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Digitized by the Internet Archive 

in 2011 with funding from 

University of Toronto 



http://www.archive.org/details/losargonautasnovOOblas 



LOS ARGONAUTAS 



OBRAS DKÍ^ AUTOR 



CUENTOS VALENCIANOS. 

LA CONDENADA (cuentos). 

EN EL PAÍS DEL ARTE (viajes). 

ARROZ Y TARTANA (novela). 

FLOR DE MAYO (novela). 

LA BARRACA (novela). 

ENTRE NARANJOS (novela), 

SÓNNICA LA CORTESANA (novela). 

CAÑAS Y BARRO (novela). 

LA CATEDRAL (novela). 

EL INTRUSO (novela). 

LA BODEGA (novela). 

LA HORDA (novela). 

LA MAJA DESNUDA (novela). 

ORIENTE (viajes). 

SANGRE Y ARSNA (novela). 

LOS MUERTOS MANDAN (novela). 

LUNA BENAMOR (novelas). 

ARGENTINA Y SUS GRANDEZAS (viajes). 

LOS ARGONAUTAS (novela). 

EN PREPARACIÓN 

LA CIUDAD DE LA ESPERANZA (novela). 

LA TIERRA DE TODOS (novela). 

LOS MURMULLOS DE LA SELVA (novela) 



Es PROPIEDAD —Reservados todos los derechos de reproducción, 
traducción y adaptación. —Copyright 1914, by Blasco Ibáñez 



'^% Vicente Blasco Ibáñez 



LOS ARGONAUTAS 



NOVELA — 



19.000 




A 0\ 






Editorial PROxMETEO 

VALENCIA 



OBRAS TRADUCIDAS DEL AUTOR 



Trrres maüdites (Traducción de 

G. Hérelle), París. 
Fleur de Mai (Traducción de G. 

Hérelle), París. 

BoüE ET RoSEAUX (Traduccióu de 

Maurice Bixio), París. 
CONTES EspAGNOLS ( Traduccióu 

de G. Menetrier), París. 
Dans l'ombre de la cathédrale 

(Traducción de G. Hérelle), París. 

Térras malditas (Traducción de 
Napoleáo Toscano), Lisboa. 

A Cathedral (Traducción de Ri- 
veiro de Carvalho y Moraes Ro- 
sa), Lisboa. 

DiE Kathedrale (Traduccióu de 
Josy Priems), Zurich. 

Flor de Mayo (Traducción de 
Josy Priems), Zurich. 

Erdplüch (Traducción de Wil- 
helm Thal), Berlín. 

SCHILPUND Schlamm (Traduccióu 
de Wilhelm Thal), Berlín. 

Der Eindringling (Traducción 
de J. Broutá), Berlín. 

De Vloek (Traducción del doctor 
A. A. Fokker), Haarlem. 

Waar Oranjeboomen Bloeien 
(Traducción del Dr. A. A. Fok- 
ker), Amsterdáu. 

Chalupa (Traducción de A. Plk- 
hart), Pra8:a. 

Marná Chlouba (Traducción de 
A. Pikhart), Praga. 

Ah, il pane!... (Traducción de F. 
Gelormini), Palermo. 

HVAD EN Mand har at gove (Tra- 
ducción de Johanne Alien), Co- 
penhague. 

ViNNYi Sklad (Traducción de M. 
Watson), Petersburgo. 

Bodega (Traducción de K. G.), Pe- 
tersburgo. 



Prokliatac Pole (Traducción de 
M. Watson), Petersburgo. 

SoBOR (Traducción de M. Watson), 
Petersburgo. 

DuoySoy vistrel (Traduccióu de 
M. Watson), Petersburgo. 

Geleznodorognoy Zaiaz (Tra- 
ducción de M. Watson), Peters- 
burgo. 

Naloguiza obnagnenaia (Tra- 
ducción de M. Watson), Peters- 
burgo. 

Arenes sanglantes (Traduccióu 
de G. Hérelle), París. 

La Horde (Traducción de G. Hé- 
relle), París. 

A CORTEZAN de Sagunto (Traduc- 
cióu de Riveiro de Carvalho y 
Moraes Rosa), Lisboa. 

O Intruso (Traducción de Carva- 
lho), Lisboa. 

LMntrus (Traducción de Renée 
Lafont), París. 

A Adega (Traducción de E. Sonsa 
Costa), Lisboa-Río Janeiro. 

Sur les Orangers (Traducción de 
G. Menetrier), París. 

Les M0BT6 commandent (Traduc- 
ción de Berta Delaunay), París. 

SoNNiCA (Traducción de Francés 
Douglas), Nueva York. 

The Blood of the Arena (Tra- 
ducción de Francés Douglas), 
Chicago. 

The Shadow of the Cathedral 
(Traducción de W. A. Guillespie), 
Londres-Nueva York. 

Blood and sand (Traducción de 
W. A. Guillespie). Londres. 

Obras completas de Blasco Ibá- 
Sez (en ruso). Edición en 16 volú- 
menes con un retrato del autor 
(Traducción de Taitiana Herzens- 
tein y otros), Moscou. 



LOS ARGONAUTAS 



Al sentir un roce en el cuello, Fernando de Ojeda 
soltó la pluma y levantó la cabeza. Una palmera enana 
movía detrás de él con balanceo repentino sus anchas 
manos de múltiples y puntiagudos dedos. Para evitarse 
este contacto avanzó el sillón de junco, pero no pudo 
seguir escribiendo. Algo nuevo había ocurrido en torno 
de él mientras con el pecho en el filo de la mesa y los 
ojos sobre los papeles huía lejos, muy lejos, acompañado 
en esta fuga ideal por el leve crujido de la pluma. 

Vio con el mismo aspecto exterior cosas y personas 
al salir de su abstracción; pero una vida interna, rui- 
dosa y móvil parecía haber nacido en las cosas hasta 
entonces inanimadas, mientras la vida ordinaria callaba 
y se encogía en las personas, como poseída de súbita ti- 
midez. 

Sus ojos, fatigados por la escritura, huían de las am- 
pollas eléctricas del techo, inflamadas en plena tarde, 
para reposarse en los rectángulos de las ventanas que 
encuadraban el azul grisáceo de un día de invierno. La 
blancura de la madera laqueada temblaba con cierto re- 
flejo húmedo que parecía venir del exterior. Dos salones 
agrandados por la escasez de su altura eran el campo 
visual de Ojeda. En el primero, donde estaba él, mez- 
clábase á la blancura uniforme de la decoración el ver- 



6 V. BLASCO IBANBZ 

de charolado de las palmeras de invernáculo, el verde 
pictórico de los enrejados de madera tendidos de pilas- 
tra á pilastra y el verde amarillento y velludo de unas 
paiTas artificiales, cuyas hojas parecían retazos de ter- 
ciopelo. Sillones de floreada cretona en torno de las 
mesas de bambú fonnaban islas, á las que se acogían 
grupos de personas para embadurnar con manteca y 
mermeladas el pan tostado, husmear el perfume del té ó 
seguir el burbujeo de las aguas minerales teñidas de ja- 
rabes y licores. 

Camareros rubios de corta chaqueta azul y botones 
dorados pasaban con la bandeja en alto por los canali- 
zos de este archipiélago humano, sorteando los promon- 
torios de los respaldos, los golfos y penínsulas formados 
por las rodillas. Una vidriera, de pared á pared, for- 
mada de pequeños cristales biselados, dejaba ver el sa- 
lón inmediato, blanco también, pero con adornos de 
oro. Los asientos tapizados de seda rosa, igual á la que 
adornaba los planos de las paredes, estaban ocupados 
por señoras. El ambiente era más limpio que en el jardín 
de invierno, donde una atmósfera de humo de habano y 
tabaco con perfume de opio notaba sobre las plantas. Más 
allá de estos corros femeninos en torno de las mesas de té, 
media docena de músicos, uniformados lo mismo que los 
camareros, agrupábanse sobre una tarima, alrededor de 
un piano de cola. Sus cabezas rubias de germanos y los 
arcos de sus violines destacábanse sobre los rectángulos 
luminosos de cuatro ventanas que cerraban la perspec- 
tiva. Al otro lado de los cristales, ligeramente turbios 
por la humedad exterior, movíase, pasando de una á 
otra ventana, con lento balanceo, una especie de colum- 
na, esbelta, amarilla, de invisible término, acompañán- 
dola fieles en este cambio de situación, regular y acom- 
pasado como el de un péndulo, unas líneas negras y 
oblicuas semejantes á cuerdas. 

Todo estaba lo mismo que una hora antes, cuando el 
té humeaba en la taza de Ojeda, ahora vacía, y blan- 
queaban sobre la mesa los pliegos cubiertos al presente 
de compactas líneas. Las personas cercanas á él fuma- 
ban silenciosas ó seguían sus conversaciones con lenti- 
tud soñolienta. Del fondo del segundo salón llegaban, 



LOS ARGONAUTAS 7 

confundidos con risas de mujeres y choque de bandejas, 
los tecleos del piano y los gemidos de los violines: del 
techo, coloreado á la vez por el reflejo azul de la tarde 
y el frío resplandor de las ampollas eléctricas, descen- 
dían gorjeos de pájaros como una evocación campestre 
que parecía animar la artificial rigidez del jardín con- 
trahecho. Por la parte exterior se deslizaban de ventana 
en ventana los bustos de unos paseantes, siempre los 
mismos, ocultándose para volver á aparecer con regula- 
ridad casi mecánica; como si se moviesen en un espacio 
reducido, con los pasos contados. Niños rubios, sosteni- 
dos por criadas cobrizas, adherían á los cristales las ro- 
sadas ventosas de sus labios, empañándolos con círculos 
de vaho, y agitaban las manecitas para saludar á las 
madres y hermanas que estaban en los salones. 

Algo nuevo había sobrevenido, sin embargo, mien- 
tras Ojeda escribía. Su sillón, antes inmóvil, con sólida 
estabilidad, parecía agitado por estremecimientos ner- 
viosos, lo mismo que una bestia que jadea afirmada so- 
bre sus patas. La taza, como si la animase de pronto un 
alma traviesa, iba á pequeños saltos, repiqueteando en 
su plato, de un extremo á otro del velador. Unas jaulas 
de bronce pendientes del techo empezaban á balancear- 
se, y dentro de ellas saltaban los canarios, sin dejar de 
cantar, buscando en el vaivén de esta prisión un punto 
inmóvil. Las cortinillas de las ventanas, sujetas por sus 
abrazaderas, agitábanse bajo un soplo invisible. El suelo 
de mosaico, liso, unido, inerte á la vista, parecía ondu- 
lar como si por debajo de él mugiese un huracán. Al 
sordo zumbido de la gente que ocupaba los dos salones 
uníase un retintín continuo de platos, vidrios y made- 
ras. Todo cantaba de pronto, como si una vida extraña 
resucitase los objetos inanimados, haciéndolos conversar 
con voces y golpeteos: el cuchillo contra el vaso, la cu- 
chara contra la botella, el sillón contra la mesa, la fos- 
forera de loza contra el búcaro de flores. 

En un rincón del invernáculo, alineadas sobre un 
aparador, las cafeteras y teteras parecían deliberar con 
la solemnidad de un consejo de ancianos, chocando gra- 
vemente sus barrigas metálicas. Un cesto de lilas blan- 
cas colocado en el centro de la pieza estremecíase como 



8 V. BLASCO IBÁfíBZ 

un montón de nieve tocado por un remolino. Las paredes 
inmóviles, firmes, de un espesor considerable á juzgar 
por los profundos quicios de puertas y ventanas, estaban 
prontas á animarse igualmente á impulsos de esta vida 
misteriosa. Permanecían en silencio, con la calma de las 
construcciones que desafían á los siglos; pero Ojeda vién- 
dolas se acordaba de ciertas personas que aun estando 
calladas inspiran la certeza, no se sabe por qué, de que 
tienen buena voz y aman el canto. Estas paredes blan- 
cas, que parecían de una sola pieza, podían crujir tam- 
bién con internos roces, uniendo sus crepitaciones y que- 
jidos al concierto de los objetos. 

Una puerta sin cerrar se movió por unos instantes 
como un abanico loco, hasta que con un golpe igual á 
un pistoletazo avisó á los domésticos, que corrieron á 
asegurarla. Y este estremecimiento de huracán invisi- 
ble, parecía más extraño en el ambiente cerrado y bien 
calafateado de los salones, cada vez más denso y tibio 
por la respiración de las gentes, el humo de los cigarros 
y el vaho de las tazas. Los niños rubios habían desapa- 
recido de las ventanas; los paseantes, cada vez más es- 
casos, transitaban por el exterior con el busto inclina- 
do, llevándose una mano á la gorra y ladeando la cara 
para defender los ojos y las narices de algo molesto: los 
velos femeniles crujían lo mismo que banderas ó se ele- 
vaban en espirales de color, manteniéndose rebeldes á 
las manos enguantadas que pretendían aprisionarlos. 
Algunos que avanzaban abombando el pecho con aire 
de reto y la cabeza descubierta, sentían en torno de su 
frente el trágico despeinamiento de Medusa; un llamear 
de cabellos echados atrás, como si una fuerza invisible 
intentase arrancarlos. 

Transcurrían ahora largos espacios de tiempo sin 
que los vidrios reflejasen el paso de una persona. Pero 
algo nuevo vino á asomarse á la vez á todos ellos. Era 
una faja de color azul, mate y opaca, que empezaba por 
marcarse levemente en el lilo inferior de las ventanas. 
Luego subía y subía lentamente con la ascensión del 
agua que hierve, hasta llenar la mitad del rectángulo 
de cristal; permanecía inmóvil un momento, temblando 
en ella lejanos redondeles de espuma, ojos curiosos que 



LOS ARGONAUTAS 9 

intentaban contemplar el interior de los salones, y poco 
después se iniciaba su descenso con gran lentitud, ce- 
diendo el paso á la triste claridad de la tarde sin sol. Y 
cuando las ventanas de un lado quedaban libres de este 
testigo azul, las del lado opuesto estaban invariable- 
mente ocupadas por él. 

Ojeda vio correr ante su mesa, con angustiosa pre- 
mura, á una señora pálida que se llevaba un pañuelo á 
la boca. Luego pasó tras ella, apoyada en el brazo de 
un doméstico, una dama sexagenaria que hablaba en 
portugués con voz doliente. Algunos de sus vecinos se 
levantaron, deslizándose por la gran escalera con ba- 
laustres de tallada caoba, que venía á terminar en la 
puerta del jardín de invierno. Abríanse grandes claros 
en la concurrencia. Desaparecían las gentes con discre- 
ción, en suave retirada, sin que se enterasen los demás 
de por dónde habían escapado. La pequeña orquesta 
pareció adquirir mayor sonoridad al quedar vacíos los 
salones: sus instrumentos de cuerda lloraban como si 
anunciasen una desgracia en la melancolía azul de la 
tarde. En torno de las mesas languidecían las conversa- 
ciones. Muchos cerraban los ojos como si les preocupasen 
tristes recuerdos. Dos puertas abiertas al mismo tiempo 
dieron entrada por un instante á una manga de aire 
frío, arrollador, cargado de humedad y emanaciones 
salitrosas, que hizo arremolinarse flores y plantas y 
volar algunos papeles sobre las mesas. 

Defendió Fernando los suyos entre ambas manos, y 
al restablecerse la calma se arrellanó en el sillón con 
un regodeo voluptuoso. Sentía el orgullo de su salud, la 
certeza de que ésta no había de turbarse en medio de la 
zozobra creciente que se revelaba en la tristeza de mu- 
chos ojos y la palidez de muchos rostros. Era el placer 
egoísta del que contempla el peligro ajeno desde un 
lugar seguro. Además experimentaba una satisfacción 
animal al apreciar su asiento mullido, el ambiente tibio, 
las plantas y flores que le rodeaban. Así debían ser las 
grandes alegrías de los esquimales, encogidos en su vi- 
vienda apestosa durante el invierno, mientras afuera 
sopla el huracán y cae la nieve. 

Aspiró el humo de su cigarro, llamó á un camarero 



10 V. BLASCO IBÁÑBZ 

para que se llevase el servicio de té, que le molestaba 
con incesantes tintineos, y buscó en los papeles el pliego 
interrumpido. 
—¿Qué estaba yo escribiendo?. . . 

Al murmurar acariciábase el bigote con el cabo del 
estilógrafo, mientras sus ojos recorrían las páginas em- 
borronadas para restablecer la ilación de las ideas. Ol- 
vidóse instantáneamente del lugar en donde estaba; pasó 
de golpe á un mundo distinto, un mundo sólo de él, que 
parecía latir en los pliegos ennegrecidos por la escri- 
tura. A impulsos del deseo avanzaba por éstos, releyendo 
su pensamiento como si fuese de otro, encontrando una 
deleitación melancólica y dolorosa al unirse de nuevo 
con sus recuerdos. 

«En Lisboa sólo pude escribirte unas líneas en una 
postal. Me faltó el tiempo. El tren llegó con retraso; luego 
el registro de los equipajes en la Aduana, y el trasatlán- 
tico que estaba ya fondeado en el río, mugiendo á cada 
instante como el que no quiere esperar. ;Y yo que soy 
tan torpe para los menesteres vulgares de la vida!.. 
Recuerda cuántas veces te has reído de mi inutilidad en 
nuestros viajes... Nuestros viajes ¡ay! tan lejanos, jtan 
lejanos! que no sé cuándo volverán á repetirse... Por 
fortuna encontré en el tren á un compañero: un tal Isi- 
dro Maltrana, tipo curioso, al que conocí vagamente en 
mis tiempos de bohemia heroica, y que va como yo á 
Buenos Aires. La identidad de nuestros destinos nos ha 
hecho intimar rápidamente. Hace unas sesenta horas que 
estamos juntos, y no parece sino que hemos andado apa- 
reados toda la vida. El dice que quiere ser mi secretario, 
ó más bien, mi escudero, en esta aventura estupenda 
(|ue acabo de emprender. En Lisboa entró en funciones, 
encargándose de las tareas enojosas del embarque... 
¿Pero por qué te cuento esto? Tal vez por distraerme 
por engañarme, por miedo á evocar los recuerdos de 
nuestro último día, que aun parecen envolverme como 
esos perfumes intensos y tenaces que nos siguen á todas 
partes. ¡El domingo pasado! ¿Te acuerdas? ¿te acuer- 
das?. .. Sólo han transcurrido tres días: aun me parece 
sentir en mis manos el contacto de tus cabellos; aun es- 
cucho tu voz; aun veo tus ojos. Te respiro en esta solé- 



LOS ARGONAUTAS 11 

dad. Llevo en el bolsillo, sobre mi pecho, tu último pa- 
ñuelo. Vienes conmigo... ¡Y estamos ya tan lejos el uno 
del otro!...» 

Ojeda cesó de leer unos momentos, conmovido por sus 
propias palabras. Frases vulgares, de una banalidad an- 
tigua como el mundo: todos los enamorados debían decir 
lo mismo. Tal vez aquellos camareros de chaqueta azul 
escribían en su idioma los mismos conceptos á las frau- 
lein rubias de Hamburgo y de Brema. Pero el amor es 
como la muerte y como todos los grandes accidentes de 
la existencia. En otros parece regular, ordinario, sin 
que merezca atención; pero cuando se experimenta lo 
mismo en la propia persona, adquiere las proporciones 
inauditas de uno de esos acontecimientos que deben in- 
fluir en la suerte del mundo. 

Para él había ocurrido tres días antes en Madrid, al 
anochecer de un domingo, un suceso enorme, igual á los 
que cambian el curso de la humanidad ó el aspecto del 
planeta. Y convencido de esto, quería abarcar con la 
pluma la grandeza infinita de su desolación. 

«Aparentábamos serenidad, confianza en el porvenir, 
certeza de volver á vernos; pero de pronto nos era impo- 
sible fingir por más tiempo y había lágrimas en nuestros 
ojos y en nuestra voz... Y sin embargo, este dolor casi 
no era nada; había en él más preocupación que realidad. 
Aun podíamos vernos; aun podíamos hablarnos. Llorába- 
mos como se llora en la casa de un muerto cuando está 
todavía de cuerpo presente. El dolor parece anestesiado 
por el aturdimiento de la catástrofe; hay todavía una 
realidad que sirve de consuelo; queda aún el cuerpo 
ante la vista: se llora más por el futuro que por el pre- 
sente. Lo terrible es cuando se lo llevan, y no queda 
nada y hay que abrazarse para siempre al recuerdo... 
Yo me consideraba el otro día al separarme de ti el más 
infeliz de los hombres, y ahora pienso con envidia en 
aquellos instantes. ;Te veía aún!... Y ahora cada mo- 
mento que transcurre me aleja más de ti; cada vuelta de 
las hélices establece una separación mayor entre nos- 
otros; un minuto representa centenares de metros; una 
hora una distancia enorme, que no podríamos salvarhi 
en un día aunque marchásemos apoyados el uno en el 



12 V. BLASCO IBÁÑBZ 

Otro, mirándonos en los ojos, olvidados del mundo. Nues- 
tros cielos van á ser distintos; nuestras estrellas serán 
otras: cuando tú vivas en los esplendores de la prima- 
vera, yo sentiré los fríos del invienio: cuando tú des- 
piertes como una alondra, con el sol que entrará por tus 
balcones, yo gemiré en medio de la noche murmurando 
tu nombre... ;Y será en vano! La desesperante extensión 
de una mitad del planeta va á interponerse entre nos- 
otros... jAy! ¡quién me devolverá tus ojos amados de re- 
flejos de oro; tus brazos suaves de blancura de hostia; tu 
voz ceceante de infantil arrullo; tu boca de lacre; tu pe- 
cho neumático, cojín de ensueños y de olvido!...» 

Evocaba en su memoria, con el relieve de las cosas 
vivientes, su último día en Madrid... Una gran mancha 
roja temblaba sobre el empapelado de una pared. Era el 
reflejo de incendio del carbón amontonado en la chime- 
nea, única luz del dormitorio. Y sobre el fondo rojo, 
parpadeante, una sombra horizontal, de contornos hu- 
manos. Ojeda conocía bien las líneas de este cuerpo: era 
ella, pegada á él, bajo las cubiertas de la cama, empe- 
queñecida, humilde por el dolor de una desesperación 
silenciosa... El también permanecía callado, con la nuca 
en las almohadas; percibiendo entre sus brazos el dulce 
contacto de unas espaldas sedosas, revueltas en blondas; 
sintiendo en un hombro la leve pesadumbre de su cabe- 
za, que parecía querer ocultarse, hundirse. Una caricia 
húmeda refrescaba su cuello: tal vez era el contacto de 
su boca abandonada; tal vez eran lágrimas. Y los dos 
permanecían en dolorosa inmovilidad, temiendo que sus 
ojos se encontrasen, evitando una palabra que hiciese 
estallar la callada pena; pero los dos, al flngir esta indi- 
ferencia heroica, se adivinaban mutuamente. 

Sus caricias habían sido tristes, desesperadas; algo 
semejante — pensaba Ojeda — á los amores de un conde- 
nado á muerte en vísperas del suplicio. El goce animal 
les había hecho olvidar la realidad por algún tiempo, 
pero al sobrevenir el cansancio y la hartura, los dos ex- 
perimentaban la misma decepción del enfermo que ve 
reaparecer sus dolores luego de un paliativo con el que 
creía sanar para siempre... ;Y no había más! ;Y la hora 
terrible estaba más próxima que antes!... 



LOS ARGONAUTAS 13 

Al través de los balcones cerrados llegaban los ruidos 
de la estrecha calle popular. Un vendedor pregonaba 
patatas asadas llamándolas «chuletas de huerta» con 
melancólico quejido, como si cantase una desgracia. 
Ojeda le saludó mentalmente, con cierta emoción, y pen- 
só que tal vez hncía ella lo mismo. Nunca le habían vis- 
to; no sabían ciertamente si era un hombre, un niño ó 
una vieja, pero durante cuatro años le oían todas las 
tardes de cita amorosa, siempre á la misma hora, sir- 
viéndoles su grito de aviso cronométrico. Seguramente 
eran las seis y media. ¡Adiós! ¡adiós! ¡Cuándo volverían 
á oirle!... Luego pasó un tropel de chicuelos voceando 
los periódicos de la tarde, con la reseña de la corrida de 
toros. Un piano de manubrio rompió á tocar, en medio 
de la calle, un vals de opereta vienesa, con apresurado 
tecleo y acompañamiento de timbres. Se oía la voz del 
organillero pidiendo á gritos que «le echasen algo» de 
los balcones. Cuando callaba el piano venía de lejos un 
runruneo de guitarra con choque de castañuelas y férreo 
retintín de triángulo. Una voz bravia de cantor nómada 
entonaba una jota, venerable música del terruño, mie- 
dosa de aventurarse en el centro de Madrid y que se ex- 
tingue lentamente en el refugio de los barrios populares. 
Igualmente les había visitado muchas tardes este canto 
medioeval, evocando en el cerrado dormitorio un re- 
cuerdo de excursiones en automóvil por las altiplanicies 
de Castilla; una visión de llanuras de rastrojo con hilos 
de agua bordeados de álamos; cubos de fortaleza soste- 
niéndose erguidos entre montones de ruinas; pueblos de 
color pardo; torres de iglesia con nidos de cigüeñas en 
el remate. ¡Adiós! ¡También adiós! 

De pronto un sonido metálico, de mística vibración, 
suave como la voz de una mujer, cortó el aire, envol- 
viendo los ruidos de la calle. Era para Ojeda la más 
amada de las visitas invisibles que llegaban á buscarles 
en su encierro amoroso. 

— La campana de don Miguel — murmuró tristemente 
una boca junto á su cuello. 

Sí; la campana de don Miguel, la que todas las tar- 
des les avisaba el momento de sacudir la dulce pereza, 
de levantarse y comenzar los preparativos de partida... 



14 V. BLASCO IBANEZ 

«Don Miguel» era Cervantes, y la campana la de un con- 
vento inmediato donde aquél había sido enterrado. Nadie 
conocía su tumba. Sus huesos se pulverizaban revueltos 
con los de los sacristanes y antiguos vecinos del barrio; 
pero era indiscutible que allí habían dado tierra á su 
cadáver, y esto bastaba para Fernando. Y desconocien- 
do la personalidad del convento y de sus habitantes fe- 
meninos, la campana de las pobres monjas era siempre 
para los dos amantes «la campana de don Miguel». 

Sentían gran satisfacción y hasta orgullo ingiriendo 
en sus ocultos amores el recuerdo del famoso hidalgo. 
Ojeda, que era poeta, había decidido tomar aquella casa, 
para sus encuentros amorosos, sólo por la vecindad del 
convento. Además este barrio popular y sucio había sido 
el de los grandes autores del Siglo de Oro, el llamado 
«barrio de los poetas». En el espacio de tres pequeñas 
calles habían vivido casi á un tiempo los hombres más 
célebres de la literatura castellana. 

Cuando al cerrar la noche salía Fernando, sintiendo 
en su brazo el brazo de la amante y en la muñeca el 
dulce cosquilleo de sus dedos juguetones, deteníase algu- 
nas veces en la angosta acera antes de ganar las calles 
amplias del centro de la ciudad. «Esta era la casa de 
Lope de Vega...» Esta no; era otra que ocupaba el mis- 
mo sitio, y tenía un huerto, y en él, á la sombra de 
contados árboles, escribía aquel trabajador portentoso 
comedias á centenares y versos á millones. Vestía la so- 
tana; pero llevaba bajo de ella, por la noche, su buena 
espada de Toledo para poner en fuga á los enemigos que 
le salían al encuentro. Galante y desalmado en su juven- 
tud como don Juan, habíase acogido, viendo próxima la 
vejez, al seguro de la Iglesia para decir su misa entre un 
acto terminado de escribir y otro que empezaba á versi- 
ficar. Las hojas secas de su huerto crujían bajo las am- 
plias sayas de pizpiretas comediantas que venían en 
busca de madrigales improvisados por el maestro á 
puerta cerrada. Y en una casa próxima había vivido 
Quevedo, y más allá otros poetas de menos renombre... 

El respeto del viajero por las ruinas «donde ha ocu- 
rrido algo», sentíalo Ojeda al pasar por estas calles 
angostas, con el pavimento desigual cubierto de sucie- 



LOS ARGONAUTAS 15 

dades, grupos de chicuelos jugando «al toro» en las 
esquinas, comadres sentadas ante las puertas, por la^ 
que se esparcían vahos de puchero pobre, y balcones que 
goteaban una humedad de ropa vieja puesta á secar. Por 
estos mismos lugares había pasado también, siglos antes, 
un sacerdote de alta frente remangándose la sotana en 
los charcos y llevándose la otra mano á los bigotes y la 
perilla con gesto de antiguo soldado. Era don Pedro Cal- 
derón. Las procesiones del barrio habían visto formar 
muchas veces en ellas á un anciano enjuto, de barbillas 
blancas, tartamudo, con una mano mutilada, el hidalgo 
Cervantes, veterano de guerras famosas que aguardaba 
la hora de la muerte con melancólica resignación sin 
otro título que el de «Esclavo de la Hermandad del Santo 
Sacramento.» 

— ;La campana de don Miguel! — repitió una voz junto 
á Ojeda— . Hay que tener resolución... ¡Arriba! 

Y entre el revoloteo de las cubiertas repelidas, pasó 
sobre él un cuerpo de satinados y firmes contactos. La 
vio de pie ante la chimenea, envuelta en fulgores de 
horno que inflamaban con un tono arrebolado las naca- 
radas blancuras de su desnudez. Protestó, como siempre, 
al notar que el amante, incorporándose en la cama, 
buscaba el conmutador eléctrico. Nada de luz: ella 
gustaba de comenzar sus arreglos al fulgor de la chime- 
nea. Más adelante podría encender. Y vagó por la habi- 
tación buscando de mueble en mueble las piezas de ropa 
esparcidas al azar, en la locura pasional del primer mo- 
mento. Pasaba del resplandor de la chimenea á los rin- 
cones de sombra, preocupada con estas rebuscas, mos- 
trando, en su impúdica distracción, al agacharse y 
erguirse, las más recónditas intimidades. Cada vez que 
tornaba al círculo de luz, una nueva prenda cubría su 
cuerpo. 

Fernando la seguía con la vista desde el fondo del 
lecho, iluminada inferiormente de rojo y con el busto 
perdido en la penumbra. Bregaba jadeante y frunciendo 
el ceño con la angostura del corsé, que se resistía á en- 
cerrarla en su molde. Siempre ocurría lo mismo: su 
cuerpo, después de los supremos espasmos, parecía dila- 
tarse en el reposo de la más noble de las fatigas. La veía 



16 V. BLASCO IBÁfíBZ 

encerrada en un mallón de seda, vestido interior im- 
puesto por la estrechez de los trajes de moda, con cierto 
aire masculino y gracioso de doncel medioeval, agitan- 
do sus crenchas cortas de gruesos bucles negros, su pelo 
verdadero, libre de los postizos del peinado, que espera- 
ban sobre el mármol de la chimenea el momento del aco- 
ple. La dama elegante, de gesto altivo é irónico, tomaba 
en la intimidad un aspecto de paje. 

Después él se veía de pie, yendo hacia ella, con la 
voz ronca y temblona de emoción. «jPaje adorado!... 
;Y no verte más! ¡Perderte dentro de poco!...» 

Pero la amante, arreglándose el pelo ante el espejo, 
hablaba con una frialdad fingida, temblándole la voz. 
«Vístete... Vamonos pronto. ¡Y pensar que una noche 
como esta tengo que ir con tía al Real!... ¡Qué rabia!» 

Un estrépito de metales golpeados arrancó á Ojeda 
de su ensimismamiento. Esta impresión le hizo temblar, 
mientras su memoria retrogradaba al presente. 

De nuevo se encontró en el invernáculo, ante los 
pliegos de la carta empezada. Los camareros recogían 
del suelo las teteras y bandejas, inmóviles poco antes 
sobre un aparador. El movimiento de las cosas era cada 
vez más violento. Casi toda la gente había desaparecido 
mientras soñaba Fernando con los ojos entornados. Algu- 
nos sillones mecíanse solos, como si quisieran juguetear 
entre ellos al verse sin ocupación: las mesas abandonadas, 
crujían ladeándose lo mismo que en las evocaciones de 
espíritus. Sólo quedaba en las ventanas un débil resplan- 
dor lívido: la luz eléctrica descendía conquistadora de 
los techos, invadiendo hasta los últimos rincones. En el 
salón de lujo algunas señoras pelirrubias, de mejillas 
rojas, hacían labores, ó con las gafas caladas leían pe- 
riódicos ilustrados. La música continuaba sonando im- 
perturbable para ellas y los camareros. 

Quiso arrancarse Fernando de este paladeo de recuer- 
dos melancólicos. «;A escribir!» Necesitaba terminar la 
carta, pues al amanecer del día siguiente llegarían á 
puerto... Pero la música le retuvo, paralizando su volun- 
tad con la vibración de algo conocido. ¿Qué cantaba el 
violoncello?... Vio de pronto, como trazada en el aire 
por los sones graves del instrumento, la varonil figura 



LOS ARGONAUTAvS 17 

de Wolfram de Escliembaeh, el noble trovador consejero 
de Tanhauser el maldito, y su imaginación puso pala- 
bras al canto melancólico de las cuerdas. «;0h tú, mi 
dulce estrella de la tarde, que lanzas desde el fondo del 
cielo tu suave resplandor!...» El wagneriano canto le 
hizo recordar otra estrella aparecida en un momento 
doloroso de su existencia, y de nuevo olvidó el presente 
y quedó inmóvil en su asiento, como un cuerpo sin alma, 
como un fakir en rígida meditación, en torno del cual 
crecen las lianas y se enroscan las serpientes mientras 
su espíritu vive á miles de leguas. 

Se vio en la calle mal alumbrada, levantándose el 
cuello del gabán mientras ella se estremecía en su abri- 
go de pieles. Les hacía temblar el brusco tránsito del 
dormitorio caldeado al vientecillo glacial del anochecer. 
Salieron de la casa con cierto encogimiento, sin atre- 
verse á mirar los muebles y los cuadros, modesta deco- 
ración reunida al azar cuatro años antes. Guardaban 
demasiados recuerdos para contemplarlos con indiferen- 
cia, y ellos se habían propuesto mantener hasta el últi- 
mo momento su fíngida serenidad. Ojeda dio unos duros 
á la portera, que les salía al paso arrebujada en un man- 
tón para abrir los cristales del zaguán. Le adelantaba 
la propina del próximo mes. 

—¡Que Dios se lo pague, señoritos! Tápense bien que 
hace mucho frío... ¡Hasta mañana, señoritos! 

Fernando se conmovió con las palabras de la buena 
mujer. ¡Cuándo sería ese mañana!... Mañana vendría su 
viejo criado á levantar la casa, á llevarse aquellos mue- 
bles que él le regalaba para evitar la profanación de una 
venta. 

Ella, al dar algunos pasos en la calle, se detuvo y 
ordenó imperiosamente: 
—¡Escupe!... 

¿Por qué?... Pasada la sorpresa, él obedeció. Eecor- 
daba que en todos sus viajes, cada vez que se creían fe- 
lices en un lugar, formulaba su amante el mismo deseo. 
«Escupe para que volvamos.» Equivalía á dejar algo de 
sus personas que alguna vez había de atraerlos irresis- 
tiblemente. Hizo lo mismo ella, y súbitamente tranqui- 
lizada se agarró de su brazo. Los menudos pies, monta- 



18 V. BLASCO IBÁÑEZ 

dos en altos tacones, vacilaban doloridos cada vez que 
descendían de la acera al arroyo empedrado con guija- 
rros desiguales. Por esto se apoyaba con fuerza en Oje- 
da, haciéndole sentir del hombro á la rodilla el adora- 
ble y firme contacto de su cuerpo. 

— Volverás, Fernando— murmuraba—. Se lo he pedi- 
do... á quien tú sabes, y así será. Tú te ríes de estas 
cosas, tú eres un impío, pero para eso estoy yo: para 
pedir por ti y que salgas en bien de esta aventura que 
se te ha metido en la cabeza. 

¿Volver á Madrid?... Ojeda recordaba las palabras de 
su amante cuando al empezar la tarde se habían reuni- 
do. Ya que él se iba en la misma noche, ella saldría 
para París dos días después. 

— jY así lo haré! —afirmaba la mujer—. jOh Madrid! 
¡cómo lo odio! ¡qué horror quedarme aquí para siem- 
pre!... Y bien mirado, lo que temo es vivir en él... sin 
ti... ¡Pobrecito Madrid! ¡yo que lo quiero tanto! ¡yo que 
te he conocido viviendo en él!... Pero no, no podría estar 
aquí una semana más. Te vería por todos lados; cada 
calle nos guarda un recuerdo. No; decididamente... lo 
detesto. Pero tú volverás; dinie que volverás pronto. 
Piensa que has escupido para volver, y eso es impor- 
tante. No vendrás aquí mismo... conforme... Pero vol- 
verás á Europa. ¡Y esto es Europa, Fernando!... Nos 
juntaremos en París, y si ño en Suiza... ó si te parece 
mejor, en Italia, ó tal vez en Atenas ó el Cairo. Todo lo 
conocemos. ¡Hemos sido felices en tantos lugares!... Pero 
dime cuándo vas á volver. ¡Dímelo cierto!... ¡no me en- 
gañes! 

El rostro de Fernando se crispó con una risa doloro- 
sa. ¡Volver! Aun no había emprendido el viaje, y al tér- 
mino de él le aguardaba lo desconocido, con sus aven- 
turas y misterios. Volvería pronto; cuando más iba á 
tardar un año. ¡Palabra! 

—¡Un año!...— murmuró ella—. ¡Maldito dinero! 
Pasaban ante el convento y tuvieron que bajar de la 
acera cediendo el paso á unas devotas enmantilladas de 
negro que se dirigían á la iglesia. Ojeda inclinó la ca- 
beza. «¡Adiós, don Miguel!» Se despedía mentalmente 
del ilustre vecino. Aquel había sido un hombre comple- 



LOS ARGONAUTAS 19 

to, un hombre representativo de su época: soldado de 
mar y tierra, cautivo rebelde, héroe ignorado, creyente 
y mujeriego... adulador sin éxito de nobles y ricos. Sólo 
había faltado en la vida intensa del gran hidalgo el em- 
barque para las Indias. 

En las calles en cuesta que descendían á la Carrera 
de San Jerónimo, unos terrenos sin edificar dejaban 
abierto un ancho espacio de cielo entre las casas. Los 
ojos de los dos se fijaron al mismo tiempo en una estre- 
lla que resaltaba sobre las otras con brillo extraordina- 
rio. El, volviendo la mirada hacia su compañera, creyó 
ver el reflejo del astro, como un punto de luz, en el 
temblor de una lágrima. A través del velillo del som- 
brero columbraba su pálido perfil, empequeñecido por 
un gesto de dolorosa timidez, los labios apretados, las 
alillas de la nariz dilatadas por la angustia, una raya 
profunda entre las cejas; la arruga vertical que anun- 
ciaba siempre las preocupaciones y los enfados. 

—Oye, y no te burles— dijo ella rompiendo el silen- 
cio — . Quería pedirte que cuando estés allá y te acuer- 
des un poco de mí contemples á esta misma hora esa 
estrella. Lo pensé anoche... lo he pensado todas estas 
noches. Tú la mirarás acordándote de mí, y yo la mira- 
ré al mismo tiempo. Será como en las novelas... jy quién 
sabe si algo de nosotros llegará á encontrarse! ¡Hay en 
el mundo cosas tan misteriosas!... 

Lo decía con acento de desesperada humildad, como 
un condenado á muerte que se acoge á la más absurda 
esperanza, y Ojeda, después de contestarle, se arrepin- 
tió de su franqueza. ¡Pobre María Teresa! Cuando ella 
contemplase la estrella al anochecer, él estaría viendo 
el sol de las primeras horas de la tarde. Y aunque para 
los dos fuese de noche al mismo tiempo, ¡quién sabe si 
luciría sobre sus cabezas el mismo astro!... Cada hemis- 
ferio de la tierra tiene su cielo y sus constelaciones. 

Ella bajó la frente, anonadada. «¡Tan lejos! ¡tan 
lejos!...» Con voz queda siguió haciendo preguntas, cu- 
riosa por conocer la distancia que iba á separarlos y 
atemorizada al mismo tiempo por su magnitud. ¿Y era 
cierto que una carta tardaría cerca de un mes en esta- 
blecer la comunicación entre sus pensamientos? ¿Y trans- 



20 V. BLASCO IBÁNBZ 

curriría un espacio de tiempo igual para obtener la res- 
puesta?... Ellos que se habían creído infelices cuando en 
sus cortas separaciones, viviendo el uno en Madrid y el 
otro en París, pasaban dos días sin noticias. 

—Óyeme bien— dijo acortando el paso y fijando sus 
ojos en los de Fernando con imperiosa resolución—. No 
quiero que te vayas. ¡No te irás; no debes irte!... Me 
dice el corazón que va á ocurrir algo malo. 

Golpeaba el suelo con un pie: apretaba convulsiva- 
mente con su garrita enguantada una muñeca de Ojeda, 
como si temiese verlo desaparecer. 

El tuvo un movimiento de impaciencia. ¡Quedarse!... 
Era imposible, le aguardaban allá. ¿Cómo podía ocurrír- 
sele esto en el último momento?. . . Además nada adelan- 
tarían con tal resolución. Unas horas de felicidad con la 
esperanza de que no iban á separarse, y luego, al día 
siguiente, las mismas exigencias que le obligarían á 
partir, la misma necesidad de rehacer su vida. 

— No, Teri; tú sabes que debo marcharme. Tú misma 
me lo aconsejaste; te pareció bien que fuese como un va- 
liente á la conquista de la fortuna. Hace un mes que ha- 
blamos del viaje con relativa tranquilidad, y ahora... 
ahora te opones como una niña. Valor; mírame á mí. 
¿Crees que no sufro como tú?. . . 

Pero ella bajaba la cabeza con obstinación. Habían 
hablado del viaje durante un mes tranquilamente por- 
que todavía estaba lejos. Confiaba... sin saber en qué: 
no quería pensar. Era algo como la muerte, que todos 
sabemos que vendrá á su hora; pero la vemos tan lejos... 
¡tan lejos!... Guardaba cierta calma cuando el viaje era 
sólo un motivo de conversación; pero ahora era una 
readilad, un hecho que iba á ocurrir dentro de unas 
horas, y no podía resignarse. 

—Y no te veré, Fernando; ¡piénsalo bien! No te veré 
y pasarán días, semanas, meses, ¡quién sabe si años!... 
Y tú tampoco me verás, y sólo habrá entre nosotros pe- 
dazos de papel en los que intentaremos poner el alma y 
sólo pondremos letras. ¡Señor! ¡Terminar así... tal vez 
para siempre, cuando hemos pasado cuatro años juntos, 
creyendo morir si transcurrían unas semanas sin ver- 
nos!... 



LOS ARGONAUTAS 21 

Estaban en la Carrera de San Jerónimo, marchando 
en dirección contraria á la gran corriente de gentío que 
remontaba la calle hacia el interior de la ciudad. Las 
familias burguesas, endomingadas, llevaban blanquea- 
dos los zapatos por el polvo de los paseos. Grupos de 
Iiombres comentaban con enérgica gesticulación los in- 
cidentes de la corrida de novillos de aquella tarde. Mu- 
jeres del pueblo, tirando de la mano de sus pequeños, 
seguían al marido, que iba con la capa caída, la gorra 
ladeada y los ojos brillantes, canturreando todos algún 
coro de la zarzuela de moda. Venían de merendar en las 
Ventas y paladeaban la última alegría del vino barato, 
la tortilla de escabeche y la contemplación del mísero 
paisaje de las afueras, más abundante en techos de cinc, 
polvo y pianos de manubrio que en aguas y árboles. 

— ;Qué rabia me da esta gente!— decía Teri mirándo- 
los con hostilidad y evitando su contacto—. No, rabia 
no; ipobrecitos! Tal vez envidia... ¡Pensar que ellos se 
quedan y que tú te vas!... Son más dichosos que nos- 
otros: vivirán aquí donde tan felices hemos sido. 

Luego añadió con un acento de infantil ligereza que 
contrastaba con su máscara trágica y el brillo lunar de 
sus ojos: 

— Mira, en vez de irte á América, de escribir versos y 
todas esas ambiciones de judío que te vienen de pronto 
por ganar dinero, debías ser uno de éstos; albañil, por 
ejemplo: no, albañil no; podías caerte de un andamio, 
ipobrecito mío!... Carpintero; eso es; ó ebanista... Eba- 
nista mejor. Y estarías de lo más guapo con tu capa y 
tu gorra; y yo con mantón y moño alto, lleno de peine- 
tas. Y ahora nos iríamos á nuestro barrio cogiditos del 
brazo; no como vamos, sino más alegres, y mañana de 
buena mañana tú al taller y yo á buscar á mi hombre á 
mediodía con la cestita llena, y comeríamos juntos en 
un banco de paseo ó al borde de una acera... Y mi hom- 
bre, como es buen mozo, seguramente que gustaría á 
otras, y yo me pelearía con ellas y les arrancaría el 
moño... Di, ¿no me crees capaz de reñir por ti, para que 
no se te lleve otra?... Pero el mundo está mal arreglado. 
;Y pensar que estas pobres gentes tal vez nos envidien 
á nosotros!... ;A ti que te vas sin saber por qué ni para 



22 V. BLASCO IBÁÑBZ 

qué! ¡A raí que seguramente voy á morir!... No hay jus- 
ticia, Señor; ni pizca de justicia. 

Este deseo de vida popular transformó repentinamen- 
te sus ademanes y lenguaje. 

—¡Dinero cochino!,., ¡dinero indecente! El tiene la 
culpa de todo lo que nos pasa. Por él te vas tú y me 
quedo yo muerta de pena. ¡Pero Señor! ¿no podría ser 
ese dinero canalla como el sol, como el aire, que es de 
todos y para todos? Las mujeres no entendemos de mu- 
chas cosas, pero yo creo que así debía arreglarse el mun- 
do para que las gentes fuesen felices... Y si no puede ser 
así, que lo supriman al muy ladrón... No; no hables; no 
me irrites con tus palabrotas de sabio; no me hagas la 
contra, mira que estoy muy nerviosa. Di conmigo: 
«¡Muera el dinero!» 

Y como si con estas palabras hubiese desahogado 
toda su indignación, añadió mansamente: 

— El caso es que hago mal en insultar á ese bandido. 
Huye de nosotros, pero él volverá; volverá pronto y se- 
remos felices. Deja que se termine mi pleito con los hijos 
de mi marido; va á ser de un momento á otro y acabará 
bien, todos me lo dicen. Entonces no llevaré esta vida 
de pobreza disimulada, de bohemia elegante; no tendré 
que ceñirme á mi viudedad y á los regalos de mi tía; y 
seré rica y tú no sufrirás más, no trabajarás, pues te 
mantendré yo... ¡yo! ¡tu María Teresa, que será tu mu- 
jercita! 

Sintió como el brazo de Ojeda se estremecía bajo su 
mano; como su cuerpo, pegado á ella en el ritmo de la 
marcha, parecía repelerla con sobresalto. 

— No vayas á empezar como siempre, Fernando. Mira 
que no lo sufro... Sí señor, te mantendré; será mi mayor 
gloria. Tú te marchas por mí, por hacerte rico, por ro- 
dearme de lujos y comodidades, y vas, ¡pobrecito mío! 
como un soldado va á la guerra, á sufrir, á matarte de 
fatiga. ¿Y no quieres que si yo llego á ser rica te dé lo 
mío?... ¡A callar! Ya sabes que no te aguanto cuando te 
pones tonto con tus caballerías... Sí señor, te mantendré, 
te guardaré como un pájaro en su jaula, y harás versos 
ó no harás nada. Cumplirás conmigo sólo con quererme 
mucho. Y yo me daré el gusto de sostener á mi hombre, 



LOS ARGONAUTAS 2B 

de regalarlo y miniarlo, de preocuparme con sus cosas 
y llevarlo hecho siempre un brazo de mar. Serás mi 
chulo; serás mi «socio», como dicen las de los barrios 
bajos... A veces me acuerdo de algunas vendedoras que 
he visto en la plaza de la Cebada, con sus enaguas muy 
almidonadas y sus buenos pendientes de oro. Ellas ven- 
den, trabajan, manejan el dinero, y el hombrecito está 
á sus espaldas sin hacer otra cosa que proporcionar á la 
razón social su autoridad de macho ó guardar el puesto 
cuando la socia se ausenta. ¡Qué delicia! Así te quisiera 
yo. ¡Todo lo mío para ti!... Mi chulo rico, déjame soñar. 
Déjame hacerme ilusiones. No me contradigas. No me 
gustas cuando te pones tan digno, tan caballeresco. Más 
te querría si fueses ladrón; me parecerías más intere- 
sante... ¡Ay! ¡me siento tan triste!... ¡Tan triste! 

Estaban ahora en el Salón del Prado, alejados del 
movimiento de la gran calle, caminando entre macizos 
de verdura, por una avenida solitaria en cuyo suelo tra- 
zaban los focos de luz grandes redondeles blancos. 

Callaba María Teresa, como si la excitación de su 

falsa alegría hubiese cesado de golpe al contacto de esta 

soledad. Apretó con más fuerza el brazo de Fernando y 

rozándole el rostro con el ala de su sombrero, murmuró: 

— Di, ¿y si me fuese contigo?... 

Era una súplica, un murmullo tímido, una petición 
que se considera imposible, pero que se formula como 
última esperanza. 

Ojeda sonrió tristemente. ¡Partir juntos!... Una feli- 
cidad en la que había pensado muchas veces; pero él 
ignoraba cuál iba á ser su vida allá. Seguramente de 
penalidades y miserias sin cuento. ¡Y ella, criatura de 
lujo, acostumbrada á las comodidades del dinero, quería 
seguirle en su incierta aventura!... No; estas resolucio- 
nes extremas sólo eran aceptables en el teatro. La vida 
tiene otras exigencias. Es posible el sacrificio como algo 
momentáneo, heroico, que sólo puede durar poco tiempo: 
¡pero el sacrificio por toda una existencia!... 

— Recuerda, Teri, tu frase habitual: «La vida es la 
vida.» Hay que darla lo que es suyo. Vendrías conmigo 
valerosamente, y á los primeros pasos la escasez de di- 
nero, la falta de consideración de las personas, el escán- 



24 V. BLASCO IBÁÑEZ 

dalo que dejaríamos á nuestras espaldas, la pérdida de 
los intereses que estás defendiendo, se encargarían de 
demostrarnos nuestra locura. Y tú callarías porque me 
quieres, y lo soportarías todo con resignación; lo creo; 
te conozco bien... ¡Pero el remordimiento de habei* 
accedido yo á tu locura! ¡La tristeza de no haberme 
opuesto con mi experiencia de hombre! ¡El miedo de 
adivinar en una palabra tuya, en una mirada, la lamen- 
tación del pasado! Entonces sería cuando nos perde- 
ríamos para siempre. No; mejor es separarnos ahora. 
Yo volveré pronto, te lo juro. ¡Y quién sabe!... Tú ven- 
drás allá... más adelante: cuando yo sepa cuál puede 
ser mi suerte. 

Ella se soltó bruscamente de su brazo, anduvo algu- 
nos pasos titubeante, y casi se desplomó sobre un banco. 
Su diestra, oprimiendo un minúsculo pañuelo, pasó entre 
el velillo y el rostro para cubrirse los ojos. Lloraba; 
lloraba silenciosamente, sin estremecimientos ni hipos 
de dolor, como si su llanto fuese una función natural 
largamente contrariada. Por fin se abría paso la deses- 
peración, adormecida toda la tarde, engañada por los 
momentos de olvido voluptuoso. Y las lágrimas sucedían 
á las lágrimas, trazando luminosas tortuosidades sobre 
el fondo mate de su cutis. Al alzarse el velo para enju- 
garlas, Ojeda vio un triángulo de arrugas en las comi- 
suras de sus ojos, un cerco de negrura cadavérica en 
torno de ellos. La nariz parecía más afilada, la boca 
más profunda: era una mujer distinta á la que media 
hora antes buscaba sus ropas á la luz de la chimenea. 
Diez años habían caído de golpe sobre su cabeza. Su faz 
parecía arañada por el cansancio y la pena. 

Fernando suplicó como un niño atemorizado. ¡Valor! 
Debía sobreponerse á sus emociones. Teri era valiente 
cuando quería. 

— Te vas — gimió ella, sin escucharle — . Ahora me 
convenzo. Hasta este instante no había visto claro. Es 
cierto que te vas. ¡Y no hay remedio!... ¡Qué cosa tan 
horrible! 

Así permanecieron mucho tiempo: María Teresa, 
apoyada en el respaldo del banco, con una mano en el 
rostro y la otra perdida en el manguito; Fernando, de 



LOS ARGONAUTAS 25 

pie, intentando infundirla valor con palabras incohe- 
rentes. Los dos temblaban de frío sin darse cuenta de 
ello, estremecidos por el viento glacial que hacía oscilar 
los focos de luz. El dolor los mantenía como alejados de 
sus cuerpos, sordos á sus sensaciones, insensibles á toda 
impresión externa. 

Avanzaban lentamente, por una calle inmediata al 
paseo, las rojas linternas de un coche de alquiler. 

— Llámalo— dijo ella con resolución, incorporándo- 
se — . Acabemos pronto; esto no puede durar más tiem- 
po... Mejor que nos separemos aquí. 

El asintió con la cabeza. Sí; mejor sería. ¡Para qué 
prolongar este martirio!... 

Y cuando el coche se detuvo, María Teresa marchó 
hacia él, irguiendo el busto, pero con paso vacilante, 
volviendo el rostro para no ver á Ojeda. Titubeó un 
momento al poner el pie en el estribo, y acabó por re- 
troceder. 

—Págale y que se vaya... Iremos á pie hasta la Cibe- 
les. Nos veremos un momento más. 

Fernando aprobó otra vez. El dolor anulaba su vo- 
luntad, y por esto aceptó como una dicha la prolonga- 
ción de su tormento. 

Volvieron á tomarse del brazo y caminaron silencio- 
sos, lentamente. Sus ojos se rehuían. Evitaban hablarse, 
temiendo despertar con las palabras su desesperación. 
Les bastaba sentirse el uno junto al otro, percibir las 
vibraciones de sus dos vidas con el roce de sus cuerpos 
puestos en contacto. Teri parecía obsesionada por sus 
recuerdos y murmuró unas palabras, como si hablase 
con ella misma, con una voz monótona y vagorosa, igual 
á la de los que sueñan: 

— La semana que viene... ¿te acuerdas? La semana 
que viene hará cuatro años que nos conocimos. 

Ojeda sintió disiparse su torpeza con este recuerdo, 
pero continuó marchando en silencio. ¡Cuatro años... 
sólo cuatro años! Y habían sido tan largos y nutridos 
como todo el resto de su vida... ¡Más, mucho más! Su 
existencia anterior apenas contaba para él; era como un 
limbo de sucesos incoloros. Su verdadera vida había 
comenzado junto á María Teresa. 



26 V. BLASCO IBÁÑBZ 

Pensaba con irónica conmiseración en su existencia 
fintes de conocerla. Creía entonces haber paladeado to- 
das las variedades y complicaciones del amor, y hasta 
se consideraba hastiado de ellas. Había tenido por suyas 
mujeres de alto precio, arrebatándolas en una puja de 
generosidad á los amigos más íntimos, con quebranto 
de su fortuna. jLo que había malgastado años antes, 
cuando á la muerte de su madre se vio en posesión de 
una fortuna algo mermada por sus prodigalidades de 
hijo de familia!... Sus amores en la buena sociedad ha- 
bían alcanzado igualmente cierta resonancia. Aun guar- 
daba en el pecho una ligera cicatriz, un puntazo recibi- 
do en un duelo con cierto señor que, después de tolerar 
ciegamente todos los amigos anteriores de su esposa, se 
había sentido de pronto terriblemente celoso de Ojeda. 
El amor le hacía encogerse de hombros en aquella época 
de su vida: un pasatiempo como la ambición ó como el 
juego; un dulce engaño para entretenerse. El estaba de 
vaielta á los treinta y dos años de esta mentira que llena 
el mundo, mantiene la vida y es la principal ocupación 
de la humanidad. 

Todo le había sido fácil en los primeros tiempos. Re- 
cordaba á su madre, una señora pálida y cortés, de 
personalidad algo borrosa, que parecía encogerse como 
oprimida por la majestad del esposo. Su amor á Fernan- 
do, el hijo primogénito, era el único sentimiento vehe- 
raente que desdoblaba y hacía vibrar con energía su 
dulce pasividad. Recordaba también á su padre, impo- 
nente personaje triunfador en el Parlamento durante 
veinte años por la corrección con que sabía llevar la 
levita así como por sus discursos solemnes, que duraban 
tardes enteras ante los escaños vacíos. Hablaba inglés 
y alemán, lo que le proporcionaba cierto prestigio mis- 
terioso, indiscutible, y cada vez que su partido era lla- 
mado al poder, su nombre figuraba el primero en la lista 
(le ministros. Nadie osaba disputarle la dirección de las 
relaciones diplomáticas. Jamás se había sorprendido la 
inás pequeña mota en su levita ni el más leve rastro de 
idea propia en sus palabras. Y junto con todo esto, una 
corrección hidalga, que le acompañaba hasta en los me- 
nores actos de su vida; una rectitud señoril y bondado- 



LOS ARGONAUTAS 27 

^ que parecía ennoblecer su rimbombante mediocridad 
intelectual. 

Ojeda le había admirado hasta los veinte años, dán- 
dole preferencia en sus afectos sobre la madre buena, 
dulce é insignificante. Había paladeado en las tribunas 
del Congreso tardes de orgullo y de gloria, pensando 
que aquel señor que desde el banco azul hacía resonar 
la. cúpula con su voz grave y movía los brazos con tanta 
elegancia, era el autor de su existencia. Luego, cuando 
la afición á los versos le sacó del círculo solemne y en- 
tonado en que se movía su familia y vivió en el Ateneo 
y en las redacciones de los periódicos, su facultad ad- 
mirativa fué achicándose, y sin dejar de sentir cierta 
veneración por la personalidad moral de su padre, cre- 
yó menos en la valía de su inteligencia. 

Al morir este personaje, en vísperas de ser ministro 
por séptima vez, Fernando acababa de ingresar en el 
cuerpo diplomático, como si con esto siguiese una tradi- 
ción de familia. Apenas cesaron de hablar los periódicos 
«de la irreparable pérdida que había sufrido el país» con 
la muerte del hombre ilustre, hízose el silencio en torno 
de su recuerdo, con esa facilidad de olvido que acompa- 
ña á los hombres del teatro y de la política. Siempre que 
Fernando encontraba al jefe del partido ó algún otro 
personaje ilustre, amigo de su padre, era objeto de pre- 
sentaciones. «Este es el chico de Ojeda... ¡Pobre Ojeda! 
Un hombre que valía mucho.» Y tras este responso con- 
tinuaban su plática sobre accidentes de la política. Mien- 
tras tanto, la madre vivía encerrada en la estupefacción 
dolorosa que le había producido aquella muerte, consi- 
derándola algo inaudito, inexplicable, como si los per- 
sonajes del calibre de su esposo no pudiesen morir, y se 
imaginaba á todo el país en el mismo estado de ánimo. 

Quiso avanzar Fernando en su carrera, ir destinado 
á una legación, y la buena señora no se atrevió á opo- 
nerse á sus deseos. Ella quedaría en Madrid con su hija, 
mientras el primogénito daba en el extranjero nuevo 
lustre al apellido del padre. Los graves señores volvie- 
ron á evocar por unos momentos á su olvidado compa- 
ñero. «Hay que hacer algo por el chico de Ojeda.» Y 
Fernando pasó diez años fuera de España como secreta- 



28 V. BLASCO IBÁÑEZ 

rio de legación, con frecuentes traslados que le hicieron 
viajar desde las naciones del Norte de Europa á las re- 
públicas de la América del Sur, siempre acompañado 
por la protección de los amigos del «malogrado perso- 
naje». Pero esta protección aparecía cada vez más leja- 
na, más tenue, como el recuerdo ya esfumado del grande 
hombre. El hijo del eterno ministro, habituado á la adu- 
lación y á la influencia social desde los tiempos en que 
era estudiante, iba notando el vacío de la indiferencia 
en torno de su personalidad diplomática. Nada signiñca- 
ba ya ser «el chico de Ojeda». Ahora eran «los chicos» 
de otros personajes de gloria más reciente los que mere- 
cían los empujes del favor. Además una falta absoluta 
de adaptación le hacía chocar con los superiores, que le 
consideraban intolerable por su independencia. Empe- 
zaba á hablar con desprecio de «la carrera». En una lega- 
ción, el ministro, que había alcanzado sus ascensos, an- 
tes de que se inventasen las máquinas de escribir, por el 
primor caligráfico con que copiaba los protocolos, decía 
á Ojeda con irónica superioridad: «¡Qué letra tan pésima 
la suya!... ¿Y usted hace versos? ¿Y usted presume de 
literato?» Otros jefes le echaban en cara sus aficiones 
«ordinarias», su marcada intención deevitar las reunio- 
nes entonadas del mundo diplomático para juntarse con 
la bohemia del país, juventud melenuda que recitaba 
versos y discutía á gritos, en torno de los ajenjos, bajo 
nubes de tabaco. Un ministro había escrito durante un 
año entero á Madrid para que sacasen de su legación al 
secretario Ojeda, individuo peligroso, que muchos tenían 
por socialista. En realidad, sólo deseaba alejarle para 
que la ministra recobrase su calma de buen tono y no se 
comprometiera con un inferior cantando romanzas y 
recitando poesías en la penumbra del anochecer. 

Su fama llegó hasta el ministerio de Estado. «¡Lás- 
tima de chico! ¡La maldita literatura! ¡Si el grande 
hombre levantase la cabeza!» Y todos, jefes de sección, 
ministros de diversas categorías, secretarios y hasta 
agregados repetían lo mismo. «Tiene talento, es un ori- 
ginal; pero le falta el pliegue.» El tal pliegue significaba 
su falta de adaptación á «la carrera», su rebeldía á mol- 
dearse en las tradiciones y frivolidades de la vida di- 



LOS ARGONAUTAS 29 

plomática... j Para lo que valía la dichosa carrera! Su 
madre le enviaba todos los meses una cantidad tres ó 
cuatro veces superior al sueldo que él percibía. Su her- 
mana Lola, á pesar de la admiración, que le hacía ver en 
él un conjunto de todas las gallardías y seducciones va- 
roniles, protestaba contra las maternales larguezas. Todo 
para el hijo que andaba por el extranjero paseando su 
casaca dorada, y para ella, que había de buscar un ma- 
rido, los regateos y estrecheces. ¡Armonías de familia!... 
En algunos países de América él y sus compañeros se 
lamentaban de que un conductor de automóvil ó un 
encargado de hotel ganase mayor sueldo que un diplo- 
mático. Por esto las ilusiones de su vida de miseria es- 
plendorosa giraban siempre en torno del matrimonio, 
ambicionando todos una novia rica para hacer buena 
figura en «la carrera». 

El deseo de no contrariar á su madre, que veía en la 
diplomacia la única ocupación digna, fué lo que mantu- 
vo á Fernando en su puesto; pero al morir la pobre se- 
ñora presentó la renuncia. Habituado á recibir ayudas 
pecuniarias sin ocuparse directamente del manejo de sus 
intereses, Ojeda se creyó rico, muy rico, viéndose pro- 
pietario de una casa en Madrid y muchas tierras en An- 
dalucía. Su hermana estaba casada con un ingeniero, 
hombre formal, que había hecho su fortuna en la Amé- 
rica del Sur, ayudado por algunos parientes. Era el 
talento administrativo de la familia, y Fernando se bur- 
laba de su honrada simplicidad, sin dejar por esto de 
admirarle. Dominábalo su mujer con el prestigio del 
nacimiento: estaba orgulloso de ser el yerno postumo 
del «ilustre señor Ojeda» y recordaba sus glorias con 
más frecuencia que los hijos. La familia de la suegra 
proporcionaba grandes satisfacciones á su vanidad. 
Aunque aquélla no había disfrutado otro título honorí- 
fico que el de esposa de un grande hombre, estaba em- 
parentada con varias condesas, marquesas y grandes de 
España, de cuyos honores y distinciones llevaba cuenta 
exacta el ingeniero. Su orgullo bonachón creía haber 
perdido lamentablemente el tiempo cuando terminaba 
el año sin haber hecho noventa visitas á estas ilustres da- 
mas, á las que llamaba por antonomasia «nuestras tías». 



30 V. BLASCO IBÁÑBZ 

Ojeda le confió sus bienes para seguir sin preocupa- 
ciones una vida doble de placeres. Pasaba sin transición 
del mundo en que le había colocado su nacimiento á otro 
]nás humilde, hacia el cual le empujaban sus aficiones 
artísticas. En un mismo día charlaba de mujeres, juego 
y caballos, con la juventud desocupada y elegante de 
ios clubs aristocráticos; luego pasaba la tarde en el pobre 
estudio de algún artista «independiente y desconocido», 
tuteándose con melenudos de botas destrozadas que tal 
vez no habían almorzado; asistía después á un té donde 
flirteaba con damas de fama contradictoria, y comía en 
un palacio ó en una taberna de bohemios, puesto de 
frac para ir luego al teatro Real. 

El amanecer le sorprendía en los gabinetes de Tor- 
nos, con camaradas de infancia y hembras de alto pre- 
cio, y otras veces en los camarotes de un colmado con 
guitarristas, toreros, «socias» de mantón y «fraternales 
amigos» que le tuteaban y cuyos apellidos no conocía 
bien: hombres con brillantes enormes, rumbosos, dicha- 
racheros, que habían estado algunas veces en la cárcel 
ó bordeaban con frecuencia sus puertas. 

Tenía cierta reputación entre la gente literaria de 
escalera abajo, que grita y pugna por subir. «Un mu- 
chacho simpático y de talento... ¡Lástima que sea rico!» 
Y los que se compadecían de su riqueza le llamaban al 
mismo tiempo simpático por la facilidad con que se pres- 
taba á un donativo de cinco duros. Reunió en un vo- 
lumen impreso sus poesías... iMagnífico! Era Musset. 
Lanzó otro tomo... ¡Soberbio! Era Baudelaire. Publicó 
un tercer libro... ¡Colosal! Era... el mismísimo Espíritu 
Santo hecho poesía. Los versos no estorban á nadie y son 
ocupación de gran señor, por lo mismo que no dan di- 
nero. Escribió un drama heroico, un drama caballeres- 
co, la epopeya de los conquistadores en las Indias vírge- 
nes, con estrofas sonoras en las que vibraba un tintineo 
de espadas y corazas, y los profesionales recibieron son- 
riendo como hienas á este niño de buena familia que 
venía á quitarles el pan de la mesa. Muy bonitos los 
versos, pero «aquello no era teatro». Resultaba dema- 
siado poeta para la escena. 

En este tiempo encontró á María Teresa. Fué en casa 



LOS ARGONAUTAS 81 

de una de las parientas de su madre; en el té de una 
condesa que figuraba entre las veneradas «tías» del ma- 
rido de Lola. Iba á estas reuniones Fernando cuando de 
cinco á siete de la tarde no encontraba mejor distracción 
á su aburrimiento. Sabía de antemano lo que le pregun- 
tarían sus ilustres parientas, viejas pretenciosas de pelo 
teñido y dentadura semejante á un juego de dominó. 
«Pero grandísimo perdido, ¿cuándo te casas?...» Y si él 
se resignaba á asistir á estas reuniones era justamente 
para no casarse, para aprovechar el tedio de algu- 
na señora que se trasladaba humillada de un salón 
á otro sin encontrar compañía, iniciando con ella pláti- 
cas sentimentales que terminaban á veces en algo más 
positivo. 

En la pieza donde estaba instalado el «buffet» en- 
contró á María Teresa. Acababa de llegar de París, donde 
vivía largas temporadas. Una rápida aparición en Ma- 
drid y luego á huir otra vez. La molestaban y la hacían 
reir á un tiempo la curiosidad malsana y la altivez mie- 
dosa de sus amigas. Fingían sorpresa al verla, la abraza- 
ban, admiraban su traje, hacían elogios de su hermosu- 
ra, le pedían datos sobre las últimas modas, y escapaban , 
procurando no tropezarse con ella otra vez. 

Ojeda la conocía vagamente. Su marido había sido 
de «la carrera», un antiguo plenipotenciario que actual- 
mente vegetaba retirado en una ciudad de provincia. 
Años antes la había visto en una comida, en la emba- 
jada de España en París, cuando ella estaba recién 
casada é iba con su marido á ocupar la legación ante 
una corte de la Europa Septentrional. Fernando la había 
deseado con su ávida admiración juvenil. ¡Qué mujer!... 
Pero ella, orgullosa de su belleza y de su nuevo rango, 
apenas se fijó en el modesto secretario de una legación 
americana, de paso en París. Sólo tenía sonrisas para 
los personajes importantes que la rodeaban, y un gesto 
de agradecimiento para aquel viudo, rico y viejo, que 
contrariando á sus hijos la había hecho su esposa. Pro- 
cedente de una familia de militares pobres y gloriosos, 
veíase convertida de pronto, por el entusiasmo casi senil 
de su marido, en una gran señora diplomática, rodeada 
de todas las comodidades de la riqueza, sin tener ya que 



32 V. BLASCO IBÁÑEZ 

sufrir el tormento de una mediocridad con la que habían 
pugnado desde la niñez sus gustos de mujer elegante. 

Luego Fernando no la vio más. ¡Pero había oído tan- 
tas cosas de ella!... Los hijos del marido se encargaban 
de propalarlas, y todas las amigas de María Teresa las 
repetían con la secreta fruición de demoler á una com- 
pañera que inspira envidia. ¡Quién podría conocer la 
verdad! Lo cierto fué que el viejo marido, dimitiendo 
de pronto su plenipotencia, se vino á vivir en España; 
unas veces en Madrid, evitando el contacto con sus 
liijos, á los que guardaba cierto rencor; otras en pro- 
vincias, dedicándose, según decían, á grandes empresas 
agrícolas. Ella permaneció en París, y de tarde en tarde 
escapaba á la península para ver á su marido, restable- 
ciéndose entre los dos por breves días cierto simulacro 
de reconciliación; pero en realidad — según las ami- 
gas — estos viajes eran únicamente para procurarse di- 
nero. 

Los ojos de María Teresa parecieron atraerle, y los 
dos se saludaron como antiguos conocidos. Ella le feli- 
citó sonriente y maternal por sus versos, que indudable- 
mente no había leído, y por el drama, que no conocería 
nunca. Casi era un grande hombre. ¡Cómo podía imagi- 
nárselo así cuando le había visto por primera vez en 
París!... 

— Además, me han dicho que es usted un grandísimo 
«golfo». 

Ojeda se inclinó sonriente, con exagerada cortesía. 
— Y usted también, según dicen, parece un poco 
«golfa». 

Dudó ella un momento con el ceño fruncido, no sa- 
biendo si enfadarse por estas palabras, y al fin acabó 
por lanzar el gorjeo de su risa. 

—Venga usted, y nos sentaremos en aquel rincón. 
Con usted es imposible enfadarse. ¡Qué tipo tan intere- 
sante! Vamos á burlarnos un poco de toda esta gente... 
Nosotros hemos visto otras cosas. 

Pasaron la tarde hablando de los países que llevaban 
visitados, de las gentes de «la carrera» que habían cono- 
cido, interrumpiendo estos recuerdos para reírse á dúo 
de los que pasaban por el comedor y comunicarse sus 



LOS ARaONAüTAS 33 

maledicencias. Ai iiablar se miraban de frente con una 
fijeza curiosa, como extrañados de no liaberse conocido 
antes, adivinando cada uno con rápida clarividencia lo 
(¿ue pensaba el otro; pensamientos que se desarrollaban 
fuera del curso de sus palabras. Al día siguiente sin- 
tieron la necesidad de verse... y al otro... y al otro. 
Ella se preocupaba de su vida; le acosaba con preguntas 
para conocerla con todos sus detalles; la hacían reir 
mucho sus relatos de aventuras en los bajos fondos de 
Madrid. 

—Quisiera ver eso; conocer sus bohemios, sus cantao- 
ras. Lléveme con usted, Fernandito; sea usted bueno. Yo 
conozco algo de París, pero lo de aquí es indudablemen- 
te más interesante, más típico... Debe oler á puchero. 

Estos deseos caprichosos desaparecieron de golpe 
después de la caída... si es que hubo caída. Fueron el 
uno del otro casi sin saber cómo, por impulso natural y 
fácil, sin enterarse ciertamente de cuál de los dos apun- 
tó el primer intento y cuándo se inició la realización. 
Ella no se tomó el trabajo de ñngir la más leve resisten- 
cia, de coquetear con negativas sonrientes acompañadas 
de ojos aprobadores. 

— Desde que te vi adiviné que esto iba á ser... y ha 
sido. Tú pensarás lo que quieras; tal vez me crees más 
fácil de lo que soy. Pero contigo ¡para qué fingimien- 
tos!... 

Como Teri se marchaba á París, él se fué también, 
y comenzó lo que llamaba Fernando la mejor época de 
su existencia: una vida de concentración egoísta á dos, 
de ceguera y olvido para todo lo que estaba más allá de 
ellos, cortada por frecuentes viajes emprendidos al azar 
de una lectura ó de un recuerdo histórico. «¡Qué hermo- 
so besarnos entre las columnas del Partenón!» Y empren- 
dían un viaje á Grecia. «¡Qué delicia ver el desierto los 
dos juntitos desde lo alto de las Pirámides!» Y salían para 
Egipto... Y así fueron á contemplar, tomados del talle y 
con las cabezas juntas, el sol de media noche en Norue- 
ga, el Kremlin cubierto de nieve, las palmeras del oasis 
de Biskra y las azules corrientes del Bosforo, sin contar 
otras excursiones más vulgares en busca del canal ve- 
neciano, la colina toscana ó el lago suizo como fondo 



34 V. BLASCO IBÁÑEZ 

decorativo de un amor que ansiaba abarcar todo el vi^jo 
mundo en su insolente felicidad. Pronto notó Ojeda una 
transformación en el carácter de Teri. Perdía por mo- 
mentos su alegre inconsciencia de pájaro loco. Era más 
grave en sus palabras; mostraba una mesura conserva- 
dora en sus juicios sobre el amor. Ella, que al principio 
le incitaba á narrar las aventuras de su pasado, riendo 
gozosa cuanto más incontables eran, palidecía ahora 
con un gesto de protesta. 

— No quiero oirte — decía tapándose los oídos—. ¡Calla, 
por Dios! Me repugnas cuando recuerdo esas cosas... 
Acabaré por no quererte. 

En sus viajes la acometían repentinos celos cada vez 
que Fernando miraba á una viajera de buena presencia. 
Luego fué él quien se sorprendió, preguntando con sorda 
irritación para desentrañar los misterios del pasado. 
¿Qué existencia había sido la de Teri antes de que ellos 
se conociesen? ¿Por qué murmuraban tanto de su vida en 
aquella corte septentrional? ¿Por qué se había separado 
de su marido?... Debía hablar sin miedo; él lo aceptaba 
todo por adelantado; no había sido en su tiempo. 

Pero Teri movía la cabeza negativamente, con una 
tenacidad reflexiva en el gesto y unos ojos de misterio, 
como mujer que sabe que en amor las confesiones fran- 
cas no se olvidan ni se perdonan. 

—Todo mentiras... calumnias. Nada tengo que con- 
tarte. Olvida eso; no te atormentes... No hubo nada, y 
aunque algo hubiese... ¡yo no te conocía entonces! ¡no 
te conocía! 

Y con esta exclamación cerraba y justiñcaba todo 
su pasado. 

Ella miraba á Fernando como algo propio que le per- 
tenecía para siempre. Más de una vez había protestado 
en los hoteles de la facilidad con que daban alojamien- 
to á ciertas aventureras, con grave peligro de la paz 
matrimonial. A fuerza de titularse «Madame Ojeda», 
había olvidado su verdadera situación y se indignaba, 
con todo el fervor que inspira el derecho de propiedad, 
sólo al pensar que alguna mujer pudiera arrebatarle su 
«marido». 

Cuando fatigados de tantos viajes recalaban en Ma- 



LOS ARGONAUTAS 36 

drid y vivían separados por algún tiempo, ól en casa de 
su hermana, ella con una tía á la que consideraba como 
una segunda madre, esta separación parecía enardecer 
sus celos. Viéndose Teri por las tardes en el cerrado dor- 
mitorio, adonde llegaba suave y quejumbroso el sonido 
de «la campana de don Miguel», tenía de pronto ex- 
abruptos coléricos. 

—Ya vives en tu Madrid, donde has hecho tantas pi- 
cardías... ;A saber si estarás engañándome con alguna, 
grandísimo ladrón! 

Después de estas explosiones de ira se apelotonaba 
contra él, humilde y tímida. 

—Es porque tengo miedo de perderte; de que otra me 
quite á mi hombre. Quisiera asegurarte para siempre; 
tenerte atado de una patita como un jilguero. Di, ¡si nos 
casáramos! ;Qué tranquilidad!... Tú que sabes tanto, 
contesta. ¿Llegaremos á casarnos alguna vez?... 

También Fernando, que durante los primeros meses 
sólo veía en María Teresa una conquista más, una mujer 
elegante y hermosa que halagaba su masculina vanidad , 
sufría de pronto iguales cóleras. El, que al principio 
no deseaba saber y olvidaba voluntariamente el pasado 
con todas las vaguedades calumniosas que había oído 
acerca de Teri, sentíase poseído de pronto por una cu- 
riosidad dolorosa y malsana, un deseo de gozar cruel- 
mente haciéndose daño, y aprovechaba los momentos de 
abandono para hacerla hablar, queriendo conocer sus 
amores antiguos. 

-—¡Cuando te digo que no he tenido ninguno!...— pro- 
testaba ella—. Créeme, tú has sido el primero y serás el 
último. 

Ponía en sus ojos el asombro ingenuo y en su voz la 
humildad infantil de la mujer que necesita ser creída... 
Ojeda también necesitaba creer. ¡Para qué fatigarse en 
esta cacería del pasado! Y con repentina confianza, de- 
seaba lo mismo que su amante un casamiento que con- 
solidaría su felicidad. 

El egoísmo del amor estallaba en María Teresa, con 
deseos crueles. 

~¡Ay, cuándo se morirá Joaquín!... ¡Para lo que sirve 
en el mundo! 



36 V. BLA8C0 IBÁNEZ 

Joaquín era el marido, y ella, por iuformes de sus 
amigos ó por las cortas entrevistas que tenía con el viejo 
al volver á España, calculaba laís probabilidades de su 
muerte. 

—Está peor; casi chochea. Esto va á terminar de un 
momento á otro. 

La sensible María Teresa, que se apiadaba de los pe- 
rros abandonados en la calle y reñía con los cocheros 
cuando levantaban el látigo sobre las bestias, hablaba 
fríamente de la muerte, como si únicamente tuviera en- 
trañas para su amor y el resto del mundo careciese de 
interés. Ojeda la escuchaba con cierto remordimiento. 
¡Desear la muerte de un pobre señor que no les había 
hecho daño alguno y al que inferían desde lejos diaria- 
mente un sinnúmero de misteriosas ofensas! ;Qué cobar- 
día!... Pero el egoísmo amoroso acabó por despertar en 
él igualmente, con una crueldad implacable. Aquel viejo 
estúpido por el privilegio de su riqueza la había poseído 
el primero; había paladeado las mismas dichas que él, 
pero con el encanto de la novedad. Bien podía morirse... 
i Que se muera! 

Y se murió de pronto, mientras ellos estaban muy 
lejos: y al regresar á Madrid á toda prisa, aturdidos por 
la feliz noticia, les salió al encuentro algo que no habían 
conocido hasta entonces: el valor del dinero, lo difícil 
que es echarle la mano encima cuando se empeña en 
huir, la necesidad material y prosaica sobre la que des- 
cansan todas las ilusiones y deseos de la vida. 

Don Joaquín se había ido del mundo sin dejar á su 
mujer otra renta que una pensión del gobierno como 
viuda del ministro plenipotenciario; un poco más de lo 
que ella daba á su doncella en París. Una parte de su 
fortuna procedía de la primera esposa y pasaba á los 
hijos; la otra parte, que era considerable, aparecía do- 
nada en vida á los mismos hijos, que habían vuelto á su 
gracia en los últimos años. 

La primera idea de la impetuosa María Teresa fué 
comprar un revólver é ir matando por turno á los hijos 
y las hijas de su marido, á más de yernos y nueras, sin 
perdonar á los nietos. ¡Raza maldita! ¡Ladrones! ¿Y para 
esto había sacrificado los primeros años de su juventud 



h09. AUaONATTTA,S 07 

A un viejo tonto, renunciando al amor?... Pero no; él era 
l)ueno y la (quería. Muchas veces le había asegurado ({Uc 
dejaba las cosas bien arregladas para despu(^y de su 
muerte. Kran lOvS otros, <{uc intentaban robarla... Y de- 
sistiendo de la compra del revólver, se lanzó en las 
aventuras de un pleito con el fervor apasionado que des- 
piertan en algunas mujeres los incidentes, embrollóos y 
peleas de todo litigio. Ella demostraría que la familia 
de su marido había abusado de la flojedad mental de éste 
en los. últimos meses, para despojarla con documentos 
falsos. 

Fernando acogió el contratiempo con frialdad. En 
el fondo de su ánimo le había repugnado siempre que el 
dinero del viejo entrase en su casa al unirse é\ legal- 
mente con María Teresa. 

—No te apures; tal vez sea mejor así. Cuenta sólo con- 
migo. Yo trabajaré, si es preciso. 

Pero también á él le aguardaba otra sorpresa por 
boca de su cuñado, hombre de orden que hacía algiln 
tiempo deseaba rendirle cuentas. Varias hipotecas pesa- 
ban sobre sus bienes desde la época en que Fernando 
llevaba una vida alegre, y á esto había que añadir las 
fuertes cantidades que adeudaba á la familia. Los viajes 
con Teri habían devorado mucho dinero. Ojeda quedó 
perplejo, como si despertase ante el montón de papeles 
que le presentaba el ingeniero, y que repelió con gesto 
de gran señor. Nada adelantaba examinándolos: lo que 
decía su cuñado debía ser cierto. El pobre hombre se 
excusó con humildad. Había tardado en hablar por 
miedo á que Fernando se disgustase: él estaba dispuesto 
á todos los sacrificios; pero tenía dos hijos, Lola andaba 
en trámites para darle el tercero, y temía sus protestas 
de mujer ordenada y económica que no quiere dejarse 
arruinar por un hermano. El ingeniero tenía un proyec- 
to.., ¿Por qué no se casaba con una mujer rica? ;Con su 
figura y su nombre! ;Un Ojeda!... El sabía mejor que 
nadie lo que representaba este apellido. 
—No; prefiero trabajai\ Yo saldré adelante. 

Y vendiendo bienes para reunir fondos, Fernando se 
lanzó en los negocios con una ceguera que no admitía 
consejos. Además jugaba fuerte en el club hasta la ma- 



í]8 V. BLANCO IBÁÑÍ13Z 

drugada, en busca de fugitivas ganancias. ¡Ay, su amor! 
;8U pobre amor liumillado y envilecido por \m preocu- 
paciones del dinero!.,, ¡Adiós las inconsciencias de pá- 
jaro errante, el desprecio por Uus previsiones del maña- 
na!... Sus besos tenían muchas veces el crispamiento 
de caricias desesperadas: quedábanse de pronto absor- 
tos los dos y tenían miedo de preguntarse en qué pen- 
saban. Algunas tardes, en el desorden del lecho, el 
tañido de «la campana de don Miguel» sorprendía á 
Ojeda hablando seriamente de un gran negocio, de una 
combinación con amigos del club, indiferente y frío ante 
la carne adorada que no podía contemplar en otros 
tiempos sin cubrirla de fogosas caricias. 

Ella, por su parte, hablaba del pleito, la gran em- 
presa de su vida, con todas las vehemencias del interés 
material y del odio. Pasaban por su boca adorable pala- 
])ras curialescas, términos del procedimiento, aprendi- 
dos con pronta asimilación en sus conferencias con los 
abogados. El triunfo era seguro, pero habría que espe- 
rar un poco. Y mientras tanto, su exterior señoril iba 
sufriendo una transformación, que no se escapaba á los 
ojos de Fernando. Transcurrían meses y meses sin que 
algo fresco viniera á adornar su belleza, ávida en otra 
lípoca de costosas novedades. Al sucederse las estaciones 
reaparecían los mismos vestidos del año anterior, hábil- 
mente retocados. Su guardarropa de París podía sacarla 
de apuros por mucho tiempo. Hablaba con entusiasmo 
de pobres muchachas de Madrid que, bajo sus indica- 
ciones, liacían prodigios en el arreglo de ropas y som- 
breros. Las joyas vistosas, primeros regalos con que 
el marido había domado sus esquiveces de jovenzuela, 
sólo se mostraban de tarde en tarde después de miste- 
riosos encierros en poder de prestamistas. Algunas ha- 
bían desaparecido para siempre. 

María Teresa hacía elogios de la generosidad de su 
tía. Ella se ocupaba de su mantenimiento y sus diver- 
siones, orgullosa de ostentarla á su lado en teatros y 
fiestas. Era capaz de darle toda su fortuna, pero tenía 
hijas, y éstas batallaban á todas horas contra la influen- 
cia de su prima. 

A veces, con una timidez ruborosa y huyendo la 



LOS ARGONAUTAÍt 39 

vista, preguntaba á Ojeda por el estado de sus negocios. 
«iSi tuvieras un dinero que necesito!...» 

Y cuando (31 con apresuramiento satisfacía su de- 
manda, María Teresa parecía arrepentirse. 

— iQué vergüenza! ¡Yo pidiéndote dinero!... Es para 
algo importante; ya sabes... el pleito. Pero en ñn, como 
liemos de casarnos, todo lo nuestro debe ser común. 
Cuando yo salga con la mía, ya no tendrás que trabajar, 
¡pobrecito mío!; ya no penarás con tus negocios. 

Los tales negocios no podían marchar peor. En me- 
nos de un año había sufrido Fernando dos pérdidas con- 
siderables en empresas ilusorias á las que le arrastraron 
ciertos amigos del club, tan inexpertos como él. El juego 
contribuía igualmente á disminuir su fortuna. De tarde 
en tarde una ganancia que le inspiraba gran fe en el 
porvenir, y traía como consecuencia regalos y genero- 
sidades para Teri. Después de estos breves períodos de 
optimismo, la silenciosa cólera al ver desmoronarse len- 
tamente sus esperanzas. 

En esta situación, cuando no sabía qué hacer y se 
sentía dominado por un desaliento mortal, pasó por Ma- 
drid un español rico residente en Buenos Aires, tío de 
su cuñado. Aquel hombre, que había huido de su tierra 
perseguido por la pobreza treinta años antes, hablaba 
de millones como de algo familiar, y se burlaba de la 
mediocridad de los negocios peninsulares. Las conver- 
saciones con este señor, que comía muchas veces en casa 
de su sobrino, escuchado y admirado por toda la familia 
como un caudillo triunfante, fueron para Ojeda como 
otros tantos latigazos aplicados á su voluntad dormi- 
da. La ascensión realizada por este antiguo rústico y 
otros muchos de su clase, ¿por qué no intentarla él?... Y 
con un esfuerzo corajudo, temblando como si confesase 
una infidelidad amorosa, expuso sus propósitos á María 
Teresa. Quería partir; necesitaba ser rico para ella, sólo 
para ella. Aquel pariente de su cuñado prometía ayu- 
darle, y él, con los restos de su fortuna, podía intentar 
en América algo fructuoso y de rápido éxito. 

Fernando insistía especialmente en la rapidez de su 
viaje. Asunto de un año, ó de dos cuando más; y aun así 
podría ir y volver algunas veces. Ella debía hacerse la 



40 V. BTABCO ÍBÁÑ12Z 

ilusión de que amaba á un militar que salía para la 
guerra; pero una guerra sin peligro de muerte. 

Teri le escuchaba pálida, con los ojos lacrimosos, 
pero acabó por aprobar su resolución. Bí, debía partir; 
era mejor que trabajase en un ambiente más propicio y 
favorable que el del viejo mundo. 

Para amortiguar su pena intentaron embellecer el 
próximo viaje con reminiscencias románticas y opti- 
mismos tradicionales. El iba á ser como los paladines 
de los viejos romances que salían á correr luengas tie- 
ndas para hacer presentes á su dama. Volvería trayen- 
do millones, y otra vez conocerían la existencia opulen- 
ta, con viajes de lujo por todo el mundo, grandes ho- 
teles, automóvil á perpetuidad, y podrían sacar del 
cautiverio de la usura los collares de perlas y las joyas 
luminosas. Un sacrificio de dos años: ni uno más. Todos 
saben que en América basta este tiempo para que un 
hombre inteligente conquiste riquezas. ¡Las consiguen 
allá tantos imbéciles!... Recordaban algunas comedias 
en las que el protagonista enamorado sale al final del 
primer acto camino del Nuevo Mundo para hacer fortu- 
na, y al empezar el segundo ya es millonario y está de 
vuelta. Se notan en él algunas transformaciones que no 
le van mal: unas cuantas canas prematuras, la faz tos- 
tada, las facciones más enérgicas y angulosas; pero sólo 
han transcurrido quince minutos desde que bajó el telón 
hasta que vuelve á subir. En la realidad, no serían 
(juince minutos, serían quince meses; tal vez dos años: 
]:>ero bien podía hacerse el sacrificio de este tiempo á 
cambio de afirmar la felicidad. 

Así habían pasado las últimas semanas, hablando 
del viaje, discutiendo sus preparativos, forjándose ilu- 
siones sobre los resultados, pero viéndolo siempre en 
lontananza; hasta que de pronto les avisaba el zarpazo 
de lo inmediato, de lo inevitable. Y Ojeda, al despertar 
de esta vertiginosa evocación de recuerdos que sólo ha- 
bía durado algunos segundos y abarcaba todo un perío- 
do de su existencia, se veía caminando por el Salón del 
Prado, en una noche fría, al lado de una mujer que mar- 
chaba con desmayo, como si al término del paseo la espe- 
rase la muerte; evitando su palabra, evitando su mirada. 



LOS ARGONAUTAS 41 

—Hasta aquí nada más— dijo Teri al llegar cerca de 
[a fuente de Cibeles -. No; no me beses, me haría mucho 
daño; no tendría tuerzas para irme... La mano tampo- 
co... No; j adiós! ¡adiós! 

Lo apartaba de ella como si tuese un extraño; volvía 
hx cabeza por no verle. De pronto, llamando á un coche 
para que la aguardase, huyó. 

Fernando quedó inmóvil largo rato viendo cómo so 
alejaba con lento traqueteo el vehículo de alquiler hacia 
la Puerta de Alcalá. Dentro de la caja vetusta y crujiente 
se alejaban sus esperanzas, la razón de ser de su vida. 
I Y así eran en la realidad las grandes separaciones, los 
hondos dolores: sin sonoras palabras, sin frases elocuen- 
tes; completamente distintas de como se ven en los tea- 
tros y en los libros!... 

Las horas anteriores á la partida, transcurridas en 
el hotelito de su cuñado, allá en lo alto de la Castellana, 
se le aparecían ahora como un tormento de la intimidad 
familiar. En su habitación el equipaje en desorden, y su 
viejo sirviente ocupado con los últimos preparativos: en 
el comedor los hijos de Lola que no querían acostarse 
sin despedirse de él. «Tío, tráenos un loro... Tío, una 
mona... Cuando vuelvas, acuérdate, tío, de traer un ne- 
grito...» Y su hermana, que había tomado un aire pro- 
tector con la emoción de la partida, le sermoneaba ma- 
ternalmente. A ver si hacía allá una vida más seria y 
remediaba sus locuras. El marido aprobaba la cordura 
conyugal con afirmaciones optimistas. Tenía la certeza 
de que Fernando iba á triunfar: su tío le aguardaba 
allá, y era hombre que podía ayudarle mucho. Y llevado 
de su exactitud en los negocios, aburríale una vez más 
con el relato de las gestiones que estaba haciendo para 
liquidar en efectivo los restos de su fortuna, y los plazos 
y forma en que iría remitiéndole las cantidades. 

A las once de la noche se vio Ojeda dentro de un au- 
tomóvil camino de la estación del Norte, pasando por 
calles solitarias y dormidas, en las que empezaban á es- 
tacionarse los serenos. No había querido que le acompa- 
ñasen su hermana y su cuñado, evitándose así las últi- 
mas expansiones familiares. Cerca de la estación vio al 
dpblar una esquina el teatro Real. ¡Adiós, recuerdos! 



42 V. BLASCO TBÁÑEZ 

; AdióS; María Teresa! Ella estaría allí en un palco, rodea- 
tía de luz, con 8u tía y sus amigas, tal vez bajo hambrien- 
tas miradas do codicia varonil fijas en las tersas blan- 
curas de su escote. Y él lejos! ¡cada vez más lejos!... 

Al bajar del automóvil encontró desiertos los alrede- 
dores de la estación. Era un tren el suyo de escasos via- 
jeros; un simple coche dormitorio que por la línea de 
cintura iba á unirse con el expreso de Portugal en la es- 
tación de las Delicias. Cerca de la entrada vio algunos 
mozos que venían hacia él para apoderarse de sus male- 
tas y un coche de alquiler, inmóvil, con el cochero soño- 
liento y el caballo husmeando el suelo. Algo blanco, 
encuadrado por una ventanilla, se agitaba en su obscuro 
interior. La luz de un farol de gas arrancó de este bulto 
un reflejo irisado, un fulgor de piedras preciosas. Ojeda, 
sin darse cuenta de su avance, se vio junto á la porte- 
zuela del carruaje... Era ella, envuelta en una capa de 
seda y pieles, con las plumas de su peinado dobladas 
por la exigua altura del techo; ella, empolvada, pinta- 
da para disimular su palidez, con gruesos brillantes en 
los lóbulos y una fijeza trágica en los ojos desmesurada- 
mente abiertos. 

— Quería verte sin que tú me vieras—murmuró con 
voz quejumbrosa — . Verte una vez más. Me he escapado 
del Real... No podía vivir pensando que aun estabas 
aquí. Y ahora, ¡adiós!... No; besos, no. ¡Adiós! 

El cochero, obedeciendo sin duda á una orden ante 
rior, dio un latigazo al caballo, y Fernando tuvo que 
apartarse. Una rueda pasó junto á sus pies. Al borrarse 
instantáneamente la visión blanca, columbró la agita- 
ción de un pañuelo y creyó oir un gemido. 

Los andenes de la estación estaban desiertos, lóbre- 
gos. Sólo brillaban las estrellas rojas de unos cuantos 
faroles, astros perdidos en las tinieblas, bajo el enorme 
caparazón de hierro de la techumbre. En la vía central 
una locomotora y un vagón que aislados parecían un 
juguete. 

Fernando vio que sólo iba á tener por compañeros de 
viaje á los individuos de una familia. ¡Pero qué fami- 
lia!... Llenaba casi todos los compartimentos del vagón, 
y en torno de ella y de una montaña de equipajes, agi- 



LOS APwCtONAUTAS 48 

tábaiise más de doce servidores: portei-os de botel, ca- 
mareros movilizados, mozos de carga, automovilista-s. 

Sintióse contento de esta vecindad: einpezaba á estar 
i'.ntre los suyos. A<|uena familia necesariamente debía 
ser argentina; una de esas familias que ocupa todo el 
piso de nn gran hotel, llena un vagón entero, alquila el 
costado de un buque y estrechamente unida se desplaza 
de un hemisferio á otro sin abandonar otra cosa que los 
muebles. El jefe de la tribu daba órdenes y propinas; la 
señora, alta, carnuda, majestuosa, con el talle algo de- 
formado por la maternidad, leía la guía de ferrocarriles 
á través de sus lentes de oro. Cerca de ella tres jóvenes 
elegantes, las hijas, y dos igualmente adornadas, pero 
de mayor edad: las cuñadas del señor. Un poco más 
lejos, la suegra, venerable matrona vestida de negro, de 
aire aseñorado y resuelto, que cuidaba de las niñas más 
pequeñas. Luego los hijos varones, que eran muchos, y 
á Ojeda le producían eí efecto visual de una tubería de 
órgano, cuando por casualidad se colocaban en fila, de 
mayor á menor. El más grande con la cara afeitada, fu- 
mando, y un aire resuelto de hombre que lo sabe todo y 
nada le queda por ver. Pensó Fernando al examinarlo 
que indudablemente llevaba en sus maletas algunas foto- 
grafías de bellezas profesionales de París con dedicato- 
rias de pasión. «.4. mon cher coco de Buenos Aires, ^ Los 
hermanos pequeños exhibían regocijados varias pan- 
deretas adquiridas recientemente, con suertes de toreo 
pintadas en el parche, y algunas banderillas ensangren- 
tadas procedentes de la corrida de la tarde. 

Después venía el personal auxiliar de la familia: un 
ayuda de cámara andaluz que lanzaba un che á cada dos 
palabras para que no le confundiesen con los de la tierra; 
una institutriz británica, roja y malhumorada; una don- 
cella gallega con vestido negro y cuello y puños mas- 
culinos; otra de pelo cerdoso, achocolatada de tez, los 
ojos achinados, oblicuos. Y la familia entera con un as- 
pecto de audacia tranquila, de inmutable atrevimiento; 
robustos, duros y grandes por la alimentación carnívora 
desde el momento del destete; mirándolo todo, llamán- 
dose á gritos, introduciéndose por las puertas en irrup- 
ción arrolladura, como si todo fuese suyo. 



44 V. BLASCO IBÁÑEZ 

Se. consideró Ojeda empequeñecido por el número y 
♦^1 esplendor de sus compañeros de viaje, ¡El dinero que 
costaría mover esta tribu, acostumbrada á vivir siempre 
en un cuadro de abundancia y comodidades! tíiO que 
tendría detriís de él aquel caballero, puesto de cliactué y 
sombrero de media copa, jefe de la caravana, al que los 
sirvientes llamaban «doctor»!... ;A lo que se presta el 
trigo! ¡Lo que podía dar el vientre de las vacas!... 

