro, cuando yo le creia por lo menos en Amé- 
rica; pues desde que desaparecistes de Málaga, 
no he vuelto á saber de tí. ;Qne ausencia ha 
sido esa que nos ha tenido privado de tu alegre 
compañía? Cuéntame, hombre, cuéntame tus aven- 
turas, aue creo han de ser estupendas Apuesto 
á que hay alguna muger de por medio; eres tan 
aficionado... 

— Pues no te equivocas sino en el número. 
Son dos mugeres las que hacen el principal papel 
en los sucesos acaecidos en todo esttí tiempo. 
¡Oh! es una historia que he de contarte despacio. 

— Pues mira, la ocasión es un prodigio Yo es- 
toy en vacaciones, porque las aulas se han cer- 
rado á causa de ciertos rumores de cólera mor- 
bo, que traen á esta población consternada. Si 
no tienes nada que hacer, eonságrame todo el 
día; volvamos á Málaga y en casa me contarás 
esa historia que no dudo debe ser divertida. 

—Para tí lo será, amigo mió; lo que es para 
mí no tiene nada de chistoso. En fin, acepto, pe- 
ro con una condición. 

— ;Cual es? 

-»Que has de cerner conmigo. 

— Hombre, estaría bueno; te llevo á casa pa- 
ra retenerte á mi lado todo el dia y... vaya, 
vaya, tú deliras. 

—No, no; es que en tu casa hay familia, y 
yo quiero hacer noy mi última locura. Mañana 

Eor Ki tarde me voy á Madrid^ y el dia de hoy 
I dost'no á divertime. Comeremos en la fonda, 
y brindaremos á la salud de mi novia y al prós- 
pero resultado de mi futura boda. 

- Calla, te casas? 

—Si; pero el demonio me lleve si tengo ga- 
nas de hacer tal disparate: es boda de conve- 
niencia, querido, y no pienso dejar escapar la 
ooasion de hacer fortuna, ya qoe hasta hoy he 
vivido con la roas estricta economía. 

-rPermite Julio que te diga, me estraña mu- 
cho ea ti» que siempre haus temdo un corazón tan 
noble, esa ambición tan desmedida, y tus pro- 



Periódico semanal. 



yeclos de saciarla ligando tu suerte á la de ana 
muger ¿ quien acaso no amas, por jnasque esta 
muger posea una forluna deslumbradora. 

—Déjame de amores, me respondió; una sola 
vez he amado á una muger con todo el entusias* 
mo del primer amor; pero un triste desengaño 
ha endurecido mi corazón, viciado mis buenos 
instintos y muerto todas mis ilusiones de la ju- 
ventud, pero no obstante, no creas voy ft men* 
digar las riquezas de esa muger; solo deseo au- 
mentar mi fortuna, adquiririua, es verdad, por 
medios en que mi buena suerte ha sido el prin- 
cipal instrumento, pues en la guerra de... pero 
me haces anticipar los hechos y creo voy á de- 
círtelo todo áqui mismo y en dos palabras. 

—Pues marchemos hacia mi casa, que tiempo 
tenemos de hablar. 

—Marchemos, y en el entretanto cuéntame lo 
que haya por aquí Ayer llegué por la tarde, y no 
he visto á ningún conocido. Por la noche me re- 
cogí temprano; pero no he podido dormir en to- 
dé ella, y esta mañana, cansado de dar vueltas 
en mi lecho, pues los pensamientos que se acu- 
mulan en mi imaginación me han producido un 
insoportable insomnio, s:íIí á dar un paseo, y el 
fresco de la madrugada mitigando el ardor de 
mi frente me ha peimilido dormir un r^to co- 
mo has podido ver. 

H<iblando de cosas indiferentes llegamos á 
casa, y después de d<'sayunaruos en mi cuarto, 
empezó Julio su narración de esta manera. 

(Se eonUnnará ) 



• • • 



MI ROSA DE AMOR. 



SONETO. 

En uDa de Abril plácida mañana 
Llena de eocantos, flores y armonía. 
Te vi preciosa flor del alma mia, 
Tus galas ostentar risueña, ufana; 

Alzábaste en tu tallo, soberana, 
Y el aura, con carino te mecia, 
Cuando á un beso de Fcbo, tierno abría 
Tu capullo, de olor hénchiilo y grana. 

Viéndote asi, tan bella y fresca rosa. 
Ansié libar tu aroma y tus colores 
Como fugaz é incauta mariposa.... 

; Mas. proso el corazón de amor en redes. 
De entonces ¡ay! no anhelo mas favores. 
Que el caskt amor que tierna me concedes. 

- « ■ 

G. Marti y Prmch. 



. V. 



Des que te vi mi niña . 
de amores siento 
latir por tus encantos 
mí amante pecho. 
Dictioso ñiera 
si como yo te quiero 
tu me quisieras! 

Luz al sol tus ojuelos 

arrebataron, 

y á las flores tu aliento 

su aroma mto, 

y tus megillas 

robaron á la aurora 

sus bellas tintas. 

Ojalá que mi lira 

cantar pudiera 

tus h^'cnizos, tus gracias 

y tu belleza... 

Mas ¡ay! perdona 

si al mirar tus desdenes 

tan solo llora. 

Se refleja en tu rostro 
la viva esencia 
dei candor, las virtudes 
y la inocencia. 

Y es tu mirada 
pura como la brisa 
de la mañana. 

Y en fin, á oue cansarte 
con mis palaoras: 

no sabes tú, que siempre 
mi pecho te ama, 
y que la vida - 
para nada la quiero 
sin ti, alma mía. 

Sé clemente conmigo, 
que si me quieres 
yo seré agradeciiío 
tu esclavo siempre. 
¿Querrán los cielos 
qué atiendas algún día 
mí amante ruego. 

/. M. Gfi0c<^<s 



Lope <te Yoga» 



AMORES DE "UNA FLOR. 



To, feliz entre \u flores . 
mi elegante tallo ergoia 
sin prooar los sinsabores 
que rementidos amores 
causáronme luego un dit. 

De la Floresta snliana, 
era el cielo el dosel mió, 
y mi frente soberana 
corona ostentaba ufana 
de abrillantado rock). 

Cuando la aurora riente 
de rosa y oro vestida 
asomaba en el oriente 
su pura y candida frente 
de alba diadema ceñida, 

Emula al par que goxosa 
risueña me saludaba, 
y con sus dedos de rosa 
como á la flor mas hermosa 
mil ósculos me enviaba 

Meciaoe al blando aliento 
de la brisa murmurante, 
sin tener un seotimie.nto 
que dar en quejas al viento, 
sin ser amada, oi amunte. 

Mas tan pláoida existencia 
terminó des que traidor, 
vjrtud» reposp^ inocencia 
arrebató sin clemencia 
un primer beso de amor. 
Cierto dia» con anhelo 
escuché vago rumor, 
y un juguetón arroyoelo 
surguió besándome al vuelo 
oristalino y seductor. 

Yo incliné mi pura frente 
al contacto de su beso, 
y mil y miles ardiente 
depositó el insolente 
con voluptuoso embeleso. 

¿T como usar de rigores 
con tan bello adorador 
y rechazar sus amores, 
si el deslino de Us flores 
es vivir para el amor? 

Desde entonces, cada dia 
escuchaba su murmullo 
con placentera alegría, 
y de noche me adormia 
do su cántico al arruyo. 

Si tranquilo resbalaba 
su transparente cristal^ 
yo en sus aguas me miraba 



y orgnHosa contemplaba 
mi Mr mesura sin rival. 

Si el céflro oaprichoso 
le rizaba en blanda ola, 
suave y voioptuoso 
acarieiana amoroso 
mi purpúrea eorola. 

Mas dicha tanta debia 
sn Gn cual todo tener, 
y asi mi dalce alegría 
.tornarse vi en agonía 
y en eterno padecer. 

Del estio á los ardores 
incliné mi tallo al suelo, 
perdí mis vivos colores, 

hastiado de mis amores 
uyó el hermoso arroyuelo. 

Huyó el ingrato* á buscar 
de nuevas flores la esencia, 
condenándome á llorar, 
pues perdí con tanto amar 
mi virginal inocencia. 



i 



Lectora, la que al amor 
te entregas con tanto anhelo, 
mitiga un poco tu ardor, 
pues nunca falta á una flor 
un fementido arroyuelo 

E. déla Cerda. 



TRAOUCmO POR FBDBRICO BBJAR. 
CONTINUACIÓN. 

Me enfurecia con ellos^ contra los gefes de 
taller que los tiranizaba ó contra las malas prác- 
ticas de dejarlos ir á sus casas sin pagarles. 

Abandonar sus costumbres, venir á ser otro 
que si mismo por la exaltación de las facultades 
morales, y haoer este juego á voluntad, tal era 
mi distracción. 

Pero ¿ que debia yo este don? Es quizás una 
segunda visti? Es acaso una de esas cualidades, 
cuyo abuso conduce á la locura? No he tratado 
jamás de buscar la causa de este poder; lo po- 
seo, me sirvo de 61, he ahí todo. 

Sabed solamente que desde entonces habia 
d'iscomjpaesto los elementos de esa masa hetero- 
génea llamada pueblo, y lo babij^analizado de tal 
manera, que podia conocer sus cualidades ma- 
las. Ó buenas. 



FeriódioasexüAttál. 



Ta sabia yo de caania atílÑlad me podia ser 
este barrio, dúcIco de rerolueieaes, eo el que se 
eocneDtraa héroes,. ¡Dventores, sabias prácticas^ 
tañantes, malvados» virtudes y vicios, todo com-- 
primido por la miseria, acosaoí» por la necesidad, 
dominado por el vino, y gastado por la lortale- 
za de los licores. No os pudierais imaginar cuan- 
tas aventuras perdidas, cuantos dramas olvidados 
en esta mansión del dolor! Cuantas cosas horri- 
bles« cuantas cosas bellas! 

La imaginación no llegará jamás á poseer la 
verdad que en este lugar se oculta y que nadie 
puede descubrir; es necesario desceuditf' dema- 
siado para poder contemplar esas admirables es- 
cenas ya trájicas, ya cómicas, obras maestras vul- 
garizadas por casualidad. 

No sé como he estado dorante tanto tiempo 
sin deciros la historia que voy ahora acontar; 
es una de esas narraciones curiosas que quedan 
en el saco, de donde la memoria las saca capri- 
chosamente como números de lotería: pooeo otras 
muchas tan singulares como esta y según las va- 
ya recordando les tocará su vez. 

Un día mi criada, muger de un obrero, vi- 
no á suplicarme honrase con mi presencia las bo- 
das de una de sus hermanas 

Para- haceros comprender lo que podia ser es- 
ta boda^ conviene os diga que daba cuarenta suel- 
dos mensuales á esta pobre criatura por venir 
todas las mafianas á hacer mr cama, limpiar mis 
2a|iatos, cepillar mi ropa» barrer mi cuarto y pre- 
pararme el desayuno. 

Lo restante del dia lo empleaba eo dar vuel- 
tas al manubrio de una máauma, por cuyo peno- 
so trabajo percibía diez sueldos diarios. Su ma- 
rido, edaiaista, ganaba cuatro francos. 

Pero COBO ttte malrímoaio tenia tros hgos, 
apenas podían comer honradamente mas que pan. 

To no he visto nunoauoa providad mas acriso- 
lada que la de este hcunbre y la de esta muger. 

Cuando dejé de vivir en el referido barrio, la 
sefiora Vaillant, que nunca pudo economizar doce 
sueldos^ vino por espacio de cinco afios conse- 
cutivos á felieitarrae en mis dias, trayéndome un 
ramo de flores y algunas naranjas. 

La miseria noe oabia aproximada. Nunca pu- 



dél domingo, engat^iAsdas' em floree y eioiasu 
bailaban como si el mundo fuere á oonoldirsfi. 
Loa desposados ee abrasaba» con eootenta^iealil 
geoerel, oyéndose picantes aU abl y eai^máticoi , 
eh! eh! pero en esencia mocho menos indecoro- 
sos que las tímidas miradas de algunas jóvenes 
bien educadas. 

Todas estas gentes manifestaban una alegría 
brutal, que tenia yo do se quide comunicativa. 

Pero ni las fisonomías de esta reunión^ ni 
nada por el estilo, tieoe relación alcona con mi 
híslora. Betoned solmente las amgohrMMee 
del cuadro. 

Representaos la innoble taberna pintada en 
roJK^ figuraos oler las emanacíooes del vino, ima- 
ginaos oír los aullidos de esta alegría con vi- 
sos de locura, quedaos un momento en este bar- 
rio, en medio de eMos obreros, de estos ancia- 
nos, de estas pobres mugeres abandcnadas al pla- 
cer de una soja nocbe( 

Compoofaee la orquesta de tres ciegos de loe 
Quinze-VingU: el primero locaba el violin, el 
segundo el clarinete y el tercero un flautín. 

(Se eOBÜnuaré) 



MISCELÁNEA. 



Boston. 

Esta Doche no puede celebrar Lepe de 
Ye^a la que anunciaiDOS en el número an- 
tenor, por no eslir todavía oonvooientemen- 
te ensayadas las piezas que ban de cantarse. 



Teataro. 

Ya está actuando en el del Principe Al- 
fonso la Compañía de Zarzuela. 

No pudo presentarse hasta el Lnnes, ape- 
sar de que estaba anunciada la primera fun- 



de regalarle mas que dies francos, y para eso ^'^° P^"*^ ^* Domingo, á causa del atraso que 
tuve que pedirlos presUdoa muchas veces. , ^^^^'^^ ^^ ^^poi' que conducía al barítono Sr. 

Esto puede espíicar mi promesa de asistir á Cressy. 
la boda; además coataba yo con participar de la { Con UQ lleno monstruo se puso en esce- 
alegria de estas pobres «entes. ¡na la Zarzuela en 3 actos, tituladla: ¡SI YO 

£1 feslm, el bade, todo tuvo lugar en el prí- FÜERV REY' 

Z! í^nít «iVÍfS! í¿ ''?"•' ^í^Charen ¡ ¡7^^ ,,,i^;^^' ^g cgccntó el Martes y el 
ion, eo una sata grande iluminada con dos Jám i„pvoc 

paras de refractore: de hoja de lata, entipizada , i^V, , . . . , n 

con un papel lleno de gras;* hasta la altura de' ^1 Sábado se estreno la que lleva por li- 
li» mesas, siendo los asientos bancos de madera lu^t^* DOS CORONAS, la cual probablemente 
colocados al rededor de eii^s. \ repetirán esta noche. 

En esu sala, óchenla personas cén sus tragesl Loa K.y\W\.^^ VvVtv '5;v\^-\ínr:ív ^^^^v^'^^ N:í^ 



Lope de Vegiw Periódico semanal. 



re ooou) no cnemoB oporloiio oeuparaoi ds' 
n» MmpB hasta qoe pami lai priMMB 
fllMMM, hm eoncreliiiios á decir qoe hn 
^teido rflpelidoi apiñaos la tiple Srt. |iih 
t^p y los sefiores Feraandes y Grao. 





OnadFoe. 

Hamos fseído la aatisfacejon de ver 4f§ 
piolados al oteo por nuestro emjgo el JlMto 
y estudioso arUala 1). José Ruiz Vasco. 

Se balhn espoeslos en lu Fabí ka 
pejos del Pasage de Heredia y rece 
mos á los bnenos aficionados pasen 
minarlos. 

BecilM el Sr. Roiz nuestra iaaigDl 
pero sinsera enhorabuena, por sus 
adelantos en la difieU carrera á que 
dica con tanto entusiasmo como 
disposiciones. 

■pigramaa. 

Decía don Judas Berrinche 
ayer en una tertulia, 
hombre chico y muy pedante, 
habbindo de aú catalura: 
«entre cuatro y cinco pies 
ando yo sin duda alguna.» 
Mí Julia «e lo escuchaba 
le responuió «no, don Judas, 
anda ualed solo entre cuatro. >» 
Y no mentía mi Julia. 



Siempre á sus recuerdos fiel 
me disputa don Facundo 
que ninguno en este mundo 
hizo mas ruido que él. 
Y hace bien con tal calor 
en defender su porfia. 
pues sirvió día por dia 
treinta aftos de tambor. 

Gkirbl 



Charada. 



Apellido es mi primera 
y si le agregas segunda 
es una cosa que abunda 
desde Málaga á Yunquera: 



si esto bastante no fuera 
y quisieres saber mas, 
muy fácilmente podrás 
hallarlas como apellido, 
por ser uno conocido 
como luego lu verás. 

Mi segunda arbusto es 
de la China orí¿5Ínario. 
le be visto en un diccionario 
■¡ae tengo Espafiol^francés. 
Tereia. cuarta y quinta, vés 
á tode el que está contento^ 
ea él mismo sentimiento; 
y si jnas daro lo quieres 
imébaa en ello que eres 
uooibie de poco talento. 

Conque abnr y hasta otro dia 
qm estoy un poco cansado 
y hasta creo que amagado 
de ftierte mdancolia: 
una vez que todavía 
hora no es avanzada 
voy á ver á un camarada 
que es amigo muy querido 
y lleva por apaludo 
el todo de mi Charada. 

BeHiMU. 



i^ 



M^>«^^^htf^tfM^^^N0«^^^%^^>^ ■ ^M« «^^^^ 



Nos 
rada ieaertaen él 



aotaeim á la Cka- 



De ümAm la 

he acertado eitt tnÜÉlo/ 

siffníflca ESCAltAff£|) 

tal como esli rtátltíS^Bt. 

es boaila, variada 

y de fácil sohicién; 

y sin tener pretenaien 

ni dar pruebas de entendido. 

el todo, lo he comprendido. 

de su buena producción. 

MotlthilL 




Imprenta de Caií&rí.— Comedias 11 



AÑO I* 



DOMINOO 19 DE ABBIL DE 1863. 



NxiM. 8.* 



LOPE DE VEGA, 

PERIÓDICO SEUANAL DEDICADO A LA SOCIEDAD QUE LLEVA ESTE NOMBRE. 



^BS¡ 




OJEADA BETBOSFECTIVA 

SOBRE LA SOCIEDAD 
LOT^B 3DB "VIBO- A. , 

POR A. CARRION. 



También lo fueren mucho, y con jus- 
ticia, los Sres. Martino y Pérez, que inter- 
pretaron con su acostumbrado acierto los 
caracteres del Tio Antonio y Pablo. 

Nosotros en el papel de Rafael hicimos 
todo lo posible por no aburrir á los especta- 
dores; y á la conclusión de la obra, cuando 
el público llamó á la referida señorita y á 
nuestros compañeros para saludarlos con , el 
último aplauso, leímos la siguiente composi- 
ción dedicada 

A LA SRTA. tOÜA MLQRBS NUSOZ. 



• 

Nace la flor, al calor 
de primavera bendita... 
pero pronto se mar<;liita 
y no queremos la flor. 

Sú armonía nos envia 
el ave que cruza el viento, 
pero... transcurre un momento 
y se acaba la armonía. 

Del sol el claro arrebpl 
nos anuncia la fortuna... 
mas, luego brilla la luna 
y nos quedamos sin sol. 

La vida, alegre convida 
á correr (ras de lá suerte, 
y presto llega la muerte 
y se concluye la vida. 

Con esto, niña preciosa. 
probarte quiero, y me fundo. 



que todo pasa en el mundo, 
todo, menos una cosa. 

La memoria de la gloría 
que no se acaba, sabrás: 
por eso Lola, jamás 
se acabará tu memoria. 

Y no te creas, que miento 
ó ecsagera mi amistad, 
pues toda la Sociedad 
sintiendo está lo que siento. 

Y al corazón la emoción 
infunde sublime llama: 
por eso LOPE, te aclama - 
con todo su corazón. 

Un buen rato de animado baile, en el 
que lucieron sus atractivos las simpátidas 
señoritas allí reunidas, terminó esta primera 
sesión, la cual, dejando satisfechos los deseos 
de una concurrencia tan escogida, realizó las 
aspiraciones de los jóvenes que componen la 
Sociedad. 

La Junta directiva, que deseaba corres- 
ponder á la* constancia y desinterés con que 
los Socios habían coadyuvado á la organiza- 
ción de la Academia, apenas terminó la pri- 
mera sesión se dedicó con el mayor celo á 
combinar una segunda. 

Contando con la cooperación del joven y 
distinguido artista D. Luis de Mondejar. que 
ya pertenecía á la corporación como Socio de 
mérito, señaló el Sábado 1*7 para que tuviese 
efecto, anunciando que en ella tomaría parte 
el espresado profesor y la sección dramática. 

Algunas pequeñas mejoras verificadas en 
el salón, completaban su decorado. 

La concurrencia era tan brillante como la 
que asistió á la sesión inaugural. 

Una buena orquesta, dirigida por el maes- 
tro D. Caries Bataller. tocó la Obertura, i 
la que siguió la Comedia en un acto^ dlGBL- 
PO Y SOMM^. 



«F 



;. . 



Lope de Vega, 



La sefiorita de Muñoz y el señor Berdugo ¡ 
recibieron en sus respectivos papeles inequí- 
vocas pruebas del agrado con que eran escn- 
chados« 

Nosotros en el de Andrés, admiramos de 
nuevo la indulgencia y galantería del Pú- 
blico. 

Terminada la Comedia, se presentó en el 
palco escénico el señor de Monaeiar, y el ge- 
neral aplauso con que fué recibiclo debió ha- 
cerle comprender el nuevo triunfo que le 
esperaba. 

Amichos del artista y enemigos de prodi- 
gar elogios, no mencionaremos los infinitos 
laureles que este joven ba conquistado con 
su talento musical en la Ck)rte y en las prin- 
cipales ciudades de España. 

Solo diremos, que mientras tocó al piano 
una p:ran Fantasía sobre motivos de LA TRA- 
VIATA, tuvo pendiente de sus dedos el alma 
de los espectadores. 

Y q¡ue la dulce melancolía de tan sentida 
composición hizo rodar por mas de una son- 
rosada y transparente megilla lágrimas de 
entusiasmo y sentimiento. 

Después se puso en escena el Juguete có- 
mico. UNA NOCHE TOLEDANA, cuyo pro- 
tagonista desempeñó el señor Pérez con la 
propiedad que esta clase de papeles ecsigen, 

Loe los que tanto partido saoe sacar este 
en aflcionado. 

Por último, el referido señor de Mondejar 
egecutó una miscelánea, fantasía nacional, la 
cual lleva por título: ¡VIVA MI PATfttA! 

Esta preciosa colección de cantos popula- 
res, que su autor concluye, tocando al mis- 
ipo tiempo, con una mano La Marcha Real y 
coa la otra La Gallegada» mereció una com- 
pleta y ^traordinaría ovación. 

Con baile de sociedad terminó esta segun- 
da reunicm, de la que aun conservan un grato 
recuerdo muchas de las personas que asis- 
tieron. 

(Se «OBtiiiurá.) 



La Partida del Reolata. 



Mirad esa humilde choza 
entré sauces escondida^ 
y de flores circuida 
i^it/t/vadas con primor. 



Mirad ase manso arrojo 
que vá besandct las ñores 
y reanima sus colores 
marohítoar por el calor. 

Nadie sospechar pudie^ 
al ver tanta lozanía^ 
que el dolor y la agonía 
tienen su morada allí; 
ni que dentro de sus muros 
yace una madre en el suelo> 
sin recibir un consuelo 
que calme su frenesi. 

Ven las madres este diá 
arrancar de las cabanas 
los hijos de sus entrañas 
que para la guerra van. 
Por eso en la pobre chosa 
se escuchan hondos gemidos, 
que apresuran los latidos 
del corazón con afán.. 

Y allá los ecos del monte 
repjten atronadores 
de los bélicos tambores 
el estrepitoso son, 
y nube espesa de polvo 
del camino sé levantji 
y una tropa se adelanta 
en vistosa confusión- 

Es de reclutas que parten 
dejando loa patrios lares 
y para allende los mares 
quizás la muerte arrostrar. 
Mas que importa ¡yire el cíelo! 
si en españoles soldados 
corazones esforzados 
tan solo se puede hallar! 



la turba bisoña 
de la choza por la puerta 
y una muger medio muerta 
asoma lívida faz; 
y al ver al hijo querido 
hinca en tierra una rodilla 
mientras en sus ojos brilla 
un relámpago fugaz. 

Y viendo que andar no puede 
lanza fúnebre alarido, 
por los ecos repetido 



p6;riddioo semanal. 



-— * ■ 



del una al otro conftn. 
Y sale da entre la turba 
que se para haciendo oalle 
un mancebo de alta talle 
dirigiéndose al jardin. 

Y estrechando entre sus brazos 
i su madre con ternura 
«calmad^ dicé^ esa amargura 
que me parte el corazón. 

Para entrar en ese mundo 
por do quier lleno de abrojos, 
08 pido puesto de hinojos 
▼uestra sacra bendición.» 

Y en momento tan solemne 
parece callar natura; 

ya el arroyo nó murmura^ 
ya no trina el ruiseñor^ 
y el céfiro bullicioso 
sus ala» de gasa plega 
y el hombre de hinojos ruega 
al Soberano Hacedor. 



Tendió la madre la rugosa mano 
sobre la frente candida del hijo, 
y sofocada por dolor insano 
en medio de sollozos le bendijo; 
y sacando del pecho un relicario 

3ue pendiente llevó desque naciera 
ióle á besar el santo escapulario 
hablándole por fin de esta manera: 

Si algún dia d reTuelto torbellino 
que arrastra al hombre en su. mortal carrera, 
nube siniestra lanza en tu camino, 
ó cercana prevés tu hora prostera, 
hacia esta imagen sacrosanta y pura 
eleva con fervor una plegaria/ 
que ahuyentando la negra desventura 
cambie en feUz, tu situación precaria. 



Después de aquestas palabras 
tornó su madre á besarle 
y mil consejos á darle 
que prometió seguir él, 
y tras un postrer abrazo, 
con el ánimo sereno, 
partió de ilusiones lleno 
el inésperto doncel. 

# Modela CWda. 



• • • 



uPar corrompido jue sea un hombres 
simpres y á su pesar, esferimenta un 
sentimiento de respeto hacia la virtud. » 

Mmí, de Venare. 

No sé quien ha dicho, que la vanidad» se 
desarrolla y crece á proporción del mal re- 
sultado^ del fiasco, del m-éxito de nuestros 
esfuerzos. 

Quizá este aserto no sea una verdad de 
general aplicación; mas, por mi, sé decir, 
que en este momento obtiene su xealizacioD 
práctica: es un he^cho. 

Antes de ahora he escrito; pero^ lo que 
he escrito, todos, y con razón, lo han olvi- 
dado. Si yo evoco el recuerdo de mi primer 
ensayo, es para confesar, pues semejante 
confesión debo á mi franqueza, que d éiilo 
de mi trabajo no fué el mas lisonjero. El por- 
qué, es obvio. 

Aunque sin títulos, pues, para molestarte, 
lectora bella, escribo hoy, probando el axio- 
ma que aduje al iniciar mi articulejo. 



I. 

Días há que bulle en mi intelecio un de- 
seo, una aspiración, que nada justifica sino 
mi osadía, y solo tu bondad disculpará, be- 
lla lectora que lees distraída y con perezoza 
mirada estas incoherentes lineas, tu mente 
ouizá embargada por los vapores letárgicos 
ae un suefio acariciado por el recuerdo de 
una mirada furtiva de tu amor; porque» sin 
amor no te concibo» como no se concibe al- 
borsMla sin crepúsculo, lirio sin aroma, abril 
sin flores. 

Y esa idea me acoqjBi y asedia, y exijente 
y pertinaz, venciendo mí natural timidez, que 
nace en exacta y concienzuda aprticiacion de 
mis fuerzas, me decide á volver á lanzar mi 
nombre á la prensa. 

Perdonen los estudiosos jóvenes, que sál- 

fncan con sus sales ó ilustran con sus bri- 
lantes producciones, las columnas (!e LOPE 
DE \EGA, siendo sabroso deleite y honedla 
recreación y útil enseñanza üe sus añonados; 
I perdonen, les repito, mi inmiscencia en sus 
I tareas.... ó mejor, agradezcanm&U\<s^^:^- 



Lope de Vega, 



cion con mi insuficiencia. Mas luce, mas ful- ! tan incomprensible! No se presta, es cierto. 

Sido, mas diáfano, mas puro aparece el azul \ á las formas de nuestro lenguage. El amor se 
el horizonte, si lo empaña y oscurece en un refleja en una mirada, fúlgido relámpago de 
punto negra nube. i ternura y pasión: se traduce en un agitado 

Volviendo ámi idea; resolvime á escribir, j latir del corazón y las sienes, 6 en Un calen- 
Me asilé en mi modesto habitáculo de toda i turiente espasmo ó una febricitante obsesión, 
comunicación con el csterior: poraue diz, )*lo que no es muy puro: 6 en una atmósfera 
que el silencio y el recojimiento abre las ¡ de frescura deliciosa que <?rea el amor y as- 
puerjas de la inleligencia , como el roció y 'piran sus elejidos: ó en un perfume suave 



íaamsas los pétalos de la flor. 

-^-Empuñé mi pluma de ganso, aunque ace- 
rada, y... nada, ni un asunto se me ocurre. 
Escribu-é de ciencias? No, no quiero profanar 
con mi indigesto estilo sus magestuosas con- 
cepciones. De artes? Después de tantas sa- 
pienciales elucubraciones!.. De literatura? No 
i»é dáinirla, menos trazar sus ámbitos, me- 
nos penetrar en su estadio. 

Cojo un cigarro. Cuando falta una idea^ 
él la ^trae, la concibe, la formula, la asienta. 
y estampada dá prez y nombre al escritor. 
Mas yo, lo fumo, lo fumo; y la misma este- 
rilidad. Poco me inspiran las espirales de su 
humo. 

«Si je savais penser , j ecrirais assez bien, » 

u. 

Vero, quosque tándems me diréis, agotada 
vuestra paciencia con tanta empalagosa ho- 
jarasca. Aguardad. 

Aleluya! Hosanna! Bendecid conmigo la 
Providencia que me depara pábulo á mi cha- 
chara, tema para mi artículo. 

He tropezado con una deliciosa reminis- 
cencia. Todo recuerdo es grato; y yo me he 
acordado de mi primer amor! Esta memoria, 
es indeleble en todo corazón sensible. Desa- 
fia los tiempos y las borrascas y puro é in- 
cólume, está siempre pronto á reprislinar su 
albura primitiva, apesar del sedimentó y fan- 

So de nuestras pasiones y hábitos corrompi- 
08, que á veces ahoga su recuerdo. Ese^ 
amor fija época en nuestra existencia, época • 
en ^e se colorean de rosa y verde esperan- ! 
za los horizontes, y todo se anima con la son- 
risa de la ilusión y soñamos días tejidos de 
seda y' oro. 

(Y, lectora, penetra conmigo en este pa- 
réntesis. 

No es verdad que el amor es el Scilla en 
que naufragan tantos noveles escribidores? 
¿'a/Oé^ emanación de Dios, es (an misterioso. 



que satura su alma, lo que es mas casto. 

Mirada y sensación y emociones que no 
se estereotipan, ni se representa gráficamente. 
Un alma de superior temple las concibe, pe- 
ro no halla términos hábiles de esprésion. 
Un grito inortográfico aveces lo espresa bien. 



(Se eoBclalrá) 



Yutuf-ebu-Sérab. 



EN EL ALBUN DE MI LINDA AMIGA 



Mariposilla pintada^ 
la de los vivos colores, 
deja la verde enramada 
y ocúltÉ^te entre la^ flores 
de aquella reja cerrada. 

No te impacientes... y espera^ 
que de blonda cabellera, 
de lindos rasgados ojos, 
saldrá una niña hechicera 
á descorrer sus cerrojos. 

Presto abandona las flores 
y al admirar sus hechizos 
dile, que herido de amores 
quedo al ver sus rubios rizos 
y sus ojos ojos seductores. 

Y qué de su pura frente, 
megillas y labios rojos^ 
sí es que la brisa no miente, 
envidia la rosa siente 
y el blanco clavel enojos. 

• 

Dile al partir, que deliro 
y exhalo en mi triste anhelo 
cuando por fortuna admiro 



Periódico semaaal. 



sus lindos ojos de cielo^ 
un doloroso suspiro. 

Y al volver á la pradera^ 
traéme de la cabellera 
de esa nina^ por quien muero, 
una ó dos hebras siquiera, 
que allí impaciente te espero! 

H. de M 



mis floridos años, agostados al soplo de una vthe 
mente pasioD^ que debia causar mi muerte moral. 



LA DAHA DEL MEDALLÓN, 

HOV1SI.A OBIGINAL» 

POR EMILIO DE LA CERDA. 



CONTINUACIÓN. 



Tengo veinte y seis a&os; soy libre é indepen- 
diente; mi madre, cuya memoria venero como el 
objeto de mi mas santa adoración, murió dándome 
á lux, y mi padre siempre ocupado en sus negó- 
cios jamás cuidó de íA\ educación, que desde la 
mas temprana edad estuvo encomendada á los 
maestros, unas veces rígidos, otras indulgentes, 
y solo un instinto de honradez me ba conduci- 
do en mi vida, sin que tenga que avergonzarme 
al recuerdo de ninguna acción dem'grante. A los 
veinte y cuatro años, pintaba regularmente, gra- 
cias á la aplicación qiie empleé en este arte, por 
el cual desde muv nifio aemostré una vocación 
decidida; tu puedes juzgar de mi escaso mérito 
habiendo visto casi todas mis obras. Cuando to- 
maba la paleta y mis pinceles v frente á frente 
del lienzo, copiaba los admirables euadros de 
Murilio, de Rafael de Urbino, del Ticiano y 
otros maestros, de cuyas obras poseia mi padre 
una rica galería, mi alma se olvidüba de todo lo 
terrestre para remontarse á las región^ de la 
fantasía, se identificaba con mi cuadro, y cada 
nuevo rasgo que aumentaba el efecto de la pin- 
tura, me proporcionaba goces que solo puede 
apreciar el que sea artista de corazón. 

Con sentimiento veia llegar la noche, y des- 
pués de Cubrir mi cuadro con la misma solici- 
tud con que una madre cubre á su hijo en la cu- 
na, iba á reunirme con vosotros, sin pensar en- 
tonces roas que en dedicarme á las aiversioncs 
f propias de la loca juventud, agena de cuidados, 
ibro de affl:irguras mientras no hiere su corazón 
el emponzofiauo dardo del niño ciego. He aqui 
como coccluyeroD para mi estos alegres dias de 



I Un sábado, recuerdo perfectamente el dia, 
amaneció lloviendo á mares, de suerte que el 
.Astudío (yo vivia como sabes en casa de mi 
maestro) estaba tan oscuro que era imposible tra- 
bajar en el lienzo. Me senté pues cerca del bal- 
cón y comencé el diseDo de otro cuadro qna en 
mientes traia. El asunto era una muger repre- 
sentando la Aurora saliendo soñolienta y velan- 
tuosa del seno de las aguas, con el cabello tendido 
y rodeada de un vapor diáfano, semejanU* al que 
se eleva del mar poco antes de salir el sol. Pero 
aquel día tan nublado y lluvioso era poco á pro- 
pósito para inspirar bellas imágenes. Siempre b^n 
mfluido en mi espíritu las impresiones esteriores 
cuando he emprendido alguna obra de mi propia 
invención; siéndome pues imposible, pintar por 
ejemplo una bacanal en Jueves Santo, dia en que 
todo es recogimiento^ y en ({oe la mente se elevt 
al cielo en piadosa meditación, ó un euadro mis- 
tico, estando impresionado aun por los recuerdos 
de una orgia; asi el dia de que te hablo en 
vano roe esforzaba en bosquejar un bello ideal 
tal cual yo lo deseaba. Al fín, desesperado por 
mi torpeza arrojé el lapicero, y poco después, me 
lanzaba á la calle paragua en mano, vagando 
sin dirección por espacio de media hora, basta 
que al atravesar la plaza, vi al otro estremo dos 
mugeres que desde fuego llamaron mi atención. 
La una parecia anciana y marchaba haciendo es- 
fuerzos superiores á sus años, al lado de la otra 
que Itfera y gentil, casi tocaba el suelo con sus 
menudos pies, calzados con unas botitas apenas 
manchadas por el viscoso lodo. 

Apresuré el paso para verla de frente v juz- 
gar como buen perito del mérito de aquella ni- 
ña, cuyo elegante talle y admirables proporciones 
hacian adivinar un rostro encantador. Bien pron- 
to alcancé alas dos mugeres, y al pasar á su la- 
do, Gjé en la mas joven una mirada que debió 
parecerle bastante atrevida, pues bajó modesta- 
níénte los ojos, al mismo tiempo que un encendido 
rubor coloreaba sus mejillas. 

Era rubia, con ese color propio de las mu- 
geres del Norte; su tez de una blancura deslum- 
bradora dejaba entrever á través de su finisi- 
mo cutis las azuladas venas que surcaban sus 
sienes y garganta; á sus ojos negros y brillan- 
tes hacian sombra magnificas y sedosasjjÉtañas 
y el arco de sus aterciopeladas cejas, U^jÜRfienie 
fruncidas, imprímian á todo el semblantean sello 
de dignidad sostenida con modestia, que. hubiera 
impuesto respeto al mas atrevido 0. Juan. 

Quedó admirado de tauta Inax^^'s»-'^ ^ ^ '^^ 
1 sé como ^s\k\\^^t\ft \^ ^'^ ^\ ^ \í^^^ ^'^ ■^^a;?»^. 



Lape da Vt^ 



noaeDlo; Laiiime el coraion fuerteipeote, iioa[ 
dolee liBguidez se apoderó de todo mi ser» y m 
«eotímieolo estrafio, indefinible, embargaba mis 
sentidos, sin poderme dar caenta de aquel fenó- 
meno qae por primera vez se realizaba en mi, 



U PltATA 



El Piratalll El PiraUfH Mirad como la quf~ 
lia de su barco negro y puntiagudo corta y di- 



que hasta entonces solo habla mirado á las mu-jyíde la mar, al compás de los gritos sacrHesos 



geres hermosas como un objeto de arte, estudiando 
en ellas los' tipos, los caracteres y rasgos oná 
notables, sin que jamás conmovieran mi corazón, 
sensaciones tan dulces come las que en aquel 
momento me hacia esperimenlar aquella niña. 
Seguí paso entre paso á la bella desconocida 

Íi una respetable distancia, pero sin perderla 
e vista un momento. No obstante mi precaución, 
conoció por el sonoro y continuo golpear de las 
botas sobre el embaldosado, que alguien la se- 
guía, habló un momento á su compaña ra y ambas 
apresnraron la marcha, perdiéndolas al fin de vista 
al doblar una esquina, y cuando llegué al mismo 
sitio, ya habian desaparecido. Como era una calle 
muy larga aquella en que me encontraba, y en 
la cual so babian eclipsado las dos mugares, rt- 
flecsioné que no tenian tiempo de haberla recor- 
rido en tan corto intervalo y supuse habrían en* 
Irado en alguna casa cercana al esquinazo. A un 
mozo, ó mandad(sro que estaba sentado en el esca- 
lón de un portal, le pregunté si por casualidad ha- 
bía visto pasar ¿ mis dos desconocidas; pero el 
buen hombre estaba ebrio y no supo darme razón, 
haciéndome perder algunos minutos con su torpe 
lengua. Recorrí la acera en !a cual debia estar 
la casa donde entraron, y no hallando vestigio 
alguno de sos personas me retiraba desesperado, 
cuando al pasar por una fonda dirigí mac^uinal- 
mente la vista hacia el interior. En medio del 
portal habia un pequefio bulto blanco, como on 
pafiuelo, y al examinarlo vi envuelto en él un 
targetero de nácar éon incrustaciones de oro. An- 
tes de abrirlo me llamó la atención la ciflra del 
S pañuelo; era un nombre de muger escrito en 
ranees y bordado primorosamente con letras de 
carácter gótico. 

Caurf. 

Luego pasé i examinar el targetero. Contenía 
una media docenade targetasyen ella se leia. 

Laure de Clbrmont. 

Vacilé un momento entre la idei de indagar 
en el acto su procedencia, ó dejarlo para otra 
ocasión, pues un presentimiento me aecia que 
aquel debia ser un hilo que pedia servirme para 
descubrir el paradero de mi incógnita beldaa. 

—¿Crees tu en los presentimientos? Me dijo 
Julio interrumpiendo su narración. 

(Se oonttonará.) 



de su gente-chusma; de la manera que un for- 
midable y horrendo grajo hiende m aires cou 
el borde de sus alas, acompafiaddosu vuelo con 
iofernales graznidos. 



Con mar llena v bramadora, 
luna ólara y reluciente, 
viento duro de Poniente 

Íel trapo' á todo correr; 
íende las olas con brío, 
un bergantin tan velero 
y en su correr tan ligero 
que apenas se vé mover. 



«YALEnoio!* 
En el puente 
grita el Gefe, 
«Nuestro es ya» 



T la gente 
con chillidos 
dice i coro» 
«Nuestro es yá' 



Dando caza i una corbeta 
que se escapa á toda vela, 
el pirata alegre, vuela 
sobre las olas del mar. 
T al ronco mugir del viento 
la gentuza traicionera, 
reanimaba su carrera 
con este fiero tanta r: 



•Carga, carga, 
Valeroso, 
vuela, vuela, 
sin cesar. 



Que ese barco 
que se escapa, 
con dos. millas 
nuestro es yá.» 



La luna oculta su brillo, 
el mar su furia sujeta* 
y en la gallarda corbeta 
el pirata se arrojó. 
Boba^ mata v hecha á pique, 
de cabo á cabo talando, 
y rico botin llevando 
su camino prosiguió. 



T la chusma 
vencedora, 
esta letra 
en reeitar: 



-Con no^tros 
viento en popa, 
la fortuna 
siempre vá.» 



Jí. iZomofi. 



Pexiódioo flemanai. 



•m^ 



TllAlMÍHSlM) iMt FKDEIMCO BISJAI. 
eONTIMÜAeíON. 

Habiáose coAvénido los tres eo tocar toda 
la ttoche por siete francos, y si bien es ver- 
dad que por este precie no Sacian oír trozos de 
Rosini oi de Beetboven» en cambio tocaban lo 
que mejor querían, no metiéndose nadie en ha- 
cerles la menor observación. 

Que delicadeza tan encantadora! 

Su música lastimaba de tai modo el tímpano, 

Íue después de haber bochado una mirada so* 
re la reunión, no pude menos de dirijir los ojos 
á este trio de ciegos, cuyo uniforme me predis- 
puso desde luego á usar con ellos de indul- 
gencia. 

Estos artistas estaban colocados en el hue- 
co de una ventana y para distinguir sus fisono- 
mías, era necesario estar cerca de ellos; pero 
coando pude contemplarlos á mi satisfacción, no 
sé porqué la boda, la música, todo concluyó pa- 
ra mí y mi curiosidad llegó á tan alto grado, 
que mi alma se trasladó al cuerpo del quo to- 
caba el clarinete. 

El que tocaba él violin y el de la flauta te- 
nían los dos fisonomías vulgares, la fisonomía co- 
nocida del cie^o, atenta y grave; pero la del 
ciego del ciármete era uno de esos fenómenos 
que sorprenden al artista y al filósofo. 

Figuraos la cara del Dante vaciada en yeso» 
ifuminada por la escasa luz del quiqué y coro- 
nada de un bosque de cabellos de un blanco de 
plata. 

La esprosíon amarga y dolorosa de esta mag- 
nifica caneza resaltaba aun mas por la ceguera, 
porque el pensamiento habia sustituido i los apa- 
gados ojos, de donde salía como un destello 
abrasador, producido per un deseo único, ince- 
sante y enérgicamente impreso sobre su convexa 
frente, surcada por arn^^ae parecidas á ks sa- 
lientes de una anticua muralla. 

Este viejo soplana ínaquinalmente sin tener 
en cuenta para nada hs notas, sus dedos bacian 
bajar ó subir las viejas llaves del instrumento 
por una costumbre habitual, y con el mayor apio* 
mo daba lo que se llaou éanardi en término^ 
de orquesta, de los que no se apercibian ni lof 
<|ue bailaban, ni los otros dos compafteros de mi 
italiano, pues yo quería que fuese italiano y en 
efecto lo era. 

Encontrábase alguna cosa de grande y de des- 
pótico en este viejo Homero, que guardaba en 
sí mismo una Odisea condenada al olvido. Era 
una grandeza tan real que iriunfabí de su ab- 



yección y un despotisnio tan enérgico qne do- 
minaba la pobreza. 

Ninguna de esas violentas pasiones que arras- 
tran 4 el hombre ya al bien ya al mal, y que 
hacen de él ó un presidiario ó un héroe, dejaba 
de estar marcada en esta ^ra noblemente cor- 
tada, perfectamente italiana y sombreada por unas 
«éjas grises^ que proyectaban su nombra sobre dos 
cavidades profundas, en donde se temía ver 
reaparecer la luz del pensamiento, como se te- 
mería ver salir de la boca de una caverna i unos 
bandidos armada de t^f y picales. Había un 
león en esta jaíüa de carne, un león, cuya ra- 
biase había aplacado inútilmente contra los hier- 
ros de su cárceL 

El incendio de la desesperación se babia en- 
friado; pisro las huellas, los hundimienioii y mi 
poco de humo atestiguaban la violencia de la 
eropciop y los destrozos del fue{;o. 

Estas ideas agolpadas á mi imaginación por 
el aspecto de este hombre^ eran tan vivaces en 
mi auna, como frías en su semblante. 

C6««MUa«»rá) 



UEfie Pili IFUIlili T COETO FiEi CUUm 



Con la flema de na ingles 
7 el TÍQo de an alemas 
se fué ayer el pobre Juan 
al Banco, dando traspiés, 
y dijo á los que alU están: 

tt Aqní he venido i oobrar 
cuatro sacos de doblones-, 
]ra me pueden despachar 
porque lee Toy á entregar 
ahora mismo los talones.» 

Y con la flema de ingles 
y el Tino de un alemán 
enseño el borrico Juan 
los talanes de los pies 
á todos los que allí están. 

Uno dijo: «Es usted francoh..^ 
Y él tomando otra postura 
replicó: «Si usted no es manco 
uq^ede hecharme una herradura: 
o herrar, 6 quitar el hmco. 



Lope de Vafft, Pij^inoiflnumi^. 



MI8CBLÍNSA. 



Confuiioado. 



CBáBá 




«ID 



ft DOMINOO 19 M AMUL Dt MM, 

le k seccm Lilmrúu 



PRIMERA PARTE. 

1/ Se leerán varias poesías y dvcursolt. 

S.* Gfan fantasía sobre motivos di lá 
NOBMA. compuesta y ejecutada al piano por 
él profesor D. Luis de Mondejar y Dul aim. 

3/ Romanza de tenor de la FAVORITA, 
cantada por el sefior D. Manuel ScbinaMl; 

á/ La comedia en un acto, AL QUl Ho 
QÜISRB CALDO... 

8/ ADRL\NNE. Polka brillante de cm- 
derto, dedicada á la Srta. Adrianne de^^, 
composición dd Sr. Mondejar, ejecutada al 
piano por el mismo. 

6/ Dicho aelUNr, á invitación de vaiiqa de 
sus amigos, ejecutará al piano su compoiMon 
EL RELOJ m MÚSICA. 

SBOÜNDA PART^' 

BAILE DE bOOTEDAD. 
COMISIOIIIS. 

De recibo de billetes.— D. Dieffo José Mo- 
reno, D. Antonio de Toivm y D. Juan Raw>n 
del Pino. 

De Sefioras.^D. José Tellez, D. Joi¿ Ar- 
dizone, D. SatttMo Casilari, D.iÉdqardi Sa- 
las y D. EnriquelUndo. 

De orden. — La Junta directiva. 

Los salones se abrirán á las ocho para em- 
pelar á las ocboy medía en piuUo. 

BiMcrttoiR. 

Dice el capitán Tomirnta 
reiriendb sus hasafias 
con aetited importante: 
«Yo cuMito siete batallas.^) 
Es posible que así a^a, 
pues yo sin usar casaca 
ni sable, puedo contar 
las que me diere la gana. 

GhorU 



Que profunda es mi primera 
7 mi segunda penosa 
fuera .ocurrencia graciosa 
que alguno negar quisiera: 
y mucho mas sí dijera 
como quien no dice nada 
con imprudencia estremada, 
que es muy poco conocido 
como pueblo y apellido 
«I todo de mi Charada. 



BeNaoAi. 



A mi segunda y primera 
un árabe caminaba, 
y cuando le molestaba 
mi primera con tercera 
en mí todo descanNiba. 



Teataro. 

La Con^pafiia que actúa en el del Príncipe 
44^Mio no ha presentado en esta semana nin- 
novedad. 

Se han egecutado del antiguo repertorio 
las Zarzuelas El Ettreno de una Ártitía. B 
ÜUmo Mano y Et Dominó AnU. 

Apesar de lo vistas que están, el público 
4hi recibido estas obras con gusto y aplaudí- 
do á varios de los artistas que las desem- 
peAan. 

Solución. 

Por medio de una carta muy atenta, una 
sefioríta, á quien tendríamos mucho gusto en 
conocer, nos remite la siguiente á la chara- 
da inserta en el .número segundo, la cual pu- 
Iblicamos, accediendo á sus deseos y con la 
; mayor satisfacción. 

De Berduoski la Charada 
se comprende facihnente; 
y le aconsejo que en otra 
para que nadie la acierte, 
no ponga al final que (wife 
en busca de ñhn- íe-ahárB. 

USUk 



DIBICTOR T EDITGR RESPONSABLE, 



Air 



«uto d* Caft(art.--Colpedia» 11. 



►' 



AÑO I. 



DOMINOO 26 DE ABRIL DE 1868. 



NxÍM. 4/ 



LOPE DE VEGA, 

PERIÓMGO SBIIANIL DEDICADO A LA SOCIEDAD QCB LUYA ESTE NOMBRE. 



mm 



OJEADA RSTROSFECTIVA 
SOBRE LA. SOCIEDAD 



\r 



POR A. CARRION. 



Después de haberse dado dos bailes de 
Máscaras, que estuvieron bastante desanima- 
dos, pues los pequefios salones de esta So- 
ciedad no se prestan á espectáculos de este 
género, tuvo lugar la tercera reunión el Do- 
mingo 15 de Mano, en la cual inauguró sus 
trabajos la sección lírica del modo siguiente: 

Un Himno coreadp dedicado al inmortal 
LOPE DE VEGA, puesto en música por el 
señor don Luis de Mondejar y escrito por 
nosotros, dio principio á esta sesión. 

Gomo interesados en la obra, omitimos 
todo juicio acerca de la música del sefior de 
Mondejar, y únicamente mencionaremos el 
éxito que obtuvo. 

Los Sres. Franqudo, Garrido y Montea- 
legre fueron escuchados con el mavor agrado 
y tan aplaudidos como los demás jóvenes que 
componían el coro. 

Al' terminar, el público llamó á la esce- 
na á los autores para aplaudir, con mucha 
iusticia al de la música y con poca al de la 
letra. 

Nosotros, con el objeto de felicitar á la 
sección que se inauguraba de una manera tan 
brillante, y agradecidos á la esquisita galan- 
tería de los espectadores, leímos una compo- 
sición que decía: 



T DENi^ SfflOtiS QM (»imilffl LA SECnON IffiUi 



Si tanta gloria este día 
Mondejar se conquistó 
por que su genio orotó 
en torrentes de armonía-, 



si la tierna simpatía 
de la Sociedad conquista^ 
mi lira, que tanto dista 
de la altura de su gloria, 
quiere vibrar, en memoria 
de la gloria del artista. 

Si sus notas^ dan la calma 
á el alma con la ventura, 
y penetra su ternura 
en lo mas tierno del alma, 
justo es se lleve la palma 
de ese aplauso atronador 
y la flor que en su loor 
Lope de Vega le ofrece, 
pues Mondejar se merece 
el perfume de esa flor. 



Y también con el empeño 
de mostrar mi gratitud 
á la noble juventud 
de mi pueblo malagueño, 
este don, aunque pequeño 
desnudo de adulación, 
ofrezco en esta función, 
que preside la hermosura, 
al mirar cual se inaugura 
nuestra lírica sección. 

Ella nos dio á conocer 
con tanto gusto al cantar, 
que el que bien logra sembrar 
buen fruto llega á coger. 
Mondejar quiso poner 
en ellos su inspiración 
conociendo la afición 
de los cantores noveles: 
pues siempre coge laureles 
el que siembra aplicación. 



Mas... el pobre que animado 
por tanta y tanta ind ulgencia^ 
abusa de la paciencia 
de este ijúbUft^ \\\i^\^^^^ » 



Lope de Vega, 



al mirar entusiasmado 
que le ofrece la amistad 

cíon eran ¿renerosidad 
tu 11 Sí- halados í'avores, 
([!a'^ro pi'utí^star, señores^ 
con toda formalidad. 

Esa grata distinoion 
á Carriori anonada, 
pues no so merecen nada 
ios versos de Carrion. 
Y tjl Hiuiíio x\\ :j probación 
alcanza en este momento, 
porque brotó al pensamiento 
del gran artista inspirado, 
del joven que está premiado 
donde se premia el talento. 

Después de un corlo intermedio se pre- 
sentó el referido señor de Mondejar á locar 
al piano un capricho estudio de concierto 
litulado: LA ORACIÓN DE LOS BARDOS, el 
cual agradó muchísimo á la escogida y nu- 
merosa concurrencia que en esta noche lle- 
naba la sala. 

El señor don José Garrido, con el delica- 
do gusto que le distingue, cantó una romanza 
de tenor de la ópera MARTA. 

A órgano v piano, tocó el señor Mondejar, 
acompañado ae su discípulo don Luis Díaz, 
el aria de tiple de LA NORMA. 

Muy aplaudidos fueron ambos jóvenes en 
esta pieza, á cuya conclusión la Sociedad ob- 
sequió al señor de Mondejar con una elefante 
corona, dando asi un publico testimonio de 
afecto al eminente artista y una prueba de 
gratitud al incansable presidente de la sección 
que inauguraba. 

En seguida, el señor don Ramón Fran- 
quelo y Romero y los demás señores que 
componen la sección, cantaron de una mane- 
ra admirable, el aria de bajo coreada de la 
ópera NORMA. 

Volvió á presentarse el señor Mondejar, 
acompañado ae don Miguel Reina, y con el 
sentimiento que reouiere tan sublime compo- 
sición, tocaron á órgano y piano EL MISE- 
RERE DEL TROVADOR. 

Al terminarla, tuvimos el gusto de leer la 
siguiente octavita, improvisada en aquellos 
momentos por nuestro amigo don Federico 
Bejar. 



AL SlM DON LUIS N MDUiK. 



¿disteis brotar torrentes de armonía 
de las ebúrneas teclas del piano? 
¿No os exaltó la grata melodía 
del dulce tono que impulsó su mano, 
hasta esclamar con loea fantasía... 
«Eres^ Luis^ el genio sobrehumano, 
cuyas notas de armónicos raudales 
imitan á los ecos celestiales.» 

Con un magnifico WALS,* compuesto y 
egecutado al piano por el referido artista, 
concluyó esta sesión, en la cual también se 
inauguró la sección de pintura, presentando 
varios cuadros de bastante mérito. 

Solo nos resta, hoy que terminamos esta 
ojeada, suplicar á nuestros indulgentes sus- 
critores, nos perdonen si hemos estado pesa- 
dos en unas ocasiones y acaso ecsagerados 
en otras. 

Pesadez casi natural en todo el que, con 
facultades muy limitadas, escribe para el Pú- 
blico por primera vez. 

Ecsageraciones, hijas, no de un mezquino 
espíritu de adulación, sino del verdadero en- 
tusiasmo que nos inspira Lape de Vega. 



La Vuelta del Recluta. 



I. 

Era de enero una tarde 
triste, lóbrega y sombría, 
en que el aquilón gemía 
con silvído aterrador; 
y en que el horrísono trueno 
en los aires reventaba, 
y el cielo se iluminaba 
del relámpago al fulgor. 

Desgajábase la lluvia, 
en gruesas gotas primero, 
después en recio aguacero 
que Impelía el vendabal-, 
y á poco se convertían 
en anchos ríos las fuentes, 
y caían los torrentes 
con estrépito infernal. 



Periédioo semanal. 



Hombres^ árboles y chozas 
]a inundación arrastraba, 
y por doquiera sembraba 
muertes y desolación. 
Y gritos desgarradores 
por las víctimas lanzados, 
se escuchaban medio ahogados 
por el ruido del turbión. 

Solo una pobre cabana 
entre sauces sscaikáiáa 
y de un jardín circuida 
sobre un cerrillo se vé; 
y ante la puerta sus brazos 
levanta una cruz de piedra, 
donde se enrosca la yedra 
que espesa crece á su pié. 

Tristeza dá, ver en torno 
de aquel oasis de verdura^ 
tanta negra desventura, 
tanta desdicha sin fin; 
y la tempestad bravia, 
que aumenta en redor y zumba 
respeta siempre la tumba, 
la cabana y el jardin. 

n. 

Treinta y dos años habia, 
según dice una conseja 
del pais, que alli una vieja 
de pesadumbre murió. 
Y cuenta que de su muerte 
fué la causa una noticia, 
que aunque del todo ficticia, 
cierto soldado le dio. 

Hablóle de un hijo suyo 
que con él también sirviera, 
quien siempre se distinguiera 
por su valor en la acción-, 
pero que al fin, de su arrojo 
víctima fué el desdichado 
muriendo á su mismo lado 
al escalar un bastión. 

Y como todos amabaa 
á la anciana, la lloraron, 
y sus párpados cerraron 
con religiosa piedad: 
y el uno cabirla fosa, 
el otro talló la piedra 



I y aquel trasplantó la yedra 
que brota en la soledad. 

in. 

Bfa esta horrorosa tarde, 
sin temor al tiempo fiero, 
bajaba por un sendero 
donde apenas caben dos, 
un hombre, que por las senas 
ser algún gefe debia, 
de una tropa que venia 
de sus pisadas en pos. 

Revuelto en los anchos pliegues 
de una capa que traia, 
solamente descubría 
una parte de la faz. 

Y lleva fijos los ojos, 
do brilla emoción estraña, 
en la cruz y la cabana 
con mirada pertinaz. 

No se conoce en su traza 
si es militar ó paisano, 
caballero ó aldeano, 
hacendado ó menestral-, 
mas cuando el viento el embozo 
deshace con su bravura, 
se vé en torno su cintura 
la faja de mariscal. 

Y aquí y allí resbalando 
en el terreno fangoso 
llegó á la cruz, y afanoso 
arrodillóse á su pie-, 

' y descubriendo su frente 
que azota la lluvia helada 
con la voz entrecortada 
se oye que esclama con fé. 

IV. 

Madre á quien Dios se llevó 
sin que la vieran mis ojos, 
y cuyos tristes despojos, 
ahora vengo á buscar yo-, 
no pienses señora, nó, 
que un momento te ha olvidado, 
quien de azares rodeado 
venir no pudo hasta ahora^ 
siendo la culpa, señora, 
de su sino infortunado^ 



Lope de Vega, 



Tan solo amparo encoatre 
en aquella imagen pura 
que me dio vuestra ternura 
cuando de aquí yo marché*, 
también Je debo á mi fé 
mis laureles, aunque caros, 
pues para proporcionaros 
comodidad y reposo 
mi sangre vertí gustoso... 
¡y ya no puedo abrazaros!!! 

Mas ay! que asi se creyó, 
y fué causa de tu muerte 
cuando mirándome inerte 
por muerto se me dejó. 

Y hoy que rico vengo yo, 
quisieran verte mis ojos 
feliz, y son mis enojos 
tenerme qne resignar, 
tan solo de aqui á llevar 
tus funerarios despojos. 

V. 

Alzóse el buen caballero, 
y haciendo seña á su gente 
que con respeto obediente 
apartada se quedó, 
hizo que la sepultura 
ea aquel momento abrieran 
y que en ella recogieran 
restos de la que ecsistió. 

Y en una caja de plomo 
después de darles mil besos, 
mandó encerraran los huesos 
que son de su madre al fin. 

Y abandonando aquel sitio 
que sus recuerdos amarga, 
salvó con su triste carga 
del huertecillo el confin. 

E. de h Cerda. 



• • • 



CONCLUSIÓN. 



También es el Garibdis de incipientes 
escritores, un escepticismo romántico, una 
afectada escentricídad, cierta desesperada 
desilucion y misantropía , en que todo lo ven 
negro, todo lo juzgan mentira, la vida sue- 



ño, la verdad vano fantasma, la gloría qui- 
mera, el hombre sombra.... y en su creen- 
cia negativa, afectan tenor duda en la fé, fé 
en la duda: aue se £iKgen del mmdo una 
vasta necrópolis, siendo su ave del paraíso, 
un cuervo: pobres gmioi no ecmprmídiios de 
cuyo corazón las deoepeíoaes hicieraa i una 
llaga ó una estaUctioa. 

Mas si él un escollo refrigera, inspira no- 
bles sentimientoB: y, el lOtro desgarra j^ co- 
razón y destila hiél é infiltra ponzoña y des- 
prende miasmas féUdos: por temperamento, 
por convicción prefiero ioundarme en las aro- 
mosas ondas aW primero, ¿ SAHuerjirme en 
las turbias marismas del segundo.) 

Tiempo tts de a]i)rir el paréntesis. 

ui. 

Hablaré pues, del obielo de ese mi pri- 
mer amor. Intentaré sa desoripcion. 

¿Gomo empegar? Si muchos titulfis tiene á 
honrosa prelacion, su cuerpo todo h^bizos, 
mas preciados los aduce su alma, toda encan- 
tos. Si es tipo de tedas las bellezas v com- 
pendio de todas las seducciones; es aechado 
de todas las virtudes, modelo de todas las 
bondades. Pues si su tez es densa, es ater- 
ciopelada, es trasparente; su candor mas va- 
le, guc es de niño, es de virgen, es de ángel. 
Y si su aliento es suave, es fresco, es em- 
bria^ador; de mas suavidad inunda su ino- 
cencia, mas vivifica, mas embriaga. Y si sus 
ojos destellan luz, su pureza irradia destellos 
de la divinidad. 

Su nariz, es muy superior á las concep- 
ciones de la estética. Su frente, casi ideal. 
Su seno de jazmín y rosa. Su mano diminuta, 
si su pié breve. Su cuello digna basa de tan- 
to embeleso. Su cintura Mas^ y su alma? 

Su alma cual debió ser la de E^a al amanecer 
de su primer dia, cuando no la agitaba una 
pasión, ni la lastimaba un dolor, ni la mar- 
chitaba una decepción, ni un remordimiento 
la ennegrecía. 

Era tierna, como el pistilo del lirio; im- 
presionable, como la epidermis de la sensitiva. 
Afable sin afectación, tímida sin empalagosa 
meticulosidad, digna y grave sin in&tuacion 
orguUosa, comunicativa sin ligera versabilí- 
dad. Y sí tales dones poseía, la virtud de la 
laboriosidad anidó en ella. Sabía que traba- 
jar es orar, y oraba, trabajando, cumpliendo 



Periócttoo Mmanal. 



isa misión, el destino de todos, la tendencia 
de su alma. 

Era, en Gn« oomo todos quisieran quefiíe- 
se su madre; como no todos, ay! desean a su 
amada, 

Y bien, vosotros los que escarnecéis el 
amor, porque no lo comprendéis, sino mar- 
chando sobre el suelo, sus alas manchadas en 
el fango, estigmatizareis mi recuerdo? 

Ay! Qo era mujer ^m hablaba ú cuerpo. 
Con voz célica se dirijia al espirUu. Porque 
á la seducción de su alma enmudecía la ar- 
gila de nuestro ser, ó su voz no se oia, como 
no se percibe el rastrear del insecto en el bos- 
que en que modulan trinos el ruisefior v la 
mirla. 

Mujer que inspira ese sentimiento,- no 
inyetuoso como torrente que asóla, sino plá- 
cido como arroyuelo que fertiliza, no puede 
olvidarse. 

De ese amor dice Mad. d'Agout: aQuién 
ba conocido el amor? Quizá un hombre en un 
8Íglo. Y podrá, querrá decir lo que ha senti- 
do? Y 8i h) dice, quien lo comprenderá?» 

Amor era que sublima, qye espirituaUj;» 
y centuplica las fecullades de nuestro ser. 

Aquel amor no era curiatidad, no se pro- 
poiiia un término. 

Ella murió, pero su recuerdo vive en mi 
alma, en el repliegue de mi corazón en que 
guardo los sentimientos santos. 

IV, 

Ahora bien, beUa lectora, quieres inspi- 
rar ese sentimiento? Justifica mi calificativo. 

Pero, cuenta que hablo de tu belleza íno- 
ral, de la hermosura de tu alma. 

Con una tez fresca, voz argentina, viva- 
cidad, gentileza,... y sin virtud, seréis... «se- 
pulcros blanqueados)»; como alguno ha dicho, 
«un defecto de la naturaleza» seréis un sole- 
cismo déla creación... Mas, si sois huenoM, 
tendréis la belleza no efímera como flor de 
un día, sino duradera como jipnte baobal, 
seréis^ lo que estáis llamadas a ser, lo que 
muchas realizáis, el término medio, la irán- 
sieion entre el hombre y los ángeles; la supre- 
ma obra de Dios. 

Lásdiatrivas contra vosotras cesarán, fal- 
tas de razón de ser y: 

uaun cl hombre mas corrompido sentirá 
respeto hacia vosotras.» 



Sed, en suma, bmm^f pi^acitic^d jas virtu- 
des y seréis ama(las, con un amor qweps hon- 
re, pues no será fascinación, poseyendo, co- 
mo poseéis, inestimable margarita ée{)uro 
oriente. 



La moraleja no ^ nueva: pero se repe 
tira nuAca sobradamente una verdad? 



Yusuf-ebu-Sérab. 



vie^fs^qffsspt^ 



W^ 



EL DIAMANTE FALSO. 



Aquella joven tan linda^ 
tan adornada de encantos 
se llama Eulalia^ y cumplió 
hace poco quince £^nos. 
Las primaveras que cuenta^ 
en su rostro reflejaron 
los colores de las rosas^ 
del sol los ardientes rayos. 
Sus ojos rasgados^ dieran 
al cielo envidia y quebranto^ 
si las sedosas pestañas 
^o los tuviesen velados. 

Cuando sus dorados rizos 
acaricia el viento blando^ 
es para robar su brillo 
y á la hermos» Venus darlo. 

Su boca carminea, encierra 
en la estrechez de su ámbito^ 
ricos tesoros de perlas 
entre coral engarzado. 

Su talle es lijero, aéreo^ 
blanca su pequeña mano: 
su Yoz, es un fiel remedo 
de los angélicos cantos. 

Pero^ dicen que esta niña^ 
por caprichos del acaso^ 
si tiene tanta hermosura 
corazón le falta en cambio. 

Que es una flor sin perfume^ 
que es una estatua de mármol, 
que tiene amantes átniles 
sin que jamás haya amado. 
Que á muchos inspiró amores 
sin que n4inca de su llati.t<i. 



Lope de Vega, 



de su infinito sufrir 
hiciese la ingrata caso. 

Por eso el que la conoce 
esclama con desagrado: 
Eulalia es bella^ ideal^ 
pero^ es un diamante falso. 

Manuel Segura. 



formaban uoa masa plomiza y compacta en el cielo 
comenzaban i abrirse á impulsos de un recio viento. 
El sol apareciendo entre los claros que dejaban 
las nubes fugitivas iluminó la tierra» y ¿ poco 
rato» la animación y el ruido de una población 
que empezaba sus cotidianas tareas» paralizadas 
por el mal tiempo, vinieron á distraer mi me- 
ditación, volviéndome ¿ la realidad de la vida^ 
Trabajé con ardor en el bosquejo de mi Au- 
rora, y, ¡cosa estrafia! casi sin apercibirme, mi 
mano trazaba un retrato que yo nevaba graba- 
do en el eorazon; y poco después^ cuando hube 
terminado una preciosa cabeza de muger, pude 
reconocer en ella á la desconocida do por la 
mafiana. 

Casi estof por asegurar que aquel diseño no 
lo hice yo; mi mano obedeciendo á un secreto ios- 
tinto, imprimía al dibujo los rasgos que carac- 
terizaban la fisonomía de una muger querida, cu- 
yo recuerdo obraba en mí, i moda de voluntad. 
. I Acabado el diseño, pasé á egecutarlo en el 
—T tanto como creo, le respondí; con la cir- ^ lienzo, y desde los primeros toques, conocí que 
constancia de que obran en mi el mismo efecto aquella obra inspirada por un ángel, seria mi 
que si oyera una voz del cielo que me augurara ' .... 

algún suceso; tal es mi creencia. 



Li DAHi DEL MEDALLÓN, 

90VELA OBiaiNAIf, 

POR EMILIO DE LA CERDA. 



CONTINUACIÓN. 



—Pues eres de mi mismo parecer amigo mió; 
y mi firme convicción acerca de la existencia de 
este fenómeno no es una pueril superstición; es 
el resultado de una esperiencia adquirida por la 
realización de hechos consumados en el trascur- 
so de mi vida, algún tiempo despue» que ese mo- 
vimiento interior me los haya anunciado. T sin 
empeñarnos en una grave disertación metafísi- 
ca, que creo ninguno de los dos podríamos de- 
sarrollar con lucimiento, bien se puede estable- 
cer, que siendo nuestra alma un pálido destello 
de la sabiduría divina, participando de sus mis- 
mos dones, á semejanza suya prevee los sucesos, 
bien deducidos de otros intimamente ligados á 
aquellos y que forman el presente, bien por una 
estraña intuición que nos muestra el porvenir sin 
puntos de comparación, aunque vago y confun- 
dido en la bruma de los tiempos. 

Dejando á un lado disertaciones demasiado 
profundas, y que no conducen á nada en la nar- 
ración de mi historia, volvamos á temar el hi- 
lo en el momento en que lo dejamos. 



obra maestra. En efecto, después de aquél cua- 
dro, no he vuelto á pintar otro que le su|)ere. 
Por la noche al tiempo de recojerme, noté 
con el mayor sentimiento que en mi escursion 
matutina habia perdido un medallón contenien- 
do el retrato de mi madre. Solo la cinta que 
lo sujetaba, pendía rota de mi cuello. Esto dio 
motivo á completar mi desasosiego, y en toda 
la nocbe pude dormir, presa del mas cruel in- 
somnio. 



Un mes pasé sin que volviera á ver á la jo- 
ven de los cabellos rubios, por mas que mis ra- 
tos de ocio los empleara esciusivamente en bus- 
carla. Blí amor se aumentaba de día en dia, Uef^. 
gando á apoderarse de todas las facultades do 
mi alma. 

To antes tan alegre y bullicioso, me habia 
vuelto meditabundo y circunspecto, no hallan- 
do placer sino en los momentos que trabajaba en 
mi cuadro, copia exacta del objeto de mis amores. 
Por este tiempo se abrió en Sevilla, mí pue- 
blo natal, la esposicion de pinturas, invitando 
Regresé á mi casa forjando en mi imagina- ; á los hijos del país á que presentaran los traba- 
cionlas mas descabelladas quimeras. Ya me veía jos hechos desde la última esposicion. 
amado por aquella muger, cuyo virginal semblan- 1 Varios pintores amigos mios y paisanos, me 
te no se apartaba un instante de mi mente, y animaban á que les acompañase, y á presentar 
postrado á sus pies bebia en su mirada mil alha- el fruto de mis trabajos como otros años; pero 
güeñas promesas; ya la veia altiva y desdeño- ¡ yo me disculpaba lo mejor que podía, y al fin 
sa despreciando mi amor, y entonces la sangre perdieron la esperanza de llevarme en su com- 
hervia en mis venas, el corazón palpitaba cual : pañía, marchando todos ellos reunidos^ cuatro 
si fuera á saltárseme del pecho, y un vértigo días antes de abrirse la esposicion. 

' -• -- - j^j ^jjj.jj ^Qgjjjj ¿ gu i¿rni¡Qo; el maestro rae 

elogiaba por mis adelantos y asiduidad en el traba- 



cruel ofuscaba mi vista, basta convertirse en un 
verdadero delirio. 



Eran las doce: las nubes que hasta entonces jo, y mas de una vez me preguqtó de donde ha- 



Periódico semazuu. 



bi) lomado por modelo, aquella cabeía digoa it 
figurar al lado de las mas bellai d« Huritlo y 
Rifafll. Quedibase atóoito cuando le aseguraba 
ser copia de la de uoa mager, i qaien solo había 
viato media hora y al paso. Lnego salii murmH- 
nndo: 

—Los jóvenes!.. Los jóvenes!.. Ei amor les 
|»esia poder hasta para hacer miiaEroe. 

T tenia razón; el amor y solo el amor, fué 
el autor de usa obra en qoe mis manos «raa 
el íitérprete del sentimiento que me animaba, 
sin tonar casi parte ni mi raion ni mi inteli- 
gMKÍa. 

Como ya te he manifestado, un deseo mas vi- 
vo que el de alcanzar gloria y uoaittt qntre 
el musdo artístico, me detenía en Málaga, espe- 
rando encontrar nn dia ú otro á mi desconocida. 

Emprendí mil ¡i)vestiga,cioaes con este objeto, 
preguntando en la fonda donde bailé el pafiíe- 
lo y el targetero si podían darme razón de las 
dos sefloras; inútil tarea Anuncié el hallaigo por 
medio de la prensa; pero nadie pareció i recla- 
marlo. 

Apurados ya todos los recursos, resolví es- 
perar no caso, y confiando siempre eo mis pre- 
■éfatimientos llegué á familiarizarme con la idea 
de encentrar k mi amada de un dia ¿ otro; tanto, 
que siempre qne salía á la callo, creia ser aquel 
e) dia destinado para el feliz encuentro; mas aquel 
dii pasaba, y el siguiente lo mismo, y mi ánuno 
00 desmayaba: taJ era mi convicción, 



Llegó el dia en que vi terminada mi Aurora. 
l)e los que la vieren hubo quien me ofreció res- 
petables sumas por ella; pero yo no la hubiera 
veodido por todo el oro del mundo, siendo mi 
mayor placer el pasar horas enteras contemplan- 
do aquel divino semblante, que me traia k la 
menoría un original mas hermose aun, y en mi 
loco desvario hablaba á mi cuadro como ai el 
lienio pudiera oir mis quejas y responderme. 

Pocos dias después de terminado, sali una 
larde preocupado siempre con la misma idea que 
me perseguía, desde hacia un mes, y me dirijl 
á los muelles, con objeto de hacer algunos en- 
cargos para Sevilla, en casa del consignatario 
de los vapores de Cádiz en combinación con los 
del Guadalquivir. 

Entré, pues, en dicha oficina, y terminada 
ni comisión iba á salir, cuando apareció un la- 
cayo vestido de librea, pidiendo algunos tiquetes 
lira el vapor que debía partir al dia signien- 
te i las doce para Cádiz. 

— ios nombres de los pasageroi? Preguutó el 
encargado. 



PRIMAVERA Y AMOR. 



A A. C. DI M. 

Natura risuaDa renace feeunda; 
Y en varios matices, louaa y gentil, 
la selva f el prado de flores inunda 
al soplo del aura del plácido Abril. 

Los campos semejan un mar de esmeralda 
que flores salpican y hermoso coral; 
la vega se estiende del monte en la falda, 
swnbroso está el valle, verdece el erial. 

Et ave que anida en el verde follaje 
del lindo naranjo y almendro precoz, 
con trínos melosos deleita, el paisaje 
la cepa del árbol hendiendo veloz. 

Aliombras de grama despliega en el loelo, 
derramando Flora su galas do qnier; 
nutriendo los sauces el terso arroyuelo 
por entre espadañas mormura al correr. 

Dilátase el pecho, se absorve la mente 
al ver la belleza de la creación, 
y en éxtasis grate, balsámico ^biente 
aspira ioefable felit corazón. 

El alba rosada ya el cielo colora, 
conmiKO, mi Filis, al valle te ven, 
verás los amenos pensiles de Flora, 
y allí con sus flores ornaré tu sien. 

Verás la campiDa; la alegre pradera; 
«irás el canoro gentil ruiseñor; 
y al mágico influjo de la primavera, 
se espaciará et alma con cantos de amor. 

Verás el aljófar de blando roclo 
cual beben las floras del verde tapiz, 

!' atli reclinados, oirás, ángel mis, 
a tierna cantiga de amante feliz. 

Veo pronto, que quiero sentir á íu lado 
les dulces transportes de amor virginal,., 
aqoi el cielo es puro, miriüco el prado, 
y ei alma qua adora se elera á lo ideal. 

Junto á ti. mi bella, sentado me place, 
cifiendo felice tu talle gentil, 
ver como natura, fecunda renace 
al soplo del aura del plác ido Abril. 

GméiMartiyF. 



MISCELÁNEA. 



En esta semana se ha estrenado en el del 
PHriinfw la Zarzuela de gran aparato titalida: 
Un Trono Ji tm DetengaHo. 

También se baa ^^iíaVa ssi saRRsa. -ftí^ssasi 



Lope de Vegae, Perlódiod semanal. 



de las antiguas, tales como B Caballero Par- 
tieular. Marina y Catado y Soltero. 

Ta han empelado las funciones entre tar- 
de y noche á beneficio del público. 

Aunq[ue estas no son tan Intratas cmno el 
beneficiado qriisiera, en cMdbto son verda- 
deramente nionstniosasy aítraen bastádte'con- 
currencia. 

En la díel Lunes anterior, ádedias de las 
tres Zarzuelas anunciadas, oantó el Sr. Oossj 
unas MakgiteñaM» que foeron muy apbm- 
didas. 

Lope dé Vega. 

Aaoebo debió celobrar esta Sociedad la se- 
sión que tenia anenciada para el Domingo y 
que no pudo egecntarse i eansa del mal 
tiempo. 

Opoitntiaménte nos o^nparemos dé ella. 



Epigramas. 

En una tei^ulia estaba 

dona Frisca Cacerolas, 

señora de esas que el Tulgo 

las denomina yamoita«> 

la cual á fuerza de afeite 

consiguió en una amapola 

convertir su ajado rostro. 

Se hablaba allí entre otras éosas 

de bellas artes, y ella 

su dictáfhen daba en todas 

las cuestiones; un sugeto 

que 86 hallaba allí, con sorna 

la dijo, así que advirtió 

la pintura de esta momia: 

«hablando de bellas artes. 

Frisca, se pinta usted sola.» 

Cbn^bi. 

Un magistrado impaciente 
á un letrado veterano 
razonador y afluente, 
dijole: aal grano, al grano: 
¿por qué el discurso no ataja?» 
Y él respondió muy formal: 
f( Señor, porque el Tribunal 
necesita grano y paja.» 

Charadas. 

La primera con segunda 
significan el engaño. 



y la segunda y primera 
conspiran contra el calcado. 
Denominan en plural 
con la segunda y tercera 
nuestros vecinos ingleses 
á su primera grandeza. 
De mi todo. Dios os libre! 
pero no de la criatura 
que por nombre lo llevare 
si encierra amor y fortuna. 



E. A. 



Smi mi primera y tercera 
tna* tei^era persona . 
de singular en presente 
de tin verbo, que puesto en obra 
ai se emplea en mi cabeza 
Dios me libre y me socorra, 
y que en tiempo del terror 
estuvo en Francia á la moda. 
Segunda y tercia, en marina 
se llama el cable, la soga, 
la maroma y el cordel 
que con esparto se forma. 
Y mi todo, en conclusión, 
es donde con muger propia 
y con muchas onzas de oro 
me largaba viento en popa, 
á cruzar los anchos mares 
desde una zona á otra zona. 

^ • Ckorbl. 

Bien por las niñas! 

Otra ilustrada sefiorita, nos ha remitido 
por conducto de uno de nuestros colaborado- 
res, la siguiente solución á las charadas in- 
sertas en el número tercero. 

A Meca el moro caminaba ansioso 
del sol, tal vce al límpido destello, 
y si un caUo le quita su r^so 
'descansa el musulmán en su Ca-fne4lo. 

Muy profundo es el mar^ es indudable, 
y en su fondo contiene plata y cuartos, 
y la /oi es |>enosa, v no agradable; 
no quiera Dios que la padezca Mar-tos. 

DnSCTOR T BDITOft BBSPONSABLE, 



MMii 



Intenta de Cwfíorí.— Comedias 11 



AÑO I. 



DOMINGO 3 DE MATO DE 1863. 



NÚM. 5/ 



LOPE DE VEGA, 

PERIÓDICO SEUÁXAL DEDICADO A LA SOCIEDAD QUE LLEVA ESTE NOMBRE. 



Nos apresuramos á reproducir un docu- 
mento cui'iosisímo que nos parece será leído 
con iijterés. Es este, la carta dirigida en verso 
por Miguel Cervantes á Mateo Vázquez, se- 
cretario de Estado del rey Felipe II, y hallada 
recientemente en al archivo de la casa del 
señor conde de Altamira. Dice así: 

DE MIGUEL DE CERVANTE 



A M. VÁZQUEZ, MI SE^OR. 



' Si el baxo son de la zampona mía 
señor á vuestro oydo no ha llegado 
en tiempo que sonar mejor devia, 

No ha sido por la falta de cuydado 
sino por sobra del que me ha traydo 
por estraños caminos desviado. 

También por no adquirirme de atrevido 
el nombre odioso! la cansada mano 
ha encubierto las faltas del sentido. 

Mas ya que el valor vio sobre humano 
de quien tiene noticia todo el suelo 
la eraciosa allives^el Irato llano, 

Anichilan el miedo y el recelo 

3ue ha tenido hasta aquí mi humilde pluma 
e no quereros descubrir su buelo. 

De vuestra alta bondad y virtud summa 
diré lo menos, que lo mas no siento 
quien de cerrarlo en verso se presuma. 

Aquel que os mira en el suoido asiento 
do el humano favor puede encumbrarse 
y que no cesa el favorable viento; 

Y él se vé entre las ondas anegarse 
del mar de la privanza do procura 
d por fas ó por nefas levantarse. 

¿Quién dubda que no dize. La-ventura 
ha dado en levantar este mancebo 
basta ponerle en la mas alta altura? 

Ayer le vimos inexperto y nuevo 
en las cosas que agora mide y trata 
tan bien que tengo embidia y las appruevo. 

Desta manera se congoxa y mata 



el embidioso que la gloria agena 
le destruya, marchita y desbarata. 

Pero aquel que con mente mas serena 
contempla vuestro trato y vida honrrosa 
y el alma dentro de virtudes llena 

No la inconstante rueda presurosa 
de la falsa fortuna, suerte, ó hado 
signo, ventura, estrella, ni otra cosa. 

Dize que es causa que en el buen estado 
que agora posseeis os aya puesto 
con esperanza de mas alto grado, 

Mas solo el modo de vivir honesto 
la virtud escogida que se muestra 
en vuestras obras y apacible gesto. 

Esta dize Señor que os da su diestra 
y os tiene assido con sus fuertes lazos 
y á mas y á mas subir siempre os adiestra. 

O sanctos, ó agradables dulces brazos 
de la sancta virtud alma y divina 
y sancto quien recibe sus abrazos. 

Quien con tal guia como vos camina, 
de que se admira el ciego bulgo baxo 
si á la silla mas alta se avecina? 

Y puesto que no ay cosa sin trabajo 
quien va sin la virtud va por rodeo 

y el que la lleva va por el attajo. 

Si no me engaña la experiencia, croo 

e se vee mucha gente fatigada 
e un solo pensamiento y un deseo. 

Pretenden mas de dos llave dorada, 
muchos un mesmo cargo y quien aspira 
á la fidelidad de una embaxada. 

Cada cual por si mesmo al blanco tira 
do assestan otros mili, y solo es uno 
cuya saeta dio do fué la mira. 

Y este quizá que á nadie fué importuno 
ni á la soberbia puerta del privado 

se halló después de vísperas ayuno. 

Ni dio ni tuvo á quien pedir prestado 
solo con la virtud se entretenía 
y en Dios y en ella estaba confiado. 

Vos sois. Señor, por quien dezir podría 
y lo digo y diré sin estar mudo 
que solo la virtud fué vuestra guia; 

Y que ella sola fue b^9Aa!Ci<^^/^?5í&s^ 



t 



Lope de Vega, 



levantaros al bieD do estáis agora 
privado humilde de ambición desnudo. 

Dichosa y felizisima la hora 
donde tuvo el real conoscimíenlo 
r-Hi ia del ^alor que anida y mora 

Pn Viic^íro reposado entendimiento 
cuya í¡<it.lidad, cuyo secreto 
es de vuestras virtudes el cimiento. 

Por la senda y camino mas perfecto 
van vuestros pies, que eslaoue el miedo tiene 
y la que alaba el seso mas aiscreto 

Quien por ella camina vemos viene 
á aquel dulce suave paradero 
que la felizidad en si contiene. 

Yo que el camino mas baxo y grosero 
he caminado en fría noche escura 
he dado en manos del atolladero 

Y en la esquiva prisión amarga y dura 
á donde agora ouedo estoy llorando 

mi corta infelizisima ventura; 

Con quexas tierra y cielo importunando 
con sospiros al ayre oscureciendo 
con lágrimas el mar acresocntando. 

Vida es esta señor do estoy muriendo 
entre bárbara gente descreída 
la mal lograda juventud perdiendo. 

No fue la causa aqui ele mi venida 
andar vagando por el mundo acaso 
con la vergüenza y la razón perdida. 

Diez años há que tiendo y mudo el passo 
en servicio del gran Philippo nuestro 
ya con descanzo ya canzacm y lasso. 

Y en el dichoso dia que siniestro 
tanto fue el hado á la enemiga armada, 
quanto fue á la nuestra favorable y diestro. 

De temor y de esfuerzo acompañada 
presente estuvo mi persona al hecho 
mas de esperanza que de hierro armada. 

Vi el formado escuadrón rolo y deshecho 
y de bárbara gente y de christiana 
íoxo en mil partes de Neptuno el lecho. 

La muerte ayrada con su furia insana 
aqui Y^ allí con priessa discurriendo 
mo^^trándose á quien tarda, á quien temprana 

£1 son confuso, el espantable estruenao, 
! )S gestos de los tristes miserables 
rue entre el fuego y el agua yvan muriendo. 

Los profundos sospiros lamentables 
;ii3 los heridos pechos despedían 
a) Idiziendo sus hados detestables. 

alósales la sangre que tenian 
qu ndo en el son de la trompeta muestra 



su daño y nuestra gloria conoscian. 

Con alta voz de vencedora nuestra 
rompiendo el ayre claro el son mostrava 
ser vencedora la Ghistiana diestra. 

A esta dulce sazón yo triste estava 
con la una mano de la espada assida 
y sangre de la otra derramaba. 

El pecho mió de profunda herida 
sentia llagado y la siniestra mano 
estava por mil pj^rtes ya rompida. 

Pero el contento fué tan soberano 
que á mi alma llegó viendo vencido 
el crudo pueblo infiel por el christiano 

Que no echava de ver si estava herido 
aunque era tan mortal mi sentimiento 
que á veces me quitó todo el sentido. 

Y en mi propia cabeza el escarmiento 
no me pudo estorvar que el segundo año 
no me pusiese á discreción del viento. 

Y al bárbaro medroso pueblo estrafio 
vi recogido, triste, amedrentado 

y con causa teniendo de su daño. 

Y al Reino tan antiguo y celebrado 
á do la hermosa Dido fue rendida 

al querer del Troyano desterrado, 

También vertiendo sangre aun la herida 
mayor con otras dos quize hallarme 
por ver ir la morisma de vencida. 

Dios sabe si quisiera allí Quedarme 
con los que allí quedaron esibrzados 
y perderme con ellos, ó ganarme.. 

Pero mis cortos implacables hados 
en tan honrrosa empresa no quisieron 
que acabasse la vida y los cuydados. 

Y al fin por los cabellos me truxeron 
á ser vencido por la valentía 

de aquellos que después no la tuvieron. 

En la galera, Sol que escurescia 
mi ventura, su luz, á pesar mió 
fue la pérdida de otros y la mia. 

Valor mostramos al principio y brío 
pero después con la esperiencia amarga 
conoscimos ser todo desvario. 

Senti de ageno yugo la gran carga 
y en las manos sacrilegas malditas 
dos años ha que mi dolor se alarga. 

Bien se que mis maldades infinitas 
y la poca attricion que en mi se encierra 
me tiene entre estos falsos Ismaelitas 

Quanlo llegué vencido y vi la tierra 
tan nombrada en el mundo que en su seno 
tantos Piratas cubre, acoge, y cierra, 



Periódico semanal. 



No pude al llanto detener el freno 
que á mí despecho sin saber lo que era 
me vi el marchito rostro de asua lleno. 

OfTresciose á mis ojos la ribera 
y el monte donde el grande Garlos tuvo 
levantada en el ayre su vandera. 

.Y el mar que tanto esfuerzo no sostuvo 
pues movido de embidia de su gloria 
ayrado entonces mas que nunca estuvo. 

Estas cosas bolviendo en mi memoria 
las lágrimas truxeron á los ojos 
movidas de desgracia tan notoria. 

Pero si el alto Cielo en darme enojos 
no está con mi ventura conjurado 
y aquí no lleva muerte mis despojos, 

Quando me vea en mas alegre estado 
si vuestra intercession Sefior me ayuda 
á verme ante Phiiippo arrodillado; 

Mi lengua balbuciente y quazi muda 
pienso mover en la real presencia 
de adulación y de mentir desnuda. 

Diziendoalto señor cuya potencia, 
sujetas trae mil bárbaras Naciones 
al desabrido yugo de obediencia. 

A quien los negros Indios con sus dones 
reconoscen honesto vassallage 
trayendo el oro acá de sus rincones. 

Despierta en tu Real pecho el gran corage 
la gran soberbia con que una vicoca 
aspira de continuo á hacerte ultrage. 

La ffente es mucha, mas su ñierza es poca 
desnuda mal armada que no tiene 
en su defensa fuerte muro, ó roca. 

Cada uno mira si tu armada viene 
para dar á sus pies el cargo y cura 
de conservar la vida que sostiene. 

De Tamarga prisión triste y escura 
á donde mueren veinte mil christianos 
tienes la llave de su cerradura. 

Todos (qual yo) de allá puestas las manos 
las rodillas por tierra sollozando 
cercados de tormentos inhumanos. 

Valeroso Señor te están rogando 
buelvas los ojos de misericordia 
á los suyos que están siempre llorando. 

Y pues to dexa agora la discordia 
que hasta aquí le ha oprimido y fatigado 
y gozas de pacífica concordia 

Haz ó buen Rey que sea por ti acabado 
lo que con tanta audacia y valor tanto 
fue por tu amado padre comenzado. 

Solo el pensar que vas pondrá un espanto 



en la enemiga gente que adevino 
ya desde aqui su pérdida v quebranto. 

Quien dunda que el Reaf pecho benigno 
no se muestre escuchando la tristeza 
en que están estos miseros contino. 

Rien paresce que muestro la flaqueza 
de mi tan torpe mgenio que pretende 
hablar tan baxo ante tan alta Alteza. 

Pero el justo desseo la defiende, 
mas á todo silencio poner quiero; 
que temo que mi pluma ya os offende 
y al trabajo me llaman donde muero. 



El Aura y la Sensitiva. 



A la margen de un arroyo 
que lloraba en la pradera 
su ecsistencia pasagera, 
pálida y triste una flor, 
sola y á merced del viento, 
casi marchita y ajada, 
sobre el cristal inclinada 
iba perdiendo el color. 

Inmenso pesar, profundo, 
al ver desventura tanta, 
me inspiró la pobre planta 
desde el punto en que la vi-, 
y si al hacer el relato 
no me falta la memoria, 
contaros quiero su historia 
lo mismo que yo la oí. 

En un prado de esmeralda 
una Sensitiva hermosa 
se veía pudorosa 
entre otras flores crecer. 
El Aura, de su belleza 
liviano prendóse un dia 
y de entonces la mecía 
á ella sola con placer. 

Pero cuanto mas lascivo 
mas á la flor se acercaba, 
mas ella casta plegaba 
su pétalo con pudor, 
y el Aura en su empeño ciego 
no obteniendo sus favores, 
de venganza hizo traidores 
proyectos contra la flor. 

Era el alba cuando vino 
fresco y U^^^q Xxa.'sX.^ ^^^^íA^^s 



Lope de Vega, 



á ella acercóse y tairaado 
así la habló con afán: 
«Dame acogida en tu seno, 
por piedad, flor inocente, 
que tras mí viene inclemente 
con gran furia el huracán.» 

Ella compasiva y santa 
abrió al fin su cáliz puro, 
y al torpe céfiro impuro 
dio aposentamiento en él; 
y fué del traidor engaño 
llevado hasta el loco esceso 
dar la ponzoña en un beso 
á la flor candida y fiel. 

Y luego con vuelo altivo 
^ encendiendo sus enojos, 
dio al espacio sus antojos 
y en torno á otra flor voló. 
Y la pobre Sensitiva 
triste ya, mustia y ajada, 
sobre el agua reclinada 
avergonzada murió. 

R. Franqudo y Romero. 



U DAMA DEL MEDALLÓN, 

NOVELA OBiaiNAL, 

POR EMILIO DE LA CERDA. 



COXTINUACIOX. 

El señor marques de Ocampo, la scftora mar- 

3ucsa su madre, la señorita Julia de Ocampo, 
os niñas, hijas de la señora marquesa^ made- 
moiselle Laure dé Clermont... 

En aquel momento llegaba yo cerca de la 
puerta, mas al escuchar el último nombre, que 
un estrafio presentimiento, me hacia siempre con- 
siderar uniJo á la muger que amaba, volri atrás 
y diridéndome al lacayo: 

—¿Como, como has dicho? le pregunté. 

—El señor marques de... 

—No, no; el último nombre que has pro- 
nunciado. 

— Madcmoiselle Laure de Clormont. 

—¿No es una joven rubia, muy blanca, con 
ojos negros y un lunar en la mejilla derecha? 

•^Carambal j quo bien le ha tomado usted 
la filiación, mi amo. 

—¿Es cierto? Son efectivamente sus señas? 

-Las mismas sin faltarles el mas pequeño de- 
talle. 



—Acaba tu cometido^ luego hablaremos. 
Volvió el criado á ocuparse de su encargo, 
y saliéndome del despacho, esperé á que con- 
cluyera, para cerciorarme de si mis presenti- 
mientos me encañaban esta vez. 

No tardó cmco minutos en salir, v cuando 
ya estuvo á algunos pasos del despacho^ le to- 
qué en el brazo, diciéndole al mismo tiempo: 

— Amieo, creo qne no te vendrá mal una 
copa de buen rom, y si aceptas, entremos en 
este café, y entretanto me informarás de algu- 
nos pormenores que deseo saber. 

—Si no fuera por que los señores me aguar- 
dan... 

—Ya encontrarás alguna disculpa; vamos, po- 
co he de detenerte. 

Convencido el criado me si^ió ai café, y sen- 
tados en un rincón, mandé le sirvieran á su gus- 
to, procurando provocar su locuacidad con las 
espirituosas bebidas que yo mismo le servia con 
abundancia. Cuando nubo apurado las primeras 
copas, le interrogué de esta manera: 

-En primer lugar, dime por qué nombras 
á esa joven por quien antes te preguntaba, cq 
un idioma que no es el tuyo. 

— Toma! porque asi la llaman, la señora mar- 
quesa, la señorita Julia y todos los de la casa. 

—¿Es francesa? 

—Asi parece; estábamos en Madrid hace dos 
años, Gfuando vino de Francia recomendada á la 
señora (uarquesapara aya de las niñas pequeñas. 

—Hace mucho tiempo que está la familia de 
la marquesa en Málaga? 

—Hoy hemos llegado de Granada, á donde 
fuimos hará cosa de un mes, después de detener- 
nos aqui un dia á la venida de Madrid. La se- 
ñora posee en la Vega una magnifica hacienda» 
y como nunca la habi4 visitado, aprovechó nues- 
tro paso por Málaga para hacer este viaje. 

—¿Luego cuando veníais de Madrid, os di- 
rigíais espresamente á alguna otra parte? 

— íbamos á Sevilla, oespues de algunos días 
de detención en Valencia, por asuntos del señor 
marques; pero permítame usted mi amo le pre- 
gunte, si conoce á mademoiselle Laure, pues á 
quien tanto le interesa adquirir noticias, clebe... 

— Si, en efecto, la conozco, interrumpí al laca- 
yo. Un amigo mió, que también la ha conocido 
en otro tiempo, me diio haberla visto aqui cierto 
dia en que llovia mucho; hará cosa de un mes... 

—Si, si, eso es; el dia que llegamos á Mála- 
ga. Me acuerdo que fué á visitar á una amiga su- 
ya y como ella francesa, acompañada del ama 
de la señora marquesa, la cual la conserva en 
su compañía desde que nació, pues la quiere mu- 
cho. Es muy viejecita la pobre. En casa se le 
llama la Chacha. El dia en que la vio su ami- 
go de usted, llegamos por la mañana al amane- 
cer, y apenas tuvieron tiempo de hacer la men- 



Periódioo semanal. 



cíoDada visita, porque á las dos salimos para 
Granada. 

— ¿T boy donde para la familia? 

—En la jfonda d*" piso entresuelo. 

Era la misma en cuya puerta encontré los 
objetos pertenecientes á la joven francesa. 

Al convencerme de que efectivamente era la 
misma joven que tan fuertemente me habia im- 
presionado, hasta el punto de convertir en ver- 
dadera pasión, el sentimiento de admiración que 
me causó en nuestro prin^r encuentro» estuve á 
punto de manifestar mi gozo; pero supe ^nle- 
nerlo dentro de mi corazón; y como no deseaba 
saber mas, pagué el gasto, y al tiempo de levan- 
tarnos puse en manos del doméstico un bolsillo 
con algunos napoleones, que al pronto qaiso re- 
husar; mas después de algunis instancias lo guar- 
dó, encargándole yo al mismo tiempo, que si al- 
gnna vez me veía en presencia de sus amos^ no 
diera señales de conocerme. 

Asi me lo prometió, y en seguida partió muy 
gozoso á dar cuenta de su comisión. 

Yo me dirigí hacia mi casa, y después de for- 
mar mi plan, me presenté ¿ mi maestro. 

— D. Jorge, le dige desde que entré: acabo 
de recibir una carta de mi condiscípulo Luis 
Delgado en que me dice lo muy animada que es- 
tá este año la exposición en Sevilla; y como 
siempre, me insta para que presente mis cuadros. 
He determinado pues, ir, 

— Hombre! me respondió riendo ¿Que variación 
tan reoentina es esa? Antes no sé porqué, te 
escusaoas con tus amigos. yhoy« no solo traes 
un semblante tan alegre como unas pascuas, des- 
pués de un mes de esplín, que me ha tenido en 
cuidado, sino que de repente cedes á la menor 
instigación, y te preparas á marchar: esplicame 
eso muchacho, pues por Dios que no lo en- 
tiendo. 

=Es muy sencillo, le contesté. Empefiado con 
mi cuadro de la Aurora, no tenia humor de salir 
de Málaga hasta concluirlo, y come no pensaba 
poder terminarlo para presentarlo en la exposi- 
ción^ desde luego me negué á acompañar á mis 
amigos. Hoy es diferente; lo tengo concluido, y 
además una buena noticia... 

—Bien, bien, me interrumpió D. Jorge, no 
quiero saber mas. ¿Cuando piensas marchar? 

— Mañana en el vapor que sale alas doce. 

—¿Necesitas dinero? 

— No, aun me quedan cinco mil reales de los 
diez mil que me mandó mi padre á principios de 
invierno. 

— Pues marcha cuando qnieras, y desearé que 
tus obras sean premiadas como otros años. 

Volví en seguida á la oficina del consignata- 
rio y tomé un tiquete para el mismo vapor que 
debia conducir á mi amada. 

Por la noche, despu9S de preparar mi equi- 



paje y los cuadros aue pensaba presentar m la 
exposición, mediriji hacia la fonda donde paraba 
la familia de Ocampo, con 'objeto de ver si por 
alguna parle podía distinguir a Laura. 



(StMnUflOffA.) 



J^ Ha A. J^I^/CUBTCJ^Xy. 



Amistad^ virtud preciada^ 
de puro^ ilustre abolengo^ 
concede que preconice 
tus bondades en mis versos, 
que, henchidos irán de fé 
si acaso faltos de acento: 
pues los dicta el corazón, 
é hijos son del sentimiento. 
Bien concibo que mi pluma 
no basta á tamaño empeño. 

Tuviera pluma de ángel 
desprendida de los cielos, 
y aun asi, asi, mucho dudo 
que te ensalzara cual debo, 
á no poder divorciarme 
de las miserias, del cieno 
de nuestra triste morada; 
á no emancipar del cuerpo 
mi alma, que asciende hacia ti, 
y por tí suspira, en tierno 
melancólico aspirar 
y puro santo deseo. 

Antes te dije virtud-, 

no te juzgo sentimiento, 

ni mucho menos pasión, 

que es mas alto, es de mas precio 

tu objeto sobre la tierra. 

Mucho vales; mucho temo 

rebajarte en mis elogios. 

Pero no... porque presiento 

que los encomios pomposos 

y las diatribas lo mesmo, 

nada á tu valia añaden 

y que te deprimen menos. 

Debiera esto retraerme 

si en mi corazón, le bello 

no hubiera un gran ascendiente, 

un ascendiente supremo. 

Y á tu vista^ 4 iv\v ^<^^7ct , 



Lope de Vega, 



virtud de dulce consuelo, 
enmudecer me es vedado. 
Sigo un impulso secreto, 
una fuerza iri*esistible, 
un encantado embeleso-, 
y el labio ha de proferir 
quizá palabras sin cuento, 
mas, que á borbotones saltan 
é hijas son del sentimiento. 

Eres amistad, luz pura 
de fulgurante reflejo, 
no fiera y terrible hoguera 
de funesto centelleo. 
Eres fecunda, das vida 
como diafano arroyuelo-, 
no desolación y muerte 
como torrente altanero. 
De la pasión te distingues 
en que no eres devaneo, 
en que no eres egoísmo, 
impulso no eres ciego, 
ni irreflecsiva tendencia. 
Tú eres algo de mas tierno, 
de mas sencillo y sublime 
mas puro y grato consuelo. 
La pasión los diviniza, 
y tú corriges defectos 
con tu férula suave 
y de omnipotente imperio. 

Aquella se irrita y truena; 
tú, te quejas en silencio. 
Ecsigencias que sublevan 
son de aquella los afectos-, 
los que sienten amistad 
están de abnegación llenos. 
La una... mas, para qué 
prolongar el paralelo? 
Que grandes méritos tienes 
que aducir en tu provecho, 
lo saben conmigo, todos 
los que se precian de buenos. 

Que eres tú, dulce amistad, 
fresco, suave beleño 
que mitiga nuestras penas, 
que eleva del alma el vuelo 
y que hace al hombre capaz 
de remontados conceptos, 
es cosa que saben todos, 
que ninguno ignora creo. 
Y qué pocos, sin embargo, 
los que siguen tus consejos! 
Cuan reducido es el número 



de tus felices adeptos! 

Es la amistad planta exótica 

que no crece en nuestro suelo, 

que marchita quizá el hombre 

al contacto de su aliento? 

A no hallarla entre nosotros 

condenados estaremos? 

No, que la historia nos cuenta, 

y en nuestros dias lo observo, 

distinguidos, de amistad 

grandes, si raros egemplos. 

Que aun hay almas en el mundo 

que pertenecen al cielo, 

y que susceptibles son 

del dulce amistoso afecto, 

y que adhesiones anidan, 

y poseen desprendimiento, 

y es la franqueza su herencia, 

y saben bien ser sinceros. 

Decir mucho mas pucnera 
pero, mis humildes versos, 
ni con mucho corresponden 
á la alteza del objeto, 
y soltar mi pobre péñola, 
lector' en tu obsequio quiero. 



Amistad, permíteme, 
á ello limitarme debo, 
que me atreva á formularte 
un fervoroso deseo: 
y es, que las tus blancas alas 
batas en grato aleteo 
siempre al rededor de mí. 
Nunca me frunzas el ceño, 
que no sienta en la tu faz 
un continente severo. 
Tú levantarás mi frente, 
erguida ante el acaso adverso.)) 
Allanarás de mi vida 
los espinosos senderos. 
Mitigarás mis dolores 
con siempre obsequioso anhelo. 
Tú me rodearás solicita 
con atenciones sin cuento, 
al declinar de mis dias 
en torno mi triste lecho, 
cuando lance para ti, 
y por tí, mi último aliento. 



Yusuf-elU'Sirab. 



Periódioo semanal. 



-A.3L. I3MXwa:OIiT-A.Ii 



SONETO. 

Eterna para España es la memoria 
Del preclaro escritor que nacer viera, 

Y en las letras mil triunfos obtuviera 
Que grabados están en nuestra historia-, 

Fué en las ciencias estrella de victoria. 
En las virtudes grande egemplo diera, 

Y el genio de los genios, por doquiera 
Viose ensalzado de infinita gloria. 

Mas el patricio tan noble y eminente 
Arrebatado fué de nuestro suelo 
Por el gran Hacedor Omnipotente, 

Que elevándolo entre ángeles al cielo. 
Premió al Poeta de numen tan fecundo 
Cuyo nombre bendice todo el mundo. 

Eduardo Monlecdegre. 



SB 



CANTOS DE UN RUISEÑOR. 



Eo una larde del Abril florido 
galante céfiro á la flor besaba 
y eo el ramaje del edeB perdido 
UD ruiseñor de pena suspiraba. 
¿De que me sirve mi cantar sentido 

Íf ser de entre las aves, esclamaba, 
a que mas arrebata con su trino - 
si soy juguete del fatal destino? 

En otro tiempo por el bosque ameno 
descuidado mi vuelo dirigia 
y de grata emoción el pecho lleno 
mi cántico espresaba la alegría. 
De la inconstancia el matador veneno 
mi joven corazón desconocia, 
y era tan feliz, que en mi locura 
pensaba fuera eterna mi ventura... 

Que dichoso era yo tan solamente 
con aspirar las brisas del estio! 
Cuanto gozaba mi ardorosa mente 
lanzada en la región del desvario, 
los suspiros oyendo de la fuente 
ó el triste murmurar de manso rio 
al separarse en su fugaz carrera 
del bello sitio que nacer les viera! 

Con cuanto placer vuela por el prado 
en trazos mil el lindo jilgueríllo! 
Que delicia escucharlo entusiasmado 
en su trinar melódico y sencillo! 
Que tierno el solicito cuidado 



con que cruza hacia el próximo arbolillo 
de orgullo lleno y loco de contento 
al llevar á sus hijos el{sustento! 

¿Mas porque, ay de mi! si acaso canto 
al mostrarnos la aurora sus albores 
á mis ojos empaña acerbo llanto 
y no sé modular sino dolores? 
Ahí., si no te hubiese amado tanto... 
DO sufriera los rudos sinsabores 
que llenan de tristura mi existencia 
y no sabría lo que es inconsecuencia!. •• 
To me creí feliz porque mi alma 

mas pura aun que el sonreir del niño, 

gozaoa antes la apacible calma 

Íue me quitó por siempre tu cariño. 
' al ofrecerte de mi amor la palma, 
tan sincero como blanco es el armiño, 
pensé tocar el colmo de la dicha... 
pero solo te amé por mi desdicha. 

Me acuerdo por mi mal! A la alborada 
de una mañana abandoné mi nido 
y me fui á posar á la enramada, 
por tus bellos encantos atraido. 
De entonces senti mi alma aprisionada 
y mi destino á tu destino unido, 
y en mi pasión le dije: yo te juro 
que tú me inspiras el amor mas puro. 

Y te dije también en mi delirio 
que para mi tu amor era la vida, 
que sin ti mi vivir era el martirio 
de ver la luz con la ilusión perdida: 
que cual se inclina marchitado el lirio, 
si con su llama el sol no le convida, 
yo que vivia por tus ojos bellos 
seria mi muerte carecer de ellos. 

Entonces tú de tu belleza ufana 
y yo cual nunca por tus gracias ciego, 
de mi querer á la espresion galana 
corréspondistes con glacial despego. 
Y asi como se acrece y se engalana 
de la prendida encina el voraz fuego 
si con sus alas lo acaricia el aire, 
asi creció mi amor con tu desaire. 

Y te bable de él,, tenaz enmiporfia, 
con el ardor de uu pecho enamorado, 
haciéndote observar lo que sufria 

por tu seco desden desapiadado. 

A mis megos por fin dulce se abría 

al sacro amor tu corazón helado 

y al preguntarte, ingrata, si me amabas 

al contestarme si, tu mt engañabas. 

Que nunca reflejó en tu duro pecho 
del sentimiento el resplandor divino, 
ni vi jamás por el dolor deshecho 
tu corazón de fiera y diamantino. 
Ahoga mi alma colérico de.%^^«^^ 



s 
I 



Lope de Vega, Periódioo semanal. 



al recordar que de mi amor en pago 
solo me distes hiél, niDgao albagof 

No me paffastes, mo, que siempre fuera 
yo para ti el esclavo mas amante^ 
y mi deleite ma^or tan solo era 
realizar tus caprichos anhelante; 
y nunca me creí que mereciera 
en premio de haber sido tan constante, 
que tú, veleidosa, me olvidaras 
y sin decir por qué me abandonaras. 

Solo en el mundo... sin ningún consuelo... 
yerto nai corazón... sin esperanza 
de término encontrar al desconsuelo 
^e sufro por tu pérfida mudanza, 
invocaré en mis lá(;rimas al cielo; 

Jsi mi tierna súplica no alcanza 
e la piedad divina ser oída 
tal vez descanse de penar en vida. 

Bel íntrÍDcado bosque en la espesura 
el ruiseñor asi se lamentaba, 
espresando en.su canto la amargura 

Jue á su sensible pecho devoraba, 
u dulce voz tSn armónica, tan pura, 
absorto en sus recuerdos, se apagaba... 
y por la oscura noche sorprendido, 
vertiendo llanto se marchó ¿ su nido. 

Federico Bejar. 



mSOELÁNEA. 



Charadas. 

Brilla tanto mi primera— unida con mi segun- 
da,— que si se mira de frente— bien pronto la 
vista ofusca.— Mi prima con mi tercera— es, lec- 
tora, sin escusa,— cierto irracional cuadrúpedo 
— que mas que debiera abunda.— Mi segunda con 
mi tercia— los monarcas solo usan.— Que mi cuar- 
ta y mi tercera— es un animaL no hay duda, 
—muy sensible v vivaracho— y de penetración 
mucha;— y mi toao, vóde lejos— mas qaeel mis- 
mo moro Muza. 

r. B. 

Dos vocales sen mi prima, -r-en diptongo pro- 
nunciadas;— y si geógraíoeres— verás que es ciu- 
dad de Francia.— Segunda es rio que nace— de 
las vertientes que manan— del Pirineo, y recor- 
re—mucha tierra catalana.— Tercera, aunque con 
dos letras— se escribe en esta charada,— pronun- 
ciando, has de advertir,— que solo suena una cla- 
ra.— Y mi todo lo hallarás,— según los poetas 
cantan,— en el Parnaso, do Apolo— tiene su sa- 

G. Jf . T p. 



Sesión. 

En la noche del Sábado último celebró 
Lope de Vega la que tenia anunciada. 

En ella se inauguró la sección literaria, le- 
yendo los jóvenes que la componen varias 
poesías y dtficnrsos. 

El Sr. Presidente cerró el acto pronun- 
ciando uno elegante y sencillo, en el cual de- 
mostró sus profundos conocimientos históri- 
cos y literarios. 

Después el Sr. D. Luis de Mondejar tocó 
al piano diferentes piezas que fueron justamen- 
te aplasdklas. 

Tambten en la Gomedia Al qae no quiere 
caldo... estuvieron muy oportunos los sefio- 
re* Franquelo y Travecedo. 

Esta reunión ternúnó^ según costumbre, 
con un anímadisimo rato de baile. 



SoiocioD á las Ckaradas id aómero anterior. 

El áúlo espresa el engaño -indigno del hom- 
bre honrado,— y el lodo es por nuestro dafio — 
el que destruye el calzado. — Como no sea que 
contemos — las riquezas de los lareSt — ó cuando el 
lodo pasemos— para ver á una DO-LO-RES. 

Beidittio. 

Siendo del verbo cortar,— tu prima y tercera 
es cor(a:— mas que no lo sea importa — la beta ó 
cordel de atar.— Si entre la jente de mar— se- 
gunda y tercia es la b^to,— la solución ya es com- 
pleta;— y si está mal descifrada,— que yo me 
vuelva charada,— ó me convierta en COR-BG-TA. 

G. M. T F. 



Comunicado. 



Esta Sociedad celebra Junta eeneral ' or- 
dinaria, con arreglo al art. 18 del reglamen- 
to, el 8 del corriente á las ocho y media de 
la noche. 

Lo que se publica en este periódico para 
conocimiento de los Sres. Socios. 

Málaga 2 de Mayo de 1863.— El Secreta- 
rio, Antonio Merino. 



nnutcroR t Borroft besponsablb, 



mam 



Bl 



Imprenta de Casilari, — Comedias 11 



AÑO I. 



DOMINOO 10 DE MAYO DE 1868. 



NÚM. 6/ 



LOPE DE VEGA, 

PERIÓDICO SEMANAL DEDICADO A LA SOCIEDAD QUE LLEVA ESTE NOMBRE. 



MALAGUEÑA. 



Grande ha sido por cierto el entusiasmo 

¡f la satisfacción que despertó en mi ánimo la 
ectura délos primeros números del periódico 
Ldfe de Vega. De ese papel que representa 
uno de los primeros y mas princi|)ales pasos 
que la juventud malagueña dá hacia el mag- 
nifico campo literario. 

Solo este acontecimiento, que aunque al 

tareoer pemiefio, es de mucha trascendencia, 
ubiera podido imprimir en mi corazón el 
graiMlé impiilso que no he sabido resistir de 
dirigir al público joven, mi voz débil y de- 
aautoriíada. 

La juventud naturalmente eslá siempre 
diapuena á recibir de la manera mas fuerte 
lodo género de impresiones, y no solo se 
enadlece, no solamente se acalora y agrupa 
d bélico fioaar de los clarines, á la mágica 
Yoz de la rictoria y al eco que constantemen- 
te repite á su oído el nombre de un capitán, 
sino que también se mueve y agita al rumor 
de la fama literaria, á lontananza que le ofre- 
ce la vista de un pueblo que unido contem* 
pía la presencia ó la memoria de sus eminen- 
tes hijos. 

Cuando se la escita y estimula, se la en- 
sefia y proteje, esa misma juventud se rege- 
nera; á compás de regeneración se desen- 
Tuelven los espíritus que lánguidos y oscure- 
cidos permanecen, se esfuerzan los corazo- 
nes; en una palabra, puede sufrir una trans- 
formación tal, que se convierta el vicio en 
virtud, lo perjudicial en provechoso, lo in- 
significante en sublime. Hay mas, la historia 
nos presenta con bastante frecuencia con el 
movimiento de las ideas, la aparición de gran- 
des hombres de donde nadie pudiera imagi- 
narse. 

Marchad con firme paso por tan bella sen- 
da, V con ciega Té lanzaos al palenque de la 



literatura, donde la constancia, el estudio, 
los sacrificios todos, los premiará la segura 
aureola de la doria. 

El titulo dd periódico, sus publicaciones 
sencillas y de buen gusto y las diferentes fir- 
mas puestas al pié de sus pequeñas colum- 
nas, todo debe considerarse como beüos ar- 
ranques de naciente ingenio y sabiduría que 
hacen respirar la esperanza de estar próxi- 
mo el diaen quenada envidiaremos á las de- 
mas provincias de España, délas cuales en su 
mayor pártela juventud está ofreciendo abun- 
dantes y preciosos frutos, hiios de la civi- 
lización y la cultura. Llegara por fin el mo- 
mento deseado en que este país, que por su 
situación meridional produce muchas y bue- 
nas imaginaciones, las emplee con ventaja, y 
al mismo tiempo pierda el carácter que con- 
serva un tanto materialista. 

A los que como á mí dotó la Providencia 
escasamente, aquellos para quienes es impo- 
sible aspirar á la ventura a que otros están 
llamados, esos no podemos acompañar á los 
demás en su feliz camino; pero si: amantes 
del saber y de quien sabe, nos cabrá la sa- 
tisfacción ae admirar los jóvenes contempo- 
ráneos oue en cualquier concepto se distm- 
gan; dicha tan grande nos regocijará hasta 
el punto de que, como vá dicho, con el senti- 
miento de no poder seguirlos, tendremos el 
placer y el orgullo de alabarlos. 

Ramón J. Garda. 



.i> 



r- uz de mi alma, de mi pecho guia, 
C nico bien á que en el mundo aspiro, 
— ris que alumbra la ventura mia, 
(/) i escucharas mi férvido suspiro 
> mor hallaras, que tu amor ansia. 

Manuel Sequra. 



«ik».w 



Lope de Vega, 



Cortando estaba un anciano 
yarías nacientes ortigas^ 
cuando preguntóle un niño 
que acercado se le habfa: 
-Decidme, jpor qué cortáis 
tan lozanas florecillas? 
-Dejarlas, dijo el anciano, 
cosa fácil me seria; 
mas si arrancarlas quisiera 
cuando estuviesen crecidas 
ellas, siempre traicioneras, 
las manos me punzarian. 
-Pues que son? preguntó el niño. 
•Son el vicio esas ortigas, 
y el vicio debe arrancarse 
cuando se vé que principia. 

Jo$é C. Bruna. 



A la Srta. A. P. 



Al dulce primer latido 
que dá el corazón humano 
cuando en el seno escondido 
recibe el soplo encendido 
del aliento soberano. 

Brota en él pura y divina 
una flor que le embellece, 
de fragancia peregrina, 
cuya colora fascina, 
cuyo perfume enloquece. 

Mágica flor que asegura 
vida, amor, gloria y bonanza; 
flor que respira dulzura, 
porque esa flor de ventura 
es la flor de la esperanza. 

Flor que en su grato alvedrio 
medra en gala y en esencia, 
cuando sostiene su brio 
de la pureza el roció 
y el aura de la inocencia. 

Bendiga Dios, niña mia, 
la bella flor de tu amor. 
¡Ay!.. Cuan dichoso seria 
el que aspirase algún dia 
el perfume de esa flor! 

E. Fiandar. ' 



.) 



I. 



Sentidas trovas de amores 
canto de noche en tus rejas, 
mas, vanos son mis clamores, 
que indiferente, Dolores, 
solo con mi amor me dejas. 

Mas en pago del desvio 
con que acoges tú mi aoento, 
yo en mi loco desvarío, 
en alas del manso viento ^ 
tristes suspiros te envío. ^ 

Y aunque jamás logre verte 
mi trova oyendo en tu reja, 
no dejaré de quererte; 

no exhalaré ni una queja 

ni aun en mi lecho de muerte. 

Pues bien tú sabes, Dolores, 
y te consta que no miento, 
que el amor que por tí siento 
ni cede con tus rigores, 
ni lo aminora el tormento. 

Y aunque sigas con desvio 
la amante trova escuchando 
que con las auras te envió, 
te seguirá siempre amando 
mientras viva, el pecho mío. 

n. 

Al partir el trovador 
que estas canciones cantaba, 
ardiente llanto de amor 
dijo el aura con dolor 
que de sus ojos brotaba. 

Yo á el aura le pregunté 
si al fin acogió Dolores 
la trova que yo escuché; 
y ella meciendo á las flores 
triste contestó «no sé.» 

Mas es lo cierto, que es fama 
según me dijo una flor 
que ignoro como se llama, 
que mientras vivió el cantor 
siguió adorando á la dama. 

//. dt M. 



Periódico semanal. 



T- 



A la Independencia de Polonia. 



¿Te acuerdas? 

Cuando en las noches frías y húmedas del in- 
vierno, me sentaba alli anhelando ver entre la os- 
curidad una sombra que me indicase esperaba el 
Ídolo de mis amores 

T entonces vela tu rostro, leia en tu corazón. 

T tu seno palpitante me hacía comprender lo 
que sufrías. 

T tus pupilas, veladas por dos cejas negrísimas 
y sutiles, daban sombra á tus ojos, lánguidos como 
el sueflo. 

T los cabellos, ondulantes sobre tus hombros, 
acariciaban tus delicadas formas. 

Apoyada en el balaustre de la ventana^ alü 
donde nuestras almas se encadenaran para siempre, 
donde exhalaras comprimidos suspiros, perdién- 
dose su eco en el espacio; allí eras para mi tan 
hermosa, tan pura, tan incitante como debió serlo 
la Reina que encendió la llama del amor en el 
corazón del sabio rev Salomón. 

Todo, en una palaora^ hacia que se acrecentase 
mas la pasión que alimentaba mí pecho. 

Cuando la lluvia, á granitos, comenzaba á caer, 
el frío azotaba tu rostro, palidecías, y elevando 
los ojos al Cielo, un prolongado adiós ponía Gn á 
tan agradable escena... 

T pasaba tiempo. 

Ya no se temía que los huracanes interrumpieran 
nuestras pláticas de amor, porque á la lobreguez 
de la noche, sustituíale una clara luna; el cielo no 
mostraba densos nubarrones, estaba matizado de 
púrpura, azul y esmeralda. 

Llegaba, en fin, til verano y aparecías mas be- 
lla, mas encantadora. 

Entonces el campo nos brindaba con sus flores, 
con sus cristalinos arroyos. 

|Ahf silenciosas praderas... cuantos recuerdos 
me debéis! 

Cuantas veces me habéis despedazado el alma! 

Cuantas veces habéis ^ido depositarías de nues- 
tras lágrimasl 

T eumedio de vuestro silencio no comprendíais 
roí dolor. 

Me habíais robado mi quietud, mis lágrimas, 
mis alegrías... 

¡La he perdidol 

Ta no os quiero ver: despertáis en mí recuer- 
dos desgarradores... 

Tías lágrimas son el consuelo de los que sufren. 

Pero... han sido agotadas. 

Ya no las vierten mis ojos... 

Están estériicsl 

¡Al^, lágrimas dulces, lágrimas inefables, lágri- 
mas cariñosas de mi corazoi, tornarme la espe- 
ranza. 

F. GofizaUf de la Cámara. 



SONbTO. 

¡Oh Polonia infeliz, que desgarrada 
Por cruenta ambición, y repartida 
Entre déspotas fieros, cuya vida 
De oprobio es y maldición menguada! 

Tu noble juventud, años postrada 
Yació en esclavitud envilecida; 
Y hoy alza la cerviz, el alma henchida 
De patrio fuego y libertad amada. 

No dudosa será la fiera lucha, 
Que empeñada tomó ya raudo vuelo; 
Que en tanto cuenta con justicia mucha 
Une á su causa su poder el Cielo: 
¡Polonia!..,. Salvaras tu independencia 
pues del mundo está escrito en la conciencia. 

Antonio Ramón Carrillo de Albornoz. 



EL SOL Y LAS RANAS. 



PABULA. 

^Al rubio Febo, de ancha cabellera, 
una vez se le puso en la mollera 
contraer matrimonio. 
«Sugestión del demonio!» 
en una voz unánime dijeron, 
cuando el caso supieron, 
las tristes ciudadanas 
del húmedo elemento, vulgo ranas. 
<(Si de un Sol los ardores 

Í fogosos rigores, 
astan para axfixiamos 
y con tiesos de fuego achicharrarnos, 
en la estación estiva 
en que su fuego es mas, su luz mas viva, 
si logra sucesión, es cosa llana 
que no queda una rana 
en aquestos estanques, convertidos 
en lagunas Estigias, y perdidos 
por nuestra triste suerte, 
que no alcance, infelice, 
una trágica muerte * 
se seque y pulverice.» 
Y con estas razones, 
llantos é imprecaciones 
con súplicas mezclados, 
con rostros consternados 
á la Suerte pcdiwi 



Lope de Vega, 



que á los favores mil que le debían 

solicita añadiera 

eficaz mediación que disuadiera 

al SoL que habia en su daño 

ideado tamafio 

desolador proyeclo, 

que, de lograr efecto. 

que, de ser realizado 

las arruina y mata de contado. 



Cuentan, que Esopo un dia, 

el anterior apólogo aducia 

á un pueblo, que en el gozo se anegaba 

en ocasión que un Rey se le casaba. 

Yuzuf-ebU'Sérab. 

(Tradueida de Lafontaíne.) 



Hasta las diez duró la reanioD de familia, 
hora en que todos se levantaron, pasando sio 
duda á otra habitación, pues aquella en que an- 
tes estaban quedó completamente á oscuras. 

Me retiré lleno de placer, por la dulce satis- 
facción de haber visto á mi adorada Laura, y ase- 
gurándome cada vez ma^ acerca dt la existencia 
de ios presentimientos, me dormi una hora des- 
pués, arrullado por las encantadoras ¡deas que 
surgen en la mente de todo enamorado, cuando 
abriga alguna esperanza, aun cuando sea muy re- 
mota. 



Ll DAMA DEL MED \LLON, 

NOVELA OBiaiNAL, 

POR EMILIO DE LA CERDA. 



COXnXU ACIÓN. 

Los cristales de los balcones desprovistos de 
cortinas é iluminados por las luces interiores, per- 
mitian ver desde la acera de enfrente cuanto se 
hacía en el entresuelo que habitaba la marquesa 
y su familia Distinguiase entre otras cosas un ve- 
lador, sobre el que ardía un quinqué; al lado se 
mecía en una cómoda butaca, una joven muy be- 
lla al parecer; aunque no podía desde lejos ver 
bien sus facciones, sombreadas además por la pan- 
talla que cubría la luz. Una se&ora.mavor, sentada 
en otra butaca, hablaba con un caballero que se 
apoyabí en el mármol de una chimenea, y que 
de cuando en criando dirigí i sus miradas sobre un 
grupo, compuesto de dos niñas y una muger, á 
quien no podía ver U cara por estar sentada de 
espaldas al balcón No obstante esta circunstan- 
cia, mí corazón adivinólo que no podían ver mis 
ojos. En aquella cabeza, cuyo perfil trazara no 



A las once y medía del día siguiente ya es- 
taba instalado en el vapor. Las chimeneas des- 
Cedian columnas de blanco humo, y los últimos 
otes iban llegando con los pasageros rezaga- 
dos. Aun faltaba una familia. De pié sobre el 
castillo de papa estendía mí vista sobre la tersa 
superficie del mar, buscando un objeto que no 
encontraba; era el bote que debia conducir á 
Laura 4V)n la familia de la marquesa. Dieron las 
doce menos cuarto y empezó la maniobra de 
levar el ancha. El capitán preguntaba si habían 
llegado todos los pasageros, y no pude contener- 
me, respondiendo á su pregunta, y advirtíéndole 
la falta de una familia entera. Era éste un ru* 
do catalán, exicto en lat horas que fijaba para 
la marcha y que en llegando la de partir, no 
tenia con nadie consideración. Me respondió con 
acritud, que sí no llegaban á las doce en pun- 
to se quedarían en tierra; y por mas que qui- 
se inducirle á que se retardase la marcha siquie- 
ra diez minutos después de las doce, no logré otra 
cosa, sino que me volviera hs espaldas para ir 
á vigilar la gente, que ya empezaba á mover las 
anclas. Desesperado por aquel contratiempo, me 
preparaba á abandonar el buque para volver á 
tierra, cuando al dirísír una última mirada hacia 
el muelle, vi venir á lo lejos una lancha, qne ím-> 
pulsada por vigorosos remeros hendia las aguas 
con la velocidad de una flecha. Tomé un anteo- 



) . 



jo y lo asesté en dirección de la barca. En ella ve- 
nían los que esperaba. 

En aquel momento dieron las doce. 
Separaba la lancha del vapor la distancia de 
hacía mucho tiempo, y que tan grabada tenía en | unas cuatrocientas varas; ya éste empezaba á mo- 



la memoria, reconocí la de Laura, el aya de las! verse lentamente, y bien pronto empezamos á de- 
hijas de la marquesa, mí aderada en fin. Poco des- jar atrás las demás embarcaciones surtas en el 
piics ab.indonó ésta su sitio, dio la vuelta al ve- puerto. To seguía con el alma aquella írhsW barca 



Jador y se puso á examinar un libro, teniendo la 
luz de frente; do suerte que su rostro iluminado 
de lleno so distinguía perfectamente desde mi ob- 
servatorio. 

Con el corazón palpitante de enocion^ con- 
templaba aquel divino semblante, que aun me pa- 
recía mas hermoso que cuando le viera por pri- 
mera vez. 



que cambiando do rumbo, hacia prodigiosos es- 
fuerzos por alcanzar al vapor, que cada vez iba to- 
mando mayor velocidad. Por fin llegó á Ja distan- 
cia de medio cable del buque, y entonces dándo- 
le yo á un grumete una gratificación, le indiqué 
arrojara un cabo á los de la barca, cuya opera- 
ción hecha, pudo acercarse á la escalera y desem- 
barcar los pasageros, retirándose en seguicla, pues 



Periódico semanal. 



el eqaipaje habia sido casualmente llevado á bor- 
do ajgvnag horas anies^ 

Asi <]ue llegaron sobre cubierta, el marques 
se dirigió 'al capitán, en tono altanero, repren- 
diéndole por su precipitación; pero el catatan sin 
hacer aprecio de sus palabras, casi insultantes, sa- 
có un monstruoso reloj de plata, y mostrándose- 
lo al marques, le dijo en tono reposado: 

—Este, nunca se equivoca; son las doce y cin- 
co minutos. 

— Pero hombre, por cinco minutos. .. replicó el 
marques. 

— También podiais haber tardado una hora; y 
en fin, en los anuncios habréis visto fijadas las 
doce en punto para la hora de marcha, sin apén- 
dice de minutos; esta hora se me marca v á esa 
salgo: y como hiciera conmigo poco antes, le vol- 
vió las espaldas. 

Terminada aquella discusión, todos los pasa- 
geros se reunieron sobre el castillo de popa para 
gozar del espectáculo que presenta Málaga. 

El dia en que salimos era uno de aquellos que 
solo se conocen en Andalucia, durante la estación 
de los frios. Ni el mas pequeño celage manchaba 
la inmensa bóveda de un cielo diáfano y azul, en 
medio del cual resplandecía el sol reberberando 
en las aguas sus dorados rayos. El mar« tranqui- 
lo y terso como una gran superficie de cristal, la- 
mia en rizada espuma la dilatada playa que se es- 
tiende á oriente y occidente de Málaga. 

Una brisa suave henchía las velas de las embar- 
caciones, que ligeras surcaban el inmenso lago, de- 
jando tras de sí una huella de plateada espuma. 

Nuestro vapor adelantaba rápidamente agitan- 
do sus poderosas ruedas. 

La tripulación desocupada cantaba alegre al 
son de la bandurria^ reunida en la parte de proa, 
mientras los pasageros, en bastante número, se 
entretenian cada cualá su manera. Estos estable- 
cian una partida de ecarte; aquellos visitaban las 
máquinas; los poetas escribían versos; las mujeres 
hacían labores propias de su secso; los chicos 
molian á preguntas d sus pacientes papas, que mu- 
chas veces al satisfacerlas decian mas disparates que 
sus inocentes hijos; en fin, el buque presentaba un 
aspecto animadísimo, y entre las risas, los gritos 
y las conversaciones, solia oirse la bronca voz del 
capitán, dando alguna orden en ese estilo imperati- 
vo, propio de los marinos. 

10 basta entonces habia permanecido retirado 
detras de un palo, y recostauo en un gran rollo de 
• cuerdas, contemplaba esta escena, y particular- 
mente á una joven que bastante apartada del resto 
de la reunión de mugcres^ seguía atenta la lectura 
de un libro que tenia abierto sobre la falda, mien- 
tras que con su pequeña y blanca mano acariciaba 
la cabeza de un corpulento mastin. 
Esta joven era Laura. 

(Se MnUnuará.) 



EL AMOR Y MI LISA. 



Bajo un frondoso laurel 
estaba el Amor dormido 
y en su delicioso sueño 
se reposaba tranquilo. 
No parecía el Amor, 
de los celos siempre amigo, 
pues la quietud se pintaba 
en sn rostro peregrino. 
El carcaz, abandonado, 
de su espalda desprendido, 
sobre la alfombra yacía 
con el arco entretegido. 
Brillaba en la blanca frente 
de aquel candoroso hiño 
la lealtad, la pureza, 
de la fortuna un capricho. 

A solas bajo la sombra 
dormía el tierno Cupido, 
tan solo dejar oyendo 
un continuado respiro, 
cuando mi Lisa, mas bella 
que del alba los suspiros, 
fatigada del calor 
que la ajaba sus hechizos, 
a reposar un momento 
se presentó en aquel ^itio, 
sin sospechar que durmiendo 
estaba un gracioso niño. 
Sorprendida se quedó 
al mirar niño tan chico, 
y creyó que abandonado 
estaba en aquel retiro. 
Acercóse junto á él, 
recogiéndose el vestido 
y conteniendo el aliento 
para no óausar ruido. 
uNo le toques, bella Lisa, 
deja que duerma tranquilo 
y aléjate de su lado 
que si despierta es maligno.» 

Pero mi Lisa, ignorante 
del mal que conduce el niño, 
en su frente de alabastro 
un beso estampó quedito. 
Al punto el rapaz despierta 
de su letargo, y muy Ksto 
en los brazos de mi Lisa 
se lo paga con cariño. 
((Di me, nino: ^porajie caik^^A. 



Lope de V«ga, 



te encuentro en aqueste sitio? 
Contesta: ¿quien eres tú? 
¿que hacias aquí dormido?» 
«Con mi madre iba cazando^ 
y de la caza rendido 
me vine aquí á reposar 
y me dormid como has visto.» 
((Eres sagaz y discreto 
mas que puede ser un niño. 
Mas^ dime: ¿como te llaman?» 
((Mi nombre propio es Cupido. v 
({¿Cupido? ¡Bonito nombre! 

Y dime^ querido niño, 
¿este carcaz y estas flechas 
de que te sirven. Cupido?» 
((Para cazar corazones 

y rendirlos á mi arbitrio.» 

Y diciendo y desprenderse 
de sus brazos, sin sentirlo 
mi Lisa, que estaba atenta 

á lo que hablaba el chiquillo, 
batió las alas alegre, 
puso una flecha en el tiro 
y al corazón de mi Lisa 
apuntó con ojo fijo. 
((Detente, niño inocente, 
vuelve la flecha á su sitio, 
vo vayas á herir mi pecho 
por tu inconstante capricho!» 
((¿Capricho? nunca lo creas, 
cuando es este mi egercicio...» 
y hablando, soltó la flecha 
y Lisa lanzó un gemido. 

Desde entonces, apagado 
mi Lisa tiene su brillo, 
y yo también desde entonces 
por su mirada suspiro. 

M, Rotnoti. 



¡Oh, mi Elvira querida! 
Cuando salga al combate, 
de la muerte al embate 
me acordaré de ti. 

Y tú, tal vez al punto 
de la batalla cruda, 
mi amor poniendo en duda 
te olvidarás de mí. 



Do quiera que me lleve 
bueno ó fatal destino, 
viendo un fulgor divino 
me acordaré de tí. 

Y tú quizás en tanto, 
deidad por quien respiro, 
ni ya con un suspiro 

te acordarás de mi. 

Y en la callada noche, 
en mis dichas soñando, 
una estrella admirando 
me acordaré de ti. 

Y enmedio del silencio 
cuando ella brille pura, 
di, celestial criatura, 
¿te acordarás de mi? 



Bosa. 



O 



TRADUCIDO POR FEDERICO BEJAR. 

CONTINUACIÓN. 

£d el intervalo de cada contradanza el ciego 
del vielin y el de la flauta, seriamente ocupados 
con una botella de vino, suspendian los instrumen- 
tos de un botón de sus rojizas levitas^ alareabao 
la mano á una mesíta colocada en el mismo nueco 
de la ventana, donde estaba su cantina, y ofrecian 
siempre al italiano un vaso lleuo,«que no podia to- 
mar el mismo, poraue la mesa se encontraba de- 
tras de so silla: cada vez c|ue esto suoedia, el del 
clarinete les daba las gracias con un signo amiga* 
ble de cabeza. 

Este movimiento se veriGcaba con esa preci- 
sión que tanto admira en los ciegos de los Quinxe 
VinglB Y <][tie hace creer que tienen vista. 

Me dirijl hacia ellos con el objeto de oir lo 
que hablaban, pero cuando estuve cerca, me he- 
charoD de ver y no reconociendo sin duda en mi 
al obrero, se callaron. 

— De qué país es usted, el que toca el clarinete? 

—De Venecia, me contestó el ciego con un acen- 
to ligeramente italiano. 

—Es usted ciego de nacimiento ó loes por... 

—Por enfermedad, repuso vivamente, por una ' 
maldita gota serena. 

— Yenecia es una ciudad hermosísima, y siem- 
pre he tenido un vivo deseo de ir á verla. 

A estas palabras la fisonomía del anciano se 
animó, sus arrugas se agitaron y se conmovió vio- 
lentamente. 



Periódico semanal. 



'«•* 



— Si fuerais allá coamigo, ségoram^nte no t>er- 
deriais el tiempo. 

—No le habléis de Veoecia, ms dijo el del vio- 
lio, I>orqae sino nuestro Dux va á refórirnos «a in- 
lerminable historia, sia contar con chw el Princi- 
pe tiene ya dos botellas almacenadas en su es- 
tómago! 

—Adelante, padre Canard, dijo el de la flauta. 
Todos tres se pusieron á tocar; pero, durante 
el tiejppo que invirtieron en ejecutar varias con- 
tradanzas» el veneciana no dejaba da dirijir hacia 
mi su semblante, adivinando el eacasivo interés 
qoe me inspiraba. Su rostro abandonó aquella fría 
aspresíonae tristeza, y yo no sé que esperanza ani- 
mó sus rasgos, corriendo como uaa llama azul por 
sus arrugas; se sonrió, se enjugó la frente, esa 
frente audaz y terrible, y en ün, se puso alegre 
como el que llega después de muchos afanes á 
conseffair sus deseos. 

—Qué edad tiene usted? le pregunté. 

— Ochenta y dos afios! 

—Desde cuando está usted ciego? 

—Muy pronto hará cincuenta afios; me respon- 
dió con un tono que indicaba que sus penal no pro- 
▼enian tan solamente de la pérdida de la vista, si- 
no también de la de alguna otra facultad de que 
habia sido despojado can la carencia de aquella. 

—Porqué le llaman el Dox? 

— Ahí los farsanlesl To soy nu patricio de Ve- 
lecia^y hubiera sido Dux como cualquiera otro. 

—Gomosa llama usted, pues? 

— Áquf el padre Canéí. Mi nombre no ha podi- 
do ser escrito de otro modo en los registros: mas 
en haliano me llamo Mateo Facino Cañe, Frincipe 
4$ Várese. 

—Como! usted desciende del famoso condottie- 
ri Facino €ane, cuyas conquistas han pasado á loa 
Duques de Milán? 

