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Full text of "Los aboríjenes de Chile"

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LOS ABORÍJENES DE CHILE 



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ABORÍJENES 






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CHILE 



POR 



José ToRiBio Me dina 



Except iinreclaimed savages, few pco- 
ples have passed away withoiit leaving 
their mnrks in potlery and in some of ihe 
metáis, if in nothing else. 

Thonias Ewbank. — The U, S. Níw ni 
Astronomical Expedition^ vol. II, páj. 1 1 1 . 



SANTIAGO 



TMPKENT^ aUTEISTBERa 

42— CALLE DE JOFRÉ — 42. 
188'? 



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Al Dr. p, RoDULFO A. Philippi 



Dedico a TJd. este trabajo^ querido doctor ^ como un 
homenaje de justicia por lo que a su enseñanza debe en- 
tre nosotros el adelanto de las ciencias naturales, ¿, a 
la veZy como ofrenda de cariño al sabio maestro i bon- 
dadoso amiío. 



Sü Autor. 



PREFACIO 



Circunstancias felices pusieron a nuestro alcance, en época no 
lejana, los medios de conocer la antigua literatura histórica de 
Chile, pudiendo notar con placer que, en medio de aquellas re- 
laciones mas o menos desordenadas, aparecian datos verdadera- 
mente importantes sobre los primitivos pobladores de nuestro 
suelo. Examinamos, en seguida, las obras modernas que trataban 
de su descubrimiento i conquista, i pudimos cerciorarnos que 
guardaban absoluto silencio sobre aquellos tiempos, si en verdad 
remotos, no por eso menos dignos de ser conocidos. ¿Qué se 
sabe, en efecto, hasta ahora de puestros aboríjenes, de las diver- 
sas razas que han ocupado el territorio, de sus costumbres, de 
su industria? ¿qué de cierto aún sobre las conquistas de los In- 
cas entre nosotros i sobre sus inevitables cuanto importantes 
resultados?... 

A no considerar, pues, mas que este aspecto de nuestros co- 
nocimientos históricos, que por cierto no corresponde al ade- 
lanto que con rara fortuna hemos logrado alcanzar en otras 
secciones de la misma ciencia, habia motivos de sobra para 



VIII PREFACIO 

preocuparse de apartar dt entre aquellos viejos pergaminos, to- 
dos los datos que directa o indirectamente contribuyesen a le- 
vantar el edí&cio de la antigua civilización del país. 

Pero esto no era bastante. Nuestros cronistas de la colonia se 
preocuparon poco del estudio de aquellas pequeñas particulari- 
dades del pueblo que venian a conquistar, (las que, en el fondo, 
agrupadas una a una, vienen a constituir un verdadero cuerpo de 
enseñanzas tan útiles como curiosas,) para anteponer a ellas, de 
una manera desproporcionada, todas las incidencias de los rudos 
combates que durante siglos debieron sostener con los dueños 
de la tierra invadida, para afianzar, siquiera en parte, su domina- 
ción. 

No faltó, sin embargo, autor que en aquellos tiempos, apartán- 
dose de la senda vulgar, consignase algunos datos de importan- 
cia sobre este orden de estudios. Se sabe, por ejemplo, que el 
clérigo Cristóbal de Molina, que vino a Chile en compañía de 
Almagro, formó cuna colección de pinturas, donde figuraba todo 
el camino andado i descubierto desde Tumbes al rio Maule, i 
las naciones, jentes, trajes, propiedades, ritos i ceremonias, cada 
cual en su manera de vivir, i la manera de los caminos i calidad 
de las tierras, con otras muchas cosas a estas anejas,» trabajo 
que remitió al comendador Francisco de los Cobos, por conduc- 
to de Henao, su criado, en 12 de julio de 1539.^ 

Por este tiempo debió también de redactar sus Antigüedades 
del IWii el célebre doctor don Melchor Bravo de Saravia, oidor 
que fué de la Audiencia de Lima i gobernador de Chile, i a quien 
Cio/a de León tenia por mui intelijente en la materia. Pero, des- 
jiraciadamcnte, tanto este tratado, que solo conocemos por las 

I i\iff*9 «1/ AV/, pub» cu la jxij. 505 de los Orijenes de la Iglesia chtieiia. 



PREFACIO IX 

repetidas referencias que a él hace el padre Juan de Velazco 
en su Historia de QuitOy como el anterior, andan por ahora es- 
traviados. 

El licenciado Fernando de Santillan, a quien también cupo 
desempeñar en Chile un puesto de cierta importancia, compuso 
igualmente, otro libro semejante al de Bravo de Saravia, que se 
ha publicado no hace mucho en Madrid, pero del cual así como 
de las otras Relaciones que lo acompañan, poco puede sacarse 
para nuestro tema.^ 

La Suma i narración de los Incas que los indios llaman Ca- 
pac-cuna y que fueron señores de la ciudad del Cuzco i de todo lo 
a ella subjeto^ que fuerotí mil leguas de tierra desde el rio de 
Maule^ que es adelante de Chile^ etc.^ escrita por Juan de Be- 
tanzos, en 1551 o 1552, por orden de don Antonio de Mendoza 
en la parte que se conserva i que también ha sido publicada por 
el señor Jiménez de la Espada, no hai tampoco nada que se refie- 
ra a los indíjenas de Chile. 

De los cronistas nacionales que por incidencia tocaron es- 
tas materias, debemos mencionar al capitán Alonso González de 
Nájera que en su Desengaño i reparo de la guerra del Rey no de 
■ Chile trae detalles preciosos sobre nuestros aboríjenes, que seria 
inútil buscar en otra parte; e igual cosa podemos decir de otro 
soldado de la guerra araucana, del maestre de campo don Fran- 
cisco Nuñez de Pineda i Bascuñan, que por haber estado algún 
tiempo prisionero entre los indios, pudo imponerse de muchos 
detalles que consignó, mezclados con fastidiosa erudición teo- 
lójica i profana, en su Cautiverio feliz. 

2. Tres relaciones de antigüedades peruanas ^ publicadas por el Ministerio 
de Fomento, bajo la dirección de don Marcos Jiménez de la Espada, Madrid, 
1879. 



X PREFACIO 

El jesuíta Diego de Rosales cuidó de apuntar en su obra im- 
portantísimos detalles sobre las tradiciones i creencias i sobre 
algunas costumbres de los indios, que pudo conocer a fondo 
por sus repetidos viajes en el país i su calidad de misionero; 
pero esta circunstancia, que milita también respecto de Oliva- 
res, le impidió limitarse a observar lo que veia. Ellos sospecharon 
siempre en las prácticas de los indios inspiraciones del demonio, 
i por eso no estuvieron exentos de toda despreocupación al 
darnos a conocer a nuestros bárbaros. Sin embargo, debemos 
esceptuar a nuestro abate Molina, que realizó un verdadero ade- 
lanto en lo que se relaciona con el estudio de los araucanos. 
Pero, el estado de los conocimientos en aquella época no les 
permitía fijar en manera alguna su atención sobre cosas o hechos 
que se miraban de poca importancia, pero que hoi, con el curso 
progresivo de los adelantos humanos, se estiman de gran valía. 
Se hacia, pues, necesario, tratar de recuperarlos objetos de pro- 
cedencia de aquella antigua civilización para apreciarlos a la luz 
de los dictados de nuestra edad, tratando de vivir, si fuera posi- 
ble, en medio de aquellos pueblos primitivos para darnos cuenta 
cabal así de sus adelantos como de sus necesidades. 

Esta tarea, bien difícil por cierto de llevar a término cumpli- 
do, no lo es tanto, por ejemplo, en el Perú, en Méjico i en otras 
secciones del continente americano, donde una civilización mu- 
cho mas adelantada ha dejado como huellas de su paso numero- 
sos e importantes monumentos que el tiempo ha respetado en 
algunos lugares i ocasiones casi con veneración. 

No ha faltado por eso, para aquellos países ni un verdadero i 
positivo interés científico, ni estímulo, ni autores como Squire, 
Rivero i Tschudi, Dupaix, Brasseur de Bourgourg, Kingsborogh 



PREFACIO XI 

i muchos otros que con decidido empeño, vastos conocimientos 
e intelijente protección hayan llevado a término obras notabilí- 
simas. Pero en Chile, pueblo pobre i atrasado, esos restos son 
mucho mas escasos, i lo que es peor, mucho menos importantes 
i han seguido desapareciendo ignorados, merced a la incuria e 
ignorancia de nuestros antepasados, i en proporción creciente a 
medida que las exijencias de la industria o de hi agricultura se 
iban haciendo sentir. 

Mas, a pesar de todo, como dice con mucha verdad uno de 
los miembros de la comisión científica de Estados Unidos que 
estuvo entre nosotros en 1851, salvo las tribus salvajes, pocos 
pueblos han desaparecido sin dejar tras de sí señales de su exis- 
tencia en los trabajos de alfarería o en cualquiera otra cosa. Es- 
tas huellas de nuestros aboríjenes, por regla jeneral, es necesario 
buscarlas en los sepulcros que encierran sus restos desagrega- 
dos, i después de largas i repetidas observaciones, llegar a una 
síntesis que nos permita establecer de una manera siquiera aproxi- 
mada el grado de adelanto que alcanzaran. Este resultado es de 
ordinario el fruto de la paciente labor de muchos hombres i a 
veces hasta de jeneraciones sucesivas; pero, como se comprende, 
para arribar a ese término es necesario comenzar alguna vez, 
echar los cimientos del vasto edificio para que mas tarde, obser- 
vaciones nuevamente repetidas i mejor comprobadas, nos con- 
duzcan a verlo acabado de una manera definitiva i completa. 

Esta fuente de auténtica información se completa naturalmen- 
te con la comparación de objetos idénticos procedentes de otras 
localidades, porque, como dice John Evans, — «el estudio de las 
antigüedades prehistóricas de un país cualquiera no se puede 
limitar a este país solo, sino que es necesario considerar los obje- 



XII PREFACIO 

tos del mismo jénero encontrados en las naciones vecinas i aún 
a veces en las lejanas, si se quiere realizar verdaderos progresos 
en la ciencia de la antigüedad.^» 

Añadiendo a estos antecedentes los que se derivan del estudio 
del idioma, que en nuestro caso nos ha sido de grande utilidad; 
el testimonio de los viajeros respecto de los pueblos salvajes que 
aún viven o que han existido en un estado semejante al que debió 
reinar en aquella edad primera del jénero humano; los dictados de 
la jeolojía i la palentolojía, i el examen comparado i analítico de 
los cráneos para la determinación de las razas i sus afinidades; 
tendremos de esta manera diseñado el programa a que ajustare- 
mos nuestros procedimientos, prefiriendo en todo caso antepo- 
ner a nuestras propias deducciones las de los hombres eminentes 
que con tanto criterio i perspicacia se han dedicado en estos úl- 
timos años a tan interesantes estudios. 

El libro que hoi damos al público con verdadera desconfianza, 
pero con no menos voluntad de auxiliar el desenvolvimiento de 
este jénero de estudios de tanto interés como importancia, ado- 
lece, como es natural, de la carencia absoluta de precedentes en 
este orden, viéndose así el que recorre este camino sin mas auxi- 
liar que su propio criterio. I, a pesar de esto, se habria dado ya 
un gran paso si pudiera decirse que las esploraciones en las di- 
versas secciones de nuestro territorio estaban completas; mas, 
si esceptuamos las colecciones de objetos indíjenas de Chile 
existentes en el Museo Nacional; la que obra en nuestro poder, 
las que con afanoso tesón i dilijente rebusca han logrado acopiar 
los señores don Luis Montt, don Rafael Garrido, i otras casi in- 
significantes que existen en Chile en diversas manos, i en los mu- 

3. V age de bronze^ Prefacey París, 1882. 



PREFACIO XIII 

seos de Washington, Berlín i Sévres, puede decirse que todo lo 
demás yace todavía sepultado en el fondo de las antiguas huacas, 
o en las entrañas de la tierra. 

Aún en el estudio de esta importantísima sección, se ofrecen 
no pequeños embarazos al arqueólogo, cuando trata, después 
de siglos, de distinguir los objetos propiamente orijinales de los 
primitivos chilenos, de aquellos que con la conquista peruana 
fueron importados a su suelo i que, sin duda, orijinaron numero- 
sas imitaciones; i esta dificultad llega a veces hasta el estremo 
de enjendrar vacilaciones hasta en lo que respecta a la averigua- 
ción de si las huacas que se escavan son o nó anteriores a la 
conquista española. 

Añádese a esto un motivo gravísimo de perturbación que mo- 
dificó profundamente las costumbres de los aboríjenes, cual es el 
que se deriva de la introducción de los animales domésticos en 
el país por los españoles. Este elemento estraño, dice con razón 
un ilustre viajero, «ha ejercido la influencia mas marcada sobre 
todos los pueblos que habitan desde Santiago hasta el estrecho 
de Magallanes: no siguen casi ninguno de sus antiguos usos; no 
se alimentan de los mismos frutos; no tienen los mismos vestidos; 
afectando hoi mucha mas semejanza con los tártaros, o con los 
habitantes de las orillas del Mar Rojo que con sus antepasados 
que vivían hace dos siglos.'*» 

Igual cosa puede decirse de lo que se refiere al estudio histó- 
rico de las costumbres i usos de los indios. El padre Francisco Ja- 
vier Ramírez, que trataba esta cuestión hace ya cerca de un siglo, 
afirmaba con verdadero desconsuelo que por lo tocante a los 
araucanos, se ignoraba si sus admapus o usanzas eran adquiridas 

4. Voy age de La Perouse, t. 2.", páj. 77. 



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PREFACIO XV 

tes i en parte tan bien contados que forman el tejido de las aven- 
turas bélicas de la colonia. 

Otra circunstancia que debemos mencionar i que esplica 
también el por qué de algunas de las lagunas que habrá que no- 
tar en el curso de estas pajinas, es la carencia de libros especia- 
les en arqueolojía i antigüedades, que solo es posible encontrar 
en los grandes centros europeos. 

Después de todo, las conclusiones a que debemos llegar es que 
en Chile, a la época de la conquista española, existian dos zonas 
que habian alcanzado diverso grado de adelanto: la parte norte 
del país, merced a la conquista i a la influencia de la civilización 
incásica, se hallaba en la edad del bronce, en tanto que el sur 
apenas si alcanzaban a la edad de la piedra pulimentada. Este 
último estado, no corresponde, como se sabe, a la ínfima escala 
social del progreso humano, habiendo sido por doquiera prece- 
dido de períodos mucho mas tenebrosos, que en todas partes no 
se completaron sino después de una serie mas o menos dilatada 
de siglos.^ En el curso de esta obra habrá ocasión de notar los 
vestijios que ha sido posible reunir de esa edad primitiva i harto 
lejana, pero cuya autenticidad no puede en manera alguna poner- 
se en duda. El axioma conquistado ya hoi por la ciencia de que 
los hombres comenzaron por el oscurantismo mas absoluto, en- 
cuentra en Chile como en el orbe entero, la mas completa con- 
firmación; pero, al mismo tiempo, es necesario reconocer que, 
«nuestro pasado prehistórico nos suministra motivos poderosos 
para perseguir el progreso con nuestros esfuerzos constantes, 

5. El viajero español Moraleda se acercaba a las ideas sustentadas hoi sobre 
la antigüedad de nuestros aboríjenes, cuando declaraba que «el tiempo de la 
población de Chile se ignora; i solo se infiere que antecedió algunos siglos a la 
época de nuestra conquista.» 



XVI PREFACIO 

para buscarlo por todos los medios antes de esperar que nos sea 
impuesto. Vemos al hombre partir de un estado de tal modo 
miserable que las poblaciones actuales mas desgraciadas solo 
nos pueden ofrecer de él una idea imperfecta. Le vemos luchar 
contra un elemento terrible, con armas de tal modo rudimentarias 
que hoi nos dejarían impotentes con muchos mejores medios de 
existencia. I, sin embargo, se ha familiarizado poco a poco con 
las dificultades, ha domado la naturaleza, i la ha sometido a su 
poder, i ha tomado posesión del mundo arreglándolo a sus ne- 
cesidades. Habiendo obtenido tanto puede esperarlo todo del 
progreso. Su pasado prehistórico nos da inmensas esperanzas 
para el porvenir de la humanidad.^;) 



^^^^^^^^^^^^*^^^^*^ 



6. Zaborowski, Lhomme prchistoriqíie^ páj. 175. 



IOS ABORIIM DE CHIil 



CAPITULO I. 



o R I J E N I) K I, N O M H K E :) E C H I I. lí 



El nombre de Chile aparece por primera vez en hi historia. — Los cronistas es- 
pañoles lo llaman ordinariamente Chili. — El valle de Aconcagua. — El caci- 
que Chili. — Época probable en que ha existido. — Cómo ha nacido el nombre 
de algunas naciones sud-americanas.— Garcilaso i Diego de Almagro. — Di- 
versas opiniones. — Significado de Chile en el idioma quichua. — Objecio- 
nes. — Los capitanes de los Incas fueron los primeros en hablar de Chili. — Chi- 
li i Chile. — 'Resultado. 

Cuando el inca Viracocha, allá por los comienzos del siglo 
XV, visitaba los territorios de Tarapacá que sus jenerales aca- 
baban de incorporar por la fuerza de las armas a su real corona, 
presentáronse en su campamento ciertos embajadores tucmas, 
i le hablaron así: <íTe hacemos saber que lejos de nuestra tie- 
rra, entre el sur i el poniente, está un gran reino llamado Chili, 
poblado de mucha jente, con los cuales no tenemos comercio 
alguno, poruña gran cordillera de sierra nevada que hai entre 
ellos i nosotros, mas, hi rehicion tenemos de nuestros padres i 



2 CAPÍTULO I 

abuelos. I pareciónos dártela para que hayas por bien de con- 
quistar aquella tierra/ 

Tal es, a lo que se dice, según la historia i la tradición, la vez 
primera que se presenta en los anales humanos el nombre de 
Chile. Sin embargo, conviene notar, que en los antiguos cro- 
nistas españoles de América, Herrera,^ López de Gomara,** 
González de Oviedo, Garcilaso, etc., a nuestro país se le llama 
de ordinario Chili, designación que aún se conserva en muchas 
de las lenguas modernas de Europa, i que los primitivos con- 
quistadores, por la índole especial de la pronunciación castellana, 
cambiaron mas tarde por el de Chile. 

Todos los autores que en la época de la colonia i hasta en 
tiempos posteriores se dedicaron al estudio de nuestra historia, 
se han afanado con natural i empeñosa curiosidad en indagar 
cuál sea el oríjen del nombre que se diera a la angosta faja de 
terreno que ocupaban los pueblos que allí habitaban en tiempo 
de la venida de los vasallos del rei de España. 

El clérigo Cristóbal de Molina, que acompañó a Diego de 
Almagro, en el libro que nos ha legado con el título de Con- 
quista i población dd Perú, declara que aquel jefe, después de 
haber visitado los primeros valles encerrados entre el mar i los 
Andes, partió a idas provincias de Chile,» cuyo pueblo princi- 
pal asegura que se llamaba entonces Concumicahua.'* 

Pedro de Valdivia, en su primera carta al soberano español, 
le dice que habiendo topado por el camino, en su primer viaje, 
con algunos indios, los aprehendió, i después de darles tormen- 
to, le declararon que eran vasallos de un cacique, principal se- 
ñor del valle de Canconcahua, que los soldados de Almagro 
habían llamado Chile.'^ 

El capitán Alonso de Góngora Marmolejo que, como se sabe^ 

L Garcilaso de la Vega, Primera paric de ¡os Comentarios Reales^ Madrid. 
1722, fol., t. I, \)éiy 164. Ko\. 2. 

2. Decada VII, lib. I. 

3. Páj. 1 19. 

4. -Páj. 47. 

5. Colección de historiadores de Chile, L I. páj. 3. 



LOS ABORIJENES DE CHILE 3 

fué compañero de Valdivia, establece en el nombre de que nos 
ocupamos una marcada variación, pues, después de contar la es- 
capada que hizo del Cuzco un español llamado Pedro Calvo 
Barrientos, dice que éste llegó al reino de Chille en el valle de 
Aconcagua.^ Sin ir mas adelante, vemos va, pues, que comienzan 
a nacer dudas i contradicciones; pero puede al mismo tiempo 
asegurarse que, del fondo de todas estas relaciones, es fácil per- 
cibir que, según ellas, en el valle que hoi llamamos de Aconca- 
gua hubo un cacique o señor principal cuyo nombre era Chili, 
Chille, o, como quieren otros Tili. Por el momento dejemos a 
un lado la cuestión de precisar el nombre i tratemos de averi- 
guar la época en que viviera aquel famoso caudillo. 

Ya se habrá visto por la relación de Garcilaso que los indios 
tucmas, o de la rejion que al presente se llama el Tucuman, 
contaron al inca Viracocha, siglo i medio antes de la venida de 
los españoles, que hacia el sur de su imperio existia un país lla- 
mado Chili; i, mientras tanto, puede deducirse de las relaciones 
de los primeros cronistas que fué Diego de Almagro quien en 
el valle de Concumicahua, encontró establecido al jefe iudíjena 
nombrado Chili. 

Pues bien, ¿quién está en la verdad, Garcilaso o Diego de 
Almagro? Ajuicio nuestro, ninguno de los dos. 

Por lo que toca al primero, debe tenerse presente que en lo 
antiguo no hubo jamás entre nosotros un gran reino, como era 
aquel que se supone pintaban al inca los embajadores tucmas. 
Esa designación no podia referirse a un vasto conjunto de po- 
blación, ni a una dilatada estension de territorio, ni a un país 
fuerte por su organización. No habia en aquel entonces, como 
no hubo después, sino tribus mas o menos reducidas, sujetas a 
la dominación parcial i lugareña de los caciques o señores prin- 
cipales. 

Fijando un poco la atención en el aserto de la colectividad 
atribuida a los habitantes de Chile para que fuera del país pu- 

6. /í/., t. II, páj. 3. 



4 CAPÍTULO I 

dieran ser reocnocidos por una designación propia i acentuada, 
se ve que esta circunstancia no está en armonía. con lo aconte- 
cido en materias jeográficas en otras partes de América i espe- 
cialmente en el Perú. Es sabido de todos que la múltiple agre- 
gación de pueblos, mas o menos igualados entre sí con el tiempo, 
la conquista i peculiar política de los incas, carecia de un nom- 
bre autonómico que sirviese para distinguirla de otras naciones. 
Todo lo que puede adelantarse en este orden es que los vasa- 
llos del inca empleaban para designar el reino una espresion que 
significaba las cuatro partes del mundo. En la mayoría de los 
casos, las diversas naciones que componen actualmente la Amé- 
rica del Sur, recibieron de los españoles el nombre con que hoi 
figuran en el mapa del mundo. Los mismos conquistadores fue- 
ron también los que designaron ciertas localidades por el nom- 
bre del jefe que encabezaba la tribu a la cual acababan de 
llegar, i así tenemos hoi la designación de Panamá> Bogotá, . 
Popavan, etc., dadas* á las porciones de terreno en las cuales 
mandaban los señores o caciques del mismo título. I una co- 
sa enteramente análoga ha sucedido entre nosotros, en que, por 
ejemplo, los caciques Cachipual, Tintilica, Engol, etc., han le- 
gado su nombre a los territorios que disfrutaban a la época de 
la conquista española. 

Conste, pues, que en el período de la dominación indíjena en 
la América del Sur, las designaciones jeográficas no eran co- 
rrientes, i que, por tanto, han sido los primeros españoles los 
que en la casi totalidad de los casos enseñaron a distinguir los 
valles, los ríos, los pueblos. Según esto, parece que de aquí de- 
be deducirse que en el imperio de los incas, en la época de que 
nos ocupamos, el país que ahora llamamos Chile, o al menos la 
porción que sus ejércitos dominaron, no figuraba con su denomi- 
nación actual. 

Ahora, si se acepta la opinión de que fuese Almagro quien 
encontrara establecido en el valle de Aconcagua un cacique se- 
ñor de la comarca, que diera su nombre al resto del territorio, 
creemos igualmente que no es difícil desvanecer esta suposición. 



LOS ABORIJENES DE CHILE 5 

i que, en todo caso, ella destruye la aseveración estampada por 
Garcilaso. En efecto, si fuese cierto que ya siglo i medio antes 
de la primera tentativa española de conquista, vivia en el valle 
central un cacique llamado Chili, lo que sabemos sucedía en el 
réjimen de sucesión en el mando i hasta en el nombre de los 
jefes indios, demostraria claramente que ese título no pudo tras- 
mitirse de jeneracion en jeneracion en el largo trascurso de cien- 
to i cincuenta años. 

Pero el triunfo de los historiadores de don Diego de Alma- 
gro contra Garcilaso no puede ser de larga duración. Conviene 
a este propósito insistir en una circunstancia que nos parece ha 
sido poco notada. 

Cualquiera que haya hojeado las obras que refieren la historia 
de la conquista por los españoles, habrá podido convencerse 
que de ordinario han sido bastante minuciosos para consignar 
en sus escritos los nombres i las hazañas de los caudillejos indíje- 
nas. Leochengol, de quien tendremos ocasión de hablar mas 
adelante, i Michimalonco, en los primeros tiempos, dan bastan- 
te razón de nuestro aserto. ¡Con cuánto mas finidamento po- 
dría, pues, esperarse que nuestros cronistas, que han sido en 
este orden verdaderamente escrupulosos i hasta nimios, nos hu- 
biesen dado detalles o consignado un hecho cualquiera de la 
vida de ese cacique Chili! I, sin embargo, esas pajinas perma- 
necen mudas, i ni el mas leve indicio de un jefe que se supone 
de harta influencia i señorío ha llegado hasta nosotros! 

No puede negarse que la escursion hecha a nuestro territorio 
por Diego de Almagro, no ha sido bastante detallada hasta aho- 
ra; pero su proximidad a la efectuada poco^años mas tarde por 
Valdivia i el haber venido en la última varios de los aventure- 
ros que acompañaron a aquel caudillo, mantienen en toda su 
fuerza la creencia que acabamos de enunciar. 

Tanto el padre Pebres^ como el historiador don Pedro de 
Córdoba i Figueroa^ nos informan que en años pasados no faltó 



7. Arte de ¡a lengua general^ etc., páj. 449. 

8. Historia de Chile ^ páj. 15. 



6 CAPITULO I 

quien discurriese que el nombre de Chile derivaba del de una 
avecilla llamada //7z* (vulgarmente trile, o sea el xantormis caye- 
ncusis), idea que el abate Molina acojió con calor en su tratado 
de Historia natura/'' i que don Vicente Carvallo ha calificado 
de ((ridicula)»/" 

Hai otros que, como Zarate, con mas juicio, se han pre^jun- 
tado si no seria posible esplicar el oríjeu del nombre de Chile 
por la traducción que le corresponde en la lengua quichua o en 
la indíjena del pais. Chili, en efecto, significa en quichua, (ífrio>'^^ 
;No podria deducirse de aquí, han dicho algunos, quelos pe- 
ruanos, acostumbrados al calor de sus valles tropicales, llamasen 
Chili a esta rejion por la nieve de sus cordilleras, como llama- 
ron chiriguanos a los habitantes de la altiplanicie de Bolivia? 
Mas, según observa con mucha razón el viajero Frezier/* las 
nieves de los Andes se estienden desde la estremidad norte del 
continente a las rejiones australes, i mal podria convenir la de- 
signación de frias a las localidades de la parte norte i central de 
este país. 

Pero la verdad es que en el idioma quichua existe la voz Chi- 
//'/** ((segun enseñan los curiosos eruditos», al decir de Rosales, 
conservada por entero en el nombre del rio que baña a Arequi- 
pa, en im pueblo indíjena del valle de Casma, i como en muchos 
otros en diversas localidades del antiguo imperio de los incas. 
El mismo autor a que nos referimos, observa que el jeneral que 
por orden de Atahualpa prendió al último soberano Huáscar se 
llamaba también Chili-cuchima. En nuestro propio territorio 

9. Páj. 4, ed. de Madrid, 1788. 

10. Historia de Chile^x.. III, 6. Otro jesuíta contemporáneo de Molina, don 
Felipe Gómez de Vidaiirre, participa de la misma idea. Historia de Chile, lib. 
I, cap. II. 

11. Como mera curiosidad señalamos aquí el hecho de que los mejicanos 
llamaban chile al ají. 'I'oi quemada, Monarquía indiana^ I, pájs. 100 i 33a. 

12. Relation du voy age de la Mer du Snd^ Amsterdam, 1717, t. I, pái. 
200. 

13. A pesíir de la aserción del ilustrado jesuíta madrileño, el padre Gonzá- 
lez Olguin en su Arte general, Lima, 1609, solo tradúcela voz Chille porcuna 
provincia», i Tschudi en su libro Der Kechna Sprache, no la menciona ni con 
esa ortografía, ni con la de tchili (qne seria la jenuina segun el señor Vicuña 
Mackenna), ni con ninguna otra. 



hOS ABORIJENES DE CHILE 7 

existen varios puntos, como Chillihue en Caiipolican, C/tií/e- 
Cauquen en la Ligua, etc., i hasta en la denominación primitiva 
de Chiloé (Chili-hue), en los cuales figura el vocablo Chili, 

Debemos, pues, deducir de aquí que Chiít ^?* una palabra que 
puede atribuirse propiamente al idioma quichua, i cuyo sig- 
nificado verdadero, (do mejor de una cosa», esplica perfecta- 
mente la frecuencia con que ha sido empleada tratándose de 
lugares, así como se esplica que llegara en otro tiempo hasta 
nosotros por la conquista de los incas. Por tanto, concluye Ro- 
sales, no tiene nada de estraño que las huestes peruanas que 
arribaron al valle de Aconcagua, después de haber atravesado 
rejiones mas o menos estériles, admiradas de su fertilidad i her- 
mosura, lo llamasen Chili. 

Ademas, cuando se consideran las cantidades de oro que siem- 
pre produjo ese valle, desde las famosas minas de Malga-malgii 
en los tiempos de Pedro de Valdivia, iiasta el moderno Catapil- 
co, se esplicará todavía con mas facilidad por qué los capitanes 
del inca llamaron aquella rejion ^da flor i nata de la tierra», co- 
mo que ella habia de suministrarles, a costa del sudor de los 
vencidos, el precioso metal que alimentaria el tesoro de sus 
reyes. «Habia llegado a oídos de Almagro, dice uno de nues- 
tros cronistas,^^ la fama de las grandes riquezas de Chile i de las 
grandes sumas que se enviaban al inca Huayna-Capac. Este 
fué uno de los principales motivos de su viaje». I por eso, cuan- 
do supo de los indios que encontró en Tupiza, que llevaban des- 
de el lejano mediodía aquel tributo en barras de dorados refle- 
jos, clavando los hijares a su caballo, no se detuvo hasta plantar 
sus tiendas en el valle de Chile. 

Molina hace notar, combatiendo indirectamente la opinión 
que acabamos de enunciar, que los araucanos designaron siem- 
pre a todo el país con el nombre de Chile-mapu^ esto es, tierra 
de Chile, así como declaran que su lengua es la de Chili-dugu, 
esto es, la lengua de Chile. Pero esta objeción es fácil de des- 

14. Pedro Marino de Lovera, Historia de Chile^ páj. 21. 



h CAPITL'LO I 

vanecer si se considera que no poseemos monumentos de ese 
idioma anteriores a la conquista española, i a que el valle de 
Aconcagua fué en lo antiguo un centro bien poblado e impor- 
tante. Por otra parte, es frecuente encontrar ejemplos en que una 
designación lugareña se aplica a vastas porciones de territorio, 
cual lo reconoce la jeneraüdiid de los escritores, aolicando 
especialmente esta doctrina al nombre de Chile. C'omo reminis- 
cencia i prueba práctica de semejante modo de proceder en los 
hábitos del pueblo, baste recordar lo que aún suele suceder en- 
tre nosotros cuando se dice, por ira Santiago, «(ir a Chile». 

I>c lo que antes hemos espresado, resulta, por consiguiente, 
que la existencia del cacique Chili no puede colocarse ni en los 
tiempos de Viracocha ni en los dias de Almagro; i por eso el 
jesuita Diego de Rosales sostuvo que era natural tener por mas 
cierto que la existencia de aquel caudillejo debia referirse a la 
época de la entrada de los capitanes del inca al valle de Acon- 
cagua; «el cual cacique, agrega, se llamaba Tili, i corrompiendo 
el vocablo los del Perú, que son fáciles en corromper algunos, 
le llamaron Chii^lí o Chili, tomando toda la tierra el nombre 
deste cacique. I así, añade, que dmarchando del Cuzco después 
a la conquista deste reino el adelantado don Diego de Almagro, 
encontró en la provincia de Tarija con los capitanes i jente del 
Inca, que ignorando su desastrada muerte, conducian el tesoro 
anual destas provincias i el oro que le tributaban, i que pregun- 
tándoles de donde venian, respondieron que de Tili, i los espa- 
ñoles trabucaron el nombre i la pronunciación, que es diferente 
en algunas de la de los indios, i llamaron a esta tierra Cmili. 
Aunque lo mas cierto parece que los indios del Perú mudaron 
la pronunciación del nombre de Tili en el de Chili, por cuanto 
les sonaba mejor i era mas conforme a su lengua jeneral.*^» 

15. Historia de Chile, t I, páj. 185. Bien sea que se suponga que los pe- 
ruanos o los españoles cambiasen el nombre primitivo del referido cacique Tili. 
ambos estreñios nos parecen igualmente posibles, porque, de una parte, la voz 
Chiii t% frecuente en el idioma quichua, i por otra, la diferencia entre la pro- 
nunciación de Tili en la lengua araucana i Chili en la nuestra, es mas aparen- 
te que real. Ks mui probable que la verdadera ortografía de Tili sea Thili. 



CAP. I. — ORÍJEN DEL NOMBRE DE CHILE 9 

Don Peciro Marino de Lovera, por su parte, declara que Chi- 
le fué antiguamente nombre de un valle particular, i que por 
haber sido éste el último a que los españoles llegaron, «salió la 
voz por toda la tierra del Perú que Almagro venia de Chile;^^)> 
idea en que concuerda el insigne don Alonso de Ercilla cuando 
dice que Chili «llámase así por un valle principal: fué sujeto al 
rei Inca del Perú, de donde le traian cada año gran suma de oro, 
por lo cual los españoles tuvieron noticia deste valle; i cuando 
entraron en la tierra, como iban en demanda del valle de 
Chile, llamaron Chile a toda su provincia hasta el Estrecho de 
Magallanes."» 

Don Vicente Carvallo iGoyeneche espresa, a su vez, que el 
<írio de Aconcagua, que fertiliza los valles de sus riberas hasta 
su embocadura en el mar, de tiempo inmemorial se llama Chili, 
i dio su denominación a las llanuras de Quillota, de donde se 
llevaban a la ciudad del Cuzco gruesas cantidades de oro, que 
jeneralmente se decia iban de Chile, i a mi ver, de este principio 
vino que los españoles diesen este nombre a todo el país, mu- 
dando la i en e}^i> 

En resumen, pues, debe atribuirse a los capitanes de los incas 
la consagración primera del nombre cuyo oríjen tratamos de 
averiguar; porque, según se notará, es lo que aparece como mas 
probable de la inducción i de la historia. Mas, ¿llamaron Chile 
al valle de Aconcagua, por ser el mas hermoso i abundante de la 
rejion esplorada? ¿Se apellidó así en aquella época remota el 
señor que lo rejia? ¿O acaso le viene esa denominación del nom- 
bre primitivo del valle o rio que lo riega? Quizás nadie podrá re- 



i6. Historia^ pá¡. 37. 

17. La Araucana. ^?^\2i. 

18. Desde la época de los incas, segiin opinión de Gay (Historia de Chile^ 1. 
I, páj. 102). En todo caso, la conclusión a que se llegue será siempre la mis- 
mas. Don Benjamin Vicuña Mackenna ha publicado en sus Relaciones 
Históricas un largo artículo sobre el tema del presente capítulo, en el cual se 
lee que el nombre de Chile es anterior a la conquista incarial, i un vocablo 
chileno-indíjena, pero sin significación determinada. Véase también el Diccio- 
nario geográfico del señor Astaburuaga, páj. 108. 



I o LOS ABORÍJENES DE CHILE 

solverlo, pero sí puede afirmarse que en un principio se dio esta 
designación solo a la parte central del país, i que después, como 
dice Ercilla, los españoles «llamaron Chile a toda la provincia 
hasta el Estrecho de Magallanes^. 



CAPÍTULO II. 



PRIMEROS POBLADORES DE CHILE. 



La historia i la tradición. — Tradiciones chilenas sobre los primeros pobladores 
del país. — Opiniones diversas. — El maestro Calancha. — Las águilas de dos 
cabezas. — Frai Antonio García. — Los frisios i los holandeses. — Los indios 
chilenos descendientes de los iberos. — Emigraciones sucesivas. — Opiniones 
de M. Brasseur^e Bourgbourg. — Id. de Montesinos — Tradición que cita el 
padre Ramírez. — Los primeros pobladores llegan del occidente — Teoría del 
abate Molina. — Conclusión. 

En el estudio de los oríjenes de un pueblo se presentan de 
por sí al examen del investigador dos fuentes de información: la 
historia, consignada en monumentos escritos, i la tradición, 
trasmitida de padres a hijos al través de una serie mas o menos 
dilatada de siglos. Por desgracia, estos dos puntos de apoyo de 
tan trascendental importancia, faltan en nuestro caso, dejando so- 
lo en su lugar ancho campo a hipótesis mas o menos injeniosas, i 
muchas veces hijas de un espíritu preconcebido; pues, como se 
espresa Humboldt, la cuestión jeneral de investigar el oríjen de 
los habitantes de un continente, está mas allá de los límites de 
la historia.^ Apreciando esta materia no debemos olvidar tampo- 
co lo que apunta un célebre antropolojista, a saber, que está en 

K Ensayo sobre Ja Nueva España, lib. II, cap. VI. 



12 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

la naturaleza de las hipótesis que se forman sobre los problemas 
de los oríjenes de los pueblos, el ser tan difíciles de refutar co- 
mo de demostráis» 

Según asevera el historiador Diego de Rosales, las tradicio- 
nes de los indíjenas chilenos no remontaron jamás mas allá del 
diluvio, pues no tuvieron nunca memoria alguna de la creación 
i del principio del mundo ni de los hombres^. 

«Los indios habitadores de este hemisferio chileno, agrega 
Córdoba i Figueroa, de primeros pobladores de este reino, por 
donde o cómo a él viniesen, nada sabian, lo que denota el que 
fué en siglos mui remotos de su memoria: a esto induce lo po- 
blado que el reino estaba, cuyos vestijios permanecen en el dia 
de hoi entre bosques i cordilleras, no sin admiración de los que 
notan que en lo presente se tuvieron por inhabitables, lo que te- 
nemos mui bien observado^.» 

Don Luis de la Cruz, en los comienzos del siglo, declaraba 
todavía que por mas investigaciones i dilijencias que habia prac- 
ticado entre los caciques viejos i de mayores luces, sobre averi- 
guar si tenian algún monumento o tradición de su oríjen, nunca 
pudo descubrir de ellos en esta materia otra razón que sus pri- 
meros padres nacerian en estos terrenos,^ 

Con razón, pues, un viajero inglés declara «que el oríjen de los 
primitivos habitantes de Chile está envuelto en una oscuridad 
impenetrable. . Poseian tradiciones respecto de sus antepasados 
tan vagas e inciertas que no merecen considerarse; de tal modo 
que no puede avanzarse nada respecto de la historia de Chile 
hasta antes de mediados del siglo XV.S Poeppig, por su parte, 



2. Paul Broca, La lingnistique et Vanthropologie^ páj. 250 de las Mcmoires 
de Anthropologie^ Paris, 1871. 

3. Historia de Chile^ tomo I, páj. 4. 

4. Historia de Chile, páj. 26. 

5. Tratado importante para el perfecto conocimiento de los indios pehnencheSy 
según el orden de su vida, Angeüs, tomo I. Bollaert cuenta que preguntan- 
do lo mismo a los «changos» de la costa de Atacama, todo lo que le respondie- 
ron fué, «sí señor, nó señor.» Researches, páj. 171. 

6. Bonnycastle, Spanish America, t. 2.0, páj. 23 r. London, 1818. Véase tam- 
bién mas adelante a Ewbank. 



CAP, II. — PRIMEROS POBLADORES I 3 

dice que «el conocimiento de los tiempos mas remotos de Chile 
yace sumido en una profunda oscuridad, a la cual no alcanza a 
penetrar ni un rayo incierto de luz. El que se ocupa del estudio 
de los indíjenas de faz cobriza, no tiene dato alguno que lo 
auxilie, por mas que se afane en buscar en su historia la esplica- 
cion de sus caracteres. Ningún monumento histórico interrumpe 
una oscura serie de innumerables siglos, i tampoco se presentan 
demostraciones fehacientes para justificar una hipótesis cual- 
quiera... La tradición propagada entre los indios chilenos relati- 
va a los tiempos primitivos, no remonta mas allá del mito que se 
ha trasinitido a todas partes, sobre un diluvio universal; pero 
esta misma tradición silencia entre ellos lo. que se refiere al 
período que abraza la infancia del jénero humano, el que prece- 
de a su extirpación i que ha ocasionado muchas bellas relacio- 
nes en los pueblos del Asia. Sin embargo, se caeria en un error 
si se pretendiera deducir de. la universalidad de esa tradición 
estendida en América, desde los Andes de la Patagonia a las 
riveras del Amazonas i del Orinoco, la edad igualmente antigua 
de la raza humana. Pudo mui bien suceder que ésta se estable- 
ciese en Chile en tiempos ni ucho posteriores.^..» 

Sin embargo, por mas difícil que aparezca, en vista de lo que 
dejamos apuntado, aventurar una hipótesis cualquiera respecto 
de los primeros pobladores de Chile, no han faltado autores que, 
examinando ciertas coincidencias de lenguaje, de raza, i los fastos 
remotos de antiguas naciones, hayan ideado conjeturas presenta- 
das con mas o menos habilidad. 

El maestro Frai Antonio de la Calancha declara ce que tiene 
por cierto que este medio mundo (América) fué habitado de 
hombres antes del diluvio, i que los tártaros poblaron a Chile. 
Que fuesen tártaros, dice, se prueba con una razón (que en to- 
das naciones i edades ha sido auténtica probanza) i es, traer el 
mesmo color, las mesmas costumbres, semejante relijion i pro- 
pias condiciones. Son tan parecidos los indios chilenos a los tár- 

7. Eduard Poeppig, Rehe in Chile, Perú, etc. Leipzig, 1835, tomo I, páj.456. 



14 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

taros que hasta hoi (1638) conservan de todo en todo lo que los 
tártaros solían usar antes de tener rei... Los que conocen indios 
i han visto chilenos verán unorijinal en cada traslado... Los 
chilenos no tienen mas cabeza que el mejor de cada familia, ni 
mas capitán que el que se elije para el suceso; píntanselos cuer- 
pos, cásanse con las mujeres que pueden sustentar, admiten la 
hermana i la madrastra, no se pueblan en ciudad, pueblo o villa; 
divídense por los campos, mudando los aduares al sitio de su 
antojo; comen raices, guisan yerbas i susténtanse de frutos; tra- 
tan de la pesca i comen aves i animales que cazan, sin que el 
apetito invente potajes, ni busquen salsa para lo mas desabrido; 
hacen bebidas de raíces i frutos, que los enfurece cuando los em- 
briaga. No estiman el oro i la plata, ni tienen rito, adoración, ni 
culto; ponderan suspersticiones i tírales la inclinación a cruelda- 
des. Al fin, hoi en todo, sin que desdiga en una costumbre, guar- 
dan los chilenos lo que de los tártaros se dice antes de tener 
imperio i sujetarse a rei.®)» 

Como se vé, el buen maestro agustino probó demasiado. 

Justo Lipsio, seguido por Solórzano Pereira,' al sostener que 
los indios de Chile descendian de los antiguos romanos, tomó 
pié de un dato mas preciso, que el mismo Cabildo de Santiago 
habia anunciado al rei,^° pues, como espresa Rosales, dio tuvo 
por cosa cierta por decir que en el valle Cagten, que es la Im- 
perial en Chile, se hallaron en las casas i portadas de los indios 
imájenes de águilas de dos cabezas, que eran insignias propias 
de los emperadores romanos, i que por eso se llamó Imperial la 
ciudad que en aquella tierra fundaron los españoles. De donde 
colije que los romanos fueron los primeros pobladores de Chile, 
pues no habiendo en todas sus provincias aves de dos cabezas a 
quien poder retratar, que en Chile no las hai, es visto que de los 
romanos heredaron estas imájenes i insignias.» Mas, el jesuita es- 



8. Coróuica moralizada del Orden de S. Agustm en el Perú ^ Barcelona, 
1638, fol., lomo I. páj. 44. 

9. Política indiana^ tomo I, páj. 20. 

10. Gay, Docnmentos^ I, 149. 



CAP. II. — PRIMEROS POBLADORES 1 5 

pafiol que tenia también preparada una teoría que esplicase el 
oríjen de nuestros indios, no aceptó las deducciones de Justo 
Lipsio i declaró con mucha sorna que aera cierto que en sus casas 
usaban los araucanos palos labrados a la puerta, en forma de águi- 
la de dos cabezas; aunque con las circunstancias, anadia, descaece 
mucho de la verdad, por no ser forma de águila ni pretender los 
indios copiarla, por no tenerla en su tierra ni haberla visto de 
dos cabezas; sino que para la fortaleza de sus portadas ponen 
dos palos cruzados, cuyos estremos salen a un lado i al otro, al 
modo de cabezas de águila; pero no porque ellos intenten poner 
semejantes armas en sus portadas, que ni usan de armas, ni las 
conocen, ni saben que haya águilas de dos cabezas."» 

Un fraile dominicano llamado frai Gregorio García, que gastó 
largos años de su vida en la composición de un estenso i erudito 
libro en que se propuso investigar el oríjen de los indios del 
Nuevo Mundo, refiriéndose especialmente a Chile, piensa que los 
habitantes del país de Frislandia o de la Frisia fueron sus pri- 
meros pobladores. 

Espone que los frisios eran tenidos desde época mui remota 
como grandes navegantes i conocedores del arte náutico, a cuyo 
intento se contaba que el año mil de nuestra era, varios nobles 
del país, seguidos de buen número de aventureros, armaron una 
espedicion que, según se cree, llegó hasta la isla de Cuba." 

Sufrido Pedro," agrega en apoyo de la misma teoría, que, 
csupuesto la destreza en la navegación i del deseo de ver cosas 
nuevasD no es difícil deducir que los indios de Chile i aún los 
del Perú desciendan de los frisios. Pruébase, ademas, este aserto, 
dice el mismo autor, porque la india Glaura, refiriendo sus aven- 
turas al famoso don Alonso de Ercilla, le aseveró que era des- 
cendiente de la antigua sangre de Frisia, según aquellos versos 
que rezan: 



1 X . Historia^ tomo I, páj. 9. 

1 2. Véase Hornü, De ortginibus amertcanis lihr. /F, lib. I, cap. 2, fol. 26, 

13. De Fris, antiq, et, orig, 1698. 



1 6 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

Mi nombre es Glaura, en fuerte hora nacida, 
Hija del buen cacique Quilacura 
De la sangre de Frisio esclarecida.'* 

«I de Frisio, continúa García, parece derivaba el nombre de 
Fresoíano, que usaba la fanulia de que hace mención el mismo 
Ercilla. 

«Demás de esto, el nombre Chile o C^/*//' significa frió, i lo 
mismo en Frisia. 

((t, por fin, las águilas de dos cabezas, de que antes hemos he- 
cho hiencion, existian en Chile cuando llegaron los españoles i 
en Frisia eran vulgares estas figuras.*'» 

Boxhornio, después de aceptar la opinión enntida por los 
autores a que acabamos de referirnos, se esfuerza simplemente 
en demostrar que los irlandeses fueron los antiguos frisios.^^ I 
por fin, Scherer, notando la semejanza del uso de pasar la flecha 
que existia entre los indios de Chile i los pueblos del norte de 
Europa, especialmente la Noruega, se inclina a creer que ambos 
proceden de im mismo oríjen.^' 

((Colocamos, dice a este respecto Gaffarel, en el núinero de las 
singularidades etnográficas, el pretendido oríjen frisio de los 
americanos;... pero todas éstas analojias no reposan sobre ningún 
fundamento sólido, i tales jenealojías fantásticas recuerdan las 
pretensiones vetustas de ciertos advenedizos que han aspirado a 
entroncar su nombre con una raza antigua.^*)) 

. » ' • ■ ■ ' 1 . - . 

14V La Araucana^ canto XXVIII, oct. 7. 

l^^ Origen de los indios del Nuevo Mundo e Indias Occidentales^ Madrid, 
1729, fol., segunda edición, páj. 272. El padre jesuita Lozano cita en los capí- 
tulos XVI i siguientes del Libro primero de su Historia de la conquista det 
Paraguay una. multitud de opiniones sobre el oríjen de la población de Amé- 
rica, que creemos inoficioso reproducir, contentándonos, como investigación 
histórico -bibliográfica con las de los autores que se han ocupado especialmente 
de Chile. 

16. Apologia pro navigat, Hollandor.. fol. 239. 

17. Recherches historiqíies et gcagraphiqucs sur le Nouveau Monde. París. 
1777. 8.", páj. 66. 

18. Etudcs sur les rapports de VAmcrique et de P Anden Coniinent avant 
Christophe Colomb, páj. 204, París, i?<69 Sobre este mismo tema, asi C(>u)o sobre 
el pretendido descubrimiento de Chile por los navegantes frisios en el siglo XI. 
conviene rejístrar, Hamconii, Frisia, scu deriris rebusque Frisiae illusirihus. 



CAP. II. — PRIMEROS POBLADORES l^ 

Un doctor peninsular que vivió largos años en Lima, apoyán- 
dose en el testimonio de Garcilaso, ^* que consigna el hecho de 
que el Inca Atahualpa se preciaba dé ser indio auca, cree que 
con mayor razón podia decirse de los indios araticos de Chile 
«que descienden de aquellos primitivos españoles que se llama- 
ron arvacos o arevacos que estaban junto a Briviezca.J> ^ 

No contento con esta deducción, el doctor limeño va todavía 
mas allá, i citando a Procopio i a Villadiego, en sus comentarios 
del Fuero Juzgo, asegura que la Scitia se Hamo Chile. ^^ 

En otra parte, concluye que si los godos formaron la Scitia, 
que entonces abarcaba la rejion de la Escandinavia, que cae ha- 
cia la tierra del Salvador, i si por allí se pobló la América, con 
el tiempo «se fueron estendiendo con las demás naciones que 
habian entrado por aquel lado hasta llegar a Chile.» ^'^ 

«Los indios chilenos, dice Rosales, son orijinarios, según pa- 
rece, de los españoles que de las islas Hespérides pasaron al 
Brasil i de allí se estendieron i poblaron estas provincias, por ser 
todo tierra continuada. Las pruebas son tan apretadas i las con- 
jeturas tan fuertes, que obligan a juzgar ser así, i a tener por 
singular providencia el haber descubierto los españoles en estos 
siglos estos indios occidentales, para que reconozcan a su propio 
rei i señor, i por su medio al Autor de todo lo criado.» 

Veamos ahora las «pruebas apretadas i las fuertes conjeturas» 
a que alude nuestro autor, que son como sigue: 

Héspero, que después del diluvio, fué duodécimo rei de las 
Españas, envió por el mar una gran flota que descubrió las islas 
Canarias i las pobló de numerosas colonias, i otro tanto hicieron 

Franckerae, 1620, 4.® En las pajinas 74-75 existe una relación de los viajes de los 
frisones a América i Chile mucho antes de Colon. Cassel (Joh. Ph.), Ohscrvatio 
histor, de Frisonum navigatione fortuita in Americam sceculo XIfncta. Mag- 
deburgui, 1741, 4.®, i por fin, a Bergh (L. Ph. C. v. d.), Nederlands aanspraok 
op de Ontdecking van America voon Columbus^ 1 850, 12 pajinas. 

19. Tomo II., lib. VIII, cap. final. 

20. Tratado único y singular del orijen de los Indios Occidentales del Perú ^ 
México^ Santa Fé y Chile, Por el doctor Don Diego Andrés Rocha, Linia^ 
1681, 8.^ fol. 17 vita. 

21. Id^ fol. 29 vita. 

22. /¿/., fol. 72. 

5 



CAP. II. — PRIMEROS POBLADORES ig 

ron a poblar a Chile, el Perú i el Brasil. d ^ Precisando todavía 
mas este autor lo referente a Chile, espone, en seguida, que 
«cuando Manco-Capac hubo llegado a la edad de treinta años, 
dividió a sus subditos en tres bandas, que partieron de la isla de 
Titicaca, cada una en número de doscientos, entre hombres, mu- 
jeres i niños, prometiendo enviarse recíprocamente noticias de 
sí i de no mirarse jamás como enemigos. Durante largos años 
no se oyó hablar nunca de dos de estas bandas, que fueron a 
parar, la una a Chile, i la otra al estrecho de Magallanes.» 

Don José Pérez García, uno de nuestros mas apreciables es- 
critores históricos, siguiendo igualmente la doctrina de las inv^a- 
siones sucesivas que buscaron su camino desde el norte, piensa 
que dno cabiendo ya en el Perú sus habitadores, los antisuyos 
de la parte del oriente, juntándose con los chinchasuyos de hacia 
el norte, verosímilmente declararon guerra a los collasuyos, que 
estaban hacia Chile, los cuales, como eran menos, huyeron de 
los mas, i entraron a Chile i le poblaron con el nombre de mo- 
luches, cuya voz acredita esta nación, pues mohín es decir de- 
clarar guerra, i che^ jente, i moluches^ j entes a quienes se les de- 
claró la guerra.» 

La población del territorio, según este mismo cronista, debió 
efectuarse de dos maneras: una, de este lado de la cordillera, i 
otra, directamente al sur hasta la Tierra del Fuego por los 
ultra-andinos llamados tehuelches. ^ 

Un autor mui reputado por su vasto saber en los anales de la 
antigua América, M. Brasseur de Bourgbourg, se manifiesta de- 
cidido partidario del sistema de haber sido Chile poblado por 
emigraciones venidas del norte. De acuerdo con su teoría, el 
foco de las primeras razas humanas de Sud-América estuvo ra- 
dicado en las dos orillas del Orinoco en tribus que se encontra- 
ban en grados distintos de civilización i barbarie, pero evidente- 
mente de la misma familia, las cuales fueron invadiendo poco a 

25. P. Aneilo 0\\\2i^ Histoire du PéroUy traduite de Pes/>agnol par H, Ter- 
naux Compans^ París, 1857, 32.®, páj. 2Ó. 

26. Historia de Chile ^ inédita, lib. I, cap. X. 



20 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

poco las diversas rejiones de la América Meridional, hasta los 
límites mismos de Chile. ^ 

Invocando las tradiciones, que se hallan en esta parte de 
acuerdo con los cánticos históricos de los Amautas, consigna que 
ííellas han trasmitido el recuerdo de las primeras tribus que 
veinticinco siglos antes de nuestra era habian poblado el Perú, 
desde las costas que se hallan bajo el Ecuador hasta la estremi- 
dad de Chile. Estas tribus habrian llegado indistintamente de los 
Andes de Tierra-firme i por el mar del Sud; habrian permane- 
cido en paz las unas con las otras durante un período de cerca 
de dos siglos, después de lo cual se habrian levantado querellas 
entre ellos sobre la posesión de las fuentes i de los pastos, i ha- 
brían estallado, con este motivo, las primeras guerras. * 

A pesar de los hechos a que se arriba en los párrafos que ve- 
nimos de trascribir, i que se dicen sacados del estudio de las 
tradiciones de los antiguos sacerdotes. Montesinos, autor de los 
primeros tiempos de la conquista española, que, al decir del 
padre Rodríguez,* conocia como ninguno los oríjenes peruanos, 
apoyándose en antecedentes de un orden semejante a los que han 
servido de base a modernos escritores, sostiene que como qui- 
nientos años después del diluvio, el Perú se cubrió de habitan- 
tes, que llegaron allí de diversas rejiones, i hasta el mismo Chi- 
le.*' Asevera, asimismo, que el inca Cao-Manco, casi en víspe- 
ras de su muerte, tuvo noticia de que los chirihuanos i los natura- 
les del Tucumani Chile, naciones mui pobladas i guerreras, mar- 
chaban a invadir el Perú; i que después de haber llegado efec- 
tivamente hasta allí, plantaron nuevas idolatrías.'^ 

El padre franciscano Ramirez, que tuvo bastante oportunidad 
de tratar a los araucanos, bien que en época moderna, invoca 
una tradición acreditada entre ellos, que puede acordarse con lo 



27. Popol Vuh. Le livre sacre, París, 1861, páj. CCVIII. 

28. ///, páj. CCXXX. 

29. Historia del Marañon, 

30. Memorias históricas sobre el antiguo Perú, páj. ni. 

31. Id, páj. 89. 



CAP. II. — PRIMEROS POBLADORES 21 

que asienta Montesinos. «Yo era antes de opinión (dice Rami- 
rez, de que los indios chilenos, eran oriundos i descendientes 
del Perú, i que sus projenitores se vendrian estendiendo i pro- 
pagando por estos arrabales peruanos i cantones australes, lo que 
parece mas natural i verosímil por los muchos vocablos en que 
convienen la lengua chilena i la quichua i peruana, indicio sufi- 
ciente de haber sido en un tiempo de «un idioma o de un labio. 
Pero los araucanos me han hecho mudar de opinión i me tienen 
a favor de la suya, i es que son orijinarios de estirpe forastera i 
sus projenitores vinieron de las partes occidentales. 

^(Esta creencia o tradición entre ellos no es tan ridicula ni es- 
travagante como parece a primera vista, según dice el sabio 
autor del Compendio de la historia civil de Chile^ impreso el 
año próximo pasado de 1795, después de los descubrimientos 
hechos en la mar del Sur. 

<(La gran cadena de islas descubiertas entre la América i el 
Asia Austral pueden talvez ser residuos de algún antiguo conti- 
nente, que uniese o facilitase el tránsito de uno a otro hemisferio 
i aún a las costas de Arauco, por las islas de Salomón, de San 
Félix, San Ambrosio, de Juan Fernandez, de Talca (sic) i de 
Santa María. 

«Démosle gusto a los araucanos en que desciendan del Asia, 
como todos los hijos de Adán, i que sus projenitores, gliches i 
peni epatunes i hombres primitivos i sus hermanos patriarcas, a 
quienes invocan con sus númenes, viniesen aquí de las partes 
occidentales. Pero, estando casi todo el continente del Asia que 
conocemos en la zona templada setentrional, me parece mas ve- 
rosímil que viniesen por el noroeste, por el mismo rumbo que 
trajeron los cananeos cuando fujitivos de Josué pasaron a la 
América, como piensan muchos eruditos. Ellos eran los habi- 
tantes de la Siria o Palestina, situada a lo largo de la costa del 
Mediterráneo del Asia occidental, i si tocaron por fortuna en las 
costas de Arauco i corrieron las de Tucapel, Tirúa, Imperial i 
Valdivia, seguramente fundaron en ellas sus colonias, viendo lo 
ameno i delicioso del país, sin tener que envidiarle a la Siria, no 



22 LOS ABORIJENES DE CHILE 

SUS regalados piñones del Monte Líbano, de que están coronadas 
las montañas de Nahuelbuta, al oriente de Tucapel. 

ocEl viaje desde la Palestina a las costas de Arauco, por mar i 
tierra, no apea de cinco mil leguas, i es largo de contar, a mas de 
ser caso repugnante a la historia i jeografía, según el estado 
presente del orbe terráqueo; pero ellos venian mui precisados i 
el terror pánico que les infundió el pueblo escojido les baria 
vencer todas las dificultades i aún atropellar imposibles, i todo 
lo darian por bien empleado luego que llegaron a salvamento i 
vieron las costas americanas. Si estas no estaban pobladas de ra- 
cionales, se establecerian en ellas como primeros colonos, i si lo 
estaban, les sucedería a sus naturales lo que a la antigua Espa- 
ña con los fenicios, griegos, cartajineses i romanos, que con pre- 
testo de comerciar se hicieron dueños de la Península, i la in- 
festaron con la peste de la idolatría, hasta que el trino apostólico, 
San Santiago, San Pedro i San Pablo la convirtieron al cristia- 
nismo i a la fe de Jesucristo. 

«De cualquier modo que fuese, ello es que la constitución 
política de los antiguos araucanos, i las bárbaras costumbres o 
admapus que los dominaban, se parecian mucho a las de los ca- 
naneos, i si les venian por herencia de sus antepasados cpntaban 
sobre tres mil años a la llegada de los españoles. 

dEl sistema político de sus butalmapus tiene perfecta analojía 
con el de los treinta régulos, príncipes, ulmenes^ caciques, o 
llámenles como quieran, que zarparon de la Palestina, huyendo 
de Josué. Lo mas que tenia aquella provincia eran trescientas 
leguas de circunferencia, i distribuido todo su territorio en los 
treinta régulos, lo menos que habría en él, le correspondia a 
cada uno ocho o nueve leguas, que suele ser el distrito i depen- 
dencia de los aillaregnes araucanos. Esta monstruosa poliarquía, 
con estados tan reducidos, no podia menos de tenerlos en gue 
rras civiles eternas i a sus vasallos en continuas hostilidades, 
represalias, guerrillas o malocas^ como estaban los antiguos arau- 
canos con los tucapelinos, los llanistas con los costinos, i los gui- 
liches con los pehuenches, hasta que el Diablo los unió contra 



CAP. II. — PRIMEROS POBLADORES 23 

los españoles, como suele unir a los herejes de varias sectas 
contra la iglesia católica, i a los impíos contra los justos, si Dios 
no los divide, o remedia a costa de milagros. 

ccPor eso talvez les enviaría Dios a los cananeos aquellos ejér- 
citos de avispas para que se divirtiesen con ellas i viviesen en 
paz unos con otros, sin las hostilidades, desórdenes i excesos que 
traen consigo las guerras; clavándoles en cada aguijón un fuerte 
ausilio para que volviesen sobre sí i corrijeran sus bárbaras cos- 
tumbres, so pena de echarlos con confusión de la Palestina, que 
debia ser por tantos títulos la Tierra Santa i su sacra-imperial 
Jerusalen, hijos de paz i corona de su iglesia. 

«En el capítulo XIÍ del libro de la Sabiduría se espresan las 
costumbres bárbaras de los cananeos, i sus usanzas o admapus 
se dicen obras abominables delante de Dios, cuales eran encan- 
tamientos, curaciones i machitunes diabólicos, sacrificios injus- 
tos, filicidios, o matar a sus hijos sin misericordia, desenterrar a 
los hombres i devorar la sangre humana. Estos eran los usos mas 
detestables de aquel pueblo bárbaro i jente malvada, como le 
llama la Escritura, que había hecho de la milicia naturaleza, i ya 
se sabe que casi todos estaban corrientes en los antiguos arau- 
canos.*^» 

Esta teoría que hace a los indios chilenos descender de los ju- 
díos contaría también en su apoyo, según M. Stevenson, con la 
opinión de los que arriban a un resultado semejante, fundados en 
la aversión que israelitas i araucanos profesan a la carne de 

puerco.*"^ 

Otro escritor que ha encontrado también aceptable la hipóte- 
sis de que los primitivos pobladores de Chile hubiesen venido de 
las rejiones del Oeste, es Zúñiga, el cual declara «que después 
de haber examinado la construcción de las lenguas de Chile i de 



3¿. Cronicón sacro-imperial de Chile, M. S., cap. II, lib. I. 

33. A historical and descriptive narratv^e of twenty years residence in South 
America, London, 1825, totn. I, páj. 47. Con un objeto análogo John Adair es- 
cribió, en J77S, un voluminoso libro, intitulado The history of american indians. 
London. 



30 LOS ABORIJENES DE CHILE 

priesa se acojieron al Tenten, subiendo a porfía a lo alto i lle- 
vando cada uno consigo sus hijas i mujeres, i la comida que con 
la priesa i la turbación podían cargar. I a unos les alcanzaba el 
agua a la raíz del monte i a otros al medio, siendo muí pocos los 
que llegaron a salvarse a la cumbre. I a los que alcanzó el agua 
les sucedió como lo habían trazado, que se convirtieron en pe- 
ces, se conservaron nadando en las aguas, unos transformados 
en ballenas, otros en lizas, otros en robalos, otros en atunes i 
otros en diferentes peces. I de estas transformaciones, finjieron 
algunas en peñas, diciendo: que por que no los llevasen las 
corrientes de las aguas, se habian muchos convertido en peñas 
por su voluntad i con ayuda del Tenten. I en confirmación de 
esto muestran en Chiloé una peña que tiene figura de mujer con 
sus hijos a cuestas i otros a los lados, que el Autor de la natura- 
leza la crió de aquella forma, que parece mujer con sus hijos. 
I tienen mui creído que aquella mujer en el diluvio, no pudien- 
do llegar a la cumbre del Tenten, le pidió transformarse en pie- 
dra con sus hijos, porque no los llevasen las corrientes, i que 
hasta ahora se quedó allí convertida en piedra. I de los que se 
transformaron eñ peces, dicen que pasada la inundación o dilu- 
vio, salian de el mar a comunicar con las mujeres que iban a pes- 
car o cojer mariscos, i particularmente acariciaban a las donce- 
llas, enjendrando hijos en ellas; i que de ahí proceden los linajes 
que hai entre ellos de indios que tienen nombres de peces, por- 
que muchos linajes llevan nombres de ballenas, lobos marinos, 
lizas i otros peces... 

((Asentadas estas finjidas transformaciones i soñado diluvio, 
queda la dificultad de cómo se conservaron los hombres i los 
animales; a lo cual dicen: que los animales tuvieron mas instinto 
que los hombres, i que conociendo mejor los tiempos i las mu- 
danzas, i que conociendo la inundación jeneral, se subieron con 
presteza al Tenten i se escaparon de las aguas en su cumbre, 
llegando a ella mas presto que los hombres, que por incrédulos 
fueron mui pocos los que se salvaron en la cumbre de el Tenten. 
I que de estos murieron los mas abrazados del sol. Porque, como 



CAP. IIÍ. — TRADICIONES 3 I 

finjen que las dos culebras, Caicai i Tenten, para mostrar su po- 
der i que ni el mar le podía inundar ni sobrepujar con sus aguas, 
se iba suspendiendo i levantando sobre ellas. I que en esta com- 
petencia la una culebra, que era el demonio, diciendo Cai^ cat\ 
hacia crecer mas i mas las aguas, i de ahí tomó el nombre de 
Caicai. I la otra culebra, que era como cosa divina, que ampa- 
raba a los hombres i a los animales en lo alto de su monte, dicien- 
do Tlv/, ten^ hacia que el monte se suspendiese sobre las aguas, i en 
esta porfía subió tanto que llegó hasta el sol. Los hombres que 
estaban en el Tenten se abrazaban con sus ardores, i aunque se 
cubrían con callanas i tiestos, la fuerza de el sol, por estar tan 
cercanos a él, les quitó a muchos la vida i peló a otros, i de ahí 
dicen que proceden los calvos. I que últimamente el hambre les 
apretó de suerte que se comian unos a otros. I solamente aten- 
dieron a conservar algunos animales de cada especie para que 
multiplicasen i algunas semillas para sembrar. 

«En el número de hombres que se conservaron en el diluvio, 
hai entre los indios de Chile grande variedad, que no puede faltar 
entre tantos desvarios. Porque unos dicen que se conservaron 
en el Tenten dos hombres i dos mujeres con sus hijos. Otros 
que un hombre solo i una mujer, a quienes llaman Llituche^ que 
quiere decir en su lengua, principio de la jeneracion de los hom- 
bres, sean dos o cuatro con sus hijos. A éstos les dijo el Tenten 
que para aplacar su enojo i el de Caicai^ señor del mar, que sa- 
crificasen uno de sus hijos, i descuartizándole en cuatro partes, 
las echasen al mar para que las comiesen los reyes de los peces 
i las sirenas i se serenase el mar. I que haciéndolo así, se fueron 
disminuyendo las aguas i volviendo a bajar el mar. I al paso que 
las aguas iban bajando, a ese paso iba también bajando el monte 
Tenten, hasta que se asentó en su propio lugar. I diciendo en- 
tonces la culebra Ten^ ten^ quedaron ella i el monte con ese 
nombre de Tenten^ célebre i de grande relijion entre los in* 
dios.D * 

5. Historia^ 1. 1, páj. 14, 



CAP. IV. — RAZAS PRIMITIVAS 39 

cuente del jeroglífico, como el vejetal que, sucediéndose, lo 
acompaña desde los tiempos mas remotos. Millares de jeneracio- 
nes vejetales le han sucedido, i todavía la roca sustenta los nueves 
vastagos herederos de la primitiva flora americana. Entre las 
lijeras grietas de la superficie, vejetan musgos imperceptibles i 
graciosos heléchos, acompañados de otras plantas criptógamas, 
que se asoman con una sonrisa de curiosas en solicitud de la luz 
i del fresco ambiente; mientras arriba cecropias de hojas platea- 
das, bromelias^ heléchos arbóreos, /¿Vf^rr/z/V/^ i multitud de espe- 
cies arborescentes coronan la roca i se balancean a los caprichos 
del viento, como lejítimas poseedoras de aquel túmulo, que es 
para el hombre un enigma i para ellas la tierra que hs nutre i 
las sostiene.^)) 

Este mismo autor describe en su brillante estilo, no menos de 
nueve rocas con inscripciones semejantes, haciendo remontar 
algunas de éstas a la época de la bajada de las aguas i levanta- 
miento del fondo del antiguo océano, al éste de los Andes.** 

M. Auguste Saint-Hilaire, sosteniendo la misma tesis, habla 
de inscripciones que ha visto al atravesar el valle que se estiende 
al pié de Tijuco. «A los bordes del camino, dice, noté en una 
roca inclinada, cuya superficie era bastante lisa, rasgos groseros 
hechos con un color rojo. Estos rasgos representan figuras de 
pájaros, algunos aislados, otros agrupados de una manera irregu- 
lar.*» Inscripciones semejantes fueron halladas en 1865, en Cea- 
Tá, por J. Whitfield, «en las partes mas pobladas de bosques del 
interior.^» Refiriéndose a otra rejion del Brasil, cuenta Franz 
Keller, que (ícerca de una de las cataratas del Madeira descubrió 
algunos dibujos grabados (espirales i semicirculares) en una piedra 
oscura cuya superficie era pulida.. .Mas hacia el poniente, continúa, 
hallé otra piedra escrita, cubierta con líneas espirales i anillos 
concéntricos, apenas diseñados, en piedra negra parecida al gneiss. 

3 Estudios indijenas^ pájs. 4 i 6. 

4. ///., páj. 13. 

5. Secondvoyage au Brésil, tom. I, páj. 73. 

6. Véase la lámina 1 14 del Journal of thc Anthropological InstHnte^ 1. 1, 1873. 



42 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

en el departamento de la Libertad; las ruinas de Huánuco el 
Viejo, las del templo de Pachacamac; las de las islas de la lagu- 
na Titicaca; la formidable pirámide, colosos de piedra i estatuas 
de Tialiuanacu, a la orilla meridional de la laguna de Chucuitu, 
La segunda época comprende los restos del departamento del 
Cuzco i otros. 

((Vana empresa seria indagar la edad positiva de estos mo- 
numentos, faltando todo apoyo para la investigación: solo sí, re- 
sulla que son de una época anterior a la llegada del primer Inca, 
i que tanto el Perú como Méjico, se hallaban en aquel entonces 
en estado mas avanzado que la mayor parte de las naciones de 
la Europa setentrional.^^i) 

Abundando en esta idea, dice un reputado escritor arjentiuo, 
que «los monumentos americanos que señalan un mayor adelan- 
to en las artes i un grado mas elevado de cultura intelectual i 
moral, no son los mas modernos; son precisamente los mas anti- 
guos. I la prueba de que esos monumentos son eslabones rotos 
de la cadena de civilizaciones prehistóricas, que nada legaron a 
la posteridad, es que ellas eran incomprensibles para los últimos 
descendientes de las primitivas razas que los construyeron. "jd 

Por lo que toca al Brasil, «mis estudios, declara Varnhagen, 
llévanme hasta ahora a la conclusión de que la raza Tupica que 
los descubridores europeos encontraron en la costa setentrional 
i en la parte oriental del país, i como está ya averiguado, no era 
una raza autóctona del lugar, sino una raza conquistadora.^*j> 

«La opinión de Velez, espresa Bollaert, citando un artículo 
de aquel autor, publicado en el Boletín de la Sociedad de Jeo- 
grafía de París, de 1847, es que Nueva Granada fué habitada 
antiguamente por un pueblo mas civilizado que el que encon- 
traron los españoles. La prueba de este aserto es, que en el 
distrito de San Agustin, en \dis partes elevadas de Nieva, en la- 
titud de 3'í5' N., se han encontrado monumentos, como la gran 

10. /</., páj 210. 

11. B. Mitre. Las ruinas de Tin huanaco^ páj. 57, 

12. Revista do Instituto histórico e geográphico brasileiro^ 1858, t. xxi, p. 



CAP. III. TRADICION'ES 33 

ciéronse, i los indios endurecidos en sus malas costumbres, i 
ciegos a tanta luz, perseveraron en sus delitos, incrédulos como 
los de Sodoma. Mas, después de pocos dias vino el castigo de 
Dios sobre ellos, porque tembló la tierra i se estremeció con 
tanta furia que, abriéndose en diferentes grietas i por diversas 
bocas, pronunció la sentencia i ejecutó el castigo, vomitando 
tanta cantidad de agua que inundó todo aquel valle i anegó a 
cuantos en él habia, sus casas, haciendas i sementeras, sin dejar 
memoria de aquella tan nefanda jente, i quedando para eterna 
memoria i escarmiento denlos demás, aquella laguna que hoi se 
ve i ha permanecido después de tantos afios ha que sucedió este 
tan maravilloso caso. ''...» 

«La relación de Viracocha, prosigue Kingsborough, formando 
al hombre a semejanza de imájenes modeladas por él mismo, 
parece referirse a los versos del Jénesis; pero la anterior tradi- 
ción manifiesta un oríjen menos equívoco de una procedencia 
bíblica.» 

Con este motivo, es sabido que los antiguos misioneros de 
América investigaban, i muchos lo aseguraron con todo candor, 
fundados en las huellas de pies humanos que creian ver en algu- 
nas rocas, cuando no los instrumentos de la Pasión, que el após- 
tol Santo Tomás habia predicado el evanjelio en el Nuevo Mun- 
do. El padre jesuíta Alonso de Ovalle, que en cuanto a credu- 
hdad pocos le van en zaga, fundado en el testimonio de Pedro 
Bercio, que asegura que «pasando los holandeses por el estrecho 
de Magallanes, los indios le saludaban con el nombre de Jesús, 
dice que no sabe si fuera de esto i los argumentos jenerales que 
se han apuntado de haber llegado Santo Tomás a la América i 
dado en ella luz de Cristo Señor nuestro i de su santa leí, haya 
respecto de Chile, otras conjeturas en particular que prueben 
hayan tenido los indios araucanos conocimiento de nuestra fe; i 
cuando hayan tenido alguna, es^cierto que estaba tan perdido i 
olvidado que era como si no fuese. '^y> I por eso no encontrando 

6. M, I, 258. 

7. Histórica relación^ p. 328. 



34 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

Rosales entre nosotros mas que las tradiciones que se acaban de 
señalar, juzga que ellas no son bastantes para pensar que Santa 
Tomás o cualquier otro apóstol, hayan predicado el evanjelio en 

Chile,'^ 



S. ¥a\ la hacit!uda de la PutagüiUa, situada no lejos de Curacaví, en Uestre- 
midud de una punta que existe saliente en la falda de un cerro inmediato a las 
casas, se ven varios peínaseos con escavaciones superficiales^ una de las cuales 
tiene niui aproximadamente la torina de un pié humano, que si los autores de 
aquella éi>oca las hubiesen descubierto no habrian dejado, por cierto, de atri- 
buirlas al ap<^tol. La verdad es, sin embargo, que la forma de pié que afecta 
esa escavacion, se debe a que con el trascurso del tiempo i el uso que tuvie- 
ron, se han desgastado dos agujeros que en un principio debieron existir, que- 
dando» por mera casualidad, en el estado en que hoi se ven. 



CAPITULO IV. 



RAZAS PRIMITIVAS. 



Uniformidad de pareceres. — Opinión de Poeppig. — Carencia absoluta de tradicio- 
nes. — Violenta desaparición de la primera raza. — Antigüedad de la historia 
de América. — Monumentos de una civilización primitiva. — Testimonio de 
Humboldt, Saint-Hilaire i otros autores. — Unidad de las primitivas raza? 
americanas. — Jeroglíficos peruanos. — Conclusiones de Garcila.so i Brasseur de 
Bourgbóurg. — La piedra del valle de Rapiantu. — Otros antecedentes que 
existen en Chile. — Molina i el idioma araucano. — Estudio de los cráneos. — 
Ultimo resultado. 



Si los autores andan tan desacordes en cuanto a la manera 
cómo haya sido poblado en su oríjen nuestro suelo, no acontece 
lo mismo por lo que se refiere a la creencia de que haya existido 
en Chile una raza anterior i mas adelantada que la que los incas 
peruanos encontraron establecida ala época de su invasión. Aún 
puede aseverarse que esta opinión cuenta en su apoyo con fun- 
damentos de trascendencia, i en todo caso mui dignos de ser 
atendidos. 

El viajero alemán Poeppig, a quien hemos citado anteriormen- 
te, no trepida en señalar como incuestionable el hecho de que 
CLlas tribus cobrizas que aparecen como los poseedores actuales 
de un territorio que ha esperimentado en tiempos relativamente 



36 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

modernos los mayores trastornos, no son evidentemente las mis- 
mas que han hoyado este suelo. ^ d 

í(Así como la jeolojía, continúa el mismo autor, nos da a co- 
nocer por capas la formación de la superficie de nuestro planeta^ 
de la misma manera mil circunstancias nos inducen a creer en 
ui]a transformación que esperimentaba la humanidad en las di- 
versas rejiones del mundo, la cual puede compararse a aquellas 
formaciones de materias inorgánicas. Cómo se haya efectuado 
esta transformación no lo averiguará jamás el espíritu de inves- 
tigación, pues mus allá de las barreras que lo limitan, solo se es- 
tiende el dominio de las vagas conjeturas. í) 

En otros pueblos, hasta los menos civilizados, que han sufrido 
trastornos semejantes, las tradiciones i algunos hechos inconexos, 
pero que derivan de un oríjen análogo, dan siempre alguna luz. 
sobre estas remotas revoluciones, como que, en la jeneralidad de 
los casos, el hambre, las pestes i otros azotes inherentes a la hu- 
manidad, han dejado en la memoria de los hombres recuerdos 
imperecederos. Mas, entre nosotros, esas tradiciones i esos he- 
chos vagamente presumidos faltan completamente. 

Deducen, pues, algunos de aquí, que la extinción de la raza 
que poblara antiguamente el país, no pudo tener lugar, como en 
otras partes, gradualmente ni por cualquiera de los medios que 
la han ocasionado en otros pueblos. 

La verdad del caso es, que no puede dudarse de que América 
no tiene una historia tan antigua como la de las naciones orien- 
tales i europeas, i, por consiguiente, que si desde tiempo atrás 
hubiesen existido comunicaciones mutuas, talvez no nos faltarian 
datos sobre las revoluciones que ha esperimentado nuestro 
suelo. 

Por lo demás, se encuentran diseminadas en el territorio ame- 
ricano huellas, que no son relativamente escasas, ni menos, autén- 
ticas, que atestiguan la existencia inequívoca de aquella raza 
primitiva, de una civilización mas aventajada, i probablemente- 

I. Reisr^ etc.y lug. cit. 



CAP. IV. — RAZAS PRIMITIVAS 37 

mejor dotada que la que lo poblaba desde el comienzo del seño- 
río incarial. Basta, en efecto, considerar un momento las obras 
que después de siglos patentizan todavía su progreso en el Ca- 
nadá, Norte América, Guayana i el Perú para comprender que 
los moiind-builders, como se les ha llamado por las formas de sus 
construcciones anulares, i en las orillas del Titicaca los arquitec- 
tos de los imponentes restos de Tiahuanaco, estaban infinitamente 
mas adelantados que las tribus nómades que hoi conocemos, ¡ 
aún que los vasallos peruanos en el tiempo de la conquista es- 
pañola. 

Dejando aparte lo que se refiere a Estados Unidos i al Cana- 
dá, concretémonos un momento a consignar lo que se ha dicho 
jeneralmente respecto de los antiguos monumentos de Sud- 
América i de la existencia de una raza primitiva. 

El sabio Humboldt espone que en la Guayana se encuentran 
figuras toscas que representan el sol, la luna i animales, grabadas 
en las rocas mas duras de granito, «que atestiguan la existencia 
anterior de un pueblo mui diferente de los conocidos del Ori- 
noco.., Cualquiera que sea el significado de estas figuras i el fin 
con que han sido esculpidas en el granito, no afectan por eso 
menos interés... No pretendo que estas figuras prueben el cono- 
cimiento del empleo del fierro, ni que anuncien una cultura es- 
traordinariamente avanzada; pero, aún suponiendo que lejos de 
ser simbólicas, sean el resultado de los ocios de pueblos cazado- 
res, es necesario siempre admitir la existencia de una raza mui 
diferente de la de los hombres que habitan hoi las orillas del 
Orinoco, "d 

Hablando de Venezuela, dice don Aristídes Rojas: «al aban- 
donar a San Esteban, en dirección hacia las elevadas cumbres 
de Hilaria, teniendo a la izquierda una muralla de rocas, llégase 
a poco, cerca de las alturas de Campanero, a un lugar distante 
como dos quilómetros de aquel pueblo, donde las focas de la 
cordillera, inclinadas sobre el suelo del camino, presentan una 

2. Voyage aux regiones eqidnoxatiales^ lib. Vil, cap. XXXIV. 



38 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

superficie plana sobre la cual se ven multitud de figuras esculpi- 
das. Es una gran masa de mármol, como de tres a cuatro me- 
tros de altura, por tres de ancho, cubierta de tierra en su base, 
mientras arriba la coronan grupos de vejetales arbóreos, i de ar- 
bustos i musgos que sonrien a la luz del dia. — Cualquiera diria 
que es la loza de un sepulcro engastado en la montaña. Atrás 
queda el océano, invisible desde esta altura, porque la faja de 
montes lo esconde a los ojos del viajero; adelante, el pico de 
Hilaria, centinela del valle; auno i otro lado, las sementeras del 
camino con su curva graciosa, mientras abajo, entre cantos ro- 
dados i enormes rocas arrancadas por el tiempo a las cumbres, 
corren bulliciosas las aguas del San Esteban... 

«Para el naturalista que estudia la etnografía, que desea co- 
nocer la historia primitiva de América e interpretar el significa- 
do de los jeroglíficos, esta pajina de San Esteban ¿es un enigma, 
es una realidad? Para verla es necesario arrancar las enredade- 
ras, cortar las raíces que cubren las figuras, porque no es la ma- 
no del tiempo la que quiere borrar algunas de las primitivas 
historias del hombre de América, sino la vida vejetal que, en su 
fuerza de espansion i de conquista, trata de asimilarse cuanto 
encuentra, a despecho del hombre i de la historia. Apartad la 
yerba i el humus vejetal i los troncos i sarmientos que en su 
crecimiento, al aire Hbre, han cubierto en parte la lápida indíje- 
na, i todas las figuras aparecerán bañadas por la luz del dia. El 
tiempo ha tendido la roca lijeramente de arriba abajo, la cual 
se presenta dividida en tres secciones mas o menos simétricas; 
pero no por esto se interceptan las diversas figuras de insectos, 
estrellas, animales i objetos diversos que aquella tiene esculpi- 
dos. La manera como están colocadas las figuras (en grupos); 
los alineamientos jeométricos, i los animales mas o menos per- 
fectos; lo misterioso del conjunto, algo que se manifiesta i algo 
que se oculfa: todo ha de fijar sobre esta piedra la mirada del 
hombre pensador, el cual quisiera poder descifrar lo que ningún 
poder humano puede ya revelarle. Pero lo que realza todavía 
mas esta pajina indíjena, no es tanto la parte muda, aunque elo- 



CAP. IV. — RAZAS PRIMITIVAS 39 

cuente del jeroglífico, como el vejetal que, sucediéndose, lo 
acompaña desde los tiempos mas remotos. Millares de jeneracio- 
nes vejetales le han sucedido, i todavía la roca sustenta los nuevos 
vastagos herederos de la primitiva flora americana. Entre las 
lijeras grietas de la superficie, vejetan musgos imperceptibles i 
graciosos heléchos, acompañados de otras plantas criptógamas, 
que se asoman con una sonrisa de curiosas en solicitud de la luz 
i del fresco ambiente; mientras arriba cecropias de hojas platea- 
das, brornelias^ heléchos 7¡i\h6x^o%^ pite amias i multitud de espe- 
cies arborescentes coronan la roca i se balancean a los caprichos 
del viento, como lejítimas poseedoras de aquel túmulo, que es 
para el hombre un enigma i para ellas la tierra que las nutre i 
las sostiene.^)) 

Este mismo autor describe en su brillante estilo, no menos de 
nueve rocas con inscripciones semejantes, haciendo remontar 
algunas de éstas a la época de la bajada de las aguas i levanta- 
miento del fondo del antiguo océano, al éste de los Andes.** 

M. Auguste Saint-Hilaire, sosteniendo la misma tesis, habla 
de inscripciones que ha visto al atravesar el valle que se estiende 
al pié de Tijuco. «A los bordes del camino, dice, noté en una 
roca inclinada, cuya superficie era bastante lisa, rasgos groseros 
hechos con un color rojo. Estos rasgos representan figuras de 
pájaros, algunos aislados, otros agrupados de una manera irregu- 
lar.^» Inscripciones semejantes fueron halladas en 1865, en Cea- 
rá, por J. Whitfield, «en las partes mas pobladas de bosques del 
interior.^!) Refiriéndose a otra rejion del Brasil, cuenta Franz 
Keller, que (ícerca de una de las cataratas del Madeira descubrió 
algunos dibujos grabados (espirales i semicirculares) en una piedra 
oscura cuya superficie era pulida.. .Mas hacia el poniente, continúa, 
hallé otra piedra escrita, cubierta con líneas espirales i anillos 
concéntricos, apenas diseñados, en piedra negra parecida al gneiss. 

3 Estudios iiidijenas^ pájs. 4 i 6. 

4. Id., páj. 13. 

5. Second voyajs^e an Brésily tom. I, páj. 73. 

6. Véase la lámina 1 14 del Joinnal of ihe Anthropological Institute^ 1. 1, 1873. 



40 LOS ABOKÍJENES DE CHILE 

Prosiguiendo mis investigaciones, encontré una no poco perfecta, 
cuvas líneas enteramente ordenadas, difícilmente podrían mirarse 
como resultado de úlas horas de ocio de los indios.» Las líneas 
de la circunferencia corren casi del todo horizontales i se hallan 
un poco mas altas que la mas baja línea de flotación del rio, pa- 
reciéndome que la actual posición de la roca es la misma que 
tuvo cuando las inscripciones fueron hechas. Desgraciadamente, 
lo que sabemos de la historia de las razas indíjenas de Sud-Amé- 
rica antes de la conquista, es tan limitado (esceptuando quizás 
algunas tradiciones medio-míticas respecto al imperio de los 
Incas) qif^ aún los períodos mas importantes de su historia, por 
ejemplo, las peregrinaciones de los tupis, asumen mas bien el 
carácter de diestras hipótesis que de hechos históricos. Tenemos 
noticias de grandes espedicionesde conquista de los Incas. ¿Aca- 
so las inscripciones del valle del Madeira estarán ligadas con 
ellas; o, acaso son aún mas antiguas? Investigaciones i estudios 
comparados de las antigüedades peruanas pueden solo aclarar 
mejor si el oríjen de estos jeroglíficos debe atribuirse a su impe- 
rio, esa rejion de una civilización vasta i grandiosa. Mui difícil- 
mente pueden ser obra de los antepasados de los caripunas, si se 
hallaban, como debe presumirse, en el mismo bajo nivel de ci- 
vilización que sus descendientes. Una ruda nación de cazadores 
no es adecuada para gastar meses en la molesta» tarea de grabar 
figuras en rocas duras con instrumentos inadecuados. Si ellas, 
sin embargo, hubiesen tenido semejante fantasía, sus ánimos dé- 
biles i estrechos habrían elejido con preferencia para el dibujo 
lo que mas les hubiese impresionado su imajinacion, de todos los 
objetos que los rodeaban, el sol, la luna, o los animales que ca- 
zaban; o los caimanes, tortugas i peces que Humboldt encontró 
grabados en las rocas del Orinoco; pero en las orillas del Ara- 
guayas i del Madeira hai solo bosquejos toscos, en los cuales 
la fantasía de los primeros esploradores portugueses creyó re- 
conocer los instrumentos de la Pasión.^» 

7. The Amazon and Madeira riverSy London, 1875, pájs. 65 i siguientes. 



CAP. IV. — RAZAS PRIMITIVAS 4 1 

Según las observaciones de D. Mariano E. de Rivero, existe 
^n el alto de la Caldera, a ocho leguas al norte de Arequipa, 
una multitud de grabados sobre granito, que representan figuras 
de animales, flores i fortificaciones, i que sin duda encierran re- 
laciones mas antiguas que la dinastía de los Incas. En la pro- 
vincia de Castro-Vireyna, en el pueblo de Huaytará, se halla en, 
las ruinas de un gran edificio, de igual construcción a la del cé- 
lebre palacio de Huánuco el Viejo, una masa de granito de mu- 
chas varas de largo, con grabados toscos, semejantes a los de la 
Caldera. Ninguno de los mas fidedignos historiadores alude a 
estas inscripciones i pinturas, o refiérela menor cosa posible so- 
bre los jeroglíficos peruanos, de modo que es plausible colejir 
que en tiempo de los Incas no se tenia conocimiento alguno del 
arte de escribir con caracteres, i que todos estos grabados son 
restos de un tiempo mui remoto... Es exactamente la misma 
idea que emite un autor contemporáneo, cuando dice que «da 
presencia de inscripciones jeroglificasen las mas antiguas ruinas, 
demuestra la gran superioridad de la raza primitiva sobre la de 
los quichuas, porque esta última ignoraba completamente el arte 
de escribir.^» 

En muchas partes del Perú, continúa Rivero, principalmente 
en sitios mui elevados sobre el nivel del vicir^ hai vestijios de ins- 
cripciones, si bien muchas ya borradas por el ala destructora del 

tiempo,® 

(tEl examen crítico de los monumentos antiguos que han es- 
capado en su totalidad o en parte a la acciop destructora del 
tiempo i vandálica saña de los conquistadores, nos dan mas lu- 
ces que las incorrectas i contradictorias pajinas de los autores, 
indicándonos dos épocas mui diferentes en el arte peruano, a lo 
menos por lo que concierne a la arquitectura: una antes, i otra 
después de.lallegada del primer Inca. A la primera, pertenecen 
el palacio conocido bajo el nombre, de ruinas del gran Chimu, 

8. Congrés des americnntstes, tom. II, 1875, páj. 12 del artículo La ti es 
ancienne Aménque, 

9. Rivero i Tschudi, Antigüedades peruanas, Viena, 1851, pájs. 101 1 102. 



42 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

en el departamento de la Libertad; las ruinas de Huánuco el 
Viejo, las del templo de Pachacamac; las de las islas de la lagu- 
na Titicaca; la formidable pirámide, colosos de piedra i estatuas 
de Tiabuanacu, a la orilla meridional de la laguna de Chucuitu. 
La segunda época comprende los restos del departamento del 
Cuzco i otros. 

«Vana empresa seria indagar la edad positiva de estos mo- 
numentos, faltando todo apoyo para la investigación: solo sí, re- 
sulta que son de una época anterior a la llegada del primer Inca, 
i que tanto el Perú como Méjico, se hallaban en aquel entonces 
en estado mas avanzado que la mayor parte de las naciones de 
la Europa setentrional/^i) 

Abundando en esta idea, dice un reputado escritor arjentino, 
que «los monumentos americanos que señalan un mayor adelan- 
to en las artes i un grado mas elevado de cultura intelectual i 
moral, no son los mas modernos; son precisamente los mas anti- 
guos. I la prueba de que esos monumentos son eslabones rotos 
de la cadena de civilizaciones prehistóricas, que nada legaron a 
la posteridad, es que ellas eran incomprensibles para los últ¡n7os 
descendientes de las primitivas razas que los construyeron."!) 

Por lo que toca al Brasil, «mis estudios, declara Varnhagen, 
llévanme hasta ahora a la conclusión de que la raza Tupica que 
los descubridores europeos encontraron en la costa setentrional 
i en la parte oriental del país, i como está ya averiguado, no era 
una raza autóctona del lugar, sino una raza conquistadora.^^!) 

«La opinión de Velez, espresa Bollaert, citando un artículo 
de aquel autor, publicado en el Boletín de la Sociedad de Jeo- 
grafía de Paris, de 1847, es que Nueva Granada fué habitada 
antiguamente por un pueblo mas civilizado que el que encon- 
traron los españoles. La prueba de este aserto es, que en el 
distrito de San Agustín, en lasparíes elevadas de Nieva, en la- 
titud de 3'i5* N., se han encontrado monumentos, como la gran 

10. /</., páj 210. 

1 1. B. Mitre, Las ruinas de TiahtianacOy páj. 57. 

12. Revista do Instituto histórico e geographico brasileir o ^ 1858, t. xxi, p. 437. 



CAP. IV. RAZAS PRIMITIVAS 43 

mesa de piedra, que se dice de los Sacrificios, sostenida por 
cariátides, estatuas de grandes dimensiones, i otros innumera- 
bles objetos artísticamente trabajados. En los tiempos de la con- 
quista, los españoles solo encontraron en estas rejiones a los 
Fijados, Pantagosos, i otras tribus, las que, aunque valientes, 
eran bárbaras. No podemos atribuir a éstas la construcción de 
las obras actualmente en ruinas, i, por lo tanto, pertenecen a 
tiempos mas antiguos i civilizados.^^!) 

<íHai un hecho importante digno de notarse, dice Squier res- 
pecto de Centro-América, i es que los jeroglíficos del país no 
los entiende absolutamente ninguna de las diversas razas de in- 
dios, que hablan muchos idiomas diversos; pero puede creerse 
que toda esa rejion estuvo en un tiempo ocupada por una sola 
raza, que hablaba el mismo idioma, o que usaba, por lo menos, 
de los mismos caracteres escritos.**)) 

«La investigación paciente nos mostrará, concluye de lo ante- 
rior don Francisco de P. Moreno, que los signos que tanto 
asombraron al ilustre Humboldt i le revelaron la existencia de 
un gran pueblo antiguo i estinguido, en medio de las lujosas 
selvas i al lado de las fragosas cataratas del Orinoco, no están ya 
encerradas en centenares de leguas de superficie, sino en dece- 
nas de miles, i nos hará ver que, con poca diferencia, los mismos 
signos se encuentran en toda América, desde las islas de Van- 
couver, cerca del círculo boreal, hasta el lago Arjentino en Pa- 
tagonia, i que las figuras pintadas allí en las paredes abruptas i 
verticales de la punta Walichu, que son casi las mismas que los 
esploradores de Estados Unidos encontraron en el Arizona, al 
norte de Méjico, Centro América, Guayanas, en el Brasil, Perú, 
Bolivia, Chile i República Arjentina, parecen ser trabajadas por 
la misma raza; i tengo la convicción de que la craneolojía,' ayu- 
dada por la arqueolojía, va a enseñarnos que esa raza fué la que 
conocemos por caríbica antigua, i que a ella pertenecen los crá- 

1 3. Antíquartíifiy éthnological and other researches in New Grenada^ etc., 
páj. 36. 

14. Incidents of travel in Central Amenca^ London, 1854, P^j- 45^* 



44 I-*^ ABOftIJEXES E>E CHUX 

neoíi deformados macrocéfalos, qne se enccentran desde la isla 
de los ¡Sacrificios^ en el golfo de Méjico^ hasta !a Patagonia, i 
los qne los viajeros han estraído de las necrópolis de Bolma, 
atribuidos por falta de estadios a los constructores de las obras 
monolíticas de Tíabaanaco, bantízados con el ncmbre de aima- 
raes/^* 

Aceptando el hecho jeneral de las razas sucesivas pobladoras 
de América, ya hace cerca de medio siglo, qne, despnes de eru- 
ditos estadios, Josiah Priest llegaba a la conclusión de que las 
ruinas i ciirdades de este continente pertenecieron al mismo im- 
perio jeneral, el ccial habia debido su oríjen a los antiguos tirios 
de Fenicia;^ pero, como espresa Catlin, «cpor mui voluminosas 
í eruditas que aparezcan las disensiones por lo que toca al mis- 
terioso oríjen de las razas, en último resultado, debemos llegar 
todos a la conclusión de qne, ya fuesen asiáticos, ejipcios o poli- 
nesíos los pueblos que hallaron su camino al continente ame- 
ricano, en cualquiera época, encontraron i se mezclaron con una 
raza aboríjene de América, tan antigua o mas antigua que las 
razas de qne descendían."* 

Por esto, volviendo al Perú, concluye con razón M. Brasseur 
de Bourgbourg, que «los diversos autores que han tratado de la 
historia de ese país, í Garcílaso el primero, están de acuerdo en 
atribuir a las rejíones comprendidas actualmente bajo este nom- 
bre, un oríjen muí antiguo; i que debe retrotraerse mucho mas 
allá de la monarquía de los Incas, la cuna dé las naciones que 
fueron después sometidas por sus armas/®i> Manco Capac, fun- 
dador de la dinastía, merece recordarse, que con su aparición 
venia simplemente a esparcir de nuevo las semillas de la cultura 
humana, desaparecida de aquellas rejiones, junto con el pueblo 
que la abrigara en su seno. 

Esos testimonios grabados en el granito i esas espléndidas 



15. El eitudio del hombre sud americano^\^\Mi\\o% X\x&s>^ 1878, páj. 23. 

16. American íintiqnities, Albany, 1833, páj. 27. 

17. The lifted and subsided rocks of America^ London, 1870, páj. 179. 

18. Le livre sacre ^ páj. CCXXX. 



CAP, IV. — RAZAS PRIMITIVAS 45 

construcciones de tiempos antiquísimos, esparcidos aquí i allá i 
respetados por los siglos, hacen presumir que el doluinio de una 
o varias razas, relativamente civilizadas, se estendia por todo el 
continente americano. Según este principio, no habria por qué 
esceptuar a Chile de haber participado de los beneficios de 
aquella época adelantada. 

Mas, aparte de cualquiera deducción mas o menos fundada i 
limitándonos, por ahora, a consideraciones semejantes a las que 
se han referido, existen pruebas claras de nuestro aserto, como 
lo vamos a ver. 

Viniendo del norte tenemos, según nos refiere el doctor Phi- 
lippi, que cerca del pueblecito de Machuca, en las inmediacio- 
nes de Atacama, se encuentra en el camino de las Pintadas, «una 
pared perpendicular, casi de seis pies de altó, lisa, en parte tra- 
bajada ártificialnrénte, i enteramente Cubierta en la estension de 
seis pasos, por lo menos, de figuras que no son otra cosa que per- 
filaduras grabadas en la piedra i que representan principalmente 
huanacos de todos tamaños, uno encima i aún uno dentro de otro; 
pero se distinguen también perros, zorras serpientes i pájaros. 
Figuras de hombres son raras i no están bien dibujadas.)) 

<tSe cree jéneralmente, agrega el señor Philippi, que esas fi- 
guras fueron hechas en tiempos de los Incas, antes de la llegada 
dé los españoles; pero, ¿con qué objeto? Los contornos, a la dis- 
tancia de varias leguas, son un desierto horrible, sin un vestijio 
de vejetacion humana (sic). Nadie alisará una pared de peñascos, 
i en tanta estehsioh, i grabará en ella muchos centenares de figu- 
ras solo por pasar el tiempo. ¿Deben acaso trasmitir a la poste- 
ridad la memoria de una de aquellas grandes cazas de que habla 
Garcilaso de la VegaP^^í) 

Por nuestra parte, tomamos nota del hecho estampado por el 
sabio viajero, sin aceptar la hipótesis que propone para esplicar 
esos grabados, por que, como se habrá visto, de lo que espone 
Tschudi, los Incas, se piensa con razón, que ignoraron, ^no solo 

1 9. Viaje al desierto de Atacama^ páj. 64 . 



46 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

el empleo sino también el significado de esas inscripciones en el 
granito, que los antiguos historiadores no mencionan absoluta- 
mente. 

Prosiguiendo hacia el sur, podemos notar que enja misma pro- 
vincia de Santiago, en la hacienda de Cauquenes, existe, a alguna 
distancia de los Baños, en el valle de Rapiantu,una piedra como 
de cuatro metros de largo, completamente cubierta de grabados, 
mas o menos superficiales, que, ya los supongamos antojadizos o 
simbólicos, con su significado propio, acusan, sino el empleo del 
fierro, según se espresa Humboldt, la existencia de una raza di- 
versa de la que los españoles o los peruanos encontraron en 
Chile; siendo mui digno de notarse que, como otras de su espe- 
cie en América, se encuentra igualmente en las rejiones elevadas 
de la cordillera. «Nunca, dice Whitfield, se ha hecho mención 
de que se haya visto tales inscripciones cerca de la costa.**» 

Este interesante monumento de aquella civilización primi- 
tiva, cuyos dibujos copiamos en la última pajina de nuestro ál- 
bum, con el tiempo i los aluviones del Cachapoal, en cuya ve- 
cindad se encuentra, ha sido cubierta en su parte inferior. El 
señor Spencer, que ha tomado una fotografía de esta piedra, nos 
ha asegurado que, removiendo la tierra que oculta su base, se ven 
aparecer otros jeroglíficos, que completan esta pajina de la his- 
toria del pueblo que los esculpió. Una copia de los descubiertos 
hasta ahora fué enviada a Viena por el señor Leybold i entende- 
mos que allí ha sido descifrada. Conviene a este respecto notar 
que algunas de esas figuras, especialmente las redondeadas, se 
aproximan mucho a las que se conocen de otras localidades. 
¿Debieron su existencia a la misma raza de hombres, estendida 
en aquella edad remota por toda la América del Sur? ¿Dan 
acaso testimonio de la invasión de algún pueblo estraño a la 
localidad, que ha querido de ese iliodo dejar memoria de su paso 
por aquellos sitios elevados? Tenemos noticia de que un poco mas 
adentro del nacimiento del rio, ya en territorio arjentino, se en- 

20. Jotirnal of the Anthropological Instittite^ 1873, t. I. 



CAP. IV. — RAZAS PRIMITIVAS 4? 

cuentra también una piedra análoga. ¿Vinieron, pues, a Chile del 
lado del oriente los hombres que allí grabaron esos jeroglíficos? 

En los cerros a cuyo pié se encuentra el pueblo de Malloa, 
en la provincia de Colchagua, se nota también, perfectamente 
diseñada en la piedra, la figura de un sol. 

¿Fué esto en memoria de la invasión de los jefes del Inca, 
cuya era esta ins¡gnia?"...Humboldt atestigua que en las rejiones 
del Orinoco, entre los jeroglíficos que se presentan en la pie- 
dra, ademas de la luna i animales, habia también un sol, i como 
se sabe, jamas los Incas llevaron sus armas hasta tan. lejos. Lue- 
go, no puede concluirse que este grabado fuese necesariamente 
propio del Inca, o efectuado en memoria suya por sus capitanes; 
i, a la inversa, de los antecedentes que acabamos de hacer valer 
mas arriba, podria lejítimamente inducirse lo contrario, si no fuese 
que, siendo el grabado casi nulo, sus líneas aparecen diseñadas 
con cierta especie de pintura, de una naturaleza mui semejante 
a la que los alfareros peruanos empleaban en sus artefactos. 

Después del incendio ocurrido en los bosques de Llanqui- 
hue el año 1851, se encontró una piedra labrada semejante a la 
de los molinos del Rin,^ de lo cual se ha deducido ** fundada- 
mente que aquellos parajes debieron estar poblados en épocas 
lejanas; pero de las muestras de trabajos indíjenas en piedras 
sueltas, de que tenemos mui buenos ejemplos aquí como en el 
Perú i Solivia, nada puede concluirse respecto al tema que va- 
mos desarrollando, por cuyo motivo nos ocuparemos de ellos en 
otro lugar. 

El abate Molina que, según todas probabilidades, no tuvo pre- 
sente las consideraciones deducidas del hecho revelador de las 



21. Es sabido que en el templo del Sol que existia en el Cuzco habia una plan- 
cha redonda de oro que representaba al astro del día; pero de una lámina que 
trae en su libro el inca D. Juan de Santa Cruz Pachacuti, aparece que también 
habia dibujada allí la ñgura de un sol, mui parecida a la que existe en el cerro 
de Malloa. Véase la páj. 257 de la Relación de antigüedades deste reyno del 
Perú, 

22. Informe de Dolí ^ Memoria del Ministerio del Interior^ 1858. 

23. Vicuña Mackenna, Relaciones Históricas^ Ciudad encantada de los Cé- 
sareSj páj. 61, nota. 



48 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

inscripciones i de su estudio comparado, llega, sin embargo, por 
otro camino, a la conclusión que venimos buscando. Profundo 
conocedor del idioma araucano, habia tenido ocasión de notar 
que existian en él algunos términos que representan ideas abs- 
tractas, que los indios de su tiempo no entendian absoluta- 
mente. «Siempre que se reflexione en la armoniosa estructura 
i riqueza de la lengua propia de este país, dice, parece que la 
nación chilena haya sido en otro tiempo mas culta que lo que es 
al presente, o al menos, que ella sea el residuo de un gran pueblo 
ilustrado, el cual debió caer por una de aquellas revoluciones 
físicas o morales, a las cuales está también sujeto nuestro globo. 
La perfección de las lenguas sigue constante^iiente la de la civi- 
lización; ni se puede comprender cómo una nación siempre sal- 
vaje, que jamás ha sido limada ni por las sabias leyes, ni por el 
comercio, ni por las artes, pueda hablar un idioma culto, espre- 
sivo i abundante. La copia de las palabras de un lenguaje presu- 
pone un número correspondiente de ideas claras en el complexo 
de los individuos que las hablan, las cuales, en un pueblo rús- 
tico, son i deben ser necesariamente mui limitadas.^» 

Habria aún otro elemento que pudiera invocarse para el es- 
clarecimiento de nuestra tesis, cual seria el examen comparado 
de los cráneos de I9S modernos araucanos con los que se en- 
cuentran en sus viejas sepulturas. Este estudio se verá mas ade- 
lante; pero es preciso convenir desde luego en que la edad re- 
lativamente mui corta de lashuacas, demuestra que siis restos no 
remontan ni con mucho a la época en que, según es verosímil, 
tuvo lugar la gran catástrofe ^ que acarreó la sucesión de diver- 
sas razas entre nosotros, i en que, por tanto, no es posible dedu- 
cir de ahí antecedente alguno para el objeto que perseguimos. 

Mas, a pesar de todas las deficiencias que se notan en este 



2^. Historia avil^ cap. I. 

25. El eminente antropólogo francés M. Paul Broca, cree en la posibilidad 
de un cataclismo jeneral, en el cual haya perecido, tanto la raza primitiva como 
los elefantes que en Europa vi\ ian junto con ella. ¿No habrá suctxlido lo mismo 
en América? 



CAPITULO V. 



LA EDAD DE PIEDRA. 

Medios de información de que es necesario valerse tratando de estos esludios. — 
Antigüedad de la América. — Datos conocidos en el Brasil. — La opinión de 
Lyell. — El cráneo de Nueva Orleans. —Unidad del tipo americano. — Com- 
paración con otros pueblos. — Cruzamiento de razas. — Monojemismo i polije- 
mismo. — Losatnericanos han sido creados en América. — Separaciones i emi- 
graciones. — Coexistencia del hombre en América con los grandes mamíferos 
fósiles. — ¿Vivió en Chile el hombréenla época del mastodonte? — Hechos 
que demuestran la antigüedad de los aboríjenes de Chile. — Hachas de piedla. 
— Cómo fabricaban estos instrumentos los mejicanos — Lugares en que í=e 
encuentran los instrumentos de esta naturalez.n. — Los «Kjokkenmódings.» — 
Distintas clases de flechas. — Vasijas de la edad de piedra.— Conocimiento i 
uso del fuego. — Hacha del diluvio encontrada en Liguay. — Diversas clases de 
hachas que se hallan en Chile. — Cómo han sido fabricadas. — Hachas que usa- 
ban los toquis. — Raspaderas. — Depósitos del Algarrobo. — Restos indíjenas de 
Puchoco. — Las flechas. — Aislamiento de algunas tribus. — Piedras para las 
Vedes. — Torteras da greda. — Otros utensilios. — Lo que S2 sabe de la edad de 
la piedra. — Pintura que de ella hace Darwin. 

«Acerca de los primitivos habitantes de América, nada se sa- 
be. Su oríjen i comienzo i sus hechos yacen sepultados en la 
sombra i el silencio, — en tan profunda oscuridad que ni un rayo 
de luz llega hasta ellos. Aún de sus sucesores i descendientes 
de ahora tres siglos, pocas noticias tenemos, i menos todavía de 
sus artes; mucho menos de lo que debiera saberse considerando 
las oportunidades que se han presentado para obtener datos. 
Pero ideas mejores se abren ya camino i se llevan a cabo nume- 



52 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

rosos i sistemados esfuerzos para restaurar, hasta donde sea po- 
sible, la historia de los pueblos que han desaparecido, o están a 
punto de desaparecer.^.. 

«¿Pero, puede ahora determinarse algo de naciones ya largo 
tiempo extinguidas i de las cuales no habla la historia? Cierta- 
mente. A escepcion de los salvajes que carecen hasta de un 
nombre, pocos pueblos han pasado SDbre la tierra sin dejar hue- 
llas de su paso en alfarería i en algunos metales, si no en otra 
cosa. La costra terrestre está sembrada de tales restos, testigos 
irrecusables de la. condición de los seres a que pertenecieron.*i> 

Notable es la reacción que en nuestros dias se observa res- 
pecto a la antigüedad del hombre en América. Aún con relación 
a los autores que han pretendido fundar sus cálculos en los 
dictados de la historia i las tradiciones, todos ellos están uná- 
nimes en afirmar que esa antigüedad ha debido ser niui gran- 
de. «Los que pretenden rastrear el oríjen de la población dé 
América en las emigraciones de los tirios, dice Jorje Jones, re- 
conocen que ha debido tener lugar mil ochocientos veinticuatro 
años antes de Jesucristo; ' esa antijjüedad, dice otro escritor, es 
tal que precede a las primeras emigraciones de los Arios en Eu- 
ropa: en consecuencia, el hombre habia aparecido en America 
muchos miles de años antes de su descubrimiento por los euro- 
peos.^» 

Pero, apartándonos de estos testimonios que hoi dia casi care- 
cen de importancia, para concretamos a lo que nos enseñan las 
ciencias naturales, de resultados mucho mas positivos, el mismo 
autor que acabamos de citar dice, que, con escepcion de los Incas, 
la gran familia sud-americana habia alcanzado al período prehis- 
tórico llamado de la piedra pulimentada, de acuerdo en esto con 
Liáis, que, fundado en el examen de algunos vestijios de industria 

1. T. Ewbank, The C\ 5. ttai^ai astronomical cxpedüion^ t. 2, p. iii. 

2. /</-. id, 

3. An ori^'nal histot y of tmcicfU America, London. 1843, segunda edición, 
páj. 403. 

4. Ret'ista do Instituto histórico do Brtisil, en un artículo publicado por José 
Vicira Contó de Magalliaes, en la j^j. 3Q3 del tomo XXXVI. 