Pero una confianza repentina se apoderó de él, pen- 
sando en los ascendientes de esta gente lujosa, toda ella 
uniformada con arreglo á las últimas novedades de Pa- 
rís. Los abuelos, ó quién sabe si los padres, habían sali- 
do como él camino de las tierras nuevas en busc^i de 
fortuna. Como él no, indudablemente peor; en un buque 
de vela, llevando bajo del brazo los zapatos para pro- 
longar su uso, aceptando los ranchos de á bordo como un 
regalo desconocido... Tal vez llegaba un poco tarde, 
pero raro sería que no le hubiesen dejado alguna migaja. 
Y mirando á la banda feliz cual si una simpatía de 
oculto parentesco le uniese de pronto á todos ellos, mur- 
muró alegremente, con la primera alegría que había 
experimentado en mucho tiempo: «Allá vamos todos, 
queridos amigos.» 

El recuerdo de la noche pasada en el ti*en, noche de 
insomnio en compañía de la imagen de Teri envuelta en 
su capa blanca, con las plumas ondulantes sobre el pei- 
nado y dos astros en las orejas, le hizo recordar que 
tenía ante él una carta sin concluir, y otra vez concen- 
trando su mirada se vio en el jardín de invierno del 
trasatlántico. 

Estaba solo. No quedaba en el salón ninguna de las 
extranjeras rubicundas que hacían labores y ojeaban 
revistas. Los músicos habían desaparecido. El silencio 
nocturno sólo era cortado por leves crujidos de la ma- 
dera y el balanceo de los objetos. 

Ojeda se decidió á escribir. 

«Ten fe en nuestro destino. No desesperes: tal vez 
nuestro amor necesitaba de esta prueba para fortale- 
cerse. Lo importante es que me ames, pues si tú me 
amas, no hay potencia adversa en el mundo que pueda 
separarnos... ¿Te acuerdas de aquella tarde en el Real 



um ARaONAUTAS 45 

cuando escuchamos juntos el primer acto de El ocaso de 
los dioses? Nuestras cabezas, casi unidas, parecían beber 
la música del mago, y con la música las palabras; pala- 
bras de poeta, de uno de los más grandes poetas de amor 
c|uc han existido; grandiosas y fuertes, dignas de héroes. 
La walkyria, convertida en mujer, estremecida aún por 
la sorpresa de la iniciación carnal, se despedía de Sig- 
l'rido, el héroe virgen que acababa igualmente de cono- 
cer el amor. El afán de aventuras, de nuevas empre- 
sas, le impulsaba á correr el mundo. Eli hombre no debí3 
permanecer en estéril contemplación a los pies de su 
amada, eternamente. Debe hacer grandes cosas por ella; 
debe aprovechar la fe y la energía que vierte el amor on 
el vaso de su alma. Al separarse conocen lo mismo que 
nosotros las primeras amarguras del alejamiento, pero 
son inconmovibles como semidioses. 

»— ¡Oh si Brunilda fuese tu alma para acompañarte 
en tus correrías!— dice ella ansiosa de seguirle. 

»--Es siempre por ella que se inflama mi coraje— con- 
testa el héroe. 

» —¿Entonces serás tú Sigfrido y Brunilda juntos? 

»— Allí donde yo me halle, los dos estarán presentes. 

»— La roca donde yo te aguardo, ¿quedará entonces 
desierta? 

»— ¡No! porque no haciendo más que uno, allí donde 
estés tú estaremos los dos. 

» — ¡Oh dioses augustos, seres sublimes, venid á saciar 
vuestras miradas en nosotros!... Alejados el uno del otro, 
¿quién nos separará?... Separados el uno del otro, ¿quién 
podrá alejarnos?... 

»— ¡Salud á ti, Brunilda, resplandeciente estrella! ¡Sa- 
lud, valiente amor! 

»--¡Saludá ti, Sigfrido! ¡Lumbrera victoriosa! ¡Salud, 
vida triunfante! 

» Ellos no lloran, Teri, y se muestran grandes y sere- 
nos en su despedida, no porque son hijos de dioses, sino 
porque tienen una confianza de niños, una fe ingenua y 
sana en la eternidad de su amor. Seamos como ellos; en- 
juguemos nuestras lágrimas y miremos de frente las 
sombras del porvenir sin miedo alguno, con la certeza 
de que hemos de ser más poderosos que el destino. Diga- 



46 V. BLASCO IBÁÑBZ 

BIOS igaalmeute: «Alejados el uno del otro, ¿quién nos 
separará?... Separados el uno del otro, ¿quién podrá ale- 
jamos?» Allí donde yo me halle, estaremos los dos; porque 
los dos no somos más que uno, y donde tú te encuentres, 
mi alma irá contigo. ¡Salud, oh Teri, resplandeciente 
estrella! ¡Salud, radiante amor!...» 

Cuando hubo cerrado la carta, salió del Jardín de 
invierno con paso algo inseguro por lo movedizo del 
suelo. Abrió una puerta de gran espesor, semejante á un 
portón de muralla, y tuvo que llevarse una mano á la 
gorra al mismo tiempo que le envolvía una tromba gla- 
cial. Se vio en uno de los paseos del buque. A un lado, 
paredes blancas y charoladas, reflejando la luz de los 
íaros eléctricos del techo, y sillones abandonados en 
larga tila: al lado opuesto una barandilla forrada de 
lona, ostentando entre columna y columna, como ador- 
no decorativo, unos rollos salvavidas de color rojo, con 
el nombre del buque pintado en blanco: Goethe, Más allá 
de la baranda, el misterio; una intensa negrura que de- 
voraba el resplandor eléctrico, no dejándole avanzar 
más que algunas pulgadas en sus entrañas sombrías; 
espumarajos fosforescentes, rumor sordo de fuerzas in- 
visibles que avisaban su presencia con choques y rebu- 
llimientos. 

Ojeda vio venir hacia él con paso vacilante á un hom- 
bre vestido de smoking que le saludó desde lejos. 

—¡Cómo se mueve el amigo Goethe! Ni que acabase 
de beber en la taberna de Auerbach con los alegres com- 
padres de su poema. 

Era Maltrana que se había preparado para la comi- 
da, satisfecho de esta ordenanza suntuaria del buque, 
de gran novedad para él. Confesaba á Fernando que 
tenía hambre y se había vestido con anticipación, cre- 
yendo adelantar de este modo la llamada al comedor. 
Él aire del mar—según él— convertía su estómago en 
una jaula de fieras. 

— Esta noche va á bailar un poco el vapor, pero al 
amanecer fondearemos en Tenerife. Fíjese en mí, noble 
amigo: creo que para un hombre que se embarca por 
vez primera, no lo hago del todo mal. 

De espaldas al mar abarcabaen'una mirada de sa- 



LOS ARGONAUTAS 47 

tisfacción la nítida brillantez del buque, la limpieza del 
suelo, la prodigalidad del alumbrado, los fragmentos de 
salón que se veían á través de las ventanas. 

—Que vida, ¿eli, amigo Ojeda?... La comida á sus ho- 
ras, á toque de trompeta; la mesa puesta cuatro veces 
al día; un ejército de camareros y doncellas, la mayor 
parte de los cuales me entienden con dificultad, lo que 
es una ventaja para prolongar la conversación y cono- 
cerse mejor. Cada uno revestido con sus mejores ropas, 
como si el smoking fuese la casulla del culto del estó- 
mago, cerveza fresca como el hielo, música gratis á cada 
instante, y una adorable sociedad; una sociedad conde- 
nada á vivir junta, así se enfade ó esté alegre, á mos- 
trarse cada uno con su verdadera fisonomía, pues no 
hay comediante que sostenga sus fingimientos en una 
representación tan larga y continua... Y nadie puede 
huir; y nadie está obligado á pensar ni á hacer nada; y 
todos nos ofrecemos en espectáculo tales como somos. 
Comer bien y... lo otro, si es que se presenta una buena 
ocasión: he aquí el programa... ¡Lástima que nuestra 
vida no haya sido así siemprel... ¡lástima que no lo será 
cuando lleguemos á la otra acera de esta calle azul I 



II 



Una marcha militar despertó á Ojeda soiíando sobre 
su cabeza con grau estrépito de marciales cobres. Por 
la ventana del camarote entraba un rayo de sol trazan- 
do sobre la pared temblonas y cristalinas ondulaciones, 
reflejo de las aguas invisibles. El buque avanzaba lenta- 
inente y al ñn quedó inmóvil, mientras arriba continuaba 
rugiendo la música su marcha triunfal, que parecía evo- 
car un desñle de águilas bicéfalas con las alas extendi- 
das sobre masas de cascos puntiagudos. 

Tenerife. Miró Fernando por entre las cortinillas y 
sólo vio un mar azul y tranquilo; las aguas unidas y lu- 
minosas de una bahía en calma. La tierra estaba al otro 
costado del buque. Y como conocíala isla por haber ba- 
jado a ella en anteriores navegaciones, volvió á acostarse 
para gozar despierto del regodeo de la pereza, mientras 
en los camarotes inmediatos chocaban puertas, se cruza- 
ban llamamientos en distintos idiomas, y sonaba en los 
corredores un trote de gentes apresuradas, atraídas por 
el encanto de la tierra nueva. 

Una hora después subió Ojeda á las cubiertas supe- 
riores. El buque, al inmovilizarse, parecía otro. Había 
perdido el aspecto de mansión cerrada y bien calafatea- 
da que tenía en los días anteriores. Puertas y ventanas 
estaban abiertas, dejando entrar á chorros, junto con el 
sol, un aire cargado de efluvios de vegetación calien- 
te. Los pájaros cantaban en sus jaulas con repentina 
confianza al sentirlas inmóviles. Las plantas del inver- 
náculo parecían expandirse moviendo acompasadamen- 
te sus manos verdes, como si saludasen á las hermanas 
de la orilla próxima. Flores frescas que aun mantenían 



hOH ARGONAUTA .^ 49 

CU SUS pétalos el rocío de los campos, agrupábanse sobre 
las mesas del comedor. Los pasajeros asentaban sus pies 
con extráñela y satisfacción en el suelo, inmóvil y firme 
como el de una isla, deíipués de la inestabilidad ruido- 
sa de la neche anterior. 

Al salir Fernando á la cubierta de paseo, sintió enre- 
darse sus piernas en un montón de telas vistosas, exten- 
didas junto á la puerta, al mismo tiempo que zumbaba 
en sus oídos el griterío de una muchedumbre. Le pareció 
estar en una feria de las que se celebran semanalmente 
al aire libre en los pueblos de España. Había que abrir- 
se paso con los codos entre los grupos compactos. Bancos 
y sillas estaban convertidos en mostradores. 

Invadía el suelo un oleaje multicolor de cálidas tin- 
tas, remontándose hasta lo alto de las barandillas y los 
huecos de las ventanas. Eran mantelerías con calados 
sutiles, semejantes á telas de araña; pañuelos de seda de 
tonos feroces que daban á los ojos una sensación de calor; 
kimonos con aves y ramajes de oro; leves pijamas que 
parecían confeccionados con papel de fumar; almohado- 
nes multicolores como mosaicos; velos blancos ó negros 
recamados de plata que traían á la memoria las viudas 
trágicas de la India subiendo al son de una marcha 
fúnebre á la hoguera conyugal. Los productos de aguja 
de las isleñas canarias mezclábanse con la pacotilla 
chillona venida de Asia. Vendedores andaluces ó indos- 
tánicos gesticulaban entre los grupos de pasajeros ala- 
bando sus mercaderías con sonora hipérbole española ó 
con un balbuceo mezcla de todas las lenguas. 

Ojeda se vio asaltado por unos hombres cobrizos y 
pequeños, de cara ancha y corta, mostachos de brocha 
y ojos ardientes con manchas de tabaco en las córneas. 
Tenían el aspecto de perros de presa, chatos y bigotudos; 
pero buenos perros humildes que agarrados á él ladraban 
con suavidad: «Señor, compra la mía colcha bonita para 
la tuya madama.» «Señor, una echarpa: todo barato.» 

Los vendedores de la tierra pasaban ofreciendo caja^ 
de cigarros empapelados de plata, con las marcas más 
famosas de Cuba, á pesar de que procedían de la^ fábri- 
cas de Tenerife. A cada momento abordaban nuevas 
barcas al trasatlántico, cargadas de fardos, Susconduc- 



50 V. BLASCO TBÁÑEZ 

toros subían la escala con agilidad simiesca, y tendien- 
do una cuerda izaban las mercaderías, estableciendo á 
continuación un nuevo puesto. La.s frutas de la isla es- 
parcían en el paseo su perfume tropical: impregnaba la 
banana el ambiente con la esencia de su pulpa de miel. 
Algunos vendedores iban de un lado á otro ofreciendo 
hamacas de hilo ó grandes sillones de junco trenzado, 
enormes y majestuosos como tronos. No se podía caminar 
por el buque sin recibir empellones de la gente, golpes 
de sillas cambiadas de lugar, ó enredarse los pies en los 
montones de telas. Fernando se refugió en el final del 
paseo que daba sobre la proa, acodándose en la baran- 
dilla junto al bombo y los instrumentos de cobre aban- 
donados por los músicos. 

Alzaba la isla en el fondo su escalonamiento de mon- 
tañas volcánicas, con cuadriláteros de tierra cultivada 
moteados de blancas casitas. En la parte inferior, junto 
á la masa azul del mar, extendían las fortificaciones es- 
pañolas sus viejos baluartes, rematados en los ángulos 
por garitas salientes de piedra. La ciudad era de color 
rosa y sobre ella se erguían los campanarios de varias 
iglesias con cúpulas de azulejos. Cuatro torres radiográ- 
ficas marcaban en el espacio las líneas de su cuerpo 
casi inmaterial, dejando ver el cielo á través del férreo 
trama je. 

Más arriba de la ciudad, en una arruga de la monta- 
ña, ondeaba la bandera de un castillo moderno: un hotel 
elegante al que venían á respirar los tísicos septentrio- 
nales. Y entre el muelle y el trasatlántico un anchuroso 
espacio de bahía con gabarras chatas para el transporte 
del carbón abandonadas sobre su amaiTe y cabeceando 
en la soledad; vapores de diversas banderas en torno de 
cuyos flancos agitábase el movimiento de la carga con 
chirridos de grúas y hormigueo de embarcaciones me- 
nores; veleros de carena verde, que parecían muertos, 
sin un hombre en la cubierta, tendiendo en el espacio los 
brazos esqueléticos de sus arboladuras; rugidos de sire- 
nas anunciando una partida próxima, y otros rugidos 
avisando desde el fondo del horizonte la inmediata lle- 
gada; banderas belgas que en lo alto de un mástil iban 
á las desembocaduras del Congo; proas inglesas que ve- 



LOS ARGONAUTAS 51 

nían del Cabo ó torcían el rumbo Inicia las Antillas y el 
golfo de Méjico; buques de todas laa nacionalidades que 
marchaban en línea recta bacía el Sur en buscfi de la3 
costas del Braííil y las repúblicas del Plata; cascos de 
cinco palOvS descansando en espera de órdenes, de vuel- 
ta de la China, el Indostán ó Australia; vapores de pabe- 
llón tricolor en ruta hacia los puertos africanos de la 
Francia colonial; goletas españolas dedicadas al cabo- 
taje del archipiélago canario y las escalas de Marruecos. 

La isla risueña é indolente, en mitad de la encrucija- 
da de los grandes caminos que llevan á África y Améri- 
ca, parecía contemplar impasible este movimiento de la 
navegación mundial, mientras proporcionaba por unas 
horas el alimento negro del carbón á los organismos hu- 
meantes que llegaban y partían sin conocerla; festonea- 
da en su costa por una áspera flora de chnmberas y 
pitas; guardando tras las volcánicas montañas del lito- 
ral el secreto de sus ocultos valles tropicales; escalando 
el cielo con una sucesión de cumbres sobre las cuales 
flotaban las blancas vedijas de las nnbes, y ostentando 
sobre esta masa de vellones el pico del Teide, nn casque- 
te cónico, estriado de nieves, que era como la borla ó 
botón del inmenso solideo de tierra surgido del Océano. 

Alrededor del Goethe habíase establecido un pueblo 
flotante y movible que se deslizaba por sus flancos con 
acompañamiento de choques de proas, enredos de palas 
y continuos llamamientos á las filas de cabezas curiosas 
que orlaban los diversos pisos del trasatlántico. Eran 
lanchas de remo, barcas de vela, pequeños vaporcitos, 
robustas gabarras con montones de carbón. 

Filas de hombres blancos qne parecían disfrazados 
de negros penetraban en el buque por las portas abier- 
tas en sus dos costados, llevando al hombro grandes 
cestos que esparcían polvo de hulla. En las embarcacio- 
nes menores había mercaderes que, puestos de pie y agi- 
tados como polichinelas por las ondulaciones de la bahía, 
regateaban sus telas exóticas con la muchedumbre de 
tercera clase amontonada en las bordas á proa y á popa. 
De otras barcas, cargadas con pirámides de frutas, par- 
tían al vuelo en ruda trayectoria naranjas y racimos de 
bananas, hacia las manos ávidas de los emigrantes, que 



52 V. BLASCO IBAÑEZ 

retornaban monedas envueltas en papeles. l>a nacionali- 
dad del buque influía en la^s transacciones comerciales, 
y los mercaderes de acento andaluz lo vendían todo por 
marcos y por pfenings. 

Canoaíj poco más grandes que artesas iban tripuladas 
por muchachos desnudos, de color de chocolate, relu- 
cientes con el agua que se escurría de sus miembros. 
Mientras uno bogaba moviendo unos remos no mayores 
que palas, el otro, acurrucado en la popa por el frío de 
Icis continuas inmersiones, rugía á todo pulmón: «¡Ca- 
ballero, eche dos marcos, y los alcanzo!» «¡Caballero 
cinco marcos, y paso por debajo del buque!» «¡Caballe- 
ro... caballero!» Era un griterío que emergía incesante- 
mente á ras del agua; una continua apelación al «ca- 
ballero» para que pusiese á prueba la agilidad natatoria 
de la pillería del puerto. Y cuando la pieza blanca caía 
en el abismo, el nadador iba á su alcance con la cabeza 
baja y las manos juntas en forma de proa, dejando la 
piragua balanceante detrás de sus pies con el impulso 
del salto. El cuerpo bronceado tomaba una claridad de 
marfil en el cristal verde de las aguas removidas. Se le 
veía agitar los miembros junto al casco de la nave, como 
unas tijeras blancas que se abrían y cerraban acompasa- 
damente, hasta que volviendo á la superficie con la mo- 
neda en la boca y echándose atrás el mechón húmedo 
que caía sobre su frente, ganaba la canoa con una agili- 
dad de mono y volvía á temblar de frío, implorando á 
todo pulmón la generosidad del «caballero». 

Ojeda, ocupado en seguir las evoluciones de los pe- 
queños buzos, sintió de pronto que le tocaban en un 
hombro y que alguien se acodaba en la baranda junto 
á él. 

—¿Pero usted no ha querido bajar á tierra?... 

Maltrana levantó los hombros. ¿Para qué?... Habían 
salido de buena mañana algunos vaporcitos llenos de 
pasajeros; familias mareadas aún por el balanceo de la 
noche y ávidas de asentar el pie en suelo firme; dama« 
rubias que soñaban con excursiones al interior olvi- 
dando que el buque sólo iba á detenerse el tiempo ne- 
cesario para hacer carbón: unas cuatro horas. Hasta un 
señor alemán, que todos llamaban «doktor», sin saber 



LOS ARU0NAUTA8 53 

ciertamente el por qué del título, le había preguntado, 
al enterai^sc por vez primera de que Tenerife era isla 
española, si tendría tiempo para presenciar una coiTÍda 
de toros. Y Maltrana reía pensando en la posibilidad de 
una corrida imaginaria, á las siete de la mañana, orga- 
nizada á toda prisa para dar gusto al «doktor». Nadie 
le liabía invitado á bajar á tierra, y él deseaba evitarse 
gastos. El amigo Fernando estaba enterado del poco di- 
nero con que emprendía su viaje. En fuerza de impor- 
tunar á los amigos de los periódicos de Madrid, había 
podido conseguir un billete de favor, un pasaje de pri- 
mera clase, pagando lo que pagaban los de tercera. 

— En justicia yo debía ir abajo comiendo rancho, con 
todo ese rebaño de judíos y cristianos, rusos, alemanes, 
turcos, españoles... y ¡demonios coronados!, pues aquí 
vienen gentes de todos los países. Pero soy lo que llaman 
un pobre de levita, y alguna vez había de servir para 
algo bueno la santa desigualdad social, base, según di- 
cen, del orden y las buenas costumbres. 

be contar con más tiempo para la visita del interior 
de la isla, no se habría quedado en el buque. ¿Pero para 
ver la ciudad y sus vecinos?... Bastantes españoles lleva- 
ba conocidos en España y sobradas veces había tenido 
que escribir de los asuntos de las Canarias sin haberlas 
vivSto nunca. Ahora sólo le interesaba los países nuevos. 
y Maltrana añadió mirando la isla: 

—Esto es la portería de Europa. Le hallo cierta seme- 
janza con los perros caseros que surgen al paso de los 
que salen y los que entran. Cuando creemos estar en el 
Océano sin límites aparece la isla ante el buque y lo de- 
tiene para husmearlo. Al que se va le dice: «Anda con 
Dios, hijo, y no vuelvas por aquí si no traes dinero. 
Antes que te parta un rayo.» Y al americano que viene 
lo saluda con amabilidad de portera: «Bien venido sea 
usted á la casa de su abuelita si trae plata que gastar...» 
No me interesa esta tierra, que es como el rabo de un 
mundo que dejamos iHrás. Denec) verme cuanto nntes on 
el otro hemisferio^ á ver cómo pinta por .allá la suerte. 
Soy lo mismo que esos enfermos que van de balneario 
en balneario, siempre con la esperanza de que en el 
próximo les espera la salud. 



54 V. BLASCO IBÁÑEZ 

Todos en el buque deseaban llegar al término del 
viaje. Maltrana veía un signo de impaciencia en la ra- 
pidez con que los pasajeros cambiaban de vestido, cre- 
yendo haber avanzado considerablemente, cuando aun 
estaban cerca de Europa. Todavía era invierno, pero 
muchos, ilusionados por la marcha hacia el Sur, habían 
creído oportuno al tocar en Tenerife subir á cubierta 
con trajes de verano, gorras blancas ó sombreros de paja. 
Las señoras, que en los días anteriores iban por el buque 
con gruesos paletos hombrunos, envueltas en velos como 
odaliscas, mostraban ahora la rosada pulpa de su carne 
á través de los encajes de las blusas. 

— Empieza para nosotros el verano— dijo Maltrana—, 
y con el verano las ilusiones. Los que venimos por vez 
primera camino de América, sentimos el mismo prejui- 
cio de los sabios del tiempo de Colón, que afirmaban 
que sólo podía encontrarse oro allí donde hubiese negros 
é hiciera mucho calor... Al sentir que el sol nos quema 
con más fuerza que en Europa, creemos estar menos 
alejados de la fortuna. 

Permanecieron los dos amigos largo rato en silencio. 
Llegaban hasta ellos las ondulaciones del gentío al abrir 
círculo en torno de los vendedores que exhibían nuevas 
mercaderías. Ojeda se sintió molestado por esta confu- 
sión de gritos y empellones. «¿Si nos fuésemos arriba?...» 
Y por una de las escaleras que arrancaban de la cubierta 
de paseo, subieron al último piso del buque, llamado en 
el lenguaje de á bordo «cubierta de botes». 

Nadie. Los ojos, habituados á la suavidad de los ta- 
biques blancos del piso inferior, á su penumbra ligera- 
mente azul, que le daba el aspecto de un paseo conven- 
tual, parpadeaban por exceso de luz en la cubierta de 
arriba, donde vastos espacios quedaban á cielo libre, 
caldeándose las tablas bajo el fulgor solar. Algunos tol- 
dos extendían sombras rectangulares y negruzcas sobre 
el suelo amarillento. 

Por primera vez subía Ojeda á esta cubierta. El frío 
les había retenido á todos abajo en íoi^ días anteriores. 
Sólo Maltrana, inquieto y curioso jx^r Jas novedades de 
Ja navegación, había ido de un lado á otro, desde el 
puente del capitán á los profundos sollados, iniciando 



LOS ARGONAUTAS 55 

conversaciones, lo mismo en las salas de los pasajeros 
de primera clase que en los departamentos de proa y 
popa, donde se hacinaban los emigrantes. 

—Me gusta esta cubierta—dijo con entusiasmo— por- 
que es el único lugar donde uno se entera de que va en 
un buque. Abajo, salones, comedores, majestuosas esca- 
leras, camareros de corbata blanca, pasillos con habita- 
ciones numeradas; un verdadero hotel. A no ser que el 
piso se mueve de vez en cuando, creería uno vivir en un 
balneario de moda. Hay que levantarse del asiento, dar 
un paseo y asomarse á la barandilla para convencerse de 
que se está en el mar. Aquí no: aquí se siente uno mari- 
no; puede abarcarse por entero el redondel del Océano, 
que no termina nunca y en el que siempre ocupamos 
el centro por más que avancemos. Mire usted, Ojeda, qué 
cosas tan majestuosas lleva en su cabeza el amigo Goethe. 
Y con el orgullo de un descubridor iba mostrando 
las maravillas de esta cubierta, por la que había paseado 
en los días anteriores, cuando el mar era de un tono lí- 
vido, el cielo plomizo y un viento cortante soplaba de 
proa á popa. 

—Fíjese usted en la chimenea; esa torre amarilla y 
enorme que vista de cerca casi da miedo. jEl dinero que 
expele convertido en humo! Tiene algo de campanario, 
y abajo, en lo más profundo del buque, está el templo, 
el santuario del fuego, con sus altares inflamados que 
producen el vapor. ¿Eh? ¿qué le parece la imagen? Se la 
brindo para unos versos... Y con ser tan robusta la chi- 
menea, mire como está aprisionada y sostenida por va- 
rios tirantes para que no la tumbe el viento. Vea usted 
esos cuatro ventiladores que la rodean como si fuesen 
su pollada: cuatro trombones amarillos con la boca pin- 
tada de rojo, por los que podríamos colarnos los dos á la 
vez. Llevan el aire á las profundidades de las máquinas 
y los hornos. Digamos que son las ojivas que ventilan 
esta catedral de acero y hulla. 

Luego, echando la cabeza atrás, remontaba su mira- 
da hasta lo alto de los dos mástiles del buque. 

—¿Distingue usted cuatro hilos que sujetos á dos tras- 
tes van de un palo á otro? Parecen un cordaje de guita- 
rra y son la red de la telegrafía radiográfica. Los hilos 



56 V. BLAíSCO IBÁÑEZ 

bajan á la casilla del telegrafista, y si se acerca usted 
oirá un chirrido semejante al de los huevos en aceite: 
algo así como si el empleado friese los despachos antes 
de servirlos al público... Y todas esas cajas enormes de 
cristales deslustrados, esas cúpulas alambradas, son cla- 
raboyas que dan luz á salones y escaleras. Vistas de 
abajo brillan con dibujos de colores mosaicos complica- 
dos, escudos de naciones, y aquí arriba parecen estufas 
opacas como las de los invernáculos... Esta cubierta tie- 
ne sus habitantes; es un pueblo aparte, el barrio alto, la 
Acrópolis, donde viven los Arcontes que dirigen nuestra 
república movible. Mire usted á proa esa manzana de 
camarotes, con paredes blancas y zócalos grises. Allí 
están las viviendas del soberano comandante y sus mi- 
nistros los oficiales. En torno de ellos los camarotes de 
la gente rica, la aristocracia, que busca siempre la som- 
bra de la autoridad. Sobre el techo, un pequeño pasco, 
la última toldilla del buque: en la parte delantera, el 
puente, algo así como el ministerio del Interior, donde 
se vigila día y noche por el mantenimiento del orden: 
cerca de él la oficina telegráfica, ó sea el ministerio de 
Relaciones Exteriores. Insubordínese usted, y sonará un 
pito en el puente, que haga surgir por una escotilla, como 
diablos de teatro, cuatro rubios forzudos con anclas azu- 
les tatuadas en los biceps, que le lleven á dormir en la 
barra... Que un peligro amenace la estabilidad de nues- 
tro pequeño Estado, y el Poder Ejecutivo lanzará una 
circular eléctrica á las otras potencias que navegan in- 
visibles, reclamando su pronta intervención. 

Maltrana volvió los ojos hacia la popa, más allá de 
la chimenea y los ventiladores de las máquinas. 

—Allí tiene la Acrópolis otra manzana de viviendas, 
])cro sólo la habitan gentes ordinarias: algo así como las 
chozas villanescas que se alzaban lo mismo que verrugas 
ante las puertas de los castillos. Es nuestra Dirección 
General de Higiene: los lavaderos, el taller de plancha- 
do y el gimnasio con un sinnúmero de aparatos movidos 
por la electricidad, invenciones diabólica f5 que le estiran 
A usted, le encogen, le rascan la espalda y le cosquillean 
como un rosario de hormigas. 

—¡Cosa de ver el lavadero, amigo O jeda!— continuó 



LOS ARGONAUTAS bl 

iras una pausa—. ¡Lástima que esté ahora cerrado! Hay 
unas máquinas con cilindros, lo mismo <^ue rotativas de 
periódicos; sólo que en vez de largar pliegos impresos, 
sueltan camisas, sueltan pantalones, sueltan sábanas, 
montañas de ropa blanca como sólo se verían si desalo- 
jasen de golpe toda una calle de tiendas... El planchado 
aun es más interesante. Imagínese tres mozas rubias y 
metidas en carnes, la falda corta, y sobre ella una blusa 
larga rayada que deja al descubierto los brazos de blan- 
cura germánica y una pechuga á lo Rubens. Ayer pasé 
con ellas la tarde, viendo cómo sudaban las pobrecitas 
dándole á las planchas eléctricas, y cómo reían al oirme 
hablar horas enteras sin entender una palabra. Les lar- 
gaba dicharachos de los nuestros con algún que otro pe- 
llizco para apreciar la dureza de sus blusas. ¡Cuestión 
de pasar el rato! Y ellas abrían los ojos y se sonrojaban 
diciendo la,.. la... Le he de llevar á usted mañana 
cuando no nos vean. Yo le presentaré: no tenga usted 
miedo. ¡Si soy lo más amigo!... 

Luego Isidro se fijó en los costados de la cubierta, 
donde estaban pendientes de sus pescantes de acero dos 
filas de botes. 

—Hermosas balleneras de madera pulida y lustrosa 
como el piso de un salón. FJn cada una de ellas podemos 
metemos cincuenta personas: y el mástil, la vela, los 
remos, todo lo necesario está guardado en su vientre, 
bajo la caperuza de lona que lo cubre. Cuando nos acer- 
quemos al término del viaje descansarán dentro del bu- 
que amarradas entre esas cuñas que hay en el suelo; 
pero durante la navegación van suspendidas afuera, 
prontas á ser echadas al agua en caso de peligro... ¿Y esc 
bosque de trombones amarillos con boca roja que surge 
por todos lados, como gargantas de dragón? Son tentá- 
culos que el vientre del buque echa en el espacio para 
cazar oxígeno; trompas de acero que con el impulso de 
la marcha van chupando vida... No extrañe, Ojeda, que 
me ponga lírico. Yo no he viajado como usted. Todo es 
nuevo para este pobrete, que pasó .su vida rodando por 
casas de huéspedea de las más Iva ratas; y en cuanto á 
buques, no ha visto otros que las barquillas del estan- 
que del Retiro... Y esto es grande; ¡muy grande! 



58 V. BLASCO IBÁÑBZ 

Calló un instante, como si concentrase su pensamien- 
to para apreciar mejor tanta grandeza, y luego continuó: 
—Lo que nos rodea aun es más enorme. Se sabe por 
los libros que el mar es inmenso; pei^o la inmensidad en 
]a lectura no es más que una palabra. Hay que colocar- 
se en ella, sentir el extravío de la imaginación ante 
el espacio sin límites, hacer comparaciones... Ayerme 
paseaba yo por el buque. Para recorrer la cubierta de 
abajo, que sólo ocupa el centro, necesitaba doscientos 
pasos: unas cuantas vueltas y se siente uno fatigado 
como después de una marcha. Grandes salones, un cafe 
igual á los de las ciudades, comedores en los que caben 
cientos de personas, largos y complicados pasillos lo 
mismo que en los hoteles, dormitorios de alta numera- 
ción, almacenes, músicas, y la gente formando clases 
separadas, estableciendo divisiones sociales, lo mismo 
que si estuviéramos en tierra. ;Qué grande! ¡todo que 
grande!... Y esto mirando solamente los barrios privile- 
giados, el castillo central del buque, con sus recovecos, 
escaleras, baños, gabinetes de aseo y tubos de calor y 
de frío. La blancura de la luz eléctrica surgiendo en 
todo rincón donde puede aglomerarse un poco de som- 
bra: el agua manando de los grifos cada tres metros, 
para una minuciosa limpieza; las alfombras mullidas 
amortiguando los pasos; un olor higiénico de droguería 
esparciendo perfumes desinfectantes allí donde las tris- 
tes necesidades humanas se desembarazan de su sucie- 
dad. Esto es un palacio encantado. 

Siguió Isidro la descripción del buque. Había que 
contar además los barrios populares de proa y de popa: 
Jas aglomeraciones de emigrantes que comen y beben tal 
vez con más abundancia que en su tierra, y cantan y 
sueñan porque van hacia la esperanza. Y bajo de ellos, 
máquinas que encadenan las fuerzas misteriosas y ma- 
lignas; almacenes de víveres como los de una ciudad 
que se prepara á ser sitiada; depósitos de mercaderías, 
fardos de telas, maquinarias agrícolas, artículos de 
construcción, riquezas de la moda; todo lo que necesi- 
tan ]úH pueblos jóvenes paní el desarrollo de su adelanto 
Ncíftigmoso. Y esta grandeza de hotel monstruo, de tn- 
raván-serrallo, de pueblo flotante, infundía á todos los 



LOS ARGONAUTAS 59 

pa&ajeros un sentimiento de seguridad, como si estuvie- 
ran en tierra ñrme. ¿Quién podría destruir los gruesos 
muros de acero, las ventanas sólidas, los muebles pe- 
sados, las maquinarias de arrolladorcs latidos? Nada 
importaba que el suelo se moviese; esto no podía dismi- 
nuir su confianza: era \xn incidente nada más. Vivían 
de espaldas al Océano y sólo tenían ojos para los gran- 
des inventos de los hombres. Todos acababan por olvi- 
dar el abismo que estaba debajo de sus pies y hacían la 
misma vida que en tierra. Únicamente cuando en sus 
paseos llegaban á la proa ó la popa y se encontraban con 
el mar inmenso, sentían la impresión del que despierta 
tendido junto á un precipicio. ¡Nada! nada más que un 
azul intenso hasta la raya del horizonte, y un azul má>s 
claro en el cielo. Algunas veces, allá en el fondo, un 
punto negro casi imperceptible, un jironcito tenue de 
vapor, un buque igual al otro, tal vez más grande... 

— Y sin embargo — continuó Maitrana — , con menos 
valor que una hormiga en medio de las llanuras de la 
Mancha... Las máquinas, los salones, las murallas de 
acero, nada, absolutamente nada ante la inmensidad 
del majestuoso azul. Un simple bufido suyo, y se nos 
sorbe... Y para evitarnos esta mala impresión, cesamos 
de mirar el Océano y nos metemos buque adentro á oír 
música en los salones, á tomar cerveza en el café, á es- 
cuchar chismorreos de los que parece que depende la 
suerte del mundo. ¡Qué animal tan interesante el hom- 
bre, amigo Ojeda!... Como bestia de razón, conoce la 
enormidad del peligro mejor que las otras bestias; pero 
vive alegre porque dispone del olvido, y tiene además la 
certeza de que existe una Providencia sin otra ocupación 
que velar por él. 

Contemplando otra vez las enormes proporciones del 
buque, parecía arrepentirse de sus palabras. 

—A pesar de la grandeza del mar, esto también es 
grande. Nuestras apreciaciones son siempre relativas: 
nunc^ nos falta un motivo de comparación con algo ma- 
yor para humillar nuestra Hoberbiíi. Tai tierra os grande, 
y los liombreí^, para perpetuar bu recuerdo <le ella, llevan 
miles de años degoUándoBe, inventando nuevas maneras 
de entenderse con los dioses, ó escribiendo en tablas, 



60 V. BLASCO IBÁÑBZ 

pergaminos y papeles, para que su nombre quede con 
unas cuantas líneas en el libraco que llaman Historia,.. 
Y la tal tienda es en el mar del espacio menos, mucho 
menos que el Goethe en medio del Océano: menos que 
un grano de carbón perdido en las tres mil toneladas 
de hulla que pasan por sus carboneras. Más allá del 
forro de la atmósfera nos ignoran, no existimos. Y plane- 
tas cien veces, mil veces más grandes que la tierra, son 
ante la inmensidad una porquería como nosotros: y el 
padre sol que nos mantiene tirantes de la rienda, y al 
que bastaría un leve avance de su coram vóbis de fuego 
para hacernos cenizas, no es más que un pobre diablo, 
uno de tantos bohemios de la inmensidad que á su vez 
contempla otro planeta que es su señor... Y así hasta no 
acabar nunca. 

Calló Isidro unos instantes como si reflexionase y 
luego añadió: 

— Pero todo es igualmente relativo si miramos hacia 
abajo. A este Goethe se lo puede tragar una tempestad, 
conforme; pero con su panza de acero y su triple quilla, 
es como una isla en medio de estos mares, que hace me- 
nos de un siglo se llevaban lo mismo que plumas á las 
fragatas y bergantines en que fueron á América los 
ascendientes de los millonarios actuales. El buen Pinzón, 
arreglador de las famosas carabelas, se santiguaría con 
un asombro de marino devoto si resucitase en este buque 
y viese sus brujerías. Y él y los grandes navegantes de 
su tiempo, que avanzaron con los ojos en la brújula, se 
rieron tal vez de los nautas fenicios, griegos y cartagi- 
neses, que no osaban perder de vista las montañas. Y 
éstos, á su vez, debieron mirar con lástima á los hom- 
bi*es desnudos y negros que en las costas africanas salían 
al encuentro de sus trirremes sobre canoas de cueros ó 
de cortezas. Y el primero que á fuerza de hacha y de 
fuego vació el tronco de un árbol y se echó al agua en 
él, fué un semidiós para los infelices que habían de pasar 
ríos y estuarios nadando como anguilas... Miremos siem- 
pre, abajo, amigo Ojeda, par.» tranquilidad nuestra, y 
digamos que el Goethe es un gran buque, y que en él se 
vive perfectamente. Entendamos la existencia como una 
respetable señora que anoche, cuando más se movía el 



LO.S AROONAÜTA^Í 61 

l)uque, y en esta última cubierta había una obscuridad 
que metía miedo, cbiilaudo el viento como mil legiones 
de demonios, se escandalizaba de que mucüois hombres 
fuesen al comedor ^m smoking y las artií>tas alemanas 
fumasen cigarrillos en el invernáculo. 

Ojeda se complacía en escuchar la facundia exube- 
rante de su amigo. Las novedades de aquella vida marí- 
tima infundíanle una movilidad infatigable. 

—Es usted el duende del buque— dijo— . En dos días 
lo ha corrido por completo, y no hay rincón que no co- 
nozca ni secreto que se le escape. 

Maltrana se excusó modestamente. Aun le faltaba 
ver mucho, pero acabaría por enterarse de todo: luengos 
días de navegación quedaban por delante. En cuanto á 
los pasajeros, pocos había que él no conociese. Luchaba 
en algunos con la falta de medios de expresión: ciertas 
mujeres sólo hablaban alemán, pero en fuerza de son- 
risas y manotees, él acabaría por hacerse comprender. 
De los que podían entenderle en español ó francés (que 
eran la mayor parte) se tenía por amigo, pero amigo 
íntimo. Y Ojeda sonrió al oirle hablar con entusiasmo 
de esta intimidad que databa de tres días. 

—Conozco el buque mejor que la casa de doña Mar- 
garita, mi patrona, donde he vivido ocho años. Puedo 
describirlo sin miedo á equivocarme. Este hotel movible 
tiene diez pisos. Los tres últimos, los más profundos, 
están cerrados. Son las bodegas de transporte, donde se 
amontonan fardos voluminosos, pedazos de maquinaria 
metidos en cajones que bajan las grúas por las escotillas 
y se alinean como los libros de una biblioteca. Todas 
estas mercaderías ocupan dos secciones del buque á proa 
y á popa, y en medio se halla el departamento de má- 
quinas. La luz eléctrica se encarga de iluminar este 
mundo, que puede llamarse submarino, pues está más 
abajo de la línea de flotación: los ventiladores que re- 
montan sus bocas hasta aquí, son sus pulmones... Luego 
viene lo que llaman cubierta principal, con los dormito- 
rios de la gente de tercera; á proa unos cuatrocientos, á 
popa muchos más; y entre ellos los almacenes de ropa 
del servicio del buque y los depósitos de equipajes, la cá- 
mara fuerte para guardar paquetes y muestras, los cama- 



()2 V. BLASCO IBANTOZ 

T<>(os del V)ajo personal, Uxs cámaras frigoríñeafí, que son 
enormes y guardan gran parte de nuestra alimentación, 
y el depósito de la corre^^pondencia, un almacén repleto 
de sacos que contienen... ¡quién puede saberlo! notician 
de vida y de muerte—como diría usted en sus versos—, 
riquezas, juramentos de amor, el alma de todo un conti- 
nente que va al encuentro del otro... 

Se detuvo un momento para añadir con expresión de 
misterio: 

— Y además hay el cuarto del tesoro. Ahí no he entra- 
do yo, amigo Ojeda. Es un cuarto blindado en el que no 
penetra ni el comandante. Un oficial responsable guarda 
la llave. Pero he estado en la puerta y le confieso que 
sentía cierta emoción. ¿Sabe usted cuánto dinero lleva- 
mos bajo de nuestros pies? Quince millones; pero no en 
papelotes, sino en oro acuñado y reluciente, en libras 
esterlinas y monedas de veinte marcos. Los embarcaron 
en dos remesas en Hamburgo y Southampton: es dinero 
que los bancos de Europa envían á los de la Argentina 
para hacer préstamos á los agricultores, ahora que se 
preparan á recoger las cosechas. Y en todos los viajes 
de ida ó vuelta nunca va de vacío el tal tesoro. Me han 
contado que los millones están en cajas de acero forra- 
das de madera y con precintos; de lo más monas: quince 
kilos cada una; ochenta mil libras apiladitas en el inte- 
rior... Diga, Fernando, ¿no le tienta á usted esta vecin- 
dad? ¿no le conmueve? 

Ojeda hizo un movimiento de hombros, como para 
indicar lo inútil de una respuesta. 

—Con mucho menos que tuviéramos— continuó Mal- 
trana — , usted no se vería obligado á meterse en aven- 
turas de colonización y yo viviría hecho un personaje, 
¡lastima que no estemos en los tiempos heroicos y ro- 
mánticos, cuando lord Byron y Espronceda cantaban el 
pirata! Sublevábamos usted y yo á la gente de tercera, 
echábamos al mar al capitán y todos los tripulantes, 
desembarcábamos en una isla á los pasajeros serios, des- 
tapábamos los miles de botellas y toneles que hay en los 
almacenes y nos íbaiuos... ya se vería adonde, con todas 
las mozas rubias polacas y vienesas de la compañía de 
opereta que viene abajo. Por supuesto que usted y yo 



L08 ARfíONAlTTAS i^?4 

dormiríamos en ol cuarto del tesoro sobro esas cajas in- 
teresantes. ¿Qué le parece la idea?... 

- Hombre, me gusta- dijo Feniancio riendo —. Eíí todo 
uu programa; reflexionaré sobre ello. 

— Pero los tiempos presentes no son de acciones gran- 
des—añadió Maltrana— , y los héroes tienen que expa- 
triarse, para remover terrones ó lustrar zapatos, al otro 
lado del Océano... No pensemos en ser superhombres 
gloriosos; seamos mediocres y continuemos nuestra des- 
cripción... Sobre la cubierta principal está la que llaman 
cubierta superior. En la proa y la popa alojamientos de 
marineros, hospitales, almacenes de útiles de navega- 
ción, cocinas para los emigrantes, y entre ambos extre- 
mos camarotes y más camarotes para la gente de pri- 
mera clase, peluquerías, baños y gabinetes de aseo por 
todos lados. Y aquí termina el verdadero casco del bu- 
que, lo que puede llamarse el vaso navegante, la cons- 
trucción igual y uniforme de una punta á otra, sin des- 
igualdades en la cubierta. 

Quedó perplejo Isidro, como si le ocurriese un pensa- 
miento nuevo. 

— No sé si habrá notado lo que yo, amigo Ojeda; pero 
apenas subí á este trasatlántico me fijé en una particu- 
laridad, tal vez por mi desconocimiento de la navega- 
ción actual y por la costumbre de ver barcos antiguos 
en los libros. En otros tiempos, cuando se navegaba ba- 
tallando, el hombre colocó torres en los dos extremos de 
la nave y quedaron establecidos los castillos de proa y 
de popa. En el de delante iban los combatientes; en el 
centro, bajo é indefenso, la chusma; en la popa el jefe y 
su séquito. Al venir tiempos de paz y seguridad, los 
progresos de la arquitectura naval fueron rebajando los 
castillos esculpidos como altares, con mascarones, trito- 
nes y ondinas; pero la popa continuó siendo el lugar de 
honor, el aposento de los privilegiados. Y tal es la fuerza 
de la rutina, que hasta hace pocos años en los buques 
de vapor el sitio de preferencia era la popa, sobre la hé- 
lice que lo hace temblar todo y donde es más violento el 
balanceo. Sólo ayer, como quien dice, se han enterado 
de que en una nave en movimiento el punto medio es el 
que menos oscila, y los antiguos castillos de proa y de 



64 V. BLA,S<íO IBÁÑRZ 

}>opa se han corrido uno hacia otro, junt/indose en el 
centro, que es para el pa.sa.jero el lugar de mayor esta- 
bilidad, Aliora I oh buques parecen montañas vistos des- 
de lejo.^; antet) eran monstruos de dos cabeza.s unída.s 
por un cuerpo casi ti flor de agua... Desde lo alto de esta 
cubierta no adivinamos siquiera la existencia de la popa 
y de la proa, que están tres pisos por debajo de nosotros. 
El castillo central es un mundo aparte. Las gentes viven 
en sus compartimentos sin enterarse de lo que pasa en 
el resto de la embarcación. Tal vez sea yo el único que 
salga de él en todo el viaje. Los privilegiados encuen- 
tran satisfechas sus necesidades sin abandonar este ba- 
rrio lujoso, y ni por curiosidad bajan las escaleras que 
conducen á los barrios pobres... Pero hay que reconocer 
que su vecindario es sucio y hay en ellos un hedor de 
rancho agrio. 

Maltrana hizo un movimiento de hombros, como in- 
dicando que iba á terminar su descripción. 

-Lo demás ya lo conoce usted, pues pertenece al ra- 
dio en que nos movemos. La cubierta llamada de salón, 
porque en el lado de proa tiene el salón comedor, y des- 
pués de él los camarotes de lujo, y las cocinas de las 
gentes de primera, con la repostería, la panadería, las 
bodegas y frigoríficos para el servicio diario. Yo voy 
siempre después de media noche á echar una ojeada á la 
cocina. Espectáculo interesante ver cómo sacan el pan 
de los hornos: ;un perfume suculento! Una noche vendrá 
usted conmigo... Sobre esta cubierta está la que llaman 
de paseo, con el salón de música y el jardín de invier- 
no; más allá el comedor de los niños y los criados de los 
pasajeros, y en la parte que mira á popa el fumoir, ó 
mejor para nosotros, «el café», que parece uno de los es- 
tablecimientos de su clase en tierra ñrme. Sobre la cu- 
bierta de paseo la de los botes, en la que estamos ahora, 
y más por encima esa toldilla que sirve de techumbre 
á los camarotes del alto personal del buque, y tiene en 
la parte delantera el puente, con su cuarto de derrota 
para el oficial de guardia y su depósito de cartas de na- 
vegación. 

Calló Isidro, como si ya no encontrase nada que con- 
tar, pero luego añadió sonriente: 



LOS ARGONAUTAS 66 

—Y todavía hay alguien que vive más arriba de esta 
montaña de pisos: el muecín del buque, el vigía ó ser- 
viola que va de noche en lo que llaman el «nido». El tal 
nido es esa especie de pulpito de acero en el que sólo 
cabe una persona y que está adosado al palo trinquete. 
De noche, cuando la campana del puente marca el paso 
de cada media hora, el vigía contesta allá arriba con 
otra campana y grita á través de la bocina unas pala- 
bras, que en la obscuridad parece que vienen de las nu- 
bes. Es un bramido en alemán como los que suelta el 
dragón que mata Sigfrido en la selva. Anoche me expli- 
caron lo que dice el serviola al oficial del puente. «Sin 
novedad; todas las luces van encendidas.» Las luces son 
las de posición del buque. Y si calla, porque se duerme, 
va á terminar el sueño amarrado á la barra. 

—Todo eso lo sé; yo he navegado algo...— dijo Oje- 
da — . Pero más que el buque me interesa los que van en 
él. Usted, en su calidad de duende, debe conocerlos á 
todos. 

Isidro levantó la cabeza con orgullo. ¡A todos, sí se- 
ñor! No había en el barco pasajero mejor relacionado 
que él. Por las mañanas abordaba á los primeros que 
subían á la cubierta. «Buenos días, señor. ¿Qué tal la 
noche?» Había gentes afectuosas que le contestaban con 
agradecimiento, entablando amistosa conversación, como 
si se conociesen de larga fecha; otros, recelosos y hura- 
ños, respondían con gruñidos y continuaban su paseo. 
Las familias argentinas habían acogido al principio su 
desbordante familiaridad con una extrañeza altiva. ¡Via- 
jan tantos aventureros hacia su país!... Pero al notar que 
no era gringo^ sino gallego puro, se ablandaban, mostrán- 
dose más comunicativas, como si encontrasen algo en él 
que les hacía recordar á sus ascendientes. Algunas niñas 
hasta le habían preguntado si era amigo del rey y en 
qué época del año se daban los bailes de corte... Con los 
que no podían entenderlo se expresaba en fuerza de cor- 
tesías y guiños, que provocaban risas comunicativas. 
Las artistas de opereta prorrumpían al verle en carcaja- 
das y frases incomprensibles. 

—Aunque parezca inmodestia, debo declarar que aquí 
he caído de pie. Soy de lo más simpático á estas gentes: 



66 V. BLASCO IBÁÑBZ 

si presentase mi candidatura para algo, ni uno solo me 
negaría el voto. Todos amigos... ¡Y qué mezcla! Vienen 
ricos de fortuna indiscutible, como ese doctor y su in- 
mensa tribu que hicieron el viaje con nosotros desde 
Madrid; la viuda de Moruzaga, otra argentina, con sus 
cinco hijas, unas niñas modositas y simpáticas que reci- 
tan monólogos en francés, se entienden entre ellas en 
inglés, y á veces, por condescendencia, hablan conmigo 
en castellano; y con ellos otros propietarios de menos 
brillo, pero igualmente sólidos, que vuelven á sus estan- 
cias del interior. ¡Gentes interesantes y buenas! Yo las 
venero. Si pusieran de dos en dos sus vacas y ovejas, de 
seguro que llegarían de aquí á Buenos Aires: si coloca- 
sen en fila las gavillas de trigo que cosechan al año, 
podría formarse con ellas un cinturón que abarcase el 
globo terráqueo. 

Ojeda acogía con risas estas hipérboles, y su amigo 
pareció amoscarse. 

—Sí señor; así es, y no rebajo nada. Da orgullo tener 
unos amigos como estos... Viene también un archimillo- 
nario, un gringo, que es rey no sé de qué; creo que del 
carbón en el puerto de Buenos Aires, ó del lino, ó del 
maíz: no lo recuerdo. Los demás ricos se alejan de él 
porque no es de su clase, porque aun queda memoria de 
cuando iba con zapatones de clavos y comía polenta en 
las tabernas del muelle. Es un fundador de dinastía; un 
Bonaparte que lucha por hacerse reconocer de las otras 
familias reales, ennoblecidas por la tradición. Sus nie- 
tos serán gentes distinguidas, pero él paga su triunfo 
aguantando murmuraciones y desprecios. Me alegro de 
que lo traten mal. ¡Hombre más orgulloso! Apenas me 
contesta cuando lo saludo; parece que tenga miedo de 
que le pida algo. Su mujer, más joven que él, es una es- 
pecie de cocinera frescachona, en la que usted segura- 
mente se habrá fijado. Yo creo que no se despoja ni para 
dormir del uniforme de su riqueza: á las siete de la ma- 
ñana ya está en la cubierta con un collar de perlas, ta- 
mañas como huevos de gorrión, tan escandalosamente 
llamativas, que cualquiera, á no conocer su fortuna, las 
creería falsas... Y para completar la cuadrilla de los 
ricos vienen tres compatriotas nuestros, dos de Buenos 



LOS ARGONAUTAS 67 

Aires y uno de Montevideo, antiguos tenderos que llevan 
cuarenta años en América... Excelentes personas; honra- 
dotes, campechanos y un poco burdos. Me regalan buenos 
consejos, no me prestarían cinco duros si se los pidiese 
y dejan que pague yo cuando tomamos algo. Se los pre- 
sentaré un día de estos. Empiezan invariablemente sus 
sermones morales de un modo que inspira entusiasmo. 
«Ustedes los periodistas, que son medio locos...» «Usted, 
que no hará nada en América porque es hombre de plu- 
ma...» Y todos ellos convienen en que para hacer camino 
hay que haberse educado detrás de un mostrador, ini- 
ciándose en el sublime arte de vender por cincuenta lo 
que vale diez, gastanto sólo dos de los cuarenta de ga- 
nancia. 

Reflexionó Maltrana un buen rato para reunir sus 
recuerdos. 

— Y de los ricos de América creo haber terminado la 
lista. Pero aun viene gente más interesante. Un obispo 
italiano que viaja á expensas de una familia acomodada. 
Son gentes establecidas de antiguo en un barrio de allá 
que llaman la Boca. Lo traen á todo gasto para ense- 
ñarlo á sus amigos y conocidos y decirles: «No crean 
que somos cualquiera cosa en nuestro país. Miren este 
Monseñor, que es pariente nuestro.» Y lo rodean con ve- 
neración, como si fuese la bandera de la familia; lo lle- 
van del brazo, «Monseñor por aquí», «Monseñor por 
allá» , y el pobre jornalero eclesiástico llegado á obispo 
parece un sonámbulo, aturdido por tantos cuidados y 
honores. Yo creo que le obligan todas las noches á que 
se ponga la cruz de oro sobre el pecho para entrar en el 
comedor, y si se olvida le riñen... Viene otro cura, un 
abate francés de barbas luengas, con aire de marino, 
que ha sido contratado para dar conferencias católicas 
en un teatro de Buenos Aires. Iniciativa de las señoras 
argentinas residentes en París, que desean borrar el 
sabor de impiedad que han dejado otros. Y también te- 
nemos un conferencista de temas sociológicos, que creo 
es italiano. Hay para todos los gustos... Y cinco ó seis 
cocotas francesas, que van allá por sexta vez porque 
han recibido buenas noticias de la cosecha, las personas 
más tranquilas, calladas y modositas dea bordo; y todo 



68 V. BLASCO IBÁNEZ 

el rebaño de cabras rubias y locas de la compañía de 
opereta; y un sinnúmero de comisionistas de modas y 
joyería, machos y hembras; y unas dos docenas de co- 
merciantes alemanes establecidos en América, cuadra- 
dos, bonachones, calmosos, pero que sacan unas uñas 
de tigre cuando hablan de negocios... y judíos, muchos 
judíos. Según he leído, en el primer viaje de Colón ya 
se embarcaron dos en las carabelas, y desde entonces 
no han cesado de ir. En el Nuevo Mundo sólo hay pre- 
ocupaciones de raza para el negro, y como nadie se lija 
en ellos pierden el rencor que inspira la persecución y 
acaban por confundirse con los demás... A propósito; 
también viene un banquero de París, un señor condeco- 
rado, de barbas rojas y largas, que usted habrá visto 
por las mañanas en el paseo con las piernas envueltas 
en una piel y estudiando mamotretos llenos de cifras. 
Va al Brasil por sus negocios. Su mujer ostenta á todas 
horas un collar enorme de perlas; pero son menores que 
las de la esposa del gringo, y esto hace que las dos se 
miren con el rabillo del ojo, apretando los labios... 

Vaciló un momento para reconstituir en su memoria 
la lista de los ausentes. 

— Hay también unos americanos del Norte, en los que 
habrá usted reparado por el ruido que mueven. Van 
afeitados, con pantalones anchos y un botón en la so- 
lapa, insignia de no sé qué sociedad de su país. A todas 
horas destapan champan en el fumadero; piden la caja 
de cigarros, y meten la mano para abarcar muchos de 
una vez; cantan á gritos y son el tormento de los músi- 
cos, pues siempre están exigiendo que toquen: ¡Míusic! 
¡Miiisíc!.,, Viene también sola una dama yanqui, alta, 
buena moza. Su marido la espera en Eío Janeiro; tiene 
no sé qué negocios en el interior del Brasil... Y varias 
muchachas alemanas que van á casarse en América sin 
conocer á sus novios. El matrimonio, según parece, se 
arregla por cartas y retratos. El colono ó el mecáni- 
co que llega á establecerse en los pueblos de la Argen- 
tina ó las selvas brasileñas, envía una carta á su pue- 
blo: «Kemítanme una muchacha de estas y las otras 
condiciones. Ahí van tres mil marcos para ropa y el 
pasaje.» Y la muchacha se embarca sin conocer al fu- 



LOS ARGONAUTAS 69 

turo esposo más que en busto fotográfico; y su única 
preocupación es que al verle resulte de buena estatu- 
ra... Hay también... Pero aquí, amig-o Ojeda, no sé 
qué decir. 

Pareció dudar Maltrana y al ñn añadió: 
- Hay una señorita que va con sus padres, la gentil 
Nélida, mezcla de caracteres y sang-res que desorienta 
al más listo, y le confieso que me da mucho que pensar. 
Su padre es alemán, su madre de una de las repúblicas 
del Pacífico; ella nació en Argentina, pero desde los 
nueve años ha vivido en Berlín. Es esa muchacha que 
usted habrá visto en el paseo, siempre acompañada de 
hombres; muy alta, esbelta, con la falda corta, tan ce- 
ñida, que no puede dar un paso sin que la tela moldee 
todo su cuerpo. Lleva el pelo cortado en melena de paje, 
lo mismo que las cupletistas... Yo no he conocido Ivdstti 
ahora pájaros de esta especie. Allá en Madrid la gente 
es de menos complicaciones... Tenemos también unos 
cuantos muchachos bien trajeados, de vaga nacionali- 
dad, que hablan con soltura diversos idiomas. No los he 
calado bien. Pueden ser comisionistas de comercio que 
fingen aires de personaje, barones arruinados en busca 
de una americana rica, ó ladrones elegantes como los 
de las novelas. ¡Vaya usted á saber!... Pero aquí ter- 
mina mi relato por ahora. Ya vuelve la gente de tierra. 
Vamos abajo, á oir sus impresiones de Tenerife. 

En la cubierta de paseo continuaba la bulliciosa fe- 
ria. Los pasajeros habían terminado sus compras, y eran 
ahora las camareras del buque y los steivard los que 
aprovechaban los últimos momentos para hacer sus ad- 
quisiciones con mayor baratura. En el viaje de regreso 
el Goethe no tocaba en Tenerife para hacer carbón, y 
olios, con el pensamiento puesto en Hamburgo, compra- 
ban vistosas telas, pañuelos y manteles para regalarlos 
á los que les esperaban allá. 

Maltrana se detuvo junto á un indostánico que re- 
gateaba con una joven. Estaba ella en el quicio de una 
puerta, temerosa de dejarse ver á la luz del sol y mos- 
trando al mismo tiempo su casi desnudez, cubierta con 
un simple kimono rosa, que transparentaba el contorno 
de su cuerpo. Los brazos y parte del pecho delataban 



70 V. BLASCO IBÁSbZ 

la frescura de un baño reciente. Se había levantado 
tarde y acababa de subir á toda prisa á la cubierta para 
hacer sus compras, antes de que se marchasen los ven- 
dedores. El hombre cobrizo ensalzaba la riqueza de una 
túnica azul con ramajes y pájaros blancos que ella tenía 
entre sus manos. 

—Me pide dos libras, ¿qué le parece?— dijo la joven 
sonriendo á Maltrana, mientras éste daba con el codo á 
su compañero. 

Ojeda adivinó por esta señal que era Nélida. Ella le 
miró sonriente, con la misma sonrisa que dedicaba á 
todos los hombres. Por primera vez se fijaba en él. Fer- 
nando la vio más alta, más joven que Teri, pero con un 
aspecto vulgar y atrevido que le fué antipático. Sólo sus 
ojos de pupilas de ámbar, que tomaban con la luz un 
reñejo de oro, le recordaron ¡ay! los otros. Tal vez no 
eran iguales; pero él los llevaba abiertos y brillantes en 
su imaginación, y la más leve semejanza le hacía creer 
en una identidad completa. 

— Me quedo con esto— dijo Nélida mirando amorosa- 
mente la asiática vestidura — . Pero no tengo dinero: ha- 
brá qae pedir las dos libras á mamá... ¿No han visto 
ustedes á mamá? 

Y sin aguardar la respuesta, desapareció escalera 
abajo entre el revoloteo de la tela rosa, semejante á 
tenue nube que transparentaba la firme silueta de su 
cuerpo desnudo. 

Aparecieron en el paseo los excursionistas llegados 
de tierra. Pegábanse á los flancos del trasatlántico las 
lanchas de vapor para devolverle su cargamento huma- 
no. Las mujeres, llevando grandes ramos de flores, co- 
rrían hacia sus camarotes ó charlaban con las amigas 
que se habían quedado en el buque, lo mismo que si 
regresasen de una larga expedición. ¡Venían de Es- 
paña! ¡ya conocían España! Ún país más que añadir á 
sus relatos de viajes. 

Los hombres, con anchos sombreros empolvados, los 
gemelos pendientes de un hombro y empuñando toda- 
vía el bastón de paseo, hablaban solemnemente de su 
viaje. Para muchos era el primer suelo que habían pi- 
sado después de su salida de Hamburgo ó de París. El 



LOS ARGONAUTAS 71 

buque se había detenido muy poco en Vigo y en Lisboa. 
Comentaban á coro el atraso y la pereza de aquella tie- 
rra. Todas las lecturas antiguas sobre España, todos los 
prejuicios y errores tradicionales reaparecían de go]i>e 
con sólo un paseo de dos horas por una isla de África. 
El «doktor» alemán, que pedía una corrida de toros á 
las siete de la mañana, alardeaba de sus conocimientos 
hispánicos llamando «cuadrilleros» á todos los que ha- 
bía encontrado en tierra vistiendo uniforme. También 
hablaba de familiares de la Inquisición, recordando á 
los curas gordos y morenos que salían de la iglesia en 
busca del casero chocolate, luego de decir su misa. 

Se lamentaba un joven belga, al que muchos llama- 
ban «barón», de las calles en cuesta y de los coches. ¡Ni 
un solo automóvil!... Las mujeres, asomadas á las ven- 
tanas como odaliscas. 

— Y pensar—dijo Ojeda á su amigo— que tal vez algu- 
no de éstos escrii)irá un artículo titulado «Mi viaje á 
España». 

Un hombre subido de color, con vistosa corbata y 
pantalones recogidos á la inglesa, esforzaba su acento 
lento y meloso para demostrar indignación. 

—¡No me diga!... ¡Valiente zoquete fui en bajar! Cua- 
tro veses he ido á Europa, y nunca he querido conoser 
la España. Ahí no hay adelantos: ahí no hay nada. A 
raí déme usted la Inglaterra... Ojalá nos hubiesen des- 
cubierto los ingleses. Yo estoy por lasivilisasión, ¿sabe, 
amigo?... Mucha sivilisasión. 

Maltrana sonrió al mismo tiempo que lo mostraba á 
su amigo. 

— Ese que habla es Pérez... Pérez de no sé qué repu- 
bliquita de las que dan cara al Pacífico. Me han dicho 
que en su país para ser algo hay que probar que se des- 
ciende de ocho abuelos indios y media docena de ne- 
gros. El blanco queda abajo. Desde la bendita indepen- 
dencia no han podido rascarse con tranquilidad. Todos 
los años corren á un presidente y de vez en cuando 
fusilan al que alcanzan y queman el cadáver para que 
no deje semilla. «Y yo estoy por la sivilisasión, ¿sabe, 
amigo?...» Vamonos allá para no oirle. 

Se sentaron en el extremo del paseo que daba sobre 



72 V. BLASCO TTJÁÑEZ 

proa, entre las ventanas clel salón y una gran vidriera, 
desde la cual se abarcaba toda la parte anterior del na- 
vio. En el castillo de proa algunos marineros empezaban 
los preparativos para levar el ancla. Oficiales y contra- 
maestres recorrían la cubierta empujando á los vende- 
dores, haciéndoles cerrar á toda prisa sus fardos, cor- 
tando bruscamente la tenacidad de los últimos regateos. 
Deslizábanse los paquetes colgando de cuerdas desde 
las bordas á los botes, que cabeceaban en torno de la 
escala. Los nadadores lanzaron sus últimos gritos: «Ca- 
ballero, un marco. Eche un marco, caballero, que se va 
el vapor.» 

— Confieso, amigo Ojeda — dijo Maltrana, — , que siento 
la emoción del que se ve ante la boca negra de una ca- 
verna y se pregunta: «¿Qué habrá dentro?...» Aquí la 
caverna es azul y luminosa, pero la inquietud no por 
esto resulta menor... ¿Qué voy á encontrar más allá de 
esta isla? ¿Cuándo volveremos por aquí? Afortunada- 
mente contam^os con el apoyo de la esperanza... la espe- 
ranza buena y equitativa para todos, pues á todos los 
que vamos en este cascarón nos asiste por igual... Yo 
hago este viaje por ganar dinero, por el ansia de saber 
qué es eso de la riqueza; y no lo hago sólo por mí. Ten- 
go un hijo, y aunque uno se ría de ciertos burgueses que 
justifican sus malas acciones y sus latrocinios con la 
cualidad de padres de familia, crea usted que esto de la 
paternidad nos impulsa á grandes cosas y nos hace va- 
lerosos como héroes... Usted también va allá por el ansia 
de dinero. Un hombre de su clase, que tiene lo que usted 
tenía en Madrid (¡yo lo sé todo!) no cambia de vida sin 
un motivo poderoso. 

— Yo... — dijo Fernando con perplejidad — : sí... por el 
dinero, como usted... Y ¡quién sabe! Tal vez por algo 
que no es la riqueza; por otros deseos menos explica- 
1)1 es. 

Había reflexionado mucho durante la noche ante- 
rior, y ahondando en sus decisiones, encontraba en ellas 
motivos inconscientes, no sospeclmdos hasta entonces, 
que le hacían avanzar con un empujón tan rudo como 
el deseo de riqueza. Parecía cantar en sus oídos la poé- 
tica romanza de Heine, en la que describe cómo el caba- 



LOS ARGONAUTA AS 73 

llero Tanhauser se arrancó de los brazos de Venus por 
sólo el gusto de conocer de nuevo el dolor humano. «;0h 
Venus, mi bella dama! Los vinos exquisitos y los tiernos 
besos tienen ahito mi corazón. Siento sed de sufrimien- 
tos. Hemos bromeado mucho, hemos reído demasiado: 
las lágrimas me dan ahora envidia, y es de espinas y 
no de rosas que quiero ver coronada mi cabeza!...» El 
hombre vive en eterno descontento. Tal vez huya él 
también, como el poeta amante de la diosa, por hartura 
de felicidad y sed de dolores. 

De pronto, junto á ellos, rompió á tocar la banda de 
música una marcha triunfal. El techo del paseo y los 
gruesos cristales del mirador temblaron con el rugido 
armonioso de los cobres. 

—Ya zarpa el buque— dijo Maltrana levantándose de 
un salto—. Mire usted cómo se va moviendo la isla. 
;Nos vamos! ¡nos vamos!... Eso que toca la música es 
magníñco; jamás he oído nada tan solemne; es el saludo 
á la esperanza, la gran marcha triunfal de la ilusión. 

Y como poseído de un irresistible deseo de movilidad, 
huyó de su amigo. 

¡La esperanza!... Ojeda, sin abandonar su asiento 
tornó á verse lejos, muy lejos, como en la tarde anterior. 
Estaba en París, y María Teresa volvía de una excur- 
sión á las tiendas de modas. Esta vez era un libro su 
única compra. Lo había adquirido en los almacenes del 
Louvre, entusiasmada por su baratura y hermosa en- 
cuademación. ¡Adorable Teri! ¡Siempre mujer! Ella, á 
la que concedía Fernando más talento que á muchas 
hembras literarias, compraba sus libros en las tiendas 
de modas entre una pieza de encajes y una docena de 
guantes 

Era una traducción francesa de las tragedias de Es- 
quilo. En días sucesivos leyeron con las cabezas juntas, 
como los amantes adúlteros del poema dantesco. «¡Qué 
hermoso! — exclamaba ella — . ¿Y dices que esto tiene mi- 
les de años? ¡Si es de lo más moderno! ¡Si parece de 
ahora!...» Llevada de su caprichosa imaginación, lamen- 
tábase de que las palabras nobles y melancólicas de 
Prometeo no fuesen acompañadas de música. «Una mú- 
sica de Wágner, ¿me entiendes? de nuestro amado don 



74 V. BLASCO IBÁÑBZ 

Ricardo... O mejor de Beethoveii; algo así como la iVb- 
vena Sinfonía.» Fernando recordaba la escena que los 
había hecho comulgar á los dos en el estremecimiento 
de la admiración. Prometeo, encadenado á la roca; y en 
torno de él, chapoteando en las olas, las clementes Oceá- 
nidas, las ninfas del mar apiadadas del suplicio del 
héroe. «¿Qué has hecho, desgraciado, para que así te 
castiguen los dioses?» «He enseñado á los mortales á 
que no piensen en la muerte», contesta Prometeo. «¿Y 
cómo lo conseguiste?» «Les he hecho conocer la ciega es- 
peranza.» 

Y durante millares de años reinaba sobre el mundo 
la divinidad benéfica y consoladora que el héroe som- 
brío había dado á los humanos, pagando esta generosi- 
dad con el tormento de sus entrañas rasgadas por el 
águila, «perro alado de Zeus». Ella conducía los reba- 
ños de hombres en armas; ella había aleteado ante las 
proas de los descubridores; ella conmovía con su paso 
quedo el silencio cerrado donde meditan sabios y artis- 
tas; ella guiaba las muchedumbres ansiosas de bienestar 
y amplio emplazamiento que se descuajan de un hemis- 
ferio para ir á replantarse en el otro. 

Fernando la vio; la vio venir con sus ojos entorna- 
dos, por encima del azul del mar, como una burbuja de 
oro desprendida del sol, como un harapo de luz que 
acabó por detenerse sobre el filo de la proa, lo mismo 
que las imágenes divinas que adornaban las naves de 
los primeros argonautas. 

Sus alas se tendían majestuosas en el éter como ve- 
las cóncavas; su túnica arremolinábase atrás, en plie- 
gues armoniosos, impelida por el viento. Era igual á la 
Victoria de Samotracia, y lo mismo que á ella, le fal- 
taba la cabeza. 

Por esto acabó de conocerla Ojeda. Ella no piensa; 
ella no tiene ojos... 

Era la esperanza, la ciega esperanza que con el 
avance de su torso señalaba al Sur. 



III 



Después del almuerzo los pasajeros del Goethe oyeron 
sonar á proa la banda de música, con la lejanía soño- 
lienta que infunde la inmensidad del Océano á todas las 
vibraciones. 

— Van á vacunar á los de tercera — dijo Maltrana, 
siempre enterado de lo que ocurría en el buque. 

Estaban aún frente á la isla, costeando sus rugosas 
montañas, pétreo oleaje de antiguas erupciones llegadas 
liasta el mar. Bajaban por las laderas como ovejas en 
tropel blancas viviendas, medio ocultas algunas de ellas 
en los repliegues sombreados de verde. Por encima de 
las cumbres iba pasando la caperuza nevada del Teide 
como una cabeza curiosa, ocultándose ó apareciendo se- 
gún el buque marchaba cerca ó lejos de la costa. 

Maltrana no podía mantenerse tranquilo en el jar- 
dín de invierno mientras tomaba el café con Fernando. 
Ocurría á bordo algo extraordinario sin que él lo pre- 
senciase. 

—¿Le parece que vayamos á ver la gente de tercera? .. 
Debe ser interesante. 

Descendieron las escaleras de dos pisos y saliendo del 
castillo central viéronse en la explanada de proa, al pie 
del palo trinquete. Bajo el gran toldo que sombreaba este 
espacio aglomerábase el hedor sudoroso de una muche- 
dumbre. El médico del buque y varios ayudantes, todos 
con blusas blancas, ocupaban el centro junto á una mesa 
cargada de botiquines. Y al son de la música pasaban 
los emigrantes en interminable fila, todos con un brazo 
descubierto que presentaban á la lanceta del vacuna- 
dor. El primer oficial, secundado por los ayudantes de 



76 V. BLASCO ibAnrz 

la comisaría, organizaba el desfile, cuidando de que 
todos después de arremangarse el brazo presentasen con 
Ja otra mano el papel de su pasaje. 

El acto de la vacunación era á la vez un recuento. 
Al partir de Tenerife, última escala del viejo mundo, 
empezaba el gran viaje; nadie había de entrar en el 
buque hasta América, y la comisaría necesitaba cono- 
cer el número de las gentes que iban á bordo. Los ma- 
rineros recorrían los sollados,, los obscuros pasadizos, 
las bodegas, hasta los más apartados rincones, en busca 
de viajeros ocultos, empujando á los fugitivos que pre- 
tendían evitarse esta operación. 

Los oficiales alemanes llamaban á cada momento 
para dar sus órdenes á un empleado de la comisaría, 
hombre grueso y de bigotes canos que se expresaba en 
distintos idiomas, pasando de uno áotro con asombrosa 
facilidad. Maltranay él se saludaron afectuosamente. 

— Ese es don Carmelo — dijo á Ojeda — , un compatrio- 
ta nuestro. Habla todas las lenguas de Europa; además 
el árabe, y creo que un poco el japonés. Y con toda su 
sabiduría aquí le tiene usted ganando unos cuantos mar- 
cos, sin otra satisfacción que ostentar una gorra de uni- 
forme y que los emigrantes le llamen oficial. Lo busco 
todos los días en su despacho, que está abajo, siempre 
con la luz encendida, y charlamos de lo que ocurre en 
el buque. ¡Qué hombre! Ahí donde le ve, hizo sus estu- 
dios en Málaga, él sólito, yendo por el puerto de barco 
en barco y diciendo á todo marino que encontraba abu- 
rrido: «Vamos á echar un párrafo en su idioma, com- 
pañero.» 

Mientras hablaba Isidro de la mujer y los hijos de 
su amigo, andaluces trasplantados á Hamburgo, y de 
las escaseces pecuniarias de éste, que le obligaban á 
buscar entre los pasajeros ricos uno que quisiera entre- 
tener los ocios de la travesía estudiando idiomas, don 
Carmelo gritó con el acento de su tierra: 

— ¡Too Dios con er papé en la mano! ¡que se vea bien! 

Y repetía la orden en italiano, en francés, en portu- 
gués y en árabe. 

Habían desfilado los hombres, y eran ahora las mu- 
jeres con una escolta de chiquillos las que se iban pre- 



LOS ARGONAUTAS 77 

sentando á recibir la vacunación. Pasaban ante el mé- 
dico brazos membrudos con la blancura y la firmeza de 
la carne septentrional; brazos grasosos en los que se 
hundían los dedos de los operadores; brazos de redondez 
ambarina, semejantes á los de las mujeres de Ticiano. 
pero que ostentaban en su parte alta un obscuro trián- 
gulo de roñosa suciedad. 

Luchaban al destaparse las mujeres con las mangas 
de la camisola ó de la gruesa elástica, y en este forcejeo 
se les abría el pecho, mostrando escapularios y meda- 
llas sobre las flacideces de la maternidad. Las hembras 
árabes, morenas y huesosas, iban casi desnudas bajo 
sus batones rayados; las gruesas napolitanas, de cabello 
revuelto y ojos de brasa, devolvían al corpino con tran- 
quilo impudor las saltonas exuberancias surgidas al 
desabrocharse; las castellanas angulosas, de pelo acei- 
toso y retinto, peinadas como vírgenes prerraiaelistas, 
cubrían prontamente su brazo con triples forros y se 
alejaban ruborizadas, moviendo la corta y bailarinesca 
balumba de los zagalejos trasudados. Unos chiquillos 
berreaban agarrándose á sus madres, trémulos de pavor 
al ver las blusas blancas de los operadores; otros, con el 
sombrero en el cogote y mostrando la sonrisa marfileña 
de sus dientes de lobo, se disputaban por quién avanza- 
ría primero el brazo, como si aquello fuese una fiesta. 

Maltrana explicaba á su amigo el orden en que iban 
divididos los emigrantes. La proa era para «los latinos»: 
españoles, italianos, portugueses, franceses, árabes, ju- 
díos del Mediodía y hasta egipcios. Nadie podía adivi- 
nar el latinismo de estas últimas gentes; pero así los 
había encasillado la comisaría. En la parte de popa se 
aglomeraban otras naciones: alemanes, rusos y judíos, 
muchos judíos de diversas procedencias, polacos, galit- 
cianos, rutenos, moscovitas y balkánicos, cocinando 
aparte según las preocupaciones y ritos de su religión, 
lios israelitas llevaban carne sacrificada por los rabinos 
de Hamburgo. La bulliciosa latinidad gozaba el privile- 
gio sobre las otras castas de beber vino en las comidas 
dos veces por semana y tomar chocolate al amanecer 
otras dos veces, en vez del café habitual. 

Las lamentaciones de don Carmelo que juraba para 



78 V. BLASCO IBÁÑBZ 

él solo con grandes aspavientos, interrumpieron á Mal- 
trana. 

—¡Mardita sea mi arma! Ya me extrañaba yo que 
hisiésemos er viaje sin sorpresas. ¡Pero cámara: que no 
haya medio de librarse de esa gente!... 

Cambió algunas palabras en alemán con el primer 
oñcial y luego gritó á unos camareros españoles que es- 
taban al servicio de «los latinos»: 

— A vé esos güenos mozos; ¡tráiganlos pa acá! 
Avanzaron seis jóvenes, con la cabeza descubierta, 
las ropas haraposas y los pies metidos en zapatos rotos 
ó alpargatas deshilacliadas. 

— ¿De moo que no tenéis pasaje y os habéis metió aquí 
de polisones sin má ni má, como si esto juese la casa é 
toos? ¿Y creéis que esto va á quear ansí?... Tú, ¿de onde 
eres? 

Y los seis polisones fueron contestando al interroga- 
torio de don Carmelo. Uno era de Tenerife y los restan- 
tes procedían de Andalucía y Galicia. Se habían intro- 
ducido ocultamente en varios buques que los echaron en 
tierra al llegar á Canarias. ;Y á buscar de nuevo un es- 
condrijo en la bodega de otro barco!... Así pensaban 
llegar, fuese como fuese, adonde se habían propuesto. 
Los seis querían ir á Buenos Aires, y como bestias hu- 
mildes, resignadas de antemano á los golpes que creían 
merecer, bajaban las cabezas, contentos con su desgra- 
cia si lograban alcanzar el término del viaje. 

Don Carmelo habló en voz baja con el primer oficial. 

— Etá bien — dijo solemnemente—. Pero como aquí 

nadie viene sin pasaje y el buque no pué retroceer por 

vosotros, vais á golveros nadando á Tenerife. La isla 

está ahí cerquita. 

Y señalaba la costa que se veía en lontananza, entre 
la borda del buque y el filo del toldo. El oficial se acari- 
ciaba impasible la barba rubia mientras el intérprete 
traducía sus órdenes. Las mujeres abrían los ojos con 
asombro y terror. 

— Que pongan una escaleriya pa que sartén con más 
faciliá — ordenó don Carmelo. 

Los camareros le obedecieron, colocando una peque- 
ña escalera contra la borda, mientras el intérprete repe- 



LOS ARGONAUTAS 79 

tía la orden. «¡Al agua, muchachos! E un remojonsito 
na más.» 

Los polisones de más edad seguían con la cabeza 
baja, entre incrédulos y aterrados, dudando de que esta 
orden pudiese ser cierta, pero dudando igualmente de 
que todo fuese una burla, habituados á durezas y casti- 
gos en los buques que les habían servido de refugio. 
Uno que era casi un niño se atrevió á mirar por encima 
de la borda, apreciando con ojos de espanto la distancia 
enorme que se extendía entre el buque y la costa. 

— ¡Yo no quiero!... ¡no quiero morir!... ¡Yo quiero irá 
Buenos Aires! ¡Madre!... ¡Mamita! 

Y se echó al suelo gimiendo, agitando las piernas 
para repeler á los que se acercasen. Comenzaron á par- 
tir suspiros y exclamaciones de los grupos de mujeres. 
Don Carmelo miró al primer oficial, que seguía acari- 
ciándose la barba. 

— Güeno, niños; será pa más tarde. A la noche os 
iréis nadando. Mientras tanto que os vacunen y luego 
comeréis... A ver: unos pantalones viejos pa estos güenos 
mozos; no es caso de que vayan enseñando las vergüen- 
sas al pasaje... Pero queda convenido, ¿eh, niños? á la 
noche os marcharéis nadando. 

Súbitamente, tranquilizados \o^ polisones, se dejaron 
llevar por los marineros, que los empujaban rudamente, 
acogiendo este trato con humildad y agradecimiento. 

— Hay que ser enérgico — dijo don Carmelo á los dos 
amigos, poniendo un gesto feroz — . Si no juese así, too 
er buque se llenaría de gente sin pasaje. Cuatro van á 
ir á las máquinas; siempre hasen farta fogoneros; y los 
dos más pequeños ayudarán á la limpiesa de las cubier- 
tas. Podíamos desembarcarlos en Río Janeiro, pero er 
comandante es bueno y de seguro que los yevaremos 
hasta Buenos Aires. Los tunantes van á salirse con la 
suya. 

La música continuaba sonando y se reanudó el des- 
file de los brazos arremangados ante el grupo de blusas 
blancas. 

Ojeda estaba impresionado por la escena anterior. 
Creía oir aún los gemidos del mozuelo pataleando en la 
cubierta. «¡Yo no quiero morir! ¡Yo quiero ir á Buenos 



80 V. BLASCO IBÁÑEZ 

Aires!...» El vagabundo de los puertos tenía la misma 
ilusión que él y casi todos los que habitaban las cubier- 
tas superiores. Dormitando entre los fardos y barricas 
de un muelle, había visto también á la diosa alada y sin 
cabeza; había sentido la caricia de la esperanza. Y allá 
marchaban todos, afrontando la nostalgia del recuerdo 
ó las necesidades del presente; revueltos, confundidos, 
igualados por la ilusión común... ¡Buenos Aires! ¡Qué 
magia poderosa la de este nombre, que hacía correr á 
los miserables, como ratones hambrientos, para ocultar- 
se en las entrañas de los buques!... 

Se impacientó Maltrana ante la monotonía del des- 
lile 

— Después de éstos vacunarán á los de popa: gente 
menos limpia y presentable que «los latinos», con largas 
melenas y gabanes de piel de carnero. Arriba estaremos 
mejor. 

Y subieron á lo más alto del buque, á la cubierta de 
los botes, buscando la sombra de un toldo y dos sillones 
libres para descansar en la soledad azul impregnada de 
luz. La mayoría del pasaje prefería quedarse abajo re- 
fugiada en la suave penumbra de la cubierta de paseo. 

Maltrana saludó á una señora que leía tendida en un 
largo sillón, la espalda sobre un cojín, mostrando entre 
la flor nivea y rizada de su faldamenta el arranque de 
unas piernas enfundadas en seda blanca y los altos ta- 
cones de los zapatos. Fernando, advertido por el codo 
del compañero, se ñjó en sus cabellos, de un rubio obs- 
curo, recogidos en forma de casco; en sus ojos claros y 
temblones como gotas de agua marina, que se elevaron 
unos instantes del libro para mirarle con tranquila fije- 
za; en el color blanco de su cuello, una blancura de 
miga de pan, ligeramente dorada por el sol y la brisa 
del mar. 

— Es la yanqui, la señora que come cerca de nuestra 
mesa — murmuró Isidro — . Habla con poca gente; apenas 
se saluda con algunas viejas de á bordo; rehuye el trato 
de los demás. Yo soy el único hombre con quien cambia 
el saludo, pero cuando intento hablarla finge que no me 
entiende... Y sin embargo adivino en ella un carácter 
alegre y varonil; debe ser un agradable compañero; no 



LOS ARGONAUTAS ' 81 

hay más que ver con qué gracia sonríe. jQué hoyuelos 
tan cucos se le forman junto á la boca! ¡cómo se le ater- 
ciopelan los ojos!.. Pero no hay confianza todavía en- 
tre las gentes de á bordo; parece que estamos todos de 
visita. 

Sentáronse á alguna distancia de la norteamericana 
y ésta volvió á bajar los ojos sobre el libro, ladeándose 
en su sillón para ignorar la presencia de los recién lle- 
gados. 

Tenían ante ellos el azul del Océano, liso, denso, sin 
una arruga, y en el fondo, por la parte de popa, un 
triángulo de sombra que empañaba el horizonte, una 
especie de nube gris y piramidal, que era la isla... Cal- 
ma absoluta. Sentados en mitad de la cubierta, no al- 
canzaban á ver las espumas que la velocidad de la mar- 
cha arremolinaba contra los flancos del buque. Desde 
esta altura sus ojos abarcaban únicamente el segundo 
término, ó sea el mar inmóvil, que parecía cubierto de 
una costra diáfana y transparente, una costra de vidrio 
reflejando el azul denso y pastoso de la profundidad. A 
no ser por las vedijas negras que se escapaban de la 
chimenea, para quedar flotando en la calma bochornosa 
de la tarde, se hubiese podido creer que el buque no 
marchaba... Y la isla siempre á la vista, como los países 
encantados de las leyendas que parecen avanzar tras los 
pasos del que huye. 

Un silencio de sesteo extendía su paz abrumadora 
sobre la cubierta inundada de luz. Bajo los toldos se 
percibían leves ronquidos, acompasadas respiraciones, 
dorsos vueltos al exterior sobre las sillas largas, cabe- 
zas incrustadas en almohadas ó descansando sobre el 
respaldo, con los ojos entornados y la boca abierta á la 
frescura de la sombra. Crujía el piso en los lugares cal- 
deados, bajo el paso tardo de algún transeúnte. Subían 
los ecos de la música, lejanos, adormecidos, como si 
surgiesen de las profundidades del mar. Venían del otro 
lado de la chimenea gritos de niños y choques de ma- 
deras, revelando los diversos incidentes de un juego es- 
portivo. El sol de la tarde incendiaba todo el poniente 
con su lluvia cegadora. 
. —¿Por qué llamarían á esto el «Mar Tenebroso»? 



82 V. BLASCO IBÁÑBZ 

— djjo Maltrana, que no podía permanecer callado largo 
tjempo. 

Estas palabras despertaron en los dos el recuerdo 
de antiguas lecturas. Ojeda pensó en su drama poético 
de los conquistadores, cuya preparación le había obli- 
gado á estudiar la epopeya de los navegantes que des- 
cubrieron las tierras vírgenes. Isidro se acordó de los 
trabajos realizados en su época de mercenario de la lite- 
ratura, cuando andaba á caza de notas en bibliotecas y 
archivos para la confección de un libro que había de 
firmar cierto personaje, ansioso de entrar en una Aca- 
demia. 

— Siempre es tenebroso lo que ignoramos — contestó 
Ojeda—. Una nube en el horizonte, ó varios días sin sol, 
bastaron para llamar Tenebroso á un mar en el que se 
avanzaba con indecisión, temiendo las sorpresas del 
misterio y el perder de vista las costas. Yo confieso 
que la geografía del Mar Tenebroso, antes de que la 
brújula hiciera posibles las largas exploraciones, es una 
geografía que me encanta y rejuvenece: algo así como 
esos cuentos de hadas que nos deleitan como un perfume 
de flores marchitas al evocar las primeras impresiones 
de la niñez. 

Y los dos enumeraron en su animada conversación 
todos los intentos de los hombres, desde remotos siglos, 
por romper el misterio del Mar Tenebroso. Los nautas 
cartagineses bajaban hacia el Sur por las costas de Áfri- 
ca, trayendo, después de un periplo de varios años, col- 
millos de elefantes, que suspendían de los templos, ador- 
nos vistosos, pellejos de hombres peludos y con rabo que 
debieron ser envolturas de grandes orangutanes. Y tal 
valor concedía el Senado á estos descubrimientos, que 
guardaba como un secreto de Estado la ruta de los na- 
vegantes, viendo en las tierras lejanas un seguro refu- 
gio para su pueblo si una guerra infortunada hacía ne- 
cesaria la expatriación. 

En este mar de las tinieblas, más allá de las colum- 
nas de Hércules, habían colocado Homero y Hesíodo el 
Elíseo, morada de los bienaventurados, las Gorgonias, 
tierra de eterna primavera, y las Hespéridas, con sus 
manzanas de oro, guardadas por un dragón de fuego. 



LOS ARGONAUTAS 83 

Luego eran los navegantes árabes los que se lanzaban 
en el mar de las tinieblas, y sus geógrafos poblaban el 
misterio de las soledades marinas con poéticas invencio- 
nes, aderezando los descubrimientos lo mismo que un 
cuento de Las mil y una noches. El emir Edrisi hablaba 
de las islas de Uac-uac, último término del mundo en el 
siglo XII por la parte de Oriente: islas tan abundantes 
en riquezas, que los monos y los perros llevaban colla- 
res de oro. Un árbol, del que había grandes bosques, 
daba su nombre á las islas: el uac-uac, llamado así por- 
que gritaba ó ladraba con iguales sonidos á todo el que 
ponía por vez primera el pie en el archipiélago. Y este 
árbol tenía en la extremidad de sus ramas primero 
abundantes flores, y luego, en vez de frutas, hermosas 
muchachas, vírgenes beldades, que podían ser objeto de 
exportación para los harenes. 

Por el Occidente habían avanzado los hermanos Al- 
magrurinos, ocho moros vecinos de Lisboa que mucho 
antes de 1147 — año en que los musulmanes fueron ex- 
pulsados de la ciudad — juntaron las provisiones necesa- 
rias para un largo viaje, «no queriendo volver sin pene- 
trar hasta el extremo del Mar Tenebroso». Así descubrían 
la isla de «los carneros amargos» y la isla de «los hom- 
bres rojos», pero se vieron obligados á tornar á Lisboa 
faltos de víveres, ya que no podían comer por su mal 
sabor los carneros de las tierras descubiertas. En cuanto 
á los «hombres rojos», eran de gran estatura, piel rojiza 
y «cabellera no espesa, pero larga hasta los hombros»; 
rasgos que hicieron pensar á muchos si los hermanos 
Almagrurinos habrían llegado á tocar en alguna isla 
oriental de América. 

Al mismo tiempo que la geografía árabe hacía surgir 
tierras del Mar Tenebroso, la leyenda cristiana lo po- 
blaba con islas no menos maravillosas. Cuando los moros 
invadían la Península derrotando al rey Roderico, una 
muchedumbre de cristianos, llevando á su frente á siete 
obispos, se había embarcado, para huir Océano aden- 
tro, hasta dar con una isla en la que fundaban siete ciu- 
dades. Muchos navegantes portugueses, arrebatados por 
la tempestad, habían ido á parar á esta isla, donde eran 
magníficamente tratados por gentes que hablaban su 



84 V. BLASCO IBÁÑBZ 

mismo idioma y tenían iglesias. Pero así que intentaban 
volverse á su tierra, se oponían los habitantes, deseosos 
de que se guardase secreta la existencia de la «Isla de 
las Siete Ciudades». Unos que habían logrado regresar, 
enseñaban arenas de aquellas playas, que eran de oro 
casi puro. Pero al armarse nuevas expediciones para ii* 
á su descubrimiento, jamás se acertaba con el camino. 

Otra isla, la de San Brandan ó San Borombón, ocu- 
paba á las gentes de mar durante varios siglos; isla fan- 
tasma que todos veían y en la que nadie llegaba á poner 
el pie. San Brandan, abad escocés del siglo VI, que llegó 
á dirigir tres mil monjes, se embarcaba con su discípulo 
San Maclovio para explorar el Océano en busca de unas 
islas que poseían las delicias del Paraíso y estaban ha- 
bitadas por inñeles. Durante la navegación, un día de 
Navidad, el santo ruega á Dios que le permita descubrir 
tierra donde desembarcar para decir su misa con la 
debida pompa, é inmediatamente surge una isla ante 
las espumas que levanta la galera. Terminados los ofí- 
cios divinos, cuando San Borombón vuelve al barco con 
sus acólitos, la tierra se sumerge instantáneamente en 
las aguas. Era una ballena monstruosa que por mandato 
del Señor se había prestado á este servicio. 

Después de vagar años enteros por el Océano, des- 
embarcan en una isla, y encuentran, tendido en un se- 
pulcro, el cadáver de un gigante. Los dos santos monjes 
lo resucitan, tienen con él conferencias interesantes, y 
tan razonable y bien educado se muestra, que acaban 
por convertirle al cristianismo y lo bautizan. Pero á los 
quince días el gigante se cansa de la vida, desea la 
muerte para gozar de las ventajas de su conversión en- 
trando en el cielo, y solicita permiso cortésmente para 
morirse otra vez, petición razonable á la que acceden 
los santos. Y desde entonces ningún mortal logra pene- 
trar en la isla de San Borombón. Algunos marineros de 
las Canarias la ven de muy cerca en sus navegaciones; 
los hay que llegan á amarrar sus bateles en los árboles 
de la orilla, entre restos de buques cubiertos de arena, 
pero siempre surge una tempestad inesperada, un tem- 
blor de tierra, y el mar los arroja lejos. Y pasan siglos 
y siglos sin que nadie ponga el pie en sus playas. Los 



LOS ARGONAUTAS 85 

habitantes de Tenerife la veían claramente en ciertas 
épocas del año y se presentaban á las autoridades cien- 
tos de testigos declarando su configuración: dos grandes 
montañas con un valle verde en el centro. 

— América estaba descubierta por entero — dijo Oje- 
da — cuando todavía enviaban los vecinos de Tenerife 
expediciones á su costa, por estas aguas, en busca de 
la famosa tierra de San Borombón. Y la isla, que se de- 
jaba ver perfectamente desde lo alto de las montañas, 
difuminábase en el horizonte y acababa por perderse 
cuando alguien iba á su encuentro en un buque. Hubo 
muchas expediciones, unas pagadas por los regidores 
de la isla, otras de particulares, pero todas sin éxito; y 
la gente, cada vez más convencida de la existencia de 
San Borombón, achacaba estos fracasos á la impericia 
de los expedicionarios antes que renunciar al encanto 
de lo maravilloso. Casi todos los mapas de la época si- 
tuaban esta isla en las inmediaciones de las Canarias, y 
ochenta años antes de la independencia de las colonias, 
cuando la América española iba ya pensando en decla- 
rarse mayor de edad, todavía salió de Tenerife una ex- 
pedición mandada por un caballero respetable, y como 
se trataba de empresa misteriosa, iban con él dos frailes 
en el buque. Algunos creían que esta isla fantasma era 
el lugar del Paraíso terrenal, donde viven en bienaven- 
turanza eterna Elias y Enoch... La santa poesía se apro- 
vecha siempre de las ficciones populares, y por esto el 
Tasso, al encantar al caballero Rinaldo en los mágicos 
jardines de Armida, los coloca en una isla de las Cana- 
rias, recordando sin duda la tradición de la de San Bo- 
rombón. 

Luego los dos amigos hablaron de la Atlántida, tierra 
sorbida por las convulsiones del lecho del Océano y que 
sólo había dejado como recuerdo de su existencia una 
tradición de poderosos gigantes en diversas teogonias: 
Hércules batiendo sus columnas entre España y África 
y juntando dos mares; Dhoulcarnain (El de los dos cuer- 
nos) y Chidr (El personaje verde) ^ héroes de la fábula 
árabe inspirada en las tradiciones fenicias, abriendo un 
canal entre el Mar Tenebroso, ó sea el Atlántico, y el 
Mar Damasceno, el Mediterráneo. 



86 V. BLASCO IBÁÑEZ 

La ciencia helénica había adivinado á través de las 
poéticas ficciones la verdadera forma del xjlaneta. En 
los primeros tiempos era la tierra un disco que flotaba 
sobre las aguas del río Océano, ligeramente inclinado 
hacia el Sur por el peso de la abundante vegetación del 
trópico. Pero los pitagóricos sustituían esta hipótesis 
con la afirmación de la esfericidad del planeta, y después 
de esto no había que hacer grandes esfuerzos para ima- 
ginarse la posibilidad de navegar desde el extremo de 
Europa, ó sea desde España, á las costas orientales de 
Asia, siguiendo el rumbo de occidente. Aristóteles y 
Strabón hablaban de un «solo mar que bañaba á la vez 
las costas opuestas de los dos continentes», añadiendo 
que en muy pocos días podía ir un buque desde las co- 
lumnas de Hércules á la parte más oriental de Asia. 

