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Full text of "Lo que sé por mi (confesiones del siglo)"



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LO QUE SÉ POR Mí 



ES PROPIEDAD 

COPYRIGHT, 1922, 
BY JOSÉ MARÍA CARRETERO 



Ttp. yagUcs. -Doct«r Pour<juc<,4.-Madrld.-Tcléfono.30-76 M. 



DEDICATOR I A 



PARA ill GRAX AMIGO V ADMI- 
RADO MAESTRO FRANCISCO 

VERDUGO, QUE CON sus al- 
tas INSPIRACIONES TANTA PAR- 
TE TOMÓ EN MIS LABORES 
PERIODÍSTICAS, CON TODO RE- 
CONOCIxMIENTO Y DEVOCIÓN, 

El Caballero Audaz. 



^ BENAVENTE jS 



En cuanto tomé asiento en una butaca en- 
fundada, don Jacinto me dijo: 

—¿Usted fumará? 

Y, sin esperar mi respuesta, salió rápido en 
busca de un cigarro. 

Aquella habitación era una salita un poco 
añeja y sin ningún relieve, ni artístico, ni sun- 
tuoso. Más bien modesta. Un enorme tigre di- 
secado que había delante del sofá nos mira- 
ba fieramente con sus pupilas de cristal crema. 

Don Jacinto volvió con una caja de tabacos 
habanos. Eran enormes. 

—No sé si serán buenos— me dijo ofrecién- 
dome—. Acaban de regalármelos... 

—Grandes sí que son. A mi medida. 

—No, eso no; ya ve usted, yo, a pesar de lo 
pequeño que soy, fumo siempre cigarros muy 
grandes . 

Y después, aparentando una gran frialdad, 



EL CABALLERO AUDAZ 

pero con una poca de inquietud, don Jacinto se 
acomodó en la butaca de enfrente y comenzó a 
fumar . 

Todos conocéis el perfil agudo y la sonrisa 
perenne de este dramaturgo. Alguien ha dicho 
en estos días que sus ojos pequeños y negros 
se clavan en su interlocutor como dos lance- 
tas... Esto es una fantasía. Don Jacinto jamás 
mira de frente. Mientras habla o escucha, sus 
inquietas pupilas van de un lado a otro, y si a 
ratos quedan fijas, es en el suelo. Su conver- 
sación va siempre acompañada por los movi- 
mientos aristocráticos de sus manos, delicada- 
mente ensortijadas; pero unos movimientos 
apacibles, sin brusquedades, sin jamás separar 
los codos del cuerpo. Todos sus gestos son de 
rendimiento, de hnmildad; observándole, cues- 
ta trabajo creer que este caballero menudo, 
que parece un rezagado del siglo Renacimien- 
to, sea el autor de Los malhechores del bien, de 
La noche del sábado y de Los intereses crea- 
dos. Más en armonía con su escogidita figura y 
con su mansa humildad hubiese estado escribir 
oraciones sagradas y devocionarios religiosos. 

Yo, un poco azorado, porque no viéndolo los 
ojos no podía saber el juicio que estaría for- 
mando el maestro de mí, comencé preguntán- 
dole: 

8 



LO QUE SE POR MI 

—¿Cuánto tiempo piensa usted dedicarme, 
don Jacinto?... 

—¡Oh, el que usted necesite; una hora, y si 
es preciso más, más! 

— Sobra... Hablaremos primero de su niñez. 
¿Nació usted en Madrid? 

— En la calle del León, no recuerdo qué nú- 
mero. .. Allí viví hasta los cuatro años... 

—¿A qué edad comenzaron a despertarse en 
usted las aficiones literarias?... 

—Mis aficiones teatrales, desde muy niño... 
Siempre mi jug^uete ha sido el teatro. Yo hacía 
obritas teatrales para después tener el placer 
de representarlas en el teatro de muñecos, y 
esto me divertía tanto como pueda divertir a la 
juventud de ahora jugar al golf, al tennis y al 
foot-ball... Mi placer no estaba en escribir las 
obras, sino en representarlas. 

—¿Nunca cultivó usted otra literatura que la 
teatral? 

— Algo hice en crónicas y cuentos, pero 
poco. 

—¿Cuáles fueron sus primeros trabajos lite- 
rarios?... 

Dos libros: El teatro fantástico y Cartas de 
mujeres. 

—¿Y su primera obra? 

—La primera estrenada, El nido ajeno. 



EL CABALLERO AUDAZ 

—¿Pero no la primera que había escrito? 

—No, no. Ya había hecho muchas que Ma- 
rio, después de leerlas, me las fué rechazando 
con muy buen acuerdo. 

— ¿Por qué?— le pregunté extrañado. 

— Porque no eran buenas. Yo las he leído 
después, y no me han g:ustado. 

Hizo una pausa. Dio unas cuantas chupadas 
a su habano y, muy fríamente, continuó: 

—Claro que ahora me pasa lo mismo con las 
que estreno: no me g'ustan ni pizca. 

—Entonces, ¿a usted no le agrada ver desde 
el público sus obras?. . . 

—¡Oh, no!— rechazó rápido— . Rara vez asis- 
to a una representación. Cuando, por tratarse 
de un homenaje o de una función benéfica, me 
obligan a ello, paso muy mal rato; me arre- 
piento hasta de haberla escrito. 

— Y eso, ¿por qué? 

— Principalmente, porque me aburro; ya se 
sabe uno sílaba por sílaba todo lo que allí se 
va a decir... Además, se advierte lo malo, y lo 
bueno ya no emociona. 

—¿Me han dicho que a los ensayos de sus 
obras no asiste usted tampoco? 

—No; no voy a los ensayos para no quitarles 
a los cómicos espontaneidad... Es mejor, por- 
que así cada uno interpreta su papel como lo 

10 



LO QUE S t POR M 

siente. ¿Para qué contrariarles?. . . Por esta 
misma razón, mis obras apenas tienen acota- 
ciones. 

—¿Cuál es la obra de su repertorio que me- 
jor se ha representado la noche de su es- 
treno?... 

— Señora ama. 

Hicimos una pausa... Don Jacinto, en sus 
respuestas, no tenía un titubeo. Siempre, sin le- 
vantar la vista, contestaba sencillamente, con- 
cisamente. Proseguí: 

—Dígame usted, don Jacinto, ¿y cuando es- 
trenó usted El nido ajeno, gustó?... 

—Al público, sí; a la crítica, no. 

—¿Qué edad tenía usted entonces?... 

—La edad a que las mujeres empiezan a des- 
confiar de los hombres: veintitrés años. 

—¿Y le costó a usted mucho trabajo es- 
trenar? 

—No; mi padre era el médico de Mario; fui a 
tiro hecho. 

—¿Escribe usted con facilidad?... 

— Sí, porque no me pongo delante de las 
cuartillas hasta que en mi imaginación tengo 
bien tejida la obra y muy pensado el diálogo... 

—Según eso, usted medita mucho sus obras. 

—Muchísimo. 

—Pues viéndole a usted en público y obser- 

11 



EL CABALLERO AUDAZ 

vándole, da la sensación de que no se preocupa 
de ellas gran cosa. 

Esto le molestó un poco a don Jacinto. 

Su vocecita nasal protestó de ello como de 
un absurdo... 

— ¡Ah, pues no, las pienso mucho! La prueba 
de ello es que cuando estoy en plan de trabajo 
duermo poco, no como casi nada y me desme- 
joro considerablemente. 

—Por lo regular, <fcuántas horas acostumbra 
usted a dormir? 

—Pocas. Generalmente, cuatro, y muchas 
temporadas, sólo dos. 

—¿Entonces se acuesta usted muy tarde?... 

—Sí, hago la vida de noche; porque por el 
día, ¿qué tengo yo que hacer en el mundo?... 
Acostumbro a acostarme de tres a cuatro de la 
madrugada. A las nueve me entran el choco- 
late, y ya, leyendo y tomando apuntes, per- 
manezco en la cama hasta las tres de la tarde. 

—¿Escribe usted en la cama? 

—No, señor; esas son tonterías que me adju- 
dican; puede usted desmentirlas. 

— ¿Le emocionan a usted los estrenos? 

—Cuando empezaba, no; ahora, cada vez 
más; y es que, claro, va siendo mayor la res- 
ponsabilidad de uno y es mayor el compromiso 
de acertar. 

12 



LO QUE SE POR Mi 

—¿Toma usted apuntes de la realidad para 
sus obras? 

—Casi todas tienen por base la realidad, y 
algunas son la realidad misma... En Señora 
ama, por ejemplo, no puse más que las cuar- 
tillas y la tinta. Recuerdo que los dos prime- 
ros actos los hice en el pueblo, y luego, cuando 
quise seguirla aquí, no pude, porque había ol- 
vidado el modismo del lenguaje, y tuve que 
volverme otro mes allí para terminarla. 

—¿Cuántas obras tiene usted estrenadas? 

—Setenta y cuatro. 

—¿Cuál le gusta a usted más? 

— Señora ama. 

—¿Cuál fué la más aplaudida? 

— La malquerida y La ciudad alegre. 

— A propósito de esta obra... Usted, claro 
es, se ha propuesto poner de manifiesto los 
males de nuestra patria. 

—Sí; de eso no cabe la menor duda. 

—Y el público se pregunta: ¿cómo don Ja- 
cinto, que es un hombre de imaginación privi- 
legiada, al mismo tiempo que nos presenta los 
males no nos presenta el remedio?... 

Don Jacinto sonrió muy humilde, muy cor- 
tés, pero muy irónico. 

—Al público que piense así le digo lo mismo 
que le dije a nuestro Rey como contestación a 

13 



EL CABALLERO AUDAZ 

idéntica advertencia: «El remedio está en hacer 
todo lo contrario de lo que hacen los muñecos 
de mi farsa. En renunciar a todos los egoísmos 
personales en aras de un santo egoísmo pa- 
trio... En no consentir que de los negocios pú- 
blicos y de la gobernación del Estado se apo- 
deren Crispirles cínicos y desvergonzados. Ahí 
está el remedio.» 

Todo esto lo decía Benavente sin que se al- 
terase en lo más mínimo el tono de su voz..,, 
sin apartarse para nada de su eterna indife- 
rencia. 

—¿Cuánto dinero le lleva a usted producido 
el teatro? . . . 

Meditó un instante. Después: 

— A mí, algo...; a otros, mucho...; pero como 
no he llevado la cuenta de lo mío, y mucho me- 
nos la de ellos, no lo sé. 

—Aproximadamente...— calculé yo— ¿dos mi- 
llones de pesetas? 

— ¡Ay!... No me remuerde la conciencia de 
haberme gastado tanto. 

Hizo un silencio, y prosiguió: 

— Yo no juego ni bebo, y mi vivir, como us- 
ted ve, es modesto. ¿Adonde podía haber ido 
ese dinero? Le advierto a usted que la gente 
está muy equivocada respecto a mis ingresos 
como autor. Yo, hasta hace cuatro años, ni 

14. 



LO QUE SE POR Mi 

siquiera he podido vivir de la renta de mi 
teatro. 

—¿Cuál es el rasgo más personal de su ca- 
rácter, don Jacinto? 

— ¡Oh! ¡Cualquiera sabe eso! ¿Quiénes capaz 
de conocerse a sí mismo? Mejor que yo, le con- 
testaría mi criada a esa pregunta. 

—¿Pero usted sabrá cuáles son sus vicios y 
sus virtudes? 

—¡Menos!... El amor propio y la vanidad nos 
hacen creer que nuestros vicios son virtudes y 
las virtudes de los demás son vicios... Además, 
¿quién es capaz de clasificarlos? 

—Cuando comenzó usted a escribir para el 
teatro, ¿qué autores le gustaban más? 

—Shakespeare, Echegaray y algunos más. 

—¿Y ahora?... 

—No me ponga usted en el caso de molestar 
a muchos para alabar a pocos... 

—¿Cuál ha sido la mayor alegría de su 
vida?... 

Don Jacinto hizo un gesto de desaliento, y 
tras él quedó un momento perplejo. 

—No sé— repuso al fin—. Desde luego, lite- 
raria no ha sido... Eso depende del estado de 
ánimo en que se encuentra uno... A lo mejor, 
lo que hoy nos da un minuto de dicha, mañana 
nos aburre espantosamente. 

15 



EL CABALLERO AUDAZ 

—¿Y su mayor tristeza? 

—Tampoco lo sé. Yo he perdido a mi padre, 
y le quería mucho. 

—Siendo como es usted el dramaturgo más 
aplaudido de España, y tal vez de Europa, ¿ha 
visto usted realizado su ideal? 

—¡Oh, no! Aparte las lisonjas, yo preferiría 
haber sido un gran actor... Me hubiera diverti- 
do más. 

— ¿Quién es su mejor amigo? 

— Eso ellos lo sabrán... El que yo más dis- 
tingo es muy difícil decirlo, porque se moles- 
tarían los demás... Y las sinceridades que 
cuestan tan caras y que no redundan en be- 
neficio de nada, es un lujo que debe supri- 
mirse. 

—¿Y su mayor enemigo? 

— No creo tenerle. 

—Tal vez Pérez de Ayala— le dije en broma. 

Él rió muy discretamente; pero conteniendo 
alguna frase traviesa que la sustituyó por. . . 

—No creo— repuso con ironía—. Con el tiem- 
po es posible que llegue a serlo. .. Y si esto le 
beneficia en algo, a mí me parecerá muy bien, 
porque es buen muchacho. 

—A propósito. Dígame usted algo sobre esa 
revista que sostiene con usted un duelo lite- 
rario. 

li 



LO Q V B se POR MI 

—No sé a qué revista se refiere usted. 

—\ España. 

— ¡ Ah, ya! Que sus redactores me admiraban 
antes mucho; tanto es, que como son «gentes 
serias»— según ellos—, yo comencé a creerles, 
y por poco me lleno de vanidad. Después vino 
la guerra, y en cuanto vieron que yo era ger- 
manófilo, ya decidieron no admirarme y poner- 
se de acuerdo en que desde entonces yo co- 
menzaba a decaer... Y el caso es que cuando se 
fundó España no les parecía yo tan mal, porque 
me pidieron mi colaboración; de una manera 
un poco impertinente, pero me la pidieron . 

—¿Le inquieta a usted la crítica?... 

-No. 

—¿Y las censuras? 

—Me distraen. 

—Pues, ¿qué le inquieta a usted de la vida? 

—Nada. 

— ¿Ni la muerte? 

—La muerte no me preocupa. Las enferme- 
dades sucias y largas, sí. 

—¿Cuáles son sus más grandes amores? 

—Mi madre y una ahijadita que tengo allá 
en el pueblo, en Aldeaencabo. 

—Dicen que esa chiquilla...— insinué. 

—Sí, que es mía— terminó él—. iDios me 
libre! Esas son necedades que inventan. 

2-U 17 



EL CABAL LEfíO AUDAZ 

— ¿No ha tenido usted nunca una pasión 
amorosa?... 

-No. 

— ¡Pues si también dicen que tuvo usted amo- 
res con una célebre actriz de la Comedia!... 

—Nada; tonterías. Yo a esa actriz la he co- 
nocido siempre comprometida. Es cierto que 
tuve con ella muchas simpatías y que la quise 
mucho, pero como a otras. 

—¿Cuál ha sido su mayor fracaso teatral? 

— La gata de Angora y Los polichinelas. 
Bueno, esta última fué un pateo espantoso. 

—¿A qué político admira usted más? 

— Sile contesto con sinceridad, a ninguno. 

—¿Cuáles son sus literatos predilectos? 

—Como prosista, Galdós; como poeta, Rubén 
Darío. 

—¿Y sus pintores preferidos? 

— Sorolla y Romero de Torres. 

—¿Qué actor le g^usta a usted más? 

Tuvo un momento de indecisión. 

—Fernando Díaz de Mendoza me parece e| 
más completo— decidió al fin. 

—¿Y qué actriz? 

—Déjeme usted un poco de galantería para 
las que no me gustan. Ponga usted que mu- 
chas. 

—¿Cree usted que España, en relación con 

18 



LO QUE S B P O Q M t 

el resto de Europa, está en decadencia lite- 
raria? 

— ¡Quiá! Dentro de lo que nosotros somos, 
no creo que desmerezca nada; al contrario. 

—De la guerra, ¿para qué hemos de ha- 
blar?... 

—Todo el mundo sabe cómo pienso, porque 
no me he recatado de decirlo en mis crónicas... 
Soy germanófilo antes, ahora y después de la 
guerra. 

—¿Qué proyectos literarios tiene usted? 

—Sólo tengo pensado darle en el otoño una 
obra a Margarita Xirgu. 

—¿Es usted perezoso para escribir? 

—No; a pesar de lo que dice la gente, no soy 
perezoso. Ahí está mi labor de este año. 

—¿Cuánto tiempo tarda usted en hacer una 
comedia en tres actos? 

—Veintitantos días; estas de este año, ningu- 
na me ha llevado más tiempo. 

— Cuénteme usted alguna anécdota que ten- 
ga relación con su vida de autor. 

Benavente meditó un momento. Después 
dijo: 

—Ahora mismo, solamente me acuerdo de 
una muy cómica, en la que fué protagonista 
mi cocinera... Era la noche del estreno de La 
comida de la?, fieras. Estaba la pobre mujer en 

19 



EL CABALLEPO AUDAZ 

su localidad, y al salir yo al público a saludar, 
sentí que a su alrededor había bronca... Luego 
me enteré. Una que estaba al lado de ella, al 
verme, exclamó descorazonada: «¡Ay, pobre- 
cito; tiene cara de hambre, como todos los es- 
critores!» Mi cocinera, que oyó esto, se lanzó 
sobre ella como una arpía, diciéndole: «¡Oig^a 
usted, so... señora; que mi señorito come muy 
bien, porque yo le guiso todos los días muy ri- 
cas chuletas!... ¡Ya quisiera usted!» 

Y don Jacinto, mientras contaba esto con 
mucha gracia, sonreía más satisfecho que 
cuando hablábamos de sus glorias literarias. 



20 




—Su apellido de usted, ¿es Xirgu o Xirgú? 
¿Con acento o sin acento?.., 

—Sin acento: Xirgn— se apresuró a contestar 
Marg^arita— . Todo el mundo ha dado en lla- 
marme Xirg"ú, V ime da un coraje!... 

— Es un apellido muy orig^inal y que se 
presta mucho para la celebridad— comenté. 

— Sí, ¿verdad?... La cruz de la equis— y la 
gfenial artista hacía una cruz con los dedos ín- 
dices—le hace muy bien y llama mucho la aten- 
ción... Además, el nombre Marg"arita combina 
perfectamente. Al principio de aparecer yo en 
el teatro se creyó que era un seudónimo; pero 
¡no hay tal!: es mi nombre. 

Calló Margfarita, bajó los ojos, y con Sfesto 
hechiceramente ingfenuo posó la mirada en sus 
pulidas manos, que, una sobre otra, estaban 
aquietadas en sus rodillas. 

¿Es bella Margarita?... No sé qué deciros. 

21 



E v'WTb'a vrWp o A inri z 

Yo, sentado frente a ella, la contemplaba de 
hito en hito y me hacía la misma pregunta... 
¿Es bella esta mujer?... Mientras permanece en 
silencio parece una mujer algo extraña y un 
poco dura de facciones; pero cuando se siente 
mirada, y sobre todo cuando habla de arte, de 
luchas pasadas, de triunfos, de ilusiones pre- 
téritas, entonces se transfigura de tal forma, 
que sé muestra como una belleza extraordi- 
naria . 

Charla mucho, y la charla en sus labios 
—que no han podido todavía eliminar el acen- 
to catalán— tiene algo de misterio, de risa y de 
dolor al mismo tiempo; ese algo es lo que sub- 
yuga y va poco a poco adueñándose de la ad- 
miración del que la escucha. 

Muy morena, tan morena, que su piel tiene 
trechos— las ojeras, la barbilla, el cuello— por 
donde broncea. Sus ojos, muy grandes y muy 
negros, brillan a veces con un fulgor siniestro, 
como los de una tigresa... Nunca están quie- 
tos. Van delante de su palabra para daros la 
perfecta sensación de la alegría, del dolor, de 
la tristeza, del placer. 

La nariz, casi perfecta, de levísimas aletas, 
respinga un poco por la punta. Su boca, gran- 
de, inmensamente grande, siempre ríe, dejan- 
do asomar entre sus sangrientos y finos labios 

2i 



LO QUE SE POR Mi 

los dientes, también grandes, pero blanquísi- 
mos. Como la endrina es su cabellera, que se 
desborda sobre su nuca, ondulada, brillante, 
copiosa. 

Aquella tarde su g"entil figura, más bien alta, 
estaba ataviada con una sencillez elegante. Un 
vestido de seda, color naranja, ceñíale perfec- 
tamente las firmes redondeces de su cuerpo. 
Permanecía sentada en una panzuda butaqui- 
ta, con una pierna cruzada sobre la otra, y 
bajo la fimbria de la falda de inflados pan- 
nicrs asomaba el hechizo de sus diminutos 
piececitos, calzados con zapato de raso negro, 
que contrastaba lindamente con la media de 
seda blanca. 

En la habitación paredeña, que era una al- 
coba, un caballero daba paseos de un lado a 
otro. 

Campúa contemplaba a la Xirgu con deleite. 
Yo proseguí: 

—Y dígame usted, Margarita, ¿cuánto tiem- 
po hace que apareció usted en el teatro?... 

—Ocho años... 

—¿Siempre de primera actriz?... 

Margarita rió mi inocencia. 

— iOh, no!... Verá usted: Yo, desde pequeña, 
desde que tenía cmco años, sentía una indo- 
mable vocación por el teatro... Recuerdo que 

23 



fi L CABALLERO AUDAZ 

en mi casa, en Barcelona, me pasaba la vida 
declamando, y como a otras niñas, cuando van 
visitas a sus casas, se les dice: «Anda, fulani- 
ta, baila, canta, toca el piano», a mí, ya se sa- 
bía, mi gracia infantil era recitar versos o tro- 
zos de obras delante de todas las amistades de 
mis padres. A los quince años tomé parte en 
varias funciones de aficionados. Alguien adi- 
vinó en mí condiciones de actriz y me aconse- 
jó que me dedicara de lleno al teatro. Seguí 
aquellos consejos y accedí a contratarme como 
damita joven en el teatro Romea, con ocho pe- 
setas diarias. Allí hice Mar y cielo, de Quime- 
ra; Noche de amoí , Los pebres menestrales y 
Teresa Raquhi; pero llegó un momento en que 
llegué a desempeñar papeles de primera ac- 
triz, y el empresario, aunque encantado de mi 
concurso, no me aumentaba el sueldo; seguía, 
pues, con las ocho pesetas. 
—Y usted, ¿por qué no protestó? 
— iBah! A mí me daba mucha vergüenza. 
Pero verá usted: a la temporada siguiente me 
hicieron proposiciones Novedades y l^rincipal. 
Novedades me daba veinticinco pesetas y 
Principal quince. Yo, que más que el dinero 
deseaba crear, tener un éxito mío, contesté 
que donde se estrenara Juventud de príncipe 
allí iba yo. En el Principal se quedaron con 

'J4 



LO Q U I' SE P O fí M 

esta obra y, en efecto, yo la estrené. Fué un 
éxito ruidoso. Después estrené Salomé^ otro 
éxito delirante; pero las autoridades encontra- 
ron en Salomé algfo pecaminoso, y nos cerra- 
ron el teatro. A la temporada siguiente, que 
ganaba cuarenta pesetas diarias, fué cuando 
me contrató Da Rosa para una toiiniée por 
España y América. 

—¿Qué contrato llevaba usted?... 

—Me ofreció veinte duros diarios en España 
3" cincuenta en oro en América, y un beneficio 
al veinticinco por ciento en cada sitio donde 
diéramos más de cuatro funciones. 

—¿Estaba ya contratado Thuillier?... 

— No, señor. A Thuillier lo contrató por mi 
indicación. Da Rosa no lo veía con buenos 
ojos. Pero yo necesitaba un director de escena 
para compartir la responsabilidad y hacer 
frente a la compañía... Fig"úrese usted: 5-0 era 
muy joven y no me consideraba con fuerzas 
suficientes para llevar sobre mí todo el peso 
de la toHvuée; entonces pensé en un director. 
Mi ideal hubiera sido Díaz de Mendoza; pero 
como se trataba de un imposible, di el nombre 
de Thuillier,.. 

—¿Y cómo es que no han continuado en com- 
pañía?... 

Margarita hizo un gracioso mohín, levan- 



EL CABALLERO AUDAZ 

tando sus cejas arqueadas y finas y surcando 
la tersa frente con tres arrugas. 

—De eso, mejor es no hablar... Thuillier se 
equivocó. 

Hizo unos instantes de silencio; después, 
sonriendo cruelmente, prosiguió: 

— Todos los que me ven siempre tan risueña, 
tan chiquilla y tan alegre, creen que yo soy 
fácil de manejar, y se equivocan. Yo soy una 
mujer, o muy fácil para todo lo de la vida, o 
imposible; muy fácil, porque con razones lo- 
gra cualquier persona convencerme de que 
debo hacer una cosa; ahora bien: si no me 
convence con razones, por imposición y por 
fuerza soy indominable. 

—Y cuando Da Rosa la contrató, ¿sabía us- 
ted el castellano?... 

— Ni una palabra. Yo siempre hablé el cata- 
lán y mi teatro fué catalán. El castellano lo 
aprendí en poco tiempo, en menos de un año; 
pero ¡figúrese usted con qué miedo trabajaría 
las primeras veces!... ¡Horroroso!... 

—¿Cuántas funciones va usted a dar en la 
Princesa?... 

—Hasta el 24 de este mes. 

—¿Cuál es la obra preferida por usted? 

—¡Salomé!, hasta ahora. 

—Y de la Princesa, ¿adonde va usted? 

2(5 



LO QUE SE POR M I 

—Haré una corta tournée por provincias, y 
después, al Gran Casino de San Sebastián, 
donde estaré del 10 de agosto al 18 de sep- 
tiembre. 

—¿Qué obras lleva usted? 

— Llevo seis del repertorio de Benavente. 
Entre ellas, La princesa Bebé, La malquerida, 
Los buhos. La señorita se aburre, Los ojos de 
los íuuertos. De Valle- Inclán estrenaré El yer- 
mo de las almas y otras... ¡Y ya veremos!... 

—¿Las obras de qué autor se adaptan más a 
su temperamento artístico? 

Dudó unos momentos. 

—No sé cuál decirle a usted. Nuestros auto- 
res predilectos son aquellos que nos hacen 
obras a propósito para nuestro temperamento, 
¿no es eso?... Pero en mí no ocurre esto, por- 
que hasta ahora yo soy la que ha ido a los 
autores, no los autores a mí. Echegaray, Be- 
navente, los Quintero y otros hicieron teatro 
pensando en la Guerrero o en la Pino, y esto 
es muy principal; veremos el día que yo estre- 
ne obras al corte y a medida de mi tempera- 
mento. 

—¿Está usted satisfecha de su debut en Ma- 
drid? 

Sonrió con inefable alegría: 

—¡Oh! ¡Muy satisfecha! ¡Satisfechísima! Yo 

27 



I 



EL CABALLEÍ^O AUDAZ 

temía al público de Madrid como al de ninguna 
parte. Era el tribunal que con su fallo iba a 
decidir mi causa artística... ¿De qué me hu- 
biera servido mi espléndida toiirnée por Amé- 
rica y provincias si no gusto aquí?... De nada; 
pero se alzó el telón, y cuando \^o en las pri- 
meras escenas levanté los ojos y observé con 
qué respeto, con qué atención se adelantaban 
las cabezas para escucharme, como si se hu- 
biese tratado de una artista ya consagrada, 
respiré satisfecha. 

Y Margarita daba un profundo suspiro de 
triunfo. 

—Y la temporada próxima, ¿trabajará usted 
en Madrid? 

—Veremos, Depende de que tenga teatro; 
hasta ahora no lo tengo. 

Se detuvo; después, entornando los ojos con 
deleite, continuó: 

—¡Mi ilusión es hacer aquí toda la tempo- 
rada! 

—¿Es usted casada, Margarita?...— inquirí. 

—Sí, señor; mi marido está aquí. 

Y me indicó la alcoba donde paseaba el ca- 
ballero. 

—¿Podríamos hacerle una fotografía con su 
esposo?— propuso Campúa, cejijunto, mirando 
de soslayo a la alcoba. 

28 



LO Q ü ñ S R P O fí Mí 

—Con mucho gusto -accedió ella; y, diri- 
giéndose al marido, continuó—: Pepito, Pepito, 
r-quieres que nos retratemos juntos?... 

—¡No! Déjame a mí de retratos— contestó, 
desde la alcoba, una voz desabrida, tintada de 
acento catalán. 

—Anda, Pepito; si ahora es moda. ¿No has 
visto a A'zoyín con su esposa?... Sí, Pepito, 
para que mamá nos vea juntos... Anda, Pe- 
pito... 

Su voz era suplicante y mimosa, como la de 
una chicuela. 

—Te he dicho que me dejes de tonterías 
—rechazó de nuevo y más agriamente el ma- 
rido. 

No desistió la esposa. Alzóse y fué a la alco- 
ba. A los pocos instantes volvió acompañada 
de él... Es un joven alto, seco, barbilampiño, 
de rostro encogido por una perpetua expresión 
de sorpresa,. Seguramente creyó que desde su 
altura social no debía descender para peque- 
neces, y... no nos saludó ni con un movimien- 
to de cabeza. Campúa y yo nos miramos asom- 
brados... 

— ¿Dónde nos ponemos?— preguntó ella. 

— Donde ustedes quieran — contestó Cam- 
púa—. En ese sofá mismo. 

— Pues v^n, Pepito; sentémonos aquí. 

39 



EL CABALLEJO AUDAZ 

El marido se dejó llevar. Cuando estuvieron 
sentados, Marg:arita, entre risa sana, risa de 
juventud, risa de triunfo, agregó burlona - 
mente: 

—Supongamos que estamos representando 
la escena de «el sofá», de Boh Jnati Tenorio^ 
y tú, todo rendido, me estás diciendo: «¿No es 
verdad, paloma mía...?» 

Su voz tierna, dulce como las notas me- 
lódicas de un arpa, no arrancó ni una leve 
sonrisa al marido, que, con malestar de es- 
píritu, completamente divorciado de aquel 
ambiente, se concretaba a darle chupadas 
con cierto énfasis a un cigarro de veinte cén- 
timos. 

— Al verme retratado van a decir que todos 
los maridos son más viejos que yo. 

—No te quejes por ser joven, hombre— le 
consoló la esposa — . ¡Ya llegarás a viejo!... 
Es algo mayor que yo, y no lo parece— agre- 
gó, dirigiéndose a nosotros. 

—Pues ¿qué edad tiene usted, Margarita?... 
—le pregunté. 

—Veinticinco años. 

En sus labios frescos, las palabras «veinti- 
cinco años> fueron un soplo de juventud. 

Campúa hizo sus fotografías, y yo di por 
terminadas mis sencillas preguntas. 

30 



LO QUE SE POR M ¡ 

Después ofrendamos a la genial artista un 
apretón de manos, y salimos. 
Ya en la escalera, me dijo Campúa al oído: 
—Chico, ¿has visto?... ¡Qué mujer!... 
—¡Qué mujer!— repetí yo. 
—¡Qué lástima!... 
—¡Qué lástima!... 



31 



i VALLE-INCLÁN 



Tenía yo entonces una docena de años— de 
esto hace diez y seis— y acababa de llegar a 
Madrid. Nos conocimos, o mejor dicho, le co- 
nocí, en una casa de huéspedes de la calle Ma- 
yor, 18. Él era igual que ahora: un hombre ex- 
traño, un caballero de pesadilla, que parecía 
escapado de un lienzo del <Greco»... Tenía 
algo de fantasma, mucho de místico y al^^o de 
loco. Su barba era una abundosa madeja negra 
que le caía sobre el pecho, yendo a fundirse en 
los tonos oscuros de sus trajes. Usaba enton- 
ces una gran melena alisada hacia atrás. Eran 
sus ojos pardos y agresivos, y sus cejas, dos in- 
tensos bordes negros. Estaba muy enflaqueci- 
áo, y bajo la piel lívida de sus sienes se podían 
contar las azulosas venas. Aquel rostro tema 
algo del Nazareno; tal vez el matiz pálido y té- 
trico, tal vez la expresión serena y soñadora 
de místico enamorado de un ideal. Recuerdo 

3-H » 



EL CABALLERO AUDAZ 

que a mí me infundía algo de pavor y sugestión 
al mismo tiempo. Si me tropezaba con él en los 
pasillos oscuros, dábame miedo, y, sin embargo, 
me gustaba observarle cuando estaba aposen- 
tado en el comedor, y placíame oírle discutir 
exaltado con los demás huéspedes, }'■ me agra- 
daban en extremo las frases cariñosas que de 
vez en cuando, con gesto arisco y voz atipla- 
da, me dirigía: «Hola, buen mozo», me saluda- 
ba; y al mismo tiempo, con su mano de cera, 
descarnada y fría, acariciábame la frente o me 
daba unos leves golpecitos en la nuca. Y aquel 
raro huésped, que contaba cosas tan entreteni- 
das y estupendas, que por entonces era dueño 
de sus dos brazos y que no había escrito nada en 
periódicos ni libros, tenía una autoridad enor- 
me e indiscutible sobre los demás. Era consi- 
derado como un superhombre. Y a pesar de 
que iba algo extravagante con un macferlán y 
un sombrero de copa repelado, todos le llama- 
ban «Don Ramón>, y don Ramón possía como 
nadie ese privilegio misterioso de captación de 
ánimo; era un imperativo hipnotizador. Si du- 
rante las discusiones le decía a alguno: «¡Es 
usted un bruto!», el agredido le disculpaba pa- 
cientemente, diciendo: «Nada, cosas de don 
Ramón.» 
Mas un día «Don Ramón» desapareció, y ya, 



LO QUE se P o f? Mi 

cuando al cabo del tiempo le volví a ver, tenía 
la barba más corta, se había quedado manco y 
escribía en El Iniparcial. 

La g^loria le hizo a don Ramón olvidarse de 
este pequeño amigo. 

Perdona, lector. 



4: * 4> 

Hoy «Don Ramón» nos recibe en su hogar: 
un pisito coquetón, donde todo es arte, lujo y 
luz. En su compañía están Ricardo Baroja y 
Anselmo Miguel Nieto. 

«Don Ramón» ha variado muy poco. Tiene 
las mismas barbas, tal vez un poco más creci- 
das }'■ con el triste aderezo de algunos hilos pla- 
teados, y la misma mirada burlona, agresiva e 
indómita. No conserva la larga melena, sino 
que ahora lleva su cabeza, alta de occipital, 
pelada al rape. Unas gruesas gafas de concha 
se agarran como tenazas a sus sienes ambari- 
nas. Más pálido que antes, tal vez, y también 
más reposado de espíritu. 

Ante su presencia de monje soñador y legen- 
dario o de caballero de horca y cuchillo, hemos 
sentido revivir en nosotros los ya olvidados 
miedos de la infancia. 

3.5 



B L CABALLEJO AUDAZ 

—¿Se acuerda usted, Valle-Inclán?— le hemos 
preguntado nosotros. 

—Mucho; de aquellos tiempos, mucho. 

—¿Qué edad tendría usted entonces?... 

—No sé. Ajuste usted. Nací el año 70, y de 
eso hace ya quince o diez y seis años. 

— En efecto: eso hace. lY qué de cosas han 
ocurrido desde entonces 1... 

Y tras estas palabras hemos hecho un silen- 
cio para rememorar, para que nuestra imagi- 
nación se torture y se deleite recordando el pa- 
sado. 

Nosotros estamos hundidos en una muelle bu- 
tacona. El poeta permanece de pie, apoyado 
de espaldas en el radiador de la calefacción. 
Los reflejos de sus lentes no nos dejan verle los 
ojos. La manga izquierda de su americana cae 
sin brazo. 

—¿Cómo fué perder el brazo?— le pregun- 
tamos. 

—A consecuencia de un flemón difuso pro- 
ducido por la herida de un gemelo del puño. 

—No me explico... Cuéntemelo usted. 

— Notieneimportancia. Manolo Bueno, a quien 
quiero mucho, y yo tuvimos una discusión. Él, 
en el acaloramiento de la controversia, me su- 
jetó la mano, y al apretar, me clavó el gemelo 
aquí, en el mismo canto de la muñeca. Nada, 

36 



LO QUE SE POR MI 

un rasguño sin importancia; pero pasaron ocho 
días y la mano se fué hinchando, y yo sentía 
unos dolores desesperados; consulté a los mé- 
dicos y me dijeron que aquello era un flemón 
difuso; en seguida me lo dilataron, y no fué su- 
ficiente. Aquella noche de la operación leí yo 
en el Heraldo que el torero Ángel Pastor había 
muerto de un flemón igual al que yo tenía... 
Esto me dejó algo perplejo, y al llegar el mé- 
dico le dije mi propósito de que me amputara 
el brazo; él no se decidía, pero yo insistí. 
«Nada, doctor— le dije—; estoy decidido a que 
hoy mismo me corte usted el brazo; así des- 
aparecerán dolores y peligros.» Y aquel mis- 
mo día me amputaron el brazo por encima del 
codo; mas la infección ya se había corrido y 
tuvieron que volver a cortar al día siguiente 
por el mismo hombro. 