CAP. V. — ^^LA EDAD DE PIEDRA 53 

humana encontrados en el Brasil, los considera evidentemente 
cuaternarios; pero, debiendo agregarse, dice, todo el tiempo que 
ha debido trascurrir para que los hombres llegasen a ese grado 
de adelanto.* 

«El establecimiento de la humanidad en América, añade por 
su parte el gran jeólogo inglés Lyell, a pesar de ser un hecho re- 
lativamente reciente, puede remontarse hasta el período paleo- 
lítico de la Europa oriental. Algunas de las últimas transforma- 
ciones del valle del Mississippi i sus tributarios, pudieron tener 
lugar cuando ya era posible sepultar restos humanos i huesos de 
algunas de las especies de animales estinguidos; i al través del 
período de esas mudanzas jeográficas, la cadena de los Andes 
podía estar ya prolongada desde el Canadá hasta la Patagonia, 
facilitando así el desenvolvimiento de una sala raza, de una a otra 
estremidad del Continente.*^» Con referencia a la opinión emitida 
por este sabio de que pudo ser practicable de que en aquella 
época se conservasen ya restos humanos en la hoya del Mississippi, 
tenemos un hecho concreto que la funda completamente. «En el 
mundo que llamamos nuevo, porque solo lo conocemos de ayer, 
dice W. Usher, la conservación del tipo humano ha sido mui 
durable. Haciendo unas escavaciones para cañerías de gas en 
Nueva Orleans, se han encontrado, bajo la tierra vejetal actual, 
cuatro capas diferentes, que encierran los restos sobrepuestos de 
cuatro florestas de cipreses jigantescos, sucesivamente enterra- 
dos bajo los aluviones del Mississippi. En la capa inferior, bajo 
un ciprés, situado a dieziseis pies de profundidad, al lado de va- 
rios fragmentos de carbón vejetal, yacia un cráneo humano bien 
conservado, que presentaba el tipo actual de la raza indíjena de 
la América setentrional.*^» 

«Se ha discutido sobre el grado de antigüedad de este cráneo, 
evidentemente contemporáneo de la floresta inferior con la cual 



5. Climas^ /reolo:^iay etc. do Brasil, páj. 240. 

6. Pt'inciples of geoloíry, t. iP, páj. 479, 1872. 

7. Geology and ptdcontology in connection with human origins, en la obra Types 
€)f Mankind, Philadelphia, 1857, páj. 338, 



54 LOS ABORIJENES DE CHILE 

estaba enterrado. Estudiando la capa vejetal actual, que soporta 
cipreses vivos tan antiguos como la gran pirámide de Ejipto (la 
edad de cualquiera de estas especies es de cerca de cinco mil 
setecientos años), se ha calculado en un mínimum de catorce rail 
años la edad de esta capa moderna; pero, suponiendo que las 
tres capas siguientes, donde descansan cipreses igualmente cor- 
pulentos, correspondan a períodos de una duración idéntica, se 
ha dicho que la capa inferior, aquella donde yacia el cráneo hu- 
mano, habia desaparecido bajo los aluviones del rio desde hace, 
mas o menos, cincuenta i siete mil años. Sin duda que estos cál- 
culos no tienen nada de positivo; quizá, no sin motivo, se les ha 
tachado de exajerados; pero, cualquiera que sea la oposición que 
a este respecto se ha formado, no ha podido hacerse bajar de quin- 
ce mil años la antigiVedad del cráneo americano, que presentaba 
ya en esa época profundamente remota, el tipo bien caracterizado 
de los actuales pieles rojas.^D 

Baste a nuestro objeto dejar establecido de una manera jene- 
ral la antigüedad que al hombre se atribuye en América, i que, 
como se verá, se presenta corroborada por otras circunstancias. 
De las citas anteriores aparece también indicada la cuestión de si 
ha habido en América un tipo humano único, o si, por el con- 
trario, ha sido múltiple. 

dComo es bien sabido, el doctor Morton era de opinión, — i no 
hai nadie cuya opinión sea de mas peso, — que no habia sino un 
solo tipo de cráneo americano, esceptuando, por cierto, a los 
esquimales, i que era de una forma braquicéfala fuertemente 
acentuada. Según aquel sabio, el cráneo indio es de una forma 
notablemente redondeada. La porción occipital es aplanada en 
la dirección de arriba, i el diámetro trasversal, medido entre los 
huesos parietales, es considerablemente ancho, excediendo a me- 
nudo la línea lonjitudinal. El frontal es bajo, inclinado hacia 
atrás i rara vez arqueado, circunstancia que es considerada por 



8. Paul Broca, Memoires de Anthrr,¡>olo<rie^ Paris, 1871, páj. 248. 



CAP. V. — LA EDAD DE PIEDRA 55 

Hnmboldt, Lund i otros naturalistas como característica de la 
raza americana. 

...«Por mi parte, haré notar simplemente, hasta donde alcan- 
zan mis propias observaciones, que todo concurre a creer que el 
tipo braquicéfalo prevalece entre todas las tribus indíjenas, sin 
escepcion, en las rejiones de la costa de Norte i Sud-América, 
— desde Nootka Sound hasta la costa de Patagonia. — Con rela- 
ción al tipo dolicocéfalo del cráneo americano, participo de la 
opinión del profesor Wilson, que ha debido prevalecer en la re- 
jion oriental de América, desde el Canadá hasta la Tierra del 
Fuego, cuestión hábilmente tratada por Blake i otros, según 
los cuales no solo se encuentran dos distintas formas de cráneos 
en los antiguos cementerios — redondeado uno, alargado el otro 
— sino que también, hasta el dia de hoi, se notan dos distintos 
tipos de cráneos entre las poblaciones americanas.^ju 

Comparando este cráneo i los demás caracteres de raza con 
los de los otros pueblos del orbe, se ve que (cel americano se 
aproxima en su conjunto al tipo de las razas amarillas por varias 
circunstancias de primer orden: su rostro i su nariz algunas veces 
aplanados, el color del cutis, la naturaleza de sus cabelloá^, el co- 
lor de sus ojos, el poco desarrollo i la rudeza de su sistema cabe- 
lludo..., el aplanamiento del occipucio, que se encuentra igual- 
mente en algunas razas africanas. Pero también presenta dife- 
rencias serias, como su nariz prominente, convexa i relativamen- 
te delgada, su talla de ordinario elevada, su cavidad central poco 
capaz i su prognatismo débil. Estos son caracteres de razas cru- 
zadas, siendo uno de los elementos francamente asiático, i el 
otro completamente peculiar, dolicocéfalo, etc. La descripción 
que precede se aplica especialmente a los indíjenas de la Amé- 
rica del norte, pero difiere mui po¿o el subtipo tolteca, perua- 
no i araucano. x> 

Hablando especialmente este mismo autor de los cráneos de 



9. Hutchinson, Two ycars vi Perú, t. 2.^ páj. 317. 

10. Topinard, Lanthiopologic, páj. 496, Paris, 1877. 



56 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

patagones encontrados en los «paraderos» prehistóricos, sostie- 
ne que en esa remota época las razas de Patagouia eran ya múl- 
tiples. ^La semejanza del cráneo patagón con el del esquimal, 
añade, abre horizontes singulares. ¿Acaso formarían los tehuel- 
ches el elemento dolicocéfalo autóctono de América, que por su 
cruzamiento con una raza del Asia, hubiera dado oríjen al tipo 
americano austral:^*» 

De aquí nacen para el estudio del tipo americano dos puntos 
de vista mui diversos, pues «si los grupos humanos han apareci- 
do con todos sus caracteres distintivos aisladamente i sobre las 
diversas localidades donde nos los muestra la jeografía, consti- 
tuyendo otras tantas especies aparte, su estudio es de los mas 
sencillos i no presenta mas dificultades que el de las especies ani- 
males o vejetales. La diversidad de grupos se ofrece aún así 
como mui natural. Basta examinarlos i describirlos unos después 
de otros, precisando su grado de afinidad. Cuando mas, hai que 
determinar sus límites e investigar la influencia que los grupos 
jeográficamente aproximados han podido ejercer los unos sobre 
los otros. 

«Si, por el contrario, estos grupos remontan todos a una fuen- 
te primitiva común, si no existe mas que una sola especie de 
hombres, las diferencias a veces tan marcadas que separan los 
grupos, nos imponen un problema análogo al de nuestras razas 
vejetales i animales. Ademas, se encuentran hombres sobre to- 
dos los puntos del globo, i es preciso darse cuenta de esta dis- 
persión: es preciso investigar cómo la misma especie ha podida 
amoldarse a condiciones de existencia tan opuestas como las 
que implican la residencia bajo el polo i el Ecuador. En una 
palabra, la simple afinidad á^ los naturalistas se trasforma en 
parentesco, i los problemas de filiación vienen a añadirse a los 
de variación, de emigración i de aclimatación. 

II. Id., páj. 499. Véase a este respecto, un artículo del célebre viajero inglés 
Musters sobre las razas ile Patagouia, publicado en el tomo 1 de las Memorias 
del Instituto antropolóricn de ly'mdres, i a Moreno, Des cimeticres et paraderos 
de Patiígouie, Reine anthr,^ t. 3**, Ii574. 



CAP. V. LA EDAD DE PIEDRA 57 

<tAsí, se ve, que independientemente de toda consideración re- 
lijiosa, filosófica o social, la ciencia es absolutamente diferente, 
según que se la considere bajo el punto de vista polijenista, o 
según los dictados del monojenismo.'*» 

Este problema jeneral que el sabio francés ha planteado res- 
pecto de la raza humana, no ha faltado quien trate de resolverlo 
en lo que se refiere a América. Ya se sabe que Agassiz, entre los 
diversos centros de creación que imajinaba habian existido en 
la tierra, colocaba uno en Snd-América, idea que a muchos ha 
parecido poco verosímil pero que hoi cuenta con no pocos par- 
tidarios. En un libro publicado recientemente en Paris, se lee 
lo siguiente: (cSi hai una cuestión que haya dado márjen a los 
mas imajinarios sistemas, a las mas aventuradas teorías, a las 
aserciones mas atrevidas es, sin duda alguna, la del oríjen de los 
americanos. Cuando se les reconoció definitivamente, el nuevo 
continente i sus poblaciones escitaron la imajinacion ardiente de 
una muchedumbre de etnolojistas, tan presuntuosos como mal 
informados. I lo que hai de notable es que ninguno de ellos tu- 
vo el elemental buen sentido de preguntarse si los americanos 
no eran buenamente oriundos de América. La antigua creencia 
del nacimiento único e histc^rico del hombre dominaba todas las 
hipótesis i dirijia todas laS investigaciones. Así, éste nos dice que 
los jndíjenas del Nuevo Mundo habian tenido por antecesores 
a las diez tribus de Israel; aquél, que los fenicios habian coloni- 
zado la América; otros, que es necesario buscar la cuna de los 
americanos en el Asia oriental, entre los japoneses, los chinos, 
los mongoles i los malayos... 

«Para nosotros i hasta prueba en contrario, procederemos con 
juicio considerando a los americanos como verdaderos aboríje- 
nes, no buscando el mediodía a las dos de la tarde, esto es, su 
oríjen en otra parte que en el vasto continente donde han sido 
hallados.^jD «Yo creo, agrega Catlin, que los habitantes de Amé- 

12. A. de Qiiatrefages, Vcspcce humaine, Paris, 1877, pAj. 23. 

13. Girard de Rialle, Les peiiples de PA/rique et de f Amengüe^ páj. 95. Pa- 
ris, 1882. 

10 



6o LOS ABORÍJENES DE CHILE 

modo de ver, a la época de los aluviones modernos o al período 
post-glacial... Estos siglos antehistóricos los coordiqo al período 
post-glacial, nombrándole así para probar su contemporaneidad 
con la época europea del mismo nombre, sin tener hasta ahora 
testimonios seguros de verdaderas circunstancias glaciales en el 
país, i que en esa época haya vivido el hombre en sociedad con 
los mamíferos nombrados.^^)> 

L:x circunstancia espresada por el eminente paleontólogo, de 
que los huesos encontrados en conexión con los de los grandes 
mann'feros fósiles, en nada se diferencian de los de la raza ante- 
rior a la conquista española, i que pretende presentar como desi- 
favorable a la coetaneidad del hombre con los animales va estin- 
guidos, no creemos que sea de gran peso, pues, como ya hemos 
visto, en Estados Unidos, la conservación del tipo ha asumido 
las proporciones de una inmensa duración, i no vemos por qné 
en la América del Sur no haya podido acontecer lo mismo. 

Mas, concretándonos a Chile, ¿coexistió aquí el hombre con 
el mastodonte? 

Los huesos de este animal se han encontrado en el país desde 
Mapocho hasta Osorno, en todas localidades. No lejos de San- 
tiago se ha hallado una muela como a dos metros de profun- 
didad, en un terreno de cascajo. Como es sabido, el cascajo re- 
conoce diversos oríjenes de formación, sin que en caso alguno 
sea posible determinar su edad, necesitando a veces largo espa- 
cio para acumularse, i otras, por el contrario, en que se producen 
enormes capas en poco tiempo. Su formación parece que aún 
continúa entre nosotros, debida principalmente quizás a acciones 
volcánicas, como se deduce del hecho de haberse hallado con- 
glomerados, mezclados con piedra pómez, ocasionando verdaderas 
islas en el terreno, según se ve en Pudagüél, en el llano de Mai- 
po, etc. Puede asegurarse también que esa acción no ha sido la 
única que ha producido este efecto, sino que ha concurrido una 
segunda, necesaria para dar a los guijarros su forma redondeada. 

19. £01 caballos fúsiles de la Pampa Arjcntina^ Buenos Aires, 1875, páj. 2- 



62 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

cualquiera estación del año con el inmediato valle del rio de 
Taguatagua, mientras que en la otra se hallaban detenidas por 
una especie de represa natural, formada de rocas duras resisten- 
tes, de poca anchura i elevadas como de veinte a treinta i nueve 
metros sobre la parte mas aproximada al mencionado valle. En 
esta parte no hallaban salida estas aguas sino por un estrecho 
canal abierto en medio de la roca i solamente en tiempo de cre- 
ces i de grandes lluvias i aguaceros corrían en mayor abun- 
dancia. 

«En este mismo portezuelo, en la parte mas baja i mas angos- 
ta de la natural represa, escojió el injeniero encargado de la de- 
secación de la laguna el lugar apropósito para su desagüe, i para 
esto tuvo que abrir i ahondar un gran tajo o canal que debia 
poner en comunicación el fondo de la laguna con el valle inme- 
diato. Mas de cuatro quilómetros de largo tiene este canal de 
desagüe; la obra duró como diez años i en cada invierno las 
aguas que corrían por la parte mas avanzada del canal arrastra- 
ban i arrojaban al valle las tierras i sedimentos que provenían 
de la escavacion. 

«En estas tierras i sedimentos arrojados por el desagüe se ha- 
llaron las primeras osamentas, muelas i defensas de los masto- 
dontes, que llamaron la atención de los trabajadores i vecinos 
del lugar. Terminada la obra quedó descubierto en las barran- 
cas cortadas a pique de ambos lados del canal, todo el interior 
del terreno de sedimento, desde su superficie hasta la roca dura 
que constituye el fondo de la hoya. 

«En dichas barrancas es donde se puede estudiar con mayor 
comodidad la composición del terreno que encierra en su seno 
los numerosos esqueletos de los mastodontes; i debo desde lue- 
go confesar que la primera inspección de dicho terreno me trajo 
a la memoria las barrancas de los ríos i de los esteros de las 
Pampas de Buenos Aires que muchos años antes llamaron mi 
atención en mi viaje a Chile i cuyo terreno ha descrito D'Orbi- 
gny bajo el nombre de la formación Pampeana o de terreno de 
arcilla pampeana. 



64 I-OS ABORÍJENES DE CHILE 

traída de lejos por movimientos rápidos de los rios, i en ninguna 
parte se halla atravesada por bancales de guijarro o de pie- 
dras redondas, que por lo común forman el fondo de los torren- 
tes de la cordillera. Este depósito de materias arcillosas i areno- 
sas ha sido formado, según toda probabilidad, por aguas turbias, 
poco ajiladas, de mucha profundidad, i por una precipitación de 
sedimentos terrosos, precipitación continua, no interrumpida por 
alternativas de estaciones secas i lluviosas. 

«En fin, toda esta capa de sedimento no se halla cubierta en 
la superficie del lugar de la antigua laguna sino por un manto 
delgado de tierra vejetal o por un depósito lacustre, moderno, 
el cual, en su mayor parte, es una especie de turba, mezclada 
con mas de la mitad de su peso de materias terrosas. 

«Ahora bien, no fué en este depósito lacustre moderno^ ni en 
la tierra vejetal, donde se han hallado hasta ahora las osamentas 
de mastodonte, sino en la mencionada capa de sedimento arci- 
lloso arenáceo, de diez a doce metros de grueso, que acabo de 
describir. El lugar donde he tenido la ocasión de ver i exami- 
nar el lecho mismo de esos fósiles, se halla a unos setecientos a 
ochocientos metros de distancia del borde de la antigua laguna, 
en la parte inferior del sedimento i a unos dos a tres metros de 
altura sobre la roca en que esta capa de sedimento descansa. 

«A esta hondura también, si es de creer a las noticias i testi- 
monios que he podido recojer entre los habitantes vecinos, se 
han sacado todas las muelas i huesos de mastodonte, ya sea du- 
rante las operaciones del desagüe ya posteriormente a ella. 

«A pesar de que hasta ahora no se ha encontrado en esta lo- 
calidad esqueletos completos de animales, he visto sin embargo^ 
i he hallado en mi esploracion, costillas, vértebras i varias otras 
partes de osamentas pertenecientes a un mismo esqueleto, en un 
mismo lugar, i en posición natural unas con respecto a las otras. 
Las costillas estaban tendidas casi horizontalmente, arqueadas, 
i tocaban con sus estremidades a las vértebras, mientras que los 
mas gruesos trozos de los fémures i tibias o canillas del animal, 
se hallaban un poco mas abajo. Los demás huesos no aparecen 



CAP. V. — LA EDAD DE PIEDRA 65 

"íracturados O quebrados, i las partes, aún las mas delgadas de 
algunas costillas, se ven enteras mientras están envueltas en la 
materia arcillosa que las embute; pero, desgraciadamente, al sa- 
carlas de este sedimento, las mas se parten i se reducen a polvo, 
dejando solamente astillas mas duras i mas gruesas. 

«Hallánse por lo común mejor conservadas las muelas, las 
grandes defensas (de las cuales las que posee el Museo Nacional 
tiene setenta i seis centímetros de largo) i algunas mandíbulas de 
mastodonte. 

«Juzgando por los fósiles que se han estraido de este lugar, 
parece que pertenecian a dos especies distintas, de las cuales 
una debía ser del tamaño del elefante {mastodon andinum) i otra 
de tamaño mas reducido, aunque puede ser que la diferencia 
sea debida a la de edades de los individuos. Con estos restos de 
mastodonte no se hallaron hasta ahora en Taguatagua, sino 
cuernos bastante bien conservados de una gran especie de cier- 
vo; pero no se han descubierto en el mismo lugar, en cuanto 
mis cortos conocimientos en este ramo me permiten juzgar, 
huesos de animales carnívoros. 

«Sígnese de todo lo que acabo de decir sobre la localidad, 
naturaleza del terreno, i de los demás detalles relativos al vaci- 
miento de los esqueletos sepultados en este lugar, que estos 
ammales no fueron traídos a dicho lugar de muí lejos, ni fueron 
acarreados por los grandes torrentes o avenidas de las cordille- 
ras; antes, por el contrario, parece indudable que dichos anima- 
les de la antigua fauna americana hayan perecido en el lugar o 
cerca de la localidad donde hoi día hallamos sepultados sus res- 
tos- El hecho también de hallarse su§ esqueletos en la parte in- 
ferior de la mencionada capa de sedimento i en el lugar situado 
cerca del borde de la hoya^ parece indicar que dichos animales 
hayan perecido en los primeros tiempos del cataclismo que dio 
lugar a la formación de aquel inmenso depósito i quizás en la 
orilla de la hoya, al pié de los cerros donde acudían para favo- 
recerse. En fin, es evidente que este mismo sedimento no se ha 
formado con las aguas muí ajitadas i en las corrientes de los 



L 



66 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

rios, sino en una gran masa de aguas turbias, poco ajitadas, que 
por largo tiempo cubrían la tierra, sin alternativas que hubieran 
podido ocasionar las grandes avenidas i las sequías. 

«Lo que llama sobre todo la atención del jeólogo en este lu- 
gar, es la existencia de una hoya de sedimento^ situada casi al 
pié de los Andes chilenos, de sedimento que se presenta con los 
mismos caracteres jeolójicos, i encierra fósiles de los mismos 
grandes animales paquidermos, que la hoya mas estensa del 
mundo, la de las pampas arjentinas, la cual, situada al otro lado 
de los Andes, se estiende desde el límite oriental de la cordille- 
ra hasta el Atlántico. En efecto, el mismo terreno que al otro 
lado de la cordillera forma llanuras de doscientas a trescientas 
leguas de estension i se prolonga hasta las orillas del Paraná, de 
Bahia-Blanca o del Rio-Negro, existe aquí formando hoyas en 
medio de las masas de solevamiento i de las grandes dislocacio- 
nes, a unos doscientos cincuenta metros de altura sobre el nivel 
del mar.*» 

En Chile, a diferencia de Europa, falta el terreno calizo, que 
ha orijinadü esas cuevas donde se han conservado los huesos de 
animales, que al mismo tiempo que los dan a conocer mezclados 
con restos humanos, probando su coexistencia con el hombre, 
acusan transformaciones jeolójicas importantes. Sabemos que en 
la hacienda llamada de la Cueva, no lejos de Navidad, se en- 
cuentran en la gruta que le ha dado su nombre, restos humanos, 
pero esa es ya formación diversa, sin que pueda afirmarse tam- 
poco, ni menos comprobarse, su oríjen i auténtica antigüedad. 

El estado de los estudios de este orden en el país, no permite 
arribar de modo alguno a conclusiones definitivas; pero posee- 
mos dos o tres hechos que conviene relacionar aquí. 

Don Francisco Vidal Gormaz encontró en las laderas del lado 
noroeste del volcan Calbuco, en una hendidura, i embutido en 
el terreno, a varios metros de profundidad, un molino primitivo,^* 



20. Anales de la Universidad de Chile, t. XXXI, páj. 569. 

21. Dibujado en el Anuario Hidro^iifico, 1. 1, páj. 332. 



CAP. V. — LA EDAD DE PIEDRA 6/ 

i en Liguay, a inmediaciones del pequeño pueblo de este nom- 
bre, situado en la provincia de Linares, se ha estraido, a tres me- 
tros de profundidad bajo el cascajo, una hacha de piedra de orí- 
jen volcánico i que por su tipo i trabajo coincide en un todo 
con las de su especie halladas en Europa i que se han referido 
a la época del diluvio. La figura número 17 reproduce, de tama- 
ño natural, este interesante objeto. 

Es curioso i digno de notarse que en todas las partes del mun- 
do esplorado hasta ahora, las hachas i flechas de piedra tengan 
exactamente la misma forma i hayan obedecido al mismo sistema 
de trabajo: en la India, en el Canadá,^^ en Europa, en África, 
en las islas de la Oceanía, ^ en Chile. c(El hecho es, concluye 
Zaborowski, que se ha constatado la existencia de estas hachas, 
en América, en Inglaterra, en España, en Francia, en Italia, en 
Arjelia, en Judea, en Siria i Ejipto, i se las encontraria en muchos 
otros lugares si se hicieran investigaciones. ¿La vasta disemina- 
ción de este tipo, resulta de la estension misma de la especie, o 
de la raza humana primitiva que se servia de ellas? No podriamos 
decirlo con precisión. I si se considera que aún se las encuentra 
en algunas partes de Australia, se siente uno nuii tentado de li- 
mitarse a decir, por toda esplicacion, que en todas partes el hom- 
bre primitivo, encontrándose en una esfera de condiciones se- 
mejantes, ha abordado la lucha por la existencia con idénticos 
medios.» ^^ 

Si se considera, pues, la gran antigüedad atribuida a la huma- 
nidad en América, a lo que sabemos de la coexistencia del hom- 
bre con los grandes animales ya extinguidos en otras partes del 
globo, i aún a los hechos concretos que, aunque por ahora mu i 
cortos, son ya un indicio revelador, si es cierto, como dice Lub- 
bock, de que no poseemos todavía pruebas ciertas de la coexis- 
tencia del hombre i el mastodonte en América, i Chile, por lo 



22. Theobald, Memoirs ofthe geolo^rical sun^ey of India, vol. X, páj. 2; Dun 
can Gibb, The Journal of the Anthropological Institiite, tom. 1, páj. 65. 

23. Joiian,Z^í lies du Pacifique, páj. 163. 

24. Lhomme prchistoriqíie^ páj. 50. 



68 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

menos, el ánimo se inclina por la afirmativa. Es de esperar que 
el tiempo, con investigaciones mas prolijas i numerosas, venga 
a decidir definitivamente este punto, que el estado actual de nues- 
tros conocimientos apenas nos permite señalar al estudio de los 
observadores. 

Tratando actualmente del estudio de la edad de piedra, segui- 
remos relacionando lo que se sabs respecto del uso de estas 
hachas en otras partes de América, para ocuparnos en seguida 
con especialidad de las de Chile, i fundar en las deducciones que 
de estos antecedentes i otros particulares referentes a otro or- 
den de objetos podamos reunir, para dar a conocer, en cuanto 
nos sea posible, el estado de adelanto, las artes e industria de 
nuestros aboríjenes de aquella época lejana. 

Los caribes, en los dias de la conquista española, «ignoraban ab- 
solutamente el uso de los metales, dice Girard de Rialle, pero, en 
cambio, sabian tallar i pulir admirablemente las piedras mas du- 
ras, de las cuales hacian hachas, cuchillos, puntas de harpon, de 
lanza i de flecha. Aún esculpían pequeños ídolos de formas hu- 
manas o animales.)/'* Los mejicanos usaban también de estas ha- 
chas, i Torquemada, a quien debemos la noticia, trae acerca de 
la manera cómo se fabricaban los siguientes interesantes de- 
talles. 

«Oficiales tenían i tienen de hacer navajas de una cierta piedra 
negra, o pedernal, que verlas sacar de la piedra es cosa de grande 
maravilla i digna de mucha admiración, i de ser alabado el injenio 
que inventó esta arte. Rácense i sácanse de la piedra (si se puede 
dar bien a entender) de esta manera. Siéntase en el suelo un indio 
de estos oficiales i toma un pedazo de aquella piedra negra (que 
es así como azabache, i dura, como pedernal, i es piedra que se 
puede llamar preciosa, mas hermosa i reluciente que alabastro, 
i jaspe, tanto que de ella se hacen aros i espejos): este pedazo, 
que toman, es de un palmo de largo o poco mas, i de grueso 
como la pierna, o poco menos, rollizo; tienen un palo del grue- 

25. Lespeuples de VAfrique et de V Amcrique^ páj. 1 1 7. 



CAP. V. — LA EDAD DE PIEDRA 69 

SO de una lanza, i largo como tres codos, o poco mas; al princi- 
pio de este palo ponen mui pegado, i bien atado, otro trozuelo, 
de un palmo (para que pese mas aquella parte); luego juntan 
ambas los pies descalzos, i con ellos aprietan la piedra como si 
fuese con tenaza, o tornillo de banco de carpintero, i toman el 
palo con ambas a dos manos, que también es llano i tajado, i 
pónenlo a besar con el canto de la frente de la piedra, que tam- 
bién es llana i tajada por aquella parte, i entonces aprietan hacia 
el pecho i con la fuerza que hacen, salta de la piedra una navaja 
con su punta i filos de ambas partes, como si de un navo o rábano 
la quisiesen formar, con un cuchillo mui agudo, o como si la for- 
masen de hierro al fuego, i después en la muela la aguzasen i últi- 
mamente le diesen mui delgados filos en las piedras de afilar, i 
sacan estos oficiales en un mui breve espacio de estas piedras, 
por la manera dicha, mas de veinte navajas. Salen de la misma 
forma, que son las que usan nuestros barberos para sangrar, 
salvo que tienen un lomillo por medio, i hacia las puntas salen 
algo combadas, con mucha graciosidad; cortan i rapan el cabe- 
llo de la primera vez i con el primer tajo poco menos que una 
navaja acerada, pero al segundo corte pierden los filos i luego 
es menester otra i otra para acabar de rapar la barba o el cabe- 
llo, aunque a la verdad son baratas, i así no se siente gastarlas. 
Muchas veces se han afeitado muchos españoles seglares i reli- 
jiosos con ellas, en especial al principio de la población de estos 
reinos, cuando no abundaba la tierra de los instrumentos nece- 
sarios, i oficiales que acuden hoi a ello de que viven i con que 
se sustentan. Pero concluyo con decir que verlas sacar es cosa 
digna de admiración i no pequeño argumento de la viveza de 
los injenios de los hombres que tal manera de invención halla- 
ron .'^^ 

Los mejicanos, añade el padre García, ausaban en lugar de 
cuchillos de unas piedras mui agudas, que para el primer filo no 
hacen falta las navajas, i hoi dia las usan... I de estas piedras a 

26. Monarquía indiana^ t. 2.®, páj. 489. 



70 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

manera de hachiielas i otras de valor i estima que toman esa'for- 
ma, como son de lujada i de ríñones, yo las he visto i tenido 

en mis manos.^» 

En muchos casos los trozos i guijarros de silex encontrados 
en la superficie del suelo servian para la fabricación de estos 
instrumentos; otras veces se entregaban aquellos hombres pri- 
mitivos a grandes trabajos para procurarse silex de buena cali- 
dad.*^ 

La descripción dada por Torquemada corresponde mas bien 
a la ((raspadera,D que se halla en mucha abundancia i que se 
supone ha debido servir a los hombres de esa época para pre- 
parar las pieles de los animales que cazaban.^ 

En cuanto al destino que tuvieran las hachas, «a nosotros que 
estamos acostumbrados al uso de los metales, dice Lubbock, nos 
parece difícil creer que alguien se haya podido servir de tales 
instrumentos; sabemos, sin embargo, que muchos salvajes, aún 
hoi dia, no poseen mejores i que con semejantes hachas, ayudán- 
dose ordinariamente del fuego, cortan grandes árboles i los 
ahuecan para hacer canoas... Servian, ademas, de armas de gue- 
rra, i esto no es solo una probabilidad a priori sino que se prue- 
ba por el hecho de hallarse frecuentemente en los sepulcros de 
los jefes al lado de las dagas de bronce *i> En cuanto al uso bé- 
lico para que hayan podido servir los silex tallados del diluvio 
(como la hachita de Liguay), se nota que son armas ilusorias; 
«pero es perfectamente cierto que estos instrumentos impotentes 
contra los grandes animales, servian para cortar en los bosques 
armas sólidas i peligrosas. En un principio, no se empleaban sin 
duda en este uso sino simples fragmentos {éclats) de silex, mas 
tarde se adquirió habilidad suficiente para dar a esos fragmentos 
formas todavía mal caracterizadas, pero que pueden ya recono- 
cerse como intencionales... Después, la industria se regularizó 



27. Orijcn de ¡os Tndios^ pá¡. 161. 

28. \A\hhoc\i, L'hommepréhistQríque^^y 72. 

29. Zaborowski, páj. 114. 

30. Lubbock, páj. 85. 



CAP, V. — LA EDAD DE PIEDRA 7I 

mas, i continuándose, según todas las probabilidades, en hacer 
un uso mui frecuente de algunas especies de cuchillos forma- 
dos de simples trozos de silex, se comenzó a fabricar hachas 
elípticas, cortantes en toda su circunferencia... Estos instrumen- 
tos, cuya fabricación demandaba mucho trabajo, son menos nu- 
merosos que los otros, i eran quizás objetos de lujo destinados 
al uso de los jefes o de los principales personajes de la tribu.^^» 

((Existe otra especie de hachas de piedra, perforadas con un 
agujero para recibir el mango. La naturaleza misma del silex 
impide servirse de esta materia para fabricarlas, por lo cual son 
estremadamente raras. A pesar de todo, es posible taladrar un 
agujero en muchas especies de piedras duras, sirviéndose de un 
cilindro de hueso o de cuerno, i de un poco de arena i agua. Es 
mui dudoso, sin embargo, que esta clase de instrumentos perte- 
nezca verdaderamente a la edad de la piedra. ..^^j) 

Tanto estos instrumentos como las puntas de flechas «se en- 
cuentran frecuentemente en la superficie del suelo, o quedan en 
decubierto merced a los trabajos agrícolas. Los objetos encon- 
trados así aislados tienen, relativamente, poco valor científico; 
pero cuando se les halla reunidos en cantidad considerable, i, 
sobre todo, cuando aparecen acompañados de otros restos, pro- 
yectan una viva luz sobre las costumbres de esos lejanos tiem- 
pos.^D «Pero no solamente se descubren hachas del tipo tallado 
en los aluviones antiguos, añade a este respecto Zaborowski, en 
las capas colocadas en su asiento propio, donde han caido acci* 
dentahnente, sino también al aire libre, en los mismos lugares 
donde el hombre se ha servido de ellas; i entonces aparecen 
todas alteradas por la acción de los ajentes atmosféricos, como 
las otras enterradas se presentan coloreadas por las capas de 
arena i cascajo donde yacian.^D 

Otro lugar en que se han hallado instrumentos de esta especie 



31. Broca, Mémoires cT anthropologie^ t. 2.®, páj. 314. 

32. Lubbock, páj. 87. 

33. Id., páj. 95. 

34. Lug. cit., páj. 49. 



72 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

es en los «KjokkenmodingsD de los dinamarqueses o amas co- 
iiers de ios antropólogos franceses. Estos montones de las orillas 
de las costas contienen grandes cantidades de conchas mezcla- 
das con huesos de ciertos animales, algunos otros utensilios de 
piedra i restos de alfarería. Dudóse al principio de si estos mon- 
tículos serian artificiales; pero (cel descubrimiento de groseros 
instrumentos de silex vino a confirmar la suposición de que no 
eran ocasionados por una formación natural; mas tarde aún, 
llegó a ser evidente que eran sitios de antiguas aldeas, habiendo 
vivido la población primitiva a orillas del mar i alimentádose 
principalmente de conchas, pero en parte también del producto 
de la caza.^J) 

En las costas del Brasil se han descubierto, igualmente, gran- 
des montones de conchas, mezcladas con huesos humanos i uten- 
silios de piedra, exactamente como en Escandinavia i Dinamarca. 
Parece que el pueblo, autor de estos depósitos, fué numeroso i 
por sus artes enteramente semejante a los que vivieron en Euro- 
pa, Asia, África i América del norte. Los portugueses hacian cal 
de estas conchas i jamás hablaron una palabra de los sitios i cir- 
cunstancias en que se hallaban.*^ 

Las puntas de flecha, de piedra, que son también una de las 
principales manifestaciones de aquella edad, han sido clasificadas 
por Sir W, R. Wilde en cinco distintas variedades: la triangular; 
las vaciadas o escavadas en la base; las que poseen un apéndice 
destinado a enclavarse en el palo; las que tienen forma de cora- 
zón; i por fin, las que semejan hojas de árboles. «Las verdaderas 
puntas de flecha tienen ordinariamente una pulgada de largo: 
mas grandes son javelinas, o, en fin, puntas de lanza... Existe 
gran similitud entre estas armas, aún entre las que proceden de 
las mas apartadas localidades. Cada tribu poseia quizá su forma 
particular de flecha, i de ahí la multitud de modelos; quizás tam- 
bién la punta diferia según el propósito a que se la destinaba. 

35. Lnbbotk, páj. 205. 

36. Carlos Ruth, Revista do Instituto histórico e geographico brnsiletro^ 187 1, 
t. 34, páj. 287. 



CAP. V. — LA EDAD DE PIEDRA '] ^ 

Así, en la América del norte, las puntas de flecha que se usan 
para el combate son fabricadas de tal manera que cuando se re- 
tira el asta, la punta queda en la herida; para la caza, por el con- 
trario, la punta sale junto con el mango. En otras tribus se em- 
plea en la caza, flechas que terminan en forma de lanza, i en la 
guerra puntas dentadas.'*"» 

«Las vasijas de la edad de piedra son mui toscas, i no se en- 
cuentran de ordinario sino en fragmentos. Nada prueba que el 
torno fuese entonces conocido. El cocimiento es niiii imperfecto 
i probablemente se verificaba en el fuego, a todo aire. La foruia 
es frecuentemente cilindrica. ..^^)) Otros piensan que el arte de la 
alfarería no era conocido entonces, pues, cuando mas, la canti- 
dad considerable de carbón i de ceniza encontrada en sus estacio- 
nes, prueba solo que cocian sus alimentos. Muchos de los salva- 
jes actuales que usan el fuego se encuentran en el mis::io caso. 
Podrían servirse de huecos naturales o de vasijas de madera en 
las cuales echaban piedras calientes.^*» Hablando de esta ma- 
teria, dice Broca: «admito que ha habido un período, corto o 
largo, en que fué desconocido el uso del fuego, í otro períod ) 
mui prolongado, en que el hombre sabia servirse del fuego, pero 
sin poder producirlo.^^)) 

La historia natural nos revela a este respecto que cierta especie 
de monos cuando encuentran fogatas de los viajeros en los bos- 
ques, se acercan a calentarse, se aprovechan de lo que recono- 
cen como útil, pero sin que, a pesar de reconocer las ventajas de 
la invención, sepan producirla por su parte. Los primeros hom- 
bres han debido tener idea del fuego al ver la erupción de los vol- 
canes i al notar el calor producido por la fermentación de cier- 
tas sustancias vejetales en descomposición. Los griegos pintando 
a Prometeo al escalar el cielo para robar la chispa que habia 
-de servir a los mortales, i los romanos instituyendo las vesta- 



37. Murray, Travels in North America y vol. I, páj. 385. 
38- Liibbock, páj. 177. 

39. Zaborowski, páj. 114. 

40. AlémoireSy t. II, páj. 406. 

I mm 



74 IOS ABORÍJENES DE CHILE 

les, para que conservasen eternamente el fuego sagrado, nos dan 
una idea de los esfuerzos que los hombres hicieron en los co- 
mienzos de su existencia para obtener uno de los cuatro elemen- 
tos que idearon los filósofos antiguos, i la importancia de no 
perder en seguida tan útil adquisición. Se ha constatado que cier- 
tos salvajes de la Oceanía, donde quiera que vayan, llevan siem- 
pre el fuego consigo, entregándose a veces a largas peregrina- 
ciones para reponerlo cuando por acaso lo han perdido. 

Después de este lijero examen de algunas de las particularida- 
des de la edad de piedra, especialmente en cuanto se relaciona 
con la América en jeneral, que nos ha parecido indispensable, 
porque, como va a verse, en Chile cada uno de estos principios 
adquiridos hoi para la ciencia encuentran inmediata aplicación, 
confirmando una vez mas la idea de que el jénero humano ha sido 
en todas partes el mismo, i que, comenzando en la escala que hoi 
se considera la mas baja del nivel social, poco a poco, merced al 
tiempo i a su intelijencia ha ido realizando una a una las con- 
quistas de la civilización; entramos ya en los detalles. 

De las hachas del diluvio, como vulgarmente se llama a las 
talladas, no tenemos noticia de mas ejemplar que el dibujado, de 
tamaño natural, bajo el número 17, i que se conserva en nuestro 
Museo nacional. 

Al lado de este tipo primitivo i bien caracterizado, existen, ade- 
mas, en Chile, dos especies diversas de hachas: las que son com- 
pletamente pulimentadas i las que tienen solo en parte esta con- 
dición; i así como éstas establecen la transición entre las primeras 
i las últimas, también en las pulimentadas, se nota la variedad de 
lasque están dotadas de una horadación en su parte superior. En 
cuanto a su forma, las hai varias, ya que, ademas del tipo jeneral i 
conocido, se notan algunas relativamente cuadrangulares, alarga- 
das, mas o menos redondeadas. Su estado de conservación es re- 
lativamente bueno, i los lugares en que se han encontrado, han 
sido, una que otra vez, la superficie del suelo, i en la jeneralidad 
de los casos bajo la costa terrestre, a una profundidad variable* 
La mas pequeña que conocemos es la que aparece dibujada de 



CAP. V. — LA EDAD DE PIEDRA 75 

tamaño natural, bajo el número 8, procedente del lugar de los 
Cuneos en Osorno, i la mas grande, la que representa muí abre- 
viada i solo en líneas la figura 14, que fué hallada en la isla de 
Mancera, bajo las raíces de un roble. 

Merece notarse entre estos instrumentos chilenos el cincel de 
piedra que representa la figura 3. Ha sido hecho de un trozo de 
esquita micácea, abundante en la cordillera central, i probable- 
mente el artista no se ha dado mas trabajo que el pulimento del 
filo. Estuvo verosímilmente destinada a servir de cuña para ra- 
jar troncos de árboles, habiendo sido hallada en «Los Ulmos», 
en la provincia de Valdivia. 

Actualmente se encuentran todavía con alguna frecuencia en 
los cementerios indíjenas de esa provincia ejemplares de estas 
hachas, de tamaños variables, pero que afectan de ordinario una 
forma mui semejante, como la que representa l:i figma 20, estraida 
de una huaca de Collico. 

Por su forma merece una mención aparte la que señala la fi- 
gura 23, procedente de la hacienda de San Juan, en aquella pro- 
vincia, pues, como se ve, tiene casi los mismos lineamientos de 
algunos instrumentos modernos de este jénero. 

I ya que hablamos de localidades, tocante a las hachas chile- 
nas, debe advertirse que en el norte son relativamente mucho 
mas escasas que en el sur. Poseemos ejemplares, ademas de los 
señalados de Valdivia, de la Araucanía, (fig. 13), la Union, 
(fig. 4), Llanquihue, (fig. 6), Rio Maullin, (fig. 14), Reloncaví, 
(fig. 26), Chiloé, (fig. 12), i, por fin, de las islas de los Chonos, 
(figs. 16 i t8), i del norte, algunas de Freirina, de oríjen perua- 
no, i mui pocas de las provincias centrales, como la que se halló 
en la hacienda de San Miguel, cerca de Bucalemu i que dibuja- 
mos bajo el núm. 5. 

Al tipo intermedio entre las talladas i las pulimentadas per- 
tenece la que acabamos de indicar i la número 24, encontrada 
también no lejos de la anterior, i por fin, las de los números 7, 
10 i 12, todas de la isla grande de Chiloé. La relativa abundan- 
cia de esta especie de hachuelas, nos puede talvez inducir a creer 



76 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

que los habitantes de Chiloé i de las islas Guaitecas vivieron en 
nn estado mas atrasado que el de las poblaciones que se esten- 
dian hacia el norte, a lo que nos lievaria no solo este anteceden- 
te arqueolójico, sino también la naturaleza del país, abundante 
en Ikivias, destituido de caza i sin mas recurso que las papas, 
algunos frutos silvestres i el marisco. A nuestro modo de ver, 
las hachuelas de que tratamos han debido en estas rejiones estar 
especialmente destinadas a separar el marisco de las rocas, es- 
plicándose de esta manera el gran trabajo que los indíjenas han 
debido darse para producir el filo en estos instrumentos, sin mas 
herramientas que la misma piedra; pero se trataba de la satisfac- 
ción de una necesidad primordial, del mantenimiento de la vida, 
i no era posible ahorrar sacrificio alguno para procurársela. Se- 
gún lo que refieren algunos viajeros modernos, es casi seguro 
que el pulimiento se verificaba refregando la piedra que habia 
de convertirse en hachuela, en algún peñasco fijo i adecuado 
para el objeto, como hasta ahora se nota en las islas de Fidji, 
donde, al mismo tiempo que se encuentran de estas hachuelas, 
se ven en algunos cerros rocas estriadas con ranuras que han 
servido para amolarlas.*^ 

En cuanto a la variedad que aparece provista de una horada- 
ción, se presume, en vista de las esperiencias que al efecto se han 
realizado, que los indíjenas han debido servirse para ese efecto, 
según lo hemos indicado antes, de un hueso o palo duro i de un 
poco de arena i agua, como de una especie de taladro, si bien 
lento, no por eso menos eficaz. 

Por lo que toca a la variedad de las pulimentadas, dibujamos 
la número 21, de las islas de Chiloé, cuya horadación es bastante 
imperfecta; la número 22 de las islas Guaitecas, que tiene mucha 
semejanza con el ejemplar monstruo de la isla de Mancera, i por 
fin, la número 4, [de la Union, digna de llamar la atención por 
su hermoso pulimento, su forma elegante, i la perfección con que 



41. Jouan, Les ilcs dit Pacifique^ páj. 163. 



CAP. V. — LA EDAD DE PIEDRA 'J'] 

está hecha la horadación, i que es en un todo análoga a la núme- 
ro 1 1 de la isla de Huar. 

Como varios arqueólogos lo han indicado, estos ejemplares 
mas acabados eran en Chile de propiedad de los caciques. Se les 
llevaba colgados del cuello por medio de una cuerda i era una 
insignia de mando llamada thoqiii^ de donde viene la palabra 
moderna ((toquí.5) ((En medio pusieron al soldado que trajeeron 
liado para el sacrificio, i uno de los capitanejos cojió una lanza 
en la mano, en cuyo estremo estaban tres cuchillos a modo de 
tridente, bien liados; i otro tenia un toqiiCy que es una insignia 
de piedra a modo de una hacha astillera, que usan los rcgucs^ i 
está en poder siempre del mas principal cacique, a quien llaman 
toque^ que es mas que cacique en su parcialidad, que, como que- 
da dicho es lo que llaman regiie}^y> 

Por mas detalles sobre estos particulares nos referimos a la 
esplicacion de las láminas, que va al fin del testo. 

Con el número 58 hemos dibujado de tamaño natural una ras- 
padera estraida por nosotros de un antiguo sepulcro indíjena 
de la hacienda de la Patagüilla, en la provincia de Curicó. A 
pesar de que sabemos que utensilios de esta naturaleza han de- 
bido ser comunes en la edad que estudiamos, actualmente son 
mui escasos, debido principalmente a su aparente insignificancia 
que los ha hecho despreciar por los descubridores, i a que, ha- 
biéndose hallado el país cuando lo invadieron los españoles en 
un estado de mucho mas adelanto que el que implica el utensi- 
ho de que tratamos, en esa fecha debieron ser ya también esca- 
sos. Las otras piezas encontradas en la misma sepultura, de que 
en otro lugar hablaremos, implican realmente respecto de sus 
poseedores un atraso inaudito para el que no haya estudiado un 
poco las costumbres de los pueblos primitivos. 

Las flechas que podemos relacionar a la edad primera de la 
piedra en Chile, son por los mismos motivos ya espuestos, igual- 
mente difíciles de procurarse hoi. Sin embargo, podemos con 

42. Base uñan, Cautiverio feliz ^ páj. 40. 



i 



78 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

fundamento señalar como de esa especie algunas procedentes de 
Piichoco, que se dibujan bajo los números 60-64. 

Como hemos tenidoocasion de significarlo, los hombres de la 
edad de piedra buscaban con preferencia la orilla del mar para sus 
viviendas. Tenian de esa manera un elemento mas de vida con 
los recursos de alimentación que el mar en su abundancia podia 
proporcionarles, i un clima jeneralmente mas benigno e igual. 
Este mismo fenómeno puede constatarse en Chile. Se han des- 
cubierto, en efecto, los depósitos de conchas, desperdicios de 
la cocina de aquellos pueblos, (de donde les viene su nombre de 
«Kjókkenmodings,») desde el Algarrobo hasta Puchoco. En la 
primera de estas localidades, los trabajos de la agricultura han 
borrado casi del todo esos interesantes restos de la primera 
edad de nuestros aboríjenes, i apenas sihoi dia puede constatar- 
se en las vecindades donde se amontonaron, algunos restos de 
tosca alfarería. Esto demostraria, por consiguiente, que los auto- 
res de esos depósitos alcanzaban ya la época neolítica de la pie- 
dra, pues consta que solo desde esa edad data la invención de 
la alfarería, como la idea de sepultar los cadáveres.*^ Bollaert re- 
fiere que en la hacienda de Catapilco, se encontró, en 1850, un 
antiguo cementerio indíjena que contenia muchas conchas, las 
que los habitantes posteriores de la localidad, como los portu- 
gueses en el Brasil, quemaban para hacer cal.*^ 

En Puchoco, donde esos depósitos parecen haber sido mas 
antiguos, se han extraido algunos utensilios hasta de una profun- 
didad de seis metros, siendo de todos ellos los mas interesantes 
las puntas de flechas que, relativamente, podemos calificar de 
abundantes, aunque de un trabajo poco esmerado. No creemos, 
sin embargo, que esta circunstancia derive de falta de capacidad 
de sus autores para producir una obra mas esmerada, sino mas 
bien del material poco a propósito con que contaban, pues la 



43. Zaborowski, páj. (20. Como los hombres déla edad de piedra, los esqui- 
males no entierran sus muertos, los que de ordinario, pasan a ser pasto de sus 
perros. 

44. Researches^ páj. 179. 



CAP. V. LA EDAD DE PIEDRA 79 

mayoría de esos proyectiles han sido fabricados de una esquita 
arcillosa, que han debido encontrar en el lugar mismo. 

De entre las que hemos podido examinar, se han dibujado las 
cinco que presentaban tipos mas caracterizados, i que, como con 
razón puede conjeturarse, fueron hechas obedeciendo a propó- 
sitos diversos. Así, la número 63, es esencialmente penetrante, 
pues la endentadura solo comienza casi en la mitad del cuerpo 
del proyectil. La 62 obedece a un principio análogo i se distin- 
gue especialmente de la anterior, por su forma i el número de 
sus dientes, existiendo solo dos por cada costado, en lugar de 
seis que tiene la otra. Aunque en apariencia la 64 está mas tos- 
camente trabajada, un examen atento, por el contrario, demues- 
tra que está provista de dientes finísimos, aptos para aserrar. 
Conforme a la deducción de los arqueólogos, debemos, pues, in- 
ferir que, tanto esta última como la número 60, estuvieron des- 
tinadas a emplearse en la caza, i que las restantes debieron servir 
con mas especialidad para los fines de la guerra. 

A esta clase de armas debemos también referir la que repre- 
senta el número 59, estraida de la misma sepultura de donde sa- 
camos la raspadera. Es de una forma singular, i a no tenar alguna 
práctica en el examen de estos objetos, cualquiera diria que no 
existe en ella rastro de industria humana. Hallándose esos cemen- 
terios en la parte central del país, no es tan fácil esplicarse por- 
que, siendo de una edad relativamente moderna, estaban los que 
ahí fueron enterrados en un estado de relativo atraso respecto 
de otras tribus que vivian mas al norte i mas al sur; pero esta 
dificultad se desvanecerá en parte cuando se considere el aisla- 
miento casi absoluto en que los hombres debieron vivir en aque- 
llos tiempos, mucho mas cuando la naturaleza topográfica del 
país, con sus pequeños valles separados en esa rejion, les permitía 
prolongar su falta de relaciones de toda especie. 

Como a la fecha de la invasión española estas armas eran to- 
davía mui usadas en el país, dejaremos para mas adelante la apre- 
ciación de los progresos que en este orden habian hecho núes- 



8o LOS ABORÍJENES DE CHILE 

tros aboríjenes i las mejoras que los peruanos introdujeron con 
sus conquistas. 

Ha sido también estraido de esos depósitos, en las costas de 
Puchoco, el objeto dibujado de tamaño natural, con el núm. 94. 
Es una piedra arenisca que tiene dos escavaciones, que forman una 
cintura i que han servido sin duda alguna para auiarrarla en al- 
guna cuerda, i cuyo uso a todas luces ha sido para emplearla 
de plomada en las redes. De la <x Punta de Teatinos», en Co- 
quimbo, se ha sacado de una sepultura indíjena, pero de época 
posterior, otro objetj que ha debido tener el mismo fin, una pie- 
dra granítica ovalada, provista de un agujero en una de sus es- 
f'emidades, tal como se ve, de tamaño natural, en la figura 154. 

Alguna semejanza con la anterior tiene la que damos con el 
número gfí, que fué encontrada en la mano de un indio muerto, 
sesjun dice la levenda del Museo nacional. Es mas o menos de 
la misma forma i tamaño, pero sus bordes aparecen rebajados de 
una manera desigual, como si hubiesen sido empleados mas o 
menos frecuentemente, i en lugar de un agujero en una de sus 
estremidades, tiene dos, colocados hacia el centro, en dos diver- 
sos paralelos. Los agujeros no tienen sus bordes perpendicula- 
res, sino que, angostándose, a medida que profundizan, forman 
un cono truncado. Estañamos dispuestos a pensar que ha servido 
a los alfareros para alisar sus piezas, en vista de la naturaleza des- 
gastada de sus bordes i de sa propio tamaño; pero ¿poc qué 
tiene los agujeros? Si hubiera sido para colgar el instrumento, 
habría bastado con uno, i en todo caso no era lo natural para 
este efecto situarlos en el centro. ;Podriamos deducir als^una luz 
del hecho de haberse encontrado en la mano de un indio muerto? 
¿Murió su dueño estrechándolo en la mano, o le fué colocado 
posteriormente en ella? Por lo que sabemos de la mitolojía grie- 
ga, podria pens;irse que era el óbolo destinado a pagar el pasaje 
del barquero Carón, a lo que concurriría la aserción que a este 
respecto hacen Olivares i Carvallo, quienes aseguran que los in- 
dios chilenos creían que al pas:\r a la otra vida, en un paraje es- 



CAP, V. — LA EDAD DE PIEDRA Si 

trecho, se situaba una vieja para cobrar el peaje al alma de 
cada muerto. ^^ 

Los anticuarios del norte de Europa han descrito las piedras 
ovales que han llamado «tilhuggersteens», que afectan la forma 
de un huevo, mas o menos ahuecadas sobre una o las dos su- 
perficies; pero los detalles que a ellas se refieren tienen mucho 
mas analojía con las piedras horadadas, tan comunes en Chile, de 
que se hablará mas adelante, que con el presente instrumento. 

De un uso igualmente desconocido i de una forma entera- 
mente orijinal, es el objeto de greda que representa el número 
152, que fué encontrado en uno de los pozos de que se saca cas- 
cajo para la línea del ferrocarril del sur. Es sólido, i si con al- 
gún utensilio moderno puede compararse, es con una pequeña 
campana. El cocimiento, si alguno hai, (lo que el tiempo que ha 
permanecido sepultado i su actual coloración no permiten discer- 
nir con exactitud), es sumamente imperfecto. ¿Acaso quiso fa- 
bricarse la mano de un mortero para sustancias, como la sal, por 
ejemplo? No sabríamos decirlo, pero lo que sí puede asegurar- 
se, es , que todo concurre a creer que su antigüedad debe ser 
Considerable. 

Poseemos también de Puchoco el pequeño instrumento de 
piedra porfídica, dibujado en su tamaño natural con el número 
155. Tiene trazas evidentes de haber sido pulimentado por las 
* cuatro caras que se le ven, i en un principio una de sus estremi- 
dades ha debido ser bastante aguzada, mientras que la otra, aun- 
que también análoga, supone que ha sido hecha para ofrecer mu- 
cha mas resistencia i solidez. ¿Era acaso una especie de buril para 
grabar sobre la arcilla? ¿Era algún taladro destinado a reempla- 
zar el hueso o la madera en la perforación de los demás instru- 
mentos de piedra? Aunque no podriamos afirmar ni una ni otra 
cosa, de su estado actual se deduce, sin embargo, que ha sido 
bastante usado, ya que sus bordes i sus estremidades aparecen 
desgastadas. 

45. Carvallo, fíisiorindores de Chile, 1. X, páj. 137. 



82 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

De un empleo también desconocido, pero de la misma proce- 
dencia, es un instrumento de piedra bastante parecido al que di- 
bujamos con el número 78. Es posible que haya servido como 
de mano de mortero; i aunque esta suposición podría igualmente 
aplicarse al número 78, como a los demás de su especie que sue- 
len encontrarse entre nosotros, las ranuras que se ven en dos de 
los costados de la estremidad inferior (que es aplanada, en tanto 
que la superior es redondeada) i que en rigor creemos que eran 
simples adornos, pueden inducirnos a la idea de que ha podido 
emplearse como insignia de mando. 

La figura 100 representa de tamaño natural otro utensilio de 
Puchoco que parece fué nuii común entre aquellos primiti- 
vos habitantes, pues, a escepcion de las flechas, no hai ninguno 
que sea mas abundante. La forma jeueral es cuadrangular, con 
una de sus estiemidades terminada en una punta mas o menos 
afilada i provista de dientes en sus cuatro bordes, aunque seria 
mas propio decir que semeja algo como la espiga de uno de 
nuestros modernos barrenos de carpintería. Ha sido hecho de la 
piedra que llamamos «laja», que abunda, como se sabe, en toda 
nuestra costa. En cuanto al uso a que haya sido destinado, cree- 
mos que no ha podido ser otro que el de la fabricación de las 
redes para pescar. Las pequeñas hendiduras de la punta deben 
haber servido para enredar el hilo i asegurar así el tejido. 

Muí semejante al anterior es el objeto que dibujamos con el 
número 99, de tamaño natural, de piedra, i que se dice ha sido 
usado por los indios changos. Se diferencia del anterior en que 
su forma, en lugar de ser cuadrangular, es redondeada, afectando 
la semejanza de un cigarro puro, i en que está provisto de dos 
puntas, cada una de ellas con ranuras que avanzan hacia el cen- 
tro en forma de espiral. La comparación de la espiga del barre- 
no es en este caso todavía mucho mas apropiada. Como su pro- 
cedencia es de la costa i los dueños a quienes se atribuye, han 
vivido casi esclusivamente de la pesca, por su forma i particu- 
laridades se le ha atribuido un uso análago al que hemos indica- 
do refiriéndonos al instrumento análogo sacado de Puchoco. 



CAP. V. — LA EDAD DE PIEDRA 83 

(rSe lian encontrado, dice Lubbock, en algunas aldeas lacus- 
tres, aún de la edad de la piedra, cierto número de torteras de 
arcilla grosera. Este descubrimiento prueba cierto adelanto en 
el arte de tejer.. /S Es singular que en Chile, aunque no pode- 
mos referirnos a establecimientos semejantes, se encuentren de 
estos utensilios a orillas de la laguna de Llanquihue, a profundi- 
dades diversas del suelo, i donde, desde mucho tiempo, no vive un 
solo indio. En nuestras láminas dibujamos tres de estas torte- 
ras, todas de tamaño natural; la número 95, que es la que tiene 
mayor cocimiento, de forma aplanada, con una horadación bas- 
tante estrecha; la 97, de una horadación parecida, pero mas 
redondeada i provista de varios puntos grabados en sus dos su- 
perficies, que figuran dos círculos concéntricos ; i por fin, la número 
96, algo mas pequeña que las anteriores, de una forilia esférica 
mas acentuada, pero cuyo agujero central es mucho mas grande. 

Tenemos también en nuestro poder otro utensilio de estos, 
procedente de las vecindades de Curacaví, que con las lluvias 
del invierno quedó en descubierto en una hendidura de un cerro, 
i don Luis Montt posee uno de Punta de Teatinos, que se hace 
notar (lám. 158) por la figura de una especie de estrella que está 
grabada sobre una de sus caras. Se nos ocurre que las piedras 
horadadas de que mas adelante nos ocuparemos, que son de las 
mas pequeñas de su especie i con los bordes de la horadación 
perpendiculares, han podido estar destinadas a un fin semejante; 
pero de ellas, así como de las cachimbas de greda i piedra, algu- 
nas de las cuales tienen nn oríjen análogo al de las torteras, 
trataremos en el capítulo sub-siguiente. 

En las sepulturas marítimas suelen también encontrarse hue- 
sos rotos de animales, que debemos referir a la costumbre de 
los hombres de esa época de buscar con ansia la médula de los 
tales huesos. Entre nosotros, encontramos un testimonio histó- 
rico de época mui posterior, es cierto, en que se asevera termi- 
nantemente el hecho. En efecto, el capitán González de Nájera 

46. Vhomme préhistoriqne^ páj. 175. 



i 



84 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

refiere que tan pronto como los españoles abandonaban un cam- 
pamento, los indios que desde los cerros inmediatos observaban 
sus movimientos, se diriiian inmediatamente al sitio abandonado, 
«porque los ceba i aún ciega de tal manera la golosina de los 
huesos que quedaron por el suelo, que por sacarles el alma o 
tuétano, se esponen a perder la vida/^i) 

Después de relacionado lo anterior, que, por cierto, debe 
considerarse solo como un principio de estudio en este orden 
de conocimientos, tan descuidado hasta ahora entre nosotros, 
podemos ya concluir que, «aunque nos resta todavía mucho que 
saber respecto a los hombres de la edad de la piedra, los hechos 
ya conocidos, como ciertos toques de lápiz dados por un hábil 
dibujante, nos suministran los elementos de un bosquejo. Si 
trasportamos nuestra imajinacion al pasado, veremos sobre cier- 
tos lugares de las costas una raza de hombres de pequeña esta- 
tura, con cejas pobladas i toscas, dotados de una cabeza redon- 
da...^ Como necesitaban defenderse de las inclemencias de las 
estaciones es mas que probable que habitasen en chozas... La 
falta absoluta de metal prueba que no tenian mas armas que las 
fabricadas con madera, piedras i huesas... Sa alimento principal 
debió ser el marisco, pero sabian pescar los peces, i variaban a 
menudo su aliinento con el producto de sus cacerías. No es, sin 
duda, falta de caridad suponer que cuando los cazadores regre- 
saban cargados de botin, se emborrachaba todo el mundo, como 
lo hacen hoi dia la mayor parte de las tribus salvajes...^* 

La vida de los fueguinos que Darwin ha pintado con colores 
maestros, puede aplicarse a los habitantes de todo Chile en 
aquella época remota: «Se alimentan principalmente de marisco, 
viéndose obligados a cambiar constantemente de residencia, 
pero para volver, después de cierto inter\'alo, a los mismos para- 
jes, lo que demuestran evidentemente los montones de conchas 
antiguas, que podrían avaluarse a veces en varias toneladas de 

47. Deieni^atto déla gurrrn de Ckiie, páj. 04. 

4ÍJ. Se sabe que este t¡pi> es característico de la raza americana en jeneral. 

49. Lubbock, lug. cit., páj. 219. 



CAP. V. — LA EDAD DE PIEDRA 85 

peso. Estos montones pueden distinguirse desde una distancia 
considerable, merced al color verde i brillante de ciertas plan- 
tas que crecen siempre sobre ellas... El vvigvvam del habitante 
de Tierra del Fuego se asemeja a un montón de paja. Se com- 
pone de algunas ramas rotas, clavadas en el suelo i cubiertas 
con terrones de pasto. Se necesita apenas una hora para fabricar 
semejante choza; por lo demás, no las habitan sino algunos dias... 
Se cubren con pieles de guanaco, de lobo o de nutria, o se tapan 
simplemente con un pedazo, apenas tan grande como un pañuelo 
de narices. Estas pieles se fijan por delante por medio de una 
cuerda, i se las pasan de un lado a otro del cuerpo, según sea la 
dirección del viento que corre. Los indíjenas que divisé en una 
canoa estaban completamente desnudos i aún una mujer que iba 
con ellos. Llovia mui fuerte, i la lluvia mezclada con el agua del 
mar les bailaba el cuerpo... Esos infelices eran pequeños, su 
cara horrible estaba cubierta con una pintura blanca; su cutis, 
desaseada i grasosa, sus cabellos descuidados, tenian la voz dis- 
cordante, hacian jestos violentos i faltos de nobleza... Pasan la 
noche enteramente desnudos, revueltos unos con otros como 
animales, acostados sobre el suelo húmedo, apenas abrigados del 
viento i la lluvia de ese clima inhospitalario. Cuando la marea 
baja, es preciso que se levanten para ir a recojer mariscos en las 
rocas, i que las mujeres en invierno i verano se sumerjan para 
buscarlos bajo el agua; o que pacientemente sentadas en las 
canoas, pasen los dias enteros pescando con anzuelo pequeños 
peces. Si llegan a matar un lobo, si descubren el tronco flotante 
de una ballena, entonces hai ya un festin, sazonando tan tremen- 
do alimento con algunas yerbas sin sabor. A menudo, reina tam- 
bién el hambre, cuya inmediata consecuencia es el canibalismo 
acompañado del parricidio.!) 



i 



CAPÍTULO VI. 



LOS ARAUCANOS. 



I. 



Descripción topográfica del país. — Descripción que hacen de Chile los primeros 
conquistadores. — Clasificaciones que se han dado de los indios. — Diversidad 
de idiomas. — Examen de la lengua araucana. — Pintura de los araucanos. — 
Olivares i Molina. — Los indios rubios. — Descripción del viajero Poeppig. — Los 
chonos — Examen de los cráneos. — Deducciones. 

Trasladémonos un momento con la imajinacion a los días en 
que los españoles pisaron por primera vez el suelo de Chile i 
recorramos de lijero las impresiones que ellos recibieran a la 
vista de la nueva tierra que se dilataba ante sus ojos por las artes 
de su insaciable sed de aventuras i de oro i el esfuerzo indoma- 
ble de esa enerjía de antiguos conquistadores. 

¿Cuál era el aspecto del país? ¿Quiénes sus habitantes? ¿Cómo 
vivian? Estas i otras muchas preguntas es natural que se ocurrie- 
ran a su investigación i curiosidad, las cuales, por fortuna, es fá- 
cil hasta hoi satisfacer al través del tiempo, merced a los datos 
que han consignado en sus escritos cronistas dilijentes. 

La topografía del país era entonces la misma que ahora; des- 
pués del gran despoblado de Atacama, seguian los valles de Co- 
piapó, Huasco, Coquimbo i Aconcagua, formando secciones 



83 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

aisladas i mas o menos montañosas. Su descripción especial no 
nos interesa en el mismo grado que la sección que se estiende 
desde la cuesta de Cliacabuco al sur, en la cual, hasta entonces, 
sus habitantes habian logrado conservar mas puros sus caracteres 
de raza i sus primitivos usos i costumbres. 

((Desde aquel punto, tres son las distintas fajas de terrenos que 
se divisan paralelas entre sí i con el meridiano del lugar. La faja 
del medio es un llano estenso, comprendido entre dos cordones 
de cerros, como un golfo entre dos continentes. El cordón de la 
derecha, llamado comunmente íccordillera de la costa,)) consta, 
en jeneral, de grupos de cerros redondos, achatados, bajos, gra- 
níticos, cuyas formas indeterminables se asemejan a las olas de 
un mar que se aquieta después de una tempestad. El de la iz- 
quierda es el cordón de los Andes, cuyas crestas son ásperas i 
esquinadas, los despeñaderos rápidos i frecuentes, las faldas ra- 
yadas con estratificaciones en cintas de diversos colores, i cuyas 
cimas se pierden en la elevada rejion de las nieves perpetuas. 
A medida que estas inmensas fajas de terrenos avanzan hacia el 
sur, las tres bajan a un mismo tiempo. 

«El llano central se estrecha en la Angostura de Paine ¡ se 
cierra completamente en Regolemo. 

((Desde el Maule, donde ya el llano alcanza a ocho o diez le- 
guas de ancho, principian a distinguirse cinco o seis distintas re- 
jiones naturales. La primera es la de la costa del mar, que cubren 
estensos prados en la desembocadura de los rios; masas de arena 
en largas i monótonas playas, bañadas por una mar rara vez quie- 
ta, i de trecho en trecho, majestuosas peñas cubiertas de árboles, 
o bien, vistosas lomas i cerrillos, que se elevan en forma de anfi- 
teatros al rededor de los pequeños golfos i ensenadas.» 

Siguen después los declives occidentales del primer orden de 
cerros, i las mesetas que se estienden en sus lomas mas elevadas, 
rejion cubierta toda de bosques i selvas. Por el contrario, el de- 
clive oriental de la cordillera de la costa está desprovista de ár- 
boles, i consta, por lo común, de cerros bajos, cubiertos con tierras 
de diversos colores, abundantes en terrenos fértiles, como tam- 



CAP. VI. LOS AR.AUCANOS 89 

bien en lavaderos de oro. Viene después el llano, que en aquella 
época probablemente estuvo en su totalidad cubierto de montes 
de espino, al menos hasta la latitud en que este árbol prospera; 
i, por fin, la rejion subandina poblada de bosques.^ 

Oigamos desde luego contar al clérigo Cristóbal de Molina la 
relación de lo que pudieron ver los compañeros de Diego de 
Almagro en llegando al valle de Copiapó. rcLos naturales de este 
valle, dice, lo recibieron mui bien i le dieron de lo que tenian, i 
se reformó, porque este valle tenia mucho maíz i ovejas de la 
tierra mui gordas; i reformado, pasó a otro segundo valle que se 
llama Guaseo, i asimismo halló toda refrejería, i lo mismo en el 
tercer valle, que es el que se llama de Quaquizago, que está po- 
blado de cristianos ahora... Luego se partió a las provincias de 
Chile, que estaban cien leguas adelante, donde no hai casi pobla- 
do, i por sus jornadas llegó al pueblo principal de Chile, que se 
llamaba entonces Concumicagua, donde le estaba esperando toda 
la tierra... Por cumplir lo que él decia con el Rei i con su com- 
pañero Pizarro, envió a un capitán a descubrir desde Chile ade- 
lante, con setenta u ochenta de a caballo i veinte de a pié, i este 
capitán tardó en la ida i vuelta tres meses, i como no le pare- 
ció bien la tierra por no ser cuajada de oro, no se contentó de 
ella.^j>... 

Según los cronistas, llamóse a Copiapó o Copayapo, con este 
nombre, (íporque vale tanto como decir campo de las turque- 
sas,^» i era en aquella época «fértil i abastecido,*;) así como los 
que seguían hacia el sur hasta Santiago, los cuales eran ((de mu- 
cho maíz,» según la espresion de Oviedo.^ 

Este mismo autor que, como se sabe, mantuvo íntimas rela- 
ciones con Diego de Almagro, consigna algunos detalles de los 
que dio a su jefe Gómez de Alvarado, aquel capitán que desde 



1. Domeyko, Arancnnia i sus habitiWtes^ pájs. 5 i siguientes. 

2. Conquista i población del Perú, pájs. 46, 47 i ^8. 

3. Rosales, Historia^ I, páj. 213. Herrera, Décadas^ lib. I, páj, 9. 

4. Rosales, I, 359. 

5. Historia jener al i natural de las Indias^ t. IV, páj. 208. 

lü 



90 LOS ABORIJENES DE CHILE 

a\ Mapocho fué enviado a recorrer la tierra hacia el sur. Mas, 
como lo que entonces se buscaba era el oro, por no ver la 
tierra cuajada del precioso metal, según la espresion de Molina, 
llegó contando que habia andado adelante ciento cincuenta le- 
guas, <íe que cuanto mas iba, la tierra mas pobre e fria i estéril 
e despoblada, e de grandes rios, ciénagas e tremedales la halló, 
e mas falta de bastimentos; e que halló algunos indios caribes, 
a manera de los juríes, vestidos de pellejos, que no comen sino 
raíces del campo; e que informándose de la tierra de adelante, 
supo e le dijeron que estaba cerca de la fin del mundo, e le die- 
ron la misma noticia quel adelantado se tenia, antes que lo en- 
viase en Chile.*» En efecto, los habitantes de Canconcagua 
(nombre de Aconcagua, según Oviedo) le informaron de la «po- 
breza e poquedad de la provincia de Chile, e como era mñi ma- 
yor e peor la de adelante, i que los Picones, indios comarcanos, 
eran quince o veinte pueblos de jente mui pobre, vestida de pe- 
llejos.^» 

Con informes tan desconsoladores tocante a la riqueza del 
país e instado por consideraciones de otra especie. Almagro dio 
la vuelta al Perú, la cual no se pudo hacer «sin gran destrucción 
de los naturales i tierra de Chile, porque como se determinó de 
volver, dio licencia a todas sus jentes que ranchasen la tierra i 
tomasen todo el servicio que pudiesen i indios para cargas... En 
este viaje i negra vuelta a la tierra del Cuzco murieron mucha 
cantidad de indios e indias, especialmente en el despoblado de 
Atacama.^D 

Mas, Pedro de Valdivia que no llegó a Chile urjido de los 
mismos propósitos que trajera el adelantado Almagro, tuvo oca- 
sión de notar que el país, si bien era cierto que no abrigaba las 
riquezas que el portentoso Perú, descubierto por don Francisco 
Pizarro, era, en cambio, una hermosa tierra, «tal que para poder 
vivir en ella i perpetuarse no la hai mejor en el mundo.» El fun- 

6. Id., páj. 275. 

7. Id., páj. 268. 

8. Cristóbal de Molina, páj. 49. 



CAP, VI. — LOS ARAUCANOS 91 

dador de Santiago, que no buscaba en el territorio que habia 
venido a conquistar, el brillo efímero del oro, sino un lugar 
adecuado para un asiento sólido i estable donde radicarse, 
esclamaba por eso con entusiasmo al hablarle a su soberano del 
teatro en que comenzaba a lucir el esfuerzo de su brazo i el vi- 
gor de su injenio. «Dígolo, porque es mui llana, sanísima, de 
mucho contento; tiene cuatro meses de invierno no mas, que en 
ellos, si no es cuando hace cuarto de luna, que llueve un dia o 
dos, todos los demás hacen tan lindos soles que no hai para que 
llegarse al fuego. El verano es tan teniplado i corren tan deli- 
ciosos aires, que todo el dia se puede el hombre andar al sol, 
que no le es importuno. Es la mas abundante de pastos i semen- 
teras, i para darse todo jénero de ganado i plantas que se puede 
juntar; mucha e mui linda madera para hacer casas, infinidad 
otra de leña para el servicio de ella, i las minas riquísimas de 
oro, í toda la tierra está llena dello, i donde quiera que quisie- 
ran sacarlo, allí hallarán en que sembrar i con que edificar, i 
agua, lefia i yerba para sus ganados, que parece lo crió Dios a 
posta para poderlo tener todo a la mano.^;) 

I en otro lugar de este mismo documento, agrega que el país 
«es todo un pueblo e una sementera i una mina de oro, próspera 
de ganado como la del Perú, con una lana que le arrastra por 
el suelo; abundosa de todos los mantenimientos que se siembran 
los indios para su sustentación;» concluyendo por decir que (íes 
de mui lindo temple la tierra i se darán en ella todo jénero de 
plantas de España, mejor que alláJ^JD 

Numerosas son las clasificaciones que se han dado para dis- 
tinguir unas de otras las diversas tribus que habitaban el territo- 
rio chileno. Viniendo del norte, hallamos primero a los ata- 
camas, cuyo centro principal parece haberse encontrado en las 
vecindades del actual pueblo de Chiuchiu, pero que alcanzaban 
hasta las costas del despoblado de su nombre. Los changos, que 

9. Carias de don Pedro de Valdivia al emperador Carlos T', Colección de 
historiadores de Chile ^ t I, páj. 12. 

10. /¿/., páj. 55. 



L 



92 LOS ABORIJENES DE CHILE 

en una época primitiva debieron ser relativamente numerosos, 
poblaban esclusivamente las costas que se estienden desde el 
grado 22 al 24 de latitud sur i conservaban indudablemente gran- 
des afinidades con los anteriores. Tenian el mismo color de los 
quichuas, aunque un poco mas oscuro, con visos negruzcos; de 
estatura un poco mas pequeña, especialmente las mujeres; de 
una fisonomía triste i sombría, de nariz raras veces aguileña, 
diferian tanto de los atacamas como éstos de los aimaraes o qui- 
chuas. Otro tanto puede decirse, según se asegura, en lo que 
respfícta al idioma.^^ 

El abate Molina dice que los pueblos que seguían hacia el me- 
diodía se llamaban copiapinos, coquimbanos, quillotanos, mapo- 
chinos, promaucaes, cures, cauques, pencones, araucanos, cuneos, 
chilotes, chiquillanos, pehuenches, puelches i guilliches."^ 

Falkuer, establece la clasificación jeneral de moluches i puel- 
ches, subdividiendo a los primeros en picunches, pehuenches i 
guilliches." Los picunches eran los que vivian desde Coquimbo 
hasta mas abajo de Santiago, refiriéndose, sin duda, a los que 
Oviedo habia designado ya antes con el nombre de picones, que 
poblaban el valle de Aconcagua, i que <ieran quince o veinte 
pueblos que cada uno tenia diez casas de jente mui pobre vestida 
de pellejos."j? Añade Ercilla: 

Los indios promaucaes, es una jente 
Que está cien millas antes del Estado 
Brava, soberbia, próspera i valiente.^^ 

En un poema histórico sobre las guerras de Chile, escrito por 
don Juan de Mendoza, se lee: 



Están pasado Nfaule otras naciones, 
Que treinta leguas van hasta Biobio, 



11. D'Orbigny, I/Aommt ttmcricuti, páj. 333, tom. I. 

1 2. Compnuiío de ¡a hhtovtii cnt/, jxij, 9, 

13. Dcsctipaon de J^ittiíyuut, Ángel is, t. I, páj. 34. 

14. Historia de i as Ittdtas^ t. IV, paj, ^7^. 

15. La ArauCiWiJ^ cauto I. 



CAP* Vr. — LOS ARAUCANOS 93 

Son ¡tatas, manieses ¡ pencones... 



Los coyunclieses, bravos valentones. 

Pasado Biobio, a la marina 
Está el estado indómito araucano 
I él tiene a Catiray izquierda mano. 



Está luego adelante la famosa 
Provincia de Canten intitulada. 

Pasados ya los términos cautenes 

Se llaman los demás perquilabquenes.^*^ 

«Los antiguos habitantes de Osorno, dice el padre Ramirez, 
fueron los cuneos, que se estendian por toda la costa desde Val- 
divia a Chiloé, i eran numerosos, como lo indica su nombre de 
racimoy*^ Después de los chilotes, se contaban los chonos, los 
payos i caucahues,^® los calenes i leyecheles, tayatafares, que vi- 
vían entre los grados 48 i 49,^^ conocidos con la denominación de 
Vuta-huilliches. 

Hubiéramos de ser interminables si pretendiéramos relacionar 
uno por uno los diversos nombres con que se han designado las 
diversas tribus que se estendian en toda la rejion comprendida 
desde Copiapó hasta el Estrecho, del lado occidental de la cor- 
dillera de los Andes; pero si estas clasificaciones indican distin- 
tas localidades jeográficas i tienen también su importancia, como 
en estos estudios lo hemos de demostrar, bajo el aspecto de los 
usos i costumbres i de los diversos grados de adelanto en que se 
hallaban esas tribus, ¿podrá decirse por eso que constituan na- 
ciones aparte o que eran oriundas de razas diversas? 

En esta cuestión de razas no podemos olvidar un elemento 
que para la ciencia moderna reviste hoi cierta importancia, cual 

16. Poema inédito^ canto I. 

17. Cronicón sacro imperial de Chile, M. S., cap. IV. 

18. Los Kei-uhues de Falkner i Fitzroy. 

19. Fiaje át\ padre José García, Anales de la Universidad^ tom. XXXIX, 

Páj. 373. 



94 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

es el conocimiento del idioma de los pueblos, cuyo oríjen se 
trata de investigar; i si es verdad, como se espresa Broca, que 
los caracteres antropolójicos de primer orden son siempre los 
físicos, por cnanto son los mas estables, no puede tampoco ne- 
garse que los suministrados por la lengüística son siempre útiles 
i alj^unas veces indispensables.'"'*^ 

Pues bien, la misma variedad de opiniones que se ha hecho 
notar respecto de la clasificación de las distintas tribus chilenas, 
existe, casi en la misma proporción, en lo que se refiere al idioma. 
¿Habhiban todos esos pueblos idiomas distintos, o se trataba sim- 
plemente de una lengua común, alterada en los varios pue- 
blos por las distancias jeográficas i la falta de monumentos es- 
critos? 

Dejando aparte a los atacamas i changos, cuya lengua, según 
lo que sabemos, derivaba evidentemente de los quichuas o ai- 
maraes, i concretándonos a los araucanos i demás pueblos que 
se seguían hacia el sur, Josiah Priesl, declara que en Chile hai cer- 
ca de veinte dialectos, puelche, chono, araucano, tehuelet, yaca- 
nac, kemenet, etc.^^ En un libro publicado recientemente en París 
se lee toJaví^ que, en la parte meridional de la América, adeínas 
del tehuelche de los patagones, del puelche de las pampas i del 
fueguino, existe en Chile el quichua, hasta su tercio setentrional, 
el araucano i las lenguas independientes de la rejíon de los An- 
des-** 

Don Lorenzo de Hervás, por datos que le había suministrado 
el padre José García, decía, «que los caucahues i chonos tenian 
su idioma propio, i aunque sé, agregaba, que las lenguas de estas 
dos naciones no son dialectos de la araucana, no puedo afirmar 
si son dialectos desfigurados de una lengua matriz, o si, por ven- 
tura, son dos lenguas matrices,^» 

^Los chonos, afirma también Rosales, hablaban otra lensrua i 

51, AmU9i\\^K ^aot^^:f:í:rs^ jvij, 311. 

22. Hv>\^rjjicque, Ai ^Jo/^mf/^jnA {>iju 171, Piris, iSSi. 



CAP. VI. LOS ARAUCANOS 95 

tenían otro modo de vivir de los de Chiloé/""^» i otro tanto con- 
cluye respecto de los payos don Jerónimo Pietas.^^ 

Esplicando Fitzroy el hecho de que cada una de esas tribus 
de la parte occidental de Patagonia hablen diversos idiomas, es- 
presa que en el fondo no son radicalmente diferentes del arau- 
cano, pues (íse hallan algunas palabras comunes a dos o mas tri- 
bus, i las diferencias deben aumentar a causa de que los vecinos 
están raras veces en paz.'-'*'í) 

Mas, por lo que toca al araucano mismo, las pequeñas dife- 
rencias que respecto de su habla se notan, Pérez García las es- 
plicá de esta manera: «de este idioma chileno, que dice el padre 
Ovalle que es tan universal, que no hai mas que uno entre mar i 
cordillera, debe entenderse en la siguiente forma. Esta nación, aun- 
que cuando se fué estendiendo del norte al sur tomó varios nom- 
bres, siempre conservó su idioma mohiche, desde Copiapó hasta el 
rio Tolten; pero los huilliches i pichi-huilHches, que corren desde 
el citado rio hasta el canal de Chiloé, aunque conservan la len- 
gua jeneral, varian algo del dialecto, perdiendo la d \ la r, i 
creando en lugar de ésta, la s para endulzar las palabras, i así, 
en lugar de mca^ que es casa, pronuncian suca, i así todas las 
demás. D 

aLos vuta-huilliches, que ocupan en tres parcialidades las re- 

jiones desde el canal de Chiloé hasta el Estrecho de Magallanes, 

han formado un casi nuevo idioma de la mezcla de la lengua 

moluche de Chile i de la tehuel de los ultra— cordilleranos, con 

lo cual se diferencian de los demás chilenos.^D 

El jesuita Luis de Valdivia, que fué el primero que dio a 
la estampa un tratado sobre el idioma araucano, en su prólogo, 
no reconoce siquiera las diferencias señaladas por Pérez García, 
pues se limita a decir que de entre (das cuatro cosas que facili- 



24. Conquüta espiritual de Chile ^ M. S. 

25. Informe al rei sobre las diversas razas de indios que pueblan el terriiorio 
araucano M. S. 1729. 

26. Voy age of the Adventure and Beagle^ t. 2.**^ 132. 

27. Historia de Chilc^ M. S., cap. VI. 



96 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

tan nuicho i dan ánimo para aprender la lengua de Chile, es la^ 
primera que en todo el reino, no hai mas de esta lengua, que 
corre desde la ciudad de Coquimbo i sus términos hasta las islas 
de Chiloé, i mas adelante por espacio casi de cuatrocientas le- 
guas de norte a sur, etc.^^^JD 

Séanos permitido en este lugar i con motivo del tema qne nos 
ocupa, trascribir aquí lo que en una obra anterior hemos dicho 
acerca del idioma araucano. Cuántos antiguamente se ocuparon 
de estudiar esta lengua están de acuerdo en que en toda la an- 
gosta faja de terreno que foruia nuestro país, desde su estremi- 
dad norte hasta las islas del sur, con las escepciones parciales 
antes indicadas, no se hablaba sino ella sola... El abate Molina, 
después de reconocer este hecho, no puede menos de estimar 
como ccmui singular que no haya producido ningún dialecto par- 
ticular, después de haberse propagado por un espacio de mas de 
mil doscientas millas, entre tantas tribus, sin estar subordinadas 
las unas a las otras, i privadas de todo comercio literario. Los 
chilenos, agrega, situados hacia los grados veinticuatro de lati- 
tud, la hablan de la misma manera que los demás nacionales 
puestos cerca de los grados cuarenta i cinco. Ella no ha sufrido 
alteración alguna notable entre los isleños, los montañeses i los 
llanistas. Solamente los boroanos i los imperiales cambian a me- 
nudo la r en 5... Si esta fuese una lengua pobre, podria aplicarse 
la causa de su inmutabilidad a la escasez de vocablos, los cuales 
no siendo destinados, cuando son pocos, mas que para esprimir 
ideas familiares i comunes, difícilmente se cambian; pero, siendo 
abundante de vocablos, es admirable que no se haya dividido 
en muchos idiomas subalternes, como ha sucedido a las otras 
lenguas madres que han tenido alguna estension.i> 

Sobre si sea o no primitiva la lengua de Chile, Molina se de- 
clara, sin trepidar, por la afirmativa, por mas que otros, sin duda 
con poco estudio, parezcan poner en duda este aserto. Gourt de 
Gibelin,** por ejemplo, después de espresar que solo conoce de 

28. Arte y ¿i^amdtíca gcficr^l, A\ lector. Sevilla, 16S4. 

29. Monde primitif\ t. 1, páj. 535. París, 1781. 



CAP. VI. — LOS ARAUCANOS 97 

Chile algunas palabras recojidas por Reland en su Disertación 
sobre las lenguas de América^ sostiene que lia encontrado un 
buen número comunes con otras lenguas, <í\o que nos persuade, 
agrega, que si hubiéramos poseido un vocabulario completo, hu- 
biéramos podido pronunciarnos mejor sobre el oríjen de esta 
lengua i del pueblo que la habla;» i como prueba de su afirma- 
ción, establece las referencias siguientes: Levo^ rio, tiene su re- 
lación con Eo^ íigna; Bebo^ seno, se pronuncia en Java, sou-sou, 
en tahitiano eou^ i no es otra cosa que el ze she primitivo, que 
significa también «seno» en las lenguas orientales;/^//, comer, 
es el primitivo nasal eje^ comer. Molina ha podido también es- 
tablecer analojías del araucano con el latin i el griego, pero las 
mira, con razón, como puramente casuales. El sabio lengüista 
alemán Vater acepta esta última deducción, reconociendo que 
esa semejanza no pasa de existir en las interjecciones, i que, por 
lo demás, los significados de esas palabras son diversos en ambos 
idiomas. Lo mas curioso es, sin embargo, que esa desemejanza 
se estiende igualmente a los idiomas del #esto de la América, 
pues fuera del quichua (i esto parece perfectamente natural 
atendidas las relaciones de los pueblos incásico i chileno) mui 
pocas analojías se han podido reconocer. ccCasa» se traduce en 
araucano por riica^ en el idioma de las tribus guaraníes, oc; en- 
tre los tupis, oca; en las lenguas de Omahua, tica; en el mahuino, 
roya; en el idioma hite, cuja, etc.'*^» 

Según las definiciones modernas, el araucano pertenece a 
la clase de las lenguas aglutinantes; i por su «característica arria- 
na r los araucanos demuestran ser orijinarios, como los hurones, 
de raza noble, representando todavía, como éstos, entre los pieles 
rojas, la autocracia moral e intelectual.^^» 

Examinemos ahora algunas particularidades de esta lengua. 
Desde luego, hai muchos que reconocen a los araucanos elegan- 



30. Lingunrum totius Orhis índex alphaheticns^ etc,^ a Joane Se veri no Vater, 
Berlín, 1815; Adelung, Mithridates, oder allgemeine sprachenheide, etc., Berlín, 
1812, III. 

31. Carette, Etiides sur les temps antehistoriques, páj. 127. 



k 



gS LOS ABORÍJENES DE CHILE 

cia en su lenguaje,** i todos, en jeneral, una simplicidad tal para 
su estudio que acaso no puede compararse con ningún otro idio- 
ma. d Esta lengua, dice Falkner,'^ es mucho mas copiosa i ele- 
gante de lo que pudiera esperarse de un pueblo sin civiliza- 
ción.^» Con todo, el número de vocablos simples que traen los 
diccionarios no pasa de dos mil: atan fáciles de aprender, espre- 
sa el jesuita Diego de Torres, las lenguas que corren en el reino 
del Perú (incluyendo a Chile) que todos nuestros padres las 
han aprendido en menos de un mes para confesar i en dos para 
predicar, habiendo esperimentado esta facilidad en mí mismo, 
oyendo las confesiones.*^» 

Su alfabeto consta de las mismas letras que el castellano, a es- 
cepcion de la b i la /"que son reemplazadas por la v, pronunciada 
como en alemán, de la x i jzr, que no existen, i de una ^, una u i 
una th que tienen sonidos especiales. 

«Los nombres chilenos se declinan por una sola declinación, 
dice Molina, o hablando con mas exactitud, todos ellos son in- 
declinables, porque con la unión de varios artículos o partículas 
enclíticas se distinguen los casos i los números. Estos últimos 
son tres, como entre los griegos, esto es, singular, dual i plural... 
En la habla chilena, el artículo se pospone al nombre, al con- 
trario de lo que se practica en las lenguas modernas de Eu- 
ropa.» 

El araucano es abundante de adjetivos, asi primitivos como 
derivados, los cuales se pueden formar siempre de todas las par- 
tes de la oración, obedeciendo a un principio invariable; pero, 
cualesquiera que sean sus terminaciones, no son susceptibles de 



32. Véase el testimonio de Elias Herkmans en el capítulo A view of ihechu 
lian ianjTíiaze, de la obra America heing the ¡aiest and m(ysi accurate cUscrip- 
tionoftheNew World^ by John Ogilby. London, 1671. 

33. A description of Patagonia, 1779, páj. 114. 

34. cLa lengua chilena es mui fácil, agrega Haverstadt, i aunque de bárbaros, 
no solo no bárbara, sino también mui sui>erior a otras lenguas; pues así como 
los Andes a otros montes sobrepasan, asi, hasta ese punto, ésta a otras lenguas, 
i así el que descuelle en el idioma chileno, como con un espejo, mirará i mui 
debajo de si, cuanto haya de superfino en otras, i cuanta sea su pobreza.» 

35. La notwtüe Aisioire du Péron^ fol. 4 vita. Paris, 1604. 



CAP. VI. — LOS ARAUCANOS 99 

jéneros, ni de números, a la manera de los adjetivos ingleses. De 
esta manera, solo se reconoce un solo j enero, aunque para dis- 
tinguir los sexos, se emplea la voz alca para el masculino, i domo 
para el femenino. 

Todos los verbos araucanos terminan siempre, en la primera 
persona del indicativo en la letra ;/, i tienen voz activa, pasiva e 
impersonal, poseen todos los modos i tiempos de los latinos i 
algunos mas, pero se rijen por una sola conjugación i no adole- 
cen jamás de irregularidad alguna. 

«Las preposiciones, los adverbios, las interjecciones i las con- 
junciones son copiosísimas en el idioma chileno, al contrario de 
lo que se observa en el lenguaje de otras naciones bárbaras, las 
cuales escasean de tales partículas unitivas del discurso... 

«La sintaxis chilena no es mui diversa de la construcción de 
las lenguas de Europa. Las personas que hacen, o las que pa- 
decen se pueden poner adelante o después del verbo... El uso 
de los participios i de los jerundios es frecuentísimo, o por me- 
jor decir, ocurre en casi cada período... 

«El laconismo es el primario carácter de la lengua chilena. De 
aquí deriva la práctica casi constante de conservar el caso pa- 
ciente con su verbo, el cual, así compuesto, se conjuga en todo 
como cuando está por sí solo... Este modo de acomodar los 
pronombres, que se inclina un poco al uso de los hebreos, los 
cuales se sirven como de ligazón, es llamado transición por los 
gramáticos chilenos... Del mismo principio proviene la otra prác- 
tica, de la cual hemos hecho mención otra vez, esto es, de con- 
vertir en verbos todas las partes del discurso, de manera que 
se puede decir que todo el hablar chileno consiste en el manejo 
de los verbos. Los relativos, los pronombres, las preposiciones, 
los adverbios, los números, i en suma, todas las demás partí- 
culas, no menos que los nombres, están sujetos a esta metamor- 
fosis. 

«Es también una propiedad notable de la lengua chilena usar 
a menudo de las palabras abstractas en una manera mui particu- 



lOO LOS ABORÍJENES DE CHILE 

lar: en vez de decir /// huinca^ los españoles, se dice 'comun- 
mente huincagiien^ la españolidad, etc.^D 

Para terminar lo referente a la lengua araucana, concluiremos 
con Olivares, que «es cortada al talle de su jénio arrogante; es 
de mas armonía que copia, porque cada cosa tiene regularmente 
un solo nombre, i cada acción un solo verbo con que significar- 
se: con todo eso, por usar de voces de muchas sílabas, sale el 
lenguaje sonoro i armonioso.^!) 

Otro elemento que podemos consultar en lo tocante al tema 
que discutimos, son las cualidades físicas de los indios que po- 
blaban el país. 

El famoso poeta i guerrero don Alonso de Ercilla dedica a la 
descripción de los indios de Chile en su Araucana^ una estrofa 
admirable por su verdad i concisión, que dice así: 

Son de jestos robustos, desbarbados, 
Bien formados los cuerpos i crecidos, 
Espaldas grandes, pechos levantados, 
Recios miembros, de nervios bien fornidos, 
Ajiles, desenvueltos, alentados. 
Animosos, valientes, atrevidos, 
Duros en el trabajo i sufridores 
De fríos mortales, hambres i calores * 

Pedro de Valdivia apenas toca de paso este punto, limitándose 
a espresar, en sus cartas al rei, que la jente de Chile era acrecida, 
doméstica i amigable i blanca i de lucidos rostros, así hombres 
como mujeres.*^» Herrera, por el contrario, aseguraba que los 
indios chilenos tenian las frentes vellosas/® 
, El padre Olivares, que escribia ya a mediados del siglo XVIII, 
trae en su Historia jenerai^ una descripción mucho mas com* 



36 Molina, Compendio de la historuM cñ*i¡^ pájs, 322 i siguientes. Historia de 
¡a literatura coloniai de Ckiie^ t. II, pájs, 371 i siguientes. 

37. Historia crt'il^ páj. 46. 

38, Z^ Araucana, canto I. 

39. C'j/eccion de Historiadores^ 1. 1, páj. 55. 

40, Decada VII, páj. n . 



CAP, VI. — LOS ARAUCANOS 1 01 

pleta, pues declara que «son los indios de Chile de estatura algo 
menor que el común de los españoles; pero mui robustos de pe- 
chos, niui trabajados i fuertes de brazos i piernas, los cabellos 
siempre lisos i largos, en especial las mujeres tienen por singular 
adorno la natural cabellera i la cultivan esmeradamente para que 
llegue al crecimiento de que es capaz; i así a algunas le crece has- 
ta mui abajo de la cintura; el del rostro i cuerpo es moreno; 
pero algo diferente del de los mulatos i otros indios de la Amé- 
rica; porque, no obstante la oscuridad, se inclina a rojo, como 
mostrando abundancia de sangre: la cabeza i cara tienen redon- 
da, la frente cerrada, las narices romas, pero no tanto como los 
etiopes; las barbas cortas i raras, a que ayuda que cuando están 
ociosos acostumbran arrancárselas... La palma de la mano i los 
dedos de ella tienen cortos i recios; el pié pequeño i fornido; en 
fin, toda su constitución del cuerpo i rostro es la mas a propósito 
para indicio de fortaleza i bravura.*^D 

El abate Molina, que escribia poco después que Olivares, i que 
habia tenido ocasión de estudiar el asunto con mas elevado cri- 
terio, espresa que «los que habitan en las llanuras son de buena 
estatura, pero los que se crian en los valles de la cordillera so- 
brepasan en la mayor parte la estatura común... Los aspectos de 
los unos i los otros son regulares, i nunca han tenido la fantasía, 
seguida de otros salvajes, así del nuevo como del viejo conti- 
nente, de querer correjir la naturaleza poniéndose disformes los 
semblantes para hacerse mas bellos o formidables.!) 

De estas pequeñas diferencias que se notan entre los indios 
propiamente araucanos testifican la jeneralidad de los autores, 
pero ellas deben referirse, mas que a una diversidad cualquiera 
de raza, a los lugares que habitan, a sus costumbres i al j enero 
de alimentación que usaban. Merece notarse, sin embargo, entre 
ellas la de haberse encontrado en el país indios blancos, según 
lo aseguraba ya Valdivia al rei en los comienzos de la conquista 
española. 

41. Páj. 39. 



I02 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

El historiador Góngora Marmolejo, que fué también de los 
primeros que vino a Chile i cuyas informaciones son de ordi- 
nario en un todo dignas de crédito, es terminante cuando dice 
que la chilena des jente bien ajustada, por la mayor parte blan- 
ca/*j& exactamente lo mismo que repetia después el cronista de 
la Orden franciscana en América. En Gay se lee, asimismo, según 
la aseveración de cierto autor, que «los indios de Valdivia eran 
blancos todos, i las mujeres hermosas/^j) Molina hacia igual- 
mente notar el hecho, radicando los indios blancos en una tribu 
establecida en la provincia de Boroa, «cuyos individuos, espresa- 
ba, son blancos i rubios, sin ser mistos.» Esta variedad suele atri- 
buirse por los escritores españoles a los descendientes de los 
primeros europeos llevados a aquellos lugares después de la 
terrible sublevación de los comienzos del siglo XVI; pero contra 
esta teoría, el mismo Molina observa con mucha razón que «así 
como los primeros españoles fueron igualmente dispersos entre 
todas las demás provincias de los araucanos vencedores, donde 
no se ven blancos, así parece que esta opinión es poco fundada;*^» 
a lo que podria añadirse que los indios blancos existían ya desde 
la primera entrada de los españoles i cuando los autores que 
afirmaron el hecho en sus escritos hacia largo tiempo que habían 
dejado de existir. 

Los antiguos etnólogos tomaban pié precisamente de la parti- 
cularidad indicada para deducir que los chilenos descendían de 
los frisios,^' i acaso con esta suposición demostraban mas criterio, 
reconociendo la coexistencia de dos razas diversas en el país, 
que con los volúmenes de erudición que habían gastado para 
llegar al mismo'resultado, comparando las circunstancias insig- 
nificantes o meramente casuales, de las semejanzas que podían 
notar respecto de los usos i costumbres de los distintos pueblos 
que trataban de relacionar. 



42. Historia de Chile ^ páj. 2. 

43. Documentos^ 1. 1, páj. 222. 

44. Historia crvil^ lug. cit. 

45. Véase Petrus Suffridius, ¡ Hamconü. 



CAP. VI. LOS ARAUCANOS IO3 

Pero este distintivo que descollaba como una escepcion en el 
. centro de la Araucanía, según los que han limitado el aserto de^ 
los primeros cronistas a una sola tribu, aparece, por el contrario, 
como la regla respecto de los habitantes que se estendian al sur 
de Chiloé. Así, Rosales testificaba que «los chonos eran comun- 
mente blancos i rubios,» circunstancia que atribula a la ccfrialdad 
de la tierra i cercanía del polo.^» «Los poyas de mas al sur, ana- 
dia Pietas, se distinguen de los demás en la lengua, fisonomía i 
natural: son ademas, algo pequeños, abultados de cara i tienen 
los ojos mui pequeños.*^» 

Seria inútil pretender encontrar en las antiguas relaciones de 
los viajeros detalles mas minuciosos respecto de los caracteres 
estemos de los habitantes de las islas o de la costa occidental de 
Patagonia; pero no podemos dejar de señalar aquí un dato curioso 
que apunta Rosales i que para su época revela cierto espíritu de 
profunda investigación. La existencia de los jigantes en Chile, 
decia el buen jesuita, se prueba, porque ademas de hallarse en- 
tre los indios algunos «de soberbia grandeza,» en sus sepulturas 
se encuentran cabezas i huesos que exceden a los otros incom- 
parablemente.^!) 

Tales son los datos que, en cuanto toca a nuestro tema, hemos 
podido reunir, sacándolos de los cronistas primitivos, i estos 
datos que aparecen naturalmente deficientes ante las minuciosas 
exijencias de la moderna antropolojía, veremos ahora modo de 
completarlos con los que autores mas modernos apuntan respecto 
de los caracteres físicos de los araucanos i otros indíjenas. 

«En cuanto a las formas del cuerpo, las ramas de los pueblos 
chilenos, dice Poeppig, se parecen en^nuchas circunstancias. Por 
lo que se refiere al esterior, nadie encontraría una diferencia 
entre el moluche i el pehuenche, pues no usan las varias seña- 
les que han conservado las naciones sobre el Marañon, hasta en 
el estado de semi cultura, como habitantes de las misiones, a fin 

46. Conquista espiritual de Chile^ M. S. 

47. Imforme al Rei sobre las diversas razas de indios^ M. S. 

48. Historia de Chile^ t. I, páj. 108. 



I04 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

de indicar su diferencia nacional i separación por medio de pin- 
turas en el cuerpo. La disimilitud de estos pueblos en compara- 
ción con los de los trópicos dé Sud-América ya se da a conocer 
a primera vista. La descripción del esterior, como se observa 
entre los pehuenches, puede demostrar esto. La altura del cuer- 
po excede la de la denominada estatura mediana, es (lecir, por 
término medio deben sentarse cinco pies i nueve a diez pulga- 
das. La estatura es enderezada i robusta, pero los músculos mu- 
cho menos configurados i hermosos que los del hombre de la 
raza blanca. El pecho es mui arqueado, el cuello casi siempre 
corto, las manos i los pies mui pequeños, los brazos casi dema- 
siado cortos i flacos. El cutis es blando, casi aterciopelado, del 
mismo color en ambos sexos, moreno oscuro que raya en cobri- 
zo, mucho mas; claro que el de los indios civilizados del Amazo- 
nas, i casi blanco en comparación con el color de los mundru- 
cos, pueblos del Yapurá i del Ucayali. Por medio del tacto se 
percibe que el cutis ni es tan seco como el de los europeos ni 
tan untuoso como el de los africanos; se pone mucho cuidado 
en él por el uso de baños, que no se abandonan ni en la esta- 
ción fria, i por una gran limpieza. Las facciones son bastante 
despejadas, sin aquella esquivez ni desagradable recelo que se 
dan a conocer en la fisonomía del indio de los tr/)picos; sin em- 
bargo, les caracterizan cierta aspereza i determinación orguUosa 
que podrian amedrentar. El cráneo es comparativamente mas 
pequeño que el de la raza caucásica, pero sus huesos son mas 
gruesos. La frente no es nunca mui alta, pero tampoco tan des- 
figurada por el crecimiento del pelo en ella, como en el indíjena 
peruano, derecha i nunca tan inclinada hacia atrás como en la 
chocante cabeza del cherokee. La cara es ancha, los huesos yu- 
gales i el arco de las cejas son prominentes; los ojos no están 
mas hundidos que los del blanco, pero, sin escepcion, tienen el 
color moreno que raya en negro i muestran un iris color bilioso^ 
La nariz es mucho mas frecuentemente derecha que aguileña, i 
que sin ser grande, está provista de ventanillas dilatadas. La 
barba es ancha i baja; la parte inferior de la cara, en jeneral, 



CAP. VI. — LOS ARAUCACÍOS 105 

algo prominente, pero en la línea de la mandíbula inferior niui 
redondeada. Los dientes son chicos, con el asiento notablemen- 
te chato {trinicati et depresso planty) especialidad singular, que 
no trae su oríjen ni del comer i?íote (maiz tostado, de cuya in- 
fluencia dañina a los dientes se quejaban los conquistadores del 
Perú, i de que hicieron mención, como prueba de sus males, en 
su manifiesto de la guerra, dirijida a Carlos V, cuando a la época 
de la guerra civil tomaron las armas contra la soberanía i contra la 
ingratitud españolas,) como éntrelos indios de la sierra peruana, 
ni debe confundirse con la costumbre de afilar, o bien de romper 
los dientes incisivos para ponerlos puntiagudos, a la cual se con- 
forman, por una insensata vanidad, hasta las mujeres medio blan- 
cas sobre el Amazonas. Con todo, estos dientes que presentan 
encima una cara horizontal, del ancho de una a dos líneas, se 
conservan mui bien, a lo que quizá contribuye mucho el fre- 
cuente frotamiento con ramitas de nathi^ solamum amargo co- 
mo hiél. Las cejas son rectilíneas i aparecen como rayas angos- 
tas i delgadas, sumamente parecidas a las de la raza mongólica. 
Esta circunstancia podria inducir fácilmente a un paralojismo, 
si se ignora que los pehuenches sacan cuidadosamente las cejas; 
considerando por mui indecente presentarse con mas que una ra- 
ya delgada i angosta de ellas. Del mismo modo se quitan la es- 
casa patilla. El cabello es mui negro, tan largo i lacio como el 
de todas las razas americanas, i no encanece sino en la vejez mas 
avanzada.^^» 

Por lo que toca a los indios chonos, poyas i caucahues, las 
noticias que sobre el particular poseemos, son mucho mas esca- 
sas. Fitzroy, que tuvo ocasión de ver i comparar a los indíjenas 
de las costas de Patagonia i Tierra del Fuego, dice lo siguiente, 
hablando de los primeros, a propósito de un encuentro que tuvo 
con algunos de ellos en el golfo de la Trinidad. 

((Eran con mucho superiores a cualquier fueguino de los que 
habíamos visto, siendo de una raza mas alta, mas derecha i me- 



40. Reise in Chile^ Pern^ etc^ t. I, páj. 456. 

^ .15 



I06 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

ior proporcionada; las piernas las tenian mas redondeadas, mas 
musculosas i mas llenas que las de todos los indios que usaban 
canoas en el estrecho de Magallanes o en el canal Bárbara. El 
ancho de la espalda, tan notable en los fueguinos, no era tan 
marcado en este pueblo, ni eran tampoco tan feos como aquellos. 
Todos estuvimos acordes en que pertenecian a una raza mas 
hermosa que la que habiamos visto hasta ahora en el mar,^D 

(cEs indudable, dice el capitán Simpson, de la marina chilena, 
que en otro tiempo estuvo habitado todo el archipiélago de los 
Chonos, pero en el dia la raza indíjena ha desaparecido comple- 
tamente. En algunas partes existen aún sepulturas, de donde se 
han extraido cráneos idénticos a los de la raza poya.^^j)... ccTo- 
dos los restos i vestijios de aquella raza ya casi han desaparecido 
a mano de los brutales hacheros, quienes tienen a mérito des- 
truir a todos los que encuentran de esos, para ellos, abominables 
jentiles. Por otr% lado, las grandes olas de los terremotos, que 
en el último siglo se dejaron sentir en el archipiélago, pasando 
por encima de las playas bajas que frecuentaban los chonos, han 
contribuido mucho a hacer desaparecer sus huellas, i también la 
vejetacion densa ha vuelto a cubrir los sitios limpiados por ellos... 
Sus habitaciones eran cuevas i a veces chozas circulares, cuyas 
estacas he visto. A menudo enterraban los muertos cerca de es- 
tas habitaciones; pero por lo común preferían colocarlos en cue- 
vas, tapándolos con ramas. En varias de éstas, el práctico, en 
tiempos pasados, encontró momias acondicionadas en atahúdes 
de cortezas de ciprés, en forma de huevos; pero todas han sido 
ya removidas o destruidas.^i> 

«Apenas quedan restos de los primeros moradores o natura- 
les de este archipiélago, añade por su parte el cirujano de 1^ 
misma espedicion enviada a aquellos sitios hace diez años; tuve, 
sin embargo, la buena fortuna de encontrar un cráneo en una 



50. Fovajij^e ofthe Adveuture and Beagle^ t. II, páj. 197. 

51. Anuario hidrográfico ^\., I, páj. l8. 

52. ///., iV/., páj. 43. 



CAP. VI. — LOS ARAUCANOS lOJ 

cueva en Puerto Americano.^ Los cortadores de madera, em- 
pleados en el archipiélago, vienen, por lo común, de la parte sur 
de la isla grande de Chiloé. Se les supone, en jeneral, ser des- 
cendientes de los chonos. Físicamente hablando, son de peque- 
ña estatura, no pasando la altura media de un adulto de un me- 
tro treinta i siete centímetros. La fisonomía ni es hermosa, ni 
indica intelijencia; la complexión morena; la cara con escasa 
barba i el pelo tieso i negro. La frente es pequeña i la cara lar- 
ga i angosta, no pasando la distancia entre las dos arcos zigomá- 
ticos (como la encontré en un individuo que se puede tomar por 
un buen espécimen) de ochenta i cinco milímetros. Los ojos son 
oscuros i hundidos, i la nariz pequeña; la boca es grande i dere- 
cha, con los labios delgados; los dientes son jeneralmente pe- 
queños i blancos; el pecho es ancho comparado con la estatura 
del individuo, pero achatado; el antebrazo es notablemente largo; 
el sistema muscular, fuerte i bien desarrolladoj)... 

Con estos antecedentes podemos ocuparnos ya del examen de 
los cráneos de indíjenas chilenos procedentes de distintas loca- 
lidades. El número de ejemplares no pasa de dieziseis, todos 
pertenecientes a la colección del Museo nacional, únicos también 
que hemos podido tener a la vista i que reproducimos en nuestras 
láminas 215-230. 

Las medidas, que hemos tomado en milímetros, aparecen indi- 
cadas en el encabezamiento del siguiente cuadro: 

53. Véase su descripción mas adelante. 



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CAP, VI. — LOS ARAUCANOS IO9 

Las medidas indicadas en el cuadro anterior deben conside- 
rarse simplemente como un bosquejo, hallándose, por cierto, 
como lo reconocemos, mui distantes de aproximarse a los méto- 
dos modernos de los especialistas en craneolojía; pero puede 
suplir por ellos el examen de los dibujos qive se ha procurado 
hacer tan exactos como se ha podido. Escluyendo el cráneo pro- 
cedente de Rapel, que revela un oríjen poco auténtico, puede 
estimarse que, a pesar de las variedades que se notan en los que 
damos como de araucanos relativamente modernos, conservan 
siempre un tipo análogo, con escepcion quizás del número 216 
que manifiesta un frontal tan estrecho que lo acerca a los que 
proceden de mucho mas al sur. 

El tipo braquicéfalo encuentra su representante mas puro en 
el número 226, estraido de una sepultura antigua de Punta de 
Teatinos, cerca de Coquimbo i que yacia con algunos objetos cu- 
ya descripción se verá mas adelante. Del estudio de estos obje- 
tos aparece a todas luces, (i ya el lugar en que fué hallado así lo 
indica,) que este cráneo ha debido ser de algún indio pescador, 
probablemente de la raza de los changos. Un examen somero 
manifiesta, como una de las particularidades de este curioso 
ejemplar, una depresión considerable, que en su parte mas pro- 
nunciada alcanza a un ancho de cuatro i medio centímetros, en 
la sutura sagital. Paralela a la primera sutura trasversal corre 
igualmente otra depresión que divide la cabeza en dos hemisfe- 
rios perfectamente marcados. 