Estas ideas se conservaban y propagaban á través 
de ]a Edad Media entre los hombres de estudio. Muchos 
Padres de la Iglesia siguieron considerando la tierra 
como una superficie plana, con arreglo á la fantástica 
geografía del monje bizantino Cosmas Indicopleustes. 
pero en conventos y universidades se transmitían pe- 
queños grupos las tradiciones de la antigüedad, las doc- 
trinas de Aristóteles, comentadas y difundidas por los 
árabes de España, los rabinos arabizantes, Alberto el 
Grande y otros sabios cristianos. La geografía de Ptolo- 
meo era admitida por los hombres cultos. 

Preocupaba el continente asiático á la Europa me- 
dioeval, puesta en contacto con él por las invasiones de 
los musulmanes y las expediciones de los cruzados. Se 
conocían por relatos antiguos las conquistas de Alejan- 
dro hasta el Ganges y las correrías de algunos procón- 
sules romanos, pero quedaba una parte del continente, 
misteriosa y desconocida: el Asia Ultraganges, la más 
grande y la más rica. El lujo de las cortes europeas 
hacía cada vez más necesarios los productos de la India, 
traídos por las caravanas á través de las áridas mesetas 
asiáticas: las especierías, el marfil y la seda. Los sacerdo- 
tes budistas y cristianos, por religioso proselitismo rea- 
lizaban osados viajes que iban ensanchando el horizonte 
geográfico y el de las ideas. Con la llegada de las cara- 
vanas se difundían las asombrosas noticias del reino del 



LOS ARGONAUTAS 87 

Preste Juan y las maravillas de las ciudades de mármol 
y oro, enormes como naciones, que se levantaban junto 
á los ríos del Catay ó en las islas de Cipango. Písanos, 
venecianos y genoveses, aprov echadores de la brújula 
inventada por los árabes, iban en busca de los produc- 
tos del Asia siguiendo el mar Kojo ó cruzando el mar 
Caspio. Osados aventureros escribían con espíritu ro- 
mancesco el relato de sus largos años de aventuras, y 
los viajes de Marco Polo y Nicolás Conti interesaban 
como un libro de caballerías. 

El entusiasmo religioso hablaba de embajadas diri- 
gidas á los papas por el Preste Juan ó el gran Kan de 
la Tartaria, poderosos señores que desde el fondo de sus 
palacios querían entrar en relación con la cristiandad y 
convertirse á la verdadera fe. Pero las embajadas que- 
dábanse siempre en el camino y únicamente llegaba 
como disperso algún europeo renegado que iba descri- 
biendo las maravillas de las ciudades asiáticas con una 
exuberancia que enardecía las imaginaciones. La lec- 
tura de los libros santos hacía revivir en los doctores 
cristianos la memoria de las ricas tierras del Asia orien- 
tal. Se recordaban las flotas enviadas por Salomón al 
monte Sopora, que otros llamaban Ofir y algunos creían 
ser la isla de Taprobana. Las naos del sabio rey des- 
pués de tres años volvían cargadas de oro, plata, pie- 
dras preciosas, pavones y colmillos de elefantes. San 
Isidoro afirmaba que la isla Taprobana «hervía de per- 
las y elefantes y que en ella el oro era más fino, los ele- 
fantes más grandes y las margaritas y perlas más pre- 
ciosas que en la India». Junto á la Taprobana había dos 
islas, la de Chrise, que era toda de oro, y la de Argyra 
toda de plata. Estas islas de montañas preciosas estaban 
pobladas de hormigas, grandes como perros y veneno- 
sas como grifos, que sacaban con sus patas el oro de la 
tierra, y hacían bolas abandonándolas en la playa. Los 
marinos de Salomón aguardaban mar afuera á que las 
bestias se alejasen en busca de comida, y entonces des- 
embarcaban, y con gran prisa iban cargando las bolas 
de oro, para hacer al día siguiente la misma operación. 

Llegar á la India, ponerse en contacto con sus rique- 
zas, apoderarse de sus pedrerías y sus especias de exótico 



88 V. BLASCO IBÁÑEZ 

perfume, entrar en la ciudad de Quinsay, urbe mons- 
truosa de treinta y cinco leguas de ámbito con «dos- 
cientos puentes de mármol sobre gruesas columnas de 
extraña magnificencia», fué el ensueño con que empezó 
su vida el siglo XV, para no finalizar hasta haberlo rea- 
lizado. 

La parte de Europa más avanzada en el Océano, la 
península ibérica, era el lugar de partida de todas las 
intentonas para descubrir la ruta misteriosa de la India 
por Oriente y por Occidente. El contacto con los árabes 
españoles había acostumbrado á sus navegantes al uso 
de la brújula, impulsándolos á apartarse de las costas. 
Los marinos portugueses, gallegos y cántabros comer- 
ciaban con las Islas Británicas y las repúblicas anseá- 
ticas del Báltico: los marinos catalanes y mallorquines, 
rivales de los italianos en el comercio de Oriente, usaban 
cartas de navegar desde mediados del siglo XIII. Las 
Ordenanzas de Aragón disponían que cada galera lle- 
vase dos cartas marinas cuando los demás buques de la 
cristiandad navegaban sin otros rumbos que el instinto y 
la costumbre. Raimundo Lulio hablaba de la fabricación 
en Mallorca de instrumentos náuticos, groseros sin duda, 
pero asombrosos para aquella época, los cuales servían 
para determinar el tiempo y la altura del polo á bordo 
de las naves. Un marino catalán, Jaime Ferrer, avan- 
zando en el Mar Tenebroso, llegó á Río de Oro, cinco 
grados más al Sur del Cabo Non, que los portugueses, 
ochenta y seis años después, creyeron ser los primeros 
en haberlo doblado. 

El infante don Enrique de Portugal, gran protector 
de descubrimientos, fundaba en el Algarbe la Academia 
de Sagres para los estudios geográficos, y los individuos 
de ella, viejos navegantes y médicos hebreos aficionados 
á la cosmografía, elegían como presidente á un piloto 
catalán, maese Jacobo de Mallorca. Españoles y portu- 
gueses, al explorar las costas de África ó arriesgarse 
Océano adentro, se establecían en las islas, que eran 
como puestos avanzados en esta guerra tenaz con el 
misterio del Mar Tenebroso. El archipiélago délas Ca- 
narias, las islas de los Azores, Madera y Cabo Verde, 
convertíanse en lugares de parada y descanso para los 



LOS ARGONAUTAS 89 

nautas atrevidos y al mismo tiempo en lugares de 
observación para los que soñaban con nuevas expedi- 
ciones. El misterio del Océano los retenía allí, y se 
casaban con isleñas hijas de europeos, constituyendo 
nuevas familias de marinos. 

Eran los pobladores de aquellas islas á modo de los 
ejércitos destacados largos años en una frontera, que aca- 
ban por crear ciudades y producir generaciones aparte. 
El Mar Tenebroso, violado por estos intrusos en su hu- 
raña soledad, iba librándoles á regañadientes, poco á 
poco, el secreto de sus lejanos horizontes inexplorados. 
En los hogares isleños se hablaba de los hallazgos que 
hacía todo navegante que por tomar vientos mejores se 
alejaba de las islas conocidas, Martín Vicente recogía 
en su navio un «madero labrado por artificio y á lo que 
juzgaba no con hierro» luego de haber venteado durante 
muchos días el Poniente. Pero Correa, casado con una 
cuñada de Colón, encontraba en la isla de Puerto Santo 
un madero labrado en la misma forma, además de varias 
cañas tan gruesas, «que en un cañuto de ellas podían 
caber tres azumbres de agua ó de vino». 

Los vecinos de las islas de los Azores, siempre que 
soplaban recios vientos de Poniente ó Noroeste, encon- 
traban en sus playas grandes pinos arrastrados por las 
olas. En la isla de las Flores, una do este archipiélago, 
«había echado la mar dos cuerpos de hombres muertos 
que parecían tener las caras muy anchas y de otro gesto 
que tienen los cristianos». También se hablaba de que 
en las cercanías de la isla habían aparecido ciertas al- 
madías con casas movedizas, embarcaciones extrañas 
que no podían hundirse y que al ser arrastradas por una 
tempestad habían perdido tal vez sus tripulantes. 

Un Antonio Leme, habitante de Madera, corriendo 
con su barco un mal tiempo hacia Poniente, juraba ha- 
ber divisado tres islas: otro vecino de Madera enviaba 
peticiones al rey de Portugal para que le diese una nave, 
con la que descubriría una isla que afirmaba haber visto 
todos los años en determinadas épocas. Y en las Cana- 
rias, así como en las Azores, también veían los habitan- 
tes tierras nuevas que surgían en el horizonte al llegar 
ciertos meses, y que para el vulgo eran las de las tradi- 



90 V. BLASCO IBÁÑBZ 

ciones marítimas: la isla de las Siete Ciudades y la de 
San Borombón, pintadas por algunos cartógrafos en sus 
mapas con los títulos de «Antilia» y «Mano de Satán». 
Los de mayores conocimientos explicaban con aiTeglo 
á los escritores antiguos la naturaleza de estas tierras, 
tan pronto visibles como ocultas, y que frecuentemente 
cambiaban de lugar. Plinio había hablado de enormes 
arboledas del Septentrión que el mar socava, y como 
son de grandes raíces flotan sobre las olas y de lejos 
parecen islas. Séneca había descrito la naturaleza de 
ciertas tierras de la India, que por ser de piedra liviana 
y esponjosa van sobrenadando en el Océano. 

La Antilia salía al encuentro de los marinos extra- 
viados por la tempestad, dando lugar con su rápida 
aparición á nuevas expediciones. Diego Detiene, patrón 
de carabela, que llevaba como piloto á un Pedro de 
Yelasco, vecino de Palos, salía de la isla de Fayal 
cuarenta años antes de los descubrimientos de Colón, y 
avanzando cientos de leguas mar adentro, encontraba 
indicios de tierra; pero á ñnes de Agosto había de re- 
troceder temiendo la proximidad del invierno. Vicente 
Díaz, piloto de Tavira, realizaba otra expedición hacia 
Poniente, pero había de volverse por la escasez de sus 
provisiones. Otros navegantes salían á la descubierta 
de estas islas ocultas y nadie volvía á saber de ellos. 

Se hablaba mucho de un piloto que había consegui- 
do pisar las tierras ignotas. Unos le consideraban viz- 
caíno, de los que hacían el comercio con Francia é Ingla- 
terra; otros portugués, que navegaba de Lisboa á la 
Mina; los más le tenían por andaluz y le llamaban Alon- 
so Sánchez de Huelva. Una tempestad había sorpren- 
dido su barco entre Canarias y Madera, llevándolo hasta 
una gran isla, que se creyó luego fuese la de Santo Do- 
mingo. Desembarcó Sánchez, tomó la altura, hizo agua 
y leña y volvió hacia las tierras conocidas, pero tan 
penoso fué el viaje que murieron de hambre y cansan- 
cio doce hombres de los diez y siete que formaban su 
tripulación, y los cinco restantes llegaron en tal estado 
á las Azores, que fallecieron al poco tiempo. Esto ocu- 
rría en 1484, ocho años antes del descubrimiento de las 
Indias. Cuando las primeras expediciones españolas des- 



LOS ARGONAUTAS 91 

embarcaron en las costas de Cuba, sus naturales, en 
fi*ecuente comunicación con los de la isla Española ó 
Santo Domingo, les hablaron de otros hombres blancos 
y barbudos que algún tiempo antes habían llegado 
sobre una nave. 

—Gente interesante la que que se reunía en estas is- 
las avanzadas del Mar Tenebroso— dijo Maltrana— . 
Navegantes ávidos de novedad, hombres de estudio 
que á la vez eran hombres de acción, sentíanse atraídos 
todos ellos por el misterio del Océano. Luego de nave- 
gar desde los hielos de la isla de Thule al puerto de San 
Jorge de la Mina (donde los lusitanos hacían acopio de 
negros para venderlos en Lisboa), acababan por esta- 
blecerse en los archipiélagos portugueses ó españoles, 
sin que nadie supiese gran cosa de su existencia ante- 
rior. Se parecían á los aventureros de vida novelesca y 
obscura, que en nuestros tiempos surgen en las minas 
del África del Sur, en las praderas de Australia, en el 
Oeste de los Estados Unidos ó en las pampas de la Ar- 
gentina, vagabundos cuya verdadera nacionalidad se 
ignora, que llevan con ellos un ensueño, una energía 
latente, y se introducen por medio del matrimonio en 
familias poderosas que les ayudan, acabando por triun- 
far. Después de la victoria ocultan aún con más cuidado 
su origen, amontonando sobre él testimonios contradic- 
torios é inverosímiles. 

—En las Azores— dijo Ojeda — vivió durante diez y 
seis años, casado con una hija del gobernador de Fayaí, 
el cosmógrafo Martín Behaín, constructor del primer 
globo terrestre que se conoce, y el cual es considerado 
por unos caballero bohemio de raza eslava, por otros 
noble portugués dado á las aventuras, y por los más, 
simple mercader de paños nacido en Nuremberg. Y al 
mismo tiempo, casado con una hija de Muñiz de Peles - 
trelo, antiguo gobernador de la isla de Puerto Santo, 
vivía otro aventurero, navegante en diversos mares y 
de obscuro pasado, un tal Cristóbal Colón... 

— Usted que ha estudiado las cosas de aquella época, 
amigo Ojeda— preg'untó Maltrana — , ¿cómo ve al famoso 
Almirante?... 

— Le advierto que yo tengo una opinión muy pei^o- 



92 V. BLASCO IBÁÑBZ 

nal. Siento por él una simpatía de clase: era un poeta. 
En su libro de Las profecías se han encontrado versos 
mediocres, pero ingenuos, que indudablemente son de 
él. Adoro su imaginación, que infunde á muchos de sus 
actos cierto carácter poético; su amor á lo maravilloso, 
su religiosidad extremada de marinero metido en teolo- 
gías, que le hace decir cosas heréticas sin saberlo, y le 
impulsa á escoger libros religiosos poco aceptados... 
Admiro su coraje, su tenacidad para realizar un ensue- 
ño. Y lo que en él me inspira más afecto es que no fué 
un verdadero hombre de ciencia, frío y lógico, de los 
que usan la razón como único instrumento y desdeñan 
las otras facultades, sino un intuitivo de más fantasía 
que estudios, semejante á Edison y á otros inventores 
de nuestra época, que tampoco son verdaderos hombres 
de ciencia y saltan del absurdo á la verdad, producien- 
do sus obras por adivinación lo mismo que los artistas... 
Un hombre extraordinario y misterioso, lleno de con- 
tradicciones y complejidades como un héroe de novela 
moderna: y lo prueba el hecho de que transcurridos 
cuatro siglos todavía se discute sobre su persona y no 
se sabe con certeza su origen. 

—Yo odio el Colón convencional fabricado por el vul- 
go — dijo Isidro — . Ese Colón que ven todos, lo mismo 
que en las estatuas y los cuadros, con el capotillo forra- 
do de pieles, una mano en la esfera terrestre (que cono- 
cía menos que cualquier escolar de nuestra época) y con 
la otra señalando á Poniente, como quien dice: «Allá 
está América; la veo y voy á ir por ella...» Y Colón mu- 
rió sin enterarse de que las tierras descubiertas eran un 
mundo nuevo y desconocido; diciendo en su carta al Papa 
que había explorado trescientas leguas de la costa de 
Asia y la isla de Cipango, con otras muchas á su alre- 
dedor... Las trescientas leguas asiáticas eran las costas 
atlánticas de la América Central, y Cipango (ó sea el 
Japón) la isla de Santo Domingo. El fué quien menos 
valor científico dio al descubrimiento, viendo en sus 
viajes una simple empresa política y comercial. De la 
novedad de las tierras encontradas no tuvo la menor 
sospecha: eran para él las costas orientales de Asia, la 
India Ultraganges, y por esto las bautizó con el nombre 



LOS ARGONAUTAS 93 

de Indias. Y en la carta en que daba cuenta del primer 
descubrimiento á su amigo y protector Luis Santáugel, 
ministro de Hacienda de la corona de Aragón y judío 
converso, declaraba que de las tierras descubiertas «ha- 
bían hablado otros muchos antes que él, pero por con- 
jetura y sin alegar de vista», refiriéndose á los viajeros 
que habían hablado y escrito sobre los misterios de Asia. 

La contemplación del mar y la calma de la tarde in- 
citaron á los dos amigos á seguir allí, continuando su 
plática, en la que evocaban pasadas lecturas, interrum- 
piéndose muchas veces el uno al otro para añadir un 
nuevo dato. 

Colón había encontrado el resumen de toda la cien- 
cia de su época en el tratado De imagine mundi, del 
cardenal Pedro de Aliaco, teólogo, matemático, cosmó- 
grafo, astrólogo, y uno de los que asistieron al Concilio 
de Constanza, donde fué quemado Juan Huss. El ejem- 
plar De imagine mundi le acompañaba en todos sus via- 
jes. Las Casas había visto este libro, ya ajado y cubierto 
de anotaciones en los últimos años de Colón. Este encon- 
traba reunido en la obra de Aliaco todo lo que podía 
animarle en su propósito de pasar al Asia por breve 
camino navegando hacia Occidente. Las afirmaciones 
de Aristóteles y su comentador Averroes, y las de Séne- 
ca, daban todas ellas por segura la posibilidad de llegar 
en pocos días con viento favorable desde el extremo más 
avanzado de España hasta la India. La escasa distancia 
entre los dos extremos del mundo conocido afirmábala 
igualmente el cardenal con el testimonio de Plinio, que 
da á la India una grandeza desmesurada, la tercera 
parte del mundo habitado, con ciento diez y ocho nacio- 
nes; de modo que el Asia ocupaba todo el mar Pacífico, 
toda la América y avanzaba hacia Europa llenando 
parte del Atlántico. 

Oponíanse á esto otras doctrinas, afirmando que en 
el planeta era más el espacio ocupado por el mar que el 
de la tierra firme; pero Colón, como todos los que se 
sienten poseídos de una idea fija, desechaba lo que no 
parecía de acuerdo con su opinión, rebuscando nue- 
vos y extraños argumentos para afirmarla. El desente- 
rró—dándole el valor de un libro santo— el Apocalipsis 



94 V. BLASCO IBÁÑBZ 

de Esdras, judío visionario del siglo primero que vivía 
fuera de Palestina. Y apoyándose en Esdras, que afirma- 
ba que seis partes del mundo están en seco y sólo la sép- 
tima la ocupan los mares, todavía, poco antes de morir, 
cuando llevaba hechos tres viajes de descubrimiento, 
escribía Colón á los Eeyes Católicos: «Digo que el mundo 
no es tan grande como dice el vulgo y el enjuto de ello 
es seis partes y la séptima solamente cubierta de agua.» 

También en los libros sagrados y en la literatura 
clásica encontraba argumentos en su apoyo. Unos ver- 
sos de la tragedia Medea, de Séneca, eran para él profe- 
cía indiscutible, «Vendrán los días— dice el coro — en 
que el Océano añojará sus lazos y surgirá una nueva 
tierra, y un marinero semejante á Tifis, el que guió á 
Jasón, será el descubridor, y ya no aparecerá la isla de 
Thule como la última de las tierras.» Buscaba apoyo 
igualmente en el Antiguo Testamento, interpretando 
obscuras palabras de Isaías, y al dar cuenta de su des- 
cubierta, decía que con ella se habían cumplido sim- 
plemente las predicciones de aquel profeta. 

Su misticismo fantaseador, y la convicción de que 
las tierras nuevas encontradas por él tocaban con el 
oriente asiático, le impulsaban á dar por realizados los 
más bizarros descubrimientos. En la costa de Venezue- 
la, al notar en el Océano la gran extensión de agua 
dulce de la desembocadura del Orinoco, declaraba este 
río «uno de los cuatro que bañan el Paraíso Terrenal». 
Y para dar emplazamiento al Paraíso que, según sus 
autores favoritos, está situado en la cumbre de una gran 
montaña, escribía á los Eeyes Católicos afirmando que 
«el mundo no es redondo en la forma que dicen los anti- 
guos, sino en la forma de una pera, que es toda muy 
redonda, salvo allí donde tiene el pezón, que es lo más 
alto; ó como quien tiene una pelota muy redonda y en- 
cima de ella coloca una teta de mujer, y esta parte del 
pezón es la más alta y más propincua al cielo». El pezón 
del mundo estaba en la costa de Paria, cerca del Orino- 
co, y en esta altura inaccesible vivían Elias y Enoch 
esperando el Juicio Final. 

Las arenas de oro encontradas en la Española le 
hacían adivinar el verdadero nombre de esta isla. Era 



LOS ARGONAUTAS 95 

la Cipango de Marco Polo y de los viajeros asiáticos; 
pero antes había sido la tierra de Oñr, adonde Salomón 
enviaba sus navios. 

En todas sus cartas el deseo de riquezas y la espe- 
ranza de encontrarlas mezclábanse con un entusiasmo 
religioso por sus viajes, que iban á proporcionar á la 
Iglesia la conquista de millones de almas perdidas en la 
idolatría. «El oro es bueno, Señora—escribía á la reina—, 
y tal es su poder, que saca las almas del purgatorio y 
las lleva al Paraíso.» Y á la vez que ingenuamente ex- 
ponía esta impiedad, deseaba reunir mucho oro para 
armar un ejército á su costa de cien mil infantes y diez 
mil caballos, con el cual prometía al Papa rescatar el 
Santo Sepulcro del poder de los inñeles y contener el 
avance de los turcos. Cuando al final se convencía de 
que el oro no era abundante y costaba mucho de aco- 
piar, proponía, para la obra santa de la conquista de 
Jerusalén, establecer un comercio de esclavos indios en 
la Península, tráfico que podía dar una ganancia anual 
de cuarenta millones de maravedís. Y á continuación 
enviaba las primeras muestras de indígenas al mercado 
de Sevilla. 

— Todo era extraordinario y contradictorio en aquel 
hombre — dijo Ojeda — . Se nota en él ese desequilibrio 
que, según parece, es condición de los genios. 

— Aun es más misterioso su origen — contestó Maltra- 
na — , y biógrafos é historiadores llevan cuatro siglos 
disputando sobre los diversos lugares de, su nacimiento 
en el señorío de Genova. Algunos hasta le creen galle- 
go, nacido en Pontevedra, y se fundan en que en la 
época de su nacimiento existían familias de marineros 
en aquella costa, llamados unos Colón y otros Fonterro- 
sa (los dos apellidos del Almirante), y todos ellos, según 
parece, de origen judío. Yo doy poca importancia en la 
vida de un hombre al lugar de su nacimiento. Cada uno 
nace donde puede: donde le dejan nacer, y esto nada 
significa en la formación de nuestro carácter. 

— Así es. Nuestra patria verdadera está allí donde es- 
bozamos el alma; donde aprendemos á hablar, á coordi- 
nar las ideas por medio del lenguaje y nos moldeamos 
en una tradición. 



% V. BLASCO IBÁÑBZ 

— Recuerde, amigo Ojeda, los documentos que nos 
quedan del Almirante. No hay uno solo escrito en ita- 
liano; ni la más insignificante palabra de su idioma 
natal se escapa en ellos; siempre usa el latín ó el caste- 
llano, y al castellano le llama «nuestro romance». El, 
tan aficionado á las citas literarias y los versos, nunca 
menciona un autor de la rica literatura italiana, que 
parece ignorar. Américo Vespucio, que era de Italia, 
saca á colación, en sus relaciones geográficas, al Dante 
y á Petrarca. Colón cita únicamente á los autores de la 
antigüedad: «el Aristóteles», Plinio, Séneca, etc., y con 
ellos los árabes españoles, San Isidoro, el rey Alfonso y 
muchos rabinos hispanos, en cuyas doctrinas parece 
muy versado. Este genovés ilustre, cuando escribe á 
Micer Nicolao Oderigo, embajador de Genova en Espa- 
ña, le escribe en castellano, como escribía á todos, 
cuando no usaba del latín. Muchos años antes, al pla- 
near en Lisboa su empresa de descubierta, se dirige á 
Toscanelli, el anciano cosmógrafo florentino, para co- 
nocer nuevos datos de la ciencia de entonces que le 
afirmasen en sus propósitos. No se sabe qué dijo en la 
carta de petición; lo natural era recomendarse á su be- 
nevolencia como compatriota, y sin embargo, Toscane- 
lli, el famoso «Paulo físico», cuando le contesta desde su 
tierra enviándole el plano geográfico que tanto le valió 
para los descubrimientos, da á entender que lo cree por- 
tugués y le habla del esforzado valor de los navegantes 
de su país... Alegan muchos, para justificar ese desco- 
nocimiento del italiano tan extraordinario en un geno- 
vés, que Colón salió de su patria á los catorce años para 
no volver más. ¿Pero el idioma natal puede olvidarse 
tan por completo cuando se le ha hablado hasta los ca- 
torce años?... 

— A mí tampoco me apasiona el lugar de su naci- 
miento — dijo Ojeda — . Ya he dicho que el hombre es del 
país donde se forma y cuya lengua habla. Me interesa 
la persona más que la cuna... Pero tenemos el testimo- 
nio del mismo Colón, que no deja lugar á dudas. En sus 
cartas, en la institución del mayorazgo para su descen- 
dencia, en su testamento, en todo papel que escribe en 
los últimos años, muestra cierto interés en hacer saber 



LOS ARGONAUTAS 97 

que es de Genova, como si adivinase las objeciones de 
la posteridad sobre su origen. 

— Lo dice hartas veces — interrumpió Isidro malicio- 
samente — , lo repite con sobrada insistencia para creer 
en su sinceridad. Exhibe la condición de ligur, pero no 
añade lo más mínimo sobre sus ascendientes ó la paren- 
tela que indudablemente le quedaría en Italia. La única 
vez que menciona familia, es para dar á entender de un 
modo velado que bien pudiera ser pariente de los Co- 
lombos, famosos almirantes de Genova. En esta decla- 
ración ven algunos el secreto de su genovesismo. El 
vagabundo Colón y Fonterrosa, marino gallego, portu- 
gués, judío ó lo que fuese, pudo ver grandes ventajas 
en este parentesco, por la semejanza de apellidos, y más 
aún si deseaba ocultar su origen en una época en que el 
cristianismo pegaba duro sobre los de raza hebraica y 
preparaba su expulsión de muchas naciones. Se ha de- 
mostrado que es puramente ilusorio este parentesco con 
los Colombos almirantes y falsos también los relatos de 
los combates de su mocedad en las galeras genovesas 
frente al puerto de Lisboa, así como su milagrosa sal- 
vación sobre un madero. ¿Por qué no podría serlo igual- 
mente el genovesismo de ese italiano que ignora su len- 
gua y no se acuerda de cómo es su país, pues jamás lo 
alude para compararlo con las tierras descubiertas?... 

— Ciertamente, fué un hombre enigmático. Su vida se 
asemeja á esas montañas altísimas que reciben en la 
cumbre los rayos del sol, mientras abajo los valles y 
laderas están en la sombra. Sabemos de él con certeza 
á partir de sus cincuenta y seis años, cuando emprende 
el primer viaje: los ocho años anteriores pasados en la 
corte de España solicitando apoyo están en la penum- 
bra; los de su vida en Portugal aun son más inciertos, 
y todo el resto, hasta el nacimiento, queda envuelto en 
una obscuridad absoluta, que se ha prestado y se pres- 
tará á las hipótesis más diversas. Su existencia en Es- 
paña es un misterio. ¿Desde cuándo vivió en ella?... Los 
biógrafos lo hacen pasar únicamente por Andalucía y 
Castilla en sus tiempos de solicitante; y sin embargo. 
Colón, siendo viejo, contaba á Las Casas cómo le habían 
servido de apoyo en sus planes de descubierta ciertas 



98 V. BLASCO IBÁÑEZ 

pláticas con Pero Velasco, un marinero que había hecho 
grandes navegaciones, y al que conoció en Murcia. 

— Hay que tener en cuenta, amigo Ojeda, que en cier- 
tos países la calidad de extranjero da gran prestigio á 
todo el que ofrece una idea nueva. En aquellos tiempos 
los marinos genoveses eran los de más fama, los que 
habían llegado más lejos en sus exploraciones. Entonces 
no había telégrafo, ni periódicos de información, y un 
hombre movedizo y viajero podía cambiar fácilmente 
de personalidad y vivir largos años sin que nadie le re- 
conociese. Mientras estaba abajo no corría peligro de 
que la superchería fuese descubierta, y si llegaba el 
éxito para él, la patria que se había atribuido era la 
primera en enorgullecerse de este ciudadano hasta en- 
tonces ignorado... Yo no tengo empeño en sostener que 
Colón fuese genovés ó no lo fuese: me es igual. A mí, 
como á usted, lo que me interesa es el hombre que por 
su misticismo extraño y su carácter contradictorio es 
como un resumen de la fusión de razas en la España 
medioeval; un conjunto de fanatismos, ambiciones de 
gloria y codicias de mercader. Veo en él una mezcla de 
rabino avaro, moro fantaseador y guerrero romántico, 
ansioso de rescatar los Santos Lugares para devolver 
millones de almas á su Dios. Pero reconozco que de ser 
cierta la hipótesis del cambio de nacionalidad, fué este 
uno de los mayores aciertos de su vida. 

Isidro hacía memoria de la existencia en España de 
aquel aventurero, Colombo para unos. Colome para 
otros, pero que siempre se apellidó Colón en sus propios 
escritos. Conseguía alojamiento y mesa en la casa de un 
personaje como el contador Quintanilla, favorito de los 
reyes; le protegían los priores de ricos conventos; tenía 
pláticas con la gente de la corte, y al fin le escuchaban 
los monarcas, mientras España andaba revuelta en las 
últimas guerras con los moros, había de atender á los 
choques políticos en Francia é Italia, tenía poco dinero 
y necesitaba tiempo y reñexión para cosas más urgen- 
tes é inmediatas que buscar un nuevo camino que lle- 
vase á «la tierra de las especierías»... ¡Si se hubiese 
presentado como español! El mismo Almirante contaba 
á sus amigos cómo en los puertos de la península había 



LOS ARGONAUTAS 99 

encontrado viejos marineros que navegando hacia Po- 
niente columbraron señales indudables de nuevas tie- 
rras. En Puerto de Santa María había hablado con un 
«marinero tuerto» que cuarenta años antes, en un viaje 
á Irlanda, alejado de esta isla por el mal tiempo, vio 
una gran tierra que imaginaba fuese la Tartaria. En 
Cádiz y en el puerto de Palos hablábase de los países 
desconocidos como de algo indiscutible; pero los nave- 
gantes andaluces, gallegos ó levantinos, gentes rudas y 
humildes, se hubieran asustado ante la idea de ir á la 
corte para exponer su opinión. Los mismos Pinzones, 
que eran en su patria notabilidades de campanario por 
haberse hecho ricos con los viajes á Oriente y al Norte 
de Europa y se mostraban tan convencidos como Colón 
de la posibilidad de los descubrimientos, no habrían 
conseguido ser escuchados al proponer la gran empresa 
sin profecías bíblicas y textos clásicos, basándose úni- 
camente en su experiencia de pilotos. 

— Pensaba yo ahora — interrumpió Ojeda — en la Vida 
del Almirante^ escrita por su hijo don Fernando, el hijo 
bastardo, el hijo del amor, habido con una señora cor- 
dobesa cuando Colón era casi anciano, y que tal vez 
por eso fué mirado siempre con especial predilección... 
A la edad de catorce años acompañó á su padre en el 
último viaje de descubrimiento, el más penoso de todos. 
Estuvo á su lado en las largas navegaciones, cuya mo- 
notonía incita á hablar; pasó con él horas de peligro, 
que son horas de confesión; pudo conocer mejor que 
nadie las obscuridades de su primera vida, antes de la 
celebridad, y sin embargo, al escribir los orígenes del 
Almirante muestra una visible incertidumbre, como si 
poseyese un secreto que teme hacer público. El mismo 
don Fernando afirma francamente que su padre, así 
como fué ascendiendo en fama, tuvo empeño en «que 
fuese menos conocido y cierto su origen y su patria»... 
Reconoce que el Almirante era genovés, porque así lo 
afirmaba él; pero se nota en sus palabras cierto mis- 
terio. 

—Cuando don Cristóbal dispone de sus bienes— con- 
tinuó Maltrana — , ordena que se destine cierta cantidad 
al mantenimiento de uno de la familia para que se esta- 



100 V. BLASCO IBÁÑBZ 

blezca en Genova y tome allá mujer, con el fin de que 
existan siempre Colones en la ciudad. ¿No le quedaban 
parientes en Liguria?... Parece que él y sus hermanos 
sean producto de una generación espontánea, sin ascen- 
dientes ni colaterales, lo que le obliga á este trasplante 
de una rama de la familia para dejar bien demostrado 
que Genova fué su nación... En el testamento reparte 
sus bienes entre hijos y hermanos y deja varias mandas 
para genoveses ó personas de origen genovés... pero 
todos residentes en Portugal y alejados muchos años de 
su país de origen; mercaderes que conoció y trató du- 
rante su permanencia en Lisboa cuando estaba casado 
con la hija de otro genovés, circunstancia que bien pu- 
diera haber inñuído en la decisión de su nacionalidad. 
Estas mandas se adivina que son restituciones por prés- 
tamos que le hicieron en sus años de miseria. Hasta 
ordena que se le entregue cierto dinero «á un judío que 
moraba á la puerta de la judería de Lisboa» , el único 
en todo el testamento que figura sin nombre. Parientes 
de Genova no menciona uno siquiera, ni deja nada para 
residentes en Italia. Sus recuerdos de genovés no van 
más allá de la colonia genovesa establecida en Portu- 
gal... A mí me inspiran poca confianza las afirmaciones 
del Almirante en lo de su nacionalidad... y en otras 
muchas cosas... 

Ojeda acogió estas palabras con un gesto de asombro. 
— No quiero decir — continuó Isidro — que el grande 
hombre fuese embustero á sabiendas, pero tenía el de- 
fecto ó la cualidad de todos los que, viniendo de abajo, 
llegan á una altura gloriosa. Arreglaba á su gusto los 
sucesos de la vida anterior; desfiguraba el pasado de 
acuerdo con sus conveniencias. Era como algunos mi- 
llonarios del presente, que en sus primeros tiempos de 
riqueza confiesan con orgullo las miserias de los años ju- 
veniles; pero luego, cuando crecen sus hijos y forman di- 
nastía, empiezan á avergonzarse de su origen é inventan 
parientes opulentos y capitales ilusorios con los que ini- 
ciaron las primeras empresas. El Almirante, al dictar su 
testamento, habla con amargura de que los reyes sólo 
dedicaron á su obra un millón ó cuento de maravedís, 
y que «él tuvo que gastar el resto»... Y eso lo decía á 



LOS ARGONAUTAS 101 

la hora de su muerte, en un país donde todos le habían 
conocido yendo tras de la corte como parásito solici- 
tante, sin dinero y sin hogar, alojado en conventos, im- 
plorando pequeños subsidios para moverse de una ciu- 
dad á otra... Habían bastado catorce años para una 
falta de memoria tan estupenda. 

— A mí me sorprende el poco caso que hicieron de él 
durante su vida los que llamaba compatriotas suyos. 
En la colección de sus cartas hay algunas quejándose al 
embajador genovés Oderigo porque no le contestan de 
allá. Envía al Banco de San Jorge de la ciudad de Ge- 
nova todos sus papeles en depósito, y los señores del 
Banco, sólo después de algún tiempo, le dan una res- 
puesta por indicación de Oderigo; y esta respuesta, 
aunque amable, no prueba que el gobierno genovés se 
entusiasmase mucho con sus hazañas. Parece natural 
que tratándose de un hijo del país que había descubier- 
to un nuevo camino para el Oriente asiático, la Señoría 
genovesa celebrase esto de algún modo. Y sin embargo, 
la gran República comercial permanece callada, ignora 
á Colón, y sólo uno de sus funcionarios le escribe para 
darle las gracias cuando hace un regalo valioso á la 
ciudad que llama su patria... Que Colón era extranje- 
ro lo tengo por indudable: lo prueba además la carta 
de naturalización que dieron los Eeyes Católicos á su 
hermano menor, don Diego, que era sacerdote, para que 
pudiese gozar en Castilla de beneficios y rentas. Pero 
en ese documento hay algo también que se presta al 
misterio. Se naturaliza español á Colón el menor por 
haber nacido fuera de España y ser extranjero, pero no 
se dice una palabra de su nacionalidad primitiva, del 
lugar de su cuna; no se menciona á Genova para nada... 
¿Qué había de raro en el origen de estos Colones para 
que todo lo referente á sus personas tendiese siempre á 
la confusión?... 

—En los últimos años — dijo Maltrana — tenía el Almi- 
rante cierto empeño en aparecer como extranjero, y por 
esto insiste tanto en lo de su origen ligur. Adivinaba 
próximo el pleito que tuvieron después sus descendien- 
tes con la Corona. Hombre astuto y precavido, daba 
por cierto el incumplimiento de los derechos exorbitan- 



102 V. BLASCO IBÁÑEZ 

tes que á cambio de sus descubiertas le liabía reconoci- 
do la buena reina Isabel, generosa é imprevisora como 
todas las mujeres de alta idealidad cuando se meten en 
negocios... Ya sabe usted que á Colón, por el compro- 
miso que firmaron los reyes, le correspondía la décima 
parte de todo lo que descubriese y de lo que tras él pu- 
dieran descubrir los que siguiesen su camino. Es absur- 
do imaginarse una familia, la familia de los Colones, 
propietaria absoluta de la décima parte de todo el con- 
tinente americano y á más de esto la décima parte de 
las islas de Oceanía, cuyo hallazgo fué consecuencia del 
de América .. Por esto el rey Fernando, experto hom- 
bre de negocios, miró siempre con recelo los tratos en- 
tre el Almirante y la reina. No fué enemigo de la em- 
presa, como dicen algunos, pero le pareció insensata la 
facilidad con que su esposa había accedido á todas las 
peticiones del navegante... Y Colón, en los últimos años, 
adivinando las dificultades en que se verían sus descen- 
dientes para sostener la absurda herencia, repetía en to- 
dos los documentos que era de Genova, aconsejaba á sus 
hijos que se pusiesen en contacto con el gobierno de la 
República, y se valía de halagos y súplicas para con- 
quistar su favor y el de los poderosos mercaderes del 
Banco de San Jorge. 

— Y usted, Maltrana, ¿es también de los que le creen 
judío? 

— Yo no creo nada cuando faltan pruebas y sólo hay 
inducciones. Pero los que opinan así no se apoyan en el 
vacío. Aquel hombre extraordinario tenía todos los ca- 
racteres del antiguo hebreo: fervor religioso hasta el 
fanatismo; aficiones prof éticas; facilidad de mezclar á 
Dios en los asuntos de dinero. Para descubrir la India, 
según él dijo en sus cartas á los reyes, «no me valió ra- 
zón ni matemática; llanamente se cumplió lo que dijo 
Isaías...» 

Y lo que había dicho Isaías en uno de sus salmos 
era, según Colón, que antes de acabarse el mundo se 
habían de convertir todos los hombres, y que de España 
saldría quien les enseñase la verdadera religión. Ade- 
más de Isaías apelaba á la autoridad de Esdras, judío 
olvidado, y en varios de sus escritos figuraban cartas 



LOS ARGONAUTAS 103 

de rabinos conversos. Viejo ya redactaba su famoso 
libro de Las Profecías^ desvarío místico en el que hizo 
cálculos sobre la duración de la tierra, tomando como 
base los profetas bíblicos. Y el resultado de sus refle- 
xiones fué anunciar que sólo le quedaban al mundo cien- 
to cincuenta años de vida, pues había de perecer segu- 
ramente en 1656. 

— Se nota en él — dijo Ojeda — algo de la exaltación 
feroz de los antiguos hebreos, que siempre que consti- 
tuían nacionalidad se perseguían y degollaban por que- 
rellas religiosas. En nuestra historia los inquisidores 
más temibles fueron de origen judío, y ¿quién sabe si 
una gran parte del fanatismo español no se debe á la 
sangre hebrea que se ingirió en la formación deñnitiva 
de nuestro pueblo?... El judío de aquellas épocas no 
perdía jamás de vista el negocio en medio de sus ensue- 
ños místicos, y apreciaba el oro como algo divino. Así 
fué Colón. 

Tenía visiones divinas, como la de Jamaica, en la 
que le habló Dios en persona, y al mismo tiempo añr- 
maba: «El oro es excelentísimo, y con él quien lo tiene 
hace cuanto quiere en el mundo, y tal es su poder que 
echa las almas al Paraíso.» Emprendía sus viajes en 
nombre de la Santísima Trinidad, afirmando que su 
obra era «lumbre del Espíritu Santo», pues lo enviaba 
á la India para que esparciese el Evangelio y salvase 
las almas, y luego proponía la venta de indígenas hasta 
que diesen una renta de cuarenta millones anuales. 
Cargaba dos navios de esclavos para venderlos en Es- 
paña y recomendaba á su hermano don Bartolomé que 
tuviese gran cuidado con la mercancía y llevase justa 
cuenta en lo que correspondiese á cada uno, «pues hay 
que mirar en todo la conciencia, porque no hay otro 
bien mejor, salvo servir á Dios, y todas las cosas de este 
mundo son nada, y Dios es para siempre». 

— Además — interrumpió Maltrana — , basta leer la 
descripción que hacen Las Casas y otros historiadores 
del tipo físico del Almirante: bermejo, cariluengo, la 
nariz aguileña, pecoso, enojadizo, elocuente y muy duro 
para los trabajos. 

—La codicia es notoria en él; pero codiciosos fueron 



104 V. BLASCO IBÁÑEZ 

igualmente todos los que intervinieron en estos descu- 
brimientos. Es verdad que los otros iban francamente 
por el oro, y Colón, además del oro, deseaba servir á su 
religión conquistando millones de almas. En realidad, 
nadie pensó que estas expediciones pudiesen tener un 
resultado científico. Iban á la India porque era rica; 
iban en busca de la tierra del Gran Kan, soberano de 
la China, preocupados únicamente con sus tesoros. Co- 
lón se embarcó llevando una carta de los Reyes para el 
Gran Kan, escrita en latín, carta que le acreditaba como 
embajador extraordinario, y apenas en las costas de 
Cuba — que él creía tierra firme — pudo entender por la 
mímica de los indígenas que en el interior vivía un gran 
monarca, mostróse regocijado, adivinando en este caci- 
que humilde al rico emperador de Catay. 

Enviaba tierra adentro con sus papeles diplomáti- 
cos á un judío converso de Murcia, que por conocer 
algunas lenguas orientales iba con él de intérprete, y 
este mensajero, después de larga marcha, sólo encon- 
traba un jefe de tribu á la sombra de su techumbre de 
hojas, rodeado de concubinas bronceadas. 

— Yo admiro — continuó Ojeda — la ilusión casi infan- 
til que acompaña á Colón hasta la muerte, haciéndole 
encontrar en todas partes riquezas y recuerdos bíbli- 
cos c La Isla Española es la Ofir de Salomón con sus 
áureas minas; un gran río forzosamente debe venir del 
Paraíso; una montaña es una pera, centro del mundo, 
y en el pezón está la cuna del género humano; la costa 
de Veragua es el Áurea de donde sacó el rey David tres 
mil quintales de oro, dejándolos en testamento á su hijo. 
No ve una tierra nueva sin cantar Salve Regina «y otras 
prosas», como él dice en su lenguaje... Y este mismo 
soñador piadoso da lecciones de astucia y traición á su 
teniente el caballero aragonés Mosén Pedro Marguerit, 
para que prenda á Caonabo, belicoso cacique, y le re- 
comienda que le envíe emisarios con buenas palabras 
hasta que éste venga á visitarle. «Y como por ser indio 
anda desnudo — le dice poco más ó menos — , y si huyese 
sería difícil haberlo á las manos, regaladle una camisa 
y vestídsela luego, y un capuz, y un cinto por donde le 
podías tener é que no se vos suelte.» 



LOS ARGONAUTAS 105 

Pasó ante los dos amigos muy erguida, con el libro 
bajo el brazo, la dama norteamericana, que hasta enton- 
ces había estado leyendo en su sillón. Varias veces sor- 
prendió Fernando por encima del volumen unos ojos cla- 
ros fijos en él, y que al encontrarse con los suyos volvían 
hacia las páginas. 

— La hora del té — dijo Maltrana — . Estas inglesas la 
adivinan con una exactitud cronométrica... Si le pare- 
ce, no bajaremos hasta luego. Debe estar repleto el jar- 
dín de invierno. 

Encendieron cigarrillos y quedaron los dos con los 
ojos entornados contemplando las espirales de humo que 
se desarrollaban sobre el fondo azul. 

— Otra mentira que me irrita — dijo Isidro á los pocos 
momentos — es la de las persecuciones que la ignorancia 
de la Iglesia hizo sufrir al Almirante. Yo no tengo nada 
que ver con la Iglesia, pero reconozco que esta inven- 
ción es una de las necedades más grandes, si no la 
mayor, que podemos apuntarnos en nuestra cuenta los 
que figuramos en el gremio de los impíos. El vulgo ex- 
tranjero, que tiene un patrón hecho, siempre el mismo, 
para las cosas de España, pensó que al haber descu- 
bierto Colón un nuevo mundo, del que no tenía noticia el 
Dios de la Biblia, forzosamente debieron perseguirle las 
gentes de Iglesia con mortales odios. Hasta hay cuadros 
célebres que representan el llamado «Congreso de Sala- 
manca», con obispos muy puestos de mitra y báculo 
(algo así como el coro episcopal de La Africana)^ que 
discuten geografía y gritan anatema contra el impío, 
apartándose de él. Y Colón, arrogante y sereno, como 
un tenor que sabe de antemano que triunfará en el últi- 
mo acto... 

Ojeda rió de las palabras de Maltrana. 

—Imagínese — continuó éste — el salto que hubiese 
dado el autor de Las Profecías, el amigo de Isaías y de 
Esdrás, al ocurrírsele la idea de que podía existir un 
nuevo mundo desconocido por el Dios del Génesis, y 
cuyos habitantes no procedían de Adán y Eva, ni de la 
dispersión de los hijos de Noé. Cuando menos se habría 
creído objeto de una alucinación diabólica, y de atre- 
verse á enunciar su pensamiento, no hubiera sufrido 



106 V. BLASCO IBÁÑBZ 

pena mayor que la de encierro por demencia... Pero 
Colón sólo hablaba de ir al antiguo mundo conocido 
por el camino de Occidente, y esto nada tenía de heré- 
tico, fundamentándolo además en autores clásicos y Pa- 
dres de la Iglesia. No hubo otro congreso que una con- 
troversia, por encargo real, con los profesores de la 
Universidad de Salamanca, y en esta disputa científica, 
celebrada en el convento de San Esteban, el profesorado 
se mostró contrario al descubridor, mientras los monjes 
dominicos y otros religiosos aceptaban sus planes como 
verosímiles. Esto se comprende. Los frailes miraban al 
místico Colón como un allegado suyo, y además eran 
sacerdotes de vida popular habituados al contacto con 
las poblaciones de la costa, que hablaban frecuente- 
mente de las tierras nuevas. La ciencia fué la única que 
se opuso á los proyectos del descubridor, como tantas 
veces la hemos visto oponerse á toda innovación».. 

^ Calló Maltrana, como para reñexionar mejor, y luego 
añadió: 

— Yo no me burlo por esto de los catedráticos de Sala- 
manca ni los considero ignorantes. Sabían lo que podía 
saberse en su época y defendían sus conocimientos. Un 
niño de hoy sabe más que ellos, y puede reírse de su 
ciencia; pero falta saber cómo reirán los escolares del 
siglo XXV de los sabios que ahora veneramos. Nadie ha 
guardado un extracto de esta disputa de Salamanca: 
únicamente se sabe que los catedráticos negaban á 
Colón que en tres años pudiese ir y volver, como afir- 
maba, desde España á la costa oriental de Asia. Y en 
esto tenían razón: ellos estaban en lo cierto. Poseían una 
idea más exacta del tamaño de Asia y del tamaño de la 
tierra; daban al Océano desconocido un espacio seme- 
jante al que ocupan el Atlántico y el Pacífico juntos y 
lo tenían por inmenso é infranqueable para los medios 
de navegación de entonces. Pero los pobres sabios de 
Salamanca, lo mismo que Colón, ignoraban la existencia 
de América, y América, cansada de vivir en el misterio, 
salió al paso del navegante, el cual murió ignorándola. 
Y resultó que los que tenían una noción de la tierra más 
aproximada á la verdad, quedaron ante la historia como 
unos borricos, y el visionario que basaba sus planes en 



LOS ARGONAUTAS 107 

que «el mundo es más chico que dicen, y seis partes de 
él están enjutas y una sola con agua», aparece como un 
sabio consagrado por el triunfo... 

— Así es — dijo Ojeda — . Hay que imaginar por un mo- 
mento que no hubiese existido América; suprimir en 
hipótesis el Nuevo Mundo, y ver á Colón, que creía la 
tierra una tercera parte más pequeña y las costas de 
Asia á unas setecientas leguas de las Canarias, lanzán- 
dose con sus barquitos Océano adelante, teniendo que 
navegar por todo el Atlántico y todo el Pacífico hasta 
encontrarse con las islas del Japón ó las costas de la 
China. 

—¡Un absurdo!— interrumpió Maltrana— . Una cosa 
imposible teniendo en cuenta lo que eran las carabelas, 
su escaso repuesto de víveres y la necesidad de descan- 
sar en oportunas escalas. Hubiesen perecido al insistir 
en la empresa, ó lo que es casi seguro, se habrían vuel- 
to. Para llegar solamente á las Antillas, el mismo Colón 
sintió desmayar su voluntad en el primer viaje más de 
una vez, lo que no es raro, pues la fe más sólida ñaquea 
al verse sumida en lo desconocido. Cuando llevaba na- 
vegadas setecientas leguas comenzó á dudar si el Asia 
estaría más lejos de lo que él creía, y fué entonces cuan- 
do Pinzón el mayor, el férreo Martín Alonso, con la tes- 
tarudez de los homÍ)res enérgicos que esperan salir de 
un mal paso atropellándolo todo, le gritaba desde su 
carabela: «¡Adelante! ¡Adelante!» 

— Ahí tiene usted otra patraña, amigo Isidro. La 
pretendida mala fe de Pinzón con el descubridor; sus 
manejos para sublevarle la gente; el intento de las tri- 
pulaciones españolas de echar al agua al Almirante vol- 
viéndose luego á su país; el plazo de tres días que le 
concedieron para morir si no encontraba tierra... 

— ¡Qué leyenda estúpida! — exclamó Maltrana—. Al 
valgo le place ver los personajes históricos á su gusto, 
como héroes de novela folletinesca que arrostran toda 
clase de asechanzas para que al ñn trin.nfe su inocencia 
en el último capítulo. La actuación de un traidor, de un 
personaje sombrío y fatal es necesaria para que por un 
efecto de contraste resalte con mayor relieve la grande- 
za magnánima del protagonista. Y en esta novela co- 



108 V. BLASCO IBÁÑEZ 

lombiana el traidor es el honrado Martín Alonso, que lo 
puso todo en la empresa del descubrimiento para no 
sacar nada y perder encima la vida. Usted conoce la 
verdadera historia. Cuando Colón, vagabundo de in- 
cierta nacionalidad, andaba por Palos no sabiendo qué 
hacer, Pinzón le escuchó y le animó con sus informes de 
viejo navegante del Océano, convencido de la existen- 
cia de nuevas tierras. 

Los reyes concedían su licencia al aventurero para 
el primer viaje, pero con esto no se adelantaba su reali- 
zación. La tesorería real había librado con gran esfuer- 
zo un millón de maravedís procedente de unos censos 
de Valencia, pero la cantidad era insuficiente. Colón 
llevaba una orden para que en el puerto de Palos le fa- 
cilitasen embarcaciones, pero nadie le obedecía. En 
aquellos tiempos de nacionalidad apenas formada y co- 
municaciones difíciles, el poderío de los monarcas sólo 
era verdadero allí donde ellos estaban presentes. Las ór- 
denes reales, cuando iban lejos, se acataban y no se cum- 
plían. Colón, con el mandato de los monarcas, intentó 
alistar gente, pero los marineros reclutados á la fuerza 
se desbandaban y huían. Tal fué su desesperación, que 
hasta pensó en tripular las naves con hombres sacados 
de las cárceles. 

Y en este apuro, cuando veía su empresa próxima al 
fracaso, Martín Alonso Pinzón, el rico de Palos, el ar- 
mador, que podía descansar para siempre de las penali- 
dades del Océano, se ofreció con gallardo arranque á 
interesarse en la expedición y aventurar en ella parte 
de sus bienes, la mitad de lo que habían dado los mo- 
narcas. El buscó y preparó buenas embarcaciones y 
«puso mesa», según el lenguaje de la época, para alistar 
marineros, ofreciéndose como fianza á los que quisieran 
hacer el viaje, y anunciando que él iría también. Esto 
bastaba para que acudiera la mejor gente de la costa y 
todos los preparativos se efectuasen con rapidez... 

— Tenemos el relato del primer viaje escrito por el 
mismo Almirante, su diario de navegación, que no 
puede ser más monótono. Viento favorable, buena mar, 
indicios de tierra, maderas que notan, pájaros que can- 
tan en los mástiles de las carabelas como anunciando la 



LOS ARGONAUTAS 109 

proximidad de costas invisibles. Pero esto era un fondo 
poco interesante para la figura del héroe, y muchos años 
después de su muerte, ciertos historiadores ganosos de 
dar emoción trágica á sus relatos, inventaron lo de 
la sublevación de las tripulaciones que, asustadas, que- 
rían retroceder, y la amenaza al Almirante de echarlo 
al agua si no descubría tierra en el plazo de tres días. Y 
Pinzón juega en todo esto el papel de un traidor caute- 
loso, que fomenta los miedos ridículos de una marinería 
acostumbrada á navegaciones más azarosas... En el 
relato de su viaje, el Almirante, que era de carácter 
receloso y muy dado á ver traiciones y asechanzas en 
todas partes, no dice una palabra de intentos de revuel- 
ta, y varias veces, durante la navegación, aproxima su 
nave á la de Martín Alonso, le llama, entablan amistosa 
plática desde el puente, y se envían con una cuerda la 
famosa carta de Toscanelli para esclarecer sus dudas. 

— Colón — dijo Ojeda — era de mayores conocimientos 
científicos que su consocio, el marino de Palos; pero 
reconocía en éste más pericia en el arte de navegar, en 
el manejo de los buques y de los hombres... Hubo efec- 
tivamente un plazo de tres días; pero este plazo no se 
lo dieron al Almirante sus marineros, sino que fué él 
quien se lo concedió á Pinzón, que solicitaba cambiar de 
rumbo. Notábanse á ambos lados de los buques señales de 
tierra, pero el Almirante continuaba siempre en la misma 
dirección, creyendo estar entre las islas de Cipango, ó 
sea en el archipiélago japonés. «Todo aquello se vería á 
la vuelta.» El deseaba llegar cuanto antes á tierra firme, 
al imperio de Catay, á la China, para visitar al Gran 
Kan, entregarle sus credenciales y hacer acopio de oro. 
Pero Martín Alonso, menos iluso, consideraba necesario 
tocar cuanto antes en alguna tierra, y don Cristóbal 
acabó por acceder á que cambiase de rumbo, con la con- 
dición de que si en tres días no encontraban costa, vol- 
verían al primitivo... 

— Y apenas se sigue la ruta de Pinzón, surge la peque- 
ña isla antillana, etapa primera del gran descubrimiento, 
que dura luego más de un siglo... Tal vez nadie hizo 
tanto por la gloria de Colón como su consocio al cam- 
biar de rumbo. Imagínese usted si el Almirante, en su 



lio V. BLASCO IBÁÑBZ 

prisa de ver al Gran Kan, sigue la primera dirección y 
va á dar en las costas actuales de los Estados Unidos. 
De seguro que no vuelve, y el mundo se queda sin tener 
noticia de su descubrimiento. 

— Sí; no vuelve — dijo Ojeda — . Es muy probable; es 
casi seguro. Para la pequeña expedición, que sumaba 
en conjunto unos noventa hombres, y no había hecho 
verdaderos preparativos de guerra, fué una suerte abor- 
dar en los archipiélagos paradisíacos del mar de las An- 
tillas, con sus poblaciones mansas, tímidos rebaños hu- 
manos en los que cazaban su alimento los caníbales de 
las otras islas. Si los .tres barquitos con su puñado de 
tripulantes se encuentran al tocar tierra con los indios 
íeroces de la América del Norte ó los belicosos aztecas 
de Méjico, de seguro que no vuelven... ;y se acabó 
Colón! 

— Sólo al final del viaje— continuó Maltrana— habla 
el Almirante de su compañero con cierto encono. Al na- 
vegar por las costas de Cuba tuvieron mal tiempo, y 
Colón se refugió con su carabela en un abrigo de la cos- 
ta, mientras el otro, marinero más atrevido y confiado 
en su habilidad, seguía adelante. Estuvieron separados 
unos días, y esto bastó para que Colón sospechase que 
Martín Alonso había tenido de los indios noticias de 
mucho oro é iba á buscarlo por su cuenta como un ami- 
go infiel. ¡Disputas de consocios que se temen y se vigi- 
lan!... Y el caso fué que iguales riquezas encontraron el 
uno y el otro... ¡Nada! A la vuelta, el Almirante, que 
montaba una carabela por haber perdido su navio ma- 
yor en un bajo, tiene que refugiarse en las Azores 
— donde intentan prenderle los portugueses — , y luego 
en Lisboa, donde otra vez corre el peligro de verse pre- 
so. Mientras tanto Martín Alonso afronta la tormenta 
sin hacer escala alguna y llega directamente á España, 
pero tan derrotado y enfermo, que muere inmediata- 
mente. Y nadie le devuelve el medio cuento de marave- 
dís que puso en la empresa — cantidad que fué sin duda 
la que se atribuyó Colón en su testamento como gasto 
hecho por él — ; se esparce el silencio en torno de su nom- 
bre; luego, cuando reaparece, es para que algunos au- 
tores le atribuyan intentos poco leales; y el vulgo se ha 



LOS AROONAUTAS 111 

imaginado, durante siglos, al honrado Martín Alonso 
como una especie de barítono de ópera, barbudo, som- 
brío, envidioso, que intriga, rodeado de un coro de ma- 
rineros, contra la gloria y la vida del tenor. 

— Pero usted no negará, Maltrana, que el Almirante 
fué perseguido y maltratado de resultas de su goberna- 
ción en Santo Domingo. Acuérdese de Bobadilla, el co- 
misionado de los reyes: acuérdese de cómo lo envió con 
grillos á España. 

— Sí; reconozco que lo trataron «con descortesía», 
estas fueron las palabras de la reina Isabel, su decidida 
protectora. Lo trataron sin respeto á su edad y sus mé- 
ritos; con arreglo á los duros procedimientos judiciales 
de la época; procedimientos que el mismo Colón emiplea- 
ba igualmente con sus inferiores. Pero que fuese una in- 
justicia caprichosa, como quiere la leyenda, esto es dis- 
cutible. Se puede ser un gran argonauta descubridor de 
tierras y un pésimo gobernante. 

— Hay además que tener en cuenta las ilusiones que 
había fomentado en todos los que le siguieron en el se- 
gundo viaje; gente aventurera, levantisca y ansiosa de 
enriquecerse. Iban á las minas del rey Salomón, á Ofir, 
á Cipango; no había más que agacharse para recoger 
bolas de oro. Y se encontraron allá con que todo falta- 
ba, y para recolectar un poco de oro había que sufrir 
horriblemente. El gobernador, con el ansia de amonto- 
nar riquezas y contrariado por los obstáculos, mostrá- 
base huraño, atribuyendo la falta de éxito á la pereza 
de los individuos de la colonia. Y hubo rebeliones, ba- 
tallas entre los conquistadores, y Colón, que tenía la 
mano pesada y el carácter autoritario, castigó dura- 
mente á sus inferiores. 

— Los castigaba como si quisiera vengarse en ellos de 
persecuciones sufridas por sus ascendientes... Cuando 
Bobadilla llegó á la isla, enviado por los reyes en vista 
de las súplicas y quejas de los colonos, el Almirante 
había ahorcado en la semana anterior siete españoles, 
cinco más estaban en la fortaleza de Santo Domingo es- 
perando el instante de morir, con la cuerda al cuello, y 
su hermano el Adelantado tenía otros diez y siete meti- 
dos en un pozo, para enviarlos igualmente á la horca. 



112 V. BLASCO IBÁÑBZ 

Bobadilla no fué, en sus procedimientos, más que un 
justiciero expeditivo á estilo de la época. El mismo Las 
Casas, amigo del Almirante, reconoce que era «persona 
de rectitud». Al ser enviado Colón á España preso y con 
grillos, la reina lamentó mucho esta descortesía, pero 
no le repuso en el gobierno de la isla, prohibiéndole 
además que volviese á ella. Se echó tierra al asunto, 
porque doña Isabel deseaba, según un autor de la épo- 
ca, «que las verdaderas causas de lo ocurrido quedasen 
ocultas, pues más quería ver á Colón enmendado que 
maltratado». Y el mismo Colón, en una carta, confesaba 
haber cometido faltas, que necesitaban el perdón de los 
reyes, «porque mis yerros— decía— no han sido con el 
fin de hacer mal». 

Maltrana añadió después de una breve pausa: 

— También existe otro embuste legendario, la muerte 
de Colón en Valladolid, en plena miseria, pobre víctima 
de la ingratitud del rey Fernando. ¿Qué más podía hacer 
éste por él? El antiguo vagabundo era Almirante, car- 
go el más honorífico de la nación, pues lo había creado 
un monarca para uno de sus tíos. Su hijo, de obscuro 
origen é incierta sangre, lo había casado el rey Fernan- 
do con una sobrina suya. Gozaba además Colón por ca- 
pitulaciones públicas la décima parte de todo lo que se 
ganase en la India. Pero como de allá no venía nada, 
según confesión del mismo don Cristóbal, de aquí que 
no poseyese riquezas. En cuanto á morir en la miseria, 
como supone el vulgo, basta decir que el testamento de 
Colón lo firman siete criados suyos, y este lujo de ser- 
vidumbre no significa indigencia. 

— Tiempos eran aquellos de pobreza — dijo Ojeda — . 
Los mismos reyes andaban siempre apurados de dinero, 
la hacienda pública era menos regular que ahora, y la 
nación, esquilmada por las guerras con los moros y la 
de Ñapóles, no podía ayudar mucho á unos descubri- 
mientos que sólo habían dado como resultado el hallaz- 
go de islas improductivas en las que perecían los hom- 
bres. Algo olvidado murió el Almirante. La gente, en 
España y fuera de ella, no prestó atención al suceso: el 
descubridor se había sobrevivido á su fama. En los ocho 
años que siguieron al primer descubrimiento se habló 



LOS ARGONAUTAS 113 

mucho de él; luego, en los cinco últimos, el silencio y la 
indiferencia. Había ido á conquistar las riquezas de 
Oriente, y nadie veía las tales riquezas: era simplemente 
el descubridor de unas islas de la extrema Asia. El tam- 
bién lo creía así, y sólo años después, cuando Núñez de 
Balboa encontró el Pacífico, el llamado mar del Sur, 
fué cuando Europa pudo enterarse de que el Asia de 
Colón era un mundo nuevo que tenía otro Océano á sus 
espaldas. 

— La facilidad con que Europa entera acogió los re- 
latos de un obscuro piloto italiano, Américo Vespucio, 
el cual, atribuyéndose glorias ajenas, bautizó con su 
nombre el nuevo continente, demuestra cuan olvidado 
estaba Colón, no en España, sino fuera de ella. Este 
bautizo de América es injusto, pero no carece de lógica. 
Colón sólo había descubierto el Asia, y en esta fe murió. 
Américo Vespucio fué el primero que hizo saber al mun- 
do — gracias á las sucesivas exploraciones de los mari- 
nos españoles — que esta mentida Asia era un continente 
nuevo, y los editores alemanes é italianos de sus escri- 
tos dieron su nombre á las lejanas tierras. Un cínico 
atrevimiento de librería que ha triunfado para siem- 
pre... Pero el vulgo, amigo Ojeda, quiere que sus héroes 
sean desgraciados para amarlos con la simpatía de la 
conmiseración. Vea usted á Goethe, el más grande tal 
vez de los poetas de nuestra época. Lo admiramos, pero 
no nos inspira una simpatía familiar, porque fué dicho- 
so en su existencia; tuvo amores con grandes damas, 
desempeñó altos cargos palaciegos, gobernó un país, 
vivió en la hartura. Nos gusta más Homero ciego y 
vagabundo; Cervantes, que según la gente no tuvo que 
cenar cuando terminó el Quijote; Shakespeare cómico 
de la legua y empinando el codo en las cervecerías; 
Beethoven pobre y sordo... y Colón muriendo de ham- 
bre sobre unas pajas, sin haber recibido blanca por sus 
descubrimientos . 

— Mucho hay de eso — dijo Ojeda con exaltación — ,pero 
yo admiro al Almirante, fuese de donde fuese y tuviera 
la sangre que tuviera, como un soñador enérgico que 
no descansó hasta levantar una punta del misterio que 
envolvía al mundo. Admiro en él sus errores estupen- 

8 



114 V. BLASCO IBÁÑBZ 

dos y las teorías bizarras que por caminos tortuosos le 
llevaron hasta la verdad. Es el último grande hombre 
de la Edad Media, el nieto de los alquimistas, de los via- 
jeros maravillosos, de los sabios rabínicos, de los na- 
vegantes árabes, de los iluminados cristianos, que abre 
á la vida moderna la mitad del planeta para que se 
ensanche. A mí me conmueven sus candideces y sus 
ignorancias, cuando va por el mundo nuevo viendo por 
todas partes los vestigios del mundo antiguo. Me causan 
deleite las descripciones que hace en sus cartas de las 
tierras que descubre; los suelos «follados» por las patas 
de misteriosas «animalías»; la caza en las selvas á los 
«gatos paúles», nombre que en su tiempo se daba á los 
monos; la visita que recibe á bordo en el último viaje 
de «dos muchachas muy ataviadas, la más vieja de once 
años, que treLÍsm polvos de hechizos escondidos», y am- 
bas, según dice el viejo Almirante á los reyes, «con 
tanta desenvoltura que no harían más unas p...» jY qué 
energía la del hombre! 

Ojeda hablaba con cierta emoción del último viaje 
del nauta siempre en busca del oro que huía ante él, 
viaje de trágico dolor, en plena ancianidad, con una 
pierna ulcerada, los ojos casi ciegos, teniendo á su lado 
al hijo pequeño, pobre infante que cree haber arrastra- 
do á la muerte. Los buques están encallados, las tripu- 
laciones hambrientas y sublevadas, los indios de Jamai- 
ca se muestran hostiles, nada puede esperar ya de los 
hombres, pero se consuela con visiones celestes que se 
le aparecen de noche, sobre el alcázar de popa, y le 
hablan... También lo admiraba en los peligros del re- 
greso de su primer viaje; peligros en los que le iba algo 
más que la existencia: la pérdida de la gloria que con- 
sideraba entre sus manos. Una tempestad que volcaba 
muchos navios dentro del río de Lisboa, alcanzábale en 
pleno Océano, montando una carabela maltratada por 
la navegación en los mares de la India y que hacía agua 
por todas partes. 

—Cree que Pinzón se ha perdido en el otro buque y 
que sólo queda él para dar al mundo la gran noticia: la 
gran noticia que todos ignorarán si él perece. Tal vez 
otros descubridores del Mar Tenebroso sufrieron este re- 



LOS ARaONAUTAS 115 

vés del destino luego de reconocer las tierras nuevas. 
¡Morir con el secreto!... 

Y Colón escribe en pergaminos la reseña de su des- 
cubrimiento, los mete en toneles y arroja éstos á las 
olas, sin que los marineros sospechen lo que encierran, 
pues creen que se trata de un acto de devoción para 
apaciguar á los elementos. La tempestad arrecia, y el 
Almirante hace traer tantos garbanzos como personas 
van en la carabela, señala uno con un cuchillo y revol- 
viéndolos en su bonete invita á la chusma á meter la 
mano. El que saque el garbanzo marcado con una cruz 
irá de romero á Santa María de Guadalupe llevando un 
cirio de cinco libras... Y es el Almirante el que saca el 
garbanzo. Luego echan las mismas suertes para ir en 
romería á Santa María de Loreto, «en la Marca de An- 
cona, tierra del Papa», y como le toca á un simple 
proel, Colón le promete ayudarle con sus dineros para 
el viaje. La borrasca va en aumento al día siguiente, 
vuelven á echar suertes para velar toda una noche en 
Santa Clara de Moguer, y otra vez designa el garbanzo 
al Almirante. 

Pero como estas promesas no logran domar á las po- 
tencias hostiles del Océano y la carabela se tumba, falta 
de lastre (una imprevisión del Almirante), y los basti- 
mentos de comida están casi agotados, hacen el voto de 
ir todos, apenas lleguen á tierra, en procesión y en ca- 
misa hasta la primera iglesia que encuentren bajo la 
advocación de la Virgen. 

— Y cuando el temporal los echa al fin en Lisboa, lle- 
vaba Colón más de doce días de inmovilidad en su banco 
de popa, dormitando á ratos, con las piernas mojadas 
por la lluvia y las olas. Esta prueba fué la más tremen- 
da de su vida. ¡Poseer una verdad que iba á conmover 
el mundo y morir con ella!... Pero basta de Colón, ami- 
go Maltrana. Ya hemos hablado bastante; vamos á to- 
mar el té. 

Abandonaron sus asientos, y al dirigirse á una de las 
escalerillas para descender al paseo notaron en el mar 
varias curvas negras y veloces que asomaban un ins- 
tante sobre el agua, sumiéndose y reapareciendo más 
lejos entre burbujeo de espumas. 



116 V. BLASCO IBÁÑEZ 

— Son atunes — dijo Maltrana — . O tal vez sean delfi- 
nes... ¡Quién sabe! 

—De seguro que no son sirenas— repuso Ojeda. 
Caminaron algunos pasos y añadió: 

— Es lástima que no queden sirenas. Y sin embargo, 
aun las había en tiempos de Colón.. . ¿No sabe usted eso? 
El vio salir tres «muy altas sobre el mar», cerca de la 
embocadura de un río de Santo Domingo. Y dice Las 
Casas que al Almirante no le llamaron la atención por- 
que había visto otras muchas en sus navegaciones de 
mozo por las costas de Guinea y la Manegueta, y que 
las sirenas no son tan hermosas como las pintan, «pues 
en cierto modo tienen forma de hombre en la cara». 



IV 



Erguidos ante sus atriles con militar rigidez, ento- 
naban los músicos una marcha solemne, que servía de 
acompañamiento á los pasajeros en su entrada al come- 
dor. Los hombres vestían de frac ó de smoking, guardan- 
do en una mano la gorra de viaje. Algunos se detenían 
en las puertas formando grupos para ver á las señoras 
que iban saliendo de los camarotes de preferencia ó 
venían de los de abajo por la gran escalera de doble 
rampa, con un roce de finas ropas interiores. 

Deslizábanse rápidas todas ellas, entre saludos y 
sonrisas, para sumirse más allá de las mamparas de 
cristales en un mar de luz, en el que nadaban los co- 
lores de inquietas banderas. Una estela de polvos de 
tocador y vagas esencias de jardín artificial seguía 
el aleteo de las faldas desmayadas y flácidas, con bri- 
llantes pajuelas de oro ó plata: el crujiente arrastre de 
los tejidos sedosos; el brillo de las espaldas desnudas 
suavizadas con una capa de blanquete; la tersura de 
las nucas, sobre las que se elevaba el edificio de un 
peinado extraordinario, el primero de una navegación 
que únicamente se había prestado hasta entonces á ex- 
hibir sombreros de paseo y velos de odalisca. 

En el antecomedor lucía un gran cartel pintarrajea- 
do, con una pareja danzante, y una inscripción gótica 
en alemán y en español: «Esta noche baile.» Y el anun- 
cio parecía esparcir por todo el buque un regocijo de 
colegio en libertad. «Esta noche baile», repetían las 
personas de grave aspecto, como si se prometiesen un 
sinnúm^ero de misteriosas satisfacciones. 



118 V. BLASCO IBÁÑEZ 

Saludábanse por vez primera, con espontáneos mo- 
vimientos de cabeza, gentes que ignoraban todavía sus 
respectivos nombres. Durante la tarde habíanse enta- 
blado grandes amistades en la cubierta de paseo. Mu- 
chachas de diversa nacionalidad, que no se habían visto 
nunca y tal vez no volverían á verse al salir del buque, 
agrupábanse atraídas por la simpatía que les inspiraba 
el género de belleza de la nueva amiga ó la distinción 
de sus vestidos. Empezaban hablando en varios idio- 
mas, para expresarse al fin en castellano. Caminaban 
tomadas del talle lo mismo que si fuesen compañeras 
de pensión, y antes de que terminase la noche iban á 
tutearse, entusiasmadas por una amistad que conside- 
raban eterna y databa de unas cuantas horas. Las ma- 
dres se sonreían unas á otras sin conocerse — arrastradas 
por las afinidades de sus hijas — , con una complicidad 
de compañeras de profesión, y acababan igualmente 
formando grupos, para hablar de los dolores y satisfac- 
ciones que proporciona la familia, de las brillantes cua- 
lidades de sus retoños, de los desengaños é ingratitudes 
que tal vez les reservaba el porvenir á las pobrecitas... 
como si las compadeciesen y envidiasen al mismo tiem- 
po. Algunas, vestidas de negro con una austeridad mon- 
jil, acometían desde las primeras frases el elogio y el 
lamento de sus difuntos maridos. 

Verificábase una aproximación general, como si todos 
en el buque despertasen de pronto reconociéndose an- 
tiguos parientes. Hasta entonces los que habían salido 
de Hamburgo fingían ignorar á los embarcados en Bou- 
logne, navegando juntos sin saludarse por el mar de 
Gascuña y de Cantabria, extensión de lívido azul, bajo 
un cielo gris. La vista de pequeñas ballenas chapotean- 
do en el golfo entre surtidores de espuma, les había 
hecho cruzar algunas palabras, replegándose á conti- 
nuación en su huraño aislamiento. Juntos habían aco- 
gido con un mutismo de altivez á los que subieron en 
Lisboa, sospechosos intrusos que venían á inmiscuirse 
en la tranquilidad de los primeros ocupantes; y así 
habían navegado hasta Tenerife. Pero ahora empezaba 
el verdadero viaje: la vida común lejos de toda tierra, 
sin que un nuevo chorro de extraños pudiese turbar 



LOS ARGONAUTAS 119 

esta paz de convento flotante, y todos se sentían unidos 
por repentina fraternidad. 

Hasta el Océano parecía reflejar bondadosamente la 
alegre camaradería de los pasajeros. El tapiz tenía bajo 
el pie la consistencia de la tierra firme; los objetos man- 
teníanse en grave inmovilidad; penetraba por las ven- 
tanas la brisa oceánica en suaves ráfagas, una brisa 
discreta que no hacía saltar la velutina de la epidermis 
ni ponía en desorden los peinados; una brisa regulada, 
domesticada, como la que refresca los salones en las 
playas de moda. Los estómagos, encogidos hasta enton- 
ces por la ruda novedad de la navegación, se dilataban 
con voluptuoso desperezo, admirando en el comedor las 
prodigalidades del servicio. Crujían en los camarotes 
las cerrajas de las maletas; desatábanse correas y pa- 
quetes; abandonaban las ropas sus encierros, y las ma- 
nos diligentes sacudían pliegues y ordenaban piezas con 
toda calma, sin miedo al vahído del cansancio y á la 
movilidad que arroja personas y objetos de un ángulo á 
otro de la inquieta habitación. 

Todos pasaban el contenido de los equipajes á los 
armarios y las perchas, cuidando después del arreglo 
de sus personas. Diez días para llegar á Río Janeiro, la 
escala más próxima: ¡diez días de vida común! ¡Toda 
una existencia cuyo vacío había que poblar con diver- 
siones y nuevas amistades!... Y la fiesta del cumpleaños 
del Emperador, la primera del viaje, difundía por el 
buque un regocijo de escolares que empiezan sus vaca- 
ciones. 

Entre las pilastras del comedor ondulaban abullo- 
nadas las banderas de diversos pueblos. Guirnaldas 
de rosas contrahechas y bombillas eléctricas de varios 
matices tendíanse de capitel á capitel. Al final del salón, 
sobre una columna rodeada de plantas y teniendo como 
fondo el pabellón alemán, erguíase un gran busto de 
yeso, el del héroe de la fiesta, con fieros y majestuosos 
bigotes. Sóbrelas mesas aleteaban pequeñas banderas, 
una por cada comensal: la de su respectiva naciona- 
lidad. 

El culto á los trapos de colores— religión de última 
hora, adorada con fanatismo por el público de hoteles 



120 V. BLASCO IBÁÑEZ 

cosmopolitas, trasatlánticos y trenes internacionales, 
gente que vive gustosa fuera de su país — extendía por 
todo el comedor, como una primavera de percalina, la 
floración de sus diversos tonos. La bandera germánica, 
sombreada por su faja negra, mezclábase con el bulli- 
cioso tricolor de la francesa, la púrpura británica, el 
verde de la italiana, que parece un reflejo de mar lati- 
no, la cruz blanca suiza, las barras y enrejados de las 
encandinavas y el reventón de cohete rojo y dorado de 
la española. Sobre las otras mesas, como hijas vistosas 
que en la frescura de su juventud no temen la bizarría 
de lo llamativo, lucían el verde y ámbar brasileños, de 
un tono igual al de los frutos tropicales; el sol majes- 
tuoso y las barras de la ribera uruguaya; el aleteo pri- 
maveral albo y celeste del pabellón argentino; la blanca 
estrella chilena sobre un cielo de intenso azul, y la 
gran constelación de la América del Norte amontonan- 
do en el arranque del rojo septagrama su rebaño de 
asteroides. 

Antes de servirse el primer plato surgieron protes- 
tas. Se negaban algunos pasajeros á sentarse, mirando 
iracundos la bandera que cubría con intrusos colores el 
montón de platos de su cubierto. Querían la suya, la de 
su país. Ellos pagaban lo mismo que los demás: á bordo 
todos eran iguales y su república valía tanto como 
cualquiera otra de América... Los camareros, azorados 
cual si fuese á estallar una conflagración internacional, 
salían á toda prisa del comedor y regresaban trayen- 
do con ellos al mayordomo, sonriente y confuso á la 
vez, como un gerente de restorán de moda que implora 
perdón por olvidos en el servicio. 

— No tenemos su bandera, señor: desolado, completa- 
mente desolado... Yo le prometo que en el próximo viaje 
cuidaré de tenerla... Por el momento, si el señor quiere, 
hágame el honor de contentarse con esta otra... Al fin 
todos vamos á Buenos Aires. 

Y sustituía la bandera de la protesta con otra argenti- 
na, que era la más abundante, la que adornaba los cu- 
biertos de todas las personas de problemática nacionali- 
dad. El hombre acababa por conformarse, vencido tal 
vez por el perfume de la sopa que humeaba en los 



LOS ARGONAUTAS 121 

platos, pero atacaba su comida con un mohín de pena, 
como un señor á quien le han amargado la noche. 

Pasaban los camareros sosteniendo con ambas ma- 
nos vasijas de metal, de cuyas bocas surgían golletes 
de botellas entre pedazos de hielo. Sonaban incesante- 
mente los estampidos del vino espumoso. Muchos se 
creían en una posición equívoca si no acompañaban su 
comida con champan en esta noche de fiesta. 

La nutrición era la misma para todos, como si se 
hubiesen trastornado las bases sociales y vivieran some- 
tidos á un régimen igualitario. Pero el afán de singula- 
rizarse asombrando al vecino tomaba su desquite en 
los líquidos, y equivalían á títulos de suprema distinción 
las botellas que figuraban en las mesas: unas blancas 
y puntiagudas como agujas góticas, cuyas etiquetas 
evocaban la imagen del padre Rhin pasando entre cas- 
tillos y peinando sus barbas de espuma en los puentes 
medioevales; otras negras con la cabezota de corcho 
afirmada en un casco de alambres y láminas metáli- 
cas, llevando sobre los hombros, cual regio toisón, el 
collar obscuro y las letras de oro de su champañesco 
origen. 

Ojeda y Maltrana ocupaban una mesa en el centro 
del comedor con otros dos pasajeros: un señor de pati- 
llas blancas, parco en el hablar, que siempre llegaba 
con retraso á las comidas y pasaba el resto del tiempo 
encerrado en su camarote. Era el doctor Eubau, viejo 
médico residente en Montevideo. El otro, con la cabeza 
gris y el bigote extrañamente rubio, pequeño de cuerpo 
y de un perfil aquilino, se decía francés y vivía en París, 
pero hablaba el alemán con tanta soltura y estaba tan 
habituado á los usos germánicos, que los del buque, 
creyéndolo compatriota, habían colocado ante su cu- 
bierto la bandera del Imperio. Todos los años iba á Amé- 
rica para visitar las joyerías de varios países de las que 
era proveedor, y al mismo tiempo importaba en Europa 
pieles y plumas. Mostrábase preocupado desde que en- 
tró en el vapor con la busca de compañeros para una 
partida de hridge, y su tristeza era grande al ver que en 
el fumadero sólo jugaban éi poker. Todos los días al sen- 
tarse á la mesa el señor Munster quedaba pensativo, 



122 V. BLASCO IBÁÑBZ 

sin dejar por esto de mover las mandíbulas, y acababa 
por formular la misma pregunta en un castellano gan- 
goso: 

— ¿Pero de veras que ninguno de ustedes conoce el 
bridge?,,. ;Un juego tan distinguido! 

Maltrana, que se había familiarizado con él atrevi- 
damente desde los primeros momentos, creyendo encon- 
trar en su vaga nacionalidad cierto perfume de sina- 
goga, le invitaba á monstruosas partidas de poker ^ en 
las que debían arriesgarse miles y miles de francos. Y 
lo decía con un aplomo desdeñoso, como si tuviese á su 
disposición todos los millones encerrados en el fondo 
del buque. 

Aprovechó Isidro esta comida extraordinaria para 
ir mostrando á Ojeda las gentes mencionadas por él en 
conversaciones anteriores. Por encima de las banderas, 
las cabezas inclinadas ante los platos y las guirnaldas 
de verdura, pasaba revista á todos los que titulaba pom- 
posamente «mis amigos». 

— Hoy no falta nadie; sala llena. Bien se ve que tene- 
mos buen tiempo... Los buques son como los muebles 
viejos que después de una sacudida sueltan, al quedar 
inmóviles, un rosario de bichos cuya existencia nadie 
sospechaba. ¡Qué de caras desconocidas!... Han estado 
ocultos como cucarachas en el agujero de sus camarotes, 
aguantando el mareo, y hoy es la primera vez que su- 
ben al comedor. Mire usted el abate de las conferencias; 
hermosa cabeza de corsario con sus barbazas negras. 
Nadie adivinaría su sotana, que desde aquí no puede 
verse. Mire también á las señoras viejas sentadas junto 
á él; ¡con qué arrobamiento le contemplan mientras 
come!... Fíjese en la mesa del centro, la más grande del 
salón; es para catorce pasajeros y la ocupa el doctor 
Zurita con su familia. ¡Hombre generoso y campechano! 
¡Como si nos conociésemos toda la vida! Siempre que 
hablo con él me ofrece un puro magnífico: «Che^ Mal- 
trana; oiga, galleguito simpático...» Y crea usted que es 
un hombre de gran sentido, que sabe ver las cosas como 
pocos... Eche una mirada al obispo, con toda su familia 
de admiradores tiránicos. Le han obligado á ponerse la 
sotana de seda con faja carmesí. ¡Y cómo le brilla la 



LOS ARGONAUTAS 123 

cruz! Sin duda la han limpiado en común para quitarle 
el vaho del mar... 

Maltrana continuó después de una breve pausa: 

— Esa señora que entra retrasada, tan alta y buena 
moza es una chilena. ¡Qué mujer, eh, Ojeda! ¡Qué cue- 
llo, qué andares de reina, qué brillantes!... Pero no hay 
ilusiones posibles. El barbudo hermosote que avanza 
pisándole la cola del vestido es el esposo; dos metros de 
talla; se ruboriza cuando tiene que hablar con un extra- 
ño, pero se le adivinan unos músculos de boxeador y 
una gran facilidad para dar «puñete», como él dice... 
Los que ocupan la mesa con ellos son todos del mismo 
país: muchachos grandotes y buenazos que vuelven de 
Alemania; gente simpática y franca que me quiere y 
distingue. Siempre que me encuentran en los alrededo- 
res del café me saludan del mismo modo: «Vamos á 
tomar una copa.» Y dos noches seguidas les oigo hablar 
de «curarse» antes de ir á dormir; ellos, tan sanotes, 
que parecen desafiar á las enfermedades. Me gustaría 
saber qué demonio de cura es esa. 

Calló por unos instantes mientras sus ojos seguían 
explorando el salón entre el boscaje de adornos multi- 
colores. El viejo médico comía lentamente, preocupado 
con el funcionamiento de su dentadura, de una regu- 
laridad y una brillantez equívocas. El joyero entre plato 
y plato calábase los lentes para examinar á las señoras, 
como si inventariase el valor de sus diamantes. Maltrana 
continuó en voz más baja: 

— Aquellas tres damas guapetonas, de perfil majes- 
tuoso, con los ojos negros y grandes, son de la Repúbli- 
ca Oriental. Fíjese en los brazos, amigo Ojeda; ¡qué 
blancura! ¡qué armónica carnosidad! Son Ticianos de 
pelo negro. ;Y pensar que en Montevideo los hombres 
se divierten armando una guerra cada dos años, como 
si les aburriese vivir en tan buena compañía!... Allá en 
las mesas del fondo se mantienen las argentinas en gru- 
pos aparte. Parecen haberse escapado de las láminas de 
un periódico chic; esbeltas y elegantes como las artistas 
de los teatros de París que lanzan la última moda; pero 
menos... etéreas, más sólidas, mejor nutridas, sin tram- 
pantojos ni mentiras en su construcción, como hijas de 



124 V. BLASCO IBÁÑBZ 

un pueblo joven que tiene su suerte confiada á los ñan- 
cos de la mujer... Y en las demás mesas, ¡qué de cabe- 
zas rubias!... Las grandes damas de la opereta han sa- 
cado lo mejor de su vestuario teatral. Sus trajes podrían 
cantar solos La viuda alegre y todas las obras en las que 
figura un baile del gran mundo... Y en las otras mesas, 
rubias y más rubias, pero hinchadas de grasa, con el 
talle cuadrado, las manos cuadradas y la cara barniza- 
da por el sol. Después las verá usted arriba. Trajes de 
gala que datan de un matrimonio remoto; medias blan- 
cas con zapatos negros; collares de nodriza entre joyas 
valiosas... Son las compañeras de los germanos esparci- 
dos por América; valerosas señoras que después de un 
viaje por Europa vuelven á fregar los platos de la es- 
tancia ó de la tienda. Unas se quedan en el almacén de 
Buenos Aires. Otras irán á las costas del Pacífico, al 
Paraguay ó al corazón del Brasil á continuar su vida 
de ahorro... 

Sonrió después maliciosamente, designando una 
mesa junto á la entrada. 

— Es la mesa de «la cuarentena», y la llamo así porque 
en ella encorrala el mayordomo á todo el pasaje sospe- 
choso. Ahí están las cocotas francesas, tan dignas, tan 
modositas, tan bien criadas. Van vestidas como siempre 
para que conste que no desean llamar la atención. Algu- 
nas no se han peinado siquiera y llevan la cabeza oculta 
en un turbante de velos. Además, guardan lo mejor del 
equipaje para sus empresas de tierra firme... Con ellas 
está Conchita, una paisana nuestra, una madrileña que 
come estirada y seria, pues la pobre sólo puede entender 
por señas á sus compañeras. Algunas veces, volviendo la 
cara, habla con don José, un cura español que ocupa 
la mesa inmediata. Y mezclados con este rebaño feme- 
nino comen varios muchachos alemanes, rubios, oreju- 
dos y de mandíbula fuerte, niños tímidos que al hablar 
se cuadran como reclutas, lo que no les impide meter- 
se América adentro á difundir valerosamente la quinca- 
lla de Hamburgo y de Berlín, en muía, en piragua ó á 
pie, llevando el muestrario á la espalda lo mismo que 
una mochila. 

— ¡Qué interesante el comisionista alemán!— dijo Oje- 



I.OS ARGONAUTAS 125 

da — . Tal vez con el tiempo haya quien lo cante lo mismo 
que á los paladines medioevales que corrían el mundo 
por difundir la gloria de su dama. Hoy la dama es la 
industria, y la gloria .la nota de pedidos. Allí donde 
existe, en todo el globo, un grupo de hombres recién 
instalado que lucha con la selva, los pantanos, las fie- 
bres y las bestias, allí se presenta inmediatamente el 
comisionista rubio con su muestrario; y para no perder 
el tiempo aprende durante el camino á balbucear el 
idioma del país. 

— ¡Las latas que me dan estos muchachos — exclamó 
Maltrana — , y las que me darán, para evitarse el pago 
de un maestro!... Han bajado en Tenerife únicamente 
para comprar libros españoles y pasan las horas con 
ellos, rumiando las breves lecciones tomadas en Berlín. 
Cuando tienen una duda me buscan por todo el barco 
ó consultan la sabiduría gramatical de fraulein Con- 
chita, su compañera de mesa... ¡Gente tenaz, que no 
conoce el cansancio ni el ridículo! Sus triunfos obscuros 
van á ser más positivos que las victorias de los feldma- 
riscales de su ejército. A la larga resultará que descu- 
brimos y colonizamos nosotros un mundo nuevo para 
gloria y provecho del libro mayor de Hamburgo y de 
Brema. 

Interrumpió Isidro su charla para examinar un nue- 
vo plato que el camarero acababa de colocar ante él. 
Pero á los pocos momentos volvió la cabeza en direc- 
ción al gran busto blanco. 

— ¡Qué cambio el de nuestros tiempos, amigo Ojeda! 
¡Qué transformación de valores!... El oro y el comercio, 
que en otras épocas sólo eran para la gente despreciable 
acorralada en las juderías, reinan ahora como fuerzas 
directoras del mundo... Y si lo duda usted, ahí tiene al 
amigo de los bigotes tiesos que nos preside, místico y 
guerrero como Lohengrin, músico y genial como Nerón, 
siempre con coraza y casco de aletas, y que sin embar- 
go pasará á la Historia con el título de primer viajante 
de comercio de nuestra época. 

Ojeda escuchaba con ojos distraídos la charla de su 
compañero. 

En los largos intermedios que dejaba el servicio, be- 



126 V. BLASCO IBÁÑBZ 

bía el champan de su copa, sin percatarse de su insis- 
tencia. Isidro cuidaba de la botella amorosamente, ha- 
ciéndola girar en el cubo de hielo para su enfriamien- 
to. Llenaba luego apresuradamente las copas, como si 
su vacío le infundiese horror, y apenas sentía disminuir 
el peso de la botella, reclamaba con vigilante previsión 
el envío de otra. Dirigía equitativamente este gasto ex- 
traordinario: las buenas cuentas mantienen las amista- 
des. Una botella la pagaría el doctor Rubau, que ape- 
nas había tomado algunas gotas mezcladas con agua 
mineral; otra, su gran amigo Munster; otra, Ojeda... y 
él se reservaba modestamente para el banquete siguien- 
te. Sus ojos, cada vez más animados y saltones, acom- 
pañaron la mirada distraída de su amigo hasta la pró- 
xima mesa, ocupada por una mujer sola. 

— ¡Mire usted á nuestra vecina, la yanqui! Una real 
moza: tal vez la más elegante de todas. No parece la 
misma que vemos arriba puesta siempre de gran som- 
brero y gabán largo... ¡Qué escote! ¡Y qué hermosa 
torre de pelo, entre rubio y ceniciento!... Le advierto, 
camarada, que ella también le ha mirado muchas veces, 
así, como la que no quiere mirar, con el rabillo del ojo... 
Usted le interesa, amigo Ojeda; me consta. Esta tarde, 
después del té, he hablado con ella, si es que nuestra 
conversación puede llamarse hablar. Sabe un poquito 
de francés y otro poquito de español. Yo no conozco 
una palabra de inglés; pero al fin nos hemos entendido 
por adivinación. Y mansamente, como quien no quiere 
saber nada, me ha preguntado por mi amigo, y yo ¡figú- 
rese!... le he dicho que era usted un gran poeta, un no- 
table personaje; he hablado de su familia, de su gran 
fortuna, de que va á América por el solo gusto de pasear, 
y de las muchas señoras que se deja en Madrid muer- 
tas de pena... 

Fernando hizo un movimiento de protesta. 

— No se enfade, Ojeda; no se queje. Estas cosas no 
hacen daño y dan prestigio. Déjeme á mí que conozco 
la vida... ¿Que no le interesa á usted esa señora? No 
importa; siempre es bueno adquirir importancia á los 
ojos de una mujer... Está bien: no se irrite. Beba un 
poco. 



LOS ARGONAUTAS 127 

Y llenó la copa de Ojeda, después de una rápida dis- 
cusión, en la que no parecieron fijarse sus compañeros 
de mesa. Un zumbido de conversaciones cada vez más 
fuerte diluía los sonidos de la música que llegaban del 
antecomedor. El vaho de los platos, las respiraciones 
humanas, la radiación de las luces iban densificando el 
ambiente. Maltrana, para desvanecer la contrariedad de 
su amigo, siguió hablando: 

— Ese matrimonio que come dos mesas más allá, es 
también norteamericano: los esposos Lowe. El ha vivido 
en el Japón, en China, en Australia, en el Cabo, aquí 
en el buque vive en el gimnasio, y cuando sale de él se 
pasea con unas chaquetas á rayas de colores de lo más 
extrañas: unas chaquetas de clown, que son á lo que 
parece los uniformes de famosos clubs esportivos. Ella 
canta romanzas italianas, y sólo espera que la inviten 
para hacernos oir su voz. Mistress Power— porque le ad- 
vierto que ese es el nombre de nuestra vecina — sólo se 
trata en el buque con esta pareja de compatriotas. Se 
mantiene en un aislamiento sonriente; algunos saludos 
con las señoras más respetables, y nada más... Y sin 
embargo, sabe mejor que yo los nombres y la categoría 
social de casi todos los pasajeros. ¡Mujer más hábil!... 
Tal vez por esto mantiene á distancia á los otros ameri- 
canos. 

Y designaba con los ojos á los ocupantes de la mesa 
inmediata. 

—Gente buena, pero escandalosa — continuó — ; cow- 
boy s en traje de domingo -que van á estudiar la ganade- 
ría de las Pampas; comisionistas de Nueva York que sa- 
can á puñados los billetes de Banco de los bolsillos del 
pantalón y necesitan cantar á cada momento para que 
se fijen en ellos... Ya se han bebido seis botellas y roto 
dos. Ahora, con el entusiasmo del champan, se llevan á 
los labios las banderitas que tienen ante los platos y 
ponen los ojos en blanco. «¡Americain! ¡Americain!..,» 
En la mesa siguiente está Martorell, aquel muchacho 
con lentes y bigote rubio; un catalán, del que creo ha- 
berle hablado. También es poeta: lleva ganadas no sé 
cuántas rosas naturales y englantinas de oro en Juegos 
Florales; pero siempre en catalán, porque este ruiseñor 



128 V. BLA.SCO IBÁNBZ 

es mudo cuando se sale del jardín de su tierra. En Cas- 
tilla — como él llama á todos los países que hablan espa- 
ñol — el poeta se dedica á la banca. Una fiera, amigo 
mío, para asuntos de dinero. Le aconsejo que no se meta 
á luchar con este camarada poético en un certamen de 
tanto por ciento, porque de seguro que le roba hasta la 
lira. En Madrid nos hablaba mucho de Buenos Aires, 
donde ha estado dos veces. Parece que hay grandes re- 
formas que hacer en eso de los Bancos, ideas nuevas 
que implantar para que el dinero se multiplique; y allá 
va Martorell como un Mesías del descuento... También 
se lo presentaré: es buen muchacho. ¡Quién sabe á lo 
que puede llegar! . . . 

Luego Maltrana hacía un gesto exagerado de horror, 
una mueca que era como la caricatura del miedo. 

— Y junto al catalán... el hombre misterioso; ese ve- 
cino mío de camarote del que le he hablado algunas 
veces. Es el que va con traje de luto, todo afeitado. No 
habla con sus vecinos y come con una gravedad sacerdo- 
tal, lo mismo que si estuviese celebrando un rito. ¿Quién 
cree usted que puede ser?... Huye de la gente, y cuando 
yo le hablo en francés, que parece ser su idioma, me 
contesta con mucha cortesía, con demasiada cortesía, y 
de repente se aleja muy estirado, como si existiese entre 
nosotros una diferencia social que no permite la fami- 
liaridad... ¡Y vaya usted á adivinar, con esa cara afei- 
tada que lo mismo puede ser de magistrado que de có- 
mico, sacerdote ó mayordomo de casa grande!... Yo lo 
encuentro lúgubre como un doctor de los cuentos de 
Hoffmann. Además me preocupa el camarote misterio- 
so, ese camarote entre el suyo y el mío, siempre cerra- 
do y cuya llave guarda él cuidadosamente. Una vez al 
día abre la puerta, entra, inspecciona unos minutos, 
vuelve á salir y hasta el día siguiente... Ni una pala- 
bra, ni un grito, ni el más leve ruido; y eso que yo mu- 
chas noches aplico la oreja á la madera del tabique ó 
miro en el corredor por el ojo de la cerradura. ¡Nada!... 
¿Quién cree usted que podrá ser? 

Calló Isidro frunciendo el ceño bajo la preocupación 
de este misterio. 