— ¿Le darían a usted cloroformo las dos 
veces? 

— ¡Ah! No, señor; ninguna. Me opuse a ello. 

—¿Y cómo pudo resistir usted la operación? 

—Sin moverme y sin proferir un grito ni el 
más leve quejido... Recuerdo que para ver yo 
bien las amputaciones hubo necesidad de pe- 
larme el lado izqtiierdo de la barba, y así... ¡con 
la cabeza vuelta, presencié todo! 

— |Es horrible eso!... iUsted es un hombre 

37 



t L C A B A L L B fí O AUDA Z 

estoico!— exclamamos, al mismo tiempo que 
un escalofrío de horror nos corría por los 
huesos. 

—Soy un poco sereno, sí -responde el maes- 
tro con voz desazonada y sin darle impor- 
tancia. 

—¿Para usted constituirá una gran desgracia 
haber quedado manco? 

— ¡Quiá, no, señor! —rechaza, rápido, Valle- 
Inclán— . No necesito para nada el brazo per- 
dido. Vamos, no lo echo de menos en absoluto. 
Me valgo con el derecho para todo. 

—¿Sin ayuda de nadie? 

—Sin auxilio de nadie escribo, me desnudo, 
me visto, me lavo, como; en ñn, todo, todo lo 
que usted puede hacer con las dos manos, lo 
hago yo con la derecha. Es más: me corto las 
uñas, parto la carne, mondo la fruta, me hago 
los lazos de las corbatas del frac y construyo 
mueblecitos de papel... Solamente he echado 
de menos el brazo perdido, cuando murió mi 
pobre hija... 

La voz de Valle Inclán se entristece. Nos- 
otros esperamos, identificados con su dolor, a 
que continúe. 

—Se moría y yo no pude abrazarla, como 
hubiese deseado. 

—Entonces, ¿no tiene usted hijos?... 

3S 



LO QUE SE POR Mi 

—Sí; me queda la mayorcita, de siete años; 
pero mi pequeña, que, tanto Josefina como yo, 
la adorábamos, quedó muerta allá, en Galicia. 
¡Un horror! 

Hubo una pausa; después le preguntamos: 

—¿Usted es gallego?... 

—Sí, señor; nacido en Puebla del Deán. To- 
dos los años pasamos en aquellas tierras siete 
u ocho meses. Terminaremos por irnos a vivir 
allí definitivamente. ¡Aquella quietud, aquella 
sinceridad!... ¡Muy hermosos aquellos lugares! 

—¿Allí estudió usted?... 

—No, señor. Estudié en Santiago hasta ter- 
minar la carrera de Leyes. 

—¿Y empezó usted a escribir?... 

Meditó un instante; después exclama: 

— Mi mujer se acordará en qué fecha publi- 
qué mi primer libro. 

Y dirigiéndose a la puerta, inquiere: 
-Josefina... Josefina... ¿Recuerdas en qué 

año di mi primer libro? 
Una voz dulce responde: 
—Sí, Ramón; en 1902. 

Y a poco entra en el estudio la compañera 
del poeta. 

Recordad, y a todos os será familiar y sir»- 
pática esta dama menuda y dulce, siempre son- 
riente y siempre aniñada, que se llama Josefina 

39 



EL CABALLERO AUDAZ 

Blanco. Lejos del teatro, sigue siendo una ar- 
tista llena de tremuleces y sonrisas. Le hemos 
ofrecido nuestros respetos, y después continua- 
mos dialogando con el poeta: 

—¿Tendrá usted gran afición a la literatura? 

—No, seflor; ni antes ni ahora. Mi deseo es 
no escribir. Llenar cuartillas me molesta, y 
sólo recurro a ella cuando tengo necssidad. Me 
cuesta mucho trabajo, mucho. 

«-No lo comprendo. Entonces, ¿cómo nació 
en usted la idea de hacerse literato?... 

—No sé. Cuando usted me conoció, hace diez 
y seis aflos, todavía no se me había ocurrido 
coger la pluma ni para escribir una carta. 

—¿Le parecía a usted difícil? 

— Quiá, no, señor; todo lo contrario: me pa- 
recía y me parece demasiado fácil. Creo since- 
ramente que es una de las muchas cosas que 
no tienen mérito alguno. A mí me llamaba la 
atención extraordinariamente y me llenaba de 
asombro lo mal, lo pésimamente que se escri- 
bía entonces. Claro que yo tenía un sentido li- 
terario, y a mi juicio, todas aquellas reputacio- 
nes de escritores eran injustas. Había muchos 
señores que no escribían más que necedades, y 
se les llamaba matstros y sabios. lEl delirio! . . . 
Y entonces, seguro yo de escribir mejor que se 
hacía entonces, me lancé a demostrarlo... Du- 

40 



LO Q U ñ S B P O íí Mí 

rante unos meses que estuve en la cama escribí 
unas Memorias... Nada; por pasar el rato. Yo 
era amigo de Machado y de Villaespesa, y me 
acuerdo que cuando fueron a verme se las leí. 
«Esto se parece a La Virgen de la Koca, de 
d'Annunzio. Es muy hermoso»— me dijo Villa- 
espesa. 

—Y aquellas Memoiias, ¿qué libro fué des- 
pués?... 

—Sonata dg otoño. . . Siguieron animándome 
los amigos y escribí las otras tres Sonatas. 

— ¿Y cuántos libros tiene usted ya publi- 
cados? 

—Veinticinco. 

—Y de todos, ¿cuál le gusta a usted más? 

—Me gustan más las Sonatas; pero Romance 
dg lobos lo creo mejor hecho. 

—¿Y le producen a usted mucho?... 

— Muy poco; para vivir. Al principio apenas 
se vendían; ahora, algo más, y como yo los 
edito y administro, sin dejarlos pasar por 
la serie de cribas tradicionales, me vienen 
a dejar treinta o treinta y cinco mil pesetas 
al año. 

—¿Produce usted con facilidad? 

— Me cuesta gran trabajo empezar; mas des- 
pués numero las cuartillas antes de escribir, 
en la seguridad de que no desperdicio ningu- 

41 



EL CABALLERO AUDAZ 

na... Yo trabajo siempre en la cama... Y antes 
de casarme me acostaba también para comer, 
y se daba el caso de ponerme malo si comía 
fuera del lecho. Yo digo que debo tener alma 
de senador romano. 

—¿Lee usted mucho? 

—No. Ahora me hace daño hasta leer. 

—¿Cuáles son sus más grandes aficiones? 

La pintura, el baile y los toros... La Imperio, 
la Tórtola y la Ars^entinita me producen una 
gran emoción estética..., un gran placer artís- 
tico. ¡Porque en el buen baile se juntan todas 
las más bellas cosas!: La música, el color, la 
belleza, el movimiento, el arte, la línea. Yo no 
voy a ningún teatro sino a ver bailar. Respec- 
to a los toros, me entusiasman; sólo que a mí 
me parece que el público no entiende una jota 
de toros, los críticos menos que el público 
y los toreros menos que el público y los críti- 
cos; yo creo que el único que entiende de toros 
es el toro, porque a lo menos embiste hoy lo 
mismo que hace cuatro mil años. Toda esa 
campaña que los escritores cursis han hecho 
contra las corridas de toros, me parece ridicu- 
la. A mi juicio, los toros es la única educación 
que tenemos aquí. Una fiesta de toros es lo más 
hermoso que se pudo imaginar. La emoción, el 
arte, la valentía, la luz.. . Yo, en Belmonte, por 

42 



LO QUE SE POR M t 

ejemplo, admiro el tránsito. Aquel hombre, 
que lejos del toro es feo, pequeño, ridículo, 
encogido, sin belleza, al reunirse con el toro 
se transfigura y nos parece maravilloso, y nos 
arrastra y nos emociona. Ese es el arte en las 
corridas de toros. ¿Hay nada más hermoso que 
ese tránsito, esa transfiguración, esa armonía 
de contrarios? El pueblo griego, que ha sido 
el más artista, veía morir al héroe en la trage- 
dia y le amaba más, porque convertía la emo- 
ción en materia artística; antes nosotros éra- 
mos así: moría un torero en la plaza y conti- 
nuaba la lidia, porque éramos un país fuerte 
y, ante todo, artista. Bueno; pues ahora con- 
vertimos todo en materia sentimental, y llora- 
mos como mujeres; y un pueblo bien templado, 
que sabía hacer del dolor avalónos de arte, 
que se iba a los cementerios de romería, que le 
gustaban los crímenes, nos lo quieren conver- 
tir en un pueblo de llorones ... Y esa es la labor 
que está llevando a cabo esa prensa ridicula 
que siempre está con lamentaciones cursis, 
que se duele de que muera un teniente en la 
guerra. ¡Hombre! Muere un teniente, como si 
murieran cincuenta. ¿Hay cosa más lógica y 
natural que un teniente muera en la guerra y 
un torero en la plaza?. .. 
Calla un momento Valle-Inclán. La luz se ha 

43 



£ L CABALLERO AUDAZ 

ido, y él, en el centro de la habitación, parece 
un fantasma. 

— Y dígame, amigo Valle; ¿Qué opina usted 
del teatro contemporáneo en relación con el 
pasado? 

Dudó un momento; después, trenzándose la 
barba con los dedos, exclama: 

— Es una pregunta que me deja un poco per- 
plejo; sin embargo, procuraré contestar a ella. 
Mire usted: Si Lope de Vega viriese hoj, lo 
más probable es que no fuese autor dramático, 
sino novelista, i Habría que oír al Fénix cuan- 
do los empresarios le hablasen de las conre- 
niencias de escribir manso y pacato para no 
asustar a las niñas del abono!... El autor dra- 
mático con capacidad y honradez literaria hoy 
lucha con dificultades insuperables, y la mayor 
de todas es el mal gusto del público. Fíjese us- 
ted que digo el mal gusto y no la incultura. Un 
público inculto tiene la posibilidad de educar- 
se, y esa es la misión del artista. Pero un pú- 
blico corrompido con el melodrama y la come- 
dia ñoña es cosa perdida. Vea usted el público 
de la Princesa. 

—¿De modo que usted no cree en la labor 
cultural y artística de Díaz de Mendoza?... 

—Creo que no ha hecho lo que debía hacer, 
lo que podía hacer y lo que acaso desea hacer. 

44 



LO QUE SE POR MI 

—Y usted, ¿a qué lo atribuye?... 

—A falta de energía. Díaz de Mendoza es un 
hombre sin carácter. Amoldó siempre sus gus- 
tos a los gustos del público. María hubiera he- 
cho todo lo contrario. ¡Esa sí que es un gran 
carácter! Pero, claro, lya es muy tardel... Yo 
creo que un artista, ante todo, debe tener nor- 
mas que imponer al público, e imponerlas, y si 
no hay público, crearlo. Ese es un gran orgu- 
llo. Cuando yo escribí mi primer libro, vendí 
cinco ejemplares. Era todo el público que en- 
tonces podía haber para mi literatura. |Y por 
esto no se me ocurrió robar el público hecho 
—como las escobas del cuento—; el público 
que otros habían creado y que correspondía 
a los modos de su arte, ajeno y extraño a mí... 
El artista debe imponerse al público cuando 
está seguro de su honradez artística, y si no lo 
hace así es porque carece de personalidad y 
de energía. 

—Ahora una pregunta... que tal vez le mo- 
leste a usted. 

—Venga. 

—Dicen que tiene usted mal carácter. 

—Yo no tengo mal carácter; lo que no me 
gusta es la vida en común. Soy enemigo de las 
adulaciones y de ese ridículo intercambio de 
cortesías hipócritas. 

45 



ti CÁBALLEf?0 A U D A Z 

—¿Qué trabajos prepara usted? 

— Ahora vo}' a publicar un libro místico que 
se llama La lampa) a maravillosa, y luego ten- 
go que hacer una tragedia para la Xirgu, que 
se llamará Pan divino. 

—Creo que en América le han ocurrido a us- 
ted muchas aventuras. 

—¡Oh, en Américal Muchísimas... Verá us- 
ted. Una vez... 

Y la florida fantasía del maestro corrió has- 
ta desbordarse... 

— ¡Oh, si yo dispusiera de espacio!... 




Le observé atentamente. 

Tiene el g-esto afable y risueño, algo infan- 
til; los ojos, oscuros y vivísimos, y la cabeza, 
pequeña y redonda. Su frente es muy amplia, 
y aun parece más porque se prolong^a algo en 
el frontal, que ya comienza a quedarse mondo 
de cabellos. Es muy insinuante y muy simpá- 
tico, no con esa simpatía amasada por el trato 
social, sino con la otra simpatía, espontánea y 
mundana, que sale del corazón y que se adue- 
ña en seguida de las gentes. 

Estábamos en su pisito de la calle de Meso- 
nero Romanos , encerrados en un coquetón 
despacho adornado con cortinas y biombos 
egipcios. 

Tallaví, recostado en una meridiana, con 
cierta indolencia andaluza, me contaba su 
vida... Yo, dando chupadas a la pipa inglesa 

47 



ñ L CABALLERO AUDAZ 

que acababa de regalarme, le escuchaba sia 
perder palabra. 

Fuera repiqueteó el timbre. El actor, enton* 
ees, llamó a su ayuda de cámara. 

—Juan, que no entre aquí nadie. ¡Nadie, ab- 
solutamente nadie!., .—ordenó. Y volvimos a 
enhebrar la charla. 

—¿Entonces, vive usted solo?... —inquirí, 

—Solo... Hago una vida un poco desperdi- 
gada..., un poco desordenada... En lo posible 
me aparto de la abrumadora monotonía coti- 
diana... iTodos los días, a las mismas horas, 
hacer lo mismo!... ¡No! Yo me revuelvo un 
poco contra eso. 

—Usted, ¿es de Málaga? 

—No, señor, soy africano; nacido en Melilla; 
mi padre era militar y estaba allí destinado. 
En Málaga, adonde fui siendo muy pequeño, 
me crié e hice mis primeros y mis últimos es- 
tudios. ¿Conoce usted Málaga? 

—Sí, señor. 

—¡Qué bonita es!... Cuando yo estoy de mal 
humor pienso en mi infancia entre sus palme- 
ras, sus naranjos y a la orilla de su mar, y 
estos recuerdos son como un sedante delicioso 
para mis nervios... 

—¿Desde pequeño demostraría usted su in- 
clinación por el teatro? 

48 



LO Q U B S B POP Mí 

—No, señor. Yo no fui aficionado jamás, ni 
pertenecí a ninguna Academia de declama- 
ción... Y ahora me alegro mucho; no me gusta 
ese procedimiento de hacer actores; desconfío 
bastante de él. 

—Pues ¿a qué edad hizo usted su entrada en 
la vida teatral?... 

Meditó un momento, encendió un cigarro, y. . . 

—Verá usted. Yo tenía un íntimo amigo que 
era violinista en una orquesta de zarzuela. 
«¿Eres capaz— me dijo un día— de venirte a 
Vélez- Málaga con nosotros y trabajar con 
nuestra compañía?...» «¿De qué?...— le interro- 
gué yo, muy asombrado—. ¿De traspunte? ¿De 
tramoyista?... ¿De acomodador? O ¿de qué?...» 
«No, hombre; de cómico.» Aquella respuesta 
de mi amigo me dejó helado. .. Pero acepté. A 
los pocos días debutaba yo con algunos pape- 
litos. Algún tiempo después, y haciéndome 
ilusiones sore mi porvenir teatral, me embar- 
qué con rumbo a Barcelona; como capital de 
resistencia llevaba conmigo seis reales 3' el 
pasaje pagado... Allí tuve la suerte de que me 
contratase en seguida Paco Fuentes. 

—¿Cuál ha sido en arte su maestro?... 

—Ninguno... Empecé a trabajar con todos 
los actores que cultivaban el latiguillo, y, sin 
embargo, ye me rebelaba contra esa manera 

4-u 49 



EL CABALLEJO AUDAZ 

de sentir el teatro... En las compañías era el 
actor que menos aplaudían; pero al final de la 
temporada quedaban elogios para mi trabajo. 

— ¿Cuándo vino usted a Madrid primera- 
mente? - '^^ *^"='" 

—Creo que hace doce afíos. Vine a lá Come- 
dia, con Morano y con la Pino; allí me contra- 
taron para hacer Las Flores. . . En 1904 formé 
compafíía y me fui a Gijón a todo evento, con 
"el decidido propósito de hacer el teatro por mí 
sentido... Debuté con La Intrusa^ de Maeter- 
linck, y todo el mundo me creía loco. Recuerdo 
que un señor de allí me pregfuntó muy indig- 
nado: « Pero , hombre , este melodrama tan 
malo, ;de quién es?> Y yo le dije: «Del repre- 
sentante de la compañía, que es muy bruto.» 

Reímos. El genial actor prosiguió: 

— iOhl, me han ocurrido cosas graciosísi- 
mas. Una vez, en una capital de provincia, 
salimos toda la compañía al escenario y silba- 
mos al público, por salvaje. 

—A ver, ¿cómo fué eso?...— pregunté. 

'-Poníamos aquella noche La Intrusa... El 
teatro estaba completamente lleno. Y en esta 
obra se levanta el telón y está la escena sola 
durante un espacio de tiempo que nunca es 
menos de medio minuto. Bueno, pues, ¡claro!, 
así se hizo en aquella capital de provincia. Y 

50 ' " 



LO Q U R 3 ñ P O ^ MI 

el público, al ver que se levantaba el telón y 
que nadie salía ni le decía nada, ¿qué creyó? 
Que no estábamos vestidos..., y rompieron en 
una silba enorme... Entonces yo llamé a toda 
la compañía, y les contestamos con una pita 
horrorosa... Callaron ellos y continuamos nos- 
otros media hora más. ¡Figúrese usted!... 

—¿A qué horas estudia usted?... 

—De madrugada, con el libro delante, y por 
la mañana, con la memoria. 

—¿Hace usted estudios de actitudes y gestos 
ante el espejo? 

— ¡Oh, no!... El gesto no lo puede jamás ver 
el actor,por muy bueno que sea el espejo...; tie- 
ne que sentirlo, estar en situación; en una pala- 
bra: ser el personaje que representa... Y jamás 
he estudiado del natural, sino dentro de mí 
mismo... Claro que hay casos patológicos cu- 
yas manifestaciones características conviene 
conocer. Ya ve usted, cuando comencé a estu- 
diar Los espectros me pasaba la vida en el ma- 
nicomio. Para algo es posible que me sirviera; 
pero para poco. Yo creo que en arte todo está 
en nosotros mismos; no tenemos más que bus" 
car el yo. 

—¿Cuáles son las obras que hace usted con 
más agrado?... 

—Ha lili et y Ótelo. Son las dos en las cuales 

51 



EL CABALLERO AUDAZ 

encuentro más escollos y dificultades para el 
actor... ¡Yo siento un miedo terrible cuando 
estudio una obra!... Es una responsabilidad 
enorme la nuestra. . . 

—¿Tiene usted buena memoria? 

—Fatal. Me cuesta mucho trabajo aprender 
los papeles. 

—¿Llora usted con facilidad en escena? 

— Sí, señor. Me basta atender a mi interlo- 
cutor. En mi vida particular también soy fácil 
para llorar; una delicadeza, una ternura, en 
fin, una insignificancia, me roza la sensibi- 
lidad... 

—¿Qué predilecciones tiene usted en la vida? 

—¡Hombre, el teatro!... Yo quiero al teatro 
entrañablemente; después, a mis hijos. Y al 
mismo tiempo, lo que más me interesa son las 
mujeres; la mujer es lo único que tiene verda- 
dera importancia en la vida; luego, la literatu- 
ra y la pintura y todo lo que usted quiera; 
pero, ¡oh, la mujer!... 

En el fervor de la charla, Tallaví se remon- 
taba en su actitud y en su expresióa hasta los 
linderos de su genial arte. 

—¿Supongo que habrá usted hecho dinero 
con el teatro? 

—He hecho bastante y he gastado más. Es- 
toy, metálicamente, como el primer día que 

52 



LO QUE SE POR M i 

comencé: sin una peseta; en eso no he variado; 
y ¡no crea usted!, que sobre el ahorro he me- 
ditado una vez que otra; no sé quién lleva ra- 
zón: el que ahorra lo que gana y después se lo 
deja a los obispos, o el que se siente obispo y 
lo gasta. ¿Que a la vejez está uno sin un cénti. 
mo? Y ¿para qué se quiere el dinero cuando ya 
es uno vieio?... 

—¿Cuál es el dramaturgo español que más 
le gusta?... 

—Don Benito. . . De casi todas sus obras re- 
cordará usted el nombre del protagonista, del 
hombre... No ocurre eso con el teatro de Bena- 
vente, por ejemplo. Muy bello el teatro de don 
Jacinto, pero, si acaso, quedará en la imagina- 
ción del espectador el nombre de la heroína o 
alguna frase ingeniosa. Para el teatro galdo- 
siano se necesitan actores de nervio; para el 
benaventino, sobra con galancetes discretos. 
Guimerá, para mi gusto, también es un dra- 
maturgo macho. 

—Y actores, ¿cuál le gusta a usted más? 

—Esa es una pregunta un poco intenciona- 
da... Y siento no poderla contestar a su gusto; 
pero es el caso, que yo he visto muy pocos ac- 
tores. Con las actrices me pasa lo mismo. Me 
han dicho que la Xirgu es muy interesante. 

—En efecto— elogié sinceramente. 

53 



EL CABALLBfíO AUDAZ 

— No la conozco, y tengo vivos deseos de 
verla trabajar... 

Detúvose un momento; después me pre- 
guntó: 

—¿Conoce usted a María Gámez?... 

— No, señor. 

— ¡Ah!, pues ya verá usted— elogió- ; es una 
gran actriz de comedia. 

—¿Qué obras piensa usted estrenar durante 
la próxima temporada en el Infanta Isabel? 

— La casa quemada, de Dicenta; Esclavitud , 
de Pinillos, y otras de Linares Rivas y Luce- 
ño. ¡Ah!, también estrenaré una hermosísima 
de Florencio Sánchez, el autor de Los muer- 
tos.., Y, claro, además, mi repertorio: Namlet, 
Los espectros, Ótelo, La Intrusa... 

—¿Y de Benavente?... 

— No tengo nada, ni pienso pedírselo. 

—¡Qué de adversidades le han ocurrido a us- 
ted hasta conseguir la temporada!... 

—No me han sorprendido. Soy un hombre 
algo infortunado; pero tengo voluntad; por 
ella he aceptado trabajar en el Infanta Isabel... 
Ya en mi deseo, o mejor dicho, en mi obstina- 
ción de hacer esta temporada en Madrid, hu- 
biese trabajado encima de una mesa. 

—Pues será un éxito.. . Trae usted una com- 
pañía numerosa y de consideración. 

54 



LO Q U t SE POR MI 

—Sí; por lo meaos €n el escenario, tenemos 
asegurado el lleno. 

Cortamos nuestra conversación periodística 
y hablamos como dos antiguos camaradas... 
¿De mujeres?... ¿De amores?... ¡De la vidal 

HOMENAJE 

•' MUERE NUESTRO AMIGO DEL KlMAíVíÜ. ,B^ 

' ab ojít. 

Nos conocimos liará unos meses, en su pisito 
de la calle de Mesonero Romanos. Yo fui a ha- 
cerle un trabajo periodístico para La Esfei.a.,. 
Con el primer apretón de manos, Pepe Tallaví 
se apoderó de mi amistad... Hay individuos 
que los tratamos durante toda la vida y jamás 
llegamos a saber dialogar con ellos. Un abismo 
nos separa. Y a lo mejor, son buenos, afables, 
y. hasta se esfuerzan en sernos simpáticos. 

Sin embargo, nuestros espíritus no aceptan 
la camaradería. Hay otros, en cambio, que al 
chocar nuestras palabras con las suyas nace 
una amistad entrañable... Parece que ya los 
hemos tratado y querido en otra vida anterior 
y que, al conocernos, reanudamos nuestras pa»» 
sadas fraternidades... Esto nos ocurrió a P^ipe 
y a mí... Aquella misma tarde, dejando ?. un 
lado el asunto que nos obligó a conocernos, ha-. 

55 



B L CABALLERO AUPA 

biabamos de arte, de literatura..., iqué sé yo!... 

Cuando, a las diez de la noche, después de 
haber cenado juntos, nos separamos, yo le lla- 
maba a él Tallufo y él a mí José-Mari. 

A mí, el gesto leal y caballeroso del gran 
actor, un gesto de terciopelo, tras el cual se 
atisbaba una voluntad de acero, me cautivó... 
Además, la fortaleza física es simpatía: subyu- 
ga, atrae... Tallaví rebosaba salud, estaba pic- 
tórico de vida y de energías. 

—Tengo que adelgazar un poco— me decía— . 
Estoy algo fondón para hacer mi repertorio...; 
¿verdad, «elegantito»? 

«Elegantito». Esta era su palabra familiar, 
la primera que tenía siempre en sus labios para 
acariciar a sus buenos amigos... «Hola, elegan- 
tito.» «¿Qué hay, elegantito?» «No te enfades, 
elegantito...» 

Yo presentí la muerte de Tallaví hace tiem- 
po... No había motivo fundado para ello; pero, 
no sé por qué, la presentí. 

Fué el día de los Inocentes. . . Pepe Tallaví 
gustaba de reunimos a la hora de comer en su 
nueva casa de la calle de Espalter a unos cuan- 
tos caraaradas... Aquel día éramos Manolo Me- 
rino, Tomás Borras, Mariano Díaz de Mendo- 
za, Luis Gabaldón y yo... La comida fué ex- 
quisita; pero el pobre Pepe no disfrutó de ella, 

51 



5;.-y.^. 



L O Q U a 6 £ POP MI 

«porque estaba algo malucho del estómago...» 
Eso decía él para quitarle importancia a su en- 
fermedad... Yo, que le tenía a mi lado, le ob- 
servaba detenidamente... Había ya adelgazado 
bastante, y sus movimientos tenían un aban- 
dono de postración, una dejadez trágica. .. Ha- 
cía esfuerzos para sonreír, por alternar en 
nuestras conversaciones . por disfrutar con 
nuestras ocurrencias; pero... |su espíritu no 
estaba ya allí! A las tres nos abandonó para 
asistir a su obligación: al ensa)-©... Yo, al ver- 
le ir, le dije a Manolo Merino: «Desgraciada 
mente, Tallaví va a vivir poco... Me parece 
que la Muerte anda ya a su alrededor...» 

Hace pocos días, Tomasito Borras me envió 
a decir que Pepe Tallufo estaba en Madrid y 
que venía muy enfermo... Aquella misma no- ' 
che, bajo una luna abrileña, fui a su casa... ' 
Allí estaban María Gámez— su hermana espi- 
ritual—, Merino, Avecilla, Borras y el repre- 
sentante de Tallaví, Rafael Barón. Amigos 
todos del alma. Familias espirituales creadas 
en la lucha con la vida. . . En todos los rostros , 
estaba estereotipado el angustioso desaliento... 
iPepe se moría!... 

Al hacerle los médicos la operación se encon- 
traron sorprendidos desagradablemente con 
que el genial actor lo que tenía en sus entra- 

57 



EL CABALLERO AUDAZ 

ñas era ua monstruoso cáncer que le devo- 
raba... 

Allí, en el despacho castellano de Pepe Ta» , 
llaví, hemos pasado horas y horas... Las iba 
contando un reloj de bronce, que nos abruma-, ¡ 
ba con su monótono //'c-^ac... De madrugada; a^; 
cada instante, gemía una puerta; después, unos 
pasos callados y un nuevo amigo...: los Quin- 
tero..., Sassone..., Pinillos..., el médico..., ¡el 
sacerdote!... Por los pasillos, como una sombra 
de claustro, vagaba una hermana de la Cari- 
dad... Hasta que la muerte se llevó al genial 
intérprete del príncipe Yorik... ¡Pobre Tallu- 
fo!... En una suprema delicadeza de su gran 
alma de artista, quiso darle el último «adiós» a 
sus amigos entrañables... Y aquel instante fué 
el más dramático de la vida del trágico... Nun- 
ca lo olvidaré. En la semipenumbra de la alco- 
ba quedaba en tinieblas el lecho del moribui^-/ 
do. Bajo la colcha de damasco rojo yacía, cas^ 
inerte, el cuerpo de nuestro amigo. Sobre el 
hueco albo de las almohadas quedaba recorta- 
do su perfil esquelético, que recordaba el de 
Dante. Sus mejillas, veladas por un gris bron- 
cíneo, ya color de tierra. Una mano seca y am- 
barina se crispaba entre el embozo de las man- 
tas. Ya en la habitación comenzaba a respirar- 
se el aire pastoso de los ataúdes. Nos habló... 

5b 



LO QUE SE POR M i 

Hablaba sin despegar los párpados, como si 
soñara en alta voz... Sin embargo, su lucidez 
era absoluta; su voz estaba extenuada: voz de 
entregado , de prisionero , de vencido , para 
quien la muerte ya es un alivio y la está sin- 
tiendo pisar muy cerca. 

¡Pobre amigo!... ¡Gran artista!... 

Poco tiempo nos hemos tratado, y, sin em- 
bargo, al partir para la Eternidad, me parece 
que te llevas para siempre algo de mi corazón 
entre tus cerrados párpados. ¡Las ilusiones de 
luchar por nada!... Ya ves lo que valían todos 
tus nobles empeños en la vida: ¡unos cuantos 
renglones, como estos míos, y unas cuantas 
lágrimas, como estas mías!... 



59 



LOS PRINCIPES 
DE KAPURTALA 



Y tomamos asiento alrededor de una peque- 
ña mesita de té, al lado de los príncipes de Ka- 
purtala, los cuales estaban rodeados de su sé- 
quito y atendidos por dos altos negros indios 
tocados con grandes turbantes. 

—¿Tomarán ustedes té con nosotros?— nos 
invitó amablemente, con encantadora vocecita, 
la angelical Princesa. 

—Con mucho gusto— aceptamos, y al mismo 
tiempo pensábamos que, a pesar de los años 
pasados en el extranjero, Anita Delgado no 
supo abandonar su gracioso y fino ceceo mala- 
gueño. 

Extraordinariamente bella esta princesita de 
leyenda, que fué trasplantada desde un esce- 
nario de España a un palacio de la India. Alta, 
flexible, ondulada, con una natural distinción 
de serena majestad. Su cabecita pequeña, de 
cabellos negros abundantes, que es un encanto 

«1 



B L CABALLERO AUDAZ 

de gallardía, parece haber nacido para osten- 
ftar una diadema de perlas. Tiene el cutis como 
hecho de nácar; la boca, roja, breve y óruel; y 
sus ojos muy grandes, muy negros y un poqui- 
tín melancólicos, miran con una dulzura infan- 
til. Los dientes son como los ricos collares de 
perlas que resbalaban sobre las deliciosas tur- 
gencias de su pecho, muy descotado y muy 
blanco, casi tanto como los ricos y frágiles en- 
cajes que lo rodean. Por entre el milagro de sus 
cabellos asoman las grandes esmeraldas que 
penden de sus orejitas... Viste como la más 
refinada 'parisina, y sus manos laríí^as. puntia- 
gudas y muy pulidas, salpicadas de piedras 
preciosas, parecen dos serpientes de armiño 
hechas para acariciar. 

Al mismo tiempo que comenzamos nuestra 
conversación, la Princesita sacó de su bolsillo 
de oro y brillantes una pequeñita pitillera, 
también de oro, y nos obsequió con unos ciga- 
rrillos. Encendió ella uno, y con gracia natural 
y distinguida comenzó a darle pequeñas chu- 
paditas, y después iba soltando poco a poco el 
humo. Eran unos cigarrillos deliciosos; su aro- 
ma de sándalo producía un inefable bienestar 
en nuestro espíritu. El Príncipe seguía con cu- 
riosidad indiferente todos nuestros movimien- 
tos. Al observar que no fumaba, le pregunté: 

62 



LO Q U ñ S B P O Q MI 

-íi! —¿Su Alteza no fuma?. . . 
no . — lOh! Sí, mucho— me contestó en mal pro- 
nunciado castellano—. Pero del tabaco de mi 
princesa, no, porque tiene sándalo sagrado. 

—Pues son exquisitos— comenté yo, sabo- 
reando el mío. 

—Los fabrican en el Cairo expresamente 
para mí— dijo ella. 

El Príncipe permanecía recostado en su 
asiento con una indolencia muy oriental. Ves- 
tía a la europea y llevaba detalles de marcada 
elegancia. Estaba muy bien encuadrado allí, 
en el hall del Ritz. 

Es un hermoso tipo indio. Su cuerpo, altísi- 
mo, es esbelto, vigoroso y recio. Con su tez 
cobriza contrasta la blancura de sus frescos y 
muy limpios dientes. Siempre sonríe con frial- 
dad. Sus negros, grandes y brillarites ojos tie- 
nen una mirada ardiente y dominadora. Repre- 
senta unos treinta y cinco años, y parece un 
príncipe de Las mil y mía noches. 

—Hablemos como amigos; prescinda usted 
por una vez de su calidad de periodista, y le 
contaré cosas muy curiosas de la India. . .—me 
dijo la Princesa. ; .<-'I '*^i^ 

—Pero, ¿por qué esa oposición a que sea" el 
periodista el que converse con usted, Prin- 
cesa? 

63 



tL CABALLBPO AUDAZ 

— ¡No quiero! Pero no me llame usted prin- 
cesa. Llámeme Anita. Así como así, aquí, en 
España, es en el único sitio donde puedo oír mi 
nombre de pila... ¡Y me gusta tanto!... Tanto 
como mi Málaga de mi alma. 

—Pues, ¿cómo es eso?— inquirí— . ¿Allá, en 
la India, no sigue usted llamándose Ana?... 

—No. Al casarme varié de nombre... Me 
llamo Amor de principe, porque por ese nom- 
bre abrí el libro de mi destino el día de mis 
bodas con el Raja. Allí dicen que es un nom- 
bre de suerte. No sé yo; hasta ahora soy muy 
feliz, muy feliz. 

Al observar que tomaba notas, agregó rápi- 
da, con un delicioso mohín de enfado: 

—¿Pero no desiste usted de la interviú? 

—Resultará muy interesante. Y, ¿por qué ese 
miedo, Anita? 

—Si no es miedo; es sencillamente que yo 
estoy muy dolida de los periodistas espa- 
ñoles. 

—¿Por qué? 

—Me han hecho mucho daño. No han cesado 
de ponerme en ridículo. ..Ya mí me parece 
que yo, por ser mujer, por ser española y por 
ir a ocupar un trono extranjero, merecía un 
poco más de respeto de mis compatriotas. 

— ¡Pero, Anita, yo no «ef!... 

64 



LO Q U B se P o » Mi 

— lOh, sí, señor! Ha habido caballeros que 
han escrito sobre mi pasado cuantas fantasías 
se les ocurrieron. Hasta hubo un majadero de 
autor que, según creo, me puso en solfa en el 
teatro de Apolo. ¿Por qué?... Yo amo a España 
sobre todas las cosas. ¿Por qué los españoles 
no me han de corresponder noblemente? 

La dulce voz de la Princesa denotaba una 
profunda emoción. En sus ojos preciosos ha- 
bíase aumentado la melancolía. Brillaban mu- 
cho y parecían quererse romper en rocío de 
lágrimas. 

—No crea usted, Anita— disculpé yo—. Nos- 
otros la queremos a usted como una princesita 
nuestra. Si usted no tiene inconveniente, yo 
colocaré la verdad en su sitio y todas esas his- 
torias quedarán desvanecidas. ¿Dónde conoció 
usted al Príncipe? 

—Aquí... El vino invitado para las bodas 
reales, el año 1906. 

—¿No trabajaba usted en el Kursaal? 

—Sí, señor; era una artista honrada, como 
hay muchas. Verá usted. Yo nací en Málaga, 
de donde es toda mi familia. ¿Conoce usted 
Málaga? 

—Mucho. 

—iQué bonita!... -►dijo con deleite. Después 
continuó—: Allí tenía mi padre un café; me 

5 II 65 



B L CABALLERO AUDAZ 

acuerdo que se llamaba el «Café de la Casta- 
ña», y estaba en la plaza del Siglo. ¡El nombre 
tiene gracia!... Bueno, pues, ¡hijo!, las cosas 
vinieron mal y de mal en peor, y hubo necesi- 
dad de traspasar el negocio, y con el dinero 
que nos dieron por él nos vinimos a Madrid a 
ver si mi padre encontraba colocación. Mi her- 
mana y yo, que nos habíamos educado en el 
colegio de la Concepción, éramos dos niñas 
muy correctas; pero aquí, en Madrid, nos hici- 
mos amigas de una vecina que era maestra de 
baile flamenco, y nos convenció para que 
aprendiéramos a bailar. Figúrese usted, yo 
apenas tenía quince años y todo eso me pare- 
ció de perlas. Aprendimos a bailar mediana- 
mente unas sevillanas, un bolero, una jota y 
un ole. Mientras tanto, los catorce mii reales 
que había traído mi padre de la venta del café 
se habían gastado sin encontrar donde meter 
la cabeza. 