Es tan característico este cráneo que, a nuestro modo de ver, 
es representante de una raza distinta de la araucana, así como 
lo son también los dos que han sido de indios chonos, i mas es- 
pecialmente el traido de Puerto Americano por el doctor Pen- 

davis. 
En estos aparecen marcados de una manera notabilísima los 

arcos orbitarios; el frontal es muchísimo mas estrecho i la cabeza 
en jeneral mas alargada. 

De entre los que damos como araucanos ,hai uno en que el 
frontal, al nivel de la órbita, aparece también bastante estrecho. 



I I o LOS ABORÍJENES DE CHILE 

pero ningunos que se hagan notar mas como distintos del tipo de 
aquellos que los que representan los números 221 i 222. 

Somos legos en esta materia, lo repetimos, i por eso nos con- 
tentamos con señalar aquí a la investigación de los especialistas 
las diferencias marcadísimas que se observan en los ejemplares 
que hasta ahora conocemos de nuestros aboríjenes. Pero, aún 
suponiendo que la diferencia de caracteres físicos que se han co- 
leccionado, i de los hábitos i costumbres de que mas adelante tra- 
taremos, entre los araucanos i los chonos, para nada deban con- 
siderarse; aunque supongamos que la diversidad de lenguaje entre 
unos i otros sea mas nominal que efectiva, de lo que hasta ahora 
puede dudarse; todo lo anterior aparecerá desvanecido *ante el 
solo examen de los cráneos de uno i otro pueblo. 

Ya antes hemos indicado que todo concurre a creer que en la 
noche de los siglos moró en Chile una raza de hombres que dejó 
las huellas de su paso escritas en el granito de los Andes, i que 
se supone desaparecida a consecuencia de los grandes cataclis- 
mos que en una época jeolójica reciente ha debido esperimentar 
este continente; ya sabemos también que en los tiempos históri- 
cos, la raza quichua invadió el norte del país e introdujo en él, 
ademas de sus leyes i civilización, un elemento que ha modifica- 
co el tipo de nuestros aboríjenes; i la craneolojía, demuestra 
ahora que los araucanos, para establecerse en los sitios en que 
fueron hallados por los españoles, han debido empujar hacia el 
sur una raza mas débil, menos numerosa i sin duda mucho peor 
dotada, que vino a encontrar refujio i residencia en las costas 
inhospitalarias de la Patagonia occidental i en las islas de esa 
rejion bañadas siempre por las lluvias i azotadas por los venda- 
vales. 

Pero, de la semejanza manifiesta que se nota en los cráneos 
del indio chono, payo i caucahue con el de los fueguinos, deri- 
vada especialmente de la prominencia de los arcos orbitarios, de 
la estrechez del frontal a ese nivel, i de la forma posterior de la 
cabeza, ¿no podria también lejítimamente inferirse que todos los 
pueblos que habitan esas playas son miembros diseminados de 



CAP. VI. — LOS ARAUCANOS III 

una gran familia antigua,^ i que, por consiguiente, el territorio 
actualmente chileno ha sido poblado por emigraciones veni- 
das a la vez del norte i del sur i cuya línea de demarcación se 
encontraba en los límites australes de la isla grande de Chiloé? 
Si como piensan algunos, los habitantes de la Tierra del Fuego 
son autóctonos del lugar^ i han debido tener relaciones antropo- 
lójicas con los pueblos que dejaron sus huesos en los paraderos 
prehistóricos del Plata, esa raza primitiva, dando vuelta al con- 
tinente sud-americano, se habria estendido a uno i otro lado de 
la Patagonia. El estado de nuestros adelantos científicos no per- 
mite por el momento establecer una conclusión definitiva sobre 
el particular, pero se vislumbra ya que no está lejos el dia en 
que tan trascendentales problemas encuentren satisfactoria so- 
lución. 



54. Concuerda con nuestra opinión, la emitida en la páj. 44 del Rejistro de 
la Marina de la República de Chile, 1848, donde se dice que «la variedad de 
las tribus de los fueguinos parece estenderse desde la parte nordeste de la Tie- 
rra del Fuego, hasta el archipiélago de los Chonos.» 

55. Jouan, Les lies du Pacifique^ páj. 135. 



CAPITULO VIL 



LOS ARAUCANOS. 



II. 



Divisiones jeográficas. — Behetrías. — Existencia de un gran reino en el sur de Chi- 
le. — Las Amazonas. — Isla de Lucengo. — Disensiones entre las diversas tribus. 
— Sujeción a los caciques. — Convocatoria para la guerra. — Juntas de guerra. 
— Preparativos para la campaña. — Declaración de la guerra. — Orden de com- 
bate. — Armas. — Picas. — Macanas — Flechas. — Otras armas. — Piedras hora- 
dadas. — Canto de la victoria. — Distribución del botin. — Muerte del prisio- 
nero. — Celebración de la paz.— Regreso al hogar. 

Si, como queda dicho, no faltan fundamentos para pensar que 
todos los habitantes de Chile no reconocían su oríjen en una 
misma raza, en cambio, puede asegurarse, que las diversas tribus 
en que se ha dividido a los araucanos, constituían en el fondo un 
solo i mismo pueblo. Las distintas designaciones con que a veces 
se les nombra, de ordinario tomadas del propio vocabulario in- 
díjena, no implican sino simples designaciones jeográficas. «A los 
que residen en la faja de tierra que es propiamente Chile, di- 
viden en dos parcialidades: /za/wc//^, o jente del norte, llaman a 
unos, i hiiilliche o jente del sur, a la otra. La primera se com- 
prende desde Copiapó hasta Biobio, i la segunda entre este rio i 
la altura de cincuenta i dos grados.D 

16 



114 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

«Pero la célebre denominación, añade el autor que citamos, es 
la que han hecho en butal-mapus (C7/í///tíj;/;//¿z/w,^ grande territo- 
rio, como si dijéramos cantón) los que actualmente ocupan el 
distrito que describimos. De norte a sur lo han dividido en tres 
butalmapus, desde el Biobio hasta el Tolten, quedando de un 
rio a otro tres líneas paralelas imajinarias: a la que corre para- 
lela con la costa, llaman labquai'mapii^ país marítimo; a la que 
lo está con los Andes, inapire-mapu^ país subandino; i al que 
tiene su dirección entre las dos, lelviin-mapu^ país llano. Toda- 
vía instituyeron otro butalmapu en el territorio comprendido en- 
tre el Tolten i los 42 grados de latitud. 

(íOtros escritores quieren que los tres primeros butalmapus 
estiendan sus líneas hasta la espresada altura, i elevan a la parcia- 
lidad pehuenche a componer el cuarto. Yo viajé en muchas oca- 
siones por las cuatro butan'^alpus, he tratado mucho con aquellos 
indios en el gobierno que he tenido de casi todas las poblaciones 
de aquellas fronteras i últimamente el del estado de Arauco, cuyos 
nacionales son ios mas fieles conservadores de sus tradiciones. 
Con estas proporciones hice amistad con algunos indios princi- 
pales, i de ellos i de españoles chilenos, intelijentes en su idioma 
i en sus costumbres, a quienes examiné prolijamente en su dé- 
bil política, adquirí que la verdadera división es la que hemos 
dado^D... 

Según el padre Ramírez, el primer butalmapu se componía de 
ocho aillaragues^ Arauco, Tucapel, Ranquilhue, Tirúa, Canten, 
Collico, Boroa i Tolten, i abrazaba mas de cíen reducciones. 
El segundo constaba de los de Colhue, Chacaico, Quechuregue, 
Guanehue i otros, con cincuenta i tres reducciones. En el lel^ 
vunmapn tenia también cinco aillaragues, Encol, Puren, Repo- 
cura, Maquehue i la Imperial alta, con cincuenta reducciones. En 
el butalmapu huilliche hai los de Queuli, Mariquina, Gañihue, 
Quinchilca, Cudico, DagllipuUi, etc. Finalmente, el pretendido 



I. Según el padre Pebres, Arte de la lengua general^ etc. 

2 Carvallo i Goyeneche, Historia del reino de Chiles segunda parte, páj. 134. 



CAP. Vil. — LOS ARAUCANOS II5 

butalmapu de lospehuenches ^o pire-maptiy mucho menos conoci- 
do que los otros, constaba de los aillaragues de Quilolco, Ru- 
calhue, Callaquí, Lolco, i en él vivían antiguamente los chiqui- 
llanes.' 

Estas clasificaciones, a las cuales se presta admirablemente el 
idioma araucano, según dice Fitzroy, tienen pues, su importancia 
i encuentra su lugar adecuado en su tratado jeográfico; pero bás- 
tenos por ahora la advertencia que dejamos indicada, sin que 
por eso dejemos de notar en cada caso las costumbres especiales 
atribuidas a cada una de esas diversas tribus i que, de ordinario 
solo derivan de la posición que ocupaban en el país. 

«Los indios de Chile, dice Olaverría, en ningún tiempo se sabe 
que hayan tenido señor ni rei universal ni particular que sobre 
ellos tuviese poder i dominio, ni mas de sus caciques en cada 
parcialidad/;) 

«No tenian leyes para políticamente gobernarse, añade Cór- 
doba i Figueroa» ni gobierno democrático, aristocrático, ni mo- 
nárquico; aunque los que eran de alguna familia o parcialidad, 
miraban con algún jénero de atención, no subordinación, al mas 
anciano i de mas racionalidad, que con el trascurso quedaron de 
caciques sus descendientes; i los mas eran despreciados i en sus 
continuas embriagueses los ultrajaban. d 

Pedro de Valdivia, en sus cartas al rei, sienta el mismo hecho, 
diciendo que «con behetrías eran nombrados todos los principa- 
lejos, i cada uno de éstos los indios que tiene son a veinte i trein- 
ta.S En un mandamiento acerca de los pleitos de indios, del 
mismo Valdivia, que se rejistra en las Acias del Cabildo de San- 
tiago, se hace notar que a causa de ser Chile «tierra de behetrías, 
i los indios reconocer poca sujeción a los caciques, i ser por sí 
muchos principales por sus indios, que acaso se nombran sujetos 
de otros caciques al principio, i se hallan, andando el tiempo, no 



/ 



3. Ramirez, Cronicón sacro-imperial de Chile. 

4. Gay, Documentos^ I, 22. 

5. Historiadores de Chile y t. I, páj. 13. 



Il6 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

serlo, cuando se tiene mas lumbre i se alcanza a saber mas parte 
de sus costumbres i manera de vivir i sujeción.*)) 

El padre franciscano frai Francisco Javier Ramirez, estudiando 
este mismo punto, llega a la conclusión de que en Arauco habia 
por lo menos treinta régulos cuando vinieron a Arauco los espa- 
ñoles,^ los mismos^ que Ercilla, sin duda, con mas fundamento, 
reduce solo a dieziseis.® Estos jefes eran conocidos con el nom- 
bre de toques, tenian mando superior a los de los caciques, dis- 
tinguiéndose por la insignia de donde derivaban su nombre, o sea 
una hacha de piedra,^ pues «así como los romanos, usaban llevar 
por delante unas hachas i unas varas, así estos tienen por insig- 
nia unas hachas, no de hueso, sino de pedernal ensartadas en un 
palo/S Mas, a pesar de todo, principalmente en los primeros 
tiempos de la conquista española, no han faltado quienes hayan 
asentido a la creencia de que entre los antiguos chilenos hubo 
cierto jefe que se hacia aparecer como un verdadero rei. López 
de Gomara, por ejemplo, cuenta que los compañeros de Valdi- 
via (toyeron decir que habia un señor dicho Leuchengolma, el 
cual juntaba doscientos mil combatientes para contra otro rei, 
vecino suyo i enemigo, que tenia otros tantos; i que Leuchengol- 
ma poseía una isla, no lejos de su tierra, en que habia un gran- 
dísimo templo con dos mil sacerdotes, i que mas adelante habia 
amazonas, la reina de las cuales se llamaba Guanomilla, que 
suena «cielo de oro;D de donde arguyen muchos, concluye nues- 
tro autor, ser aquella tierra mui rica; mas, pues ella está, como 
dicen, en cuarenta grados de altura, no tenia mucho oro. Empe- 
ro, qué digo yo, pues no han visto las Amazonas, ni el oro, ni a 
Leuchengolma, ni la isla de Salomón que llaman por su rique- 
zal^^D 



6. Acias del Cabildo^ páj. 350. 

7. Cronicón sacro-imperial de Chile ^ lib. I, cap. III. M. S. 

8. Araucana^ Canto I. 

9. Bascuñan, Cautiverio feliz ^ páj. 67. 

10. Rosales, Historia, t. I, páj. 178. 

11. Historiadores de Indias^ t. 2.^, páj. 128. 



CAP. VII. — LOS ARAUCANOS II7 

La creencia en la existencia de uno o mas imperios en el sur 
de Chile, así como en las amazonas, i como sucedió posterior- 
mente con los Césares, cuando aún permanecia casi inesplorada 
esa rejion del país, fué mui jeneral en los primeros tiempos de 
la conquista. Así, Zarate refiere que habia «dos grandes señores 
que se hacen mutuamente la guerra, que pueden poner en cam- 
paña cada uno hasta doscientos mil combatientes. Uno de ellos 
se llama Leuchengolma, quien posee una isla situada a dos leguas 
del continente, que está consagrada a sus ídolos, i en la cual hai 
un templo servido por dos mil sacerdotes. Los indios vasallos de 
este Leuchengolma, dijeron a los españoles que cincuenta leguas 
mas allá habia, entre dos rios, una gran provincia que solo esta- 
ba habitada por mujeres, las cuales no permitian hombres entre 
ellas, sino en cierto tiempo para los fines de la procreación. 
Añaden que estas mujeres eran vasallos de Leuchengolma i que 
su reina se llama Guanoymiya, lo que en su lengua quiere decir 
«cielo de oro,D porque en su país se encuentra una gran cantidad 
de oro; que fabrican mui ricas telas, i que de la totalidad pagan 
tributo a Leuchengolma.^'D 

Pedro Cieza de León, aseveró el primero, que en el lenguaje 
indfjena, la isla de Santa María, se llamaba de Lucengo,^^ opi- 
nión que repitieron Juan Laet i Juan Botero, italiano, en cuya 
traducción castellana del licenciado Diego de Aguirre se lee que 
dicha isla era habitada por jente que sabe i gusta de policía i re- 
lijion. 

Mas, a pesar de los autores que hemos citado, que escribieron de 
oídas, lejos del teatro de los sucesos i en tiempo en que se admi- 
tían con estraordinaria facilidad las patrañas mas inverosímiles, 
la verdad de todo esto era mui distinta, como se supondrá fácil- 
mente. 

Desde luego i ajuicio de un hombre conocedor de aquel pa- 
raje, el jesuita Diego de Rosales, la isla de que se trata jamas 

12. Histoire de la conque te du PéroUj t. I, páj. 132. 

13. Crónica del Perú, páj. 360. Historiadores primitivos de las Indias, colee. 
Rivadeneyra, t. 26. 



I 1 8 LOS ABORÍ JENES DE CHILE 

se llamó de Lucengo sino de Punequen, estando poblada aen 
los tiempos pasados de numerosos indios bárbaros, ajenos de to- 
da relijion i policía i dados a supersticiones, maleficios i hechice- 
rías, en que se aventajaban a los de las provincias de sus confi- 
nes/S> I en efecto, parece que hubo en Biobio cierto cacique 
llamado Leochengo;^"* pero, según otros, es mas probable que 
mandase en la isla de Mancera, como lo asevera Pastene en la 
relación del viaje que emprendió al sur de Chile en 1544.^® Pe- 
dro de Valdivia en las instrucciones que para este viaje dio a 
Pastene, tocante a Leochengo, le advierte que era el señor de 
la isla de la Quiriquina.^*^ 

Igualmente, la suposición de las rivalidades i guerras entre los 
dos señores mas poderosos de Chile, tenia su razón de ser; pues, 
como se verá por la relación que sigue, tomada del cronista Gón- 
gora Marmolejo, el primer español que llegó a Chile, llamado 
Pedro Calvo, encontró en el valle de Aconcagua a dos caciques 
enemistados, cci como topó con el uno dellos, que fué al que los 
indios que le llevaban, le guiaron, haciéndole su amigo, maravi- 
llado en gran manera de que un tal hombre viniese a su tierra 
honróle mucho, a su usanza. Pedro Calvo, paresciéndole que 
sus hados le habian traido a parte donde fuese honrado i te- 
nido en mucho, entendiendo que en algún principio bueno con- 
sistia su felicidad i que era camino aquél para servir a Dios, 
persuadió 51I cacique que diese fin a sus enojos con guerra, i que 
él le ayudaria, porque los españoles, de donde él venia eran in- 
vencibles i que ningunas naciones podian sustentarse contra ellos, 
dándole a entender que en el nombre de Jesucristo le daría la 
victoria en las manos i venganza de sus enemigos. Atraido a lo 
que el español le dijo, luego le encomendó todas sus cosas i 
mandó a sus subditos le obedeciesen. Puesto en nombre de ca- 
pitán i tan servido, procuró de hacer guerra, tomando la causa 



14. Historia, t. I, páj. 286. 

15. Anuario Hidrográfico^ 1879, páj. 479. 

16. Id., páj. 478. 

17. Historiadores de Chile^ tomo II, páj. 217. 



CAP. VII. — LOS ARAUCANOS II9 

por suya. Luego corrió la tierra al contrario provocándole salie- 
se a la defensa, i tales ardides tuvo i tan buena orden de espa- 
ñol, que en un dia desbarató a su enemigo en batalla que con él 
hubo i fué luego su reputación tanta que en mucha parte del rei- 
no se extendió la fama. Su contrario buscó favores porque quedó 
mui derribado i falto de jente, i habiéndolos hallado, volvió con 
toda la fuerza que pudo juntar a hacer guerra al español, el cual 
tuvo tales mañas en ella, que después de haberle debelado en 
muchas escaramuzas, un dia le dio batalla i lo desbarató, matán- 
dole mucha jente, de lo cual quedó casi con nombre de señor, i 
ansí como a tal le obedecían los señores i principales.^^» 

Tales son, a nuestro juicio, entre otros de menos importancia, 
los antecedentes que han servido de base a las invenciones de 
las fábulas que han acojido en sus obras algunos autores. Ellos, 
pues, lejos de justificar la existencia de grandes señores o de un 
imperio cualquiera en Chile, no demuestran sino que hasta la 
época de la conquista española solo hubo en el territorio uno 
que otro cacique sin mas preeminencia i poderío que el tener 
bajo su inmediata dependencia unos cuantos mocetones. ((Es 
verdad, espresa Olivares, que tienen señalados en tiempo de paz 
sus toquis, mas entonces son oficio de puro nombre sin poder 
mandar ni enseñar cosa que toque a la guerra.^'*^» Carvallo asien- 
ta a este respecto que antes de la llegada de los españoles a Chile 
era desconocido entre los indios el título de cacique. (tCada fa- 
milia reconocía en uno u otro individuo de ella que sobresalía a 
los demás, una especie de superioridad, análoga a la que recono- 
ce nuestra plebe en los nobles i hombres ricos, a quienes estos 
nacionales llaman ulmenes. Esto lo conservan hasta hoi heredi- 
tario, i procuran que en los que la tienen recaigan los títulos de 
cacique i cacique-gobernador, introducidos por los conquistado- 
res, siguiendo la costumbre del Perú.., Aquella superioridad es 
tan débil i tan lánguida que carece de toda autoridad, i venimos 



18. Historia de Chilc^ páj. 3. 

19. Historia^ páj. 57. 



130 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

pellejo, como ser adargas, petos i morriones, i les defienden co- 
mo si fueran armas de acero, i algunas hai tan fuertes que son 
a prueba de bala de arcabuz/^i) «También tienen los indios, es- 
presa por su parte Marino de Lovera, algunas armas defensivas 
de mui recios cueros de animales, que es el uso mas común en- 
tre ellos.'*^!) Al peto designaban con el nombre de ihuculihucuj"^ i 
a la adarga, con el de thanana.^ 

Mas, «de armas defensivas no usan todos los infantes, declara 
González de Nájera, así como de las ofensivas, porque cuando 
mucho las traerán la quinta parte de los que se congregan en una 
junta. Las que traen son coseletes, capacetes i adargas, todo de 
cuero duro i crudío. Algunos de los coseletes son cortos como 
cueras, i otros mas largos i cumplidos. Por maravilla trae todas 
estas armas un soldado solo, porque unos traen mas i otros me- 
nos de sus diferencias; pero de las que mas usan son las adar- 
gas... Aún se ven algunos armados, aunque raros, de coseletes 
de barba de ballena, que resisten las flechas, formados de tabla 
de anchura de una mano, cosidas unas con otras, de manera que 
vienen a ceñir el cuerpo i hacer forma de coraza, aunque no mui 
apretada.^» 

Por lo que precede se verá, pues, que don Alonso de Ercilla 
no hablaba con las ficciones de la poesía cuando espresaba que 
los indios: 

Tienen fuertes i dobles coseletes. 
Arma común a todos los soldadi/S, 
I otros a la manera de sayetes 
Que son, aunque modernos, mas usados; 
Grevas, brazales, golas, capacetes 
De diversas hechuras encajados, 
Hechos de piel curtida i duro cuero 
Que no basta ofenderle fino acero.'^ 

46. A/., páj. 1:9. 

47. Historia de Chile, páj. 41. 

4H. Pérez García, Historia de Chile^ 

49. Pebres, Arte de la leni^ua general, etc, 

50. Desengaño y reparo de la guerra del Reyno de Chile^ pájs. 72 i 179. 

51. La Araucana^ canto I. 



CAP. VII. — LOS ARAUCANOS 121 

ron, en efecto, este suelo los ejércitos del Inca, i esa falta de co- 
hesion i dependencia que los hacia naturalmente débiles, desa- 
parece como por encanto, para dar lugar al agrupamiento de 
todos los individuos capaces de cargar armas i presentar batalla 
al enemigo. Llegan, asimismo, los españoles, i en vez de tener 
que batirse con un puñado de individuos, se ven en el caso de 
resistir el empuje de millares de soldados. 

¿Cómo se verificaba este fenómeno? Óigase lo que a este res- 
pecto dice Ercilla: 

De consejo i acuerdo una manera 
Tienen de tiempo antiguo acostumbrada 
Que es hacer un conyite i borrachera, 
Cuando sucede cosa señalada: 
I así cualquier señor que la primera 
Nueva del tal suceso le es llegada 
Despacha con presteza embajadores 
A todos los caciques i señores 

Haciéndoles saber como se ofrece 
Necesidad i tiempo de juntarse, 
Pues a todos Jes toca i pertenece 
Que es bien en brevedad comunicarse.23 

«Pero, aunque cada uno gobierna su jurisdicción sin ninguna de- 
pendencia ni subordinación a otro, espresa a este respecto Rosales, 
con todo, cuando se ofrece tratar materias de guerra,... el toqui 
jeneral los convoca, sacando su hacha de pedernal negro, ensan- 
grentado, como el estandarte de guerra, i envia a los demás 
Caciques una flecha ensangrentada i unos ñudos en un cordón de 
lana colorados... I estos mensajes los envia, con gran secreto, 
Con su Leb-toqui, que es su ayudante... El cacique que los re- 
cibe convoca a su jente i delante de todos, da el mensajero el 
x-ecado, i conferida la materia de guerra, envia este cacique su 
ayudante a otro cacique con la misma flecha, toqui (hacha) i 
fludos; i de esta suerte van pasando por todos, hasta que vuel- 

23. La Araucana, canto I. 

' 17 



132 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

las semillas de los árboles, con las uñas, con los puños, i mas tar- 
de con palos.» Plinio cuenta, asimismo, que los ejipcios solo ha- 
bían tenido el palo en un principio para defenderse de los afri- 
canos. 

La macana, de que venimos tratando, era, con todo, un arma 
mui poco superior a la que se acaba de describir. Pietas apunta 
que tenia (ídiez palmos de largo, en el hasta del grosor de la mu* 
ñeca de la mano; en la manga, es un palmo de largo, i en la pun- 
ta hai diferencia, porque unas son llanas, otras acanaladas, otras 
sembradas de puntas del grosor de un dedo.D Pedro de Oña, en 
las aclaraciones a su poema, le da de alto dos brazas i media; 
«remata hacia arriba haciendo un codillo mas ancho que lo de- 
mas del hasta, en forma de cayado: juéganla a dos manos.» «La 
macana, añade Rosales, es un palo largo, retorcido a la punta, el 
cual juegan a dos manos, i en dando a uno un golpe, como son 
tan forzudos los indios, si dan en la cabeza le aturden, i con el 
garabato le derriban. I en cualquiera parte que den, hacen gran 
de impresión, i con la retorcida de la macana derriban al heri- 
do. ^j> El minucioso jesuita nos refiere también, que la otra es- 
pecie de macana, sembrada de puntas, era una arma temible, 
porque hacia muchas heridas a la vez. Los indíjenas la llamaban 
lonco- quilquil, ^ 

Apesar de esto, sin embargo, el capitán González de Nájera, 
que describe mejor que ninguno esa arma, asegura que eran ra- 
ros los indios que la cargaban, i dice que «era un hasta de ma- 
dera densa i pesada, de largueza de quince palmos, poco mas o 
menos, i tan gruesa como la muñeca, con una vuelta al cabo, de 
hasta palmo i medio, que va ensanchando hasta el remate cuanto 
un palmo, i gruesa como dos dedos, modo de tabla, en cuya vuel- 
ta forma un codillo, que es la parte con que de canto hace el 
golpe i hiere, i así se valen de ella los indios en las trabadas pe- 
leas, i particularmente donde se defiende mucho algún enemigo^ 



56. Historia^ t. I, páj. 119. 

57. Pérez García, Historia de Chile. 



CAP, VII. — LOS ARAUCANOS 12 2 

del razonamiento de cada uno, es cosa miii de oir i notar el ru- 
mor i estruendo que toda aquella turba junta hace, puesto que 
sin pronunciar palabra, hace cada uno con la boca un rumor se- 
mejante al susurro que hacen las abejas, aunque mas levantado; i 
en el mismo tiempo, en tan confuso ruido, asido cada uno de la 
pica a dos manos, teniéndola arbolada i cargando el cuerpo sobre 
ella, hieren todos juntos con los talones el suelo, de suerte que 
parece que tiembla la tierra...**^» 

Estas reuniones no se verificaban sino desde la primavera en 
adelante, pues tan pronto como comenzaban a descolgarse las 
aguas, 

A tal sazón los bárbaros sosiegan 
En su galpón de paja o rudo rancho 
Do arriman la macana i el rodancho, 
I al elemento cálido se allegan: 
Los vibradores arcos de que juegan 
Ahorcan de la estaca o medio gancho 
Hasta que viene el tiempo del estío 
Con que entran en calor, esfuerzo i brío.^ 

En estas juntas que, como cuenta el poeta, eran borracheras, 
se trataban los asuntos de mas importancia, no siendo raro que 
se prolongasen tres i mas dias, entre algazaras, comilonas i pen- 
dencias. Sobre el asunto que motivaba la convocatoria se tenian 
largos discursos, proponiendo cada uno sus planes, hasta arribar 
a una resolución definitiva. Algunas de las mas hermosas pajinas 
de la Araucancí, contienen, como se recordará, las arengas de 
los caudillos indíjenas, incitando a sus compatriotas al combate 
o proponiendo a la consideración de la muchedumbre la elección 
del toqui que habia de mandarlos. I de esta manera acontecia 
<iue de ordinario un solo caudillo venia a encontrarse de jefe 
supremo de la nación en lo tocante a la dirección de la guerra. 
Pero, como declara Ercilla: 

26. /</, páj. 184. 

27. Pedro de Ofia, Arnaco domado^ Canto 1 v . 



i 



124 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

Los cargos de la guerra i preeminencia 
No son por flacos medios proveídos, 
Ni van por calidad ni por presencia, 
Ni por hacienda i ser mejor nacidos; 
Mas, la virtud del brazo i la excelencia 
Esta hace a los hombres preferidos, 
Esta ilustra, habilita, perficiona 
I quilata el valor de la persona.2^ 

A diferencia de la jeneralidad de los salvajes, los araucanos, 
como apunta un valiente capitán de la conquista, «tienen por 
orden, cuando quieren pelear i saben que estraños entran en sus 
tierras, ponelles en el camino ramas de un árbol que los españo- 
les llaman canelo, i en ellas, atravesadas, flechas untadas con 
sangre... ^^> I lo mismo que la historia antigua refiere de los he- 
raldos romanos que a nombre del gran pueblo iban a proponer 
la paz antes de declarar la guerra, así, asevera el mismo autor, 
nunca jamas pelearon con españoles, que han sido infinitas veces, 
que primero no Jo hagan saber i envien a decir. Una rama 
de canelo servia también de salvo conducto para pasar en tiem- 
pos de guerra de unas provincias a otras.*^ 

Una vez resuelta la espedicion, cuyo secreto se guardaba re- 
lijiosamente, comenzaban los preparativos para salir a campaña. 
((Para disponerse mejor, pasan ocho dias ejercitando las fuerzas 
con varias pruebas, haciéndose al hambre i a comer poco para 
el viaje. I a este ejercicio tienen puesto un nombre mui a pro- 
pósito, que es, collii llajilltn^ que en su lengua i en su sentir 
quiere decir que se están adelgazando de cintura i haciendo hor- 
migas; así ellos se están adelgazando de talle i ensangostándose 
de cintura, haciéndose a pasar muchos dias con comer poco para 
estar ajiles i lijeros para pelear, moderándose tanto en el comer, 
que no llevan mas bagaje que una talega de harina cada uno, i 
esa les dura toda la jornada, i a cada comida come solo un pufia- 



28. La Araucana, canto I. 

29. Góngora Marmolejo, páj. 2. 

30. Rosales, Historia ^ I, páj. 224. 



CAP. VII. — LOS ARAUCANOS 1 25 

do, midiendo con los días que ha de durar los puñados de hari- 
na... Ejercítanse también en esos dias en hacer fuerzas, en 
levantar cosas de mucho peso, en sustentarle sobre sus hombros 
mucho tiempo, en luchar, correr i saltar, en escaramuzas, en ju- 
gar la lanza, en tirar flechas a un blanco, i otros ejercicios mi- 
litares...''^» 

Usan también llevar plumas de pájaro porque creen hacerse 
con ellas mas lijeros; antes de salir se cortan mui bajo el cabe- 
llo, para que el enemigo no les pueda hacer presa; se privan de 
sus mujeres durante ese mismo tiempo, i en llegando la ocasión 
de la pelea se quedan desnudos de medio cuerpo arriba.^^ Se 
proveen de un vaso en que disolver con agua la harina que lle- 
van en ciertas bolsitas, a lo que llaman ulldpUy i «en faltándoles 
la harina, roquín o sea su provisión de viaje, se acojen a comer 
yerbas i raíces del campo.» 

«Su marcha no es en hileras, sino atropados, con sus recono- 
cedores por delante, i su principal cuidado es echar emboscadas 
i lograr algún descuido del enemigo... Cuando se encuentran los 
dos ejércitos enemigos, forman sus escuadrones, cada hilera de 
cincuenta soldados, mas o menos, conforme la ocasión i la jente, 
entre pica i pica, flecheros i macaneros, hombro con hombro; i 
así se van sucediendo los unos a los otros con tanta algazara i 
vocerío que causa terror a la jente cobarde, diciendo a grandes 
voces: ¡ape, ¡ape, mueran, mueran. Acometen haciendo mil mo- 
nerías, dando saltos, tendiéndose en el suelo, levantándose con 
gran lijereza, quiebrando el cuerpo i haciendo acometidas i reti- 
radas, i tan sin temor a la muerte, como bárbaros, i con tan gran 
violencia que es menester mucho esfuerzo para resistir al ímpe- 
tu de sus primeros acometimientos. I lo principal que procuran 
es cortar al enemigo i revolverse con él para jugar de sus po 
rras, macanas i toquis,... nombrándose a cada golpe i a cada uno 
que derriban con grandes voces i brincos; i sucédense las hileras 



31. Rosales, tomo I, páj. 115. 

32. lá.jfiassim. 



120 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

del escuadrón unas a otras, como olas del mar...^i) «Saben bien 
desplegar, añade Olivares, desfilar i doblar sus escuadrones cuan- 
do conviene; formarse en junta cuando quieren romper, i en 
cuadro para estorbar que los rompan; simularla fuga cuando 
quieren sacar al enemigo de algún lugar fuerte o embestirlo des- 
de emboscadas.. .^S) 

Esta táctica concuerda bastante con la descrita por Ercilla en 
los términos siguientes: 

Cada soldado una arma solamente 
Ha de aprender i en ella ejercitarse 
I es aquella a que mas naturalmente 
En la niñez mostrare aficionarse: 
Desta sola procura diestramente 
Saberse aprovechar i no empacharse: 
En jugar de la pica el que es flechero, 
Ni de la maza i flechas el piquero.^ 

Hacen su campo i muéstianse formados 
Escuadrones distintos mui enteros 
Cada hila de mas de cien soldados, 
Entre una pica i otra los flecheros: 
Que de lejos ofenden d'jsmandados 
Bajo la protección délos piqueros: 
Que van hombro con hombro, como digo, 
Hasta rendir a pica el enemigo. 

Si el escuadrón primero que acomete 
Por fuerza viene a ser desbaratado 
Tan presto a socorrerlo otro se mete 
Que casi no da tiempo a ser notado: 
Si aquel se desbarata, otro se mete; 
I estando ya el primero reformado 
Moverse de su termino no puede 
Hasta ver lo que a otro le sucede.^ 

33. Rosales, I, 119. 

34. Historia de Chile, páj. 59. Pérez García nos informa que el sistema de 
formar ejército en batalla, lo llaman los \\\^\o%cichen. Historia de Chile, M. S. 

35. De este modo se esplica el admirable manejo de las armas en manos de 
los indios, i su habilidad en la caza, dice Fitzroy, Voyage of the A dv enture atid 
Beagle, t. H, 186. 

36. La Araucana y canto I. 



CAP. Vil. — LOS ARAUCANOS 1 27 

Debe reconocerse, sin embargo, que este orden de combatir 
por escuadrones que se reemplazaban sucesivamente a medida que 
eran desbaratados los que les precedian, parece que debió su orí jen 
a la invención de Lautaro en la célebre batalla que costó la vida 
al valiente i esforzado don Pedro de Valdivia, pues pintando Ma- 
rino de Lovera el primer encuentro que los indios de Arauco 
tuvieron con el capitán Gómez de Alvarado, dice que ceno esta- 
ban hechos a entender con jente de a caballo; no cursados en 
escaramucear en campo raso; no diestros en evadirse i defen- 
derse del golpe de la espada i punta de la lanza; entraban i sa- 
lian como jente brutal i arrojada, abalanzándose de la misma 
suerte que si la hubieran con otros bárbaros como ellos. ))^^ 

A nadie se oculta tampoco, como en efecto sucedió, que tan 
pronto como los indios tuvieron que batirse con jente que usaba 
coraza de acero, armas de fuego i que peleaba sobre a caballo, 
la táctica primitiva sufrió profundas modificaciones. Al principio, 
los indios confundidos en pelotones eran despedazados por los 
infantes españoles, i una vez en desorden, la caballería los des- 
trozaba miserablemente; pero, poco a poco, los indios se fueron 
acojiendo al refujio de las ciénagas i al seguro de los montes, 
hasta que logrando hacerse de caballerías, fueron mas tarde con 
sus lanzas i su inÍQvnal .chivateo la eterna pesadilla de los tercios 
castellanos. 

Otra de las cosas notables de aquella antigua táctica, era la 
construcción de fortalezas cuando para ello se ofrecia una oca- 
sión favorable. Así, Michimalonco, para defenderse de los espa- 
ñoles, construyó en Aconcagua un fuerte de algarrobos i espi- 
nos mui gruesos i agudos, i Rosales, de quien tomamos esta no- 
ticia,* añade que después de haber llegado los españoles al valle 
de Tile, los indios, viendo que no les podian resistir, según lo 
sucedido a los de los valles de mas al norte, acordaron retirar 
Sus mantenimientos i esconder todas sus preseas en los montes, 



37. Historia^ páj. 44. 

38. I, 404. 



128 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

i luego «hicieron fortalezas en riscos altos, peinando los barran- 
cos i dejando un camino angosto para la entrada, donde lijereza 
de caballo ni otra industria aprovechase para ofenderles.^!) El 
mismo autor hace notar que Valdivia encontró en el valle de 
Santiago wm, fortaleza donde estaba parapetado Tangolongo, i 
que después de haber hecho gran destrozo en la jente menuda 
refujiada allí, «hizo saltar a los demás por las murallas afuera i 

que se desbarrancasen/^í) 

Hé aquí, mientras tanto, cómo pinta Ercilla la manera con que 

hacian las fortalezas de que se trata: 

Hacen fuerzas o fuertes cuando entienden 
Ser el lugar i sitio en su provecho, 
O si ocupar un término pretenden, 

por algún aprieto o grande estrecho: 
De do mas a su salvo se defienden 

1 salen de rebato a caso hecho, 
Recojiéndose a tiempo al sitio fuerte, 
Que su forma i hechura es desta suerte: 

Señalado el lugar, hecha la traza, 
De poderosos árboles labrados 
Cercan una cuadrada i ancha plaza. 
En valientes estacas afirmados, 
Que a los de afuera impide i embaraza 
La entrada i combatir, porque guardados 
Del muro, los de dentro fácilmente 
De mucha se defiende poca jente.**^ 

Para avisarse unos con otros acostumbraban en la guerra en- 
cender en lo alto de los cerros gran.des fogatas, pues. 

En siendo cualquier tierra salteada 
O antes descubra de la nuestra jente 
A levantar en lo alto es obligada 
Un conocido humo dilijente; 



39. Historia^ t. I, páj. 380, 

40. Id., páj. 381. 

41. La Araucana^ canto I. 



CAP, VII. — LOS i\RAUCACíOS I 29 

Responde la vecina de avisada 
I todo a un tiempo avisa a la siguiente: 
Gran trecho en poco rato el arma es cierta 
I están apercibidos i en alerta.'*^ 

Las armas de que usaban los indíjenas de Chile, eran de dos 
clases, ofensivas i defensivas. A este respecto conviene notar que 
don Bernardo de Vargas Machuca asevera que de entre todos 
los naturales de América, los chilenos eran los únicos que po- 
seían rodelas, morriones i coseletes de cuero.'*^ Pedro de Valdi- 
via cuenta ya, en efecto, que en 12 de marzo de 1550 una mu- 
chedumbre de indios que marchaban a atacarle venían «armados 
de pescuezos de carneros i ovejas i cueros de lobos marinos cru- 
díos de infinitas colores, que era en estremo cosa muí vistosa, i 
grandes penachos, todos con celada de aquellos cueros, a manera 
de grandes bonetes de clérigos,... con mucha flechería i lanzas 
de a veinte e a veinticinco palmos, i mazas i garrotes.'*^); 

Esta costumbre de presentarse resguardados con coseletes, al 
estilo de lo que entonces tan en voga se encontraba en las na- 
ciones europeas, que con justicia llamó la atención de Vargas 
Machuca, la encontramos igualmente justificada en un pasaje de 
Rosales en que, refiriendo la espedicion que Rodrigo Orgoñez, 
uno de los tenientes de Almagro, emprendió por el sur del pa:'s, 
espresa que por Itata tuvieron los españoles una refriega con las 
huestes indíjenas en que éstas ccjugaron sus lanzas i flechería con 
gallarda determinación, i vióse que venían los mas armados con 
unos como jubones largos de cuero crudo de lobos i otros an- 
uíales, i en las cabezas sus celadas de lo mismo, i otros por gala 
en la frente unas cabezas de leones, de tigres i otros animales, i 
adornados con muchas plumas de diferentes colores/''!) 

«Las armas defensivas, añade este mismo autor, las hacen de 



42. Poema^ de don Juan de Mendoza, canto I, M. S. 

43. Milicia indiana^ fol. 3, vita. Madrid, 1599. 

44. Cartas, páj. 45. 

45. Historia^ t. I, páj. 371. Lqs tigres a que se refiere el jesuíta debieron ser 
simples gatos monteses. 

' 18 



140 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

• 

Ya acabamos de ver que de la relación del viaje de Ladri- 
llero aparece constatado que los indios del sur usaban las pie- 
dras en sus combates, i Rosales asevera terminantemente que en la 
batalla que se libró cerca de Santiago, al principio de su fundación, 
^(repetian los indios su flechería con tanta continuación que casi 
cubrían el sol, i los otros con las piedras i lanzas no cesaban de 
combatir, ayudándoles los que traian macanas, toquis i coleos 
tostados. ^°» Este mismo autor refiere igualmente que, tratando 
los espedicionariüs que iban con Francisco de Ulloa de cojer 
tierra en una punta que llaman de San Andrés, que está en cua- 
renta i siete grados, fueron recibidos por los indios «con un tor- 
bellino tan impetuoso de piedras^ que, mui a su pesar, se retira- 
ron bien aporreados i mal heridos, ^^d todo lo cual confirma lo 
que liasta aquí hemos colacionado respecto a la existencia de 
los soldados armados con piedras. 

Mientras tanto, i como si las palabras qne siguen estuviesen 
espresamente destinadas a contradecir las anteriores aseveracio- 
nes, el mismísimo Pedro de Valdivia declara «que los indios 
de Chile no pelean con piedras. *•*)) 

Desde luego, creemos que deben descartarse de nuestras in- 
vestigaciones las piedras cuyo uso era indispensable para el ma- 
nejo de la honda, porque los autores están de acuerdo en que 
esta arma era de uso corriente entre los indios, habiendo, según 
el dicho de algunos, verdaderos escuadrones especialmente des- 
tinados a este fin; i mal se podia usar de la honda sin adaptarle 
el consiguiente proyectil. No hacemos cuestión, por lo tanto, de 
las piedras que no hubiesen sido preparadas, sino que debemos 

los indios chilenos, rep>elia, en su Poema inédito^ casi al pié de la letra los dos 
últimos versos de esta estrofa: 

Los lazos de la mimbre, los bejucos 
Tiros arrojadizos, i trabucos. 

Canto I. 

Los trabucos a que se referia n nuestros dos poetas era un aparato para lan- 
zar pie^lras. 

80. L páj. 412. 

81. Cartas^ páj. 33. 

82. Carias j páj. 45. 



CAP. VII. — LOS ARAUCANOS I3I 

En cuanto a las armas ofensivas, «las que usa la infantería, di- 
ce González de Nájera, solamente son macanas, picas i flechas, i 
cada uno se arma de las que mas apetece o se conoce mas dies- 
tro para su manejo.^D 

El capitán Marino de Lovera apunta a este respecto que los 
soldados de Michimalenco, entre otros armas, traian «macanas 
fuertes,^'')) uso que estaba tan jeneralizado en Chile que F. Fran- 
cisco Ponce de León espresa que «los naturales que habitan 
hasta cerca del Estrecho de Magallanes es jente mísera i pobre 
i las armas que tienen son lanzas tostadas, macanas i flechas.^)) 
Mas, «los caucahues, que habitan mas adelante de los chonos, 
añade don Jerónimo Pietas, tienen por armas unas varas gruesas, 
de madera mui fuerte i mui pesada, de seis varas de largo, agu- 
jadas i tostadas por la punta. Estas las tiran como garrochas, i 
se acostumbran a tirar al blanco a troncos de árboles, con que 
-se adiestran. Alcanza un tiro con dichas varas, del grpsor de 
^ma pierna, mas de sesenta pasos.";> Esta descripción coincide 
mui aproximadamente con la del «boomerang)\ que usan los in- 
díjenas de Australia, que, como se sabe, es un simple palo, mas 
o menos pesado. 

Son conocidísimos los siguientes versos de Lucrecio, cuya ver- 
■dad solo en estos últimos tiempos se ha podido apreciar, i parece 
realmente admirable que lo que se creyó. pintura de la imajinacion 
•de un poeta haya encontrado en la realidad tan absoluta conlir- 
jnacion: 

Arma antiqua, mamis, migues, dentesque fueriint, 
El lapide?, t't item silvarum fragmenta rami . . . . - 

Horacio,, mas tarde, pintando el estado de los primeros seres 
humanos, repetia mas o menos lo mismo, cuando decia en una 
^e sus. Sátiras que los hombres en aqueUa edad «se batian por 



52. Desenfrailo, etc.^ páj. 178. 

53. Historia^ páj. 46. 

54. Descripción efe I Rey no de Chile, Madrid, 1644. 

55. Informe al Rey sobre las diversas razas de indios^ M. S. 



142 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

Las suposiciones que se han ideado para esplicar el objeto i 
oríjen de este curioso artefacto son numerosas, aunque, en ver- 
dad, ninguna se presenta como completamente satisfactoria. Hai 
algunos que han indicado que deben haberse usado como arma 
arrojadiza, circunstancia que parece deducirse de la forma que ba 
adquirido hi horadación, ensanchándose en los bordes, merced al 
frotamiento con el hilo que ha servido para lanzarlas. dUna ma- 
nera de lanzar la honda es por medio de una cuerda introducida 
en una piedra agujereada, i jirada hasta lanzar el proyectil, cuan- 
do haya adquirido el máximum de su movimiento centrífugo,^» 
dice un autor moderno. Acaso esto mismo puede deducirse de 
un pasaje de Rosales, del cual aparece que en un combate sos- 
tenido por Alonso García Ramón contra los araucanos en 1587, 
los españoles recibieron una lluvia de dardos, flechas, piedras i 
porras arrojadizas. ^'* Los señores Rivero i Tschudi hacen constar, 
igualmente, que éntrelos peruanos existia la htiicopa o porra pe- 
queña arrojadiza.^ Pero esta hipótesis se desvanece ante la con- 
sideración de que tan enorme trabajo, como el de agujerear una 
piedra con los medios que sabemos, ha podido evitarse con el uso 
de la honda simple, i que esto adquiere todavía mas fuerza cuan- 
do se observa que en muchísimos casos, i especialmente con el 
enemigo al frente, esta arma arrojadiza seria perdida para su 
dueño. 

Hai otros que indican que ha debido usarse en la estremidad 
de una hasta como porra, o macana, según la espresion indíjena; 
mas, examinada por un momento la forma especial de la hora- 
dación, no parece difícil venir en cuenta de que, si así hubiese 
sido, no se habria adoptado al efecto un sistema enteramente 
contrario al objeto que el artífice se propusiera. 

ccAlgunos anticuarios suponen, dice Lubbock, que estas pie- 
dras se sujetaban con dos dedos, i que se servian de ellas a gui- 
sa de martillo. Sin embargo, si se observan en alguna cantidad, 

84. E. H. Knight, A stiidy of the snvoge. wcapofis, etc. 

85. Hi^ioií'n, t. II, páj. 246. 

86. Antigüedades pcrumiiis^ páj. 212. 



CAP. VIL — LOS ARAUCANOS 1 33 

porque en tales tiempos llega el macanero, i con un golpe que le 
alcanza concluye con él i lo echa a una parte, por armado que 
esté; porque siendo esta arma, como es, de dos manos, levantada 
en alto i dejada caer con poca fuerza que sea, ayudado su peso, 
como queda atrás la vuelta que dije, i va el codillo adelante, 
corta el aire i asienta tan pesado golpe donde alcanza, que no 
hai celada que no abolle, ni hombre que no aturda i derribe; i 
aún es tan poderosa esta arma, que se ha visto algunas veces 
hacer arrodillar a un caballo, i aún tenderlo en el suelo de un 
solo golpe; i para mayor declaración, su forma es la que se ve 
en la figura 153. ^» 

Los compañeros de Michimalonco, según Marino de Lovera, 
traian también cuando vinieron a atacar a Valdivia «porras de 
armas de metal, con púas de estraño artificio; ^^d pero es evi- 
dente que este instrumento de guerra habia sido importado en 
Chile por los peruanos, i de él hablaremos por eso mas adelante. 

Se sabe que las picas eran «mui derechas i bien sacadas, aun- 
que de madera no tan fuerte, densa i correosa como las nuestras 
de fresno, por lo cual son mas livianas i largas, pues son tan 
cumplidas que casi todas llegan a treinta palmos i algunas pasan 
de treinta i tres, ^d 

«Antes que viniesen los españoles, los indios hacian sus ins- 
trumentos de palo, porque de una madera mui dura, que llaman 
«lunia» {Myrtus luma), hacen hierros de lanzas i otros instru- 
mentos fortísimos, i sin ésta tienen otras maderas mui duras como 
el «guayacan» {Porlteria hygrometrica)^ el «espino» (Acacia 
caverna)^ i el «boldoD {Boldoa fragans)^ que son maderas que 
suplen en muchos casos la falta del hierro, ^^d 

Pero la madera empleada siempre por los indios para sus lan- 
zas (que ellos llaman huayqui ex¡x el coligue {Chusquea coleii)^ 
que encontraban en suma abundancia en las rejiones del sur i por 



58. Ob, cit„ páj. 178. 

59. Historia^ páj. 46. 

60. Rosales, I, 177. 

61. Id., I, 119. 



¡44 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

autor que los araucanos usaban en la agricultura «unos instru- 
mentos manuales, que llaman huenllos^ a modo de tenedores de 
tres puntas,'^ de una madera pesada i fuerte, i en el cabo arriba 
le ponen una piedra agujereada a propósito para que tenga mas 
peso, i con este van levantando la tierra para arriba, hincando 
fuertemente aquellas puntas en el suelo, i cargando a una parte 
las manos i el cuerpo, arrancan pedazos de tierra mui grandes, 
con raíces i yerbas../*^^)) 

Al presente, los indios ignoran completamente el uso de estas 
piedras, i cuando mas suele empleárselas hoi en los campos para 
atarlas en la estremidad de un lazo i tirarlas sobre los árboles 
que se cortan, para traerlos al suelo. 

En vista de la aserción tan terminante de Bascufían i de lo 
que los viajeros nos cuentan del uso de estos utensilios en el sur 
de África, no puede en manera alguna dudarse de que han estado 
destinados a emplearse principalmente en la agricultura; pero, 
no puede tampoco menos de reconocerse que aquellas en que 
la horadación es estrecha, o las mui pequeñas, que no son menos 
abundantes, no han podido recibir la misma aplicación. Basta 
comparar, en efecto, lijeramente, las muestras que damos en las 
láminas para comprender que su uso ha debido ser múltiple. No 
pertenecen a una categoría semejante ni han podido servir para 
el mismo fin las representadas en los números 28, 29, i 30 con 
las de los números 36, 38, 39 i 40, i las restantes que aparecen 
con su horadación incompleta. Conservándose la forma mas o 
menos análoga, las proporciones varian de tal modo que por su 
naturaleza están indicando que han estado destinadas a recibir 
también aplicaciones diversas; i si hasta hoi, en la industria mo- 
derna, se ve que el mismo instrumento sirve para muchos fines 
distintos, ¿con cuánta mas razón no debemos suponer que esto 
ha podido acontecer en una época tan remota, en que los hom- 
bres estaban dotados de medios que hoi nos parecen tan in- 
significantes con relación a sus necesidades? ¿Qué de estraño 

Q4. Páj. 278. 
95. Páj. 192. 



CAP, VII. — LOS ARAUCANOS 1 35 

«Es cosa mili de notar, continúa este mismo autor, que con 
ser los indios jente tan viciosa i haragana, i no tener ejercicio 
ni ocupación que sea de algún primor, lo tienen maravilloso en 
saber labrar sus armas... En el perficionarlas tienen grande fle- 
ma, raspándolas con conchas marinas que les sirven de cepillos, 
trayendo dentro de la hasta una sortija que muestra lo superfino 
que le han de quitar. Hacen sus arcos de maravillosa forma, i 
en sus flechas mui vistosas labores, i précianse tanto del arreo 
de sus armas que profesan, que no solamente no dan paso sin 
ellas, pero aún bailando en sus borracheras, de noche i de dia, 
no dejan jamas la lanza de la mano. Tráenlas de continuo tan 
bien tratadas, limpias i resplandecientes, que hacen en ello no 
solo ventaja pero hasta vergüenza a muchos de nuestros espa- 
ñoles.^!) 

Para hacer que la flecha fuese mas voladora, acostumbraban 
adornarla en su parte posterior con plumas de varios colores, 
según lo confirma Fernando Alvarez de Toledo en los dos ver- 
sos que siguien, en que un indio 

Tres pintadas llevó i agudas ñechas 
Por las plumas asidas las tres juntas. . .^ 

I Pedro de Oña cuando espresa que cierto cagique traia 

Carcax de piel de tigre variado 
Que las plumosas flechas encerraba,... 
I el arco mas que grana colorado 
Que la morosa cuerda sujetaba.®^ 

Los indios de Chiloé acostumbraban igualmente las fiechas, 
según un verso de Ercilla en que dice que, de entre ellos, quien 
cargaba el «arco i carcax,^D uso que parece se estendió hasta 
los fueguinos, pues hoi matan pájaros con ellas, sin errar jamas 
el blanco.® 

65. Ob, cii., páj. 180. 

66. Puren indómito^ Canto IV. 

67. Arauco domado, canto XVII. 

68. Araucana, Canto XXXVI. 

69. Voy age ofthe Adventure and Beagle^ t. II, páj. 184. 



I 

i 



146 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

en cualquiera parte que estén peleando, en oyendo cantar victo- 
ria a los de su ejército, siguen la victoria con grande esfuerzo i 
confianza de que ya es suya, i al mismo paso se desaniman los 
contrarios. 

<(E1 romance que en estas ocasiones cantan es tristísimo, i mu- 
cho mas el tono, que solo el oirle causa melancolfa i desmayo a 
los contrarios. I en él les dicen: «como ya el león hizo presa en 
sus carnes, i el alcon o neblí cojió aquel pajarillo, que se ani- 
men los leones a despedazar su presa, i los neblíes vuelen coii 
lijerezu tras los pajarillos i despedacen sus carnes;í) í con estas 
metáforas hacen ostentación de la valentía de su ejército, que 
es de leones, i de aleones i neblíes jenerosos i el del contra- 
rio de pajarillos cobardes. I con esto hacen temblar la tierra, 
sacudiendo todos a un tiempo con los pies el suelo, i entretejien- 
do las lanzas i haciendo ruido con ellas, dan^ voces al enemigo 
motejándole de cobarde i diciéndole que venga por la cabeza 
de su soldado o de su capitán, que si todos son tan valientes co- 
mo aquél, no deben de ser soldados, ni valientes, sino mujeres r 
cobardes. I diciendo esto les vuelven a acometer i seguir el al- 
cance, porque después de oir cantar victoria siempre se ponen 
en huida, o porque les han muerto la cabeza, o por el desmaya 
que les causó la que vieron enarboladá, i por el aliento que 
causó a los contrarios el buen suceso. 

«La cabeza con que cantan victoria la llevan a su tierra i la 
cuelgan como estandarte o bandera que han quitado al enemiga 
i la ponen en parte pública, después de haberla enviado de unas 
provincias a otras para hacer ostentación de su victoria i que se- 
pan que tienen aquel capitán menos por enemigo, i se animen a 
volver otra vez a la guerra... 

((A la retirada, cada uno se va por su camino, como lobo por 
su senda, sin guardar forma de escuadrón, ni hacer cuerpo de 
ejército, así los vencedores como los vencidos, sin obedecer ya 
mas a sus capitane5>^... 

96. Rosales, lug. cit., páj. 121. 



CAP. VII. LOS ARAUCANOS I -; 



J/ 



obsidiana i sus bordes han sido prolijamente preparados. De 
una forma i material análogo?, i admirable por la liermosara del 
trabajo es la que representa el número 55, que D. Claudio Gay 
habia dibujado ya en su Atlas^ pero sin indicar su procedencia. 
A este mismo tipo, aunque mucho mas toscas, pertenecen las 
números 4vS, 53, 66, 71, 72 i 148, estraidas de sepulturas de Frei- 
rina e Illapel. 

Las que dibujamos con los números 46, 49, 50 i 56, son bas- 
tante finas i han estado indudablemente destinadas a usarse en la 
caza. Proceden de Freirina i Llanquihue, siendo éstas de esquita 
i las otras de cuarzo. Por su forma se ve que han debido retirar- 
se de la herida, quedando de este modo aptas para servir inme- 
diatamente después de haberse usado. 

Las dentadas que representan los números 47, 51, 52, 147 i 
149, han sido preparadas, por el contrario, para servir en la gue- 
rra, debiendo desengancharse del hasta para quedarse en la he- 
rida. En suma, los mismos usos a que responden las distintas 
formas que de anteniano hemos señalado, pueden notarse en es- 
tas armas, ya procedan de oríjen araucano o incásico. Es curio- 
so, sin embargo, i digno de notarse, que así como en el norte de 
Chile, donde debiéramos suponer mucho mas adelanto en el arle 
de tallar las flechas, se encuentran algunas bastante toscas i casi 
rudimentarias, como las de los números 65, 69, 71 i muchas otras 
que por esta causa no hemos dibujado; a la inversa, en el sur, se 
encuentran algunas de un pulimento admirable. 

Pero, cualquiera que sea su procedencia i lo esmerado del tra- 
bajo, debemos concluir con Legnay que del eximen de las pie- 
zas de este jénero, demuestra, en efecto, \\\\ tallado regular, 
constante i producido por pequeños golpes, habiéndose de ante 
mano elejido, estudiado i arreglado el lugar en que debia existir 
cada trozito. No se emplea, pues, en estos utensilios grandes gol- 
pes, sino que, colocados sobre un apoyo, a fin de obtener los 
resultados que se buscaban, ha sido preciso practicar el tallado 
por contra -golpe, i usar dos instrumentos diversos, una pun- 



ji) 



148 LOS ABOKÍJENES DE CHILE 

daños ¡ temerse otros mayores si le dan la vida, dicen todos eni 
voz alta: lape^ lape^ muera, muera. I entonces le hacen incar de 
rodillas, i le dan un manojo de palitos i que con uno haga un ho- 
yo en la tierra, i que en él vaya enterrando cada uno de aquellos 
palitos en nombre de los indios valientes i afamados caciques de 
su tierra. I hecho el hoyo nombra en voz alta a alguno de sn tie- 
rra i echa un palito en el hoyo, i así va nombrando a los demás 
hasta que no le queda mas de el último, i entonces se nombra a 
sí mismo i dice: í(yo soi éste i aqiu' me entierro, pues ha llegado 
mi dia;í) i mientras está echando tierra en el hoyo, le da uno por 
detras con una porra en la cerviz, i luego cae sin sentido en el 
suelo. 1 le abre uno por el pecho i le saca el corazón palpitando, 
i otro le corta la cabeza, otro la una pierna, i otro la otra para 
hacer flautas de sus canillas; i otro, tirando del cuerpo, le arrastra 
i le echa fuera de la rueda, hacia la parte de el enemigo, a que 
se lo coman los perros i las aves. 

<(E1 que le sacó el corazón, le clava con un cuchillo, i, pasado de 
parte a parte, se lo da al toqui jeneral i va pasando de mano en 
mano por todos los caciques haciendo ademan de que se lo quie- 
ren co.ner a bocados, '* i dando la vuelta, vuelve a las manos del 
que se le sacó, i con la sangre del corazón untan los toquis i las 
flechas, diciéndoles que se harten de sangre. Los que le cortaron 
Jas canillas i los brazos los descarnan en un momento, i en estando 
el hueso limpio, le agujerean i hacen una flaiíta en que tocan alar- 
ma, i sacudiendo con los pies la tierra la hacen temblar, blandien- 
do juntamente las lanzas i entretejiéndolas unas con otras, cau- 
sando pavor con el ruido i la vocería. El que cortó la cabeza la 



08 Gonz.ilcz (le Nájera cuenta estas escenas de una manera algo diversa. «El 
primero que le llega a corlar mien)bro. dice, pedazo de carne, o dalle cuchillada 
por donde se le antoja, es el que le cautivó; porque él solo tiene entre todos esta 
prejminencia, sucediendo los demás, i señalándose en sus crueldades hasta que 
descarnan i cortan en pedazos al paciente mártir, con cuchillos i cortadoras con- 
chas marinas, participando todos de la fiesta, hombre?, mujeres i muchachos. 
Asíin i comen lo que vtih cortaníio, yendo primero quien con la mano, quien con 
el brazo i otros miembros, pasándoselos por delante de los ojos, i dándoles con 
ellos al numero paciente » Ob. cit., páj. 1 1 1. Véase también a Olivares, Historia 
de Chile, páj. 47. 



CAP. VJI. — LOS ARAUCANOS 1 39 

chillos, les servían las conchas de el mar para cortar cualquier 
cosa/^jD 

Otros se valen, «de unaí bolas de piedra, atadas con nervios, 
que tirándolas traban un hombre que no se puede menear, i des- 
tas se aprovechan mucho los puelches para la caza de los anima- 
les i con ellas los atan de pies i manos, i luego llegan i los cojen 
en el lazo.^*^» Esta arma de guerra tan usada en Patagonia ha es • 
perimentado algunas modificaciones con el tiempo, pero proba- 
blemente en su principio fué simplemente una piedra con una 
cintura en el centro para recibir la cuerda con que se lanzaba, 
tal como la que dibujamos con el número 93. Esta arma, llama- 
da laquCy no debe confundirse con la honda que los araucanos 
decian htiythuhueP 

«Sin esto llevan a la guerra pedreros que van de vanguardia, 

i unos que llevan algunos garrotillos arrojadizos.^^ jf).-- 

Para resumir lo que hasta aquí llevamos espresado tocante a 
las armas de nuestros aboríjenes, podemos concluir con KrciUa: 

Las armas de ellos mas ejercitadas 
Son picas, alabardas i lanzones, 
Con otras puntas largas enhastadas 
De la faicion i forma de pun/.ones; 
Hachas, martillos, mazas barreadas, 
Dardos, sarjen tas, flechas ¡ bastones, 
Lazos de fuertes mimbres i bejucos 
Tiros arrojadizos, i trabucos J^ 

Henos aquí que llegamos ya en la enunciación de las armas 
que ejercitaban los antiguos indios de Chile, a una materia tan 
interesante como difícil i que hasta cierto |)unto ha permanecido 
hasta hoi envuelta en gran oscuridad. ¿Qié piedras son, en efec- 
to, esas que dicen empleaban coniD armas los primitivos pobla- 
dores de Chile? 

75. Rosales, lug. cit. 

76. Id., id. 

77. Pérez García, Historiti de Chile, 
7¿. Rosales, lug. cit. 

79. La Araucana^ canto L Don Juan de Mendcza, hablando de las armas de 



150 • LOS ABORÍJENES DE CHILE 

cada una con una porra itn golpe en la cabeza i otro en los lo- 
mos, con que cae al suelo i no se mueve mas. Luego le sacan, el 
corazón vivo i palpitando, i con su sangre untan las hojas :de. el 
canelo, i le dan el corazón o la oveja al cacique con quien Lacen 
las paces, el emú lo reparte en pedazitos, de modo que de el co- 
razón i de la oveja, quepa algún pedazo a cada uno... Luego vie- 
nen los razonamientos que hacen los caciques mas principales, 
hablando primero uno de parte de todos,, los que dan la pazcón 
un ramo de canelo en la mano, i respondiendo con el mismo, otro 
cacique de la otra banda, en que suele gastar cada uno mas de 
una hora, hablando con grande elocuencia i abundancia de pala- 
bras, i en acabando dan todos una voz a una diciendo que con- 
firman lo tratado. Tras esto se siguen los brindis i la chicha, que 
nunca tratan cosa a secas», concluye el buen jesuita.»^"* 

Hé aquí ahora como cuenta don Francisco Bascuñan la vuel- 
ta a sus hogares de un indio que habia ido a la guerra: «Sus mu- 
jeres, parientes i parientas tenian para su 'recibimiento muchos 
cántaros i botijas de chicha, i con esta prevención se juntaron 
otro dia de su llegada todos sus deudos i parientes, así suyos co- 
mo los de su nmjer, i otros amigos comarcanos, que los unos i 
los otros harían número de mas de ciento, i otras tantas i mas 
mujeres, sin la chusma de muchachos i chinas. Comieron i bebie- 
ron con grande regocijo i consolaron al guerrero, que ya se ha- 
Ihiba con mejoría de su lastimada i herida pierna; i para mayor 
fausto del festejo, antes de resonar los tamboriles i dar principio 
al baile acostumbrado, le dieron, con trompetas i clarines, al ser- 
món i parlamento que acostumbran en ocasiones tales; dieron la 
n)ano a un retórico, en su lenguaje discreto, de buena propor- 
ción, i jentil hombre, compositor de tonos i romances, por cuya 
causa era aphuulido del mayor concurso; éste parló mas de me- 
dia hora con bizarra enerjía i buen desgarro, aunque con palabras 
tan obscuras i encrespadas, que fueroa mui pocas las que pude 
(lar a hi memoria; que también entre bárbaros hai predicado- 

100. Ici., /V/., páj. 146. 



CAP. VII. — LOS ARAUCANOS I4I 

contraernos a la averiguación del destino que hayan tenido esa 
multitud de piedras horadadas que es fácil coleccionar en Chile, 
principalmente en la rejion central. La de mas al sur que conoz- 
camos es una de Concepción que posee el Museo Nacional, pero 
existen algunas del Perú, de Chiuchiu, la Paz, etc. Schliemann ha 
hallado gran cantidad de estas piedras en escavaciones practica- 
das en Hissarlick; ** se conocen algunas procedentes de los res- 
tos de habitaciones lacustres; las usan los africanos del sur; los 
habitantes de las islas de Fiji tienen un juego que consiste en 
arrojarse mutuamente esas piedras por medio de bambús elásti- 
cos, etc. 

Son ellas por lo jeneral aplanadas, aunque de forma circular, 
sin que falten tampoco casos en que se encuentran algunas casi 
completamente esféricas. Su tamaño varia mucho, siendo fre- 
cuentes las que miden dieziocho centímetros de ancho (fig. 41), 
i otras, por el contrario, que no esceden el tamaño de la tortera 
de un huso (fig. 39). El agujero que las atraviesa por el medio, 
ordinariamente afecta la forma de dos conos que converjen por 
su vértice hacia el centro, aunque en unas pocas, la horadación 
es perfectamente pareja (figs. 30 i 40). La clase de material de que 
han sido fabricadas es variable: en las mas predomina el granito, 
pero se encuentran también muchas de pórfido, areniscas, de 
lava, etc. 

La jenera'idad está de acuerdo en suponer que estas piedras 
han sido redondeadas i pulidas con otras piedras, i agujereadas 
por medio de un taladro de hueso o madera dura, con un poco 
de agua i arena. 

En cuanto a la manera como se las encuentra en Chile, casi la 
totalidad de las que se rejistran en nuestra colección, han sido 
halladas en las quebradas, algunas en el cauce de los rios, otras 
como perdidas en el campo, algunas enterradas, otras en las se- 
pulturas i no pocas guardadas en los troncos añosos de viejísimos 
árboles, especialmente boldos. 

83 Troy and its rcmains^ pl. XL. 



142 LOS ABORIJENES DE CHILE 

Las suposiciones que se han ideado para esplicar el objeto i 
oríjen de este curioso artefacto son numerosas, aunque, en ver- 
dad, ninguna se presenta como completamente satisfactoria. Hai 
algunos que han indicado que deben haberse usado como arma 
arrojadiza, circunstancia que parece deducirse de la forma que ha 
adquirido la horadación, ensanchándose en los bordes, merced al 
frotamiento con el hilo que ha servido para lanzarlas. dUna ma- 
nera de lanzar la honda es por medio de una cuerda introducida 
en una piedra agujereada, i jirada hasta lanzar el proyectil, cuan- 
do haya adquirido el máximum de su movimiento centrífugo,^» 
dice un autor moderno. Acaso esto mismo puede deducirse de 
un pasaje de Rosales, del cual aparece que en un combate sos- 
tenido por Alonso García Ramón contra los araucanos en 1587, 
los españoles recibieron una lluvia de dardos, flechas, piedras i 
porras arrojadizas. ^'' Los señores Rivero i Tschudi hacen constar, 
igualmente, que entre los peruanos existia la huicopa o porra pe- 
queña arrojadiza.^' Pero esta hipótesis se desvanece ante la con- 
sideración de que tan enorme trabajo, como el de agujerear una 
piedra con los medios que sabemos, ha podido evitarse con el uso 
de la honda simple, i que esto adquiere todavía mas fuerza cuan- 
do se observa que en muchísimos casos, i especialmente con el 
enemigo al frente, esta arma arrojadiza seria perdida para su 
dueño. 

Hai otros que indican que ha debido usarse en la estremidad 
de una hasta como porra, o macana, según la espresion indíjena; 
mas, examinada por un momento la forma especial de la hora- 
dación, no parece difícil venir en cuenta de que, si así hubiese 
sido, no se habria adoptado al efecto un sistema enteramente 
contrario al objeto que el artífice se propusiera. 

«Algunos anticuarios suponen, dice Lubbock, que estas pie- 
dras se sujetaban con dos dedos, i que se servían de ellas a gui- 
sa de martillo. Sin embargo, si se observan en alguna cantidad, 

84. E. H. Knight, A siiicfy of ihe snvage wcapofis, etc. 

85. Hiiithrin^ t. II, páj, 246. 

86. Antigüedades peruanas^ páj. 212. 



CAP. VII. — LOS ARAUCANOS I43 

puede notarse que la profundidad de la cavidad varia mucho, 
algunas veces aún la piedra está enteramente taladrada, lo q'ie 
viene en apoyo de la hipótesis, de que estos instrumentos servian 
para hundir las redes, o de pequeñas cabezas de martillo. Por lo 
demás, es mui dudoso que pertenezcan a la edad de la piedra.'^^ 
Dicen otros que han podido servir de torteras, sobre lo cual se 
añade que 'íel uso civil de tales objetos era probablemente mu- 
cho mas frecuente que el de la guerra.^jo 

Mas, en asunto de tan difícil solución, parécenos conveniente 
oir la ilustrada opinión de un hombre notable por su ciencia i sus 
conocimientos especiales de esta sección del continente america- 
no. Darvvin, dice en efecto lo siguiente: <cEn setiembre de 1834, 
visitando los alrededores de Taguatagua, encontré algunas anti- 
guas ruinas indíjenas, i me mostraron una de las piedras horada- 
das que menciona Molina^ se hallan en número considerable en 
muchos lugares...^ Se ha supuesto jeueralmente que se usaban 
como cabezas de clavas, por mas que su forma no aparezca en 
manera alguna adaptable a este intento. Burchell^^ declara que 
en algunas de las tribus del África del sur cavan surcos por me- 
dio de un palo aguzado, cuya fuerza i peso se aumentan por una 
piedra redonda agujereada, sólidamente asegurada.^" Parece pro- 
bable que los indios de Chile usaron anteriormente en la agri- 
cultura algún rudo instrumento de naturaleza semejante.^^ Des- 
pués de haber escuchado lo que dice este grande hombre, ¿no 
parece que hubiese adivinado lo que don Francisco Nuñez de 
Pineda consigna en su Cautiverio felizi Cuenta, en efecto, este 



87; IJhomme préhistorique^ páj. 93. 

88. Anual report of tlie board of re^í^cnts of thc Smithsonian InstitntioVy 
páj. 232. 

89. Tomo I, páj. 82. 

90. El Catálogo histórico del Santa Lucia, señala como uno de éstos el pe- 
queño valle de Abarca, cerca del puerto de San Antonio. 

91. Travels, t. 2.**, páj. 45. 

92. Un dibujo de este instrumento se ve en la fig. 7, tabla IX, de las Actas» 
de la Sociedad berlinesa de etnolojia^ etc.^ correspondiente al mes de noviembre 
de 1881. 

93. Narrative of thc survcying voyage of H, M. S. Adventure and Beagle^ 

t. 3", V^V 325- 



144 L^S ABORÍJENES DE CHILE 

autor que los araucanos usaban en la agricultura «unos instru- 
mentos manuales, que llaman hueiillos^ a modo de tenedores de 
tres puntas/**** de una madera pesada i fuerte, i en el cabo arriba 
le ponen una piedra agujereada a propósito para que tenga mas 
peso, i con este van levantando la tierra para arriba, hincando 
fuertemente aquellas puntas en el suelo, i cargando a una parte 
las manos i el cuerpo, arrancan pedazos de tierra mui grandes, 
con raíces i yerbas../**^» 

Al presente, los indios ignoran completamente el uso de estas 
piedras, i cuando mas suele empleárselas hoi en los campos para 
atarlas en la estremidad de un lazo i tirarlas sobre los árboles 
que se cortan, para traerlos al suelo. 

En vista de la aserción tan terminante de Bascufían i de lo 
xjue los viajeros nos cuentan del uso de estos utensilios en el sur 
de África, no puede en manera alguna dudarse de que ban estado 
destinados a emplearse principalmente en la agricultura; pero, 
no puede tampoco menos de reconocerse que aquellas en que 
la horadación es estrecha, o las mui pequeñas, que no son menos 
abundantes, no han podido recibir la misma aplicación. Basta 
comparar, en efecto, lijeramente, las muestras que damos en las 
láminas para comprender que su uso ha debido ser múltiple. No 
pertenecen a una categoría semejante ni han podido servir para 
el mismo fin las representadas en los números 28, 29, i 30 con 
las de los números 36, 38, 39 i 40, i las restantes que aparecen 
con su horadación incompleta. Conservándose la forma mas o 
menos análoga, las proporciones varian de tal modo que por su 
naturaleza están indicando que han estado destinadas a recibir 
también aplicaciones diversas; i si hasta hoi, en la industria mo- 
derna, se ve que el mismo instrumento sirve para muchos fines 
distintos, ¿con cuánta nías razón no debemos suponer que esto 
ha podido acontecer en una época tan remota, en que los hom- 
bres estaban dotados de medios que hoi nos parecen tan in- 
significantes con relación a sus necesidades? ¿Qué de estraño 

Q4. Páj. 278. 
95. Páj. 192. 



CAP. VII. — LOS ARAUCANOS 1 45 

tiene, pues, que el mismo instrumento que en un caso dado ser- 
via de martillo, se utilizase en seguida en la pesca para hundir 
las redes; que en la guerra se le aplicase como arma ofensiva, 
bien fuera sostenido en la estremidad de un palo o bien atado 
con una cuerda en forma de honda, i en la agricultura como 
utensilio de labor; i que las mas pequeñas sirviesen en casos 
dados como husos para torcer el hilo? De aquí proviene, a nues- 
tro juicio, que cualquiera solución esclusiva que se proponga 
para esplicar el empleo de estas piedras, ha de parecer insufi- 
ciente; mientras que, por el contrario, parece natural que, pu- 
diendo un mismo instrumento satisfacer diversas necesidades, 
antes de inventar otros i de fabricarlos para cada una de ellas, 
cosa siempre difícil para los hombres de esa edad, se le haya em- 
pleado para todas a la vez, siempre que la ocasión se ofrecia. 

Bajo los números 34 i 35 damos dos de estas piedras cuya 
horadación es incolnpleta; en la primera el artista no h:i alcan- 
zado aún ni a pulir los bordes del instrumento, mientras que en 
la segunda todo parece está ya concluido, significando acaso que 
el empleo de esta última era mas limitado, probablemente un 
simple níartillo de los de la clase que se han estraido de algunas 
aldeas lacustres. 

Descritas ya las armas de que se valian los indios, hemos de 
proseguir ahora con lo demás referente a la guerra. 

«En derribando en la guerra, dice Rosales, los indios a algu- 
no de los enemigos, se abahmzan luego a él, i mas si es capitán 
o persona de importancia, i con gran presteza le cortan la cabe- 
za i luego la levantan en una pica, i se atropan los que se hallan 
mas cerca a cantar victoria con ella. I causa tan gran desmayo 
al enemijro el oir a los contrarios cantar victoria i el ver la cabe- 
za de alguno de los suyos enarbolada, que todos paran i cesan 
de pelear, teniéndolo por mal agüero, i por señal de que todos 
han de morir si porfian en pelear, i así solo tratan de huir i de 
ponerse en salvo. I aunque sean ellos muchos, i el montón de los 
que se paran a cantar victoria con la cabeza, pocos, no se atreven 
a acometerlos, por mas encarnizados que estén. I los victoriosos. 



146 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

en cualquiera parte que estén peleando, en oyendo cantar victo- 
ria a los de su ejército, siguen la victoria con grande esfuerzo i 
confianza de que ya es suya, i al mismo paso se desaniman los 
contrarios. 

kEI romance que en estas ocasiones cantan es tristísimo, i mu- 
cho mas el tono, que solo el oirle causa melancolía i desmayo a 
los contrarios. I en él les dicen: ((como ya el león hizo presa en 
sus carnes, i el alcon o neblí cojió aquel pajarillo, que se ani- 
n)en los leones a despedazar su presa, i los neblíes vuelen cótt 
lijereza tras los pajarillos i despedacen sus carnes;i> i con estas 
metáforas hacen ostentación de la valentía de su ejército, que 
es de leones, i de aleones i neblíes jenerosos i el del contra- 
rio de pajarillas cobardes. I con esto hacen temblar la tierra, 
sacudiendo todos a un tiempo con los pies el suelo, i entretejien- 
do las lanzas i haciendo ruido con ellas, dan, voces al eneniigo 
motejándole de cobarde i diciéndole que venga por la cabeza 

• 

de su soldado o de su capitán, que si todos son tan valientes co- 
mo aquél, no deben de ser soldados, ni valientes, sino mujeres r 
cobardes. I diciendo esto les vuelven a acometer i seguir el al- 
cance, porque después de oir cantar victoria siempre se ponen 
en huida, o porque les han muerto la cabeza, o por el desmayo 
que les causó la que vieron enarboladá, i por el aliento que 
causó a los contrarios el buen suceso. 

((La cabeza con que cantan victoria la llevan a su tierra i la 
cuelgan como estandarte o bandera que han quitado al enemigo 
i la ponen en parte pública, después de haberla enviado de unas 
provincias a otras para hacer ostentación de su victoria i que se- 
pan que tienen aquel capitán menos por enemigo, i se animen a 
volver otra vez a la guerra... 

(cA la retirada, cada uno se va por su camino, como lobo por 
su senda, sin guardar forma de escuadrón, ni hacer cuerpo de 
ejército, así los vencedores como los vencidos, sin obedecer ya 
mas a sus capitanes**... 

96. Rosílcís lug. cit , i^j. 121. 



CAP. VII. — LOS ARAUCANOS 1 47 

«En el repartimiento i distribncion de los despojos en la gue- 
rra, de armas o cautivos, no hai mas lei ni orden que la buena 
maña que uno se da a cojer i a apro /echarse de la presa, porque 
entre ellos el que pilla, pilla, i el que llega primero a cojer una 
i:osa o la señala, se la lleva, sin obligación de quintar ni dar cosa 
alguna al toqui jeneral, ni al capitán.^" 

((Las ceremonias que hacen para matar a un cautivo son nota- 
bles, porque en juntándose toda la tierra en la plaza de armas, 
que es el cíLepan», lugar dedicado para estos actos públicos, traen 
al cautivo que han de quitar la vida atadas las manos i con una 
soga al cuello, de donde le van tirando, i al que así llevan le lla- 
man ((guegueche», que quiere decir en su lengua, hombre que 
han de matar como carnero, porque le matan del mismo modo 
que matan los carneros de la tierra, i suple en las fiestas grandes 
por un carnero... Hacen una calle larga de toda la jente i por 
ella le llevan como a la vergüenza, i todos le dicen muchos bal- 
dones, particularmente las viejas; i que se harte de ver el sol, que 
y¡\ no le ha de ver mas, qué llegó el dia en que ha de pagar los 
males que ha hecho; i si es alguno que ha sido valiente i les ha 
hecho mucho daño en la guerra, llegan a él las viejas i le dicen: 
¿qué es de mi hijo o de mi marido que me mataron en tal tiem- 
po? Vuélvemelo, i si no, ahora he de comer de tus carnes, etc. 
I en llegando al medio se ponen todos en rueda i hacen temblar 
la tierra dando muchas voces i diciendo: remuera, muera.» 

«Cuando el que quieren matar es algún indio noble o algún 
soldado valiente, le dan lugar para que hable, i son tan animosos 
<iue, aunque ven que los quieren matar, hacen sin turbación nin- 
gmia un elegante razonamiento, con grande arrogancia... I suele 
Ser el razonamiento tan eficaz i tales las esperanzas que se pro- 
meten de él, que le perdonan i entonces matan un perro negro, 
i con él hacen las ceremonias que habian de hacer con el indio. 

«Pero si no es persona de quien esperan alguna grande suerte, 
o están mui eiicarnizados contra él por haberles hecho muchos 

97. Id., páj. 134. 



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CAP. VII. LOS ARAUCANOS 149 

echa a rodar por el suelo hacia la tierra de el enemigo, i abre 
lina calle la jente, por donde la lleva rodando, i toman tabaco en 
humo, i por la misma calle le van echando a bocanadas, retando 
al enemigo i diciendo que con los que allá están han de hacer lo 
mismo. I si la cabeza se queda el rostro hacia el enemigo, lo tie- 
nen por buena señal i dicen que han de alcanzar victoria; pero si 
se queda vuelta hacia ellos, lo tienen por mal agüero, i temen 
que les ha de ir mal en la primera ocasión. 

í< Hecho esto, levanta en una pica el corazón el que le cortó i 
al mismo tiempo el que cortó la cabeza la clava en una estaca, i 
al fin dé la calle donde estaba arrojada la levanta en alto, vuelto 
el rostro hacia el enemigo. I tocando las flautas hechas de las 
canillas i de los brazos del muerto, comienzan a cantar victoria, 
i en el romance con metáforas en verso en que dan a entender 
su valentía, i como el que les pretendió hacer guerra pagó su 
atrevimiento. Mientras están cantando andan al rededor de la 
rueda de la jente algunos indios desnudos hasta la cintura, con las 
lanzas arrastrando, dando carreras con grande furia, i diciendo a 
voces i con grande arrogancia: yape pnlliuien^ haced temblar la 
tierra, valerosos soldados...; i diciendo esto, el que tiene el cora- 
zón enarbolado en la pica i como estandarte de victoria, le baja 
i le despedaza en menudos pedazos, i los va repartiendo entre los 
caciques para que le coman el corazón a aquel que tan inhuma- 
namente despedazaron. Con esto beben i hacen gran fiesta, de- 
jando el cuerpo sin que le dé ninguna sepultura, i la cabeza la 
desuellan..,, i el casco le cuecen i le quitan la carne i los sesos i 
luego beben en él los caciques mas principales.^» 

Para celebrar la paz «júntanse los caciques i toquis jenerales 
de las provincias, vienen con ramos de canelo en las manos, i 
traen atada con una soga de la oreja una oveja de la tierra i tan- 
tas cuantas son las provincias, i en llegando delante de los otros 
a los cuales dan la paz, matan las ovejas de la tierra, dándole a 

99 Rosales, t. I, páj. 123 i sigts. Llámase raUlonco la cabeza del enemigo, en 
que beben. Pebres, Arte de ¡a lengua general^ etc. 



150 ' LOS ABORÍJENES DE CHILE 

cada una con una porra un golpe en la cabeza i otro en los lo- 
mos, con que cae al suelo i no se mueve mas. Luego le sacan el 
corazón vivo i palpitando, i con su sangre untan las hojas :de. el 
canelo, i le dan el corazón o la oveja al cacique con quien hacen 
las paces, el cual lo reparte en pedazitos, de modo que de el co- 
razón i de la oveja, quepa algún pedazo a cada uno... Luego vie- 
nen los razonamientos que hacen los caciques mas principales, 
hablando primero uno de parte de todos„ los que dan la pazcón 
un ramo de canelo en la mano, i respondiendo con el mismo, otro 
cacique de la otra banda, en que suele gastar cada uno mas de 
una hora, hablando con grande elocuencia i abundancia de pala- 
bras, i en acabando dan todos una voz a una diciendo que con- 
firman lo tratado. Tras esto se siguen los brindis i la chicha, que 
nunca tratan cosa a secas», concluye el buen jesuita.»^*^ 

Hé aquí ahora como cuenta don Francisco Bascuflan la vuel- 
ta a sus hogares de un indio que habia ido a la guerra: «Sus mu- 
jeres, parientes i parientas tenian.pani su 'recibimiento muchos 
cántaros i botijas de chicha, i con esta prevención se juntaron 
otro dia de su llegada todos sus deudos i parientes, así suyos co- 
mo los de su mujer, i otros amigos comarcanos, que los unos i 
los otros harían número de mas de ciento, i otras tantas i mas 
mujeres, sin la chusma de muchachos i chinas. Comieron i bebie- 
ron con grande regocijo i consolaron al guerrero, que ya se ha- 
llaba con mejoría de su lastimada i herida pierna; i para mayor 
fausto del festejo, antes de resonar los tamboriles i dar principio 
al baile acostumbrado, le dieron, con trompetas i clarines, al ser- 
món i parlamento que acostumbran en ocasiones tales; dieron la 
mano a un retórico, en su lenguaje discreto, de buena propor- 
ción, i jentil hombre, compositor de tonos i romances, por cuya 
causa era aplaudido del mayor concurso; éste parló mas de me- 
dia hora con bizarra enerjía i buen desgarro, aunque con palabras 
tan obscuras i encrespadas, que fueroa muí pocas las que pude 
dar a la memoria; que también entre bárbaros hai predicado- 

100. Id., /V/., páj. 146. 



CAP. Vil. — LOS -ARAUCANOS I5I 

res cultos, que se precian de no ser entendidos ni entenderse. 
«Despnes de haber dado fin a sn oración el galante i presumi- 
do predicador, se levantó un anciano, a poder de años i espenen- 
cias docto, i en breves razones claras i de peso mucho mas que 
el otro, habló teniendo a todos atentos i pendientes los sentidos 
de sus labios, por haberles predicado al alma i a lo que su natu- 
ral inclinación los lleva... Con esto, principiaron los tamboriles 

» 

con otros instrumentos de alegría, a dar bastantes muestras de 
contento, pues ocuparon i saltaron toda la noche en comer i be- 
ber, cantar i bailar, con grande regocijo.^*'^ 



101. Cautiverio feliz^ páj. 442 i siguientes. 



CAPITULO VIII. 



LOS ARAUCANOS. 
III. 

Población que habia en Chile a la época de la llegada de los españoles. — Pue- 
blos. — Caminos. — Casas. — Trajes. — Desfiguración del cráneo i del rostro. — 
Adornos. — Joyas. — Afeites. — Ajuar de las casas. — Camas. — Insectos noci- 
vos. — Parásitos. — Alumbrado. — Sistema para procurarse el fuego. — Modo 
de comer. — Alimento. — Caza de montería. — Animales anfibios. — Volate- 
ría. — Animales domésticos, — El perro. — El chilihticque, — Mariscos. — Pesca. 
— Anzuelos. — Embarcaciones — Balsas, canoas, piraguas. — Alimentación ve- 
jetal. — Sal. — Miel. — Diversos productos. — Fertilidad del país. — Agricultura. 
— Uso del tabaco. — Bebidas. — Utensilios. — Comercio. 

Por lo que respecta a la población que habia en Chile a la 
época de la llegada de los españoles, se encuentran en los anti- 
guos cronistas datos suficientes para alcanzar en este orden cier- 
ta precisión en las cifras. Valdivia aseguraba al rei que la tierra 
«ra en jeneral mas poblada que la Nueva España, i en otra parte 
de sus cartas dice, con aparente exajeracion, que era tanta la jen- 
te que «habia mas que yerba.b) Poco mas adelante, vuelve a in- 
sistir en esta misma idea, declarando que (da tierra es poderosa 
<Je jente, i belicosa, i que la población della era hacia la costa p) 



I. Historiadores^ t. I, pájs. 45 i 47. 



154 LOS ABORÍJENfS DE CHILE 

i posteriormente escribiéndole al rei con fecha 25 de junio de 
^55^ 1^ declaraba: cdo que puedo decir con verdad de la bondad 
desta tierra es que cuantos vasallos de V. M. están en ella i han 
visto la Nueva España, dicen ser mucha mas cantidad de jente 
que la de allá, i si las casas no se ponen unas sobre otras, no 
pueden caber en ella mas de las que tiene. ..d 

Sin embargo, de la misma relación de Valdivia se deja ver 
con toda claridad, que la población del país estaba mui desigual- 
mente repartida, pues al paso que desde Copayapo hasta el valle de 
Canconcagua, a diez leguas de Santiago, no habia, según él, mas 
de tres mil indios'^ o mil quinientos hombres de guerra, como se 
espresa González de Oviedo,^ en los combates que tuvo que sos- 
tener en los alrededores de Santiago, «era tanta la jente de ar- 
mas enhastadas e mazas, que no podian los cristianos hacer a sus 
caballos arrostrar a los indios.D En 12 de marzo del año 1550 dice 
también que se avistaron mas de cuarenta mil indios, «quedando 
atrás, que no se pudieron mostrar, mas de otros tantos.» Habien* 
do marchado al sur desde Santiago, por los comienzos de febre- 
ro, refiere que caminó treinta leguas, «que era la tierra que nos 
servia, i habiamos corrido; pasadas diez leguas adelante topa- 
mos mucha población e a las diez i seis, jente de guerra que nos 
salian a defender los caminos e pelear;» i cuando llegó por pri- 
mera vez al Biobio en 1550 topó ahí con veinte mil indios, i con- 
tinuando hacia el mar, en el paraje de Arauco, «con tanta pobla- 
ción que era grima,» espresion que repite en las instrucciones 
suyas que llevó a España Alonso de Aguilera.'* Don Pedro Ma- 
rino de Lovera, testigo también de los sucesos de este tiempo, 
indica que, estando descansando la hueste de Valdivia en el 
asiento de Andalien, «con la voz que salió por la tierra de que 
venian cristianos, iban concurriendo tantos indios que pasaban 

2. Id., páj. 13. Proceso de Pedro de Valdivia, páj. 208. 

3. Historia de las Indias^ t. IV, páj. 268. Bollaert, cree, a pesar de todo, 
que la rejioii del norte debió en un tiempo ser bastante poblada, por el consi- 
derable número de huacas que en ella se encuentran. Antiqíiarian^ ethnological 
and other resear ches, Xii]. 175. 

4. Proceso de Pedro de Valdivia^ páj. 236. 



156 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

Por fin, en Chiloé cuando fué visitado por primera vez por 
Ruiz de Gamboa en 1566, se encontraron por matrícula, cincuen- 
ta mil indios. ^^ Refiriéndose al mismo archipiélago decia Ercilla 
en su poema que habia hallado «islas en grande número pobla- 
das. ^*"D 

Sumando todas estas cifras i apreciándolas prudencialmente en 
su conjunto, creemos que el total de la población indíjena de 
Chile a la época de la venida de los españoles no debió exceder 
de medio millón de habitantes. Es verdad que a estarnos simple- 
mente al número de indios que se presentaban al combate i a las 
manifiestas exajeraciones de los conquistadores, la cifra que fija- 
mos parecerá exigua; pero es necesario no olvidar que por la 
constitución especial del antiguo pueblo chileno, tan diferente a 
este respecto de la organización de las naciones modernas, la jen- 
te de pelea puede asegurarse que la formaban la totalidad de los 
hombres en estado de cargar las armas. Todos los araucanos de 
entonces, como los de hoi, eran soldados. En los ranchos no que- 
daban sino las mujeres i los niños mui pequeños, lo que los es- 
pañoles llamaban la chusma i que en sus correrías arriaban como 
carneros. 

Esta población, como lo hemos indicado ya, vivia agrupada en 
los valles irrigados por los rios que descienden de la cordillera, 
donde encontraban facilidad para sus siembras i los mas fértiles 
terrenos; pero, como lo declaraba Pedro de Valdivia, era nota- 
ble el exceso déjente que se notaba del lado de la costa en com- 
paración con el de la cordillera, i hasta hoi «la mayor parte de 
la población india se halla establecida, tanto al pié de las monta- 
ñas en el llano intermedio, como en la orilla de las montañas de 
la costa; de las secciones trasversales, las que forman la hoya de 
los rios Tolten e Imperial, son las que han ofrecido mas ventajas 
i por eso son también las mas pobladas, "d Esta desproporción 
era todavía mas notable al comparar la rejion que se estendia 

11. Id., /V/., páj. 294; 11, páj. 145, 

12. La Araucana^ canto XXXVL 

13. Domeyko, Araucauia i sus habitantes^ páj. 5. 



CAP. VIII. — LOS ARAUCANOS 1 57 

desde Copiapó a Aconcagua, casi del todo deshabitada, con la 
que corria de esta parte a los lomajes de Arauco. Por fin, pare- 
ce necesario advertir que el país, según lo aseverado por escrito- 
res de ordinario bien informados, estuvo mucho mas poblado en 
una época anterior a las invasiones que tuvo que esperimentar. 
Rosales, en efecto, espresa que hubo en lo antiguo multitud de 
indios, que entre otras causas fueron diezmados por las guerras 
civiles i por «las hambres en que se comian unos a otros. ^*)) «An- 
tes que los españoles viniesen a este reino, añade el mismo autor, 
acabó mucha jente una grande peste, i al ejército del Inga cuan- 
do andaba conquistando esta tierra le dio otra peste que le con- 
sumió muchos soldados. ^*d 

Pero del hecho acerca del cual pueden presentarse datos mas 
precisos i exactos, es sobre los pueblos que los españoles halla- 
ron fundados en el territorio. «El cultivo de la tierra implica, de- 
cia con razón el abate Molina, la radicación de la familia, i la fa- 
milia la asociación de otras: de aquí los pueblos. Habia entre los 
aboríjenes chilenos algunas poblaciones que ellos llamaban caras 
en contraposición al ¿ov, que era mas reducido. Eran chozas que 
estaban situadas solamente a la vista unas de otras. ^*'s> Hubo, con 
todo, una causa que dificultó sobremanera la fundación e incre- 
mento de las poblaciones, pues en virtud de sus creencias i su- 
persticiones vivian persuadidos los indios de que la muerte no 
provenia de causas naturales, sino de venenos i maleficios que se 
daban unos a otros, i por eso, dice González de Nájera, «rehusan 
congregarse en pueblos, ^"^d 

Ya González de Oviedo declaraba, sin embargo, que el adelan- 
tado Diego de Almagro reconoció algunos que tenian de diez a 
quince casas, siendo el mas considerable de todos ellos por su si- 
tuación e importancia el de Canconcagua. ^^ En las actas del (^a- 



14. I, 184. 

15. I, 190. 

16. Historia civily lib. I, cap. IV. 

17. Desengaño de la guerra de Chile^ páj. 99. 

18. Historia natural y moral de las Indias^ t. IV, páj. 273. 



158 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

bildo de Santiago se encuentran también preciosas indicaciones a 
este respecto. Así, en 27 de junio de 1547 la corporación adjudi- 
có a Joan Cabrera «un sitio i asiento de tierra Iiácia Curacoma, 
en un valle que se llama Bonbancagua, a donde solia estar un 
pueblo de indios cuanaqneros. ^'•*)) En igual fecha, Diego Oro ob- 
tuvo también ciertas tierras ccen las que solían ser del cacique 
Apochame, a donde solia estar un pueblo del dicho cacique.^» 

Son mui dignas de observación las espresiones que en estos 
dos casos emplea el Cabildo de la capital, aen el lugar en que 
solia estar el pueblo, en las tierras que solian ser», porque, como 
veremos poco mas adelante, no ha faltado quien sostenga, sin 
duda con razón, que parte de los primitivos indios de Chile fue- 
ron cazadores. Las palabras del Cabildo, en efecto, parecen 
indicar claramente, que las agrupaciones de las casas de los indí- 
jenas eran transitorias i accidentales, así como lo eran su pose- 
sión i disfrute, tal como lo que hoi se ve respecto de los indios 
de las Pampas o de la Patagonia, cuyas tolderías no se alzan en un 
sitio sino por el tiempo que dura la caza en los contornos inme- 
diatos. Es sabido, igualmente, que los indios pescadores de las cos- 
tas occidentales de la rejion austral de Chile, construyen en unas 
cuantas horas las chozas que les han de servir de abrigo, mientras 
no se agota el marisco en los parajes en que fijan su residencia, 
según diremos mas adelante. I a esto mismo parece que concu- 
rre el calificativo de aciianaqueros» o cazadores de guanacos con 
que se designa a los que residian de cuando en cuando en los si- 
tios de Curacoma. 

Pero, sigamos adelante en nuestra enumeración, valiéndonos 
siempre de las declaraciones de los cabildantes santiaguinos. 

Cerca de la confluencia de los rios Cachipual i Tintilica habia 
un pueblo llamado Cailloa, que fué de Qiiinillanga, mas tarde 
asignado a Rodrigo de Qiiiroga.*^ Este mismo Quiroga data en 



19. ¿Cazadores de guanacos? 

20. Acias del Cabildo^ páj. 127. 

21. AcidSj páj. 319. 



CAP. VIII. — LOS ARAUCANOS 1 59 

15 de enero de 1552 el nombramiento de escribano de Salvador 
Alvarez, en el pueblo de Yauyau.^^ 

En la merced de tierras hecha a Pedro de Miranda, también 
por Quiroga, se dice que la legua i media de que consta el títu- 
lo, es aen sus pueblos, junto al rio de Cachipual, desde un cerro 
que se llama Vilolmo, prosiguiendo el dicho rio de Cachipual 
hacia la sierra de las nieves.^*^» 

En jeneral, puede decirse que a escepcion de Arauco, de don- 
de los datos son mas escasos, de lo restante del país es fácil enu- 
merar los diversos pueblos que existian antiguamente, entendien- 
do por pueblos, como ya se ha advertido, las agrupaciones de 
diez o quince casas o ranchos, habitados de ordinario por la jen- 
te que obedecia a un solo cacique. Así, en la actual provincia de 
Coquimbo se notaban los de Huana, patrimonio i título poste- 
xiormente de un marqués, Paitanasa, Huamalatai Tambo; Samo, 
en el Huasco; Toquihue, Purutun i Chuapa o Chalinga en Qui- 
Jlota i Cuzcuz; Catemu, Llapeu, Curimon, Panquehue i Llayllay 
en Aconcagua; Pomaire, Cudahuita, Terao, Copequen, Curama- 
pu, Putupur, Lampa, Macul, Llopeu, Chiñihue i Talagante en 
Santiago; Nancagua, Pilcun, Manquehue, Apaltas, Rapel,'^'* Ta- 
guatagua i Vichuquen en Colchagua; Huenchullamí en Talca; 
Lora i Libun en Maule; Cobquecura, Ranquilcahue, Meypu,, 
Puaun, Puralihue, Pirumahuida, Pumahuil, Maitenco, Colmuico, 
Nochehue, Pahuil, Huelhuine, Luanco.i Chanco en Cauquenes; 
Quillenhue en Chillan; Noguen, Mela, Colmucahue, Nogueche, 
Guechupureo, Ichato, Chaquillama, Puñual, Parima i Quilaco- 
ya^ en Concepción. Según el historiador Alonso de Góngora 
Marmolejo, a la desembocadura del rio Ainilebu, un poco mas al 
sur de Valdivia habia en su tiempo un gran pueblo de indios Ua- 

22. Jii y páj. 320. 

23. Mj id. 343. 

24. Se hace mención especial de este pneblo en la declaración de don Gabriel' 
de Castilla, prestada en una información levantada de orden de Oñez de Lo- 
yola. Historiadores de Chile^ t. II, páj. 303. Existe hasta hoi cerca del puerto 
de Navidad. 

25. Este pueblo estaba cerca de Penco, según el testimonio de Marino de 
Lo vera. Historia de Chile ^ páj. 67. 



..'i::a¡lí, Giiechuquethii, 

. • -^iyos, Lelbun, Ragco, 

'..vzzi, Ciiqiiignil, Vilupiilli, 

■ - Terao en Chiloé;^ i con 

.'rrzíun, Tei, Jiitui, Huillinco, 

:/.::>. Chadmo, Rilan, Curaluie, 

r Ji!en, Tenaun i Quicaví, en la 

."irico, Hnigar, Palqui i Matan 

. r-.r:. Alachiln, Ichoac i Dativ en 

r ^ .. Arian, Chaulinec, Alan, Cagnach, 

. ^-r-j. Vuta-chauqnis, Añihne, Cheg- 

. ;:r >l: respectivo nombre; Carelmapu 

' .r vT-uicaluie, Calbnco, Menmen, Cai- 

.'::,^pe. Polnqni, Qnenn, Tabón, Abtan, 

> :.e:npos anteriores ala invasión, el ham- 

:• ír:a notablemente el nñmero de habitan- 

j lírrirorio, del mismo modo la conquista es- 

, ;>:;T:ninio de la mayor parte de los que fueron 

:^: ^ir! invasor. Aparte de los muchísimos testi- 

. ,. :!.^> citar a este respecto, seguimos con pre- 

\.^>.:!es por hacer mas directamente a nuestro ca- 

^v .:>:: '»en las tierras de paz que há mucho que se 

. ^'.*:!u> Santiago, habia algunos indios reducidos a 

^> /.vx^ a poco se han ido acabando. 'V De los pue- 

.>r los incas en nuestro territorio daremos razón 



*< i" 



. ^' • -v.-.r.icarse por tierra de un punto a otro, principalmen- 
\ .1 v.vO. tenian los indios tres caminos, que llamaban rupus^ 

:.:' -rs, 1. II, páj. 224. 

\ ;. '. < vio csios nombres han sido tomados de una Nóniina de /os pue- 

• .. •;.;'..\v de indios, de 1788, que existe en la Biblioteca Nacional, for- 

.:,*ií .ycu>l¡n de Salomón; pero en casi su totalidad los debemos a un 

^ -. :sp:sIoso de muchos de los espedientes que so encuentran en el Ar- 

. . M:i\;>loiio de lo Interior. 

V í .*:'.■ .lie Anuert^s, Descripción hislorial de Chüoc, páj. 150. 
. ' /. ,^ ' í .-.;. l . I , páj. 1 5 1 . 



172 LOS ABORÍJEXES DE CHILE 

algunas imijeres zarcillos de plata, añade a este respecto Gonzá- 
lez de Nájera, hechas de cálices i patenas que hubieron en el sa- 
co de las ciudades que destruyeron; porque minas de tal metal 
no sé que se hayan descubierto hasta ahora en aquella tierra^ 
aunque hai noticias dellas, i comunmente también traen zarcillos 
de latón, habido en el mismo saco, hechos a modo de ruedecillas 
de reloj, dentados, grandes i pequeños, i de otras formas.®^» 

Entre los araucanos se ven hasta hoi los aretes cuadrangulares 
de tamaño i peso estraordinarios; mas, ¿son ellos de invencioa 
de los naturales, o por el contrario, los han adquirido de los es- 
pañoles? A nuestro modo de ver, esta duda envuelve una doble 
solución, según sea el punto de vista bajo el cual se le considere. 
Si no se toma en cuenta mas que la forma i dimensiones, nos 
parece que ambas son evidentemente de invención araucana^ 
orijinales del pueblo; mas, el material, la plata misma (casi el 
único metal empleado para estos trabajos) es de estraccion espa- 
ñola. Tendríamos, pues, así que en las provincias del norte, (se- 
gún se verá después) antes de la conquista española, i por la 
menos desde la invasión peruana, la forma i el material fuc.on 
propios de los aboríjenes; i que hacia el sur, utilizando un mate- 
rial de estraccion ajena, le dieron una forma propia. En la figura 
130 puede verse una muestra de éstos pendientes cuadrados a 
que sin duda alguna se refiere Rosales i que hasta la fecha se 
encuentran en gran boga entre las tribus araucanas. Pesa cin- 
cuenta gramos, i la parte plana inferior tiene un ancho de cator- 
ce centímetros, i según dice don P. U. Martinez, en Arauco se 
les conoce con el nombre de «uples,» chapul^ o upul^ según Pe- 
bres."^ 

«El ajuar de sus casas i el menaje es poquísimo i pobre, con- 
tentos con tener que comer i vestir moderadamente.^!) «El mo- 
biliario de los indios changos, dice D'Orbigny, consiste en algu- 
nas conchas, algunos vasos, utensilios de pesca i pequeños 

80. Ob. i liifT. c¡t., páj. 98. 

81. /^^ verdad en campaña y M. S. 

82. Rosales, I, páj. 160. 



CAP, VIII. — LOS ARAUCANOS 1 63 

i cubiertos con cortezas de árboles i algunas pieles de lobo ma- 
rino, i únicamente tienen para ellos la conveniencia de que fá- 
oilmente las trasladan a otros sitios; i como no hacen mansión 
determinada, sino que continuamente andan de isla en isla en 
solicitud de su manutención, cargan en sus pequeñas piraguas, 
las cortezas, pieles i palos, i donde llegan levantan luego su cho- 
a.^D 

«Los indios de guerra cuando van marchando, hacen en la cam- 
aña, en un instante, unas casitas en que se defienden del agua 
n el invierno i del sol en el verano, porque hai en casi todas 
unas hojas que llaman átt pangue^ i cada una es un quita- 
ol, i con cuatro varillas arqueadas i cuatro hojas de éstas, está 
liecha la casa/'^j) 

El abate Molina, disertando sobre las habitaciones de los in^ 
c3ios, se inclina a creer que empleasen en ellas cierta especie de 
ladrillos conocidos con el nombre de ticdy aunque .observa jui- 
"«iosamente que esta industria debió nacer después de la con- 
<juista peruana, porque en la tierra de los Incas se conocían con 
^1 mismo nombre/® Al presente este material es completamente 
•desconocido en la fábrica de las habitaciones de los indios, pero 
Iiasta hoi conservan ellas cierta orijinalidad, derivada de su for- 
ma i de los elementos empleados en su construcción. 

Los indios pescadores de la costa del desierto de Atacama, 
conocidos jeneralmente con el nombre de (íchangos,» para la 
fábrica de sus habitaciones ocurren a otro sistema. «Como no 
llueve nunca en los lugares que habitan, nos dice D'Orbigny, 
tres o cuatro estacas clavadas en el suelo, sobre las cuales colo- 
can pieles de lobos marinos i algas, forman sus casas.***» dObser- 
vé, añade por su parte un esplorador moderno, que sus chozas 
eran formadas con huesos de ballena, cubiertos con pieles de 
lobos/*'» 

38. Descripción historial de Chiloc, páj. 1 86. 

39. Rosales, id., 151. Estas ramadas las designaban los araucanos, segiin el pa 
dre Lilis de Valdivia' con el nombre de acuñrne. Arte y gramática general, etc, 

40. Historia civily lug. cit. 

41. Uhomtne américain, t. II, páj. 334. 

42. BoUaert, R escarches y páj 171. 



174 ^-^S ABORÍJENES DE CHILE 

Para alumbrarse se valían los indíjenas de las varias espe- 
cies del coligues o nigiil, que se crian en los montes; «meten en 
el recoldo uno o dos de estos ((coleos,)) i luego se encienden lar- 
den como una vela, i en acabándose remudan otros.*^» A esta es- 
pecie de vela llamaban cude. 

<(Para sacar fuego, su piedra i eslabón son dos palitos! apenas 
hai indio que no los traiga colgando en la cintura, particularmen- 
te los que van a la guerra o hacen camino.^ I a estos palitos 
llaman rcpii] el uno de ellos es algo puntiagudo, i nombran huen- 
tu-repii^ i el otro agujereado por medio, dovio-repu^ de manera 
que el uno encaja en el otro, como el gorrón en el dado, i el uno 
es hembra i el otro macho; i al sacar fuego dicen reputun.^ 
Asientan el un palito en el suelo i tiénenle fijo con los pies, i con 
el macho sacan fuego del otro palito, afirmando con las dos ma- 
nos i refregándole entre ellas con fuerza i maña. Porque ludien- 
do el quicio sobre el dado, hacen entre los dos un aserrin menu- 
dito, que con la colusión de los palitos se enciende brevísimamen- 
te, i echando aquel aserrin encendido en unas pajas o en otra 
materia seca, a dos soplos tienen sacado fuego, sin yesca, esla- 
bón, pedernal ni pajuela. I así aunque no hayan guardado fuego 
en sus casas, de parte de noche, no han menester irle a buscar 
a otras casas, que en el repu dicen que le tienen guardado i lue- 
go le sacan con facilidad; que este es el fuego que dicen que 
trajo la zorra en la cola i le dejó en las piedras i en los palos..." 
(íUna vez que sacan fuego de esta manera, añade González de 
Nájera, se sirven como de yesca del tronco seco del chagua I, 
del cual, encendida una punta, conserva el fuego i dura mas de 
dos jornadas.^» 

91. Rosales, lug. cit. 

92. «Traía la india a las espaldas, refiere González de Nájera, un envoltorio 
dentro de una rtd de que se hirvtn como de mochila, i liabicndola puesto en el 
suelo me abajé a ver lo que traia dentro Hallé unos ovillos de hilado i al- 
guna lana para hilar, i envueltos en ella unos palos con que los indios acostum- 
bran a encender fuego.» Descns^añOs páj. 181. 

93. Pérez García, Historia de Chile, M. S. Febres, Avie de la lengua, etc. 

94. Rohales, ob rit., páj. ibo. 

95. Desengaño i reparo de la guerra de Chile, páj. 59. 



l68 LOS ABORÍJENES VE CHILE 

que dio Michimalonco a los compañeros de Pedro de Valdivia, los 
escuadrones de indios <ívenian lucidos a maravilla por la mucha 
plumería que traian en sus cabezas, de diversos colores. ))®^ Esta 
principal ccdivisa i gala del plumaje era lo que los indios llamaban 
pergiiin, "» <íPara asentar las plumas o penachos, de que ellos son 
mui amigos, i no los traen en la guerra, porque entonces usan ce- 
ladas,» tenian el llauto^ que cees un trocho o rodete redondo, an- 
cho de dos dedos que les ciñe la cabeza, i los cuales adornan con 
muchas piedras i dijes. *"» 

De acuerdo con lo que antes hemos visto declarar a Molina, 
parece incuestionable que, a escepcion de los jefes peruands que 
se ensanchaban las orejas, por lo cual se les llamaba «los orejo- 
nes,!) entre los indios de Chile no se acostumbró jamás la deforma- 
ación del rostro i mucho menos la del cráneo. Es sabido que de 
esta práctica singular no son raras las muestras que aún pueden 
estraerse de los cementerios indi jenas del Perú; pero en Chile, 
ni por la tradición ni por los restos de antiguos sepulcros, puede 
en manera alguna afirmarse que haya existido esta curiosa cos- 
tumbre. 

Pero la práctica común a los indios del Perú i Chile fué la de 
arrancarse los pelos de la cara con unas tenacitas, de plata en el 
Perú, hechas de conchas entre los araucanos, que llamaban útiv^ 
i las cuales traen siempre consigo pendientes del cuello. ^ aA ra- 
tos perdidos las sacan, i en buena conversación están arrancando 
los pelos, "d Con el tiempo, los araucanos usaron el mismo mate- 
rial que los del Perú, según lo testifica ya Olivares,^ i según pue- 
de comprobarse de los ejemplares que han solido estraerse de las 
sepulturas. En nuestro atlas, bajo los números 124 i 125, damos 
de tamaño natural, dos hojas de estas tenacillas, de plata fundida, 



62. Historia de Chile^ páj. 46. 
bj. Pérez García, Historia^ liig. cit. 
64. Ercilla, La Araucana, Tabla. 
6;. Rosales, I, 167 . 

66. Oval le, Histórica relación, páj. 90; González de Nájera, Desengaño t re- 
paro de la guerra de Chile y páj. 83, nota. 