— Tal vez un diplomático que va en misión secreta y 



LOS ARGONAUTAS 129 

por eso huye ele la gente; algún financiero que viaja 
para comprar de golpe todas las vías férreas de Améri- 
ca y teme que le pillen el secreto; un empleado inñel que 
se lleva la caja y tiene el camarote abarrotado de sacos 
de oro. ¡Lástima no saberlo con certeza!... Aquí hay 
misterio; un misterio gordo á lo Sherlok Holmes: y lo 
más extraño es que cuando le pregunto al mayordomo 
del buque, él, tan amigacho mío, se hace el tonto como 
si no me comprendiese... Verá usted, Ojeda, como algo 
ocurre con este hombre antes de que termine el viaje. 
En cualquier puerto lo reciben con músicas, discursos 
y banderas, ó sube la policía y le asegura las manos 
con esposas... Parece orgulloso y al mismo tiempo re- 
vela una timidez incompatible con el mucho dinero. 
¿Quién será?... 

Maltrana llenó su copa y bebió, como si con esto 
quisiese acelerar sus averiguaciones sobre el «hombre 
misterioso». Después el champan y la buena comida 
parecieron ejercer sobre él una inñuencia benévola. 

— Confieso á usted, Ojeda, que nunca me he sentido 
mejor, y por mi voluntad podía prolongarse este viaje 
hasta el fin del mundo. ¡Ojalá fuese el Goethe vagando 
por el Océano, como el «Holandés errante», siempre que 
no se agotasen sus repuestos de víveres y bebidas!... 
¿Qué falta aquí?... Mujerío elegante y hermoso que 
puede verse de cerca y le dirige á uno la palabra como 
á un amigo antiguo; buena mesa, fiestas, bailes y au- 
sencia total de moneda. Todo se paga con bonos, ó se 
arreglan cuentas en el despacho del mayordomo al final 
del viaje. ¡Y este tiempo de primavera! ¡Y este buque 
que es una isla!... Nunca me he visto en otra; ni en Ma- 
drid cuando me convidaban á comer los políticos de 
segunda clase para que escribiese bien de ellos; ni en 
París cuando hacía traducciones españolas para las casas 
editoriales y engañaba el hambre en los bodegones del 
barrio Latino... ¡Y pensar que doña Margarita mi pa- 
trona, con un cariño que data de ocho años, rezará por 
el pobre don Isidro que va navegando por los mares! 
¡Y pensar que á estas horas en nuestro café de la Puerta 
del Sol se preguntarán aquellos chicos melenudos, que 
lo saben todo y no han visto el mundo por un agujero, 

9 



130 V. BLASCO IBÁÑEZ 

«¿Quesera del sinvergüenza de Maltrana?»! Y el más 
gracioso contestará seguramente: «Debe estar en la 
panza de un tiburón...» ¡Pobrecitos! 

Servían los camareros el helado cuando sonó el fuerte 
repiqueteo de un cuchillo contra una copa. Quedó in- 
móvil la servidumbre, circularon siseos imponiendo si- 
lencio y todas las cabezas se volvieron hacia un mismo 
punto del comedor. 

— El amigo Neptuno va á hablar — dijo Isidro. 

Este Neptuno era el comandante del buque; enorme 
como un gigante cuando estaba sentado, é igual á los 
demás si se ponía en pie, irguiendo el hercúleo tronco 
sobre unas piernas cortas. La barba dorada y canosa 
invadía arrolladora una parte de su rostro rubicundo, 
esparciéndose luego sobre el pecho; y en medio de esta 
cascada fluvial abríase una sonrisa de bondad, casi in- 
fantil. Cuando pasaba por las cubiertas, le rodeaban los 
niños colgándose de su levita, danzando ante sus rodi- 
llas, pidiendo que los levantase lo mismo que una plu- 
ma entre sus brazos membrudos. Al encontrarse con 
Isidro extremaba su sonrisa, como si adivinase en él 
un ingenio gracioso, á pesar de que no podían enten- 
derse bien, pues en sus pláticas no iban más allá de 
unas cuantas palabras de italiano mezcladas con otras 
tantas de español. 

Vistiendo un smoking azul con galones de oro, bri- 
llándole la calvicie sudorosa y acariciándose las bar- 
bas, iba desenredando lentamente su madeja oratoria. 
Una gran parte del auditorio no le comprendía, pero 
todos conservaban la mirada puesta en él, con la fijeza 
de la incomprensión, aumentándose por esto los titu- 
beos verbales del marino. 

— No parece que se explica mal Neptuno — dijo Mal- 
trana en voz baja — . Ahora está hablando de su empe- 
rador. Ha dicho kaiser dos veces; eso lo entiendo... 
¡Eaza notable! Creo que á los capitanes alemanes les 
dan lecciones de oratoria en Hamburgo y además les 
enseñan á bailar. Sin tales requisitos la compañía no 
entrega un buque á uno de estos padres de familia... Lo 
mismo son los músicos de á bordo. Por la mañana pre- 
paran los baños y limpian las escupideras, antes del 



LOS ARaONAUTAS 131 

almuerzo tocan instrumentos de metal, por la noche ins- 
trumentos de cuerda, y todo lo hacen gratis, pues no 
cuentan con otra remuneración que las propinas de los 
pasajeros. ¡Cualquiera se mete en concurrencia con estas 
gentes!... ¿Pero por qué se entusiasman tanto los alema- 
nes, Fernando? ¿Qué dice ahora el amigo Neptuno? 

— Dentschland Dentschland ilber alies ^ üher alies in der 
Welt. 

— ¿Y qué es eso? 

— «Alemania sobre todo; sobre todo lo del mundo.» 
El capitán elevó su copa dando por terminado el 
discurso, y los que le comprendían pusiéronse de pie, 
hombres y mujeres, instantáneamente, alzando también 
sus copas. «¡HoM», gritó Neptuno; y todos contestaron 
lo mismo con una regularidad mecánica, como el grito 
de un regimiento que responde á la voz de su coronel. 
«¡Ilochf», volvió á decir; pero esta vez, amaestrados por 
el ejemplo, contestaron los pasajeros en masa con un 
alborozo discordante, y el tercer «.¡Hoch!y> fué un cacareo 
general, repitiendo muchos con delectación la palabra 
por lo mismo que ignoraban su significado. 

Un rugido de trompetería guerrera saludó desde el 
antecomedor el final del brindis, y los criados reanuda- 
ron apresuradamente el servicio. 

—Aquí ya no dan más— dijo Maltrana después de los 
postres—. Subamos al jardín de invierno á tomar el 
café. 

Ocuparon los dos amigos una mesita inmediata á 
una de las puertas. Desde allí veían la ascensión por la 
amplia escalera de todos los que abandonaban el come- 
dor. Pasaron ante ellos los hijos mayores del doctor 
Zurita con otros jóvenes argentinos que regresaban de 
París. Todos saludaron á Maltrana con amigable fami- 
liaridad. Sonreían al verle, recordando tal vez los cuen- 
tos con que amenizaba sus tertulias en el fumadero á 
altas horas de la noche cuando finalizaban por cansan- 
cio las partidas de poker, 

—Hermosa juventud— dijo á Ojeda su compañero—. 
Fíjese en los tipos: altos, musculosos, esbeltos y con 
una gran agilidad en los miembros. Deben ser famosos 
bailarines de tango. ¡Excelentes muchachos; todos ami- 



132 V. BLASCO IBÁÑJSZ 

gos míos!... Vea sus dientes sanos de lobo joven; su pelo 
tan abundante, que necesitan aplastarlo con pomada 
hasta formar dos almohadillas lustrosas. No queda en 
sus cabezas donde plantar un cabello más. Son hermosos 
ejemplares del cultivo intensivo de la pilosidad... Y las 
manos finas aunque estén deformadas por los ejercicios 
de fuerza; y los pies pequeños, reducidos, altos de em- 
peine, cuidados con meticulosidad; de día siempre en- 
cerrados en charol con cañas de colores, de noche con 
forro de seda calada y escarpines que martirizarían á 
muchas señoras. Son pies que parecen tener una vida 
aparte, pies sabios que pueden seguir sin error las más 
difíciles combinaciones del baile... Y eJlas igualmente, 
¡qué finura de extremidades!... En esta Arca de Noé, 
amigo Fernando, se reconoce el origen étnico de cada 
uno sólo con mirar al suelo... Mire esos otros que 
suben. 

Y sonreían los dos viendo ascender por los peldaños 
algunos pies de masculina dimensión, á pesar de que 
asomaban bajo una corola de faldas recogidas. Tras 
ellos subían enormes zapatos de hombre embetunados 
y de fuerte morro, que dejaban en la alfombra una 
huella de pesadez. Muchos comerciantes que se habían 
endosado el frac en honor del soberano, guardaban 
sobre su abdomen la gruesa cadena de oro, cargada 
como un relicario de medallones, dijes, lápices y feti- 
ches, y en los pies los fuertes botines de uso diario. 

Ojeda acogió con incrédula sonrisa las consideracio- 
nes de su amigo acerca de la superioridad de una raza 
sobre otra por la finura de las extremidades. 

— Los «latinos», como usted dice, Maltrana, somos 
bellamente ligeros, más «alados» que estas gentes del 
Norte. Se ve la influencia aristocrática de los conquis- 
tadores andaluces en los pies breves y graciosos de 
las sudamericanas. El indio también tiene el pie peque- 
ño... Pero ¡quién sabe si el mundo no está destinado á 
ser una presa de los pies grandes! Fíjese con qué auto- 
ridad insolente y ruidosa van avanzando esos navios de 
cuero y cartón. Allí donde se detienen se incrustan, y 
la pesada voluntad que los habita tiene que hacer un 
esfuerzo para cambiarlos de lugar. Marchan sin gracia 



LOS AKG()Nx\UTA8 133 

y con lentitud, pero lo que ellos cubren es suyo y no lo 
abandonan. Nuestros pies son más graciosos, tienen algo 
del salto del pájaro, pero dejan poca huella. 

Sonó una risa femenil, ruidosa, petulante, en la que 
se adivinaba un deseo de hacer volver las cabezas. 
Ascendió por la escalera un vestido de color de sangre, 
y tras de su cola majestuosamente suelta, varios fracs 
parecían correr para alcanzarlo y dominarlo. 

— Nélida, nuestra amiga Nélida, con la escolta de 
admiradores — dijo Maltrana — . Todas las naciones de á 
bordo están representadas en su séquito amoroso. Sólo 
faltamos nosotros; pero tengo la certeza de que si usted 
no va á ella, ella le buscará. 

Admiraba su boca de «tigresa en celo», según él de- 
cía; boca de húmedo carmesí, en la que brillaba lumi- 
noso el nácar de una dentadura voraz. Al abrirse con 
el desperezo de la risa, los dientes, un tanto agudos, 
parecían surgir de su estuche rojo como salen las uñas 
de la zarpa de un felino. 

Ocupó una mesa ella sola y al momento la rodearon 
sus acompañantes. Hablaba en alemán, inglés, francés 
y español con todos ellos, llevándose á los labios un ci- 
garrillo sin encender. Uno de los adoradores se inclinó 
ofreciéndole la llama de un fósforo. 

— Ese es el que llaman «el barón» — dijo Maltrana — : 
un belga que nos abruma con su hermosura de Antinóo, 
petulante é insufrible lo mismo que esas muchachas que 
alcanzan en un concurso el premio de belleza... Por el 
momento es el preferido. 

— ¡Nélida!... ¡Nélida!— gritó una voz de mujer. 
Era la mamá que, desde una mesa cercana, preten- 
día corregir con este llamamiento la audacia de su hija. 
Podía tolerarse que fumasen las artistas; pero no una 
señorita que viajaba con sus padres. Bastaba ver la 
actitud de las damas que estaban en el jardín de in- 
vierno: fingían no reparar en ella, pero se adivinaba en 
sus ojos una impresión de escándalo... Todo esto pare- 
ció decirlo la madre con su mirada y su breve llama- 
miento. Pero Nélida se limitó á contestar fríamente: 
«¡Mamá!», y encogiéndose de hombros siguió fumando. 
La madre se replegó vencida, cruzó los brazos sobre el 



134 V. BLASCO IBÁÑBZ 

vientre y quedó con la inmovilidad de una esfinge co- 
briza al lado de su esposo, que hablaba con un vecino. 

— Ese padre es admirable — dijo Isidro — , tan admira- 
ble como la niña. Vea su aire de patriarca, sus barbas 
y melenas canas, la mansedumbre con que habla y la 
deferencia con que escucha. Por dos veces se declaró en 
quiebra hace años; pero en América se olvidan pronto 
estas cosas, y según parece, vuelve ahora para reanudar 
sus antiguos trabajos. 

Había perdido en Europa gran parte de su fortuna, 
pues lo que alcanza éxito á un lado del Océano no ob- 
tiene buen resultado en el otro, y regresaba después de 
catorce años de ausencia con el propósito de explotar 
varios negocios estupendos según él que aun le queda- 
ban por allá. 

— Creo que es una mina — continuó— en el Norte de 
la república, cerca de Bolivia, no sé si de petróleo, de 
diamantes ó de libras esterlinas recién acuñadas. Ha 
olido que soy pobre, y no se digna exponerme sus pla- 
nes, pero ya verá usted cómo se le aproxima así que se 
percate de que desea trabajar en América y lleva dinero 
para eso. Le va á proponer algún negocio como se 
lo está proponiendo en este momento á Pérez, el que se 
sienta á su lado; Pérez el anglómano que se indignaba 
esta mañana en Tenerife; el «amigo de la civilización»... 
Y si el señor Kasper se digna interesar á usted en sus 
asuntos, inútil es decirle que su fortuna está hecha. ¡Pa- 
dre extraordinario! ... 

Y Maltrana contemplaba al bondadoso patriarca con 
una admiración irónica. 

— De vez en cuando se da cuenta de que existe su 
hija, y la acaricia bondadosamente. La madre, con el 
buen sentido que ha podido salvar de la oleada de grasa 
que invade su cuerpo, llama la atención de su marido 
sobre la conducta de Nélida. Los escrúpulos y preocu- 
paciones de una educación recibida en una república 
del Pacífico la hacen protestar de los escándalos de esta 
muchacha, que nada tiene suyo, que física y moral- 
mente pertenece al padre, y que mira con cierta supe- 
rioridad, cual si fuese una nodriza ó una criada vieja, 
á la mulatona que la llevó en el vientre... Y el padre se 



LOS ARGONAUTAS 135 

conmueve y abraza á Nélida. «¡Pobrecita! las personas 
atrasadas no saben cómo debe educarse una joven mo- 
derna. Es la ignorancia, el fanatismo de la gente que 
habla español...» Y Nélida, que á su vez se acuerda de 
que tiene un padre, le acaricia las melenas con mano- 
seos de gata amorosa y suspira agradecida: «Papá... 
papá...» La familia más interesante de todo el buque. 
Y aun falta el otro, el «guardia de corps». 

Y señalaba un jovencito moreno, subido de color, 
sentado entre los adoradores de Nélida. 

— Es el hermano pequeño, el único que se asemeja á 
la madre. Acompaña á Nélida por todo el buque, y ella 
lo acepta como una prolongación de la familia, porque 
esta vigilancia honorable le permite ir sola entre los 
hombres. El muchacho es medio imbécil, le dan ataques 
epilépticos, habla con incoherencia. Cuando ella tiene 
interés en quedarse sola lo envía al camarote para que 
busque cualquiera cosa, y el chico se resiste recordando 
que debe obedecer á mamá. Pero intervienen los ado- 
radores de la hermana, amigos que le dan champan y 
buenos cigarros, y acaba por ausentarse, hasta que se 
tropieza con la madre, que le riñe por haber olvidado 
sus deberes... 

Ojeda, interesado de pronto por este relato, miraba 
á Nélida. 

— Los dos hermanos — continuó Maltrana — se odian 
con un odio de raza, y por la noche se disputan y se 
pegan. Ella enseña á sus amigos las marcas de los gol- 
pes; él oculta los arañazos bajo una capa de polvos, pero 
afirma con un rencor balbuciente que se lo contará todo 
á su hermano el mayor, el único equilibrado de la fa- 
milia, un centauro de la pampa, un estanciero, al que 
respeta el padre, adora la madre y tiene un miedo ho- 
rrible la hermosa Nélida. Cuando habla de él se pone 
pálida. Se ve que este mozo del campo no cree en «la 
educación de una joven á la moderna» y arregla á palos 
los problemas de honor. La niña tiembla al pensar en la 
futura entrevista y en lo que pueda decir el hermanito, 
que la amenaza con sus revelaciones: por ella no llega- 
ríamos nunca á Buenos Aires... Pero sus terrores pasan 
pronto: los olvida apenas se ve rodeada de hombres. 



136 V. BLASCO IBÁÑEZ 

Cuando se acaricia los labios con su lengua de gata, es 
capaz de saltar por encima del vengador de la pampa 
que tanto miedo le infunde. 

Otra vez los ojos negros de la madre, ojos abultados 
y dulces que recordaban la mirada lacrimosa de los 
llamas andinos, se fijaron en la hija con una severidad 
titubeante. «¡Nélida!», volvió á gritar. Pero Nélida no se 
dignó responder, y bebiendo el resto de su taza púsose 
de pie, encendiendo otro cigarrillo. El grupo de fieles se 
levantó tras ella. Iban á pasear por la cubierta hasta la 
hora del baile. Salieron en tropel, y el hermano quiso 
reunirse con su madre, pero ésta se indignó: 

— Anda vos con Nélida, grandísimo zonzo. ¿A qué 
venís acá?... No la perdás de vista. 

Con éste, que era de su color y de su sangre, mos- 
trábase autoritaria la buena señora, obligándolo á correr 
detrás de Nélida. 

El doctor Zurita, arrellanado en su sillón, seguía con 
los ojos entornados las espirales de humo de un gran ci- 
garro. Las damas de su familia hablaban con otras ar- 
gentinas de las mesas inmediatas. 

— Le hago falta á mi buen doctor — dijo Maltrana — . 
Se está aburriendo con la charla de las señoras... Yo 
también siento la falta del magnífico cigarro que segu- 
ramente me guarda... ¿Usted sale á la cubierta, Ojeda?... 
Voy en busca del tributo. 

Al aproximarse al doctor, éste pareció despertar 
al mismo tiempo que rebuscaba en los bolsillos de su 
smoking. 

— Che y Maltrana; venga para acá, galleguito simpáti- 
co... Tome uno de hoja. 

Y le entregó un cigarro enorme, al mismo tiempo 
que añadía en voz baja: 

—Siéntese, amigo, y conversemos... Diga qué le pa- 
reció esta fiesta de los gringos. ;Qué pavada! ¿No?... 

Ojeda salió á la cubierta. La luz de los reverberos 
incrustados en el techo de las dos calles, iluminaba de 
alto á abajo á los paseantes, sin que sus cuerpos proyec- 
tasen sombra en el suelo. Caminaban apresuradamen- 
te, con una movilidad de bestias enjauladas, lo mismo 
que se camina en los colegios, los conventos y los presi- 



LOS ARGÓN A UTAS 137 

dios, buscando suplir con la rapidez de la locomoción lo 
limitado del espacio. Los mujeres desfilaban masculi- 
namente, á grandes zancadas, temiendo la exuberancia 
adiposa de una digestión inmóvil. Desafiábanse los gru- 
pos á quién daba los pasos más largos, y circulaban 
con una rapidez de fuga entre las ventanas de los salo- 
nes y los grupos acodados en las barandas. 

Más allá del nimbo de luz láctea en que iba envuelto 
el buque, extendían el mar y la noche el misterio de su 
obscuro azul, punteado de fosforescencias de agua y 
fulgores siderales. Algunos miraban las estrellas, dis- 
cutiendo sus nombres. Gentes del otro hemisferio ojea- 
ban impacientes el horizonte, creyendo ver asomar á 
ras del agua la famosa Cruz del Sur... No se distinguía 
aún; pero dentro de cuatro ó cinco días la verían ele- 
varse majestuosa en el firmamento. Y muchos parecían 
entusiasmados con esta esperanza, como si al contem- 
plar la constelación admirada desde la niñez se creye- 
sen ya en sus casas. 

La noche era calurosa. Muchas gorras habían que- 
dado abandonadas en las perchas del antecomedor. 
Las cabezas erguíanse descubiertas sobre el satinado 
triángulo de las pecheras, brillando al pasar junto á los 
reverberos con reflejos de laca negra. Ni el más leve 
soplo de brisa desordenaba la armonía de los peinados 
femeninos. Al cruzarse los grupos, en su apresurada 
marcha se saludaban, como si no se hubiesen visto 
en mucho tiempo. Cambiaban sonrisas y guiños, lo mis- 
mo que en el paseo de una ciudad. Todas las mesas 
del fumadero estaban ocupadas. Algunos grupos tenían 
ante ellos un pequeño mantel verde y paquetes de nai- 
pes. Ojeda, en una de sus vueltas, vio al señor Munster 
á la puerta del café. Al fin iba á realizar sus deseos; ya 
tenía medio formada su partida de hridge. Había con- 
quistado en el salón á la madre de Nélida, y creía poder 
contar igualmente con Mrs. Power. A pesar de esto 
volvió á repetir con una tenacidad de maniático: 

— ¡Qué extraño que usted no sepa, señor! ;Un juego 
tan distinguido!... 

Fernando, cansado de circular entre los grupos que 
al encontrarse en sus vueltas se inmovilizaban obstru- 



138 V. BLASCO IBÁÑBZ 

yendo el paso, se detuvo en la parte de proa, apoyán- 
dose en la barandilla. Sus ojos experimentaron la volup- 
tuosidad del descanso al sumirse en el obscuro azul 
poblado de suaves luces. Circulaba á su espalda el mo- 
vimiento acompañado de vivos resplandores: ante él la 
silenciosa calma del mar tropical, dormido como un 
lago sin riberas. 

Estaba triste. La alegría del champan que le había 
acompañado al levantarse de la mesa, convertíase aho- 
ra, al quedar solo, en una melancolía inexplicable. 
Ojeda se comparaba á ciertas vasijas en cuyo interior 
los líquidos más dulces se agrian, perdiendo su perfu- 
me. ¡Ay, el doloroso recuerdo de lo que dejaba atrás!... 

Un sentimiento confuso de despecho y envidia unía- 
se á su tristeza. Así como el buque iba entrando en los 
mares tranquilos de inmóvil esmeralda, en las noches 
cálidas pobladas de titilaciones de espuma y de luz, 
parecía transformarse. Un ambiente de dulce compli- 
cidad, de bondadosa protección, extendíase desde los 
salones lujosos á los más profundos camarotes. Hombres 
y mujeres de idiomas diferentes que habían subido al 
trasatlántico en distintos puertos y lo abandonarían en 
diversas tierras se buscaban, se saludaban, se sonreían, 
para acabar paseando juntos, hablando en alta voz pa- 
labras sin interés, y mirándose al mismo tiempo fija- 
mente en las pupilas, inclinando la cabeza el uno hacia 
el otro como impulsados por una atracción irresistible. 
Obscuros instintos servían de guía á la gran masa para 
seleccionar sus afectos, fraccionándose en grupos de 
dos seres, según las afinidades de sus gustos ó las ocul- 
tas atracciones reflejadas en los ojos. Se modelaba aque- 
lla noche el boceto de lo que iba á ser esta sociedad, 
lejos del resto de la tierra, vagabunda sobre una cas- 
cara de acero en el desierto de los mares. Este mundo 
efímero que sólo podía durar diez ó doce días, ofrecería 
los mismos incidentes de un mundo que durase siglos. 
Los diez días iban á representar en la vida de muchos 
tanto como diez años. 

Alguien había saltado al buque en las últimas esca- 
las. No era la esperanza sin cabeza y con alas la única 
intrusa. Venía oculto en los profundos sollados — como 



LOS ARGONAUTAS 139 

aquellos vagabundos descubiertos á la salida de Te- 
nerife—, y al verse en pleno mar de romanza, tran- 
quilo y luminoso, deslizábase furtivamente de su es- 
condrijo, iba examinando las caras de sus compañeros 
de viaje, los aparejaba según sus gustos, é invisible y 
benévolo, empujábalos unos hacia otros. Una atmósfera 
nueva se esparcía por las entrañas del buque. Respira- 
ban los pechos otro aire, provocador de inexplicables 
suspiros. Los que hasta entonces habían dormitado tran- 
quilamente, arrullados por las ondulaciones del Océa- 
no, se revolverían en adelante inquietos durante las 
noches tranquilas y estrelladas, no pudiendo conciliar 
el sueño. 

Los ojos femeniles iban á descubrir inesperadas 
atracciones en el mismo hombre contemplado con 
aversión ó indiferencia durante los primeros días del 
viaje. Las mujeres se transformaban con una valoriza- 
ción creciente, apareciendo más seductoras á cada 
puesta de sol, como si el trópico comunicase nueva 
savia á las hermosuras decaídas; como si la proa del 
navio, al partir las olas buscando las soledades del 
Ecuador, se aproximase á la legendaria Fontana de 
Juventud, soñada' por los conquistadores. 

Ojeda conocía á este intruso, invisible y juguetón, 
que revolucionaba el trasatlántico: y el intruso lo cono- 
cía igualmente, desde algunos años antes. Tal vez le ro- 
zase como á los otros con sus alas de mariposa inquieta, 
pero al reconocerle, seguiría su camino. Nada tenía que 
hacer con él... Y esta certeza de permanecer al margen 
de la vida pasional que iba á desarrollarse en medio del 
Océano, amargaba á Fernando. Viajero por amor, ten- 
dría que contemplar la felicidad ajena, como los eremi- 
tas del desierto contemplaban las rosadas y fantásticas 
desnudeces evocadas por el maligno. ¡Ay, quién podría 
darle en viviente realidad la imagen algo esfumada 
que latía en su recuerdo!... ¡Pasear sintiendo el dulce 
brazo en su brazo; soñar arriba, en la última cubierta, 
ocultos tras un bote, las bocas juntas, la mirada perdi- 
da en el infinito; vivir toda una vida en tres metros de 
espacio, entre los tabiques de un camarote, despertando 
del amoroso anonadamiento con la campana del puente 



140 V. BLASCO ÍBÁÑJíJi^. 

que sonaba en la inmensidad oceánica, discreta y tími- 
da, como la otra campana monjil!... Y sumiendo Fer- 
nando su mirada en los borbotones de espuma, motea- 
dos de puntos de luz que resbalaban por el flanco del 
navio, gimió mentalmente, con un llamamiento angus- 
tioso: 

— ¡Oh Teri!... ¡Alegría de mi existencia! 

Una ligera tos le hizo volver la cabeza, y vio junto 
á él, apoyada en la baranda, á Mrs. Power, su vecina 
del comedor. Un tul azulado cubría la desnudez de su 
escote. Llevábase á la boca el cabo dorado de un ciga- 
rrillo, y un surtidor de humo partía de sus labios toman- 
do reflejos de iris bajo el resplandor eléctrico, antes de 
perderse en la obscuridad. 

El primer movimiento de Ojeda fué de molestia y de 
cólera, como el que en mitad de un ensueño dulce se ve 
despertado. Aborrecía á esta mujer hermosa, por su tie- 
sura varonil: no podía soportar la mirada de sus ojos 
claros de fijeza insolente, que parecían retar á un duelo 
á muerte. 

Quiso volver la cabeza hacia el Océano, pero ella no 
le dio tiempo. 

— ¿Es la luna? — preguntó en inglés señalando una 
leve mancha láctea á ras del horizonte. 

— Tal vez— respondió Fernando en el mismo idio- 
ma — . Pero no... Creo que la luna sale más tarde, 

Y tras este cambio breve de palabras, que recordaba 
los diálogos incoherentes de un método de lenguas, los 
dos se vieron súbitamente aproximados. Ojeda no supo 
si fué él quien avanzó por instinto ó ella con la varonil 
intrepidez de su raza; pero sus codos se tocaron en la 
barandilla y sus cabezas quedaron separadas únicamen- 
te por una pequeña lámina de atmósfera. 

Mrs. Power preguntó á Fernando por su amigo, 
sonriendo al recordar su movilidad y el lenguaje híbrido 
y pintoresco con que la saludaba todas las mañanas. 
Un tipo interesante míster Maltrana: ¡lástima que ella 
no pudiese entender muchas de sus palabras!... Y el re- 
cuerdo de las dificultades de lenguaje que se sufrían á 
bordo le sirvió para justificar su aproximación á Ojeda. 
Necesitaba un amigo que conociese su idioma. Con- 



LOS ARGONAUTAS 141 

versaba de vez en cuando con los Lowe, aquel matri- 
monio de compatriotas suyos; pero... Y hacía un gesto 
de altivez para indicar que no eran de su clase. 

A la tropa de americanos ruidosos la mantenía ale- 
jada. Eran viajantes de comercio, ganaderos de las pra- 
deras, gente ordinaria. Se aburría con las señoras de 
otras nacionalidades que hablaban inglés. Ella había 
gustado siempre de la sociedad de los hombres... Luego 
interrumpió el curso de la conversación para preguntar 
á Ojeda cuánto tiempo había vivido en los Estados Uni- 
dos, y al enterarse de que nunca había estado allá pro- 
rrumpió en una exclamación de asombro. ¡Ahó! Se 
echaba atrás como si la acabase de ofender una falta 
imperdonable de respeto. Pero se repuso inmediatamen- 
te de esta impresión de desagrado. 

-—¡All right! Usted me enseñará el español y yo le 
perfeccionaré en el inglés. Se adivina que lo aprendió 
en Londres. Los americanos lo hablamos mejor; eso lo 
sabe todo el mundo. 

Y convencida de la superioridad de su país sobre 
todo lo existente, propuso á Fernando que fuese su ami- 
go con igual gesto que si contratase un buen servidor 
para su casa. A impulsos de su franqueza dominadora, 
no ocultaba que se había enterado de la historia de él, 
así como de las de todos los que en el buque atraían su 
atención. 

— Usted es poeta, lo sé, y yo nada tengo áepoetical: se 
lo advierto... Mi padre sí; mi padre era alemán y muy 
dado á las cosas del sentimentalismo. Yo he nacido para 
los negocios, y ayudo á mi marido. ¡Si no fuese por mí!... 

Un paseante interrumpió la conversación. Era el 
señor Munster, que llevándose una mano al casquete, 
suplicaba humildemente: 

—Señora, acuérdese de su promesa... La aguardamos 
en el salón para nuestra partida de hridge. Usted sólo 
falta para que empecemos. 

Mrs. Power sonrió con una amabilidad feroz. «Lue- 
go iré.» Y Munster, comprendiendo lo enojoso de su pre- 
sencia, se retiró discretamente antes de que la dama le 
volviese la espalda. 

Ella siguió hablando de su carácter; un carácter 



142 V. BLASCO IBÁÑEZ 

práctico, incompatible con la ilusión poetical. Atacaba 
ferozmente el odiado fantasma de la poesía, como si 
viese en él un motivo de errores y desgracias. Luego 
habló de su marido con un entusiasmo tenaz, molesto 
para Ojeda. Era más alto que él y de una distinción 
que conquistaba el respeto de todos. Había nacido en la 
Quinta Avenida de Nueva York, hijo de un famoso ban- 
quero; pero la familia estaba arruinada. 

— Usted, señor, es de los más distinguidos de á bor- 
do, y por esto hablo con usted... Pero no llega ni con 
mucho á míster Power. Le falta algo. Usted lleva la 
corbata de un color y el pañuelo de otro. Mi país es el 
único donde el hombre puede llamarse elegante. Míster 
Power no saldrá á la calle si no lleva del mismo tono la 
corbata, el pañuelo y los calcetines. Es lo menos que 
puede hacer un gentleman que se respeta. 

Pero Fernando apenas escuchaba estas lecciones, 
expuestas con gravedad científica. Sentíase perturbado 
por una embriaguez ascendente, como si el vino que 
poco antes parecía contraerse con tristeza en su interior 
hiciese explosión de nuevo, avasallando sus sentidos. 
Fijábase en los ojos de la norteamericana, en sus pupilas 
líquidas y temblonas, que se destacaban del nácar de 
las córneas con el brillo de una luz cambiante, reflejo 
mixto de malicia y de candidez. 

Acariciábale un perfume que venía de ella como una 
música lejana y conocida. Tal vez fuese ilusión de sus 
sentidos, excitados por el recuerdo; tal vez una errónea 
semejanza al encontrarse por vez primera, luego de su 
embarque, al lado de una mujer elegante. Aquella ame- 
ricana olía lo mismo que la otra; esparcía uno de esos 
perfumes indefinibles que no pueden adquirirse, pues 
carecen de nombre; un perfume irreal, que es como el 
uniforme impalpable que envuelve á las mujeres de 
todos los países acostumbradas á una vida de comodi- 
dades y refinamientos; perfume de carne cuidada con 
amor, de epidermis pulida por el frote higiénico: «olor 
de agua», según decía Ojeda. 

«¡Oh Teri!... ¡Teri!» Sus ojos encontraban también 
una semejanza fraternal en el cuello esbelto y ligera- 
mente inclinado, lo mismo que el vastago de una flor 



LOS ARGONAUTAS 143 

que se ladea graciosamente bajo su peso; en las manos 
de blancura de hostia, con uñas abombadas y brillantes, 
parecidas á pétalos de rosa. 

Era Mrs. Power; bastaba ver sus ojos de agua con- 
movida, escuchar su palabra glacial de mujer de nego- 
cios para convencerse de su identidad; pero al mismo 
tiempo era la otra, por la línea majestuosa de su cuerpo, 
por el ademán suelto y despreocupado de hembra ele- 
gante segura de su poder de seducción, por el halo de 
perfume luminoso que parecía envolverla. Ojeda es- 
cuchaba su voz sin saber qué decía, pensando en Teri, 
viéndola junto á él, bajo una nueva forma. Miraba á 
Mrs. Power "Como si fuera una máscara que acabase de 
encontrar en un baile y de la cual conocía el secreto 
á pesar de la voz fingida y el rostro desfigurado. 

Llevaba varios días poblando la vida solitaria de á 
bordo con la imagen de Teri. Se había paseado con ella 
por el desierto de la última cubierta, oprimiendo su 
brazo aéreo, oyendo el leve crujido de sus pasos invisi- 
bles, murmurando dulces palabras que sólo obtenían 
una respuesta mental. Ella ocupaba un sillón vacío 
junto á sus libros en las largas tardes de lectura, y por 
la noche, al abrir el camarote, deslizábase tras de sus 
huellas, misteriosa y sonriente, para no abandonarle 
en las horas de insomnio y ser lo último que veían sus 
ojos, esfumándose como una visión que se aleja cuando 
al fin le rozaba la mano del sueño. 

Ahora la mujer impalpable y luminosa que le seguía 
á todas partes había desaparecido, pero era para ocul- 
tarse indudablemente dentro de aquella otra real y tan- 
gible que tenía á su lado. Esta reencarnación se hacía 
sentir con un contacto menos ilusorio; pero en el miste- 
rio de su encierro la delataba su perfume. «¡Oh Teri! 
¡Teri!» Su única preocupación por el momento era que 
la americana no dejase de hablar, que no huyese, lle- 
vándose con ella su oloroso nimbo. 

Quiso Ojeda conocer su nombre de nacimiento, libre 
del apellido marital; y al oir que se llamaba Maud, 
experimentó cierto descontento. Estaba esperando, no 
sabía por qué, otro nombre, una revelación que justifi- 
case sus ilusiones. 



144 V. BLASCO IBÁÑE7, 

Maud siguió hablando de su marido, haciendo elo- 
gios de sus condiciones físicas y compadeciendo al mis- 
mo tiempo su simpleza de niño grande, versado úni- 
camente en elegancias y Juegos atléticos. Ella era el 
varón fuerte, la cabeza directora de la asociación ma- 
trimonial. Había ido á Nueva York en busca de nuevos 
capitales para un negocio de caucho que tenían en el 
Brasil. Su marido sólo servía para admirarla y obede- 
cerla, y ella había de hacer frente á los accidentes del 
comercio, empleando la palabra melosa, la sonrisa enig- 
mática y el gesto de enojo en esta pelea por el dollar. 

Los quince días pasados en París al regreso de los 
Estados Unidos habían sido los mejores de su viaje. Una 
vida de muchacho aturdido con varias compatriotas li- 
bres como ella de las viejas ataduras del sexo; una exis- 
tencia de estudiante; teatros, cenas hasta altas horas de 
la noche, sin más hombres que algún gentleman viejo 
que acompañaba á esta tropa de emancipadas lo mismo 
que un guardián de harén sigue á las odaliscas en va- 
caciones. Y nada de visitas á los Bancos ó de conferen- 
cias feroces como las que había tenido dentro de un es- 
critorio inmediato á las nubes, en el piso treinta y cuatro 
de un rascacielos neoyorldno. ;Lo que cuesta cazar el 
dollar, tan necesario para la vida!... Pero regresaba 
satisfecha de su viaje, pensando en el suspiro de alivio 
que exhalaría míster Power cuando en el muelle de Río 
Janeiro le explicase que el peligro de ruina quedaba 
conjurado gracias á ella. ¡Adorable niño grande! ¿Qué 
haría el pobre en el mundo sin su mujer?... 

Y en esta charla surgía á cada momento el elogio del 
marido, el tierno entusiasmo por su vistosa inutilidad, 
lo que producía en Fernando cierta irritación... ¿Y para 
esto se le había acercado con aire de jiirt aquella se- 
ñora?... 

Una trompeta lanzó á guisa de llamada el toque arro- 
gante y provocador del héroe Sigfrido. Corrieron los 
paseantes con el alborozo que despierta todo suceso ex- 
traordinario en la vida tranquila de á bordo. Era la 
señal para el baile. Mrs. Power y Ojeda fueron tam- 
bién hacia el fumadero, en cuyos alrededores se aglo- 
meraba la gente. 



LOS ARGONAUTAS 145 

Formábanse los miísicos de dos en dos, y tras ellos 
se agitaba el comandante dando órdenes en varias len- 
guas, acariciándose la amplia barba j saludando á las 
señoras. Rogaba á todos que se agrupasen en parejas. 
Iba á empezar la fiesta con la polonesa tradicional, so- 
lemne paseo por las cubiertas, antes de llegar al come- 
dor, convertido en salón de baile. 

El «amigo Neptuno» — como le llamaba Maltrana — 
pareció dudar algunos segundos al escoger su acom- 
pañante. Quería dedicar este honor á la más alta dama 
del buque, y sus ojos iban indecisos del collar de per- 
las de la esposa del millonario gringo á los lentes y la 
majestuosa corpulencia de la señora del doctor Zurita. 
Pero el santo respeto á la autoridad y las categorías 
sociales no daba lugar á dudas. El doctor había sido 
ministro en su país, y esto bastó para que el hombre 
de mar, inclinándose sobre sus piernas cortas con una 
galantería versallesca, ofreciese su brazo á la matrona 
argentina. 

Tras de ellos se formó la fila de parejas, escogiéndo- 
se unos á otros según anteriores preferencias ó al azar 
de la proximidad, con bizarros contrastes que provoca- 
ban risas y gritos. Las señoras viejas, los niños y los 
domésticos presenciaban el arreglo de esta procesión 
agolpados en puertas y ventanas. Isidro daba el brazo 
á la tiple noble de la compañía de opereta, d^ueña volu- 
minosa de cara herpética que ostentaba sobre la pechuga 
una condecoración turca. 

Maud contempló la formación con mirada irónica, 
pero de pronto sintióse arrastrada por la alegría gene- 
ral: «Nosotros también.» Y tomando el brazo de Ojeda 
se introdujo en la fila. 

Rompió á tocar la música una marclia solemne, una 
de tantas «Marcha de las antorchas» escritas para na- 
toJicios y matrimonios de pequeños príncipes alemanes, 
y la procesión se puso en movimiento, contoneándose 
las parejas al compás del ritmo. 

Corrían del interior del buque las camareras con go- 
rrito de blondas y los stewards de cor])ata blanca para 
presenciar este desfile, riendo con una buena fe germá- 
nica al ver á los señores agarrados del brazo y mar- 

10 



146 V. BLASCO IBANBZ 

chando con las caderas balanceantes. La cabeza del 
desñie desapareció de pronto y el rugido de cobres fué 
debilitándose. La «polonesa», saliendo del paseo al aire 
libre, se introducía en los salones serpenteando entre 
mesas y sillas hasta desembocar en el paseo de la banda 
opuesta, donde los instrumentos recobraban su primiti- 
va sonoridad. Otras veces la música se perdía gradual- 
mente, como si la absorbiesen las entrañas del buque, 
y el desfile iba descendiendo por las amplias escaleras 
á los pisos inferiores. 

Delante de Mrs. Power iba Nélida, la única que se 
apoyaba al mismo tiempo en los brazos de dos hombres, 
ün joven alemán, que se hacía pasar por pariente suyo, 
y el «barón», el belga hermosote, la escoltaban, hablán- 
dose afectuosamente como amigos que beben juntos y 
juegan al poker, pero con un rencor en la mirada de 
hombres bien educados que consideran la mayor de las 
distinciones saber ocultar sus sentimientos. Y ella mos- 
trábase contenta por este doble deseo que tiraba de sus 
brazos y la envolvía en un ambiente de sorda pelea: se 
dejaba llevar casi á rastras, encorvada su esbelta figu- 
ra, riendo sin saber de qué, con la boca seca, abarcan- 
do á los dos varones en la mirada de sus ojos húmedos 
y ávidos que parecían englobarlos en una predilección 
idéntica, sin poder distinguir el uno del otro. 

La compañera de Fernando fué transformándose al 
marchar entre los gritos y risas de este alborozo gene- 
ral. Percibía él ahora con mayor intensidad el perfume 
misterioso escapándose de las profundidades del escote. 
Hasta creyó sentir en el puño una ligera crispación de 
la mano de Maud, un movimiento tal vez inconsciente, 
un leve roce despertador que se ensanchaba en ondas 
de emoción hasta los extremos de su organismo, y unas 
veces le hacía caminar como si volase y otras parecía 
clavarle en el suelo. Era tal vez una caricia irreal, ima- 
ginada más bien que sentida, pero idéntica á otras que 
perduraban en su recuerdo... Además, el mismo roce 
de curvas armoniosas al marchar; igual encontrón con 
unas durezas de contacto fulminante. La pesadumbre 
del brazo femenil se hacía por momentos más sensi- 
ble. Un hombro desnudo se apoyaba en él, dejando 



LOS ARGONAUTAS 147 

sobre el paño negro del smoking tenues manchas de 
velutina. 

Al volver hacia ella una mirada ávida y encontrar- 
se con sus ojos no sentía extrañeza, como si los cono- 
ciera desde mucho antes. Eran grises, y los que él lleva- 
ba en su recuerdo eran negros con reflejos de ámbar; 
pero unos y otros le miraban de igual modo, con una 
expresión invitadora. Fernando sintió el temblor que 
avisa la llegada de la fortuna, la emoción que precede 
á los grandes triunfos... ¡La vida es hermosa!... Y un 
estremecimiento del brazo adorable pareció responder 
ensalzando mudamente la belleza de una existencia 
que puede elevarse, gracias al amor, por encima de 
todas las realidades. 

Se vieron de pronto debajo de las banderas y las 
guirnaldas eléctricas. La música, apelotonada en un 
extremo del comedor, había cambiado de ritmo, y las 
parejas, así como iban entrando, giraban enlazadas 
siguiendo las caricias de un vals. 

Instintivamente se recogió Maud la cola del vestido, 
apoyó Ojeda un brazo en su talle y experimentaron 
cierta sorpresa al verse entre los danzarines demasiado 
numerosos, que chocaban con rudos encuentros de co- 
dos y de grupas. La ilusión, el champan y el deseo, fer- 
mentando sordamente en él, parecieron explotar de 
pronto removidos por las vueltas de la danza. Su brazo 
retenía enérgicamente el talle de Maud, como temeroso 
de que pudiese huir: mirábanse en las pupilas con una 
fijeza agresiva, lo mismo que los luchadores que quieren 
reconocerse bien, en el último instante, antes de caer el 
uno en brazos del otro. 

Balbuceaba Ojeda sin saber ciertamente lo que decía. 
Hablaba ahora en castellano, y su súplica incoherente 
era una especie de música sin palabras cuya vaguedad 
producía en él cierta emoción. 

—Dique sí... di que quieres... Sería yo tan dichoso... 
¡tanto!... 

Ella sonrió, agradeciendo tal vez que hablase en su 
idioma, lo que le evitaba la obligación de comprender 
y ruborizarse. Al mismo tiempo sus ojos se entornaban 
para mirarle con una expresión de caricia anticipada. 



148 V, BLASCO IBÁÑE2; 

Cesó la música; las parejas se retiraron dándose el 
brazo. Maud se inclinó un momento para corregir el 
desorden de su falda, y al incorporarse mostró un gesto 
de altivez, como si recordase algo que le devolvía su 
glacial serenidad. 

Se dirigió á la puerta seguida de él, que en su exal- 
tación no se daba cuenta de este cambio repentino. 
Continuaba hablando en español, repitiendo la mis- 
ma súplica con un tuteo pasional. Y ella por dos veces, 
sonriendo de las dificultades de su pronunciación, le 
dio la respuesta en el mismo idioma: 
— No compregndo... no compregndo. 

En el antecomedor le tendió una mano para des- 
pedirse. Se retiraba á su camarote: gustaba de acos- 
tarse temprano; esta noche había sido extraordinaria. 
Ojeda se ladeó como si intentase cortarla el paso, al 
mismo tiempo que su voz se hacía más suplicante. ¿Irse? 
¿Dejarlo en la soledad de aquella fiesta donde todo le 
era extraño y antipático?.,. Se sentía enfermo. 

Pero ella le atajó con su ironía helada. 
— Debe ser el estómago. Vea al médico... A mí no me 
impresionan esas quejas: ya sabe que no soy poetical. 

Fernando insistió. Le esperaba una noche horrible: 
no podría dormir. 

—Yo le enviaré con la doncella unos sellos que dan 
sueño. 

¡Oh, si ella quisiera!... ¡Si le permitiese ir detrás de 
sus pasos al encuentro de la felicidad! 
— No compregndo... no compregndo. 

Repitió su súplica en inglés y ella lo miró entonces 
de abajo arriba, sin odio, sin escándalo, con extrañeza, 
como en presencia de un atentado á las buenas formas 
sociales, asombrada de la rapidez con que aquel hom- 
bre pretendía suprimir de golpe todas las esperas pru- 
dentes establecidas por la costumbre. 
—Good nithg — dijo fríamente. 

Y le volvió la espalda, alejándose por el corredor 
que conducía á los camarotes de preferencia, erguida y 
majestuosa. 

Desconcertado por una escena que nadie había visto, 
sintió Ojeda el impulso de huir, como si fuese á esta- 



LOS ARGONAUTAS 149 

llar en torno de él una explosión de carcajadas. Arriba, 
en la cubierta, sólo quedaban los paseantes tenaces, y 
en el café los jugadores de poker ^ para los cuales no 
habían músicas ni bailes que pudiesen alejarlos del 
tapete verde. La familia italiana rodeaba á su prelado 
empujándolo cariñosamente. ¡Animo, ilustrísimo! De- 
bía descender al salón para echar un vistazo á la fiesta 
y lucir la cruz de oro. Aquí no estaban en tierra y la 
vida permitía mayores libertades. Hasta el abate de las 
conferencias andaba por las cercanías del baile asoma^n- 
do su cara barbuda. «El mar... es el mar, Monseñor.» 

Persistió en Fernando la misma sensación de des- 
concierto y de miedo al tropezarse con los paseantes, 
cual si éstos pudiesen adivinar lo que ha.bía ocurrido 
abajo. Le molestaba la música por creerla semejante á 
una risa burlona. Otra vez necesitaba huir en busca de 
obscuridad y silencio: y tomó una de las escaleras que 
conducían á la cubierta de los botes. 

Arriba creyó despertar, con el fresco de la noche, 
como los ebrios que reciben de pronto una corriente de 
aire. Hasta allí le había acompañado un sentimiento 
de despecho; la cólera de su orgullo varonil herido por el 
fracaso; el escozor de una situación ridicula. Pero ahora 
le atormentaba el remordimiento: sentía vergüenza de 
él mismo; deseaba empequeñecerse, desaparecer, como 
si una mirada iracunda le espiase en la sombra. 

— Muy bien, señor Ojeda — murmuró irónicamente — : 
se está usted portando como un caballero. 

Y dejándose caer en un banco, añadió con rabia: 
— Eres un canalla; un canalla que merece la muerte. 

Sólo habían transcurrido unos minutos, y se pre- 
guntaba con extrañeza si era él mismo el que danzaba 
abajo, enloquecido por el perfume de una señora, á la 
que sólo conocía desde unas horas antes, balbuceando 
como un mozuelo atrevidas proposiciones. ¡Ah, misera- 
ble sin voluntad!.,. Abandonaba con rudo tirón su vida 
anterior, marchaba aventureramente al otro hemisferio, 
todo por una mujer, y á las primeras jornadas, cuando 
aun brillaban sobre sus cabezas las mismas estrellas, 
arrastrábase con súplicas viles ante una desconocida, á 
impulsos de un deseo fulminante que hacía reir. 



150 V. BLASCO IBÁÑEZ 

Sentía vergüenza al recordar las palabras que había 
escrito en la tarde anterior, imitando la firmeza de los 
héroes wagnerianos, «Y cuando estemos alejados, ¿quién 
podrá separarnos?...» Un solo día había bastado para 
que olvidase sus juramentos. Aun no habría salido á 
aquellas horas su carta de Tenerife, y ya estaba lo 
mismo que Sigfrido, olvidado de Brunilda, humillán- 
dose amoroso á los pies de una Gotunda que se burlaba 
de él. Y esto lo había hecho por voluntad espontánea, 
sin necesitar de nitros de olvido. 

Cerraba los puños amenazándose á sí mismo; pero 
un sentimiento de tristeza y desaliento sucedía á esta 
indignación. Deseaba ocultarse, como si en su vergüen- 
za necesitase más sombra, más silencio, y huyó otra 
vez, siempre hacia lo alto, remontando la escalera de 
la última toldilla, cerca del puente. 

Aquí, calma absoluta: la escasez de luz hacía más 
visible el azul profundo del cielo, más intenso el fulgor 
de los astros. La torre de la chimenea destacaba su 
obscura masa sobre el espacio, punteado de resplando- 
res; las vedijas de humo, al escaparse de su boca, em- 
pañaban por unos instantes el brillo de las constelacio- 
nes. El balanceo del barco hacía pasar las estrellas de 
un lado á otro de los mástiles, como luciérnagas jugue- 
tonas que saltasen entre palos y cordajes. 

Ojeda experimentó la sensación de paz que descien- 
de del cielo de la noche sobre los grandes dolores. Ha- 
bía momentos en que deseaba llorar lo mismo que un 
niño que implora perdón. «;Teri!... ¡Teri!» Ella viviría 
á aquellas horas seguramente pensando en él. Tal vez 
estaba ya en París, y en medio de los ruidos del bulevar, 
en un teatro ó en una fiesta, su imaginación apartábase 
de lo inmediato para seguir con angustia la marcha de 
un buque que sólo conocía de nombre. ;Ay, si ella su- 
piese! ;Si ella pudiese ver!... 

Se analizaba Ojeda con minuciosidad cruel. No era 
digno de la dicha que había acompañado los mejores 
años de su existencia. Y sin embargo, él no se creía 
responsable; era su alma, el sexo de su alma, completa- 
mente distinto y divergente de su sexo material. Hom* 
bre como los otros, agitado y dominado por una viri- 



LOS ARGONAUTAS 151 

lidad rápida en sus impulsos, bestia de presa capaz de 
atropellar y matar, lo mismo que los varones prehistó- 
ricos, cuando le perturbaba la embriaguez del deseo, 
reconocía sin embargo que su alma era femenil, como 
las de la mayor parte de los humanos. Bastaba la visión 
de una carne desconocida, una sonrisa, una ojeada, para 
que diese al olvido juramentos y compromisos. 

Se insultaba fríamente, y para aminorar su culpa 
incluía en esta vergüenza á todos sus semejantes. «Nos 
consideramos muy hombres y tenemos un alma de cor- 
tesana. Estamos á la espera de lo que llega, crédulos y 
fatuos para aceptar como una fortuna la primera hem- 
bra que nos mire, ágiles y prontos para nuevos deseos, 
olvidando el ayer con la inconsciencia de una profesio- 
nal...» 

De nuevo el recuerdo de la carta con los juramentos 
de Sigfrido volvió á su memoria. Aquel héroe membru- 
do, que con la espada partía yunques y mataba drago- 
nes, tenía igualmente un alma de mujer. Apenas sepa- 
rado de Brunilda la olvidaba, fijando sus ojos en otra. 
En cambio ella, la femenina walkyria, era el hombre 
en esta asociación amorosa. Su alma, varonil y fuerte, 
pertenecía á la aristocracia de los que prolongan un 
amor único hasta el más alto idealismo, ennobleciendo 
de este modo los instintos de la carne. Era el andrógino 
de las remotas leyendas, hombre y mujer á un tiempo; 
la personificación del verdadero amor, que domina la 
sed de nuevos deseos, desconoce la curiosidad que ins- 
pira lo extraño y anhela confundirse con el ser que 
ama, hasta suprimir toda dualidad y que los dos sean 
eternamente uno solo. 

Y Teri era así. Con su charla de pájaro y su carácter 
en apariencia frivolo, era el varón fuerte é inconmovible. 
Expuesta á las tentaciones de otros hombres que la de- 
seaban, no había vacilado jamás. Y él era la mujer sin 
voluntad: el alma débil y vulnerable á todo deseo; el 
instinto caprichoso que había que vigilar de cerca y tener 
siempre de la mano como á un niño enfermo. 

Cuando juraba ser fiel con los más solemnes jura- 
mentos, poniendo por testigos el honor y la vida, nunca 
estaba seguro de decir verdad. Sentía la sospecha de 



lo2 V. BLAbCO iba>;ez 

que al día siguiente una blancura entrevista, un revolo- 
teo de faldas, lo armonioso de una línea, el ritmo de un 
paso, la simple novedad de lo ignorado, podían hacerle 
correr fuera de su camino lo mismo que una bestia en 
celo. Y así era él: así la mayoría de sus semejantes. Y 
este animal, que enloquecido por lo que considera amor, 
tiene en el momento supremo de su dicha movimientos 
simiescos, gesticulaciones demoníacas, zarpazos de fiera, 
es el más noble de la creación, el único depositario de la 
verdad. ¡Qué dirían de los hombres las tranquilas estre- 
llas si alguna vez los habían seguido con sus guiños lu- 
minosos! . . . ¡ Ah, miseria! 

Pasaba el tiempo sin que tuviese fuerzas para aban- 
donar aquel banco, lejos de la luz. Temía volver al ruido 
de abajo; retardaba el instante de entrar en su camarote, 
como si de ios tabiques pudieran desprenderse, saliendo 
á su encuentro, los recuerdos que había clavado con la 
fijeza de sus ojos en las horas nocturnas de melancolía. 

Tres veces sonó la campana mientras él estaba allí, 
inmovilizado por el abatimiento, y otras tantas con- 
testó desde lo alto del trinquete el baladro del serviola 
anuncia-ndo que las luces de posición seguían encendi- 
das. Un oficial paseaba por el puente con la espalda algo 
encorvada y las manos en los bolsillos, deteniéndose á 
cada vuelta para sondear con sus ojos la obscuridad. 
Fernando le encontró cierto aire de monje, yendo y vol- 
viendo con igual número de pasos por su claustro de 
acero. Junto á una luz oculta, que esparcía una tenue 
mancha rojiza (el resplandor de la bitácora), estaba 
otro hombre con los brazos en cruz, abarcando la rueda 
reguladora de la dirección del buque. Y acurrucado en 
su minarete, en medio de las tinieblas perforadas por 
luminosos parpadeos, existía el centinela invisible, el 
ronco cantor de las horas, espía avanzado que escrutaba 
los hostiles misterios de la noche y del mar. 

Contemplábalos Ojeda con respeto y envidia, sumi- 
dos en su gravedad silenciosa, que tenía algo de sacer- 
dotal: insensibles á la música y los rumores de fiesta que 
venían de abajo; huyendo de los reflejos luminosos que 
esparcía el buque soln^e sus costados como un halo de 
gloria; avanzando la cabeza en la noche para husmearla 



LOS ARGONAUTAS 153 

mejor, indiferentes al mundo alegre y variado que inva- 
día las entrañas de la nave en cada viaje; sólidamente 
adheridos al testuz del monstruo cuya marcha guiaban, 
como el cornac guía al elefante montado en su frente. 
Eran hombres ocupados en algo más importante que bal- 
bucear deseos al paso de una hembra. La vida les había 
impuesto una obligación y la cumplían severamente, sin 
conocer arrepentimientos ni vergüenzas. 

El trabajo disciplinado por la responsabilidad se le 
apareció como la función más noble y envidiable. Estos 
ermitaños del puente y de la cofa, tendrían á no dudar 
su vida de pasión cual todo el mundo; conocerían el 
amor, que es algo indispensable para la existencia; lle- 
varían en su alma la flor del recuerdo. Tal vez el oficial 
iba acompañado en sus paseos por la imagen de alguna 
fraulein rubia y sensible que contaba los días en un 
puerto anseático aguardando la vuelta del buque; tal 
vez los marineros contemplaban en el espejo de su rudi- 
mentaria imaginación á la compañera ventruda y mal 
calzada con su grupo de pequeñuelos carillenos y peli- 
blancos. 

Desde su asiento, á través del marco de una ventana, 
veía también al telegrafista escribiendo con la cabeza 
baja é interrumpiendo su escritura para escuchar el 
lenguaje chirriante de los aparatos. Atendía mecánica- 
mente á otros pensamientos perdidos en la noche á una 
distancia de centenares de millas, y apenas terminada 
la conversación recuperaba su pluma. Bien podía ser que 
escribiese á su amada llenando el papel con versos inge- 
nuos y simples, como la florecilla azul que apunta en el 
alma de toda pasión germánica. 

Y al adivinar el amor en estos esclavos de la respon- 
sabilidad que velaban por la suerte del pueblo flotante, 
lo veía único, noble, rectilíneo, lo mismo que el deber y 
la disciplina que mantenían á todos en su puesto. 

Oyó pisadas en la toldilla. Una silueta avanzaba 
titubeante, explorando los rincones. Era Maltrana, que 
al reconocerle se dirigió hacia él lamentando su desapari- 
ción... ¿Qué hacía allí? ¿Por qué no estaba abajo?... Y 
acompañaba sus palabras con grandes risas y cariñosos 
palmoteos. Fernando vio en sus ojos el brillo de una ex- 



154 V. BLASCO IBÁÑBZ 

traordinária agitación. Al hablar esparcía su boca un 
vaho alcohólico. 

— La gran noche, amigo Ojeda: y eso que aun estamos 
como quien dice al principio. Esos muchachos son en- 
cantadores. Tenemos concertada una pequeña reunión 
con varias chicas de la opereta para cuando termine el 
baile y se acueste la gente seria... ¿Y Nélida? Una va- 
liente. Se ha deslizado fuera del salón, mientras á su 
hermanito lo emborrachan los amigos de la banda. Su 
primer flirt ^ el alemán que se titula pariente y viene con 
ella desde Hamburgo, anda loco por todo el buque sin 
poder encontrarla. Yo soy el único que sabe dónde está: 
iyo lo sé todo! La he visto entrar cautelosamente en su 
camarote, lo mismo que una gata estremecida, y como 
llegaba después de ella el barón belga... Y el otro busca 
que busca. ¡Lo más divertido! ¿Pero qué tiene usted? 
¿Por qué está triste?... 

Fernando experimentó un deseo egoísta de comuni- 
car su desaliento y su amargura á este amigo regocijado. 
— Soy un miserable que siente asco de sí mismo. Un 
verdadero miserable. 

Quedó Maltrana indeciso, no sabiendo qué gesto 
adoptar ante una afirmación tan inesperada... Luego se 
encogió de hombros y volvió á reir, como si leyese en el 
pensamiento de Ojeda. 

¡Un miserable!... ¿y qué? El también lo era; y todos 
en el buque lo eran igualmente. Y así como el viaje 
fuera haciéndose más largo y avanzase el Goethe la proa 
en los mares luminosos y cálidos, todos iban á sentirse 
poseídos por esta miseria que avergonzaba á Fernan- 
do... ¡Quién sabe si alguno llegaría á rugir y á andará 
cuatro patas como los libertinos de las leyendas conver- 
tidos en bestias!... 

— Ya nos limpiaremos de pecados al llegar á tierra, 
amigo mío. Aquí debemos vivir con arreglo al ambien- 
te. La responsabilidad no es nuestra. El culpable es ese... 
el gran impuro, el eterno fecundador que aun guarda en 
sus entrañas el secreto genésico de los primeros latidos 
de la vida. 

Y Maltrana, borracho, señalaba el mar obscuro, in- 
crepándolo con una furia cómica... Pasaban sobre su 



LOS ARGONAUTAS 166 

lomo, lo arañaban cruelmente con la quilla, bien comi- 
dos, el pensamiento en reposo, los miembros en huelga, 
y él se vengaba de este rudo despertar enviándoles un 
aliento afrodisíaco, que esparcía el deseo y la locura. 

— ;Ah grandísimo tentador!... jGaleoto con mostachos 
de algas... Celestina de arrugas verdes! 

Por algo habían florecido en las islas mediterráneas 
los pueblos adoradores de Afrodita, que hicieron vibrar 
todas las cuerdas del arpa de la voluptuosidad; por algo 
se habían elevado en las costas las blancas columnatas 
de los santuarios de amor, con sus rebaños de cortesa- 
nas sagradas; por algo los poetas sacerdotales habían 
hecho nacer á Venus de la espuma de las olas. 



V 



A las diez de la mañana iban colocando los músicos 
sus atriles al final de la cubierta, entre el fumadero y 
una barandilla, sobre la explanada de popa. Ensanchá- 
base el paseo en este lugar, ofreciendo el aspecto de una 
terraza de café, con mesas al aire libre y arbolillos re- 
dondos plantados en cajones verdes. 

Eompía á tocar la música una «Marcha granadera» 
del tiempo de Federico el Grande, con estruendosos 
alaridos de trompetería, y poco á poco la gente iba 
poblando el paseo. 

El buque, húmedo, sombreado, limpio, parecía son- 
reír como un dormilón que se despabila con las frías 
abluciones matinales. Desde mucho antes caminaban 
los madrugadores por la azulada penumbra de la cu- 
bierta, saludándose al paso y comunicándose noticias 
de la noche anterior. Algunos, vestidos con py jamas ó 
medio desnudos bajo un largo gabán, descendían del 
gimnasio y se deslizaban rápidamente en busca de sus 
camarotes. 

Aparecían las primeras señoras, yendo tras un breve 
paseo á arrellanarse en los sillones. Bandas de mucha- 
chos aprovechaban la ausencia de los mayores para 
hacer suya toda la cubierta. Niñeras de diversa nacio- 
nalidad con una criatura al brazo formaban amigables 
grupos, mirándose sonrientes sin entenderse. Otras em- 
pujaban cunas con ruedas, en cuyo interior una cabeza 
abultada, de suaves cabellos, aparecía medio dormida 
entre puntillas y lazos. Una tropa de niños con fusiles 
de latón daba la vuelta al buque golpeando el húmedo 
entarimado con marciales patadas. Eran rubios, more- 



r.OS AROONAUTAS 157 

nos ó bronceados, mostrando en ]a vPtriedad de sus tipos 
la amalgama étnica del continente a^mericano, en el que 
sus padres les habían hecho nacer. Un hijo del doctor 
Zurita, que iba al frente sable en alto marcando el paso, 
gritaba con el imperio de una casta triunfadora: «A ver, 
gringo, avanza un poco... Un... dos. Un... dos. Tú, ga- 
llego, hazte pa atrás.» 

Fernando, apoyado en la barandilla á corta distan- 
cia de los músicos, seguía con los ojos el lento balanceo 
del castillo de popa, sobre el cual aleteaba una ronda 
de gaviotas. Eran aves enormes, repletas de pescado y 
desperdicios de los buques, con alas poderosas, blancas 
y combadas, semejantes á velas. 

Seguían ai trasatlántico desde Canarias, habituadas 
á esta soledad azul, inmensa para los ojos del hombre, y 
en la que su instinto husmeaba la vecindad invisible de 
la costa de África y del archipiélago de Cabo Verde. 
Volaban en espiral sobre la popa, abanicando algunas 
veces con sus alas á los pasajeros de tercera clase. Otras 
se tendían en fila sobre el camino blancuzco y espu- 
moso que dejaban abierto las hélices en la llanura del 
Océano. Parecían inmóviles sobre el vapor, que mar- 
chaba y marchaba con el jadeante ímpetu de sus pul- 
mones de acero, y cuando quedaban atrás bastábales 
un par de aletazos para volver á colocarse verticalmente 
sobre él. Sonaba el chapoteo de un objeto en el mar; 
una espuerta de residuos de cocina, un madero, un bote 
de conservas vacío, é inmediatamente se desplomaban, 
con las plumas encogidas, balanceándose sobre las on- 
dulaciones oceánica-s lo mismo que los cisnes de un lago. 
Y así que terminaban la exploración del objeto notante 
ó engullían los residuos, retornaban al buque impetuo- 
sas como proyectiles. 

Un murmullo de gente invisible subía hasta el paseo 
en las breves pausas de la música. Ojeda, al inclinarse 
sobre la baranda, recibió en su olfato un hedor de co- 
mida agria. La vasta explanada de popa, libre á aquella 
hora de toldos, aparecía ocupada por los emigrantes 
septentrionales. Formaban cuadros sentados en los ca- 
ramancheles de las escotillas. Otros por encima de ellos 
ocupaban, como si fuesen bancos, los mástiles de las 



158 V. BLASCO IBÁÍíEZ 

grúas colocados horizontalmente. Algunos, con aire se- 
ñoril, dormían arrellanados en sillones plegadizos de 
lona vieja, recuerdo de anteriores viajes. 

Correteaban bandas de muchachos medio desnudos, 
yendo á refugiarse entre las rodillas femeninas en los 
azares de su persecución. Viejos con luengas barbas, 
gorros de piel de cordero y peludos gabanes permane- 
cían en cuclillas mirando el mar como fakires en éxta- 
sis. Unos jóvenes tendidos sobre el vientre, con la quija- 
da entre las manos escuchaban la lectura en alta voz de 
un camarada. Junto á la borda otros hombres barbudos 
fumaban en largas pipas y de vez en cuando sus manos 
rojas y escamosas se hundían bajo las sotanas forradas 
de pieles para agitar con fuertes rascuñones los harapos 
invisibles. 

Tenían que abrirse paso los marineros en esta mu- 
chedumbre compacta é inmóvil, que bebía sol y aire 
fuera del encierro de los sollados. Sobre un montón de 
cables, un emigrante de cabeza rapada movía el arco 
de su violín sin que el más leve sonido llegase hasta el 
paseo donde rugían los cobres. En la plataforma del 
castillo de popa, entre botes, maromas y salvavidas, 
pululaban los pasajeros de tercera clase que gozaban de 
preferencia: tenderos ambulantes; rusas y alemanas con 
grandes sombreros de paja que, cogidas del talle, habla- 
ban de sus diplomas académicos y de la posibilidad de 
entrar en el seno de una familia del Nuevo Mundo para 
enseñar idiomas á los niños; jóvenes melenudos con 
trajes de buen corte, pero de raída tela, siempre con un 
libro en la mano. Eran los aristócratas de esta parte del 
buque que, aislados en su altura, miraban con desde- 
ñosa conmiseración al rebaño de abajo y con envidia 
revolucionaria á los del castillo central. 

Pilas de ropas puestas á secar se balanceaban en la 
explanada sobre los grupos de cabezas. El suelo, regado 
á manga poco antes, estaba cubierto de cascaras de fru- 
tas, secreciones de garganta y residuos de alimentos. 
Cabelleras femeniles tendidas al sol recibían la explora- 
ción venatoria de los peines. De la blancura incierta de 
algunas camisas, rígidas y acartonadas por el líquido 
seco, emergían ubres como harapos, adaptando su arru- 



LOS ARGONAUTAS 159 

gada flacidez á las bocas lloronas de los pequeños. Otras 
madres, con el hijo en las rodillas, desenvolvían tran- 
quilamente sus fajas y pañales, dando á la luz los olvi- 
dos hediondos de la inconsciencia infantil. 

No tenía Fernando más que ladear un poco la cabe- 
za, volviendo los ojos al interior de la cubierta, y reci- 
bía en su olfato inmediatamente la esencia de los licores 
que burbujeaban con mezcla de soda en las mesas del 
café, el perfume de agua de Colonia que iban espar- 
ciendo las mujeres como un recuerdo de su baño mati- 
nal. Parecía ser de un planeta distinto la vida que se 
desarrollaba cuatro metros por encima de la muchedum- 
bre emigrante. Los camareros iban de grupo en grupo 
ofreciendo grandes bandejas cargadas de emparedados 
y tazas de caldo: el segundo refrigerio de la mañana. 
Las señoras exhibían con afectada modestia sus trajes 
de verano recién extraídos de los cofres, y cambiaban 
mutuos cumplimientos. Muchos pasajeros iban vestidos 
de blanco de pies á cabeza, é igualmente de blanco los 
domésticos del buque, los músicos y los oficiales. Había 
momentos en que el castillo central parecía invadido 
por una tripulación de pierrots. 

Pasó Mrs. Power, sola como siempre en sus matina- 
les paseos, erguida y sin mirar á nadie, con un som- 
brero de tul elegante y vistoso. Fernando sintió al verla 
indecisión y timidez, pero ella, deteniéndose un mo- 
mento, vino en su auxilio. Le saludó preguntando con 
un retintín irónico cómo había pasado la noche. Sonreía 
protectoramente, dando á entender que perdonaba á 
Ojeda su travesura de niño grande. Todo estaba olvida- 
do... Y le tendió una mano antes de alejarse, conti- 
nuando su marcha de ritmo varonil. 

Transcurría el tiempo sin que la cubierta se viese 
tan poblada como en otras mañanas. Muchos sillones 
permanecían vacíos. Las graves señoras alejaban á sus 
hijas para conversar entre ellas con voz de misterio y 
gestos de indignación, como si comentasen algo escan- 
daloso. No había aparecido aún ninguno de aquellos 
jóvenes de cuya amistad hablaba Maltrana con entu- 
siasmo. También él permanecía invisible, y lo mismo 
Nélida con su escolta de adoradores. 



100 V. BLASCO IBÁÑBZ 

El doctor Zurita pasó junto á Ojeda aspirando el 
humo de su tercer cigarro matinal. 

— Poca gente— dijo— . Anoche, segán parece, hubo 
farra larga. Debe haber abajo un tendal de muertos y 
heridos... ¡Qué muchachada tan viva! ¡Cosas de la 
edad!... 

Y siguió adelante, sonriendo con una tolerancia de 
veterano al pensar en las locuras de la «muchachada». 
Estaba tranquilo por haberle dicho su ayuda de cámara 
andaluz que los hijos mayores roncaban en sus camaro- 
tes con la fatiga de una noche pasada en claro, pero 
sin desperfectos visibles. 

La música siguió desarrollando su programa mati- 
nal como si sonase en el vacío. Pasaban las señoritas 
formando grupos, lo mismo que en las plazas de las 
pequeñas ciudades, alrededor del kiosco de conciertos; 
pero les faltaba en este continuo girar el encuentro con 
los jóvenes, el acompañamiento de un amigo, miradas 
curiosas y simpáticas que las persiguiesen. 

Sólo quedaban ellas en la culbierta. Los hombres 
grcives eran buscados por el mayordomo, que en fuer- 
za de invitaciones y ruegos conseguía meterlos en el 
fumadero. Se iba á formar allí por aclamación el comité 
organizador de las fiestas con que se celebraría el paso 
de la línea equinoccial. 

Terminó el concierto, retiráronse los músicos con 
atriles é instrumentos, y entonces fué cuando Maltrana 
hizo su aparición. Lo vio Fernando asomar la cabeza 
por la puerta de una escalera tímidamente. Después de 
largos titubeos avanzó al fin con cierto encogimiento. 
Vestía un traje blanco, rutilante, majestuoso, sobre el 
cual parecía destacarse con mayor relieve la fealdad 
grandiosa de su cara, á la que encontraban algunos 
cierta semejanza con la de Beethoven viejo. 

En su marcha cautelosa, torcía el rostro hacia el 
lado del mar, bajando los ojos como si temxiese ser visto. 
Ante los grupos de nobles matronas, su cortesía pudo 
más que el miedo. «Buenos días...» Pero las damas con- 
testaron su saludo á flor de labios, siguiéndole con ojos 
severos y mirándose después entre ellas... «También 
éste era de los culpables.» Y todo el peso de su indigna- 



LOS ARGONAUTAS 1^1 

ción se descargó mudamente sobre Maltrana, el primero 
que se atrevía á presentarse ante ellas. 

Ojeda al estrecharle la mano se fijó en su tendencia 
á volver la cara hacia el mar, rehuyendo el lado iz- 
quierdo, y con súbito movimiento le hizo ponerse de 
frente. 

— Pero criatura, ¿qué tiene usted ahí?... 

Señalaba, riendo, una hinchazón lívida de la sien 
que se extendía hasta un ojo. 

—No es nada— balbuceó Isidro—; poca cosa... Ya le 
explicaré. 

Y para desviar la conversación se miró de los pies al 
pecho con gesto de orgullo. 

— ¿Eh?... ¿qué me dice del trajecito? Tengo otro á más 
de este... ¡Cualquiera adivina que es obra de doña Mar- 
garita, mi patronal 

Pero Ojeda no se dejó desorientar por estas palabras 
y siguió riendo con los ojos puestos en la contusión que 
desfiguraba á su amigo. 

— Cuando se canse de reir, avise — dijo Maltrana algo 
amostazado — . ¿Pero no ve usted que nos están mirando 
esas dignas señoras?... Las conozco y no quiero perder 
su amistad. Hablan con mucha soltura de los escánda- 
los de Europa; tienen el propósito decidido de no asus- 
tarse de nada, para que no las tomen por unas atrasa- 
das; pero todo es puro exterior, y cuando se despojan de 
los trajes y los añadidos de París resultan idénticas á 
nuestras damas de provincias,.. Al pasar frente á sus 
camarotes miro algunas veces por la puerta entreabierta: 
en el lavabo, marquitos portátiles con imágenes mila- 
grosas nacionales ó de importación; en un boliche de la 
cama, un rosario y más estampas... Tengo miedo de 
que me echen la culpa á mí, que soy el más infeliz. Me 
temo que por dejar en buen lugar á sus niños y á los 
amigos de sus niños, digan que fui yo quien organizó 
lo de anoche... Y yo tengo interés en estar bien con todo 
el mundo, en conservar mis amistades. 

Fernando no pudo contener su impaciencia. «Pero 
¿qué era lo de anoche?...» Maltrana sonrió, como si re- 
cordase algo, y dijo, rem^edando á su amigo, con ento- 
nación dramática: 

11 



162 V. BLASCO IBÁÑEZ 

—Soy un miserable... Un miserable que siente asco 
de sí mismo. 

Pero antes de que Fernando pudiera enojarse por este 
recuerdo, se apresuró á añadir: 

— Lo de anoche fué una lección; una lección de cosas 
y de nombres: una «farra», una «remolienda», como 
dicen mis amigos de varias repúblicas. Anoche supe 
también lo que es «curarse», y me curé tan prolijamen- 
te, que aquí me tiene con una sed infernal y este adorno 
junto á un ojo... Pero no me arrepiento: ¡qué muchachos 
simpáticos! Da gloria tener amigos tan cariñosos. Unos 
me llamaban gallego , otros me apellidaban godo. ¿Ha 
notado usted qué variedad de motes amorosos gozamos 
los españoles en la América que habla español? 

— Sí; y en otras repúblicas nos llaman gachupines, 
patones y sarracenos y no sé qué más. Podría escribirse 
un tratado geográfico- apodesco para mayor claridad en 
las relaciones hispano-americanas... Pero son bromas de 
familia que no merecen atención: adelante. 

Y Maltrana describía la fiesta íntima en el fumadero 
después del baile, cuando las graves damas con sus hijas 
se habían retirado á los camarotes y sólo quedaba en la 
cubierta algún que otro señor entregado á su paseo habi- 
tual antes de irse á la cama. Los jugadores de poker 
habían terminado sus partidas, prudentemente, al ver 
invadido el salón por una banda de locos que gritaban 
discursos subiéndose á las mesas, ensayaban suertes de 
gimnasia con las sillas ó se tendían en los divanes colo- 
cando los pies entre las copas. 

— El pobre mozo del bar, amigo Ojeda, ese rubio con 
bigotes á lo kaiser, se movía incesantemente, de una 
mesa á otra, descorchando botellas de champan, llenan- 
do copas, recogiendo del suelo vidrios rotos. Al principio 
estaban por grupos; á un lado los sudamericanos, al 
otro los yanquis y los ingleses, más allá los alemanes, 
pretendiendo cada uno sobrepujar al vecino en gene- 
rosidad. Una mesa pedía dos botellas, la otra tres, la 
otra cuatro; y todos cantaban intercalando en su músi- 
ca gritos de animales conocidos ó fantásticos... Esperá- 
bamos la llegada de las damas; unas cuantas coristas 
que habían prometido no sé á quién, tal vez á nadie, su 



LOS ARGONAUTAS 163 

interesante presencia. Pasaba el tiempo y no venían. 
Unos amigos hablaban seriamente de ir al camarote de 
Nélida para traerla á la fiesta y darle una paliza al her- 
mano, proposición que ponía foscos al belga y al ale- 
mán, como si cada uno por su parte se creyese el depo- 
sitario del honor de la muchacha. 

Calló Maltrana cual si temiera decir demasiado, pero 
ante la curiosidad de su amigo siguió adelante. 

— Un chileno forzudo, gran amigo mío, se levantó con 
resolución. «Oiga, godito: vamos á ver si nos traemos á 
algunas de esas damas.» Abajo, en un corredor, cazamos 
á dos coristas polacas que iban tranquilamente desde 
cierto lugar á su camarote, y mi amigo el atleta las subió 
casi en volandas sin entender sus palabras. ¡Gran éxito! 
Las dos son negruzcas, flacas, con aire de gitanas, pero 
jamás se verán en toda su vida tan admiradas y obse- 
quiadas. Y cuando las pobrecitas llevaban bebidas no 
sé cuántas copas, mirándonos á todos con la superiori- 
dad que proporciona la escasez del artículo, y se deba- 
tían entre los señores aglomerados en torno de ellas, 
chillando y contrayéndose en el asiento como si por 
debajo de la mesa las cosquillease una tropa de ratas, 
entra el mayordomo, el obersteward^ mirándolas fijamen- 
te, sin vernos á nosotros, como si no existiésemos: y 
bastaron unas cuantas palabras suyas en alemán para 
que saliesen cabizbajas y temerosas, lo mismo que unas 
niñas ante la reprimenda del maestro... Bien dicen que 
la sociedad del mujerío dulcifica la rudeza de los hom- 
bres. Apenas nos quedamos solos... batalla. Unos incre- 
paron á otros por haber sido demasiado audaces, hacién- 
dolos responsables del susto y los aleteos de las dos 
palomas inocentes. De pronto un puñetazo... y el fuma- 
dero fué la venta del Don Quijote, Todos sentían la nece- 
sidad de pegar sin saber á quién: dos hermanos se apo- 
rreaban sin conocerse: los bocks y las copas iban por 
el aire. Yo dudaba entre huir ó poner paz, y en medio 
de mis vacilaciones me alcanzó esta caricia... Crea us- 
ted que me duele, pero el espectáculo valía la pena de 
ser visto. Lástima que usted no lo presenciase. 

Ojeda se inclinó con irónico agradecimiento. «Mu- 
chas gracias.» 



16i V. BLASCO IBÁXEü 

— La tranquilidad se restableció gracias á la interven- 
ción de algunos marineros que limpiaban la cubierta, y 
á la amenaza del mayordomo de introducir por las venta- 
nas las mangueras del riego... Con la calma renació el 
buen acuerdo; todos pedían lo mismo: más champan. Y 
como era la hora en que se cierra el bar, muchos hacían 
provisiones, guardando las botellas debajo de las mesas. 
Una ternura conmovedora se apoderó de la asistencia. 
Cada uno se rascaba los chichones ó se arreglaba los 
rasguños del traje, mirando amorosamente al vecino. 
Argentinos y chilenos cruzaban las copas con ruidosa 
fraternidad. jNo más Andes! ¡Ellos solos se bastaban 
para comerse el mundo! Y súbitamente coligados, mira- 
ban á los demás fieramente. 

— ¿Y qué decían los demás? — preguntó Ojeda. 

— El amigo Pérez, y otros de diversas repúblicas, 
exigiron copa en mano entrar en la confederación. ¡Her- 
manos; todos hermanos! Y se abrazaron con lágrimas 
de ternura dando vivas á las tierras hispanoamericanas. 
Un brasileño se insinuó dulcemente con lenguaje mesu- 
rado y cortés: «Se os senhores dáo licenca,..» Y el Brasil 
entraba igualmente en la gran alianza. ¡Viva la Amé- 
rica latina!... Alguien se fijó en mi humilde persona y 
en el adorno que llevo junto á un ojo. «¡ Ah, pobre galle- 
guito simpático!» Y prorrumpieron en vivas á la «madre 
patria», á la vieja España, ensalzándola melancólica- 
mente, como si hablasen de una abuela que se les hu- 
biese muerto hace años. Las copas se me venían á la 
boca por docenas, como si quisieran ahogarme. Algunos 
se abrazaron á mí mojándome el cuello con lágrimas de 
embriaguez. Tienen en la Península no sé cuántos pa- 
rientes duques y marqueses; aun guardan en su casa 
papelotes antiguos de nobleza, y me pedían mis señas 
en Buenos Aires para enviármelos, como si esto pudiese 
interesarme... Luego no sé cómo los yanquis vinieron á 
chocar igualmente sus copas. ¡Hurra á los Estados Uni- 
dos! ¡América sobre el resto del mundo!... 

Pero este huracán de fraternidad había sido dema- 
siado impetuoso para mantenerse en los límites de un 
continente, y pasando los mares se difundía por Europa 
entera. Al final, ingleses, alemanes, franceses y belgas, 



l:OS ARGONAUTAS 165 

entraban en la gran alianza. ¡Viva la confederación uni- 
versal! 

— y un inglés pequeñito— continuó Maltrana— , que 
usted habrá visto con su traje á cuadros y su pipa, derra- 
maba lágrimas en la copa, repitiendo con una incohe- 
rencia obstinada de beodo: «Yo he entrado en el buque 
con un corazón puro, y puro quiero sacarlo de él...» El 
mayordomo entraba á cada rato para decirnos que eran 
las dos, que eran las tres, que eran las cuatro, y había 
que cerrar el fumadero; pero nadie le entendía. Algunos 
roncaban tirados en las banquetas; otros se alejaban ti- 
tubeando para volver poco después pálidos, con la pe- 
chera de la camisa manchada. De pronto se apagaron 
las luces y salimos, empujándonos, entre un griterío de 
protesta. Se habló un poco de matar al mayordomo, 
pero había desaparecido. 

— ¿Y se fueron ustedes á dormir? — preguntó Ojeda. 

— No señor; una fiesta de esta clase no termina tan 
pronto. Yo me vi no sé cómo en un corredor de abajo 
con dos botellas en las manos y un amigo á cada lado. 
Al marchar, con las piernas blandas, como si fuesen de 
algodón, nos llevábamos por delante todos los zapatos 
depositados á la entrada de los camarotes... Vimos unos 
cuantos amigos que golpeaban unas puertas, encorván- 
dose para hablar por el ojo de la cerradura. Eran los 
camarotes de las francesas, señoritas ordenadas y de 
buenas costumbres que se acostaron sin presenciar el 
baile y estaban duermiendo con la honrada tranquilidad 
de un industrial en vacaciones. «Cien marcos», proponía 
uno. «Quinientos cincuenta», insinuaba otro enfurecido 
por el silencio. «Mil... Dos mil...» Los dejamos soltando 
cifras ante las puertas obscuras é inmóviles. Era lo mis- 
mo que si hicieran proposiciones á un panteón. 

Isidro hablaba cada vez con más lentitud, como si 
se aproximase á la mayor dificultad de su relato y pen- 
sase en el medio de sortearla. 

— Luego encontramos á un amigo alemán que iba á 
despertar al médico, con la cabeza chorreando sangre. 
Se había caído de una esca-lera, golpeándose en los filos 
de los peldaños, que son de bronce... También yo me 
sentí atraído por las puertas y empecé á golpear la de mi 



166 V. BLASCO IBÁÑBZ 

vecino, el hombre misterioso, el personaje de Hoffmann. 
Necesitaba hablar con él: le invitaba á levantarse, para 
que bebiésemos una copa juntos y presentarle á mis ami- 
gos. «Sal, no tengas miedo: te conozco. Tú eres Sherlock 
Holmes...» Una manía de borracho que á última hora se 
apoderó de mí. Y luego empecé á aporrear la puerta 
vecina, la del misterio, pugnando por abrirla. Se me 
había metido en la cabeza que el amigo Holmes llevaba 
oculta en este camarote á una princesa rusa que viaja 
de incógnito y va á casarse con un jefe de tribu del 
Gran Chaco. Fantasías del alcohol, querido Ojeda. Y los 
dos acompañantes, menos ebrios que yo, pretendían di- 
suadirme arrancándome de allí. «Mi amigo, no haga le- 
seras...» «Compañero, no sea empecinado.» Y al fin pu- 
dieron meterme en mi camarote y acostarme, y allí he 
estado hasta que me despertó la música... Un baño á toda 
prisa, y á enfundarme en este traje de marinerito amo- 
roso que guardaba con impaciencia desde que nos em- 
barcamos. ¡Pocas ganas que tenía yo de lucirlo!... ¿Eh? 
¿qué le parece el trajecito de mi patrona?... 
Ojeda le miró con fingida severidad. 

— Muy bien, Isidro. Bonito modo de ir en busca de una 
vida nueva. Se está usted amaestrando para el trabajo. 

— ¡Bah! Es el mar; la influencia desmoralizadora del 
mar. Ya me oyó usted anoche. Aquí somos otros que en 
tierra; tal vez más espontáneos, más verdaderos. El ais- 
lamiento, la vida en común, nos despojan de nuestros 
envoltorios y la bella bestia aparece tal como es, exci- 
tada por el fastidio, ansiosa de entretenerse en algo. Y 
así como se prolongue la navegación nos sentiremos 
más iguales, más hermanos, con mayor cantidad de 
«animalía»... El hombre siempre ha sido lo mismo en el 
mar. Acuérdese de los antiguos viajes á las Indias y 
la Oceanía. Los maestres de las naos recogían las espa- 
das de los hidalgos, para no devolvérselas hasta el final 
del viaje. Todo desafío concertado durante la nave- 
gación no tenía validez al saltar á tierra. Aquellos via- 
jes eran de meses, y los nuestros son de días; pero repre- 
sentan lo mismo, pues nosotros vivimos y sentimos con 
mayor velocidad que nuestros abuelos... No pase usted 
cuidado: recobraré mi cordura al llegar al último puer- 



LOS ARGONAUTAS 167 

to, y todos harán lo mismo. Tal vez por eso dice usted 
que las amistades hechas en un buque rara vez se pro- 
longan en tierra. Se ven las gentes con demasiada inti- 
midad, y luego, cuando se encuentran, se saludando 
lejos con la sonrisa de un buen recuerdo; pero se evitan 
á la vez, como si se hubiesen conocido en una aventura 
poco honorable. 

Un bramido monstruoso sobresaltó á muchas señoras 
en sus asientos. Era el silbato del buque que daba la 
señal de mediodía. 

— La hora del almuerzo— dijo Maltrana alegremen- 
te—, i Tengo un hambre!... ¿Ha notado usted cómo abre 
el apetito la mala conducta? 

En el antecomedor agolpábanse los viajeros frente 
á una larga mesa cubierta de platos diversos: vasijas 
con ensaladas; jamones y piezas de embutido exhibiendo 
en sus caras rojizas el negro mosaico de las trufas; an- 
guilas enormes enterradas en gelatina; salchichas ale- 
manas de color de rosa y leve perfume de droguería; 
anchoas flotantes en sal líquida; botes que mostraban 
entre los dientes del latón recién cortado el granulento 
verde del caviar. La mano de un cocinero iba de un ex- 
tremo á otro de la mesa, armada de un tenedor, colocan- 
do en los platos estos entremeses del almuerzo á gusto de 
los pasajeros. 

Muchos curiosos se detenían frente á un gran reloj 
regulado desde el puente por una corriente eléctrica, y 
modiñcaban sus cronómetros con arreglo al salto atrás 
que acababan de dar las agujas. Todos los días, al llegar 
el sol á su altura máxima, había que retrasar la marcha 
del tiempo diez minutos. Otros pasajeros discutían ante 
un tabloncillo en el que estaba la carta de navegación, 
examinando la mancha azul del Océano punteada de al- 
ñleres con banderitas germánicas. Cada alñler era colo- 
cado á las doce del día, y el espacio abierto entre dos de 
ellos representaba una singladura, veinticuatro horas de 
navegación. Las banderitas salían del mar del Norte, é 
iban alineándose á lo largo de la costa de Europa hasta 
avanzar en pleno Atlántico. La última recién clavada er- 
guíase entre Canarias y Cabo Verde. Más abajo el mar 
limpio, el mar inmenso, la mancha azul no más grande 



168 V. BLASCO IBÁÑEZ 

que la palma de la mano, pero cruzada por las líneas ne- 
gras de los grados, que representaban días y días. ¡Fal- 
taban tantos para que cada uno llegase á su destino!... 
Y dominados por la preocupación de la velocidad, criti- 
caban la marcha del buque, acusando á la compañía 
de avaricia en el gasto de carbón, disputando el número 
de millas que debía correr, haciendo apuestas sobre la 
singladura del día siguiente. 

Al entrar en el comedor, Maltrana se vio saludado 
por sus compañeros de mesa con guiños maliciosos. El 
viejo doctor Eubau, siempre de negro, parecía compa- 
decerse, con un gesto de cansancio, de las falsas ilusiones 
de la vida. «;Ah juventud! ¡Juventud!...» No le habían 
dejado dormir tranquilamente gran parte de la noche. 
También habían llamado á su camarote, equivocándose 
de puerta, para proponerle por el ojo de la cerradura 
algo monstruoso, que no acabó de entender en la tor- 
peza del sueño interrumpido. 

Munster ocultaba su cólera con una sonrisa de resig- 
nación. Había renunciado al hridge en la noche anterior 
por falta de compañeros, refugiándose en el po/cer forzo- 
samente, y cuando después de perder cien marcos empe- 
zaba á recobrar su dinero, la invasión de una tropa de 
locos le expulsaba del café como á las demás «personas 
serias». 

— Y usted, señor Maltrana, no es un niño y debía dejar 
para los muchachos estas hazañas impropias de su edad. 

El joyero, sorda,mente irritado contra su cabeza blan- 
ca y sus arrugas, gustaba de envejecer á los otros, cre- 
yendo remozarse de este modo, y por esto insistió en 
aumentar los años de Isidro sin hacer caso de sus pro- 
testas. 

Entraban en el comedor poco á poco todos los jóvenes 
que se habían mantenido ocultos hasfca entonces en sus 
camarotes. Unos avanzaban á toda prisa, fingiéndose pre- 
ocupados con algún pensamiento de importancia. Otros 
desafiaban la curiosidad, ostentando arrogantemente las 
erosiones mal disimuladas por el peluquero con polvos de 
arroz. Los norteamericanos destapaban champan en el 
almuerzo y gritaban lo mismo que en la noche anterior, 
insensibles al cansancio y al trasiego de líquidos. En las 



LOS ARGONAUTAS 169 

mesas de familia, las mamas acogían á sus hijos con 
ojos de severidad y labios apretados; pero aquéllos salían 
del paso saludando á «sus viejos» con aire indiferente, 
como si los hubiesen visto momentos antes. 

Al terminar el almuerzo, Fernando se encontró con 
Mrs. Power en la escalera del jardín de invierno y juntos 
fueron á sentarse en el sitio que ocupaba ella habitual- 
mente con la pareja de compatriotas. Ojeda, después de 
ser presentado á los esposos Lowe, permaneció allí como 
si estuviese en familia. 

— Ya lo acapararon los yanquis — pensó Maltrana— . 
Ahora la señora le muestra un abanico y le invita á es- 
cribir en él... Desea versos; tal vez versos de amor. 
Dejemos al amigo Ojeda que siga su destino. 

Y cuando dudaba entre ocupar una mesa libre ó irse 
al fumadero en busca de sus amigos los comerciantes 
españoles, se vio llamado por el doctor Zurita, que re- 
pantigado en un sillón le mostraba un papel. 

—Che, Maltrana, venga para acá. ¿Pero ha visto qué 
graciosos son estos gringos?... 

Le mostrPtba la lista del comité organizador de las 
fiestas ecuatoriales, constituido una hora antes bajo las 
indicaciones del mayordomo. Una ocasión para éste de 
vender á buen precio, en clase de premios, todos los ob- 
jetos de pacotilla adquiridos previsoramente en Ham- 
burgo. 

— Fíjese, che, en los presidentes de honor. ¡Qué abun- 
dancia! 

Eran el doctor Zurita, el obispo, el abate francés, el 
conferencista italiano y Ojeda. ¡Y qué de títulos!... El 
obispo era Su Grandeza, Zurita Su Excelencia y Ojeda, 
por ser algo, aparecía con el título de doctor. 

— ;Pero qué graciosos estos gringos! 
Eeía Zurita con una mezcla de burla democrática y 
satisfacción infantil. 

— Vea, Maltrana; yo fui ministro, ¿sabe?... ministro 
de la provincia, en mis tiempos de muchacho, cuando 
andaba mezclado en los batifondos de la política. Ade- 
más, he sido diputado nacional. Ahora no m.e meto en 
nada; mis negocios no más y á vivir tranquilo. Pero tal 
vez por esto me tratan de Su Excelencia. ¡Qué demonios 



170 V. BLASCO IBÁÑEZ 

de alemanes! Todo lo averiguan... Bueno, sefior; esto 
va á costarme algunas libras más. 

Y volvía á reir, contemplando con una mirada entre 
irónica y amorosa «aquella diablura de los gringos», tan 
aficionados á categorías y honores. 

Mal tr ana, en su inquieta movilidad, salió del jardín 
de invierno para dirigirse al café. En torno de una mesa 
vio sentados á sus tres compatriotas, los graves y hon- 
rados comerciantes que le regalaban buenos consejos. 

— Saludo á sus respetables firmas sociales — dijo to- 
mando asiento junto á ellos. 

Pero como interrumpía una conversación interesan- 
te, sólo mereció varios gruñidos á guisa de saludo. Es- 
taba hablando el señor Goycochea, un vasco de ojos 
claros, membrudo, bajo de estatura, la cabeza cana y 
el bigote y la barbilla teñidos de rubio con cierto des- 
cuido que dejaba visible el blanco de las raíces capi- 
lares. Maltrana le tenía por el más rico de los tres. Bas- 
taba ver el respeto de sus compañeros, que callaban 
apenas tosía él indicando su deseo de hablar. 

Aparte del prestigio que debía á su fortuna, gozaba 
entre los amigos de cierta consideración social por su 
matrimonio y su género de vida. La esposa era una 
dama imponente, con triple mentón y quevedos de oro, 
que antes de acomodarse en la cubierta de paseo se 
hacía buscar por la doncella su asiento propio, una pol- 
trona comprada en París, la única de á bordo que podía 
contener las amplitudes de su respetable maternidad. 
Nacida en la Argentina, su origen y su apellido pare- 
cían irradiar un halo de gloria sobre la prole, borran- 
do la insignificancia del origen paterno. La familia 
residía en París, y cada dos ó tres años regresaba á 
América para que el jefe viese de cerca la marcha de 
sus negocios. Habitaban un hotelito propio en las inme- 
diaciones de los Campos Elíseos, y poseían dos estan- 
cias en la provincia de Buenos Aires, á más de la gran 
casa de comercio en la capital, que dirigía un antiguo 
dependiente convertido en socio. Un personaje impor- 
tante el tal vasco... La señora infundía respeto á los dos 
compatriotas del esposo, siempre con la cabeza alta, 
parca en palabras, llamando á Goycochea por su ape- 



LOS ARGONAUTAS 171 

llido, como si fuese un amigo en visita, mirándolo todo 
insolentemente con sus ojos de miope. Las tres niñas 
hablaban ing-lés y alemán é iban escoltadas por una 
institutriz roja y pecosa que miraba con tanto despre- 
cio como la señora á los amigos del señor. De toda la 
familia, encerrada en su altivez triunfante, él era el 
único comunicativo y simple de carácter... cuando los 
suyos no estaban presentes. 

— Tenía yo entonces diez y nueve años — continuó di- 
ciendo Goycochea luego de la interrupción de Maltra- 
na — y me fui á pie con otro muchacho desde mi pueblo á 
Bayona, donde tomamos pasaje en un bergantín fran- 
cés. Nos faltaban papeles para embarcarnos en España: 
teníamos miedo á lo de la quinta... Un viaje de sesenta 
y cinco días. ¡Y pensar que ahora nos quejamos por si 
el vapor se atrasa un par de horas! 

—Yo vine en una fragata de Barcelona cargada de 
vino hace cuarenta años y echamos dos meses y medio 
en el viaje — dijo Montaner, el residente en Montevideo. 

— A mí me trajeron en una goleta de Cádiz con carga- 
mento de sal — declaró Manzanares, antiguo amigo de 
Goycochea — . No sé cuánto tiempo estuvimos quietos en 
la línea por las malditas calmas. ¡Y qué alimentación!... 
El mejor librado era yo, que por ser muchacho ayudaba 
á los de la cocina y podía rebañar las sobras de los cal- 
deros... Y ahora, señores, nos damos el gusto devenir 
aquí. Nosotros hemos conocido los malos tiempos; nos ha 
costado sudar la plata. No como otros que llegan con 
toda clase de comodidades y quieren de golpe conquis- 
tar una fortuna; como si la fortuna estuviese ahí, espe- 
rándoles en el muelle. 

Y miraba á Maltrana con súbito rencor, cual si le 
irritase verlo rodeado de los lujos de un gran trasatlán- 
tico, mientras que ellos, hombres ricos, habían ido á 
América sufriendo hambre en buques de vela. 