Hizo una pausa Anita. Acarició su collar de 
perlas . 

— ¡Vinieron días muy difíciles!— prosiguió— . 
Y entre estas negruras, la profesora de baile 
encendió en nosotras la vida del teatro. «Era- 
mos guapitas. Podíamos seguir siendo honra- 
das y ayudar a nuestros padres, etc.»; la eter- 
na historia. Nos decidimos y nos contrataron 

66 



LO QUE 3 B POR Mi 

en el Kursaal como pareja de bailes andaluces, 
ganando treinta reales diarios y bajo el nom- 
bre de Las Camelias. Nuestros padres nos 
acompañaban y estaban allí con nosotras todo 
el tiempo. 

—¿Tenía usted novio? 

—No, señor; si 5''o era una niña: tenía quince 
años, poco más o menos. Ya en la vida de tea- 
tro, me apené mucho, porque me di cuenta de 
que aquello no se había hecho para nuestros 
caracteres: éramos sositas y sin mundo. Pero, 
¿qué le íbamos a hacer?... Era nuestra tabla 
de salvación, y, lo que es más importante toda- 
vía, la de nuestros padres. Una noche, a los 
pocos días de estar trabajando, vino a visitar- 
me un señor. Era el intérprete del hotel de Pa- 
rís. Me habló de un príncipe extranjero que 
me había visto trabajar, el cual me ofrecía 
cinco mil pesetas por ciertas amabilidades. Yo 
me indig-né. Me tenía por una mujer honrada, 
aunque pobre, y no podía comprender que na- 
die formara otra idea de mí; le envié varios in- 
sultos por medio del intérprete al príncipe 
desconocido, y después de la función lloré 
como una tonta... jMe consideraba tan des- 
graciada!.. . Al día siguiente recibí un enorme 
boiiquetáe camelias y una carta. Era del prín- 
cipe. Me daba sus excusas muy rendidas y se 

67 



B L CABALLRRO AUDAZ 

despedía, entre amables frases, de mí, porque 
al siguiente día pensaba regresar a París. 
Bien; yo, como comprenderá usted, no le di 
importancia a nada de esto; uno de tantos ga- 
lanteos de teatro. Pasaron varios días, y una 
noche se presentó a verme el mismo intérprete 
del hotel de París. Traía una carta del secreta- 
rio del príncipe. En ella se me proponía irme 
a pasar unos días con su alteza a París, por lo 
cual recibiría a vuelta de correo, si lo acepta- 
ba, cien mil pesetas. Durante algunos instan- 
tes me hizo dudar aquella oferta. Figúrese us- 
ted: en nuestra angustiosa situación, aquello 
era la tranquilidad y el porvenir de nuestra 
casa... Pero no pude dominar mi repugnancia 
por lo que yo consideraba una venta, y m.e de- 
cidí a rechazarla con este recadito: «Le dice 
usted a ese príncipe, que o casamiento o nada, 
y eso si me gusta, que si no, tampoco.» Co- 
rrieron algunas bromas entre las compañeras 
sobre el Raja, y pasaron unos días. Yo ya no 
me acordaba de tal cosa, cuando una tarde 
—en ocasión en que estaba en mi casa hacién- 
dole un retrato a mi hermana nuestro íntimo 
amigo el pintor Oroz— se presentó un extranje- 
ro preguntando por mí . 

—¿Dónde vivía usted? 

—En la calle del Arco de Santa María, creo 

68 



LO QUE SE P O J^ MI 

que 23, sexto piso, interior. Bueno: el desco- 
nocido no cabía por la puerta del piso y no sa- 
bía una palabra de español; pero Oroz, que 
habla muy bien el francés, supo quién era y lo 
que deseaba... 

Calló un instante la Princesa y llevóse un 
pomito de sales a la nariz. Yo pregunté, im- 
paciente: 

—Y, ¿quién era? 

—El capitán de la escolta del Príncipe de 
Kapurtala; me traía una carta de Su Alteza y 
amplios poderes. En la carta— que, por cierto, 
la llevo siempre conmigo— el Príncipe me ex- 
presaba, con mucha gentileza, que no podía 
vivir sin mí, que le habían cautivado mis con- 
diciones y que me proponía un casamiento con- 
migo. En caso de aceptar, debía considerar al 
dador de la carta, Mr. Mayér, como un servi- 
dor mío, el cual me llevaría a París, acompa- 
ñada de todas las personas de mi familia, y allí 
arreglaríamos nuestra boda. 

—¿Usted se volvería loca de alegría? 

—No lo crea usted. Tuve miedo. No me de- 
cidí, me decidieron, y lloré mucho, no sé por 
qué. Recuerdo que aquella noche, estando en 
un palco del Kursaal, acompañada de Valle- 
Inclán, Romero de Torres, Oroz, Baroja, La 
Imperto y La Fornarina, todos me aconseja - 

69 



t L CABALLERO AUDAZ 

ron que debía aceptar el ofrecimiento del Prín- 
cipe; pero bien sabe Dios que yo fui a París 
como quien va al matadero. ¡Creía una de ne- 
cedades!... 

—¿V fué usted con toda la familia? 

— No, señor; mi papá se quedó aquí; pero 
nos acompañó el arnsla señor Oroz, que, como 
le decía a usted, era niuy aaiigo de casa. Y 
aquí viene lo más fantástico. Durante el viaje 
fui yo muy preocupada pensando lo que le iba 
a decir a • Príncipe. Me toi airaba la idea de te- 
ner que íingirle cariño a un liomore que ni si- 
quiera conocía. Llegamos. En la esíación nos 
esperaba un secreiaiio de Su Akeza, varios es- 
clavos y unos automóviles. Nos llevaron a un 
alojamiento suntuObO, lieno de comodidades y 
magnificencia; pero el Piíncipe no aparecía 
por ninguna parte. Al fin, un secretario me 
entregó una carta de él. En eila me decía Su 
Alteza que debía instalarme en aquella casa, 
que él mismo habúi amueblado para mí, y que 
allí no me faltaría n^da, ni dine'^o, ni alhajas, 
ni respetos, y que él, dándose cuenta exacta de 
mi situación, no se avisparía conmigo hasta 
tanto que yo aprendiese perfectamente el fran- 
cés, pues no quería expresarme sus sentimien- 
tos por medio de otra persona, 

—Qué raro— exclamó Campúa, mirando al 

70 



LO QUE S B P O Q MI 

Príncipe, que, con sumo deleite, escuchaba nues- 
tra conversación y reía. 

— ¡Hay más!— prosiguió Anita— . Esa carta 
iba acompañada de una nota con la distribu- 
ción que yo había de hacer de los días. No se 
me ha olvidado. Levantarme a las siete; baño, 
toilette y desayuno; de ocho a diez, montar a 
caballo y pasear por el bosque; de diez a once, 
piano; de doce a una, francés e inglés; de tres a 
cuatro, billar; de cuatro a cinco, siesta; de cin- 
co a ocho, pasear en coche o en automóvil, y 
de diez a doce, teatro. Para todas estas cosas 
tenía profesores qne se pusieron a mi disposi- 
ción y, además, dos damas de compañía, una 
francesa y otra inglesa, que por cierto son las 
que me acompañan en este viaje. 

La Princesa se detuvo para acariciar con los 
ojos a su marido. Siguió: 

—Todos los días recibía una carta del Prín- 
cipe; pero continuaba sin verle. 

—Entonces, ¿no le conocía usted?... 

—No, señor; pero le presentía tal como es. 
En mi alcoba había un gran óleo de él vestido 
con el traje indiano, y puede decirse que ese 
lienzo y su rara y caballeresca conducta en- 
cendieron en mi pecho el interés y el amor. 
Tenía muchas ganas de verle, y me apliqué a 
aprender el francés; a los seis meses sabía ha- 

71 



EL CABALLERO AUDAZ 

blarlo perfectamente; se lo mandé a decir, y 
una mañana, cuando paseaba sobre los lomos 
de mi Yip por el Bosque de Bolonia, surgió un 
apuesto jinete que se acercó a mi lado. Era el 
Príncipe... Y nada más... Yo me enamoré, más 
que nada, por su exquisita delicadeza; él fué a 
la India a preparar nuestro matrimonio, y en 
el mes de enero entré yo en Kapurtarla acogi- 
da con el entusiasmo del pueblo, y a los pocos 
días i;e celebraron nuestras bodas. Tenía yo 
diez y seis años, y subida sobre un enorme ele- 
fante, rodeada de nuestros leales, aromada con 
mirra, cantada por miles de voces plañideras, 
alentada por músicas y gritos de regocijo, pa- 
recíame soñar... Era aquello superior a todo 
lo que pueda usted imaginarse. 

—¿Fué usted sola a la India?... 

—Sólita. 

—¿No le dio a usted miedo?. . . 

—¿De quién? ¿De mi príncipe, que me adora- 
ba con toda su alma y yo a él?... Lo que sí me 
pareció es que mi ser había roto toda relación 
con este planeta, y que había encarnado en 
otro. ¡Era la vida tan distinta!... 

Calló la Princesa. Yo interrogué al Prín- 
cipe: 

—¿Luego Su Alteza es soberano indio?... 

—Desde los cinco años de edad, en que mi 

72 



LO Q U E S B POR Mi 

padre murió, soy príncipe real de Kapurtala, 
que es un bello Estado independiente de la pro- 
vincia de Punjab. 

—¿Por qué leyes se rige su Estado? 

—Por leyes análog-as a las ing^lesas, pues es- 
tamos bajo el protectorado de la Gran Bretaña. 
Sobre las Indias circulan fantasías disparata- 
das: somos poco civilizados, cortamos las ca- 
bezas a g^ranel, damos venenos a todo pasto, 
nos comemos a nuestras mujeres y qué sé yo 
cuántas tonterías más. No hay tal cosa. 

Y volviendo sus ojos ardientes hacia Anita, 
y sonriendo infantil y meloso, le preguntó: 

—¿Verdad, Amor de príncipe^ que no corta- 
mos cabezas a nadie? 

—j losú! —cXdimó la linda—. Ni cabezas ni 
nada. Ya ven ustedes que yo me conservo tan 
completa como me fui. 

—Con el cutis más transparente— agregué yo. 

—Sí, es posible; porque allí, en la India, me 
doy tres baños de leche diarios. . . ; pero no me 
pinto nada, nada, como ustedes ven. 

—Príncipe: ¿ama usted mucho a la Princesa? 
—le pregunté. 

—Mucho, muy amada. Es una divina angé- 
lica, que hace de la vida una filigrana de feli- 
cidad. En Kapurtala es muy querida y muy 
comprendida por mi pueblo. 

73 



EL CABALLERO AUDAZ 

La niña princesa, tan halagada, rió como 
una chicuela satisfecha. 

—Según tengo entendido, son ustedes muy 
aficionados a viajar. 

—Es el gran placer de Su Alteza. Viajar con 
un libro en la mano. Verlo todo y leer todo 
Buscar la belleza donde esté. Él conoce todo 
el mundo; no hay rincón en la tierra que no 
haya visitado. 

—Ahora vamos a California— medió el Prín- 
cipe—, que es lo único que me falta por co- 
nocer. 

—Y dígame, Príncipe: ¿Su Alteza tiene va- 
rias mujeres? 

— ¡Oh, sí; mujeres, muchas; pero la Princesa 
es la Princesa. 

Anita no pudo reprimir un gesto de amar- 
gura, y en una explosión de celos, deploró: 

—Sí, ¡muchas mujeres! Son costumbres de 
allí, ¿sabe usted?... Ellas le esperan mientras 
que él está a mi lado... Le esperan desde hace 
ocho añ(.)S, que no se separa para nada de mi 
vera... Allí, en la India, ningún hombre puede 
abandonar a la mujer que fué su amante, y 
tiene la obligación de mantenerla según su je- 
rarquía. 

—Y esas mujeres, ¿viven con usted, Anita? 

—¡No! ¡Qué disparate!...— rechazó rápida—. 

74 



LO QUE ó B P O 1^ Mr 

Ellas están recluidas en sus palacios; y como 
son indias, no pueden salir a la calle ni dejarse 
ver por nadie... Yo no conozco a ninguna. 

—¿Y usted tampoco puede dejarse v^er? 

—Yo, sí; yo vivo a la europea, aunque visto 
indistintamente el traje indiano o el europeo; 
es decir, visto más el indiano, porque me favo- 
rece mucho; y para las ceremonias de la Corte 
estoy obligada a ello. 

— ¿Pasan ustedes mucho tiempo en Kapur- 
tala? 

— El invierno, generalmente, porque allí re- 
sulta muy agradable. En París tenemos nues- 
tra segunda casa, con caballerizas, caballos de 
carrera, a los cuales es muy aficionado mi ma- 
rido, y demás. 

—¿Qué vida hace usted en la India?... 

—Mire usted: me levanto a las siete, monto 
a caballo y, acompañada de mis damas, de 
mis esclavos y de mis chacales, voy a dar un 
paseo por el monte, y allí corremos liebres, 
gamuzas y zorros. 

—¿Ha dicho usted chacales? 

—Sí, chacales amaestrados y fieles, que, 
como perros leales, nos acompañan y defien- 
den contra las fieras. Por la tarde jugamos al 
tennis, al polo o al billar, o patinamos, según 
el tiempo. 

75 



e L CABALLERO AUDAZ 

—La comida de la India, ¿es muy distinta de 
la de aquí? 

—Muy distinta. Sin embargo, en nuestro 
palacio se pone con frecuencia el puchero an- 
daluz y la paella, porque le gusta mucho al 
Príncipe. Siempre viajamos con nuestros coci- 
neros. Treinta personas venimos ahora. Trae- 
mos doscientos cuarenta baúles, habiendo te- 
nido que pagar, por exceso de equipaje, desde 
París, veinte mil francos. Ahora bien, que via- 
jamos siempre con agua de la India, leche y 
legumbres para condimentar comidas, pues Su 
Alteza así lo quiere. 

—¿Tienen ustedes algún hijo? 

—Uno de ocho años. ¡Más bonito!... Verá us- 
ted, ahora me lo traerán. 

—¿Cuántos idiomas habla el Raja? 

—Español, francés, inglés, persa, italiano e 
indostánico. 

—No se le olvide a usted decir— me advirtió 
el Príncipe— que amo mucho a España, y una 
prueba de ello es que entre todas las mujeres 
del mundo elegí una española, porque no en- 
contré otra más digna de compartir la sobera- 
nía de mi Estado. También haga usted constar 
mi ferviente amistad con Inglaterra, y que en 
la guerra actual le he ofrecido toda clase de 
recursos, y he enviado diez mil infantes de 

76 



LO QUE SE POR M [ 

Kapurtala para que se batan contra los alema- 
nes en el África Oriental, al frente de los cua- 
les pienso ponerme cuando regrese de Amé- 
rica. 

—¿Abandonan ustedes pronto Madrid? 

—Esta noche, si Dios quiere— dijo la Prince- 
sa—, saldremos para Sevilla. Allí pasaremos 
la feria, y en Cádiz embarcaremos con rumbo 
a América. 

Aquel si Dios quiere me sugirió una última 
pregunta: 

— Princesa: ¿Sigue usted siendo católica 
apostólica? 

—Hasta los huesos. Mi marido, respecto a la 
religión, me dejó en una absoluta libertad. 

Y los hechiceros ojos de Anita se entornaron 
dulcemente. ¡Oh, princesa oriental, qué linda 
eres!... 



77 




Un buen día nuestro director me ha dicho: 

—Es preciso que vaya usted a Barcelona... 
Tiene usted que hacer allí unas cuantas visitas 
interesantes: Guimerá, Apeles Mestres, Igle- 
sias, Juan Manen, Granados, María Barrien- 
tos. Casas, Güell y otros muchos de gran mé- 
rito. 

La orden me pareció de perlas, porque yo 
guardo un gratísimo recuerdo de Barcelona, y 
la acaté al momento. 

—Mañana, si a usted le parece . . . 

—Muy bien; mientras antes, mejor. 

Al día siguiente tomábamos Campúa y yo el 
expreso de la Ciudad Condal. Cuando amane- 
cimos, nuestro horizonte, en vez del cielo y la 
tierra que habíamos dejado, era mar y cielo, 
ante el cual se regocijaban nuestros ojos. 



79 



EL CABALLERO AUDAZ 

Describiros Barcelona sería inocente. Estoy 
seguro de que todos mis lectores la conocéis y 
que todos habéis sentido orgullo de que este 
pedazo de tierra y mar, tan europeo, tan in- 
dustrial, tan bello y tan trabajador, sea es- 
pañol. 

Es una colmena Barcelona. . . Una colmena 
perfumada con el aroma castizamente hispano 
de las flores de sus ramblas. Claro que no fal- 
tan zánganos; pero éstos son los vividores de 
la política que asoman por allí a turbar con su 
abejorreo pernicioso el laborar constante de 
las abejitas. 

¡Qué hermosa es Barcelonal . . . Yo, las ñores 
que he admirado en sus ramblas y en sus jar- 
dines no las he visto en parte alguna. . . Y un 
país donde se crían tantas y tan bellas flores 
tiene que ser un país de artistas y de espíritus 
delicados. 

Hay unas rosas blancas, veladas por un diá- 
fano tinte crema, de una belleza extraordina- 
ria. Rosas dignas de ser pintadas por Rusiflol 
y cantadas en las estrofas admirables de Ape- 
les Mestres. Contemplándolas se siente la vo- 
luptuosidad de la Naturaleza. . . 

Barcelona, ¡qué bella eresl 



80 



LO O U ñ 3 B P Ó ^ M í 

—¿Dónde vivirá Guimerá?— nos preguntába- 
mos Campúa y yo, mientras que, sentados en 
la terraza de la Maison Dorée, apurábamos un 
Qtwimel, 

La gran plaza de Cataluña era un hervidero 
de gente que caminaba de prisa... El movi- 
miento de tranvías, automóviles y coches era 
extraordinario. De vez en cuando pasaba una 
muchachuela de catorce o quince años con el 
pelo cortado . . . 

—Esa ha tenido el tifus. . .—oíamos decir en 
derredor. 

Y esta nota triste a cada instante. 

Pilin, la linda y grácil billetera, de zapatos 
de terciopelo y medias de torzal, que engaña 
con sus coqueteos prometedores y palabrerías 
a los asiduos de la Maison, llegó hasta nuestra 
mesa a ofrecernos un décimo . . . 

—¿Quiere?. . . ¡Que puede que le toque! 

Se nos ocurrió una idea. 

—Oye, niña: ¿Tú conoces a don Ángel Gui- 
merá?— le pregunté. 

—¡Ya lo creo!...— repuso, haciendo un mohín 
muy cómico de enojo—. ¿Cómo no le iba a co- 
nocer? 

— ¿Y viene por aquí? 

—No, señor. Acostumbra a ir al café Conti- 
nental. Ahora mismito estará allí... 

6-n 81 



ñL CABALLEJO AUDAZ 

La muchacha, que era hsta y simpática 
como un diabhllo, nos dirigió ya una última 
mirada de camaradas. 

Cuando nosotros nos levantamos, unos po- 
llos la acosaban en la mesa de al lado, y ella 
se defendía heroicamente. 

—¡No!. .. Tocar, no... ¿Eh? ¿Pa qué?... ¡Las 
manit^s, quietas! . . . 

Descendimos por la rambla de Canaletas y 
llegamos al café Continental. 

En cuanto llegamos vimos a don Ángel Qui- 
mera presidiendo un grupo de más de veinte 
contertulios. 

— ¡Don Ángel!. . . 

Al sentirse nombrar, el insigne dramaturgo 
se levantó rápidamente, aunque frenado por 
las tinieblas de sus ojos. 

Ante todo, nos dio la mano con esa franca 
cordialidad de los catalanes. . . 

—¿Qué desean ustedes?. . . 

—Somos Campúa y El Caballero Audas. 

—Basta— nos dijo sonriendo—. Me supongo 
a qué vienen ustedes, y hacen muy bien, por- 
que ya por aquí echábamos de menos su vi- 
sita. . . 

Don Ángel Guimerá es un viejecito alto y 
delgado, como don Benito Pérez Galdós... 
También tiene una naturaleza de roble y tam- 

S2 



LO QUE S B í> O i^ Mí 

bien le falta casi la vista... La íu¿ dejando so- 
bre las macilentas cuartillas con pedazos de su 
alma. Al peso de los años se agobió su cuerpo 
y perdieron seguridad sus pasos. Es ya un glo- 
rioso jirón de la bandera catalana, que, con 
don Benito, forman la victoriosa enseña de las 
letras españolas. 

Tiene la barba blanca y descuidada; la 
frente, muy espaciosa, y sobre su cabeza se al- 
zan como montones de ceniza sus cabellos ve- 
nerables. En el trato es afectuoso y paternal. 
De vez en cuando os da un golpecito cariñoso, 
al mismo tiempo que os dirige un sincero ha- 
lago. Su alma, como todas las almas buenas, 
¡buenas!, no ha pasado de la niñez. Segura- 
mente no conoce ni de pensamiento el pecado 
mortal. A las cuatro palabras que cruzamos 
ya sentíamos hacia él un afecto tierno y entra- 
ñable. . . Ya le cogíamos del brazo y ya hubié- 
semos besado sus manos temblorosas con la 
misma unción sagrada que besamos las de 
nuestros abuelos. 

— Son las cuatro— nos dijo en una confiden- 
cia llena de bondad, al mismo tiempo que se 
aseguraba los gruesos lentes de roca—; estoy a 
la disposición de ustedes hasta las seis y media. 

—¿Le parece a usted que demos un paseo en 
coche? . , . 

43 



EL CABALLBf?0 AUDAZ 

—Muy bien. . . Muy bien. . . ¡Mejor!— aceptó. 

Salimos del café . . . Subimos al primer coche 
que pasaba. 

—¿Adonde vamos?— preguntó don Ángel... 

—Adonde usted quiera. . . Usted, que conoce 
esto, sabrá mejor que nosotros el sitio a pro- 
pósito. 

—Iremos al parque de Montjuich, que es 
muy lindo... Allí le han levantado una estatua 
a ManeliCf que no he visto todavía. 

Y en catalán dio la orden al cochero. 

Mientras atravesábamos las populosas ca- 
lles, yo le preguntaba y le preguntaba ince- 
santemente. 

— Va usted poco por Madrid, don Ángel, y 
allí le queremos y admiramos a usted muchí- 
simo. 

—No crea, que he ido siete u ocho veces. . . 
Yo también quiero mucho al público madrile- 
ño, y es que poco a poco se ha ido captando 
mi afecto, porque me ha tratado con una con- 
sideración incomprensible. Hasta el punto que 
muchas veces me he equivocado y he tenido 
que rectificar juicios que tenía hechos. . . 

—¿Cuáles?. . . 

—Sobre algunas obras mías, que, por ser de- 
masiado fuertes, he pensado: «Esto no va a 
gustar en Madrid.» Y después han sido éxitos 

84 



LO Q U b SE POR MI 

tan grandes como aquí; y entonces he dicho: 
«¡Caramba!» 

—¿Usted es catalán? 

—No, señor... Yo so}^ de Tenerife. A los 
siete años me trasplantaron aquí, y aquí quie- 
ro morir. Mi padre era de Tarragona, y mi ma- 
dre, canaria. Cuando llegué a Cataluña no 
sabía hablar ni una palabra en catalán. Ade- 
más, no me gustaba. . . Al oírlo hablar me ha- 
cía el efecto de que disputaban... ¡Oh, des- 
pués buen cariño le he tomado! 

—Entonces, ¿estudió usted aquí? 

—Comencé mi educación primaria en Ven- 
drell..., en una escuela municipal. Después, ya 
en Barcelona, me sometí a los estudios de los 
Escolapios. 

—¿Y guarda usted buen recuerdo de ellos? 

Muy bueno. Hasta el punto que le voy a con- 
tar a usted un caso que se lo demostrará. 
Cuando la «semana trágica», un grupo de re- 
volucionarios llegó hasta el Colegio de los Es- 
colapios y le prendió fuego. . . Yo, al saberlo, 
acudí corriendo, por si con mi presencia con- 
tenía los desmanes.. . Ya era tarde. Ardía y 
todo estaba casi destruido. . . Las techumbres 
de los cuartos se habían derrumbado... Yo 
busqué en las negras ruinas de la fachada el 
balcón de la celda donde yo había pasado los 

85 



EL CABA L L E P O AUDAZ 

mejores años de mi niñez, y sentí una emoción 
muy extraña y muy triste al contemplar por el 
hueco, sin puertas ni cristales, un jirón de cie- 
lo estrellado. 

—¿Qué carrera siguió usted?. . .—seguimos 
inquiriendo. 

—Ninguna; yo no he seguido carrera. Todo 
lo más, el grado. 

—¿Y cómo se despertaron en usted los senti- 
mientos literarios? . . . 

—Pues nada; que mi salida del colegio coin- 
cidía con el movimiento literario catalán; me 
incorporé a él y empecé a escribir versos. 
Tengo una idea de que la primera poesía que 
publiqué se titulaba El alcalde y el niottarca. 
Después había un periódico que se llamaba La 
A^tninalla, y allí comencé a publicar diversi- 
dad de cosas. Más tarde concurrí a los juegos 
florales, y en todos fui premiado, y hasta un 
año obtuve los tres premios. 

—¿Cuál fué la primera obra teatral que es- 
trenó usted? 

—Gala Placidia, una tragedia en tres actos 
que me estrenaron en el teatro Principal unos 
muchachos amigos míos. 

— ¿Tuvo éxito? 

— Sí, un éxito resonante, porque era un gé- 
nero nuevo aquí; después la recogieron las 

5U 



LO QUE 3 ñ PO/? MI 

compañías y se hizo en Novedades. Y animado 
por el aplauso, seguí la senda teatral. 

—¿Cuántos actos lleva usted estrenados? 

— No sé; muchos. Unos ciento. 

—¿Cuál fué la primera obra de usted que se 
tradujo al castellano? 

—María Rosa, que se estrenaba en Madrid 
al mismo tiempo que aquí Borras. La tradu- 
jo— ¡y muy bien por cierto!— Echegaray. Yo 
iba a ir la noche del estreno, pero pensé: «Lo 
más natural es que esté donde se estrena la 
obra en la lengua en que fué escrita ...» A la 
noche siguiente fui a Madrid... Pero, ¡espere 
usted, que estoy loco! María Rosa no fué la 
primera que se tradujo al castellano... Fué 
Mar y cielo, traducida por Gaspar; la estrenó 
aquí Rafael Calvo, y fué la última obra que 
hizo, porque el pobre murió en aquellos días; 
entonces la estrenó su hermano Ricardo en 
Madrid. 

—Hablemos de Tierra baja. ¿Cómo se le ocu- 
rrió a usted el asunto de esa obra? 

—Como se ocurren todos... Meditando y me 
ditando sobre ellos... Por cierto que cuando la 
estaba terminando nos encontramos en Zara- 
goza, en unos juegos florales, don José Eche- 
garay y yo. Don José estaba esperando este 
drama para traducirlo por encargo de María 

87 



EL CABALLERO AUDAZ 

Guerrero y, claro, al verme se interesó por él. 
«¿Cómo se va a titular?», me preguntó. *Tierra 
haja-»^ le repuse. Y él frunció el ceño. No le 
había agradado el título. En aquel momento, 
viendo don José una legión de hombres que 
avanzaban por una senda, preguntó: «¿Qué 
son aquéllos?» «Aquellos son— dijo el alcal- 
de—gentes de tierra baja.* Qué coincidencia, 
¿verdad? 

—¿Cuándo se estrenó en castellano? 

—Antes que en catalán... Y la estrenó Fer- 
nando Díaz de Mendoza. Quiero hacer constar 
esto, porque hay un equívoco. Le achacan el 
estreno a Borras. 

—¿Fué un éxito muy grande? 

—Tuvo el mismo éxito que todas las demás 
obras mías; pero con el tiempo ha ido este éxi- 
to creciendo, no sé por qué... 

—Porque es una obra hermosísima— comen- 
té, entusiasmado. 

—Para mi gusto, las tengo mejores.... 

—¿Cuál le gusta a usted más? 

—Del todo, ninguna. Escenas de unas, pala- 
bras de otras. . . Momentos. . . Momentos don- 
de se advierte que sintió uno la inspiración. . . 
Cuidado se puso igual por igual para hacer 
todas. Pasa como con los hijos. ¿Por qué son 
unos más guapos o más listos que otros?... 

»8 



LO QUE S £ POP MI 

¡Quién sabe! Sin embargo, si he de ser since- 
ro, le diré a usted que la que más me llena de 
mis obras es La reina vieja. Ahora hace algún 
tiempo que no escribo, porque las compañías 
están muy mal organizadas ... La última obra 
juzgada en Madrid ha sido La reina joven... 

—En efecto, y alguien vio que en esta obra 
trataba usted de presentar personajes muy co- 
nocidos en la política española, y sobre todo 
en la catalana. 

—No, no pensé en tal cosa. Yo traté de de- 
mostrar que por muy opuestos que sean los 
sentimientos políticos de dos personas, puede 
tejerse entre ambos el amor, que salta por 
todo... Ahora, en la actualidad, lo que preparo 
es un drama: ¡esús vuelve. De esta obra está 
enamorada María Guerrero, piorque le he con- 
tado el asunto. Tengo, además, ya terminados, 
El iuutid9 a -ni y Por derecho divino. 

—¿Escribe usted con facilidad? 

—Sí, generalmente, si escribo a gusto cosas 
que a mí se me ocurran. Ha}- ocasiones en que 
uno siente una fuerza sobrenatural que lo 
manda y que lo inspira, y entonces se escribe 
como un sonámbulo. . . Ya ve usted, 3-0 tengo 
una obra que el héroe es un anarquista: La 
fiesta del trigo . . . ¿Cómo escribí yo esto? 

—¿Cuánto lleva usted cobrado de sus obras? 

89 



EL CABALLERO AUDAZ 

—No sé, hijo. . . Yo jamás cuento el dinero. 
Lo cobro y lo echo al cajón sin saber lo que 
tengo. Cuando se acaba, se acabó. Me produ- 
cirán al mes unos trescientos duros... Pero, 
¡caso raro!...: yo, a pesar de que ya tengo 
más de setenta años, todavía no escribo mi- 
rando al producto. . . Hago literatura como la 
hacía a los diez y siete años, por verdadero 
romanticismo; si no se representasen mis 
obras, las escribiría para mi entretenimiento y 
el de mis amigos. . . 

—¿Tiene usted familia? 

— No, señor; de sangre, no. Pero vivo des- 
de mozo con un amigo y con su familia, 
que, por dictados del corazón, es la mía. Soy 
soltero. 

— ¿Por vocación o por contrariedades? 

—No lo sé; porque me he ido quedando así. 

Llegamos al parque de Montjuich. Un jardín 
coronando una montaña. Abajo, en derredor, 
se extendía Barcelona, enorme, abigarrada, 
con sus chimeneas vomitando humo, con sus 
austeras torres. A la derecha, en el fondo, 
como una nube verde que besara el suelo, ten- 
díase el mar. Hasta nosotros llegaba el es- 
truendo confuso de la gran capital. . . Silbaba 
un tren. Gemía una sirena. Cantaba un ruise- 
ñor en el parque. 

90 



LO Q U B SE POR M í 

Y mientras, nosotros contemplábamos la es- 
cultura de Montserrat hecha a Manelic. 

Allí, en bronce, estaba el protagonista de 
Tierra baja^ con su cayada sobre los hombros, 
atravesada, con sus brazos colgados de ella, 
con su gorro y su frente altiva. Parecía cantar, 
bajo el purísimo añil del cielo, su poema de 
amor v libertad. .. 



91 



¿^ LUGA DE TENA 5' 



Esta tarde, lector, vamos a conversar con 
un caballero extraordinario... Su voluntad es 
recta y firme; su conciencia, como un crisol; 
su pecho, como un castillo feudal, lleno de 
amor a la Patria, donde rebotan los dardos que 
le dirigen los que no se sienten vivificados por 
la excelsa llama. Este caballero es periodista, 
y claro que lo extraordinario en él no es pre- 
cisamente la profesión. Periodistas somos mu- 
chos, unos mejores y otros peores: abundan 
tanto los primeros como los segundos. Es muy 
corriente el escritor profesional que vive de 
embujar cuartillas y más cuartillas; también 
lo es el que se deja en silencio, ignorado, los 
sesos sobre la mesa de la redacción, para nu- 
trir el buche político de su director; y hay un 
tercero que utiliza la pluma como trampolín 
para ambiciones políticas. 

93 



B L C A b A I L B tí O AUDAZ 

Nuestro visitado no pertenece a ninguno de 
estos tres tipos corrientes. Es de otra hornada, 
donde no se coció más que él. Juzgad vosotros 
mismos. Un día, cuando este caballero era un 
mozo de veinte años, y después de haberse ex- 
perimentado en visitas a tierras extrañas, se 
encontró en su patria dueño de dos millones 
de pesetas. ¿Qué hacer con tan crecida suma?... 
Un espíritu ahorrativo e indiferente la hubiese 
empleado en comprar papel -cupón, y si se 
sentía seducido por la política, con la renta de 
sus dineros a buen seguro que, cultivando la 
amistad de un Romanones, llegaría a ser mi- 
nistro. A un mujeriego, vicioso 3' alocado, se 
le hubiesen ido los billetes tras de un naipe o 
de una vida fácil; pero aquel mozo, que era un 
espíritu fuerte y bien templado, que quería lu- 
char e imponerse, ser útil a su patria, dirigió 
la vista a la Prensa; no a la prensa que se con- 
vierte en esclava y pregonera del amo, sino 
a la prensa patriótica e independiente, que es 
la anhelada por todos... Triunfó en toda la lí- 
nea. Y aquí lo singular de este hombre: cuan- 
do a la puerta de sus talleres llamaron los di- 
rectores políticos para ofrecerle un envidiable 
y suculento plato en la merienda del presu- 
puesto nacional, él siempre rehusó fríamente: 
«¡Ah! No. Perdónenme, pero no acepto; más 

94 



LO Q U B SE POR MI 

que hacer decretos y Reales órdenes en el Mi- 
nisterio, me seduce hacer patria desde la direc- 
ción <Xq A B C...» 

Sabido por todos esto, encontraréis justifica- 
do que el cronista califique a don Torcuato 
Luca de Tena de hombre extraordinario. En 
otro terreno, si me fuera dado espacio, yo es- 
cribiría un centenar de cuartillas sobre la in- 
neg"able inñuencia en la cultura y en las letras 
de este hombre, incansable Trabajador, que ha 
hecho evolucionar al periodismo, colocando a 
España al nivel, y tal vez por encima, de las 
más adelantadas naciones de Europa. 

—¿Está don Torcuato? — hemos preguntado 
con parquedad, tras de cerrar la cancela de 
hierro y cristales para que cesara el azorante 
repiqueteo del timbre que anunciaba nuestra 
entrada . 

—No puedo decirles. Hagan el favor de su- 
bir al principal; allí lo sabrán -nos contesta el 
portero. 

Y un poco abrumados por el profundo silen- 
cio que nos rodea, avanzamos por la suntuosa 
y amplia escalera, cuyos rellanos los alegran 
hermosas plantas naturales. En el piso princi- 
pal entregamos a un ordenanza nuestra tarjeta 
y esperamos viendo reflejar nuestra imagen 
en un gran espejo que sobre su jardinera pa- 



B L CABALLEJO Á U D AZ 

rece piolong^ar la galería. Un bolones menudo 
y vivaracho nos examina con curiosidad. Vuel- 
ve el ordenanza y tras de él el secretario de 
don Torcuato, que nos invita a seguirle... El 
señor Luca de Tena está en la nave de máqui- 
nas. Atravesamos una oñcina— tal vez sea la 
redacción—, seguimos por una galería, nos 
deslizamos por una escalera de caracol, nos 
acomodamos en un ascensor que desciende dos 
pisos y que nos deja en la nave de máquinas. 
Ya allí, nos hemos quedado un instante quie- 
tos, estupefactos, asombrados, contemplando 
la grandiosidad de esta nave que se extiende 
ante nuestra vista. El cronista, que ha visitado 
los más renombrados rotativos ingleses, fran- 
ceses y alemanes, no encontró en ellos nada 
comparable con esta gran sala, sin una colum- 
na, donde hay más de treinta máquinas, donde 
trabajan y se mueven holgadamente más de 
cien obreros bajo la luz azulosa que desparra 
man una veintena de focos eléctricos, y donde 
la atmósfera es pura y transparente como en 
medio de la Castellana. 