— £ vero, me constestó. En aquel entonces, 

Sr no ser asesinado por los Yiscontí, el hijo de 
ne tuvo que refugiarse en Yenécia é inscribirse 
en el Libra de Oro; mas ahora no existe en ella ni 
tal Gane ni tal libro. E hizo un horrible geéto de 

taitriotisrao apagado y de aversión por las cosas 
umanas. 
—Pero para poder ser senador de Venecia, 
deberla usted ser rico. ¿Como ha perdido su for- 
tuna? 

A esta objeción^ levantó la cabeza hacia mi, 
como para contemplarme, con un movimiento ver- 
daderamente trájtco^ y me respondió: 
—En la desgracia! 

Dasde entonces ya no pensó mas en beber; 
rechazó con un gesto el vaso de vino que le ofre- 
ciaen aquel momento el de la flauta, y después 
inclinó la cabeza. 

(St eoitiatará.) 



A LA MUERTE DE MI BUEN AMIGO 
D. Manuel Merelo. 



Llorar quiero tu muerte^ empeño vano^ 
lágrimas ya no brotan de mis ojos; 
seco el raudal de llanto^ son abrojos 
los tristes ayes del dolor humano. 
Tras el tiempo de férvida alegría 
que acarició nuestra amistad sincera^ 
hoy tan solo se escucha por doquiera 
el lúgubre estertor de la agonfa. 
La fiera Parca terminó tu vida; 
de entre mis brazos te arrancó la muerte: 
si por siempre de hoy mas, dejo de verte, 
mi sincera amistad nunca te olvida. 

Emilio Pérez Duarte. 



nXiis '^ EL i*-a.stoii,oiij1:íO. 



SAFICOS. 

Eres tan pura mi querida Filis 
como los sueños de la casta virgen, 
y cual imagen del amor primero 

eres divina. 

Una mirada de tus bellos ojo&, 
una palabra de tus tiernos labios, 
una sonrisa que mi pena endulce 

pide mi alma. 

Eres el ángel que en mi sueño amo, 
eres la estrella que mis pasos guia 
en el desierto del inquieto mundo 

por do camino. 

Mas que las aves á la umbrosa selva, 
mas que las flores á la brisa pura 
y el desterrado al cielo de su patria 

yo te idolatro. 

Y solo pido, angelical belleza, 
que como premio de mi amor sincero 
me des en cambio de la paz perdida 

una esperanza. 



Así á Filis, con rubor, 
á la sombra de una palma 
un pastor dice su amor; 
y ella contesta: Pastor... 
si te adoro con el alma! 



Lope de Vega, Periódico aemanal. 



MISCELÁNEA. 



SatíBfaooion. 

Estando ya en prensa el periódico del Do- 
mingo anterior, recibimos dos cartas á cual 
mas atentas, suscritas, la una por la seftorita 
que ha tomado el seudónimo de Leila y la 
otra por Una Amiga. 

En ellas nos remitían, en bonitos versos» 
las soluciones á las Charadas Dolores y Cor- 
hela» los cuales no nos iué posible insertar 
por la circunstancia referida. 

Sírvanos de disculpa con tan .ilustradas 
jóvenes, lo mucho que sentimos no poder 
complacerlas y el gusto con oue publicare- 
mos en lo suc^ivo los que se dignen remitir- 
nos, siempre que lleguen á tiempo. 



pues tengo mas que bastante 
con uno de doña Bárbara.» 
Al escuchar la indirecta 
ruborizóse madama 
y desvió al punto el pié 
que mis callos maltrataba. 



F. 1. 



Charadas. 



Concierto. 



Gota i gota vá cayendo— de primera con ter- 
cera: — y leffosevá voIv¡endo-<mi segunda con 
primera.— Prepara bien el talego— de tercia, se- 

rda y prima,— y que la goleta luego— su to- 
trasporte á Lima. 

Mr. KroffminU. 



Siempre ha sido celebrada— prima y dos, caan- 
do es hermosa, —ora la ves deliciosa^— ora la ves 
variada. —May conocido en verdad — es prima y 
dos, apellido,— y hay varios establecidos— en esta 
misma ciudad — En prima y tres, apurado — an- 
da siempre el cazador;— si Wra ser vencedor- 
no vuelve muy sosegado — Es herid^muy segara 



El conocido é inteligente profesor de pia- «-. - . ^ ... 

no D. Luis de Mondejar, dio uno magnífico zr}'^^^^^ .»>ie° tercia y dos,- y te aseguro por 
«1 c«{k»^/v .M#:««.rv .»« i^o ooi/.««o A^ rl^^ .^Dios— que SI es grande no se cura.— Para acertar 
t S^^^^^ í**'"^^: ?"> ^^l9?®^ ^® ^/^ * la charaSa-no el fueria seas adivino: -sustantivo 



Yega» que la Sociedad le cedió. 

La concurrencia, sino muy numerosa, al 
menos muy escocida, tributó justos y repeti- 
dos aplausos al joven artista. 



femenino— y palabra ya anticuada. 



TiBd«ru. 



Epigramas. 

Con respeto sin iguala 
al duque de Palominos 
aguardaba un mayoral^ 
pues diz que no pagan mal 
las gentes de pergaminos*, 

mas llegó mal humorado 
diciéndole su escelencia: 
«¿Por quépues^ no has enganchado?» 
Y él respondió atribulado: 
«Porque faltaba vuecencia.» 

MuzeiM. 



Muy justo. 



En el invierno pasado 
doña Bárbara Tarasca^ 
sin duda per no aburrirse 
formó tertulia en su casa, 
donde como pasatiempo 
alguna vez se versaba. 
aFábio, quiere usted un pié?» 
«Adelina muchas gracias-, 



Como son dos señoritas las que firman las 
siguientes soluciones á las charadas del nú- 
mero anterior, las insertamos con preferen- 
cia á otras que se nos han remitido. 

Tengo por cosa segura 
que Miro, trono, asno y mono 
son los nombres componentes 
de su todo que es ASTRÓNOMO. 

P. BallMtcrot. 



Es la segunda charada 
del número del Domingo, 
EU-TER-PE. Lector, verdad 
que es un nombre muy bonito? 



Zelfana. 



DnUCGTOE T KOrrOE RBSPONSABLB, 



Imprenta de Ctwi&in.— Comedias 11. 



AÑO I. 



DOMINGFO 17 DE ULAYO DE 1863. 



NÚM. 7.» 



LOPE DE VEGA. 

PERiÓOlGO SEMANAL DEDICADO A LA SOCnSDAD QUE LLEVA ESTE NOMBRE. 



Recuerdos de la infancia. 



EL VALLE DE LA OROTAVA 



(TEKEaiFE.) 



Gratos recuerdos de la edad temprana, 
que pasó como flor que dura un dia, 
venia en nubes de zafir y grana 
y tornad á mi pecho la alegria; 
prestadle acentos á mi voz profana 
para cantar en dulce melodía, 
de un Edén la magnifica hermosura 
donde reina la paz y la ventura. 



¡Orotava! feliz quien ha vivido 
bajo tu azul y trasparente esfera; 
feliz mil veces quien alli ha dormido 
entre el plátano umbrio y la palmera, 
arrullánclole el trino repetido 
del canario que canta en la rivera, 
ó el leve susurrar del manso viento 
que agita la enramada con su aliento. 



Yo he pisado tus mágicos jardines 
donde se eleva la magnolia altiva 
entre bosques de rosas y jazmines; 
donde crece la humilde sensitiva 
al lado de la flor aue en los festines, 
entre cabellos de enano cautiva, 
engalana la frente seductora 
de la muger que el pensamiento adora. 



Yo he visto alzarse la nevada frente 
del gigante volcan, tanto famoso, 
en cuyo cráter se revuelve hirviente 
de lava espesa un lago proceloso; 
alli se eleva la ofuscada mente 
en éxtasis profundo y religioso, 
y alli creyera en Dios y le adorara 
si el coloso un ateo contemplara. 



¡Teide, Tahoro! nombres alhagfleños (*) 
que conservo grabados en el alma, 
¡con cuanto afán atormentáis mis sueños 
y cual robáis al corazón la calma! 
Quien volviera á los bosaues tan risueños 
donde se mece la flecsiole padma, 
donde canta feliz el pajarillo 
sobre alfombras de grama y de tomillo. 



Ya solo en tu recuerdo tan querido 
Orotava feliz, puedo gozarme; 
mas si un dia del mundo fementido 
las desgracias me obligan á alejarme 
y á dejar esta patria en que he nacido, 
Orotava, te juro retirarme 
á terminar mi terrenal carrera 
bajo tu azul y trasparente esfera. 

EtniUo de la Cerda. 



AUSENCIA ES MUERTE ! 



Una flor trasportada 
del patrio suelo^ 
cuando ya lejos mira 
su hermoso cielo^i 
siente agonfa, 
y es que á morir la lleva 
la ausencia impía. 

Así'el alma que vive « 
de sus amores^ 
cuando de ellos se ausenta 
sufre dolores:.. 
¡Pobre alma mia! 
cual á esa flor te mata 
la ausencia impía!.. 



Barcelona. 



Ricardo Moly de Baños 



(I) Tahoro, toligno nombre d« QcoU.'^x. 



Lope de Vega, 



A MI BELLA AMIGA 

LA SIMPÁTICA SEÑORITA 

D.' D. L. Y V. 



Que yo te cante versos, 
que yo te entone trovas, 
por ti pulse la lira, 
la lira de Helicona, 
rae pedistes afable^ 
rae exigiste araorosa. 

Debo creerte sincera? 

Te juzgaré de broma? 

Oh! poco rae conoces, 
rai insuflciencia ignoras 
al pretensión tamaña 
formularme donosa. 

Si concebir pudiera 
que tu afecto te estorba 
en su justa medida 
apreciar las mis pocas 
y pobres facultades-, 
el gozo, el placer Lola, 
inundara mi alma 
y la llenara toda. 
. Por ti tener qnisiera 
la inspiración de Arólas, 
de Quintana ó Melendez, 
de nuestra patria glorias, 
para cantarte versos, 
para entonarte trovas, 
6 sentidas endechas, 
ó tiernas barcarolas, 
ó suaves idilios, 
ó melifluas églogas 
que alhagasen tu oido, 
regalasen tus horas, 
procurándote grata 
ocupación sabrosa. 

Mas que podré decirte, 
que parto de rai cholla, 
siendo mi acento débil, 
siendo rai voz chillona, 
será digno de ti, 
de ti, hechicera Lola? 

Decirte bien pudiera 
en este versi-prosa, 
que tus dientes de perlas, 
cual de roció gotas-, 
y tus labios berraejos, 
¿mulos de la rosa-, 



y tu seno de virgen, 
que exhala suave aroma; 
y los puros contornos 
de tu pequeña boca-, 
y tus ojos de cielo, 
de mirar que enamora-, 
y tu frente purísima, 
sin exceso espaciosa-, 
y tu garganta bella, 
que encantos atesora... 
me seduce y fascina, 
me electriza y arroba. 

Que la virtud, que ciñe 
tus sienes de aureola, 
de valia mas preciada 
que archi-ducal corona-, 
que el candor, la pureza, 
inapreciables joyas, 
que de carmineas nimbes 
tus mejillas coloran 
y en rojas oleadas 
la tu frente arrebolan; 
que tu claro talento, 
y esas las gracias todas, 
y mil y mil hechizos 
que, á porfía te exornan... 
me atraen y entusiasman, 
extasían y enamoran. 

Mas, acaso algo nuevo 
estos versos abona? 

Pero no es culpa mia, 
si antes de mí, cien otras 
mejor cortadas plumas, 
ora en verso, ora en prosa, 
han sabido expresarte 
mas que yo, en sus estrofas 
6 elegantes periodos: 
pues, tu beldad airosa 
y gentil donosura, 
y virtud que atesoras, 
el privilegio tienen 
de inundar de valiosa 
savia y vena poética, 
con fuerza inspiradora, 
el raas rudo caletre, 
la mas menguada cholla. 

Ya he cumplido contigo. 

Y qué me resta ahora? 

Decirte dos palabras, 
dos palabras tan solas, 
quizá muy repetidas. 



Periódico semanal. 



mas sinceras^ cual pocas 
al salir de mis labios^ 
que^ mentira mañosa 
jamás han proferido-, 
y es que... te amo, Lola^ 
con un amor inmenso;, 
como aman á la Aurora 
las canorosas aves-, 
y al céfiro, la rosa; 
y el marino su alcázar, 
que rueda só las ondas-, 
como ama al tierno niño 
la madre cariñosa; 
su tesoro el avaro-, 
y el soldado su gloria. 

Yuzuf-ebu-Sérab. 



U DAMA DEL MEDALLÓN, 



n/AL, 



NOVELA OBIG: 



POR EMILIO DE LA CERDA 



CONTINUAaON. 

Llevaba cubiertos sus hermosos cabellos ru- 
bios por un sombrerillo de terciopelo negro, de 
hechura muy semejante á la del popular calañés 
que se usa en And alucia y adornado con una pluma 
roja que le rodeaba cayendo por detrás. Un lar- 
go abrieo de paño^ ceñido al talle» delineaba los con- 
tornos oe un cuerpo mórbido al par que esbelto y 
un vestido ne^ro de seda completaba el atavio 
de la gentil niña. 

Perdimos á Málasa de vista. Muchos de los 
que hasta entonces habian estado contemplando el 
panorama de la costa, mientras pudo distinguirse 
con claridad, bajaron ásus respectivos camarotes 
para esperar durmiendo la hora de la comida. £n- 
tr« estos se contaba la familia de Ocampo^ menos 
el señor marqués, el cual en el momento de que- 
dar solo se aproximó á Laura. 

£n el tiempo que estuvieron hablando, noté 
dos singulares circunstancias. El marqués de pié 
delante de ella hablaba con animación y á menu- 
do fruucia sus crespas cejas con marcadas señales 
de impaciencia y reconcentrada rabia, l^aura per- 
manecía con los ojos bajos, las megillas teñidas 
de un vivo carmin, y también so conocia por los 
impacientes movimientos de su pié sobre el pavi- 
mento^ que deseaba hallarse libre de la presen- 
cia del marqués. 

Yo entre tanto padecia los pri* eros síntomas 



de los punzantes celos, consecuencia inmediata de 
un amor vehemente, y ya por instinto odiaba á 
a^uel hombre, en cuya mirada notaba algo de si- 
niestro é impuro. 

Un lacayo (el mismo ¿ quien hablé en Málaga) 
vino á llamarle de parte de la marquesa. Saludó 
el marqués á Laura con fría urbanidad y marchó 
seguido del criado. 

Entonces ella quedó sumida en una profunda 
meditación y á poco la vi besar repetidas veces 
un objeto pequeño que sacó del pecho, inundan- 
do su rostro un torrente de lágrimas. 

No pude contenerme por mas tiempo. Al ver 
su llanto, que me demostraba que algún dolor aOi- 
gia su corazón, saii de mi escondite y acercándo- 
me á la joven traté de hablarla, pero una gran 
emoción me embargaba el uso de la palabra. Cru- 
zó los brazos y permanecí delante de ella innti^vil 
y confuso. . 

Laura, que seguia con la vista lija en el sue- 
lo, al ver interceptada la luz por ui^ cuerpo estra- 
fio, alzó la cabeza y Gjando en mí sus hermosos 
ojos con asombro, abrió los labios como para lan- 
zar una esclamacion; pero pudiendo yo al fin ar- 
ticular algunas palabras, y mientras ella ocultaba 
con precipitación el objeto que antes besaba, es- 
clamé con acento mal seguro: 

—¡Llora y. señora! quien fuera tan feliz que 
lograse enjugar esas lágrimas. ¡Oh! dichoso el que 
puede desahogar sus penas con el llanto, si yo pu- 
diera, quizás no sufriria tatíto. 

— ¿bs Y. acaso también desgraciado? me dijo 
con su voz dulce y sonora. 

—Lo bastante para serme la vida insoportable, 
señora. 

— Tal vez algún dia vea Y. un términ» á sus 
dolores, los mios durarán tanto como mi vida. 

— La roia será corta, y esa es mi única espe- 
ranza. 

— ¡Tan joven y pensar en morirl 
. —¿Y que es para mi la vida, si fuera de un 
sentimiento que ocupa mi corazón enteramente, 
todos los demás están muertos? 

— Akuna pasión.... dijo Laura con acento ape- 
nas inteligible. 

— Usted lo ha dicho, si, una pasión sin espe- 
ranza, pasión mas fuerte que mi voluntad, que me 
subyuga y me mata lentamente. Usted es muger 
y como tal sensible, tal vez habrá V esperimen- 
tado los efectos del amor^ y nadie mejor podrá 
comprenderme. 

— Oh! no, le aseguro ú Y. que jamás he amado... 

—¡Es posible! ¿tan joven, tan hermosa no ha 
habido quien ¡lueda hacer latir su corazón? 

— .\unque le hubiera encontrado, mi condición 
de muger, me hubiera impedido manifestar amor 
á quien tal vez no lo sintiera por mi; ademas, tiem- 
blo al pensar que pudiera un dia dar cabida en 
mi corazón á una pasión cuyos efectos, según dice 



Lope de Vega, 



iroa máxima de Mr. de la Rochefaucauld^ se pare- 
cen tanto al odio. 
— Sefiora, «so es ud sofisma. 
—Tal vez lo sea; pero lo cierto es que siempre 
esas grandes pasiones traen consigo los mismos 
disgust,os que los que origina el odio, y franca- 
mente, temería entregar mi corazón á un senti- 
miento que un día pudiera tornarse en un supli- 
cio. 

— Un suplicio es en efecto amar sin esperanza; 
pero cuando el amor existe entre dos personas 
y pueden decirse que se aman, debe ser vivir en 
un paraiso. Un amor correspondido es una causa 
tan dulce, que sus efectos no pueden menos de ser 
muy dulces también. 

—Es verdad, pero como si yo amara á un hom- 
bre, mi amor duraría tanto como mi vida, no quie- 
ro esponerme A un amargo desengaño que labre 
mi eterna desventura; quiero en una palabra, evi- 
tar á mi corazón, de suyo lacerado, un sufrimien- 
to mayor que el que hoy esperimenta. 

— Sm embargo^ no ha mucno lloraba Y. como 
al recuerdo de una persona querida. 
— Oh! si, lloraba; pero no es el amor el que... 
—Vamos, comprendo. Usted desea ocultar aun 
importuno que se atreve á mezclarse en sus do- 
lores, los sentimientos ^ue abriga su corazón; ha- 
ce V. bien, soy demasiado exigente. 

—No por cierto; ni considero á Y. como tal, 
ni tengo nada que ocultar; no amo á nadie. 
—¿1 si hubiese un hombre que adorase á Y.7 
— Procuraria desengañarle. 
—Y si esto hombre la hubiese á Y. amado des- 
de el momento en aue la vio por primera vez; si le 
digera á Y. que habia padecido largo tiempo al 
verla desaparecer sin esperanzas de volverla á 
encontrar, y que habiendo querido el cielo que al 
fin supiese su paradero, se apresurara á seéuirla 
para nemandarle la vida, pues su amor de V. lo 
era parn éi, ¿seria V. insensible á tanto amor, á 
lan sulilim'* idoracion? 

—.No comprendo... ¿quien puede amarme de 
esa manera? ¿donde está ese hombre, cuya exis- 
tencia parece Y. asegurar? 

—Oh! diga usted, ¿seria correspondido, ó al 
menos podria alimentar alguna esperanza? 
—Tal vez, pero... 

— llable V. Laura; yo lo imploro. 
—¡Laura! sabe Y. mi nombre, implora Y. de 

mi compacion... acaso... 

— Si, si^ Laura querida, aqui á sus pies con- 
fieso mi amor. Hace tiempo que amo á Y. con 
idolatria, solo por seguirla me hallo en este bu- 
que. 

(Gran Dios, el me amaba! esclamó alzando los 
ojos al cielo. 

(Se eoMlínitri.) 



A LOS COLABORADORES 



IMITACIÓN. 

Oh jóvenes amables 
que en vuestros tiernos años 
al templo de Minerva 
dirijis vuestros pasos. 
Seguid, seguid la senda 
que aquí habéis comenzado 
y nunca la fatiga 
del ocioso regalo 
os detenga en la marcha 
de tan hermoso campo. 
£1 camino^ de espinas 
está todo cercado 
y son pocas las flores 
que veréis en el tránsito, 
mas, decidme ¿que importa 
la fatiga, el trabajo, 
al brazo vigoroso 
que del sol á los rayos 
cava la seca viña, 
si luego con sus pámpanos 
sus bellos tornasoles 
y racimos dorados 
con usura preciada 
ha de recompensarlo? 
Ea, jóvenes, ea, 
seguid, seguid marchando 
al templo de Minerva, 
que quizá no lejano 
esté el dia en que Apolo 
vuestro numen premiando, 
hasta la cumbre os lleve 
del inmortal Parnaso 
y os haga astros que alumbren 
al mundo con sus rayos. 

R. Franqueh Romero, 



Brisas que risan el mar 
de imperceptible oleada 
para poder retratar 
la luna que vá á brillar 
ó la temprana alborada-, 



sratunal. 



Flor, que anhelando rocío 
abres tu cáliz ufana, 
bordando el margen del rio, 
en cuyo líquido frió 
se retrata la mañana*, 

Aves que rápidas vuelan 
^por el sutil elemento, 
' que solo su patria anhelan, 
y con su canto revelan 
lo inmenso del firmamento; 

Nubes de vago perfil 
y nacarado color, 
ora azul, ora marfil, 
imagen en lo sutil 
de la esencia del dolor; 

Nave que el cercano mar 
cruzas en plácida calma, 
sino te hace naufragar 
el huracán, como al alma 
cuando la aflige un pesar-, 

Estrella que al firmamento 
presta en la noche sombría 
su reflejo amarillento, 
desapareciendo lento 
apenas despunta el dia, 

óQuien, de todas las que miro 
bellezas de la creación 
que siempre extasiado admiro, 
podrá llevar un suspiro 
al ángel del corazón? 



Dice la brisa, mi favor te niego: 
en vano puedo obedecer á dos, 
que como al mar, en cuyo seno juego, 
también me tiene encadenada Dios. 

Dice una flor, el huracán nog quita 
nuestro perfume y matinal color, 
¿donde depositar cuando marchita 
ese suspiro de tu puro amor? 

Dice el ave, seré tu raensagero, 
mas si se cansan mis pequeñas alas, 
perdido al viento sutil y ligero 
irá el suspiro que de amor exhalas. 

Dice la nube, mi callado vuelo 
y mi color azul, con ilusión 
caigo en forma de IFuvia desde el cielo, 
como el llanto que riega el corazón. 



' Dice la nave, ese suspiro vague 
en otras velas que las velas mias, 
mi sepulcro será cuando naufrague 
el hondo seno de las olas frías. 

Dice la estrella que en el cielo luce, 
tantos mundos diviso desdé aqui^ 
que no sé cual esa ilusión produce 
cuando suspiras reparando en mi. 

Nadie lo lleva, y el suspiro mío 
queda perdido en el callado viento: 
todos son sordos al dolor sombrío 
que agita sin cesar mí pensamiento. 

PaUo Cantó A lienza. 



Tengo en mi pecho una hoguera 
que tus ojos la encendieron, 
las lagrimas no la apagan 
pues Cupido atiza el fuego. 

Cuando paso por tu puerta 
alzo los ojos, y al cielo 
le digo paloma mía 
Ib mucho que por tí peno. 

De la cárcel de mi pecho 
eres tú la carcelera, 
aprisionado me tienes 
vida y corazón morena. 

Al balcón siempre mirando 
por ver tu cara divina 
y solo los hierros veo, 
tal es la desgracia mía. 

F. González de la Cámara. 



TRADUCIDO POR FEDERICO BEJAR. 
CONTINUACIÓN. 

Estos detalles no eran bastantes para apagar 
mi curiosidad. Durante la contradanza que tocaron 
estas tres máquinas, contemplaba al noble ancia- 
no veneciano, presa de las ardientes ideas que de- 
voran la mente de un joven de veinte años. 

Veia á Yenecia y al Adriático y la veiaca cw.- 
nas, bajo el \^cvs\&:4 í^ V^\>ivws^^\^\'^^^'«^^^'^'^ 



Lope de Vega, 



Paseábame por esta ciudad, tan querida de ^us 
habitantes y me figuraba ir del Rialto al gran ca- 
nal, de la calle de les Esclavones al Lido y que 
estaba viendo su catedral, tan originalmente s«- 
blime, asi como las ventanas de la casa doro, ca- 
da una de las cuales tienen ornamentos distintos: 
me quedaba extasiado ante aquellos antiguos pa- 
lacios tan ricos en mármoles, y ante todas aque- 
llas maravillas por fin, con las que el sabio sim- 
patiza, tanto mas, cuanto que fos celoraá su gus- 
to y no despoetisa sus ensueños con el espectácu- 
lo de la realidad. 

La prueba de nuestra simpatia no se hizo es- 
perar mucho. Facino Cañe dejó de tocar, levan- 
tóse, vino á mí y me dijo un: Salgamos! que me 
produjo el efecto de una descarga eléctrica. 

Dile el brazo y nos marchamos. 

Asi que estuvimos en la calle, me dijo: 
— Queréis llevarme á Yenecia, conducirme has- 
te alli; queréis tener confianza en mi? seriáis 
entonces mas rico que lo sen las diez casas mas 
opulentas de Amslerdam ó Londres, mas rico 
aue Bothschild, rico en fin como las Mil y una 
Noches. 

Al oirlo me creia que estaba loco; pero ha- 
bía en su voz cierto poder que me arrastraba. 

Deíeme conducir y me llevó hacia los fosos 
de la oastílla, como si no estuviese ciego. 

Tomó asientf en una piedra en un lugar muy 
solitario, donde después fué construido el puen- 
te que pone en comunicación al Sena con el ca- 
nal de S Martin. 

To me senté en otra piedra y frente de este 
anciano, cuyos blancos cabellos brillaban como 
hilos de plata á la claridad de la luna. 

El silencio que interrumpía apenas el tem- 
pestuoso ruido de los bulevares, que llegaba has- 
ta nosotros; la pureza de la noche, todo con- 
tribuía á dar á esta escena cierte tinto verda- 
deramente fantástico. 

. —Hablando de millones á un joven, creéis que 
dude un momento sufrir miles trabajos por al- 
canzarlos! No os burláis de mi? 

—-Que muera sin confesión, respondió con vio- 
lencia, si es falso lo que voy á contaros: 

Yo he tenido veinte años, como vos los tenéis 
ahora: yo era rico; yo era noble; yo era hermo- 
so y comencé ñor una de las primeras locuras, 
por. el amor. lo he amado como no puede amar- 
se mas, hasta meterme en un cofre, espuesto b 
ser en él cocido á puñaladas, sin haber recibido 
en cambio otra cosa que la promesa de un be- 
so. Morir por ella me parecía la vida. En 1760 
me enamoré de una Vendraminf, muger de diez 
y ocho años, casada con un Sagredo, uno de los 
Senadores mas ricos, que contaría unos treinta 
años, y que deliraba por su esposa. Mi ama- 
da y yo estábamos inocentes, como dos queru- 
bines^ cuando el xpoM nos sorprendió hablando 



de amores; yo estaba sin armas y habiéndome 
él insultado salté sobre él y lo estrangulé con 
mis dos manos^ retorciéndole el pescuezo^ como 
pudiera haberlo hecho con un pollo. 

Quise entonces huir con Bianca, mas ella se 
negó á seguirme. He aquí lo que son las mu- 
geres! 

(Se eontíBuará.) 



LA VIRTUD Y EL VICIO. 



I. 

aSi cual dijo un escritor, 
que yo aplaudo por mi fé, 
es de la gloria el fulgor 
un fantasma engañador 
que solo en sueños se vé^ 

porque, dime, los placeres 
te gozas en despreciar, 
y al juego y á las mugeres 
¡pobre insensato! prefieres 
el martirio de estudiar? 

Deja tu imaginación 
en un quietismo profundo, 
y en brazos de la ilusión 
lancémonos al turbión 
de las delicias del mundo. 

Que ese pertinaz empeño 
que á saber tan solo aspira, 
lástima, Julio, me inspira: 
porque la gloria es un sueño 
y el sueño es una mentira.» 

Así Félix de Guzman 
á Julio Mendoza hablaba, 
joven que adora el trabajo 
y que el saber idolatra; 
el cual, lanzando á su amigo 
una imponente mirada, 
le dice, con voz que muestra 
la pureza de su alma: 

(iSi el vicio te precipita, 
robándote la razón, 
V tu locura medita 
con su ponzoña maldita 
corromper mi corazón. 



Periódico semanal. 



de ese ateo pensamiento 
y necia solicitad 
avergonzado me siento, 
que es el trabajo^ el cimiento 
que sostiene la virtud. 

Y si de amistad el lazo 
siempre reinó entre los dos, 
hoy que vas del vicio en pos, 
con desprecio te rechazo 
pues el vicio ofende á Dios. 

Porque esa idea ilusoria 
que la tu mente fascina, 
revela en su negra escoria 
un alma pobre y mezquina 
para comprender la gloria. 

Y pues su camino sé 

que con fé se halla seguro, 
y hoy con espanto miré 
que á la antorcha de mi fé 
lanzabas tu soplo impuro, 

huye de esta soledad 
do la mentira me inspira, 
y en tu triste oscuridad 
vete á buscar tu verdad... 
déjame con mi mentira-^i 

Y en la justa indignación 
que tal proceder le arranca, 
fija la vista en su amigo, 
severamente señala 

con un solemne ademan 
á la puerta de la estancia, 
por donde Félix salió 
lanzando una carcajada. 



iz. 

«Pues llegó la expiación 
de tanto y tanto delito, 
al par que mi redención, 
vuestra santa bendición 
para marchar necesito. 

Y si un dia yo turbé 
vuestra apacible quietud, 
y después que le insulté 
en el vicio me arrojé 
despreciando la virtud. 



hoy rasga mi ceguedad 
la mano de la experiencia, 
y oigo una voz de verdad 
que acalla mí vanidad 
brotando de mi conciencia. 

Y su poder conociendo, 

al fin comprendo llorando, 
que yo he vivido muriendo, 
tras una dicha corriendo 
que solo ecsiste soñando. 

T me asusta la memoria 
de mi horrible juventud: 
que en la vida transitoria 
el trabajo dá la gloria 
y la gloria la virtud.» 

Así Félix de Guzman 
le dirige la palabra 
á un anciano, que la reja 
de su calabozo pasa*, 
y al pretender arrojarse 
del Sacerdote á las plantas, 
éste le tiende los brazos 
y entre sollozos esclama: 

uSi en un tiempo con terror 
Félix, me aparté de ti, 
hoy tu dolor, con amor 
vengo á consolar aquí, 
pues comprendo tu dolor. 

Y es tal de Dios la clemencia 
que ella te dará la ealma 
con su just|i omnipotencia, 
porque ese llanto, es la esencia 
que purifica tu alma. 

Y en tu retiro, libando 
la amargura de las penas, 
en tus crímenes pensando, 
quizá bendigas llorando 
tus miserables cadenas. 

Y en el triste sacrificio 

que el mundo te ofrece ahora, 
sufre Félix, sufre y ora, 
porque Dios perdona al vicio 
cuando arrepentido llora. 

Y ya que los desengaños 

te pruebau c^w^ ^\ Vc^^\^x 



5^P« d^ Vega, Periódioo aemanal. 



es el mad puro gozar, 
y has luchado tantos aSos 
para poder despertar, 

guarda siempre en tu memoria 
tu perdida juventud: 
que en la vida transitoria 
el trabajo dá la gloria 
j la gloria la virtud.» 

Á. Carrion. 



mSCEIiÁNEA. 



Charadas. 

Prima y segunda, enbagel — se ostenta, sin 
que te asombre — que también aterra al hom- 
bre-psi juzgado sube á él. — Mi tercera sin 
temor — el cartaginés cruzara — con audacia la 
mas rara — é inusitado valor. — ^Y. aunaue es- 
panta entrar en ella, — nos plegamos al con- 
tento, — rechazando el sentimiento— de pavor, 
su imagen bella. — Mi todo, hermosas habitan 
— que aunque no pueden hablar — saben muy 
bien espresar — el amor en que se agitan. 



Carlota. 



Toda moger que fuere mi primera^ unida con 
mi tercia, de seguro— ha de tener mi tercia con 
mi prima,— y tiene que notarlo todo el mundo. 
— Si mi primera f mi segunda usas, — quo es pren- 
da de vestir, mas no de lujo. — elegante serás, 
pues es bonito— }[ me gusta ppr •cierto aio se- 
gundo.— Mas si mi todo gastas, me proveto — 
que no vas elegante y te lo juro;— pues solo su 
servicio es reservado— para aquel que jamás el 
guante tuvo. 

. GaUlpa. 



Mi primera con segunda— es un mueble 
sin igual.— que desempeña en los toros— el 
papel más principal— La segunda con' terce- 
ra— para poderla encontrar,— aunque difícil 
lo creo,-^av¡la, piensa y verás — la tienes en ¡ 
la Gramática; — no te quiero incomodar, — ^mas I 
suprímele la s — de la sílaba final; — pues lo ' 
aprendistes en aulas — no le se podrá olvidar. 
—Y mi todo es apellido, — que por la casua- 
lidad, — lo mismo que yo lo he puesto— lobas 
de tener que acertar. 

S V. 



I Moraleja. 

I Por bailar doña Antusa un rigodón 
pegó un traspiés y se rompió un talón 
j y don Cosme Tinajas su pareja 

i Sf^^^^ ^^ s^^Io y se partió una oreja 
Esto prueba lector que á cierta edad 
es el baile una atroz calamidad. 

I .- ^ Chorbi . 

Epigrama. 

Dice un amante infeliz 
preguntando á unas señoras: 
¿Como se llama el peinado 
que tenemos ahora en vega? 
Son cocas á h diablo. 
¡Que magnifica parodia! 
Pues bien puede asegurarse 
que les caerá bien á todas. 

- Maizepa. 

Diálogo. 

—Estás, Pepe, endemoniado? 

te encuentro de mal humor. 
—Es, Enrique, que el calor 

me tiene desesperado. 
—Pues el remedio acertado 

para calmar tu ansiedad 

es un baño en santa paz, 

(5 que por via de recreo 

dieras despacio un paseo... 
—Por el Monte de Piedad^ 

F. B. Zambranoff. 



Solocíon á las Charadas del aúmero aoleríort 

Que es su todo una GOLETA 
dice la primer charada, 
y yo, que Mr. Kroffmintz 
debe tener mucha guasa. 



La segunda es mas difícil 
porque tardó en acertarla, 
y me parece que el todo 
es la palabra VEGADA. 



Zelíma. 



DISECTOR T EDITOR RKSPONSABUC, 




Imprenta de Caiiton.— Comedias 11. 



AÑO I. 



DOMINGO 24 DE MAYO DE 1863. 



Núil. 8.« 



LOPE DE VEGA, 

PERIÓDICO SBIIANAL DEDICADO A LA SOCIEDAD QUE LLEVA ESTE NOMBRE. 



Oh Caridad, yo te adoro 
y rae postro ante tus plantas 
pues eres la esencia pura 
de las virtudes mas altas. 

Caridad, virtud sublime, 
tú que del cielo dimanas 
siendo el mas hermoso timbre 
que Dios nos grabó en el alma, 
perdona si yo en mis versos 
no te ensalzo, cual reclama 
lo preclaro de tu origen 
y tu misión sacrosanta. 

Dispensa que yo me atreva 
á cantar tus alabanzas, 
que nunca sabrá mi pluma 
debidamente espresarlas; 
mas aunque las musas todas 
su inspiración me prestaran 
no fatigaría mi mente 
en buscar bellas metáforas, 
que tu modestia rehusa 
vestir las brillantes galas 
del poético lenguaje 
y sus pomposas palabras. 

Caridad, virtud ilustre, 
tú eres la paloma blanca 
que Dios envió á la tierra 
á redimir sus desgracias. 

Por tí la madre á su hijo 
enjuga las tristes lágrimas 
que la despiadada hambre 
de sus párpados arranca. 

Tú acoges al niño espósito 
bajo tus candidas alas 
si lo abandona una madre 
de empedernidas entrañas, 
y lo acarician tus brazos 
y en tu seno lo amamantas. 



Crece el niño y cariñosa 
lo conduces á las aulas, 
do le inculcan dulce amor 
por nuestra religión santa, 
hermosa fuente divina, 
cuyas purísimas aguas 
en su tierno pecho encienden 
de las virtudes la llama. 
Allí le enseñan también 
del saber, la senda clara, 
y por tí quizas un genio 
honra mas tarde á su patria. 

Tú gustosa te desnudas 

de tus vestidos y tapas 

al naufrago desgraciado 

que yerto tiembla en la playa, 

El anciano desvalido, 
el que nunca tuvo habla 
y el mísero que en tinieblas 
vive siempre, su desgracia 
la sobrellevan pacientes 
por tí virtud sacrosanta. 

Llena de amor hacia el pobre, 
cuyas angustias aplacas, 
á los corazones buenos 
á la piedad los exaltas 
y por tu fuego animados 
constituyen esas casas 
asilo de la pobreza, 
consuelo de la desgracia. 

En tí tienen cumplimiento 
del evangelio las máximas, 
pues por tí el poderoso 
con el infeliz se hermana 

f' cual cariñoso padre 
leva á su pecho la calma. 

Tú, con tus manos de diosa 
y tu corazón de santa 
al enfermo desdichado 
ofreces mullida cama, 
y para adormir su dolor 
viertes bálsamo en sus llagad 
y le asistes cuidadosa 
mitigando así siis. i.Vk&v^^« 



Lope de Vega, 



¿Mas para que proseguir 

cantando tus alabanzas? 

Mi escaso numen rehusa 

á una empresa tan ardua-, 

pero siempre, oh Caridad, 

yo me postro ante tus plantas 

pues eres la esencia pura 

de las virtudes mas altas 

y el mas bello hermoso timbre 

que Dios nos grabó en en el alma. 

Federico Bejar. 



—Veremos. 

—No, no, con seguridad. 

—Bien, alas doce en este sitio. 

—Gracias, Laura. 

Y soltando su mano, pasé sin ser visto por de- 
trás de los toneles á tiempo aue Julia llegaba á 
su lado Detuve un momento el paso ^ pude oír la 
vozde aquella que decia á Laura con cariñoso acento. 

—¿Qué haces ahí, amiga mía? Te he estado bus- 
cando por todas parles y ya me retiraba desespe- 
rada. 

—No he oido tu llamamiento hasta ahora, dis- 
traída con mi lectura. 

En seguida vi á las dos que con los brazos en- 
lazados se dirigian á la cámara del buque. 



U DAIIi DEL MEDALLÓN, 

NOVELA ORIGINAL, 

POR EMILIO DE LA CERDA. 



CONTINUACIÓN. 

La VOZ de Julia de Ocampo sonó á nuestras 
espaldas llamando á la joven; nadie nos veia ocul- 
tos como estábamos por un mástil y varios to- 
neles apilados contra él. Yo estaba sentado al 
lado de mí amada y habia tomado una de sus 
manos, que no tenia fuerzas para retirar; su res- 
piración era anhelante; sus manos temblaban, y 
después de un intervalo de silencio, ocasionado 
por el repentino llamamiento, eschmó: 

—Déjeme V. por Dios ..me llaman. 

— Escúcheme V. por piedad. 

—Oh! no alimente V. hacia mí un amor que tal 
vez nos hiciera desgraciados á los dos, no, no q uie- 
ro amar á nadie. 

— ¿Y porqué condenar su corazón á no sentir 
jamás tan gratas sensaciones? 

— Ya os lo he dicho; no quiero hacerle mas des- 
graciado. 

—Con mi amor no lo será nunca. 

—Y en todo caso, quién me lo podría asegurar? 

—El tiempo á falta de mejor prueba. 

—Y quién dice que su amor no sea un capricho 
de este momento. 

—Esto pañuelo: ¿lo conocoV.? este targetero, 
pueden decirle h fecha de mi amor. 

—¡Mi pañuelo, mi targetero! ¿cómo ha venido 
esto á SU:» manos? 

Por segunda vez se oyó la voz de Julia que se 
acercaba. Laura se levantó. 

— Me voy, dijo, ocúltese V. 

— Autes prométanle V. una cosa. 

-¿Cual? 

—¿Puede V. subir esta noche sobre cubierta 
cuando todos duerman? 



No obstante habérseme concedido aquella en- 
trevista nocturna, estaba desesperado. ¿Tendría 
que renunciar para siempre al amor de una muger 
que tanto se temia é si misma y que consideraba 
como un peligro el abrigar un amor semejante al 
que para mi era ya una segunda existencia? ¿No 
podría vencer aquel temor, y con la inflexible ló- 
gica que presta la pasión echar por tierra aquella 
teoría que parecía servir de base á sus opiniones 
sobre el amor? 

El amor se parece al odio á juzgar por sus efeC' 
tos habia dicho, y aquella máxima me parecía en- 
tonces una blasfemia, una aberración, un sofisma 
que debia confundir. Mas tarde be conocido la fi- 
losofía que en ella se encierra. 

Pasé el resto del día completamente aislado y 
entregado h mis reflecsiones, hasta que la campana 
llamó á los pasageros á la mesa. 

Habia ya anochecido. La larga mesa de la cá- 
mara estaba ocupada por unas treinta personas y 
alumbrada por una lámpara cuya ancha pantalla 
derramando la luz sobre el centro dejaba á los 
concurrentes en una semi-oscuridad. 

Cuando llegué no había ningún asiento deso- 
cupado, asi es que permanecí en pié sin saber don- 
de colocarme. iMe hallabí casualmente detrás de 
las niñas de la m^irquesa, y osla qne vio mí pcrple- 
gidad, dijo auna desús hrjas. 

— Mariquita, ven hija mi i; deja á ese caballero 
tu sitio, yo te tendré en brazos. 

—Oh! no señora, me apresuré á decir, no lo 
puedo permitir, comeré después solo. 

— No faltaba pas. no señor, vamos, niña, ven. 

— N'ida, nada, no lo permito. Pero la niña se 
escurrió ligera y fué á sentarse en la falda de su 
madre. 

— Señora, siento tanto... 

—No hay nada que deplorar. ¿Está V. bien? 

—Perfectamente señora; mil gracias. 
Estaba colocado entre Julia y la otra pequeñila. 
q% tendría unosoeho años. Aliado de ésta seguía 



Periódico semanal. 



Laura y mas aliáei marqués. Empezó la comida 
eo el mayor sileocio. como suceae siempre que 
se bailan reunidas personas que no se conocen. 
Poco á poco se crazaron algunas palabras elogian- 
do este ó el otro manjar y al fin ael segundo pla- 
to se generalizó la conversaciou . To entre tanto 
hacia los honores á la señorita Julia como caballe- 
ro mas próximo; pero sin dejar de observar cuan- 
to pasaba á mi derecha entre Laura y el marqués, 
quien no cesaba de hablarla eo voz baja y por el 
rubor de la joven y la animación del marques se 
conocia que la conversación versaba sobre asuntos 
de amor. 

— Al mismo tiempo Julia me decia: 

—¿Es V. de Málaga, caballero? 

— No señorita, soy de Sevilla. 

— Y se dirige V. á esa población? 

— Si señora; voy á reunirme con algunos compa- 
ñeros que se hai adelantado y me esperan para 
presentar nuestros cuadros en la exposición de 
pinturas. 

— Ah! es V. artista... 

— En efecto, soy un artista novel, y apesar de 
que mis obras no merecen llamar la atención, de- 
searía ir creándome poco á poco un nombre entre 
los grandes pintores. Tengo en mi favor mucha 
constancia y una buena dosis de ambición; pero 
ambición de gloria, nada mas. 

-^Pues tiene Y. conseguida la mitad del objeto 
tan noble que se propone. 

— Ohl aun queda lo mas diGcil. 

— Habiendo fuerza de voluntad... 

— Si en efecto... 

—Y si alguna persona (de las que nunca faltan 
á los artistas) ocupa su corazón é inspira su mente 
haciéndola capaz de concebir grandes pensamien- 
tos.», porque es indudable, aue el amor toma á 
veces mucha parte en las obras de los grandes 
hombres de ingenio; el pintor, el músico, el poeta 
DO hacen nada mejor que cuando están animados 
de esta pasión. 

(Se eonUmiari.) 



El Jilguero y la Rosa. 



FÁBULA. 



En un ameno y solitario bosque 
un Jilguerillo ufano se hospedó; 
y prócsimo al arbusto en que lo hiciera 
una Rosa sus hojas estendió. 

En una fresca y sin igual mañana, 
de aquellas que convidan madrugar, 
el Jilguerillo se salió del nido 
y fué ¡unto á la Rosa á reposar. 

No bien paró su vuelo la avecilla, 
cuando la Rosa su maliz perdió; ^ 



y cerrando sus hojas una á una, 
doblando la cerviz entristeció. 

El Colorín que la mudanza viera 
abrió el pico y la dijo con dolor: 
¿Escucha Rosa, di, ^ue te sucede 
porqué cierras tus pélalos de amor? 

¿Es que pena te causa mi presencia? 
¿Es que temes que daño te haga yo? 
habla y no temas, que quien fiel te oye 
á ninguna belleza maltrató.» 

A tales frases, la sentida Rosa 
sus hojas abre por segunda vez, 
y con graciosa voz, melosa y tierna 
esta resnuesta dio con avidez: 

((Jamas temi que mal me tratada 
un ser tan lindo y con ropaje tal; 

aue quien cual tú tan adornado viste, 
ebe tener un alma sin igual. 

No fué temor á fé lo que sintiera 
cuando tan cerca te miré llegar; 
es que juzgué que tu plumaje lindo, 
con mi botón pudierate manchar. 

Es que á tu lado todo palidece; 
es que nada es hermoso junto á ti; 
es que tú solo adornas estos sitios 
y avergonzéme al punto que te vi,» 

«Calla y no sigas, el Jilguero dijo, 
calla y no aumentes mas mi padecer; 
si no es adulación cuanto me dices 
yo soy, Rosa, quien debe enmudecer. 

Que otramafiana, al despertar la Aurora, 
cantando yo, de mí, la vi reir: 
y desde entonces el Jilguero calla: 
solo puedo cantar para jemir... 

Y juzgo ahora que la risa aquella, 
que no la pude entonces descifrar, 
era mofa que hacia de mi cantó 
para darme tormento y malestar. 

Porque ella no tenia tu modestia; 
ella, orgullosa con su claridad, 
burlóse de quien tú, mas linda acaso, 
le dispensas cariño y amistad. 

Mas á que decir mas, si tú me adoras 
ambos bebamos de tan puro amor. 
Mientras vivamos, tuya será el alma 
de aqueste de tus valles trovador. 

Mucho tiempo vivieren los esposos 
gozando en su placer tan santa unión. 
Sirvalc de provecho á los que aman 
de virtud y modestia la lección. 



Lope de Vega, 



Feliz y alegre respira 
porque es libre como el ave, 
y porque todo en su nave 
al marino brinda paz. 

Y goza al hendir las olas 
con su corbeta velera, 

que en su impávida carrera 
corta la espuma fugaz. 

Y si tempestad furiosa 
viene á matar su esperanza, 
su fé, mira en lontananza 
un puerto de salvación. 
Pero si antes de ancanzarlo 
padece penas sin cuento, 
recordando en su tormento 
las prendas djBl corazón, 

Al fin á su hogar regresa 
y calma sus aflicciones 
las puras demostraciones 
del amor y la amistad. 

Y acariciando á sus hijos, 
allí bendice postrado 

al Señor que le ha otorgado 
tan dulce felicidad. 

Arturo Lengo. 



JDJB BAT«Z.AO. 



TRADUCIDO POR FEDERICO BKJAR. 
CONTINUACIÓN. 



Mareliéinc solo, habiendo sido condenado á 
muerte y secuestrados mig bienes á favor do mis 
herederos; pero me llevé conmigo todos mis dia- 
mantes, cinco cuadros de Ticíano ytodoei oro que 
poseía. Me fui á Milán, donde lo pasaba tranqui- 
la mente, pues mis asuntos no interesaban al Es- 
trilo. 

— Una pequeña observación antes de continuar, 
repuso después de una pausa. Que los caprichos 
de una muger influyan ó no sobre su hijo mien- 
tras lo lleva en sus entrañas ó cuando lo concibe, 
Jo cierto es (jue mi midrc esperimentó una grande 
pasión por el oro durante si! embarazo. Yo tengo 
por el oro cierta monomanía y su posesión es tan 
necesaria á mi vidn^ que en cuantas situaciones me 
ho encontrado jamás he dejado de llevarle sobre 
mí. Ks una veritadera locura que tengo por el oro: 
jóvcD, siempre llevaba sobre mi alhajas, que va- 
J/A^/7 wns óc do.<cienlos ó trescientos ducados. 



Diciendo esto sacó de sus bolsillos dos duca- 
dos y me los ensefió. 

—Yo percibo el oro. Aunque ciego, me deten- 
go delante de las tiendas de joyería. Esta pasión 
me ha perdido: Écheme á jugador por jugar oro, 
y siendo un hombre de bien llegué á ser estafador, 
después de quedar arruinado. 

Cuando no tuve ya un ducado, deseó frenéti- 
camente ver á Blanca; me diriji en secreto ¿ Ve- 
necia y habiéndola encontrado, fui feliz durante 
seis meses, escondido en sa casa y alimentado por 
ella. Yo creía pasar asi mi vida en un mar de de- 
licias. 

Pero ella era buscada por el provisor: este, 
adivinó un rival; en Italia se conocen. Nos espió 
y el cobarde nos sorprendió. Juzgad cuan encar- 
nizada seria nuestra lucha; no lo maté, pero lo 
beri gravemente. 

Esta aventura destruyó mí felicidad. Des- 
pués de este día jamás he vuelto á ver á Bianca. 

Yo he gozado grandes placeres y de la amis- 
tad de las mugeres mas célebres, venciendo en 
esto á la corte de Luis XY; pero en ninguna de 
ellas he podido encontrar las cualidades^ las gra- 
cias^ el amor de tt)i querida veneciana. 

El provisor tenia sus gentes. Las puso en mo- 
vimiento y el palacio fué cercado é invadido. Yo 
me defendí tenazmente para poder morir á los 
oíos de Bianca, la que me ayudaba á concluir con 
el provisor. 

En otro tiempo esta muger no había querido 
huir conmigo^ mas después de seis meses de mu- 
tua dicha, quería morir de mi muerte y recibió 
muchos golpes. Yo cogido en una gran capa que 
arrojaron sobre mí, fui envuelto en ella, metí- 
do después en una góndola y trasportado á un 
calabozo de tortura. 

Tenia entonces veinte y dos años y tenia tam- 
bién el resto de mi espada, que para quitármela, 
hubiera sido menester cortarme la muñeca. Por 
una singular casualidad, ó mejor dicho, inspira- 
do por una idea de preeaucion, escondí este pe- 
dazo de hierro en un rincón, como si hubiera 
de necesitarlo algún día. 

(Se eoatlnotrá.) 



> ntes^ cuando me amabas 
m ra yo de tu peclio 

c na estrella querida 
r- umbrera de tu cielo. 

> hora, pues ya me olvidas, 
r- uego un amor mintiendo 
-<a no es posible veas 

> 1 que le distes celos. 

F. González de la Cámara. 



Periódico semanal. 



I. 

En una calleja osoura 
de la célebre Granada» 
insensible al huracán 
que enfurecido rebrama» 
contemplando pensativo 
una arabesca yentana» 
está Zelim-el-Kader 
envuelto en su roja capa. 

De vez en cuando, su pecho- 
un tierno gemido lanza 
y humedece su megilla 
el contacto de una lágrima-, 
y al derramar un relámpago 
en el espacio su llama» 
dice, poniendo en su rostro 
una sonrisa que espanta: 

«Por Allah» que es mas ardiente 
el fuego que á mí me abrasa 
V mas ruda la tormenta 
que está rugiendo en mi alma!.. 
¡Guay de que pierdas un dia 
tus esperanzas» Sultana! 
¡Guay de que llores» cual lloro 
mis risueñas esperanzas' 



I 



Há tres lunas» que no veo 
los soles que me alumbraban» 
y tres lunas» que muriendo 
mi pobre vida resbala. 
Tal vez goces» en lanzarme 
el corazón á la cara... 
mas» yo bendigo la mano 
que el corazón me desgarra. 

Mis ilusiones llevóse 
el viento de la inconstancia, 
y tanto y tanto cariño 
con el olvido se paga!.. 
¡Guay de que pierda^ un dia 
tus esperanzas» Zoraida! 
¡Guay de que llores» cual lloro 
por mis muertas esperanzas!..» 



Quedó el árabe en silencio 
en la estrecha callejuela 
y el grito de un centinela 
el sileAcio interrumpió. 

Y acaso» para avisarle 
que van las horas rodando^ 
á los creyentes llamando» 
la voz 4^1 muezin vibró. 

Y al ver ^elim» que esta noche» 
cual las noches anteriores» 
corresponde á sus amores 
Zoraida eon esquivez» 

en su amante desvario» 
las sus lágrimas secando» 
dijo» la vista fijando 
en el cerrado agimez: 

((A Eblis el alma diera 
con este mi amor insano^ 
y hasta fuera de un cristiano 
esclavo con voluntad» 
por arrancar de la mente 
la imagen de tu hermosura» 
que robó» tras mi ventura 
mi dulce tranquilidad. 

Pero» como no es posible 
que mientras Zelim aliente 
pueda estinguirse» esta ardiente 
abrasadora pasión» 
quiero tener por consuelo 
sepas» que tras tanto amarte 
en la dicha de olvidarte 
cifro toda mi ambición.» 

Y una guzla» que llevaba 
oculta bajo el embozo» 
empezó á tañer el mozo 
en su amorosa inquietud. 

Y al compás del ronco trueno» 
el moro entonó este canto» 
mezclando á su amargo llanto 
las notas de su laúd. 



Olvidar Zoraida quiero, 
aunque muero» 
tu recuerdo ^^4M^\íst , 



Lope de Vega, 



á ver si el olvido calma 

de mi alma 
el tristísimo dolor. 

Mas^ en vano lo pretendo^ 
pues comprendo 

que mitiga mi sufrir, 

recordar con amargura 
la ventura 

que para siempre perdí. 

Una esperanza perdida 

de mi vida 
las ilusiones cort¿> 
y la flor del desengaño 

por mi daño 
en mi camino brotó. 

Con mi negra desventura, 

mi locura, 
Zoraida, quiso luchar, 
y el cáliz de la tristeza 

con firmeza 
gota por gota apurar. 

lia flor separaba ufano, 
mas, mi mano 

sus espinas se clavó, 

y una lágrima de fuego, 
sentí luego, 

que mis párpados quemó... 

Por eso olvidar yo quiero, 
aunque muero, 

tu recuerdo seductor, 

á ver si el olvido calma 
de mi alma 

el tristísimo dolor. 

Mas en vano yo lo imploro, 
pues te adoro 

con tan ardiente pasión, 

que solo te iré olvidando 
arrancando 

pedazos del corazón. 



IV, 



de lágrimas de ternura, 
hijas del amor primero, 
que es el amor verdadero 
que el cielo nos concedió. 

Y al dirigir la postrera 
mirada de enamorado 

á la reja que ha causado 
tantas penas á Zelim, 
lanzó el bizarro mancebo 
un amoroso gemido 
porque llegó hasta su oido 
el canto de un serafín. 

■ 

Y la tormenta que estaba 
en el espacio bramando, 
aquel acento escuchando 
mágicamente calmó; 

y tras de la celosía 
del agimez de la mora 
una voz dulce y sonora 
de esta manera cantó: 



Al vibrar la última nota 
de aqueste llanto de enojos, 
del pobre moro á los ojos 
un torrente se agolpó 



"V. 

No sabes, Zelim del alma, 

que mi calma 
por tus amores perdí, 
y que hace tres lunas muero, 

pues te quiero 
y en tres lunas no te vi? 

Tu no sabes, que angustiada, 

encerrada 
el mi padre me guardó, 
porque un esclavo oficioso, 

rencoroso, 
nuestra dicha le contó? 

Y no sabes, que llorando, 

contemplando 
las flores de mi jardín, 
á la esencia de una rosa, 

cariñosa 
pregunté por mi Zelim, 

Y que la flor, sonriendo 

^comprendiendo 
el fuego de mi pasión, 
me contestó: <( pobre mora, 

por tí llora 
enfrente de tu balcón.» 



Periódico semanal. 



Al saber que estás penando^ 

sobornando 
á mi negro guardián^ 
vine á consolar tu llanto 

con mi canto^ 
para que cese tu afán. 

A decirte, que si quieres, 
porque mueres 

renunciar á mi pasión, 

no me olvides, que una mora 
cuando adora 

adora de corazón 

Y si el tujo, con despecho, 

en el pecho 
pedazos quieres hacer, 
no lo rompas por mi vida, 

que allí anida 
el alma de esta muger. 

Y para probar que ansio, 

dueño mió, 
de nuestras penas el fin, 
pasa el pliego que te arrojo, 

por tus ojos, 
y ven mañana Zelim. 



Perdióse la voz, y el moro 
de tanta dicha admirado, 
UH pergamino arrollado 
afanoso recogió, 
r á la claridad dudosa 
de la luna que nacia, 
llena el alma de alegría 
entusiasmado leyó: 

«Aunque no pueda volar, 
una avecilla encerrada 
goza en su jaula dorada 
con la esperanza de amar; 
pero si llega á inspirar 
á un ruiseñor tierno amor, 
y una mano, con rigor 
porque amó, mas la encarcela, 
entonces la pobre, vuela 
al nido del ruiseñor. 

Y pues por tí, sufro aquí 
de mi padre lo6 rigores. 



y muero por tus amores 
y vivo solo por tí-, 
hoy el techo en que nací, 
con amor abrasador 
abandono sin temor, 
y al hacerlo, yo confio 
mi pureza, Zelim mío, 
á lo puro de tu amor.» 

«Mañana vendré, Zoraida, 
para quebrantar tus hierros, 
y hacia mi nido de amores 
amorosos volaremos. 
Yo tu cárcel romperé 
apesar del carcelero,» 
dijo, la carta besando 
con cariñoso respeto. 

Y el bravo Zelim-Kader 
dejó la calleja, viendo 
que la flor de la esperanza 
vuelve á nacer en su pecho; 
y que á más, por festejar 
su dicha los elementos, 
con un séquito de estrellas 
brilló la luna en el cielo. 

A. Carrion. 



MISCELÁNEA. 



— ■^^■^w ^« W^^^ ^>^»^y^ 



Teatro. 

En el del Principe Alfonso se ha ejecu- 
tado repetidas veces y con la mayor acepta- 
ción la zarzuelita original del gracioso poeta 
Sr. Frontaura, titulada: En las asías del toro\ 

También anoche debió ponerse en escena 
£7 Caudillo de Ba%a, zarzuela de gran espec- 
táculo, que ocasiona á la empresa gastos es- 
traordinarios. En ella se estrenan cinco de- 
coraciones, que seguramente llamarán la aten- 
ción del público que siempre aplaude con tan- 
ta justicia las obras del inspirado artista don 
Manuel Montesinos. 



Lope de Vega. 

Esta Sociedad celebrará una sesión mu.v 
en breve, en U c>3aV Vjotvw*^ ^"^Ns^Xv^ ^^^- 
l Clones \\T\e.^ N XvX^cm'^^ 



Lope de Vega, Periódioo •emanal. 



Cliaradas. 

« 

Grande primera y segunda — de lana para 
colchones, — tener quisiera, 6 de trigo, — ó 
mejor aun de doblones.^*— Ello es uo nombre 

Íue lo hay — de muy diversos objetos.— Sirve 
caballos y malas. — Cristianos hace en el 
templo. — Pues, y mi segunda sola,t— á ver, 
decidla cantando,-~y pruebe á darla de tiple 
— jquien tenga ía voz debajo, — que puede que 
mi tercera — al pecho y pulnK)n fe ataque, — 

y que venga la renquera — luego, y re- 

quiéscant in pace. — Pero no; dadla vosotros, 
—contramaestres y serenos, — ya qtte usáis 
prima y tercera — ^y á veces \o dais muy re- 
cio. — Y dadlo hasta que mi todo — del sueño 
eternal despierte,-Hiue murió hace algunos 
siglos — repentido de una muerte. 

G. M. T F. 

En segunda y tercia a Rosa — vio José con 
devoción — ^y le robó el corazón > — ya que no 

I)udo otra cosa. — En prima y tres, cariñosa 
a niña lo redhió— y cuando Pepe acordó- 
se encuentra que la coqueta — no le d^a una 
peseta — y hasta el todo le quitó. 

______ B«rdao»kl. 

Mi primera solamente — no tiene significado 
— pero si añades segunda — el buey la vá 
egercitando— y unida la lleva al cuerpo — 
cuando la tierra vá arando. — Prima y tercia 
con segundar— la verás por todos lados — si 
en el invierno paseas — por la plaza del mer- 
cado. — La tercia con la primera — mil veces 
la habrás hallado, — bien preservando del pol- 
vo, — bien cuando estás acostado.- Y si acier- 
tas la dxarada — del todo te haré un regalo, 
— que nace siempre en la tierra — y se mue- 
re en nuestro estomago. 

Vontekofí. 

Epigrama. 

Presentóse Blas C^piih 

¿OD un traje estrajfalario 

á D. Juan el empresario 

del Teatro de Sevilla, 

V con acento sincero 

fe dijo: «Solo deseo 

cantar en el Coliseo.» 

«Es muy justo caballero. 

T que voz...» "Lo que me place 

hago de ella. Su estencion ..» 

«Pues hágase un pantalón, 

que mucha falta le hace.* 

B«rdiioiki. 



Gracias. 

Muy repetidas se las damos á las entendí 
das señoras que favorecen las columnitas d 
nuestra Revista con las siguientes solucione 
á las charadas del número último. 

Prima y segunda es el palo 
que en nadie yo lo empleara 
si conforme soy muger 
fuera la Ley que nos manda. 
Tercera es el war^ que nunca 
por mi gusto yo cruzara, 
y PALOMAR es el todo 
que designa esta charada. 



De aquesta otra, lector, 
primera y tercera es cfiata 
y si al revés las colocas 
ninguno te pondrá tacha- 
La prima con la segunda 
es chaqué, señor Catalpa, 
y su todo la CHAQUETA 
para el que guantes no gasta. 



£1 mueble 6 el instrumento 
que Pica lleva por nombre 
debe ser prima y segunda 
caso de que le acomode. 
Y los que hay en la gramática 
me han mostrado muy clarito 
que solamente PICAS O 
debe ser el apellido. 

/. P. 

1.* 

De Carlota la charada 
acerté sin trabajar, 
es linda y bien convinada, 
significa PALOMAR. 

3.» 
Que era PICASO su todo 
bien lo pude descifrar, 
pero no sé sí en los toros 
Pica es papel principal. 

Lola. 



DIRBGTOa T EDITOR RESPONSABLE, 

Imprmta de Caa/on— Comedias 11. 



AÑO X. 



DOMINGO 31 DE MAYO DE 1863. 



NÚM. 9." 



LOPE DE VEGA, 

PERIÓMGO SBMAXAL DEDICADO A LA SOCIEDAD QUE LLEVA ESTE N09IBRE. 



■> ' <a 



OIENTOIAS. 



A.IÍXBS. 



Si íntimo ha sido el placer que hemos ex- 

Kerimentado al leer la carta que ha tenido la 
ondad de dirigirnos el Sr. D. Isidoro Fer- 
nandez Monje, mayor es, si cabe, el que 
céntimos al honrar con ella las páginas de 
nuestro modesto Semanario. Leyéndola ha 
quedado en gran parte satisfecha nuestra no- 
ble ambición, pues nada podíamos apetecer 
mas en la atrevida empresa, que sin fuerzas 
bastantes hemos acometido, que la aproba- 
ción de nuestros humildes trabajos por per- 
sona tan competentemente autorizada. Publi- 
cándola, es indudable que nuestro Semanario 
adquiero una importancia que no tenia, y le 
abre las puertas de un mas lisongero porve- 
nir. ¡Oialá podamos ver realizados los nobles 
y patrióticos deseos aue espresa el Sr. Monje, 
con la cooperación ae las muchas personas 
ilustradas que encierra esta ciudad! 

Por lo demás, modesto en demasía el 
Sr. Monje, por mas que siempre la modestia 
sea compañera inseparable del talento y del 
saber, nos pone en el sensible caso de no 
pahicipar de su opinión, respecto al valor que 
da á sus producciones. Las eslimamos en mu- 
cho, tanto como las que mas, y nuestro Se- 
manario las ansia. Y ¿cómo no, cuando tan 
distinguido y justo puesto ocupa el Sr. Mon- 
je en la república de las letras? ¿Cuando tanto 
se ha hecho notar entre los literatos malague- 
ños en el tiempo que lleva de residencia en 
esta hermosa ciudad?.... 

Reciba el Sr. Fernandez Monj > la sincera 
ospresion de nuestra gratitud, y con ella el 
denido testimonio de respeto y de aprecio que 
le tributa la Redacción del Semanario Lope 
DE Vega. 

Dice asi la carta: 

Sr. D. Antonio Carrion. 

Muy Sr. mío y eslimado amigo: Venía yo 
siguiendo paso á paso la marcha del aprecia- 
ble Semanario que V. dirige, «'inlos de que 
ayer tuviese el guslo de hablar con V. uel 
niismo asunto. 



Expúsome V. el buen deseo con que varios 

jóvenes, tan modestos como aplicados, habían 

I fundado ese periódico, y la constancia con 

que continuaban soslcniéiklolo, njonosde pre- 

[ tensiones de utilidad y aún de gloria. Díjome 

¡ V. también, si mal n'o recuerdo, que su ex- 

! elusivo objeto era tenor abierlo un palenque. 

, donde pudieran adiestrarse cuanlos aspiren á 

ser con el tiempo concienzudos escritores; 

porque nada mas natural que empezar en el 

indulgente y amistoso circulo de ia ciudad 

: natal, antes de lanzar seguro vuelo á mas 

extenso espacio. Y aún me pareció notar, 

mas bien que en sus palabras en su silencio, 

qiie acaso la fé de alpnos jóvenes decaería 

si se correspondiese a su meritorio designio 

con equívoco silencio. 

Preocupado con el recuerdo de esa con- 
versación, tomo hoy la pluma á impulso del 
cariño que la empresa de ustedes me ha ins- 
pirado. 

Careciendo esta populosa é ¡lustrada ciu- 
dad de un periódico literario y científico, los 
jóvenes que comienzan pQr confesarse meros 
principiantes y por demostrar amor al estudio 
y al trabajo, necesitaban tener donde ensayar 
sus fuerzas intelectuales, que á semejanza de 
las fuerzas físicas, también con el ejercicio 
se desarrollan y acrecientan en progresión 
pasmosa. Y ya que á ustedes se debe el lauro 
de haber puesto por obra tan loable propósito, 
»estoy seguro de que no han de dcvjarlos en- 
tregados á sus propias fuerzas las numerosas 
personas de Málaga á quienes de justicia cor- 
responde el título de literatos. Conozco, en 
efecto, á muchísimos que si son dignos de 
alta eslima como escritores, no lo son menos 
en verdad por el acendrado amor que profe- 
san ásu patria, habiendo dado de ambas vir- 
tudes repetidas é incontestables pruebas Los 
que tan brillantemente se han hecho conocer 
por sus trabajos científicos y literarios en la 
prensa, en la Academia del Liceo, donde 
quiera que han encontradas V^sgwVxsjx-íi. vs^^kv^s?^ 



Lope de Vega, 



hasta ¡)or patriotismo, no lo duden ustedes, 
enriquecerán con sus composiciones en prosa 
ó en verso las columnas de esa Revista, alen- 
tando á ustedes por consiguiente en sos ta- 
reas. 

Yo síenfo con intimo dolor que mi nombre 
oscuro y humilde no pueda honrar á los de 
ustedes si entre ellos apareciese; por eso me 
limito á rogarles se sirvan concederle después 
de todos un pueslo. Verdad es que su apa- 
rición en las columnas del Semanario parece 
un obstáculo mas para que presten el suyo 
autorizados escritores; pero la natural bondad 
de los malagueños nara con los que no tene- 
mos la dicha de serlo, y ese mismo amor pa- 
trio que antes he invocado, me hacen dese- 
char todo temor en esta parte. 

Por la mía, asi lo espero confiadamente. 

Reiterando á V. la seguridad de mi afec- 
to y mi respetuosa consideración. B. S. M. 

Isidoro Fernandez Monje, 

Málaga, mavo 87 de 1863. 



LA INMORTALIDAD. 



Sus horribles figuras replegaron, 

Tus mágicos acentos 

La inercia de los orbes arrancaron. 

Se alzó radiante el lumrnar del dia, 

Y del ne^ro vacio 

Vida surgió, belleza y armonía. 



Que mas que el canto mió 

Hoy á tí lo dedique, hija del cielo. 

Si hacia tu templo augusto 

La humanidad dirige en este suelo 

Sus vacilantes pasos, si tu nombre 

Acalla la inquietud de la esperanza, 

Y el horror al no ser de nuestra esencia, 
Si á tu mágico impulso siente el hombre 
Cuando def mundo en el vaivén se lanza 
Menos penosa y dura su existencia. 

Sin tí los siglos fueran 

Artífices fatales, que al profundo 

Abismo del olvido sepultaran 

El eterno trabajo de sus manos; 

Tormento sin segundo! 

Sentir un punto de amorosa vida 

En nuestros pechos palpitar el fue^o, 

Y sin huella dejar, rodar perdida 

y en íondo abismo sepultarse luego. 



Tú fuiste, y á. tu soplo 
y^s sombras Jí*I olvido 



A ti desde la cuna 

El hombre adora, y en tu lumbre mira 

La estrella que preside á su fortuna. 

Faro de luz que en la revuelta noche 

Puerto señala al desperado nauta: 

£1 hombre solo de tu amor henchido 

Hace surgir un mundo 

En los ignotos mares escondido; 

Y con tu impulso solo 

Y una delgada tabla por escudo 
Traspasa el ecuador y llega al polo 
de vida y luz y de verdor desnudo: 
Naturaleza, en vano 

Tiende por muro sus hinchados mares. 
Que no son á su genio valladares 
Las turbulentas olas de Océano. 



¿Y que otro uremio al bienhechor del hombre 

Que de sus nechos la perpetua gloria , 

Que en indelebles rasgos 

Eternamente grabará la historia? 

Si ingratitud artera 

Olvidara los nombres sacrosantos 

De los que tanto por el hombre hicieron, 

¿Qué la virtud humana entonces fuera? 

Nunca la envidia y la maldad pudieron 

Echar la losa del eterno olvido 

A sus nombres augustos, 

Y si un siglo ignorante y corrompido 

Pudo olvidar sus inmortales hechos. 

Otra generación agradecida 

Le tributa en sus mármoles y bronces 

Prendas de gratitud, de eterna vida. 



¡Sacra inmortalidad! divino nombre! 
¿A los mortales pechos que no obliga 
Ün átomo tan solo de tu lumbre? 
¿Qué por tu amor no proyectara el hombre? 
Para cruzar la dilatada esfera. 
Pide ol secreto al animoso viento 
Con que se agita en su veloz carrera; 
Del rayo destructor la esencia toma 
Para envolver su osado pensamiento; 



Poriódioo semanal. 



Y el misteríe profundo 
Del incansable eterno movimiento 
De los orbes que pueblan el espacio, 
Intenta penetrar su vista osada, 
Qm es nay peqnefio^el^muiido 
Dende se asienta su primer morada. 



¡Sacra inmortalidad! dame tu aliento! 

Tu influjo poderoso 

Que anime solo mi terrena historia; 

Impúlseme tu^noble movimiento, 

Inspireme^tu soplo generoso, 

1^0 muera con mi polvo mi memoria. 

Elofl Garda Valer o. 



B» 



LA DAMA DEL MEDALLÓN, 

irOVELA OBiaiNALt 

POR EMILIO DE LA CERDA. 



CO-VnNlJACION. 

—Oh! si, es cierto: no ha mucho que evocan- 
do el recuerdo de una persona querida, salió de 
mis manos la mejor obra que hasta entonces hi- 
ciera. 

—¿Un retrato? 

— Ciasi un retrato, ó mas bien era un retrato 
poético do la muger que amaba. 

--Alguna ninfa, una diosa... 

—No, una Aurora. 

— Debe ser muy hermosa esa muger; como un 
sueño de artista. 

— Es bastante bella para inspirar una pasión 

F profunda y hacer crear á la mente cuantas be- 
las imágenes pudiera concebir un poeta, un pin- 
tor, ó quien fuera las dos cosas á la vez. 

— Cuanto daria por conocerla. 

— No es dificii que algún dia logre V. su 
deseo. 

¿Vive en Sevilla? 

— Hoy nó, pero será probable qu3 pase á esa 
ciudad. 

— Ah! ¿entonces será en Málaga donde reside? 

— Regularmente á éstas horas estdrá como no- 
sotros cruzando los mares. 
• '-^¿Está viajando? 

— Si señora. 

— Pobrecilla, estará ansiando que llegue el mo 
mentó de ver á V. 

— Ay! V. ignora que si bien yo la amo, ella no 
corresponde á mi amor. 



—¿Como es eso; no le ama ella á V.? 
— Nosefiora, por mi mal. 
—Al fin llegará á borrarse ese amor de su co* 
ráiM y oir« hermosura podrá reemplazarlo... 

— üLl no; nunca. 
—Muy constante es V. 

— Yo soy asi; las grandes impresiones que re- 
cibe mi corazón no se borran j«más. 

-—Es estrafio, porque los jóvenes del dia tra- 
tan el aiDor de una manera tan frivola y super- 
ficial. . 

— Abi verá Y. yo soy una escepcion. 

--*Diga V. mas bien uu fenómeno digno de es- 
tudiarse, hombres como V. no se encuentran á 
cada paso. 

—Tal vez consista en que es mi primera pa- 
sión. 

— iQue hermoso debe ser el verse amada asi! 

—Pues que? no ha encontrado V. quien la ame 
con sinceridad? 

**Por desgracia nunca he visto en rededor mió 
mas que una juventud aturdida, de quien me he 
reido siempre^ cuando alguno pretendió obtener 
mis favores, pues nunca crei existiese en el hom- 
bre un amor tal cual V. lo pinta. 

—Entonces desgraciada de V. si algún dia lie- 
ga á conocer esta pasión. 

—Como no concibo lo que es, no lo temo 

- Pues procure Y. no conocerlo jamas, y ahor- 
rará á su corazón muchos dis^^ustos. 

Terminada la comida fueron los pasageros re- 
tirándose á sus camarotes, y yo permanecí toda- 
via una hora hablando con la familia de Ocampo, 
siendo esta la única que quedaba en la cámara. 

Eran las nueve, y aun faltaban tres horas para 
mi cita con Laura; protesté un poco de mareo y 
me despedí de las señoras para subir á cubierta. 

Al pasar al lado de Laura dejé caer un guan- 
te, y al recogerlo dije á la joven en voz baja: 

— Alas doce... 

—No faltaré, repuso en el mismo tono. 

Subí pues sobre cubierta á esperar la hora con- 
venida. 

■VIII, 

La noche era magniíica; millares de estrellas 
tachonaban el limpio firmamento, y solo su tenue 
claridad iluminaba escasamente los objetos, pues 
era una época en que la luna salia cercí de ama- 
necer. A derecha é izquierda se dibujaban en 
lontananza, aunque vagamente, dos lineas negras: 
eran Jas costas de Espdña y de Marruecos, indi- 
ferentes estas últimas entonces para mi y hoy d« 
tan amargos recuerdos. 

Sobre cubierta no se veian otras personas qu« 
el timonel jíijo en su puesto, y cuatro ó cinco raa- 
riñeres que en la parte do proa se entretenían en 
jugar á. las cartas á la débil luz de un (at(il\<^^ 

resto d^ UU\\^nVArÁQ\;>.>i\\'í^í\i\^^>\\x^'^v^. V.' 



Lope de Vega, 



parlamcnlo, pues el magnífico ücmpo y un derrote- 
ro h^rto conocido hacían innecesarios por entonces 
sus servicios. No se oia otro ruido que el produ- 
cido por la máquina y el choque continuo de las 
ruedas en el n^ua. 

Esperó senlado en el mismo sitio donde estu- 
vo por la mañana Laura, á que mi reló marcara 
la media noche. Entre tanto mil reflexiones se 
aglomeraban á jin tiempo en mi imaginación, re- 
cordando los sucesos del dia. Lo que mas me 
estraudba eran ac[uellas palabras de Laura que 
tan presentes tenia, cuando al declararle mi amor 
csclamó: ¡Cran Dios, el me amaba! Que sig- 
nificaba aquella esclamacion? mis ideas se embro- 
llabaD y naJa podia deducir de mis reflexiones. 

Lentas trascurren las horas para el que espe- 
ra con ansiedad la hora en que debe decidirse so 
suerte; asi pasaron aquellas en que con la sozo- 
bra en el corazón, aguardé á Laura contando los 
segundos }K)r los precipitaiios latidos de mis arte- 
rias que parecian iban á saltarse á impulsos do la 
liebre que se habia apoderado de mi. Estaba de- 
cidido á buscar la muerte en cualquier parte don- 
de hubiera que arrostrarla, si tuviera que renun- 
ciar al amor de aquella muger. 

Cuando después de tres mortales horas y ha- 
biendo ya señalado el reló las doce, desesperaba 
de hablar á mi amada, el ligero crujido de una fal- 
da de seda me hizo volver la cabeza y poco des- 
pués Laura se presentó ante mi, pálida y temblo- 
rosa. 

— Caballero, me dijo asi que tomó asiento á mi 
lado: lo que hago por V. esta noche se que está 
mal hecho, nnnca debí acceder á su |)eticion de 
acudir á esta entrevista, cuyo objeto ni yo misma 
me séesplicar;pero una vez empeñada una palabra 
que di en la precipitación del momento^ fué forzoso 
cumplirla. 

—Y ha hecho Y. bien porque así concede á un 
desgraciado el último consuelo que necesita sobre 
la tierra. 

—¿Pues que pretendo V. ? 

—¿Que he de pretender señora, muertas para 
mí todas las ilusiones que pudieran hacerme de- 
sear la vida? morir^ nada mas que morir. Has- 
ta h^co poco, solo habia alimentado una pasión, 
mi arlo; poro hoy (¡nc olro sentimiento mas fuerte 
(pie el amor de ía gloria se ha apoderado de mi 
alma, sin voluntad para desecharlo^ sin resolución 
para huir de quien lo inspira, que debo hacer? 
Condenar mi vida á un suplicio horroroso, prepa- 
rarme un porvenir de amargos recuerdos, que sin 
acabar con mi existencia, la convertirían en un 
inlierno de tormentos? No, antes morir; soy muy 
cobarde tal vez^ pero no puedo resignarme á vi- 
vir deesa modo. 

— Ahr calle V., calle V. por Dios. Dice V. que 
jüoc ama, que ha sufrido, por mi; pues bien, cuan-» 



do solo yo puedo desviarlo de esos funestos pensa- 
mientos, y veo lo sincero de su amor, voy á hacer 
á V. la confesión de un secreto que siempre hubie- 
ra quedado oculto para todo el mundo á no mediar 
estas circunstancias. 

—Hable usted. 

—Hubo un dia en que por primera vez en mi 
vida fijé la vista con interés en un hombre. A 
él sin duda hube de llamarle también la atención 
pues le vi seguir mis pasos, pero desgraciadamen- 
te me perdió de vista cuando menos lo esperaba. 
Yo lo vi, oculta detras de unas persianas, buscar- 
me anhelante por los sitios donde acababa de per- 
derme, y hubo un momento en que crei habia des- 
cubierto la casa donde entré, pues se dirigió al 
portal, permaneciendo allí un momento. A poco, 
salió y se marchó sin que le volviera á ver en 
todo el dia. A las dos salí para Granada con un 
sentimiento nuevo en el corazón; amaba y amaba 
sin esperanza! 

(Se eontinaari.) 



El Príncipe y el Ruiseñor* 



FÁBULA. 

Un Príncipe de Oriente 
en una selva umbrosa 
su mente espaciaba 
y el pulmón saturaba 
de oxigenado ambiente^, 
huyendo la afanosa 
Corte, con sus dolores 
y rudos sinsabores 
é incesante ruido, ' 
cuando un son deleitoso 
el viento presuroso 
trajo feble á su oido. 
Era que en la enramada 
un Ruiseñor cantaba, 
quizá penas lloraba, 
quizá su lengua harpada 
desdenes de su amada 
sencilla relataba. 
Su tono modulado 
unas veces quejoso 
otras entusiasmado 
y siempre cadencioso 
y siempre apasionado, 
gustó al Príncipe tanto, 
halló en él tal encanto 
que, ya cojer anhela • 
al Ruiseñor sentido; 
pero, mueve ruido 



Periódico semanal. 



y el pajarillo yuela 
y huye despavorido. 
«Porqué^ dijo su alteza^ 
cantor tan agradable 
nos muestra esa rudeza 
esa fiera esquiveza? 
Porqué tan insociable 
mientras en mi palacio 
mil torpes gorriones 
con sus toscas canciones 
aturden el espacio 
con displicentes sones?» 
«Es, señor, le responde 
su guia que le oyera 
hablar de esta manera, 
que el mérito se esconde 
• y el necio se pondera. 
Y ten siempre presente, 
lo dice esta esperiencia 
con lenguage elocuente, 
que es tímida la ciencia 
y el tonto impertinente. 



subir tranquila á una región, mas pura 
que este yalle de amarga desventura. 



Yuzuf-elU'Sérab. 



(Tradaccioa parafrástica de Florian.) 



4 Huid, sino queréis que llegue un dia 

En que enredado en retorciioi laxos 
Bl corazón, con b.^rba^a por ña 
Luchéis por arranciroslo'á pedaios 

EsnOTtCTDA. 

Lejos de mí visión encantadora; 
no turbes de mis sueños el reposo. 
Oh! Maria... tu imagen tentadora 
me sigue por doquier-, mas si afanoso 
la Uamo en mi ilusión arrobadora^ 
huye cual fuego fatuo luminoso 
que entre sepulcros, trémula se mece 
y al quererlo alcanzar se desvanece. 



Cuando asoma la aurora en el Oriente 
de espesa niebla levantando el velo, 
y al estender su manto trasparente 
tiñe de rosa el esmaltado cieío, 
yo te veo llotar en el ambiente, 
y al desprenderte del inmundo suelo 



Yo veo entre las flores tu sonrisa, 
oigo tu nombre al suspirar del viento, 
yo aspiro con placer la pura brisa 
que recogió tu perfumado aliento-, 
y todo lo que en tornp se divisa, 
toma tu forma allá en mi pensamiento, 
y mares^ prados, céñros y flores 
renuevan con tu imagen mis dolores. 



Aun buscando en el templo sacrosanto 
paz á mi alma, alivio á mis pesares, 
también te encuentro allí: oigo tu cantó 
mezclarse entre los místicos cantares; 
y si arrobado por su tierno encanto 
caigo humillado al pié de los altares, 
entre las nubes del incienso veo 
la imagen que retrata mi deseo. 



Oh! Maria, Maria; tú mis sueños 

de gloria y de ambición, has convertido 

en otros, sí, mas dulces y alhagüéños, 

pero que brindan con placer mentido. 

¿Que se hicieron los dias tan risueños, 

antes de haberte, ay triste! conocido, 

en que sentía rebosar el alma 

de pura dicha y placentera calma? 



Era yo entonces la fugaz barquilla 
que graciosa y gentil se balancea, 
la mansa ola hendiendo con su quilla 
en blanco surco que la mar platea; 
hoy, triste nave que en estraña orilla 
roto el timón amparo hallar desea, 
y solo encuentra el árido peñasco 
donde al fin va á estrellar su pobre casco. 



Yo te adoro Maria, mas en vano, 
que un abismo profundo nos separa; 
del destino cruel, la férrea mano 
siento posarse, de mi dicha avara, 
sobre mi pecho; y cual feroz tirano 
que en miembros palpitantes se gozara, 
al desterrarme de tus dulces brazos 
me arranca el corazón^ hecho pedazos. 



Lope, de Vega, 



TRAiyDCIDO POR FEDBRIGO 



CONTINUACIÓN. 



Fui cuididosameote asistido y do siendo mor- 
tales DÍnguna de mis heridas me eocootré pronta- 
mente restablecido, porque é los veinte y dos años 
se sale bien de todo; pero debiendo morir deca- 
pitado, me fingí enfermo para ganar tiempo. To 
creia eslar en un calabozo vecino del can^l y for- 
mé el proyecto de evadirme oradando el muro y 
atravesando el canal á nado, aun cuando corriera 
el riestgo de ahogarme. 

He aqui Jos razonamientos en que se fundaba 
mi esperanza. Cnda vez que el carcelero me traia 
de comer, leía sobre las paredes de mi encierro 
indicaciones como: lado del palacio, lado del ca- 
nal, lado del subterráneo , y concluí por concebir 
un plan, cuya egecucion me inquietaba poco, pero 
espficable por el estado actual del palacio ducal, 
que aun no está terminado. 

Con el genio que presta el deseo de recobrar 
h libertad, llegué á descifrar, tocando con las ye- 
mas de mis dedos la superficie de una piedra, una 
inscripción irabe,*por medio déla cual el autor 
de este trabajo advertía á aus sucesores que habia 
separado dos de la última fila de sillares y ora- 
dado once pies de subterráneo. 

Para continuar su obra era necesario rociar 
sobre el suelo del calabozo lospedacillosde piedra 
y la mezcla, producidos por el trabajo de la esca- 
vacion. 

Pero aoD cuando los guardianes ó los inqui* 
sidores no hubiesen estado del todo descuidados 
en razón ¿ la construcción del edificio^ que no ec- 
sigia mas que una vigilancia esterior, la disposición 
del piso de mi calabozo, á donde se bajaba por 
unos cuantos escalones, permitió ir elevándolo 
gradualmente sin que lo echasen de ver los car- 
celeros. 

Este inmenso trabajo habia sido inútil, al me- 
nos para el que lo habia comenzado, porque su 
abandono anuneinba la muerte del desconocido. 

Para que su advertencia no quedara perdida 
para siempre, era menester que un prisionero su- 
piese el árabe; pero yo habia estudiado las len- 
guas orientales en el convento de los Armenios 

Una frase escrita detras de una de las piedras 
decia el destino de este desgraciado, victima de 
sus inmensas riquezas, las que codiciadas por Ye- 
necia, fueron por último á poder de esta. 

Necesité un mes para llegar á un resultado. 

Mientras que trabajaba y cuando la fatiga me 
á/e/^J^a s/ü ft/ieoto, oía el soDido de) oro: reia el 



oro delante de mí y me deslumhraba el brillo d% 
los diamantes! 

Oh! esperad. Una noche, mi enmohecido acero 
encontró madera. Aguzé mi pedazo de espada é 
hice un agujero en ella. Para poder trabajar, om 
desusaba sobre el vientre como una culebra jr na 
introducia en el agujero, desnudo ala manera de 
los topos, llevando mis manos hacia delaate y ha- 
ciendo de la piedra misma un punto de apoyo. 

En la vispera del dia en que debia compare- 
cer ante mis jueces, durante la noche, me de- 
cidí á hacer un último esfuerzo: atravecé la ma- 
dera y mi hierro no encontró mas allá resistencia 
alguna. 

Juzgad cual seria mi sorpresa cuando apliqué 
los ojos á aquel agujero! Estaba sobre el techo de 
una cueva, en donde una débil luz me permitía ver 
un montón de oro! 

El Dux y un» de los Diez estaban en ella; yo 
oia su voz, y sus palabras me iticieroo comprender 
que allise hallaba el tesoro de la República, los 
regalos de los dux] y las reservas del botín lla- 
mado el último de Yenecia y tomado sobre el pre- 
cio de las espediciones. 

Me habia salvado! 

Cuando el carcelero vino le propuse que si fa- 
vorecía mi fuga, nos repartiríamos todo cuanto pu- 
diéramos llevarnos. 

El partido no era despreciable y aceptó. 

Un buque se hacia á la vela paira Levante y 
tomadas todas las precauciones convenientes Bian- 
ca favoreció las medidas que dicté á mi cómplice. 

Para no dar nada que sospechar, Bianca debía 
reunirse con nosotros en Smirna. 

En una noche el agujero fué agrandado y pe- 
netramos en el tesoro de Yenecia. 

Que noche! 

Mis ojos vieron cuatro toneles llenos de oro, y 
en la pieza precedente la plata estaba igualmente 
amontonada en dos pilas, por medio de Tas quesd 
pasaba á otra sala, donde las monedas arrolladas 
contra las paredes, las cubrían hasta cinco píes do 
altura. 

Yo me creí que el carcelero iba á voIvef80 
loco: cantaba, saltaba, reía y brincaba sóbrelos 
montones de oro, viéndome precisado 5 amena?arié 
con estrangularlo si perdía el tiempo, ó si hacía 
el mas mínimo ruido. 

En sus trasportes de alegría mi cómplice no 
vio al pronto una mesa donde estaban colocados 
los diamantes^ y entonces yo me arrojé sobre ellos 
con bastante disimulo para llenar mi vestido de 
marinero v los bolsillos de mi pantalón. 

Pero Dios mió! ni aun U tercera pa^te pude 
llevarme! 

Debajo de una mesa estaban los lingotes de 
oro. 

Persuadí á mi compañero a que llenásemos de 
este precioso metal tantos saco^^ cuantos pudié- 



Periódico semanal. 



ramos llevarnos, haciéndole observar que este era 
el áoico modo de no ser descubiertos en el ex- 
tranjero. 

Las perlas, las alhajas y los diamantes nos 
denuRciarian indefectiblemente, le decia yo. 

Por muy grande que fué nuestra ambición, no 

Eúdimos sustraer mas que dos mil libras de oro, 
abiendo invertido seis viajes para trasportarlas 
á la góndola. 

(Se eoBliaoará.) 



Bello es ver una noche en verano 
reclinado en un lindo jardin 
bajo el verde dosel que regala 
con su pámpano hermoso la vid, 
7 teniendo á sus pies estendida 
una alfombra de musgo sutil. 

Es mas bella^ si vaga la luna 
por el cielo de yago color, 
esparciendo su pálido brillo 
do se baña la pura creación, 
que en las noches de brisa apacible 
es mas bella la luna que el sol. 

Es mas bella la noche, si al lado 
de nosotros se escucha el cantar 
do una virgen, que en tierno delirio 
nos inspira pasión celestial, 
cuya voz es tan solo armonía, 
cujo acento es tan solo verdad. 

Cómo entonces resbalan las horas! 
Cuan fugaces las hace el placer! 
No vé el alma ni siente su dicha^ 
aolo siente y espera su bien: 
que a una noche de dicha en verano 
hay mil noches de pena cruel. 

Pablo Cantó Atienxa. 



Graciosa y diligente 
su liquido derrama, 
que refresca la rama, 
la bulliciosa fuente: 
y muéstrase esplendente 



según que juguetea 
y laberintos crea 
con sus hilos torcidos 
de cristal y de perla. 
Mira los pajarillos 
alegres y sencillos 
que paran para verla, 
se bajan á bebería 
sin temor al ruido 
que produce el corrido 
del chorro delicioso. 
Corre, querida fuente, 
en la bella pradera: 
no pares tu carrera 
ni tu chorro precioso, 
pues á mí me das gozo 
con tu maga corriente. 
¡Ojalá que mi Lisa, 
de mis amores templo, 
imitara tu ejemplo, 
que aunque es antojadisa, 
todo se lo sufriera, 
con tal que su amor fuera 
como tu arroyo, fuente, 
constante y diligente! 

M. Rotnoñ. 



Con ingratitudes pagas 
el amor que por tí siento, 
algún dia tú querrás 
cuando ya no haya remedio. 

Si lengua tuvieran, niña, 
las lositas de tu calle 
hablaran y te dijeran 
lo que Dios tan solo sabe. 

Como las perlas de oriente 
que deslumhran al mirarlas 
son los ojos que tú tienes, 
que si me miran me matan. 

Cada vez qne paso y miro 
donde jurabas amarme, 
se renuevan en mi pecho 
heridas que me causastes. 



Lope de Vega, Periódico semanal. 



MiaCELÁNEA. 



do en ni alma.— La bella prima y seetnidaMam- 
bieo allí 86 encontraba :'-8enteme á su lado al pan- 
to— y con poquísima gracia,— como tengo dadas 
pruebas-Olí ocasiones análogas,— la dije que ya 



Obras de mérito. « . , ^- ,- 

-. j 1 A ^ . * j ^r "3C'* tiempo-que en secreto la adoraba— y que 

Por encargo del Ayuntamiento de Ve- ser corresponiiido-era mi única esperania.-ünt 

lez-Malaga, y perra la Iglesia de san Juan, sonrisa burlona--y un no puede ter, la ¡ngrata- 
ha construido el dvefio del Baxar Suí%o fué la respuesta que dió-á mi tan sentida pliti- 
D. Carlos Stauffer, nn hermoso reló, dando ca;>- en aquel momento, todo-pareciome calaba- 
horas y cuartos, con su magnífica esfera tras- ^^s» •'^«la Chorhi y Montekoff -que en la esceína 
párente; y una columna monumentai. de hier- debuiaban.-Salí al momento de allí,-fuime cor- 
ro, con cuatro elegantes faroles, destinada "endo á mi casa-y como soy tan bilioso--); la có- 

par. alumbrar ffn de I. «teci» X.Th°|:!í;-f.ir,rie';t,ffi;:;.¡5 

También nuestro amig# el joven y enten- [;¡ ^ente se abrasaba,- -y me encontré á ios Lmi- 

dido artista D. JOié Gallardo del Pino, ha gos-qne ya la sesión fin^da-en Lope, todos con- 

acuñado para los señores que componen el tentos-iban de tercera y cuarta. -Ellos al verme, 

referido Ayuntamiento, veinte medallas de quisieron- que yo los acompañara,— & lo que ac- 

plata con las armas de Velez. cedí gustoso, -pues el silencio y la calma-mas 

Hemos tenido el gusto de ver esta pre- profunda hacían h herMa-que mi pecho airave- 

ciosa obra, y nos abstenemos de mencionar ^^^\ "^^ ^^^^ T^ '• conciencia- del uwaro 

su mérito, pies ne solamente en Málaga, si- ^^^^^^^J^r-y m^homasme parece^-que el todo 

no en toda España, es bien conocido, el deli- ^' nu charada, =fierciuosAi. 
cado gusto que distingue al seflor Gallardo 
en esta clase de trabajos. 



Epigramas. 

Don Homobono Alcachofas 
decia ayer á don Pandoifo, 
poeta y colega suyo: 
((¿Ha leído usted el tomo 
de poesías que publico?» 
«Si señor, he leído un poco.» 
«¿Y qué le parece á usted?» 
((Hombre, moral, filosófico.» 
((Pues mas de mil ejemplares 
he tirado, don Pandoifo: 
iba á tirar cuatro rail 
pero...» (íAy, don Homobono, 
sentiré á la par del alma 
que no los tire usted todos.» 



Chorbi. 



No tiene un pelo de tonto, 
dijo ayer tarde Sofía, 
don Cirilo de la Nuca*, 
pero lo pensó muy pronto, 
sabe Dios de quien sería 
el pelo de su peluca. 



Mi primera y mi tercera— todos tienen en ver- 
dad,— algunas son muy perfectas— y otras cual de 
Barrabás;--pero pocas las que iogran~]a príoiera 
cualidad.- En prima y dos, te colocas— cuando 

Juieres descansar— y es un mueble que en tu casa 
e seguro lo tendrás.— El todo es un apellido-de 
un joven muy aplicado, que aunque es poco co- 
nocido^— en el número pasado— supongo lo habrás 
\%\áo,=Bartola. 

Siendo varías las señoritas que nos fa- 
vorecen remitiéndonos las solucionen á las 
charadas del número anterior, insertamos una 
de cada una, con el objeto de que las tres 
queden satisfechas. 

InecsoraUe seré-conPI LATOS mientras viva, 
—porque á muerte sentencíela el que á todo le dá 
vida =C. A. y P, 

No dudo que en mtia— Pepe viera y Rosa,— ni 
que ésta en su casa— le hablase amorosa.— Solamen- 
te estraño -que al pobre José— hasta la CAMISA 
-le hiciera perder. =lf. A. 

Reunidas prima y segunda^^-que es la pata be 
calculado,— y estas dos con la tercera— forman 
PATATA muy claro. =Jíana. 



Berdaoski. 



Charadas. 

Estaba en Lope de Veya — wm nocbe, que ol- j 
r/i/^rAr-ifi/ac^ noí/ré, porfíue guardo irhi^ recuer- . 



mBBCTOR Y BDlTOa RESP0NS.%BU> 



Ingenia di Ciwííorí.— Comedias 11. 



AÑO I. 



DOMINGO 7 DE JUNIO DE 1863. 



NÚH. 10. 



LOPE DE VEGA, 

PERIÓDICO SEMANAL DEDICADO A LA SOCIEDAD QUE LLEVA ESTE NOMBRE. 




IrreqMÍelam esl cor nostrum doncc in le reqiiesctt. 

Siif AeiisTui. 

¡Cuan grata es la augusta calma 
Y santo recogimiento 
Que reinan en tu recinto^ 
Oh magestuoso templo! 

De mi vida borrascosa 
En el temporal deshecho 
Me acojo á tu santo asilo 
Como en un seguro puerto. 

El mar del mundo combate 
Tus muros con yano estruendo^ 
Mas tú firme le contrastas 
Como roca el mar soberbio. ' 

En vano por fuera escucho 
Rugir formidable y fiero 
El Tiento de las pasiones^ 
Pues ne osa penetrar dentro. 

Aquí se calma la eterna 
Agitación de mi pecho^ 

Y hallo el objeto dichoso 
De mis errantes deseos. 

Aqui del mar alterado 
Se apaga el rumor postrero^ 
De músicas y de himnos 
Entre celestes acentos. 

Aqui llenan la alta bóveda 
Fragantes nubes de incienso 

Y el corazón se embriaga 
En raudales de consuelo. 

Aqui la virgen Maria 
Muefitra en su rostro materno 
La imagen dulce y celeste 
De mis infantiles sueños. 

¡Cuántas queridas memorias^ 
Cuántos plácidos recuerdos 
Siento venir á mi mente 
Cuando tu imagen contemplo! 

De mi juventud primera 
En los abriles risueños 



En tus aras frescas flores 
Puse con amante celo. 

Flores que no se agotaron, 
Ni su perfume perdieron 
Cual las que puse en las aras 
De algún ídolo terreno. 

Pues aun en este recinto 
El suave aroma siento 
De aquella flor de inocencia 

Y secas las otras veo. 
Pluguiera á Dios que mi dicha 

Fuera no buscara ciego, , 

Y asi evitara los males 

Y quebrantos que padezco. 
Y que mi vida corriera 

Siempre en quietud y silencio. 
Como en valle solitario 
Corre plácido arroyuelo. 

De una cabana campestre 
Bajo del pajizo techo. 
En las costas de mi patria 
A vista del mar sereno. 

Porqué lancé mi barquilla 
Al mar del mundo revuelto, 

Y me encaminó á otras playas 
De gloria un falso lucero? 

Mi imaginación ardiente 
Anhelaba un bien supremo 
Que en objetos de la tierra 
Buscaba con vano empeño. 

Y al fin con los desengaños 

Y los dolores aprendo 
Que hasta reposar en Dios 
Mi espíritu estará inquieto. 

Mas de la fé el claro astro 
Nunca mis ojos perdieron 
De mis ardientes pasiones 
Tras los nublados espesos. 

Ni en mi corazón profano 
De tu amor se apagó el fuego. 
Ni á tus voces mis oidos 
Cerrados ensordecieron. 

Por eso cuando á tu casa 
Otra vez por dicha vuelvo. 



Lope de Vega, 



De tu piedad y favores 

Aun dulce esperanza aliento. 

Ya de mí ambición mundana 
Reconozco el torpe yerro, 

Y la soberbia deploro 

De mis yano^; pensamientos. 
Mas tú Madre, no desoyes 
El firme arrepentimiento, 

Y para el pió y humilde 
Muestras los brazos abiertos. 

Los méritos de tu Hijo 
Para expiación te ofrezco, 

Y de mi azarosa vida 
Los incesantes tormentos. 

Aun el porvenir ignoro 
Que me reservan los cielos, 

Y si volveré á los mares 
Que atrás con espanto dejo. 

Mas yo anhelo que me acojas 
Maria, en tu santo templo, 

Y al abrigo de tu manto 
Mis dias acabar quiero. 

En estas augustas sombras 
Mi sepulcro hallar deseo. 
Pues á través de ella brilla 
De la vida el sol eterno. 



P. /. Simona* 



Bienaventurados loa pobres... 



El pobre Dar4^, Irabají y ninerr; el rico ni«e, to 
lidia jf muere: que preferí 
el trabajo ó por el ía«lidiuY 



ÍAilidia )f muere: que^ preferís, llegar á la muerte por 



tumbrándonos con ellos á lo paciente, habi- 
tuándonos con ellos á todos los trages, ha- 
ciéndonos unave de aguante para todas las 
borrascas! » 

La esperanza, «cadena de oro que une i 
tierra con el cielo:» 

Las lágrimas, raudales de aguas puras que 
lavan al hombre de la mancha del pecado: 

El trabajo, suave ley, condición ineludible 
de cuanto existe: 

El amor, irrecusable testimonio de nuestro 
origen celeste: 

El genio, emanación de la bondad eterna: 

Son, quien lo duda? casi esclusiva heren- 
cia de los pobres. 

Y que es el hombre sin esperanza? Árbol 
sin savia, flor sin roció, que se agosta y mar- 
chita muere. 

Y como comprendéis al hombre (}ue jamás 
sintió el dolor? £1 genio permanecerá en nues- 
tro cerebro, puesto alli por el dedo del Eterno; 
pero su germinación, su esflorescencía, casi 
siempre se debe i un contratiempo, á un 
dolor, á una privación. 

Ese es el secreto de muchos grandes hombres 
Goethe, Byron, Cervantes, Tasso, Home- 
ro... todos fueron quilatados por las contra- 
diceiones, por el pesar. 

Y sin amor, concebís el corazón humano? 
Garlos XU de Suecia, fué el solo hóobre 
acaso que no haya amado, y murió loco y 
miserable. 

En cuanto al trabajo; que fuera sin él la 
vida? ((Dios ha colocado el trabajo como sal- 
vaguardia de la virtud.» 



La RmésvoivaVio. 



Bienaventurada la pobreza, porque de ella 
es el reino de la esperanza. 

Bienaventurados los [)obres, porque ellos 
derraman lágrimas y sienten el dolor. 

Bienaventurada la pobroza, porque de ella 
es el trabajo. 

Y permítasenos añadir con un inspirado 
contemporáneo: 

Bienaventurados los pobres, porque de ellos 
es el reino del amor, 

Bienaventurada la pobreza, porque ha sido 
la madre del genio. 

La esperanza, el dolor, el trabajo, el amor, 
el genio: 

Gran Dios! Cuanto no os debemos, habién- 
donos permitido nacer entre los pobres, acos- 



Nos parece íiue el ardiente africano, que 
atraviesa el Zanara, en su santa peregrina- 
ción, calcinados sus pies, pulverizada su gar- 
ganta, su tez azotada por el Sahi que ame- 
naza envolverlo en cordilleras de arena, y 
halla de repente un oasis de luxuriante ve- 
jetacion; goza mas en un momento que el 
americano á la vista de savánas inmensas do 
esplendente verdura, con cuyo panorama está 
habituado, menoscabando cada dia que pasa 
el placer del espectáculo. 

Tal es, la imagen del rico y del pobre: 
éste on sueños posee trenes lujosos, suntuo- 
sos palacios... y si momentos hay en la vida 
que valen por siglos, ved uno: aquel acos- 
tumbrado á su ecsislcncia de rico, saciado, 
no le queda sino ía inquietud, el temor de 



Periódico semanal. 



las acechanzas, de la privación que no sabría 
soportar. 

Suponeos, dos hombres amados: pobre el 
uno; las repletas cajas del otro le rodean de 
prestigiosa aureola. 

No tendrá el primero la convicción de la 
legitimidad del sentimiento que inspira? 

i al segundo mienten pasión: pero, no se 
verificarán eslraúas confusiones en su espi- 
rita, asaltándole la duda de si son los pre- 
liminares de una transacción mercantil los 
que m asientan? 

De dos espectáculos: el del pobre, resca- 
tada su existencia por el trabajo, rodeado de 
su familia objeto ae su solícita predilección, 
y el del rico gastado en los placeres de li- 
cenciosa orgía: 

Aquel duerme un sueño refrigcraale, plá- 
cido, pues sabe que Dios nada reusa al tra- 
bajo: 

£ste se tuerce en insomnios ó en fatigosa 
|)esadilla lucha con fantasmas, que no son 
sino su conciencia, juez íntegro que sabia- 
mente colocó Dios en nosotros. 

Cual os seduce mas? 

(Inútil que protestemos que en nuestro sen- 
tir no son estos todos los ricos, ni así son 
desgraciadamente todos los pobres.) 

Macho pudiéramos decir, pero no queremos 
robar espacio á mejores materiales y termi- 
naremos: 

Repitiendo que agradecemos á Dios haber- 
nos permitido nacer entre los pobres, pues si 
sabemos aue no hay mérito por el solo hecho 
de serlo, lo hay mucho en llevar la pobreza 
con dignidad. 

Yumf'tJm-SércA. 



En el álbum de la Sra. D/ L. Q. 

Entre las flores del prado 
nació nevada azucena^ 
aun mas pura que las auras 
que su tierno cáliz besan. 

Sobre todas las del valle 
su esbelto tallo descuella, 
que siempre tiende hacia el cielo 



la virtud y la inocencia. 

El céfiro enamorado 
jamás cruzó la pradera 
sin perfumarse en su ambiente 
ni besar su alba cabeza. 

Ni jamás llegó la noche 
al final de su carrera 
sin derramar* en su seno 
menuda lluvia de perlas. 

Un dia, el viento animoso 
trajo en sus alas lijeras 
germen de estériles plantas 
y de ponzoñosas yerbas. 

Pronto brotaron altivas 
junto á la blanca azucena 
el seco y punzante espino 
y la planta sin esencia. 

Ellas la vida robaron 
de la fecunda pradera, 
que no dio jugo á sus llores 
que encanto del alba fueran. 

Marchita dobló la frente 
la pura y blanca azucena 
y el viento llevó sus hojas 
pálidas, mustias y secas. 

Murió la flor que del prado 
la dicha y el alma fuera, 
que no goza larga vida 
entre vicios la inocencia. 

E: Garda Valero. 



LA DAMA DEL MEDALLÓN, 

NOVELA OBIGINÁIi, 

POR EMILIO DE LA CERDA. 



CONTINUACIÓN. 

Miettlras le veía alejarse se acercaron á domle 
yo estaba dos caballeros (fue viviao on aquella fon- 
da y el uno de ellos dijo al otro: 

—¿Cómo se llama ese joven pinlor cuyas obras 
me han celebrado tanto? 

-—¿Quién? 
• —Aquel míe va allí, cerca de la esquina. 

— Ah! es Julio Duran. 
Asi supe el nombre del que amaba. 

—Oh! no roe engafieís señora, haciéndome con • 
cebir esperanzas que luego deba ver fruslrndat, 

—¿No me cftt^ \ X ^^ ^^^éá^^-^^ « w^'*^ ^>^ 



Lope de Vega, 



mentir, en una ocasión en que se decide c[uizás la * tantos ojos de la Providencia, abiertos sobre no- 



suerte de ua hombre? Pues bien, vea Y. si conoce 
esta joya que ha sido mi único consuelo^ el único 
confidente de mis amores. 

—¡Dios mió! esclamé reconociendo el medallón 
que perdiera el dia en que vi á Laura por primera 
vez. ¿Cómo ha venido esto á sus manos? Oh! gra- 
cias Dios mio^ gracias, proseguí besándolo una y 
mil veces. Mas reparando que Laura sollozaba, in- 
terrumpí mi entusiasmo para esclamar: ¿Qué tiene 
V. Laura, porqué llora V. cuando me ha dévijpl- 
to una joya tan querida? 

— Ahí "ya lo sabia yo, esclamó Laura elevands al 
cielo sus ojos, amaba á otra!.... 

— ¿Cómo á otra?.. 

— Ese retrato... 

—Es el de mi madre joven y hermssa, que murió 
dándome la vida; de mi madre adorada, cuyo úl- 
timo pensamiento fué para el hijo, que aunque ino- 
cente, causaba su muerte, encargando que este me- 
dallón no se separara un momento de mi. 

—Era tu madre! dijo Laura llorando de alegría 
y estrechando mis manos con pasión; y yo que ha- 
bía creido ver en es« retrato á una muger amada 
por tí y do quien eras correspondido. 

—¡Pobre Laura! Y cómo ha venido á tu poder 
este medallón? 

— Lo encontré en el portal jdonde bajé luego que 
desaparecistes para buscar los objetos que yo ha- 
bía perdido, y en verdad que me causó estrañeza 
este hallazgo. 

— Ah! si, se conoce que al recoger tu pañuelo 
se deslizó sin que lo sintiera y sin echarlo de me- 
nos hasta por la noche. 

—En iin, casi ha sido tu madre la medianera en 
nuestros amores. 

—Y yo te juro que si esa es su voluntad, sabré 
cumplirla; y que ninguna muger poseerá mi cora- 
zón después ciue tú, porque tú serás mi primero y 
último amor. Toma, guarda esta reliquia de la que 
tanto amo; no te separes nunca do ella. 

- Y yo á mi vez te juro por su memoria, no ser 
rie nadie mas que tuya> y conservar siempre sobre 
mi corazón este medallón sean cuales lueren las 
circunstancias por que atraviese. 

— Y habéis cumplido bien vuestros juramentos 
según parece! dije interrumpiendo á Julio en su 
narración. 

— Yo por mi parte he cumplido el mío religiosa- 
mente, pues bien sabes que aunque ahora me caso 
no por eso amo á mi futura, solo quiero vengarme 
de un desengaño y para eso necesito oro, mucho 
oro. En Gn, déjame proseguir y me darás la razón. 

—Prosigue pues. 

—Estos juramentos á los que parecían asistir 
invisibles los manes de mi madre; en una noche 
iramfuila, en una frágil embarcación que se desli- 
lizabí sobre un abismo abierto á nuestros pies, y 
^J//¿}}/hMj^ordc Jas estrellas qne semejaban otros 



sotros, todo les prestaba una solemnidad impo- 
nente y fantástica. 

Después de algunos segundos de silencio, pre • 
gunté á Laura: 

—Y porqué, amada mía, te resistia^esta maña- 
na á acceder á mis ruegos^ si veías tu amor cor- 
respondido? 

— ¿Y quién me decía entonces que tu amor fue- 
se otra cosa que el capricho de un momento, al re- 
conocer en mí una muger que te agradó un día , 
Y de quien quizás no te acordabas? Yo, que lie va- 
na aun pendiente de mi cuello este medallón, i|ue 
solo por ser tuyo conservaba con cariño, y en cu- 
ya cubierta leía estas palabras: 

TU ME ACOMPASARÁS HASIA LA MUERTB. 

J. D. 

¿qué sabia yo si era de tu madre, ó de alguna mu- 
ger á quien amabas y á quien habías jurado con- 
servarlo hasta el sepulcro? 

—¡Es verdad! ignorabas el secreto. Por medio 
de un resorte se levanta la miniatura, y dentro de 
un circulo de cabellos se lee una fecha, queá la par 
indica la de la muerte de mi^adre y la de mi na- 
cimiento. 

Entonces toqué ci resorte, y llevando á Laura 
al lado de la luz que iluminaba la brújula del ti- 
monel, leyó esta inscripción: 

MUERTA EL 31 DE MARZO DE 1834. 

— Ya ves, continué, que mal podía ser de una 
muger á quien yo amase en la actualidad. 

— Espera! esclamó Laura, á como estamos hoy? 

— Es verdad! esclamé adivinando su peosamien- 
to, que rara coincidencia! hoy os el 31 de Marzo 
de 1859 y cumplo veinte y cinco años. 

^Esto nos ayudará á recordarla fechado tan 
feliz encuentro, y siempre que llegue su ani- 
versario rogaré á tu madre, á la nuestra, que do 
nos desampare y ruegue á Dios por nosotros. 

— Y yo te acompañaré en tu plegaria. 

— Yaya, me voy, bastante tiempo hemos per- 
manecido juntos; si observara mi ausencia la fa- 
milia de Ocampo... 

—Espera un momento; voy á preguntarle una 
cosa que es la única que amarga un tanto mí dicha. 

—¿Y qué es? 

—Parece que el señor marqués te ama. 

— /Quién te ha dicho... 

— Oh! no es muy difícil conocerlo; lo observé 
esta mañana, cuando te habló aquí mismo, y esta 
misma noche durante la comida 

— Pues bien, n» quiero ocultarte nada, me ha- 
bla en efecto de amores; pero que te importa si 
yo no hago alto en sus palabras? me vé joven, no 
mal parecida, y por costumbre... como sabéis 
hacer todos los hombres, dijo Laura con una en- 
cantadora sonrisa. 



F«riódico semanal. 



— Ahí léngo celos Laura. 
< —Desecha esa idea. Laufa do p*<lrá ser mat 
que tuya. 
I Y teudiéodODie uua oaDo que yo besé con ter- 

— A Dios, me dijo. i>rocura oíaDana intimar con 
la familia de Ocampo para que podamos vernos 
eo Sevilla I 

—Asi lo haré. j 

¥ cada cual march6 i ocupar su estrecho ca-| 
marote. ! 

I2C, 
il amanecer del dia síguieote dimos vista á ; 
Cádiz y hahieudo pensado la familia de Ocampo 
nermanecer dos 6 (res diaa eu esta ciudad, tam- 
bién yo deiormíné desembarcar en vei de conti- i 
Duar mi viaje á SeTÍlla. ! 

Me hospedé en la misma fonda que ellos; y' 
asi, al trascurrir el tiempo que permaDecímos en 
Cádiz, habia trabado coa la familia de Ocampo una i 
deesas amistades q[io forman una múlua simpatía , 
y que ea poco tiempo llegan á estrt;charse, rei' | 
Bando la maror franqueía, cumo sí su hubiese co- ^ 
nocido aquella persona de muchos aüos atris. 
I A qué referirte todos los pormenores de esta ' 
viajcT Te baste saber que después de cuatro días, 
volvimos á embarcarnos para Sevilla, y cuando 
llegamos á esta ciudad, tanto el marqnés como 
la marquesa y Julia, me hicierou prometerles una 
visita para el día siguiente, á lo cual ya res siac- 
cedería coo placer. 

En efecto, á la una del oirodia me dirigía 
su palacio, pues como tal podía considerarse la 
suntuosa morada que habitaban, y desde luego 
me inlrodujeroD en un gabinete donde se ha- 
llaba unida la sencillez al buen gusto. 

Julí^ fui la primera que me recibía. Estaba 
encaetadora, con su bala color He rosa que sea- 
taba maravílJosamenle á su tez morena, y que ce- 
fiida al talle por un cordoo do seda enlretegido 
deoro, caiaen ondulosos pliegles, descubriendo 
apenas un precioso pié, calzado por una babucha 
morisca. Era el verdadero tipo de las hijas de 
Andalucía, con su misma gracia, sus rasgados ojos 
negros y su hablar dulce y apasionado. Te digo 
en verdad, que era una viviente tentación, y so- 
lo yo, que tan ocupado tenia ol corazón, podía 
miriT con indiferencia tanta hermosura. 

Desde que entré se sentó á mí lado en un con- 
fidente, y con su picaresca sonrísi que nunca la 
abandonaba, me uijo: 

— Vamos, caballero, parece que los aires de 
su pais alegran su corazón; encuentro á V. hoy 
de mejor semblante que aquella noche en que 
me hacia la confesión de ese amor tan mal cor- 
respondido. 

—¿Y á qué alrihuye V. esa rc|ientina variación, 
y que nota V . de esirañ ) en mi? 



EL POETA Y EL TIEMPO. 



Deten ¡oh Tiempo! tu eternal carrera; 
Lelia es hermosa: en sü virgínea frente 
aun brilla el puro sol de primavera. 
Deten, deten tu paso, sé clemente. 

Rasga la nube en que llevarla intentas; 
rompe el reló que marca su destino; 
arroja ia guadaña que sustentas 
y tuerce hacia otro lado tu camino. 

Plega tus alas que amenazan muerte, / 
respeta á Lelia en su angustiado lecho, 
ceba tu garra en la materra Jnerle. 
que aun de Lelia respira el triste pecho- 

jOhl te acercas? no escuchas mi plegaria? 
Cernir te veo en el espacio, horrible, 
y me asusta tu sombra funeraria 
que es tu lorva^mirada irresistible. 

Borrarse veo en pos de ti tu huella: 
rápida pa.sa tu segur corlando 
cual cruza el firmamento la cenlella 
'I" "arda nube el corazón rasgando. 

as ¡ayf oh Tiempo! len^lu.reló ya miro 
ano descender que es de su vida 
ás jay triste! el postrimer suspiro- 
no falal! delente, está dormida. 
. si; mi Lelia duerme; pero velo; 
ca ese vaso que llenó la arena; 
vuélcalo on segundo por el cielo! 
ible sé ¿ mi llanto y a mi pena. 
)h! mírala en insomnios cual padece 
en su pecho el corazón se abrasa: ' 
oven ilusión se desvanece 
ira al ver tu faz que la amenaza. 
)h! respétala Tiempo, aun es lempraiio; 
que viva en la encantada tierra; 
je esc reló tu tiera mano; 
pase el vaso que la arena encierra, 
uévalc mi dolor y mi agonía! 
[ue escuchas? Te acercas impasible! 
^nte por piedad un solo dia! 
tu ngido paso!,. — «Es imposible.» 
y! que no puede ser? Quién le lo impide?» 
El cierno reió ito los destinos 
e la exislení ia de los orbes mide: 
ha señalado Dios otros c.iminos.» 
Il Tiempo dijo: y en sus vifjas alas 
ilia arrebato; la viacn pura! 
tándole al Abril sus tiernas galas, 
índole a) amor una hermosura. 



Iiope de Vttga, 



UN OSCÜLO- 



Un ósculo de amistad 
ayer exigi á mi amorj 
mas la tirana beldad 
roe dijo coa seriedad 
cubriéndose de rubor: 

Aunque amor yo te profeso, 
si tu cariño es sincero 
DO debes pedirme un beso,' 
pues das á entender con oso 
que tu amor no es verdadero. 

Nunca ofenderte creí 
al bacer tal petición-, 
si un ósculo te pedí 
fué para probar asi 
lo estenso de tu pasión. 

Mas perdóname mi Tida, 
perdonaj que en su embeleso 
un amante siempre olvida 
que no es la mejor medida, 
probar amor con un beso. 

Francisco Andraáe y Bemmoní. 



FAjOU^O OA-ITB. 



IXE B.AJLZ^V.O. 



TSADlI<:iÜO POR FBISSICO BUiR. 



£1 centinela qae guardaba la puerta del ca- 
nal había siJo gaorido mediaulQ un saco d< diez 
libras de oro, y «n cuaoio & los dos gondoleros 
creían servir á U Bepública. 

Á los primeros albores del dia marchamos. Asi 
que estuvimos en alia mar, cuándo me acordaba de 
aquella memorabia noche y Je U-f fuertes sensa- 
ciones que en ella liabia esperiraenLado, cuanilo 
me representaba mi memoria aijucl inmenso tesoro 
en el que. según mis cAíciilos, dejaba treinta mi^ 
llonesen plata, vcí:.'teen oro y muchísimos mas en 
diamantas, perlas y robles; se vcrificft en ral co- 
no <m moviento de locnr». 

Tuve la liebrs del oro. 

Llegamos á Smirna y nos embarcamos en se- 
guida para Francia; al subir en el buque fnncé», 
tuvo U furtuní de quedar libre de mi cómplice- 



£nt6nces no calculé toda lá estennon it este 
Efinen da la casualidad, pero del que sin embargo 
mu alegraba. 

Nuo^lro sobresalto era tal que estábimot mum 
aturdidas sin dirigirnos siquiera la palabra, espe- 
nDdo attar en seguridad pan entregaraos libre- 
B«Dte á nuestra alearia. 

No tiene nada Je eslraflo que aquel picaro le 
volviese loco. 

Por lo qus i mi to«a, ya veréis como me cas- 
tigó Dios. 

No estuve tranquilo hasta después de haber 
vendido las dos terceras parles de mis diiman- 
tesen .\inaterdam y Londres y realiíado el pol- 
vo de oro cu valores eomorciiles. 

Duranm cinco años estuve escondido en Ma- 
drid: despucien 1770 vine áParisbajoun mm- 
bre cspafiol, donde ostenté un tren brillante. 

Blanca había muerto 

En medio de mis deleites, cuando goiaba de 
una fortuna du sein millones, fui atacado da ce- 
guera. No dudo que esta eorermadad fusse con- 
secuencia de mi |irUii>a y de mis trabajos es los 
muros de ella, si uo es que mí facultad d« ver el 
oro, debilitan«Io la potencia visual, me predesti- 
naba ú perder la vista. 

En aquel tiempo amaba á una mugar perteiM- 
ciente á una poderosa familia, con laque penuha 
unir mí porvenir. L13 habia dicho el secreto da 
mi nombre, y yo lo esperaba tudo del favor que 
me dispensaba Luis XV. Tenia puasta ^a micoit- 
fianza en esta muger que era la amiga deMme. 
Dubarry, cuitndo me aconsejó qaa consultara i 
na famososo oculista de Londres; mas después de 
algunos mese<> de estancia en esta ciudad, me 
abandonó en Uíde-Park, habióndoma antes despo- 
jado de toda mi fortuna, sin que me qnedara el 
menor recurso, porque obligadoá ocultar mi oom- 
bre para librarme do la vanganza de Venecia, no 
podía repetir contra ella. 

Mi enfernedad fué espbtada por ,los espiís 
que cerca de mi dejó colocados; y por no bo- 
lestaros os hago gracia de aventuras dignas da 
Gil Blas. 

Vuestra revolución llegó. 

Ful obligado á entrar en los Quinze-ViagU, 
donde ella liiio que me admitieran, después de 
haberme tenido como loco dos aüos enBicetre. 

Nunca he encontrado ocasión de matarla. 

Carecía de vista, yera ademas demasiado po- 
bre para comprar on braio. 

Si antes de perder ^ Beneditto Carpí, mi car- 
celero, lo hubiera pedido dalos sobre la situación 
de mi calabozo, hjhiese podido reconocer el te- 
soro y volvar á Venecia cuando la Itepúbliei fué 
destruida iwr Nitpoken. 



Periódico semanal. 



x>x Jkijoa-o. 



LAinu. 

Por tus caprichos no paso, 
mi novio me juzga hermosa 
y aunque opines otra cosa 
yo con mi novio me caso. 

Tu cariño me asegura 
que es un infame perjuro, 
y yo, Lola, me figuro 
que te engañó su figura. 

Y si mi amor sacrifico 
muy claramente se esplica 
que en cambio seré rauyrica 
porque mi novio es muy rico. 

Que esta idea, que desea 
tu amor, deje sin rodeo, 
sin saber cuanto deseo 
llevar á cabo esta idea, 

vive en la imaginación 
tan asegurada y tan... 
que siendo el oro mi afán 
me caso con un millón. 

Y si tú, que eres sencilla, 
das de tu belleza el brillo 
á un pobre, coa el bolsillo 
mas limpio que su ropilla, 

y que de amor un tesoro 
en su ilusión atesora, 
porque no sabes, que ahora 
amor, significa oro, 

yo, querida, que me fundo 
en lo que el mundo se funda, 
porque, cuando el oro abunfl'a 
sobra el amor en el mundo, 

al casarme, solo quiero 
del hombre que á mí ,me quiera, 
como condición primera 
poco amor, mucho dinero. 

Y si al fin me sacrifico 
muy fácilmente se esplica 
que en cambio «eré muy rica 
porque mi novio es muy rico. 



LOLA. 

Sin saber lo que es dolor 
ni saber lo que es placer, 
nunca podrás comprender 
la grandeza del amor. 

Si de la ambición el eco 
resuena en tu mente hueca, 
dejándote el alma seca 
y el corazón también seco; 

si con triste ingratitud 
desprecia tu vanidad 
el grito de la amistad 
que predica la virtud; 

una, á quien tal vez le sobre 
el juicio que no te sobra, 
y que su cariño cobra 
en la pobreza de un pobre 

que con amor verdadero 
le dá su fé verdadera, 
y en vez de riqueza artera 
un corazón todo entero, 

tu miseria desdeñando 
y tu contacto temiendo, 
pero al fin, compadeciendo 
la sed que te está abrasando;» 

tu amistad por siempre deja, 
pues yo del vicio me alejo, 
mas antes, oye un consejo 
sin proferir una queja* 

lia que pierdo su razón 
y á la riqueza se humilla, 
siembra con mala semilla 
el campo del corazón: 
y cuando juzga en sazón 
coger un fruto querido, 
brota una voz en su oido 
de aquella tierra afrentosa 
y le dice: « mala espcTsa, 
tu cosecha se ha perdido! )> 

Y á fé, que razón á Lola, 
amigas, no le faltaba, 
que es la muger labrador 
que con su conciencia labra. 

Muchas niñas, no cultivan 
el terreno de su alma.^ 



.1^*^^ 



%£•- 



Lope de Vega, Feriódioo semanal. 



y luego, tarde lo riegan 
con un torrente de lágrimas. 

Pero esas lágrimas, que 
no brotan purificadas 
queman la pura raíz 
de la flor de la esperanza. 

Y cuando piden consuelo 
á la esencia de esta planta, 
solo recogen... espinas 
que en el corazón se clavan. 

A. Carrian, 



MISCELÁNEA. 



Epigrama. 

El doctor don Juan Gotera, 

gorrón ya muy conocido, 

se encontró á Pepe Estampido 

y le dijo: achico espera. 

Te encontré en feliz momento, 

no tengo siquiera un puro, 

sácame tú deKapuro: 

no fumar es un tormento.» 

((Hombre no tengo ninguno.» 

((Que no tienes? Que sencillo! 

Pues ahí por el bolsillo 

me parece 'asoma uno.» 

«Si pero capa no tiene.» 

((No importa dame ese habano, 

porque siendo ya verano 

en cuerpo es como conviene.» 



Berdnofki. 



Charadas. 



Mi primera compone 

la carcajada 
y con ésta y segunda 

eche usted planta. 

No siendo raro 
que segunda y primera 

te cause llanto. 
Con la primera y tercia 

enjaezada 
me gusta pasearme 

por las mañanas. 

Y Dios me asista 
ay! cuando me coloquen 

en tercia y prima. 



Y tan solo, lectores, 

á mi me espanta 
que te ataque mi todo 

con la charada. 

Aunque yo espero 
que á una niña dispenses 

tan pobres versos. 



Lola. 



Canta primera y segunda, 
tercera y segunda rota: 
en el cántaro está el todo 
sin que le falte una gota. 



Berdaofki. 



Cualquier manjar es insípido 
si le falta mi primera, 
y de un párvulo en la frente 
es frecuente dos y tercia, 
y quizás tengas el todo 
archivado en tu despensa. 



Vlch. 



SolocíoD á las Charadas del nomero anlerioTt 

1.* 
Calabazas Clara 
diote claramente, 
y un gato inocente 
su r(jJ)0 perdió: 
y con tus amigos 
te fuistes de boUa, 
y la CLARABOLLA 
abierta quedó. 

M' A. 



2.' 
Una cara muy bonita 
me arrebató esta mañana, 
y de reguirla cansado 
descansar quise en la cama* 
Volvime á mi casa al punto 
á hacer lo que deseaba, 
pero impidió mi camino 
don Canuto de la CÁMARA. 

Catalina. 



DIRECTOR Y EDITOR RESPONSABLE, 

Imprenta de Casilari. — Comedias 11. 



AÑO I. 



DOMINGO 14 DE JUNIO DE 1863. 



NÚM, 11. 



LOPE DE VEGA, 

PETl'iÓDICO SKMANAL DEDICADO A LA SOCIEDAD QüE LLEVA ESTE NOMBRE. 



OIElSrOIA.S. 



T^TT:EyRJLTTJTiJ^. 



A^IiTES. 



^ — ^ *»<M»M1 "M I 



XiA. ^^IltTTJID. 



su influencia sobre esta misma naturaleza des 
pues que ha sido restablecido su equilibrio 
moral y colocada la Virtud como regla délas 
Existe una idea on el mundo moral á cu- acciones humanas? 
ya sola consideración es atraída irresistible- Y en efecto, ella á manera de suave brisa 
mente la criatura en sus mas nobles facultades, se ha estendijo por toda la tierra inspirando 
y cuya realización y complemento constituyen I su hálito benéfico en todas las institucio- 
el orilen y armonía de este mismo mundo nes humanas, ella ha perfeccionado todas las 
moral. Grabada en el corazón del hombre I ciencias y despejado la inteligencia del hom- 
desde que empieza á lalir con movimientos , bre, descubriendo á sus ojos el oscuro llori- 
do vida, ella es el atractivo de lodos los se-|zonte del porvenir, ella ha dado vida alas ar- 
res racionales, y la que les marca la senda tes, animando con su espíritu los pinceles de 
do la justicia y del deber, antes que la ley i Rafael y de Murillo y colocando atrevidas cíi- 
eterna de Dios se presente á sus ojos escrita! pulas' en medio de los espacios, ella es laque 
con caraclcros materiales. Tal es la ¡dea de ha inventado establecimientos de beneficencia , 
la Virtud. Como emanación de Dios reúne en asilo del huérfano y del desvalido, ella... ¿Pe- 
sa naturaleza la verdad y la bondad, doble ¡ro á que detenernos mas en enumerar uno por 
atractivo de la inteligencia y del corazón. Ella; uno los grandes bienes que la Virtud ha re- 
es bella y hermosa, como hermoso y bello es ! portado a la tierra después que el Mercader 
el orden y armonía que eslablece eñ el mun- Divino nos trajo esta preciosa mercancía? Se- 
do de los espíritus. Su brillantez es tal que pe- riamos interminables si hubiéramos de hacer- 
nclra y ha penetrado siempre por entre las ■ lo; pero bástenos ahora esta sola consideración 
mas densas tiniel)las del error, y están gran- ¡ suficiente por sí para presentarnos de un so- 
de su dulzura que sola su consideración lie- ' ' 
na de suavidad á los corazones mas eslraí:;a- 
dos por los mezquinos placeres de esla vi(!a. 
Inseparable compañera del liombre, aun en el 
mismo infortunio de su degiadacion, (illa es la 



lo golpe de vista todos los bienes que ella 
nos ha tiaido, y es la completa metamorfo- 
sis que se ha obrado en el mundo, ya en el 
orden de las ideas como en el orden de las 
costumbres, desde el momento mismo en que 
que ha inspirado sus máximas morales á Só- fué enseñada á los hombres con el ejemplo y 
erales y á Confucio, ella la cpuí ha insliíuido doctrina del Divino Maestro. ¿Y habrá quien 



las vírgenes Vestales, ella la (¡iie ha forjado 
Caéipos Elíseos para sus fieles seguidores y 
Tártaros para los que desoigan su voz, ella la 
quo'arranca á los incrédulos; las mas subli- 



dude después de tan claras pruebas de su ver 
dad y bondad? Yo creo funcíadamenleque no; 
seria necesario para ello destruir todo lo exis- 
tente y que un nuevo orden de cosas viniese 



mes' confesiones, y ella por último laque ha- a sustituirle, seria necesario (lo que es impo- 



ce csclamar al hombre corrompido video me- 
liora prohoque, íuiníjue conliniie su marcha 
de corruccion diciendo deteriorn seí/iior. 
Y si tal y lan grand;' ha sido s¡.»¡npre su 



sible) que una acción mas poderosa que la de 
Jesucristo hiciese una conlrarevolucion á la 
revolución del Cristo; y qué. ¿Podría acaso 
ejercerla un Sticrates? Escuchemos la voz del 



ascendiente sobre la nalural'^za humrma, aun! incrédulo Rousseau, que haciendo parangón en- 



on el tiempo mismo en (jUv^ la inteüg.^ncia del 
hombre yacía abali'la [)or el execrable pe- 
so del error y en ([uo s\i corazón había |)er 



Ire Sócrates v Jesucristo, considerando ladoc- 
trina vida y carácter de uno y otro, esclama: 
Oui si la vie el la morí de Sócraic soní d'iin 



dido el gusto de las co^as divinas con el bru- safie, la vie el la morí de Jhns sont d'un 
lal goce.de sus pasiones, cuanl; ma\or noes' Dieii. 



Lope de Vega, 



Y si tan grande os el alradivo que la vlr- ^ 
tud ejerce sobre la naturaleza del hombre ¿co- 
mo puede cpnciliarse con el odio i muerte 
que la generalidad de los hombres profesan 
al virtuoso? ¿Queréis saberlo? pues bien, bus- 
cad el origen de este odio en la errónea doc- 
trina de ciertos filósofos que só preleslo de 
ensalzar la hermosura y belleza de la Virtud 
la remetan al tercer cielo, haciéndola inacce- 
sible á la actividad y operación del hombre; 
es para ellos la virtud un bello ideal, pero un 
bello ideal irrealizable. ¡Insensatos! Los que 
asi piensan cierran los ojos para no ver la 
luz! No necesitaré, nó, para refutar este error 
de nuevos argumentos, me valdré de los mis- 
mos con que he demostrado la verdad y bon- 
dad de la Virtud. Si la Virtud no es mas aue 
un bello ideal irrealizable, ¿como esplican los 
adversarios la completa transformación del 
mundo por medio de la Virtud? ¿Icaso con 
la sola contemplación de su hermosura y be- 
lleza? Esto seria querer buscar un principio 
de actividad en la misma inacción, lo cual es 
un absurdo. 

Convengamos por último, en que los que 
así piecsan quieren medir la fuerza del justo, 
que reconoce en sí á mas del suyo otro prin- 
cipio superior de sus operaciones, con las 
fuerzas propias debilitadas por las pasiones 
que le arrastran cada vez mas al abismo de 
su degradación y que lejos de ser auxiliado 
con las fuerzas superiores que ayudan al jus- 
to, pierde las suyas propias, quedando sujeto 
á la mas ominosa esclavitud. 

Así y solo así puede esplicarse esa perpetua 
contradicción de amor á la Virtud y de odio 
al virtuoso que se encuentra en lagenerali 
dad de los hombres, así y solo así se conci- 
be esa continua re[)ulsa de estas dos ideas 
enteramente hermanas, así y solo así tiene 
lugar la errónea doctrina de la impracticabi- 
lidad de la Virtud. Grande eres joh Virtud! 
pero tu grandeza no oprime al hombre, an- 
tes sí, lo defiendes bajo tu poderosa ejida: 
brillante eres; pero tu esplendor no ofusca al 
hombre, sino que aumenta mas y mas la luz 
de su espíritu: exelsa eres; pero tu elevación 
no te oculta á las miradas escudriiladoras de 
aquél que ansioso le busca. ¡Ojala que el 
mundo entero corriese en pos de tí como en 
pos de su verdadero bien! Tú darías la feli- 
cidad al individuo, porque apaciguarías las 
continuas luchas de su espíritu; á la familia, 



porque el mandato y la obediencia se a))0' 
ya en el suave vinculo del amor; á la socie- 
dad, porque el orden y la armonía serian los 
únicos móviles de su vida y el fundamento de 
todas sus instituciones. 

Emilio Rosso. 



IMITACIÓN DE LAMARTINE, 



En el álbum de la Sra. D/ P. G. 



En el libro de la vida, 
fácil es al corazón 
ver de una muerta ilusión 
la página dolorida. 
Mas la página querida 
del amor y la ventura, 
apenas radiante y pura 
á nuestros ojos se ofrece, 
para siempre se oscurece 
entre tintas de amargura. 



Y en balde nuestros antojos 
nos fingen una hoja bella, 
cuando no alumbra una estrella 
nuestro camino de abrojos. 

Y en balde buscan los ojos 
la página en que vivimos-, 
pues cuando el afán sentimos 
de un bien quimérico y vano, 
ya está bajo nuestra mano 

la página en que 'morimos. 

5. López Guijarro. 



«■■ I 1 1'. 



Li DAMA DEL MEDALLÓN, 

NOVELA OmaiNAL, 

POR EMILIO DE LA CERDA. 



CONTINUACIÓN. 

— Quése yo; observo en V. cierta alegria, cier- 
ta satisfacción. <. 

—Sin duda, al verme al lado de tan aprecia- 
ble amiga, tan discreta como hermosa... 

— Ola! ¿galanteos, caballero? Yo creí que pa- 
ra V. uo debia haber ninguna muger hermosa acs* 



Periódico semanal. 



pues de su adorada. Vaya, esa misma alegría de 
que aotes le hablaba á Y., es la que le anima á 
chancearse. 

—¿Como puede usted creer tal cosa? 

— 1 que otra puedo pensar si sé que son puras 
lisonjas las que usted me tributa. Que lástima que 
Bo pueda usted acercarse á su tiránica beldad pa- 
ra decirle tan bellas flores; de seguro que hablan- 
daban su corazón. 

— ;Lo cree usted asi? 

— Y tanto como lo creo. 

— Ay! Julia, cuanto darla por ver á usted pre- 
sa de una pasión semejante á la mía, entonces tal 
vez en lugar de esos sarcasmos, hallaría usted un 
placer en confiar sus penas al que supiera com- 
prenderlas. 

—Y si lo digese á V. que- se engaña, y que tam- 
bién yo amo. 

— ¿Usted? Ah! permítame que no lo crea. 

— ¿Porqué? ¿porque oye usted siempre de mi 
boca la sátira cruel» no puedo abrigar en el cora- 
zón un amor tan vehemente como el que usted mis- 
mo manifiesta? ¿Y si fuese solo una máscara mi 
indiferente desden? 

— Ah! crci que sus palabras estaban acordes con 
sus sentimientos. 

— Nosotras debemos siempre ocultar nuestros 
sentimientos, y no pon eso debe calificarse este 
proceder do falsedad; no, es una necesidad nacida 
del desgraciado destino de la muger. Un hombre^ 
ami, y le es dado declarar su amor á quien lo ins- 
pira aunque luego vea despreciar su pasión; al fm 
sabe á que atenerse; pero una pobre muger, á quien 
la sociedad le quita este derecho ¿que ha de ha- 
cer? ama y muere con su amor, si el hogibre en 
quien puso su pensamiento, aquel cuyo recuerdo 
acaricia su alma no es bastante sagaz para compren- 
derlo, ó si lo vé amar á otra que no es ella 

Al decir estas palabras con un fuego que hacía 
teuir sus mejillas de un vivo encarnado, observé 
que una lágrima empañaba sus hermosos ojos, y que 
me£Íéndose en las pestañas vino á rodar por su 
rostro. Entonces, temerosa sin duda de que yo 
tíoiw su emoción, so levantó bajo pretesto de ir 
á bipcar ala marquesa. Atónito al ver aquel cam- 
bio en una muger ([u^ parceia no poder nunca 
amar, en aquel momento no supe que creer. ¿Era 
este un recurso de muger para interesar, ó era 
cierto que 5({uel alma sufría los tormentos de una 
pasión no comprendida por quien la inspiraba? 
Cuando me lijaba en esta última idea, me acorda- 
ba do lo que yo había sufrido en una ocasión se- 
mejante, y la compadocia. 