Un señor malhumorado el tal Manzanares, de esque- 
lética delgadez y el bigote gris caído sobre las mandíbu- 
las salientes. Sus ojos turbios sólo se animaban con los 
fulgores de la rabia. Una dolencia del estómago agriaba 
aun más su carácter y le hacía emprender frecuentes 
viajes á Europa, siempre en busca de nuevas aguas cu- 



172 V. BLASCO ÍKÁÑBZ 

rativas. Era un erudito en anuncios de especíñcos y 
catálogos de farmacia: conocía todos los remedios y siem- 
pre tenía uno, el último lanzado á la circulación, que le 
merecía hiperbólicas alabanzas, al mismo tiempo que 
abrumaba con sus ferocidades verbales á los «ladrones» 
inventores de los otros. Este enfermo crónico comía con 
una voracidad pantagruélica y para vencer la torpeza 
de sus digestiones caminaba á todas horas por el buque, 
ensalzando las ventajas de la marcha. Únicamente en el 
café se le veía sentado: el resto del día lo pasaba dando 
vueltas en la cubierta, y cuando la afluencia de gentes 
dificultaba su tenaz ambulación, circulaba abajo por 
los pasillos de los camarotes. Al encontrar á Maltrana 
saludábalo invariablemente con el mismo ofrecimiento: 
«Le invito á que demos un paseo...» «Muchas gracias 
— contestaba aquél — ; es á lo único que usted coiTvida.» 
Sentía Isidro contra este señor una hostilidad irresis- 
tible. Era el que más le ofendía cada vez que intentaba 
darle buenos consejos. «Ustedes los periodistas que son 
medio locos...» «Usted que no hará nada en América 
porque es escritor...» Manzanares admiraba la brutali- 
dad como la más gloriosa de las facultades y se hacía 
lenguas de un gobernante cuando amenazaba con perse- 
guir á la «canalla popular». 

— Con ese no se juega — decía entusiasmado — , ese tie- 
ne la mano dura... Pega fuerte... 

Y pedía el fasilamiento inmediato á un lado y otro 
del Océano de todos los que escriben en los papeles, oficio 
que sólo sirve para que los obreros pidan menos horas 
de trabajo y aumento de jornal. 

— Cuando pagué mi pasaje — continuó Goycochea — no 
me quedaba nada, absolutamente nada, ni dos reales. 
¡Para lo que me hubiese servido el dinero en aquel bar- 
co!... La comida era poca y pésima; la galleta tenía gusa- 
nos y había que tragársela sin verla; en el rancho na- 
daban al principio unas piltrafas de tocino; luego alubias 
solas. Yo no tenía otro equipaje que dos camisas y un 
pantalón, además del qne llevaba puesto; un pantalón 
nuevo, azul, con muchos botones, la única prenda que 
pudo hacerme mi madre... ¡Aun lo estoy viendo!... 

Y al mismo tiempo que Goycochea parecía admirar 



hOH ARGONAUTAS 173 

imaginativamente con la ternura del recuerdo este pan- 
talón, único lujo de su pobreza, contemplaba en una de 
sus manos el centelleo de un brillante límpido y temblo- 
roso como una gota de luz. 

— Tenía yo un gran amigo en el barco, un chico de 
Aragón, compañero de cama y caldero, listo, muy listo, 
y eso que no sabía leer... ¡Pobre! Murió hace dos años, 
luego de haber hecho una buena fortuna y educar á la 
familia como Dios manda. Un hijo suyo es doctor y dicta 
clases en la Universidad. Muchas veces he leído su nom- 
bre allá en París cuando doy un paseo hasta la Avenida 
de la Opera y echo un vistazo á los diarios argentinos 
en el Banco Español. Creo que es diputado ó que va á 
serlo: tal vez algún día lo veamos ministro... El padre 
parecía bruto porque no tenía letras, pero guardaba algo 
en la mollera. Dormíamos bajo la misma lona al pie del 
palo mayor; nos ayudábamos al lavar lo que teníamos 
puesto; éramos como hermanos... Y un día él se enamora 
de mi pantalón: «Que te lo compro... Que te doy tres pe- 
setas por él...» Y vinimos regateando desde Cabo Verde 
al Eío de la Plata. 

El millonario sonreía al recordar su testarudez. 

— El era de Aragón, baturro de verdad, ¡figúrense 
ustedes!; pero yo soy vasco. «Que te doy tres y cuarti- 
llo... Que te doy tres y un real... Tres y media...» Los 
amigos intervenían en la venta del pantalón. De proa á 
popa mediaban expertos, examinando el cosido de la 
prenda, la solidez de los botones, la duración de látela. 
Y con las alabanzas de los inteligentes crecían los de- 
seos de mi amigo. «Remoño, no seas cabezota... Dámelo 
por cuatro, que es lo que vale.» Deseaba ponerse majo 
al bajar á tierra; hablaba de cierta chica de su pueblo 
que estaba sirviendo en Buenos Aires... Al embocar el 
río de la Pla-ta casi lloraba de rabia. «Me alargo hasta 
cinco. Mira, maño, que no tengo más.» Y el trato quedó 
cerrado en un duro, un «napoleón», como se decía en- 
tonces, el único dinero con que llegué á Buenos Aires. 
¡Y gracias que hubiese entrado con él!... Ustedes se 
acuerdan de cómo se desembarcaba en aquellos tiempos. 
No había muelle; del barco á una lancha y de la lancha 
á una carreta hundida en el agua hasta el eje, que le 



174 V. BLASCO IBÁÑBZ 

arrastraba á uno á las toscas de la orilla. Catorce reales 
me llevaron por desembarcar, y entré en Buenos Aires 
con peseta y media y un pantalón viejo que no lo hubiese 
querido un pobre... Luego pasaron muchos años sin que 
nos viésemos mi amigo y yo. Un día nos encontramos 
en una junta patriótica de comerciantes españoles. 
Goy cochea se entristecía recordando á su compañero. 
— Cuando por sus negocios pasaba cerca de mi tienda, 
entraba á saludarme. Tenía un modo suyo de anunciar- 
se: un garrotazo sobre el mostrador. «¿Quién está aquí?» 

Y al salir yo del escritorio la misma pregunta: «¿Cómo 
estás, maño? ¿Cómo tienes á la maña y tus cachorri- 
cos?...» La última vez que le vi fué antes de retirarme 
yo á París. Eramos los dos del directorio de un Banco. 
Llegaba don Mateo apoyado en su bastón, rengueando 
una pierna por el reuma. Los empleados y mozos del 
Banco lo adoraban, y eso que al menor enfado los tra- 
taba de «sarnosos» levantando el garrote. Pero en el 
directorio pedía siempre aumento de sueldo para ellos 
y disminuciones en el amueblado. Se irritaba con las 
poltronas de los directores, las mesas de consejo, las 
lámparas eléctricas. Decía que eran punterías indignas 
de hombres. El tenía un buen pasar y no necesitaba de 
estas cosas en su casa. Mejor era distribuir la plata á 
los que abrían las puertas: badulaques cargados de hi- 
jos. Se sentía morir. «Maño, esto va mal; dentro de poco 
al pocico.» Pero se consolaba pronto. «La verdá es, 
maño, que hemos hecho camino. Hemos educao á nues- 
tras familicas, las dejamos un cuscurro de pan y pode- 
mos irnos en paz. ¡Quién nos hubiera dicho en el barco 
que nos veríamos aquí! ¿Te acuerdas del pantalón? ¿Te 
acuerdas del duro que me sacastes, vasco del moño?,.,» 

Y ya no le vi más. 

Manzanares, que escuchaba con un orgullo de clase 
el relato de su amigo, miró luego á Maltrana. 

— Aprenda usted, joven. En el mundo existen hom- 
bres de mérito, aunque no hayan escrito en los papeles. 
Ahí tiene el ejemplo en don Antonio Goycochea. Entró 
en Buenos Aires con peseta y media, y hoy tiene ocho 
millones de pesos... tal vez diez... tal vez doce. 

Goycochea le interrumpió modestamente. Un media- 



LOS ARGONAUTAS 175 

no pasar nada más: una situación decente para la fa- 
milia. 

— La casa sí que es fuerte: la firma Goycochea y Maz- 
pule tiene algún crédito. Giramos al año unos veinte mi- 
llones. Pero nos deben mucho... ¡Hay tantas quiebras! 

Y los tres prorrumpieron en exclamaciones, elevando 
las miradas al techo, para expresar los riesgos y aven- 
turas del comercio en América, únicamente compensa- 
dos por las enormes ganancias, muy superiores á las del 
viejo mundo. 

Sintióse humillado Maltrana por el aislamiento en 
que le dejaban aquellos señores. Acalorados por la co- 
munidad de sus intereses, no le veían, se habían olvi- 
dado de él. Era un profano que osaba ingerirse en la 
masonería del negocio. Quiso levantarse, pero se detuvo 
al notar que Manzanares sentía la emulación de hablar 
igualmente de sus esfuerzos. 

Había empezado la vida comercial en el desierto ar- 
gentino, cuando los indios ocupaban los territorios cru- 
zados ahora por el ferrocarril, y el malón, con su regue- 
ro de saqueos, incendios y rapto de personas, asolaba los 
pequeños campamentos, transformados actualmente en 
ciudades de importancia. El blanco, centauro de las lla- 
nuras, con su poncho, su facón y sus grandes espuelas, 
resultaba tan peligroso como el jinete cobrizo de larga 
lanza. Manzanares había sido dependiente en un boliche 
aislado, sirviendo vasos de caña á través de una fuerte 
reja que resguardaba el mostrador de las manos ávidas 
y los golpes de cuchillo de los parroquianos. A lo mejor 
pasaban corriendo con la celeridad del espanto mujeres, 
niños y rebaños, y tras ellos los hombres, que prepara- 
ban sus armas mirando inquietos el horizonte. Poco des- 
pués asomaba en el último término de la pampa una 
nube de polvo. Dentro de ella cabalgaban sobre caba- 
llos en pelo los guerreros de la horda indígena en inso- 
lente avance sobre los núcleos de civilización pastoril, 
enclavados audazmente en el desierto. Eran demonios 
cobrizos de lacias y aceitosas melenas sujetas por una 
cinta, ávidos de aumentar con nuevas vacas y hembras 
blancas la fortuna de bestias y esclavas que guarda- 
ban en sus tolderías. 



176 V. BLASCO IBÁÑEZ 

Cerrábase el establecimiento lo mismo que una forta- 
leza, y se armaban el patrón y sus dependientes con 
trabucos y fusiles viejos guardados debajo del mostra- 
dor como herramientas profesionales. A esta guarnición 
uníanse los parroquianos de los ranchos inmediatos, que 
corrían á refugiarse con sus familias en el boliche, único 
edificio de ladrillo en muchas leguas á la redonda. Con 
ellos entraban los tripulantes de los rosarios de carretas 
sorprendidos por el malón en su marcha lenta, chirrian- 
te, que duraba semanas y semanas. 

Unas veces pasaba de largo la tromba cobriza atraí- 
da por el ganado de lejanas est¿incias; otras ponía sitio 
al almacén, codiciando más que el dinero los barriles 
de caña. Hervía la horda en torno del boliche, que por 
sus aberturas barriqueadas lanzaba relámpagos de plo- 
mo. Los asaltantes, arrastrándose, intentaban poner 
fuego á sus puertas. En los momentos de descanso mata- 
ban las yeguas robadas en las inmediaciones y se be- 
bían la sangre entre el griterío de una borrachera feroz. 
Y esta situación duraba días y días, hasta que llegaba 
la noticia á los fortines y otra tropa se señalaba en el 
horizonte, compuesta de jinetes con viejos uniformes, 
fjeor armados y montados que el enjambre de indios, los 
cuales solamente huían por hartura, deseosos de poner 
en salvo su botín. 

Y así había reunido Manzanares sus primeros cente- 
nares de pesos, aguantando golpes y hurtando el cuerpo 
al facón de los parroquianos ebrios, más temibles que 
los indios. Al volver á Buenos Aires, por uno de esos 
desvíos de profesión tan comunes en las tierras nuevas, 
el servidor de vasos de caña y pedazos de charqui había 
entrado en una tienda de ropas de lujo. Su patrón lo 
enviaba en viaje por todo el país, y así había conocido, 
yendo en diligencia, los asaltos en los caminos, unas 
veces por las bandas de indígenas, otras por «monto- 
neras» de guerrilleros que robaban á las gentes en nom- 
bre de un caudillo de provincia ó de un partido político. 
La nación hervía entonces en revueltas civiles antes de 
cristalizarse definitivamente. Había dormido á la intem- 
perie, sin más cama que el «recado» de su caballo, bajo 
el frío de las tierras del Sur, ó rodeado de nubes de mos- 



LOS ARaONAÚTAS 177 

quitos en los campos del Norte. Había ayudado muchas 
veces con los compañeros de viaje á tirar del coche atas- 
cado en un barrizal ai que llamaban carretera. En otras 
ocasiones le había sorprendido nna creciente de aguas, 
que ahogaba á las bestias de tiro. 

— Yo creo, señores, que entonces pillé para el resto de 
mis días esta enfermedad del estómago, que terminará 
conmigo... Acabé por establecerme, y poseo mi depósito 
en la calle Alsina, ya saben ustedes dónde; uno de los 
mejores depósitos al por mayor de ropa fina para seño- 
ras; y tengo clientes en toda la Eepública, y trescientas 
muchachas trabajando en los talleres. Nosotros no gira- 
mos lo que usted, amigo Goycochea; seis millones por 
año nada más, pero la ropa blanca es artículo que deja 
más que otros. Yo voy á Europa con frecuencia, visito á 
nuestros proveedores de Hamburgo, Milán y París, me 
entero de las novedades, y cada cinco ó seis años me 
asomo á España y vivo en mi pueblo por unos días. El 
cura me saca unas pesetas con pretexto de reparaciones 
en la iglesia, el alcalde me pide para la escuela, para 
el lavadero, para un camino; los gaiteros se están toda 
]a noche ante la casa toca que toca, esperando la sidra. 
Las sobrinas, que son no sé cuántas, siempre tienen á 
punto un chiquillo que soltar al mundo cuando yo llego, 
y quieren que el tío de América lo apadrine. Todos pa- 
recen encantados de que mi señora no haya tenido hijos. 
Cuando estuve allá la última vez, hablaba el alcalde de 
ponerle mi nombre á una calle y una lápida al casucho 
donde nací... Yo no tengo su posición, señor Goycochea, 
pero he hecho la mía y me ha costado sudarla como á 
usted. Puedo retirarme cuando quiera; ¡para los hijos 
que he de mantener!... Pero le tengo ley á mi estableci- 
miento, que empezó siendo una miseria y hoy ocupa un 
cuarto de manzana. Además, cuento con el socio que 
corre con todo el trabajo; un antiguo dependiente, al 
que di participación. Ya conocen ustedes la firma: Man- 
zanares y Mendizábal. 

La falta de hijos parecía amargar su triunfo, colo- 
cándole en rencorosa inferioridad ante el prolífico vas- 
co. Pero como una compensación, hizo el elogio de su 
esposa, valerosa compañera de los primeros años de po- 

12 



178 V. BLASCO IBÁÑE'/ 

breza y ahorro. No podía compararse con la señora de 
Goy cochea, que él veía como una gran dama de majes- 
tad imponente (otro motivo de envidioso rencor). Era 
una muchacha de la tierra que había gobernado la casa 
con economía feroz, cuidando de que cada dependiente 
comiese lo estrictamente necesario para mantenerse en 
pie, sin hartazgos que perjudican á la salud. El hábito 
del ahorro persistía en ella al vivir en plena fortuna, 
con una añción á mezclar sus brazos arremangados en 
las más bajas tareas de la casa. Y Manzanares, que había 
«corrido mundo» y todos los años, en su viaje á París, 
conocía el Montmartre de noche, porque «el hombre debe 
verlo todo», empezaba á creer que esta compañera no 
estaba á nivel de sus triunfos comerciales, y por esto 
había de privarse de exhibirla (como Goy cochea osten- 
taba la suj^a), temiendo ciertos descuidos de su len- 
guaje. Pero un viejo sentimiento de gratitud y los pro- 
pios gustos estéticos le hacían prorrumpir en elogios de 
su personalidad física. Además de ser muy buena, toda- 
vía se conservaba hecha una real moza. 

— Es algo parecida á su señora, amigo Goycochea. 
La mía pesa cien kilos. ¿Y la de usted? 

Goycochea hizo un gesto de tristeza. Había llegado 
á pesar algo más; pero en París se había puesto á régi- 
men. Ahora estaba de moda la delgadez. 

— La mía pesa ciento seis— declaró Montaner, el co- 
merciante de Montevideo. 

— ¡Buena! — afirmó Manzanares con autoridad — . ¡Bue- 
na debe ser! 

Este hombre esquelético admiraba con un entusias- 
mo concentrado, casi religioso, la desbordante exube- 
rancia femenina, como signo de salud, buen humor y 
virtudes domésticas... Pero Montaner, que se considera- 
ba humillado por el silencio en que le dejaban sus com- 
pañeros, interrumpió á Manzanares. 

El también «había hecho lo suyo». La República 
Oriental se prestaba menos que la Argentina á los vai- 
venes de fortuna y los rápidos triunfos. El dinero era 
más lento en sus avances y tal vez por esto de paso más 
sólido: la gente pensaba en retener más que en adqui- 
rir. No podía hablar de millones como los compañeros, 



LOS ARGONAUTAS 179 

pero gozaba de un buen pasar, y á su muerte los hijos, 
si no eran unos ingratos, se acordarían de que «el viejo» 
había trabajado... 

— Aquel es un gran país, más pequeño que la Argen- 
tina, pero rico, muy rico. ¡Lástima que sea la tierra de 
las revoluciones!... El uruguayo es bueno, caballeresco, 
añcionado á las cosas de pensamiento, pero demasiado 
valiente, demasiado guapo, convencido de que falta á 
su deber cuando se mantiene unos cuantos años sin salir 
al campo á matarse. Todos somos allá blancos ó colora- 
dos^ y no sé qué demonios hay en el ambiente, que los 
que llegan, sean de donde sean, apenas aprenden á hablar 
toman partido por unos ó por otros. Yo mismo, señores, 
soy «blanco», más blanco que el papel, más blanco... 
que la leche; y mis hijos lo son también. Dos de ellos se 
me fueron al campo en la última revolución. Y si uste- 
des me preguntan qué es eso de ser «blanco», les diré 
que luego de tantos años no estoy todavía bien entera- 
do... Tal vez me hicieron «blanco» á la fuerza. 

Y relató su llegada á Montevideo cuarenta años 
antes, sin más fortuna que una carta de presentación 
para un catalán establecido en el interior. El país estaba 
en revuelta, pero la ciudad presentaba su aspecto nor- 
mal. Las gentes se abordaban en la calle sonriendo: 
«¿Qué noticias hay de la revolución?» Lo mismo que si 
hablasen de la lluvia ó del buen tiempo. Y Montaner 
salió en una diligencia, como único pasajero, hacia el 
pueblo donde estaba su compatriota. 

— A las pocas horas unos hombres á caballo, armados 
de lanzas, con pañuelos rojos al cuello, rodeaban la dili- 
gencia. Era una patrulla de «colorados». El jefe habló 
con el mayoral. «¿Qué llevas ahí?» Y al saber que no 
llevaba otro pasajero que un pobre muchacho español, 
algunos jinetes avanzaron su cabeza por las ventanillas. 
«jAh, galleguito; «blanco» de mier... coles. Déjate cre- 
cer el pelo para que te cortemos mejor la cabeza cuando 
seas grande!...» Lo decían riendo; pero yo, que sólo 
tenía trece años, me acurruqué en un rincón y deseaba 
meterme debajo del asiento. Se fueron, y dos horas des- 
pués, cerca de un rancho, encontramos otra partida de 
jinetes, con lanzas también, y con esos zaragüelles bom- 



180 V. BLASCO IBÁÑBZ 

bachos que parecen enaguas recogidas en las botas; pero 
éstos llevaban al cuello pañuelos blancos. Y la misma 
pregunta: «¿Qué llevas ahí?» Y al saber que era yo es- 
pañol, sonrisas en la portezuela lo mismo que si me co- 
nociesen toda la vida. «Baje, jovencito: baje y descan- 
se, que está entre amigos. Tómese una copa de caña...» 
Desde entonces no tuve duda: sabía lo que me tocaba ser 
en aquella tierra: blanco, siempre blanco. Ahora los años 
han traído cierta confusión, y gentes de todos los oríge- 
nes figuran en los dos bandos. Pero en mis tiempos los 
gringos eran todos «colorados», y los gallegos y vascos 
«blancos», tal vez porque en las filas de éstos habían 
combatido muchos españoles procedentes de la primera 
guerra carlista... ¡La sangre que se ha derramado! ¡Los 
combates sin cuartel en los que no se admitían prisione- 
ros!... Yo he visto degollar docenas de hombres lo mismo 
que ovejas. 

Montaner quedó silencioso como si le obsesionasen 
sus recuerdos. 

— Ahora han cambiado las cosas— añadió— . Los anti- 
guos escuadrones con lanzas son ejércitos provistos de 
artillería; se respetan los prisioneros, se hace la guerra 
con más «civilización»; pero la guerra sigue y la gente 
se mata creo yo que por pasar el rato... El país se ha 
acostumbrado á esta vida y se desarrolla y progresa á 
pesar de las revoluciones. Es como algunos enfermos 
que acaban por entenderse con su enfermedad y viven 
con ella de lo más ricamente. ¡Pero al que le tocan de 
cerca las consecuencias de estas luchas!... 

Hablaba con resignación de los retrasos sufridos en 
su fortuna por culpa de las guerras. «Blancos» y «colo- 
rados» en sus correrías se le habían comido los mejores 
animales de la estancia. Muchos iban á la guerra por el 
placer de mandar sable en mano, como si fuesen dueños 
en las mismas tierras donde trabajaban de peones en 
tiempos de paz; por el gusto señorial de matar un novi- 
llo y comerse la lengua, abandonando el resto á los cuer- 
vos. El llevaba largos años formando en su estancia una 
cabana de caballos finos, con reproductores costosos 
adquiridos en Europa. Cuando descansaba ya satisfe- 
cho de su obra, surgía una de tantas revoluciones y un 



LOS ARGONAUTAS 181 

grupo de partidarios vivaqueaba en sus tierras, cam- 
biando los extenuados caballejos de la partida por los 
mejores ejemplares de la cabana. Y los animales de 
pura sangre morían en la guerra ó quedaban abandona- 
dos en los caminos lo mismo que si fuesen bestias rústi- 
cas de exiguo precio. 

— Total, algunos centenares de miles de pesos perdi- 
dos en unas horas — dijo con tristeza — . Muchos se entu- 
siasman con las hazañas de ambos bandos y ven en ellas 
una continuación del valor español. «Es la herencia de 
España», dicen blancos y colorados para justificar esa 
necesidad que sienten de revoluciones y golpes. Y yo me 
digo: «Señor; otras repúblicas de América descienden 
igualmente de españoles y viven sin considerar necesa- 
ria una revolución cada dos años...» ¿Se han fijado uste- 
des que en la América de origen español todas las cosas 
malas son siempre «; Cosas de España!» y rara vez se les 
ocurre atribuir á la pobre vieja alguna de las buenas?... 

— Así es — interrumpió Maltrana — . Yo he tratado en 
París americanos de origen español de todas alturas y 
latitudes, y salvo una minoría que ha hecho estudios, 
todos discurren de idéntico modo; como si les inculcasen 
esta manera de pensar en la escuela de primeras letras. 
España es la culpable de todos sus defectos, la responsa- 
ble de todas sus faltas. Ella es la a^utora de sus revolu- 
ciones; de la pereza propia de los climas cálidos; de la 
embriaguez á que incitan los climas fríos; de la afición 
desmedida al juego en gentes que no gustan del placer de 
la lectura; de la imprevisión y falta de ahorro en países 
acostumbrados á la abundancia. Algunos hasta la incre- 
pan porque su república tiene pocos ferrocarriles... 

Los tres oyentes asintieron, reconciliados de pronto 
con él. ¡Estos hombres de pluma!... ¡Qué simpáticos 
cuando no se metían en negocios!... 

— En cambio — continuó — , si alaban una buena cuali- 
dad de su raza la atribuyen á los indios, y los que tal 
dicen son nietos ó biznietos por padre y madre de ga- 
llegos y vascos qae llegaron á América á fines del si- 
glo XVIII... Y si los indios no son los autores de lo bue- 
no, le cuelgan el milagro á la «raza latina», que no es 
más que una ficción histórica. La «raza española», algo 



182 V. BLASCO IBÁÑEZ 

positivo cuya realidad perciben todos en el idioma y las 
costumbres apenas ponen el pie en ilmérica, sólo existe 
y merece recuerdo cuando hay que anatematizar lo malo 
del pasado. La gloria se la lleva la «raza latina», que 
nadie sabe qué es y en qué consiste. Yo conozco una ci- 
vilización latina; ¿pero raza latina? ¿en dónde está fuera 
de Italia?... En fin, señores, no hay que irritarse. Tal 
vez estas injusticias no pasan de ser una manifestación 
instintiva de viejo cariño... desorientado, de amor filial 
vuelto del revés. 

Se interrumpió Isidro, saltando de su asiento al ver 
que pasaba ante las ventanas la gorra blanca del médico 
de á bordo. La contusión de la sien le hizo recordar de 
pronto con una picazón dolorosa su propósito de consul- 
tarle. Salió del café despidiéndose de sus compatriotas 
con rápido saludo, y alcanzó al doctor en un rincón de la 
cubierta, mostrándole el lívido chichón. Rió bondadosa- 
mente el alemán al examinarlo. ¿También él había saca- 
do su parte de la fiesta de la noche? Llevaba curados á 
algunos pasajeros que se mantenían invisibles en sus ca- 
marotes. Lo de Maltrana era insignificante. Después de 
la hora del té le esperaba en la botica. 

Al quedar solo se aproximó al jardín de invierno, mi- 
rando al interior por una délas ventanas. Todos seguían 
ocupando los mismos sitios; Ojeda con Mrs. Power y el 
matrimonio Lowe; el doctor Zurita hablando con dos 
compatriotas suyos de «las cosas del país». El padre de 
Nélida sonreía á través de sus barbas de patriarca, dan- 
do explicaciones á un grupo de amigos con insinuantes 
y suaves manoteos. Tal vez exponía los grandes nego- 
cios que le aguardaban en Buenos Aires, y de los cuales 
quería dar participación á los demás, generosamente. 
Algunos pasajeros se retiraban con los ojos entornados 
por el exceso de luz en busca de sus camarotes para dor- 
mir la siesta. 

Maltrana sintióse atraído por un rumor de avispero 
que zumbaba bajo el gran toldo del combés entre el 
castillo central y la proa. Veíanse, por los intersticios de 
las lonas, gentes tendidas sobre el vientre dormitando 
con la cabeza entre los brazos; mujeres que recosían 
ropas viejas; chicuelos persiguiéndose. Sonaba alo lejos 



LOS ARGONAUTAS 183 

una gaita, con dulce sordina, semejante á un lamento 
pastoril que lagrimease la melancolía de su destierro 
lejos de las praderas verdes. 

— Hagamos una visita á nuestros amigos «los latinos». 

Salió á la explanada de proa por un corredor de la 
cubierta baja. Al abrir la reja tuvo que apartar á un 
grupo de emigrantes que se agolpaban contra los hie- 
rros. Era gente moza, muchachos que se sentía natraídos 
por este obstáculo, símbolo visible de la separación de 
clases. 

Pasaban gran parte del día pegados á ella, exploran- 
do el largo corredor alfombrado de rojo, con grandes 
intervalos de sombra y manchas blanquecinas de eléc- 
trica luz. Las puertas de los camarotes de primera clase 
se abrían á ambos lados de este pasadizo, que á ellos les 
parecía interminable y magnífico, como un bulevar ha- 
bitado por millonarios. Espiaban desde allí las entradas 
y salidas de los pasajeros. Seguían con mirada de admi- 
ración la marcha rítmica de las señoras que surgían de 
las pequeñas viviendas para perderse en un dédalo de 
calles alfombradas, ascendiendo á los pisos altos del 
buque, que ninguno de ellos había alcanzado á ver y 
de los que llegaban rumores de músicas y fiestas. El res- 
peto á la jerarquía social les impulsaba á amontonarse 
contra la reja, como si por ella se columbrara un mundo 
superior, manteniéndose en envidioso silencio cada vez 
que una señora pasaba por cerca de ellos sin mirarlos. 
Cuando las necesidades del servicio hacían transcurrir 
junto á esta barrera á las camareras rubias, de limpio 
delantal y albo gorro, los mozos contemplativos pare- 
cían desperezarse y un rumor de palabras mascadas y 
relinchos contenidos agitaba su grupo. 

Aparecía con frecuencia cerca de la verja una niñera 
alemana cuidando de un chiquitín peliblanco y cabe- 
zudo, que jugueteaba á gatas sobre la alfombra con un 
osezno de peluche. Al verla los muchachos sonreían con 
repentina confianza. Era de su misma clase social, y 
esto bastaba para desatar las lenguas é iluminar los ojos 
con el fulgor del deseo. 

—¡Rica!... ¡Monísima! ¡Acércate, prenda, que tengo 
que decirte una cosa!... ¡Oh carina tanto bella! 



1B4 V. BLASCO IBÁÑEZ 

Cada mocetón usaba de su idioma para exteriorizar 
el entusiasmo. Algunos árabes de bronceada y nerviosa 
delgadez permanecían silenciosos, pero avanzaban el 
cuello lo mismo que los caballos de carrera, brillándoles 
los ojos de br¿isa con un fulgor homicida, mostrando sus 
dientes ansiosos de morder. La fraiilein^ de un rubio 
pajizo^ regordeta, blanca y apretada de carnes, sonreía 
con ingenuidad, manteniéndose á distancia de la reja, á 
través de cuyos hierros manoteaban las fieras. Pero no 
por esto se decidía á huir, prefiriendo á los paseos supe- 
riores, abiertos al aire y la luz, la permanencia en este 
pasillo medio obscuro, donde recibía el homenaje tem- 
bloroso y exacerbado del deseo viril. Sus ojos grises y 
su rostro de una blancura tierna semejante á la de un 
merengue, acogían con visible complacencia estas pa- 
labras de brutal homenaje en idiomas que no podía 
entender. 

Algunos de los muchachos, que eran españoles, trata- 
ban con respetuosa familiaridad á Maltrana, que por 
algo se creía «el hombre más popular del buque». 

— Don Isidro, tráiganos pa aquí á esa güeña moza... 
;Eeírechera!... ¡Cachonda! 

Otros, que habían vivido en la Argentina, uníanse 
á este coro de entusiasmo murmurando con arrobamien- 
to: «¡Preciosura! ¡Lindura!» 

Un napolitano suplicaba á Maltrana, con humildad, 
como si fuese el dueño del buque: 

— Siñor, ¡que nos la echen!... ¡Mande que nos la echen! 

Isidro volvió á cerrar la verja y fué avanzando entre 
los jóvenes. 

— ¡Orden, muchachos!... Orden y formalidad. A ver 
si viene un alemanote de esos y os larga un par de mam- 
porros por sinvergüenzas. 

Las fieras enardecidas volvieron á agolparse en la 
verja, mientras la ingenua fraiilein les volvía la espalda 
y se arrodillaba en la alfombra para juguetear con el 
pequeñuelo, mostrando la blancura de sus medias re- 
pletas de carne firme, la curva pecadora de la falda 
abombada por ocultas esfericidades. 

El avance de Maltrana produjo entre los emigrantes 
XLVi. movimiento de curiosidad simpática y obsequiosos 



LOS ARGONAUTAS 185 

saludos: algo parecido á lo que despierta la entrada de 
un orador político en una reunión popular. «Don Isidro, 
buenas tardes... Venga por aquí, don Isidro.» Y todas 
las miradas, aun las de los «latinos» de Asia, que no 
podían entenderle, le acariciaban con la suavidad del 
agradecimiento. ¡Aquel era un hombre! Un rico que gus- 
taba de mezclarse con la gente pobre: no como los otros 
señores, que sólo se dejaban ver en los balconajes de los 
puentes, para echar una mirada de lástima, huyendo 
apenas se volvían hacia ellos algunas cabezas, cual si no 
quisieran concederles ni el goce de la curiosidad. 

Eecosían unas mujeres sus ropas; otras, patiabiertas 
dentro de sus batones sucios, y repantigadas en pobres 
sillones de lona, se agarraban con las manos á lo más 
alto del respaldo. Algunas se quejaban de dolores en el 
brazo que había recibido la vacunación. Los árabes per- 
manecían acurrucados en el caramanchel de las escoti- 
llas, mirando el mar con expresión pensativa... sin pen- 
sar en nada. 

Un grupo de hombres jugaba á los naipes. Varios ita- 
lianos, con fuertes manoteos y gritos, lo mismo que si 
mandasen un ejercicio militar, amaestraban á otros espa- 
ñoles en el juego de la moiTa. Fogoneros libres de servi- 
cio, rubios muchachotes vestidos de blanco, permanecían 
erguidos en medio de la muchedumbre, contemplando de 
lejos, tímidos y sonrientes, á ciertas beldades morenas, 
como si esperasen hacerse entender con su inmovilidad 
silenciosa. En el fondo, junto al castillo de proa, con- 
tinuaba sonando la gaita invisible su gangueo pastoril. 

Salió una mujer al paso de don Isidro, saludándolo 
con familiaridad. Era grande y obesa, con el amplio 
rostro sombreado por una patina rojiza. La gran abun- 
dancia de zagalejos y faldas hacía aún más imponente 
su volumen. Tenía cierto aire de resolución y miraba 
siempre de frente, acompañando sus palabras con un 
movimiento de brazos autoritario, como hembra acos- 
tumbrada á mandar la primera en su casa. 

— Usted es la de Astorga, ¿verdad?— dijo Maltrana, 
que tenía empeño en recordar los nombres y el origen 
de todos los del buque—. Espere... Usted es Ja seña Eu- 
frasia. 



186 V. BLASCO IBÁÑBZ 

— Justo— dijo la mujer, satisfecha y orgullosa de la 
buena memoria de aquel personaje—. Yo soy la Ufrasia 
y este es mi marido. 

Y señalaba á un hombre sentado cerca de ella, gran- 
de también, con el abdomen mantenido por las compli- 
cadas vueltas de una faja negra. Su cara llena, de me- 
jillas colgantes, asomaba majestuosa como la de un 
prelado, bajo las alas del sombrerón. 

La seña Eufrasia, cuarentona de incansable verbosi- 
dad, hablaba con aire protector de sus compañeros de 
viaje. Los compatriotas, «los de la tierra», le inspiraban 
lástima. 

— Probes; tenemos aquí gentes de mucha necesiá, don 
Isidro. Hay que ver cómo van esas mujeres y cómo lle- 
van á sus crios... Nosotros, aunque me esté mal el decir- 
lo, no vamos á las Américas por hambre. Teníamos allá 
en el pueblo nuestro buen pasar, pero á nadie le amarga 
subir, y éste (señalando el marido) me dijo un día: 
«Ufrasia, ¿por qué no nos vamos á ver eso del Buenos 
Aires de que hablan tanto?» Y como no tenemos hijos, 
yo dije: «¡Hala!, amos en seguía.» Y éste vendió los cua- 
tro terrones y la casa, y ¡gracias á Dios! llevamos algo, 
por si un porsiacaso aquello no nos gusta y queremos 
volvernos. De este modo en el barco puede una darse 
mejor vida que las otras y dormir aparte, y comprar en 
la cantina lo que se le apetece y hasta hacer una caria, 
que crea usted que viene aquí gente bien necesita de 
que la ayuden. ¡Y allá vamos toos, don Isidro!... Dicen 
que aquello del Buenos Aires es muy hermoso, y que no 
hay más que agacharse en las calles pa dar con una onza 
de oro. 

Lo decía sonriendo, pero á través de su incredulidad 
adivinábase cierto respeto por la ciudad lejana y mis- 
teriosa, urbe de maravillas y tesoros de la que hablaban 
continuamente los emigrantes. 

El marido movió la cabeza con autoridad, y sus ojos 
parecían decirle: «Mujer, que estás cansando al señor... 
Vosotras no entendéis nada de nada.» 

— Usted que sabe tantas cosas, don Isidro— siguió la 
Eufrasia — . Este y yo tuvimos esta mañana una porfía. 
Dice que en Buenos Aires no hay monea de oro, ni de 



LOS ARGONAUTAS 187 

plata, ni otra cosa que unos papelicos con ñguras, á 
modo de estampas, con los que se compra too... Y eso 
no pué ser, ¿verdá que no, don Isidro? ¡Una tierra tan 
rica y no tener dinero!... Vamos, que no pué ser. 
— Pues así es, seña Eufrasia — dijo Maltrana. 

Y el marido, saliendo de su mutismo por este triunfo 
extraordinario sobre la esposa, siempre dominadora, 
dijo solemnemente. 

—¡Lo ves, mujer!... Las hembras no sabéis na de na 
y queréis meteros en too. 

Pero la Eufrasia, sin prestar atención al marido, 
bajaba la cabeza como para seguir mejor el curso de sus 
pensamientos. 

— ¿De manera que no hay pesetas... ni duros... ni s\- 
qaiersi perras gordas?... MaÍo; eso no me gusta. Tal vez 
tenga razón éste, y las mujeres no sepamos na de na; 
pero yo digo que esto no me gusta. La monea es siem- 
pre monea, y los papelicos, papelicos. 

Y tras esta afirmación indiscutible suspiraba resig- 
nadamente: 

— En fin; veremos cómo pinta aquello, y si no nos 
gusta, la puerta la tenemos abierta... Peor están los 
demás, que van tan á ciegas como nosotros y á la fuerza 
han de quearse allá, pues no tién pa volverse. 

Hacía el elogio de las pobres gentes que ocupaban 
la proa. Los «moros», como ella llamaba á los sirios, 
eran buenos muchachos y sus compañeras unas pobres 
que infundían lástima. Los italianos le merecían no 
menos simpatía, porque acataban en ella cierta supe- 
rioridad viéndola gastar y vivir mejor que los otros, y 
la llamaban «señora». Sus cariños malogrados de hem- 
bra infecunda iban hacia todos los niños de diversas 
nacionalidades que vivían cerca de ella, tratándolos 
con varonil dureza de palabra al mismo tiempo que los 
cuidaba y acariciaba. 

— ¿Aónde vas tú, cabezota? — gritó deteniendo á un 
pequeño que correteaba perseguido por otros—. Fíjese, 
don Isidro, qué guapo; paece el niñico Jesús. Su madre 
es una italiana con ocho hijos, y anda malucha, tendida 
por los rincones, sin poer la pobre ocuparse de ellos. ¡Si 
no fuese por mí!... ¡Ah ladrón! Ya tienes otro siete en 



188 V. BLASCO IBÁÑBZ 

los calzones que te remendé ayer. ¿Qué has hecho de la 
perra gorda? ¿Te has comprado más caramelos en la 
cantina?... Pero mire usted, don Isidro, ¡qué sucio y 
qué hermoso! ¡Guarro!... ¡Cochinote!... ¡Ham!,., ¡ham! 
Deja que te muerda esos hocicos de cerdo de leche. 

Y teniéndolo en alto con sus brazos poderosos, lo be- 
suqueaba, lo apretaba contra la pechuga ingente, mien- 
tras el niño se defendía de esta avalancha de caricias 
y palabras ininteligibles para él, gritando: «Mama... 
mama» y golpeando con los pies el abdomen que le 
servía de ménsula. El marido, inmóvil en su asiento, 
miraba á Maltrana como implorando disculpa por estas 
ruidosas expansiones. 

— ¡Lo robaría! — clamó la señora Eufrasia — . Si éste 
quisiera, lo tomaríamos como nuestro... Me llevaría to- 
dos los chicos que veo. 

Las voces de la mujerona hicieron volver la cabeza 
á otros grupos lejanos, despegándose de ellos algunos 
hombres al reconocer á don Isidro. Se aproximaron á 
él, en espera de los cigarrillos con que acompañaba sus 
apariciones, y poco á poco lo fueron llevando hacia el 
castillo de proa. Un hombretón se levantó del suelo ten- 
diéndole la mano con ese aire protector de ciertos jaques 
que hablan y accionan lo mismo que si perdonasen la 
vida al que los escucha. 

— Salú, don Isidro — dijo con acento andaluz — . Ya 
nos extrañábamos un poquiyo de no verle esta tarde 
por aquí. 

Volvió á sentarse entre un grupo de jóvenes españo- 
les, unos con boina, otros con amplio sombrero, que le 
escuchaban sonriendo admirativamente. Era malague- 
ño, según decía, y bastaba sostener con él un breve 
diálogo para enterarse á las primeras palabras de su 
nombre, lugar de nacimiento y apodo. Todas sus afir- 
maciones, aun las más insignificantes, las rubricaba 
con la misma declaración: «Y esto se lo ice á osté su 
seguro servior Antonio Díaz, natural de Málaga, por 
otro nombre el señó Antonio el Morenito.» Y acompaña- 
ba esta firma verbal con una mirada de superioridad y 
conmiseración que parecía decir: «Al que sostenga lo 
contrario le rebano el pescuezo.» 



LOS ARGONAUTAS 189 

El Morenito^ que ya pasaba de los cuarenta, sentía 
cierto respeto por don Isidro, «un señorito como Dios 
manda, y no como los otros fantasiosos que huían de 
tratarse con los pobres». 

A impulsos de esta simpatía había llegado á consi- 
derar á Maltrana hombre de grandes arrestos, tan cora- 
iado casi como él, y cada vez que pensaba en la posibi- 
lidad de hacer un disparate para vengarse de la gente 
del barco ó de los pasajeros orgullosos, exponía de idén- 
tico modo su discurso: «Entre don Isidro y yo...» Y don 
Isidro escuchaba y aprobaba con su sonrisa estos planes 
destructivos, halagado en el fondo de su ánimo de que 
aquella fiera le considerase digno de su colaboración. 
Tenía aterrados á muchos de los emigrantes con sus 
amenazas y explosiones de malhumor. Otros admirá- 
banle por la insolencia con que protestaba á gritos de 
la calidad del rancho y de todos los servicios del buque, 
atreviéndose á insultar á los oficiales, que no podían en- 
tenderle. No obstante tanta bravura, Maltrana notaba 
en él cierto encogimiento al llevarse la mano á la gorra 
para saludar; cierta timidez felina en los ojos, cuando 
algún superior le dirigía la palabra. 

— Este tío saluda de mal modo — pensaba Isidro — . Es 
el mismo encogimiento medroso y vengativo con que los 
presidiarios saludan á sus jefes. 

El trato con los árabes del buque hacía acordarse al 
Morenito de los moros de Marruecos, contando algunas 
de sus correrías por la costa de África. Por las maña- 
nas, cuando se lavaba al aire libre, desnudo de cintura 
arriba, producían admiración los costurones y profun- 
das cicatrices que constelaban su cuerpo, recuerdos 
según él de heroicos combates por mar y tierra contra 
la tiranía de las aduanas. Otro motivo de respeto era el 
saberle poseedor de una gran navaja á pesar de los re- 
gistros que hacían los tripulantes del buque en la gente 
peligrosa; navaja que nadie había visto, pero que men- 
cionaba con frecuencia en sus bravatas. Maltrana, cono- 
cedor de las costumbres del presidio, imaginábase en 
qué lugar indeclarable podría guardar el valentón esta 
arma, que era como el cetro de su amenazadora majestad. 
—Siéntese un poquiyo, don Isidro, y descanse. Tú, 



190 V. BLASCO IBÁÑfíZ 

dale tu asiento ar cabayero... Les estaba proponiendo 
á estos chicos im negosio; un moo seguro de haserse 
ricos. 

Maltrana, desde su sillón de lona, vio acurrucados 
á la redonda, con la mandíbula entre las manos, á todos 
los admiradores del Morenito^ lo mismo que una tribu 
de guerreros en consejo. El malagueño hablaba con la 
boca torcida, expeliendo las palabras por una de sus 
comisuras para hacer sentir al auditoiio toda la gran- 
deza de su bondad de maestro. 

— Estos mozos son unos palominos, don Isidro, que 
van á América á rabiar y haser ricos á los otros... lo 
mismo que en su tierra. Pero vení acá, arrastraos, ¡pe- 
leles! ¿Pa eso os habéis embarcao ustedes?... Fíjese, don 
Isidro; unos piensan dir ar campo á sudar camisas tra- 
bajando: otros quicen meterse á criaos de casa grande... 
Y yo les propongo á estas güeñas personas que hagamos 
una partía; una partía como las que había endenantes. 
Allá no habrán visto eso nunca; cosa nueva. ¿Qué le 
paese?. . . 

Y exponía su plan con entusiasmo. 
— Una partía, y agarramos á un ricachón de allá y 
lo secuestramos; le peímos á la familia unos cuantos 
millones con la amenasa de que le vamos á corta las 
orejas; nos dan los millones, nos los repartimos como 
güenos hermanos, y antes de seis meses estamos de 
güerta y ricos. Una partía que tendría mucho que ver. 
Usté, don Isidro, sería er capitán. (Aquí Maltrana sa- 
ludó agradecido, excusándose con un gesto de modes- 
tia.) No; no se nos jaga el chiquito. Yo sé que tié usté 
lo suyo mú bien puesto... y crea que yo entiendo de 
esas cosas. Aemás, tié talento pa too, y yo soy hombre 
que respeta la sabiduría... El Morenüo^ Antonio Díaz, 
un servior, sería er tiniente, y toos estos mozos ya se 
despavilarían con tan güenos directores. ¿Eh, qué le 
paece? ¿No es un verdaero negosio? 

Isidro asintió con imperturbable gravedad. Sí; un 
buen negocio que valía la pena de ser estudiado de- 
tenidamente; la exportación de una nueva industria. 
Casi habría que pedir patente de invención para evitar 
las imitaciones. Y los crédulos muchachos que oían al 



LOS ARGONAUTAS 191 

Morenito en silencio porque estaban en el mar, lejos de 
toda posibilidad de acción, pero abominaban interior- 
mente de estos planes que pugnaban con las preocupa- 
ciones de su honradez, mirábanse indecisos al ver que 
un señor como don Isidro no se escandalizaba. 

— ¡Lo oís, panolis! — exclamó el valentón — . Mira como 
un cabayero que lo sabe too encuentra que mi idea es 
güeña... Pero si es que os farfcan ríñones pa sacarle el 
dinero á un rico, poemos hacer la partía pa perseguir á 
los indios. Allá hay muchos, ¡muchos! En América ata- 
can los ferrocarriles y las diligensias y hasta los tranvías 
en las afueras de las poblasiones: yo lo he visto muchas 
veses en los sinematógrafos. Y Buenos Aires está en 
América, y allí hasen farta hombres de resolusión que 
les digan á esos gachos de color de chocolate con plumas 
en la cabesa: «Ea, se acabó; ya no molestáis ustedes más 
á la reunión, porque no nos da la gana.» Y los cazamos 
como conejos, y el gobierno, agradesío, nos paga á tanto 
la cabeza, y en unos cuantos años nos jasemos ca uno 
con una fortunita pa gol ver á la tierra. No será uno rico 
tan aprisa como con el secuestro, pero argo esargo, y 
siempre es mejor que destripar terrones ó serviles er cho- 
colate en la cama á los señores. ¿No le paese, don Isidro? 
Y don Isidro aprobaba otra vez. Una idea tan buena 
como la anterior; también habría que pedir privilegio 
para que el gobierno no permitiese matar indios más que 
á la partida del señor Antonio el Morenito, 

Admiraba los heroicos expedientes discurridos por 
este hombre para hacerse rico sin apelar á la vulgaridad 
del trabajo ordinario, reservado á los otros mortales. Y 
así permaneció Isidro algún tiempo escuchando los pla- 
nes del aventurero desorientado que iba á América con 
cuatro siglos de retraso. La honradez en alarma de sus 
oyentes formulaba tímidas observaciones. 

— Pero allá hay presidios — dijo uno — . Allá hay po- 
licías. 

—No serán más bravos que los seviles y los carabine- 
ros de nuestra tierra— contestó el Morenito con arrogan- 
cia — . Yo sé lo que es eso... ¡Bah! ¡Me los como! 

— Pero los indios no se dejarán zurrar así como así 
— argüyó otro — . Deben ser gente brava... gente salvaje. 



Í92 V. bijASco ibáñb>í 

— A esos— dijo el matón despectivamente — , á esos 
también me los como. 

Se aproximó al grupo un nuevo oyente, saludando á 
Maltrana con fina sonrisa, en la que había algo de burla 
para el valentón. 

— Aquí tenemos á don Juan— dijo Isidro — . Este no 
entra en nuestra partida: no es hombre que sirva para 
el caso. 

— No señó, no entra — contestó el Morenito — . A don 
Juan, en sácale de sus librotes no sirve pa mardita la 
cosa... Mú buena persona, mú cabayero, pero no va á 
gana en su vida des pesetas. 

Era alto y enjuto de carnes, con luengas barbas, que 
á pesar de su juventud le daban un aspecto venerable. 
Hablaba con voz dulce y ademanes reposados, interpo- 
lando en sus palabras una risa discreta, que era el 
eterno acompañamiento de su conversación. Según Mal- 
trana, este amigo respiraba optimismo y confianza en 
la vida, esparciendo en torno de su persona un ambiente 
de contento. Y sin embargo, vivía en el entrepuente 
mezclado con el rebaño inmigrante, sin otras conside- 
raciones que las que le concedían sus compañeros de 
viaje, cautivados por la dulzura de su carácter y la 
superioridad de educación. Sus trajes, viejos y raídos, 
eran de buen corte; se notaban en su persona los vesti- 
gios de una situación más próspera. En sus manos finas 
quedaba como recuerdo familiar una antigua sortija, 
salvada de los apremios de la pobreza. 

El curioso Maltrana conocía algo de su vida. Juan 
Castillo era un agrónomo que había intentado en las 
tierras de panllevar heredadas de sus padres la realiza- 
ción de todos los adelantos aprendidos en una gran es- 
cuela de Bélgica; ensueños de poeta agrícola realizados 
con el ímpetu de una voluntad entusiástica y crédula. 
La usura le había proporcionado un pequeño capital 
para su empresa, y luego de batallar algunos años con 
la rutina de los campesinos, de habituarlos á vivir en 
paz con las máquinas y de extraer de las profundidades 
del subsuelo las venas líquidas para esparcirlas en redes 
de irrigación, cuando la tierra empezaba á responder á 
estos esfuerzos con sus primeros productos, los acreedo- 



LOS ARGONAUTAS 193 

res habían caído sobre él, ejecutándolo con glacial fero- 
cidad. 

— Conozco el procedimiento — había dicho Maltrana 
al oirle por vez primera — .Es el mismo de las tribus 
antropófagas. Le dieron á usted alimento, le dejaron 
tranquilo para que echase carnes, y cuando estuvo á 
punto, ¡zas! el degüello y el banquete canibalesco. 

Huía de la ruina, perdida la herencia de sus padres, 
perdido el crédito, deshonrado por deudas á las que 
daban sus acreedores un carácter delictuoso; todo ello 
por querer innovar con arreglo á sus estudios una agri- 
cultura estacionaria casi igual á la de los primeros tiem- 
pos de la humanidad. Y en su fuga había mirado al 
Sur, como todos los que navegaban en aquella cascara 
de acero, presintiendo más allá del círculo oceánico re- 
novado diariamente una tierra remozadora de existen- 
cias, donde las vidas destrozadas se contraían virginal- 
mente lo mismo que capullos para empezar el curso de 
una nueva evolución. La esperanza le había rozado tam- 
bién con su aleteo ilusorio. Casi celebraba esta ruina 
que le había desarraigado de la tierra paterna. ¿Quién 
podía saber lo que le esperaba al otro lado del Océano?... 
Abandonando el grupo del Morenüo^ avanzaron hacia 
la proa Maltrana y Castillo. Una voz quejumbrosa les 
hizo detenerse. 

— ¡Don Isidro!... ¡Buenas tardes, don Isidro y la com- 
paña! 

Un hombre sentado en el suelo, con la espalda apo- 
yada en la borda, avanzaba su rostro pálido entre los 
pliegues de una manta. 

—¿Eres tú, enfermo?— dijo Maltrana—. ¿Cómo va ese 
ánimo? 

Con voz doliente murmuró una queja interminable 
contra el mar. Desde su entrada en el buque la salud pa- 
recía haber huido de su cuerpo. Otros cantaban á todas 
horas, como si el aire salino y la inmensidad azul les 
diesen nuevas fuerzas, excitando su apetito. El se había 
embarcado sintiéndose fuerte, y de pronto todas sus 
energías le abandonaban. 

— Estoy muy enfermo, don Isidro. Ayer aun pude su- 
bir solo á la cubierta; hoy han tenido que empujarme 

13 



194 V. BLASCO IBÁÑBZ 

escalera arriba unos amigos. Debo estar blanco como un 
papel, ¿verdad, señor?... No tengo fuerzas para andar, 
ni deseos de comer. Esto no marcha... Los demás se que- 
jan de calor; dicen que cada vez pica más el sol, y yo 
tiemblo si me quito la manta... Y lo que me da más ra- 
bia es que el médico, don Carmelo el oficial y otros me 
miran como si les hubiese engañado, y dicen que si lle- 
gan á saber esto no me dejan embarcar, porque allá en 
Buenos Aires no quieren enfermos... Pero señor, ¡si yo 
me embarqué sano y bueno! ¡si es este maldito mar que 
no me prueba!... 

Creyendo ver en Maltrana el mismo gesto de duda 
de los empleados del buque, se apresuró á añadir: 

—Yo he sido un roble, don Isidro. Reumatismos nada 
más, según decía el médico de mi pueblo, por haber dor- 
mido al raso en el campo muchas noches. Pero fuera de 
esto... nada. Lo juro por mi nombre: Pachín Muiños. Y 
ahora, de pronto, me veo hecho un trapo, y me ahogo, 
señor, las piernas no pueden tenerme y me faltan fuer- 
zas para ir de un rincón á otro. ¡Qué ganas tengo de 
salir de aquí!... Estoy seguro de que apenas salte en tie- 
rra seré otro: volveré á sentirme fuerte como en el pue- 
blo... Diga, señor: ¿cuándo llegamos á Buenos Aires? 

Hacía la pregunta ávidamente; se incorporaba para 
mirar más allá de la borda. Al esparcir su vista por la 
inmensidad esperaba encontrar en el horizonte el negro 
perfil de la tierra ansiada. 

—¿Tardaremos dos días?— siguió preguntando. 

— Más; un poquito más— dijo Maltrana suavemente 
para engañar su impaciencia. 

—¿Como cuántos más?— continuó con tenacidad el 
enfermo. 

Y al adivinar en las palabras evasivas de Maltrana 
que aun quedaban muchos días de viaje, el pobre Muiños 
volvió á sumirse en la desesperación... ¡Buenos Aires!. 
Deseaba llegar cuanto antes al término del viaje y repe- 
tía el nombre de la ciudad, como si encontrara en él un 
poder milagroso igual al de las antiguas palabras caba- 
lísticas. 

Isidro, luego de consolarle con engañosas afirmacio- 
nes, asegurando que antes de una semana verían la 



LOS ARGONAUTAS 195 

tierra ansiada, retrocedió con Castillo hacia la reja de 
salida. 

— ¡La esperanza!— dijo con tristeza—. Ese pobre está 
muy enfermo, le faltan fuerzas para tenerse en pie, y se 
traslada, sin embargo, de un hemisferio á otro en busca 
de salud y dinero. jQné de ensueños van en este cascarón 
con todos nosotros!... 

— I Y si fuese solo! — contestó Castillo — . Pero le acom- 
pañan su mujer y tres hijos. 

La ilusión de la salud le había hecho desarraigarse 
de su pueblo. Allá en Galicia no podía trabajar una 
semana entera sin que el esfuerzo atrajese la enferme- 
dad. La imagen de América había pasado por su miseria 
como un resplandor de esperanza. En aquella tierra de 
fortuna, donde todos se transformaban, él sería otro 
hombre. Y repuesto por unos meses de descanso y hol- 
gura á causa de haber vendido su casucho y unas vacas, 
Muiños entró en el buque con un aspecto engañador de 
hombre sano. El ambiente del mar y la vida de á bordo 
habían sido fatales para él: cada día transcurrido mar- 
caba un descenso de su salud . 

— Lo que él cree reumatismo — añadió Castillo — es, 
según el médico del buque, una insuficiencia cardíaca, 
que empieza á complicarse con una bronquitis alarman- 
te. ; A saber en lo que parará! La mujer y los chicos, 
acostumbrados á sus enfermedades, no se fijan en él. 
Ella comadrea con las otras mujeres y los muchachos 
juegan ó aguardan con impaciencia la hora del rancho. 
Y el pobre Muiños, cuando se ahoga en el entrepuente, 
sube á la cubierta envuelto en su abrigo para tenderse 
al sol, y pregunta cuántos días faltan para llegar, cuan- 
do aun estamos al principio del viaje... Inútil decirle la 
verdad. Su ilusión, que se ha concentrado en Buenos 
Aires, le hace olvidar el tiempo y la distancia. Cree que 
le engañan cuando le dicen que aun faltan muchos días. 
Al avistar Tenerife preguntó con emoción si ya está- 
bamos en Buenos Aires. Mañana, al ver de lejos las islas 
de Cabo Verde, volverá á creer que hemos llegado... 
¡Infeliz! De todos los que vamos en el buque es el que 
más piensa en Buenos Aires, y bien jwdría ocurrir que 
fuese el único que no llegase á verlo. 



196 V. BLASCO IBÁNÍ3Z 

Maltrana se despidió de Castillo junto á la verja di- 
visoria de clases, frontera inviolable que partía en dos 
estados diversos el microcosmos flotante. 

Arriba, en la cubierta de paseo, encontró á Fernan- 
do junto á una de las ventanas del salón que daban luz á 
la plataforma interior, ocupada por el piano. 

Quiso hablarle Isidro, pero su amigo se llevó un dedo 
á los labios imponiendo silencio. Miró entonces por la 
ventana y vio á una mujer sentada al piano. Llegó á sus 
oídos al mismo tiempo una música en sordina y el susu- 
rro de un canto á media voz. 

—Es de Tristán — murmuró quedamente Ojeda en su 
oído—. El lamento desesperado de Iseo. 

Los dos permanecieron en silencio á ambos lados de 
la ventana escuchando el canto, que venía del interior 
con lejanías de ensueño. Maltrana, menos sensible á la 
emoción musical, examinaba de espaldas á esta mujer, 
fijándose en su nuca blanca, ligeramente ensombrecida 
como el marfil antiguo. El casco de su cabellera tenía 
junto á las raíces un dorado tierno que iba coloreándose 
hasta tomar en la superficie el tono rojizo del cobre 
fregoteado. Su cuello se inclinaba hacia delante con una 
esbeltez anémica, una fragilidad que marcaba bajo la 
piel los tendones y arterias dilatados por la tenue emi- 
sión de la voz. 

De pronto, la cara invisible se volvió hacia ellos, 
como si acabase de notar su presencia. Vieron unos ojos 
cuyas pupilas de color de ceniza estaban dilatadas por 
la sorpresa; un rostro de palidez verdosa, algo descar- 
nado, que se coloreó instantáneamente con un acceso de 
rubor. Parecía asustada de que alguien pudiese oiría. 
Con un gesto de timidez y contrariedad cerró el instru- 
mento, púsose de pie y marchó hacia la puerta del salón 
para huir de los dos importunos. 

Ojeda la siguió con la vista. Era alta, y su enfermiza 
delgadez estaba disimulada en parte por lo recio del 
esqueleto. Las caderas marcaban su ósea firmeza bajo 
una falda de dril claro. La cabellera amontonada con 
gracioso descuido, los zapatos blancos algo usados, la 
blusa modesta de confección casera, la falta total de 
alhajas, daban á su figura un aspecto de pobreza sufrida 



LOS ARGONAUTAS 197 

animosamente, de incertidumbre bohemia sobrellevada 
con resignación. 

— Usted que conoce aquí á todo el mundo— preguntó 
Ojeda — . ¿Quién es? 

— Hace rato que podía saberlo si me hubiese dejado 
hablar... Es la mujer del director de orquesta de la 
compañía de opereta: un rubio con la cara granujienta 
que se pasa día y noche en el café tomando bocks con 
los de su tropa. Buen colador; hay veces que los redon- 
deles de fieltro se amontonan en su mesa como una co- 
lumna... Y cuando no toma cerveza, admite wishky ó 
lo que caiga. No tiene otra ocupación en el buque que 
empinar el codo. 

—Es una mujer interesante— murmuró Ojeda—. ¡Y 
tan tímida!... 

Aguardaba todas las tardes á que el salón quedase 
desierto. Descendían las familias á sus camarotes para 
dormir la siesta; otros pasajeros se acostaban en las 
sillas largas del paseo; sólo permanecían algunos en 
el jardín de invierno. Entonces, casi de puntillas, iba 
hacia el piano, y apenas colocaba los dedos en el teclado 
parecía olvidar su timidez, aislándose del mundo exte- 
rior, con los ojos vagos y sin luz, como si su mirada se 
concentrase interiormente y su canto fuese un débil 
escape, un lejano eco de otra música de recuerdos que 
sonaba dentro de ella. 

Al verla Fernando en el piano había sentido curiosi- 
dad por conocer su música. ¡Tal vez una romanza dul- 
zona y sensiblera de opereta!... Y aun duraba en él la 
sorpresa que había experimentado al escuchar las gran- 
diosas frases del dolor de Iseo. 

—Debe tener una voz magnífica, ¿no lo cree usted. 
Isidro?... Quisiera ser su amigo... Usted debe conocerla, 
Maltrana se excusaba, algo contrariado de que por 
esta vez no le fuese posible alardear de una amistad. 
Apenas se había fijado en ella: ¡pchs! ¡la mujer de aquel 
borrachín director de orquesta! Era algo arisca; huía de 
la gente; apenas se trataba con las otras damas de la 
compañía. Vivía para su hijo, un pequeñín de cabeza 
enorme, siempre agarrado de su mano. A los saludos de 
Maltrana respondía siempre con una inclinación de ca- 



198 V. BLASCO IBÁNÍEF. 

beza y un manifiesto deseo de huir. Además como mujer 
no valía gran cosa: parecía enferma. La primera vez 
que se fijó en ella fué por las burlas de unas niñas ele- 
gantes que comentaban su palidez verdosa. «Ahí va esa 
de la opereta, que se le ha reventado la hiél y la tiene 
revuelta por todo el cuerpo.» 

—Pero esto no importa, Ojeda; ya que la señora le 
interesa por lo del canto wagneriano, yo se la presen- 
taré. Conozco algo al marido; hemos bebido juntos. El 
se llama Hans... Hans Eichelberger, eso es; el maestro 
Hans. Y ella... aguarde usted, ella se llama Mina. Ahora 
recuerdo que el marido la llama así, y según me dijo, 
es un diminutivo de Guillermina. El maestro habla algo 
el español: ha andado por la Argentina y Chile en otras 
correrías musicales. Ella creo que muy poco. 

Avanzaron los dos amigos hacia la popa, detenién- 
dose en la baranda cercana al café, sobre la cubierta de 
los de tercera clase. Habían levantado los marineros 
una parte del toldo y se veía abajo el rebullir de la emi- 
gración septentrional, gentes melenudas que á pesar del 
calor conservaban sus abrigos de pieles. Sonaba el gan- 
gueo de un acordeón con el apresurado ritmo de la danza 
rusa. Una muchacha de falda corta, botas polonesas y 
pañuelo verde, por cuya punta asomaba una trenza de 
pelos rojos, daba vueltas al compás de la música. En 
torno de ella un mocetón de camisa purpúrea danzaba 
de rodillas ó se sostenía en portentoso equilibrio con las 
piernas casi horizontales y las posaderas junto al suelo. 
Los gritos y palmadas de los otros rusos acompañaban 
estas agilidades de loca danza gimnástica. Los judíos 
polacos y galicianos, envueltos en sus hopalandas de 
carácter sacerdotal, contemplaban el espectáculo ras- 
cándose las barbas luengas, contrayendo los matorrales 
de sus cejas casi unidas. 

— ¡Las gentes que venimos aquí!— dijo Fernando—. ;Y 
pensar que es el nombre de una ciudad desconocida, el 
vago prestigio de una tierra lejana, lo que nos ha jun- 
tado á personas de tan diverso nacimiento!... 

— Veintiocho pueblos, según afirma don Carmelo el 
de la comisaría, venimos en el buque: y lo mismo ocu- 
rre en otros trasatlánticos. ¿No es verdad, Ojeda, que 



LOS ARGONAUTAS 199 

esto se parece al avance en masa de los pueblos de 
Europa cuando las Cruzadas?... Hace poco me acordaba 
yo abajo de las muchedumbres que siguieron á Pedro 
el Ermitaño. Marchaban enfermas, desfallecidas de ham- 
bre, y cada vez que avistaban una pequeña ciudad 
prorrumpían en alaridos de gozo: «;Jerusalén! ;Es Je- 
rusalén!» Y estaban aún en el centro de Europa: en 
Alemania ó en Hungría. Abajo, en la proa, tiene usted 
á un heredero de aquellos héroes de la esperanza. Va en- 
fermo de cuidado, es posible que no llegue al término 
del viaje, pero cada vez que vemos una isla, una costa, 
se galvaniza y pregunta si es Buenos Aires. 

— La humanidad vive de ilusión, Maltrana. Necesita- 
mos poner nuestro deseo lejos, en tierras desconocidas, 
pues la distancia borra la duda y da certeza á lo más 
inverosímil. Para los europeos el lugar de maravillas 
fué Bagdad, la de Las mil y una noches: en cambio en 
mis viajes por Oriente he visto á judíos y mahometanos 
suponer tesoros y magias en la antigua Toledo. Cuando 
los poetas del Sur imaginan algo prodigioso, sitúan el 
escenario en las fortalezas del Ehin ó los furdos escandi- 
navos. Al soñar Wágner el castillo de Monsalvat, coloca 
la mansión del Santo Graal en los Pirineos españoles y 
da un palacio árabe á Klingsor el encantador. El am- 
biente que nos rodea es demasiado real para que poda- 
mos cultivar en él nuestras ilusiones. 

— Así es, Fernando. Pero la esperanza humana, que en 
otras épocas fué puramente mística y por eso tal vez 
miraba á Oriente, es ahora positivista, cifra sus anhelos 
en el bienestar material y se dirige hacia Occidente. 
Todos queremos ser ricos; necesitamos serlo, y esta espe- 
ranza comunica á las tierras lejanas el prestigio de la 
ilusión. Hace siglos la gente de empuje iba al Perú; ayer 
soñaba la humanidad con los tesoros de California, y 
allá corrían en masa los hombres de aventura: hoy em- 
pieza á mezclarse con el esplendor de los Estados Unidos 
la irradiación que surge de una nueva ciudad-esperan- 
za: Buenos Aires. 

—Mañana— interrumpió Ojeda— los peregrinos de la 
riqueza, torciendo su camino, se derramarán por las 
islas de la Oceanía, y tal vez la Jerusalén del porvenir 



200 V. BLASCO ibAñez 

estará dentro de millares de años en algún lugar del 
Pacífico, donde en este momento colean los tiburones y 
se hinchan y deshinchan las olas solitarias. 

El deseo humano colocaría la ciudad de la esperan- 
za sobre alguna tierra sacada del fondo de las aguas 
por una convulsión del planeta; tal vez sobre atolones 
que los infusorios madrepóricos estaban petrificando en 
aquel momento con lenta y paciente labor multimilena- 
ria... Nunca faltaría en el globo un lugar que atrajese 
á los hombres inquietos y enérgicos, descontentos con su 
destino, ansiosos de cambiar de postura. 

— Cada vez será más grande esta peregrinación — dijo 
Maltrana — . Sentimos la imperiosa necesidad del dinero 
como no la sintieron nuestros abuelos; y los que vengan 
detrás la experimentarán con mayor ímpetu que nos- 
otros. Yo deseo ser rico; no tengo rubor en confesarlo; es 
lo único que me preocupa. Necesito saber qué es eso de 
la riqueza, y á conseguirlo voy... sea como sea. ¿Y usted, 
Fernando?... 

Sonrió éste levemente. También quería ser rico, y 
su deseo imperioso le había desarraigado del viejo mun- 
do, lanzándolo en plena aventura como los miserables que 
se aglomeraban en los sollados de la emigración. Nece- 
sitaba una gran fortuna para creerse feliz. Y sin em- 
bargo... ¡quién sabe! la riqueza no es la dicha, no lo ha 
sido nunca; cuando más puede aceptarse como un medio 
para afirmarla... Tal vez ni aun esto era cierto. Recor- 
daba la wagneriana leyenda del anillo del nibelungo, el 
milagroso oro del Rhin, símbolo del poder mundial. Quien 
lo poseía era señor del universo, dueño absoluto de todas 
las riquezas; pero para conquistarlo había que maldecir 
el amor, renunciar á él eternamente. 

— Y el amor, Maltrana, y otros sentimientos, valen 
más que un tesoro. Yo soy pobre y marcho en busca del 
dinero porque veo en él una garantía de seguridad y de 
reposo para ocuparme tranquilamente en otras empresas 
de mi gusto. Pero si alguien me hiciese ver que la ri- 
queza debía pagarla con la renuncia del amor, le juro 
que saltaba á tierra en el primer puerto para volverme 
á Europa. 

Isidro levantó los hombros desdeñosamente. ¡Fanta- 



LOS ARGONAUTAS 201 

sías de artista! ¡Cavilaciones de poeta! ¿Qué tenían que 
ver el amor y la riqueza para que los colocasen juntos 
como antitéticos é inconfundibles?... El quería ser rico, 
por serlo; por conocer las dulzuras del más irresistible de 
los poderes; las satisfacciones orgullosas y egoístas que 
proporciona la llamada «potencia de dominación». Y si 
para ello había de renunciar á las gratas tonterías del 
amor y á otros sentimientos que el mundo considera con 
un respeto tradicional, pronto estaba al sacrificio. Le 
irritaba el menosprecio con que durante siglos y siglos 
religiones y pueblos habían tratado á la riqueza, como 
si ésta fuese algo diabólico y vil, incompatible con la 
elevación de alma y la nobleza de la vida. 

—Usted dice que es pobre, Fernando; y otros como 
usted lo dicen igualmente. Todo el que no es millonario 
se cree en la pobreza y habla de ella como de algo agra- 
dable y hermoso que debe proporcionarle una aureola 
de simpatía. No; usted no ha sido pobre jamás, ni sabe 
lo que es eso. Usted necesita ser rico; conforme: pero no 
tiene una idea de lo que es la miseria. Le habrán hecho 
falta miles de duros, pero jamás al llevarse una mano al 
bolsillo ha dejado de sentir el contacto de las rodajas de 
plata... Pobre lo he sido yo; lo soy aún^ lo he sido toda 
mi vida. Y como he visto de cerca la verdadera pobre- 
za, fea y calva como la muerte, la detesto, y deseo que 
no me siga tenazmente como hasta ahora, fuera del al- 
cance de mi odio. Quiero que algún día se me aproxime, 
se coloque á mi lado, para acogotarla, para romperle á 
puñetazos los costillares, para convertir en polvo el an- 
damiaje de su esqueleto. 

Comenzó á reir Fernando con estas palabras, pero se 
contuvo al notar la sincera vehemencia con que hablaba 
Isidro y el vaho de lágrimas que empañaba sus ojos re- 
pentinamente. 

—Yo sé mejor que nadie lo que es la pobreza, y por 
eso me irrito cuando en España y otros países que lla- 
man, no sé por qué, «caballerescos» é «idealistas», oigo 
decir á las gentes con orgullo: «Yo que soy pobre, pero 
muy honrado.» Y tal prestigio debe tener la frase, que 
muchos que no son pobres se jactan de serlo, como si esto 
fuese un testimonio de honradez... ¡Mentira! Ningún 



202 V. BLASCO IBÁÑR2 

pobre puede considerarse honrado, ya que la pobreza es 
una deshonra, un certificado de incapacidad. Cierto que 
habrá siempre pobres, como hay en el mundo feos, con- 
trahechos ó imbéciles. Pero el que tiene un defecto físico 
ó intelectual no hace gala de él, antes procura remediar- 
lo, y el pobre que se resigna con su suerte y no busca 
hacerse rico, sea como sea, á las buenas ó las malas, es 
un cobarde ó un inútil, y no puede convertir su vileza 
en un mérito. 

Ojeda acogió con aspavientos de cómico terror estas 
palabras. 

— Eepita usted, Isidro, tales cosas á los de tercera 
clase, y seguramente que no llegamos á Buenos Aires. 
Se van á sublevar, á hacerse dueños del buque. 

Pero Maltrana, dominado por su emoción, no le escu- 
chaba y siguió hablando. 

— jLa miseria!... Sé lo que es y quiero evitar que la 
conozcan aquellos que yo amo. Usted, Fernando, ignora 
mi vida (1). Tal vez le hayan dicho que una parte de 
ella anda por ahí en relatos novelescos... Pero la verdad 
es siempre más cruda, más in tragable que los pequeños 
trozos realistas de los libros, aderezados con salsas de 
fantasía... La mujer que me trajo al mundo pereció como 
un animal, cansada de trabajar. Un pobre hombre que 
me servía de padre murió asesinado, por la imprevisión 
de unos contratistas, en una catástrofe del trabajo, y su 
cadáver fué bandera revolucionaria para otros tan des- 
dichados como él. Yo he comido las bazofias que comen 
los perros. Mis nobles ascendientes eran traperos y se 
mantenían con las sobras de las cocinas de Madrid. He 
crecido sabiendo con qué punzadas y retortijones avisa 
el estómago el dolor de su vacío. He sufrido privaciones 
y vergüenzas, hasta que un día... 

Calló un momento. Temblaba su voz, súbitamente 
enronquecida. Se llevó una mano á los ojos como si le 
molestase la luz. 

—Un día, cuando fui hombre, una infeliz me escuchó: 
una compañera de miseria, ansiosa de ideal á su modo. 
La pobre creía encontrarlo en mí, señorito hambriento 



(1) Véase La Horda. 



LOS ATIGONAUTAS 203 

que hablaba de cosas que ella no podía entender. Mi vida 
floreció por vez primera; conocí la alegría, la verdadera 
alegría, durante unos meses: luego el idilio acabó en el 
hospital. Y aquel cuerpo gracioso, cuerpo de pobre en el 
que luchaba la juventud con un raquitismo hereditario, 
bajó á la tierra despedazado: lo hicieron cuartos como 
una res de matadero sobre el mármol de la sala de di- 
sección... Usted, Ojeda, debe amar á alguien, como amé 
yo. Todos encontramos una posada de amor en el cami- 
no de la vida; hasta los más infelices. Imagínese el cuer- 
po que usted adora, con el orgullo de la posesión, des- 
nudo, sobre una mesa; las blancas intimidades sólo por 
usted conocidas, expuestas ante la insolencia juvenil; la 
epidermis, arrancada de los músculos como el forro de 
un libro; las manos, pasando de mesa en mesa; los pe- 
chos, como unas piltrafas nadando en un cubo; la cabe- 
za, á un lado, las piernas, á otro... ¡No puedo! ¡no puedo 
pensarlo! Es un recuerdo que me amarga muchas no- 
ches... Pero ¿por qué hablo de esto? 

Frunció Ojeda el ceño, emocionado por las palabras 
de Maltrana. Hacía mal en acordarse del pasado: era 
mejor ir adelante sin volver la cabeza. 

—Así terminó nuestro amor— dijo Isidro después de 
larga pausa levantando la frente de entre las manos—. 
Así terminó porque éramos pobres... Me quedó un hijo, 
y la primera vez que lo tuve entre mis brazos en una 
casucha de las afueras de Madrid, creí nacer de nuevo, 
pero más fuerte, con una voluntad que nunca había 
sospechado... El pobre rollo de manteca, con sus ojitos 
como dos punzadas, me hizo sentir la impresión de una 
fuerza misteriosa que me galvanizaba interiormente. 
Desde entonces estoy fabricado con algo muy duro; soy 
de acero, soy de bronce. «Sólo puedes contar conmigo, 
pobrecito — le dije al pequeño — . No tienes á otro en el 
mundo, pero yo trabajaré por ti.» Fui tímido y flojo para 
defender á la madre; pero el chiquitín me dio una fiereza 
de tigre... Esta segunda parte de vida la conoce usted 
mejor que la otra. No es ningún secreto. «Isidro Maltra- 
na, un canallita simpático; un sinvergüenza que conoce 
la manera de vivir...» 

Ojeda intentó protestar. 



204 V. BLASCO IBÁÑEZ 

— No mueva la cabeza, Fernando; no diga que no, 
por amabilidad: déjeme la gloria de mi mala fama, que 
es muy justa y me enorgullece. Pensé en ser ladrón, 
pues contaba con buenas relaciones para emprender la 
carrera; pero soy cobarde: tampoco podía alquilar mis 
brazos como matachín, porque son débiles. Pero alquilé 
mi pluma y mi bilis, y tal fué mi desvergüenza, que 
hasta tengo admiradores. He fabricado libros para que 
los firmasen graves personajes y estudios laudatorios 
de esos mismos autores, sobre cuyas nobles cabezas escu- 
piría de buena gana. He insultado á hombres que respeto 
y admiro, amontonando contra ellos infamias y menti- 
ras, cuando de seguir mis deseos me hubiese arrodillado 
para implorar su perdón. He recibido golpes y me los he 
guardado tranquilamente cuando el ofendido era más 
fuerte que yo. Otras veces, acorralado como un gato que 
no encuentra salida, he hecho el papel de tigre batién- 
dome como un caballero de la Tabla Redonda en defensa 
de cosas que no me interesaban. He vivido en la cárcel 
por artículos de periódicos que no tuve la curiosidad de 
leer. Cuando había que atajar alguna opinión justa con 
una nota insolente y discordante, Maltranita se encar- 
gaba de ello, siempre «por cuanto vos contribuísteis». 
¿Qué no he hecho yo para ganar dinero?... Hasta me he 
prestado á ser intermediario en los amores secretos de 
ciertos personajes y he servido de honorable acompa- 
ñante á sus queridas... No se asombre, Ojeda; convén- 
zase de que lleva por compañero á uno de los canallas 
más notables que ha tenido Madrid. 

A pesar del tono de esta afirmación, que hizo sonreír 
otra vez á Fernando, el bohemio continuó con gesto fosco 
y ojos enternecidos: 

— Y no crea que me arrepiento de mi pasado. Desco- 
nozco el rubor y la vergüenza: son lujos que sólo pueden 
permitirse los felices... Cada vez que cometí una mala 
acción, me bastó para olvidarla hacer una visita al cole- 
gio de ricos donde se educa mi Feliciano, gracias á los 
esfuerzos de su padre, tan nobles y tan heroicos como 
los de cualquier duque antiguo que salía lanza en mano 
á robar en las encrucijadas. Mi hijo me cree un gran 
personaje porque ve que mi nombre figura en los perió- 



LOS ARGONAUTAS 205 

dices: sus maestros no me admiran menos y permiten 
que algunas veces me retrase en el pago de mis obliga- 
ciones. Soy para ellos un señor de cierto poder que trata 
familiarmente á los ministros y pasea todas las tardes 
por los pasillos del Congreso. Y esta devoción de mi 
hijo y sus allegados me compensa de todas mis vilezas: 
hasta de las numerosas bofetadas que llevo recibidas por 
mis atrevimientos... Yo quiero que mi Feliciano, el hijo 
del bohemio y de la gorrera despedazada en el hospital, 
sea rico, muy rico, y por esto, sólo por esto, me he alis- 
tado en la cruzada al Nuevo Mundo. En mí se han con- 
traído todos los afectos para dejar espacio únicamente 
al de la paternidad, que me ocupa por entero... Usted, 
Fernando, no sabe lo que es el sentimiento paternal y 
hasta dónde llega su santa ferocidad. «Perezca el mundo 
y sálvese la carne de mi carne.» 

—No tanto— dijo Ojeda— ; no exagere usted. 

—Sí: «Robemos á los hijos de los demás para que 
nuestro hijo sea rico...» Y yo soy un padre. Sé bien que 
esta paternidad no es más que un sentimiento egoísta, 
como el amor, como el patriotismo, como tantas ideas 
respetables é indiscutibles, que traen revuelto al mun- 
do... Pero la vida no es más que una urdimbre de egoís- 
mos, y yo carezco de fuerzas para reformarla. Voy á 
trabajar por el pequeño, y en nombre de mis sacrosan- 
tas ternuras de padre de familia reventaré si me es posi- 
ble á los otros padres de familia que se me pongan por 
delante, dispuestos como yo á toda clase de porquerías 
para asegurar el bienestar de su prole. Quiero hacer rico 
á mi hijo... ¡y caiga el que caiga! 

— Cuando llegue usted á enriquecerse — interrumpió 
Ojeda — , es muy probable que su hijo sea como los hijos 
de casi todos los ricos: un ser inútil para la sociedad; un 
ente de lujo que gaste sin tino lo que el padre amontonó 
en fuerza de sacrificios. 

—Lo he pensado muchas veces; ¿y qué?... Yo tengo 
tanto derecho como cualquier burgués á producir un 
hijo inservible y decorativo. No todo en el mundo debe 
ser útil. Es una satisfacción para el egoísmo paternal 
haberse matado trabajando en un extremo del mundo 
para que el hijo vaya al otro hemisferio á mantener co- 



206 V. BLASCO íbáñsz 

cotas de precio y sostener el Juego en los clubs elegan- 
tes. Un orgullo tan legítimo como el de los criadores de 
caballos de carreras, hermosos é inútiles, que no sirven 
para arar un campo ni pueden tirar de un carretón, pero 
corren y corren sin objeto entre los entusiasmos epilép- 
ticos de la multitud... Además, Fernando, amo el dinero 
por ser dinero, con un respeto casi religioso. Yo, que 
no he creído en nada, creo en su majestad irresisti- 
ble, en su poder benéfico, que revoluciona nuestra exis- 
tencia, haciéndola más cómoda y fácil... El dinero es 
también poesía, una poesía sobria, enérgica, intensa, 
más humana y conmovedora que la insincera y manida 
que ustedes vienen reproduciendo hace siglos en sus 
versos. 

Esta afirmación provocó en Ojeda una risa franca. 

— A ver, siga usted; eso me interesa: suelte su bagaje 
de paradojas. Es divertido y le hará olvidar el recuerdo 
de sus tristezas pasadas. 

Pero Maltrana, insensible al regocijo de su amigo, 
siguió hablando. Un movimiento universal, semejante 
al nacimiento de una religión poderosa, se estaba apode- 
rando de los destinos del mundo. Pero muy pocos se da- 
ban cuenta de este suceso, que iba á abrir en la historia 
una era nueva. 

—Siempre ha ocurrido así. Los hombres tardan siglos 
en conocer las fuerzas recientes que los mueven; han de 
transcurrir varias generaciones para que un día lleguen 
á enterarse de que son completamente distintos de como 
fueron sus abuelos... Si resucitase un romano de los dos 
primeros siglos de nuestra era y le preguntásemos qué 
se hablaba en su tiempo de los cristianos, nos miraría 
con extrañeza. Nada sabría de ellos; su época fijaba 
la atención en otros asuntos más importantes. Y sin 
embargo, bajo de sus pies, en la sombra, latía una 
fuerza, ignorada por él, que iba á transformar el mun- 
do... Desde hace ochenta años ha venido á la tierra un 
nuevo dios: el dinero. Y ese dios tiene sus apóstoles: el 
centenar de grandes millonarios y capitanes de indus- 
tria esparcidos por el mundo, ministros de un poder 
misterioso, que permanecen en la sombra, como si la 
grandeza de su misión les impusiese el incógnito; hom- 



LOS ARGONAUTAS 207 

bres cuyos apellidos conoce la tierra entera, igual que 
los de los reyes, pero á los cuales muy pocos han visto 
en persona, pues rehuyen la publicidad. 

Ojeda escuchaba con un interés creciente estas pala- 
bras de su amigo. 

— Los Césares modernos los visitan á bordo de sus 
yates y los sientan á sus mesas: poco falta para que los 
emperadores al escribirles les llamen «querido primo», 
como es de uso entre testas coronadas. Se necesita ser 
ciego para no ver el poderío de estos monarcas mundia- 
les, cuyos abuelos fueron leñadores, barqueros ó míseros 
prestamistas. Antes los conductores de pueblos hacían la 
guerra á su capricho ó por desavenencias de familia, 
siempre que les daba la gana. Ahora disponen de más 
soldados que nunca, de prodigiosas herramientas de des- 
trucción, y sin embargo se mantienen en forzado quie- 
tismo, armados hasta los dientes. Para tirar de la espada 
tienen que consultar antes á estos nuevos «primos» de la 
mano izquierda, cuyo auxilio les es indispensable. «No 
nos conviene la operación», dicen los apóstoles moder- 
nos en el misterio de su retiro, donde fraguan las tramas 
mundiales. Y la espada tiene que volver á su vaina, ó 
cuando más, se emplea en alguna expedición colonial, 
apaleando negros ó amarillos, todo para mayor gloria 
del dios que somete de este modo nuevos pueblos á su 
culto... 

Continuó Maltrana ensalzando la grandeza de estos 
magos modernos. 

La actividad de los hombres corría canalizada sobre 
la costra del globo en el punto que se dignaban señalar 
con un dedo. Soberanos de miles y miles de kilómetros 
de vías férreas ó de flotas como jamás las tuvo imperio 
alguno, les bastaba una orden telefónica para cambiar 
el curso del progreso mundial. Islas del Pacíñco en las 
que hace cincuenta años los naturales asaban todavía 
para su consumo la carne humana, habían realizado 
en tan corto lapso de tiempo una evolución de siglos y 
hasta ensayaban el régimen socialista. Un país desierto 
lo transformaban en un lustro. Hacían surgir ciudades 
con paseos, estatuas y tranvías eléctricos sobre una tie- 
rra habitada poco antes por avestruces. Les bastaba para 



208 V. BLASCO IBÁÑBí 

realizar este milagro con tender una línea de ferrocarril. 
Costas inhospitalarias y desiertas brillaban de pronto 
con los focos eléctricos de sus puertos. Establecían una 
nueva línea de navegación, y el gran rebaño emigrante, 
los aventureros inquietos que todo lo transforman, llega- 
ban hasta donde era la voluntad de los taumaturgos 
ocultos en la sombra... 

Miró Isidro la multitud que bailaba abajo en la ex- 
planada de popa, y añadió: 

— Nosotros mismos vamos adonde vamos porque los 
apóstoles de la nueva religión nos han abierto un cami- 
no y nos empujan por él, sin que nos demos cuenta... 
Usted que es poeta, acuérdese, O jeda, de lo que dio la 
vieja España á estos países americanos... Les dio el con- 
quistador, un héroe grande como los de la Iliada, un 
superhombre, que en menos de un siglo exploró medio 
globo labrando su vivienda en las alturas andinas á 
cuatro mil metros, junto á los nidos de los cóndores, ó en 
valles ecuatoriales que son ollas de fuego. El engendró 
los actuales pueblos de América, legándoles una predis- 
posición al heroísmo y un alto concepto del honor. Dio 
también el sacerdote, el misionero, que con la difusión 
del cristianismo fué dulcificando las costumbres y supri- 
mió una idolatría, que necesitaba de sacrificios huma- 
nos... ¡Qué regalo hermoso para ser cantado por los poe- 
tas! ¡La espada y la cruz; el heroísmo y la piedad!... Y 
sin embargo, los pueblos hispanoamericanos dormitan en 
la época colonial, produciendo lo estrictamente necesa- 
rio para su mantenimiento, y luego de su independencia 
dormitan igualmente bajo el pie de valerosos déspotas 
que reemplazan con una tiranía inmediata y tangi- 
ble la mansurrona y perezosa de la metrópoli. Y todo 
sigue así hasta que aparece el nuevo dios... El dinero, 
el vil dinero, maldecido por los poetas, arriba á sus cos- 
tas, y entonces únicamente es cuando se transforma todo 
en unas docenas de años. 

La locomotora avanzaba sobre el suelo virgen antes 
que el arado; las estaciones surgían en el desierto como 
postes indicadores de futuros pueblos; el buque de vapor 
estaba pronto en la rada para llevarse el sobrante de 
las cosechas á otro lugar del globo; el exiguo mercado 



LOS ARGONAUTAS 209 

consumidor tímido y mísero se agrandaba basta ser un 
productor gigantesco; los grupitos de emigrantes que 
cada dos meses llegaban en un bergantín como gota 
suelta de vida, eran reemplazados por pueblos enteros, 
que volcaban los trasatlánticos diariamente en la tierra 
nueva... 

—Y toda esa revolución — continuó Maltrana— la han 
hecho y la siguen haciendo los apóstoles misteriosos de 
mi dios; esos magos que se ocultan en un despacho aus- 
tero de la City de Londres, en un piso vigésimo de 
Nueva York ó en cualquiera avenida elegante de París 
ó Berlín. 

— ¡El dinero! — exclamó Ojeda con despectiva expre- 
sión — . El dinero no es más que un medio y ha existido 
siempre. La actividad humana, el progreso de la cien- 
cia, el afán de bienestar son los que han realizado jun- 
tos esas transformaciones maravillosas. Justamente, esa 
América colonial y dormitante de la que usted habla, 
fué una gran productora de dinero. Acuérdese del Po- 
tosí y otras minas célebres que cargaron los galeones 
españoles de barras preciosas durante siglos. ¿Y de qué 
nos sirvió tanto dinero?... Fué nuestra muerte. 

Maltrana protestó: su dinero no era ese. El hablaba 
del dinero moderno, del dinero animado por la vida, 
alado é inteligente, incapaz de sufrir encierro alguno, 
dando sin cesar la vuelta al mundo, penetrando en todas 
partes en forma de papel, irresistible y triunfador bajo 
el misterio de los caracteres impresos, lo mismo que el 
pensamiento humano. 

Este dinero omnipotente aun no contaba un siglo de 
existencia. Su vida no iba más allá de la de un hombre 
octogenario. Cierto era que había existido siempre, pero 
antes del avatar victorioso que le hizo señor del mundo, 
su vida se arrastraba vergonzosa entre desprecios y vi- 
lezas. Pluto era un dios sombrío y cobarde, amarillo y 
macilento como el oro enterrado. Las religiones lo em- 
parentaban con el diablo, viendo en la riqueza una ten- 
tación. El hombre perfecto era en todos los pueblos el 
asceta roído por la miseria, insensible á las grandezas 
terrenales. Multiplicar el oro se tenía por empresa de 
mercaderes relegados á las últimas capas de la sociedad. 

14 



210 V. BLASCO IBÁÑEZ 

La manera noble de conquistarlo era lanza en ristre en 
medio de un camino, desvalijando á las caravanas ó 
entrando á saco en las ciudades tomadas por asalto. El 
precioso metal, buscado en secreto y despreciado en pú- 
blico, no tenía otro empleo que el préstamo y la usura, 
atrayendo crímenes y maldiciones. 

Ocultábase en escondrijos subterráneos, temeroso de 
la luz, como los reprobos de una religión vergonzosa. 
Era pesado y voluminoso en el encierro de sus bolsas y 
no podía moverse más allá del grupo urbano donde lo 
había amasado el ahorro. Los que se dedicaban á su ma- 
nejo, parecían afligidos de una enfermedad mortal: ama- 
rilleaban con la zozobra, temblando á cada paso, como 
si el aire se poblase de enemigos. Las muchedumbres 
famélicas creían remediar sus males entrando á degüello 
en los barrios poblados por los sórdidos devotos del dios 
amarillo; los grandes señores en sus apuros moneta- 
rios ahorcaban á los negociantes para reunir fondos. Y 
al dulciñcarse las costumbres, no por esto llegaba á bo- 
rrarse el estigma con que estaban marcados los sacerdo- 
tes del oro. Se les adulaba en momentos de angustia, y 
se les repelía luego con el pie en nombre de la caballe- 
rosidad y la nobleza de alma. 

— Pero un día el aprovechamiento del vapor cambió la 
faz del mundo. Casi ha sido en nuestra época: hemos 
conocido personas que presenciaron esta gran revolu- 
ción, la más trascendental y positiva de todas. Existía 
la locomotora y había que fabricar miles y miles, abrién- 
dola caminos por todo el planeta. La máquina industrial 
no cabía en los pequeños talleres de familia, y era pre- 
ciso construir monstruosos ediñcios, más grandes que las 
catedrales y los templos del paganismo. Ningún mo- 
narca ni potentado era capaz de acometer individual- 
mente esta empresa gigantesca... Entonces el dios ama- 
rillo cambió de forma, saliendo majestuoso y triunfador 
como el sol, de la hopalanda del usurero que le había 
tenido oculto. En su glorioso despertar ya no fué metá- 
lico, pesado é individual; no vivió más en su escondrijo 
de terror, y reunió á las muchedumbres para la obra 
común por medio de esos documentos que llaman accio- 
nes y obligaciones. El papel, que es el ala del pensa- 



LOS ARGONAUTAS 211 

miento moderno, fué el signo de su poder. Hombres que 
no habían salido más allá de las afueras de su pueblo, 
entregaron los ahorros para trabajos titánicos que se 
realizaban al otro lado del planeta. Valerosos capitanes 
de escritorio, poetas de la aritmética, con el atrevimiento 
de los conquistadores pusiéronse al frente de estos ejér- 
citos de soldados anónimos, á los que no conocerán 
nunca... Y en ochenta años han hecho suyo el mundo, 
como no lo dominó ningún ambicioso ilustre. 

Maltrana hablaba con tono oratorio del gran milagro 
del dinero moderno. El globo estaba erizado de chime- 
neas; las inmensidades del Océano ofrecían siempre en 
el horizonte un punto negro y una nubecilla de humo; 
cascadas y ríos creaban al rodar fuerza y luz; las gran- 
des barreras de piedra que llegaban á las nubes, sentían 
perforadas sus entrañas por un rosario de hormigas fé- 
rreas resbalando sobre cintas de acero; en las obscuri- 
dades submarinas vibraban como bordones inteligentes 
los cables conductores del pensamiento; fuerzas miste- 
riosas y hostiles trabajaban esclavizadas para el bienes- 
tar común; las antiguas hambres habían desaparecido 
gracias á las flotas inmensas que surcaban á todas horas 
el Océano, compensando con el sobrante de unos pueblos 
la carestía de otros; el hombre, hastiado de su reciente 
señorío sobre la costra terráquea, se lanzaba en el espa- 
cio, aprendiendo á volar. 

— Y todo esto, amigo Ojeda, es el milagro de mi dios. 
Dirá usted que es obra del hombre; pero el hombre sin 
la esperanza del dinero haría muy poco en el presente 
régimen social. Nadie realiza trabajos penosos por gusto; 
nadie expone su vida gratuitamente en empresas sin 
gloria. Si usted le dice al que perfora un túnel ó levanta 
un terraplén sobre un pantano que está sirviendo á sus 
semejantes y merece por esto gratitud, se encogerá de 
hombros. El sufre y pena para que mi dios le recompen- 
se inmediatamente. Y si mi dios le falta, abandona la 
labor, sin importarle gran cosa lo sublime de su traba- 
jo... Abra los ojos, Fernando, y no sea impío con la gran 
divinidad de nuestra época. Los antiguos dioses se de- 
claran vencidos por él y le adulan y temen. El despre- 
ciado Pluto, cornudo y triste en otros tiempos como un 



212 V. BLASCO IBÁÑEZ 

macho cabrío, ocupa ahora el trono del noble Zeus, de- 
clarado inútil. Apolo y Marte hablan mal de él, lamen- 
tando la pérdida de su antigua majestad, pero esta mur- 
muración es á espaldas suyas, pues apenas mi dios fija 
en ellos sus ojos de oro, el uno le ofrece la espada para 
sostenimiento del santo orden, sin el cual no hay buenos 
negocios, y el otro preludia en el arpa un himno en su 
honor á tanto la estrofa. 

Ojeda rió francamente de estas palabras. 

— Hércules y Vulcano — continuó Isidro — , dos brutos 
bonachones, le siguen como perros fieles. El héroe forzu- 
do lleva bajo sus biceps los cartuchos de dinamita con 
los que hacer volar istmos y montañas, y el herrero tuerto 
martillea día y noche para servir los incesantes pedidos 
de su señor... Mercurio el trapacero, que robó descansa- 
damente durante siglos detrás de los mostradores, hace 
ahora antesala en los Bancos y se quita con humildad el 
capacete con alas para suplicar al gerente el descuento de 
un pagaré... Hasta la caprichosa Venus hace salir de su 
alcoba por la puerta de escape como entretenidos ver- 
gonzosos á sus antiguos amantes olímpicos, y abre luego 
de par en par la puerta de honor para que entre por ella 
el dios despreciado. 

— Pero á usted le ha tratado mal ese dios— dijo Ojeda 
burlonamente — . Usted ha vivido siempre en la pobreza. 

— Mi dios no me conoce, no conoce á nadie. Es ciego 
y S'' 'o para los humanos como todas las fuerzas de la 
Naturaleza. El volcán erupta su fuego sin importarle 
que los hombres hayan levantado un pueblo en su falda: 
ríos y mares se desbordan sin enterarse de que unos seres 
ínfimos han creado sus hormigueros en las arrugas que 
les sirven de vallas: la tierra, cuando desea temblar, no 
pide permiso á los parásitos que anidan en su epider- 
mis... El dios ignora nuestra existencia: la humanidad 
sólo figura como los ceros en sus altas combinaciones 
aritméticas. Por eso cuando se le ocurre echar bendicio- 
nes caen éstas casi siempre sobre los brutos con suerte ó 
los maliciosos que las agarran al paso. Y cuando reparte 
golpes, son verdaderos palos de ciego que llueven irre- 
misiblemente sobre los inocentes... Pero este dios, como 
todas las divinidades, tiene una iglesia que piensa por 



LOS ARGONAUTAS 213 

él y administra sus intereses: la iglesia de los grandes 
millonarios, directores del mundo. Y yo me he embar- 
cado para cambiar de vida, para intentar la conquista 
de la riqueza, para entrar en esa iglesia aunque sea 
de simple monaguillo y ver de cerca los misterios de la 
sacristía. 