A la derecha, y rodeado de un grupo de 
obreros, atalayamos al hombre cuyo cerebro 
levantó este palacio periodístico, honra de la 
prensa española. Atravesamos las secciones 
de encuademación y llegamos hasta donde 

96 



LO QUE SE POR Mi 

está don Torcuato, que nos acoge con su gen- 
til amabilidad. 

—Perdónenme que los reciba aquí, pero es- 
tamos probando esta nueva máquina — nos 
dice, mostrándonos una gran rotativa de cua- 
tro cuerpos , enorme como un acorazado, 
veloz como una centella y silenciosa como 
una respiración. Cuatro hombres recogen los 
ejemplares áe A B C, que, perfectamente 
impresos y plegados, arroja por sus plega- 
doras... 

—Es magnífica esta máquina, don Torcuato 
—exclamamos nosotros maravillados. 

—La Casa Koéning Bauer— nos replica el se- 
ñor Luca de Tena— la ha construido expresa- 
mente para tirar ABC. Con ella se obtiene 
un rendimiento de velocidades asombroso. Po-. 
demos tirar, poniéndola a su marcha máxima, 
ciento veinte mil ejemplares, de ocho páginas, 
en una hora, perfectamente impresos, como 
está usted viendo. 

—¿Le habrá costado a usted un pico?... 

— Hasta este momento llevo gastado en ella 
ciento cincuenta mil francos. 

— Y la tirada diaria, ¿se hace ya en ella? 

—No, señor... Estamos desde hace ^ .r;os 
días haciendo ensayos; hoy ya podemos decir 
que el ensayo es general, con decorado y todo, 

7 -II 97 



EL CABALLERO AUDAZ 

porque está tirando una de las ediciones de 
provincias. 

—Solamente usted en España, don Torcuato, 
tiene coraje para gastarse más de treinta mil 
duros en una máquina. 

—Eso significa poco comparado con la labor 
que hay que hacer desde que se le ocurre a 
uno adquirirla hasta que la ve ya funcionando; 
no se puede usted imaginar lo de estudios, ¡nú- 
meros, viajes, visitas! Luego, ya aquí, no apar- 
tarse de ella y presenciar su montaje desde el 
primero hasta el último ovalillo... Yo. amigo 
Andas, me he puesto más de una vez la blusa 
azul para a3'udar en mis talleres a los obreros. 
Y también he vendido por las calles el Blanco 
y Negro. 

—Tiene un mérito enorme que usted, riquí- 
simo, soli.citado en la vida política para ocupar 
elevados puestos, prefiera a todo este desvelo 
constante y este continuo y duro trabajar. 

—No sé si tiene mérito o no; pero esto no lo 
sacrifico por nada; más de una vez se me han 
acercado ofreciéndome un puesto en la política, 
y siempre he renunciado a ello por no adulte- 
rar la independencia áe A B C, que es donde 
tengo puestos todos mis amores. 
' —Canalejas, ;le ofreció a usted una cartera? 

—Sí, sefior: la de í-^omento; pero yo no acep- 

98 



LO QUE SE POR Mi 

té. López Domínguez, en otra ocasión, la Di- 
rección de Correos, y esto, entonces, le confie- 
so a usted que me hizo dudar, porque yo tenía 
estudiado un plan de reformas en Correos; por 
cierto que de él entresaqué el franqueo concer- 
tado y los giros de prensa, que gracias a mi 
iniciativa se llevó a cabo. Sagasta también me 
ofreció una Subsecretaría, y tampoco acepté., 
Yo entiendo que el cargo de director de un pe- 
riódico es incompatible con cualquier puesto 
político, porque no hay posibilidad de sustraer 
al periódico del influjo que ejerza la idea y los 
intereses del partido. 

—¿Cuántas horas dedica usted al trabajo?... 

—Catorce horas diarias; generalmente estoy 
en esta casa hasta las cinco de la madrugada. 

— ¡Claro que tiene usted una afición desme- 
dida por el periodismo!... 

— Una tendencia loca desde que tenía cator- 
ce años, que fui director de un periódico grá- 
fico titulado La Educación; porque cada uno 
nacemos, para una cosa, y yo, por lo visto, 
nací para dirigir periódicos. 

Hay un momento de silencio Don Torcuato, 
con sus grandes quevedos redondos, de con- 
cha, sigue todos los movimientos de la má- 
quina. 

— ¿Quiere usted contarnos — le pregunta- 

99 



EL CABALLERO AUDAZ 

mes— su vida pasada, que será muy intere- 
sante?... 

—Con mucho gusto, y si no es interesante, 
es la vida de un hombre trabajador. Yo nací 
en Sevilla; mis padres, que poseían una gran 
fortuna, me enviaron a Madrid a estudiar. 
Aquí, cuando tenía catorce años, como le dije 
aates, se me ocurrió, en compañía de otros dos 
o tres camaradas, fundar un periódico del cual 
fui director... Conseguimos que salieran varios 
números, y después murió... Entretanto, yo, 
que seguía la carrera diplomática, fui a los 
quince años agregado a nuestra Embajada en 
Marruecos. Por Tánger, Fez y otros puntos 
marroquíes estuve varios años. Volví a Espa- 
ña, y habiendo puesto la casa bancaria de mi 
familia una sucursal en Madrid, me designa- 
ron a mí para llevar la dirección de ella... Tra- 
bajaba, sí, bastante; pero me quedaba tiempo 
para divertirme... Montaba mucho a caballo, 
asistía a los teatros y dedicaba dos meses del 
año a viajar por el extranjero... 

— Y en medio de esa vida tan grata, ¿cómo 
fué ocurrí rsele fundar Blanco y Negro?— in- 
quirimos nosotros extrañados. 

—Verá usted... En uno de mis viajes a Mu- 
nich me entusiasmó Fliegender Bliitter, que 
sabe usted es uno de los mejores periódicos de 

100 



LO QUE SE P O Q MI 

Europa, y con envidia pensé si en Espaíia, 
donde entonces no teníamos más revista que 
Madrid Cómico, no podríamos con el tiempo 
tener una gran ilustración como Fliegcndeí 
Blattcr. Ya vuelto a Madrid, lamentaba yo en 
una tertulia que en España no supiéramos ha- 
cer un buen periódico. Uno de los contertulios 
saltó y dijo: «Aquí sobran artistas para poder 
hacerlo; lo que falta es dinero.» «Yo tengo todo 
el dinero que haga falta»— repuse yo—. Y ma- 
nos a la obra.. . De aquella noche y de aquella 
tertulia salió Blanco y Negro, a quince cénti- 
mos, de cuyo primer número tiramos veinte 
mil ejemplares, y se agotó en seguida. Y ha 
sido un hijo tan agradecido, que yo preparé 
cuatro mil pesetas para fundarlo y jamás me 
ha hecho tocar a ellas. Desde que nació se 
pagó él, triunfó en la calle y se fué instalando 
con holgura. Y nadie puede darse una idea de 
lo que yo he luchado... En Barcelona, cuando 
los vendedores se me negaron a vender Blanco 
y Negro a veinte céntimos porque querían la 
comisión de siete cada ejemplar en vez de cin- 
co, cogí el tren, me planté allí, recluté a jor- 
nal unos cuantos muchachos, y yo, al frente de 
ellos, como un capataz, pues si no los ven- 
dedores no los dejaban, recorrí las ramblas 
voceando y vendiendo Blanco y Negro, y re- 

101 



ñ L CABALLEPO AUDAZ 

cuerdo que llegué a vender veinticinco ejem- 
plares. 

—Con A B C, ¿empezó usted perdiendo di- 
nero?... 

— Sí, señor. Llegué a perder hasta ochocien- 
tas mil pesetas, haciendo enormes tiradas. 
¿Cómo se explica esto?... 

—Usted lo sabe i.^ual que yo: sólo el papel 
que lleva ABC vale los tres céntimos en que 
tenemos que dar el periódico a los vendedores, 
y los anuncios se hicieron esperar bastante; 
así, que cada número me costaba dos o tres 
mil pesetas de pérdida, hasta que con pacien- 
cia y serenidad liemos llegado a tener un res- 
petable número de anuncios que nos permite 
poder dar a tres céntimos lo que damos... 

—Es muy hermosa esta instalación. 

—Por lo menos, para que resulte higiénica 
y trabajen con gusto los obreros, he puesto en 
ella mis cinco sentidos. Merced al sistema 
norteamericano que tenemos para la re- 
novación de aire, jamás se respira la at- 
mósfera viciada. ¿Ve usted? No hay humo, 
a pesar de que se está fumando todo el día. 
La temperatura es igual en cualquier estación 
del año. 

—¿Estarán muy contentos sus obreros? 

—Sí, señor. Hago por ellos todo lo que hu- 

102 



L O Q U B S t POR Mí 

manamente puedo, y tengo la ilusión de qu e 
me quieren, 

—Y de política, ¿qué me dice usted?... 

—Yo en política, cuando fui diputado, que 
lo fui cuatro veces por Martos, era sagastino. 
Hoy, como le he dicho a usted antes, soy neu- 
tral. Hay quien me creía conservador y mau- 
rista; nada de eso: no soy de nadie. Ahora 
bien: como he demostrado, soy patriota y en 
Maura admiro los procedimientos desinteresa- 
dos, sanos y viriles, que serán los únicos capa- 
ces de engrandecer a España. Un espíritu de 
justicia me ha inspirado el no colaborar en la 
gran ignominia de escarnecerlo, porque es el 
único hombre quizás que no tiene, ante nada 
ni ante nadie, que inclinar su nobilísima frente 
y rezar el Yo pecador . ABC, que es como un 
ciudadano honrado, aunque sea independiente, 
tiene que llevar a los hogares la verdad diáfa- 
na, y desvanecer leyendas antipatriotas como 
la de Ferrer, la de Maura y la de La Cierva. 

Cesa de hablar don Torcuatc. 

Frente a nosotros sigue la Koening vomi- 
tando ejemplares. El señor Romea, atildado, 
con su bigote largo y frágil, sus aborrascados 
cabellos peinados hacia atrás y con gesto deli- 
cado e ingenuo, va de un lado a otro atendien- 
do a todo. Por último, se acerca a don Torcua- 

iW3 



EL CABALLERO AUDAZ 

to y le desliza una pregunta. Don Torcuato lo 
escucha; después levanta la cabeza, lo mira 
primero y luego le habla. De vez en cuando, 
con su mano derecha, en un movimiento habi- 
tual se acaricia el bigote. 

Nosotros, mientras, meditamos, y en nuestra 
imaginación se tienden dos paralelos: don An- 
tonio Maura y don Torcuato Luca de Tena. 



104 




EL SULTÁN 
MULEY-HAFFID 




Tuve que esperar un gran rato. El Sultán, 
según me dijo una camarerita coquetona y 
charlatana, estaba almorzando y acababa de 
empezar. Había dado órdenes de que nadie lo 
molestara durante su yantar, que debía de ser 
abundante y suculento, a juzgar por los reple- 
tos bandejones de comida que iban metiendo 
los camareros en su cuarto. 

Yo encendí un cigarro y me puse a pasear 
lentamente por el amplio pasillo del piso pri- 
mero del Palace. 

Observé que concurría mucha gente a este 
piso, muchos conocidos, que pasaban por mi 
lado y me saludaban familiarmente. ¿Qué ocu- 
rría? Pronto lo iba a saber por labios del sim- 
patiquísimo Duque de Tovar, que llegaba, muy 
orondo, acompañado de su inseparable amigo 
Lago. 



105 



B L CABAL LBRO AUDAZ 

—¡Querido Duque! — exclamé, estrechando 
su mano. 

—Amigo Anda':-, ¿qué hay? ¿Viene usted de 
verlos?... 

—¿No; estoy esperando a que termine de al- 
marzar. 

—Pero ¿están almorzando? ¿Tan pronto?... 
¡No es posible! ¿Ha visto usted qué bien estuvo 
el más chico ayer en Valencia? 

—¿A quien se refiere usted, Duque?... 

—A los Gallos. 

— ¡Ah, a los Gallos! Y yo hablaba del Sultán, 
que es por quien voy a ser recibido. 

—¡Ya! Pues es muy amigo mío. Me conoce 
mucho por conducto de los Mannesmann. Dele 
usted recuerdos de mi parte; ya vendré yo a 
verlo. ¡Ah!, y dígale que si le gustaron los tres 
magníficos leones de Hamburgo que le regalé. 

—¡Vaya un regalito! 

Marchó el Duque y quedé solo. En uno de 
los ángulos esperaban también unos fotógra- 
fos. Poco tiempo más; acaso el necesario fiara 
conversar unos momentos con la rubia, gentil 
y rafaelesca Marquesa de la Plata, en cuyo 
álbum de viaje tuve que estampar mi firma, y 
debajo precisamente de la de Josclito. Haceos 
cargo de mi confusión. Josclito y yo toreando 
a la limón. Cuando digna, altiva, angelical, des- 

106 



LO QUE 6 E P O /? Af / 

apareció la noble Marquesa tras el caracol de 
la escalera, se acercó un camarero a decirme 
que Su Majestad Muley-Haffid me esperaba. 

Lo seguí. Me crucé en el camino con tres 
morazos que abandonaban la habitación del 
Sultán. Eran bastos, recios y desgarbados; las 
chilabas de estambre se les caían por las espal- 
das. Llevaban las cabezas rapadas y sus anda- 
res iban acompañados de un vaivén bestial. 
La habitación de Muley Hafñd no estaba cus- 
todiada por esclavos, como la de su hermano 
Abd-el-Azís. Penetramos. 

Frente a la puerta, sentado a usanza moru- 
na sobre un sofá, nos esperaba el Sultán. En 
pie, a su lado, permanecía un joven rubio, ves- 
tido a la europea. Apenas Muley-Haffid se dig- 
nó contestar a nuestra reverencia. Antes de 
hablar nosotros nos dirigió la palabra el joven 
rubio de cabellos rizados. El Sultán le instaba 
en árabe, y él parecía obedecer un penoso 
mandato. 

—Yo soy el secretario y el intérprete de Su 
Majestad Muley-Haffid — comenzó diciendo el 
muchacho . 

—¿Pero usted es europeo?— observé yo. 

—Sí, señor; ¿no lo advierte usted? Soy ma- 
drileño. Pues bien: mi magnifico señor me dice 
que le prevenga a usted, señor Anda:::, que ha 

107 



EL CABALLBRO AUDAZ 

leído el artículo que escribió usted sobre su 
hermano, y que ha podido ver en él que es us- 
ted demasiado... curioso..., vamos... demasia- 
do... preguntón, y que procure usted moles- 
tarle a él lo menos posible, sobre todo con pre- 
guntas que no sean discretas. 

Te confieso, querido lector, que esto me des- 
concertó un poco, y un algo más la actitud 
sonriente con que el Sultán seguía las palabras 
de su secretario. 

— ¡Ah, caramba!— repuse, no dándome por 
aludido— ; ¡es muy amablesumagnífico señor!... 

—Sí; muy simpático— abundó el secretario, 
con ingenuidad—; no tiene más que el genio 
muy fuerte. 

— Bah, ¡eso será en Marruecos! —Y variando 
de conversación, pregunté—: ¿Sabe hablar es- 
pañol?... 

—No, señor. Lo entiende, pero no lo habla. 

—¿Y francés?... 

—No, no habla más que árabe. Pero me ad- 
vierte que su augusta voluntad es que todas las 
preguntas se las dirija usted a él, y yo le con- 
testaré lo que Su Majestad me diga. 

—Perfectamente —convine. 

Esperaba MuleyHaffid que comenzaran mis 
preguntas, y me examinaba con altanería y 
desconfianza. Yo, por mi parte, lo miraba con 

108 



LO QUE SE POR MI 

indiferente insolencia... Advertí en seguida 
que, aunque físicamente son dos gotas de agua, 
Muley-Haffid, en el trato, es el reverso de su 
hermano Abd-el-Azís. Dijimos que Abd-el-Azís 
es un gran señor. Muley-Haffid es un gran 
ftioro^ déspota, dominador, descortés; su edu- 
cación no fué refrescada por los aires euro- 
peos. 

Ahora bien: tiene un soberbio tipo de Sultán 
bravio y sanguinario. De estatura elevadísi- 
ma, cuerpo muy fornido, rostro altivo y bron- 
cíneo—casi senegalés — . En sus ojos, muy 
grandes y negros, se advierte, tras su habitual 
expresión melancólica, un espíritu frío, cruel 
y perverso. Pero Muley Haffid es, ante todo, 
guerrero; lo denuncian sus grandes manos, 
que a cada instante buscan vanamente, en la 
cintura, el puño de la gumía. 

Ríe... ríe siempre, mostrando la verdosa 
dentadura, cubierta en sus picaduras por gotas 
de oro. ¡Ah! Pero no te fíes de esta risa del 
Sultán. A mí me produce escalofríos. No es 
una risa sana; es una sonrisa pérfida. Segura- 
mente estaba su rostro adobado por esta suave 
risita cuando presenció la muerte del Roghi en 
la jaula de las fieras. 

Usa gran barba, como la endrina crespa y 
rizada. Las vestiduras poco han de diCeren- 

109 



t L CABALLERO AUDAZ 

ciarse de las de su hermano; tal vez las de 
aquél sean más ricas. Muley-Haffid no luce 
ninsTuna joya. 

--Señor— comencé diciéndole, después de to- 
mar asiento frente a él—, ¿tú eres mayor o me- 
nor que tu hermano Abd-el-Azi's? 

—No sé --me contestó por boca del secre- 
tario, 

—¡Cómo, majestad! ¿No sabes la edad que 
tienes?...— insistí yo, asombrado. 

—Sé la edad que tengo; pero no quiero de- 
círtela; y además, si en vez de estar aquí estu- 
viéramos en Marruecos, ya te hubiera manda- 
do a un calabozo. 

Me aterré y proseg:uí, fing"iendo amilana- 
miento: 

—¿Por qué, señor? ¿Cuándo incurrí en tu có- 
lera?... 

—Has de saber que en Marruecos es una 
g^rave ofensa preg'uutar la edad. 

~¡Ah, sí! Pues perdona, señor— repuse 5''0, 
afectando sentimiento — ; pero aquí, en ítspaña, 
no ofende esa pregunta más que a las señoras. 
Ahora bien: como estamos en España y a mí 
me interesa saber tu edad, vuelvo a pregun- 
tártela. 

—Y porque estamos en España te contesto. 
Tengo treinta y dos años. 

1! J 



L O Q U B SE P O Q MI 

—¿A qué obedece tu viaje?. . . 

—Al deseo de recrearme un poco y a la ne- 
cesidad de tomar las aguas de Marmolejo, que 
me habían recomendado los médicos. Pero de 
allí he tenido que venir en seguida, porque la 
estancia era muy molesta; no tenía comodida- 
des ningunas. 

—¿Es la segunda vez que visitas España, 
verdad? 

—Sí, la segunda. 

—¿Te gusta, señor? 

—Si no me hubiera gustado, no hubiese vuelto. 

—¿Esperas ser recibido por nuestro Rey? 

—Sí; esta tarde visitaré a vuestro Sultán. 

—He leído en los periódicos que tienes el 
propósito de reunirte en ésta con tu hermano 
Abd-el-Azís. ¿Es cierto? 

—No; no es cierto —rechazó rápido. 

—Por lo que advierto, no hay las mejores 
relaciones entre tú y tu hermano. 

—Ni las mejores ni las peores. El uno no debe 
existir para el otro; esta es la razón de que los 
dos nos creamos con el mismo derecho para 
una misma cosa. ¡El uno no existe para el otro! 
De mi superioridad en valor tuvo una prueba 
en Marrakesch, donde derroté sus tropas, yo 
al frente de las mías, y me proclamé Sultán. 

—Pero a ti, señor, te destronó ]\lu1í.'y Jusef . 

111 



t L CABALLERO AUDAZ 

—Mientes. Le dejé yo el trono, ¿Es que igno- 
ras tú que en el momento que yo me levante en 
armas volveré a ser quien fui en Marruecos? 

—Algo de eso tengo entendido, señor; pero, 
¿tú aspiras a volver al trono?... 

—Esa es una pregunta necia; porque mira: 
cuando a uno se le cae de la mano una moneda, 
si es de plata se agacha en seguida a cogerla, 
y si es de cobre se agacha más lentamente; 
pero el que se caiga no quiere decir que se re- 
nuncie a ella ni que sea de otro. ¿No es esto? 
A mí se me ha escapado de las manos el trono 
de Marruecos, y como es mío, como me perte- 
nece por mi descendencia del Profeta, volveré 
a poseerlo. 

Las palabras del Sultán eran firmes. 

—Y dime, señor, ¿qué vida acostumbras a 
hacer en Marruecos?... 

—A esa pregunta no contesto. 

— ¿Por qué, señor?- pregunté, extrañado. 

— Porque la vida que yo hago en Tánger la 
conoce todo el mundo, y la parte que no cono- 
ce todo el mundo es la parte privada, y esa, 
como comprenderás, no te la voy a confiar a ti. 

Sonreímos Campúa y yo. El Sultán preguntó 
rápido, clavando en nosotros sus ojos de lince: 

—Te sonríes, ¿por qué?... 

—Majestad, porque eres muy amable y muy 

112 



Lo Q Ü B se POR M t 

simpático; da gusto tratarte; deben estar en- 
cantados tus esclavos y esclavas. 

— Te advierto — me dijo Campúa en voz 
baja— que, como sigas por ese camino, este 
gachó nos va a echar violentamente del cuarto. 

—Soy del mismo parecer— le contesté yo. 

—¿Sí?— siguió Campúa—. Pues convendría 
liacjale las fotografías antes. 

— ¿Eh?... ¿Qué te dice ese?~inquinó el Sul- 
tán, sonriendo... siempre. 

—Nada, señor; me dice que desea hacerte 
unas fotografías. Una escribiendo, por ejemplo. 

—No; nada de escribir. Podéis hacérmelas 
así, como estoy; pero no consiento que se ha- 
gan más de tres. 

Comenzó Campúa su labor. Yo, entre placa 
T placa, continuaba preguntándole: 

—¿Cuáles son tus aficiones predilectas, Ma- 
jestad?... 

—La caza dé fieras. También rae gusta do- 
mesticar tigres y leones. Allí, en Tánger, po- 
seo un pequeño parque zoológico. 

—Tengo entendido que te agrada la poesía.. . 

—Mucho— replicó con cierto énfasis—. Yo 
hago versos. Si me leyera vuestro poeta Vi- 
llaespesa, tendría más clara visión de la reali- 
dad árabe. 

— Y el automóvil, ¿te distrae?... 

8-51 113 



EL CABALLERO AUDAZ 

—Si; me encanta pasear en él; pero yo no lo 
conduzxo ni lo entiendo. 

Hubo una breve pausa. Campúa llevaba ya 
cuatro placas, y el Sultán protestó. 

—He dicho tres, no más que tres, y ya me 
has hecho cuatro. 

— No lo creas, señor; no llevo más que dos. 

—Bien; pues terminad ya y marcharos, que 
yo tengo mucho que hacer, y sobre todo, deseo 
quedarme solo. 

Seguía sentado, con las piernas cruzadas, j 
movía con impaciencia los pies, calzados con 
medias de lana. Las sandalias doradas queda- 
ron abandonadas en el suelo, ante el sofá. 

—Nos marcharemos, señor, en cuanto hable- 
mos algo de la guerra europea. 

—Yo, sobre eso, no te he de contestar nada. 
Es decir, te diré, únicamente, que lamento, 
como todo el mundo, la guerra. 

—Tus simpatías, ¿por quién están? 

—Esa pregunta me molesta. 

— Pero, señor, si se la hice idéntica a tu buen 
hermano y se dignó contestarla. ¿Qué de par- 
ticular tiene que tus estudios, o tus aficiones, o 
tu amistad, o tu admiración, te inclinen más a 
un lado que a otro? No creas, yo también ten- 
go mis simpatías. 

•—Pero las tuyas no interesan a nadie. 

^14 



L O Q_u _^ ^ 4^_^ 9__R^ t^^i 

—Ya lo se; y porque las tuyas interesan 
quiero saberlas. 

El Sultán meditó un instante. Después, con 
cauta 3' ladina diplomacia, repuso: 

—Puedes decir que mi espíritu está con los 
franceses. ¡Tiene que ser asi! Con ellos convi- 
vimos allá en África. 

¡Oh! No era sincero. Continué: 

—Me extrafía, señor, esto, teniendo tan 
grande amistad como tienes con los Mannes* 
mann. 

—Y ¿quién te dijo que yo tenía amistad con 
los Mannesmann? 

—Tu amigo el Duque de Torar. 

—¿Y quién es el Duque de Tovar?... 

—Señor, un grande de España, que te regaló 
tres leones. 

— ¡Bah! Ni conozco a los Mannesmann, ni al 
Duque de Tovar, ni a mí me ha regalado nadie 
tres leones. Yo todas mis fieras las he compra- 
do en Hamburgo con mi dinero. 

—Y dime, majestad magnánima, ;qué opinas 
del protectorado francés y español en las zo- 
nas de Marruecos? 

Esta pregunta movió todo el recio cuerpo del 
Sultán. Agitóse nerviosamente; pero sin apa- 
garse su sonrisita, contestó: 

- Eso ya es asunto pasado, y a las cosas 

115 



ñ L CABALLEJO AUDAZ 

que pasaron no se les puede decir más que 
adiós. ¿No es así? 

Asentimos; él prosiguió: 

—El protectorado se venía ejerciendo en 
África desde quince años antes que 3^0 subiera 
al trono. Lo que ocurría es que estaba en ges- 
tación. Es decir, era un árbol que existía y se 
estaba robusteciendo. Durante mi reinado arro- 
jó el árbol, desgraciadamente, las primeras 
yemas, }'■ ahora ya se está cogiendo el fruto 
maduro. ¿Comprendes, cristiano? 

Comprendía. Lo que no me decían sus labios 
cárdenos lo adivinaba en su mirada azaba- 
chada. 

Dudé antes de hacerle mi última pregunta. 
Al fin me decidí, 

—¿Es cierto, señor, que tú mandaste matar 
al Roghi?... 

—Es cierto. Lo mandé matar porque el Roghi 
era un bandido como el Raisuhi. Con su muer- 
te, que la quiso Alá, hice un gran bien a mi 
Imperio. 

—¿Y lo mandaste matar en la forma que se 
dice?... 

El rostro de Muley-Haffid se inmutó leve- 
mente. 

—A rer— inquirió con despotismo — ; ¿en qué 
forma se dice y quién lo íice?... 

r.6 



LO Q U t SE P O R M I 

— Yo no lo creo, Majestad; pero se cuenta, 
es decir, a mí me lo ha contado un servidor 
tuyo, que arrojaste al Roghi a una jaula donde 
lo esperaban tres leones, precisamente los que 
te había regalado el Duque de Tovar; que las 
fieras, en vez de devorar a su huésped, lo mi- 
raron con indiferencia; que entonces el Roghi, 
bravio y amenazador, 3' sin aparentar miedo 
alguno ante las fieras, se abalanzó con ímpetu 
a los barrotes de la jaula tras de los cuales 
presenciabas tú regocijado el espectáculo, y 
afeó tu conducta, te desafió a entrar en el cu- 
bil, te llamó cobarde 3' negó que tú fueras el 
descendiente del Profeta; entonces tú, confuso 
y aterrado, iracundo y desde rios9, ordenaste a 
tus esclavos que mataran al Roghi a balazos. 
Tus askaris te obedecieron. Esto cuenta la 
gente, señor. 

Mi relato causó pésimo efecto en el ánimo 
del Sultán. Como movido por un resorte, pú- 
sose en pie sin hacer caso de las zapatillas, y 
con el rostro encendido en cólera }'■ gesticulan- 
do amenazador, me señaló la puerta de la ha- 
bitación. Nos insultaba en árabe; el secretario, 
interponiéndose, nos tradujo sus dicterios. 

Un /ro/) í/^ r^/é* evidentemente innecesario. 
Hay gestos y actitudes de significado univer- 
sal. A encontrarme con Muley-Haffid en su 

117 



EL CABALLÉ R O A U D A Z 

palacio de Tánger, aquello hubiera supuesto 
una rápida capitis ditiiinudo parcial o total del 
cronista... 

—Dice mi gran señor que o se marchan us- 
tedes o llama a sus esclavos para que os echen. 

— ¡Ah, no— protesté yo—, que no se moleste 
tu magnífico señor! Nos marchamos nosotros 
por nuestro pie. 

Y diciendo esto cogí mi fkxible, y sin perder 
de vista al Sultán, que parecía una estatua de 
basalto, salimos. Tras de nosotros sonó la puer- 
ta violentamente. 

¡Palabra de honor, lectores! 



lU 




Mientras que Campúa se ensañaba con la 
preciosa modelo haciéndole un centenar de 
fotografías en el gabinete, yo curioseaba por 
todos los rincones de la alcoba. De vez en 
cuando saltaba la voz mimosa y aniñada de 
Merceditas, protestando cariñosamente contra 
mi inaudita audacia. 

— ¡Pero ese hombre!... ¡Enterándose de todoe 
mis secretos!... 

El lecho era de bronce y cristal, con el dosel 
de gasas y encajes... A la derecha estaba la 
mesita escritorio, y sobre ella, alguna carta, 
de cuyo contenido yo, muy indiscretamente, 
me enteré, y los papeles de las obras que la 
artista tiene en estudio... Abrí los cajones de 
la mesa escritorio. Merceditas, al oír el ruido, 
protestó airadamente. 

—¿Qué hace usted, hombre de Dios?... ¡Va- 
lia 



B L CABALLERO AUD AZ 

mos! . . . Hasta dentro de los cajones me está 
andando. iHabráse visto!... 

Y su fingida desesperación mimosilla se rom- 
pía en una risa cristalina y contagiosa... Tro- 
pecé con un paquetito de cartas, presas con 
una cinta color plomo... «Cartas de especta- 
dores», rezaba arriba... Leí la primera... «Ado- 
rable y bellísima señorita: No puedo seguir 
más en esta situación, y cojo la pluma para 
decirla que estoy locamente enamorado de us- 
ted. Desde que comenzó la temporada vengo 
todas las noches a tener la dicha de contem- 
plarla. Ocupo siempre la butaca núm. iO de la 
illa cuarta. Si después de verme no le soy a 
usted indiferente, para demostrármelo pónga- 
se un clavel del adjunto ramo en el pecho... Y 
si así es, me hará usted el hombre más feliz 
del mundo, y mi fortuna— cerca de ochenta mil 
duros— y mi vida las pondré a su disposición. 
La idolatra, Naiciso Regidor.^ 

No estaba mal. Yo solté la carcajada y re- 
nuncié a leerme las cien compañeras más, con- 
cebidas, sin duda, en la misma forma. 

—Veo que recibe usted muchas cartas de es- 
pectadores enamorados. ..—le dije a Merce- 
ditas. 

— jYaha dado usted con ellas!...— gritó. 

Y variando de tono, prosiguió: 

120 



LO Q U ñ SE P O Q MI 

—Algunas... Tontos; ño se figure usted que 
yo me creo que nadie se enamora de nadie tan 
fulminantemente. 

A los pies de la cama había una chaisclon- 
s^ííc, con media docena de cojines y almohado- 
nes de seda... 

—Ya puedes salir— me avisó Campúa, que 
había terminado de hacer las fotografías. 

—Verdaderamente— le dije a Merceditas, al 
mismo tiempo que me acercaba a ella— que hay 
habitaciones de las cuales no quisiera uno sa- 
lir nunca. 

— iVaya unos caprichos!— comentó ella. 

Pasamos a la sala, suntuosa, y allí tomamos 
asiento. 

La linda actriz estaba en la intimidad de su 
casa más inmensamente bella que en el esce- 
nario. Vestía un traje de seda silenciosa color 
limón. La piel de su escote parecía alabrastro, 
y sus brazos, perfectamente torneados, dos 
serpientes de nácar. Las dos grandes perlas de 
sus pendientes recibían los reflejos del traje y 
parecían también verdes. 

— Está usted muy bonita, Mercedes -comen- 
cé diciéndola, tras la serena contemplación. 

—No; eso no, porque no lo so}'— repuso ella. 

—Sea usted sincera. ¿Usted cree ser guapa 
o fea? 



B L CAQALLEffO AUDAZ 

—Ni lo uno ni lo otro. De verdad... 

Hizo una pausa; después prosig-uió: 

—No creo que soy bella; pero sí creo que 
tengo muchos atractivos que suplen la falta de 
belleza. 

— ¿Cuáles? 

—Los que me tratan dicen que tengo un po- 
quitín de talento... 

Y al decir esto , hizo un delicioso mohín de 
rubor. 

—¿Qué es lo que cree usted que tiene más 
bonito físicamente?... 

—Hombre, los ojos; es de lo mejorcito que 
hay en casa. ¿Opina usted lo mismo?... 

Tras de intentar una selección, tuve que con- 
fesar mi fracaso. 

—La verdad, no sé escoger. 

—Siempre galante. 

—¿Tenía usted desde pequeña gran voca- 
ción por el teatro? 

— Muchísima... En la soledad de mi alcoba 
me recitaba los papeles de casi todas las obras 
de Echegaray y Galdós... Yo soñaba con el día 
en que fuese una primera actriz... Era mi su- 
prema ilusión. 

—¿Qué actriz le gustaba a usted más enton- 
ces?... 

—Entonces y ahora, la Guerrero. 

122 



LO QUE S B P O Q M I 

—¿Y Rosario Pino? 

Los magníficos ojos verdes de Mercedes se 
quedaron fijos en los míos, queriendo adivinar 
la intención de mi pregunta. No lo consiguió, y 
repuso: 

—Sí, Rosario Pino también me gusta mucho; 
pero no tanto como la Guerrero... Si fuese 
al contrario, lo confesaría. ¿Por qué no? Yo, 
en cuestiones de arte, soy muy sincera y pro- 
curo desligarme de toda pasión. 

—¿Cuál es el rasgo característico de su ca- 
rácter, Merceditas? 

—El que debe ser en todo el mundo: volun- 
tad. Yo tengo una voluntad de acero. Aquello 
que me propongo, lo realizo por encima de 
todo, hasta de las torturas de mi espíritu... 
Detesto la abulia. 

—¿Cuál ha sido el día más feliz de su 
vida?... 

—El día que he hecho La princesa Bebé por 
primera vez . 

—¿Por qué?... 

—¡Qué sé yo!... Tenía la aspiración de ver- 
me aplaudida en esta obra, que es una de mis 
preferidas; por eso la escogí para mi bene- 
ficio. 

—¿Las obras de qué autor le gustan a usted 
más?... 

123 



EL CABALLERO AUDAZ 

—¡Oh!...— repuso sin titubear.— Las de Ja- 
cinto... La prueba es que pienso hacer todo su 
repertorio. 

Yo quise poner en un aprieto a Merceditas, 
Y la pregunté: 

—Siendo Benavente su autor predilecto, po- 
drá usted decirme, de todo su teatro, ¿cuál 
pensamiento le gusta más?... 

—Muchos. 

—Sobre todos habrá uno. 

Meditó. 

— Sí; espere usted que lo recuerde bien... Soy 
tan nerviosa, que a veces cuando más ágil 
quiero tener la memoria me acomete una am- 
nesia absoluta... Ya me acuerdo. Lo dice la 
princesa Bebé en el primer acto: «Para una mu- 
jer, NADA TIENE SENTIDO EN LA VIDA SíNO EL 
AMOR.» 

Meditamos un momento sobre la frase... En 
los labios de Mercedes resultaba una paradoja. 
Después... 

— rCuál es el día más triste que ha tenido 
usted en su vida? 

—El día que se quemó el teatro de la Come- 
dia. Fué para mí un golpe espantoso. No so- 
lamente por las pérdidas materiales ni por los 
contratiempos artísticos: unos vestidos, unas 
alhajas..., eso ^qué más da?... Un teatro donde 

124 



LO QUE 3 B POP Mí 

trabajar, ^abía yo que no habría de íaltarme... 
¡Pero mi escenario de la Comedia, testig:o de 
todas mis inquietudes de la juventud, de todas 
mis luchas, de todos mis triunfos, donde esta- 
ban todos los mejores recuerdos de mi vida, 
desaparecía bajo un montón de cenizas. Ho- 
rroroso; le dig;o a usted que horroroso- Yo no 
he experimentado jamás una angustia tan 
g-rande como ésta. 

—Y ahora, ¿está usted plenamente satisfe- 
cha de la vida? . . . 

— A ratos... A veces, cuando no me sale bien 
una cosa, me pongo frenética y quisiera, ¡qué 
sé yo!..., suicidarme, porque me considero la 
criatura más desgraciada del mundo... Des- 
pués pasa el chubasco, y ¡tan feliz!.. . 

—¿Es usted caprichosa?... 

—Mucho y vehementísima. 

—¿Ha llorado usted muchas veces?... 

—¡Oh!... Casi todos los días de mi vida... 

—¿Por motivos de amor?.. . 

— ¡Bah! ¡No!... Por contrariedades artísti- 
cas. Un papel que me cuesta trabajo apren- 
der, una frase que no matizo bien, un gesto... 
Anoche, sin ir más lejos, me llevé una llantina 
enorme porque me equivoqué en escena. . . 