67. Historia de Chile^ páj 39. 




CAP, VIII. — LOS ARAUCANOS 1 69 

que fueron sacadas de una huaca de los alrededores de Osorno. 
Como se nota, ambas están retorcidas en su estremidad superior, 
formando un pequeño agujero destinado a recibir el hilo con que 
se las amarraba al cuello. La número i 24 es un poco mas elegan- 
te que la otra, estando adornada con dos dientes a cada lado. 
Debe notarse, sin embargo, que entre estos instrumentos i los que 
los peruanos usaban, liabia una notable diferencia: según puede 
verse en la figura 4 de la plancha XXXIV de la obra de los sé- 
flores Rivero i Tschudi, las tenacillas peruanas tenian sus dos bra • 
zos reunidos, mientras que los araucanos no supieron fabricar sino 
las dos hojas separadas. 

Esta costumbre de arrancarse los pelos de la carn, que hacia 
parecer a los indios mucho mas desbarbados de lo que realmen- 
te eran, no estaba fundada solo en la ociosidad, como han pensa- 
do algunos autores, sino en sus ideas de estética i hasta de decen- 
cia, considerando que faltaban a ella los que traían sus cejas mui 
pobladas. En este orden, el tipo de la hermosura araucana es que 
la ceja aparezca apenas diseñada por una línea; i lo mismo pare- 
ce que ocurre con frecuencia entre otros muchos salvajes, pues 
de la Oceanía se sabe que los naturales de las islas del Almiran- 
tazgo se raspan las cejas con pedazos de obsidiana, que les sumi- 
nistran las montañas volcánicas del país. ^® 

Por lo que heinos visto, consta igualmente que los aboríjenes 
del sur de Chile, para libertarse de los incómodos ataques de 
los mosquitos, se veian obligados a embadurnarse el cuerpo con 
barro. Pero, en las rejiones de mas al norte, es incuestionable 
que usaban de la pintura para teñirse por lo menos la cara. Así, 
Marino de Lovera refiere que en cierto encuentro que los es- 
pañoles tuvieron con los indios en los primeros tiempos de la 
conquista, venian ^^cmui lucidos con las pinturas de sus rostros, 
que estaban matizados con la variedad de colores.» «Se adornan, 
añade Carvallo, tanto los hombres como las mujeres, con pintu- 
ras encarnadas de figura triangular, que se ponen en las niejillas 

68. Girard de Riallc, Les peu[)les de tAfrique^ etc.^ páj. 157. 



17G LOS ABORÍJENES DE CHILE 

i barba, tirando por todo el rostro tres líneas negras, desde los 
párpados i labio superior,» costumbre que se estendia también a 
Cliiloé, según lo que resulta de un libro de apuntes del historia- 
dor Pérez García.*® En las sepulturas suelen encontrarse terro- 
nes amasados con esta pintura lacre, que los indios llamaban colit 
i que los conquistadores peruanos, según se verá en su lugar, en- 
señaron después a guardar en pomos adecuados al objeto. Los 
pehuenches hacen sus pinturas ccrevueltas con sangre de anima- 
les, lo que los pone fétidos."% Los changos se tiñen la cara con 
ocre."^ 

Entendemos, sin embargo, que esta pintura del rostro era sim- 
plemente superficial, no habiéndose entregado jamas nuestros 
indios a la práctica del ^tatuaje,» ni a otras operaciones como la 
de romperse o teñirse los dientes, que son tan comunes aún hoi 
dia entre ciertos pueblos salvajes. «No se pintan los rostros i 
cuerpos en la forma que los del Brasil i otras partes, dice a este 
respecto González de Nájera, ni se horadan los labios o bezos, 
como los del Paraguay i Charrúas, i otros muchos que traen 
huesos i piedras labradas en ellos, a que llaman los nuestros 
barbotes, ni menos usan, salvo las mujeres, de zarcillos, brazale- 
tes, ni gargantillas, ni de otro adorno alguno femenil de que usan 
los indios en otras muchas partes.'"D 

De estos adornos mujeriles, la joya principal eran las «llan- 
cas,^^jD «que son unas piedras toscas, verdes, que agujerean por 
medio i las ensartan, i que entre ellos valen mas que los diaman- 
tes.'S ((Son éstas, añade Gonzales de Nájera, unas piedras 
brutas, sin algún labor, pulideza, o forma, feas, bruscas i caverno- 

69. Citado por Gay, Documentos^ t. I, páj. 222. Carvallo, Historiadores^ t. X, 

páj. 133. 

7c. Usauro Martínez, 1m verdad de campaña^ M. S. 

71. Philippi, Viaje al desierto de Atacama, páj. 36. El afeite de la cara lo 
designan los araucuios con el nombre de ipu. Fcbres, Arte de ¡a lengua gene- 
ral^ etc., 

72. Desengaño de la guerra de Chile ^ páj. 96. 

73. Los mineros conocen actnalmente con este nombre un silicato de óxido 
de cobre. 

74. Rosales, t. I, páj. 159. 



172 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

algunas mujeres zarcillos de plata, añade a este respecto Gonzá- 
lez de Nájera, hechas de cálices i patenas que hubieron en el sa- 
co de las ciudades que destruyeron; porque minas de tal metal 
no sé que se hayan descubierto hasta ahora en aquella tierra, 
aunque hai noticias dellas, i comunmente también traen zarcillos 
de latón, habido en el mismo saco, hechos a modo de ruedecillas 
de reloj, dentados, grandes i pequeños, i de otras formas,®^» 

Entre los araucanos se ven hasta hoi los aretes cuadrangulares 
de tamaño i peso estraordinarios; mas, ¿son ellos de invención 
de los naturales, o por el contrario, los han adquirido de los es- 
pañoles? A nuestro modo de ver, esta duda envuelve una doble 
solución, según sea el punto de vista bajo el cual se le considere. 
Si no se toma en cuenta mas que la forma i dimensiones, nos 
parece que ambas son evidentemente de invención araucana, 
orijinales del pueblo; mas, el material, la plata misma (casi el 
único metal empleado para estos trabajos) es de estraccion espa- 
ñola. Tendríamos, pues, así que en las provincias del norte, (se- 
gún se verá después) antes de la conquista española, i por lo 
menos desde la invasión peruana, la forma i el material fuc.on 
propios de los aboríjenes; i que hacia el sur, utilizando un mate- 
rial de estraccion ajena, le dieron una forma propia. En la figura 
130 puede verse una muestra de éstos pendientes cuadrados a 
que sin duda alguna se refiere Rosales i que hasta la fecha se 
encuentran en gran boga entre las tribus araucanas. Pesa cin- 
cuenta gramos, i la parte plana inferior tiene un ancho de cator- 
ce centímetros, i según dice don P. U. Martinez, en Arauco se 
les conoce con el nombre de «uples,» chapul^ o upul^ según Pe- 
bres."^ 

«El ajuar de sus casas i el menaje es poquísimo i pobre, con- 
tentos con tener que comer i vestir moderadamente.^!) «El nio- 
biliario de los indios changos, dice D'Orbigny, consiste en algu- 
nas conchas, algunos vasos, utensilios de pesca i pequeños 

80. Ob. i liifT. cit., páj. 98. 

81. La verdad en campaña^ M. S. 

82. Rosales, I, páj. 160. 



CAP. VIII. — LOS ARAUCANOS I 73 

arpones, injeniosamente preparados.**^!) Los araucanos hacen tam- 
bién unas esteras o tapetes, en los cuales invitan a sentarse a los 
forasteros, i que ellos mismos aprovechan para colocarse al re- 
dedor del fuego.^ 

Para dormir, hacen la cama sobre un montón de totora,^^o so- 
bre algún pellejo, cuando no en el duro suelo;*'*'* no se desnudan, 
durmiendo todos revueltos, costumbre común a todos los in- 
dios, incluyendo a los changos i con mas razón a los chonos i 
caucahues. En los tiempos de Bascuñan usaban pieles cosidas 
en lugar de sábanas, ^íionques) mantas blancas i una frazada," 
sirviendo de almohada un tronco de madera.^ Por lo demás, 
decia Nájera, «se duerme sin recelo de cosa que ofenda, ni se 
sabe qué cosa sean chinches ni pulgas, que den pesadumbre de 
noche i de dia, particularidades no poco de estimar bien consi- 
deradas... Solo se sabe que hai en aquel reino un animalito no- 
civo, i éste no es común en todo él, porque solo se halla en una 
particular i no grande provincia, que llaman de Mareguano, que 
es una mui pequeña araña de color rojo, de forma i grandeza de 
una garrapata, la cual al hombre que pica en cualquiera parte, le 
priva por algunos dias de juicio, a unos por mas tiempo que 
a otros,... i esto es cosa mui sabida en aquella tierra.®'*^)) 

Los parásitos mas comunes en los indios son los piojos, «que 
el mas limpio mdio o india se come los propios i ajenos cuando 
se espulgan unos a otros, como las monas,)> práctica común en- 
tre los pueblos salvajes.^ Decian puthar al piojo del cuerpo, i 
chin al de la cabeza. 

83. L'homme améncain, t. 2.®, páj. 334. 

84. Bascuñan, Cautiverio feliz ^ páj. 472. 

85. GutantuUy arrancar yerba i hacer la cama en ella. Pebres, Arte de la 
lengua^ etc. 

86. Rosales, lug. cit. Existe en araucano la voz cahuitn^ catre, pero es de 
evidente oríjen español, como cahtiellu^ caballo. 

87. Pájs. 51 i 98. 

88. Carvallo, Historiadores de Chile^ t. X, páj. 137. 

89. Desengaño^ páj. 71. Esta araña es el Latrodectus formidahilis (dibujada 
por Gay, lám. 4, fig. 10 del Atlas) de los naturalistas. Es bastante común en 
los lugares secos de las provincias centrales, i se oculta debajo de las piedras. 

90. Véase Girard de Kialle, Les peitples de VAfrique et de V Amcrique^ páj. 
170. González de Nájera, Desengaño de la guerra^ etc.^ páj. 470. 



174 ^-^S ABORÍJENES DE CHILE 

Para alumbrarse se valían los indíjenas de las varias espe- 
cies del coligues o nigiil, que se crian en los montes; «meten en 
el recoldo «no o dos de estos ((coleos,» i luego se encienden i ar- 
den como una vela, i en acabándose remudan otros.^S A esta es- 
pecie de vela llamaban ende. 

((Para sacar fuego, su piedra i eslabón son dos palitos i apenas 
hai indio que no los traiga colgando en la cintura, particularmen- 
te los que van a la guerra o hacen camino.^ I a estos palitos 
llaman repti] el uno de ellos es algo puntiagudo, i nombran hiten- 
tii-repii^ i el otro agujereado por medio, domo-repn^ de manera 
que el uno encaja en el otro, como el gorrón en el dado, i el uno 
es hembra i el otro macho; i al sacar fuego dicen reputun.^ 
Asientan el un palito en el suelo i tiénenle fijo con los pies, i con 
el macho sacan fuego del otro palito, afirmando con las dos ma- 
nos i refregándole entre ellas con fuerza i maña. Porque ludien- 
do el quicio sobre el dado, hacen entre los dos un aserrin menu- 
dito, que con la colusión de los palitos se enciende brevísimamen- 
te, i echando aquel aserrin encendido en unas pajas o en otra 
materia seca, a dos soplos tienen sacado fuego, sin yesca, esla- 
bón, pedernal ni pajuela. I así aunque no hayan guardado fuego 
en sus casas, de parte de noche, no han menester irle a buscar 
a otras casas, que en el repu dicen que le tienen guardado i lue- 
go le sacan con facilidad; que este es el fuego que dicen que 
trajo la zorra en la cola i le dejó en las piedras i en los palos.. -^ 
ccUna vez que sacan fuego de esta manera, añade González de 
Nájera, se sirven como de yesca del tronco seco del chaguala 
del cual, encendida una punta, conserva el fuego i dura mas de 
dos jornadas.^i> 

91. Rosales, lug. cit. 

92. «Traía la iiuiiaa las espaldas, refiere González ile Nái'era, un envoltorio 
dentro ile una ud deque se siivtn ccwo cíe mcchila, i habicndola puesto en el 
sueio me abajé a ver lo qjie traía dentro Hallé unos ovillos de hilado i al- 
guna lana para hilar, i envueltos en ella unos paU s con que los indios acostum- 
bran a encender fuego.» ZVj<v/^/?/7 >. páj. iS.^. 

93. Pérez García, fíisioria de C¡it¿t\ M. S. Pebres. ArU de ¡a ¡en^a, etc. 

94. Ro>ales, ob cít., páj. ibo. 

95. Desengaño i reparo de ¡a guerra de C/a/e, páj. 59. 



176 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

aquella botija de chicha i que él bebe primero para asegurarle 
que no hai allí nial ninguno. I con eso bebe el huésped i pide li- 
cencia al dueño de casa, para brindar a sus mujeres i hijos, i él 
la da con mucho gusto. El plato que se pone al huésped, aun- 
que esté con mucha hambre, no le ha de tocar, ni comer bocado 
hasta que el dueño de casa, de allí a un rato le diga que coma, i 
lo demás fuera poca urbanidad el comer sin decírselo. I es esto 
tan asentado que la mujer le asienta el plato al marido delante, i 
en ninguna manera come bocado hasta que de allí a un rato le 
dice la mujer que coma, i jamás come el marido con la mujer, 
porque las mujeres sirven a la mesa, i aunque no sirvan, los hom- 
bres comen juntos i las mujeres aparte, i los hijos en pié, o fuera 
de la casa... I es de notar, añade González de Nájera, que siendo 
en estremo sucios i groseros en su comer, por la mayor parte 
se muestran delicados en el tomar con la mano la vianda, por- 
que lo hacen con solo dos dedos, cerrando con los demás el pu- 
ño.^)) 

Puede asegurarse que los medios de alimentación de los abo- 
ríjenes eran bastante variados. En efecto, según el testimonio de 
Pedro de Valdivia, los primeros españoles encontraron en Chile 
indios cazadores. Armados como estaban de la flecha, que sabían 
fabricar adecuadas para el caso, según se ha visto tratándose de 
sus armas, de la honda i en algunas rejiones del (daqui», o bolea- 
doras, tan usadas hasta hoi por los indios de las pampas, encon- 
traban en las cordilleras numerosas tropas de guanacos, que en 
los inviernos en que nevaba mucho descendían a los llanos a buscar 
yerbas ;^^ venados o huemules, ( Cerviis chilensis) de que hai in- 
finitos en las mismas llanadas,^**^ el íípu'dú» {Cervus puciii)] la vis- 
cacha {Lagotis cri9iiger)] la chinchilla {Chinchilla laniger). 
«Hai también unos ratones como gazapillos, mas grandes que las 
mayores ratas... Estos comen en Chile las mujeres de todas ca- 



99. Ros'iles, Historia de Chile, t. I, páj. 152; Desengaño de ¡a guerra de Chi- 
le, páj. 470. 

100. Nájera, páj. 68. 

101. Id., id. 



jjS LOS ABORÍJEXES DE CHILE 

de la misma especie; al llegar a la orilla se repartieron, i salien- 
do cada uno por su parte, enarbolaron el palo i acometieron a 
los lobos; así lograron matar once i algunos tan grandes como 
terneros. Hecha esta función se acercó la piragua i se recojió la 
caza con los lazos; luego proseguimos nuestro viaje, i a pocas 
cuadras alojamos en la isla grande de Fugulac, de buen fondo i 
puerto, que mira al sur. Una vez anclados, sacaron los lobos a 
tierra, i descuartizándolos, hicieron su comida.^^D 

Estos mismos indios tenian por regalo comer carne de las balle- 
nas muertas que sahan a la playa, aunque estuviesen podridas.^®^ 
((Algunos tripulantes del <iTamer,3) dice Byron, vieron paseándo- 
se por la costa cierto número de estos indios" ocupados en 
cortSr una ballena muerta i casi podrida, la cual infestaba todos 
aquellos contornos. Probablemente preparaban aquel pescado 
hediondo para su infeliz sustento, pues hacian de él grandes taja- 
das, i le llevaban a espalda a otra cuadrilla que estaba a alguna 
distancia puesta al rededor del fuego/*D «Padecian estos nidios 
muchos trabajos, pues su comida se reducia a marisco crudo, 
pájaros,^^* i huevos de los mismos pájaros; i cuando lograban co- 
jer algún lobo, era un gran banquete, i aunque lo hallasen muerto 
i podrido, no lo desechaban i muchas veces lo comian crudo, 
cojiendo con los dientes una punta de carne, i con la mano la otra 
parte del pedazo, i con una concha de marisco cortaban junto a 
los dientes el pedazo o bocado que habian de engullir.^^% 

(cEstán en tan miserable constitución aquellos indios, añade 
otro misionero, que para solicitar diariamente su manutención, 
no tienen otro arbitrio que andar continuamente sobre el agua: 
i así ni por los rigores del invierno pueden omitir esta dilijencia 
penosa para buscar la pesca i los mariscos para mantenerse. 

106. Vinje^ Anales de la Universidad, t. XXXIX, lug. cit. 

107. Rosales, Conquista espiritual de Chile^ M. S. 

108. Viaje ^ trad. de don Casimiro de Ortega, Madrid, 1769, páj. 91. 

109. Kn la boca del canal Fallos, este misionero dice que halló unos cuatro 
indios, cuya despensa se reducia a dos o tres montoncillos de pájaros «lilis» 
(Graculus Gaimardi^) algunos ya podridos, por estar fuera del ranchito espues- 
los al sol i el agua.]> 

1 10. Viaje del padre García, lug. cit., páj. 365. 



1 8o LOS ABORÍJENES DE CHILE 

nuevos en los nidos o se apoderaban de los huevos; otras veces, 
valiéndose de la liga que les proporcionaba el cünthal (quintral) 
los pillaban vivos/^^ No hai ningún cronista que se haya acorda- 
do de apuntar si los aboríjenes habian domesticado alguna ave, 
pero lo mas probable es que se contentasen con las que la natu- 
raleza les deparaba silvestres en tanta abundancia. 

De lo que no puede dudarse es que poseían domésticos el 
perro i el chilihiieque. Por mas que respecto del primero don 
Claudio Gay haya aseverado que no existia en Chile antes de la 
conquista de los españoles,"^ el idioma (perro se dice thegiia en 
araucano) i los cronistas dan testimonio de lo contrario. En el 
viaje de Ladrillero a las costas del sur de Chile en 1557, se dice 
ya que los indios que habitaban cerca del cabo del Ochavado 
criaban ^íunos perros lanudos»; acabamos de ver que González 
de Nájera afirma que los araucanos cazaban perdices con «unos 
perros pequeños», los cuales debian pertenecer a la misma espe- 
cie que Fitzroy encontró en la Tierra del Fuego i entre los cho- 
nos i que describe de la manera siguiente: <íes pequeño, activo, 
delgado; su pelo es ordinariamente tosco i color de tierra; las 
orejas eréctiles, anchas i puntiagudas; nariz afilada como la del 
zorro; la cola caida i mas bien espesa. Son sumamente vijilantes 
i fieles. Su sagacidad se muestra de muchos modos, i especial- 
mente en la propia alimentación, pues arrancan el marisco de las 
rocas en las bajas mareas i les rompen la concha para apoderarse 
de la comida. Estos perros ladran con furia a los estraños."®» 
Byron añade que los chonos pescaban con ellos.^'^ «He oido de- 
cir, continúa Nájera, que de estos perros se crian en unas islas 
en un archipiélago vecino, pequeños, blanquísimos i mui lanudos, 
que se sustentan del marisco, de los cuales cojen los indios cada 
año grandes manadas o rebaños, que encierran en corrales solo 
para trasquilarlos, porque se visten de sus lanas, i luego les dan 



116. Ll , id, 

1 1 7. Zoología^ t. I, páj. 54. 

1 18. Voy age of the Adventure and ^eagle^ t. 2.®, páj. 201. 

119. Viage^ liig. cit. 



1 82 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

soldados, recojieron hasta «mil ovejas; ^^3) pero estos son los tes- 
timonios mas favorables que pudieran recojerse a cerca de su 
abundancia, pues la jeneralidad está de acuerdo en que el núme- 
ro de tales animales era mui reducido. Bascuñan afirma a este 
respecto que solo los poseian «los hombres de cuenta i podero- 
sos,^*"*» i González de Nájera que había pocos «porque no los tie- 
nen en manadas/^)) 

En lo que las opiniones no andan tan uniformes es en la ave- 
riguación de si estos chilihueqnes eran simplemente el huanaco 
domesticado, o en si, por el contrario, eran las llamas de los pe- 
ruanos. Por lo que a nosotros toca no divisamos motivo para esta 
duda. 

Desde luego los que han descrito el chilihueque lo pintan 
adornado de colores negros, colores que, como se sabe, son en- 
teramente ajenos al huanaco de nuestras cordilleras, que ha si- 
do siempre familiar a los indios chilenos. La abundancia de es- 
te último cuadrúpedo se aviene también mui mal con la escasez 
manifiesta del chilihueque, que, acaso por eso, como por su raro 
color, habia sido elejido por los indios para ofrenda de sus divi- 
nidades i para el festejo de ciertos acontecimientos solemnes. 

En la lengua araucana, por otra parte, existen las dos palabras 
chilihueque i luaii^ huanaco, cosa que por cierto no se esplicaria, 
si estuviesen destinadas a representar una misma entidad. 

Finalmente, por las pinturas o láminas del chilihueque que no 
pocos viajeros que abordaron en Chile en los tiempos coloniales 
nos han dejado en sus obras, se viene en cuenta de que se ha 
querido representar en ellos a la llama i no al huanaco,^^ lo que 



125. Cartas^ páj. 13. 

1 2b. Cautiverio ftliz^ páj, 125. 

127. Desengaño, eic.^ páj. 68. 

128. Molina, Stevenson, I, páj. 115. r,os viajeros holán Jeses fueron los que 
dieron de ordinario estas pinturas. Véase el viaje de Spilbergen en la páj. 33 
del MiroirOosi Sl U^est Indicáis Amsterdam, 1621. Parece que también llevaron 
alguna vez estos animales a Europa según se desprende de un aviso impreso 
en eí mismo Amsterdain en 1780 con una figura en que se representaba el 
chilihueque con las formas mas estiañas. Véase Mu 1 1er, Catalogue of books^ 
páj. 113. 



184 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

acaban todas con su desaguisado, que sale tan duro como si no 
se hubiera guisado. 

«Este sancochado parten las mujeres en pedazos de buen ta- 
maño i se los llevan a sus maridos en una batea. El marido se 
levanta en pié i va llamando por sus nombres a sus parientes i 
amigos i a los que tiene obligación de dar de aquella carne, por 
sus correspondencias, i conforme va respondiendo cada uno, 
desde su asiento, sin levantarse, les va tirando desde donde está 
a cada uno un pedazo de carne, i le recibe én las dos manos, 
peloteando la carne de una parte a otra; i así comen la carne sin 
mas aderezo ni mas policía. I para estas ocasiones apenas hai un 
indio que no traiga unabolsita con un pedacito de sal i un ají o 
pimiento, i para tomar gusto, chupa la sal i el ají, i luego lo vuel- 
ve a guardar para otras ocasiones. I a esto llaman cunicntiin^ que 
significa salsa que cada uno trae consigo... 

dEn otras ocasiones guisan las mujeres la carne con alguna 
mas curiosidad, echando en el guisado papas i otros adherentes, 
i a este potaje llaman locro^ i le sirven en sus platos de palo con 
sus cucharas de lo mismo. I es costumbre mui establecida que 
las mujeres no han de comer con cuchara, sino solamente los 
hombres: lo uno, porque no se les igualen, i lo otro, porque están 
mui persuadidos, a que el que come con los dedos se chupa los 
tuétanos, i se consume, quita las fuerzas i envejece, i por esta 
causa no ha de comer el hombre con los dedos, i que las mujeres 
importa poco que coman con ellos, porque aunque se chúpenlos 
tuétanos por los dedos, i se debiliten i enflaquezcan, importa 
poco, porque no han de ser soldados, i aunque se envejezcan, 
no hace al caso, que importa poco, i hai muchas, i hacen menos 
falta que los hombres... 

«...En estando en algún convite o fiesta, si a un indio le ponen 
un plato, le ha de volver limpio i sin cosa ninguna pegada a él, 
so pena de incurrir en una grande descortesía i poca urbanidad, 
i así en comiendo lo que le parece del plato, se le da a su mujer 
para que le limpie i le vuelva. I el modo de limpliarle es rayén- 
dole con los dedos, i chupándolos, i luego con toda la mano 



l86 LOS ABORÍJEXES DE CHILE 

de los alrededores del canal Fallos parecía que toda su comida 
la reducían <tal marisco asado í lo demás que pescaban/^ í hablan- 
do de Chiloé cuenta otro tanto, añadiendo solamente que los 
indios pescaban^ con anzuelos hechos de palo o redes de hilo, 
hechas de corteza de unos árboles que llaman quantii^ de que 
también hacen mantas.:^ <cEl sustento ordinario de esta jente, es 
el marisco, que a los que viven en las playas del mar, les pone el 
cíelo una mesa abundante, dos veces al día,... i si no fuera por 
esta gran providencia, perecerían de hambre/*^* €Los chonos 
andan divididos i de isla en isla, buscando marisco que comer, 
añade este mismo autor, i en acabándose en una, pasan a otra... 
Los mariscos los comen crudos, í asimismo la carne de lobo, i 
cuando quieren hacer algún regalo í cocer algún pescado, lo 
cuecen en unos como baldes que hacen de cortezas de árboles, 
cosido el suelo con soguilla. I como esta olla es de madera i no 
se puede poner al fuego, í es mas fácil de quemarse que si fuera 
de madera (porque es de corteza de árbol muí delgada), les ha 
dado traza la naturaleza i la necesidad, que es industriosa, para 
cocer en ella lo que quieren, i es meter algunas piedras en el 
fuego, i en estando bien encendidas irlas echando en el agua del 
pescado, hasta que hierve i se cuece.^'^D «De estas cortezas, aña- 
de el jesuita en otra de sus obras, hacen tinajas para guardar la 
comida, por no hallar en las islas del mar barro para hacer 
ollas.'* J!? 

Para pescar, los naturales tenian anzuelos hechos de una es- 
pina i de una cuerda que fabricaban de la «ñochia» {Bromelia 
Landbecki, Ph.), i del chagua ¿^^ {Puya coa reta ta)] pero los había 

134. Anuario hidrográfico^ 1879, páj. 484. 

135. Lozano soiticne que los indios de mas al sur cno tenian instrumento ni 
algún artificio para pescar peces grandes.» Historia de la conquista del Para- 
guay t. 2 ", páj. 557. Por lo demás reproduce todas las noticias corrientes que se 
refieren a los chonos. 

136. Resales, Conquista espiritual de Chile. 

137. Conquista espiritual. 

13S. Historia de Chile^ t. I, páj. 15!. Cortés Ojeda asegura, igualmente, que 
jamas vio entre esos indios vasija alguna de birro. Anuario hidrográfico^ 1879 
páj. 485. 

139. González de Xájera, Desengaño de la guerra de Chile^ páj. 59. 



I 88 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

car, con los anzuelos de cobre, i por plomadas pedazos de 
oro ?^H 

Entendemos que los indios habian descubierto en este orden 
el empleo de las nasas,^^' que armaban en las corrientes de los 
arroyos, i, sin duda alguna, sabian también valerse del zumo del 
canelo {Drimys chilensis) para envenenar las pequeñas lagunas 
i apoderarse de ese modo del pescado, lo que también hacen, 
valiéndose de otras plantas, los indíjenas de Tahiti i Nueva Ca- 
ledonia.^** <íUna vez adormecido el peje con el veneno, dice Pe- 
bres, le daban un garrochazo con una garrocha u otra punta, i 
esta operación se denominaba rincún}^'")) 

Para pescar se valían nuestros aboríjenes de varias clases de 
embarcaciones. Pedro Cieza de León, que escribia a mediados 
del siglo XVI, refiere ya que los «changos^ de las costas de 
Atacama usaban salir al mar para sus pesquerías «con haces de 
avena i en cueros de lobo, inflados."^)) «Siendo la pesca su único 
medio de existencia, espresa D'Orbigny, todo su arte se dirije a 
este punto. Sus barcas son dos cueros de lobos, soplados i unidos 
entre sí. Los frotan con aceite de lobo i los llenan por medio de 
un tubo. De rodillas sobre la delantera, reman a un lado i a 
otro."")) «Pueden imitar el ladrido o ahullido del lobo marino, 
añade Bollaert, por cuyo medio consiguen aproximarse a él i 
ultimarlo fácilmente.^'^i) 

«Los dos odres de cuero terminan en cada estremidad, dice 
el doctor Philippi, describiendo estas embarcaciones, en una 
punta algo relevada. Tienen como diez pies de largo, i son un 
poco mas anchos en la parte posterior. Son unidos por encima 
por medio de un techo de palitos, en el cual los pescadores se 
sientan. Esta clase de botes, por su lijereza i elasticidad son mui 

142. Desengaño y etc.^ páj. 77. 

143. En araucano exisle el vocablo llolle^ «nasa para pescar.» Luis de Valdi- 
via, Arte y gramática general, 

144. Jouan, Les iles da Pacifique^ pájs. 11 1 i 172. 

145. Arte de la lengua general^ etc. 

146. Crónica del Perú, Rivadeneira» t. 26, páj. 425. 

147. L'honime ame'ricain^ t. 2.*, páj. 335. 

148. Researches^ páj. 171. 



192 LOS ABOKIJENES Dli: CHILE 

indíjenas para el paso de los rios/^ aunque Pérez García asegura 
que para el mismo efecto, en los ríos angostos, usaban cierta es- 
pecie de puentes llamados a/^-a/y/" 

((Las embarcaciones de los indios chonos, añade el padre Gar- 
cía, se hacian a fuerza d.e fuego i de conchas; tenian de largo dos 
brazadas, en cuya fábrica, aunque tan pequeña, empleaban un 
año i a veces año i medio. La veia para navegar con viento era 
un cuero de lobo.^'^D Este viajero reíiere, sin embargo, que en- 
contró también algunas de estas embarcaciones, i entre otras una 
que parecia recien hecha, que tenia «cuatro brazadas de largo, 
unas cinco tercias por lo mas ancho, i una por lo mas estrecho, 
i poco mas de tres palmos de alto/^^)) 

En el viaje de Cortés Ojeda, que hemos citado ya varias veces, 
se refiere también que los indíjenas que se encontraron en el mo- 
derno canal Fallos, usaban canoas de corteza de árbol, cosidas 
con junquillos de barba de ballena, i a las cuales fortalecian con 
barrotes delgados del grosor de un dedo, «aforrándolas de paja 
o espartillo entre los barrotes e la corteza, como un pájaro su 
nido.^^D Rosales, que tampoco olvida en sus descripciones esta 
especie de embarcaciones, dice que eran cosidas con nervios de 
ballena, una corteza sobre otra, cíi enmalladas a modo de con- 
chas. Dánles forma como de un barquillo, i bien levantados de 
proa i popa, se arrojan sobre las hinchadas hondas i espumosos 
mares como sobre un colchón de blanda lana, pasando golfos de 
mar i brazos, de isla en isla, como en brazos.); 

«Pero la embarcación mas usada en la provincia de Chiloé, 
continúa el minucioso cronista, es la «piragua» (dalca), cpie des- 
de la California hasta el Estrecho de Magallanes no se conocen 
otros indios ni españoles que las usen. 

«Las fabricaban de solas tres tablas, cosidas, i cortan los tablo- 

156. Cautiverio feliz, páj. 87. 

157. Historia de Chile, íM. S. 

158. //>//>, piib. en los Anales de la Universidad, t. XXXIX, páj. 365. 

159. Id., páj. 372. 

160. Anuario hidrográfico, 1879, páj. 485. 



CAP. VIII. — LOS ARAUCANOS 1 93 

nes del largo que quieren la piragua, i con fuego, entre unas es- 
taquillas, las van encorvando lo necesario para que hagan buque, 
popa i proa, i el uno que sirve de plan levanta la punta de delan- 
te i de detras mas que los otros para que sirva de proa i popa, i 
lo demás de quilla; las otras dos tablas arqueadas con fuego sir- 
ven de costados: con que forman un barco largo i angosto, jun- 
tando unas tablas con otras i cosiéndolas con la corteza de unas 
cañas bravas, que llaman culeii^ machacadas, de que hacen unas 
soguillas torcidas, que no se pudren en el agua. I para coser las 
tablas abren con fuego unos agujeros en correspondencia, i des- 
pués de cosidas las calafatean con las hojas de un árbol llamado 
fiaca o mepoa^^^ que son mui viscosas, i le sobreponen cortezas 
de viaqui^ i de esta suerte hacen piraguas capaces para doscien- 
tos quintales de carga. Llevan uno en la popa que la gobierna 
con una pala o canalete, i ocho o diez remeros, i uno que va siem- 
pre dando a la bomba o achicando con una batea... porque siem- 
pre hacen agua. 

«Cuando hai viento favorable tienden una vela, i a vela i remo 
vuela sobre la espuma, sin que la ofendan las hinchadas olas de 
aquellas tempestuosas mares, por mas que se levanten hasta las 
nubes, que como es tan lijera i los pilotos tienen cuidado de en- 
derezar la proa a chocar con las olas, están tan lejos de sumir- 
la con su hinchazón i de ofenderla con la braveza, que antes la 
levantan como en brazos, i bajándola en ellos la ponen en los 
brazos de la ola siguiente, i así de mano en mano o de cima en 
cima va nadando sobre los mas crespos i erizados mares... í) 

Ercilla nos dice que cuando avistó el archipiélago de Chiloé, 
untes que ningún español hubiera divisado sus aguas, se veian 

Cruzando por el uno i otro lado 
Góndolas i piraguas presurosas... 

Llegó una como góndola lijera 
De doce largos remos impelida, 
Oue zabordando recio en la ribera 



161. Hoi fiú:iCdi^ [calííclnvia panicnlata). 



SG 



194 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

La chusma diestra i jente apercebida 
Saltaron luego en tierra sin recato 
Con muestra de amistad i llano trato.^^-^ 

«De estas piraguas usan también los indios pehuenches que 
habitan junto a la famosa laguna de Nahuelhuapi i otras que con- 
í]||an con Chiloé. Mas, los de la Villarrica navegan la laguna de 
((EpulabquenD (que significa dos mares) en balsas i canoas.^^i> 

Pero, después de estas digresiones, es necesario no olvidar 
que estamos tratando de los medios de alimentación de que dis- 
ponian nuestros aboríjenes. Habiendo enunciado ya los que se 
referian a sustancias animales, nos ocuparemos ahora de las ve- 
jetales, i que eran, con mucho, las mas importantes. 

ocLas plantas i frutos en que se afianzaba la mantención de los 
indios, dice Córdoba i Figueroa, antes del ingreso de los espa- 
ñoles al reino, eran las papas... Los fréjoles, el maíz, la quínua, 
la teca, el ají i el madi, de que se saca aceite no desagradable: 
estas eran de cultivo i de producción natural. Los lagües, ( Her- 
bertia coerulea) comida gustosa, a los cuales la naturaleza les 
previno varias cubiertas, los gadíes, los huanques, {Dioscorea) 
los coitos i el liuto, {Alstroemcria ligta) que es deleitoso i deli- 
cado, los changedes i leures, i otras especies de menos cuenta. 
Es imponderable la abundancia de frutilla perla que producen 
los campos desde los treinta i seis grados para el polo.^^D 

(íNace en aquella tierra, espresa González de Nájera, la yerba 
que da raíces, que llaman los nuestros papas i los indios «pufíeD 
[Solaniim tuberosum)^ común sustento de todos los indios.^®» «En 
Chiloé todo el mantenimiento de los naturales se reduce a unas 
raíces de la tierra, que llaman papas, añade Rosales, i destas se 
siembra en gran cantidad para cojer lo necesario, i sirven de 
pan.^**» Carvallo apunta el hecho de que los indíjenas tenian has- 

162. La Araucana^ canto XXXVI. 

163. Rosales, Historia de GhilCy t. I, páj. 172 i sigts. 

164. Historia de Chile^ páj. 20; Pedro de Valdivia, Cartas^ P^j- SS. 

165. Desengaño de la guerra de Chile ^ páj. 58. 

166. Conquista espiritual de Chile^ M. S. No deben entenderse al pié de la 
letra las espresiones del jesuita. Lo que ha querido decir sin duda, era que las 



196 LOS ABORÍJENFS DE CHILE 

Para procurarse la sal, {chadi) los indios se valian de ciertas 
yerbas quemadas, «que viene a quedar así en pedazos caverno- 
sos, como escoria de hierro, poco menos negros. Sala mas que 
la nuestra, aunque tiñe algo las viandas, la cual, fuera de ser pa- 
ra sazonarlas mui bien, es también medicinal a los indios, porque 
deshecha en agua, i bebida, es notable remedio para heridas pene- 
trantes."*D Este uso de la sal nos recuerda el que hacen del agua 
salada los habitantes de Nueva Caledonia, que de tiempo en tiem- 
po bajan a las costas a beber el agua del mar como medicamen- 
to/'^ Mas, los araucanos «habian encontrado también la manera 
de hacer salinas {chadipeini) sobre la ribera de la mar, i estraer la 
sal fósil de varias montañas abundantes de tales veneros. De ahí 
es que distinguen estas dos especies de sales, llamando la prime- 
ra chiadi, i a la otra, lilcochiadi^ esto es, sal de la agua de pie- 
dra.^^S 

Para endulzar sus comidas tenian la miel {miisqui-dulliñ) de 
una abeja silvestre {Bombus chtlensis)^ <á así no falta, aunque 
no de la bondad de la nuestra, la cual se halla por los campos 
de esta manera. Dan los indios fuego a la yerba, i por lo que el 
fuego deja quemado i desembarazado, van mirando con atención, 
i donde ven salir de la tierra por algún agujerillo alguna abeja, 
escarban allí algún tanto, i luego dan con el enterrado panal, que 
el mayor será como dos puños, no de tan buena vista respec- 
to de los de nuestras colmenas, en fin, como cosa enterrada, 
compuesto de ciertos vasos o bolsillos de forma de bellotas, que 
están llenos de miel, de los cuales panales esprimidos la destilan, 
i aunque no tiene el color mui perfecto, es bien dulce.^" Es mas 

174. Nájera, páj. 57. 

1/5. Jouan, Les ilcs du Pacifique^ páj. 167. 

176. Molina, Historia civil ^ páj. 23. 

177. «Los enjambres de los abejones, dice Gay, se componen solo de unos 
cincuenta individuos. Hai solo una hembra, la cual resiste a los inviernos, que 
pasa ya en los huecos de los árboles, o aún a veces en la tierra, i en un estado 
completamente letárjico A veces encuentra un agujero adecuado en el cual so- 
lo tiene que pulir las paredes, pero frecuentemente ella lo construye, practi- 
cando una angosta i larga galería de entrada. En este agujero, tapizado casi 
siempre con musgo, fabrica su nido, que consiste en diferentes bolas de polen 
amasado con miel... Lacera que producen los abejones está preparada de la mis* 



CAP, VIII. — LOS ARAUCANOS 1 97 

líquida que la nuestra, i los vasos que la encierran que no me pa- 
recieron a propósito para hacer dellos cera, i así no se saca, aunque 
se aprovechan de la miel. Las abejas son dos tantos mayores de 
las de España, i de color entre naranjado i negro, i por ser po- 
cas, son pequeños los enjambres que crian. Hállase por muchas 
partes desta miel de la manera que he dicho, i no en cavernas 
de peñas o huecos de árboles... A mí me ha acaecido armar la 
tienda de campaña en las tierras de guerra, i advirtiendo los in- 
dios de servicio que de la tierra que ocupaba la misma tienda 
sallan abejas, sacaban en mi presencia los dichos panales dentro 
de la tienda, i esto sucede muchas veces. 

«Una yerba hai en aquella tierra, de en medio de la cual nace 
un tallo o ramo, de altura de un codo, cuyo remate está lleno 
de flores de un color verde semejante al cardenillo (color ex- 
quisito para flores) de forma de campanillas, las cuales, vuelto lo 
abierto arriba, están en su sazón llenas de miel, harto semejante 
a la de los panales, i no es tan poca la cantidad que tienen de- 
11a; i que en cierta ladera me sucedió, como de paso, destilar de 
algunos destos tallos en un plato buena parte de miel.^^^» 

Con los ingredientes de la sal, la miel i el ají, que llamaban 
thapiy preparaban diferentes especies de guisos. Algunas veces 
comian el ají (capsiciun) solo con sal (thapilit). El maiz «que 
antes era el nervio principal de su sustento"^)) tostado se decia 

ma manera que la de las abejas,... pero el calor no puede derretirla ni casi 
ablandarla, lo cual la hace poco útil para nuestros menesteres, a pesar de lo que 
dice Molina, que en la isla de Chiloé no se emplea otra cera que la de la abeja 
melífera] que no puede ser otra sino nuestro Bombas chilensis..^. La miel que 
producen es mui poca, i hasta ahora no se ha creido oportuno ponerlos en col- 
menas, lo que acaso seria mui difícil i aún imposible, según las opiniones de las 
pocas personas que lo han ensayado... El insecto es mui común en la mayor 
parte de la República, i hace en un hueco de la tierra, algo mas ancho que alto, 
un nido de forma casi redonda, desigual, i de consistencia de la cera, compues- 
to de celdillas irregulares, mas o menos grandes: en el lado esterior de dichas cel- 
dillas, se ven unos vasos llenos de miel i provisiones de cera reunida en masa 
redonda»... Zoolojia^ t. VI, páj. 165. 

178. González de Nájera, páj. 65. [.a planta a que se refiere en este pasaje el 
minucioso capitán español es la especie de chagual conocida en botánica con el 
nombre de Puya coarcíata. 

179. Id., páj. 313. Los palitos con que revuelven el maiz en la callana, que, 
como es sabido, contiene cierta cantidad de arena para el efecto de la tostadura, 
se llaman rungues^ i suelen todavía encontrarse en las sepulturas. 



1 98 LOS ABOkíJENES DE CHILE 

amen; i en otra forma coven-j la mazamorra de maiz, chedcan; el 
pan de maíz, miildii; cocido miiti^ el cual preparaban con lejía 
(chiltuvqiien): la harina tostada miisvqne; el mote cocido con 
maiz, piden. Por lo demás, distinguían varias especies de maíz que 
designaban con el nombre jeneral de hiia; el negro se decía 
cayumpehna; qiuln^ el colorado; 2>í//V/¿7, el pintado; collhuentUy 
el blanco i negro; gUllil, el llallí. De la borra que quedaba en 
los tiestos al fabricar la chicha de esta semilla, hacían cunas bo- 
las como huevos grandes, que era comida favorita de los mucha- 
chos,» i cierta especie de pan, cnrantham. 

A los fréjoles llamaban en términos jenéricos con el vocablo 
diigiill; a los tiernos, capi/\ a los secos, culiii. Disponían, ade- 
mas, de las calabazas, qiipau, i Imada, que les prestaban servicios 
valiosos por su cascara tan a propósito para tiestos;^* de los^^ír- 
///;/, piñones, aliinento casi esclusivo de los pehuenches; del za- 
pallo, penca; del llaidlaii, fruto que da el coihue; del magu^ 
cierta especie de centeno; de una clase de murta que llamaban 
ghuñc; del múllco, o yerba mora; de una cebadilla conocida 
con el nombre de hncgiien; del múgu, o cochayuyo; de ciertos 
chupones que designaban con la misma palabra múgn; del quen- 
le, [Adenostenion nitidiis); del boldo { Boldoa fragaits) ; del peu- 
mo [Cryptocarga peiimiis); del maqui {Aristoteüaviaquí); de una 
fruta parecida al ají (copiti); de cierta especie de ajos que cono- 
cian con el nombre de idcu; de un hongo llamado púque; de 
ciertas raíces, gadn, i las yerbas ncgum i nevu^ nuyii i olu; del 
coguil, cogJiúll] la fruta del quilo {Múhlemhergia sagittifolia) i 
del mo\\t{Litrea molle), ^de que se hace la mejor chicha.^^D A 
la frutilla silvestre llamaban Ilahueñ, i a la cultivada quellghen 
(Fragaria chilensis.) (cUna fruta, dice a este respecto Gonzá- 
lez de Nájera, tienen los indios de consideración, por estremo 
vistosa, sabrosa i olorosa i sana, aunque algo ílemosa, a la cual 



180. Mr. Stevenson asegura haber encoiitraclo semillas i cascaras de esta fru- 
ta en algunos antiguos sepulcros iiulíjenas, Tnwcls in South ^merica^ 1. 1, 
páj. 46. 

181. O ña, A rauco domado, labia. 



CAP. VIII. — LOS ARAUCANOS 1 99 

se hace agravio con el disminutivo nombre que le dan, llamándo- 
la frutilla, por ser como es de tanta excelencia, que puede miú 
bien competir en bondad con la mas regalada fruta de España, 
cuya forma es de hechura de corazón; en grandeza son las mas 
viciosas, i de jardines como huevos pequeños comunes, i las mas 
desmedradas, campestres, como nueces de todos tamaños; el 
color tienen unas blanco, i otras rosado, i otras, el uno i el otro. 
De comer son ternísimas, que se disuelven o deshacen en la 
boca, i a la dijestion fáciles. No tiene esta frutilla corteza o cas- 
cara que quitar, su superficie es unas puntas relevadas a seme- 
janza de madroños, pero no de su aspereza, porque son ternísi- 
mos i suaves; i, finalmente, digo que no tienen hueso ni pepita, 
ni cosa que desechar, i así se come esta fruta entera, que cada 
una es un proporcionado bocado. Los indios hacen della vino, 
i curándola al sol, pasas, que son de buen comer. Nace esta fru- 
ta de una humilde yerbeznela, que se planta para muchos años, 
a cuyas posesiones llaman los nuestros, frutillares.^®^)) 

«Otra yerba crian en jardines i pienso que es llevada a aquel 
reino del Perú, a que llaman maní {Arachis hypogaea), que por 
su estrañeza es notable, porque siendo de altura de un codo, la 
fruta que habia de dar en las ramas, la da debajo de tierra, no en 
raíces, sino que nace dellas en unas vainas o cascaras delgadas i 
frájiles, que encierran a cuatro i a seis granos, a semejanza de ar- 
vejas, cuyo sabor i color tira a avellanas. Gómense tostadas en 
arena i se confitan, que de cualquier manera son de buen co- 
mer. 

«Otra yerba hai algo mas humilde i menos copiosa de ramas, 
llamada madi (conocida hoi con el nombre de melosa i en la cien- 
cia con el de madia sativa o mellosa\ de cuya semilla se hace 
maravilloso aceite, que en color i bondad no le hace ventaja el 
de olivos, i tostada la simiente i molida es de agradable gusto.» 
dHacen de ella, dice Pedro de Oña, unas bolas envueltas en ha- 
rina, que son de gran regalo i contento para los indios.^^'^)) 

182. Desengaño i reparo de la guerra de Chile ^ paj. 55. 

183. Aranco domado^ tabla. 



200 LOS ABORIJENES DE CHILE 

«Otra yerba hai poco mas alta, a que llaman quínua {Cheno- 
podium qutnoa)y cuya semilla, asimismo tostada, se hace blanquí- 
sima i mui semejante a grajea o anís confitado, que también es 
comida mui apacible.^"» 

«En las vegas, partes bajas, húmedas i pantanosas, se cria una 
yerba WaxnadB. pafjgue {Gunuera c/it/eHSts)^ de diformes hojas, 
mayores que adargas, aunque no de su forma, porque tienen mas 
del redondo en algunas puntas. Los mástiles o pencas de las ho- 
jas son casi de vara i aguanosas, o de zumo como el del cardo, 
aunque de gusto agrio i áspero. Suelen comerla los caminantes 
en tiempos calurosos para mitigar la sed por ser refrescativas. 
Son tan viciosas, tiesas i grandes estas hojas que, llevadas por su 
mástil o tronco, sirve en verano una dellas de suficiente guar- 
da sol, i llevándola cubierta, escusa fieltro cuando llueve; i con 
ella hacen los indios (como ya queda dicho) reparos o chozas, 
donde hacen noche cuando caminan en tiempos lluviosos... ^^p 

Las descripciones de este antiguo cronista son tan injeniosas, 
tan exactas i tan pintorescas, que no resistimos al deseo de dar a 
conocer la que hace del cactus o quisco de nuestro lenguaje vul- 
gar. 

ocNo sé si ponga en el número de los árboles o de las yerbas, 
dice el injénuo capitán, una monstruosa planta, que ni se agosta 
ni perece en los inviernos, como el pangue i demás yerbas refe- 
ridas, a causa de que se sustenta en todo tiempo fresquísima, ni 
menos tiene forma de árbol ni de yerba... Es de la forma de un 
pepino en su hechura i remate de punta, color esterior i interior, 
humedad, frajilidad i frescura, vetas, berrugas i puntas, i que, 
puesto derecho en la tierra, imajinásenos creciese tanto que vi- 
niese a ser su estatura de once a doce codos, i su grueso co- 
munmente de cuatro i cinco palmos de circunferencia... Nacen 
de todas las berrugas destas plantas, ciertas púas delgadas i lar- 
gas de a jeme, i en su dureza bien desconformes a la ternura de 



184. Nájera. pájs. 57 i 58. 

185. Id., páj. 59. 



CAP. VIII. — LOS ARAUCANOS 201 

donde nacen, porque son algo semejantes a las espinas de heri- 
do. De la mitad del remate de cada planta, sale en la primavera 
una sola flor, desacompañada de hojas, en estremo blanca, seme- 
jante a la de la azucena, aunque mayor cosa, no menos esquisita 
i particular que todo lo demás, de la cual flor se cria una fruta 
sabrosa a modo de tuna (el ccguillaveí)), una especie de higos de 
aquellas tierras. 

«Estos grandes o verdes mástiles crian por la parte o lado que 
«stán guardados del viento sur, unas yerbezuelas de menudas i 
labradas hojas, de su propio vicio, frescura i humedad, que echan 
su fruta mas adoptiva que lejítima respecto de su planta, seme- 
jante a cerezas desmedradas, blancas, coloradas, i de ambos co- 
lores, de buen lustre i parecer, con sus huecesillos, no de mal 
^usto ni nociva, que presentada a muchas damas, la comen por 
j^olosina.^^ Las partes donde comunmente nacen estos pimpollos, 
pues no sé como llamarlos, son tierras pedregosas, en laderas o 
íaldas de cerros, i siendo todos ellos humedad i acuanosos en to- 
<ias sus partes, como el pepino, lo mas que tienen de maravilloso 
es, que se ven nacer algunos en el medio de las peñas, donde no 
se halla tierra que les pueda sustentar, del mucho humor que en 
sí conservan i piden; i asimismo salen por otras estrechas aber- 
turas de las mismas peñas con la misma fertilidad. Despuntando 
im mástil destos, o cortado un trozo, i hecha en la cortadura una 
poza, se llena luego de mui clara agua de buen gusto i sana de 
teber, i en cerros altos donde hai cabras domésticas convertidas 
en monteses por carecer de agua, quebran ellas mismas con los 
cuernos estos frájiles mástiles i se sustentan de la interior agua 
cque en sí conservan. Llámase esta planta según los indios qnis- 
<:aruro {Cereus quisco)^ i no dudo sino que si se inquiriese se des- 
<:ubririan en ella tan maravillosas virtudes, cuanto naturaleza se 
estremó en hacerla notable i esquisita, como he mostrado.^'''» 
No es menos interesante ni entusiasta la pintura que el jesuíta 

186. Nájera se refiere, como se deja comprender, al qiiintral (jcnero Loran- 
-^hus; la especie del qiiisco es la aphyUíis) del cual los indios hacian liga. 

187. Desengaño de ¡a guerra de Chile, páj. 60. 

27 



202 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

Olivares, hace de la palma de Chile, en araucano lliclla {Micro- 
cocos chilensts): «es inui alta, derecha i robusta, su tronco limpio 
hasta mucha altura, que se corona de muchas ramas, colocadas 
en tal proporción que van formando círculos mayores, menores 
i mínimos hasta la cumbre... Se dice tener la palma esta rara 
propiedad, que nunca da fruto estando sola, mas que en nacien- 
do otra en su cercanía, luego da fruto la que está crecida, i a su 
tiempo la segunda... Los frutos, que se llaman cocos, se dan uni- 
dos a un racimo, que suele tener mas de mil de ellos, i el racimo 
bien defendido dentro de dos grandes cortezas, de figura de 
conchas, unidas en forma de peces testáceos, las cuales se van 
separando al paso que los cocos van creciendo: éstos son poco 
menos que nueces, pero mui redondos; i asimismo cada coco 
tiene también dos cortecitas, la interior de poca, la esterior de 
mucha consistencia; la médula que está adentro no es sólida sino 
hueca,... i de mui buen sabor, en especial cuando fresca, que 
entonces tiene su hoquedad llena de una leche mui suave.^*jí) 

«El granadillo de Chile (¿acaso la Faesonia prtmatistipulal) 
da una flor que representa perfectamente todos los instrumentos 
de la pasión de Cristo, i su fruta que es del tamaño de un huevo 
de paloma, quitándole la corteza es mui suave... El árbol de la 
murtilla ( Ugni Molinae) es pequeño, contado entre los matorra- 
les; su fruta poco menor que la uva, su color rojo, la figura como 
de una granada, el gusto i la fragancia mucha. 

«El cauchau es fruta de la luma {Myrtus Itima^) semejante en 
la figura i fruto a la murtilla, con la diferencia de ser negra.*^jD 

«En ciertas localidades del sur del país, dice Gay, se cosecha- 
ba también un cereal que les servia para hacer un pan sin leva- 
dura, llamado covque}^ En mis escursiones por estas lejanas re- 
jiones he tenido ocasión de ver algunas raras sementeras de este 
cereal, empleado únicamente en el dia para el uso de los anima- 
les i llamado mango,» {Dromus mango.) 

188. Historia de Chile^ páj. 37. 

189. ///., id. 

190. Segmi el padre Luis de Valdivia, en la lengui indíjena se conoce, ade- 
mas, el vocablo convqueii^ amasar. Arte y gramática generaL 



CAP. VIH. — LOS ARAUCANOS 203 

También .cultivaban la planta llamada oca, o sea la Oxalis tu- 
berosa de Molina, i algunas otras a que este autor se refiere en 
su Historia natural^ i especialmente el ((gueguen» i la (ítuca,)^ 
que, según probabilidades fundadas,'eran dos especies de cebada, 
hoi desconocidas. 

Del hecho de encontrarse las diversas especies de plantas ali- 
menticias a que acabamos de referirnos, subdivididas en muchas 
variedades, todas señaladas con nombres claros i distintos en la 
lengua araucana, deduce nuestro abate Molina que parece inne- 
gable que la agricultura habia realizado en Chile progresos bas- 
tantes notables. Añade en comprobación de este aserto, como 
ya lo hemos visto, que conocian el uso de abonai^^^ las tierras, 
operación que llamaban venaltu, ((Por los vestijios de acequias 
{Yayma) para los regadíos, añade Carvallo,'^' se conoce que en 
otro tiempo abonaban la tierra dándole agua, pero esta innova- 
ción debe referirse a la época peruana i debía emplearse poco 
en el sur por la abundancia de lluvias, el sistema especial de cul- 
tivo, i la naturaleza i fertilidad del suelo. 

Acerca de este punto, dice Herrera que en Copiapó se daban 
cañas de maíz cctan altas como lanzas, i las mayores mazorcas 
son como de media vara i las menores de una cuarta. ^'^*^í) Es ver- 
<iad que en aquella época, según el mismo autor, aquella rejion 
estaba bañada ((por un rio pequeño que baja de la sierra i ce rre 
veinte leguas por el valle i entra por lo mas en una bahía que 
-sirve de puerto, a donde los navios pueden surjir.» Bollaert por 
eso no sin razón opina que la rejion del norte, en aquella época, 
debió estar mas cultivada, c(por tener agua i lluvias en mas abun- 
.dancia.^^i) 

Los chilenos sembraban las papas en setiembre i el maíz en 
octubre. Ya en diciembre se cojia la teca,^^'* i en mayo se hacia 

191. Molina, ilice estercolar; pero nos parece mas verosímil lo que a este 
propósito afirma M. Gay, ^Is^riciiliiirn^ liig. cit. 

192. Historia de Chile, páj. 160. 

193. Décadas, VII, lib. I, páj. 9. Madrid, 1730, folio. 

194. Researdics, páj. 175. 

195. Herrera, páj. 10. 



204 LOS ABORIJENES DE CHILE 

la cosecha del maíz, operación que los indios llamaban gulorcü- 
yen}^ Según el mismo Herrera, en Copiapó el maíz rendia en la 
proporción de trescientos por uno, pero no se recojia mas de la 
cantidad que habian menester para el consumo de la temporada» 
<ílo demás se dejaba en las cañas, i porque no tornasen a brotar 
torcían el peson a la mazorca i se queda allí»... Pero en Chiloé 
donde llovia muchísimo mas, se guardaban las papas (cen unos 
cercados de caña de un estadio de alto i de seis o siete pies de 
hueco. *^'^)) ((En Arauco, según Bascuñan, tenian los indios sus 
graneros, cogirnca^ en las cuevas de los cerros, en altos i levan- 
tados catres, en que ponian las legumbres de porotos i maíces al 
tiempo de la cosecha.^^*^)> Pebres nos informa que también guar- 
daban el maíz dispuesto en atados, que se colocaban sobre unas 
varas, lo qué llamaban ////?;/, i que para las papas hacian dentro 
de la casa un cerquito de coligues donde las guardaban, depar- 
tamento que denominaban huilli}^'^ En todo caso, sin embargo, 
la despensa «quedaba a discreción de toda la jente de la familia 
i aún de las aves; por lo cual se deja entender que su agricultu- 
ra no les da a los indios alimento para la mayor parte del año, 
i que el que en todo él mantiene a su familia sin especial necesi- 
dad ha de reputarse por de esmerada economía.^)) 

Pedro de Valdivia declara, con todo, que en Chile se hacían 
al año dos sementeras, «que por abril i mayo se cojen los maíces, 
i allí se siembra el trigo; i por diciembre se coje i torna a sem- 
brar el maíz.'-'^^D Este hombre célebre, resumiendo sus impresiones 
a cerca de la dedicación de los araucanos a la agricultura, le 
aseguraba a su soberano que eran «grandísimos labradores.^ 

Sus sementeras no pasaban, sin embargo, de cuatro a seis almu- 
des de maíz i lo demás en proporción, i en la jeneralidad de los 



196. Febles, Arte de ¡a lengua del Reyno de Chile, 

197. Anuario hidrográfico^ '879, páj. 516. 

198. Cautiverio feliz y páj. 63. 

199. Arte y gramática déla lengua chilena. 

200. Historia de Chile, páj. 62. 

201. Car tas y pAj. 9, t. I, Colee, de Hist. de Chile, 

202. Id., páj. 95. 



CAP, VIH. — LOS ARAUCANOS 205 

casos no estaban defendidas por cerca alguna.*"^ ((Siembran en 
tan corta cantidad de sus simientes, añade Carvallo, que no bas- 
ta a cubrir su indijencia, i aún en este pequeño trabajo de agri- 
cultura tienen los varones tan poca parte, que mas particular- 
mente es de las mujeres; porque aquellos nada mas hacen que 
preparar la tierra, que lo demás corre a cuenta de éstas.^*» Lla- 
maban cogí a las semillas que habian de sembrar i l/oncoto con 
especialidad a las de las papas. 

Buscaban siempre para sus siembras los lugares mas o menos 
húmedos o las situaban en la falda de las colinas, siendo todos 
sus terrenos de rulo, i si usaban de las aguas de los rios para re- 
gar sus mieses,'^^ las acequias, que llamaron cathu-punlli^ deben 
referirse a una época posterior. 

Las herramientas de que disponian era cierta especie de azueli- 
ta llamada maychchtie^ que debia ser mui semejante al hualato 
usado en Chiloé, dispuesto como nuestros azadones i hecho de 
luma, (íchinchin» (Azara microphylla) o ccmeli».^" Con este ins- 
trumento rompen la tierra, i ((después con otros dos palos sueltos 
puntiagudos i que empujan con el estómago o vientre, la remue- 
ven algo mas, con un trabajo estremadamente recio i prolonga- 
do.*"'!) Otras veces se servian de un simple palo, que llamaban 
ptthoft, i como ya lo hemos visto al tratar de las piedras horada- 
das, del hueullo, que hasta hoi usan los boschimanos del África 
austral. Poseían también una especie de pala, llamada Ilicn, En 
el idioma araucano se conoce la voz hnacatuvoe, segador de maíz, 
i catuíij podar, pero acaso son posteriores a la invasión peruana, 
que les dio a conocer la ichuna^ hoz, ya que, como nos refiere un 
cronista, antes se limitaban a separar la mazorca del maíz de la 
mata. 

Carvallo nos dice que el trabajo de la tierra se reducia a le- 
vantar los céspedes, a cuyo efecto «toma un indio, dos de los pa- 

203. Olivares, lug. cit. 

204. Historiadores de Chile ^ t. X, páj. 160. 

205. Pérez García, Historia de Chile, M. S. 

206. González de Agüeros, Descripción de Chiloc^ páj. 127. 

207. Moraleda, l'iaje^ M. S. 



206 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

los que hemos indicado, de diez pies de largo i medio de circun- 
ferencia, que por uno de sus estremos tiene buena empuñadura, 
cuyo remate es redondo, i mui aguda la otra estremidad; i al sos- 
layo clava dos puntas en el suelo, distantes entre sí un pié, se les 
da un pequeño empuje con el vientre inferior, que a este fin lo 
cubre con una piel de carnero doblada, i retirándose un poco pa- 
ra atrás, repite del mismo modo otro golpe con toda la fuerza 
posible, i luego se presenta otro con un espeque, lo pone debajo 
de los dos palos, i con él los voltea a un lado, i sale un tepe de 
dos o tres pies de largo i uno i medio de ancho, con dos o tres 
pulgadas de grueso. Sigue así todo el largo de la campiña que se 
ha de sembrar, i concluido, repite la misma operación para que 
los segundos tepes caigan sobre los primeros i formen un bancal 
o camellón {dillu)^ i labrada de este modo la tierra (aud), po- 
nen en ella la simiente.^^j) 

Los chonos carecian de toda especie de siembras.^ 
«Sin duda antes de la llegada de los peruanos a Chile, conclu- 
ye don Claudio Gay, la agricultura era allí practicada por pue- 
blos sedentarios que eran, con todo pastor es^^® i agricultores. Co- 
mo fundamento de toda civilización primitiva introduciéndose en 
todas las poblaciones, se habia esparcido hasta en los parajes mas 
retirados, constituyendo las sociedades que existian ya en Chile 
antes de la llegada de los españoles. Valdivia i su almirante Pas- 
tene la encontraron establecida en las naciones independientes 
de los Promaucaes i de la Araucanía, i aún mas al sud, en el ar- 
chipiélago de Chiloé. 

«Las tierras estaban ocupadas por familias dispersadas en el 
fondo de los valles, i viviendo como lo hacen aún los araucanos, 
alejadas las unas de las otras. Estas tierras estaban repartidas con 
gran desigualdad, i es de creer, según las mismas cartas de Val- 
divia, que las de los jefes eran trabajadas por individuos, si no a 
título de esclavos, a lo menos como jentes de gabela i en núme- 

208. Historiadores de Chile, t. X, páj. 160. 

209. Pietas, Informe al Rey^ M. S. 

210. Ya hemos visto lo que puede afirmarse a este respecto. 



CAP. VIII. — LOS ARAUCANOS 20/ 

ro de ochenta a ciento por cada jefe. Las propiedades así con- 
vertidas en inmuebles hablan cambiado la manera de vivir de 
esas poblaciones i habían desarrollado entre ellas un bienestar 
que la movilidad de la vida puramente pastoraP^^ no podia per- 
mitirles. Fué este un verdadero estado de transición de la vida 
nómade a la vida agrícola, que dio a la raza chilena un cierto 
barniz de civilización, mui lejos de encontrarse entre los indios 
de las Pampas. 

«Sus medios de cultivo eran simples en estremo i casi en todo 
semejantes a los que se usaban en el Peni. Hacian uso de una 
especie de azada, o a veces de un simple bastón puntiagudo de 
madera, como queda dicho... La falta del hierro, de que los 
agricultores de Atacama en 1610 no tenian aún conocimiento, 
los obligaba a valerse de este espediente, que todavía vemos 
practicar en Chiloé con algunas lijeras modificaciones, que pro- 
vienen de que, siendo la tierra mas húmeda i compacta, ha me- 
nester mas fuerza de parte del labrador. Para conseguir ararla, 
el chilote clava su bastón, apoyando el otro estremo en su pecho, 
mientras que los habitantes del norte se servian esclusivamente 
de sus pies, pues a causa de la sequedad del país la tierra podia 
con facilidad desmenuzarse. 

«Esta falta de lluvias en el norte de Chile desarrolló entre sus 
habitantes una gran intelijencia en el trabajo de riegos, i en este 
punto fueron admirablemente secundados por los peruanos,^^*'^ 
quienes elevaron este arte a un alto grado de perfección. Gracias 
a estos excelentes guias, habian podido multiplicar los canales 
en un gran número de valles, i aún hacer llegar las aguas a gran- 
des alturas, Ío que manifiesta el cuidado estremo que ponian en 
aprovecharse de algunos terrenos llanos, hasta entonces secos i 
estériles. Las colinas fueron mucho menos utilizadas. El cultivo 
en anfiteatro conocido en el Perú bajo el nombre de andenes^ 
no fué puesto en uso probablemente a causa de la falta de bra- 

211. El autor debió decir de meros cazadores. 

212. ¿No serian estos los únicos introductores del sistema de regadío por 
medio de canales? 



208 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

zos i de la escasa población que poseían las provincias del norte; 
pero, a pesar de esto, algunas de las colinas fueron cultivadas 
según un método que se sigue todavía en el norte para los fré- 
joles i en Chiloé para las papas. Este método consiste en clavar 
en la tierra un bastón puntiagudo, como lo hacen todavía los 
chinos, i hechar en el agujero así practicado algunos fréjoles, 
que se cubren de tierra, i nunca con abono a la manera peruana, 
i dejar en seguida reposar muchos años esta tierra, a causa del 
estado de agotamiento en que se encuentra. Todos estos cultivos, 
así como las cosechas, se hacian en común i casi de la misma 
manera que hemos visto practicado entre los indios de la Arau- 
canía i aún entre algunos propietarios chilenos de la provincia 
de Concepcion.^^^í) 

Los indios sabian reducir los granos a harina,*'^^^ de la cual te- 
nian dos especies, la tostada que llamaban miirque i la cruda 
rugo?^^ Para esta operación se servian de unas piedras de moler, 
mui semejantes a las que hasta hoi se usan en nuestras casas de 
campo, i que no es raro encontrar en los sepulcros. A la solera 
llamaban ciidi^ i a la voladora, nnmcudi?^^ En la figura 109 re- 
producimos una de estas ((manosv> de moler, estraida de una hua- 
ca de la provincia de Curicó. Estimamos inoficioso relacionar 
aquí el sistema del manejo de estos molinos primitivos porque 
todo el mundo lo conoce entre nosotros.*^^ 

Habian inventado también dos especias de cedazos, uno lla- 
mado chiñihue^ i otro cayliuc para separar el salvado [amchi) de 
la harina flor, achiuL Conocian el empleo de la levadura i fabri- 
caban varias clases de tortas, (de que ya se ha hablado) en hor- 
nos escavados en la tierra,^'^ i en los cuales, según asevera Car- 
vallo, solian también cocer las viandas.^^'^ 

213. As^ricnltiira^ t. I, páj. 2 i sigts. 

214. Pietas asegura que los poyas hacian harina de una raíz de árbol, i que 
cargaban el agua en cueros de Iiuanacos. Informe al Rey sobre las diversas ra- 
zas de indios, M. S. 

215. Molina, Historia civily cap. IV, lib. L 

216. Pebres i Pérez García, Historia de Chile ^ M S. 

217. Véase Slevenson, Travels, t. 1. páj. 369. 

218. Alonso de Ovalle Histórica relación^ páj 89. 

219. Historiadores de Chile, t. X, páj. 137. 



2IO LOS ABORÍJENES DE CHILE 

centrada ,en la hacienda de Cauquenes, que es la mas elegante 
de cuantas conozcamos de procedencia chilena, pues tiene el 
mango adornado con una figura de animal. 

Los aboríjenes fumaban especialmente con el propósito de 
embriagarse. 

Con el mismo fin hacían bebidas de cuantas frutas i semillas 
poseian, dice Nájera sin exajeracion alguna.*^^ De la murtilla fa- 
brican «una chicha vigorosa, que tarda en fermentar algunos 
dias i dura sin acedarse algunos meses;» del canchan^ fruto de 
la luma hacen una que «luego embriaga, pero que no embaraza 
la cabeza sino por una hora;^» la hacian del güifigan^ del ma- 
qui i del molle, del cual, según algunos, se produce la mejor;^ 
de la murta; de la quiniia^ de los piñones, la cual «embriaga 
poderosamente, ^d Pero de todas las semillas empleadas para 
este intento ninguna tan adecuada como el maíz, que al efecto se 
tostaba i molia. Llamábase muday cuando era fuerte i perper 
cuando suave.^ A juicio de Nuñez de Pineda «la de frutilla pa- 
sa es la mejor que se bebe i el j enero que mas dura sin acedarse, 
i no es común como las demás por no haber en todas partes de 
este licor.^jD 

Rosales dice que para la fabricación de estas bebidas, «muelen 
los indios el grano i échanle levadura i cuécenlo, i en tomando 
punto está hecha. Suelen hacer una chicha que llaman mechol, 
de sola levadura, que es fortísima i emborracha, i esa suelen ha- 
cer en algunas fiestas particulares, que llaman tnechol prun^ que 
significa baile con chicha metoL.. I en esa, como en. las demás, 
ponen en la botija un hisopo de pajas de maíz en un palo para 
menear en la botija el asiento i que se vaya repartiendo en todos 
los vasos que sacan. I en los jarros o vtalues, que son unos can- 
jilones de madera, en que beben, ponen un tenedor de madera 

222. Desengaño^ páj. 91. 

223. Olivares, Historia de Chilc^ páj. 38. 

224. O ña, /xranco domado^ tabla. 

225. V\ے2i%y Informe al Rey. 
iiJti, Olivares, lug. cit. 

227. Oña, lug. cit. 

228. Cautiverio feliz. 



212 LOS ABORIJENES DE CHILE 

tas i cuellos largos,^^D qulilhiie^ chilhne^ coro^ meñcue o men- 
gues ^ gudihue^ i otras mas pequeñas, que decían, /wr«/íco, codvu^ 
llupug^ chiiyco; las callanas para tostar, chom-challa^ leupe; pla- 
tos de greda, Ilican. Hacían también del «cadillo d [Acaena argén- 
tea)^ de la «quelineja» {Ltizuriaga radicans) i de otras yerbas 
varias especies de cestillos, como el llepun^ que era a modo de 
fuente, cúlco^ uno pequeño, i gdñihtie^ uno grande, el chayhue 
que les servia para colar la chicha, i elgañue. Estos dos últimos 
eran también a propósito para medir, especialmente sal, siendo 
éste de capacidad de medio almud i el otro del doble. Poseían 
otras medidas cóncavas que llamaban thoqiiihue i otras de peso 
que nombran vanen. Pérez García, que consigna este último da- 
to, añade que conocían también cierta especie de balanzas. <cMas, 
en las medidas de sólidos i líquidos, declara Carvallo, no tienen 
exactitud, porque en aquellos se entienden por huampar^ cau o 
tnetahue^ í meñcue o chuyco, que equivalen a nuestras cuartillas, 
cuarterolas i arrobas; i en las últimas, por chayhue í llepue^ que 
equivalen a uno i dos celemines, i los hacen de mayor o menor 
porte.^^j) 

Usaban, asimismo, eXyole^ canasto tejido de bejucos, í la chi- 
gua^ «que es a modo de fardel armado sobre aros de cañas ver- 
des i trabado de tomizos de paja.^» Calificando González de 
Nájera estos utensilios, dice en jeneral, que los vasos para beber 
«los labraban con toda perfección,^!) i así debía de ser cuando 
según lo que hemos visto referir a Oña, los vasos en que bebían 
el ulpo, hechos de mimbre, estaban tan bien trabados que no 
dejaban pasar una gota de agua. Otro utensilio que llevaban en 
sus viajes junto con el anterior era una red como mochila, don- 
de llevaban los palitos para hacer fuego, lana para hilar, etc.*^ 

Al tratar de las mejoras introducidas en el país por los perua- 

231. Bascuñan, Cautiverio feliz, páj. 71. 

232. Historiadores de Chile j t. X, páj. 163. 

233. Oña, Aranco domado^ notas. Los indios, en jeneral, amarraban con vo- 
quis. Olivares, Historia de Chile ^ páj. 374. 

234. Desengaño, etc., páj. 97. 

235. Véase Nájera, páj. 189. 



\ 



i 



CAPITULO IX. 



LOS ARAUCANOS. 
IV. 

Canibalismo. — Sacrificios humanos. — La piedra de Curacaví. — Las piedras con 
cuatro cavidades. — Las apachetas. — El pruloncion. — Ideas de la Divinidad. — 
Agüeros i supersticiones. — Existencia futura. — Inmortalidad del alma. — La 
muerte. — Hechiceros.— Machis. — Juntas. — Medicina i enfermedades. — El ar- 
te de sangrar. — Conocimientos de historia natural. — Ceremonias que se se- 
güiaii a la muerte. — Acompañamiento. — Provisiones para el viaje de la otra 
vida. — Sepulturas. — Disposiciones espartólas acerca de las huacas. — Objetos 
que se encuentran en ellas. — Los niños jemelos. — Momias. 

Por lo que dejamos espuesto se vé que en materia de alimen- 
tación, esceptuando quizás a los pehuenches, que, al decir de don 
Jerónimo Pietas,^ cuando faltaban los piñones «padecian ham- 
bresD, i a los infelices pobladores de las islas que se estienden al 
sur de Chiloé hasta el estrecho de Magallanes i Tierra del Fue- 
go i que aún hasta hoi apenas si se sustentan de otra cosa que de 
marisco, muchas veces, según es fama, sin haberlo acercado si- 
quiera al fuego, no podria concluirse que los primitivos habitan- 
tes de Chile sufriesen escaseces. Los condimentos animales eran, 
sin duda, en corto número e insuficientes; pero, en cambio, los 
numerosos i excelentes vejetales de que disponian i cultivaban 

I. Informe al Rey sobre las diversas razas de indios^ M. S. 



2l6 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

en una tierra relativamente pródiga, los ponian a cubierto de la 
miseria i acaso les permitian también gozar de una dichosa abun- 
dancia. 

Mas, como si no bastasen nuestros testimonios escritos, halla- 
mos en los antiguos cementerios indíjenas la prueba mas palpa- 
ble e incontrovertible de cómo en el sistema chileno dominaba 
casi en absoluto la alimentación vejetal sobre la animal. Basta, 
en efecto, examinar cualquier cráneo para ver (fig. 214) desde 
luego que la conservación jeneral de la dentadura es perfecta, i 
que, al paso que los incisivos se encuentran casi intactos, los mo- 
lares, por el contrario, se presentan desgastados hasta su base. 
Verdad es que hasta hoi podrian notarse, en parte al menos, los 
caracteres anteriores, pero ellos estarían limitados a los cráneos 
de las mujeres ancianas a quienes la costumbre de mascar el maíz 
para la fabricación de la chicha ha reducido a ese estado, i en 
todo caso, no harían sino confirmar los resultados del sistema a 
que nos hemos referido. 

I ya que se trata de alimentos conviene tener presente que no 
ha faltado historiador quien asevere que los indios de Chile han 
comido también en algún tiempo carne humana. Así, Juan de He- 
rrera asegura en su Relación de las cosas de Chile que los chi- 
lenos en su época comian carne humana en algunas partes." I 
Rosales, precisando los lugares en que esto acontecia i esplican- 
do sus motivos, refiere que en las inmediaciones de la laguna de 
Gueñauca (Valdivia) vivian los indios serranos de Purailla, quienes 
se iban a hurtadillas a los llanos de Osorno, atravesando la laguna 
en piraguas que llevaban consigo, i en los banquetes que hacían 
a su regreso, i en sus borracheras, se comian a los indios cauti- 
vos, aunque fuesen niños i mujeres: «que es ferocidad estraña i 
poco usada de los chilenos, que lo mas que comen es el corazón 
para hacer demostración de su odio i enemistad, pero éstos todo 
el captivo entero, sin dejar cosa del, se le comian.^)) González de 
Nájera es mas terminante, pues sostiene que «son pocos los que 

2. Historiadores de Chile^ t. II, páj. 251. 

3. Historia y I, 256. 



2l8 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

parece también que diera a entender cuando asevera que en 
Chile se celebraban multitud de sacrificios.^ 

Garcilaso de la Vega negó este hecho respecto de sus ante- 
pasados, pero siendo muchos i mui respetables los autores que 
lo afirman, concluyen con mucha razón Rivero i Tschudi que 
debe tenerse por nula la afirmación del antiguo descendiente de 
los Incas.* 

He aquí ahora como un autor de nuestros tiempos cree poder 
demostrar con pruebas materiales el hecho que Garcilaso nega- 
ra con tanta insistencia. 

((Se encuentra a tres leguas al Sud de Abancay, dice M. Ernest 
Desjardins, en la ruta de Lima al Cuzco, en un bosque, cerca de 
un lugar llamado Concacha, una de esas piedras curiosas que 
atestiguan evidentemente un culto sanguinario. Mide seis metros 
diez i nueve centímetros de largo por un metro treinta i ocho 
centímetros de ancho. Dos gradas que parecen haber servido de 
asientos, han sido ahondadas en cada uno de los costados latera- 
les. Al lado de estas gradas hai tallada una pequeña escalera que 
conduce a la cúspide, formada de una superficie mas o menos 
plana. Esta escalerilla no parte de la base de la piedra, sino, 
mas o menos, como desde la tercera parte de su altura, lo que 
hace pensar que estaria enterrada hasta el nivel de la primera 
grada. Se ha escavado en la cúspide varios asientos, dos hacia 
el lado norte i uno hacia el éste. El lado del sud presenta re- 
gueras ahondadas en la piedra, perfectamente marcadas. Se di- 
rijen por una pendiente, al principio mui poco sensible, i en 
seguida mui rápida, a dos cavidades, que tienen la apariencia de 
depósitos i a la vez de salida para el sobrante. Todavía puede 

7. Déc. V, páj. 95, ed. cit. 

8. Véase a Gomara, Hist. de las Indias^ lib. IV; Cieza de León, Crónica 
cap. XIX; Acosta, lib. V, cap. XVIII; Zamora, Costumbres de indas ¡as gentes^ 
lib. III, páj. 298; Levinio Apollonio, De Pertivtae 'Jnvetitione^ lib. I, páj 37; 
Balboa, Historia del Perii^ cap. VIII; Beiizoni, Istoria dil Nuovo Mundo^ 
lib. III, cap. XX; Montesinos, Memorias antiguas, passin, i Betanzos, cit. por 
García, Orijcn de los Indios; Herrera, Déc. V, lib. IV, cap. IV, i por fin a Pres- 
cott, lib. I, cap. III, i a Ondegardo, Relación segunda^ M. S., i Sarmiento, M. 
S., ambos citados por el autor norte americano. Rivero i Tschudi, Antigüedades 
peruanas^ páj. 194. 



CAP. IX. — LOS ARAUCANOS 219 

verse sobre la superficie horizontal de la cumbre ocho pequeñas 
concavidades escavadas en línea i sin ninguna comunicación en- 
tre sí. Estas concavidades i las regueras que se encuentran sobre 
un plano inferior i que conducen a los depósitos de los residuos, 
constituyen un aparato completo para que pudiese correr la san- 
gre de las víctimas. La sangre debia ser recojida en vasos colo- 
cados al pié de los recipientes del sobrante. 

aLa poca regularidad de esta disposición obedecia probable- 
mente a un sistema calculado conforme a los dictados de la 
ciencia augural. La dirección que tomaba la sangre en estos di- 
ferentes surcos debia ser interpretada por los sacerdotes, que de 
ahí sacaban sin duda sus pron(5sticos. 

ccNo se puede afirmar con la sola impresión que deja este monu- 
mento que sirviese para sacrificios humanos; pero no se puede ne- 
gar, sin embargo, que no haya sido regado con la sangre de las 
mismas víctimas, cualesquiera que ellas hayan sido. Ahora, si 
comparamos con esta descripción i el dibujo de la piedra de que 
tratamos, las relaciones de los cronistas españoles, no podemos 
en manera alguna dudar que esta piedra no haya servido para 
sacrificios humanos antes del último siclo de la dominación de 
los Incas.*"*» 

El mismo M. Desjardins refiere que en la mitad del camino 
entre Guamanga i Andahuailas, se encuentra una roca inclinada 
en la dirección de la pendiente del cerro donde se halla, i que 
en ella hai una escavacion de donde nace un surco o reguero de 
tres milímetros de ancho por otros tanto de profundidad, que se 
bifurca a la distancia de veinte i cinco centímetros, formando 
cada uno de los regueros, a partir de la bifurcación, diferentes 
zigzags. Esta piedra, concluye nuestro autor, que parece haber 
servido para los sacrificios humanos, no presenta ningún adorno 
i es probable que haya pertenecido a las mas antiguas edades 
relijiosas del Perií.^^ 

La piedra en que sacrificaban hombres los mejicanos, dice 

9. Le Perón avant ¡a conqucte cspagnoles París, 1858, pájs. 132 i sigts . 

10. Id., páj. 135. 



220 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

Torqiieinada, era de una braza de largo, media vara de ancho i 
una tercia de alto, añadiendo algunos que era da manera de pi- 
rámide.^D 

Por lo que se refiere a Chile, como ya en mas de una ocasión 
se ha advertido, cualquiera que sea el punto que se examine de 
su antigua historia, es indudable que debe distinguirse la época 
i territorio en que se ejerció la dominación peruana, de aquellos 
tiempos i lugares que se conservaron mas o menos libres de toda 
influencia estraña. 

Así, por lo que toca a la averiguación de si hubo en lo anti- 
guo sacrificios humanos entre los chilenos, debemos decir que 
las presunciones afirmativas que se presentan, deducidas de he- 
chos materiales, deben referirse a la influencia peruana. Es cons- 
tante, como se ha visto, que en el imperio de los Incas se cele- 
braba el sacrificio de hombres, i como consecuencia natural, 
que debió estenderse a las naciones que les estuvieron sometidas. 
I las pruebas a que ha ocurrido M. Desjardins creemos que pue- 
den también establecerse entre nosotros. 

En efecto, no lejos del pueblo de Curacaví se encontraba una 
piedra que, como se verá por la representación que damos de 
ella en la figura 2, coincide en su forma jeneral i en sus detalles 
casi en un todo con la que existe cerca del Cuzco. La nuestra 
es mas pequeña i como tal carece de los asientos o peldaños es- 
cavados en la otra, porque por sus cortas dimensiones no los 
necesitaba; pero, por lo demás, los surcos que comunican las di- 
ferentes secciones, las concavidades destinadas a servir de depó- 
sito, etc., etc., todo revela que este monumento no ha podido 
deber su oríjen sino a un antecedente análogo que aquel que 
señala Desjardins. Nuestra figura la representa de un octavo del 
tamaño natural. Afecta una forma algo redondeada, cuyos can- 
tos tienen muestras manifiestas de haber sido labrados con gran- 
des golpes, arrancando del cuerpo de la piedra trozos mas o 
menos grandes e irregulares. La superficie superior está dividida 

II. Monarquía indiana^ t. II, páj. 116. 



CAP. IX. — LOS ARAUCANOS 221 

en dos distintos planos superpuestos, de los cuales el de mas 
abajo está provisto de tres cavidades, i el de mas arriba de seis, 
colocadas en dos diversas líneas paralelas i con un descenso 
irregular pero constante desde la parte superior a la inferior. La 
cavidad primera de la izquierda apenas está diseñada i tiene a 
su vez una inclinación hacia el lado de afuera, comunicándose 
con las dos restantes del mismo plano por pequeñas canales, la 
última de las cuales se ensancha notablemente en la cavidad de 
la derecha estrema para dar paso a los líquidos que debian reci- 
bir los depósitos del segundo plano. Estos depósitos están aisla- 
dos entre sí, pero con la corriente que desciende de arriba se 
llenan uno por uno, o a la vez, según sea la fuerza i abundancia 
del líquido que desciende de la parte alta. Las cavidades del 
primer plano superior comunican entre sí también por medio de 
canales adecuadas. Derramando agua sobre la cavidad mediana 
de la estremidad superior, se nota que, siendo en poca cantidad, 
baja inmediatamente a las cavidades dispuestas mas abajo, sin 
tocar a las de los lados; pero tan pronto como la cantidad de 
cigua derramada aumenta, se comunica a la cavidad de la dere- 
cha, de donde pasa, descendiendo por el canal principal de ese 
mismo lado, a los recipientes del segundo plano. La manera de 
llenarse los^ respectivos receptáculos es enteramente arbitraria i 
depende, en todo caso, de la fuerza i cantidad del líquido derra- 
mado, lo que demuestra que el artífice, si buscaba este fin en la 
construcción de esta piedra, lo obtuvo completamente. Lo in- 
cierto i variable debia ser el primer carácter que resultaba del 
sacrificio de una víctima en este altar. 

Debe advertirse que como comprobante de las funciones a 
que estaba destinada esta curiosa piedra es del caso recordar que 
el pueblo que mas inmediato a ella se encuentra i que tiene una 
denominación indíjena, significa en araucano la piedra del ca- 
huín^ {Cura-cahiníi) esto es, la piedra de la algazara, del desor- 
den, o el convite para funerales, según Carvallo,^" lo que demues- 

12. Historiadores de Chile ^ t. X, páj. 158. 



22 2 LOS ABORÍJEKES DE CHILE 

tra que en sus alrededores o cerca de ella tenían lugar fiestas i 
reuniones de importancia. 

Es verdad que por el examen i colocación de los depósitos i 
surcos piensan algunos que esta piedra ha podido servir para la 
fabricación de la chicha; pero esta opinión parecerá poco funda- 
da si se tiene presente que la crónica, tanto antigua como mo- 
derna, no recuerda en sus minuciosos anales el empleo de un 
aparato semejante, i es sabido que en los pueblos poco cultos, 
esos aparatos domésticos son siempre copiados unos de otros, lo 
cual daria a entender que esas piedras debieron ser comunes en 
Chile, cosa que es de todo punto inexacta. Ademas, ni la escasa 
capacidad de los recipientes, ni su colocación son adecuados 
para aquella fabricación. Por el contrario, consta que los arau- 
canos han usado siempre para la confección de sus bebidas las 
vasijas de greda, o troncos de árboles ahuecados, como los que 
hoi acostumbran. 

Se encuentran también en Chile algunas piedras semejantes a 
la que M. Desjardins describe como existente en el camino de 
Andahuailas. Puede aún decirse que son abudantes en las pro- 
vincias centrales, i hacia la rejion de la costa. 

Estas piedras se hallan invariablemente en la falda de los 
cerros poco elevados i siguiendo siempre la inclinación de la 
pendiente. Todas ellas tienen cuatro agujeros de diferente pro- 
fundidad, escavados sin seguir un plan aparente, mas, salvo una 
que otra rara escepcion, no pueden distinguirse en la superficie 
surcos que comuniquen entre sí estas diferentes cavidades. En la 
hacienda de la Patagüilla, en las inmediaciones del lugar en que 
fué hallada la piedra de los sacrificios (que está ahora en San- 
tiago en nuestro poder) se notan algunas variantes del mode- 
lo jeneral a que nos hemos referido. Hai una de ellas que cons- 
ta de una sola cavidad: forma que reviste asimismo otra que yace 
en la vecindad de Nancagua, en la provincia de Colchagua. 

En una quebrada de la Patagüilla puede verse también una 
piedra cuadrangular con escavaciones sucesivas, i no lejos de 
Curicó, en el fundo de Peteroa, hai una que tiene concavidades 



CAP. IX. — LOS ARAUCANOS 223 

en dos de los lados de la superficie superior i que por su gran 
tamaño es mui digna de atención. 

Contrayéndonos ahora al tipo jeneral de estas piedras, que es 
también el que se asemeja mas al que ha dado Desjardins, bien 
sea que se examine alguna de la Patagüilla, una que existe en 
Viluco, casi al pié del cerrito de Collipeumo, en cuya cumbre 
permanecen, como veremos después, los restos de una antigua 
fortaleza peruana, o biejí que consideremos otra mas pequeña que 
figura en nuestra colección, debemos, en principio reconocer que 
no han estado destinadas a sacrificios de ninguna naturaleza. Basta 
para ello examinar su sistema jeneral, sin relación alguna con las 
combinaciones materiales que en todas partes han servido siem- 
pre para dictar los agüeros, i hasta su misma colocación en la 
falda de los cerros, donde no habria podido mantenerse un gran 
concurso déjente, como ha sido siempre de uso en las ceremo- 
nias sagradas de todos los pueblos antiguos i modernos. 

¿Cuál ha sido entonces el fin a que han estado destinadas? En 
los resultados a que solo se llega por conjeturas es naturalmente 
imposible emitir como cierta una opinión, i esto no lo pretende- 
mos; pero no es difícil aventurar una hipótesis que el ánimo pueda 
acojer sin esfuerzo i la razón esplicarse medianamente. Ahora 
bien: los lugares en que las piedras de que tratamos se encuen- 
tran, siempre a orillas o no lejos de las corrientes de agua, dan 
a entender con claridad que en sus contornos estuvieron edifica- 
das las habitaciones de los antiguos chilenos, costumbre que he- 
mos hecho ya notar i que tiene una esplicacion evidente, como 
deciamos. Hemos indicado igualmente que la posición de las 
piedras es siempre en la dirección de la pendiente del cerro, i 
por fin, que los agujeros que se observan en su superficie asu- 
men diferentes profundidades. 

Este conjunto de particularidades pudiera hacernos creer que 
el uso que tuvieron dichas piedras entre los antiguos chilenos 
debió ser el de un juego. Probablemente consistia en acertar a 
introducir alguna pequeña piedra o tejo dentro de cada una de 
las cavidades, i contarse los tantos al jugador según fuese aquella 



224 ^OS ABORIJENES DE CHILE 

en que lograse colocar su tejo. No debe parecer estraña esta hi- 
pótesis si todavía se observa que, según los testimonios de los 
cronistas, han sido siempre abundantes entre los araucanos los 
juegos de destreza i especialmente aquellos que podian tener al- 
guna relación con los ejercicios de la guerra. 

Mas, si parece posible avanzar una hipótesis respecto del uso 
a que estas piedras estuvieran destinadas, en los historiadores de 
las cosas del Perú podemos encontrar datos positivos que resuel- 
ven la dificultad. 

Desjardins apunta lo siguiente respecto del oríjen del respeto 
i veneración que por las piedras tenian los peruanos. «Viraco- 
cha, octavo inca, dice, declaró a su pueblo que en sus conquistas 
no solo habian vencido al enemigo los soldados, sino especial- 
mente los hombres con barba que el Sol habia hecho nacer de 
las piedras del valle durante el combate... Añadió que estas pie- 
dras serian fáciles de reconocer i que convenia honrarlas con un 
culto especial. De ahí es de donde viene, al menos en parte, el 
respeto de los peruanos por las piedras. Esta suerte de idolatría, 
a la cual se halla mezclada, como se vé, una especie de recuerdo 
patriótico, sobrevivió a la conquista i aún a la conversión de los 
indios al cristianismo. Hasta el presente no se han estinguido del 
todo sus huellas. Los indios, cuando suben alguna eminencia, con- 
servan todavía la práctica de proveerse de alguna piedra, que de- 
positan en seguida en lo alto de la pendiente.» (cCreo que las pie- 
dras que se depositaban en la cima de las montañas se llamaban 
apachetasPí) (cCosa mui usada antiguamente, i ahora (1621) no lo 
es menos, dice Arriaga, que los indios cuando suben algunas 
cuestas, o se cansan en el camino, llegando a alguna piedra gran- 
de, que tienen ya señalada para este efecto, escupir sobre ella (i 
por eso llaman a esta piedra Tacanea) coca o maíz mascado; 
otras veces dejan allí las ujutas o calzado viejo, o la huaraca, o 
unas soguillas o manojillos de paja, o ponen otras piedras peque- 
ñas encima, i con esto dicen que se les quita el cansancio. A es- 

13. Garcilaso, Coméntanos^ I, c. IV. 



CAP. IX. — LOS ARAUCANOS 225 

tos montoncillos de piedra suelen llamar, corrompiendo el voca- 
blo, apachitaSy i dicen algunos que los adoran, i no son sino las 
piedras que han ido amontonando con esta superstición, ofrecién- 
doles a quien les quita el cansancio i les ayuda a llevar la carga, 
que eso t^apachituD... Bollaert añade todavía con mas precisión, 
con motivo de estas piedras con cavidades que vio en uno de los 
desfiladeros de los Andes, que cdos indios, antes de entrar en el 
paso, depositan sobre ellas algunas pocas cuentas de vidrio, un 
poco de comida, o alguna otra oferta propiciatoria al jénio que 
preside en el lugar o dispone de las tempestades.^^ 

Pero, si todo§ estos antecedentes obran manifiestamente en 
apoyo de la importación peruana, dudas graves se presentan tan 
pronto como se trata de averiguar la época en que este culto de 
las piedras i con mas especialidad el de los sacrificios humanos 
tenia lugar en el Perú. En efecto, ya hemos visto que el auto-, 
rizado M. Desjardins emitia la idea de que estos hechos han de- 
bido verificarse en los oríjenes de la civilización de los Incas, i 
en verdad que, como lo recuerdan la jeneralidad de los arqueó- 
logos, los trabajos en piedra que se encuentran en el territorio 
peruano, no pueden referirse sino a aquellos remotos tiempor. 

Siendo este, pues, un principio tan universalmente adoptado, 
¿cómo referir a la influencia peruana los monumentos de piedra 
que se conservan en nuestro suelo cuando sabemos que las con- 
quistas de los Incas apenas si se iniciaron en Chile a mediados 
del siglo XV?... 

Para penetrarse todavía mas de esta dificultad conviene recor- 
dar que en el territorio de Chile se encuentran inscripciones je- 
roglíficas en rocas de la cordillera,^'^ i que ademas de las piedras 
horadadas tan abundantes en nuestro suelo, no es difícil señalar 

14. Extirpación de la idolatría del Pirú^ páj. 37; Antiqnarian resé a relies y 
€tc.^ páj. 182. 

15. En la pajina 46 liemos descrito la piedra con jeroglíficos que existe en la 
cordillera de Ciuqiienes i que dibujamos con el número 232 de nuestras lámi- 
nas. Es indudable que nuestros antepasados tenian noticias de otros monumen- 
tos semejantes, acabo todavía mas interesantes, pues el abate Molina refiere en 
la pajina 27 de su Historia civil quQ en Chile «se ven algunas efijies de hom- 
bres esculpidas en ciertas piedras», cuya ubicación al presente ignoramos. 

30 



í2^ IjCS a5C5c:;£:*:i3 zs chile, 

otrá.\ mi^vCrai d* rriia'-» i-il zuirüj marería:. coma lo veremos 
áf:r,tT'j át zicj al hailar ie '.a --r.ii5rrla ínirena. 

P-^o. ci-/.:al.T.tr.:e éíco. ú'.iizia circr.zstancia es quizá la que 
v'.tTít a complicar la d-¿c::l:ai. E- ríV.::. a ao tratarse sino de 

rj\ m^riíi.Txer.t's ¿t c:tn3. :r:i :r:az:ix 3 rr.ejor dicho, de aqiie- 
l>y-> 'j;e lian zjoá.i:^ ccniemrsr ficiliiií-re merced al solo tras- 
c ;rv> dtl r:e:np'j. c j:nj scr 1^3 ririris simadas en las pendien- 
tes de l'j:^ ctTt'js i erras ana. :zi¿- poirla coa probabilidades 
adinítífve C-ziaj principij jeneral q.ie I35 trabajos engpranito son 
anteriores a la conquista perr.ana. i en parte anteriores aún a la 
raza ciivos descendientes c onceen: ?s. Tal es al menos, como lo 
hemos hecho notar, ia opinión prc¿:minan:e de los anticuarios 
reíipecto de ias rocas que tienen inscripciones jeroglíficas. Pero 
¿cómo admitir que los cetros Je piedra, que los vasos de mármol 
i algunos otros objetos semejantes i de un oríjen incuestionable- 
mente índíjena, hayan podido venir desde tan antiguo? Se espli- 
ca que las grandes rocas, que naturalmente han debido conser- 
varse en el mismo lugar, tengan una procedencia remota, pero 
es difícil concebir que objetos pequeños i delicados se trasmi- 
tan al través de largas jeneraciones en pueblos incultos, sin su- 
frir ni siquiera deterioros. Esto indica, por lo tanto, que deben 
su existencia a la misma jeneracion que ha sabido conservarlos i 
estimarlos. 

Con tales antecedentes es necesario reconocer que el trabajo 
de las piedras ha sido entre nosotros común tanto a las primeras 
razas que lo poblaron i a las cuales deben atribuirse las inscrip- 
ciones jeroglíficas, como a lasque dominaban en el país al tiempo 
de la conquista castellana. La invasión de los Incas ejerció poca 
influencia a este respecto, pues si en los sepulcros de oríjen ma- 
nifiestamente peruano se encuentran en las provincias del norte 
algunos objetos de piedra, también se hallan en abundancia las 
hachas de este mismo material en Valdivia i Chiloé. 

Descartando ahora esta cuestión de principios i tratando de 
pronunciarse soljre la época de los sacrificios humanos en este 
país, que es lo que ha motivado esta digresión, nos apartamos 



CAP. IX. — LOS ARAUCANOS 22/ 

completamente de la aserción del dominicano Fernandez que 
da como cierta su vijencia al tiempo de la venida de los espa- 
ñoles, i pensamos, por el contrario, que si hai indicios vehemen- 
tes de que hayan existido alguna vez, esto no ha debido suceder 
sino en una época mui primitiva. Los minuciosos cronistas de la 
colonia, sin esceptuar al mismo Rosales, guardan profundo si- 
lencio sobre el particular, lo que sin duda alguna no hubiese su- 
cedido si en sus investigaciones hubiesen llegado siquiera a sos- 
pechar tan curioso antecedente, porque, como todos sabemos, 
relijiosos hasta el fanatismo, por la época, por su nacionalidad i 
en muchos por su profesión, no era posible que hubiesen olvi- 
dado consignar en sus escritos una práctica abominable que el 
cristianismo hubiese venido a desterrar de las bárbaras costum- 
bres de los naturales. 

Ademas, es constante que el rito de los sacrificios humanos 
no ha llegado a existir, por regla jeneral, sino en aquellos pueblos 
ardientes admiradores de la pompa del culto esterno, fanatizados 
por los sacerdotes, i que, en todo caso, han alcanzado alguna vez 
s constituir grandes masas de hombres gobernados por reyes in- 
vestidos de un poder absoluto. Esto es lo que se ve en la India 
asiática, i esto era lo que sucedia en Méjico cuando llegaron 
los españoles. Pero en Chile no hubo jamas, al menos desde mu- 
cho antes de la invasión peruana, una verdadera nación, ni mo- 
narca, ni poderes públicos, ni ninguna de aquellas circunstancias 
que en otras partes han coincidido con la institución de los sa- 
crificios humanos. «Esta práctica, dice Lubbock, revela en efec- 
to, un profundo sentimiento relijioso, pervertido por una falsa 
idea del carácter de la divinidad.^S 

Si hubiéramos, pues, de admitir la existencia de los sacrificios 
humanos en alguna época de la vida de nuestro país, ella no ha 
podido tener lugar sino cuando dominaba su suelo aquella raza 
primitiva que ha dejado huellas de su paso en lo alto de las cor- 
dilleras, i que, según la creencia de los autores, debió ser mu- 

16. nhotnme prchisiorique^ páj. 363. 



'»:: 1-. ir-í ..'!.-' .:-:r ..;. i . :^ , .::r^ -:nec:er~n en parte los n. 
-fi .í^rri .;:*- n-i.- "ri.i.-. r ' .1 r :.:er"n a c<rrellarse mas tarde 
r,^ ,r.í- r ... i,,*;. ;: i.^cT:-: .;r:. -. '.^r" lue "^or íQ relativo atraso 
i'o •. n^'^ ..:".^': :.^ -t: r-r..::.i :r T^día :eiebrar el sacrificio de 

r..j :•>- ,r ■ .',;-. ^r-;r-r.r- :.'i .Mir.atii:- rt aserto un tanto lijero 
í'r .'¡cfür., ^ --:*:;-- r—: .í:.tr...i :.t .. s acrrñcios Iinmauos, es la 
>r ;,:;;,, ;. r- -rr.- rr.rr-: . -' ;r;í:¿2.n-:5 ie uiraño, conocida con 
'•■ Ki-'í^iT': Ir ,"'■/..:;■.■; ;; cr'rir. r: Tiiiire Ü-un i rez. Este cronista 
¡í'.--; íi.>: -jJi*^ . .^ zruir-r ;- .>ij":I:a. icCTin -:ii5 adinapiis o usanzas 
"*-iM I'urñ-^s i:;s.,= ¡r.:'. ic: ..i '*-.:j. ie v.ii '.lijos i de sus mujeres i 
^■} >M^ )or.- l.,;lr-"l^ ..;S niirilj.:::!.-: . Liban *. a muerte sin piedad 
;v .!i'-^!-' «:..r !;ri, : :..n ^ ^ ::r:.'^: r.cr:^ ic nierra, aunque fuesen 
v.^ '\^/'\f\*,^ '> :")r,r.r:rit.::'=i, ivii^'in jr'icriiiadcs '.nauditas... 

^\ ^.^^.>s ;riCt .íio;. s :i;:ii-.t.:s larhar:)* llamaban el Pruloncion 
^p oiní-.v I»* '.rt -.-;i:r.-.r:a i '.laiie ie '.a cabeza... i lo ejecutaban de 
^•^^^ü lírineri. ' •...f-'-irj .inesar ie auc ja acmos descrito en jeneral 
^^f^\ ^^r^^Ti'^.Tii'i. .i':rrimcs rrifcrrir. czaii: ^íjcinoio. uno de esos casos 
/»» v"i;V¡.r,., Xiifíezde Pineda, que cor ser escritor de época mas 
>*fir¡'/'i>f i tf/y,t\'y^, presencial. nt:s parecerá mas digno de fé. 

^Or;in''l^; f'\6 í:i >nsto i pesar q'ie recibú cuando vi venir nna 
prof y'y\r,Ti tninultuoí^a de demonios ea demanda de nuestro alo- 
(;i»/ii^rito, con sus armas en las manos, i a un mozo pobre sóida* 
f]o^ (If) |/,s qnc ¡levaban cautivos, en medio de ellos, liadas para 
'Mr'fi'> l;i'; iririnos, tirándole un indio de uaa soga que llevaba al 
( imIIo. 

'í í/l^^/iroi) fif; f!>tíi m inera al ranchiielo que habitábamos i aun- 
tfiíh M»í íimo fxnis/i salir dé!, conociendo la intención con que 
vhu'iiw, hi\hu'Ui\f} hecho alto todos juntos, en un pradecillo que 
^n]fir fMi;i \tf\w\ rasa era lo mas enjuto, fueron enviados dos de 
inq Miim |Frin<:ip;iUs a llamarle, que conmigo estaba dentro de la 
I liM/;i, fiiMsfi;inf|o líinto pesar como el disgusto que a mí me 
ii» ••m|i;in:ilin. 1 (íiino en las juntas de parlamentos no se puede 

I , I '*»^tftivtf, lili I, líip. ni. 



CAP. IX. — LOS ARAUCANOS 229 

excusar ninguno, que son a modo de consejo de guerra, le fué 
forzoso acudir al llamamiento i llevarme a su lado... 

«Seguimos a los dos caciques mensajeros i llegamos al lugar 
adonde nos aguardaban los demás ministros i soldados; i luego 
se fueron poniendo en orden según el uso i costumbres de sus 
tierras; i esta era mas ancha que la cabecera, adonde asistian 
los caciques principales i capitanes de valor. En medio pusieron 
al soldado que trajeron liado para el sacrificio, i uno de los ca- 
pitanejos cojió una lanza en la mano, en cuyo extremo estaban 
tres cuchillos, a modo de tridente, bien liados; i otro tenia un 
toque^ que es una insignia de piedra a modo de una hacha asti- 
llera, que usan los regues, i está en poder siempre del mas prin- 
cipal cacique, a quien llaman toque^ que es mas que cacique en su 
parcialidad, que, como queda dicho, es lo que llaman regué. I 
esta insignia a modo de hacha, sirve en los parlamentos de matar 
españoles, teniéndola, como he significado, el que de derecho le 
toca; i és el primero que toma la mano en hablar i proponer lo 
que le parece conveniente. I si este tal gobernador o toque es 
mui viejo, o poco retórico, suele sostituir sus veces i dar la ma- 
no a quien le parece entendido, capaz i discreto; que adonde 
quiera tiene su lugar él buen discurso, i entre estos bárbaros se 
apropia el orador insigne el nombre de encantador suave, cuyo 
título dieron a los predicadores las antiguas letras, como lo notó 
San Jerónimo sobre el lugar del profeta Isaías, que en algo se 
asemejan estos naturales a los pasados siglos. Cojió en la mano 
el toque, o en su lugar, una porra de madera, que usaban enton- 
ces, sembrada de muchos clavos de herrar, el valiente Putapi- 
chun, como mas estimado cacique, por soldado de buena dispo- 
sición i traza en la guerra, i en el lenguaje veloz i discreto. I 
haciendo la salva a todos los compañeros, habiéndose puesto en 
pié en medio de la plazoleta o calle referida, se acercó adonde [a] 
aquel pobrecito soldado le tenian asentado en el suelo, i desa- 
tándole las manos, le mandaron cojer un palillo, i [que] del fuese 
quebrando tantos cuantos capitanes valientes i de nombre se ha- 
llaban en nuestro ejército. I como el desdichado mozo era no- 



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•■' '•"''"» '» M. l-i:;i."-; . :;.,'■:/ O;, i quedó solo Piitapichun, q 
'"' ' ' '1'" '' ' «''i''' I'/ . ' li^iJl.!'.^ i i'\ que estaba con el trjque en n: 
•''" •'• I • • •"' , ' II |M'', I dió prirK;i()io a sil parlamento con gran 

''••'•' •' '•' 1)1. 1 |/i rjiir ;ií:ostiiMil)raI)an hablando con ca 

*'"" •'• '" » • "• iiM;l,in|r';, d;tiido principio por los mas antiguo 
I' ■' '" ■ M*" •" "• '» .nhpiind,! por sí mayor estimación i aplaus 
''" '' "I ' « '» di I \ ...• lili !■; \ c'id.id rsli\ fulano? a que respom 

'*' »•'»• I I í . • V.'. 7./ i|iif M' ns.i rnlu* rllos, que es como dec: 
^ ' ' »•' •' » ■ »•».♦• liHits n -Mr I si alguno mas retórico o pr 

* ''. ' » ' » ^ ^*■^ \^\\ \^ i,r.MU'>i vld.a.ir su respuesta i apovar 1 
1 , . . . :,» \ ,^ ^, ^ ^».j ^.'^, ;.\i'v'.u IV esta suerte fué hablanc 






I 



232 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

obligaron a hacer (como después lo significó a sus amigos.) 
Allegóse al desdichado mancebo i díjole: ¿cuántos palillos tienes 
en la mano? Contólos, i respondió que doce; hízole sacar uno, 
preguntándole, que quien era erprimer valiente de los suyos. Es- 
tuvo un rato suspenso, sin acertar a hablar palabra, ya con la tur- 
bación de la muerte que aguardaba, o ya porque no se acordaba 
de los nombres que le dijeron; a cuya suspensión el maestro de 
ceremonias que con su toque asistia al ejecutor del sacrificio, 
habló de donde estaba i le dijo: acaba ya de hablar, soldadillo. 
El miserable turbado, pareciéndole que seguía el orden como se 
debia, respondió diciendo: este es el gobernador. Replicóle el 
Putapichun: no es sino Alvaro, que aquí solamente los valientes 
conocidos se nombran primero: echadlo en ese hoyo. Con que 
dejó caer el palillo como se lo ordenaron. Sacad otro, le dijo 
mi amo; i habiéndolo hecho así, le preguntó quién era el segun- 
do. Respondió que el apo^ el gobernador. Echadlo en el hoyo i 
sacad otro, le dijo; con que fué por sus turnos sacando desde el 
maestro de campo jeneral i sarjento mayor hasta el capitán de 
amigos llamado Diego Monje, que ellos tenian por valiente i 
gran corsario de sus tierras; i acabado de echar los doce palillos 
en el hoyo le mandaren fuese echando la tierra sobre ellos, i los 
fué cubriendo con la que habia sacado del hoyo; i estando en es- 
to ocupado, le dio en el celebro un tan gran golpe, que le echó 
los sesos fuera con la macana o porra claveteada, que sirvió de 
la insignia que llaman toque. Al instante los acólitos que estaban 
con los cuchillos en las manos, le abrieron el pecho i le sacaron 
el corazón palpitando, i se lo entregaron a mi amo, que después 
de haberle chupado la sangre, le trajeron una quita de tabaco, i 
cojiendo humo en la boca, lo fué echando a una i otras partes, 
como incensando al demonio a quien habian ofrecido aquel sa- 
crificio. Pasó el corazón de mano en mano, i fueron haciendo 
con él la propia ceremonia que mi amo; i en el entretanto anda- 
ban cuatro o seis de ellos con sus lanzas corriendo a la redonda 
del pobre difunto; dando gritos i voces a su usanza, i haciendo 
con los pies los demás temblar la tierra. Acabado este bárbaro i 



CAP. IX. — LOS ARAUCANOS 233 

mal rito, volvió el corazón a manos de mi amo, i haciendo de él 
unos pequeños pedazos, entre todos se los fueron comiendo con 
gran presteza.^**» 

Pero, llámese a esta práctica sacrificio o nó, es evidente que 
no revestia carácter alguno de homenaje a la Divinidad, que es 
la base de todo sacrificio. 

Esto nos conduce a examinar el sistema relijioso de los anti- 
guos chilenos. Por lo que toca a la época anterior a la invasión 
peruana. Herrera dice con verdad que aunque en Chile habia 
multitud de supersticiones, ano tenian que ver con los del Cuz- 
co.^'d 

(cLos indios de Chile, agrega frai Alonso Fernandez, adoraban 
«1 sol, la luna, i otros algunos idolillos.^D «En lo espiritual no re- 
conocen los chilenos relijion alguna, espresa un cronista, aun- 
que varios adoraban el sol.^b) A este respecto hace notar el his- 
toriador don José Pérez García, que es de estrafíar que los natu- 
rales profesen tanto respeto a la Anchimallhuen «que es decir 
mujer del sol, i dicen que es una señora joven tan bella i atavia- 
da como benigna,)) cuando no tienen ninguno por el sol.^ El je- 
suita Olivares, tratando de aprovechar esta contradicción, dedu- 
ce de ahí que la tal señora no podia ser otra que la Vírjen/'^ 
Pero la verdad de todo esto es, como concluye con razón el 
viajero Frezier que (íjamás se ha encontrado entre los antiguos 
chilenos ni templos, ni vestijios de ídolos que hayan adorado.^^» 
«Es digno de reparo, espresa sobre el particular Larsen, que ni los 
indios cobrizos de la América del norte, ni los Patagones, ni otros, 
están inficionados con mitolojías complicadas, pues nunca han 
vivido ociosos i sedentarios para ponerse a filosofar. En jeneral, 

18. Nuñez de Pineda i Bascuñan, Cautiverio feliz ^ pájs. 39, 40 i sigtes. 

19. Dec. V, páj. 95. 

20. Historia eclesiástica^ páj. 169, Toledo, 161 1. 

21. Quiroga, Compendio histórico de los tn as principales sucesos de la conquis- 
ta y guerra del Rey no de Chile^ páj. 100 del tomo XI de los Historiadores de 
Chile. 