Cinco minutos después se presentó la marque - 
sa , rogándome disculpara ásu hija el no poder vol- 
ver porque una leve indisposición ocasionada por 
el daño que producían en sus nervios el aroma de 
las flores de que estaban cargados los jarrones que 
había en la habitacieU; la precisaba á perminecer 



en su departamento. 

La marqaesa se mostró Hnísima, y aun me in* 
vitó á pasar las veladas de familia con ellos, pnes 
decía, liabían simpatizado todos conmigo y que de- 
seaban traiarixe como á un antiguo amigo de la 
casa. 

Después de una hora de visita y ya perdida la 
esperanza de ver aquel día á Laura, que según me 
dijo la marquesa^ estaba ocupada en sus lecciones 
con sus hijas, me levanté para marcharme. 

—¿Tan pronto? me dijo la marqaesa al ver mi 
movimiento. 

—Con harto sentimiento mío; pero voy á ver á 
algunos amigos do la infancia y á pasarme por la 
exposición para preparar un lugar á mis cuadros. 

—Y á propósito, ¿cuHudo lo? presentará V.? por 
que desearíamos ver sus obras. 

— Probablemente, dentro de ocho ó diez dias. 

— Pues no dejaremos de pasar á verlos; yo soy 
entusiasta por la pintura y aun en tííi juventud 
pintaba algo, pero desde que me casé, los cuidados 
de la familia me hicieron abandonar completamen- 
te el arte; sin embargo aun puedo dar mi opinión. 

- Bien, bien, me alegraré mucho encontrar en 
V. un buen p?ríto que me juzgue sin piedad, res- 
pondí riendo. £n íiu, marquesa, hasta la noche. 

—Hasta !a noche. 

—Cuando empezaba á bajar la escalera, oique 
me llamaban por detrás; me volví con presteza y 
el lacayo de quien te he hablado, y que de aquí 
en adelante nombraré por Pedro, me dijo mirando 
al rededor con cautela. 

— Señorito, tome Y. estacarla. 

—¿De quien es? 

— De mademoiselle Laure. 

— Esta bien, contesté, y seguí descendiendo. 

Al pié de la escalera estaba la Chacha, aquella 
viejecita que te he dicho acompañaba á Laura cuan- 
do la encontré por primera vez. 

—Señorito Julio, me dijo así que llegué ásu la- 
do, tome V. esta carta. 

—¿De quien es? 

—¿De mi señorita Julia, me ha encargado se la 
diera á Y. sin que nadie lo Viera. 

¡Y como lloraba la pobrecita cuando la escribía! 

—Que lloraba? 

—Como una Magdalena. 

— Y no sabe V. sobre poco mas ó menos.... 

— Vamos, señor Julio, ¿quÍ3n mejor que V. lo 
ha de saber? V. la quiere y ella á Y. también...» 
algún disgustíllo. 

—¡Señora! ¿que está V. diciendo?.,. 

— Ah! me habré engañado... como repetía sa 
nombre de Y* tantas veces cuando escribía... yo 
la estaba oyendo, aunque puede Y. creer que sin 
intención de sorprender sus palabras. 

— No sé á que atribuir todo esto, sin embarga 
no le diga Y. nula de nueísUa c><:iVv\^\%•í^^\^^^ v^Sk 



Lope de Vega, 



{ 



— Vaya su morcó con Dios. 

Quedé admirado, tauto de a(|uclla doble mi- 
siva, como de los estrados acoDlecimientos que tu- 
vieron lugar aquella roauana en tan corto espacio 
de tiempo. El repentino cambio de Julia, su desa- 
parición, sus lagrimas, aquella misma carta cuyo 
contenido ansiaba saber, pues picaba mi curiosidad 
CD alto grado, todo en fin, me era incomprensible 

Ale dirigí al cafó mas inmediato y leí las dos 
cartas; la primera decía sobre poco mas ó menos 
lo siguiente. 

Julio: grandes han sido mis deseos de presentar- 
me en el gabinete donde lias estado con la mar- 
quesa; pero be temido me vendiera mi alegría; yo 
DO sé disimular; sin embargo he estado oyendo 
vuestra conversación en una habitación inmediata 
puedes figurarte con cuanto placer escucharía 
a invitación que te se ha hecho para pasar á nues- 
tro lado las noches. Solo siento te prives con dis- 
gusto de otros placeres propios de tu edad; mas 
te creo animado del mismo deseo que yo. y no du- 
do será el venir á verme el placer mayor para tí. 
Hasta la noche, tu 

Laura. 

La segunda contenia muy pocos renglones me- 
dio borrados por recientes láj^rimasque aun hume- 
decían el papel; decía así. 

Caballero: ¿como me habrá V. calificado al ver 
tan repentino cambio en mis ideas? Ah! dice Y. bien 
*¿b:.halla tanto placer en confiar sus penas á quien 
pledo comprenderlas! sin embargo, estoy arrepen- 
tida de esta confianza; soy una loca, pero V. que 
es el único depositario de mi secreto oonfio sabrá 
guardarlo como quien es y olvidar nuestra con- 
versación. 

Julia de Ocahpo. 

Pensativo por demás con tan singular carta, 
me dirigí hacia la plaza del Duque, donde vivía un 
amigo mió de la infancia a la sazón oficial de ar- 
lilleria, con quien siempre me unió una sincera 
iimistad, la que apesar Jíí su carácter, pues Adol- 
fo de Sandoval era un completo calavera, jamas 
se enfrió, aunque las circunstancias nos hubiesen 
tenido separados l.irgo tiempo. No teniendo pa 
dres Adolfo, los cuales murieron siendo él aun 
muy joven, ni pariente alguno conocido, su vida 
fué todo lo alegre que puede ser la de un adolescen- 
te do veinte años, dueño de un pingüe mayorazgo 
y coíj una cabeza tan lijen como la suya. A los 
.\iiito y ocho años, y después de haber apurado 
loil'/í los íToccs, después de haber pasado por to- 
das 1 1> peripecias de la vida, acabó por gastar su 
conzou. Km cnanto á las mugeres solo veia ya 
n\ 'lias un o!>;clo de diversión, ó do utilidad á 
suü 1 1] le roses. 

Siempre \p oí decir cuando mo daba consejos 



sobre el amor: busca una mujer que le convenga, 
porque el amor solo existe en los pastorciilos dt 
Garcilaso; en nuestra sociedad no hay amor, sobre 
todo hoy; tanto en hombres como en mugeres, 
esta palabra se traduce por especulación 

Entonces rechazaba con indignación sus ideas 
positivistas; pero al fin he tenido que convenir tn 
ello por una triste esperíencia... 
Tal era mi imigo bando ./al. 
Apenas llegue h su casa y me hice anunciar, 
salió con los brazos abiertos y después del primer 
desahogo de nuestra amistad, me dijo haciéndome 
entrar en su gabinete. 

— Vamos querido, y que viento te trae por es- 
tas tierras? 

—Vengo á la exposición donde pienso presentar 
algunos cuadros como en anos anteriores. ¿Y tu 
sigues en tu afición a la pintura? 

—Hombre, á propósito; tú nae puedes sacar de 
un conflicto. 

— Veamos si está en mi mano. 

(Se coaUsiurá.) 



A YES DEL ALBIA! 



Cantar solo dolores 
sabe mi lira... 
feliz solo es mi pecho 
cuando suspira; 
Que mis suspiros 
se llevan los pesares 
entre sus giros!.. 

Son cual aura que flota 

por la espesura, 

que embriaga al viajero 

con su frescura. 

¡Aura de amores, 

que al prestarnos consuelo 

roba dolores! 

Son cual cisne que sufre 

melancolía, 

cuyo canto es sudario 

de su agonía... 

¡Felice suerte! 

porque al morir cantando 

dulce es la muerte!.. 

Mas el mundo, que falsos 
goces ofrece, 
rechaza los dolores 
del que padece... 



» 



Periódico semanal. 



Y en su Jeiirio 
-contesta con insultos 
á su martirio. 

Por eso al escucharlos 
calla mi lira... 
¿que ha de cantar si el 
solo suspiraí 
¡Si mis suspiros 
solo llevan pesares 
entre sus giros!. - 



pecho 



Ricardo Motij de Bafíos- 



' je í 00 se eiforzase en Ijacerlo conocerá la juventud 
tal vida, permitiéndola vivir á su modo. 

La juventud vivo vida mns hermosa, siquiera 
Sfi menos renl: en ella se encuentra la glori.i con 
sil cspleiiüenic aureola, los umores con sua dulcí- 
simos encantos; la belleza coa todas sus manircs- 
taciones; ul placer uu todas sus fornias: cu ella 
no so conocen los remordimientos, torcedores do 
la conciencia, los dcsengaQos, que desgarran el co- 
ra/üu, ninguno do los dolores que laccr.in el al- 
m^i: Iodo en ella es belleza; todo es dulzura; ¿no 
merece i|UO se viva? 

■ Pero eso no es realmente vivir, repite] ince- 
üanlomenle la veje/: vivir es no pensar cu la gloria, 
;quc es vaaidad. ui creer en el amor, qüc es una 
i mentira; ni abrigar esperanzas, que solo son bar- 
laduras quimeras: vivir es ver el munilu tal cual 
es, íin dejarnos seducir por sus ruenlidiis bellezas, 
niembriaüiirpor sus falsos placeres: vivir es eo iin, 
conocer la verdad, único alimento del nlua.s 

Admitamos como irrecusable todo esto; ¿pero 
DO es en eso caso preferible el sueño i la vid.i? mas 
aun; ¿no es necesaria al alma el soñ;ir7 Porque 
el alma es al parque inteligente, seusilile; y asi 
como por lo primero so complace en la verdad, 
por lo sejfundu se complace en la belleza, consLau- 
le y natural aspiración de aquella facultad; ¡y bay 
tan poca en esa vida que intentan hacerle vivir! 
que tienen necesidad de buscarla en los sueAos, 
■'— 'io lu^ 

¥ aunque no fuese esto una necesidad, 
tan hermosos los sueDosI que fácilmente se Cü^ 



Es una verdad inconcusa que en esa larga se- 
rle de innumerables generaciones que se suceden 

en la vi,ia, cada una de ellas es deudora ó las an- ^^^„^^ necesidad de buscarla 

ter.ores de tan gran beneficio como es la entrega ¿^-^^ |„g3r donde se encuentra, 
beclia á aquellas par estas del gran caudal de co- " ° 
nocimieolos adquiridos duraoie su existencia. ^ 

Pero tal vea descartando del número de dichos prendo cómo ios prefiera eraíoia í¡ ía vida. Pees 
conocimientos algunos de ellos, el teneficio se- aun cuando sea un lisonjero y vano fantasma no 
ría mucho mayor, si como creemos, estos á que mas la gloria en que han envuelto sus nombres 
aludimos solo producen el no muy grato resulta- ijgimos; aun cuando haya sidosolamenlo una deu- 
do de despojar al corazón de esas encantadoras ciosa mentira el amor que hiciera gozar inágota- 



■■ que forman su felicidad. 
Es decir, que acaso no será muy aventurado 
asegurar, que si las generaciones que avanzan ha- 
cia k muerte no legasen 5 I- s que avanzan ha- 
cía la vida, sus conocimientos sobro lo que según 
ellas es realmente vivir, el agradecimiento debido 
por las unas.á las otras serla doblemente mayor; 
porque aquellos ponen ñ las que los reciben en 
(leligrü de vivir, y, ciertamente no es esto gran 
motivo de gratitud. ¿Pues qué gran bcnelicio es 
vivir, si es verdad qué la vida consiste en conocer 
. la realidad de las cosas y esta realidad destroza 
el alma? ¿Qné vale vivir, sí vivires saber que to- 
do lo que alhaga á hs almas jóvenes es una men- 
tira, indi;:na ile ocuparnos un instante; si es des- 



bles placeres á otros, ¿cómo podemos no desear 
luuclias veces llamarnos Cervantes ú Colon; ni mu- 
chas mas envidiar é los que tuvieron la dicha de 
ser acariciados por los hermosos suchos del amor 
de Safo ó la Padilla^ 

De ningún modo; la naturaleza de nuestra al- 
ma, nacida para amar, nos cxíje que busquemos 
lu bello donde quiera quu se halle; y la misma 
realidad de l.i rida nos disculpa, si es necesario, 
de que no quieram;>s vivir. 

l'or eso decimos que mas acreedoras fueran á 
la gratitud de l-is generaciones jóvenes las que les 

Ereceden en la vida, si no se esforzasen éstas en 
acerles vivir; porque, lo repelimos por última vez, 
si la gloria, el amor, la esperanza ton sueQos, y 



lerrar del corazón todo lo que puede conslítuir | despertar es arrojarlos del corazón, dej:iodo áes- 

su felicidad, y lu deja convertido cu | le convertido en espantoso yermo de aterradora 

.Triste iiáramo .. ¡y lúgubre arid.i, á vivir mGriendo es preferible 

' el vivir sonando. 

donde no naco una llor?" W ríV 

En verdad, ÍMia mas de agradecer que la vc-i 



Lope de Vega* 



LA VAGA, LA CABRA, LA OVEJA V 81 LBON. 



Uoa Cabra y una Vaca cierlo dia 
y la Oveja paciente, 
se asociaron para ir de cacería 
con el León rugiente; 

una Cierva corpulenta, 
al divmina en partes, 
que asi habló el Lcon la Fama ciieula. 
usando malas artes: 
niia la primera pu<?s León me llamo, 
y porque soy fuerte 
par) mi la segunda yo reclamo 
en cambio de la muerte: 
y si mucho mas que vosotras puedo. 

V sabéis, 
con la ttTcia poi-cion también me quedo 
si á mal m 

¥ ah de ustedes, si con imprudencia harta 
alguna pretendiera 
tocar tan solo ó desear la cuarta... 
al punto perecieral 

Esopo en esta fábula previene 
al débil confiado 

que con el fuerte tratar no le conviene 
pues quedará engafiado. 

Federico Bejar. 

(TiíJuMioii di Fedto.) 



Si letrilla es en verdad 
criticar con labio rieate 
á todo vicho viviente 
que tiene la sociedad, 
allá vá á lo que jo entiendo 
uoa letrilla jocosa, 
disculpadla, porque es cosa 
hecha de prisa y corriendo. 

Al que educa por su mal 
al hijo de una condesa 
sin 6 pesa 

del sistema decimal 
y tOJito apellida al chico, 
lo critico. 



A la muger que es doctora 
6 lo quiere parecer, 
si no hay quien la haga saber 
que todo la pobre ignora 
y cierra aburrida el pico, 
la critico. 

Los que teniendo alazán 
que corta arrogante el viento 
montados en un jumento 
por miedo ai caballo van 
6 en algún sucio borrico, 
los critico. 

A las que tienen faldero 
/ como si fuera un niño 
le repiten con cariño: 
jAIberto, cuántote quiero! 
besándolo en el hocico, 
las critico- 

Y á mí mismo, que orgulloso 
sin cuento, 
^<i sentimiento, 

fe lector curioso 
cuando estos versos mastico, 
Bie critico, me critico. 

PcAb Cantó AUetaa. 



FA.OI3SrO CJ^ÍSTE. 



33S SJ^JLZ.A.O. 



THADUCÍDO POR FEDERICO BEJAR. 



CONCLUSIÓN. 



Mas. apesar de mí ceguera, marchemos á Ye- 
necia- Yo reconoceré la puerla du la prisión; yo 
veré el oro al través de sus murallas y lo per- 
cibiré hasta en el fondo <le las aguas, donde se 
iia 1 ; porque los ^^^. que 

han echado por tierra e y^iemci» soa 

tales, el secrelo de o ha debido mo- 

mino, el hermano de Blanca, mi 
fMf^^n lo^ espero, me habrá puesto bien 
con lósViei^ 

Yo he pasado notas al primer Citnsul y be pro- 
puesto un tratado al Emperadorde Austria; pero 
todos me han du^oido juzgándome Joco! 

Venid, marchemos á Venocia, vayamos men- 
digando, que volveremos millonirios; recobraré' 



Periódico semanal. 



mis bienes, y vos seréis mi heredero, seréis prín- 
cipe de Várese. 

Aturdido por esta confianza, que en mi imagi- 
nación tomaJba las proporciones de un poema al 
aspecto de esta cabeza blanca y ante el agua ne- 
gra de los fosos de la Bastilla, agua estancada 
oomo la de los canales de Yenecia, no le respon- 
dí una palabra. 

Facmo Cañe, creyendo sin duda que lo juzga- 
ba como los demás, con desdeñosa conmisera- 
ción hizo un gesto que espresaba toda la filoso- 
fía de la desesperación. 

Esta narración acaso le trasportó á sus mejo- 
res dias, á Yenecia, y tomando su clarinete, tocó 
melancólicamente una canción veneciana, barca- 
rola que puso de relieve su primer talento, su ta- 
lento de patricio enamorado y que se asemejaba 
mucho al Super flumina Bahylonis. 

Mis ojos se llenaron de lágrimas. 

T es imposible que si alguno pasaba entonces 
á lo largo del bulevard Bourdon, no se parara á 
escuchar esta última queja de un desterrado, el 
postrer suspiro de un nombre perdido, al que se 
izoia la memoria de Biaoca. 

Mas el recuerdo del oro bien pronto asaltó á 
su mente, y la fatal pasión borró este destello de 
juventud. 

— Este tesoro, me dijo, lo ven doquiera mis 
ojos, tanto despierto como en sueño; yo me paseo 
por él; los diamantes despiden rayos do fuego y 
no soy ya ciego como creéis; el oro y los diaman- 
tes alumbran mi noche, la noche del último Fa- 
cÍBO Cañe, porque mis títulos pasan á los Memmi. 
Dios mió! el castigo del asesino ha comenzado 
bien temprano! Ave María.,, y recitó algunas ora- 
ciones que no entendí. 

— Iremos á Y6necia! le .dije cuando se hubo 
levantado. 

—Ya he encontrado un hombre! esclamó radian- 
te de alegría. 

Dile elbrazo y lo conduje á los Quinze-Yingts, 
es cuya puerta me apretó l.i mano, en el momen- 
to que algunas personas volvían de la boda gri- 
tando á mas no poder. 

—Partiremos mañana? me dijo el anciano. 

-*Tan lueso como reunamos algún dinero. 

— Pero podemos ir á pié; yo pediré limosna, 
soy robusto y siempre es uno joven cuando vé el 
oro delante de sí. 



MISCELÁNEA. 



Sesión. 

Lope de Vega celebró una en la noche 
del Domingo anterior. 

En ella, después de Las Cotlumbre$ dd 
Polo Desierto, se cantó por D. José Gar- 
rido y Burgos y D. Ramón Franquelo Romero 
un dúo de la ópera Belisario, un aria de te- 
nor de Linda, y la de bajo, coreada, de La 
Norma, 

Inútil es decir, que tanto estos señores co- 
mo D. Ricardo Pozo, D. Miguel Reina y los de- 
mas jóvenes que componen la sección lírica 
se conquistaron innumerables y merecidos 
aplausos. 

También el conocido profesor de piano don 
Juan Cansino recibió inequívocas pruebas del 
aprecio en que la Sociedad tiene los conoci- 
mientos que empleó tan eficazmente para el 
mejor éxito de esta sesión. 

Según costumbre, y apesar del escesivo 
calor, terminó con un animado rato de baile 



Facine Cañe murió durante el invierno, de una 
pulmonía, después de haber padecido dos meses. 

FIN. 



Epigramas. 

Decia Juan Antonio ayer: 

((tiene mi amiga Maria 

la cabeza mas vacía 

que he conocido en muger.» 

El no habrá llegado á ver 

que bajo el pelo escondido 

tiene el falso de un vestido, 

seis varas tul de algodón 

y hasta creo que un pantalón 

de su candido marido. 

Berdaoskí. 

De acá para allá cantando 
envuelto en un casacon 
pasa el dia don Fernando^ 
viejo rico y socarrón. 
Su doméstica Ciriaca, 
de genio vivarachon 
esclama: ((Como machaca! 
Siempre así mi buen señor!» 
((En estremo eres satírica 
el amo la replicó, 
hasta en la ocasión mas crítica 
me has de decir machacon»^> 



Lopo de Vega, Periódico semanal. 



Charadas. 

Con mi primera regaño 
al que descansando está 
en la cuarta con tercera 
cuando algo quiere tocar. 
De prima^ segunda y tercia 
muchas hay en la ciudad 
que á cierta clase del pueblo 
les agrada visitar. 
Mi quinta con mi tercera 
en las tiendas hallarás 
y sin este requisito 
no puede un buque marchar. 
Como cristiano que eres 
de hinojos te postraras 
ante mi todo, implorando 
la eterna felicidad. 

Lola. 

Prima tiene dos letras 
que forman una 
y á todos nos han dado 
tercia y segunda, 
no siendo estraño 
que la tercera tomes 
estando malo. 

Segunda, prima y tercia 
forman un nombre 
sobre el cual mucha gente 
se queda pobre, 
y lo hay en casas 
en donde abunda el todo 
de mi charada. 

Yiiyc. 



Cuando un español de España 
vá á Manchester de Inglaterra 
allí deja de ser hombre 
convirtiéndose eu primera. 
Si una muger algún dia 
á la lotería juega, 
que no conciba esperanzas 
siendo primera y tercera, 
P^.í:^ j.;o\i r'.'y-v un [)ren}io 
M: ucxT-' in '"r nv.-rza 
ei L«.-Ji' ?■ üiüv iíih.'ii.i íii.iiio 

'■ , * -"* . 

i":^ 1 i ii'J-:' ■' iii .! ;!i(.::i ^ : :: W Uv'J.i 

i. 



hallar desea un esposo 

afable y de buenas prendas, 

aquí estoy yo, que aunque feo 

y sin tener una perla, 

mi genio es como una malva 

y mi pecho es una hoguera. 

Mi todo en confitería 

el que lo busca lo encuentra. 



Brrdooskl. 



Solución á las Charadas del núinero aülcríor. 

Con la charada de Lola 
no pudo darme Jaqueca; 
menos la del Salchichón 
que en un santi-amen se acierta-, 
y aunque la de Berduoski 
me fastidió una hora entera, 
luego salió ser un Cántaro 
lo que encerró su mollera. 

Catalina . 



Un jaqm salió una noche 
á dar su queja á una dama, 
y la niña inconsecuente 
con un ja ja contestaba. 
Entonces todo corrido 
SM jaca á escape volvió, 
y el cementerio al cruzar 
una caja se encontró. 
Jesús! dijo, mal agüero: 
todo conspira á mi mal, 
mas le prometo á la niña ' 
que una JAQUECA tendrá. 



Comunicado. 



I-OI^E 3DE ^^EC3^-A. 



Esta Sociedad cclobra Juota general ordinam, 
con arreglo al art. 18 del reglamento, el 18 del 
corríenle á las doce de la mañana. 

Lo qup se publica en este periódico para cono 
cimiento de los Sre>. Socios. 

Málaga 13 de Junio de 18ü3. — El Secretario, 
Antonio Merino. 



DlUECTOa Y EDITOR HESrONSABLE, 



« :. t w; im t * umm'-.mr '■»* 



■ 



fnipreidi de Casilari. — Comedias 11. 



AÑO I. 



DOMINQO 21 DE JUNIO DE 1863. 



NÚM. 12. 

« 



LOPE DE VEGA, 

PERIÓDICO SEMA?(AL DEDICADO A LA SOCIEDAD QUE LLEVA ESTE NOMBRE. 



CIElSrOlA.Q. 



XjITEÜ-A^arXJIi-A.. 



a.:rt:s&. 



as» 



mJC\. • • • 



I. 



Fit Fragor. 



Hermosos sueños de gloria 
Que embellecisteis mis dias 
Cuando mi cerebro loco 
En esperanzas ardía-, 

Pobres flores de mi alma 
Frescas ayer, hoy marchitas, 
Deshojadas por el soplo 
De los vientos de la vida-, 

Estrella de los placeres 
Que ayer alegre lucías, 

Y hoy siniestra entre las nubes 
De los desengaños brillas; 

Nave de mis esperanzas 
Que resbalabas tranquila 
Por el mar de la existencia 
Al arrullo de las brisas, 

Yahora oculta entre los pliegues 
Del torbellino que gira 
Roto el timón y sin norte 
A la ventura caminas-, 

Arcángel inmaculado 
De las santas alegrías 
Que en los abismos del alma 
Lloras su calma perdida-, 

¿Porque fijos en la mente 
Vuestros recuerdos se agitan, 

Y el remolino levantan 
De las pasiones dormidas? 

Ah! respetad el sepulcro 
Donde se encierran mis dichas, 

Y no busquéis ilusiones 
En donde solo hay cenizas. 



CSC 



II, 



Fíjl !i!X. 



De entre esos rotos escombros 
De mis pasadas delicias, 
Que el espíritu enterraron 
En el polvo de sus ruinas 

Puede hacer brotar un cielo 
Un rayo de tu pupila. 
Que eres la esencia del ser 
Del que en tus ojos se mira... 

Por eso si oigo el acento 
De algún ruiseñor que trina 
A la margen de un arroyo 
Entre el zarzal donde anida, 

O el murmullo de una fuente 
Que aprisionada suspira, 
O el susurro de las hojas 
Por los céfiros mecidas. 

Siento correr por mis venas 
Fuego de amor que me anima. 
Y es que en sus ecos Natura 
Tu acento de ángel imita. 

Mientras sobre el mar sin fondo 
De mi oscura fantasía 
Cruza tu imagen hermosa 
Entre ráfagas divinas. 

Muger que mis ilusiones 
Con alas de ángel cubrías 
Vuelve el calor á este pecho 
Que con tu ausencia se enfría. 

Ven á mis brazos, que aun 
En mi corazón respira 
El Fénix de los amores 
Que nace de sus cenizas. 

Padua de Alarcon. 



^ 



HISTORIA NATURAL 



IIAUZUPIALES. 



Sirena del corazón 
Que mis ensueños inspiras. 
Radiante luz de mis ojos. 
Puro aliento de mi vida^ 



i Las diferentes maneras que los animales 
■que pueblan el globo lorrostrc tienen de re- 
'. producirse y continuar sus ej-pocies, han sí • 
• (lo y serán siempre obgelos (]ue se pre&leci 
^á la admiración v ^^VwvVsft '\^\cs%V^^sí^^^ía^>'^ 



Lope de Vega» 



intentar su clasificación. En unos la curiosi- ¡ de ellos, puesto que nacen sus hijos de una 
dad, en otros el entretenimiento y en varios misma manera. Pero en el de sus formas, sus 
la instrucción y el estudio, han sido siempre coslumbi os y en el modo de vivir, se dife- 
el móvil que los han impulsado para conocer rencian mucho entre si. 
á ciencia las diversas familias y especies de En lo primero, es decir, en el modo espe- 
scres qno viven, crecen y se reproducen sinjcial de dar áluz sus hijos, son igual«p¿, por- 
el auxilio de sus semejantes y cual si fuesen que las hemb.as tienen la piel del vientre 
seres que pozan de razón y de entendimien- bastante replegada, que haciendo la misma 
tos superiores. Hay muchos cuadrúpedos que figura de una bolsa, se depositan los peque- 
lienen estos privilegios. El modo de que se ñuelos que quedan protegidos en la primera 
valen para colocar á sus hijos cuando nacen, época de su vida de los agentes esleriores. 
ya para librarlos de la intemperie de la at-. También cuando nacen, no están completa- 
mósfera, ó ya para sustraerlos á la vista de mente desarrollados y necesitan de la prése- 
los dema^ animales por temor de que se cusion de algunos dias para que se verifi- 
los arrebaten, merecen una minuciosa obser-jqae en ellos esta metamorfosis, poi* lo que 
vacion. que es objeto luego de una profunda sus órganos son rudimentarios. Desde la épo- 



atencíon. Las rocas, las grutas, los árboles, 
la tierra, son otras tantas parles donde co- 
munmente depositan sus hijos y de las que se 



ca en que nacen hasta la en que se desen - 
vuelven, están agarrados á las tetas de las 
madres, y permanecen pendientes de ellas to- 



constituyen guardas acérrimos hasta la épo- ; do el tiempo que dura su transformación, que 
ca de su perfecto desarrollo, desde donde 1 serán ocho ó diez dias, y desde entonces em- 
cm[)iezan po»- si mismo á buscarse el alimen- 1 piezan a ejercer sus funciones. A veces tam- 
to sin necesitar de los cuidados de sus padres bien, aun cuando sean grandes, si le ame- 



para conducirse entre los demás. 
Apenas la hembra se siente embarazada. 



naza algún peligro á la madre y no pueden 
seguir su veloz carrera, se meten en la bolsa. 



empieza á buscar con la ayuda del macho, el ; la que les sirve de refugio y de burla para 
sitio donde sin estar espues!o á la vista é im- 1 sus perseguidores. En unas hembras la bolsa 



practicable para los demás, sea bien acondi- 
cionado para recibir á sus hijos. Hojas se- 
cas, trapos y todo cuanto sea necesario para 
cubrir el suelo donde vana depositar su cria, 
emplean los dias primeros en buscar. Des- 
pués, cuando ya conocen que solo pocos dias 



está bastante manifiesta, en otras es rudimen- 
taria; pero siempre nacen sus hijos de la mis- 
ma manera. 

Tocante á lo segundo, es decir, en sus 
formas, costumbres y modo de vivir se dife- 
rencia mucho. Unos se asemejan por sus cos- 



le restan para el parto, se colocan eu la ca- tumbres y modo de vivir á los carniceros; 
ma y con el calor del cueipo y el estar par- otros tienen mas aialogia con los roedores; 
te del dia y toda la noche en ella, calientan algunos se parecen mas á los edentados y 
la estancia y ponen su temperatura al nivel varios á los cuadrumanos. Habitan en fami- 
de la de su cuerpo; de manera que cuando lias y en diferentes partes del globo, como en 
nacen los hijos, aunque no sientan el mis- 1 América, en la Nueva Holanda é Islas adya- 
mo calor como cuando estaban encerrados en ' centes. 

el vientre de su madre, á lo menos no co- j Los principales géneros de esta clase de 
nocen el frió. ; animales, según Gerbier, son los siguientes: 

Hemos dicho que la mayor parte de los ! Las Zarigüellas, que comprende diez y ocho 
animales cuadrúpedos hacen sus crias en las especies, nalui^ales todas de América. La co- 
rocas, grutas etc., pero hay otros y estos mun es igual á un galo mediano, el hocico 
son en menor parte, que usan un medio para muy prolongado, la boca muy ondida, las 
colocar sus hijos muy diferente de los de- orejas desnudas y la cola larga desprovista 
mas animales. Entre aquellos, los que mas de pelos. Su alimento consiste ])rincipalraente 
llaman la atención por su raro parlo, son en animales pequeños, en carne muerla y en 
los Marzupiales que pertenecen al orden 4.* frutos, por lo que, con esta semejanza y el 
de laclase 1.* de los Mamíferos. El carácter alimento de que se sirven, se ha creido que 
de estos animales, tocante á el modo de dar tienen alguna analogía con los carniceros. Vi- 
¿Juz sas hijos, ftsüijo mismo en cada uno 'ven por lo común en los árboles, haciendo 



Periódico semanal. 



su nido entre las ramas mas espesafs. Los Fa- [ 
lanjeros, son naturales de la Nueva Holanda j 
y habitan en ella y en las islas roas próximas. 
Son parecidos á los monos; algunos tienen 
la cola prensil con la que se agarran de las 
ramas, quedando colgado lo restante delcuer- 

!)o. Viven como los anteriores, en los árbo- 
es: sus alimentos son de frutos, y son un 
poco tímidos. Y los Canguros que cuentan nu- 
merosas especies, que tienen cuatro y cinco 
pies de largo. Las estremidades posteriores 
muy largas, y la cola también larea. Estos 
animales se diferencian bastante de los ante- 
riores por la formación de su cuerpo, y ade- 
mas por la particularidad que tienen de an- 
dar« puesto que sosteniéndose sobre los pies 
de atrás y soore la cola como en un trípode, 
marchan en esta posición bastante bien y aun 
corren lo suficiente para burlarse de sus ene- 
migos. Tienen otra cualidad que los anterio- 
res carecen de ella, y es que son dóciles; se 
alimentan paciendo la yerba que hay en las 

Eraderas, v se domestican con facilidad. Ha- 
itan en el mismo sitio donde se alimentan, 
Ír sus especies son naturales de la Nueva Ho- 
anda y de sus Islas. 

Tocante á la caza de estos animales no sa- 
bemos como se efectuará; pero creemos, y 
esto es lo mas cierto/que no se ocupan de ca- 
zarlos, por cuanto son animales de poca uti- 
lidad y no muy apreciables. 

M. Román. 



Ella es mi amor, yo la adoro 
Y de sus miradas vivo. 
La luz de sus ojos claros 
Luce en mi alma su brillo. 

No sé que vaga dulzura 
Siento yo cuando la miro... 
Me parece que es un ángel 
Que se introduce en mi espíritu. 

Tiene los ojos azules. 
Que armonizan con los hilos 
De sus cabellos de oro 
Que caen formando rizos. 

Es su boquita un búcaro 
De dos corales unidos. 
Que en vez de palabras, deb^ 
Tener flores al (abrirlos. 



Flores de suave fragancia 
Qué triste yo no percibo-, 
Pero que el alma me hiere 
Y al pecho arranca suspiros! 

Es un aroma que solo 
Percibe el hálitr amigo. 
Por esto de tantas lágrimas 
Se llenan los ojos mies! 

Ella es mi amor; yo la adoro. .. 
Es mi ideal peregino... 
Es el ángel de mis sueños... 
El que amamos con delirio. 

Y en mi pena asi mirándola 
Me estremezco y... la bendigo... 
¡Y muero de amor por ella 
Que no acoge mi cariño! 

Ildefonso Enrique Ollero. 

íía¿t\ú. 



ESPEREMOS. 



((Te he visto, amada, y te quiero.» 
Dije á una niña muy bella, 

Y érase el fuego primero 
Del amor vivida estrella. 

Ella bajó la mirada 
Porque el amor no la venza: 

Y quedó ruborizada 

Del color de la vergüenza. 

La respetó mi cariño 
Una vez, dos y hasta cuatro, 
Diciéndola como un niño: 
«Yo te he visto y te idolatro.» 

Y ella al ver mi afán prolijo. 
Abrió sus labios de flores 

Y temblorosa me dijo: 
((Soy tan niña para amores!» 

Juan P. de Guzman. 

Madrid .-1863. 



LA PAZ DEL CAMPO 



El cielo está puro, 
la brisa suave 
y el canto del ave 
se escucha en redor. 
La rosa en sus hojas 
ostenta el roció 
y lánguido el rio 



La tímida Aurora 
con tintas de fuego, 
anuncia que luego 
Apolo vendrá 
subido en su carro 
de ruedas de oro, 
llevando ií\!l^'^\^ 



Lope do Vega, 



Y el labriego al paro albor 

3ue esparce en torno la Aurora 
eja el Jecho sin dolor, 
porque comprende que es hora 
de comenzar su labor. 

Echase al hombro la azada 
después que besa á su hijo, 
y enloinndo uní balada 
marcha con afán prolijo 
por cavar de madrugada. 



Sus cabrillas apresta 
contenió el zagal 
y á la verde íloresla 
las lleva á pastar. 



venturoso, tranquilo, 
sin pena ni amor, 
á los ecos sonoros 
del dulce laúd 



Y á ia sombra del tilo, ensalza los tesoros 
huyendo del sol, que dá la virtud. 



Que dichoso soy! en sii canto murmura 
gozando el porfume que exhala ia flor, 
tendido en aifombras de amona verdura 
que nunca sinlieron los rayos del sol. 

Yo quiero pasar en ti campo mi vida 
llevando mis cabras al valle á pacer 
y dar un abrazo á mi madre querida 
cuando á casa la noche me haga volver. 

Pues yo no suspiro por falsos amores 
([ue el hombre en ciudades pudiera gozar« 
tan solo deseo vivir entre flores 
y su grata esencia feliz aspirar. 

Federico Befar. 



U UM DEL MEDALLÓN, 

NOVELA OBIGINAIi, 

POR EMILIO DE LA CERDA. 



CONTINUACIÓN. 



I desdo luego llevaba eso adelantado; pero llega la 
exposición donde ella presentara algunas obrasio- 
yas, y me dice el otro dia: «Adollito ¿no tendre- 
mos el gusto de ver algo de Y. en la exposición? 
j — Ay! señora, apenas tengo tiempo de hacer oa- 
ida con las obligaciones del servicio. 
j —Vaya, voy creyendo que es V. pintor en el 
nombre. 

—Ya ves tú, amigo^ que compromiso. 

— ¿Y que has hecho, puesT le dije á Adolfo. 

—Prometerle que antes de quince dias vería 
un cuadro mió en la exposición, y ya han pasado 
ocho y no tengo nada, y... 

— ¿En fm que favor era el que reclamabas de mi? 

—Casi no me atrevo... 

— Vamos, que le preste algún cuadro para ha- 
cerlo pasar como tuyo. 

—Justamente; mira, me sacarías de un verda- 
dero compromiso. 

— Purs cuenta con él; casualmente tengo aquí el 
retrato del duque de'" 

— Oh! no, no, la niña tiene entre otras, la ma- 
nía de leer la Discusión v casi es demócrata. Pos de 
nobles, como diria nuestro maestro de francés ¿le 
acuerdas? aquel ex-jacabino ochentón quo tan bien 
nos sentaba su republicana palmeta sin distinción 
de clases. 

— Entonces Susana eu el bafio... 

— Magnifico; le diré por alhagarla que la he 
querido retratar á ella. 

—Si no so le parece! vas á perder tu crédito. 

— Me haré el casto y le diré quo siempre ho 
creido que las nuigeres tenian en el baño otra ca- 
ra, pues no he visto ninguna. 

—Pasarás por estúpido. 

—En una palabra, es bonita tu Susana. 

— Divina. 

—Pues como ella es bastante fea le alhajará 
siempre el verse comparada con una divinidad. 

— jSiempre tan loco! en íin, cuando quieras pue- 
des enviar por él á mi casa, y firmarlo como tu- 
yo, pues nadie lo ha visto aun. 

—No; cuando presentes los tuyos. Por el pron- 
to vamos á córner^ deseo que me acompañes, ya 
que no nos vemos hace tanto tiempo. 

—Me plaee, después iremos á buscar á los 
amigos, que según me han informado, se reúnen en 



el cafe de'" todas las tardes, y en seguida mo 
_ I de tí para ir en casa déla 

facieres que forma mi historia amorosa, me' fal- j Ocampo 



-~ Pues has de saber, que para completar el ca- 
tálago de mugeres de distintas inclinaciones yca-| separaré de tí para ir en casa 



marquesa de 



taba una que tuviese la manía de la pintura; ya i —Calla! esta aquí ia marauesa! 
en otra ocasión, tratéá una poetisa, y fui poeta ala ' —Ayer vino conmigo toda la familia dosde Má- 
fuerza; luego una ñlarmónica, y empezéá anren-jlaga; pero de donde conoces tu á los de Ocampo. 
der la müsica, aunque no pude pasar del solfo de ¡ —Le hice el amor á Julia en Madrid, pero co- 
escalas. Hoy es mas serio; la niña á quien hago mo chiquilla que apenas cuenta diez y seis años, 
el amor, es decir, la que me conviene enamorar, es una devanadera y se fastidió de mi al segundo 
es pintora; pero amigo una verdadera profesora; y , dia. 

unaJfHíj|f«ondiciones que impone ásns adorado- j —Eres tan atolondrado.... 
JTs^ esh de ^ue han de ser también pintores. Yo —Entonces, todos los que la han obsequiado son 



Periódioo semanal. 



como yo» porque con todos se ha portado lo mismo. 

—¿Y has quedado «n buenas relaciofies coo la 
familia á pesar de esto rompimiento? 

— Ta lo creo; fueron nuestros amores tan pa- 
sageros, que nadie se apercibió de ellos; por lo 
tanto seguí visitando la casa. Esta noche te acom- 
pañaré. 

— También conocerás á Laura. 

— Mucho^ esa es el reverso de la medalla. Tan 
juiciosa, como loca su amiga, solo piensa en sus 
libros. Si vieras, que triste es la historia de esta 
pobre niña I 

— ¿Si? cuéntamente, cuéntame, algo de ella. 

— Áh! picaro, tú tienes algunas miras hacia 
Laura.., 

— No, no, te aseguro que jamás he pensado en 
ella, es solo curiosidad, pues veo la tratan en la 
casa, no como de la clase á que parece pertene- 
cer... al On como un aya, sino cual si fuera un 
individuo de la familia. 

—Como que es una persona bien nacida. T si 
hoy parece ser el aya de las niñas de la marque- 
sa, es porque ella se ha empeñado... por puro agra- 
decimiento. 

— Pues í}ien, mientras te vistes, cuéntame lo que 
sepas. 

— Uc aquí en dos palabras su historia que me 
ha referido un sugeto, el cual es persona fidedigna 
por que presenció los hechos, y ademas hombre 
muy formal. Este mismo fué el que informó ala 
marquesa del origen de Laura, aunque á ella ja- 
más se le ha hablado naJa acerca do su naci- 
miento^ pues parece ignorar completamente que 
* DO es hija de quien ella cree. 

—Habla pronto, ya te escucho. 



Laura pasaba en Paris por hija de Mr. de 
Clermont, personage político de bastante impor- 
tancia, y que había ocupado puestos muy distin- 
guidos en el reinado de Luis Felipe. Este, que 
supo apreciar las brillantes dotes parlamentarías 
de Mr. de Clermont, como orador y diplomático, 
lo encargó (esto se entiende antes del nacimiento 
de Laura) de una comisión muy delicada cerca de 
nn monarca de Alemania. 

Mr. de Clermont tenia una esposa, que pare- 
cia ser un modelo de virtud; hermosa como un 
ángol, y á quien él am:)ba con delirio. 

Sabiendo que su permanencia en el estran- 
gero so prolongaría m^s de un año, se despidió 
lleno <ie pesar de su t¡erní:»iraa esposa, que regó 
con abundantes lágri.nas aquel adiós tan doloroso. 

Por este tiempo se presentó en Paris un ca- 
ballero español, de arrogante presencia y distin- 
guidas maneras, anlo quien se abrieron las puer- 
tas de los mas aristocráticos salones de la socie- 
dad parisiense. 



A una de esta casas concurria Mad. de Cler- 
mont, cuando presentaron en ella al apuesto es- 
pañol. 

Iba siempre esta señora rodeada de criados 
y de amigas, para que nunca pudiera decirse nada 
contrario á su virtud, durante la ausencia de su 
esposo, y hubiera encontrado mil paladines pron 
tos á sacar la espada por ella, si algún impru- 
dente osara manchar su acrisolada reputación con 
una atrevida sospecha. 

Mas ay! hubo un dia en que debió venir á 
tierra aquellla muralla levantada entre ella y la 
maledicencia. 

La casualidad hizo que una de las primeras 
señoras con quienes hablara el estrangero fué 
Mad. de Clermont. 

Ambos simpatizaron desde luego; y un dia 
tras otro dia, se vieron, é intimaron mas y mas, 
y., en fin ha dicho un escritor, moderno con 
mucha verdad que la amiitad en la muger, es el 
prólogo del amor, y en efecto aquella aonistad de- 
generó en pasión. 

El amor ciega, y asi cegó á Mad. de Cler- 
mont de tal suerte, que primero permitió al ca- 
ballero acompañarla á la salida de la tertulia, y 
por último> él muy emprendedor y ella demasia- 
do débil llegaron al término fatal á que conduce 
á una muger un primer mal paso. 

Yiósela una noche, entrar del brazo del ca- 
ballero en su casa, cuyas puertas se cerraron sin 
que volviera á salir el que babia entrado. 

Poco á poco se fué retirando de la casa don- 
de concurria, al observar en todos frialdad, y 
desde entonces se entregó en brazos de su crimi- 
nal pasión, con el mayor descaro, y sin miramien- 
to alguno hacia el honor de su marido engañado 
traídoramente. 

Pasaron aun siete meses, hasta que un dia reci- 
bió una carta do su esposo^ en la que le anuncia- 
ba su regreso, habiendo terminado su embajada 
antes de lo que él esperaba. 

Aquella noticia anonadó á los amanf^s; pero 
no obstante, trataron de verse con sigilo cuan- 
do volviera Mr. de Clermont. 

Llegó éste en efecto, y la pérfida so mostró 
con él aun mas amorosa que antes de su parti- 
da. No faltó quien advirtiera á Mr. do Clermont 
de lo que sucedía en su casa; mas visto que to- 
maba muy á mal estas advertencias, que califica- 
ba de inlames calumnias, se guardaron muy bien 
los oficiosos de reiterarlas. Pero ¿qué puede que-^ 
dar oculto sobre la tierra? Hubo un dia en que 
ya no le fue posible ú la criminal esposa ocultar 
su vergüenza; llevaba en su seno el fruto de 
a(|ucllo.s ilícitos amores, lo que no escapéalos 
■ ojos de Mr. de Clermont, quien se guardó bien 
I de publicar su deshonra con un escándalo^ ^ 
{cuando á los cinco \ftfc"5íi,s ^^ 'sm \^^^%^ x\^V'«<i. 



Lope de Vega, 



permanecieodo en una aldea algunos meses, cre- 
yendo así ocullar el hecho á ios ojos de la so- 
ciedad. 

Nació una niña á quien se puso por^ nombre 
Laura. 

De vuelta á Paris, todos comprendieron el 
paso que habia dado y cada cual, como siempre 
sucedo, lo calificó á su manera; pero las perso- 
nas sensatas alabaron su conducta, y á poco na- 
die se acordaba ya de aquel suceso. 

(St eOBtiaitrá.) 



LA SIEMPRE-VIVA. 



Hay una flor en el campo^ 
imagen de la desdicha^ 
y aunque es grato su perfume 
nadie su perfume aspira. 

A yeces el caminante 
despreciativo la pisa 
para coger de una rosfi 
las punzadoras espinas. 

Y al sentirlas en el alma, 
su conciencia que dormía 
con el dolor se despierta 
esclamando enternecida: 

«Ay! es del mundo un reflejo 
esta pobre Siempre-viva... 
que allí por coger un yicio 
á la virtud sacrifican. 

A. Carrion. 



SUEÑOS DE GLORIA. 



Oh! cuan triste es vivir siempre soñando, 
en pos de gloria sin cesar corriendo, 
y al paso que los dias van volando 
ir nuevos desengaños recogiendo. 

Dulce es la^vida. esplecdorosa y bella, 

f)ara aquel que distingue en lontananza 
os vividos lulgores que destella 
el astro seductor de la esperanza. 

Mas ay! del que en la edad de las pasiones 
cuando iodo parece sonreír 
en un ciclo de oscuros nubarrones 
esa estrella do paz no vé lucir. 
Tíimbien ud (lia por irí pial soñé. 



i 



I y en mi sueño fantástico creí 
y al despertar laTrealidad hallé 
y de mi sueño la ilusión -perdi. 

Si, que era un sueño mi ambición deglor 
lleno de vida y de argentada luz, 
sueño funesto de fatal memoria 
que mi alma oprime cual pesante cruz.... 

Soñaba yo en mi juventud primera 
que al etéreo vacio me lanzaba 

atravesando la radiante esfera 
as ignotas regiones traspasaba. 

Y un cielt, y otro cielo iba cruzando^ 
y nuevos soles en redor surgían, 

y otros seres fantásticos hallando 
que en medio á mi carrera se oponian. 

Mas rechazando mi potente diestra 
sus negras y fatídicas figuras 
de la envidia mundana horrible muestra, 
roe elevaba triunfante en las alturas. 

Y al fin tocando el término anhelado^ 
vi bajo un cielo de brillante azul, 

un aereo templo con afán soñado 
rodar en nubes de flotante tul. 

Fantástica aureola refulgente 
el templo sacro en rededor ceñía, 
cual diadema del oro mas luciente 
bordada de brillante pedrería. 

Frescas coronas de laurel, ornaban 
las bóvedas de pórfido y jacinto 
y mil gratos perfumes se aspiraban 
en torno de aquel mágico recinto. 

Y en el templo de gloria penetré 
y coronas sin cuento recogí.... 
mas, en medio del sueño desperté 
y á la terrible realidad volví. 

Huyó por siempre mi ilusión querida; 
mentira todo fué todo quimera! 
¡Porqué no se estinguio mi triste vida 
al estinguirse mi ilusión primera!... 

Calló el poeta, y su abrasada frente 
en las trémulas manos ocultó; 
mas rápida otra idea hirió su mente, 
y con voz reposada murmuró: 

Pobre pigmeo que aspirar osabas 
sin fatiga, atan rico galardón, 
el saber solo romperá las trabas 
que sujetan tu alma en su prisión. 

Trabaja, busca, estudia sin descanso» 
torna en calma tu loco desvario; 
solo con tiempo, del arroyo manso 
llega á formarse caudaloso rio. 

Emilio de la Cerda. 



Periódico semanal. 



LAS OBRAS DE MISERICORDIA 



PRIMBRA. 

Cuando sepas qae alguno 
yive sufriendo, 
corre sin detenerte, 
corre á su lecho, 
porque es un bálsamo 
la amistad, que consuela 
al desgraciado. 

<^EGUNDA. 

Si llamare á tu puerta 
algún mendigo 
pidiendo una limosna 
por Dios bendito, 
calma su hambre, 
esperando que luego 
Dios te lo pague. 

TBRCEIL\. 

Y si con sed ardiente 

vagas perdido 

y un manantial encuentras 

en tu camino, 

si otro se abrasa, 

hasta que el otro beba 

no bebas agua. 

CUARTA. 

Guando el invierno deje 
las hojas secas, 
si un pobrecito miras 
que llora y tiembla, 
con tus vestidos 
evitarás que el pobre 
llore de frío. 

QUINTA. 

Si un peregrino, muerto 

por la fatiga, 

á honrar tu casa viene 

con su visita, 

el mejor sitio 

bajo tu techo dale 

al peregrino. 

SBSTA. 

Sí ves uno que lucha 
con sus cadenas 



7 poder no te falta 
para romperlas, 
deja al cautivo 
libre, para que llore 
arrepentido. 

SBFTIMA. 

Y si tristes despojos 
hallas de un muerto, 
y con ansia pretendes 
ganar el cielo, 
cava la tierra 
y dale sepultura, 
que Dios lo ordena. 



PRIMERA. 

Si vive en la ignorancia 

un desdichado 

no temas perder tiempo 

para enseñarlo, 

que las tinieblas 

al fuego se disipan 

de inteligencia. 

SEGUNDA. 

Al que necesitare 
de tus consejos, 
dáselos, pero cuida 
quesean buenos, 
porque á los hombres, 
los consejos le forman 
los corazones. 

TERCERA. 

Corregir es preciso 
á los que yerran, 
pero no corrijamos 
con la dureza^ 
porque es muy santo 
redimir cariñoso 
á los malvados. 

CUARTA. 

Si te injuria algún loco 

en su locura, 

nunca quieras vengarte 

de sus injurias, 

pues perdonarlas 

es el deber primero 

de nuestras almas. 



Lope de Vega, periódico semanal. 



QUINTA. 

Si un infeliz padece^ 
llora sus penas 
j asi tal vez consigas 
que no padezca^ 
porque es el llanto 
el mas dulce consuelo 
del desgraciado. 

SBSTA. 

A tu enemigo sufre 
con alma grande, 
7 cuida á los enfermos 
sin que te canses^ 
que es la paciencia 
virtud que abre del cielo 
las santas puertas. 

SÉPTIMA. 

Ruega á Dios por los vivos 

con llanto tierno, 

y por la paz eterna 

de los que fueron, 

que una plegaria 

sube al cielo, si brota 

con puras lágrimas. 

A. Carrion. 



MISCELÁNEA. 



Charadas. 

Primera, tercera y cuarta— es oficio conocido 
— y segunda repetida —de seguro que habrás vis- 
to—si alguna vrz estudinstes— de mitologia algún 
libro.— Sin dos, prima, tercia y cuarta— no mo- 
lieran los molinos — A segunda y cuarta nadie — 
podrá romper el bautismo. — Y el todo produce 
un fruto— que hoy tal vez habrás comido. =Ber- 

DUOSKI. 

Mi primera y mi tercera— en las Iglesias verás, 
— y siempre que voyá misa — desdeallime pongo 
á orar— porque de Dullas me quilo— donde me 
puedan pisar.— £u Operas y Zarzuelas— también 
alguno tú oirás— y si lo ejecutan bien — creo que 
te agradará. — Prima y segunda deseo— poseer en 
propiedad— para ahorrarme algún dinero — en el 
caso do viajar. —Y si el lodo saber quieres — es 
el nombre el que se dá — al hombre que está en- 
cargado deprima y dos, y además-*con esmero 
se dedica— como su ropa, á limpiar.=TRAVFcuiNO. 



Mi primera asusta,-— mi segunda salTa— yes 
tercera arbusto — de sabor aue agrada: — y el todo 
bien puedes— hallarlo sin lalta — pues siempre el 
que escribe— ó estudia, lo gasta. =Chorbi8. 

Mi prima y tercia verás— no en Málaga sola- 
mente,— cruzar las calles y plazas— sino que tam- 
bién los puentes. — Mi primera y mi segunda — aun- 
que pocas, tú tendrás— y me gustan las mugeres— 
que las tienen regular.— El todo de mi charada- 
es un sabroso animal— que lo encuentras eo el cam- 
po— y también en la ciudad. =T. B. O... 

Con primera y tercia franco, — segunda y terce- 
ra cisco,— repito la última coco — y ano ser qae 
tuestes loco— verás el todo.=FRANCi6eo. 



Epigrama. 

Doña Tecla Tocatejas 
dijo al capitán Pavana: 
«es monísima mi Ana, 
es muy mona, Capitán.» 
«Cierto, respondióle éste, 
solo su origen la abona, 
su radimi' siempre fué mona 
y su padre Orangutan-^> 



BerdnosU. 



Solución á las Charadas del nónero antoior. 

Si adoro el Tabernáculo 
de nuestra Catedral, 
admiro entusiasmada 
su pompa y magostad. 

Si en la confitería 
llego una vez á entrar, 
el suave Mantecado 
rae como sin tardar. 

Y aquí la clave tienes 
de tus charadas tres: 
levantando el Petate 
adiós hasta otra vez. 

Enriqueta Ccdvet. 



DIRECTOR T EDITOR'RBSPO^SABLE, 

AJSTTOJsrio a-A.iiiiioisr. 



Imprenta de Casí/ar».— Comedias 11 



AÑO I. DOMINGO 28 DE JUNIO DE 1863. NÚM. 13. 



LOPE DE VEGA, 

PERIÓDICO SEMAXAL DEDICADO A LA SOCIEDAD QUE LLEVA EStE NOMBRE. 



QTTF31SrOIA.Q. 1-ITER-A.TXJI^-A.. AI^TES. 



MÉTODOS DE ENSEÑANZA 



TABLA MNEMÓNICA DE MULTIPLICAR. 



I, 

((Cultivando el entendimiento, se cultiva naturalmente la memoria; mas no siempre que 
se cultiva la memoria, resulla cultivado el entendimiento.» Estas palabras, que hace al- 
gunos años escribíamos en cierta obrita didáctica, eran el resultado de la experiencia hasta 
entonces por nosotros adquirida, la síntesis de muchos raciocii\ios que á la sazón habíamos 
formado: nuestra posterior experiencia, nuestras posteriores reflexiones, nos dan hoy en 
orden á la exactitud de aquel aserto completa certidumbre. 

Que nuestra proposición es exacta, no puede dudarlo quien conozca medianamente las 
facultades del alma ó tenga algunos conocimienlos pedagógicos, por desgracia tan escasos 
en España, aun entre muchas de las personas dedicadas á la enseñanza; para las que no se 
encuentren en ninguno de ambos casos, bastará un sencillo ejemplo. Decid á un discípulo 
que en tal siglo se emprendieron las Cruzadas: fácil es que semejante hecho, de tanto bul- 
to en la historia^ no deje rastro en la memoria del alumno, confundiéndose con los millares 
de acontecimientos anteriores, simultáneos y posteriores que lo rodean, eclipsan y confun- 
den. Y aunque así no fuera y el alumno lo recordara perfectamente, ¿podría en razón ala- 
barse de saber algo? ¿Qué lección, qué enseñanza, que provecho sacaría de su estéril re- 
cuerdo? — Pero decidle cuáles eran en aquellos tiempos el engrandecimiento, las empresas 
y los designios de los muslimes; la situación política y social de los pueblos cristianos; el 
espíritu religioso de las naciones occidentales y los peligros de su comercio marítimo; de- 
cíale, en iin^ todo cuanto dé á CDUocer la época^ los lugares, las personas y las cosas; 
deducid también las principales consecuencias de aquellas guerras y su influencia en la 
política, en la legislación, en las ciencias, en la literatura, en el comercio, en las cos- 
tumbres, en la civilización del mundo; habladle de todo eso, y el discípulo no solo recor- 
dará bien lo que haya aprendido, con lo cual se desarrolla convenientemente la memoria, 
sino (jue recordará nociones útiles, y además sabrá algo provechoso, pensará sin querer y 
aún sm advertirlo, y desarrollará por consecuencia su entendimiento, su razón; atributo 
sublime con que á Dios le plugo distinguirnos de los brutos, algunos de los cuales nos 
llevan por cierto considerable ventaja respecto de la memoria. 

Y en efecto: si uno délos medios mnemolécnicos, esto es, uno de los medios de fijar 
en la memoria las nociones adquiridas; si uno, decimos, el mas eficaz, el mas poderoso, 

auizá el único, es la asociación de ideas, indudablemente su poder y su eficacia deben ha- 
arse en razón directa del mayor número de operaciones iulelcctuaíes, asociadas á la no- 
ción cuyo indeleble recuerdo se desea, y que la tienen por origen, base, foco y lazo im- 
prescindibles. 

((Pero hay cosas, se dirá, en cuyo aprendizaje entra exclusivamente la memoria, á h 
menos por lo pronto, aún cuando después los datos aprendidos sirvan para formar racioci- 
nios mas ó menos elevados y numerosos. « Pues precisamente, contestamos, el mérito de 
un profesor entendido consiste en cultivar el entendimiento del discípulo, á la vez, con el 
mismo compás y en mayor proporción que la memoria, siempre que esta haya de desem- 
peñar el papel mas importante, •Procodería con método ni acierto el (jrofo^s^^v vk^ ^w^c^ía^íü^. 



Lope do Voga, 



que buscase tan solo por el ejercicio el desarrollo de las piernas dejando en inacción los 
brazos, ó que enseñase posiciones y actitudes capaces de dar energía á los músculos flexo- 
res y nó á los tensores de un mismo miembro? Si debe ser armónica la educación en sos 
tres ramos de moral, intelectual y fisica; si es perjudicial el predominio de una facultad 
cualquiera entre otras sus iguales; si todo esto en pedagogía es cierto y evidente como un 
axioma, perjudicialisima á todas luces debe ser la supremacía de la memoria respecto dd 
entendimiento; de la memoria, simple capacidad en el hombre, muchas veces inmensura- 
ble en los irracionales, sobre el entendimiento, conjunto de facultades del alma humana, 
que en el principio anímico de los brutos se perciben como rudimentarias siempre, siempre 
incompletas, siempre tomando por base las ideas de objetos materiales, nunca las produci- 
das por la abstracción, por la generalización, por la deducción ni por el sentimiento mo- 
ral y religioso. Cultivemos, pues, la memoria por el entendimiento y para el entendimiento; 
nó el entendimiento por la memoria y para la memoria. Si el cultivo de ésta favoreciera á 
aquel, ¿no habria llegado ya el perro á conocer siquiera su yo, tan limitado, tan simple, 
tan inferior al nuestro? Como los gritos del mono jamás llegarán á constituir un idioma, 
asi los estudios hechos de memoria nunca producirán luz en el ánimo, nunca formarán un 
hombre sabio ni mediano pensador siquiera. 

Por eso observamos constantemente que los jóvenes acostumbrados á hacer de memoria 
sus estudios, padecen en la edad viril una especie de parálisis intelectual crónica, una pam- 
plejía incurable de la razón, que les impide no ya raciocinar, no ya tampoco juzgar, pero 
ni aún percibir sencillas relaciones entre las ideas. ¿Y qué ha de suceder tras de prolon- 
gada inacción de las facultades respectivas? ¿Qué sucederia al hombre que no hubiese ejer- 
citado la locomoción desde el primer dia de su existencia? Que andaría mal y lentamente; 
ó mejor dicho, que no andaría, que no podría andar cuando quisiera y aunque quisiera. 

Afortunadamente, no hay asunto alguno de cuantos entran en el dommiode la enseñanza, 
por mecánico y exclusivo de la memoria que parezca, incapaz de promover el ejercicio, el 
desarrollo y la lucidez del entendimiento en el que aprende. Y puesto que, según el docto 

f principio del célebre Jacotot, ((todo se encuentra en todo,» hasta en lo que meramente se 
lama copia de datos puede hacerse intervenir la acción de las factiltades psicológicas mas 
elevadas. 

Nos ha sugerido las precedentes consideraciones el haber visto en una obra publicada 
en Bruselas por los señores Jaclot y D' Arbel, una tabla de multiplicar que su autor califica 
de «mnemónica,» la cual resuelve el problema de enriquecer el entendimiento á medida 
guese necesita el auxilio de la memoria. ¿Quién diria que un cuadro de guarismos, con- 
junto de datos inconexos, indigesto agrupamiento de cantidades, tan material, tan árido, 
tan sin razón de ser para el principiante, habia de elevarse desde la humilde condición 
de tabla para multiplicar pequeños números, á la alta categoría de tabla para multiplicar 
nuestros conocimientos? 

Su autor habia observado que los adolescentes, y sobre todo los adultos, no aprenden 
la tabla de multiplicar con tanta facilidad como los niños, y discurrió convertir cada pro- 
ducto en un número instructivo. Al ver esta innovación, pareciónos susceptible de mejora 
tan útil pensamiento. Convertimos pues, en números de interés general o de importancia 
particular para los españoles, los que solamente podian interesar á los franceses; hicimos 
algunas correcciones, y agregamos por íin á cada producto una explicación del asunto á 
que el número se refiere. Esto último es, en nuestro concepto, lo mas beneficioso de las 
adiciones que nos hemos permitido hacer al procedimiento de MM. Jaclot y D* Arbel. 

Antes de insertar la Tabla mnemónica explicada, queremos anticiparnos á desvanecer 
una objeccion que pudiera hacerse. Diráse que debe ser lento el aprender la tabla d« 
multiplicar, complicada con tantas explicaciones y noticias. Pensémoslo. Los productos de 
cada número desde el 2 al 12 constituyen once cuadritos: aunque se empleen dos dias en 
aprender cada uno de estos y leer después su ampliación, el aprendizaje no habrá excedido 
d^ veintidós dias. ¿Os parece poco? ¿queréis que se duplique el tiempo? Sea. Mas recordemos 
que por e) procedwiienlo ordinario no dejando invertirse quince días en aprender la tabla 



Periódico semanal. 



le multiplicar. ¿\ lánlo es un mes de diferencia? ¿No vale mas que esto la considerable 
iuma de conocimientos adquiridos en virtud de las explicaciones que hemos agregado al 
Míen pensamiento de los autores franceses? ¿No será de este modo menos árido y venla- 
Ofo, más ameno y estimulante el estudio? 

Véase ahora la tabla á que nos referimos, y que insertamos en la creencia de que ha 
le agradar á nuestros leclores. 

,^ ^ , Isidoro F. Monje. 



¿Porqué de los dulces ojos 
De la niña enamorada 
Cae una lágrima helada 
Entre sombras de dolor? 

(Qué tiene? ah! Por lo bella 
AdL niña que vierte llanto 
Es de su casa el encanto^ 
Es de Polonia una flor. 

En la guerra está sú amante, 
Que un día partiera ufano 
A luchar con el tirano, 
Genio en su patria del mal. 
Ella suspiros le envía 

Y en soledades tranquilas 
Hace mientras reza, hilas 
Para el sangriento hospital. 

¿Porqué de pronto la joven 
Toda se turba y colora? 
Es que el soldado que adora 
Sin esperarlo volvió. 

ÍMe amas cual siempre^ bien mió? 
>ice cayendo en sus brazos, 
y ella estrechando sus lazos. 
Mas que nunca! respondió. 

«¿Qué buena estrella preside 
Nuestros sinceros amores? 
Porqué vuelves?» «Ah! no llores 
Mas inquietudes por mi.» 
^¿Pero á la guerra no vuelves?» 
«Alma tú del alma mia. 
Diera el Czar una amnistía 

Y á ella al punto me acogí » 

Esto la joven oyendo. 
Con altivo continente 
A su amado frente á frente 
Dice con vibrante voz: ' 



«Lejos el cobarde vaya 
Que de morir se redime 
Guando á su patria la oprime 
La tiranía feroz. 

Yo de amar me avergonzara. 
Ni en pechos honrados cabe 
amar al vil, que no sabe 
Por su patria combatir. 
Era el amarte mi orgullo. 
De tu amor hacía alarde, 
Pero el amor de un cobarde 
Jamás me pudo engreir,» 

«Perdón, esclama el soldado 
De rubor el rostro lleno, 
La muerte arrostro sereno. 
Vine solo por tu amor. 
Las cadenas de Polonia 
Iré á romper con los bravos, 
Que si pueblo es hoy de esclavos. 
Libre le hará su valor.» 
. •■••••••■ 0f • 

Del Vístula en las orillas 
El mancebo enamorado 
Con esfuerzo denodado 

Supo luchar ¡y morir! 

Suspira heroica su amante 

Y en soledades tranquilas. 
Hace mientras reza, hilas 
Sin que se la oiga gemir. 

Ella un amante tenia 
Que adoraba con el alma, 

Y del mártir hoy la palma 
Trémula la ostenta él! 

Si al cielo vuelve sus ojos 
Fija al punto las miradas 
En sus sienes coronadas 
Con las hojas del laurel. 

Tiene el corazón partido 

Y sin embargo no llora! 



Lope do Vega, 



Es un mártir y le adora 
Como á un ángel tutelar. ^ 
Después se marcho á un convento 
Y allí en el claustro sombrío 
¡Salva á Polonia, Dios. mío! 
oo la oye siempre esclamar. 



tras unas matas, 
y enternecióse 
al ver lloraba. 

Que lo que trovas. 



IU.:(!riil. 



Ildefonso Enrique Ollero, 



LAS LAGRIMAS. 



J^ LOXi-A.. 



«Bella pastora, 
bella zagala, 
cual las del rio 
sonoras aguas 
quieren las guijas 
por do resbalan, 
quiéreme luego, 
luego me ama; 
cede á mis cuitas, 
cede á mis ansias, 
y que en tu pecho 
prenda la llama 
que el pecho mió 
de amor abrasa.» 

En la serena 
noche callada 
á Fulanilis 
así trovaba 
un pastorcillo 
á quien sus gracias 
robado hablan 
y preso el alma, 
des que la viera 
cierta mañana, 
el pelo en trenzas, 
corta la zaya 
ir á la fuente 
con otras varias. 

Más Fulanilis, 
si bella, ingrata, 
oye esa trova 
que amor exhala, 
y los suspiros 
que el pastor lanza, 
^ escucba luego 



jamás obtienen, 
quizás alcanza 
una brillante 
furtiva lágrima 
que silenciosa 
que lo que cantigas brota del alma. 



Vuziif-ebn-Sérab. 



las notas claras 
que á su zampona 
sentido arranca 
y ni una frase, 
ni una palabra 
que le dé alientos 
en su esperanza, 
responder quiso 
al que cantaba. 
Solo desdenes 
es lo que halla 
en pago, el triste, 
á las sus ansias. 

II. 

Era una tarde 
de Abril galana, 
y el pastorcillo 
sentado estaba 
cabe un arroyo 
de limpias aguas, 
y en Fulanilis 
sueña su alma, 
pues de sus ojos 
brotó una lágrima 
furtiva, ardiente, 
que por s-u ajada 
mustia mejilla 
luego resbala. 

Cuando de pronto 

vé á la zagala 

que jadeante 

perdida el habla 

cíñele el cuello 

enamorada. 

Y es, qne lo observa 



LA DAMA DEL MEDALLÓN, 

NOVELA OBiaiNAL, 

POR EMILIO DE LA CERDA. 



CONTINUACIÓN. 

Entro tanto> en la casa de Clcrmont pasaba 
una de esas esceojis, que tienen tanta influencia en 
los destinos de un matrimonio. 

El español había desaparecido, y entonces^ Há- 
dame de Clermont trató de volverse á atraer el 
cariño de su esposo; pero éste la rechazó dicién- 
dole, que si en bien de su honra había podido 
ocultar su desliz, desde aquel momento solo ec- 
sistian entre los dos, acjueilos lazos que impone 
la sociedad, y que vivirían, si bien en la misma 
casa, en departamentos completamente separa- 
dos, aparentando no obstante^ delante del mundo, 
vivir en la mayor armonía. 

El desengaño, los remordimientos y la ver- 
güenza, minaron la existencia de la infeliz esposa» 
victima de la seducción y deJ abandono, y al fin 
murió sin poder abrazar ásu hija, que se estaba 
criando fuera de la casa, siendo este el castigo, 
bastante cruel por cierto, que impuso Mr. de 
Clcrmont á su muger. 

Tasados algunos años, mandó educar á Laura 
en uno de los principales colegies de París; pero 
la muerte le sorprendió, dejando aquella niña sin 
fortuna, pues habiendo cambiado su situación des* 
de la salida de Luis Felipe de la Francia, solo 
á costa de grandes sacrificios, pudo llevar á cabo 
la obligación que se habia dispuesto de educar 
á la hiia de su muger, como si fuera propia. 

Quedó la infeliz huérlana abandonada así mis- 
ma, sin protectores que cuidaran de su ¡nesper- 
ta juventud; pero la Providencia, que vela siem- 
pre sobre los desgraciados, le deparó uno. 

Casi estaba al cumplir ei ultimo plazo que pa- 
gara por adelantado Mr. de Clermont en la pen- 
sión, y hubo necesidad de anunciar á Laura qoo 
dentro de poco debería abandonarla. Afortunada- 
mente, cierta señora de la alta aristocracia, que 
visitaba los colegios, dejando en lodos una grata 



Periódico semanal. 



memoria de su munifíceDcia, enterada por la su- 
periora de la triste posición de aquella joven, la 
llevó consigo, y la tuvo á su lado todo el tiempo 
que vivió. 

Esta señora estaba ya muy padecida, y tres años 
después ele haber sacado á Laura del colegio, 
sintió decaer tanto su salud, que temió un acciden- 
te funesto. Viendo que aquella joven iba á que- 
dar otra vez sin amparo, escribió á su amiga 
íntima la marquesa de Ocampo, solicitando se 
llevara á Laura en caso de faltar ella. La mar- 
quesa, ademas de la gran amistad que le unia 
con esta señora, le era deudora de muchos fa- 
vores de importancia, y no tuvo inconvenien- 
te en acceder á su petición, añadiendo que seria 
para ella otra hija, y que solo se separarla de 
su lado si alguna vez se casaba. 

Poco tiempo después murió esta buena señora, 
no pudiendo dejar á Laura mas que una pequeña 
cantidad en dinero y sus alhajas, pues sus parien- 
tes tomaron cada uno lo que le corretpondia de 

sus bienes. 

Marchó Laura á Madrid, según el encargo que 
le hizo su protectora al morir. 

Desde luego se impuso la obligación de no ser 
gravosa á la marquesa; pagándole en cierto modo 
sus fivores, con la brillante educación que está 

{proporcionando á sus hijas, pues tiene mucho ta 
ento y una vasta instrucción. Es adorada de to- 
dos, que la contemplan cual si fuera de la fami- 
lia, y en particular de Julia con quien le une la mas 
estrecha amistad. 
Esta es su historia. Ahora si le parece, vamos 

á comer. 

¡Pobre Laura! pensó en mi interior, aun debo 
amarla mas, habiendo sido tan desgraciada. 



Pasemos por alto los ocho primeros dias de mi 
permanencia en Sevilla, que nada ofrecen de par- 
ticular, y vendamos al que precedió á la visita de 
la familia de Ocampo á la exposición» 

Aquella noche, fui como de costumbre á su ca- 
sa, y hallé la novedad de habar marchado el mar- 
qués á Madrid, por asuntos urgentes qíie recla- 
maban allí su presencia, de lo cual me alegré, por- 
que nunca abrigné h;icia él muchas sin:patias> 
N^áxime viendo su obstinado empeño en logrir que 
Laura le amase, teniéndome que resignar, por no 
perder con una imprudencia el ver á mi amada 
todos los dias. Ella me juraba que solo corres- 
pondía á sus pretensiones con des(»rccios y yo... 
como la amaba tanto, la crcia de buena í'é- 

La noche de que te hablo, aunque hacia un po- 
co de fresco, tuvimos la ocurrencia de bajar al 
jardin, en el que ya \oi árboles empezaban á ves- 
tirse de flores y ojas á consecuencia de una antici- 
pada primavera. 



Adolfo Sandoval, que también se hallaba con 
nosotros, tomó del brazo á Laura, con quien has- 
ta entonces solo me entendia por escrito, disimulan- 
do nuestros amores á los ojos de todo el mundo, 
y yo ofrecí el mió á Julia. La marquesa seguia 
detrá&con otras dos señoras. 

Adolfo sostenii con Laura una conversación 
muy animada mientras Julia y yo, seguiamos pa- 
seando en silencio entregados á nuestras propias 
reflecsiones. 

Un ahogado suspiro de Julia dio pié para rom- 
per aquel silencio tan tenaz. 

—¿Sufre V. Julia? dije á la joven. 

—¿Porqué me hace V. esa pregunta ? 

—Ese suspiro 

— Estaba pensando cuantos serán felices en es- 
te momento al pasear como nosotros teniendo al 
lado el objeto de su amor. 

—-Oh! si, dije yo, debe ser muy feliz el que en 
medio da bosquecillos tan misteriosos como estos, 
sienta sobre su corazón el contacto de un braio 
queridopudiendo decir á su pareja cuanto la adora. 

—Ambos estamos privados de este placer... 
en fin dejemos este asunto; cuando un imposible 
nos separa de nuestros deseos vale mas alejarlos 
de la imaginación 

—Siendo este nuestro único consuelo ... 

--Para V. no digo que no lo sea; al fin es V. 
hombre, y tiene esperanzas; pero yo!... 

—¿Y cuando abandona la esperanza á un co- 
razpn que ama? 

—Cuando vé que el objeto amado no le pue- 
de nunca pertenecer, porque pertenece á otra 
persona. 

—No comprendo. 

—Pues es bien fácil; hablo refiriéndome á mi 
misma. Yo amo á un hombre con toda mi alma, 
y sin embargo ¿que esperanzas puedo tener aí 
verle amar á otra? 

—Sufrirá V. mucho al ver á esa muger. 

— No la conozco. 

—¿Y si han informado á V. mal? 

—El mismo me lo ha dicho, sin sab*3r cuanto 
mal me hacia. 

Ay! Julio, tal vez haga muy mil en revelar á 
V. todos estos secretos pensamientos, cuya con- 
fesión en otras circunstancias seria impropia en 
boca de una muger; pero uno y otro necesitamos 
desahogar nuestros corazones que padecen por 
la misma causa, y asi no temo abrir mi alma al 
que puede apri^ciar estos padecimientos. 

Infeliz! no sabia que yo era dichoso, mientras 

, ella sufria, y creyendo que también necesitaba de 

I consuelo, no me ocultaba nada de lo que pasaba 

en su corazón. Yo seguia representando mi papel 

,de amante desgraciado, tanto por no despertar 

sospechas acerca de mis amores con Laura, como 

por no quitarle aquella ilusioada n^\ ^w'^s^.^vx-k 



Lope de Vega, 



Poco después, nos reunimo» lodos al rededor de 
un magDÍfico estanque^ en cuyo cantroelevaba sus 
aguas un abundante surtidor. 

Se hablaba de la vida. del campo. 

—Marquesa, dijo una de las señoras que la 
acompañaban; supongo que este verano lo pasa- 
rán Vds. en el campo, como cuando otros años han 
venido á Sevilla. 

^Será muy probable, respondió la marquesa; 
i Julia le sientan tan bien los aires de Santa Jus- 
ta? sabe V.? la quinta que tenemos á orilla del 
rio, que será preciso pasar alli lo mas rigoroso 
de la estación. 

— Uiciin que aquello es delicioso. 

=No cabe mas; luego dirigiéndose á mi; V. 
Julio que es pintor podria encontrar allí magiifi- 
cos panoramas para sus cuadros. Piensa Y. per- 
manecer mucho tiempo en Sevilla? 

—Señora, eso dependerá de las circunstancias 

—Pues en caso de pasar aqui el verano , le agrá- 
deceriamos dedicase unos dias para visitar á los 
pobres desterrados. 

—Oh! puede Y. creer que tendré un verdadero 
placer en ello. 

—Nada tengo que decir á Adolfo pues esta 
' invitación la puede tomar como hecha también 
á él. 

—Señora^ respondió el interpelado^ muy eno- 
joso es el servicio en esta población, y como so- 
mos tan pocos los oficiales^ nuestra presencia es 
casi indispensable aqui; sin embargo, acepto la 
invitación y prometo á Y. acompañar á Julio si 
me lo permiten mis ocupaciones. 

— Convenido. 

Laura me miró y sonrió de placer^ al mismo 
tiempo que Adolfo me apretaba el brazo indicán- 
dome á Julia; pero yo no comprendí loque aquel 
vale sieniíicaba. 

— njue quieres decir? le pregunté por lo bajo. 

— Bres muy torpe, amigo mió. 

— Esplicate» 

— Lueeo, cuando salgamos de aqui. 

Poco después nos retiramos, conviniendo antes 
con la marquesa, en que al otro dia á las dos, 
iriamos Adolfo y yo para acompañarlas á visitar 
la exposición 

Asi que salimos, y antes de aue yo le pregun- 
tara nada á mi amigo me dijo él. 

— Julio^ no se porqué se me figura que Julia 
te ama. 

—¿Estas loco? 

—Quilas mas cuerdo que tú. Hace dias, es de- 
cir, desde que estamos vieitando la casa, que ven- 
go notando tn ella un no sé qué... nna simpatía 
hacia tí demasiado significativa. Tú no sé que dia- 
blos tíenes que pareces siempre pensar en las mu> 
sa rafias, y no adviertes ciertas miradas furtívas, 
ciertos suspiros ahogados... y en fin, sin ir mas 
Áya^, esta noche cuando te hice reparar en Julia, 



parecia aue al oir la determinación de su madre 
de marcnar fuera de Sevilla, una sombra de tris- 
teza habia oscurecido su semblante; pero cuando 
la marquesa te hizo la invitación de pasar á ver- 
les en Santa Justa, sustituyó á su melancólica es- 
presion, lamas alegre sonrisa, la mas inocente ale- 
gría. 

— Nada de eso he advertido; respondí mientras 
pensaba que ya otra vez la Chacha me dijera lo 
mismo. 

($• coaUnaará.) 



AMOR ES CUENTO. 



En el álbum de la Srta. D.' P. O. 



El amor es un cuento 
que cuando niños 
nos reñeren los yiejos 
por divertirnos. 

Y el tiempo andando 
lo contamos nosotros 

á los muchachos. 

Hoy escuchar te toca 
pues eres niña-, 
mañana en siendo anciana 
serás oida. 

Y en todos tiempos 
verás^ hables 6 escuches^ 
que amor es cuento- 
Juan A, Viedma- 



Erase un jazmin^ y era 
Una niña que le amaba: 
Él^ mustio se marchitaba 
Sin jugo que le nutriera. 

Y, el dulce aroma al lanzar 
En su pecho^ parecia 
Que en cambio de él^ la pedia 
Mas vida para gozar. 

Ella, la niña^ advírtiendo 
De aquella flor los agravios, 
La colocó entre sus labios. 
Vida por ellos vertiendo. 



Periódico semioial. 



Y él^ rozagante al sabor 
De su aliento delicado^ 
Irguió su cáliz ajado^ 
Lanzando efluvios de olor. 

Y al ver tal la nina bella^ 
Le traspasó á sus cabellos^ 
Porque asemejara entre ellos^ 
En medio un cielo, una estrella. 

Juan P. de Guzman. 



El Ciervo y la Fuente. 



FÁBULA. 

Apagando la sed un Ciervo ardiente 
bebia ansioso en cristalina fuente, 
y al gustar su frescura, 
viendo en ella pintada su figura 
sus enramados cuernos alababa 
y las delgadas piernas despreciaba*, 
cuando su fino oido 
percibió á lo lejos el ruido 
de fieros cazadores 
y presa de terrores, 
por las ligeras piernas auxiliado, 
cual dardo disparado 
echó á correr por valles y por cerros 
eludiendo la furia de los perros. 
Y creyendo encontrar una guarida 
en la selva, prendida 
quedó su cornamenta en el ramaje, 
y blanco del coraje 
de la feroz trailla antes burlada, 
murió al decir con voz entrecortada: 
ay triste! el fiero sino me ha enseñado 
que aquello que tanto he despreciado 
bastante mas valia 
que lo que en mucho aprecio yo tenia! 



(Tradaccion de Fedro.) 



Federico Bejar. 



EL CORAZÓN Y LA CABEZA. 



—Aún quieres á Laura? — Sí. 

— Podrás olvidarla? — No, 
si no me lo manda... — Yo, 
que para mandar nací. 



Yo que adoro la verdad, 
que es madre de la conciencia, 
y alumbro la intelígeneia 
rasgando la ceguedad; 

Que arranco del corazón 
el juvenil arrebato 
y convierto un insensato 
en un hombre de razón. 

Si desdeña tu cariño 
que adelantas con tu lloro? 
-Y no sabes que la adoro 
con la sencillez de un niño? 

No sabes que yo crucé 
la vida, errante, sin tino, 
y que al fin de mi camino 
á mi Laura me encontré? 

No sabes que en mis enojos 
la vida, causóme espanto, 
y quise llorar, y el llanto 
no brotaba de mis ojos? 

No sabes que mi razón 
turbó á lo lejos un eco 
diciendo: utú tienes seco 
el árbol del corazón.» 

Y lamenté con dolor 

ay! mi juventud perdida 
y comprendí, que en la vida 
solo es verdad el amor. 

Y con tal sinceridad 
arrepentido lloré, 

que al cabo á saber llegué 
lo que era felicidad... 

Pero mi cariño tierno 
un desengaño mató, 
y mi ventura trocó 
por las penas del infierno. 

Y en mi delirio, dudé 

aun del Dios que me creara 
porque me arrojó á la cara 
los pedazos- de mi fé! 

-Después de tanto sufrir 

el olvido dá la calma. 
-¿Cómo quieres que sin alma 

un alma ^ueda^ xvw\ 



Lope de Vega, periódico semanal. 



Corrí de su amor en pos 
en mi salvación pensando... 
'Pues sufre^ sufre llorando 
y ten esperanza en Dios. 

-Guando era el ser de mi ser 
su amor, para siempre muere! 
-Si esa muger no te quiere, 
es tan solo una muger. 

Si se rie de tu amor 
con su frió escepticismo. 
Corazón, haz tú lo mismo 
y riete del dolor. 

Mata las penas gozando, 
pasa la vida riendo, 
y aunque te sientas muriendo 
que no te miren llorando. 

Hoy la esperanza y la fé 
te brindan con el reposo. 
-Ay que sueño tan hermoso... 
porqué, porqué desperté! 

A. Carrion, 



Charadas. 

De segunda y prima á todos— se digne librarnos 
Dios:—- prefiero llevarla en trage — que en la honra 
es un baldón.— Mi primera con mi cuarta — es signo 
de la vejez— que el que lo tiene lo oculta — con ar- 
tificial saber. — Primera, segunda y cuarta— en el 
Caniyitas está— y á todos les hace gracia — porque 
le sobra la sal.— Cuarta y segunda se encuentra 
— en los alimentos líquidos— y también es un man- 
jar — por cierto muy osquisito.^Si lo tomas vice- 
versa—es un baile muy vulgar: —solamente á los gi- 
tanos— se lo he visto yobailar.- Segunda v tercera 
solo— el militar lo gastó— para colocar el arma— 
que en destruir se empleó.— £1 todo de mi charada 
—es el nombre de una santa —que entre todas Iüs 
virtudes— en Caridad fué preclara.— La misma. 



I Cuarta y primera reunidas— siempre una perso- 
i na han sido— de un verbo, que ac¡íba en er— su 
presente infinitivo.— Quien de segunda y torcera— 
me descifre el logogrifo,— esto es, loque signiG- 
: can — pues tienen cuatro sentidos,— le prometo re- 
galar—y se lo cumplo, de fijo,— dos dedos de na 
< par de guantes— que compré en un baratillo.— 
I El todo de mi charada— es el ilustre apellido- 
de un hombre que en toda Europa— por célebre es 
' conocido.— D. Juan Palabrilla. 



MISCELÁNEA. 



Suscrita por Un amigo de las niñas dd 
Pindó hemos recibido una carta que ofre- 
cemos insertar en el próximo numero, 
con la contestación que merece. Como 
pensamos no ser muy parcos, y otras 
atenciones no nos han permitido ocupar- 
nos en darla con la premura que exigía 
su publicación instantánea, suplicamos 
al comunicante nos disimule, si retar- 
damos el placer que debe sentir al ver 
impreso en letra de molde el parto de su 
ingenio y laboriosidad. Todo es cuestión 
de ocho dias, y por mucha que sea su 
impaciencia no es de temer le produzca 
una grande desazón ó incomodidad este 
corto aplazamiento. 



Epigrama. 

¿Qué tiene usted dona Inés? 
•Me duele tanto esta muela!.. 
■No quiere usted que le duela 
si la tiene del revés. 



Pide á Dios todos los dias— el cristiano, mi pri- 
mera. — Muchos son los que segunda — toman con 
mucha frecuencia,- y tercera repetida— será la ni- 
fia indiscreta — que quiera dar calabazas«*¿ oa 
muchacho de mis prendas. — El todo no te des- 
cuide:— si alguna vez te lo encuentras — corre ¿ta 
casa ligero— y atrá^ la cara no vuelvas— pues se 
traga un hombre vivo— lo mismo que Vd una oUea 

SoIdcíod á las Charadas del BÚmero anterieri 

UnCOCllERO iba borracho— v atropello i u 
LIMONEliO;— un hombre que á la sazón— pasa- 
ba con un CARNERO,— á dar parte al celaoer— 
corrió por ir mas ligero.— Como el celador no 

f ludo— abandonar su BUFETE— dispuso que en so 
ugar— fuera corriendo un agento. 

La charada de FRANCISCU— tan solo me cansó 
espanto— porque temo que su autor — muera loco 
rematado. 

La misma. 



DIRECTOR T EDITOR RESPONSABLE, 



Imprenta de Casilari. — Comedías 11. 



AÑO I. DOMINGO 5 DE JULIO DE 1863. NÚM. 14. 



LOPE DE VEGA, 

PERIÓDICO SEMANAL DEDICADO A LA SOCIEDAD QUE LLEVA ESTE NOMBRE. 



OIBlSrCIAS. lilXErRA.TTJIiA.. 



MÉTODOS DE ENSEÑANZA 



TABLA UNEMÓNICA DE MULTIPLICAR 



II. 

Columna de los 2 cónsules (A) 

2x2 = 4 elementos admitidos por los antiguos (a). 

2x3 = 6 tiempos en la conjugación del yerbo (¿). 

2X4 = 8 maravillas del mundo (r). 

2 X 5 = 10 mandamientos de la ley de Dios (rf). 

2 X 6 = 12 signos del zodiaco (e). 

2 X 7 =: 14 de abril de 1719: apertura de la tumba de S. Juan Nepomuceno (/). 

2 X 8 = 16, raíz cuadrada de 256, número do Papas desdo san Pedro hasta 

Fio IX (g). 
2 X 9 = 18 satélites de los planetas (//) 
2 X 10= 20 lustros de un siglo fí) 
2 X 11 = 22 cantones suizos (j). 
2 X 12= 24 lictores que precedían en Roma al dictador (/) 



(A) Había en Roma dos clases de magistrados, unos ordinarios v otros oxlraordiuarios. 
Los primeros eran loscónsules, los cuestores, los ediles, los pretores y los tribunos del pueblo: 
los segundos eran el dictador, el capitán de guardia, y los censores, á los cuales pudieran 
agregarse los prefectos y los decemvivos. — A los cónsules estaban subordinados todos los 
demás magistrados, excepto el dictador y los tribunos del pueblo, por más que fuesen estos 
de inferior categoría, resultando que el consulado era la ilignidad mas encumbrada de la 
república. Llegábase á ella por rigurosa escala, debiendo mediar dos años entre un empleo 
y otro. Al principio solamente los patricios podian aspirar al consulado; mas con el tiempo 
llegaron á conseguirlo los plebeyos. Elegíanse los cónsules lodos los años en el mes de 
agosto; pero no se les daba posesión hasta el 1." de enero siguiente, llamándoseles en 
este intermedio cónsules desujnati: si moría onlre tanto alguno de ( líos, el sucesor se 
llamaba consiU suffedus. Dos eran en cada año los cU»gidos, con el fin de que siendo tan 
corta la duración de su auloridad y recelándose el uno del otro, no abusasen del poder 
con perjuicio de la patria. Alternaban por meses on el gobierno, daban los cargos militares. 
y no podian salir de Roma sino para mandar los ejércilos. Carecían defaculladespara con- 
denará muerte ó azotes á un ciudadano, y de su senlencia se podía apelar cif pueblo, 
teniendo poder bastante los tribunos para oponerse á sus decisiones. Cuando peligraba la 
república, solía expedir el senado aquel famoso decrelo: Yiderint cónsules ne quid respu- 
blica detriinonli capiat, cuya autorización daba á los cónsules facultades omnímodas para 
defender la patria a todo trance. Sus insignias eran: veslido talar con guarnición de púrpura. 
\hmndo pretexta; bastón, y silla de marlll. Al cónsul que estaba en ejercicio le acompaña- 
ban doce minislros llamados lictores, los cuales llevaban unos hacecilos de varas, que de- 
bían rendir al pueblo: el que no oslaba en ejercicio llevaba solo un Helor. lias^U v\^>^ '^ 
siguiente mes entraba oira vez en el lleno do sus fuwcm^s.. 



Lope de Vega, 



(a) Los antiguos creiaii que no había sino cuatro elementos ó cuerpos simples, que 
entraban en^ combinación para constituir los demás: c\ fuego, el aire, el agua y Idi tierra. 
Otros pueblos, de mas remota antigüedad, admitían solamente tres: el aire, el agua y la 
tierra; por lo cual los indios y los egipcios simbolizaban la divinidad con la flor del loto, 
planta que tiene su raiz en la tierra, su tallo en el agua, su flor en el aire. Creyendo que 
eran compuestos todos los otros cuerpos de la Naturaleza, se inventó la crisopeya ó arte de 
formar el oro. La química, ciencia que eumenos de un siglo lu hecho prodigiosos adelantos, 
cuenta en el día sobre 01 cuerpos simples ó elementales, cuyos nombres son: oxígeno, 
' hidrógeno, silicio, circonio, boro, carbono, fósforo, azufre, selenio, cloro, bromo, iodo, 
ázoe o nitrógeno, fluoro, aluminio, arsénico, bario, bismuto, cadmio, calcio, cério, cromo, 
cobalto, colombio ó tántalo, cobre, didimio, erbio, estaño, estroncio, hierro, glucinio, iridio, 
lántano, litio, magnesio, manganeso, mercurio, moHbdeno, níquel, niobio, oro, osmio, pa- 
lado, pclopio, plata, platino, plomo, potasio, rodio, rutenio, sodio, teluro, térbio, titano, 
lóroio, tungsteno urano. vanadio, ylrio ó itrio y zinc. Los 14 primeros recibieron el nombre 
de metaloides, y el de metales los 47 restantes; pero hoy se clasilican de distinto modo. De 
los 61 cuerpos simples, los unos son gaseosos, los otros líquidos y muchos de ellos sólidos. 
Entre los metales no hay mas que un líquido; el mercurio. Así como el platino es el mas 
piesado de todos los cuerpos conocidos, el hidrógeno es el mas ligero; por lo cual, pesando 
7/100 de lo que plisaría un volumen igual de aire atmosfcMico, sirve para llenar ¡os globos 
aéreosla ticos. 

(¿) Los gramáticos admiten por lo común seis tiempos en el modo indicativo y otros 
seis con iguales nombres en el subjuntivo; á saber: presente, pretérito imperfecto, pretéi*ito 
perfecto, pretérito plus-quam-perfecto, futuro imperfecto y futuro perfecto: esta es una de 
tantas reminiscencias inútiles (¡ue del latín nos han quedado, porque en castellano no puede 
haber los cuatro modos verbales como los entendían los latinos. Si hubieran de formarse 
lilosóficamenle los idiomas, y considerando el tiempo como una línea indefinida cuyos dos 
extremos se pierden en la eternidad, deberíamos fijar un punto de partida, que pudiera ser 
el acto de la palabra con el nombre de presente: este tiempo sería absoluto e indivisible, y 
formaría época entre dos grandes periodos, el de lo pasado y el de lo venidero. En el pri- 
mero de estos periodos convendría también fijar como época ó punto de partida un pasado 
absoluto, y en el segundo con análogo objeto un venidero absoluto. Establecidos estos tres 
tiempos, deberían señalarse tres pasados relativos: uno anterior, otro simultáneo y otro 
posterior al absoluto; y otros I res relativos respectivamente del venidero absoluto con las 
mismas calificaciones, en esta forma: 



RELATIVOS: 



RELATIVOS: 



o 

.§ 
PASADO 

ABSOLUTO. 



-C3 



va 



OO 



PRESENTE 

ABSOLUTO Y ÚNICO. 



VENIDERO 

ABSOLUTO. 



En nuestra lengua hay tensos ó formas (jue corresponden á algunos de estos tiempos; 
para otros tiempos faltan formas, y ademas hay expresiones verbales que indican el 
período a que corresponden, pero no señalan en él época ninguna, distinguiéndose entre sí 
por su significación particular. Así es que, prescindiendo de la división de modos que nada 
significa en nuestra lengua, pudieran clasificarse de esta manera los tiempos personales 
del verbo: 

TIEMPOS ABSOLUTOS. 

• 

Frésente. Coexistencia con el acto de la palabra, aun(|ue alcance á lo pasado y á lo 
venidero: «vo amo.^) 



Periódico semanal. 



Pasado absoluto. Periodo (lelo pasado, época sin relación con ninguna oira: «yo ow?^.» 
Venidero absoluto. Periodo de lo venidero, época sin relación con ninguna olra: «yo 
amaré. » 

TIEMPOS RELATIVOS. 

Pasado anterior remoto. Período de lo pasado, época anterior a la del pasado abso- 
luto con mas ó menos distancia: «yo habia amado cuando tú amaste.» 

Pasado anterior próximo. Periodo de lo pasado, época inmediatamente anterior á la 
del pasado absoluto: «Luego que \ o hube amadOy amaste tú» 

Pasado posterior. Periodo de lo pasado, época posterior a la del pasado absoluto, al- 
canzando su significación ó el sujeto de ella hasta el presente^: «yo he amado-^^ 

TIEMPOS QDE SEÑALAN PERIODO, PERO NO ÉPOCA. 

Pasado condicional. Significación pasada que sirve de condición á otra: «si yo hu- 
biera amado ó hubiese amado, habrías amado tú. también.» 

Venidero condicional. Significación venidera que sirve de condición a olra: «si yo 
amara ó amase, amarías tú también. 

Pasado condicionado. Significación pasada sujeta a otra condicional: ayo habría amado 
si hubieses amado lú.» 

Venidero condicionado. Significación venidera sujeta á olra condicional: «yo amaría 
si amaras tú.» 

Pasado indeterminado. Significación vagamente pasada respecto de otra presente ()= 
venidera: «aunque yo no haya ainado, ama tú.» «después que yo haya amado, amarás tú.» 

Venidero indeterminado. Significación vagamente venidera respecto de otra pasada, 
presente ó venidera: «has querido que yo ame;^^ «quieres que yo ame;» «querrás que 
yo ame.» 

Pasado supositivo. Significación pasada bajo una hipótesis ó supuesto: «el que hubiere 
amado, que lo diga.» 

Venidero supositivo. Significación pasada bajo una suposición ó hipótesis: «el que 
amare, será amado.» 

Pasado dubitativo. Significación pasada respecto de olra presente ó venidera, indi- 
cando duda aunque se determine ó asegure lo contrario: «yo habré amado ocho veces;» 
(cindudablemente habrás amado. ^^ 

TIEMPO VOLITIVO.. 

Mixto de presente y venidero. Expresión de un deseo en presente |>ara su reali- 
zación venidera: «ama tú » 

Isidoro F. Monje. 

(CoDlíoqará.) 



CARTA I cido á pecar con la carta invitación inserta en 

' el núm. 9 del Semanario de que es V. Director. 
que un admirador de las nueve Aquí hago un parénle>¡s para decir dos palabras 

TTp-rmATiM ATivía al Tlirpptor dí^l á mi amigo el Sr. iMonje. 

Jiermanas envía ai Uireetor aei Eo^iái.g,^ ciudad esencialmenlo mercantil, la 

Semanario Lope de Vega. | literatura es una planU parásita que vejeta á la 

j sombra de la indiferencia, pues generalmente ha- 

I blando, lo que en esta ciudad se necesitan son 
Por Dios y por mi ánima os aseguro, Sr. Di- i buenos dependientes de comercio; acaso ¿para que 
rector, que hacia tiempo no liabia entrado en mis sirve la liicraiura? no es mas provechoso dedicar- 
mientes el escribir cuatro renglones para que fue- se á el tanto por ciento, y á el giro de las le- 
sen impresos, mas como el pecado anda siempre tras de cambio que honroso el trabajar en las 
buscándola parte flaca de todo mortal,* hé aquí bellas letras? 
que el Sr. Monje, tentación literaria, me ha indu- 1 Sr. de Mon\<i, íi \ , \^ 'wvwa.'^Na. \saR» '^^j^js^^A'^ 



Lope de Vega, 



mas buena, la mas loable intención, al invitar á inz, y yo deseoso de que sa Sermaaario tome^ otra 
la juventud malagueña que coadyuve á sostener ^ vida, otro aire, y otro modo do revolverse ea 
y alimentar un periódico de literatura que honre la arena periodística, lanzo esta epístola, para que 
á Málaga ¡loca esperanza! amigo mió. jdel descansado campo donde yacea sus' redac- 

De muchos anos atrás so están sembrando en lores, dirigiendo versos «A una^ Fuente» y otros 
esta tierra plantones literarios, pero en vano: con- [K)r este orden, salten á la palestra, ap^oxan sus 
ciuyóELGuADALiioRCE, pcriódíco quo para SU épo- j péfiolas y pongrin á fuerza de brazo en el ter- 
ca, era notable; El Uubí; La Jovkn Málaga se- reno que le corresponde el periódico oo qve in- 
manario donde escribió el entonces oscuro y hoy sertan sus creaciones. 



brillante antorcha de la literatura, aquellos ver- 
sos í|ue encierran un poema de ambición: 
A lle^iar con mi pluma donde, quiero, 



Porque ¿cree, V. Sr. Director, que u» periódi- 
co redactado en la forma que lo está Lope di 
Vega, pueda mantenerse con el coste de la sos- 



Euora HomcTo el segundo, yo el primero. 'cricion, si ésta, como creo que es la de este Sc- 
Lucgo, on fecha mas reciente, Ei. Círculo, Ór- manario, no fuere el empejio laudabilísimo de 
gano do l.i Sociedad do este nombre; El Faro . bna porción de jóvenes entusiastas de las nueire 
di:l Mediodía y úllím'^monte La Caridad; todos ' Hermanas? Yo, y conmigo V., no podemos creer- 
pues estimado amig », han muerlo de consunción lo; á su periódico le falta ¿desóa Y. saber lo 
¿y como no? 'que le falta? Escúcheme. 

Daré mis razones. Hay en Malaga un plantel ! Los jóvenes que forman la redacción, incluso 
de jóvenes de vcrdadi-rosaber y vasta instrucción, | Y., Sr. Director^ son demasiado descuidados, por 
otro mayor do medianías y otro numerosísimo de que, á quien se le ocurro, que un periódico de 
nulidades con pretensiones do formar en las filas cortas dimensiones, como lo es el de que trata- 



de losj primeros. Los i\ui verdaderamente saben, 
niegan sus escritos, y no contentos con esto, se 
burlan de los quti llevados del mejor deseo, quie- 



mos, debe Heñirse con una colección de chara- 
das, dos novelas en publicación v lo que resta 
I do poesías? Acaso no le ha pasado por las mien- 



ren formar un Semanario que se sostenga en Mú- tes á ninguno de W. que para hacer interesan- 
laga y llegue á ser con el tiempo un buen perió- te un periódico, es preciso que encabeze todos sus 
dico;*deaqui proviene el retraimiento de los se- números, con un artículo de costumbres, oblen 
gundos y queda el campo abandonado á los ter- ¡de ciencia, religión, discusión sobre nuestros poe- 
ceros que pluma enristre entran por las frondosas tas, crítica literaria, bibliográfica, artes ytantss 
campiñas literarias y talan, destrozan y pisotean ! otras cosas como hay de que tratar? ¿Pues qaé, 
el Pindó y sus contornos, hasta tal término señor ^ por que se llatne periódico de literatura solo se 



de Monje, que se hace necesario esclamar con el 
autor del Hombre de Mundo "^X^ Muerte de César. 

¡Yoto al demonio, Juan, que me has parado! 

¿Tú literato? ¿Tú escritor? ¿Que es esto? 

¿Tú dando que decir por ese lado? 

Como quiere Y. pues que las medianías que pue- 
dan llegará ser algo, se lancen á las arenas lite 
rarias, para ser la mofa de los primeros y tener 
que sufrir las sandeces de los terceros.^ 

Esto. Sr. de Monje, es en lo que me fundo pira 
creer que no podrá prevalecer en esta bendita 
tierra un buen periódico do literatura. 

Ahora, Sr. Director, continúodirigiendo mi epís- 
tola ¿ Y. después de cerrar el largo paréntesis 
(]uo he dedicado á mi querido amigo el señor don 
Isidoro Fernandez Monje. 

Tengo la rancia manía, de decir siempre la 
verdad, moneda no muy corriente, pero á true- 
que de disgustar á unos pocos, me quedo con 
la conciencia tranquila y descansando el espí- 
ritu, después de haber dicho lo que siento, pues- 
to que yo, como decía nuestro gran poeta y pro- 
fundo filósofo Quevedo: 

No he de callar, por mas que con el dedo, etc. 
asi, pues, á vuelta de unos cuantos consejos irán 
unas cuantas verdades. 

I>e }a á'iscüs'ioD^ faa dicho no sé quien, sale la 



por 

fian de insertar renglones cortos que se llamen 
versos.? Por Dios, Sr. Director, que no téngala 
sombra del grande hombre cuyo nombre lleva el 
periódico que dirijo, que levantarse do la tumba^ 
y acusarle de mezclarlo en un baturrillo literario. ' 

Quizás me dirá Y. que los compromisos le ha- 
cen insertar sonetos como uno que apareció no 
recuerdo en que númcjro de ese periódico, que 
principiaba : 

«Ln una de Abril, plácida mañana» 

¡Qué trasposición Sr. Director! roas yo no voy 
á hacer la crítica literaria de Lope db Vega, solo 
sí me llevo la idea de qu-^ esta carta despierte el 
sentimiento adormido por el beleño del amor pro- 
pio, y se discuta lo razonable, se formen con- 
troversias en cuestiones literarias que ilustren, 
que tengan interés, que se animen, que se desee 
por todos la aparición del número siguiente; en 
íin quo..^ Sr. Director, que se sacuda V. decom- 
pi omisos, que se deje Y. de charadas, cosa muy 
propia para el Bolelin de Toros, que por V. ó por 
medio de personas conocidas invite V. á... ten- 
taciones he tenido de poner á renglón segnido 
los nombres de todas las personas que debían fi- 
gurar en el periódico que dirije. 

¿Uastá ouando durará en Málaga esta desidia 
literaria? 



PeFiódico semanal. 



Pirece mentira (jue personas oo hijos de esta 
tierra tengan que invitarnos ¿ fonnentar, y ayu- 
dar una empresa á que estamos obligados 

To por mi parte Sr. Director, he acudido ai 
llaraaniento; sé que otro conocido mió se ha an- 
ticipado, pero la índole de mi genio no podia ha- 
cerme ir á colocar el óbolo que me correspon- 
de en el altar de la literatura^ sin antes censu- 
rar, para que se remedien, las faltas que se noten. 

Ño me tome entre ojos la redacción de Lopí oe 
Ybca, ataco á el ente moral y no al individuo, 
hagan conmigo lo mismo, desmenúsese mi carta^ 
censúreseme, que yo procuraré en las siguien- 
tes, si veo que esta sale ¿ luz, sentar mi baza de 
mozo aproyechado, ceder la razón ¿ quien la lle- 
ve, inclinar la cervis ante el queme enseííe y dar 
animación si puedo á las columnas de Lope de 
Vega. 

Respecto á mi nombre para n:ida hace falta: 
V. Sr Director puede mandarme y llamarme por 
el nombre que mejor le parezca; en el entretanto, 
me pongo á sus órdenes^ bajo el seudónimo de 

Un Xmigo de las Niñas del Pindó. 

— Malaga. — 

CONTESTACIÓN 

que da la Redaocioix del Semanario 
Iiope de Vega á la corta -que an- 
tecede DEL ADMIHADOR DE LAS 

JHUEVE Hermanas, amigo be i^as 

mÑAB DEL TnSBO. 



Muy señor nuestro é ilustrado consejero y 
critico: Por nuestra ánima solamente, (que ha- 
cerlo también por Dios, rayaría en lo vedado, y 
cosa es esta en que nos miramos mucho) asegura- 
mos á V. que hemos Icido con la mayor compla- 
cencia la carta que ha tenido Y. la amabilidad de 
dirigir al Director del humilde ])erió(lico que bau- 
tizamos con el esclarecido nombre de Lope de 
Vega, ne por presunción ni pedantería, sino por- 
que conociendo nuestra insuliciencia, quisimos que 
al menos el periódico llevase algo bueno, siquiera 
fuese el nombre. ¥ que nuestra insuficiencia es- 
tá probada, dícelo sobradamente la carta de Y , 
cuyo contenido debe guardar perlecta analogía 
con su intención, que desde luego reconocemos 
por muy sana, asi como la espresion de ella la 
mas apropósito para convertirnos en carámbanos, 
por intenso que fuese el fuego de nuestro entu- 
siasmo literario. 

Durillo se muestra V. con nosotros, Sr. Amigo 



de las Ninas del Pindó, y en verdad que si como 
somos aprendices de literatura lo fuésemos tam- 
bién de doctrina cristiana, hablamos de tomarle y 
de guardarle rencor; y no solamente por lo aue 
dice, y por loque de ello se desprende, analizan- 
dolo, sino también por la forma, por lo material 
de su carta, por el continente que aun mas que 
el contenido revela nos tiene Y. por gente de po- 
co pelo, como vulgarmente se dice, y con la 
que no deben guardarse esas consideraciones sq- 
cíales, que, cuando no otra cosa, dicen á favor 
de quien las guarda conoce las reglas de urbani- 
dad y cortesía. En efecto, por Y. y por nosotros 
hubiéramos deseado recibir su carta, sino en es- 
quisito papel perfumado y fileteado en oro, al 
menos en un pliego de papel regular, y no en 
dos medios pliegos de manos quebradas, y todos 
llenos de enmiendas y de borrones. Y. dirá que 
esto no puede desvirtuar lo otro, es decir lo es- 
crito; cierto es^ pero convendrá que debe con- 
tribuir mucho á la opinión que debíamos formar 
de Y., y es que peca Y. de soberbio y que desde 
la altura donde plugo á Y. colocarle solo ha visto 
en nosotros pigmeos También se lo perdonamos. 
y por aquí, si otras pruebas no tuviese, puede ya 
venir en perfecto conocimiento de nuestra hu- 
mildad. 

¥ entrando ahora en materia, cumple lo primero 
enviar á Y. la espresion de nuestro agradecimien- 
to por la cooperación literaria que nos ofrece, si 
bien condícionalmente, pues ha de depender de 
que vea la luz la carta que Y. nos ha dirigido. 
Cualquiera en caso análogo hubiera repugnado el 
bollo por nb recibir el coscorrón; pero no noso- 
tros; y esto le probará en cuan alta estima tene- 
mos los talentos de Y. Todo antes que vernos 
privados de sus escritos! Que si por la maestra 
ha de sacarse el paño, la que Y. nos da promete 
un tegido finísimo, do lo que hoy no se elabora, 
y por tanto no se encuentra asi como se quiera. 
¡Yaya si será fino! 

Nosotros, formados á la buena de Dios, y can- 
dido? hasta mas no poder, lo creemos al menos 
así; y gracias á esta candidez, lo tenemos á Y. 
por un pollo ó un gallo literato de la mejor bue- 
na fé posible; asi es también que para nosotros su 
carta de Y. no tiene perns... Gracias por ello Ic 
damos á quien es debido, pues de otro modo, tén- 
galo usted por seguro, hanríamos pasado un mal 
rato. ¥ en efecto, si fuésemos maliciosos, ¿cuánto 
no podríamos decir de Y. al leer sus lamentacio- 
nes por la desidia literaria malagueña, y al ver la 
raf»nera como trata do ponerla coto? Pues, y acer- 
ca del modo que ha tenido Y. de sacudirse la su- 
ya? Cualquiera diria (no nosotros, Dios nos libre!) 
pero, iSr. Amigo de las Niñas, por qué si está Y. 
obligado á fomentar y ayudar esta empresa, se- 
gún confiesa, no envía algo de lo mucho que, se- 
gún Y. también, falta áie^V.'^^^xv^^v^^'^^^^^^^ 



Lope de Vega, 



V€z de hacer la enumeración de lo que carece, y 
con lo cual no ha hecho V. níugun descubrimiento 
que pueda darle nombre, ni nonra, cumpliendo 
un noble nropósilo y guiado de un laudable fín, 
en lugar de remilir la carta, no ha enviado Y. á 
la redacción del Lopr de Vega, uno de esos cien 
artículos que menciona, y que cuando menos no 
habian decareeer de epigrafü ni de seudónimo p?- 
ra suscribirlos, pi^esto que de esto ya nos ha dado 
una prueba? ¿Por qué en vez de animar á esos po- 
brecitos alicionados, de estimularlos, de enseñar- 
los con los sublimes partos de su ingenio, formula 
y. una censura tan acre de sus trabajos, y de la 
literatura y de los literatos malagueños?... 

Todo esto y mucho más> Sr. admirador de 
las nueve Hermanas, podria decirle á Y. sin 
grandes escrúpulos de conciencia, cualquiera que 
de malicioso pecase; pero la redacción del Lorc 
DE VíxA, lejos de eso, dice que tiene Y. razón, 
y que procurará. Dios mediante, seguir sus con- 
sejos. Y como no? si no encuentra un óbice que 
oponer á las poderosísimas razones que alega V. 
en su carta, sobre todo en el largo paréntesis que 
dirige a nuestro ilustrado amigo el Sr. D. Isidoro 
Fernandez Mongo? YaI llegar aquí, permítanos Y. 
que, imitándole, hagamos también un paréntesis. 
(¡Cómo se conoce siempre donde está la verda- 
dera ilustración, donde el talento, donde el deseo 
vehemente de estimular á la juventud en las sen- 
das provechosas del estudio y del saber! Y cómo 
saitu á la vista, donde mas que ese talento, esa 
ilustración, ese deseo, hay, pudiera decirse así, 
celillos de oficio, impulsos irresistibles del amor 
propio resentido, acaso por el mal éxito de empre- 
sas literarias semejantes á la del Lope de Yega, y 
ún tantito de envidia por la buena acogida que. 



zo de literatura que pueda Y. tener en su biblio- 
teca, qiie debemos suponer selecta. T esto que 
pasa aquí sucede en Madrid y en Paris, El tanto 
por ciento y el giro con provecho, ha formado 
antes y ahora las delicias Je las gentes. Pero Má- 
laga, de antiguo, tiene fama de iliterata, y do hay 
razón, por lo tanto, para dejar de aplicarle »eiD- 

ere la consabida muletilla de hs letras de cam- 
io. Podrá haber muchos jóvenes, que aoies no 
los habla, aficionados á las letras; podrá haberte 
aumentado la aíicion á la lectura, y seguir en 
grado ascendente; podrán haberse creado unas j 
otras sociedades con la tendencia del estadio, 
del saber y de la enseñanza; nodrfi haber varios 
gabinetes de lectura dondo pululan los periódicos 
de todas clases, asi nacionales como estrangeros, 

3 ue contienen tesoros del saber humioo, á pesar 
e su, por lo común, modesta presencia y tosca 
envoltura; podra, en suma haberse adelaolado en 
esto, como en otras cosas, de algunos años á 
esta parte, y no progresado mas, a causa de ser 
esta una población que cuenta millares de arte- 
sanos y jornaleros cuyos escasos medios oo les 
permiten distraer una parte, si (juier sea mínima, 
para comprar libros y papeles. Todo esto puede 
haber sucedido; pero aunque asi sea, por qué oo 
hemos de seguir la opinión de nuestros mayores, 
respecto á que en Málaga lo que privan son las 
letras de cambio? 

Bien mirado, estamos por decir que no merecen 
perdón esa multitud de jóvenes perteoecieDtes á 
familias decentes sí, pero de escasos medios, que 
no pudiendo seguir una carrera literaria^ por no 
halhr aquí elementos al efecto, se dedican al co- 
mercio, que viene á ser el alma, digámoslo así 
de esta población! ¿Y no es también altamente 



con rn^ron ó sin ella ha obtenido este pobrecilo Se-^ estraño, si se quiere, que en medio de tantas le- 



manario! El Sr. Fernandez Monge, ^ugeto asaz 
competente, y tan conocido ya por sus produccio- 
nes literarias y científicas, por sus talentos, no so- 
lamente dirige una carta al director de Lope de 
Vega, honrándolo, y animando á todos á seguir en 
la empresa acometida, sino que les promete ayuda 
poderosa, y de ello les ha dado ya una notable 
muestra. Otros reputados literatos también les han 
escrito ofreciéndoles cooperación y ayuda, que 
admiten, agradeciéndoselo en el alma. En cambio 
otros obran como mas les place, y hacen bien. Por 
algo y para algo se hizo la libertad!!) Cerramos 
este paréntesis, rogando á Y-, no caiga en la ten- 



tras de cambio, haya muchos jóvenes, como pnede 
haberlos en otras ciudades de iguales circunstan- 
cias á k nuestra^ que por aquellas no olvidan las 
que se llannn belins? ¿Cuan bien califica, poei, 
el Amigo de Im Niñas del Pindó de loca esperanza! 
la deque se sostenga y alimente en Málaga un 
periódico de literatura! Y si lo espuesto no bas- 
tase, masconcluyente es la otra razón que alega. 
¿Si otros periódicos de literatura han muerto, eo- 
mo han de vivir y sostenerse los que los subsigan? 
Muy incrédulo es menester ser, muy testarudo pa- 
ra no darse por convencido ante ese razonamien- 
to. ¿Y quién no se dará por satisfecho ante las 



tacion de encontrar en él alusiones á su carta ni causas que alega para justificar la mortalidad de 
á su conducta, y seguiremos esforzándonos en i los periódicos de literatura en Málaga? En Mala- 
probar cuan acertado ha estado Y. en todas sus ga, según confesión del Amigo de las Niñas del 

P/ndo, hay un plantel de jóvenes de verdaderosa- 
ber y vasta instrucción; otro mayor de medianías. 



apreciaciones al escribir aquella. 

Dice Y. mil veces bien: en Málaga en punto á 
letras son preferidas las de cambio. Nosotros, aca- 
so por ser hijos de ella, las preferimos también; 
y estamos por decir que una de buena firma no 



y otro numeroshimo de nulidades, con grandes 

pretensiones. De modo que entre el primer plantel, 

y el segundo mayor, y el numerosísimo, debe 



tendria Y. reparo en trocarla por el mejor tro- ' comprenderse, es de creer, á toda la juventud ma- 



Periódico semanal. 



lagueoa; por supuesto que esto no obsta á lo de ! 
las letras ds cambio y el giro^ y el ianto por cÍ0n- 
to. Ahora bien» según dicho Amigo, los primeros 
no soio niegan sus escritos sino que se burlan 
de los segundos, f¿si se contará el admirador 
de las nueve hermanas^ por modestia se entien- 
de, en el plantel N.* 1.7) y estos, es decir 
los segundos, que con razón no están de humor 
á servir de hazme-reir, dicen ahí queda eso! Pu&s 
aquí que no peco! dicen entonces los terceros, y 
como eso debe ser tan sabroso, sobro ello se arro- 
jan como perros de presa, y ahi es nada el da- 
ño que hacen! ya lo espresa el referido Amigo. Si 
todo esto, pues, no satisface sobradamente k pro- 
bar que en Málag«) no puede haber un periódico 
de literatura, preciso es que el que lo dude sea 
asaz descontentadizo. 

Ay, Sr, Amigo de las Niñas del Pindó! que con 
serlo de ellas d<i bien claras muestras de saber 
donde le aprieta el zapato; y cuan peque&itos nos 
ha dejado V. con ese descubrimiento! ¿Qué mal 
han hecho los del segundo plantel á los del prime- 
ro, para que asi se conduzcan con ellos?... Esto 
es atroz! Es una falta de caridad que Dios ha de 
tomársela en cuenta! Pero y si dicen los por V. 
puestos en berlina: ¿Quién ha autorizado á ese buen 
señor á penetrar en nuestras intenciones? cuándo 
le hemos dado pruebas para su aserto? y sobre to- 
do, quien le manda poner á descubierto esta nues- 
tra flaqueza, si es que la padecemos? Pues su- 
pongamos que añaden los segundos: ¡qué dice V.! 
por quién nos toma? somos acaso niños que se eno- 
jan por cualquier leve motivo? Aunque medíanlas, 
¿üo tenemos conciencia de lo que valemos si quier 
sea poco, de lo que podemos hacer?... Dejemos á 
un lado á los numerosísimos, pues si estos se em- 
peñasen no les seria difícil lograr que su cabeza 
de V. se fuese á pájaros. 

Mas todo esto, como V. comprenderá, son solo 
suposiciones que no deben tenerse en estima; ra- 
zón porque las rechazamos, y estamos con Y. en 
cuanto dice. ¥ como no es cosa de negar la evi- 
dencia, reconocemos del modo mas público y so- 
lemne que con su caria ha prestado V. un gran 
servicio ala literatura malagueña, honrando de pa- 
so á los planteles de su ameno jardin, y no menor 
á nosotros por sus sesudas advertencias y leales 
consejos, que apreciamos en lo que valen. Y mien- 
tras se digna Y. designamos el plantel á que per- 
tenecemos, quo de su fína cortesía y aprecio en 
que oos tiene, no dudamos sea el tercero, tene- 
mos el mayor placer en ofrecerle las columnas de 
nuestro humiluc, y ya por Y. sarandeado Sema- 
manariOp quedando de V., etc. 

La Redacción. 



LA INOCENCIA. 



A LA SEÑORITA ÜO.S'A DOLORES ESCALONA. 



En el Jardin del Cielo 
sembró Dios mismo 
una planta que cuidan 
los angelitos^ 
y con su aroma 
perfuman el ambiente 
que hay en la gloria. 

Dios, que por redimirnos 

diera la vida, 

y por nosotros, todo 

lo sacrifica, 

tan rica planta 

permitió que á este mundo 

la trasplantaran. 

Pero, sin duda alguna 

los jardineros, 

esa flor tan preciada 

desconociendo, 

mal la plantaron 

y vá muy despacito 

fructificando. 

Por eso los capullos 
apenas brotan, 
antes de entreabrirse 
pierden su aroma, 
que en este suelo 
corren para esas flores 
muy malos vientos. 



Pero la que hoy admiro 
en tu sonrisa 
nunca preciosa Lola 
verás marchita, 
porque Dios riega 
con su aliento, las flores 
de la Inocencia. 

A. C arrian. 



MISCELÁNEA. 






Con el mayor gusto hemos sabido cv^v-,^ 
habiendo ^te^^ive.\;y.$)LCi ^ "^^^xw^^ "^^ - ^^ 



Lope de Vega, periódioo Bemanal. 



bernador de esta proyincia los exámenes 
de los alumnos de la Escuela Normal de . 
maestros j de las alumnas de la de maes- j 
tras, recientemente verificados, ha diriji- \ 
do un oficio manifestando su satisfacción j 
á los jefes de ambos establecimientos, y ¡ 
encargándoles que lo participen asi á los ' 
respectivos profesores. No podia esperar- 
se menos del celo é inteligencia de los 
señores don Marcelino Insaurriaga, don 
Isidoro Fernandez Monje, don José Gar- 
cía Vázquez, don Pedro Ignacio Cantero 
y don José Fernandez de Segura, que 
constituyan el personal de la Escuela 
Normal de maestros; asi como de la se- 
ñora doña Francisca Fernandez de Se- 
gura, del mismo señor Garcia Vázquez, I 
de don Salvador Vergara y de don José 
de Pina y Diaz, encargados de las ense- 
ñanzas en la Escuela Normal de maes- 
tras. 

La Dama del Medallón. 

En el número próximo continuaremos 
la' publicación de esta novela, que in- 
terrumpimos hoy para dar lugar á la 
carta de un Amigo de las Niñas del Pindó. 



Epigrama. 

Decia don Baltasar: 
((hombre, hay ciertos animales 
que parecen racionales, 
no les falta mas que hablar.» 
Y mi Inés que no se ataja, 
le contestó: (csi señor, 
dé usted gracias al Criador 
que le ha dado esa ventaja.» 



ChorU. 



Charadas. 



Mí primera y mi tercera— es apellido espan- 
toso—y también quita la vida — aunque pareica 
horroroso.— Una letra consonante— solamente ei 
mi segunda— y en los jardines mi todo— mayor- 
mente es donde abunda. — Pape. 



¿Esto es querer? 

Mi madre no quiere 
que quiera á Javier, 
que porque le quiero, 
me quiere también. 
Mas si ella ha querido 
yo quiero á mi vez, 
y quiera ó no quiera 
le quiero querer. 
Si quiero quererle, 
quererle querré 
mientras él me quiera 
cual le quiero á él. 
Que dos que se quieren 
y quieren con fé, 
quieren, como quieren 
los que quieren bien. 
Y si madre quiere 
no quiera á Javier, 
([ue quiera ó no quiera 
le quiero querer. 

Javier. 



Siempre que en coehe paseas— mi primera y 
dos, que es verbo, — en presente imperativo— la 
diriges al cochero. — Tercia y cuarta caliGea— al 

3ue perdió el sentimiento,— quintp ysesta, es ubí- 
ad — del nuevo sistema métrico.— din mi primen 
y mi cuarta— nunca ves al arriero^ — y mi sesU 
con mi tercia— signiGca mucho peso;— mus si es- 
tá coa la segunda— es fruta de gusto buooo— y 
también un apellido— que tú conocos por cierto. 
—Mi cuarta con masía sesta— es un manjar saco- 
lento,— y mi todo lo hallarás — en Geometría ú 
remedio. ==F. B. Zaviiranoff, 



i*. 



Prima y segunda es un rio,-*seguoda y prina 
una letra.— V si estás desesperado— el todoqnita 
las penas. — Berdüosiíi. 

Mugcr prima y segunda— debe ser mala, — y si 
tres y dos viste— está do gala.— Y nunca dado— 
que en el todo hay de ellas— y es bien segaro. 

l^iiTCior. 

SoIqcíod á las Charadas del oomero aiteríoTí 

La charada de ESPARTERO— gran júbilo me 

causó,— pues siempre que lo recuerdo — su honra- 
dez alabo yó. 

A Derduoski le encargo— no lo tema á la PAN- 
TERA, —que no dobc tener miedo — un machaoho 
de sus prendas. — Pape. 



te 



DlRECTOn Y EDiTOR RESPONSABLE, 



Imprenta de Caíí/an.— -Comedias 11 



AÑO I. DOMINGO 12 DE JULIO DE 1863. NÚM. 15. 



LOPE DE VEGA, 

PEUIÓDICO SE3fANAL DEDICADO A LA SOCIEDAD QlIK LLEVA ESTE NOMBRE. 



LiTEü-A.TTJRA.. A.IÍXBS. 



MÉTODOS DE ENSEÑANZA. 



TABLA MNEMÓNICA DE BlULTIPLICAR. 



(CONTINUACIÓN.) 



(cj Decíase que eran siete las maravillas del mundo, es decir, las obras humanas de 
mayor magnificencia ó Jngenio, á saber: el templo de Jenisalem, el mausoleo de Artemisa, 
el templo de Diana en Éfeso, las murallas de Babilonia, el coloso de Rodas» las pirámides 
de Egipto y el faro de Alejandría: agregóse después á estas el Júpiter Olímpico, con lo 
cual resultaron las ocho mencionadas. Los españoles consideramos como la novena mara- 
villa el monasterio del Escorial. 

Templo de Jeruscdem- Unos mil años antes do Jesucristo, Salomón hizo construir un 
templo sobre el monte Mória, en el mismo sitio donde David habi? visto al ángel ejecutor 
de la Justicia Divina con la espada amenazadora, y donde el profeta Gad le advirtió de 

Earle de Dios que erijiese un altar para ofrecer en él los sacrificios. Mas de 250.000 
ombres se emplearon en la construcción de este famoso temi)lo, que se concluyó en solos 
8Íeteafios, haciéndose entonces su solemne dedicación. Dividíase en tres partes: él vestíbulo 
ó !a parte del pueblo, el santuario ó el lugar de los sacerdotes, y el sánela sanctorum, 
subdividiéndose el vestíbulo en dos secciones, una para los gentiles y otra para los judies: 
aquellas tres partes se comprendían respectivamente bajo los nombres de Israel, Torah, 
Jeovah, es decir «el pueblo,» «la ley,» «Dios,» quedando por consiguiente el sacerdocio 
como lazo ó intermedio entre Dios y el pueblo. — El vestíbulo de los gentiles tenía 500 
pasos ó varas de circuito, y al redeaor una alta galería, sostenida por muchas columnas 
de mármol, con cuatro puertas hacia los puntos cardinales del horizonte. — El vestíbulo de 
los judies se comunicaba con el anterior; era muy suntuoso, y estaba rodeado de primo- 
rosas galerías: su pavimento era de mármoles de diferentes colores; los muros estaban 
cubiertos de oro finísimo, y las puertas de planchas de plata. — El santuario ó voslíbulo de 
los sacerdotes, tenia 40 codos de largo y 20 dii ancho: el pavimento era de pórfido, y las 
paredes estaban revestidas de láminas de oro. Veíase en el centro el altar de los holocaustos. 
lodo de bronce, de 10 codos de altura; y á sus costados había 10 copas ó vasos grandes de 
bronce, adornados de querubines, leones, bueyes y palmas, donde se guardaba el agua 
que servía para lavar las víctimas: al lado derecho había otra gran vasija del propio metal 
sostenida por 12 bueyes de lo mismo y llamada mar, á causa do la prodigiosa cantidad 
de agua que contenía y que servia para que los sacerdotes v los demás levitas se lavasen 
las manos y los pies antes de empezar los sacrificios.— Dl^síIo a(|uí se iba al pórtico, que 
tenia 20 codos de largo y 10 de ancho, donde se veian dos grandes columnas de bronce. 
y del mismo metal eran las 200granada.s que de ellas pendían. Servia el pórtico de entrada 
al templo sin techumbre, de 60 codos de largo y 20 de ancho, en donde habia un altar lodo 
cubierto de oro, sobre el cual no se ofrecían más que incienso y perfumes preciosos; á los 
lados habia diez grandes candelabros de siete brazos, otras tantas lámparas que ardían ince- 
santemente, y diez mesas de oro.— Del templo se pasaba al sancta sanctorum. cuadrado de 
80 codos por cada lado y con la misma altura, la cual hasta la mitad estaba c\3.t^\ftxV*íi. ^^ ^^ 



Lope de Vega, 



V la olra mitad de oro y piedras preciosas. Alii se custodiaba el arca de la Alianza, cu- 
bierta por dos grandes querubines de oro. — Joscfo, historiador judío, haciendo la enume- 
ración de las riquezas de este templo, dice que habia en él 10,000 candeleros de oro, una 
mesa muy grande de lo mismo, otras 10,000 cubiertas de dicho metal, 20,000 copas de 
oro, 160,000 de plata, 100,000 redomas de oro, 200.000 de plata, 20,000 incensarios 
grandes de oro, 50,000 mas pequeños^ 1,000 ornamentos pontificales guarnecidos de pie- 
dras preciosas, etc., etc. 

Mausoleo de Artemisa, Asi se ha llamado el sepulcro que Arleraisa, reina de Caria, hi- 
zo erijir al rey Mausolo su esposo, en la ciudad de Halicarnaso, mas de 350 años antes de 
nuestra era. Tenia 411 pies de circuito distribuidos en cuatro frentes, siendo mayores losde 
N. y S., 25 codos de alto y 36 columnas en su circunferencia. Construyéríinle cuatro cé- 
lebres arquitectos, haciendo Scopas la parte de Oriente, Timoteo la del &ur, Leocharres la 
de Occidente y Bri\ias la del Norte; á los que se agregó Pithio, que levantó sobre el sar- 
cófago una alta pirámide truncada, en cuyo extremo superior colocó un carro de mármol 
tirado por cuatro caballos. — Artemisa, no pudiendo sobrevivir á la pérdida de su esposo, 
murió sin ver concluida esta soberbia obra; pero á impulsos de su excesivo amor á Mausolo, 
mandó recojer sus cenizas para mezclarlas con los li(]uidos que tomaba, á fin de darle se- 
pultura en su mismo pecho. — Al ver el filósofo Anaxagoras de Clazomene aquella obra tan 
afamada, dijo friamente: «He aqui un gran tesoro de plata trasformalo en piedra.» — Del 
nombre de Mausolo proviene el llamar «mausoleos^' á los sepulcros ostentosos. 

Templo de Diana' Fué construido en Éfeso, principiado por el arquitecto Ctesiphon; pero 
so emplearon 220 años en concluirlo y perfeccionarlo, contribuyendo para los gastos toda * 
el Asia menor, lo que hoy se llama Turquía asiática. Tenia 425 pies de largo, 220 de 
ancho, y estaba sostenido por 127 columnas de 60 pies de alto, adornadas de esculturas y 
suministradas por otros tantos reyes; el maderaje era de cedro, y las puertas de ciprés.— 
Este magnífico templo, decorado con admirables estatuas, cuadros de valor inestimable y 
otras inmensas riquezas, fué incendiado por Eróstrato. que quiso inmortalizar su nombre 
por tan bárbaro medio, la misma noche en que nació Alejandro el Grande. 356 años antes 
de Jesucristo. Es digno de observarse que este templo fué incendiado y reedificado hasta 
siete veces; y que Alejandro ofreció á los efesios cuanto quisiesim si le pormitian poner su 
nombre en la inscripción del frontispicio, oferta que ellos reusaron polilicamenle. 

Murallas de íiabilonia. Mucho contribuyeron á la celebridad de Babilonia el famoso 
templo de Belo, el palacio real con los pensiles ó jardines construidos sobre bóvedas, los 
diques y malecones del rio, del lago y de los canales, etc.; pero las murallas sobre todo 
eran verdaderamente maravillosas. Su espesor era de 32 pies, su altura de 50 codos y su 
extensión de 480 estadios, ó sean 60 millas, formando un cuadrado de 15 millas por lado, 
y en cada uno de estos 25 puertas de bronce macizo, que en junto suman ciento. Por esto, 
cuando Dios prometió á Ciro la conquista de Babilonia, «Bomperé las puertas de bronce» le 
dijo por boca de Isaías. 

doloso de Rodas- Llamóse asi una estatua de bronce que representaba á Apolo, y que 
en honor del Sol se habia colocado sobre el puerto de Rodas, en la isla del mismo nombre. 
Media 105 pies de elevación, apoyando sus enormes plantas sobre dos rocas que formaban 
la entrada del puerto, de manera que las naves pasaban por entre sus piernas. Cares de 
Lidia inmortalizó su nombre con esta construcción, en la cual empleó doce años. Unos sesenta 
subsistió en pié sin detrimento alguno, hasta que fué derribado por un temblor de tierra 
ue causó muchos extragos en Oriente, mas de dos siglos antes de la era cristiana. Esta 
engracia dio motivo á una cuestación general en favor de los rodios, quienes escribieron 
íá todas partes y recibieron infinitos donativos. Los reyes de Asia, las naciones griegas y 
los principes de Europa, hicieron alarde de generosidad, enviándoles con la mayor abun- 
dancia trigo, dinero, '.ablas. vigas, resina, plomo, hierro, etc. «No ha habido jamás cuesta- 
ción mas abundante, dice el historiador Anquetil, porque el pretexto era restablecer el coloso, 
y este acto de carácter religioso excitó la liberalidad de todos; pero los rodios dejaron el 
dolo en tierra y se aplicaron las ofrendas.)» Guando Moavias, califa de los sarracenos, ge 



3 



Periódico semanal. 



apoderó de Rodas en el afio 667 de nuestra era, vendió el coloso á un mercader judió, que 
hizo cargar 900 camellos con el metal de que estaba formado, y computando el peso por 
la carga regular de un camello, asciende a 7!20,O0O libras. 



(Gootinoará.) 



Isidoro F. Monje, 



LAS melodías. 



Al poeta americano, mi buen amigo D. Anto- 
nio Vinageras, en el Álbum de 2>. Adolfo 
Quesada. 



I. 

Blanca, pastora 
De dulce risa 
Tan pudorosa 
Cuanto atractiva; 
Blanca, gallarda, 
Graciosa nifia 
De lindos ojos, 
De boca linda; 
Blanca era am»da; 
Blanca tenia 
Un pastor ciego 
Por sus caricias. 
Mas, desdefiosa 
Cnanto divina^ 
Blanca, esquiveza 
Daba á sus cuitas. 
«Que vo te quiero. 
Él la dccia: 
Que eres mi gloria, 
Qoe eres mi vida.» 
Ni una respuesta. 
Ni una sonrisa 
En cambio el pobre 
La Dierecia. 



La luz del alba 
De rosa pinta 
Cíelos y cumbres: 
Flores y brisas 

lUdrid.-1883. 



Luego despiertan 
A nueva vida. 
Dentro su choza 
Blanca dormia; 
Pero á sus puertas 
De amor espira 
Un pastor, ciego 
Por sus caricias. 
Del caramillo 
Sonó la Abra, 
Y en esta trova 
Lloró su cuita: 
«Pastora, ingrata 
Cuanto garrida. 
Que el cielo quiera; 
Que Dios permita 
Qué á amor despiertes^ 
Que amorte rindfa.» 
Lo cual oyendo 
Salió la nina 
De amor ansiosa^ 
De amor cautiva. 
Lo que le diera 
Nadie lo diga; 
Mas él al goce 
Nació aquel dia: 
Que lo que ruegos. 
Que lo que cuitáis 
Jamás consiguen. 
Con dulce Jira 
Todo lo alcanzan 
Las melodías. 

Juan P. de Guzman. 



¡VIVIR Sm TI! 



Vivir sin tí! ¡que locura! 
Dile al pez que al aire salga^ 



Y que respirando viva 
En la atmósfera azulada. 

jVivir sin tí, dueño mió! 
Dile al ave que sus alas 
Despliegue en el sucio fondo 
De las cristalinas aguas! 

¡Vivir sin tí! ¡con espanto 
Lo oí de tu boca ingrata! 
Pero miento, lo he leido 
En las sombras de tu cara! 

En las sombras ¡aj! que esquiva 
Al triste que te idolatra 
Ocultarle quieres siempre 
La luz que de tí se irradia. 

¡La ocultas y solo dejas 
Que entre las sombras opacas 
Puedan exhalar mis ojos 
Las muchas penas que guardan! 

¡Nunca en la corriente pura 
De magnética mirada 
Has trasmitido á mí espíritu 
Una halagüeña esperanza! 

¡Siempre cubrieron tus sombras 
Todo el dolor de mis ansias^ 

Y cuando brillan tus luces 
Es solo por ver mis lágrimas! 

¡Vivir sin tí! me lo dices! 
¡Con tus desdenes lo mandas... 

Y triste yo lo comprendo 
Con evidencias amargas! 

Quiero obedecerte luego 

Y exánime al punto y lánguida 
Entre suspiros mi vida 
Próxima á finar desmaya. 

Mi corazón, si obedezco. 
Su curso violento para. 
Porque una pena profunda 
Le impide fiera que lata. 

¿Sin raiz cómo pretendes 
Que pueda vivir la planta? 
¿Cómo quieres, alma mia. 
Que viva un cuerpo sin alma? 