—Estaba yo en el teatro... No tuvo impor- 
tancia.,. 

■t25 



EL C A B A L !, B P O AUDAZ 

— ¡Ah!, ¿con que estaba usted en el teatro 3' 
no entró a mi cuarto a consolarme? Picaro. 

Y Merceditas hizo un gesto coquetón de pa- 
tita feliz que tiene derecho a las caricias de 
todo el mundo. 

Entonces se me ocurrió una prejfunta ab- 
surda: 

—Si no hubiese otro remedio, y en la nece- 
sidad de elegir, ¿qué animal le gustaría a us- 
ted ser?... 

—Pantera... — contestó ella, rápida y alti- 
va—. ¡Qué lindo animal!... Me han prometido 
una muy pequeñita... Ya verá usted qué mona. 

—¿Qué cosa de la vida le inquieta a usted 
más?... 

—La superstición. ¡Oh, soy horriblemente 
supersticiosa; de tal manera, que influye no- 
tablemente en mi arte... Si antes de salir a es- 
cena advierto algo que me anuncia mal presa- 
gio, ya mis nervios no me dejan trabajar, ni 
vivir, ni nada... 

-— ^A qué edad desea usted morirse?.. . 

—Joven; cuando empiece a estar fea. 

—¿De qué enfermedad?... Escoja usted. 

—Del corazón— dijo, entornando I«s ojos so- 
ñadores. 

Reímos. 

-¡Ah!¿Por qué ríe usted?— inqoirié—. ¿Es 

126 



LO QUE S B P O I? MI 

que yo no tengo derecho a moi irme del cora- 
zón?... 

—Derecho, sí; pero corazón... 

—¿Sí?... Pues por exceso de corazón me pa- 
san cosas muy desagradables. 

—¿Qué ambiciones tiene usted para lo por- 
A'enir?... 

—No crea usted que me contento con poco. 
En mi arte desearía llegar a ser la actriz más 
genial del mundo, la más popular y la más 
querida, ¿eh? Creo que so}^ sincera. 

—¿Y en su vida íntima?... 

—¡Oh! En mi vida íntima, amar, ser amada 
y morirme sin saber lo que son desengaños... 
Si llego a la vejez— que no lo deseo— ambicio- 
no mucha tranquilidad... 

— ¿Sin hijos?... 

—Mire usted, me gustaría tener hijos... 

—¿Cuál es su mejor amigo?... 

—Jacinto Benavente... Yo admiro y quiero a 
Jacinto con toda mi alma... Es muy bueno y 
tiene un talento extraordinario... 

—Y su mayor enemigo, ¿quién es?... 

—Si lo tengo, no le concedo ni la importan- 
cia de haber reparado en él. Yo desprecio a 
mis enemigos... Además, las mujeres no tene- 
mos enemigos, sino enemigas. Y ¡ay de la qut 
no las tiene! 

127 



t L CABAL LBÍ^Ú AUDAZ 

—¿Qué pintor le gusta a usted más? 
—Manolo Benedito. 

— Está bien — la dije, sonriendo—; si no 
es uno de los mejores pintores del día, 
por lo menos es joven y tiene entusiasmo, 
ideales... 

—Hubo un silencio. Después le preg:unlé; 

—¿Le gustan a usted los toros? 

—Algo, no mucho; me gusta ir a la plaza, y 
hasta a ratos me emociona la lidia y me con- 
tagio con el entusiasmo del público; pero no 
me apasionan... 

—¿Y los toi eros?. . . 

—¡Vaya una preguntita!... Regular. Me gus- 
tan más en la plaza que en el trato. 

— Pues un infortimado torero estuvo mu}- 
enamorado de usted. . . 

—Sí — contestó, entristecida—; estuvo muj' 
enamorado... y nada más... 

—Dicen que es usted una mujer un poco 
cruel, ¿es cierto?. .. 

—¡Oh, no!— protestó IMerceditas— . Yo soy 
muy buena; ahora bien: cuando me hacen daño 
o se meten conmigo, siento indominables de- 
seos devengarme... Sí, soy vengativa, no lo 
puedo remediar. 

Y como viera que nos reíamos incrédulos, 
prosiguió: 

123 



LO QUE S B P O R M i 

—Usted hágame algo malo; ya verá cómo 
me las paga... 

—Sería para mí un honor— contesté sincera- 
mente—. Y ahora le voy a hacer una pregun. 
tita de pronóstico. ¿Ha estado usted enamora- 
da alguna vez?... 

-^De haberlo estado, lo seguiría estando; 
pero esa pregunta pertenece a la vida íntima. 
Que lo adivine el curioso lector, y si ni», que 
él me enamore a su gusto y de quien más le 
plazca. Comprenda usted, amigo Audas, que 
ima confesión de ese género, por mi parte, 
podría perjudicarme, y yo ya le he dicho a us- 
ted que soy, ante todo y sobre todo, una mu- 
jer-voluntad. 

—¿Cuántos años tiene usted, Merceditas? 

Hizo un espantijo muy salado. 

—Y sigue usted con las preguntas incontes- 
tables. A fuerza de mentir siempre una edad 
distinta, ya no sé la que en realidad tengo... 
Cuando, hace diez o doce años, nos conocimos, 
recuerdo que yo era mucho más joven que 
usted... 

—Sí, en efecto, ¡mucho!, dos años. Tenía 
usted quince y yo diez y siete. . . Adoraba yo 
sus tirabuzones negros como la endrina y su 
cuello blanco como la luna. Una noche le pro- 
puse a usted que nos fugásemos a pie.. . A us- 

9-H 129 



B L CABALLERO AUDAZ 

ted le aterró la idea de andar por la carretera 
oscura y silenciosa, tropezando con los mon- 
tones de grava. Ahora comprendo que la pro- 
posición no era muy tentadora... 

—Y, sobre todo -abundó Merceditas— , como 
sabía que hacerle a usted caso era desperdi- 
ciarme. . . 

—[Brava sinceridad!... 

— jPor Dios, no vaya a decir nada de esto! 
—clamó ella. 

— lAh! ¿Con que de sperdi ciarse?,.. Lo diré, 
lo diré para que sus admiradores y mis admi- 
radoras sepan a qué atenerse respecto a los 
dos... 

Y la monísima actriz reía y reía, simulando 
una deliciosa confusión que estaba muy lejos 
de su espíritu • 



130 




—¡Hola, chiqíict! 

— Querido Blasco. ¿Cómo está usted?... 

—Mejor que nunca... /C//í:7... ¡Pero qué es- 
tatura! ¡Qué grueso! ¡Cómo ha cambiado us- 
ted!... 

—Y usted también, Blasco... Está usted más 
joven, más alegre, más elefante. 

Pepe Francés, que le acompañaba, robuste- 
ció mi observación. 

—En efecto -dijo, observándolo al través de 
sus gfrandes y oscuros lentes bordeados de con- 
cha—: es usted otro hombre, Blasco; desde 
aquellos tiempos de La Novela Ilustrada hasta 
ahora ha variado usted enormemente. Sin bar- 
ba, sin tripa, tan atildado, con cierta pátina pa- 
risiense. 

Y así era. Este Blasco sonriente y alegre a 
quien saludábamos en su cuarto del Palace Ho- 
tel, no recordaba al Blasco revolucionario e 

131 



irx CABAL 



inquieto de hace doce años. Ahora, en vez de 
aquella barba rizada 3^ puntiaguda, tan carac- 
terística, tiene el rostro completamente rasura- 
do, con tanto esmero que por alg-unos sitios 
brotó la sangre. Lleva el bigote cuidadosamen- 
te cortado a la inglesa. Su cabeza, de rizada 
cabellera, ya ha comenzado a quedarse monda, 
conservando como trofeo de su antiguo esplen- 
dor una greña crespa y desaliñada que a ve- 
ces cae sobre la amplia y rugosa frente. Las 
manos del insigne novelista están muy puli- 
das y aderezadas con algunos sencillos aretes 
de oro. 

No había terminado de vestirse; estaba en 
mangas de camisa: una camisa verde, cruzada 
por unos tirantes de seda verde, que sujetaban 
los pantalones azules, elegantemente plancha- 
dos. Sus botas eran de charol y lona. 

Nosotros tomamos asiento al lado del venta- 
nal, cerca del lecho, sobre el cual, entre el des- 
orden de las ropas, había cartas, telegramas, 
libros, el saco de viaje y la americana azul con 
el rojo botón de la Legión de Honor. 

Blasco permanecía de pie en el centro de la 
habitación, con las manos metidas en el bolsi- 
llo del pantalón. 

Hablaba, hablaba siempre con una. pos se de 
hombre de mundo para el cual no hay secretos 

132 



LO Q U B SE POR M I 

en la vida; su voz chillona no está en armonía 
con su gesto de comediante francés. 

—Se dice que ha venido usted a asuntos re- 
lacionados con la guerra europea — le insi- 
nuamos. 

— ¡Oh, no es cierto!... Son fantasías. El objeto 
de mi viaje a España es visitar mi familia, salu- 
dar a mis editores. Ya lo digo en una carta que 
dirijo a los diarios. ¿A qué iba a venir si no?... 

—Se dice que a convencer al Gobierno de la 
conveniencia de una intervención. 

—Eso es un dislate que han lanzado mis ene- 
migos... Yo no soy partidario de que España 
intervenga en la guerra; creo que se debe man- 
tener en una neutralidad favorable a los alia- 
dos. Claro que debe estar prevenida; pero nada 
de intervenir... -{Qué iba a resolver la ayuda 
nuestra en esa contienda gigantesca donde los 
cuerpos de ejército de seiscientos mil hom- 
bres..,? ¡Nada! ¡Créalo usted, nada! 

—¿Vencerán los aliados?... 

—Yo creo firmemente en el triunfo de ellos, 
por una serie de razones que no expongo por- 
que resultaría una conferencia . Sí, desde lue- 
go. Cada día que pasa representa una nueva 
seguridad de triunfo para los aliados. 

—¿Cuánto tiempo cree usted que durará la 
guerra?.., 

133 



Ft L CAfíALLfíPO AUDAZ 

—Será larga, muy larga. Tal vez sea la paz 

en 1917, tal vez en 1918; pero no antes. 

Hizo una pausa. Se puso la americana. 

—Hablemos de usted, Blasco. ¿Cuántos años 
tiene usted?... 

—Nací en enero de 186S. No ten^o que decir- 
le a usted que en Valencia. La primera vez 
que me di cuenta de mi existencia fué al oír el 
estruendo de los cañones. La ciudad era bom 
bardeada en uno de los movimientos revolucio- 
narios de la época. Después, mi niñez se des- 
arrolló entre los accidentes de la guerra car- 
lista, que fué terrible en la región valenciana. 

—Tal vez esta primera iniciación de la vida 
ha influido en el resto de su existencia. 

—Seguramente — afirmó Blasco — . Bueno; 
pues luego, teniendo doce años, cuando estaba 
en un colegio dirigido por curas recibiendo 
una educación estrechamente religiosa, yo 
mismo me fui formando una mentalidad muy 
distinta al ambiente que me rodeaba. Tenía 
una gran afición a la lectura y leía todos los li- 
bros que caían en mi mano, libros que pedía 
prestados en mis salidas del colegio a todos los 
que conocía, especialmente a un barbero 
amigo. 

—¿Recuerda usted qué lecturas fueron las 
que más le impresionaron en aquella época?.., 



LO Q U S 5 B POR M ¡ 

—Sí, señor. La vida de Jesús, de Renán, y 
los Estudios de la Edad Media, de Pi y Mar- 
gall. Después fui estudiante en la Universidad, 
porque, «aunque me esté mal en decirlo», yo 
también soy abogado. Al mismo tiempo que 
inicié mis estudios de futuro jurisconsulto, em- 
pecé mi vida de político de acción. Apenas te- 
nía diez y seis años y ya era una fig^urita den- 
tro del partido republicano, que entonces vivía 
apartado de la legalidad y dedicado a las cons- 
piraciones. Confieso que fui siempre un mal 
estudiante. Mi deseo era entrar en la marina 
de guerra; pero por exigencia de mi madre 
tuve que seguir una carrera más pacífica. No 
perdí ningún curso; estudiaba tenazmente quin- 
ce días antes de los exámenes, aprendiéndolo 
todo de memoria con una facilidad igual a la 
que tenía para olvidarlo poco después. Rara 
vez asistía a las clases. Me había ya tentado el 
demonio de la literatura y huía de las aulas 
universitarias para pasar la mañana vagando 
por los senderos de la risueña vega valenciana 
o tenderme en la playa a la sombra de una 
barca contemplando las espumas del Medite- 
rráneo y soñando con el cisne de Lohengrin. 
Sólo entraba en la Universidad en los días de 
revuelta, para provocar y dirigir la pedrea con- 
tra reaccionarios y liberales. Recuerdo que los 

U5 



EL CABALLERO AUDAZ 

bedeles, cuando me veían en el claustro, de tar- 
de en tarde, se ponían en guardia. «Ave de mal 
agüero, que anuncia la tempestad»— decía Pa- 
lanca, el padre del actor. 

—¿A qué edad fué usted por primera vez 
procesado?... 

—Siendo todavía estudiante me senté en el 
banquillo de los acusados por una de las pocas 
poesías que he escrito en mi vida. Era un so- 
neto contra los reyes: todos los reyes de la 
tierra; me indultaron de la pena de seis meses 
de arresto en vista de la edad, pues sólo tenía 
diez y seis años; pero yo creo ahora que este 
indulto fué también por lástima, teniendo en 
cuenta lo malo que era el soneto. 

Reímos; él continuó: 

—Al fin, fui abogado; pero la terminación de 
mis estudios sirvió para que me dedicase con 
toda mi actividad a los trabajos revoluciona- 
rios. Yo no soy político rii lo he sido nunca. 
Recuerdo que cuando Salmerón me ofreció el 
Ministerio de Instrucción pública, yo rechaza- 
ba la oferta diciéndole: «A mí me dan ustedes 
la Embajada de Constantinopla.» Y es eso: que 
yo no sentí el politiqueo. Sentía la lucha. Soy 
un agitador, un artista enamorado de la ac- 
ción, y recuerdo mi juventud con sus conspira- 
ciones novelescas, sus viajes peligrosos, sus 

136 



idas nocturnas a los alrededores de los cuarte- 
les en espera de un regimiento que nunca lle- 
gaba a salir, con más agrado y entusiasmo que 
las tardes grises, monótonas y vulgares del 
Parlamento, 

—¿Fué usted condenado muchas veces por 
Tribunales civiles y militares? 

—jUf!, muchísimas. Calculando el tiempo que 
fui a la cárcel por días, semanas o meses, pue- 
do afirmar que la tercera parte de este período 
la pasé a la sombra o huyendo. He estado preso 
unas treinta veces. Los años 1890 y 1891 los 
pasé emigrado en París, viviendo en el Barrio 
Latino, y sólo pude volverá España cuando die- 
ron una amnistía a los reos políticos. En 1895, 
cuando j-a había fundado El Pueblo, ocurrió 
en Valencia un gran choque de las masas po- 
pulares y la Guardia civil. Hubo numerosas 
bajas por ambas partes. La región fué declara- 
da en estado de sitio; yo tuve que huir, e hice 
bien, pues tengo la certeza de que, si me apre- 
san, no existiría ya a estas horas. Huí a Italia 
disfrazado de marinero. Cuando se sosegó 
todo, volví a España; pero unos correligiona- 
rios, sobradamente entusiastas, se lanzaron al 
campo contra mi voluntad, levantando varias 
partidas que se tirotearon con la Guardia ci- 
vil. Inmediatamente las autoridades t^omaron 

1.7 



E L CABALLERO AUDAZ 

la precaución que era ya de costumbre: «Blas- 
co Ibáñez a la cárcel», porque, según dijo un 
fiscal, «no se movía en Valencia una hoja sin 
que yo lo mandase». Esta vez comparecí en un 
cuartel ante un Consejo de guerra. Una escena 
teatral, de la que me acuerdo aún con cierta 
satisfacción artística. Después de un largo de- 
bate, me leyeron la sentencia, por lo noche, en 
medio del patio, entre bayonetas y a la luz de 
un farol agujereado por las balas de los míos. 
¡Una escena de la Revolución francesa!... Me 
condenaron a no recuerdo cuántos años de pre- 
sidio.,., de presidio, ¿eh?... Perdí hasta el nom- 
bre, pues durante mucho tiempo fui simple- 
mente el número trescientos tantos. Me afeita- 
ron, me cortaron el pelo al rape, y en los días 
de revista tenía que vestirme con el traje gris 
y el gorro, como mis compañeros de hospedaje, 
todos ellos personajes de marca en su mundo. 
Estaban sentenciados a grandes penas. Pero, 
sin embargo, guardo de todos ellos cierto re- 
cuerdo de gratitud, pues me trataban con un 
respeto fraternal y al mismo tiempo admirativo, 
procurando mejorar mi situación. A uno de 
ellos, sentenciado a muerte, le pude pagar sus 
atenciones procurándole su evasión. Viví todo 
un año en aquel presidio. |Un año!... Esto se 
dice muy pronto, amigo Amla^. Al fin salí, no 

136 



L O Q U ñ S ñ P O /? ^i i 

por indulto, sino por conmutación de pena, 
como un criminal vulgar, teniendo en cuenta 
la buena conducta que había observado en el 
encierro. El viejo Cánovas, queme distinguía 
con una animosidad especial, me trajo deste- 
rrado a Madrid para tenerme a la vista. Los 
republicanos, para sacarme de esta situación, 
me proclamaron diputado en las primeras 
elecciones. ¡Diputado yo, que había abominado 
siempre de esta investidura!... Me cansé pron- 
to y dimití el cargo, dedicándome a otras cosas 
más en armonía con mi espíritu. 

Calló. Nosotros exclamamos: 

—Ha vivido usted mucho y muy de prisa. 

—Y así viviré siempre— se apresuró él a con- 
testar—. He viajado mucho, he emprendido 
las más diversas y contradictorias empresas, 
he arrostrado peligros, amo los negocios, más 
que por los resultados positivos, por el gusto 
de vencer las dificultades que ofrecen. 

—¿Cómo empezó usted su vida literaria? 

—Con la publicación de los Citottos valen- 
danos. Antes había escrito varios novelones 
históricos que aparecieron en folletines de pe- 
riódicos y luego en volúmenes que, afortuna- 
damente, desaparecieron. Después publiqué 
Arrorj y tartana y toda la serie de novelas que 
reflejan la vida de Levante. 

139 



B L CABALLERO AUDAZ 

—¿Todas sus novelas eslán recogidas de la 
realidad? 

—Todas. Escribo lo que veo..., lo que me im- 
presiona, y retengo perfectamente un paisaje, 
una conversación o un ambiente. Mi novela La 
bal vaca tiene su historia. Cuando yo estaba 
escondido en la trastienda de una taberna del 
puerto esperando la ocasión para huir a Italia, 
y con la perspectiva de ser fusilado, me entre- 
tuve escribiendo en unos cuadernillos ds papel 
de cartas un cuento, al que puse por título Ven- 
gnjisa morisca. Pude huir a Italia, y al volver 
fui condenado a presidio; pasaron varios años, 
y un día el correligionario dueño de la taberna 
me entregó los papeles que había dejado olvi- 
dados en su casa. Eran el cuento. Al releerlo 
presentí qne de alh' podía 3^0 hacer una novela. 
Y así lo hice. En poco tiempo desarrollé La 
barraca^ que fué la primera novela que me dio 
celebridad en España y fuera de ella. 

— ¿Cuántos libros lleva usted publicados"^ 

—No lo sé... Yo no los he contado nunca, ni 
esto me interesa. Me ocupo de mis libros mien- 
tras los pienso y los escribo. Apenas los he 
terminado no vuelvo a acordarme de ellos y los 
olvido a veces completamente. 

—¿A qué idiomas han sido traducidos? 

—Todos ellos al francés, y una gran parte al 

140 



LO QUE S B POR MI 

inglés, al alemán y al italiano. Tengo muchos 
traducidos a todas las lenguas de Europa, has- 
ta al griego moderno, al tcheque y al ruteno. 
En Rusia casi soy su novelista popular; ade- 
más, existe allí lo que no hay aquí: una colec- 
ción de «Obras completas de Blasco Ibáñez». 

—¿Qué capital ha reunido usted con la litera- 
tura? 

—¡Oh! Eso, no sé. Al mismo tiempo que es- 
critor he sido otras cosas, todo menos hombre 
de administración, y el dinero, cuando llega a 
mis manos, lo gasto sin averiguar de dónde 
procede. 

—Su residencia actual, ¿es París? 

—Sí, señor. Habito un pequeño hotel cerca 
del Bosque de Bolonia. Me seduce tener a mi 
disposición, como si fuera mío, este parque, el 
primero del mundo, y paseo por él dos horas 
todos los días. Ahora estoy escribiendo la His- 
toria de la guerra, sin más documentos que los 
que yo puedo proporcionarme directamente en 
los informes del Estado Mayor y en mis viajes 
al campo de batalla. Además de este hotelito 
de París, ¡tengo tantos domicilios!... Casa en 
Valencia, casa en Malvarrosa, casa en Madrid 
—calle de Salas—, casa en Buenos Aires, casa 
a orillas del Panamá, cerca de las fronteras 
del Paraguay y del Brasil, en pleno bosque 

141 



EL CABALLERO AUDAZ 

semitropical. ¡Y las casas que tendré to- 
davía! 
— Cuéntenos usted alguna anécdota. 
Blacco hizo un gesto de horror, y exclamó: 
—¡Tengo tantas, tantas!... Un día, en París, 
almorzando en casa de mi editor francés Cal- 
mann Levy, en compañía de varios escritores, 
me dijo Anatole France: «El día que usted pu- 
blique sus memorias habrá producido la más 
interesante desús novelas.» Y asi es. Yo he 
tratado a las gentes más diversas y he vivido 
en las capas sociales más opuestas y contra- 
dictorias. S03' amigo íntimo de presidentes de 
República y traté al depuesto emperador de 
Turquía, Abdul Hamid, al que llamaban El 
Tirano Rojo. He sufrido las angustias del cén- 
timo en mezquinas empresas editoriales de Es- 
paña, y he manejado millones en mis trabajos 
de América. He estado en presidio, y años 
después, sin buscarlo, he entrado en los salones 
más cerrados del gran mundo de París y otras 
capitales. He sido escritor, colonizador y gue- 
rrero. He creado libros y he creado pueblos. 
Una voz mía la han obedecido miles de hom- 
bres, jugándose sus vidas, al mismo tiempo 
que yo, al frente de ellos, me jugaba la mía. 
Tengo en mi cuerpo, como recuerdo de estas 
aventuras, las cicatrices de dos balazos y al- 



LO QUE SE POR M i 

gunos rasguños. Presiento que no he termina- 
do aún, 5^ que en los veinte años que me pueden 
restar de vida todavía el Destino me reserva 
nuevas aventuras. Yo, amig'o Andas, soy una 
fuerza suelta que a veces encuentra ocasión de 
funcionar normal e intensamente. No creo 
nada de esto incompatible con mis aficiones de 
artista; es más: creo seg^uir con ello una tradi- 
ción nacional, la verdadera tradición de la li- 
teratura española. Nuestros escritores de otros 
tiempos, a partir de Cervantes, fueron hombres 
de acción: soldados, navegantes, conquistado- 
res, en una palabra, hombres de pelea, muy 
distintos del literato profesional y sedentario; 
hombres de acción que corrían el mundo, vi- 
vían la vida, veían las cosas por sus propios 
ojos y no a través de los libros; y cuando no 
tenían otra ocupación más urgente e impor- 
tante se dedicaban a escribir, empleando la li- 
teratura como una válvula de escape. 



143 




Al entrar en la redaccióa aquella tarde, me 
dijo ei portfcio: 

—Aquí ha estado un señor esperando a 
usted. 

— ¿Mucho rato?— pregunté, por responder 
alg-o. 

—Una media hora. 

—¿No dejó tarjeta? 

—No, señor; ni dijo su nombre. 

— ¡Bah!- pensé medio en alto—, ya volverá 
quien sea. 

Pero una voz me detuvo: 

—¿Señor Audaz? 

Me encontré ante un caballero que jamás 
había visto y que me parecía algo extraordi- 
nario. 

—Servidor de usted— repuse, haciendo una 
reverencia a mi desconocido, el cual me ofre- 
ció bu mano con UTia llaue2a singular. 

10-ii 145 



t t. CABAL itPO Á L b A Z 

Era un potentado, seguramente. En uno 
Úm sus dedos llevaba un enorme .v magnifico 
brillante del tamaño de un «escudo», cogido 
con cuatro garras de platino; lucía alguna 
sortija más, y sobre la corbata otro gran bri- 
llaate. 

Su rostro y su aspecto me inquietaron, inte- 
resándome al momento. Repito que no era un 
hombre vulgar. Más bien alto que bajo. Delga- 
do. Su faz morena, larga, enjuta, rugosa y pul- 
cramente afeitada, tenía una expresión de in- 
diferencia mundana, llena de atracción y sim- 
patía. Sus ojos negros, ojos vivos de psicólogo, 
miraban con ese detenimiento con que se bucea 
en la oscuridad. 

Su indumentaria no estaba en armonía con 
los brillantes; era sencilla y hasta descuidada: 
un trajecito a cuadros, una corbata de muelle 
y unas botas negras de cordones muy deslus- 
tradas y casi abiertas. Aquel hombre tenía as- 
pecto de detective norteamericano. 

—Le esperaba a usted— me dijo con acento 
extranjero, al mismo tiempo que estrechaba 
mi mano. 

— ¡Ah!— exclamé . ¿Acaso es usted un señor 
que vino antes, según me han dicho? 

—El mismo. Llegué en su busca, y en rista 
de que tardaba usted, me he sentado iranqui- 

14Ü 



lo Q Ü t S t P O í^ MI 

lamente en mi automóvil a esperarle. Tenía un 
gran deseo de conocer a usted. 

—Veamos. ¿En qué puedo serle útil?— me 
ofrecí. 

— ¡Ah!, a mí en nada— rechazó con absoluta 
indiferencia. 

—¿Luego entonces?...— inquirí yo, ya intere- 
sado. 

—Luego entonces, que he venido a conocer- 
le por la única satisfacción de tener el placer 
de estrechar su mano. 

—Muchas gracias, señor — exclamé, algo 
confuso por las originales formas de mi in- 
terlocutor. 

Él, sin darle importancia a la cortesía, pro- 
siguió con frialdad: 

—Yo soy Abraham Ratner. ¿No ha oído us- 
ted nunca mi nombre? 

—¿Ratner, Ratner?...— repuse yo, recordan- 
do—. Sí, señor; he oído este nombre y no re- 
cuerdo... 

—Medite usted un poco más— me invitó. 

— ¡Ah, ya! ¿Es usted ese feliz mortal multi- 
millonario ruso del cual hablan estos días 
los periódicos? 

—El mismo, para servir a usted-afirmó él. 

—Mucho gusto... Pero pasemos a mi des- 
pacho 

147 



EL CABALLERO AUDAZ 

—Me parece muy bien. 

Aquel caballero fantástico me siguió hasta 
mi compartimiento. Después dejó su flexible y 
su gabán sobre una silla, sacó su gran petaca 
y me ofreció un «águila imperial». 

—Yo— comenzó diciendo con lentitud— soy 
lector de usted; un lector asiduo y entusiasta. 

—Gracias, señor— le interrumpí. 

—No hacen falta. Pero a usted le parecerá 
extraordinario lo que voy a decirle . 

—Veamos. 

—Ahora, hace poco tiempo, he estado a pun- 
to de hacer un viaje desde Barcelona con el 
solo objeto de conocer a usted personalmente; 
fué cuando publicó usted la interviú del señor 
general Huertas. 

Al oír este nombre, me previne. No estaba 
yo muy seguro de haber dejado complacidos a 
los partidarios ni a los detractores del ex pre- 
sidente de la República mejicana. 

—¿Le pareció a usted bien?— le pregunté con 
indiferencia. 

—Sí, señor; magnífica. 

—Hizo una pausa. Comprendí que se trataba 
de un enemigo del general. Continuó: 

-Yo soy uno de los más grandes amigos del 
señor general Huertas, y en aquella interviú 
le estuve oyendo hablar. Ahora bien: usted no 

148 



L o Q U b SE POR M I 

pudo sustraerse a cierto ambiente desfavora- 
ble que en España rodea al ex presidente de 
Méjico... Este ambiente— 3-0, que no soy me- 
jicano, pero que he vivido allí quince años— 
tengo el deber de decirle a usted que es injus- 
to... ¡Muy injusto! 

—¡Veo, señor Ratner, que a usted no le hizo 
gracia la información del general. 

—Le doy a usted mi palabra de honor que 
sí; me encantó. Es más: recuerdo que el mismo 
día que se publicó tuve ocasión de ver al señor 
Huertas en un café de Barcelona, y le dije es- 
tas o parecidas palabras: «Así es usted, mi ge- 
neral; ni el pintor más notable hubiese hecho 
un retrato más perfecto de su persona; en esta 
interviú está todo lo malo de usted; falta algo 
de lo bueno.» Y asiera, en efecto. El general 
Huertas era aquél; pero estudiado sin el dete- 
nimiento necesario, bajo una impresión de mo- 
mento. 

—¿Pues qué juicio le merece a usted el ge- 
neral? 

—Para mí, además de todo eso que decía us- 
ted de él, que tengo que confesar que es cierto, 
me parece un hombre admirable, un gran pa- 
triota mejicano, un hombre desinteresado }'• de 
una capacidad mental superhumana. ¡Así, su- 
perhumana! 

149 



B L CABALLERO AUDAZ 

—Y un dictador cruel— agregué yo. 

—Cruel, no; justo... Un dictador a la medida 
de Méjico, como lo necesitan los mejicanos... 
Algún día me dará usted la razón. Durante su 
presidencia demostró no ser enemigo de los 
extranjeros y ha suministrado justicia a todo 
el mundo, a excepción de los bandidos, a quie- 
nes él sabe tratar de una forma muy enérgica 
y característica, 

—Celebro mucho que me dé usted todos esos 
antecedentes, señor Ratner, porque ro tengo 
el propósito de hacer algo sobre Méjico, y vi- 
niendo de persona tan autorizada como usted, 
bien pudieran serme útiles. Si mal no recuer- 
do, en la interviú que tuve el honor de hacer 
al general mejicano me ceñí en absoluto a su 
conversación, poniendo solamente de mi cose- 
cha la impresión que recibió mi espíritu. 

—Ya lo sé, señor; por eso digo que estaba 
muy bien. Yo he vivido quince años en Méjico; 
mi capital lo hice allí: nació de trescientas pe- 
setas, con las cuales desembarqué en Tampico. 
Al año siguiente aquellas trescientas pesetas se 
habían convertido en un millón de pesos. 

— ¡Caramba! — exclamé maravillado — . ¿Y 
me da usted su palabra de honor de que ese 
capital lo hizo usted trabajando solamente.^... 
—le pregunté sonriendo y en tono de chanza. 

150 



LO QUE 3 B POP Mí 

—¡Palabra de honor que no hice más que 
trabajar con suerte! Verá usted. Yo pertenez- 
co a una familia rusa de mediana posición. A 
los veintidós años emigré por imposiciones del 
destino; fui a caer en Tampico, como pude caer 
en el Ecuador. Allí entré a trabajar de bracero 
en una casa española, cuya razón social era 
«José Ignacio Isusi»; me daban un peso diario. 
A los cuatro meses ya había conseguido llegar 
al puesto más alto de la casa: era apoderado 
general. Al poco tiempo, por una pequeña can- 
tidad—trescientas pesetas—, adquirí una ne- 
gociación mezquina: una agencia de periódi- 
cos; y con una idea que yo tuve, que era el 
despacho de paquetes por correo, a los pocos 
meses el capital de la negociación se había ele- 
vado a un millón de pesos oro. Después me de- 
diqué a negocios bancarios y fué creciendo mi 
capital como la espuma. 

—¿Cuánto tiene usted en la actualidad? 

—Unos quinientos millones de pesetas en 
efectivo, además de los intereses que he dejado 
en Méjico, y los cuales han sido atropellados 
por Villa y Carranza. 

—Y dígame usted, señor Ratner, ¿por qué 
abandonó usted Méjico? 

—Porque me temía lo que está sucediendo, y 
como yo era íntimo amigo de Huertas, no qui- 

151 



EL C A fí A L L E P O AUDAZ 

se exponerme a ser blanco de los bandidos ac- 
tuales. Yo, señor, salí de Méjico antes que el 
señor general, un poco antes. 

— ¿Pero usted tendrá noticias fidedignas de la 
situación mejicana? 

—¡Oh! ¡Ya lo creo, mi amigo!... Figúrese 
usted. En Méjico, actualmente, existe una 
anarquía... Allí no se respeta ni la propiedad, 
ni el derecho, ni la justicia. Los extranjeros 
son atropellados inicuamente, y privados de 
sus bienes, y— lo que es más triste para uste- 
des—los españoles son los que menos garantía 
y menos seguridades tienen, es decir, los per- 
seguidos con más saña... ¡Pobres españoles! 
Claro que de esto tiene la culpa el Gobierno 
vuestro, que no se preocupa de defenderlos. 
Créame usted, señor: Méjico necesita lo antes 
posible, para que no se desmorone por com- 
pleto, un dictador, un hombre de hierro, un 
político con entereza, que aplique la ley y la 
justicia sin contemplaciones de ningún gé- 
nero. 

—Y ¿cree usted que ese hombre es su amigo 
el general Huertas?— le pregunté intenciona- 
damente. 

Ratner es un hombre mundano, un hombre 
hábil, y, rápidamente, con una sonrisa iróni- 
ca, desechó mi maliciosa interrogación. 

152 



LO QUE S ñ POR M 



—No, amigo Andas, no quiero decir lo que 
usted cree. El señor general Huertas no volve- 
rá a Méjico, porque ningún dictador que dejó 
su puesto volvió a ocuparlo. Será otro... 

—¿Quién? 

—No sé. Es un incógnito por el momento; 
pero Dios quiera que sea pronto, pues un país 
donde no hay garantía para las vidas, para los 
bienes, ni para las mujeres, ni para los niños, 
es un país perdido, que si sigue así corre el pe- 
ligro de ser conquistado por ese vecino fuerte 
y ambicioso que se llama Wilson. 

—¿Qué le parece a usted Villa? 

—Un patibulario. 

—¿Y Carranza? 

—Un farsante capaz de todo lo malo: esto 
se lo juro a usted con la mano sobre el co- 
razón . 

Y al decir esto el señor Ratner se dio solem- 
nemente con la palma de la diestra sobre el 
pecho. Después continuó: 

—Ya ve usted, si esos bandidos algún día 
llegaran a ser fuertes, a mí me ahorcarían sin 
remedio por esto que estoy diciendo. Yo lo sé; 
pero no puedo por menos que decirlo, porque 
es la ¡santa verdad! 

Hubo un silencio. V\ humo de los tabacos iba 
tejiendo un tul azulino en la habitación. Con- 
loa 



EL CABALLERO AUDAZ 

fieso que a mí me agradaba oír hablar al mul- 
timillonario. A ól, por su parte, observé que le 
complacía sobremanera la fraternidad de nues- 
tro diálogo. 

—¿Piensa usted, Sr. Ratner, instalarse defi- 
nitivamente en España?— le pregunté. 

—Con el tiempo, sí. Ahora, por lo pronto, 
salgo para Andalucía esta misma noche. Quie- 
ro conocer esos bellos ojos de las mujeres es- 
pañolas. Después embarcaré con rumbo a los 
Estados Unidos, y más tarde tornaré a Barce- 
lona, donde pienso establecerme. 

Consultó el reloj. Se puso de pie. 

—Antes de abandonarle— me dijo lentamen- 
te—se servirá usted aceptar un pequeño re- 
cuerdo mío. ¡Quién sabe si no volveremos a 
vernos más, y yo quiero que usted conserve 
una agradable impresión de mi visita. 

Y al mismo tiempo que decía esto, sacóse 
del dedo la gran sortija del brillante y me la 
ofreció, diciéndome cariñosamente: 

—Tenga usted. 

—Gracias, señor Ratner— rehusé yo termi- 
nantemente—. No hay motivo para este re- 
galo. 

— ¡Oh!, sí hay motivo. La molestia que le he 
causado con mi visita y con todo lo que le he 
dicho, que maldito lo que le importa, 

154 



LO QUE SE P O n M í 

—Sí me importa— protesté— . ¡Ya lo creo! 
Tanto, que tal vez haga de su charla una in- 
formación que puede resultar muy intere- 
sante. 

—Lo que usted quiera. Me es indiferente. 
Pero, desde luego, ¿no quiere usted aceptar 
este pequeño recuerdo de un lector suyo?... 

Continuaba con la sortija en la mano. 

—Ese, no... Otro de menos importancia, sí. 

—Le advierto a usted, amigo mío, que para 
mí esto no tiene importancia ninguna. 