Fernando se encogió de hombros al hablar de la ri- 
queza. Para ser feliz, le bastaba al hombre con tener 
asegurada la satisfacción de sus necesidades. El, por des- 
gracia, necesitaba más que otros para una existencia 
tranquila; pero apenas hubiese conquistado lo que juz- 
gaba indispensable, pensaba huir de la pelea por el 
dinero. La vida ofrece ocupaciones más nobles. 

— Es que usted, poeta — dijo Maltrana — , no conoce la 
poesía grandiosa que emana del dinero manejado por 
un hombre de genio. Todas las fantasías poéticas, por 
bellas que parezcan, resultan frías é infecundas como 
los placeres solitarios. Es más hermosa la acción, el 
abrazo de los hechos, el estrujón carnal de la realidad. 
Yo admiro á esos demiurgos modernos, que cuando fijan 
su atención en un desierto del mapa, lo transforman 
desde su escritorio en unos cuantos años, y si alguna vez 
se dignan ir á él encuentran ferrocarriles, ciudades, mu- 
chedumbres bien vestidas, y pueden decir: «Esto lo he 
hecho yo, esto es mi obra.» Una satisfacción que envi- 
dio: un motivo de orgullo más verdadero que el haber 
imaginado un gran poema. 

— Maltrana, no diga disparates — interrumpió Ojeda 
algo amoscado — . Aunque, en verdad, no sé por qué 
hago caso de sus afirmaciones. Mañana dirá usted todo 
lo contrario. Cada vez que hemos hablado en Madrid de- 
fendía usted una opinión diversa... Conozco esta enfer- 
medad de la gente pensante. Usted, á quien he visto 
casi anarquista, rompe ahora en himnos á la riqueza, 
sólo porque cree ir camino de conquistarla en un país 
nuevo... Se engaña usted, Isidro. Cuando lleguemos allá 
se convencerá de que el trabajo representa tanto ó más 
que el capital. Sus paradojas pueden tener algo de vero- 
símil en la vieja Europa, donde abundan los brazos. 
Pero en las llanuras americanas, que están casi despo- 
bladas, se enterará de lo que vale el hombre y de cómo 



214 V. BLASCO IBÁÑEZ 

el dinero no puede nada cuando le falta su auxilio... 
Además, yo desprecio el dinero, ¿se entera usted? Lo 
busco porque lo necesito, pero de ahí á rendirle un culto 
religioso hay mucha distancia. Es algo que nos envilece 
y achica, y si fuese posible suprimirlo, la humanidad 
viviría mejor. jLos crímenes que comete ese capital, tan 
adorado por usted, para agrandarse y triunfar en sus 
empeños! 

Ahora fué Maltrana el que rompió á reir. 

— ¡Poeta sensible y de vista corta!... Esperaba de un 
momento á otro su objeción. ¡Los crímenes que comete 
el capital en sus grandes empresas mundiales!... Sí, los 
reconozco: son los mismos crímenes de los grandes con- 
quistadores que han trastornado el curso de la historia; 
los crímenes de las revoluciones que nos dieron la liber- 
tad. El hombre pasa y la obra queda. Poco importa que 
caigan algunos si su muerte beneficia á todos los huma- 
nos... Además, lo que hoy aparece como un crimen es 
mañana un sacrificio heroico... 

Quedó silencioso unos instantes, como si buscase un 
ejemplo, y luego añadió: 

— Hace poco han terminado en el interior de la Amé- 
rica ecuatorial un ferrocarril á través de tierras inex- 
ploradas, pantanos en los que duerme la muerte, bos- 
ques inhospitalarios. Los trabajadores han caído á miles 
en esta obra: cada kilómetro tiene al lado un cementerio: 
las fiebres de la tierra removida, los reptiles veneno- 
sos, los caimanes de las ciénagas, han matado más hom- 
bres que en una batalla. Las familias de los muertos y 
las almas sensibles prorrumpieron en alaridos de indig- 
nación contra la compañía constructora. «Explotadores 
sin conciencia, que por hacer un buen negocio y aumen- 
tar sus dividendos llevan los hombres como bestias al 
matadero.» Y tenían razón; su protesta era justa. Decían 
la verdad. Pero los capitalistas, que viven lejos y tal 
vez no se molestarán nunca yendo á contemplar esta 
obra suya, pueden responder desde sus escritorios: «Gra- 
cias á nuestra audacia fría y dura, los hombres tienen 
un camino para llegar á países nuevos que guardan enor- 
mes riquezas. Hemos puesto en comunicación con el 
resto del mundo las entrañas olvidadas de todo un con- 



LOS ARGONAUTAkS 216 

tinente.» Y también ellos tienen razón; también dicen la 
verdad... Porque ya sabe usted, Ojeda, que eso de la 
verdad única é indiscutible es una ilusión humana. 
Cada uno tiene la suya. Existen en nosotros tantas ver- 
dades como intereses. 

Ojeda permaneció silencioso, como si no le interesase 
contradecir á su amigo, y éste continuó: 

— La literatura es la culpable de ese desprecio que 
muestran por el dinero todos los que son incapaces 
de conquistarlo. Quiere educar al vulgo y emplea para 
ello ideas viejas, patrones que se cortaron hace siglos. 
Todo novelista que se respeta, todo dramaturgo que 
posee el secreto de hacer patalear de entusiasmo al pú- 
blico, no conoce vacilaciones al graduar la simpatía 
a':ractiva de sus personajes. El hombre funesto, el «trai- 
dor» de la obra, ya se sabe que debe ser un rico, un 
manipulador de caudales; y si ostenta el título de ban- 
quero, mejor que mejor. Los banqueros tienen asegurado 
en las obras literarias un éxito de odio y de rechifla. 
Los personajes simpáticos son pobres y dicen cosas muy 
hermosas sobre las infamias del «vil metal» y la necesi- 
dad de idealizar la vida. 

El arte literario sólo había dispuesto, según Maltrana, 
de cuatro resortes para mover sus criaturas: el amor, el 
odio, el hambre y el miedo. El dinero se mostraba alguna 
vez en ciertos autores, pero como un accesorio, como un 
telón negro, para que se destacasen mejor las figuras de 
los personajes simpáticos. El amor, con sus combina- 
ciones y conflictos, innumerables y siempre iguales, era 
el que llenaba por entero libros y comedias. 

— Y así llevamos siglos sin enterarnos de que en el 
mundo hay algo más que el amor: y hasta los más bobos 
empiezan á cansarse de tanto papel impreso y tantas 
salas iluminadas para hacernos conocer las angustias y 
conflictos de dos seres que quieren acostarse juntos y no 
encuentran el medio, ó las crisis de alma de una señora 
que desea faltarle á su marido y no sabe cómo empe- 
zar... No; en el mundo el amor no lo es todo. Le dedica- 
mos algunas horas de nuestra existencia — que por cierto 
no resultan las más despreciables — , pero más tiempo 
nos lleva la preocupación del dinero y la lucha titánica 



216 V. BLASCO IBÁÑBZ 

por conquistarlo. Si la literatura fuese un reflejo de nues- 
tra existencia y no un entretenimiento halagador para 
los ociosos, hace años que ñguraría en ella como elemen- 
to principal el dinero moderno, que ha creado una aris- 
tocracia de la voluntad, unos héroes más nobles é in- 
teresantes que esos galanes pobres que lloriquean de 
amor, dicen palabras bonitas y son incapaces de ganar 
un poco de plata para que la señora de sus pensamien- 
tos viva con mayores comodidades. 

— Siga usted — dijo Fernando — . Creo estar en Madrid, 
en un estudio de pintor, en un saloncillo del Ateneo, en 
una tertulia de café... Ésto me rejuvenece. 

— Ríase, pero sepa que me da rabia la hipocresía de 
los «sacerdotes del ideal» que maldicen el dinero en 
público y luego corren tras él como un cobrador de 
Banco. Aun quedan algunos solitarios que escriben como 
cantan los pájaros, sin importarles lo que ello pueda 
valerles. Pero éstos no cuentan para nada, y poco á poco 
caen en el olvido. Hoy la fama literaria se aprecia por 
el número de representaciones y la cantidad de volúme- 
nes: ó lo que es lo mismo, por el dinero que percibe el 
autor. Antes de escribir se consulta el gusto del vulgo 
para que la tirada del libro sea grande ó la sala de es- 
pectáculos esté repleta muchas noches. Y luego estos 
inventores de sonoras maldiciones al dios amarillo, 
cuando llega el ajuste de cuentas con el editor ó el em- 
presario son capaces de andar á cachetes por peseta más 
ó menos... No, Ojeda; yo prefiero la franqueza brutal. 
El dinero es vil, pero solamente para aquellos que no lo 
poseen. A mí, pobre siervo déla pluma, me ha hecho 
cometer grandes bajezas. Un día he escrito una cosa y 
meses después por unas pesetas más he pasado á la casa 
de enfrente para escribir todo lo contrario. Por eso 
quiero hacerlo mío: para sentirme digno y libre por 
primera vez en mi existencia. Mi dios se venga de los 
que le llaman vil sometiéndolos á la humillación, que es 
el mayor de los envilecimientos. 

Miró á Ojeda largamente con extrañeza, y luego con- 
tinuó: 

— ¡Y que un hombre de su talento no crea que el di- 
nero es móvil de las más grandes acciones!... Acuérdese 



LOS ARaONAUTAR 217 

de los primeros navegantes que rasgaron los misterios 
del mar: de nuestros respetables abuelos los argonautas. 
Ellos realizaron hace docenas de siglos lo que usted y 
yo buscamos abora. Iban á la conquista del Vellocino de 
Oro; lo mismo que nosotros, argonautas con pantalones, 
al meternos en este buque... Y cuando el navio Argos 
estaba á punto de zarpar, el primero que saltó en él con 
la lira á cuestas fué Orfeo, el divino cantor, el primero 
de los poetas conocidos. Usted me dirá que iba para ver 
cosas maravillosas, tentado por la novedad heroica de la 
aventura, y yo que conozco la vida le diré que iba por 
todo eso y además por tocar su parte cuando llegase el 
momento de distribuir las ganancias de la expedición... 
Y lo mismo pensaron los románticos caballeros vestidos 
de hierro que cabalgaban en las Cruzadas huyendo de 
sus castillejos hipotecados á los usureros germánicos y 
francos. «¡Jerusalén! ¡Vamos á libertar el sepulcro de 
Cristo!» Pero una vez realizada la conquista, por no se- 
pararse más del dichoso sepulcro ampliaron el círculo 
de sus correrías, cortando el terreno de los vencidos en 
condados y reinos, y se dieron una vida de sátrapas 
orientales como no la habían podido soñar en sus magras 
tierrecillas de Europa. 

El recuerdo de Colón surgió en la memoria de Mal- 
trana. 

— Ya sabe usted — continuó— cuál era el ensueño de 
nuestro amigo don Cristóbal al ir como solicitante detrás 
de la corte de los Eeyes Católicos. Figúrese las decep- 
ciones y desalientos que sufriría durante ocho años, 
cuando monarcas y ministros, ocupados en guerras 
inmediatas, no podían escucharle. Al volver á su aloja- 
miento veía el oro del Gran Kan, las flotas de Salomón, 
las riquezas de Marco Polo, tesoros maravillosos en los 
que algún día hincaría el diente, y esto bastaba para que 
su ánimo se reconfortase, insistiendo en la demanda... 
Créame, Ojeda; el dinero es el móvil de las grandes ac- 
ciones, el compañero de los ensueños sublimes, la últi- 
ma finalidad de los mayores idealismos. Mire á esas 
gentes que tenemos á nuestros pies. Van en busca del di- 
nero de un extremo á otro del globo. ¿Y cree usted que 
no sueñan? ¿Se imagina usted que en su peregrinación 



218 V. BLASCO IBÁÑEZ 

hacia el pan no hay mucho de ilusión, de idealismo?... 
Ojeda movió la cabeza afirmativamente. 

— En eso dice usted verdad. Algunas noches, al aso- 
marme á esta baranda, me fijo en los emigrantes que 
duermen al aire libre huyendo del calor de los sollados. 
Ofrecen el aspecto de un campamento, y por esto tal 
vez viene á mi memoria el recuerdo de los granaderos 
de Napoleón, que no eran más que simples soldados, 
pero al dormir sobre la tierra dura veían desfilar en 
sus ensueños toda clase de grandezas. Cada uno creía 
llevar en su mochila el bastón de mariscal, y esto bas- 
taba para que corrieran sin cansancio toda Europa de 
combate en combate. Estos son lo mismo: la santa ilusión 
borra en ellos la duda y el desaliento. Todos guardan 
en su hato de ropa el título de millonario futuro... Si el 
granadero sentía vacilante su fe, le bastaba mirar al 
mariscal cubierto de oro, que había sido soldado lo mis- 
mo que él. Cuando los emigrantes dudan, no tienen 
más que acordarse de tantos y tantos ricos que hicieron 
su primer viaje igual ó peor que ellos. En este mismo bu- 
que pueden ver ejemplos que reanimen su energía... 

i Los milagros de la ilusión! Muchos de aquellos hom- 
bres habían trabajado otra vez en América, huyendo 
luego desalentados. Preferían la miseria en la patria á 
la vida vagabunda del peón en el nuevo mundo, y al 
volver á su país besaban el suelo con transportes de en- 
tusiasmo, jurando morir en él: «América para los ame- 
ricanos. No los engañarían más...» Pero al poco tiempo 
los mismos relatos que los habían enardecido antes del 
primer viaje volvían á morder con profunda mella sus 
imaginaciones simples. La América odiosa se transfor- 
maba é iluminaba, recobrando los dulces colores de la 
prístina visión. Tal vez habían huido demasiado pronto; 
tal vez atribuían injustamente al país culpas que sólo 
eran de ellos. La prosperidad de los que se habían que- 
dado allá les irritaba como un error. 

—Olvidan pronto lo que sufrieron— continuó Fernan- 
do — , para recordar únicamente las contadas horas de fe- 
licidad. Sucesos insignificantes y casi olvidados reapare- 
cen en su memoria como ocasiones de fortuna torpemente 
despreciadas. «Yo pude ser rico— dicen en su pueblo—. 



LOS ARGONAUTAS 219 

pero tuve mucha prisa en volver.» Y acaban por creerlo 
á ojos cerrados, y el deseo de regresar á la tierra de la 
esperanza es cada vez más imperioso, hasta que al fin se 
embarcan con iguales ó mayores ilusiones que la pri- 
mera vez... Y allá van revueltos con los neófitos de la 
emigración, y ellos, los desengañados y maldicientes 
de poco antes, son ahora lo mismo que los veteranos que 
reaniman á los reclutas en las veladas del vivac con 
hiperbólicas historias. 

— Yo creo — dijo Maltrana — que si el curioso Diablo 
Cojuelo, que levantaba los tejados de los edificios, pu- 
diera mostrarnos lo que encubren las tapas de esos crá- 
neos, leeríamos en todos ellos lo mismo: «Buenos Aires... 
Buenos Aires.» 

— Así es... iQué poder de ilusión tiene este nombre!... 
Todos al repetirlo ven la ciudad-esperanza, la tierra del 
bienestar, la Sión moderna. 

Ojeda, con su lírico entusiasmo, reconstruía los pen- 
samientos de la muchedumbre cosmopolita que iba hacia 
el Sur tendiendo las manos tras el aleteo de la diosa 
sin cabeza. 

Este nombre circulaba como una música por el mun- 
do viejo, despertando las almas adormecidas. Las razas 
sin patria y los pueblos cansados de tenerla sentían 
un rejuvenecimiento al pensar en aquel país de mara- 
villas, donde se realizaban asombrosas transmutacio- 
nes. El holgazán sentíase activo; el apático se agitaba 
con entusiasmos optimistas; el oprimido por la estrechez 
del ambiente natal rompía su quiste de rutinas con sú- 
bito enardecimiento. Muchos iban allá llamados y acon- 
sejados por otros compatriotas que les habían precedi- 
do... pero ¿y los que marchaban á la ventura, faltos de 
amistades, sin conocer el idioma, sabiendo únicamente 
repetir con enfermiza tenacidad: «Buenos Aires... Bue- 
nos Aires»?... ¿Quién les había enseñado el nombre? 
¿Qué encanto era el de estas sílabas que hacían avanzar 
á las lejanas muchedumbres, confiándose al gesto bueno 
ó malo del destino?... 

Admiraba Ojeda el fuerte tirón con que este conjuro 
de esperanza había arrancado á los grupos humanos 
enraizados por la historia en lugares distintos del pía- 



220 V. BLASCO IBÁÑEZ 

neta. «¡Buenos Aires!», murmuraba el viento de las no- 
ches invernales al colarse por el cañón de la chimenea 
en el hogar campestre, donde la familia española ó ita- 
liana maldecía el embargo de sus campichuelos y la 
escasez del pan; «¡Buenos Aires!», mugía el vendaval 
cargado de copos de nieve al filtrarse por entre los ma- 
deros de la isba rusa; «¡Buenos Aires!», escribía el sol 
con arabescos de luz en los calizos muros de la calle- 
juela oriental para el árabe en medrosa servidumbre; 
«¡Buenos Aires!», crujían las alas de oro de la ilusión 
al volar de reverbero en reverbero por los desiertos 
bulevares de una metrópoli dormida, ante los pasos del 
señorito arruinado y el bachiller sin hogar que piensan 
en matarse á la mañana siguiente. 

Y todos, sin distinción de razas y clases, fuertes y 
humildes, ignorantes é inteligentes, al eco de este nom- 
bre veían alzarse en el paisaje de su fantasía, bañada 
por el resplandor de la esperanza, una mujer de porte 
majestuoso, blanca y azul como las vírgenes de Murillo, 
con el purpureo gorro símbolo de libertad sobre la suelta 
cabellera; una matrona que sonreía, abriendo los brazos 
fuertes, dejando caer de sus labios palabras amorosas: 

— Venid á mí los que tenéis hambre de pan y sed de 
tranquilidad; venid á mí los que llegasteis tarde á un 
mundo viejo y repleto. Mi hogar es grande y no lo cons- 
truyó el egoísmo: mi casa está abierta á todas las razas 
de la tierra, á todos los hombres de buena voluntad. 

Maltrana interrumpió la lírica evocación de su ami- 
go con irónico entusiasmo: 

— Muy bien dicho, poeta. ¡Muy hermoso! Que la ma- 
trona azul y blanca no nos haga concebir falsas ilusio- 
nes... que de cerca nos parezca tan hermosa como de 
lejos... Que así sea. Amén. 



VI 



— ¿Qué día es hoy? ¿viernes?... ¿sábado? He perdido 
la cuenta del tiempo que llevo en el buque. Los días son 
dobles... dobles, no; triples. Desde que despertamos 
hasta el almuerzo, un día; del almuerzo á la comida, 
otro, y de la comida á la hora de dormir el día más largo 
para algunos, pues lo prolongan hasta que sale el sol... 
i Y siempre las mismas caras! Vemos las mismas personas 
cien veces al día. Parece que nos conocemos desde que 
nacimos... Dígame, Manzanares, ¿en qué día estamos? 

Era Maltrana el que hacía la pregunta en las prime- 
ras horas de la mañana caminando por la cubierta de 
paseo con el comerciante español. La calle de estribor 
estaba inundada de luz; la de babor guardaba la hume- 
dad del mangueo reciente con una fresca penumbra de 
galería subterránea. 

Corría la sombra del buque sobre las aguas unidas 
y tranquilas, como una silueta chinesca. En su lomo 
se marcaban los perfiles de botes y pescantes y la masa 
cuadrangular de la chimenea. Tendíase el Océano en 
calma hasta lo infinito, sin una ondulación, con el verde 
esmeralda de los mares tropicales, denso y adormecido. 
No había en él otras espumas que las dos láminas bur- 
bujeantes que levantaba la proa al arar su superficie. De 
vez en cuando de las aguas removidas surgía un enjam- 
bre de peces voladores. Aleteaban lo mismo que enor- 
mes libélulas: abríase su tropa en varias direcciones for- 
mando abanico, y así volaban á gran distancia á ras del 
Océano, trazando sobre él rectos y sutiles surcos, hasta 
que el cansancio de la fuga los obligaba á sumergirse 
de nuevo. 

Junto á los tabiques de la cubierta alineábanse los 



222 V. BLASCO IBÁÑBZ 

sillones de los pasajeros, pero con una alineación capri- 
chosa, mostrando en lo alto de los respaldos los nom- 
bres de sus dueños escritos en tarjetas. Esta rotulación 
parecía darles una personalidad, un alma. Permanecían 
agrupados ó solos, tal como los habían dejado sus posee- 
dores el día anterior. Unos parecían seguir mudamente 
las conversaciones interrumpidas de sus amos; otros se 
mantenían apartados con timidez ó con orgullo. 

Maltrana pensaba en las altas horas de la noche, ho- 
ras de misterio y de silencio, cuando todos estos arma- 
tostes de madera ó junco, ventrudos, echados atrás con 
orgullo y ostentando la fe de bautismo en lo alto de la 
testa, se quedaban solos bajo la fría luz de las ampollas 
eléctricas, teniendo enfrente las tinieblas del mar. Des- 
cansaban de crujir y dilatarse con el peso de sus señores; 
se emancipaban por el espacio de mxCdia noche de la gra- 
vitante servidumbre; llegaba para ellos la hora de la 
libertad; pero semejantes á los hombres que al creerse 
salvados por una revolución no hacen más que parodiar 
á sus antiguos opresores, los sillones repetían en su des- 
canso los actos y gestos de sus dueños. 

Uno alto, de madera robusta, con una manta escocesa 
olvidada en su regazo, rozábase con otro de junco, es- 
belto y elegante, que tenía un cojín lujoso en el asiento. 
Parecían requebrarse, continuando silenciosamente las 
conversaciones á media voz cruzadas durante el día. Los 
asientos sueltos insistían tal vez en las meditaciones de 
cifras y negocios que los habían impregnado espiritual- 
mente durante las horas de luz, ó miraban con lástima 
á sus compañeros reunidos con arreglo á las tertulias 
maldicientes ó las atracciones del amor. «Vanidad de 
vanidades...» Maltrana se fijó en algunos más anchos y 
profundos, que parecían tener las entrañas quebranta- 
das, inseguros sobre sus pies, con cierto aire de despan- 
zurramiento. Eran de la señora de Goy cochea y otras 
nobles matronas de majestad paquidérmica. «¡Pobreci- 
tos!» Creyó ver en ellos gañanes tendidos, con los remos 
abiertos, respirando jadeantes después de la dura labor; 
cargadores en mangas de camisa que se limpiaban, rene- 
gando, la humedad de la frente luego de haber llevado 
un piano á cuestas. 



LOS ARGONAUTAS 223 

— Hoy es viernes — contestó Manzanares — ; anteayer 
salimos de Tenerife. . . También á mí me parecen dobles ó 
triples los días que llevamos aquí. ;Y los que nos faltan 
aún para llegar!... Esta tarde, según dice el capitán, 
veremos de lejos las islas de Cabo Verde... El lunes 
pasaremos la línea. El viaje no puede presentarse me- 
jor: una lindura... Mire usted qué mar. 

Se detuvieron un instante para seguir con ojos rego- 
cijados el aleteo de los peces voladores. 

— Un mar de romanza — dijo Maltrana — . Da gusto 
vivir. ¡Qué color! ¡qué luz!... Parece una luz de teatro; 
el resplandor dorado de una «apoteosis final». jY qué 
aire! (Respiraba, entornando los ojos, con ansiosa de- 
lectación.) Algo nos aburrimos, pero hay que reconocer 
que esta vida es hermosa. Siento deseos de cantar: me 
vienen á la memoria todas las cancioncillas dulzonas 
del golfo de Ñapóles. 

Y con gran escándalo de Manzanares comenzó á en- 
tonar á todo pulmón una romanza. Unos marineros que 
pintaban de blanco las tuberías para el riego de la 
cubierta, volvieron la cabeza, riendo con simplicidad 
infantil. 

—Pero hombre, ¡cállese!— protestó el comerciante—, 
¿Y usted va á Buenos Aires á hacer fortuna?... Lo pri- 
mero es ser hombre serio para inspirar confianza. Nadie 
da crédito á la firma de un cantor. ¡No sea loco!... ¡To- 
das las gentes de pluma son lo mismo! 

—Manzanares, estoy contento de vivir. Me siento más 
joven... Usted también parece que se remoza. Ayer le 
pillé en conversación con una de esas francesas. Estaba 
apoyado en la baranda, mirando al mar, pero hablaba 
con ella al mismo tiempo, en voz baja, como quien no 
hace nada. 

— Hombre, yo soy casado— protestó Manzanares—. 
No haga malas suposiciones: yo no pienso ya en esas 
cosas. 

Pero Maltrana insistió. Le gustaba la francesa y 
tampoco le parecía mal Conchita, aquella compatriota 
que iba sola á Buenos Aires. 

—¡Un hombre de mi edad!— exclamó Manzanares—. 
¡Y con el estómago perdido!... Esa Conchita es una 



224 V. BLASCO IBÁÑEZ 

muchacha decente: no hay más que verla: una señori- 
ta. No sea loco, Maltrana. Todos ustedes los de pluma 
son unos perdidos y creen iguales á los demás. 

—¿Y París? ¿Y sus idas de noche á Montmartre?... 
Acuérdese como entretenía la otra tarde á Goycochea 
y Montaner contándoles sus buenas fortunas... Apuesto 
cualquiera cosa á que si me deja entrar en su camarote 
encuentro un paquete de fotografías comprometedoras 
y de cartas de amor. 

— No sea loco: no haga juicios temerarios. Deje en paz 
á las personas tranquilas. 

Pero Manzanares decía esto con un tono de mansa 
protesta, brillando al mismo tiempo en sus ojos cierta 
satisfacción. 

— ;Ali, calavera hipócrita! — prosiguió Isidro — . Cuan- 
do estemos en Buenos Aires, iré un día á su estableci- 
miento de la calle Alsina para decirle á la señora de 
Manzanares quién es su marido... Así ]o haré, á menos 
que no me soborne con un par de botellas de champan. 

Una oleada verdosa se extendió por el rostro del 
comerciante. Brillaron hostilmente sus ojos, no sabien- 
do Isidro ciertamente si este furor era por su insolente 
amenaza ó por el convite propuesto. «Buenos días.» La 
culpa era de él que hablaba con locos. Y le volvió la es- 
palda, alejándose. 

Maltrana se dejó caer en un sillón. Sentíase cansado: 
este «querido amigo» sólo era generoso para caminar. 
Así estuvo mucho tiempo, frente al Océano que titilaba 
bajo el resplandor del sol, gozando de la sombra de la 
cubierta, incorporándose y llevando una mano á su go- 
rra cada vez que aparecía un nuevo paseante. Todos 
eran hombres y caminaban apresuradamente, dando la 
vuelta al castillo central, con la preocupación de com- 
batir el engruesamiento de la vida sedentaria. 

A estas horas las damas permanecían abajo todavía, 
en los camarotes y las salas de baño. Maltrana había 
sorprendido algunas veces las intimidades del arreglo 
matinal al transitar por los pasillos de las cubiertas in- 
feriores, tropezándose con mujeres envueltas en ki- 
monos y batones viejos que apresuraban el paso para 
refugiarse en sus camarotes, ocultando la cara como 



LOS ARGONAUTAS 225 

si temiesen ser reconocidas. Eran completamente dife- 
rentes de las que aparecían una hora después en el paseo. 
A veces Isidro sentía ciertas dudas al identificarlas. To- 
das se mostraban considerablemente empequeñecidas y 
de pesados movimientos al caminar sin el montaje de los 
tacones. Los pies ligeros, recogidos y saltones lo mismo 
que pájaros, en su encierro diurno, de tafilete ó de raso, 
eran ahora planos y deformes dentro de las claqueantes 
babuchas. Las carnes temblaban al moverse, conser- 
vando todavía la blandura y el suelto descuido de las 
horas de sueño. Las cabezas empequeñecidas y pobres 
de pelo mostraban unas mechas apelmazadas por la 
humedad reciente. Las caras tenían un tinte verdoso 
ó sanguinolento: las narices estaban enrojecidas en su 
vértice. 

Después de tales encuentros, evitaba Isidro el trán- 
sito por los corredores á esta hora matinal, temiendo el 
enojo de las señoras. Al verle luego en el paseo rehuían 
su saludo ó lo contestaban con sequedad, como si le 
hiciesen responsable de una falta de consideración... 
Pero el recuerdo de estas sorpresas le hacía sonreír con 
cierto orgallo. El había visto; podía juzgar; estaba en 
el secreto. Y encontraba interesante la vida de á bordo 
con este contacto promJscuo que impone una existencia 
común desarrollada en limitado espacio. 

Abandonó Maltrana su sillón al reconocer á dos se- 
ñoras que venían hacia él; las primeras que se mostra- 
ban en el paseo. «Conchita y doña Zobeida...» Y las 
saludó gorra en mano sonriendo obsequiosamente, pues 
doña Zobeida, á pesar de su modesto exterior, le ins- 
piraba una gran simpatía no exenta de lástima. Según 
él, esta señora, ya entrada en años, era más niña que 
todas las pequeñuelas rubias que corrían por el paseo 
con una muñeca en los brazos. 

El mayordomo, poco atento para su aspecto encogido 
y la pobreza de su traje negro, la había colocado en 
un camarote de dos personas, dándole por compañera 
á Concha, la muchacha de Madrid, «esta buena seño- 
rita», como la llamaba ella aun en los momentos de ma- 
yor intimidad. Regresaba á la tierra natal después de 
haber pasado unos meses en Holanda cerca de sus nietos. 

J5 



226 V, BLASCO IBÁÑEZ 

El marido de su hija era cónsul argentino y hacía años 
que vivía fuera del país. Por primera vez había salido 
la buena señora de su amada ciudad de Salta para ir 
en osada peregrinación más allá de los límites de la 
República, más allá del mar, á una tierra de la que re- 
gresaba con el ánimo desorientado, no atreviéndose á 
formular sus opiniones. ¡Y aquello era Europa!... Ella, en 
su asombro, no osaba hablar mal; todo la infundía res- 
peto; únicamente se quejaba de sus privaciones espiri- 
tuales. «Esas tierras, señor, no son para nosotros: las 
gentes tienen otras creencias. Hay que buscar donde 
oir una misa. No se encuentra un sacerdote que entienda 
nuestra lengua para confesarse con él.» Y el contento 
de regresar á su tierra de altas mesetas y vegetación tro- 
pical aminoraba la tristeza de dejar á sus espaldas á la 
hija única y los nietos. La habían rogado que se que- 
dase con ellos. ¡Ay! no: quien la sacase de Salta la ma- 
taba. Hablando con Isidro por vez primera le había he- 
cho el elogio de su ciudad. 

— Cuando Buenos Aires no era más que Buenos Aires 
á secas, una aldea mísera, nosotros éramos el reino del 
Tucumán. Los porteños, ahora tan orgullosos, datan de 
ayer, son en su mayor parte hijos de gringos emigrantes. 
Nosotros somos nobles. Usted que es español conocerá 
sin duda nuestro apellido. Vargas del Solar. Tenemos en 
España muchos parientes, condes y duques: un tío mío 
que se ocupaba de estas cosas mantenía corresponden- 
cia con ellos. Había reunido papeles antiguos de la 
familia, pero con las revoluciones y el haber venido á 
menos se olvidan estas cosas. Allá todavía nos llaman 
«los marqueses». Cuando usted venga á Salta verá en 
la puerta de nuestra casa un escudo de piedra. Otras 
casas también lo tienen... Pero usted, que es hombre 
que sabe mucho, según dice esta buena señorita (y 
señalaba á Concha), habrá leído lo que era Salta; sus 
ferias, á las que venían á comprar muías desde Chile, 
Bolivia y el Perú... Nadie hablaba entonces de los por- 
teños: todo nos lo llevá.bamos nosotros... Mi fínado el 
doctor, que tenía muchos libros, hablaba de estas cosas 
pasadas cuando le ponderaban el crecimiento de Buenos 
Aires. 



LOS AEaONAUTAS 227 

«Mi finado el doctor» era su marido, al que designa- 
ba por antonomasia con este título. Todo cuanto en el 
mundo puede decirse de verdad y de justa observación, 
lo había dicho el grave abogado de provincia, que á 
través de treinta años de viudez se le aparecía cada 
vez más grande, como la personificación de la sabidu- 
ría reposada y el buen sentido ecuánime. 

Sentíase atraído Maltrana por la sencillez de pala- 
bras y pensamientos de doña Zobeida y el pJre señorial 
con que acompañaba su modestia. Fijábase en su color 
un tanto cobrizo; en el brillo de sus ojos abultados, de 
córneas húmedas y dulce humildad en las pupilas, ojos 
semejantes á los de los huanacos de las altiplanicies 
andinescas; en el negro intenso de sus pelos fuertes y 
duros, que los años no podían manchar de blanco. 

No obstante el remoto cruzamiento indígena que 
emergía en esta Vargas del Solar, encontraba Isidro 
en toda su persona una rancia distinción española, un 
aire de dama acostumbrada al respeto desde el naci- 
miento, y que segura de su valía puede atreverse á ser 
familiar en el trato y sencilla en los gustos. «Esta doña 
Zobeida, medio india — pensaba Maltrana — , es una se- 
ñora de Burgos que luego de vigilar las compras de su 
criada en el mercado entra en una librería para pedir 
un devocionario «bien cumplido»; una gran dama de 
Cuenca ó de Teruel que por la tarde recibe su tertulia 
de canónigos y abogados viejos y toman juntos el cho- 
colate, hablando de la corrupción del mundo.» Estos 
recuerdos evocaban en su memoria á la vieja España, 
que había dejado huellas imborrables allí donde había 
descansado sus plantas, esparciendo las características 
de la personalidad nacional por todo el planeta, en las 
más diversas y apartadas regiones. 

La credulidad de ia buena señora expandíase en in- 
genuos asombros ante los embustes y exageraciones 
que se permitía Maltrana para estremecer su alma ino- 
cente. «;No diga! — exclamaba doña Zobeida — . ¡Vea!... 
iQué cosas!» Y cuando ella no estaba presente, Isi- 
dro prorrumpía en elogios de su carácter. Era para 
él la mejor persona de á bordo. Aquella mujer con nie- 
tos guardaba el alma de sus ocho años, incapaz de ere- 



228 V. BLASCO IBÁÑEZ 

cimiento y de evolución; y esta alma permanecía inmó- 
vil y dormida en el envoltorio de su inocencia crédula, lo 
mismo que los embriones humanos dignos de estudio 
que se conservan sumergidos en un bocal. 

Separada por su timidez de las compatriotas ele- 
gantes que venían en el buque, habíase unido con un 
afecto familiar á su compañera de camarote, «esta 
buena señorita», «esta pobre niña», que marchaba á un 
país desconocido sin más apoyo que vagas recomenda- 
ciones. Isidro, que conocía á Conchita de Madrid, se 
alarmó un tanto al verla en continuo trato con la ino- 
cente señora. Había vivido aquélla maritalmente duran- 
te algunos meses con un amigo suyo «compañero de la 
prensa»; luego la había encontrado de corista en un 
teatro por horas y en varias fiestas nocturnas ó mati- 
nales en los entresuelos de Fornos y en las Ventas. 

—Cuidado, niña, con doña Zobeida — había dicho al 
verse á solas con Concha — . Esa buena señora es una 
alma de Dios... A ver si metes la pata y la asustas con 
alguna de las tuyas. 

Pero la madrileña sentía también por la buena dama 
un cariño respetuoso. 

— La quiero mucho: ¡si es de lo más buena!... Algu- 
nas noches, antes de dormir, la acompaño á pasar el 
rosario en el camarote. Mira, chico, la quiero como si 
fuese mi madre... Y eso que yo no he conocido á mi 
madre. 

Esta mañana doña Zobeida saludó á Isidro con 
sonrisa tímida y miradas suplicantes. No se atrevía 
á formular un pensamiento que la había empujado 
hacia él, y anticipadamente imploraba perdón con sus 
ojos. 

— Hable usted de lo de anoche. Mista Zobeida — dijo 
Concha interrumpiendo á la buena señora en sus ala- 
banzas al mar y á la hermosura de la mañana, tópicos 
con cuyo desarrollo entretenía su timidez — . Isidro es 
un buen amigo... de lo más servicial. Yo le conozco 
desde que me llevaban al colegio. 

Mentía Concha con aplomo dando á sus amistades 
con Maltrana este remoto y puro origen, lo que propor- 
cionó á la buena señora una repentina confianza. Su 



LOS ARGONAUTAS 229 

joven compañera la llamaba Misiá sabiendo que este 
título honorífico, de origen criollo, le gustaba más por 
su sabor patriarcal y rancio que el Doña de origen pe- 
ninsular. 

—Yo no me atrevía — balbuceó la señora — . No me 
gusta molestar á nadie con mis cosas. Pero esta buena 
señorita me ha dicho quién es usted; que usted fué gran- 
de amigo de su papá y que sabe mucho... y las personas 
que saben mucho son siempre atentas con las que nada 
saben. Así era mi finado el doctor. 

Y á continuación de este exordio empezó su discurso 
por el final, mencionando la conversación de la noche 
anterior con «la buena señorita» de litera á litera, des- 
pués de haber rezado el rosario. Ya que aquel señor 
Maltrana era tan bueno, podía ayudarla en su pleito, 
la magna empresa de su vida y de la de todos los Vargas 
del Solar, el objetivo de sus ilusiones en las horas de 
recogimiento, la única petición que ingería en sus rezos 
por la felicidad de su hija y los nietecitos. 

— Vea, señor: se trata de cuatrocientas leguas; unas 
cuatrocientas leguas cuadradas que son nuestras y nun- 
ca acaban de entregárnoslas. 

Isidro abrió desmesuradamente los ojos con expre- 
sión de asombro y escándalo. ¿Sería una maniática aque- 
lla doña Zobeida?... 

— ¡Cuatrocientas leguas!... Pero eso es un Estado. Es 
casi una nación. 

La señora insistió tranquilamente en la cifra. Cua- 
trocientas leguas... ó tal vez fuesen más. No se habían 
mensurado, pero se extendían desde los Andes hasta 
cerca de Salta. Todos allá conocían el pleito de los Var- 
gas del Solar: hasta los papeles de Buenos Aires habían 
hablado de él en varias ocasiones. Si alguna vez iba 
don Isidro al Norte de la República, no tenía más que 
preguntar: el último arriero de los que pasan á Chile 
recuas de muías por la Cordillera, le daría razón. Las 
arrias caminaban semanas enteras por parajes desier- 
tos, en los cuales todavía se aparecían, rodeados de las 
fragorosas tempestades de los Andes, la Pachamama y 
el Tatacoquena, las dos divinidades indígenas anterio- 
res á la conquista española. Semejantes en todo á las 



230 V. BLASCO ibáñe:^ 

simples imaginaciones humanas qne los crearon, estos 
dioses son arrieros también y llevan tras de ellos recuas 
silenciosas de llamas cargadas con ricos fardos de coca, 
la ambrosía del paladar indiano. Y los trajinantes de la 
Cordillera, al navegar por este océano de tierra roja, pe- 
ñascos metálicos y dormidos lagos de borato, discernían 
con su justiciero espíritu la verdadera propiedad del 
largo camino. «Todo esto es de los Marqueses que viven 
en Salta.» Y los Marqueses eran los Vargas del Solar. 

— Es nuestro y muy nuestro — continuó Misiá Zobei- 
da — . Allá en nuestra casa guardamos los papeles. El 
pleito lo empezó mi finado tío, aquel que se carteaba 
con nuestros parientes de España, condes y duques, 
como ya le dije: y luego mi finado el doctor, que sabía 
mucho, consiguió una sentencia favorable. El campo es 
nuestro (aquí Maltrana sonreía oyendo llamar campo 
simplemente á cuatrocientas leguas); el gobierno de 
Salta ha reconocido que nos pertenece, pero los años 
pasan y no nos lo entrega. Vea, señor: la cosa no puede 
ser más seria: una donación del rey... del rey de las Es- 
pañas; un regalo que le hizo á uno de nuestros abuelos, 
el alférez Vargas del Solar. 

Se interrumpió doña Zobeida, mirando con timidez 
á Maltrana, como si temiese ofenderlo con sus aclara- 
ciones. 

— Usted, que sabe tanto, habrá comprendido que este 
alférez era un gran personaje y que le llamaban así no 
porque fuese de milicia, sino porque siempre que había 
nacimiento ó casamiento de reyes, él era el que sacaba 
el pendón real y daba el primer viva. Mi finado tío ex- 
plicaba todo esto con tanta claridad, que daba gusto oír- 
le. También nos leía los papeles del rey, unos pliegos 
amarillentos con agujeritos, como si los hubiesen mordi- 
do las lauchas, y escritos con una tinta que debió ser ne- 
gra y ahora es roja como el hierro viejo... El campo no 
nos lo dieron de regalo: fué donación por ciertos dine- 
ros que el alférez envió á España una vez que el rey 
tenía sus apuros. Y como persona bien nacida y cristia- 
na, el rey correspondió á este favor dándole el campo y 
el marquesado. Debían ser amigos, ¿no le parece?... El 
alférez era un gran personaje: y su señora la peruana 



LOS ARGONAUTAS 231 

¡no digamos! Todavía allá en mi tierra, cuando ven á 
una gringa emperifollada ó á una china que se da aires 
de señorío, dice la gente por burla: «Ni que fuese Misiá 
Eosa la marquesa,» 

La buena señora perdía su habitual timidez al recor- 
dar á esta abuela, más célebre aún y digna de memoria 
que el ilustre alférez amigo de los reyes. La contempla- 
ba tal como se la había descrito muchas veces el «fina- 
do tío», en el estrado de su caserón de Salta, con ricas 
medias de seda, de las cuales cambiaba tres pares por 
día, mirándose con un orgullo de raza sus breves pies 
estrechamente calzados. Vestía los huecos y ñoreados 
guardainf antes que le enviaban de las mejores tiendas 
de Lima, con perlas en el pecho, perlas en las orejas, 
perlas esparcidas por todo el traje. Más allá del estra- 
do, sentadas en el suelo y con las piernas cruzadas, 
estaban unas cuantas negras con sayas de blancura des- 
lumbradora. Una vigilaba el braserillo en el que hervía 
el agua; otra ofrecía el mate de plata cincelada con bo- 
quilla de oro; otra guardaba sobre sus rodillas la gui- 
tarra señoril de ricas incrustaciones. 

Trotaban jinetes calle arriba, calle abajo, con la vaga 
esperanza de ver los ojos de brasa de la peruana al al- 
zarse levemente la cortina de alguna reja. A la hora de 
misa, hidalgos venidos de lejos se hacían los distraídos 
en la puerta de la iglesia para contemplar la mayor cele- 
bridad del país que llegaba envuelta en su manto negro 
de seda, por debajo del cual asomaba la recamada falda, 
blanca ó rosa. El alférez iba á su lado con todo el seño- 
río de su rango. Su chambergo con plumas contestaba 
solemnemente á todos los sombreros que se elevaban á su 
paso. Detrás marchaban dos negritos con el parasol y 
una rica alfombra, sobre la que se sentaba cruzando las 
piernas Misiá Rosa la marquesa, para oir la misa. 

El nobilísimo caserón de los Vargas, con sus ventru- 
das rejas y su escudo de piedra, en el portal, sólo admi- 
tía las visitas de unos cuantos notables del país. En las 
épocas de feria animábase con la presencia de rancios 
hidalgos venidos del virreinato del Perú ó del reino de 
Chile para comprar ganado de tiro; hacendados de la 
tierra baja llegados de las orillas del Plata para vender 



232 V. BLASCO IBÁÑBZ 

SUS recuas de muías, y algún que otro asentista de ne- 
gros de Buenos Aires que arreaba una partida de es- 
clavos africanos con destino á las minas de Potosí. 
Cuando pasaba un nuevo gobernador camino de su ínsu- 
la, un obispo en jira pastoral, ó los señores de la Eeal 
Chancillería, la casa del alférez era su posada y los 
viajeros no tenían gran prisa en partir, como si los 
encantase la belleza y el señorío de Misiá Eosa, cuya 
fama había salido á su encuentro á muchas jornadas 
de camino. 

La gente menuda hablaba maravillas del noble edifi- 
cio y sus riquezas. Una vez por año se cerraban sus 
puertas un día entero, y los viejos servidores de los 
Vargas, esclavos y libertos, todos gentes de confianza, 
tendían cueros en el patio principal, vaciando sobre 
ellos enormes sacos de monedas. Eran onzas, doblones 
de á ocho, cruzados portugueses, montones de oro que 
sacaban anualmente de su encierro subterráneo para que 
se airease y solease. Y el alférez y su esposa vigila- 
ban impasibles esta operación tradicional, como si su 
servidumbre removiese sacos de trigo para el consumo 
de la casa. 

Enardecíase doña Zobeida al relatar los esplendo- 
res pasados y Conchita aprobaba moviendo la cabeza 
como si diese fe. Habituada á oir todas las noches en 
su camarote estas grandezas, creía haberlas contem- 
plado con sus ojos. 

— Y ahora, señor — continuó la vieja — , los Vargas del 
Solar somos pobres, por culpa del pleito que no ter- 
mina nunca. Las revoluciones y las guerras nos fundie- 
ron... Dicen que para que nos den lo que es nuestro es 
preciso mensurar el campo con arreglo á los títulos, 
y para hacer esa mensura se va á necesitar un año, ó 
tal vez más, y muchos hombres que habrán de vivir 
como se vive en el Polo; y esto costará mucha plata y la 
habremos de pagar nosotros... Hay en el campo bastan- 
te tierra que no sirve: peñascales, montañas; pero hay 
minas y hay también buenos pastos. Por mí no me mo- 
vería á nada: yo necesito poco para mantenerme. Pero 
están mis nietos, los pobrecitos condenados á vivir en 
esa tierra de gringos; está mi hija y quiero verla rica en 



LOS ARGONAUTAS 233 

Buenos Aires con el señorío que merece... Además pienso 
en mi ñnado el doctor, que pasó su vida penando por sa- 
car adelante el pleito. Seguramente que se alegrará en la 
otra vida si le digo cuando nos encontremos que el 
campo es ya de la familia y lo he conseguido yo. ¡El que 
decía que las señoras sólo entienden de las cosas de la 
casa! Figúrese, señor, aunque sólo se venda la legua á 
dos mil pesos una con otra, lo que eso representa. 

Maltrana la interrogaba con la mirada y el gesto. ¿Y 
qué tenía que hacer él en este asunto?... 

— Lo que yo quiero, señor, es que usted le hable al 
doctor Zurita, ya que es su amigo y los veo siempre 
juntos. A mí me da vergüenza acercarme á él sin cono- 
cerlo. Creo que ha sido mandón en Buenos Aires. Ade- 
más, es doctor, y usted ya sabe lo que eso representa. 
Un doctor manda mucha fuerza, y más si es doctor 
porteño, pues ahora ellos se lo guisan y se lo comen 
todo, sin dejar nada para los demás, según decía mi fina- 
do... Si es tan amable que quiere oirme, yo le explicaré 
mi pleito, y á él de seguro le bastará una palabrita á los 
que mandan para que todo se arregle «sobre el tam- 
bor», como decimos allá. Se ve que es un buen caba- 
llero, cristiano y serio, como mi doctor. Me han buscado 
muchas personas de Buenos Aires para encargarse del 
asunto: hombres de negocios, gente que me daba miedo, 
y he dicho siempre que no. Mi finado les tenía horror 
á las «aves negras». 

Calló un momento doña Zobeida, como si vacilase, 
pero luego añadió con timidez: 

— Aquí mismo en el barco, hay un señor que no sé 
cómo ha sabido lo de mi pleito, y según me dicen quiere 
hablarme... Es el papá de esa niña que llaman Nélida, 
laque siempre anda revuelta con los muchachos. A mí 
no me gusta hablar de nadie, cada uno que se arregle 
con Dios; pero francamente, señor: ¡esa niña que parece 
una cómica, y fuma, y no respeta á su madre! ¡Y ese 
padre que no la reta y se ríe de sus travesuras!... Que 
viva cada uno á su gusto, pero yo no quiero tratos con 
gringos de tal clase. Prefiero á los míos; y desde que sé 
que el tal señor desea hablarme del negocio, tengo más 
ganas de pedir al doctor Zurita que me dé su consejo. 



234 V. BLA8(30 IJiiÑEJZ 

— Lo verá usted, doña Zobeida. Yo me encargo de la 
presentación. 

Sonrió la vieja dama con una alegría infantil, mos- 
trándose aun más locuaz y comunicativa. 

— El negocio hubiese llegado á término hace tiempo si 
mi finado tío viviese. Le habría bastado con enviar una 
carta á nuestros parientes de España. Pero ocurre lo que 
ocurre porque el rey no está enterado. Usted, señor, que 
sabe tanto y que allá en su tierra es doctor indudable- 
mente, ó ese otro caballero que va con usted, tan buen 
mozo, tan distinguido y serio, y que también será doc- 
tor, cuando vean al rey díganle lo que nos pasa á los 
Vargas del Solar, ios herederos del alférez. Usted verá al 
rey seguramente. Los doctores tienen siempre gran meti- 
miento con los que gobiernan: en mi país todos los ami- 
gos del Presidente son doctores... Mi pleito se resolvería 
«sobre tablas» como quien dice, sólo con que el rey en- 
viase una esquelita al gobierno de Buenos Aires, ó mejor 
aún, al gobernador de Salta, diciendo: «¿Qué es esto, 
señores? Lo dado, dado está, y entre caballeros no está 
bien faltar á la palabra. Entreguen ustedes á los des- 
cendientes del alférez Vargas lo que mis abuelos tuvie- 
ron á bien darle, y no se hable más del asunto.» Y ten- 
go la certeza de que así lo escribiría el buen rey si 
alguien le hablase y le enseñara nuestros papeles. 

— Se le hablará — dijo Maltrana con acento de resolu- 
ción, sin el más leve asomo de risa — . Se enterará de 
todo el buen rey y escribirá la carta tan pronto como 
yo le vea. 

Y como si temiese el contagio risueño de los ojos de 
Conchita, la cual fruncía los labios para conservar 
su gravedad, Isidro se despidió de doña Zobeida, repi- 
tiendo la promesa de presentarla al doctor después del 
almuerzo. 

Al ir hacia la proa vio apoyados en la barandilla 
á Ojeda y Mrs. Power, mirando el mar, con los co- 
dos y los flancos en apretado contacto. La brisa retor- 
cía como espirales de fuego algunos rizos de la norte- 
americana, que se escapaban de un sombrerillo de tela 
de oro. 

— ¡Bien empieza el día para estos!... — murmuró Isi- 



LOS ARGONAUTAS 235 

dro — . Y la yanqui parece una niña con ese casquete 
gracioso de paje veneciano. ¡Qué pedazo de mujer!.. 
Buenos días, señora. 

Saludó sin detener el paso, con una reverencia que 
juzgaba graciosa, «la reverencia de peluca blanca y taco- 
nes rojos», según él la titulaba; y vio por un instante 
unos ojos irónicos y una boca bermeja que contestaban 
á su saludo. 

— Otro que fuese inmodesto — siguió murmurando 
Maltrana — llegaría á. tener sus pretensiones sobre esta 
señora. No puede verme sin reírse... Así empiezan, se- 
gún opinión general, las grandes pasiones, y el amigo 
Ojeda, si no estuviese ciego como todos los enamorados, 
debería mirarme con cuidado... Pero dejémonos de pom- 
pas y vanidades y atendamos á nuestros amigos. Allí 
viene uno... Buenos días, monsieiir. 

Se cruzó con el hombre «fúnebre y misterioso», su 
vecino de camarote, vestido de luto como siempre, y 
con el rostro cuidadosamente afeitado. Apenas dobló su 
digna tiesura con una ligera inclinación de cabeza. 
Luego envolvió á Maltrana en una ojeada fugaz de sus 
pupilas azules y duras, y siguió adelante contestando 
con voz seca: «Bonjotir^ monsieur.y> 

Eió Isidro mientras el otro se alejaba como ofendido 
por el saludo. 

— El amigo Sherlock Holmes está enfadado. Se acuer- 
da todavía de la broma de la otra noche. ¡Mal cora- 
zón!... ¡Como si todos estuviésemos obligados á vivir 
tristes y vestidos de luto como él!... ¿Qué hará en este 
momento la princesa que guarda encerrada en el cama- 
rote?... ¡Y no haber descubierto yo todavía este miste- 
rio! ¡Qué vergüenza! 

Cesó de pensar en el hombre negro y su incógnita 
cautiva al volver á la banda de estribor. Dos parejeas 
permanecían inmovibles, en íntima conversación entre 
los pasajeros que caminaban por este lado del buque 
siguiendo su marcha matinal. En último término, hacia 
la proa, Ojeda y Mrs. Povv^er continuaban acodados en 
la barandilla. En el extremo opuesto, ó sea cerca de 
Isidro, estaba de pie Manzanares al lado de un sillón de 
junco con almohadones bordados, en el que aparecía 



236 V. BLASCO ibáñg:i 

casi tendida una mujer rubia, con un brazo caído y un 
volumen en la mano. Los ojos del comerciante fijábanse 
con avidez en la nuca perfumada por las matinales ablu- 
ciones y todas las blancuras inmediatas reveladas por 
la entreabierta penumbra de la blusa. De aquí saltaba 
su mirada á las redondeces de las piernas, envueltas 
en calada seda, emergiendo entre el follaje sedoso de 
las faldas. 

Maltrana se acercó á él como si hubiese olvidado la 
escena de poco antes. 

— Aquí le quería pillar, calaverón, tenorio de la calle 
Alsina... De seguro que está usted declarando su amor 
á esta señorita, en estilo de factura. 

Visiblemente irritado Manzanares por la burlona 
intervención, se apresuró, sin embargo, á contestar, 
temiendo que Isidro persistiese en sus bromas: 

— No señor: hablábamos de cosas serias, de cosas de 
allá. La señorita deseaba conocer mi opinión sobre la 
próxima cosecha. 

¡Ah, la cosecha!... Maltrana sonrió al recordar que 
la próxima cosecha en la Eepública Argentina era el 
principal motivo de conversación para una gran parte 
de los que iban en el buque, y un pretexto de continua 
consulta para aquella francesa rubia, que figuraba en 
el registro del buque como viajante en modas y som- 
breros, profesión que hacía torcer el gesto á muchos ma- 
liciosamente. 

También á él le había hecho la misma consulta ma- 
demoiselle Marcela la primera vez que se había aproxi- 
mado á su sillón, atraído por la novedad de su habla 
castellana incrustada de palabras francesas é italianis- 
mos del léxico popular de Buenos Aires. 

Era este viaje el quinto que emprendía á las riberas 
del Plata, y mostraba una pericia de navegadora trasat- 
lántica en su amabilidad con el personal del buque que 
mejor podía servirla, en la reserva discreta con que se 
mantenía aparte de los pasajeros de una clase social su- 
perior (especialmente de las señoras, modo seguro de 
evitarse desprecios y malas palabras), y en su acierto ai 
escoger su lugar en la cubierta, colocando el mismo 
sillón de junco, las almohadas y las mantas que le ha- 



LOS ARGONAUTAS 237 

bían acompañado en anteriores viajes. «Yo voy á Buenos 
Aires casi todos los años — había dicho al curioso Mal- 
trana para cortar sus preguntas insidiosas — . Es mi ne- 
gocio: viajo por una gran casa de sombreros.» Maltra- 
na, malicioso é incrédulo, pensaba que la hermosa 
viajera comercial no debía llevar con ella otras mues- 
tras que los propios sombreros, un poco fatigados. Para 
economizar su uso defendía los postizos de su cabeza 
rubia con una variedad de gasas de colores adquiri- 
das en los montones de los grandes almacenes de París. 
Al saber que Isidro iba como ella á la Argentina, le 
había preguntado por la próxima cosecha creyéndolo 
un propietario de aquel país. 

Después, con las frecuentes conversaciones, se había 
establecido entre ellos cierta intimidad. ¡El dinero! ¡Lo 
que costaba de ganar y lo necesario que era para la 
vida!... Y la «bella sombrerera», como la llamaba Isidro 
socarronamente, entornaba los ojos hablando de los sa- 
crificios que impone el negocio; de lo triste que era aban- 
donar su pisito de la Avenida de Ternes, donde todo 
estaba en orden y á punto para las necesidades de la 
vida, con el cuidado de una mujer que sabe dar valor á 
]os pequeños objetos y colocarlos en su sitio. Hablaba 
con ternura infantil de Chifóii^ un gato obeso y lustro- 
so, y de dos canarios que había confiado á la portera. 
Otras veces recordaba melancólicamente al «buen ami- 
go» que vagaría por el bulevar esperando su regreso, 
un joven verdaderamente chic^ aunque pobre, con el 
que estaba en relaciones hacía algunos años. ¡Y las 
amigas! ¡Y los teatros! ¡Y había que abandonarlo todo 
por..: el negocio! «La vida es triste, decidida^mente 
triste.» 

Cuando Isidro, que no podía aproximarse á una hem- 
bra deseable sin iniciar un intento de posesión, creyó 
de su deber mostrarse amoroso de Marcela, ésta acogió 
sus palabras con cierta severidad... ¡Un hombre que iba 
al Nuevo Mundo en busca de fortuna, pensar en frusle- 
rías amorosas que podían quitarle el tiempo necesario 
para los negocios! La vida es seria y hay que aprove- 
char la juventud para asegurarse un porvenir. Luego, 
cuando se cuenta con el apoyo de los ahorros, puede 



238 V. BLASCO IBÁÑSíS 

uno permitirse alguna locura. . . ¿No sufría ella igualmen- 
te por culpa del negocio, teniendo que hacer sus viajes á 
América siempre que las amigas de allá le escribían que 
la cosecha era buena y el dinero iba á circular en abun- 
dancia?... En todos los puertos llenaba tarjetas postales 
con frases de intenso amor aprendidas en las comedias. 
No podía leer seguidamente unas cuantas páginas de 
aquel volumen amarillo de tres francos cincuenta, pues 
se escapaba de su brazo caído ó quedaba olvidado sobre 
el sillón. Pensaba en el «buen amigo», el hombre chic y 
sin recursos, que dejaba por algún tiempo. Se había 
hecho retratar numerosas veces por un camarero de á 
bordo que explotaba la instantánea, y estas hojas de 
papel saldrían camino de París en la primera escala 
que hiciese el buque, representándola de pie y mirando 
el mar con aspecto melancólico, tendida en el sillón 
con el rostro apoyado en una mano y ojos «de ensue- 
ño», haciendo crochet, leyendo... pero siempre pensan- 
do en él. 

— Yo tengo mi beguin — continuaba ella en su lengua- 
je políglota — , Pero hay que ser seria, ¿no? y pensar en 
la plata para los viejos días. ¡Si fuese una á hacer caso 
de todos los que dicen ser enamorados! Macanas, che, 
créame á mí... Además usted es pobre, y yo no com- 
prendo á un hombre pobre; no tiene significación para 
mí; no sé qué pueda ser eso. Conozco á muchos que no 
tienen un sous y resultan simpáticos; pero los trato 
como camaradas nada más. Gastón, mi amigo, se arrui- 
nó, y aunque ahora está en la puré^ volverá á tener 
plata cuando mueran sus tías... No ponga esa cara de 
cahotin enamorado; no me conmoverá niente. Soy vieja 
para creer en eso. ¡A me con la> pigolita! , . . 

Y para mostrar su incredulidad de negocianta de 
amor, sorda á todos los gestos, palabras y juramen- 
tos de los parroquianos, repetía con delectación la frase 
criolla, final obligado de todos sus discursos: «¡A mí 
con la piolita!» 

No era Maltrana el único que se había aproxima- 
do queriendo perturbar con diabólicas propuestas su 
tranquilidad de argonauta reflexiva y prudente, aquel 
quietismo monacal de plácidas digestiones y largas 



LOS ARGONAUTAS 239 

siestas, que era para ella el encanto más grande de las 
travesías oceánicas. Sus ojos de un azul claro, su cabe- 
llera rubia cenicienta, su carne blanca, jugosa y de li- 
geros tonos amarillos, semejante á la fresca pulpa de un 
melón, parecían valorizarse con nuevos encantos asi 
como transcurrían los días. A cada singladura los pa- 
seantes desfilaban con más lentitud ante su sillón, echan- 
do miradas de través. Aumentaba el número de los 
señores graves que permanecían de pie cerca de ella 
contemplando el mar con aire pensativo, mientras de 
sus labios, fingidamente inmóviles, dejaban caer propo- 
siciones con acompañamiento de cifras. 

Marcela ya no hablaba con Isidro de la gran casa de 
París que le había confiado su representación. Parecía 
olvidada de los sombreros, pero seguía aplicando á su 
verdadera industria una meticulosa prudencia comer- 
cial. ¡Los hombres!... Los unificaba en su pensamiento, 
viéndolos con idéntica contracción de espasmo lúgubre 
y el mismo ronquido de agonía, eternos gestos con los 
que terminaba para ella indefectiblemente toda intimi- 
dad. Creía de buena fe, con un escepticismo de profesio- 
nal fatigada, que todos habían venido al mundo sólo 
para esto y eran incapaces de experimentar otros deseos. 
— En todos los viajes es lo mismo, moii cher. Así 
como nos acercamos al Ecuador los hombres se ponen 
locos y hay que sacudírselos como moscas. Y yo, ¡por 
nada del mundo!... ¡Aunque me ofrezcan mil! ¡aunque 
me ofrezcan dos mil! Aquí todo se sabe; y aunque no se 
supiese es lo mismo. Después, cuando llegamos á Bue- 
nos Aires, se dan importancia por las bondades que una 
ha podido tener en el buque con ellos, y lo cuentan, y 
es inútil que se traigan buenas toilettes de París y que 
una mujer se presente bien. Se pierde importancia, se 
desvaloriza, como dicen allá, y los amigos que esperan 
con interés vuelven de pronto la espalda... ¡La novedad! 
¡El ser de uno nada más para que pueda darse impor- 
tancia y sus amigos le tengan envidia! Usted no sabe 
lo que en América se paga esto, mon cher. Vale tanto 
como un vestido chic y mucho más que la hermosura... 
No; aquí, en el buque, nada. Lo repito: aunque me 
diesen dos mil; aunque me diesen tres mil... 



240 V. BLASCO ÍBÁNBZ 

Admiraba Maltrana la facilidad con que esta jo- 
ven repetía entre muecas de desprecio las cifras de 
miles y miles, ella que semanas antes en su pisito de 
la Avenida de Ternes llevaría indudablemente la cuenta 
del gasto diario con el esmero de una mujer orde- 
nada, aunque de mala vida, que desea hacer ahorros 
para la vejez. Era la influencia del medio; la marcha 
hacia el país de la esperanza que trastornaba diaria- 
mente en todos los cerebros las tímidas y estrechas apre- 
ciaciones del viejo mundo. 

En el buque se hablaba á todas horas de cientos de 
miles de pesos, de campos de leguas y leguas, de terre- 
nos cuyo valor podía centuplicarse en un solo día. El 
franco y los céntimos trabajosamente ahorrados queda- 
ban atrás de la popa, se perdían en el horizonte como 
algo vergonzoso que convenía olvidar. Eran el ensueño 
de miseria de una humanidad anterior que afortunada- 
mente no volvería á existir. 

— Hay que ser prudente — repitió Marcela — ; piense 
usted en el negocio y no pierda el tiempo en amores. 
Los que nacemos pobres no debemos permitirnos estas 
tonterías. Ya se ratr apera usted cuando sea viejo y rico. 
Entonces se dará el gusto de arruinarse por alguna 
muchacha que pueda ser su nieta... Y si ahora tiene 
usted verdadera necesidad de amor, no pierda el tiem- 
po con nosotras: busque entre las personas bien que 
vienen en el buque. Ninguna de nosotras se atrevería á 
demostrarse como esa señorita alta, del pelo cortado. 
Al flnal del viaje va á resultar que somos las más juicio- 
sas de á bordo. 

Era notable la ponderación de esta muchacha que 
administraba su sexo con el mismo tino de un comer- 
ciante que sabe ofrecer ó retirar el género á tiempo 
para mantener su valor. 

— La cosecha es magnífica — dijo Isidro aquella ma- 
ñana apoyándose en un hombro de Manzanares — . No 
se preocupe, mademoiselle. Todas en el buque dicen lo 
mismo. Los bancos no restringirán los créditos, todo el 
que pida dinero lo tendrá; y marcharán los negocios, y 
se vivirá bien, «en el mejor de los mundos»... Pero 
aunque un accidente inesperado diese al traste con esa 



LOS ARGONAUTAS 241 

cosecha que tanto le interesa, usted no debe afligirse. 
Aquí tiene á monsieur Manzanares, hombre generoso, 
que según parece, está enamorado de usted y se dará 
por contento si puede hacer su felicidad. 

— El señor — dijo Marcela sonriendo— ya sabe que en 
el buque no acepto nada. 

— Bueno: pues será en tierra. T de seguro que está 
deseando llegar á Buenos Aires cuanto antes para po- 
ner á sus pies todas las blondas y puntillas de su esta- 
blecimiento. 

Manzanares, con el rostro verdoso y una sonrisa 
feroz, tartajeaba su protesta. 

— ¡Pero á usted quién le mete!... ¡Usted qué sabe! 
Y tomando pretexto de la llegada de otras francesas 
que se sentaban junto á Marcela y la saludaron con un 
¡Bon jour! malicioso al verla tan acompañada, el co- 
merciante intentó retirarse. 

— Espérese, amigo — dijo Isidro — , yo también me voy. 
Estas señoritas tendrán que hablar de sus asuntos. 

Señalaba á dos compañeras de Marcela que arregla- 
ban sus sillones para tenderse en ellos, fatigadas sin 
duda de la ascensión desde los camarotes á la cubierta. 
La de más edad era alta, gruesa, con el pelo teñido de 
un rojo de llama y las carnes algo flácidas. Sus ojos 
verdes tenían un brillo imperioso; sus movimientos eran 
resueltos y varoniles. Ejercía una autoridad indiscutida 
en aquella parte del buque donde se reunían sus com- 
pañeras, y que las graves damas de á bordo llamaban 
en voz baja el «rincón de las cocotas». Las amigas la 
oían como un oráculo cuando solicitaban el apoyo de 
su experiencia. Todas ellas conocían sus viajes por gran 
parte del globo; sus audaces travesías en el corazón de 
América como artista cantante. Su vida era una verda- 
dera novela folletinesca, con encuentros de fieras y de 
bandidos. Y no obstante su pasado enérgico, permane- 
cía horas enteras en el sillón, anonadada por una fatiga 
sin causa. Descender al camarote era empresa que le 
hacía reflexionar largamente, acabando por pedir que 
la sustituyese una de sus amigas. 

La compañera era una jovencita de ojos claros y vir- 
ginales, encogida y tímida algunas veces y otras con 

16 



242 V. BLASCO IBÁÑBZ 

audacias de colegiala revoltosa. En el buque llevaba 
siempre la cabeza al descubierto, libre de velos y som- 
breros, dejando que flotase su tupida cabellera, de un 
rubio obscuro, suavemente ondulada. Mostrábase orgu- 
llosa de «que todo fuese suyo». Estaba satisfecha de su 
ju-entud, que ignoraba el adorno de los falsos cabellos, 
y de su piel sana, que no conocía el arrebol del colorete. 
Maltrana las saludó á las dos como amigo antiguo. 
— Buenos días, mademoiseUe Ernestina. Soy como 
siempre el más ferviente admirador de su hermosa ca- 
bellera... Mis respetuosos homenajes, madame Berta. 
Saludo el heroísmo majestuoso de la vieja guardia. 

Y sin prestar atención á la palabra risueña, pero un 
tanto fuerte con que la exuberante madama contestaba 
á su saludo, Isidro se apresuró á huir tras de Manzana- 
res, que se había despegado del grupo. 

Empezaba el concierto matinal en la terraza del 
café. Circulaban los camareros con grandes bandejas 
cargadas de sándwichs y tazas de caldo. La música 
parecía extraer racimos humanos de las puertas, esco- 
tillas y escaleras. Isidro comparaba al buque con un 
mueble viejo: bastaba que las vibraciones de los instru- 
mentos de metal lo conmoviesen para que al momento 
surgieran las gentes de todos sus poros y oriñcios como 
rosarios de parásitos. Varias señoras de las más enco- 
petadas pasaron ante él sin volver la cabeza, descono- 
ciéndolo al verle en tan mala compañía. 

— Estas matronas tan dignas — pensó él — me van á 
tomar ojeriza si me encuentran mucho aquí. Huyamos: 
hay que conservar las buenas relaciones. 

Junto á la puerta del café, detuvo á Manzanares. 

— Es inútil su empeño — le dijo — . Pierde usted el tiem- 
po. Sé bien lo que le han contestado: «En tierra vere- 
mos: aquí ni por dos mil, ni por tres mil...» 

— Déjeme tranquilo: no me... jorobe — rugió el comer- 
ciante — . No se ocupe más de mí. 

Y separándose con rudo tirón, se metió en el café en 
busca de sus amigos. 

Maltrana se detuvo en la puerta. No osaba meterse 
en la penumbra de este salón, obscuro y humoso durante 
el día, y que sólo al llegar la noche hacía resaltar la 



LOS ARGONAUTAS 243 

gloria de sus dorados, de sus escudos polícromos y de 
sus vidrieras de colores bajo guirnaldas de luces eléctri- 
cas. Las mesas inmediatas á las ventanas ya estaban 
ocupadas á aquella hora por los sempiternos jugadores 
de poker. Isidro los contempló con un desprecio admira- 
tivo. Empezaban su tarea diaria, que había de concluir 
pasada media noche, sin más intervalos que los de las 
comidas. 

— ¡Qué gentes! — pensó — . Hacen el viaje sin saber 
dónde están, sin haber echado una mirada al mar. En 
el comedor comentan entre bocado y bocado los inci- 
dentes del juego. Tomaron los naipes á la salida de Bou- 
logne ó de Lisboa, y cuando lleguemos al río de la Plata 
habrá que gritarles: «Ya hemos llegado; estamos en 
Buenos Aires.» Y es posible que aun contesten: «Un mo- 
mento: aguarden para atracar á que concluyamos la 
última partida...» ¡Y eche usted copas! ¡Y traiga usted 
cigarros! ;Y las más admirables son las señoras que viven 
codo con codo entre ellos, juntando su rodilla con la 
del camarada de enfrente, tragando humo y mirando 
las cartas con ojos de bruja hambrienta!... 

Huyó de allí, volviendo al paseo, donde se encontró 
con Fernando, que caminaba solo. Isidro vio reflejarse 
en sus ojos una alegría interior. 

— Marchan bien los negocios, según parece. La con- 
ferencia de esta mañana ha dado buen resultado... Ca- 
minemos un poco... cuénteme usted. 

Pero Ojeda, para desviar la conversación evitando la 
solicitada conñdencia, aminoró el paso, y dio con el 
codo á su amigo. 

— Contemple usted y admire, Isidro. Ahí tiene á uno 
de los grandes sacerdotes del culto amarillo que se pre- 
para á oñciar. 

Señalaba con los ojos al banquero, majestuosamente 
arrellanado en su sillón, con una rica piel junto á los 
pies á pesar del calor. La amplia barba, de un rojo 
obscuro, descendía hasta el mamotreto que tenía en sus 
manos, extendiendo el serpenteo de los pelos entre las 
columnas de cifras escritas á máquina. En una silla in- 
mediata estaban apilados con irregularidad otros lega- 
jos, á los que llevaba la mano de vez en cuando para 



244 V. BLASCO IBÁÑBZ 

hacer compulsas. Junto á él su esposa, vestida de blanco 
con gran profusión de blondas de precio, hacía saltar 
entre los dedos su inseparable ristra de perlas con gesto 
de aburrimiento. Al pasar los dos amigos ante ella, sus 
ojos vagos parecieron concentrarse en Fernando con una 
mirada breve, pero vehemente y curiosa. El banquero 
daba órdenes á su secretario para que buscase un nuevo 
legajo en las diversas piezas que componían su departa- 
mento de lujo. 

— ¿Se ha fijado, Isidro, en los títulos de esos mamo- 
tretos? — dijo Ojeda al alejarse unos cuantos pasos — .Pro- 
yectos de ferrocarriles, obras de salubridad para ciuda- 
des, desecación de terrenos, aguas corrientes, tranvías... 
Ese señor lleva con él toda una civilización. Y todo es 
para el Brasil: los más de sus negocios están en San 
Pablo, á juzgar por los rótulos. 

— Lo que yo he visto— contestó Maltrana — es la mi- 
rada de la señora del collar. Parece que se aburre al 
lado de tantos papelotes, y creo que mejor preferiría en- 
contrarse al lado de usted charlando como la yanqui. 
jAh, las mujeres! ¡su deseo de imitación! ¡su rivalidad 
instintiva! Esa señora no le vio en los primeros días, 
no existía usted para ella. Pero desde que anda con 
Mrs. Power acodándose en la borda, ella y muchas otras, 
cada día más excitadas por la monotonía de la navega- 
ción, empiezan á encontrarlo algo interesante... No es 
gran cosa, lo reconozco: algo jamona y blanducha... y 
con ese perfil de pájaro... y esa nariz que no acaba 
nunca. Debe ser de Oriente: judía, turca, ¡qué sé yo!... 
Pero una señora que tiene esas perlas merece siempre 
atención. Debía usted hacerme amigo de ellos. No se 
tratan con nadie en el buque. Los dos se mantienen 
aparte, encastillados en su importancia. 

Pero Ojeda sonrió encogiendo los hombros, y dijo 
malignamente para irritar á su amigo: 

— Si yo fuese brasileño temblaría sólo al ver los ba- 
luartes de legajos que trae ese buen señor. Dentro de 
pocos años, si le dejan, se habrá comido San Pablo y to- 
dos los otros santos que encuentre á mano, las plantacio- 
nes de café y hasta el último de los negros. Estos con- 
quistadores europeos son de un estómago insaciable. 



LOS ARGONAUTAS 245 

—Fernando, no barbarice — dijo Maltrana poniéndose 
serio — . No sea reaccionario, no sea poeta. Ese hom- 
bre se comerá lo que quiera, y hará muy bien si es que 
le dejan, pues tales son las leyes de la vida; pero va á 
prestar á la civilización un gran servicio. Hombres como 
él son los que han hecho la América que nos atrae y los 
que la harán todavía más grande. Figúrese usted cuan- 
do haya convertido en realidades todas las grandes 
obras que lleva en sus papeles... ¡Qué importa que abuse 
en cuanto á la recompensa! Sea él quien sea, y salgan de 
donde salgan los millones que ponga en línea de comba- 
te, es un representante del santo capital, un sacerdote, 
como usted dice, de mi religión, y yo lo venero... ¡Lás1;i- 
ma grande que se muestre tan gran señor y sólo me con- 
teste con una mirada fría de sus lentes de concha y un 
gruñido de mala educación cada vez que intento hablar 
con él del buen tiempo y de la felicidad del viaje!... 

Acababan de doblar la curva del paseo en la parte 
de proa, y toda la calle de estribor se ofreció ante sus 
ojos. Maltrana se detuvo viendo los sillones despegados 
de la pared y esparcidos hasta obstruir el paso. Eran 
señoras las que los ocupaban, sólo señoras, y algunos 
transeúntes retrocedían no queriendo continuar su mar- 
cha á través de estos grupos femeniles que tomaban la 
cubierta como algo propio, sin importarles dificultar la 
circulación. 

— Mire usted, Ojeda. Ya se está reuniendo «el banco 
de los pingüinos». 

Y ante el gesto de extrañeza de su acompañante, dio 
una explicación. Este mote de «pingüinos» no era de su 
cosecha. ¡Que le librase Dios de tamaño atrevimiento!... 
Los «pingüinos» eran las señoras más notables de á 
bordo, matronas argentinas que al no poder ocupar 
el trasatlántico entero lo mismo que un yate propio, 
se habían concentrado en esta parte del buque como 
asustadas y ofendidas del contacto con los demás. Era 
un muchacho argentino, que regresaba á su tierra des- 
pués de varios años de vida en París, el inventor de 
este apodo un día en que hablando con Maltrana se 
lamentaba del carácter de sus compatriotas, tachándo- 
las de hurañas y poco sociables. 



246 V. BLASCO IBÁÑIDZ 

— Mire usted á nuestras mujeres, y aprenda, galle- 
guito — había dicho — . Se ha-n refugiado en un extremo 
del buque, aislándose de las demás gentes. Se mantie- 
nen con los codos apretados para que nadie pueda entrar 
en su grupo. Eecuerdan á los pingüinos del Polo Sur, 
esos pájaros bobos que sólo pueden vivir ala con ala 
formando filas en las aristas de las rocas. 

Y desde entonces la gente joven en sus tertulias del 
fumadero llamaba el «rincón de los pingüinos» á esta 
parte del buque donde pasaban el día aisladas del 
resto del pasaje sus madres, sus hermanas y las res- 
petables amigas de sus familias. Este «rincón de los 
pingüinos» era mirado poco á poco con cierto respeto, 
hasta convertirse algunos días después en un lugar envi- 
diable. Los paseantes se abstenían de dar la vuelta en 
redondo á la cubierta y volvían sobre sus pasos para no 
turbar las conversaciones de las damas. Sólo algún grin- 
go despreocupado ó de egoísmo insolente pasaba sobre 
sus gruesos zapatos por entre los sillones, sin darse la 
pena de entender el significado de las miradas furiosas 
que despertaba su atrevida presencia. 

Tácitamente, en virtud de un obscuro instinto de 
todos los pasajeros, se había efectuado en la cubierta 
una gran división de clases. El costado de estribor era el 
de la plebe sin valía social, el de los viajeros sin nom- 
bre y las pasajeras de vida sospechosa. En este lado, á 
partir del fumadero, se encontraba el «rincón de las co- 
cotas»; luego la «sección cómica», ó sea los numerosos 
sillones de los cantantes masculinos y femeninos de la 
compañía de opereta; «la gallegada» , donde se juntaban 
los españoles, y el grupo de «la gringada», mucho más 
numeroso, compuesto de comisionistas alemanes que 
pensaban penetrar con su muestrario hasta el corazón 
de América; relojeros suizos, de aspecto bonancible, 
pero prontos á irritarse con una cólera fría que tardaba 
mucho en disolverse; pequeños negociantes británicos; 
agricultores escandinavos establecidos en el extremo 
Sur; rubias alemanas que iban en busca de sus maridos, 
y los ganaderos norteamericanos, que al caer la tarde 
estaban ya medio ebrios. El banquero de la barba roja 
y sus voluminosos legajos, la esposa y su collar de 



LOS ARGONAUTAS 247 

perlas y el secretario siempre con un cuello de camisa 
alto y brillante, manteníanse en este lado de estribor 
entre la gente insignificante, para demostrar con su indi- 
ferencia ostentosa que estaban muy por encima de todas 
las divisiones sociales que se implantasen en el buque. 

— Fíjese en el respeto que infunden los «pingüinos» 
— dijo Maltrana — . Las coristas de opereta pasean co- 
gidas del talle por casi toda la cubierta, riendo, empu- 
jándose, mirando á los hombres, pero al dar la vuelta 
á la parte de proa y llegar adonde estamos, encuen- 
tran á nuestras damas haciendo labores de gancho 
con una majestad de reinas, leyendo Fémina ó conver- 
sando sobre los méritos y relaciones de sus respectivas 
familias, é inmediatamente retroceden cerrando el pico. 
Ninguna tiene valor para deslizarse ante el imponente 
areópago. La otra noche le propuse por medio de intér- 
prete á una de esas rubias que pasásemos juntos ante los 
«pingüinos», creyendo enorgullecería con este sacrificio 
y que me lo gratificase después. Pero la pobrecita casi 
palideció de miedo: «Nein.,. nein.» Como si le hubiese 
propuesto echarnos de cabeza al mar. 

De la sociedad modesta de estribor, las únicas que 
pasaban por allí eran doña Zobeida y Conchita. La 
buena dama de Salta saludaba á «las porteñas» con su 
aire señoril y bondadoso, á estilo antiguo, y seguía 
adelante sin permitirse mayores intimidades. Ni aque- 
llas grandes señoras deseaban su amistad ni ella nece- 
sitaba de su apoyo. Las más viejas contestaban á este 
saludo con cierta simpatía, como si adivinasen en ella 
algo heredado y común que se iba perdiendo en sus 
propias personas. Las jóvenes miraban con extrañeza á 
«la buena mujer», acogiendo sus sonrisas como si fuesen 
de una antigua criada familiar. 

Conchita era menos bondadosa y pasaba con mani- 
fiesta hostilidad entre los grupos que obstruían este 
pedazo de cubierta perteneciente á todos. Las damas, 
vestidas por los grandes modistos de París, tenían mira- 
das de burlona conmiseración para sus trajes de gusto 
madrileño y manufactura casera. Pero ella erguía la 
pequeña estatura de maja goyesca, unía los codos al 
talle y pasaba adelante moviendo las caderas, mirando 



248 V. BLASCO IBÁÑBS 

con sus ojillos punzantes á las favorecidas de la fortuna. 
Su andar y su gesto parecía decir: «¿Y á mí qué?... ¿Y 
á mí qué?...» 

Cerca de este grupo majestuoso, y buscando su con- 
tacto, estaban otras damas á las que llamaba Maltrana 
«aspirantes á pingüinos». Eran la esposa y las niñas del 
señor Goy cochea el español, la señora del millonario 
italiano cuyo collar de perlas rivalizaba en valor y con- 
tinuas exhibiciones con el de la mujer del banquero, sus 
hijas, la institutriz inglesa y toda la familia de la Boca 
que traía á su costa á Monseñor. 

-^Vea, Fernando, con qué aire de sonriente humil- 
dad acogen esas señoras cualquiera palabra de los «pin- 
güinos». Son más ricas tal vez que las otras, pueden 
permitirse mayores lujos, pero no pasan de ser «gente 
mediana», y las otras son «gente bien», como ellas 
dicen. Sus maridos, gallegos ó gringos, han hecho for- 
tuna como la hicieron los padres ó los abuelos de las 
otras, procedentes también de Europa. No hay entre 
ellas más diferencia que una generación ó dos de vida 
americana. El origen casi es el mismo. ¡Pero lo que re- 
presenta socialmente esa diferencia!... 

Ojeda asintió recordando la época de su vida pasada 
en Buenos Aires como secretario de legación. 

— Ríase usted, Isidro, de las castas sociales de Euro- 
pa. Allá casi todos somos unos; la educación y la in- 
teligencia nivelan á las gentes. Pero en estos países 
democráticos, los ricos de ayer necesitan aislarse para 
que los demás crean en su importancia. Además la 
continua afluencia de aventureros les obliga á defen- 
derse con un estrecho tacto de codos. La «gente bien» 
son los que tuvieron en Buenos Aires un bisabuelo ten- 
dero poco antes de la Independencia, que vendía pañue- 
los rojos á los indios, paquetes de mate á los blancos 
y compraba esclavos negros para revenderlos en el in- 
terior. Todas las mejores familias se enorgullecían de 
poseer uñ tenducho abierto, gran riqueza para aquellos 
tiempos de parvedad. Después el abuelo se disfrazó de 
gaucho, sin serlo, para dar gusto al dictador Rosas, y 
tomó su mate, teniendo por sillón un cráneo de caballo. 
Otro abuelo copió á los románticos franceses en su traje, 



LOS ARGONAUTAS 249 

SU peinado y su énfasis, peleando en los muros de Mon- 
tevideo contra el tirano, y disparándole odas y folletos 
en los momentos de reposo. Además tuvo que vivir ojo 
alerta para que el tal déspota no le echase la garra é in- 
terrumpiese sus entusiasmos literarios haciéndolo dego- 
llar con un cuchillo mellado... Luego, el padre fué el 
primero que realmente tuvo plata, y empezó á montar 
la casa y la familia en su rango actual. Creyó en Mitre 
y peleó por él... Pero la carne ya no se abandonaba en 
la pampa, como una cosa sin precio, y en vez de fabri- 
car odas se dedicó á cercar con alambre leguas y le- 
guas de tierra, haciéndolas suyas, y á poner la marca 
propia en los ganados sin dueño... 

— Y estas «aspirantes» — interrumpió Maltrana — , 
cuando se haya borrado el recuerdo de sus maridos 
gringos ó gallegos (como se ha perdido el de los po- 
bres tenderos de hace un siglo) y sus hijos ó sus nietos 
se casen con los de las otras, serán á su vez «gente 
bien», grandes duquesas sin título de la aristocracia 
trasatlántica. 

— Cierto. Y por esto mendigan el contacto de los que 
están más arriba con una tenacidad á prueba de humi- 
llación. Acaban de llegar de lo más bajo con grandes 
penalidades: ya tienen el dinero, ahora les falta el lus- 
tre social... Y empujan hacia arriba con su audacia de 
antiguos emigrantes que no conoce la vergüenza ni el ri- 
dículo. Como le he dicho antes, puede usted reirse de las 
castas sociales de Europa. Entre una comiquita de París 
y una gran duquesa de las que figuran en el Gotha, 
hay menos distancia que entre una joven millonaria 
reciente, hija de emigrantes, y una señorita cuyo padre 
tiene, tal vez, hipotecadas las tierras y cuyos abuelos 
vinieron á América también de emigrantes... pero hace 
ochenta años. 

Maltrana siguió explicando el diverso carácter de 
los otros grupos que se sentaban en la banda de babor. 
En último término, cerca del fumadero, los comercian- 
tes germánicos dormitaban en sus sillones con un viejo 
ejemplar del Simplicisimus sobre la cara. Ciertas pare- 
jas inglesas deleitábanse pacientemente con las aven- 
turas de correctos personajes, bien vestidos y de buena 



250 V. BLASCO IBÁKSZ 

renta, relatadas en novelas de cuatro volúmenes en las 
que no ocurría nada, absolutamente nada. Y entre esta 
gente y «el bando de los pingüinos» con sus admi- 
radoras anexas, estaba otro grupo al que daba Isi- 
dro el título de «gran coalición de potencias hostiles», 
compuesto de señoras de nacionalidades diversas atraí- 
das por una antipatía común. Maltrana las designaba 
con hermosos sobrenombres, lo mismo que los persona- 
jes homéricos. La chilena, «cuello de cisne», era á modo 
del núcleo central de esta célula de la sociabilidad tras- 
atlántica, y en torno de ella aglomerábanse varias uru- 
guayas, «las de los bellos brazos», y algunas brasileñas, 
«las de los ojos de antílope». 

Por las mañanas, al subir á cubierta, se saludaban 
las de uno y otro grupo con ceremoniosa sonrisa. «Buen 
día, señora: ¿cómo amaneció usted, señora?...» Y á con- 
tinuación iba cada una á ocupar el territorio propio, 
empujando su sillón para que quedase bien marcado el 
vacío fronterizo, la separación insalvable entre unas 
naciones y otras. Las «potencias hostiles» manteníanse 
alineadas á lo largo de la pared con una corrección mi- 
litar, cuidando de no obstruir el paseo para que todos 
apreciasen la diferencia entre unas gentes y otras. 

De vez en cuando los «pingüinos» parleros y move- 
dizos, en sus explosiones de exuberancia, lanzaban una 
sonrisa amable del lado enemigo, pero la sonrisa que- 
daba perdida en el espacio, ó era contestada con leves 
movimientos de cabeza. Las «potencias» fingían ignorar 
esta vecindad, procuraban colocarse en sus asientos de 
tal modo, que sólo presentasen al lado contrario la punta 
de un hombro, y cuando más se alborotaba la banda de 
los «pingüinos» riendo de una noticia ó admirando un 
objeto raro, ellas miraban obstinadamente al cielo ó al 
mar con una indiferencia inconmovible. 

Las «aspirantes á pingüinos», colocadas entre los dos 
grupos, cazaban las sonrisas de unas y las palabras de 
otras, aprovechándolas para entablar conversación. Es- 
taban contentas de la vida íntima del buque, que no 
exige presentaciones para que las personas se conozcan. 

A pesar de la falta de cordialidad de los dos grupos, 
casi todos los días se establecía entre ellos una momen- 



LOS ARGONAUTAS - 261 

tánea relación. Así lo exigen las buenas prácticas di- 
plomáticas; así viven las naciones, armadas hasta los 
dientes, prontas á despedazarse, pero enviándose em- 
bajadores y mensajes afectuosos. 

La chilena abandonaba el asiento, desdoblando su 
soberbia estatura para avanzar por la cubierta con «la 
majestad de la reina de Saba» — según Isidro — , seguida 
de un séquito de confederadas. El bando contrario aco- 
gía la visita diplomática con gran removimiento de sillo- 
nes para ofrecer los mejores sitios, y la conversación 
desarrollábase lánguidamente sobre recuerdos de ele- 
gancia y de grandes compras. Cada vez que las unas 
exaltaban los méritos de un modisto ó un joyero de la 
calle de la Paz ó la plaza Vendóme, las otras murmura- 
ban con una voz blanca y una modestia agresiva: «Nos- 
otras no podemos permitirnos eso: en nuestro país somos 
muy pobres. Eso ustedes y nadie más.» Y miraban al 
mismo tiempo con maliciosa complacencia sus trajes y 
joyas de igual valía que los de las rivales. 

Los «pingüinos» á su vez enviaban una diputación 
de matronas al territorio hostil, y su presencia pare- 
cía excitar la laboriosidad de las visitadas, que acome- 
tían con nuevos bríos sus labores de gancho y de bor- 
dado, siguiendo la conversación sin levantar cabeza 
del trabajo. Algunas veces, ninguno de los dos campos 
se decidía á ir en busca del otro, y los encuentros eran 
en terreno neutral, en el grupo de las «admiradoras», 
donde tomaba asiento la familia italiana de la Boca con 
su obispo. 

jAdorado Monseñor! Las damas del país interme- 
dio lo miraban corneo una gloria propia. Gracias á él 
las señoras de ambos lados venían á visitarlas atraídas 
por el brillo purpúreo de su faja de seda y el esplendor 
de su cruz de oro. Y Monseñor, sonriendo bonachona- 
mente, se esforzaba por mostrarse galante y pretendía 
entretener al femenil concurso con chistes aprendidos 
en el seminario y recuerdos de sus estudios clásicos. 
Virgilio era su mayor adoración: lo recordaba con más 
frecuencia que á los Padres de la Iglesia; todo lo ha- 
bía dicho y adivinado. Anécdotas modernas se las 
atribuía al poeta, como si con esto las diese un nuevo 



252 V. BLASCO IBÁÑBZ 

valor. Y cada vez que abría la boca paTa hablar en su 
idioma, ya sabían las señoras cuál iba á ser el exordio: 
«Dice il poeta Virgilio.,,^ Y lo que decía il poeta era una 
historia leída por el obispo meses antes en cualquier 
periódico católico. 

Otra relación de cordialidad se establecía diaria- 
mente entre los diversos grupos. Por la tarde, antes de 
la hora del té, cuando los pasajeros dormitaban en sus 
asientos y ardientes cuchillos del sol se introducían en 
la penumbra del paseo, por los intersticios de las lonas, 
danzando acompasadamente de una cabeza á otra, con 
el movimiento del buque, como si fuesen péndulos de 
luz, las niñas bajaban á sus camarotes para volverá 
subir con grandes cajas llenas de dulces. Iguales á las 
procesiones de vírgenes que desfilan en los tímpanos de 
las catedrales llevando como ofrenda entre ambas manos 
un cofre de reliquias, las vírgenes americanas de falda 
trabada, altos tacones y paso airoso, iban de grupo 
en grupo regalando dulces: «¿Un bombón, señora? ¿Un 
chocolate, señor?...» 

— Es incalculable, amigo Ojeda, la masa de confi- 
tería que esas muchachas han metido en el vapor. Cada 
amiga, al despedirlas en París, ha creído de su deber 
aportar el correspondiente cofre. No pasan dos días sin 
que cada una de ellas le quite la cubierta á un nuevo 
embalaje de bombones. Cajas Imperio con la Recamier 
ó Josefina tendidas en un sofá; cofres forrados de seda 
con pastorcitos de Wateau, verdaderas maletas de ter- 
ciopelo flordelisado... Y las pobrecitas ;tan amables! con 
el gusto de exhibir los regalos de sus relaciones, hacen 
todas las tardes su ronda en el lado distinguido de la 
cubierta, y la gente pasa el viaje mascando caramelos 
con licor y chocolates con crema. 

En el curso de sus ofrendas llegaban hasta el extre- 
mo de babor, en las cercanías del fumadero, allí donde 
empezaban á borrarse las severas diferencias sociales y 
las gentes que se tenían por distinguidas confraterniza- 
ban con las de la banda opuesta. Las vírgenes portado- 
ras de arquillas se encontraban con sus hermanos, pri- 
mos y futuros novios, que pasaban el día en el café ó 
sus inmediaciones. 



LOS ARaONAUTAS 263 

Esta juventud, con la cabeza al descubierto, la cabe- 
llera partida en dos crenchas negras, abultadas, lus- 
trosas, impermeables, que ningún huracán podía alte- 
rar ni conmover, y el menudo pie encerrado en botines 
de charol de alto empeine y vistosa caña, siempre que 
salía del fumadero volvía los ojos con cierto temor 
hacia «el rincón de los pingüinos». Allí estaban sus ma- 
dres y parientas y las respetables amigas de sus fami- 
lias, pero antes la fuga que dejarse atrapar por una 
cariñosa llamada y sufrir media hora de conversación 
en tan noble compañía. «¡Viejas pesadas! ¡Señoras ma- 
caneadoras!...» Y esperaban á que pasasen las primas 
ó las futuras novias para unirse á ellas y atraerlas dul- 
cemente hacia la popa ó la banda de estribor, donde 
reían y saltaban como escolares en libertad. 

Otras veces permanecían juntos y silenciosos, con- 
templando el mar, teniendo á sus espaldas la mirada 
irónica de las francesas tendidas en sus sillones ó la 
sonrisa de las coristas alemanas, á las que hablaban 
ellos por la noche, á última hora, murmurando cifras . 
— Yo admiro á esos muchachos — dijo Maltrana — . ¡Qué 
visión de la realidad! ¡Qué concepto de la vida y sus 
necesidades! Todos vuelven á regañadientes á su tierra: 
llevan París en el corazón. La otra noche el hijo mayor 
del doctor Zurita me consultaba sobre su porvenir. Ape- 
nas llegue á Buenos Aires piensa exigir á «su viejo» 
que lo envíe á Europa... Quiere estudiar en París no 
sabe qué... pero en ñn, quiere estudiar sin aproximarse 
por esto al barrio Latino, que encuentra poco chic y 
con mujeres ordinarias. Y me preguntó con adorable 
sencillez si un muchacho puede vivir con cuatro mil 
francos al mes, que es lo que se propone pedir al vie- 
jo... «Cuatro mil palos», pensaba yo. Pero al mismo tiem- 
po sentí ganas de abrazarlo, por el alto concepto que le 
merecen las necesidades de la juventud. 

Para justificar las señoritas este avance hacia los pa- 
rajes ocupados por sus amigos, continuaban la tarea 
distributiva entre los señores adormilados que fingían 
leer en las inmediaciones del fumadero. «Señor, ¿un 
bombón?,..» Y el gringo, despertado de su lectura por 
la voz juvenil, levantaba lo« ojos del volumen alemán ó 



254 V. BLASCO IBÁNEZ 

inglés y metía la mano en la arquilla, murmurando: 
«Gracliias, mochas grachias.» Luego volvía á sumirse 
en el libro adormidera. «Señor, ¿un chocolate?» Y el 
brasileño de tez amarilla y picudas barbillas, enjuto y 
anguloso, como si el sol ecuatorial hubiese absorbido 
toda su grasa, saltaba del sillón con galante apresura- 
miento, como si le fuese en ello la vida: «Multo obriga- 
do,., ¡oh! multo obrigado.y> Y sólo al estar lejos la señori- 
ta osaba devolver la gorra á su cabeza y la cabeza al 
respaldo del asiento. 

Cuando los diferentes grupos de damas que ocupa- 
ban la banda de babor se reunían entablando una con- 
versación general, era indefectiblemente para prorrum- 
pir en quejas contra las inclemencias del Océano y los 
atentados que se permitía con sus personas. Los cuellos 
cambiaban de coloración, no obstante el cuidado en 
huir de los rayos del sol. El aire salino los obscurecía, 
dándoles un tono de pan moreno; la piel blanca de las 
rubias amarilleaba con la tonalidad del marfil viejo. La 
brisa húmeda barría los polvos de la cara, conserván- 
dolos únicamente en las arrugas y oquedades de la piel, 
formando un barrillo blanco. Alborotábanse los peina- 
dos en el hueco de una puerta, en una encrucijada de 
corredores, al pasar de una banda á otra, dejando al 
descubierto los artificios y retoques de los añadidos, lo 
que las obligaba á preservar estos secretos capilares 
bajo un turbante de gasas. 

Si algunos caballeros respetables se aproximaban á 
los grupos de damas para conversar con ellas, hasta 
las más viejas, que parecían ajenas á las vanidades 
mundanales, los repelían con dengues juveniles. 

— ¡Ay, no se acerquen ustedes! Estamos horribles. 
Con este maldito mar está una impresentable. Todas 
tenemos algo verde en la cara. 

Y los caballeros se creían obligados á ensalzar las 
grandes ventajas del viaje, durante el cual se satura el 
organismo de sales benéficas. Lo que se perdía en dis- 
tinción se ganaba en saludable rusticidad. De noche 
todas eran igualmente hermosas en el ambiente cerrado 
del comedor y los salones. 

Una solidaridad de sexo borraba de pronto las envi- 



LOH AKí.íONAUTAíí 255 

dias y antipatías que separaban á los grupos femeniles. 
Señoras de diverso bando se juntaban para recorrer la 
cubierta con aire avizor. Las inquietaba una ausencia 
larga de los maridos. Y cuando los veían á través de las 
ventanas del fumadero jugando al poker con los ojos 
fijos en los naipes y la frente rugosa, preocupada, son- 
reían satisfechas lo mismo que si acabasen de sorpren- 
derlos practicando una virtud. 