22. Historia de Chile y l¡b. I, cap. X. 

23. Historia de Chile ^ lib. I, cap. XV. 

24. Voyage^ t. I, páj. 100, ed. Amsterdam, 17 17, 8.** 

31 



234 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

las niitolojías son hijas del clima. ..^)) Nótese, sin embargo, que 
por el momento, como acabamos de espresarlo, hablamos de la 
época anterior a la invasión peruana, pues por lo que se refiere 
a los templos i a los ídolos, mui luego tendremos ocasión de 
ocuparnos de ellos. Ercilla decía ya: 

Jente es sin Dios, ni lei, aunque respeta 
A aquel que fué del cielo derribado, 
Que como a poderoso i gran profeta 
Es siempre en sus cantares celebrado/* 

Rosales, que es uno de los historiadores que mejor ha conoci- 
do a nuestros naturales, los califica de «los mas bárbaros de las 
Indias, porque ni conocen al verdadero Dios, ni tienen otros 
dioses falsos, ni ídolos que adorar, i así no saben de relijion, cul- 
to ni adoración, ni tienen sacrificios, ni ofrendas, ni invocaciones. 
Solo invocan al Pillan^ i ni saben si es el demonio, ni quien 
es...^» «El numen a quien su barbaridad rendia lij ero culto, 
añade don Pedro de Córdoba i Figueroa, porque no habia nin- 
gún exceso en su relijiosidad, llamaban Pillan i decían que habi- 
taba en la cordillera o volcanes, haciendo el trono de su deidad 
los horrores del fuego i humo, i decian que los truenos, rayos i 
relámpagos eran efecto de su poder, o indicios de su indigna- 
ción; i cuando esto sucede, le invocan a voces, mas con placer 
que con temor. Solicitaban tenerle propicio en los casos arduos, 
principalmente en la guerra al tiempo de acometer a los enemi- 
gos. Vibrando la lanza le llaman a voces, ceremonia que acos- 
tumbran no solo para implorar favor, sí también para espulsar el 
pavor, i que les dé espíritu de audacia i vigor, lo que no omiten 
aún en sus juegos de chueca.^j) 

Mas, prescindiendo de la Anchimalhiien^ que, según este mis- 
mo autor, ales noticiaba de lo adverso para precaverlo i de lo 
próspero para celebrarlo», por lo cual era reputada como la dei- 

25. America mitc- colombiana y páj. 154. 

26. La Araucana^ canto I. 

27. Historia^ t. I, páj. 164. 

28. Historia de Chile ^ páj. 26. 



CAP, IX. LOS ARAUCANOS 235 

dad tutelar, los indios reconocen al Mculen^ «que significa tor- 
bellino o remolino de vientoD, al Eptinamiin^ junta de guerra, 
i a los Huecuhiis^ que eran como los ministros i delegados del 
Pillan,^ encargados de intervenir especialmente en las enferme- 
dades i trabajos; ^ pero estas eran divinidades desconocidas en la 
antigua teogonia araucana. ^^ 

Pero, así como nuestros naturales carecian de toda noción de 
la Divinidad, en cambio, vivian abrumados de supersticiones. 
Una de las mas curiosas es la que se refiere al moscardón, ((al cual 
tienen por alguna alma de la otra vida, i tan asentado eso, que, 
si estando uno enfermo, entran moscardones en su rancho, luego 
le lloran por muerto i dicen que son las almas de sus parientes 
que vienen por él, i cuando acuden a las borracheras, porque 
hai carne muerta, dicen que son los parientes que vienen también 
a holgarse i abeber^Jí). (d así, en ellas, el primer jarro de chicha 
que han de beber suelen derramar parte de él o todo para que 
"beban sus caciques i parientes difuntos. I en sus casas, cuando 
almuerzan i beben el primer jarro de chicha, meten primero el 
<iedo i asperjan (como cuando echamos agua bendita, dice el je- 
suíta que cuenta el hecho) a sus difuntos, diciendo /// mn^ que 
es como brindando a las almas'**^!). 

aCreen fácilmente en sus sueños, i los cuentan como cosa ver- 
dadera, i así se guardan, si han tenido alguna pesadilla; i si algún 
sueño alegre, lo creen, i esperan que les ha de suceder así porque 
lo soñaron. Si sueñan que se les cae algún diente, es que se ha 
de morir alguno de sus parientes^». 

«Tienen agüeros i abusiones en los pájaros, i particularmente 
al que llaman «meroD ( Dasycephala lívida) le tienen por ago- 
rero. I si se sienta a cantar en alguna casa, dicen que va a anun- 
ciar la muerte a alguno de ella o de la vecindad; i si hai algún 

29. Ovalle, Histórica relación^ páj. 327. 

30. Pebres, Arte y gramática^ etc. 

31. Ramírez, Cronicón sacro imperial de Chile, lib. í, cap. II. 

32. Rosales, Conquista espiritual de Chile, 

33. Id., Historia de Chile y t. I, páj. 162. 

34. Olivares, Historia de Chile ^ páj. 53. 



236 .LOS ABORÍJENES DE CHILE 

enfermo le desahucian i le previenen lo necesario para el entie- 
rro, i tienen por infalible su muerte. 

«En latiéndoles los párpados de los ojos, o los brazos, lo tie- 
nen por mal agüero. I si le late el brazo izquierdo a un indio, 
cuando va a la guerra o a otra cualquiera parte, se vuelve, porque 
lo tiene por anuncio de mala señal. 

(íLos mismos agüeros tienen con las zorrillas que andan por 
el campo, i con algunas aves voraces i carniceras que vuelan por 
el aire, pues si marchando los siguen éstas, dicen que van a co- 
mer de sus carnes, i que si las zorras pasan cuando van a la gue- 
rra, al lado izquierdo es mala señal, i buena cuando pasan por el 
otro lado. 

(tEn estando una mujer con dolores de parto, la echan fuera 
de casa, que vaya a parir junto al rio, porque dicen que todos los 
males de la mujer preñada se les pegan a los de la casa i a las 
alhajas^D. 

«Si suena la lumbre, es señal de venir huéspedes; si se acerca a 
sus casas algún remolino, es que han de asaltarlos los enemigos* 
si les zumban los oidos, es que les están murmurando; si se les 
cae el bocado al llevarlo a la boca, es que se acuerda de ellos 
quien los quiere; si palpitan las entrañas de algún animal que 
matan, entonces se sobresaltan i se sobrecojende un pueril ver- 
gonzoso temor.*'D 

«Si se infestan las mieses de gusanos, lo atribuyen al «Huecu- 
buD, i acuden a la superstición. Forman una enramada de grande 
estension, i en ella ponen el circo, colocando un ramo de boyghe 
i sobre él un anciano. Al pié del ramo queman mucho tabaco i 
por espacio de veinticuatro horas seguidas bailan al rededor hom- 
bres i mujeres, alternándose las parejas. Concluido el tiempo, con- 
ducen un gusano en una piel, i colocado debajo del boyghe, le 
dan veneno. Al punto que muere el insecto, se postran los dan- 
zantes, aparentando cierta especie de éxtasis, i se acerca la jente 

35. Rosales, /¿/., páj. 164. 

36. Olivares, Historia de Chile^ páj. 52. 



j 



CAP. IX. — LOS ARAUCANOS 237 

moza a manosear, i usan torpemente de las mujeres, que se dejan 
estar como estatuas, sin movimiento alguno. Pasado un largo ra- 
to, comienza la comida i bebida, hasta embriagarse^...!) 

Al Huecubu, no solo atribuyen el que sus mieses se apesten 
por el gusano, sino también todas las cosas que les suceden ad- 
versas o dañosas: «el faltar el pez en algún lago o rio, que antes 
lo criaba, es que se lo comió el huecubu; el temblar la tierra es 
que se sacudió debajo de ella; el enfermar o morir ganados u 
hombres es que se les metió en el cuerpo etc.^i) Para que llueva 
o escampe, revuelven en un tiesto muchas piedrecillas con una 
yerba que llaman //Vi^/V/, operación que se conoce con el nom- 
bre de guenguen.^ 

«Es particular superticion i mui circunstanciada la que tienen 
en tiempo de temblores grandes: luego que ha pasado la mayor 
violencia del movimiento, se aperan, hombres i mujeres, de co- 
sas de comer i de platos grandes en la cabeza, i cargando con 
sus hijuelos i su pobre ajuar se encaminan al monte mas cerca- 
no, de los que llaman Ten-ten^ que son los que tienen tres pun- 
tas que van en declinación hasta lo mas bajo de la llanura, i solo 
puestos en su cima, se dan por seguros. Dan la razón de este 
hecho diciendo, que en semejantes terremotos, como sale el mar 
algunas cuadras fuera, así es de temer que inunde toda la tierra 
según tienen por tradición que sucedió en tiempos de mucha 
antigüedad.^'^ Que este Ten-ten tiene la buena cualidad de so- 
brenadar las aguas, i que puestos sobre él con sus alimentos, se 
mantendrán el tiempo que durare la inundación.**^)) 

«Los indios que acuden a medicinarse al valle de Punianta, 
donde hai cuatro ojos de agua, calientes todos en diversos grados, 
desde el mui remiso hasta el mui intenso,... creen que el sanar 
es por beneficio del señor de aquella agua, i para granjearlo, le 
echan algunos donecillos en el mismo ojo por donde brota,... 

37. Historiadores de Chile, t. X, páj. 138. 

38. Olivares, Historia de Chile ^ páj. 51. 

39. Pebres, Arte de la lengua general, etc. 

40. Recuérdese lo dicho en el capítulo de las Tradiciones. 

41. Olivares, ob. cit., páj. 53 



'\ 



238 LOS ABORl'jENES DE CHILE 

creyendo firmemente que lo que no se sume, no lo recibe, i que 
el no recibirlo es señal manifiesta de su desagrado, i de que no 
quiere acordar la gracia de la sanidad/^» 

Cuenta también el padre García que los indios caucahues se 
tiñen la cara con carbón al entrar en las lagunas heladas, para sa- 
• ludar a la nieve, porque el que así no lo hace, se muere/' 

No eran menos orijinales ni absurdas sus ideas respecto a la 
vida futura. Creian, en efecto, que los caciques se convertían 
en moscardones i se quedaban en los sepulcros, de donde salían 
a ver a sus parientes; que los indios de guerra, que habían sido 
valerosos, se subían a las nubes i se trasformaban en truenos i 
relámpagos, al así dicen que cuando truena i relampaguea pelean 
con sus enemigos i se disparan los unos a los otros rayos de fue- 
go... En habiendo truenos en las nubes salen de sus casas i arro- 
jan chicha a su Pillan^ que entienden que son sus indios que 
están peleando, i los hablan i animan, diciéndoles que hagan co- 
mo buen Pillan, i que no se deje vencer del enemigo... I cuando 
ven que las nubes van hacia sus tierras, dan saltos de placer i 
palmadas de contento, diciendo que su Pillan lleva de vencido 
al del contrario; i si ven que las nubes van en sentido opuesto, 
se entristecen i dicen que los suyos van de vencida, i los repren- 
den de cobardes i los animan a la pelea. Por esta causa, i por la 
dificultad de llevar a sus tierras los cuerpos de los soldados que 
mueren en la guerra, los queman i solo llevan sus cenizas, porque 
dicen que por medio de el fuego i de el humo, suben con mas 
velocidad a las nubes, i van convertidas ya en Pillan. 

ccEl tercer jénero de jente, que es la común de hombres i mu- 
jeres, dicen que en muriendo van sus almas a la otra banda de 
el mar a comer papas negras... Hai allí unos campos tristes, fríos 
i destemplados, que aunque siembran en ellos, no dan sino unas 
papas negras, i que con ellas solas se sustentan, i lo pasan con 
trabajo; aunque también tienen sus fiestas i borracheras las almas 

42. Olivares, id.^ id. 

43. Viaje^ t. XXXIX de los Anales de la Universidad^ páj. 358. 



i 



CAP, IX. — LOS ARAUCANOS 239 

de los difuntos, como acá los vivos, solo que la chicha que es la 
bebida de sus fiestas, es negra como de muertos.'*^ 

Parece que no todos los indios se formaban tan triste idea de la 
morada futura, pues Nájera espresa, que hai también aUí, según 
piensan algunos, (íbuenas comidas i bebidas,^^)) a que añade el 
jesuita Juan de Albis en carta que le escribió al historiador 
Alonso de Ovalle, que retienen allí sus lugares de recreación i 
gustos, i que se ocupan en bailar i cantar, i que tienen mucha 
abundancia de comidas i bebidas, i que con esto se dan a gran- 
des i espléndidos banquetes; i que gozan de muchas mujeres, pe- 
ro que no hacen hijos, i que esto es allí lícito, i que las mujeres 
que tienen acá, también las han de tener allá, etc/^)) 

Respecto al lugar en que se encuentre la morada futura, Bas- 
cuñan nos dice que algunos la colocan tras de las cordilleras ne- 
vadas/^ «No piensan, dice Olivares, que haya lugar separado en 
que se paguen con el premio o castigo las buenas obras o malas, 
sino que van a la isla de la Mocha a pasar otra vida sin fin ni tra- 
bajo/®!) Pero Rosales añade sobre este particular, que eran pre- 
cisamente los isleños de la Mocha los que venían a contar a los de 
tierra firme «que junto a su isla grande, hai una mui pequeña i 
inhabitable, i que por ella pasan las almas de los muertos a la otra 
banda de el mar a comer papas negras, i allí es el embarcadero 
para el mar negro. I en entrando la noche, se ven horribles vi- 
siones i formidables apariencias, i entre ellas se oyen grandes 
ahullidos i voces lastimosas de los que se embarcan, despidién- 
dose de ellos, i que por las voces conocen los que son i las perso- 
nas que se han muerto en el continente; i tienen grande pena por 
saber que se les han muerto sus parientes i amigos. I para per- 
suadir mejor estos embustes, en saltando en tierra se informan 
de qué personas han muerto, hombres, mujeres i niños, i con 
aquella noticia, en las juntas platican estas cosas: ¿no murió 

44. Rosales, t. I, páj. 163. 

45. Desengaño de ía gíierra de Chile ^ páj. 102. 

46. Histórica relación, páj. 327. 

47. Cautiverio feliz, páj. 109. 

48. Historia de Chile, páj. 52. 



240 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

fulano?; que allá oimos sus voces i lamentos con que se despedia 
de nosotros i deste mundo. ¿I fulano no falleció ya? 1 así iban 
refiriendo los muertos, i como era así, que habian muerto, creian 
también que era así, que en aquella isla se embarcaban para la 
otra banda del mar, donde estaban las almas. I estimaban mucho 
a los que les daban noticias de ellas, i por esta vía de falsa re- 
velación, se hacian estimados i tenian gran introducción, porque 
cada uno queria saber del estado del alma de su hijo, de su her- 
mano o pariente, i se iba a informar de ellos: con lo cual los 
regalaban en todas partes, i si se detenían algún año, que no los 
dejaban los temporales embarcar, los sustentaban todo el afio i 
les hacian grande lugar en las fiestas/^» 

Por lo demás, ya estuviese aquel lugar tras de la cordillera 
nevada o de la otra banda del mar, no se podia llegar allí sino 
después de atravesar un pasaje estrecho, donde habia una vieja, ca 
quien habia que pagar alguna cosa como recaudadora de la adua- 
na; i dicen que es una perversa vieja, porque si no la satisfacen 
en moneda o en especie, se hace pago con uno de los ojos del 
pasajero.*®» Creian también que las viejas, convertidas en balle- 
nas, eran las encargadas de trasportar al sitio de la existencia fu- 
tura las almas de los muertos, i por eso les decian por burl% them- 
pilcahue?^ 

«Piensan algunos arqueólogos, dice Lubbock, que los cuidados 
prestados a los funerales i la costumbre de colocar cerca del ca- 
dáver diversos objetos, prueban que los pueblos de la edad déla 
piedra creian en la inmortalidad del alma, en una existencia ma- 
terial después de la muerte. Parece probado, agrega el doctor 
Wilson, por el depósito constante cerca del cadáver, no solamen- 
te de armas, de utensilios, de alhajas, sino también de vasijas, que 
contenian sin duda alimentos, que creian en una existencia futura; 
pero esto demuestra, al mismo tiempo, que las ideas que se fornia- 

49. Conquista espiritual de Chile. 

50. Olivares, Historia de Chile ^ páj. 52; Carvallo, Historiadores de Chile^ 
t. X, páj. 137. 

5 1 . Pebres, Arte de la lengua general^ etc. 



C.^P. IX. — LOS ARAUCANOS 24 1 

ban sobre el particular, eran mui groseras i enteramente mate- 
rialistas.^» 

Estas consideraciones son perfectamente aplicables a las creen- 
cias de los araucanos. A pesar de que dicen tipai ni piílli^ «salió 
del cuerpo el espíritu,^» cuando muere alguno, i de que ademas 
creen en la inmortalidad del alma, están persuadidos de que la 
existencia futura es puramente material, i por eso cuando los mi- 
sioneros pretendían que los indios se enterrasen en sagrado, sin 
chicha, ni provisiones para la otra vida, se negaban tenazmente, 
diciendo que era porque querían que allá se muriesen de ham- 
bre.^ Pero esto lo veremos mas detalladamente cuando tratemos 
de los funerales. 

Por lo demás, «si bien confiesan la inmortalidad del alma, es- 
presa González de Nájera, tienen entendido que no moriría nin- 
guno, si no le matasen con heridas o yerbas, i por eso se persua- 
den que todos los que mueren (aunque sea de enfermedades), es 
por haberles dado enemigos suyos ponzoña."*^» 

«Jamas juzgan estos naturales, añade Bascuñan, que salen de 
esta vida para la otra por ser natural la muerte, sino es por he- 
chicerías i por bocados que se dan los unos a los otros con ve- 
neno, a cuya causa acostumbran consultar a los curanderos ma- 
chis^ hechiceros i encantadores/*^)) 

A pesar de que ordinariamente se asimila a hechiceros i ma- 
chis, unos i otros no tenian, sin embargo, idénticas funciones. El 
mismo Bascuñan nos dice que preguntándole una vez a un indio, 
de dónde nacia la costumbre de que el marido se separase de su 
mujer tan pronto como recibia la convocatoria para salir a cam- 
paña, le notició «que en los tiempos pasados se usaban en todas 
las parcialidades unos huccubuy es, que llamaban rcnis^ como entre 
los cristianos los sacerdotes. Estos andaban vestidos de unas man- 



52. Vhommc prchistoriqne^ páj. 127. 

53. Bascuñan, Cautiverio feliz, páj. 109; Pérez García, //irj/or/V/ de Chile, 

cap. xr. 

54. Rosales, Conquista espiritual de Chile. 

55. Desengaño de la guerra de Chile, páj. 102. 
5 6 . Cautil 'erio feliz, páj .157. 



242 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

tas largas, con los cabellos largos, i los que no los tenían los 
traían postizos de cochayuyo o de otros jéneros, para diferen- 
ciarse de los demás indios naturales: estos acostumbraban a es- 
tar separados del concurso de las jentes í por tiempo no ser co- 
municados, í en diversas montañas divididos, a donde tenían unas 
cuevas lóbregas en que consultaban, al Pillan (que es el demo- 
nio) a quien conocen por Dios los hechiceros i endemoniados 
machis, que son médicos. Estos por tiempos señalados estaban 
sin comunicar mujeres ni cohabitar con ellas; sacaron de esta 
costumbre i alcanzaron con la esperiencia que se hallaba con mas 
vigor i fuerza el que se abstenía de llegar ni tratar con ellas, í de 
aquí se orijinó, habiendo de salir a la guerra, el que es soldado, 
esta costumbre í leí por consejo i parecer de los sacerdotes."i> 
«Tenían los de Puren, una ceremonia antigua, añade Rosales, en 
que se visten de boquibuyes^ (que son sus sacerdotes) i están re- 
cojidos en una montaña separada, haciéndose hermitaños i ha- 
blando con el demonio ;*JD ú mientras están en su encerramiento 
no puede ninguno mover guerra, í de su consejo i determinación 
pende el conservar la paz i el abrir la guerra;®» «i a ellos van otros 
muchos indios con presentes, para que les profetizen cosas que 
desean saber, i ellos les traen engañados con mil embustes i falsas 
respuestas, como engañosos oráculos.®^!) 

Estos huecubuyes o sacerdotes araucanos que seguían de tiem- 
po en tiempo vida solitaria en las grutas de las montañas, fueron 
sin duda los que inspiraron a Ercilla la creación del májíco Fiton. 
Ya desde aquella misma época asumieron gran importancia ante 
los ojos de los crédulos castellanos, que no se dudaban un mo- 
mento de que tuviesen trato familiar con el demonio, haciéndolo 
aparecer por medio de ciertas invocaciones i consultándolo en 
sus casos difíciles. Conocidos mas especialmente bajo el nombre 
de hechiceros, motivaron una porción de disposiciones de parte 

57. Cautiverio feliz, páj. 361. 

58. Conquista espiritual de Chile^ M. S. 

59. Rosales, Historia de Chile, t. I, páj. 178. 

60. Nájera, Desengaño de la guerra de Chile^ páj. 99. 



J 



CAP. IX. — LOS ARAUCANOS 243 

de las autoridades españolas, siendo por este medio como pueden 
establecerse a su respecto algunos curiosos particulares. 

El conocido padre Calaucha, cronista de la orden agustina en 
América, atribuye el oríjen de estos hechiceros a una lei de los 
Incas que disponía que «todos trabajasen i comiesen del sudor 
de sus manos, i que los impedidos, contrechos o inhábiles para 
labranzas o guerras aprendiesen a herbolarios para curar enfer- 
mos, o aprendiesen a hechiceros para ministros de sus ídolos. 
Era oficio de flojos, agrega, i así creció en número la multitud 
de hechiceros.*^^» 

Parece un hecho constante que aún después de los primeros 
años de la conquista española, los hechiceros indíjenas ocasiona- 
ban con sus embustes una multitud de asesinatos entre los mis- 
mos naturales, pues ya en 2 de enero de 1552 vemos que en se- 
sión del Cabildo de Santiago, el procurador de ciudad pidió «que 
cada seis meses del año vaya un juez de comisión para visitar la 
tierra sobre los hechiceros que llaman havihica^nayos^ dándole 
comisión para castigallos con todo rigor de derecho, pues es pú- 
blico i notorio los muchos indios e indias que por los pueblos 
de los indios se hallan muertos mediante esto.^)) 

En una representación que la ciudad de Santiago hizo a Pedro 
de Valdivia en el mes de noviembre del mismo año 1552, entre 
otras cosas, dice: 

«Otrosí pido a vuesa señoría que porque los naturales se ma- 
tan unos a otros i se van consumiendo con ambi'i otros hechizos 
que les dan, i en estos las justicias tienen algún descuido en no 
se castigar: vuesa señoria mande que cada dos meses del año, 
dos vecinos se vayan de Maipo hasta Maule a visitar la tierra 
i otros dos vayan hasta Choapa;^ i vuesa señoría les dé poder 
como capitanes para que con sumaria información tengan es- 
pecial cuidado de castigar estos hechiceros i hajnbicamayos^ 

61. Crónica, pá*. 377. 

62. Actas del Cabildo, páj. 287. 

63. Segmi los datos que sutninistra un libro de apuntes consultado por Pérez 
García, en Valdivia los indios al tiempo de la conquista usaban también de 
bocados i hechizos. 



\ 



244 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

porque demás del daño que reciben los naturales se desirve 
Dios en los hechizos que hacen invocando al Demonio..."!) 

Es sabido que de la vida del ilustre Alonso de Góngora Mar- 
niolejo, historiador i guerrero de la conquista, el último dato de 
que se tenga noticia es que estuvo desempeñando una de estas 
comisiones para perseguir hechiceros. 

Un autor que escribia al principio del siglo pasado, don Jeró- 
nimo Pietas, refiere de la manera siguiente la forma en que los 
hechiceros celebraban sus consultas. ((Ríjense los indios, dice, 
en todo lo que dudan por los hechiceros i adivinos. En su idio- 
ma llaman al adivino dungube^ Este ciertamente hace que a sus 
preguntas le responda el demonio, i de suerte que le oigan todos 
en la forma siguiente. Llega uno a quien le han hurtado algo o 
se le ha perdido o huidósele la mujer, al diingube^ i pagándole, 
le esplica lo que va a saber. El dungube deja su casa sola, i des- 
de afuera con varios conjuros, hablando con sa misma casa le 
hace las preguntas, i desde dentro de ella, con voz alta aunque 
meliflua^ responden de dentro, diciendo fijamente donde está lo 
que le preguntan.*^» 

Cuenta a este respecto Pedro de Oña que los hechiceros saca- 
ban sus pronósticos volviendo la espalda a la muchedumbre, i que 

En medio de la rueda acompasada 
Después que el suelo a soplos alisaron 
Aquellas manos pérfidas hincaron 
Una ramilla luenga deshojada. 
De cuya estrema punta doblegada 
Por un sutil estambre, le colgaron 
Un vedijon de lana de la tierra. 
Que es donde su Pillan se les encierra... 

...Colgado, pues, el copo de la vara 
Con un zurrón bajo i escabroso 
Como de negro tábano enfadoso 
Cuando revuela en torno de la cara: 

64. Actas del Cabildo^ páj. 312. 

65. O dugulve^ llaman al Iligiia o adivino, dice Pebres, porque hace hablar 
al demonio. Arte y gramática de la lengua de Chile, 

66. Informe al Rey^ etc. 



i 



CAP. IX. — LOS ARAUCANOS 245 

Apresta la infelice jente avara 
Su pérfido conjuro tenebroso 
Haciendo que tomase en él la mano 
Quien de la facultad era decano. 

Agrega en otra parte del poema: 

En hondos i secretos soterraños 
Tienen capaces cuevas fabricadas, 
Sobre maderos fuertes afirmadas 
Para que estén así nestóreos años; 
Las cuales, en lugar de ricos paños, 
Están de abajo arriba entapizadas 
Con todo el suelo en ámbito de esteras 
I de cabezas hórridas de fieras. 

«Mientras andan los soldados en la guerra, están los hechice- 
ros consultando al demonio, sobre el suceso de los suyos, incen- 
sando con tabaco a las tierras del enemigo, i haciendo sus invo- 
caciones. I en una batea de agua les muestra el demonio lo que 
pasa, donde están i lo que les ha sucedido, bueno o malo. I an- 
tes que llegue la nueva del buen o mal suceso, lo anuncian a 
todos i es mni ordinario saberse lo que sucede en partes mui 
distantes por medio de estos hechiceros/'^» 

De una información levantada en 1693, bajo el gobierno de 
don Tomas Marin de Poveda, por el capitán de caballería don 
Antonio de Soto Pedreros, comisario jeneral de naciones de in- 
dios, con ocasión de haber sabido que algunos caciques habian 
celebrado ciertas reuniones, aparecen datos mui curiosos sobre 
la manera como tenian lugar los conciliábulos de los hechiceros. 

A una cueva, llamada de Pircún, habian concurrido indios de 
distintas i apartadas localidades. La cueva tenia dos puertas, que 
se cubrían con el pasto llamado coirón (una gramínea), distantes 
una de otra cosa de doce varas, i para abrirlas se ocurría a la ce- 
remonia siguiente: dos de los hechiceros cojian una quita de ta- 
baco, i haciendo oración al diablo, «Anchimalghen», le ofrecían 

67. Rosales, Historin^ t. I, páj. 135. 



k 



1 



246 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

aquel humo; mientras tanto, otros refregaban ciertas yerbas, i con 
el zumo asperjaban las puertas, «con lo cual se levantó un remo- 
lino, causado de una culebra, que está dentro de la cueva en la 
puerta, i el remolino desgobernó las matas de coirón, de modo 
que pudiesen hacerse a un lado, entrando los mancanes, que son 
como los ministros o sacerdotes de aquel sacrificio, que son cin- 
co». Dentro de la cueva estaban dos culebras, una en cada puer- 
ta, llamadas ingiiaivilii^ sin otras muchas que habia dentro, i hai 
también quispes^ que son lagartos con los pescuezos blancos. La 
cueva es redonda, mediana, de poco mas de la estatura de un 
hombre. Los congregantes entraron a puesta de sol i salieron al 
amanecer, cerrando la cueva con las mismas ceremonias. Uno de 
los caciques, mató de un flechazo a un hijo suyo, «en arte del dia- 
bloD, i una vieja cantó un romance diabólico. Se trató allí de la 
muerte de algunos caciques, lo que efectivamente aconteció poco 
después, a cuyo intento pusieron a un indio en cueros i le hicie- 
ron varias unciones. Uno de los asistentes le frotó elpecho i le 
sobó con una piedra viva, que llaman torniunpu^ con ojos i pies, 
habiendo declarado uno de los testigos que le habia visto pesta- 
ñear los ojos a la piedra; otro le untó i sobó la cabeza con una 
piedra colorada, que dicen yudcura^ i una india, las espaldas con 
otra piedra, piguin chaincura] ésta le puso, en seguida, un ca- 
nelo en la palitia de la mano, i sobándoselo se lo entró, i para que 
saliese por la punta del dedo, con el aliento se lo hizo brotar, «i 
que el dedo creció mas que los otros, i que le pusieron el dedo 
en un jarro encantado, con algunos betunes, i dicho jarro tenia 
doce agujeritos pequeñitos; i que con estas dilijencias se trans- 
formó en pájaro, a modo de cóndor, i le dijeron que fuese ama- 
tar al hijo de Nahuelpí...; i habiendo llegado a la puerta del 
rancho, a las cuatro veces que le amenazó con el canelo untado 
en el jarro, salió una chispa que fué derecho a dar al indio, que 
estaba calentándose en medio del rancho, i luego que la dio, cayó 
de espaldas, i supo después que habia muerto a la mañana si- 

« 

guiente...)) 

Preguntado otro indio de qué instrumentos i supersticiones se 



i 



CAP. IX. LOS ARAUCANOS 247 

valían en estas juntas, dijo que de unos canutos i varillas de ca- 
nelo; i que los venenos con que matan se componen de yerbas 
i de los escrementos de los ibnnchcs i otras sabandijas que hai 
dentro de las cuevas, i que del todo se hace un compuesto con 
que untan las varillas. Un novicio, agrega, que para iniciarle en 
el arte de los hechiceros, le graduaron dándole a beber orines de 
perro i que tragase un corazón de jente, i que le pusieron, ade- 
mas, una máscara de un pellejo sacado de una cara humana, ha- 
biendo entrado de este modo a la referida cueva. 

El poeta Pedro de Oña, sostiene, con este motivo, que entre 
los indios 

Hai otros herbolarios que es su ciencia 
Preparar el veneno destilado 
De yerbas de mortífera potencia 
Con que en común es uso dar bocado: 
Es tan mortal i presta su violencia 
Que al triste que una vez antes se ha dado 
No podrá preservar después Hipócrates, 
Que al fin muere rabiando como Sócrates.*^ 

<íLo mas que los araucanos enseñan a sus hijos, agrega sobre 
el particular un cronista, es a ser hechiceros... I para esto tie- 
nen sus maestros i su modo de colejios donde los hechiceros los 
tienen recojidos i sin ver el sol en sus cuevas i lugares ocultos, 
donde hablan con el diablo i les enseñan a hacer cosas aparentes 
que admiran a los que las ven, porque en el arte májica ponen 
todo su cuidado... El hechicero que les enseña les gradúa a lo 
último, i en público les da a beber sus brevajes, con que entra 
el demonio en ellos. I luego les da sus propios ojos i su lengua, 
sacándose aparentemente los ojos i cortándose la lengua, i sacan • 
doles a ellos los ojos i cortándoles las lenguas. Hace que todos 
ellos juzguen que ha trocado con ellos ojos i lengua, para que 
con sus ojos vean al demonio, i con su lengua le hablen, i me- 
tiéndoles una estaca aguda por el vientre, se la saca por el espi- 

68. Aratíco domado, canto I. 



248 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

nazo, sin que manifieste dolor ni quede señal. I así con estas i 
otras apariencias quedan graduados de hechiceros...®!) 

Mucho de parecido con la de los hechiceros tenia, como se ha 
indicado, la profesión de los machis o curanderos indíjenas, que 
hasta ahora se conservan con aplauso entre los araucanos. 

Los llamados machis andan sin calzones i en su lugar llevan 
pitnus^ que «es una mantichuela que^traen por delante de la cin- 
tura para abajo, al modo de las indias i unas camisetas largas en- 
cima; usan el cabello largo, siendo que todos los demás andan 
trenzados; — se ponen también sus gargantillas, anillos i otras 
alhajas mujeriles, siendo mni estimados i respetados de hombres 
i mujeres, porque hacen con éstas oficio de hombres, i con aque- 
llos, de mujeres.'^» 

Para curar al enfermo se manda buscar al machiy se le da de 
comer i se espera la hora de la oración; se preparan ramos de 
canelo, un carnero, cántaros i ollas i se juntan los indios vecinos 
i los parientes i parientas del enfermo. 

«Entramos ya de noche, cuenta como testigo de vista Bascu- 
ñan, al sacrificio del carnero que ofrecian al demonio; tenían en 
medio muchas luces, i en un rincón del rancho al enfermo entre 
clara i oscura aquella parte, rodeado de muchas indias con sus 
tamborilejos pequeños, cantando una lastimosa i triste tonada 
con las voces mui delicadas; los indios no cantaban porque sus 
voces gruesas debian ser contrarias al encanto. Estaba cerca de 
la cabecera del enfermo un carnero, liado de pies i manos, i entre 
unas ramas frondosas de laureles tenian puesto un ramo de cane- 
lo de buen porte, del cual pendia un tamboril mediano, i sobre 
un banco grande a modo de mesa, una quita de tabaco encendi- 
da, de ia cual a ratos sacaba el humo della i esparcia por entre 
las ramas i por adonde el doliente i la música asistia. A todo esto 
las indias cantaban lastimosamente. 

69. Rosales, Historia^ t. I, páj. 168. 

70. Cautiverio feliz, páj. 107. 

71. Pérez García, Historia de Chile, En el pecado nefando solo queda ¡n- 
famado. añade Bascuñan, «el que se sujeta al oficio de mujer, i a estos llaman 
«huyes.» Cautiverio feliz y ])áj. 107. 



CAP, IX. — LOS ARAUCANOS 249 

«Los indios i el cacique estaban en medio de la casa asenta- 
dos en rueda, cabizbajos, pensativos i tristes, sin hablar ninguno 
una palabra. Al cabo de haber incensado las ramas por tres ve- 
ces, i al carnero otras tantas, que le tenia arrimado al banco que 
le debia de servir como altar de su sacrificio, se encaminó para 
donde estaba el enfermo i le hizo descubrir el pecho i estómago, 
habiendo callado las cantoras, i con la mano llegó a tentarle i 
zahumarle con el humo de la quita, que traia en la boca de or- 
dinario; con esto le tapó con una mantichuela el estómago i se 
volvió donde estaba el carnero, i mandó que volviesen a cantar 
otra diferente tonada, mas triste i confusa, i allegando al carne- 
ro sacó un cuchillo i le abrió por medio, i sacó el corazón 
vivo, i palpitando le clavó en medio del canelo en una ramita que 
para el propósito habia poco antes ahusado, i luego cojió la qui- 
ta i empezó a zahumar el corazón que aún vivo se mostraba, i 
a ratos le chupaba con la boca la sangre que despedia. Después 
de esto, zahumó toda la casa con el tabaco, que de la boca echa- 
ba el humo; llegóse luego al doliente, i con el propio cuchillo 
que habia abierto al carnero, le abrió el pecho, que patentemen- 
te se parecian los hígados i tripas i los chupaba con la boca; i 
todos juzgaban que con aquella acción echaba afuera el mal i le 
arrancaba del estómago; i todas las indias cantando tristemente, 
i las hijas i mujeres del paciente llorando a la redonda i suspi- 
rando. Volvió a hacer que cerraba las heridas, i cubrióle el pe- 
cho nuevamente, i de allí volvió donde el corazón del carnero 
estaba atravesado, haciendo enfrente del nuevas ceremonias i 
entre ellas fué descolgar el tamboriP^ que pendiente estaba del 
canelo, i ir a cantar con las indias, él parado dando algunos pa- 
seos, i las mujeres asentadas como de antes. Habiendo dado tres 
o cuatro vueltas de esta suerte, vimos de repente levantarse de 
entre las ramas una neblina oscura a modo de humareda, que las 
cubrió de suerte que nos las quitó de la vista por un rato, i al 

72. Tenian dos clases de estos instrumentos para usar en las curaciones, uno 

que llamaban raliculiliim^ hecho de un plato de palo, i otro ihünthnncu^ que 

no sabemos como se ñibricaba. Luis de Valdivia, Arte de la lengua general^ i 

Pebres, Gramática^ etc. 

33 



250 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

instante cayó el encantador en el suelo como muerto, dando sal- 
tos el cuerpo para arriba, como si fuese una pelota, i el tambo- 
ril a su lado déla mesma suerte, saltando a imitación del duefio, 
que me causó grande horror i encojimiento, obligándome a en- 
comendar a Dios, que hasta entonces habia estado con nota- 
ble cuidado a todas sus acciones, i luego que vi aquel horrible 
espectáculo, tendido en aquel suelo, i el tamboril saltando solo, 
juntamente con el dueño, se me angustió el alma i se me heriza- 
ron los cabellos i tuve por mui cierto que el demonio se habia 
apoderado de su cuerpo. Callaron las cantoras, i cesaron los tam- 
boriles, i sosegóse el endemoniado, pero de manera el rostro que 
parecia el mesmo Lucifer, con los ojos en blanco i vueltos al 
colodrillo, con una figura horrenda i espantosa. Estando de esta 
suerte le preguntaron que si sanaria el enfermo; a que respondió 
que sí, aunque seria tarde, porque la enfermedad era grave i el 
bocado se habia apoderado de aquel cuerpo de manera que fal- 
taba mui poco para que la ponzoña llegase al corazón i le quita- 
se la vida. Volvieron a preguntarle que en qué ocasión se lo die- 
ron, quién i cómo, i dijo que en una borrachera, un enemigo 
suyo con quien habia tenido algunas diferencias, i no quiso nom- 
brar la persona aunque se lo preguntaron, i esto fué con una voz 
tan delicada que parecia salir de alguna flauta. 

«Con esto volvieron a cantar las mujeres sus tonadas-tristes i 
dentro de un buen rato fué volviendo en sí el hechicero, i se le- 
vantó cojiendo el tamboril de su lado i lo volvió a colgar adon- 
de estaba de antes i fué a la mesa adonde estaba la quita de ta- 
baco encendida, i cojió humo con la boca i incensó o ahumó las 
ramas (por mejor decir) i el palo adonde el corazón del carnero 
habia estado clavado, que no supimos que se hizo, porque no se 
le vimos sacar ni pareció mas, que infaliblemente lo debió de 
esconder el curandero, o llevarlo el demonio, como ellos dan a 
entender que se lo come; después de esto se acostó entre las ra 
mas del canelo a dormir i descansar, i de aquella suerte lo de 
jaron.'^^D 

73. Cautiverio feliz^ páj. 159 i sigts. 



CAP. IX. — LOS ARAUCANOS 25 I 

üHai otros curanderos, añade este mismo autor, que hacen 
algunas curaciones finjidas, chupando al enfermo el estomago, i 
escupiendo sangre de la boca, dando a entender que se la sacan 
de adentro del pecho, i para esto dicen que suelen zajarse la len- 
gua, o picárselas encías, para hacer estas demostraciones; i estos 
verdaderamente no tienen pacto con el espíritu malo, como los 
otros que llaman hnyeSy que son nefandos, como. queda dicho, i 
éstos son los que causan mayor pavor i espanto.^^» 

«Suele también llevar escondido algún gusano lombriz o cola 
de lagartija, i hace que la saca de las entrañas, i que ya le ha sa- 
cado el bocado i la enfermedad... Si esta es en los ojos, finje 
aparentemente que se los saca i se los limpia, mostrando algún 
palito o gusanillo que le sacó dellos, o alguna flecha invisible 
que le ha tirado un hueciibu... I como la enfermedad es mui dife- 
rente i natural, si muere della por no haberle aplicado medi- 
cina ninguna (como es lo ordinario) se escusa el médico con 
decir que él ya le sacó el bocado o la flecha, que si después le 
tiraron otra o no le avisaron, que era fuerza que habia de mo- 

Cuando el machi culpa a alguien como causante de la muerte, 
i comunmente es al mas desvalido i a veces a personas mui inme- 
diatas al difunto, luego lo condenan a las llamas, di la ejecución 
del bárbaro suplicio es de esta suerte: clavan tres palos en el 
suelo, como en puntas de triángulo; al uno de ellos^ que es mas 
grueso, atan el paciente por las espaldas, i a los otros dos por los 
pies, las manos se las ligan atrás; i en esta postura le hacen fuego 
entre los muslos, que se los quema,, i el vientre, pecho i rostro, 
i luego comienzan las preguntas para que confiese el delito i de- 
clare los cómplices. El miserable, viendo que el negar es de nin- 
gún provecho, se culpa a sí mismo i a cuantos quieran nombrar- 
le, que suelen acabar al reo confeso con el cuchillo, i pasan a 
ejecutar su furor a fuego i sangre con los que pueden haber a las 



74. Cantwerio feliz ^ páj. 164. 

75. Rosales, Historia^ t. I, páj. 169. 



252 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

manos de los que resultan reos de aquella confesion.^i> Cuando 
echan la culpa a alguno que tiene parientes, éstos tratan de ven- 
garse, «de que suelen resultar grandes discordias."» 

Durante la enfermedad se hace una junta para hablar al enfer- 
mo de su salud o sobre quien le ha hecho el dafío, {ambt) cere- . 
monia que llaman thavinam^ i el enfermo, a su vez, reúne a los 
parientes cuando se siente malo, para despedirse de ellos, que es 
la especie de testamento a que designan con el nombre de cAúr/t- 
ttin?^ 

Pero aparte de todas las patrañas empíricas qu.e los araucanos 
empleaban en sus enfermedades, habian realizado notables ade- 
lantos en el conocimiento de las cualidades medicinales de las 
plantas del país. El quinchamali (Jen. Quinchamalium)^ «que 
tomó este nombre de un cacique grande herbolario,^!) que lo 
empleaban mucho en las heridas; la pichoa {Euphorbia postu^ 
lacoides)y i el pircún {anisomerta drástica) ^ i el lanco {Bromus 
catharticus) y con los cuales se purgaban; el huilmo (del jénero 
Lysiomchim) i diferentes especies de lirios {Chloracea) para las 
piedras de la vejiga; la chépica ( Garpabum vaginatiim) para las 
postemas; la tupa (jénero tupa) para el «chavalongo;!) elmayu 
{Ediiardsia chilensis) para los constipados; la chilca {Baubaris) 
para las desconcertaduras; el alhuelahuen {Sphaceie campanu- 
lata) para la gota i el sarampión; el ají [Capsicum longutri) con- 
tra la pichoa; la calchacura (es un liquen, probablemente Par- 
melia) i el lun {Scallonta illinita) para las llagas; el clenclen 
{Polygala) para el vientre; el coirón (gramíneas) para las hin- 
chazones; el huévil {Solanum tomatillo) parala fiebre; la melosa 
{madia sativa) para la gota; el coUiguay {colliguaya odorífera) 
que les servia de veneno para las flechas; el ulgo, contra vene- 
nos; el chamico {Datura) como narcótico; el culen (/^. glaudu- 
losa)] el palqui {Cestrum parqui)^ la cachanlagua {Erythraea chi- 

76. Olivares, Historia de Chile ^ páj. 46. 

77. Rosales. J, páj. 169. 

78. Pebres, Gramática^ etc, 

yc). RosaleSj I, páj. 231; González de Nájera, páj. 57. 



CAP. IX. — LOS ARAUCANOS 253 

lensis) el pinco-pinco {Ephedra andina) miú conocidos como 
remedios caseros, i muchas otras plantas que seria largo enume- 
rar.®" «Las yerbas medicinales que poseian los naturales, dice 
Pérez García, llamaron tanto la atención de los franceses que 
llegaron a Penco en el navio «Príncipe de Conde,» que, dándo- 
le noticia a su soberano, éste se dirijió a la corte de Madrid, pi- 
diendo se le enviaran semillas, de las cuales se le remitieron de 
ciento veinte clases.^^D 

«Sin embargo de que atribuyen sus enfermedades a hechice- 
rías, con todo, se medicinan los indios con unturas, lavativas,^* 
cataplasmas, bebidas de cocimiento de yerbas, en que tienen 
grandes conocimientos. No tienen noción alguna del pulso para 
conocer las enfermedades, i por los síntomas conocen las fiebres 
pútridas, i las cortan oportunamente.®^;) Habian descubierto el uso 
de las gárgaras®* i el de los baños termales®^ i su aplicación a las 
enfermedades de la piel, i aún no carecian de ciertas nociones de 
cirujía. «Lavaban las heridas con agua del tiempo i las curaban 
con romaza {^en. Runex)^ llantén {Plantago majar) i otras plan- 
tas.^^jD Para sangrarse usaban de «una delgada punta de pedernal, 
injerida en la estremidad de una varilla, de suerte que sale la 
punta a un lado, i el contrario estremo de la varilla toman en la 
mano del desnudo brazo de que se han de sangrar, de manera 
medida, que venga a ajustarse la punta del pedernal sobre la vena 

80. Véase especialmente los capítulos VIII, IX i X, del tomo I de la Histo- 
ria de Chile de Rosales. — Es muí probable que los peruanos enseñasen en Chi- 
le las virtudes de algunas de sus plantas, pues «aún hoi se encuentran con 
frecuencia indios enmatas^ viajeros que atraviesan casi toda la América meri- 
dional, visitando las repúblicas del Perú, Bolivia, Chile i Buenos Aires, con 
su pequeña colección de simples, i presentando en las puertas de las habitacio- 
nes preservativos i remedios, que a veces producen un efecto saludable.» Rive- 
ro, Colección de memorias cicntificas^ t. II, páj. 66. 

8 1 . Historia de Chile. 

82. Llamabmi hueuchu a la vejiga que les servia para el caso. Pebres, Ora- 
mdtica. 

83. Carvallo, Historiador es^ t. X, páj. 164. 

84. Tenian, en efecto, la voz culcam-pelin^ hacer gárgaras. Pebres, Gramáti- 
ca^ etc. 

85. González de Nájera, Desengaño, etc,^ páj. 101; Ovalle, Histórica rela- 
ción. 

86. Carvallo, lug. cit. 



254 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

que ha de romper, i asegurada de tal manera, dan con la otra 
mano un papirote sobre el pedernal, con que abre la vena i des- 
tila el hilo de hi sangre sin dificultad, ni mas cuenta de onzas, de 
esperar cada uno a cuanto le parece que basta para la indisposi- 
ción que siente, habiendo advertido, ante todas cosas, en atarse 
con cinta el brazo... ^)) A esta lanceta llamaban gicuhue^ siendo 
nuii pi*obable que el pedernal que servia de instrumento sea niui 
semejante al que dibujamos en la figura 57, encontrado en una 
sepultura indíjena antigua, en Curicó. lis práctica corriente entre 
los pehuenchies sangrarse los brazos cuando tienen pena.^ 

A pesar de lo que mas adelante se dice tocante a los partos de 
las indias, debemos consignar aquf que en araucano existe la voz 
coniclóvque^ partera, que acaso demuestra que en ciertos casos 
difíciles también se utilizaban sus servicios.®^ 

Entre los cronistas encontramos testimonios repetidos del he- 
cho de que los araucanos, ademas del sarampión (charam)^ per- 
XtoXz. (yaudi7n)\ sarna, etc., estaban infestados con la gonorrea 
(peciiyen) i la sífilis;*^ pero en vista de sus testijnonios, no po- 
dríamos decir si los españoles encontraron esta última enferme- 
dad en el país, o si la importaron junto con la viruela i el aguar- 
diente, las dos plagas que mas destrozos han causado en la po- 
blación indíjena. Lo que sí puede aseverarse es que llegaron a 
emplear en su curación varias plantas i los baños termales. Habían 
llegado aún a descubrir que algunas de las enfermedades de la 

87. Olivares, Historia de Chile^ páj. 53. 

88. V\%i2LSy Informe al Rei^ etc, 

89. Luis de Valdivia, Arte efe la lengua^ etc. 

90. Martínez, La verdad en campaña^ núm. 69; Olivares, Historia de Chile^ 
páj. 53; Rosales, etc. <iEn la llegada de nuestros españoles, dice Nájera, a aque- 
Has partes occidentales, hicieron esperiencia los indios i españoles de dos nuevas 
contajiosas enfermedades, la una de las cuales fué la de las viruelas, que pega- 
ron los nuestros a los indios, cosa que jamas habían conocido; i la otra fué el 
mal de las bubas, cuyo oríjen tuvo en los indios del comer cartie humana, al 
cual nuil llamamos impropiamente mal francés, pues no viene de Francia sino 
de las Occidentales Indias esta enfermedad, la cual cobraron los nuestros de los 
indios, como en contra cambio de las viruelas que les dejaron. t> Desengaño de 
la guerra de Chile^ páj. 356. Merece notai se, sin euibargo, que contra su costum- 
bre, el autor que citamos no habla en nombre propio sobreesté particular, sino 
que se refiere al libro del médico verones Montano, De morbo gallico^ i a la His- 
toria de Italia de Guicciardino. 



i 



CAP. IX. — LOS ARAUCANOS ^55* 

piel les eran producidas por parásitos {cuthu, arador de la sarna), 
i en jeneral conocian tanto la historia natural del país, especial- 
mente la ZQolojía i botánica, que casi no hai entre nosotros una 
sola ave ni un solo mamífero que no encuentre nombre en el idio- 
ma de los indios.^^ 

Como se supondrá, a pesar de los remedios caseros de los ma- 
chis, (inclusa la intervención del demonio), de todos estos traji- 
nes i de tanto aparato, el enfermo las mas de las veces pasaba a 
mejor vida. Hé aquí ahora lo que según el mismo autor que 
hemos citado hace poco, se hacia para enterrar el difunto. 

Noticiada la muerte a los habitantes de la regüe o parcialidad, 
traía cada uno su cántaro de chicha; «entraron adentro, dice 
Bascuñan, refiriéndose al mismo caso de que se ha tratado, adon- 
de nos hallaron con las acostumbradas ceremonias, llorando so- 
bre el difunto; levantóse el cacique a recibirlos, i acercándose al 
cadáver cuatro de los mas ancianos i nobles, fueron cada uno de 
por sí echándole encima una camiseta i manta nueva, i las mujeres 
de estos poniendo arrimadas al cuerpo frió, las tinajas i cántaros 
de chicha que trajeren a cuestas, i como mas tiernas i cei imoniáti- 
cas (sic) las viejas dieron principio a dar tan fuertes voces i ala- 
ridos rasgándose las vestiduras i pelándose los cabellos, que 
obligaron a que los demás las acompañáramos; con que, chicos i 
grandes, con los gritos, sollozos i suspiros que daban, hacian tan 
gran r^ido, que parecia mas cerimonia acostumbrada, que natu- 
ral dolor por el difunto, i es así verdad, que en lo de adelante se 
conoció hacerse mas aquellos estreñios por el fausto i honor de 
las exequias, que por el pesar que les causaba la muerte de los 
suyos... *^D 
«Las mujeres vestian en seguida el cuerpo del difunto [alhiie) 

91. Molina rejistra algunas de estas voces, {Hisi. nat.y páj, 508), perolasgra- 
niáticas araucanas son mucho mas completas a este respecto. Tenían también 
en este órJen de conocimientos sus fábulas, como la del pimuychen, «culebra que 
dicen vuela, cuando silva, i que el que la ve se muere». Pebres, Arte de la leu- 
gítOy etc. De aquí provienen sin duda las historietas de nuestro pueblo sobre el 
piuchén i el colo-colo. Creen también que un zapo grande, que llaman arnuco^ 
es el que conserva las aguas donde habita. Id, 

92. Cautiverio feliz ^ páj. 187. 



2S6 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

con ropas nuevas, camisetas, mantas i calzones de diferentes co- 
lores i una bolsa mui curiosa (que la ponian sobre todo lo de- 
mas), pendiente de una faja ancha, bien llena i cocida por la boca, 
donde le ponian sus collares i llancas, especialmente con los 
hombres principales. Después de vestido colocaban el cadáver 
sobre unas andas, enramadas con hojas de laurel i de canelo.** 

«Salimos en procesión mas de cincuenta indios, que se habían 
juntado de los comarcanos, i a mas de otras cien almas de indios 
chinuelos i muchachos, que llevaban de diestro mas de diez ca- 
ballos cargados de chicha, que iban puestos en orden marchando 
por delante; salimos con el cuerpo por la puerta del rancho, i 
así como pusimos los pies fuera de los umbrales con las andas, 
se levantó un ruido de voces tan estraño que por lo nunca acos- 
tumbrado en mis oidos, me causó de repente algún pavor i es- 
panto; porque las dolientes mujeres, la madre, hermana i mucha- 
chos lloraban sin medida i lastimados, rasgándose las cabezas i 
cabellos, i los demás por cerimonia se aventajaban a éstos con 
suspiros, sollozos i jemidos, i todos juntos despidiendo unos ayes 
lastimosos, acompañados con las lágrimas, gritos i voces de los 
niños, que penetraban los montes de tal suerte que respondian 
tiernos a sus llantos. Parados estuvimos i suspensos mientras se 
sosegaban los clamores, que verdaderamente eran mas encami- 
nados al honor i fausto del entierro, que a demostrar la pena que 
llevaban. 

«Llegaron los rejentes del entierro i mandaron que prosiguiése- 
mos nuestro viaje, habiendo caminado ya la vanguardia i entona- 
do un cántico triste i lastimoso, cuyo estribillo era repetir lloran- 
do: ai! ai! ai! mi querido hijo! mi querido hermano! i mi querido 
amigo!; i en llegando a este punto se hacia alto otro rato a modo 
de posas entre nosotros, i se formaba otro grande llanto como el 
primero. Con esta suspensión de seguida llegaron otros caciques a 
mudarnos i cargaron las andas hasta el pié del cerro o cuesta 
adonde se habia de enterrar, que habia de la casa a él poco mas 

93. Estas andas, según Pebres, se designan con el nombre á^ptlluay. Arte de 
la lengua general^ etc. 



i 



CAP. IX. — LOS ARAUCANOS 257 

de una cuadra, que lo mas trabajoso era subir la cuesta; prosi- 
guieron con el mesmo orden, cantando, como he dicho, lastimo- 
sos cantos, i cuando llegaron al pié de la loma volvieron a hacer 
lo propio que en la primera posa, i para subir arriba llegaron 
otros principales mocetones i forzudos, i cojiendo las andas las 
subieron sin faltar del orden con que se dio principio a la proce- 
sión. Llegamos todos a la cumbre, donde algunos comenzaron a 
hacer el hoyo con tridentes, palas i azadones..., i tras de estos 
entran las palas que ellos llaman hueullos^ i con éstas van echan- 
do a una parte i otra la tierra, para volverla a echar sobre la ca- 
ra del difunto; i con los azadones ahondan todo lo que es me- 
nester, si bien no hacen mas de ajustar unos tablones que sirven 
de atahud. Estos llevaron hechos al propósito, tres de estos para 
el plan i asiento del cuerpo, que tendrían mas de vara i media de 
ancho, que al propósito es el cajón espacioso i ancho por lo que 
le ponen dentro: ajustaron los tablones en la tierra i pusieron al 
difunto dentro de esta caja i yo llegué a quitarle la cruz que le 
habia puesto... En el ínterin que hicieron el hoyo para ajustar 
las tablas, habian descargado la chicha, que llevaban mas de 
veinte o treinta botijas, i las tenian puestas en orden, imas por 
una parte i otras por otra, en hilera, i tras de ellas estaban los 
caciques asentados, i las mujeres de la propia suerte tras de los 
varones, repartiendo algunas de ellas que andaban en pié en me- 
dio de la calle que hacían las botijas, jarros de chicha a todos 
los asentados; i a los que habian trabajado en la sepultura les 
llevaron una botija antes que acabaran con su obra, que la des- 
pacharon en un instante, ayudados de otros muchos chinuelos i 
chinas. Avisaron al cacique como estaba ya el cuerpo en el se- 
pulcro, i levantándose con los demás, llevó en la mano un cánta- 
ro pequeño lleno de chicha, i los otros caciques de la propia 
suerte, i arrimándose al cajón del difunto llegó la madre a echar- 
se sobre él i a pelarse los cabellos i echárselos encima; i esto 
con unas voces mui descompasadas, mezcladas con suspiros i llan- 
tos, a cuya imitación se levantó un ruido lastimoso de sollozos, 

34 



2S8 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

alaridos i lágrimas, que como las de la madre eran verdaderas, 
obligaron a muchos a imitarla. 

«Sosegáronse un rato los clamores i todos los caciques brinda- 
ron al muerto muchacho, i cada uno le puso su jarro pequeño a 
la cabecera, i su padre el cantarillo que llevaba, la madre su olla 
de papas, otro cántaro de chicha i un asador de carne de oveja 
de la tierra, que se me olvidó de decir que la llevaron, en medio 
de la procesión, i la mataron antes de enterrar al difunto, sobre 
el hoyo que habían hecho para el efecto; sus hermanos i parien- 
tes le fueron ofreciendo i llevando, los unos platillos de bollos 
de maíz, otros le ponian tortillas, otros mote, pescado i ají, i otras 
cosas a este modo; finalmente, llenaron el cajón de todo lo refe- 
rido i después trajeron otras tres tablas o tablones ajustados 
para poner encima i taparle, que después de haberlo hecho, el 
primero que hecho tierra sobre el sepulcro fué su padre, con cu- 
ya acción se levantó otro alarido como los pasados, i entre todos 
los dolientes i convidados cubrieron el hoyo en un momento, i so- 
bre él formaron un cerro en buena proporción levantado, que se 
divisaba desde la casa mui a gusto i de algunas leguas se seño- 
reaba mejor.**» 

Según lo que apuntan otros escritores, cuando no habia sufi- 
ciente chicha preparada para el entierro, o cuando la reunión de 
los parientes i amigos no podia verificarse tan pronto, se guardaba 
el cadáver entre dos palos huecos i se le colgaba sobre el humo 
del fuego de la misma cocina;^ «por eso todos procuran llevar fue- 
go, i para eso se dan botones de fuego en los brazos, que llaman 
copen^ persuadidos a que con eso tendrán fuego con que calen- 
tarse en la otra vida, i que si así no le llevan no le hallarán.*®!) 

A los curiosos detalles, señalados por Bascuñan, agrega Ro- 
sales que para que el difunto tuviese lumbre en la otra vida le 

94. Bascuñan, pájs. 191 i siguientes. 

95. Usauro Martínez, J^a verdad en campaña^ número 59. En la actualidad, 
estas ceremonias fúnebres han cambiado mucho. 

96. La operación de señalar con fuego los brazos, se denomina^wcofi, según 
Pebres; i acaso de esta circunstancia deriva el nombre de los indios picones de 
que hablaba ya Oviedo. 



CAP. IX. — LOS ARAUCANOS 259 

hacían fuego sobre la sepultura por un año entero. Por lo demás 
espresa «que estando persuadidos los indios a que las almas son 
corpóreas i a que en la otra vida comen i necesitan de abrigo, les 
ponen a los difuntos en las sepulturas los mejores vestidos que 
tenían en vida, las joyas i las armas para que peleen; fuego para 
que con él allá se alumbren i hagan sus candeladas, i comida para 
que coman. I así les llenan los sepulcros de cántaros de chicha, 
de asadores de carne, de aves, maíz, harina de cebada, o lo que 
cada uno según su piedad i compasión que tiene al difunto le pa- 
rece.» 

La provisión que los indios echan en los entierros, dice Pérez 
García, se llama echol^ añadiendo al varón sus armas, i a la mujer 
el huso, lanas, ollas,^^ i demás instrumentos de las labores feme- 
niles, añade Olivares.^ Entre éstos debemos contar mui especial- 
mente ^a piedra de moler, que, según parece, se quebraba en se- 
ñal de duelo, pues en todas las huacas hemos encontrado siempre 
roto este utensilio. 

«Es cada entierro una borrachera, continúa Rosales, que dura 
tres o cuatro dias, cantando las exequias del difunto; para cuyo 
entierro hacen los poetas sus romances particulares i se los pa- 
gan los parientes con chicha. I después le hacen al cabo de año, 
que es otra borrachera en que se juntan, como para el entierro, 
todos los parientes, i traen muchas ovejas, carneros i chicha i 
sobre la sepultura los matan i derraman la sangre para que tenga 
el muerto que comer. I luego dan vueltas al derredor, llevando 
en las manos jarros de chicha, i como van pasando van haciendo 
un razonamiento al difunto, diciéndole la falta que hace i con- 
tándole lo que por acá ha pasado desde que murió, i luego le 
echan la chicha diciéndole: que no dejará de tener sed, que beba. 
I renovando la comida que tenia en la sepultura, le ponen otra 
fresca i nuevos cántaros de chicha; con que le dejan para siempre. 

dPero los caciques i indios nobles, para que su memoria que- 
de para siempre, se hacen enterrar en los cerros mas altos i en 

97. Historia de Qhile^ cap. XI, t. I. 

98. Historia de Chile ^ páj. 52. 



26o LOS ABORÍJENES DE CHILE 

los lugares donde se juntan a jugar a la chueca o en los regues^ 
que son los lugares donde se juntan a tratar las cosas de impor- 
tancia, que son como los lugares de el cabildo, i como allí se ha- 
cen las borracheras i las fiestas principales, la parentela va antes 
de beber, a derramar en su sepultura cada uno un jarro de chi- 
cha, brindándole para que beba i se halle en la fiesta.'^JD 

Nuñez de Pineda i Bascuñan, que tan a fondo conocia las 
costumbres indíjenas, consigna también el hecho, que asienta 
Rosales, de que los caciques de cierta importancia eran enterra- 
dos en las alturas inmediatas a la casa que habitaron, i declara 
que esto se hacia porque los que quedaban deseaban tenerlo a la 
vista como recuerdo imperecedero de la memoria de aquellos 
sus antepasados. A una circunstancia análoga debemos atribuir 
el hecho de encontrar al presente muchas de estas antiguas sepul- 
turas a la orilla de los esteros i otros pequeños caudales de agua. 

Pero bien fuera que se elijese como sepultura la pendiente de 
alguna montaña o las orillas de un arroyuelo en el plan, el hecho 
constante, característico i jenuino de los aboríjenes de Chile co- 
mo de los del Perú es que sus sepulcros [cltun^ puüllil^ cemen- 
terio) se levantan siempre de la superficie del suelo en una for- 
ma mas o menos redondeada, figurando pequeñas eminencias, 
que muchas veces alcanzan la importancia de verdaderos montícu- 
los. Sin ir mas lejos, de las Actas del Cabildo de Santiago cons- 
ta que en los comienzos de la conquista en las inmediaciones de 
la ciudad habia un cerrito llamado de la Huaca, que la ilustre 
corporación hizo a dar a Francisco de Leon.^°** El tamaño i ele- 
vación de estas eminencias es pues lo que viene a constituir, aún 
esteriormente, la importancia del personaje cuyos restos encie- 
rran, i como consecuencia precisa, la riqueza de los objetos que 
dentro de ellas pueden encontrarse. 

Según la relación de Bascuñan, se habrá visto la manera como 
eran formados estos cerritos artificiales; pero, a nuestro juicio, 
del testimonio de nuestro antiguo cronista i soldado, deben des- 

99. Historia^ L páj. 164. 
icx). ActaSj páj. 579. 



i 



CAP. IX. — LOS ARAUCANOS 201 

cariarse algunos detalles que, sin duda, en un principio no cono- 
cieron los primitivos indios. Así, por ejemplo, el cajón en qne 
dice que se encerraba el difunto es a todas luces de invención 
posterior a la conquista, como lo es el abrir en la tierra un hoyo 
para guardar el féretro. Según lo que hoi puede verse escavando 
esos antiguos sepulcros, el cadáver se depositaba lisa i llanamente 
sobre la superficie del suelo i era cubierto en seguida, junto con 
los demás adminículos que le ponían al lado, con piedras i tierra 
hasta formar un montón mas o menos considerable. Un viajero 
español mui distinguido que visitó la América del Sur en el últi- 
mo tercio del siglo pasado, emite también una opinión entera- 
mente análoga, pues declara que «los indios luego que deposita- 
ban el cadáver en el sitio donde habia de quedar, sin enterrarlo^ 
lo rodeaban de muchas piedras, i con ellas i adobes le formaban 
un nicho, sobre el cual i a los lados, concurriendo para ello to- 
dos los dependientes del difunto, ponian tanta tierra que queda- 
ba dispuesto un cerro artificial, que es a lo que llamaban gua- 

En esta cita se hace referencia a los nichos fabricados de pie- 
dra i adobe, pero es porque se aplica con preferencia a los indios 
peruanos que usaron esta práctica; mas, en Chile, como decía- 
mos, en la porción de territorio que no estuvo sometida al do- 
minio incarial, se limitaban a cubrir el cadáver con piedras i tie- 
rra. 

Las sepulturas indíjenas, ancuviñas o huacas se encuentran 
hasta el presente diseminadas en toda la estension del país desde 
el puerto de Blanco Encalada hasta las márjenes del rio Valdi- 
via; pero según es la localidad en que se hallan así es también la 
importancia que asumen para el moderno anticuario. En la rejion 
del norte, por ejemplo, en Copiapó, Vallenar, Illapel i hasta el 
mismo Aconcagua, los objetos que contienen traicionan mani- 
fiestamente un pronunciado carácter peruano: los utensilios de 
oro i plata, los cántaros i vasos de greda de un gran pulimento 

loi. Jorje Juan, ReJacton histórica del viagc a la América meridional ^ t. 2.', 
páj. 617. 



202 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

i de finísimas pinturas, las llancas, etc., etc., son allí abundantes 
i casi esclusivas, i su estado de conservación así como el de los 
cadáveres, merced a la falta de lluvias i a la naturaleza del terre- 
no, es casi perfecto; si se desciende al sur, por el contrario, se ve 
que la alfarería es inferior, que los objetos de metal no existen, 
pero que en cambio predominan los de piedra; los cadáveres, a 
escepcion del cráneo en algunos casos, están casi del todo redu- 
cidos a polvo; en una palabra, se palpa manifiestamente que los 
habitantes de esta rejion eran mucho mas pobres i atrasados que 
los del norte. 

■ 

Los españoles de la conquista, que, como se sabe, se manifes- 
taron insaciables buscadores de oro, no tardaron en descubrir 
que los sepulcros indíjenas contenían por lo jeneral joyas i otros 
objetos del precioso metal, i desde aquella misma época comen- 
zaron las escavaciones. Todo lo que se hallaba se vendia por su 
peso o se fundia, sin que se pensase en manera alguna en conser- 
var, siquiera como curiosidad, ya que no como de alto interés 
para la ciencia, ninguna de aquellas muestras del arte indíjena 
en América.^^^ Aún se escribieron tratados en latin sobre los te- 
soros que se hallaban en las sepulturas de los indios, o relaciones 
especiales de algún entierro determinado, como nos lo refiere 
Antonio de León Pinelo; pero por desgracia esos curiosos ma- 
nuscritos parecen hoi definitivamente perdidos. ^°^ El hecho es 
que estos hallazgos debieron asumir cierta importancia desde los 
primeros tiempos de la conquista porque los reyes de España se 
apresuraron desde mui temprano a reglamentar el modo de las 
escavaciones i a fijar los derechos que en el hallazgo debían co- 
rresponder a la corona. Un antiguo oidor de la Real Audiencia 
de Chile asienta, en efecto, que el rei tenia opción a la mitad de 
los tesoros que se descubriesen en las huacas, sin que fuera líci- 
to cavarlas sino con licencia del gobierno o de los correjidores 
de los partidos, debiendo asistir al acto sobrestantes que velasen 

102. Debe, sin embargo, notarse como escepcion que en la repartición del 
botín de Atahualpa i de los tesoros del templo del Cuzco, se remitieron al mo- 
narca español algunos de estos objetos, de gran valor. 

103. Epitome de la biblioteca oriental i occidental^ t, II, col. 642, Tí/., 776. 



CAP. IX. — LOS ARAUCANOS 263 

por los reales derechos. El camino quedaba con esto abierto, i 
no seria el fiscalismo español el que se detuviese en la imposición 
de gabelas de toda especie a propósito de tales descubrimientos, 
i así vemos que se declaró que todo lo que se hallase en templos 
jentiles, a pesar de los reclamos de los eclesiásticos que preten- 
dian corresponderle a sus iglesias, i en jeneral, todas las cosas 
que estuviesen dedicadas al servicio de los ídolos, debian perte- 
necer por entero al real fisco. Por fin, la codiciosa mano de la 
corte española, con avaricia increible, llegó a declarar que la mi- 
tad del oro, perlas o moneda que se hallase en cadáveres de in- 
dios u otra jente debia aplicarse en América al tesoro del rei.^^** 

Estas disposiciones dictadas en jeneral parala América sufrie- 
ron una modificación teórica, respecto de Chile, pues, en virtud 
de las representaciones de Jerónimo de Alderete, el príncipe 
don Felipe, rej ente del reino, dispuso por cédula dada en Valla- 
dolid el 21 de febrero de 1554, «entre otras cosas tocante al pago 
de derechos que debia hacerse al erario, que si se hubiere oro 
de sepulturas, habéis de cobrar el cuarto.^^^D 

Respecto de los primeros tiempos del descubrimiento, aparece 
que los compañeros de Almagro escavaron en el norte algunas 
sepulturas, pues se sabe que el clérigo Cristóbal de Molina que 
vino con ellos escribió una carta al rei en 1539 dándole cuenta 
del hecho i anunciándole el resultado de los trabajos; pero este 
importante manuscrito que tan alto interés habria asumido para 
nosotros, ha corrido la misma suerte que la de tantos otros de su 
especie.^^ 

Después de todo, es de felicitarse de las disposiciones españo- 
las que acabamos de recorrer referentes a las escavaciones de las 
huacas, porque acaso ellas sirvieron en parte siquiera para impe- 
dir la desaparición de todas, o al menos para dejar en pié las que 
se estimaron de poca importancia. En cambio, parece que no 

104. Escalona Apjüero, Gazophilazmm regium peruvicUm^ ed. de 1675, páj. 
126, cap. II, parte II del lib. II. 

105. Barros Arana, Proceso de Pedro de Valdivia^ páj. 338. 

106. Véasela introducción a la Conquista y población del Perú, 



264 LOS ABORÍJENES D^ CHILE 

hace muchos años se destruían con el único fin de estraer los 
cántaros que contenían i guardar en ellos la chicha del domingo 
o el agua del estero inmediato... ^°^ Al preséntenlas labores del 
campo, las avenidas, i mas que todo, el tiempo, han hecho desa- 
parecer la casi totalidad de las que quedaban en las provincias 
centrales, de modo que puede decirse que lo poco que nos resta 
en este orden se encuentra en el norte, donde la sequedad i el 
despoblado han sido los únicos guardianes de tan interesantes 
objetos. 

El sistema de sepultación establecido entre los primitivos in- 
dios continuó aún después de la conquista española, i de aquí 
nace la dificultad de distinguir en muchísimos casos la edad 
aproximada siquiera de aquellos monumentos. Aún en lugares 
que desde un principio estuvieron sometidos a los conquistado- 
res, como ser las inmediaciones de Santiago, se encuentran hoi 
en las sepulturas trozos i hasta hachas de fierro, que no pudiendo 
considerarse de producción indíjena, es forzoso referirlos. a la 
importación europea. Sin embargo, en Colchagua nos ha sucedi- 
do varias veces, i entre otras en un caso mui interesante que lue- 
go citaremos, poder determinar casi con precisión matemática la 
edad de algunas sepulturas. Sobre la eminencia que encerraba 
los restos de los antiguos pobladores se alzaban espinos secula- 
res, los cuales, derribados, revelaban en sus anillos concéntricos 
que contaban cerca de tres siglos de existencia. Aquella huaca 
habia sido pues levantada presisamente en la época en que los 
españoles acababan de invadir el país i sus restos iban a revelar- 
nos sin lugar a confusión ni duda el estado primitivo de sus due- 
ños en aquel remoto tiempo. 

Pero hasta hoi mismo los araucanos conservan de una manera 
aproximada el antiguo sistema de sus abolengos. Sepúltanse en 
las eminencias, el difunto es acompañado de sus prendas mas va- 
liosas, las ceremonias del entierro subsisten; pero sin poderse 
resistir a la imitación cristiana colocan hoi sobre la tumba de ca- 

107. En la hacienda de Chacabuco hemos contado mas de setenta sepulturas 
de indijenas escavadas con ese único ñn. 



CAP. IX. — LOS ARAUCANOS 265 

da uno una especie de retrato del muerto, labrado toscamente 
en el tronco de algún roble, i que desde lejos semejan las cruces 
de un cementerio católico. 

Previa esta advertencia, que revela la dificultad de distinguir 
en este orden lo que sea esencialmente orijinal del pueblo cuya 
antigua vida historiamos, de lo que haya podido en época poste- 
rior aprender de lo que veía a su alrededor, i que como ya se ha 
dicho, se hace sentir todavía con mas fuerza en el estudio de las 
costumbres, de sus particulares íntimos i especialmente de su in- 
dustria; armados de la pala i la barreta i mas que todo de un 
buen deseo, penetremos en el interior de aquellos antiguos se- 
pulcros. 

Cavando en la parte mas alta de la eminencia o cerrito que 
constituye la huaca, se encuentran luego restos humanos a la hon- 
dura de media vara i muchas veces auna profundidad menor. Los 
cadáveres se presentan, ya en una sola capa, ya en varias, según 
la importancia o años de existencia que contaba la huaca, pero 
en todas ellas hemos podido notar como un hecho constante que 
los cadáveres colocados en situación horizontal se presentan 
cruzándose por las piernas a la altura de la pantorrilla. D'Orbi- 
gny, confirmando nuestro aserto, refiere que en una escavacion 
que practicó en la costa del norte de Chile, los cadáveres esta- 
ban cubiertos con una capa de tierra de tres a cuatro metros de 
espesor, arreglados por sexo i por edad, i tendidos a lo largo, 
acostumbre que no hemos hallado en ninguna de las otras nacio- 
ciones americanas, añade el sabio viajero, que replegaban ordi- 
nariamente el cuerpo para colocarlo en la posición natural del 
hombre antes de su nacimiento .^°®d En la jeneralidad de los casos, 
algunas piedras rodean el cadáver o lo cubren en parte, i no es 
raro tampoco encontrar juntos con él trozos de tierra cocida. En 
situación semejante se hallan los cántaros o vasijas que se han 
colocado al difunto, habiéndonos una vez acontecido el caso de 
que la boca de uno de ellos yacía precisamente tocando las man- 

108. L^homme américain^ páj. 335, t. I. 

35 






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iniC^r.iU,*:. :.. t*:.:--*:-..-in t :r £n riie:^-.- ^:e iacuesea redstido la 

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tro ic '-^'-t ' ••* vil* :.,ri:.^:iLa. i^z^nus ^nucturusw I.:sbnesos de un 






E-r.t ' -i.'.^.-,^ ^.¿t r'-'íríar '.:« r^sc.s it; ,n"jxcxras fanmanas en 
w. -a-^ 'I': 4' ,.. .« *r, ir^^ír .rt-zc'^ lin zi-¿Cir:«;si. pirece adquirida 
fl^ \^y\ ,^': .^'^ r--^ .-í.'..'.". -, ;-r: ::.:!•: 1: irsrv¿rx:: Kirero i Tschudí, 
<V,\ u.f.r, >r;,-: v; u : .\...\ ;- tlii Uz~x I,"S conservaban en 

ír^f. //ft/^^ruKf/ Kffi'/ </^i^,rf^f.í.€ KsmrrT'f €z: . « I. rir. 44. Conviene señalai* 

;ií'j'»i A U .rti'f iv',',' '/,-;•, v -% ". : .«; *ci/i.:-.r-< i* ¿cpulnras entre nosotros. 



CAP. IX. LOS ARAUCANOS 267 

ollas, i los reverenciaban como a entes sagrados, pretendiendo 
que uno de ellos era hijo del rayo..,, i del mismo modo conser- 
vaban a los niños que nacian de pies, cuando fallecían en edact 
tierna.*^®» Arriaga, de quien tomaron estos datos los autores que 
venimos de citar, agrega que los cuerpos de esos niños se desig- 
naban con el nombre de chuchos o cuti^ i s6 guardaban dentro de 
las casas, como cosa sagrada, lo mismo que los cuerpos chacpas^ 
que son los que nacen de pies, (ícon lo cual tienen grandes abu- 
siones.^^^» 

«Cuando nacen dos de un parto, continúa el jesuita, los indios 
hermanos lo tienen por cosa sacrilega i abominable, i aunque di- 
cen que el uno es hijo del rayo, hacen grande penitencia como si 
hubiesen hecho un gran pecado. Lo ordinario es ayunar muchos 
dias, así el padre como la madre, no comiendo sal, ni- ají, ni jun- 
gándose en este tiempo, que en algunas partes suele ser por seis 
meses; en otras, así el padre como la madre se echan de un lado 
cada uno de por sí, i están cinco dias sin menearse de aquel lado, 
el un pié encojido, i debajo de la corva ponen un pallar o haba, 
hasta que con el sudor comienza a brotar, i otros cinco dias se 
vuelven del otro lado de la misma manera, i este tiempo ayunan 
del modo dicho. Acabada esta penitencia los parientes cazan un 
venado, i desollándole, hacen uno como palio del pellejo, i de- 
bajo del pasean a los penitentes, con unas soguillas al cuello, las 
cuales traen después por muchos dias, 

«La penitencia que hizo una india fué estar diez dias de rodi- 
llas i con las manos también en el suelo, como quien está en cua- 
tro pies, sin mudar postura en todo este tiempo para cosa nin- 
guna, i estaba tan flaca i desfigurada desta penitencia, que ha- 
llándola en ella no se atrevió el cura a castigarla.^^js) 

«Casi todos los pueblos poco avanzados en civilización, dice 
Lubbock, tienen gran aversión por los jemelos. En la isla de Ba- 
li,^^^ cerca de Java, los indíjenas tienen la singular idea de que 

no. Antígüedades peruanas, 'pi]. 170. 

111. Extirpación de ¡a idolatría del Pirú^ páj. 17. 

1 12. /</., páj. 32. 

1 1 3. Moor, Notices of the Lidian Archipelago^ páj. 96. 



i 



268 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

cuando una mujer pare jeinelos, es un mal presajio; desde que el 
hecho se sabe, la mujer, su marido i sus hijos están obligados a 
^ivir durante un mes, en las orillas del mar, o entre los sepul- 
cros, para purificarse; después de lo cual vuelven a la aldea i 
deben ofrecer un sacrificio. Así, consideran como desgracia una 
prueba de fecundidad en la mujer, i la pobre madre i los hijos 
recien nacidos se ven espuestos a todo aire a las inclemencias de 
la estación, precisamente en el momento en que necesitarían mas 
cuidados.D Esta idea está distante de ser peculiar a esa isla. 

«Entre los kasias del Indostan"^ «cuando nacen jemelos, ma- 
tan ordinariamente uno; consideran como una desgracia i una de- 
gradación tener jemelos, porque es asimilarse, piensan, a los aní- 
males. En el Japon,^^* entre los Ainos, cuando nacen jemelos, se 
destruye siempre uno de los dos niños. En Arebo, en Guinea, 
Smith i Bosman"^ nos dicen que cuando una mujer pare jemelos, 
matan a los niños i a la mujer. «En la provincia de Nguru, de- 
pendiente del imperio de Unyannyembé, la lei ordena matar los 
jemelos i arrojarles al agua tan pronto como nacen, de temor a 
la sequedad, las inundaciones i el hambre. Si alguien intentase 
ocultar el nacimiento de los jemelos, la familia entera seria ase- 
sinada."' 

«Los indíjenas de la América matan también uno de los dos 
niños, con la idea de que uno robusto vale mas que dos débi- 
les."^i> 

«No es esa, sin embargo, la causa, según creo, de las preocu- 
paciones contra los jemelos: es mas bien la idea curiosa de que 
un hombre no puede tener mas de un hijo, de tal suerte que el 
nacimiento de los jemelos implica una infidelidad de la mujer. 
Así, en el antiguo poema del Caballero del Cisne, se lee, (el rei 
i la reina se encuentran apoyados sobre el alféizar de una ven- 
tana): «el reí miró hacia abajo i vio a una pobre mujer sentada 

114, Slccl, Transnctions, Ethnological Socteiy^ vol. VII, páj. 308. 

I • f . Ik'ckniore, Proc, Bost. Soc. of Nat. Hist,^ 1867. 

\\i>, Wyafi;e to Guinea^ páj. 233. 

1 17. Spckc, Discovery of the sotircc of the Nile^ páj. 551. 

1 i>í. Lafitau, vül. í, páj. 592. 



CAP, IX. — LOS ARAUCANOS 269 

a la puerta, con dos niños en las faldas, los dos nacidos a un mis- 
mo tiempo; i el rei volvió el rostro, derramando algunas lágri- 
mas. En seguida dijo a la reina: ves, allá abajo, esa pobre que 
está agobiada con sus dos jemelos, i eso me causa pena, i yo qui- 
siera socorrerla. La reina respondió: nó, i eso no está bien, por- 
que se requiere un hombre para un niño, i dos mujeres para dos; 
o de otra manera es cosa singular, porque yo pienso que cada 
hijo tiene un solo padre; ¿cuántos entonces ha habidoP^^^D 

Mas, cualquiera que sea la esplicacion que se adopte como ' 
mas plausible, acerca de estos niños, i ya sea que supongamos 
que los chilenos adoptaron de los peruanos la práctica de con- 
servarlos en la forma que hemos visto, o que, como entre tantos 
otros pueblos, les fué también peculiar, el hecho comprobado es 
que estaba establecida entre nosotros. 

Nos ocuparemos ahora de las momias. 

Los subditos de los Incas, agrega Arriaga, ce una de las mayo- 
res veneraciones que tienen es la de sus malquis^ que en los lla- 
nos llaman múñeos, que son los huesos o cuerpos enteros de sus 
projenitores jentiles, que ellos dicen que son hijos de las huacas, 
los cuales tienen en los campos, en lugares muí apartados, en los 
machaySy que son sus sepulturas antiguas.^**JO 

«Fué grande la vijilancia que tenian los peruanos, añade a este 
respecto otro autor antiguo, acerca de guardar i conservar a sus 
difuntos. I la principal razón de esto es, que como, principalmen- 
te los Ingas i sus amantas (que así se llamaban sus sabios) tu- 
vieron por opinión que habían de volver las ánimas a sus cuer- 
pos en cierto tiempo i resucitar; añidieron que esto no ternia 
efecto ninguno sino es que los cuerpos estuviesen guardados in- 
corruptos, sin que les faltase nada, a lo menos hueso, ya que la 
carne se consumiese, por lo cual pusieron excesivo cuidado en 
enterrar a sus difuntos embalsamados o embetunados con cierta 
confección que, a falta de bálsamo, conserva mucho la carne, 
para que se conserve... Muerto el rei o señor, le quitaban los 

119. Les origines de la civilisation^ páj. 28 ¡ sigts. 

120. Extirpación de la idolatría del Perú ^ páj. 14. 



270 LOS ABÓRÍJENES DE CHILE 

intestinos, i embalsamaban todo el cuerpo con bálsamo traído de 
Tolú, i con otras confecciones, de manera que duraba un cüer-- 
po, así embalsamado, mas de cuatrocientos i quinientos afios.» 

«Solo después que sucedieron ciertas guerras civiles, i algunas 
inundaciones de agua, dieron en cerrar los sepulcros, echando 
tierra encima, i haciendo túmulos i terraplenes, como cerros, so- 
bre ellos.^^^D 

Fundado quizás en antecedentes de esta especie, don Francis- 
co Barreda, en 1828, describió el procedimiento de que se ser- 
vian los embalsamadores peruanos;^^' pero los señores Rivero i 
Tschudi han refutado dicha opinión con argumentos que no 
admiten réplica.^^ «Según nuestro parecer, la descripción del 
señor Barreda, dicen, es un mero juego de fantasía. Hemos exa- 
minado centenares de estos cadáveres, así en la réjiones calien- 
tes de la costa, como en la sierra fríjida, pero nunca conse- 
guimos hallar un preservativo. Es verdad que hallamos en casi 
todos los cráneos una masa rojiza o negruzca, ya sutilmente 
molida como polvo, ya en pedazos de diferentes tamaños; pero 
el análisis químico i microscópico, que hizo de esta sustancia 
nuestro amigo don Julio Vogel, célebre químico patolójico, ac- 
tualmente catedrático de clínica interna en la Universidad de 
Giessen, ha mostrado que tanto el polvo como los pedazos están 
compuestos de grasa cerebral i glóbulos de sangre secos, i que 
no es posible descubrir el menor vestijio de una sustancia ve- 
jetal, prueba irrefragable de que no han sido estraidos los sesos, 
como pretende Barreda. Podemos, pues, asegurar por esperien- 
cia propia, que todas las momias contienen el cerebro i los in- 
testinos, i que en ninguna se percibe incisión alguna en el peri- 
toneo.» 

«Según el señor Barreda, los intestinos se sacaban por una 
pequeña cortadura hecha del ano al pubis. 

in. Rehaon de costumbres afiti^uas de ¡os naturales del Perú^ en la páj. 
153 de Tres relaciones de antigüedades peruanas. 

122, Memorial de ciencias naturales, t. II, páj. 106. 

123. Antigüedades /^eruan as, páj. 206. 



CAP. IX. — LOS ARAUCANOS 27I 

«Entrp las numerosas pruebas que militan contra una momifi- 
cación artificial, citaremos pocas pero convincentes. En el año 
de 1841 hallamos en un sepulcro de jentiles la momia de una 
mujer preñada, conservada perfectamente, de la cual sacamos el 
feto que todavía está en nuestro poder, i que, según el dictamen 
de uno de los mas célebres profesores de partear, M. d'Outre- 
pont, tenia siete meses de edad fetal. Esta interesante momia se 
halla figurada en la lámina VI del atlas. 

«Pocos años antes, hallóse en Huichay, a dos leguas de Tar- 
ma, la momia de una mujer que habia muerto de dolores de 
parto, pues sojo la rejion superior de la cabeza de la criatura 
habia salido a la luz. 

«En la momia de un niño de diez a doce años, que halló el 
doctor don J. D. Tschudi en una huaca de la costa, i que rega- 
ló a la academia imperial de Petersburgo, ^están las costillas del 
lado izquierdo desastadas del esternón; i la cavidad del pecho i 
en parte la cavidad del empeine abiertas, pudiéndose ver per- 
fectamente el corazón envuelto en el pericardio, los pulmones 
avellanados, el diafragma, el colon transverso i parte de los in- 
testinos delgados. 

«Estos i otros hechos son concluyentes, i muestran la nulidad 
de la hipótesis del señor Barreda i de otros, relativa a un proce- 
der de embalsamar artificial i trabajoso. d 

«Pero si indudablemente las momias de la jente vulgar perua- 
na son naturales ¿sucede lo mismo con las de sus incas i prince- 
sas reales? Los historiadores pretenden que estos personajes 
encumbrados han sido embalsamados después de su muerte, i 
pretenden aún que el arte de preparar los cadáveres habia al- 
canzado una perfección «que parece haber superado aún en mu- 
cho al procedimiento de los ejipcios,» pues no se conocen mo- 
mias de ninguna nación en que las partes carnosas permaneciesen 
llenas,- el cutis suave i blando, i las facciones de la cara inaltera- 
das, como, según los autores, ha sucedido con las momias de los 
Incas. 

«Los citados autores de las Antigüedades pernanas observan 



I 



\ 



272 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

mili juiciosamente: «confesamos con injenuidad, que las noticias 
de los autores (Garcilaso de la Vega i el padre Acosta) sobre 
este asunto nos parecen inexactas, a lo menos exajeradas; i cual- 
quiera que conozca las mutaciones inevitables que sufren las 
partes blandas del cuerpo humano, a pesar de todos los medios 
preservativos, tan luego que cesa la vitalidad, participará de 
nuestra opinión. 

«Ello es cierto que los cadáveres de los reyes eran incompa- 
rablemente mejor conservados que los demás, a consecuencia 
de cierto proceder; i la aserción que este era secreto de la fami- 
lia real, está fundada en el hecho de que no se han hallado otras 
momias artificiales que las de los reyes i reinas. Nada sabemos 
de qué modo efectuaban su proceder los maestros del arte de 
embalsamar, ni cuales sustancias usaban para evitar la putrefac- 
ción i dar cierta flexibilidad al cutis. Para llegar a saberlo seria 
necesario someter una de estas momias al análisis químico.» 
Véase páj. 204 de la obra citada. 

«¿Existe todavía una sola de estas momias? Garcilaso de la 
Vega que ha visto cinco, las describe del modo siguiente:^ cEn 
el aposento hallé cinco cuerpos de los Reyes Incas, tres de va- 
ron i dos de mujer. El uno de ellos decian los indios que era el 
Inca Viracocha, i mostraba bien su larga edad, tenia la cabeza 
blanca como la nieve. El segundo decian que era el gran Tupac 
Inca Yupanqui, que fué viznieto de Viracocha Inca. El tercero 
era Huáyna-Capac, hijo de Tupac Inca Yupanqui, i tataranieto 
del Inca Viracocha. Los dos últimos no mostraban haber vivido 
tanto, que aunque tenian canas, eran menos que las de Viraco- 
cha. La otra era la Coya Mama Oello, madre de Huayna-Capac; 
Íes verosímil que los indios los tuviesen juntos después de 
muertos marido i mujer, como vivieron en vida. Los cuerpos 
estaban tan enteros que no les faltaban cabello, cejas, ni pesta- 
ñas. Estaban con sus vestiduras como andaban en vida: los man- 
tos en la cabeza, sin mas ornamento ni insignia de las reales. Es- 

125. Coméntanos reales que tratan del origen de los Incas, etc.^ lib. V, 
cap. XXIX. 



i 



CAP. IX. — LOS ARAUCANOS 273 

taban sentados como suelen sentarse los indios i las indias, tenian 
las manos cruzadas sobre el pecho, la derecha sobre la izquierda, 
ios ojos bajos, como que miraban al suelo.» 

«Pero según otros, Gonzalo Pizarro desenterró el cuerpo del 
Inca Viracocha en Haquijahuana i mandó quemarlo; i el cuerpo 
de Huayna-Capac fué trasladado de Patallacta a Totocacha,^*^ 
donde se fundó la parroquia de San Blas. Luego estos dos Incas 
no estuvieron en el Cuzco, i Garcilaso de la Vega no pudo ver- 
los allí. De la momia de Huayna-Capac dicen que estaba en tan 
buen estado, que parecia vivo, tenia hechos los ojos de una teh*- 
11a de oro, tan bien puestos que parecian naturales, i todo el 
cuerpo aderezado con cierto betún. Aparecia en la cabeza una 
cicatriz de una pedrada, que le dieron en la guerra, i veíase su 
Cabellera mui canosa i entera. Habia muerto como ochenta años 
antes. El licenciado Polo Ondegardo, siendo virei don Andrés 
Hurtado de Mendoza, segundo marqués de Cañete, trajo esta 
momia con varias otras de Incas de Cuzco a Lima. Finalmente, 
fueron enterrados los restos mortales de estos poderosos i sabios 
monarcas en un corral del hospital de San Andrés en Lima. 

a:La costumbre de embalsamar los cuerpos de los reyes es mui 
jeneral. Aún en la actualidad se emplea este procedimiento con 
los monarcas de Europa; i se suelen estraer las visceras i conser- 
Ararlas por separado en un vaso a propósito. Lo mismo se hacia 
con los Incas. Sus visceras, depuestas en vasos de oro, eran con- 
servadas en el magnífico templo de Tambo, a cuatro leguas del 
Cuzco, i el cuerpo, sentado sobre una especie de trono en la 
posición descrita arriba por Garcilaso, era colocado delante de 
la figura del sol en el templo de la capital durante algún tiempo. 

«Una costumbre análoga se observaba entre los Zipas de Bo- 
gotá, según refiere don Joaquin Acosta. Cuando morian estos 
monarcas, los xeques les sacaban las entrañas, i llenaban las ca- 
vidades con resina derretida; i a esto talvez se habrá reducido 
igualmente el arte de embalsamar las momias de los Incas. Des- 

126. ¿Será el suburbio Tococnc/¡ i {vent<ín3, de sal) de Cuzco, donde se fundó 
una iglesia de San Blas? 

36 



274 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

pues se introducía el cadáver en un grueso tronco de palma hue- 
co, forrado con una plancha de oro por dentro i por fuera; i los 
xeques lo llevaban secretamente a sepultar en un subterráneo, 
que tenían hecho desde el mismo día en que el soberano comen- 
zaba a reinar, en parajes lejanos i ocultos.D 

Concluye, pues, de lo anterior el señor Philíppi, i con razón, 
(cque se han secado las carnes i aún las visceras, solo en virtud 
del aire seco, i de otras circunstancias que suelen impedir la pu- 
trefacción i destrucción de las partes blandas del cadáver.*^» 

El Museo Nacional de Santiago posee dos momias chilenas, 
una de Puchoco i la otra de las islas Guaitecas, en las cuales puede 
comprobarse plenamente la aserción de que el estado en que se 
encuentran es debido puramente a ajentes naturales, sin prepa- 
ración artificial de ninguna especie. Merece, con todo, notarse 
que los cuerpos están arreglados en la posición que el hombre 
conserva antes de su nacimiento, lo que demuestra manifiesta- 
mente que esas momias no han tenido la disposición en que se 
les ve por un mero efecto del acaso, porque la muerte los haya 
sorprendido en ese estado, sino que se ha obedecido con eso a 
ideas establecidas sobre el particular, ideas que, por lo demás, 
fueron comunes a la mayor parte de las naciones sud-americanas. 

Este sistema de sepultación parece que era el que predomina- 
ba en la rejion del sur de Chile, pues, ademas de aquella momia 
procedente de las Guaitecas, Byron refiere que en la primera es- 
pedicion al mar del Sur, en la península de Tres Montes, que está 
en 46** 20', en el medio de una gruta había un arco formado por 
palos entrelazados i sostenido en su centro por estacas de cerca 
de cuatro pies de altura, i bajo este arco una plataforma. Cinco o 
seis cadáveres, totalmente desnudos i sin la menor apariencia de 
putrefacción, yacian sobre el arco, mientras una segunda serie de 
cadáveres descansaba sobre aquella plataforma. Se conocía que 
los muertos estaban allí desde largo tiempo atrás, pues habían 
llegado a secarse completamente; pero el almirante no pudo pro- 
nunciarse sobre si esto era debido al aire o a que hubiesen sido 

127. Algo sobre las momias peruanas^ Revista Chilena^ tomo I, pá¡. 135. 



CAP. IX. — LOS ARAUCANOS 275 

embalsamados, así como no pudo tampoco averiguar sí la gruta 
era obra de la naturaleza o del hombre.^^ 

Ya hemos dicho que por sus condiciones especiales de vida, 
pasando sus dias en el mar o a la orilla de las playas, para propor- 
cionarse el alimento, sin siembras, etc., continuamente espuestos 
a las inclemencias de un perpetuo invierno, los habitantes de esas 
rejiones se diferenciaban notablemente de los del continente. Es- 
tos mismos, trasplantados a aquellos sitios, debian forzosamente 
cambiar mui pronto de hábitos, bajo pena de perecer de hambre 
o de frió. No tiene, pues, nada de estraño que sin dejar de for- 
mar parte de la misma raza de los indios de tierra firme o de mas al 
norte, en lugar de levantar para sus muertos sepulturas como las 
que hemos descrito, buscasen para ellos el abrigo de las grutas. 
¿Acaso esto mismo no demuestra que pertenecían, como lo hemos 
ya insinuado, a la raza de hombres semejante a los fueguinos que 
debió estenderse desde el sur hacia el norte i alcanzar hasta Pu- 
choco, cuyos serian entonces los restos que hemos descrito al 
hablar de la edad de piedra? 



128. Premier vogaye de M. Byron a la mer dti Sudj París, an, VIII, páj. 64, 



i 



CAPÍTULO X. 



LOS ARAUCANOS. 



V. 



Matrimonios. — La mujer araucana. — Las mujeres son heredadas por el hijo. — 
Las hijas fuente de riqueza para sus padres. — Nobleza araucana. — Parentes- 
co. — Celebración del matrimonio. — Fiestas con que se festeja el enlace. — 
Adulterio. — Libertad de las solteras. — Partos. — Designación del nombre. — 
Educación del nifto. — En familia. — Saludos. — Conversaciones. — Juramen- 
tos. — Hospitalidad. — Diversiones i fiestas. — Bailes. — Canto. — Instrumentos 
de música. — Poesía. — Ejercicio de la palabra. — Juegos. — Ocio i embriaguez. 
— Los delitos según el código penal indíjena. — Homicidio. — Adulterio. — 
Hurtos. — Malocas. — Juicios civiles — Derecho de propiedad. — Conocimientos 
científicos. — Nociones astronómicas. — División del dia. — Años, meses i se- 
manas. — Medidas de lonjitud. — Caracteres morales del araucano. — Induc- 
ciones. 

Al ocuparnos de la organización de la familia entre los arau- 
canos, cúmplenos comenzar por esponer aquí lo relativo al ma- 
trimonio. La base esencial del contrato era la compra que el 
novio hacia de la novia al padre, o,eadefecto de éste, a los parien- 
tes. No habia mas límites en el número de las mujeres con que 
un indio pedia casarse, que el de su propio caudal. La condi- 
ción de la mujer, era por lo restante, la de la esclava: ademas de 
ser un instrumento de placer, era la base de la riqueza de su po- 
seedor, como que ella corría con los menesteres domésticos, 
hacia de comer, tejia, labraba la tierra, etc., etc. 



278 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

A este respecto, son mui grandes i a todas luces merecidos 
los elojios que los cronistas tributan a la mujer araucana: aSon 
las mujeres de Chile tan fuertes i varoniles, dice Rosales, que 
tal vez cuando importa i hai falta de hombres, toman las ar- 
mas i convocan i capitanean a los indios para la guerra. Ejercí- 
tanse, como los hombres, en el juego de la chueca... Están he- 
chas al trabajo i a moler, cargar a cuestas el agua, la chicha, la 
leña, las cosechas, sin descansar un punto... Cuando salen fuera 
de casa, son modestas i naturalmente vergonzosas i nunca las 
verán descomponerse^..!) : 

No es menos lisonjera la pintura que los autores nos dan de su 
aspecto físico. «Aunque en jeneral, espresa González de Nájera, 
tienen las mujeres el color mas castaño que moreno, tiénenlo 
muchas verdinegro i quebrado, i unas mas claros que otras, se- 
gún los temples de las tierras donde nacen i se crian, con algu- 
nos otros colores agraciados, tanto que las que dellas sirven a los 
nuestros, son causa de hacer a muchas españolas pal casadas. 
Son comunmente de mediana estatura, i, en jeneral, tienen gran- 
des i negros ojos, cejas bien señaladas, pestañas largas i cabello 
mui cumplido, tanto que a muchas arrastra, el cual traen bien 
trenzado todo lo dicho mui negro.^j> 

El matrimonio venia a ser así un negocio lucrativo i un agra- 
dable consorcio. Los caciques, que eran los hombres mas pudien- 
tes, solian de esta manera casarse hasta con veinte majeres.' 

A dos, a cuatro, a seis, a diez admiten 

Casados en las leyes de natura: 

De mujer cada noche se remuda, 

I en diez, con diez el hombre viene a prueba.^ 

Así se espresaba don Juan de Mendoza respecto a la poliga- 
mia de los araucanos; pero escritores posteriores aseveran que 
la cohabitación tenia lugar por semanas, tocándole a cada mujer 

1. Historia de Chile^ t. I, páj. 160. 

2. Desengaño de la guerra de Chile ^ páj. 98. 

3. Rosales, Historia^ t. I, páj. 141. 
i^. Poema inédito^ Canto I. 



CAP. X. — LOS ARAUCANOS 279 

durante su turno el cuidado de dar de comer al marido. Sin em- 
bargo, permanecia siempre sobre las otras i en el rango de pre- 
ferida, la primera. Cada una de las mujeres, por su parte, hacia 
fuego separadamente en el rancho, i según parece, con este sis- 
tema vivian, en jeneral, mui bien avenidas. 

La phiralidad de mujeres no debió tener lugar, con todo, sino 
en los tiempos inmediatos a la invasión española, cuando los ha- 
bitantes del país habian logrado ya realizar adelantos considera- 
bles en la agricultura. Cuando sus medios de alimentación eran 
escasos, cuando aún ignoraban las artes, que solo el trascurso 
del tiempo debió enseñarles, su estado, semejante al de muchos 
pueblos salvajes de hoi en dia, no les pudo permitir atender a la 
subsistencia de mas de una sola mujer. Alimentar a los hijos 
debió ser entonces carga mui pesada, ya que la propia subsisten- 
cia era a veces en estremo difícil. Aún el contrato mismo no pudo 
existir, i la conservación de la especie se verificó probablemente 
por uniones fortuitas. 

El hecho posterior i plenamente constatado era, en efecto, 
que el contrato se rompia de la misma manera que habia sido 
constituido, pues, en enfadándose la mujer, se volvia a casa de 
sus padres, estando solo obligada a la devolución del precio que 
se habia dado por ella. Podia también casarse con otro, viéndo- 
se entonces el segundo marido en la necesidad de devolver al 
primero lo que este habia dado por la mujer. Lo mismo podia 
hacer el marido: cansado de una mujer, oco en sintiendo en ella 
flaqueza alguna, o que le ha hecho adulterio, no la mata, por no 
perder la hacienda que le costó, sino que se la vuelve a sus pa- 
dres, o a otro para recibir su precio.*» Existe también causa de 
divorcio «si el hombre se ausenta mas de dos años del lado de la 
mujer, al cabo de los cuales, si regresa i la halla casada con otro, 
le ha de pagar por la ofensa que la hizo en su abandono las pro- 
pias pagas que por ella dio a su padre, perdiendo, ademas, el de 
recho que tenia a ella.^)) 

5. Rosales, lug. cit. 

6. Breve idea del carácter, temperamctito, usos i costumbres de ¡os naturales , 
M. S. 



28o LOS ABORÍJENES DE CHILE 

De este principio de considerar a las mujeres como una propie- 
dad, viene que, en muriendo el marido, pasan por herencia al 
hijo mayor, «i él las tiene por mujeres, i reservando a la madre, 
todas las demás le sirven para el tálamo i en los oficios domésti- 
cos/ I si alguna no quiere hacer vida con él, ha de ser rescatán- 
dose i volviendo lo que le costó a su padre.» Lo jeneral, dice a 
este respecto González de Nájera, es «comprarse los unos a los 
otros las mujeres por cosas de sus bebidas i comidas, vestidos, 
ovejas de las naturales del reino, o cosa semejante.®» 

(íSi el que muere no tiene hijos, hereda las mujeres el herma- 
no o el pariente mas cercano, i cuando hace testamento, se junta 
toda la parentela, i de palabra hace las mandas, i a cada uno deja 
alguna cosa, repartiendo las mujeres, los ganados, las armas, i 
así de las demás alhajas.» 

Del principio de considerar a la mujer como una propiedad 
cualquiera, se deduce, igualmente, que «el que tiene mas hijas 
es mas rico i se tiene por mas dichoso, porque, como le pagan las 
hijas, con ellas adquiere mas hacienda i se ennoblece mas, por- 
que emparienta por medio de las hijas con mas. I es entre ellos 
gran nobleza el tener grande parentela i el entrar con grande 
acompañamiento de parientes en una borrachera i fiesta públi- 
ca.» «Presumen entre ellos de linajes o descendencias, agrega so- 
bre este particular un cronista, i de apellidos, porque hai casas 
que se nombran del sol, otras de leones, raposas, ranas i cosas 
semejantes, de que hai parentelas que se ayudan i favorecen en 
sus disensiones i bandos; i es tanto lo que se precian destos 
apellidos, que solo les falta usar de escudos de sus armas.*» 

Han sido siempre dignos de notarse los usos establecidos por 
los salvajes en materia de parentesco. Los misioneros refirieron 
el de los araucanos a las dos líneas de consaguinidad i afinidad, 
estableciendo solo diferencias respecto de la rama paterna o ma- 
terna, pues, así por ejemplo, los sobrinos hijos de hermano va- 

7. Córdoba ¡ Figueroa, Historia de Chile ^ páj. 27. 

8. Desengaño de la guerra de Chile^ páj. 96. 

9. González de Nájera, lug. cit. 



CAP. X, — LOS ARAUCANOS 28 1 

ron, no se designan lo mismo que los mismos descendientes por 
parte de la hermana mujer. El parentesco alcanza, ascendiendo, 
basta los bisabuelos, i respectivamente, descendiendo, hasta los 
biznietos. En la afinidad acontece una cosa semejante, habiéndo- 
se reconocido relaciones aún entre los casados con dos herma- 
nas. 

Ademas de la afinidad i consanguinidad, fundadas en el orden 
natural de la sangre o la familia, los araucanos reconocen el jéne- 
ro de parentesco, que designan con la voz aiga^ a que se referia 
González de Nájera. De estos sobrenombres o apellidos habia 
hasta veinte, llamándose entre sí los que los llevan quñe lacii, i 
son, como se dijo, nombres del sol, león, zapo, zorra, etc., antu, 
amiichtj cagten^ calquin^ ciira^ dtucacOj antuco^geliu^gni, g^gcñ^ 
hiiercuhue^ yaní^ yene^ hian^ miigury pagi^ vilti^ eic}^ 

El contrato matrimonial, según Carvallo, se celebra del modo 
siguiente: ade acuerdo con el padre, i en defecto de éste con el 
hermano de la novia, el futuro marido, acompañado de dos o tres 
de sus parientes o amigos, la lleva a un bosque, involuntaria- 
mente, i usa de ella tres dias, i siempre lo elijen inmediato a su 
casa, para que les sirvan la comida. De allí la traslada a otra ha- 
bitación, i en seguida se va a la puerta de la casa del suegro, quien 
luego saluda al yerno; se le sirve el almuerzo, comida o merienda, 
según la hora, i después de una dilatada conversación, se retira sin 
hablar del matrimonio. Vuelve al siguiente dia con los que le 
acompañaron a tomar la novia, i se hace el ajuste de la cantidad 
de pagas, (a que dan el nombre de culinqiic) que ha de dar por 
ella. Convenidos, las apronta si tiene, i si no, las juntan sus pa- 
rientes i amigos, i pasan a entregarlas. Dicen que lo referido fué 
costumbre de los ascendientes;^^ i en ello tienen, sin duda, mu- 
cha razón, porque es sabido que en muchísimos pueblos salvajes 
el contrato de matrimonio se celebra en una forma enteramente 
análoga. 

Después de realizada esta ceremonia, exijida por sus adina- 

10. Luis de Valdivia, Arte y gramática de la ¡eugua general^ etc.^ páj. 70. 

11. Historiadores de Chile^ t. X, páj. 141. 

36 



\ 



282 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

pus^ O prácticas antiguas, se suceden las fiestas para celebrar el 
enlace. Para el efecto, convoca el novio a todos sus parientes, 
quienes I9 llevan toda especie de regalos, i mui especialmente las 
ovejas de la tierra, que tan estimadas son entre ellos, ^Los padres 
de la novia convidan también a todos sus parientes i amigos, para 
que les ayuden en aquella fiesta i se hallen en ella. I a todos los 
obligan a que lleven cantidad de tinajones i botijas de chicha, 
que es el vino i regocijo de todas las fiestas. Para el dia señalado 
preparan en el lugar de la borrachera unos tablados i bancos en 
que bailan, al rededor de sus casas, i divisiones para alojarse i 
guarcjar la chicha i los carneros, i tres dias antes hacen el ensaye 
de la fiesta, i cantan los romances i los tonos, tomándolos de me- 
moria i ensayando la música con mucha chicha, que es como otra 
borrachera pequeña, porque el cacique que hace la fiesta paga 
entonces a los poetas los romances que han hecho... 

«Llegado el dia de la borrachera, concurren de todas partes a 
la fiesta, hombres i mujeres, viejos i niños, i hasta los cojos i los 
enfermos se animan i van, aunque sea arrastrando. El cacique o 
novio que hace la fiesta entra primero, acompañado de todos sus 
parientes, que llevan de diestro sus carneros i ovejas de la tierra, 
todos vestidos de gala i con el adorno de sus llancas i piedras 
preciosas de su estimación. Tras ellos entran los parientes de sus 
mujeres, con sus familias i grande acompañamiento i aparato de 
carneros, aves, pescados i otras cosas para la fiesta. I puestos en 
orden reciben la parentela de la novia, que viene también con 
mucho adorno i grande repostería de botijas i tinajas de chicha. 
Salúdanse los unos a los otros con grandes muestras de amor i 
ofrécense los dones. El marido da a los padres i parientes de la 
novia todos los carneros i ovejas de la tierra que él i sus parien- 
tes han traido, i muchas mantas i camisetas, que todo se cuenta 
por dote i por paga de la mujer, i de ello se tiene siempre mucha 
cuenta i razón, para que se entienda como pagó la mujer cumpli- 
damente, i que no se la puedan quitar en ningún tiempo, ni darle 
en cara.de que fué un pobreton, que no tuvo con qué pagar la 
mujer a sus padres i a sus parientes; que todos participan aquel dia 



CAP, X. — LOS ARAUCANOS 283 

de la hacienda, que son las ovejas i carneros, i a cada uno le mata 
las que le han de tocar i se las deja allí tendidas a sus pies, i a la 
novia i a su madre las cubren de mantas i camisetas, que es la 
paga i el dote que se da a la madre de la novia por la crianza de 
la hija... 