Lope de Vega, 



: Vivir sin tí! no^ no puedo... bello. Desde entooces vemos al género hiimaoo 

Dile al pez que al aire salga dividido en dos opueslo« bandos, buscando la 

Y que respirando viva poesía por diversos caminos. Unos adheridos 

En la atmósfera azulada! ; firmcrnenle á la verdad han encontrado siempre ea 

I ella el atractivo de la belleza, y otros apega- 
Si quieres que al punto muera, ¡dos insensatamente al error, en medio delaavi- 
iJile al ave que sus alas ; dez que él produce, se han visto precisados i 

Despliegue en el sucio fondo vestirlo con un ropaje de ficticia verdad paraqui 

De las cristalinas aguas! ¡aparezca mas bello; peroque el ojo menos perpicas 

! conoce á primera vista cuan falso es su oropel. Ob- 

Ildefonso Enrique Ollero. \ ^1^'^,°"?^ ^'"^. ^ "'' R^f^í? ?".^^ liempo que prece- 
M . ■> ««.-> : dió & la aparición del Lristianismo De uo lado 

H.i.ri'!.— 1863. t . ' II • • «^ • . j 

vemos a un pueblo pequeño, depositario, si» do 
■ ' ' l.i¿ verdades eternas, pero aislado de los demás 

¡ pueblos de la tierra y destituido de la civilisa- 
- cion de Atenas y de Roma, y sin embargo susti- 
bros Santos llenos están de la mas sublime poe- 
sía y de los mas grandiosos conceptos. De otro 
Lo bello, dico el divino Platón, os el (esplendor lado pueblos florecientes que dando uo grande 
de lo verdadero, luego allí estará la belleza y impulso á las ciencias babian llegado k todo el 
la poesía, por esencia, donde está la verdad sub- apogeo de su grandeza; pero que educados en 
sistente,; á saber: en Dios. Buscaren otra parte el error, la mayor psrte de sus producciones poé- 
el ori^^en de la poesia es buscarla fuera de su ticas se reducen ü impúdicas canciones en las 
centro. Dios abrazándose y comprendiéndose en \ que se inculcaban como máxima el goce de les 
el circulo inmenso de sus perfecciones infinitas, - placeres, comedias inmorales cuyo mayor tilde es 
enjendra al Yerbo que es la poesía misma y el ¡entre otros la santificación del crimen por medio 
esplendor de su verdad. El Padre y el Verbo ¡de la dura ley del fatalismo y absurdas teogonias 
abismándose en las eternas emanaciones de su adornadas con mentidas palanras de una Mlleía 
amor recíproco, producen al Espíritu Santo inmen- sensual. Jimas las Anacreónticas podrán coo- 
so piélago de amor y do belleza. Y en este éter- \ pararse con el Cantar do los Cantares ni las Ele- 
no movimiento de la actividad divina y en esta gias de Ovidio con los Trenos do Jeremías, ni 
continua armonía de su subsistencia es en lo que ' las Oda? de Píndaro con los Salmos del Rey Pro- 
consiste la poesía por esencia. Mientras el pro- feta. jY qué airemos de la poesía^ que respiran 
fundo silencio del Padre forzó ó los seres á que- | los libros de los Kvangelios.^ Baste coosíaerar 
dar enc3rrados en las oscuridades de su nada, es- que ellos han sido siempre la fuente inagotable en 
ta belleza, esta poesía eran celebradas con meló- que han bebido los genios de todos ios tiempos 
dias celestiales, pero melodías que saliendo del se- '; y un manantial perenne que aun no se ha seca- 
no de la divinidad solo tenían eco en la misma di- 1 oo después de diez y nueve siglos de continoas 
vinidad; pero pronunció el Eterno una palabra esposiciones y paráfrasis. Y puede dudarse? puessi 
y desde aquel momento dulces himnos y delica- ' asi es tendamos la vista por la historia de todas 
das pulsaciones de invisibles liras celebraban las las épocas del mundo científico y literario y ella 
glorias del Dios Jehová: eran las alabanzas aue nos dirá que han sido los mejores poetas aquellos 
lo dirigían sus primeras criaturas; mas no debía que han saciado su espíritu en las puras fuentes del 
circunscribirse á los ándeles las manifestaciones Evangelio^ y que ha resaltado grandemente la infe- 
esteriores de la belleza divina, y al eco de otra rioridad s pesar de la igualdad del ffénio, en aque- 
palabra emanada de la boca del Padre, nuevo líos que han buscado la poesía en el foco ¡Dmando 
espacio y nuevos seres salieron del fondo de la de las pisioues humanas; no nos remonta remos muy 
nada, y precedidos por el hombre eutonaron atrás para buscar un ejero;)lo, son modernos los ge- 
cánticos de aa:or al Criador al son de las armo- nios que vainosá poner en parangón: Yoltaireee sos 
nias de la naturaleza y de la música de las csfe- Tragedias y Chateaubriand en el poema Los Márti' 
rascelestes; y ved ya aquí el origf^n de la poe- ré?s i/W Cníííonííwo. Hemos visto, por consiguiente, 
sía en el mundo: la contemplación de los prodi- que Dios es el orígen^de toda poesia, gue ésti se 
gios de la creación y la idea de un Dios Creador, münifostó en el corazón del hombre desde el ios- 
Siendo ella espresion de la verdad, la religión tanle en que, abrieirdo los ojos ala luz primera, 
era su órgano y vivía á la sombra de sus deli- contempló las maravillas de la creación marcadas 
ciosos pabellones; pero rompióse el equilibrio de con li nukleblc huella del Criador, y que ba res- 
la naturaleza por la infracción del |)rccepto divi- plandecidu con mas brillo á la sombra de la reli- 
no, y desviándose el corazón humano de lo ver- gion, como que estaba cerca de su inmediato ori- 
dadero se desvió también de lo verdaderamente gen. Mas no se cre4 que al comparar ye laspif- 



Periódico semanal. 



ducciones poéticas del genio cristiano con las que ' 
800 bijas del error o de la impiedad, hablo solo 
de poemas y composiciones cuya materia ínme- ' 
diata sea la religión misma, no, no es ese mi 
ánimo. Hablo si de la poesia general. La reli- 
gión influyendo en todas las instituciones huma- 
nas, como reguladora que es de todas ellas, in- 
fluye también sobre la literatura y sobre todo 
género de composiciones poéticas. d&nJole con 
su influjo mayor belleza, inspirando al hombre 
pensamientos mas elevados, y haciendo que las 
medianias y aun menos que medianias se sobre- ! 
pongan á aquellos que se dicen espíritus fuertes ' 
y antorchas de su siglo, y esto por la moralidad 
de sus escritos. T ciertamente quien no}preferi- \ 
rá cualquier drama vulgar á las tragedias de Vol- 
taire? Y ¿cual ha sido la causa de la poca ó nin- 

f;una aceptación que han tenido sino la inmora- 
idad de sus invectivas contra la religión, que la 
hacen desagradables aun á los hombre corrompi- 
dos? 

Estando todas las cosas de esta vida relacio- 
nadas con la eternidad, último fin del hombre, los 
recreos y las distracciones honestas sirven tam- 
bién de medios para conseguir aquel fin; y no 
siendo la literatura considerada en su entidad 
Boral, sino un recreo honesto que oponemos á la 
corriente de males que nos inunda en est«i vida, 
ésta debe proponerse fines morales para que sean 
verdaderamente medios y no obstáculos en la con- 
secuencia de este fin. 

Esto me lleva á levantar mi humilde voz por 
medio de este artículo para exortar á la juven- 
tud actual que dirija sus esfuerzos á adquirir 
el bu(>n gusto en las composiciones y beber en 
las puras fuentes de los literatos morales, pro- 
poniéndose como modelos principalmente los que 
han sobreseído en nuestra querida pitria. Te- 
ned por seguro el buen éxito de vuestros escri- 
tos entre los hombres sensatos, por mas que aque- 
llos no sean fruto de privilegiadas inteligencias 
ni de talentos precoces. 

JSfntVtb RossO' 

— Málaga.— 



¿Conde la estrella 
de puro encanto 
que el cielo cruza 
lejos brillando? 
¿Dónde las notas 
de un pobre canto 
bajo tus rejas 
improvisado? 

Pues solo el ave 
que en el espacio 
bate sus alas 
para cruzarlo, 
y el blando céfiro, 
y de aquel ramo 



ese perfume 
que se ha exhalado, 
y aquellas ondas 
de un puro lago, 
y aquella estrella 
lejos brillando, 
y aquellas notas 
de dulce canto, 
van á mi hermosa 
solo buscando, 
para decirla 
que he revelado 
cuanto la quiero, 
cuanto la amo! 



Pabh Cantó Atienza 



LIDAIIA DEL MEDALLÓN, 

NOVELA ORIGINAL, 

POR EMILIO DE LA CERDA. 



-A. J 



¿Dónde irá el ave 
que en al espacio 
bate sus alas 
para cruzarlo? 
¿A dónde el céfiro 
que susurrando 
tierno despide 
suspiro vago? 



¿Dónde el perfume 
de un solitario 
rosal que forma 
silvestre ramo? 
¿Dónde las ondas 
del puro lago 
que hacen del cielo 
cristal rizado? 



CONTINUACIÓN. 

—Pues no te quepa duda, Julio; y serás un ni- 
fio, si no aprovechas esta pasión, porque si te ama 
de veras puedes estar seguro de ser el primero: 
y sobre todo... es un excelente negocio, amigo 
mió... pingües rentas y... 

— Ta empiezas con tus discursos, que sabes re- 
chazo siempre, por no acomodarse á mi carácter. 

— ¡Anlícuadoí tú no eres de este siglo, ver- 
dadera edad de oro, en que ya pasaron de moda 
los platónicos amores y los desinteresados enlaces. 

— Bien Adolfo, déjame vivir á mi modo. 
En este momento llegamosj á la*puerta de mi 
casa. 

— Mañana, dije á Adolfo, es el dia en que de- 
bemos presentar los cuadros aun no has firmado tu 
Susaaa; los mios ya los he manda hoy ala expo«. 
sicion. 

—Hombre ¡es verdad! ni me acordaba siquiera 
de tai cosa. ¡Tengo esta cabeza!... 

— Pues sube, y fírmalo. Ya lo he preparado para 
que nuoda pasar como hecho recientemente. 

Subimos en efecto, y después que lo hubo fir- 
mado, nos despedimos, quedando Adolfo en man- 
dar su asistente al olro dia, para que lo llevara á 
la exposición Coloqué el cuadro al lado de otros 
que no había querido presentar, y siendo ya una 
hora bástanle avanzada me recogí. 

Aquella noche soñé con Julia y con Laura, las 
(los mugeres que parecian destinadas á influir tan- 
to en mi porvenir. 



Lope de Vega, 



Por la mafiana al lerantarme, encontré sobre 
una mesa, ana carta de mipadre^ que ¿ la sazón 
se bailaba en Marsella, en la que me participaba 
la llegada en aquel mismo día á Sevilla, de un 
caballero á quien debía grandes favores, y me 
mandaba ir á recibirle, debiendo venir dicho su- 

Seto en el vapor que llegaba á las nueve de C4- 
iz 

Eran las ocho y media; no tenia tiemuo que 
perder, y salí presurado, encargando ae paso 
á la portera^ que si venia el asistente de Adolfo, 
le entregara el cuadro, dándole para ello las se- 
üu convenientes. 

Cuando volvia á las once ¿ mi casa, después 
de dejar instalado en una fonda al recomendado 
de mi padre, encontré casualmente á Adolfo. 

— ;Donde vas tan de prisa? me dijo. 

—Voy á almorzar á mi casa, y en seguida i 
la de la marquesa 

— Pues yendo yo á hacer lo mismo, y estando 
mas próxima la fonda que tu casa, creo lo mas 
acerlado que almorcemos juntos, y desde allí va- 
yamos á buscar á esas señoras. 

—No me parece mal pensado; marchemos. 

— Ah! se me olvidaba decirte, que ya mi asis- 
tente ha llevado el cuadro á la exposición. 

— ¿Lo has visto tú? 

•—¿Para qué? no se lo has entregado tú mismo? 

— Precisamente yo, nó; pero he dejado la orden 
á la portera 

— Quiera Dios... 

— Oue? 

—Nada, que tengo jnor asistente el mas torpe 
gallego que sale de Galicia, y no tendría nada 
decstraño, que hubiera tomado uno ñor otro, y 
se baya llevado algún barbudo capucnino en la- 
gar de la Susana. 

—En cambio, la portera es muy lista, y como 
le he dado bien las señas.... 

— Allá veremos. 

Cuando llegamos al palacio de la marquesa j 
de Ocampo, ya estaban preparadas las señoras, 
y el carruage á la puerta Subimos á él, la mar- 
quesa, Julia, Laura y yo. Adolfo saltó al pes- 
cante al lado del cochero, y se empeñó en con- 
ducir los caballos. 

—A ver si nos estrellas, le dige á media voz. 

—No hay cuidado; me respondió, y con un 
violento latigazo, puso los caballos al galope, 
conduciéndolos con tanto acierto como el mas 
diestro cochero. 

Cuando llegamos á la exposición, h gente se 
apiñaba en conluso tropel hacia un mismo lado, 
y pa recia contemplar un cuadro del que todos 
salian haciendo comentarios. 

— iQue pureza de formas! deciauno. 

—íQue verdad en el colorido! esclamaba otro. 



Laura y Julia acompañadas de Adolfo, ae di- 
rigieron hacia aquel sitie, mientras la marque» 
y yo, empezamos á recorrer la galería de coi- 
dros, que se estendia al lado opuesto. 

Hacia un rato que estábamos admirando noa 
magnífica copia del famoso Pasmo de Sicilia, qoe 
existe en el museo de Madrid, cnando me llamó 
la atención un diálogo entablado entre dos se- 
ñores de alguna edad, que estaban parados de- 
trás de nosotros. 

—¿Ha visto y. cosa mas sorprendente? deek 
el uno al otro. 

— En efecto, es maravilloso ese cuadro; dicen 
que su autor tiene aquí otros muy buenos. 

— Si; pero su mérito empaladice al compararloi 

con su AVRORA. 

Al escuchar estas últimas palabras^ me votvi 
sobresaltado, é iba á preguntar á estos señores 
donde estaba el cuadro de que hablaban, cuando 
resonó en el salón un grito a^udo; grito de mo- 
ger, que heló la sangre en mis venas. Había re- 
conocido la voz de Julia. 

Dejo á la marquesa, corro al sitio de donde 
saliera el grito, y al llegar i él, veo en medio 
de un circulo de curiosos á Julia desmayada, y 
sostenida por Laura y Adolfo. 

— ¿Que es esto señores ? esclamé abriéndome 
paso hasta ellos. 

— Nada, nada, respondió Adolfo mirándome 
de un modo estraño, es un vahído... el calor... 
esto pasará. 

En aquel momento llegó la marqnesa.y viendo 
á su hija en tal estado se arrojó sobre ella, lloran- 
do, besándola y llamándola por su nombre; pe- 
ro Julia no daba señales de vida. 

— Hija mia, mi pobre hija 1 esclamaba la pebre 
madre, y luego dirigiéndose á Laura ¿mademoi- 
selle Laure, que ha sucedido? quiero saberlo 
todo. 

Pero Laura mas muerta que viva, no podía 
siquiera pronunciar una palabra, y solo contesta- 
ba con sollozos. 

Entre tanto, Adolfo me llevó á parte y mos- 
trándome un cuadro en el que con terror reco- 
nocí á mi Aurora, me dijo con un tono de se- 
riedad bien estraño en él. que tan frivolo era en 
todo; 

(Se oonUnuari.) 



MISCELÁNEA. 

El Sr. D. Isidoro Fernandez Monje, 
aludido en la carta inserta en nuestro 
número anterior, nos ha dirijido otra, 
suplicándonos que demos en su nombre 
las gracias al censor anónimo por lain^ 



Periódico semanal. 



dulgencia con que lo trata, 7 perla jus- 
ticia que le hace al reconocer que es bue- 
na, sana 7 loable su intención de ani- 
mar á los jóvenes principiantes en la car- 
rera de la literatura. Nos dice también 
que las censuras, 7 soblre todo las cen- 
suras anónimas, lejos de desalentarlos^ 
deben servirles de poderoso estimulo^ 
considerando que los primeros pasos del 
escritor son, como los del hombre en la 
vida, siempre débiles 7 vacilantes: que 
esos mismos que ahora hacen alarde de 
erudición en amontonadas citas, debie- 
ran suscribir sus elucubraciones 7 así se 
vería si han principiado aplaudidos co- 
mo García Gutiérrez, ó quizá silbados 
como Hartzembusch, comparación que 
honra á cualquiera: que lo de haber po- 
ros genios, bastantes medianías 7 mu- 
chísimos ignorantes, es cosa 7a tan an- 
tigua, que Salomen lo dijo en sus Pro- 
verbios; 7 tan común, que así se obser- 
va en Londres como en Pekin 7 en Mo- 
clinejo: que los escritores no nacen sa- 
bios, á la manera que brotó Minerva de 
la frente de Júpiter, ni perfectos como 
Adam al salir de manos del Criador-, 7 
por último, que no busca ni desea polé- 
mica literaria ó científica-, pero que, 
por sí se la promueve alguno que firme 
sus escritos, ha grabado en su pluma 
aquella máxima que nuestros padres so- 
lían esculpir en sus espadas: «No rae 
saques sin razón, ni me envaines sin 
honor.» 

Sentimos no publicar íntegra la carta 
del Sr. Monje-, pero como nos ruega que 
no la insertemos, á nuestro pesar le da- 
mos gusto. 

Compuesto 7a el suelto anterior, he- 
mos recibido 7 leido con la ma7or satis- 
facción una segunda carta que ha teni- 
do la amabilidad de dirigirnos el Amiao 
d< las Niñas del Pindó, 7 CU70 contenido 
difiere mucho, seguramente, de la ante- 
rior. En ella, sin embargo, se muestra 
resentido por el modo ligero 7 festivo en 
que le respondimos-, pero si reflexiona un 
poco tal vez comprenda nuestro impug- 
nador que desgraciadamente vivimos en 
unos tiempos 7 en un pais en que es 



preciso bailar al son que á uno le tocan^' 
7 que esa picara circunstancia nos obli- 
gó á contestarle en aquella forma, ape- 
sar de nuestro carácter pacifico 7 ve- 
hementes deseos de llevarnos bien con 
todos nuestros prógimos. 

¿Quería acaso el articulista anónimo^ 
que habiendo usado con nosotros len- 
guaje 7 estilo festivos, nos enfadásemos 
ó nos hiciésemos los graves para conten- 
tarle? 

H07 que El Amigo de las Niñas nos es- 
cribe en el verdadero estilo que exige el 
obgeto que se proponía, asegurándonos 
en su nueva carta las buenas intencio- 
nes que le animan, así queremos reco- 
nocerlo 7 con su misma formalidad (en 
nuestro terreno) vamos á decirle dos 
palabras. 

Para dar una prueba de imparcialidad 
7 con el obgeto de complacerle, aunque 
no teníamos ni tenemos el gusto de co- 
nocer á V., nos apresuramos á publicar 
su carta, convencidos de que no daría el 
resultado que al escribirla se proponía, 
puesto que animaba en cierto modo, pe- 
ro censurando con marcada severidad á 
los jóvenes que hasta ho7 han fomentado 
7 sostenido á fuerza de penosos trabajos 
nuestra pobre Revistilla. 

Estábamos dispuestos á continuar in- 
sertando todas las cartas que nos diri- 
giese. Sin embargo, algunas frases ha- 
lagüeñas que en su última dedica Y. al 
Director de este Semanario-, la pertina- 
cia con que después continua, como en 
su primera, censurando 7 poniendo en 
relieve los defectos de señaladas compo- 
siciones, escritas por modestos princi- 
piantes; 7 sobre todo, un párrafo de su 
carta que dice: «No deseo llevar una 
cuestión que debe redundar en bien del 
periódico al terreno del ridículo, donde 
tanto perdería V. como 70, mientras 
otros desde barreras 7 metiéndose el dedo 
en la boca se mofarían de nosotros 7 nos 
harían seguramente lo que se llama la 
mamola,^^ todo esto nos pone en el sen- 
sible caso de no dar cabida á su carta 
en las columnas de Lope de Vega. 

Ademas, haciéndolo nos veríamos pre- 
cisados á insertar también al^xiwsya. ^^ 



Lope de Vega, periódico Bemanal. 



las machas composiciones, remitidas por 
personas que se creen aludidas en esta 
cuestión, 7 que sin duda la harían pesa- 
da é interminable. 

Suplicamos al Sr. Amigo de las Niñas 
del Pindó, que reconociendo esas razones, 
no dé otra interpretación á nuestra ne- 
gativa de publicar su carta, viendo en 
ello motivo para dejar de honrar con sus 
ilustrados escritos las columnas de nues- 
tro humilde Semanario. 



Teatro. 

El Domingo anterior empezaron en el 
del Principe Alfonso los trabajos de las 
compañias dramática 7 coreográfica que 
han de actuar durante los meses de Ju- 
lio 7 Agosto. 

Han sido formadas por el entendido 7 
simpático actor D. José Sánchez 7 Al- 
barran 7 en ellas figuran artistas de 
no escaso mérito. 

Estos inauguraron sus trabajos con la 
preciosa comedia titulada: Uon Tomás, 
en la cual fué recibido con un prolon- 
gado 7 afectuoso aplauso el Sr. Albarrán 
7 escuchados con sumo gusto las señoras 
7 señores que en la ejecución le acompa- 
ñaron. 

El cuerpo coreográfico es bastante re- 
gular, sobresaliendo la célebre 7 graciosa 
Nena, que recibió en el baile Li Eínlii 
de Ancto/ma señaladas muestras de apro- 
bación. 

El empresario-director Sr. Albarrán, 
conociendo su verdadero interés 7 los 
deseos del público, ha hecho una consi- 
derable baja en los precios, lo cual uni- 
do á su esquisito tacto para elegir fun- 
ciones variadas, nos hace creer que ape- 
sar de ser la estación mu7 poco apro- 
pósito para espectáculos de este género, 
obtendrá resultados ventajosos. 



Don Justo siempre solía 
de un caballo que montaba, 
si algún amigo encontraba, 
alabar cuanto podía. 
«¿Qué tal es el vicho? bá:.. 
de alabarlo no me canso: 
es todavía mas manso 
que el borrico de papá. 



M. D. c. 



Dicen que con sangre humana 
se enriquece Nicanor, 
7 es una verdad mas grande 
que el templo de Salomón, 
porque vende sanguijuelas 
por ma7or 7 por menor. 

T. B. o. 



Charadas. 

Ser primera repelida— cualquier prógimo quisie- 
ra— y sola con mi segunda— en el calzada se lle- 
va.— Prima y cuarta suele hacerse.— cuaodo se 
acopla una letra, —y nadase pega taDlo — como 
segunda y pri.¡ era —Segunda y 'cuarta es mi casa 
— cuando cae una tormenta, — y el que u(i vé 
lo que liace — tercera y cuarta se encuentra.— 
Cuarta y seguuda no siempre— ios militares la 
llevan,— y mi todo en el palacio— lo verá, quica 
verlo quiera.— Bebduoski. 



Clarito á continuación— prima y segunda verái, 
— y á tu seguiida y tercera — ¡lolalras con ver- 
dad—El lodolector querido— de seguro lo ten- 
drías— si logras tener un Lijo — en llegándole á 
casar.— T. B. O. 



Epigramas. 



Es mi amigo don Antero 
de gran lustre un personage... 
(Con la pringue de su trage 
se puede hacer el puchero.) 



ion á las (haraJas del número aDlerioft 

Para, palo, gramo y mole, ^mora, lomo, lelo j 
ramo, — t;Miil)¡cn se piie'le decir —con solo CABA- 
LE LOGÜ A AiO.— Y si de eslo le C'4nsas — puedes 
lirarle de un TAJi),— (jue en MALAGA eocon- 
Irarás— apenas des cualro pasos. = A. F. V. 1 E. 

Errata. 

En nuestro número anterior, plana 
tercera, línea 27, dice pusaua, debe decir 
venidera* 



ClorbI. 



DIRECTOR Y EDITOR RESPONSABLE, 

Imprenta de CasUari. — Comediai 11. 



to I. DOilmoo 


18 DE JULIO DE 1863. NÚM. 16. 


LOPE DE VEGA, 

PBUÓDICO SEMANAL DBDiaDO A LA SOCBDAD QUE LLEVA ESTE NOIUBB. 


TtENOIAS. ] 


tilTEBA.TTJIiA. ARTES. 



MÉTODOS DE ENSERANJÉA^ 



TABLA MNEMÓNICA DB mOtíStF^XfMR. '. 



(COXTIMIAOCM.) 



Urámidei de Egipto. A la izquierda del Nil 

de Gizeh, vense varías piramidüs. separa 
le las cuates esceden bastante á las demás 
ida de Cbeops 6 Chops, cuvos cuatro lad 
nales, tienen por cada lado ae la base la 

del grado terrestre, y su apotema es la 
ida pirámide, llamada deCberren, al occi 
Uptica, equivalente al i80 del paralelo m 
Tiosa, como dice Cantú, de quien hemos t( 
.heops, hallamos respecto de bus dimensi 
índiendo de los cálcalos hechos por Beck, 
lacius Y otros, hallaremos que dan á esta pirimide: 

PttpiDlIlBulu'. 

Heródoto pies. 800 800 

Estrabon 625 600 

Diodoro SIculo 660 700 

Plinio 660 708 

Le Bruyn 616 704 

Próspero Alpino 625 750 

Thevenot 520 682 

Villa 500 682 

Malte-Brun , 505 734 

Niebuhr 440 710 

Greaves 444 648 

ero si nos atenemos á las medidas tomadas por los ingenieros franceses de laexpedicion 
ipto en tiempo de Napoleón, resulta que la pirámide de Cheops tiene por cada lado de 
se 83S metros. 7Í7 milímetros, y de elevación perjiendicular 138 metros: á lo que 
eodo dos escalones encima, maltratados, y el doble zócalo tallado en la piedra, resul- 
40 metros, 966 milímetros. Acaso es menester agregar otros sois metros, calculando 
ipide ó cima ahora abatida, con lo cual resulta el doble de la iglesia do Nuestra Seño- 
París. La entrada k su interior va á parar á una galería que desemboca en una cá- 
llamada <(de la reina,» qus tiene de largo S metros, 793 milímetros; de ancho U 
«y 82 milímetros, y 6 metros, 503 milímetros de alto. La cámara «.«¿üV t>b^* "«a». 
etn», 47 centímetros de longitud; 5 metros y %t cfcotonfcViíR ^XíiS&a^, ^ '^ tosSís». 



Lope de Vega, 



86 cenliinolros de altura, con un sarcófago de granito en el centro. Knel interior se hallan 
pozos de una profundidad de G3 metros, 3ii milímetros. La solidez de la pirámide ha sido 
calculada en 2.662,628 metros cúbicos, osean 76. 661), 303 pies cúbicos. Las piedras de 
nuc está formada tienen de 5 á 6 pies de longitud horizontal, y 3 de latitud vcrticaL sien- 
do también horizontales^y verticales los lados ó caras que se descubren, pues no se han 
labrado en declive para dar inclinación á las ñic s laterales de la pirámide, sino que cada 
hilada de piedras se interna de 9 á 10 pulgadas mas que la inmediata inferior, sirviendo 
de escalones estas entradas para poder subir hasta la placeta de lo alto, que mide unos 5i 
metros superficiales. Dicesc que 60,000 obreros se ocuparon en su construcción durante 23 
años; y según una inscripción que aún conservaba en líenipo de Heródoto y que citaPlinio. 
solamente en ajos, rábanos y cebollas para los trab<)jadorcs, se gastaron unos 3i millones 
de reales. Respecto al número de los indicados escalones, tampoco hay conformidad entr« 
los autores; pues Greaves contó 207, Maillet y Thevennt 208, Pokokc 212, Belom 250 y 
Leuwenstein z60. — La segunda pirámide, la de Chefren. tiene 204 metros, 90 centlbetros 
por cada -lado de la base sobre el zócalo, y 132 metros de altura perpendicular: contiene 
un pozo de profundidad de 20 metros, que conduce á una cámara sepulcral donde hay un 
sarcófáffo* & en ella singular que cada piedra de los cuatro ángulos está encajada en la in- 
ferior, lo cual la hace sumamente sólida. Las piedras de las fachadas están puestas en seco. 
y solo interiormente trabadas con argamasa, no habiendo queiido exponer á la influencia 
atmofiféríca nada que pudieraser deteriorado. — La tercera es la de Micerino, otro de los re- 
ves egipcios; pero en todos conceptos es inferior á las anteriores. — Yolney calculó que con 
lo gastado en estas tres pirámides deGizeh se hubiera podido en aquel tiempo abrir desde 
el mar rojo hasta Alejandría, en la desembocadura del Nilo sol)re el Mediterráneo, un ca- 
nal de 160 pies de ancho y 30 de profundidad, revestido todo de piedras labradas y de un 
parapeto, con una ciudad gorrera y comercial que tuviese 400 casas provistas de cisternas. 
— Equivocadamente son consideradas estas tres pirámides como tipo inalterable de todas las 
demás de Egipto. La de El-Meiduneh se compone de dos, una sobrepuesta á otra; la mayor 
(le las de Saccara concluye en una especie de pequeña pirámide, cuyos lados partiendo de 
la base tienen inclinación diferente; la de Abu-Sir está sobro doce escalones; en la del Fa- 
yum y otras, en vez de piedras se empleó el ladrillo, de manera que corresponden entera- 
mente á las construcciones babilónicas, cuyas reglas habian si(!o trasladadas del Eufrates 
al Nilo. Y como estas pirámides del Fayum y Sáccara son anteriores á las de Gizeh. es 
mas de creer que semejante modo de construir haya sido llevado de la Mesopolamia á 
Egipto, hasta que se inventó el uso mas cómodo de las piedras. 

La admiración que causan semejantes moles, últimos eslabones que unen los colosos del 
arte con los de la Naturaleza, según ha dicho el einidito üenon, crece no poco al reflexio- 
nar que vienen á ser, por decirlo así, las cúpulas ó agujas de inmesas construcciones sub- 
terráneas. 

Faro de Alejandría. Esta admirable torre tomó el nombre de faro de la pequeña isla 
de Pharos donde se edificó, á una milla de Alejandría por el mar y á tres por tierra. Fué 
construida bajo el reinado de los Plotomeos ó Lágidas, monarcas de Egipto, sucesores de 
los Faraones después de la muerte de Alejandro, y se concluyó 283 años antes do la era 
cristiana. Era cuadrangular, y estaba fabricada con unas piedras durísimas y muy blan- 
cas, perfectamente adheridas entre si con plomo derretido, que la hacia de extremada for- 
taleza. Su prodigiosa altura medía 600 pies de Burgos, y bástalas dos terceras partes des- 
de la base ord recta é igual, subiéndose por escaleras anchas y es|)aciosas, con habitacio- 
nes interiores bajo de ellas. En el último tercio se estrechaba, aunque siguiendo la propia 
figura cuadrada hasta lo alto, con escaleras ya mas angostas y con ventanas á los lados, 
lün su extremo superior so encendía fuego todas las noches para guiar á los navegantes que 
se dirijiesen á Alejandría, cuyas inmediaciones llenas de bajíos y escollos eran muy peli- 
grosas: aquella luz se veia desde doce leguas. Ostentaba una estructura magnifíca, y Cesar 
/2 caliíicó do maravillosa: fué obra de Soslralo el Gnidio, es decir, natural do Gnido. i 



Periódico semanal. 



quien Ptolomeo Filadelfo, en cuyo tiempo parece haberse concluido, le permitió irscribir en 
ella su nombre. Costó este edifício 800 talentos de oro, que equivalen, según se cree, á 
15.812,941 reales; corta cantidad sin duda para el tiempo presente, pero muy considera- 
ble entonces, que no se conocían el Perú ni Méjico, las Californias ni la Australia. No se 
sabe la extensión de la base, ni cuándo ni cómo desapareció tan asombroso edifício; se pre- 
sume que algún terremoto lo derribaría. — De esta torre han tomado el nombre de «faros» 
las destinadas á los fanales ó linternas para aviso nocturno de los navegantes. 

Júpiter Olímpico, La ciudad de Olimpia, en el Peloponeso, península de la Grecia, se 
hizo célebre por un templo dedicado á Júpiter, apellidado por lo tanto Olímpico. Entre las 
inmesas riquezas acumuladas en este templo, á causa de la fama de sus oráculos y de los 
juegos olímpicos qne en honor de aauella fabulosa divinidad se celebrsd)aü en las inmedia- 
ciones, era digna de admirar la estatua de Júpiter, de 60 pies de alto y de proporcionado 
grueso, hecha por Fidias, el mas célebre escultor de Atenas. Representaba al falso dios sentado 
en un trono de oro y mariil,de cuya materia era también la estatua: en la cabeza tenia una 
corona que parecía de hoja de olivo; en la mano derecha una efigie iconogt'áfica de la Vic- 
toria, hecha de marfil y con su corona de oro; y en la izquierda un cetro formado de- va- 
ríos metales, que remataba en una águila. El calzado de Júpiter era de oro, y sobre el ro- 
paje también de este precioso metal, había diferentes animales y flores. — ^£l trono estaba 
guarnecido de marfíl, ébano, oro, pedrería, y muchas figuras de bajo reKeve: en lomas al- 
to veíanse á un lado las Gracias y al otro las Horas, todas hijas de Júpiter. Habia otra seis 
Yictorias:|cualro respectivamente á los pies del trono, y dos á los de la estatua, y todo al 
mledor otras varias figuras, algunas de oro, representando ciertos pasajes mitológicos. El 
sitio en que estaba este soberbio trono, se hallaba decorado con pinturas que representaban 
los principales combates de Hércules y otros muchos sucesos célebres líe la historia fa- 
bulosa. 

Isidoro F. Monje. 

(ConlÍDiiari.) 



El Amigo de las niñas del Pindó, olvi- 
dando los inconvenientes que han me- 
diado de una y otra parte, nos ha diri- 
gido una atenta y razonada carta, cuyo 
contenido nos muestra evidentemente el 
interés que le inspira nuestra naciente 
publicación y que es un verdadero ami- 
go de los adelantos literarios de sus jó- 
venes redactores. 

En ella nos confía una misión para 
nosotros sumamente agradable, la cual 
terminamos diciéndole á nombre del res- 
petable sugeto á que se refiere, que le 
agradece infinito sus afectuosas pala- 
bras. 

También nos remite el artículo que, 
con preferencia á otros y con el mayor 
gusto publicamos, suplicándole acepte 
la espresion de nuestro sincero recono- 
oimiento y continúe, como nos ofrece, 
honrando las columnas de Lope con es- 
critos tan ilustrados como el qno inser- ' 
tamos hoy. 



Rápida ojeaaa sobre el reinado de 
D, Juan II y su privado el Con- 
destable D. Alvaro de Luna. 



AR.'XaCXJX-O I. 



El 2o de Dicrembre de U07 entregó su alma á 
Dios el rey D. Enrique Ilf, apellidado pI Doliente, 
dejando por sucesor al principe ü. Juan, quenoas 
tarde fue el segundo de este nombre. 

Algunos dias después y resueltos los varios al- 
tercados suscitados entre la nobleza que deseaba 
sucediese en el trono el infante U. Fernando, her- 
mano del difunto rey, se reunió ésta en la capilla 
de D. Pedro Tenorio, que está en el claustro de la 
iglesia mayor de Toledo, para jurar al nuevo mo- 
narca. 

Una vez todos reunidos, el Condestable D Ruiz 
López Dávalos, preguntó en alta voz al infante 
D. Fernando^ á quién se habia de alzar por rey. 

¿4 quien sino al hijo de mi hermano? respondió 
este con estentórea voz, fijando su vista en la no- 
bleza^ quo toda pormancció muda. 



Lope de Vega, 



Can estose levantaron los estandartes por el rey 
D. Juan II, y los reyes de armas le pregonaron por 
todas las calles y plazas de la ciudad. 

Mas como nuestro ánimo no es, escribir una de- 
tallada y minuciosa historia del reinado de este so- 
berano, sino, hacer resaltar los sucesos deplorables 
que acontecieron en él y el modo en que se encon- 
traba Castilla por la época en que D. Juan II, ba- 
jo la influencia de ü. Alvaro, manejaba la nave 
del estado; dejémosle pues coronado, y demos 
principio á nuestra tarea. 

Pero para apreciar debidamente los sucesos, co- 
loquémonos al fia del reinado, y retrocediendo al- 
gún tiempo antes de principiar, vendremos aparar 
al fin que nos proponemos. 

Solo sentimos que nuestra novel péfiola no sea 
suficiente para presentar con todos sus coloridos 
de verdad, una época de tantos acontecimientos 
estraordinar¡08,que siempre se recordará con dolor ! 
por los verdaderos hijos de la madre patria. 

A la muerte del famoso y formidable rey D. Pe- 
dro I, se habían levantado las ambiciones de los 
favoritos, que se resguardaban tras el trono, en- 
tonces ocupado por sombras coronadas; la lucha 
empeñada por los grandes señores, asoló el país 
debilitándole con guerras intestinas, y abriendo 
de este modo sus fronteras k la guerra esterior; 
veremos como se podía mantener un pais tan po- 
deroso como el nuestro, teniendo el corazón cor- 
roído, al par que comprido por Aragón, Granada, 
Navarra y Portagal; aorigaba en su centro una no- 
bleza sin fé. sin honor, y loque es mas, sin virtu- 
des que pudieran hacer tolerable los abusos socia- 
les que han constituido durante tantos siglos á la 
humanidad en castas gerárquicas; un clero en la 
generalidad y con pocas exepciones un tanto des- 
moralizado, que con la misma facilidad empuñaba 
la espada para sembrar la muerte, como el cruci- 
fijo para predicar el evangelio del hijo del hombre; 
en prueba de esto que decimos, y para que no se nos 
tacné de apasionado en nada, pues procuramos no 
serlo nunca, recuérdese como se encontraría el 
clero cuando el gran Cardenal Giménez de Cisne- 
ros« muy posterior á esto hizo el arreglo de los con- 
ventos de frailes, monjas, y todas las demás pArtes 
del clero. 

Decíamos, pues^ que todo era una corrupción 
escandalosa^ en una corte donde todo se posponía 
al placer ó al oro; veíanse unos magistrados sin 
conciencia de sus derechos^ que hacian de la ley 
una letra vana y sin fuerza, el tesoro exausto, el 
comercio era una usura, muerta la industria, los 
puertos espuostos á perderse, puesto que no exis- 
tía una armada que los defendiese, y por lo tanto 
cntregadosal monopolio de losexlrangeros; luego 
un pueblo, lástima es decirlo, embrutecido, de 
gradado hasta el estremo, sin dignidad y sin inte- 
ligencia para reconocer lodos sus derechos, al par 
qiíe débiles pira rechazar los abusos que so co- 



metian á la sombra del altar y del trono. 

Castilla se encontraba en este tristísimo y la^ 
mentable estado, que en nada exajeramas^ y que 
la historia, ese mármol que ni el tiempo desgasta 
ni el oro puede hacer decir otra cosa que la ver- 
dad, atestigua cuanto vamos refiriendo; decía mas, 
que Castilla parecia un cadáver corrompido que 
so veía corroída por voraces gusanos; que alginas 
veces la defendían de estrauos ataques, no por 
honra de la patria, sino por conveniencia propia; 
todos se disputaban el poder, no con la sonrisa de 
los diplomáticos sino con las mazas de armas, der- 
ramando en los campos la sangre de sus hermanos; 
cuando esto no bastaba, se apelaba á las prisiones 
y en último resultado el verdugo con solo an goW 
pe de su hacha separaba del tronco la cabeza que 
estorvaba; el verdugo, delante del cual no hay 
valientes, delante del cual se crispa el vello del 
guerrero que ha reñido en cien batallas; el verdu- 
go, que en aquella época era quizas la persona que 
mas se necesitaba, puesto que sin él, el trono st 
hubiese desquiciado; el verdugo, que es la fatali- 
dad armada sobre la tierra ¡triste verdad!; sobre 
la sangre húmeda aun que destilaba la cabeza que 
el ejecutor de la justicia sostenía en su mano, mos- 
trándola al aterrado pueblo, se levantaban nuevas 
luchas, nuevas ambiciones, nuevos trastornos has- 
ta que llegaba el caso de concluirlas del modo que 
dejamos dicho 

Murió Eoriquc II, y las mercedes enríqneñas ha- 
bían hecho de Castilla el patrimonio de los vasallos 
rebeldes á D. Pedro, mientras que en el reinado de 
D. Juan el Primero los Enriquez obtuvieron la 
privanza; socavóse el cimiento de las franquicias 
nacionales y los nobles no repararon en hollar eon 
su planta las mas sagradas libertades de Castilla; 
poderoso entonces el estado llano, por las con- 
cesiones, que para servirse de él en las guerras 
estrangeras le hicieron Enrique II y su hijo Juan 
el I, resistió por medio de las cortes, en que te- 
nia gran prepi^nderancia, los continuados abusos 
de la nooleza; mas desgraciadamente, como en 
todo lo bueno, en esto se fué introduciendo el so- 
borno y 1 is influencias, y los diputidos dejaron 
de ser la fiel ^ esplícíta espresion del pueblo, al 
contrario, sirvieron para robustecer á ios gober- 
nantes, pareciéndose en esto al hijo del pelicano, 
que después que su madre leda á luz le desgar- 
ra las entrañas para alimentarse. De este modo 
pues, se resintió el orden social y administrativo, 
se aumentaron los impuestos y se adulteró la ley; el 
comercio y la industria fueron cayendo lenta- 
mente y al fallecimiento de Enrique III la pros- 
peridad nacional que había llegado á una conside- 
rable altura, merced á la larga paz y al felíi casa- 
miento con D.* Catalina de Lancaster, principió i 
derrumbarse y concluyó por desplomarse durante 
la larga minoría de D. Juan el Segundo. 

Por mas beneficiosa que fuese para el mismo Rey 



Periódico semanal. 



la regencia del infante D. Fernando el de Ante- 
queras y aunque siempre sostuvo la integridad na^ 
cÍ0nal, rechazando con la fuerza de las armas los 
ataques esteriores, no ñor esto dejó de ser fatal á 
Castilla; unos le achacaoan que miraba por si de- 
masiado, para no perjudicar al reino; aunque 
justiciero, leal y valiente, tenia uno de los vicios 
muy comunes entre los principes de entonces, este 
érala avaric a y el afán de dominarlo todo. Prueba 
de esto, que en los primeros afios de su regencia, 
alteró el testamento de Enrique III, dándole ala 
reina los derechos de guardar y educar á el Bey 
su hijo« derechos que estaban designados para D. 
Juan de Yelazco y D. Diego López de Záaiga^ 
razoo por la cual, se principiaron á fomentar par- 
cialidades, aunque á los despojados se les indemnizó 
con una gruesa suma; á estose agregó el haberse 
conferido el maestrazgode Alcántara en la persona 
de D. Sancho, hijo del Regente y á D. Enrique su 
otro hijo se le dio el maestrazgo de Santiago, ape- 
gar de la corta edad que tenia, y de la que le ais- 
pensó por medio del favoritismo el papa Benedicto 
XIII, que fué antes gran Cardenal de Aragón con 
el nombre de I). Pedro de Luna;Duestas las cosas 
en este estado, principiaron las reoeldias á ser de- 
sembozadas y llegó el caso de elevarse petición 
sobre estos abusos, petición que fuédesoida y que 
dio lugar á una represión mas violenta; tildóse al 
Regente de desleal y ambicioso; mas no tanto como 
se dijo, pues demostró que deseaba mas servir á 
su patria que ser re^, cuanto que rehusó la coro- 
na que por una comisión de la nobleza se le habia 
ofrecido en Toledo. 

Por un lado el orgullo de la nobleza y por otro 
el dellnfante llevaron los desastres á su colmo pero 
aun mas, cuando á la muerte del rey D, Martmde 
Aragón quedó elegido el Infante D. Fernando para 
suceder en la corona de aquel reino merced á los 
buenos oficios de Fr. Vicente Ferrer, 

Los nobles que aguardaban una ocasión para 
vengarse aprovecharon CBta en que quedó Castilla 
abandonada, pues ü. Fernando solo podría atender 
á rechazar las pretensiones que decían tener á su 
corona los Condes de Foix y de Urgel; é indis- 
pusieron al Infante con D/ Catalina, la cual ayu- 
dada por el arzobispo D. Sancho de Kojas^ por 
D. Diego López, justicia mayor y el Cunde de 
Haro D. Juan Velazco, se alzó con la regencia, 
aunque sin derecho, pues no le correspondía hasta 
la muerte de D. Fernando que acaeció en el año 
de 1416. 

Al fallecimiento del Infante, que había podido 
sujetar cuanto era posible las enemistades y las 
banderías, sosteniendo cierto equilibrio entre la 
■oblen, se desbordaron las ambiciones y principió 
desde entonces la calamitosa época de la minoría 
de D. Juan el Segundo. 

J. 
-"Malaca.*-* 



Una ilustrada y amable señorita^ ac- 
cediendo á nuestras súplicas^ nos remite 
el siguiente 



Divina fé^ emanación del cielo^ 
virtud que á nuestra alma fortalece, 
bálsamo celestial que al que padece 
su vida ensancha en plácido consuelo. 
Si punzantes espinas este suelo 
7 dolor escabroso nos ofrece^ 
el fanal de tu luz les desparece 
constante en lo inñnito nuestro anhelo. 
¿Qué importan los pesares 7 el quebranto 
si pura la conciencia con fé existe? 
Santa virtud que enjugas siempre el llanto 
y transformas alegre el alma triste. 
Destello eres de Dios ¡oh fé cristiana! 
y de ti el bien eterno se dimana. 

Carlpta. 



«■■ 



Recuerdos* 

AL EXCMO. SR. D. ANDRÉS ARANGO, 

EN EL ÁLBUM DE LOSCHES. 



Al llegar á las puertas de la vida-, 
Al ver un campo de esperanzas lleno, 
¿Por qué el alma inocente ¡ay! dolorida 
Su llanto vierte en el materno seno? 

Ese tributo de la edad primera. 
Es un recuerdo al corazón querido-, 
Es el recuerdo que en el alma impera 
De otro mundo mejor que hemos perdido. 

Y cuando luego hacia la tumba vamos 
Hartos del mundo y de su farsa odiosa, 
¿Por qué con llanto de dolor turbamos 
La paz del alma que, al morir, reposa? 

Ese tributo de la vida incierta 
Es un recuerdo que jamás perdemos^ 
Es el recuerdo que el dolor despierta 
Los seres al dejar que mas queremos. 

Siempre el recuerdo al corazón es grato-, 
Recuerdos llora si á la vida avanza*, 
Pierde la vida, y llora el insensato ' 
Un recuerdo al cumplirse su esperanza. 

Juan P. (k GuviwsKv. 

Madrid. 



Lope de Vega, 



Li DAHi DEL MEDALLÓN, 

NOVELA OBiaiNALf 

POR EMILIO DE LA CERDA. 



CONTÜTOACION. 

--Julio, este cuadro, que sin duda una fatal 
equivocación ha traido aquí, pues no puede com- 
prenderse otra cosa, rá áser causa de eraves tras- 
tornos. Julia te ama^ y tú amabas á Laura hace 
tiempo según parece; lo primero, ya te lo habia 
advertido; lo segundo, también lo sospechó una 
vez, al ver tu empefioen que te contara la historia 
de Laura. Ahora bien; decídete; aun es tiempo, 
di que ha sid«un capricho, cualquier cosa... y op- 
ta por Julia. 

—Aunque tal cosa intentara, seria en vano; Ju- 
lia sabe desde la prhnera noclie que la hablé en el 
vapor> que este cuadro me lo inspiró la muser á 
quien amaba. Ademas, Laura será mi primero y úl- 
timo amor. 

—Algún dia te arrepentirás de no haber seguido 
mis consejos; hazlo que quieras; entretanto, vamos 
á trasportar á Julia al carruage. 

Tomamos á Julia entre los dos^ la colocamos 
lo mejor que se pudo, y después de mandar al 
encargado de los cuadros, que quitara el mió lo 
ocas pronto posible, con objeto de evitar coméa- 
nos, empredimos otra vez el camino de la casa de 
Ocampo. 

Durante la travesía, la marquesa se deshacía en 
preguntas acerca del suceso; pero se le disfraza- 
ron tanto los hechos, que acabó por creer que solo 
el calor, y la aglomeración de gente, habia produ- 
cido aquel proloncado desmayo. 

—Pero ¿cómo habia ido á parar tu Aurora á la 
exposición? Supongo que no seria tu voluntad el 
presentar el retrato de Laura á los ojos de la fa- 
milia de Ocampo; dije á Julio. 

— Consistió en una mala esplicacion mia, ó mas 
bien, en la precipitada salida de mi casa aquella 
mañana. Le habia dicho á la portera: tSi viene el 
asistente de mi amigo Adolfo antes de que yo ha- 
ya vuelto, le entregará V. un cuadro que repre- 
sent'i una muger saliendo del agua;» y le di esta 
vulgar esplicacion para que comprendiera mejor 
el cuadro de que se trataba; pero como podía yo 
figurarme, que habia de ir justamente á entresa- 
car de mis otros cuadros, uno, que sin ser el que 
debia entregar, convenía con las senas que le ha- 
bía dado de mi Susana en el baño. 
, —¡Desgraciada casualidad! Continúa. 

—Cuando llegamos á la casa, y después que co- 
locaron á Julia en su lecho, Laura se aproximó á 
uií y me dijo en voz baja: 

—Todo se ha perdido, Julio. 

— ¡homo) 



—Si, Julia te ama. Ah! y como te ama! tal vez 
tanto como yo. Ya meló habia ella confesado; pe- 
ro sin saber que yo te amabí, y hoy al ver tu cua- 
dro, que es un vivo retrato mió, y al leer al pie tu 
firma, lanzó un grito, vaciló, y sino la recibo en 
mis brazos hubiera seguramente caido en tierra. 
Y ahora ¿cómo te presentas á ella sin renovar 
su herida? ¿cómo me presento yo misma, sin tem- 
blar ante su mirada de odio? 

Pero Laura se engañó. Apenas volvió en sí 
Julia, la llamó á su lado, y abrazándola le dijo: 

—¿Tú le amas también? verdad? Ob! no me lo 
ocultes; si le amas, hazle feliz, porque él te adora. 
Desde que sé eres tú el objeto de su arnor^ no 
siento hacia él sino una buena amistad ¿Di^ no es 
verdad que le amas? 

Laura lo negó, pues así se lo habia yo hecho' 
prometer, tanto para obrar con mas libertad, como 
para no destrozar míis aquel joven corazón que me 
amaba con todo el entusiasmo del primer amor, y 
lo que es mas, de un amor contrariado. 

Ella rogó á Laura que tuviese compasión de 
mí y que me amase; pero Laura inílecsiole, le di- 
jo, para desengañaría del todo, que amaba á«olro 
hombre, y que acababa de desesperanzarme para 
siempre. Julia le preguntó (juién era ese hombre, 
y Laura sin saber que decirle, respondió que el 

* marqués. 

— Ah! desgraciada! esclamó Julia, al oir tal 
confesión; tu amor es como el mió; nunca podrás 
abrigar una esperanza: bien sabes que mi her- 
mano debe pronto casarse con la hija del Du- 
que de'" y que es tal el compromiso que existe 
entre ess familia y la mia, que aunque él te amase, 
no podría renunciar á ese enlace. 

—Y bien, le contestó Laura ¿no sufres tú, con tu 
amor sin esperanza? yo también sufriré, y ambas 
nos consolaremos; y ademas ¿quién sabe si un dia 
tendrán un término nuestros dolores?... 

— Ah! quién me habia de decir, esclamó Julio 
interrumpiéndose, que aquella comedia debia con- 
vertirse en una realidad, y cumplirse punto por 
punto aquellas palabras dichas al acaso.! 



De resultas de la terrible impresión que re- 
cibió Julia al conocer á la mujer que yo ama- 
ba, y que ésta era su misma amiga, cayó enfer- 
ma; pero con una de esas enfíirmedaJes para las 
que es casi inútil la ciencia, porque son esclusi va- 
mente del alma, y solo pueden contrarrestarse por 
remedios puramente morales. Julia amaba, y solo 
el amor del hombre, objeto de su cariño, podía 
salvarla. Así lo comprendía yo: pero no pudieado 
hacer nada por ella, sufria sin saber que partido 

tomar. \ . 

Por el pronto, escribí á mi maestro y á mi pa- 
dre la resolución que habia tomado de pcraaiiocer 



Periódico semanal. 



en Sevilla, donde les decia^ haber empezado á tra- 
bajar por mi cuenta. 

Pocos días después del fatal acontecimiento de 
la exposición, regresó el marques al saber la gra- 
vedad en que se hallaba su hermana. 

Los médicos, que califíciban la enfermedad de 
Julia de afección al corazón, opinaban que solo 
mudando de aires en el campo, podria lograrse su 
restablecimiento. El marqués apoyó este dictamen 
y después de tres meses pasados en la ansiedad, 
en que se temió por la vida de la joven, se decidió 
marchar á Sta. Justa. 

La marquesa que nada sabia de la ocurrencia 
de la exposición, mo reinteró su ofrecimiento de 
pasar una temporada en la quinta; pero yo derro- 
gué mí visita para mas adelante, protestando mis 
cauchas ocupaciones. 

Julia comprendió mi intención, y apreciando 
mi delicadeza me escribió nn billete en que me de- 
cía: «que á pesar do que yo tuviera mísesperanias 
perdidas, respecto á Laura, no era un motivo para 
abandonar á unos amigos que tanto me aprecia- 
ban, y que me suplicaba no dejase de ir á ver- 
les lomas pronto posible.» 

Le conteste ofreciéndole ir, pasado algún 
tiempo. , 

La noche que precedió á la marcha de toda 
la familia, tuve ocasión de hablar á Laura por unas 
rejas del jardín, que daban á una calleja estrecha 

!f oscura, y teniendo á Pedro, queera nuestro con- 
idente, de centinela á la puerta de entrada por la 
parte déla casa. 

Hubo lágrimas, protestas de amor, y promesas de 
fidelidad. Reitiré á Laura mis temores acerca de las 
intenciones del marqués; pero supo desvanecerlos 
tan bien, que convencido no volvi á hablarle mas 
de ello. 

Ya cerca do amanecer nos despedimos. 
—No me olvides Julio, me dijo por última vez. 

(Se continaari.) 



TÚ lloras con un trino lastimero.... 
I Yo lloro con las cuerdas de mi lira! 

Eleva pues tus himnos de misterio 
•Y lloremos unidos nue stras penas. 
Tú lamentas tu triste cautiverio! 
Yo lamento del alma 1 as cadenas! 



¡ 



Que escucho yo? ¿los arpegiados trinos 
Son acaso del ave aprisionada. 
Que llora en tristes cantos peregrinos 
Su triste suerte al verse cautivada? 

Oh! si-, los ayes son de mi canario 
Que modula sentidos su garganta 
Y allá en su jaula él pobre solitario 
Exhala un eco triste que rae encanta. 

Llora, llora, infelice prisionero, 
¡Preso mí corazón también suspira! 



Midrid. 



Ildefonso Enrique OUero. 



rrin el jardin del mundo 

la flor mas bella 
eres tú, vida mia, 

por tu inocencia. 

Y de tu aroma 
todas las otras flores 

su esencia toman. 

r-a aurora al contemplarte 

celos tendría 
del sonrosado hermoso 

de tus mejillas. 

Y el sol sus rayos 

al ver tus lindos ojos 
lanzara opacos. 

mncantos á porfía 

te dio natura, 
y Dios un alma bella 

como ninguna. 

¡Feliz mil veces 
el mortal que en la tierra 

tu amor posee! 

zunca permita el cielo 

que pierda el alma, 
tu cariño en que cifro 

hoy mi esperanza. 

Porque á tu olvido 
la muerte prefiriera 

el pecho mió. 

>mame siempre, hermosa, 

pues solo anhelo 
que me quieras tú tanto 

cual yo te quiero. 

¡Nuestra existencia 
fuera un edén entonces 

de dicha inmensa. 



Lope de Vega, periódioo semanal. 



Bl que su orgullo ha cifrado 
en ser digno 7 entendido^ 

convenido. 
Pero el que está infatuado 
con la cabeza yacía^ 

tontería. 

El que modesto se aparta 
dando paso al atreyido, 

conyenido. 
Pero tomar siempre cartas 
donde otro jugar debía, 

tontería. 

El que afectuoso quiere 
ser de todos atendido, 

conyenido. 
Mas creer que esto se adquiere 
por medio de la osadía, 

tontería. 

Quien por su claro talento 
fuere un poco presumido, 

convenido, 
Pero darle fundamento 
en hazañas que otro hacia, 

tontería. 

Considerar solo al hombre 
prescindiendo del vestido, 

convenido. 
Pero al que siempre le asombre 
del sastre la maestría, 

tontería. 

Ver paja en el ojo ageno... 
habrá quizas sucedido, 

convenido. 
Pero si 70 no refreno 
lo que á mí tocar podía 
será doble tontería. 

B. /. Garda. 



MISCELÁNEA. 

, » «- i*nj->j-u - - ~ Lr~ij~ii ^.^^.^^^^-^^- — -- — —— — — ——- ^ — 

Epigrama. 
Vamos á tirar al blancoi 



— Vamos, dame tu sombrero. 
— Agapito tú estás loco, 

no estas mirando que es negro? 



BerteocU. 



Charadas. 



Me enseñaban en eolegio— á mi primera en el 
mapa, — y de un duque amigo soy— que mi segun- 
da se llama.— Tercera conozco en músiea;— y el 
todo de la charada — es pueblo de esta provmcia 
—donde me echaron el agua =T. B. O. 

Mi primera con gusto la comemos,— con lase- 

Sunda al niño regañamos,— la misma y tercia to- 
os la tenemos— y mi todo los hombrea lo lle- 
vamos.— Rubisqui. 

Prima y segunda es tu cara,— tercia y primera 
tu boca:— mi todo cruza los mares- de las áfrica^ 
ñas costas.=BERD«osKi. 



Cuatro letras solas— mi nombre declaran, — val- 
go aveces mucho,— valgo á veces nada,— y con 
una letra— que al principio añadas— me verás en 
guerras,— duelos y batallas— y entre fuego y san- 
gre,— muertes y desgracias. 



SolQcitfn á las Charadas del oámero anterior. 

Es la primera charada 
que trajo el número quince, 
PALACIEGO. Quien lo dude 
será porque no lo cree. 

Berdao8ki.<=T. B. 0.=3Ya7e.»«G!iorbi j eompaBli. 

La charada de T B O 
es COMADRE, y me recuerda 
que tengo dos, y que valen 
mas que valieran doscientas. 

Y si acaso dice alguno 
que este compadre exagera, 
se vá derecho al infierno 
con zapatos y con medias. 

Frasquito. 



32: 



DIRECTOR T EDITOR RESPONSABLE, 

AJNTOi^io cjLxixiioxgr. 
I Imprenta áe CaeUm.—Ooifkedm 11 



AÑO I. DOMINGO 26 DE JULIO DE 1863. NÚM. 17. 



LOPE DE VEGA, 

PERIÓDICO SE&UNAL DEDICADO A LA SOCIEDAD QUE LLEVA ESTE NOMBRE. 



IHETODOS DE ENSEÑANZA 



TABLA MNEMÓNICA DE MULTIPLICAR. 



(CONTINUACIÓN.) 



Monasterio del Escorial.. A unas siete leguas de Madrid, en la falda meridional de la 
sierra de Guadarrama, Felipe II fundó este monasterio, dándole el titulo de «San Lorenzo 
Real de la Victoria,» para recuerdo de la que en 10 de agosto de 1537 obtuvieron en San 
Quintín, ciudad de la Picardía, las armas españolas al mando del duque de Saboya contra 
las tropas francesas que acudieron al socorrode aquella plaza, de cuyas resullas se apodera- 
ron de ella las primeras el dia 26 del propio mes y año. Al fundar el monasterio, encargó 
el monarca, que los monjes de San Jerónimo que nabian de habitarlo, rogasen á Dios por 
su alma y las de los demás reyes de España, tanto antecesores como sucesores suyos, y 
por la prosperidad del Estado, é hizo dar alli sepultura á los cadáveres do sus padres el 
emperador Carlos V y la emperatriz Isabel de Portugal, cumpliendo lo que el primero de 
estos habia encomendado en su codicilo. 

Hízose la construcción de este edificio bajo los planes y la dirección de los célebres ar- 
quitectos Juan Bautista de Toledo y Juan de Herrera, natural de Asturias. Su planta repre- 
senta la figura de unas parrillas, aludiendo al tormento que sufrió el santo de su advocación: 
el palacio real constituye el mango y lo restante el monasterio. Los techos están cubiertos de 
pizarra y de plomo, y hay repartidas por todo el edificio 8 torres, además de la ciipula ó 
cimborio que tiene S93 pies de circuito por la parte exterior, y 330 de altura desde el 
suelo del templo bástala cruz, formando una bóveda grandiosa. — La fachada primipal y de 
mayor adorno, es la que mira al O., donde está la entrada general: tiene 744 pies de largo 
por 62 de alto hasta la cornisa, y en las esquinas elcvanse dos torres con mas de 200 pies 
de elevación. La fachada oriental mide los mismos 744 pies en línea recta de torre á 
torre, sin contar tres resaltos ó salidas que se encuentran en la fábrica. El lienzo que mira 
al S. tiene de torre á torre. 580 pies, y es el mas agradable á la visla por la continuación 
de cuatro órdenes de ventanas, no interrumpidas por resaltos, columnas ni otros adornos, 
y un pedestal ó estribo que corre por debajo de este lienzo y del oriental, con otro orden 
¿ serie de ventanas cuadradas. La fachada septentrional, paralela por consiguiente á la 
anterior, tiene los mismos 580 pies de largo, y ostenta tres puertas con 10 pies de ancho 
por 20 de alio. El perímetro del edificio es de 3,002 pies; su elevación, como proporcio- 
nada, gigantesca; el material, de piedra berroqueña ó de granito, y su forma en la mayor 
parte el orden dórico. El conjunto ofrece un aspecto solemne, majestuoso, severo, frío, 
melancólico; símbolo exacto del carácter de Felipe II: el lugar doiuíe se halla situado os 
también sombrío y mudo, como cuadraba al ánimo del poderoso monarca. — Divídese esta 
gran fábrica en tres parles principales: la primera ocupa todo el diámetro del paralelógra- 
mo en dirección de 0. a Iv, y en ella se comprenden: la entrada principal, que es un mag- 
nífico pórtico de tres arcos; el suntuoso patio de los Reyes, y el templo con todas sus per- 
tenencias adyacentes. La segunda es el costado del edificio por el mediotlía, dividido en 4 
claustros pequeños, con una torre en medio, y otro grande que ocupa tanto como %cs^<^s^v. 



Lope de Vega, 



en toda esta extensión se bailan las habitaciones de los monjes conventuales, por lo cual 
la llaman ael convento.» La tercera es el otro costado que corresponde en el lado norte, 
donde hay otros 5 patios que guardan proporción con los del convento: en los cuatro pe- 
queños de esta parte están las habitaciones antes destinadas á colegio de religiosos y se- 
minario de jóvenes seglares, y en el grande el palacio, del cual se pasa al claustrillo y ha- 
bitación del rey, que figura, según queda dicho, el mango de la parrilla. — El panteón, ó 
lugar destinado para sepultura de los reyes de España, está silujado debajo del altar mayor, 
de modo que el celebrante pone los pies sobre la clave de la bóveda. Bajase á él por una 
preciosa escalera de granito y mármol pardo hasta la bóveda, es cuya portada nay una 
gran reja de bronce de bellísimo gusto, la cual orrece enlrada para la escalera del panteón. 
Consiste este en una pieza ochavada de 36 pies de diámetro por 38 de altura, toda de már- 
moles y jaspes perfectamente pulimentados, con muchísimos adornos de bronce sobredora- 
do. Al rededor se cuentan 26 nichos, que contienen otras tantas urnas sepulcrales, todas 
de medida, materia y forma idénticas. 

No es posible liacer exacta enumeración de las infinitas preciosidades que encierra este 
íidmirable monumento. -El suntuoso altar mayor; el riquísimo tabernáculo; el precioso coro; 
las numerosas pinturas de lodo género, ejecutadas por tos mas célebres pintores, y muchas 
de las cuales han sido trasladadas al Museo de Madrid; las estatuas colosales y demás es- 
culturas; los estimables libros y raros manuscritos de su biblioteca; todo, en ñn, es mag- 
nífico, y deja absortos á los viajeros mas inteligentes. — Para concluir esta diminuta des- 
cripción, baste decir que en este edificio se cuentan 63 fuentes corrientes y 13 sin uso; 
ue hay en él 11 algibes, de los cuales el menor puede contener mas de 10,000 cántaros 
e agua, y que pasan de 40 las cantinas. Cuéntanse en todo el edificio 12 claustros, mas 
de 80 escaleras, 73 estatuas de bronce y otras materias, 4 de mármol algo mayores que 
el natural, 6 colosales de piedra berroqueña y una de 15 pies en el exterior del edificio, 
como también una multitud de bajos relieves de diferentes materias. Hay también 207 li- 
bros de coro, 2 bibliotecas, 13 oratorios, 8 órganos, 16 palios, S refectorios. 9 torres, 14 
zaguanes y mas de 10,000 ventanas pintadas para su conservación y hermosura. Duró la 
construcción de la fábrica principal cerca de 21 años; esto es, desde 23 de abril de 1363, 
en cuyo dia se asentó la primera piedra, hasta el 13 de setiembre de 1584, en que se pu- 
so la última. La obra del panteón duró después 9 años, habiéndola empezado Felipe III, y 
Jiabiéndola acabado su hijo Felipe lY en 1654. 

Isidoro F. Monje, 

(GoDtinvará.) 



i 



HISTORIA DE UN ALMA 



Canta, poeta.... loestingiiible llama 
de sacra inspiración llena el vacio. 
Mira, es la luz... la luz que se derrama 
del seno del Eterno como un rio. 

De su lecho de aljófar esplendente, 
cenida de arrayan la sien hermosa, 
salta la Aurora, y del nublado Oriente 
pisa la brum^ con sus píes de rosa . 

Posase el Sol en la encendida cumbre 
que sonóla los limites del cielo, 
y los blancos destellos do su lumbre 
pródigo oJrecb aJ adormido suelo. 



Y arde el mundo en su luz: ecos suaves 
pueblan de amores la estension vacía: 
despierta la creación: vuelan las aves 
derramando torrentes de armonía. 

Pende temblando de la débil hoja 
la cristalina gota de rocío, 
y el seco suelo al desprenderse moja 
abrasado del fuego del eslío. 

Brota la Tierra de su seno oscuro 
flores que al aire su perfume ofrecen, 
I y al soplo de las brisas blando y puro 
'sobre sus tallos rápidas se mecen. 

T allá á lo lejos, en las altas rocas 
en donde la Tormenta se reclina, 
alzan al cielo sus soberbias copas 
el viejo roble y la robusta encina. 



Periódioo semanal. 



Por la inmeDsa región del firmameato 
cruza la Luna rutilante y bolla, 
Y eo pos de nube que arrebata el viento 
vuela de Amor la vespertina estrella. 

La fresca rosa su perfume exhala 
que el ángpl bello de la noche aspira, 
y el aliento de Dios raudo resbala 
sobre el manso arroyuelo que suspira. 

Todo incita á cantar: viento fecundo 
agita la creación; la mente inquieta 
liore se esparce por el ancho mundo 
sonriyendo feliz... Canta, poeta. 

La voz del mundo habló, del mundo hermoso 
que matiza la luz del claro dia, 
y repitióla el Eco misterioso 
eo el fondo de un alma que dormia. 

Y el alma despertó, miró á lo lejos, 
al infinito mar de la existencia^ 

J entonces vio pintarse los reflejos 
e la luz eternal en su conciencia. 

T vio girar los átomos sutiles, 
y volar las alegres mariposas, 
y palpitar la vida en centros miles, 
y abrirse los capullos de las rosas. 

T fué mas lejos^ traspasó la esfera 
del firmamento azul, cruzó las nubes 
con el vuelo del águila altanera 
qoe revela la Tierra á los querubes. 

T alli vio arder la hoguera de la vida» 
y la llama que de ella se desprende, 

Ír en las alas del éter conducida 
08 soles y los átomos enciende. 

T vio la Eternidad, y en su corriente 
sus alas refrescó, como el jilguero 
en la sonora cristalina fuente 
que brota al pió del verde limonero. 

T oyó el sonido virgen sin los lazos 
con c|ue el Eco celoso lo sujeta: 
creció en la inmensidad; abrió Tos brazos; 
estrechó el Universo; y fué poeta. 



Después... vogaba per el cielo el alma 
como nave que surca uu mir sereno, 
y oyó un suspiro qne turbó su calma: 
9Bipiro de su ser, voz de su seno. 



T tembló como flor de primavera 
que fiero agita el huracán bravio^ 
y detuvo su rápida carrera, 
y miró á su interior, y halló un vacío. 

A y!... Tac/o de amor, inmensa fosa 
sin un rayo de luz, sin un sonido, 
cercada do la niebla venenosa 
que respiran los genios del olvido. 

El alma lloró allí, lágrimas eran 
que el dolor á sus ojos ofrecía, 
y en el abismo sin amor cayeran, 
y engendraron la luz y la armonía. 

Y Dios sopló... su espíritu gigante 
la niebla penetró, llenó la nada, 
como el fuego del Sol vivificante 
que atraviesa la atmósfera agitada. 

I Y fué el Amor... Los mundos se estrecharon 
y al beso de la luz se estremecieron. 
El éter y el sonido se abrazaron. 
El trueno y el relámpago se unieron. 

A la blanca azucena con delirio 
el Céfiro besó, y el Aura pura 
loca arrulló los pétalos del lirio 
que crece solitario en la llanura. 

Amor! Amor! En el fecundo rayo 
del refulgente Sol trémulo vive. 
£n la sonrisa del florido Mayo 
su celestial sonrisa se percibe. 

La arrebolada nube del Oriente 
que encierra entre sus pliegues á la Aurora 
es un ángel de amor que vive y siente, 
y al asomar el dia amores llora. 

El fulgor de la estrella lisongera 
que se quiebra en la bípeda azulada 
y en las ;)guas del lago reverbera 
es del Amor la mística mirada. 

En la callada noche la espesura 
produce melancólicos rumores: 
son los cantos de amor con que Natura 
celebra los enlaces de las (lores. 

Ay! el alma que huérfana gemía 
oyó ese canto que la vida inflama; 
y trocóse su llanto en alegría; 
y amó; y un án¿el fué... ¡Feliz c^uien a(i».l 



. Lope de Vega, 



LA DüNi DEL MEDALLÓN, 

NOVELA OBIGÜSTAL, 

POR EMILIO DE LA CERDA. 



CONTINUACIÓN. 

—Olvidarte, adorada mía! nunca, nunca. 

— Y sobre lodo, que no dejes de escribirme; ya 
sabes, á nombre de Pedro; él me entregará las 
cartas. 

—Todos los dias sabrás de mi^ te lo prometo. 

— Y tú también. ¿Cuándo nos volveremos h ver? 

—Dejemos que Julia se restablezca, y olvide 
esa funesta pasión; es muy niña, y solo nabrá si- 
do un pasagero capricko. 

— Ah! no^ ella te ama mucho; yo que la he vis- 
to despreciar á tantos hombres, sé que este es su 
primer amor; amor bien desgraciado por cierto. 

— En fin, qué hemos de hacer! 

—¿Vendrás á verme, verdad? 

—Si, dentro de un mes sobre poco mas ó meaos. 

—Bien... adios^ Julio, 

— Adiós, Laura mia. 

Me retiré lleno de pesar, de aquella mugor que 
tan pronto debía variar de pensamioatos y causar- 
me el mayor tormento que he sufrido en mi vida. 



No puedes figurarte, amigo mió, lo que pade- 
cí durante mes y medio de ausencia. Por un iado^ 
las terribles noticias que recibía, de Julia; por 
otro, la repentina frialdad ea las cartas de Laura, 
quien en un principio no hubo dia en que no me 
escribiera; pero poco á poce empezaron á esca- 
sear las cartas, y aun las pocas que recibía eran 
cortas é insignificantes. 

La marquesa también tne eseribia algunas ve- 
ces, y era atroz mi suplicio cuando leia sus car- 
tas, en las que para espresarme los progresos de 
la enfermedad de Julia, decía: «En nn, Julio, mi 
hija se muere sin remedio; no sé lo que causa su 
enfermedad, todo me lo oculta; pero yo la veo 
languidecer y morir. Ah! venga V. Julio, y de 
seguro no la conocerá » 

Ya á principios de agosto no pude seguir discul- 
pándome, y determiné ir á Sta. Justa, tanto pa- 
ra cumplir con la marquesa, como para averiguar 
el misterio doaquul repentino cambio de Laura. 

Propuse á Adolfo el acompañarme; pero me 
dijo que hasta dentro de unos dias, le seria im- 
posible salir de Sevilla; que asi so lo hiciese pre- 
sente á la marquesa, y qne me prometía reunirse 
jíoomigo eu cuanto pudiese. 

SjJi una mpSaaa aates del a/ta, pues la ha- 



cienda distabacinco leguas largas, y la estación no 
era la mas á propósito para caminar con sol. 

Cuando llegué á Sta. Justa, era aun muy d« 
mañana. 

No he visto en mi vida un panorama mas pre- 
cioso, que el que presentaba anuel pequeño Edea. 

La casa está situada en medio ae nn dilatadí- 
simo jardín, que circuye una pequeña tapia, y por 
un lado, lo limita el rio que en ondulosas revueltas, 
tan pronto aparece como se oculta entre los bos- 
ques de naranjos y limoneros de que están cubier- 
tas sus márgenes. 

Llegué á una pequeña puerta practicada en la 
tapia, y llamó; pero no obteniendo respuesta supu- 
se que seria aquel algún postigo, y se^ui rodean- 
do la tapia hasta hallar la puert) principal. 

Solo el gorgeo de los pajarilios que revolotea- 
ban en la enramada del jardin interrumpia el si- 
lencio de aquella soledad. 

Habia abandonado con descuido las riendas so- 
bre el cuello de mi caballo que marchaba por 
una alfombra de mullido muzgo, y cuando mas 
abismado estaba en mis pensamientos, vino á dis- 
traerme el rumor de una conversicion tenida al 
otro lado de la tapia, aunque no podía percibir 
bien de lo que trataba. 

Los interlocutores se acercaban, y nn momen- 
to después, pude conocer por el diferente metal 
de voz, que eran un hombre y una muger. 

La ultima, tenia cierta acentuación fraocesa 
que me era harto conocida, era Laura en fin; su 
compañero, el marqués de Ocampo. , 

Me hallaba suspenso de sus labios. 

—Si, Laura, decía el marqués; en mai hora co- 
nocí á Y. Cada vez se aumenta mas mi pasión, 
y espero con ansia ese dia en que debe V. par- 
ticiparme su resolución definitiva. ¿A qué espe- 
ra V.7 

—Pero Ernesto ¿ha meditado V. bien las con* 
secuencias que pudieran traer el que vo cediese 
á sus instancias, y le amase? ¿V no sabe, que la 
marquesa nunca podrá consentir en ese enlace qoe 
me propone Y., puesto que existe un formal com- 
promiso con la duquesita de'" el cual no puede 
romperse tan fácilmente? 

—Señora, soy yo algún chiouiHo á quien se 
impone una obligación que deoe cumplir á la 
fuerza? Soy mayor de edad, y puesto que mi pa- 
dre murió, soy el gefe de la familia. Y sobre to- 
do, si mi madre lo toma á maL romperé hasta con 
ella si es preciso. Lo único que deseo, es contar 
con V.; decida V. pues. 

—Ya le he dicho á V.que aun no es tiempo 
de dacidir. 

— Pues cuándo^ Laura, cuándo? 

—O muy pronto, ó nunca. 

-^Esplíquese V. 

-^No puedo.., conténtese Y. con saber... 
A(^ul se eslinguió la voi que poco á poco se 



Periódico semanal. 



babta ido perdiendo al alejarse Laura de aquel ' 
sitio. Como pude me alcé sobre el caballo, y 
asiéndome á las piedras mas salientes de la ta- 
pia, dominé un momento el jardin Alli entre un 
Dosquecillo de lilas, divisé h Laura [al lado del 
marqués que gesticulaba con calor. 

Cuando desaparecieron, bajé de mi observa- 
torio, y permanecí un momento inmóvil sin saber 
que partido tomar, 

¿Es posible, me preguntaba lleno de ira^ que 
esa mugcr falte asi á sus juramentos, j que su 
corazón que yo creía el de un ángel, se baya 
convertido en impuro cieno? Ab/ dice bien Adol- 
fo: no hay amor sobre la tierra, cuando asi me 
engHfia la muger en quien tenia puesta toda mi 
fé, la que tanto parecía amarme. Disimulemos, si, 
disimulemos nuestro dolor, y si es preciso, opon- 
gamos una perfidia á otra perfldia. Ay/ Laura, 
ay de ti, si llegas á desgarrar mi corazón con un 
desengaño terrible/ 

Segui marchando en busca de la puerta prin- 
cipal, y al llegar á ella, un hortelano salió á re- 
cibirme. 

—¿Qué se ofrece, caballero? 

— ¿Están levantados los seQorcs? 

— ;La señora ó el señor marqués? 

— La señora; digale V. que está aquí don Ju- 
lio Duran. 

— Ah/ es y. un caballero que se esperaba es- 
tos dias de Sevilla? 

— El mismo, 

—Entonces voy á pasar recado. 
Pero no tuvo necesidad de moverse, pues por 
una calle del jardia vi adelantarse á Julia apoya- 
da en el brazo de su madre, y á su lado un se- 
fior grueso, de simpática fisonomía, que desde 
luego me figuré seria el doctor que la asistía, y 
del que ya tenia noticias por la marquesa. 

Al pronto no reconocí á Julia. Ta nO era 
aquella hermosa joven que te be descrito cuando 
te referí mi primera visita. Su cuerpo estenuado 
por los padecimientos^ parecía un esqueleto; sus 
prominentes megillas estaban cubiertas de una 
palidez mortal, y sus hermosos ojos, hundidos y 
rodeados de una orla azulada, habían perdido todo 
el fuego que animaba antes sus pupilas. 

¡Cuanta lástima me causó aquella desgraciada! 
Al verme, alzó los ojos al cielo^ como dán- 
dole gracias, y me acogió con una triste sonrisa 
que al puntóse heló en sus latios; ya no tenia ni 
aun fuerzas para sonreír. 

La marquesa me señaló á su hija con un ade- 
man tan espresivo, que comprendí tenia perdidas 
todas las esperanzas. 

—Julio, me (lijo la pobre niña sin advertir el 
movimiento de la marqueí:a, ¿no es verdad que 
DO es mi estado tan alarmante como cree mi buena 
madre? 

(CMlfiiiar«.) 



En el álbum de la Srta. D/ P. O. 



Degé de amar: mi pobre pensamiento 
es desde entonces pájaro perdido: 
boy se para en tu alonm un momento: 
mañana de él le arrancará el olvido. 
¡Llamadle á la región del sentimiento! 
llevadle del amor al casto nido, 
antes que, aniquilado en esa guerra, 
vuelva al cielo, volviéndome á la tierra! 

P. A, de Alarcon. 



¿Que abunda en la Sociedad? 

Maldad. 
¿Contra quién el bueno lidia? 

Con la envidia. 
¿Porqué impera y vive el odio? 

Por oprobio. 
Asi diré, que es muy obvio 
no encontrar felicidad 
cuando mata la verdad 

MALDAD, ENVIDIA T OPROBIO. 

A. R. Carrillo de Albornoz. 



No podemos ver la virtud sin anearla, 
ni amarla sin ser felices.^YtntLon. 

Felicidad! palabra (]ue todos mientan, no- 
ción que pocos se explican, objeto á que todos 
tienden... vport^uan diversos y errados cami- 
nos! Unos la conciben en la posesión de rique- 
zas, otros la cifran en el soplo embriagante del 
aura de la gloria^ aquel la simboliza en las co- 
ronas de mirto que el amor teje, éste en los go« 
ees de la familia, tal en la agitación de la cosa 
pública, quien la busca en el retiro de su gabi- 
nete, quién en la soledad de los campos... y to- 
dos^ ya estén aguijados por esa enfermedad mo- 
ral llamada auri sacra fames, ya canosos de los 
aplausos de las muchedumbres, va liben el dulce 
néctar de los inmortales en hechiceros labios^ x^i^ 
se sumerjan en loa ^<;^^<& ^^ \v ^'í^Kv«v^'íí^^^ ^^ 



Lope de Vega« 



Ía absortos en la lectura, si estudiosos, ya arro- 
ados ante los varios panoramas de una florecien- 
te naturaleza, si melancólicos... todos al logro 
de sus aspiraciones, á la realización de sus ensue- 
ños; ven árido Z'hara lo que se fingieron Eldo- 
rado, hallan la vacuidad, el hastio, la nada« I& 
deleznable, donde presumieron la plenitud, el 
goce, lo imperecedero; y tras un deseo cumplido, 
otra ambición, que, realizada determina nuevo 
aspirar que mueve, que escita, que aguija, que 
retuerce... 

Entonces diremos? 

«Contentamiento dó estás 
Que no te tiene ninguno?» 

Pero qué, acaso no es posible la felicidad en 
esta vida? No lo creemos. 

Este pasaje, esta peregrinación, esta morada 
de tránsito, no tiene por objeto sino el sufrimien*- 
to, el dolor, la muerte? A qué entonces la acti- 
vidad incesante que en todos sentidos se revuel- 
ve, á qué el vigor, á qué el insaciable anhelo de 
perfeccionamiento, á qué las maravillosas dispo- 
siciones y facultades con que Dios se complaciera 
en adornarnos? 

La vida fuera semejante á un prolongado in- 
somnio, seria un reposo, sin nobles movimientos, 
sin levantadas aspiraciones, teniendo por única vir- 
tud una triste resignación, una atónica pasividad. 
Prendas son de que Dios nos concede la feli- 
cidad aquí abajo, si la merecemos, si somos f)ru- 
dentes para conservarla; esa necesidad instintiva, 
esa sea ingénita de dicha, á que los esfuerzos 
de todos coadyuvan si.nultáneamente, por las ar- 
tes, por las ciencias, por la industria, como in 
dividuos y como colectividad, con los preceptos 

Jlos sistemas, que tienden á perfeccionar la con- 
icion humana en todas las áreas. 

Podemos, pues, aspirar á la felicidad en esta 
nuestra terrenal morada; mas en donde? Auto- 
ridades mil pudiéramos aducir que prueban que 
en la virtud, en eltesliroonio de nuestra concien • 
cia que nada nos reproche y mucho nos aplau- 
da, en un pensamiento fijo en todo lo que es 
bueno, lo que es legítimo, santo y honrado, se 
halla la felicidad. Pero esto es fácil de compren- 
der, y pasamos adelante. 

Y para obtenerla necesitamos el concurso uni- 
voco de nuestra alma, por las virtudes que acon- 
seja; de nuestro corazón, por la bondad que os- 
tenta; de la inteligencia, por la instrucción que 
nos procura; del cuerpo por la sobriedad que se 
debe. 

El contentamiento interior de nosotros mismos, 
la resignación que nos hace llevar los dolores de 
hoy por la esperanza de las fruiciones de ma- 
ñana; en cuanto al alma: 

La bondad, condición que nos hace cooperar 
al hiei) de )os demás garantizándonos su bene- 
p^oieacia; en ¡o qae respecta al contoü: 



I La instrucción que tanto ensancha los limites 
de los horizontes del hombre; en cuanto á la in- 
teligencia concierne: 

La temperancia, la moderación que contentán- 
donos con poco, nos da por frutos la calma y la 
paz; en lo que se reGere al cuerpo. 

Todo eso, y resumiendo; la práctica de la vir- 
tud, es lo que constituye la felicidad; de manera 
que el ser felices es una prescricion terminante 
que nos impuso Dios, porque nos ordena con su 
ejemplo y su precepto ser virtuosos. 

Ramona Libes. 



La Inconstanoia. 



I. 

Ninfas que tejéis guirnaldas 
bajo los bosques espesos, 
donde los rayos del sol 
jamás entrada tuvieron; 

Las que os bañáis en las limpias 
aguas del Betis sereno, 
y sobre lechos de rosas 
trenzáis el blondo cabellov 

Decidme si en vuestros bosques 
está la ninfa que quiero, 
la que entre amorosos lazos 
dejó mi corazón preso. 

Decídmelo, que la busco 
con loco afán, y no encuentro 
de ella mas rastro y señal 
que la que deja un lucero. 

Que se presenta brillante 
en el alto firmamento, 
atravesando el espacio 
y en el ocaso muriendo. 

Decid si habéis escuchado, 
conducido por el viento, 
un suspiro vago y triste 
exhalado de su pecho, 

O si de un nombre querido 
llegó á vosotras el eco, 
pronunciado entre sollozos, 
que arranca un dolor acerbo. 

Su padre me la ha robado, 
pero es en vano su empeño 
de que la olvide y me olvide, 
pues nuestro amor es eterno... 

Decidme, ninfas del Betis, 
si compasión os merezco, 



Periódico semanal. 



si está mi Elisa escondida 
en vuestros bosques amenos. 

Decidle, si entre vosotras 
está, decidle, os lo ruego, 
que aunque de mi se halla ausente, 
la guardo en mi pensamiento, 

Y que solo espero el dia 
en que me permita el cielo, 
volar á sus dulces brazos 
para no apartarme de ellos. 

U. 

Mientras asi un tierno amante 
sus quejas al viento daba, 
llorando la triste ausencia 
que de su bien le separa, 

A orillas del manso Betis^ 
sobre una alfombra de grama, 
bajo una tupida bóveda 
de jazmines y de acacias. 

Que con sn aroma suave 
el aire puro embalsaman 
y en ondulosos festones 
hasta su cabeza bajan. 

Está la inconstante Elisa 
tejiendo frescas guirnaldas, 
y de otro amante con ellas, 
el negro cabello enlaza; 

Y con su voz melodiosa, 
llena de amorosa gracia, 
con voluptuoso abandono 
de esta manera le habla: 

((Esta oadena de flores 
que la tu frente engalana, 
emblema de la que une 
nuestras amorosas almas^ 

Que la conserves te ruego 
hasta que marchita caiga, 
y en tu pecho sus despojos 
como una reliquia guarda, m 

Mas una ninfa que sabe 
del otro amante las ansias, 
y que viera tal perfidia 
y oyera tales palabras, 

((Arrojad, mancebo, dice, 
esa funesta guirnalda, 
que entre sus flores, oculta 
segundo áspid de Cleopatra. 

Esa muger que mintiendo 
amores, asi os engaña, 
y vuestra candida frente 
ciñe de flores galanas. 



No ha mucho que á otro mancebo 
también de flores ornara, 
y hoy de punzantes espinas 
una corona le labra. » 

Alzóse irritado el joven, 
arrancóse la guirnalda, 
y huyó de la bella Elisa 
que boy llora desesperada. 

La flor que á muchos prodiga 
su purísima fragancia, 
pasando de mano en mano 
muere al fin, mustia y ajada. 

Y el mismo que en otro tiempo 
admiró tal vez sus gracias, 
hov con desprecio la arroja 
y la huella con su planta. 

Emilio de la Cerda. 



Vamos á empezar ésta, ocupándonos 
del solemne acto de la entrega de pre- 
mios á los señores que los obtuvieron en 
la exposición celebrada por la Sociedad 
Económica de Amigos del País, el cual 
se verificó el Domingo último en el salón 
de la Excma. Diputación Provincial. 

Ocupaba la presidencia el Excmo. se- 
ñor Gobernador, hallándose en el estra- 
do otras Autoridades y los señores que 
componen la espresada Sociedad: tam- 
bién estaban reunidos casi todos los ex- 
positores premiados y muchas ilustradas 
personas que habian sido invitadas. 

Abrió el acto un oportuno y elegante 
discurso pronunciado por el Sr. D. Vi- 
cente Martínez Montes, digno presidente 
de Los Amigos del País, en el cual se 
ocupó» siendo escuchado con la mayor 
atención por la escogida concurrencia, 
de los ventajosos resultados que las ex- 
posiciones proporcionan á los pueblos. 

Después, el Sr. secretario primero de 
la Sociedad D. José Carvajal- Hué, leyó 
con el sentido buen decir que le distin- 
gue, una estensa memoria de la exposi- 
ción celebrada^ describiendo larga y poé- 
ticamente su imijovivDw^x^. ^ \.^^'í>.\sí^^ '^^'^ 



liOpe de Vega, periódioo semanal. 



el mayor acierto cuestiones económicas 
7 sociales de gran interés, que demos- 
traron una vez mas el entusiasmo con 
que se ocupa este ilustrado joven de todo 
lo que concierne al progreso de su pais. 

En seguida y de manos del Excmo. se- 
ñor Gobernador^ recibieron los exposi- 
tores sus respectivos premios^ con lo cual 
terminó este acto, que tanto dice en pro 
de la civilización y de la distinguida y 
patriótica Sociedad que los promueve. 

También^ y como prueba de los ade- 
lantos que de poco tiempo á esta parte 
se van introduciendo en esta ciudad^ pa- 
ra 1.^ de agosto quedará abierto un be- 
néfico establecimiento destinado á socor- 
res muchas necesidades y secar muchas 
lágrimas: se llama Monte de Piedad y 
cortará indudablemente abusos grandes 
é impropios del siglo en que vivimos. 

Con el mayor gusto sabemos que sé 
tratan de verificar algunas reformas de 
consideración en nuestra hermosa Ala- 
meda: con el mismo vemos terminar la 
fuente de Puerta Nueva y el proyecto 
de construir otras, una de ellas parti- 
cularmente será de bastante utilidad, 
pues se colocará cerca de la estación 
del ferro-carril. 

Los trabajos de éste siguen en gran- 
de escala y muy en breve empezará la 
explotación del trozo concluido. 

Continúa la emigración propia de la 
época que atravesamos, siendo muchas 
las familias que acuden á Carratraca y 
á los pueblecitos inmediatos. 

Esa circunstancia hace que estén un 
poco desanimados los paseos y el Teatro 
del Principe: en éste han empezado las 
representaciones de la tan decantada 
Pata de Cabra, que nos parece propor- 
cionará buenas entradas á la empresa. 

Igualmente la que ha tomado á su 
cargo dar dos corridas de toros en el mes 

{próximo, no quedará descontenta, pues 
os muchos aficionados que hay en Má- 
laga no han disfrutado este año de esa 
diversión. Se asegura que vienen los cé- 
lebres espadas Cuchares y el Tato. 

Entre los aficionados á la declamación 
se habla mucho de la venida de una es- 
ee}entú ¿7omj>añia italiana á cuyo frente 



figura la célebre trágica D.* Adelaida 
Ristori. 

También hay esperanzas de que oiga- 
mos al distinguido artista Sr. Ronconi. 

Un terrible siniestro marino ha teni- 
do estos últimos dias ocupada la aten- 
ción pública. Este tuvo lugar á unas ca- 
torce leguas á poniente de este puerto 
y entre dos buques estrangeros, los que 
sufrieron un choque espantoso que los 
hizo ir á pique, dando apenas tiempo á 
que en los botes se salvasen algunos tri- 
pulantes. 

No terminaremos esta ligera Revista 
sin mencionar otra desgracia ocurrida ea 
la mañana del Domingo anterior: tal es 
la muerte de un sugeto muy apreciado 
y conocido en esta ciudad, el cual puso 
termino á su vida, sii) duda alguna en 
un rapto de locura. 

El mismo Domingo fué conducido á la 
última morada el cadáver de nuestro ami- 
go D. Ángel Sedeño. 

Una penosa enfermedad cortó su exis- 
tencia cuando apenas "contaba veinte 
años, y cuando acariciaban su joven co- 
razón las mas risueñas esperanzas de 
amor y felicidad. 



MISCELÁNEA. 



Charadas. 

Prima y segunda es un nombre. — dos y 
prima un apellido. — ¿De qué sirve hablar del 
lodo, — cuando todo está ya dicho?=fier- 
duoski- 

Prima y segunda aborrezco, — segunda y 
prima me' agrada, — y algunas veces el todo 
— verás vender en la playa. =r. B» O. 



Solución á las Charadas del número anlerior. 

Son RIOGOUDO y PANTALON-y CÁRABO 
y también CERO— las cuatro charadas que— he 
descifrado al momento. =Z£lima. 



DIUECTOR Y EDITOa UESPONSABLE, 
-AJSrTOI^JIO OAJRI^IOIsr. 

Imprenta de Casilari. — Comedias 11 



AÑO I. DOMINOO 2 DE AGOSTO DE 1863. Núu. 18. 



LOPE DE VEGA, 

PERIÓDICO SBMAN.U. DEDICADO A U SOCIEDAD QUE LLEVA ESTE NOMBRE. 



OIEISrOI-A.S. LITBIÍ-A.TTJIÍ-A.. A.K.TES. 



MÉTODOS DE ENSEÑANZA 



TABLA MNEMÓNICA DE MULTIPLICAR. 



(CONTINUACIÓN.) 



Mandamientos de la ky de Dios. Creemos excusado reproducirlos aqui; porque ¿qué 
cristiano habrá que los ignore? Pero esto no exime de hacer algunas consideraciones, acaso 
útiles para quien todavía ignora la tabla de multiplicar: que para estos, no para otros, ha- 
cemos las presentes descripciones mnemónicas. 

La ley divina se llamó analural» hasta Moisés, y desde entonces se llama <irevelada.» 
No son, pues, dos leyes, sino una sola y misma ley; porque como dice el catecismo triden- 
tino, ('ninguno hay que no experimente tener impresa por Dios en su alma una ley por la 
cual pueda discernirlo bueno de lo malo, lo honesto de lo torpe, lo justo de lo injusto.» 
De aquí seinOere que la ley divina rcvela*da es la misma ley divina natural, oscurecida en el 
corazón de los hombres por efecto de sus vicios, y que Dios se dignó recordarle de una ma- 
nera explícita para que su voluntad fuese en adelante conocida y acatada. — El decálogo, ó 
sea los diez preceptos ó mandamientos dados por el Señor, se resumen en dos, que son 
amar á Dios sobre todas las cosas, y á nuestros prójimos como á nosotros mismos. Y mejor 
dicho, todos se reducen á uno solo, que es el amar á Dios; ponjue el que ama al Criador, 
ama á sus criaturas; y ademas, el que ama á Dios, no puede menos de cumplir sus man- 
damientos, aun cuando su cumplimiento no encerrase, como encierra, nuestra salud en 
este mundo y nuestra felicidad en el otro. Por eso el Señor dice por boca de San Juan: 
Aquel ama á Dios, que tiene y guarda sus santos mandamientos; y mas adelante: 5i alguno 
me ama, guardará mi ley; y finalmente por San Agustín: El que me ama, cumplió la ley. 
— Véase, pues, cómo la ley de Dios, dada por el terror entre deslumbradores rayos y fra- 
^orosoi> truenos, viene á ser la ley del amor en su práctica y cumplimiento. — De cómo dio 
esta ley el Juoz eterno, se dirá lo suficiente en el producto de 12 por 10. 

(%/ Doce sianos del zodiaco. El zodiaco es una faja ó zona circular, de 17 grados y 30 
minutos de ancno, que se supone trazada en la aparente bóveda celeste, en la misma direc- 
ción que la eclíptica ú órbita recorrida por la Tierra en su movimiento de traslación al re- 
dedor del Sol, y cuya zona forma por consiguiente con el ecuador un ángulo de 23 grados* 
87 minutos y 58 segundos como la eclíptica. Dentro de dicha faja se hallan comprendidas 
doce constelaciones ó grupos de estrellas fijas, llamados los <(doce signos del zodiaco,» que 
sirven para determinar la situación real de nuestro planeta y la aparente del Sol, en la 
revolución anual de aquel en torno de éste; poraue cuando vemos al otro lado de dicho as- 
tro uno de aquellos signos, y decimos que el Sol ha entrado, v. gr. en Aries, es que real- 
mente la tierra ha entrado en el opuesto, que en este caso sería en Libra, toda vez que la 
tierra es la que gira de Occidente á Oriente. 

Seis signos se dicen boreales, y los otros australes, en esta forma: 



Lope de Vega, 



Nombro 


Núm.* de es- 


Figuras 


Día en que parece 


Estaciones 


de 


trellas que 


que parecen 


entrar el sol 


para nuestro 


cada siguo. 


comprenden 


representar. 


en cada signo. 


hemisferio. 


/ Aries 


42 


Un carnero 


20 marzo. 


1 ....Equinoccio. 


gl Tauro 


207 


ün toro 


20 abril. 


. Primavera. 


»)Géminis 


64 


Dos niños 


21 mayo. 


?) Cáncer 


85 


ün cangrejo 


21 junio. 


) Solsticio. 


SfLeo 


93 


Un león 


22 julio. 


[ Estío. 


\ Virgo 


117 


Una joven 


20 agosto. 


) 


1 Libra 
>l Escorpión 
3] Sagitario 
g i Capricornio 
2 r Acuario 


66 


Una balanza 


22 setiembre. 


) ....Equinoccio. 


60 


Un alacrán 


23 octubre. 


[ Otoño. 


94 


Un centauro 


21 noviembre. 


) 


64 


Un macho cabrío 


21 diciembre. 


j Solsticio. 


117 


Un anciano 


19 enero. 


i Invierno. 


• Piscis 


116 


Dos peces 


18 febrero. 


) 



El zodiaco, asi llamado de la voz griega zodion que signirica animal, porque casi todos 
sus sigQos representan figuras de animales, era de grande importancia para los antiguos as- 
trónomos, porque dentro de sus limites se veriñcan las revoluciones de los grandes planetas, 
únicas que entonces se conocían, á excepción de Urano; pero ha perdido mucho de su in- 
terés, porque los planetas telescópicos, de los cuales hablaremos en el producto de 2 por 9, 
dran fuera de los limites que abarca la faja zodiacal. 



(/) Apertura de la tumba de San Juan Nepomuceno. Este Santo, canónigo de Praga, ciu- 
dad de Bohemia en el imperio de Austria, á d4 leguas de Viena. era el confesor de la em- 
peratriz Juana, esposa de Wenceslao. Habiendo este concebido sospechas de la fidelidad 
de su esposa, ostigó al santo sacerdote para que violando el sigilo de la conresion. le des- 
cubriese lo que por este medio supiera; mas como se nesgase dojididamecte a decir ni una 
palabra, ordenó el emperador que fuese arrojado, con grandes piedras al cuello, en las 
aguas del rio Moldau, que atraviesa dicha ciudad y desemboca en el Elba después de 62 
leguas de curso. Al abrir la tumba del Santo el 14 de abril de 1719, no se encontró mas 
que la osamenta-, pero estaba incorrupta aquella lengua que nada habia revelado ni por el 
halago de las ofertas ni por el temor de las amenazas. 

fgj Multiplicado una vez por sí mismo el número 16, produce el 256, que son los pon- 
tífices romanos que cuenta la Iglesia, á saber : 



ANO. NOMBRE T PATRIA. 



ANO. NOMBRE T PATRIA. 



ANO. NOMBRE T PATRIA 



33 S. Pedro, galileo. 

67 » Lino, toscano. 

78 » Cleto, romano. 

91 V Clemente, id. 

101 » Anacieto, griego. 

110 » Evaristo, id. 

119 » Alejandro, romano. 

130.» Sixto, id. 



)) 



lio s. 

133 
163 
167 
173 
177 
19« 
201 



.« 



Telesf )ro, griego, 
nigiuio, id. 
Pío. aqaileyense. 
Aniceto, siró. 
Sotero, italiano. 
Eleuterio^ griego. 
Víctor, africano. 
Coferino, romano. 



u 



«l'í S 
32i » 
231 >> 
23o 
336 
3Si 
333 
334 



» 



Calixio, ronntio. 
Urbino, id 
PoncÍHao, id 
Antero, griego. 
Fabián, romano 
Cornelio, id. 
I ucio, id. 
Esteban, id. 



Periódioo semanal. 



ANO. HOMBRE T PATRÍA. iÑO. 

167 S. Sixto II, romano. 676 

t58 » Dionisio, griego. 678 

S70 » Félix, romano. 682 

S75 » Eutiquiano^ toscaoo. 68i 

283 » Cayo, dálmata. 685 

S96 » Marcelino, romano. 686 

304 > Marcelo, id. 687 

309 » Ensebio, griego. 701 

311 » Melquíades, africano. 705 

314 » Silvestre, romano. 708 

336 » Marcos^ id. Id 

Id. » Julio, id. 714 

352 n Liberio, id. 731 

364 9 Félix II, id. 741 

367 o Dámaso, español. 752 
386 » Siricio, romano. Id. 

398 » Anastasio, id. 757 

402 » Inocencio, albañés. 768 

417 » Zósimb, griego. 772 

419 » Bonifacio, romano. 795 

423 » Celestino, id. 816 

432 » Sixto lil, id 817 

440 » León Magno, id. 824 

461 » Hilario, sardo. 827 
468 » Simplicio, italiano. Id. 

483 * Félix III, romano, 8J4 

494 » Gelasio, africano. 847 

496 » Anastasio II, romano. 835 

498 » Celio Simaco, sardo. 858 
614 » Hormisdas, de Campania. 867 

623 » Juan, toscano. 872 

6i3 » Félix IV. napolitano. 882 

Bonifacio II» romano. 884 

Juan II, id. 885 

636 » Agapito, id. 891 

636 » Silverio, de Campania. 896 

640 Vigilio, id. 897 

556 S.Pelagio. id. 89? 
566 » Juan III, id. Id. 

673 - Benedicto, id. ' 900 

677 Pelagio II, rbmano. 903 
589 S. Gregorio iHagno, id. Id. 

804 Sabiniano, toscano. 90i 

606 Bonifacio 111, rom:ino. 911 

607 Bonifacio IV, italiano. 9Vi 
614 Adeodato, romano. 9H 
617 Bonifacio Y, napolitano. 9á8 
625 Honorio, de Cnmpnnia. 929 
640 Severino, romano. 931 
642 JuanIV,dálmita. 936 
644 Teodoro, jerosolnnilano. 939 
6Í9 S. Martin, te -jiiü. 942 

656 Eugenio, romano. 916 

657 Vitaliano, de Campania. 956 
670 Adeodato II, romano. ^ 964 



530 
532 



» 



u 



NOMBRA Y PATRIA. 

Domno^ romano^ 
S. Agaton, siciliano. 
S. León IL siciliano. 
» Benedicto H, romano. 
Juan V, antioquino. 
Conon, tracio, 
S. Sergio, antioquino, 
Juan VI, griego. 
Juan VII, id. 
Sisinio, siró. 
Constantino, id. 
Gregorio IL romano. 
Gregorio IIL siró. 
S ZÍacarias, griego. 
Esteban II, romano. 
Esteban III, romano. 
S.Paulo I, id. 
Esteban IV, siciliano. 
Adriano, ron. ano. 
León III, romano. 
Esteban V, id. 
S. Pascual, id 
Eugenio II, id. 
Valentino, id. 
Gregorio VI. id. 
Sergio II, id. 
S.Leon lY, romano. 
Benedicto III, id. 
S. Nicolao^ id. 
Adriano II, id 
Juan VIH, id. 
Martino II, toscano. 
Adriano 111, romano, 
Esteban VI, id. 
Formoso, italiano. 
Esteban Vil, romano. 
Romano, toscano. 
Teodoro IL italiano. 
Juan IX, id. 
Benedicto VI, romano. 
León V, veneciano. 
Cristóforo, romano. 
Sergio III, id. 
Anastasia III, id. 
Lando, sabino. 
Juan X, romano. 
León VI, id. 
Kstéban VIH, id. 
Ju^n XI, id 
León VH, id. 
Esteban IX, alemán. 
Marlino 111, romano. 
Agnpito II, romano. 
Juan XII, id. 
Benedicto V, id. 



ANO. NOMBRE Y PATRIA. 

965 Juan XIH, romano. 
972 Benedicto VI, id. 
974 Domno II, romano. 
Id. Benedicto VII, id. 

984 Juan XIV, italiano. 

985 Juan XV, id. (*) 

996 Gregorio V, alemán. 

999 Silvestre H, francés. 
1003 Juan XVII, romano. 

Id. Juan XVHI, id. 
1009 Sergio VI, id. 
1012 Benedicto VIH, id. 
1024 Juan XIX, ramano 
1033 Benedicto IX, id. 
I0Í4 Gregorio VI, id. 
1046 Clemente IL sajón " 
1017 Benedicto IX, 2.' vez. 
1048 Dámaso II, alemán. 

Id. S.Leon IX, id. 

1000 VictorlI/id. 
1058 Esteban X, lorenés, 
Id, Nicolao II, saboyano. 

1061 Alejandro H, milanés. 
1073 S Gregorio VII, toscano. 
1086 Victor 111, napolitano. 
1088 Urbano 11, francés. 
1099 Pascual H, toscano. 

1118 Gelasio II, napolitano. 

1119 Calixto H, francés. 
1124 Honorio H, bolones, 
1130 Inocencio IL romano, 
1143 Celestino II, toscano. 
11 'i 4 Lucio II, bolones. 
Ilio Eugenio 111, pisano. 

1153 Anastasio IV, romano. 

1154 Adriano IV. inglés. 
1159 Alejandro III, sienes. 
1181 Lucio ni, luqués, 
1185 Urbano III. milanés. 
1187 Gregorio VIIL napolitano. 

Id. Clemente III, romano. 
1191 Cclestmolll, id. 
1198 Inocencio III, italiano. 
1216 Honorio III, romano. 
1227 Gregorio IX, italiano. 
1241 Celestino IV, milanés. 
1243 Inocencio IV, genovés.* 
1254 Alejandro IV, italiano, 
1261 Urbano IV, francés. 
1265 Clemente IV, francés. 
1271 Gregorio X, italiano. 

1276 Inocencio V, francés. 
Id. Adriano V, genovés. 
Id. Juan XX, portugués. 

1277 Nicolás 11 1, romano. 



(*) Hubo otro Juan elegido y no consagrado^ que sueliiu llwwvt \>\^vw^V^\. 



Lope de Vega, 



AMO.. 



R0M6RR Y PATRIA 



ANO. 



1281 Martioo IV. francés. 1464 

1288 Donorio IV, roraaBO. 1471 

1288 Nicolao IV, italiano. 1484 

1294 S Celestino V, italiano. 1492 

id. Bonifacio VIH. id. 1501) 
1303 Benedicto X, id. Id 

1305 elemento V, francés. 1513 

1316 JuanXXí, id 1522 

1334 Benedicto XlIJd. 1523 

1342 Clemente VI, id. 1514 

1352 Inocencio VI, id. 1550 

1362 Urbano V. id. 1555 
1371 (iregorio XI, id. Id. 

1378 urbano VI, napolitano. 1559 

1389 Bonifacio IX. id 1566 

1404 Inocencio Vil, italiano. 157¿ 

1406 Gregorio XII, veneciano, 1585 

1409 Alejandro V, cretense. 1590 

1410 Juan XXII, napolitano. Id 
1417 Martino V, romano. 1591 
1431 Eugenio IV, veneciano. 1592 
1449 Nicolao V, italiano. 1605 
1455 Calixto III, español. Id. 
1458 Pío 11, sienes. 

(Continnará.) 



NOMBRE Y PATRIA. ANO 

Paulo II, veneciano. 1621 

Sixto IV, italiano. 1623 

Inocencio VIH, genovés. 1044 

Alejandro YI. español. 1655 

Pío III, sienes. 1667 

Julio II, italiaoo. 1670 

León X, florentino. 1676 

Adriano VI, flamenco. 1689 

Clemente VIL id. 1691 

Paulo III, romano. 1700 

Julio III, toscano. 1721 

Marcelo II, id. 1724 

Paulo IV, napolitano. . 1730 

Pío IV. milanes. 1740 

S Pío V, lombardo. 1758 

Gregorio XIII, bolones. 1762 

Sixto V, do Ancona. 1775 

Urbano VIII, romano. 1800 

Gregorio XIV, milanés. 1823 

Inocencio IX, bolones. 1829 

Clemente > III, florentino. 1831 

León XI, id. 1846 
Paulo V, romano. 



NOMBRE T PATRIA. 

> ■ ' » 

Gregorio XV, bolones. 
Urbano VII, florentino. 
Inocencio X, romano. 
Alejandro Vil, sienes. 
Clemente IX, italiano. 
ClemeiteX, romano. 
Inocencio XI, lombardo. 
Alejandro VIII, veneciano. 
Inocencio XII, nanolitano. 
Clemente XI, de Urbino. 
Inocencio XIII, romano. 
Benedicto XIII, id. 
Clemente XII, florentino. 
Benedicto XIV, romano. 
Clemente XIII, veneciano. 
Clemente XIV, romano. 
Pío VI. id. 
Pío VII. id, 
Leo 1 XII, italiano. 
Pío VIII, id. 
Gregorio XVI, id, 
Pío IX, id., pontíGce rei- 
nante. (') 



Isidoro F. Monje. 



SOKTEa'O. 

«Alza ¡oh Polonia! la abalida frente 

Y el sacro rayo de tus iras lanza: 

Y sirva de escarmiento lu venganza 
Al Despotismo bárbaro é insolente.» 

— Dijo así Dios.— Del orto al occidente 
l'n himno universal on su alabania 
Asciende vencedor I — Feroz avanza 
Contra Polonia el ruso omnipotente. 

Tru^»na el canon. La atmósfera se inflama 

Y hace el Eterno (jue en la cruel pelea, 
Flores por lanzas el polaco vibre; 

Do muerte herido el moscovita brama: 
Polonia triunfa.— Dios la victorea, 

Y aprende lodo esclavo á iiacerse librel 

Antonio Vinageras. 

Mailrid.-1863 



I Rápida ojeada sobre el reinado de 
D. Juan II y su privado el Con- 
destable D. Alvaro de Luna. 



En medio de este desquiciamiento social faé 
donde con toda sagacidad, labróse su pedestal el 
Condestable D. Alvaro de Luna. 

Pero retrocedamos akunos^üos y veamos el 
nacimiento de este hombre nrimado por la for- 
tuna. 

Por los años de 1391 el padre de D. Al- 
varo conoció en su villa de Cañete á María de 
Cafiete, bija de padres desconocidos y que la vi- 
lla había apellidado. En una de las monterías que 
muy á menudo corría D. Alvaro» conoció á es- 
ta z,igala, ysegun cuentan las crónicas, diez me- 
ses después y en una mañana que acababa de 
levantarse, le presentaron una cesta de mimbres 
cubierta con un paño, dentro de la cual se oía 
llorar un infante, fruto del conocimiento de D. 
Alvaro con la Alaría Cañete: este infante faé 



(*) Aparecen aquí 2o8 nombres; ncro rebajando en el año 1047 el de Benedicto IX, que habiaocu- 
pBáo U silla pontiticia en 1033. y el de un papa Juan que algunos autores no cuentan, son los S$6. 



Periódico semanal. 



bautizado con el nombre do Pedro de Luna; pero 
mas tarde su tío el arzobispo de Toledo D. Pe- 
dro de Luna, le confirmó con el nombre de Al- 
varo, en honor á su padre. 

Este, pues, es el hombre de quien mas tarde 
dijo el docto P. Mariana: «De tan bajos prin- 
cipios se levantó la grandeza de este mozo, que 
en un tiempo pudo competir con muy grandes 
príncipes, de que al fin le despeñó su desgracia.» 

D. Alvaro recibió de su tío el arzobispo de 
Toledo, una educación esmeradísima y verdade- 
ramente docta cual la del hijo de un monarca; 
él sagaz y de una imaginación viva al par que am- 
bicioso con el ejemplo de su parientes^ entre los 
cuales, contaba un papa, un arzobispo y tres ri- 
cos hombres; pensó, pues, lo que debía hacer, y 
vio que parn alzarse hasta la cúspide^ solo ne- 
cesitaba valor y osadía, y aprovechando la oca- 
sión, scstenerse sobre la rueda de lafortuní bas- 
tí llegar al lin. 

En li08 se celebraron en Toledo cortes, y 
su tío con esla ocasión pidió al reino un servi- 
cio de 150,000 ducados con deslino á la guerra 
que se sostenía en Granada. Teaia D. Alvaro en- 
tonces 18 anos, era gentil, aventajado poeta, buen 
músico y escelehto hombre de armas; con esto 
unido á la agudeza «de sus dichos, sus galantes 
maneras y la amabilidad de su carácter, impre- 
sionaron tanto á la reina, que al momento lo 
nombró page en la real cámara. 

En los diez años que la reini D/ Catalina so- 
brevivió á la presentación de D. Alvaro en la 
corte, se captó éste h voluntad del rey, el cual 
llegó al estremo de no tener mas voluntad que 
la de su favorito, en tanto que la reina encerra- 
da en el alcázar de Yalladolid por influencia del 
Condestable, no veía ni sabia mas que lo que él 
le decía. 

Hasta 1414, ano en que murió el arzobispo su 
tío, le ayudó con todo su poder é influencia, 
tanto que principiaron á lamentarse los nobles 
de que se tuviese al rey tan retirado que ni aun 
conocia á los grandes que se lo presentaban. 

A la sazón cuitaba D. Juan el Segundo once 
años, y se dejaba entrever en él lo débil; lo 
indolente y lo sensual de su carácter. D. Alva- 
ro encontró lo que deseaba, puesto que un rey 
joven y educado entre mugeres, le subyugaba á 
su deseo y subía sin dificultad los peldaños de 
la escala que le dictaba su ambición: apoderóse 
del alcázar y de ía persona del rey do modo 
que no se daba un solo paso que no fuese por 
su orden; cundió con esto el odio entre los no- 
bles contra el privado, odio que mas tarde se 
convii tió en una guerra á muerte que le decla- 
raron éstos. 

l'a en esta época, D. Alvaro se bastaba á si 
propio; su genio dominante lo avasallaba todo, 
y lo probó debidamente á la muerte de la reina 



D.* Catalina, acaecida en 1418. 

Al hacer esta reseña, no nos anima el deseo 
de presentar al Condestable como un ente sin 
conciencia, y es^justo que tracemos del mejor mo- 
do que podamos, como se encontró Castilla al 
poner su planta sobre el último escabel de la for- 
tuna, y cuales fueron sus intenciones. 

Decíamos que D. Alvaro se encontró que no 
había leyes, ni justicia, ni dignidad, ni fuerza: su 
' antecesor el condestable Dávalos se había a|)o- 
derado de medía España, en tanto que los in- 
fantes de Aragón campaban á su placer en el rei- 
no, j los moros en la frontera. Navarra y Ara- 
gón nos insultaban v so nos atrevía el Portugal; 
verdad es que estaba el reino en paz, pernera 
la paz del débil y el cobarde, esto es, la paz 
de la ignominia. 

Vio los insultos hechos al pueblo, y tras la in- 
dignación vino la ambición; mas según alguno de 
sus cronistas, no la ambición bastarda; no la sed 
de riqueza, sino el afán de regenerar, consoli- 
dar, y hacer fuerte un pueblo, que en un tiem- 
go fué poderoso, y que podia volver á serlo con 
ayuda de una hábil mano que lo dirigiese. El 
pueblo tenia un cáncer, pero este cáncer eran 
los desafueros de la nobleza y.del clero; eide- 
ro y la nobleza que deben ser los sostenedo- 
res de la gloría y k moralidad de los pueblos: 
cada rico-hombre era un déspota odioso; y cada 
obispo, cada abad, era un rico-hombre; malgas- 
taban las cortes, su tiempo en combatir hi ren- 
cillas particulares, sin mirar por el bien de la 
nación: mientras el estado llano componíase de 
vasallos hambrientos, sin dignidad y sin valor pa- 
ra defender su independencia. 

Todo marchaba á un desmoronamiento terri- 
ble, en el que se hubiese perdido la nacionali- 
dad, y cada noble se hubiese constituido en un 
reyezuelo independiente, teniendo por nación al- 
gunas fortalezas y tal cual villa; á este paso es 
indudable que Castilla se hubiera dividido en 
pedazos como se dividió España después de la 
invasión de los árabes, que en esta época ocu- 
paban el reino de Granada, y que éstos se hu- 
oiescn estendido de nuevo, puesto que no era 
'difícil vencer uno á uno á los fraccionados se-. 
ñores, mientras que regi la Castilla por una sola 
mano, les era imposible hacer de nuevo la con- 
quista. 

No abultamos los hechos, léanse las crónicas 
de estos liempo-í, cstútlieiise dolíMiidamínte, y 
verán nuestros lociores que no era tan dilicil de 
hacer lo que doj.'»nios ¡iuIííhIí). Descarada, au- 
daz é insólenle, exislia ya inis de cíen años la 
rebeldía, y en prueba ik esto, téngase presen- 
te, que un bastardo de Alonso XI a^sioó^á su 
natural y legítimo señor el gran rey D. Pedro I 
de Castilla; ese rey, cuya nislQÚ^. ^g^xící^.'^x 
alguno d^^w% ^wm\^<:i%,V, \'^'^\^\'^ ^^^"""^^^^ 



Lope de Vega, 



aparecer cruel, del mismo modo que algunos han 
llamado al Condestable miserable v traidor. Si 
en lugar de D Juan el Segundo, hubiese sido 
D. Pedro, ó D. Alvaro en lugar del Duque de 
Alburquerque, es decir, que hubiesen sido de la 
misma época D. Pedro 1 y D. Alvaro de Luna, 
mucho mejor hubiese $ido para el pais: el rey 
hubiera sostenido la corona y el Condestable 
la espada; la nobleza hubiese sido reprimida, al 
par del clero, v el pueblo regido de una ma- 
nera justiciera: hubieran sido los moros arroja- 
dos á los desiertos arenales del África; y Ara- 
gón^ Navarra, Francia y Portugal se hubieran 
estremecido al solo nomore de Castilla; el bien 
hubiera partido desde el centro á todas las es- 
tremidades de Espaüa, y vuelto áser lo que era 
bajo la dominación de la corona goda, un solo 
reino potente y temible, circunvalado por dos 
mares, y estendido desde las columnas de Hér- 
cules al Pirineo; con feudos y vasallos en Fran- 
cia y África; hubi*3ran sido^ un Rey digno de un 
Condestable y un Condestable digno de un Rey. 
Pero el fruto de la traición del infante D. En- 
rique contra su hermano y rey D. Pedro L 
fué la disolución del reino; los grandes críme- 
nes no pueden llevarse á cabo sin que haya gran- 
des traidores, llevando éstos tras si con la cul- 
pa el castigo. Enrique Uno [>udo ser rey, puesto 
que tuvo que ofrecer el reino por la corona; 
pronto conoció cuan infames eran los que le ha- 
oian ayudado á arrebatar el trono á su normano, 
y les temió; solo pudo tenerlos junto asi, com- 
prándolos, y los compró; y de aquí provinie- 
ron las vergonzosas y escandalosas mercedes en- 
riqueñas, prodigadas desde el traidor Duguesclin 
hasta el último y miserable aventurero que ha- 
bia peleado en pro de la usurpación. Desde 
entonces no se sirvió al rey como un deber de 
vasallo, sino que fué preciso comprarlos, y para 
comprarlos se necesitaba mucho oro; este oro 
solo podia facilitarlo el pueblo, y el pobre pue- 
blo triturado y vejado, pagó con su sangre la 
sangre que habia derramado el infame bastardo 
de Alfonso XI; creóse una nobleza de princi- 

Eios deleznables, y no bastando los nuevos tri- 
utos impuestos, se apeló á nuevos crímenes; á 
los judies se les conCscaron sus bienes y se les 
robó para satisfacer de este modo la sed de oro 
de los grandes: pasó el tiempo, y llegó un dia 
en que Enrique III no tuvo pan que comer, 
mientras la nobleza y el clero guardaoan en sus 
arcas los tesoros sacados al pueblo; de este mo- 
do creció la soberbia de los nobles, apareció 
la envidia, y cual una chispa eléctrica la guer- 
ra civil, que aun en la época de D. Alvaro, 
como hemos dicho antes, duraba de un modo ter- 
rible; preciso era, pues, que para sosegar á Cas- 
tilla, el Condestable derramase mucha sangre, 
kac/eodo separar da su cuerpo no pocas ciu>e- 



zas traidoras al trono y al pais. D. Ahraro, pues, 
vio una lejana luz y quiso llegar hasta ella; y 
su ambición y su orgullo le empujaron: él que- 
ría ser el salvador de un pueblo, y pasar ¿ la 
posteridad con un nombre ilustre, y luchó y re- 
luchó; y como dice uno de sus historiadores: «Si 
mereció la muerte fué mas por los crímenes de 
su vida privada que de su vida de gobernante.» 
D. Alvaro sirvió á su rey con lealtad, derra- 
mando su sangre en los campos de batalla por 
salvar la corona de su soberano^ amenazada por 
los descontentos y hasta por su mismo hijo D. 
Enrique; gastó su vida en las intrigas palacie- 
gas, viéndose obligado á obrar de un modo bajo 
y vergonzoso, en la necesidad de vencer á sus 
enemigos en todos terrenos; la traición se vence 
en el terreno de la traición de la misma mane- 
ra que el diamante se labra con el diamante; él 
se vio envuelto en una época de cieno y para 
vencer tuvo necesidad de enlodarse; su carácter 
! le ímpedia retroceder, un hombre como el Con- 
destaole no cedia nunca, y mucho menos ante 
una nobleza como la do su época^ rebelde y su 
propia enemiga. 

— Málaga. — 



¿Viste acaso un cielo, auc nubes espesas 
de negros contornos, plomizo matiz, 
cual capuz funéreo, tétrico encapotan, 
presentando triste, siniestro cariz? 

¿Sentiste que al alma, temor sobrecoje, 
y asalta la mente medrosa emoción, 
y pávidas sombras ofuscan la vista, 
y late temblante luego el corazón? 

¿Y el sol refulgente, que en^iíenit discorre 
traspasar las nubes, no viste también, 
bañando suave con cálido beso, 
tu frente marchita, tu pálida sien, 

Volviendo á tu alma la paz que perdiera, 
á compás tu pecho dejando latir, 
abriendo á |us ojos horizontes bellos, 
que juntos coloran, nácar y zafir? 

Pues esa, mi niña, aquesa es mi historia. 
De lúgubre noche, sin un resplandor, 
las sombras brumosas mi vida envolvían 
en masas de niebla que infunden pavor. 



Periodioo semanal. 



Mas, vi lu mirada, destello del cielo, 
y á nueva existencia naciera a mi vez, 
nacarados tintes reemplazando vagos 
de mis horizontes la su lobreguez. 

Yo. torpe viviera cual vive la planta; 
mas, vivo otra vida des que amor sentí; 
por eso mi vida hoy niña te ofrezco, 
acéptala afable, pues la debo á ti. 

Yuzuf-ehn-Sérab. 



U DAIl i DEL MEDALLÓN, 

NOVELA O&IGnrAL, 

POR EMILIO DE LA CERDA. 



CONTINUACIÓN. 



I — ¡To señora! nada absolutamente; y sin po- 
, derme contener le dije en voz baja; allí oo hay 
bogquecillos de lilas donde se oyon decía raciones 
amorosas..,. 

—No comprendo.. 

^Ta lo sabrás mas tarde. 

—Vamos, dijo la marquesa, vamos hacia la 
casa; Julio estará cansado, y mi pobre hija, que 
tieneifste raro placer de levantarse á pasear tan 
temprftno^ necesita ya de algún reposo. / 

—¿Tías niftasse&oras? dije advirtiendo su fal- 
ta, pues no te be dicho que les babia tomado mu- 
cho cariño en el tiempo que estuvieron en Sevi- 
lla, V ellas también se volvían locas en cuanto 
entraba yo en la casa. 

*-Áh! esas lo entienden, repuso la marquesa, 
están aun durmiendo. 

—¡Felices ellas que pueden dormir! murmuró 
Julia, lo cual aunque pronunciado en voz baja, 
no escapó á mi oido. 

— Que dices, Julia? preguntó su madre. 

Nada^ que volviéramos k la casa á despertar- 
las para que abracen á Julio. ¡Que contentas se 
van á poner! 

. — No sé quien les diría que estaba yo alli; lo 
t^ierto es, que al llegar cerca de la casa; las dos 
salieron á una ventana y gritaron desde ella. 

—Julio, Julio.... ahí está Julio, ya vamos, ya 
vamos, t poco después se colgaban las dos á mi 
cuello. 

¡Pobres ángeles; de todos los que nos hallá- 
bamos reunidos, ellas eran solamente felices. 

Pasó el día sin accidente notable. Laura es- 
taba pensativa, v el marqués parecía alegre ¿qué 
sígniGcaba aquello? al pronto no lo supe; mas tar- 
de lo comprendí todo. 

A la mañana siguiente, bajé muy temprano al 

jardín; no habia podido dormir en toda la noche. 

Hacia media hora que estaba sentado en el 

mismo bosque de lilas donde vi el día anterior 

á Laura, y al marqués, cuando se presentó Lau- 



— Oh! no; está V. algo desmejorada; pero no 
para infundir graves recelos; le dije, por no des- 
mentir aquel ínocent# consuelo que daba al co- 
razón de su madre* 

—No, hija mía; tú me ocultas mucha parte 
de lo que padeces; pero mis ojos parecen ieer 
en tu alma; solo quieres desvanecer mis temores, 
y... haces mal, Julia, haces mal; si fueras fran- 
ca, tu enfermedad, desconocida de todos^ tal vez 
podría tener remedio. 

— Ta le he dicho á V. madre mia, que son 
simplemente los nervios los que producen mi mal 
estar. Desde aqnel fatal accidente en la exposi- 
ción, no he quedado buena; pero no para asus- 
tarse; Madrid me sentaba, tan bien! volvamos, 
pues, allí. 

— Aun no estás ea estado de emprender un 
viaje; dejemos que pasen los calores; bien sabes ! ra, que ó' no me vio, 6 fingió no veime, pues 
que en Madrid el verano es insoportable, y tal' ' 



vez te empeorarías. 

— En efecto, dijo el doctor, seria muy peli- 
groso variar ahora de clima. 

A este tiempo llegó el marqués y Laura, que 
empalideció al verme. Parecía leer en mi sem- 
blante el disgusto que no podía ocultar, después 
de la escena que presencié detrás de la tapia. El 
primero, me alargó la mano, y se mostró bas- 
tante afectuoso conmigo. To hice un esfuerzo^ y se 
la estreché. 

Laura, me saludó algo cortada^ y si bien yo 
procuré disimular mi turbación, debió conocer al- 
go en mi de estrauo, pues dijo en voz alta: 

— Parece que el señor de Duran, (asi me llama- 
ba delante de la familia) ha dejado algo por Se- 
villa, que le tiene distraído. 



se puso á coger flores con distracción. Acto con- 
tinuo me levanté, y aproximándome á ella: 

— Buenos días Laura, le dije. 

— Ah! ¿estabas ahi? 

—Venia á buscarte á los sitios qu'3 tú pareces 
preferir. 

— ¿Porqué dices eso? 

— ¿A qué he de repetir lo que sabes mejor que 
yo? 

—Desde ayer hablas de un modo tan enigmáti- 
co, que á la verdad, no te comprendo, me contes- 
tó sin dignarse mirarme. 

— O no quieres comprenderme. 

— Esplícate, pues. 

— ¿Qué te decía ayer el marqués paseando por 
este mismo sitio? 

— lA \n« , ^ 



Lope de Vega, periódico semanal. 



—Basta, Laura; reo quieres negarme loque yo ' 
mismo he oído detrás de esa tapia, el marqués te 
hablaba de su amor^ y .. tú le escuchabas casi 
con placer. 

— Como siempre, respondió encojiéndose de 
hombros; ya te he dicho que oigo con frialdad sus 
discursos que me empalagan; pero ya ves, no pue- 
do hacerle un desprecio marcado, estando en su 
casa... 

^Antes me decias que así correspondías á su 
amor... pensarás hoy de otra manera? 

No pudo responderme, pues el mismo de quien 
hablábamos desembocó por una calle de árboles, 
y se unió á nosotros. 

—Qué es esto señor de Duran, tan de mañana 
levantado? 

—Soy madrugador por costumbre; y masen el 
campo... 

— ¿T la hermosa Laura está ocupada en su coti- 
diana tarea? 

— Si, señor marqués, le respondió sonriendo; 
cogía flores para Julia; ¡le gustan tanto! 

—¿Y para Y. no guarda ninguna, ó tiene bastan- 
te con las que le dice el señor de Duran? porque i 
él es muy galante, y no dudo... 

—El señor de Duran está de muy mal humor, 
y no es esta ocasión de que galantee á ninguna 
mu^r. 

10 contesté con una necedad, como suele su- 
ceder cuando la ira oscurece la razón. 

— Ohl no, señorita^ le dije, no tengo ningún 
motivo para estar do mal humor; pero soy tan 
torpe en esto de galanteos, que cualquier muger 
debe hallar muy insípida mi conversación. Y pues^ 
to que el señor marqués ha llegado tan á tiem- 

E... el podrá desempeñar por miel p^pel de ca- 
llero galante. 
Saludé torpemente, y me retiré. 
— ¿Qué le ha dado? oi quo preguntaba el mar- 
qués á Laura. 

— No sé... parece muy corto, respondió ésta. 
Aun creí escuchar cierta risita burlona que me 
hizo subir la sangre al rostro; parecía que habia 
hecho esprofeso que llegará su eco hasta mi. 

Tentado estuve por volver atrás, y, arran- 
carle la máscara; pero creí mas conveniente se- 
guir observando. No sé por qué, cuando prevcc- 
mos algún desgraciado suceso, nos complacemos ; 
casi en aguardarlo y permanecemos en la inacción : 
sintratarde sustraernos á él. Yo, que nodudaba ya ! 
que Laura habia dejado de amarme, debí en aquel : 
momento huir de ella para siempre; sin embargo/ 
un secreto impulso me retenía en aquella casa. > 
Ahí todabia la amaba. I 

Aquella tarde, y ya casi de noche, me pa- j 
seaba por el jardín con el doctor, que como te ¡ 
be dicho, era un sugeto muy simpático por su 
Bolsiao trato jr amena conversación. 

(Coutiooar^.) 



MISCELÁNEA. 



Epigrama. 

Sus caballos elogiaba 
anoche en una reunión 
el inglés Mr. Diptong, 
con lo cual se entusiasmaba. 
Uno le dijo: «yo admiro 
al señor cuando lo veo 
en su berlina^ pues creo 
tiene un magnifico tiro.^> 

BerJuMki. 



Charadas. 

De mi segunda y tercera — un doncel se 
enamoró; — y que también le adoró, — dicen, 
la niña hechicera. — Prima y tercia le llama- 
ban — á la oriental criatura,' — y todos por su 
hermosura— y talento, la adoraban: — Mas. 
j)ardiez! (jue llegó un dia — en que el galán 
la olvidó, — y atónita se quedó — (>cnsando 
en su villaniá. — Su tercia y prima, á mi ver 
— bien le supo demostrar: — que si bien le 
pudo amar, — bien le pudo aborrecer. — Dicen 

aue quedó vengada. — después de haber pa- 
ecido, — del que llevó el apellido— del todo 
de mi charada. — E. A. 



Hay la primera y segunda— en España, en 
Portugal, — en Inglaterra y en Francia — y en 
otras naciones mas. — Mi primera con terce- 
ra — es un ligero animal — que corre como 
ninguno — cuando lo quieren cazar.— El lodo 
amigo lector, — para evitarte pensar — te diré 
que es una cosa — que en los árboles verás. 



T. B. o. 



Solución á las Caradas del oúmero anterior. 

Ayer tropecé con ROQUE 
y quiáo venderme un RAPE. 
¿Es asi la solución 
o me he equivocado? 

Yayf. 



DIIIECTOK Y EDITOR RESPONSABLE, 

Imprenta de Cari/arí.— Comedias 11. 



AÑO I. 



DOMINGO 9 DE AGOSTO DE 1863. 



NÚM. 19. 



LOPE DE VEGA, 

PERIÓDICO SBUANAL DEDICADO A LA SOCIEDAD QUE LLEVA ESTE NOMBRE. 



ae 



OIE3SrOIA.S. 



Vacilantes y recelosos siempre de lomar la 

Eluma con dirección á la prensa, lo hacemos 
oy una vez mas, no nados en nuestras dé- 
biles fuerzas, porque estas no bastarían á re- 
basar los insuperables obstáculos que ofrece 
tal empresa, sino en la indulgencia pública, 
de que hemos recibido ya pruebas, que esti- 
mamos mucho y ({ue nunca olvidaremos. 

¡Cuín lejos está de ser amistad lo que mu- 
chas veces consideramos así! 

¡Qué contraste tan maravilloso forman los 
hombres en la sociedad, reunidos acá y allá 
en grupos, según su interés, su Índole y sus 
tendencias! ¡Qué resultados tan pasmosos ofre- 
cen algunas fases de este sublime afecto al 
que fríamente lo contempla, tranquila su con- 
ciencia, y desviado en lo posible del germen 
de intri^^as producido por el fuego de mez- 
guinos y asquerosos intereses! Procuremos de- 
jar pasar ese funesto torbellino de rencores, 
de envidias y falsedades. No tratemos jamás 
de gustar su malsana corriente, por que des- 
pués de martirizar el alma, solo se disfruta 
el placar, si placer puede llamarse, de un bár- 
baro sensualismo. 

Todos sabemos que la sociabilidad en el 
hombre es una ley de su ser, de la cual no 
puede prescindir.' De aquí la amistad, modi- 
ficada después según el móvil que la anima. 

Dos cosas, dijo el sabio Bossuel, son iqdis- 
pensables para que se consolide la amistad, á 
saber el afecto y la fidelidad. No nos deten- 
dremos un momento en comentar esta propo- 
sición, pues basta que lleve el nombre de tan 
eminente varón, para que solo respetándo- 
la debamos tomarla como base de nuestras 
consideraciones. 

Generalmente se cree que existe este bello 
lazo, cuando se observa entre los asociados 
cierta unión y contacto frecuente. No es asi: 
es preciso que concurran ^n ellos circunstan- 
cias muy especiales, para que la unión deque 



hablamos merezca un nombre que tanto sig- 
nifica. 

Vamos á trazar, aunque con rasgos micros- 
cópicos, los casos en que la amistad es apa- 
rente ó es realmente verdadera. 

La que está basada en el interés es la que 
con mas fuerza de atracción, pero con menos 
verdad une á los hombres. Ya sea ese interés 
mezquino ó generoso, ya público ó privado, 
tiene tan grande influencia sobre los que di- 
cen profesarla, que limita su libertad de ac- 
ción, modifica sus naturales arranques, coar- 
ta á veces sus aspiraciones, y siempre tra- 
tan de ocultar, sea bueno ó malo, cuanto pue- 
de perjudicar la realización de la idea que por 
aquel camino les conduce. Aunque pocos, hay 
casos en que este género de relaciones esta 
ayudado también por la analogía que puede 
haber en la índole de los que la practican; 
pero como esto es casual, se deduce que la 
amistad apoyada en el interés, es por decirlo 
asi. el anillo que une dos eslabones de me- 
tales distintos, y que disuelto aquel lazo, na- 
da hay de común entre los dos. Por la mis- 
ma razón se resiste hasta lo sumo la creen- 
cia de que entre individuos que no poseen 
homogeneidad de sentimientos, exista una 
concordia tan completa, unas simpatías lleva- 
das al estremo, cuando lo que comunmente 
sucede, es que se unen y se odian, se abra- 
zan y se aborrecen, sin que por esto digamos 
en absoluto, que es incompatible la amistad 
con el interés; pero sí que son necesarios el 
afecto y la fidelidad, preciosas cualidades que 
en este caso concurren con lamentable escasez. 

No dejaremos pasar desapercibida la amis- 
tad especulativa, sin embargo de que no debe 
tenerse contra ella tanta prevención; porque 
aunque jjeneral mente se presenta revestida de 
hipocresía, es hasta cierto punto disimulable, 
sino es ridicula y estremosa-, y sobre todo, 
que con frecuencia debe ir envuelta en ella 
la gratitud, siendo muy perverso el corazón 
que no conserve un ápice de tan hermosa \ 
natural sealioiVfíiWVft . 



Lope de Vega, 



Quizá esto parecerá difícil de averiguar, circunstancias bajo cuya presión ha nacido: 
si se mira superficialmente; pero es lo mas si estas son difíciles, es indeleble el recuer- 
pronto y sencillo si se usa de cierta reflec- do que nos deja; si por el contrario son ñor- 
sioD y frialdad, puesto que por mucho que | males, nos será grato alo menos, pero jamas 
traten de disfrazar, tanto la amistad del inte- indiferente. 

res como la amistad especulativa, ambas con- 1 El que rige los destinos de una gran na- 
servan siempre el carácter de conveniencia cion, aun agitado por la zozobra aue síem- 
material, quedando muy distantes de la leal- : pre ofrece el poder, y rodeado de la afecta- 
tad con que se presentan las que tienen otro cion y fórmulas sociales, tiende sin embargo 
origen mas espontáneo; y aunque aparezcan su mano á este amigo; lo recibe con ingenui- 
como muy firmes y duraderas, son sin em-'dad en el terreno de la confianza, y su pro- 
bargo en el fondo las mas frágiles y quebra- . teccion es mas decidida y eficaz que cual- 
dizas. I quiera otra, empujada por las altas ecsigw 

Pasemos ahora á hacer algunas ligeras cias que acedian al hombre de estado. 
consideraciones acerca de la amistad aue es- 1 . El que en humilde y pacífica cabafta, vítb 
tá robustecida por la identidad de Índole y . alejado de los centros de población, apesar 
tendencias en los individuos. En este caso, \ de su ignorancia, distingue y prefiere al que 
la unión se verifica con bastante facilidad, | sincera y fielmente, va solamente en pfe del 
porque simpatizan á primera vista, siendo su candido solaz que le ofrece el hogar de su 
trato por esta causa franco y esplicito: fra- 1 vecino, al que guiado de otra intención ó 
ternizan, se acompañan y asocian mas por ^ cálculo dirige allí sus pasos. A éste se le re- 
complacencia que por necesidad. Esaqui tan cibe con frialdad, con indiferencia ó con has- 
consiguiente la franqueza, porque no hay te- ¡tío, según la esploracion que so hiciera de 
mor de que las ideas ó los hechos de uno, su áaimo; al otro se le acoge con suma cor- 
desagraden y sean vituperados por los demás, dialidad, su presencia alegra la familia ente- 
puesto que siempre entre ellos existe analo- ! ra, de todos recibe muestras de simpatías, 
gia, por lo menos en el fondo. Como regu-! todos le consideran y obsequian hasta donde 
larmente preside sus actos la buena fé, lie- es posible en su pequeña sociedad, dulcifi- 
gan á amarse prestándose mutuamente auxi-i cando asi la dura soledad de los campos, 
lios y consuelos en las épocas de infortunio: | Al que opulento se mece en el revuelto mar 
no decimos sacrificios porque el sacrificio de- • de los placeres; al que consagra los dias de sa 
ja de serlo cuando la amistad es verdadera. | vida á gozar á todo trance, que por sus cir- 
Así queda demostrado que el a/ec/Q y la /S(/e/í- , cunstancias no conoce, ó conoce malla na- 
dad se encuentran en una proporción infini- cesidad de paliar y transigir, al que nada 
tamente mayor en esta clase de relaciones teme ni desea, á éste también se le observa 
que en las de que anteriormente hemos ha- al tratar de esta amistad, una sonrisa que no 
blado. I es igual á las demás. 

¡Cuánto desearíamos que nuestra pluma Por último, el que aprisionado gime en 
pudiese recorrer con acierto el vasto campo oscuro y reducido calabozo; que angustiado 
que al llegar aqui se nos presenta! Pero la por el peso del delito y el temor de la justi- 
voluntad y el esfuerzo suplirán la falta de cfa, está perplejo en sus palabras y accio- 
erudición y la pobreza del estilo. ¡nes, que dfe todos desconfia, que á todos di- 

La amistad sublime entre las amistades es rige su mirada suplicante y que ahoga el 
la que está fundada eu la igualdad de sentí- secreto que lo devora, sufre horriblemente 
roientos. ¡Qué profunda y agradable es la hasta tanto que el amigo verdadero se pre- 
sensación que se esperimenta al descubrir senta: entonces se descompone su semblante, 
entre los demás un ser cuyo corazón palpita contrastando el dolor y la alegría; sus pala- 
ai mismo compás y por los propios impulsos bras quieren sonar todas á la vez, y al cabo 
que el nuestro! Desde aquel momento no po- de un momento de lucha cruel, estalla so 
demos ya prescindir de demostrarle cierto pecho en torrentes de lágrimas, hijas de so 
afecto; aeseamos su trato y su aprecio; y si desventura y también de su gratitud hacia el 
é^/^, DO pucNde realizarse, la impresión cau- que llamamos amigo de corazón. Todos los 
sada será mas ó menos duradera según las hombres, en fin, sean virtuosos ó deprava- 



Periódico semanal. 



dos, ilustrados ó ignorantes, buscan con no- 
ble ^sia este goce del alma, este afecto su- 
blime que deseamos y á Teces herimos^ a la 
manera que aspiramos a Dios y le ofende- 
mos. Toaos, si, todos buscan en otro la se- 
mejanza de sus sentimientos para que nazca 
el afecto; todos quiera' luego el conocimien- 
to y el contacto para que i'ésulte la fidelidad. 
$8ta es, en resumen, la última espreáion 
de lo que llamamos amistad; este el refina- 
miento del esquisito fruto que nos ofrece, 
siendo tan grato, tan delicado, tan divino, 
que bien puede decirse supera á la sensa- 
ción qne nos causa el encuentro no previsto 
dd amigo adquirido en las aulas, o en las, 
contrariedades y los riesgos del campamento. 