Fijándome en un pequeño lápiz de plata que 
asomaba por el bolsillo de su chaleco, pro- 
seguí: 

—Acepto como recuerdo de su visita ese lá- 
piz. Me será muy útil para mis notas. 

El multimillonario volvió otra vez la sor- 
tija a su dedo, y entregándome el lápiz, mur- 
muró: 

—Sea, mi amigo... Quien se engaña es 
usted. 

Guardé el lápiz y di una larga chupada al 
cigarro. Katner advirtió mi deleite de fu- 
mador. 

—¿Le gusta a usted este tabaco?— me pre- 
guntó. 

—Sí, muy agradable— afirmé, aspirando su 
aroma . 

J55 



EL CABALLERO AUDAZ 

Entonces el simpático millonario, como to- 
cado por un resorte, fué a mi mesa y, revol- 
viendo entre mis papeles, me dijo: 

—¿Tiene usted un esqueleto para poner un 
telegrama?... 

—No; pero es lo mismo: póngalo en una 
cuartilla -le dije, ofreciéndole un bUjc. 

Entonces el señor Ratner escribió con lige- 
reza: 

*■ Casas Dojnenec/i, Cristina^ 12. — Barce- 
lona . 

»Env(e inmedialamenle mil cigarros pitros 
de los que yo fumo a <^El Caballero Audaz», *^La 
Esfera», Salgo es/a noche para Andalucía. 
Abrahaní Z. Ralucr.* 

Te confieso, lector, que ante esa inespera- 
da esplendidez me quedé un poco perplejo. 
Pero en seguida reaccioné. En realidad, para 
aquel hombre fantástico mil puros habanos 
suponían lo que para mí un cigarrillo de 
papel. 

— ¡Qué hombre tan especial es usted, señor 
Ratner!... — comenté, mirándole de hito en hi- 
to—. Indiscutiblemente, es usted un hombre 
raro... 

—Perfectamente; acepto esa clasificación... 



LO Q U B S B POR Mi 

Y tal vez no esté usted equivocado... Si hubie- 
se muchos hombres como yo en el mundo, no 
habría bastante oro para nosotros. ¡No olvide 
usted que con trescientos francos he hecho mi 
capital y no era tan alto como usted!... 



157 




Una casa callada y modesta. Por todo orna- 
to, libros, cariñosamente encuadernados. Por 
todo alimento y fortaleza para la lucha, una 
venerable mujer, torpe— por los años— en el 
andar, pero precisa y noble en el decir, que 
comparte los azares y laureles del hijo del poe- 
ta. Porque gústale a la anciana señora escu- 
char antes que nadie los madrigales y estro- 
fas de su niño cantor, no será extraño encon- 
trarla con frecuencia al lado de él, con los ojos 
ya llenos de sombra, perdidos en la nada, pero 
con el oído atento a los endecasílabos que va 
pergeñando su hijo. 

Este es el hogar del nuevo y joven académi- 
co Ricardo León, y sin las dolencias que de 
continuo le acosan, diríamos que es el hogar 
de un hidalgo feliz. 

Ricardo León es un hombre pequeñito, quie- 

158 



t L CABALLERO A U D AZ 

to, encogido. Es la modestia perbonificada. En 
vez de hablar, parece que murmura, acucia- 
do tal vez por el temor de que su voz disuene 
de las demás. Si anda, casi arrastra los pies, 
procurando hacer el menor ruido posible. Si 
da la mano, su apretón es suave, inadverti- 
do. Yo he querido contrastar la sinceridad de 
la modestia de este literato, y después de aco- 
modarme en su sillón de trabajo, le he dicho 
una cosa que yo creía estupenda. 

—Mire, Ricardo: usted sabe perfectamente 
que yo soy un hombre sincero para el püblic©; 
es decir, que el único valor que tienen mis in- 
formaciones se lo da la verdad de lo que veo y 
de lo que siento. 

— En efecto—ha respuesto él, complacido. 

—Pues bien: 3^0, antes de tener esta conver- 
sación con usted, deseo que me conteste a una 
pregunta. Si en mi información hay algo de 
crítica para su persona o para su obra, ;usted 
no se molestará?. . , 

—¡Qué disparate! — ha exclamado el poeta, 
sin mostrar el menor recelo por mi prefacio—. 
No me conoce usted, amigo mío; yo no soy lo 
que algunos creen a juzgar por mi vida de re- 
lativo apartamiento. Desde mi rincón de estu- 
dio y de trabajo procuro salir cuanto puedo 
de mí mismo, con el espíritu abierto a lodas 

160 



LO Q U B 3 B POR Mi 

las ideas, a todas las opiniones, por adversus 
que fueren a las mías. Yo me hice escritor ri- 
yiendo más que leyendo y más a fuerza de gol- 
pes que de halagos. La crítica, no ya la hon- 
rada y sincera, sino la más apasionada y ri- 
gurosa, me hace mucho bien. La alabanza a 
todas horas es una dama que acaricia y ener- 
ra. Me incitan más al trabajo y a la lucha los 
desabrimientos que las lisonjas. Atendiendo al 
refrán «del enemigo el consejo», procuro apro- 
vechar todas las lecciones, aun aquellas que 
vienen con la acritud o el rencor. Siempre he 
sentido menos vanidad que ambición, y nunca 
enamorado de mis obras, soy yo mismo el crí- 
tico más implacable de ellas. . . Así, pues, que 
tiene usted, no solamente mi autorización— que 
no le era menester— para censurarme, sino mi 
colaboración y mi voto incondicional. 

El sosiego y convencimiento con que Ricar- 
do León dijo esto me mostraron su espíritu hu- 
milde, perfectamente equilibrado, sazonado 
con la modestia. 

Viste de negro, sin atildamiento; más bien 
con desaliño. Su piel tiene colóreos bermejos. 
Una pelusilla azafranada apenas cubre su ca- 
beza. El bigote recio y descuidado también 
tiene tonos rojos. Sus ojos, pequeños, miran, a 
través de gruesos lentes de roca, con esa ex- 

ll-ii 161 



BLCABALL^RO AUDAZ 

presión ingenua tan característica en los 
miopes. 

Es aná'dvz, malagueño, este literato, cuya 
prosa está recriada en soleras cervantinas; 
pero en vez del porte altivo y gallardo de los 
hombres de la Andalucía, tiene el aspecto sen- 
cillo e insignificante de un buen hidaJg^o nacido 
en Castilla. 

—No parece usted andaluz— le dije yo, pen- 
sando en alta voz. 

—Pues nací en Málaga— protestó él, ufa- 
no—el día de Santa Teresa del año 77. 

—Siga usted; ¿qué más . . . 

—Mi padre era militar. Un hombre admira- 
ble; tenía un alto concepto de la vida y procu- 
raba, de una forma clara y sencilla, irlo invo- 
lucrando en mi espíritu. Yo no he conocido a 
nadie que me enseñe a vivir rectamente, como 
lo hacía mi padre. Mi espíritu comenzaba 
a manifestarse anunciando un hombre de 
acción. Yo soñaba con la bandera, el fusil y el 
enemigo; quería ser militar. Físicamente iba 
muy bien encaminado: era un muchacho sano, 
ágil y musculoso. ¡Cuánto daría yo por volver 
a aquellos días de la infancia! . . . 

Hizo una pausa León; 3^0 esperé; después 
prosiguió: 

—Y todo cambió cuando, a los doce años, 

102 



L O QUE 3 E POR Mi 

perdí a mi padre. La adversidad más implaca- 
ble nos acorralaba; pero ¡en todas sus mani- 
festaciones!: dolor, pobreza, enfermedades. En 
fin, no quiero recordar. El caso es que a mí se 
me presentó una dolencia que desde entonces 
no me abandona, y yo estoy agradecido a ella. 

Como yo hiciera un gesto de asombro, él 
prosiguió rápido: 

—Sí, porque verá usted: mi enfermedad me 
ha tornado de hombre de acción en hombre 
reflexivo; y de mis soledades en casa ha salido 
el escritor. De haberme yo cuajado en un hom- 
bre sano y fuerte, hubiera sido un militar, un 
batallador, pero jamás un poeta. 

—¿A qué edad hizo usted los primeros ensa- 
yos literarios?. . .—le pregunté. 

—Comencé a emborronar cuartillas en mi 
adolescencia. Me gustaba mucho leer, sobre 
todo las novelas de Julio Verne, y después es- 
cribía bajo la influencia de estas lecturas; 
pero, claro, sin pies ni cabeza. Es decir, que 
yo tenía una vena romántica desde niño, que 
las impresiones que iba recibiendo las aplicaba 
indistintamente. 

—¿Fué usted periodista en Málaga?. . . 

—Sí, señor; fui periodista exaltado. Y yo 
mismo me asombro de haber sido un escritor 
de esos... ¿cómo diría yo?... vamos, de los 

163 



EL CABALLERO AUDAZ 

temidos. Hice mis campañas y tuve mis éxitos. 
Escribía en la La Información^ en La Unión 
Conservadora, en Luz y Sombra y en casi to- 
dos los periódicos de allí; yo, entonces, me 
creía un luchador, ¡un hombre temible! Pero 
en esto me llama el Banco para ocupar una 
plaza, ganada por oposición cinco años antes, 
y me veo oblig^ado a ir a Santander. iQué con- 
traste tan grande! De la vida alborozada y 
ágil de Málaga, a la vida austera y apacible de 
Santander. ¡Y cómo influye en uno el medio 
ambiente! . . . Yo, en Santander, era otro. Tam- 
bién comencé a colaborar en los diarios de allí; 
pero, sin darme cuenta, había cambiado la plu- 
ma de periodista por la de poeta. Aquel paisa- 
je de la montaña, aquella vida ondulada sua- 
vemente, la lectura de Pelayo, de Escalante, 
de Pereda y de tantos otros ilustres Santande- 
rinos, y el trato de gentes muy reposadas y 
sensatas, me fueron modelando. De todas estas 
cosas nació mi primera novela: Casta de hi- 
dalgos. 

—¿Y de Santander vino usted a Madrid? 

—Volví a Málaga, y allí escribí mi Comedia 
sentimental. 

—¿A los cuántos años de escribir su primer 
libro ha sido usted llamado a la Academia?. . . 

—A los cuatro años. 

1(J4 



LO Q U B S B P O í? MI 

—¿Tenía usted antigua amistad con Maura? 

—No, señor. Don Antonio lo ha dicho en su 
notable discui'so, y así fué nuestro conoci- 
miento. A raíz del inicuo atentado de Artal, 
Maura leyó mis novelas en su retiro de Mallor- 
ca y espontáneamente me hizo la merced de 
escribirme una carta de amables alabanzas, 
muy gratas para mí. Al mismo tiempo, según 
he sabido después, escribió a Rodríguez Ma- 
rín, hablándole encomiásticamente de mis li- 
bros, y le anunciaba su deseo de que me lla- 
mara a la Academia; pero advirtiendo que yo 
no debía saber nada de tal propósito, «pues a 
este joven escritor— decía— hay que añejarlo 
un poco». 

—¿Y qué impresión le causó a usted el acto 
de leer su discurso y tomar posesión de su car- 
go de académico? . . . 

—Figúreselo usted: una emoción y un miedo 
enormes. Me parecía, y aun me parece, un 
sueño. 

—¿Tenía usted muchos deseos de ser acadé- 
mico?. .. 

—Hombre, para un escritor esto constituye 
la cumbre en su carrera. Adviértol*^ a usted 
con absoluta sinceridad que yo estoy seguro 
de que no me he elevado hasta esa cumbre 
con alas de mis valimientos y mi sabiduría, 

165 



ñ L CABALLERO AUDAZ 

sino con la nidulgencia y la bondad de los 
demás. 

— ¿Cuál de sus libros es el que más se vende? 

— El amor de los amores. 

—¿Cual es el que más le gusta a usted? 

—Yo, aunque considero estos libros como 
ensayos, o más bien como balbuceos, y creo 
que aun he de hacer algo más serio, los que 
más me gustan hasta ahora, es decir, los que 
veo mejor hechos, son Comedia sentimental y 
La escuela de los sofistas. En cambio, el que 
me parece más flaco y el que me ha dado más 
que hacer ha sido Los Centauros. 

—Ahora hace tiempo que no labora usted. . . 

—En efecto: llevo dos años sin producir. Es- 
toy en un alto. Yo a esto le llamo un holgón o 
barbecho: dejar reposar la tierra y al mismo 
tiempo pararme a reflexionar sobre lo hecho y 
lo que debo hacer. 

—¿Usted traza al detalle el plan de sus no- 
velas antes de escribirlas? 

—No, señor. Los libros me llevan a mí más 
que yo a los libros. 

—Qué le gusta a usted más, ¿escribir en ver- 
so o en prosa? . . . 

—Por mi gusto sólo haría versos. De ser 
algo, soy poeta, y de aquí nacen los más g^ra- 
ves defectos de mi prosa y de mis obras nove- 
lee 



LO QUE S B POP MI 

leseas. Tengo el oído lan acostumbrado al rit- 
mo poético, que a veces me cuesta no poco 
trabajo sacudir ese compás que adultera la 
prosa, robándola su ritmo propio, su llaneza y 
sinceridad. Los excesos de la fantasía me con- 
ducen también a un vicioso lirismo que desfi- 
gura la realidad con arrebatos intemperantes 
de palabra y de concepto. Así, 5^0 no me juzgo 
novelista; soy un poeta que hace novelas, Al 
revés del famoso personaje, escribo en verso 
sin saberlo, y casi siempre, acabada una pági- 
na, tengo que dedicarme a «cazar endecasíla- 
bos» y a cortarles la cabeza, salvo los casos 
en que le dan cierta gracia y misteriosa seduc- 
ción al período estas invasiones del metro, y 
aun de la rima. 
Ya de pie, dispuesto a salir, exclamé: 
—Una última pregunta, León: A juicio de 
usted, ¿pasa España por un momento de deca- 
dencia o de apogeo?. . . 

—Yo creo— dijo Ricardo, rápido, al mismo 
tiempo que limpiaba los cristales de sus len- 
tes—que vivimos, no en un ocaso, sino en 
una clarísima alborada. Todo induce a creer 
en el renacimiento del genio español en el 
mundo; la preocupación aguda, dolorosa, ca- 
lenturienta, de cuantas cuestiones se refieren a 
nuestro pasado y a lo porvenir, el cultivo cada 

167 



B L CABALLBRO AUDAZ 

día más intenso de la ciencia, de las artes, 
«a un sentido tan moderno y en el fondo tan 
•«pañol, el movimiento creciente de la acción 
social, la intervención de la mujer en todos los 
órdenes de la vida y del espíritu, son robustas 
señales de juventud y actividad. Lo que sucede 
es que la política— la única excepción— lo cu- 
bre todo con apariencias de nulidad y abati- 
miento. En la gran colmena española se traba- 
ja con ímpetu febril; pero quien nos observa 
desde afuera, sin conocernos bien, no advierte 
la callada labor de las abejas, sino el zumbido 
de los zánganos. Además, contribuye también 
a nuestro mal esta condición nacional esquiva, 
solitaria, rebelde, indisciplinada. Cada español 
es un reyezuelo absoluto; abundan entre nos- 
otros las individualidades enérgicas, podero- 
sas, originales, mas con tendencia siempre a 
la soledad, a un huraño desvío, a un previo 
desdén de todo lo ajeno. Siempre fuimos así; 
pero los grandes ideales de religión y de con- 
quista de otros siglos acertaron a unir con po- 
derosa argamasa estos robustos sillares, a jun- 
tar la raza entera en un solo haz, militante, 
agresivo, lleno de vida y de fuerza, que pro- 
dujo aquella explosión magnífica del siglo xvr. 
Rotos hoy aquellos vínculos, es menester tra- 
barloi d« nuevo o erear otros para que no se 

IM 



LO Q UE S B P OP MI 

malogren por íalta de cohe&ioíi los vivos es- 
fuerzos individuales. A este fin, lo más urgen- 
te es barrer de la política a los que hacen ofi- 
cio y granjeria de ella, y emprender una cru- 
zada arrolladora, de carácter hondamente pa- 
triótico y popular, donde todos, respetando 
mutuamente sus ideas 3' sus fueros, coincidan 
siquiera en un solo punto común. ¿Es posible 
que los españoles de hogaño no coincidamos 
siquiera en un solo anhelo?. . . Basta coincidir 
en el amor de la patria. . . Con esto y con un 
caudillo generoso, inmaculado, muy español, 
muy valeroso y prudente, capaz de empuñar 
la espada y la bandera y de mover las muche- 
dumbres, ;no lograremos resurgir?. . . 

—Es posible todavía . . . —le contesté. 

—Yo lo creo firmemente— aseguró él con ar- 
dimiento juvenil—; por eso soy maurista. . . 



166 




Antes de acercarme a Onofroff permanecí 
unos momentos de pie allí, en aquel escenario 
que más parece una cuadra... Había una at- 
mósfera apestada e irrespirable. 

La pequeña y encantadora rubia de Marck, 
que parece una menina de Velázquez, paseaba 
con un brazo enlazado a la cintura de la don- 
cella, con la cual parloteaba en francés. 

En un rincón, dos malabaristas ensayaban 
trucos con platos y tazas. Estaban rodeados 
de varios artistas más, que les hacían obser- 
vaciones en francés, inglés o italiano. Una 
mujer guapa y muy pintada le hablaba con 
mucho mimo y le daba terrones de azúcar a 
\mgriffon, que para estar más cerca del ama 
se hallaba subido sobre una jaula de madera. 
De fuera llegaban las carcajadas y el murmu- 
llo del público. Ahora era un oleaje de risas. 
Tonino y su augusto compañero estaban ha- 

171 



EL CABALLERO AUDAZ 

ciendo la corrida de toros... De vez en cuando 
entraba Leonard estallando dentro de su frac 
verde de portero; después volvía al público a 
dar sus acostumbradas voces destempladas y 
desagradables 3' recibir un par de bofetadas 
de los clo-iViis. ¡Definitivo!... 

El viejo Parish, con su chistera y su levita, 
pasó por nuestro lado, con andar inseguro, y 
nos saludó en inglés... 

Onofroff seguía hablando con Marck, el do- 
mador de leones mansos. Yo esperaba pacien- 
temente a que rompieran su charla para acer- 
carme. 

Muchos conoceréis ya a Onofroff; es un hom- 
bre altísimo, esbelto, arrogante. De su atildada 
elegancia no se escapa ningún detalle: el frac 
impecable con los botonesde pasta, el cuello 
de pajarita, los zapatos de charol, la leon- 
tina, la camelia blanca prendida del ojal del 
frac y el pañuelo de hilo perfumado con 
Pompe ia . 

Al íin tocó el timbre que llamaba a Marck a 
escena, y entonces quedó Onofroff solo. Yo me 
acerqué a él en el momento que comenzaba a 
acariciar el hocico del griffon. 

—Señor Onofroff... 

El profesor, al oírse nombrar, alzó nervio- 
samente la cabeza y se encontró frente a mí... 

172 



LO QUE se P o ¡? M I 

En seguida, con un gesto muy insinuante, muy 
expresiv^o, me saludó. Después me dijo: 

—Usted hará el favor de dispensarme alguna 
incorrección que cometa en el lenguaje, por- 
que no domino bien el español. 

—¡Nada de eso!... Al contrario: veo que lo 
habla usted perfectamente, 

Y así era en efecto; pero él repuso: 

—Necesito una poca a3''uda..., ¿sabe? Vea- 
mos; ¿qué desea usted de mí? 

—Deseo— expliqué yo, un poco amilanado —, 
primero, que tenga usted la bondad de conven- 
cerme particularmente de sus experimentos, 
de los cuales dudo, y segundo, que converse- 
moíi un gran rato sobre ellos. 

—Respecto a lo primero, señor, yo no sé si 
podré convencerle. Si usted es un caballero 
que viene a desafiar mis experimentos, yo no 
acepto; ahora bien: si usted, con fe y voluntad, 
desea someterse a ellos... ¡eso j-^a varía! 

—Deseo someterme a ellos. 

— ¡Ah! Bien; pues veamos ahora si hay su- 
feto. Ponga la palma de su mano sobre la mía. 

Obedecí. 

—Ahora— me gritó él— aunque quiera usted 
retirarla no podrá, porque yo no quiero. Y fíje- 
se bien en que no se la aprisiono, que no están 
más que en contacto... Tire... ¡Tire usted!... 

173 



B L CABALLERO AUDAZ 

Yo, haciendo un esfuerzo supremo, traté de 
despegar mi mano de la suya. ¡Imposible! Era 
alg:o como un imán poderoso o como una plan- 
cha electrizada. En mis tirones arrastraba ha- 
cia mí el cuerpo de Onofroff ; pero las palmas 
de las manos continuaban unidas como una 
sola pieza. 

—¿De qué le sirven sus fuerzas, mi amigo? 
—gritó él en tono de chanza. 

Tiré con más ahinco. ¡Nada! 

—Ya basta— dijo él. 

Y las manos se separaron como por encanto, 
como si hubiese cesado el fluido que las uíiía. 

Onofroff, entonces, me dio una palmaditaen 
la mejilla . 

—Está usted un poco pálido— observó— ; eso 
demuestra que ya empieza usted a creer en 
mí... Terminará usted por ser mi mejor amigo. 

Hablaba Onofroff con un acento cariñoso, 
casi paternal; siempre con sus ojos melados 
fijos en los míos. 

—Haré con usted más experimentos en mi 
casa, si usted nos honra con su visita. 

— ¿Cuándo?— le pregunté yo. 

—¿Cuándo?... ¿Cuándo?... —murmuró él, in- 
terrogándose a sí mismo—. Hoy es sábado... 
Mañana, domingo, es día de dormir... Pasado 
mañana, ¿le parece a usted bien? 

174 



LO Q U ñ S E P O R MI 

—Muy bien— afirmé. 

—Pues pasado mañana, durante todo el día, 
será usted tan amable, tan galante, que irá a 
visitarme a la mía casa. 

—¿Dónde se hospeda usted?— inquirí. 

— rsio le hace a usted falta saberlo- repuso 
Onofroff, sonriendo enigmático. 

—Pero, señor Onofroff, ¿cómo voy a ir sin 
saber las señas?... 

—Señor amigo: Onofroff no piensa imposi- 
bles; yo le prometo a usted, delante de todos 
estos señores— y señaló el grupo de artistas 
que nos rodeaba—, que pasado mañana la sub- 
conciencia de usted le conducirá adonde yo 
vivo y donde yo, muy rendidamente, le estaré 
esperando. 

—¡Eso es imposible!— aseguré. 

—Para la voluntad de Onofroff no hay nada 
imposible— afirmó él—. Más o menos difícil... 
tal vez. En fin, me toca salir—. Y me tendió 
la mano al mismo tiempo que me decía: «Has- 
ta pasado mañana; allí, en mi casa, hablaremos 
de cuanto usted desee, y le someteré a mis ex- 
perimentos. 

—No creo que nos veamos. Más valiera ci- 
tarnos al detalle— apuré yo con desconfianza. 

—Descuide, señor. Yo le tengo empeñada 
mi palabra. Claro que parto de la ba^e de que 

175 



eLCABALLEf?0 AUDAZ 

su voluntad ha de estar neutral; esto es, que 
no ha de esforzarse en verme o no verme... 
Vaya, adiós... Mucho gusto... 

Y Onofroff , después de hacerme un saludo 
gentilísimo y arrogante, salió al público. 

Sonaron aplausos. 

A los cinco minutos estaba en el centro de 
la pista rodeado de quince mozalbetes, que, 
como unos autómatas, ejecutaban sus manda- 
tos. Sentí una inmensa compasión de aquellos 
seres de los cuales parecía haber huido el espí- 
ritu, y que, como unos maniquíes de gestos gro- 
tescos, se movían y accionaban mecánicamen- 
te, con los ojos fijos y la mirada perdida en la 
nada. En aquellos rostros sin expresión, sin 
soplo de vida, había una mueca trágica... Algo 
de ataúd y de manicomio al mismo tiempo. 

El púbUco reía..., reía. Yo me sentí invadi- 
do por un profundo horror, y... comencé a 
creer... 



Muy de mañana, el lunes salí a la calle para 
reanudar mis quehaceres cotidianos, un poco 
abandonados por las emociones del domingo . 
Casi, casi había olvidado la cita original de 
Onofrofí, Sólo me cuidé de pensar en ella para 

17ti 



LO QUE S B POR N I 

tomar la resolución de no ir inconscientemen- 
te por ningún hotel. Con seguridad, Onofroff 
—pensé— se hospedará en el Palace o en el 
Ritz. 

Toda la mañana la pasé en el Ayuntamien- 
to. Cuando volví a la calle eran cerca de las 
doce. Una nube negra nos amenazaba con un 
aguacero. Esperé un instante el tranvía; pasa- 
ba atestado de gente. Entonces, no sé por qué, 
se me ocurrió la idea de ir al Real en busca de 
unas localidades para la función de aquella 
noche... Tracé en mi imaginación el camino 
más corto, y muy diligente lo emprendí. Me 
encaminé por la calle de Luzón; desde allí fui 
atravesando las calles estrechas, tristes y un 
poco tortuosas de este pedazo del Madrid an- 
tiguo. 

Comenzó a llover. Entonces yo me detuve 
un instante a ponerme el impermeable. No ha- 
bía terminado, cuando sobre mí escuché una 
voz enérgica que me llamaba: 

—¡Señor Audaz!.. . 

Alcé la cabeza y creí estar soñando..., estar 
loco. ¡Era Onofroff!, ¡el mismo Onofroff!, el 
que me miraba, acodado sobre un balcón de 
un piso primero, sonriendo burlón. 

—¡Pero...!— clamé yo, invadido por un esca- 
lofrío de terror. 

12 II 177' 



ti CABALLERO AUDAZ 

—Si, soy yo, Onoírofí. Vamos, suba, que le 
estoy esperando hace diez minutos y llueve 
muy seriamente. 

Anonadado, transido de sorpresa, pero con 
un deseo inmenso de hablar con aquel hombre 
extraño, subí al piso. 

Onofroff, correctamente vestido de chaquet, 
me esperaba en el recibimiento. Al verme, ex- 
clamó, dándome su mano: 

— Está usted nervioso y pálido; cálmese. No 
merece la pena. Esta atracción a distancia que 
he efectuado con usted es muy sencilla; dijera- 
mo3 la infancia de mi ciencia. 

—Pero ¿es posible que me esperase usted, 
Oiiofroff?— le pregunté, sin salir de mi perple- 
jidad. 

—¿Cómo no?... Había dicho a mi señora que 
Tendría usted a comer, y su cubierto está pre- 
parado. 

En efecto: pasamos al comedor. Espera- 
ban cuatro cubiertos. El los señaló con •! 
dedo: 

—Para mi señora, para mi hija, para usted 
y para mí. 

—¿Y qué calle es ésta?— le pregunté. 

—Calle de la Unión, número cuatro, primero. 
Un cuarto amueblado que hemos tomado, por- 
qut a mí no me gusta la vida de hotel. 

\n 



LO Q_ Jl__ ^ ^ ^ P o f^ M i 

- Expliqueine u.^ted. ¿Como me ha hecho ub 
ted venir hasta aquí?... 

— Muy sencillamente, amigo; por medio de 
la sugestión. Usted es un sujeto sumamente 
sensible, sumamente nervioso. De^sde que la 
otra noche le sometí, está usted completamen- 
te influenciado por mf, y de mi sistema nervio- 
so al suyo hay una corriente hertziana que, sin 
darse usted cuenta, le ha traído hasta aquí. 
Esto no tiene nada de particular. 

Y diciendo esto me ofreció un cigarrillo, 
mientras yo temblaba. 

—¿Y esto es hipnotismo?... 

—No, señor. Verá usted. Hipnotismo— pala- 
bra que, como usted sabe, se deriva del griego 
ypnos, que significa sueño—, es eso: el sueño 
provocado, para cuya realización son necesa- 
rias dos voluntades, una activa y otra pasiva. 
Naturalmente que la segunda tiene que resis- 
tir la influencia de la primera... Esto es lo que 
yo he hecho en el Circo. 

—Y el hipnotizado, ¿qué sensaciones experi- 
menta?... 

— Absolutamente ninguna. Queda incons- 
ciente, vacío de inteligencia y, por consiguien- 
te, no padece ningún cansancio. 

—¿Y el operador?... 

- ¡Ah! El operador, cuando ka ejercido sm 

179 



EL C A 3 A L r. E Q O AUDAZ 

podei sobre varios sujetos, experimenta una 
fatiga muy grande. 

—Y ¿qué condiciones necesita reunir un in- 
dividuo para ser buen operador?... 

—Voluntad, nervios, superioridad física y 
haberlo estudiado. 

—¿Cuáles son mejores sujetos para ser hip- 
notizados? 

— Los que voluntariamente se entregan al 
profesor... Las mujeres, y sobre todo las his- 
téricas, son más fáciles de sugestionar; pero 
hay el inconveniente de que casi todas experi- 
mentan crisis nerviosas después de la hipnoti- 
zación. 

—Un individuo que sea buen sujeto para hip- 
notizado, ¿reúne a su vez condiciones para hip- 
notizar? 

—Sí..., sí..., con preferencia... 

—¿Cuántas ramificaciones tiene el hipnotis- 
mo?... Y perdone que le moleste tanto. iPero 
es tan interesante!... 

—No me molesta; al contrario. El hipnotis- 
mo tiene tres estados: letargía, catalepsia y 
sonambulismo. La letargía es el sueño muy 
profundo; en este estado la conciencia se ex- 
tingue completamente, los sentidos están abo- 
lidos y, por lo tanto, las facultades han des- 
aparecido; es el estado de muerte aparente o, 

130 



LO QUE SE POP MI 

por lo menos, de un síncope. La catalepsia es 
una manifestación especial del sistema nervio- 
so, idéntica a la muerte, como usted sabe, ca- 
racterizada por la rigidez de los músculos, la 
tensión del sistema nervioso y la casi absten- 
ción del corazón . El sonambulismo da al suje- 
to la libertad y el uso de sus facultades para 
emplearlas en la ejecución de los actos que el 
operador le comunica con la sugestión . 

—Y la sugestión, ¿tiene que ser verbal? 

—No, señor; puede ser verbal, mental o por 
medio de pases o contacto físico . Usted ha ve- 
nido aquí por sugestión mental, porque ya la 
otra noche tendí una corriente de atracción al 
darle la mano. 

—Y dígame usted, Onofroff, ¿cuánto tiempo 
podría usted tener a un individuo sumido en la 
catalepsia?. . . 

— Mucho... Administrándole alimento por 
medio de sonda, puede prolongarse todo lo que 
se quiera. 

—¿Y no es peligroso el hipnotismo para el 
sujeto?. . . 

Onofroff se encogió de hombros ; después 
me explicó: 

—Es siempre peligroso el hipnotismo en ma- 
nos de un operador incauto y sin experiencia; 
pero este peligro desaparece a medida que el 

ISl 



B L C A B A L L E fí O AUDA Z 

profesor va adquiriendo conocimientos prácti 
COS. El hipnotismo es un arma terrible. Se 
pueden cometer crímenes, se puede robar, se 
puede abusar de las mujeres. 

— ¿Qué es científicamente la fascina- 
ción?... 

—El estado hipnótico producido por la mi- 
rada. 

—Los animales, ¿son susceptibles de fas- 
cinar? 

—Sí, señor, todos; con preferencia, las aves 
y los felinos. Yo he fascinado leones. 

—¿Cómo es eso?... Cuéntemelo usted. 

—Nada. Que entré con Malleu en la jaula, 
por una apuesta que hicimos, y los leones, que 
eran muy fieros, sintieron el fluido de mi mi- 
rada y fueron dominados. Otra cosa analogía 
me pasó con un hermoso toro. Trabajaba yo 
en Zaragoza y era por las fiestas del Pilar. Se 
celebraba aquella tarde una gran corrida de 
toros. Yo me quedé sin localidad; pero como 
me unía una gran amistad con Guerra, éste 
me colocó en el callejón, y me dijo: «Ozté no 
ze mueva de ahí...» Pero llega un toro que sal- 
ta dentro; al echarme yo fuera se me engancha 
nn pie, me caigo y al levantarme me encuen- 
tro frente al toro, que se arrancaba hacia mí. 
Entonces lo miro, me acerco más a él t el bi- 



LO Q Ü ñ S B P O í^ k 1 

cho se detiene, y allí lo ture quieto hasta que 
Tino Guerra. 

—¿Cuánto tiempo lleva usted de operador? 

— lOh! Unos treinta y tantos años. 

—Pues ¿a qué edad empezó usted? 

—A los diez y ocho . 

— ¿Cómo descubrió usted sus condiciones 
para hipnotizar? 

—Mire usted: yo soy italiano; a los catorce 
años quedé huérfano, y unos tíos míos que vi- 
vían en Toulouse tiraron de mí. Allí empecé a 
estudiar la carrera de médico . Tenía yo allí 
una novia camarera . Una noche habíamos ha- 
blado del hipnotismo cuatro o cinco amigos. 
Ella estaba con nosotros, y yo le dije en bro- 
ma: «Mírame, que te voy a dormir.» La chica 
me miró, y al momento quedó hipnotizada. 
Pero aquí nuestros apuros: no podíamos des- 
pertarla; toda la noche la pasamos aplicándole 
procedimientos; a la mañana siguiente fui en 
busca de mi catedrático, que al momento la 
despertó y nos reprendió enérgicamente. Yo 
hice un esfuerzo de voluntad, estudié bastante, 
y al año ya hacía todo lo que hago hoy. 

—Vamos a ver, Onofroff , ¿cómo lleva usted 
a cabo la transmisión del pensamiento? 

--Muy sencillamente. Yo me autosugestiono. 
Dejo mi cerebro sin ning^una idea mía, en un 

IW 



B L CABALLERO AUDAZ 

estado completamente neutral, para que reciba 
el fluido del cerebro que me lia de mandar, y 
mi voluntad queda sometida, supeditada a la 
voluntad de otro, mediante este estado aleico 
que yo obtengo voluntariamente. Así es que 
yo soy el ejecutor, pero mi cerebro es el del 
que manda. Una prueba: piense usted una cosa 
que 5-0 pueda ejecutar \' mándemela hacer con 
el pensamiento. 

Terminado de decir esto.Onofroff cerró fuer- 
temente los ojos. Yo pensé que se quitara el 
chaquet y se rjusiera el mío. Al momento rea- 
lizó la operación. Se movía como sacudido 
por una corriente eléctrica; pero se despojó 
del chaquet, me quitó el mío, se lo puso y a mí 
me dejó en mang^as de camisa... Pensé que 
me pusiera el suyo, y al momento lo hizo. . . 
Quedé maravillado de este caballer© extraordi- 
nario. 



1^ 




Llevábamos esperando más de diez minutos. 
Campúa, el de los ojos volcánicos, curioseaba 
las dedicatorias de los retratos; yo descorría 
los dedos distraídamente sobre el amarillento 
teclado del piano, cuyas notas parecían de 
acordeón. 

Estábamos en el gabinete donde trabajaba el 
autor de El terrible Pérez. No sé si acertaré a 
daros una lig-era idea del abrumador desorden 
que reina en esta habitación. Hay sus notas de 
arte en unos cuadros de Martínez Abades, que 
representan escenas de las obras más aplaudi- 
das de García Alvarez. Delante de uno de los 
balcones está colocada una camilla pequeña; 
sobre ella, seis o siete lápices y dos o tres tacos 
de cuartillas. Allí acostumbra a sentarse a tra- 
bajar el graciosísimo autor de Las cacaiúas. En 
el centro del gabinete hay otra mesa de come- 

185 



g L C A B A L L B R O AUDAZ 

dor, sobre la cual se confunden libros, botellas, 
tijeras, periódicos, cigarrillos, pastillas de brea, 
cepillos, un bote de bicarbonato y unas ligas de 
caballero sin estrenar. En un ángulo, el piano, 
este buen amigo de Enrique, en cuyas notas 
buscó refugio a su pena en los días que un 
gran desengaño llenó de pesar su alma confia- 
da y buena. También de este piano han salido 
regocijantes y popularísimas canciones. 

—Son las doce y media— exclamó Campúa— 
y este es \in fresco. Muy capaz es de haberse 
vuelto del otro lado y seguir durmiendo. 

—Opino lo mismo que tú. Vamos a ver. 

Con algún sigilo nos acercamos a una puerta 
que comunicaba con otra habitación. La entre- 
abrimos y escuchamos un ronquido de venda- 
val. Campúa y 3^0 nos miramos atónitos, in- 
dignados. La habitación estaba en penumbras; 
pero allá, en el fondo, distinguimos un lecho 
Luis XV, y tendido sobre él, a Enrique, decidi- 
do a pasarse durmiendo hasta las cuatro de la 
tarde. 

—¡Enrique! ¡Enrique!... ¿Qué es esto?...— le 
grité, al mismo tiempo que lo sacudía cariflo- 
samente para despertarlo. 

Y García Alvarez, desperezándose, con 'los 
párpados cargados de sueño y el gesto anona- 
dado, exclamó: 

186 



LO QUE SE P O /? M / 

—Pues esto es una cosa que no debe hacerse 
con los amigos. 