«Recebidos todos estos dones con muchas cortesías i agradeci- 
mientos, i enterado el dote a los padres i parientes, correspon- 
diendo luego ellos, por via de agradecimiento, con la chicha, que 
no es jénero que entra en cuenta de paga, sino que se da por via 
de correspondencia para alegría de la fiesta. I a todos los que han 
traído dones, les dan a seis, a ocho i a diez botijas de chicha a 
cada uno. I acabados estos cumplimientos se sientan a beber i 
comer, i andan los brindis, i en cargando bien la romana, se le- 
vantan a bailar i cantar al son de sus tambores, flautas i otros 
instrumentos. I así se están de dia i de noche hasta que se acaba 
la chicha, que si hai para cuatro o seis dias que beber, no se apar- 
tan basta ver el fondo de las tinajas.^^» 

«En estas fiestas i casamientos, concluye Rosales, se concier- 
tan otros muchos, porque como bailan hombres con mujeres, i 
las doncellas tienen suelta para cuanto quieren, se conciertan fá- 
cilmente i se casan, a veces con gusto de sus padres i a veces sin 
él. Pero tiene esta diferencia el casamiento que se hace sin gusto 
de los padres de la novia i sin saberlo ellos: que si es con persona 
igual i con marido que tiene hacienda para pagarla, lo dan por 
'bien hecho; mas, cuando es con indio pobre i que no ha de tener 
para pagar el dote conforme a la calidad de la novia i la muche- 
dumbre de los parientes, se la procuran quitar i estorban el casa- 
miento, aunque le deba a la hija la flor de la virjiuidad, que, mi- 
rando al interés que tendrán en casarla con otro mas rico, le de- 
jan eso de barato. I si ella da en que no se quiere casar con otro, 
o él la esconde de modo que no puedan dar con ella, se mues- 
tran mui sentidos los padres, i con buscar hacienda que darles para 
«1 dote, los aplaca, i la primera dilijencia es, para ganarles la vo- 

12. Rosales, /íísfonay tom. I, páj. 142; CdiX y d\\o ^ Historia doi' es de Qhilc^ iom. 
X, páj. 159. 



J^4 ^-^^ -ÜSORÍJEN'ES OK CHELE: 

Ii%ntad, el ir con :ina oreja ie 'a derm a la. casa de los pacfres de 
lí> novia í mataría ailí i ierárseta nraertx dándoles a aitender que 
n/> le falta hacienda c*:in ine pa^ar eí dote, oiies mata aquella ove* 
ja de la tierra, ^iie -^ ie :^nta estima, para ganaríes la v^olnntad. 
f-^ cuial ^veja es fuerza recehida i iiso asentado el desenojarse i 
ilamar Uie^o a ^iis parientes : repartiría entre eílos^ dicíéndoles 
que tenqpn a bien ei casamiento ie sn hija con aqaei indio, que 
znnqiif^ él no se ía dio. ellos se concertaron, i no es tan pobre qne 
no dei^á de acudir a sus obligaciones i de enterar el dote acos- 
tumbrado, i buena señal es el haber comenzado a pagar la nrajer 
con aquella oveja de la cierra... E así, que íes ha llamado para 
asarles parte del casamiento i de la paga, i repartiéndola entre to- 
dos, vienen en que se haga el casamiento, i llaman a los novios, 
í con chicha se hacen las amistades i los conciertos i se traza el 
día de la boda, i la fiesta que ha de haber en ella^...J 

A pesar de qne la f^rma i circunstancias con qne se celebra- 
ban estas reuniones pudieran índudmos a creer qne en machí- 
simos casos no precedía en ellas la mutua afección, el hecho es 
qne el adulterio venia mui pocas Teces a enturbiar la felicidad 
doméstica del araucano. <Es rarísima la india, dice Rosales, qne 
hace adulterio al marido, así por el rigor con qne las castigan, 
como por estar entre ellas mni asentada la lealtad a los rnarí- 
dosJ^> Cuando el caso llegaba, el marido^ sin embargo, no usa- 
ba de los medios de castigo a qne la lei o costimibre lo autori- 
zaban, pues siendo mas que todo avaros de sn hacienda, la mujer 
volvía entonces a la calidad de mercadería... averiada, de la cual 
era conveniente deshacerse; i por eso la devolvía a sus padres o 
se la vendia a otro para recobrar lo que le había costado. «I en 
materia de adulterios, añade el autor que venimos citando, aun- 
que se pican los celosos, les pica mas el ínteres, í no matan a la 
mujer ni al adúltero, por no perder la hacienda, sino que le obli- 
gan a que pague el adulterio, í en habiéndole satisfecho, quedan 
amigos i comen i beben juntos."j> 

13. Historia^ liic. cít, 

14. Historia^ t. I, páj. 160. 

15. Id.^ id., páj. 142. 



CAP. X. — ^LOS ARAUCANOS 285 

Mientras la mujer]araucana pennanecia soltera, gozaba de una 
independencia absoluta. Bascuñan nos refiere que en ciertas fies- 
tas acostumbraban brindar las mozas para que les correspondiesen 
los que no estaban casados, o cuando querían hacer alguna lison- 
ja a los caciques, ccí de estas suertes suelen casarse en estas fies- 
tas i bailes, que ellos llaman gñapitun}^j> Los aprietos en que por 
este motivo pusieron durante su cautividad al valiente capitán 
español i el empeño con que siempre resistió las numerosas tenta- 
ciones que se le ofrecieron, constituyen algunos de los episodios 
mas divertidos de su interesante libro. 

Para hacerse querer las mujeres fabricaban un filtro de las 
hojas de una mata llamada //í^¿/." Pérez García nos informa, 
igualmente, que en Arauco habia prostitutas, que eran conocidas, 
con el nombre de muge-voe}^ Ya hemos visto, ademas, el oficio 
que sabian desempeñar ciertos machis... a:Les dan los indios a 
sus hijas, añade Olivares, ensanche para que usen i abusen de su 
libertad, i así las mas de ellas son mujeres antes de ser esposas; 
pero como la diformidad de cualquier delito es mui visible aún a 
la ceguedad de los bárbaros, se avergüenzan ellas de contar que 
dejaron de ser vírjenes, antes de ser dadas en matrimonio, i de 
que se haga del todo manifiesta su flaqueza; i por eso, cuando se 
sienten embarazadas, lo procuran ocultar estrechándose el vientre 
con apretadas vueltas de las fajas que todas usan. I cuando lle- 
ga el caso de dar a luz lo que concibieron, lo ejecutan solas en 
un monte, con ánimo mayor que de mujeres, i matan inhumana- 
mente el fruto de sus entrañas, o si no les basta la crueldad para 
tanto, lo esponen a puertas ajenas i a la caridad de los estraños 
I a estos hijos de padres no conocidos llaman en su lengua 5//- 
cheñes.^T> 

No era, a pesar de todo, mui diversa la manera en que se ve- 
rificaban los partos de las casadas. Martínez dice que cuando se 



1 6. Cautiverio feliz ^ páj. 289. 

1 7. Febres, Arte de la lengua general^ etc. 

18. Historia de Chile ^ M. S. 

19. Historia de Chile^ plj. 61. 



q«^ ^°' A^ce ^o^^^'' Taotoj^'^''^' '' . .presantes de- 

::r:^í:^- ^o.ee^«^:r::^;:c;í^- 
Aí.stt<^*^ ^ t-vna?^ V^ade?*^ ^cati^*^ « \a cn*^^* 

cól-^^ "'C ^ '- ^^ te se ^e --^^^V^e. •^^.*^;: Goo^^^^^ 
«o U 9^^^ ,0 P°^*^ uva» '^ rutiotvvo de ^ . ^ot 




que es ^«0 et^ , .^at, se=, b*»* ^ peg» 

^,Vendo>^^ , aveces e^^' casas, ^ ,^e no ^^^uac^de' 

•, a\g«^* , ^ vatt 5^ ,. \a vea, V^^"^ ^ .-^dia (\^® ^ ..^ ca- 
ta,* ^ '^ " « a se ^* _ nad^e Va ^_ ^^^ta ^^^ • ^e a s* 



ai- * 



288 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

cierto instrumento de madera conocido con el nombre de run- 
ca^ o con un manojo de ramas como las de una pequeña escoba. 

(iNo les consienten los padres a los muchachos que coman sal, 
para que se crien sanos i lijeros, porque dicen que la sal los ha- 
ce pesados i molles; ni tampoco les consienten comer carne ni 
pescado, por ser comidas pesadas, sino harina, para que se crien 
lijeros. I para este efecto, como para que vayan con presteza a 
los mandados, les sajan las piernas i los pies, i los mismos indios 
cuando han de ir a la guerra se sajan las piernas i las rodillas con 
lancetas de pedernal, porque dicen que la sangre los hace pesa- 
dos i que la sal que han comido se les baja a las rodillas i a las 
piernas.^» 

«Los niños i mocetoncillos pasan los dias, o tendidos brutal- 
mente al rayo del sol, o retozando entre sí, o bañándose. en los 
rios, o siguiendo a sus padres en juntas en que se dedica el tiem- 
po a Baco i Venus, en las cuales se complacen los padres de que 
se jueguen menos honestamente con las muchachas, i cuando esto 
hacen en edad menos crecida, los tienen por avisados i entendi- 
dos; asimismo, se agradan de que desde niños comiencen a dar 
muestras de valientes bebedores; con sus padres o madres no usan 
algún término de cortesía, ni les hablan en tercera persona, sino 
en segunda, i pronunciando el nombre raso sin algún adjetivo co- 
medido o respetuoso, •. Cuando pequeños sirven poco i de mala 
voluntad, por temor del castigo; pero, cuando grandes, sacuden 
del todo el yugo de la sujeción i atropellan todos los fueros de 
la patria potestad.^j) 

Entre los peruanos existia la práctica de probar el esfuerzo de 
los muchachos haciéndoles subir a carrera por los cerros. «Sin- 
chiruca Inca, refiere un autor, en la visita que hizo de la jente, 
hubo muchísimos mozos de diezisiete a dieziocho años para me- 
ter en el número de los varones i soldados, i los acordaron para 
dar calzones blancos; i así hizo una traza, que corriesen a un ce 

32. Molina, /(/., páj. 22. 

33. Rosales, t. I, páj. 118. 

34. Olivares, Historia de Chile ^ páj. 61. 



CAP. X. — LOS ARAL'CANOS 289 

rro mas alto i lejos, i en la punta del dicho cerro de Giianacauri 
les habia mandado poner varias aves, halcones, tominejos i bui- 
tres, i a mas, vicuñas, zorrillas, culebras i zapos. Estos pájaros i 
las otras cosas ya declaradas las habia mandado poner para que 
aquellos mozos i mancebos alcanzaran i trajeran, solo para cono- 
cer la calidad e lijereza i cobardía, etc., para darles, de las lijere- 
zas, galardones..., i a los cobardes, calzones negros.^^» 
Ercilla refiere a este respecto, que los araucanos 

En lo que usan los niños en teniendo 
Habilidad i fuerza provechosa, 
Es que un trecho seguido han de ir corriendo 
Por una áspera cuesta pedregosa, 
I al puesto i fin del curso revolviendo 
Le dan al vencedor alguna cosa ^ 

Como las cualidades mas sobresalientes en el indio eran las 
<jue se relacionaban con la guerra, los padres sacrificaban sin 
piedad a los hijos que nacian contrahechos, i por eso también, co- 
iho agrega el poeta, 

I desde la niñez al ejercicio 
Los apremian por fuerza, o los incitan, 
I en el bélico estruendo i duro oficio, 
Entrando en mas edad, los ejercitan: 
Si alguno de flaqueza da un indicio 
Del uso militar le inhabilitan, 
I el que sale en las armas señalado 
Conforme a su valor le dan el grado. 

«Los niños, agrega Rosales, se ejercitan en luchar, saltar, cor- 
rer i hacer fuerzas, i lo principal en jugar la lanza i disparar fle- 
chas, i sus juegos son para ese ejercicio... No tienen otro desde 
que nacen, añade Bascuñan, i el del arco i la flecha, en que son 
aún los mas pequeños, bien esperimentados i diestros, porque se 
inclinan todos a estas naturales armas, que son memorables en 
los pasados siglos, pues era la mas común i continuada entre los 

35. Tres relaciones de antis^ilcdades del Perú, páj. 249. 

36. La Araucana^ canto I, 



SI 



290 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

jentiles i entre los del pueblo de Dios.^ <rl lo mas que enseñan 
lofe indios a sus hijos es a ser hechiceros i médicos, que curan por 
arte del diablo, i hablar en público i a aprender el arte de la re- 
tórica para hacer parlamentos i exhortaciones en la guerra i en 
la paz. I para esto tienen sus maestros i su modo de colejios, 
donde los hechiceros los tienen recojidos, i sin ver el sol, en sus 
cuevas i lugares ocultos, donde hablan con el diablo i les ense- 
ñan a hacer cosas aparentes, que admiran a los que las ven, por- 
que en el arte májico ponen todo su cuidado, i su grandeza i 
estimación está en hacer cosas que admiren a los demás, i en eso 
se muestra el que es mas sabio i ha salido mas aprovechado de 
los estudios. El hechicero que los enseña los gradúa a lo último, 
i en público les da a beber sus brevajes, con que entra el demo- 
nio en ellos. I luego les da sus propios ojos i su lengua, sacán- 
dose aparentemente los ojos i cortándose la lengua i sacándoles 
^ ellos los ojos i cortándoles las lenguas.Hace que todos juzguen 
que ha trocado con ellos ojos i lengua, para que con sus ojos 
vean al demonio i con su lengua le hablen, i metiéndoles una 
estaca aguda por el vientre, se la sacan por el espinazo sin que 
manifiesten dolor ni quede señal. I así con estas i otras aparien- 
cias, quedan graduados de hechiceros i ordenados do sacerdotes 
del demonio.*» 

Los cronistas no nos dicen como estaban compuestas las fami- 
lias araucanas, pero podemos deducir sobre el particular un an- 
tecedente de las que en el siglo XVII se trasportaron de la isla 
de la Mocha al continente. Habia en la isla quinientos noventa i 
nueve individuos, repartidos en ciento dieziocho familias, de las 
cuales, la mas numerosa era la de uno de los caciques, de edad 
de cincuenta años, que tenia cuatro mujeres, dos de treinta, i dos 
de cincuenta, cuatro hijos hombres, el mayor de veintidós años, 
casado, i con un hijo; una niña de siete, otra de pecho, i una her- 
mana del cacique. De las familias restantes, habia veintitrés que 
solo constaban de dos personas; dieziocho, de tres; catorce, de 

37. Cautiverio feliZs^Üy(i\. 

38. Historia^ t. I, pájs. 118 i 168. 



CAP. X. — LOS ARAUCANOS 29! 

cuatro; quince, de cinco; diez, de seis; once, de siete; nueve, de 
ocho; cuatro, de nueve; dos, de diez; una, de trece, i otra, de 
quince. 

A nadie que llega a casa de un araucano, es lícito entrar 
sin licencia del amo, i «suele no raras veces que éste salga afue- 
ra a recibir al^huésped, con cortesía ciertamente ingrata, porque, 
comenzando por la salutación, pasa de unas en otras a largas 
arengas, i el pobre huésped ha de aguantar sin mostrar desabri- 
miento, aunque lo ase el sol o traspase el agua, hasta que al 
dueño de la casa se le ofrezca decirle que se acomode, i ordina- 
riamente se le ofrece tarde. 

«Cuando se encuentran no usan otra salutación que muri vía- 
ri^ i los que son incultos estiran la mano abierta para la cara i 
ojos del con quien hablan, como si quisieran sacárselos.^» 

«Siempre que uno visita a otro (i esto es continuo por su ocio- 
sidad) no traban conversación como otra jente, con la alterna- 
tiva de breves cláusulas, sino de razonamientos prolijos. En tan- 
to que el uno está declamando su sermón, está el otro rindiéndo- 
le quietísima atención de sentidos i potencias, porque fuera mu i 
mal caso i de mucha ofensa no hacerlo así; i para dar muestra 
de que escucha dilijentemente, el que oye ha de hacer una de 
dos cosas: o repetir la última voz de cada período en que hace 
pausa el predicador, o decirle, vellcchi^ veinocanas^ viiipiqueimi, 
que quiere decir, así es, bien decis, decis verdad. Luego coje el 
otro la mano para corresponder a una declamación con otra, i 
de este modo gastan comunmente algunas horas, andando, mien- 
tras esto, mui listas las mujeres con los vasos de bebida para dar 
jugo i fecundidad al orador.'*^» 

Los araucanos para protestar que dicen la vedad, particular- 
mente en sus porfías, juran «por mi vida i corazón, por mi padre 
i mi madre,^^» i «por la vista de mis ojos.^*» 

39. Olivares, Historia de Chile^ páj. 44. 

40. /¿/., páj. 4í. 

41. Rosales, Historia y t. I, páj. 146. 

42. O val le, Histórica relación. 



2g2 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

Al huésped que llega, traen cántaros de chicha i suelen matar 
a su recibimiento alguna oveja de la tierra, «que es acción osten- 
tosa i de grande honor entre ellos.» «El que recibe la chicha la 
reparte a los presentes de mayor estimación, para que vaya brin- 
dando a los circunstantes, 5> reservando alguna porción para sf. 
Luego que lo convidan a entrar, le ponen esteras en el suelo pa- 
ra que se siente.**^ 

Ademas de las fiestas consiguientes a la celebración de los 
matrimonios, (que llamaban illu-can)^ i de los entierros {eltun)^ 
los araucanos acostumbraban varias clases de convites i reunio- 
nes: para sembrar, hacian una conocida con el nombre de quine- 
lob] para cercar, malal; para trillar, ñiiin; para hacer casa, ruca- 
tiin; i en jeneral, todas estas reuniones se designaban con la pa- 
labra ^o/////, que es emborracharse.**^ 

«Los caciques i personas principales, espresa Rosales a este 
respecto, ponen su vanidad i grandeza en que las fiestas de su 
casa duren muchos dias, principalmente la última que hacen al 
cubrirla: que para esedia le traen todos sus parientes en sangre, 
i los que están casados con sus hijas, hermanas i parientas, gran 
cantidad de carneros, ovejas de la tierra, aves i caza. I estando la 
jente pronta cerca de la casa, entra toda esta parentela bailando 
al rededor de toda la jente, i como van dando vuelta, van ma- 
tando las ovejas i dejándolas tendidas allí en el suelo, lluego se 
suben en unos bancos o tabladillos altos, que llaman tneliu^ i allí 
prosiguen bailando i cantando; i al cabo de un rato, habla uno i 
le dice al que hace la casa: que allí le han traído aquella poque- 
dad, que la reciba, i en ella sus buenos deseos, que con eso ten- 
drá algo con que pagar a los que trabajan en cubrirle su casa, I 
el agradecido les dice que se sienten, que allí tiene un poco de 
chicha con que servirlos. I las mujeres del que hace la fiesta i 
la casa, ponen las mesas i sirven en ellas, i asimismo todos sus 
parientes destas mujeres, que para que acudan con satisfacción a 

43. Rascuñan, G/////ÍE//?r/b /¡?//>, pájs. 85 ¡ 126. 

44. Pciez García, Historia de Chile^ cap. IX; Carvallo, Historiadores^ t. X, 
pjij. 158. 



CAP. X. — LOS ARAUCANOS 293 

los huéspedes i por hacer lisonja a su cuñado sirven todos i no 
se sientan hasta que se acaba toda la comida i la chicha, que 
dura dos o tres dias. I acabada i que ya se ha cubierto la casa, 
despide aquellos parientes que le trajeron la carne i la chicha. 1 
hace otra fiesta que dura otros tantos dias a los parientes de sus 
mujeres que han estado sirviendo, i les da de comer i beber mui 
despacio para que descansen del trabajo. 

«En todo esto los parientes no trabajan en cubrir el rancho, 
sino otros que no les tocan, i que tocan la paga de los carneros 
i la chicha. I a estos los alquila i cuida de regalarlos uno de los 
parientes, el cual les reparte el trabajo de cubrir, en cuatro cua- 
drillas, señalando a cada una un pedazo de cubierta, i a estas 
cuadrillas llaman culla^ las cuales van a porfía, i la culla que 
acaba primero canta victoria contra las demás, i en una escalera 
levantan en hombros un muchacho tiznado i vestido a lo gracio- 
so, i bailando i cantando le llevan todos dando vueltas a la casa 
i dando vaya a las demás cuadrillas, que picadas se dan tanta 
priesa que no se les ven las manos. I el muchaco o matachin que 
va sobre la escalera les va picando a todos i diciendo gracias i 
haciendo monerías, que sirven a todos de entretenimiento. I 
acabadas las vueltas, sueltan de repente de la escalera al mata- 
chin, i él, conociendo el lance, da un salto con tiempo, i todo es 
fiesta i risa, con que se acaba el entremés. I luego entra la come- 
dia o la comida que se da a los cullas que trabajaron en la casa 
para los cuales son todos los carneros i chicha que trajeron los 
que al principio entraron bailando, i estos hacen otra fiesta que 
dura otros tres o cuatro dias. I a veces acontece que las cuadri- 
llas, con lagaña de ir a beber, se dejan un pedazo de casa por 
cubrir, i para acabar la casa es menester otra fiesta, que no 
puede el dueño acabarla por no caer en nota.**^!) 

«Todos sus regocijos i fiestas públicas, continúa Rosales, se 
enderezan a comer, beber i bailar, juntándose las parentelas, i 
trayendo todos con que hacer la costa, unos la comida i otros la 
bebida. I los toquis jenerales o los caciques mas principales sue- 

45. Historia de Chile^ t. I, páj. 1 50. 



294 LOS ABORIJENES DE CBILE 

len convocar la tierra para estas fiestas, i en unas tienen, demás 
de los bailes, sus entremeses, en que sacan figuras diferentes, i 
en otras truecan los trajes hombres i mujeres. A otras fiestas 
convocan, que llaman gutcha-boqui, en que ponen un árbol en 
medio del cerco i de él pendientes cuatro maromas adornadas 
con lana de diferentes colores, de que están asidos para bailar 
todos los parientes de el que hace la fiesta, que como es el señor 
de la tierra hace reseña de toda la jente noble que hai en ella. I 
la reseña es que solos ellos bailen asidos a la soga de la mano, 
sin que toque a ella otra persona que no sea de la nobleza. I so- ' 
bre el árbol, que siempre es el canelo para todas las fiestas, se 
pone el hijo del cacique o toqui jeneral que hace la fiesta, des- 
nudo de medio cuerpo arriba, i mui adornado de llancas i pie- 
dras, el cual cuenta toda la jente noble i les hace grande razo- 
namiento, desde lo alto, refiriendo las personas principales que 
han muerto de su linaje en aquellos años pasados i dando el pa- 
rabién a los parientes de que estén vivos, para ornamento de su 
patria i estirpe. 

«La grandeza de la fiesta que llaman guichaboque^ se lee en el 
padre Ovalle, consiste en plantar en medio un árbol i pendien- 
tes de él unas maromas de lana de diferentes colores. I las per- 
sonas principales i de casas señaladas en nobleza, bailan asidos 
de las maromas.,. Los caciques al comenzar estas fiestas, exhor- 
tan a la jente moza i liviana que no les agrien la fiesta i se la 
echen a perder, inquietando las mnjeres, hurtando, peleando, 
emborrachándose i vengando pasiones; i que el teatro de sus re- 
presentaciones i bailes no se convierta en teatro de gladiado- 
res.^^» 

«Hacen también los hechiceros sus fiestas públicas, a que con- 
curre toda la tierra, así por bailar, beber i cantar, como por ver 
cosas prodijiosas i maravillas que hacen por arte májico i con 
ayuda de el demonio, que en estas fiestas le atraen con sus invo- 
caciones i se les aparece sobre el ramo de canelo en figura de 
un pajarito. I luego salen de sí todos los hechiceros, porque en- 

46. Histórica relación. 



CAP. X. — LOS ARAUCANOS 295 

tra el demonio en ellos, i dan saltos i carreras, moviéndose de 
unas partes en otras, sin poner los pies en el suelo, bailando so* 
bre el fuego los pies descalzos, tragándose tizones ardiendo, i 
arrojando en el fuego los vestidos, sin recibir en sí ni en los ves- 
tidos lesión ninguna, I de esta suerte hacen otras maravillas 
aparentes, sacándole a uno los ojos, cortándole a otros las nari- 
ces, quitándole a este las llancas que trae colgadas al pecho, al 
otro las orejas, i así de otras burlas i juegos que hacen aparen- 
temente i por arte del diablo, con que tienen abobada la jente i 
suspensa con tales pruebas... 

«La fiesta mas solemne es la que hacen los boquibuyeSj que son 
los sacerdotes del demonio, para dejar su encerramiento i dejar 
el hábito, que para ella no solo convidan a los parientes que les 
traigan chicha i carne, sino a los amigos de mui lejos que no tie- 
nen obligación a estas cargas les obligan a que les traigan ovejas 
de la tierra, que son las mas estimadas, i aunque en otras borra- 
cheras no las suelen matar, sino una o otra por el aprecia que 
de ellas hacen, pero en esta borrachera matan todas las que 
traen los cullas^ que así Uaman a estos amigos. I hai grande fies- 
ta i baile, que dura diez o doce dias. I al ciilla que le trajo la 
oveja de la tierra se lleva después en agradecimiento una grande 
repostería de chicha i el corazón de la oveja cocido en un plato, 
i brindándole con la chicha le da el corazón, i como reliquia i 
comida de grande precio le reparte en pedacitos mui pequeños 
entre todos los parientes... La parte de carne de la oveja de la 
tierra que a cada uno le cabe, la guarda i la lleva a su casa, i ha- 
ciéndola soguitas^ la seca al humo i la guarda como una cosa de 
grande aprecio para regalar algún huésped de importancia i para 
ocasiones de mucho empeño i obligación... ^^i> 

La junta que los indios hacian para bailar se denominaba gcr- 
curehuCj siendo mui, usado en lo antiguo un baile que llamaban 
cunquen}^ 

El cunquerif dice Carvallo que se reducia a que las parejas die- 

47. Rosales, I, pájs. 144 i 145. 

48. Pebres, Arte de la lengua jener al ^ etc. 



296 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

sen pequeños saltos al son de las flautas i tamboriles. En el ñuitij 
diez ó doce parejas se toman de las manos, i formando círculos 
dan vueltas al rededor de un canelo, cantando al son de los tam- 
boriles, <á tanto el tono de la canción, como el baile, afiade el 
autor a que acabamos de referirnos, es en todo igual al que los 
austríacos bailan en Madrid las noches de San Juan i San Pedro, 
i le llaman danza prima.'*''^)) Según Bascuñan, el músico que toca- 
ba el tamboril se ponia en medio de la rueda, «sirviendo de maes- 
tro de capilla, a quien seguían los circunstantes en los altibajos de 
su voz i tonada.^D Los mismos caciques ayudaban también algu- 
nas veces a cantar i daban sus vueltas en el baile con las mozas 
i galanes.'^ 

Es curioso sobre todo oír a González de Nájera referir los de- 
talles de algunos de estos bailes. «Júntanse, pues, dice el prolijo 
capitán, en un ameno i verde campo, cerrado de arboledas, con 
gran provisión de cántaros de sus bebidas, de que llevan carga- 
das sus mujeres, i en el medio del llano plantan un pimpollo o 
árbol nuevo de limpio i derecho tronco, i en la cima mui acopa- 
do de hoja, (el cual árbol llaman de canela, aunque no es de los 
verdaderos que la crian). En lo alto a la redonda de sus ramas, 
ponen las cabezas de los enemigos muertos, cada una en su rama, 
de manera que se ven los rostros desde fuera, las cuales tienen 
adornadas de flores i guirnaldas, i aún les ponen sus mismos zar- 
cillos algunas indias. A la redonda del árbol tienen puesto en cír- 
culo bancos de tablones, que son los puestos de los caciques i ca- 
pitanes, i no digo asiento porque están siempre en pié con la per- 
severancia que diré. De las ramas donde están las cabezas bajan 
unas cuerdas de lana de diferentes colores, que cada una viene a 
tener en la mano un cacique de los que están a la redonda del 
árbol, puestos de pié sobre los bancos, como dije. La demás jen- 
te anda a la redonda de los bancos por un espacio del campo, 
mujeres i hombres todos en hileras, con figuras i disfraces tan va- 

49. Historiadores de Chile^X., X, páj. 158. 

50. Cautiverio feliz ^ páj. 200. 

51. ///., páj. 125. Concuerda cou estos datos la relación de Pérez García, 
Historia de Chite ^ cap. IX. 



*CAP. X. — LOS ARAUCANOS 297 

rios, ridículos i disparatados que no se pueden bien referir...: unos 
andan cubiertos de pieles de fieras con las cabezas boqui-abier- 
tas,^ que caen encima de las suyas mostrando sus grandes dien- 
tes; i otros por la misma manera con pieles de cabrones de de- 
formes cuernos; otros traen puestas capas de cuero, semejantes en 
su hechura a las decoro, cubiertas por defuera, unas de plumas 
amarillas, otras de coloradas, i otras verdes... Posteriormente, en 
lugar de plumas, ponian a otras capas semejantes, espesas hojas de 
breviarios i misales, i otras cartas i otras cédulas de gobernadores 
del reino, según las he visto, cosido todo de manera que hacen 
con los tales papeles una gran volatería... Puestos, finalmente, de 
la manera que he dicho, al estruendo de sus confusos i bárbaros 
instrumentos de tamboriles i cornetas hechas de canillas de pier- 
nas de sus enemigos, que hacen un son mas desconcertado i triste 
que alegre, bailan todos moviéndose a unos mismos tiempos, en- 
cojiendo i levantando los cuerpos al mismo son que tocan, sin 
descomponer los brazos ni levantar los pies del suelo mas de los 
cálcanos; i al mismo son van también tirando los caciques las 
cuerdas de lana desde sus bancos, do están de pié, de manera 
<jue al compás del jeneral movimiento i modo de su común baile, 
hacen también menear o bailar las ramas con las cabezas que es- 
tán en ellas. I lo que es de notar entre todas estas barbaridades 
es, que estando todos en la orden que he dicho, no hai indio, por 
mui turbado que esté del vino, que jamás deje la lanza de la mano, 
i así su piquería hace muestra i forma de un circular escuadrón. 
Entre toda esta jente, que anda como fuera de sí, ocupada en 
aquel su tan agradable baile, anda gran número de mozas i mu- 
chachos con varios vasos llenos de sus vinos, dando de beber por 
todas las hileras a los que bailan... 

«Cantan todos al son que dije, levantando i bajando a un tiempo 
d tono o voces, así como los cuerpos en el baile, cuyo tono (por 
ser de tanta jente junta se oye de mui lejos) no sé si se le llame 
canto o lloro, según la tristeza que infunde a quien le oye. 1 es 



^2. Las mañagnas de que antes hemos hablado. 

33 



298 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

cosa digna de consideración, que por recibir estos indios tanto 
gusto i entretenimiento destos bailes i cantos se les suelen pasar 
dias i noches enteras sin tomar algún reposo. Vánse refrescando 
a menudo con las bebidas que dije, hasta que el cansancio i de- 
masiada embriaguez los va derribando por aquellos suelos ®jd 

Solia organizarse también en los cahuines una especie de bai- 
le deshonesto, llamado hueyclpuntn.^^?ísc\\ñíxn lo pinta en los 
términos siguientes: «Llevaron a Ancanamon todos los principa- 
les caciques al centro del concurso, donde chicos i grandes, hom- 
bres i mujeres, estaban bailando en rueda, i cojiéndole en medio, 
le recibieron con el romance que el dia antecedente cantaron en 
su alabanza; después de esto, salieron diez o doce^ mocetones 
desnudos i en carnes, tiznados con carbón i barro hasta los ros- 
tros... En medio del palenque estaba hincado o clavado un ár- 
bol de canelo mui crecido, i porque no blandease o se hiciese 
pedazos al tiempo que mas necesario fuese, por ser madera vi- 
driosa i delicada, le tenian liado a otros dos árboles gruesos i 
fornidos, de adonde pendían unas maromas gruesas, que sus es- 
tremos llegaban a fijarse en otros postes firmes i robustos que de 
estribos servían a los bancos del baile i al palenque. Estos dan- 
zantes ridículos traian ceñidas a las cinturas unas tripas bien lle- 
nas de lana, i mas de tres o cuatro varas, a modo de cola, col- 
gando, tendidas por el suelo; entraban i salianpor una i otra par- 
te, bailando al son de los tamboriles, dando coladas a las indias, 
chinas i muchachos, que se andaban tras ellos haciéndoles bur- 
las i riyéndose de su desnudez i desvergüenza. Después de haber 
andado de la suerte referida por entre todo el concurso de hom- 
bres i mujeres, subieron por las maromas que a modo de jarcias 
estaban puestas, por las cuales subian a lo alto i volvian a bajar, 
i otras veces se paraban sobre los estribos de los andamios, de 
los cuales pendian las puntas de las maromas, i se ataban en las 
partes vergonzozas un hilo de lana, de adonde los tiraban las 
mujeres i muchachos, bailando los unos i los otros al son de sus 

53. Desengaño de la guerra de Chile ^ pájs. 108 i siguientes. 

54. Cautiverio feliz ^ páj. 102. 



CAP, X. — LOS ARAUCANOS 299 

instrumentos. I esta es la fiesta mas solemne que entre estos bár- 
baros se acostumbra.® i) Carvallo añade que a los mocetones que 
salían desnudos acompañaban otras tantas mozas igualmente las- 
civas i deshonestas, también enteramente desnudas, que toman- 
do cada una uno de los ramales, bailaban al son de los tamboriles; 
«i como al mismo tiempo todos beben, enardecidos con la chi- 
cha, usan torpemente de las mujeres propias i ajenas, a presen- 
cia del perverso i obsceno concurso, i dura esta lasciva bacanal 
basta que apuran toda la bebida que preparan.^D 

El poeta angolino Pedro de Oña describe en las estrofas que 
van en seguida otras especies de bailes araucanos: 

De trecho en trecho en coros se congregan 
El hombre i la mujer interpolados 
I todos por los dedos enlazados 
Cabezas, pies, ni bocas no sosiegan: 
Ya corren, ya se apartan, ya se allegan 
Atrás, hacia adelante i por los lados 
Con un compás ñemático i terrible 
Confuso i ronco son desapacible. 

Suelen bailar también de otra manera, 
I es, que las manos libres i los brazos 
Sacuden unos huecos calabazos 
Do tiene de sus guijas la ribera: 
I al gusto de esta música grosera 
Están los mas haciéndose pedazos 
Sin recibir por ello mas tormento 
Que si este fuera el ófico instrumento. 

^ Otras mujeres solas, en cuadrilla 

Acuden con sus hijuelos dando vueltas 
Todas en bacanal furor envueltas, 
Desnudo el medio pecho i la rodilla.'"^ 

Hablando con mas especialidad del canto, refiere el padre 

55. Cautiverio feliz y páj. 135. 

56. Historiadores de Chile^ t. X, páj. 158. 

57. Atanco domado^ canto 11. 



300 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

Ovalle que «todos a una levantan la voz a un tono a manera de 
canto llano, sin ninguna diferencia de bajos, tiples i contraltos, 
i en acabando la copla, tocan luego'sus flautas i algunas trompe- 
tas;... i luego vuelven a repetir la copla i a tocar sus flautas, i 
suenan éstas tanto, i cantan gritando tan alto, i son tantos los 
que se juntan a estos bailes i fiestas que se hacen sentir a gran 
distancia.^» Parece que de ordinario, sin embargo, había alguno 
mas ejercitado que los demás que iniciaba el canto, siendo des- 
pués seguido por el concurso, conforme a lo que vimos hace po- 
co que apuntaba Bascuñan.'^ 

Don Felipe Gómez de Vidaurre declara que los araucanos 
cctienen muchas canciones afectuosas i que con el tono de las vo- 
ces esprimen bien el dolor o la alegría i los otros afectos del 
ánimo;®*)) a que añade don Jerónimo Pietas que «suelen cantar 
una canción que llaman Piit-m^ ya con llanto, ya con furia;"^» 
siendo de advertir que cuando el tema es lúgubre se prescinde 
de todo instrumento, «porque dicen que el ánimo divertido con 
la armonía, no puede concebir el dolor i afecto compasivo que 
se pretende con los cantos melancólicos.®^!) «No son aficionados 
añade González de Nájera, a la música: cantan todos jeneral- 
mente a un mismo tono, mas triste que alegre i no se aficionan a 
instrumentos de placer, sino a bélicos, funestos i lastimeros que 
resuenan con doloroso i triste clamor.®» 

Mas, contra las aseveraciones anteriores, Frezier declara que 
el canto de los araucanos es tan poco modulado que puede es- 
presarse en solo las tres notas siguientes: 



58. Histórica relación^ 91. 

59. En otra parte de su libro añade este autor: «Cojió un tamboril templado 
uno de los músicos mas diestros, ¡ dando principio al canto, siguieron otros 
muchos la tonada, i dentro de breve tiempo, al son del instrumento ¡ de las vo- 
ces, dando saltos, bailaban a su usanza las indias i muchachas que allí estaban.» 
Ob. cit., páj. 50. 

60. Historia de Chile, M. S., lib. VI. 

6 1 . Informe al Rey, etc, 

02. Gómez de Vidaurre, ob. cit. 

63. Desengaño de la guerra de Chile, páj. 470. 



CAP. X. — LOS ARAUCANOS 



301 




=<^=^ 



2¿ 



^4 



(cLa letra que cantan, añade, carece de ritmo i de cadencia; ni 
tienen otro teína que aquel que se les ocurre en el momento, ya 
contando la historia de sus antepasados, ya hablando de sus fa- 
milias;^» idea en que concuerda el señor Domeyko, cuando dice 
que el canto de nuestros indios «es destemplado i monótono.^"^» 
I realmente es singular que siendo el araucano un idioma tan 
armonioso sea tan pobre la música del pueblo que lo habla. 

Los instrumentos de música de quedisponian los araucanos eran 
el culihun^ especie de tamborcillo que se tocaba con unos palitos 
llamados macahuef" la corneta o caracol, cullcull] la trompeta, 
tutuca] i la nauta, pivi7/caj^ que según parece era de varias espe- 
cies, según los diversos nombres con que se le distingue en el 
idioim, pincuZ/Uj^pitucavoCj o pitucahiie, ((tablilla de muchos agu- 
jeros con que chiflan en sus bebidas, a modo de silvado de ca- 
pador.*®!) «Al presente, dice el señor Domeyko, el único instru- 
mento que conocen es un cañuto que hacen de una planta 
silvestre, i del cual sacan un sonido lúgubre de poca modulación 
i armonía.«^i> 

La lámina 79 representa de siete octavos del tamaño natural 
una especie de flauta que se acerca bastante a la descripción del 
pitucahue. Es de piedra i está provista de tres conductos ahue- 
cados i paralelos, de un diámetro casi igual, pero de largo dis- 
tinto, emitiendo también, una vez que se hace penetrar el aire 



64. Relaiion du voy age de la mer dn Sud, t. I, páj. II 3, Amsterdam, 171 7. 

65. Araucania i sus habitantes^ páj. 64. 

66. Pebres, Arte de la lengua general, etc. 

67. Pérez García, Historia de Chile, 

68. Pebres, ob. cit. 

69. Araucania i sus habitantes, páj. 64. 



i 



302 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

en ellos, sonidos semejantes annqiie de diversa modulación. En un 
lado está provisto de un agujero destinado sin duda a recibir una 
cuerda para colgar el instrumento. Este interesante objeto, pro- 
cedente de la Serena, es en un todo análogo al que ya antes de 
ahora habia dado a conocer don Claudio Gay i que aparece di- 
bujado, con detalles completos, en el Atlas de su obra, a la cual 
remitimos al lector. 

El número 82 representa de tamaño natural un pito de dos 
cavidades, que estaba dotado también de dos agujeros para ser 
colgado, i de líneas trasversales en dos de sus superficies esternas 
i que han servido probablemente para forrarlo con lana u otro 
material. Procede de Valdivia, pero el señor Montt posee otro 
enteramente análogo encontrado en la provincia de Santiago. 

Igualmente de procedencia de Valdivia es el pito dibujado en 
el número 80. Tiene dos agujeros para el efecto de colgarlo, i 
una sola cavidad central que penetra, aunque en dirección algo 
trasversal, hasta la base del instrumento. 

El número 81 es un pito de piedra talcosa, sacado de una se- 
pultura de Vichuquen, en el cual llama la atención el tamaño 
estraordinario de la cavidad central, que, a causa de eso, emite 
un sonido bastante ronco. 

El material empleado en los instrumentos descritos es siempre 
la piedra, i el pulimento, así como la naturaleza misma del trabajo, 
pueden acaso inducirnos con razón en la creencia de que todos 
ellos reconocen un oríjen incásico. Es verdad que no se armoniza 
bien con esta opinión la procedencia de algunos que, como hemos 
dicho, es respecto de dos de ellos, la provincia de Valdivia; pero, 
como veremos al tratar de los resultados de las conquistas de los 
Incas entre nosotros, se encuentran no solo utensilios de piedra 
en las provincias del sur sino también de metal, material que a 
todas luces no podemos atribuir a los descubrimientos indíjenas 
sino a la importación estranjera. 

El señor Gay ha dibujado igualmente en su Aí/asel curioso ob- 
jeto de piedra, procedente de Popeta, que figuramos de tamaño 
natural i de frente en la figura 83 i de perfil en la 84. Según puede 



CAP. X. — ^LOS ARAUCANOS 303 

verse, tiene una forma ovalada, con seis endentaduras en cada 
uno de sus costados. En su diámetro mas ancho está atravesado 
por un conducto, que, hacia el centro, comunica con dos peque- 
ños agujeros escavados, uno frente al otro, hacia los bordes de 
una pequeña circunferencia prominente, labrada en la mitad del 
cuerpo del instrumento. Paralelos a estos agujeros, se ven del 
lado afuera del mismo círculo, otros dos por cada lado, que pe- 
netran hasta el lado opuesto, en tanto que los dos restantes, dis- 
puestos en diagonal, aparecen simplemente indicados sobre cada 
una de las caras. 

En ningún cronista chileno ni en ninguno de los historiadores 
que han escrito de las cosas del Pera, ni tampoco en las obras 
que tratan de la industria de otros pueblos salvajes, hemos podi- 
do encontrar nada que pudiera servirnos de indicación para espli- 
car la aplicación que haya podido tener. Si aceptamos que pro- 
cede de los vasallos de los Incas, debemos reconocer que si hu- 
biese sido un utensilio común en el Perú, Rivero i Tschudi, o 
cualquier otro autor de antigüedades de ese país no habrían de- 
jado de hablar de él; pero ni de esta fuente, lo repetimos, ni del 
lugar i condiciones en que fué hallado, que desconocemos por 
completo, puede inferirse de modo alguno el uso a que estuviera 
destinado. No puede tampoco invocarse el espediente a que de 
ordinario suele ocurrirse para esplicar dificultades de este j enero, 
diciendo que pudo ser un simple juguete, porque no se habría sin 
duda empleado en él la gran suma de trabajo que debió deman- 
dar, dados los instrumentos sumamente imperfectos con que se 
contaba en aquella época para producir obras de esta naturaleza. 
Es indudable, por lo tanto, que acusa alguna aplicación de cierta 
importancia i que ella debió ser tan especial respecto de las exi- 
jenciasde aquella remota civilización, que nuestros artefactos de 
hoi no nos suministran idea alguna que pueda esplicar por anal ojia 
el uso que se hiciera del instrumento. 

El anillo prominente que se nota, especialmente cuando se le 
ve de perfil, puede indicar que estaba destinado a colocarse en 
la estremidad de un palo, al cual podría asegurarse por medio de 



304 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

cuerdas que pasasen por los agujeros que se ven del lado afuera 
del anillo; pero, así dispuesto, ¿a qué conducían los dos agujeri- 
tos que comunican el centro del anillo con la horadación central? 
Las endentaduras que se ven en los bordes pueden quizás dar a 
entender que han podido servir para alisar hilos de corteza de 
árboles o para adelgazar tendones de animales, en cuyo caso el 
agujero central habria estado destinado para los mas gruesos 
i resistentes. Suponiendo que el instrumento en jeneral hubiese 
sido una especie de aparato para hilar, esas endentaduras o ra- 
nuras servirían para envolver el hilo; la horadación central ver- 
tical para recibir el huso, i los pequeños agujeros para que por 
ellos pasase el hilo que habia de torcerse; mas, es necesario con- 
fesar que ninguna de estas hipótesis se armoniza medianamente 
con todos los detalles del instrumento. 

En cuanto a los versos de los araucanos, «la poesía, dice Oli- 
vares, si no tiene entre ellos, aquellos conceptos altos, alusiones 
eruditas i locuciones figuradas que se ven en obras poéticas de 
las naciones sabias, por lo menos es dulce i numerosa, no habien- 
do cosa que reprender en la cadencia i numerosidad de sus me- 
tros.'^» Los indios hacian que desde chicos aprendiesen de me- 
moria sus hijos, «ciertos versos que les tienen compuestos de 
todas las ofensas que han recibido de sus enemigos, haciéndoles 
que los canten para que en todo tiempo les provoquen a la ven- 
ganza.'^!) Según se desprende de algunos pasajes de los cronistas, 
entre los araucanos habia poetas de oficio que recibían de los 
caciques por los romances que componían para sus fiestas, por 
cada uno, diez botijas de chicha i un carnero.^ «Llamaban gen- 
pin^ dice Pebres, a los compositores de sus cantares, como si 
fueran los dueños del decir."^!) 

Pero mucho mas celebrados que los poetas eran los oradores. 
Los indios adiestraban desde niños a sus hijos en el ejercicio de 



70. Historia de Chile ^ páj. 42. 

71. González de Nájera, Desengaño de la guerra^ etc., páj. 120. 

72. Rosales, Historia^ 1. 1, páj. 142. 

73. Arte de la lengua general^ etc. 



CAP, X. — LOS ARAUCANOS 305 

la palabra, «porque saben la mucha cuenta que se hace entre 
ellos de quien habla bien, i que lo contrario es exacción que se 
opone para que alguno no suceda en algún bastón, aunque le 
venga por sangre. Estos razonamientos, continúa Olivares, cuyas 
son las palabras precedentes, pronuncian en los congresos parti- 
culares en tono moderado; mas, en las juntas grandes para 
asentar paces o persuadirlas, que llaman en su idioma humea 
coyan^ o para publicar guerra, que llaman auca coyan^ dicen sus 
oraciones con tal vigor que parece que hablan con truenos i que 
sus operaciones son borrascas deshechas... Lcomo el orador mo- 
vido se halla a mano las fórmulas mas vivas i eficaces de imprimir 
su afecto en los otros, es indecible cuan bien usan éstos indios 
bárbaros de aquellas figuras de sentencias que encienden en los 
ánimos de los oyentes los afectos de la ira, indignación i furor que 
arden en el ánimo del orador, i a veces, los de lástima, compa- 
sión i misericordia, usando de vivísimas prosopopeyas, hipótesis, 
reticencias irónicas, i de aquellas interrogaciones retóricas, que 
sirven, no para preguntar, sino para reprender i argüir... ''^j) 

Un juego en que también los ejercitan desde niños^^ es el del 
palüij llamado chueca por los chilenos, pina en Valladolid i gu- 
rria en Madrid,'^* que es el mas célebre entre ellos. «Es un ejer- 
cicio en que dos bandas opuestas procuran llevar una bola de 
madera {palt)'" a sus rayas, con un instrumento de caña bas- 
tante sólido, encorvada i gruesa en la punta, largo como de cin- 
co palmos (uñó). La área, para que elijen un plan mui lim- 
pio e igual, la señalan con ramas verdes, dándole de largo como 
trescientas varas i de ancho como la cuarta parte; los indios, co- 
mo en número de treinta,"'^® para que no estorbe la multitud i 
lidiar con desembarazo, se ponen en dos cuadrillas contrarias, 
en frente una de otra, correspondiéndole a cada uno su opositor 

74. Historia de Chile ^ páj. 41. 

75. Rosales, Historia^ I, 118, 169. 

76. Carvallo, Historiadores^ t. X, páj. 158. 

77. Pérez García, Historia^ I, cap. IX. 

78. Ovalle asegura que suelen juntarse basta cincuenta por banda, Histórica 
relación^ páj. 58. 

Ü9 



306 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

señalado: la bola se pone en medio de un hoyo, i dos contrarios 
la sacan con sos chuecas, esforzándose cada uno a hurtársela al 
otro; cuando salió la bola la siguen d¡lijentísimos,'unos para lle- 
vársela i otros a detenerla, i aquí es de ver como ya lidian dos^ 
ya muchos, ya todos haciendo pruebas de destreza i pulso en el 
manejo de la chueca, de fortaleza en la lucha i de velocidad en 
la carrera, el que da un golpe famoso u atina con la bola en el 
aire para aumentarle el impulso que lleva, o darle otro contra- 
rio,.., i se nombra en alto grito con estaso semejantes voces: 
inche cai longo thegUa^ inche cai paqui namun^ inche caí anca ti- 
giiCy que quiere decir ayo soi la cabeza de perro, yo soi pierna 
de león, yo soi el cuerpo de roble.» Este juego mirado de lejos, 
da la mas viva especie de una ardiente batalla, porque, en efec- 
to, es su mas propia imitación, no faltando aún los golpes i la 
sangre, i en tales ensayos se aperciben de fuerza, ajilidad e in- 
dustria para las veras, etc.'*!) 

El juego dura de ordinario una tarde pero a veces se prolon- 
ga por varios dias consecutivos. Se elije para él un juez, que 
llaman ranmevoe^ encargado de decidir la contienda i de conser- 
var en depósito el tanto que se apuesta, «pues nunca juegan al 
crédito por la desconfianza que tienen unos de otros.» Para an- 
dar mas lijero, los indios se presentan al palenque con asoló una 
pampanilla o un paño que cubre la indecencia, i aunque no tan 
desnudas suelen jugar las mujeres a este juego, a que concurren 
todos por verlas jugar i correr.» Según agrega el mismo Rosales, 
para ganar, los indios se entregaban a una porción de supersti- 
ciones, i después de concluido el juego, a una gran borrachera, 
en que solian concertarse los asuntos relativos a la guerra.*^ 

Esta entretención indíjena llegó a hacerse sumamente popular 
en los campos, pernoctando la jente para verla en lugares apar- 
tados i despoblados, por lo cual el obispo Alday, en 1763, repitió 
las prohibiciones de una sínodo anterior, bajo pena de escomu- 



79. Olivares, ob. c¡t, páj. 43. 

80. Rosales, ob. cit. I, páj. 170. 



CAP. X. — LOS ARAUCANOS 307 

nion mayor, siempre que se verificase en dia de fiesta i lejos del 
sitio de la parroquia.®^ 

«Otro juego tienen los muchachos que llaman pillma^ i es 
también para ejercitarse en la lijereza i habilitarse para la guer- 
ra.» «Lo juegan desnudos, solo con calzones, tirando la pillma o 
pelota de paja por debajo del muslo,®^» ai cada uno porque no le 
den, tuerce con lijereza el cuerpo, o salta, o se tiende en el sue- 
lo, i luego se vuelve a levantar con lijereza.*^» Bascuñan refiere 
con motivo de esta diversión lo que sigue: «agregáronse a noso- 
tros algunos mas muchachos de buen gusto i humor alegre, que 
estaban ejercitándose en el juego de la pelota a su usanza, que 
es de grande entretenimiento i deleitable a la vista; porque es 
una contienda que tienen unos con otros con dos pelotas, una de 
la banda de los unos i otra de los otros, i ellos desnudos en cue- 
ros, solo con unos punuSj que son unas mantichuelas que les cu- 
bren las delanteras, tirándose las pelotas al cuerpo, enseñándose 
a librar de ellas, porque al que tocan con ella tanta veces como 
tienen señalado, que son como tantos o rayas, pierde lo que se 
juega o pone. I están algunos tan diestros en huir el cuerpo al 
golpe que les tiran, que es rara la vez que topan con ella, estan- 
do los unos de los otros tan cerca que no distan cuatro pasos; 
pero es verdad que no la pueden tirar sin hacer primero de la 
mano pala, suspendiendo la pelota en el aire.®*» 

«El quechuncague o quechucan se juega con una planchita de 
piedra de la figura triangular que llaman los jeómetras isóselas: 
en los dos lados mas largos del triángulo están pintados unos 
puntos que son por todo cinco, tres a un lado i dos a otro, i por 
eso se llama este juego quechu que en el idoma indio significa 
dicho número: en una de las dos superficies hai un punto, en la 
otra nada, i así arrojando este triángulo regularmente cae algún 

81. Synodo diocesana del Obispado de Santiago de Chih^ t¡t. XII, const. VIIÍ, 

82. Pebres, Arte de la lengua general^ etc. Olivares espresa que la pelota 
era de una madera esponjosa como el corcho (Historia de Qhile^ páj. 43) i Bas- 
cuñan que era hueca, llena de viento. 

83. Rosales, lug. cit. 

84. Cautiverio feliz y ^k]. di. 



308 LOS ABORÍJENES Vt. 



V^«.- 



punto grande o pequeño. Según el punto que cae van mudando 
los tantos al modo de la oca, i al mudarlos contando los puntos 
si cae el tanto del uno donde tenia el tanto del otro, se lo come^ 
i de este modo se van haciendo uno a otro su guerrilla al modo 
del aljedrez, i el que consumió antes sus tantos es el que pier- 
de^^» 

«Otro juego tienen que llaman uyes, que es como los dados a 
quien mas puntos eclia.^» <tUna manta tienden en el suelo: en- 
tran al juego cuantos quieren, la suerte es el número par, i el azar 
el número impar, habiendo, como en los dados, en la suerte i 
azar, sus diversos grados de pérdida i ganancia: el que tira llama 
la suerte, como que fuera persona, de varias deprecaciones afec- 
tuosas, diciéndole, /¿amuenj llamuen^ llamuetiy cupa^ cupay cupa^ 
i quiere decir «hermanita, hermanita, hermanita, ven acá, ven acá, 
ven acá:» i así la invocan con otros nombres cariñosos. Después 
de echada la suerte suelen nombrarla con voces burlescas, i di- 
cen, ciipaiy papa chegual, quiere decir, «llegó mi abuelita la perra 
vieja.D El que una vez echó suerte prosigue tirando hasta que 
eche azar, que entonces entrega los Iligues (que son doce medias 
habas, la mitad negras, i la otra mitad blancas)^ al que está a ma- 
no derecha. Lo que ponen de apuesta llaman van, i nunca arries- 
gan mucho animosamente a un tiro, sino que son rateros en su 
modo de jugar, i para ganar cualquiera cosa se pasan algunas ho- 
ras.*» 

Usaban, ademas, los araucanos el juego del milano, que lla- 
maban cuíutugn-^ el de las escondidas, maumtllanf^ el de la ga- 
llina ciega, peucutitH] el guruncuran, «salta tú i dámela tú»; el 
choqueperiy «juego de dar valla i darla;» el rullican, i el lleghcan^ 

85. Olivares, liig. cit. Parece que ademas de la planchita de que se trata, se 
empleaba también en este juego una especie de arco llamado chügudhue, por 
donde dejaban caer las habas. Pebres, Arte de la lengua general. Véase el di- 
bujo que sobre el particular ha dado el padre Ovalle en su Histórica relación. 

86. Rosales, lug. cit. 

87. Carvallo, ob. i lug. cits., páj. 158. 

88. Olivares, lug. cit. 

89. Pebres i Gómez de Vidaurre, Historia^ M. S. 

90. Pérez García, Historia de Chile, M. S.; Pebres, ob. cit. 



CAP. X. — LOS ARAUCANOS 3O9 

que se jugaban con porotos; elpura, o juego del ocho; el delca- 
hue, con ciertos atados de palitos; q\ pigitiam, i ے pigcoytii^ mas 
usado por los niños.^^ Según algunos autores, los indíjenas cono- 
cían también el ajedrez, (con el nombre de comican)] pero este 
aserto nos parece infundado.^ 

Mas, a pesar de todo, puede asegurarse que nuestros indíjenas 
se dividían los dias entre el ocio i la embriaguez. Con tal que ar- 
diese el fuego dentro del rancho i se hubiese provisto a la sub- 
sistencia del momento, nada seria capaz de despertar al indio de 
su habitual apatía, nada, a escepcíon de la chicha «que es la ale- 
gría de todos sus convites í fiestas i su usual bebida, habiendo in- 
dios que jamás beben agua sino chicha en sus casas, i si falta es 
un gran pleito con las mujeres, en que suele haber palos;^jí) i co- 
mo las borracheras duraban dias i noches, «hasta caer todos sin 
sentido, en tales tiempos, ni reservan madre, ni hija, ni hermana, 
pues sin distinción usan de cuantos incestos apetecen^... d Solo 
los infelices pobladores^del sur de Chiloé estaban exentos del 
vicio de la embriaguez, pero era porque sus miserables medios de 
existencia no alcanzaban a proporcionarles el lujo de una bebida 
adecuda. En las tales fiestas se orijinaban las pendencias i muchas 
veces el homicidio; «i sobre los muertos, los adulterios, sobre 
los hechizos i las muertes pasadas toman las lanzas i se acometen 
tan furiosos como desatentados, i allí se matan unos a otros, i en 
acabándose el furor de la bebida, no se acuerdan mas de lo que 
pasó.*^» 

«Cuando pelean dos solos en las borracheras, o en los juegos 
es cosa graciosa el verlos, porque si el uno comienza a dar al 
otro de puñadas, se está quedo sin resistirle ni repararlas, ni cu- 
brir el rostro, antes le está diciendo: dame, dame mas. I en can- 
sándose el otro de darle, le dice: «¿tienes mas que darme? míralo 

91. Pebres, Arte de la lengua general^ etc. 

92. Molina, Compendio de la Historia civil^ páj. 124; Gómez de Vidaurre, 
Historia de Chile. 

93. Rosales, t. I, páj. 155. 

94. González de Nájera, Desengaño de la guerra^ etc.^ páj. 445. 

95. Rosales, I, páj. J33. 



3IO LOS ABORÍJENES DE CHILE 

bien, dame mas.D I sí dice que no tiene mas que darle, se escupe 
las manos el que ha recibido i se las refriega mui bien, i luego le 
da de puñetes hasta que se harta i le llena las medidas, sin que 
el otro se defienda, ni le huya el rostro, ni se queje por mas que 
le de.^jD 

Cuando de estas pendencias se orijina una muerte, los caci- 
ques determinan quien tuvo la culpa, i tasan las pagas que se 
han de dar para satisfacer a los parientes del difunto. Cada sarta 
de llancas es una paga, {cüdehué) i diez pagas satisfacen una 
muerte. «I si el matador no las tiene se las han de dar forzosa- 
mente sus parientes para salir de aquel empeño, por ser causa 
de toda la parentela i uso entre ellos que lo que no puede uno 
pagar se lo ayuden a pagar los parientes.^» Si el reo no quiere 
pagar, no hai poder que le obligue a ello, pero entonces los ofen- 
didos se hacen justicia por sí mismos en la primera ocasión. El 
rudimentario derecho concedido a los caciques para la adminis- 
tración de la justicia, solia, sin embargo, estenderse a enviar re- 
quisitorias al de la parcialidad donde tuvo lugar el suceso, pi- 
diendo la satisfacción de los agravios o el entero de las pagas 
decretadas, i no siendo acatados llega entonces el momento de 
tomar las armas. 

La pena en todo caso se ejecuta sin citar al reo ni oir sus 
descargos, sino que condenándole en virtud de alguna delación, 
o por alguna mala fama, una vez que les parece constar el delito, 
junta el ofendido su parcialidad i con ella van a casa del malhe- 
chor; i si éste es pobre, suelen ajusticiarlo, ya sea echándole un 
lazo al cuello, ya dándole un porrazo en la cabeza,* o de cual- 
quiera otra manera. Si el culpable resultaba ser mujer se le con- 
denaba a la esclavitud.^ 

El padre tenia derecho de vida i muerte sobre el hijo, i cuando 
éste, a su vez, solia matar al padre no se le castigaba porque decian 
que derramaba su propia sangre, i si el marido mata a su mujer 

96. Rosales, I, 134. 

97. Id., id. 

98. Gómez de Vidaurre, Historia de ChilCy M. S. 

99. Carvallo, Historiador es^ t. X, páj. 141. 



CAP. X, — LOS ARAUCANOS 3II 

queda también impune porque puede disponer a su arbitrio de 
lo que compró.^^ Como consecuencia de este principio, el adul- 
terio se castigaba al antojo del marido, pero, como hemos dicho, 
a pesar de que eran por estremo celosos,^^^ preferian siempre o 
recibir pago del ofensor o deshacerse de la mujer vendiéndola a 
algún interesado. 

Otro delito que se castigaba en Arauco era el hurto, pero po- 
co se roban, dice Nájera, unos a otros lo que tienen, «porque 
ausentándose de sus pajizas casas, quedan mui seguras con solo 
tapar la puerta con un ramo.^^^D Para el efecto de la restitución, 
se reunian los parientes como en 'Jos casos de homicidio, i qui- 
taban entonces al hechor tres o cuatro veces tanto del valor de 
lo hurtado, teniendo por mas duro, en fuerza de su avaricia, la 
pena ejecutada en los haberes que en las personas. «A los que 
no tienen tanto número de jente que les dé esperanza de quedar 
superiores en las rehurtas, arrebatan sin temor; i si el que pade- 
ció el daño intenta restituirse por fuerza (que otro modo no hai) 
esto sirve al agresor para pretesto de proseguir en los latroci- 
nios, que en su lengua llaman malocas. Estas, aún en caso que 
en tiempo de hacerlas unos salen otros a resistir, no se hacen 
con muertes ni efusión de sangre, sino que el partido que se ve 
inferior, cede al otro la presa, reservando entre tanto para mejor 
ocasión la venganza...^"» 

En los pleitos civiles se seguia un procedimiento enteramente 
semejante, dando en todo caso lugar a la indemnización de per- 
juicios i a las costas personales causadas en la ejecucion.^^ Con- 
viene notar a este respecto que el derecho de propiedad privada 
estaba entre ellos bien deslindado: el pehuenche era propietario 
esclusivo del pinar de que en un principio se habia adueñado,^^ 
i el indio llanista del campo que cultivaba.^ 



106 



100. Olivares, Historia de Chihy pájs. 45 ¡ 59, 

lOi. González de Nájera, páj. i 00. 

102. Id., id. 

J03. Olivares, Historia de Chihy páj. 60. 

J04. Carvallo, lug. cit. 

105. Pietas, Informe al Rey y etc. 

106. Molina, Compendio de la historia civil ^ páj. 20. 



312 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

Por lo demás, sus conocimientos científicos eran, como se su- 
pondrá, bastante limitados. En astronomía, llamaban, en jeneral, 
gau^ a las estrellas, distinguiendo los tres Navios, con el nom- 
bre de culapaly a la cruz del sur, con el de melipal; decían 
huechupaly por Orion; i riipu-epeun por la vía láctea; hunelvoe 
por el lucero de la mañana; pero pocas mas distinguen, espresa 
el jesuíta Febres.Tenian la \ oz pirapilin para indicar que se La- 
bia subido la helada ;^^ i, como dice Oña, 

Ignorando las causas naturales 
De eclipses sobre todo mas se admiran: 
Dellos conciben bienes, dellos males, 
Juzgando advenedizos casos varios 
Con mas temeridad que judiciarios.^* 

Parece que sabían también distinguir los cometas.^®^ 
Tienen nombres para designar los cuatro vientos principales, 
pues al norte dicen //b//;/; al sur, hiiilli\ al oQste^ gullche^ i al éste 
puel^ cuya traducción significa enfadoso. 

El día lo cuentan de sol a sol, i así al dia como al sol llaman 
antií^ í a la noche pun. No dividen el dia i la noche por horas, 
pero tienen «un cómputo especial para el primero; por ejemplo, 
malcn significa de ocho a diez del dia, i vuta-malen^ de diez a 
doce, í así sucesivamente.^^^D «Sírveles de reloj, añade sobre el 
particular González de Nájera, el arco o cóncavo del cíelo, por 
la parte que camina el sol de levante a poniente, porque pregun- 
tándoles a que hora sucedió tal cosa, etc., para decir al amane- 
cer, señalan con el dedo a donde sale el sol; i sí es mas tarde, 
señalan mas alto, como quien dice cuando el sol estaba allí, hasta 
poner el dedo derecho para decir a mediodía; í sí dicen de algu- 
na hora de la tarde, señalan de la misma manera los lugares por 
donde suele ir descendiendo el sol hasta el ocaso donde se pone; 
i de tal manera, casi sin hacer error notable, se entiende la hora 

107. Rascuñan. Cautiverio feliz^ páj. 102. 

108. Arauco domado^ canto II. 

109. Caivalk>, Historiadores^ t. X, páj. 164. 
no, Pcrcz García, Historia de Chile. 



CAP. X. — LOS ARAUCANOS 313 

que quieren dec¡r/*b Otro modo de suplir la división del tiempo 
es el que apunta el padre Febres, pues careciendo de nombres 
propios de tiempo i horas, se valen de un rodeo diciendo: ¿cuán- 
to hace, verbigracia, que murió tu padre?^^^ Las horas de la noche 
las numeran por las estrellas.^^^ 

«El año de los araucanos {thipantií) comienza i acaba en fin 
de diciembre: cuando en este solsticio llega el sol acierto monte, 
que tienen demarcado, i parte a hacer su revolución, les causa 
grande admiración el que no pase de allí, atribuyéndolo a terror. 
Por esta regla pasan a dividirlo en dos mitades, i las cuentan por 
San Juan, i en cuatro estaciones, que las espresan con nombres 
propios. Siguen haciendo su división por meses i semanas, aque • 
líos por lunación entera, i éstas por las fases de la luna {cUyc)í)}^^y> 

<tEn los negocios civiles cuentan indiferentemente, ya por dias, 
ya por noches o por auroras; de manera que lo mismo quiere 
decir faltan tres noches, o tres auroras, que tres dias.^^^» 

(cLas medidas lineales son ralti^ el palmo; diiche^ el jeme; na- 
mun^ el pié; thecan^ el paso; neven^ el codo, itupn^ la legua, que 
equivale a cinco de las nuestras. ^^* Otras medidas mayores no tie- 
nen determinada dimensión i las sujetan a cálculos prudentes, jor- 
nadas, medias jornadas, etc.*^^» 

Ya que hemos dado a conocer al araucano, el territorio que ha- 
bita, sus pueblos, sus casas, sus artes en la guerra i en la paz, su 
agricultura, su industria, su vida de familia, etc., como conclusión 
es necesario consagrar dos palabras a la pintura de su carác- 
ter. Los cronistas españoles han pecado de injustos a este res- 
pecto: los que por su profesión lidiaron con ellos en los encuen- 
tros innumerables de la guerra de Arauco, salvo el valor que to- 
dos a una voz les atribuyen, pocos son los que les han reconocido 
cualidades hermosas; los que por su oficio estuvieron destinados 

111. Desengaño de la guerra de Chile ^ páj. 10 1 . 

112. Arie de la lengua general, 

113. Carvallo, Historiadores^ t. X, páj. 164. 

1 14. Id., id.^ 163. 

115. Molina, Compendio de la historia civil ^ páj. 96. 

116. Febres, ob. cit. 

117. Carvallo i Molina, obs. cits. 

40 



314 LOS ABORIJENES DE CHILE 

a predicarles i convertirlos a la fe católica, vista la inutilidad de 
sus esfuerzos, los declararon infestados con todas las artes del 
demonio. I a pesar de todo, los poetas que se dedicaron a cele- 
brar los triunfos españoles i los principales caudillos en la con- 
quista del país, por un curioso miraje, hicieron recaer sobre los 
indíjenas todo el encanto de los versos de sus epopeyas. Domi- 
na, pues, en este orden una contradicción, por lo demás, perfec- 
tamente esplicable. 

<(Son los indios, decia Nájera, naturalmente melancólicos i ta- 
citurnos, por lo cual hablan poquísimo...; ríense mui de raro i 
cuando lo hacen es las mas veces de falso. Tiénese a maravilla 
que haya alguno preguntador de las muchas cosas que ignoran... 
Parece que nunca entra en ellos contento^^^D... A lo que don 
Francisco Nuñez de Pineda ailade que, fuera del valor, la viveza 
en el entendimiento, la agudeza en el pensar i fácilmente com- 
prender lo que oyen i lo que ven hacer, se muestran agradecidos a 
los beneficios i agazajos que reciben ;^^^ «sin que haya en el murtdo 
nación que tanto estime i ame el suelo donde nace que esta de 
Chile.^^jD 

¡Cuántos de estos rasgos no podrían aún reconocerse en nues- 
tro pueblo! Desde ese amor patrio, que tanto distingue al chile- 
no; desde sus preocupaciones hasta ciertas voces del lenguaje; 
desde sus guisos hasta sus ranchos; desde sus vicios hasta sus 
nobles cualidades; desde su fisonomía hasta su traje: todo lo en- 
contramos todavía visible en el modo de ser de nuestro roto. En 
poco tiempo mas desaparecerá de nuestro mapa Arauco inde- 
pendiente, pero la nación lejendaria que durante siglos se ha 
mantenido indómita contra la superioridad de la raza europea, 
subsistirá siempre por su influencia, sus recuerdos i su herencia 
en el suelo de sus antepasados. 



118. Desengaño de la guerra de Chile, páj. 470. 

119. Cautiverio feliz, páj. 123. 

120. /f/., páj. 76. 



CAPITULO XI. 



LA CONQUISTA INCÁSICA. 

Precauciones tomadas por los Incas en la conquista. — Llegan hasta el valle de 
Chili. — Prosecusion de la guerra. — Vacíos que S3 notan en la relación de 
Garcilaso. — ¿Quién fué el primer Inca que emprendió la conquista de Chile? 
— Opiniones de varios autores. — Id. del [)adre Oliva. — Recuerdos de los indios 
chilenos acerca de la conquista peruana. — D. Pedro de Peralta Barnuevo i 
su Lima fundada, — Pérez García i Córdova i Figueroa. — Relación de Rosa- 
les. — Id. del capitán Olaverría. — Dificultades que ofrecen los historiadores 
del Perú. — Camino que siguieron los Jucas. — Hasta donde llegaron en Chi- 
le. — Porqué abandonaron el país. — Duración de la do:ninacion peruana. 

(íEl principal intento i blasón de los Incas, dice Garcilaso, era / 
reducir nuevas jentes a su imperio i a sus costumbres i leyes, i )>\ l^'' 
como entonces se hallasen ya poderosos, no podian estar ociosos 
sin hacer nuevas conquistas, que les era forzoso, así para ocupar 
los vasallos en aumento de su corona como para ganar sus ren- 
tas. •• 

...«Pues como el rei Inca Yupanqui se viese amado i obede- 
cido i tan poderoso de jente i hacienda acordó emprender una 
gran empresa, que fué la conquista del reino d:í Chili. Para lo cual, 
habiéndolo consultado con los de su consejo, mandó prevenir las 
cosas necesarias. I dejando en su corte los ministros acostum- 
brados para el gobierno i administración de justicia, fué hasta 
Atacama, que hacia Chile es la última provincia que h:ibi:i pobla- 
da i sujeta a su imperio, para dar calor de mas cerca a la con- 
quista, porque de allí adelante hai un gran despoblado... 

«Desde Atacama envió el Inca corredores i espías que fuesen 



^■^ 



C 



3l6 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

por aquel despoblado i descubriesen paso para Chili i notasen 
las dificultades del camino para llevarlas prevenidas. Los descu- 
bridores fueron incas, porque las cosas de tanta importancia no 
las fiaban aquellos reyes, sino a los de su linaje, a los cuales die- 
ron indios de los de Atacama i de los de Tucma,... para que los 
guiasen i dos a dos leguas fuesen i viniesen con los avisos de lo 
que descubriesen, porque era así menester para que les proveye- 
sen de lo necesario. Con esta prevención fueron los descubrido- 
res, i en su camino pasaron grandes trabajos i dificultades por 
aquellos desiertos, dejando señales por donde pasaban para no 
perder el camino cuando volviesen. I también porque los que 
los siguiesen, supiesen por donde iban. Así fueron yendo i vi- 
niendo como hormigas, trayendo relación de lo descubierto i 
llevando bastimento, que era lo que mas habian menester. Con 
esta dilijencia i trabajo horadaron ochenta leguas de despobla- 
do, que hai desde Atacama a Copayapu, que es una provincia 
pequeña, aunque bien poblada, rodeada de largos i anchos de- 
siertos; porque para pasar adelante hasta Cuquinipu, hai otras 
ochenta leguas de despoblado. 

«Habiendo llegado los descubridores a Copayapu i alcanzado 
la noticia que pudieron haber de la provincia por vista de ojos, 
volvieron con toda dilijencia a dar cuenta al Inca de lo que ha- 
bian visto. Conforme a la relación mandó el Inca apercibir diez 
mil hombres de guerra, los cuales envió por la orden acostum- 
brada, con un jeneral llamado Sinchiruca i dos maeses de campo 
de su linaje, que no saben los indios decir como se llamaban. 
Mandó que les llevasen mucho bastimento en los carneros de 
carga, los cuales también sirviesen de bastimento, en lugar de 
carneaje; porque es mui buena carne de comer. 

«Luego que Inca Yupanqui hubo despachado los diez mil 
hombres de guerra mandó apercibir otros tantos, i por la misma 
orden los envió en pos de los primeros para que a los amigos 
fuesen de socorro i a los enemigos de terror i asombro. Los pri- 
meros habiendo llegado cerca de Copayapu enviaron mensajeros, 
según la antigua costumbre de los Incas, diciendo se rindiesen i 



CAP, XI. — LA CONQUISTA INCÁSICA 317 

sujetasen al hijo del sol, que iba a darles nueva relijion, nuevas 
leyes i costumbres, en que viviesen como hombres i no como 
brutos. Donde no, que se apercibiesen a las armas, porque por 
fuerza, o de grado, habían de obedecer al Inca, señor de las cua- 
tro partes del mundo. Los de Copayapu se alteraron con el men- 
saje, i tomaron las armas i se pusieron a resistir la entrada de su 
tierra: donde hubo algunos recuentros de escaramuzas i peleas 
lijeras, porque los unos i los otros andaban rentando las fuerzas 
i el ánimo ajeno. I los Incas, en cumplimiento de lo que su rei 
les habia mandado, no querian romper la guerra a fuego i a sangre 
sino contemporizar con los enemigos a que se rindiesen por bien. 
Los cuales estaban perplejos en defenderse: por una parte los 
atemorizaba la deidad del hijo del sol, pareciéndoles que habian 
de caer en alguna gran maldición suya si no recibían por señor a 
su hijo. Por otra parte los animaba el deseo de mantener su li- 
bertad antigua i el amor de sus dioses, que no quisieran noveda- 
des sino vivir como sus pasados... 

...<tEn estas confusiones los halló el segundo ejército que iba 
en socorro del primero, con cuya vista se rindieron los de Copa- 
yapu, paresciéndoles que no podrian resistir a tanta jente, i así 
capitularon con los Incas lo mejor que supieron, las cosas que 
habian de rescebir i dejar en su idolatría. De todo lo cual dieron 
aviso al Inca, el cual holgó mucho de tener camino abierto i tan 
buen principio hecho en la conquista de Chile: que por ser un 
reino tan grande i tan apartado de su imperio, temia el Inca el 
poderlo sujetar. I así estimó en mucho que la provincia Copaya- 
pu quedase por suya por vía de paz i concierto i no de guerra i 
sangre. I siguiendo su buena fortuna, habiéndose informado de 
la disposición de aquel reino, mandó apercibir luego otros diez 
mil hombres de guerra, i proveídos de todo lo necesario, los en- 
vió en socorro de los ejércitos pasados, mandándoles que pasa- 
sen adelante en la conquista i con toda dilijencia pidiesen lo que 
hubiesen menester. Los Incas, con el nuevo socorro i mandato 
de su rei, pasaron adelante otras ochenta leguas, i después de 
haber vencido muchos trabajos en aquel largo camino, llegaron 



318 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

a Otro valle o provincia que llaman Cuquimpu, la cual sujetaron. 
I no sabemos decir si tuvieron batallas o recuentros, porque los 
indios del Perú, por haber sido la conquista en reino estrafio i 
tan lejos de los suyos, no saben en particular los trances que pa- 
saron, mas de que sujetaron los Incas aquel valle de Cuquimpu. 
De allí pasaron adelante conquistando todas las naciones que hai 
hasta el valle de Chili, del cual toma nombre todo el reino lla- 
mado Chili. En todo el tiempo que duró aquella conquista, que, 
según dicen, fueron mas de seis años, el Inca siempre tuvo parti- 
cular cuidado de socorrer los suyos con jente, armas i bastimen- 
to, vestido i calzado, que no les faltase cosa alguna, porque bien 
entendía cuanto importaba a su honra i majestad que los suyos 
no volviesen un pié atrás. Por lo cual vino a tener en Chile mas 
de cincuenta mil hombres de guerra, tan bien bastecidos de todo 
lo necesario, como si estuvieran en la ciudad del Cuzco. 

«Los Incas, habiendo reducido a su imperio el valle de Chile, 
dieron aviso al Inca de lo que habian hecho, i cada dia se lo da- 
ban de lo que iban haciendo por horas; i habiendo puesto orden 
i asiento en loque hasta allí habian conquistado pasaron adelante 
hacia el sur, que siempre llevaron aquel viaje i llegaron conquis- 
tando los valles i naciones que hai hasta el rio de Maulli, que 
son casi cincuenta leguas del valle Chili. No se sabe qué batallas 
o recuentros tuviesen, antes se tiene que se hubiesen reducido 
por vía de paz i de amistad por ser este el primer intento de los 
Incas en sus conquistas: atraer a los indios por bien i no por mal. 
No se contentaron los Incas con haber alargado su imperio mas 
doscientas i sesenta leguas de camino que hai desde Atacama 
hasta el rio Maulli, entre poblado i despoblado: porque desde 
Atacama a Copayapu ponen ochenta leguas, i de Copayapu a 
Cuquimpu dan otras ochenta; de Cuquimpu a Chili cincuenta i 
cinco; i de Chili al rio Maulli casi cincuenta, sino que con la 
misma ambición i codicia de ganar nuevos estados, quisieron pa- 
sar adelante: para lo cual con la buena orden i maña acostumbrada 
dieron asiento en el gobierno de lo hasta allí ganado, i deja- 
ron la guarnición necesaria, previniendo siempre cualquiera des- 



CAP, XI. — LA CONQUISTA INCXsiCA 319 

gracia que en la guerra les pudiera acaecer. Con esta detennina- 
cioii pasaron los Incas el rio Maulli con veinte mil hombres de 
guerra, i guardando su antigua costumbre enviaron a requerir a 
los de la provincia Purumauca, que los españoles llaman pro- 
maucaes, recibiesen al Inca por señor, o se apercibiesen a las ar- 
mas. Los Purumaucas, que ya tenian noticia de los Incas i esta- 
ban apercibidos i aliados con otros sus comarcanos, como son 
los Chitalli, Pincu, Cauqui, i entre todos determinados de morir 
antes que perder su libertad antigua, respondieron que los ven- 
cedores serian señores de los vencidos, i que mui pronto verian 
los Incas de que manera les obedecian los Purumaucas. 

ocTres o cuatro dias después de la respuesta asomaron los Pu- 
rumaucas con otros vecinos suvos aliados, en número de diezio- 
cho o veinte mil hombres de guerra, i aquel dia no entíjndieron 
sino en hacer su alojamiento a vista de los Incas, los cuales vol- 
vieron a enviar nuevos requirimientos de paz i amistad, con gran- 
des protestaciones que hicieron, llamando al sol i a la luna, de 
que no iban a quitarles sus tierras i haciendas sino a darles ma- 
nera de vivir de hombres i a que reconociesen al sol por su Dios 
i a su hijo el Inca por su rei i señor. Los Purumaucas respondie- 
ron diciendo que venian resueltos de no gastar el tiempo en pa- 
labras i razonamientos vanos, sino en pelear hasta vencer o mo- 
rir. Por tanto, que los Incas se apercibiesen a la batalla para el 
dia venidero i que no les enviasen mas recaudos, que no los que- 
rían oir. 

«Al dia siguiente salieron ambos ejércitos de sus alojamientos, 
i arremetiendo unos con otros pelearon con grande ánimo i valor 
i mayor obstinación, porque duró la batalla todo el dia, sin reco- 
nocerse ventaja, en que hubo muchos muertos i heridos: a la no- 
che se retiraron a sus puestos. El segundo i tercero dia pelearon 
con la misma crueldad i pertinacia, los unos por la libertad i los 
otros por la honra. Al fin de la tercera batalla vieron que de una 
parte i otra faltaban mas que los medios, que eran muertos, i los 
vivos estaban heridos casi todos. El cuarto dia, aunque los unos 
i los otros se pusieron en sus escuadrones, no salieron de sus 



320 LOS ABORIJENES DE CHILE 

alojamientos, donde se estuvieron fortalecidos esperando defen- 
derse del contrario, si le acometiere. Así estuvieron todo aquel 
dia i otros dos siguientes. Al fin de ellos se retiraron a sus dis- 
tritos, temiendo cada una de las partes no hubiese enviado el 
enemigo por socorro a los suyos, avisándoles de lo que pasaba, 
para que se lo diesen con brevedad. A los Pururaaucas i a sus 
aliados les pareció que habían hecho demasiado en resistir las ar- 
mas de los Incas, que tan poderosos e invencibles se hablan mos- 
trado hasta entonces: i con esta presunción se volvieron a sus 
tierras cantando victoria i publicando haberla alcanzado entera- 
mente. 

«A los Incas les pareció que era mas conforme a la orden de 
sus reyes los pasados, i del presente, dar lugar al bestial furor de 
los enemigos, que destruirlos para sujetarlos, pidiendo socorro, 
que pudieran los suyos dárselo en breve tiempo. I así, habiéndolo 
consultado entre los capitanes, aunque hubo pareceres contrarios 
que dijeron se siguiese la guerra hasta sujetar los enemigos; al 
fin se resolvieron a volverse a lo que tenian por ganado i señalar 
el rio MauUi por término de su imperio, i no pasar adelante en 
su conquista hasta tener nueva orden de su rei Inca Yupanqui, 
al cual dieron aviso de to<k> lo sucedido. El Incales envió a 
mandar que no conquistasen mas nuevas tierras J» 

Tal es la relación mas completa i autorizada que se conozca 
de la invasión i conquistas de los Incas en Chile, i que por haber 
servido de base a la gran mayoría de las que posteriormente se 
han escrito, hemos querido trascribir a la letra. 

Mas, ¿acaso puede ella mirarse en todas sus partes como la 
espresion exacta de la verdad en la serie de acontecimientos 
múltiples que consigna? ¿Acaso no adolece de vacíos? ¿Acaso, por 
fin, es la única?.. • De ninguna manera. Hai, por el contrario, es- 
critores que se han encontrado en situación de recibir informa- 
ciones mas directas i precisas sobre aquellos hechos remotos i 
escasamente perceptibles entre las tinieblas del pasado. Podemos 

I. Coméntanos reales. I, páj. 88. 



CAP. Xr. — LA CONQUISTA INCÁSICA 32I 

aún invocar en apoyo de las variaciones que deban efectuarse 
en el relato mas o menos incierto de que nos ocupamos, los dic- 
tados de una apreciación crítica de los sucesos, i todavía puede 
asegurarse que no faltan tampoco verdaderos monumentos ma- 
teriales que vengan a prestarnos su apoyo en la hilacion de nues- 
tras deducciones. 

Después de establecer estos antecedentes, aconsejados por el 
prestijio i la consagración que tantas citas i copias serviles han 
prestado a la narración del descendiente de los, antiguos sobera- 
nos del Perú, entramos ya al cotejo i conclusiones que dejamos 
indicadas. 

Examinemos desde luego lo que se ha dicho respecto de quien 
fuera el primer Inca que enviara sus lejiones a Chile. 

Los escritores que se han ocupado de la historia antigua del 
Perú andan mas o menos discordes en la sucesión de los sobera- 
nos de la época incarial, pues Garcilaso, Balboa, Montesinos, 
Oliva, etc., establecen cada uno en ella diversos nombres i fechas. 

Tomando por punto de partida a Yupanqui, vemos, sin embar- 
go, que tanto Garcilaso como Balboa están acordes en que el 
sucesor de Yupanqui era Tupac-Inca Yupanqui, o como dice 
Balboa, Topa-Inca Pachacuti. 

El primero de estos autores, asegura, como se habrá visto, que 

Yupanqui fué el primer monarca que intentó la conquista del 

país que lindaba en el norte por el desierto de Atacama, de 

acuerdo en esto con la relación de Fernando de Santillan^; Bal- 

l}oa rechaza esta opinión i supone que después de haber abdica- 

<ío, su hijo Topa Inga fué el que deseó estender los límites de 

su imperio.^ 

El cronista Herrera retarda todavía en un reinado la fecha de 
la primera invasión, atribuyendo a Huayna-Capac el honor de 
haber conquistado a Chile.* 

2. Relación del origen^ descendencia^ política i gobierno de los Incas, páj. 65. 

3. Histoire du Pérouy Paris, 1840, 8.°, traduc. Tcrnaux Compans, páj. 108. 

4. Dec, V, lib. Iir, cap. XVI, páj. 78. 

4L 



I 



322 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

El padre Rosales va aún mas lejos cuando declara que el Inca 
Huáscar fué el que envió las primeras tropas a Chile.* 

He aquí ahora como un antiguo cronista de las cosas del Perú 
cuenta en esta parte la historia de los sucesos de la dominación 
de los Incas en Chile. 

ccSinchi Roca, llamado también Sinchi Yupanqui, se encontra- 
ba en la provincia de los Calchaquis cuando tuvo por primera 
vez noticia del reino de Chile, que se decia habitado por una po- 
blación belicosa i mui rica en plata i oro. Tomó entonces la ruta 
del Cuzco con la intención de reunir un poderoso ejército i em- 
prender la conquista de Chile. Pero la muerte le sobrevino en 
Paria... 

«Viracocha después de someter los huanucos, conchucos, 
yauyos, tarmas, etc., reunió fuerzas considerables para ir a la 
conquista de Chile. Siguiendo su camino, visitó el célebre lago 
de Titicaca para ofrecer sacrificios, hizo levantar construcciones 
suntuosas en Copacabana, i en otros lugares. Entró en seguida 
en la provincia de los Chichas i reforzó su ejército con guerre- 
ros de esta nación i de la de los copiapoes, de los apotomaSi de 
los yaguitas i de los calchaquis, naciones mui belicosas. Atrave- 
só en seguida el desierto de Atacama, donde el frío i el hambre 
hicieron perecer mucha jente, penetrando al fin en Chile, que 
sometió hasta el valle de Arauco, donde pasó el invierno des- 
pués de haber Jiecho construir algunos fuertes^.• 

«Pachacuti, hijo i sucesor del anterior, se dice que permaneció 
poco tiempo en el Cuzco después de la muerte de su padre i que 
continuando la conquista de Chile lo redujo enteramente a la 
obediencia... Este mismo Inca fué el que hizo el camino admi* 
rabie que conduce del Cuzco a Chile. 

«Huayna Capac resolvió visitar su imperio i practicar, en se- 



5. Historia y I, 338. 

6. Charles Wienner en su Essai sur les institntions poIitiqusSy réUgieuses^ 
¿conomiqties ct sociales de Pempire des Incas^ Paris, 1874, 4-®» páj. 60, se rtfíere, 
en esta parte, en un todo al autor que venimos citando. Dos pajinas mas ade- 
lante, sin embargo, atribuye a Yupanqui una ^conquista gloriosa» en Chile. 



CAP. XI. — LA CONQUISTA INCAsiCA 323 

guida, una espedicion a Chileí porque no estaba satisfecho de la 
obediencia a medias que le prestaba este país"'.» 

Vemos así que el padre Oliva, tan acreditado por algunos es- 
critores modernos, atribuye a Yupanqui la primera idea de la 
conquista, dejando a su hijo Viracocha la tarea de haber invadi- 
do primeramente a Chile. Este relato concuerda, en consecuen- 
cia, mas o menos con el de Balboa, pues ambos, disintiendo en 
el nombre de los soberanos, están unánimes en que Yupanqui 
tuvo la primera iniciativa, i que un hijo suyo empezó la cam- 
paña. 

Pero por mas respeto que nos merezca el aserto de estos his- 
toriadores de las antigüedades peruanas, la inmensa mayoría de 
los que se han ocupado de esta materia testifican unánimemente 
que Yupanqui fué el primero que acometiera la conquista de 
Chile. 

Yupanqui comenzó su reinado en el Cuzco el íiño 147 1 de 
nuestra era.® 

dHabia indios en Chile, dice Cristóbal de Molina, que se acor- 
daban a la fecha del arribo de Almagro de un señor Inga que se 
llamaba Yupa-Inga-Yupangüe. Conquistó por su persona, según 
dicen los indios, la mayor parte de estos reinos i fué mui valero- 
so i hizo e acrecentó los caminos reales de la sierra i llanos, qui- 
nientas leguas de aquella parte del Cuzco; éste conquistó el Co- 
llao, que se reveló muchas veces, i desde el Cuzco hasta la pro- 
vincia de Chile, que son quinientas leguas, i toda su habitación 
fué desde el Cuzco hasta el Estrecho de Magallanes®!...!) 

El renombrado doctor don Pedro de Peralta Barnuevo, en su 
poema de Lima fundada^ celebra en los versos siguientes las 
hazañas de Yupanqui: 

El Yupanqui, que al ver desvanecida 
De los Mojos la empresa, de ardor lleno, 
La que el Oriente vio, gloria perdida 
Al Austro desquitó contra el chileno: 

7. Oliva, pájs. 43, 53, 54 i 57. 

8. Balboa, lug. ciK 

^. Conquista i población del Perú ^ páj. 33. 



324 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

Desierta, inmensa vastidad vencida 
Que solo combatió con el terreno, 
Hizo ver un valor que formidable 
Rindió con lo increíble lo indomable.^^ 

Don José Pérez García declara igualmente que después que 
los Copayapus capitularon con Sinchiruca, Yupanqui al saber de 
su jeneral esta noticia, se retiró a su corte a recibir los parabie- 
nes de su nueva conquista.^^ 

Don Pedro de Córdoba i Figueroa participa de la misma opi- 
nión que venimos haciendo notar. «Disuadieron a Yupanqni, 
dice, algunos de sus capitanes de la empresa de conquistar a 
Chile, representándole la notable distancia en la antemural del 
despoblado i la cordillera, la retardación de socorros i el valor 
de sus naturales. Dióles las gracias por la injenuidad con que le 
decian su dictamen, no obstante que lo desaprobó^^..D 

Hé aquí ahora la relación de Rosales sobre los sucesos de la 
conquista, autor de ordinario mui bien informado en la historia 
de nuestras antigüedades, pero que] en esta parte ha incurrido, 
como lo deciamos, en el grave error de atribuir a las tropas de 
Huáscar la invasión a Chile. 

«Con inmensos trabajos pasaron la cordillera nevada las tropas 
que el rei Inca Guascar envió a conquistar las tierras de Chile, 
codicioso de sus riquezas de plata i oro. Llegaron a los valles de 
Copiapó i el Guaseo, primeros de Chile, cuyos naturales, viendo 
el gran poder de Guascar Inga, no procuraron hacerle resisten- 
cia, hasta probar primero el uso de sus costumbres, ni los capi- 
tanes de hacerles daño; antes, asegurándole, se fueron entrando 
hasta llegar al valle i rio de Quillota, donde alojando el jeneral 
que los rejia, que era de la casa real de los Ingas, procuró suje- 
tar a los chilenos a la obediencia de su rei i a la adoración del 
sol, i los obligó a sacar oro para tributar a Guascar, i aunque a 
los principios hicieron algún rendimiento finjido, juntando sus 

10. Estrofa XXII, Canto II, Lima^ 1732. 

11. Historia de Chile^ lib. II, cap. 2. 

12. Historia j páj. 30. 



CAP, XI. — LA CONQUISTA INCÁSICA 325 

fuerzas dieron tras los peruanos i en una reñida batalla los pu- 
sieron en buida, matando a muchos i sacudiendo el yugo que nun- 
ca ban sufrido sobre sus cervices. Volvieron a dar cuenta a Guas- 
car de lo sucedido, i él, impaciente i corrido de que hubiese jente 
que a su gran poder hiciese resistencia, envió cien mil hombres 
a cargo de un primo suyo, al castigo de los chilenos que no le 
querian obedecer. 

«Partió el Inga, primo de Huáscar, para Chile con este nuevo 
ejército por las provincias de Tupiza, Tucuman i Diagnitas, que 
caen de la parte de los montes altos de la cordillera nevada de 
los Andes a la banda del norte, i aunque por este camino era 
fuerza rodear mas de trescientas leguas, le pareció de mas como- 
didad por ser estas provincias bastecidas i pobladas para poder 
sustentar tan numeroso ejército, con el cual, llegado que hubo 
al valle de Quillota, acordándose de lo que el rei Inga su primo 
le habia encargado, hizo a su bárbara usanza cruel castigo en la 
persona del cacique principal de aquella tierra i en muchos de 
sus vasallos, diciendo con amenaza a los demás caciques que si 
no se sujetaban a la corona real de Huáscar i a la adoración del 
sol, baria con todos ellos otro tanto. Pero ellos, armando los ar- 
cos i levantando las macanas, respondieron mas con obras que 
con palabras que si él les habia muerto un cacique, cada uno de 
ellos era tan poderoso i mas que el muerto, i que a él i a todos 
sus capitanes los habian de dejar tendidos en aquellas campañas 
para pasto de las aves i comida de los animales. I cerrando con 
ellos, les presentaron una furiosa batalla, pero fueron vencidos 
los chilenos, aunque a costa de mucha sangre de los contrarios, 
i puestos en sujeción. Rindiéronse por entonces los valles de 
Aconcagua, Quillota i Mapocho, i obligáronse a dar tributo de 
oro todos los añas al rei Inga Huáscar, que se le llevaban con 
gran acompañamiento en andas hasta el Cuzco, donde tenia su 

corte. 

«Pasaron adelante a la Angostura i Maule, como se ve por las 
memorias que todavía duran de los fuertes que hicieron, i en los 
promacaes fueron rotos i desbaratados de los indios de Chile, i 



326 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

enviando por mas jente al Perú volvieron a proseguir la con- 
quista hasta llegar a Itata, donde hai otros dos fuertes, i en Cu- 
lacoya, prosiguiendo con su conquista en tierras del gran señor 
Quinchitipai, cinco leguas de la ciudad de la Concepción, tuvie- 
ron otra fortaleza i allí hai siete piedras a manera de pirámides 
labradas que fueron puestas por los indios del Perú para hacer 
la ceremonia llamada Colpa Inga^ que se hacia para la salud del 
rei Inga cada un año. Era este rito a semejanza del que bacian 
los cartajineses, que, como refiere el padre Juan de Marianai 
grave historiador, para obligar a sus dioses les sacrificaban todos 
los años algunos presentes escojidos; i así escojian los Ingas dos 
niños de edad de seis años cada uno, varón i mujer, i los vestían 
en traje de Inga i los embriagaban i ligaban juntos, i así ligados 
i vivos los enterraban, diciendo que el pecado que su rei i sefior 
hubiese hecho lo pagaban aquellos inocentes en aquel sacrificio. 
«Opiniones hai que pasaron los indios del Perú conquistando 
hasta la Imperial i que volvieron por Tucapel i la costa sujetán- 
dolo todo a su dominio. Pero los de la Imperial, ofendidos de 
los que los habian dejado pasar tan adelante, volvieron las armas 
contra los de su nación i hubo entre unos i otros grandes guer- 
ras, a que se siguieron hambres tan crueles que se sustentaban 
de carne humana, i las guerras eran ya para comerse unos a otros. 
I viendo los peruanos que la tierra era estrecha para tanta jente 
como tenían en su ejército, i que a cada paso peleaban con los 
de la tierra de arriba de Maule i promacaes, se retiraron a Co- 
quimbo i Copiapó, donde con ayuda de los Juríes, hicieron gran- 
des castigos en los que allí intentaron levantarse contra ellos i 
echarlos de toda la tierra de Chile. I sabiendo el jeneral Inga 
it>s trabajos en que estaba su primo Huáscar, fué a socorrerle i 
dejó gobernadores en las provincias sujetas al rei Inga de Chi- 
le.^^D 

Pero a nuestro juicio, uno de los escritores que mas crédito 
merece en este orden, porque tuvo cuidado según lo declara, de 

13. Historia j 1. 1, páj. 338 i sigts. 



CAP. XI. — LA CONQUISTA INCÁSICA 327 

hacer investigaciones personales entre los mismos indios del sur 
del Maule, fué el capitán don Miguel de Olaverría. 

La relación de este benemérito conquistador es como sigue: 
<í Algunos años antes que entrasen los españoles en el Perú, el 
Inga señor de aquel reino, indio belicoso i de grandes pensa- 
mientos, teniendo noticia de la bondad, riqueza i fertilidad de 
Chile, envió un ejército poderoso de gran cantidad de indios 
para conquistar aquella tierra. Hicieron su entrada por la gober- 
nación de Tucumau i acometieron a pasar la cordillera nevada 
por el mismo camino que usan los españoles desde Mendoza i 
San Juan a la ciudad de Santiago, según hoi se vé i yo lo he 
visto por las ruinas que parecen de los grandes edificios de pa- 
redones que hacían en los alojamientos de cada dia a su usanza, 
demostraciones de su poder i bárbara pujanza, conteniendo los 
dichos edificios aún en lo mas áspero de la dicha gran cordille- 
ra;... i la causa por que los capitanes del Inga llevaron rodeo 
tan grande i acometieron la cordillera por donde refiero, fué 
por no atreverse a entrar por el camino despoblado de Ataca- 
nia... por el grande ejército que llevaban, en que debian ir dos- 
cientos mil indios. 

((Entrada esta jente en Chile, después de haberles dado mu- 
chas batallas i hecho i recibido grande estrago, conquistaron i 
subjetaron todos los indios que había desde la Serena hasta el 
gran rio de Biobio, como hoi se ve, e haber llegado hasta el di- 
cho rio por los fuertes que hicieron en el cerro del Rio Claro, 
donde pusieron i tuvieron frontera a los indios del Estado, con 
quienes tuvieron muchas batallas. Al fin estos indios belicosos, 
aunque no eran tan diestros como ahora, ayudados de su muche- 
dumbre que entonces tenían, hicieron retirar i desamparar todo 
lo que habían ganado a los indios del Perú i llegaron a su alcan- 
ce hasta el rio de Maule, donde, según la noticia que dan los 
indios de mucha edad, que algunos vivían tres años i medio ha, 
de quienes yo fui informado, i en los llanos que están cerca del 
dicho rio, tuvieron los unos i los otros una sangrienta batalla en 
que mataron a la mayor de los del Perú, i los que quedaron, así 



328 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

por huir su furia, como por haber tenido noticia que en este 
tiempo habian entrado españoles en el Perú, i prendido^ x su reí, 
es cierto que traspusieron i pasaron la gran cordillera por el rio 
de Butagan, que está cerca del dicho rio de Maule."» 

Estas relaciones bastan por sí solas para manifestar que es al- 
tamente difícil precisar los nombres de los soberanos a quienes 
deban atribuirse los hechos concretos de la conquista: interesa 
aún notar que del contexto de la jeneralidad de esos escritos pu- 
diera deducirse que todos los sucesos que se indican hubiesen 
tenido lugar bajo el reinado de un solo monarca. Pero el caso 
es que, después de Yupánqui, según la opinión mas probable, el 
cetro del imperio peruano pasó a manos de Pachacuti, después 
de éste a Huayna-Capac, para dividirse, por fin, el poder entre 
Huáscar i Atahualpa. Son raros los que han vinculado la reali- 
zación de determinados acontecimientos durante el gobierno de 
cada uno de los Incas, i hasta en esta parte, para no citar mas de 
un caso, suele haber contradicciones de tantas trascendencia, 
que, los que, como nosotros, tratan ahora de reconstruir aquel 
vetusto edificio, se ven en la necesidad de desecharlo todo. Así, 
al paso que Balboa asevera que Huayna-Capac nada hizo en 
Chile, Herrera el celebrado autor de las Décadas^ no trepida en 
afirmar que aquel monarca peruano vino a Chile <ccon grandes 
nieves i trabajos, i se detuvo mas de un año sujetando aquellas 
j entes... **í> 

Interesa, sin embargo, dejar establecido que, según todas pro- 
babilidades, los Incas llegaron a Chile por dos caminos, el del 
despoblado i el de la cordillera, que atravesaron para salir di- 
rectamente al valle de Aconcagua. Aquel fué indudablemente el 
que trajeron los primeros invasores, i el segundo el que siguiera 
Huayna-Capac, según el sentir de la mayoría de los cronistas.*^ 

Para salir de una vez de este oscuro dédalo de dificultades i 



14. Informe de D. Miguel de Olaverría, pub. por Gay, lom. II, Documentas^ 
páj. 23 i sigts. 

15. Décadas^ V, cap. 16, lib. III, páj. 78. 

16. Véase Pérez García, lib. II, cap. 2. 



CAP. XI. — ^LA CONQUISTA INCXSICA 329 

contradicciones, ofrécense a nuestro estadio dos puntos de inves- 
tigación que ya se han insinuado, pero que conviene precisar. En 
efecto: ¿hasta qué parte de nuestro territorio llegaron los solda- 
dos peruanos? ¿Por qué causa i por donde se retiraron? 

Según Balboa, los Incas alcanzaron hasta Chili i ahí estable- 
cieron «los límites mas meridionales de su imperio.^^D 

El abate Molina cree que no pasaron mas allá del Rapel/^ o 
Cachapoal, según el licenciado Fernando de Santillan, quien ase- 
vera que desde este rio se volvieron los capitanes de Topa 
Inga Yupanqui <cpor haber llegado a una provincia que dicen de 
los Pormacaes. . .^x> 

Jorje Juan se pronuncia por la opinión de que alcanzaron hasta 
«1 Maule," siendo precedido en ella por Jerónimo de Quiroga,^ 
i Pedro de Valdivia, quien en la primera de sus cartas dice al 
rei que los caciques del sur de aquel rio no sabian servir, «por- 
-que el Inca no conquistó mas de hasta aquí.^D Pedro Cieza de 
León afiade que <cTupac Inca atravesó muchas tierras i provin- 
cias i grandes despoblados de nieve, hasta que llegó a lo que 
llamamos Chile i señoreó i conquistó todas aquellas tierras, en 
las cuales dicen que llegaron al rio Maule.^D 

Pérez García piensa que el ejército peruano que vino a Chile 
pasó en seguimiento de sus conquistas el dicho rio, en cuya ori- 
lla austral le salieron a atajar el paso los cauquenes, perquilau- 
^uenes i costeños i lo derrotaron completamente. 

Según el padre Rosales, que apoya su testimonio en ciertos 
monumentos que aún en su tiempo se observaban en las cerca- 
nías de Concepción, no trepida en creer que ese punto debió 
ser el término de la conquista; sin olvidarse de apuntar que 



17. Páj. 108. 

18. Historia ctvil^ páj. 11. 

19. Relación^ páj. 15. 

20. Relación Histórica delviage a la América meridional^ tom. III, páj. 336, 
Madrid, 1748. 

21. Compendio histórico de los principales sucesos de la conquista^ etc.^ His» 
ioriadores^ t. XI, páj. 100. 

22. Páj. 13. 

23. Segunda parte déla Crónica del Perü^ Madrid, 1880, páj. 230. 

43 



330 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

corrían también en su época pareceres que hacían avanzar los 
peruanos hasta las márjenes del Imperial. 

Pero, a nuestro juicio, el dictamen que merece mas crédito 
porque arrasta consigo mas probabilidades de una buena infor- 
mación, es el que señala don Miguel de Olaverría, según el cual, 
se recordará, las huestes del Inca lograron ir solamente hasta el 
Maule, haciendo concordar de esta manera los recuerdos de los 
indíjenas que tuvo ocasión de examinar con lo que apunta la 
tradición consignada por Garcilaso. 

El hecho es, con todo, que debe distinguirse el movimiento de 
avance de los ejércitos de los Incas, con la verdadera consolida- 
ción de la conquista. 

Si se acepta esta distinción, será fácil convencerse que si pu- 
dieron alcanzar hasta el Maule, su dominación asentada i consen- 
tida nunca llegó hasta ese límite. 

Puede todavía aseverarse, como se verá en el próximo capítulo, 
que la verdadera incorporación del país a los usos i costumbres, 
a las leyes, idioma, etc., de los invasores no se estendió nunca 
mas allá de los lindes de la actual provincia de Santiago, confor- 
me a lo espresado por Marino de Lovera, quien declara que el 
Inca (Ctenia gobernadores con jente de presidio hasta el valle de 
Matpo?^y> 

Ahora, por lo que toca a la retirada de las huestes del Inca, 
es un hecho constante i bien comprobado que cuando llegaron a 
Chile los españoles que acompañaban a Diego de Almagro, ya se 
habian alejado totalmente del país. I hé aquí nuevamente como 
Olaverría nos parece mas próximo a la verdad al declarar que la^ 
derrota de ese ejército, junto con las noticias que le llegaron del 
arribo de los aventureros de la España a las costas del Perú, mo- 
tivaron su inmediato regreso. Creemos del caso advertir también 
aquí que, según lo que apunta Balboa, en la lucha fratricida que 
ocasionó el predominio de Atahualpa en el imperio peruano, éste 
Iiabia sacado de Chile cierto cuerpo de tropas que, en unión con 

24. Historia de Chile^ páj. 45. 



CAP, XI. — LA CONQUISTA INCÁSICA 33 1 

los del Collao, Chucuito, Condesuyo, etc., se hizo notar en el en- 
cuentro de Chuinvivilcas.** El Inca don Juan de Santa-Cruz Pa- 
chacuti confirma este dato, que Rosales también indica, aunque 
de una manera vaga.^ 

En conclusión, resulta, por lo tanto, que, aceptando el cómputo 
dado por los antiguos escritores del Perú, según el cual Yupan- 
qui tuvo el poder en 147 1, la dominación peruana, incluyendo la 
conquista, duró en Chile setenta años justos, pues, en rigor, ella 
no vino a cesar sino con la invasión española, traida por Pedro 
de Valdivia i sus compañeros. Parece, pues, que Pérez García i 
Córdova i Figueroa exajeran al decir que el dominio Incarial en 
Chile alcanzó a mas de un siglo de existencia.^ En cuanto a los 
sacrificios que demandara a los soberanos del Perú, Rosales nos 
dice que desde que ellos comenzaron su tarea de invasión, mu- 
rieron en la demanda ochenta mil indios, ya a consecuencia de 
las guerras, ya en los pasos de la cordillera, ya, en fin, «por es- 
trafiar la tierra i hallar que es mas fria que en el Perú, de donde 
hablan salido.^D 

Por lo que se refiere a los efectos de todo orden que produ- 
jeron en Chile las conquistas de los Incas, cúmplenos ocuparnos 
de ellos en el capítulo que sigue. 



25. Páj. 293. 

46. Relación de antigüedades deste reyno del Perü^ p^J. 3 '"• 

27. Córdoba ¡ Figueroa sostiene que los peruanos entraron en Chile por pri- 
mera vez en 1425, i que la derrota del ejército de los Incas por los indios del 
íur del Maule, tuvo lugar ciento diez años después. Historia^ páj. 31. 

28. Historia^ I, páj. 372. 



CAPÍTULO XII. 



LA EDAD DEL BRONCE. 

Sistema de conquista seguido por los Incas. — Recomendaciones que hacen a sus 
capitanes respecto de Chile. — Topa-Inga levanta el censo de la población. — 
Obsequios a los funcionarios. — Frecuentes relaciones que hubo en lo antiguo 
entre Chile i el Perú. — Tributo que los indios de Chile pagaban a los Incas. 
— Ceremonias con que era llevado al Cuzco. — Respeto al soberano.— Gober- 
nadores peruanos. — Los orejones. — Fortificaciones. — ^Testimonios deducidos 
de los cronistas. — ^Antecedentes para apreciar la estension de país sometido. 
—Naturaleza de las fortiñcaciones. — Otras consideraciones jenerales. — Des- 
cripción del fuerte de Collipeumo. — Caminos.— Servicios anexos a las vias 
de comunicación. — Canales. — ^Trabajo en común. — Alfarería. — Vasos de pie- 
dra. — Otros utensilios del mismo material. — Afeites. — ^Joyas. — ídolos. — La 
gruta de Chacabuco. — Fundación de pueblos. — Influencia sobre el idioma. — 
mpleo de la escritura. — Los quipus. — ^El arte de contar. — ^Trajes. — Lo que 
ha sobrevivido a la conquista peruana. 

El sistema de conquista de los Incas fué escepcional por su 
manera de llevarse a efecto, como lo fué en resultados para las 
naciones vencidas. Ya sabemos que los emisarios del soberano 
se presentaban en el país que trataban de invadir, prometiendo* 
les en cambio de una voluntaria sumisión todas las ventajas de 
que gozaban los n\ismos vasallos del Inca. I en verdad que aque- 
llos ofrecimientos no fueron jamás vanas palabras de artero em- 
buste sino que en la práctica significaron siempre adelanto, pro- 
greso i felicidad para el pueblo sometido. 

Chile no fué, pues, una escepcion a este respecto, sino simple- 
mente nuevo campo en que los soberanos del Perú pudieron 
ejercitar su intelijente sistema de conquista, como vamos a verlo. 



334 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

En efecto, según el testimonio de Garcilaso, <cel Inca Yupan- 
qui mandó a sus gobernadores que atendiesen con mucho cuida- 
do el cultivo i beneficio de las tierras que babian ganado, procu- 
rando siempre el regalo i provecho de los vasallos, para que, 
viendo los comarcanos que mejorados estaban en todo con el 
señorío de los Incas, se redujesen también ellos a su imperio, 
como lo habian hecho otras naciones, i que cuando no lo hicie- 
sen, perdian ellos mas que los Incas/» 

Mas, ya desde antes, a estarnos a lo que nos cuenta Balboa, 
Topa-Inca levantó el censo de las poblaciones que le obedecían 
desde Quito hasta Chile, tomando nota de la edad, sexo, nombre 
i profesión, fijando en seguida los límites del territorio de cada 
cacique con designación de los indios que respectivamente de- 
bian obedecerles." 

' Huayna Capac, refiere otro historiador, envió visitadores a 
•Chile que llevasen acmucha ropa de vestir de la del Inca, con otras 
muchas preseas de su persona para los gobernadores, capitanes i 
ministros réjios de aquellos reinos i para los curacas naturales 
dellos, para que en nombre del Inca les hiciesen merced de 
aquellas dádivas que tan estimadas eran entre aquellos indios.^» 
Este mismo soberano despachó mas tarde mensajeros a Chile 
con orden de que se ofreciesen sacrificios i se llorase la muerte 
de Topa-Inga-Yupanqui i de su madre Mama-Oello.* 

Hai un cronista que da detalles que confirman manifiestamen- 
te la probable opinión de que entre Chile i el Perú hubo en aque^ 
líos remotos tiempos relaciones frecuentes, que el soberano de 
ambos territorios se empeñaba en fomentar. 

Por lo menos, no puede dudarse de que los habitantes de esta 
parte del continente sud-americano, desde mui antiguo habian 
tenido noticias unos de otros. Viracocha, antes de emprender la 
conquista de este país, tuvo informaciones de la jente que lo po- 
blaba, i posteriormente. Almagro, Gómez de Alvarado i Pedro de 

1. Comentarios^ tom II, páj. 88. 

2. Páj. 114. 

3. Garcilaso, I, 309. 

4. Balboa, páj. 139. 



CAP. XII. — I-A EDAD DEL BRONCE 335 

Valdivia las tuvieron también acerca de las tribus que se estén- 
dian al sur del valle del Mapocho. 

«Cuando Huiracocha (no hacemos caudal del nombre) subió al 
tronOi dice Montesinos, vinieron de Chile a visitarlo dos sobri- 
nos suyos: uno, hijo de su hermana, i otro de su prima hermana. 
Su padre las habia casado con dos de los principales caciques de 
Laharguayac, en la época en que el Perú fué invadido por na- 
ciones estranjeras, en el reinado de Sinchi-Roca. Este rei los 
habia hecho prisioneros en una batalla i los habia conducido al 
Cuzco. Como Laharguayac estaba completamente pacificado, i có- 
mele hubiesen dado aquellos diversas pruebas de sumisión, casó a 
uno con su hermana i al otro con su prima, i los envió a Chile en 
calidad de gobernadores. Trataron bien a sus esposas, i tuvo cada 
uno un hijo. Cuando supieron la suerte de Laharguayac, sus pa- 
dres los enviaron a felicitar a su tío Huiracocha. Cuando éste 
supo que hablan llegado, i que conduelan numeroso séquito, en- 
vió inmediatamente órdenes al CoUao para que se les tratase co- 
mo a él mismo. Fueron conducidos al Cuzco con aparato real i 
en nnaUtera de oro. El Inca hizo magníGcos regalos a todos los 
que los acompafiaban, i envió a recibirlos a todos sus consejeros, 
a dos jomadas de la capital. Emplearon seis dias en completar 
estas dos últimas ¡ornadas porque avanzaban mui lentamente. A 
su llegada a palacio, Huiracocha los recibió con muchas se/iales 
de ternura i les hizo revestirse el traje de los Incas. Después que 
se hubo observado los ayunos i las ceremonias de costumbre, les 
hizo taladrarse las orejas, i les dio en seguida fiestas suntuosas. 
Sa tidí hermana i mujer de Huiracocha, les colmaba también de 
caricias por complacer a su esposo. Estos jóvenes, encantados de 
la acojida, invitaron a su vez a su tio a que viniese a visitarlos al 
reino de Chile; lo instaron mucho a este efecto, asegurándole que 
todo el país ardia en deseos de gozar de la felicidad de su pre- 
sencia. Prometiólo así para el siguiente año, i se regresaron a 
Chile mui contentos i acompañados de varios orejones de sangre 
real, que desearon seguirlos. El Inca les dio también seis de sus 
consejeros para instruirlos en el arte de gobernar, i algunos co- 



336 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

yas con sus esclavos. Llevaron también una numerosa vajilla de 
oro i muchos pendientes para las orejas, según la moda del Cuzco. 