Ramón. J. Garda. 



SOÑEMOS. 



Cuando admiro de un lago la corriente 
Y la estrella polar gira radiosa^ 
De Ella recuerdo la serena frente, 
De sus ojos también la luz. hermosa. 

Gallarda imagen que. do quiera miro. 
Ensueño casto de mi mente inquieta. 
Por tí me abraso y por tu amor suspiro: 
Entonces nada mas soy un poeta. 

— «La vida es sueño» — Calderón decía: 
Del mundo olvido el colosal murmullo: 
Solo quiero tus labios^ vida mía, 
T el eco de tus besos por arrullo. 



Vuelo á cogerlo en sus ramas, 
Que Allí se oculta en los nidos 
Que forman entre las hojas 
Los canoros pajarillos. 

Quiero qne aprisione el alma 
Otra vez al fugitivo. 
Porque sabe los secretos 
de mi pecho qne está herido. 

En vano lo busca el alma, 
Que sutil éomo un espíritu 
Entre las auras se pierde 
Y no torna al pecho mió. 

Huye, suspiro, si quieres, 
Yete de mi pecho amigo; 
Mas los secretos que sabes 
Dalos prudente al olvido. 

A los pájaros del árbol 
Sin'dud^ ya los has dicho. 
Pues escucho que parleros 
Los divulgan en sus trinos. 

Calladlos por Dios, calladlos. 
Calladlos ay! pajaritos. 
: Mirad que me olvida ella 
Si llega por suerte á oiros! 



Madrid. 



Ildefonso Enrique Ollero. 



De pié ante el tocador está Narcisa 
! de lozanía llena y de gracejo, ' 
i y al trenzar su cabello, una sonrisa 

reproduce la luna de su espejo. 



Qué es el saber? Un sueno! ¿Que la gloria? q^¿ 1,^1,^ j ^^„ ¿^t^3¡3 murmura-, 
¿A qué conduce estruendo tan profundo , pj^g ^j crearme, en su celeste anhelo 
;Sirve á un siglo una lápida de historia! ¿^^ ^^ ^i t^^j^^^ 1^ hermosura 
Sonemos pues, mientras navega el mundo. ^„ ^«o n„mnH^^ a í^^oI mn/iain 



IfoIrtd.-UM. 



navega 
Antonio Vinageras. ' 



SUSPIRO DE AMOR. 



Huyendo vá de mi pecho. 
Huyendo el triste suspiro, 
Que vagando por los aires 
Para en el bosque de tilos. 



8u mas cumplido é ideal modelo. 

La rosa tiene envidia á mis colores; 
son largos y sedosos mis cabellos, 
y cantan sin cesar los ruiseñores 
de mis ojos los vividos destellos. 



Breve es rai pié: mi voz es el arrullo 
que prodiga la tórtola á su amada 
y siempre tuve el sin igual orgullo 
que anonade á los hombres mi m.ix:«A^ 



Lope^do Vega, 



Y mi talle, flexible cual ia palma, 
por esta cinta azul aprisionado, 
i cien amantes la .quietud del alma 
sin alguna piedad les ha robado. 

Cuanto galán con loco desvarío 
su amor me pinta con color de fuego! 
Mas de sus ayes lángidos me rio, 
que siempre tuve al amor por juego. 

El amor!... El amor!... Palabra vana 
que si traduce mal el pensamiento, 
de engañosos ropajes se engalana 
para mentir también al sentimiento. 

m 

No quiero amar: tan solo al cielo pido 
que lance el sol un fúlgido reflejo 
y alumbre con su rayo enrojecido 
la tersa luna de mi amado espejo. 

Que él és mi amor, mi vida, mi tesoro 
y á todas mis sonrisas se sonríe: 
flel me acompaña en mi llorar si lloro, 
si rio alegre, de placer se rie. 

Así Narcisa su vivir pasaba 
orgullosa de ser tan peregrina, 
, al paso que tirana se burlaba 
del sacro amor, inspiración divina. 

Mas ay! ella sin duda no sabia 
que aquí en el mundo lo mortal perece 
que la belleza es humo que en un dia 
el soplo de los tiempos desvanece... 

Las frescas rosas de sus quince abriles 
perdieron para siempre su perfume: 
y al pensar en sus gracias juveniles, 
hoy de pesar, Narcisa se consume. 



Si hermosa, nunca cariñosa oido 
prestó á las dulces cuitas de un amante, 
hoy entregara con placer, rendido 
su viejo corazón, que está anhelante 

por sentir amorosas emociones 
y mirar su pasión correspondida-, 
mas mueren al nacer sus ilusiones, 
que tiene ya su juventud perdida. 



Si di scurre tal vez por el paseo, 
deseando atraer con su mirada 
algún galán, con solo su deseo 
vuelve luego á su hogar desesperada. 



Y con amargo torcedor despecho 
delante de su espejo se coloca*, 
y al contemplarse, se le oprime el pecho 
y la angustiosa pena ia sofoca. 



Yo por mi mal cifraba mi ventura, 
dijo vertiendo lágrimas sus ojos, 
en prodigar incienso á mi hermosura 
sembrando, ay, el corazón de abrojos... 
Pero ya que conozco mi locura, 
al ver de mi belleza los. despojos 
comprendo al fin que nos envia el cielo 
para adorar al hombro con desvelo. 



Federico Bejar. 



LA DAMA DEL MEDALLÓN, 

NOVELA OBiaiNAL, 

POR EMILIO DE LA CERDA- 



CONTINUACIÓN. 

Era el doctor Valentin udo de esos proTuodos 
médicos que no eoocretaD sus estudios á cono- 
cer simplemente la parte fisica del hombre, sino 
que estienden sus cooocimientos hasta su parte mo- 
rp|, de donde muchas veces provienen las dolen- 
cias que aquejan á la humanidad. Asi lo había de- 
mostrado en varias ocasiones, grangeáodose la 
confianza de su clientela, y esta misma confianza 
fué la que indujo á la marquesa á llamarle, para 
que se encargara de la curación de Jalia. 

En la tarde á que me refiero, nuestra con- 
versación versaba sobre enfermedades del cora- 
zón, y el doctor me csplicaba las principales cau- 
'sas Gue las producían. 

Después de una larga disertación, que nunca 
creí pudiera tener por objeto, llegar á un fín pro- 
puesto^ al que me iba preparando el doctor, éste. 
como para terminar fsu discurso, y como por vía 
de ejemplo, esclamó: 

—En fin, una prueba de cuanto acabo de de- 
cir á V. C8 la enfermedad de la pobre Julia. Aun- 
{ que ella nida confesaba, aunque nada parecía 
j confirmar mis cálculos^ yo seguia en observación 
!y espiaba hasla sus mas insignificantes acciones, 



Periódico semanal. 



pero una f«liz casualidad^ me hizo conocer de una 
vez, lo que con tanto esmere me aplicaba en ir 
descubriendo poco á poco. Esa niña ama, y ama 
sin esperanza; solo clamor podria obrar un mila- 
gro, y sin embargo, debemos resignarnos á sufrir 
una desgracia. 

— Usted cree... 

—¿Que morirá? es bien sesuro. 

—¿I cómo ha adquirido Y. la prueba de que 
el amor es el que causa su fatal dolencia? 

— Ta he dicho á Y. que de un modo casual. No 
hace muchos días, que estando solo con ella en 
el salón, donde los dos nos ocupábamos en leer, 
le acometió uno de esos graves accesos que pa- 
rece van ¿ poner término á su vida. Acudí á sos- 
tenerla, y al llegarme á ella, recogí maquinal- 
mente el libro en que Julia leía, y lo guardé en un 
bolsillo de mí gabán. Por la noche, á tiempo de 
despojarme de la ropa para acostarme, eché de 
ver mi olvido en devolverle el libre; y creyen- 
do fuese una novela, cosa completamente inútil 
para mi, lo arrojé sobre la mesa; pero al caer, 
se abrió, y vi era un manuscrito. Llamóme la aten- 
ción, pues reconocí la letra de Julia, y deseé ver 
su titulo; era este, Memorias de una muerta. Un 
rayo de luz vislumbré á través de las espesas nie- 
blas que oscurecían aquella tan deseada solución, 
¿ la enigmática enfermedad de Julia. Un médi- 
co, debe saberlo todo cuando está comprometido 
á llevar á cabo la curación de un enfermo. En 
aquellas memorias, escritas con el mayor senti- 
miento y pasión, hablaba de su amor á un hom- 
bre que no la amaba, y por quien moría lenta- 
mente. • 

Todo lo leí, y aun recuerdo perfectamente el 
último período, escrito al parecer en el mismo 
día; decía así: 

Me siento morir ^ y sin embargo, creo que si Julio 
llegase á amarme, volvería á la vida, 

— ¿Sabe Y. quien es ese Julio? 
Iba á contestar al doctor; pero me interrum- 
pió una especie de gemido ahogado, que creímos 
oír detrás de las lilas, y aun^ que el ramaje se ha- 
bia movido^ como al rozarlo una persona que hu- 
yo. Buscamos por todas partes; pero nada^ ni la 
mas pequeña huella. 

—Prosiga V. doctor, ha sido sin duda el aire, 
dije, viendo nuestro engaño. 

—No, do; tal vez sea Julia laqne nos esta- 
ba escuchando. Ah/ lo siento, porque ella ignora 
3ue yo sé su secreto. Julio, esa niña os muy 
esgraciada; no digo á V. mas, pues aunque sé 
que V. podía salvarla, tampoco puedo exigir que 
haga V. un sacrificio. 

C;illé, y sabe Dios cuantos pensamientos so me 
ocurrieron en aquel instante; tal vez empezaba á 
meditar una venganza. 

Cuando subimos á la casa, Julia estaba tranqui- 
lamente hablando con su madre; hícele notar es- 



to al doctor, y quedó convencido como jo, de 
que solo había sido el aire el que nos había alar- 
mado^ al susurrar entre los árboles del jardín. 



Al día siguiente por la mañana, salí como de 
costumbre^ á dar un paseo por el campo; iba solo, 
y como la soledad mclína á la meditación, ca- 
minaba pensativo, y abstraída completamente mi 
imaginación en amargas reflecsiones, cuando sentí 
acorta distancia el galope de un caballo, y una 
voz conocida, queme llamaba por mi nombre. Mi- 
ré hacía el lado de donde provenía, y vi á Adol- 
fo Sandoval, que dejando el camino de Sta. Jus- 
ta, venia corriendo á través de un campo, con ob- 
jeto de alcanzarme mas pronto. 

— ;Ola.' eb! Julio ¿estás sordo ó te has vuelto 
tonto? hace una hora que te estoy dando voces. 

— So te he oído, amigo mío. Ayl gracias á 
Dios que has venido; ¡tengo tanto que contarte/... 

— ¿Ni, eh? pues espera; voy á desmontar, y 
así hablaremos mas cómodamente. ¿Cuánto dis- 
ta Sta. Justa? 

—Una medía legua. 

—Pues marchemos despacio, y empieza tu re- 
lación. 

Conté á mí amigo todo cuanto me pasaba con 
Laura; mas él se encojia de hombros, como per- 
sona aue halla muy natural cuanto se le refiere. 

— ¡Note he dicho mas de una vez, que eso de 
amor es una utopia, querido Jiiliol que solo el 
maldito interés es el que arrastra á los picaros 
mortales! Bien seguro estoy de que por conauis- 
tar un marquesado, será Laura capaz de aarte 
el mas completo desengaño. Tú, ya no eres un ni- 
ño, con quien se juega, ni estas desprovisto de 
talento, mira pues la cuestión con mas calma, y 
antes de que ella te falte, dá tú uu golpe de es- 
tado. Declárate á Julia, y cásate con ella. L^ 
pobre niña, no desea otra cosa; y cuando sepa su 
madre, que salvas tal vez la vida de su hija te 
adorará, Julio. 

— Ah! eres un demonio tentador. 

—O un ángel de salvación. 
En esto llegamos á la hacienda^ á tiempo que 
entraba en ella una señora, que vivía en otra po- 
sesión vecina, y que acostumoraba ir á menudo á 
Sta. Justa. Era doña Mónica, que asi se llama- 
ba, una de esas viudas, qu3 habiendo perdido ya 
la esperanza de hallar una segunda víctima, se de- 
dican á buscarla para las dein is mnjores, y cifra- 
ba todo su orgullo, en que ya había casado á diez 
ó doce muchachas y todas con muy buenos parti- 
dos. No sé por que, entonces me causaba anti- 
patía aquella vieja casamentera; sin duda un pre- 
sentimiento me hacia presagiar que ella debía ser 
el instrumento de mi desgracia. 



Lope deVega, 



á Adolfo saladar li II marquesa, corrió hacia ella, 
y le dijo haciendo mil dengues. 

-^Marquesa, traigo una pretensioB. 

—Hable Y. dofia Ménica. 

— Ta sabe V. que hace días me prometió 
madlle. Laure que me ensefiaria ese nuevo pun- 
to de crochet ¿sabe Y.P como el que llevaban las 
almohadas de Rupertíta, mi ahijada, cuando se 
casó hace un mes... 

—No recuerdo... 

—La niña de doña Fausta, con quien hice se 
casara D. Leonardo el escribano de Carmena, qué 
habia jurado no casarse nunca. 

—Si, ya recuerdo? T que pretensión era la de 
Y., señora. 

—Simplemente la de llevarme á Laure i mi 
casa por un par de dias. 

—bien, no hallo inconveniente, si ella quiere... 
En seguida llamaron á Laura, quien cedió al 
momento. 

¡Ta lo creo! no habia de ceder, si ella lo habia 
asi pedido i la señora Ménica! 

—¿Como, ella?... 

—Si, ya comprenderás después el objeto de... 

—Bien, continua. 

Tome acerqué á Laura,! y manifestando dar- 
le broma sobre el convite de la casamentera, le 
dije en voz baja. 

— T te vas asi... con la mayor indiferencia. 

— Ta ves.... ün compromiso.... nadie.... 
T rompió á llorar. 

— T que significaba aquel llanto intempestivo? 
pregunté á Juno. 

— Ai^uellas lágrimas, se las hacia verter el re- 
mordimiento anticipado de la acción que iba i 
cometer. 

. Marchó en seguida esquivando mis miradas, 
y evitando el que la volviese & hablar. Desde 
aquel momento, no la he vuelto i ver. 

(Se ootUnnari.) 



En 9l álbum de la Srta. D/ P. O. 



Melancolía crepmscular. 



1 1 



¿Dónde te eipontraré, mi ángel de amores. 
Para embriagarme en ti con desvario? 
En las perlas del mar, entre las flores . 
Que festonan las márgenes del rio. 

Álli te encuentro ^ asomar la aurora: 
Allí en la tarde cuando el sol declina ; 
Alli mi pecho con. pasión te adpra. 
Ten ti. se estásia como en luz divina. 

¡Si al eco de tus besos me durmiera! 

¥*Ie empapara tu aliento de roclo, 
por lecho tu falda se me diera! 
¡Cuan feliz fuera yo, dulce amor mió! 

—Cede la luz porque la noche avanu: 
En las brumas del mar la sombra crece: 
iSíb un rayo de luz ni de esperanza 
Mi espiritu abatido desfallece! 

—¡Las sombras son á mi ilusión mentira! 
¡Si la miro dó quiei" tan seductora!... 
—Sien todas partes mi ilusión la mira. 
Cuando voy á tocarla, se eva^ra! 

Ni un rayo de sus ojos!— I entre tanto 
Cede la luz porque la noche avanza. 
—Solo, mejor' derramaré mi llanto, 
[Sin un rayo de luz ni de esperanza. 

Juan P. d$ Guman. 



Niña^ palabras dulces 
no te seduzcan 
pues en el Diccionario 
las hay de azúcar. 
Préndate de hechos 
pues en el Diccionario 
no se hallan esos. 



Antonio de Trueba. 



Si te encontrara en la calle 
la mano te habia de dar 
tan solo para decirte: 
<(Te acuerdas^ no quiero hablar.» 

Aunque dicen que los celoa 
ciegan al que tiene amorata • 
siempre mis ojos te ven 
7 los mios son atroces. 

Entre triste y cabisbajo 
entre alegre y placentero, 
estoy viviendo en el n^undo-, 
yo mismo no me comprendo. 

AI recordar que te amaba 
y se me obligó á dejarte 
salen de mi mas suspiros 
que piedras piso en la calle. 

F, González de la Cámara. 



V 9 



Periódico Semanal. 



¡POBRE POLONIA! 



Si este débil sonido 
que arranco de las cuerdas de mi lira^ 
y que imita el gemido 
de un pueblo, que oprimido 
por su perdida libertad suspira, 

á ti llegase ahora 
Ángel consolador de la esperanza, 
tu mano protectora. 
Madre, Reina t Señora, 
detuyiera la bárbara venganza 

del déspota furioso 
que á su egército halaga con placeres, 
y le ofrece orgulloso 
por pasto codicioso 
pobres ancianos, niños y mugeres!.. 



Ay! Pero como el santo 
fuego de inspiración falta á mi acento, 
mezcladas con el llanto 
las notas de mi canto 
entre sus alas arrebata el viento. 

Y lleno de amargura, 

viendo mi pequenez tras tu grandeza, 
á tan preciada altura 
renuncio con tristura, 
humillando á tus plantas mi pobreza. 

Y en silencio, ferviente 
elevo de Polonia por la calma 
esta plegaria ardiente, 

que brota reverente 

unida con el llanto de mi alma. 

A. Carrion. 



MISCELÁNEA< 



nándj^z Ilifdine, nc^s obliga á iiitérrumpir 
l^oy este incesante trabajo, que fónii- 
núarismós pul)licandó, se^'pín nos ofrece 
su autor, á la mayor brevedad. 



Magia. 

El célebre prestidigitador Mr. Héhr- 
mann ha dado soirpréndentés^ p^üéBas de 
su rara habilidad á las muchas "péirsonas 
qüef 'han áéudído' á presenciar su^'^espec- 
táculos en el teatro del Principe^ Al/mso. 

Todo lo qué se diga áeeréa de éste fa« 
mosoinágico-brü jo-diablo, *ilerá ]póco en 
comparación de sus mairavilloáos tí^- 
bajos. 

Por eso, en vista de su poder, nos con- 
cretamos á suplicarle: 

Que ya qué su brujería 
. nos muestra tan á las claras, 
en obsequio á los que eáie 
periodiquillo fedactaA 
y para dar una prueba 
de su poderosa magia, 
permita que esta Revista 
goce una vida muy larga. 
Y es muy seguro que entonces 

3ueda convencida Málaga, 
e que .es el mismo demonio 
quien tal marawUa causa. 



Lope de Vega. 

La Junta directiva de esta distingui- 
da Sociedad*se ocupa en organizar una 
sesión, que tendrá lugar en los primeros 
diasdel próximo Setiembre, inauguran- 
do la temporada de invierno. 



^^*^^fc* 



Zarzuelas. 



Tabla mnemónioa de multiplicar. 



La compañía contratada para el tea- 
tro de Jábettarios y que se halla de paso 
en esta ciudad, dára seis únicas repre- 
sentaciones en el del Principe. 

Para esta noche está anunciada la 
primera, compuesta de tres zarzuelas en 



Una repentina ausencia de nuestro un acto, dos de ellas nuevas, 
distinguido amigo el Sr. D. Isidoro Fer-| Es probahl^ o^^ V^^a» ^xNa^"^^ -5^^'^*^'^^^ 



Lope de Vega, periódico semanal. 



honra y proyecho, pues Tienen algunos 
de bastante mérito, figurando como di- 
rector el simpático tenor cómico don 
Bmilio Garratalá. 



Di&lpgos. 

— D. Juan^ necesito el portal de su 
casa. 

— Para qué den Ambrosio? 

— Pienso correr mi tieoda . 

— No puede ser^ necesitaré de él al- 
gún dia. 

— Le daré á usted un guante. 

— Usted me insulta caballero: sepa us- 
ted que aunque yo no los llevo puestos^ 
no me faltan guantes, ni dinero para 
comprarlos. 

— Federico... que paraguas tan roto 
lleyas! 

— No importa: solo me sirvo de él los 
dias lluviosos. 



Epigramas. 

Hay que advertiros que Juana 
habla el español muy mal, 
y la dije ayer mañana 
solo para verla ufana, 
que era su boca un panal. 

Y dijo con gesto feo 
y tono poco castizo: 

«Un panal, pos ya lo creo: 
asi de chuparme el deo 
ma salido un panalizo.» 

Aficionado á jugar,' 
se trajo Juan por olvido 
al acabar un partido 
una bola de billar. 

Y su mugar, con cuidado 
al registrarle el gabán, 
dijo enseñándola: «Juan, 
hoy vienes muy embolado.» 

Pablo Cantó Atien%a. 



Charadas. 

Le hace primera y tercera 



hasta á el mas rico banquero 
si pierde algunos millones, 
aunque parezca tan fresco. 

Sirve segunda y tercera 
para subir á una obra, 
el material y la mezcla 
y otras diferentes cosas. 

Y me ha dicho un militar, 
que el todo de mi charada 
en la guerra de Marruecos 
á los moros espantaba. 

TB O, 

Segunda y tercia es ciudad^ 
segunda y primera pueblo:^ 
el todo lo dan las flores 
y mi Lola con su aliento. 



Yaye. 



Mi segunda con primera, 
á Dios pureza promete, 
y en un retiro se mete 
pasando su vida austera. 

Y mi todo en conclusión 
es un sabroso manjar, 
el cual no puedo probar 
sin comerme una ración. 



Momería. 



Una, dos, tres y cuatro 
signos de música son-, 
y es fácil su solución 
cual el ponerse un zapato. 



Mr. Kfoiminíz. 



Solocion á las Charadas del úmm anleriori 

Que eran Zamora y Corteza 
sin el ausilio de nadie 
adiviné. Conque así 
hasta luego. 

La Comadre, 



DIRECTOR Y EDITOR RESPONSABLE, 

Imprenta de Casilari. —Comedm 11. 



AÑO I. 



DOMINGO 16 DE AGOSTO DE 1863. 



NÚM. 20. 



LOPE DE VEGA, 

PERIÓDICO SEMANAL DEDICADO A LA SOCIEDAD QUE LLEVA ESTE NOMBRE. 



OIBITOIA.S. 



Rápida ojeada sobre el reinado de 
D. Juan II y su privado el Con- 
destable D. Alvaro de Luna. 



-A-ORTiaXTIuO III. 



Anoque agrandes rasgos hemos dado á conocer 
á nneslros lectores en los dos anteriores artículos 
á la altura en que se encontraba el pais, duran- 
te el reinado de 1). Juan 11. Justo es, pues, que 
aunque con mano insegura y falta de maestría, 
tracemos de la mejor manera que nuestra ca- 
pacidad nos lo permita, el retrat'o moral délos 
principales personajes de este reinado^ cuales son 
el del Rey, su esposa D/ Isabel do Portugal 
y el Condestable D. Alvaro' de Luna. 

D. Juan II, arrastraba cons'go^ la degrada- 
da trascendencia de sus antepasados. Desde 
Enrique II á Enrique IV descendió de un mo- 
do escandaloso en esta familia, la virtud, el ho- 
nor, y todo cuanto hacen digno, tanto á un rey 
como á un hombre. La educación afeminada que 
recibió de su madre D/ Catalina de Lancaster, 
concluyó por degradarle hasta el. punto de que, 
como dice un historiador moderno, se escondie- 
se en el último aposento do palacio al menor 
asomo de revuelta. La raza ue Trastamara se 
arrastraba en un cenagal de abyección. El rey D. 
Juan el II no tenia el carácter eraprendeíor, 
guerrero y decidido que neccsilabí un monarca 
en esta desastroza época; ni aun el talento del 
gobierno, pues se veia en la necesidad de poner 
las riendas del Estado en manos de su favorito 
el de Luna; esclavizado á la voluntad de este, ne- 
cesitaba su venia para satisfacer los mus pueri- 
les deseos, los mas inocentes desahogos, hasta el 
mas sagrado de los debereu, puesto que aun pa- 
ra visitar á su esposa, le precisaba pedir per- 
miso al privado; era en una palabra, un escla- 
vo coronado. 

Prescott ha dicho qtio la gran voluntad del 
Rey h'icia D. Alvaro, podía servir de norma pa- 
ra juzgar todas las desgracias ocurridas á este 
pais, durante el reinado que varaos trazando. 

No le creemos asi; todas las opiniones son res- 

fíetables en el estadio de la prensa; por eso so- 
nos permitiremos hacer una objeción k la pre- 
sente. 



Sin negar en absoluto que eso fuese uno de loi 
motivos, preguntamos á nuestra vez ¿si D. Juan 
el Segundo no hubiere tenido por favorito al 
de Luna, hubiesen dejando de revolver Casti- 
lla los Infantes de Aragón? No, porque D. Al- 
varo solo fué un pretesto para que los revol- 
tosos hermanos del Rey, por instmtos propios^ 
socabasen los cimientos del trono para ellos apo- 
derarse á su vez de lícorona ¿Cómo puede jus- 
tificarse nunca el hecho audaz é insolente de» 
aprisionar una vez al Rey en Tordesillas, y otra 
reducirlo en el castillo de Montalban á comer la 
carne de su propio caballo ó algún que otro 
alimento que un pastor caritativo le arrojaba por 
encima de las almenas? 

Y si es el Infante D. Juan^ cuando se unió 
con los de Aragón y los magnates de Castilla 
para mantener la llama do la guerra civil, por 
qué fué sino por desear el trono? No había mi- 
ras desinteresadas y nobles es bien de la patria, 
solo era la envidia del mando, el deseo de gobernar 
y poder acabar de una vez de arruinar el pais 
dilapidando sus exaustos tesoros, ó para abrir 
quizás hs puertas al enemigo, en sujacecho siem- 
pre, y entregar la patria por un puñado de oro; 
de los que asi se conducian, nada bueno podía 
esperarse. 

Confesemos también que por una de esas fa- 
talidades que solo la providencia comprende, pu- 
dieron reunirse unos infantes dignos de un rey 
y un rey digno de tales infantes; éstos sober- 
vios y ambiciosos y éste pusilánime y apocado. 

Mas como todos los hombres dejan una me- 
moria sobre la tierra, D. Juan el Segundo pa- 
ra que se le recordase en la historia de algún 
modo, quiso que fuese como poeta; si bien es 
verdad que de él casi nada se conoce; si se 
recuerda que era entendido y liberal lo bastante 
para premiar con largueza á literatos y poetas; 
que asi como otros pasaron desapercibidos y ol- 
vidados en los reinados anteriores, en el suyo 
sobresali'íron notablemente. Juan de Mena, Ro- 
drigo de Cotta. el Marqués de Santillaua, Alon- 
so do Baena, Jorge Manrique y otros que for- 
man la pléyade brillantísima que floreció bajo 
su cetro, y para quienes empeñaba algunas de 
las rentas qtie le dejaba con sus escandalosas 
concesiones D. Alvaro de Luna. 

El reinado de ü. Juan U fué tan favorable 
á la literatura espaüola coovc^ ^V ^^ ^v^^müu^V 



Lope do Vega, 



para la francesa ha dicho PrescoU, v á fé que ha ¡ Este gran literato^ do quien tan pocos recuer- 
sentado una verdad. Pero antes había dicho Jo- dos se tienen, fué el que impulsó la literatura 
TcUanos^ esta grande y brillante lumbrera del de nuestro país uniéndola á la de Aragón, y 
suelo español, que «Hubo un tiempo en que Es- dando á luz un gran tratado del Arte de trovar 
pafia, saliendo de los siglos oscuros, se dio con án- á gaya ciencia, que fué, según Lafuente^ como 
sia á las letras; convencida al principio de que el primer ensayo do un arte poético en lengua 
lodos los conocimientos humanos e^tán deposita- castellana. 

dos en las obras de los antiguos trató de cono- 1 D. Enrique de Aragón no solo empujó con 
cerlas; conocidas, trató de publicarlas é ilustrar- vigorosa mano la literatura, sino tamoien las 
las, y publicadas, se dejó arrastrar con preferen- matemáticas, la filosofía y la astrologia, cien- 
cia de aquellas en que mas brillaba el ingenio ciascon las que se corria mucho riesgo cultivio- 
Íque lisongeaba mas el gusto y la imaginación. ; dolas, y que le valió que en el pueblo se le co- 
ose procuró buscar en estas la verdad, sino la nociese por mágico y nigromántico, 
elegancia; y mientras descuidábalos conocimien- De aquí el antiguo dicho de que el Marqués 
tos útiles, se fué con ansia tras de las chispas de Villena se hizo picadillo de su cuerpo y le 
que brillaban en ella.* metió en una redoma encantada. Cosa tan falta 

D. Juan II de Castilla como D. Juan I de do verdad é invero5Ím¡l como el que D. En- 
Aragon, tan semejantes en ¡deas y costumbres, riquo de Aragón .fuese Marqués de Villena. 
eran enemigos de todo lo que pudiera hacerle A la muerte de este ilustre hombre de le- 
■pensaren los graves negocios del Estado, y se tras todos sus libros los mandó llevar el Rey, 
dejaban abandonada la cana del timón de la mo- casa de su Confesor el Obispo D. López de Bar- 
narquia, mientras se dedicaban completamente rienlos por que decían que eran «fpágicos ó de 
á los goces que proporciona la danza, el cauto, artes no cumplideras de leer.» 
la música, la poesía y la bella literatura. \ £1 gran poeta Juan de Mena, dedicó & la 

Pueden^ pues, comprender nuestros lectores, muerte de su muy amigo el de Yillena tres de 
<50D cuanta razón se veía desquiciado y sin fuer- sus Trescientas coplas, asi como el Marqués de 
xa moral el poder del trono, y el país entre- Sautillana compuso un poema ensalzándole so- 
gado asi mismo en esa lucha de ambición y egois- bre los mas claros y peregrinos ¡ngenios de la 
mo. _ antigüedad. 

El antes festivo y satírico escritor, hoy sabio Vamos á dedicar ya que asido preciso, cua- 
y justo historiador, D. Modesto Lafiiente, glo- tro líneas á estos dos grandes ingenios, que flo- 
ria de las letras, en su Historia de EspaQa co- recieron durante este reinado. 
[>ia unos versos que se dicen ser de Juan el II, j Juan de Mena, hijo de pobre cuna y por lo 
os cuales tienen sumo gusto y dulzura^ como ' tanto de pobres padres, supo por so, talento y 

* ' mérito literario hacerse un lugar entre la ooble- 

zaf protegido constantemente por el Rey y el 



Aambien cierta forma proveuzal, que dicen asi: 

Amor, yo nunca pensé 
que tan poderoso eras, 
que podrías tener maneras 
para trastornar la fé, 
hasta agora que lo sé. 
Pensaba que conocido 
te debiera yo tener, 
mas DO pudiera creer 
que fueras tan mal sabido. 
Ñi jamas yo lo pensé. 



Marqués de Santíllana. Fué croBÍsti y secreta- 
rio de D. Juan el II, y era en realidad el ver- 
dadero tipo del poeta cortesano, nunca se mez- 
clo ea contiendas políticas ni en negocios públi- 
cos; de humor festivo, de agudo ingenio, fi* 
nos y elegantes modales, y de acomodaticio ca- 
rácter, supo mantener el equilibrio y buenas re- 
laciones con todos los bandos enemigos. Las poe- 
sías de Juan de Mena, estaban siempre al par 

n«««.t^ r."/vri«r«¿/^ nr.jfl ' ^^^ ''^^^ J^ '^s oracíonos sobre la mesa del 

aunque poderoso eras, i n 

que podrías tener maneras i\„ ^u . i . •. i r - 

Dará trastornar la fé ^ ^^^^ "^ ^^^^ escritor son en general afec- 

hasta acora anelosé tadaraonte conceptuosas, saturadas de culteranismo 

° ^ * ; y de una fraseología tal, que las hace confusas 

Además del grande impulso que el Rey dio y algunas se tienen que dejar de leer por su falta 

á la literatura^ sirvió de mucho el contacto en de atractivo y pesadez; en cambio tiene algunas 

aue se puso Castilla con Aragón desde que fué revestidas do belleza y energía con esa cadencio- 
amado á ocupar el trono de este país un prin- sa melodía que las hace tan dulces, 
cipe español, y grande eslabón fué D. Enrique • Las principales obras de esto ingenio son. La 
de Aragón, á quien se conoce desde que equivo- Coronación^ Los siete pecados capitales, y sobre to- 
cadamente le llamó Pellícer por el Marqués de Yi- das, EtKuaherinto, una imitación del Dante, que 
llena, oaando solo lo fué su abuelo á quien des- escitó la admiración de toda la corte. 
po9^y6 Enrique III. / La ciencia no embota el hierro de la lanza ni 



Periódico semanal. 



hace floja la espada en la mano del caballero. Esto 
dijo D. lüigo López de Mendoza, Marqués de San- 
tillaoa á quien con rozón llamaban gloria y de- 
licia de la corlo do Castilla. De lis obras de es 
te erudito y gr<)n literato La hecho una edición 
el entendido académico D. José Amador de los 
Ríos» entre las que se encuentran muchas de 
ellas inéditas hasta ahora. Vamos, pues, á d^runa 
leve idea de esta antorcha de la literatura. 

El Marqués de Santill'ina, fué lo que se lla- 
maba en sus tiempos un noble, cumplido y esfor- 
zado caballero, fué uno de los principales ac- 
tores en las tumultuosas escenas do su época, 
eo las que desempeñó importantísimos cargos, 
tanto civiles como militares; fué, según Lafucu- 
te, de los pocos que en aquella confusión y anar- 
quía conservaron limpio su honor y pura su hon- 
ra, hasta el punto que ni sus mismos enemigos se 
atrevían zaherirle. 

Se dedicó al cultivo de las letras y ganó tal 
reputación, que de los confínes de EspaRa y del 
•stranjero acudían solo para honrarse con su con- 
versación y conocimiento. 

El gran' puesto que desempeñaba en la corte 
de D. Juan el Segundo, y unido al de Yillena, 
le permitía ser el protector do los ingenios, su 
casa era una academia donde se reunía lo mas 
grande y mas ilustre en la nobleza y en la cien- 
cía. Conocía la escuela provenzil, y la litera- 
tura italiana, asi es que participan sus obras del 
gusto y de las formas de ambas, mas predomi- 
nando siempre la indígena ó castellana. Imitó á 
Aurias March, Mossen Jordi, al Dante, á Petrar- 
ca y á Bocaccie con un admirable éxíto> y el 
soneto italiano, que después fué aclimatado por 
Boscan> fué introducido por él en la poesía cas- 
tellana. Verdad es que sus obras tienen cierta 
afectación escolástica, y metáforas hinchadas, to- 
do esto hijo de la época; pero sus composicio- 
nes están escritas con una gracia y una natura- 
lidad inimitable. 

¿Se puede dejar de recordar la dul/ura y flui- 
dez de sus canciones pastoriles que tituló Serra- 
nillasí 

Nada mas natural, mas tierno, mas melodioso 
que aquello de 

Moza tan fermosa 
non vi en la frontera 
como una Vaquera 
de la Finojosa. 



En un verde prado- 
líe rosaüé flores 
guardando ganado 
con otros pastores, 
la vi tan fer.nosa, 
que apenas creyera 
cine fuese Vaquera 
cíe la Finojosa. 



Hoy mismo seria dificilísimo hacer una com- 
posición tan delicada. El poeta Luis Eguilaz ea> 
su Vaquera de la Finojosa ha visto ser imposi- 
ble llenar el hueco en q:ic ha intercalado esta 
poesía con otra original mas bella. 

En' la Comedieta de Panza demuestra el Mar- 
qués de Santillana que sabe sobresíílir en toda 
clase de metros, y aunque concluyamos este ca- 
pítulo con la poesía de aquel tiempo, no podemos 
resistir la tentación de que nuestros lectores de- 
jen de conocer la cscelenle paráfrasis del Bea- 
íu silleda Horacio, que dice así: 

(Benditos aquellos que con el azada 
sustentan su vida é viven contentos, 
é de cuando en cuando conoscen morada, 
ó sufren pacientes las lluvias é vientos! 
eos estos non temen los sus movimientos,, 
nin saben las cosas del tiempo pasado, 
nin de las presentes se facen cuydado, 
nin las venideras do an nascímientos. 
/Benditos aquellos que siguen las fieras 
con las gruesas redes é canes ardidos, 
é saben las trochas é las delanteras, 
é fíeren del archo en tiempos debidos! 
Ca estos por saíia no son conmovidos^ 
DÍn vana cobdícia los tiene subjetos, 
nin quieren thesoros, ni sienten defetos 
nin turban temores sus libres sentidos. 
¡Benditos aquellos que quando las flores 
se muestran al mundo dcsciben las aves, 
é fuyen las pompas é vanos honores, 
é ledos escuchan sus cantos suaves! 
¡Benditos aquellos que en pequeñas naves 
siguen los pescados con pobres traynas^ 
ca estos non temen las lides marinas^ 
BÍn cierra sobre ellos Fortuna sus llaves! 

Estas estrofas se escribieron fundadas en el de- 
sastroso suceso en que los reyes de Aragón y Na- 
varra D. Alfonso y D. Juan, juntos con el infan- 
te de Castilla D. Enrique, fueron \v'c\\o% prisio- 
neros después de derrotados por los Genovescf 
en el combate naval de Ponza, por lo que llamó 
á este trabajo la Comedieta de Ponza, 

Dej-imos pues sentado que D. Enrique de 
Aragón, conocido por el Marques de Villena, don 
Iñigo López de Mendoaa, j/arqués de Sanlillana y 
el célebre Cordobés Juan de Mena, eran los que 
marchaban al frente del movimiento literario du- 
rante csia época, señalándose^ particularmente en 
la poesía. 

El resto de los poetas, como son Villasandri- 
no, Imperial y oíros hasta cincuenta de los que 
coleccionó' ous romances el judio converso Juan 
Alfonso do Baena, no pueden formar sino muy 
por debajo de nuestras tres notabilidades. 

Aunque después del reinado de 1). Juan el 
II, dice un critico so retiraron las musas, no por 
esto concluyóla plé^ai^ 4^^A\a&\^NS22)S^^»»^'^'*s- 



Lope de Vega, 



taba dado, y el chispazo salló 1 la familia de 
los Maoriquez, Itodri^o y Gómez hicieroo varios 
poemas y poesiits sueltas, mas el que los aven- 
tajó á todos por su fluidez seacilla y natural (aé 
elesforzado Jorge Ifanriquc, hijo de Rodrigo. Co- 
mo mu€slra de su valor y porque hace uua des- 
cripción del reiuadode que vamos tratando, co- 
piamos á coDlimiacLüD la siguiente poesia. 

¿Qué se hizo el rey D. Juan? 

ji.os íuranles de Aragón 

¿Qué se hicieron? 

¿Qué Tuc de l^nto galaoT 

¿Qué fue de t^nla toveociou 

Como irajerou? 

¿Lasju^la y los torneos, 

í'aramenlos, bordaduras 

Y cimeras, 

Fueron sino devaneos? 

tQué fueron stoo verdura 
)e las eras? 

¿Qué se hicieron las damas, 
áus tocados, sus vestidos, 
Sus olores? 

¿Qué se hicieron las liarbas 
De tos fuegos eoccudidos 
De amadores? 
XJuése hizo aquel trovar. 
Las músicas acordadas 
Que taftían? 

¿Qué 8B hizo aquel danzar. 
Aquellas ropas chapadas 
Que trayan? 

No podemos estendernus mas sobre la literatura 
porque serian neccsariosmuchos artículos para dar 
3 conocer por completo á la altura en que se en- 
conlraba eu esta época; dejamos atrás, que por 
entonces, según algunos, aunque por otros des- 
mentidos, se principió á cultivar la poesia bajo la 
forma de drama, y que se cultivó la historia co- 
mo por aquel tiempo se conocía, esto es, la crónica 

No pensamos esteodcrnos tanto sobre la poe- 
KÍa, aunque nuestro deseo es grande, mas hacién- 
dose demasiado cslenso el presente artículo, de- 
jamos para el siguiente, lo que nos propusimos 
al principiar éste. 

En otros dos daremos por concluido nuestro 
estudio sobre este reinado 

/. 
— Málaga,— 



La Ausencia.— Consuelo estéril. 



Aves y flores y rauda fuente 
su hondo quebranto B&ben decir. 



jporqué con eco triste, doliente 
yo mis pesares no he de sentir? 

Ahora estoy solo: nada en el mundo 
responde al eco que et alma dá-, 
pero un snspiro tierno, profundo, 
hacia mi amada volando vá. 

Cuando se pierde del Sol ponient* 
el postrer rayo sobra la mar; 
cuando la luna bella, luciente 
nuestro planeta Tá á iluminar. 

Cierro mis ojos, y en el deseo, 
de su hermosura la esplendidez, 
con bellas formas pintada veo, 
cual la miraba la primer vez. 

— Pero já qué viene tanto lamento, 
tanto floreo, tanto matiz? 
¿No estás alegre? ¿No estás contento? 
¿No eres dichoso? ¿No eres feliz! 

¿Lloran las flores si se marchitan? 
¿Llora una fuente que seca está? 
¿Solloza el ave cuando le quitan 
su amante alado que al nido yáí 

Vano argumento del pecho mío, 
que al marchitarse la bella flor, 
> la última gota de su rocío 
lágrima triste fué de dolor. 

Lamentos tiene la dura fuent» 
sobre sus tazas de pedernal, 
la última gota de su corriente 
queda en su seno, llora su mal. 

El ave en triste melancolía 
el llanto exhala de su pesar, 
cantando triste por noche y día 
cuando á su amado no vé llegar. 

Y si aves, flores y muda fuente 
su hondo quebranto saben decir, 
¿porqué con eco triste 7 doliente 
yo mis pesares no he de sentir? 

P(^ Catíá Atimsa. 



FRAGMENTO. 



Ts idolatraba... y con creciente anhelo 
al ver tu indiferencia, yo quería 

vivir para llorar! 
Mas mis quejas llegaron á ese cielo, 
y tanto me quisiste... que creía 

morir de tanto amar. 

Biccdniíi 

Ricardo Sepúlveda Pkmlér. 



Periódico semanal. 



Li DAMA DEL MEDALLÓN, 

NOVEIaA OBIQINAIf, 

POR EMILIO DE LA CERDA. 



to urgentísimo, y tal vez no volvería eo bastan-- 
te tiempo. Este modo da roarcliarsin despedir- 
se de Dadie> era muy natural en él. hombre brus- 
co, y de carácter taciturno y raro, y por lo tan- 
to, no me liabia llamado la atención; pero si la 
vuelta de Pedro, á quien él tanto necesitaba. 
No pude resistir la curioridad, y le hice se- 
fia de auo so acercara, á tiempo que a si a el al- 
dabón de la puerta para llamar. 

—¿Cómo es esto Pedro, tan pronto de vuel- 
ta? le dije. 
Era el segundo dia después de la partida —Si, señorito, vengo de Sevilla, donde vuel- 
vo en el momento q^ue despache mis encaigos. 



CONTINUACIÓN. 



de Laura. Aquella tardo estábamos reunidos en 
mi habitación, Adolfo, el doctor y yo, tomando 
el café. El marqués so habia reunido á su ma- 
dre al levantarnos de la mesa, y ambos habian 
entrado en las habitaciones que ocupaba la úl- 
tima. 

Hacia una hora larga quo acabáramos de co- 
mer, y aun el marqués no habia salido, ^ como 
tenia de costumbre, á dar sus paseos solitarios 
á las márgenes del rio, loque estragándonos so- 
bremanera, íbamos á llamar á Pedro para cer- 
ciorarnos de que aun estaba con su madre, cuan- 
do de repente sentimos abrirse la puerta de la 
habitación de la marquesa, y oimos al marqués 
que gritaba: 

—Por última vez, señora; ¿se niega V. á dar 
su consentimiento? 

—Ahora y siempre; dijo la voz de la mar- 
quesa irritada. 

—Entonces, adiós señora, yo obraré según 
mi voluntad. 

—Ernesto, mira bienio quo vas á hacer 

El marqués no res|)ondió. Entró en su cuar- 
to, i y poco después bajó corriendo; llamó á Pe 
dro á quien hizo ensillar dos caballos, y obli- 
gándole á montar, ambos partieron á escapo, de- 
jándonos perplejos sin poder adivinar quo era lo 



£1 primero es para y . Ah/ señorito, quien ha- 
bia de decir... 

-¿Qué? 

—Tome V., tome V. esta carta, ella podrá 
informar á Y. ipejor; entre tanto, voy á entre- 
gar estas tres á la señora marquesa. Vamos, 
son las seis, á las diez debo estar en Se- 
villa sin remedio. Conque, señor Julio, tomar 
las cosas con calma, y... Dios nos ayude á todos. 

Tomé la carta^ y asi que marchó Pedro, mi- 
ré el sobre; era de Laura. Temblando antes de 
leerla, me senté en un sillón, pues adivinando 
casi lo que contenia, me sentia desfallecer. 

Un copioso sudor bañaba mi frente, el co- 
razón me latia con violencia y mi vista se os- 
curecia. 

Abrí la carta fatal; empezó á leerla, y ape- 
nas daban crédito mis ojos á lo quo vcian, te- 
niendo que repetir la lectura cuatro ó cinco ve- 
ces^ para cerciorarme de que no soñaba. 

He aquí la carta que aun conservo^ y que 
siempre me acompaña para animarme á llevar á. 
cabo mi venganza. 

Dice asi: 

No me perdones Julio, porque soy muy cul- 
pable. Si, ha podido masen mi la vanidad y la- 



que habia dado origen á aquella repentina mar- r ambición, que el amor quo te profesaba, y á la 
cha. La marquesa pretcstó estar indispuesta y se hora en que recibas esta carta, habré dejado de 
negó á recibirnos aquella noche; Julia fué la úni-l pertenecerme; ayer era simplemente Laura de 
ca que estuvo jugando al tresillo con nosotros, i tlermont, dentro de un momento, seré la mar- 
como teniamos de costumbre. quesa de Ocampo .. AIjI no sabias qué el idola 

Se le hicieron algunas vagas preguntas acer-ique adorabas era un ídolo de inmundo barrol.. 
ca de la escena pasada entre el marqués y su No es este mi solo crimen; he indispuesto á un 
madre; pero siempre respondia como cortada, y hijo con su madre, he introducido la discordia 
con evasivas, notando yo al mismo tiempo, oue en la familia de mi protectora; soy muy crimi- 
me miraba de un modo particular. Algo notable nal, si, muy criminal... Odiame Julio, y no sien- 
ocurria que yo no podia comprender. tas la pérdida de tus primeras ilusiones; vuel- 

Al siguiente dia por la mañana muv tempra- ve la vista en torno tuyo, y tal vez halles al- 
DO, me estaba vistiendo para salir á dar un pa- gun ángel que te consuele. Julia teama, ymue- 
seo. Mi habitación estaba en el piso bajo^ y con re por tu amor: ella es roas digna que yo de 



ventanas al jardin. Como hacía calor, tenia abier- 
ta una de eHas , y asi pude ver pasar por de- 
lante á Pedro, que se clirigia á la puerta de la 



que la ames, y la hagas feliz. 

¿Te acuerdas do nuestros juramentos á bordo 
del vapor? Te prometí no ser mas que tuya, y 



casa. Mucho me admiró el verle tan pronto conservar siempre conmigo el medallón con el 
devuelta, cuando Julia nos digera habia ido el 'retrato de tu madre. No he sabido cumplir el 
marqués á Sevilla, donde le llamaba ua asun- primero... Ah! déjame al menos cum^Ut ^l ^»^- 



Lope de Ve^a, 



gando; no me obligues á devolverte el údíco re- 
eoerdo que me queda de nuestros felices días. 

Laura di Cleimo»t. 

Quedé anonadado con aquella carta. Mil eitra- 
fias ideas pasaban por mi imaginación. Las teo- 
rías de Adolfo, venian á herir mi mente en con- 
fuso tropel y entonces comprendí cuanta verdad 
encerraban Al amor mas puro y desinteresado, 
siguié el odio mas profundo. Debia estar impe- 
liente en aquel momento. 4lon el cabello heriza- 
do, los ojos desencajados y fijos, me levanté ri- 
gido y terrible como el genio del mal, y una 
idea satánica se me oeurríó. 

¿Con que no hay amor sobre la tierra, y si 
solo ambición? ¿Con que se especula con el co- 
razón como con una vil mercancía? Pues bien, de 
hoy mas ambición; de hoy mas, odio y venganza. 
Y tú muger aue aun deseas conservar ese retra- 
to de mi maare que te confié cuando creia en ti, 
no gozarás, yo le lo juro, mas tiempo de su po- 
sesión, que el que medie entre este momento, y 
nuestro primer encuentro. To te arrancaré delan- 
te de tu mismo esposo, esa máscara que te cu- 
bre, y cuando te vea despreciada por él, y llo- 
rando abandonada... entonces., entonces yo pro- 
curaré ser feliz. 

AI contarme Julio esta parte de su historia, 

Íareeia trasportado á aquel funesto dia, y esta- 
a casi tan horrible, como él se pintara pocos 
instantes hacia. To traté de calmar su encono; 
pero vano empeño; estaba tan arriagada en su al- 
ma la idea de la venganza^ que nadie ^hubiera, 
sido capaz de hacerle desistir de ella. 
Ya mas sosegado continuó: 
—Tomé una resolución irrevocable. Juila me 
ornaba, y me seria fácil hacerle creer que yo tam- 
bién la amaba: era rica, y yo necesitaua oro para 
vengarme, pues era pobre, y como Laura tal 
*vez iba á vivir en una esfera elevada, y deseaba 
vengarme de una manera ruidosa, oscurecido 
nunca podría lograr mi deseo; casándome con Ju- 
lia lo tenia todo realizado. 

(Se eootiunará.) 



A LA RESTAURACIÓN DE MALAGA, 

EN 19 AGOSTO 1487. 



De antigua posesión el castellano 
Reivindica el derecho que le asiste. 
Solo el del moro en la conquista insiste. 
Fija la mente en Dios el pueblo hispano. 

En su profeta falso el mofo espera. 
Obtiene aquel por fruto prez y gloria. 
De aqueste el vencimiento solo fuera. 

Por eso diz: que el pueblo que en la historia 
Dios y derecho ha escrito en su bandera 
Préñelas lleva seguras de victoria. 

Yuzuf-ebn'Sérab. 



SOITETO. 



Las triunfadoras huestes del cristiano 
Esforzado el Zagal tenaz resiste. 
Si aquel valiente sin cesar embiste 
Este se bate con empeño insano. 



Ella es la luz que alumbra mi desventura; 
la que celeste dicha sin fin me augura; 

y su alma anida 

un amor que consuela 

mi triste vida. 
De sus ojos los rayos abrasadores, 
enloquecen mi pecho... me dan amores... 

y allí me miro. 

que por sus bellos ojos 

solo suspiro! 
Y es que tienen tal gracia, tanto atractivo, 
que de mirarlos solo;;quedé cautivo; 

porque mi amada 

cautivo deja á todos 

con su mirada... 
Por eso la consagro mi amor profundo, 
porque es la mas bonita que hay en el mundo; 

porque es tan bella, 

que el mundo OLtero sigue 

tras de su huella! 
Entre todos elige mi amor de nifio, 
y mis afanes premia con su cariño. 

Y es tan hermosa 

que de pensarlo, el alma 

placer rebosa!! 
Yo á los vanos honores su amor preGero, 
porque se que me quiere cual ye la quiero; 

porque es tan bella. 

que sigue el mundo entero 

tras de su huella!... 



BtfceloiiA. 



Ricardo Sepúlveda Plantar. 



Periódico semanal. 



UDimUGU. UOB, USIGSUIOI. 



Laura es hermosa... hermosa como el pri- 
mer sDeOo de amor. 
Pura cual la pureza- 

Y cual la ínoceucia, inocente. 
Todo le sonHe. 

Realiza la fortuna sus mas pueriles capri- 
chos. 
Nada ambiciona... 
T sin embargo; Laura do ea feliz. 
¡Pobre Laura!.. 

Por eN cruza el jardín deshojando con su 
planta laa mas lozanas flores. 

Por eso no percibe los trinos con que al 
pasar la saludan los pajarillos. 

Y por oso no penetra en su alma el pláci- 
do murmullo del manso arroyuelo que á sus 
pies juguetea. , 

Nada siente, nada oye, nada vé. 

Para ella no esiütc la naturaleza. 

Para ella do eiislen ni flores, ni pájaros, 
ni arroyos. 

Busca la soledad! 

Solo ambiciona una triste y misteriosa gru- 
ta que se oculta en lo mas apartado del jardin. 

Allí parece feliz. 

Aití se anima su semblante. 

Allí resbala en sus labios una encantadora 
pero estraña sonrisa. 

Especie de saluda que dirige á una ancia- 
na escuálida, rcpuguanle y fria, que sale á 
recibíria ilel fondo de aquel solitario albergue. 

Laura estrecha sus manos, y pasa hora 
tras hora contemplando su faz egoísta y sar- 
cástica. 

Después, suspira; acerca sus labios de co- 
ral á la descarnada bora de la vieja, y llení 
de pesar abandona tan lúgubre recinto. 

Y ¿sabéis quien es esa fantástica visión? 
Es la Indiferencia. 

Y Laura busca su odiosa compaDía! 
Laura es su amiga... 

¡Pobre Laura! 

n. 

Está amaneciendo. 

Flores, aves, fuentes y céGros, saludan a 
Criador con aromas, trinos, murmullos : 
suspiros. 



Y comedio de este armónico y espresivo 
oncierto, que se eleva al cielo en forma de 
uistica plegaria, brillan en el oriente los pri- 
neros rayos del sol. 

Poco después se inunda la tierra con su luz. 

Es de dia. 

Que dia tan hermoso!... 

Bendito sea Dios.. 



Alegre cual tierna cervatilta que por reí 
irimcra abandona el regazo de su madre. 

Ligera como pintada pluma que el viento 
nece en sus alas. 

Imagen de la dulzura, del. sentimiento y 
leí amor. 

Tal es Laura. 

Tal es la niña que un dia recorrió este mia- 
ño jardin, despreciando pájaros, fuentes y 
lores. 

Entonces, su joven corazón estaba cer- 
-ado á las mas dulces sensaciones de la vida. 

Desconocía el Amor. 

Buscaba la soledad, y en la soledad en- 
:ontraba la Indiferencia. 

Hoy. aquel tierno capullo entreabre sus 
liojas, impregnadas de suave esencia... 

Por eso huye de la gruta misteriosa. 

Por eso, lleno el corazón de las mas bellas 
ilusiones, sonríe á cuanto le sonríe. 

Y, uniendo su canto al trino de las aves; 
3U perfume al de tas llores, y los suspiros de 
3U alma á los tiernos del céfiro que agita su 
blonda cabellera, llega á un pintoresco y 
alegre bosqnecilto de tilos. 

Allí, oculto entre las flores y adormecido 
por el eco armonioso de un canoro ruiseñor, 
eqiera un mancebo de arrogante y simpáti- 
ca figura. 

Es el Amor. 

Laura exhala un imperceptible y apasio- 
nado gemido y corre á sus brazos. 
¡Pobre niña! 

No sabe que si la Indiferencia seca la raiz 
del corazón, el Amor marchila las mas fra- 
gantes flores que brotan de ese delicado árbol. 

Ignora que el Amor es sueño. 
Ignora que al desperlar, en vez de sus ri- 
cas ilusiones, solo bailara lágrimas y deseo- 
gaftos. 
Duerme, duerme inocente niña. 
Dios prolongue tu sueño. 
Dios proleja tu desjjftí^.'w'. 



Lope de Vega, periódico Bemanal. 



lis de noche. 

No brilla ni nna estrella, ni un rayo de luna! 

¡Que oscuridad! 

El viento silva á lo lejos. 

Menudas gotas de helada lluvia, apagando 
el murmullo de las fuentes y el áspero cantar 
de las aves nocturnas, despojan a las flores 
de su regalado perfume. 

Todo infunde melancolía, temor, respeto... 

Que noche tan horrible! 

Que oscuridad!.. 

Pálida, triste, desesperada. 

Con un mundo de recuerdos en el corazón 
y un torrente de lágrimas en los ojos, con- 
templa Laura las ajadas flores del jardin. 

Las contempla y las envidia. 

Y las envidia, porque aun más marchitas 
están las puras flores que brotaron de su 
alma... 

¡Pobre Laura!.. 

De pronto la inocente niña cae de rodillas 
y eleva al cielo una férvida oración. 

Sigue llorando. 

Pero ese llanto no lastima. 

Es llanto de consuelo, llanto que purifica. 

¿Queréis conocer la causa de ese cambio 
tan repentino? 

Pues, mirad: 

Las apiñadas nubes se pierden en el espa- 
cio, como impelidas por un soplo divino. 

Brilla la luna. 

Todo lo llena su claridad y el jardin pre- 
senta un aspecto delicioso. 

Una doncella de noble y tranquilo sem- 
blante aparece pisando rosas, claveles y jaz- 
mines. 

Y las flores le envian sus aromas; sus tri- 
nos las aves y las aguas sus murmullos. 

«Laura corre á su encuentro. 
Llora en sus brazos. 

Y en sus brazos terminarán sus pesares. 
Terminarán sus pesares, porque esta don- 
cella es la Resignación. 

El mas dulce consuelo del que padece. 

El único tal vez... 

Porque asi como la Indiferencia sube del 
infierno y el Amor brota de la tierra, la Re- 
signación baja del cielo. 

A. Carrion, 



I 



MISCELÁNEA. 



Moraleja. 



Por hacer el amor á doña Rosa, 

solterona, gazmoña y melindrosa, 

un polluelo inesperto 

estuvo á pique de quedarse tuerto. 

Y ella por ver si el atraparlo alcanza 

á la calle se lanza 

y al volver muy deprisa un esquinazo 
I pegado en él dejóse el espinazo. 
; Esto prueba que á todas las edades 

hace amor cometer mil necedades. 

Chorbi 

Epigrama. 

■ 

Vete á la calle, le dijo 
á su esposo una muger, 
y el obediente marido 
tomó el sombrero y se fué. 

Pabh Cantó. 



Charada. 

Una letra es mi primera, 
y es mi segunda una nota 
musical, y sin chacota 
también nota es mi tercera. 
La bien poblada mollera 
que rapó insigne barbero; 
el que queda sin dinero 
y el yermo pirado sin ñores, 
se encuentran caros lectores 
cual mi todo verdadero. 



SolacioD á las Charadas del Quinero anterior. 

Metralla, Aroma y Jamón, 
las tres primeras charadas; 
y Relamido será 
sin duda alguna la cuarta. 

ün Veterano. 



DIRECTOR Y EDITOR RESPONSABLE, 

Imprenta de Casilari, — Comedias 11 



AiíO I. 



DOMINGO 23 DE AGOSTO DE 1863. 



Nújyr. 21. 



LOPE DE VEGA, 

PERIÓDICO SEHANAL DEDICADO A' LA SOCIEDAD QUE LLEVA ESTE NOMBRE. 



OIEIsrOI-A.S. 



AMOR DE MADRE. 



IDOIjOU^A^. 



I, 



•Sabed/ sabed señor cura 
que haciendo de bella alarde, 
la vi correr una tarde 
risueña por la espesura. 

Rindióme su voluntad 
(que amor la dije al oido) 
y siempre mi encanto han sido 
los ojos de Soledad. 

Quiero que este amor os cuadre 
que es un amor infinito!.... 
-Juan^ el amor mas bendito, 
es el amor de la madre. 



II. 



-A guerra empeñada y dura 
que espanto y venganza clama, 
en brazos voy de la fama 
y soy feliz señor cura. 

Allí la gloria me espera: 
¿qué amor tan puro y sagrado, 
como el amor engendrado 
por la entusiasta bandera? 

¿Hay pecho que no taladre 
de honor y de patria el grito?... 
Juan, el amor mas bendito, 
es el amor de la madre. 

ni. 

-Luchando la fé perdí-, 
en campos ricos de flores 
tras caprichosos amores 
desatentado corrí. 



Pesares brindóme todo: 
hallé la riqueza, empeño, 
hallé la esperanza, sueño, 
hallé el entusiasmo, lodo. 

¡En donde la dicha, padre! 
¡dó el bien que busco infinito! 
-En el amor mas bendito; 
en el amor de tu madre! 

Manuel Rando y Barzo, 



EL rocío del alma. 



Dulce consuelo que alivias 
lo acerbo de mis dolores, 
que cual la escarcha á las ñores 
das vida á mi corazón: 
vén y moja las mejillas 
que secara el sufrimiento, 
vén, y calme mi tormento 
tu benéfica fruición. 

¿Que importa que el mundo ria 
en su loca indiferencia 
de tu mágica influencia, 
de tu dulzura sin par? 
si tú mitigas del alma 
el amargo desconsuelo, 
si tú, en mis horas de duelo 
aminoras mi pesar. 

Tú cuando el pecho se agita 
por la desgracia oprimido, 
calmas su fiero latido, 
templas su agudo dolor-, 
tú eres bálsamo preciado 
que cierra profunda herida, 
eres, á la triste vida, 
lo que el roció á la flor. 

Por eso aasioso te aguardo, 
cuando perdida la. c.^.V\fiia.^ 



Lope, de Vega, 



encuentro sumida el alma 
en desconsolado afán. 
Por eso tu apoyo anhelo 
cuando al paso de los años^ 
suceden los desengaños 
las ilusiones que van. 

Sí de mis dias primeros 
la poco halagüeña historia 
me presenta á la memoria 
cuan triste mi infancia fué-, 
si alguna vez á mi mente 
atormenta el pensamiento 
de aquel infausto momento 
en que mi suelo dejé... 

Si acaso en penoso insomnio 
se ñja en mi fantasía, 
el desventurado dia 
en que ámis padres perdí... 
¿donde hallar podré consuelo 
sino en tu plácida fuente? 
¡Acude llanto clemente! 
¡Lágrimas venid á mi! 

No temáis, no, que contenga 
vuestra corriente tranquila, 
no, brotad de mi pupila 
y mis párpados mojad. 
|Que me importa que la risa 
asome en el labio impio? 
¿Que me importa el desvario, 
de la humana vanidad? 

Yo te invoco en mis afanes 
y mis súplicas atiendes; 
de mi fé la llama enciendes 
si está próxima á morir. 
Tesoro de ricas perlas 
en el fondo del quebranto... 
¡Oh, yo te bendigo llanto! 
¡Calma siempre mi sufrir! 

3fanuel Segura. 



sssc. 



m CCATRO EüTiCIO]iE^ DS ík líiDl. 



Primavera. — Infancia. 

Puro está el cielo; ni la mas líjera 
mBDchB su límpido azul. 



nube 



La tierra se cubre de un manto de flores, 
que mece el soplo voluptuoso de la brisa. 

Las fuentes parecen murmurar cánticos de 
alabanza al ser Creador. 

El mar, en cuyo diáfano cristal se retrata 
el azul de los cielos, aparece tranquilo, y lán- 
guido se adormece sobre la playa^ que borda 
de leve espuma, ó entre las rocas revestidas 
de aterciopelado muzgo. 

El tibio sol de primavera brilla en el zenit. 

Todo es paz en la naturaleza, todo inocen- 
cia, todo alegría... 

Asi resbalan los primeros años de la vida. 

£1 alma del niño, pura como ese cielo, 
inocente como esa brisa que besa las flores, 
se eleva á Dios, le bendice y alaba en senci- 
llas oraciones, que una madre piadosa le en- 
señó á formular. 

Sus pasiones duermen en calma, como 
duerme la ola mientras no la agita el venda- 
val, y sus pensamientos son dulces como ua 
rayo del sol de primavera. 

¡Dichosa edad! 

¿Porqué, porqué tan rápida desapareció, 
dejando solo al corazón recuerdos de otros 
dias de ventura, que por nuestro mal no vol- 
verán jamás?... 

Estío.— Juventud. 

Han muerto las flores. 

Agotáronse las fuentes. 

El sol abrasa la tierra con sus ardientes 
rayos. 

Sopla el Simoun agostando la rica vegeta- 
ción del encantado oasis. 

Hierve la lava en las entrañas del volcan. 

Vive la*naluraleza; pero vive envuelta en 
una atmósfera de fuego. 

Pronto este fuego se estinguirá al soplo he- 
lado del Bóreas. 

Juventud, estío de la vida, edad de impe- 
tuosas pasiones, edad en la que ya han muer- 
to las flores de la inocencia, en la que ya no 
se dirijcn los ojos al cielo para entonar him- 
nos de alabanza al Creador, sino á la tierra 
para adorar al dios del placer y de la locura; 
edad en la que la sangre hierve en el corazón 
como la lava de un volcan... 

Hermosa edad, sino llegaran tan pronto los 
desengaños, si tan pi%nto no se rasgara el 
velo que cubre nuestros ojos; si la helada 
mano de la esperiencia no mitigara imeslra 
febril exaltación. 



Periódico semanal. 



Insensatos devaneos, quiméricos ensueños, 
fantasmas seductores; que sois sino partos 
de la imaginación exaltada! qué sois smo el 
delirio de un cerebro calenturiento!... 

Ah! pasad, pasad veloces, como veloz pa- 
só mi juventud primera. 

Otoño' — Virilidad. 

El sol recoge sus rayos. 

Al abrasado Simoun sucedió la templada 
brise... Pero, ab! esta brisa no mece ya ni 
flores ni hojas como la de la primavera. 

Las flores se agostaron; las hojas ruedan 
marchitas por el suelo. 

Pero no importa; las ilusiones volaron co- 
mo hoja que arrebata el viento; el fuego que 
abrasaba el alma se consumió; pero el corazón 
vive en calma. 

Tal es el hombre cuando declina hacia su 
ocaso. 

Ya no sueña; el espíritu domina á la ma- 
teria. 

Ya es el hombre, digno del fin para que 
fué creado. 

Invierno — Vejez. 

Las últimas hojas han caido del árbol. 

El cielo se cubre denegro crespón. 

La nieve blanquea los campos como un fú- 
nebre sudario que parece unirse al cielo en 
un horizonte sin limites. 

¿Qué hay mas allá de esc horizonte? 

Esta idea aterra al anciano, que ya vé es- 
tenderse hacia él los descarnados brazos de 
la muerte. ^ 

¡Idea desgarradora! 

Morir, morir y después... 

Tal vez un eterno suplicio. 

Esta es la vida. 

Feliz quien la abandona antes de abrir los 
ojos á la luz. 

Emilio de la Cerda. 



"ünsTA. is/L a.jd:riei. 



No pe.aes... enjuga el llanto-, 
serénate, prenda mia, 
que pronto llegará el dia 
en que tu triste quebranto 
se convierta en alegría. 



íNo te parece razón, 
y a mas de razón, deber, 
alejar el padecer 
que mora en tu corazón 
y que aniquila tu ser? 

Olvida, aunque no te cuadre, 
el amor de esa criatura; 
porque es muy grande ventura 
tener como tú una madre, 

para endulzar la amargura. 

• 

Puede que tiempo pasando, 
se vaya el mal estinguiendo, 
y á otro ser vayas queriendo 
que solo á tí te esté amando, 
y os esté Dios bendiciendo. 

Y entoces ya venturosa, 
por verte á tí tan dichoso 
abrazar al hijo hermoso 
que te dio tu tierna esposa, 
moriré en paz y en reposo. 

No penes... enjuga el llanto-, 
serénate, prenda mía, 
que pronto llegará el dia 
en que tu triste quebranto 
se convierta en alegria! 

E. Andrey. 



LA DAMA DEL MEDALLÓN, 

NOVSLA ORIGINAL, 

POR EMILIO DE LA CERDA. 



CONTiM' ACIÓN. 



Estaba haciendo c^tas rcílexioncs. cuando vi 
á Julia que so paseaba por el jardín, pensativa 
y teniendo en la mano unas cartas abiertas qu» 
sin duda acababa de leer. 

Compuse mi semblante, y saliendo de mi ha- 
bitación me reuní á tila. 

Miróme tristemente y me dijo apoyándose 
en mi brazo que yo le ofrecí. 

— Julio, hay ocasiones en la vida, en las que el 
hombre recibe terribles golpes que ponen & prue- 
ba su valor. Vov á dar á V. una aQt.v&\\^ ^s^v*»^- 



Lope de Vega, 



de ó temprano debería saber, y que ha delas-Icho uaa furia y me ha obligado á venir coo Lau- 



timar su corazón. 

—En recibiéndola de esos divinos labios, seri 
menos amarga, le contesté. 

—usted amaba á Laura y sabia que ella ama- 
ba á mi hermano; pero podia Y. Ggurarse que 
Ernesto la amase á ella? 

—Sí, lo sabia; y bien ..esa noticia tan fatal... 
Tome y. estas cartas, y al paso que se en- 
terará de lo que ocurre, podrá juzgar de la in- 
Jratitud de una muger que tanto debe á mi ma- 
re. Yo sin embargo la disculpo, porque*... Ah! 
me olvidaba que estará Y. impaciente por sa- 
ber esa noticia; lea Y. 

Revestí mi semblante de la mas fria indife- 
rencia, aunque sentia estallar de rabia mi cora- 
zón, y leí las tres cartas que sobre poco mas ó 
menos decían lo siguiente: 

Laura do Clermon, á !a marquesa viuda de 
Ocampo. 

SeDora: no imploro perdón para mi, pues co- 
nozco que soy muy culpable; solo le pido para 
su hiio, que mducido por mí, y solo por mi, ha 
faltado á un compromiso sagrado, que existia 
entre dos familias á quienes unía la mas estre- 
cha amistad. El me amaba^ yo también á él; pe- 
ro debí ante todo acordarme de los grandes fa- 
vores que debía á Y. y encerrar en mi corazón 
un amor que con el tiempo había de causarla el 
disgusto que hoy esperimenta. Perdón para mi 
esposo, señora, aunque roe odie Y. á mi sola. 

Lauba. 

Acabada esta carta la doblé y entregué á Ju- 
lia, que me miraba atónita al ver mi indiferen- 
cia, y continué leyendo la segunda. 

Carta de Ernesto de Ocampo á su madre. 

Madre y señora mía: no ha querido Y. ac- 
ceder voluntariamente á mis ínstaucias para que 
otorgara el permiso, que solo por deferencia le 
pedia, aunque no lo necesito, y he tenido que 
tomar la resolución de obrar según mí voluntad. 



ra y con él á Sevilla, donde estaraos en este mo- 
mento, esperando se terminen los últimos prepa- 
rativos para la boda, y los tres escribimos á Y. 
antes de efectuarse porque nos espera ya el va- 
por que debe conducirnos inmediatamente se termi- 
ne la ceremonia. Laura se haempeñadoen llevarme 
consigo, y yo, á la verdad muy gustosa. Es la 
ahijada mas amable y buena que he tenido. Con- 
que marquesa, á perdonar á los muchachos y pe- 
lillos á la mar; yo de nada tengo la culpa y es- 
pero sigamos en la buena armonía que hasta aquí 

MóNlCA. 

Así que terminé la lectura de estas cartas di- 
ge á Julia sonriendo: 

— Y bien... yo no veo aun esa fatal noticia que 
debía estremecer mi corazón; solo veo la parti- 
cipación de un casamiento, bien singular por cier- 
to, y nada que pueda tener relación conmigo. 

—/Como! y lo dice asi... y ese amor tan in- 
tenso, y, esos juramentos de no dejar jamás dd 
amar á Laura. . ¿qué esesto?¿no la amaba Y. ya? 

—Hace tiempo que dejé de amarla. 

— jEs posible! esclamó Julia, y un rayo de 
alegría mal disimulada brilló en sus ojos. 

—Señora, esi muger es infame, y no merece 
que un hombre emplee su amor en ella. Escuche 
Y. con atención. 

—Yo amaba á Laura, y ella decía amarme 

—¡A Y. también.' me imterrumpió Julia ad- 
mirada. 

— Si^ h mí también; jugaba coa dos barajas. 
Ella le ocultó á Y. que e\í>tían relaciones en- 
tre nosotros, porque yo asi se lo insinué cuando la 
desgraciada escena de la exposición, y engañó 
á V. con una verdad, diciénaole que amaba al 
marqués, y con una mentira al decirle que él 
no la amaba- Luego, durante la larga enferme- 
dad de Y. en la que tanto se temió por su vi- 
da, iba yo todas las noches como de costumbre 
á su casa. En una de estas noches estaba Mar- 



Dentro de un momento seré el esposo de Laura, < garita, su hermana de Y, haciendo pajaritas de 

Ír ambos partiremos á Francia donde si algo sü!|)apel, y al entrar yo, vino corriendo hacia mí 
e ofrece, puede mandar á su hijo y dándome un papel, 

EnNESTO. — (Julio, me dijo, hazme una pájara muy gran- 

de, que yo no sé hacerla.» 
Carta de doña Mónica Meneses á h señora Tomé el papel, que era una carta, y temien- 
marquesa de Ocampo. ¡do alguna travesura de la niña, pasé sobre ella 

Mi querida amiga: estos jóvenes son unos lo- , la visla. ¿Qué dirá Y. que leí? Pues era una car- 
eos y hay que disculparlos. Cuando tuve el gus- [ ta de Laura al marnués, en los términos mas 
to de ir por última vez á su casa por mí que- j apasionados. Ya vé Y. como me quedaría, 
rida Laura, no llevaba otra intención que la de | —/Infame! 

traer á mi lado á esta simpática jóv^n, para en —Pregunté á la niña, de donde había tomado 
caso de que V. no se conviniera á dar su ve- aquella carta, y me contestó que de un bolsillo 
nía para el enlace en cuestión, mediar en el asun- del gabán de su hermano. Le dije que volviera á 
to, y ver de arreglarlo; pero este diablo de mar- ponerla en su sitio, y al otro día escribí á Lau- 
7á/^^f//^ //e/7e oJ ^enio de pólvora, ha llegado lie- ' ra una carta en la que le echaba en cara su 



Periódico semanal. 



perfidia, j deselle entooces habrá Y. notado que 
casi 008 hablamos. 

—Si. lo habla notado; pero crei que estaba V. 
resentido porque ella le había desengañado, se- 
gún me dijo. 

— Por este tiempo aun seguia V. mala y yo 
DO dejé de seguir yendo todos los dias á ver á V. 

— ¿Solo por verme á mi? 

— Ayl Julia, al verla padecer por mí causa, 
al ver la infamia de aquella muger, hice com- 
paraciones, y... odié á la una y amé á la otra... 

—Julio... ¿qué está V. diciendo? 

— La verdad, Julia mia; creí amar un dia á una 
muger, ah! me engañé; no amé hasta que Y. me 
hizo comprender el verdadero amor. 

— ¡Es posible! ¿Julio, Y. amarme á mi? 

—Lo duda Y. . Ya lo temía yo; por eso ca- 
llaba, y padecía en silencio. 

— ¿Y no sabia Y. Julio, esclamóla pobre niña, 
tendiéndome la mano, que yo moría de angustia? 

— ;Ah! yo me avergozaba de hablarle á Y. de 
mi amor después de habeile pintando otro tan 
grande, á otra muger... 

Julia tenia diez y seis años. A esta edad y 
bajo la influencia de una pasión todo se cree, 
y... Julia me creyó 

— Pero eso es infame, Julio, dije á mi amigo. 

—Desde que empecé mi narración te dije que 
un desengaño terrible habia viciado mi corazón 

Ímis buenos instintos. Yo era bueno, y me han 
echo infame; yo era sencillo y me han hecho 
astuto y falso, yo era generoso y me han conver- 
tido en egoista y malvado. Ah! de todo me ven 
garé. 

Poco después subimos juntos al comedor, don- 
de se hallaba la marquesa con Adolfo y el doc- 
tor, refiriéndoles la novedad del casamiento de su 
hijo. 

—Oh! nunca les perdonaré; decia cuando en- 
tramos; él me ha puesto en un terrible compro- 
miso, tenia empeñada su palabra con la hija del 
Duque de'" y esto vá á ser motivo de romper 
COD una familia á quien debió mi esposo en vi- 
da mil favores, y con quien nos ligaba la mas 
estrecha amistad. ¿Y ella? No, no quiero siquiera 
nombrarla. ¡Ingrata! 

— Con que se casó Laura, señora^ dije sentán- 
dome ala mesa y fingiendo jovialidad; vaya que 
Jos niños son ejecutivos como un consejo de guer- 
ra, hoy lo piensa y mañana lo ponen por obra. 
Yolviose Adolfo hacia mi, y se quedó con la 
boca abierta, admirándose de mi es^raña alegría. 

— Francamente... no comprendo; murmuró á 
mi oído. 

— Ahora lo comprenderás. 
Señora^ dije á la marquesa, ya tiene Y. un 
hijo casado; ahora falta la hermosa Julia. 



—/En eso piensa la pobrecita/ 

¿Y si se engañara Y; si Julia amara á un hom- 
bre que la ama^ también mas que á su vida? 

— Julia... ama... ¿á quién? 
La pobre joven, que estaba á su lado, se arro- 
jó á su cuello llorando. 

— Ah.' madre mia, le amo á él. 
Entre lanto yo le decia al oído al doctor: 

— Apóyeme Y. doctor, esta es la ocasión de 
salvar á Julia. 

—Señora, dijo el doctor, levantándose, en efec- 
to estos dos niños se aman, y sí cumple Y. sus 
deseos, no hará mas que su deber. 

—Mi deber... espliquese Y. doctor. 

(Se coBÜnaari.) 



LA ORACIÓN DE JESÚS 



I. 

Es el decimocuarto dia de la luna del mes de 
Nisan. 

El sol dorando las cumbres de las montañas 
de Judea, va á ocultarse en su palacio de occi- 
dente, llevando tras de si los rojos celages de la 
tarde, como un rey vestido de purpura que segui- 
do de su lujosa corte acaba de recorrer sus vas- 
tos dominios. 

Las altas cúpulas del palacio de Salomón r el 
elevado pináculo del templo erigido sobre el Mo- 
ría, parecidos á los gigantes que dibuja la fan- 
tasía en las regiones de las nubes, señalan con- 
fusamente al viajero el lugar donde se sienta la 
reina de las naciones. 

Un ruido confuso^ semejante al que forma un 
enjambre de abejas, ó el ramage ae un bosque 
agitado por el viento denota el gentío inmenso 
que se remueve en su seno. 

Es la celebración de la Pascua en la fiesta del 

cordero. 

II. 

En medio de este grandioso espectáculo, un 
hombre en cuyo rostro están marcadas la magos- 
tad y la dulzura y cuya frente brilla con una au- 
reola divina, atraviesa el torrente Cedrón con 
paso precipitado, y con firme y segura planta. 

En. su andar ligero que apenas toca á la tier- 
ra se asemeja al corzo que al divisar desdo la 
cumbre de un cerro las cabanas de los pastores, 
corre á ocultarse en las soledades del desierto. 

Las brisas de la tarde agitando levemente su 
morada túnica dibujan graciosos pliegues , y des- 
cubren el desnudo pié que pisa sobre unas san- 
dalias, cuyas cintas se cruzan del uno al otro 
lado. 



Lope de Vega, 



Sus dorados cabellos parecidos á los renue- 
vos de las palmas, flotan á merced del yiento 
rodeando su torneado cuello como la yedra se 
enlaza al olmo que le sustenta. 

Tras de él marchan silenciosos y con la vis- 
ta fija en la tierra, hombres de toscos adema- 
nes; pero que revelan en sus facciones la can- 
didez de sus almas y las rectitud de sus corazo- 
des. 

A veces alguno dirige una palabra al oido de 
su compafiero, y entonces la tristeza se retrata 
en sus semblantes y vuelven á inclinar la vista al 
suelo, continuando su interrumpida marcha. 

III. 

¿Quién es ese personage que asi camina acom- 
pañado de este séciuito? ¿Es por ventura algún 
filósofo que se dirige con susaíscipulo ¿ la Aca- 
demia ó al Liceo? 

No, DO es solamente un filósofo, no es sola- 
mente un sabio, es la sabiduría misma. ¿Sabéis 
su origen? ella dice: To salí de la boca del Al- 
tísimo primogénita ante toda criatura 

Mas para qué ha venido á la tierra la sabi- 
duría increada? 

Oid á su Profeta que esclama enagenado! Ben- 
dito sea el SefiorDios de Israel; porque ha ve- 
nido á visitar y hacer la redención de su pueblo! 

Para iluminar á los queest^n sentados en las 
sombras y tinieblas de la muerte, para dirigir 
nuestros pasos por el camino de la paz. 

Si, ha venido para ilustrarnos con su sabiduría 
y redimirnos con su muerte, porque solo con su 
muerte ha decretado hacer la redención de los 
humanos. 

¿No escuchasteis? dicho lo ha pocos momentos 
antes: Sí el grano de trigo cayendo en la tierra 
no nutriese, permanecerá solo y no producirá 
fruto. 

Aun resuenan estas palabras en los oidos de 
sus discípulos y esta es la causa de la tristeza 
de sus almas; porque saben que es llegado el 
momento del triunfo de las tinieblas. 

IV. 

Entre tanto continúan marchando. 

Ta han dejado atrás el valle de los Muertos, 
ya han trepado la falda del monte del Olivar, 
ya se encuentran en la heredad de Getsemani. 

Alli, volviéndose el Redentor á los suyos les 
dice: cercana está la hora en que principie á 
tener cum[>limiento cuanto está ei>crito por los 
Profetas (leí hijo del hombre; mas, vosotros per- 
maneced firmes en mi íé, y scHalándcles al logar 
qno pisaban: Sentaos aqui mientras hago oración. 

Entonces tomando á tres de sus mas queridos 

discípulos, aquellos que dias antes habian sido 

iesti^os de su gloria en el Tabor, los llevó con- 



sigo á un lugar solitario del huerto, diciéndolosen 
el camino: ;Triste esta mi alma hasta la muerte! 
Y se retiró algunos pasos de ellos añadiendo: 
Venid y orad para no caer en tentación. 

V. 

Han llegado los últimos instantes del crepús- 
culo^ esos íntantes en qae los postreros rayos de 
la luz solar van ha mezclarse con las tinieblas de 
la noche, como los granos de un reló de arena. 

Oscura gasa cubre los horizontes, antes tan 
claros con la trasparencia de los cíelos. 

Negras y elevadas rocas se destacan de en 
medio de las sombras entro cuyas quebraduras de- 
jan algunos espacios velados en parte por enredi- 
da zarza. 

El rojo disco de la luna levantándose de re- 
pente por entre las pardas nubes» deja escapar al- 
Íunos rayos que penetran con dificultad en aque- 
as sinuosidades. 

En uno de estos recintos formados por las en- 
diduras de las rocas, hace postrado en tierra el 
Redentor del mundo, y agoviadppor el peso de una 
acerba agonía. 

Su frente despojada de gloroisa aureola cae 
inclinada sobre el pecho, y sus miembros con- 
vulsos cubiertos están de un sudor sanguíneo que 
corre hasta la tierra. 

De tiempo en tiempo se reniega sobre si mis- 
mo, como &i huyera de algún rantasma que le per- 
sigue, y es que padece el espíritu los horrores 
de su pasión^ ó vé caer sobre su cabeza el aso- 
lador torrente de los pecados de los hombres. 

Profundo silencio reina en aquel lugar, inter- 
rumpido tan solo por los ahogados suspiros qoe 
exhala su corazón angustiado. 

De repente un general estremecimiento se apo- 
deró de todo su ser y levantando la voz dirige 
al Padre esta plegaria: 

Vedme aquí ¡oh padre mió! dispuesto á sacrifi- 
carme por la salud del mundo y á cumplir la 
promesa que os hice en los tiempos antiguos, 
cuando viendo la ingratitud de los humanos, 
esclamé: holocaustos y sacrificios por los peca- 
dos no te agradaron; mas he aqui que me ofrez- 
co á satisfacer tu irritada justicia. 

Pero ¡oh padre mío! cuan profundo es el abis- 
mo de tu saoíduría! Yo mido su ostensión y veo 
en el fondo infinitos medios para justificar al hom- 
bre, é infinitos para tu satisfacción.' ¡Aparta por 
lo tanto de mi, sí es posible^ ^an amargo cáliz!... 
mas, ^nó.... no se cumpla mi vo! tintad sino la 
tuya/.... 

T levantándose resueltamente de la oración, 
repetía: no se cumpla mí voluntad sino la tuya/... 

Emilio BossO' 



Periódico semanaL 



Orgullo, Humildad, Religión. 



n 



I. 

En las puertas del mando 
se encuentra hablando 
una preciosa niña 
con un anciano^ 
cuyos vestidos 
aunque harapos, denotan 
que fueron ricos. 

Ella, por el contrario, 
modesta y pobre, 
el brillo de las galas 
no lo conoce... 
que su alma bella 
es pura, como el ángel 
de la pureza. 

Y cerca de este grupo, 

arrodillada, 

murmurando en silencio 

una plegaria, 

atenta escucha 

una matrona, imagen 

de la ternura. 



-No entrarás, en el mundo 
yo solo impero, 
el anciano la dice 
con duro. ceño-, 
y ella temblando 
contesta humildemente 
al duro anciano: 

-Déjeme, viejecito, 
pasar tranquila, 
porque está muy distante 
la patria mia, 
y hasta mi patria 
dejo, por ver cumplidas 
mis esperanzas. 

Por compasión, dejadme 
el paso franco, 
porque un poder divino 
guia mi paso*, 
y al mundo vengo 
para ver si ese mundo 
se vuelve bueno! 



—Niña, que con cariño 
del mundo hablas 
y por el mundo vienes 
desde tu patria, 
¿quien te conoce? 
¿cuales son tus ideas? 
¿cual es tu nombre? 

— Me conocen muy pocos... 
y desde lejos; 
mis ideas brotaron 
allá en el cielo*, 
y en su clemencia, 
Humildad es el nombre 
que Dios me diera. 

—Humildad!., grita el viejo 

dando un rugido, 

no entrarás, porque siempre 

fui tu enemigo. 
— Gran Dios, que escucho! 

Enemigos tan niña!... 
— Soy el Orgullo. 

IV, 

La que se hallaba cerca, 
noble matrona, 
al mirar que temblando 
la Humildad llora, 
corre á sus brazos 
y al Orgullo le dice... 
— Escucha anciano: 

De Religión te hallas 
en la presencia. 
Esa niña, del cielo 
bajó á la tierra. 
Dios lo dispuso. 
Tu reinado concluye. 
Empieza el suyo. 

Abandona este mundo 

que te abandona. 

Y hoy que por siempre mueres 

en su memoria, 

juntas haremos 

del mundo que has viciado 

un mundo bueno. 



Lope de Vega, periódico semanal. 



MISCELÁNEA. 



^tf^tf<h^^^^^H^^^N«^tf^^^«M 



¿En qué años hablan menos las mugeres? 
— Én los comunes, porque tienen un dia me- 
nos que los bisiestos. 



Un amigo mió ha hecho la observación de 
que saludamos de mejor gana á un conocido 
que va en coche, que á un amigo que va á 
pié. ¿De qué dependerá esta pequeña mise- 
ria humana? 

El barro de las calles produce efectos sin- 
gulares (decia un hombre muy agudo) por- 
que ensucia los pantalones blancos con man- 
chas negras, y las botas negras con manchas 
blancas. 

El amor, dice un filósofo de la Puerta del 
Sol, es como la luna; cuando no crece, por 
precisión mengua. 



— Diga osté, señor curro: ¿quiere osté que 
vayamos juntos a los toros? Dicen que son 
de logueno que ha salió de mi tierra, tocayo. 

— Iremos en buen hora, Sr. D. Casimiro; 
pero, ¿por qué me llama Y. tocayo? preguntó t 
el otro, levantándose las gafas para mirar á 
su interlocutor. 

— Porque como yo me llamo Casi-miro y 
usté c(m no pe, discurro yo que semos por 
fuerza casi-tocayos. 



¿Qué es lo que se deja quemar por guar~ 
dar un secreto? — El lacre. 



Epigramas. 

Escribe Inés mucha 
poesía bucólica, 
se llama en su casa 
vaquera y pastora. 
Y dice su esposo 
don Juan Finojosa, 
que de puro tonto 
no cabe en la ropa: 
Inés ¿quien creyera 
mirándote hermosa 
que fueras Vaauera 
de la Finojosar 

Pablo Cantó. 



Conmovido del sermón 
Que un vicario predicaba, 
Todo el concurso lloraba 
Menos el torpe Simón. 
— Y ¿por qué no llora usté 
(Le preguntó doña Eustóquia) 
Como los otros? — Porque 
Yo no soy de esta parroquia. 



Charada. 

Para acertar mi charada, 
es preciso el conjugar 
aunque te sea pesado 
un verbo acabado en ar. 
Mi primera y mi tercera, 
lo digo de positivo, 
es la primera persona 
del presente indicativo. 
Mi primera y mi segunda 
como verás fácilmente, 
es la tercera persona 
de dicho tiempo presente. • 
Con mi prima, dos y tercia 
sale claro el participio 
siempre del mismo verbo 
que yá te dije al principio. 
Primera, segunda y cuarta, 
si cualquiera reflexiona, 
del futuro indicativo 
forma la primer persona. 
El todo de mi charada 
en toda empresa fecunda 
ha sido siempre en España 
la reina Isabel segunda. 

TB O. 



Solocion á la Charada del Domero anteriori 

Una charada muy propia 
del tiempo que atravesamos 
es la que vino el domingo, 
pues significa PE-LA-DO. 

La Vecina. 



DIRECTOR Y EDITOR RESPONSABLE, 

Ingenia de Casilari. — Comedias 11. 



Alio I. 



DOMINGO 30 DE AGOSTO DE 1863. 



NÚJU. 22. 



LOPE DE VEGA, 

PERIÓDICO SEMANAL DEDICADO A LA SOCIEDAD QUE LLEVA ESTE NOMBRE. 



OIE2NraiA.S. 



Rápida ojeada sobre el reinado de 
D. Juan II y su privado el Con- 
destable D. Alvaro de Luna. 



Al principio de nuestro articulo tercero tuvi- 
mos intención de presentar á nuestros lectores los 
retratos de Ü. Juan el II» el de su esposa do- 
ña Isabel de Portugal y eldeD. Alvaro; trazamos 
el del primero, mas se enredó nuestra pluma 
con la literatura de esta época, y tuvimos pre- 
cisión de dejar para el presente la descripción 
de los dos últimos. 

Asi, pues, damos principio. 

Era D.* Isabel una reina de irreprochable vir- 
tud, de alma noble y valiente, de magnánimo 
corazón y con la cual no servia la dulacion ni 
los amaños del favorito. 

Declaróse enemiga del Condestable desde el 
instante quo comprendió con esa perspicacia que 
solo las mugeres poseen <[ue I). Alvaro solo ten- 
día á dominar la voluntad del monarca, desvián- 
dolc de ella. 

Soberbia y altiva le avergonzaban las tutelas, 
amaba al rey y era amada de éste; pero como 
dejamos dicho en uno de nuestros artículos anterio- 
res, D. Alvaro se ponia de por medio é impedia que 
se acercase el monarca á su esposa, temiendo que 
ésta, valiéndose del amor del rey se sobrepu- 
siera á el Condestable y derocara su valimiento; 
esto la hacia luchar con toda lafueza de su ener- 
gía, y «trabajaba por desacreditar al privado^ y 
compraba á los parciales de éste; mas de una 
vez vendió sus joyas para alentar la guerra ci- 
vil con la intención de que creciendo ésta, aho- 
Eara la privanza de D. Alvaro; cuando la re- 
eldia era sofocada en un castillo, ella la levanta- 
ba por otros puntos de Castilla; era pues, un fue- 
go que el Condestable apagaba por un lado mien- 
tras se prendia por otros, merced á los esfuer- 
zos de la Reina ayudada de la envidia de la no- 
bleza hacia el favorito; pero éste era un hom- 
bre de hierro^ se encendia un motin y de un soplo 
lo apagaba; se rebelaba una ciudad y la doma- 
ban sus escuadrones; se alzaba contra su padre 
el príncipe D. Enriqoe y antes que tomasen mas 
fuerzas, y sin saber cómo, los nobles que le se- 
guían eran arrojados en el fondo de un castillo 



y poco después aparecían sus cabezas separadas 
de los troncos, para dar una lección álos enemi- 
gos del trono que hacia enemigos suyos. 

Disolvíase la liga, y la Reina lograba apo- 
derarse del ánimo del Rey, pero el Condestable^ 
siempre en la brecha, separaba á D. Joan para 
llevarlo al cerco de una villa ó á unas cortes 
convocadas con tan liviano protesto como las de 
Madrigal y Olmedo; si el brazo popular de las 
cortes unido á la Reine se alzaba contra él, apa- 
recía una real cédula disolviéndolas, y los di- 
putados enemigos iban á parar á un calabozo. 

Esta era la lucha sostenida de potencia á potencia: 
el Condestable quería tener bajo su planta á la Rei- 
na, ella por su, parte, demasiado noble, dema- 
siado honrada y altiva, con esa altivez que dá 
la dignidad ultrajada, no podía doblegarse ante 
un favorito, que según ella^ solo quena chupar 
la sansre del pueblo por todos los medios. 

Muchos surcídores de cuentos, pues no otra co- 
sa pueden llamarse, los que desvirtuando la his- 
toria para dar interés á sus novelas, hacen apa- 
recer de diversa manera ¿ como han sido, á per- 
sonajes que pertenecen al pasado, han calumnia- 
de infamemente á esta noble princesa, que no fué 
otra cosa que una mártir de la nulidad de su 
esposo durante su vida, y una desgraciada vícti- 
ma cuando viuda, de los perversos instintos de 
Enrique IV. 

Esta Reina, luchando con la nobleza y el cle- 
ro, buscando recursos que anteponer mayores que 
lo permitían sus fuerza^, sostenía su dignidad de 
Reina, con una energía y una voluntad superio- 
res á tods elogio. , 

Abandonada en Madrigal por el innoble En- 
rique IV, entre el frío y el hambre, educó á sus 
hijos D. Alonso y D.* IsabcL haciendo de ellos 
dos ilustres y grandes príncipes: el primero con- 
cluyó su reinado de un día, muriendo á manos de 
un tósigo: la segunda fué la gran figura del trono 
espailol, la gran Keina á quien se debe la unidad 
de nuestro uueblo, la valiente, sabia y grande 
Isabel la Católica^ la que dio á nuestro país 
su independencia, sus posesiones del nuevo mun- 
do y el gran principio de su civilización. 

Una razón que encierra una fuerza de lógica 
incontestable vamos á poner frente a frente de 
las calumnias arrojadas para manchar lo memo- 
ria de D.* Isabel de Portugal. 

Aparte del espíritu que todo ser reciba <L^ 



Lope de Vega, 



Dios, ésto se forma para la sociedad por medio ros de oro é de piala cobiertos de sotiles esmaU 



de h educicioo. 

Las madres din el ejemplo á sus hijas, y una 
mnger sin pudor, sin honor, en una palabra, una 
prostituta no puede dejar nunca tras si una vir- 
tud, una dignidad y una honradez tan limpia, Un 
fura, tan resplandeciente como la que dejó D.' 
sabel de Portugal en esa que admiraron ios pa- 
sados, admiran los presentes, v admirarán los 



tes é labores. Aquel dia fué servido el Rey allí 
con un.i copa de oro que tenia en la sobre ca- 
pa muchas piedras de gran valia é de esmera- 
da perficiou » 

Esto hería á ía nobleza en lo mas vivo de su 
orp;ullo^ envanecida con sus antiguos blazooes. 
süberbi.1 con los timbres heredados do sus abue- 
los, no podían ver sin enojo ni envidia^ á hd 



venidero?, en su hija la incomparable D.' Isa- ! page convertirse en Conde de Sanlisteban y ele- 
bel la Católica, primera do este nombre. i vado á gran Condestable de Castilla. k\ prin- 

Dejamos trazado á grandes rasgos el retrato , cipio, esta misma noblez.), creyendo medrar asa 
de D/ Isabel, y nos disponemos á preseetar ¡sombra, le aduló hasta la degradación, mas vien- 
el de D. Alvaro de Luna. jdo no alcanzaba su deseo, rebelóse y se decla- 

En lo mas guardado y recóndito del corazón ró su enemiga, 
humano hay un lugar que no se revela sino en ' La nobleza castellana subyugada hábilmenle 



ciertas ocasiones, cuando se presentan impresio- 
ues que le conmueven, ó cuando nuestra ima- 



por el rey San Fernando, favorecida indiscreta- 
mente por su hijo D. Alfonso el Sibio, tratada 



ginucion deslaca uno de los rayos de luz que por D. Pedro impunemente, alagada por Borí- 
posee sobre un fondo oscuro, al final del cual que II y después contenida enérgicamente por 
\ó el porvenir de la criatura. Enrique III y el regente D. Fernando, aprove- 

El Condestable era agorero, creía eo la fa- ; chó la primera ocasión en que se le presentó 
talidad pronunciada por uno de los nigrománticos un rey débil y cobarde, y se desbordó, traspa- 
de aqucll s tiempos, une de éstos lehaüia predicho ' spndo los límHes mas respetables. Un siglo hacia 
Que moriria en cadalso, reGriéndose al pueblo que ! ya que en Aragón se habia decidido la locha 
lleva este nombre; mas él enmedio de las revuel- I entre el trono y la aristocracia en favor delprí- 
tas políticas que continuamente peturbaban su es- I mero, merced á un arranque de energía de D. 
pirilu pensaba en esto, y veia ante sus ojos un j Pedro el del Puñal, y todavía continuaba en Cas- 
patíbulo, y en sus oídos zumbaba á menudo la tilla sufriendo visicitudes, hasta que se diese la 
palabra fatil Morte morieris. ¡gran batalla entre ambos poderes, y uno ú otro 

Tenia el Condestable una sed insaciable de quedase dueño del campo, 
poseeilo todo, nacesit'iba ser grande, para hacer í La nobleza de Aragón se aferró al grande ia- 
olviiiar que habia nacido de madre plebeya aun- flujo de los pueblos; las cortes, la de Castilla la 

3ue de noble padre, y lo consiguió rodtándose abandonó y lanzóse á decidir la contienda en el 
e una corte y un egército, apareciendo desde campo de batalla. Las ciudades, ha dicho Lafuen- 
luego como el verdadero poder, el hacedor y te, pedían por escrito y los nobles exigían guer- 
desfacedor de todo cuanto so hacia y deshacía reando; replegiibanse los ante monarcas vigorosos 
'^n l\ corle; los nobles nunca se hubieran nres- y se sobreponían á los débiles. D. Juan el II lo era 
ttdo á admitirlo en bu seno unos por orgullo y en demasía y de aquí el gran rompimiento, te- 
otros por envidia, si no hubiese sabido sobrepo- : niendo además por protesto la privanza del de 
ner.^e y hacerse temible; alzó un número con- Luna 

siderablede lanzas, ginetes y peones; á sus her- j Sí D. Alvaro no hubiese tenido todos los vi- 
man.s bastardos, á sus parientes y á sus ser- cios de un pi-ivado, hubiera sido el hombre mas 
vidores los hizo nobles y empleólos en el alca- ' apropósito para gobernar Cislilla; pues poreo- 
zar real para que h sirvieseu de espías; su pala- tonces ni mucho después hubo uno que faeseca- 
cio era espléndido, su servidumbre nu-nerosísi- paz de encargarse del gobierno. / 

ma y sus salones suntuosos: la crónica de este Tenia, seguu un autor ciMiocido, la lealtad do 
privado, nos dice que cuando recibió al Rey en la soberbia, un desprecio ostensible para el rey, 
su villa de Escalona, le h»zo un hospedaje co- y un gran talento para crecer, 
mo lo pudiera haber hecho el mas grande n.o i Lo cierto es que D. Alvaro era uoa gran 6- 
narca de la tierra Así que obsequio con una eos- gura en el reinado que vamos trazando; pero no 
tosa montería á toda la comitiva real y «cuando una fígura odiosa, nada de eso, Castilla no foé 
entraron dentro en la casa, falbrdnla muy guar- vencida porque su mano la defendía, para todo 
oída do oro .... Los aparadores do estaban las ba- esto necesitaba oro porque ese ha sido siempre 
::íilas estaban á la otra parte de la sala en los el único motor que no ha necesitado cebo para 
quales avia muchas gradas cobiertas de diversas moverse El Condestable no era ni codicioso ni 
piezas de oro é de (data: é donde avia muchas sórdido, porque el codicioso no dá á nadie y el 
copas de oro con muchas piedras preciosas, é sórdido se alimenta con recoger y ni consigo mis- 
^fanács p)a%(ís, é confiteros, é barriles, é canta- mo se atreve á gastar. No podía tachársele de 



Periódico semanal. 



nao oi dft orgulloso, si lo hubiese siJs no hu- 
biera tenido Di valor, ni sufícienLe firmeza de ca 
racter pira haber llegado i ser loque íué, pero 
tuvo valor y entereza para afrontar con la res- 
pooaabilidad de todos sus actos: él puede decir- 
se que arrancó la corona de las sienes del mo- 
narca, y dijo i h reina, á la nobleza, á Cas- 
tilla toda ¡ante mi, de rodillas.' y A la esposa le 
dio el esposo cuando quiso, y á la nobleza le 
dio aleuD fueio cuando lo tuvo por convenien- 
te y al pueblo lo rigió i su gusto. I 

D. Alvaro fué el nombre mas político mas as- 
tuto y mas disimulado do su época, ocultaba ' 
bajo una fría penetración sus intenctunes, y adi- 
vinaba las de sus enemigos con una certeza ad- 
mirable; infitigablo y entendido en los negocios de 
estado, audaiy perseverante en la egecucion desús 
proyectos, era al mismo tiempo uji brioso ca- 
pitán y un esforzado paladina quien nadie aven- 
tajaba ni en serenidad en los grandes peligros: 
ni en valorea lo mas arriesgado del combate, 
asi lo demostró palp;ibleraeiile en Trujillo y 
en Medina del Campo, en Sierra Elvira y en 
Atien/a, en Olmedo v en Burgos; fué fiel ji su 
rey cuando le libertó en Tala vera y subió al cadal- 
so sin haber nunca conspirado contra él. 

Durante la grave enfermedad que aquejó á su 
hijo D. Juan que le tuvo separado de los ne- 
gocios, se conspiró en contra suya de un modo 
escandaluso; cuando volvió á la corle do . nue- 
vo, se encontró que la situación iba pasando á 
EOS enemigos y de una rápida ojeada compren- 
diólo todo; vio en derredor de! trono á los Be- 
Davenles, Albas y Quiñones, los Carrillos, ios Gi- 
rones, los Silvas, Iu9 Ucndozas, los Pachecos 
Íloj Almirantes; pero no se desconcertó, se so- 
repuso y procuró dominar la tormenta. Acusá- 
ronle de discordias v disturbios del reino los in- 
botps de Aragón y ios grandes de Castilla, y al 
fio lograron que saliese 'desterrado de la corte. 
¿¥ que sucedió? 

Que con la au<>encta deéste se desbordaron los 
desórdenes, los bandos, los crímenes, los escán- 
dalos, y una anarquía pjrecia querer ahogar el 
reino, tanto, que los mismos que hablan rons- 

K irado para que se le desterrare, unidos ai pue- 
lo, pediao al monarca la rebabiliticion del de 
-Lana 

La corte sin la presencia de D Alvaro ha- 
bía parecido nn desierto, y al volver él, ton^ó 
nueva vida, se restableció el orden en todas las 
clases y volvii) á march^T el pais; era sin dis- 
puta un planeta que eclipsaba no solo h los as- 
tros que redeaban al trono, sino al trono mis- 
mo. 

¿Por (¡ué, pues, se cütraila que un hombre 
que poseia los dotes de D. Alvaro; licitara á do- 
minar á un hombre tan débil v pusillinime co- 
.— I>. Juan 117 



Nada de estraüo es que lo hiciese SeDór da 
Ayllon, Ccnde de Santisleban, gran Condesta- 
ble de Castilla, gran maestre de Santiago, dneBo 
de cuantas villas y lugares quiso, érbitro y dis- 
tribuidor de cuantos cargos, dignidades y em- 
pleos se repartían. 

Imparcíal narrador no podemos menos de con- 
ktnT, que a sus grandes prendas personales y 
políticas, unia, como dejamos dicho, todos los de- 
fectos y todos los vicios do un privado. 

Con el articulo V y último, linalizaremos es- 
ta colección y espondremus en qus estado se ha- 
llaban tas comuuidades religiosas, el como de la 
muerte de D. Alvaro v el final del reinado ds 
b. Juan 11, 

/. 
— MAlací.— 



UN SUSPIRO 

A LA MEMORIA DE MI MADRE. 



Sonoras recreaoioDes de los vientos: 
Getnidos melancólicos del iiura: 
Arpegios del Bulbúi; canlos del Cisne: 
FosforesceDcias de la mar fantásticas: 
Pavoroso contorno de una nube: 
Metálico crujir de la hojarasca: 
Flores que la tristura simbolizan: 
Siniestro fulgurar de hirvienle ñafiar 
Ecos iodcfiníbles de la nccbe: 
Suspiros de dolor; de pena ráfagas... 
Prestadme inspiración que corresponda 
Al pesar que la voz en mi garganta 
En sollozo resuelve entrecortado, 

Y hace viertan mis ojos tristes lágrimas! 
La Musa del Dolor oye mi acento 

Y lleca junto á mí; plega sus alas 

Y solicita luego me interroga: 
— Lloras desdenes de la suerte ingrata? 

\ Quizá una decepción triste lamentas? 

— Quien nada aspira decepción no alcanza. 

i — Es acaso uti estigma que le abruma? 

i El recuerdo tal vez de alguna falta? 
■No: que cual yo la frente alguno eleva. 
Ninguno mas allá consigue alzarla. 

Es que lloro la muerte de una madre... 
De una madre, gran Dios! no son palabras 
Las que expresan mi pena dignamente: 
Ni en el lenguage que los hombres hablan 
Se combinan hipérnolcs que logren 
Siquier pálidamente retratarla. 
Esa pena Vt;ií(w:%\iV& «a.wi\\««. 



Lope do Vega, 



Que de mi pecho sin cesar se exhalan: 
La refleja el aliar que en él la elevo. 
Ofrenda de rai amor, casi idolálrica. 
Era tan cariñosa!... con qué ahinco 
En sus hijos fijaba la mirada 
En los momentos, que al calor de vida 
£1 hielo de la muerte reemplazaba; 
En que quizá sus velos descorriera 
El porvenir ante su vista avara. 
Mostrándola el destino do sus hijos. 
Pedazos caros de su tierna entraña! 

Era tan buena!... sin mentir virtudes 
Con cuánto afán se dedico á su práctica! 

Murió: volóse al cielo; que la tierra 
No era para albergarla digna patria... 
Al cielo que su Fé la predecía, 
Bella realización de su Esperanza- 
do puedo proseguir... Musa del llanto: 
Receje mis suspiros en tus alas, 
Y al cielo los trasporta; y los depone 
A manera de férvida plegaria. 
Como nube de incienso que la ofrezco, 
A los pies de una Madre idolatrada, 
Cuyo recuerdo llevo en la memoria. 
Cuya memoria se grabó en mi alma. 

Yiizuf-ebn-Sérab. 



LA FLOR Y EL TALLO. 



APÓLOGO. 

En las aguas del arroyo 
una flor que se miraba^ 
su débil tallo doblaba 
con el peso de su apoyo. 

Como del agua el reflejo 
linda imagen producía, 
siempre la bella quería 
estar mirando al espejo. 

Mas, quejoso el tallo leve 
de un esfuerzo tan contíno, 
lamentando su destino 
esto á decirle se atreve: 

Mirad, la flor mí señora, 
que ya el cansancio me abruma 
y he de quebrantarme en suma 
si m% emplea en toda hora. 



No de tal modo me tuerza 
que me quiebre por el medio, 
sí precisa mi remedio 
no abuse así de mi fuerza. 

La flor por esto ofendida 
la audacia del tallo yenga, 
haciendo que la sostenga 
así por toda su vida. 

Callóse el triste vasallo, 
mas ya su fuerza agotada 
rindióse y murió ahogada 
la flor que abusó del tallo. 

Y se diz que en su agonía 
en vista ya de la muerte 
poniendo ejemplo en su suerte 
este consejo decía: 

((Aquel que dominio ejerza 
no abuse jamás del mando, 
pues todo lo pierde cuando 
abusa asi de la fuerza. 

Ildefonso Enrique Ollero. 



U DAN i DEL MEDALLÓN, 

KOVELA OBIGINAIi, 

POR EMILIO DE LA CERDA. 



CONTINUACIÓN. 

— Es muy sencillo; Julia amaba á este caba- 
llero, 8¡D que 6l sospechara su amor, y él... i \» 
que parece la amaba del mismo modo. Los hoB* 
ores solemos tomar con mas calma estos asan- 
tos; pero las jóvenes soo tan vehementes... V. 
habrá sido joven, y mejor que nadie podrá ¡vaps 
de ello. Es el caso, que la enfermedad que m- 
oaba la existencia de su hija de Y. oo tenia mai 
causa que nua pasión profunda, y reprimida por 
el pudor. So han hablado, se lo han cenfesado 
todo; cómo, no sé; pero lo cierto es qui asi 
debe haber pasado. ¿No es verdad Jalio? 

—Si, en efecto,., una casualidaJ... losúltíooi 
aconlecimieotos... 

— Pues en resumen, sefiora marquesa, Y. so- 
la, puede dar lar vida á su hija... 

—Ah! si de eso depende su salud, me prei- 
to gustosa á cuanto de mi se exija. Ojalá habió- 
sen sido tan de mi agrado los amores de mi hijo. 

Gracias, sefiora, mil gracias; me hace Y. Mil 
con esa concesión, esclamé^ mientras Julia abra- 



Periódico semanal. 



zaba ^ besaba á su madre, llorando de alegría. |Se por segura la noticia de que España empren- 
día una guerra con Marruecos. Tocóme buen es- 
pañol meentusiasmé, j formé el proyecto de mar- 
char á África en calidad de |voluntario. Escribí 
mi resolueion á Julia, y aunque me contestó rogán- 
dome encarecidamente que abandonara mi inten- 
to, no hice caso; pero le escribí prometiéndole 
no esponer mi vida, que solo era su^a; que iba 
únicamente como uno de tantos artistas, y que 
su recuerdo me haría no cometer imprudencias. 

Desde luego me embarqué para Sevilla el día 
17 de Noviembre, y cuando el ^19 pasamos 
frente h Tarifa, pudimos percibir el eco del pri- 
mer combate con que inauguraba el ejército aque- 
lla memorable campaña. 

Llegué á Sevilla, y logré agregarme como 
roluntario al cuerpo á que pertenecía Adol- 
fo Sandoval. 

Nos embarcamos para Marruecos el día 30 
de Noviembre, y al llegar á Ceuta, recibimos 
orden de marchar hacía los reductos de Sierra 
Bullones. 

Ta sabes la historia de esta guerra, en la 
que apenas hubo día sin combate, ni combate 
8¡n victoria. 

Adolfo y yo, estábamos ilesos, después de 
cien reñidas acciones; bien pronto la muerte nos 
debía separar, y esta llegó para mí amigo, el día 
i de Febrero frente á Tetuan^ y cuando casi to- 
cábamos de cerca la reaUzacion de tantas ilu- 
siones, y el término de tantas penalidades, 

Fué aquel un día terrible, sí bien de impe- 
recedera memoria para los bravos españoles que 
presenciaron aquel glorioso triunfo. 

Empezó el asalto á los campamentos marro- 
quíes. La metralla hacía estragos en los enemi- 
gos, que por su parte no se descuidaban. El sue- 
lo estaba cubierto de muertos y de heridos, y 
por todas partes parecía agitar la muerte sus fú- 
nebres alas sobre el ejército. 

Yo siempre cerca de Adolfo, que con una se- 
renidad asombrosa m.indaba su balería^ hacia un 
fuego desesperado; y el tronar de los cañones, 
el estrépito marcial de las músicas, el olor de la 
pólvora, el entusiasmo natural del español, en fin, 
me hacia delirar, y entonces ni vela la muerte 

3ue se cernía sobre mi cabeza, ni me acordaba 
e mis pesares; solo pensaba en mi patria, repre- 
sentada allí por aquel ejército de leones^ aue 
sin cejar un paso, estrechaba sus filas al reae- 
dor del campamento moro^ como una monstruo- 
sa serpiente de fuego. 

Se nos manda avanzar; atravesamos las la- 
gunas al escape, y cuando ya libres de aque- 
llos funestos pantanos, pisábamos el terreno fir- 
me, suena una horrible descarga que diezma hom- 
bies Y caballos. Pasado el piimer momento de 
confusión miro en derredor mío y veo al ^q- 
bre Adolfo tendido e.vi Vx^wk, ^ iw^ ^^shv^xíw^ 



—Pues señor, dijo Adolfo, que hasta entonces 
había estado callado, aqui todos son ya felices 
¿Yo que haré? ¿me volveré á Sevilla á buscar 
á mí fea pintora? ¿me casaré, ó permaneceré en 
mi astado honesto? 

Todos nos hechamos á reír; yo le dije: 

—Hombre^ si, cásate, verás como eres feliz. 

— Si^ tan feliz como va á ser la pobre Julia, 
me dijo al oído. 

—¿Por qué dices eso? 

— Porque lo que haces no es por convicción 
sino por tomar represalias. 

— No, no, te aseguro que ya no amo á Laura. 

—Si es asi, bueno; pero sí algún día tropie- 
zas con ella en tu camino, huyele Adolfo, huye- 
le, porque sé lo que ha de suceder. 

—Y yo te digo lo mismo, dije á Julio. 

— Ah! áti te lo puedo decir. Se cumplirá mi 
venganza. ¿No sabes que aquellos sucesos están 
tan presentes en mi memoria como sí tuvieran 
hoy lugar? 

— ;Pero qué es lo que intentas? 

—Nada sé, nada proyecto, per* sí se presen- 
ta ocasión ¡ay de ella! 

Después de un corto intervalo de silencio con- 
tinuó Julio: 

Ya has oído la relación de mis amores^ aho- 
ra oirás aunque muy por encima, ia historia de 
mi improvisada fortuna;- y cuando te dije que la 
debía á mi buena suerte, me equivoqué; mas bien 
debí decir á una desgraciada casualidad. 



Como aun estaba Julia delicada, se aplazó 
nuestro casamiento para mas adelante. Poco á po- 
co empezó á dar esperanzas de restablecimiento. 
La reacción que obró en ella mí declaración, y 
los sucesos que la siguieron, habían salvado su 
vida. Sus megillas, antes tan pálidas, empezaron 
á colorearse, y desapareció aquella sombra de 
tristeza que antes cubría su semblante, recobran 
do al fin su habitual alegría. A principios de Se- 
tiembre, como ya habia pasado el rigor del ve- 
rano, se pensó en volver á Madrid. Yo quise 
acompañarlas; pero me lo impidió una carta de 
mi padre, en la que me llamaba ásu lado, á cau- 
sa de hallarse gravemente enfermo en Marsella. 
Adolfo volvió a Sevilla; la marquesa y sus hi- 
jas marcharon á Madrid, y yo me embarqué 
para Marsella, donde encontré á mi padre bas- 
tante enfermo, estando á punto de sucumbir. Dos 
meses duró esta enfermedad, y cuando ya estuvo 
en estado de poder fijarse en algo, le participé 
mi proyectado casamiento, lo que no le desa- 
gradó; pero sin hablarle una palabra de mis amo- 
res con Laura. 

Ta á principios de Noviembre empezó á dar- 



Lope de Vega, 



riN DE LA PROfERA PARTÍ. 



(Se etmliAiuri.) 



Corrí hacia él; creí que estaba muerto; pero al cida lejos de su patria. Quise eotonces coo«oer 

desabrocharle el uDiforme para reconocer sus he- si es posible, que un hombre de las ideas qu» 

rid^s, seoti palpitar su corazón. Entonces llamé abrigaba Julio, cuando le vf por última vez, po- 

á unos conductores de camillas, v. colocándole día ser feliz Tomé noticias fidedignas, y como 

en una de ellas, volvimos á pasar las lagunas, y hoy los principales actores de este drama, é no 

al Cn de muchos obstáculos, llegamos á nuestro existen, ó están en parte donde jamás penetra el 

campamento. j ruido del mundo, me he atrevido á continuar la 

la puesto en manos de los físicos, y ha- historia de Julio, siempre bajo nombres supuestos, 

biendo estos reconocido sus heridas, pregunté é introduciendo de mi propia cosecha algunas es- 

á uno de ellos: cenas novelescas. En esta segunda parte podrá 

—¿Son de gravedad, doctor? ¡ convencerse el lector, como yo me he conven- 

— rTo tiene una horade vida, me contentó: las cido, de que á despecho de' los que niegan la 

balas han penetrado en la cavidad, y no tar- yirtud sobre la tierra, ésta existe alli donde tal 

dará en producirse un derrame interior que le vez creemos encontrar tan solo fango y corrop- 

matará instantáneamente. ! c'on; y que no es la desmedida ambición (que por 

Poco después, abrió Adolfo los ojos, y vién- desgracia va apoderándose cada día mas de loi 

dome á so lado, me tendió la mano y me dijo ánimos de la juventud) la que puede conducir 

sonriendo á pesir de su estado: ; á una completa felicidad. 

— Adios^ amigo, esto acabó, me voy al otro .. ' 
mundo... 

—No pienses en eso« querido Adolfo^ tus he • 
ridas no son graves, y el doctor te curará bi3n... 
— Ta, ya, no son graves, y siento que la 
respiración se me vá por ellas. . bien sé que es-¡ 
ta es señal de muerte... No confies, pues, en 
un imposible... me siento morir por momentos .. 
pero antes, quiero dictarte mi última voluntad... 
trae recado de escribir. 

Obedecí por no impacientarle, y yo mismo 

escribí su testamento en el que me dejaba ñor 

único heredero de sus bienes á falta de familia. 

Pasemos por alto la relación de sus últimos 

momentos que no puedo recordar sin dolor. 

Después que espiró, volé otra vez al comba- 
te^ y te aseguro que para vengarle hice atro- 
cidades; hasta que al fin me llegó la vez, y cai 
herido de un balazo én el costado derecho, de 
cuyas resultas estuve de mucho peligro en Cádiz, 
á donde me llevaron con otros heridos. 

Cuando á los dos meses pude ya trasladarme á 
Sevilla, emprendí las primeras diligencias para to-[ 
mar posesión de mi herencia, y una vez arreglado 
todo, aquí me tienes bien diferente de como salí 
de Málaga; rico, futuro esposo de uua muger 
que me adora y á quien sin embargo no amo; 
con una cicatriz en el costado y otra mal cer- 
rada en el corazón; á U primera le debo una 
Cruz de San Fernando; á la otra, riquezas y 
posición. Esto es lo que se llama medrar; ¿eh, 
querido? 

—Si, aunque sea á costa del pellejo y de la 
pérdida de todas las ilusiones. 

—/Ilusiones! ya ves lo que be adelantado con 
las ilusiones; primero mucho Amor y después 
Un desengaHo, 

No he vuelto á ver á Julio. Después de al- 

Sun tiempo y aun preocupado con el recuerdo 
e dgriplla eslrafia historia, supe su muerte acae- 



Pim... pam... ojense los tiros 
de dos diestros cazadores» 
y un lijero conejillo 
por entre las plantas corre, 
y asi que libre se vé 
de alcanzar las municiones, 
se para, y esclama asi 
entre angustias y dolores: 
«Conejillo desgraciado, 
}Como es que Dios no te acoje 
viéndote tan perseguido 
por la maldad de los hombres? 
Siempre detrás de nosotros! 
Ah, pérfidos y traidores! 
¿No sentis remordimientos! 
¿La conciencia no os corroe? 
¿Vuestros corazones duros 
la voz del llanto no oyen? 
Dame protección. Dios mió, 
no permitas que este pobre 
muera por dar un placer 
á quien tu ley desconoce.» 
Asi espresó el conejillo 
sus bien fundadas razones, 
mas temiendo que vinieran 
sus duros perseguidores, 
con la prontitud del rayo 
á la madriguera corre... 



Feriódioo semanal. 



4m... pam... de nuevo le tiran 
3s airados cazadores, 
las nuevamente en el aire 
8 esparcen los perdigones, 
ue él pidió socorro á Dios, 
Dios ¿á quién no socorred 

Josi C. Bruna. 



TXJ nS^IRADA.. 



UNA LIMOSNA POR D IOS. 



e dos faces tu mirada pura 
mas aumentan su mirar altivo, 
si en el mundo por ventura vivo 
orque forman ellas mi ventura, 
ido con luz de tu mirada hiere? 
obre corazón enamorado, 
ido estoy á tu lado 

plácida armenia 
slirio y pasión con que me quieres 
lecho me confia, 
as puro placer de los placeres 
irculando por el alma mia. 
írreseme un velo 
nsueños seductores, 
?o el aura que con dulce anhelo 
Ide la muger en su amores, 
si tu mirada 
ilical, serena, 

elo elevas de amargura llena, 
echando quizás no eres amada, 
nces yo quisiera 
cual abierto libro 
3razon tu corazón leyera, 
que el alma con verdad creyera 
terna fé que te jurara un dia. 

Pahlo Cantó Atienza. 



lEDENCION POR AMOB. 



I crespón encapotaba el cielo 

do por la vivida centella: 

ó la mano Dios; rasgóse el veló . 

campos de zafir, brilló una estrella. 

ntre dudas, y mortal recelo 

)lto tuve el corazón; mas EUa 

jando mí espíritu del lodo 

isefló á no dudar... Hoy creo en todo. 

Emilio de la Cerda. 



Muy hermoso debe ser 
el mirar la creación 
desprenderse del ropage 
que la noche le vistió; 
hermoso aspecto presenta 
el nacimiento del sol, 
por las aves celebrado 
con trino acariciador... 
pero es mas hermoso, dar 
una limosna por Dios. 

Pura es la brisa, que vierte 
en las flores que meció 
una esencia, que es esencia 
de la esencia del amor; 
puro es también el imperio 
de esta sublime pasión, 
vivificante rocío 
del árbol del corazón... 
pero aun es mas puro, dar 
una limosna por Dios. 

Dulce es secar de una madre 
el llanto desgarrador 
que se escapa de su ojos 
por el hijo que perdió; 
dulce es del padre el aspecto 
al darle su bendición, 
como es dulce la esperanza 
cuando el martirio pasó... 
pero aun es mas dulce, dar 
una limosna por Dios. 

A. Carrion. 



MISCELÁNEA. 



I 



Cierto poUoy tonto como él solo, concurría 
con suma asiduidad á la casa de una señori- 
ta, cuya madre, temerosa de que la vecin- 
dad murmurara, se resolvió^ por fin, á in- 
terpelar al joven: — Señor raio, es preciso que 
con toda claridad me diga Y. si viene á mi 
casa para casarse con mi hija, ó con otro ob- 
jeto.— Con otro objeto, contestó candidamen- 
te el pollo. 



Lope de Vega, periódioo semanal. 



Cuando me casé (decia un pobre diablo á 
un su amigo) era tanto lo que amaba á mi 
muger que, mira, creo que me la hubiera 
comido viva... 

— ¿Y ahora? le preguntó el otro con toda 
sorna.) 

— ¿Ahora?... Siento en el alma no .haber- 
lo hecho. 

Cierto avaro habitaba en Dunkerque (Fran- 
cia) una casa muy poco segura. Puesto en la 
horrible alternativa de verse robado el me- 
jor dia, ó de gastar en la manutención de un 
perro de guarda, se decidió a aprender á la- 
drar, y lo consiguió en términos de quitar 
todo mal pensamiento á los ladrones. 

Mas ¡oh dolor! álos quince dias se encuen- 
tra con una papeleta que le citaba á pagar 
diez francos de contribución por su perro de 
guarda!! 

¡He visto el diablo! ¡he visto el diablo! 
gritaba un hombre asustado y huyendo. — 
¡Cómo! ¿habéis visto el diablo?— Si. señor, 
en figura de borrico... — ¡Bah! eso es que os 
ha hecho miedo vuestra propia sombra. 



¿Qué £8 EL BESO? 

En la mejilla es bondad^ 
En los ojos ilusión. 
En la frente majestad, 
Y entre los labios pasión. 



Epigramas. 

Después que en mesa redonda 
Comió la vieja Cifuentes, 
Trajo un mozo de la fonda 
Palillos para los dientes. 

Pasada mas de una hora. 
Dijo el mozo con finura: 
jY usted qué aguarda, señora? 
— Que traigas la dentadura. 



Aunque al espejo se miran 
Las mugeres ccn frecuencia. 
En el vidrio nunca ven 
Que es de vidrio su belleza. 



Cantar. 

Yo sembré una mirada. 

Nació un deseo. 
Floreció una esperanza^ 

Cojl un afecto. 

Feliz quien siembra, 
Si al fin de sus trabajos 

Tiene cosecha! 



Charadas. 

Prima y segunda se halla 
desde luego en toda fuente, 
j la prima y la tercera 
muestra que la edad nos vence: 
mi primera con mi cuarta 
de la cocina es un mueble: 
mi cuarta con mi tercera 
forman el globo terrestre, 
y mi todo suena tanto 
que asustar al débil puede. 

F. B 

Blanca como la leche 

es mi primera, 
no te la arrimes mucho 

que mancha y quema. 

Letra es segunda 
que aunque dos la componen 

solo suena una. 
Tercera me emborracha 

como una sopa, 
en bebiendo tan solo 

un par de copas: 

entonces canto, 
y en la nota mas alta 

mi todo hago. 



SoJacíoD á la Charada del aomero anterior. 

Deberá ser FUNDADORA 
el todo de la Charada, 
del mismo modo que es 
vuestra afectísima — Laura. 



DUIECTOR T EDITOR RESPONSABLE, 



Imprenta de Coii/an.— Comedías 11 



AÑO I. 



DOMINGO 6 DE SETIEMBRE DE 1863. 



NÚM. 23. 



«B 



LOPE DE VEGA, 

PERIÓDICO SE!UÜkNAL DEDICADO A LA SOCIEDAD QUE LLEVA ESTE NOMBRE. 



Ven^ compañera^ á mí lado-, 
Ven, compañera del alma^ 

Y añade un suspiro tuyo 
Al suspiro que te llama^ 

Ya que^ «aunque marchitas^ somos 
Dos hojas en una palma^ 
Dos latidos en un pecho^ 
Dos ojos en una lágrima. 
Ven, compañera, á mi lado-, 
Ven, compañera del alma. 
Ya que han de llorar los unos 
Lo que otros rien y cantan, 
En nuestra inquietud busquemos 
De nuestra inquietud la calma. 
Como dos aves desnudas 
Que anidan en una rama, 

Y juntan pico con pico, 

Y juntan ala con ala 

Y con su frió se abrigan 

Y con su queja se amparan. 
Ven, compañera, á mi lado. 
Ven, compañera del alma 

Y deja que el mundo corra 
Como los espectros vagan-, 

Y deja que ignore el mundo 
Lo que mi desden le calla. 

Ya que aunque marchitas, somos 
Dos hiedras en una palma. 
Dos latidos en un pecho. 
Dos ojos en una lágrima. 



1850. 



Roque Barcia. 



EL AROMA DE LAS FLORES. 



De un jardín por la enramada 
solitaria y misteriosa, 
asidas las blancas manos, 
iban dos niñas hermosas. 



alegre y viva la una, 

triste y pausada la otra. 

Cantando á la niña alegre 

vá la niña melancólica 

de rejas y serenatas 

no sé que reciente historia-, 

porque la palabra amor 

brotó de su dulce boca. 

Sorprendida la inocente, 

que es amor, dijo curiosa. 

hsto repuso mostrándole 

la triste dos blancas rosas 

que al blando impulso del céfiro 

confundían sus aromas. 

Luis de Eguilaz. 



IDESOOlSrSTJELO. 



De vuestra fé á mi amargura, 
medía un abismo, señora: 
vos sois feliz entre luces 
yo desgraciado entre sombras. 
Mirad porqué aun siendo niño 
yn la aridez me incomoda 
de un pensamiento brotado 
en mí intranquila memoria, 
allá en la ignorada noche 
de mis desventuras todas. 
Decís que amor es la vida 
de los que en tristes congojas, 
placeres miran perdidos 
y ven esperanzas rotas-, 
entonces, al que en amores 
fijó su ilusión y ahora 
vé su ilusión inocente 
errante, olvidada v sola 
^qué le resta ya en el mundo 
para calmar su zozobra?... 
La soledad de una idea, 
la adoración de uu^^^xi^^^* 



Lope de Vega, 



Nave errante soy condesa 
después de tormenta ronca, 
que en mares sin horizontes 
vuela á merced de las olas: 
ni una ambición me fatiga 
ni una verdad me incomoda-, 
y vive Dios q-ue es muv triste 
que apenas luzca la aurora 
de mi juventud, camine 
por sendas rudas y toscas, 
sin las caricias de un ángel 
sin el amor de una hermosa. 
Por eso, guardad el álbum 
donde con galanas formas 
vuestras virtudes cantaron 
Jos que virtudes pregonan, 
guardadlo, no sea que acaso 
todo el veneno que brota 
del corazón, salga imbécil 
para ampararse en sus hojas. 

Manuel Bando y Barzo. 



Ll DAMA DEL MEDALLÓN, 

NOVELA. ORIGINAL, 

POR EMILIO DE LA CERDA. 



FATALIDAD. 

CAPITULO I. 

PEINCIPIOS DE VENGANZA. 

En el saloa principal del café sui/o de Ma- 
drid, so hiilabui reunidos ai rededDr de una me- 
sa, en !a t^rde en que dá [iríucipio esta histo- 
ria, seis jóvenes. 

Por i.i narración de sus aventuras, que cada 
cual contibt en medio de lis risas estrepito- 
sas de los de.iias, y pjr su modo de hablar ato- 
londrado y sin í.iut, so conocía debian Tomar par- 
le (le la nata v (lor de lo* calaveri»s madrilei^os 
Allí se coaienliha y se raetitia sin tenor deDi>s 
ni del pró,í; in ), y el que menos, se creia un 
nuevo l'anbia^, acaricinlo jior princesas y du- 
qUvísa-í, .m i(j I • v-iis nopi*ías*in de ser en reali lad 
ütri os I (] h» \i\¿ i'ia elegante modistilla, de esas 

3 te á m Hit ¡o Ui^ paramas 5 contemplar detrás 
elescapiralc de una tii'nd i de modas, y que 
^JJa^ co BU UnVáú^ elevaban á los mas encum- 



brados rangos de la sociedad. 

De los seis jóvenes, habia uno que perma- 
necía en un obstinado s'lencio, y solo de vez 
en cuando entreabría sus labios una ligera son- 
risa al escuchar las exageraciones y disputas de 
sus compañeros; sonrisa que al punto era reep- 
plazada por cierta espresioo melancólica, queseo- 
taba perfectamente á su pálido semblante. 

Uno de los calaveras, que era casi un niño, 
pues apenas sombreaba sus labios el primer bo- 
zo de la juventud, y que no obstanto su po- 
ca edad, hacia ya gala de hombre gastado, decia 
á los olres en tono enfático y coa aire despre* 
ciativo 

— Sefiores; concedo que se hig^n esas lo- 
curas á cierta edad en ((ue todo está permiti- 
do porque todo lo disculpa el ¿frdor juvenil; pe- 
ro que haya hombres como este pobre León, que 
se dt'jen subyugar por una muger, hasta el punto 
de estar cosidos á ella, porque ella lo manda 
como perritos falderos; que abandonen ásus ami- 
gos, que se alimenten de amor en vez de pro- 
curarse otro alnuento mas sustancioso en casa 
de Lard.^ ó en los anialuce^ en compañía de un par 
de buenos bebedore<; es cosa, señores, que do 
comprendo. E<ta posición, en que voluntariamen- 
te se ha colocado nuestro amigo, es la mas rí- 
(iic.ula en que puede hallarse un hombre. En 
. fin, vean ustedes que cosa tan díverlída: si por 
la tarde nos hallamos reunidos en el Prado, f 
vé que su reloj (que continuamente consulta) mar- 
ca las siete, sale como alma que lleva el diablo, y 
vá ¿á donde? en casa de su duquesa, como él U 
llama, ó lo que sea, donde le espera ya una can 
ele Cuaresma porque ha llegado un cuarto de 
hora después de lo que ella le tiene señalado, 
y... bih.' bahl cuandj te acabarás de conven- 
cer, (|uerido LeoR, de que el andarse en mi- 
mos con las señoras mu^eres^ es criar cuervos 
que noÑ saquen los ojos!!! 

—Emilio... si no f aeras un chiquillo, contestó 
Leon^ te espliciria los motivos que me obligan 
á obrar \\A\ pero como tú no sabes lo que es 
una pasión, ni lo que esta obliga á hacer... 

— Brabo! brabo!... esclamaron todos riendo; 
eres qu^^rido León, el único para galán joven 
del teatro tle Variedades. 

— ¡Pero no sabéis, dijo uno de los jóvenes, 
I que León es poeta, y pjeta romántico, y qoe 

sülo vive de üusones.' 

— PuedPíí burlarte tú. intrépido Federico, &- 
jo León No has estado haciendo poco el trova- 
<lor con esa señora á la modo, con esa Damidel 
Meilai.'on (|ue os trae á todos con la imagiu* 
cion trastornada 

—Ai menos, senti^nental amigo mlo« el ira- 

' tar de conquistar el amor de esa bella ía^ 
nita, tiene su mérito; al Gn como tu has dieM 

' ifiuy bien, es una novedad en Madrid, y por !• 



kf 



Periódico Bemanal. 



mismo que hay machos que aspiran á su amor, res comparar á una muger que parece un ángel 
el que se Heve la palma. . bajado ael cielo, con una... Vaya, esoesatros, 

—Si, pues ya ves lo que has adelantado. Ni no hay virtud segura con vosotros, 
una mirada siquiera; y cuando te has atrevido' Levantóse Federico de su asiento, y se fué 
á llegar á su palco en el teatro, has dado de hacia la puerta del café, con inequívocas mués- 
narices con el avinagrado rostro de ese feroz la- tras de mal humor. 

cayo, que la guarda como un eunuco, el cual' —A propósito de la Traviata, dijo Emilio, me 
te ha mvitido muy cortesmeote á retirarte. ha acordado (jue mañana se ejecuta en el Teatro 
Esto creo que és algo mas ridículo. ! de Oriente» si quieres ver alli á la Dama del Me- 

—.¿Y se podrá saber, dijo el joven que ha- dallon.... 
bia permanecido callado hasta entonces; se po- ' —Si, es verdad, mañana es jueves y je toca ir 
drá saber qaien es esa señora que tanto llama á ese Teatro, dijo otro, 
vuestra atención? I — ¿Pues qué, va turnando cada dia en uno? 

—Quien es ella, dijo Federico, nadie lo sa-' —Si; los lúoes á Variedades, los] martes á la 
be. Unos creen haberla visto en otro tiempo; Zarzuela, los... 

pero no recuerdan en que época ni dónde; otros . —Caballeros, gritó Federico desde la puer- 
opinan que debe ser alguna aventurera; ó la que- ta; en nombrando al ruin de Roma... 
rida de algún príncipe ruso, á quien molesta la —¿Qué hay? jqué hay? dijeron todos levan- 
gola, y no puede acompañarla; en fin, todas no tándose y corriendo hacia la puerta, 
pasan ae ser hipótesis mas ó menos fundadas; pe- -*Que le Dama viene hacia abajo ensucarrua- 
ro lo cierto es, que hace dossemnnas apareció je ¡Y qué tiro de caballos trae! .. 
en Madrid, y desde luego hizo furor, tanto por > Todos se agolparon á la entrada, 
su hermosura, como por el boito con que se Entretanto, uu hombre vestido con el traje 
presenta. Ni se sabe si es soltera^ si casada ó de obrero,, que habia permanecido sentado, y 
si viuda; por lo regular va acompañada de una vuelto do espaldar á los jóvenes durante su 
vieja, muy ridicula por cierto, y otras veces sin conversación, se levantó también al Jevantarse 
ella; pero nunca sola, sino con sus lacayos (por ellos, y fué á colocarse á corta distancia, cu- 
que es de advertir que jamás se la vé á pié) de briéndose, parte del rostro con un pañuelo, 
los cuales, uno de olios, que es al que León ; Los seis jóvenes se apiñaban unos sobre otros 
hace referencia, tiene el aspecto mas endiablado para ver pasar á la Dama, que graciosamente 
que te puedes imaginar. reclinada en.su carretela, tirada por magnifícos 

—¿Y por qué la llaman La Dama del Meda- caballos negros, atraia las miradas de los tran- 
LLON? I seuntes; y debia ser una notabilidad en bermo- 

— Ah.' esa es otra originalidad suya Figura- ' su ra, cuando tanto llamaba la atención en una 
te, que á despecho de Ta moda, lleva siempre, capital donde abundan las mugeres hermosas, 
ya sea en paseo, en los teatros, en todas par- i —¡Q^^ muger, qué muger tan divinal escla- 
• tes, un pequeño medallón de oro, esmaltado maban á coro los cinco jóvenes. 

Ir guarnecido de brillantes, pendiente del cue- ; —¿Pero, quien es? jdónde está? preguntaba 
lo por medio, unas veces de una cadenita de el joven melancólico. 

oro, y otras de una sarta de perlas, y á mnne- ; —Esa señora que viene en*la carretela délos 
ra de collar. Este medallón misterioso, trae lie- caballos negros. ¿La ves ahora? alli, por en- 
009 de curiosidad á hombres y mugeres... frente... 

—Hasta tal punto, esclamó uno de los jóve- i — Ah/ Dios mió, es eílaí .. murmuró el joven 
nes, que hoy cierta señora á quien obsequio, me conteniendo los latidos do su corazón, 
ha puesto por condición para admitirme, el que ; —¿Qué tal?... parece que te ha. impresiona- 
averigUe su contenido! . do la Dama á pesar de estar, como dices, tan 

— 1 esta es la razón, continuó Federico, por enamorado de tu futura esposa, con quien debes 
la aue, ignorándose cómo se llama la incógnita casarte dentro de quince dias; dijo Federico, 
beldad, la han bautizado con el novelesco ti- < —No... no... seguramente es una mugermuy 
lulo de'LA Dama del Medallón bella, pero... 