No hice caso de sus protestas. 

—¡Vístete ahora mismo! 

—¿Para qué? 

—Tú vístete y no repliques -agregó Cam- 
púa. 

— Pero, hombre, jno avasalléis de ese 
modol ¿Qué es lo que queréis hacer conmi- 
go?...— inquirió con gesto de víctima ador- 
milada. 

—Ya lo verás. 

—¿Y no os vais si no me visto?... 

—¡Qué nos hemos de ir. Si no te vistes tú, te 
vestimos nosotros. 

—Pues mira, os lo agradecería. 

— ¡Anda, hombre, anda! 

—Seré una exhalación... ¡Ya veréis! 

Y después de abrir la boca diez o doce veces, 
frotarse los ojos y estirar y retorcer los brazos, 
saltó del lecho. 

Para dar a mis lectores idea de la rapidez 
eléctrica de nuestro visitado, les diré que a la 
una menos cinco comenzó a vestirse y acica- 
larse, y a las cuatro menos cuatro minutos sa- 
líamos de su casa. Un coche de punto nos es- 
peraba en la puerta. 

—¿Adonde vamos?— indagó Enrique. 

l>7í 



EL CABALLERO AUDAZ 

—¡Al restaiirafit más próximo!— exclamé yo, 
que llevaba una debilidad que no he sentido 
jamás por ningún amigo. 

A los pocos minutos estábamos instalados en 
una mesa del Lion-Bar. En el comedor grande 
hallábanse reunidos los mauristas en la frater- 
nidad de un banquete. Hasta nosotros llegaban 
los «Maura, sí» y los frenéticos aplausos. Al 
advertir esto García Alvarez, preguntó con in- 
genuidad: 

—Oye, ¿estará mal que yo esté aquí tan cer- 
ca de los mauristas?... Porque como soy de 
García Prieto... 

Reímos este inocente escrúpulo político. 

iVIientras que Campúa se las entendía con el 
camarero ordenando el weiiu, yo empecé a in- 
terrogar a García Alvarez, que ya devoraba 
un panecillo de Viena. 

— Dime, Enrique, ¿cuántas obras tienes es- 
trenadas?... 

—Ochenta, entre saínetes, zarzuelas, come- 
dias, pasillos y revistas— me contestó con la 
boca llena de pan. 

— Y entremeses, ¿no tienes? 

—Ahora los traerán... 

Se rió el chiste. Dicho por él, que es el hom- 
bre de más vis cómica que he conocido, tenía 
gracia. Continué: 

188 



LO QUE S B P O í? MI 

—De las obras que has estrenado, ¿cuál te 
parece mejor?... 

— jHombre, en este momento, con el hambre 
que tengo, la que me parece mejor es El 
pollo!... 

—¿Qué pollo? 

—El pollo Tejada. 

—¿Y después? 

—Los cocineros, Los rancheros y La torta de 
Reyes, y hasta que coma algo no me pregun- 
tes, porque no se me ocurrirán más que los títu- 
los nutritivos. 

—Llegó el camarero y nos sirvió un sucu- 
lento plato. Después de apurarlo, proseguimos 
el diálogo: 

—¿Cuántos años tienes, Enrique?... 

—Se quedó un instante perplejo. 

—Mira: pon los que quieras, pero ya puedes 
calcular, por mi natural frescura y fragan- 
cia, que soy mucho más joven que Antoñito 
Casero. 

—¿Y a qué edad empezaste a escribir? 

—Cuando tenía diez y nueve años estrené mi 
primera obra, que fué La trompa de casa, en 
el teatro Eslava... 

—¿Cuál es la obra que más dinero te ha pro- 
ducido?... 

—No me hagas caso, pero yo creo que La 

139 



t L CABALLEJO AUDAZ 

Nianha de Cádi¿\ La ahgvia de la hucrla, 
El pobre Valbucna, Alina de Dios; a éstas 
han seg"uido El peí ro chico, El terrible Péraz 
y otras. 

—¿Cuántos colaboradores has tenido?.. . 

—Muchísimos. 

—¿Con quién te has entendido mejor para 
colaborar? 

Meditó el «Rey del Chiste» . Su perenne ex- 
presión de aburrimiento y somnolencia tornóse 
en un gesto de triste decepción y honda amar- 
gura; después, con espontánea nobleza, ex- 
clamó: 

—Con Arniches... Lo uno no quita lo otrOy y 
como eso es la verdad, yo no debo decir otra 
cosa. ¿Oyes tú?. . . 

Y con un poco de remordimiento por haber 
entristecido al buen amigo, acudí rápido con 
el aturdimiento de una nueva pregunta: 

—A ti qué te gusta más, Enrique, ¿hacer 
libros o hacer música?... 

Hacer música. 

—¿Qué números se han popularizado de tus 
obras?... 

—Muchísimos... «El Pompón», de El pobre 
I albiie na: t\ *Bdi\áomQVdi, Baldomera», de El 
ratón, y muchos más. Figúrate que yo habré 
hecho en esta Tida más de doscientos números 

19-) 



de música, y todavía mis queridos companeros 
me llanan el «maestro García». ¿Oyes tú? 

— ;Cuál ha sido en el teatro tii caracterís- 
tica?... 

—Las tiples. 

—Tú tendrás muchas anécdotas de tu vida. 
Cuéntame alguna. 

—Muchas, ¿oyes tú?..., muchas; casi todas 
entre coristas hembras, segundas tiples y de- 
más; pero no te las relato, porque eso «lo sa- 
ben las madres»... ¡Hombre! Se me ocurre 
una. Verás. Hace algunos años concerté una 
fuga con una selecta tiple muy popular enton- 
ces porque en una revista cantaba un couplet, 
llamado del «carbón», que armaba un ciscoio- 
das las noches. Quedamos en que me esperaría 
en un coche y nos iríamos a Troncoso, donde 
vivía un tío suyo. Pero ya sabes mi carácter, 
chico; quiso Morfeo que me quedase profunda- 
mente dormido a la hora precisa de la cita. 
Cuando desperté, había pasado la hora conve- 
nida, y ¡tres más!, en cuyo tiempo se enteró la 
familia de la esperante y la restituyó al domi- 
cilio entre denuestos y de los otros. Resumien- 
do: que, por quedarme dormido como un tron- 
co, no fuimos a Troncoso. A los tres días la 
bella tiple me decía, llorando a lágrima viva 
—y que viva muchos añas—: «¡Ay, Enrique 

191 



EL CABALLEJO AUDAZ 

qué decepción!... Esto, que era el sueño de 
toda mi vida...» «Ha quedado reducido a una 
siesta»— le contesté yo. 

—¿Recuerdas alguna que no sea pasional? 

—Recuerdo bastantes— repuso Enrique, des- 
pués de rememorar unos segundos—; pero en la 
imposibilidad de referírtelas todas, voy a con- 
tarte una que te dará exacta idea de mi debili- 
dad de carácter. Había salido para Lisboa una 
notable compañía, dirigida por el gracioso Emi- 
lio Orejón -que en paz descanse— y de la cual 
era empresario don Manuel Reyes, aquel hom- 
bre tan rumboso y tan apasionado por el arte 
lírico. A los pocos días, Alfredo Navacerrada, 
su representante en Madrid, vino a buscarme 
una mañana y, con engaños, pretextando no 
sé si un paseo o una jira campestre, me sacó de 
casa, de idéntica forma que me habéis sacado 
hoy vosotros, pero en vez de traerme a un res- 
taurante me llevó a la estación de las Delicias 
y me zampó en un vagón de primera, donde 
había una señora de ídem, y entregándome un 
billete de ídem ídem, me espetó de buenas a 
ídencs estas alarmantes palabras: «¡Querido 
Enrique! Tengo el gusto de participarte que 
vas a Lisboa, donde te espera Reyes dispuesto 
a tratarte como a un príncipe. ■» «¿Y con qué 
objeto voy Lisboa?», pregunte, estupefacto. 

192 



LO QUE se PO P Mi 

«Con esta maleta», me respondió, entregán- 
dome un saco de mano. Y antes de que yo pu- 
diera reponerme de mi sorpresa, partió el tren. 
Hay que advertir que yo iba sin dinero y sin 
viandas, es decir, que en aquel momento no 
era ni capitali-ita. ni viandante. Yo confié en 
que mi compañera de viaje, que era guapa y 
robusta, llevaría algo de carne; pero, ¡que si 
quieres! A los pocos momentos me convencí 
que no llevaba más qae la que la Naturaleza, 
pródiga, le había concedido. Al llegara Lega- 
nés iya iba loco! La ^aszisa había comenzado 
sus e-tragos en mi des'erro estómago, y mira- 
ba a mi compañera de viaje con la misma fero- 
cidad de un ancropófago. Se detuvo el tren, y 
una voz bronca anunció: <f¡Fueri]abrada!... un 
mínu'.o.» Yo vi oj^ilar an:e mis desalentados 
ojos a la propia Tía Javiera agitando un serón 
abarrotado de rosquillas. Y el tren siguió su 
marcha, para volver a detenerse, y otra voz 
gritó: «¡Cabañasl. .. dos minutos.» Yo, que 
soy may añcionado al buen tabaco, di un salto; 
pero pron'io reflexioné que Cabanas sin comer 
era una locura. El hambre condnuába en au- 
mento. Afortunadamente, e': tren no se detuvo 
ni en ViV.amielm.t'^i Cebol'z. porque si se de- 
tiene borro del napa los dos piíeolos susodi- 
chos. Y, desfallecido, aniquilado, soñando con 

13-11 193 



B L CABALLERO AUDAZ 

solomillos, chuletas de ternera, muslos de 
pollo y otras estupideces por el estilo, entré en 
Lisboa. En el andén esperaban mi llegada cua- 
renta o cincuenta individuos de la compariia, 
con el sirapátieu Reyes y Pascual Frutos al 
frente. Al asomarme a la ventanilla, jt;ritaron 
todos con entusiasmo: «i Viva García Alva- 
rez!.,.» Y yo, que estaba viendo que no vivía 
ni cinco minutos más, vociferé, sacando fuer- 
zas áe flaqueza: *\\5n lestauj'ant!... ¡Un r^5- 
lauraní, que me muero!...» La carcajada fué 
múltiple y atronadora. En esto fijáronse mis 
ojos en la puerta del jefe de estación, sobre la 
cual, en letras enormes, se leía: «CHEFE ES- 
TACr^AO.» Vi el cielo abierto. Descendí del va- 
g'ón, como uri rayo, y empecé a gritar: «¡El 
jefe!... ¡Queme traigan al jefe!... «¿Para qué 
lo quieres?», me preguntó Frutos. «¡¡Para co- 
mérmelo, porque así, asao, debe estar riquí- 
simol!» Y si no me sujetan entre todos yo aca- 
bo mis días en la cárcel de Lisboa. 

—¡Cállate 5'^a, Enrique!— pudo decir Cam- 
púa, casi ahogado por una carcajada, y con la 
mano puesta en el costado—. ¡Que no puedo 
reírme más, chico!... De verdad... ¡que me due- 
le el vacío!... 

—Pero, Pepe, ¿es posible que tengas algo 
vado en tu cuerpo después de la barbaridad 

194 



L O Q U P 5 E P O í^ MI 

que has comido?...— preguntó Enrique con có- 
mica sorpresa. 

Se repitieron las risas. 

En esto el Sr. Ossorio y Gallardo, que presi- 
día el banquete maurista, al saber que estaba* 
mos allí, nos envió un recado invitándonos a 
pasar al salón, donde se nos haría un cariñoso 
recibimiento. Nosotros rehusamos tan gallar- 
da galantería, correspondiendo a ella envián- 
dole nuestras tarjetas, respaldadas con estas 
palabras: «¡¡Maura, sí!!» 

Oímos vivas a La Esfera, a Mundo Gráfico y 
a algo más... 

Encendimos nuestros vegueros y salimos a 
la calle. Allí nos encontramos con Polo, el des- 
nutrido autor cómico. Enrique mandó detener 
un coche. 

—Ese caballo no puede con nosotros— ex- 
clamó Campúa al ver las hechuras del flacucho 
jaco. 

—Ya lo creo, señorito— aseguró el cochero—. 
Ayer, sin ir más lejos, estuvo en el Campa- 
mento. 

—Y ganó el campeonato de tiro— agregó En- 
rique, muy serio. 

Cuando el coche marchaba con los cuatro, 
amontonados en sus asientos, yo le pregunté 
al Rey del Chiste: 

195 



EL CABALLERO AUDAZ 

—¿Qué obras preparas? 

—La Venus de piedra, con López Monís, 
música de Alonso y mía. La estrenaremos en 
Apolo a principios de temporada. Veréis qué 
gracia tiene; aquí la traigo— dijo, sacando del 
bolsillo un libro de cuartillas—. También tengo 
una comedia en dos actos para Cervantes, en 
colaboración con este simpático Polo, que lleva 
por título El farol de Diós^cnes, 

—¿Se tratará del filósofo?... 

—No; se trata de un sereno. 

Y sin decir una palabra más, García Alva- 
rez comenzó la lectura de La Venus de piedra. 
Hasta el cochero se desternillaba de risa. 



196 




Del Anselmi artista al Anselmi caballero 
particular existe una diferencia asombrosa. 

El repertorio teatral del prodigioso cantan- 
te, compuesto en su mayoría por tipos suma- 
mente espirituales, hondamente románticos, 
casi aromados con un poco de perfume de mu- 
jer, ha ido formando el error de que Pepe An- 
selmi es afeminado y hasta histérico, cual una 
doncellita caprichosa... También ha contribuí- 
do a fomentar esta idea esa colección de retra- 
tos en que el artista aparece con actitudes y 
gestos un poco afectados... Yo quiero desva- 
necer, en lo que pueda, esta equivocación... 
Anselmi, en su trato, es varonil, crudamente 
varonil; tiene cosas de chico mimado, pero ja- 
rnos afeminamientos de ninguna clase... 

Aquella tarde corría por las encinadas del 
Pardo como un chicuelo travieso; se internaba 
entre los chaparrales, fingiéndose el salvaje 

197 



EL CABALLERO AUDAZ 

de la selva; imitaba a Belmonte, dando recor- 
tes a un toro imaginario con su largo gabán 
marrón; se revolcaba por el suelo, y tenía en 
todo instante una broma infantil para cada 
uno de sus amigos... Solamente se quedaba un 
poco perplejo cuando alguien le recordaba que 
dos días después tendría que cantar Los pesca- 
dores... en el Real. 

Físicamente, todos conocéis a Anselmi... Su 
bella presencia personal es la de un buen ar- 
tista: pintor, violinista, escultor y tenor... 
Alto, de proporciones gallardas, de movimien- 
tos arrogantes, siempre está en possc de retra- 
to. Su cabeza es una cabeza de estudio...: re- 
donda, de tez terrosa, de facciones bastas, 
pero armónicas, ojos azules, mirada alegre y 
casi siempre interrogadora. Su frente, espa- 
ciosa, demasiado prolongada, porque sus lar- 
gos cabellos ondulados comienzan ya a aban- 
donarla... Habla mucho y ríe mucho. Y su 
charla, muy pintoresca, revela una sólida cul- 
tura. .. De todo sabe un poco, y su alma, un 
algo soñadora, siente, sobre todas las cosas, 
la filosofía optimista... 

—Yo, mi querido señor— me decía, sentado 
bajo una encina—, siento la necesidad de leer 
mucho..., y después escribo un poco,,. Hago 
literatura..., pensamientos filosóficos que sur- 

198 



1 



LO Q U B se P o í? MI 

gen de mi choque con la vida... ¿No? ¿Me en- 
tiende? 

Esta preg^unta me la hizo porque se expre- 
saba en italiano... 

—Si; le entiendo; pero ¿no habla usted es- 
pañol? 

—¡Oh! No. ¡Muy mal!... Francés, bien; in- 
glés, casi bien, y español, mal. .. No es posible 
hacer diversas cosas a la perfección; la ener- 
gía intelectual no da tanto de sí... Gracias 
que se consiga dominar una materia, no a la 
perfección, porque perfecto no hay nada... Es 
decir, sí..., una cosa...: Eso... 

Y Anselmi señalaba al cielo, que aquella 
tarde era de un azul cobalto transparente. El 
sol iba hundiéndose tras los lejanos confines 
de la Casa de Campo. El tenor jugueteaba con 
su bastón, haciendo rayitas en la tierra... 

— ¿Ama usted mucho el campo? — le pre- 
gunté . 

—Y ¿cómo no amarlo, mi querido señor?... 
¿Quién, teniendo un alma de artista, no siente 
la voluptuosidad de la Naturaleza?... Yo amo 
el campo, y lo necesito para la robustez de mi 
garganta y para el recreo de mi espíritu. . . 

— ¿ Ha estado usted unos días algo afó - 
nico?.. . 

—Si,,,, ^í¡ bastante,.. Me he pasado sin ha* 

199 



B L CABALLERO AUDAZ 

blar absolutamente nada tres diab... Mi larin- 
ge es muy delicada, y siempre que vengo a 
Madrid se asusta de los cambios tan bruscos 
de temperatura... Es un tributo que vengo 
pagando todos los años, como el hotel y el 
coche... 

—¿Usted es romano?... 

— No.. ., no, mi querido señor. Yo soy sici- 
liano... Nacido en Cattaro... jOh, mi Sicilia!... 

Y las pupilas azules de Anselmi miraron con 
melancolía al cielo. . . 

Yo continué . . . 

— ¿Pertenecía usted a una familia hu- 
milde o...? 

No me dejó terminar. 

—¡Oh!... ¡No!... Mis padres eran los Mar- 
queses de ..., célebres artistas trágicos. Y 
mi infancia al lado de ellos era estar en la 
gloria... 

—Desde pequeño, ¿tenía usted gran afición 
por la música?... 

—Locura; con una caña con agujeritos he- 
chos por mi tocaba todo lo que oía... En vista 
de esta pasión, mis padres resolvieron que 
aprendiese el violín... A los diez y seis años 
era un concertista .muy afamado, que ganaba 
mis buenas liras... Ocho años estuve siendo el 
artista del violín... 

2C0 



LO Q U B .^^ B _P P _J:_ _a J 

—¿Y cómo iué descubrir sub coüdiciones de 
tenor? 

—No sé cómo. .. El violín se encariñó de ello. 
Yo quería cantar como mi violín. El fué mi 
maestro; por eso lo amo tanto... El violín es el 
corazón de mi arte; la laringe, sólo una facul- 
tad... Yo no tuve jamás maestro... Dice Aris- 
tóteles que «el mejor maestro de uno es uno 
mismo...» A esto me atengo siempre, 

— ¿Dónde cantó usted por primera vez? 

—En Genova, y canté J^igolctto. 

—¿Y desde entonces triunfó usted?... 

Anselmi rió con una modestia infantil. 

—¿Triunfar?... ¿Triunfar?... Yo sólo debo 
decir que desde entonces vengo cantando, y 
de eso hace ahora, precisamente, catorce 
años. 

—Pues ¿qué edad tiene usted?... 

—Treinta y ocho años. .. 

Hizo un gesto de cómica pesadumbre; des- 
pués murmuró: 

—¡Muchos años!... ¡Muchos!... ¿Verdad? 
Ya llevo gastada más de la mitad de mi 
vida . . . 

—¿Cuánto dinero habrá usted ganado en 
todo el tiempo que lle\'a trabajando? 

— Quince o diez y seis millones de francos... 

—¿Y los conserva usted?. .. 

201 



E t CABAL LñfíO AUDAZ 

—¡Oh! No, señor. Yo apenas tengo para vi- 
vir... ¡Que ya es bastante tener!. .. Créame... 

—¿Ante qué público le grusta a usted más 
cantar? . . . 

Anselmi dudó un momento. Al fin se de- 
cidió... 

—En los países latinos, porque son de mi 
raza y de mi espíritu... Exteriorizan sus im- 
presiones artísticas, y esto, que es muy temi- 
ble, también resulta muy agradable... Yo tra- 
bajo en Madrid, y si gusto, el público me 
idolatra. .. ¡Ah, si no gusto, me castiga!. ,. En 
Inglaterra o Rusia, para saber si gusto hay 
que ir a la taquilla... 

—Me han dicho que le teme usted mucho al 
público de Madrid... 

—Yo, mi querido señor, soy un artista que 
tiene conciencia de su arte y de lo que cobra, 
y, como es lógico, todos mis esfuerzos y mis 
sentidos los pongo en hacerme digno de mi 
fama y de que mi sueldo sea bien ganado... 
Así es que yo, que, como buen siciliano, tengo 
el corazón de acero, que no se amilana ante 
ningún peligro, cuando voy a cantar tengo 
miedo... ¡un miedo espantoso!... Sobre todo, 
al paraíso... 

Y el artista hacía gestos de terror. .. Prosi- 
guió: 

202 



I. o Q U ñ SE POR A/ / 

—La noche aíites y la noche después de ha- 
ber cantado, jamás duermo. Esto le dará a us- 
ted justa idea de mi excitación nerviosa... ¡P"s 
tan sumamente delicado mi arte!... Sostenien- 
do una conversación, usted y yo y todo el 
mundo tiene a veces un titubeo, o se equivoca, 
o tropieza; pues bien: si cantando ante las seis 
u ocho mil personas que están pendientes de 
la frágil garganta de un artista le ocurre algo 
de esto, se ha hundido para siempre... ¡Esta es 
mi profesión!... Un torero puede tener una 
tarde mala; pero en otra, si tiene suerte, reco- 
bra su prestigio. Un cantante, no. Un cantante 
está perdido. 

—¿Y piensa usted retirarse pronto? 

Anselmi me miró sorprendido . 

—Mientras que tenga facultades y arte, no... 
Yo no soy un artista de órgano; soy un artista 
de cerebro y de corazón... 

—¿Es usted ahorrativo?... 

—¡Oh, mucho, mucho!...— dijo con afecta- 
ción cómica—; pregúnteselo usted a mi queri- 
da esposa... Ella es mi administradora... Des- 
de un año que estuve en Portugal y dejé allí 
todos mis sueldos y tuve que pedir dinero a 
casa para regresar, ella tomó la resolución de 
acompañarme. 

Anselmi reía como un chicuelo travieso. 

203 



n L C A B A L L P. Q o AUDAZ 

— cUuc vida hace usted?... 

—Consagrado a mi profesión. 

—¿Se levanta usted temprano?... 

—A las ocho... Estudio, leo mucho, escribo 
alguna literatura para mi uso particular, y es- 
cribo música... Aquí, en España, como com- 
positor no se me conoce; pero yo tengo más 
de cien composiciones... 

—¿Qué es lo que le gusta más de la vida? 

— La mujer y la música; son los dos polos 
de todos mis sentimientos... Por la música y 
la mujer lloro, río, canto y vivo... ¡Nada más 
adorable! Cuando yo estoy triste, apenado, 
corro a refugiarme en las caricias de mi dama 
o en las notas de mi violín... Los besos y las 
palabras cariñosas de ella vuelven a mí la ale- 
gría de vivir; mi violín me trae la poesía de la 
vida... Un hombre no es nada; un hombre y 
una mujer es la vida; un hombre, una mujer 
y una buena música es la felicidad. 

El tenor se expresaba con apasionamiento, 
acompañándose con gesto de artista que sabe 
sentir hondamente. 

—Y dígame usted, Anselmi: ¿recibirá usted 
muchas cartas perfumadas de amor?... 

—Siempre se exagera... La mujer es atraída 
por el que triunfa. ¡Pero no hasta el punto de 
enloquecer, ni mucho menos! De rez en cuan- 

204 



LO QUE 55 pop MI 

do recibo alguna epístola de la pobre niña que 
cree encontrar en mí al caballero de Grieux 
que yo represento. Si me viesen fuera de es- 
cena, rectificarían en seguida. Claro, yo me 
abstengo de desvanecer estas quimeras, por- 
que lo más bonito que hay bajo el cielo es un 
sueño dorado en una cabecita de veinte años, 
dorada también, si es posible. 

Anselmi consultó su reloj de oro, donde, en 
vez de cifras, están puestas las letras de su 
nombre y apellido , y de un salto se puso 
en pie : 

— Son las cuatro menos cuarto , y a las 
cuatro tengo ensayo, mi querido señor. . . Va- 
monos... 

Y echamos a andar. 

Amalia, la bella dama de Anselmi, montó 
en su automóvil, acompañada por Senarega y 
por Fabra, dos íntimos amigos del maravilloso 
tenor. Anselmi subió a nuestro aido con Cam- 
púa y conmigo... 

Y conforme nos íbamos acercando al teatro 
Real, su espíritu iba nublándose. . . 

—lOh, qué cara cuesta la gloria!...— pensa- 
ba yo al observar este fenómeno... 



203 



^VJ!^' 



¡ELLOS 



ün aplauso, un poco alborozado y muy en- 
tusiasta, de todos los que en silencio habíamos 
escuchado la melancólica composición, premió 
la labor musical de don Narciso López. El, en- 
tonces, girando sobre la banqueta del piano, 
se volvió a nosotros, sonriendo un poco confu- 
so y muy agradecido, de igual manera que, 
durante veinte años, desde su plataforma de 
director de la orquesta de Apolo, se volvía a 
reverenciar a «su público» y a recibir los 
aplausos que le prodigaban . . . 

Ahora estábamos en el manicomio de Es- 
querdo, en el pabelloncito coquetón del di- 
rector, y después de una comida de invita- 
dos—esas comidas que pesan en el estómago y 
en el espíritu—, con la cual don Jaime Esquer- 
do ha querido agasajarnos a Pepe Campúa y 
a mí, que hemos acudido a este lugar, no sola- 
mente con el propósito de hacer una informa- 

1 4- II 209 



E L CABALLEUO AUDAZ 

ción un poco triste, sino también con el deseo 
(le preparar el camino por si algún día— ¡quién 
sabe!...— la razón nos abandona y, ausentes 
de alma, tenemos que cobijarnos en este trági- 
co hogar de la locura . • . 

Y el gran artista don Narciso exclamó con 
voz transida de tristeza: 

—Esta melodía es un capricho musical que 
he compuesto en mi celda del manicomio du- 
rante mis amargos días de demencia. 

Hubo un silencio, durante el cual en mi ima- 
ginación saltaban y se repetían las notas pere- 
zosas y tristes que acababa de oír. Era una 
hermosa melodía dulce y melancólica que bien 
claramente nos hablaba de un alma nublada, 
de un espíritu torvo. . . 

—Don Narciso ha estado muy mal . . . muy 
mal— nos informó don Jaime—. Su monomanía 
era de persecución. Ya, por fortuna, está com- 
pletamente curado, y antes de primero de año 
le daremos el alta y. . . a vivir, a volver a sus 
labores artísticas. 

—¿Recuerda usted sus días de locura, don 
Narciso?— le preguntamos. 

— Sólo he olvidado seis u ocho días... Del 
resto me acuerdo como de un sueño. ¡Una pe- 
sadilla horrible! . . . Mire usted, me ahogaba de 
melancolía y de terror. En todo el mundo veía 

210 



LO Q U B SE POR Mí 

deseos de asesinarme... Mi familia, mis po- 
bres hijas, al ver mi desvarío, lloraban, sin 
poder contenerse... ¡Espantoso, espantoso, 
amigo ^ mías!. . . Yo, antes de volver a ese te- 
rrible estado, prefiero la muerte... ¡Sí, la 
muerte mil veces!. . . ¡Es horrible! 

De los ojos del maestro brotaban lágrimas, y 
poco faltó para que nos contagiase su llanto... 

—La mejor prueba de que está curado en 
absoluto y para siempre es que recuerda los 
días de demencia— explicó Esquerdo; y des- 
pués, señalándonos a un caballero alto y co- 
rrecto, de ojos azules, que estaba sentado junto 
a mí, prosiguió—: Aquí, don Carlos Montoro, 
a quien he tenido el gusto de presentar a us- 
tedes durante la comida, también estuvo muy 
mal, y ya, por mi parte, está dado de alta y, 
cuando él lo desee, puede abandonar el mani- 
comio. 

— ¡Ah!, ¿también?. . .—murmuré yo, fijándo- 
dome atentamente en el aludido. Era joven, 
guapo y correcto. . . Sus ojos, azules, color de 
acero, expresaban una melancolía infinita, 
pero una melancoh'a serena que le daba más 
interés. 

—¿Cuánto tiempo lleva usted aquí?...— le 
pregunté. 

—Cerca de cinco años. 

211 



t L CABALLERO AUDAZ 

—Entonces entró usted muy joven. 

—A los veinte años. 

— ¡Ah, caramba! A la edad de las gran- 
des quimeras y de las intensas pasiones. ¿Tal 
vez? . . . 

— Sí— lamentó el caballero, sonriendo—, yo 
enloquecí por una mujer... No comprendo, 
pero fué así. 

— Cuénteme... cuénteme... Será interesante. 

—Nada, una novia que tenía desde niño allá 
en Málaga, de donde soy. Mi carrera de mari- 
no me obligó una vez a hacer un viaje largo... 
Cuando volví ya no era aquella mujer mía. 
Otro hombre supo cogerla por el corazón me- 
jor que yo... Se había casado. Al darme mi 
madre la noticia me pareció que el mundo me 
aplastaba y perdí la razón... Una locura fu- 
riosa... Recuerdo de ella: Como si unas lla- 
maradas hubiesen invadido mi ser y, sobre 
todo, mi cerebro... Para calmarme, sentía la 
necesidad de destruir todo lo humano y lo di- 
vino. . . Matar era mi obsesión. . . ¡Pobre ma- 
dre mía! ¡Cuánto sufrió durante los días que 
estuve en casa! ... Al íin me trajeron al mani- 
comio. . . Cuatro años permanecí preso de mi 
demencia. . . Cuatro años fascinado día y no- 
che por la imagen de Estrella, que así se lla- 
maba. Unas veces la veía ardiendo; otras, en- 

212 



LO QUE SE P O J^ M / 

sangrentada; otras, flotando muerta sobre el 
mar; otras, con cuerpo de animales raros... 
Pero la veía ante mí tan precisa y tan tangi- 
ble, que sólo porque sé que he estado loco me 
avengo a creer que no era ella . . . 

—¿Y cómo curó usted?... 

—Un día, hace poco, al levantarme, me la 
encontré en la salita de mi celda. 

—Pero esta vez, ¿era de verdad?— pregunté, 
interesado. 

— Sí— medió don Jaime—. Creímos que esta 
brusca emoción podía curar a don Carlos, y 
solicitamos el concurso de la dama, que ya 
había enviudado. 

—Bueno; lo cierto es— prosiguió don Car- 
los, que al verla ante mí, vestida de negro, 
sentí algo así como si la mano que aprisionaba 
mi cerebro me hubiese soltado, dejando paso a 
las ideas normales; como si la venda que tapa- 
ba mis sentidos se hubiese desprendido; ¡qué 
sé yo!... como si otro sujeto que había dentro 
de mí, dominando mi voluntad, me hubiese 
abandonado... Es más: en aquel momento me 
di cuenta de que había estado loco y que des- 
pertaba de mi desvarío, y me lo expliqué 
todo... hasta la presencia de Estrella allí... 
No era ni su sombra... Había envejecido y se 
había desmejorado horriblemente... Recuerdo 

213 



EL CABALLERO AUDAZ 

que, al advertir su turbación y su miedo, lo pri- 
mero que le dije, después de saludarnos, fué: 
«Eres cobarde, mujer; tiemblas de terror por- 
que te crees a merced de un loco; tranquilíza- 
te. Lo he estado; pero ahora mismo estoy bien; 
tú acabas de curarme...» Yseg^uimos hablando 
normalmente. Y aquí viene lo más raro y lo 
más triste tal vez... Aquella mujer, por la cual 
yo había enloquecido, conforme íbamos ha- 
blando y yo la iba observando se alejaba de 
mi espíritu, hasta que llegó un momento en 
que no me expliqué que yo hubiese estado 
enamoradísimo de ella... Al final de nuestra 
entrevista me era indiferente; es más: me pe- 
saba un poco su conversación, porque no tenía 
nada que decirle ni me interesaba nada de su 
vida... Al verla marchar exclamé al oído de mi 
enfermero: «¡Y que yo haya estado loco por 
esa mujer!...» 

— Y desde entonces está bien— terminó don 
Jaime—. Pero vamos a visitar el estableci- 
miento antes que se vaya la luz... 

Salimos al jardín... Era una tarde dorada, 
pero fría. Por los paseos estaban diseminados 
los enfermos, recibiendo la caricia del sol... 
Unos hablaban solos; otros paseaban febril- 
mente, poseídos de una inquietud mecánica; 
los más hacían gestos incomprensibles; algu- 

214 



LO QUE SE POR MI 

nos proferían gritos inarticulados e incoheren- 
tes. . . A nuestro lado , un muchacho joven 
simulaba tocar el víolín, sin tener el instru- 
mento, sino con las manos en flexión, y se con- 
gestionaba como si en efecto estuviese hacien- 
do un gran esfuerzo corporal... Era horroroso 
el espectáculo. Daban ganar de huir... Nuestra 
presencia llamó la tención de pocos, pues los 
más nos miraban indiferentes, como si no nos 
vieran. Y los ojos de aquellos hombres, cuyos 
andares vacilantes de sonámbulos eran trági- 
cos, imponían..., unas veces, por su vago mi- 
rar, y otras, por su demasiada expresión... 

—¿Cuántos enfermos hay en la actualidad? 
—le pregunté al Director. 

—Ciento setenta y siete hombres y ochenta 
mujeres. 

—¿Luego abunda más la locura en el hom- 
bre?... 

-No, señor; es que la mujer es más fácil de 
manejar, y las familias no se deciden a traer- 
las al Sanatorio. 

—¿Cuál es la locura más frecuente? 

—Delirio de grandezas, que se agudiza más 
fieramente mientras más inteligencia y más 
cultura tuvo el sujeto. 

—¿Quiénes están más predispuestos a la 
enajenación mental? 

215 



EL CABALLERO AUDAZ 

—¡Oh!, los sujetos de gran capacidad inte- 
lectual. Aquí, ya verá usted, hay individuos 
de una cultura extraordinaria y de una fanta- 
sía portentosa. 

—Esta enfermedad, ¿es hereditaria? 

—Casi siempre... En muchos casos ataca a 
los hijos de los alcohólicos, y otras veces se 
produce como consecuencia de enfermedades 
adquiridas en vida crapulosa. 

—¿Y se curan muchos?... 

— Sí, bastantes, si la enfermedad ataca al 
sistema nervioso; cuando se aloja en el cere- 
bro, es casi imposible... Aquí damos de alta 
completamente curados un quince por ciento 
anual. 

—¿Qué procedimiento emplean ustedes?... 

—No es posible concretarse sobre esto. Cada 
caso pide un tratamiento distinto; el g-eneral 
es la alimentación, la tranquilidad y la higie- 
ne; que el individuo recobre el sueño, lo que 
conseguimos por medio de hipnóticos, y al mis- 
mo tiempo le vamos medicinando levemente, 
y por medio de la persuasión, sin contrariarlo 
grandemente, procuramos desvanecer sus 
sombras y sus inquietudes. 

—Cuando están furiosos, ¿se les castiga?... 

—jamás. Por lo general, los enfermos todos 
son furiosos si se les contraría bruscamente, y 

216 



LO QUE S B POR MI 

como aquí no se emplea ese procedimiento, 
raro es el caso de un enfermo furioso. . . Si tal 
ocurre, se le aisla y se le vig"ila conveniente- 
mente. . . 

—¿No se les permitirá usar armas?. . . 

—¡Quite usted, por Dios!... Ni a los enfer- 
meros siquiera. . . El reglamento lo prohibe. 

Resueltamente, y como un hipnotizado, se 
acercó a nosotros un enfermo... Tendría trein- 
ta y cinco años, y conservábalas líneas y el 
aspecto de un gran señor. Sus ojos ahuevados 
miraban quietamente. 

—Este caballero— me advirtió don Jaime- 
es profesor de Ciencia y padece delirio de 
grandezas. ..—Después, dirigiéndose al enfer- 
mo, prosiguió—: Buenas tardes, don Alberto. 
Estes señores son unos amigos que desean ha- 
blar con usted. 

—¡Hablarme a mí!— exclamó el loco, sor- 
prendido y mirándonos fijamente—. ¿Y sabéis, 
acaso, quién soy yo? Yo soj" Alfonso XIII, 
Guillermo II, Nicolás I, Jorge V. . . Soy todos 
los monarcas del mundo involucrados en uno 
solo verdadero... Tiburcio... Anacleto, Pas- 
cual . . . , Robustiano. 

—¿Son sus nombres de usted?... 

—¿Mi nombre?... ¿Mi nombre?... No sé cómo 
me llamo; por eso siempre firmo con cuatro o 

217 



EL CABALLERO AUDAZ 

seis nombres... Yo he sido herido en los Bal- 
kanes anteayer; pero quedé como un valien- 
te... En cada bolsillo llevo a un monarca... He 
aquí a Jorge V—y al decir esto sacó del bolsi- 
llo el pañuelo de las narices—; he aquí a Nico- 
lás II— y sacó una cajetilla—; he aquí a Alfon- 
so XIII—}'' sacó una bufanda—, 803' el hombre 
más libre del Universo... Y teng:o más millo- 
nes que nadie... Bueno, hablo todos los idio- 
mas, ¿a que no me entendéis?... Harasipní; 
harasipón chi per i pitón cu a cua. Es el ruso, 
imbéciles. 