«Cuando llegaron a Chile con este brillante cortejo encontra- 
ron al país en un gran desorden. En el interior muchos daciques 
se habían sublevado, i desde allí inquietaban a sus vasallos; tra- 
taban de levantarlos contra sus jefes, dando una mala interpre- 
tación a su viaje al Perú, i habian atraido a su partido cierto nú- 
mero de personas, lo que es siempre fácil a los que ofrecen pre- 
sentes. Los sobrinos del Inca ensayaron primeramente de some- 
terlos por bien, pero viendo que nada lograban, i animados del 
mismo valor que su tio, reunieron un poderoso ejército i enviaron 
embajadores para persuadirles que depusiesen las armas i se so- 
metiesen. Pero éstos, persistiendo en su revuelta, asesinaron a los 
enviados; los sobrinos del Inca marcharon entonces contra ellos, 
i en menos de un año conquistaron todo el país, matando una 
parte de los sublevados i haciendo prisionero el resto: anuncia- 
ron su victoria al Inca, que la celebró con espléndidos regocijos, 
decidiéndose a partir a Chile a la cabeza de un brillante ejército. 

«Huiracocha después de haber acopiado los víveres necesarios 
emprendió el camino. 

(íLlegó el Inca a Chile i sus sobrinos le salieron al encuentro 
con innumerable acompañamiento: los principales caciques le 
besaron la mano i se reconocieron como vasallos suyos. El Inca 
los trataba bondadosamente, pero estaba vijilante, porque los 
sabia mi mudables, acabó de ganarlos por la dulzura; i permane- 
ció dos años en Chile, al cual pacificó enteramente. Dejó a sus 
sobrinos en pleno ejercicio de su autoridad, i antes de partir les 
dio el siguiente consejo: «Procuren para evitar revueltas tener 
empleados cerca de Uds. a los caciques principales; si uno de 
ellos demuestra querer levantarse, háganlo morir para atemori- 
zar a los otros. 

dEl Inca de vuelta al Cuzco llevó consigo los hijos de los ca- 
ciques para que aprendiesen la lengua jeneral que su padre habia 
establecido en todos sus estados, a fin de tenerlos mas fácilmen- 



CAP. XII. — LA EDAD DEL BRONCE 33/ 

te sujetos. Llevó consigo dos mil chilenos escojidos para ir a la 
conquista de los chachapoyas de la montaña.))'* 

Pero si los Incas se manifestaban benévolos con sus nuevos 
vasallos no por eso dejaban de exijirles que contribuyesen a la 
corona real con el tributo de los vencidos. Balboa declara, en 
efecto, que ya en los tiempos de Topa-Inca se cobraba la con- 
tribución, que en los últimos dias de la dominación peruana as- 
cendia, según opinión jeneral, a doscientos mil pesos en oro. 
López de Gomara dice que Juan de Saavedra, uno de los solda- 
dos de Almagro, topó en los Charcas a ciertos chileses que lle- 
gaban al Cuzco, no sabiendo lo que pasaba, su tributo en tejue- 
los de oro fino, que pesaban ciento i cincuenta mil pesos/' Gón- 
gora Marmolejo i Marino de Lovera afirman que el encuentro 
<le los enviados chilenos, que llevaban de emisario principal a un 
indio llamado Huayllullo, tuvo lugar en Tupiza/ Garcilaso sos- 
tiene que no hubo tal encuentro, sino que en llegando Almagro 
~2i Copayapu, Paulu Inca, que lo acompañaba, hizo que los chi- 
lenos entregasen el oro acopiado para el tesoro real, el cual 
ascendió a doscientos mil ducados.*^ 

Pero esta opinión, por la calidad [del que la emite, interesado 
-en acreditar los ascendientes de su raza, nos infunde poco cré- 
dito, prefiriendo estarnos a lo que espresa Rosales, que, como 
siempre, se manifiesta bien informado, a saber, que el tributo 
anual que rendian al Inga, emperador del Peni los chilenos, «en 
distrito de ciento i cincuenta leguas que conquistaron al princi- 
pio sus capitanes, fué de catorce quintales de oro, ascendrado 
de mas de veinte i dos quilates i medio, en tejos de a cincuen- 
ta pesos, señalados con la marca de un pecho mujeril. El último 
tesoro que embargó i repartió entre sus soldados Diego de Al- 
iiiagro era de mil i doscientas libras de oro i entre ellas llevaban 

5. Pájs. 178, 183. 

6. Historiadores de Indias, tom II, páj. 128. 

7. Historia de CJiüe, páj. 3; Marino, páj. 21. 

8. Comentarios^ t. II, páj. 88. Oliv^arcs sigue la versión de Garcilaso, pero 

hace ascender el monto del tributo a trescientos mil ducados. Historia de Chiles 

páj. 100. Según lo que afirma Marino de Lovera, doscientos mil pesos de oro 

■equivalían a trescientos mil ducados, Historia^ páj. 21. 

43 



336 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

yas con sus esclavos. Llevaron también una numerosa vajilla de 
oro i muchos pendientes para las orejas, según la moda del Cuzco. 

d Cuando llegaron a Chile con este brillante cortejo encontra- 
ron al país en un gran desorden. En el interior muchos daciques 
se habían sublevado, i desde allí inquietaban a sus vasallos; tra- 
taban de levantarlos contra sus jefes, dando una mala interpre- 
tación a su viaje al Perú, i habian atraido a su partido cierto nú- 
mero de personas, lo que es siempre fácil a los que ofrecen pre- 
sentes. Los sobrinos del Inca ensayaron primeramente de some- 
terlos por bien, pero viendo que nada lograban, i animados del 
mismo valor que su tio, reunieron un poderoso ejército i enviaron 
embajadores para persuadirles que depusiesen las armas i se so- 
metiesen. Pero éstos, persistiendo en su revuelta, asesinaron a los 
enviados; los sobrinos del Inca marcharon entonces contra ellos, 
i en menos de un año conquistaron todo el país, matando una 
parte de los sublevados i haciendo prisionero el resto: anuncia- 
ron su victoria al Inca, que la celebró con espléndidos regocijos, 
decidiéndose a partir a Chile a la cabeza de un brillante ejército. 

«Huiracocha después de haber acopiado los víveres necesarios 
emprendió el camino. 

<í Llegó el Inca a Chile i sus sobrinos le salieron al encuentro 
con innumerable acompañamiento: los principales caciques le 
besaron la mano i se reconocieron como vasallos suyos. El Inca 
los trataba bondadosamente, pero estaba vijilante, porque los 
sabia mi mudables, acabó de ganarlos por la dulzura; i permane- 
ció dos años en Chile, al cual pacificó enteramente. Dejó a sus 
sobrinos en pleno ejercicio de su autoridad, i antes de partir les 
dio el siguiente consejo: «Procuren para evitar revueltas tener 
empleados cerca de Uds. a los caciques principales; si uno de 
ellos demuestra querer levantarse, háganlo morir para atemori- 
zar a los otros. 

dEl Inca de vuelta al Cuzco llevó consigo los hijos de los ca- 
ciques para que aprendiesen la lengua jeneral que su padre había 
establecido en todos sus estados, a fin de tenerlos mas fácilmen- 



CAP. XII. — LA EDAD DEL BRONCE 339 

<Je irse al paraje mas remoto que hubiese en América. Quiso huir 
al efecto a Chile, i hallándose preso Atahualpa, consiguió de su 
benignidad que le diese los medios de hacer tan larga travesía. 
El Inca, por toda recomendación, dióle su borla real, distintivo 
del soberano, i con solo mostrarla, Juan Sebico hizo su viaje en 
andas, tratado con consideraciones reales, logrando, por último, 
que en Aconcagua le diesen casa en que vivir, tierras que sem- 
brar i mujeres que le sirviesen. 

Los gobernadores que los Incas tenian en Chile eran dos, uno 
en Cuquimpu i otro en Mapuche, en el valle de Colina^^ i su do- 
minación efectiva na se estendia mas allá del rio Maipo.^^ Los 
naturales los designaban con el nombre de «orejones,)) «por traer 
una manera de zarcillos, que son como unas roldanas o carrile- 
jos de madera, hechos de unas tabletas tan delgadas como un 
lienzo, i recojidas en un rollete, como trancaderas, hasta quedar 
del tamaño de un real de a ocho, i algo mayor en redondez, i un 
pulgar de grueso. La cual tableta traen dentro de la misma ore- 
ja, toda metida en ella.^^)) 

«El principal adorno de los esquimales, dice Lubbock, son los 
labretSj pedazos de piedra o de hueso pulido, que llevan en el hi- 
bio inferior i en las mejillas. El agujero se practica en la primera 
infancia i se va ensanchando poco a poco por medio de una serie 
de cuñas.^*Jí) El dibujo de uno de estos adornos que se rejistra en 
la obra del célebre antropólogo ingles, es casi idéntico al de las 
figuras 75, 76 i 77 de nuestras láminas, copiadas de tamaño na- 
tural. Estos tres objetos son de piedra i proceden de Freirina, 
pero en la colección del Museo Nacional existen dos de San Fe- 
lipe i uno de la hacienda de la Compañía. El número 76, que es 
un jaspe de un hermoso color verde, visto de lado, da una idea 
jeneral del instrumento. La parte posterior, que en todos es re- 

11. Rosales, I, 370; Marino de Trovera, Historia^ páj. 21. 

12. Marino de Lovera, Historia de Chile, páj. 21. Cuando Juan Sebico llegó 
al valle de Copiapó, dice Rosales, supo que el gobernador Inga residía en el 
de Coquimbo. Historia^ t. I, páj. 359. 

13. Id., páj. 46. 

14. L'hommc préhistoriquc^ páj. 464. Véase también, Voy age de Vaneo n ver ^ 
t. 3.», páj. 280. 



340 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

donda, aparece ahuecada en el número 77, con siete ranuras tras- 
versales; en el número 75, la parte delantera, en forma de arco,. 
i que en las demás es lisa, está adornada con tres pequeñas ho- 
radaciones equidistantes i meramente superficiales. 

Ahora bien: a pesar de la aserción de Marino de Lovera que 
sostiene, como acabamos de verlo, que los zarcillos de los ore* 
jones eran hechos de madera, por lo que sabemos de otros pue- 
blos i por la forma i dimensiones de estos objetos ¿no podríamos 
lejítimamente pensar que han servido también de pendientes a 
los gobernadores de los Incas? Su forma no desdice de modo al- 
guno de semejante aplicación, i su tamaño no es, ni con mucho^ 
tan abultado como el de los que se acostumbran hasta hoi en otras 
naciones salvajes. El señor Garrido, a quien pertenecen los tres de 
estos aparatos que dibujamos, se manifiesta inclinado a pensar que 
han podido colocarse en la cuerda del arco de la flecha para que 
la mano, al disparar el proyectil, encontrase un punto de apoyo, 
pero por las semejanzas que hemos hecho notar creemos que de- 
ben mas bien referirse a los labréis de los anticuarios europeos. 

Para asegurar el territorio que se les habia sometido o que 
habían conquistado a viva fuerza, levantaron los Incas numero- 
sas fortalezas, de cuya existencia han tenido cuidado de infor- 
marnos algunos antiguos cronistas, por lo que en la jeneralídad 
de los casos ellos mismos pudieron observar. 

Garcilaso declara, en jeneral, que los capitanes peruanos «for* 
talecieron las fronteras de sus dominios^^D, i Balboa espresa que 
en Coquimbo, Topa Inca, construyó un fuerte.^^ 

El abate Molina testifica que en su tiempo, a fines del siglo 
pasado, no lejos del rio Cachípual, <icse ven hasta ahora, sobre 
una colina cortada perpendicularmente, los residuos de una for- 
taleza de estructura peruana, que sin duda cubría por aquella 
parte las fronteras del imperio contratólos ataques de los indómi- 
tos promaucaes.^j) 

15. Comentarios^ t. II, páj. 8. 

16. Páj. 108. 

17. /listona civil ^ páj. 11. 



CAP. XII. — LA EDAD DEL BRONCE 34 1 

Carvallo depone ea un sentido análogo respecto del hecho 
aseverado por Molina, i agrega que construcciones semejantes 
tuvieron también los soberanos del Perú en Marga-marga, Ta- 
lagante i Aconcagua.^® El señor Vicuña Mackenna nos informa, 
igualmente, que en el cerro de Manco, no lejos de Quintero, los 
habitantes de los alrededores afirman que en la cumbre hai un 
malal o fortaleza de indios,^'*^ i Bollaert asevera que cerca de los 
lavaderos de Yáquil, existen algunas ruinas indíjenas, lo mismo 
que en el cerro llamado de los Incas, cerca de Tagua-tagua.^ 

Pérez García asegura, refiriéndose en jeneral a las conquistas 
de Huayna Capac, que este soberano hizo construir varios fuer- 
tes en el territorio de Chile,^^ cuyas guarniciones, según el testi- 
monio de Garcilaso, se mantuvieron hasta la llegada misma de 
Almagro, pues según ese autor, PauUu, para ausiliar la espedi- 
cion del caudillo español a Chile, sacó la jente que pudo de los 
presidios que en aquel reino habia.^ 

Según el padre Rosales, que habia viajado durante largos años 
por el territerio chileno, a mediados del siglo XVII, estas forta- 
lezas levantadadas por los peruanos no solo se limitaban a la 
parte norte del país sino que llegaban hasta mui al sur. Así, dice 
este jesuita que existían huellas de dos de estas fortificaciones en 
Itata, en el cerro de Rio Claro, en Maule i la Angostura. 

Estos precedentes sentados por el jesuita madrileño i que ya 
anteriormente hemos tenido oportunidad de notar, parece que 
no se armonizaran con la opinión que hemos emitido acerca de 
la estension del país que fué dominado por las armas incariales. 
Si levantaron obras de esta naturaleza ¿no es lícito creer que su 
señorío estuvo radicado en aquellas rejiones? Contra este argu- 
mento especioso, tenemos, desde luego, el testimonio de escri- 
tores dignos de fé i de los que vivieron mas próximos a la época 
de los sucesos, como Marino de Lovera, por ejemplo, el cual, 

18. Historia^ t. I, páj. 8. 

19. La edad del orOy páj. 408. 

20. ResearcheSy etc., páj. 178. 

21. Historia, t. I, lib. II, cap. 2. El dato de Pérez García ha sido sin duda to- 
mada de Herrera, Déc, V, cap. XVI, lib. III. 

22. Comentarios^ t. II, paj. 89. 



^^2 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

según acabamos de ver, espresamente declara que el señorío in- 
carial no se estendia de hecho mas allá del rio Maipo. 

Pero, para no dejarse seducir por las indicaciones de Rosales, 
conviene también examinar un poco la naturaleza de las fortifi- 
caciones de que se trata. 

No existe en ninguno de los cronistas antiguos detalle alguno o 
antecedentes de cualquier jénero, que pudieran servirnos de ba- 
se para apreciar la naturaleza de esas construcciones, hechas al 
parecer para defensa del territorio. Mas, es constante que los 
indios peruanos no usaron en sus trabajos la piedra labrada. Sus 
mas famosos templos fueron construidos con adobes cortados por 
un sistema semejante al que aún hoi se acostumbra entre noso- 
tros; i los demás monumentos fabricados de piedra, es unánime 
la opinión que los supone de una época anterior al imperio de 
los Incas. Por esto, no tiene, pues, nada de estrafto que esas 
construcciones tantas veces indicadas por los cronistas, no hayan 
llegado hasta nosotros. De esta manera podrá también el lector 
ésplicarse con facilidad cómo pudo ser perfectamente posible 
que el ejército de los Incas, maniobrando a una enorme distan- 
cia de su centro de operaciones i avanzando en territorio ene- 
migo, defendido por indios valerosos, se viese precisado por la 
naturaleza de los sucesos i por sistema, a erijir fortificaciones que 
asegurasen su marcha. 

En los mismos cronistas, es fácil encontrar referenciais a fuer- 
tes levantados por los naturales del país, sin que por esto vaya a 
creerse por un momento que se trataba de obras de cierto costo 
i duración, pues, según se recordará, no pasaban de ser zanjas i 
empalizadas destinadas a protejer por el momento a las huestes 
araucanas. 

I a este respecto conviene observar en jenerál que muchos de 
los términos empleados para apreciar la antigua civilización de 
los Incas entre nosotros, como templos, canales, pueblos, etc., 
están mui distantes de responder a las ideas que al presente* te- 
nemos sobre aquellas materias. 

Pero, en lo que no cabe duda, es que esas fortalezas estuvie- 



i 



CAP. XII. — LA EDAD DEL BRONCE 343 

ron siempre a orillas de los rios. Prescindiendo de la importan- 
cia que una colocación semejante podria dar a tales obras, con- 
viene notar que en Chile, en lo antiguo, como al presente, tra- 
tándose de indíjenas, han edificado sus viviendas, han labrado 
sus tierras, i hasta se han enterrado, en cualquier punto donde 
han podido utilizar una corriente de agua. 

Si se observa la razón de una disposición semejante, creemos 
que no debe mirarse en manera alguna como inspirada por un 
sentimiento de admiración por la hermosura de la naturaleza 
como no ha faltado escritor que así lo haya estampado; sino 
que, por el contrario, han tenido esos indíjenas en su abono ra- 
zones de positiva e inmediata importancia. 

Desde luego, siendo agricultores han necesitado del agua pa- 
ra sus siembras i para sus menesteres domésticos; mucho mas en 
Chile, sobre todo en las rej iones del norte, donde o no llueve 
sino mui de tarde en tarde, o no puede contarse con regularidad 
con los períodos de lluvias. 

Previa esta advertencia, recordaremos que Rosales nos dice 
que hubo también una de estas fortalezas a que nos referimos, 
en la Angostura, la cual, según la tradición que hemos oido per- 
sonalmente, quiere que el monumento en cuestión haya sido le- 
vantado en la confluencia de los esteros de Paine i la Angostura, 
en la estremidad del cerrito de CoUipeumo, que forma el ángulo 
donde se verifica la junción de las aguas. 

Deseosos de averiguar lo que en definitiva hubiese sobre el 
particular, i confiados en el doble testimonio de Rosales i de una 
tradición tan socorrida, pusímonos un dia en camino con la es- 
peranza de encontrar algunos restos de aquel antiguo monumen- 
to del señorío de los Incas. Llegados ya al lugar en que creia- 
mos pudo haber estado colocada aquella famosa fortaleza i des- 
pués de prolijas indagaciones, nos íbamos persuadiendo a que si 
Rosales i la tradición habian dicho verdad, el tiempo se habia 
encargado de ocultar para siempre a nuestro anhelo los decan- 
tados restos. Mas, después de muchas idas i venidas por aque- 
llos contornos, quiso nuestra buena suerte presentarnos en lo 



344 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

alto del cerrito no pocas piedras de esas que arrastran los rios, i 
este fué ya un indicio revelador de los restos que buscábamos. 
En efecto, no hacia mucho habiamos leido en el interesante li- 
bro de M. Desjardins el siguiente pasaje: «Cuando los indios 
iban a la guerra llevaban consigo algunas de esas piedras sagra- 
das llamadas ///rw/v/z/azí, o mas bien dicho ////rwr^wcct;, piedras 
que los sitiados lanzaban de lo alto de las murallas sobre los si- 
tiadores. Se escojia, en jeneral, las piedras rodadas por los to- 
rrentes^ como mas manejables que las otras, a consecuencia de 
su forma redondeada. Todas las fortalezas estaban de antemano 
abundantemente provistas de estos proyectiles?^ 

No pudiendo, pues, hallarse naturalmente en aquellas alturas 
las piedras que veiamos, parecia evidente que habían sido tras- 
portadas a aquel lugar por la mano del hombre. A poco pudimos 
ya notar que, junto con las abundantes piedras de ese jénero que 
se presentaban, ya diseminadas o en pequeños montones, habia 
trechos que estaban empedrados. Nopodia, pues, ya haber lugar 
a duda alguna que esos guijarros habian sido trasportados allí. Pe- 
ro ¿quiénes pudieron darse aquel trabajo? Verosímilmente no de- 
bia atribuirse a una obra moderna, porque sus restos i mas que 
todo su objeto, se nos habrían presentado con toda claridad; i si 
en rigor aquel empedrado no debia su existencia a un capricho 
de un hombre rico i estravagante de los que suelen presentarse 
en estos tiempos, menos podíamos referirla al espíritu práctico i 
esencialmente estrecho de nuestros abuelos los españoles. 

Nos hallábamos en el curso de estas reflecciones, interesados, 
como se supondrá, en dar la razón a Rosales, que por sus indica- 
ciones nos habia puesto en el camino de aquel descubrimiento, 
cuando prosiguiendo nuestra rebusca topamos con los «restos de 
una pared o mas propiamente de una pirca. ¿Era acaso la división 
de un antiguo deslinde? Muí pronto pudimos convencernos de 
que no. Lejos de llevar, en efecto, en su dirección una línea mas 
o menos recta i acentuada, no hacia sino doblarse siguiendo los 
contornos del cerrito, i como si todavía este indicio no fuera bas- 

23. Le Pévon^ etc.^ páj. 66. 



i 



CAP. XII. — LA EDAD DEL BRONCE 345 

tante, treinta pasos mas abajo, volvia nuevamente a notarse otra 
línea de circunvalación. La primera a su vez distaba de la cúspi- 
de, otros cincuenta pasos. No ignorábamos tampoco que la voz 
vtalal con que en lengua indíjena se designa esta clase de obras 
de defensa, significa hacer corrales. 

Estas paredes varían en su anchura de un metro veinte a un 
metro ochenta centímetros, i han sido formadas de piedras de las 
que existen en el cerro, mezcladas i unidas entre sí por simple 
barro. No tiene, pues, nada de estraño que con un larguísimo 
trascurso de tiempo hayan ido desmoronándose poco a poco, 
hasta verse reducidas, como están hoi, casi hasta el nivel del suelo. 

Siguiendo la dirección de estas pircas, casi enteramente con- 
céntricas, pero cuya continuidad aparece ya rota por los años, 
puede deducirse, mediante una observación atenta, que no han 
tenido sino una sola puerta de entrada, colocada del lado oriente, 
como lo exijia la naturaleza especial de la localidad. En efecto, 
el cordón de cerros de la Angostura, que desde el punto en que 
lo corta el estero de su nombre i la línea del ferrocarril, corre 
lijeramente inclinado hacia el norte, casi en dirección recta de 
oriente a poniente, va a morir en el morro de Collipeumo. Esta 
pequeña eminencia que se encuentra, según nuestras observacio- 
nes barométricas, a mil quinientos pies de altura sobre el nivel 
del mar i solo a ciento veinticinco del trazo del ferrocarril, está 
cinido a la cadena principal por una angostura o depresión de fá- 
cil subida, i resguardada del lado del poniente por una falda bas- 
tante escarpada, que se hace completamente inaccesible por el 
sur, i ademas, por ambos lados, por los esteros de Paine i la An- 
gostura, que allí tienen su junción, según se ha dicho. En rigor, 
puede decirse que la parte vulnerable de aquel recinto, como 
fortificación, no podía hallarse en otro lugar que en la rejion del 
oriente, que es la que lo une al resto de la cadena, i ahí fué donde 
con excelente previsión acumularon, al parecer, los injenieros 
peruanos, sus medios de defensa i su puerta de entrada. En ese 
-sitio se notan al presente escavaciones de cierta importancia, de- 

44 



344 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

alto del cerrito no pocas piedras de esas que arrastran los ríos, i 
este fué ya un indicio revelador de los restos que buscábamos. 
En efecto, no hacia mucho habiamos leido en el interesante li- 
bro de M. Desjardins el siguiente pasaje: «Cuando los indios 
iban a la guerra llevaban consigo algunas de esas piedras sagra- 
das Uamüidas pun4raucaSj o mas bien dicho ppururaucca^ piedras 
que los sitiados lanzaban de lo alto de las murallas sobre los si- 
tiadores. Se escojia, en jeneral, ¡as piedras rodadas por /os to- 
rrenteSj como mas manejables que las otras, a consecuencia de 
su forma redondeada. Todas las fortalezas estaban de antemano 
abundantemente provistas de estos proyectiles^ 

No pudiendo, pues, hallarse naturalmente en aquellas alturas 
las piedras que veiamos, parecia evidente que habian sido tras- 
portadas a aquel lugar por la mano del hombre. A poco pudimos 
ya notar que, junto con las abundantes piedras de ese jénero que 
se presentaban, ya diseminadas o en pequeños montones, babia 
trechos que estaban empedrados. No podia, pues, ya haber lugar 
a duda alguna que esos guijarros habian sido trasportados allí. Pe- 
ro ¿quiénes pudieron darse aquel trabajo? Verosímilmente no de- 
bia atribuirse a una obra moderna, porque sus restos i mas que 
todo su objeto, se nos habrían presentado con toda claridad; i si 
en rigor aquel empedrado no debia su existencia a un capricho 
de un hombre rico i estravagante de los que suelen presentarse 
en estos tiempos, menos podiamos referirla al espíritu práctico i 
esencialmente estrecho de nuestros abuelos los españoles. 

Nos hallábamos en el curso de estas reflecciones, interesados, 
como se supondrá, en dar la razón a Rosales, que por sus indica- 
ciones nos habia puesto en el camino de aquel descubrimiento, 
cuando prosiguiendo nuestra rebusca topamos con los restos de 
una pared o mas propiamente de una pirca. ¿Era acaso la división 
de un antiguo deslinde? Mui pronto pudimos convencernos de 
que no. Lejos de llevar, en efecto, en su dirección una línea mas 
o menos recta i acentuada, no hacia sino doblarse siguiendo los 
contornos del cerrito, i como si todavía este indicio no fuera bas- 

23. Le Perón, etc., páj. 66. 



CAP. XII. — LA EDAD DEL BRONCE 347 

iios.^1» Las maravillas que nos cuentan de las calzadas peruanas, 
preciso es convenir que en ésta no han existido, quizá por la na- 
turaleza del terreno, que no necesitaba ser aplanado ni seguir su 
demarcación por entre barrancos i laderas. La senda iba siempre 
en. línea recta, sin desviarse hacia las aguadas o los pastos i no 
abarcaba mas de unos cuatro pies de ancho, señalada por las 
piedras que se habian recojido para ponerlas a uno i otro lado.^'* 
El otro camino se estendia por el oriente de la cordillera, des- 
de la provincia de los Charcas hasta frente a Mendoza í aún, 
según quieren algunos, hasta mucho mas al sur. A juicio de 
Montesinos, debe considerarse a Huiracocha como autor de la 
obra, quien deseando apartarse de la común senda que habian 
seguido sus predecesores en sus escursiones a Chile, envió de- 
lante de sí injenieros i obreros que aplanasen las montañas i 
construyesen calzadas de piedra donde fuese necesario, aSe co- 
locaron también de tres en tres leguas jentes cuyo oficio era 
preparar todo lo que pudiera ser útil a los viajeros i reparar el 
camino. Estos trabajos, continua Montesinos, están hoi entera- 
mente destruidos, pues apenas si quedan vestijios.^» 

Según opinión de otros, sin embargo, debe atribuirse a Huay- 
na Capac el honor de haber dado principio a la obra. 

Este camino de la sierra, como se le ha llamado en contrapo- 
sición al del desierto, doblaba su curso frente al valle de Chile, 
i subiendo por las crestas de los Andes hasta encontrar la que- 
brada en que corre el rio de Aconcagua, venia a terminar en el 
centro de nuestro territorio. 

«Cortas memorias, dice Rosales, han permanecido en Chile 
destas calzadas de los Incas; mas, en el camino que va del valle 
de Aconcagua se ven muchas casas i paredes de trincheras o 
fuertes de piedra tosca, donde se alojaban los corredores i capi- 
tanes del Inca que venian en socorro del ejército que militaba 
contra los indios chilenos, los cuales no dieron lugar para tan 

24. Ewbank, The L\ S. naval astronomical expedition, t. 2.*», lug. cit. 

25. Véase Philippi, Viaje al desierto de Atacatna, páj. 76. 

26. Páj. 182. 



346 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

bidas probablemente a que los españoles supusieron que podrían 
encontrarse allí algunas riquezas. 

Por lo demás, considerado como punto de observación, es 
inmejorable, pues desde su cumbre se domina completamente el 
valle de Santiago hasta sus últimos lindes por el norte i por el 
éste, viéndose únicamente limitado hacia el sur i el poniente por 
los cerros de Acúleo. 

Aparece, por tanto, evidente que esta famosa fortificación es- 
tuvo desde su oríjen destinada a asegurar el dominio del valle 
central de Mapuche, siendo de advertir que, al decir de Rosales, 
sucedía otro tanto con la igualmente celebrada del cerro del 
Rio Claro, por lo que toca a las rejiones que siguen hacia el sur. 
La sujeción de los naturales, dentro del imperio de los Incas, 
obedecia así a un sistema no menos regular que el que los espa- 
ñoles establecieron mas tarde para el sostenimiento de las co-- 
marcas de Arauco. 

Una de las mejoras de mas importancia introducida en Chile 
por los Incas fué el sistema de caminos inaugurado por ellos. 
Estos caminos, como se sabe, estaban destinados simplemente 
para el tránsito de hombres, o cuando mas para el de llamas, 
animal que servia a los peruanos de bestia de carga i a la vez de 
alimento. Los cronistas del antiguo imperio de los Incas no tie- 
nen palabras bastantes con que ponderar la magnificencia de esas 
espléndidas calzadas que, partiendo del Cuzco, se avanzaban por 
el norte hasta el Ecuador i alcanzaban por el sur hasta los pri- 
meros valles de Chile, atravesando el despoblado. 

Para penetrar al valle de Aconcagua, viniendo del Perú, no 
hubo al principio sino un solo camino, que fué el que Yupanqui 
mandó labrar al través del desierto de Atacama hasta Copiapó i 
que hasta hoi conserva su denominación de «camino del Inca.» 
«Comienza cerca de aquella ciudad, avanza en línea casi recta ha- 
cia el norte, por el lado del oriente, hasta llegar al pié del cerro 
de Tres Puntas; pasa al rededor de este cerro, que tiene siete mil 
pies de altura, i recobra en seguida su dirección primitiva... Se 
han encontrado con frecuencia en él restos de artefactos perua- 



CAP. XII. — LA EDAD DEL BRONCE 349 

mas de ellas están del todo arruinadas; en algunas se mantiene 
en pié alguna gran parte del muro, i en muí raras alguna peque- 
ña porción de la techumbre. Rústicas máquinas que por ser en 
parajes tan yermos exitan la curiosidad a su inspección i detienen 
gustosamente al caminante, aliviando el tedio de la fatiga i ries- 
go con darle materia para que filosofe a su modo sobre la causa 
eficiente i final de unos monumentos a los cuales hace mas que el 
sitio i la forma venerables la antigüedad.^*^» 

dEstas ruinas, dice un moderno escritor, que mas parecen de 
pequeños corrales, que de chozas o habitaciones humanas, exis- 
ten todavía de trecho en trecho en el camino de Uspallata, i los 
arrieros denominan esos parajes tambos i tambtllos^ lo mismo que 
los indios peruanos/'^i> 

El célebre Carlos Darwin, que viajó también por estas rejio- 
nes nos ha dejado algunos datos interesantes con apreciaciones 
no menos juiciosas acerca de las construcciones que se observan 
en lo alto de las cordilleras. 

«Cerca del puente del Inca se encuentran, dice, algunas ruinas 
de antiguos edificios indíjenas. Esto sucede también en varias 
otras partes; pero las mas perfectas que yo v£ fueron las ruinas 
de Tambillos. Se encontraban allí agrupados pequeños departa- 
mentos cuadrados, aunque en distintos grupos. Algunos de los 
umbrales aún permanecian, i eran formados por un trozo de pie- 
dra atravesada, pero solo a la altura de tres pies. Ulloa en sus 
Noticias americanas hace notar lo bajo de las puertas en las an- 
tiguas habitaciones de los Incas. Estas casas, cuando intactas, de- 
ben haber podido contener un número considerable de personas. 
La tradición apunta que se usaron como lugares de descanso pa- 
ra los Incas, cuando cruzaron estas montañas. Se han descubierto 
restos de habitaciones indíjenas en muchas partes de la cordille- 
ra, donde no parece probable que hubiesen sido construidas como 
simples lugares de reposo; sino donde la tierra es tan estraña a 
toda clase de cultivo, como cerca de los Tambillos o puentes del 

28. Olivares, Historia de Chile^ páj. 18. 

29. Nota a Rosales, páj. 199. 



i 



348 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

largo sosiego, ni se rindieron de manera que sirviesen «1 estas 
fábricas. Demás de que la cordillera es aquí tan áspera, doblada 
i fría, que les habia de costar mui caro andar en ella en tiempo 
de invierno. I las casas que en ella hai son muchas, i no por un 
camino seguido sino por varios cerros i cordilleras, con que pre- 
sumen muchos que las hicieron para labrar las minas que en ellas 
hai, porque en algunas partes se ven señales de hornillos, lava- 
deros i pilas de piedras en que molian metales.^» 

Dando testimonio de estos mismos vestijios dice otro jesuita^ 
que «en la cordillera i en los valles por donde se camina se ven 
varias casas, de las cuales no se puede conjeturar otra cosa sino 
que las hayan hecho los indios del Perú por orden de sus mo- 
narcas o de sus jeneralísimos, para dar a los jefes o subalternos 
de las tropas que pasaban a Chile defensa contra las nieves €► 
abrigo contra los aires delgados i fríos que se dejan sentir en 
tanta elevación por las noches, aún en los meses mas calientes • 
Están dichas casas comunmente en distancias proporcionadas a 
las marchas de un ejército, aunque no en todas se observa esta 
regularidad porque a las veces se encuentran algunas a la legua 
i aún poco menos de las otras, i se puede creer del formidable 
poder de aquellos príncipes, que lo tenian aún sus criados para 
fabricar edificios con el fin de pasar una noche en alivio i osten- 
tación. 

«Son los edificios con paredes i techo de piedra no labrada ni 
unida con mezcla, sino acomodada por la artificiosa prolijidad 
de buscar las caras para la parte esterior i los ajustes para la in- 
terior, según ofrecia su misma configuración; i así han durada 
estos edificios algunos centenares de años en tierra de tantos 
terremotos, i sin haber quien cuide de reparar las ruinas, que es 
cosa mui para admirar. Suele haber en cada paraje muchas juntas, 
i siempre descuella alguna de ellas en la altura i excede en la 
capacidad a las demás, como destinada al parecer para honroso i 
cómodo hospedaje de los jefes i de sus numerosas familias. Las 

27. Historia jioxwA^ páj. 199. 



CAP. XII. — ^LA EDAD DEL BRONCE 35 1 

la ventaja de las bestias de carga, una mina, a menos que fuese 
mui rica, escasamente podria ser esplotada con provecho. ¡I los 
indios lo elejian como lugar de residencia en lo antiguo! Si en 
la época presente cayesen dos o tres aguarceros en el año, en lu- 
gar de uno en el espacio de tres o cuatro, como sucede actual- 
mente, se formaría probablemente un pequeño hilo de agua en 
este estenso valle, i en seguida por la irrigación (cuyo método 
entendían tan bien los indios) podria el suelo rendir fácilmente 
alimento para unas pocas familias.^JD 

De una relación del capitán Olaverría, citada anteriormente, 
aparece, sin embargo, que los restos del ejército peruano que 
quedaban en Chile después de su gran derrota al sur del Maule, 
emprendieron su retirada a la tierra nativa al través de la cordi- 
llera, pero siguiendo el cajón del rio Putagan. Debemos, por tan- 
to, deducir de aquí que aquella senda era ya entonces practicable 
i conocida de los indios i que acaso junto con la via principal 
de Aconcagua, babia muchas otras paralelas que, ascendiendo 
por el curso de los rios, iban a entroncarse a la gran ruta que 
corria del otro lado de los Andes. 

¡Sabe Dios si acaso ese misterioso cuanto ignorado camino por 
el cual es fama pasaban la cordillera en el sur de Chile las car- 
retas que venian de Buenos Aires, no tuvo también oríjen en 
noticias trasmitidas desde aquella reuiota época! 

Mas, dejando aparte hipótesis mas o menos probables, con- 
viene por un momento recordar los variados servicios que los 
Incas tenian implantados en la larga estension de sus vias de co- 
municación; pero como no nos es posible entrar en detalles que 
han sido ya descritos con maestría, bastará con que digamos que 
habia allí empleados para el servicio de los correos o mensajeros 
del soberano; jentes encargadas de reparar la senda, como lo 
hemos ya apuntado; casas i almacenes destinados a guardar los 
víveres i ropa i armas i cuanto era menester para el servicio del 
ejército, etc., etc. 

30. Páj. 409. 



i 



350 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

Inca. En el paso del Portillo vi un grupo de estas ruinas. En la 
quebrada de Jahuel, cerca de Aconcagua, donde no hai senda, 
oí hablar de numerosos restos situados en una gran elevación, 
donde a la vez hace mucho frió i es en estremo incultivable. Al 
principio pensó que estas casas eran sitios de refujio construidos 
por los indios cuando la primera llegada de los españoles; pero 
después me he sentido mas bien inclinado a pensar en la posibi- 
lidad de un pequeño cambio de clima.» 

ccEn el norte de Chile, en la cordillera de Copiapó, se encuen- 
tran en muchos lugares antiguas casas indíjenas; i cavando entre 
las ruinas no es raro descubrir restos de artículos de lana, obje- 
tos de metales preciosos i mazorcas de maíz. Poseo por este me- 
dio una punta de flecha de ágata precisamente de la misma forma 
de las que al presente se usan en la Tierra del Fuego. No ignoro 
que los indios peruanos — (Mr. Pentclant aún considera que la in- 
clinación por los sitios elevados es característica de esta raza — 
{Geograph. y^otim) frecuentemente habitan lasrejiones mas frías 
i elevadas; pero en estos casos, se me aseguró por hombres que 
han gastado su vida viajando en los Andes, que se encontraban 
muchísimas casas en sitios tan elevados que alcanzaban al límite 
de las nieves eternas i en parte donde no existen pasos i donde 
la tierra no produce absolutamente nada, i lo que es mas estraor- 
dinario, donde no hai agua. Sin embargo, la opinión de los natu- 
rales es que, según la apariencia de las construcciones, debieron 
haber sido lugares de residencia. En el despoblado, cerca de Co- 
piapó, en un sitio llamado Punta Gorda, vi los restos de siete u 
ocho pequeños cuartos cuadrados, de una forma semejante a los 
de Tambillos, pero construidos principalmente de barro (que los 
actuales habitantes no pueden imitar como durabilidad) en lugar 
de piedra. Estaban situados en los lugares mas conspicuos i de- 
sabrigados, en la estremidad de un valle ancho i plano. No habia 
agua sino a tres o cuatro leguas de distancia, i esto en mui corta 
cantidad i mala, el suelo era enteramente estéril, i en vano bus- 
qué siquiera un liquen que adhiriese a las rocas. Al presente, con 



CAP. XII. — LA EDAD DEL BRONCE 353 

merosas ruinas de canales de riego que se encuentran en mu- 
chas partes de la localidad.^jp 

Pasando ahora a casos concretos que justifiquen la tesis que 
los escritores que citamos establecen, tenemos que, en cuanto a 
acueductos subterráneos, parece que debió tener oríjen peruano 
uno que se descubrió precisamente en el local que al presente 
ocupan las casas de los Baños de Colina. El agua era conducida 
por la quebrada en tubos de greda, como de un decímetro de 
diámetro, i sin duda alguna, estaban destinados a aprovechar las 
escasas aguas del verano para conducirlas, mediante su alto nivel, 
a algún punto del valle. 

En cuanto a acequias descubiertas nuestros datos son mas 
abundantes i seguros. 

En la sesión que celebró el Cabildo de Santiago en 28 de no- 
viembre de 1552, presentóse Pero Gómez, vecino de la ciudad, 
con un mandamiento del Gobernador en que se ordenaba se die- 
se a los indios del dicho vecino unas tierras que aseguraba eran 
suyas i que le hablan sido arrebatadas. Los cabildantes declara- 
ron en el acto que lo obedecían, pero que en cuanto a llevarlo a 
debido cumplimiento, eso era otra cosa, pues comisionaron a un 
alcalde i dos rejidores para que fuesen a ver las tierras e infor- 
masen a la corporación, la cual al mismo tiempo dispuso que Pe- 
ro Gómez «probase i averiguase como esta acequia i tierras que 
pide de la madera cómo era i la gozaban los mitimaes que eran 
del Inga i i que cuando el seftor Gobernador entró en esta tierra 
no la poseia Talagante, cacique.^ jo... 

Sobre esta misma acequia encontramos también en las actas 
del Cabildo de 14 de abril de 1553, una nueva resolución, por la 
cual se mandaron ver las tierras «que están junto a la dicha ace- 
quia, que solian ser de los mitimaes del Inga; que se entiende 
donde se puedan sustentar i estar allí poblados el principal Hue- 
lenhuala i sus indios.*^i> 

33. Historia de Chile, Agricultura^ t. I, páj. 2. 

34. Actas del Cabildo^ páj. 317. 

35. Id., páj. 347. 

45 



\ 



352 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

íiLa hidrotecnia de los antiguos peruanos, dicen Rivero i Tschu- 
di, merece nuestra atención tanto como la arquitectura. Fabrica- 
ban acequias descubiertas, llamadas r^rr^cac, i acueductos subter- 
ráneos de asombrosa estension, venciendo todas las dificultades 
que les oponia la naturaleza, con sumo arte, con el objeto de 
fertilizar los campos áridos.'^» 

Disertando sobre esta misma materia, un viajero de estos últi- 
mos años, declara que, «el sistema de regadío de los antiguos 
peruanos es mui digno de atención. Aún en las partes donde 
llueve seis meses en el año, construían inmensos canales de re- 
gadío. No solo economizaban los mas pequeños retazos de tierra, 
edificando sus habitaciones i ciudades en lugares inadecuados 
para el cultivo, i enterraban sus muertos donde no 'podian me- 
noscabar el terreno cultivable, sino que terraplenaban las faldas 
de los cerros hasta la altura de cientos i miles de pies i condu- 
cian las aguas de las fuentes de las montañas i torrentes basta 
que se perdian abajo en los valles. Estas acequias, como se las 
llama hoi, fueron a menudo de un tamaño i estension conside- 
rables, alargándose en algunos casos hasta centenares de mi- 
llas...*^!) 

Estas manifestaciones del desarrollo a que había alcanzado el 
arte incarial aplicado a la agricultura, se encuentran también re- 
presentadas en Chile, aunque naturalmente no con las propor- 
ciones i magnitud a que según se afirma alcanzó a llegar en las 
rej iones centrales del imperio. Estos adelantos, como lo dice don 
Claudio Gay, tuvieron su oríjen «en el vivo amor que los perua- 
nos tenian a la agricultura, que era inmediatamente introducido 
en los pueblos que sus conquistas, eminentemente civilizadoras, 
reunian a esta gran monarquía. Asi es que desde que el norte de 
Chile fué dominado por el Inca Yupanqui, se estableció en este 
territorio una cultura de cuyo progreso dan testimonio las nu- 



31. Antija^ihuftuies pcrnauasy páj. 253. 

3J. IC. (fcoi^c Squier. Pcrü^ íncidents of travel and exploration in the latid 
of the líuaSy Loiulon, 1877, 8.^ 



CAP. XII. — ^LA EDAD DEL BRONCE 355 

que ellos introdujeron el ají, la quínua, la especie de fréjol 
llamado pallar, objetos que con el maíz, el madi i las papas re- 
presentaban los únicos productos agrícolas del país.i> 

Cualquiera que conozca medianamente la antigua historia del 
Perú habrá podido notar que la tendencia, así del gobierno como 
del pueblo, era realizar en común las faenas que se ofrecian, cons- 
tituyendo sociedades de ocasión destinadas a realizar en conjunto 
la obra de cada uno i disfrazando el trabajo bajo la apariencia de 
una fiesta. «Aquí también, en Chile, declara M. Gay, se cantaban 
himnos de alegría en medio de los trabajos, i si al presente no 
tiene ya el viajero oportunidad de escucharlos, como en el Perú, 
a no ser en algunos parajes retirados de la provincia deChiloé,® 
donde se les llama Pur-rtí^ puede aún presenciar ciertos regocijos 
que, con el nombre de mingacos^ se ven en algunos lugares, sien- 
do, sobre todo, en el sur donde se han conservado con mas o 
menos pureza estos mingacos. Allí, mediante algunos platos i al- 
gunos cántaros de vino,*° todo propietario reúne suficientes tra- 
bajadores para ayudarle en sus cosechas, teniéndose por dichosos 
al concurrir gratuitamente a trabajos en que el goce i la alegría 
tienen tan gran parte.*^» 

En cuanto a la industria, es manifiesto que en la alfarería, so- 
bre todo, los peruanos mejoraron de una manera estraordinaria 
el arte que al tiempo de la conquista que realizaron existia en 
Chile, Es natural preguntarse, estudiando la parte interna de al- 
gunos de los objetos de barro que actualmente poseemos estrai- 
dos de los sepulcros, si han sido fabricados al torno. I mientras 
mas al norte de nuestro país se encuentran dichos objetos, tanto 
mas marcada es la semejanza que puede encontrarse con aquellos 
tenidos por jenuinamente peruanos. Hacia el norte, el pulimento 
es mas fino, la forma mas elegante, las imitaciones humanas en 
los objetos comienzan a aparecer, i la pintura asume esos colores 
hermosos que ni el tiempo ni su larga permanencia bajo de tie- 

39. Nótese, sin embargo, que los peruanos jamas llegaron hasta Chiloé. 

40. El autor no debia olvidar la música i el baile. 

41. Agricultura y t. I, páj. 2. 



354 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

De la misma fuente consta también que existia en aquella épo- 
ca la acequia que se llamaba de Charamahuida, que salia del rio 
Maipo, i otra intitulada de Inca Gorongo, principal señor de 
Apochame.*^ 

Pero el dato mas preciso sobre esta materia i con mucho el 
mas importante de todos es el que consigua el minucioso Rosa- 
les, quien refiere que un gobernador del Inca, llamado Vitacu- 
ra, hizo abrir a fuerza de brazos una acequia en el lugar que hoi 
se llama del Salto, en las cercanías de Santiago, para regar las 
sementeras del valle que se estiende desde el pié de los cerros 
de donde nace el agua. Esta acequia, conocida hasta hoi por el 
nombre del que la hizo abrir i cuyas huellas pueden aún clara- 
mente percibirse, se hizo famosa sobre todas por la trájica histo- 
ria que envolvió su construcción, ccpues después de haber suda- 
do en hacerla mucho tiempo, porque no se acabó para el dia que 
habia determinado que corriese el agua, hizo que corriese por 
ella sangre de cinco mil indios.^» 

El abate Molina, hablando en jeneral sobre el arte de los pri- 
mitivos indios, dice: «Se ven también en varias partes del reino 
canales conducidos con intelijencia, de los cuales aquellos natu- 
rales se servian para regar sus campos». I con relación al canal 
de Vitacura, según es fácil deducirlo, espresa que entre todos 
merece especial atención por su subsistencia i dirección, «el que 
costea por el espacio de muchas millas las ásperas faldas de los 
montes vecinos a la capital, i que baña la tierra situada al se- 
tentrion de lamisma.D 

Dados estos antecedentes i la práctica i saber de los perua- 
nos establecidos en el norte de Chile, es mui probable, como 
se expresan M. Gay i Córdoba i Figueroa^ que ellos contri- 
buyesen en mucho a fomentar los progresos de la agricultura. 
((Hai, ademas, razones para creer, continúa el mismo autor, 

36. Actas, pájs. 124 i 126. 

37. Historia de Chile, tom. I. páj. 406. Vitacura estaba aún en Mapuche 
cuando llegó Pedro de Valdivia. Marino de Lovera, páj. 45. 

38. Historia de Chile ^ páj. 32. 



CAP, XII.— LA EDAD DEL BltONCE 357 

fias asas. La cara interna está pintada de blanco, i dividida por 
mitad, en la dirección de las asas, por una lista de dibujos. 

A esta misma clase pertenece la número 165, de Freirina, que 
representa, al parecer, una especie de ave acuática, con cabeza i 
cola. En la superficie interna se han formado cuatro secciones, dos 
de las cuales están adornadas con pequ eños dibujos de flamencos, 
{Phaenicopteriis. ) 

Procede de Copiapó el utensilio de esta especie figurado en el 
número 164. En su cara interna, i en direcciones ^alternadas se 
ven dos dibujos bastante elegantes, i en su parte esterna, también 
alternadas, dos pinturas en forma de escalerillas, encerradas den- 
tro de un trapecio i separadas por una línea trasversal. 

Las figuras 166-170 nos muestran cinco de estos objetos, to- 
dos procedentes de Tongoi, que llaman la atención por la varie- 
dad de los dibujos de la parte esterna, i especialmente los dos 
últimos por representar de relieve un pájaro i un pescado. 

Los números }j\ i 172 figuran dos de estos pequeños pla- 
tillos, bailados en Conchalí, en las vecindades de Santiago. El 
primero está adornado con dibujos en su cara esterior, i el se- 
gundo en la mitad de su parte esterna. 

La taza marcada con el número 1 73, procede de Valdivia, i como 
se ve, se acerca mucho a las que hoi se usan como fuentes en 
nuestros campos. La tosquedad de la obra se estiende igualmen- 
te a las dos tazitas que le siguen en numeración, i de las cuales la 
primera, provista de dos pequeños apéndices, es de Copiapó, i la 
restante de las cinco, de Valdivia. 

Del examen i comparación de los utensilios de esta especie 
podemos, pues, deducir, que si bien en el norte de Chile, hasta 
Santiago, en el país sometido propiamente a los Incas, la indus- 
tria de la alfarería era notable, también, probablemente la jen te 
menos acomodada, usaba aún objetos bastante toscos. Del sur 
no conocemos platos adornados con pinturas, aunque sí algunos 
cántaros. 

De estos, uno de los únicos que hayamos visto representando 
alguna figura humana es el que damos de tamaño natural con el 



i 



356 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

rra han conseguido hacer totalmente desaparecer. En los objetos 
sacados de los sepulcros que existen desde Maipo al sur, por el 
contrario, las pinturas casi no existen, la forma humana desapa- 
rece del todo, i en lugar del trabajo bien concluido i hasta ele- 
gante, solo se encuentran vasijas de una arcilla tosca i de formas 
poco simétricas. En nuestro álbum puede, por decirse así, seguirse 
casi paso a paso este progreso del arte desde el sur hacia el nor- 
te. Sin embargo, en Valdivia es de notarse que existia una cierta 
superioridad sobre los trabajos semejantes de las provincias in- 
termedias, constituyendo de este modo un centro aparte. 

El cocimiento se hacia en hoyos escavados en las paredes de 
las quebradas,^^ i así preparadas las piezas, se barnizaban después 
con tierras minerales de distintos colores, que llamaban en jene- 
ral cola. Hablando al rei de estos utensilios, sin distinción de 
localidades, Pedro de Valdivia aseguraba que los indios de Chile 
c(tenian muchas i mui pulidas vasijas de barro.'*^» 

En el Atlas hemos dado primero colocación a las tazas i plati- 
llos, siguiendo, en cuanto ha sido posible, la separación correspon- 
diente a las localidades. La taza número 161, de propiedad de 
don Demetrio Lastarria, es de una greda bastante fina, de pa- 
redes mui delgadas i de forma elegante. Ha sido estraida de 
una escavacion practicada cerca del puerto de Blanco Encalada, 
i tiene veinticuatro centímetros de diámetro en su abertura, i 
once de alto. Los dibujos con que están adornadas las paredes 
esteriores aparecen divididas en dos secciones diversas i alterna- 
das: una en figura de triángulo, formada por pequeños biscochos 
de dibujo idéntico, que van paulatinamente decreciendo hacia la 
base; i otra, mas o menos cuadrangular, de dibujos varios, pinta- 
dos de tres colores. 

La figura número 162 representa un platillo relativamente 
chato, sacado de una huaca de Vallenar, i provisto de dos peque- 



42. Molina, Historia natural^ lib. I, cap. IV. Los araucanos llaman al aliare 
ro hiieyduñ^ i tienen la voz covillca^ cocer losa. 

43. Cartas^ páj. 65. 



CAP. XII. — LA EDAD DEL BRONCE 357 

ñas asas. La cara interna está pintada de blanco, i dividida por 
mitad, en la dirección de las asas, por una lista de dibujos. 

A esta misma clase pertenece la número 165, de Freirina, que 
representa, al parecer, una especie de ave acuática, con cabeza i 
cola. En la superficie interna se han formado cuatro secciones, dos 
de las cuales están adornadas con pequ eños dibujos de flamencos, 
{Phaenicopterus, ) 

Procede de Copiapó el utensilio de esta especie figurado en el 
número 164. En su cara interna, i en direcciones ^alternadas se 
ven dos dibujos bastante elegantes, i en su parte esterna, también 
alternadas, dos pinturas en forma de escalerillas, encerradas den- 
tro de un trapecio i separadas por una línea trasversal. 

Las figuras 166-170 nos muestran cinco de estos objetos, to- 
dos procedentes de Tongoi, que llaman la atención por la varie- 
dad de los dibujos de la parte esterna, i especialmente los dos 
últimos por representar de relieve un pájaro i un pescado. 

Los números 171 i 172 figuran dos de estos pequeños pla- 
tillos, hallados en Conchalí, en las vecindades de Santiago. El 
primero está adornado con dibujos en su cara esterior, i el se- 
gundo en la mitad de su parte esterna. 

Lataza marcada con el número 173, procede de Valdivia, i como 
se ve, se acerca mucho a las que hoi se usan como fuentes en 
nuestros campos. La tosquedad de la obra se estiende igualmen- 
te a las dostazitas que le siguen en numeración, i de las cuales la 
jjrimera, provista de dos pequeños apéndices, es de Copiapó, i la 
restante de las cinco, de Valdivia. 

Del examen i comparación de los utensilios de esta especie 
mos, pues, deducir, que si bien en el norte de Chile, hasta 
antiago, en el país sometido propiamente a los Incas, la indus- 
ria de la alfarería era notable, también, probablemente la jente 
tiénos acomodada, usaba aún objetos bastante toscos. Del sur 
o conocemos platos adornados con pinturas, aunque sí algunos 
¿ntaros. 

De estos, uno de los únicos que hayamos visto representando 
I ¿una figura humana es el que damos de tamaño natural con el 



358 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

niiinero 175. Ha sido sacado de una sepultura de Petorca i per- 
tenece al señor Lastarria. Sobre la cabeza tiene una especie de 
bonete, que constituye la boca del cántaro, desprendiéndose ha- 
cia el frente dos amarras o trenzas, que rematan en unas cabezas 
de reptil. El peinado está constituido por una serie de estas 
trenzas provistas de las mismas figuras. Las prominencias o joro- 
bas que se notan hacia la parte superior del utensilio son proba- 
blemente adornos de mera fantasía. 

Al lado de la lámina prece dente damos otra figura, procedente 
de Iquique, que hemos colocado ahí como comparación i porque 
al fin i al cabo, hoi por hoi, debemos considerarla como chilena. 
En la posición en que se ve, representa un hombre o mujer sen- 
tado sobre sus rodillas, sosteniendo en la cabeza una gran re- 
dondela, de cuya base se desprende una túnica, que el individuo 
sostiene por sus estremidades con ambas manos. En la cintura 
tiene una faja bien adornada; i la abertura del cántaro está colo- 
cada en un tubo, tras de la redondela puesta sobre la cabeza. 

La figura 177, que es casi en un todo idéntica con la 181, pro- 
cedente la primera de Vallenar i la segunda de Freirina, ambas 
de tamaño natural, tienen dos golletes: uno de ellos representa 
una cabeza de ave con su cuello, i el otro sirve de abertura, jes- 
tando los dos reunidos por una asa. 

Se ha querido también figurar al parecer una ave de ribera, 
algo como un pato, en la número 178, encontrada en la hacien- 
da del Principal, cerca de Santiago, de cuyas vecindades tiene 
también oríjen la número 183, dibujada en el tercio de su tama- 
ño, de la cual el señor Ewbank que la descubrió hace ya algunos 
años, dice dser perfectamente alisada, suave al tacto, i que per- 
tenece a la clase de objetos que podriamos llamar de fantasía, 
útiles para los menesteres diarios como para la ornamentación. i> 

Debemos colocar entre los cántaros provistos de asas i ador- 
nados con figuras humanas o animales a los que presentamos di- 
bujados con los números 186, 67 i 68. El primero ha sido sacado 
de Tongoy, i como en los dos restantes, uno de los golletes sus 
tenta la figura, mientras el otro sirve de abertura. El señor don 



CAP. XII. — L\ EDAD DEL BRONCE 36 1 

al paso que en esas partes es relativamente fácil procurarse ma- 
teriales de esta especie, en el sur, por el contrario, las dificulta- 
des son infinitamente mayores, especialmente si se atiende a los 
medios de esplotacion con que contaban los industriales perua- 
nos. Nada, pues, tiene de estraño, i por la inversa aparece mui ve- 
rosímil i esplicable, que así como en el norte habia facilidades para 
emplear el material metalífero, en el sur han debido ocurrir, cuan- 
do no se quería emplear la arcilla, a la piedra. I como se cono- 
cian los instrumentos de bronce, estos mismos servian para la ela- 
boración de los artefactos de piedra, i por consiguiente para los 
vasos i otros útiles semejantes. 

El vaso número loi de nuestro álbum ha sido encontrado cerca 
de Casablanca, hallándose representado en la mitad del tamafio 
natural. Es de una piedra arenisca, blanda, parecida a la que lla- 
mamos cancahua, i es de propiedad de don Luis Montt. Tiene 
dos apéndices laterales que han sido hechos con el fin de agarrarlo 
de esas partes, i está asentado sobre tres pies. 

El número 102, también de la mitad de su tamafio natural i de 
propiedad del mismo señor, procede de la hacienda del Batro, 
cerca de Valparaíso, i su estado de conservación así como su tra- 
bajo artístico, son mui superiores al del anterior. Está hecho de 
piedra talcosa, i tiene en los apéndices de los lados dos agujeros 
destinados a recibir alguna cuerda para ser colgado, i por uno de 
sus costados una cara humana de relieve, con ojos, narices i boca, 
pero sin orejas. En lugar de tres pies, solo tiene un asiento de 
un solo cuerpo, i su forma ovalada es mucho mas regular que la 
semi-esférica del anterior. 

La figura 11 1 tiene mucha semejanza con la loi. Es también 
de piedra talcosa jaspeada, pero sus líneas no son tan correctas 
como las de esta última. Es igualmente de la mitad del tamaño 
natural, de la colección del Museo Nacional i de procedencia des- 
conocida. 

La vasija que representa el número 106, dibujada en la tercera 
parte de su tamaño, i de un material enteramente análogo al 
de la 102, auuque carece de una regularidad completa, merece 

46 



362 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

llamar la atención por su forma ovoide i las cuatro alas que ador- 
nan sus costados. Igualmente se guarda en la colección del Mu- 
seo Nacional, i ha sido hallada no sabemos donde. 

La del número 1 10, tiene veintisiete centímetros de altura, dos 
apéndices laterales en la misma dirección del cuerpo del utensilio, 
i cada uno con un agujero; es de jaspe i ha sido hallado en el lu- 
gar de Panamá, en la provincia de Curicó. Merece notarse en él 
la forma especial de la base en que descansa i mas que todo la 
horadación oval del pié. 

Hemos tenido ocasión de examinar algunos otros tiestos de 
esta especie, pero pocos que se encuentren en igual estado de 
conservación. Indudablemente han debido pertenecer a la jen- 
te mas acomodada de aquellos antiguos habitantes, constituyendo 
verdaderos objetos de lujo en el pequeño ajuar de la casa. Sin 
embargo, no es tan fácil atinar para el fin preciso a que hayan 
estado destinados. Los señores Rivero i Tschudi que han dibu- 
jado también cinco de estas vasijas, algunas de ellas procedentes 
del Cuzco, se limitan a decir que son «tazas;» pero si los núme- 
ros loi i 1 1 1, por ejemplo, semejan especies de ollas que parecen 
indicar se les deseaba colocar sobre brasas, su poca capacidad 
aleja esta suposición, i la naturaleza blanda de la piedra tampoco 
nos puede hacer creer que hayan servido de morteros para el ají u 
otras sustancias semejantes. Los números 102 i 1 10 corresponden 
mucho mas aproximadamente por su forma a nuestros modernos 
floreros, pero no participamos de la idea de que aquella jente pri- 
mitiva hubiese llevado su refinamiento hasta elevarse a conser- 
var en sus pobres habitaciones manojos de las flores silvestres 
para respirar su perfume. Acaso con mas fundamento i verosi- 
militud puede sostenerse que eran copas destinadas a servir en 
ellas la chicha a personajes de distinción en graves i solemnes 
ocasiones. En todo caso, puede afirmarse que han permanecido 
sin uso alguno ea poder de sus dueños orijinarios, por el estado 
de conservación admirable en que casi todas ellas se encuentran. 

Otro objeto de piedra de aquella edad que se ha podido obte- 
ner, de Vichuquen, i que dibujamos de tamaño natural bajo el 



CAP. XII. — LA EDAD DEL BRONCE 363 

número 104, es una hermosa mano de mortero, que figura en su 
parte superior una cabeza de gato. No necesitamos decir que en 
Chile existen dos especies salvajes {Felis pajeros i Felis guiña) 
de este animal que ha podido servir de modelo al artista. Ha sido 
también sin duda un objeto de lujo, pues ademas del esmerado 
trabajo que ha requerido, su estado de conservación demuestra 
que no ha tenido ningún uso. 

La figura 103, representada en el tercio del tamaño natural, 
fué encontrada en Quintero i es de la piedra llamada vulgarmen- 
te del Tabón. El mango de que está provista demuestra clara- 
mente que estaba destinada a llevarse en la mano, i también 
colgada, por el agujero que en su estremidad posee. La parte su- 
perior, que es casi completamente redonda, tiene en uno de sus 
lados una entrada, que en su parte esterior figura al parecer un 
pico de loro, i en el centro una pequeña protuberancia también 
redonda, destinada, a nuestro juicio, a representar el ojo del ave. 
De este ojo parten hacia los bordes varias líneas lijeramente 
escavadas que sirven de adorno al conjunto. Conocemos también 
otros dos objetos semejantes hallados en la provincia de Colcha- 
gua, de piedra porfídica, [mucho mas dura que la de la figura 
descrita i sumamente bien pulida i alisada; pero en muimal es- 
tado de conservación. Probablemente ha sido una insignia de 
mando destinada a usarse en la guerra. 

Don Claudio Gay habia dibujado ya en su obra el objeto que 
reproducimos bajo el número 74, hecho de mármol del Tabón, 
i cuya procedencia es evidentemente peruana. Como se ve, es 
una especie de estrella de siete picos, lisa por su parte superior, 
i ahuecada en la inferior, lo que demuestra sin duda que era una 
especie de mango o terminación de un bastón. Pero si es fácil de- 
ducir de su forma el uso jeneral a que estuvo destinada no se 
esplica dé una manera enteramente satisfactoria el porqué de los 
pequeños agujeros que se notan en cada una de sus estremidades, 
debiendo advertirse mientras que hai seis superficiales, existe 
uno, como se ve en el dibujo, que taladrando un brazo, penetra 
hasta la cavidad central. ¿Tuvo esto por objeto hacer pasar por 



362 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

llamar la atención por su forma ovoide i las cuatro alas que ador- 
nan sus costados. Igualmente se guarda en la colección del Mu- 
seo Nacional, i ha sido hallada no sabemos donde. 

La del número 1 10, tiene veintisiete centímetros de altura, dos 
apéndices laterales en la misma dirección del cuerpo del utensilio, 
i cada uno con un agujero; es de jaspe i ha sido hallado en el lu- 
gar de Panamá, en la provincia de Curicó. Merece notarse en él 
la forma especial de la base en que descansa i mas que todo la 
horadación oval del pié. 

Hemos tenido ocasión de examinar algunos otros tiestos de 
esta especie, pero pocos que se encuentren en igual estado de 
conservación. Indudablemente han debido pertenecer a la jen- 
te mas acomodada de aquellos antiguos habitantes, constituyendo 
verdaderos objetos de lujo en el pequeño ajuar de la casa. Sin 
embargo, no es tan fácil atinar para el fin preciso a que hayan 
estado destinados. Los señores Rivero i Tschudi que han dibu- 
jado también cinco de estas vasijas, algunas de ellas procedentes 
del Cuzco, se limitan a decir que son «tazas;» pero si los núme- 
ros 1 01 i III, por ejemplo, semejan especies de ollas que parecen 
indicar se les deseaba colocar sobre brasas, su poca capacidad 
aleja esta suposición, i la naturaleza blanda de la piedra tampoco 
nos puede hacer creer que hayan servido de morteros para el ají u 
otras sustancias semejantes. Los números 102 i 1 10 corresponden 
mucho mas aproximadamente por su forma a nuestros modernos 
floreros, pero no participamos de la idea de que aquella jente pri- 
mitiva hubiese llevado su refinamiento hasta elevarse a conser- 
var en sus pobres habitaciones manojos de las flores silvestres 
para respirar su perfume. Acaso con mas fundamento i verosi- 
militud puede sostenerse que eran copas destinadas a servir en 
ellas la chicha a personajes de distinción en graves i solemnes 
ocasiones. En todo caso, puede afirmarse que han permanecido 
sin uso alguno en poder de sus dueños orijinarios, por el estado 
de conservación admirable en que casi todas ellas se encuentran. 

Otro objeto de piedra de aquella edad que se ha podido obte- 
ner, de Vichuquen, i que dibujamos de tamaño natural bajo el 



CAP. XII. — :LA EDAD DEL BRONCE 365 

malaquita, de diversos tamafios, todas agujereadas en el centro, 
pero a las cuales faltaba la cuerda que las babia reunido, proba- 
blemente por haberse destruido con el trascurso del tiempo que 
babia estado enterrada. A pesar de esta coincidencia, no cree- 
mos que los peruanos introdujesen en Chile la moda de estos 
collares, pues es sabido que en todos los pueblos salvajes exis- 
ten alhajas semejantes, formadas ya de conchas, ya de dientes 
de animales i otros objetos. Pero acaso no puede decirse otro 
tanto del topu o tupo^ especie de alfiler grande i de formas va- 
riadas con que las indias hasta hoi se prenden la parte superior 
del vestido a la altura del pecho. 

El viajero Bollaert que habia recojido algunos datos sobre an- 
tigüedades durante su permanencia en el norte de Chile, apunta 
el hecho de que Mr. Abott, en unas sepulturas, anchas i peque- 
ñas, que se levantaban sobre el suelo en forma de montículos, 
hasta una altura como de doce pies, abiertas en Copiapó, en 1843, 
se encontraron, ademas de algunas vasijas de greda, puntas de 
flechas, maíz, piedras de moler i alfileres de cobre.*^ 

Procedente de Copiapó es también la alhaja de esta especie 
que dibujamos bajo el número 131, de tamaño natural, i que co- 
rresponde por su forma a la denominación de chacrahuica de que 
habla el jesuita Arriaga, pues, como se verá, tiene en su parte 
superior la forma de media luna, con el apéndice de un largo 
alfiler redondeado, destinado evidentemente a servir de prende- 
dor. La media luna es una lámina mui delgada, con un pequeño 
agujerito en su parte central. Es de oro fundido i pertenece a la 
familia Prieto. 

Enteramente análogo al anterior por su forma i material es el 
que representa de tamaño natural la figura 121, que el señor Ga- 
rrido estrajo de una hnaca de Freirina. ¿Fué de uso de algún 
niño! ¿Estuvo destinado a sostener alguna pequeña cinta del pei- 
nado, cómo el iharilonco de los araucanos? ¿Fué simplemente 
un juguete? No sabríamos decirlo, pero parece evidente que no 

47. Researches^ etc. páj. 175. 



364 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

el pequeño agujero algún clavo de cobre para asegurar el mango 
al bastón? No se ocurre otra cosa, pero tampoco puede negarse 
que el grueso del claro ha debido ser insuficiente para lograr 
cumplidamente este fin, mucho mas si se atiende a que no estaba 
tampoco apoyado por un refuerzo análogo del lado opuesto. 

El número 108, tamaño natural, sacado de una hueca de Frei- 
rina, representa un pomo de jaspe, sumamente interesante, pues 
en sus dos cavidades, separadas una de otra por un tabique del- 
gado de la misma piedra, se ven todavía restos de la tierra con 
que las mujeres debieron teñirse la cara. 

Creemos que para el mismo fin ha servido el utensilio figura— 
do con el número 107, que es de alabastro i ha sido hallado en 
el norte; i probablemente también la especie de limón, que 
representa de la mitad de tamaño natural la figura 112, que se 
encontró en el cauce del estero Guirivilo de la provincia de Cu- 
ricó. Los peruanos llamaban llimpi a la pintura del rostro i em- 
pleaban en ella el cinabrio, para cuyo único fin esplotaban la cé- 
lebre mina de Huancavelica/^ 

Esta manera de conservar los afeites implica, pues, un progre- 
so respecto del sistema araucano, limitado de ordinario, según 
hemos visto, a guardar en panes o terrones el colit o pintura ocreo. 
sa, o a emplear el zumo de las hojas de ciertas plantas indíjenas. 
I ya que de adornos uíujeriles se trata, debemos decir algo res— 
pecto de las alhajas que los peruanos introdujeron en el traje o 
en la persona. 

«Usaban las indias, dice Arriaga, medias lunas de plata, que 
llaman chacrahiiicay i otras que llaman huamas^ i otras como 
diademas o patenas redondas que llaman tincurpa\ unas de co- 
bre, otras de plata, i no pocas de oro;... i las huacras^ que son 
unos como collares.'*S Estas últimas responden evidentemente a 
la joya araucana conocida con el nombre de llancas, de que ya 
hemos hablado. El señor Garrido estrajo de una sepultura de 
Freirina una de estas huacras, formada por pequeñas piedras de 

45. Rivero, Memorias cien tificns, tom. 1 1, páj. 86. 
46 Extirpación de la idolatría^ páj. 44. 



CAP. XIL— LA £DAD DgL BRONCE 367 

número 116, de la misma procedencia deLanterior, que repre- 
senta dos láminas de oro mui delgadas, que tienen en relieve, 
juntándolas, una cara humana, con nariz, ojos, boca, i en la estre- 
midad inferior una serie de puntos, todo formado por abolladuras 
hechas por el lado del reverso. En la parte superior, sobre las dos 
líneas de relieve que indican los contornos de la cabeza, cada una 
de las láminas tiene un pequeño agujero, destinado a recibir el 
hilo de donde pendía esta joya. Puede igualmente ser mui bien 
que haya servido para colocarlo en el traje, pues, como es cons- 
tante, los peruanos usaban adornos en los brazos i otras partes 
del cuerpo. \ 

Uno de los objetos mas interesantes que se haya conservado 
de la época de la dominación incásica entre nosotros, es el vaso 
que dibujamos bajo el número 128. «Fué encontrado en mayo 
de 1833, en un solar de la calle del Comercio, en la ciudad de 
Copiapó> a cinco cuadras al oriente de la plaza, por un peón de 
D. Adrián Mandiola que cortaba adobes, i a la profundidad de 
cinco varas. Esta curiosísima reliquia de la era indíjena acredita 
la gran riqueza que tanto deslumhró a Almagro en Copiapó, i 
que desapareció súbitamente a la vista de sos rapaces compañe- 
ros a medida que avanzaban hacia los valles meridionales. Según 
una información que envió al gobierno oficialmente el intenden- 
te Melgarejo, se dice que esta reliquia debió pertenecer a los 
indios orresques^ nombre que no hemos encontrado en ninguna 
crónica ni documento antiguo.*^ El despechado cacique a quien 
pertenecía esta joya ¿la escondió de los conquistadores, o fué 
algún gran señor, que voluntariamente se enterró con ella según 
la usanza jentílica? Probablemente aconteció lo último, porque 
cerca del vaso se encontraron los restos pulverizados de un ca- 
dáver. 

cEste curiosísimo resto de la industria i riqueza aboríjenes de 
Chile, pesa ciento sesenta i siete gramos... El señor Mandiola lo 

48. ¿No habrá querido decirse orejones} 



366 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

ha podido prestar los mismos servicios que el que en su compa- 
ración podríamos llamar jigante, de que acaba de tratarse. - 

En una sepultura antigua de indios, cerca de la ciudad de Osor- 
no, se ha encontrado igualmente un alfiler semejante, pero por 
hallarse junto con un trozito de fierro manifiesta que ha sido 
allí enterrado con posterioridad a la conquista española. Es- 
te alfiler, que lleva el número 132, es de plata, tiene uno de 
sus estremos aplanados, i en él un agujero. Se conserva en el 
Ríuseo Nacional i puede servirnos para manifestar hasta que 
punto se jeneralizaron en aquella época las artes peruanas en 
Chile. 

Los araucanos usan hasta el presente como joya de valor los 
tupos peruanos, que acaso en su oríjen entre nosotros solo fue- 
ron de espinas de árboles o de pescados, pero afectan formas 
orijinales i distintas de las que acostumbraron al parecer sus im- 
portadores. Hai de dos clases de estos tupos, unos de la forma i 
proporciones que se ven en el número 129, i otros, mas o menos 
de las mismas dimensiones, pero que, en vez de tener su parte 
superior aplanada, la llevan en forma de una esfera hueca. Una 
i otra especie son de plata, i como podrá observarse, la cabeza o 
parte superior, tiene dibujada de relieve por medio de golpes 
dados en el anverso, una serie de puntos, figurando el de mas 
adentro una especie de cruz, hecha de la misma manera. El alfi- 
ler está unido a la redondela por medio de dos remaches o puntas 
que nacen del mismo alfiler. El que dibujamos tiene treinta i 
nueve centímetros de largo i pesa ciento ochenta gramos. 

De los aretes usados hasta hoi por los araucanos ya hemos di- 
cho lo suficiente, pero cúmplenos ahora coleccionar lo que en 
este orden nos ha quedado de los peruanos. De estas joyas se 
conocen algunas estraidas de Freirina, de plata fina, fundida, de 
un trabajo esmerado i de formas elegantes, que se encuentran 
mui lejos de asumir las proporciones disonantes i las formas pe- 
sadas a que alude el padre Rosales al referirse a estos objetos, 
como puede verse en el ejemplar que dibujamos con el número 
119. Quizás a este orden de objetos debe también referirse el 



CAP. XII. — LA EDAD DEL BRONCE 369 

hizo un descubrimiento análogo^ pero mas curioso que todos 
ellos era un objeto de oro, delgado como papel, que se descubrió 
en Copiapóy en 1832, en el interior de una sepultura indíjena, pues 
tenia la forma de un pequeño coco, abierto en su parte superior, 
que cuando se soplaba en él daba un sonido penetrante, i apre- 
tándolo con los dedos se encojia, pero recobraba su estado pri- 
mitivo cuando cesaba la presión.^ 

A estarnos a lo que refieren antiguos cronistas, parece que 
si bien es cierto que de Chile se sacaba bastante oro para enviar 
al soberano del Cuzco, los objetos de la naturaleza indicada no 
eran fabricados entre nosotros sino que procedían directamente 
de la corte; así al menos lo afirma Hernando de Santillan cuando 
declara que a los caciques que daban la paz al Inca, <ia éstos les 
hacia mercedes i daba vasos de oro i ropa del Cuzco.^jd 

Tanto los ídolos (de que luego trataremos) como las figuras 
de oro, plata i cobre que se encuentran en las huacas, indican, 
pues, de una manera evidente que en aquella remota época se co- 
nocia ya en Chile el arte de trabajar los metales. Ademas de es- 
tos monumentos, cuya autenticidad no puede disputarse, posee- 
mos testimonios históricos que nos llevan a la misma conclusión. 
En efecto, según refiere González de Oviedo, Diego de Almagro 
despachó desde Aconcagua a reconocer ala tierra adentro» al ca- 
pitán Gómez de A\varado, del cual envió mineros e hizo dar ca- 
tes e hallaron las minas e quebradas e nascimientos dellas tan 
bien labradas como si los españoles entendieran en ellas.^D En 
las ordenanzas de minas trabajadas para Chile, de orden real, por 
don Francisco García Huidobro encontramos también un párrafo 
que demuestra que antes del descubrimiento del país por los es- 
pañoles los indíjenas conocían el arte de trabajar las minas. «Res- 
pecto de que muchos indios de encomiendas o que sirven de va- 
queros o otros oficios del campo, dice aquel documento, siendo 
sabedores de minas mui ricas que descubrieron o heredaron de 

52. Researches, páj. 175. 

53. Relación del origen^ etc.^ páj. 1 6. 

54. Historia moral y natural de las Indias^ t. IV, páj. 273. 

47 



';68 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

regaló al jeneral Prieto, cuando era presidente de la República, 
i hoi es propiedad de su familia /^d 

«Aunque desgraciadamente está mui magullado i tiene varios 
pequeños agujeros, seria bastante fácil, como nos dijo un joyero, 
restituirle en gran parte su forma,D i es lo que se ha hecho en el 
dibujo que damos. «Como lo muestra la figura, su forma es la de 
un cilindro que se ensancha paulatinamente hasta la boca, i niue- 
tra en su parte inferior dos listoncitos algo elevados, i otros dos 
no menos prominentes en la parte superior. Ademas, tiene tres 
caras humanas situadas a igual distancia, i cuyas cejas correspon- 
den al segundo de los listones superiores. Se ven los ojos, la 
nariz, la boca abierta con dientes, pero ningún vestijio de orejas, 
ni tampoco el perfil de la cabeza. Todo esto es representado por 
listoncitos salientes, huecos en el interior, siendo evidente que 
todo el trabajo ha sido hecho a martillo. 

«Los señores Rivero i Tschudi figuran en su lámina iii una 
copa de oro, que se asegura haber sido hallada en las huacas 
del Cuzco i que se conserva en el Museo Nacional de Lima. Es 
casi de la misma forma que la del señor Prieto, pero mas angos- 
ta i de un trabajo mas rico, pues representa relieves en forma de 
caras i plumas. En el medio se notan tres figuras, la una aga- 
rrando un bastón adornado con una cara i una montera en el 
puño; a los pies hai unas fajas, i en la parte del asiento tiene la- 
bores entre dos líneas; pesa solo la mitad de la nuestra.®*3> 

Poseemos algunos testimonios que demuestran que esta clase 
de objetos no fueron aún escasos en la época de que nos ocupa- 
mos: así el botánico ingles Mr. Bridges, obsequió a Bollaert, en 
1854, seis ejemplares de huacos estraidos de Copiapó, que actual- 
mente existen en el Museo Británico, siendo uno de ellos una 
copa pintada.^^ 

En 1828, refiere también Bollaert, don David Ross, cónsul 
inglés en Coquimbo, deshaciendo los cimientos de una muralla, 

49. Catálogo de la Esposicion del Coloniaje^ páj. 93. 

50. Philippi, Algo sobre las momias peruanas^ lug. cit. 

51. Antiquarian researches, páj. 174. 



CAP. Xn. — LA EDAD DEL BRONCE 37 1 

para la fundición hornillos pequeños.. • Los moldes estaban he- 
chos de cierto barro mezclado con yeso, como lo ha demostrado 
el análisis de un molde de ídolo de un pueblo de jentiles en la 
sierra, que trajimos a Europa. Vaciados los metales, los cincelan 
con tanta perfección, que no se distingue en ellos la menor desi- 
gualdad resultante del molde. ..Mas admiración causa aún la des- 
treza con que hacían las obras batidas. No conocemos el proce- 
dimiento que usaban en este artefacto, pero probablemente era 
mui parecido al de nuestros plateros. Hai dos clases de obras: 
una consiste en figuras de hombres i de animales, batidas con lá- 
minas delgadas de oro i plata, i después soldadas entre sí en su 
forma natural; la otra, consiste en vasijas abiertas, en cuyos lados 
hai figuras algo toscas, batidas con la mayor sutileza, en términos 
que no se conoce golpe de martillo. Las soldaduras se distinguen 
por su solidez, rompiéndose primero el todo áutes que despeda- 
zarse aquella, i por la exactitud de las partes soldadas. Algunos 
autores han pretendido (erróneamente), que en muchos de los 
ídolos huecos no hai soldadura; pero se descubren los puntos de 
reunión. que están casi completamente borrados por un bruñido 
mui perfecto.*;) 

Del testimonio de Hernando de Santillan, así como de muchas 
otras fuentes que podriamos citar, consta que los peruanos des- 
cubrieron en Chile «muchos asientos de minas i sacaron mucha 
cantidad de oro dellas^}), i del examen que vamos a hacer de otras 
piezas dibujadas en nuestro álbum veremos igualmente que tra- 
bajaban la plata i el cobre i que sabían producir aleaciones exce- 
lentes para dar a sus instrumentos la dureza i resistencia necesa- 
rias. (lLos indios del Perú, decia frai Gregorio García, usaban 
siempre del cobre, así para sus armas como para instrumentos de 
cortar i labrar.» «Los primitivos chilenos, añade Molina, estraian 
él oro, la plata, el cobre, el estaño i el plomo de las entrañas de 
la tierra, i después de haberlos purificado se servian de estos me- 
tales para varias labores útiles i curiosas; pero en particular del 

58. Autigñedades, páj. 216. 

59. Relación del origen^ descendencia^ política y gobierno de los Incas ^ páj. 15. 



370 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

SUS mjyores, no las manifiestan por temor de sus vecinos, se or- 
dena i manda, etc."i> 

Garcilaso que nos ha conservado algunos datos sobre esta in- 
teresante materia, declara sobre el particular, que los indios «fun- 
dían a poder de soplos, con unos cañutos de cobre, largos de me- 
dia braza, mas o menos, como era la fundición, grande o chica. 
Los cañutos cerraban por el un cabo, i dejábanles un agujero pe- 
queño por do el aire saliese mas recojido i mas recio. Juntábanse 
ocho, diez i doce, como eran menester para la fundición, i anda- 
ban al rededor del fuego soplando con los cañutos. También su- 
pieron hacer tenazas para sacar el metal del fuego: sacábanlo con 
unas varas de palo o de cobre i echábanlo a un montoncillo de 
tierra humedecida, que tenían cabe sí, para templar el fuego del 
metal; allí lo traían i revolcaban de un cabo a otro, hasta que es- 
taba para tomarlo en las manos. Con todas estas inhabilidades 
hacían obras maravillosas, principalmente en vaciar unas cosas 
por otras, dejándolas huecas, sin otras admirables, etc.^i>... 

En otra parte dice este mismo autor que después de hecha la 
mezcla de cierto mineral de plata i plomo, <í1o fundían en unos 
hornillos portátiles a manera de anafes de barro. No fundían con 
fuelles, ni a soplos con los cañutos de cobre,... sino que dieron 
de fundirlo al viento natural... Se iban de noche a los cerros i 
collados i se ponían en las laderas altas o bajas, conforme al viento 
que corría, poco o mucho, para templarlo con el sitio mas o me- 
nos abrigado. Era cosa hermosa ver en aquellos tiempos, ocho, 
diez, doce, quince mil hornillos arder por aquellos cerros i altu- 
ras. En ellos hacían sus primeras fundiciones, después en sus ca- 
sas hacían las segundas i terceras con los cañutos de cobre.*'*^D 

Rivero i Tschudi añaden a este respecto: ((el arte de los pla- 
teros había llegado a una gran perfección... Sabían fundir el me- 
tal, vaciarlo en moldes, soldarlo, embutirlo i batirlo. Usaban 



55. ^I:e7'ns ordcnatt::as de minas para el Rey tío de Chile ^ Lima y 1757, 4.**» 
Ortleiianz:i V. 

56. Comentarios reales^ t. I, páj. 70. 

57. /f/., id., páj. 300. 



CAP, XII. — LA EDAD DEL BRONCE 373 

del empleo análogo que esta piedra número 73 debió tener; pero 
acaso de la forma de su horadación puede igualmente deducirse 
que en vez de mango, ha recibido una cuerda para que, hacién- 
dola jirar con ella, dar mas fuerza al golpe por medio de un brazo 
mucho mas largo. Pensamos, pues, que los peruanos usaron de 
esta arma aplicándola de dos maneras diversas, ya fija en una has- 
ta de palo, ya retenida en un cordel, pero sin lanzarla; como si 
dijéramos una honda que no perdia jamas el proyectil. 

Los señores Rivero i Tschudi, que dibujan bajo el número :rc> 
de la lámina XXXIV de su obra una piedra como ésta, pero c:: 
la cual la horadación no pasa de un lado a otro, lo que la aproxi- 
ma a nuestra figura 74, dicen a su respecto: ainstrument.^ ce 
piedra con una abertura en el centro, que se engancha en ::r. 
bastón. En la actualidad usan los indios de la Sierra este iasrr.:- 
mentó para romper las glebas en los campos arados. Xo se «¿Sí 
de positivo si tenia el mismo destino en tiempos pasados, o s 
servia de arma de guerra.**"jD La aplicación que los indios serri- 
nos dan a esta piedra al presente creemos que conviene mis ilis 
piedras horadadas de que antes hemos hablado; pero, cr.: fcí 
ve, los arqueólogos peruanos no resuelven en manen iTr::*! li 
dificultad. 

La figura 126 es una hacha de cobre, (í encontrada ec zzd li- 
pera quebrada de la provincia de Atacama, no lé»Kife iÍjgJ'í t. 
camino llamado de los Incas se dirije hacia el cerro de Tres P::.-:- 
tas, en latitud de 26*" 42'. Se cree sea peruana, agrega císei^rEx- 
bank, de quien copiamos esta descripción, porcaaatJÍos dh:::.- 
tivos chilenos no sabian trabajar los metalesu 

((El metal del hacha no ha sido ligado artifiriafinente sino f: -- 
dido. Pesa tres i media libras i ha sido mui iMyfe , jcgim se J- •- 
prende de su solo aspecto i de las pequeñas &cflííiíliiras Jeía < •- 
perlicie i de la estremidad donde ha debido lltvirdmanr., r . ^ 
probablemente empleada mas bien como uatbt que como ha-" 
como en jeneral creemos que lo fueron en/cDcra/ra/es íastniju.- 

62. AT!íi:rüCifinics, i)áj. 322. 



372 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

cobre campanil, o sea mineralizado, con el cual, por ser mas du- 
ro, hacian hachuelas i hachas i otros instrumentos cortantes, aun- 
que en nnii poca cantidad, porque se encuentran raramente en 
los sepulcros.®^!) 

La figura 133 representa una especie de porra de seis brazos, 
con un agujero en el centro, destinado a recibir un mango, que 
ha debido servir de arma contundente, como la macana de nues- 
tros araucanos; ni puede caber duda alguna de que el capitán don 
Pedro Marino de Lovera se refiera a un instrumento de esta es- 
pecie, según lo hemos ya indicado, cuando decia que algunos sol- 
dados del séquito de Michimalonco traian «porras de armas de 
metal, con púas de estraño artificio.®^» Ha sido hallada en Copia- 
pó i es de una aleación de cobre i probablemente de estaño. Es- 
tá dibujada de tamaño natural, pertenece a la colección del 
Museo Nacional, i es la única arma de metal que conozcamos de 
aquella época entre nosotros. 

Por su forma i construcción i probablemente por la aplicación 
que debia tener, estamos en el caso de dar cuenta en este lugar 
de una piedra que está igualmente provista de seis protuberan- 
cias, que en un principio fueron sin duda mucho mas largas, aten- 
dido al dilatado uso que manifiesta haber tenido, i que fué encon- 
trada en una huaca de Freirina junto con otros utensilios indíje- 
nas de que hablaremos mas adelante. Comparando, en efecto, la 
figura 73 con la 133, no puede menos de reconocerse a primera 
vista, podemos decir, la identidad que reina entre una i otra: mas 
o menos el mismo tamaño, la misma disposición de los brazos, un 
agujero central de análogas dimensiones, pero que en este caso 
en vez de tener sus paredes perpendiculares semeja un cono in- 
vertido, relacionándose de esta manera con las piedras horadadas 
de que antes se ha tratado. 

Si no puede caber duda de que la muestra de esta especie va- 
ciada en bronce ha sido usada como porra, parece que de aquí, 
como lo indicábamos, pudiera deducirse un argumento a favor 

60. Historia natural, lib. I, cap. IV". 

6 1 . Historia de Chile^ páj. 46. 



CAP. XII. — LA EDAD DEL BRONCE 375 

han sido estraidos. Sin duda alguna, esta hacha fué valiosa en la 
época en que se fabricó, i las familias qué sucesivamente la po- 
seyeron no han debido tener jamás los medios o la oportunidad 
de obtener una mejor. Debe tenerse presente que la duración de 
un instrumento semejante es casi eterna pues cinco mil años deben 
producir sobre él poca impresión. Caso de no perderse, nada hai 
que pueda impedir que figure en un museo después de un lapso 
de cincuenta siglos, i esto sin cambio alguno sensible respecto de 
su estado actual. 

ííLas hendiduras hechas para retener las ligaduras en su lugar 
propio demuestran que no ha pertenecido a la clase primitiva de 
hachas metálicas, desde qué éstas no poseian tan útil agregado. 
Los particulares indicados son, ademas, interesantes bajo otro 
punto de vista, pues nos dan a conocer una mejora que ha media- 
do entre el primitivo modo de enhastar i el último, para asegurar 
el mango al instrumento, por inserción. 

cComo los antiguos peruanos descubrieron el estaño i lo em- 
plearon con cierta frecuencia para endurecer el cobre, esta hacha 
data probablemente de ese período anterior a aquel en que se 
fabricaron las primeras de bronce. Es difícil suponer que ese 
pueblo hubiese continuado haciendo uso del cobre puro cuando 
tenia estaño en abundancia para hacerlo mas utilizable. 

«La piedra i el cobre son manifestaciones de las artes en el 
primero i segundo ciclos del progreso humano, i las mejores que 
podamos obtener, por cuanto suministran ideas mas precisas de 
la primitiva condición de nuestra especie que volúmenes enteros 
de especulaciones impresas. En el ánimo del pueblo se asocia 
erróneamente el hacha de piedra con la derribacion de los ár- 
boles, pero seguramente jamás se cortaba un árbol con una de 
estas hachas. La cosa es evidentemente imposible cuando se 
considera el material de la herramienta, su espesor i su filo em- 
botado. Cuando no se utilizaba como instrumento de guerra, el 
empleo capital del hacha de piedra era como cuña para rajar 
madera i como estregadera para ahondar i quitar las partes car- 
bonizadas de los árboles. Cuando se deseaba derribar un árbol 



374 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

tos, pues parece que tuvo el mango colocado perpendicular al 
filo i no paralelamente. La endentadura de los costados débese 
quizá al lijero movimiento de la estremidad del mango al topar 
con el filo, en tanto que las cavidades producidas en los lados, 
se deben a la cuerda que los ligaba. Las puntas formadas en los 
costados, debajo del palo de la T, hacia la parte superior, cons- 
tituyen el carácter mas interesante de esta hacha, porque nos 
dan cuenta de una dificultad que en un principio ha debido susci- 
tarse en los instrumentos de esta especie. 

(íEsas puntas fueron trabajadas para precaver, lo que realmente 
se consiguió, que el mango descendiese del punto en que pro- 
piamente debia estar. El filo se le mantenia por medio del mar- 
tillo. Donde el grueso del instrumento comienza a decrecer, se 
ven de ambos costados señales de un martillo tosco i redondea- 
do, que fué probablemente de piedra. El efecto de esta opera- 
ción aparece de manifiesto por cuanto el metal ha debido esten- 
derse hacia ambos lados, i cuando el ancho del filo hubo cre- 
cido notablemente respecto de lo que en un principio debió de 
ser. Después de diseñar el filo por medio del martillo, se le pa- 
lia, repasándolo en piedras bien lisas. Un borde estrecho en am- 
bos lados del filo señala claramente cómo de esa manera ha de- 
saparecido el trabajo orijinario del martillo. Hasta cierto punto, 
el filo de estos antiguos instrumentos llegaba a ser mas saliente 
que el resto de la pieza por la dilatación constante del golpe del 
martillo. La superficie está casi tan negra como la tinta, pero 
parece haber sufrido mui poco o nada por el moho. 

dComo los peruanos poseian desde mucho antes de la conquis- 
ta mazas i hachas de bronce, a las cuales se adaptaban mangos 
como los de nuestros actuales martillos, debe inferirse que el 
instrumento de que tratamos pertenece a un período mas remoto 
de la historia; i que, tal como estaba, se le conservaba de jene- 
racion en jeneracion en las tribus distantes de la capital, antes 
de que se hubiese introducido entre ellas otras mejores, es no 
solo probable sino seguro; i de este modo la edad de estos ins- 
trumentos no puede determinarse por la de la huaca de donde 



CAP. XII.— LA EDAD DEL BRONCE 377 

tamafio natural bajo el número 137, de propiedad de nuestro Mu- 
seo i que ya antes don Claudio Gay había copiado en el Atlas de 
su Historia de Chile. Entendemos que es de cobre puro, i, según 
se asegura, fué hallada también en Copiapó. Merece notarse en 
ella que es sumamente delgada (lo que corrobora el empleo que 
le atribuimos) así como el ojo que tiene en su parte superior, des- 
tinado sin duda para llevarla colgada, ya que solo así podia en 
aquellos tiempos mantenerse seguro un instrumento de tanto va- 
lor para su época. 

El cincel dibujado bajo el número 136, «es de un color ama- 
rillo pronunciado, duro, suena bien i pesa una onza i cuarto. La 
proporción de estaño probable mente alcanza a un seis por ciento. 
La superficie aparece corroída, i los estremos cortantes son den- 
tados. 

cEl metal del otro instrumento mas grande de esta misma es- 
peciCi no parece tan duro; pesa dos onzas i es un poco mas os- 
curO| i quizás su proporción de estaño no pasa de un cinco por 
ciento. 

«Tomados por el medio, aún ahora, los dos utensilios prece- 
dentes no serian malos reemplazantes del acero para cortar cue- 
ro, paños, pieles i otros materiales delgados que se estendieran 
sobre una mesa, i aún para atacar maderas blandas, ya en la di- 
rección de la fibra o en sentido trasversal. En la colección de ma- 
nuscritos mejicanos de Boturini se ven trabajadores grabando 
madera con instrumentos de esta clase. Siendo achatados, presen- 
tan dos estremidades cortantes de un ancho diverso, en tanto que 
por el espesor uniforme dado al cuerpo del instrumento, bastaba 
un corto dispendio de trabajo para sacarle filo cuando se rom- 
piese o se gastase. Otra ventaja capital que nosotros, poseyendo 
ahora el fierro i el acero i grandes facilidades para trabajarlos 
podemos escasamente apreciar en estos instrumentos, es que no 
se inutilizaban sino cuando se gastaban en absoluto: mientras sub- 
sistiese una sola pulgada, todavía estaban en aptitud de adoptár- 
seles un mango. Es mui probable que la forma i proporciones de 
estos instrumentos se diese a todas las herramientas duras i he- 

48 



376 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

O ahuecarlo para que sirviese de canoa, el fuego era el que 
servia de ájente principal. Todo lo que se refiere a la corta de 
maderas antes de que se descubriesen los instrumentos de metal 
estaba reducido al grabado o al alisamiento por medio de cuchi- 
llos de obsidiana, pedernales i conchas, etc.^^Jf) 

La hachita figurada en el número 135 lo está de tamaño na- 
tural, i tiene un cuarto de pulgada de espesor en la parte mas 
gruesa, tres cuartos de pulgada de ancho en un estremo, i una i 
tres octavas en el otro. «Es de cobre puro, ha sido fundida, i el 
filo producido por medio del martillo. Aunque clasificada de 
cincel, con motivo de su forma, no ha sido jamás usada como tal, 
pues no se ven señales de golpes en su parte superior. Sirvió se- 
guramente como navaja, i este uso tuvieron todos o casi todos 
los instrumentos de piedra i de metal de una naturaleza seme- 
jante.^» 

Esta hachita, así como los cinceles de que luego hablaremos, 
fueron encontrados en la aldea de San José, por unos trabajado- 
res que construian un canal. Se hallaron también enterrados jun- 
to con ellos restos humanos, que se reducian a polvo con el con- 
tacto del aire. 

Por nuestra parte no participamos en un todo de la opinión 
del señor Ewbank que supone que la hacha número 126 ha de- 
bido usarse con mango, pues de su sola inspección talvez puede 
deducirse que estaba mas bien destinada a usarse sin él. La par- 
te superior del referido instrumento reúne todas las condicio- 
nes apetecibles para que pueda asegurarse con la mano, i este 
sistema es también el mas natural si se atiende a las mismas con- 
sideraciones que el referido autor hace valer i que son induda- 
blemente exactas respecto de muchos otros útiles de piedra o 
de metal. 

Pero si este punto puede ofrecer alguna controversia, creemos 
que no puede en manera alguna dudarse de que este último uso 
ha sido el único que ha podido convenirle a la que dibujamos de 

63. The U, S. naval asir onomical expedition^ t. II, páj. 116. 

64. /¿/., id. 



CAP. XII. — LA EDAD DEL BRONCE 377 

tamaño natural bajo el número 137, de propiedad de nuestro Mu- 
seo i que ya antes don Claudio Gay habia copiado en el Atlas de 
su Historia de Chile, Entendemos que es de cobre puro, i, según 
se asegura, fué hallada también en Copiapó. Merece notarse en 
ella que es sumamente delgada (lo que corrobora el empleo que 
le atribuimos) así como el ojo que tiene en su parte superior, des- 
tinado sin duda para llevarla colgada, ya que solo así podia en 
aquellos tiempos mantenerse seguro un instrumento de tanto va- 
lor para su época. 

El cincel dibujado bajo el número 136, (ces de un color ama- 
rillo pronunciado, duro, suena bien i pesa una onza i cuarto. La 
proporción de estaño probable mente alcanza a un seis por ciento. 
La superficie aparece corroida, i los estreñios cortantes son den- 
tados. 

«El metal del otro instrumento mas grande de esta misma es- 
pecie, no parece tan duro; pesa dos onzas i es un poco mas os- 
curo, i quizás su proporción de estaño no pasa de un cinco por 
ciento. 

oiTomados por el medio, aún ahora, los dos utensilios prece- 
dentes no serian malos reemplazantes del acero para cortar cue- 
ro, paños, pieles i otros materiales delgados que se estendieran 
sobre una mesa, i aún para atacar maderas blandas, ya en la di- 
rección de la fibra o en sentido trasversal. En la colección de ma- 
nuscritos mejicanos de Boturini se ven trabajadores grabando 
madera con instrumentos de esta clase. Siendo achatados, presen- 
tan dos estremidades cortantes de un ancho diverso, en tanto que 
por el espesor uniforme dado al cuerpo del instrumento, bastaba 
un corto dispendio de trabajo para sacarle filo cuando se rom- 
piese o se gastase. Otra ventaja capital que nosotros, poseyendo 
ahora el fierro i el acero i grandes facilidades para trabajarlos 
podemos escasamente apreciar en estos instrumentos, es que no 
se inutilizaban sino cuando se gastaban en absoluto: mientras sub- 
sistiese una sola pulgada, todavía estaban en aptitud de adoptár- 
seles un mango. Es mui probable que la forma i proporciones de 

estos instrumentos se diese a todas las herramientas duras i he- 

43 



378 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

chas para cortar; en tanto que a las que eran maleables, se las 
fabricaba mas gruesas en el cuerpo i adelgazadas en los estremos 
por medio del martillo.^D 

Bollaert refiere igualmente que, en 1828, se encontró en An- 
dacollo, en unas huacas, un cincel de bronce de quince pulgadas 
de largo.^ I según hemos oido a la señora Primitiva Hurtado de 
Prieto, existió también en su poder una hachuela de metal estrai- 
da de Copiapó, que se estravió en la Esposicion del Coloniaje, 

A pesar de la relativa escasez de esta clase de instrumentos 
entre nosotros, pues solo tenemos noticia de los señalados aquí, 
se sabe que en otras partes del Perú fueron sumamente abun- 
dantes. <rLo esperimenté esto una vez, dice frai Gregorio García, 
que mandé en un pueblo juntar de este cobre para una campana, 
i me trajeron muchísimas hachuelas de que ellos usaban para 
cortar cosa recia, i otras hachas, armas e instrumentos bélicos de 
mil maneras. Yo examiné la labor que con ellas hacian en las 
piedras, i hallé que no usaban mas instrumentos que aquellas ha- 
chuelas, i cuando mucho de unas piedras mui sólidas, etc.^JO 

Probablemente entre los objetos que vio el fraile dominicano 
se encontraría algún instrumento semejante al que copiamos bajo 
el número 134, hallado también en San José de Maipo i cuyo 
modelo parece haber sido mui común en el sur del Perú, pues 
hasta hoi se estraen con frecuencia de las sepulturas indíjenas de 
Arica. «Esta navaja, dice el señor Ewbank, es sobre todo intere- 
sante por su semejanza con las que hoi usan los talabarteros i 
guanteros i con las que tuvieron los ejipcios en la época de los 
faraones. Ha sido fundida. Donde el mango se une a la hoja, hai 
cierta demostración de que ha sido soldado o pegado, pero que 
parece mas bien debida a la junción de los dos trozos del molde. 
El mango es cilindrico, de tres octavos de pulgada de espesor i 
hecho imitando una pata de pájaro puesta al revés. A pesar de 
que parece haber sido poco usada, la ornamentación ha desapa- 

65. Ewbank, ob. i lug. cíts. 

66. Antíquarian^ ethnological and other researches^ etc,^ páj. 177. 

67. Origen de los Indios^ páj. 161. 



CAP. XII. — ^LA EDAD DEL BRONCE 379 

recido casi por compIeto.iD Las láminas cinco i seis de la plancha 
XXXIV de la obra de Rivero i Tschudi representan dos de es- 
tos instrumentos, a:cuyo uso ignoramos:», dicen los espresados 
autores. 

Junto con las piezas que antes se han descrito como proce- 
dentes de San José, se encontró una pequefia piedra de afi- 
lar, «que probablemente se llevaba colgada del agujero que 
tiene en una de sus estremidades. Aparece con algunas depre- 
siones, efecto del uso a que estuvo destinada, siendo tan seme- 
jante a las que hoi tenemos i hallándose en un estado de con- 
servación tal, que se la tomaría por de propiedad de algún 
carpintero moderno.» 

Apreciando en jeneral la materia de que han sido hechos los 
objetos de metal que hemos enumerado, espresa el mismo au- 
tor que venimos citando, «que son de diferentes grados de du- 
reza i sin duda alguna resultado de composiciones artificiales. 
Tienen, con mucho, el filo mas resistente de cuantos de esta ná- 
turaleza hayamos visto hasta ahora, mostrando claramente que 
la aleación del estaño con el cobre como medio de endurecer el 
conjunto, era conocida en el antiguo Chile, en el Perú, Méjico i 
Centro- América.D Concluye el señor Ewbank que «estos instru- 
mentos sirven para darse cuenta de muchos hechos relativos a la 
civilización remota de la América que hasta aquí han sido con- 
siderados como embarazos sin salida; pero que no bastan toda- 
vía para esplicar ciertos trabajos en piedra del Cuzco, Uxmal i 
Palenque. 3) 

No podemos tratar de la influencia que las conquistas de los 
Incas ejercieron en Chile, sin hablar con alguna detención de las 
ideas relijiosas que trajeron a nuestro suelo los invasores i que, 
conforme a su sistema, se esmeraron en implantar entre los po- 
bladores de Chile. Esto se hace tanto mas necesario cuanto que 

aún nos quedan formas visibles de ese antiguo sistema relijioso. 

ti 

«En la época de la conquista española, dice don B. Mitre, el 
culto helíaco era una fórmula en el Alto i Bajo Perú i sus mo- 
radores indíjenas tenían tantos dioses locales i penates como 



380 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

había pueblos i familias en el imperio incásico. Los concilios 
de Lima de 1567 i 1583 declaran en sus capítulos: — dComun es 
a casi todos los indios adorar buacas, ídolos, quebradas i piedras 
grandes, cerros, cumbres de montes, fuentes, i, finalmente, cual- 
quiera cosa que parezca notable i diferenciada de las demas.D — 
I según los antiguos quichuistas que estudiaron la lengua en to- 
da su pureza, la palabra hiiacUy o mas bien, waca significaría lo 
mismo ídolo que ^templo, sepulcro, lugar sagrado, figuras de 
hombres, animales, montañas, etc., tan confusa es su noción 
de divinidad, producto del naturalismo mas rudimentario, i tan 
poco preciso es su vocabulario para espresar ideas que casi todos 
los pueblos salvajes tienen palabras para distinguir.®;) 

«Así como los romanos, dice a este respecto un distinguido 
viajero inglés, tuvieron sus penates i lares, dioses de sus mora- 
das, los griegos sus deidades de los bosques, de las fuentes, etc.; 
así también los antiguos peruanos tuvieron sus huacas o sepul- 
turas milagrosas de sus héroes, i sus conopas o dioses penates. 
Estos eran innumerables i los diversos distritos, valles, aillus o 
familias tuvieron su deidad propia i peculiar. Muchos se encuen- 
tran todavía de greda, piedra, plata i algunas veces de oro... 

(íLa creencia en los penates continuó por mucho tiempo des- 
pués de la conquista española, i aún no está del todo desterrada 
de la imajinacion de los indios que todavía reverencian sus cono- 
pas en las hondanadas mas recónditas de los Andes. Existe una 
muestra curiosa del hecho en una carta pastoral escrita por el 
arzobispo don Pedro de Villagomez, en 1649, que contiene una 
serie de cuestiones, que denotan las varias clases de supersticio- 
nes dominantes en el Perú en ese tiempo. 

«Entre ellas notamos las siguientes: 

«¿Cuál es el nombre de la huaca principal que ustedes reveren- 
cian en este lugar? 

«¿A qué huaca invocan para pedir protección para sus cosechas? 

«¿A qué huaca se dirijen cuando salen al trabajo?... 

«¿Que fuentes o lagos adoran? 

68. Las ruinas de Ttahuanaco^ páj. 43, Buenos Aires, 1879. 



CAP. XII. — LA EDAD DEL BRONCE 38 í 

«¿Qué fiestas celebran, en qué estaciones i con qué ceremonias? 
Etc •}[> 

El concilio de 1582, de que hace mención el primero de los 
autores que acaban de citarse, mandó, con referencia a las hua- 
cas, que los curas las derribasen juntamente con los ídolos; que 
los indios manifestasen las huacas e fdolos públicos i particulares, 
debiendo disiparse totalmente; averiguarse si eran objetos de 
adoración, o si se les ofrecían sacrificios o se les hacian ritos i 
supersticiones: la adoración de los caminos o apachitas; si amol- 
daban las cabezas de los muchachos de ciertas formas que .los in- 
dios llaman caytu-uma o palta-urna] la manera de torcer o hacer 
trenzas los cabellos i de tresquilarlos en ciertas partes, con otras 
diferencias como de criznejas que usan para sus supersticiones; 
si sepultaban vestidos, comidas i bebidas i procuraban enterrarse 
en las tumbas de sus antepasados; si horadaban las orejas i traian 
en ellas colgadas algunas rodajuelas; si tenian de sus antepasados 
la práctica de hacer borracheras i taquíes i ofrecer sacrificios en 
honra del diablo al tiempo de el sembrar i el cojer, i en otras 
conyunturas i tiempos cuando comienzan algún negocio que tie- 
nen por importante; las supersticiones i ceremonias, que tienen 
innumerables los indios, mayormente para tomar agüeros de ne- 
gocios que comienzan, i en hacer mil ceremonias en los entierros 
de sus difuntos; los hechiceros, confesores i adivinos i los demás 
ministros del demonio que tienen de oficio; vicio de embriaguez; 
caracas de que dependen los demás; concluyendo por escomul- 
gar, según precepto de sfnodo i de Clemente III, a los turbadores 
de sepulturas.^ 

Como se vé, los padres del concilio se hallaban bastante 
instruidos en el culto de los antiguos subditos de los Incas, pero 
el formulario que hemos apuntado no puede parecer decisivo si 
no tenemos a la vista las respuestas dadas a cada una de sus pre- 
guntas por aquellos a quienes era dirijido, i es lo que vamos a 
manifestar. 

69, Ciernen ts R. Markham, Cuzco: Ajourney to the ancient capital of Perú 
páj. 130, London, 1856. 

70. Concilio segundo de Lima^ 1582, parte segunda, disposición 97 i sigtes. 



382 .LOS. ABORÍJENES DE CHILE 

Eljesuita Pablo José de Arriaga que acompañó a los doctores 
Hernando de Avendaño i Francisco de Avila, ambos comisiona- 
dos para visitar provincias del Perú con el objeto de descubrir 
las idolatrías de los indios, es el que nos ya ^ contar los ritos reli- 
jiosos de los naturales. I a fe que el padre debió de conocerlos a 
fondo, pues en año i medio que duró la visita se confesaron cinco 
mil seiscientas noventa i cuatro personas, habiéndose logrado 
descubrir seiscientos setenta i nueve ministros de idolatría, qui- 
tándose, a los indios seiscientas tres buacas principal,es, tres mil 
cuatrocientas dieziocho conopas^ cuarenta i cinco mamazaras^ 
i otras tantas compás^ ciento ochenta i nueve huancas, seiscien- 
tos diezisiete malquis^ que se quemaron, i trescientas cincuenta 
i siete cunaSy etc. 

«Adoran al sol, dice Arriaga, con nombre de Punchao, que sig- 
nifica el dia, i también debajo de su propio nombre í}i/í; i tam- 
bién a la luna, que es Quilla^^ i a algunas estrellas, especialmen- 
te a Oncay, (que son las siete cabrillas); adoran a Libiac^ que 
es el rayo, es mui ordinario en la sierra: i así muchos toman el 
nombre i apellido de Libi.ac o Hillapa, que es lo mismo. 

Es digno de notarse la^coincidencia que, tanto respecto de 
estas cosas reverenciadas por los peruanos, como respecto del 
oríjen de ciertos apellidos, se observa en los indios chilenos, se- 
gun ya lo hemos visto, i que acaso tiende a manifestar que estos 
las aprendieron de aquellos. 