— ¡Pues! .. dijo otro de los jóvenes que la he- . —¿Pero, qué? 
chaba de patriota; somos tan necios en este pais, ; —Que be visto otras mas hermosas. 
que no sabemos que hicer por parecemos á los. -Concedo que las habrá; pero loque en ella 
extranjeros. Nos faltaba una Dama de las Ca- cautiva mas que todo, es esa especio de miste- 
melias, y era indispensable tener una Dama de rio de que tan bien sabe rojjearso y que tanto 
algo; ahora falta que la imitación sea completa, prestigio le dá. 

y que la tan decantada Dama sea una segunda ; — ¡Misterio bien fácil de romper.' esclamó el 
Margarita, una Traviata .. joven, con voz opaca. 

—Calla, hombre, calla, csclamó Federico; quie- • —¡Cómo! serias la c»^^^•L ^^ %^'«. ^^^ 



^"v 



Lope de Vega, 



una muger á la que parece se traca la tierra 
sin que se sepa ni dónde vive, ni de dónde ha 
salido, y siempre rodeada de una falange de 
criados, mudos co.nD unos postes, y graves como 
musulmanes? 

—No solamente seria capaz de eso, sino de po- 
seer el medallón que tanto pica vuestra curio- 
sidad. 

—Pero eso solo podrías conseguirlo inspirán- 
dole amor y exigiéndole la joya como una prue- 
ba de carinó; y es tan difícil!... 

—No sé como lo baria; pero si queréis ver- 
lo, os prometo que en el término de quince dias 
he de conseguir ese medallón el cual habéis de ver 
entre los diges de mi reloj. 

(Se ooBÜBuará.) 



En el álbum de la Srta. D.' P. G. 



Si es un libro el corazón 
que guarda en sus hojas fiel 
para dicha ó aflicción 
ya el desengaño cruel 
ya la risueña ilusión^ 

plegué á Dios^ niña adorada^ 
que en el libro de tu vida 
nunca encuentre tu mirada 
ni una ilusión marchitada 
ni una esperanza perdida. 

M.,del Palacio. 



Una niña hechicera 

lanzó un suspiro. 
¿Por quien ayes exhalas? 

No í¿, me dijo. 

¡Pobre la niña 
que amor siente y no sabe 



por quien suspira 



I 



Por un ameno valle, 

flores cogiendo 
vá una preciosa niña 

con un mancebo. 

El cojió un ramo: 
ella una flor llamada 

del Desengaño. 



¿Oís, oís el lúgubre quejido 
De miles edificios, que chocando 
Unos con otros, vanse desplomando? 
¿Veis las nubes de polvo? ¿El alarido 

De la ciudad oísteis, que gritando 
Ya en busca de los ^ijos que ha perdido? 
¿No ha de ablandarse el mas empedernido 
Corazón del impío? ¿Que nefando 

Pecado cometió? ¿Es que en la fila 
Ingresó de la secta de Lulero? 
No. Que es pueblo católico Manila. 

Es que dijo el Eterno «ahora quiero 
Mostraros mi poder.» Y no aniquila 
Sino que dá un aviso al mundo entero. 

Simón Bocanegra. 



LA ROSA CONSEJERA. 



Santiago Casilari. 



IMPROVISACIÓN. 



Cuando era niño> jugaba 
en un hermoso jardín: 
flores mil en él hallaba 
y una de ellas yo cojí. 

Era un capullo, una rosa 
cuyo perfume aspiraba 
una linda mariposa 
que á su al rededor volaba. 

Temí robara ambicioso 
de su fragancia el tesoro 
y la guardó cuidadoso 
como un avaro su oro. 

Mas al otro dia, ufano 
al ir á admirar la rosa, 
al colocarla en la mano 
se me deshojó la hermosa. 

Y en medio de su agonfa 
con dulce y sensible voz 
estas palabras decia 
que grabó en mi corazón: 



Periódico semanal. 



— ¿Porqué, niño, tu inocencia 
de mi lecho me arrancó 
7 me dejó á la inclemencia 
del tiempo que me mató? 

— ¿Porqué tu loca ambición 
hizo que mi amor perdiera, 
y que con tanta aflicción 
sin verlo tan pronto muera? 

— ¿Porqué en vez de asesinarme 
tu prudencia me regó, 
y porqué en vez de encerrarme 
tu cariño rae cuidó? 

— Presente en tu vida ten 
como tan joven y pura 
muero, llegando á perder 
de mi vida la ventura. 

— Yo te perdono mí muerte: 
no abrigues remordimiento: 
mas cuando en el mundo entres 
recuerda mi sufrimiento. 

Y vence en él tus pasiones: 
conserva limpia tu alma 
no sintiendo los dolores 
de aquel que pierde la calma. 

Peligros mil halla el hombre 
de su vida en^la carrera: 
de ellos nunca tú te asombres: 
te separa una barrera. 

Barrera que pura y grande 
á todos Dios concedió; 
llévala siempre delante, 
ella es, sí, la Reflexión. 



A su voz estaba atento 
cuando la sensible flor 
dio un prolongado lamento 
y la pobre, así espiró. 

• 

Pasaron algunos años 
des que la rosa así^habló; 
su interés lo creí yo engaño 
y deseché su razón. 
Y siguiendo otro camino 
del que la flor me trazó 
sin ilusión y perdido 
sp encontró mi* corazón. 



Para que nuestrasjamables lectoras 
aprendan á querer publicamos el siguiente 
articulo que nosJiremite una apasionada 
señorita. 



Madrid. 



/. /. Jimenes. 



Mi anMo para ni y yo pv a él. 

G. M LOS'G. 

Xmor, espíritu abrasador que circula^por 
Viis venas, quémame ahora con tu mas in- 
tenso fuego, para quQ el resplandor de la ho- 
güera que arde en mi pecho ilumine con 
viveza mi roente^ y el labio mió hable asi 
con dulzura. 

Voy á cantar al amado de mí alma. 

¿No conocéis á mi amado? Es hermoso 
como el primer suefio de amor que agita dul- 
cemente el corazón. 

En su rostro brillan todos los encantos de 
la belleza cuando toma la forma de hombre. 

Su espaciosa y despejada frente revela la 
elevación de sus ideas. 

Sus. ojos, grandes y negros como deben 
ser los pesares de la amante abandonada, 
fascinan como los del Boa. Guando su mira- 
da toca á la mía, mí corazón late con violen- 
cia, y recorre mis venas el fuego de un 
volcan. 

Sus labios ¡ah! sus labios destilan miel pa- 
ra mi oído; que así son gratas sus palabras. 

Y todas las demás partes de su rostro, her^ 
moseado por el color propio de los hijos de 
Andalucía, se armonizan maravillosamente 
con éstas. 

¡Oh amado mío, que hermoso eres, y cuan- 
to te ama mí alma! 

Mí corazón se agita dulcemente cuando 
mis labios te nombran; mi alma se estre- 
mece de placer cuando mis ojos ven á su 
amado, y todo mi ser se conmueve cuan- 
do tu regalada voz llega á mi oído. 

¡Oh amado mío, cuanto te amo! 

Tu eres la vida de mi vida; sí tu amor 
me dejase también me dejaría la vida, por- 
que el lugar de mí alma lo ha ocupado tu 
amor. 

Envidiadme vosotras las que no sois ama- 
das, porque mi alma ha encontrado á su 
hermana. 

Y yo soy la amada de su cq^^ij^^^ 



Lope de Vega, 



Guando la noche me devuelve á mí ama- 
do, él corre, llega á mi reja y esclama: 
«Amada mia, abre, que vengo a beber en 
tus ojos la vida que con tu ausencia he per- 
dido.» 

Y yo, estremecida de placer, abro; y en- 
tonces él dice: «Yo te amo.» 

Y en estas palabras me envia su alma, con 
la cual se confunde la mia desfallecida de 
amor. 

«¡Hermosa mia! medico la voz de mí ama- 
do, tú eres la flor, cuyo delicioso perfume me 
embriaga; la dulzura de tu voz sobrepuja á 
las melodías del laúd que en la noche pulsa 
esperta mano, y la mirada de tus ojos es 
dulce como el rayo de la luna, y fuerte co- 
mo el del sol. 

Ámame, hermosa mia, ámame, porque tu 
amor es mi gloria. 

Ámame, hermosa mia, ámame, porgue sin 
tu amor me seria odiosa la vida, si vivir 
pudiera.» 

Asi dice mi amado, y yo veo en sus ojos 
amor, y amor en sus palabras, y mí alma se 
embriaga de amor. 

Envidiadme vosotras las que sois amadas, 
porque no podéis serlo como yo lo soy. 

&e es mi amado, mas que el perfume de 
la azucena lo es por el aura que la besa. 

Y yo soy su amada, asi como la abeja ama 
la flor cuya dulzura bebe con delicia. 

Noche, tiende tus sombras y devuélveme 
al amado de mi alma, porque desfallezco de 
amor. 

Noemú 



AL QUE NO AMA. 



La nrager t 1m flWM 
■oa pareeidtf , 
BodiA gala á loi ejot 
y al lieto aipinai. 



Si es que tívíf deseas 
libre y tranquilo^ 
no tengas nunca amores 
ó estás perdido; 
pues son manjares 
que el mismo diablo guisa 
/>ara tentarte. 



Es la inuger cual pompa 
de jabón hecha, 
muy vistosa en colores 
mas de aire llena; 
y al menor soplo 
se deshace, y en chispas 
cae sobre el polvo. 

La muger y la alondra 
corren parejas, 
el brillo las seduce, 
por él se entregan. 
'Que esperar quieres 
de un ser á quien deslumhran 
los oropeles! 

Suspiritos suayes^ 
tiernas caricias, 
palabritas tan dulces 
como el almíbar; 
finas saetas, 
que la muger te clava 
sin que las sientas. 

Y cuando ya tu pecho 
mires herido, 
y la flecha arrancarte 
quieras, amigo, 
te harás mas daSo, 
pue» flecha que penetra 
sale rasgando. 

No tan intolerante 
soy que no crea 
que entre tantas mugeres 
alguna hay buena; 
mas de esa una, 
¡quién puede responderte! 
¡quién la asegura! 

Lo mejor de los dados 
es no jugarlos, 
y quien á amores juega 
juega á los dados. 
Ay! de aquel pobre, 
que á una falsa jugada 
su dicha espone. 

Mas... yo te doy consejos 
sin acordarme 
de un refrán castellano 
que mucho vale: 
Decir no puedes 
aue del agua que miras 
beber no debes. 

Emilio de la Cerda ^ 



Periódico semanal. 



A LAS QUE AMAN. 



Ifiia, palabra! doleat 
M le Mdue^ii 

CM ea el Dioeioaario 
I hay deaxoeur; 
préadaU de beohoe 
paei ea el Dieeloaarie 
BO M kallaa esos. 



Nifias^ que con el alma 
estáis amando, 
tened con vuestros novios 
mucho cuidado... 
porque los hombres 
son cual las mariposas 
para las flores. 

Y estas, así que liban 
el puro néctar 

que brota de las hojas 
de la pureza, 
su vuelo tienden 
mientras la pobre planta 
llorando muere. 

Y al aspirar volubles 
la tierna esencia 

de otra flor, escarnecen 
la flor primera-, 
y hasta se burlan 
del rocío que riega 
su desventura. 

Así los hombres, vuelan 
de rama en rama, 
llevándose pedazos 
de vuestras almas^ 
y con su vuelo 
vuelan las ilusiones 
de vuestros pechos. 

¡Pobres niñas, que viven 
de la esperanza, 
y la esperanza es aire 
que con sus alas 
contagia el hombre 
contagiando de paso 
sus corazones! 

¡Pobres copos de nieve 
que en la pradera 
ostentáis la blancura 
de la inocencia; 
pronto los rayos 
del sol. vendrán ardientes 
á disiparos! 



Y veréis como esos 
rizados copos, 

muy pronto se transfbrman 
en turbio arroyo, 
que vá rodando 
á perderse en los mares 
del desengaño. 

Así los hombres logran 
con sus palabras 
derretir las virtudes 
de vuestras almas; 
dejando solo, 
cenizas de un recuerflo, 
llanto en los ojos. 

Pues la niña que pierde 
sus ilusiones, 
es sol que no calienta; 
prado sin flores; 
hija sin madre; 
arbolito que arrastran 
los huracanes. 

Huracán es el hombre 
en este suelo: 
troncha una flor; las hojas 
arroja al viento; 
y le divierte 
el gemid9 4^® lanza 
la flor que muere. 

Acallar quieren luego 
á sus conciencias, 
diciendo que del mundo 
sois hs veletas; 
pero les falta 
saber, que ellos en cambio 
son las campanas- 

Campanas cuyaljjengnas 
tocan á muerto; ^ 
campanas ¡ay! fundidas 
en el infierno, 
que solo doblan 
publicando la muerte 
de alguna honra. 

Niñas, que con ternura 
estáis amando, 
tened con vuestros novios 
mucho cuidado... 
aunque se hallan 
que no son Mariposas 
Sol ni Campanas, 






¥^- 



4 



*.. 



Lope de Vega, peiiódioo semanal. 



MISCELÁNEA. 



i fc..j« 



íiope de Vega. 

Ya vuelve á reinar én esta Sociedad 
la auimacion que, como era natural, en 
los meses de verano había desaparecido. 

En el local se están verificando algu- 
nas mejoras para la próxima sesión, que 
tendrá lugar en el presente mes. 

Y la sección dramática estudia la Co- 
media en tres actos. Dios sobre todo, la 
cual desempeñarán las simpáticas j dis- 
tinguidas aficionadas á la declamación 
Srtas. D.* Lucrecia Zamora y D.* Esta- 
nislaa Box. 

Deflnioion del besa. 

. De la cuna á el ataúd 
va siendo el beso á su vez: 
esperanza en la niñez, 
amor en la juventud 
y recuerdo^ en la vejez. 



Epitafio. 

Yace aquf Blas, y se alegra. 
Por no vivir con su suegra. 



Epigramas. 

Pregúntale á un sordo Aurora - 
con cierto interés y ahinco: 
¿Está buena tu señora? 
y él no oyendo mas que el -ora 
dijo muy s^o: las cinco. 

De hacer mil visitas harto 
un médico se acostó 
y no bien se desnudó • 

le llamaron para un parto. 
Abrió el doctor la ventana 
y dijo con mucho empeño: 
«diga usted que tengo sueño, 
que lo deje hasta mañana.» 



Charadas. 

He visto á muchas personas 
con mi prima y mi tercera 
en un juego permitido 



perder las horas enteras. 
Segunda y tercia es un dios 
que muchísimos adoran 
y de su adoración, salen 
infinitas trapisondas. 
La segunda y la primera 
prenda es que suelen usar 
los que vivir ambicionan 
con toda comodidad. 
Y la tercera con prima 
allá en los tiempos antig'üos 
á los guerreros libraba 
de muchísimos peligros. 
El todo gasta en España 
aquel que tiene dinero, 
lo que igualmente sucede 
en todo el mundo. — 

TB O. 

Mi primeí-a es titulo 
por cierto afamado 
que á los moros hizo 
mucho, mucho estrago. 
La segunda aprende 
quien toca el piano: 
es nota, y la saben 
hasta los muchachos. 
Con tercia vo estuve 
desde pies a manos, 
¿diré el porque fué? 
mejor es callarlo. 
Es mi todo nombre 
de muger, y raro: 
fué mi pasatiempo 
muy cerca de un año. 

Bl Chigua». 



á las Charadas del Domer» astefÑr* 

Sin duda alguna serán 
CAÑONAZO y CALDERÓN 
las dos charadas que trae 
el número veinte y dos. 

/. A. 



DIRECTOR T BMTOR RESPONSABLE, 



Intenta de CoM^n.— Comedias 11 



ASO I. DOMINGO 13 DE SETIEMBRE DE 1863. 



NÚM. 24. 



LOPE DE VEGA, 

PERIÓDICO SEMANAL DEDICADO A LA SOCIEDAD QUE LLEVA ESTE NOMBRE. 



OTRirrOIAS. 



Ha tiempo lei tus versos 
Con satisfacción profunda: 
{Que eran muy lindos! y eran 
De irresistible dulzura. 

Llegó tu errante armenia 
Desde las playas de Cuba, 
A darme vida en el alma: 
A darme ilusión fecunda: 

Recuerdo que estaba viendo 
Un horizonte de brumas, (') 
Cuando tus versos leia 
Llena el alma de ventura. 

Después, levanté mis ojos 

Ínote claridad suma: 
eran tus versos ¡oh Nice! 
Tus versos de ciencia oculta, 

Que ponen luz en la niebla 

Y al corazón no atribulan. 
Son suaves como tu rostro^ 

Y son fuente de ternura: 

Parece que con tu aliento 
Tus palabras se perfuman: 
¿Quien, dime, pudiera hacerlos 
No teniendo tu hermosura, 
Tus gracias y tu donaire 

Y un alma exenta de dudas? 

Son mejores que los mios 
Porque mi alma está turbia: 
Pero es pura, clara, y santa, 
¡Oh linda Nice! la tuya. 



¡Pájaro errante de la montafia 
Que con perfumes, el aire bafia! 
¡Deja la América y ven á España 
Para que admire yo tu canción! 

(<) En MoDlpellier doode ocupábamos un mfimo pito D. Leo- 
poldo Diu (le Mllegu^ íutara|lorU médica de mi paii, y el an- 
Mr de eftai Uneai. 



¡Ángel gallardo de blanca frente: 
Deia los ámbitos del Occidente: 
Cubre de olores el vago ambiente 

Y ven en alas de mi ilusión! 

¡Cubana hermosa de negros ojos! 
Yen eclipsando los rayos rojos 
Del sol que alumbra flores y abrojos, 

Y rica en versos y amores, ven. 

No hay aqui palmas; pero hay nogales, 
Que sombra vierten en mil rosales^ 
A cuyas planats corren raudales 
Copiado en ellos, todo un Edén. 

¡Tu arpa y la mia serán hermanas! 
Serán dos liras americanas: 
Serán ¡oh Nice! pues son cubanas, 
Dos compatriotas bajo otro sol. 
¡Ven pues á España, que, España es bella! 
Tú entre mugeres, seras estrella; 

Y entre los hombres será tu huella 
Digna del paso del arrebol. 

Te dará flores la gran Sevilla: 
Córdoba aplausos: gloria Castilla: 
Granada el astro que en ella brilla: 
Madrid, palabras de admiración. 

Y yo, ¡Sultana de ojos dormidos! 
En vez de versos mal concebidos, 
Te daré, viéndote, los latidos 
Que amor infunden al corazón! 



1863. 



Antonio Vinajeras. 



t • • 



En una de esas noches 

de triste cielo, 
entre las negras nubes 

brilla un lucero. 

Noche es mi vida, 
y tú el lucero eres 

que en ella brilla. 



?!. ^ 



Lope de Vega, 



Bápida ojeada sobre el reinado de 
D. Juan n y su privado el Con- 
destable D. Alvaro de Luna 



No vamos á hacer una minuciosa y detalla- 
da descripción de los conventos y anadias de 
esta época; el tiempo ha variado su aspecto ' 
arquitectónico, el tiempo inexorable con todo < 
no ha respetado nada y á reducido ¿ polvo ó ; 
ha borrado de la haz de la tierra muchos de esos ' 
monumentos cuya tradición se pierde en los ma- 
res del olvido. 

La sociedad moderna ha levantado en el mis- 
mo sitio otros nuevos edificios con otro objeto. 
La piqueta del egoísmo en este siglo de ilustra- 
ción ha herido de muerte antigüedades veneran- 
das y magnIGcas ruinas que cada una represen- 
taba un girón de nuestra pasada historia. 

Las abadias eran unos colosales edificios bi- 
zantinos 8ol*re los cuales se levantaban á la pir 
los botareles de la cúpula del templo, y las al- 
menas de los torreones del castillo; sobre la 
ojiva puerta campeaba un grande escudo en el 
que se velan sraoados la mitra abacial y el bá- 
culo, junto á los signos heráldicos del beñor de 
pendón y caldera, de horca y cuchillo; en aquel 
edificio y en mancomunidad velase la biblioteca 
junto á la armería; la caballeriza junto al claus 
tro, y pasando el salón de profanáis, la cáma- 
' ra donde se daban los tormentos. Los abades 
no bajaban á coro sin ir acompañados de pajes; 
ni sallan del convento sin que le precediera un 
alférez con pendón tendido v el sayón con el 
hacha al hombro y el dog^I á la cintura; se- 
guíanle las dignidades, lo¿ heraldos^ los farau- 
tes, escuderos y persevantes y como doscientas 
lanzas cuando iban á visitar al clero ó los al- 
caldes de las villas y fortalezas de su jurisdi- 
cion; téngase entendido que en aquel tiempo ca- 
da lanza se componía de dos hombres de caba- 
llería lijera, y desde seis á diez peones ó in- 
fantes. 

En esta época , un abad no era lo que á pri- 
mera vista se cree, esto es, un monge, sin > un 
grande y temible Señor que administraba justicia 
é imponía tributos por fuero propio; *\ne era au- 
toridad tanto espiritual como temporal; que lo 
misario cenia h cogulla, calzaba el coturno y se 
calaba el yelmo, sirviéndole el guión monástico 

Í)ara edificar á los fieles en el templo y tremo- 
arlo en el campo al frente de sus huestes; con 
el dominio de Señor feudal vejaba á los vasa- 
llos y les prescribía el derecho de ceder el tá- 
lamo nupcial la primera noche de bodas; estos 
nJbades trataban á la dignidad real de potencia 



i potencia^ y se rebelaban eontra ella cuando 
le venia en mientes. 

Esto parecerá*^ primera vista imposible, pues 
nada tan cierto; para apoyar loque diciendo es- 
tamos, tenemos los cronistas antiguos y contem- 
poráneos, y el recuerdo de las mu ^hisimas difi- 
cultades que tuvo que vencer el gran Cardenal 
D. 'Fr. Francisco Jiménez de Cisneros, cuando 
en virtud de una bula de Alejandro YI espe- 
didí en li9 i, tuvieron los Reyes Católicos que 
encargarle, como dejamos dicho en otro articu- 
lo, la reforma sin la que no podían pasar los 
conventos. 

Todos los historiadores de entonces, muchos 
de ellos de respetable autenticidad, acusan de fal- 
ta de observancia de sus reglas, de los placeres 
y de las licenchs á que se entregaban las co- 
munidades religiosas (le ambos sexos. Cuéntase 
entre otras muchas cosas, que los Franciscanos 
se hablan alejado tanto de la pobreza que le 
prescribía el fundador de su óraen, que vivían 
con un lujo y esplendidez tal que causaban es- 
cándalos, lo que hacia que se escitara el odio 
y las rivalidades de todas las otras órdenes. 

Esta reforma llevada á cabo con segura ma- 
no por el Cardenal Cisneros, lo primero que pro- 
dujo fué una rebeldía descarada y sin antifaz; 
mas el cetro de hierro de los Reyes Católicos h 
dominó; domada, ya solo fueron imprecaciones 
y actos que en lugar de producir el efecto que 
ellos deseaban, producían el ridiculo, estos eran 
los de lanzarse las comunidades en masa, atra- 
vesar las ciudades, entonando el salmo Ex[:tit 
Israel, en señal de que eran perseguidos, y lle- 
vando delante un crucifijo; mas la fuerza fisica 
y moral de Isabel y Fernando, apoyados por el 
indomable avasallador de la nobleza Jiménez de 
Cisneros, consiguieron aqu(}lla dificilísima conver- 
sión; no asi en la época de D. Juan el II, ea 
que estaba el desorden de las comunidades, con- 
fundido en el espantoso desorden que reinabí 
por do quier, campando por si y ante slsm 
respetar reglas ni in.^titutos, órdenes ni leyes, lis 
comunidad^ que ya de antiguo venían viciadas 
y que tomaron gran poderlo con los Jbandos ci- 
viles y disidencias políticas. 

Preciso nos ha sido ya que habíamos tratado 
el estado civil y literario de este reinado, de- 
cir algunas palabras sobre el religioso, proco- 
raudo alejar el estilo agresivo que pudiera dar 
' á entender que nos anima pasión aleona al tra- 
■ tar este asunto de suyo espinoso. No bemoe be- 
; cho mas que trascribir al le^'.uage moderno el 
¡antiguo de Jas crónicas de donde hemos reco- 
gido esas noticias. 

Así pues, D Alvaro necesitaba luchar contri 
estos Señores de horca y cuchillo aue se llaní* 
ban abades, y por otro lado con Jos inbatesj 
magnates que se conjuraban contra éh 



Periódico semanal. 



No nos asombre la fatuidad y ambicioa del 
favorito considerando la época en que se halla- 
ba r la imbecilidad del monarca. 

D. Juan el II, era inconstante y veleidoso, 
como lo demostraba desterrando al privado sin 
el cual no podia hallarse, razón por la que se 
veia precisado ¿ llamarle de nuevo á su lado 
al poco tiempo de desterrado. 

Lo que suelen ser los reyes con sus favoritos 
y el final que aguarda ¿ estos nos lo demuestra 
mas claramente que ningún otro D. Juan el II 
y D. Alvaro de Luna. 

Es el que se ha visto descender más ripida- 
mente desde el pináculo [del poder al rondo 
de un calabozo, desde las gradas del trono, á las 
del patíbulo. 

Dicen algunos historiadores que estando retira- 
do y pobre en Valencia su antecesor D. Ruj 
Loplez Dávalos le mandó -el Condestable una vi- 
sita y que este envióle á decir con el mensa- 
gero «andad y decir al Sr. O. Alvaro, fue cual 
98 fuimos y cual somos será^ , pero la realidad so- 
brepujó al dicho de este por que D. Alvaro su- 
bió mas que él y descendió de un modo mas 
rápido y hasta el fondo del infortunio. 

fiada hace conocer la amistad mas que la des- 
gracia aquellos que mas le adeudaban fueron los 
qne mas daño le hicieron. 

El infante U. Enrique de Aragón que le debia 
80 libertad de cuando lo sacó del castillo de Mo- 
ra fué sin disputa su mas constante perseguidor. 

Fernán Alonso de Robles firmó el primer des- 
tierro del Condestable^ y^áesle debió cuanto era 
el de Robles. 

Hechura de D. Alvaro fué el marqués de Vi- 
llena, y este fué uno de los que mas trabajaron 
para arrojarlo del poder. 

Por el de Luna, fué reina de Castilla D.* Isa- 
bel de Portugal v esta fué enemiga suya. 

Alonso Pérez ae Vivero que habia sido gran 
confidente del condestable y a quien debia lo que 
tenía fué su Judas. 

El mismo rey I>. Juan para cerrar el cuadro de 



donde se defendió hasta lo sumo, pusiéronle cer- 
co del que tuvieron que desistir y en.nembre 
del rey tueron á tratar con él Fray Alonso da 
Cartagena, obispo de Burgos y Ruiz Díaz de Men- 
doza los cuales no consiguieron se entregase bas- 
ta que le presentaron uu segifro de vida y ha- 
cienda firmado por D. Juan el II. 

Con arreglo á las capitulaciones estipuladas en- 
trcKÓ D. Alvaro á su gente la q^ae fué desar- 
mada, y en el instante se principió á faltar al 
seguro dado por el re/. Se le negó presentarse 
ante el monarca^ se rodeó de guardias, se le re- 
dujo á prisión y en aquel mismo instante fué con- 
ducido con una fuerte escolta al calabozo, qu^ 
le estaba destinado en el castillo de Portillo. 

Todo lo que el Condestable reclamó fué en 
vano, todo fué desoldó y en el momento se prin- 
cipió á formar el |)roceso por el Doctor Joan Ve- 
lazquez del Consejo del Rey en uuion de otros 
once jueces; no se le admitieron descargos ni pro • 
vanzas y tres meses después recayó sentencia que 
no fué visada como de derecho era por el con- 
sejo del re^. 

La historia ha juzgado como debia de este atro- 
pello y de esta falta gravísima; todo tendía á 
quitar un hombre de en medio fuese cualquiera 
la manera. Se holló la inviolabilidad de la ley» 
y la palabra real fué arrastrada por el suelo y 
escarnecida. 

El dia 6 de Julio de li52 se le notificó sn 
sentencia á la aue contestó con una grandeza de 
alma incomparaole. ^Bendito seas Dios y Señor 
que riges y gobiernas el mundo,. 

En la través!^ de su prisión á Valladolid le 
hicieron se confesase. 

Poco después de haber llegado á la capilla 
y cabalgando en una muía se le condujo a la 
plaza donde estaba levantado un cadalso cubier- 
to con negros crespones; en él estaba el tajo y 
muy cerca un madero con un garfio de hierro^ 
frente un pequeño altar con un crucifijo de bron- 
ce alumbrado por dos velas amarillas. 

Por todo el tránsito y de trecho en trecho 
desagradecidos' fué el que después de treinta años se paraba la comitiva y el prego lero gritaba: 



de tenerlo junto á si lo mandó al patíbulo sin 
un proceso formal en el que apareciese la culpa 
porque se le castigaba tan desastrosamente, si- 
no acusado por cargos vagos y de ningnn valor; 
este rev á quien tantas veces habia salvado el 
trono ae mano de sus enemigos y no pocas la 
vida á trueque de perder la suva, este rey cobarde 
y traidor le engañó trayendole á su lado con 
un seguro firmado de su mano, para entregarlo 
al verdugo. 

Los primeros bajos y despreciables de\ol vie- 
ron agravios por mercedes, el rey añadió á la 
ingratitud la lalsía. 

Sábese muy bien que se fué á prender al con- 



«Esta es la justicia que manda hacer nuestro 
señor el Rey á este cruel tirano» y á seguida reci- 
taba un largo capitulo de sus culpas. 

Maravilla y asombra la fortaleza y el valor 
de D. Alvaro en la prisión asi como su entere^ 
za y su serenidad en el suplicio. Oró algunos 
momentos incado ante el madero santo de nues- 
tra redención, ^ paseó con desembarazo por el 
enlutado tablado como lo hubiese hecho por uno 
de los salones de su castillo de Escalona; alli 
mismo dio consejos con una razón completa, co- 
mo si no se tratara de su muerte, platicó un po- 
co de tiempo con el ejecutor de la justicia^ de- 
sabrochóse la ropilla y sin descomponerse ten- 



destable á su casa donde no quiso entregarse y ' díose en el estrado cual si C^»Aftk V ^\»^r»s». ^ ^ 



Lope de Vega, 



sq rostro do se inmutó basta que la cuchilla se- ' el protocolo del Bachiller Feroao Gómez de Cft- 
paró la cabeza de su cuerpo. I daoireal; ignórase su autor p«ro pinta perfeoU- 

La muerte de D. Alvaro, dice Lafuentt , se . mente en cuanto se tenia ya el pod«r de lot 
pareció á la de un héroe sin haberlo sido, y se | grandes, 
asemejó á la de un mártir cuanto puede ase- 
mejarse la del que no es santo ni justo. 

Hizo muchos bienes, pero estamos á decir aue 
le sobrepujaron los males, mas preguntamos año- 
ra, ¿otro en su lugar dada la época que atravesa- 
ba hubiera abusado menos? 



Un historiador espafiol lo ha dicho: 

Si el rey D Juan hubiera castigado á cada 
uno iegun $us delitos, que cansado de tiempos tan 
tempestuosos hubiera perpetrcrdo, no tuviera mu- 
ehos señores sobre quienes reinar. 

Deduzcamos de esto á qué grado de inmo- 
ralidad habia llegado el pais. 

Después de la muerte del Condestable, fué 
cuando D. Juan el II comprendiólo que habia 
hecho, se desconsoló, parecíale tener siempre 
ante si la sombra del favorito demandando 
justicia, y este rey cobarde, lloraba en secreto 
el daño que se habia causado, y doblemente cuan- 
do vio que la nobleza no por esto era mas su 
mita ni mas obediente, sino que por el contra- 
rio, viéndose sin traba que sujetarla pudiera, go- 
bernaron el pais á su antojo, y ellos y no él 
eran los que reinaban. 

El suplicio de D. Alvaro dio campo á los pee- 



Dice así: 

E aunque el proverbio cuente 



3ue las leyes allá van 
o quieren reyes, 
digofe esta vez que miente, 
ca do los grandes están 
se fan las leyes. 

Vamos á concluir la descripción de este rei- 
nado diciendo que con un rey tan menguado cual 
D. Juan el II, con un principe, unos infantes, 
una nobleza tan rebelde y unos privados tan an- 
biciosos como el Condestable, ¿que podía espe- 
rarse que fuese la monarquia castellana masque 
como ha dicho el mismo Lafuente, un hervidero 
de ambiciones, de intrigas, de confederaciones, 
de conspiración perpetua, de miserables gnerras 
personales, de bandos, de desórdenes y de anar- 
quía? 

Con todo esto no se pensaba en concloir de 
arrancar para agregarlo á Castilla el pequeio 
reino Granadino, que era también pasto a la am- 
bición de los Al-Zakir, los Aben Osnino, los Ben 
Ismail, los cuales se degollaban mutuamente en 
los magníficos salones de la Alhambra; tdíle 



tas, Juan de Mena hizo de orden del rey lamen- parecía dispuesto por Dios; Castilla se postraba 



tables trenos. El marques de Saatitlana puso en 
boca del Condestable», la siguiente estrofa. 

¿Que se hizo la moneda 
que guardé para mis daños, 
tantos tiempos, tantos años, 

?lata. joyas, oro y seda? 
de todo no rae queda 
sino este cadalso. 
Mundo malo, mundo falso, 
no hay quien contigo pueda. 

También Jorge Manrique espresó su sentimien- 
to en la siguiente bellísima copla: 

Pues aquel gran Condestable 

Maestre que conocimos, 

tan privado, 

no cumple que del se hable 

sino solo que lo vimos 

degollado. 

Sus infinitos tesoros, 

sus vidas y sus lugares, 

y su mandar, 

¿que le fueron sino lloros, 

que fueron sino pesaresi. 

al dejar? 



y los sarracenos se debilitaban, todo se prepara- 
ba para que la católica Isabel levantase á la pri- 
mera y venciese á los segundos, colocando ei 
lugar de la media luna la cruz, en las almenas 
y minaretes de Granada. 

Durante el reinado de D. Juan el II» una sola 
vez pareció haber resucitado el gran ardor reli- 
gioso y el proverbial vigor de los campeooei 
castellanos, cuando tremolaron victoriosos en Sier- 
ra Elvira los pendones de la fé. 

Pero solo fué un destello del poder, una rá- 
faga pálida y débil que dejaba entrever de 
lo que es capaz la heroicidad del pueblo es- 
pañol. 

Pero con un monarca pusilánimo y con mag- 
nates que lo que aspiraban era á derrocar al 
de Luna, no podia haberse continuado la coa- 
quista y la cruz, paróse para dejar reponerse i 
los hijos del Koran. 

Aquí damos por terminado nuestro trabaja» 
que se va haciendo harto largo, y vamos acer- 
rarlo con el siguiente párrato tomado de la flii- 
toria de España por Lafuente, que dice ad: 

«El miserable monarca en cuyas sienee ki- 
bia oslado cuarenta y ocho años la corona de 
Castilla, no se conoció asi mismo hasta trealiorai 



antes de morir (liSi) cuando le dijo á su a^ 
Tawhien se conocen unas trovas bailadas enldico: «que hubiera sido m^or que no^tiM k^'* 



Periódioo semanal. 



w 

m artetano. y hubiera »ido fraile <W Abrojo, I 
fue norey de Cíwlilla.» (1) 

— Málaga. — 



Lágrimas de ternura 

Vierten mis ojos... 
Parece que me afligen 

Dulces enojos. 

Yo no comprendo 
Como es dulce la pena 

Que estoy sintiendo. 

Mis párpados se caen 

Lánguidamente^ 
Mientras que altiva y candida 

Arde mi frente. 

De mi pupila 
El espíritu creo 

Que se destila. 

Allá en mi pensamiento 

No sé que existe. 
Me languidece el ánimo^ 

Me pone triste. 

Melancolía 
Hace que tenga siempre 

El alma mia. 

De los frondosos árboles 

Entre las ramas 
Los lindos pajarillos 

Tienen sus camas. 

Si escuchan ayes 
Contémplanos^ me dicen, 

Y no desmayes. 

Y los comtemplo luego 

Con dulce pena^ 
Sacando de esperanzas 

El alma llena. 

Pero en mi daño 
Huyen luego y me dejan 

Un desengaño. 



En cambio^ en la amargura 

Yo les envió 
Suspiros que se exhalan 

Del pecho mió. 

De mis congojas 
Los gemidos se pierden 

Entre las hojas. 

Recoged^ avecillas 

Un ayl perdido 
De los que á parar fueran 

En vuestro nido. 

Y bajo el ala 
Traédmelo y que diga 

Porque se exhala. 

• 

' Ay!.. este es de mi pecho 
Otro suspiro^ 
Que manda al aire siempre^ 
Siempre que miro. 
Paró en un ramo... 
Preguntadle que dice... 
Dice que «amo.» 



Matfríd. 



Ildefonso Enrique Ollero. 



(\) tE me dijo tres horas aDles de dar el 
imma: «iBachiUer Cihdaireal, naciera yo fijo ie 
un mecánico, i ho^iera sido fraile del Abrojo, é 
no rey de CastUU.i» Centón Epistolario, epísto- 
la 105. 



Li DAHA DEL HEDALLON, 

irOVBLA OBIGINAL, 

POR EMILIO DE LA CERDA. 



CONTINÜAaON. 

—Me parece tan imposible, que apostaría mil 
duros á que no lo consigues; esclamó Federico, 
que era bastante rico para derrochar su dinero 
en cualquier capricho como este, en que se in- 
teresaba su amor propio. 

El joven melancólico, sacó sin hablar una pa- 
labra, un abultado paquete de billetes de su car- 
tera, y poniéndolo sobre la mesa: 

— Quedan apostados los mil duros; dijo con 
la mayor serenidad. 

—¿1 cuando sabremos el resultado? afiadió 
Federico. 

^A la primera ocasión que se presente; ella 
me entregari el medallón delante de vosotros, 
en el teatro, en paseo, en cualquier parte. 

— Pues, queda dicho; estos veinte mil reales 
los destinaba para comprar un magnifico caba- 
llo árabe que acaban de enviarle al vizconde de 
San Genaro; pero tengo mas empefio en saber 
•i hay un hombre ca^ai 4ft \%^!^\ ^'ís^VsSV!^- 



Lope de Vega, 



la de hielo i quien do oonmueve nada, y á cu- 
yos lerribles guardianes nadie puede corromper. 

—Pues resígnate á perderlos, caro Federico, 
esa muger me perteneee desde hoy. 

Luego continuó con voz en qué se revelaba 
.algo estrafio que nadie podia comprender: 

—No mil duros, cien mil; mi vida, todo lo 
apostaría yo, y estaria seguro de ganar. 

—/Cuidado si son ustedes locos/ esclamó Emi- 
lio que era pobre, y abria tamafios ojos al oir 
apostar tan exorbitante cantidad por solo un ca- 
pricho, cuando para él representaba un sueldo 
de cuatro aQos. 

— Áh/ eso es un ^disparate, esclamaba otro. 

—Disparate ó nó, no me vuelvo atrás de lo 
dicho, contestaba el« melancólico. 

—Ni yo, afiadía acaloradamente Federico; pe- 
ro... continuaba, tu debes conocer á esa muger, 
ó eres el mismo diablo en persona; para apos- 
tar tan seguro... 

—No; soy siropleniente Julio Duran, y no co- 
Doxco á esa muger. 

— Entonces... 

—Entonces... basta de preguntas ¿estás en 
apostar? 

— Mas que nunca. 

—Perfectamente; y ahora que ya nada tene- 
mos que hacer aqui ¿dónde vamos? 

— Al Prado, al Prado, dijeron todos. 

—Menos yo,' observó León. 

— Ah! eso por supuesto, contestó Emilio; tó 
á obedecer á la superioridad. 

—Si lo tomas por ahí, me voy con ustedes 

Íiara probarte que á mi nadie me impone su vo- 
untad, y menos una muger. 
—Haz lo que gustes 
—Lo dicho, dicno; vamos al Prado. 
—/Bravo!!! gritó el patriota. 

Antes morir, 

Que tiranos con faldas consentir. 

En m;arcba señores. 

Salió aquella tromba del caíé, á descargar 
su terrible remolino sobre el Prado, dejando ató- 
nitos á los concurrentes, espectadores de aque- 
lla escena, al ver tanta osadía, y tan loca esplen- 
didez como encerraba aquella apuesta, por la fu- 
tileza de un medallón, ó mas oien de una mu* 
ger codiciada por todos. 

Buho sin embargo, quien meditando sobre es- 
to, dijo: 

— Algo grave sucede aquí bajo tan trivial apa- 
riencia. 

Y^ asi era la verdad; y este algo grave era 
el principio de una venganza. 

Apenas desaparecieron los seis jóvenes, el 
menestral, á quien hemos visto escuchar su con- 
renicha con lan señaladas muestras de interés. 



salió también, y llamando á ncochero que dor- 
mía sobre el pescante de su coche, parado á la 
puerta del café, le dio las señas de una ca- 
sa, y entró en el carruaje, que partió á escape con 
dirección á la Puerta del Sol. 

CAPITULO u. 
PBEPABATIVOB DB DBFBNBA. 

Como á las ocho de aquella misma noche, 

E araba una carretela á la puerta de una casa de 
uena apariencia, en la plazuela de Sto. Do- 
mingo. 

El lacayo abríó la portezuela, bajó el es- 
tribo, y nna joven saltó ligera del carruaje, que 
inmediatamente se retiró. 

La joven subió por la escalera de mármol si- 
tuada en frente de la puerta, la cual se divi- 
dia en dos ramales, qae conducían á las dos 
alas de la casa, completamente iodepondienles 
una de otra. 

Tomó el ramal de la derecha^ y atraTesando 
luego un vasto salón elegantemente amueblad o« 
é iluminado á la sazón por dos candelabros de 
plata cargados de bujías de color de rosa, lle- 
gó á una puerta situada en el fondo, y pene- 
trando en un gabinete, se dejó caer deualleet- 
da en una butaca. 

-Oh! Dios mió, Dios mió, esclamó: ¡le he vis- 
to!... ]qué demudado está; parece que han pa- 
sado por él diez años de vida! T soy yo. . yo 
Íuien... Ah! fué preciso; le amaba ella tanto! 
lúe desgraciada sov; mis ojos hartos de llorar, 
no encuentran ya lágrimas con que poder ali- 
viar mi dolor. Sola, sin otra compañía (^ue mis 
amargos recuerdos, pues la única con quien po- 
dia coosolarm*) es una muger que no me com- 
prende; con quien solo puedo contar cuando se 
trata de alguna diversión... Ella si goza; pero 
yo^ al buscar en el bullicio del mundo un me- 
dio de olvidar, no hago mas que aumentar mis 
padecimientos... todo me hastia^ todo me pare- 
ce insípido... Ah! que vida, que vida! 

Quedó un momento pensativa, luego se levan* 
tó^ V aproximándose á un timbre llamó. 
Presentóse á poco rato una doncella. 

—Desnúdame Rosa, le dijo la joven mientras 
se despojaba del sombrero y de la manteleta. Lue- 
go continuó: 

—¿Ha venido Pedroi 

— No, señora marquesa. 

—En el momento que- llegue íntrodácele 
aqui. 

—No vuelve á salir V. S. 

—No; ni estoy visible absolutamente para na* 
die. 

—Está muy bien. 

Sustituido el elegante tragc de calle por uní 



Periódico semanal. 



•^ 



seDcilla bala, y recogido el cabello eon encanta- 
dor descuido, despidió á la doncella, y se sentó 
delante de un pequefto pupitre de palo de rosa 
eon incrustaciones de ébano y marfil; lo abrió con 
una llavecita que sacó del seno, tomó un pequeño 
medallón que se quitara al cambiar de trage, y 
después de abrirlo y besarlo repetidas veces, lo 
guardó en un estuche de plata primorosamente 
cincelado, que volvió á poner dentro del pupitre. 

Cualquiera hubiese dicho^ que aquel medallón 
' contenia el retrato del hombre á quien nom- 
brara en su desconsolado monólogo, y á quien 
parecía amar; no era otra cosa que el retrato 
de una mnger, joven aun, y hermosa. ¿Era tal 
vez el de su madre? El lector podrá respondar 
á esta pregunta, cuando sepa, si ya no lo ha 
adivinado, que la joven marquesa no era otra, 
que Laura de Clermont, ó La Dama del Meda- 
llón. 

J)espue8 de guardar el retrato, abrió un se- 
creto cajón, y de él estrajo un cuaderno volu- 
minoso, cuyas páginas escritas de letra fina 
y elegante empezó á hojear, leyendo varios pár- 
rafos que hacian asomar las lágrimas á sus ojos; 
lij^cimas que al punto eran absorvidas por sus 
áridos párpados, como absorven las abrasa- 
das arenas del desierto, las gotas de escasa llu- 
via que lanza sobre ellas la tempestad. 

Tomó la pluma, y siguió escribiendo á conti- 
nuación del último párrafo en que dejara aque- 
llas memorias. 

(Se eoiliuoari.) 



{No lo sientes fugaz, pasagero 
Escapar^ deslizarse^ correr^ 
Sin dejar en su oculto sendero 
Mas que seres que dejen de ser? 

¿No lo sientes robarnos la vida^ 
La ilusión, el placer y el amor, 
Y alejar de la dicha perdida 
Un recuerdo no mas de dolor? 

El, preside con rostro severo 
El festin de locuaz jüyentud; 
El> inspira al hombre altanero 
Santo amor á la humilde virtud. 

Deja huella en la parda muralla^ 
Mina el pié del desnudo bastión 
Cual si fuera continua batalla 
Que en pos lleva feroz destrucción. 



{Quien su marcha gigante detiene 
Al tenerlo presente, quizá 
Hay quien sepa de dó el tiempo viene^ 
Hay quien sepa jamas donde vá? 

El,. -convierte en ruinoso edificio 
Monumentos de gótica edad: 
Fuera el mundo sin tal beneficio 
Populosa una sola ciudad. 

Cuando me hallo feliz á tu lado^ 
Cuando siento tu seno latir. 
Nunca siento el instante pasado. 
Nunca anhelo el que está por venir. 

Mas si luego me aparto anhelante. 
Solo quiero feliz recordar. 
El, momento que tengo delante. 
El que acaba tal vez de pasar. 

Misteriosos arcanos encierra 
Ese tiempo en su marcha fugaz. 
El preside el fulgor de la guerra 
Trascurriendo lo mismo que en paz. 

Deja huella en el rostro adorado 
De la virgen que inspira pasión; 
Y otras deja su paso marcado 
Despojando de fé al corazón. 

Si con ansia su paso se busca. 
Se complace en su lento marchar, 
O la mente del hombre se ofusca 
O le turba su negro pesar. 

Mas si anhelo deslícese lento 
Cuan ligeras sus alas ¡ay! son: 
Es entonces un plácido viento 
Convertido en furioso aquilón. 

Si nos roba algún ser que se adora 
Otros seres nos dá para amar. 
Si por él alma huérfana llora 
El la puede también consolar. 

¡Ay! dichoso el que blando confia 
A través de su duro dolor. 
De que el tiempo le traiga algún dia 
Ilusiones, placeres y amor! 

IDesdichado el que triste conoce 
Que en sus alas no puede traer 
Esas horas pasadas de goce. 
Ilusiones, amor y placer! 



Lope de Vega, peri6dioo semanal. 



-Ayer, madre, en mi dolor 
tu amor me daba la calma: 
hoy, no me calma tn amor 
porque ha brotado otra flor 
en el jardín de mi alma. 

-Ese aroma que te enría 
y esos pintados colores 
desprecíalos, hija mía, 
pues la flor que títc un día 
es la flor de ios amores. 

II. 

-Con el llanto de mis ojos, 
madre, vuelvo á la razón: 
murió aquella... mas recojo 
otra flor^ cuyos abrojos 
destrozan mi corazón. 

-Ven, pobre nina, á mi lado: 
aqui se calmará el daño 
de tu pecha, lacerado 
por espinas, que han brotado 
de ¡a flor del desengaño, 

ni. 

-Madre, ya no sufro tanto: 
y hasta el corazón olvida 
las dos flores de mi vida, 
porque brota con tu llanto 
otra flor desconocida. 

>*Hija, esa flor dá la calma 
porque no es flor de este suelo: 
que en los jardines del cielo 
con el rocío del alma 
brota la flor del consuelo. 

A. Carrion, 



MISCELÁNEA. 



* ^'^*^*^^^*^>^^^^^^^*mn^^^a^^f^t^m^i^0^ 



siempre que voy á cazar 
llevarla bien preparada 
por lo que pueda tronar. 
Bn prima y cuarta una vez 
me ocurrió ir á pasear, 
y, francamente, señores, 
por poco escapo muy mal. 
Segunda y tercia he notado, 
que siempre que hay que pesar 
objetos con embalage 
se cuidan de descontar. 
Tercia y segunda es el nombre 
de un desgraciado animal 
CUYO completo esterminio 
todos procuran lograr, 
buscándole tercia y prima 
para poderlo pillar. 
Segunda y cuarta la usamos 
como frase muy vulgar 
para espresar que un asunto 
logró la atención llamar. 
Y mi todo forma el mote 
que acostumbramos usar 
para con algunos hombres 
en la buena sociedad. 



Dr. Juan 



Charada. 

PrJma y ^e^^unda acostumbro 



Epigrama. 

A un teniente, que no era 
de su propio regimiento, 
no le saludó un soldado, 
wr esofritu de cuerpo.». 
Esto aijo al oficial^ 
el cual contestó ladino: 
«usted si que no saluda 
por espirilu de vino.T» 

Solocidn i las Charadas dd inmero utüriart 

EULALIA me despidió 
pues dice voy á enfermar 
con el TABACO que vende 
el estanco Nacional. 



DIBBCTOR T EDITOR RBSPONSABLB, 



Intenta de CasOari.—QomédiZS 11 



AfiO I. DO MINGO 20 DE SETIEMBRE DE 1863. Húvf. 26. 

LOPE DE vTeGA^ 

PERIÓDICO SKMA.NAL DEDICADO A LA SOCIEDAD QUE LLEVA ESTE NOMBRE. 



OIErTOIA.S. 



LITEFl-A.TTJI^A.. 



«SH 



TORCUATO TASSO. í»eron los dos al campo, como era natural des- 

pués del incidente, y Torcuato no solo venció á 
su enemigo, sino también á tres deudos de éste 
Torcuato Tasso, ilamido el Cisne de Tórrenlo, que le atacaron al mismo tiempo. Sabedor el da- 
nació en esta ciudad el 28 de marzo de 15ii, ' que dótales eseesos, puso preso al poeta á pre- 
y desde la niñez tuvo que abandonar su patria, I testo de salvarle del furor de sus contrarios, 
proscripto con su familia, como rebeldes al Ein-y conociendo entonces aquel su imprudencia,' 



aftos, defendiendo conclusiones públicas con ge- 
neral ^ipiauso. Pero su aíicion le arrastraba al 
cultivo de Tis musas, y dando pronto rienda á 
6u numen, escribió el poema de Reyuaído, que 
por sí solo le dio ya la reputación de un gran 

I^oeta. Después se dedicó á trazar el plan de 
a Jerusalen lihertadüt en cuya tarea, viniendo á 
interrumpirle el dolor que le causó la muerte de 
8U8 padres, pisó á Bolonia, donde su fama le 



perador Carlos V, y adictos al príncipe de Sa- empezó á entregarse auna melancolía qut* amena 
lerno. Su padre, Bernardo Tasso, po?la y no- zó su salud, y acaso hubiera trastornado su jui- 
ble, aunque arruinado por sus compromisos po- . ció, á no haber hallado medio de evadirse de la 
líticos, le dio una educación esmerada, hacién- 1 prisión y de Ferrara, aunque sin equipaje, sin 
dolé estudiar en Pádua la jurisprudencia, en la j guia y sin dinero. Refugióse en Turín, donde se 
cual Torcuato sobresalió ya á los diez y siete oculto con nombre supuesto; pero habiéndose 

enterado de su llegada el duque de Saboya, 
le mandó á buscar y le colmó de favores. Fi- 
guróse, sin embargo, el Tasso, por efecto de su 
imaginación en eslremo exiltada, que aquel prín- 
cipe podia entregarlo al duque de rerrara, ó por 
sugestión de éste envenenarle, y huyó muy pron- 
to á Roma, de donde le ocurrió volver ¿ Sor- 
rento, su patria, como en efecto lo hizo, disfra- 
zado de aldeano, por temor de ser descubierto, 
ocultándose en casa de una hermana suya, á quien 
apenas conocía, y que le recibió con el mayor 
_. júbilo. Entre tanto, mantenia correspondencia con 
i Leonor, y habi-índole persuadido ésta á que vol 
s-¡ viera arerrara, asegurándole quenada tenia 
que temer de su hermano, tomó inmediatamente 
el camino de aquella corte. Al llegar á Roma, 
le acometió una fuerte eufermedad con un de- 
lirio obstinado; pero apenas pudo sostenerse, em- 
prendió de nuevo su viíjc y llegó á Ferrara, 
donde Alfonso le recihió con amabilidad y sin 
dar indicios del menor resentimiento. Encontró, 
sin embargo, en todos los que le rodeaban una 
indiferencia 6 un desden, q\i¿ contrastaba singu- 
larmente con su antiguo prestigio, y cómo no 
se le dejaba tampoco ver á su Leonor, estas 
contrariedades, unidas á sus padecimientos, le pu- 
sieron en un estado de exaltación próximo ala de- 
mencia. Acreditóse entonces la voz que ya había 
corrido de que estaba loco, y el duque, fingiendo 
dar oídos á ella, le mandó encerrar en el hospi- 
tal de dementes , de Santa Ana. A los males ¿el 
cuerpo se ailadieron entóneos los del alma, y para 
colmo de infortunio, supo que su Jerusalen h^- 
bia sido dada á luz en Venccia, sacada de una 
copia incorrecta, que por casualidad había caído 
en manos de un especulador. Mas esta primera 



había preparHdo ya una brillante acogida, y de 
allí á París, en cuya corte mereció las mayores 
distinciones de Carlos IX, que le Hamaca el 
gran poeta Al poco tiempo, ll.imado con las ma 
yores instincias por el príncipe cardenal de Es 
te, hermano de Alfonso H, duque de Ferrara, 
fué á establecerse en esta ciudad, y en ella pro 
tegido y agasajado del pueblo y de la corte, 
empe/ó á trabajar con nuevo ardor en *su poe- 
ma, escribiendo en los intervalos do descanso <|ue 
le dijaba la musa heroica algunas otras compo- 
siciones, tales como Aminlat drama pastoril, tan 
justamente admirado y aplaudido de toda Italia. 
Por último, en 1573 concluyó La Jerusalen liber- 
tada, que corregida minuciosamente y sometida 
á la critica de los hombres mas instruidos antes 
de publicarse, vino ó consumar cuando fué co- 
iK)Cida la rupulacion del gran poeta Desde esta 
época empiezan las desgracias del Tasso; enam)- 
rado peruidamente de la princesa Leonor, her- 
mana del duque Alfonso, dama mas apreciable 
que por su cuna, por sus virtudes y por sus ta- 
lentos, confió el secreta de su amor á un ca- 
ballero de Ferrara, el cual comi'tió la vill««nía 
de revelarlo. Indignado Torcuiio, le reconvino 
primero como merecía; pero cont colindo ei trai- 
dor con mofa á sus reconvenciones, pasó de la ^ ^ 

calma al arrebato, y le dio una bofetada. Sn-| publicación fraudule'uta, se^ULvd%.4<^ ^Vr^%W^i2^s^« 



Lope de Vega, 



esparció la gloria de su nombre por todo el orbe 
literario. Creía Torcu.ito goz^r pacificamente de uq 
triiinfi) que pirecia dulcificar algiiti tanto sus ne- 
gares, cuando, levantándose contra el h envidia, 
tuvo que sufrir las censuras apasionail is de al- 
gunos Aristarcos, h quienes contestó, sin emb irgo. | 
victoriosamente Salió por fin de su tncierro ái 
los cuarirnta ^fios de su edad, é inmediatamen- 
te de una corle que le hajiia sido Un fuui'sta. 
Primeraniente pasó á Mantua, desde donde so- 
licitó iníl illo p^ra volver á Nípolfs en cuya' 
ciu'iad di>rrulópur algún tiempo la trinquilidad | 
de que tanto necesitiba, coin[>on¡enilo sobre el 
mismo asunto de su poema olio disiiiiio. llama<lo 
Jeriisalen conquislada, composición perfectamente 
ajustada á las regUs de la epü¡)eya, pero en la j 
cual faltan a(|uel fueg), .^q tel!a ins[Hracion que ¡ 
solo se sienten en ciertas epocis de la vida, y. 
que no podía tener el Tasso eii tan alto grado ¡ 
J jspues de muchos padec'i'n¡enl(V|. Llamado des- j 
pues por el du!|ue Fernando á rlorencia, no pu- ! 
do negarse á sus repetidas instancias, y se tras- i 
lado á esta ciudad, siendo recibido en su trin-j 
silo por sus mismos Aristarcos con los mayores; 
obsequios. Por fin de su carrera poética, escri- 
bió en verso sueUo el Mondo crea o, en cuya 
obra brilla una admirable y vasta erudición Por 
este tiempo fué cuando le escribió el cardenal 
A.dobrauilini, llamAntlolo k Uoma para recibir de ! 
manos del Simo Piuilíüc^í la corona de laurel con ! 
que, según C(>>tum'>re de «MUonces, se premiaban 
á los gramles poetfs. y Ta^s», maiiifeslán-lose ; 
sensbie á una gracia t^n esir;'ordiniria, partió i 
pira a<|uella capital inmediatamentr'. IVro no bien ! 
Labia llegado, cuaud) le postró en el lecho una 
enfermedad gravísma. y conociendo que.se acer- 
caba su fin, pi lió ser llevado al convento de 
So Onof e, donile murió piaiio^arnenle en ?iedio 
de los preparativos que por todas partes ^e ha- 
cían para coronar su giona. Tal Tié la vida de 
Toreuato Tasso^ el Virgilio de la Itilia moderna , 
á quien igu iló si no escedió en ingenio y faa- j 
tasía. I 



ETT TJlSr JLIJBJThO:, 



La espresion de tus ojos no comprendo 

cuando me miran, dulce dueño mío: 

¿el bien mo anuncian porque estoy muriendo 

ó tu fatal desvio? 

Las dudas con que lucho 

me tienen ¡ay! desaliñado y loco; 

si no me quieres, lu mirar es mucho; 

y si me quieres, tu mirar es poco. 

E. Bravo, 



m 



FLORES DEL ALMA. 

ROMANZA. 

« 

MÚSICA DEL MAESTRO DON J. C 

I. 

Flores hermosas del alma 
Pon la dirha y el amor; 
Flores que en la mia brotaron 
De lu mirada al ardor. 

¡Que el olvido, bellas flores, 
Nunca pueda en sus rigores. 
Secaros sin compasión! 
jFlores bellas cual la calma; 
Puras flores de mi a'ma. 
Cuanto os ama el corazón! 

¡Vivid siempre flores 
be dicha y amor! 

II. 

¡Cuantas voces, luna pura, 
A tu tímido fulgor. 
Horas paí&ra fugaces, 
Dichosas horas de amor! 

H )ras felices que huyeron. 
Ay! horas que se perdieron - 
En la inmensa eternidad. 
Como las flores del rio 
Y las perlas del ro'io 
Piérdeuse en el ancho mar. 
¡Ay! horas hermosas 
A mi alma tornad! 

C. del M. J. 



1851 



La Violeta y el SoL 

Tímida, en su capullo replegada 

y entre las verdes hojas escondida. 

pasaba una Violeta triste vida, 

del Sol enamorada. 

Una vez. una sola. 

osó entreabrir la cárdena corola 

demandando á su amor una mirada. 

Obtúvola, V un beso 

que la lleno de plácido embeleso 

recibió la precita: 

pero quedó marchita. 

y el Sol siguió su marcha iofü'erente, 

durmiérrlose tranquilo en Occidente. 

¡Pobre flor sin ventura! 

¿Porqué puso su amor á taota altara? 



Periódico semanal. 



¿Ves esa nave que dejó la rada 
y al aire dócil la gigante vela, 
se desliza fugaz y abandonada 
formando acaso caprichosa estela? 

¿No la vés luego dominar airada 
cuando la luna sobre el mar riela, 
la blanca espuma de que va cercada 
la bruma fiel que su costado ,cela? 

Mira después si el horizonte toca 
como se pierde entre la niebla fría 
como se esconde tras la dura roca. 

De ese modo la fé que tuve un dia 
burló mas tarde fugitiva y loca, 
la hermosa flor de la esperanza mia. 

Manuel Bando y Barzo. 



LIDAIli DEL MEDALLÓN, 

NOVELA ORIGINAL, 

POR EMILIO DE LA CERDA. 



CONTINUACIÓN. 

Media hora hacia que escribía sin descanso» 
cuando la mismi doncella ll^imó á la pucrla. 

— ¿Que se ofrece? pre;i;unló Laura. 

—Señora marquesa, Pedro acaba de llegar y 
espera las órdenes de Y. S. 

—Que pase. 

Cerró Laura el cuaderno y esperó. 
Un instante después entró Pedro, aquul la- 
cayo que hemos conocido en Málaga y Sevilla, 
cüuüdenie de los amores de Julio y de Laura, 
y que luego sguió á ésta cuando se casó con el 
narqué^ En esta época continuaba mereciendo 
la confianza de la joven marquesa, como en otro 
tiempo de la que era símplementeLaura de Clcr- 
mont. 

Esperó Pedro á que Laura le interrogase, 

— Ayer^ le dijo ésta, te mandé siguieses á Ju- 
lio cuando le vimos bajar del tren en la esta- 
ción, y que no le abandonases un momento, bas- 
ta dentro de dos di4s en que debías venir á dar- 
me cuenta de cuanlc»vieses; habla pues ¿cual ha 
sido su vid) en este espacio de tiempo? 
—Desde que V. S.... 

—Usted: ya sabes que para ti, soy siempre la 
misma, Pedro. 



Con la costumbre, se tAe olvida cuando hablo > 
en particular con Y. 

— Continua. 

— Pues como decia; desde que Y. me mandó 
seguir al señorito Julio, no le he perdido casi 
de vista. 

— Lo primero que hice, fué indicar aun mo- 
zo de la fonda de Inglaterra, paisano mío, que 
le ofreciese una targeta de las que llevaba pa- 
ra brindar á los pjsígeros con el establecimiento 
de su amo. Cl señorito Julio aceptó, y metién- 
dose en un CDclie, partió de ÚW, mientras yo, 
haciendo lo mismo, le seguia á corta distancia, 
llegando plies los dos coches al mismo tiempo. 
Desde .luego establecí mi observatorio en una 
taberna situada en frente. A las doce salió, y 
fué en casa de la señora marquesa viuda, donds 
permaneció dos horas, y en seguida volvió á la 
fonda, no saliendo de ella hasta por la tarde, 
que fué al Prado, reuniéndose allí con varios jó- 
venes, al |)arecer muy IocüÍ los cuales al sa 
ber el motivo de su venida á Madrid, le jab:;a 
la enhorabuena en medio de mil chistes picmtes. 
Yo, disfrazado de obrero le seguia, y pude oir 
por su misma boca, todo cuanto le aconteció en 
la guerra de África, y que Y. ya sabe por aquel 
voluntario, pagado qué hizo en Marruecos loque 
yo hago añora aqiii, y por quien supimos desde 
Málaga el dia de su llegada á Madrid. 

Por la noche, volvió en cisi de la señora 
maríjuesa, y á las once se retiró ala fonda, don- 
de yo timbién he dormido coii mi paisano* 

tloy ha hecho casi lo mismo; pero esta lar- 
de. . ah.' señora, porqué pasó V. por la calle de 
Alcalá! 

¡ —¡Es verdad! ya le he ví^to en el café Sui- 
zo con varios jóvenes. 

—En aquel mjmeato hablaban de V. y aun 
antes de pasar. 

— ¿Quién, él? 

—No señora, ellos, los jóvenes que son las. 
mas malas cabezas de Madrid. 

—¿Y qné decian, qué deciau? preguntó Lau- 
ra con ansiedad. 

— Ha llamado Y. tanto la atención en Madrid, 
que no se habla según parece de otra cosa que de 
la Dama del Medallón. 

—¿Y qué quiere decir eso?... 

— Es el nombre con que la designan á Y. él 
causa de haber observado lleva Y. siempre esa 
joya en el collar. 

— Lo habia jurado, pero tendré que renunciar 
á ostentarlo; es tan iiequeñi, quj creí no pa- 
rase nadie la atención en ella. 

— No, no, ahora no conviene esa medida. 
—¿Por qué? 

—Porque amenaza á Y. un peligro que es pre- 
ciso evitar á toda costa; para lo cuál, \a Iaol^sí 
I formado mi ^Utv, ^w ^V ^^ 'í.^Vix ^ ^¿s^^^'íí^^ 



Lope de Vega, 



— £spllcate por Dios. en Francia, y que tan amenuJo le repite. 

Entonces, Pedro refirió á la joven la apuesta — Ah! señora, muy mal, muy mal. 
de Julio, y su decisión de obtener el medallón j — Esli tarde, antes de salir, pasé á verle, y 
á todo trance. su ayuda de cámara me dijoestabí descansando. 

*^¿Y que hacer? dijo Laura temblando; y lúe- ' ¡PobVe Ernesto!... 
go añadió. ¡Como me odia! quiere vengarse... Ti --jTampoco se cuida! .. todo el dia estudian- 
esa pobre niña. . ah! si el supiera... (do, y revolviendo libros y papeles; siempre con 

—Mucho he meditado sobre esto, señora; y al sus esperimenlos... ya se \é, aspira ciertos ga- 



fin un recuerdo que me asaltó de repente, me ha 
mostrado el medio de evadir el peligro. 

— Dices que debe casarse dentro de quince 
dias, y que este es el plazo de la apuesta, pues 
es preciso ganar tiempo, y evitar esta locura que 
traería funestos resultados. Luego que le vea ca- 
sado, convenceré al marques que hap un esfuer- 
zo, y abandonemos á Madrid, y si es preciso 
le confesaré todo lo que pasa, v de aseguro ac- 
cederá. Vea yo felices á los dos, y después... 
aunque siga siendo desgraciada... 

—¡Qué corazón tan hermoso.' pensó Pedro; 
luego continuó en voz alta: 

—Para llevar á cabo mi plan, necesito va- 
rias cosas. 

—Todas lasque quieras; dinero... el quene- 



ses que es imposible le sean provechosos. Antes 
de ayer su habitación estaba llena de humo, coo 
un olor tan nauseabundo, que yo mismo no puJe 
aguantar, y saii del laboratorio casi trastorna- 
do. 

—Se ha empeñado en ser químico, no sé para 
qué... 

—Es su única distraccien; como jamás sale á 
la calle... 

—/Otra victima! murmuró Laura lanzamdo un 
suspiró. 

—Vaya, señora, voy á empezará dar los pri- 
meros pasos para llevar á cabo nuestra empresa. 

— Anda con Dios. 

—Ahí el medallón... 

—Es verdad; toma^ 



cesites. 

—En primer lugar, que no salga V. en pú- 
blico como BO sea con ciertas precauciones; des- 
1>ues un poco dinero, que es el todo en todo; 
uego el medallón... vacio; ya él mismo no lo 
conoceria habiendo desaparecido con el esmalte 
sus inicíales, y la inscripción interior. 

—¿Pero que piensas hacer, Pedro? 

—Permítame V. que guarde mi secreto, hasta 
tanto qm me asegure de si puedo llevar á efec- 
to mi plan. ó nó. 

—Bueno: ¿cuanto dinero necesitas? yo puedo 
disponer hasta de cuatro mil duros. 

—Con mil tengo bastante. 

—Laura sacó del pupitre un leg:ijo de bille- 
tes y se lo entregó al honrado Pedro. 

—Si se acaba lo que ahora te doy, pídeme 
mas. 

— Es suficiente para hacer feliz á un pobre 
diablo, y quitarlo de en medio al otro dia man- 
dándolo lejos de España. 

—¿No necesitas otra cosa? 

— Si, señora, ün carruage de lujo; el que hoy 
ha conducido á V. 

—Bien, yo no he de salir hasta*que todo es- 
té terminado... 

—Pues creo, saldrá lodo á medida de mi de- 
seo. 

—¡Dios lo haga.' 

Luego con acento en que revelaba un gran 
interés y la compasión mas profunda^ añadió: 

— Ahí ¿Y el pobre marqués? ¿como sigue? ayer 
tarde se sentía bien malo; parece se le empeza- 
ban á presentar síntomas do esa funesta fiebre 
^ae íoquiríó duraole nuestra corta permanencia 



Sacó Laura el medallón, y de él estrajo el 



retrato de la madre de Julio, que envolvió cui- 
dadosamente en lin paño de seda , volviéndolo 
á guardar en el cofrecillo. 
—¿(Cuando volverás á verme? preguntó á Pedro. 

— MHuana mismo, apenas se baya Y. levanta- 
do; esti noche he de saber si debo contar coa 
mi hombre; mas bien, con mi muger y mi hom- 
bre. 

—Pues anda, y que Dios te ayude; ya sabes 
que del buen extlo de lu empresa, depende la 
felicidad de muchas personas. 

Salió Pedro del gabinete, y entonces Laura, 
volvió á llamar á su doceila. 

—Rosa, desnúdame, voy acostarme, dijo en- 
trando en la alcoba. 

—¿Está Y. enferma? preguntó ladonc«lla asus- 
tada. 

—Si, tengo un poco de jaqueca. Cuando vuelva 
Ménica, adviértele que no puedo recibirla. 

—Ya ha v^'nido, y está ahora con el señor 
marqués, que dio orden deque la hiciesen pasar á 
su departamento cui ido volviese de la calle. 

•-¿Que le querrá el marqués? pensó Laura: 
luego dirigiéndose á Rosa, conlinuó, cuando ya 
estuvo en el lecho: 

—Ya puedes retirarte hija mía. ¿has encen- 
dido la lámpara? 

— Si señora. 

—Bien, adiós, si al señor marqués se agrava- 
se, avísame inmediatamente. 

—Está muy bien. 
Salió ia doncella murmurando entre dientes: 

—/Que vida t in particular llevan estos se&ore$ 
do la aristocracia! si yo me casara con mi Ha- 



Periódioo semanal. 



Dolo, no viviría cien leguas retirada de él como 
esta seiora de su esposo. 

Las diez daban en aquel momento en un re- 
loj de sobre mesa siluauo en el gabinete. 

Por espacio de tres horas estuvo Laura re- 
volviéndose en su lecho en la mayor agitación, 
hasta que ya rendida, fueron entoraánuose sus 
párpados, y poco después se oía su respiración 
mas lenta y regular. Estaba dormida. 

(Se cMtiiuurá.) 



Vislumbré un porvenir en lontananza 

Rico en amor, y de placeres lleno. 

Mas iay! la duda, que á borrar alcanza 

La ilusión, cual mortífero veneno 

Emponzoñó otra vez el alma mia, 

Y un suefio fué mi amor; fué amor de un dia. 

Emilio de la Cerda. 



Mas que las ondas 
aman la brisa 
que con su aliento 
las acaricia; 

mas que el arroyo 
ama la leda 
pálida luna 
que en él reÜeja; 

mas que las flores 
aman el céfiro 
que blandamente 
mece sus pétalos-, 

mas que las aves 
sus nidos aman, 
mas te idolatro 
madre del alma. 

5. Casilari. 



JPLlS/LO:^^ r)E TJIST TDXA. 



A MALVINA. 



No siento amor: mi corazón gastado 
Desde mi tierna juventud primera. 
Ya de flores se encuentra despojado 
En la edad en que todo es primavera. 
Yo soñé un ángel, puro, inmaculado; 
Ángel de amor, que mi consuelo fuera, 
Y cuando hallarle casi hube creido 
Solo hallé una muger; ángel caido. 

Hoy al verte, Malvina, la esperanza 
Por un momento fecundó mí seoo; 



fe' 



El amor! 

olo esta palabra respira pureza. 

Solo esta palabra exhala armonía. 

Dichoso mil veces el que haya amado 
una sola vez en su vida^ porque enton- 
ces ha encontrado entre sus desgracias 
un interregno de felicidad. 

Cuantas veces se cruce en el sendero 
de nuestra existencia algún ser digno de 
ser amado^ debe amarse. 

Empero, debe verse si se ama ya á 
otro ser igualmente digno, porque el 
amor ocupa un sitio en el corazón del 
hombre y la parte de este sitio que se 
desocupe la ocuparán los celos. 

El amor y la muger, son indivisibles; 
doñee está la muger, alli está el amor, 
lo difícil es apropiárselo. 

La desgracia, dicen ser el crisol don- 
de se purifican las almas. ¿Y acaso con 
el amor, no se purifican también? veá- 
moslo: 

Desde el instante que un alma siente 
esa divina pasión, solo pertenece al ser 
que se la inspiró-, si ésta le dice amata» 
el alma ó por mejor decir la mano del 
hombre que la alberga «matará» si le di- 
ce «reza» sus labios elevarán fervorosas 
plegarias al trono del señor... y como el 
amor no puede inspirar mezquinos pen- 
samientos, ved ahí purificada el alma 
por medio del amor. 

Porque nada es tan dulce como obede- 
cer á la muger querida. 

Ellas son la perfumada esencia del 
universo. 

Sin ellas respiraríamos eon dificultad. 

Sin ellas seria mucho mas corta nues- 
tra vida. 

Las historias que mas nos enternecen 
son las de dos amanten d^^ss^^^^x^^^^^^ 



Lópé de V'etét, 



Ojead las cartas del mutilado Abelar- 
do á la infeliz Éloisa. Leed á Pablo y 
Virginia, reóitad en fin una sola redon- 
dilla de los Amantes de Teruel. 

¿Que desengaños son los que dejan mas 
vacio en el corazón del hombre? 

Los desengaños de amor. 

¿Que perdidas dejan mas huellas de 
sentimiento en el alma? 

Las de una muger querida. 

Yo he visto llorar á un hombre. 

Solo lloraba por una muger. 

Tal vez sin existir esa causa no hu- 
biera llorado en toda su vida. 

Un hombre habita una pobre buardi- 
11a sin muebles, sin alhajas, sin tapices, 
sin alfombras; pero si tiene al lado un 
ángel en belleza, pureza y hermosura, 
tan bien embellece aquella mansión, que 
si á todos le parece buhardilla, á su due- 
ño le parece palacio. 

De noche, la luna nos parece mas be- 
lla si irradia palideciendo la frente de 
nuestra querida-, el amor dicta enton- 
ces las mas dulces palabras, entonces la 
elocuencia brota de nuestros labios. 

El amor tiene también, como reden- 
tor del alma que purifica, su corona de 
espinas: la ausencia. 

Quisiera no hablar de ella. 

La ausencia es la ausencia del amor. 

Mas alto: lo definido-, no puedo entrar 
en la definición y esto rae confunde, es 
entrar en un círculo vicioso. 

La ausencia es la falta del objeto ama- 
do-, es no sentir sus miradas-, no oir su 
voz-, carecer de su presencia, de su lige- 
ro contacto-, es verla únicamente al tra- 
vés del velo de nuestra imaginación: 

Porque como antes dije, la mujer y el 
hombre son indivisibles: 

Y una mujer á quien no tengamos 
amor ¿que es á nuestros ojos sino uti 
ser rodeado de empalagoso materialismo? 

Existe también el dolor del olvido. 

Esto es mentira: en el amor no hay 
olvido: hay si, la muerte de un senti- 
miento que nada dice en adelante á 
nuestro corazón. ¿Olvidamos acaso el 
griego apesar de ser una lengua muerta? 

El amor todo lo diviniza,, todo lo her- 
mosea, todo lo realza. 



Una flor que tengamos en nuestro po« 
der de mano de la muger amada, es pa- 
ra nosstros una alhaja mas preciosa que 
las mas ricas diademas. 

Una cinta, un lazo, una carta son á 
nuestros ojos mas preciado que la opu- 
lencia del opulento, que la sabiduría del 
sabio. 

El amor no tiene lenguage, solo tie- 
ne acción: uua sonrisa, una mirada, 
un leve apretón de manos bajo la mesa 
de una tertulia, son á nuestros ojos pa- 
labras, que espresan mejor que los mas 
elegantes discursos. 

¡Y qué penetración dá el amor! Siem- 
pre sabemos las hora$ del diaen que po- 
demos gozar de la vista de nuestra que- 
rida: sabemos sus deseos, su genio, co- 
nocemos á fondo sus cualidades, porque 
los amantes nada se reservan, nada se 
callan. 

Sin el amor no existiera la poesia. 

Es la parte principal de ella. 

Preguntad al poeta quien le inspira sus 
mejores cantos-, decid al pintor quien le 
proporciona sus mejores asuntos: 

Lo mejor de Espronceda es el canto á 
Teresa. 

La mejor oda de Garcilaso es amorosa: 

«El dulce lamentar de dos pastores 
«Salicio y Nemoroso juntamente. 

El mejor cuadro de Murillo representa 
una muger santa, madre y pura: la Vir- 
gen. 

La misma naturaleza nos enseñó á amar 

Ella nos dá el egemplo. 

La enredadera se enlaza amorosamente 
al balcón que cae sobre un jardin. Una 
palmera del desierto envia con sus semi- 
llas quizá el aliento del ameren su póLm, 
á otra palmera cuya copa no mas vé en el 
inmenso horizonte. 

Por eso el hombre debe amar á la rauger, 
pues ella rodeade bondadesy cuidados el 
estrecho círculo de nuestra limitada vida: 

Porque ésta no es nada sin el amor. 

Porque el amor es el favorito del alma. 

Si nó ¿quien habrá que no haya sentido 
un temblar de gozo, un ahogo de ale- 
gría al recibir el anhelado si (}e la mu- 
ger de cuyos labios pende su felicidad? 

Hay tal agradecimiento en el corazón 



Periódioo semano.!. 



del hombre hacia la muger que le ha cor- 
respondido que se forma en él un altar 
de adoración en él que la muger es una 
livinidad. 

Y la muger después de Dios es el Dios 
en la tierra. 

A ella dirigimos nuestras purisimas 
ofrendas y nuestros sacrificios. 

Concluyendo. — Las dos grandes po- 
tencias que rijen y gobiernan al hombre 
en el mundo son la muger y el amor. 

Pablo Cantó Xtienza. 



! 



mXSCELjlNEA. 



'' ^'^^^^^^ ^***^rtip^*^ * ^*^f^j» "■■*■■ 



¡DIOS TE BENDIGA! 



i. 

«* t • • 



Jira niño— Sentí. — Perdí la calma. — 
Una esperanza me halagó, finjida. — 
Soñé con el amor. — Lancé mi alma 
á los revueltos mares de la vida. 

Dejo la orilla. — Rebramando el viento 
mi pobre nave á la venlura envia. — 
¡Cuál se estremece el liquido elemento! — 
¡Q.ié tormenta, gran Dios!— Pobre alma mia! 

Sin norle... sin timón!— A destrozarme 
ol mar me arrastra con su furia loca. — 
Brilla una luz!... si, si. — Voy á salvarme 
V rae estrello en la luz. — ¡Era una roca! 

H. 

De entonces lloro mi pasada calma. — 
Reina la oscuridad. — Triste y perdida 
puerto do salvación busca mi alma 
en los revueltos mares de la vida. 

Naufragaron mis ricas ilusiones! — 
Una tabla encontré por mi fortuna: 
la inmensidad cruce. — Mis oraciones 
el cielo oyó por fin. — ^Brilló la luna. 

Cede la tempeslad.— Vuelve la calma 
con el reflejo de una estrella amiga 
que aparece en el cielo de mi alma. — 
Esa estrella eres \ií.-^¡Dio8 te bendiga! 

A. Carrion. 



Charada. 

A la arena de un palenque 
armado de punta en blanco 
un caballero ha salido 
sobre un fogoso caballo. 
Arrogante es su presencia^ 
su aire marcial y bizarro 
y de primera y segunda 
el color de su penacho. 
Su llegada en el palanque 
grande alborozo ha causado 
según aplauden las damas, 
según grita el populacho. 
Solo ruge y se enfurece 
un mantenedor del campo, 
el que motiva la lucha 
y ha ya muchos derribado. 
Por envidia y por venganza 
á Alfaima acusó villano 
ante jueces sin conciencia 
de haber su honor mancillado. 
Alfaima pura, inocente, 
justicia pidió llorando 
contra el infame: mas fueroo 
inútiles ruego y llanto, 
porque los venales jueces, 
para la joven votaron 
contra todo sentimiento 
pena de muerte, si al cabo 
de tres dias no yenciera 
en abierto y libre campo 
algún campeón ilustre 
de Dios y el cielo enviado. 

Y ya muchos caballeros 
á la arena se arrojaron, 
mas todos fueron vencidos 
por Acmet el africano. 

Y ya los nobles se afligen 
y se agita el pueblo bajo, 
y ya los jueces se alegran 
con Acmet el africano, 
cuando se presenta airoso, 
armado de punta en blanco 
sobre un brioso alazán 

un caballero bizarro. 
Con bocinas gritan luft^<\ 



Lope de Vega, periódioo semanal. 



«Juicio de Dios» los heraldos, 

mientras enristran sus lanzas 

y toma cada cual campo. 

Trompetas suenan y salen 

á galope los caballos: 

se encuentran, luchan, se hieren, 

las lanzas se hacen pedazos. 

Salen á luz las espadas 

y luchan por breve rato 

hasta que asiendo la suya 

el de los rojos penachos 

descarga un golpe terrible 

sobre su vil adversario, 

que su cabeza divide 

después de partir el casco. 

Se agita, vacila y cae 

el acero de su mano 

y él á su vez yerto y frió 

cae de su negro caballo. 

En tanto el pueblo vocea 

y al aire dá mil aplausos, 

y las damas de alegría 

agitan sos velos blancos. 

Mas él la visera se alza 

y se baja del caballo 

y sube primera y tercia 

del negro y triste tablado 

donde Alfaima está, que dijo 

llena de amor y entusiasmo: 

«cuanto quieras pedir, pide, 

porque obtendrás otro tanto.» 

Mas dicen que el caballero, 

tan galán como es forzado, 

no pidió segunda y tercia: 

pero añaden que el regalo 

que el buen caballero obtuvo 

de haber muerto al africano 

el amor de Alfaima fue, 

que vivió siempre á su lado 

en mi todo, que es ciudad 

de la que son afamados 

sus deliciosos jardines 

y un magní-ficü palacio. 

f/ Hombre de la Selva Negra. 



Epigramas. 

Preguntándole Zenon 
á la bellísima Inés, 
le dijo: jsabes quien és 
el Úlósofo Platóní 



T ella que aunque se lo mande 
Dios, no deja de ser tonta, 
dijo, contestando pronta: 
Platón, es un plato grande. 



Perdió un ricacho escolar 
el sesto año que cursaba 
á la sazón que habitaba 

la Fonda Peninsular. 
Burlando la pena honda 
del padre, escribió: Paciencia, 
si pierdo un curso de ciencia 
ya gano un curso de fonda. 

Pablo Cantó. 



Solociones á la Charada del nóinero anterior» 

Con Bot^, Bote y Tara, 
Rata, Rabo y luego Tate, 
Juan Palabrilla el Doctor 
su gran charada formó, 
siendo el todo BOTARATE. 

MoraMa* 

Al fin, doctor, dije: tate, 
que he podide descifrar 
después de mucho pensar 
la charada, BOTARATE. 

El de la tristísima figura. 

¡BOTARATE! esclamé al punto 
que tu charada leí*, 
no te ofendas PalabriUa 
que no lo digo por tí. 

El Licenciado Vidrieras. 

Tu charada, Palabrilla, 
he descifrado al momento: 
es BOTARATE y si miento 
que me rompa una costilla. 

JA. 



DIRECTOR T EDITOR RESPOXSABLB, 

Imprenta de Cernían.— Comedias 11^ 



AHIO I. 



DOMINGO 27 DE SETIEMBRE DE 1863. 



NÚM 26. 



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LOPE DE VEGA. 

PEaiÓDICO SEMANAL DEDICADO A LA SOCIEDAD QUE LLEVA ESTE NOMBRE. 



OIEig-CIAS. 



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•TfininBIi 



D. PEDRO CALVO ASENCIO. 



SSa-^ De su odorante boca frngnncia el ámbar toma 
I Y de su tersa frente los lirios el albor. 



Hoy que toda la prensa es- 
pañola Hora la muerte de es- 
te noble patricio, Lope de 
Vega, apesar de ocupar en 
ella el lugar mas humilde, 
consagra una lágrima á su 
memoria, rogando á Dios pre- 
mie en el ciclo la constancia 
conque se dedicó en la tierra 
durante su corta, pero inta- 
cliable vida, al bien de la hu- 
manidad. 



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SSBBSBSS 



rtÉMHlHMMMM 



UNA IRIRADA AL CIELO 



Remóntate alma mia y al ver el fírmamento 
Que ostenta estrellas miles en campos de zafir, 
bel mundo esto que habitas sepárale un momento 
Y á la región celeste feliz podrás subir. 

Allí el fragante aroma que exhalan bellas flores, 
De soles infínitos el rayo brillador, 
De ardientes querubines los cánticos de amores 
Te inundarán de gozo divino, arrobador. 

Verás ángeles bellos pulsando arpas de oro, 
Doncelhis coronadas con ramos de azahar; 
De mártires heroicos verás el almo coro 
Laureles eterno les y palmas ostentar. 

Bijo un dosel de estrellas de claros- reverberos, 
Teniendo la a!bi luna por bello pedestal, 
Verás una hermosura: sus ojos son luceros, 
Su talle esbelta palma, sus labios el coral. 



De sus afectos puros la tímida paloma 
Apfende la inocencia y candoroso amor. 

Las aves mas canoras, oyendo sus acentos 
Sin que imitar consigan tan dulce vibración. 
Aprenden melodías que sueltan á los vientos 
Cuando en el alba elevan suavkima caDcioo. 

Piadosa es cuanto bella, que siendo soberana 
Del cielo y de la tierra nos brinda con si amor 

Y mira compasiva nuestia flaqueza humana 
Haciendo que deponga sus iras el Señor. 

Y ofrece al peregrino doliente y fatigoso 
Un valle florecido y fresco manantial, 

Do encuentra el infelice dulcisimo reposo 
Lavando sus heridas con 7gua celestial. 

Oh Virgen bendecida, del cielo bello encanto/ 
Tus gracias adorables yo quiero contemplar 

Y en tus preciosas plantas vertiendo dulce llanto 
Yo quiero ¡madre mia! mil besos estampar. 

Yo te diré las penas que el alma me rasgaron 

Y la eslridpinte risa que mi entusiasmo heló: 
Te mostraré las llagas que abiertas me dejaron 
Espinas punzadoras que el mundo me clavó. 

Mas ayí que el alma mia pretende alzar su vuelo 

Y aprésala inhumano tiránico poder; 

Los lazos de la carne sujétanla en el suelo 

Y la infeliz no puede cruzar el claro etér. 

Y solo allá entre sueños te vé mi fantasía 
Velada con celajes de plata y de carmín. 
Rasgar quiero ese velo ¡mas ay/ que me desvia 
Celosa de ocultarte un blanco seraGn. 

Aprisionada y ciega cstiendo á tí los brazos 
Ansiando ver tus luces ¡oh estrella del amor/ 
Pues rompe compasiva mis humanales lazos 
Si solo asi ver puedo tu célico fulgor. 



Anteqn^ra. 



Victorina Saenz de Tejada, 



Lope de Vega, 



Bruto, primer cónsul. 



itfueslra ol puñal en sangre purpurino, 
Bruto, al pueblri en el for:) eoiijregado, 
en el lurg.MiK» pec-h;) sí»pullaílo 
de la espora inlVIi/ ¡le C')lalino. 

Al clamor del n)in:ino y di*l latino 
que rugen como ligre d -salado, 
apenas, entre vi\as sofócalo, 
se escucha el ^rilo di*l audaz Tarquino. 

Se e.>lrem;*ccn los basquéis sc^culares; 
retiembla estrinh'ci lo el C ípilolio; 
al mar se arroj.i alb iroz.nlo el Tibre-, 

Y elevan lo las laces cónsul .res 
el héroe dice, d rribando el solio: 
«Lucrecia ha muerto, pero Roma es libre!» 

A^. de Luaces. 



GORGORITO SENTIMENTAL 



La estrella del placer se va ocultando: 
El astro del dolor vá apareciendo. 
Mis sueños de venlura van volando: 
Mis horas de infortunio van viniendo. 
¡Ay del quí muere, por vivir amando! 
¡Ay del que vive, por amar muriendo! 
¡Ay <lel qucí solo gozará esperan lo 
í mira siempre su esperanza huyendo! 

G. R. Larrailaga. 



Erefi nn i dkini I <(1, y sin ^in>>ftri;o eret fm, 
eomp irada lu UiTinosu' i f» i ti purexi. 

El Aú'ioa. 

— Y pos'i- sobre mis labios un intenso 
beso que penetró hasta el fouJo de mi 
corazón. 

Y el balito perfumado que desprendia 
lle^ó hasta mi alma. 

Y mi alma la sintió cerca de sí, y mi 
corazón tembló do placer cual la hoja 
que mece el céfiro suave en la matinal 
aurora. 

Y su boca, m"\s dulce que las mieles, 
dejó escapar un suspiro, suspiro que re- 
co.£,MÓ mí corazón envuelto en un uyo te 

adoro.» 



Y sus blondos y rubios cabellos cu- 
brieron mi cabeza, y sentí su rostro jun- 
to al mió, y oí que llorosa y amante me 
dijo: «soy la mugor por quien vives.» 

¡Y era ella! ella tan resplandeciente 
de juventud y hermosura, de virtud y 
pureza-, ella tan casta y pudorosa, con 
sus rasgados y ardientes ojos-, ella con 
su bocra parecida á una guinda entre- 
abierta que dejaba ver en el fondo una 
sarta de perlas; ella con su rostro an- 
gelical ^ su seno pudorosamente cubier- 
to-, ella, en aquel instante, era solo com- 
parable con la Safo de Losbo. 

Mi corazón no pudo resistir la emo- 
ción, mis párpados se reunieron, y el 
sueño me trasportó á otras regiónos. 

Y soñé. 

Mi vida la hubiese dado en sacrificio 
de aquella muger. La adoré con el mis- 
mo entusiasmo que... 

Y creí que era amado, quizás lo seria-, 
pero en medio de mi dicha, cuando so 
naba glorias sin cuento, abrióse ante mi 
un vacio, domie se perdía la vista, era 
el caos-, y vi cruzar el fantasmade la du- 
da, que pasó y se perdió en el espacie-, 
volvió á p icar mas tarde, y deséchelo 
con horror, mas en vano: presentóse por 
tercera vez á mi imaginación y me hizo 
ver, señalándola con el dedo, la imagen 
de la infidelidad, que ocultaba la cara 
en el manto, temerosa de que la descu- 
briesen... 

Y entonces, loco, fuera de mí, me me- 
sé los cabellos y deié escapar una car- 
cajada que conmovió en su asiento la es- 
tatua de la virtud. 

Y desperté. 

Y junto á mí, respirando el aliento de 
pureza que la dio su madre al nacer, 
estaba ella. «i 

Ella tan inocente, tan honrada, y con 
su conciencia tan tranquila, mirándome 
fijamente, como diciémlome, qu3 mirase 
ai través del cristal de sus pupilas lo 
que encerraba su corazón. 

Y un rayo partió de mis ojos y soa- 
deó su interior-, su corazón estaba tran- 
quilo como un lago en calma^ ea el qoe 
solo 86 advertía un rastroi, qud «ra b 



Periódico semanal. 



estela que dejaba tras de s{ su amor 
unido á mi amor. 

Y suspiré, y la brisa suave refrescó 
mi frente y despejóse mi imaginación, y 
la luz de la verdad iluminándome, de- 
jóme ver, con caracteres de gloria, un 
letrero que decia: ^Existe virtud sobre la 
tierra- » 

/. 



Cuando del tiempo la pesada mano 
Cargue de años el yerto corazón; 
Cuando del hombre en misterioso vuelo 
Huya la juventud que tanto amój 
Cuando solo trabajos y familia 
Fruto de un dia deliciosa unión, 
Amargeu el recuerdo de su dicha. 
Le agovien sin cesar en derredor, 
Contemplando su mal inevitable 
Quizás esclame con sentida voz: 
«Bellos recuerdos de mi dulce vida^ 
Ilermosos ratos de mi alegre humor. 
Como pasasteis con veloz carrera. 
Sin doleros jamás de mi aflicción! 
Recuerdos sois de los que solo dejan 
Huellas al alma de mortal dolor! i* 



Ni la puede acallar el pecho mió. 
Ni la puedo borrar de mi memoria? 
¿Quién de su libro de bellezas lleao, 
¡Ay! pudiera arrancar una por ana. 
Las páginas de amor y de fortuna? 

Y sin consuelo espera 

En su edad lastimera. 

Para variar de suerte * 

Que acabe su carrera 

El pronto paso de la cruda muerte. 

Pablo Cantó Atienza. 



LA DAlIi DEL MEDALLÓN, 

NOVELA OBIGINAL, 

POR EMILIO DE LA CERDA. 



Y si esto dice el hombre vigoroso 
Que frisa en los cuarenta 

Y aunque no muy dichoso, 

El tiempo alegre de su vida cuenta^ 

¿Que no dirá decrépito el anciano. 

Que con mas tiranía. 

Siente del tiempo la pesada mano? 

¿Para el que cada dia 

lis muchos pasos á la tumba fria. 

Nuevo dolor en su intranquila mente, 

Nuevas arrugas en su calva frente? 

Ese no podrá menos 

De esclamar con acento desvalido 

Y con conceptos de amargura llenos: 
¡Cuanto goce perdido! 

¡Cuanta dulce ilusión desvanecida! 
¡Que pasión he sentido 
En aquellos instantes de mi vida! 
¿Porque la voz de mi pasada historia 



CONTINUACIÓN. 

Media hora después, cuaodo reinaba en la ha- 
bitación el mayor silencio apenas interrumpido por 
la dulce respiración de la joven, se abrió sin 
ruido una pequeña puerta practicada cenarte en 
el muro, y apareció por ella \\ cabeza de un 
hombre. Luego adelantó este un pié con precau- 
ción, y por ultimo penetró en la alcoba. 

Aquel hombre müs se asemejaba á un c<>da* 
ver animado por el galvanismo, que á un ser 
humano en el uso de sus facultades. 

Era alto, y horriblemente ílaco, y aunque ape- 
nas contabi) de veinte y cinco á veinte y seis años, 
parecia un viejo caduco postrado por los padeci- 
mientos. Su rostro, cubierto de un:i paluléz mUe 
que le hacía aparecer casi trasparente, estiba 
orlado de una barba hrg4, l.icia y dí'scu'Jadn. 
El cabello también muy larso y enred .do, sa- 
lia por debajo de un gorro de terciopelo ne;5ro, 
metido hasta las cejas. Ib^ envueliocn uwa bita, 
que apesar de lo caloroso do U estación, era do 
damasco, acolchada, y forrada de pieles; y no 
obstante tan escesivo abri;;o, aquel hombre tiri- 
taba, por efecto de la calentura. 

Andando con mucho rerato, llegó h^sta el le* 
cho de Laura, cruzó los brazos y conteniendo el 
continuado caslañeleo de sus dientes, esluvo con- 
templándola por espacio do alj;ü:iüs m;n;Uos; hie- 
rro se aproximo á eí'a, ó imprnnió sus ¡irdorosoa 
labios en la frente de la hermosa, que se estre- 
meció ásu contado, murmip in lo al mism) tiempo: 
— Julio, Julia .. seréis felices .. yo os lo juro. 
— ¡Siempre la misma idea! esclamó en \oz bi- 
ja el hombre misterioso. Oh! Laura, oh! aoaAc 



Lope de Vega, 



mió! pronlo vas á verte libro de mi... aunque 
yo... bien poco te he moleslado... Adiós., adiós 
quizás por la úllima vez! 

Después dirigió una mirada tiernísima á la jo- 
ven en cuyosi labios vagaba una amjrga sonri- 
sa, y desapareció por la puerlccilia, que cerró 
tras él. 

Aquel hombre, aquel espectro, no era otro 
que el marqués de Ocampo. 

CAPITULO III. 

En que consistía el plan de Pedro. 

En un sotabanco, de una casa de seis piso del 
barrio del Avapies, vivía un matrimonio joven, 
y tan pobre que solo contaba como medio de sub- 
sistencia con las pequeñas ganancias que le pro- 
porcionaba el oficio que profesaban los dos es- 
posos, y que consistia en hacer abanicos bastos 
de los que se surtian las mugeres del barrio. 

El marido conslruia los varillages, que por 
lo regular eran de pino, ó de naranjo, pintados 
y barnisidos, y la mnger iluminaba las grose- 
ras litografias que adornaban las vítelas. 

No siempre habia sido tan desgraciada la suer- 
te de esta familia. 

Gíuseppe Antonelliera italiano, como también 
8u mugtr Fiorella Gal vano, con quien hacia 
cinco años estaba casado. 

Giuseppe, habia formado parte de un club 
revolucionario en Yenecia, su patria, el cual, 
habiendo sido descubierto por la policía austria- 
ca, fué disuelto, y los que' lo conHituian pre- 
sos unos, sentenciados á muerte otros, y so- 
lo al:;uno8 pudieron librarse, espatriándose, per- 
diendo por consiguiente cuanto poseían; pues el 
gobierno tiránico del Au tria, coníi.ncó sus bie- 
nes y los dejó reducidos á mendigar en tierra es- 
trangera su subsistencia, ó á valerse de cual- 
quier industria para poder vivir. 

Antonclli fué uno de estos últimos, y habién- 
dole perseguido la desgracia hasta en el suelo 
español, donde no encontró colocaron alguna, 
tuvo que echar matio del sencillo ollcio en que 
se ejercitaba en la actualidad, y del que fuera 
aprendiz en su juventud. 

Ya hacia tres años que estaba en España, y 
dos que vivia en Madrid, en aquella misma casi. 

Todo el barrio le conocía por el tío José el 
Abaniquero, y era de lodos querido, porque con 
todos simpatizaban tanto él como su joven esí)osa. 

Era alio, muy rubio, y de fisonomia alegre 
y simpática. Apenas contaría vciiile y ocho años, 
y VI tan joven, pns iba sobre él, la desgracia, que 
siempre persigue al que se esfiuTza en salvar á 
su patria de la cruel tiranía quo la oprime; y sin 
embargo de haber sufrido tanto, conservaba siem- 

Jre el mismo carácter alegre de sus días de fe- 
v'dad. 



Su esposa, joven de veinte años, ero... \k qué 
hemos de describirla? El que hubiese conocido i 
Laura de Clermont, ereeria encontrar en Fioret- 
ta la reproducción exacta de Laura, si bien al 
fijarse en pequeños detalles, encontrara esas di- 
ferencian que no dejan de existir en todas las 
cosas por muy sem.'jnntes que sean Sin contar 
su acento italiano, y su metal de voz comple- 
tamente diferente do I de Lajra^ se ob>ervaha 
además, en ella la fnlta del lunar en la mejilla 
derecha que tanto agraciaba el rostro do la jo- 
ven marquesa: por lo demás, podía presentarse 
en cualquier parte donde no se hubiese oído 
hablar á Laura, y es seguro que nadie hubiera 
dudado deque era la misma BixtMX del Medalhn, 
que tanto estaba llamando la atención en Ma- 
drid. La casualidad se había compitcido en dar 
á dos qersonas á quienes no unía ningún víncu- 
lo de parentesco, el mismo tipo, la misma se- 
mejanza (]uo se nota en herm mos gemvHos. 

En el momento en que presentamos á nses 
tros lectores este joven m itrimonio, trabajaban á 
la luz de una vela de sebo, mjtida en el cue- 
llo de una botella, mientnscanlanban a dúo el 
Misserere del Trovador, con el mayor afinamien- 
to, como pudieran hacerlo dos cantantes de pio- 
fesion. 

Asi que acabaron de cantar, Giuseppe escla- 
mó en italiano, cesando de trabajar^ y mirando 
á su muger: 

—¿Sabes Fíorelta,que parece ta voz la de qb 
ruiseñor? me estasio oyéndote cantar. 

— Y yo á tí Giuseppe; eres un gr?n tenor. 

—Mira, Fíoretla, en verdad te digo, queya 
estoy cansado de estar todos los días haciendo es- 
tos malditos abanicos |)ara luego venderlos por po« 
co mas de nada, y te aseguro, que si me ad- 
mitiesen en alguna compañía de ópera ílaliana... 

— jQue locura! 

—/Sí es verdad! trabaje V. trabaje V. sin 
descanso y luego ¿para qué? Nada, nada, esto 
no f)uede seguir asi. Yo no quiero que tu tra- 
bajes, Fioretta; ¡yo quiero ser rico« si, muy rico. 

— jBuen camino llevamos! 

—¡Per Bacol otros con menos elementos bao 
hecho una fortuna. 

Mira sino, el amo de tu amiga Lnc¡9 ¿Quieo 
le hal.ia de decir n él, ahora diez añ-H, cuinJo 
estiba barriendo la tienda donde entró de de- 
pendiente 'A venir de Burgos, que debía ser uo 
día uno de los banqueros mas fuertes, con ex- 
celencia, títulos y Jemas? Pues yo no he sido 
nunca un palurdo', y si pudiese reunir algún di- 
nero, le ;«sej:uro !. 

—Pues justamente es lo que te h^ce falla; di- 
nero |)ara empezar; el dinero trae dinero, fiero el 
que trae al otro no se gana haciendo abaoicoi 
de á diez y siete cuartos y de é peseta. 

—Ni barriendo tiendai. 



Periódico semanal. 



— Giuseppe; todos sabemos como se hacen esas 
fortunas improvisadas. 

— ¡Diavolol es verdad; pero si no puedo alejar 
esti maldita idea que hace tiempo me está mar- 1 
tirizandüí 

Luego dando una puñada sobre la mesilla^ 
gritó: 

— ¡Fioretta, yo quiero ser rico! 

— ¡Vaya un empeño! cuiitesló riendo Fioretta, i 
pues si ese es tu deseo, cúmplase amigo mío; 

fiero creo que si no le agregas á una cuadril- 
la de monederos íiisos .. 

— ¡Yo monedero falso! y que ya que ima ver 
libré el cuerpo en Venecia por revolucionario, 
vaya á dar conmigo en un presidio por ladrón/ 

— Pues enlóncos... no te veo nunca rico. 
— Pues pobre me quedo. 

— Vea V si yo tubiera siquiera quinientos 
escudos er.'^ feliz Pondría como en Venecia una 
tienda de juguetes y... por poco f^e empieza. 

— Ya lo creo, con quuiienlos escudos, éramos 
unos rjyes ^ 

Durante su conversación, un liombre ha es- ' 
tado contemplando esta escena, apoyado en el 
marco 'ic la puerta del sotiib'iiico. ¡ 

Apenas Fioretta acabó de hablar, el hom- ! 
bre se adelantó, y llegándose al ilaliiuo, le tocó 
en el hombro. Gínseppe se volvió precipitada- 1 
merite, y se eucont* ó cara a cara con uu señor t 
al parecer de bastante edid, á juzgar por los | 
rizos de cabellos canos que snlian por deb;tjo 
de las alas del sobrero que tenia metido hasta^ 
los ojos 

Llevaba antiparras verde? de cuádruples cris- 
tales, y en el ojhI de la levita, se veía la cinta 
de la Legión de Honor, lo que hacia creer que el ' 
desconocido era algún antiguo oGcial del Im-I 
peno. 

Tomó tranquilamente asiento, y preguntó á 
Giusepnc en mal italiano: i 

-^¿Sois maese Giuseppe Antonelli? 1 

— 1\ mismo, para lo que ordene su señoría. 

— Tengo que hablaros. 

— Al ¡nt.'inte, señor. 

Gmseftpe hizo ademan de mandar á su muger 
que les dejase t;olos; pero el caballero la detuvo. 

— No, no; al contrario, vuestra esposa debe ! 
oir nuestra conversación. 

— Ya escucho, señor. 

El desconocido sacó con mucha calma su caja 
de tabaco, tomó un polvo, y después de aspirarlo 
coo delicia, dijo al absorto Giuseppe. 

— Sois Veneciano espatriado* 

— Si ve ñor. 
— ¿Deseariiiis, regresar á vuestro país, y vol- 

» cr ü emprender vuestro comercio? 

— ¡Ah señor! ese es lodo ni deseo; pero á pe- 
ar del indulto que ha dado el gobierno aus- 
riaco á los emig 'ados, para poder volver á sus 



hogares, yo soy tan pobre, que me ha sido im- 
posible aprovecharme de él, pues no tengo re- 
cursos para costear el viaje á Venecia. 

— Bien; pues ahora se os presenta la ocasión 
de realizar vuestros deseos y aun de hacer for- 
tuna. 

— Veamos, señor ¿quien puede interesarse por 
mi? 

—Yo sé de alguno que os favorecerla á true- 
que de otro favor. 

— Esplicaos señor, dijo Giusepe aproximando 
su silla á la en que el desconocido habia to- 
mado á siento. 

—Es una cosa, muy sencilla la que se solicita 
de vos y de vuestra esposa. 

—¿Dé mi señor?, esclamó Fioretta sorpren- 
dida. 

—Si, hija mia. 

Escuchad: se trata de salvar á una muger 
cuyo honor peligra, y al mismo tiempo la vida de 
una joven. 

— Ah! y nosotros... 

— Si, vosotros podéis hacerlo; para lo cual 
voy ha poneros en antecedentes. 

(Se eonUnaari.) 



EN EL ÁLBUM 
DE LA Srta. D.* concepción T. 



No esperes que tus encantos 
Compare á los de la aurora. 
Cuando, del día precursora. 
Viste jalde y arrebol-, 

Y con sus nítidas manos. 
Abre las puertas de Oriente, 
Mientras sale, refulgente. 
De su ecuóreo lecho el sol. 

Ni á las flores cuyos cálices. 
Envidian las mariposas, 
Cuando en vueltas vagarosas 
Cruzan, leves, el pensil: 
Que entreabriendo sus corolas 
Oreadas con ricas perlas. 
Brotan fragancia al mecerlas 
Del aura el soplo sutil. 

Ni á la reina de la noche 
Cuando apacible riela, 

Y entre nubes su faz vela 
Con timidez virginal-, 

Ni compararé tus ojos 
A dos estrellas fal^<^\3LtA%) 



Lope de Vega, 



Ni á perlas nivea* tus dientes. 
Ni tus labios al coral. 

Que el raudal de los elogios 
Ya otros vates agotaron. 
Cuando en ti admirar lograron 
De hechizos tal multitud. 
Y hallar^ Concha, no me es dado. 
Para ensalzar tus primores. 
En mi paleta colores. 
Ni acentos en mi laúd. 



C. delM. J. 



1853. 



EL CANTO DEL TROTADOB. 



I. 

Aura de dicha, gentil doncella, 

de mis amores grata ilusión, 

de mi ventura radiante estrella, 

dulce esperanza del corazón: 

llegue á tu estancia mí humilde acento, 

turbe tu sueño mi triste queja, 

y escucha el eco de mi tormento 

que amante exhalo junto á tu reja. 

Yo soy un peregrino 

que cruza errante 

por la carrera amarga 

de los pesares. 

De mi consuelo 

en tí, hermosa, diviso 

mi ansiado puerto. 

u. 

Como se observa por el Oriente 

del nuevo día la luz brillar, 

asi en mi pecho la llama ardiente 

de un amor puro siento brotar. 

Entre las auras de las praderas 

van los suspiros de mi pasión, 

y dolorosa» y lastimeras 

muruiuran tristes, mí honda aflicción. 

Vergel de mis amores, 

tú sola eres 

la encantadora rosa 

que aromas vierte. 

Deja que aspire 

tu perfumado aliento 

guJen por tí vive. 



Joya del alma, rico tesoro, 
nadie en la tierra quiso jamás 
con la vehemencia que yo te adoro-, 
cual mi existencia te quiero... y mas. 
Mas que ama el triste á su ventura 
que el infortunio trocó eu dolor; 
mas que al rocío del alba pura 
ama la hermosa fragante flor; 
mas que las aves aman su nido; 
mas que al recuerdo de amor nacido; 

como al edén 
que en tus encantos vé mi esperanza, 
plácido asilo de venturanza, 
de goces puros, de único bien. 

No desoigas el ruego 

del que te ama 

y amando tu hermosara 

la vida pasa. 

No me desprecies, 

que tu desden es cierta 

señal de muerte. 

Y un suspiro amoroso 

cual mis suspiros, 

que esperanza le infunda 

al pecho mío, 

los aires cruce, 

pues la esperanza es dicha 

para el que sufre. 

IV. 

Mas nada escucho: reina del mnndo 
la noche tiende su negra faz; 
todo en silencio yace profundo... 
doquier la noche sombría, tenaz. 
Así la pena reina en mi alma 
que con su dicha feliz soñó, 
y envuelve en duelo la paz y calma 
de la esperanza que alimentó. 
Densas tinieblas cubren el cielo 
dó se refleja mi desconsuelo. 

La blanca flor 
de mi ventura, dobla su broche 
falta de vida, porque la noche* 
del desengaño, mata mi amor. 

Adiós, muger ingrata, 

de aquí me alejo 

llevando el alma^herída 

por el desprecio. 

De hoy mas, al llanto 

yo pediré el consuelo 

que i^e has negado. 



Féciódioa flemanal. 



Cuando la noofae oculte 
ya sus crespones 
negros, como mis penas 
y mis dolores; 
cuando la aurora 
asome entre matioefl 
de nieve y rosa, 
al destellar fulgores 
en el espacio^ 
alumbrará angustioso 
su primer rayo, 
las flores seca9, 
de ilusiones que maeran 
junto á tu reja. 



Lioare«.>«:S6¿. 



Bicardo Ayuso Espina$a. 



, mu -i s 



asxaa 



Si babieramos depr6»b»rlo6 6i)nnos frutos que 
emanan üe la edacacioi), no ba8tari»n centena- 
res (lo volúmenes. K cada paso encimira riamos 
ei(;m[)l()s que nos de mostrar ian el aserto de es- 
ta verdad. 

El hombre, pobre viagero que cruza el áspero 
caminí) do la vida, que lucha por llegar al fin que 
se pi opone, que h.) visto hundirse á sus plantas 
lo |>as.ido, que si lo evoca solo le queda un 
recuerdo ¡«jado ])or otros que le sobrepujan, que 
hoy vive con la^ ilusiones que alimenta, presen- 
tándose u su vista un porvenir rico de gloria, 
fascinador por lo que en si envuelve, que de- 
jado arrastrar por él, toca el acibar del desen- 
gaño, despeñándole á veces, y viendo una rea- 
lidad que le despedaza, que U corroe, que le 
asesina. 

Al bombre debe educifsele desde su mas tíer- 
na edad, cuando todavid do ha empezido á co- 
nocer «1 torbellino que de dia en día le en- 
vuelve habita colocarlo á la altnra déla mas com- 
pleta obrecaQÍon; que penelrandj por las puer- 
tas del vicio, le vemos salir por las del crimen, 
con el corazón lacerado, lleno de hiél, buscan- 
do ya arrepentido lo que no le inculcaron en su 
edad primera 

Por eso repelimos, debe educársele con es- 
mero para evitar esos males que por desgracia 
tanto abundan en nuestros dias. 

Nada exije tanta delicadeza como la educación: 
un paso mal dado^ no corregido por los padres, 
mifiana les hace derramar abondaotes lagrimas 
brotadas por su dejadez. 

Pero por el contrarío, el que la ha recibido 
tal cual dabe eonsideriraele, iastrciéo en nues- 



tra santa religión, en sos máximas, en sa sana 
DK>ral, vedlo ahi marchando por la senda del 
deber, encaminándose al sinluario de la virtud, 
8Íen«io el apoyo de los que le dieron el ser. 

La esperiencia nos ha demostrado qne en las na- 
ciones donde mas se cüíd*i de la buena edncacíoD 
fOn raros los crímenes que se cometen, y gran- 
de el número ée virtudes; asi es que Atenas, el 
templo de la sabiiluria, la morada de los place- 
res, la ciudad meramente filosóftca, sino bo- 
bera sido por la etlucacion que recibian sus ciu- 
dadanos no hubiera llegado al apogeo de gloria 
que eclipsó al mundo. 

Hoy^ todas las dates parecen se afanan por 
adquirir algunos conocimientos de educación. 

ror ese la mi^er de talento que ha busot- 
do en los libros lo que le negaba el mundo, 
es admirada de todos como una joya de un va- 
lor inestimable^ porque ésta, educará á sus hijos 
con ta sublimidad de sus palabras, con sus san- 
tas y puriscadas doctrinas; y en la edad en que 
sos fibras se desarrollen llegando al estado de 
comprensión, esta madre pondrá á su vista ejem- 
plos que imprimiéndoseles fuertemente, abrirán 
en corazón k senlioientos nobles j generosos. 

Hoy, organizada la sociedad con gran núme- 
ro de escuelas públicas, parece el siglo 19 el 
llamado para desterrar la ignorancia y cegue- 
dad; vemos que todos los gobiernos trabajan 
activamente en ¿crecentar la educación do sus 
pueblos. ^ 

En Espafia también, annque poco á poco, se 
vá adelantando en una mejora tan útil para el 
pais, y quiera Dios que aunque no sea mas que 
por su propio interés y por las ventajas que 
ofrece á la humuúdad, so vea desarrollada Án 
encoutrar á su paso obstáculos que vencer. 

F. González de la Cámara. 



tm 



MISCELÁNEA. 



Teatros. 

En el del Príncipe Alfonso sabemos que 
del seis al diez de Oclnbre próximo innugu- 
rara sus representaciones dramático-itulía' 
ñas, la eminente trágica Adelaida Kislo- 
ri, estrenándose con una de las mejores 
obras de su repertorio, á la que entre otras 
seguirán: Anye/o, tirano de Padua» Macbvlh^ 
Le Gelosie di Zelinda é Lindo/ o^ todas escri- 
tas y dedicadas espresamente por autores 
extrangeros á la egregia trágica. 

La eoi\^reaa, ai^M^x t^Niss^i \^ss\v^i^!^ ^^»r 



Lope de Vega, periódico semanal. 



tos qiie le ha ocasionado la reaparición de 
esta notabilidad artística, abre un abono por 
diez representaciones, á precio nada exaje- 
rado si atendemos las dificultades vencidas y 
los establecidos en otras capitales. 

Le auguramos brillante éxito, al par que 
esperamos, que como en otra ocasión, la 
ilustre trágica añadirá en Málaga, una hoja 
mas á sn corona de artista. 



Hoy debe llegar á esta ciudad la compa- 
fiia dramática que ha de actuar, en la tem- 
porada de invierno, en el Teatro Principal. 
Numeroso y escogido personal, procedentes 
muchos de los artistas que lo forman de los 
teatros de la corle, allí ventajosamente re- 
putados; otros conocidos en Málaga, donde 
recogieron mirecidos aplausos eni)tras tem- 
poradas; reparaciones y mejoras introduci- 
das en el coliseo; abundoso y brillante re- 
pertorio, son prendas seguras de que los afi- 
cionados al arte, pasarán ratos agradables 
en las medrosas y ateridas noches del invier- 
no que llama á nuestras puertas, oyendo la 
inspirada voz déla escelenle dramática Sil- 
vería del Castillo, bella adquisición de ia 
empresa, ya laureada en >! álaga, y objeto 
de calorosas y entusiastas defereucias en D.* 
Mencia y otros. 

Aplaudimos el celo de la empresa que tan 
acabado personal presenta, y sm preciarnos 
de profetas, le auguramos la justa recom- 
pensa á sus sacrificios. 

Queda abierto el abono esta semana. 

La inauguración de la temporada, el pri- 
mero de Octubre, será probablemente con el 
drama. El nuevo D, Juan. 



Lope de Vega. 

Anoche debió celebrar esta Sociedad la 
sesión que oportun;mienle anunciamos. Todo 
hace creer que tiabrá excedido en bríllantez 
á las anteriores, pues ademas de tomar par- 
te en ela, por primera vez, las ententlidas y 
simpáticas aficionadas á la declamación se- 
fioritas doña María Lucrecia Zamora y doña 
Estanis'á Borja. se habia hecho un numeroso 
y lucido convite. 

El) el próximo número nos ocuparemos con 
detenimiento de esta sesión, para la cual se 
Aaa veríácado algunas mejoras en el local, 1 Imprenta de Coii/ort.— Comedias 11. 



Charada. 

Es mi primera una letra, 
que en el alfabeto se halla; 
artículo mi segunda; 
mi tercera un rio de llalla; 
mi cuarta nada es por si; 

{con mi quiuta se pnra.-* 
li prima y segunda tiene 
muy bello mi amiga Juana; 
primera y quinta en las tiendas 
es cosa muy necesaria; 
segunda y prima un poeta 
que goza de grande fama; 

3uien llega á tercia y segunda 
e fijo gran frió pasa; 
tercia y cuarta la gallina 
hace mientas viva se halla; 
y si estando yo entre amigos 
todos al punto se marchan, 
entonces quinta y segunda 
me quedo.— De esta charada 
es el todo una nación 
en la historia celebrada, 
y que dio nombre á una guerra 
sangrienta, y por cierto larga. 
Con qué, si sabes historia, 
ya puedes adivinarla. 



Solociones á la Charada del nnnero anteríirf 

Hombre de la selva negra, 
aunque bien lo hts ocultado, 
el todo .de tu charada . 
es, si mú no be calculado, 
ia hermosa y lica GUANA DA. 

F., B., B. T A. 

Un caballero presentóse airoso 

á defender de Alfaíma la inocencia; 

es color grana su penacho hermoso, 

y arrobante y marcial es su presencia. 

A su rival venció; suhió dichoso 

la grada del tablado, y con vehemencít 

todos le aplauden: él no pide nada 

y Alfaima le adoró: era GR.VNADA. 

B.A. 

La charada del Domingo, 
apesar de sor t^^n grande 
que era GI{ANADA acertó 
sin vacilar— 

LA COMADRE. 



diiuí:tor y editor responsable. 

-A.3SrT02SriO CDAJEITIXOUT. 



AflO I. 



DOMINGO 4 DE OCTUBRE DE 1863. 



NÚfiT. 27. 



LOPE DE VEGA, 

PERIÓDICO SEMANAL DEDICADO A LA SOCIEDAD QUE LLEVA ESTE NOMBRE. 



' * 



ZjITEüA-TTJI^-A.. 




LOPE DE VEGA. 



El ingenio mas fecundo en poesía que ha te- 
nido España, nació en Madrid el 35 de noviem- 
bre de lo62, de Félix de Vega y de Francis- 
ca Fernandez, de noble alcurnia. £n el colegio 
im|)erial donde estudiaba gramática y retórica, 
fué donde empezó á dar muestras de e¿a ina- 
gotable vena que lo elevó á la cúspide del Par- 
naso. Huérfano á los pocos años, y con no ma- 
chos recursos para sostener á su madre viuda, 
dedicóse con mas asiduidad á hic^r versos, que 
le valieron la proteccioa del obispo de Avila 
é inquisidor general don Gerónimo Manrique. 
Llevóselo éste consigo, y en aquel palacio com- 
puso varias églogas y una piecesila titulada La 
Pastoral de Jacinto, primer ensayo de sus varia- 
das, ricas y abundantes composiciones dramá- 
ticas. Pensionóle el prelado por estos ensayos 
que le habia dedicado; y non esta ayud i pudo 
marchar i Alcalá á estudiar Glosofia, obtenien- 
do con gran aplauso el grado de bachiller. Pa- 
rece que 8U intención era dedicarse al estado 
eclesiástico, pero el duque de Albj, que le co- 
nocía hacia y» tiempo y que eslimaba en mu- 
cho sus buenas prendas, su modestia y su eru- 
dición, le disuadió de su propósito, nombrán- 
dole su secretario. Para el duque compuso en- 
tonces la Arcadia^ en la que S3gun un biógrafo, 
disfrazó con íingidos nombres, verdaderos su- 
cesos y lances de amor de varios señores de la 
corte. Casado alguu tiempo después con doñ< 
Isabel de Urbino, dama que á una belleza estre- 
mada reunía todas las prendas que contituycn 
la felicidad de un esposo, cuando la suerte encmigí 
vino á turbar su reposo. Uno de esos hombres 
maldicientes, áspides de la sociedad qu^^ todo lo 
envenenan y se complacen en morder las mas 

Euras reputaciones, ó envidioso de 1 1 fama de 
ope, ó crevendo que podría ímpuncinente za- 
herirla por lo modesto, empleó á todi hora con- 
tra él las punzantes saetas de la calumnia; pero 
el poeta f|ue no podía perdonar sin deshonor 
aquella injusta maledicencia, compuso contra el 
maldiciente un romance, en el que pintaba tan 
al vivo el carácter, costumbres y círcuo-tancias 
del difamador de su honra, que éste no pudien- 
do resistir tan justa crítica, desaGó á Lop3 Acep- 
tado %l duelo, quedó victoriosa la razón; pero 



la justicia intervino, y Lope fué conducido á la 
cárcel, y enlabiado el proceso. Sacólo de ella 
la astucia de un amigo, Claudio Conde, según se 
colige de la dedicatoria del dran)a que después 
compuso, y que le dedicó con el título de Bus- 
car su propia desdicha. Empero libertador y li- 
bertado tuvieron que refugiarse en Valencia. En 
esta ciudad tuvo ocasión de pagar el favor re- 
cibido: preso el Conde por algunas travesuras 
de joven, debió á Lope su libertad. Arreglado 
el negocio que le tema alejado déla corte, pu- 
do por fin volver á ella y al regazo de su aman- 
te esposa. Recibiéronle á su llegada deudos y 
amigos con las mayores demostraciones de ale- 
gría, pero apenas empezaba á disfrutar de cal- 
ma, cuando la muerte le arrebató de su lado á 
su querida Isabel. Para aliviar su pesadumbre 
se trasladó á Lisboa, resuelto á tomar parte co- 
mo soldado en la espedicion qne se dirigía con- 
tra Inglaterra en la invencible armada. Conocido 
es el desgraciado fin de aquella imponente ma 
sa de velas henchidas do esperanzas, que el tem- 
poral destruyó; que á éste mas que al valor de 
los ingleses debió, tal vez, Isibel de Inglater- 
ra su corona. El valiente! Lope, entre tanto, 
fuerte de ánimo é inalterable en medio de aque- 
lla deshecha borrasca cumplió como bueno, y 
se asegura que en los poces momentos que le 
dejaron libre el estampido del cañón y el retum- 
ba r del trueno, compuso el^ poema épico titu- 
lado La Dragonada, y una parte del de La Her- 
mosa Angélica, gloriosa emulación del Orlando 
de Ario^to; y aun se añade que apesar del do- 
lor de haber perdido á su hermano, que herido 
vino á esfíirar en sus brazos, y ver deshecha 
aquella gigantesca empresa, compuso la festiva 
Gatomaquia. Uestituido á Madrid, entró de se- 
cretario del marques de Malpica, y luego del con- 
de de Lemo, hasta que contrajo matrimonio con 
doña Juana de Guardia, dej;quien tuvo,dos hi- 
jos; per» al poco tiempo volvió á enviudar, re- 
nunciando desde enlonces^al matrimonio, sfigun 
unos por amores qii¿ teni.r con una d ima de 
alto linaje, casada también, llamada doña Ma- 
ría de Lujan; sei^un oíros p )ri^!io des.nií^iñido del 
mundo quiso abrazar el estado eclesiá.slíco. Lo 
cierto es, que ingrtjsó en la congregación de sa- 
cerdotes naturales de Madrid, elevándole en 
breve sus relevantes prendas al empleo de ca- 
pellán mayor- Su vida, se^uíi 5Í\c'^<^vsís»Kft.^>í^- 



Lope de Vega, 



nida principalmente hasu entonces á lo que lejcramentales. Sd^^m confesioa del mismo Lope, 
producían sus comeili^s y demis escritos, agi- silit l)({U3 trabijó ¿cinco pliegos áii>rios, ^ue 
tada con la< vicsil'ides de la rirluQi, tomó un 
aspecto mas soregado, y su repiticiou y su glo- 
ria llegiron ala m:iV)r a'lura (]<ii3 piisdj ape- Iso eYpi/lo/, que liacha por curiosidad la cuenta. 



multiolicndoü por los aSos de su vida, equivalea 
á 133,^23 pliegos; y añade Sedaño en su Pama- 



tecer un escritor. Compuso el poema titula- 
do Coronfl trlgica de liaría Siuart, dedici- 
do al papa Urbino Vil!, palien lole una atenli- 
8¡mi cartí autóg*'af^ de este ponlifice, que le 
Gonferii en pruebí de Hgra<lecimeiUo el grado 
de doctor en teología el litábito de Sin Juan, 
los títulos de promotor fucal y de notario de 
la cámara apostólica, y el de fimihar del tribu- 
nal de la inqui icion. Apesnr de la rigidez con 
que cumplía ios debenís de su sigra.l*» miuist) . 
río, sus trabijos poéticos ibm en aumento con 
asombro general de Kspiña y de Kuropi. Lope 
era mirado como un prodigio, y coui^uliado co- 
mo un oráculo; las gentes se panban en las ca- 
lles para verle y onseQirle n otros; y fué tal la 
importaocia qué le dio su fecundidad, q :e V'irios 
•stranjeros vinieron i Midrid pira conocerle y 
entabbr con él relaciones de amistad Con igu^l 



por uní pruilente regulación, de los versos que 
corresponden n cada pliego, sum^in veinte millo- 
nes trescientos diez y seis mil versos. «El F#- 
nix de los ingenios, dice un erudito escritor, dan- 
do con sus comedias nueva forma al teatro espa- 
Hol, lo elevó á un grado de cultura descoDOcido 
hasta entonces en Europa >> Otro dice compuso 
muchas comedias que solo gastaba en componer- 
las veinticuitro horas de tiempo, y alguna ea 
menos (!e cinco; escribia el verso sin iDlermisioa 
y como se escribe la prosa, y algunas veces, lo 
que es aun mas admirable, con la misma preci- 
sión y tin correcto como si hubieran sido re- 
tocados «Finaimuite, el sabio Quintana co la 
introducción de sus poesías selectas caslelUnas, 
dicf*: <Qao el hombre que recibió de la natura- 
leza mis dones de pjets y el qiie mas abusó de 
ellos, fué sin duda Lope de Vega. Don de es- 
estima le honraron muchos grandis. prelados y 1 cribir su l^^ngua con pureza, con claridad suma y 
toda la nobleza del reino, en particular el du- con elegancia; don de inventar; don de pintar; 

don de versificar de la manera que quería; fie* 
xíbilidad de fantisia y de espíritu para acomo- 
darse a Lodos los géneros y a todos los loóos; 



3 



ue de Sesa, que se declaró su prolector To- 
as estas disti')cioi:es solo sirvieron pi a estimu- 
lar aun mas su prodigioso ingenio, aumentando el 

número de sus composiciones, que le produje-) una afluencia que )amás conocía estorbo 6 es 
ron sumas considerables. Calcúlase en cien mil j cacez; mem^^ria enriquecida cou ana vasta lee- 
ducados lo que le valieron las imprusiones de , tura; aolicacion infatigable que aa nentabí It 
sus comedias á mas de las pensiones y regalos | facilidad q'it^,natnralm3nte tenia. Coa estas arm» 
de varios magnates, que con el producto de las se presentó en la arena, no conociendo en si 
capellanías ascedia á mil qiinienlos anufles, to- ambi^Mo i osadií ni límite ni freno Desde el na- 
do locuil le pro;)orcianabi vivir en la ab mían- drig I hasu la oda, desde li égloga hasta la 
cía, DO lejos le do.de vivía estrt^cliamjnto Cer- 'comedia, desde la novela hasta la epopeya, todo 
vántcs, el inmortal autor del Qu'jo:^ En este ; lo recorrió, todos los géneros cultivó, yeolodof 

.1 . r I t I. <* lili*. wl ■* • .!.& III 



estado atacó á Lope uta violenta enfermedad 
que le llevó al sepulcro el 23 de agosto de 1635. 
La muerte de Lope de Vega causó un duelo ge- 
neral en toda la nación: hiciéronle pomposos 
funerales costeados por el duque de Sesa« su tes- 
tamentario, á los cuales asistió toda la grande- 
za y las personas mis distinguidas do Madrid. Ce- 



dejo señales de imaginación y talento. Avasalló 
el teatro, llamó á sí la atención universal; los 
poetas do su tiempo fueron nada delante de él. 
Su nombre era el sello de aprobación para to- 
do: las gentes le seguiín en las calles, tos es- 
tranjeros le busciban como un objeto estraor- 
dinario; los monarcas piraban su atención á coo< 



lebróse su novenario, igualen todo á las exequias templarle. Hubo críticos qiie alzaran el gritocon- 
del primer dia, con asistencia de la real capilla, tra su culpabK' abandono, envidiosos que leca- 
ai cual siguieron tres dias de exequias solemnes, lumniaban. Ejemplo triste, aí\adid > á tos otros 
oficiando en cada ano de ellos un obispo, y di- ; muchos que prueban que la envidia y la catain- 
ciendo el panegírico un orador de los de mas nía nacen con el mérito y la celebridad; puesto 
nombradla en aquella época. Innumerables son que ni la amable cort-'sania del poeta, ni la 
las obras de este prodigio de la poesía, verdad^- apacibilidad de su genio, ni el gusto con quoM 
ro mónsifwi de la naturaleza, según la espresion prestaba ¿alabir á los otros, pudieron desarmir i 
de Cervantes, DO contf^ndose de poeta alguno an- sus detractores, ni templar su maligniditl. Pero 
tiguo ni moderno que haya escrito tanto, por- i ninguno de ellos pudo arrebatarle el cetro qm 
que ninguno h i estado dolado de igual talento. ' tema en sus manos, ni la consideración que tao- 
Log libros de tratados sueltos, de pt)es¡a lírica y tos y tan célebres trabajos le habiau adquirido, 
prosa pasan de cincuenia: veintiséis los de poe- Su muerte fué un luto público, su entierro bm 
sia dramática, y en ellos se encierran mas de mil concurrencia universal: hay un íd>ro ée poeiiaf 
ciutrccÍ0Ql9s comediaa y cuairocíentos autos sa- ' españolas hechas á su muerte, otro d» ildiaMK 



Periódico semanal. 



y vírieñdo y moriecido, siempre esiuvo oyendo 
alabanzas, siempre cogiendo hmreles, admirado 
como UD portento, y aclaoiado Fénix de los in- 
genios. Los estranjeros, especialmente los france- 
8e9, siempre dispuestos á rebnjar las glorias de 
las demás naciones, no han podido menos de ha- 
cer justicia á Lope de Vega La nar|>c mismo 
confiesa que sus gram^es trágicos Racine y Cor- 
neille, y el mi«mo Moliere, aprendieron de nues- 
tro Lope de Vega el arte de hacer comedias; 
y que el último en muchas de las suyas no hí 
10. mas que imitarle. El italiano Signorelli es 



SOia"BTO. 



Ver en él sol mas bello y refulgente 
Vn denso y oscurísimo nublado; 
Tener el corazón seco y helado 
A el placer y el dolor indiferenie-, 



No poder soportar el mido hírviente; 
. .. - , , k I -. ^.^ I Cansarnos el silencio sosegado; 

de sentir que so !e atribuye malamente h cor- 17^ ^1 . ^4^ „«. -.,1 „^„i:„ ^.?p.,^^ 
rupcion de* nuestro teatro.^ «Porque la corrup-ÍE» fl trato social sentir enfado ^ 
cion. dice, supone un estado anterior de sanidad j * ®' ^^^^^o matarnos lentamente; 
y perfección ¿Y cuál estaba el teatro español ^ , , , . . 1 .j 

mies de Lope de Vega? Véase como lo pinta él . Tener el alma de inquietud roma 
mismo á sus contemporáneos para disculparse. Sin esperanza de alcanzar nn medio 
Y ninguno de ellos ni sus sucesores han podido Para curar esta profunda herida, 
olesnientirle.» En Alemania escitaron grande ad- ' 



miración y entusiasmo las composiciones dramá- 
;icafi de Lope, desde que M. Schiegel y otros 
eruditos dieron á conocer las machas belhzas que 
contienen. Montalban, que entre los poetas espailo 
es se distingue como sa ma>yor admirador, le lla- 
na portento del orbe, gloria de la nación, lus- 
re de la patria, oráculo de la lengua, centro 
le la fama, asiento de la envidia, cuidado de 
a fortuna, fenit de los ér^fos^ príncipe de los 
rcrsos, Orfeo de las ciencias, Apolo de las mu- 
as, Horacio de los poetas, Virgilio de los épi- 
IOS, Homero de los neroicos, Pindaro de los lí- 
icos, Sófocles de los trágicos, y Terencio de 
os cómeos. Pero todos estos elogios y los que 
ucesivamente se le han prodigado, pueden rea- 
ufflirse en la décima siguiente de don Antonio 
loriado de Mendoza: 

El aplauso en que jamas 
Te podrá bastar la fama. 
Lo mas del mundo te llama, 
T aun te queda á ddber mas. 
A los siglos quedarás 
Por duda y desconfianza. 
Por costumlro a la alabanza^ 
A la envidia por oficio, 
Al dolor por ejercicio, 
Por término á la esperanza. 



Qm encuentra ineficaz lodo remedio. 
Es lo que insoportable hace la vida, 
¡La horrible enfermedad que llaman tedio! 



Inte^ttJrA. 



Yictorina Saen% de Tejada. 



PREGUNTAS Y RESPUESTAS. 



a=s 



En un álbum. 



No hay en el mundo poder 
con que al vulgo restringir, 
la facultad de mentir 
j di deleite de morder. 

/. E. líartumkudi. 



¿De quién es esa imagen vaporosa 
que ante mi se desliza sonriente, 
mas gallarda, mas bella, mas hermosa 
mientras la fijo mas mi vista ardiente? 
;E^ acaso del cielo desprendida 
lugaz. errante, peregrina estrella 
que los espacios al cruzar perdida 
la tierra inunda de su luz tan bella? 
|Es quizá la que forja los colores 
del iris sacrosanto de ventura 
envuelta entre celestes respladores. 
fuente de amor, de encanto, de ternura, 
que descendiendo del dosel divino 
Virgen, madre de Dios encantadora 
á señalar del cielo vá el camino 
al orbe que con fé ciega le adora? 
¿O es tal vez que exallada el alma mia 
bajo el poder de pesadilla inquieta, 
fin;ie mi acalorada fantasía 
el bello ideal de un sueño de poeta? 
Mas si es un ser divino qiie del cielo 
viene á llenar de paz los coraEones, 
¿porqué no estionde ya su raudo vuelo 
de olro mimdo al conffn y otras re^ooAaJ 



Lope de Vega^ 



4 



Y si es visión que un sueño por despojos 

tenaz á la intranquila mente lanza, 

¿porqué fijos en raí tiene los ojos 

dulces, como la voz de la esperanza? 

¿Qué sensación que hasta hoy no he conocido 

dentro del pecho mió blanda se agita? 

¿porqué no puedo ya darla al olvido? 

iporqué mi corazón asi palpita? 

¡Ah, no es visión! Los tibios arreboles 

que al despertar esparce la mañana, 

son pálidos y humildes girasoles 

de ese astro encantador de forma humana. 

¡Solo es muger! pero á creación tan bella 

el universo sorprendido admira 

Ír ante su faz mi corazón destella 
os rayos dulces del amor que inspira. 
Solo es muger. y el ancho firmamento 

1 alegando sus azules |)abellones. 
e muestra en el empíreo un regio asiento 
entre sus mas angélicas creaciones. 
Solo es mugor. y la existencia mia 
tras su huella magnifica, esplendente, 
resbala por doquiera noche y dia 
cual onda fiel de plácida corriente. 



I DECLARACIÓN DE AMOB. 



Lln&rei.«-18M. 



Ricardo Ayuso Espinosa- 



I _ 

Te vio par*a adorarte el alma mia, 
que en juveniles sueños te creaba; 
y si aun antes de verte te adoraba 
es, mi bien, porque ya te preseotia. 

Cuando en mi alma tu imagen no existia 
con el tipo de un ángel yo sofiaba; 
y al verte, comprendi que viendo estaba 
el mismo aquél que vio mi fantasía. 

Sí á ti, pues, se rindió mi dulce calma 
al punto que logré reconocerte, 
ay! dale tu la triunfante palma, 

I Porque si aun antes te adoré de verte, 
• el puro amor que se arraigó eo el alma 
borrarlo no podrá la misma muerte. 



♦ 



Madrid. 



Ildefonso Enrique Ollero. 



U DAIlil DEL MEDALLÓN, 

NOVSLA OBIGINAIi, 

POR EMILIO DE LA CERDA. 



soisrExo- 

Perdonad si soñé,... fué una quimera: 
yo un mundo me forjé rico de gloria 
y al teneros presente en mi memoria, 
os amo tanto que mi vida os diera. 

Nada anhelo sin vos; va nada espera 
de vos la fé que me animo ilusoria.., 
dejadme solo con mi triste historia, 
dejad al hombre que suspire y muera. 

Os amo, si! Cuando os recuerde inquieto, 
vos mi dicha seréis en el retiro 
que me impuso tiránico el respeto. 

Y si os hablo una voz, si acaso os miro, 
yo esta pasión devoraré en secreto 
y humilde el labio exhalará un suspiro. 

Manuel Bando y Baño. 



CONTINUACIÓN. 

Suponed que cierta joven, casada, se vé per- 
seguida por la venganza de un hombre á quíeD 
en un tiempo despreció, aunque le amaba coo 
loda su aHa, casándos<$ con otro, para dejar 
en liberlad á este joven de que se casara con 
una pobre niña, am'ga suya, que le amaba, y 
que se moria lenlamente por él 

— \PeT Dio sanlol que generosidad! esclamó 
el abaniquero. 

^Esle joven, continuó el caballero, sea por- 
que comprendió que ya sufrido el desengafto no 
tenia remedio, s¿a pjrquequisie se demostrar io- 
diferencia hicia la niu;4cr que le despreciaba, 
que es lo mas probable, hizo creer á la niña 
que sola á ella amiba, y la pidió en matrimo- 
nio á su mndre. 

La casualidad ha hecho que antes de verifi- 
carse el casamiento señalado pira dentro de 
quince dias, se hayan encontrado los dos anti- 
guos amant^^s de<^|iuos de algún tiempo que ha 
trascurrido, desde que el joven sufiiera el de- 
sengaño ds la muger qus fué su prioMr Mor 



Periódico flemanal. 



Al volverla á ver, se ha ' despertado en él 
el deseo de vengarse, y. ha jurauo hacerlo de- 
laDie de varios amigos suyos. 

La venganza, al parecer ¡nsígniCcante, con- 
liste eo poseór cierta joya que la joven ca- ¡ 
•ada lleva siempre consigo, y que únicamen- 
te podría conseguir obteniendo sus favores; 
pero esta joya es un medallón con el retrato 
de la madre del joven, que ella en otro tiem- 
po le juró llevar siempre sobre si, y que á los 
ojos de su marido pasa por sor el de su ma Jre. 