Sus inquietudes reaparecían al encontra^rlos en plena 
cubierta, aunque estuviesen enfrascados en una conver- 
sación de negocios. Andaban por allí cerca las rubias de 
la opereta, las cocotas viajeras, un sinnúmero de temi- 
bles peligros, y sin una palabra que revelase su inquie- 
tud, cada una se aproximaba á su marido, se colgaba de 
su brazo, intervenía en la conversación, lo paseaba por 
toda la cubierta y únicamente se decidía á soltarlo en 
la entrada del fumadero, con la promesa de que volvía 
al poker ó á tomar una copa. 

Algunas que aun no habían salido de la primera 
juventud y llevaban poco tiempo de matrimonio, pasea- 
ban casi todo el día del brazo del esposo con aires de 
tiple enamorada, inclinando la cabeza sobre el hombro 
de él, como si la cubierta fuese el jardín de «Faus- 
to». Por dignidad de clase, gozosas de jugar un rato á 
«señora mayor», distinguiéndose de las solteras, per- 
manecían entre las respetables matronas; pero de pronto 
sentíanse agitadas por un hormigueo irresistible. No 
veían á su maridito. ¡Quién sabe lo que estaría ocu- 
rriendo en la otra banda del buque ó en la cubierta de 
los botes! ¡Con tantas malas mujeres que venían en este 
viaje! ¡No haber un vapor limpio de tentaciones, sólo 
para personas decentes! Y corrían sin saber adonde, 
como si hubiese sonado de pronto la señal de alarma. 

Una actividad extraordinaria hacía ir y venir aque- 
lla mañana por la cubierta en grupos parleros á las jó- 
venes de diversa nacionalidad. Abordaba cada una á 
sus amigos y conocidos con un papel y un lápiz en 
las manos. Iban recogiendo para las fiestas equinoccia- 
les, y antes de inscribir el donativo discutían y protes- 
taban, queriendo aumentar la cifra. 

— Vea, Fernando— dijo Maltrana — , cómo se mueve el 



256 V. BLASCO IBÁÑEZ 

abate francés, el conferencista de las barbas, entre las 
señoras cuya admiración desea conservar. Para él no 
hay divisiones y salta de un grupo á otro. Los «pingüi- 
nos» lo consideran suyo porque se lo han recomendado 
las grandes damas de la colonia en París. A las «aspi- 
rantes» las deslumhra hablando de las princesas y 
duquesas que lleva tratadas en su vida de predicador 
mundano. Pretende halagar á las «potencias hostiles» 
hablando de sus países con grandes elogios y dando 
á entender que en Europa todos saben á qué atenerse 
en la apreciación de unos pueblos y otros, distinguien- 
do entre el valor real y el bluff. Mírelo cómo distri- 
buye á las señoras los libros de que es autor y perió- 
dicos con su retrato. ¡Ah comediante!... Lleva en su 
equipaje colecciones enteras de todas las revistas ilus- 
tradas que han hablado de sus predicaciones en Canadá, 
Estados Unidos, Australia y no sé cuántos sitios más. 
Las hace circular y las recoge luego cuidadosamente lo 
mismo que un tenor... Eso es: un tenor; un tenor de 
sotana. 

Y hablaba con irónico asombro de las múltiples y 
mediocres habilidades del abate viajero y verboso: con- 
ferencista, pintor, escultor, poeta y músico. Maltrana 
sabía esto por uno de los periódicos que repartía el 
mismo. 

— Me lo prestó una señora algo devota que tiene em- 
peño en que yo admire al abate. Y como á mí nada me 
cuesta dar gusto, me mostré asombrado. «Pero, señora, 
ese hombre es Leonardo: el gran Leonardo de Vinci.» Y 
mis palabras han tenido un éxito loco, pues cuando el 
doctor Zurita y otros argentinos socarrones se burlan 
del abate y dicen que es un vivo que va á Buenos Aires 
en busca de plata, las damas de su familia se indignan 
y me sacan á colación como argumento decisivo. «Es 
Leonardo el que pintó La Cena: Leonardo de Vinci. Lo 
dice Maltranita, que es un mozo que escribe y ha trata- 
do á muchas eminencias...» 

Ojeda rió de la seriedad con que relataba su amigo 
estos accidentes de la vida de á bordo. 

— Ahora las buenas señoras — continuó Isidro— quie- 
ren que una noche dé el abate un concierto de piano, 



LOS ARGONAUTAS 257 

sólo para ellas... Ya han desistido de oirle una conferen- 
cia que estaba en proyecto. «El C ir ano de Rostand y el 
idealismo cristiano...» ¿Qué le parece el tema? ¿Se ríe 
usted?... Por algo lo alaban las buenas matronas dicien- 
do que es un cura moderno; de lo más moderno. Pero 
el abate no quiere oir hablar de conferencias á bordo: 
se niega á desembalar su mercancía gratuitamente antes 
de la llegada al mercado. Se reserva para un teatro de 
Buenos Aires. 

Maltrana buscaba con los ojos al otro conferencista, 
el profesor italiano, que se mantenía lejos de las seño- 
ras, en las inmediaciones del fumadero, entre los lecto- 
res soñolientos, con una columna de volúmenes y revis- 
tas al lado de su sillón. 

— Los «pingüinos» le saludan porque tiene un nom- 
bre conocido, y ellas respetan instintivamente la cele- 
bridad. Le han hecho firmar un sinnúmero de tarjetas 
postales con «pensamientos» filosóficos y galantes para 
ellas y para todas sus amigas coleccionistas; le han sa- 
cado retratos con autógrafo, y ahora, terminada la ex- 
plotación, no se acuerdan de él. Es un sabio de malas 
ideas. El abate las acapara á todas. 

Quedó Maltrana pensativo y dijo luego á Fernando: 
— Creo que usted y yo podíamos dedicarnos á eso de 
las conferencias. Según parece gusta mucho en América 
y proporciona dinero. ¡Qué países tan interesantes! ¡Pa- 
gar por oir discursos!... ¡Tantos que hablan gratuita- 
mente en nuestra tierra y aun así no encuentran las 
más de las veces quien los escuche! 

Recordó Ojeda su vida en Buenos Aires años antes, y 
las conferencias á que había asistido. Los pueblos jóve- 
nes sienten el mismo afán de los escolares aplicados y 
curiosos, que luego de oir las lecciones de los maestros 
desean conocer las interioridades de su vida. No les 
bastaban los libros y las obras de arte enviados por el 
viejo mundo; querían ver de cerca la personalidad física 
de sus autores. 

— Y todos los años, amigo Isidro, llegan á Buenos 
Aires hombres ilustres con el pretexto de dar conferen- 
cias, pero en realidad para satisfacer la curiosidad de 
los argentinos y para orgullo de las numerosas colonias 

17 



258 V. BLASCO IBÁNEZ 

europeas, que al exhibir y festejar al compatriota célebre 
parecen decir: «No todos somos unos ignorantes que 
aramos la tierra ó vendemos detrás de un mostrador. 
Bueno es que estos criollos se enteren de que en nuestro 
país hay «doctores» mejores que los suyos...» Y las gen- 
tes, al saber que ha llegado el autor de un libro que le- 
yeron hace tiempo por casualidad, ó el personaje político 
cuyo nombre encuentran todas las mañanas en el perió- 
dico, se dicen: '«Vamos á ver de qué casta es ese pájaro.» 
Gastan unos pesos para encerrarse en un teatro de cinco 
á siete, y arrullados por la voz del conferencista com- 
paran su rostro con los retratos publicados, se fijan en 
el corte de su levita (convenciéndose una vez más de 
que en la Argentina visten las gentes mejor que en Eu- 
ropa), y hasta cuentan las veces que bebe agua. Además 
se dan el gusto de ponerlo en caricatura y le atribuyen 
anécdotas en las que aparece asombrado sA enterarse 
de que en América ya nadie gasta plumas. Porque allá 
las gentes tienen empeño en que los europeos se los 
imaginen como indios emplumados, para poder reirse 
después, con un gozo infantil, de la gran ignorancia de 
los del viejo mundo. 

Cesó de hablar Ojeda, sonriendo como si le regocija- 
sen interiormente sus recuerdos, y luego continuó: 

— Las señoras, que por curiosidad llenan los palcos, 
desaparecen á la tercera conferencia, y hacen bien, 
porque se aburren á morir. Ellas solo gustan de los 
conferencistas que recitan versos... Pero quedan los in- 
telectuales del país, los «doctores», que asisten con una 
hostilidad manifiesta, y al entrar se dicen unos á otros: 
«Vamos á ver qué nos cuenta ese señor.» Luego á la 
salida protestan á coro. «No ha dicho nada nuevo; no 
hemos aprendido nada; absolutamente nada...» ¡Como 
si el encontrar algo nuevo fuese cosa de todos los días! 
¡Como si un hombre que encontrase algo nuevo en su 
país, fuese á decir á los compatriotas: «Tengan ustedes 
paciencia: aguarden un poquito. Voy á tomar el trasat- 
lántico para contar á los señores de América mi descu- 
brimiento y en seguida vuelvo...» ¡Como si con los me- 
dios de comunicación de nuestra época y lo difundido 
que está el libro, fuese posible ir á parte alguna con 



I.OS ARGONAUTAS 259 

una idea reciente sin que al momento salten treinta ó 
cuarenta diciendo: «Eso ya lo sabía yo...»! 

— Entonces — interrumpió Maltrana — en esos viajes de 
los conferencistas la llegada es siempre más gloriosa que 
el regreso. 

—Ciertamente. Cuando nuestro buque fondee en Bue- 
nos Aires verá usted banderas, oirá músicas y aclama- 
ciones. Luego, satisfecha la curiosidad, sobreviene la 
indiferencia, y los héroes de un día se reembarcan sin 
otro acompañamiento que media docena de amigos que 
quedan allá como cónsules de su renombre y encargados 
de sus negocios. Los únicos que no olvidan son los «doc- 
tores», que para convencerse de su propia superioridad, 
repiten: «No ha dicho nada nuevo. Lo sabíamos todo...» 
Y esto ocurre porque nadie en la vida expone la verdad 
corajudamente; porque el conferencista debía decir el 
primer día á su público: «Todos ustedes, que viven ba- 
tallando por el dinero, deben figurarse por qué he hecho 
yo esta larga travesía, viniendo á una tierra que no 
tiene el Parthenón, las Pirámides, ni la Alhambra. No 
sería correcto colocar mi sombrero en mitad de una 
acera diciendo: «Yo soy Fulano de Tal, que he venido a 
verles. Echen algo para que me lleve un buen recuerdo 
de este país de riquezas.» Por eso prefiero exhibirme en 
un teatro y justificar la generosidad del público con dos 
horas de aburrimiento y vulgaridades...» En el fondo 
no es más que esto una serie de conferencias. Un pretex- 
to para que el país se muestre generoso con la celebri- 
dad que lo visita. 

— Ya veo claro — dijo Maltrana — . Una especie de pre- 
mio Nobel que la Argentina se permite el lujo de rega- 
lar á alguien que es conocido por algo, siempre que se 
tome el trabajo de ir á pedirlo en persona... Con la 
diferencia de que este premio Nobel es por cotización 
popular. 

—Exacto. Y no crea usted que el país pierde nada con 
ello. Para su gloria mundial jamás dinero tan bien gas- 
tado como los cinco pesos que cuesta oir una conferen- 
cia. El conferencista, al llegar á su país, olvida con la 
distancia los arañazos de los remotos doctores, y sólo 
ve el cheque que guarda en la cartera. Una cantidad 



260 V. BLASCO IBÁÑBZ 

de poca importancia para allá; pero que «traducida» á 
dinero de Europa representa cincuenta mil ó cien mil 
francos; el producto de media docena de libros, el sueldo 
de ocho años de cátedra ganado en un par de meses. 

Ojeda se imaginaba las consecuencias del viaje. La 
esposa del hombre ilustre renovaba el mobiliario y el 
vestuario de la familia; los dos cónyuges adquirían una 
casita de campo para que los niños se criasen mejor; 
todos en el hogar prorrumpían en elogios á la Argen- 
tina, y los amigos y hasta las más lejanas relaciones 
fijaban su atención en este país maravilloso, donde no 
hay más que agacharse para encontrar plata. Los com- 
pañeros del ilustre maestro se mordían los labios de en- 
vidia, y cuando en los azares de la existencia encontra- 
ban á alguien venido de la Argentina, aunque fuese un 
necio, lo adulaban y lo acosaban, dando á entender que 
ellos también irían allá... á la más ligera invitación. 
El conferencista consideraba como un deber escribir un 
libro que demostrase su agradecimiento; un libro conce- 
bido á través de gratos recuerdos y que resultaba am- 
puloso y glorificador como una oda de encargo oficial. Y 
cuando algún malhumorado rugía contra la lejana Re- 
pública dando á entender que las cosas son en ella muy 
distintas de como las imagina el optimismo, el grande 
hombre saltaba indignado en defensa de un país cuyo 
nombre mencionaban siempre con veneración su mujer 
y sus hijos. 

— Yo que creía — interrumpió Isidro — que estos con- 
ferencistas eran unos amables burlones, que después 
de explotar la credulidad americana se reían de ella... 

— Tal vez hayan pensado así algunos; pero al final 
los explotados son ellos, pues por impulso propio hacen 
al volver á sus tierras una propaganda que de ser obra 
del Gobierno costaría millones. ¡Quién sabe cuánta parte 
tienen en la fama reciente y mundial del país adonde 
vamos! Bien puede ser que alguno de ellos haya hecho 
surgir en nosotros la primera idea inicial de este viaje 
con una lectura que ya no recordamos... 

Isidro, que al mismo tiempo que escuchaba á su ami- 
go seguía con los ojos el curso de los paseantes, le tocó 
en un codo, interrumpiendo sus palabras. 



I 



LOS ARGONAUTAS 261 

— Mire usted á la sin par Nélida. Acaba de subir á la 
cubierta, y ya van saliendo del fumadero sus adorado- 
res... ¡Saludo á la pasajera más hermosa de todo el 
buque! 

Nélida dilató los frescos labios, contestando con su 
sonrisa felina á la genuflexión rococa de Isidro. Luego 
pasó ante el banco de los «pingüinos» irguiendo la aven- 
tajada estatura, desafiando con su mirada candida el 
enojo de las imponentes señoras. Las más fingieron no 
verla, para no responder á su saludo. Algunas contes- 
taron «Buen día, niña», con voz triste y ojos de conmi- 
seración, como si fuese una enferma cuyo fin considera- 
ban próximo. 

— Esa Nélida es de una audacia estupenda— dijo Mal- 
trana — . Sabe que todas las señoras hablan de ella con 
escándalo, y las saluda como en los primeros días cuan- 
do la creían una muchacha juiciosa. Los desprecios y los 
bufidos resbalan sobre su persona sin molestarla. 

Habló Isidro de la indignación de las matronas, que 
consideraban como un tormento viajar con sus hijas 
teniendo que sufrir la compañía de Nélida. 

— Prohiben á las niñas que la saluden, cuando en los 
primeros días de navegación era la más agasajada por 
todas ellas... Pero las niñas fingen obedecer y la buscan 
en secreto, lejos de las mamas. ¡El encanto de rozar lo 
prohibido! ¡La mágica atracción del pecado!... Por las 
tardes, mientras las señoras dormitan, suben ellas con 
Nélida á la última cubierta para que las enseñe á bailar 
el tango... pero el tango tal como se baila en los cafés 
nocturnos de Berlín. Piensan como excusa que cuando 
bajen á tierra ya no la verán más, y que aquí en el bu- 
que todo resulta bien. 

Siguió Nélida adelante hasta llegar al extremo de 
babor, donde estaba sentada su madre, teniendo á un 
lado al hijo medio imbécil y al otro al venerable jefe de 
la familia, que balanceaba su cabeza de patriarca, entor- 
nando los ojos, cual si acariciase mentalmente un nego- 
cio nuevo. 

—La pobrecita— continuó Isidro— siente por las ma- 
ñanas el amor de la familia, y va en busca de su padre. 
Lo besa, juguetea con él como una gata y al mismo 



262 y. BLASCO ibáñez 

tiempo se da el placer de seguir con el rabillo del ojo 
la impaciencia de sus admiradores, que se mantienen á 
distancia, ansiosos de juntarse con ella. ¡Criatura inge- 
nua y refinada!... Pero fíjese, Fernando: usted, que me 
cree poca cosa, y no le falta razón, mire con qué impa- 
ciencia me aguardan mis admiradores. 

Y señaló disimuladamente el grupo de damas, en 
el cual algunas, las más viejas, volvían sus ojos hacia 
Maltrana, como invitándole á aproximarse. 

— Yo tengo mi público, y como todo hombre notable, 
tengo también mis enemigos y detractores. No puedo 
aproximarme á las nobles matronas y cambiar con ellas 
un saludo, sin que alguna me diga: «Cuéntenos algo. Usted 
que lo sabe todo, Maltranita, díganos qué ocurre en el 
buque.» Y me tienen de pie ante ellas, para que no se bo- 
rren del todo las distancias sociales, hasta que de pron- 
to las hago reir, ó las cuento algo que las interesa viva- 
mente, y entonces alguna, con repentina solicitud, me 
dice: «Pero siéntese usted; siéntese aquí y no sea zonzo.» 
Y encoge las piernas para que me siente en el extremo 
de la silla-larga, como un paje á los pies de la dama... 
La viuda de Moruzaga, que tiene millones y millones, 
gusta de hablarme á solas para que me entere de los en- 
cantos y virtudes de su esposo. ¡Pobre señora! ¡Una ver- 
dadera enamorada! Sólo vive cuando puede hablar de 
«su finado». Y si la conversación cambia de tema, pierde 
todo interés y parece dormirse con los ojos abiertos. 

Una idea repentina hizo abandonar á Maltrana su 
tono ligero. 

— ¿Pero se ha fijado usted, Ojeda, en el modo de 
ser de estos hermanos nuestros? Los primeros días, al 
oirles decía yo: «Somos iguales: iguales salvo algunas 
diferencias de acento y de sintaxis...» Y no señor; no 
somos iguales. ¿Cómo me explicaré?... Unos y otros to- 
camos el mismo instrumento, pero tenemos distinto oído 
para apreciar los sones. A lo mejor digo algo que por 
casualidad me resulta gracioso, algo que en España pa- 
saría por un «golpe» de ingenio, y las buenas señoras 
permanecen insensibles, como si no me entendiesen. 
Luego, en el curso de la conversación, suelto una nece- 
dad infantil, un chiste de colegio que en Madrid me 



LOS ARGONAUTAS 263 

valdría una rechifla, y mi público ríe esta inocentada y 
la repite como una brillante manifestación de talento. 
Ojeda, recordando sus viajes por América, asintió á 
las palabras de su amigo. No sólo había divergencia en 
la apreciación de los sones del instrumento común del 
idioma: se diferenciaban también en la agilidad y la 
fuerza para su manejo. 

—En muchos de esos países— dijo Fernando— las gen- 
tes hablan con una lentitud penosa, como si la rebusca 
de las palabras fuese acompañada de los dolores de un 
parto. Las mujeres especialmente sólo tienen cuerda ver- 
bal para cinco minutos, y luego quedan mudas, mirán- 
dose unas á otras. Únicamente se animan cuando hay 
que «pelar» á alguien; pero este es un fenómeno ver- 
bal no sólo de América, sino de todos los países del 
planeta. 

— Sí; hablan poco— dijo Maltrana — . Gustan de escu- 
char, pero su capacidad auditiva es tal vez tan limitada 
como su capacidad verbal. A la larga se fatigan de oir, 
aunque la conversación les interese. Parecen ofenderse 
de haber permanecido mucho rato en silencio, y se 
vengan llamando «macaneador» al mismo cuya palabra 
han solicitado. Lo que no se entiende, lo que no gusta, 
ya se sabe que es «macana» . 

Isidro comenzó á apartarse de su amigo. 

— Le dejo, Fernando; me reclama mi público. En los 
primeros días tenía más éxito. Pasaba de un grupo á 
otro: de los «pingüinos» á las «potencias hostiles»; pero 
no se puede dar gusto á todos á la vez. Ahora con las 
«potencias» el saludo nada más: frías y corteses relacio- 
nes de diplomacia. La última vez que me acerqué al gru- 
po, la chilena «cuello de cisne» me dijo con una sonrisa 
de cuchillo: «¿A qué viene usted aquí, patero? Déjenos 
en paz y vaya á hacer la pata á sus argentinas.» Y aun- 
que esto de que le llamen á uno adulador es un poco 
fuerte, al consejo me atengo, ya que á la Argentina voy. 
Intentó tirar del brazo á Ojeda para atraerlo hacia 
el grupo. 

— Venga usted conmigo. Las señoras tendrán mucho 
gusto en oirle. Usted ha sido presentado á todas ellas y 
le encuentran muy simpático. ¿No quiere?... Sin duda 



264 V. BLASCO IBÁÑBZ 

está usted ofendido por lo que dije, de que las niñas le 
encontraban «muy buen mozo, pero algo viejón»... No 
baga usted caso. Es una consecuencia de la mentalidad 
simple de estos pueblos que aun viven cerca del tronco 
primitivo, ó sea de la Naturaleza sin artificios ni refina- 
mientos. Para ellos, una buena moza de treinta y cinco 
años es una vieja; y un hombre digno de ser amado, 
debe tener veinte cuando más. Sólo admiran la existen- 
cia en capullo, como en tiempos de la vida de tribu... Y 
eso cuando en Europa cada año que pasa hace retroce- 
der hasta los confines de la vejez el límite de la edad 
amorosa. Balzac haría reir hoy con su novela La miijer 
de treinta aTios. Las damas de cuarenta son ahora las 
conquistadoras más temibles. En el teatro, galanes cin- 
cuentones disputan sus amantes á los jovencitos y aca- 
ban por llevárselas... ¡Viejón y sólo tiene usted treinta 
y seis años! No haga caso de las opiniones de estas gen- 
tes recién desbastadas, que en punto á refinamientos 
sólo copian lo exterior y ostensible... Decididamente 
¿no quiere usted venir?... Hasta luego. 

Fernando permaneció solo algunos minutos, acoda- 
do en la borda, siguiendo con los ojos el resbalar del 
agua removida por los flancos del buque. Sobre el lomo 
verde del Océano giraban flores de espuma rematadas 
por una espiral que se perdía en la profundidad. Luego 
emprendió un paseo por la cubierta, y ante el grupo de 
señoras se llevó una mano á la gorra con saludo mudo, 
sin volver la vista. Rozó al pasar á Isidro que hablaba 
de pie, y oyó una voz femenina que le interrumpía con 
interés: «¡Ño diga! Eso es muy curioso. Siéntese, Mal- 
tranita, y cuente.» 

Continuó Ojeda por el lado de babor, saludando á las 
«potencias hostiles», y á un grupo de argentinos y bra- 
sileños que hablaban de las estancias ríoplatenses, de 
las fazendas de café, del valor de los campos, mezclan- 
do cantidades de leguas y millones de pesos. El señor 
Oneglia, el millonario italiano, que reposaba enorme y 
flácido en un sillón especial, lejos de su familia, ansiosa 
de rozarse con la «gente bien», abrió un ojo al oir los 
pasos de Fernando y lo protegió con un saludo gruñen- 
te, volviendo á sumirse en su noche poblada de cálculos. 



LOS ARGONAUTAS 265 

Al lado de él, como si la afinidad de gustos les impusiese 
este contacto, se sentaban los tres comerciantes españo- 
les. Más allá, el conferencista italiano levantó la cabeza 
y descansó un libro en las rodillas para saludar á Ojeda. 
Cerca del fumadero, la madre de Nélida pareció acari- 
ciarle con sus ojos de brasa, y el padre le gratificó con 
una sonrisa protectora. La niña, hastiada ya de las ex- 
pansiones familiares, se había despegado de ellos y reía 
en la puerta del fumadero, escoltada por su hermano y 
todos los admiradores, que parecían desnudarla con los 
ojos. 

Llegó Fernando hasta la terraza del café, atraído por 
el Canto de la Primavera, de Méndelssohn, que tocaba 
la música. Apenas se hubo apoyado en la baranda 
para escuchar, vio que un cuerpo se aproximaba á él, 
velando la luz del sol, y oyó una voz enérgica que re- 
cortaba duramente las palabras. 

—Buenos días, señor Ojeda... Usted perdonará la li- 
bertad que me tomo, pero yo soy amigo de don Isidro, y 
tal vez le habrá hablado de mi persona... Usted dispen- 
se que me acerque así como así, ¡pero entre compatrio- 
tas! ¡somos tan pocos en el buque! . . . Por eso me he dicho: 
«Aunque no sea correcto, voy á saludar á ese señor.» 

Era el cura español que Maltrana le había enseñado 
varias veces de lejos: un hombrecito moreno, enjuto, 
vivo en sus movimientos, al que encontraba Fernando 
cierto aire ágil y garboso de banderillero. Su delgadez 
hacía más visible la exuberancia de un abdomen pun- 
tiagudo que parecía pertenecer á otro cuerpo. Una ca- 
dena algo negruzca con llaves de reloj y medallas se 
tendía de la botonadura de la sotana á un bolsillo del 
pecho. Dos dedos enrojecidos por el tabaco sostenían un 
cigarrillo. La cabeza, de pelo duro é intensamente ne- 
gro, rayado de canas prematuras, ocultábase en parte 
bajo un casquete redondo de seda, igual al que usan los 
tenderos. 

— José Fernández, sacerdote, para servir á Dios y 
á usted — dijo el cura haciendo la presentación de su 
persona. 

Mostró la fuerte dentadura de hombre de campo, 
con una sonrisa humilde que delataba el deseo de inti- 



266 V. BLASCO IBÁÑBZ 

mar con este compatriota, el personaje más eminente de 
cuantos venían en el buque, según su opinión. 

La música había cesado de tocar y el cura aprovechó 
este silencio para expresarse con Ja exuberancia de un 
verboso falto de amistades que busca ocasión de espar- 
cir su facundia. La franqueza española le hizo tratar á 
Fernando confianzudamente á las pocas palabras, lo 
mismo que si fuese un antiguo camarada, acompañando 
cada avance de su intimidad con humildes excusas: «Us- 
ted perdone; pero aquí no es como en tierra. Pasamos la 
vida juntos; estamos en la soledad del mar, confiados á 
la voluntad del Señor... ¿Conque usted también va á 
Buenos Aires, don Fernando?... ¡Vaya, vaya! Allá va- 
mos todos, y quiera el Altísimo que los negocios le re- 
sulten bien, conforme á sus deseos.» 

Hablaba el buen clérigo sin interrupción y Ojeda iba 
entresacando fragmentos de su historia de estos perío- 
dos de charla confidencial. Tenía á su madre en un pue- 
blecillo de Castilla la Vieja, además una hermana mal 
casada con una turba de hijos, y todos confiaban en él, 
que era la gloria de la familia, «el señor cura», el ser ex- 
cepcional. Ultimo descendiente de una línea de míseros 
jornaleros del campo, había conseguido emanciparse 
de la servidumbre del terruño gracias á cierta viveza de 
ingenio demostrada en la escuela del lugar y á la pro- 
tección de una señora vieja que le había costeado la ca- 
rrera del sacerdocio. 

— Carrera corta, don Fernando. Yo no soy teólogo; 
no soy doctor en nada. Cura de misa y olla nada más; 
¡pero lo que he trabajado en esta vida! ¡y lo que me que- 
da que penar!... Mi cuñado es un infeliz, un buen hom- 
bre, que no sirve para nada, y yo tengo que mantener- 
lo, y á la pobre viejecita, y á mi hermana, y á todos 
los sobrinos, que se creen superiores á los demás del 
pueblo porque cuentan con un tío cura. He sido vicario 
trabajando del alba á la noche por seis reales al día; pe- 
seta y media, don Fernando. He sido párroco suplente en 
lugares de mala muerte, y después de enviar á mi madre 
lo que ganaba (menos de lo que gana un guardia civil), 
tenía que mantenerme de los regalos de las feligresas 
pobres. Y todavía el barbero del pueblo y otras malas 



LOS ArvGONAUTAS 267 

lenguas murmuraban de la vida regalona que llevamos 
los de la Iglesia... Cuando vivía en Madrid, cerca del 
diputado del distrito solicitando un puesto mejor, he 
andado hecho un azacán de sacristía en sacristía pidien- 
do misas como el que pide limosna. He pasado mucha 
hambre; no tengo vergüenza en decirlo; mucha hambre 
por sostener á los míos, y por esto voy allá á ver si 
cambio de suerte. 

Calló un momento don José como si vacilase, teme- 
roso de exponer sus ideas, y al ñn continuó en voz baja: 
— Dicen que España es un país católico, el más cató- 
lico de la tierra. Así será, pero no hay en él dos pesetas 
para el clérigo de mi clase; para los que trabajamos de 
veras. Hay dinero para la Iglesia, pero se lo llevan 
otros... otros. 

En la vaguedad de su mirada, en la timidez de su 
voz, había cierta protesta contra los que vivían en las 
alturas. 

Fernando quiso saber cómo se le había ocurrido la 
idea del viaje. 

— Tengo allá compañeros de seminario. Un muchacho 
que estudió conmigo vive en Buenos Aires, y me ha es- 
crito maravillas de aquella tierra, invitándome á ir con 
él. Antes era mucho mejor; faltaban gentes de nues- 
tra clase: ahora en cada buque llegan sacerdotes de todos 
los países. Pero no importa: en la capital se puede vivir 
bien á la sombra de una parroquia, y además hay el 
campo, donde cada semana se funda un pueblo y hace 
falta un cura... También tengo condiscípulos en Chile 
y otras naciones del Pacífico. Allá creo que aun se pre- 
senta la cosa mejor para nosotros. Me escriben que hay 
señora que da cien pesos de limosna por una misa. ¡Y 
en España que no pasa nadie de tres pesetas...! 

Complacíase Ojeda con esta franqueza de don José 
al comparar las ganancias del sacerdocio en los dos 
hemisferios. Había hecho bien en embarcarse: segura- 
mente le esperaba allá la fortuna. 

— No es tan fácil, don Fernando: hay mucha concu- 
rrencia. Me dicen que los curas italianos trabajan por 
lo que les dan y han abaratado los precios. Como que 
muchos se ayudan con un oficio y cuando vuelven de 



268 V. BLASCO IBÁÑBZ 

la iglesia á casa, son sastres de viejo ó remiendan zapa- 
tos... En aquellas tierras los hombres se muestran, según 
mis noticias, algo indiferentes con nosotros. Lo mismo 
que en la nuestra. Hay que buscar el apoyo de las muje- 
res, y para esto me ha prometido don Isidro presentarme 
á esas señoronas ricas que hablan con él y se sientan en 
la parte de proa. Parecen muy entusiasmadas con el obis- 
po italiano. «Monseñor aquí, Monseñor allí», pero yo soy 
español y ¡quién sabe!... Me gustaría encontrar una 
señora rica que me protejiese. 

Fernando sonrió, algo asombrado de la naturalidad 
con que don José hacía esta declaración. ¡Qué cinismo 
tranquilo!... Y quiso acompañar su risa tocándole en 
el pecho con un dedo, pero se detuvo al ver su gesto de 
sorpresa. 

— Se equivoca usted, señor Ojeda. Yo soy un indig- 
no pecador en muchas cosas... menos en esa. Tengo mis 
defectos como todos los hombres, pero lo que usted 
cree... ¡nunca! Yo no pienso jamás en esas niñerías. 
¡Yo soy muy hombre! 

Golpeábase el pecho con arrogancia al hacer esta 
viril declaración, y Ojeda admiraba la incoherencia del 
pobre sacerdote, que repetía con orgullo su calidad de 
masculino como prueba de virtud. 

— Soy muy hombre, don Fernando, y por eso me deja 
indiferente ese pecado tonto en el que usted piensa y 
que sólo proporciona escándalos y quebraderos de ca- 
beza... Otros pecados no digo que no... 

Una sonrisa de malicia infantil arrugó sus mejillas 
morenas, en las que se marcaba la mancha azul de la 
recia barba. Quedaron al descubierto sus dientes apreta- 
dos, deslumbradores, que denunciaban una gran fuerza 
triturante. Contemplando su ávido brillo creyó Ojeda en 
la pureza de aquel hombre. La voluptuosidad había con- 
traído en él todos sus tentáculos para replegarse sórdi- 
damente en el paladar y el estómago. 

Maltrana le había hablado algunas veces del apetito 
insaciable de don José; de la prontitud con que acudía 
al comedor apenas sonaba la trompeta; de la profusión 
con que recolectaban sus manos emparedados y galle- 
tas en las bandejas, á la hora del té; del entusiasmo 



LOS ARGONAUTAS 269 

con que elogiaba la abundancia nutritiva á bordo del 
Goethe. Su capacidad de alimentación sólo era compa- 
rable, según Isidro, á la de un náufrago que se salva ó 
á la de un habitante de ciudad sitiada que se rinde des- 
pués de varios años. Cuarenta generaciones de jorna- 
leros hambrientos comían por su boca. 

En aquel mismo instante, mirando Ojeda hacia el 
paseo de babor, vio á Isidro que acababa de abando- 
nar su conversación con las señoras y venía hacia él. 
Pero se detuvo ante la familia de Nélida. El padre, sin 
moverse de su asiento, hablaba con Martorell, el poeta 
bancario, y Maltrana, después de escucharles unos se- 
gundos, se inmiscuyó en la conversación. 

— Yo necesito, para abrirme paso, una señora que me 
proteja — continuó don José — . Pero eso no es fácil; en 
nuestro mundo hay modas como en todos los mundos y 
vanidades y categorías. Yo soy un pobre cura que sólo 
sabe cumplir como buen trabajador. 

— Debía usted imitar — dijo Ojeda — á ese abate francés 
que tanto entusiasma á las señoras. 

— ¡Cállese, señor!— protestó el cura — . Yo no sirvo para 
titiritero. Los españoles no sabemos hacer comedias: te- 
nemos más seriedad... ¡Yo soy muy hombre! 

Y resumía su indignación con un fiero golpe en el 
pecho, afirmando varias veces que era muy hombre. 

— Tal vez en tierra me sea más fácil abrirme paso. 
Yo no soy cura á la moda, pero soy cura español, y esto 
algo debe valer entre gentes que son de nuestra sangre, 
hablan nuestra lengua y profesan el catolicismo porque 
España fué la primera en descubrir sus tierras. Ahí está 
la buena señora doña Zobeida, ese ángel de bondad: 
para ella no hay más sacerdote á bordo que yo: el obispo 
y el abate como si fuesen zapateros. ¡Ojalá se resolviera 
lo de su pleito y cambiase de fortuna! Ciertamente que 
no me olvidaría... Además, en aquella tierra, según di- 
cen, el exceso de dinero y la abundancia de negocios 
malean á los sacerdotes. Unos se dedican á la cría de 
caballos ó de bueyes; otros prestan dinero á los feligre- 
ses sóbrelas cosechas. Pero yo llego á trabajar sólo en lo 
mío, á cumplir como bueno, y me contento con poco. Mi 
felicidad sería un curato en esos campos donde la carne 



270 V. BLASCO IBÁÑBZ 

va tirada según dicen y el pan lo mismo. Mi madre no 
puede venir porque le tiene miedo al mar; pero traeré á 
mi hermana, que es guisandera fina, y malo será que no 
coloque á mi cuñado y dé carrera á. los sobrinos... ¡Señor, 
que así sea! 

Quedó indeciso y silencioso como si agitasen su cere- 
bro nuevas é inesperadas ideas. 

— Líbreme el Altísimo de un engaño — dijo—; pero yo 
pienso, don Fernando, que nosotros en América somos 
algo. Tal vez no sabemos tanto ó somos menos atre- 
vidos que ese parlanchín de las barbas, pero somos 
más serios, más sencillos. Nuestro catolicismo es para 
América más... ¿cómo me explicaré?... más... 

— Más clásico — interrumpió Ojeda para sacar al cura 
de su apuro. 

— Eso es — dijo don José tras una vacilación, como 
si pesase la pa^labra no comprendiéndola bien — . Más 
clásico; más con arreglo al país, y por esto las personas 
buenas y sencillas que no se curan de modas deben re- 
cibirnos mejor á nosotros que á esos sacerdotes extran- 
jeros que parecen gentes de teatro. 

Permanecieron los dos en silencio y Ojeda volvió á 
tener la misma visión del día anterior... «¡Buenos Aires!» 
También este nombre mundial había titilado un instante 
como parpadeo de mística lámpara en la penumbra 
de la sacristía, evocando la ilusión de una mesa abun- 
dante, una mesa de hartura, y en torno de ella una 
familia robusta y saludable, segura del porvenir, ro- 
deando al sacerdote rico... Y allá iban todos siguiendo 
el revoloteo de la esperanza, hacia un mundo de fértiles 
soledades faltas de hombres, llevando como precio de su 
entrada fuerzas, iniciativas y apetitos: unos sus brazos, 
otros su inteligencia, otros el ávido capital ansioso de 
copular con la tierra y reproducirse hasta lo infinito... 
y hasta aquel pobre cura llevaba su misa, su catolicis- 
mo español, más serio, más... clásico. 

La llegada de Maltrana interrumpió estas medita- 
ciones. 

—¿Qué dice don Pepe?... 

Y acompañó el familiar saludo con una suave pal- 
mada en el abdomen del clérigo. Este se inclinó son- 



LOS ARGONAUTAS 271 

riendo. «¡Qué don Isidro tan alegre y simpático!... Era 
imposible enfadarse con él.» 

Al ver juntos á los dos amigos, el cura pareció con- 
traerse en su humildad. 

— Ustedes tendrán que hablar — dijo mirando su re- 
loj — . Va á ser mediodía. ¡La hora del almuerzo! Me 
hace falta un poco de paseo para despertar el apetito. 

Y se alejó, seguido por la risa de Maltrana, que la- 
mentaba irónicamente la inapetencia del cura. 

Ojeda quiso saber qué había hablado su amigo con 
Martorell y el padre de Nélida. 

— Hablábamos de negocios — dijo Isidro con repentina 
gravedad y una expresión de misterio — ; de un gran 
negocio que llevamos entre manos. ¡Quién sabe si antes 
de un año seré rico, muy rico, más que usted, que quiere 
ir al desierto á roturar la tierra!... Las amistades sir- 
ven de mucho, y yo las tengo buenas. 

La mirada interrogante y asombrada de Ojeda le 
invitó á continuar en sus confidencias. Dudó un momen- 
to, como si temiese la burla de su amigo, y al fin dijo con 
resolución: 

— Vamos á fundar un banco apenas lleguemos á Bue- 
nos Aires... No se ría usted, Fernando; me lo esperaba. 
Es cosa seria. Martorell pone la idea y su experiencia 
de técnico. El señor Kasper, el padre de Nélida, pondrá 
el capital que se necesita pa.ra empezar; poca cosa, 
según el catalán, que entiende mucho de esto. Yo... no 
sé lo que pongo en el negocio, pero seguramente pondré 
algo, pues entro en él y mis consocios parecen contentos 
de tenerme en su compañía. 

Echóse á reir Ojeda con tal entusiasmo, que su espal- 
da chocó con la barandilla, doblándose hacia la parte 
exterior. «¡Maltrana banquero! ¡Maltrana fundador de 
un banco, cuando apenas tenía unas pesetas para des- 
embarcar!...» 

— No se burle— dijo éste algo amoscado — . La cosa no 
es para tanto, ¿Vamos ó no vamos á una tierra de ri- 
quezas y prodigios? Si usted oyese á ese muchacho ca- 
talán, la sencillez con que explica las cosas, se conven- 
cería de que lo del banco es asunto serio. ¿Y qué tiene 
de extraordinario que yo llegue á ser un gran banquero 



272 V. BLASCO IBÁÑEZ 

en un país donde todos al llegar cambian de profesión y 
cada uno se descubre con facultades y aptitudes que no 
sospechaba en Europa?... Aquí en el buque no se oye 
hablar más que de millones y de negocios estupendos. 
Todos llevamos nuestro plan gigantesco para asombrar 
al Nuevo Mundo y encadenar á la fortuna. Hasta los que 
se volvieron de América desesperados retornan con nue- 
vos bríos. ¿Por qué no ha de tener Maltrana su nego- 
cio?... Crea usted que los que han fundado bancos allá 
no valían más que yo ni tenían el talento de MartorelL 
que es un águila para estas cosas. 

Pasado el primer acceso de hilaridad, admirábase 
Ojeda de la convicción con que hablaba su amigo del 
futuro negocio. Sentía, indudablemente, la influencia 
misteriosa que había observado él en anteriores viajes. 
Un ensanchamiento de la ilusión, bástalos confines más 
absurdos de lo irreal, dominaba á los viajeros. El aisla- 
miento en medio del Océano empequeñecía ó anulaba 
todos los obstáculos con que se tropieza en la existencia 
de tierra firme. La inmensidad del mar parecía dilatar 
los cerebros y los ojos. Todos pensaban en grande y 
veían sus propias ideas con retinas de aumento. Y como 
la ilusión de los unos no oponía obstáculos á la espe- 
ranza de los otros, todos se empujaban locamente dando 
por realizadas las cosas en este galope de optimismo. 

Los vecinos de asiento, que durante los primeros días 
de navegación se habían mirado hostilmente en la cu- 
bierta de paseo, buscábanse ahora, no pudiendo vivir 
separados, y hablaban horas y horas de los futuros ne- 
gocios ideados en comandita, sin cansarse de manosear- 
los para apreciar mejor su mérito, examinándolos, como 
una piedra preciosa, faceta por faceta. Un hálito de he- 
roísmo despreciador de los obstáculos hacía vibrar los 
cerebros. La vieja Europa, meticulosa, cobarde y retar- 
dataria, quedaba atrás; las hélices la enviaban los espu- 
marajos de las aguas rotas como un salivazo de despecti- 
vo adiós. Por la proa llegaba el viento del Nuevo Mundo, 
la respiración de una tierra de valerosos sin escrúpulos 
ni remordimientos, donde el absurdo triunfa siempre 
que vaya acompañado de la tenacidad y la audacia. 

Si para un negocio se necesitaban tierras, las tierras 



LOS ARGOKxVÜTAS 278 

se adquirirían. Los futuros triunfadores ignoraban 
cómo ni por qué medio, pero se adquirirían y... basta. 
Este era un detalle de poca importancia. Si se necesita- 
ban grandes capitales, se encontrarían igualmente. No 
había que preocuparse de esto. Lo importante era el 
negocio, el gran negocio de estupenda novedad que sa 
les había ocurrido (novedad que consistía en trasplan- 
tar algo viejo y tradicional de Europa), y calculaban 
las seguras ganancias: tanto por mes, tanto por año, 
tantos millones á los cinco años, creyéndose, en fuerza 
de ilusión, casi al final de esta rápida carrera de la 
suerte. 

Algunos, con inagotable generosidad, sentían el de- 
seo de hacer partícipes de su estupenda fortuna á todos 
sus allegados, y cada mañana admitían un nuevo socio, 
ofrecían graciosamente una parte á un nuevo auxiliar, 
hasta el punto de no saber con certeza qué restaría para 
ellos, los geniales inventores. Otros, más ásperos de 
alma, empezaban á mirarse con recelo y suspicaz vigi- 
lancia, temiendo una mutua traición en el negocio que 
aun estaba por venir. La riqueza achica los corazones y 
los endurece. Y lo más extraordinario era que todos abo- 
minaban de la imaginación como de una facultad des- 
honrosa y ridicula. «Nada de ilusiones: hay que ver 
las cosas tales como son, y en el caso de exagerar colo- 
carse en lo peor. Pongamos que sólo se gana la mitad; 
pongamos que sólo es la mitad de la mitad...» Y tras 
estos cálculos descendentes, que revelaban su odio á 
toda fantasía, siempre resultaban millonarios. 

Los más entusiastas y de fe inconmovible eran los 
que habían estado en América y volvían á ella por se- 
gunda ó tercera vez. Los neófitos, que escuchaban con 
asombro sus profecías de riqueza, parecían dudar de 
repente. Era la timidez europea que resucitaba. «Yo he 
estado allá, y sé lo que es aquello — decía el compañero 
viejo — . Nada de miedo; esta vez con mi experiencia 
estoy seguro del éxito...» Y Maltrana, burlón y escép- 
tico, que iba á América sin saber ciertamente para qué, 
se había sentido de pronto arrebatado, lo mismo que los 
demás, por este huracán de optimismo. 

—Sí señor; un banco—repitió mirando á Ojeda con 

18 



274 V. BLASCO IBÁÑE2 

expresión algo agresiva — . Vamos á fundar un banco, 
y no comprendo que un negocio serio le produzca á us- 
ted tanta risa. Las cosas están magníficamente ideadas. 
Ese chico catalán, aunque despreciable como poeta, es 
un gran organizador, y el señor Kasper será un pillo si 
usted quiere, pero en los negocios la picardía es un mé- 
rito. El plan no tiene falla por ninguna parte. 

Y lo exponía con la sequedad de un grande hombre 
ofendido por la ignorancia de su auditorio. Fundar un 
banco era cosa corriente en aquellos países. Cada se- 
mana nacía uno, según le había dicho Martorell. No 
había calle principal de Buenos Aires que no tuviese 
unos cuantos. Lo más importante era encontrar una 
buena casa y amueblarla con muebles ingleses, «serios, 
distinguidos», y mostradores de caoba brillante. Ade- 
más eran necesarios un enorme rótulo dorado, juegos 
de banderas para las fiestas patrióticas, y gran ilumi- 
nación nocturna en la fachada. Capital x)ara empezar; 
dos ó tres millones de pesos. 

— Usted creerá haberme ai)lastado preguntando: 
«¿Dónde está el capital?...» Se hacen figurar todos esos 
millones y más si se desea en los estatutos, y sobre todo 
en las vidrieras y el rótulo, en letras de á dos palmos. 
Pero en realidad, se empieza con treinta ó cuarenta mil 
pesos... Y también me dirá usted: «¿Dónde están?...» El 
señor Kasper, que tiene en gran aprecio á Martorell y cree 
en el negocio, promete traerlos. Además, contamos con 
los buenos señores que entrarán en el directorio... Siem- 
pre se encuentran media docena de tenderos deseosos de 
figurar al frente de un banco. Gusta mucho poder decir 
á los amigos: «Esta tarde tengo sesión de directorio.» 
Da importancia escribir á los parientes de Europa, á los 
papanatas de la tierra, en el papel del banco con un 
membrete que impone respeto, en el que se consignan 
los millones del capital y las operaciones del estableci- 
miento. El catalán, que «conoce el corazón humano» y 
es gran aprovechador de vanidades, tiene echado el ojo 
desde su viaje anterior á unos cuantos compatriotas. 
Estos aportarán fondos, tomarán acciones para ser del 
directorio, y luego que funcione el banco... ¡á vivir! Da- 
remos dinero al 30 por 100 (lo que es fácil allá, según 



LOS ARGONAUTAS 275 

dice Martorell); prestaremos con hipoteca para quedar- 
nos con los bienes iiipotecados; un sinnúmero de her- 
mosas maldades, que explica mi consocio con hermosa 
sonrisa de hiena poética. 

Quedó en silencio Maltrana, como si se examinase 
interiormente. 

— ¡País de asombros! — continuó — . ¡Yo banquero, que 
he hecho sufrir tanto á los prestamistas de Madrid!... 
¡Tierra de transformismos, donde los albañiles se hacen 
agricultores, los curas fugitivos se convierten en padres 
de familia y los señoritos arruinados entran de cajeros 
de confianza en las casas de comercio!... 

— ¿Ya tienen ustedes título para el banco?— preguntó 
Ojeda. 

— Ese es el obstáculo; el único escollo con que tro- 
pieza hasta ahora nuestro negocio. Lo del título es 
importante. Casi va el éxito en encontrar algo que 
suene bien, que se pegue al oído, inspire confianza y 
tenga un carácter internacional, lo más internacional 
que sea posible. Los consocios no se ponen de acuerdo 
en lo del título: lo único indiscutible es que, sea cual 
sea su dimensión, deberá añadírsele «y del llío de la 
Plata». Porque allá, según Martorell, todos los bancos, 
aunque se titulen rusos, chinos ó noruegos, llevan como 
final de rótulo «y del Eío de la Plata». Sin esto no hay 
respetabilidad posible. 

Volvió á quedar en silencio Isidro, pero su rostro se 
animó durante esta pausa con su acostumbrada expre- 
sión de malicia. 

— Yo tengo mi título, un título de lo más universal. 
Abarca las diversas nacionalidades de las gentes que 
vendrán á nosotros y halaga al mismo tiempo el senti- 
miento regionalista. Hasta he tenido en cuenta el lugar 
del nacimiento de mis compañeros. «Banco de Westfa- 
lia, de Tarragona y del Eío de la Plata». Pero los socios 
no lo aceptan. 

En lo alto del buque vibró la señal de mediodía, un 
rugido de bestia prehistórica que hizo temblar los pasi- 
llos y tabiques del trasatlántico y se dejó absorber sin 
eco alguno por el sordo infinito del Océano. 

Fernando miró fijamente á su amigo. ¡Famoso Mal- 



276 V. BLASCO IBÁÑHZ 

trana! En él la gravedad era siempre de corta duración. 
Nunca se sabía ciertamente dónde cesaban sus emocio- 
nes, dando paso á la fría burla. 
— Las doce: vamos á almorzar. 

Cerca de la proa vieron algunos pasajeros que seña- 
laban la línea del horizonte, discutiendo con frases bre- 
ves. Contraían los ojos para dar mayor potencia á su 
visualidad: pasábanse de mano en mano los gemelos 
prismáticos, explorando el límite del Océano, sobre cuyo 
lomo se abullonaban tenues vapores. «Ya se ve Cabo 
Verde...» Otros dudaban. No eran las islas: eran simples 
nubes. Y todos, como si despertasen de la calma letár- 
gica del mar, mostraban un deseo famélico de ver tie- 
rra, de distinguir aquellas islas, en las que no había de 
detenerse el buque. 

Abajo en el comedor almorzaban muchos con cierta 
precipitación, como gentes que han de ir al teatro y 
aceleran la comida por miedo á llegar tarde. «Tierra: 
ya se ve tierra», decían de mesa en mesa con una ale- 
gría infantil. Más impacientes, algunos se levantaban 
de sus asientos con la servilleta en la mano, y alarga- 
ban el pescuezo queriendo distinguir por los ventanales 
del comedor aquellas islas ante las cuales iban á pasar 
de largo, y de las que hablaban todos como de una 
tierra de promisión. 

Después del almuerzo, la gente tomó el café á toda 
prisa y los salones quedaron abandonados, sonando en 
el vacío el abejorreo de los ventiladores y los trinos de 
los canarios. Todos se amontonaban hacia la proa, en las 
bordas de la cubierta, ansiosos de ver las islas. Empeza- 
ron á marcarse en el horizonte las gibas obscuras y bo- 
rrosas de unas montañas emergiendo del mar. Cansados 
al poco rato de esta contemplación monótona, muchos 
retrocedían. ¿No era más que aquello? Iba á transcurrir 
una hora larga antes de que estuviesen frente á ellas. 
Además el buque pasaba muy lejos... Volvían al fuma- 
dero á continuar sus partidas de poker, ó formaban en 
la cubierta los corrillos habituales, hablando tendidos 
en el sillón, hasta que el cabeceo de la somnolencia les 
hacía levantarse titubeantes, camino del camarote, para 
continuar la siesta. 



LOS ARGONAUTAS 277 

Ojeda y su compañero, acodados en la baranda, mira- 
ban con interés las siluetas de las islas destacándose como 
nubes puntiagudas sobre el azul sereno del horizonte. 

— Hasta aquí llegó Colón— dijo Fernando — . El Almi- 
rante, que había navegado siempre hacia Poniente, 
puso en el tercer viaje la proa al Sur, buscando descu- 
brir tierras nuevas por la parte del Austro. Pero más 
allá de estas islas tuvo miedo y torció el rumbo para se- 
guir la ruta de siempre. Le espantaron los calores del 
Ecuador: creyó que de seguir hacia el Sur acabarían 
por arder sus naves. Tal vez influyeron en su credulidad 
de visionario las leyendas de que rodeaba la pobre geo- 
grafía de entonces á la línea equinoccial. 

Recordó después los incidentes del tercer descubri- 
miento. Los rayos del sol eran tan intensos, que el Al- 
mirante, según consignaba en sus cartas, temió que in- 
cendiasen navios y personas. Caían sobre la escuadrilla 
frecuentes turbonadas, pero estas lluvias de pegajosa 
tibieza sólo servían para hacer tolerable el calor durante 
unas horas. Colón las acogió como un socorro providen- 
cial, creyendo que sin ellas todos hubiesen perecido. Iba 
enfermo: le inquietaba la desaparición en la línea del 
horizonte de los astros que guiaban á los navegantes en 
los mares del hemisferio boreal, así como la aparición 
de otras estrellas ignoradas que á cada singladura iban 
remontándose en el cielo. 

Renacían en su memoria las opiniones de la época 
sobre la línea equinoccial y lo que existía detrás de ella, 
doctrinas aprendidas en su vagabundaje por los conven- 
tos y los puertos, conversando con hombres de ciencia y 
navegantes. 

Para muchos en el hemisferio del Austro estaba el 
Paraíso terrenal. El Ecuador, con sus calores irresisti- 
bles, era «el gladio ó cuchillo ígneo versátil», que había 
puesto Dios entre los hombres y el Paraíso, para que nin- 
guno de los hijos de Adán pudiese volver á él. Los poetas 
de la antigüedad y los Padres de la Iglesia acordábanse 
maravillosamente al fantasear sobre esta parte del mun- 
do absolutamente ignorada. Más allá del Ecuador estaba 
la tierra llamada «Mesa del Sol», por la dulzura de su cli- 
ma y la generosa abundancia de sus productos. En ella 



278 V. BLASCO ÍBÁÑEZ 

vivían seres felices, que al no tener que preocuparse de 
las necesidades de la vida — pues la Naturaleza pródiga 
les ofrecía todo con exceso — , dedicábanse al estudio de 
las causas naturales, y especialmente de la astrología. 
Arim, «la ciudad de íos filósofos», era el centro de «la 
mesa del Sol». 

En esta parte de la tierra, por ser la más noble, había 
de estar forzosamente el Paraíso. Los astros influían en 
nuestra existencia poderosamente. Todo se desarrollaba 
en el suelo, no con arreglo á su propia bondad, sino por 
«las nobles y felices influencias de las estrellas que están 
sobre él», causa universal de vida. «A cielo noble co- 
rrespondía tierra nobilísima», y como las constelaciones 
del ignorado hemisferio eran, según la ciencia de la 
época, «las mayores, más resplandecientes, más nobles 
y perfectas, y por consiguiente de mayor virtud, felici- 
dad y eficacia que las de Aquilón», de aquí que bajo su 
resplandor debía estar forzosamente la mejor de las tie- 
rras, ó sea el Paraíso. 

La cabeza es la parte más noble de «todas las cosas 
naturales y artificiales, la más adornada y de mejor 
hechura, de donde procede la influencia á los otros 
miembros del cuerpo». ¿Y dónde estaba la cabeza de 
la tierra?... En el ignorado Austro, en el Sur, como le 
ocurre al árbol, que aunque tiene la cabeza oculta aba- 
jo, no podría extender las ramas con sus frutos y pá- 
jaros si esta cabeza dejase de enviarle su nutrición y su 
fuerza. Y el fuego, fuente de vida, nacía en el Austro, 
se engendraba en él, y una barrera de este fuego, tendi- 
da circularmente en el Ecuador, impedía el paso de un 
hemisferio á otro. 

El descubridor, alarmado por los insufribles calores 
que le salían al encuentro, vio en ellos una confirma- 
ción indiscutible de las opiniones de los hombres doctos 
de su época y volvía la proa á Poniente, no osando 
avanzar más en el temido Austro. 

Una gran sorpresa le esperaba. El mundo no era re- 
dondo, como habían creído Ptolomeo y otros. Podía 
ser esférico en el hemisferio boreal, donde aquellos sa- 
bios habían hecho solamente sus estudios; pero este 
otro hemisferio, por cuyos límites navegaba él, tenía 



LOS ARGONAUTAS 2?9 

«la forma de una pera que es redonda, salvo allí don- 
de tiene el pezón, que es más alto, ó la de una pelota 
con una teta de mujer puesta encima», y el extremo 
del tal pezón era «la parte del mundo más propincua 
al cielo». 

Los buques, al avanzar, aunque parecía que nave- 
gaban por un océano llano é igual, subían y sabían, 
siguiendo el lomo ascendente de esta protuberancia del 
planeta. El Almirante reconoció esta subida en la fres- 
cura del aire, cada vez más sensible según se avanzaba 
al Oeste, aunque las naves siguiesen el mismo grado, y 
sobre todo en las particularidades que ofrecían tierras 
y gentes. Así como el descubridor se había ido apro- 
ximando á la línea ígnea del Ecuador, el sol quemaba 
con más fuerza, las tierras estaban más calcinadas y los 
habitantes eran más negros. En Cabo Verde y en Sierra 
Leona llegaban las gentes á la más extrema negrura y 
las tierras parecían quemadas. Y sin embargo, al poner 
proa al Oeste, siguiendo la misma latitud, refrescaba el 
aire, y el Almirante encontraba en las costas de Vene- 
zuela la isla de la Trinidad, «de temperancia suavísima 
—según sus escritos — , con tierras y árboles muy ver- 
des y hermosos, como en Abril las huertas de Valencia, 
y la gente de muy linda estatura y casi blancos, más 
astutos y de mayor ingenio que los negros, y no co- 
bardes». 

Todo esto era porque las tierras y las personas esta- 
ban más en alto, más cerca de las buenas regiones del 
aire, en las laderas de aquel pezón gigantesco que alte- 
raba la redondez del hemisferio austral. Y la hipótesis 
del Paraíso, cabeza de la tierra, situado en el noble 
Austro, se convertía en certidumbre para el Almirante. 
En el vértice del pezón estaba el antiguo lugar de deli- 
cias, y el Orinoco, que endulzaba el mar, asombrando 
á los navegantes con su sábana inmensa, era uno de los 
cuatro ríos que descendían del Paraíso. 

Fernando y su amigo, que hablaban de estas fan- 
tasías del Almirante paseando por la cubierta, llegaron 
en su continuo circular ante las ventanas del gran salón. 
La voz tenue del piano, tocado en sordina, atrajo la 
curiosidad de Isidro, 



280 V. BLASCO IBÁÑEZ 

— Mire usted, Fernando. La alemana, la mujer del 
director de orquesta, que se aprovecha de que no hay 
gente en el salón. Cerca de ella está su niño... ¿Qué toca? 
¿Wágner?... No; eso lo conozco; es de Schúbert: El rey 
de los álamos. Vea cómo mueve la boca. Canta, pero 
no la oímos... No; no se acerque: la vamos á espantar 
como el otro día... Bueno; que le vaya á usted bien: 
mucha suerte. 

Esto último lo dijo al ver que Ojeda, repentinamen- 
te, como si obedeciese á una decisión anterior, se sepa- 
raba de él. Desapareció en la puerta de babor que daba 
entrada á los salones. Maltrana le vio pasar por entre 
las mesas del jardín de invierno, ocupadas por unos 
cuantos pasajeros dormitantes. Luego entró en el salón 
y fué á sentarse cerca del piano, junto al pequeñuelo 
cabezudo, que contemplaba los grabados de un gran 
volumen con aire reflexivo de persona mayor, arrullado 
por la música de su madre. Esta, al notar la presencia 
de un hombre que la escuchaba fijos los ojos en ella, 
hizo un gesto de sorpresa y contrariedad, se respingó, 
como si fuese á abandonar el piano, pero con súbita re- 
solución continuó en el asiento. Un ligero rubor colorea- 
ba su palidez verdosa de busto antiguo. 

— ;Qué Ojeda!— murmuró Isidro mirando por los cris- 
tales — . Veremos en qué viene á parar toda esta música. 

Sintióse sin fuerzas para seguir paseando por la cu- 
bierta. El calor había dispersado á las gentes. Todos 
gozaban la frescura de la siesta^ ligeros de ropa en el 
interior de sus camarote ó los encontrados huracanes de 
los ventiladores del fumadero. 

El buque cabeceaba perezosamente, con largos inter- 
valos de calma, sobre las extensas ondulaciones de un 
mar denso, centelleante, enrojecido como metal en fu- 
sión. Ni el más leve soplo agitaba las lonas de la cubier- 
ta, tendidas de las barandas al techo como un tabique 
rígido, obscuro y ardiente. 

Maltrana se dejó caer en uno de los varios sillones 
que ostentaban el rótulo de «Doctor Zurita y familia», 
y allí quedó en agradable sopor, sin saber ciertamente 
si estaba dormido ó despierto. Oía sonar el piano lejos, 
jnuy lejos, como una musiquilla de liliputienses. «Ahora 



LOS ARGONAUTAS 281 

es Wágner — pensaba — : eso lo conozco, Parsifál, «El 
encanto del Viernes Santo...» Ahora es Schúbert, el 
«Quinteto de la Trucha». jCosa graciosa!... Ahora... 
ahora...» Y no pudo reconocer nada más, porque dejó 
de oir la música. 

Se hundía, se hundía en un agujero negro, acompa- 
ñado por la melodía tenue, que se iba adelgazando lo 
mismo que un hilo cada vez más tirante, hasta romper- 
se y ser devorada por el silencio. 

De pronto volvió á la vida al sentir una mano en un 
hombro. Abrió los ojos y vio al doctor Zurita de pie 
ante él, con un puro en la boca, sonriéndole. 

— Levántese, amigo, y tome uno de hoja. Hoy no ha 
venido usted por el tributo. 

Le ofreció su estuche inagotable lleno de cigarros 
habanos. Eran las tres. El doctor había dormido su 
corta siesta habitual, y encontrándose solo, deseaba 
charlar con Isidro. Este se puso de pie para encender el 
puro, y su vista buscó á través de las ventanas del salón. 
Había enmudecido el piano, pero la alemana continua- 
ba en la banqueta revolviendo las hojas de las partituras 
y escuchando á Fernando, que acodado en la tapa del 
instrumento la hablaba de cerca. La amistad estaba 
hecha gracias á la música, complaciente mediadora que 
no necesita de presentaciones. 

El doctor quiso pasear, y Maltrana le siguió dando 
chupadas al cigarro de bravio perfume. 

La proximidad de la línea equinoccial parecía ale- 
grar á Zurita. Estaban cerca de su hemisferio, iban á 
entrar en él antes de dos días. 

— Es como quien dice volver á casa, mi amigo. Yo soy 
muy americano y tengo unas ganas locas de ver mi 
cielo. ¡Cuántas noches en Europa me privé de mirarlo, 
porque no podía encontrar en él la Cruz del Sur!... Y 
mañana tal vez la contemplemos. Mi muchachada no 
comprende estas cosas del viejo. 

Sentía impaciencia por llegar á su tierra, ver á los 
amigos, enterarse de la marcha de los negocios, pisar 
las calles de Buenos Aires. Las capitales de Europa eran 
dignas de su admiración, pero ¡Buenos Aires!... 

— Pronto llegaremos si Dios nos ayuda — continuó ale- 



282 V. BLASCO IBÁÑEZ 

gremente — . Allí se demostrará, galleguito simpático, 
lo que usted vale y lo que lleva dentro. A ver si algún 
día llega á ser archimillonario y yo puedo contar con 
orgullo que hizo conmigo su primer viaje... Pero ha^/ 
que trabajar, ¿se entera, che?... Nada de creer que alií 
se encuentra plata con sólo agacharse á tomarla. Se 
miente mucho. La gente va allá con la cabeza llena de 
exageraciones. Además, la plata no se hace en un mes 
ni en un año: hay que contar con el tiempo, que vale 
tanto como el trabajo: hay que dedicar á una empresa, 
sea ésta cual sea, la mayor parte de la vida. 

Habían dado la vuelta entera al paseo, y el doctor 
se detuvo cerca de las ventanas del salón. Otra vez sona- 
ba el piano. Isidro vio á su amigo de pie junto á la artis- 
ta, con los ojos ñjos en su nuca inclinada, esperando una 
indicación de su cabeza para volver las hojas de la par- 
titura. 

— Vea, Maltranita. Lo importante en nuestra tierra es 
comprar algo, poseer algo, ser propietario, y luego el 
país, que va siempre hacia adelante, se encarga de enri- 
quecerlo á uno, siempre que tenga paciencia y sereni- 
dad. ¿Por qué cree usted que somos un pueblo aparte de 
los demás y vienen á fundirse con nosotros gentes de 
todo el mundo?... 

El doctor hacía esta pregunta con una expresión de 
malicia bonachona en los ojos y la boca. Maltrana se 
apresuró á repetir todos los lugares comunes que había 
oído sobre la tierra argentina. La feracidad del suelo 
virgen, la falta de braceros, la facilidad de crédito para 
el trabajo... 

— Yo he reflexionado mucho, mi amigo, sobre las 
cosas de mi patria, y creo que su poder de atracción con- 
siste en que en ella no hay aritmética. ¿Se entera usted?. . . 
Más bien dicho, que su aritmética es distinta de la que 
se usa en los demás pueblos. En Europa y fuera de ella 
dos y dos son cuatro siempre. ¿No es eso?... Pues en 
Argentina jamás ha sido así. 

Guardó silencio, como si se gozase en la estupefac- 
ción de Maltrana, y luego continuó con una sonrisa 
doctoral: 

— En los tiempos coloniales, cuando la vieja España 



LOS ARGONAUTAS 283 

nos tenía como niños en la escuela, y aun mucho des- 
pués, en la época de nuestras revueltas, dos y dos jamás 
fueron cuatro. No había quien sumase, quien pusiese los 
dos números uno sobre el otro. Nos vestíamos con tejidos 
domésticos; matábamos los animales para aprovechar 
únicamente el cuero y el sebo, dejando la carne á los 
caranchos; cultivábamos la tierra para las necesidades 
de casa nada más... Después vinieron los buenos tiempos 
de la exportación y de la inmigración y dos y dos tam- 
poco fueron cuatro. Se valorizó todo de un modo loco, 
y dos y dos fueron ocho, dos y dos son doce, y á lo 
mejor se levanta uno de la cama, y sin más trabajo que 
haber estado durmiendo, se encuentra al despertar con 
que dos y dos hacen veintidós... ¡Qué país, mi amigo! 

Maltrana le escuchaba enarcando las cejas con sin- 
cero asombro, como si esta paradoja del doctor le librase 
el gran secreto del país adonde él iba. 

Comprendido: lo importante era tener dos sumandos, 
por simples que fuesen: dos y dos. El país se encargaba 
después de hacer la adición con arreglo á su aritmética 
maravillosa. 

— Pero esa aritmética tiene á veces sus fracasos — con- 
tinuó el doctor acentuando su sonrisa — . La del viejo 
mundo, tímida y rutinaria, es inconmovible. Dos y dos 
siempre son cuatro, ni más ni menos. Allá en nuestra 
tierra cada diez años tiembla todo, sin que acierte nadie 
á descubrir el por qué del cataclismo. Años de sequía 
y malas cosechas... algunas veces ni esto. Guerras que 
se desarrollan al otro lado del planeta, en países que no 
conocemos ni nos importan un poroto; restricción de 
crédito, falta de dinero, bancos á los que dan «corrida», 
como dicen allá, y que ven sus puertas llenas de gente 
que retira sus depósitos; propietarios que desean vender 
y no encuentran á quién; capitalistas extranjeros que 
no quieren hipotecar... y entonces dos y dos son uno... 
dos y dos son nada... y el que no tiene aguante para 
esperar que la aritmética recobre su antigua originali- 
dad queda reventado para toda la siega. 

Maltrana continuó la paradoja del doctor con una 
objeción. Día llegaría en que dos y dos fuesen eterna- 
mente cuatro en aquel país: cuando sus campos queda- 



284 V. BLASCO IBÁÑBZ 

sen divididos en pequeñas fracciones, los desiertos estu- 
vieran ocupados por una población densa, y se elevasen 
las aguas hasta las tierras resquebrajadas ahora de sed 
junto á ríos enormes como brazos de mar. 

—Así será— dijo el doctor—. Dos y dos serán cuatro 
en la Argentina alguna vez... Indudablemente dentro 
de siglos. Pero entonces — añadió con tristeza — nadie irá 
á ella, porque para encontrarse con la misma aritmética 
del país natal, con la novedad de que dos y dos sólo 
hacen cuatro, no hay hombre que sienta deseos de mo- 
verse de su casa. 



VII 



— Sí; dice usted bien. El poder demoníaco de la mú- 
sica, que influye en nuestra suerte, como en otros tiem- 
pos influían los astros... El Maestro habla de él al re- 
cordar en sus memorias los años de iniciación... Añna 
nuestra sensibilidad para que suframos más intensa- 
mente las heridas de la existencia. 

Mina Eichelberger, la mujer del director de orques- 
ta, murmuraba estas palabras con el mentón apoyado 
en el pecho y la mirada fija en Fernando, de pie junto 
á ella. 

Hablaban en la cubierta de los botes, bajo la sombra 
movediza de un toldo de lona que dejaba avanzar una 
faja de sol ó la repelía, siguiendo el balanceo del buque, 
largo, suave, apenas perceptible. 

Era en la tarde, después del almuerzo, cuando des- 
aparecían muchos pasajeros, adormecidos y abrumados 
por el calor, buscando continuar la siesta en el cama- 
rote bajo el soplo de los ventiladores. Otros, temiendo 
encerrarse entre los tabiques de acero, permanecían 
tendidos en los sillones de las cubiertas, bajo la azulada 
sombra de las lonas, esperando los leves é intermitentes 
soplos de la brisa sobre el pescuezo sudoroso, en torno 
del cual se arrugaba el cuello de la camisa como un 
trapo mojado. Sonaban penosos ronquidos, respiraciones 
jadeantes, cortando con su estertor animal el augusto 
silencio de la tarde. 

Parecía recogerse el mar, adormecido igualmente, 
sin otro rumor que el del roce de sus espumas en los 
flancos del navio. Un crujir de pasos sobre la madera 
hacía entreabrir algunos ojos que tornaban á cerrarse 



286 V. BLASCO IBÁÑEZ 

apenas se alejaba ei paseante importuno. Los gritos de 
los niños en la cubierta alta, jugando insensibles al sol 
y al calor, sonaban con extraordinario eco, recordando 
el vocerío de la chiquillería en la plaza blanca de un 
pueblo meridional á la hora de la siesta. 

Todos los habitantes del buque sentían después del 
almuerzo una tendencia al sueño abrumados por el cali- 
ginoso ambiente, entorpecidos por una elaboración pesa- 
da, anonadados y felices al mismo tiempo por las volup- 
tuosas contracciones del tubo digestivo en plena tarea 
asimilatoria. Era el momento — según Maltrana — de la 
gran pureza. Los que en otras horas del día rondaban 
por cerca de las faldas con miradas invitadoras y pala- 
bras insinuantes, permanecían tendidos en las cubier- 
tas. Los que á la caída de la tarde parecían reanimarse 
con la brisa y se estiraban impulsivamente lo mismo que 
fieras carnívoras que despiertan, quedábanse ahora hun- 
didos en los sillones del fumadero con la inconsciencia 
de la boa enrollada, siguiendo vagamente las espirales 
de humo del cigarro. 

Parejas amigas, de cuyas intimidades se ocupaban 
con deleite los murmuradores, permanecían en los asien- 
tos de la cubierta, sin verse, sin conocerse, volviéndose 
la espalda, faltos de fuerzas para cambiar una palabra, 
deseando tranquilidad y olvido. El bienestar animal 
de la digestión y la atmósfera ardiente rechazaban el 
amor á segundo término durante unas horas, como algo 
molesto é intolerable. Las pasiones anteriores enmude- 
cían. Nadie osaba insinuar una petición por miedo á 
verla aceptada, teniendo que descender á la asfixiante 
penumbra del camarote, removida por el aleteo del ven- 
tilador. 

Y fué en esta hora cuando Ojeda entabló su cuarta 
conversación con Mina Eichelberger. Habían cruzado la 
palabra por vez primera en la tarde anterior, al avistar 
el buque las islas de Cabo Verde. Aun no hacía veinti- 
cuatro horas que se conocían y Fernando la hablaba con 
absoluta confianza, libre de los retrocesos que inspira 
la timidez, como si un largo trato de años hubiese des- 
gastado entre ellos todas las angulosidades de la pru- 
dencia y el miedo. La vida sobre el Océano en una 



LOS aroonaütAkS 287 

jaula flotante de algunos centenares de metros, donde 
era imposible moverse sin tropezarse, hacía marchar las 
amistades vivamente. 

Cuando el buque estuvo frente á las islas y los pasa- 
jeros contemplaron las montañas tras las cuales ocultá- 
base el sol ensangrentando el horizonte, los dos se ha- 
blaban ya con rápida confianza y sus manos sentían 
un estremecimiento simpático al encontrarse entre las 
hojas de las partituras. Veíanse solos en el salón, olvi- 
dados de la gente, que había afluido á los costados del 
buque. Mina cantaba á media voz, súbitamente ruboro- 
sa, al pensar que Fernando estaba de pie, detrás de ella, 
dejando caer su mirada sobre su nuca y sus espaldas. 
Se avergonzaba tal vez con súbita coquetería al verse 
mal trajeada y sin ningún adorno de tocador. Cuando 
sus manos permanecían inertes sobre el piano y cesaba 
de cantar, hablaban entonces de la música, de los céle- 
bres maestros, del gran mago, del nigromante — nom- 
bres que Ojeda daba á Wágner — , insistiendo en estos 
tópicos que habían servido de pretexto para iniciar su 
conocimiento. 

Las primeras palabras habían sido en inglés, luego 
en francés, y al ñn, como si buscase ella mayor des- 
ahogo para su expresión, habló en italiano, un italiano 
lento, titubeante, recuerdo de una época cercana en la 
cronología de su existencia, pero remota, muy remota 
en sus recuerdos. Era la época de su gloria, durante la 
cual había cantado fuera de la tierra germánica las 
obras del m^ás famoso de los maestros alemanes. 

El pequeño Karl, niño de gravedad hombruna, al 
ver á su madre en conversación con este desconocido, 
había olvidado el libro de estampas, marchando hacia 
ella para colocarse entre sus rodillas. Abría sus ojos 
asombrado por el lenguaje incomprensible que se cru- 
zaba entre los dos, y de vez en cuando, con la tenacidad 
vanidosa de los pequeños que no toleran verse olvida- 
dos, hablaba á su madre en alemán, formulando una 
petición, ó se frotaba contra sus rodillas para hacer vi- 
sible su presencia. 

Jugueteaban las manos de Mina con sus cabellos la- 
cios, de un rubio blancuzco, pero distraídamente, con 



288 V. BLASCO IBÁÑBZ 

un descuido de madre preocupada, sin que sus ojos des- 
cendiesen hasta él. Miraba á Fernando con una franque- 
za varonil, cual si fuese un cantarada, sonriendo á todas 
sus palabras sin saber por qué. Fijábanse sus pupilas en 
las pupilas de él resueltamente, como si quisiera son- 
dearlas con su fluido visual. Pero de pronto arrepentía- 
se de esta conñanza, sentía miedo y vergüenza y giraba 
la cabeza para escucharle con los ojos perdidos en los 
pentagramas del libro de música. 

El hablaba mientras tanto, más atento á sus pensa- 
mientos mudos é internos que á lo que decía con su 
boca. La examinaba audazmente, detallando con los 
ojos toda su persona, sin obtener al final un juicio exac- 
to. ¿Era fea?... ¿Era hermosa, con una belleza exangüe 
de flor marchita?... Ojeda recordaba ciertos muebles 
antiguos, de dorados borrosos y nácares opacos, que al 
abrir sus cajones esparcen un perfume sutil de alma ol- 
vidada. Pensaba también en los salones viejos y polvo- 
rientos que guardan entre las grietas de sus muros 
jirones de ricas tapicerías reveladores de suntuosidades 
que fueron; en las voces débiles, quejumbrosas por la 
enfermedad, que de pronto se arrastran con roce ater- 
ciopelado ó se elevan con la vibración de una perla so- 
bre el cristal denunciando un pasado de gloria... 

Veía su cuello esbelto, de líneas armoniosas y gráci- 
les, cuando permanecía en reposo, pero que á la menor 
contracción marcaba la tirante madeja de sus tendones. 
Se fijaba en la cortante arista de las clavículas bajo la 
epidermis mate de una blancura verdosa que absorbía 
la luz sin reflejarla. La más leve sonrisa abría en sus 
mejillas dos tristes oquedades obscuras que tal vez ha- 
bían sido antes graciosos hoyuelos. Una consunción 
interna había devorado las morbideces que suavizan 
con armonioso almohadillado el cuerpo femenil; pero 
esta consunción era irregular, fragmentaria, ensañán- 
dose en unas partes del organismo y olvidando otras; 
dejando incólume, con incomprensible respeto, lo más 
prominente: los pechos, todavía frescos y victoriosos 
sobre el torso enflaquecido, semejantes á un doble blasón 
de mármol en una fachada ruinosa; las caderas, de ro- 
bustez germánica, firmes é inconmovibles, como si en 



LOS ARGONAUTAS 289 

ellas fuese más el hueso del armazón que la carne del 
revestimiento. 

La piel, tersa en unos lugares del cuerpo, se aflojaba 
en otros, dejando dolorosos vacíos entre ella y el óseo 
andamiaje. Pero la mirada era indudablemente igual 
que en los tiempos de su gloria. Los extremos de la 
boca, los ángulos externos de los ojos, remontábanse á 
un tiempo con la sonrisa, una sonrisa interior, dulce y 
enigmática como las que pintaba Leonardo. La deca- 
dencia física se había detenido piadosa ante la bella ex- 
presión de sus labios encorvados hacia arriba, como una 
luna en creciente. Sus párpados, algo marchitos, filtra- 
ban al contraerse una luz transfiguradora semejante á 
la del sol sobre las ruinas, que dora el moho de las pie- 
dras negruzcas y da alegrías de jardín á las plantas pa- 
rásitas de los escombros. Un tenue olor de carne perfu- 
mada y enferma llegaba hasta Ojeda, pero tan leve, 
tan vagoroso, que no sabía ciertamente si era su olfato 
quien lo percibía ó su imaginación. Y otra vez pensaba 
en el ambiente dormido de los antiguos muebles de se- 
creto, que huelen á cartas de amor, polvo, ramilletes 
secos, cintas olvidadas y polillas. 

Por la noche había vuelto á hablar con ella lar- 
gamente. En las inmediaciones del fumadero, Mina 
lo presentó á su esposo, aprovechando una rápida sa- 
lida de éste, que iba á su camarote en busca de tabaco, 
abandonando á los compañeros y las altas columnas 
de redondeles de fieltro que denunciaban los bocks 
consumidos. 

El músico se mostró cortés y respetuoso. Era un 
honor para él estrechar la mano de tan gran poeta. No 
había leído un solo verso de Fernando, pero en las 
averiguaciones y curiosidades de los primeros días de 
navegación, cuando todos desean saber quién es el 
vecino, Maltrana había hablado del talento poético de 
su compañero, y esto bastó para que lo designasen por 
antonomasia con el título de «el poeta». Algunos ale- 
manes, dispuestos á reconocer y acatar todas las dife- 
rencias y gerarquías sociales por una irresistible ten- 
dencia á la admiración, le llamaban «el gran poeta»... 
«un poeta kolosal», con méritos tanto más grandes 

19 



290 V. BLASCO IBÁÑBZ 

cuanto que vivían perdidos en el misterio de una len- 
gua desconocida. 

Ojeda experimentó al examinar el maestro Eichelber- 
ger la misma sensación que ante su esposa. Vio algo que 
había sido, y al no ser, guardaba en su ruina los muer- 
tos esplendores del pasado. Los gestos, las palabras, 
todo en su persona era de un hombre superior al medio 
en que vivía actualmente. Eebuscaba sus palabras, se 
atusaba el bigote, un bigote de antiguo germano con los 
extremos caídos; se echaba atrás, con aire de inspira- 
do, la luenga cabellera rubia, en la que apuntaban las 
canas. Pero sus ojos macilentos, de córneas ligeramente 
inflamadas, los manchurrones rojizos y malsanos de su 
rostro, cierta timidez al verse en presencia de alguien 
que por su superioridad le hacía recordar el pasado 
como un remordimiento, revelaban los vicios tenaces de 
su vida fracasada. De pronto, para no delatarse en los 
azares de una larga conversación, se apresuró á despe- 
dirse del poeta. Fernando creyó igualmente que el mú- 
sico huía de mostrarse ante su mujer en esta forma cor- 
tés tan contraria á la realidad, temiendo sin duda la 
muda ironía de sus pensamientos. 

Quedaron solos hasta cerca de media noche en un 
rincón de la cubierta, teniendo entre los dos al pequeño 
Karl, que empezaba á familiarizarse con Ojeda. Cuando 
se cansaba de apoyar la cabeza en las rodillas de la ma- 
dre, iba en busca del nuevo amigo, acogiendo como un 
gatito manso la caricia de sus manos en la flácida cabe- 
llera. El sueño acabó por rendirle y Mina lo llevó á su 
camarote, despidiéndose de Fernando con visible con- 
trariedad. Pero á los pocos minutos volvió á subir, como 
si tirase de ella algo superior á sus preocupaciones de 
madre, y tuvo una mirada de gratitud para Ojeda al 
verlo inmóvil en el mismo asiento, cual si prolongase 
mudamente la entrevista anterior. 

Volvieron á hablarse, pero completamente solos, en 
creciente intimidad, sin prestar atención á la orquesta, 
que ejecutaba su concierto nocturno de valses, sin ñjar- 
se en las miradas curiosas de algunos paseantes que 
parecían tomar nota del repentino acercamiento de dos 
personas que hasta entonces nadie había visto juntas. 



LOS ARGONAUTAS 291 

Una tos seca y persistente hizo volver la vista á Fernan- 
do. Era Mrs. Power con la pareja de compatriotas suyos 
que pasaba por delante de él fingiendo no verle. 

A la mañana siguiente se habían encontrado de 
nuevo. Mina subió á la cubierta en las primeras horas, 
mucho antes que los otros días, llevando de la mano á 
Karl. El pequeñuelo apenas vio á Fernando corrió hacia 
él, dejando flotar sus rubias guedejas sobre el cuello azul 
de su blusa marinera. Este vínculo de aproximación 
hizo que los dos se abordasen sonrientes, con la mano 
tendida, continuando la conversación de la noche ante- 
rior. Y una vez terminado el almuerzo, Karl se había 
encaramado por una de las escaleras que conducían á 
la última cubierta, atraído por la gritería de los niños 
en pleno juego. Su madre le siguió, mirando antes en 
torno para ver si Ojeda estaba cerca. Y éste fué tras 
ella peldaños arriba, como si le atrajese su pálida 
sonrisa. 

— Aun no hace veinticuatro horas que nos conoce- 
mos — pensaba Fernando — . ¡Los milagros del encierro 
común! En tierra hubiese necesitado meses para llegar 
á esta intimidad. 

Se habían aislado los dos en medio del rebullicio que 
agitaba al pasaje con motivo de las próximas fiestas del 
paso del Ecuador. Fernando seguía á la alemana en la 
vida de modesto apartamiento que hasta entonces había 
llevado, tímida y orgullosa á la vez. 

La noche anterior se había acercado Isidro á él cuan- 
do estaba hablando con Mina. Debía recordarle que era 
uno de los presidentes del comité organizador de las 
fiestas, y los señores de la comisión reclamaban su pre- 
sencia antes de terminar el programa. Pero Ojeda repe- 
lió con malhumor el inoportuno llamamiento. Maltrana 
podía representarle: delegaba en él toda la majestad de 
su importante cargo. 

A la mañana siguiente le buscaron los señores de la 
comisión. Solicitaban su concurso para la velada litera- 
ria y musical, una fiesta en la que todos los pasajeros 
con alguna habilidad artística iban á mostrarla para el 
gozo estético de sus compañeros de viaje. Sonaba el 
piano incesantemente en el gran salón bajo los dedos en- 



292 V. BLASCO IBÁNBZ 

torpecidos de las señoritas que preparaban su «número». 
Otros pianos no menos balbuceantes y expuestos á error 
contestaban desde los extremos de la cubierta, en la 
sala de los niños y en los camarotes de gran lujo. Voces 
aflautadas y tímidas vocalizaban romanzas sentimenta- 
les, canciones napolitanas, y se interrumpían para decir: 
«¡Viniendo artistas á bordo! ¡qué atrevimiento!...» Al- 
gunas jóvenes, bajo la crítica severa de un tribunal de 
padres y de tías, recitaban versos en francés, tapándose 
con un abanico los ojazos ardientes de criolla ó la boca 
carmesí en la que empezaba á diseñarse la seda de 
un leve bozo, contorsionando con reverencias de dama 
versallesca sus caderas en capullo de futuras procrea- 
doras. 

Ojeda repelió con terquedad estas invitaciones al 
«gran poeta» para que recitase algunas de sus obras. El 
no gustaba de tales ñestas: no sabía decir bien dos versos 
seguidos; además una gran parte de los oyentes no en- 
tendían su idioma. Podían dirigirse al conferencista ita- 
liano ó al abate de las barbas, que hacían el viaje para 
divertir al público. El se había embarcado con otros 
propósitos... Por cortesía los invitantes se dirigieron 
también á Mina, recordando que la habían visto sentada 
al piano. Podía «llenar un número». Pero ella se negó 
ruborizada, alegando que no era artista, sino la simple 
esposa del director de orquesta, y su intervención podía 
molestar á las «estrellas» de opereta que venían en el 
buque. Y los invitantes no creyeron necesario insistir 
más cerca de una mujer pobremente vestida y que se 
apartaba de todos con huraña modestia. 

Su trato con Fernando infundía una nueva anima- 
ción á su existencia. Parecía resquebrajarse después de 
cada entrevista el aislamiento en que había vivido hasta 
entonces como en un caparazón erizado de púas. Y en 
este resurgimiento contemplábala Ojeda cada día con 
mayor interés. Iba revelando su pasado fragmentaria- 
mente, con titubeos de modestia, cual si temiese fatigar 
la curiosidad de su amigo. Euborizábase con la evoca- 
ción de ciertos infortunios que había deseado olvidar 
para mantenerse de este modo en la paz de una vida 
monótona, sin esperanzas ni recuerdos. 



LOS AJJOONAUTAS 293 

¡Su brillante entrada en la vida, mucho antes de co- 
nocer al maestro Eichelberger, cuando la aplaudían en 
los teatros de Alemania y aprendiendo luego el italiano 
interpretaba las obras de Wágner en las escenas de 
Europa y América!... Diez y nueve años; su voz no era 
portentosa; justa y precisa nada más; la necesaria para 
cantar su parte sin ahogos. Pero los entusiastas del gran 
mago la apreciaban porque sabía entrar «en la piel de 
los personajes». Wágner poeta, creador de héroes épicos, 
intérprete de conflictos humanos, le inspiraba tanta 
adoración como Wágner músico. Durante mucho tiem- 
po, por un fenómeno de artística adaptación, había 
creído ser Brunilda. Su verdadera personalidad era la 
de la hija de Wotan. Sólo vivía de noche á la luz de las 
baterías escénicas, acompañada en sus pasos y lamen- 
tos por la música misteriosa que surgía del abismo or- 
questal. El pecho encerrado en los mamilares de la cora- 
za de escamas, el metálico casquete rematado por dos 
alas blancas, la lanza vibradora en una mano, el manto 
purpúreo siguiendo con una flotación de bandera su paso 
vigoroso de virgen fuerte: todo esto había sido la reali- 
dad. La vida en los hoteles, los viajes por mar y por 
tierra, las míseras rivalidades de profesión, eran un en- 
sueño incierto é incoloro, un limbo del que sólo guarda- 
ba pálidos recuerdos. 

El poder demoníaco de la música la había poseído 
por entero, transportándola á las regiones de una vida 
superior. La grosera realidad, cortina engañadora que 
oculta á nuestros ojos la suprema belleza para que nos 
resignemos á la penumbra de la existencia práctica y 
vivamos como bestias mirando al suelo, rasgábase para 
ella todas las noches así que pisaba las tablas. 

Sentía su alma bañada en divina tristeza cuando el 
padre-dios, iracundo y bondadoso á un tiempo, la cas- 
tigaba por su desobediencia, aletargándola sobre el 
peñasco que había de rodear el fuego con un muro 
rojo de ondeantes almenas. Canutaba con la alegría de un 
pájaro que saluda al día y al amor cuando la despertaba 
Sigfrido, el gran niño sin miedo y sin prudencia, y al 
despojarla de su armadura le arrebataba la virginidad. 
¡Adiós grandeza fría de los dioses! Ella quería ser mu- 



294 V. BLASCO IBÁÑBZ 

jer, con todos los dolores y las pobres alegrías de los 
humanos. 

Extremecíase aún al recordar el final de la gran 
epopeya, ante la pira fúnebre rematada por el cadáver 
del héroe, cuando tremolando la antorcha vengadora 
que convierte en cenizas el reino de los dioses, expre- 
saba su pena y su sabiduría. Era su tristeza la de la mu- 
jer superior que ha amado á un ser ligero, valeroso é 
inconstante, y en la hora suprema lo plañe y disculpa sus 
faltas. La gran verdad, resumen de todas las experien- 
cias de la vida; la verdad que buscamos á tientas y 
desechamos muchas veces al encontrarla; la que sólo 
reconocemos en el último momento, cuando ya es imposi- 
ble recomenzar y los errores no tienen remedio, salía 
de su boca llorosa: «Eenuncio á mi divina ciencia y se 
la doy al mundo. Sepan los hombres que la felicidad 
no es la riqueza, ni el oro, ni el poder de los dioses. No 
es tampoco la pompa del rango supremo, ni los lazos 
mentirosos de las convenciones sociales, ni las riguro- 
sas reglas de una hipócrita ley. En la alegría como en 
la tristeza, sólo existe para el hombre una fuente de fe- 
licidad: ¡el amor!» 

Y la pasión que ponía Mina en su voz comunicábase 
á los que la escuchaban. En sus peregrinaciones de tea- 
tro en teatro, acompañada por su madre — viuda de un 
militar bávaro muerto en la campaña de Francia — , la 
joven se había visto diversas veces solicitada en matri- 
monio. Un millonario de la América del Norte quiso 
casarse con esta alemana de la que hablaban los perió- 
dicos, y cuyos retratos gozaban el honor de ser exhibi- 
dos al lado de los presidentes de la gran República y 
los más famosos boxeadores. 

Cantantes de porvenir le ofrecieron la asociación ma- 
trimonial para hacer ahorros en común, amasando una 
gran fortuna. Pero ella llegó á los veinticinco años sin 
prestar oído á estas proposiciones, que atentaban contra 
su gloria, hasta que conoció el amor en la persona del 
maestro Eichelberger. Tal vez no fué amor: tal vez fué 
lástima. Las mujeres sienten desarrollarse en su pecho el 
sentimiento de la maternidad mucho antes de ser madres 
y lo aplican á todo hombre que les inspira un interés 



LOS ARGONAUTAS 295 

de conmiseración, confundiendo el amor con la piedad. 
Se había engañado voluntariamente, interesada por los 
defectos del músico. 

— Fué en Dresde donde nos conocimos — dijo Mina — . 
El á pesar de su juventud tenía cierto renombre de com- 
positor. Todos le creían destinado para algo más gran- 
de que dirigir una orquesta. Algunas de sus romanzas 
empezaban á ser populares en Alemania: una sinfonía 
suya había sido aplaudida en los conciertos de Berlín. 
Trabajaba poco, su vida era borrascosa, y yo pensé que 
le faltaba, como á todos los hombres superiores en la 
primera época de su vida, un cariño que lo guiase, el 
amor de una compañera inteligente que lo sostuviera 
en el buen camino. 

Se acordaba de la juventud del gran mago, de su pri- 
mera mujer, Mina Planer, hacendosa y burguesa, que 
seguía la carrera de cantante como un oficio, pero que 
supo facilitar su producción, defendiéndolo de los acree- 
dores, organizando un hogar modesto que sin ella no 
habría tenido jamás el grande hombre. 

— Creía encontrar en la semejanza de nuestros nom- 
bres una identidad de destinos. Yo podía ser la Mina de 
este nuevo Wágner que empezaba á surgir de la obscu- 
ridad. Y así se inició lo que no fué nunca amor, sino 
un gran sacrificio por la gloria... ;Ay! ¡Cómo nos enve- 
nena el arte cuando lo introducimos de consejero en 
nuestra pobre existencia! 

Se buscaban con una simpatía intelectual, entre los 
demás artistas, vulgares jornaleros de la música. Mina 
le había recibido frecuentemente contra la voluntad de 
su madre, señora de rígidos principios que no podía 
transigir con los desórdenes del maestro. Hablaban jun- 
tos de El, del demiurgo, del nigromante; se extasiaban 
ante el piano, con los nervios estremecidos por el poder 
demoníaco de su música. Un día, Eichelberger llegaba 
borracho á estas entrevistas, completamente borracho. 
¡Esta semejanza más!... También Wágner á los veinte 
años, cuando era simple director de orquesta en Mag- 
deburgo y no tenía otras obras que Las hadas y la sinfo- 
nía de Cristóbal Colón^ había llegado beodo una noche á 
la habitación de Mina Planer. Y la consecuencia de esta 



296 V. BLASCO IBÁÑBZ 

embriaguez fué el matrimonio con una mujer que no 
creyó mucho en su talento, pero supo cuidar de su coci- 
na y salir adelante de los apuros pecuniarios con el sen- 
tido práctico de una antigua obrera habituada á la mise- 
ria. La suerte marcaba su camino á la otra Mina. Esta, 
más inteligente, sabría «redimir» al joven maestro, que 
sólo necesitaba el apoyo del amor para revelarse como 
un genio. Y después que Eichelberger beodo pasó la 
noche en su cuarto, el matrimonio fué cosa decidida y 
la madre tuvo que resignarse. 

Entristecíase Mina al recordar este suceso; el gran 
error de su existencia, el cambio fatal de rumbo. Se 
llevaba una mano á la frente, como si quisiera arran- 
carse un recuerdo tenaz para arrojarlo al Océano... 
¡Los crueles engaños del arte! ¡Las intermitencias del 
talento, que en unos apunta como flor seductora con los 
días contados y en otros tiene la inmovilidad grandiosa 
de la montaña!... 

— Usted habrá visto arrastrando una existencia de 
miseria artistas de hermosa voz, que sin embargo can- 
tan en los cafés como mendigos. La gente se indigna 
contra esta injusticia de la suerte. Hay que ayudarlos: 
hay que llevarles á la ópera. Y cuando van á ella, el 
fracaso más desolador acompaña su intento. Saben can- 
tar bien una romanza, pero no pueden con una ópera 
entera. Al ñnal del primer acto se enronquecen; al se- 
gundo han perdido la voz; antes del ñnal tienen que 
huir... Y lo mismo se encuentran talentos frágiles en 
todas las artes: talentos en capullo que no se abren 
nunca, que carecen de vigor para abrirse y se marchi- 
tan y mueren. 

Ojeda asintió con movimientos de cabeza. Pensaba 
en los pintores de bocetos «geniales» que nunca llegan á 
terminar un cuadro: en los que hacen concebir optimis- 
tas ilusiones con fragmentos poéticos ó cortos relatos y 
jamás pueden escribir un libro. Mina decía bien: no bas- 
taba cantar la dulce romancita, breve como un suspiro: 
había que cantar la ópera entera sin ronqueras ni des- 
fallecimientos. El arte exigía paciencia, y sobre todo 
fuerza, mucha fuerza. La voluntad era una inspiración. 

— Mi marido — continuó ella con desaliento — no pasó 



LOS AKGONAUTAS 297 

de las obras de su juventud. Dio con éstas «todo lo que 
tenía de artista.» ;Y yo que ie creía un genio!... 

Le había visto debatirse como un emparedado, pug- 
nando por levantar la enorme losa caída sobre él, inter- 
puesta entre los ojos de su espíritu y la luz ansiada. Y 
Mina no tenía siquiera el consuelo de la ignorancia, no 
podía engañarse como otras mujeres que creen ciega- 
mente hasta el último instante en el talento de sus 
maridos, y atribuyen su desgracia, á injusticias de la 
suerte. Dábase cuenta de la debilidad artística de Eichel- 
berger, seguía con mirada dolorosa su descenso, reco- 
nocía la razón de aquella indiferencia creciente que 
rodeaba su nombre. 

Por desesperación ó por ansia de consuele^, él se en- 
tregaba cada vez con mayor tenacidad á su vicio pre- 
dilecto. Bebía sin recato, olvidado ya de los miramien- 
tos que había tenido con ella en los primeros meses de 
matrimonio. Acompañábale la embriaguez hasta en las 
funciones más difíciles de su profesión. Ocupaba muchas 
veces estando ebrio el atril de director. Los teatros em- 
pezaban á rehusar sus ofrecimientos. Su nombre no ins- 
piraba confianza: antes bien, era acogido con risas ultra- 
jantes. Quejábanse los artistas de sus cambios de humor; 
de sus cóleras alcohólicas que perturbaban los ensayos 
con un estrépito de batalla. Su desprestigio comenzó á 
influir en el renombre arlístico de la esposa. A fuerza 
de comentar los incidentes de su existencia matrimo- 
nial, el público la encontraba menos interesante. 

Ojeda creyó adivinar en la faz dolorosa de Mina un 
sinnúmero de miserias inconfesables. Se imaginaba la 
vuelta del teatro de estvxs dos seres que ya no podían 
entenderse; ella resignada, con mudos gest(^s de deses- 
peración: él embrutecido por la amargura del fracaso. 
Tal vez sus disputas habían terminado con golpes; tal 
vez al entrar en la casa titubeante y oliendo á alcohol, 
este falso Wágner, con una pesadez brutal, había puesto 
su puño en la cara de Mina, la criatura de ensueño que 
intentaba «regenerarlo». 

Hablaba ella lacónicamente al hacer memoria de esta 
parte de su vida, como si quisiera salir cuanto antes de 
los dolorosos recuerdos. 