La conversación lenta, seria 3' sentenciosa 
de aquel enfermo la interrumpió otro; era más 
viejo. Se acercó, y nos dijo, acompañando sus 
palabras con un gesto de conmiseración: 

— No le hagáis caso... El señor está comple- 
tamente ido...— Y sin atender la mirada fulgu- 
rante del compañero, prosiguió—: Yo pongo 
huevos y doy el do de pecho... Ahora estoy 
criando masa encefálica; pero no puedo llegar 
a constituirla por completo, porque los alimen- 
tos que nos dan en esta casa son muy malos: 
carnes rojas en particular; ¿y quieren ustedes 
decirme cómo se puede formar masa gris co- 
miendo carne roja?... Imposible...— Y tras de- 
cir esto, se alejó riendo escandalosamente. 

Pasamos por una galería donde estaban gru- 

218 



LO Q U ñ SE POR MI 

pos de locos jug^ando a las cartas y a las 
carambolas; los paños de las mesas estaban 
llenos de «sietes». Todos nos saludaban respe- 
tuosamente, y muchos se acercaban a hablar- 
nos de su manía... Uno era adivinador de pen- 
samiento. Otro tenía cuerpo de caballo... Es- 
querdo nos iba informando de aquellas vidas 
trágicas. 

Subimos a las celdas. Muy limpias, muy so- 
leadas,.. Al fin llegamos al cuarto de Emilio 
Carreras... ¡Pobre Carreras!... Allí estaba, 
postrado en una gran butacona, cubierta su 
cabeza por una clásica gorrilla madrileña. Era 
el mismo que tanto nos hizo reír con su gracia 
chispeante desde el escenario de Apolo... Y él, 
que tantas neurastenias quitó con su arte ma- 
ravilloso, ahora era devorado por la locura... 

Como su rostro no expresase nada al ver- 
nos, le pregunté: 

—Emilio, ¿no me reconoces? 

El alzó los ojos y me miró con frialdad. . . 
Aquella mirada entre idiota e indiferente la 
sentí en el corazón... Hubo un penoso silen- 
cio y... 

—Somos nosotros, Emilio— le dijo Campúa, 
apretando cariñosamente su mano... 

Nada, no despegó sus labios. La misma mi- 
rada y la misma indiferencia... Era tremendo 

219 



EL CABALLEJ^O AUDAZ 

aquello... Estábamos ante un muerto en vida... 
Con las lágrimas en los ojos abandonamos al 
amigo . . . 

Y como esta información se hace demasiado 
larga, y no quiero que digáis que 5^0 también 
he perdido la razón escribiendo, dejo para mi 
próximo artículo el hablaros de ellas, de las 
pobres locas... 



220 



¡ELLAS! 



Y penetramos por una pequeña puertecita 
que había en la reja en el patio de las locas. 

Era amplísimo y cuadrado. Por los soporta- 
les y por el surtidor que tiene en el centro da la 
sensación sedante del patio de un claustro. So- 
bre los bancos de madera y sobre los escalones 
que dan acceso al interior del edificio estaban 
sentadas las pobres locas. Nuestra entrada fué 
acogida con gritos extraños y con agudas car- 
cajadas: carcajadas trágicas que nos transían 
con un calofrío de terror. Las había jóvenes y 
viejas, frescas y marchitas, repugnantes y de- 
seables. Sin embargo, advertí que eran más 
numerosas las mujeres bellas. ¿Por qué?... No 
sé. La locura es posible que tenga buen gusto 
y prefiera tejer su hábito blanco con las almas 

221 



ñ L CABALLERO AUDAZ 

más halag-adas. Casi todas llevaban flores en la 
cabeza, y las que no, hierbajos. También mu- 
chas tenían los cabellos sueltos. 

—¿Qué locura es la más frecuente en la mu- 
jer?— le preg^unté a don Jaime. 

— La genésica. Sin embargo, se repiten los 
mismos casos que en el hombre. ¿Ve usted 
aquella rubia que está enseñando las piernas? 
Es la marquesa X; su monomanía es de perse- 
cución. 

Yo miré pasajeramente a la aludida; pero la 
que más llamaba mi atención era una damita 
de unos veinte años que, apo5'ada en el muro, 
se abrasaba de melancolía. Llevaba esparcida 
sobre los hombros la negra melena. Su rostro 
tenía una belleza extraordinaria. Al acercar- 
nos nosotros, la hermosísima loca alzó sus ojos 
negros y nos miró con una avidez muda... 
Después avanzó de puntillas hasta mí, y con 
una voz muy queda y muy trémula, voz que 
parecía un suspiro de su ser, exclamó: 

—¿Eres tú, Luis? . . . 

— vSí, yo soy — la contesté. 

Un ansia fulguró en las negras pupilas de la 
loca. 

—¿Tú?-..— volvió a preguntarme. 

Y aquel asombrado ¿/z?.^ expresaba bien cla- 
ramente el por qué de aquella locura de amor. 

222 



LO Q U B S B POR Mí 

—Sí, yo— torné a mentir, en mi afán de bu- 
cear en los laberintos de aquel espíritu. 

— A ver si tienes la cicatriz.— Y al decir esto 
me quitó el sombrero, y con sus ojos fijos y ex- 
tasiados me examinó la frente.— No; no tienes 
la cicatriz que yo te hice... No; tú no eres mi 
Luis. . . Mi Luis ha muerto. . . Yo le he matado. . . 
Yo le he matado. . . 

—¿Cuándo le ha matado usted? 

—Ayer..., esta noche... No sé...; pero le he 
matado. Le veo en el otro mundo. 

Y los ojos de la bella loca quedaban fijos y 
suspensos en el aire, mirando al lado opuesto 
a nosotros, como si en realidad una dulce vi- 
sión la fascinara. 

—¿Por qué está loca esta mujer? 

—Es un caso original— nos explicó Esquerdo 
confidencialmente—. Esta señora es sevillana; 
pertenece a una de las principales familias de 
Andalucía. Se llama Carolina Sanz. Pues bien: 
a los diez y siete años— hace tres— se casó, en- 
amoradísima, con un militar... Tuvieron un 
hijo... Una noche, esta dama soñó que su ma- 
rido le era infiel y que estaba allí mismo, a su 
lado, amando a otra mujer... Se levantó del 
lecho, fué al despacho, cogió la pistola y dis- 
paró tres tiros sobre el lecho conyugal, donde 
dormían tranquilamente el marido y el hijito..., 

Í323 



EL CABALLERO AUDAZ 

con tan mala suerte, que a los dos los dejó allí 
muertos... Desde entonces está enferma, y en 
su monomanía de interpretación cree ver en 
todos los hombres al esposo asesinado. 

—¡Es espantoso!... 

Mientras que hablábamos, una mujer de unos 
sesenta años le hacía guiños desvergonzados y 
deshonestos a Pepe Campúa. .. 

—¡Qué rico eres!... ^¡Mírame, ladrón! ¡Ay, 
qué ojos tienes!... ¡Qué ojos!... ¡Qué ojos!... 

Al mismo tiempo, con el cuerpo gordo y ba- 
rrigudo hacíale contorsiones cómicas... Era 
muy triste aquello, espantosamente triste; pero 
reíamos todos... 

—¿Es usted el inspector de manicomios?... 
—me preguntó upa joven menudita y linda, 
con los cabellos prematuramente grises . 

—Sí, señora, ¿qué desea usted?... 

—Quería decirle a usted que yo estoy aquí 
recluida indebidamente, por mandato de mi 
marido, que es un canalla... 

—¿Y eso?... 

—Pues nada; que él quiere estar libre para 
gastarse mi fortuna en juergas y con otras mu- 
jeres... A fuerza de dinero ha conseguido que 
me declaren loca; pero yo, señor, no estoy loca; 
jse lo juro a usted!... Estoy desesperada de ver- 
me aquí, entre esta pobre gente. 

2*24 



LO QUE SE POR MI 

Era tan sensata toda la conversación de esta 
mujer, que a mí me sorprendió, y dirigiéndo- 
me a don Taime, le dije: 

—Esta señora parece más cuerda que nos- 
otros. 

Esquerdo sonrió mi inocencia, y sonriendo 
a la pequeñita dama, le preguntó: 

— Vamos a ver, doña Blanca, ¿qué piensa 
usted hacer al salir de aquí?... 

— ¡Ah, hijo mío!... Volveré a mi casa... 

— Y en su casa hará usted una vida correcta. 

— Ya lo creo... Con un poco de libertad, por- 
que yo soy partidaria del amor libre... La 
noche que se me apetezca y lo tenga por 
conveniente me marcharé por ahí con quien 
quiera... 

—Eso no me parece bien, doña Blanca— in- 
tervine yo. 

— ¡Ah, no!... ¿Y, en cambio, le parecerá mag- 
níficamente marcharse usted?... 

—El hombre... 

—¡Qué el hombre ni qué ocho cuartos! Dios 
le dio la misma naturaleza al hombre que a la 
mujer, y no vamos a hacer caso de la cochina 
sociedad, que quiere esclavizarnos a las seño- 
ras... ¡No y no!... Y si sigue usted contra- 
riándome, le doy dos bofetadas que le quito la 
cara. 

t&-i( 22» 



EL CABAL VE ü O AUDAZ 

—No; descuide usted, doña Blanca— excla- 
mé 3'o, un poco alarmado por la amenaza—. 
Usted, siempre que hable conmigo, llevará 
razón. 

—¡Pues no faltaba más!— se quedó murmu- 
rando, mientras nosotros seguíamos recorrien- 
do el patio. 

— ¿Qué? — me dijo el Doctor—. ¿Está loca 
o no? 

— Loca completamente— contesté rápido—. 
Y dígame usted, Doctor... Estas pobres gen- 
tes, separadas por el abismo de la inconscien- 
cia de sus familias, ¿cómo pasan la Noche- 
buena?... 

—Lo mejor posible... No crea usted, procura- 
mos que se diviertan, y casi lo conseguimos. .. 
Esta noche es la única noche del año en que 
cenan reunidos ellos y ellas... La cena es ex- 
traordinaria; a base, como es natural, del clá- 
sico besugo, y les servimos la mesa el personal 
directivo y facultativo del manicomio. Después 
se celebra una función de teatro, en la que to- 
man parte enfermos y enfersias... Y más tar- 
de se baila y se canta... No crea usted, lo pa- 
san bien. 

—¿Sabe usted que me agrada todo eso? Yo, 
si usted me invita, vendré este año a pasar la 
Nochebuena con los locos. 

226 



LO QUE SE POR MI 

— Invitado... Nos ayudará usted a servir la 
mesa. 

Una muchachuela de quince o diez y seis 
años estaba mu^' entretenida ai lado de la verja 
poniéndose hojas de palmera sobre sus cabe- 
llos rubios... Mu}^ linda y muy angelical era la 
muchacha. Su rostro, inmóvil, espantosamen- 
te inmóvil, no expresó nada al vernos... Yo la 
hablé: 

—¿Señorita?... 

Su faz siguió insensible, expresando sólo 
una infantil inconsciencia, que era la fija in- 
sensatez de su dolor. 

-Esta señorita quedó loca a los siete años... 
No sabe de la vida más que hay flores y que 
Dios la acompaña siempre. . . 

Ella, al oír el nombre divino, rompió su si- 
lencio en una extraviada alegría... 

—Sí, Dios... ¿Tú ves a Dios..., juanito? Vo 
le veo..., le siento..., me sigue a todas partes... 
Miradle... Miradle.— Y con su larga y pálida 
mano de princesita de leyenda nos señalaba, 
ellos... 

Caía ya la tarde cuando Campúa y yo regre-' 
sábamos a Madrid... El sol, en medio de una 
mancha purpurina, daba los últimos estertores, 
tiñendo los campos con su resplandor de ho- 

237 



ñ L CABALLERO AUDAZ 

güera y fundiendo en un tono rojizo toda la 
gama de colores campestres. El «^w/o corría, y 
el manicomio quedaba a nuestra espalda. Cam- 
púa y yo íbamos abismados en muy tristes 
pensamientos... El fué quien rompió el silencio: 

— .-Sabes lo que estoy pensando?— me dijo. 

-Sí. 

— ¿Qué?— inquirió. 

—Estabas pensando lo mismo que yo; que si 
fueran muy frecuentes estas visitas al manico- 
mio, terminaríamos por enloquecer. 

—Justo— afirmé. 

Lector: es mucho más triste un manicomio 
que un cementerio . 



298 




El doctor Serrano impregnó un algodón en 
iodo, y después, entre chirigota y chirigota, lo 
colocó sobre la roja herida del torero, cuya aber- 
tura tenía el tamaño de un duro. Campúa no 
pudo resistir una exclamación de horror, al 
mismo tiempo que, volviendo la cabeza hacia 
el balcón, esquivaba la cura cruel. Yo me con- 
traje involuntariamente, como si hubiera roza- 
do por mis carnes la tortura del herido. Él, en 
cambio, permaneció frío, indiferente, como si 
nada fuera con su cuerpo. Ni un estremeci- 
miento, ni una contracción. Apenas desvane- 
cióse un instante su perenne sonrisa . Era un 
valiente este gitano. 

Alguien, un literato, un torero o un artista 
de los que estábamos allí, admirado de su es- 
toicismo, le preguntó: 

—¿Qué, ¿no te pica, Juan?... 

229 



B L CABALLERO AUDAZ 

— Qui... quid, ho... hombre— repuso él con su 
leng^ua tartamuda y con su habitual buen hu- 
mor—. Si... esto da ma... más gusto que la Ban- 
da Municipal. 

Todos reímos. 

"EX fenómeno estaba recostado de ríñones so- 
bre su elegante lecho inglés de caoba ma- 
queada. Casi desnudo. Una camiseta y unos 
calzoncillos de seda cubríanle las carnes, de- 
jando al descubierto sus recios brazos de puja- 
dos músculos. Por entre la camiseta asomaba, 
pendiente de una cadenita de oro, un manojo 
de medallas: las reliquias del matador, que él 
besa con frecuencia. Seguramente, allí estaría 
la Macarena. 

En el cuadrante de hilo quedaba recortado el 
perfil absurdo y desquiciado del lidiador. Su tez. 
macilenta, casi broncínea; sus dientes, blanquí- 
simos e iguales; sus ojos, negros, que miran pro- 
funda y melancólicamente desde las cuencas 
hundidas; las mandíbulas, desencajadas, como 
las délos Austrias, que imprimen en los ros- 
tros que así las tienen una simpatía sugesti- 
va... Pulcramente peinado, j»^ la coleta, como 
una culebrilla de ébano, trepaba retorcida por 
su nuca, quedando prendida por una horquilla 
invisible en el alisamiento de la impecable 
raya. 

230 



LO QUE SE POR MI 

Cuando hubo acabado el médico de vendarle 
el muslo, nos preguntó: 

— Qué, ¿nos vamos a dar un paseo? 

—¡Vamonos! — aceptamos. 

Ayudado por Conde, su mozo de estoques, 
comenzó a vestirse rápidamente. En un mo- 
mento quedó el torero hecho un dandy dentro 
de un elegante traje negro . No le faltaba un 
detalle de buen gusto. Cogió un bastón, y sali- 
mos. Un /7»7(9r^ y un grupo de chicos nos es- 
peraban en la calle. Al aparecer el torero 
hubo una exclamación: «¡Eh! ¡Belmonte! ¡Bel- 
monte!...> 

—¿Está usted mejor?— se acercó un chicuel® 
a preguntarle. 

—Sí, hombre— repuso el torero en condes- 
cendiente broma— . ¡Se vive... de milagro; pero 
se vive! 

Después, volviéndose a nosotros, comentó: 

—¿Ha visto usted qué respetuoso es ese cha- 
val? Es raro, porque, generalmente, suelen de- 
cirme: «¿Qué tal, Jiíaniyo?* 

—Y ¿a usted le hace gracia eso? Me parece 
que no, ¿verdad? 

—Hombre, a mí no me gusta que me tutee 
nadie a quien yo no tuteo: es un mutuo respeto 
al que tenemos derecho todos los hombres. 

Se acercó un pobre a pedirle limosna. El le 

231 



B L CABALLERO AUDAZ 

dio un duro. En seguida, otra, y otro duro. Nos 
acomodamos en el coche, que partió con direc- 
ción al Retiro. Y empecé preguntándole: 

—¿Cuándo podrá usted torear, Juan? 

— ¡No sé; veremos! Si esto sigue progresan- 
do, tal vez el diez y seis en Málaga. Esta noche 
me voy a Sevilla con objeto de entrenarme un 
poco. 

Belmonte, por el defecto de su lengua, habla 
lentamente, pero con corrección. Cecea mu- 
cho, y en el trato es todo lo contrario de lo que 
aparenta ser en la plaza. Charlando con él, 
desaparece el melancólico, el taciturno, el trá- 
gico del redondel, y se nos muestra bromista, 
risueño, alegre, superficial. Su espíritu es el de 
un niño de pocos años; cualquier chiste le hace 
reír. Las cosas más serias, al pasar por su 
conversación, recogen una broma oportuna. 
Su mirada es la de un hombre inteligente, que 
quiere enterarse de todo. 

—¿Cómo nació en usted la afición a los toros, 
Belmonte? 

—Hombre, eso sí que no puedo decírselo. Yo 
creo que lo llevaba en la masa de la sangre. 
Allí, en Sevilla, como usted sabe, existe la ob- 
sesión del toreo. No se vive más que para los 
toros. Todos torean. Raro es el camarero que 
mientras le sirve a uno un chato de Montilla o 

232 



LO QUE S B P O Q Mí 

un ponche de café no le da al parroquiano una 
verónica con el paño o un pase natural con la 
botella del agua. Y este ambiente es el que for- 
ma desde la niñez al torero. Yo allí, con los 
chicos de Triana, en vez de jugar a otras co- 
sas, había formado una cuadrilla y dábamos 
corridas, donde nos revolcaba el toro de 
mimbre, 

—¿Dónde toreó usted el primer becerro? 

— Verá usted. Yo, ante la banasta, era muy 
valiente, hasta el punto que se me consideraba 
como el primer matador; pero los amigos me 
decían: «Juaniyo, ¡qué jindama pasarías tú 
delante de un becerro!» Yo, la verdad, también 
lo creía. Entonces, para cerciorarme bien, 
acordamos reunir entre todos un duro que 
costaba torear un becerro en la Venta de Cara" 
ancha; recuerdo que era tan grande mi deseo, 
que puse, además del mío, el dinero que les co- 
rrespondía pagar a varios de los muchachos . 
Llegó el día... Yo, la noche anterior, la había 
pasado sin cerrar los ojos; no sé si de miedo o 
de ilusión. Nos soltaron el becerro. Usted no 
puede imaginarse lo grande que nos pareció. 
Ninguno salíamos a torearlo. Al fin yo me im- 
puse al miedo, y fui el primero que me dirigí al 
torete y le di una larga cambiada. Me resultó 
tan bien, que ya me creí un Lagartijo. 

233 



EL CABALLERO AUDAZ 

—¿Usted ya había presenciado muchas corri- 
das de toros? 

—Ninguna. Yo he visto muy pocas corridas. 
La cuestión es que, cuando chico, me pasaba 
toda la semana reuniendo dinero perro a perro 
para ir a los novillos; pero lleg'aba el día de la 
corrida, y me daba lástima Enastarme de pronto 
la pesetilla que había conseguido juntar. Vo 
salí a torear formalmente sin haber presencia- 
do más que una corrida de novillos. 

—Entonces, ¿quién fué su maestro?— le pre- 
j^unté extrañado. 

—Yo creo que en el toreo no se enseña ni se 
aprende. El que sabe, sabe porque sí, y el que 
no, no haj^ Dios que le enseñe. Bueno; pues 
después de esta becerrada nos reuníamos una 
pandilla de chicos y nos íbamos de noche a Ta- 
blada. Toreábamos desnudos, porque teníamos 
que atravesar el río a nado, dejando la ropa 
en la orilla. Y allí, a la luz de la luna o de un 
farolillo de acetileno, competíamos en veróni- 
cas, en pases de pecho, y, sobre todo, en re- 
volcones. Las verónicas eran mi especialidad. 
Muchas veces nos sorprendió el alba vendán- 
donos las heridas que nos larg-aban las vacas. 

—¿Con qué toreaban ustedes? 

—Con una blusilla que teníamos allí enterra- 
da. Cuando estábamos llevando esta vida se 

234 



LO QUE SE POR MI 

organizó una becerrada sin picadores, y salí yo 
de matador. Me tocó un becerrete manejable, 
y quedé como las propias rosas. Aquella fué la 
primera tarde que me llevaron en hombros a 
Triana. 

Calló para deleitarse en el recuerdo; des- 
pués: 

—Se empezó a hablar de mí, y en una novi- 
llada benéfica consiguieron sacarme algunos 
amigos. Y no quiero acordarme de aquella tar- 
de. Me tocó un toro veleto, que me quitó el tipo. 
¡Qué fatigas pasé! Yo estaba loco, extenuado, 
lleno de indignación; me abrazaba al cuello del 
toro, llorando, y lo abofeteaba. Por fin, me lo 
echaron al corral, después de haberme tirado 
por los aires más de veinte veces y haberle 
dado yo más de cien pinchazos. ¡Lo que yo 
lloré aquella noche! Entonces abandoné mis 
aficiones taurinas, y con unas grandes deses- 
peranzas me agarré al trabajo de bracero. 
Una azada y un pozo. Cavaba a destajo y has- 
ta bien entrada la noche. No tenía otro reme- 
dio. En casa no había una gorda, y yo era ua 
zagalón que debía dar mi rendimiento. Dos 
años estuve sin torear. Un día Calderón me 
sacó de mis casillas. Y volví al ruedo, dispues- 
to a quedar bien o a que un toro me calase defi- 
nitivamente. Se dio una buena tarde. Y lo demás 

225 



EL CABALLERO AUDAZ 

lo saben todos. Tuve una racha de suerte, y me 
bautizaron con el nombre de El Fenómeno . 

El trianero hizo una pausa, llena de indife- 
rencia y de frialdad. 

—¿Cuáles son los toros que le agradan más? 
—le pregunté. 

^No tengo predilección. Me da igual. Los 
que salgan bravos. Yo no entiendo de toros 
una palabra. Dicen que los miuras son difíci- 
les, y con miuras he logrado mis mayores 
triunfos. ¡Cualquiera sabe! 

— ¿Cuál torero le gusta a usted más? 

—Usted no me va a creer; pero yo le juro 
por mi salud que no soy inteligente, ni en to- 
ros ni en toreros. Yo veo que todos los compa- 
ñeros que alternan conmigo torean muy bien. 
No sé cuál lo hace mejor ni peor. Es más: yo 
no me doy cuenta de si toreo bien o mal. Hago 
siempre lo que sé: unas veces gusta y otras no. 
El público sabrá por qué. 

—¿Qué le parecía a usted Bombita? 

—No le he visto torear nunca. Y a Machaco 
le vi sólo dos veces que toreó conmigo. 

—¿Usted presiente las tardes que va a quedar 
bien? 

Dudó unos segundos. Después exclamó re- 
sueltamente: 

— Le diré a usted... ¡Si! Ha}^ días en que, sin 

23« 



LO QUE 3 E P O í^ M I 

saber por qué, sale uno al redondel mosca per - 
dio y y entonces no sabe uno ni meterse en el 
burladero, y otros, en cambio, estamos alegres 
y todo sale bien. 

—¿Ha tenido usted alguna vez miedo delante 
de un toro? 

— ¡Hombre, muchas veces! Mejor dicho, 
¡siempre! ¿Quién es el gachó que no tiene jin- 
dama delante de un toro? Ahora bien: ese mie- 
do insuperable que le hace a uno perder la 
conciencia de lo que es, ése no lo he sentido yo 
l'amás. Para mí es preferible la cornada de un 
toro a la vergüenza de una pita. 

—¿Le emocionan a usted las ovaciones? 

—Muy pocas veces. En la última feria de Se- 
villa se me saltaron las lágrimas. La gente, de 
pie, aplaudiendo, la música tocando y yo lleva- 
do en hombros. Resultaba imponente. 

— ¿Cuál es la tarde que ha estado usted 
mejor? 

—Creo que fué en Écija. ¡Qué tarde! 

—¿Quién le enseñó a usted el pase de moli- 
nete? 

—Nadie. Un día, toreando en Huelva, me sa- 
lió un toro muy bravo, con el cual me harté de 
hacer cosas. Ya no sabía más, y entonces 
intenté ese molinete, que no me resultó mal del 
todo. 

237 



t L CABALLERO AUDAZ 

—¿Tiene usted presentimientos de su vida fu- 
tura? 

—Ninguno. Yo creo a ojos cerrados en el 
sino. Una prueba: yo jamás hablé a un empre- 
sario para que me sacase a torear, 5', sin em- 
bargo, he toreado en todas partes. Estaba de 
Dios. 

— ¿Es usted supersticioso?... 

—Nada absolutamente. Mi mejor amigo es 
un tuerto, el cual me ha estado acompañando 
mucho tiempo a todas las corridas. Era lo pri- 
mero que veía por la mañana y al salir a la. 
plaza. 

—¿Cuánto dmero lleva usted ganado? 

—No sé; ahorrados, unos cien mil duros. 

—¿Cuándo piensa usted retirarse? 

—Cualquier día... que le tome asco a los to- 
ros. Pero, ¿en qué me iba a ocupar? 

—¿Ante qué público le gusta más torear? 

—Me da igual. Mis mejores faenas las he he- 
cho por los pueblos. 

Pasó un silencio. Estábamos en el paseo de 
coches del Retiro, Nos cruzamos con un auto, 
donde iban dos bellas damas. Una nos arrojó 
una rosa, al mismo tiempo que decía: «¡Para 
Belmonte!» 

El agasajado agradeció con una sonrisa. YO' 
aproveché la ocasión para preguntarle: 

238 



LO QUE SE P O f¿ Mí 

—Dicen que las mujeres le traen a usted de 
cabeza. 

—¡Hombre, sí, me gustan mucho!- contestó 
riendo—. ¿A quién no le agrada una ít^c/í/ bien 
puesta? 

—¿Tiene usted novia?— inquirí. 

—¡Cantará! Eso ya es querer saber dema- 
siado. 

—Le advierto a usted que esto no es para 
contarlo. 

Me miró fijamente. Después repuso con más 
seriedad: 

—Pues si es así, de hombre a hombre, le diré 
a usted que sí: tengo novia y estoy enamoradí- 
simo de ella. 

—¿Y cuándo piensa usted casarse? 

—Dentro de este año. Ahora, de esto le rue- 
go a usted que no diga ni una palabra. Son co- 
sas que no se pueden tomar a chufla. 

—Ni una palabra. Juanito; pero, dígame us- 
ted, ¿quién es?... 

—¡Una muchacha! — contestó él, con tono 
zumbón . 

—Ya lo comprendo; pero, ¿cómo se llama? 

—¡Dolores!— repuso el trianero gitano, sabo- 
reando el nombre. 

—¿De Sevilla? 

—No, señor; de Madrid. 

239- 



EL CABALLERO AUDAZ 

— ¡Ah! ¡Ya!— exclamé yo, recordando a una 
bella niña de la aristocracia, hija de un alto 
personaje de la política, a la cual el trianero 
había brindado la muerte de su toro una tarde. 

—Se llama Dolores..., y vive en la Castella- 
na, ¿verdad? 

Belmoiite prestó su asentimiento cou una 
sonrisa. 

—La misma; pero ni una palabra. ¡No sea 
usted malartge! 

Yo evadí, sin prometer. 

Una florista le echó un clavel. Él le dio una 
moneda de plata. 

— Dicen por ahí que Joselito y usted no son 
buenos amigos. 

—Leyendas. Joselito y yo seremos dos bue- 
nos compañeros, aunque los apasionados se 
empeñen en lo contrario. En la plaza, ante la 
muerte, todos nos queremos bien, aunque cada 
uno defienda noblemente su puesto y procure 
quedar lo mejor posible. ¿Qué tiene que ver lo 
uno con lo otro?... 

—Con qué le gusta a usted más torear, ¿con 
la muleta o con la capa? 

—Con la muleta. 

— ¿Piensa usted poner banderillas alguna vez? 

—Veremos . Pero yo soy muy poco ágil para 
asa suerte. 



LO QUE SE POR MI 

—¿Qué aficiones tiene usted además de los 
toros? 

—Acosar y derribar me gusta más que el to- 
reo. Después, leer y el cinematógrafo. 

—Dicen que con Vicente Pastor le agrada a 
usted torear más que con ningún otro. 

— Me es indiferente. Eso lo dicen porque 
como Vicente Pastor y yo hemos toreado jun- 
tos fuera de España, suponen, con razón, que 
nuestra amistad es más entrañable. Vicente 
Pastor es muy bueno y un compañero muy ca- 
bal. Pero en la plaza me es igual estar con él 
que con otro. 

Nos detuvimos en la Rosaleda. El trianero 
echó pie a tierra trabajosamente. En todos los 
coches que pasaban se oía la misma exclama- 
ción: 

— ¡Belmonte! ¡Belmonte!... ¡Belmonte el trá- 
gico! 

Y él reía... 



16 II 241 



ÍNDICE 



índice 



Páginas 

Benaveníe 7 

La Xirgu 21 

Valle-Inclán 33 

Tallaví 47 

Los príncipes de Kapurtala 61 

Guimerá 79 

Luca de Tena 9^ 

El Sultán Muley Haffid 105 

La Pérez de Vargas 119 

Blasco Ibáñez 13! 

Ratner, el multimillonario 145 

Ricardo León 159 

Onofroff, el fascinador 171 

García Alvarez 185 

Anselmi 197 

En el hogar de la locura 207 

Belmoníe 22'> 



245 



ÍNDICE DE LAS DIEZ SERIES 



LO QUE SÉ POR Mí 

(CONFESIONES DELSIGLO) 

ÍNDICE -DE -LOS -TOMOS. PUBLICADOJ 



indice de la primera serie. 



Pérez Galdós. 

La infanta Isabel. 

Maura. 

Cavia. 

Pepito Arrióla. 

Don Jaime de Borbón . 

María Guerrero y Fernando 

Díaz de Mendoza. 
Dicenta. 
Palacio Valdés. 



Borras. 

Unamuno. 

Condesa de Pardo Bazán. 

Manolo Bueno. 

<Azorín». 

Vives. 

Pío Baroja. 

Duquesa de Canaleias. 

En el barrio Gañí. 

Bombita. 



índice de la segunda serie. 



Benavente. 

La Xirgu. 

Valle-lnclán. 

Tallaví. 

Los príncipes de Kapurtala. 

Quimera. 

Luca de Tena. 

El sultán Muley Haffid. 

La Pérez de Varg-as. 



Blasco Ibáñez. 
Ratner, el multimillona- 
rio. 
Ricardo León. 
Onofroff, el fascinador. 
García Alvarez. 
Anselmi. 

En el hogar de la locura. 
Belmonte. 



índice de ia tercera serie. 



Echegraray. 
Hermanos Quintero. 
Tórtola Valencia. 
El ex sultán Abd-cl-Azís. 
Felipe Trigo. 
Francisco Morano. 



La reina de los gitanos ru- 
sos. 

El maestro Bretón. 

Su majestad «El rey de los 
ladrones.» 

Nieves Suárez. 



La Biblioteca Nacional. 
Enrique Gómez Carrillo. 
Carlos Arniches. 
Ramón Peña. 
Consuelilo, la fascinadora. 



Don José Francos Rodríguez. 
El Rdo. P, Zacarías Martí- 
nez. 
Los liliputienses. 
Gaona. 



índice de la cuarta serie. 



María Palou. 
Emilio Thuillier. 
Eugenio Selles. 
Ochoa, el luchador. 
Santiago Rusiñol. 
«La Argenlinita>. 
Emilio Carrere. 
Raquel Meller. 
Méndez Alanís. 
Loreto Prado y Enrique Chi- 
cote. 



Antonio de Hoyos y Vinent. 

Rafaela Abadía. 

Gregorio Martínez Sierra. 

Huertas, el ex presidente. 

Juan Mane'n. 

Entre héroes inválidos. 

Un ladrón de guante blanco. 

Jacinto Octavio Picón. 

«E¡ Caballero Audaz» y José 

María Carretero. 
Joselito. 



índice de la quinta serie. 



Pastora, la apasionada. 

Linares Rivas, 

María Gámcz. 

José Francés. 

Los curas pobres. 

Eduardo Marquina. 

Los remeros vascos. 

Ernesto Vilches, 

El maestro Morera. 

El demonio en Montserrat. 

Eduardo Zamacois. 

La guerra vista por nuestros 



estrategas. (Un general in- 
cógnito.) 

Pompeyo Gener. 

Petit-sou. 

El Conde de Güel. 

La artista de la Macarena. 

El maestro Serrano. 

El caballero del sombrero de 
paia. 

La escuela del hogar. 

Ignacio Iglesias. 

Pastor. 



índice de la sexta serie. 



Juüta Fons. 

La remonta militar de Jabal- 

quinto. 
Ortega Munilla. 
La Goya. 

La caridad madrileña. 
Torres-Quevedo. 



Rosario Pino. 
Pérez Zúñiga. 

El gigante Vendéen y el ena- 
no <Don Paquito». 
El maestro Villa. 
«Gioconda». 
Antonio Zozaya. 






Natalio Rivas, 

Emérita Esparza. 

El dolor de la infancia. 

Los pasos de un baila- 



rín o la danza de la 

muerte. 
El joven «Silvela». 
Gallo. 



índice de la séptima serie. 



María Barrientos. 
El maestro Arbós. 
José Santiago. 
Conouelo Hidalgo. 
El barón de San Malato. 
El doctor Slocker. 
María Esparza . 
Alejandro Lerroux. 
Rosa Rodrigo. 
Don Tomás Luceño. 



Matilde Moreno. 
Jaime Pahissa. 
Guyta Real. 
Eugenio D'Ors. 
Ramón Pérez de Ayala. 
El presidente caído. 
Pepe Moncayo. 
Cambó. 
Carpió. 



índice de la octava serie. 



Pablo Iglesias- 
María Fernanda Ladrón de 

Guevara. 
El Marqués de Cabriñana. 
Adela Carboné. 
Antonio Casero. 
Titta Ruffo. 
Sofía Casanova. 
SaiVv=idor Rueda. 
Titto Schipa. 



Irene López Heredia. 

Felipe Sassone. 

Alfonso Costa. 

Carmencita Jiménez. 

El Marqués de Villaviciosa 

de Asturias. 
Pedro Muñoz Seca. 
Amalia Isaura. 
José R. Carracido. 
«La Argentiniía». 



índice de la novena serie. 



Genoveva Vix. 

Ind.ilecio Prieto. 

Anita Martüs. 

Arturo Rubinstein. 

Concha Espina. 

Casimiro Ortas. 

Martínez Anido. 

Ángel Lancho. 

Rafaelita Haro. 

El actor Bonafé. 

Julián Besteiro. 

Un rey negro muy civilizado. 



Carmencita Moragas. 
Una visita al Hospital Pro- 
vincial. 
El doctor Recasens. 
El formidable Jak Johnson. 
El maestro Pérez Casas. 
Apeles Mestres. 
Dionisio Pérez. 
El doctor Navarro Cánovas. 
Don Manuel Saralegui. 
Miguel Otamendi. 
¡¡Los pobres vergonzantes!! 



índice de la décima y última serie. 



Prólogo: Las cosas que un 

español audaz ha oído. 
Sara Bernhardl. 
Antonio Fernández Bordas. 
Esperanza Iris. 
Luis de Tapia. 
Luisa Pucliol. 
El maestro Luna. 
Pedro Mata. 
Angelita Vilar. 
El pianista Saüer. 



«La Goya». 

El anarquista Matlieu, 

El coronel Castro Girona, 
heroico soldado de España 

Don Eduardo Marislany. 

Los dos mosqueteros. — Pri- 
mera parte: GómezGarrillo 

Los dos mosqueteros. — Se- 
gunda parte: Benigno Vá- 
rela. 

Don Santiago Ramón y CajaL 



OBRAS 



DE 



"EL CABALLERO AUDAZ" 

EDITADAS POR «MUNDO LATINO» 



Desamor (novela). 
La virgen desnuda (novela). 
La bien pagada (novela). 
En carne viva. 
La sin ventura (novela). 
El divino pecado. 
Emocionario.— Almas y paisajes. 
De pecado en pecado (novelas). 
Lo que sé por mí (interviús con celebridades con- 
temporáneas).— Diez series. 
Con el pie en el corazón (novela). 

PRÓXIMAS A PUBLICARSE 

Horas cortesanas.— Ambientes. 
El jefe político (novela). 
Hombre de amor (novela). 



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