En una relación de un antiguo oidor de Chile, mui dado al 
estudio de los príjenes del pueblo de los Incas, se sostiene que 
la adoración de los antiguos peruanos, fué en un principio al sol 
i a la luna, pero que después tomaron la de las huacas;... <ri lo 
principal era al sol, al cual tenian que era hombre, i así particu- 
larmente le adorabari, los hombres; i a la luna tenian por mujer, 
i la adoraban particularmente las mujeres.'^» 

71. Así, en el templo principal del Cuzco había una lámina que representaba 
a la luna, al lado de la ñ<)^ura del sol. £1 dibujo de ambas lo da el Inca Pacha- 
cu ti en la páj. 257 de su Relación, 

72. Fernando de Santiltan, Relación del orijen^ descendencia^ política y go» 
bienio de los Incas ^ páj. 30. 



CAP. XlI.-^LA EDAD DEL BRONCE 383 

Esta adoración, continua Árríágai cno es de todos los dias 
sino el tiempo señalado para hacelles fiestas, i cuando se ven en 
alguna necesidad o enfermedad, o han de hacer algún camino, 
levantan las manos i se tiran las cejas i las soplan hacia arriba, 
hablando con el sol i con Libiac, llamándole su hacedor i su cria- 
dor, i pidiendo que les ayude. 

cA Mamacocha, que es la mar, invocan de la misma manera 
todos los que bajan de la sierra a los llanos, en viéndola, i le pi- 
den en particular que no les deje enfermar i que vuelvan pronto 
con salud i plata,... i esto hacen todos sin faltar niilguno, aún 
muchachos mui pequeños. 

«A Mamapacha, que es la tierra, también reverencian, espe- 
cialmejite las mujeres al tiempo que han de sembrar, i hablan con 
ella diciendo que les dé buena cosecha, i derraman para esto 
chicha i maíz molido, o por su mano o por medio de los hechi- 
ceros. 

cA los puquios, que son los manantiales i fuentes, hemos há- 
lito que adoran de la misma manera, especialmente donde tie- 
nen falta de agua, pidiéndoles que no se sequen. 

cA.los ríos, cuando han de pasalles, tomando un poco de ?igua 
con la mano i bebiéndola, les piden, hablando con ellos, que les 
dejen pasar i no les lleven, i esta ceremonia llaman mayuchulla^ 
i lo mismo hacen los pescadores cuando entran a pescar. 

c A óerros altos i montes i algunas piedras mui grandes tam- 
bién adoran i mochan, i les llaman con nombres particulares, i 
tienen sobre ellos mil fábulas de conversiones i metamorfosis i 

■ 

que fueron antes hombres que se convirtieron en aquellas piedras. 
cLas sierras' nevadas, que llaman Razu^ o por síncopa, rao o 
ritUj que todo quiere decir nieve, i también a las casas de los 
huariSy que son los primeros pobladores de aquella tierra, que 
ellos dicen fueron jigantes,... i de la tierra.de los huesos llevan 
para sus enfermedades i para malos fines de amores, etc. Invocan 
a Huari, que dicen es el dios de las fuerzas, cuando han de ha- 
cer sus chacras o casas para que se las preste. 



?84 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

«Alas Pacarinas, que es de donde ellos dicen que descienden, 
reverencian también... 

«Todas las cosas sobredichas son huacas, que adoran como a 
Dios... 

«Otras huacas hai móviles que son las ordinarias... De ordi- 
nario son de piedra, i las mas veces son figuras de mujer, i otras 
tienen diversas figuras de hombres o mujeres, i a algunas destas 
huacas dicen que son hijos i mujeres de otras huacas; otras tie- 
nen figuras de animales. Todas tienen sus particulares nombres 
con que las invocan, i no hai muchacho que en sabiendo hablar 
no sepa el nombre de la huaca de su aillo] porque toda parcia- 
lidad o aillo tiene su huaca principal, i otras menos principales 
algunas veces, i de ellas suelen tomar el nombre muchos de aquel 
aillo. Algunas de éstas las tienen como a guardas i abogados de 
sus pueblos, que sobre el nombre propio llaman Marca aparac o 
Marcac harac. 

«Estas huacas tienen todas sus particulares sacerdotes, que 
ofrecen los sacrificios, i aunque saben todos hacia donde están, 
pocos las ven, porque ellos se suelen quedar atrás i solo el sa- 
cerdote es el que habla... I no solo reverencian las huacas, pero 
aún los lugares donde dicen que descansaron o estuvieron las 
huacas, que llaman zamama, i a otros lugares de donde ellos las 
invocan, que llaman cayati^ también los reverencian... 

«Las conopas, que en el Cuzco llaman chaucas^ son propia- 
mente sus dioses lares i penates, i así las llaman también Huaci- 
camayoc^ el mayordomo o dueño de casa. Estas son de diversas 
materias i figuras, aunque de ordinario son algunas piedras parti- 
culares i pequeñas que tengan algo de notable en la color o en 
la figura... 

«...Lo ordinario es que las conopas se hereden siempre de pa- 
dres a hijos, i es cosa cierta i averiguada que entre los hermanos 
el mayor tiene siempre la conopade sus padres... Estas conopas 
es cosa cierta que las tenian todos en tiempo de su jentilidad an- 
tes de la venida de los españoles... 

«Por conopas suelen tener algunas piedras bezares que los in- 



CAP, XII. — LA EDAD DEL BRONXE 385 

dios llaman quicu. En los llanos tenian muchos por conopas unas 
piedras pequeñas de cristal, al modo de puntas i esquinadas, que 
llaman lacas^ Hai también canopas mas particulares, unas para 
el maíz, que llaman Zarapconopa^ otras para las papas, Papapco- 
nopa^ otras para el aumento del ganado que llaman Caullama^ 
que algunas veces son de figuras de carneros. 

«A todas las conopas, de cualquiera manera que sean, se les 
da la misma adoración que a las huacas, solo que la de éstas es 
pública i común de toda la provincia, de todo el pueblo o de todo 
el aillo, según es la huaca, i la de las conopas es secreta i parti- 
cular de los de cada casa. Este culto i veneración, o se la dan 
ellos mismos por sus personas, ofreciéndoles ciertas cosas, o lla- 
man para ello el hechicero 

cEsta veneración no es de todos los dias ni ordinaria, sino al 
modo de las huacas, a ciertos tiempos del año i cuando están en- 
fermos, o han de hacer algún camino, o dan principio a las se- 
menteras.^» 

Según refiere el mismo Arriaga, i su testimonio aparece en 
esto corroborado por el de muchos otros autores, los sacerdotes 
españoles se entregaron con furor a la destrucción de todos esos 
objetos indíjenas en que suponian vinculado algún rito o supers- 
tición. dDestos ídolos, dice el jesuita, se hizo un auto público en 
la plaza desta ciudad de Lima, convocando para él todos los in- 
dios al deredor. Hiciéronse dos tablados, con pasadizos del uno. 
al otro. El uno de terrapleno i en él mucha leña donde iban pa- 
sando los ídolos i todos sus ornamentos, i se arrojaban en la le- 
fia. Donde también estaba amarrado un indio llamado Hernando 
Paucar, grande maestro de idolatría i que hablaba con el demo- 
nio, natural de San Pedro de Mama, a quien en todos sus con- 
tornos tenian los indios en mucha veneración. I después de haber 
predicado a este acto el doctor Francisco de Avila, en la lengua 
jeneral de los indios, estando el señor Virrei asomado a su ven- 
tana, de donde se veia i oia todo, se publicó la sentencia, i azo- 

73. Extirpación déla idolatría del Pirú, Lima, 1621, páj. 10 i siguientes. 



i 



386 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

taron al dicho indio, i se pegó fuego a la leña donde estaban los 
ídolos."'* D 

Para que se tenga idea de la cantidad de los ídolos que los 
españoles destruyeron en el Perú, recordaremos también en este 
lugar que en 16 ig, en nota dirijida al rei por don Francisco de 
Borja le decia que en los cuatro años que llevaba de su gobier- 
no habia quitado a los indios diez mil cuatrocientos veintidós^ 

A pesar de este espíritu destructor inspirado por el celo reli- 
jioso de aquellos tiempos atrasados, i a pesar todavía de que el 
culto peruano, por la fuerza misma de las cosas, tuvo entre noso- 
tros pocos sectarios, no son en Chile tan escasos como pudiera 
creerse las figuras e ídolos de que venimos hablando. Según es 
fácil colejir, abundan mas en el norte que en las provincias cen- 
trales i faltan totalmente en el sur. En Copiapó, Vallenar i Co- 
quimbo se han encontrado de oro, plata i cobre, pero en el resto 
del país solo de piedra. ¿A qué debe atribuirse la razón de esta 
diferencia? 

Previamente debemos preguntarnos ¿todos los ídolos son aca- 
so de procedencia peruana? Por la mayor duración i asentamien- 
to de la conquista incarial en el norte del país se esplica perfec- 
tamente que sean allí estas figuras mucho mas comunes; siendo 
mas los que se enterraban i estando igas jeneralizado el culto a 
aquellas divinidades, es natural que el número de ejemplares que 
se obtengan sea también mayor. x\demas, la relativa aridez i fal- 
ta de cultivo de aquellos terrenos i su menor población en la ac- 
tualidad han permitido también que se conserven mejor i por mas 
largo tiempo aquellas reliquias de otra edad. Las lluvias mas fre- 
cuentes en las provincias centrales i una agricultura mas desarro- 
llada, implican, por el contrario, un desaparecimiento mas rápi- 
do, ya que en uno i otro caso debemos poner a la cuenta de la 
destrucción jeneral la desidia e ignorancia de nuestros mayores, 
tan ajenos a este jénero de estudios. 



74. Extirpación^ etc., páj. 3. 

75. Marcos Jiménez de la Espada, páj. XXXVI de su Introducción. 



cap; XII. — LA EDAD DEL BRONCE 387 

Pero, sea como quiera, el heqho es que, salvo los objetos de 
cobre, los de plata i oro han debido conservarse igualmente bien 
en Copiapó como en Santiago. ¿Cómo es, pues, que los de esta 
clase faltan totalmente al sur de Coquimbo? ¿Son, por ventura, los 
ídolos de piedra manifestaciones del sistema relijioso de un pue- 
blo distinto del peruano o del chileno que encontraron en el país 
los capitanes del Inca? 

Por lo que en capítulos anteriores hemos indicado, no puede 
dudarse de que existió en Chile una raza o pueblo que dejó 
aquí, como en el resto de América, huellas de su paso, inscribien- 
do en las rocas de los Andes relaciones que hasta ahora los eru- 
ditos no pueden descifrar. Que ese pueblo sabia esculpir en la 
piedra figuras de hombres i animales aparece de la simple ins- 
pección de cualquiera de los monumentos que se le atribuyen, 
constituyendo de esa manera una sociedad mucho mas adelanta- 
da en las artes que la peruana i mejicana, de la época del descu- 
brimiento. No seria, pues, la consideración de falta de medios 
o. intelijencia la que pudiera inclinarnos a considerar como ajenos 
a ella los ídolos de que tratamos. 

Pero, contra esta hipótesis mas o menos fundada, tenemos, co- 
mo ya se ha visto, datos positivos de que los peruanos labraban 
en piedra algunos de sus conopas o huacos. A menos, por tanto, 
de prueba en contrario, debemos referir a ellos los ídolos de pie- 
dra de que hemos hecho mención. El hecho indudablemente 
curioso de que falten en el norte del país i se hallen solo en la 
rejion central, se esplica en parte, a nuestro modo de ver, por 
las mismas consideraciones que antes hemos apuntado. Los ob- 
jetos de oro o plata de oríjen peruano encontrados con anterio- 
ridad a la época presente en Santiago i otras provincias del sur, 
han sido fundidos quizá, mientras que la falta de valor material 
de los de piedra les ha permitido llegar hasta nosotros. Adema?, 
éstos, últimos son de dimensiones mucho mayores que los otros 
i por eso también hoi dia se hace mucho mas fácil su hallazgo, 
i mas que todo esto, según indican los autores antiguos que de 
estas materias se han ocupado, parece que los ídolos de piedra 



38 8 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

representaban las diversas provincias, debiendo por esta circuns- 
tancia ser mucho mas escasos que las conopas o dioses lares de 
familias o individuos. 

Según lo que antiguos cronistas nos refieren, los ídolos de pie- 
dra han sido fabricados con otras piedras i en algunos casos con 
instrumentos de metal. Por lo restante, todos los que conocemos 
aparecen rotos en su parte inferior, sin que podamos, por este 
motivo, aventurar opinión alguna respecto del significado mas o 
menos preciso que pudiera atribuirseles. Baste con que reconoz- 
camos que las consideraciones aplicables en este orden a los de 
metal, convienen, en gran parte, a los de piedra: son lisa i llana* 
mente conopas o huacas, bien sea de una parcialidad, bien de 
una familia. 

La figura número i representa uno de estos ídolos de piedra 
encontrado en Malloa, i, como puede notarse, ademas de la ca- 
beza, solo conserva del resto del cuerpo parte del pecho, sin in- 
dicación alguna de brazos. En la rejion posterior de la cabeza 
tiene una pequeña protuberacion, ya naturalmente desgastada, 
cuyo uso probablemente ha sido para amarrar en ella algún hilo 
i colgarlo. 

El que representa el número 231 es de un tipo enteramente 
diverso i en su construcción jeneral no deja de tener alguna se- 
mejanza con el que se encontró cavando los cimientos de una 
iglesia en Valparaiso, que se atribuye a los habitantes de cierta 
isla de la Oceanía, i que actualmente existe en el Museo histórica 
del Santa Lucía. 

El ídolo de Malloa tiene una cabeza triangular, que no corres- 
ponde a ningún tipo, mientras que la del otro, por el contrario, 
es bastante redonda. Los ojos del primero aparecen figurados 
por dos pequeñas prominencias, i la boca por una simple hendi- 
dura, al paso que en el segundo quedan de relieve los labios i los 
párpados, acusando un trabajo mas perfecto i una forma mas hu- 
mana, como diríamos. El número i está de tamaño natural en la 
lálnina i el otro en la escala de la mitad. 

Tenemos noticia de otro ídolo de la naturaleza i dimensiones 



CAP. XII.-T-LA EDAD DEL BRONCE 389 

de los anteriores, encontrado en la hacienda de ColchagHa, que 
ha servido de muñeco, durante muchos afios, a los niños de una 
familia del campo. 

El que representa el número 143, — hallado en una huaca cerca 
de Vichuquen, junto con varios objetos de alfarería — fué obse- 
quiado al cura del lugar, don Pedro Córdova, por cierto cacique 
de aquellos contornos. Actualmente forma parte de la colección 
del Museo Nacional. Es de piedra talcosa, i según se ve en el 
dibujo, que es de tamaño natural, como los restantes de la misma 
lámina, representa un hombre sentado, con las manos colocadas 
sobre las rodillas, mas o menos en la actitud en que se acostum- 
braba sepultar lo que hoi llamamos momias. El diseño de las fac* 
ciones es bastante regular i parece que el artista hubiera querido 
representar a alguno que está riéndose. El cabello está recojido 
hacia la frente, i descendiendo hacia los costados en pequeñas 
trenzas, cubre las orejas. La desproporción de la cabeza es singu- 
lar, i mui digno de observarse, como esplicacion de su oríjen, que 
los brazos parecen estar cubiertos con alguna tela figurando man- 
gas. Esta circunstancia, las facciones, la naturaleza del trabajo i 
su estado de conservación, indican claramente que pertenece a 
una edad mui moderna. 

Mucho mas interesante que el anterior es el que representa la 
figura 146. Estraido de una sepultura indíjena de Freirina, pode- 
mos notar respecto de él las circunstancias siguientes: está hecho 
de la concha de un marisco, i por lo abultado de las orejas sin 
duda se ha querido imitar a alguno de los indios principales lla- 
mados orejones. La cabeza la tiene cubierta con un bonete, que 
acaso no es tal sino simplemente el peinado dispuesto en esa for- 
ma, pues el mal estado de conservación en que se le ha encon- 
trado i que ha hecho necesario restaurarlo, no permite deducir 
con claridad esta circunstancia, ni tampoco el sexo. Faltan to- 
talmente los brazos, pero se ha diseñado el abdomen i los pies. 

Las figuras 144 i 145 reproducen, respectivamente, de frente i 
de lado, otro pequeño ídolo de greda encontrado en la hacienda 
de Cauquenes, que por la colocación de sus brazos se deduce que 



390 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

sostuviera con ellos el objeto que lleva sobre la cabeza, canasto 
II olla. Es de medio cuerpo i según es fácil deducir estaba des- 
tinado a ser colocado parado o a colgarse del apéndice que se le 
nota en la espalda. Es bastante tosco i no puede negarse que tie- 
ne cierta analojíacon los de esta misilia naturaleza que se descri- 
ben como peculiares a Méjico. «La creencia en los espíritus, dice 
J. G. Müller, coniun a los pueblos del norte, se muestra, sobre 
todo, por el dios tutelar que los mejicanos señalaban a cada hom- 
bre... Son pequeñas figuras humanas de tierra cocida, que por 
eso se llaman también' dios pequeños», tepitoton. Como entre los 
griegos, estas pequeñas figuras fabricadas por los alfareros, no 
sefvian para el culto de los templos sino para el doméstico i la 
inhumación de los particulares. El rei tenia seisde ellos, los no- 
tables cuatro, i el vulgo, dos. Los tales iepitoton se hallan aún 
en el dia en la capital, én Cholula, Tlascala, i hasta en el rio Pa- 
nuco, en la tierra de los fofonacos. Se les ponia o colgaba eü las 
sepulturas o casas, i calles, para cuyo fin ténian dos agujeros. 
También los hombres los llevaban del mismo modo consigo, i 
esta circunstancia prueba precisamente su naturaleza de feti- 
chés.'S ' ' 

Esto demuestra, pues, que a los materiales indicados para la 
fabricación de los penates, debemos añadir la greda cocida, que 
acaso los cronistas no señalaron por ser mucho menos jeneral 
para estos usos. 

También es de greda una pequeña cabeza encontrada en una 
huaca de la Punta de Teatinos, (Coquimbo) que está dibujada 
bajo el número i6o. Es resto de una figura mas completa; pero 
según se deja ver por lo que tenemos, debió ser informe, pues le 
falta toda indicación de cuello, ni podríamos asegurar que fuese 
una conopa i no algún trozo de un objeto de alfarería. Algunos 
piensan, según hemos oido, que esta figurita ha sido amoldada, por 
el relieve de las facciones de la cara, pero estimamos que esta 
opinión tiene algo de infundado. 

76. Geschichte des amerikanischen UrreligioneiTiy^i^y ^*¡\, 



CAP. XII. — LA EDAD DEL BRONCE 39 1 

Ya hemos visto que los peruanos reverenciaban como cosa sa- 
grada cualquier objeto que les llamaba la atención, incluyendo 
aún las piedras. De este material está hecho el objeto represen- 
tado bajo el número 157 i por esta consideración tratamos de él 
aquí. El utensilio no lo creemos completo, pues parece roto 
en su parte inferior. Según sea el lado por donde se le observe, 
así es también la idea que uno puede formarse de lo que signi- 
ca, i por eso no tiene nada deestraño que se le haya interpretado 
ya como un niño envuelto, ya como un coleóptero.'^ Esto último 
nos parece lo mas exacto. En el estado en que se halla, colocado 
en otra posición, la parte superior revelaría las alitas, i la inferior, 
el abdomen del insecto. Fué también hallado en las sepulturas 
de la Punta de Teatinos. 

El ídolo de plata número 138 «fué encontrado en las cordille- 
ras de Elqui por el señor cura de Paihueco, en un sitio en que 
se creia hallar un gran entierro de los indios. Es una pieza muí 
notable por cuanto demuestra el grado de adelanto alcanzado por 
los indíjenas en las artes. El peinado de esta figurita es el mismo 
que usan todavía las indias de nuestros campos. Parece represen- 
tar una vírjen del sol, o la diosa de la honestidad por el aparato 
que cubre la parte inferior de su cuerpo.^» 

«El aparato mencionado, dice el doctor Philippi, era una lámi- 
na de plata delgada como papel, cuyos lados estaban reunidos 
por detras por medio de un pedazo de alambre, taipbien de plan- 
ta, bastante grueso. No puedo participar de la idea que la figuri- 
ta representa la diosa de la honestidad, ni sé que los antiguos 
peruanos hayan adorado la tal diosa; i creo mas bien que el due- 
ño del ídolo se haya escandalizado de ver el sexo demasiado bien 
espresado, i haya cubierto del modo indicado la parte inferior 
del cuerpo. Si el escultor hubiera querido representar la tal dio- 
sa, habría seguramente dado desde luego vestido a su figurita. 

«Nuestro ídolo se parece exactamente a otro .figurado en la 
lámina XLIV de las Antigüedades peruanas de don Mariano 

77. Véase Revista arqueolójica de Santiago, páj. 6. 

78. Catálogo razonado de ¡a Esposicion del Coloniaje^ páj.. 96. 



392 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

Eduardo de Rivero i don Juan Diego de Tschudi, señaladamen- 
te al del lado izquierdo. Tiene el mismo tamafio, las mismas pro- 
porciones, etc.; de modo que uno diria a primera vista que ambas 
figuritas han salido del mismo molde; solo que el ídolo de las 
Antigüedades peruanas es en la mitad superior de oro i en la in- 
ferior de plata. La esplicacion de la lámina dice: «ídolo de plata 
i oro representando una mujer hueca i desnuda, con una especie 
de gorra en la cabeza, i con lazos que le caen sobre los hom- 
bros.D La otra figura de la misma lámina es un poco mas esbelta 
i tiene los pies un poco mas apartados; por lo demás, sus propor- 
ciones, la posición de los brazos, el adorno de la cabeza, en una 
palabra, todo es idéntico, pero el material es diverso. En efecto, 
ahí se dice: «ídolo de una mezcla de plata i estaño macizo con 
fajas embutidas de oro, plata i cobre puros, que parecen hacer 
una sola masa; llevando un gorro puntiagudo en la cabeza... Esta 
figura i la primera pertenecen al señor coronel Gamarra. Se en- 
contraron en el Cuzco.» 

dLa ^especie de gorra» de la primera figura i el «gorro puntia- 
gudo» de la segunda, como lo prueban claramente las figuras 
perfectamente idénticas en el adorno de la cabeza, representan 
seguramente, no una gorra, sino el peinado del pelo. 

«Un ídolo de plata que tiene exactamente las mismas propor- 
ciones, la misma actitud, el mismo peinado, la misma nariz, está 
figurado en la memoria de M. Tomas Ewbank,'^ pero esta figuri- 
ta tiene solo dos pulgadas i media de alto i pesa solo la cuarta 
parte de un peso, siendo hecha de una hoja mui delgada de plata. 
«Otra figurita, casi igual a la de la lámina XLIV, que muestra 
fajas embutidas de oro, plata i cobre, se halla representada en la 
misma pajina de la memoria citada. La única diferencia que en- 
cuentro es que la figura de Ewbank tiene las piernas un poco 
mas apartadas, las fajas de las piernas dispuestas de un modo dis- 
tinto, i los ojos i tetas de oro. 

«Nuestro ídolo pesa ochenta gramos^ i como obra artística no 
vale gran cosa. La cabeza es desproporcionada, falta el occipucio, 

79. The U, S. naval asironomical expedttion^ vol. II, páj. 141. 



CAP, XII.— LA EDAD DEL BRONCE 393 

■ 

no hai el menor indicio de orejas (que faltan igualmente en los 
ídolos figurados por Rivero, Tschudii Ewbank,) la boca se halla 
en el medio del espacio que media entre la nariz i la barba; los 
brazos puestos en el pecho se tocan por las manos, que se pare- 
cen mas bien a manos de gato que a humanas; las tetas están muí 
apartadas, el vientre es mas prominente que el trasero; las pier- 
nas son cilindricas, con una pequeña salida que representa las ro- 
dillas; los pies son simplemente láminas soldadas a estos cilin- 
dros i cortados en línea recta por delante, con cuatro incisiones 
<jue representan los cinco dedos, etc., Mas, la figurita prueba que 
la destreza del platero habia llegado ya a mucha perfección. Es- 
tá trabajada de una lámina de hoja de lata de plata, en la cual 
las partes prominentes han sido obtenidas por el batido. En su 
parte inferior, la lámina habia sido dividida en dos partes, i cada 
una de estas partes, arrollada en cilindro, habia dado una pierna. 
La soldadura de estos dos cilindros se conoce en la parte interior 
de las piernas, i la soldadura de la parte superior en el dorso. 
Lipando esta parte habria probablemente desaparecido todo 
vestijio de soldadura.i> «Son tan perfectas estas soldaduras, que, 
según lo asegura Rivero, antes de despegarse se rompe el to- 
do.^» «El peinado, que los señores Rivero i Tschudi han tomado 
por una gorra, es otra pieza, bien soldada, cuyo grueso se cono- 
ceen el estremo inferior. Es.mui interesante que este peinado se 
haya conservado en la vecindad de Elqui desde el tiempo de los 
Incas, mientras esta moda parece haber desaparecido en el Perú, 
pues de otro modo los autores de las Antigüedades peruanas no 
habrían toniado este peinado por una gorra... 

«Pero ¿qué representa nuestro ídolo? En vano he buscado al- 
guna ilustración en la obra de los señores Rivero i Tschudi. La 
esplicacion de la lámina se limita a lo que he copiado antes. En 
«1 capítulo sétimo, donde se habla prolijamente de las deidades 
de los antiguos peruanos, no encuentro nada que se parezca a 
nuestro ídolo, ni entre las divinidades elementales, terrestres. 



80. Colección de memorias científicas^ t. II, páj. 61. 

50 



394 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

históricas, ni entre las de familia e individuales, ni entre las co- 
nopas o canopas. Se sabe que adoraban la luna {quilla^ que pa- 
saba, como en Atenas i Roma, por la deidad protectora de las 
mujeres en el trabajo del parto, pero no dicen nuestros autores 
cómo la representaban los peruanos. 

«Las huacas o dioses de pueblos o provincias eran figuras de 
piedra o madera, i al parecer de gran tamaño. La circunstancia 
de conocerse ya cinco ídolos casi idénticos, los dos del Cuzco, 
dos figurados por Ewbank i el nuestro, no permiten suponer que 
este último haya sido la deidad de una provincia o de un partido. 
La misma circunstancia no permite tampoco creer que haya sido 
un dios doméstico, un conopa, canopa o chanca. Me inclino a 
creer, pues, que representaba una diosa venerada jeneralmente, 
talvez la Luna o Venus [chasqui^ el mas hermoso de todos los 
planetas.) 

«Con referencia a lo que dice el Catálogo de la Esposicion del 
Coloniaje^ no he visto en ninguno de los autores que he consul- 
tado, que los antiguos peruanos hayan representado las vírjenes 
del sol, ni venerado una diosa de la honestidad.®^» 

Para completar este concienzudo i minucioso estudio de nues- 
tro sabio amigo i maestro, podemos agregar algunas considera- 
ciones deducidas del examen de otros ídolos semejantes encon- 
trados también en Chile, i de algunos apuntamientos sacados de 
los cronistas. 

«Al modo que los peruanos fundian los metales, dice don An- 
tonio de Ulloa, hacian con ellos ciertas figurillas, unas eran ma- 
cizas, i otras vaciadas, sumamente delgadas i pequeñas, como pa- 
ra traerlas colgadas; i no solo las disponían de metal, sino de plata, 
de oro i de barro cocido. Su representación era de los indios que 
llaman opas^ que son monstruosos e insensatos, no reconocién- 
dose que hiciesen de otros menos diformes. Esta especie de de- 
fectuosos abunda mucho entre ellos en uno i otro sexo, i parece 
que a la circunstancia de la diformidad, es consecuente la demen- 

8i. Philippi, Algo sobre las momias peruanas^ Revista chilena^ t. I, páj. 140 
i sigts. 



CAP. XII. — LA EDAD DEL BHONCE 395 

cia, porque no se reconoce lo uno sin lo. otro. Sus figuras son ho- 
rrorosas en cara, cabeza i cuello, teniendo éste poblado de emi- 
nencias i paperas cuasi tan abultadas como la cabeza. Los indios 
les atribuyen varias particularidades i principalmente la de ser 
adivinos^ consultándoles en sus urjencias: los miran con venera- 
ción i como que tienen algo mas de particular que los otros hom- 
bres, por cuya razón formaban sus figuras en modelos a modo de 
dijes, que es lo que se tiene por ídolos, bien que no se sabe que 
les diesen algún culto o adoración, ni que en la antigüedad los 
reputasen por cosa divina. En los que viven en su libertad no se 
reconoce tampoco semejante idolatría, porque si tal fuese procu- 
rarían conservarlos i mantenerlos con alguna veneración; de lo 
que puede concluirse, que los que estuvieron civilizados contra- 
jeron este uso de las leyes que les impusieron los Incas, o los 
primeros hombres que pasaron de otras partes a sojuzgarlos.®^!) 

Don Mariano E. de Rivero espresa que la idea de que estas 
figuras representaban a los indios llamados opas^ feos i estúpidos, 
a quienes se consultaba como oráculos, le parece inexacta, in- 
clinándose mas bien a pensar que aeran imájepes de los semidio- 
ses que se adoraban i ofrecian en las grandes fiestas al principal 
que era el sol.^'j) 

Las láminas 139 i 140 reproducen dos ídolos de plata maciza, 
fundida, a los cuales son aplicables respecto de su trabajo artís- 
tico i proporciones, las indicaciones señaladas antes por el señor 
Philippi. Es el mismo peinado, la misma nariz abultada, la misma 
exajeracion de los órganos sexuales, la misma colocación de las 
manos; son todos ellos evidentemente de la misma escuela. El 
número 139 pesa cincuenta i tres gramos i el otro solo diezisiete, 
habiendo sido ambos estraidos por don Rafael V. Garrido de una 
htiacaÚQ Freirina. Merece notarse respecto del cabello de estos 
tres ídolos, que ha sido peinado con una partidura en el centro, 
lo que no se observa en otro análogo, pero de oro, figurado bajo 
el número 141. Rivero ha dibujado en sus Memorias científicas^ 

82. Noticias americanas, páj. 317. 

83. Memorias cien tíficas^ t. I, páj. 176. 



396 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

dos ídolos sacados de una sepultura de Junin, exactamente igua- 
les a los nuestros." La opinión emitida por el señor Philippi res- 
pecto de que con estos ídolos de plata se ha querido representar 
el culto jeneral de la luna, que, como ya antes hemos visto, fué 
reverenciada por los antiguos peruanos, nos parece mui natural, 
mas aún si se tienen presentes estas tres circunstancias: Primera: 
el material de que han sido fabricados, la plata, de color blan- 
quecino, i el mas idóneo de los metales que esplotaban los abo- 
ríjenes para simbolizar la luz de la luna; segunda: el gran desa- 
rrollo de los órganos femeninos; i finalmente, que, como lo va- 
mos a ver, solo las mujeres adultas se peinaban de la manera in- 
dicada, pues las muchachas que no estaban aún en estado de ca- 
sarse, disponian sus cabellos de una manera diversa. En efecto, 
un descendiente de los Incas, don Juan de Santa Cruz Pachacu- 
ti Yamqui, que escribió un tratado sobre las antigüedades del 
Perú, afirma que Sinchi Ruca, que gobernó el país* antes de la 
conquista de Chile, «mandó que las hijas i mozas de dieziseis 
años se peinasen sus cabellos, echando sus binchas: esto se lla- 
maba quicuchicui?^i> 

Figuras de ésta naturaleza se han encontrado también en el 
Ecuador, siendo, pues, evidente, que el culto o adoración de es- 
tos ídolos era jeneral desde aquellas rejiones hasta el norte de 
Chile, o ló que es lo mismo, en todo el imperio de los Incas. La 
interpretación que venimos sosteniendo puede, ademas, corrobo- 
rarse en parte con lo que actualmente sucede hasta hoi en Soli- 
via, donde, según lo afirman los señores don Gustavo Gabler i 
don Alberto Herrman, que como injetiieros de minas han tenido 
ocasión de tratar largamente a los indios de los cerros de aquel 
país, estas figuras simbolizan la Mamapacha^ qhe, cóino ló ha- 
biamos ya notado por'Arriaga, significa la tierra, por lo ctial las 
guardan i reverencian las mujeres para qtie les dé buena cose- 
cha.^* 

84. Tomo I, páj. 174. 

85. Relación de antigüedades deste reyno del Pirú, Madrid, 1879, P^i- 250. 

86. Philippi, Descripción de los ídolos peruanos del Museo Nacional de San- 
tiago, páj. 15. 



CAP. XII, — LA EDAD DEL' BRONCE 397 

De una naturaleza análoga a las anteriores es una figurita de 
mujer, un poco mas chica que la dibujada bajo el número 139, que 
existe en poder de don Luis Montt. Tiene de particular que en 
lugar de ser de plata es de cobre fundido, que hía sido encontra- 
da en Cheyepin (Illapel) i, por consiguiente, mas al sur que las 
anteriores, i por fin, que la indicación de las orejas que falta en las 
que hasta ahora hemos examinado (con escepcion del número 146 
de que ya se habló) existe en este caso. Procedente del mismo 
lugar es una cucharita de un material idéntico al anterior i en un 
todo análoga a los demás utensilios de esta especie que al presen- 
te se encuentran en varios lugares de la costa del Perú, especial- 
mente en Arica i Huarmey, i de las cuales ha dibujado una el 
seflor Ewbank.®^ 

En los muchos ídolos de cobre que durante nuestra perma- 
nencia en el Perú tuvimos ocasión de examinar, siempre nos ha- 
bia llamado la atención el que todos ellos, acaso sin escepcion 
alguna, eran del sexo femenino, i como parece evidente que los 
peruanos consideraban metal de mas valor al oro que el cobre, i 
en la inmensa mayoría de los casos los ídolos de oro siempre son 
masculinos; de este contraste, nos hemos dicho, ¿acaso no puede 
deducirse que se representaban en ctibre las divinidades de las 
mujeres, o femeninas, i en oro las masculinas, o de los hombres 
por la naturaleza superior que siempre los pueblos no civilizados 
han atribuido al hombre sobre la mujer? Esta es una conclusión 
a que siempre se llega cuando se estudian las Costumbres de los 
salvajes: el hombre es en todas partes el sefior, í la mujer donde- 
quiera la esclava, cuando no la bestia de carga. 

Sea coino fuere, lo cierto es que Luna, Venus o Mamapacha, 
estos ídolos estaban afectos al cuho especial de las mujeres. Vea- 
mos ahora, el significado que puede atribuirse a las figuras dibu- 
jadas bajo los números 141 i 142, pero, ante todo, describámos- 
los lijeramente. 

Cada uno de ellos pesa ocho gramos, i el procedimiento seguido 

87. The U, 5. naval astronómica I expedttion^ voL II, páj. 125. 



398 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

para su fabricación es enteramente análogo al que antes se ha 
indicado respecto del de Elqui. La mujer del número 141 no tie- 
ne sí el cabello con partidura, i el hombre del 142, en lugar de 
peinado, tiene un gorro dividido en varias franjas trasversales, 
terminadas por una coronación un poco mas ancha que la última 
superior, que ha sido soldada del resto del cuerpo, así como los 
pendientes i los órganos viriles. Gomo trabajo artístico, es supe- 
rior a los anteriores, pues no carece de cierta espresion irónica, 
aunque siempre se hace notable la desproporción de la cabeza i 
su enorme nariz. Está, ademas, completamente desprovisto de 
toda indicación de cabello, i los aretes están pegados a la cabeza 
i no pendientes de las orejas, las cuales también faltan. Rivero 
ha dibujado un ídolo procedente de las islas de la laguna de Ti- 
ticaca en un todo semejante al nuestro, con escepcion del tama- 
ño, que alcanza a diez pulgadas, siendo su peso de ocho onzas. 
También el adorno que tiene en la cabeza es un poco diverso, 
pues «consiste en un cilindro compuesto de pedacitos de una 
piedra blanquizca jaspeada, de cinco líneas de largo i tres de an- 
cho, i todo él amarrado con un alambre de plata que da varias 
vueltas.^jD 

Ya hemos visto que Arriaga en la enunciación detallada que 
nos da de las huacas móviles se limita a decir que todas ellas te- 
nian «sus particulares nombres,D pero sin que se haya cuidado 
de indicarlos. A primera vista parece que en el hombre dibujado 
bajo el número 142, por los distintivos especiales del gorro i los 
pendientes que lleva, se hubiese querido significar un curaca o 
algún indio principal de los que se llamaban orejones, que se tra- 
tase en una palabra de una simple estatua en pequeño, de la par- 
ticular veneración de una familia determinada, quizá de un ante- 
pasado; pero, en cambio, salta a la vista, que el falo que la ador- 
na es el distintivo mas característico de la pieza, de donde, a 
juicio nuestro, puede concluirse que con él se ha querido signi- 
ficar al dios de la jeneracion, a quien debian dirijirse los hombres 

88. Colección d§ m^morias^ etc,<, t. II, páj. 62. 



CAP. XII. — LA EDAD DEL BRONCE 399 

en ciertas i determinadas circunstancias. En Lima tuvimos opor- 
tunidad de ver varios idolitos semejantes, i siempre oimos entre 
los aficionados sostener la opinión enunciada como la más ve- 
rosímil; que en cuanto al gorro i los pendientes, adornos de los 
nobles, es natural que se presentase con ellos a un ser superior a los 
demás mortales, desde que en su jerarquía social i plástica nada 
mas elevado conocían. 

Ya sabemos que habia conopas también en figura de anima- 
les; pero, respecto de las que se encuentran en las sepulturas, los 
señores Rivero i Tschudi se espresan en los términos siguientes: 
«De los animales feroces i dañinos que no podian llevar vivos 
para los sacrificios, como tapires, leones, tigres, serpientes, lagar- 
tos, hacian figuras de oro o plata que a la deidad presentaban; e 
igual proceder observaban con las llamas los que acudían de co- 
marcas lejanas a la fiesta... ^d 

Se sabe que antes de proceder al entierro de un cacique o per- 
sonaje de importancia se aguardaba muchas veces meses enteros, 
esperando acopiar suficiente chicha i otros preparativos para la 
fiesta, i así se esplica que los invitados o parientes que vivian a 
larga distancia pudiesen acudir oportunamente llevando los re- 
galos que atestiguasen su aprecio por el difunto. 

No 'tenemos noticia de que de las huacas de Chile se hayan 
estraido otras figuras que las que apuntamos a continuación, lo 
que acaso se esplica por no encontrarse propiamente en el país 
animales feroces o reptiles venenosos, o por ser acaso mas vero- 
símil la creencia de que estas figuras eran verdaderas <rconopas.D 

A este jénero pertenecen las que damos de tamaño natural ba- 
jo los números 113, 114, 115 i 117, todas estraidas igualmente 
de una huaca de Freirina por el señor Garrido. La figura 113 es 
de oro fundido i laminado en hoja en estremo delgada, con las 
patas i piernas soldadas, que representa al parecer una llama. La 
número 115 es de plata soldada, fundida, i su representación se 
acerca mas bien a un huanaco, así como la número 114, que es 

89. Antigüedades peruanas^ páj. 196. 



400 . L05 ABORIJENES DE CHILE 

de una especie de concha i que por ser muí pequeña pudiera 
creerse era tenida como hija de alguna de las otras, conforme a 
la creencia consignada por Arriaga. La número 1 17 es de cobre, 
ya en mui mal. estado, i se aproxima mas a la figura de la alpa- 

La, . ¡ . • 

Ademas de estos restos de la implaota^cipn del. culto relijioso 
de los Incas en Chile, parece indudable que los. lujos del sol eri- 
jieron a sus divinidades en nuestro suelo, .uno oiijas templos, 
que, apnque hoi nos parezca estraflp, no estaban edificados en 
los pueblos, sinp en sitios mas o menos aislados. El historiador 
Pérez García niega terminantemente el hecho*^; pero, .desde lue- 
go, consta, por. la inversa, por el testimonio del jesuita José de 
Acosta que den cada provincia del Perú habia una principal hua- 
ca o casa de adoración,^)) i con referencia especial a Chile, el 
historiador Marino de Lovera cuenta que cuando Pedro de Val-, 
divia llegó a Copiapó, en signo de posesión hizo plantar una cruz 
sobre una huaca, «lugar que los españoles miraban como adora- 
torio del demonio.*'!) 

Mas terminante que lo que anteriormente se ha espuesto es lo 
que refiere Diego de Rosales. Cuenta este autor que, yendo a 
Colina el capitán Rodrigo Orgoñez (que vino a Chile con Al- 
magro), llegando al lugar en que residiaa los caciques i el go- 
bernador del. Inca, se aposentaron los soldados en ima gran casa 
de paja, «que era templo i adoración de los indios peruanos, don- 
de hallaron nuevos ídolos, de manera que luego les pegaron fue- 
go, i viniéndoles los indios a decir que no se alojasen allí, que 
se caeria el cielo i se enojarían los dioses, hicieron burla de ellos 
i derribaron los altares, i siendo ya de noche fué tanto el viento 
i agua que sobrevino que se hubieron de salir de allí, i al punto 
que salieron dio toda la casa en tierra.^D 

90. Rivero ha dibujado en la páj. 174 del t. I de jas A/emona^.unR de estas 
llamas de plata, idéntica a la nuestra, que dice ha sido estraida de Junín. 

91. Historia de Chile ^ 1 ib. I, cap. X. 

92. Tom, II, páj. 28, ed. Madrid, 1792, 8.® 

93. Historia de Chile^ páj. 39. 

94. Historia de Chile ^ I, páj. 370. 



CAP, XII. — LA EDAD DEL BRONCE 4OI 

Hé aquí, pues, aseverado de la manera mas terminante el he- 
cho que negara posteriormente Pérez García. Sin embargo, cree- 
mos que de esta relación de Rosales, tan interesante por los de- 
talles que consigna, deben descartarse aquellos conceptos naci- 
dos evidentemente de su espíritu místico i de la manera común 
de espresarse. Desde luego, es inadmisible ese color romántico 
que intenta dar a sus palabras, haciendo intervenir indirectamente 
a la Divinidad en la destrucción del templo, i en cuanto a los al- 
tares que supone derribados por los intolerantes castellanos, no 
cabe disputa en que los tales altares no existieron jamás, puesto 
que los peruanos no los conocieron. I, por fin, nos inclinamos a 
pensar que cuando nuestro autor habla de nuevos ídolos encon- 
trados en aquel lugar, no hai de por medio sino un error de im- 
prenta, que ha consistido en emplear nuevos por muchos] porque^ 
en verdad. Rosales, ni inmediato a este pasaje ni en otro lugar 
de su libro, describe ídolo alguno de la teogonia incarial. 

A pesar de estas cortas rectificaciones, como se comprende, 
el hecho subsiste en toda su fuerza, i hecho del cual parece aiin 
dar testimonio después de larguísimo trascurso de tiempo la de- 
nominación que ha quedado a los cerros que deslindan aquel va- 
lle de las rejiones de la costa, pues, en el lenguaje de nuestro 
pueblo se llaman la cuesta de Pachacama, o como nosotros di- 
ríamos, de Pachacamac. Concordando estos dos antecedentes 
irrefutables, ¿seria aventurado suponer que aquella casa de ado- 
ración estaba destinada al culto del célebre Pachacamac, la di- 
vinidad que acusa una concepción mas intelijente en el sistema 
relijioso de los Incas, i los restos de cuya ciudad i templo se con- 
servan todavía perfectamente visibles en el valle de Lurin, cerca 
de Lima? 

Deseosos de indagar si por acaso quedasen reliquias o siquie- 
ra memorias de tan celebrada construcción, emprendimos, no ha- 
ce mucho tiempo, una corta escursion a los lugares en que supo- 
níamos pudiéramos hallar los tan historiados restos, queriendo 
nuestra buena suerte que al cabo de afanes, diésemos en la ha- 
cienda de Chacabuco con huellas, sino de lo que buscábamos 

51 



402 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

precisamente, al menos con otras que afectan alguna semejanza. 
En efecto, no lejos de las casas, hacia el noroeste, enfrentando 
el morro llamado del Diablo, se encuentra una pequeña quebra- 
da, de suave declive i laderas bajas en su comienzo, pero que, a 
poco, se empina angostándose notablemente, estrechada entre 
dos paredes de granito, nido hoi de bubos i lechuzas. En esta 
parte* estrecha, sobre un escalón a cuyo pié se desliza una peque- 
ña corriente de agua, la ladera afecta una escavacion natural en 
forma de bóveda redondeada, en cuyas paredes es fácil distinguir 
a primera vista dibujos mas o menos regulares hechos al parecer 
en imitación de friso i pintados con blanco, negro i lacre. Las fi- 
guras 197, 198 i 201 son una copia exacta de estos dibujos, aun- 
que en mucho menor escala, i han sido trabajados, según es fácil 
convencerse, con la misma pintura que ha servido para teñir los 
objetos de alfarería que se sacan de los sepulcros indíjenas. 

¿Para qué ha servido esta gruta? ¿Ha sido una casa de habita- 
ción? ¿Ha sido un cementerio? ¿Ha sido mas bien un lugar de 
cita para la práctica de ciertos ritos o ceremonias bélicas o reli- 
jiosas? Desde luego, debe fijarse la atención en que el lugar re- 
tirado i mas o menos oculto en que se encuentra es un indicio 
fuerte de que se ha querido aprovechar para ciertos usos que no 
han podido ser los ordinarios de la vida; i las pinturas que la 
adornan, enteramente estrañas a lo que se acostumbraba bajo 
el techo pajizo de las chozas indíjenas, estarían también demos- 
trando que los que han querido vivir ocultos no han podido en- 
tretenerse en semejante fábrica. 

En otra parte hemos dicho ya que solian elejirse las grutas 
para depositar los cadáveres, pero esta pritctica parece que estu- 
vo reducida a las rejiones del estremo sur del país i que, por la 
tanto, no debemos dar cabida a semejante hipótesis en nuestro 
caso. 

Ahora, en cuanto a si ha podido servir de cita a ciertos cons- 
piradores o de lugar en que se hayan celebrado las juntas acos- 
tumbradas por los indios antes de realizar sus levantamientos^ 
parece todavía menos probable, porque, como se sabe, estas reu- 



CAP. XII. — LA EDAD DEL BCtONCE 403 

ff 

niones se celebraban siempre al aire libre, entre fiestas i borra- 
cheras, i así este local habría sido completamente inadecuado para 
el objeto. No se olvide, ademas, que los dibujos que contiene 
están demostrando claramente que han debido ser hechos con 
cierta preparación i holgura en sus autores, i que 1 as sublevacio- 
nes de indios en esta rejion fueron tan contadas i pudieron, co- 
mo consta, efectuarse con toda libertad, para que tuvieran nece- 
sidad de retirarse a un lugar tan estrecho e incómodo. 

En el examen que hacemos del obj eto a que la bóveda de que 
se trata haya podido servir, conviene tener presente el hecho de 
que en aquellos remotos tiempos los llamados hechiceros eran 
sumamente abundantes, al menos según lo imajinaban los espa- 
ñoles, i que, como se supondrá, se les perseguía de muerte. ¿Ten- 
dría, pues, algo de estraño que para entregarse a sus prácti- 
cas vedadas hubiesen elejido tan apartado lugar, aprovechando 
aquella escavacion natural para hacer de ella un templo o lugar 
de sacrificio o como quiera llamársele? Nosotros creemos que 
esto ha sido ío mas probable, i que viene en apoyo de esta opi- 
nión el npmbre familiar con que el pueblo bautizara el pequeño 
morro que enfrenta la quebrada. Hechicería en aquella época va- 
lia tanto como decir artes del demonio. 

Mas, dejando aparte esta digresión pensamos que no puede 
trepidarse en afirmar que la conquista peruana significó para el 
país, en materia relijiosa, la imposición de una nueva doctrina, o 
mejor dicho, de una relijion, porque, según se ha indicado, los 
aboríjenes nunca tuvieron propiamente alguna. I este era precisa- 
mente uno de los fines primordiales que los Incas se proponían 
con el adelanto de sug armas en las rejiones limítrofes de su im- 
perio, i por lo menos, los ídolos que nos quedan, estraidos de los 
sepulcros, están demostrando claramente esta verdad. 

Uno de los caracteres primordiales de toda civilización es el 
agrupamiento mas o menos numeroso de individuos en un solo 
lugar, constituyendo pueblos o ciudades. En la civilización perua- 
na todos sabemos que era especialmente notable la ciudad del 
Cuzco, capital del imperio de los Incas. En Chile por cierto que 



404 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

no hubo jamás nada parecido, no diremos a aquella famosa pobla- 
ción, sino a ninguna de las otras que se recuerden del Perú o del 
primitivo Méjico. Pero los antiguos cronistas consignan como 
debidos a los peruanos algunos pueblos mas o menos del estilo e 
importancia de los que hallaron los conquistadores castellanos 
en el resto del país i que a todas luces parecian jenuinamente 
indfjenas. Así, por ejemplo, los cabildantes de Santiago, con fe- 
cha 27 de febrero de 1552, dieron al cacique Martin, de Juan 
Jufré, tierras «en \\n pueblo de la parte del rio Maipo, que se dice 
el asiento Maipo, que era de los mitimaes del Inca, i que está 
despoblado.^^í) El historiador Pérez García estima como probable 
que el pueblo que los españoles hallaron en Marga-marga, i que 
llamaron los Tambillos del Inca,^ así como el que hubo en Ta- 
lagante, conocido por el nombre de «Los Mitimaes» (es decir, 
trasplantados) debieron su oríjen al Inca Huayna Capac, el mis- 
mo soberano a quien cree debieron su nombre los Tambillos, el 
puente i la laguna del Inca, en el camino real de Aconcagua.^ 
Como se sabe, los Incas tuvieron siempre por costumbre en las 
conquistas, trasladar al nuevo territorio que acababan de some- 
ter cierto número de habitantes, que en nuestro caso se radicaron 
especialmente en Talagante; pero, a pesar de todo, aparece con 
claridad que esa colonia arrastró allí una vida aislada i precaria, 
cuyos jérmenes i hasta cuya existencia desaparecieron totalmente 
con la llegada de los españoles. 

Ni se detuvo aquí la influencia que los Incas ejercieron sobre 
el territorio chileno. Ha sido, con pocas escepciones, achaque co- 
mún de toda conquista, que, junto con las armas, el pueblo inva- 
sor ha impuesto al vencido, sus usos i costumbres, su relijion i 
hasta su lenguaje. Nuestro país no escapó tampoco a esta lei je- 
neral, aunque como dice Rosales, «de los indios de Chile solo 
hablaron la lengua del Perú los que hubo al norte del Mapocho 
hasta Coquimbo, lo que es señal, añade mui juiciosamente el je- 

95. Acias del Cabildo^ páj. 319. 

96. Véanse las Hctas del Cabildo^ páj. 122. 

97. Historia de Chile^ lib. 11, cap. 2. 



CAP. XIL — LA EDAD DEL BRONCE 405 

suita, de que esos pueblos se le sujetaron i no otros ningunos.^:D 
Merced al tiempo relativamente corto que duró la influencia pe- 
ruana i al continuo azar en que vivieron las huestes invasoras 
ocupándose de ordinario en el progreso de sus armas, i hasta al 
insignificante número de individuos que sufrieron esa influencia, 
por la escasa población de las provincias del norte en aquella 
época, el idioma nativo de los habitantes apenas si esperimentó pe- 
queñas variaciones, o como seria mas propio decir (porque es lo 
único que podemos constatar al presente,) apenas si tomó del 
quichua dieziocho o veinte palabras, que no seria difícil enu- 
merar:^ pirca, cambo, puquio, huasca, lampa, chimpa, chasque, 
chape, aillo, ají, curaca, chicha, choclo, llama, mochar, (adorar) 
mingaco, mita, puna, papa, topo, ujuta, zancu,^^ huincha, huahua, 
llapa, palla, huaina. 

Pero, junto con esta cuestión de lenguaje, se presenta a nues- 
tra investigación otra no menos interesante i que ha dado mucho 
que trepidar a los que por incidencia se han ocupado de ella, a 
saber, si entre los indios de Chile se ha conocido alguna vez el 
uso de la escritura en cualquiera de sus formas. 

El cronista Montesinos, apoyándose en que los araucanos die- 
ron a Ercilla ciertas hojas para que le sirviesen de papel, se cree 
autorizado para deducir que en Chile era ya conocido en aquella 
remota época el uso de la escritura,^®^ deducción que nos parece 
del todo incongruente i antojadiza. Mas, de lo que no puede du- 
darse es del uso que siempre han hecho de los quipus^ esto es, 
del sistema que los peruanos tenian en práctica al tiempo de la 
conquista española, o por lo menos, de uno semejante fundado 
en la misma base, aunque quizá menos perfecto. 

Conviene recordar a este respecto lo que aseveran Rivero i 
Tschudi en %\x% Antigüedades peruanas. «Los antiguos peruanos, 
dicen, tenian dos suertes de escritura, una, i seguramente la mas 

98. Historia de Chile ^ I, páj. 112. 

99. Molina, Historia civil^ cap. I. 

. ICO. Esta palabra, que nosotros decimos ^^;/co, la emplea don Juan de Santa- 
Cruz Pachacuti, páj. 252. 

loi. Véase la páj. 33 de su libro. 



4.o6 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

antigua, consistía en una especie de jeroglíficos, i. la otra en nu- 
dos, hechos con hilos de diversos colores. Los jeroglíficos eran ' 
mui distintos de los mejicanos, i grabados en piedra o en metal. 
En el Perú del sud no se ha descubierto todavía vestijio alguno 
de jeroglíficos pintados en papel...» «Todavia se encuentran 
hoi dia en las punas, añade Rivero, los quippucamayos^ que 
llevan cuenta cabal i exacta del número de ovejas que están a 
cargo de los pastores, así como de las nacidas o perdidas que se 
notan en las majadas.^^J^ 

«Este sistema de los quipus, o de mnemotecnia, añade Lub- 
bock, se conoce en la China i en el Africa.^"^ Así, los caracteres 
chinos primitivos, antes del comienzo de la monarquía, consis- 
tían en pequeñas guitas con nudos corredizos, cada una con su 
significado propio, que se empleaban principalmente en los ne- 
gocios... Los pueblos de Ardrah,^^ en el África occidental, no 
sabian, según se dice, ni leer ni escribir i empleaban pequeñas 
cuerdas con nudos, cada uno de los cuales tenia su significa- 
do.^^D 

Hablando sobre esto mismo el abate Brasseur de Bourg— 
bourg declara <i.que la mayor parte de los autores está de acuer- 
do en reconocer que, ademas de \o% quipos o nudos de diversos 
colores, de los cuales se servian para contar el tiempo i las cosas, 
dios pueblos, del Perú poseían varias clases de escrituras, unas 
calculiformes, como estaban en uso en Quito, otras -figurativas 
i monosilábicas; otras, en fin, fonéticas, como las nuestras, si se 
cree a Montesinos i aún quizá al mismo Herrera. El papel fabri- 
cado de hojas de banana, del cual aún se servian en Chile para 
escribir, en la época de la conquista, habria existido dteziocho si- 
glos por 1q menos antes de nuestra era, lo mismo que las qutlcaSy 
cueros de animales preparados, o especie de pergaminos, sobre 
los cuales se escribían entonces los anales de la creacion.^^» 

1 02. Colección de memorias cieutificas. t. II, páj. 84. 

103. Astley, Collection ofvoyages^ t. IV, páj. 194. 
.104. Id., íV/., t. III, páj. 71. 

105. Ob. cit., páj. 42. 

106. Popohl Vuh, páj. CCXXX. 



CAP. XII. — LA EDAD DEL BRONCE 4O7 

Yá vemos que la suposición de Montesinos ha encontrado sos- 
tenedores de la importancia del que acabamos de citar; pero, 
dejando a un lado hipótesis mas o menos aventuradas, hagamos 
notar por el momento cómo es verdad que ese sistema de escri- 
tura conocida con la designación de quipus^ se encuentra testifi- 
cada como existente entre los antiguos chilenos por numerosos 
cronistas de la colonia, i aún de época mucho mas moderna, para 
investigar, en seguida, que es lo que por el momento nos interesa, 
si fueron importados al país por los peruanos, o si, por el contra- 
rio, existían ya entre nosotros al tiempo de la invasión incarial. 

El historiador Alonso de Ovalle nos dice que los indios en 
Chile llevan cuenta de sus ganados, «con distinción de los que 
han muerto de enfermedad o de otros cualesquiera accidentes, 
de los que se han dado o consumido en el sustento de la casa i 
de los pastores,í> por medio de los quipus^ i que con ellos adán 
también razón de lo sucedido en tal i tal ocasión i tiempo, i de 
lo que hicieron, hablaron i pensaron. ^^^d 

El padre Rosales hablando de la convocación que el toqiiíje- 
neral solia hacer a los ca ciques invitándolos a levantarse contra 
los españoles, declara que, junto con una flecha ensangrentada, 
les enviaba «unos nudos en un cordón de lana colorada, en gran 
secreto, con su Leb-toqui^ que es un ayudante.» Los nudos, agre- 
ga el jesuita, se designan en el idioma de la tierra con el nombre 
de cumproriy o pron^ como dicen Pietas i Molina. .«El mensajero 
encargado de convocar para las juntas de guerra, añade Gonzá- 
lez de Nájera, lleva una cuerda a que llaman yipo^ de tantos nu- 
dos cuantos dias han de tardar los indios en venir a juntarse en 
el puesto que se les declara; para lo cual van deshaciendo cada 
dia un nudo, contando los que faltan para conforme ellos medir 
el tiempo, de sus jornadas i ajustar el en que han de llegar al lu- 
gar señalado. ^°^)) 

Esto por lo que respecta a un tiempo mas o menos remoto. 

Óigase ahora lo que dice con relación a una época mucho mas 

107. Histórica relación^ plj. 92. 

108. Desengaño de la guerra de Chile ^ páj. 183. 



\ 



408 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

moderna el viajero Stevenson en su apreciable libro sobre Sud- 
América. «Molina, Ulloa i otros escritores nada dicen acerca 
del hecho curioso de poseer los araucanos el arte de los quipus^ 
o sea, el sistema que los peruanos tenian de escribir con nudos 
en hilos de diversos colores, en reemplazo de nuestra escritura 
o de los jeroglíficos, i que hasta el presente poseen este arte lo 
demuestra el hecho siguiente. En 1792 tuvo lugar cerca de Val- 
divia cierta sublevación, i cuando se trató de juzgar a varios de 
los complicados, Marican, uno de ellos, declaró «qtie la señal 
Denviada por Lepitran fué un pedazo de palo, como de una cuarta 
»de largo i notablemente grueso, i que habiendo sido ahuecado, 
Dcontenia en su interior un dedo de español; que estaba envuelto 
j)en hilo en toda su estension i teniendo en uno de sus estremos 
»una faja, listada con colorado, azul i negro; que en la negra, 
j) Lepitran habia puesto cuatro nudos para significar que era des- 
2>pues del cuarto dia de la última luna cuando el emisario habia 
jDsalido de Panguipulli; que en la blanca se veian diez nudos pa- 
jara indicar que diez dias después de esta fecha tendria lugar el 
^levantamiento; que en la colorada debia añadirse por la perso- 
Dna que la recibiera un nudo si asentia a la sublevación, pero 
Dque si rehusaba, debia hacer un nudo atando juntas la azul i 
i^lacre; de tal manera que, siguiendo la ruta que tenia indicada, 
]& Lepitran estaría en situación de averiguar al regreso del chas^ 
T^que o heraldo, cuantos de sus amigos se le unirían, i que si al- 
aguno disentia, sabría quien era él por el lugar que ocupase el 
j>nudo que uniría los dos hilos.)!) De esta manera, concluye nues- 
tro autor, «es mui probable que los toquis de Araucanía conser- 
ven sus recuerdos por medios de los quipus ¡tn lugar de confiar- 
los a la tradición oral.^^» 

Apreciando lord Kingsborough ciertos quipus que obraban en 
su poder, declara, no sabemos fundado en qué razones, que los 
estimaba «mas bien como chilenos que peruanos, i como mo- 



109. Historical and descriptive narrative of twenty years residente in South 
America^ London, 1829, 8.®, t. I, páj. 44. 



CAP. XII. — LA EDAD DEL BRONCE 4O9 

dernos mas que antiguos."^ I por fin, refiriéndose Rivero a un 
pequeño libro inglés, cuyo título no cita, espresa que en él se 
contiene «la descripción de algunos quipus descubiertos por Ro- 
semberg Vestus en la familia de un cacique de Chile de la tribu 
de los Guancus, que se asegura ser descendiente de los Incas 
que huyeron del Perú a la llegada de los españoles.^^^D 

En vista de tan numerosos i autorizados testimonios, debemos, 
pues, concluir que los quipus fueron conocidos en Chile desde 
época mui antigua, sin que en verdad dejemos de reconocer que 
el arte de emplearlos no alcanzó entre nosotros el grado de ade- 
lanto a que llegó en las provincias centrales del imperio de los 
Incas. Mas, como hemos antes insinuado, ¿coincidió su inven- 
ción en Chile con la aplicación que de ellos se hacia en el Perú, 
o, por el contrario, no fué su uso sino uno de los adelantos que 
los soldados de Huaina Capac implantaron en los valles de Co- 
quimbo i Copiapó? Los historiadores cuyo testimonio hemos re- 
cordado no se pronuncian sobre este particular, pero desde luego 
llama la atención que este sistema de los quipus se ha practicado 
aún en aquellas rejiones a que nunca llegó el dominio incarial, i 
que en idioma araucano, como lo asegura el padre Rosales i otros 
autores, los nudos que servian para las diversas combinaciones 
tienen una denomiacion especial: antecedentes que, unidos a la 
circunstancia de que hasta el presente encuentren cierta aplica- 
ción, i lo fácil i natural del invento, peculiar también a otros 
pueblos, concurren a demostrar que su aplicación entre los arau- 
canos coexistió con el uso que de ellos se hacia en el Perú. 

Lo que sin duda alguna enseñaron los peruanos a losaboríjenes 
filé el arte de contar. Según es notorio, algunos pueblos salvajes 
poseen nociones tan escasas sobre este particular, que en cuanto 
recorren uno por uno los dedos de las manos i de los pies, sus 
ideas se embrollan i no saben atinar con un número superior al 
de sus propios dedos. El estado de los conocimientos de los pri- 
mitivos habitantes de nuestro país, en este orden, no debió ser 



lio. Mexican antiquities^ t. VI, páj. 271, nota. 
III. Memorias cieníificaSj t. II, páj. 78. 



53 



4IO LOS ABORÍJENES DE CHILE 

mui superior al grado que indicamos, pues las voces con que des- 
de la conquista española espresan ciento i mil, pataca i huaranca 
i demás combinaciones superiores, son jenuinamente quichuas.^^ 

Otro tanto puede decirse en lo que respecta al traje. Ya al ha- 
blar de la edad de piedra i de los araucanos hemos indicado que 
tanto el arte de tejer como el sistema de los Vestidos, eran neta- 
mente rudimentarios. Para hilar tuvieron después el huso, provis- 
to de las torteras (chinqnid)^ cuyos modelos hemos dado a co- 
nocer, i los había de tres clases, piriill^ cnliu i muñam; de la 
lana del huanaco i del chilihueque hacian unos ovillos de hila- 
do,"^ (peulj; se proporcionaban agujas de las espinas del cha- 
guar'**, o de ((Otra pajita» que llamaban gutofi^^^, i posteriormente 
las hicieron de huesos; tiñeron sus telas dcon colores perfectísi- 
mos» (sacados especialmente del quintral), del relviin^ cocoll i 
carchi l^^^^ i así hacen los vestidos de varias tintas: el negro, para 
el cual no tienen raíces, lo dan mui bueno, cociendo lo que han 
de teñir en cieno negro repodrido^*^», que denominaban rovü. El 
amarillo lo daban con \dí puelcura. Los telares eran dde pocos 
palos i artificio,^^*'D i de ellos, dice Molina, se conocen dos espe- 
cies, el gurehuCy dno mui diferente del que empleaban los espa- 
ñoles, pues en lugar de peine usaban una costilla de ballena o un 
palo adecuado, plano, para oprimir la trama (thonon). El otro es 
casi vertical, llamado úthalhuc o huythalhue. Tienen en su len- 
gua vocablos propios para indicar todas las partes que componen 
los susodichos telares i las demás cosas conducentes a la labor 
de las lanas. Tenian agujas, como se colije del verbo maduven^ 
así como bordado, según el significado del verbo dumican}^^j> 

Andaban descalzos, pero para pasar las nieves habian inventa- 
do unos zapatos (íque hacen de coleos, anchos como chapin, con 

112. D'Orbigny, Vhomme américain, t. I, páj. 394; Carvallo, Historiadores. 

113. González de Nájera, Desengaño de la guerra de Chilc^ páj, 189. 

1 14. Id., /V/, páj. 59. 

115. Fcbres, Arte de la lengua general^ etc. 

1 16. Pebres, ob, cit. 

117. González de Nájera, ob. cit., páj. 98. 

118. Id., id,y id. 

119. Compendio de la historia civil ^ páj. 21. 



I 



CAP. XII. — LA EDAD DEL BRONCE 4II 

que andan sin hundirse en la nieve cuando quieren."^» Los pe- 
ruanos introdujeron la ojota, uchuta^ «que era a modo de las al- 
pargatas de Espafla, que el novio daba a la novia al tiempo de 
casarse, de lana, si era doncella, i si no, de esparto.^*"'^» En el arau- 
cano existe también la voz quelle^ calzado de indio, que no sabe- 
mos si era distinto de los anteriores;^® i los zancos, que todos 
conocemos, i que distinguian con el vocablo thenthicahue}^ 

En materia de trajes, los usaron de varias clases: el poncho, 
pontho\ la camiseta o poncho de solo dos listas, ulcii; la camise- 
ta ceñida, llochov^ i otra variedad llamada macuñ; rüthu^ la man- 
ta gruesa; eciill^ la listada; el chamal^ con que se cubren todo el 
cuerpo; huentecun^ la que ponian sobre las demás; la tclla i el 
choñe o mantas que usaban con especialidad las mujeres. Ribe- 
teaban sus trajes con una cinta o cordoncito llamado huachiñ; 
hacían fajas o ceñidores de dos clases, nuruhiie i chumpi; fabri- 
caban cierta especie de calzones conocidos con la designación de 
charahuilla ; para la cabeza hacian cintas, tarilonco^ huyncha i 
malcantu. Confeccionaban bolsas, yapagh^ i otras dispuestas en 
forma de red para llevar provisiones durante sus viajes, que lla- 
maban huilal}^ 

Pero, como espresa D'Orbigny muchas de estas voces, como 
también el topu o prendedor con que se sujetaba la manta o iclla^ 
son quíchuas.^^ d Me sorprendí mucho, diceFitzroy, cuando noté 
la precisa semejanza del vestido usado por las mujeres arauca- 
nas con el de los aboríjenes del Perú, según lo describe i dibuja 
Frezier en su viaje.^^D 

Sin pliegues, sin alforza, sin costura 
Es el bárbaro traje i tan mal hecho 
Que no señala talle ni cintura 
Forma, garbo, facción, espalda o pecho: 

120. Rosales, Historia^ t. I, páj. 198. 

.121. Ercillíi, La Araucana^ notas. 

122. Luis de Valdivia, Arte i gramática^ etc. 

.123. Pebres, ob. cit. 

1^4. Obras de Pebres i Valdivia, /^¿75í//«. 

125. nhomme américain^ t. I, páj. 394. 

126. Voy age of the Advertnre and Beagle^ t. II, páj. 463. 



412 LOS ABORÍJENES DE CHILE 

I demás que es mala su hechura 
Áspero, deshonesto, corto, estrecho, 
Tanto que se descubren las costillas 
I llega cuando mucho a las rodillas. ^*^ 

A pesar de la aserción del poeta, el vestido de las indias chi- 
lenas, declara González de Nájera, «es honesto para bárbaras, 
pues usan de faldas largas, mostrando solo los pies descalzos i los 
brazos desnudos.^^ «Andan vestidos los araucanos, añade Rosa- 
les, de lana, teñida de vistosos colores, con un traje moderado ¡ 
sencillo, contentándose con solo cubrir el cuerpo. La ropilla es 

# 

una camiseta cuadrada abierta por medio, cuanto cabe la cabeza, 
que entrándola por ella, cae sobre los hombros; los calzones, 
abiertos, de la misma tela, sin mas camisa que duplicar la cami- 
seta, sin mas aderezo ni adherente... El cabello les cubre la ca- 
beza, i le traen atado con una cuerda de lana, la cual se quitan 
por cortesía, como nosotros el sombrero... El vestido de las mu- 
jeres es al modo del de los hombres i solo se diferencia en los 
calzones i en el cabello largo. Traen, como los hombres, una ca- 
miseta sobre los hombros, i de medio cuerpo hasta las rodillas 
una manta ceñida a la cintura, i de las rodillas abajo, como los 
hombres, desnudas i descubiertas, i los brazos del mismo modo. 
I aunque mas frió haga no traen mas abrigo, i dentro de casa se 
quitan la camiseta que traen encima i se quedan con solo la man- 
ta. Para las fiestas, se ponen algunas una lliclla^ que pende por 
las espaldas, i por los dos estreñios la prenden en el pecho con 
un punzón, sin mas galas ni usos nuevos, ni ser costosas a los 
maridos aun en esto poco que visten, que ellas mismas lo hacen 
i tejen, i si no, no se lo ponen, que el marido no se obliga a darlas 
de vestir: antes ellas están obligadas a vestir al marido.^^» 

No debe olvidarse que la división del peinado en dos trenzas, 
a que llamamos chapes^ es también una invención peruana. 

Con esto hemos pasado ya lijeramente en revista la influencia 

127. Alvarcz de Toledo, Paren indómito, C. XIX. 

128. Desengaño de ¡a guerra de Cliile^ páj. 98. 

129. Historia^ t. I, pájs. 158-159. 



CAP. XII. — ^LA EDAD DEL BRONCE 4I3 

que la conquista peruana ejerció eta Chile, influencia, por lo je- 
neral, benéfica, i debida, sobre todo, al grado superior de adelan- 
to que habían alcanzado los pueblos del Inca. Pero, sin tiempo 
para consolidarse i sin un campo vasto en que poderse ejercitar, 
i distraida, ademas, a cada paso por las necesidades continuas de 
la guerra i los dilatados desiertos al través de los cuales debia 
hacerse sentir, bastó el primer empuje de los soldados castella- 
nos para que los cimientos del edificio que comenzaba a levan- 
tarse fueran dispersados en un momento, arrastrados por la cor- 
riente que en tan cortos dias disolvió el dilatado imperio de 
Atahualpa. De aquel tiempo de señorío de una nación estraña 
en Chile, inmediatamente anterior a la época española, no que- 
dan sino una que otra palabra en el idioma del pueblo cuya con- 
quista se intentó, usos i costumbres alterados con el tiempo, 
piedras ligadas con deleznable barro en las alturas de algunos 
cerros, i uno que otro utensilio de arcilla i de metal confundidos 
con los cadáveres de sus dueños en las honduras de las fosas se- 
pulcrales. De aquellas huestes que orguUosas hollaron en un 
tiempo nuestro suelo, apenas si al concienzudo trabajo del his- 
toriador le es dado descifrar un recuerdo al través del dilatado 
trascurso de los años, i de las maravillas de aquella decantada ci- 
vilización apenas si el arqueólogo puede desentrañar, arrancando 
a la podredumbre, unos cuantos objetos que conserven su figura 
orijinal. Tras de este período remoto i casi sin historia i monu- 
mentos, se levanta admirable, vigorosa i tristemente cruenta la 
conquista española. 



FIN. 



ESPLICACION DE LAS LÁMINAS 



1. ídolo hallado en Malloa^ cerca de Rengo, hecho de pórfido i dibujado de 

tamaño natural. Roto en su parte inferior. 

2. Piedra granítica, de lo Ovalle, inmediaciones de CuracavL Un octavo del 

tamaño natural. Véase su descripción en la pajina 220. 

3. Cincel de piedra hallado en ^Los CJimosi^^ provincia de Valdivia. Esquita 

micácea, abundante en la cordillera central. 

4. Tamaño natural, La Union. Pórfido. 

5. Hacienda de San Miguel, departamento de Melipilla. Tamaño natural. 

Oríjen volcánico. £1 lado que se ve es el mas alisado, pero el instrumento 
tiene rotas las dos estremidades del filo. 

6. Llanquihue^ lugar del Frutillar. Tamaño natural. Granito. En la estremi- 

dad de la punta le falta un pedazo, i el filo mismo aparece ya bastante 
desgastado. 

7. Tamaño natural. Interior de Chiloé. Pórfido. 

8. Tamaño natural. Los Cuneos^ Valdivia. Pórfido. 

. 9. Tamaño natural. Rio Maullin, Pórfido. Cincel originariamente bien pu- 
lido, con cuatro cantos, pero ya roto por el uso. Ha sido probablemente 
golpeado en un estremo con algún martillo de piedra. 

la Tamaño natural. Pórfido. Interior de la isla grande 4^ Qhiioé. 

11. Tamaño natural. Isla de Huar, Piedra tal cosa. 

12. Tamaño natural. Interior de la isla grande de Chiloé. Pórfido. 

13. Dos tercios del tamaño natural. Pulida en su mitad inferior. Hallada en 

el interior de la Araucania, Granito. 

14. Hacha de piedra, agujereada, de treinta i dos centímetros de largo, nueve 

i medio de ancho, i uno i medio de grueso, de un color pálido cenicien- 
to, tirando al verde, con pequeñas jaspeaduras negras. Fué hallada en 
la isla de Mancera^ debajo de las raíces de un roble, junto con otra del 
mismo tamaño i dos chicas. Es el ejemplar mas grande que conozcamos 
de estos instrumentos. Cuarta parte del tamaño natural. 

15. Dos tercios del tamaño natural. Rio Maullin, Oríjen volcánico. 
t6. Islas de los Chonos, Tres cuartos del tamaño. 

17. Hacha tallada, encontrada en Liguay^ Linares, en una capa de cascajo, a 

tres metros de profundidad. Tamaño natural. Es el ejemplar mas intere- 
sante de todos los que poseemos hasta ahora, por la gran antigüedad 
que indudablemente tiene. 

18. Islas de los Chonos, Tres cuartos del tamaño. Pulimentada solo en el filo. 



4 1 6 ESPLICACION DE LAS LÁMINAS 

20. Colüco, inmediaciones de Valdivia, Dos tercios del tamaño naturaL Gra- 

nítica. 

21. Dos quintos del tamaño natural. Horadación igual de ambos lados. Pórfi- 

do. Chiloé. 

22. Dos quintos del tamaño natural. Horadación en forma de cono truncado, 

con sus paredes interiores admirablemente regulares. Pórfido cuarzífero. 
Guaitecas, 
2}s* Hallada en la hacienda de San Juan de Valdii'ia, Ejemplar bastante inte- 
resan le por su forma, que acaso sea una copia de las hachas modernas de 
acero. Parece que ha sido esclusivamente destinada a usarse con la ma- 
no. Mitad del tamaño natural. 

24. Pulida solo en el filo, o sea tallada. Encontrada en la hacienda de Santo 

Domingo, en BucaUmu. Piedra aislada de orijen volcánico. Mitad del 
tamaño natural. 

25. Sumamente tableada i de un carácter análogo a las números 14 i 15. Pa- 

rece evidente que en estos instrumentos no hai mas pulimento que el 
de los cantos, i el trabajo del filo. Roca esquitosa, común en la costa de 
Chile. Cuatro décimos del tamaño natural. 

26. Pulimentada en su mitad inferior. Granito. Boca de J^eloncaví, Tercera, 

parte del tamaño natural. 

28. Ha tenido en un principio una forma esférica bastante regular, con las lí- 

neas de horadación perpendiculares. Superficie esterior bien alisada. De 
Angol, Once centímetros de ancho i otros tantos de alto, i cinco en el 
borde esterior de la horadación. Granito. Está mal presentada en el di- 
bujo. 

29. Horadación un poco mas ancha en su parte superior, con forma de cono, 

i relativamente mui delgada. La parte inferior de la piedra es casi plana, 
i su forma jeneral algo achatada, a escepcion de la parte superior que se 
empina como para dar mas resistencia i protección al agujero. Pulimen- 
to acabado. Hallada en la ciudad de Concepción al abrir los cimientos de 
una casa. Tiene diez i seis centímetros de ancho i tres el borde de la ho- 
radación. Porfídica. También ha sido mal presentada. 

30. Horadación igualmente recta. El conjunto jeneral carece de regularidad 

i pulimento. Es bien plana por abajo, disminuyendo de volumen hacia 
la parte superior. Dimensiones: trece centímetros de ancho, diez i medio 
de alto i veintiséis milímetros en la horadación. Encontrada en Talca. 
Porfídica. 

31. Hacienda de la «Patagua», Curicó. Plana en las superficies superior e in- 
ferior, redondeada en la circunferencia. Ancho, quince centímetros; alto, 
ocho; horadación, borde esterno, cuarenta i cinco milímetros. Cach iva- 
rita. 

32. Mitad del tamaño natural. Granítica. Linares. 

33. Arenisca. Horadación de forma usual i mui desgastada. Una de las mas 
grandes de su especie, alcanzando a un ancho de dieziocho centímetros. 
Colchagna. 

34. Colchagna. Mitad del tamaño. Feldspato. El comienzo de la horadación 
por el lado opuesto es mas ancho. 

35. Sienita. Mitad del tamaño. Colchagna. 

36. Siete octavos del tamaño natural. Horadación curiosa que esplica el mo- 

do con que probablemente se hacia este trabajo, pues en el comienzo 
abarca una gran superficie para conseguir el objeto deseado. Es notable 
también por su p)equeño tamaño. Forma aplanada e irregular en el con- 
íunto. Porfídica. Colchagna. 

37. Forma ordinaria. Pórfido color gris, mui hermoso. Siete octavos del tama- 

ño. Colchagna. 



ESPLICACION DE LAS LÁMINAS 4T7 

38. Pórfido. Colchagua, Tamaño natural, aunque de forma poco común. 

39. Curacavi, Tamaño natural. Pórfido. Se presenta en la manera que se ve 

para mostrar la horadación que ha conservado perfectamente las huellas 
del instrumento con que ha sido hecha. 

40. Tamaño natural. Acaso ha servido de tortera para el huso. Horadación 

perpendicular. Curtcó, Piedra talcosa. 

41. Mitad del tamaño. Granito. Colchagua, Notablemente aplanada, pues, 

mientras su diámetro alcanza a ciento ochenta milímetros, solo tiene de 
alto cuarenta i cinco. 

42. Granito. Colchagua, Forma oblonga, con horadación bastante ancha i pu- 

lida. Mitad del tamaño. 

43. Curicó. Cuarzo. Aparece escepcionalmente desgastada en uno de sus lados: 

uno de ellos llega a cuatro centímetros, i otro no pasa de quince milíme- 
tros. Mitad del tamaño. 

44. Esta piedra fué encontrada dentro del estero de cLas Toscas,» en la pro- 

vincia de Curicó^ cerca de un cementerio indíjena, que la corriente habia 
destruido en uno de sus lados, lo que puede indicar cierta antigüedad. 
A su permanencia en el agua debe sin duda el color verde que afecta, 
siendo mui digna de atención su forma de hacha. Es sensible que esté 
quebrada en uno de sus estremos. Mitad del tamaño natural. 

45. Curicó, Del tipo jeneral délas piedras achatadas. Granítica. 

46. Provincias del Norte. 

47. Precioso ejemplar concluido hasta en sus menores detalles. 

48. Cristal de roca, toscamente preparado i encontrado junto con el anterior en 

una huaca de Freirina. Parecen, por consiguiente, de oríjen incásico. 

49. Sur de Chile, i destinada probablemente a un uso semejante al de la nú- 

mero 46. 

50. Forma alargada, de un color trasparente, admirablemente dentada. ' 

51. Flecha de trabajo mui ñno, hallada en la Compañía, cerca de la Serena; i 

de jaspe de un hermoso color rojo. 

52. Esquita. Hallada en la orilla norte de la laguna de Llanquihue, 

53. Obsidiana. 

54. Merece notarse la manera de enhastarse. Piedra de pedernal, cuarzo. 

55. Obsidiana. Lindísimo ejemplar notable por sus pequeñas dimensiones, 

que habia dibujado ya Gay, pero cuya procedencia ignoramos. 

56. Hallada en Chanco, subdelegacion de San Juan de la costa, provincia de 

Valdivia, Esquita. 

57. Instrumento de bordes cortantes que acaso ha servido de lanceta, según 

Ja descripción que da el padre Ovalle. Por su forma i tamaño es entera- 
mente análogo al cuchillo que hoi usan los armeros para recortar cartu- 
chos de cartón. El filo de los cuatro lados está fundado en un principio 
de evidente economía de trabajo. Ha debido afianzarse en la estremidad 
de un palo. Estraido de una sepultura de «La Patagüilla,» Curicó. 

58. Instrumento tosco, semejante al racloir de los arqueólogos franceses, cuyo 

uso probablemente ha sido para desgastar o ablandar la carnaza de las 
pieles. Tamaño natural. 

59. Punta tosca de flecha. Hallada, como la anterior, en las huacas de la Pa- 

t a guilla. Tamaño natural. 

60. Obsidiana, con sus bordes mui bien preparados. AngoL 

61. Esquita arcillosa. 

62. Cuarzo. 

63. Esquita arcillosa. 

64. Id. Esta i las tres puntas anteriores proceden de los cementerios de Fu- 

choco, los amas cotiers de los franceses i los kjókkennióddings de los di- 
namarqueses. Como se ve, las cuatro afectan formas diversas que respon- 



w 



41 8 ESPLICACION DE LAS LÁMINAS 

dian quizás a usos también diversos. Así, la número 63 es esencialmente 
penetrante, pues la endentadura solo comienza casi en la mitad del 
cuerpo del proyectil. La 62 obedece a un principio análogo, i se distin- 
gue especialmente de la anterior por la forma i el número de los dien* 
tes, existiendo solo dos por cada costado, en lugar de seis que tiene la 
otra. Aunque en apariencia la 64 está mas toscamente trabajada, un exá* 
men atento demuestra, por el contrario, que está provista de dientes fi- 
nísimos, aptos para acerrar. 

65. Freirina, Oríjen peruano. 

66. Colocada impropiamente bajo este número. Procedente de Cheyepin, de- 

partamento de IllapeL Cuarta parte del tamaño natural. 

67. Mitad del tamaño natural. 

68. Id. A estas dos vasijas procedentes de cLa Florida,» en San Felipe^ es 

aplicable la observación hecha respecto de la número 66. Mitad del ta- 
maño natural. 

69. Freirina. 

70. Por su tamaño parece que debe considerarse como punta de lanza. 

71. De Freirina como la anterior. 

72. Id. 

73. Piedra agujereada de siete ganchos, ya bastante usada, habiendo sido pro- 

bablemente en un principio enteramente regular. Una de sus estremida- 
des se ha roto i alisado en seguida con el uso. Tamaño natural. Freirina, 

74. Mango de un bastón, talvez insignia de mando de algún curaca. Cada una 

de las siete puntas tiene un comienzo de horadación, a escepcion de una 
que está enteramente taladrada. Este objeto, hecho de mármol del Ta- 
bón, que habia sido dibujado ya por Gay, se halla en el Museo nacional 
sin procedencia conocida. 
75.1 Piezas análogas halladas en una sepultura de Freirina. Todas son de un 
76. > pulimento completo, i dúdase si habrán sido labréis^ como los que hoi 
77.3 usan los esquimales, para colocarlas en las orejas de los indios principales 
llamados orejones] o si habrán estado aseguradas en la cuerda del arco de 
la flecha para servir de agarradero i disparar el proyectil sin peligro de 
lastimarse los dedos. La figura jeneral del objeto la indica el número 76^ 
que es un jaspe de hermoso color verde. La 75, vista por delante, pre- 
senta tres agujeritos, que no perforan la lámina en que se hallan, i de 
los cuales el del centro es un poco mayor que los demás, siendo la dis- 
tancia a que están colocados unos respecto de otros, la misma. La 77^ 
vista, por el contrario, por detrás, tiene una escavacion en la base i siete 
ranuras concéntricas en el borde posterior de las paredes. Tamaño na- 
tural. 

78. De estas piedras hai algunas mas grandes i mas acabadas, i aunque [>or su 

forma nos hacen recordar nuestra mano de almirez, es mui p>osible que 
hayan sido una insignia de mando. Diorita. Tamaño natural. 

79. Este instrumento, especie de flauta, provisto como todos los de su especie 

de un agujero para que pudiera llevarse colgado, es de roca porfídica i 
ha sido hallado en la Serena. Está dibujado de siete octavos del tamaño 
natural, pero don Claudio Gay habia dado ya antes a conocer otro seme- 
jante mucho mas grande. 

80. Simple pito, provisto de dos agujeros en [vez de uno, i cuya horadación 

comienza en el centro de la cara superior para venir a terminar en uno 
de los lados, probablemente a despecho del artista. Hallado en «Los Ul- 
mos,T> Valdivia, Tres cuartos del tamaño natural. 

81. Acaso ha sido este pito un instrumento de guerra. Hallado en una escava- 

cion hecha a orillas de la laguna de Vichuquen, Piedra talcosa. Tres cuar- 
tos del tamaño natural. 



ESPLICACION DE LAS LÁMINAS 419 

82. Encontrado en Valdivia. Aparecen ya rotos los agujeros que tuvo para ser 

colgado, asi como también las cavidades principales. I«as rayas que tie- 
ne en el cuerpo sirvieron quizás para asegurar la envoltura de lana en 
que debió ir forrado. Tal cosa- mi cácea. Tamaño natura!. 

83. Copiado de Gay. Popeta, Ignoramos a punto fijo la aplicación que haya 

tenido. Véase la pajina 302. 

84. El mismo objeto visto de perfil. 

85. Cachimba de piedra, tamaño natural. Sur de Chile. Tamaño natural 

86. Cachimba (?) de piedra, dibujada en Gay, sin procedencia conocida. Id. 

87. Piedra. Llanqtiihtie. Id. 

88. Greda. Copiapó. Id. 

89. Piedra. La Union, Id. 

90. Greda. 

91. Freirina, De piedra talcosa. 

92. Bola de piedra para el juego de la chueca. Tamaño natural. San Juan, 

Valdivia, 

93. Piedra con una cintura donde se amarraba una cuerda, i que de esa ma- 

nera servia como las modernas boleadoras de los Patagones. Granito. 
94* Piedra arenisca, estraida de PnchocOy que ha ^servido como plomada para 
las redts. 

95) 

96. > Torteras de greda, halladas a orillas de la laguna de Llanquihue. 

97.) 

98. Piedra encontrada en la mano de un indio muerto, i cuyo uso se ignora. 

99. Piedra de los indios changos, que se ha empleado probablemente en el 

tejido de las redes. Porfídica. 
ICO. Piedra estraida de Piichoco^ que acaso ha tenido igual objeto, 
xoi. Olla de piedra, mitad del tamaño natural. Arenisca. Departamento de 

Melipilla . 

102. Tazi o copa de piedra, hallada en la hacienda del Batro, cerca de Valpa* 

raiso. Mitad del tamaño. 

103. Quintero, Probablemente una insignia de mando que representa una ca- 

beza de loro. Tercera parte de su tamaño. Falta en el dibujo una hora- 
dación que tiene el orijinal en el mango. Mármol del Tabón. 

104. Mano de moler, que representa en la parte superior la cabeza de un gato 

montes. Tamaño natural. Vichuquen, Pórfido anfíbólico. 

105. Pala de hueso de ballena, petrificado. Tercera parte de su tamaño. Punta 

de Teatinos, Coquimbo. 

106. Mármol del Tabón. Cuarta parte del tamaño. 

107. Alabastro. Pomo para guardar pintura de afeite. Tamaño natural. 

108. Cajita de jaspe, que contiene aún el colu o pintura paia teñirse la cara. 

Tamaño natural. Freirina. 
J09. Mano de moler, estraida de una huaca de la Patagüilla, Curicó, Mitad del 

tamaño, 
lio. Vaso o copa de piedra, hallada en Panamá, Curicó, Tiene veintisiete 

centímetros de alto. Jaspe. 

111. Olla de piedra blanda, talcosa, mitad del tamaño. 

112. Pomo de piedra hallado dentro del estero Guirivilo. Poco mas de la mi- 

tad del tamaño. 

113. Conopa o llama de oro laminado i soldado. Tamaño natural. Freirina, 

114. Huanaqiiito hecha de una concha. Id. Id, 
If^. Huanaco de plata maciza, fundida. Id. Id, 

lio. Dos láminas de oro, delgadas como papel, que representan una cara hu- 
mana. Los relieves están hechos por medio de abolladuras. En la parte 



420 



ESPLICACION DE LAS LÁM1N48 



superior, existen dos pequeños agujeros, destinados probablemente para 
colgar el objeto de las orejas, en forma de pendiente. Freirina. 

17. Alpaca de cobre ya bastante oxidado. Tamaño natural. Freirtna. 

18. Pequeño platillo de plata, de tamaño natural. Osorno, 

19. Arete de plata, de tamaño natural. Freirtna. 

20. Anzuelo hallado en Paine, Santiago. Tamaño natural. Es de piedra, i la 

punta, de hueso, que está unida al cuerpo del instrumento por un hilo. 
21 Pequeño alfiler de oro, de tamaño natural, hallado en Freirina, 

22. Plancha de cobre, muí delgada, estraida de una sepultura de Navidad. 

Tamaño natural. 

23. Anzuelo de cobre, de tamaño natural, hallado en Copiado. 

24. ] Hojas de plata, probablemente de las tenacillas con que los indios acos- 
25./ tumbran arrancarse los pelos de la cara. Osorno. 

26. Hacha de cobre, encontrada en el desierto de Atacama. 

27. Instrumento de cobre, tamaño natural, hallado en Copiapó. 

28. V^aso de oro, tamaño natural, provisto de tres caras humanas. Copiapó. 

29. Tupo o prendedor de plata, con que los araucanos se prenden la parte su- 

perior del traje. Cuarta parte del tamaño natural. 
3c. Arete araucano, de plata. Un tercio del tamaño natural. 

31. Alfiler de oro, tamaño natural. Copiapó, 

32. Alfiler de plata, tamaño natural. Osorno, 

33. Porra de bronce, tamaño natural. Copiapó. 

34. Instrumento de bronce, sacado de una sepultura de San José de Maipo^ 

Santiago . 

35. Hachita o cincel del mismo material i procedencia. 

^ • I Cinceles de bronce de idéntica procedencia. 

38. ídolo, hueco, de plata, tamaño natural. Paihueco, 

39* I ídolos de plata sólida, de tamaño natural. Freirina. 

41. ídolo de oro, hueco, tamaño natural. Freirina. 

42. ídolo de oro, hueco. Es el único del sexo masculino que conozcamos. 

Freirina. 

43. ídolo de piedra, de Yichuquen. Es quizás moderno. 

4"4* I ídolos de greda encontrados en la hacienda de Cauquenes, 

45' J 

46. ídolo hecho de la concha de un marisco. Está ya mui maltratado. Frei* 

riña . 

47. 
48 

49. 

50. 

52. Cachimba de greda, tamaño natural. Llanquihue. 

53. Dibujo de una macana o porra indíjena. 

54. Piedra sacada de Punta de Teatinos, que probablemente ha servido de 

plomada para las redes. 

55. Instrumento de piedra, de tamaño natural, de Ptichoco, 

57. Figura de piedra mui dura, que talvez representa un coleóptero. Coquimbo, 

58. Piedra talcosa, de color café, jaspeado con verde oscuro. En el centro se ve 

dibujada una especie de estrella, i está provista de seis incisiones en la 
circunferencia. Ha sido quizás la tortera de un huso. 
159. tPieza de madera ya petrificada. La cara que representa el dibujo es cón- 
cava, i en su centro tiene un cuadro en relieve, en cuyo promedio hai un 
agujero; la cara opuesta, que es convexa, presenta una escavacion lonji- 



Puntas de flecha de cuarzo, estraidas de una sepultura de Punta de Tea- 
tinos. Coquimbo. 



ESPUCACION DE LAS LÁMINAS 421 

tudinal . Nos parece una lanzadera.» Revista ar^puolójica de Santiago^ 
pajina 6. 

1 6o. «Cabeza de un idolillo de greda cocida^ de color rojo. En la parte superior 
tiene un pequeño agujero que servia probablemente para llevarlo colga- 
do.» Rev, arq, 

i6i. Taza de loza muí ñna, sacada de una sepultura del puerto de Blanco En- 
calada. Tiene veinticuatro centímetros de diámetro en la boca, i once 
de alto. Propiedad de don Demetrio Lastarria. 

162. De V alienar. Diezisiete centímetros de abertura por cuatro de alto. Co- 

lección del Museo Nacional. 

163. Taza también de propiedad del señor Lastarria. La parte interior está di- 

vidida en cuatro secciones por medio de otras tantas series de rayas pa- 
ralelas i en espiral. Dos de esas secciones están adornadas con tres figu- 
ras de llamas dispuestas en triángulo, que hacen frente a otras dos 
secciones con una sola llama cada una. Esta disposición se reproduce 
exactamente en la parte esterna. La lámina representa el objeto en los 
tres quintos de su tamaño natural. 

164. Tazita sacada en la ciudad de Copiapó. La parte interior tiene alternados 

i equidistantes los pequeños dibujos que se ven en la lámina en la mitad 
de su tamaño natural. La parte esterior está dividida en dos secciones 
con dibujos iguales al que se ven, dejando entre uno i otro un espacio 
de cincuenta milímetros. Colección del Museo Nacional. 

165. Tasita de tamaño natural que representa un pato con su cabeza i cola. La 

parte interiof, incluyendo la base, está cortada por cuatro líneas blan- 
cas en fondo negro. Las cuatro secciones en que de ese modo queda di- 
divida, están adornadas alternadamente con una figura de flamenco i 
una cruz de Malta, dispuestas en el centro. Los otros dibujos parece que 
representasen pisadas de aves en la arena. Estraida he una sepultura de 
Fretrina. En poder del señor don Rafael V. Garrido. 

166. Hermosísima taza, procedente de Tongvyj i actualmente en la colección 

del Museo Nacional. Tiene de ancho en la boca veintisiete centímetros 
i nueve de alto. El asiento de la cara interna es del color rojo de la ar- 
cilla de que ha sido hecha, circundada por una lista amarilla, i el resto 
está pintado de blanco. Estos tres colores figuran también en la parte 
esterna, estando admirablemente diseñadas las rayas que se notan en los 
dibujos. El asiento, por su parte esterior, tiene dos círculos concéntricos 
de un color rojo mas o menos pronunciado. 

167. Thngoy. Mitad del tamaño natural. El asiento en su parte esterna inferior 

es del color rojo de la arcilla de que está fabricada, i en la parte superior 
es blanca, con rayas lacres, amarillas i negras. La cara interna está toda 
teñida de blanco. Colección del Museo Nacional. 

168. Tongoy. Mitad del tamaño natural. Trabajo mas tosco que el anterior. 

Los dibujos forman dos grupos, separados por una faja del color de la 
greda. La cara interna no ha sido tampoco pintada. Colección del Mnseo 
Nacional. 

169. Tongoy. Mitad del tamaño. Como es fácil notarlo, este ejemplar se aparta 

del tipo de los anteriores, pues hai una marcada diferencia en la disposi- 
ción de los dibujos, las proporciones son mui diversas, siendo éste mu- 
cho mas alto, i estando por fin, adornado con una cabeza de buho. Solo 
el asiento esterno ha conservado el color orijinal de la arcilla, habiendo 
sido pintado el resto con una tierra blanca. La cabeza del pájaro que se 
ha querido representar, está en un cuadro blanco, señalado por dos listas 
amarillas. Una de estas listas divide también, en la parte esterna, el 
asiento de las paredes laterales. Paralela a esta raya corre hacia arriba 
otra lacre mas delgada, i por fin, una blanca en que se apoyan dos dise- 



422 ESPLIC ACIÓN DE LAS LÁMINAS 

ños iguales a los que adornan la sección inmediata a los bordes. Colec- 
ción del Museo Nacional. 

170. Igualmente estraido de Tongoy i de propiedad de don Wenceslao Diaz. 

Tiene bastante semejanza con la anterior, habiéndose querido represen- 
tar probablemente en ésta un pescado. Tiene diezisiete centímetros de 
diámetro. 

171. Encontrado en Conchaliy Santiago. Doce centímetros de diámetro. 

172. Conchali, Diámetro, dieziseis i medio centímetros. 

173. Valdivia, Diámetro: veintinueve centímetros. 

174. Hallado en Copiapó, Trece centímetros de diámetro. 

175/2. Los Cuneos^ Valdivia. Diezinueve centímetros de diámetro. 

175. Vaso de tamaño natural, encontrado en Petorca, de propiedad de don De- 

metrio Lastarria. El gollete representa una cabeza humana, cubierta, al 
parecer, con una especie de bonete, que se afianza con dos apéndices o 
cuerdas que imitan una culebra. El trenzado del cabello, en la parte pos- 
terior, está hecho figurando también diversas culebras. Las dos protube- 
rancias que se notan, en la parte superior, a los lados de la cabeza, parece 
que indicaran otras tantas jorobas. 

176. De tamaño natural, procedente de Iquiqne, Representa un hombre senta- 

do sobre las piernas. En la cabeza tiene una toca, que se está sujetando 
con las dos manos el individuo figurado. La redondela, que sin duda era 
un distintivo, cubre el gollete de la vasija, que está detras. 

177. Vasija procedente de FÍ2//^;/¿7r, tamaño natural. En la parte superior, del 

lado derecho, se levanta una cabeza de ave, unida al gollete por el asa. 
Del Museo Nacional. 

1 78. Mitad del tamaño natural, hallada en la hacienda del Principal, Santiago, 

Su forma jeneral indica que se ha querido figurar una ave acuática, es- 
pecie de pato. 

179. Tamaño natural Lugar de Puangue, 

180. Tamaño natural. Valdivia, 

181. Freirina. Tamaño natural. Enteramente semejante al número 177. 

182. Freirina, Esta copa llama la atención por su forma que se asemeja bas- 

tante a la de un tiesto moderno. Mitad del tamaño. 

183. Cántaro estraido de una sepultura indíjena de Safi José de Maipo^ junto con 

los utensilios de metal descritos en los números 134, 135, etc. Está re- 
presentado en el tercio de su tamaño natural, ees perfectamente alisado, 
suave al tacto; pertenece a la clase de objetos que podríamos llamar de 
fantasía, sirviendo para el uso como para la ornamentación.» (¿7. iS. Nav, 
asir, exped,) La figura representada bajo el asa parece ser un cisne. 

184. Mitad del tamaño natural. Valdivia, Propiedad del señor Philippi. 

185. Cántaro hallado en Copiapó, Mitad del tamaño natural. 

186. Mitad del tamaño. Tongoi, Representa la figura que está unida con la 

abertura un gato montes. 

187. Mitad del tamaño natural . La Angostura. Santiago, Son notables la for- 

ma i las líneas del dibujo. Propiedad de don Guillermo Puelma. 

188. Tercera parte del tamaño natural. Hacienda de Ghada, Santiago. 

189. Llanquihue, Mitad del tamaño. 

190. Collinco, Osorno. Mitad del tamaño. 

191. Llanquihue^ dos tercios del tamaño. 

192. La Angostura, Santiago; dos tercios. 

193. San Juan ^ Valdivia; mitad del tamaño. 

194. Curicó, Chomedahue, Tercera parte del tamaño. Encontrada en una sepul- 

tura, en posición adecuada para que el muerto puediese beber en ella 
en la otra vida, conforme a las ideas relijiosas de los indios. 

195. Santa Cruz^ Curicó. Tercera parte del tamaño. 



ESPLICACION DE LAS LÁMINAS 423 

196. Los Maitenes^ cerca de Quintero, Valparaíso. Tercera parte del tamaño 

natural. 
197 — 198 — 201. Copia mui reducida de las pinturas que se encuentran en el 

friso de la gruta de la hacienda de Chacabuco. 

199. Santa CruZy Curicó. Tercera parte del tamaño. Vasija al parecer sin con- 

cluir, por las estrías que aún se observan en el cuello. Llama la aten- 
ción por cuanto no puede sostenerse derecha sin apoyarla de los costados. 

200. Santa Cruz, Se aplica a esla ollita, dibujada también en el tercio de su 

tamaño natural, la observación que hemos consignado respecto de la 
anterior, con la cual forma constraste por la estrechez de la boca. 

202. Mitad del tamaño natural. Ranco^ Valdivia. 

203. Mitad del tamaño. El gollete aparece chueco, por cuanto ha sido deforma- 

do sin duda antes del cocimiento. Ignoramos su procedencia, pero el Ca- 
tálogo de la Esposicion del Coloniaje apunta que ha sido estraido de una 
sepultura mui antigua. 

20c / '^^^^^ proceden de una huaca de Colltco^ en las vecindades de Valdivia. 

5' > El primero está dibujado en las cuatro quintas partes del tamaño natu- 

^^J 1 ral, i los restantes solo en el tercio. 
207. ) 

208. Quinta parte del tamaño natural. Vasija que contenia los huesos de un 

niño, i varias semillas, estraida de una sepultura de la Patagüillay pro- 
vincia de Curicó. 

209. Santiago. Quinta parte del tamaño. 

210. Santiago. Es una enorme vasija, también procedente de Santiago^ de pro- 

piedad del señor Montt, perteneciente a la clase de las llamadas malgües 
por los araucanos, destinadas especialmente a la conservación de la chi- 
cho. El dibujo la representa como en una sétima parte de su tamaño. 

211. Vasija mui fina, dibujada de tamaño natural i procedente de Freirina, 

212. Santiago, Mitad del tamaño. 

213. Santiago. Id. Como se ve, estas dos vasijas forman contraste en cuanto a 

su forma, i son dignas de notarse como unaescepcion por la orijinalidad 
de su figura. 

214. Mitad de la mandíbula inferior de un cráneo estraido del lugar de La Pun- 

ta^ Curicó. 
215 — 230. Véase la esplicacion contenida en el cuadro de la pajina 108. 

231. ídolo de piedra dibujado de la mitad de su tamaño, encontrado en Colcha- 

232. Piedra con jeroglíficos que existe en el valle de Rapiantu, a orillas del Ca- 

chapoal, hacia el interior de los Baños de Cauquenes. Véasela pajina 46 
del testo. 



índice 



Pájs. 
Prefacio viii 

CAP. I. — Oríjen del nombre de chile. — El nombre de Chile aparece por 
primera vez en la historia. — Los cronistas españoles lo llaman ordi- 
nariamente Chili. — El valle de Aconcagua.— El cacique Chili. — 
Época probable en que ha existido. — Cómo ha nacido el nombre de 
algunas naciones sud-americanas.— Garcilaso i Diego de Almagro. 
— Diversas opiniones. — Significado de Chile en el idioma quichua. 
— Objeciones. — Los capitanes de los lucas fueron los primeros en 
hablar de Chili. — Chili i Chile. — Resultado i 

CAP. II. — Primeros'pobladores de chile. — La historia i la tradición. — 
Tradiciones chilenas sobre los primeros pobladores del país. — Opinio- 
nes diversas. — El maestro Calancha. — Las águilas de dos cabezas. — 
Frai Antonio García. — Los frisios i los holandeses. — Los indios chile- 
nos descendientes de los iberos. — Emigraciones sucesivas. — Opinio- 
nes de M. Brasseur de Bourgbourg. — Id de Montesinos. — Tradición 
que cita el padre Ramirez. — Los primeros pobladores llegan del 
occidente. — Teoría del abate Molina. — Conclusión 1 1 

CAP. III. — ^Tradiciones. — Escasez de tradiciones. — Opinión de Lord 
Kingsborough. — El diluvio universal. — El fuego celeste. — Creación 
del hombre. — Elevanjelio i su predicación en Chile 27 

CAP. IV.— Razas prlmitivas. — Uniformidad de pareceres. — Opinión de 
Poeppig. — Carencia absoluta de tradiciones. — Violenta desaparición 
de la primera raza. — Antigüedad de la historia de América. — 
Monumentos de una civilización primitiva. — ^Testimonio de Hum- 
boldt, Saint-Hilaire i otros autores. — Unidad de las primitivas ra- 
zas americanas. — ^Jeroglíficos j>eruanos. — Conclusiones de Garcilaso i 
Brasseur de Bourgbourg. — La piedra del valle de Rapiantu. — Otros 
antecedentes que existen en Chile. — Molina i el idioma araucano. — 
Estudio de los cráneos. — Ultimo resultado 35 

CAP. V. — La edad de piedra. — Medios de información de que es nece- 
sario valerse tratando de estos estudios. — Antigüedad de la Améri- 
ca. — Datos conocidos en el Brasil. — La opinión de Lyel. — El crá- 
neo de Nueva Orleans. — Unidad del tipo americano. — Compara- 
ción con otros pueblos. — Cruzamiento de razas. — Monojemismo i 
polijemismo. — Los americanos han sido creados en América. — Se- 
paraciones i emigraciones. — Coexistencia del hombre en América 



426 



ÍNDICE 



PAjs. 



con los grandes mamíferos fósiles. — ¿Vivió en Chile el hombre en 
la época del mastodonte? — Hechos que demuestran la antigüedad 
de los aboríjenes de Chile. — Hachas de piedra. — Cómo fabricaban 
estos instrumentos los mejicanos. — Lugares en que se encuentran 
los instrumentos de esta naturaleza. — Los tKjokkenmódings.»— 
Distintas clases de flechas. — Vasijas de la edad de piedra.— Cono- 
cimiento i uso del fuego. — Hacha del diluvio encontrada en Liguay. 
— Diversas clases de hachas que se hallan en Chile. — Cómo han sido 
fabricadas. — Hachas que usaban los toquis. — Raspaderas. — Depósi- 
tos del Algarrobo. — Restos indijenas de Puchoco. — Las flechas. — 
Aislamiento de algunas tribus. — Piedras para la redes. — ^Torteras 
de greda. — Otros utensilios. — Lo que se sabe de la edad de la pie- 
dra. — Pintura que de ella hace Darwin 51 

CAP. VL — Los ARAUCANOS. I. — Descripción topográfica del país. — Des- 
cripción que hacen de Chile los primero conquistadores. — Clasifica- 
ciones que se han dado de los indios. — Diversidad de idiomas. — 
Examen de la lengua araucana. — Pintura de los araucanos. — Oli- 
vares i Molina. — Los indios rubios. — Descripción del viajero Poep- 
pig. — Los chonos . — Examen de los cráneos. — Deducciones 87 

CAP. VIL — ^Los ARAUCANOS. II. — Divisiones jeográficas. — Behetrías. — 
Existencia de un gran reino en el sur de Chile. — Las Amazonas. — 
Isla de Lucengo. — Disensiones entre las diversas tribus. — Sujeción 
a los caciques. — Convocatoria para la guerra. — ^Juntas de guerra. — 
Preparativos para la campaña. — Declaración de la guerra. — Orden 
de combate. — Armas. — Picas. — Macanas. — Flechas. — Otras armas. 
— Piedras horadadas. — Canto de la victoria.- — Distribución del botin. 
— Muerte del prisionero. — Celebración de la paz. — Regreso al hogar 113 

CAP. VIII. — Los ARAUCANOS, iii. — Poblaciou que habia en Chile a la épo- 
ca de la llegada de los españoles. — Pueblos. — Caminos. — Casas. — 
Trajes.— Desfiguración del cráneo i del rostro. — Adornos. — Joyas. 
— Afeites. — Ajuar de las casas. — Camas. — Insectos nocivos. — Pa- 
rásitos. — Alumbrado. — Sistema para procurarse el fuego. — Modo de 
comer. — Alimento. — Caza de montería. — Animales anfibios. — Vo- 
latería. — Animales domésticos. — El perro. — El chtlthtieque, — Ma- 
riscos. — Pesca. — Anzuelos. — Embarcaciones. — Balsas, canoas, pira- 
guas. — Alimentación vejetal. — Sal. — Miel. — Diversos productos. — 
Fertilidad del país. — Agricultura. — Uso del tabaco. — Bebidas. — 
Utensilios. — Comercio 153 

CAP. IX. — Los ARAUCANOS. IV. — Canibalismo. — Sacrificios humanos. — La 
piedra de Curaca vi. — Las piedras con cuatro cavidades. — Las apa* 
chetas. — El prnloncion. — aldeas de la Divinidad. — Agüeros i supers- 
ticiones. — Existencia futura. — Inmortalidad del alma. — La muerte. 
— Hechiceros. — Machis. — Juntas. — Medicina i enfermedades. — El 
arte de sangrar. — Conocimientos de historia natural. — Ceremonias 
que se seguian a la muerte. — Acompañamiento. — Provisiones para 
el viaje de la otra vida. — Sepulturas. — Disposiciones españolas acer- 
ca de las huacas. — Objetos que se encuentran en ellas. — Los niños 
/ jemelos. — Momias 215 



ÍNDICE 427 

PAjs. 

CAP. X. — Los ARAUCANOS. V. — Matrimonios. — La mujer araucana. — Las 
mujeres son heredadas por el hijo. — Las hijas fuente de riqueza pa- 
ra sus padres. — Nobleza araucana. — Parentesco. — Celebración del 
matrimonio. — Fiestas con que se festeja el enlace. — Adulterio. — 
Libertad de las solteras. — Partos. — Designación del nombre. — Edu- 
cación del niño. — En familia. — Saludos. — Conversaciones. — Jura- 
mentos. — Hospitalidad. — Diversiones i fiestas. — Bailes. — Canto. — 
Instrumentos de música. — Poesía. — Ejercicio de la palabra. — Jue- 
gos. — Ocio i embriaguez. — Los delitos según el código penal indí- 
jena. — Homicidio. — Adulterio. — Hurtos. — Malocas. — Juicios civi- 
les. — Derecho de propiedad. — Conocimientos científicos. — Nociones 
astronómicas. — División del dia. — Años, meses i semanas. — Medi- 
das de lonjitud. — Caracteres morales del araucano. — Inducciones... 277 

CAP. XI. — La conquista incásica. — Precauciones tomadas por los Incas 
en la conquista. — Llegan hasta el valle de Chili.— Prosecusion de la 
guerra. — Vacíos que se notan en la relación de Garcilaso. — ¿Quién 
tué el primer Inca que emprendió la conquista de Chile? — Opinio- 
nes de varios autores. — ^Id. del padre Oliva. — Recuerdos de los indios 
chilenos acerca de la conquista peruana. — D. Pedro de Peralta 
Barnuevo i su Lima fundada, — Pérez García i Córdova i Figue- 
roa. — Relación de Rosales. — Id. del capitán Olaverría. — Dificul- 
tades que ofrecen los historiadores del Perú. — Camino que siguieron 
los Incas. — Hasta donde llegaron en Chile. — Por qué abandonaron 
el país. — Duración de la dominación peruana 315 

CAP. XII. — La edad del bronce. — Sistema de conquista seguido por los 
Incas. — ^Recomendaciones que hacen a sus capitanes respecto de 
Chile. — ^Topa-Inga levanta el censo de la población. — Obsequios a 
los funcionarios. — Frecuentes relaciones que hubo en lo antiguo 
entre Chile i el Perú. — Tributo que los indios de Chile pagaban a 
los Incas. — Ceremonias con que era llevado al Cuzco. — Respeto al 
soberano.— Gobernadores peruanos. — Los orejones. — Fortificaciones. 
— ^Testimonios deducidos de los cronistas. — Antecedentes para apre- 
ciar la estension de país sometido. — Naturaleza de las fortificacio* 
nes.— Otras consideraciones jenerales. — Descripción del fuerte de 
Collipeumo. — Caminos.— Servicios anexos a las vias de comunica- 
ción. — Canales. — Trabajo en común. — Alfarería.--- Vasos de piedra. 
—Otros utensilios del mismo material. — Afeites. — ^Joyas. — ído- 
los. — La gruta de Chacabuco. — ^Fundación de pueblos. — Influencia 
sobre el idioma. — Empleo de la escritura. — Los quipus. — El arte 
de contar. — ^Trajes. — Lo que ha sobrevivido a la conquista peruana. 333 

EspucACjoN de las láminas 415 



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