De suerte que, si el joven en cuestión, le 
exigiese el medallón, aun delante de su mismo 
esposo^ no tendría, otro remedio que devolvér- 
selo. El procurará hacer de modo que esta de- 
volución pase como si ella le diese la joya en 
prenda de amor, y ved 'M una muger de una 
virtud acrisolada, deshonrada á los ojos del mun 
do« que creería lo que el joven quisiese hacer- 
le creer. 

—/Es verdad/ 

— Aun hay mas; como faltan pocos dias para 
el casamiento del joven, y tal vez pudiese llegar á 
oídos de su futura esposa la locura^qua intenta, 
y echar por tierra todo lo hecho, pues compren- 
dería el sacríHcio que por ella hizo su amiga, 
se trata de desorientarle, y hacerle crer que 
la muger que él piensa ser su antigua amante, 
DO lo es, sino otra muy parecida á ella, con la 
cual la ha confundido. 

— Üiflcil veo eso, dijo Antonelli. 

—No, porque esa muger existe, y es vuestra 
esposa; y puesto que él no ha visto al esposo 
de nuestra joven, que está muy enfermo y nun- 
ca sale á la calle, ni k mi á quien también co- 
noce, puede llevarse á cabo el plan que pro- 
yecto, y ganar al menos los quince dias que fal- 
tan para que 61 se case, y entonces... ó desis- 
te de su empeño, 6 mi joven ami^a saMrá de 
Maüríil para no volver jamás. 

— Si es así, ya lo creo mis realizable. Pero, 
decidme señor ¿cómo os habéis acordado de no- 
sotros? ¿fuien os ha dirigido á nuestra pobre 
bohardilla? 

— La casualidad, amigo mió. Hace algunos dias 
pasaba yo por e?U calle, y \i salir de la tien- 
decilla de enfrente á vuestra esposa, que entró 
aquí en seguida 

Llamándome ostraordinariamcnl^ la atención 
su sini^ular pareciilo con mi amiga, me infor- 
mé de li tendera, y supe vuestra historia. No 
me volví á acordar de este eucu-Mitro, h ista que 
hoy, buscmdo un medio de salvar á la joven, 
acuilió su recuerdo á mi im igiíiacion, no sé co- 
mo, y por cierto que fué pira mí una provi- 
dencia, ('Or(|Mc inmodi iliinente proyecté el plan 
que os lie espuesto y que aun no sé si estáis 
en secundar 

-«CoHtad con nosotros, sefior; dígeron á ud 



tiempo los esposos: eo ei mundo estamos para 
servirnos unos á otros; hoy por t), mañana por 
mi. 

— Ta sabia yo, dijo p^ra si el caballero, qae 
no hab a venido en valde; este hombre tiene 
ambición y ya es mío. Luego siguió en voz alta: 

— Pues bien, st^iiores; desde mañana empeza- 
remos á obrar. /Estáis prontos á dejaros guiar 
por mi? 

— En un todo. 

—Pues hasta mañana, que vendré á daros ins- 
trucciones. Adiós. 

—El os guarde señor. 
Apenas salió Pedro, pues era él, el finjido 
caballero, miráronse los esposos^ y Gíuseppe es- 
clamó: 

—¿Qué opinas do esto querida Fiorett^? 

— Que Dios te ha oído y que voy creyendo 
qoo la suerte se nos muestra propicia. 

— Como él cumpla su palabra... Me ha ofre- 
cido su protecion. 

— /Ah qué Ho\ esclamó Fioretta de pronto. 

— ¿Que es eso? 

— Una cartera; veamos. 
Er efecíto; sobre la silla donde estuvo^] sen- 
tado Pedro, había una pequeña cartera de tafi- 
lete, que Fioretta abrió precífútadamente. 

—/Son billetes de banco! esclamó 

— Sí, pero no nos pertenecen, contestó An- 
tonelli, guardemos esa cartera tal como está pa- 
ra restituirla á su dueño.. 

— Mira, mira, cuantos hay; uno, dos, tres, cin- 
co... cada uno de mil reales... ¿Y esto? calla, 
una carta... y está abierta. 

— Trae, trae acá ¡qué curiosas son las mu- 
ge res! 

—Espera... si el sobre es para ti, paraGiu- 
seppe Antonelli. 

—¿Para mí? 

—Si, mira... voy á ver lo que dice: 
it Aceptad esta pequeña muestra anticipada de mi 
agratléctmiento.» 

— ¡Luego contaba ya con nosotros! prosiguió 
Fioreita. 

— A y! hija mía! la miserii se hu^le desde muy 
lejos. El sin duda comprendió desde el dia en 
que te encontró, que no estábamos muy desaho- 
gados, y.. 

— De todos modos, es muy delicado este mo- 
do de proceder. 

— Ya lo creo que sí. 

—¿Pero quien será ese señor tan esplendido? 
debe ser al^uu personat.e. 

— ¿Q lé nos importa quien sei? dej'»mo!< ve- 
nir la suelte, y no bus(|uomos de quien (hmana. 
— Ya me wto otra vez en Venecia, Giu.seppo 
mío- Asi podré abrazar á mi buena madre Tu 
I no volverás á pertenecer á ninguu club ¿ver* 
I dad? 



l^tmtke Wégk^ 



'^iCnñTfo a Béco\ eso no es ñas qoe para una 
vei. Que conspiren [los i'icos» ^ne siempre tienen 
guardiidas las espaldas; pero un poore... ahí) 
siempre se rompe I» soga \íot lo ma^ df Igíiilo. 
No^ no; nó mis ffaemíasoneTia £l dia que lia- 
meii á la» ama»/ ye el primero. ¡Viva la lihertadt 

Sorpresas. 

En una suntuosa casa de la calle de Fuencar- 
ral, vivia la marqut^sa viuda de Ocampo con su 
bíJH Julia solamente, pues las dos niñas se esta- 
ban acabando de educar en un colegio donde en^ 
traron desde su regreso de Sevilla. 

Las dos señoras viviao bastante retiradas, ha- 
biendo reducido el número de sus visitas á aque- 
llas de mas confianza, y rara vez se presentaban 
en los sitios públioos, por que Julia estaba tan 
triste coo la ausencia de su futuro esposo, y aun 
mas sabiendo estaba en la guerra, q<ie solo en- 
contraba placer en el retiro y la soledad de su 
casa^ donde libremente podia entregarse k sus 
recuerdos. Su salud babia mejorado notablemen- 
te, aunque no del todo, por h naturaj sobres- 
citación en que vivia, temiendo alguna desgracia 
de las que siempre famenaaíin al que s«: bal a en 
una guerra, aun cuando sea de mero e^spectador, 
y su amor aumentabí mts el tenor del peligro. 

La marquesa, también sufria, pues aunque 
babia jurado no volver á ver á su liijo, al fin 
era madre, y bien sabido es que estos propó*^ 
sitos suelen quedar sin efecto de'^pues de tras- 
currido algún tiempo Nada sabia de él ni de 
Laura, en la época en que volvemos á eucontrar 
la, desde {hacia seis meses, que recibiera nna 
carta fechada en Civiía-Vecchia, y en la que el 
marqués ie pedia algunos papeles importantes, 
que ella conservaba. Desde entóneos no babia 
vuelto á tener noticia alguna. 

Si la marquesa y Julia hubiesen segnido fre- 
cnentmdo como antes de su salida de Madrid, 
los teatros y los paseos, de seguro encontrarían 
á Laura brillando como un nuevo sol, y eclip- 
sando Con su hermosura y su lujo, á las otras 
fflug<'res, que pasaron de n odn desde que ella 
se presentó en el cielo de la corte. Pero en su 
aislamiento no podia lle<^ar hasta ellas el ruido 
"^que producia la beldad en] todos los círculos, 
y aunque hubiese llegado, solo hubieran oído 
un no i'bre estrario, que ni ;remoiamente podían 
creer fuese aplicado, a aquella Laura que nadie 
conocia, porque mientras vivió con la marquesa 
en Madrid, procuró estar retraida de las socie- 
dades que aquella frecuentaba, conociendo lo 
humilde de sj posición en que voluntariamente 
se babia colocado, apesar de las vivas instancias 
/fe Ja marquesa, que deseaba siempre ponerla i 



nífeí do Inlta, eemo ai foera um dD wáé h^as. 
i La marquesa se arrepentfií de te duüeM toa 

Íue babia tratado ¿ 8d nijo Coüodo Se casó edt 
aura, y solo deseaba volverlo á iref |tara es- 
trecharlo en sus brazos, y dar al olvido ios pa- 
sadas desavenencias. No Se habla equivaoado al 
decir que ti enlace de Ernesto seria motivo de 
un rompimiento con la familia del dtK|ue d'** eon 
cuya hi/a estaba formalmente comprometido, f 
tuvo que sufrir I09 injustos i^proches de esta 
familia, con la cualcesron t^da clase de reía* 
ciones. Hay gentes que con nadie transigen Cna»- 
do se trata de un desaire, que no k su amot 
propio, sino á sus intereses perrudiei, y á este 
número pertenecía la familia del duque. 
I hste era el estado de cosas cnando llegó 
Jolio Doran á Madrid, después de nueve mewi 
do separación. 

(St MnUniári.y 



GOCES DE LA VIDA CONYUGAL 



I 



— ¿Estás conmigo eaojada 
esposa^ dime porqué? 
— ¡Enojada yo! no á fé, 
no es cierto, no tengo nada*; 
80I0 quisiera aquel chai 
como el de mí amiga Amparo. 
— Pero moger es tan caro! 
si acaso se encuentra igual... 
— Pues no me lo compres, no... 
á todo me pones tasa! 
la culpa la tengo yo, 
mejor estaba en mi casa. 
— Pero no sabes, Rosario, 
que hay que pagar al casero 
y no nos queda dinero? 
— Eso no es tan necesario. 
— Entonces nada te digo, 
toma y cómpralo querida. 
— ¡Cuanto te quiero mi vida!... 
¡eres tan bueno conmigo!^.. 

/. A* Calderón. 



i^i****fc> 



t^Mm 



A la Srta. D.' R. V. 



Hermosa compañera de mi infancia. 
Único objeto de mi tierno amor, 
Flor preciosa de plácida fragancia. 
Coa los frescas matiees del oendor. 



Peri6dioo semMiaL. 



iQuá quieres que te caote e) aua Rígido, 
Ueuo de penas« de sufrir caosado, 
Tíeoe su corazón tao abatido 
Que solo de dolor hablar le es dado? 

¡Ay! {Cómo quieres ciue la lira mía 
Entone del amor los dulces goces. 
Si oprimida por torpe tiranía 
Me la manda romper adustas voces^ 

Sumido el corazón en amargura, 
Privado de la aleare libertad, 
Habito en triste y lucubre clausura 
Sin que nadie de mi teqga piedad. 

¿Qué valen para mí los dulcesl^dias 
De la amante y florida juventud? 
¿Qué me importan sus goces y alegría^ 
Si despide ayes solo mi laúd?... 

¿Que vale para mi la primavera, 
Sus frescas rosas, perfumado ambiente; 
9e grana y nácar en la azul esfera 
Lai^ tintas* esparcidas por Oriente? 

lY de las niñas cánitidas y hermosas 
Qué me importa su mágica oelleza; 
Sus miradas traidoras y donosas, 
Si envenena mis dias la trístozat 

¿No vés en el oscuro y triste invierno 
Gomo al través de nube cenicienta 
Por mandarnos su luz el astro hodierno 
Se esfuerza, mas no logra lo que intenta? 

Asi mi corazón de amor ansioso 
Por ti se abrasa en amoroso fuego. 
Mas del dolor el llanto es tan copioso 
Que ni á sentir su ardor á veces llego. 

La imagen de tu belleza 

mi tristeza 
solo puede consolar, 
j pensando en tus amores 

mis dolores 
se llegan á mitigar. 

Eres bálsamo precioso 

que piadoso 
alegras mí corazón-, ^ 
por tí, Rosario queri(Ía, 

en mí vida 
siento ardorosa pasión. 

Encuentro tanta dulzura 

y hermosura 
en tu faz angelical-, 
que te creo ser divino 

peregrino, 
mas que mísero mortal. 
Pero donde mas ostentas 

y acreoiMtaa 



de tus graeias el poder, 
es cuando tu blanca mano 

en el piano 
las teclas hace mover. 

gatoncas parece estrecjiío 

todo el peoho 
i mi amante corazón ^ 
para ensancharse embebido 

al sonido 
de tu armoniosa canción* 

Ahuyentas todas mis penM> 

y serena^ 
mi vida oon tu arrebol, 
cual la niebla desparece 

si aparece 
brillante y radiante el soL 

No puede mí vista errante 

tu constante 
candida mano seguir, 
jfor la gracia y iigerej^ 

y destreza 
coa que se la vé partir. 

No hay un compás, ni corchea 

que no sea 
dulce ^^tÍíq en juji interior^ 
que clavas, belJia tiraba, 

con nfajia 
donosa risa de ftmor. 

Pareces á Clío hermosa 

que gozosa 
canta de Jove el poder, 
de los dioses en la meaa, 

y embelesa 
de sus trinos el placer* 
Goza las cortas deliciosas horaf 
Con que la primavera de la vida 
De mil encantos á gozar convida 

Y placeres nos brinda por doquier. 
Antes que avance con gigante paso 
El doliente, achacoso y seco eslío 

Y con mano estenuada iarrugue impío 
Las rosadas megillas de tu tez. 

Cándida virgen de inmortal belleza 
Que al despertar del suefío de la infancia. 
Sientes la pura, celestial fragancia 
Que esparce el árbol del sencillo amor: 
Quiera el Eterno que por lustros muchos 
Conserves tu virtud y tu hermosura^ 

Y uniendo nuestras almas, de ventura. 
De dicha colme, nuestra santa unión. 

Antonio itedlirvfkiwv ^^iiXn.^ 



Lope de Vega 9 periódico semanal. 



MISCELÁNEA. 



Lope de Vega. 

La sesión qiie esta distinguida sociedad 
celebró en la noche del sábado último, fué 
tan brillante como todas las presentadas des- 
de su creación. 

Una escogida y numerosa concurrencia 
aplaudió con entusiasmo la ejecución de Dios 
iobre todo, preciosa comedia en^que' demos- 
traron sus admirables disposiciones para la 
declamación lis Srtas. de Zamora' y Borja, 
siendo obsequiadas al terminarla conj mere- 
cidos aplausos y multitud de ramdletes^ re- 
partiéndose a todos los convidados una com- 
posición que decia: 

▲ LA8 SEÑORITAS 

Dofta María Lucrecia Zamora 
y Dofta Estanislá Boija. 



En prueba de estimación 
i vuestros pies arrojamos 
esta hoja que arrancamos 
del libro del corazón. 
En ella la adulación 
no encontrareis en verdad, 
porque la sinceridad 
es prenda muy valedera, 
y siempre fué muy sincera 
de Lope la sociedad. 

Conociendo esa virtud, 
aceptad las pobres flores 
hijas de los resplandores 
del Sol de la gratitud. 
Y vuestra solicitud 
guarde en apacible calma 
esas flores, que la palma 
hoyostentan de su gloria, 
y brotan, para memoria, 
de los jardines del alma. 

La Soiedad. 

Después, uno de los señores de la sección 
lírica, cantó con el guslo que le distingue, un 
aria, que fué lan aplaudida como las varia- 
das y dificües suerlcs de prestidigitacion con 
que sorprendió á la concurrencia otro joven 
períeaecmle k la sociedad. 



ün prolongado rato [de^baile terminó es 
sesión, dejando inaugurada la tempora( 
de invierno, que promete ser animadisim; 

Charada. 

Si mi primera y segunda 
unidas con mí tercera, 
buscas lector^ no medites 
y asómate á cuarta y sesta. ' 
Y si sétima y octava, 
te falta estando en aquellas, 
tírate sin miedo alguno 
y para 'siempre te arreglas. 
Mi cuarta y quinta, que iguales 
son, por sus formas y letras, 
responderé si me dices, 
si gusto sesta con tercia. 
Mas si la pregunta es, 
si quiero muger que sea 
mi primera y cuarta unidas 
con mi sesta, que no es buena 
te diré-, y^que tampoco 
tercia, cuarta, quinta y sesta 
ha de ser, pues no me gustan . 
por lo que después molestan. 
Sesta V octava, que son 
al revés que octava y sesta, 
las primeras no lo bebo-, 
las^segundas, son un tema 
para formar la charada 
cuyo todo es lo que resta. 
Es una espresion que dice 
como se vive en la guerra. 

Sorderas y Zumbidos. 



Solacion i la Charada del número anterior. 

Por lo que arroja la Historia 
PELOPONESO es sin duda 
el nombre de la nación 
que tuvo guerra tan cruda. 



DIRECTOR T EDITOR RBSPONSABLB, 

Imprer^a de Casüari. — Comedias 11. 



AÑO I. 



DOMINGO 11 DE OCTUBRE DE 1863. 



NÚüI. 28. 



LOPE DE VEGA, 

PERIÓDICO SEMANAL DEDICADO A LA SOCIEDAD QUE LLEVA ESTE NOMBRE. 



OIE3SraiA.S. 



IjITEIíA.TTJJR-A.. 



bibliografía. 



AURELIO EL FRATRICIDA, 

LEYENDA HISTÓRICA 
ORIGINAL DE DON FEDERICO DE SAWA. 



zalez de quien hemos sabido que es discípulo y 
iamigo el Sr. Sawa. La imaginación se demues- 
I tra en todo el curso de la leyenda á buena al- 
' tura, sabiendo sostenerse en las escenas de mas 
interés con galanura de lengu^go, ideas precio- 
sas y nuevas, así como llenas de sencillez y 
despajadas de todo párrafo que pudiera hacer- 
; las pesadas. Nos complacemos en asegurar á nues- 
Vamos á decir cuatro palabras sobre esta le-, tros lectores, que dicho libro es el primer es- 
yenda de D Federico do Sawa. Hijo de este calón de su brillante carrera de novelista; no 
suelo y por lanío comp^riola nuestro, es un creemos tampoco, tal es nuestro parecer, que 
deber recomendarlo. No es el suyo un libro apa- el Sr. de Sawa podrá llegar á ser un Fernan- 
recido en el campo de la literatura rédenteme n- dez y González, ese hombre todo corazón, ese 
te, nada de eso, lleva en el pie de imprenta hombre de imriginacion de hierro, ese fecundo 
Ja fecha de 1852, y es muy conocido del pú- y gran novelista, que dá á sus libros masinte- 
blico en general, y muy en particular de los Ȏs, mas verdad y respiran mas moral todas 
ami'^os del aulor. ¡ ^"^ obras que las de Alejandro Dumas; esto se 

Nosotros no nos contamos entre el numero de comprende. Fernandez y González es el hom- 
cstos, ni en las filas de los enemigos literarios , bre de convicciones; Dumas, el hombre que co- 
del Sr. Sawa; somos, pues, imparciales, y á,mercia hasta con su misma conciencia, que qui- 
fuer de tales, vamos á dar nuestra opinión so- , 13 reputaciones á personas y naciones á trueque 
bre su obra. Somos los primeros en confesar, de tener para sus obras cuatro lectores mas. 
nuestra inutilidad literaria; nuestra opinión es i Pero nos vamos metiendo en el terreno dd 
hija de nuestro saber y no trasmitida por nin-: los paralelos, siempre odioso y olvidándonos que 
guna notabilidad; como no somos sabios no po- 1 estamos haciendo la- critica, mal dicho, esta no 
demos piiodiar las conocidas palabras de Mar- | es la palabra, nosotros no crilicamos, solo nos 
tinez de la Rosa, csclamando. Un libro mas, apar- contentamos con demostrar á nuestros lectores 
tándolo desdeñosamente á un lado, y pasando nuestra humilde opinión sobre la obra y sobre 
sin fijar nuestra vista en él; como somos humil- el autor; el Sr. Sawa posee en alto grado el 
des y deseamos aprender, leemos todo lo que gusto y el sabor de las leyendas caballerescas 



podemos; porque ¿qué libro por malo que sea 
no contiene algo bueno? Esto no es decir que 
Aurelio el Fratricida sea un libro mas aue ha 
legado su autor al mundo con un dia ae vida 



y aventureras, está en su terreno describiendo 
torneos y justas, zambras y fiestas, juegos de 
canas y trovas de amores: tiene su libro trozos 
de verdadero gusto oriental; los caracteres do 



y el resto do ella de abandono, no tal, la obra | los personajes que figuran en su obra, están 
de que nos ocupamos, si bien puede decirse que : bien sostenidos en general, especialmente el do 

1 • 1.11 I **— .al* I -/^ * • • 



son los primeros destellos de una imaginación 
joven y lozana, es delicada y está bien des<>n- 
vuelta su acción. ¿Todos nuestros primeros poe^ 
tas y novelistas no han principiado medianamente 



Aurelio, en el qne so reflejan un conjunto de 
pasiones que luchan violentándose unas á otras. 
No demostramos detilladamcnle la trama con 
que está formada la leyenda, porque Us colum- 



p:ira concluir bien? Eso es lo razonable y lo i ñas de Lope de Vega, no nos lo permiten; pe- 
fósico; asi. pues, todos los lunares que se noten ro conste que toda la acción está plegada á la 



lógico; asi, pues, todos los lunares que se noten 
en la leyenda de este autor, deben tenerse pre- 
sente que son hijos de su juventud y de su no 
completa educación literaria. Por lo demás, en 
esta leyenda del siglo VIII se encuentran des- 
critas las costumbres, trages y démis acciden- 
tes de esta época con exactitud y vaicntia: pe- 
ro no es la escuela de Walter Scott, en toda 
su pureza, es la escuela de Fernandez y Gon- 



ro conste que toda la acción está plegada á la 
verdad histórica de un modo que no falta un de7 
talle. Recomendamos á nuestros lectores sd ad- 
quisición, no tanto por lo que hoy es, sino por- 
que todos debemos alentar á esa juventud que 
se levanta hoy valiente, ávida de saber, estudio- 
sa, digna de apoyo; y que al ver que no se le 
mira con desden, se afana y estudia por dar 
nuevas creaciones, que enric(ueift?L^ ka. W^xtí^- 



Lope de Vega, 



a nacional; nuestra literatura, que do necesita 
de nada de allende los pirineos para existir, co- 
mo ha tenido ia audacia de decir un escritor 
que por vergüenza propia callo; nosotros no de- 
bemos nada á nadie; si allende hay un Moliere, 
un Hacine y algún otro, nosotros tenemos un 
Lope de Vega ^ un Calderón, un Moreto y un 
Moratin, un Roja y muchos otros que asombran 
al mundo con las hojas de laurel ^ue penden de 
las coronas que orlan sus sienes; si tienen bisto- 
fiadores^ los hemos tenido y los tenemos que no 
pueden ponerle un escabol mas bajo, si, acaso 
mas alto; si novelistas, ya lo dejamos dicho; si 
fabulistas, para un Lafontaine tenemos nosotros 
un Samaniego y un Iriarl&, y contemporáneos, 
un Principe y un Hartzembusch; pero no nos me- 
lamos en el intrincado campo de los reproches, 
Jorobado mas de una vez tenemos lo que vale ia 
iteratura de la patria del manco de Lepante, 
el ffran Cervantes. 

No hemos hecho la' apología de un libro, so- 
lo hemos llamado sobre él la curiosidad del 
amante de las letras; no crean nuestros lecto- 
res que ha guiado nuestra pluma la pasión ni 
la amistad, solo la mas verdadera inaependen- 
cia, pues nuestro norma en todo, es justicia^ 
principiando por nuestra casa. 



¿Quien eres, ángel bello^ 

que pesaroso 

fuera del mundo tiendes 

tus alas de oro? 

Cual es tu pena? 

De quien huyes? — Del hombre-, 

soy la Inocencia. 

¿Y tú, quién eres, ángel 

que de los cielos 

con inmortal sonrisa 

bajas sereno? 

Cual es tu patria? 

A quien buscas? — Al hombre*, 

soy la Esperanza. 

S. Lope% Guijarro. 

En un álbum. 

Lae en mis versos mi pasión^ 
lee en ellos mi eterna fé, 
que aunque son palabras, son 
pedazos del corazón 
que en mi delirio arranqué. 

R. de Campoamor. 



LA GAZIOliA IDBIDIADOU. 



r 

Doña Tadea 
reza el rosario, 
y á un relicario 
mil besos dá; 
pero murmura 
con santo celOj 
ángel del cielo 
luego s«)rá. 

Sale del templo 
muy compungida, 
pero de yida 
no mudará. 
A un matrimonio 
tiene enredado-, 
mas no ha pecado 
ni pecará. 

Súbese al cuarto 
de la Tecina; 
¡Gracia divina 
que tajos dá! 
No hay en el barrio 
pura doncella, 
fea ni bella, 
de un año acá. 

Duro en el vicio 
doña Tadea, 
corte y aldea 
se van allá. 
Todo invadido 
lo tiene el diablo... 
en un retablo 
os veo yá. 

E. ds Tapia. 



En 9l álbum de la Srta. D/ E. L. 



Dame tu blanca v primorosa mano 
y á los acordes de ía lira mía 
de Cupido al palacio soberano 
gustoso yo te serviré de guia. 

Ven al alcázar del placer inmeoM 



P#riódloo semanal. 



donde de aromas lleno el puro ambiente 
ofrecen al rey niño grato incienso 
vírgenes mil de purpurina frente. 

Felices los que en torno de él suspiran, 
felices ios que lloran sus cadenas; 
porque sus flechas el amor inspiran, 
porque arrojan del pecho nuestras penas. 

Ven, no tardes, Emilia, ni un momento: 
antes que seque tus floridos años, 
tos encantos, bellezas y contento 
el que solo produce desengaños. 

Goza y ama con plácida vehemencia^ 
pero en tu mente graba esta sentencia: 
<cla vida es corta y la esperanza larga 
«el bien huye de mi,' y el mal se alarga.» 



U DAMA DEL MEDALLÓN, 

NOVELA OBIGINAL, 

POR EMILIO DE LA CERDA. 



Madrid. 



Antonio Rodrigue% ViUa. 



QUIETUD NOCTURNA 



A MI AMIGO HURTADO DS MBNDOZA. 



Las auras de la noche su alíenlo misterioso 
espareen por los ámbitos del mundo la quietud, 

)f el vate entristecido, con eco melodioso, 
as cuerdas ayl recorre del lánguida laúd. 

La brisa adormecida reposa entre las flores 
ansiando sus secretos de amor adivinar, 
mas ellas temerosas, su amor y sus dolores 
cual vírgenes castísimas, se aprestan á ocultar... 

T el genio de la vida, suspenso en la natura 
que al hálito de calma su fuerza postergó, 
suspira temeroso del bosque en la espesura, 
viviendo en los recuerdos del dia qoe pasó. 



Bien hayas, dulce noche de paz y de armonía 
do encuentra nueva» fuerzas mi débil corazón, 
do alienta una esperanza, doliente el alma mia... 
de el labio al contemplarte murmura una oración. 

Que yo desengañado de la mundana vida, 
de tu solemne calma corriendo voy en pos... 

Íte bendigo ioh nochel pues para mi perdida 
alléeo tus sombras vagas la inspiración de Dios. 



iarttioift. 



Ricardo Moly d$ Bañoi. 



CONTINUACIÓN. 

Mucho sintieron las dos sefloras la muerte de 
' Adolfo Sandeval, (¡ue Julio les participó desde 
. Cádiz, al mismo tiempo que la circunstancia de 
! haber quedado su único heredero. Nada les dijo 
del estado de gravedad en que le tuvo so he- 
rida, dando por escusa de su demora en reunir- 
se k ellas^ el arréelo de los papeles pertenien- 
tes á la herencia. Julio sabia que aquella noti- 
cia hubiera hecho mucha impresión en la pohtt 
niña, y aunque él no la amaba, tenia natural- 
meitft buen corazón, y queria evitarle un dis* 
gui;to, cuando podia tan bien escusarlo. 

Ella le suplicaba que acelerase sus negocios 
pues ya su madre, de acuerdo con los facultativos 
que daban por terminada su curacien, habia coih 
venido en que se realizase el casamiento apenas 
él llegase. 

En la tarde del siguiente dia á aquel en que 
Julio hiciera su atrevida apuesta en el Suizo, 
Julia bordaba al lado de su madre, que la mi- 
raba sonriendo de felicidad ai ver resplandecer la 
alegría en el rostro de aquella hija querida, que 
tan á punto estuvo de perder. 

La joven también sonreía; ensueños del amor 
primero arrullaban su alma candida y pura co- 
mo la de un querubin. 

Amaba, amaba! ahí es tan feliz quien ama/ * 

En uno de esos momentos en que absorta la 
mente en una idea, no tenemos conciencia de 
lo que hacemos; en que la vista vaga errante 
por un mondo desconocido, y lejos, muy lejos 
del lugar en aue estamos; en uno de esos mo- 
mentos, digo, julia cesó de trabajar con el ar- 
dor que antes; pronto su mano aescansó sobre 
la labor y sus hermosos ojos se alzaron al cie- 
lo con una indefinible espresion de ternura. Ca- 
sualmente tropezaron con los de su madre, que 
risue&a la contemplaba, y ella volviendo de su 
éxtasis se arrojó en sus brazos llenándola de 
besos. 

—¿Porqué sonrio Y. madre mia? le preguntó. 
—Porque soy feliz al ver que tú lo eres. 
—Ahí si, soy muy feliz/ le amo tanto, y es- 
toy tan segura de su amorl 

—Tu amor me recuerda mi juventud, cuando 
iba á casarme con tu padre; también nos amá- 
bamos mucho... ah! Dios lo quiso, él se lo lle- 
vó; pero su recuerdo vive siempre en mi corazón. 

Los ojos de la marquesa se llenaron de lá- 
grimas. 



Lope de Vega, 



—No se aflija V. madre mia/... Mí buen pa- 
dre que seguramente nos mira de^c el cielo, vé 
hojr feliz *á su hija, y ruega á Dios porque su 
felicidad sea eterna. 

—Y lo será, si, Julia; solo me falta tener á 
mi lado á mi hijo pira sur completamente di- 
chosa. 

Callaron ambas, y Julia emprendió de nuevo 
su labor. 

Poco después volvió i levantar la cabeza. 

—Como tarda Julio, dije; me habia prometi- 
do venir esta tarde y ya es casi de nocne. 

En aquel momento,' un criado alzó la cor- 
tina que ocultaba la puerta del gabinete donde 
' estaban, y dijo á la marquesa: 

«-SeOora, en el salón espera un caballero 
que dice llamarse don Eugenio Duran y solicita 
hablar con V. S. 

— El padre de Julio! dijo la marquesa. 

— Es verdad.' Pues Julio no le esperaba tan 
pronto. 

— Le recibiremos aquí; traiga V. luz Joaquin 
y haga V. pasar á ese c;!ballero á esta habi- 
tación. 

Salió el criado y un momento después anun- 
ciaba al padre de Julio. 

— Señoras, dijo don Eugenio, después de los 
cumplimientos de costumbre, ustedes me habrán] 
de (lispensir el que me presente en este trage, 
y de una manera tan intempestiva: acabo de 
llegar i^hora mismo, y no sabiendo donde po- 
dría encontrar á mi hijo, cuya vivienda igno- 
ro me he dirigido aquí á Gn de que ustedes me 
den razón de él. 

— Usted viene siempre bien á su casa señor 
don Eugenio; pero lo que nos ha sorprendido 
es su inesperada llegada á Madrid; Julio nos di- 
jo que solo dentro de ocho ó diez dias tendría- 
mos el gusto de verle según lo que Y. le anun- 
ciaba en su última carta desde Marsella... 

— En efecto, señora; pero como el asunto que 
me detenía en Francia ha terminado antes de 
lo que yo creía, he anticipado mi viaje para 
tener el placer de conocer á ustedes mas pronto. 

—Mil gracias. 

— Pues si desea V. ver á Julio, creo no debe 
tardar; ayer dijo á Julia que vendría esta tar- 
de, y ya es casi d^ noche, de manera que pue- 
de V. espenirie aquí; sino en el liotcl de Ingla- 
terra, calle de Torija, es donde para 

—Bien, pues le esperaré sí no tarda mucho, 
porque le aseguro á V. señora, que estoy ren- 
dido; en quince días no he cesado de viajar, 
desde Marsella á París, desde París otra vez 
á Marsella; este último viaje... en fin^ ya 
no estoy para tanto movimiento, y deseo des- 
cansar Hasta ahora me han tenido muy ocupa- 
i}o cierta ' pesquisas que he estado practicando 
"»/•/? cucóiítnr una niña que un amigo mió me 



recomendó al morir, niña abandonada ilesde moy 
joven, y fruto de ciertos amores, y á quien pro- 
metí buscar y adoptar por hija. Las últimas no- 
ticias que he adauirido, es que la joven e^ 
en t!spaña, y si la puedo hallar, me establece- 
ré ya para siempre en Madrid. 

Julia, con la natural impaciencia de la mn- 
ger que ama y espera, al ver a so madre en- 
tretenida en su conversación con el señor de 
Duran, se dirigió al balcón á ver si venia Jalio. 
Entre tanto el señor de Duran decia á la 
marquesa: 

—Esta señorita, supongo debe ser la eocaii- 
tadora Julia; por cierto que escede en hermo- 
sura á cuanto de ella me habia dicho mi hijo. 

—¡Le hace Y. mucho favor! señor don £o- 
genío 

—Oh.' no, lo digo como lo siento, y veo que 
mi hijo ha tenido un gusto delicado en su else- 
cíon. 

—También, yo estoy satisfecho de la de mi 
hija... 

—/Dios mío! mamá, esclamó Julia desde el 
balcón; juraría que era Laura una señora qoe 
viene con un señor anciano en una carretela qoe 
acaba de salir de la calle de San Onofre. 

— jdomo es posiblel á ver... con sa permiso 
de y. sttñor de Duran. 

Corrió la marquesa al balcón, j apenas, se 
asomó á él lanzó un débil grito. 

—Si, si, es efla... ¿pero y mi hijo? 

—¿Si, y Ernesto? ¿quién es ese caballero que 
la compaña? parece extranjero. 

—Si, es caballero de la Legión de Honor, di- 
jo don Eugenio que se habia aproximado al bal- 
cón, es un oücíal francés seguramente, poes... 

La voz del señor de Duran se deDÍlitó no- 
tablemente, y quedó sin acabar la frase que 
comenzara. Había fijado Ri vista en la joven de 
la carretela, y creia estar viendo uo fanlasma 
salido de la tumba^ que venia á echarle en ca- 
ra algún crimen de su vida. 

—¡Oh Dios míof murmnró: es un retrato de... 
pero, no; no puede ser... y por otro lado... no. 
es tontería ¿que tengo yo que ver con esa moger? 
Este pensamiento pasó rápido por sa ima- 
ginación; así es, que cuando se volvió la mar- 
quesa, ya habían desaparecido de su semblants 
las señales de emoción que ha poco revelara. 
Solo había sido una visión; las visiones son meo- 
lint y pronto se olvidan. El señor de Duranol- 
vidó su visión. 

—¿Quien será ese hombre? decia la marque 
sa ¿y mi hiio, como no acompaña á su esposa? 
ah! que habrá sucedido?... 

—Será algún pariente de Laura; dijo Jslía. 

— ¡Y yo que no sabia estubiese en Madrid! 
como podremos averiguar donde viven? yo quiero 
ver á mí hijo... 



Periódico semanal. 



—¿Esa seilora es la esposa del sefior marqués? 
preguntó el señor de Duran. 

— Si señor. 

•— Ah! ya me ha dicho algo^Julio sobre ese 
enlac(\ que según creo .. 

— No fué de mi agrado; pero hoy todo lo 
dari.1 por bien empleado, con tal de poder abra- 
zar á mi hijo. 

—Pues no tardará V mucho en saber donde 
vive, y entonces... 

Interrumpió al señor de Duran la voz del 
mismo criado que le anunció poco antes. 

—Señora, dijo, una señora que espera en la 

Eorteri:i me ha encargado diga ¿ Y. S. desea 
ablarla particularmente, y con premura. 
— ;No ha dado su nombre? no la conoce Y? 
—No, señora, viene cubierta con un velo, y 
se ha negado á dar el nombre; pero dice que 
viene de parte del señor marqués, el hijo de 

V • d. 

¿De mi hijo? voy, voy... pero no, dígale Y. 
que esp3re... 

—No, no, señora, no lo haga Y. por mí, di- 
jo el señor de Duran; veo que Julio tarda y 
voy á ver si le encuentro en casa. Conque ¿Ho- 
tel de Inglaterra, calle de Torija? 

— Perú sino... 

—Nada, na(!a, dejo á ustedes; mañana volve- 
ré con Julio A los pies de ustedes 

Salió el señor de Duran, y poco después el 
criado hacia entrar á la presencia de la mar- 
quesa la encubierta señora. 

— Julia se habia retirado por mandato de su 
madre á una habitación contigua, desde donde 
DO podía oirse lo que en la otra s^ hablaba. 
Apenas enlró la encubierta se dirigió á la mar- 
quesa y se alzó el velo. 

/Ménica! csclamó la marquesa. 

— La misma, señora. 

—Que sucede que con tanto afán deseaba Y. 
hablarme? 

—Ahí señoral en mal hora nos volvemos á 
ver; vengo de parte del marqués á rogar á Y. 
pase á verle sin dilación. 

— Pero algo tstraño sucede, cuando... 

—El señor marqués está muy enfermo. 

— ¡Mi hijo! Dios mió... 

—Si, señora. Anoche me llamó á su lado, y 
encontrándose bastante mal, me encargó que^si 
hoy se empeoraba viniese á avisar ¿ Y. para 
confiarle un secreto, antes de... 

— Ai)/ Dios mió/ antes do morir;j:Juego está 
de tanto peligro. . 

— Muy malo, señora; esta tarde nos puso en 
gran cuidado, y por eso he venido. 

— ;E1 se muere, y su esposa se pasea entre* 
tanto con un desconocido/ esclaroó indignada y 
sollozando la marquesa, 

(Se eoBlinnari.) 



A MI APUGIABLB AMIGO 



DON JUAN PABLO LÓPEZ 



Letrilla. 



En esta casa de locos 
que llaman mundo, también 
para ser afortunado 
condición precisa es 
no solo meter gran ruido 
sino marchar al rwés. 

Por eso, amigo, por eso 
tan encaramados ves 
á tantos y tantos necios 
que ñeles á aquella ley 
no solo meten gran ruido 
sino marchan al revés* 

Los méritos, la experiencia, 
la prática y la honradez 
las yes, amigo, oprimidas 
por los que no las poseen, 
por los que meten gran ruido, 
por los que van al revés- 

El craso don Egoísmo, 
y Adulación, su muger, 
es unión tan desdichada, 
que solo se pudo hacer 
por los que meten gran ruido 
y los que van al revés. 

Si quieres, mi caro amigo, 
representar buen papel, 
no estudies una palabra 
y habla de todo á la vez, 
como los que meten ruido 
y los que van al revés- 

Los méritos, cerno inútiles, 
míralos con altivez, 
ten á la intriga por lema, 
adula al que arriba esté 
cual practican los del ruido 
y los que van al revés- 



Ma<Irid 



Antonio Rodríguez Villa 



Lope da Teca, 



LOS HOMBRES DE AHORA. 



No se alarmen!?uste(les. 

No me^voy á ocupar de los hombres que 
mandan. 

Ni aun^siquiera|[de los que mandan en sus 
casas. 

Lo primero^me lo prohibe la ley. 

Lo segundo me lo prohibo yo. 

Este articulejo vá dedicado á los hombres 

de ahora. 

Es decir: á los pollos. 

A esos Tenorios en agraz; 

A esos despreciables hijos^de la La Cor- 
rupcion, asqi^erosa sefiora, que con inaudito 
descaro se ha unido a £1 Siglo diez y nueve. 

A pesar de que ya se ha escrito mucho, 
tanto en broma como en serio, acerca de es- 
tos animalitos que traen alborotado el gaili- 
nero de la sociedad', yo, en ambos géneros 
y animado de la mejor idea, voy á decir cua- 
tro palabras. 

Empezaré por eí principio: 

Sale de la escuela. 

Cambia las aleluyas por la baraja, la plu- 
ma por el taco de billar y el httmilde cigar- 
rillo por el soberbio coracero. 

Ya le tenemos en campaña: 

Invade los cafés; 

Hace el oso en las tertulias. 

Y repugna en el paseo. 
En los primeros, pierde el tiempo, el di- 
nero y la aprensión. 

Ya sabrán ustedes que aprensión es ver- 
gOenza. 

Continuo: 

En las tertulias es doade mas sobresale su 
necia pedantería. 

Aunque se halle entre personas autoriza- 
das para la discusión por su edad y espe- 
riencia. siempre su opinión es la primera y 
su voz la que resuena mas alta. 

Nada respeta: 

Trastorna la política, pues también se atre- 
ve con ella; 

Profana el arle; 

Dá y quita reputaciones literarias con una 
seguriuaa que indigna; 

Y lo qne es mas triste: 
Maltrata su lengua la honrado alguna mu- 

ger. acaso porque despreció sus imperlinen- 
íes pretencJones. 



Sigámosle al paseo: 

Sus atrevidas miradas empalian el candor 
' de la niña mas inocente; 
I 8u lenguai^, grosero é incivil, hiere con- 
tinuamente el oído de las personas bien edu- 
cadas que por su lado crutan. 

Yá refiere con vot chillona una historieta 
de escándalo y amor, en la cual lo primero 
que figura es el nombre de la victima; 

Ya, lamentando sus pérdidas en el juego, 
pronuncia palabras que revelan la impiediMi 
de su alma, 

O ya, en fin, cuenta la aparición de tina 
no/a¿tlídM en alguna de esas casas, donde 
¡ soto encuentra decepciones para su aturdido 
corazón y canas para su cabeza de niño. 

Y entretanto, sus padres se avergüenzan 
de llamarlos hijos, y sus madres, vertiendo 
lágrimas de sangre, viven en una eonlinua 
agonía... 

Pobres locas! 

No saben lo qne vale el llanto de una ma- 
dre! 

Y no sacrifican solamente la tranquilidad 
de esos cariñosos seres. 

Sé sacrifican ellos mismos. 
Matan su porvenir. 

Y matan su porvenir, porque los estudios 
no aprovechan; y si acaso terminan ana car- 
rera, mas que con su aplicacioncon los des- 
velos y la influencia de sus padres, luego 
conocen su ignorancia y se arrepienten entre 
sus compañeros, llorando los estravios de su 
juventud. 

Voy á concluir: 

Unos dirán que los trato con macha se- 
yeridad; 
Otros, que exageradamente; 

Y yo contestaré: 
La letra con sangre entra. 
Afiadiencfo. que felizmente no son iguales 

todos los jóvenes que en esa edad llegan á 
las puertas de la vida, v que entre los hom- 
bres de ahora hay verdaderos hombrecitos, 
modelos de aplicación y virtud. 

Los que por desgracia no se hallen en es- 
te número, vean en mi artículo un amis- 
toso consejo, dado con mas ó menos dnreza, 
pero con la mas loable intención, pues conoz- 
co que, mientras mas desnudo se presenta el 
vicio, mas aborrecible se hace á los ojos del 
que lo practica. 

A. Carrion, 



Periódico lemaiiAl. 



PLEGARIA. 

Oh Dio8^ que desde el cíelo 

recibes cpn amor 

la adoración sin líqiites 

que te tributo yo; 

que mandas en el mundo 

con podero9^ yoz, 

haced que al lado vuelva 

del dueño do mi amor. 

A ti, que el imposible 
sus puertas no Degó^ 
que imperas en el orbe^ 
espíritu creador 
cuyo divino aliento 
de nada lo formó, 
te pido me deyí^elyas 
ai dueño de mi amor. 

Como sin tí seria 
opaca niebla el sol*, 
como á las flores prestas 
perfumes r verdor; 
como de tí dependen 
consuelos y aflicción, 
concede que á ver vuelva 
al dueño de mi amor* 

El libro del destino 
tu mano lo escribió^ 
pero variarlo puedes 
en gracia de mi amor: 
perdona si á tu nombre 
mezclo en mi verso yo, 
el ver como deseo 
al dueño de mi amor. 

También tú habrás amado 

porque eres su Creador, 

esa obra magestuosa 

sublime Creación, 

y ausente de ella acaso 

lloraras como yo, 

que lloro por la ausencia 

del dueño de mi amor. 

Los ángeles entonan 
al lado del señor 



ea melodiosa música 
pmrísima oraeion; 
á tan dulce plegaria 
paréoese su voz, 
el purísimo acento 
del dueño de mi amor. 

Tú das al avecilla 
canoro corazón. 
La fuente de la vida 
tan solo es el amor. 
Si á las pintadas aves 
QPQpuelaSj solo yo 
po me consuelo ausente 
del dueño do mi amor. 

Perdona si mi ruego 
te ofende y^. Señor. 
Si la pureza estimas 
purísimo es mi amor. 
Perdona si en mis versos 
con muda^ negra voz, 
te pido el dulce lado 
del dueño de mi amor. 

Pabla Canta Aíüma. 



Veréis como un Saboyano 
mal tocando el organillo» 
aquí os espone sencillo 
los fallos del juicio humano. 
De Rosini el italiano^ 
ese gran compositor, 
destrozaba lo mejor; 
y un bárbaro que lo oia 
sin mas examen decia: 
que mal compone el Autor! 



Ifa4rid. 



Ildefonso Enrique Ollero, 



MISCELÁNEA. 



«^^^«^^«■«««*wa««i^#^n 



Teatros. 



Han abierto sus puertas el del Prméipe y 
el Principal. 
En el primero «e ^^«as^ V^ ^sí&m^^s^ 



Lope de Vega, periódico semanal. 



Ristorí con el drama Elisabelta, siendo muy 
aplaudida por la escasa concurrencia que 
asistió á esta primera representación. 

Tampoco fué muy numerosa la que acudió 
al Principal en la noche del Viernes, pero 
quedó satisfecha de los artistas que desem- 
peñaron las Comedias El arte de hacer for- 
tuna y Mi muger no me espera. 

Allá Teremos. 



Lope de Vega. 

Muy pronto celebrará esta sociedad otra 
sesión, para la cual se ensayan con la ma- 
yor actiyidad dos buenas Comedias. 



Epigramas. 



Hijos somos de Adán en este suelo^ 
la nada es nuestro abuelo... 
Y saÜsteisle vos tan parecida 
que apenas algo sois en esta vida. 



El que por t{ se muere en dulces lazos 
muere con propiedad por tus pedazos. 
Y cuando abundas de hermosura en bienes 
tantos remiendos tienes, 
hermosísimo bien del alma mia, 
que siendo tan cruel pareces pia. 

(-) 



Varias personas cenaban 
con afán desordenado, 
7 á una tajada miraban 
que habiendo sola quedado 
por cortedad respetaban. 

Uno la luz apagó 
para atraparla con modos-, 
su mano al plato llevó^ 
7 halló las manos- de todos, 
pero la tajada no. 



Charadas. 



Cuando barajo las cartas 
jugando con Micaela 
los dos solos mano á mano, 
le do7 siempre mi primera. 
Dejo de jugar 7 emprendo 
otra diversión honesta, 
sa Ja que con mi segunda 



dulcemente me enajena. 

Y como vivo persuadido 
como ella de mi tercera 
paso las noches de invierno 
tranquilo de esta manera. 

Y á pesar de que mi todo 
importuno me molesta, 

de él, y de todo me olvido 
cuando esto7 en su presencia. 



Mi primera con tercera 
es la primera mitad 
de un nombre en náutica usado 
por los marinos, 7 á mas 
sin la tercera 7 la cuarta 
mu7 mal lo hablan de pasar 
los pilotos que la llevan 
en sus buques para andar. 
Segunda 7 cuarta es costumbre 
mu7 española 7 general 
practicarla un rato antes 
de irse de noche á acostar. 
Segunda 7 prima le hacen 
los que quieren engordar 
cierto animal mu7 sabroso 
antes de irlo á matar. 
La cuarta con la segunda 
es por cierto á no dudar, 
lo que todo ser viviente* 
hace en el mundo al entrar. 
Y el todo de la charada 
es una gran capital 
donde se hace 7 se encuentra 
todo lo que dicho va. 

Encargándonos con mucho empeño 
publicación, nos remiten la siguiente 

Solucioni á la charadi del 27 numeri- 

Mamen — grosili— pemente 
Si — magro— temen — pesili 
Mate — gropemen — sisili 
PELIGRO— SISIMA— MENTE. 

Buena Sombra- 



DIRECTOR T EDITOR RESPONSABLE, 

tmBBBSKa^BKBSBsaasaaBBmBBmaaBBBBamBBrmammm 

Imprenta de Casilari. — Comedias 11. 



▲ÑO I. DOMINGO 18 DE OCTUBRE DE 1863. HÚM. 29. 



k 

^ 



LOPE DE VEGA, 

PERIÓDICO SEMANAL DEDICADO A LA SOCIEDAD QUE LLEVA ESTE NOMRRE. 



TI ■■■TTr.TS 



IjITEPIA.TTJH-A.. a.i^xes. 



y aun existe á los diez y ocho años 
aquel semanario-, dio á luz en periódicos 
literarios y políticos diferentes artículos 
^' I y composiciones poéticas, y todos estos 

«No tiene abiertas la sociedad moder- diversos trabajos fueron bien acogidos. 
na vias mas difíciles y mas espinosas que Publicó el 1845 un periódico satírico. El 
las cuatro en que á los cuarenta años Cínife, destinado á ejercer una crítica li- 
faa hecho Calvo Asensio tan grandes jor- teraria decorosa y saludable, en la cual 
nadas. dio motivo de señalado ingenio, y El Ci- 

Prescindamos de su estudio de la filo- nife llegóá hacer sensación entre la gen- 
sofía y de las humanidades en la Uni- te de letras. Escribió en colaboración 
versidad de Valladolid, á cuya provincia con su íntimo amigo don Juan Ruiz del 
pertenece la Mota del Marqués, donde el Cerro, Valentina Valentona\ y en la de su 
estudiante habia nacido-, prescindamos compañero y amigo de la infancia, el 
de las ciencias naturales, que cursó distinguido, aunque modesto poeta, don 
después de las humanas-, la botánica, la Juan de la Rosa González, varias pro- 
mineraiogia, la zoología y química ge- ducciones dramáticas, entre ellas: La 
neral, para dedicarse ya en Madrid, pri- venganza d$ un pechero; La estudiantina, ó 
mero á la facultad de farmacia, en la el diablo en Salamanca; Fernán- González, 
cual se doctoró el año de 44, después al primera y segunda parte, y todas obtu- 
estudio del derecho: una carrera escolas- vieron un éxito brillante en los teatros 
tica no es una empresa estraordinaria, de Madrid, y alguna se representó trein-' 
aunque en ella se logre tan buen nom- ta y cinco noclies consecutivas: compu- 
bre, como Calvo Aseosio, por el talento so por sí solo otras, y tuvo siempre gran 
y la aplicación. cosecha de aplausos para: La acetan de 

La primera senda de verdadera difi- Villalar; Los disfraces; Los infantes improvi- 
cultad que acometió después de concluir sados; La escala de la fortuna; Ginesillo el 
brillantemente sus estui.os científicos y Aturdido y Felipe el Prudente. 
literarios, fué la de escritor: para avan- £7 Cínife fué señal de la transición de 
zar por ella es preciso aprender pacien- Calvo Asensio de las ciencias exactas á 
te la ciencia infinita del pensamiento y la literatura: un folleto en verso: E^leco 
la forma de la invención y la composi- déla Libertad combatido por las bayonetas 
cioui ponerla vida, el alma, la juventud, afrancesadas, que publicó en unión con 
la alegría, la flor de la primavera sobre el aventajado escritor señor Rosa Gon- 
un pedazo de papel, para arrojarlo en se- zalez, siendo perseguidos por la policía 
guida tolo reunido al Viento, en esa in- . el folleto y sus autores en las circuns- 
mensidad misteriosa que llaman público, tancias críticas de 1844, fué el síntoma 
y esperar el fallo del juez indiferente, de otra transición, tan común en Espa- 
que al leer la firma antes que el escri- ña, de las bellas letras á la aridez de la 
to, esclaina por lo común: . política. 

— «¡Desconocido! Un aprendiz raaslw En 1851, los progresistas de la Mota 

Empezó Calvo Asensio fundando El del Marqués, recompensaron las pualida- 
Restanrador FarmacMlico, testimonio de des que Calvo Asensio habia dado á co- 
8us conocimientos en la parte científica nocer, presentándole candidato por aojiel. 
de la facultad á que se habia dedicado, distrito, en el c\i^\ o\i\.\r;^ ní.\nsv. ^"ík-^^^- 



IfOpe de Vega^ 



tacion, bien que no triunfara, porque xx. 

los esfuerzos del gobierno se sobrepusie- El 18 de' Agosto último, daba i la 

ron á la Toluntad de los electores. puerta de mi retiro de aldea, el tierno 

En Juniode 1854, en el postrero y mas abrazo de la despedida á CaWo y i Gon* 
riguroso periodo del ministerio Sarto- zalo y Teresa, los dos pedazos de su co- 
rius. Calvo Asensio emprendió uno de razón, imagen también de su amantísimo 
los caminos mas erizados de dificultades padre. El Miércoles último rompia á la 
y de sinsabores que pueden imaginarse: yez el sobre de dos telegramas, y ponia 
fundó La Iberia, El talento de escribir la vista en uno, que con la concisioD 
et. un dou de Dios, que necesita además brutal del telegrama decia: «Véngase 
un cultivo trabajoso; el periodismo, á inmediatamente. Calvo se nos muere por 
pesar de todo lo que de él se murmura, momentos.» Aquella noche emprendí el 
ei el apostolado mas santo del pensa- viaje maldiciendo por el camino la len- 
miento; todo el que ha querido ó quiere titud del vapor, y antes de que empezara 
reinar sobre la opinión, desde Quintana el Jueves me apeaba á la puerta de mi 
Hasta Olózaga, ha sido ó será periodista, infortunado amigo. 

Consumada la revolución del 54, tres El 18 de Setiembre, al mes, dia por 
provincias, Madrid, Toledo y Valladolid dia, de nuestro abrazo de despedida en 
designaron á Calvo Asensio candidato la aldea, el amigo de mi alma era un 
en las elecciones para las Cortes consti- cadáver-, Gonzalo y Teresa eran huér- 
tujentes^ en las tres obtuvo una gran fanos. 

rotación, quedando elegido por la últi- La pluma que hace un ano escribiJ 
ma, la de su nacimiento, y obteniendo apuntes biográficos para que acompaña- 
ademas el voto de los representantes de ran á una fotografía llena de vida, se 
la nación para secretario de aquella me^ resiste á escribir apuntes nedrológiooi 
mórable asamblea. Entonces empezó á al dia siguiente de haber sacado el es- 
dar repetidas y notables muestras de su cultor la mascarilla de un cadáver* 
talento como orador, de sus disposicio-| a u d i »• 

nes naturales para la improvisación y| (m«mo Ddí? eniL) «to h?i iitof. 

la réplica, de su firmeza como hombre 
de partido. Estas cualidades le valieron 
una gran popularidad, que se tradujo 
bien pronto en su elección para Coman- 
dante del primer batallón de artillería „.. . i . , , 
de milicia nacional de JVIadrid, grado con Hya.ael cielo, nacarada rosa 
que le brindaban otros dos batallones. ' T^ ^'^^^ ^^\\'^ ^«P"?^» <le dolores. 

Convocadas nuevas Cortes en 1858, . ^"'8^°5 f*'^®"» ^*°<l'^,a y hermosa 
Calvo Asensio fue designado candidato ^""^ ^«' ^^^^ ^^''««n »08 ««^o^es; 

Cómo ha desempeñado este nuevo car- ^"' ^'^^''''^ ''^ P^"^ °^^* punzantes: 

go, dícenlo cuatro años de constante lu- puera sin lí la mísera existencia 

cha en la tribuna, en la cual se ha ere- io q,ie fuera la flor sin el aiubiente. 

cido notablemente; dicenlo la importan- sin ensueños de amor la adolescencia, 

cía yjas simpatías de que goza en toda sin cristalinas aguas una fuente. 
España, al lado de Olozaga, bagasta, ° 

Aguirre, Madoz, Figuerola, Zorrilla y Sin lí no hubiera ni virtud, ni amores, 

algunos mas de la resuelta y hábil mi- ni ciencia, ni heroisrao, ni poesía; 

noria que tan brillantemente sostiene y cual sin luz no existen los colorea 
M aetaal campaña parlamenuria. ) la ventura sin ti no eiistiria. 



Partódioo 'semMiaL 



fres «el ir» que brilló €n el cielo 
eomo eeftal de calma y de bonanza. 
wes el ángel que desciende al suelo 
idesde el trono de Dios, dulce esperanza. 

T cual deshace el sol la niebla oscura 
con su fulgente abrasadora llama, j 
ae deshace la negra desventura 
coando lu luz divina ae derrama. 

Ah! venturoso el ser que te posee 
y enlazado sus brazos á tu cuello 
florido porvenir dichoso lee 
de tu clara mirada en el destello. 

Y desdichado el hombre que si prueba 
de la hiél del dolor alguna ¿ola, 
henchido de furor en tí se cena 
y te arroja de si en pedazos rota. 

Ah! ¿cómo existirá, cómo Dios mió 
sin que venga á arrullarlo la esperanza? 
Empedernido el corazón y frió 
solo hallará tiniebla en lontananza. 

Oh que felicidad! Hasta las heces 
la copa del dolor he consumido; 
rasgaron ¡ay! mi corazón mil veces, 
mas la esperanza nunca la he perdido. 

No hallo en la tierra ya su galanura, 
pero en el alto cielo la diviso: 
y embriagarme de célica ventura 
ella me ofrece allá en el paraiso. 

AHÍ perpetuo refulgente dia, 
trono de nubes, de zafir j orS, 
elocuente suavísima poesía, 
cántico arrobador, dulce, sonoro. 

Corona de laurel inmarcesible 
que anhelo con vehemente exaltación, 
lazos de amor divino y apacible 
porque suspira y late el corazón. 

Miro feliz al resplandor brillante 
del sol de mi esperanza bendecida, 
que me sostiene el alma vacilante 
y torrentes de luz vierte en mi vida. 

Por eso no maldigo el hado impío 
ni á, mi ceñuda y áspera fortuna; 
aunque en el caos profundo y mas sombrío 
vi mis dichas hundirse una por una. 



Qae lisonjera suerte deliciosa 

aunque aorojos no mas halle en el suelo. 

alcanza la criatura venturosa 

que su esperanza la fijó en el cielo. 

Yictorina Saeni de Tqada, 

ÁBUfüJrft. 



J^ TFiTiT.i.A.» 



Mariposilla pintada 

que por la verde enramada 

vas saltando^ 

y al admirar tus colores 

muertas de envidia á las flores 

vas dejando; 

Ven, que á la virgen que admtiao 

vas á llevarle un suspiro 

sílencio^iO; 

yen. tan veloz cual el viento. 

ven. á llevarle este acento 

doloroso. 

Y díle que padece el alma mía 
devorada por hórrido pesar; 

que mi vida sin ella es de agonía 
que á el^a sola mi pecho puede amar. 

Y díle que la adoro con locura, 
que acoja mis acentos de dolor, 
que mire con piedad mi desventura, 
que trueque sus desdenes en amor. 

Y que si escucha en noche silenciosa 
el tétrico preludio de un laúd. 

no olvide mi plegaria dolorosa... 
no olvide de mi pecho la inquietud. 
Que por ella padezco cruel tortura, 
que por ella padezco cruel pesar, 
que mi vida sin ella es de amargura, 
que á ella sola mi pecho puede amar. 

Mariposilla pintada 

que por la verde enramada 

vas saltando, 

y al admirar tus colores 

muertas de envidia á las flores 

vas dejando; 

ven, que á la virgen que admiro, 

vas á llevarle un suspiro 

silencioso; 

ven, tan veloz cual el viento 

ven, á llevarle este acento, 

doloroso! 



Lope de Vega, 



U dkm DEL AlEDALLON, 

NOVELA ORIGINAL, 

POR EMILIO DE LA CERDA. 



CONTINUACIÓN. 

—¿Qué dice V. señora? Laura ha estado to- 
da 1.1 tarde á ia cabecera do su cama, y allí que- 
daba cuando vo he venido. 

— Pero como es posible, si ]a he visto yo; si 
la ha visto Julia también... 
• — Pues h.i sido una equivocación, se lo juro 
a >. 

—Quisiera creerlo, pero... Sino ya verá Y: 
Julia! 

—Mamá! 

Entró Julia, y viendo á Monica y eslrañándo- 
le aquella visita csclamó: 

— Usted por aquí, Mónica ¿á que se debe?... 
— Ay! hija mia, respondió la marquesa, tu her- 
mano nos llama quizá para darnos el último adiós, 

—¡Mi hermano! ah.' por favor, diga V. Mónica 
¿que sucede á mi pobre hermano? 

—Está muy grave, Julita; puede ser que se sal- 
ve; pero... 

—¿De tanto peligro y Laura se pasea como si 
tal cosa sucediese á su esposo? ah.' esa muger no 
tiene corazón 

— /Lo vó V. Mónicd/ dijo la marquesa. 

—Pues señoras, no comprendo como una per- 
sona que ha estado delante de mi toda la tarde 
al lado del marqués, y á quien acabo do dejar 
con él, pueda haber salido, y sobre lodo... con 
un ¡lonibre desconocido. Nada, nada, repito que 
no puede ser. 

— Y' sabe Laura que Ernesto nos manda á 
ilnmar.^ 

— i\o señora, y hasta me encargó el señor mar- 
f¡!'és que nada dijese á Laura. 

— ¿Y como haremos entoncei para que no nos 
vea entrar? 

Entraremos por un postigo de la casa; yo en- 
traré primero, y haré advertir al marqués que 
esperan Yds. para que despida á Laura bajo cual- 
quier pretesto. 

— Pues apresurémonos, 
Ah! Diosmio, J)ios mió; mi mayor deseo era 
volverle á ver y tal vex deba abrazarle para 
recoger su último suspiro.'... 

—No se allija V. madre mía, dijo Julia, que 
vu vano tr.itaba de contener ella misma el llan- 
to íjue se agolp.'iba ñ sus ojos; no se aflija V., 
puedo ser que haya esjKíranzas? No estaba yo 
ck'íi al borde d'il sepulcro, y hoy.... 

—¿Pero que enfermedad es esa, Mónica, que 
/^/j rápidos progiesoi lía hecho en él? 



-> Cuando llegamos á Francia, le acometió una 
especie de fiebre maligna, que después le ha re- 
petido algunas veces, pero no con tanta Jntea- 
sidad; luego se quejó... del pecho... y ahora... 
— Ah! pobre hijo mió, esa enfermedad cruel 
es la tisis, si, mi hijo muere tísico, no hay re- 
medio para él. Marchemos, marchemos cuan- 
to antes. 

Un cuarto de hora después^ nn coche eon- 
ducia á las tres mugeres á la plazuela de Santo 
Domingo. 

Poco después que el coche paraba cerca de 
la casa, otro paró también del<<nte de la puerta 
principal; bajó de él un caballero y el ceche se 
retiró. 

Aquel caballero era D. Eugenio Duran; Yea- 
mos lo que le traia á casa de Laura. 

CAPFTULO T. 

I.A CITA. 

Dejamos al padre de Julio en el momento de 
desnedirse de la marquesa para ir á buscar I 
su nno al Uotel de Inglaterra. 

Un coche le condujo á esta fonda, y apenas 
llegó á ella, preguntó por su hijo. 

Julio habia salido, y no volvería aquella noche 
hasta muy tarde. 

Mandó qne lo introdujeran en el cuarto de 
Julio mientras le preparaban á él otra habita- 
ción, y encargó no le incomodaran núes pensa* 
ba descansar hasta que volviese su nijo. 

Empezó á despojarse de su ropa de camino. 

Al noner sobre una mesa su reló, vio una 
carta aoieria, y desde luego llamó su atención 
la letra: era de muger. 

/Ola! dijo, una carta amorosa; bah! será de 
Julia; están tan enamorados que no se contentan 
solo con hablar^ 

No pudo resiftir la tentación, v tomó la car- 
ta para leer ah^o de ella; pero ae repente ei 
su semblante se pintó el asombro, y su frente 
se arrugó bajo el peso de una sospecha. 

La carta decia asi: 

Madrid SS de Mayo. 

Caballero: se me ha advertido, de qne en ne- 
dk) de un café, y en presencia de varios jóve- 
nes, ha hecho V. una apuesta, bien poco dis- 
na seguramente de un caballero. Ha jaradoV. 
deshonrar u una muger que ningún tíafio le ha 
causado, y solo por un capricho de calayen. 
Quiero saber si el que tiene valor para hacer 
estos atrevidos juramentos^ tiene el suGcieote pa- 
ra reiterarlos delante de su victima. 

Habiendo dado la casualidad deque boy acá* 
ba de llegar mi esposo imposibilitándose oe ci- 
tar á Y. de día, le suplico venga á vera» 



Periódico semanal. 



misma noche, mientras mi esposo está en el tea- 
tro, donde no faltará. 

Irá V. al Real; y preguntando por el palco 
de la Dama del Medallón^ que cualquiera podrá 
indicarle, esperará á que en él se presente mi 
esposo. Esta será la señal de que ha llegado la 
hora de vernos. 

Mí casa, en la plazuela de Slo. Domingo, al 
lado de un taller de coches. El portero introdu- 
cirá á Y. solo con decirle: Yo soy el qtie es- 
peran. 

La Dama del Medallón. 

• 

¿Qué locura es esta? esclamó D. Eugenio cuan- 
do acabó de leer; es preciso que yo sepa quien 
es esta muger que bajo prelesto de querer con- 
jurar un peligro, que tal vez desea, dá una cita 
á mi hijo, cuando su marido está fuera de su 
casa. 

¡Oh! es preciso. Nó, no quiero que Julio si- 
ga las huellas de su padre; harto arrepentido es- 
toy de uiis juveniles estravios. 

Corramos á evitar, si aun es tiempo esta locura. 
Nolvió á vestir su trage el señor de Duran, 
y se lanzó fuera de la habitación. Entró en un 
coche que pasnba de vacio, y dando al coche- 
ro una propina. 

—Al Teatro Real, dijo, á escape. 
Al llegar al teatro, mandó esperar al coche- 
ro; entró, y dirigiéndose á uno de los acomoda- 
dores le preguntó si sabia cual era el palco de 
una señora, á quien llamaban la Dama del Me- 
dallón. 

—Le contestó que no sabia de quien le ha- 
blaba; mas, un joven á quien ya conocemos, pues 
era Federico el de la apuesta con Julio, aue ca- 
sualmente oyó la pregunta al entrar, le indicó el 
palco, y al mismo tiempo procuraba indagar, por 
qne aquel desconocido preguntaba por la Dama; 
pero el señor de Duran después de saber lo que 
deseaba, y viendo que aun el palco estaba va- 
cio, salió apresuradamente, dejando lleno de coa 
fusiones á Federico que fué í reunirse con sus 
amigos entre los nne se hallaba Julio. 

—El señor de Duran dio al cochero las señ^s 
de la casa de Laura, y poco después se bajaba 
en la misma puerta. 

—¿Está el señor en casa? preguntó al portero 
que no era otro que Giuseppo Antonelli. pues- 
to allí por Pedro. 

— No señor, respondió. 

— Pues advierta V. á la señora, qu3 un ami- 
go del que esperan viene ha hablarla do su parte. 

— Tengo orden de no anunciar á nadie, ca- 
ballero, mi señora no recibe á nadie esta noche. 

— Digale V. que está herido y no puede venir. 
Un ligero grito lanzado desde lo alto de la 
escalera, hizo volver la cabeza á los dos inter- 
loeotoret. 



Pro venia de Laura, que al atravesar la me- 
seta déla escalera cuando salía de la habita- 
ción del marqués y se dirigiaá las suyas, oyó la 
conversación entre el Sr. de Duran y el astu- 
to italiano. 

Laura permanecía como clavada en medio de 
la meseta; la noticia de que se hallaba Julio he- 
rido, hahia paralizado la sangro en sus venas. 

El Sr. de Duran comprendió que aquella era 
la Dama en cue^ion, y se dirigió hacia la esca- 
lera. 

—Pero, caballero, le digo á V... decia Gia- 
seppe tratando de detenerle. 

— Eh.' déjeme Y.: señora, mi amigo está herido, 
acaba de batirse, no... 

—Calle Y. por Dios, cab'^llero, respondió Lau- 
ra temblando; suba Y , suba Y. 

Acabó el Sr. de Duran de subir los últimos 
escalones, y así que pudo hacerse cargo de la 
Gsonomia de la Dama, dijo entre dientes. 

—/Calla, es la esposa del marqués de Ocam- 
po! Mi visión, el retrato de Enriqueta. 

—Sígame V. caballero, dijo Laura, introdu- 
ciendo al padre de Julio, primero en el saion 
que ya conocemos, y luego en el gabinete, don- 
de los dos tomaron asiento. 

(S« eoDÜnuari.) 



PÜBSTO EN MüsICA POR EL AUTOR. 

Bendiga Dios tu sueño^ 
hijo del alma! 
Pudiera yo ser siempre 
quien lo guardara! 
Cuanto darla 
por tenerte en los brazos 
toda mi vida! 

Cuando un deber .s.ii^Tarlo 
de mí te aparte, 
donde hallará consuelo 
tu pobre madre! 
Y tú hijo mió, 
que será de tu vida 
sin raí cariño! 

Una sonrisa tuya 
cuando despiertasi, 
basta para que olvide 
todas mis penas. 
Algunas Y«ce* 



JUopeide ¥a8a» 



^ne debiesa an ;hij# 
mr üiio «iempvé. 



>••• 



Jhieme tranq^ailo skorá, 
duerme^ hijo mió, 
«iin Mber que te espena 
tantos peligros!. . 
A Dios le ruego 
•que el valor te comseda 
para Teueerlos... 



$nm%. 



M. Wárdinburg. 



EN LA PRIMERA MISA 

de mi prediUclo amigo el señor don Enrique 
Marlinez Melguiso. presbítero y cursante 
de ^ Sagrada Teología en este Seminario 
conciliar. 

'Admira tu elección, j canta gloria 
al Dios que hasta su altarte ha sublimado: 
no se aparte jamás de tu memoria 
el ver como del mal te ha separada- 
Y sobre el mundo al alcanzar victoria 
mirándote á tu Dios tan consagrado, 
desprecia sus halagos, porque es lodo 
cnanto encierra en su seno, polvo todo. 

El grande ministerio que inauguras 
te dá una dignidad imponderable, 
7 un porvenir de salvación auguras 
que si sabes ganarla, es indudable. 
Consagra á tu Señor con manos puras, 
que sea tu sacrificio hoy aceptable: 
recibe siempre en gracia el pan sagrado: 
si no lo haces así, ya estas juzgado. 

Elevado al altar, has contraído 
deberes con el pueblo que es tu grey, 
porque, sábelo bien. Dios te ha elegido 
para que puedas enseñar su Ley. 
Del mundo hasta el altar llamado has sido 
y de las almas al hacerte rey 
es porque puedes perdonar su yerro 
rompiendo del pecado el duro hierro. 

No estrenes te aconseje la voz mia 
con las palabras que le dicta el alma: 
son consejos que brota mi alegría 
^ ensena el corazón en gnita salma. 



Rnra ti toda gloria «en este dia 
que abrazas de virtud la hermoM-^ 
Guárdala en en verdor. Koinaa te ~ 
llQnemae puede decirte un buen mniifót 

Paga á tu Dios. T cuando al ler el dia 
te ihve el Fuego de 'tu pecho^ ansiovo^ 
colmado áe pucf sima alegría 
ante las aras de tu Dios glorioso, 
del arpa de Sien la melodía 
arrobará tu corazón dichoso. 
Pide entonces por mí: suplica al eieh 
se digne concederme igual consuelo. 

Emilio Santa Maria Torre. 



I 



He aqui una palabra que representa un 
idea como muchas otras, tan abstractas, qae 
casi es imposible el definirlas. 

Para mi, la ilusión es un (hermoio sodio. 

No sé si digo no disparale*, pero en caso 
de no serlo, pudiera decirse, ateuiéiidoii 
al dicho de un hombre célebre, una conse- 
cuencia bien rara; tal vez un sofisma. 

Perdónenme »los que, mas versados en U 
lógica que yo. lean esl^ articulo. 

Pues como decia; ateniéndose al dicho dd 
que escribió esta frase: 

la vida es tueAo. 

Pudiera deducirse: 

Que sofiar es vivir. 

Y que como el que tiene ilusioQei vivs 
sonando, la ilusión es la vida. 

Otro dijo: 

Gozar materialmente, es vivir. 

El primero se llamaba Calderoo; él sogai- 
do Epicuro. 

¿Cual de los dos tiene razón? 

Pregúntese á un amante, á un poeta. 

Pregúntese á un sibarita. 

Los primeros dirán que Calderón; d s^ 
gundo que Epicuro. 

Yo, que ni soy amante^ ni poeta, ai si- 
barita, diré que' hermanando las dos idcn 
puede formarse un todo, que aaUsbga i Itf 
necesidades de las dos |)artes que conslibi- 
yen nuestro ser; el espirítu. y la materia. 

La ilusión, es una mentira; pero una 



PecitdiM senauwial, 



4ff 



tifa qae es el alimento del alma; el alma sin i líealknézcase esa preatigieaff aweotkv de- 
iíiiaioiifó, es un jardin cabierto de abrojos, jadlafen esqueleto; lal cual es, y la ilusios 



un cielo sin estrellas, un sol sin rayos. 

La vida pasada en la molicie, sin mas as* 
piraciones que el goce material, es la vida 
del bruto. 

Sin embargo: para alga nos.ooncedió Dios 
los sentidos. 

El hombre neceñta de goces msderiales 
que le ayuden á sobrellevar la existencia: 
no abusemos de ellos, y rozaremos mas. 

Esto mismo dijo un fliosofo' mas autoriza- 
bo que yo; J. J R.: 

Abstenerse para gozar, es el epUurekmo 
dé la razan* 

Pero veo que me voy estraviando; mi ob- 
jeto no era este cuanda empecé mi articulo 
dedicado esclusivamente á la ilusión. 

Volvamos á ella: 

Magnifica aurora boreal en medio de las 
tinieblas déla vida, la ilusión alumbra ques- 
tna inteligencia, haciéndola capaz dé conce- 
bir sublimes pensamientos. 

Pero ¡ay! es, tan frágill ¡se desvanece tan 
pronto al menor soplo! 

Y entonces se asemeja á la resplandecien- 
te luz de una bujía, que ai estinguirse, solo 
deja el fétido olor de la pabesa. 



desaparece. 

Direís que soy demasiada^tepiriliiaK pues 
bien, creeiime: 

Yo jamás he visto coner, por[ejemplOi i 
la muger que verdaderamente he amado. 

Me diréis por tanto que jamás me casaré*, 
ó que perderé la ilusión si Itego á hacerlo. 

Preguntadle esto á los que han pasado por 
ello aunque, sean menos escrupulosos que yo, 
y os dirán si la han conservado. 

No, es imposible. 

Esas pequeñas grandes cosas que se tocan 
en la vida doméstica, no pueden menos de 
disminuir la ilusión. 

Pues qué ¿es lo mismo ver á una muger 
que os espera bien ataviada, en una sala 
amueblada con lujo ó al menos con decencia, 
que os habla caiíñosa, que os muestra un 
carácter dulcísimo; es esto lo mismo, que 
verla desalit^ada. en medio de la revuelto 
alcoba. dondiB encontráis: acjui el prosaico^ 
gorro de-dormir, alli'el antipoelico mirifiaque, 
que 08 recuerda una de tantas mentiras como* 
rodean á la muger; que la* ois r^aflar á }t 
criada, armar una tramontana con^ Ib man^ 
dadera sobre la miseria de dos maravedises 






Muy bien pudiera compararse á uno qus faltan en la cuenta; que á lo mejor os 
de esos magníficos mausoleos, cuya belleza ák- una de esas rebotadas que no faltan en 



artística admiramos, sin acordarnos de que 
solo guarda asquerosa podredumbre: pene- 
tremos un momento en su interior, y pronto 
huiremos de él con repugnancia. 

En los sentimientos que afectan alcorazon^ 
es en los aue principalmente se hace mas 
sensible la aesilusion. 

El amor, esa imperiosa exigencia de 
nuestra alma, foIo esta reforzado por la ilu- 
sión, y es en el que está mas espuesta á 
desvanecerse, tanto mas, cuanto delicada es 
el alma que abriga este sentimiento. 

Para nosotros, la muger que amamos, no 
es un ser común; no es la criatura sujeta á 
las necesidades de la naturaleza anejas á to- 
do ser animal. 

La ilusión la despoja de todo lo que tiene 
de terrestre: es un ángel, revestido ae forma 
humana para que le podamos apreciar por 
los sentidos. 

Y sin embargo; sabemos que solo es una 
muger; pero la ima^nacion se obstina en 
creerla un ser escepciontf. 



nmguna esposa, o con ransimas excepcioneiit 
que la estáis viendo, en fln, tal cual es, una 
muger. ni mas ni menos que una mugert 

Decidme ¿es^lo mismo? 

Oh! por desgracia no lo es. 

Y sin embargo; la ilusión es necesaria, es 
el lazo que une á Cupido con Himeneo. 

Bien lo comprenden asi las mugeres: por 
algo se afanan en presentarse á nosotros ar- 
madas de todos sus hechizos, naturales y ar- 
tificiales. 

Otro tanto sucede á ellas respecto de no- 
sotros-, aun puede decirse que mas« por lo 
mismo|que su alma es mas impresionable, 
mas inclinada a las esterioridades. 

Presentaos á ellas, sucios, mal pergeñados, 
y perderán la ilusión. 

Casaos, y yo os aseguro que á poco tiem- 
po, habréis conocido un cambio^notable en 
vuestra muger. 

Que os falte en vuestra casa la comodidad, 
el desahogo, los goces materiales^ x ^^a»Safó«^ 
sentiréis su ci^ui»c^fB&skiak« 



Lope de Vega, periódioo semanaL 



Y sin embargo*, habéis perdido la ilusión, ' 
y vivis. 

Luego la ilusión, no es la inda. 

Y sin embargo, no gozai§, y vivis. 
Luego el goce solo, no es la vida. 

La vida, para poderse llamar vida, con- 
siste en gozar con la materia, basta cierto 
Eunto-, y con el alma, basta cierto punto tam- 
ien. 

Lo demás, es vivir muriendo, ó vivir en 
un estúpido letargo. 

Soñemos pues con Calderón, y gocemos 
con Epicuro. 

Emilio de la Cerda. 



MISCELÁNEA. 



í 



^^^^^^«^M^tfkM 



Lope de Vega. 

Anoche debió celebrar esta Sociedad 
8tt sétima sesión, con las Comedias Me- 
jor ES CREER y Un paseo á Bedlam. 

Atendidas las buenas disposiciones de 
las Srtas. y Sres. encargados de su ege- 
cucion, es seguro que ésta habrá sido es- 
meradísima. 

— Ya están en estudio el Drama en dos 
actos, titulado: Fernando y el Jugue- 
te cómico. Un pollo de sese^íta años, 
obras originales de un joven pertene- 
ciente á la sociedad^ y que deben com- 
poner la próxima sesión. 

— También las secciones dramática y 
lírica preparan para muy en breve la 
Zarzuela, En las astas del toro. 



\ 



Charada. 

]Lo que es amar/ En el mundo 

00 hay cosa qne dulco sea 
como el amar: mas es cuando 
se ama con el alma entera 

á una virgen andaluza 

de ojos negros, lez morona^ 

rojos If^bios, chica mano, 

pié breve y cintura estrecha. 

1 se ama hasta dar el alm^ 
disuelta en ainor; y ella, 

la bien amada, en su pecho 
s/eate íambieo imB hoguera: 



en amoroso deliqoio 
os doa yaciendo: la bella '^ 

algún PRIMERA con cuarta 
á su amador hace tierna. 
¡Oh entonces/... sin duda es farsa 
que de placer alguien muera: 
no mueren los que así amao, 

¡A placer h mas no llega. 
las, si es verdad que no muere 
quien tal dicha esperimenta, 
también lo es aue el corazón 
se agita con tal violencia 
cual si quisiera salirse 
del pecho, cárcel estrecha; 
y que el alma se deshace 
y que el cuerpo todo tiembla, 
cual tiembla, si el huracán 
la agita, segunda y tercia. 
T es cierto también que el seso 
á punto está de que pierda 
aquel dichoso mortal, 
pues la dicha su cabeza 
trastorna y pone al Gn como 
CUARTA con QUINTA (sí á csta 
lo agregamos una o 
tras de la última letra.) 
Ese es el amor: vosotros 
los que la dicha sin mezcla 
de pesar solo buscáis, 
amad, que el amor con ella 
os brinda, si por fortuna, 
de ojos negros, tez morena, 
rojos labios, chica mano, 
pié breve, y cintura estrecha 
una virgen andaluza' 
encontráis que en una hoguera 
de amor por vosotros arda. 
Mas si hay en las mentes vuestras 
alguna idea do ambición, 
de gloria, poder^ riqueza, 
sabed que algún soberano 
de las gentes agarenas 
que en edniles que. pasaron 
moraban eu nuestra Iberia, 
no por amores logrí^, 
mas por empresas guerreras 
y otras prendas de alta estima, 
que sus súbditns le dieran 
el dictado que es objeto 
de la charadilla aquesta. 

El rreslc Joan de Ui Indiu.- 



DiUECTOa Y EDITOR RESPONSABLE, 

Imprenta de Casilari, — Gomediat 11 



AHO i. domingo 26 DE OCTUBRE DE 1863. NÚM. 30. 



LOPE DE VEGA, 

PERIÓDICO SBBCANAL DEDICADO A LA SOCIEDAD QUE LLEVA ESTE NOMBRE. 



SOBRE LA HISTORIA DE ROMA. 



APUNTES . los demás pueblos, sublevando isvis babitantes 

y eseitándolos á tomar las armas. 

Los ccDinos fueron los primeros que decía - 

raron la guerra á los Romanos, pero fueron bien 

! pronto derrotados, matando Romulo con su pro- 
Roma, capital de los estados pontiGcios y r«- pi» mano á Cleon, su rey, y consagró sus des- 
siJencia del Fapi, está situada en un terreno muy pojos á Júpiter Ferelrio. 
desigual. Divídela el Tiber en dos partes, délas Subyugados los ceninos, los pueblos de Fi- 
cuales la mayor, que está á la izquierda, es Ro- ,denas, de Crnstumerio y A.tenas se levantaron 
ma propiamente dicho, y l\ otra lleva el nom- contra el pueblo Romano; pero con poco Ira- 
bre de ciudad Leonina ó Transt ibérica, .bajo fueron también derrotados. 

Roma fué fundada por Romulo 753 años an- Finalmente los Sabinos, llevando por cen- 
íes de Jesu-cristo. Mucnos preleaden probar que ductor á Tacio, marcharon con un podero so ejér- 
antes de Romulo ya existía Roma, llamada asi cito contra Roma; mas no podían introducirse 
de una muger del mismo nombre, hija de Es- fácilmente en la ciudad á causa de una roca 
culapio ó de Ascanio ó de Itilo, pues en esto donde habia una fuerte guarnición, cuyo gefe era 
están divididos los pareceres. Tarpeyo.— -Tarpeya. hija del comandante; ena- 

Aunque Romstono fundase á Roma, oscier- morada da los brazaletes de oro que llevaban los 
to que en ella estableció sk Monarquía, divi- Sabinos en el brazo izquierdo, les propuso entre- 
diendo á sus habitantes en tres Tribui, cada garles la ciudad si ellos le entregaban lo que He- 
Tribu en diez Curias y cada caria en diez De- vabanen la mano izquierda, sin esplicar si ha- 
curias. Las Tribus eran gobernadas por Tribu- hi^LU de ser los brazeletes ó los escudos. 
nos, las Curias por Curiones y las Decurias por Consintió Tacio y ella tos recibió una noche 
Decuriones, ^Q Ift roca por una puerta desconocida y secreta. 

De c»da Tribu se escogían aquello')^ que por Habiendo entrado, lacie fué el primero que se 
su nacimiento y acciones heroicas se habían he- qniló sus brazaletes y se los dio á Tarpeya, ti- 
cho ilustres, y se les daba el nombre de Pa- rándola al mismo tiempo el escudo; siguieron su 
tridos: los demás eran llamados Plebellos. ejemplo los demás y Tarpeya quedó muerta ba- 

Para poblar Romulo su ciudad nacienle dio jo ©I peso de los escudos y deloro, 
entrada en ella 'á toda clase de hombres sin de- Inflamados de cólera los Romanos y del de- 
volver el siervo á su señor ni el criminal á los seo de recuperar la perdidí roca, provocaron al 
magistrados, por cuyo motivo se halló Roma al combate á los Sabinos, la batalla fué sangrienta 
poco tiempo llena de habitantes. Erñpero habia y cruel; el mismo Romulo salió herido, por lo 
tan pocos que tuviesen muger, que Romulo man- que apoderándose el miedo de los Romanos, to- 
do embajadores á todos los pueblos á pedir es- marón una fuga precipitada. Romulo haciendo to- 
posas para los nuevos Romanos, mas estas de- dos los esfuerzos posibles, reunió su ^cnte para 
mandas fueron desechadas por todos. Sintió Ro- volver al combate, pero fueron asomorados por 
mulo un iosullü tan grande y resolvió vengarse, un espectáculo que escede á toda nárraoíon. 

Fingió poco después haber hallado enterra- Laf^ arrebatadfas Sabinas estaban én medio dé 
do un altar de cierto numen llamüdo Con^o y con los dos egércitos con sus hijos, rogando tanto á 
esto motivo mandó se hiciesen festejos públicos, los Siibinos como á los Romanos 
Llegado el día señalado para la función acudió Sus gritos, sus lágrimas y sus ademanes, de- 
una inmensa muchedumbre de todos los pueblo? tuvieron á los conbatientes y habiendo depuesto 
comarcanos. Cuando estaban mas atento al es- las armae, los gefes de ambos egércitos se unieron 
pectáculo, la juventud Romana á una señal he- á parlamentar y fué convenido que tas Sabinas 
cha por Romulo, corrió espada en mano á arre- que quisiesen se podían quedar con sus maridos; 
batar las doncellas que se hallaban presentes, que Romulo y Tacio remarían juntos en Bomt 
Asustados los padres y parientes de las doñee- y que sus habitantes serían llamados Queritos de 
lias robadas, tomaren Iri fuga quejándose de la Curio, patria de Tacio. 
hospitalidad burlada y fueron á pedir justicia á Con el transcurso d^l Vv&tOL^^ S.w<<k -«^iss&^^^^h^- 



Lope de Vega» 



''.• 



lioso esln riiulad de manora que llegó á lener de 
circuilo üO millas. L"s piierlas de la ciudad lle- 
garon al número do 30. Los castillos do las mu- 
rallas eran 700. Las fuentes públicas ascendie- 
ron a 18. Los fnnosos obeliscos eran 45 Fi- 
na Imenic^ las estatuas, las columnas, los puen- 
tes, los caminos reales, los baños, los Palacios, 
los Templos dedicados á sus Dioses (que llegaron 
á un número casi increible) con otras muchas obras 
dignas de admiración, (jue refieren los antiguos 
escrilores, hicieron de uQma la ciudad mas fa- 
mosa de todo el mundo. 

Los primeros sucesores de Romulo fueron Nu- 
ma Ponpiiio, Tulio Uoslilio, Anco Marcio, Tar- 
quino el Viejo, Servio Tulio y Tarquino el So- 
b«'rbio, ol cual con su avaricia y crueldades 
irritó de tal minora los ánimos de los llomanos. 
f^ue lomando por preleslo la violencia hecha á 
la hermosa Lucreci.i, estinguieron lf)s Reyes, y 
(inisicron que la ciuilad fuese gobernada por dos 
liónsuks que elegian todos los anos 

lüslos eran superiores á los Pretores, Tribu- 
nos, Qnestores, Censores y otros Magistrados. 

Cuando la ciudad estaba amenazada do algua 
grave peligro elegian un Dictador. 

De esta suerte se gobernó la República de 
Roma por espacio do ICO años, siendo por to- 
do este tiempo el terror del universo, y suge- 
táodolo casi todo i su dominio. 

Julio César, después de muchas victorias, 
y (le la n.uertc de Pomneyo. su competidor, 
considerando (jne ol nomore de Rey era odio- 
so a los Romanos, so hizo declarar Dictador 
perpetuo, 39 años antes de Jesucristo; y últi- 
mamente se tituló EmpiTador, nombre que en- 
tonces S3 acostumbraba á dar á los generales, 
que salían victoriosos de sus batallas, con la muer- 
te á io menos de 2000 enemigos. 

En el año 30 antes do Jesucristo, obtuvo 
Augusto César la Dignidad Imperial con absolu- 
to poder, la que conservó 44 años, en cuyo tiem- 
\ío naj ó Jesucristo. 

Fuerónle sucediendo oíros Emperadores, y el 
poder (le los Romanos fué siempre declinando, 
principaimonle desde la división de los Impe- 
rios, de manera queco el reinado de Honorio, en 
409 entró Alarico en Roma y la saqueo. Lo mis- 
mo hizo después 6ens6rico en 45ií; finalmente en 
el año 479 de Jesucristo, Odoacro se hizo acla- 
mar ííey de Ilalia, y después Señor de liorna, 
cspeliendo de ella á Auguslolo ó Uomulo Au- 
gusto, su último Emperador, y el LXV!I en el 
órdi'u de la sucesión. 

Eneslo acabó ese antiguo Imperio Romano, 
que so habia dilatado de tal manera, que lle- 
gó á tener por límites, poí la parte de Oriente 
el rio Eufrates; el Monte Tauro y la Armenia: 
;)or la de Poniente, el Occcano: por la del Nor- 
u* el Daoubio; y por la del Mediodía la Etio- 



pia: siendo tantas sus riauczas, que llegaba i con 
• tar 20000 ciudadanos, ue los que podía cada uno 
i por sí solo sustentar el Imperio; y solamente el 
; Egipto pagaba anualmente á la República G5000 
'talentos, que equivalen á unos 22. 608, 780 pesos 
■■ fuertes. 

Casimiro Franquelo. 

(Se coocluirá.) 



GRANDEZA DEL ALMA 



'Es bella la creación, bella es el ave 

' tendiendo á el aire su pintada pluma. 
ftella es la flor de aroma tan suave 
(jue el prado que engalana lo perfuma. 

, bello el piélago inmenso dó la nave 
rompe montañas de nevada espuma, 

! bello es del sol el rayo rutilante. 

; bello ese cielo de zafir brillante. 



Es bello el pez, la alegre mariposa 

que liba las esencias de las flores 

es bella, cual la tórtola amorosa 

que entona su canción dulce de amores: 

bello el arroyo que en pradera hermosa 

retrata de natura los primores. 

bella la blanca luna y las estrellas 

y hasta las mismas nubes son muy bellas. 

Relio es, en fín. cuanto el Señor Tonñara 

con su potente mano creadora-, 

mas que todas sus obras la mas rara, 

la que mas perfecciones atesora, 

en la que Dios mostró mas viva y clara 

su augusta omnipotencia bienhechora, 

la que mas esplendor presta á su nombre, 

la mas selecta, en fin, es la del hombre. 

El hombre! cuyo espíritu elevado 

mas ípie la luz purísimo, impalpable. 

es vivido reflejo destellado 

de aquel Dios de belleza incomparable. 

Y cuanto acá en el suelo fué creado 

en paralelo suyo es deleznable, 

que el Universo al fin todo es finito, 

y el ser del hombre no, que es infinito. 

No os afanéis filósofos impíos, 

que ahogáis en vuestros pechos la eoncieocia. 

en negarme con ciegos desvarios 

de un Dios omnipotente la existencia. 



Periódico semanal. 



Que si los pobres argumentos niios 

carecen de los rayos de la ciencia, • \ 

unen lá viva fé qíio anida el pecho > 

con estudio sencillo por mí hecho. \ 

Que en página elocuente y luminosa | 

aun mas que vuestro libro mas preciado 
estudiando con fé, la prodigiosa 
existencia de Dios he confesado. 
No penséis que la ciencia tan famosa | 

de latinos y griegos he buscado, ¡ 

que lo que á confesar un Dios me inüma 
es el alma inmortal que nos anima. 

Que siendo superior á lo visible, 
inmaterial, inteligente y pura, j 

comprende la razón, que no es posible i 

3ue pudiera formarla otra criatura*. - 

e un Ser eterno, sabio, indefectible ' 

debe sin duda ser perfecta hechura: ! 

y el que á sus obras dio tanta belleza 
cuanta debe tener! cuanta grandeza! 

Cuando el dolor lá oprime, el ancho espacio 

recorre el alma cual ligera nube 

y hasta el eterno célico palacio 

en raudo vuelo vaporosa sube: 

allí en trono fulgente de topacio, 

que en sus alas sostiqne albo querube, 

decidme ¿no halla un Dios qué dá consuelo 

cual nunca nadie lo prestó en el suelo? 

También, cuando arrastrado por la mano 
del mundo seductor al torpe cieno, 
conviértese en vilísimo gusano 
de la culpa mortal con el veneno, 
¿de quien alcanza auxilio sobrehumano 
para vencer su loco desenfreno? 
De un Dios piadoso, el cual le ha prometido 
que su ruego ferviente será oido. 

Por eso, cual la mar en su hermosura 
guarda siempre la perla nacarada, 
(le las pasiones en la mar impura 
el alma para Dios tiene guardada 
celeste adoración, dulce ternura 
en ignola recóndita morada: 
asilo de virtud incorruptible 
do al vicio penetrar es imposible. 

Y rica y grande mas que el Océano, 



pura como el azul del firmamento, 
serena cual las brisas de verano, 
hermosa y libre cual el sol y el viento 
el alma llega a ser, si el pracer vano 

3ue las pasiones dan solo un momento 
esprecia y con su Dios se identifica-, 
que sus dones, entonces, multipbca. 

Pues si un alma 'tan grande poseemos, 
si hay un Dios que propicio siempre hallamos 
con c\iyo fuerte brazo romperemos 
la cadena del vicio que arrastramos, 
¿porqué nuestra flaqueza no vencemos 
y nuestra dignidad no conservamos? 
¡Pudiendo alzar cual águilas el vuelo 
como insectos volamos por el suelo! 

Y si es amor de nuestro ser la esencia, 
porqué hemos de fijarlo en lo visible, 
desoyendo la voz de la conciencia 
siempre justa, severa, incorruptible? 
No veis que nuestra ardiente inteligencia 
(jueriendo hallar lo grande, incomprensible, 
deifica los objetos que está amando 
al verdadero Dios equivocando? 

¡Ah! ¿^)orqué envenenar la fuente pura 

del amoi' que en nosotros se atesora? 

Porqué no dar á Dios esta ternura 

dulce, vivificante y salvadora? 

Porqué manchar del alma la hermosura? 

No veis que la infeliz doliente llora 

cuando el humo del vicio turbio deja 

el claro espejo en ([ue su Dios refleja? I 

El alma humana es tierra preciosa 
de rica incomparable fertileza, \ 

que puede producir mies abundosa, 
frutos llenos de esencia y de pureza-, 
mas si por indolencia maliciosa 
dejárnosla se cubra de maleza, 
el germen de virtud será perdido 
y el del mal brotará tronco podrido. 

Pues nuestra voluntad noble y potente 

al labrador imite, que afanado 

corta la mala yerba dilijcnte 

por que no perjudique su sembrado. 

Que si él por su trabajo felizmente 

coje .el opimo fruto sazonado. 

por fruto cojera nnestro desvelo 

paz en la vdt y ^ W ^mj^rxV^ v\ vlv^s:^. 



m 



Lope de Vega, 



Ant6qujr&. 



Victorina Saem de Tejada. 



ROMANCE PUESTO £N MÚSICA POR DON R. LÁZARO. 



Siempre luchemos, siempre-, y si la historia 
de heroicos esforzados campeones 
anhelando el laurel de la victoria 
enciende alguna vez los corazones, 
en el mundo, sabed no hay mayor gloria 
que la de dominar nuestras pasiones: 
ni acción heroica de grandeza tanta 
cual conservar el alma pura y santa. 



I 



Sueio del alma, 
Santa Inocencia, 
Flor cuya esencia 
Viene de Dios. 
Bendito seas 
Nido de amores. 
Hecho entre flores 
Del corazón. 

Dia sin noche. 
Hora sin pena. 
Que un ángel llena 
De tierno amor. 
Bendita seas 
Santa Inocencia, 
Flor cuya esencia 
Viene de Dios. 

Eres del cielo 
Dulce memoria: 
Goce en tu gloría 
Nuestro candor. 
Libra á estos niños 
De la inclemencia, 
Santa Inocencia, 
Ángel de amor. 

Gabriel Fernandez. 



if.<:rí<i. 



En un álbum. 

Creciendo en distinto edén 
viven unidas dos palmas. 
Cuando dos se quieren bien, 
aun en la ausencia se ven 
y se comprenden sus almas. 

jP. á. de Alar con. 



Li DAMA DEL MEDALLÓN, 

NOVELA OBIGDÍAIi, 

POR EMILIO DE LA CERDA. 



CONTINUACIÓN. 

—Dice y. que su amigo se halla herido y... 

—Lo que digo» señora, es que parece 'vmf»- 
sible que una muger que lleva el iloslre lilaW 
de marquesa de Ocampo^ sea tao infame, que apro- 
vechándose de una calaverada de ióveo, y no 
ignorando seguramente que éste debe casarse 
con su cuñada, le dé una cita, so protesto de 
conjurar los efectos de una apuesta, y ésto, ea 
ausencia de su esposo, Julio no está herido, ni 
aun sabe que yo estoy en Madrid; pero he tt* 
bido su cita por una carta olvidada casualmente. 
Laara estaba atónita. ¿Cdmo sabia aquel boHi- 
bre que era ella la marquesa de Ocampo? No 
pedia disimular su turbación, y al tratar ae mea- 
tir no pudo: la voz se ahoj^ó en su garganta. 
—Quién le ha dicho á V. que yo soy.... 
—No disimulemos mas, señora; soy el padre 
de Julio, y no me iré de aqoi sin que antes 
me esplique V. porque una muger que vé ame' 
nazada sn honra, la espone aun mas, llamando á su 
casa al que la amenaza. 

Ambos estaban de espaldas á la puerta de la 
alcoba de Laura, y no pudieron ver una Ggura 
blanca de muger, que llegó hasta el dintel, y se 
ocultó al momento. 

Para esplicar esta aparición, debemos retro- 
ceder algunos minutos antes. 

cAPrrcLO VI. 

DOS SACBIFI0I08. 

Dejamos á la marquesa y á Julia, acompa- 
ñadas de doña Ménica en el momento de parar 
el carruage que las conducía, frente al poitigo 
de la caf^a de Laura. 

Doña Ménica llamé suavemente, y la puerta 
se abrió. 

—Ambrosio, dijo al ayuda de cámara del 
marqués, que era el que habia abierto, ¿eetAaoa 
la señora en la habitación del marqués? 

—Si, señora. 

—Bien, pues entre V., y haga la seña con- 
venida. 

Entró el ayuda de cámara, y pocos iostantef 
después volvió á presentarse. 

—La señora marquesa, so disnone á^salirdi 
la habilacion del señor; dijo á Móiiioa. 

—Entonces entremos, dijo esta i la marque- 
sa y Julia. 



Periódico semanal. 



Al mismo tiempo que eDtraron por el po»- 
ligo, 86 bajaba del carruaje el Sr. de Duran, 
y eolraba por la puerta principal. 

Las tres mugeres subieron unas esealerillas 
muy estrechas; atravesaron algunas habitaciones, 
y por último entraron en ua salen rodeado de 



Julia se dirigió & la puerta* 

—No, por ahí no; tira de ese clavo dorado 
que parece sostenerfel espejo. 

Julia tiró, Y al lado del espejo quedó abier- 
ta una puertecilfa disimulada en la pared. 
Ese pequeño corredor, dijo el marqués, lle- 



UB estante cargado de libros. Sobre las mesas ga hasta la alcoba de Laura, á la que se entra 
se veian varias máquinas defisiea y por la en- ¡por una puerta igual á esta.lEo ella verás^ en- 
treabierta puerta de un cnartito siiuado al fon-* ; mo hacia sik mitad, un botoa de aeero; empú- 
de del salón se distingian los hornillas y apia- jalo, y la puerta se abrirá. En su gabinete en- 
ratos que corresponden a un laboratorio de q«U centrarás á Laura; tooaa una luz, porque el cor- 
mica. ^ , redorcillo aunqjoe corto está oscuro, y no ve- 
Frente á este cuarto, y en et otro testero ras el botón 
del salón, ana puerta de cristales con cortini-¡ —No e» preciso^ ''respondió Julia, yo lo ea- 
llas de damasco verde, daba paso á la alcoba centraré. 



del marqués. 

— Sefioras, dijo dona Mónica, tengan ustedes 
la bondad de esperar un momento; voy á pre- 
pararle á recibir i ustedes. 

Abrió Ménica la puerta de la alcoba y en- 
tró. 

A poco volvió y dijo á las señoras: 



— Ta sabes, hacia la mitad de la puerta. 
Julia entró por aquel estrecho pasadizo; 
tocó luego á tientas la puerteeilla que lo limitaba 
y habiendo tropezado con el botón, lo empu- 
jó, y la puerta se abrió sin ruido. 

Julia oyó la voz de dos personas que ha- 
blaban en el gabinete; primero se detuve inde- 



— Pueden ustedes pasar. /Valor, señora, so-,cisa, luego avanzó, y cuando llegaba álapuer- 
bre todo/ Ita de la alcoba oyó decir las últimas palabras 



Renunciamos á pintar esta escena, pues el 
lector podrá figurarse lo que pasaría en aquel 
momento, en que una madre y una hermana, 
▼olvian á encontrar k un hijo y á un herma- 
no moribundo, para tal ¿ vez darle el último 
adiós. 

Solo podemos decir, que hacia la cabecera 
del emfermo se veia un apretado grupo de tres 

Grsonas, que con los brazos enlazados y las ca- 
zas unidas^ se retorcian en convulsivos sollozos. 

La Sra. Ménica medió al fin, y no sin tra- 
bajo logró calmar aquel inmenso dolor; luego 
se retiró por discreción á la habitación inmediata. 

— Madre mía, hermana querida, dijo el mar- 
ques, comprendo vuestra aflicción; pero es pre- 
ciso resignarse; Dios lo quiere. Sufro tanto, que 
la muerte es hoy para mi. Ja única esperanza de 
descanso; bendito sea Dios que me la envia. 

— iHijo de mi alma.^ tú has padecido mucho; 
tú debes ocultar algún pesar que te mata ¡ahí 
cuéntaselo todo á tu madre. 

—No, no; he sido... feliz... aparte de mi en- 
fermedad. 

— ¡Ay! una madre no se engaña nunca, Er- 
nesto ¿acaso tu esposa .. 

— Es un ángel, madre mia; y antes de mo- 
rir quisiera haceros un encargo respecto á ella: 
debo revelaros un secreto que... Permíteme 
bable á nuestra madre un momento; dijo el mar- 
qués interrumpiéndose, é Julia que lloraba á 9U 
lado. Mira, Laura no sabe que habéis venido, 
porque yo deseaba tener este momento libre pa- 
ra hablar á nuestra madre de ella; pero yaque 
estáis aqui, puedes pasar á verla hasta que yo 
llame que vendréis juntas otra vez^ 



que pronunció el señor de Duran, en el momen- 
to que suspendimos su conversación con Laura 
al presentarse la blanca figura de Julia en el din- 
tel de la puerta. 

ün presentimiento le decia que debia escuchar. 

Mientras ella, oculta, escucha lo que nunca 

debió saber, volvamos & k marquesa y su hijo. 

—Hijo mió, dijo la marquesa asi que se ha- 
llaron solos; ya puedes hablar. To no sé; ñola 
un misterio en todo lo que te rodea... ¿qué se* 
creto es el que debes confiarme? Tú tienes algo 
terrible que revelarme, tú ao has si4p faliz ¿ver- 
dad Ernesto? 

— ;Ah! madre mial mi vida, desde que me 
separé de vosotras, ka sido un continuado mar- 
tirio. Podia bajar este secreto conmigo á la tum- 
ba pero es preciso que yo le confie á Y. para 
3ue viva en espectaoien. Es por la felicidad 
e Julia. 

^HabU, ya te escucho. 
El «marqués hizo aproximar á su madre, y 
empezó en voz baja su revelación de esta ma- 
nera: 

— To amaba á Laura, señora^ con todo el 
entusiasmo de mi primer amor; hacerme amar 
de ella, llamarla mia un dia, era mi único pen- 
samiento^ mi mayor anhelo en este muodo. Va- 
rias veces le había reiterado mis protestas de amor 
pero ella las escuchaba con desden, hasta con 
marcado desprecio. Llegó, en fin« un dia (á po- 
co de estar en Sta. Justa) en que empezó á 
darme esperanzas, y yo á vivir lleno do ilusio- 
nes. Le ofrecí mi mano, á trueque de romper 
el compromiso contraído con la hija del Duque 
de'" y de enemistarme <Ma y.«. 



Lope de Vega, 



EU? 8eguia alimentando cada vez mas mis Porque amengüen mi recelo 
esperanzas, pero siempre de un modo particular Y el temor de algún desvio, 
como el que espera un acontecimiento, que de- j Porque el alma enamorada 
ba decidirle á asegurar lo que ha empezado á palpitando de alegría, 
prometer, & a desengañar complemente al qne 4, f^v^^+^ „«« w>;»o/^o 
ta concebido esperanzas. Hastl que al fin, la ^J ^^^^^^^ una mirada 
víspera del dia qne ella partió acompañada de* ^étus ojos y vé el día. 
doña Móniea, encontré una carta solire mi mesa ! Y por eso al alma diste 
en la que me manifestaba estar pronta á ceder i Dicha tal, si me miraste, 
á todo. Aquella misma noche nos hablamos por Y por eso, estando triste, 
la ventana de su cuarto que daba al jardin« don- 



Delirando me dejaste. 

Juan, P. de Gustman. 



Madrid. 



de YO bajé cuando ya todos dormían en la casa. 
Me indicó* fuese á ver á Ménica al otro dia 
para decirle habia llegado el momento de po- 
ner por obra lo que ya Ménica sabia, pues Lau- 
ra todo lo habia preparado de antemano. Bien 
sabe V. que no podia encontrar persona mas 
apropósito para el caso. To no quise esperar al dia 
siguiente, y aquella misma noche fui á ver á 
Mónica, y lo arreglamos lodo. Lo que pasó ¡ Pensando siempre con inquieto anhelo 



UN SUEÑO. 



después, ya lo sabe V. 

Vengamos á nuestro desposorio, 



(Se contina&rá.) 



Hora de las sombras era: 
Vi tus ojos y vi el dia. 
Que en tus ojos reverbera 
Luz de soles, vida mia. 

Como;herido de soslayo. 
No gozaba de aquel fuego 
Que dimana de su rayo. 
Que deslumhra y deja ciego. 

Y por gloria, ó por olvido 
De mi pena acibarada. 
Espiaba yo al descuido 

Me lanzases tu mirada. 

¡Oh que dicha al alma distes 
Cuando tierna me mirastes! 
Pesaroso estaba y triste. 
Delirando me dejastes. 

Y aumentando mi embeleso 
Tus pupilas tan urañas 

Me brindaron dulce beso, 
Al velarlas tus pestañas. 

Y, aunque en sombras, aunque noche. 
Yo su lumbre percibía. 
Como en flor que cierra el broche 
Se percibe la ambrosía. 

Vé, por tanto, porqué anhelo 
Tus wJradaSj amor mió. 



en la belleza de que estás dolada, 

y en lasT.delicias de velado cielo 

que promete tu lánguida mirada, 

sentí en mis ojos el tupido velo 

del sueño, y aunque al pronto no vi nada, 

uno tuve'déspues ¡ay! tan hermoso, 

que con no despertar fuera dichoso. 

Vi una pradera de galanas flores 
que a orillas de un arroyo florecían . 
ricas de variedad y de colores 
como el hermoso prado en que nacian. 
Arboles cuya sombra á los amores 
convidar con su copa parecían 
y enramadas bañadas dulcemente 
por los iiUimos rayos del poniente. 

Bello paisage de sencillo encanto 
á que naturaleza dá sus galas, 
el ruiseñor su melodioso canto 
y las aves y el céfiro sus alas; 
y en ese campo que me agrada tanto, 
donde no existen las pasiones malas, 
una muger cruzó por un sendero 
I que seguí con empeño verdadero. 

Ay! eras lú,".quc'la rosada' alfombra 

cruzabas ya de la feraz pradera-, 
' mi alma, que hasta en'el sueño ya te nombra 
I hacia si te llamó, mas tú ligera 
\ ibas buscando la tupida sombra 

de una bella y magnifícalpalmei'a, 
I que orgullosa en los aires se mecía 
i cual las palmeras de la patria mía. 



Periódico semanal. 



Tú te sentaste y me senté á tu lado, 
sobre mí reclinaste tu cabeza 
y asi tan cerca de mi objeto amado, 
de peregrina y singular|bellim. 
el co>9zon latía apresurado; 
era ma^ bella aun naturaleza: 
era yo el mas dichoso de los seres, 
y la mas bella tú de las mugeres. 



Pero pasó veloz este momento 
como pasan las hojas quezal ^estio 
suele arrancar el caprichoso viento-, 
como se pierde del lejano rio 
el callado murmullo, antes violento. 
Tal vez ¡ay! exhalara el pecho mió 
un suspiro de amor^ cuando admirado 
observé que no estabas ¿ mi lado. 



Entonces desperté y echéj;;de menos 
á uDa sola mirada lastimera, 
los bosquccillos de verdura llenos-, 
la sombra de la mágica palmera-, 
los olorosos prados tan amenos 
que allí formaban la gentil pradera, 
y echo de menos angustiado ahora 
á una muger que el corazón adora. 

Pabh Cantó Atienza. 



Como tierno suspiro 

de dulce pena 
dentro del alma mía 

un eco suena. 

Mi pensamiento 
le modula y pronuncia 

con un lamento. 

A las nubes del cielo 

mis ojos miran^ 
allí los ñjan todos 

los que suspiran. 

Nube de rosa 
de la dulce esperanza 

que en ella posa. 

Escucho el eco dulce 
con tierno encanto-, 

y con ojos la miro 
llenos de llanto. 



Porque mas franca 
desengaños me ofrece 
la nube blanca. 

El mágico sonido 
que en mí se exhala 

es el rumor de un pájaro 
que mueve el ala. 

Y como el ave, 

toma el alma en los céfiros 
vuelo suave. 

En las ramas de un árbol 

se posa ella, 
y el alma vá á posarse 

en una estrella. 

Y ambas ahora 

se acogen en su nido 
hasta la aurora. 

El ave entre sus •plumas 

duerme tranquila, 
pero entonces mi alma 

también vigila. 

Porque halagüeño 
siempre el dulce sonido 

turba su sueño. 

Vuelve la luz del dia... 

se abren las flores 
y las galas ostentan 

de sus colores. 

Pero su broche 
lo ha llenado de lágrimas 

la fria noche. 

Son al alma unos ojos 

la luz del dia, 
y sus galas ostenta 

la fantasía. . 

Pero sus giros 
el desden me trageron 

entre suspiros. 

Así el alma á las ñores 

las llama hermanas. 
Ambas son infelices, 

ambas galanas. 

Por esto ellas 
los ayes se confian 

de sus querellas. 

De la estrella del cielo 



Lope de Vega, pertódioo semanal. 



por esto el alma 
Tiene 7 busca en las flores 

su dulce calma. 

¡No dan su apoyo! 
¡También murmura el eco 

allí un arroyo! 

Como tierno suspiro 

de dulce pena 
dentro del alma mia 

un eco suena. 

¡Jamás lo pierdo! 
¡Pues vino con su imagen 

á mi recuerdo! 

Con la imagen de un ángel, 

que un ángel amo, 
unida al eco dulce 

con que la Hamo. 

Eco es amigo, 
porque el eco es su nombre 

que yo bendigo. 



MOrid. 



Ildefonso Enrique Ollero, 



MISCELÁNEA. 



«^*^ib»Maa^i^N^N^«tf^ff«a 



Lope de Vega. 

En los primeros días del próximo No- 
viembre ejecutará esta sociedad la se- 
sión de que nos ocupamos en el número 
anterior. 

También se estudia con el mayor es- 
mero la zarzuela titulada: En las astas 
del toro> 

Celebramos la actividad que distin- 
gue á las personas colocadas al frente 
de esta sociedad y el apoyo que todos 
los jóvenes socios prestan para su sosten 
y engrandecimiento. 



Epigramas. 

Ardiendo un marido en celos 
de coraje se arrancó 
un gran puñado de pelos 
y en el brasero lo echó. 
La muger lo vio encendido 
jr urgó con sumo cuidado 



diciendo: ¿qué habrá caido 
que huele a cuerno quemado! 



«AqinKp restos están 
de la casia dona Bruna» 
decia cierto letrero 
á la puerta de la inclusa: 
y oyendo yo un batallón 
de chicos, metiendo bulla, 
dije: «si estos son los restos, 
¿cuál será toda la suma? 



J. M. V. 



Charada. 



Siempre que en cualquier función 
la gente en tropel se apiña, . 
es porque hay precisamente 
primera y tercia reunida. 
Segunda y tercera, es nombre 
que los niños y las niñas, 
cuando son muy pequeñitas 
suelen dar á sus nodrizas. 
El todo de esta c]|arada 
caro lector, si es bonita, 
á cualquier hijo de Adán 
trastorna el juicio en seguida: 
mereciendo por castigo 
si al punto no lo adivinas, 
que á la cara no te mire 
ninguna, en toda tu vida. 

El Licencia A> Vidrieras. 



Solacios á la Gharaia del mm 

Absorto con mi Lucia, 

que me mifíia cual yo á ella, 

en amorosa querella 

tras la noche viene el día. 

De amor tiemblo cual la rama, 

y á esta dulce dicha mia 

MIRAMAMOLIN tendría 

envidia, si ya á otra gloria 

por vivir mas en la historia 

no remontara su fama. 

P. J. G. 



DIRECTOR Y EDITOR RESPONSABLE, 

Imprenta de Cbitldn.— Comedias 11. 



ASO I. DOMINGO 1." DE NOVIEMBRE DE 1863. KÚx. 81. 



LOPE DE VEGA, 

PERIÓDICO SEMANAL DEDICADO A LA SOCIEDAD QUE LLEVA ESTE NOMBRE. 



r^ 



Alentados por la buena *aoogida 
que el Público ha dispensado á es- 
te humilde Semanario y por el efi- 
caz apoyo de nuestros numerosos 
amigos, hemos trabajado con la ma- 
yor constancia para Uevar á cabo 
esta difícil empresa. 

Hoy, tenemos la satisfacción de 
anunciar á nuestros suscritores, que 
vencidas algunas dificultades, va- 
mos ádar un tímido paso hacia 
adelante en el áspero camino que 
emprendimos. 

Tal es, el aumentar desde 1.^ del 
próximo Enero el tamaño de Lope 
DB Vega, introduciendo algunas 
otras mejoras en su publicación. 

No hacemos desde luego esta re- 
forma, para dar lugar á que se ter- 
mine La Dama del MedaIíLON, 
completando un pequeño volumen 
que pueda encuadernarse en fin de 
año. 

Aprovechamos esta oportuna oca- 
sión para dar las mas repetidas 
gracias, tanto al público, por la 
bondad con que recibe nuestros 
pobres trabajos; como á las perso- 
nas que nos acompañan en esta pe- 
nosa tarea, por su constante é ilus- 
trado apoyo. 

A. Carriol. 



APUNTES 
SOBRE LA HISTORIA DE ROMA. 



CONCLUSIÓN. 



Mas, aunque Boma padeció tales contratiem- 
pos, Bo s% había oscurecido enteramente su glo- 
ria, por ser Capital del mando católico, como 



asiento de los Sumos Pontífices, sucesores de 
Saa||£edro su primer pontífice, quien derramó 
en^r su sanf^re en 29 de Julio del año 66 ó 
67 de Jesu- cristo, y el 12 ó 13 del Imperio 
de Nerón. 

Su actual recinto abraza unas 15 millas; y 
ninguna ciudad del mundo ha ofrecido en su recinto 
mayor número de monumentos, y por lo mismo 
puede decirse sin exageración que Roma es la 
primera entre todas las ciudades de la tierra. 

Para que no se crea exagerada la relación 
que pudiéramos hacer de sus bellezas, dejaremos 
hablar á la Geografía Pintoresca de ios señores 
Adriano Baibi, Alalte-Brun. Eries, Huot y La- 
renandiere. 

«A los Sumos Pontifices es á quien debe esta 
ciudad el haber revivido de sus mismas ceni- 
zas, pues desde mediados del siglo XV los Pa- 
pas casi la han renovado enteramente, y secun- 
dados por muchos hombres de genio han her- 
moseado su residencia con todo cuanto la arqui- 
tectura, la escultura y la pintura pueden ofrecer 
de mas grande y mas magestuoso. 

Entre las quince puertas aue dan entrada á 
Roma, la mas septentrional, llamada Porta del 
Popólo es la mas bella, y la que con sus ador- 
nos anuncia dignamente el esplondor de la Me- 
trópoli. 

Tres de sus calles son notables por su es- 
tension, por su regularidad y por la suntuosi- 
dad de los edificios que las adornan; las tres 
arrancan de la plaza del Pueblo; la del centro 
llamada Stradck^del Corzo, es la mas frecuenta- 
da y la mas hi^a, pues llega hasta el palacio 
de Venecia, y atraviesa por tanto casi toda la 
ciudad actualmente habitada. En esta magnífica 
callo es donde tienen . lugar las corridas de ca- 
ballos, y donde los magnates se pasean al ano- 
checer en coche. 

De las otras dos, una va i parar al Tiber, 
y otra á la plaza de EspaQa; las demás calles! 
aunque en general bastante anchas, son sin em- 
bargo frecuentemente tortuosas, y sobre todo mal 
conservadas. 

El inmenso palacio del Vaticano, que sin con- 
tradición es el mayor de toda la Europa, estiedi-, 
ficado en la cumbre de la colina que ^ lleva su 
nombre mismo: en él hay 4i22 salas y gale- 
rías, y 22 patios. Admiránse en él máseos lle- 
nos de obras maestras, come el l^^j^^^Vs^- 



Lope de ITega, 



coonte, el Antiooo, etc.. las galerías y salas pin- 
tadas por Rafael, donde nos llena de asombro 
la Esouela dt Atena%. la capilU Siitína con el 
famoso fresco de Miguel Ángel El Juicio Fi- 
nal, etc. 

Fl Papa reside á veces ^n el íoTierno en el 
Vaticano, y durante el rerano en el QuirinaL 
otro palacio no menos suntuoso y lleno de mag- 
nificencia. 

El Capitolio moderno, levantado por Miguel 
Ángel junto al antiguo, es otro de los monu- 
mentos que llenan de asombro á los estrangeros: 
debute de él esta la estatua en bronce de Marco 
Aurelio á caballo, reputada como la mas bella 
estátu*) antigua que ^ conoce. 

Las villas de Roma, asi llamadas porque son 
miradas como quintas de recreo dentro d^l re- 
cinto de las murallas, no pueden ser echadas 
en olvido, pues la mayor parle hermanan la ele- 

Sancia con las sensillez; patios, bosquesillos, jar- 
¡068, prado?, juegos de aguas, islas, templetes, 
todo adornado con obras artisticas preciosas, he 
aqui lo que forma los encantos de osas delicio- 
sas moradas. 

Entre las 36i iglesias que cuenta la ciudad 
de Roma (casi una para cada dia del ano) ci- 
taremos las siguientes: la di3 San Pedro que no 
solo es el templo mas vasto CQnstrnido hasta el 
día sino también el mas bello. También puede 
decirse sin hipérbole que es el mas hermoso edi- 
ficio del mundo entero. Una plaza inmensa y un 
magnifico peristilo circular adornados con dos 
soberbias fuentes y uno de los mas grandes obé- 
leseos egipcios que se conocen forman, por de- 
cirlo asi la avenida de aquella Basílica, cuya 
doble cúpula que la corona, tan vasta coma la 
del panteón de Agripa, pero suspendida, ñor de- 
cirlo asi, en los aires, es mirada como la obra 
mas atrevida y mas asombrosa que ha egecuta- 
do la arquitectura moderna, üeb^jo de esta cú- 
pula gigantesca esta colocado el altar mayor 
coronado por un dosel al que sostienen cuatro 
columnas retorcidas de bronce dorado^ obra^ la 
roas bella y mas magestuosa, toda de bronce. 
Debajo de este altar mayor está la capilla sub- 
terránea, llamada de la confesión de San Pedro, 
cuyos adornos y riquezas nos llenan de asom- 
bro. 

Las estatuas colosales en bronce de lo; cua- 
tro padres de la iglesia, los preciosos cuadros 
en mosaico, los magníficos mausoleos de muchos 
Papas, la capilla Clementina, y otras, son obje- 
tos que dejan atónitos á los espectadores asom- 
brados á vista de tantas obras maestras como 
encierra el interior de este templo. 

Llaman después la atención en Roma, la Ba- 
sílica de San Juan de Letran donde se encuentra 
Jj b§)h aipAh de Orsini, cuya construcción ae 



dice haber costado unos dos millones de pesos; 
la iglesia de Santa Maria la Mayor: la de San 
Pablo, etc. 

Roma posee cuarenta y seis plazas, de las 
cuales las mas dignas de citarse son: la de San 
Pedro aue hemos ya citado, la plaza de Navona 
destinada para mercado y adornada con una mag 
nífica fuente, la de España que es la que mas 
frecuentan los estrangeros y está adornada tam- 
bién, con una fuente, la de ífonie Cabalo, la 
de Colonne en la que se levanta una soberbia 
columna, y la plaza del Pueblo. 

Entre hs doce fuentes principales que ador- 
nan á Roma, y la surten abundantemente de 
agua, hay cuatro que merecen una mención par- 
ticular, la de Trevi^ la fuente Sixtina, la de la 
plaza Nova v la de Paulo V* 

Los establecimientos literarios y científicos de 
esta Metrópoli admirable corresponden á su mag- 
nificencia artística. 

Por último, los monumentos que conserva de 
la antigüedad nos dejan mudos de asombro por 
su grandezi; el puente de Elio, la Cloaca Má- 
xima, los acueductos de Xcqua-Yergine^ de Acqwi 
Martias y de AcquaPaola, el Panteón conver- 
tido hoy dia en Stra. Sra. de la Rotumda, el 
circo de Caracalla, el coliseo^ los restos del tea 
tro de Marcelo, las ruinas de las Termoi de 
Tito y de Caracalla, las arcos de Tito, de Cons- 
tantino, de Septimio Severo y de Fano, las co- 
lumnas de Antooino, de Trajano y la Rostral, 
los obeliscos, el mausoleo de Adriano, conver- 
tido en castillo de S. Angelo, el de Augusto, el 
de Cayo Ceslio, y el de Cecilia Métela, el mag- 
nifico palacio de los Cesares sobre el monte Pa- 
latino, la sombra del Capitolio, en fin y las roi- 
nns del foso Romano, son objetos que hablan mas 
alto que las historias acerca de la preponderancia 
de Roma y de su estrepitosa ruina. 

Después de sus monumentos, el atractivo que 
ofrece la ciudad moderna á los viajeros consis- 
te en la magnificencia desplegada en sus cere- 
monias reí glosas, en los fuegos artificiales del 
Castillo de San Angelo y en la iluminación de 
la Cúpula de San Pedro, la víspera de este san 
to y el Carnaval.» 

Si la ciudad eterna ha perdido la soprema- 
cia política que tenía cuando los romanos eras 
los admiradores del mundo; si tampoco posee 
ya la supremacía Theo-politica de que disfrutó 
en la edad media, conserva todavía uo lugar 
eminente entre Ijs erandes capitales del mando 
como residencia del Sumo Pontífice, á qniea 
tantos millones de católicos reconocen por gefe 
venerado de su santa religión. 

Casimiro Franqudo. 



Periódico semanal. 



SOÑANDO. 



La dije en sueño de amoreí: 
— (cAlma mía, si me quieres 
Te daré lecho de flores 
Para dichas y placeres.» 

Y me contestó la amada 
Murmurando de esta suerte: 
— «Solo quiero la mirada 
De tu amor para quererte.» 

La di un beso y otro beso; 
Ella los fué contestando; 
Mas^ salí de mi embeleso: 
Me encontré solo y... soñando. 

Juan. P. de Guzman. 



¿Dónde estoy que ya no reo 
La sonrisa de tu labio? 
¿Dónde estás que ya no miras 
Mi rostro en dolor cambiado? 
¿Dónde estoy que ya no escucho 
La dulzura de tu canto? 
¿En donde estás que no sientes 
El apoyo de mi brazo? 
¿Dónde estoy que no suspiro 
Cual suspiraba á tu lado? 
¿Dónde estás que no suspiras 
Si en mis suspiros te llamo? 
Cuando por última vez 
Solté con dolor tu mano 
¿Porqué tras mí no viniste. 
Porqué no quedé á tu lado? 
¿Porqué lo que Dios juntó 
Los hombres desenlazaron? 

Gozaba el alma afanosa 
Do los placeres el campo. 
Mas con encono temible 
Dijo el destino contrario: 
o A esa alma la elevaré 
del dolor en el espacio. 
La separaré, juguete 
De mi vendabal contrario. 
De sus dulces ilusiones. 
De su placer puro y santo^ 



La haré en alas de la ausencia 
Volar á distinto lado.» 
Por eso no siento mas 
El apoyo de tu brazoj 
Por eso no sentí mas 
La dulzura de tu canto. 
Porque lo que Dios juntó 
Los hombres desenlazaron. 



MeUlU. 



Pabh Cantó Alienta. 



DE UH LIBBO I17ÉDITO. 



El Cementerio de mi pueblo. 



Creo en U rtalsiM iñ'}9t fmUm, m U 
reinrreecioo d« U earot y en U f U» per4«- 
rftble. Amen. 

Saliendo por la parle Sur de mi pue- 
blo y dejando atrás las últimas casas, cen- 
tioelas avanzados del conjunto de todas las 
otras, divisase como á un cuarto de legua 
un pequeño valle rodeado por montuosos ter- 
renos y escarpados vericuetos; en este valle 
aue lo es de descanso eterno es á donde voy 
a llevar á mis lectores. 

£1 camino que conduce hasta él, es árido. 
y dificultoso como el de la gloría; para la 
generalidad de la gente nada dice, para el 
observador y buen filósofo, indican mucho 
las sinuosidades del terreno y las moles- 
tias que causa llegar basta este sitio, donde 
la madre tierra tiene siempre dispuesta una 
fosa para encerrar los restos del que fué. 

Es el amanecer: la aurora va descendiendo 

[)or la pendiente d» la noche, recostada mué- 
lemente sobre su cuadriga de ópalo y grana 
sembrado de arabescos de carmín y oro. 
Viene como precursora del brillante Apolo 
éste, deseoso de conocerla cruje la fusta y 
os caballos de su luciente carro aprietan 
el galope, pero en vano, porque el resplan- 
dor que lleva consigo hace desvanecer la» 
formas, envolturas y contornos de la jugue- 
tona aurora. 

Aparece el sol sacudiendo su blonda ca- 
hellera, según espresion de un poeta, empa- 
pada en el matinal roció ó en las saladas 
ondas del Mediterráneo, que se vé á lo lejo» 
mecerse blandamente, llevando qasta la. oa^^^ 



i 



Lope de Vega, 



lia una y otra ola inensagera de paz y bien- 
andanza! 

El camino mostraba á uno y otro lado las 
verdes pitas y recostadas addfas, teniendo 
pendiente de cada hoja una perla que la au- 
rora al pasar habia ido arrojando desdó la 
altura. 

Llegamos á la puerta: una cruz que hay 
sobre ella teniendo al pié una inscripción, 
indica el lugar á- que da paso la berja. 

Al entrar todo respira soledad y silencio, 
tristura y desamparo; a través de las hile- 
ras de ciprés y sahuces. se ven otras de fo- 
sas, unas cerrada lo boca como satisfecha, 
y otras abiertas esperando una victima, sin 
odio v sin interés. Al recorrer la vista en 
redecfor no puedo menos de esclamar con el 
poela Eduardo Palanca en su fantasía^ imi- 
tación de Rioja: 

«Estes que hoy vemos, campos de la muerte 
dó el funeral ciprés se alza arrogante 
fueron prados de flores,» 

En el centro hay una gran cruz de piedra 
sobre cuyos brazos juguetean y trinan las 
golondrinas, dando gracias á Dios do míe le 
trae la luz del dia. Pero á los armónicos 
acentos de los najarillos, no corresponde allí 
nada que pucaa alegrar el alma; muy al 
contrario, la entristece ver por do quiera 
pintada la faz de la muerte. 

Hay un consuelo para el buen pensador 
en el cementerio de mi pueblo: hasta él aun 
no ha llegado el orgullo y la vanidad mun- 
dana, representado por mausoleos y panteo- 
nes, allí lo mismo el grande que el pequeño, 
el rico que el pobre yacen en la fosa co- 
mún. 

En uno de los estremos divisé al sepultu- 
rero que se preparaba á la inhumación. Es- 
ta operación que prescribe la religión del 
Márlir del Gólgota. ha reemplazado venta- 
josamente á la incineración que autorizaba el 
paganismo. Es importantísima, pero no de es- 
te lugar, la manera con que cada pueblo ha 
tratado á sus cadáveres. 

Las tumbas del cementerio de mi pueblo 
están reducidas á unas pequeñas piedras do 
forma somi-circular, en las que se vó una ci- 
ta del libro de Job, del Eclesiaslé, delosPsal- 
mos ó de las Lamentaciones, citas que impri- 
men una unción religiosa, que es el mejor 
(i ihulo que puede rendirse a los que fueron. 
Esta poesía está muy por encima de los epi- 



tafios con que se adornan aun las lápidas en 
algunas capitales, porque es mas sablime, 
mas santa y en una palabra, porque esta to- 
mada del libro divino. 

Todas cuantas reflecciones pueden acama- 
larse en la imaginación de un hombre en tan 
augusto recinto, se acumularon en la mía. 

La muerte: la muerte es la cesacioa dala 
vida, el no ser, ó dejar de ser, ba dicho m 
autor qne ya no existe. I^ vida tiene una du- 
ración marcada, sino es que antes por algao 
accidente se han roto las relaciones arioóDi- 
cas que la constituyen. 

Y acaso ¿sabemos nosotros, pobres y débi- 
les criaturas, alguna otra cosa qoe adare 
ese misterio que existe entre la vida y la 
muerte? 

Las ciencias no han podido aun resolver 
este problema. 

Ni yo puedo internarme en el terreno cíen- 
tifico que no es el mió, 

En tanto, el sol iba avanzando en la mis- 
ma progresión que se retira; y sin embargo 
creemos que se vá con mas prontitud qoe 
aparece. Es porque huye á otro mundo, don- 
de le esperan. ¿Acaso es que la muerte ca- 
mina con demasiada rapidez? El autor ante- 
citado contesta del mouo siguiente: no: es 
que temiendo al mundo de las tinieblas, no 
aprovechamos el reinado de la luz. La lai, 
alma del mundo, disipadora de la oscuridad, 
vida de los que tienen limpia la conciencia 

Í muerte de los que solo viven en las tinie- 
las. 

En cada uno de los costados murmuran 
blanda y cariñosamente los caños de unas 
fuentes al caer en los pilones, desde donde 
se desbordan y van mansamente á llevar la 
vida á la multitud de plantas diversas que m 
crian en los arriates que hay en todo el re- 
dedor. 

Una modesta capilla se alza en el estremo 
opuesto á la puerta de entrada. 

Al pisar el pavimento de ella siente d es- 
píritu una espansion inesplicable; dentro de 
aquel sagrado recinto cesan las miserias de 
la tierra y el alma se remonta al tíelo; la 
capilla está nobremente alhajada: en cambio 
todo respira limpieza-, á los lados jhay coatro 
pequeños altares dedicados á los cnatroapóe- 
tolcs que escribieron los Evangelio^; en d 
altar mayor hay un gran lienzo que rene- 
senta el momento de cubrir la loca del San- 



Periódico semanal. 



to Sepulcro, eoseguodo termino se Té la Vir- 
gen» el apóstol querido y las santas mugeres 
que aeompaflaron en tan terrible trance á la 
Madre del Redentor. 

Este templo está alumbrado dia y noche 
por una lámpara de metal que pende del te- 
cho, costeada por la limosna del rico junta 
con el óbolo del pobre. Porción de vasos con- 
teniendo ramos de frescas flores se vén ador- 
«nando los altares. La devoción, hija de la fé 
de los sencillos habitantes de mi pueblo, hace 
que á esta capilla no falte un solo dia de pre- 
cepto la misa para el eterno descanso de los 
diuintos, como también el que todos los alta- 
res tengan sus velas para estos casos. Las 
paredes se encuentran llenas de milagros de 
plata y cera, ^de trenzas de pelo, muletas y 
otros ex-votos dedicados bien á la Virgen ó 
á los Santos. 

De aqui pasé á la sacristía, donde reinaba 
la misma.soledad y el mismo silencio, inter- 
rumpido cuando yo entré por el gruñido del 
perro, fiel guardián y constante compañero 
ael capellán, venerable anciano respetado 
de todos por sus virtudes y gran corazón. En 
otro departamento mas al interior estaba la 
pobrisima cama del virtuoso sacerdote, en la 
que un rollizo gato blanco que dormitaba se 
puso de pié, y arqueando el [lomo erizó el 
pelo, como advírliendo lo estraño de mi pre- 
sencia en aquel sitio. 

El ruido de mis pasos sacó de sus medita- 
ciones al hombre que vive hace veinte años 
entro los muertos^ que leia el Psalmo 111 
que dice: «Librad, Señor, mi alma de la 
muerte de la culpa y de las ocasiones de 
caer en ella.» 

Después de conversar uu rato sobre los 
trabajos y miserias de la vida, levánteme y 
8ali, dirigiendo una úr.ima mirada a aquella 
mansión de paz y recogimiento, desde donde 
se oye el murmullo que envia hasta allí el 
mundo de los vivos. En el mundo de los 
muertos nada se agita, nada sale de su cau- 
ce natural, todo sigue la senda principiada. 

* El pequeño reló del pueblo envió hasta el 
Campo-Santo, el eco cíe sn campana. Eran 
las siete. 

A seguida el sonoro esquilón de la ca- 
pilla vibró su lengua de metal y esparció 
. por aquellos contornos su clara y fina voz, 
llamando á los fieles á presenciar el grande 
y elocuentísimo acto del sacrificio del Hom- 



bre-Dios que representa la celebrtcioH de li 
misa. 



ULTIMO BESO A MI MADRE. 



Próximo ja el sol de Medio-dia 
Sus últimos reflejos derramaba 

Y pálida su luz iluminaba 

La noble frente de la madre mia. 

Su rostro helado por la muerte impla 
Mi labio triste con afán besaba 

Y exánime su aliento ya espiraba 
Luchando con su hórrida agonía. 

Fija su vista en mi... Mirar de duelo 
Que deja en la horfandad mi triste suerte! 
Arranca al corazón un ¡ay!.. y al cielo 
Su espíritu voló. ¡Terrible muerte! 
Entonces de dolor en loco acceso 
Insensato la di mi postrer beso. 

Enrique Romero. 



A los paáres dd malogrado jóvm 
ELADIO GONZÁLEZ GONZÁLEZ. 



Era Eladio de célica inocencia; 
Su cariño cuan grande, cuan profundo! 
Fué su vida fugaz, como el segundo 
Que no vuelve jamás á la existencia. 

Implorasteis en vano la clemencia 
Del que paz y ventura dá fecundo. 
Del que sostiene á todos en el mundo 
Infundiéndonos fé con su presencia. 

La bondad del Señor, que refulgente 
Ha visto los cuidados que prolijo 
El paternal amor dio con anhelo. 

Magnánimo cual es, hará clemente 
Un ángel de virtud á vuestro hijo 
Que pida por vosotros en el cielo. 

F. Gonxahx de la Cimora. 



Lope de Vega, 



LA DIHA DEL MEDALLÓN, 

NOVELA OBIGINAL, 

POR EMILIO DE LA CERDA. 



CONTINUACIÓN. 

La misma noche del día en que abandonó i Santa 



— Estrafia pregunta ¡no he de amarla I 

^ Usted sane, continuó, que su vida peligra. 

—No creo... 

—Oh/ si, el doctor Valentín lo ka dicho. E»a 
ni&a se muere si nt hay quien It salre ¿seria 
V. c^az de calvarla? 

— 1 puedo yo. . 

—Si le dijesen á V. di tn vida por ella, lo 
haría V? 

— Si; pero no comprendo... 



Justa, y á eso de las ocho, marchamos k Sevilla, i —Y si le digescn á V. renuncia al amor déla 
donde un sacerdote nos unió, no sin algunas di* muger que amas á cambio de conservarle la vi- 
Ccuitades que yo procuré se zanjaran en pocas da?... 



horas. Laura escribió á Y. mientras se prepa 
raba la ceremonia.... y HóDÍca y yo hicimos otro 
tanto. Media hora después, Laura era mí esposa. 
Yo la vi que estuvo habliodo á Pedro largo ra- 
to; pero crei seria algún encargo para Julia, ó 
cualquier otra cosa; en fin no nice alto en es- 
ta circunstancia^ que poco después supe no ca- 
recía de importancia. 



—No se... ereo que entonces me mataría. 

—Pues bien, muramos los dos« dijo levantin- 
dose, y conduciéndome á la obra muerta del buque. 

—Señora.. . ¿qué hace \? esclamé lleno de 
sorpresa. 

=Escuchad marqués, me contestó: 
cEn ese mismo sitio que acabamos de aban- 
donar, juré á un hombre no ser de otro sino 



Yo deseaba salir de España, y viajar por el .suya. £1 cree que he faltado i mí juramento; 
estrangero. durante los primeros meses de núes- 1 pero antes moriré. Ese hombre, es Julio Duran 
tro casamiento para darle mas encanto i nuestra i quien vuestra hermana ama con idolatría, y 
vida de reciencasados; asi es que aproveché la ¡por quien ella muere, porque sabe qve me ama 
salida de un vapor (casualmente el mismo que nos' & mi. Yo la veía padecer; pero aunque creía 
condujo desde Málaga á Cádiz cuando Juimos á ' que aquella pasión, origen de su enfermedad po- 
Sevilla) que marchaba ¿ Marsella, pues yo pen- 1 día llevarla al sepulcro, nunca vi el peligro tas 
saba visitar antes que nada la Francia. inminente. Al dar á Y. esperanzas, preparaba on 

—Laura se empeQó en llevar con nosotros á ¡ sacrificio enorme para mí, si veía que la vida 
dofia Ménica. Aquella misma tarde nos embar- 
camos. 

Interrumpió al marqués un fuerte acceso de 
tos, que le hizo arrojar alguna sangre por la 
boca. 

La marquesa, trémula le rogaba dejase su re- 
lación para otro día; pero el marqués se sonreía, 
como el que duda de si llegará á ver el nuevo 
iol. 

Ya mas calmado continuó: 

Yo deseaba llevarme h Pedro; pero me dijo 
que no podía seguirme, por que tal vez se ca- 
garía en Sevilla. Allí le dejamos hasta que se unió 
á nosotros, tres meses después en Cívita-Yecchia 
por los motivos que ahora sabrá V. 

La misma tarde que nos embarcamos, Laura me 
dijo que deseaba hablarme aquella noche á solas 
sobre cubierta, y en efecto, á eso de la diez me 
condujo á cierto parage del buque; donde recordé 
entonces haberla visto .sentada el día que nos 



embarcamos en Málaga. También entonces se sen- 
tó en el mismo sitio, y yo á su lado 



do Julia peligraba; pero ya una noche no me 
quedó la menor duda: sorprendí una conver- 
sación entre Julio y el doctor, oculta entre las 
lilas del jardín donde Us dos hablaban. El 
doctor le decía i Julio, que la enfermedad de 
Julia era mortaL sí él no la hacía creer que la 
amaba y de esta manera la salvaba; Julio calló. 
Yo comprendí que era preciso sacrificarme, y 
darle un desengaño que le dejara en libertad de 
salvar á vuestra hermana. Entonces escribí á Y. 
mi resolución de acceder á todo lo que V. qui- 
siese. Ahora... soy vuestra esposa... nunca seré 
vuestra muger: muramos sí queréis» 

—¡Que hacer. Dios mío.' aquella criatura tan 
noble, me enseñaba mi deber; salvar á mi her- 
mana. 

Con el corazón destrozado; pero con el sem- 
blante sereno, estrechó su mano, y le juré no 
exigirle nunca, nada que fuese contrario á sa 
voluntad, y pasar á los ojos de todos como si 
fuese realmente su marido cuando solo era para 
ella un hermano. La misma Ménica, jamás se ha 



—Marqués, me dijo, voy á hacer á Y. una apercibido de este engaño. 



revelación cuyas consecuencias tal vez sean fu- 
nestas; pero que es indispensable. 

Yo temblaba; una idea horrible acudió á mi 
mente. 

—Hable Y. le contesté. 

—¿ÁmM V. i 9ú bornana? me preguntó. 



Laura había dado, según me dijo después* 
una carta á Pedro para Julio en la que ella mis- 
ma se pintaba con los mas bajos colores para 
hacerse aborrecer de él. Le dijo que observa- 
ra el efecto que en Julio producía, y como Pe- 
dro se conoce que fué el confidente de los dos 



Periódico semanal. 



mientras duraron sus relaciones siguió siéndolo 
de ella. Ei le informó at rolver i Sevilla de 
la declaración de Julio á mi hermana, y de la 
petición de su mano. 

—¡Luego ñola amaba/ esclamó la marauesa. 

— Ko, madre mia, Julio se casa con ella por 
compasión; pero dejadme concluir antes que se 
me agoten las fuerzas. 

Luego que marchamos de Sevilla, Pedro aue- 
dó observando todo cuanto sucedia en Sta. Jus- 
ta, sin que nadie supiese que él estaba cerca: si- 
guió á Julio hasta Marsella, y solo se reu.iió á 
nosotros en Civita-Vecchia, donde nos hallábamos^ 
cuando vio que Julio marchó á la guerra de 
África. Desde entonces, un voluntario asalaria- 
do por Laura le ha seguido constantemente, dán- 
donos noticia de cuanto le ha ocurrido, hasta ei 
momento de salir de Málaga. 

Mi vida en todo ese tiempo ha sido un ia 
cesante padecer. Amando á Laura con delirio, 
tenia que resignarme á tratarla como una her« 
mana; sin embargo no le be exigido jamás el me- 
nor sacrificio. Consumido por mi cruel enferme- 
dad, que se me declaróapenas llegamos á Francia, 
y que yo siempre he ocultada á Laura todo lo 
que he podido, hasta hoy que ya me ha pos- 
trado, soto encontré distracción en el estudio de la 
química, al que siempre tuve gran afición. Mi 
salud empeoraba de dia en dia y los médicos 
me aconsejaron volviera á España, con la espe- 
ranza de que los aires del pais natal me serian 
provechosos. Pero ahí la enfermedad estaba bien 
arraigada; hace dos semanas que estoy en Madrid 
y ni un dia siquiera he podido salíi de esta casa. 

•—¿Pero y Laura, que vida llevaba mientras tú 
padecias? 

—Gomo no sabia mis padecimientos, procura- 
ba, aconsejada por mi distraerse lo que podia. 
Puse á su disposición todo el oro que necesi- 
tó; en todas partes fué la reina de la hermo- 
sura, y de la elegancia; tuvo adoradores que hu- 
bieron de desistir de sus pretensiones al ver 
que ella siempce correspondía ésus seducciones 
con^ desprecies; si trataron de corromper a ios 
criados, hallaron en ellos, gente escogida por 
mi, unos Celes servidores de quienes tuvieron 
que huir, temerosos de algún percance. 

To, entre tanto, al ver su egemplar conduc- 
ti, su virtud iutachable, la adoraba mas y mas. 
¿Sabe Y. mi único desahof^o? 
Mire V. esa puerta por donde antes entró Ju- 
lia; estuvo ingnorada de Laura hasta esta noche 
Íue todo se lo he confesado. Por ella, y cuando 
aura dormia con el sueño de un angél iba á 
verla un momento dormida; luego la Besaba en 
la frente con cariñoso respeto y Te juro ¿ usted, 
madre mia, que ningún pensamiento impuro pa- 
saba por mi imaginación. 

(St eoaUoatrá.) 



• • 



¿Porqué volvéis á la memoria oía 
Tristes recuerdos del placer perdido 
A aumentar la ansiedad y la agonfa 
De este desierto corazón herido? 

ESPAONCBOA. 

¿Porqué volvéis á la memoria mia 
Memorias de la dicha 7a perdida ? 
Recuerdos sois de la muger querida 
Que haciendo van eterna mí agonía* 

Trislei recuerdos del placer per dido 
Desalojad mi oscurecida mente. 
Matando vais vosotros lentamente 
Mi corazón llagado 7 dolorido. 
• 
A aumentar la ansiedad y la agonía 
j Venís de un pecho en el dolor profundo. 
Para probarme que en el triste mundo 
Jamás pude tener una alegría. 

De esíi desierto corazón herido 
¡ Subleváis dolorosa mí amargura. 
Con el recuerdo de muger perjura 
que amor 7 juramentos dio al olvido. 

Leopoldo González. 



aiK 



Yo te bendigo, creación galana 
Con que á solas mi espíritu divierto*, 
Fresco oasis del árido desierto 
Que cruzo mísero en mi pena insana. 

Tal vez fantástica tu imagen vana 
Jamás con ojo la miré dispierto. 
Pero tú existes, si-, tu influjo es cierto 

Y amor te dice la palabra humana. 

El bien tú eres que me das innato 
Consuelos mil que ocultan mi alegría 
En el disfraz da un sentimiento grato-, 

Que exaltada por tí mi fantasía 
A edenáB de la gloria me arrebato 

Y S07 leliz, amor del alma mia. 



IMrid. 



Ildefonso Enrique OlUra^ 



Lope de Vega, periódico semanal. 



LA PALMERA.— LA VIRTUD. 



Rebrama el Simoun. — Su aliento crece. 
Todo lo arrolla su pujanza fiera. — 
Una palma se opone á su carrera: 
dobla la palma y sigue.— Desparece 
y se levanta erguida la palmera. 



Asi en el mundo á la Virtud humilla 
la vil Calumnia con su torpe vuelo. — 
Mas, nace la Verdad: desgarra el velo, 
y entonces la Virtud tan alta brilla 
que con su aroma se perfuma el cielo. 

Á. Carfion, 



MISCELÁNEA. 



Corona Foéüoa. 

Con el mayor gusto sabemos que se 
está formando una dedicada á la subli- 
me trágica D.* Adelaida Ristori por los 
principales literatos de esta ciudad. 

Aplaudimos esa oportunísima idea^ no 
solamente portel interés que nos inspi- 
ra la gloria de la artista^ sino porque 
esa demosti|^cion habla muj alto en pro 
de los ilustrados poetas malagueños. 



Lope de Vega. 

Tenemos la satisfacción de anunciar^ 
que en la sesión que prepara esta Aca- 
demia, ademas de las Srtas. de Zamora 
y Borja, tomarán parte la señora do- 
ña Magdalena de Espuny y la señorita 
doña María de la Paz Albarracin. 



Teatros. 

Han terminado las representaciones 
de la Sra. Ristori en el del Principe 
Alfonso, y anoche debieron empezar las 
de las compañías dramática y de zarzue- 
la contratadas para la presente tempo- 
rada. 

En el Principal continúa la compa- 
ra dramática presentando espectáculos 



yariados, ea los que son muy aplaudidos 
los artistas de que se compone. 

Hemos oido decir que la empresa trata 
de hacer una baja considerable en los 
precios del abono. ' 

Por su propio inteij^V^l del público 
deseamos que esto ta9M|Bfecto^ como 
igualmente la venida (í^ila Sra. Santo- 
ni, célebre trágica ya conocida en esta 
ciudad y que parece está en correspon- 
dencia con la empresa para dar algunas 
funciones en este teatro. 

También se asegura que en uno de 
ellos Teremos los trabajos de una com- 
pañía de cuadros vivos, siendo religiosos 
la totalidad de los que presenta y muy 
bien recibidos en las principales capi- 
tales de España, que recorre en la ac- 
tualidad. • 

Charada. 

Sobre una caja vacia — que en otro 
tiempo encerraba —prima y dos, que yo 
admiraba — por ser fruto de valia, — apon- 
go papel y tintero — y en tres y cuarta 
la pluma:— dos sonetos á la bruma — del 
mar, escribo primero-, — mas, esto sé que 
no agrada — y no sabiendo que hacer— 
lo mejor es componer — (me dije yo) oni 
charada— Con tercia y prima á la vista 
— fácilmente encontraré — un paeblo..*lo 
dejaré: — me abstengo. ¡Soy egoísta!— 
Escribiré aquel apuro— cuande al bajar 
la escalera... — Nunca contarlo padiert 
si al todo no me aseguro. 

Berduoiki. 



SoIqcíoh á la Charada del oóaero anteriari 

Como soy del todo loco 

y de modelos un facha 

cuando me acicalo un pooo^ 

despepitóme y sofoco 

al mirarme una MUCHACHA. 



JOf é Pipt. 



DIRECTOR T EDITOR EBSPONSABLB, 

Imprenta 4$ CshAin.— Comedias 11. 



áMO i. 



DOKINOO 8 DB NOVIEMBRE DE 1868. 



W6u. St. 



LOPE DE VEGA, 

PSaifolCO SBMANAL DEDICADO A LA SOCIEDAD QUE LLEVA ESTE NOMBRE. 




(Cuándo mas digno objeto 
lizo vibrar tus cuerdas. lira mia. 
Que la^ santa, cristiana independencia 
De un pueblo mártir, cuyos grandes hechos 
Causan espanto al asombrado mundo? 
Su inaudita y heroica resistencia. 
Su esfuerzo sin segundo 
En lucha con Titanes empeñada. 
Probará una vez mas al mundo todo. 
Que nunca mas sublime sentimiento 
Dio mas esftierzo al alma atribulada, 
Ni hizo mas grande un pueblo: ved la historia 
T ella os dirá que al celestial acento 
De patria y libertad, cada soldado 
Un néroe o mártir fué, si la victoria 
Ño coronó su esfuerzo denodado. 

Oh patria! oh libertad! mágicos nombres: 
Su acento, al resonar en el espacio, 
A todo pecho arrebató la calma; 
Que al peligrar su santa independencia, 

ÍQuiím mira con apego una existencia 
'enida á precio del honor del alma? 
Oh patria! oh libertad! Qué Europa fuera 
Sin tu potente voz! Yermas llanuras. 
Colonia vil de las atroces hordas 
Del Thibet y el Oural, negras legiones 
De barbarie y horror, azote horrendo 
De pueblos y naciones. 

Polonia, noble pueblo. 

Asi doblegan tu elevada frente 

Al ominoso yugo, y á pedazos 

Arrebatan el suelo independiente 

Con el sudor regado de tus hijos!... 

£1 gigante del polo, cuyos brazos 

Abarcan medio mundo. 

Para tu voz ahogar, tu grito santo 

De noble indepqpdencia, 

Vomita en tus regiones 

Hordas salvages de natura espanto; 



El implacable escita. 
El cosaco feroz, dignas legiones 
De Gengis kan y Atila; 
Son más que las arenas 

Y un grupo de valientes 
Ataja la carrera destructora 
De esa legión de hienas. 

Oprobio y deshonor de cultas gentes. 

¿Y otra vez vencerán? ¿Y será en vana 
De tantos héroes la gibante lucha 
Ante los ojos de la culta Europa 
Que sus lamentos impasible escucbaf 
¿Será eterna la odiosa tiranía 
De la barbarie y la crueldad, y al cielo 
En vano se alzarán «us nobles brazos 
Piedad buscando en su ferviente anhelo? 
/Y tu cerviz humillará el escita; 

Y segará las vidas a millares? 
¿Sus sanguinarias manos 
Incendiarán tus plácidos hogares 

Y al fin sucumbirás? No, Dios no quiera. 
No son eternos, no, tantos horrores 

Ni esclavitud tan bárbara y odiosa; 

Y el cielo, conmovido á tus dolores. 
Nación y libertad dará á tus hijos. 
Digno premio á su sangre generosa. 



Mueva, Señor, tu celestial clemencia 
El martirio de un pueblo generoso 
Que pide libertad é independencia; 
Constantes defensores de tu nombre. 
Soldados de tu fé, su eterno anhelo 
Es defender tu ley y sus hogares. 
Santos bienes del hombre. 
Humilla ¡oh Dios! ia inicua tirania 
Del déspota del Newa... 
Victoria celestial., triunfo fecundo 
Que hará brillar el sol de un nuevo dit 
De justicia y de paz al ancho mundo. 



BOMDA.— 18(3. 



Boy Garda. 



Lope de Yegft, 



■•»■ 



La vida pasa^ los año3 huyen, las ho- 
ras vuelan: apresurémonos á gozar, dice 
el materialista. 

La vida es breve, sus horas contadas: 
apresurémonos pues á agotar los ricos 
manantiales del saber, dice el filósofo. 

La vida es una leve chispa que no 
tarda mucho en estinguirse-, mas esta 
vida transitoria será secundada por una 
existencia eterna, imperecedera, de tor- 
mentos ó de gloria: fijemos pues á todas 
horas nuestros ojos vendados con la fé 
y nuestras oraciones en el Supremo Ser, 
dice el espiritualista. 

Ahora digo yo, preguntad al materia- 
lista qué es la vida, y os responderá que 
es el intervalo entre la nada y la nada. 

Al filósofo, y os contestará que es el 
breve término entre el ser y el no ser. 

Al espiritualista, en fin, el cual os 
dirá, que la mistificación entre la ma- 
teria y él espíritu. 

Los dos primeros vienen á decir lo 
mismo, porque no faltará filósofo que sea 
materialista. 

Demostración: 

Filósofo es lo mismo que decir «aman- 
te de la sabiduría » Si dice que el prin- 
cipio de toda sabiduría es el temor de 
Dios, será espiritualista; mas si dice que 
el principio de toda sabiduría es el sa- 
ber dudar, entonces será materialista. 

El tercero vá en concepto mió mejor 
encaminudo; ese dice ser la unión ó mis- 
tificación del espíritu con la materia, y 
ved ahí la vida tal como es, tal como la 
sentimos sobre la tierra. 

La vida, en mi sentir, es el don divi- 
no quo Dios hace á la materia, unién- 
dola un alma, de la cual hemos de dar 
cuenta algüti dia; porque si el alma la 
forman el conjunto de nuestras ttialas ó 
buenas aooióne3, malos 6 buenos senti- 
mientos, he ahí la cuenta que le tene- 
mos que dar, he ahí la devolución de 
una cosa hecha á su imagen y seme- 
janza^ 

Mas aquí se presenta una sutileza de 
iat mueMti qu6 torren con gran aplau- 



so de los amigos de paradojas. 

Si Dios hizo al hombre á su imagen j 
semejanza, ¿cómo és que hay hombre 
que es muy virtuoso, al paso que hay 
otro muy criminal? 

Ese también será imagen y semejan- 
za suya. 

Preciso es confesar que Dios tendrá 
muchas semejanzas. 

^spantosa y falsa proposición! 

Eran á su imagen y semejanza, mas 
ya no lo son. 

Porque les dio para regirse el libre 
albedrio, v el sentimiento del bien y Aet 
mal, de lo justo y de lo injusto, y cada 
uno eligió el que quiso: quien eligió mal, 
dejó de parecerle y de ser su imagen- 

£1 libre albedrio, unido al alma que 
vá unida al cuerpo, forman, pues, el di- 
vino aliento que se llama vida. 

¿Porqué decimos «un hombre de mala 
vida?w 

¿Será porque tenga peores humores, 
menos fuerza vital, menos salud que no- 
sotros? 

No, sino pdrque tiene mas borrones, 
mas manchas en su alma. 

Desterrados en este suelo, huérfanos, 
aunque al lado de la madre tierra, la» 
horas de la vida nos parecen breves, 
cuando gozamos. 

Tardías cuando sufrimos- 

Sin duda porque el placer lo apura- 
mos con dema.<iada avidez. 

En tanto, el dolor con nuestra poet 
resignación y paciencia, nos las hace 
circular con demasiada lentitud. 

Porque esta vida no es la vida de los 
goces. 

Por eso un momento de alegria es pa- 
gado con millares de instantes de des- 
dicha. 

Muchos se quitan la vida. 

Ya comprendería el suicidio, si qui- 
tándose la vida pudiera quedar eí hom- 
bre en el suelo, y decir: aya puedo ca- 
minar ligero^ pues no llevo lo que lla- 
maba una carga insoportable^)» paró no 
lo comprendo, sucediendo, como por des- 
gracia vemos, que lo que queda en la 
tierra es la corteza y escoria^ y af{ co- 
mo en la tierra el hombre dá ocientá al 



Periódloo semanai. 



Jims de el mismo/ en efí cielo dá el es- 

Íiritu cuenta de sí mismo al Supremo 
uéz; esto sin qae olvidemos que kaj 
• flos juicios, este y el final. 

¡La^vida! triste y melancólico libro, 
en que cada letra es un minuto^ cada 
palabra una hora, cada renglón un dia, 
cada hoja un mes, cada tomo un año; y 
si en el libro, después de la última pa- 
labra se escribe FIN, en el de la vida, 
después de la última hora se escribe 
MLÜRTE. 

Pablo Cantó Alienta. 



Mientras el hombre con delirio insano 
sigue del tncío la corriente impura, 
la copa del dolor con gozo apura 
y el corazón destrózase inhumano. 

Mas llega al fin el dia, en que un tirano 
fantasma, su conciencia le tortura, 
y al contemplar su horrible desventura 
maldice su ilusión, su placer vano. 

T buscando á su mal algún consuelo 
en brazos de la fé. de la esperanza, 
un ángel vé que deteniendo el vuelo 

le presenlajina dicha en lontananza, 
de que tan solo goza, allá en el cielo, 
el que cree en laviWud, que es quien la alcanza 



Madrid. 



/. /. Jiménez Delgado. 



Ay! que yo vivo penandof 
Ay! que yo vivo muriendo! 
Falta la luz á mis ojos. 
Falta el calor á mí pecho; 
Que ya la niña inocente^ 
Que ya la hada de mis sueños^ 
La que templaba mi canto. 
La que inspiraba mis versos; 
Se fué: y con ella mis goces; 
T tonUranf# m\M duel^f 



Es tan hermosa... que verla 

Y sentir de amor el fuego 

Fué en un punto.— Yo te adora^ 
La dijo el alma, tan quedp 
Que lo dijo sin palabras. 
Mis ojos se lo mintieron. 

Y rióse pudorosa, 

Y me contestó: — Te quiero- 
Mas, con el mismo lenguaje, 
«Con dulce mirar de cielo.ii 

Y así hablando nuestras almafj 
No mas yá que un alma fueroá* 

Y mi pecho llenó el suyo 

Y juntáronse en un pecho. 

Y yo á su lado vivia 
Felia, era mi elemento. 
Bien como el pez en el agua 
O salamandra en el fuego. 
Bien como el ave en los airea 
O la liana en el viento. 

Mas... sus ojos, claros soles. 
Sus ojos, limpios luceros. 
Que endulzan una existencia 
Con el mirar de un momento; 
Sus ojos, que una vez vistos 
Se codicia siempre verlos... 
Ni me sonríen cariñosos. 
Ni me miran placenteros... 
Ved, porqué vivo penando! 
Ved, porqué vivo muriendo! 

Yuzuf-ebn'Sérab. 



LiDAMiDELMEDALLOK, 

NOVELA OBIGINAL, 

POR EMILIO DE LA CERDA. 

OOXnNDACIOIf. 

— fPübre hijo mió! 

— S¡. bieu puede V. decir, pobre hijo mió. po- 
bre mártir. Ah! ella también lo ha sido... 

— ¡T yo que la culpaba de ambiciosa j de 
ingrata I 

^Ahora. madre mia. solóme resta pe4it'4li 
V. un favor 

— iQue podré yo oegarte! .. •. 

—Deseo que jamis lepa lolia eilt icirtt Mío- 



Lope de Vega^ 



ría de dolor, ¡este] heroísmo de la amistada pues 
•i ella tapíese que el hombre i quien am^» se 
casa solamente por compasión, seria canaz de re- 
nunciar á esta union^que debejfhaeerjsu felici- 
dad, y tal ver... 

— Ah/ no, no, yo te juro que no lo sabrá nunca. 

— Además; debe V. procurar el alejarla des- 

Iues.de casada del lugar donde resida Laura. 
alíoflaha amado mucho, y quien sabe... en fin, 
madre 'mía, no todos son mártires como yo. 
—También te lo prometo. 
Hacia media hora que duraba la conferencia. 
Nada itenia qua afiadir el ^marqués; asi es, 
que indicó á su madre deseaba antes de morir, 
estrechar en un mismo abrazo, á ella, & su her- 
mana y á su esposa, y quol te ^rogaba pasara á 
buscar á su departamento á estas últimas. 

La marcjuesa llamó á.Mónica para no dejar 
iolo a su hijo, y entró por el pasadizo. 

—¿Que puerta es «sa7 preguntó Mónica al 
marqués. 



traición. So agoellt ttiridaí vib deedeo» y aqvt 

desden le irritó. 

Ninguno de los amigos qoo le rodeaban se 
apercibió de su emoción, y Federica al noiarla 
mirada de la Dama, esciamó; 

—Voy ere vendo que ganarás, Jolio; et la Tet 
primera que la veo mirar á un hombre coa tan- 
ta fijeza; seguramente has dado tus primeros pa- 
sos y é lo que parece no mal dirigidot. Bian 
puedes decir como César: Veni^ oidi, viei. 

Julio sonrió siu responder; pero aqut- 
lla sonrisa signific^b.): Y i vereb^ ya rereis den- 
tro de poco tiempo; ó bien te decía yo que es- 
taba seguro de ganarl... 

Lo que á todos llamaba la atencioD» era el 
sugeto que acompiñaba á la Dama. Siempre la 
habían visto, ó sota, ó con Mónica, y aque- 
lla tarde habin aparecido de repente con el ñu» 
como elluá le llamaban, recordando el parecer 
I de los que la creían manceba de algún sefior 
muscovita. Julio también se preguntaba, qoieo 



ba á sentir que las fuerzas le abandonaban y no 
contestó. La conversación llena de doloro- 
sos recuerdos que había ) sostenido por espacio 
de mas de una hora, le había acabado de pos- 
trar. 



Éste, ó no quiso responderle, ó ya empeza- ' podía ser aquel ente, y donde estaría el mar 
' — • _ 1 I. II. 1 qy^g que jamás acompañaba á Laura. 

La Dama dio dos vueltas en el Prado y des- 
pués se retiró. 

Julio tumo un carruage, y mandó al cochere 
seguir al de la Dama. En la calle de Alcalá, jtA- 
vio de repente éste, y fuera casualidad (noaotroi 
sabemos que no lo fué) ó con inteneion, chota- 
ron las ruedas de ambos carruajes al pasar lao 
al lado del otro; pero de una manera Un bies 
calculada, que las del coche de alquiler talieroa 
del eje, y el coche quedó medio tendida. 

El de la Dama siguió i escapo. 
/Me ha impedido que la siga/ eseJamA Julio; 
me ha visto, bien, otro día será. 

Mientras el auriga juraba y eedlaba á los 



CAPITULO vn. 



VENI, VIDI, VIOI. 



Veamos, entre tanto pasa n^ estas ""esce ñas Vi- 
Bultáneas, que es de Julio, á quien hemos perdí- 
do de vista desde el día anterior^ en el momen- 
to de abandonar el cafó Suizo con sus amigos. 

Julio paso una noche cruel. 

Había visto á Laura, y todos sus deseos de | diablos viendo rolo'su vehículo*. Julio, despi 
venganza habían estallado mis vivos, mas pun-jde pagarle, se dirigió á sucaí» antes de ir il 
xantes que nunca en su corazón. teatro, donde había citado á sus amigos. 

Ya no se acordaba de Julia, ni que debiaca- j £t criado que le asistía diariamente, le es- 
tarse pronto con ella, realizando asi sus ambí- tregó unacarta que decía haber llevado nnleea- 
cíosos proyectos. Solo tenía un pensamiento; la yo. 
venganza. | Esta carta ya la hemos leído: órala de la Ah 

La venganza por medio de la deshonra; ven- j ma d$l Medallón, 
ganza infame, venganza indigna de un hombre i La mas viva alegriase pintó en so somblaote. 
de honor; pero ¡a y/ uu desengaño, cuando se | — ¡Ya es mia! esclamaba fuera de sí; ha qpM- 
ama como él amó á Laura, tnstorna li razón, rido disfrazar la letra; pero ¿quien puede manaar- 
roba la dignidad, mata la honradez, y ensordece me esta sino ella? ella que deseará ▼indicarte; 
basta el punto do no oir los gritos de la cjn- pero ¿como ha averiguado mi apuesta? enGa» 
ciencia que se revela contra este proceder. : ya veremos: vamos al teatro. 

Julio volvió á encontrará Laura enlatar- Bien decía Federico. Puedo decir como Ce- 
de sígnente, en el Prado; al menos el creyó que sar: Llegué, vi y vencí, 
era ella. Iba acompañada de un desconocido. I En su atolimJramíento, dejó la carta abiertí 

Aquella muger, advertida por su compañero, sobre la mesa mientras sedaba el última toqas 
lo miró; pero cen una sorisa glicíal, indiferente, al espejo, y sola la echó de menos al ontrar 

Esto acabó de exasperarle. Creía que Laura en el teatro. 
Jiavaba su imprudencia hasta el estremo de pro- — Bahl dijo ¿quién hade entrar en oü oarta» 
fo^fh eoB §tt /orfiferencia, de hacer gal» dt su ni que na importa <f«f 4tti It- — — ^-^^ 



Pttrtódioo BenuauL 



m^ 



ta liento Da trairia cOBmigo para eñsefiárselí | 
á Federico. 

Eran las ocho. El teatro Real estaba con- 
corriülsimo 

Los palcos se veían llenos de hermosuras, que 
derramaban ardientes miradas sobre el patio^ des- 
de doude asestaban los elegantes sus mortífe- 
ros gemelos* y mas de ano encontraba opuesto 
al suyo otro, detrás del cual se veían relucir 
dos OJOS capaces de volver loco al mas auste- 
ro cenobita. 

Gemían losviolines bajo los arcos manejados 
per manos maestras, que templaban los iiislru- 
meotos entre tanto se empezaba el primer acto 
de la Traviata. Los dilettanti talareaban trozos 
de la ópera que se iba á egecutar, regalando (co- 
sa insoportable) los oídos de los que dentro de 
poco dubitn oír cantar aquello mismo, y no 
destrozado por voces tan desacordes 

Todo era animación y ruido. 

En una fila de butacas estaban reunidos cin- 
co de nuestros calaveras, Julio y comparsa; úni- 
camente faltaba Federico. 

£n el momento de sonar la sefial para alzar- 
se el telón, se presentó éste. 

—No sé, dijo reun endose é sus amigos, que 
buscará un viejo, que acaba de preguntar por el 

talco de la Dama, y á quien nubiera querido 
acer algunas preguntas, sino se me hubiese es- 
capado como el humo, apenaste señalé el palco. 

— Será otro enamorado, objetó Emilio. 

—Tal vez, afiadió Julio; pero como no tome 
la delantera, se vá á llevar chasco: e^ia no- 
che tengo cita... y... 

—/Calla/ ¿es posible? esclamó Federico estu- 
pefacto. 

— Si« be recibido una carta citándome para 
esta noche ásu casa... y. . Siento no haberla trai 
do para que vierais no era suposición mía. 

—No, no, basta. Al fin hemos deverlosre- 
eultados: poco nos importan los trámites que á 
ellos conduzcan. T además, ya te he dicho que 
me parece ganarás. 

—/Que lástima de mil duros tan mal emplea- 
dos! esclamó Emilio. 

— Ayl aun creía yo en la virtud de las mu- 
geresl... contestó Federico. 

(Se eonUmurá.) 



ROSAS LUNARIAS. 



i Dolor ei RojOs mi simpática amiga. 



Erase en majo^ y era 
la mae lin4a a^lborada. 



qae presenciara mayo 
lucir en sus mañanas. 

Y érase un prado^ j era 
el prado de mas gala 
que matizaron flores, 

y que regaron aguas. 

Y en esta (deliciosa 
primaveral mañana, 
en que la luz del cielo 
por lo ideal encanta; 
y en este prado lleno 
de flores las mas varias, 
las que inodoras bellas, 
y las que no aróojadas; 
á orillas de una fuente 
magnífico se alzaba 
verde rosal cubierto 

de rosas encarnadas, 
hermosas en figura, 
si de perfumes hartas. 

Frescas con el roció 
que las lloviera el alba, 
y frescas con las gotas 
que de la fuente saltan, 
gallardas en su tallo 
la frente levantaban; 
mas no pudiendo á veces 
sufrir ya tanta carga 
de perlas en sus cálices, 
temblantes titiíabao, 
y el ámbar sacudían 
en perlas congeladas, 
que, al recoger, la fuente, 
riendo á tanta gracia, 
por cada blanca perla 
cien circuios dilata. 

De nuevo mas erguidas, : 
por reaojer mas ámbar 
del céfiro al impulso, 
la frente levantaban, 
asi eu sencillos juegos 
alborozando el alma, . 
cuando el crinado Febo, 
que ál cíele se adelanta, 
de un tierno cupidillo 
en las elitreas alas, 
amante enamorado, 
mensage tal las manda: 

«Flores, las mas hermosas, 
las mas bellas de cuantas 
el Padre de los dioses 
á mayo di¿ por galaa> 



de 



mmt •0' 



oidme: f imy\ ürhtmm 
las qné moltura tanta 
teoeii; pues hoy par Fabn^ 
•I dios q}U al cíalo estásia 
por sa sin par belleza» 
mi débil vos os kabia* 

De Júpiter^ elStmxa, 
su noble esencia emana» 
7 en Delfos tiene altareis] 
7 en el Olimpo gracia. 
Se arrastra^ heobo pa^MM^ 
el Sol bajo sus plantas» 
dó yá le sigue el día, 
la nocke, donde falta, 
7 cuando al oielo sui^« 
rompiendo la mafiana^ 
todo ser, que despierta, 
en sus honores canta. 
Adóranle las flores, 
las aves y las ¿uras, 
los genios 7 las niofais, 
las brisas j las aguas. 

Y aunque las diosas todas 

compiten sus miradais, 

desde la Teina Juno, 

hasta Minérya ica«ta, 

por oompaSera tiene 

su precursora el Alte. 

Mas ho7 enamorado 

de vuestras dutees graoias 

desciende de sn alten 

T besa vuestras plantas. 

bichosas, «i á BU fuego 

dais amorosa calma! 

Seréis del prado todo 

las reinas adoradas, 

tendréis, porque realisa 

vuestra beUesa clarfi^ 

para cantaros, aves, 

para alimentos, ámbar, 

7 céfiros, que t» besen, 

j ninfas, por esclavas, 

que con dorados cribos 

os ciernan oro 7 grana! 

Mas a7! las que imprudentds 

no mitiguéis sus ansias! 

No habrá para vosotras 

en toda la comarca, 

ai pájaroe, ni céfiros, 

que os oanten, ni que os ladiaaní 

ni fuente, que ^s retrate, 

ii/« iin/a vfiia no es' bata. 



JÚ sel, qao M di eotores, 

ni aurora, que os dé gracia, 
7 en ma-idicion eterna 
tendréis la vida amarga.» 
Dijo: quedd esperando 
respuesta á su demanda^ 
7 de una en x>tra rosa 
jugue taando salta: 
alzó el rosal la frente 
de aljófares bañada; 
7 con robusto aoento, 
que miedo no quebranta, 
sonó su Yoz 7 dijo 
análogas palabras: 

«Aunoue de humilde onoa 
■aof; fué mi prosapia 
noble, si no celeste, 
regia, si no sagrada. 
La sangre de una diosa 
ennobleció mi alma, 
dando á mis flores, tinte 
7 esencias perfumadas. 
Si he merecidohonorea, 
lo digan mis hermanas, 

Sues reina en los pensiles 
e las flores me llaman, 
7 dioses me enamoran, 
7 ninfas tengo e3clava$v 
mas no por tal orgullo 
niego á sus cuitas calnu^^ 
es otro amor tap puro, 
á quien debo constancia. 
Si lusco con el dia 
en hechiceras galas 
«s por regir pii reino 
cual Júpiter me manda; 
mas guardo mi fé teda, 
mi pompa 7 mi fragancia 
para rendirla en culto 
a quien mi amor 7a gana; 
es Luna melancólica, 
7 como Febo marca, 
celeste cuna tuvo, 
dominios regios manda. 
Esto vé 7 dile á Febo, 
7 aSade á estas palabraé 
que por blasones tango; 
firmeza, amor, constancia* a 

O7Ó el dios ofendido 
repulsa tan estrafia, 
vibró encendí dps raTOa 
de cólera. 7 ds 



Pe«iMte# eeiMHML 



IMI. 



7 erayortf e} rooior 
que el eálid rélr«sc(iAki^ 
con él «orbietée aroflUM^ ^ 
colofes 7 fraganaU* 

Mm diz (i)ie éUaa eoaiUltes» 
si de tri6i^ pilklM, 
á cada Bueva IvLMé 
le ríndeA nuevas dádirat^ 
en multitud cubriendo 
loi tallos 7 las rasotas^ 
pcv ser del sol envidia^ 
7 de la luna llamas, 
7 á tal firmeza deben 
el nombre de Lunarias. 

Juan. P. dé Guznum. 

«ÉMMüÉMÉtolÉIMíBlMHi 



UMA LAGRIMA 
A LA MEMORIA DE MI QUBftfDO AHIGO 

D. Antonia Leiva (jtarcdA. 



El fúnebre doblar de las campanas 
resuena por doquier... ¡tócán a mueilol 
Súbito de mis ojos brota el llanto 
y se estremece de dolor mi pech^ . 
Ante eso clamoreo triste y sombrío 
evoca el corazón dulces recuerdoa 
de una amistad, cuyoa seguros lazos 
rompió la muerte cott afán violento. 
Dulces recuerdos de amigtad querida, 
pasadas horas de tranquilo afecto» 
á vuestro lado está la paz del alma 
que grita sin cesar: lAotofiio há mnertol 
]Mi pobre amigo! Al pronunciar tu nombre 
desbordase él mdal del sentimiento 
y solo hay en mi ser, acerbo llanto 
para esprcsat* mi {)ena v desconsuelo. 
¡Cuan veloz para ti ftié la existencia!... 
Apenas á cruzar por sn sendero 
comenzabas feliz, y ya la tumba 
encierra muda tus helados restos! 
jfTriste es la vida cuando- el alma sufre! 
Triste es vivir si el desengafio ha abierto 
marchitando ilusiones y esperanzas, 
la úlcera del dolor en nuestro pecho. 
A través del martirio, vése al mondo 
convertido en un árido desierto 
sin placeres, que al alsMi lleven dicha, 
sin encantos que al pecho dea sosiego^ 



T anhela eaténces, la emleneia herida 
por su frío padecer y sufrimientos^ 
en la noche sin fin oe los sepulcros 
la paz sia tregua que faHála na tien|H». 
Mas, tú, mi pobre amigo^ árbol tofl^álio 
respirando en florido campo amtm 
savia de juventud, hrisss de añores 
bajo un hermoso y apacMe cido} 
cuando ya ante ta vista contemplábai 
del material destino roto el v«la 
y entre Husiones gratas te ofrecía 
el porvenir un horisonte bellos 
el Genio de la muerte pavoroso 
destrozó tu vivir, robando fieroi 
á la amistadla una segura preadit 
á la famina un hijo, amante, tierno. 
¡Ay! ya es vano el afán con que te busca 
mi amistad en la Uerrs^: en vaao esliendo 
los brazos que estrecháronte otras veces, 
pues solo encueairaa un vacio» funeita. 
¿Fué tal vez porque al mondo que perdiste 
despreciabas por ruin y por pequeOo 
V el valor y la fé de tus virtadea 
llevar quisiste á la mansión del oíelof 
¿O fué de Dios la ciencia soberana 

3úe al ver en ti recónditos tormentoi 
estruyó la corpórea materíft 

por elevar tu espíritu á sn oeno? 

• 

Dulces recuerdos de amistad querida» 
pasadas horas de tranquilo afeoto, 
iporqué os escucho pronunciar el.qpiibra 
de mi ami^o inleliz con tierno anhelo 
si no podéis volverle la existencia... 
si ya la tumba sepultó sus restos! 

• ,••# 

Antonio: duerme en paz. Esas campanu 
aun repiten sus fúnebres acentos, 
tránsito de las almas que caminan 
hacia la eternidad con paso cierto. 
Hoy tocan sin cesar á los que vivsi 
por la memoria de los que murieron..* 
—Descansa en paz. Con lái^imas i^ejícla 
una oración exhalo, un triste ruego^ 
fervorosa plegaria gue dirijo 
al Dios que á la existencia pone término, 
porque llene de goces inmortales 
tu espíritu feliz en ese cielo, 
mientras llevo en el alma tu memoria^ 
mientras la guarda con afán mi pecho, 



LUira i.* KMlMikfS. 



J^cario Áj/uio A^puiota. 



Lope d» Vega, perlódloo MmanaL 



No 08 caséis nnnea, ñiflas, 

con hombres vieios; 
porqae tienen el alma 

como sn cuerpo. 

Y es una pena 
juntar una flor pura 

con una muerta. 

E. d$ la C. 

— La pena mas horrible 
entre las penas 
es la que yo padezco. 

— |Cual es? — La ausencia. 

J.B. 

Si á una muger amáis, 

amad en ella 
la virtud, el talento, 

ho la belleza. 

La marimona 
es una flor bonita... 

mas sin aroma. 

5. C. 

No miréis en los hombres, 

ni la figura, 
ni las palabras dulces» 

ni la fortuna; 

porque eso pasa 
j el alma solo queda: 

buscad el alma. 



wm 



MISCELÁNEA. 



Epigramas. 

Viendo un niño pregunté 
4 Es de usted^ señora Luisa? 
Y ella respondió con prisa, 
M*.ijr pólitica: ay de usté.» 



Un escritor de esta edad. 
Que es un '^^Aiv/.o de atún, 
Deciu ron gfá violad: 
Yo escribo para el común... 
Y era la pura verdad. 



una moza como vn trompo. 
A un hombre chato pbó 
Que á Toz en grito saltó 
¡Alza ó el alma te rompo! 

Y ella con airosa calma 
Dijo sin cambiar matices: 
«Tiene usté pocas narioea 
Para romperme á mí el alma.» 

ÍJuez de derecho un jibado! 
^ues bastante hemos hablado. 

/. M. YillergM. 



Charadas. 

Nombre de un cónsul romano 
es mi primera j tercera 
7 en mi segunda y primera 
muere e! niño y el anciano; 
tercera busca en yerano 
todo el que tiene calor, 
y por último, lector, 
si el todo quieres sabet 
es nombre y no de muger. 
Tu seguro senridor. 

BerduaM. 

Primera y tercera es nombre, 
segunda... no te lo digo; 
y mi todo del gobierno 
es un público edificio. 

B Licenciado Viáricrm* 



— Berduoski, |tu charada 
será quizá PASAMANO? 
— Justamente lo acertaste. 
— {Y que me merezco en cambiot 
— Que subas por cuatro Teces 
á lo alto del Calvario-, 
porque es cosa que ofreciste 
y cumplirlo es de cristianos. 

Ptpe, MB lodu ni IdrM. 



DIRECTOR T EDITOR RESPONSASLI, 
A.lSrT03SriO GAJmiXOTT. 

Imprenta d$ Coft/orí.— Gomediat if. 



ASO I. DOMINGK) 15 DE NOVIEMBRE DE 1863. Núu. 83. 



LOPE DE VEGA, 

PERIÓDICO SRilAN'AL DEDICADO A LA SOCIEDAD QUE LLEVA FoTE NOMBRE. 



OIE1STOIA.S. 



ZjIOTEK.-A.'XXJI^A-. 



Hé abí, que si la vida es un sueño, la 
muerte es su despertar; 

Y si ese sueño es una pesadilla, la muerte 
es. un despertar delicioso. 

Y esj despertar, es inevitable. 
lia sonado su hora para un ser. 
Entonces, una muger de mirada dulce, de 

rostro afable, se acerca y le murmura al 
oído con voz de seducción: 

«Tus recuerdos de ayer no te molestarán 
de hoy más, 

Ni el porvenir te amenazará inquietudes. 

Ni te conturbará el espectáculo de las mi- 
serías del hombre; 

Porque van á serte franqueadas las puer- 
ta$ de la inmortalidad; 

Porque vas á ser iniciado en la vida del 
espíritu; 

Porque vas á pasar del estado embriona- 
rio de tu ser á la plenitud d^ una existencia 
inefable.» '^ , 

Entonces, ese ser, si en vida fue bueno, 
regocíjese; va á alcanzar -sifsazonado fruto; 

Y si en vida fué malo, "túrbese; mas allá 
no hay arrepenlir. ^* 

Si achacoso, la muerte lo libra de sus pa- 
decimientos; 

Lo sustrae á la tristeza, si triste; 

Si en el dolor á los (¡olores. 

La muerte do es, pues, una ley de cólera. 

Es, por el contrario, una ley de amor. 

Evita al justo las acechanzas del m:il. 

Lo parniite deponer las armas en la obsti- 
nada luclia que sostiene su razón coivsus ins 
tin'os; sus apetitos con su alma. 

Asi, el bueno la e.-^pera. 

No la tí'ine v huve, cómo el cobanlc. 

Ni la desafia y busca, cómo el loco. 

Solo para el malo es la muiMle espantosa. 

Pero a eso no lo sorprende con uHa no- 
vedad. 

Todo le recuerda la brevedad de nuestra 



perecedera existencia. 

La historia de seis mil años, le dice la de- 
saparición de doscientas generaciones de 
hombres. 

Cada oscilación del péndulo, le rememo- 
ra que una existencia ha terminado. 

Sube que cada día arranca una hoja del 
poco hojoso árbol de la suya. 

Todo le arguye su lin. 

Prepárese pues á él; y para ello, 

Viva tranquila, honradamente, pues 

La ciencia de morir bien, es, la ciencia de 
vivir bien. 
• •» • • 

Si la vida es una peregrinación, 

La muerte es su santa Kaaba. 

Un hijo ha emprendido un viaje. 

Oleadas de espuma han manchado su pu- 
reza, 

Arenas candentes han calcinado sus píes; 

Una carga tenaz ha agobiado sus espaldas. 

Por fin, llega, tras penosos azares, al 
puerto, su indeclinable destino. 

Ese hijo, es el hombre. 

Esas oleadas espumantes, sus apetitos gro- 
seros. 

Esas arenas, sus pisadas por el vicio. 

Esa carga que le abruma con su poderosa 
pesadumbre, su carne. 

La muerte, el puerto dó le espera Dios 
justo y remunerador. 

Pero no ha sido solo en su peregrinacíoQ 
el hijo del hombre. 

Tres hermanas ih origen celeste, se em- 
barcaron con él para guiarle. 

La una le olVece una flor que abre su 
cáliz; 

A(|uo!la rocíalo de dulzura; 

Esla le dá á gustar un néctar deleitoso. 

Ya las conocéis: se llaman, 

Fé, Caridad y Esperanza. 



Purifiquemos nuestra alma con el llanto; 
Fortalezcámosla con sentimientos religio- 



sos, 



Lope de Vega, 



Y, con una conciencia tranquila, espere- 
mos la muerte como un bien, 

No la anticipemos, que fuera egoista. 
Y podremos decir, no cual el fanfarrón, 
sino cual el justo: 

«Yo no le temo á la muerte 
Aunque me salga á'la calle. .» 
Esperar la muerte no es desearla. 
Aquello es licito, esto pecaminoso. 
Esperémosla como Schiller. quien pregun- 
tado momentos antes de morir, como estaba, 
dijo: 
«Cada vez mas tranquilo.» 
No la llamemos con un poeta: 
ccYen, muerte tan escondida; 
Que no te sienta venir, 
Porque el placer de morir 
No me torne á dar la vida,» 
No la anticipemos; no hay en ello lauro. 
Es fácil ser Catones. 

Sufrir, resignarse, saber padecer, eso es 
brioso, es fuerte, es levantado. 
Para concluir: 

Hay mucho de vituperable al intentar des- 
cribir la muerte con tmtes terroríficos. 

Habituémonos a ella como á una amiga 
que al iniciarnos en la eternidad, nos hace 
inalada graycia. 

Yuzuf-ebn-Sérab, 



DESPEDIDA. 



Adiós quizas para siempre^ 
adiós mi amiga querida, 
hermosa flor que en mi vida 
dulce bálsamo vertió. 
Adiós luna bienhechora 
que alumbró la noche oscura 
de dolor y de amargura 
en que el hado me abismó. 

Como el ave que alejada 
del valle ameno y querido 
al punto 8u amado nido 
rápida vuelve á buscar, 
yo que me encuentro distante 
m mf natal helio suelo^ 



an^^iosa ya tiendo el vuelo 
para volverle á encontrar. 

Y tal vez allí me esperen 
pena y dolores sin cuento 
y algún nuevo sufrimiento, 
si alguno desconocí: 
tal vez en la hermosa tierra 
donde están mis ilusiones 
hay amargas decepciones 
reservadas para mi. 

Mas aunque sufrir espere, 
te confieso, Luisa mia, 
que en la hermosa Andalucía 
quiero volver á morar: 
y ver sus estensos campos 
de admirable fertileza, 
dó quiso naturaleza 

toda su pompa ostentar. 

« 

Quiero ver su sol de oro 
bañar la torre moruna 
y la nacarada luna 
que allí lanza mas fulgor: 
quiero, aspirando el ambienta 
de azahar y de claveles, 
cantar bajo los laureles 
que se ciñe el trovador. 

Luisa, allí todo es hermoso 
y arrebata el pensamiento; 
do quiera suena el acento 
de un inspirado cantor: 
y hay en sus noches y dias 
eierta magia indefinible 
que inspira á el alma sensible 
vago, indeficiente amor. 

Y hay allí rostros hermosos 
con negros ojos rasgados, 
cuyos rayos encontrados 
penetran» el corazoQ: 

y en las frentes van escritas 
la ternura y la franqueza, 
y de gracia y gentileza 
portento las damas son. 

Y de ardiente y puro fuego 
son allí los corazones, 

y tienen mas ilusiones 
que flores el mes de abril. 



semanal. 



Que allí desplegan los genios 
sus alas de rosa y nieye 
y la inspiración se bebe 
en el Bétis y el Genil. 

Vente á raí suelo querido. 
Tente Luisa, ángel hermoso, 
y allí será venturoso 
tu vehemente corazón. 
Y allí verás realizado 
cuanto hayas visto halagüeño 
en tu mas dorado sueño 
de lisongera ilusión. 

Amor te darán los bardos; 
las doncellas candorosas 
ornarán con frescas rosas 
tu pálida y bella sien: 
y pues amas entusiasta 
á la sublime poesia, 
cantos de dulce armonía 
habrás de entonar también. 

Vente, sí, que solo falta 
para ser un paraíso 
la tierra que el cíelo quiso 
de tal belleza colmar, 
que tú, mi arcángel querido, 
de candor y de ternura, 
viertas luz brillante y pura 
viniendo en él á morar. 



T&IftTera.— 1863. 



Yictorina Saenz de Tejada. 



31» A. -V^XJJBLTA.. 



BALADA. 

Dice cantando la niña: 
a ¿En donde está mi doncel? 
Cuando torne me habré muerto^ »^ 
Suspira, y muere después. 



Dice la madre llorando: 
«Ya no le le volveré á ver. 
¡Guárdete Dios, hijo míe!» 
olloza, y muere también. 



fe' 



Lleno de ricos trofeos. 
Henchido de amor y fé. 

— ¿Dónde están que no me^^esperan 
Mi madre y mi dulce bien? — 
Y escucha que una campana 
Dobla una vez y otra vez. 

Para que pase el cortejo 
Detiene el bravo el corcel. 
— Quien murió? dice. — Tu dicha^ 
Siente al alma responder. 

Luego que dejó en la tierra 
Cuanto su ventura fué. 
Con bordón, que no con lanza. 
Volvióse á Jerusalen. 



W DAMA DEL MEDALLÓN, 

NOVELA ORIGINAL, 

POR EMILIO DE LA CERDA. 



En esto vuelve el cruzado 
De lidiar con el infiel; 



CONTINÜACIOM. 

Airóse el telón. 

Todos ocuparon sus asientos,! y reinó «nel 
teatro el mayor silencio. 

Sin embargo, se netaba cierta agitacioii en- 
^tre los espectadores. Cada vez que la puerta 
de un palco se abría^ hombres y mugeres vol- 
vían la vista hacia uno sitaado frente al esce- 
nario y que aun permanecía cerrado. 

Varias veces se repitió lo mismo, hasta que 
en el momento de estarse cantando la preciosa 
aria final, y cuando la tiple llegaba i aquella 
interesante parte: 

Follie!.,. follie!,,, delirio vano é questo!,,, 

alzóse un murmullo, en un principio vago, des* 
pues mas notable, y que nltimamente creció hatla 
el punto de cubrir casi la voz de la actriz, y 
la orquesta misma. 

Veamos lo que había causado aquel espon- 
táneo tumulto; distrayendo completamento la 
atención del públice pacífico. 

El pnlco cerrado se había abierto; todos ha- 
bían vuelto la cabeza al notar el movimiento dt 
un grupo de jóvenes que se habían levantado, 
y dirigido sus gemelos háeia el palco. Todos 
pronunciaban ua nombre: 



Lope de Vega, 



—La Daína del Medallón!... deeian, ya estáj 
abi, ya está ahí... 

—Pero señor, sioo se vé á nadiel decía vno 
alelado del grupo de jóvenes compuesto do nues- 
tros ya conocidos calaveras. 

—Va entraré; espere V. un poco. Ella sabe 
el efecto que eausa cuando se presenta^ y quie- 
re retardar su entrada para causarle mayor. 

Una batería de jemelos había dirigida con- 
tra el palco. 

Un minuto después/ los jemelos se bajaron, 
moviéronse las cabezas como un campo de es- 
pigas azotadas por el viento, y el murmullo cre- 
ció, mezclándose h cL risotadas estrepitosas y 
chistes graciosísimos. 

— ¿Quienes ese esperpento? preguntábanse unos 
á otros. 

— ¡Que facha/... con ese pelucongris, yesos 
anteojos verdes que le asemejan á una muía de 
tahona. 

—¿Y esto era lo que esperábamos? 

— Se habrá disfrazado la Dama. 
— Calla! y es caballero déla Legión de Honor. 
— Será el esposo'de la Dama. ósu.... 
—Es su acompañante^ de esta tarde, decían Us 

seis jóvenes. 

—En fin, no merece la pena de que por él per- 
damos la representación; sentémonos, decían los 
mas. 

Pero el acto se había acabndo. 
Jnlio se despidió de sus amigos, que le de- 
searon buena fortuna, y mientras ellos se que- 
dab:in haciendo cament-irios acerca de aquel per- 
sonuge, salió del teatro, y en cinco minutos un 
coche, le llevó en casa de Laura. 

CAPITULO vni. 
CONTINUACIÓN DEL V. 

—No disimulemos mas, señora; había dicho el 
Sr. de Duran h Laura; soy el padre de Julio, 
y no me iré de aquí sin que me esplique V. 
\)0T qué una muger que vé amenazada su honra 
la espone m.)s auii^ llamoiido á su casa al que la 
amenaza. 

Y en aquel momento apareció y desapareció 
Jiilia, de la puerta de la alcoba 

Ahí caballero, esclamó Laura; V. no sabe cuan 
poderosos motivos me han obligado á obrar asi. ! lo, y dijo á este: 



—Ya escucho. 

—Espere V. un momento. 

Laura salió del gabinete, y cinco mioutot 
después volvía á sentarge al lado del Sr. de Du- 
ran. 

Entonces le refirió sus amores: los de Julia; 
su sacrificio; la enfermedad del marqués; todo 
en fin, cuanto le habia ocurrido desde un año 
atrás, hasta aquella noche. 

Entre tnnlo, Julia escuchaba con ansiedad. 

Comprimía los latidos de su corazoB con am- 
bas manos^ deteniendo basta el aliento, temerosa 
de denunciar su presencia. 

Sus ojos vertían silenciosas lágrimas, y mas 
de una vez, no pudíendo contenerse, avanzó 
basta cerca de la puerta; pero quería saberlo 
todo, todo; la fatalidad la tenia nlli clavada 
y suspensa de los labios de su heroica amiga. 

La gratitud la arrastraba á arrojarse en ios 
brazos. 

Laura era para ella un ángel 

Apenas acabó Laura su relacioo, se oyó rui- 
do en el salón. 

Laura se levantó de su asiento y apagó 
la luz. 

£1 Sr. de Duran estaba conmovido. 

Laura alzó ui poco las cortinas que cubrían 
las puertas del gabinete, y vio á Julio que aca- 
baba de entrar, y estaba sentado en un cod- 
fidentc. muy cerca de la puerta. 
—Venid.' señor, dijo al padre de Julio. 

Este se aproximó á donde ella estaba. 

Entonces Julia saliendo de la alcoba, se ce- 
locó detrás de un sillón á espaldas de Laura, 

La habitación en tinieblas permitía esta ocul- 
ta espiacioa. 

La salida de Laura del gabinete, antes de 
empezar su revelación, no habia tenido mas ob- 
jeto que prevenir á Antonelli convertido en por- 
tero, que introdujese á Julio en el salón ape- 
nas llegase, y que avisara á su esposa, retirada 
en otro gabinete situado enfrente de aquel en 
que Julia permaneeia con el Sr, de Duran. 

Llegó en efecto Julio, y Antonelli le intro- 
dujo. 

Poco después, la puerta del otro gabinete se 
abrió, y apareció una muger. Era Fioretta Gal- 
vano, que llevaba bien aprendido sa papel. 

rVvanzó hasta Julio que se levantó de su asieo- 



«í» 



— Si, si; los sé lodos, una apuesta 

—Oh! no; son anteriores á esta apuesta. 

— Ab/ ¿couque habia mediado motifospara que 

i.'iciesc? 

—Óigame V. con atención, cabali^ro, y si des- 
pués de esta revelación, aun me considera una 
muger indigm y desprerinblo. yo misma me prc- 
.seniaré á Julio, se lo confesaré lodo, y el me 
perdonará. 



—Doy á Y las gracias, caballero por sn exac- 
titud: tome Y. asiento, aquí, á mi lado... 

Pero Julio no se movía: aquella vez no era 
la de Laura. 

Empezaba á dudar. 

—¿Vamos; en que está V. pensando? siénte- 
se Y. pues tenemos que hablar. 

Jnüo se sentó maquinalmente, y ya iba á 
disculparse con la dama, cuando ee le oeorríó 



Periódico semanal. 



• 

la idea doLqu^ tal vez la voz de Laura por cval- 
quier estraño motivo habría variado, y que en 
sus viajos por Italia babria adquirido aquella 
marcada pronunciacioD estranjera. Volvió i su 
error, creyó que se hallaba delante de Laura. 

— En verdad» señora, que me admira vuestra 
sangre fría, lo dijo. ¿So se acuerda Y. ya de 
quieu soy yo? 

— tjsta es la primera vez q«e veo á V. 

— ;Es verdad! después de nueve meses que 
han pasado desdo vuestro pérfido engaño... Ahí 
no, no tema Y. que. le eche nada encara. So- 
lo vengo por el retrato de mi madre, ¿entien- 
de Y., señora? de mi madre á quien ha hecho 
V. un juramento, y al cual ha faltado. Juré 
rengarme de Y.^ nano me he vengado. Maña- 
na, todo Madrid sabrá que me ha citado Y. 
á su casa, y la tan decantada virtud de la Da- 
ma del Medallón vendrá á tierra, y se iguala- 
rá con una infame cortesana. 

Una so'^ora carc;ijada de la dama interrum- 
pió á Julio, que indignado esclamó: 

—Que!... ¿se ríe \? ¿ha llegado hasta ese 
estremo su imprudencia, que... 

—¿Pero, por quién me toma Y., caballero? 
Ah.' ya comprendo; me confunde con alguna mu- 
ger que le haya dado un desengaño... 

— ¿í por quién he de tomaros? gritó Julio 
fuera de si ¿por quién he de tomaros, hija dig- 
na de su midre? La vuestra engañó á su es- 
poso, y la hija, después de engañar á su aman- 
te^ sigue sus mismos pasos, engañando á su es- 
poso, citando á ese mismo amante en su au 
sencia, cuando ól... os aborrece, señora. 

— Ah! 

—¿Si. no lo sabiais? ¿Creéis ser la hija de Mr. 
de Clermont, victima de su adúltera esposa?... 

(Si eoneluirá.) 



Pronto al pensil granadino 
partirás ¡triste momento! 
mas tu recuerdo divino, 
dulce, puro, peregrino, 
vivirá en mi pensamiento. 

Nunca habia amado y amé 
al admirar tus hechizos-, 
y entonces, niña, soñé, 
y en sueños te contemplé 
envuelta en tus rubios rizos. 



También creí que me amabas.. 
jcuán dulce fué mi delirio! 
luego, que al fin te alejabas; 
mas tarde, que te olvidabas 
de mi amor y mi martirio. 

¡Que amargo dolor sentí! 
¡que suspiros no exhalé! 
¡que de lágrimas vertí! 
¡que horribles celos sufrí 
cuando á el alba desperté! 

• ••.•■ «...r 

Parte al pensil granadino-, 
mas no olvides mi tormento-, 
que tu recuerdo divino, 
dulce, puro, peregrino, 
vivirá eu mi pensamiento! 

F. n. de M: 



¿Que son, madre, esas perlas 

que en esas llores 

reñejan de la aurora 

los resplandores? 

¡Que hermoso brillo 

puso el Dios de los prados 

en el rocío! 

Durante que de noche 
las flores duermen 
las gotas del rocío 
del cielo vienen, 
y, cariñosas, 
dejan posar sus perlas 
sobre las rosas. 

Las pintadas corolas 

sus perlas guardan, 

y ocultánse en su cáliz 

por la mañana. 

Asi mi alma 

de una hermosa recoge 

dulces palabras. 

También como las flores 

el pecho mió 

gozar siempre quisiera 

dulce rocío. 

Y quizá entonces 

las flores renacieran 

de mis amores. 

Enrif[Ue de Oki^acrva. 



Lope de Vega» 



Esa aspiración á lo desconocido^ ese 
deseo de averiguarlo todo^ esa es cario- 
sidad. 

Esa es la que giira sorprender un se- 
creto, aplica el ojo á la hendidura de una 
puerta y al cristal de un tel^s(;ópio. 

Porque ¿que es el astrónomo mas que 
un curioso decidido á enterarse de los se- 
cretos de esos mundos de Dios. ^ 

j Y qué otra cosa son el filósofo, el his- 
toriador, el matemático, que curiosos co- 
mo cualquiera vecina nuestra? 

¿Y qué es el alma mas que una curio- 
sa astuta que subida al mas alto piso de 
este edificio llamado cuerpo, tiene pe- 
queñas rendijas para desde allí, sin ser 
vista, escuchar, ver y oler todo lo que 
pasa en su vecindad? 

Comprendo que pudiera definirse al 
hombre un animal curioso, y creo que esta 
definición satisfaría todas las exigencias. 

¿No lo veis en el umbral de la vida 
traspasar un precepto de tanta conside- 
ración por el solo placer de averiguar 
lo que ocultaba aquella manzana? 

¿No lo habéis visto confiarse á unas 
taolas delgadas, único escudo contra la 
furia de las olas, y á los pliegues hincha- 
dos de un globo^ para satisfacer esta 
constante exigencia? 

Y ved por otra parte cualquiera de los 
seres de la escala zoológica indiferente y 
mudo ante tan sorprendentes maravillas 
sin que jamás haya formulado esta pre- 
gunta: ¿Qué es esto? — Porque no es cu- 
rioso. 

jEl mundo parece un museo de curio- 
sidades inacabable, y no parece estar 
combinado de esta manera mas que para 
servir de constante estímulo á nuestra 
curiosa ansiedad. 

Y sin embargo, aquí se realiza el pro- 
digio de la catalineta: £1 que mas mira 
menos vé. 

Esto es desesperador. 

Comprendo la indignación de Sócrates 
cuando después de tantos afanes solo lle- 
gó á enterarse de su propia ignorancia. 

Conyengamos en que para este resul- 



tado no vale la pena dd tomarse taot 
trabajo. 

Esto es preciso ocultarlo á los que es- 
tudian. Bajo nuestras plantas y por ci- 
ma de nuestras cabezas ¡cuantos secre- 
tos! ¡Cuantas curiosidades! 

No es posible vivir con calma cuando 
tanto misterio nos rodea. 

Así es tan intranquila la vida. 

¡Que contraste con la estoica calma 
del asno! Parece que lo sabe todo... 

Non plus ultra fijó con gruesos caracte- 
res en Calpe la insensatez de otros si- 
glos que tenian la pretensión de sabér- 
selo todo* 

La curiosidad del Genovés echó por 
tierra esos monumentos de la preocupa- 
ción humana. 

Oh! y cómo este solo sentimiento ha 
ido derribando tantas columnas como la 
preocupación y la ignorancia hablan le- 
vantado en los caminos del espíritu. 

Copérnico dirigió su curiosa mirada al 
espacio y allí sorprendió al padre de la 
luz en su perezoso abandono; que como 
sultán magnífico hacía danzar en torno 
suyo á los mundos envueltos en gasas 
trasparentes y voluptuosas como un gra- 
cioso coro de seductoras odaliscas. 

Su curiosidad cambió la faz de la cien- 
cia. 

Este sentimiento> en fin, ha transfor- 
mado el mundo. 

Lo que fué otras veces motivo á la cu- 
riosidad de los sabios, es hoy satisfac- 
ción de la nuestra. 

Temblemos porque llegue el día en que 
todo se conozca: aquel dia el mundo 
avergonzado huye de nosotros como un 
farsario descubierto. ^ 

Solo existe para entretener nuestra 
curiosidad. 

Y bien mirado ¿qué seria q1 mundo sin 
seres que lo comprendiera? 

Una masa oscura, informe^ ruando sin 
descanso como una piedra arrojada en 
un abismo sin fondo^ 

Aparece la inteligencia y todo recibe 
luz y vida, y entonces hallamos aecretos 
y maravillas que sorprender. 

Poquito á poco algo vamos conociendo 
de la epidermis del orbe que habitamos^ 



periódico éemanal. 



Pero en lo que dstá por cima de nues- 
tras cabezas y en lo que nuestros ojos no 
preciben^ hacen fiasco todos los esfuerzas 
de nuestra curiosidad. 

Decididamente^ el dia menos pensado 
el alma se me escapa para enterarse de 
lo que pasa en esas alturas. 
' Hasta entonceis no es posible estar 
tranquilo. 

Cuando todo 16 sepamos^ estoy seguro 
que nos encontraremos satisfechos. 

Yo confio en que alguna vez nos he- 
mos de enterar de todo. 



RoiiDA.-18«3. 



Ehy Gúrdia. 



A AWíóiao CABBIOir. 

PRUEBA DB simpatía. 

Constancia, noble virtud 
que en el corazón asientas, 
y al hombre en su afán alientas 
con tierna solicitud. 
Sol de estrema pulcritud 
que al orbe iluminas claro, 
nocturno y brillante faro 
que al náufrago prestas guia, 
flor de suave ambrosia, 
ave de capricho raro. 

Al salir del paraíso, 
despojado de la gracia. 
Dios al hombre én su des^&cíá 
por bien tu luz darle quiso. 
Por tí sintió de improviso 
reanimarse en su calda, 
y con la fuerza y la vida 
que en su ser dejaste impresas, 
á colosales empresas 
se lanzó su alma atrevida. 

Por ti, de insaciable anhelo 
henchido su corazón, 
sin bastar á su afición 
los tesoros que dá el suelo, 
robó las artes al cielo, ' 
y á los ángeles su estilo. 



y con ánimo intra^qtiilo 
reuniendo sus fuer);aB todas, 
alzó Golosos en Rodas, 
Pirámides en el Nilo. 

A tn impulso giganteo 
domeñó vientos y inares, 
y no fueron valladares 
su potencia á su deseo. 
Ni bastó que el tiempo, ateo 
de sus obras peregrinas, 
las barriese 'por mezquinas; ' 
pues por ti con mas nerezas 
elevó nuevas grandezas 
de sus fecundas ruinas. 

Constancia, virtud iñas pur» 
de las que el hombre posee, 
quien en tu potencia cree 
á la gloria se asegura. 
En vano Simoun procura, 
rodando en la ardiente arena, 
quemar la palma serena 
que á tu impulso se levanta, 
ella hacía el cielo agiganta 
los rizos de su melena. 

¿Qué empresa tu luz no guia? 
¿Y á cual no ^á cima honrosa? 
Que el triunfo siempre acosa 
por premio de la ósadia. 
Y pues quien en tí confia 
siente tu impulso fecundo, 
por tí con valor profundo, 
domando montes de espumas, 
del mar á las densas brumas 
sorprende Colon su mundo. 

Por tí ¡oh divina Constancia! 
arrebatando la ciencia 
á la natura su esencia, 
gozó tu pura fragancia. 
Menguó el tiempo la distancia 
ante sus nobles inventos*, 
y avanzando en sus intentos 
el hombre á tu influjo solo, 
surcó las nieves del polo 
y la región de los vientos. 

Constancia, noble virtud 
que en el corazón asientas 
y al hombre ^iol v\ uiws^ íívnk^^^ 



Lope de Vega, periódico semanal. 



con tierna solicitud. 
Sol de estrema pulcritud 
que rayos de bien envía; 
faro, en la noche sombría 
de la terrena existencia: 
sé tú, luz de mi conciencia, 
sé tú, de mis pasos guia. 



Juan. P. de Gu%man. 



Madrid. 



Lo <iue puedo y lo que no puedo. 



Tu hermoso rostro, tu belleza suma 
quiero decir, pero me falta voz, 
que ahogada brota de mi inquieto labio 
por los suspiros de mi tierno amor. 

Bl sentimiento que tan bella inspiras 
quiero cantar; pero me falta fé 
en las débiles cuerdas de mi lira... 
que no es fácil cantar como querer. 

Y la dulzura que en tu boca vaga 
siempre difícil de espresar será, 

que eres un ángel que bajó á la tierra 
para enseñarme como debo amar. 

Mas, la pureza que en el cielo mora 
7 que tragiste como emblema aqui, 
puedo cantar, por si la fé me falta, 
depositando mi esperanza en tí. 

Y la virtud, que cual eterno sello, 
brilla en tus ojos de radiante luz, 
puedo cantar, si inspiración me envia 
el ¿er que mora en la región azul. 

Pablo Cantó A lienza. 



MISCELÁNEA. 



Epigrama. 

Mi vecina no adivina 
como el carbonero medra, 
cuando sabe mi vecina 
que en vez de carbón de encina 
nos vende carbón de piedra. 

/. 3Í. YiUergas. 



Glíarada. 

¿Donde mejor estaré 

que mas goce y menos gaste 

que en mi primera y segunda 

donde todo me complace? 

Alli fraguando novelas 

6 componiendo romances 

mi fantasía remonto 

á otros tiempos y lugares- 

Ya creo ver en la Alhambra 

al famoso moro Tarfe 

en su cuarta y prima envuelto 

vigilando los adarves. 

Ya veo al avaro rico 

abrir con múltiples llaves 

las arcas de sus tesoros 

que se aumentan por intantes, 

como que segunda y primera 

nunca del dinero hace. 

Ora acabo una novela 

con un tremendo desastre; 

ora con mi dulce todo 

hago cesar los afanes 

de algún tierno trovador 

harto de helarse en la calle. 

¿En fin no es esto un placer? 

jDonde hay otro que le iguale? 

Sí hay alguien que tercia y cuarta 

me dice que hago, insultante, 

permita Dios que el castigo 

en mi dulce todo halle. 

Lacerdao. 



Solacion i las Charadas del onmero aoUiior. 

Después de algún tiempo con todos mis hij( 
de noche acostumbro rezar el rosario, 
cenar si se encuentra, decir acerlijosv 
ó bien dar consejos al chico MACARIO. 

Retirólos luego, los duermo, los tapo, 
les cierro del cuarto la puerta ó ventana, 
y entonces muy quedo, contento me escape 
por ver desde fuera la hermosa ADUANA. 

Jofé Pep«. 



DIRECTOR Y EDITOR RESPONSABLE, 

.Aisrxoisrio oa^i^moit. 
Imprenta de Casilari.—Caoí^m 11. 



ASO I. 



DOMINGO 22 DE NOVIEMBRE DE 1863. NÚM. 84. 



LOPE DE VEGA. 

PERIÓDICO SEMANAL DEDICADO A LA SOCIEDAD QUE LLEVA ESTE NOMBRE. 



ii ■,»'. 



OIEIsrOI-A.S. 



lilTEJR^A-TXJÜA.. 



A tí. Señor, con fervoroso anhelo 
herida lanzo mi doliente alma; 
á tí. Señor, que desde el alto cielo 
sobre el triste derramas dulce calma: 
de ti demando plácido consuelo 
y de heroica virtud la hermosa palma, 
que tú puedes llenar, si. tú Dios mió, 
mi pobre corazón que está vacio. 



Ay perdóname! ciega y miserable 
en la tierra busqué veces sin cuento 
objeto que llenara el insondable 
hueco anchuroso que en el alma siento. 
Y alcé sobre la arena deleznable 
altos castillos que barriera el viento 
y mundos nuevos de belleza suma 
que deshacerse vi como la espuma. 



Buscando amor, á veces elevaba 
objetos á mi vista peregrinos 
y mi exaltada mente los colmaba 
de atributos celestes y divinos: 
idólatra en sus aras me postraba; 
mas ellos que eran débiles, mezquinos, 
el prestado oropel no sostenían 
y desnudos al fin aparecían. 



Entonces por momentos me abatía; 
mas otro objeto engataba luego 
y el pobre corazón tras él corría 
con entusiasmo igual, con igual fuego- 
Severa la conciencia le decía: 
jDó te vas á estrellar perdido y ciego? 
¿No ves que en ese amor hallas tristura? 
Adora en el criador, no en la criatura. 



Empero no bastaba por mi daño 
para templar mi fuego y mi demencia 
ni el hielo del amargo desengaño 
ni la prudente voz de la conciencia: 



¡so 



y siempre sumergida en el engaño 
amaba cada vez con mas vehemencia 
á seres que pagaban mi entusiasmo 
con la estridente risa del sarcasmo. 



Alguna vez en sueños yo veía 
una aurora de amor bella y luciente; 
y el universo entero ya creía 
trocado en paraíso de repente; 
mas la fortuna con su mano impía 
me arrancaba del sueño bruscamente: 
y enlóncc hallaba el mundo árido y seco, 
y el triste corazón cual antes hueco. 



Estraña necedad! vivir llorando 
por buscar en el mundo una quimera! 
¡El cáliz de amargura ir apurando 
por de néctar beber gota ligera! 
jCuando en arrullo delicioso y blando 
Dios rae brindaba dicha verdadera, 
y el imperfecto goce de un momento 
un año me costaba de tormento! 



Por oso (Je luchar ya fatigada 
dije vorlieiulo doloroso llanto: 
yo quiero mucho amar y ser amada 

: no con mundano amor, con amor santo 

i ¿En dónde podré hallar ¡desventurada! 

, ese celeste, divinal encanto? 

• Y al ciego corazón dijo raí mente, 
ama solo á tu Dios omnipotente. 



! Y aquí me tienes ya, Dios amoroso, 
I á tus plantas postrada con fé pura. 
I déjame ver tu rostro bondadoso 
i y muera yo anegada en tu dulzura. 
. aunque bebiera en cáliz ponzoñoso 
' brota el alma torrentes de ternura. 
¡ pues que sean para ti ¡oh gloria mía! 
mí amor, mi inspiración y mí poesía. 



AnUqujra. 



Yictorina Saenz de Teiadd. 



Lope de \rega. 



Li DAUi DEL MEDALLÓN, 

NOVELA OBIQINAL, 

POR EMILIO DE LA CERDA. 



GONaUSION. 

¿Pero qué estáis diciendo? ¿eslaisloco? To me 
Hamo Fioretla Galvano, esposa de un oGcial 
del Imperio^ conde de Plomvis. 

— No, no; lú eres Laura de Clermonf, la hi- 
ja del crimen, nacida en Francia y recogida por 
caridad por una persona de corazón generoso, 
lú eres... 

Un grito terrible lanzado detrás de las cor- 
tinas del gabmete hizo volver la cabeza á Ju- 
lio. 

—¿Quién anJa ahí? cslcamó tomando una luz 
y sacando un revólver que preparó mientras se 
dirigia á la puerta del gabiuetc. cuyag cortinas 
descorrió. Y á la luz de la bujia ^ue Julio 
llevaba en la mano, pudo verse el siguiente cua- 
dro: 

Laura tendida sobre la alfombra vacia des- 
mayada. El Sr. de Duran la sostenía llamándola 
bija de su corazón. Julia de rodillas al lado de 
Laura le hacia aspirar unas esencias en un po- 
mo de oro. 

Jalio retrocedió con los cabellos erizados. 
Crcia estar loco; aquella doble muger, la 
inesperada presencia de su padre, lodo le pa- 
recía sobrenatural, ó una horrible pesadilla. 
Laura abrió los ojos. 

— jUíos miel esclamó ¿ha sido un sueño? ese 
hombre ha mentido... ha mancillado la memo- 
ria de mi madre... 

—¡Perdón! hija mia, en nombre de tu madre, 
dijo el Sr. de Duran. ^ 

— ¡Hija mia/ ¿habéis dieho hija mia?... escla- 
maron Laura y Julio al mismo tiempo. 

— Ah! si... es mi hija... la hija que con tan- 
to afaa he estado buscando durante diez años, 
la hija de la pobre Enriqueta. 

— Ay! esclamó Laura, mi madre se llamaba 
Enriqueta! si V. es mi padre. Ahí madre mia, 
madre mia... Julio, hermano muí, Dioses gran- 
de; Dios quiso que te diera un desengaño pa- 
ra evitar un crimen horrendo; pero mira, prosi- 
guió sin ver á Julia que lloraba en un ricon os- 
curo su perdido amor; mira, Julia te ama, cá- 
sate con ella, hazla feliz. 

— J^más, jamás, esclamó Julia arrojándose al 
cuello de Laura, tute sacrificaste por mi/... él 
no me ama .. 

—Gran Dios! Julia aquí! eselamó Laura. 

-^Si; todo lo be oido oculta en tu alcoba.... 



tú amabas á Julio, tú te sacrifícastes para que él 
se viese libre y me fingiera amor; amor que nan- 
ea ha existido... luego propusistes á' mi herma- 
no el morir antes de faltar á tu juramento de 
no ser mas que de Julio... Ah/ tedo lo sé. Aho- 
ra querías acabar tu obra haciendo creer á Ju- 
lio que no eras tú la que él creia... ¡generosa 
amiga! yo te agradezco todo con el alma; pero 
no puedo unirme á un hombre que no me ama... 

-— Ah/ Julia, pdrdon... dijo Julio cayendo de 
rodillas delante de ella. 

— ¿Perdón? ¿y de qué? vuestro corazón es 
generoso, quisisteis salvarme; también os lo agra- 
dezco. 

Julio, encendido de vergüenza al recordar el 
motivo que le habia hecho fingirle amante de 
Julia, se cubrió la cara con las manos, y per- 
manecia aun de rodillas hasta que la voz aeU 
marquesa que apareció en el dintel de la puer- 
ta le hizo volver en si y levantarse. 

— ^Qué veo> Dios mió? esclamó la marquesa ¿qué 
significa esto? 

— Ah! señora, esclanó Julio, la fatalidad oes 
ha reunido en esta casa; la fatalidad dos vá á 
separar. 

La marquesa no comprendía, pero empezaba 
á adivinar. 

Con algunas «splicaciones acabó de esclare- 
cer sus dudas. 

—Madre mia, dijo Julia; puesto que para mi 
no puede haber ya felicidad en la tierra, quiero 
pedir á V. un favor. 

—Habla ¿qué deseas?... Ah/ ya comprendo! 
no, no, nunca. 

—Si, madre mia, V. comprende que solo ea 
la soledad de un claustro puedo hallar la paz 
que me ha de faltar mientras viva en- el mundo; 
quiero ser monja. 

-^/Monja^ Dios mió/ y dejarás i tu madre 
sola, inconsolable... 

—No, aun quedan á V. dos ángeles que pue- 
den ser el consuelo de su vejez; mis hermanitas. 

— Ah! nunca pedré consolarme; mi hijo le 
muere, mi hija me abandona... 

—No, madre mia, yo estaré entretanto rogan- 
do á Dios per vuestra felicidad^ por la de mis 
hermanas, por la de todos los que be amado 
sobre la tierra/ 

—Querida Julial dijo Laura arrojándose eo 
los brazos de su amiga, yo tampoco puedo ser 
ya feliz; te acompañaré en tu soledad. 

—También tú... esclamó su padre; he deh^ 
berte hallado para perderte al momento; eh! U 
fatalidad se complace en herimos á todos de 
un solo golpe... 

—Si, padre mió, de hoy mas, la v¡¿a seria pa- 
ra mi una|carga insoportable, sino aie ayudan 
á llevarla con paciencia... la religión. 



Periódico semanal. 



•— Ah! Dios mió! bien castigáis mis infames 
proyectos de ambición y de venganza, murmu- 
ró Julio. 

—Vamos Julia, Laura; vamos á dar el últi- 
mo adiós á mi pobre hijo; que ignore este ter- 
rible desenlance; muera siquiera con la idea de 
que su sacrificio no ha sido un sacriGcio estéril; 
que crea asegurada la felicidad de Julia... 

Cuando quedaron solos padre é hija, éste di- 
jo á aquel: 

—Padre mió... voy á abandonar á Espafia. 

— jQuó dices, Julio.? 

— 5j¡, quiero distraerme, voyá viajar... 

—¿Bien; pero volverás prontoT 

—Tal vez nunca, voy ¿ Italia... alli hay guer- 
ra; yo necesito nuevas emociones que me ha- 
gan olvidar cuanto he padecido. 



La marquesa necesitaba un padre para sus 
hijas. 

£1 Sf. de Duran, una esposa que le conso- 
lase de la pérdida de sus dos hijos. 

En este dia, los esposos y las níüas de la 
marquesa estabm en la iglesia, como también 
el honrado Pedro. 

Junto á la pila del agua bendita, cinco jó- 
venes, tristes y meditabundos, hablaban en voi 
baja. 

Eran los amigos.de Julio. 
—Pero por fin, Federico, decia uno de ellos, 
no me has contado esa historia concerniente á 
la Dama del Medallón y á Julio Duran. 
—Te la contaré cuando estemos mas despacio. 
— Ya se vé, ese maldecido viaje mió á Amé- 
rica me tiene tan atrasado de noticias... antes 'de 



do entero. 



—No te espongas Julio, acuérdate de que no, ayer llegué, y no sé mas, sino que Julio, nues- 
te bates por tu nación, que no es una causa que tra pobre amigo, murió en Itaha dos meses des- 
te importa defender. pues que yo sali de España. ¿Y quién te ha 

—Siempre es bueua b^indera la del partido que contado la historia? 
escribe en ella: Independencia y libertad; todos í —El tio José el abaniquero que vivia en una 
los hombres son hermanos, su patria el mun- c^sa de mi propiedad en el Avapies, el cual sa- 
lió de ella pira marchar á Venecia, su patria, 
con un regular capital que le ha legado la Da- 
ma del Medallón, ó sea la hermana de Julio. 
— /Calla! ¿hermana de Julio? 
—Sí, ya lo sabrás todo; ahora atención que 
ya empiezan á salir las monjas al coro bajo. 
—Bueno es el mundo, bueno, bueno!... 
Concluida la ceremonia, un carruaje de cami- 
no parado á la puerta de la iglesia, recibía á los 
padres de las dos hermanas Sor Teresa de Jesús 



SPUiOOO. 



Seis meses después recibia yo una carta de 
un amigo mió, fechada en Ñapóles. Principia- 
ba asi: 

Querido amigo Emilio: en este momento aca- 
bo de acompañar á su última morada el cada 



FIN DE LA DAMA DEL MEDALLÓN. 



ver del pobre Julio Duran, muerto en el cam-w Sor Paz; Laura y Julia. El carruaje partió 

po de batalla; los pocos amigos suyos españoles ¿acia el camino do ?rancia, en laque hoy vi- 

que nos hallamos en esta, podemos dar testimo- ven retirados los últimos miembros de la fami- 

nio del valor heroico de este infortunado joven üa j^ Ocampo 

á quien en mas de una ocasión hemos visto lan-i Nadie se acuerda ya dé la Dama del Me- 

zarse al combate como si un deseo ardiente de dallon. 

hallar en él la muerte, le impulsase. No sabe-j El último recuerdo se perdió con el eco que 

mos á qué atribmr este tenaz empeño, que al Gn produjeron al cerrarse las puertas de la iglesia. 

Je ha llevado al sepulcro. que retumbó por las bóvedas como el adiós que 

No dudo que consagrarás una lágrima á su el mundo daba á aquellas dos víctimas de U 
memoria, que hartas nos ha hecho derramar [Fatalidad. 

Seguian después algunos pormenores de la 
guerra. 

Me he informado después de la suerte de los 
demás personajes de este drama^ y ved aquí lo 
que puedo decir acerca de ellos: 

£1 dia i de Noviembre de 1861, es decir, 
un año después de la muerte de Julio Duran, 
la iglesia del convento de'" se hallabí llena de 

Senté que concurria á presenciar la profesión 
e dos señoras. 
Eran estas, Laura y Julia. ^ 
También en este año habia ocurrido otro su- 
ceso notable. 

La marquesa de Ocampo yD. Eugenio Du- 
ran se babian casado. 



A BiANUEL PANCORBO. 



Erase un valle galano 
Donde la vista descubre 
Flores en llanos, y flore? 
Sobre los riscos y cumhre^i. 



Lope de Vega, 



Erase un cielo sereno, 
Luces sus astros, y luces 
Su pabellón esmaltado. 
Sus horizontes azules. 

Y érase un manso arroyuelo. 
Que por el valle discurre. 
Llena de flores la orilla 
Porque de ninfas disfrute. 

una mañana, altanera 
Trepo háoia el cielo una nube; 
El sol sonrosó, al mirarla. 
El manto conque se cubre; 

Pero el arroyo temiendo 
Se cierna en lluvia, y enturbie 
Sus cristales trasparentes. 
Donde sus belleza^^ luce. 

Es fama que murmurante. 
Que en arroyos es costumbre, 
A las flores increpando. 
De esta manera prorrumpe: 

— «No la miréis deslumbradas 
Por su manto de tisúes. 
Que dentro del seno lleva 
Rayos y truenos la nube. 

((No os deslumhréis porque gotas 
De vida en su lluvia anuncie. 
Que el graniso la aconpaña 

Y el aquilón que destruye. 

(tYo con las perlas que os riego 
De vida os doy néctar dulce. 
Tan dulce, que en mil vapores 
Libando el sol, lo consume. 

«Y con el fresco rocío 
Que os dá el alba, cuando sube 
Hacia el cielo, y de su falda 
Aljófar y oro sacude, 

«Esuberantes y bellas 
En ofrenda al sacro mimen 
Rompéis los tiernos capullos, 
Lanzáis los gratos perfumes. 

((Mas ay! si su seno abriera, 
Chispeando rayos, la nube 
Con la tormenta que dentro 
De su negro seno bulle. 

((Al choque de mil granizos. 
Del rayo al primer vislumbre 
Muerte bebierais, y muerte 
Bebiera en males comunes. 

«No la miréis, bellas flores. 
Que bajo el manto de tules 
El granizo se fermenta, 

Y el aqu'úon fiero ruge.» — 



No calló, que murmurando 
Siguió en sus saltos volubleí-, 
Pero lo demás que dijo 
Fueron quejas é inquietudes. 

Las flores cuando lo oyeron 
Temblaron, que sienpre infunden 
Temor las murmuraciones, 

Y dudas y pesadumbres; 

Mas cuando hacia el sol miraron 
Y^l sol sonriólas dulce. 
Si el sol las dio mas colores 
Ellas dieron mas perfume. 

La nube entonces sus brazos 
Tendió por la eterna cumbre, 

Y en leves gotas de lluvia. 
Perlas á cargas produce. 

No hay yerba, arbusto, ni árbol 
Que á peso tal no se abrume 
E inclinando las corolas 
Perlas las flores sacuden^ 

Perlas las hojas, y perlas 
Los tallos donde se nutren 

Y por ramas y por troncos 
Perlas á mares discurren. 

Mas temblorosas las flores 
Alzan los ojos al numen 
Titular que las protege. 
Porque pió las escude, 

Y entonces el Dios crinado. 
Padre de flores y luces. 
Trazó el arco de colores 

Y en humo sorbió la nube. 

Fresca brisa dio á los campos 
Que revoltosa y voluble 
No hay flores que no estremezca^ 
no hay rama que no columpie, 

Y solo el arroyo, solo. 
Porque otra vez no murmure. 
Por la arena encenagado 
Turbio corre y miedo infunde; 

Pero crecióse en sus iras, 

Y por vengarse, destruye 
en sus riveras las flores 
Porque de su mal no burlen. 

Mas tanta vida bebieron, 

Y tanto rico perfume. 

Que es fama que desde entonces 
Aman las flores las nubes. 

Juan. P. de Guxman. 



Periódico semanal. 



Ved aquí el mágico resorte y el secreto de 
toda la maravillosa mecánica de heroísmos y 
sacrificios que llevaba á cabo la inculta sen- 
cillez de nuestros mayores. 

Una sociedad mas adelantada ha sustitui- 
do á resorte tan pueril y gastado con otro 
estímulo mas útil y positivo, «el oro.» 

Bien mirado estamos en un mundo mortal 
y perecedero donde todo es deudor á esta 
ley de destrucción. 

Asi no es estraüo que agonicen: 

La gloria. 

La moralidad. 

La virtud. 

Y en su lugar aparezcan: 

El interés. 

La inmoralidad. 

El vicio. 

Corruptio unins generatio alterius. 

Poder inmenso del oro: Parece mentira 
que todas las generaciones de todos los tiem- 
pos, se hayan convenido en dar á este metal 
un lugar tan preeminente. 

Ornnia obediunt pecunia decian ya de su 
tiempo los sagrados libros. 

Tan antigua es su influencia. 

En nuestro siglo, siglo de tan grandes em- 
presas, hubiera encontrado Archimedes la pa- 
lanca y el punto de apoyo que buscaba para i 
mover el mundo. 

Parece mentira que el sabio siracusano no 
hubiera tropezado en la inmensa palanca que 
en el oro se nos ofrece. 

;.Qué se resiste á su poderosa acción? 

Ella derriba montañas, cambia el curso de 
los rios y de los mares, y ella, en fin, mue- 
ve la humanidad y el mundo. 

¿Se quiere mas? 

Su poder alcanza á todas las esferas, adop- 
ta todas las formas y se acomoda á todos los 
movimientos. 

■ 

Unas veces como rapaz juguetón y travieso 
se le ve deslizarse, ocultarse, abrir todas las 
puertas ó cegar y aturdir con el polvo y el 
estrépito de sus locuras. 

Otras veces, inficiona y corrompe, cpmo 
soplo pestilente, 6 mina y destruye como ocul- 
to gusanillo. 

Es el autócrata del mundo, aun en tiem- 
po de tantas libertades y autonomías. 



El filósofo griego que arrojó á los mares 
su oro para ser libre pretendía sacudir el 
yugo mas tiránico y humillante. 

La inmensa mavoria de los humanos, como 
el Midas de la fáLula, reduce á oro cuanto 
toca. 

El bienestar es oro. el poder, el nombre 
lo son también, hasta el tiempo es oro. 

Pero al fin Midas se purificó en las aeuas 
del Pactólo. 

• 

Como nada degrada al hombre tanto como 
el vicio, no es estraño que veamos prolongar- 
se el pabellón auricular de los que como el 
desgraciado rey arden en esta sed insacia- 
ble... 

El oro es evidentemente la síntesis mas 
preciosa de cuanto en el mundo existe. No 
es estraño que tanto se le ansie. 

Lo absoluto de su poder es lo que nos es- 
panta. 

Sea en buen hora, goces, comodidades, 
bienestar material; pero no objeto de honor., 
veneración y culto, que en el mundo solo son 
debidos á la virtud y al saber, 

La locura humana llega hasta un punto 
inconcebible. 

A mas sed de riquezas mas privaciones. 

El mas perfecto avaro es el mendigo mas 
indigente. 

¿Comprenderíais la luz entre las sombras, 
la virtud entre vicios, la nieve entre las as- 
cuas? 

Tan absurda es la avaricia. 

Y esta que es la mayor de las contradiccio- 
nes es también la ma)or de las justicias. 

Asi vemos trocarse en suplicio de la vida 
lo que hubiera podido ser el manantial de 
sus goces. 

Es un hecho indesmentible que las moder- 
nas generaciones son raquíticas y pigmeas 
comparadas con las atlélicas de nuestros as- 
cediente de oirás edades. 

Asi es que apenas alcanza nuestra vista 
hasta donde otras veces llegaban sus brazos. 

Ellos mas robustos y dispuestos á la fa- 
tiga pudieron locar la cumbre. 

Hoy nos falla aliento para subir tan alto. 

Asi el templo de la inmortalidad no está 
lleno, pero si cerrado como en tiempo de paz 
lo estaña el de Jano. 

Mas bajo todavía que el polvo que pisan 
nuestras plantas se encuentra el oro. 



Lope de Vega, 



Muy por cima de las cumbres que las nu- 
bes coronan está el templo de la inmorta- 
lidad. 

El camino es espinoso y dificil. 

Cuanto mas profundicemos, mas nos hun- 
dimos en el polvo. 

Cuanto mas nos elevamos, mas sacudimos 
8U peso y su miseria. 

E.G. 



A MI SOBRINA ANGELA. 



RBOUERDO. 



Ayer^ mi pobre sobrina 
á sus padres sonreía 
y sus besos reeibia 
con alegría infantil, 
ufana cual pajarillo 
ue en el espacio se mece 
como lirio que crece 
orgulloso en su pensil. 



? 



Hoy, tanta dicha j ventura 
por siempre desparecieron 
y á los besos, sucedieron 
tristes ayes de dolor: 
y vierten con pena acerba, 
al mirar lo que han perdido, 
tras doloroso gemido 
dulces lágrimas de amor. 

Nada en el mundo detiene 
de la muerte el rudo brazo, 
y ese tan estrecho lazo 
ha roto, sin respetar 
el dolor mudo de un padre 
que per su hija pedia, . 
ni la súplica que hacia 
un corazón maternal. 

Pero... los niños no mueren 
que solo mudan de vida*, 
y en tu rápida partida 
consuela nuestro dolor, 
el saber, que allá en el cielo 
ángeles mil te reciben, 
que ruegan por los que viven 
á las plantas del Señor. 

Arturo Lengo, 



Ya no te quiero, mi Elvira^ 
adiós, Elvírita, adiós, 
porque en dos niñas gemelas 
tenga yo puesto mi amor. 

Ambas son bellas y hermosas^ 
y pues me quieren las dos 
á las dos tengo entregado 
entero mi corazón. 

No tengas celos, Elvira, 
no tengas celos, por Dios, 
que las niñas que yo adoro 
niñat de tus ojos son. 

Emriqueie Olavarria. 



Los pobres tienen salud; 
los ricos tienen remedios. 
Yo soy mas pobre que el pobre, 
pues que soy pobre y me muero. 

Pues que soy pobre y me muero 
yo soy mas rico que el rico*, 
que mi pobreza y mis penas 
me hacen en el cielo un sitio. 

Solo en mis soledades 

mi ayer evoco; 
sean penas ó favores, 

porqué los lloro? 

Porque ya fueron-, 
por eso me entristecen. 

Ay! mis recuerdos! 

Llorando paso los dias; 
llorando paso las noches*, 
no siento lo que ahora lloro, 
siento cuando ya no llore. 

Siento cuando ya no llore 
porque se acaban m;s lágrimas. 
Pena llorada, no es pena*, 
pena no llorada, mata. 

Por consolarme, á veces, 

canto mis penas-, 
pero un cantar tan triste... 

que las aumenta. 

Y así cantando 
sin sentirlo, sucede 

que vuelvo al llanto. 

Yumf- ebn-Sérab. 



Perlódioo semaniá. 



MISCELÁNEA. 



Teatros. 

Continúan las representaciones en el 
Principd y el del Principe; en este se dan 
aunque con escasa concurrencia^ fun- 
ciones bastante buenas^ sobresaliendo en 
ellas los primeros actores Sres. Guerra 
7 Albalat: últimamente ha sido refor- 
zada esta compañía con la distinguida 
primera actriz D.* Mercedes Buzon^ que 
anoche debió presentarse con el Drama 
Flores y Perlas. 

Por esta adquisición^ que tanto re- 
dunda en su beneficio como en el del 
público^ felicitamos á la empresa. 

También la del Principal se esmera 
en complacer: hoj alternan en este lo- 
cal dos compañías^ la española y la ita- 
liana de la Sra. Santoni. 

Esta eminente artista alcanza una 
nueva ovaeion cada noche que se pre- 
senta: desgraciadamente la concurrencia 
no es tan numerosa como debia^ atendi- 
do el mérito de la célebre trágica y de 
su numerosa compañía. 

Por el contrario^ la española obtiene 
entradas bastante regulares y los artis- 
tas corresponden á esta distinción del 
público^ presentando obras tan escogi- 
das como bien desempeñadas. 

El Jueyes^ dia de S. M. la Reina, se 
egecutaron en ambos coliseos magníficas 
funciones, repartiéndose en ellas varias 
composiciones poéticas, entre las cuales 
figuraban las tres que insertamos á con- 
tinuación: 



A. S. I^. 



LA JARDINERA. 

Has de saber jardinera, 
aunque mi osadia te asombre 
al hablar de esta manera, 
que la fama que es parlera 
corre el mundo con tu nombre. 

Y dice, que es peregrina 
tu mirada, y que en tu boca 
hace una gracia divina^ 



y que tu voz argentina 
constante la paz provoca. 

Que en embellecer las floreii 
eres muy ducha y muy diestra-, 
que te animan sus colores 
y que sabes las mejores 
cuidar con mano maestra. 

Asi á ningunas prefieras 
con duras prerogativas-, 
pues en el jardin imperas 
para que por todas' vivas 
para que por todas mueras. 

Oh! reparte entre tus fiores 
de tu afán el santo fuego, 
sin distinción ni favores, 
y la prez de tus amores 
en cuidado, vida y riego. 

Y cuando adviertan que en ellas 
tu celo igual se consume, 
acabarán sus querellas 

y te darán todas bellas 
también igual su perfume. 

Y probada en tu crisol 
serás con placer fecundo, 
de las jardineras sol, 

y tu jardin español 

el primer jardin del mundo. 



A S. M. LA REINA. 



Naciste y te bendijo 
la Reina de la altura, 
creciste hermosa y pura 
como el primer amor: 
el espafiol te adora 
porque su madre eres, 
porque á tus hijos quieres, 
porque les das honor. 

La aurora de tu vida 
dio luz á estruendo y guerra^ 
y en enlutada tierra 
mecióse tu niñez; 
mas tú, sol de la España, 
brillaste esplendoroso 
en campo portentoso 
de lauros y de prez. 

Un cuerpo sin el alma, 
UD busto sin colores, 
«n campo sin vecdc^t^^ 



Lope de Vega, periódioo semanal. 



quedaba á mi nación: 
«¡al Arríca!,..» dijiste; 
palideqió la Europa; 
y tu bisoüa tropa 
fué el alma del león. 

Tu troDO está basado 
en candidos amores, 
tu solio brota flores, 
tu seno esparce amor; 
tu boca es fuente pura 
de paz y de consuelo: 
tu frente adorna el cielo 
con réjio resplandor. 

España ha despertado 
de su profundo sueño; 
Espaita tiene un dueño 

Íue corazón le dá; 
spañ-i tiene un ángel 
que vela por su gloria 
y en la futura historia 
renombre alcanzará. 

Bendita es tu sonrisa, 
bendita tu mirada, 
tu frente coronada 
de seductor laurel: 
tu pueblo te idolatra; 
por tí en los templos ora; 
y de entusiasmo llora, 
angélica Isabel. 

M. G. 



M. 



£d los días de S. N. la Reina. 



Que sois madre, Señora, de los pobres, 

bien lo dice, Señora, la pobreza; 

que adoráis el saber; que vuestra mano . 

allana los caminos de la ciencia, 

la ilustración de mi querida España, 

que admiran las naciones estranjeras, 

lo publica muy bien: y si no basta, 

la envidia con que el mundo nos contempla. 

¿Que sois buena española, buena madre, 
buena esposa también, y buena nieta 
de la Isaoel que conquistaba mundos... 
dónde habrá un español que no lo sepa? 
Por eso, en este dia, que entusiasta, 
el vuestro toda Málaga celebra, 
a) recorrer las cuerdas de mi lira 
soJo acierto á decir: /Viva la Rein}l 



Charada. 

Mi primera con tercia 

suele dolerme 
cuando el tiempo se pone 

algo rebelde; 

7 es mi segunda 
dos letras solamente 

que forman una. 

Y es mi todo muy fácil 

de adivinarlo^ 
mirando á una criatura 

tan solo un rato. 

Sé una persona 
que muy bueno lo tiene: 

se llama, Lola. 



E. A. 



Soincion á la Charada del número aiilaritf. 

Sr. Director del Lope: 

Sin pretensiones ninguna^ 
solo me anima el deseo 
de procurarle un recreo 
á mi picara fortuna. 
Por lo tanto, le suplico 
sin ninguna presunción, 
inserte esta solución 
de vuestra amiga — 

Chavioo. 

Me gusta mas el paseo 
que estar encerrada en casas 
y mucho mas, ya lo creo, 
ver tras mi toca, quien pasa. 
Me gusta, en un desaño 
un bonito mete y saca, 
que deje al contrario frió 
y mas tieso que una estaca. 

Y aquel que ufano me diga 
que es imposible, que mietUOs 
permita Dios que consiga... 
atraparme en casamiento. 



DIRECTOR Y EDITOR RESPONSABLE, 



MÁIiAGA. 



Imprenta (ir Casilari.—OM^m 11. 



▲90 I. 



DOMINOO 29 DE NOVIEMBRE DE 1863. Núm. 85. 



LOPE DE VEGA, 

PERIÓDICO SEMANAL DEDICADO A LA SOCIEDAD QITB LLEVA ESTE NOMBRE. 



la virtud merece recompensa; y elogian el 
agradecimiento. 

¿Puede darse mayor inconsecuencia? 

Porque ¿donde encontrará el hombre un 



Contradicción viviente, antitesis personiG- 
cada, oposición corporalmente sensible^ tal amigo como el hambre? 
es el hombre. { Constancia y sinceridad son sus dos sobre- 

Sus acciones son casi siempre directamen- salientes cualidades: ¿qué mas hay que p^ 
te opuestas á sus pensamientos. dirle? 



Asi lo vemos, entre mil actos de la misma 
naturaleza, clamar contra la corrupción y 
encenagarse en asquerosos placeres; predi- 



Y que es constante, absurdo seria negarlo. 
Desde que cualquier hombre entabla amis- 
tosas relaciones con el hambre, ya puede 



car desinterés y desprendimiento mientras la contar con una amiga por todo el tiempo 
usura es la ocupación de toda su vida; en- que le plazca. 

salzar la fraternidad universal, al mismo | Seguro está que ella lo abandone volunta- 
tiempo que rechaza con desprecio y dureza , ñámente. 

al desgraciado que le pide socorro. | Es mas: cánsase aquel de tanta intimidad! 

No intento investigar ni espoaer la razón huye del hombre; se enconde, y nada consi- 
de estos fenómenÓ6:^qel espíritu humano: re-| gue: el hambre le sigue incesantemente^ le 
pito solamente una verdad que otros ya han j busca con tierna solicitud, y siempre lo en- 
dicho: consignó un hecho, de cuya exactitud cuentra, por mas seguro que él sojuzgue en 



puede asegurarse cualquiera que no lo esté, 
con solo dirigirse una mirada introspecti- 
va. 

Pero donde mas patentemente da el hom- 
bre una prueba de estas inconsecuencias, es 
en su modo de proceder con el hambre. 

No tiene el hombre un enemigo á quien 
odie tanto como al hambre. 

Jamás se reconcilia con ella. 

Verla siquiera de léios, le espanta: sentir 
su acción sobre él, le horroriza. 



ocultos escondriios. 

No se aleja del hombre mas que cuando 
la arroja á viva fuerza, cuando la rechaza 
á bocados. 

Y cuando de este modo ha conseguido 
apartarla de si, esta fiel amiga no se retira 
mucho; sino que se queda espiando el menor 
descuido de su ingrato amigo, para arrojar- 
se de nuevo á su cuello, acariciarlo con dul- 
zura, y estrecharlo cariñosamente entre sus 
brazos. 



La combate mas que á un ministerio la Siempre se ha llamado á la esperanza in- 



oposición, y solo una absoluta necesidad ha- 
ce que admita sus relaciones. 

Ninguno de los que la padecen, por mas 
tolerante que sea la tolera. 

Todos tratan de quitársela de encima co- 



separable compañera del hombre, y porqué 
asi es, se le ha ensalzado hasta las nubes. 

Yo no niego el hecho; ¿pero hay en esto 
algún gran mérito? 

La esperanza es como la anticipada rea- 



mo mejor pueden; y á quien no le es dado lizacion de todas las ambiciones del po- 
hacerlo de otro modo, «se quita el hambre á deroso. y la satisfacción también anticipada 



bofetones.» 

Y por último, el principal y constante ob- 
jeto de todos los esfuerzos, de todo el traba- 
jo del hombre es matar al hambre. 

Y sin embargo, los hombres anhelan go- 
zar los placeres de la amistad; y dicen que 



de todas las necesidades del indigente. 

A todos, pues, les es útil; á todos les agra- 
da su amistad; nadie la rechaza; todos la 
solicitan. 

{Qué estraño es, por tanto, que ella sea 
constante amiga de tod<\s.^. 



Lope de Vega, 



Tal voz si alguno pensase nada mas espul-j 
sarla de sí, ofendiaa lo abandonaría para', 
siempre. 

iCuan al contrario sucede con el hambre! 

Ya lo he dicho: nadie la tolera, todos la 
combalen: nadie la solicita, todos la rechazan. 

Y ella sin embargo permanece intimamen- 
te unida a los que bien ama todo el tiem- 
po (^ue puede. 

¡\ cuantos hay que por mas que se esfuer- 
zan no consiguen alejarla un paso de ellos! 

Si esto no es ser constante y fiel, no sé yo 
á que pueda llamársele asi. 

En cuanto á la sinceridad de su afecto^ 
con solo observar que son objeto de él úni- 
camente los que nada tienen* está do mani- 
fiesto cuan verdadero es. 

Porque ¿cuales son las miras interesadas 
que pueden llevarla á fingirse amiga (je quien 
nada vale, puesto que nada posee? 

Y no puede decirse que la esperanza de 
que su amigo llegue á ser poderoso la im- 
pulsa á obrar de este modo; porque en el 
instante que esto sucede, el hambre se reli- 
ra satisfecha... de ver á su amigo en tal po- 
sición, y él hasta se olvida de que ella existe. 

Convengamos, pues, en que el hambre es 
un modelo de verdaderos amigos. 

;Y qué diremos de sus virtudes? 

Dificil es encontrar un hombre que sea su- 
geto de muchas de estas. 

Pocos son los que tienen alguna en un 
grado elevado. 

Y esto sucede de tal modo, que á quien 
practica una sola virtud, ya la sociedad lo 
premia y casi le dispensa todos los vicios que 
tenga. 

No se verifica lo mismo en la hambre. 

En ella se encuentran muchas virtudes, y 
todas en un grado eminente: vedlo sino. 

Nadie puede acusar al hambre de orgu- 
llosa. 

Porque ¿quien ha pretendido su amistad 
que haya sido despreciado por el hambre? 

¿Ni quien la ha visto alguna vez jOLnida 
con los poderosos, ó ha tropezado con ella 
en las casas de los opulentos, como no estu- 
viese acompañando á un mendigo, ó en los 
palacios, sino fué llevada por algún pobre 
pretendiente? • 

De poco liberal no podrá tachársele, pues- 
to que nunca tiene nada que dar; y tal es de 
sobria, que vive en un continuo ayuno. 



Por mas([ue siempre tenga apetito carnal, 
no conoce la lujuria: objetos mas dignos de 
ella llaman su atención. 

Activa: lo es hasta meterle á todo roano; 
y tan sufrida, que muchos desearían lo fue- 
se menos. 

Y por último, el hambre cree firmemente 
en la existencia de su bien sumo: mientras 
existe, no hace mas que esperar: y tanto es 
su amor al prógimo, que siempre lá hallareis 
junio al necesitado, siendo con él cariñosa 
hasta no abandonarlo por mas miserable que 
sea, indulgente hasta encontrarlo todo bue- 
no. 

¿Quien se atreverá, pues, á decir que el 
hambre no es virtuosa basta dejárselo de so- 
bra? 

Y si es así que el hambre es el summum 
de la amistad y la síntesis de todas las vir- 
tudes ¿compréndese la razón de ese proce- 
der tan ilógico del hombre con ella? 

¿Compréndese cómo la humanidad entera 
ha decretado esa ley de esterminio contra el 
único ser quizás en quien puede encontrar 
amistad hasta el heroísmo? 

Alcánzanse ios motivos que impulsan a la 
sociedad aun en tiempo^ en que no solamen- 
te castiga el crimen, sino también premia la 
virtud, á huir del hambre donde quiera <me 
la encuentra, en vez de ir á buscarla á los 
pobres tugurios donde modestamente se ocol- 
ta? 

¡Inesplicables inconsecuencias humanas! 

Cada hombre lanza fuera de si lo que por 
encontrar se desvive: la amistad. 

Cada hombre destruye en si mismo lo que 
en los demás recompensa: la virtud. 

¡Oh animal racional, cuantas pruebas das 
á cada paso de no ser esto último!!! 

Martin. 



co emejante i la rosa que en el prado 
O stenta hermosa su color divino, 
>^ ormando en su matiz anacarado 
^ ris dichoso del amor mas fino, 
> si mi dulce bien idolatrado, 
O ue Dios quiso otorgar á mi destino, 
>- si, hermosa Sofía, tú apareces 
' ^ osa de amor que á todas oscureces. 

i Sorvaslro Quijulmm. 



Periódico semanal. 



HERNÁN PÉREZ DEL PULGAR. 



Qué es ese murmurar armonioso 
quo languidez suavísima me inspira 
y hace que pulse mi olvidada lira 
con sentimiento dulce y delicioso? 

Qué es ese monte liquido, espumoso 
^e bañada en placer el alma admira, 
a cuya vista ya dicha respira 
mi corazón herido y congojoso? 

Esto que me reanima á la ventura 

Ími hermosa ilusión, flor agostada, 
ace brotar con nueva galanura 
y cual nunca fragante y sonrosada, 
no es mas que el agua quo rizada y pura 
se desprende en bellísima cascada, 

Vict orina Saenz de Tejada. 

AnlaquMa. 



"■3 



EN EL ÁLBUM DE L... 



IMITACIÓN DE LAMARTINB. 



Pedisme versos y mi pobre lira 
Dignos acentos modular no puede. 
Que no crece la flor ^n la ribera 
Que jugo' y vida, abandonada pierde. 
¿Cómo ademas osara el brazo mió 
Pintar de flores la ribera alegre. 
Sembrar de estrellas el callado cielo. 
Clavar sus frutos en la rama verde, 
Y tintes dar á la naeiente aurora 
Prestando vida á lo que tanta ti^ne? 
Si queréis admirar cuanta poesía 
El bello suelo en que vivis ofrece-, 
En su divino mar, cuando sus aguas 
No las rice fugaz céfiro aleve. 
En los cristales del tranquilo rio. 
En el remanso de la clara fuente. 
Vuestros rostros mirad entre sus linfas-, 
Que nada alcanza mi infecunda mente 
Que pudiera igualar vuestra belleza. 
Retratada en las linfas trasparentes 
De ese divino mar, cuando sus aguas 
No las riza fugaz céfiro aleve. 
En los cristales del tranquilo arroyo. 
En el remanso de la clara fuente. 



MarbelU.— 166S. 



E. G. 



:R<DTsa:j^i^ojB msTOi^ioo, 



Entre una nube de polvo 

á todo galope van 

quince ginetes cristianos 

al castillo del Salar, 

que está en poder de los moros, 

cuyo alcaide es Mahomat, 

caudillo de mucha fama 

y de valor sin igual. 

¿Mas del moro la bravura 

qué se les puede importar, 

si al frente de ellos se encuentra 

su esforzado capitán. 

Pulgar, el de las hazañas, 

Hernán Pérez del Pulgar? 

Ya llegaron al castillo, 
ya ansian el pelear-, 
á los moros ya les mandan 
su fortaleza entregar. 
Mas estos al ver que solos 
quince ginetes están 
respóndenle con desprecio 
al denodado Pulgar, 
que no entendiendo de burlas, 
«voy por las llaves allá» 
les responde, y con los suyos 
el muro corre á escalar. 
Llueven siívando las flechas, 
y las almenas están 
coronadas de los moros 
y de su alcaide Mahomat. 
Atónitos y admirados 
de tanta temeridad 
arrojan con loca furia 
grandes piedras sin cesar. 
Una de estas tira al suelo 
al temerario Pulgar 
á quien muerto creen todos, 
puesto que exánime está. 

En tropel bajan los moros 
al campo para alcanzar 
á los pocos españoles 
que*no tienen capitán-, 
pero entonces Hern¿tn Pérez 
que vuelto en sí estaba ya, 
atajando con un lienzo 
de sangre el ancho raudal, 
valor infunde á los suyos. 



Lope de Vega, 



terror á los moros dá, 

y muerte esparce, doquiera 

su espada tajante yá. 

Entre 1^ turba de infieles 

salva el bravo capitán 

las puertas en par abiertas 

del castillo del Salar. 

y allá en la cresta del muro, 

^leno de gloria marcial, 

a Santiago y España!» grita 
ernan Pérez del Pulgar. 

Antonio Rodrigue% Villa. 



LOS CUADROS VIVOS. 



Mirad á Anita. 

¡Cuan bella es! que blanquísimo cutis, 
que sonrosadas sus megillas, que negras 
sus cejas, que carmíneos sus labios, que 
pelo tan magnífico, tan abultado! 

Pues todo eso es... 

Detente, pluma atrevida-, mira que 
me pierdes. 

Estas malditas plumas de acero tienen 
la punta tan aguda como la lengua de 
una vívora. 

Tomaré una de ave. 

Continuo: 

Pues señor, toda esa hermosura no es 
mas que fie... 
¿Qué es esto? Ahora mi pluma se acuer- 
da de que en un tiempo formaba parte 
de un ala, y quiere volar, se me escapa 
de los dedos, y en vano trato de fijar mis 
idease pienso una cosa, y mi pluma tra« 
za otra. 

Sea ella sola responsable de lo que es- 
criba en este pedazo de papel. 

Pues señor, toda esa hermosura no es 
mas que fíctieia, nada mas que una pre- 
ciosa máscara, con que Anita remedia 
algunas crueldades de la naturaleza. 

Acita, no hace otra cosa mas que se- 
guir ese impulso que arrastra á la hu- 
manidad á imitar lo que apenas podrá 
llegar á comprender. 

Los hombres son á Dios lo que los ni- 
ños á los hombres. 

Todo €M imitar. 



Un niño, no puede mandar soldadosde 
carne y hueso, y manda soldados de pío- 
moj no puede montar briosos corceles, y 
monta caballos de caña ó de cartón. 

Los hombres, no podian inventar una 
temperatura constante que en el invier- 
no les resguardase de los rigores del 
frió, é inventaron las chimeneas; quisie- 
ron tener alas, é inventaron los globos; 
quisieron tener luz, ¿ inventaron el gas-, 
también desearon una vegetación, y for- 
maron fiores, arbustos y frutas de cera. 

Pero todo imperfecto. 

El calor de las chimeneas solo se sien- 
te encerrado entre cuatro paredes*, los 
globos no tuvieron dirección, y si un dia 
llegan á tenerla están espuestos á cual- 
quier desgraciado evento-, el gas solo 
alumbra un radio limitado-, ese reino 
vegetal artificial, carece de olor y de 
! sabor. 

La muger, cuyo único pensamiento es 
(en general) el de agradar, desde que 
empieza á tener razón, hasta que se 
muere, también imitó la naturaleza. 

La fea fué bonita, la morena blanca 
como el armiño, la de tez pálida y enfer- 
miza, tuvo los colores que presta la sa- 
lud y la robustez-, y otras cosas masqas 
por sabidas se callan. 

¿Queréis saber la historia de Anita j 
con ella la de otras Anitas? 
¡ Escuchad á mi pluma; ella es la que 
habla; ella antes de venir á mi poder for- 
mó parte del cuerpo de un ganso á quien 
Anita tenia siempre á su lado. 
¡ Anita era una muger de su siglo, es 
decir, del progresista siglo XIX. 

Anita leyó libros en que sus autores 
les decian que este mundo no es mas que 
una faramalla, que todos nos engañamos 
mutuamente, que la verdad es mentira, en 
una palabra: que el mundo es un inmen- 
so teatro, con el cielo por bambalinas, 
la tierra por decoración y la losa del se- 
pulcro por telón. 

Anita era fea; sino fea, al menos la 
faltaba mucho para ser bonita 

Anita llegó d los diez y ocho afies sin 
que oyera jamás á su paso un galanteo» 
sin que ningún hombre la hablase áf 
amor. 



Feriddioo semanaL 



¡Y es tan desgraciada la moger que 
no agrada á los diez y ocho añosl 

Anita quiso figurar en el gran teatro 
del mundo, como una hermosura, pero no 
sabia como verificar este milagro. 

Un dia, en que debia presentarse en 
un baile, su florista le llevó un precioso 
adorno compuesto de campanillas azules 
salpicadas de rocío. 

Anita se lo probó y conoció que le sen- 
taba muy mal. 

¡Pero era tan bonito!., sentaría tan 
bien á una muger blanca y con hermo- 
sos colores, v entre las trenzas de un 
buen cabello! 

Anita contemplaba el adorno y llora- 
ba de despecho. 

De pronto irguió la cabeza y se sonrió 
como debió sonreírse Newton cuando le 
cayó la manzana sobre las narices. 

Este sabio vio resuelto el gran proble- 
ma de la gravitación universal. 

Anita vio resuelto el gran problema 
de parecer hermosa sin serlo. 

Estas flores, se dijo, eran ayer un mi- 
serable trapo que cualquiera hubiese ar- 
rojado con indiferencia y hoy son dignas 
de adornar una cabeza de reina. Y todo 
¿porque? por unas tigeras, un poco de 
goma y de pintura. Y bien, jno hay flo- 
res contrahechas? ¿pues por qué no ha 
de haber hermosuras contrahechas? 

Anita compró fino colorete premiado 
en una exposición con la medalla de oro; 
cascarilla superfina y un magnífico aña- 
dido para su raquítica cabellera. 

Volvió á su casa, se embadurnó la cara, 
se colocó el adorno sobre su postizo pelo 
y esclamó ensayando al espejo una seduc- 
tora sonrisa. 

Admirable! Estoy muy bonita! Admi- 
rable! 

Oh! si, admirable es también un sepul- 
cro blanqueado; precípso un reloj de du- 
blé; oh! si, muy admirable 

Anita vá al baile; consigo su objeto: 
saca un novio. 

Dado el primer paso en una pendiente 
rápida no hay que pensar en retroceder. 

Anita siguió siendo un cuadro vivo: una 
escultura de carne barnizada; pero está 
muy bien pintada-, nadie lo conoce... 



Cuando se habla delante de ella demu- 
geres que se pintan, no empalidece por 
que á una mascara no se la vé nunca em- 
palidecer. 

Por eso casi todas las mugeres que te- 
men empalidecer á la menor palabra que 
parezca hacer alusión á su conducta, se 
pintan y se blanquean. 

Llegará un dia en que Anita se casará 
con un ciego novio, y este pobre loco verá 
al dia sigiente de su boda que su muger 
era solo una joya de plata sobre dorada. 



Lectores, os voy á dar un consejo que 
acaba de darme mi pluma al oido, muy 
quedito para que nadie lo sepa: 

Si alguna vez os gusta una muger en 
un baile y os enamoráis de ella, la invi- 
táis á bailar una polka intima. •• lleváis 
guante blanco y... 

Ya m^ entendéis; por un usted dispense 
os aseguráis de la calidad del género si 
es sospechoso. 

Mi pluma, quiere escusarse en parte de 
su libertad en descubrir faltas agenas; 
y lo hace con una cuarteta de Iriarte, 
variada según las circunstancias. 

A todas y á ninguna 
Mis advertencias tocan: 
Quien haga aplicaciones 
Con su pan se lo coma. 

EmiUo de la Cerda. 



¡AYÜ! 



• • • 



Te amo: en mi pecho reina 

tu imagen sola. 

Del corazón un eco 

de amores brota. 

Primer suspiro 

que tu belleza arranca 

del pecho mió. 

A amar tu dulce rostro 
do se reflejan 



Lope de 7egaí, 



los encantos mas dulces 
de la inocencia^ 
mando el suspiro 
que tu belleza arranca 
del pecho mío. 

Entre la leve brisa 

que en torno tuyo 

Yuela, aspirando ansiosa 

tu aliento puro^ 

yá este suspiro 

que tu belleza arranca 

del pecho mió. 

Pura es tu nivea frente; 

puro el destallo 

de tus ojos que brillan 

con luz del cielo, 

puro el suspiro 

que tu belleza arranca 

del pecho mió. 

La palma del desierto 
la mece el aire. 
Palmera es que se mece 
tu esbelto talle^ 
entre el suspiro 
que tu belleza arranca 
del pecho mió. 

Tuyo es mi pensamiento, 
tuya es mi alma, 
tuyas mis ilusiones 
y mi esperanza. 
Tuyo el suspiro 
que arranca tu belleza 
del pecho mió. 



LiniTM 1863. 



Ricardo Ayuso Espinosa. 



I. 



«Cómo aroma en el almizcle 
es la miel sobre tus labios: 
güarte Alláh! luz de mis ojos, 
déte el Nabí favor alto.w 

Oyerais así la brisa 
murmurar en tonos rarios, 



cantos que en una mazmorra 
oyó decir á un esolavo. 

Y era la noche, y la luna 
con melancólicos rayos, 
sola acompañaba al triste, 
por la claraboya entrando. 

n. 

«Cómo rocío á las flores 
tu amor á mi pecho es grato^ 
Alláh, rawi, te proteja, 
para librarte y amarnos.» 

Así contestara luego 
una fuente susurrando, 
trova, que el viento intranquilo 
del harem vecino trajo. 

Y era la noche, y silencio 
sepulcral allí reinando 

la doliente melodía 

vibró un punto en el ejpacio. 

((Cómo al águila su vuelo 
sois mi orgullo, rawies claros, 
sois de Córdoba los cisnes: 
cantad libres, mis esclavos. « 

Así terminó esta trova, 
sorprendiendo amantes cánticos, 
Ald-El-Rkamand, el Ealifa, 
del Andalús Emir alto. 

Y era la aurora, y el sol 
ya el horizonte pasando, 
generosidad y amores 
cantó con brisas y pájaros. 



/non. P. á$ Crtfsmofi. 



Granada. 



Quiero decirte niña 
que amor te tengo 
y que tu indiferencia 
hiere mi pecho. 
No seas ingrata 
con aquel que te adora 
y te idolatra. 



Periódióo semanal. 



Tus belliflimos ojos 

son dos luceros 

que lanzan míraditAs 

de yiyo fuego. 

Ay! yo quisiera 

que mirándome siempre 

tú me estuvieras. 

Admiro tus encantos 

hermosa nina> 

y por tu amor^ mi alma 

triste suspira. 

Y desdeñosa 

mi corazón amante 

tú me destrozas. 

Que feliz ¡ay! seria 
el que pudiera 
obtener de tu amor 
alguna prueba. 
Pues á tu lado 
felicidad respira 
el desgraciado. 

Nunca podré olvidarte, 

porque te amo 

y por tí loco estoy... 

¡te quiero tanto! 

Mas la desgracia 

en pos de mi amor viene... 

tú no me amas. 

Galeno Reetme. 



MI AFICIÓN DE INVIERNO, 



Llego á la sierra contento; 
arrollando entro la breña, 
una veces macilento, 
otras moviendo una peña, 
ó de golpes dando un ciento. 

Tiro veloz un conejo, 
muerto queda-, al perro dejo 
marchar por ¿1-, presto agarro; 
cargo y encieBdo un cigarro 
sin caber en el pellejo. 

De gozo movida el alma 
sigo la ruta sin ealma 



en anión de mi Canelo, 
que con su cola hacia el cielo 
caza de cantueso en palma* 
Ya subo tremenda loxahf 
ya bajo larga ladera, 
ya levanto la paloma, 
ya la zorra maiadera 
ora se oculta o se asoma. 

Ya aquí me 3alta el chorlito 
que me atraigo con el pito. 
De morada gallineta 
mas allá su vuelo quito 
tendiéndome la escopeta. 

Ya la liebre un sobresalto 
al partir me dá, del salto 
que egecnta por encima 
del maiagallal mas aho 
de 7a mas espuesta cima. 

Ya observo mi perro quieto 
contemplando en un tomillo 
algún caprichoso objeto, 
que antes de mandarlo, inquieto 
dá el avance al gazapillo. 

Ya en un olivo el mochuelo 
endecha quejas maullando. 
Ya el gato uño deja el suelo 
y toma, de mi burlando, 
un roble que llega al cielo. 

Ya una cantada sonora 
de la perdiz, mi esperanza, 
resonando en lontananza 
me entusiasma, me enamora 
si el eco á la cumbre alcanza. 

¡Al puesto, al puesto! me digo; 
doy con él. Pongo el reclamo 
y hago meterse conmigo 
al pachón, que de su amo 
hace su mejor amigo. 

De pié sale «el campo dandi 
y la jaula de piñones 
mi Canelo suspirando 
al sentir los señorones, 
y yo sin saber temblando. 

Uno corre fuerte y fiero 
maldiciendo al compañero. 
Otro por alto cantando 
de furia está regañando 
y en la lid es el primero. 

Ya un par se viene al momento 
que el celo le dá tormento. 
Ya algún otro por capricho ^ 
con ímpetu rasga el vieatA 



Lope de Vega, pexiódioo semanal. 



pitando en sa idioma. He'^dichoj 

Ta tras del ramo eseondida 
j envuelta con la maleza 
la hembra astuta está acogida^ 
no mostrando su cabeza 
temerosa y abatida. 

Hasta que á un descuido^ ufana 
pisa la plaza sin miedo. 
Mi reclamo se engalana, 
7 70 apuntando mu7 quedo 
le hago «cantar la tirana.» 

De la carrera forzada, 
de la rifa 7 la embuchada 
del que se acerca ojeando, 
de aquel que se yá rabiando 
no tengo que decir nada. 

En fln, si lo pienso, lloro 
del júbilo que atesoro 
cuando de caza me escapo; 
7 aunque no coja un gazapo 
es una añcion que adoro. 

José Pep$. 



MISCELÁNEA. 



Epigramas. 

Mi marido, doña Inés, 
Es gran hombre 7 guapo chico: 
{Es marqués, barón 6 qué es? 
Aun ignoro si es marqués, 
Pero yaron, certifico. 



Siempre soltero Vicente 
Soñaba que se casaba-, 
T aunque lo hizo felizmente 
Cuentan que al día siguiente 
Soñó que se divorciaba. 



El dia que se casó 
Con Celedonio Nemesia, 
En el umbral de la iglesia 
Con un- cuerno tropezó. 
Al punto le leyantó; 
Tentóla Dios ó el demonio 
Por dársele á Celedonio, 
Y al soltarle de sus garras 
Dijo: ahi te entrego esas arras 
En señal de matrimonio. 



Donde Tomás brilla mas 
Es en los yersos. Caliste; 
T lo peor que 70 he yisto 
Son los yersos de Tomás. 

J.M. 



Charada. 

Ha7 en la mar 7 en los rios 
mi primera 7 mi segunda, 
7 mi segunda 7 teróera 
en las compras nos disgusta. 
Si yuelyes estas dos sílabas 
7 bien lo escrito pronuncias 
nombrarás un mineral 
de naturaleza dura. 
Mi segunda con mi cuarta 
á los marineros gusta 
hallar en sus escursiones 
7 mas si el huraean zumba; 
7 el todo es una canción 
con que el gondolero arrulla 
á las lindas yenecianas 
en serenata nocturna. 

aOn€B. 



Solacion á la Charada del limero aateriir. 

Me gusta la muger de oíos melados, 
alta, delgada, horrible ó bien preciosa. 
Me gusta la chocante 7 la graciosa 
de ojos negros, hermosos 7 rasgados. 
Me gusta, la que pardos angustiados 
téngalos, yieja, amable ó desdeñosa. 
Me gusta la que azules, suma cosa, 
miren tuertos, derechos ó taimados. 
Me gusta la muger hasta estampada 
de figurín en el Correo de modas 
que de Paris recibo por mu7 bello; 
7 si acaso de alguna me elyidaba 
conclii70 con decir me gustan todas... 
menos la que se encuentre sin Cabbll 

Jote P«t«- 



DiaSGIOa T EDITOR IBSPONSABLB, 



MÁLAGA. 

Imprenta d$ AifOrt.— Gomediis il 



AÑO I. 



DOMINGO 6 DE DICIEMBRE DE 1863. 



NÚM. 36. 



LOPE DE VEGA, 

PEaiÓDICO SEMANAL DEDICADO A LA SOCIEDAD QUE LLEVA ESTE NOMBRE. 



OIE3SrOIA.S. 



XiITEI^.A.TXJIi-A.. 



EL SEÑOR DE GIRiBAILE 



I. 

La parte mas pintoresca del reíoo de Jaén 
es el cstenso valle que rodean como dos mura- 
llas almenadas Sierra Morena y Sierra Segura. 
Conforme se sale de Ubeda y Baeza y al otro 
lado de su famosa loma, se estiende una lla- 
nura de algunas leguas de circuito, enmodio de 
la cual selevaiitan Bailen y Linares en primer 
término, que se estrecha luego hacia la parte 
del norte, dejando á la izquierda empingorota- 
do sobre un monte áspero y circular el pueblo 
de Vilches, famoso por su ermita y por otras mu- 
chas cosas que seria prolijo enumerar. El va- 
lle se angosta entre unos montes chatos y des- 
poblados que llaman Sierra de Chapines, deja 
apenas sitio para una de las últimas colonias 
fundadas por Carlos III con el nombre de Ar- 
quillos sobre las ruinas de otro pueblo famoso, 
vuelve á ensancharse, abandona á Santisteban 
colocada en las faldas de la derecha como una 
muger sentada en las gradas de un viejo anfi- 
teatro romano, al Castellar todavia mas alto, á la 
venta de los Santos á la izquierda, y si no fuera 
por las asperezas de Barranco Hondo, iria á per- 
derse en las interminables llanuras de la Mancha. 

Tros rios surcan esns tierjas. 

El Guadalimar, poético como su nombre y 
enamorado de las gigantes adelfas que se miran 
en sus cristalinas aguas; el Guadarrizal, y el 
Gualen. cuyo soberbio puente romano tendido do 
un monte á otro como un gigante de espaldas 
contemplando el abismo, parece un desalío de 
la antigüedad á la edad moderna. 

La Sierra de Chapines so prolonga en esa 
llanura por medio de un monte escarpado cuya 
fachada casi perpendicular sostiene en sus hom- 
bros las ruinas de un casíillo feudal. Es el án- 
gulo saliente de una fortaleza erigida el dia de 
ja creación, sobre cuya cresta el hombre ha 
querido poner el sello de su fuerza, Giga'nto y 
pigmeo! 

II. 

En las ruinas de esa fortaleza se descubren 
rastros de tres razas: la rü:n.jna, la goda y la 
árabe. Las líneas rectas y regulares de la 



primera se pierden en una ojiva, que no por 
ser obra de artista grosero, deja de tener ele- 
gancia y, rebuscando entre lus escombros, hemos 
encontrado no hace mas do ocho dias, entre las 
raices de una higuera loca, s.icudida por los tem- 
porales de invierno, restos de mosaicos moru- 
nos, que sirvieron tal vez á pavimentar el re- 
trete de una sarracena melancólica y enamorada. 

A la cuenta, ese castillo sirvió en su origen 
á dos fines: á los de la conquista y la paz. Por 
sus alrededores pasaba la gran via romana, obra 
acabada del imperio, y natural era que en aque- 
lla situación casi ínespugnable, se alzara una 
obra destinada á protegerla. En sus faldas los mi- 
nerales mas codiciados se elaboraban , y cente- 
nares de esclavos subian cardados á almacenar- 
los en las hondas cuevas del castillo, al amparo 
de sus fuertes murallones 

Los godos y los árabes le dieron á su vez 
el mismo destino y desde su altura la media lu- 
na amenazó constante las huestes cristianas que 
tuvieron mil veces que alejarse de sus faldas 
en la gloriosa época de la reconquista. 

Ün soldado aventurero derribó aquella en- 
sena ignominiosa y puso en su lugar la ban- 
dera de la cruz. En merced de este servicio, 
el rey lo colmó de favores, le donó el castillo 
y todas las tierras que se vieran desde la torre^ 
mas elevada. El capitán, que por lo visto lo enten- 
dia, levantó un torreón gigantesco que hubiera lle- 
gado al cielo si no se lo hubiesen impedido las 
leyes físicas, y cuando huho encaramado á lo 
alto la úl^pa piedra posible, se subió encima 
y miró alrededor. 

Todo aquello era suyo. 

Al dia siguiente se montó en su caballo ne- 
gro, fuerte como una roca y lijero como uqa 
pluma, y fué á poner las lindes de su señorío. 

Al castillo le dio su propio nombre. 

De cuando en cuando volvia a subir á la torre, 
miraba aquellas tierras cubiertas de mieses, de 
olivos y de vid, aquellos montes que resonaban 
con el balido de la oveja y el mugido del toro, 
aquellos rios serenos y limpios como la hoja de 
su montante, daba al viento su orgullo y escla- 
maba: 

Yo soy Señor de Giribaile. 

No me muero do sed ni de hambre. 

Ese dicho soberbio se perpetuó en los la- 
bios de sus hijos. 



Loi>e de Vega, 



III. 

Erase por los años ñe 1Í60 

Uncía ya muchos que el aventurero habia 



traba á randales por la puerta azotaba el ros- 
tro de la pobre madre. 

Aquella maf^ana se habia levantado al rayar 
el día, habia despertado á su hija Asunción, 



muerto. i mozuela de diez y ochu abriles que era la en- 

Uno de sus nietos era enlóncf^s castellano vi<li^ de las demás' chicas del lugar por sa Iron- 
de Giribaile. 'cho de pelo rubio como el oro. y sus ojosazu- 

La noche se habia cerrado nogra y tempes- les como el cielo, y juntis habian atendilo al 
tnosa Solo tres hres se veian en el ancho ho • cuidado de la casi, mientras que el pidre, b:ien 
rizonte Una en la igle-^ia de Vilciies, la segunda viejo de setenta años, cuya ancianidad habia ve- 
en la ventana mis alia del cotillo; li tercera nido á dorar el nicimienlo de aquella hija, co- 
una legua mas acá: en las orillas «leí Gualen. mo un riyo de so! poniente en un lienzo ile rui- 

Ca 'a «ina de csh hiíe-* nre'i?-:ic¡ íb^ u;ia es- ñas, habia salido á trabajar al campo con su hijo 
cena del imponente dnma quo vamos á oar- j mayor llamado Juan, gjapo mozo que hubiera 
rar. | sido modelo de Hércules en lo antiguo y do 

Kn 1 1 i:»Iesii, h lis pies <lo la Virgen del ^^an Cristóbal en lo moderno. 
Cantillo, sin elidirse ni d» I» puerta abierta de , aquella casa era una bendición de Dios. Au- 
par en p'r, tii del viento húm-Mlo y helado qoe tonia, como buena vieja, tenia el genio cascar- 
obügaba á las lechuzís á r volotear graznando reíio; pero queria á sus hj^scon delirio y, mas 
por la ii.ive histi encontrar mas abrigo en los que iJum todavía, á Asunción que con sus di- 
recodos del edifiíMo, ni did esp'uloso gemir del chos y sus besos le desarrugabí el ceñ >; aca- 
huracan que se eng^rganlabí <ntrc los peüiscos bando la madre por quedarse echa una papar- 
del monte, una mii;er arroliH fda, casi lesnu- reta siempre que la chica agarraba la imperfecta 
da, ron los ojo-j puestos eii la divina efigie, ar- vihuela de a<|uellos tiempos y le can taba una cao- 
rasad'ís las mejillas de In^ii'iis y levaiilado el cion morisca, co'io lasque entórices se egerci- 
peeho p.)r los «¡ollozos, re/, ibi ó mejor ilicho tabín en traducir lo; jughres vagabundos 
gritaba, se relorc a los brizas, juríbi, ofrecía, i Uua tarde, hacía ya mas de dos meses, k 
se cillaba. volvía á gritir y volvía á abismarse eso de la puesta del sol, estaba Asunción tañen- 
en el desorden lie sus peasamieulo^, qu; habían <le do y cantmdo en el umbral, mientras que su 
ser amirgoscomo la desesperación ó crueles co- madre puesta de ospildas daba vueltas á la rue- 
rno la vengHuza. ca, minnlj hiuia (íI cinii) El eco ile enfrente 
— Mulri'mií! decía con acento salvaje, Midre re,)etia con voz misleriosi los raelíincóücosso- 
mia! q e no t 'n:;a perdón dv? D.ííA (|ae se mué- nido* de uaa ctUL^.oi de a^n ire^ «lesdeilados, y 
ra de hambre com» un perro! que se muera de la inuchichi, dejan lose arrastrar por el encan- 
sed y no enciienl''e quien le dé un vaso de to délas palabras y la vol iptuosid id de la nota, 
agua! maldito mil veces, s-'ñora, maMito mil ve- iba bijando la voz, á medida que daba mas pa- 
ces Me ha robido ó mi hija, á mi hija que ha- sion al acento. Sus ojos medro cerrados se fijí- 
cia raya en el pueblo! mas rubia n!«e uniscan- ban indecii(»sen el collado vecino, cono buscan- 
delas, mas limpia qui la patena. Hija mia de do un ser á quien dirigir aquellas tiernas pa- 
mis entrañas ¿d )iide estiras ahiri? Perdón, . labras, entre lo> vapores detrio que se levao- 
madrec'ta mia; yo no sé lo q\¿ me digo, yo lo tabín al tanto que la cresta relucienie del sol 
perdono, señara"; pero qu^^ me devi»*ílva á mi se hundia en el horizonte. De repente parecióle 
hij-í. que mo la devuelva. Y mi m irido que ya que aquellos vapores iban tomando cuerpo y Otio 
lo sabe y .se ha salido de mi casa comj una este cuerpo se iba aproximando á ella ; abrió los 
fier. ; de mi casa q.ie í^sia mafnna estaba tan ojos, m:ró lijamente, quiso hablar y no pudo, 
alegre y so^^egadita. Y Juan que ha aülado el A tres pasos <te ella, estaba de pie un hom- 
fiJC^a V yo que los he empujado y que les he bre. No se le antojó hombro, se Je antojó ángel, 
dicíio á los dos que vayan y que lo mat^n. Per-! Erase un joven como de veintidós a&os, de 
don, madre mij, yo no sé lo que he hecho. De- cabellos mas negros que el ébano y de ojos mas 
volvedme á mi bija, salvad á mi hombre, salvad negros que sus cabellos Los últimos reflejos 
á mi hijo! j del sol doraban su tez m )rena y sacaban fantis- 

Y la vieja cayó de naevo en tal abatimien- ticos fesplandores déla rica pedrería que adop- 
to, que á 00 ser por lo agitado de su respiración naba su traje de caza y de la finísima malla de 
hubierase dicho que era la estatua del dolor pro- ; su cota. Estaba de pié, con los brazos pcD- 
fano tallada á los pies del dolor sagrado que ' dientes á lo largo y las manos cruzadas en uní 
Maria representa. actitud de admiración reflexiva que también re- 

Ási pasó una gran parte de la noche. El trataba su mirada de fuego, fija en el blanco st- 
huraean arreciaba cada vez mas, la iglesia se no de la virgen, 
bamboleaba en sus cimientos y la lluvia que en I Esta le vio temblorosa moTcrse iMlameole 



Periódico semanal. 



Lacia ella, doblarse, registrar con cenlclíe^inles Asunción palidoció. 

ojos los lesoros mal recHla.los por »il eiUicahifrlo Alf^fin ;s si»^ inilos licspaas oslaba á s^i lada 
corpino y tJ''posil;ir en sus labios el bt\S) c^lla- el Señor «le G ribr'lií. Aíimoion uj suj).) lo que 
doy misterioso del dc'eíL;. No pulo mis, su^ le p:is:d)a Oyó una p.ihbra de amor susurrada 
lab os se abrieron y dieron paso á rm grito «lio- en sus indos con -ícenlo tv'ai')! iroso, y cisi al 

gado de dolor que timbien podía louiiirse |)o