298 V. BLASCO IBÁÑBZ 

— Mi madre murió. . . y yo tuve á Karl para mayor des- 
gracia. Quedé enferma, creo que para siempre: enferma 
por ser madre; enferma por haber sido esposa... ¡Ah, ese 
hombre!... Y sin embargo, no es un malvado: es un niño 
grande é inconsciente; un niño que se ha vuelto cruel al 
convencerse de su fracaso: un egoísta que se refugia 
en la bebida y sólo á ratos se da cuenta del daño que 
me ha hecho... Yo perdí la voz, me marchité siendo 
aún joven y tuve valor para huir del teatro antes de 
alegrar á las compañeras con una ruina total. El... ya 
lo ve usted: al frente de una compañía de opereta, mar- 
cando con la batuta valses vieneses. ;Un hombre que 
ha dirigido Tristán y Los maestros cantores!.,. Sólo para 
un viaje por América ha podido encontrar quien lo con- 
trate. El empresario lo riñe como á un corista, y se 
propone vigilarlo en tierra para que no beba antes de 
las representaciones. 

El público había olvidado á Mina completamen- 
te. Su nombre no era más que un vago recuerdo para 
los entusiastas que guardaban memoria de los intér- 
pretes wagnerianos. Las glorias escénicas mueren 
pronto... 

— Hace poco he encontrado mi nombre en una revis- 
ta. Hablaba de mí como de una joven de grandes espe- 
ranzas, que se perdió prematuramente. Muchos me creen 
muerta: el articulista se lamentaba de mi triste fin... Y 
á mí no se me ocurrió decir una palabra que desvane- 
ciese el error. La Schmale (mi nombre de teatro) está 
bien muerta; muerta para la memoria del público que 
tanto la aplaudió, muerta para ella misma, que no quie- 
re acordarse de nada... Ahora sólo falta que Fra^t 
Eichelberger, la mujer fea y enferma de un director de 
opereta, muera también, pero de verdad, para olvidar 
de una vez los grandes errores de su vida. 

Y aquella tarde, al lado de Fernando, en la última 
cubierta del buque, mirando el Océano repetía con des- 
esperación: 

— El poder demoníaco de la música, que influye en 
nuestra suerte como antiguamente influían los astros... 
A él debo mi desgracia, y sin embargo lo amo. 

El mar luminoso, azul, estaba cortado por una ancha 



LOS ARGONAUTAS 299 

faja de reflejos de sol, camino de fuego triangular que 
descansaba su vértice en el horizonte y su base incierta 
y temblona en un costado del buque. Las cumbres de 
las pequeñas ondulaciones palpitaban erizadas de ful- 
gores como fragmentos de espejo. Los ojos se contraían 
fatigados por el excesivo resplandor del cielo y del Océa- 
no, que parecía abrasar la retina. 

Mina y Fernando, para evitarse la molesta refrac- 
ción, apartaban sus ojos del horizonte mirando debajo 
de ellos mientras hablaban. Extendíase á sus pies un 
tercio del buque, toda la sección de proa, el hocico fé- 
rreo que iba arando con tenacidad infatigable los cam- 
pos oceánicos, verdes y luminosos de día, obscuros y 
abullonados de noche, con una arista fosforescente en 
cada pliegue como el lomo de una sirena. 

Al mirar abajo experimentaban la sensación del via- 
jero que contempla un pueblo desde la plataforma de 
una torre. 

Las diversas cubiertas del trasatlántico descendían 
como peldaños, para volverá remontarse en el extremo 
opuesto, donde formaban el castillo de proa. A una re- 
gular profundidad, veían el principio de la cubierta del 
comedor; un entarimado húmedo en el que descansaban 
los brazos de dos grúas con sus articulaciones de ruedas 
dentadas, y del que surgían varios trombones de venti- 
lador pintados de blanco con la garganta escarlata. Más 
adelante, la gran plaza del combés estaba oculta bajo 
un toldo de lona, y de esta tienda surgía el palo trin- 
quete, un gran mástil de acero amarillo y hueco seme- 
jante á un alminar, en torno del cual se alineaban los 
brazos de descarga, cirios gigantescos atados en haz 
alrededor de la cofa. Y de esta cofa á las bordas, se ten- 
dían en ángulo los cordajes de acero, las escalas para la 
marinería, todas las lianas férreas que la construcción 
naval hace crecer en torno de los mástiles para asegurar 
su estabilidad y facilitar su acceso. En último ténnino el 
castillo de proa, espacio triangular que tenía en su 
vértice un pequeño mástil para la bandera de la compa- 
ñía cuando el buque entraba en los puertos. Y en este 
triángulo, ocupado por los cabrestantes á vapor que ele- 
vaban ó descendían las anclas, también abrían los ven- 



300 V. BLASCO IBÁÑEZ 

tiladores sus tentáculos respiratorios, sus bocas de ser- 
peiitón ávido de oxígeno. 

Las invisibles palpitaciones del mar en la tarde se- 
rena, hacían que el triángulo de la proa se elevase y 
descendiese, como una cabra saltadora y juguetona, al 
partir las aguas con su filo. Este movimiento parecía 
circunscrito á aquella parte del buque, pues sus vibra- 
ciones se amortiguaban al extenderse por los flancos 
y apenas eran sensibles en el resto de la gigantesta cons- 
trucción. Las espumas, luego de elevarse junto á la proa 
cual dos surtidores de leche pulverizada, resbalaban 
por los costados formando grandes redondeles semejan- 
tes á los anillos de luz sideral. Corrían de proa á popa 
las aguas removidas, dos ríos, verdes, agitados, tumul- 
tuosos, abiertos en la inmovilidad azul del Océano. Los 
peces voladores saltaban por enjambres, se abrían en 
grandes abanicos de plata y rosa volando lejos, muy 
lejos, en vistoso chisporroteo, arando la superficie con 
el arañazo de sus colas, hasta que fatigados volvían á 
sumirse en la profundidad. 

Cuando la proa quedaba dormida por algunos minu- 
tos, el buque parecía inmóvil, clavado en el mismo si- 
tio. La velocidad de su marcha hacía ver con un enga- 
ño óptico que era el Océano el que venía corriendo 
á su encuentro en gigantescos repliegues que se empu- 
jaban unos á otros. Los ojos abarcaban un anfiteatro 
azul, inmenso, monótono, que borraba la noción de 
volúmenes y distancias. Luego parpadeaban con una 
sensación de extrañeza al replegarse en esta cascara 
férrea, perdida en el infinito, con su hervidero de hor- 
migas sobre el lomo. 

A espaldas de Mina y su compañero sonaban los dis- 
cos de madera resbalando sobre la cubierta, empujados 
por las palas de los jugadores. Cada vez que uno de aqué- 
llos venía á colocarse sobre un buen número del cuadro 
trazado en el suelo, estallaba el grupo infantil en palmo- 
teos y gritos, que hacían revolverse en sus sillones á los 
pasajeros dormitantes. 

Karl, con aire pensativo y un dedo en la boca, con- 
templaba de cerca el juego de estos niños mayores que 
él. De pronto, como si experimentase la necesidad de ser 



LOS ARGONAUTAS 301 

protegido, huía y se pegaba á las faldas de la madre, 
que atenta á la conversación, no hacía caso de sus lla- 
mamientos insistentes. Cansado de pasar inadvertido, 
atraíale otra vez la gritería de los muchachos, volviendo 
lentamente hacia ellos. 

Hablaba Mina con tristeza del mundo viejo que deja- 
ban á sus espaldas. ¡Ah, Berlín!... Este nombre hacía 
revivir los recuerdos más tristes de su vida, años de po- 
breza desesperada, de humillaciones crueles, de vergon- 
zosa decadencia. Marchaba hacia las tierras nuevas con 
la ilusión de algo mejor. 

Ojeda, al oir esto, sonrió imperceptiblemente. Tam- 
bién la esperanza guiaba el viaje de la infortunada 
walkyria. El nuevo mundo era el único remedio para 
la gran equivocación que había trastornado su exis- 
tencia. Mina se lanzaba á esta aventura por su hijo, por 
el porvenir del pequeño Karl, único vínculo que la unía 
á la existencia. ¿Qué podía desear?... Más allá de sus 
esperanzas de madre, no había para ella ninguna ilu- 
sión. Todo había terminado: ni hermosura, ni gloria, 
ni siquiera salud le guardaba el porvenir. 

— Soy vieja á la edad en que otras mujeres empiezan 
el verano de su vida. Los años han caído sobre mí de 
golpe: llevo el peso de los míos y los de las otras que 
son felices... Las desgraciadas cargamos con nuestra 
edad y las edades de las que siendo dichosas prolongan 
su juventud. Yo creo á veces que tengo mil años... ¡Y 
enferma! ¡Arrastrando para siempre las consecuencias 
de haber sido madre!... 

Deteníase al decir esto con prudente rubor, no osan- 
do confesar las internas tribulaciones que agitaban su 
organismo. Sus ojos iban hacia Karl con la expresión 
amorosa y triste de un artista que contempla su obra, 
fruto de penalidades, jirón doloroso de la propia exis- 
tencia. Había salido de sus entrañas, pero era también 
el hijo de su marido. 

Fernando creyó adivinar los pensamientos de la ma- 
dre en la fijeza con que miraba la cabeza voluminosa 
de Karl. El niño tenía un aspecto demasiado grave para 
sus pocos años, un aire de vejez prematura. 

—¡Cómo temo por su destino!— dijo Mina — . Paso las 



302 V. BLASCO IBÁÑB2 

horas mirándolo en silencio. ¿Qué será? ¿qué saldrá de 
él?... A veces creo que puede ser un grande hombre, 
un genio, ¡quién sabe! Las madres nos creemos todas 
predestinadas á dar prodigios al mundo. Dice cosas 
superiores á su edad. ¡Y ese gesto grave, como si le 
bullesen en la cabeza pensamientos que no acierta á for- 
mular!... Otras veces me asusto. Es muy débil: la enfer- 
medad le asalta en toda clase de formas. Le dan ataques 
cuando lo contrarían... Es el hijo de él; un hijo de padre 
degenerado. 

Las lágrimas asomaban á sus párpados, pero una 
resolución enérgica sucedía á este desaliento. ¿Quién 
podía adivinar qué rehabilitaciones morales la espera- 
ban á ella en una vida nueva al otro lado del Océano? 
Tal vez hasta el mismo Eichelberger se regenerase con 
el trabajo. Y si este trasplante de un hemisferio á otro 
no producía efecto en el músico, seguramente influiría 
en el hijo, que estaba en edad para sentir la impresión 
del cambio de medio. 

Pensaba quedarse en el nuevo continente: sentía ho- 
rror á la vida de Europa. Cuando terminasen los com- 
promisos con el empresario, se establecerían en Buenos 
Aires ó en otra ciudad. Ella y su marido darían lecciones 
de canto. Karl podía emprender una de las muchas ca- 
rreras prácticas que enriquecen á los ciudadanos de los 
países jóvenes. Todo menos volver al país de origen, 
tierra de lágrimas, que le hacía recordar las noches frías 
junto al fuego mortecino, con el hijo en los brazos, espe- 
rando hasta altas horas el paso titubeante del maestro 
y sus balbuceos de beodo; los embargos afrentosos; las 
groserías de los acreedores; las tristes reflexiones ante 
una mesa que á veces se cubría de abundantes alimen- 
tos con los inesperados altibajos de la existencia bohe- 
mia y se manchaba con la espuma del champan, pero 
en la que casi siempre el pan y las patatas eran lo 
único valioso. Y á impulsos de la esperanza, que pone 
la dicha más allá de la realidad del momento, en la in- 
certidumbre de lo ignoto, veía Mina la salud, la paz y 
el olvido en aquel país de misterio hacia el cual la lle- 
vaba el buque, tierra maravillosa de la que no conocía 
ni el idioma. 



LOS ARGONAUTAS 303 

El pequeño, agarrado á una mano de su madre, ti- 
raba de ella con melopea quejumbrosa. Había sonado 
la hora del té; los muchachos, abandonando su juego, 
estaban abajo en el comedor. Mina se despidió de su 
amigo, y los extremos de sus ojos y su boca se contra- 
jeron hacia arriba con una sonrisa pálida que parecía 
iluminar el rostro: «sonrisa de luna», según Ojeda. 

— Hemos hablado mucho tiempo. Siempre estamos 
juntos. ¿Qué van á decir de nosotros las señoras que 
usted trata?... ¿Qué dirá esa norteamericana tan hermo- 
sa y tan elegante al ver que le robo su conversación?... 
Pero conmigo no hay celos posibles. Soy fea, soy pobre; 
en todo el buque no se encuentra una mujer que vaya 
peor vestida que yo. 

Y á pesar de la tristeza con que dijo estas palabras, 
algo de su antigua coquetería de artista festejada y 
admirada por la muchedumbre se mostró á través de 
su sonrisa, rejuveneciéndola con llamarada fugaz. 

— ¡Qué gran mujer debe haber sido! — pensó Fernan- 
do — . ¡Y qué desgracia la suya! 

Mientras se alejaba llevando de la mano á su hijo, 
él la siguió con ojos de conmiseración. 

Al descender á la cubierta de paseo encontró Fer- 
nando al doctor Zurita, que hablaba con Maltrana, apo- 
yados los dos en la baranda, frente al mar. La soledad 
del Atlántico traía á su memoria el recuerdo de los argo- 
nautas de España, que habían sido los primeros en vio- 
lar el secreto de los desiertos azules. 

— Venga acá, doctor— dijo Zurita á Ojeda, aplicán- 
dole el título universitario — . Estábamos conversando de 
cosas de su país, de los primeros navegantes que se lan- 
zaron por estos mares. ¡Qué hombres corajudos! ¡Cosa 
bárbara!... Yo siento orgullo al hablar de ellos. Al fin 
todos somos de la misma sangre. Mi abuelo era gallego. 
Es decir, gallego no; pero ya sabe usted que en mi tierra 
nos queda la fea costumbre de llamar gallegos á todos 
los españoles. Era de cerca de Burgos, y yo he hecho en 
dos automóviles, con toda la familia, el viaje de París á 
Madrid sólo por ver el pueblo de donde procedemos. Y 
les dije á los míos: «Miren, niños, y aprendan; de aquí 
salieron los abuelos de ustedes.» Me conmoví un poco al 



304 V. BLASCO IBÁÑBZ 

ver la pobreza do donde venimos. Pero mi muchachada 
— gente alegre y do poco seso — se reía y lo encontraba 
todo muy feo y miserable... Parece mentira que de esas 
poblaciones de color de yesca, en las que apenas se en- 
cuentra aguapara lavarse, saliesen hace siglos los hom- 
bres sin miedo que se lanzaron por estos pagos. 

Se generalizó la conversación, y al fin fué Ojeda el 
único que habló, n^cordmido con entusiásticas palabras 
las hazañas de los argonautas oceánicos. Después del 
primer viaje de Colón, los puertos españoles habían sido 
como palomares abiertos de cuyas bocas se escapaban 
con las alas tendidas las frágiles y audaces carabelas. 
Los espejismos del oro y el espíritu de aventura des- 
arrollado por siete sigh)S de guerra con el sarraceno, 
empujaban á los audaces. Salían á descubrir pequeñas 
flotas autorizadas por los reyes, pero eran más las ex- 
pediciones clandestinas, muchas de las cuales quedaron 
en el misterio. Estas ex]>ediciones secretas, costeadas por 
los mercaderes de Sevilla y Cádiz, iban dirigidas por 
compañeros del Almirante conocedores de la ruta de las 
Indias ó por marj-ios improvisados. Hasta los sastres 
— según un autor de la época — sentían la ambición de 
meterse á descubridores. 

Duros hidalgos que jamás habían visto el mar, lan- 
zábanse en el ignoto Océano con una confianza asom- 
brosa. Tomaban el mando de la carabela ó de la nao, 
sin otro auxilio y consejo que el de algunos navegantes 
costeros, con la misma tranquilidad que los paladines 
tantas veces admirados en los libros de caballerías, se 
metían en el primer barco misterioso que encontraban 
en una costa desierta. Escribanos de Andalucía aban- 
donaban sus protocolos para transformarse en descu- 
bridr res; mercaderes amagados de ruina huían de la 
lonja para compn-r un barco con el resto de su fortu- 
na y lanzarse á lo desconocido. ¡Qué de catástrofes 
ig] toradas en esta lucha con el misterio geográfico, sin 
más guías que la ti y la santa ignorancia! ¡Qué de bu- 
ques descendidos ñ. las simas oceánicas cuando regresa- 
ban con noticias do tierras nuevas que había que volver 
á descubrir años vlespués!... 

La ansiada ri<iueza se dejaba entrever un momento 



LOS AIlüONAUTAS 305 

y huía medrosa ante las proas de los nautas. Los indí- 
genas de las costas hablaban de enormes riquezas y de 
monarcas poderosos, señalando siempre al interior, más 
allá de las montañas que parecían tocar el cielo y de 
las ciénagas temblorosas, inmensos mares de hierbajos 
acuáticos. Pero de los rescates con estas gentes cobri- 
zas, pródigas en relatos portentosos y míseras en rea- 
lidades, sólo traían los navegantes algunas perlas de- 
formes mal perforadas ó vistosos guanines^ joyeles de 
oro bajo labrados en sutiles hojas. 

Al volver al puerto español con mágicas noticias y 
pobre cargamento, los acreedores asaltaban al descu- 
bridor y embargaban el bajel dándose por engañados. 
Muchos habían preparado sus viajes tomando víveres, 
armas y buques á los usureros con 80 por 100 de interés. 
Descubridores de pueblos que luego fueron célebres por 
sus riquezas, se veían al regreso amenazados de pasar 
de la carabela á la cárcel. Los reyes tenían que inter- 
venir con piadosas cédulas para amansar á los presta- 
mistas, proponiendo arreglos. Nautas obscuros, huyen- 
do de los rumbos del Almirante, ponían decididos la 
proa al Sur, sin miedo á las pavorosas noticias que 
circulaban sobre el fuego del Ecuador. Un Pinzón lle- 
gaba á las costas del Brasil mucho antes de que esta 
tierra fuese descubierta casualmente por una expedición 
portuguesa que navegaba hacia las Indias asiáticas. 

En este revuelo de alas blancas que la primera noti- 
cia del descubrimiento lanzó á las soledades oceánicas, 
la marcha audaz siempre adelante, por mar y por tie- 
rra, á través de tempestades, montañas, estrechos y 
lagunas, fué la consigna general. ¡Llegar ó morir! Nadie 
regresaba al puerto de partida sin haber visto algo ex- 
traordinario y traer muestras maravillosas. Y los que no 
volvían estaban en el fondo del Atlántico encerrados en 
el ataúd de su carabela, que se petrificaba lentamente 
cubriéndose de moluscos, mientras en sus rotos mástiles 
ondeaban como verdes gallardetes las algas de la pro- 
fundidad. Otros no eran ya más que esqueletos en una 
playa desierta; descarnados por los pájaros de presa, 
mondados hasta el tuétano por los infinitos enjambres 
de la selva tórrida, donde todo se mueve y hierve con 

20 



306 V. BLASCO IBÁÍEZ 

vida devoradora, blanqueados y secados por el fuego 
del sol hasta convertirse en frágil cal. 

Y entre estos aventureros de la primera hora del des- 
cubrimiento, la hora de los navegantes, de los argonau- 
tas, de los héroes de carabela pobres y tristes que no 
sacaron el menor provecho de sus empresas y abrieron 
el camino á los conquistadores férreos de á caballo que 
llegaron poco después, se distinguían dos como hombres 
entre los hombres: Alonso de Ojeda y Diego Méndez. 

Fernando repetía con entusiasmo su propio apellido 
al hablar de aquel varón fuerte, al que consideraba 
como ascendiente glorioso. 

— Ojeda es en el Nuevo Mundo lo mismo que Aquiles 
en la Ilíada ó el Cid en el Romancei^o. ¡Qué hermosa 
muestra de hombre!... 

Los cronistas de la época lo pintaban pequeño de 
cuerpo, agraciado de rostro, con una agilidad y una 
fuerza sorprendentes. Gran amigo de pendencias, salía 
siempre de ellas «haciendo sangre á sus contrarios, sin 
que jamás se la hiciesen á él». Siendo paje de la corte, 
cuando los reyes estaban en Sevilla, apoyaba un pie en 
la base de la torre de la iglesia Mayor (la famosa Giral- 
da), y arrojando una naranja á lo alto la hacía llegar 
hasta las campanas. En otra ocasión, siguiendo á la 
reina Isabel en una visita al último piso de la misma 
torre, vio un madero que avanzaba horizontalmente en 
el vacío como unos veinte pies. De un salto se puso sobre 
él, corrió hasta su extremo con ligereza y seguridad 
«como si caminase por una sala», dio la vuelta y regresó 
por el mismo camino, riendo del susto de la buena reina 
y los gritos de sus damas. 

Era protegido del obispo Fonseca, encargado por los 
monarcas de la preparación de expediciones y provee- 
duría de las nuevas tierras: algo así como ministro de 
Marina y de Colonias, todo á la vez. El Almirante, que 
conocía las hazañas de este mozo y sus méritos de hom- 
bre de espada, se lo llevó en el segundo viaje para las 
peleas de tierra adentro, pues él sólo era hombre de 
mar. Otros capitanes iban en la expedición, veteranos 
de las guerras con el sarraceno, pero el inquieto Ojeda, 
mozo de veinte años, se sobrepuso á todos ellos. 



LOS ARGONAUTAS 307 

Colón, que deseaba aprisionar en Santo Domingo al 
cacique Caonabo, organizador de la resistencia indíge- 
na, vio fracasadas todas las malicias y felonías que con 
arreglo á la mala fe de la época fué aconsejando á Mosén 
Pedro Margarit y sus tenientes. Sólo consiguió su pro- 
pósito al encargar á Ojeda esta captura. El paje de Cuen- 
ca, el pendenciero de Sevilla, avanzaba tierra adentro 
con unos pocos hombres hasta llegar al campo del caci- 
que. Allí seducía al salvaje con buenas palabras, le 
engañaba sacándolo de entre los suyos, y le ponía por 
sorpresa unas esposas en las manos. Luego montaba en 
el arzón de su caballo al indio gigantesco como un galán 
que roba á su dama, y en un galope de leguas y leguas 
llevábalo hasta el campo español. Tan maravillosamente 
audaz resultaba este rapto, que el mismo Caonabo, en su 
nobleza de guerrero primitivo, despreciaba al Almirante 
por haber ordenado tal vileza sin atreverse á realizarla 
personalmente, y sólo quería conversar y comer con 
Ojeda, admirando su atrevimiento al arrebatarle de 
entre los subditos. En los combates con los indios car- 
gaba el mozo el primero sin mirar si le seguía su gente. 
Junto á su caballo lleno de cascabeles, saltaba el fiel 
compañero de todas sus empresas, un perro de pastor 
llamado Leoncico^ combatiente feroz que en las distri- 
buciones de víveres gozaba por sus hazañas ración de 
arcabucero. 

Pronto se movió Ojeda por cuenta propia en las 
inmensidades del mundo nuevo mientras Colón realiza- 
ba los últimos viajes. Vuelto á España, empezó la serie 
de sus descubrimientos, apoyado pecuniariamente por 
los mercaderes de Sevilla, que hacían crédito á su valor. 
Uno de los Pinzones, Juan de la Cosa, el más experto 
de los pilotos, Américo Vespucio y otros navegantes de 
fama dirigieron sus buques. Los marinos gustaban de ir 
con este capitán, el más valeroso y audaz de la pri- 
mera época de la conquista. 

Corrió las costas de Venezuela en busca de perlas y 
acabó por establecerse en lo que después fué América 
Central, y que los conquistadores llamaban entonces 
«Castilla del Oro». Una india le acompañaba como 
amante, guía é intérprete. Los aventureros jóvenes en- 



308 V. BLASCO JBÁKBiS 

contraban casi siempre entre las mancebas cobrizas ofre- 
cidas por los azares de su existencia alguna que se apo- 
deraba de su corazón y vivía compartiendo sus peligros. 
El hidalgo cristiano, al unirse con ella, había creído 
necesario purificarla con el bautismo (el mejor regalo 
según las ideas de la época), dándola el nombre de Isa- 
bel en recuerdo de la buena reina. 

La vida de Ojeda en la gobernación de Urabá, sin 
otros recursos que los que él podía agenciarse, lejos de 
los compatriotas establecidos en Santo Domingo, y olvi- 
dado de España, fué un continuo batallar. Su ciudad de 
San Sebastián, mísera ranchería de paja y barro con un 
fuerte de maderos, era la primera que con carácter 
permanente fundaban los conquistadores en la tierra 
firme. 

Tribus de hábiles arqueros la sitiaban á todas horas, 
lanzando flechas empapadas en incurables venenos. Eran 
las temidas «flechas de hierba», que hinchaban el cuerpo 
del herido con negruzca y mortal tumefacción. Los ví- 
veres del país, el pan de cazabe, los frutos de la selva, la 
carne de los roedores, había que conquistarlos diaria- 
mente á punta de espada. Los combates y las enfermeda- 
des diezmaban á los habitantes. 

Juan de la Cosa, el sabio piloto autor del primer 
mapa de las Indias, había muerto atado á un poste por 
los naturales, erizado de flechas de «hierba», que con- 
virtieron su cuerpo á las pocas horas en una masa de 
negra putrefacción. En los míseros bohíos del pueblo 
gemían los conquistadores mal heridos, hambrientos, 
temblando de calentura. Ojeda, al frente de unos cuan- 
tos, salía diariamente á combatir por la comida. 

Encuentro hubo del que surgió llevando en su rode- 
la, según los cronistas, las señales de más de trescientos 
flechazos. Otras veces era tanto el peso de los enemigos 
arremolinados sobre él, que se doblaba y seguía com- 
batiendo de rodillas, cubriéndose con el escudo. La pe- 
quenez de su cuerpo ágil y escurridizo le servía tanto 
como la fuerza de sus brazos, y de todas las peleas salía 
incólume, «sin que le sacasen sangre». Los indígenas 
creíanle poseedor de maravillosos amuletos. Ojeda tam- 
bién se consideraba protegido por el cielo gracias á un 



LOS ARGONAUTAS 309 

cuadrito antiguo de la Virgen, regalo de Fonseca, que 
llevaba pendiente del cinturón de la espada. 

Cuatro indios arqueros se apostaron para herir á 
traición al capitán bla^nco que salía indemne de los 
combates, y un día que Ojeda avanzaba por la selva 
extrañando la ausencia de enemigos, recibió un flechazo 
en un muslo. Por primera vez su cuerpo manaba sangre. 
La herida, que era «de hierba», ennegrecíase rápida- 
mente bajo la acción del tósigo. Entonces se mostró con 
bárbara grandeza el coraje de aquel hombre. Hizo que 
calentasen en una hoguera el peto y el espaldar de una 
coraza, y cuando las dos planchas de acero estuvieron al 
rojo blanco ordenó que se las aplicasen al muslo herido 
con unas tenazas. Negábase el cirujano á esta horrible 
curación, pero él lo amenazó con la horca para que obe- 
deciese. Chirriaron las carnes bajo el bárbaro cauterio, 
esparciendo un hedor de sacriñcio humano. Para no 
desmayarse hizo Ojeda que le envolviesen con sábanas 
empapadas en vinagre. Una pipa entera se consumió en 
este remedio, y el caudillo, gracias al espeluznante tor- 
mento, sufrido sin una queja, pudo salvarse. 

La pequeña ciudad, falta de subsistencias, estaba 
próxima á perecer. En esto se presentaron inesperada- 
mente unos piratas españoles, mandados por un tal Ber- 
nardino Talavera, audaz facineroso. Montaban un bu- 
que que habían robado á un mercader genovés y se 
ofrecían para vender víveres á los sitiados. Ojeda, con- 
valeciente de su herida, se embarcó con ellos para soli- 
citar auxilios del gobernador de Santo Domingo. Pero 
antes de abandonar á su mísera gente quiso darla un ca- 
pitán y ñjó su elección en un mozo extremeño llegado 
poco antes á las Indias, en el éxodo de gente de espada 
que siguió al de los navegantes: éxodo que llamaba Fer- 
nando «la segunda hornada de conquistadores». Este 
soldado, que había hecho el aprendizaje de la guerra 
indiana al lado de Ojeda, llamábase Francisco Pizarro. 

La accidentada navegación con los piratas fué la úl- 
tima y más penosa aventura de don Alonso. Autoritario 
y duro, quiso tomar el mando apenas se vio sobre la cu- 
bierta del buque, imponiendo su disciplina á Talavera y 
sus bandidos. Pero éstos se sublevaron contra él y lo me- 



310 V. BLASCO IBÁÑEZ 

tieron en la cala cargado de cadenas. A pesar de esto el 
prisionero no cesó en su brava actitud, asegurando que 
había de ahorcarlos á todos apenas llegasen á tierra. Y 
tanto era su prestigio, que no se atrevieron á hacer nada 
contra él. Muchas veces le pedían consejo, por la expe- 
riencia que había adquirido en las cosas de la navega- 
ción, y le sacaban de su encierro para que dirigiese la 
nave. Acabaron por abandonar ésta en las costas de 
Cuba, y marcharon después meses y meses por la isla 
todavía inexplorada, deseosos de aproximarse á Santo 
Domingo, pero sin saber ciertamente adonde iban, su- 
miéndose en ciénagas, combatiendo á los indígenas ó 
transigiendo con ellos, atormentados por el hambre, que 
mataba á muchos. En esta marcha desesperada el cau- 
tivo Ojeda se veía elevado por sus guardianes al rango 
de jefe cada vez que había que combatir á un grupo 
indígena, tratar con un cacique benévolo ú orientarse 
en el desierto de barrizales temblorosos que se traga- 
ban á los hombres. El solo valía tanto como los otros. 
Luego, pasado el peligro, don Alonso volvía á ser j)ri- 
sionero de estos desalmados, que lo aborrecían por su 
superioridad, y así marchaban juntos, condenados á 
tolerarse por la comunidad del infortunio. «Nunca — dice 
un cronista — se vio á gente pasar tantos trabajos para 
venir á parar en la horca.» 

Cuando después de grandes tribulaciones por mar y 
por tierra llegaron á países sometidos á las autoridades 
castellanas, Talavera y sus hombres fueron ahorcados y 
don Alonso se vio envuelto en procesos que amargaron 
sus últimos tiempos. La gobernación de Urabá, que le 
había dado el rey, ya no existía. La mayor parte de sus 
soldados habían dejado en ella los huesos; otros habían 
perecido en el mar: sólo Pizarro y unos cuantos predesti- 
nados como él consiguieron volver á Santo Domingo. 

El antiguo paje de doña Isabel arrastró en la ciudad 
colonial la mísera existencia de los conquistadores sin 
éxito. Fué un veterano malhumorado y pronto á la pen- 
dencia entre la bohemia juvenil de capa y espada que 
llegaba de la Península soñando con la conquista de te- 
soros y reinos. Se orga^nizaban nuevas expediciones. 
Pizarro poníase á sueldo de diversos capitanes. Por las 



LOS ARGONAUTAS 311 

calles de Santo Domingo paseaba su garbo otro extre- 
meño, enamoradizo, espadachín y algo letrado, que se 
apellidaba Cortés. 

El capitán del primer Almirante, el socio de Vicente 
Pinzón, el compañero de Juan de la Cosa, el jefe de 
Américo Vespucio, veíase cada vez más olvidado. Era 
un desconocido para aquellos mozos que llegaban de Es- 
paña, pasando junto á él sin reconocer sus canas y sus 
méritos. Desde la isla metrópoli tomaban vuelo, lanzán- 
dose lo mismo que pájaros de presa sobre distintas partes 
de las Indias misteriosas con mayor éxito qué don Alon- 
so, desgraciado como todo precursor. Los únicos que se 
acordaban de él eran los acreedores, para sus pleitos y 
procesos, y los muchos enemigos á los que había ofen- 
dido con altiveces y pendencias. Más de una noche, 
el pobre conquistador, al volver á su tugurio, había de 
tirar de la espada contra gentes que le esperaban para 
matarlo. 

— Así acabó obscuramente — dijo Ojeda — el primero y 
más infortunado de los héroes de la conquista. Su muer- 
te quedó en el misterio. Unos dicen que se metió á fraile 
en los últimos años y pidió al morir que lo enterrasen 
en la puerta del convento, para que todos hollaran su 
tumba, castigando de este modo su soberbia y demás 
pecados. Otros niegan que fuese fraile, y dicen que la 
pobreza le hizo refugiarse en el monasterio de Santo Do- 
mingo, como un parásito, viviendo de la sopa de la co- 
munidad... El hambre fué el único miedo del héroe. Le 
habían predicho que moriría de inanición, y en sus ex- 
pediciones cuidaba siempre de llevar alimentos en los 
bolsillos. La profecía no se realizó al correr por selvas y 
desiertos ó al navegar en buques de escasos víveres. 
Pero casi fué un hecho cuando el viejo conquistador tuvo 
que buscar el amparo de un monasterio en aquella ciu- 
dad colonial donde nadie le hacía caso. 

—¿Y el otro?— interrumpió el doctor Zurita con viva 
curiosidad—. Ese Méndez del que habló usted antes. 

— Diego Méndez — continuó Ojeda — fué un héroe de 
distinta clase; un «superhombre del mar», como diría el 
amigo Maltrana. Su aventura portentosa asombra aún 
en los tiempos presentes. Era un mozo sevillano que 



312 V. BLASCO IBÁÑB1& 

acompañó á Colón en sus últimos viajes, cuando viejo, 
enfermo y sin poder encontrar los tesoros portentosos 
que había prometido, sentía crecer la indiferencia en 
torno de su persona. Méndez fué el discípulo fiel que 
acompaña siempre á los grandes hombres en su agonía. 
Las últimas cartas del Almirante lo elogian y lo reco- 
miendan á la gratitud de sus descendientes, que jamás 
hicieron nada en su favor. Cuando en el último viaje, el 
más desgraciado de todos, el descubridor se veía en un 
apuro, sus ojos lacrimosos de viejo buscaban á Méndez. 
«¡Hijo! ¡hijo!», le decía. Y el «hijo» encontraba en su 
coraje ó en su vivo ingenio de andaluz un recurso para 
salir del mal paso. 

Al explorar el Almirante las costas de la América 
Central, que él tomaba por las de Asia, quedábase en 
sus naves, y era Diego Méndez el que bajaba á tierra 
para adquirir noticias y acopiar víveres. Completamen- 
te solo, metíase entre las tribus de Veragua, que se es- 
taban juntando para caer de improviso sobre los navios, 
inmóviles en una bahía cerrada por las arenas. 

Méndez era recibido por el más temible de los caci- 
ques en una choza que tenía por adorno trescientas ca- 
bezas de enemigos, y lo asombraba cortándose en su 
presencia con unas tijeras pelos y barbas, operación 
mágica para los indígenas. Sus curaciones de llagas y 
otras enfermedades le valían el respeto de un brujo, y 
gracias á esto podía vivir entre los indios, avisando á 
Colón de sus proyectos. El fundó el primer pueblo del 
continente, anterior en algunos años al de Ojeda; pero 
esta población, á orillas del río Belén ó Yebra, que gober- 
naba con el título de Factor, tenía que defenderse día y 
noche de los ataques de los indios. Con veinte hom- 
bres armados de espadas y rodelas y dos pequeños 
cañones de los que llamaban de fruslera (metal proce- 
dente de las raeduras de piezas de azófar), hizo frente 
durante mucho tiempo á los naturales que, según decía 
Méndez en su testamento, «ñechaban y garrochaban 
desde lejos como quien agarrocha toro, y eran las fle- 
chas y tiraderas tantas como granizo; é algunos dellos 
se desmandaban para venirnos á dar con las machads- 
nas ó macanas (mazas ó porras), pero ninguno dellos 



LOS ARGONAUTAS 313 

volvía, porque quedaban allí cortados brazos y piernas 
y muertos á espada...» Al fin, tan inaguantable era esta 
hostilidad, que el Almirante reembarcaba á Méndez con 
su gente y hacía velas sin haber puesto el pie en tierra 
firme. 

Luego sobrevenía la más penosa y difícil de las aven- 
turas de Colón. La «broma», temida calamidad de los 
mares tropicales, consumía la madera de los navios. Las 
chusmas, extenuadas por el manejo continuo de bom- 
bas y calderos, sentía^nse impotentes ante el Océano, 
que invadía en lenta marea ascendente la concavidad 
de los agrietados cascarones. Así navegaron treinta y 
cinco días, creyendo ir hacia Castilla cuando estaban 
más lejos de ella que al salir de Veragua. Hubo que 
abandonar un navio que, «abujereado y comido de gu- 
sanos, no podía sostenerse sobre el agua», y los otros 
dos, al llegar con grandes trabajos á las playas de Ja- 
maica, fueron zabordados á tierra, convirtiéndose en 
casas ó fortines de tablas corroídas. 

Del castillo de popa, con sus torneados balconajes, á 
la proa, rematada por el esculpido mascarón, se tendie- 
ron techos pajizos iguales á los de las chozas indianas. 
Al tocar tierra, Diego Méndez, contador de la flota, 
había repartido el último racionamiento de bizcocho y 
de vino. Nada quedaba en las despanzurradas bodegas. 
Una población famélica y desesperada de doscientos 
setenta cristianos movíase en torno de los cascos en 
seco. 

Ocultábanse los naturales del país, y el hambre, 
atraída por la soledad, se aproximaba á todo correr. No 
podían esperar auxilio alguno. Santo Domingo estaba á 
muchas leguas de distancia y no les quedaba ni un batel 
para intentar esta travesía audaz. El Almirante, enfer- 
mo, debilitado por la vejez, afligido por la presencia 
de su pequeño Fernando, no sabía qué hacer. «¡Hijo! 
¡hijo!», exclamaba implorando el consejo de Méndez. Y 
el mozo, sin miedo y sin pereza, tirando de la espada, 
metíase tierra adentro con solo tres hombres, yendo de 
tribu en tribu á la compra de víveres, que pagaba con 
cuentas azules, peines, cuchillos, cascabeles y anzuelos. 
Sus acompañantes volvieron á las naves con la comida, 



314 V. BLASCO IBÁÑBZ 

y él siguió adelante por las costas de la isla, completa- 
mente solo, hasta que pudo comprar á un cacique una 
canoa, dándole por ella una bacineta de latón que 
guardaba en la manga, el sayo y una camisa, de dos 
que tenía. 

En este tronco hueco, ocupado por seis indios reme- 
ros y dirigido por él, regresó siguiendo la costa, después 
de muchos días de ausencia, al lugar donde estaban 
encallados los navios, recibiéndolo el Almirante con 
besos y grandes transportes de alegría. Sólo los dos se 
daban cuenta de la peligrosa situación. Los indios, que 
cazaban y pescaban por sus tratos con Méndez, traían 
víveres al campamento, pero su presencia era cada vez 
menos regular, y todo hacía temer quo desapareciesen 
para volver luego como enemigos. Colón temía que pu- 
sieran fuego una noche á los secos y resquebrajados 
cascos. 

No había otra esperanza que avisar á Santo Domin- 
go para que un buque viniese por ellos. ¿Pero cómo ir 
allá?... «Señor, yo iré», dijo Méndez. En la canoa com- 
prada arrostraría él los peligros de un golfo impetuoso 
de cuarenta leguas, entre dos islas donde tantas naos de 
descubridores se habían perdido, teniendo que luchar 
además con la furia de las corrientes. El Almirante le 
besó en los carrillos. «Bien sabía yo que sólo vos osa- 
ríais tomar esta empresa. Dios nuestro Señor os sacará 
de ella con vitoria como de las otras.» 

Puso Méndez su canoa á monte, le echó una quilla 
postiza, la dio de brea y sebo, clavó en la proa y la popa 
algunas tablas para que no se entrase el mar como lo 
haría siendo rasa, montó un mástil con su vela y metió 
los mantenimientos necesarios para, él, otro cristiano y 
seis indios, pues la canoa sólo podía cargar ocho perso- 
nas. Despidióse de Su Señoría y comenzó á seguir la 
costa de Jamaica hasta el extremo oriental, ó sea el más 
próximo á Santo Domingo, realizando una navegación 
de treinta y cinco leguas. 

En el camino le hicieron prisionero ciertos indios sal- 
teadores del mar, y se libró de ellos milagrosamente. 
Luego, cuando estaba acampado en el extremo de la 
isla esperando que el Océano se amansase para empren- 



LOS ARGONAUTAS 316 

der la travesía audaz, cayeron sobre él otros indios que 
determinaron matarlo. Pero mientras jugaban su vida 
á la pelota pudo escaparse, y volvió otra vez al campa- 
mento tras una ausencia de quince días, cuando Colón 
le creía muerto ó en Santo Domingo. Persistiendo en su 
propósito pidió una escolta que le acompañase al cabo 
de la isla, para poder esperar con seguridad una oca- 
sión de tiempo bonancible, y el Almirante le dio setenta 
hombres al mando de su hermano el Adelantado don 
Bartolomé. De esta manera volvió al extremo oriental 
de Jamaica, y allí estuvo cuatro días, hasta que viendo 
que el mar se amansaba, se despidió de todos encomen- 
dándose á Nuestra Señora de la Antigua. 

Navegó en alta mar durante cinco días y cuatro 
noches sin soltar un instante el remo que le servía 
de gobernalle, sin poder moverse en aquella embarca- 
cación que al más leve movimiento desordenado podía 
zozobrar. Así llegaron á la isla Española, abordando 
al cabo Tiburón cuando hacía dos días que él y sus 
compañeros no comían ni bebían por haberse perdido 
las provisiones con los golpes de mar. Todavía nave- 
gó ciento treinta leguas por las costas de la Española 
en la frágil embarcación, hasta dar con el Comendador 
Ovando, que era el gobernador, y presentarle las peti- 
ciones de auxilio del Almirante. Después hubo de espe- 
rar varios meses en Santo Domingo á que volviesen 
naves de España, pues en más de un año no se había 
acercado buque alguno. Al fin llegaron tres naos de la 
Península; Méndez compró una, y cargándola de pan 
y vino, cerdos, carneros y frutas de la isla, la envió á 
Jamaica, donde llevaba Colón siete meses de abando- 
no, animado en su infortunio por celestes visiones. Un 
eclipse de luna, anunciado por él con aires de brujo, 
había servido para que los naturales atendiesen á la 
manutención de sus hombres. 

—Méndez se volvió á España— dijo Ojeda — y acompa- 
ñó al Almirante en sus últimos y tristes años. Colón lo 
recomendó á su familia, y la familia no hizo nada por 
él. El hijo de Colón, segundo virrey de las Indias, le 
había ofrecido el cargo de alguacil mayor de Santo Do- 
mingo, pero se lo dio á un pariente suyo. El valeroso 



316 V. BLASOO IBÁÑHZ 

hidalgo vivió muchos años, muchos; llegó á alcanzar el 
gobierno de don Luis, el nieto de Colón, y su madre la 
virreina gobernadora... A la hora de la muerte, al re- 
dactar en Valladolid su heroico testamento, declaraba 
con amargo orgullo que, pudiendo ser por sus trabajos 
el más rico hombre de la isla si los descendientes del 
Almirante hubiesen cumplido sus promesas, era el más 
pobre de ella, pues no tenía ni una casa en que vivir 
sin pagar alquiler. 

La gloria de sus hazañas, algo olvidadas, le preocupó 
en los líltimos instantes al disponer su sepultura. Quería 
que lo enterrasen bajo una piedra grande, la mejor- que 
encontraran sus herederos, y que sobre ella hiciesen gra- 
bar: «Aquí yace el honrado caballero Diego Méndez, 
que sirvió mucho á la Corona Eeal de España en el 
descubrimiento y conquista de las Indias...» Y con la 
gravedad de un gran señor que dispone los cuarteles y 
demás adornos heráldicos de su tumba, describió el 
escudo que debía encabezar la inscripción: «ítem: En 
medio de la dicha piedra se haga una canoa, que es un 
madero cavado en que los indios navegan, porque en 
otra tal navegué yo trescientas leguas y encima pongan 
unas letras que digan: Canoa.» 

Una disposición extravagante, mezcla de hidalgo 
orgullo y amarga ironía, cerraba el testamento del argo- 
nauta. Colón, antes de morir, había instituido un mayo- 
razgo con los grandes bienes que poseía en las Indias. El 
pobre Méndez, sin una casa «donde morar sin alquiler», 
no quiso ser menos que su antiguo jefe, é institu^^ó tam- 
bién un mayorazgo con todos sus bienes. Estos bienes 
eran un mortero de mármol, que estaba en poder de un 
hijo de Colón, y siete libros, que constituían toda su 
fortuna. 

— El testamento cita los libros — añadió Ojeda — . Un 
tratado en verso sobre la venganza de la muerte de 
Agamenón, otro tratado de las Querellas de la Paz, la 
filosofía moral de Aristóteles y las obras de Erasmo, el 
autor de moda en aquel entonces... Esto prueba que los 
conquistadores no fueron brutos heroicos incapaces de 
escribir su nombre, como se ha creído después, equipa- 
rándolos á todos con el duro é iletrado Pizarro. 



LOS ARGONAUTAS 317 

— i Qué hombres!... ¡qué hombres! — murmuró con ad- 
miraci(5n el doctor Zurita. 

Maltrana, seducido por el entusiasmo de sus compa- 
ñeros, habló también de los conquistadores. Después de 
la lucha de siete siglos con los moros, la empresa de 
las Indias había sido la más popular, la más española. 
Las guerras en Italia, Flandes y Francia, todas las em- 
presas de Europa, eran negocios de reyes, pleitos here- 
ditarios en los que tomaba parte la nación por obedien- 
cia, sin iniciativa alguna, acompañada muchas veces 
de otros pueblos. El tercio castellano era, como la 
legión romana, un núcleo de combate rodeado de en- 
jambres de tropas auxiliares. En torno de los arcabuce- 
ros y piqueros españoles de amarillo coleto, marchaban 
los espadachines italianos de capa negra y los lansque- 
netes alemanes con acuchilladas calzas y pesadas ala- 
bardas. Las victorias españolas iban suscritas muchas 
veces por generales extranjeros. 

— En las Indias no — dijo Maltrana — . En las Indias 
todo es nuestro: el soldado, el caudillo y el navegante. 
Hasta el dinero de las empresas de descubierta fué dine- 
ro popular. Los reyes sólo dieron subsidios para los pri- 
meros viajes. Luego la iniciativa privada se lanzó á los 
descubrimientos por m^ar y por tierra, y en menos de 
un siglo dejó contorneado y explorado medio mundo. 

Las modernas sociedades comerciales, las empresas 
por acciones, habían hecho su primera aparición en 
aquella España apenas salida del caos medioeval. Un 
capitán con vagas noticias de una tierra nueva encon- 
traba siempre un cura poseedor de ahorros, un escriba- 
no ávido, un hidalgo capaz de vender sus terruños, que 
se asociaban con él para la aventurera empresa, facili- 
tando capitales con los que se adquirían barcos, armas 
y víveres. El rey sólo daba su licencia, reservándose á 
cambio de ésta el quinto de las ganancias. 

Marchaban los soldados á la conquista sin paga al- 
guna. Eran socios industriales con una participación 
variable, según si iban á pie ó mantenían caballo; si 
poseían arcabuz ó disponían únicamente de espada y 
rodela. Unas veces, al partir la expedición de un gran 
puerto, se consignaban las condiciones de la empresa 



318 V. BLASCO IBÁÑBZ 

en solemnes capitulaciones notariales; otras, los hé- 
roes que no sabían firmar hacían decir una misa, y 
en el momento de la consagración tiraban de sus espa- 
das, y con la otra mano sobre la hostia, juraban mante- 
nerse fieles á sus pactos y compromisos. Esto no impe- 
día que al llegar la hora del triunfo los juramentados 
se degollasen sacrilegamente por el reparto de unos 
señoríos tan grandes como la Península, con montañas 
que años después habían de vomitar metales preciosos 
por las gargantas de sus bocaminas. 

Algunas expediciones partían apresuradamente an- 
tes de completar sus preparativos, por miedo al arre- 
pentimiento de los capitalistas ó las exigencias de los 
acreedores. Hernán Cortés, en su viaje á Méjico, había 
tenido que hacerse á la vela apresuradamente, antes de 
completar las provisiones de víveres, por miedo á un 
embargo de los prestamistas. 

Los formulismos legales acompañaban á los aven- 
tureros en sus lejanas empresas. El escribano era un 
personaje importante en toda expedición. Los Reyes 
Católicos habían recomendado, al iniciarse los descubri- 
mientos, que se procediese con dulzura en el trato de 
los indígenas. Por esto los primeros navegantes, cada 
vez que al abordar á una isla ó una costa de tierra firme 
eran recibidos por los indios con flechazos y pedradas, 
antes de tomar la ofensiva llamaban al escribano real, 
le pedían testimonio de cómo habían sido acogidos en 
son de guerra, viéndose en la imperiosa necesidad de 
defenderse, y una vez cumplida esta formalidad pape- 
lesca, disparaban las lombardas y arremetían espada 
en mano. 

Los tres hombres, contemplando el Océano desde la 
borda de aquel trasatlántico, provisto de las mismas co- 
modidades de un gran hotel, recordaban las pobres em- 
barcaciones montadas por los héroes del descubrimiento. 
Las carabelas, buques ligeros de rápido andar y escaso 
calado, que no tenían espacio para la carga ni el pasa- 
je, sólo habían servido en los primeros viajes de explo- 
ración. Al poco tiempo de ser descubiertas las Indias, 
era la nao la que cruzaba el Atlántico, el pesado galeón, 
redondo de casco y de velamen, alto de popa, cuyo 



LOS ARGONAUTAS 319 

vientre podía transportar las gentes, bestias y herra- 
mientas necesarias para las nuevas tierras. 

La monotonía abrumadora de estas navegaciones de 
meses y meses sólo era alterada por los peligros del 
Océano y los que provocaban la imprevisión y la igno- 
rancia propias de la época. Perdíanse muchos buques. 
Las primeras naos del descubrimiento iban montadas 
sólo por hombres. Luego los galeones de la colonización 
llevaban mujeres y niños, familias en masa que se tras- 
ladaban al Nuevo Mundo y cuando creían ver sus costas 
eran tragadas por la tormenta, bajando para siempre á 
las profundidades del mar. Los marinos expertos amaes- 
trados por anteriores viajes de descubierta no eran su- 
ficientes en número para las expediciones, cada vez más 
numerosas, á las tierras colonizadas. 

Pilotos de los mares de Europa avanzaban á ciegas 
en el Atlántico siguiendo inciertos derroteros en los 
portulanos recién dibujados. Cuando se consideraban 
lejos aún del punto de llegada, surgía de pronto la costa 
ante el morro chato del galeón. Otras veces creían ha- 
llarse junto á las Indias, y una estima más exacta de 
las leguas recorridas les hacía ver con terror que esta- 
ban aún en mitad del camino, con las provisiones ago- 
tadas, y lo que era más horrible, con sólo unos barriles 
de agua. Los hombres querían matar enloquecidos por 
la sed: las mujeres, de rodillas, enseñaban á sus peque- 
ñuelos pidiendo por caridad unas gotas de líquido. 

¡Los dramas ignorados que había presenciado aquel 
testigo azul mudo é inmenso! ¡Los naufragios que no 
habían dejado como rastro ni una tabla!... 

Avanzaba la nao bajo la dirección y la autoridad 
despótica del piloto, una especie de brujo que hablaba 
con los vientos y las olas. El capitán era el jefe de com- 
bate, el hombre de espada, el primero de todos en pre- 
sencia de una nave hostil ó de una costa abordable; pero 
en pleno mar obedecía lo mismo que los demás al grave 
piloto, agorero personaje que examinaba el color de las 
aguas, el vuelo de las gaviotas, la intensidad de los 
vientos, los tintes del alba y las nubes sangrientas de 
la puesta del sol. 

Ocupaba un lugar en lo más alto de la popa, llamado 



320 V. BLASCO IBÁÑEZ 

«el tabernáculo», sentá>base en un sillón de brazos seme- 
jante ai de los antiguos barberos, y desde él gritaba sus 
órdenes á los proeles, mozos, grumetes y pajes, marine- 
ría despechugada, medio desnuda y famélica, en anti- 
gua relación con toda clase de parásitos. Al cerrar la 
noche se apagaban en el buque fuegos y luces por miedo 
al incendio. Quedaban fríos hasta la mañana siguiente 
los hornillos de la cocina. No había más resplandor que 
el de la lumbre de la bitácora, y al encenderla el paje 
de guardia decía según costumbre: «Amén y Dios nos 
dé buenas noches; buen viaje, buen pasaje haga la nao, 
señor capitán y maestre y buena compaña.» 

Quedaban dos pajes cerca de la bitácora velando la 
ampolleta, un reloj de arena que molía (dejaba pasar) 
su contenido en media hora. Así medían el tiempo en la 
obscuridad de la noche. Y siguiendo una tradición, de- 
cían los pajes al entrar de guardia: 

Bendita la liora en que Dios nació, 
Santa María quj lo pr.rió, 
San Juan qise lo bautizó. 
La guarda es tomada; 
la ampolleta muele, 
biíen viajo haremos, si Dios quiero. 

Cuando acababa de pasar la arena de la ampolleta, 
ó sea cada media hora, uno de los pajes debía gritar 
para que lo oyesen los marineros: 

Buena es la que va, 
mejor es la que viene; 
una 00 pfisada y en dos muele, 
mas iijolerá si Dios quisiere. 
íjuoiita y pasa que buen vir.je faza 
¡ Ah de proa; alerta, buena guardia! 

Y los marineros de proa contestaban con un grito ó 
un gruñido para dar á entender que no dormían. 

Tripulantes y pasajeros formaban corrillos en la obs- 
curidad, hablando de los misterios y leyendas del mar, 
dando nombres y propiedades mágicas á los astros que 
brillaban entre el cordaje y las velas negras. A media 
noche, cuando todos sentían cerrarse sus ojos é iban en 
busca de las hamacas y petates, verificábase el relevo 



LOS ARGONAUTAS 321 

de la guardia entrando de cuarto los que habían de 
velar hasta que rompiese el día, y los pajes gritaban 
otra vez: 

— Al cuarto, al cuarto, señores marineros de buena 
parte. Al cuarto, ai cuarto en buena hora de la guardia 
del señor piloto, que ya es hora. Leva, leva, leva. 

El sábado, á la caída de la tarde, era la gran fiesta 
en el navio. Rezábase la salve «y otras prosas», como 
decía Colón en su diario. Se improvisaba un altar con 
imágenes y velas encendidas, reuniéndose ante él tripu- 
lantes y pasajeros. 

— ¿Somos aquí todos? — preguntaba el maestre. 

— Dios sea con nosotros — respondía á coro la gente. 
Quitábase la caperuza el maestre antes de replicar: 

Salvo digamos, 
que buen viaje hagamos. 
Salve diremos, 
que buen viaje haremos. 

Y todos los del buque, proeles, grumetes, lombarde- 
ros, soldados, hidalgos, damas, sirvientes y niños, ento- 
naban la salve en la tarde moribunda mientras el sol 
teñía de anaranjado las velas y el mar levantaba con 
sus choques la pesada cascara del galeón. 

Con la salve y la letanía no terminaban los rezos. 
Un paje que hacía funciones de monacillo al lado del 
maestre recomendaba después con su voz infantil: 

Digamos una Ave María 
por el navio y la compañía. 

—Sea bien venida — contestaba la multitud. 

Y cuando se finalizaba este rezo, el maestre saluda- 
ba á todos con grave compostura. 

— Amén, señores; y que Dios nos dé buenas noches. 
No todos los navegantes eran piadosos y confiaban 
su suerte al cielo. En el primer siglo del descubrimiento, 
esparcíase entre la gente marina la leyenda del piloto 
Carreño, un argonauta osado y blasfemador, enemigo 
de Dios y de los santos. A pesar del ambiente diabólico 
que rodeaba su nombre, las tripulaciones lo recordaban 

21 



322 V. BLASCO IBÁÑBi*. 

con envidia en las grandes calmas, cuando el galeón 
permanecía inmóvil semanas enteras en un mar como 
un espejo, sin el más leve soplo de brisa. 

Este maldito del Océano, que hacía recordar al «Ho- 
landés errante» y á otros pilotos en pecado mortal, ha- 
bía realizado un viaje desde las Indias á Cádiz en sólo 
tres días. Pero hay que advertir que la nave iba tripula- 
da por una legión de demonios disfrazados de marine- 
ros, que le ha^bían ofrecido sus servicios. La travesía se 
efectuó en un continuo huracán. Pasajeros y soldados 
no podían tenerse de pie sobre el buque tembloroso por 
la velocidad y próximo á romperse. El piloto Carreño, 
sentado en el tabernáculo, tenía que agarrarse á su ca- 
dira de mando para que el loco movimiento de la nave 
no lo arrojase al mar. 

Los demonios, espíritus traviesos, ejecutaban las ma- 
niobras al revés de las voces náuticas que daba Carreño. 
Cuando éste ordenaba á la tripulación, ágil y maligna 
como una tropa de monos, «Larga escota», los demonios 
juguetones aferraban las velas del trinquete y la de 
mesana. Y cuando mandaba «Iza», ellos amainaban. 
Pero los diablos resultan inocentes siempre que tienen 
que vérselas con la malicia del hombre: su destino es 
ser engañados á la larga por el pecador, y el hábil Ca- 
rreño, al comprender la bellaquería de sus revoltosos 
marineros, ordenó en adelante todo lo contrario de lo 
que en realidad quería que se ejecutase. Así se salvaba 
la nao, y Carreño en tres días, engañando al demonio, 
pasaba de un mundo á otro. 

La sed era el tormento de los largos viajes interrum- 
pidos por las calmas. Corrompíase el agua, y los ali- 
mentos, salados en demasía, excitaban en todos el ansia 
de beber. Las familias emigradoras se sustentaban con 
las provisiones que habían hecho antes de embarcar. El 
fogón de la nave era llamado la «isla de las ollas» por 
su gran número, pues cada grupo cuidaba de la suya. Y 
cuando llegaba la hora de la comida, los mismos pajes, 
que acababan de tender para los marineros un mantel 
en el suelo, con platos de madera, daban á gritos la 
señal. 
— Tabla, tabla, señor capitán, piloto, maestre y buena 



LOS ARGONAUTAS 323 

compaña. Tabla puesta, vianda presta. Agua usada para 
el señor capitán y maestre y buena compaña. ¡Viva, 
viva el rey de Castilla por mar y por tierra! Y quien le 
diere guerra, que le corten la cabeza. Y quien no dijera 
amén, que no le den de beber. Tabla en buena hora, 
quien no viniere que no coma. 

Y comían los tripulantes al principio de la navega- 
ción carne salada de vaca; luego huesos sin tuétano 
vestidos sólo de algunos nervios; los viernes y vigilias 
habas guisadas con agua y sal, y en las fiestas recias 
abadejo, que era plato de gran lujo. Quedaban los más 
con hambre, pero dábanse por contentos siempre que el 
paje encargado de la gaveta del vino pasase con fre- 
cuencia entre ellos taza en mano. 

Olvidaban los pasajeros todos los martirios y mise- 
rias de la navegación á la vista de las Indias. Abrían 
las cajas para sacar camisas blancas y vestidos nuevos; 
limpiábanse de los menudos compañeros de viaje, repug- 
nantes y molestos, que volvían á refugiarse en las ren- 
dijas de las naos; se ceñían la espada. En cuanto á las 
pobres damas, macilentas por el mareo y las privaciones, 
transfigurábanse al llegar á las nuevas tierras. Desha- 
cían los cadejos de sus greñas abandonadas, animiíbanse 
el rostro con blanco solimán y roja cochinilla, «saliendo 
debajo de cubierta — según un viajero de entonces — tan 
bien tocadas, rizadas, engrifadas y repulgadas, que pa- 
recían nietas de las que eran en alta mar». 

La gloria, la riqueza y hasta el gobierno de pueblos 
estaban al alcance de todos al otro lado de los mares. 
Siguiendo los pífanos y atambores de los tercios y el 
flamear de las banderas con águilas de doble cabeza, el 
pobre hidalgo iba al encuentro de la gloria, pero tam- 
bién de la miseria. Después de largas campañas en 
Flandes ó en Italia, tenía asegurada una espera no 
menos luenga en las antesalas de los palacios con el 
memorial en las rodillas solicitando una recompensa de 
criado por los pelotazos de hierro y los acuchillamien- 
tos recibidos en las batallas contra el turco y el herético. 
Los altos puestos los acaparaban los cortesanos de no- 
bleza tradicional, los descendientes de los que habían 
peleado en la Península contra el sarraceno. 



324 V. BLASCO IBÁÑEZ 

Embarcándose para las Indias todo era posible. Bas- 
taba fundar un pueblo para ennoblecerse por este hecho, 
colocando ante su nombre el honorífico Don. Mozos de 
vida airada, acostumbrados á peleas nocturnas con las 
rondas de alguaciles y á largas estancias en la cárcel 
por deudas, convertíanse al otro lado del Océano en 
magníficos señores que destronaban emperadores, colo- 
caban otros en su lugar, ó concluían por sentarse en el 
trono. Algunos, á la hora en que sus madres, vistiendo 
zagalejos de roja bayeta, daban de comer á las gallinas 
en sus corrales de Extremadura y Andalucía, se casa- 
ban, lo mismo que los caballeros andantes, con grandes 
princesas de tez pálida y ojos oblicuos, criaturas de 
enigma y ensueño, que llevaban sobre la frente la borla 
multicolor de la autoridad y en el pecho áureas placas 
con sagrados jeroglíficos. 

Y todos los días, durante un siglo, chirriaban al 
amanecer las puertas del caserío vasco, del tapial pardo 
de Castilla, del casuchín morisco enjalbegado y oprimi- 
do en la calleja andaluza, de la corralada extremeña 
envuelta en olor de estiércol cerduno; y los mozos em- 
prendían la marcha ligeros de ropa y ágiles de piernas, 
cantando como los mancebos que encontraba don Qui- 
jote en sus correrías, con una vieja espada al hombro á 
guisa de bordón de peregrino y pendiente de ella el hato 
de ropa con toda su fortuna; unas calzas nuevas, los gre- 
güescos, dos camisas, un rosario, unos naipes gastados, 
lo más preciso para llegar á virrey ó á marqués de títu- 
lo sonoro y exótico al otro lado del mar. Y de todos los 
extremos de la Península, siguiendo rutas convergentes 
como las varillas de un abanico, estos alegres romeros 
de la aventura y la ilusión venían á unirse con una fir- 
me amistad, tal vez por toda la existencia, al pie de las 
carabelas y galeones que se balanceaban pesadamente 
en la desembocadura del Guadalquivir esperando el 
lombardazo de partida. 

Eran «la segunda hornada» de exploradores, los que 
habían de contornear el mundo recién descubierto, á tra- 
vés del naufragio y la muerte. Embarcábanse años des- 
pués los de «la tercera hornada», los conquistadores de 
reinos y fundadores de ciudades, que mal avenidos con 



LOS ARaONAUTAS 325 

la paz del triunfo, acababan por pelearse entre ellos sañu- 
damente en una guerra de banderías, estúpida y feroz. 
Los reyes vivían vueltos de espaldas á estas tie- 
rras de misterio, cuyas riquezas tan decantadas sólo 
fueron una realidad algunos años más tarde. Preocupa- 
dos con sus guerras y negocios de Europa, miraban con 
indiferencia este éxodo y abrían la mano liberalmente 
á toda demanda de nuevas conquistas y permisos de 
navegación. 

— Un autor de aquella época — dijo Maltrana — escri- 
bió un libro titulado «Los seis aventureros de España, y 
como el uno va á las Indias, y el otro á Italia, y el otro 
á Flandes, y el otro está preso, y el otro anda entre plei- 
tos, y el otro entra en religión. Y como en España no 
hay más gente destas seis personas sobredichas.., y> Así 
era: no había más. Este era el estado á que podían as- 
pirar los que tenían voluntad y coraje. Las Indias repre- 
sentaban, según Cervantes, «el refugio y el amparo de 
todos los desesperados de España», y como la desespera- 
ción era el estado natural de los españoles de entonces, 
de aquí que el libro debió tener una segunda parte, ve- 
rídica y lógica, relatando cómo el aventurero de Indias 
se quedaba allá para siempre; y los aventureros de Italia 
y Flandes, aburridos de un heroísmo pobre y sin gloria, 
acababan por irse al Nuevo Mundo: y el preso hacía lo 
mismo al salir de la cárcel; y el pleiteante seguía idén- 
tico camino, viéndose sin otra subsistencia que la sopa 
boba, y hasta el fraile acababa sus días en un monaste- 
rio colonial adoctrinando vírgenes cobrizas y cuidando 
los naranjos recién traídos de la Península... 

— En esta fuga hacia las tierras nuevas — dijo Oje- 
da— , ¿quién podrá conocer jamás la cifra exacta de ios 
que salieron y no llegaron? ¡Cuántas catástrofes igno- 
radas!... Algunos autores extranjeros afirman que en 
tres siglos le costó á España treinta millones de hombres 
la colonización del Nuevo Mundo. Seguramente exage- 
ran, pero hay que pensar que esa magna colonización, 
desde la mitad de los actuales Estados Unidos al paso 
de Magallanes, la acometió ella sola con sus propios re- 
cursos. Hoy el americano ha cambiado mucho de su tipo 
original. jLa mezcla que esto supone! ¡El enorme envío 



326 V, BLASCO IBÁNBZ 

de virilidad que fué necesario para aclarar la sangre 
india de su cobre nativo!... 

Durante el primer siglo de la conquista embarcá- 
banse los aventureros en los primeros buques que encon- 
traban disponibles, vasos antiguos apenas recompuestos 
y guiados por cualquier piloto costero que se prestaba á 
dirigir la expedición. Las administraciones de entonces 
no conocían la estadística. Además, eran frecuentes 
los viajes clandestinos, sin papeles. Nadie se preocupa- 
ba de la seguridad de los viajes ajenos: cada uno que 
velase por sí mismo. Se confiaba en Dios y no se tenía 
miedo á nada. 

Una expedición al mando de un viejo capitán de In- 
dias salía de Cádiz para la isla de las Perlas en las cos- 
tas de Venezuela. El día era bonancible, el mar liso y 
tranquilo, pero el galeón estaba tan desencuadernado 
y podrido, que apenas navegó una hora se fué á pique 
instantáneamente á la vista de la ciudad, ahogándose 
todos sus tripulantes. 

— Esta catástrofe — dijo Maltrana — metió algún ruido 
porque entre los aventureros iba el hijo único de Lope 
de Vega, mozo poeta deseoso de seguir una de las seis 
carreras de los hidalgos de entonces. Pero ocurrían con 
mucha frecuencia estos naufragios por imprevisión ó 
por audacia, sin que de ellos quedase noticia alguna... 
¡Si este mar pudiese contarnos todos los dramas ignora- 
dos del descubrimiento! 

El doctor Zurita asintió gravemente. Mucho le había 
costado á España su gran empresa de Ultramar. Tal 
vez su decadencia provenía de ésta. 

— Así es — contestó Ojeda — . Unos atribuyen esa deca- 
dencia á las guerras europeas; pero las naciones que 
peleaban con nosotros experimentaron iguales pérdidas, 
y no por esto decayeron... Otros echan la culpa al ex- 
ceso de religiosidad, que nos metió en empresas absur- 
das. Tal vez sea esto cierto, pero en parte nada más. 
Naciones hubo entonces tan fanáticas como la nuestra, 
y sin embargo no se vieron en peligro de muerte... La 
causa principal de nuestra decadencia, ó más bien di- 
cho, de nuestra anemia, debe buscarse en la coloniza- 
ción de las Indias. Un organismo sana de las heridas que 



LOS ARGONAUTAS 327 

recibe por tremendas que sean. Lo peligroso, lo mortal, 
es un desangre que dura años, que dura siglos: un 
flujo inatajable con el que se escapa la vida... 

Fernando describió á la vieja España como una de 
esas madres prolíficas en exceso que marchan sobre sus 
piernas un tanto vacilantes, entre sus hijos, grandotes, 
robustos, sonrientes con la confianza de la salud. Sufren 
todas las enfermedades y no tienen ninguna: su única 
dolencia cierta es la debilidad, la anemia, la escasez de 
vida que han ido repartiendo y malgastando generosa- 
mente. Cada hijo se ha llevado un jirón de su existencia. . . 
— Y figúrense ustedes — continuó Ojeda — lo que repre- 
senta para España haber dado á luz cerca de una vein- 
tena de cachorros que están al otro lado del mar vivien- 
do por cuenta propia, unos adelantados y cultos, otros 
impulsivos y montaraces, pero todos de su sangre y su 
apellido y con las ilusiones de la juventud. 

Maltrana asintió á estas palabras, pero añadiendo 
una opinión suya. El mal de España había sido no des- 
cansar hasta la vejez. 

—Nuestro país es por su historia algo semejante á una 
olla que hierve siglos y siglos sin que nadie la aparte 
del fuego para que se enfríe su contenido. Los grandes 
pueblos de Europa, después del hervor fundente duran- 
te el cual se mezclaron sus razas y se borraron sus anta- 
gonismos, pudieron descansar en la paz. Este reposo les 
ha servido para solidificarse, engrandecerse y adquirir 
nuevas fuerzas. España no; España no conoció el des- 
canso. Durante siete siglos hierve con el burbujeo de 
las luchas de raza y los antagonismos religiosos. Al fin 
se verifica de cualquier modo la fusión de los diversos 
ingredientes. Ya está hecha la mixtura nacional, tal vez 
de mala manera, pero ya está hecha. Hay que retirar la 
vasija del fuego para que se cristalice el contenido y sea 
algo más que líquido y vapores. 

Pero en este momento crítico España descubría las 
Indias y por alianzas monárquicas se encontraba dueña 
de media Europa. Y en vez de descansar, volvía á hervir 
con un fuego mayor, se hinchaba con un burbujeo loco, 
absurdo, el más extraordinario, atrevido é insolente que 
consigna la historia. Una nación relativamente pequeña, 



328 V. BLASCO IBÁÑBZ 

mal situada en un extremo del mundo viejo, y que ade- 
más pretendía unificarse expulsando á ios españoles he- 
breos y musulmanes por ser de distinta religión, em- 
prendía al mismo tiempo la empresa de colonizar medio 
globo y de mantener bajo su autoridad lejanas naciones 
europeas que no eran de su idioma ni de su raza. 

Y el líquido, hinchado por el fuego, adquiría fantásti- 
cas proporciones, pareciendo mucho más grande de lo 
que realmente fué; esparcíase en oleadas fuera de la 
vasija para perderse sin utilidad alguna, hasta que acabó 
por apagar la lumbre. Y cuando la olla descansaba al 
fin enfriándose, sólo tenía en su interior leves residuos. 
Lo mejor se había escapado en vapores gloriosos ó que- 
daba esparcido por el mundo en manchas, en pequeños 
terrones, sin formar una masa homogénea. 

— ¡Ay, si hubiésemos descansado á tiempo como otros 
pueblos! — dijo Maltrana — . ¡Si hubiesen transcurrido un 
siglo ó dos entre la constitución nacional y nuestras 
grandes empresas!... Pero estiramos la pierna más allá 
de la sábana, que era corta. Nunca se ha visto un despil- 
farro de vida y de energías más glorioso é inútil. 

El doctor Zurita protestó de esto último. 
— Inútil no. En lo que se refiere á las empresas de Eu- 
ropa, indudablemente... Pero queda la América; todas 
las repúblicas que hablan español y que más allá de sus 
diferencias de constitución nacional son iguales por su 
alma y sus costumbres. 

Ojeda asintió. El loco despilfarro de la energía espa- 
ñola únicamente había sido reproductivo en las Indias. 
Viajando por diversas repúblicas del Nuevo Mundo en 
sus tiempos de diplomático, había apreciado la gran- 
deza histórica de España mejor que con la lectura de 
los libros apologéticos. 

En un país americano de clima frío donde crecían 
lo mismo que en Europa el pino y el abeto y las monta- 
ñas estaban coronadas de nieve, salía al encuentro del 
viajero el idioma castellano, y con él las viejas casas de 
escudos coloniales en el portón y los entonados señores 
de solemnes maneras semejantes á los hidalgos antiguos. 
Hasta el presidente de la República llevaba un apellido 
rancio y sonoro igual al de los galanes de capa y espada 



LOS ARGONAUTAS B29 

de las comedias de Calderón. Luego, al saltar á otro país 
de cocoteros y bosques enmarañados, con ríos como ma- 
res, llanuras de infernal ardor, volcanes de cima hu- 
meante y lagos suspendidos entre cordilleras vecinas á 
las nubes, volvía á encontrar vestido de blanco, con el 
sombrero de paja en la mano, el mismo hidalgo cortés y 
ceremonioso; la dama de breve pie y ojos andaluces, 
discreta, juguetona y devota como una tapada de Lope; 
el antiguo convento colonial con sus torres encaperuza- 
das de azulejos que desgranan el campaneo de las horas 
en las tardes ardorosas ó las noches lunares sobre calles 
de rejas ventrudas impregnadas de perfume de naranjo 
y de jazmín. Y otro presidente le recibía en audiencia, 
ostentando un apellido de vieja cepa, y era idéntico á 
los demás en su porte caballeresco y sus hazañas de 
caudillo voluntarioso y corajudo. 

Desde las fronteras de Tejas á los hielos de Maga- 
llanes, vivía España, y viviría luengos siglos, en el doc- 
tor sentencioso, trasatlántico descendiente de Salaman- 
ca y Alcalá; en la dama graciosa y devota que imita las 
últimas novedades de la elegancia exterior, pero guar- 
da el alma de sus abuelas: en el caudillo aventurero que 
renueva al otro lado del Océano los romances medioeva- 
les de la Península; en la irresistible admiración por el 
valor y la audacia que sienten hasta los más ilustra- 
dos, colocando el coraje por encima de todas las virtu- 
des humanas. 

Podía un cataclismo continental hundir la Penín- 
sula ibérica bajo las aguas, y si con esto desaparecía 
la España nación, no por ello iba á morir la España 
pueblo, la España verbo, el alma española. Al otro lado 
del mar, en las costas del Atlántico y el Pacífico, ó 
acopladas en las laderas de los Andes como los nidos de 
los cóndores, existían miles de ciudades unificadas por 
el idioma, las costumbres y un concepto peculiar del 
honor. Ochenta millones de seres hablaban el castellano 
y pensaban en él. El catolicismo, firme y dominador en 
unas naciones de América, débil y transigente en otras, 
era también una fuerza tradicional que mantenía vi- 
viente el pasado, común á todas ellas. 

Los europeos aprendían el español para entenderse 



330 V. BLASCO IBÁÑBÍ^; 

con los pueblos jóvenes de América. El castellano era el 
tercer idioma mundial, gracias á su difusión en el Nue- 
vo Mundo. España renacía en el verdor y belleza de sus 
hijas. 

— Y esto es algo — dijo Ojeda — . Nuestro loco despil- 
farro de otros tiempos no se ha perdido del todo gra- 
cias á América. 

Sus amigos asintieron. No; no se había perdido. 

— Sólo un país como la Península — continuó Ojeda — , 
de clima africano y al mismo tiempo con mesetas de 
frío glacial, podía dar una raza preparada para la co- 
lonización de un mundo tan grande y diverso. Así úni- 
camente se comprende que unos mismos hombres llega- 
sen á fundar ciudades que están á más de dos mil metros 
de altura, en las que se respira con dificultad, y ciuda- 
des al nivel del mar, bajo el Ecuador, con un ambiente 
de infierno. Sólo un pueblo sobrio y de vida dura como 
el español podía acometer la empresa de poblar un 
mundo en el que la gente aun era más sobria y había 
poco que comer ó no había nada absolutamente. El 
peligro para el conquistador no fué la flecha del indio; 
fueron la soledad y las inmensas distancias, y sobre 
todo fué el hambre. 

Zurita intervino con la precipitación del que oye 
hablar de algo que conoce mejor que sus interlocutores. 

— De eso puedo decir mucho. Yo he colonizado, ¿sabe, 
amigo?... Yo he vivido en el desierto y allí conocí lo 
que habían sido los antiguos españoles y lo mucho que 
les debemos... Nosotros hemos sido injustos con ellos. 
Nos educan mal por patriotismo: nos inculcan mentiras 
desde la niñez. Cuando yo iba á la escuela estaban más 
vivos que ahora los odios de la lucha por la Indepen- 
dencia, y eso que había pasado más de medio siglo. Es- 
paña era una madrastra cruel y los españoles unos ga- 
llegos brutos que sólo habían sabido esclavizarnos y 
explotarnos... Y esto nos lo enseña-ban en idioma espa- 
ñol, y además el maestro y los discípulos llevábamos 
todos apellidos españoles. Hablábamos de los «gallegos» 
como de un pueblo bárbaro que hubiese conquistado 
nuestro país cuando ya estaba constituido y en plena 
civilización, retrasando su progreso, por lo cual lo había- 



LOS ARGONAUTAS 331 

mes expulsado gloriosamente después de tres siglos de 
tiranía... De hombre continué en la misma ignorancia. 
Los que nacemos en una ciudad ya hecha, no nos pre- 
guntamos cómo se formó y quiénes pusieron sus cimien- 
tos. Cuando deseamos salir de ella, es para irnos á 
Europa y rabiar de emulación viendo que hay cosas me- 
jores que las nuestras. Nunca miramos atrás ni nos 
preocupan nuestros orígenes. 

Hizo una pausa el doctor, como si le molestase un mal 
recuerdo. 

— Yo mismo— añadió— siento cierto remordimiento al 
pensar en mi abuelo. ¡Pobre señor! Cuando de niño me 
enfadaba con él, le llamaba «gallego» y recordaba los 
grandes hechos de la Independencia, que habían servi- 
do, según mis ideas, para echar á patadas del país 
á una banda de extranjeros explotadores... Al viajar 
por el interior de mi tierra, vi claro; me di cuenta de 
los sufrimientos y trabajos de aquellos hombres que 
fueron extendiendo por el desierto la civilización de su 
época. Sólo los que viven en las ciudades y no salen al 
campo (al campo inculto que aun no conoce la mano 
del hombre), pueden hablar con desprecio de nuestros 
remotos ascendientes. 

El doctor recordaba su vida de joven, cuando había 
colonizado tierras vírgenes recientemente abandonadas 
por el indio. 

— Tuve que sufrir toda clase de privaciones: hasta 
pasé hambre muchas veces. Y eso que tenía cerca el 
ferrocarril; y los ríos podía remontarlos en buques de 
vapor en vez de ir á remo; y el trasatlántico me traía 
en menos de un mes los encargos de Europa... Entonces 
me di cuenta de lo que hicieron los primeros españoles, 
sin otros medios de comunicación que la recua ó la carre- 
ta, teniendo que echar seis ú ocho meses para recorrer 
distancias que hoy salva el ferrocarril en dos ó tres días. 
Cuando querían remontar el Paraná yendo de Buenos 
Aires á la Asunción á remo y á vela por las revueltas 
del río, les costaba este viaje tres veces más tiempo 
que para ir á España. Naves de la Península, llegaban 
muy de tarde en tarde, si es que no naufragaban. Y 
á pesar de tantos obstáculos, nuestros ascendientes fun- 



332 V. BLASCO IBÁNBZ 

daron los núcleos de las ciudades que ahora tenemos, 
crearon las primeras ganaderías, adaptaron á nuestro 
suelo los productos del viejo mundo, lo prepararon todo 
para que los europeos que llegasen después no se mu- 
rieran de hambre... El español colocó la mesa en Améri- 
ca, fabricó los asientos y puso el pan. Esta es una imagen 
que se me ocurre. Después, otros pueblos más adelanta- 
dos han traído las salsas refinadas de civilización, los 
hermosos adornos de mesa; pero sin el primero, que pre- 
paró lo más necesario, no habría banquete. 

— Así es — dijo Maltrana — . Pero el que produce en la 
vida lo preciso y vulgar, no alcanza nunca la fama del 
que fabrica lo superfino y agradable. Nadie sabe quién 
inventó el pan y quién tejió la primera tela. Ningún 
pueblo les ha levantado estatuas. Y crean ustedes que 
los inventores del pan, del paño y de la cocción de los 
alimentos, fueron más grandes y dignos de gloria que 
los autores de todas las maquinarias de nuestra época. 

— En la formación de los países americanos — insistió 
Zurita — ocurre lo que en los grandes edificios que ahora 
se construyen. Muy pocos ven el andamiaje interior de 
acero: ninguno desea conocer el nombre de los que tra- 
bajaron en los profundos cimientos. La admiración es 
toda para los adornos y «firuletes» de la fachada... Y 
quien asentó nuestros cimientos y levantó la parte sólida 
de nuestro palacio, fué España. Los otros pueblos han 
llegado mucho después, á la hora de los adornos y balco- 
najes, para darlo cómodo y lo lindo. Lomas duro, el tra- 
bajo ingrato y peligroso de albañilería, lo hizo «la vieja». 

— Y cuanto más quieran ustedes elevar su edificio 
— dijo Ojeda — , cuanto más grandioso y solemne lo de- 
seen, más tendrán que bajar en busca de los cimientos 
para reforzarlos, so pena de venirse abajo. 

— Hay que haber vivido en el desierto — continuó el 
doctor — para darse cuenta de lo que trajeron con ellos 
los conquistadores y los servicios que prestaron á la ci- 
vilización. Yo sufrí mucho al crear mis estancias, y sin 
embargo, pensaba: «Este caballo, que me lleva de un 
lado á otro, lo trajeron los españoles. Antes de venir 
ellos, no existía. Estas vacas y estas ovejas, que puedo 
matar y comer, las trajeron ellos también. La galleta 



LOS ARGONAUTAS 333 

que me llevo á la boca, procede del trigo que ellos 
sembraron los primeros.» Y no podía moverme en mi 
pobreza sin encontrar que las pocas comodidades que 
me rodeaban las debía á los atrevidos españoles que 
avanzaron y murieron en el desierto para que un día 
pudiese yo avanzar á mi vez. Y me preguntaba: «¿Pero 
qué había aquí antes de que ellos llegasen? ¿Qué comía 
la gente?...» La gente era escasa, y para comer sólo 
había maíz, mandioca y carne del huanaco. Esto á juz- 
gar por lo que yo he visto en mi tierra. Dicen que en el 
Perú y en Méjico había mayores medios, porque era 
más numerosa la gente. Así debió ser, pero me temo 
que en los relatos haya alguna exageración de los hom- 
bres de pluma, cuentos maravillosos... lo que ustedes 
llaman «literatura». 

Ojeda, que escuchaba pensativo, habló á su vez. 

— Y hay que pensar, doctor, en los esfuerzos que cos- 
taría llevar allá cada uno de esos productos destinados 
á la aclimatación, en pequeños buques, con la gente 
hacinada. 

Tripulantes y soldados dormían sobre las tablas. Los 
capitanes y personajes tenían por toda comodidad una 
colchoneta arrollada en el castillo de popa. Las provi- 
siones eran saladas ó avinagradas, para resistir los 
cambios de temperatura. Las grandes calmas del Océa- 
no hacían escasear con su larga inmovilidad la provisión 
de agua. Muchos vendían una á una sus prendas de 
ropa á cambio de algunos vasos de líquido terroso y 
recalentado, y llegaban desnudos al término del viaje. 
Y en medio de esta sed rabiosa, había que economizar 
líquido para dar de beber al caballo, al toro procreador, 
á la vaca de vientre, al naranjo en maceta, al olivo de 
plantel, á todas las novedades animales y vegetales 
que llevaban allá como tesoros, estimados en más que 
la vida de los hombres... Y como si no bastasen tantas 
tribulaciones, habían de abrirse paso á cañonazos entre 
los buques enemigos, ingleses, holandeses ó franceses, 
que según las variaciones de la política española, les 
salían al encuentro para impedir sus viajes. 

— España — terminó Ojeda — dio á América todo lo que 
tenía, lo bueno y lo malo. 



334 V. BLASCO IBÁÑEZ 

— Y no dio más porque no tenía más — dijo Zurita — . 
Los otros países no creo yo que tuviesen más que dar 
en aquellos tiempos... Pero nosotros, legítimos descen- 
dientes de los españoles, hemos heredado de ellos la 
mala lengua, la tendencia á hablar contra España y 
hacerla responsable de todo. 

— Ahí tenemos al amigo Pérez— dijo riendo Maltra- 
na — , ese buen mozo subido de color que admira á In- 
glaterra hasta en sueños. Ese hace responsable á la ma- 
dre patria de todo lo de América: de la sequedad ó del 
exceso de lluvias; de la pereza de los indios, hasta de la 
escasez de ferrocarriles. 

— La mala lengua heredada; es cierto — dijo Ojeda — . 
El individualismo orgulloso del español, que se cree de- 
fraudado por ser de su país, y habla contra él á todas ho- 
ras, convencido de que al nacer en otra tierra hubiese 
sido mxucho más grande. 

— Una injusticia — dijo Zurita — es también hablar 
tanto de la crueldad de los españoles con el indio. ¿Cómo 
civilizar una tierra sin barrer antes la gente que la ocupa 
y se opone á esa civilización?... En la antigua América 
española los pueblos más adelantados son aquellos que 
tienen menos indios. En los Estados Unidos quedan tan 
pocos, que los enseñan en los circos como una curiosi- 
dad. En mi país sólo se encuentran en las fronteras del 
Norte, y cada vez son menos. Chile ya no guarda más 
que una muestra de los antiguos araucanos. 

— Es curioso — dijo Maltrana volviendo á sonreír — . 
Casi todas las Eepúblicas americanas, en odio á España, 
han cantado al indio primitivo que hizo frente á los con- 
quistadores, pintándolo como un héroe poseedor de todas 
las virtudes. Pero muchas de esas Eepúblicas, después 
de su independencia, se han dedicado á matar al indio, 
á suprimirlo con una crueldad más fría y razonada que 
la de los virreyes y gobernadores, á organizar el exter- 
minio metódico y el reparto de los niños para que no 
quedase ni simiente... Nietos de gallegos y vascongados 
han cantado los intentos de rebelión de los indios contra 
la metrópoli, viendo en ellos los primeros vagidos de la 
Independencia, cuando no fueron más que revueltas de 
raza, sublevaciones de color. En el caso de triunfar los 



LOS ARGONAUTAS 335 

indios, lo primero que hubieran hecho es dar muerte á los 
criollos blancos, abuelos ó padres de los caudillos de la 
emancipación americana. 

~Yo no soy de esos— protestó el doctor — . Yo creo 
que el principal defecto de la colonización española fué 
su empeño en transformar al indio, en hacerlo cristiano; 
empresa difícil y de escasos resultados. Vean el ejemplo 
de las grandes naciones modernas: cuando les estorba el 
paso un pueblo refractario, lo suprimen... Inglaterra, 
con su virtud protestante y su lagrimeo bíblico, ha borra- 
do del planeta razas enteras. España no pudo hacerlo. 
Tenía que poblar un hemisferio, le faltaba gente para 
tanta extensión, y hubo de transigir con los natura- 
les. Además, hay que tener en cuenta el espíritu de- 
voto y la perniciosa facilidad del español para en- 
gancharse con la primera india que le salía al paso 
y constituir con ella santa familia cargada de hijos. 
Los pueblos modernos, cuando conquistan un país, 
envían remesas de mujeres blancas para que los co- 
lonizadores no malgasten la semilla nacional en mes- 
tizamientos. Y si á pesar de esto surge el mestizo, no 
lo reconocen. 

— El conquistador — dijo Maltrana — , aconsejado por 
el sacerdote, creyó vivir en pecado mortal si no se casa- 
ba con la madre de sus hijos, y á veces la manceba in- 
dia, por obra de las hazañas de su marido, llegaba á ser 
doña Inés, doña Luz ó doña Violante, con escudo nobi- 
liario y gobernación de tierras. 

— En los Estados Unidos — dijo Ojeda — la gente euro- 
pea se mantuvo en su pureza blanca, y por eso llegó á 
donde ha llegado. Cada uno al emigrar se llevaba su 
mujer, y los casamientos se hacían siempre dentro de 
la raza. Pero aquella tierra está como quien dice á las 
puertas de su antigua metrópoli, los viajes eran más 
rápidos, más frecuentes y mayor el trasplante de per- 
sonas. Además, vivieron mucho tiempo concentrados 
en las costas, dejando el resto del país á los salvajes, 
avanzando lentamente con paso seguro, hasta que casi 
en nuestra época de un solo golpe se desbordaron por 
la enorme extensión, decididos á acabar con el indio, 
refractario á la cultura: y el indio acabó... España, des- 



336 V. BLASCO IBÁiNEZ 

de el primer momento, quiso verlo todo, explorarlo todo. 
Sus primeros descubridores estuvieron en sitios á los 
que luego no ha vuelto ninguna persona civilizada. Y 
este esparcimiento loco de fuerzas disgregadas y curio- 
sas tuvo como consecuencia, en muchos lugares, que en 
vez de hacerse el indio español, fué el español el que 
se hizo indio, sumándose por el amor y las relaciones 
de familia á la raza que intentaba dominar. 

— Así les va á los pueblos de tal origen — dijo sonrien- 
do el doctor — . Yo, mis amigos, tengo opiniones muy 
personales en lo que se refiere á los países de América. 
Soy americano, pero no indio. Cuando veo una nación 
donde la gente es blanca en su mayoría, me digo: «Estos 
trabajarán en paz: y seguramente irán lejos.» Cuando 
veo por todas partes caras cobrizas y pelos de cerda, 
tuerzo el gesto: «Mal: estos sólo pueden dar de sí enre- 
dos, politiqueos, una vanidad ridicula, revoluciones 
para ocupar el poder, bailes, músicas y versos... mu- 
chos versos...» 

Los dos amigos rieron al oir las últimas palabras del 
doctor. 

— Yo he trabajado en el campo — continuó éste — , y sé 
por experiencia que sólo puede emprenderse un negocio 
con trabajadores de raza blanca ó con emigrantes de 
Europa, que conocen el valor del dinero, ahorran y 
tienen un concepto exacto de los deberes de la vida. 
¡Lo que me han hecho sufrir indios y mestizos!... Tra- 
Í)ajan de un modo loco cuando los acosa el hambre, pero 
apenas cobran una semana, desaparecen para ir á em- 
borracharse y le dejan á usted plantado. ¡Cómo llevar 
adelante una empresa con tales auxiliares!... Más de una 
vez he envidiado á los conquistadores que con arreglo á 
las costumbres de su época podían dirigir palo en mano 
á unas gentes incapaces de un trabajo serio y continuo. 
Sólo el que ha colonizado puede comprender la conducta 
de aquellos españoles. Tuvieron que implantar la civili- 
zación de su época sin otra ayuda que la de unos niños 
grandes que únicamente se mueven á impulsos del temor. 
Los doctores que viven en las ciudades y todo lo han en- 
contrado hecho (sin saber ciertamente cómo se hizo) 
pueden permitirse sensiblerías y^declamaciones. 



LOS ARGONAUTAS 337 

Hablaron después de esto de los «grandes crímenes» 
de los conquistadores. 

— Eran gente dura, violenta — dijo Ojeda — , y hasta 
entre ellos mismos dirimían con sangre sus cuestiones. 
Pero no eran peores ni mejores que los hombres de espa- 
da que en los mismos años hacían la guerra en Europa. 
¡Es curiosa la injusticia del mundo con los conquista- 
dores americanos!... Algunos los describen como mons- 
truos excepcionales de maldad, algo de que no hay- 
ejemplo en la historia, y un siglo después que ellos rea- 
lizasen su conquista se desarrollaban en el corazón de 
Europa la guerra de los Treinta Años y otras muchas de 
religión, con degüellos en masa de pacíficos campesinos 
é incendios de pueblos enteros con sus habitantes... 

— Igualmente son ridiculas — dijo Maltrana — las la- 
mentaciones por el trabajo de los indios en las minas. 
Cualquiera creerá que sólo trabajaban ellos. El indio 
servía para el arrastre de los minerales como hoy mis- 
mo sirven los hombres libres en las minas que carecen 
de maquinaria. Pero con el indio trabajaban obreros 
españoles, mineros enviados de la Península que su- 
frían tanto ó más que ellos... Siempre tendrá la huma- 
nidad que realizar para vivir pesados trabajos, abruma- 
doras funciones. Hoy, después de tanta civilización, 
centenares de miles de blancos sufren igualmente en las 
minas, y es injusta esa sensiblería que se calla cuando 
la víctima es uno de su raza y sólo se enternece cuando 
el que pena es de otro color... Como España estuvo 
gravitando sobre Europa durante siglo y medio y dejó 
resentidos por su dominio á muchos pueblos, no ha habi- 
do mentira ni exageración que la venganza haya dejado 
de lanzar después contra ella. 

— Gran cantidad de las patrañas que circulan sobre 
nuestras colonias — dijo Ojeda — son obra de un editor. 
Los libreros tuvieron gran influencia en la historia de 
América. Su mismo título (con menosprecio de Colón) 
se lo dio un librero alemán, el editor de las cartas de 
Américo Vespucio. Y muchas de las mentiras que cir- 
culan con un carácter tradicional contra los españoles 
coloniales, las inventó un librero flamenco. 

Era Teodoro de Bry, impresor de Lieja, que de 1570 

22 



338 V. BLASCO IBÁÑEZ 

á 1602 estuvo publicando libros y estampas para ali- 
mentar en Europa la curiosidad por los sucesos de las 
Indias, y el odio á España, dominadora del viejo mundo 
en aquel entonces. El buen flamenco hizo obra patrióti- 
ca desacreditando por todos los medios á los españoles 
que gobernaban su país. Pero esta obra apasionada fué 
indigna de la credulidad que le dispensó la ignorancia 
general. Las añrmaciones del editor Bry, que jamás es- 
tuvo en las Indias, que imprimió todo cuanto le ofre- 
cían, con tal que fuese contra España, y vivió un siglo 
después del descubrimiento, se aceptaron con el mismo 
respeto que si fuesen documentos de testigos presencia- 
les. Inventó retratos de Colón, é inventó igualmente 
ridiculas historias sobre la vida del Almirante y la in- 
justicia y crueldad de los españoles. 

— El librero Bry — continuó Ojeda — fué el autor de ese 
cuento soso é inocente sobre «el huevo de Colón»... [La 
suerte de ciertas tonterías! Muy pocos conocen lo que 
fué el descubrimiento ni tienen una idea aproximada de 
Colón; pero todos saben la perogrullada del huevo, fá- 
bula insulsa digna de un ingenio flamenco. 

— Cierto es — dijo Maltrana— que una buena parte de 
lo que se ha propalado contra los españoles de América 
se inventó en Europa por gentes que nunca estuvieron 
allá. Algunos autores americanos del siglo XVIII pro- 
testaron de la exageración de esas invenciones, pero su 
voz no tuvo eco. Luego, al iniciarse la Independencia, 
los revolucionarios americanos adoptaron como suyas 
muchas de las aflrmaciones europeas, aceptándolas á 
ojos cerrados con el apasionamiento de la lucha, y aun 
colean los tales embustes en la enseñanza que se da en 
las escuelas del Nuevo Mundo. 

— Al empezar la decadencia de nuestra patria — aña- 
dió Fernando — , de Italia, de Flandes, de Holanda, de 
Alemania, de Inglaterra y de Francia, países que tenían 
mucho que vengar, pues durante siglo y medio los había 
molestado enormemente la preponderancia española, llo- 
vieron volúmenes hablando de las grandes crueldades 
sufridas por los indios. Rousseau puso de moda el hom- 
bre primitivo, libre en plena Naturaleza, y los indígenas 
americanos fueron el tipo perfecto de la víctima aprisio- 



LOS ARGONAUTAS 339 

nada y desfigurada por la civilización. Abates folicu- 
larios para halagar al público lloraban sobre la desgra- 
cia de unos pobres indios que sólo habían visto pintados 
en estampas lo mismo que mascarones de carnaval. 

— El barón Humboldt— interrumpió Maltrana— , el 
único extranjero de capacidad que vio de cerca la Amé- 
rica de entonces, viajando por casi toda ella, decía que 
los indios gobernados por la autoridad colonial, torpe y 
formulista, pero á la vez tolerante y floja, bien podían 
ser envidiados por los campesinos de Europa, que vivían 
con mayor miseria, y especialmente por los campesinos 
de Francia antes de la Revolución... Muchos de los crí- 
menes coloniales, que fueron á la misma hora los críme- 
nes del resto del mundo... ¡literatura! ¡pura literatura! 

— No lo tome usted á broma — dijo Ojeda — . La lite- 
ratura entró por mucho en esto. Cuando se inició en 
América el movimiento de emancipación, Chateaubriand 
reinaba sobre el mundo y Átala era el libro sublime. 
«¡Triste Chactas!», cantaban con voz llorosa acompa- 
ñadas de arpa ó de guitarra todas las damas de ambos 
hemisferios. Y el indio de moda, interesante, gallardo y 
filosofador, era para los revolucionarios un argumento 
más contra la tiranía española... 

— Y lo gracioso fué — dijo Maltrana — que el indio, en 
casi todos los países de América, en vez de irse con la 
revolución, que lo compadecía y ensalzaba, se mantuvo 
aparte de ella ó defendió hasta el último momento al 
rey, formando en los ejércitos monárquicos, donde por 
cada soldado peninsular había cuarenta ó cincuenta de 
color. Y terminada la revolución, al verse vencedores los 
enemigos de la tiranía, se dieron buena prisa en acabar 
con el «triste Chactas» pasándolo á cuchillo en muchos 
países de nuestra América, quemando sus tolderías, 
repartiéndose á sus hijos, ó mezclándolo en las luchas 
civiles para que fuese carne de cañón. 

Otra vez volvieron á hablar de los primeros conquis- 
tadores. Al iniciarse su éxodo, el pueblo español estaba 
en el apogeo de su vigor. Siete siglos de pelea continua 
con el moro habían virilizado sus costumbres. Hombres 
de guerra jugaban á detener una muela de molino en 
plena rotación. Otro, con una cortesía de gigante, 



340 V. BLASCO IBÁÑBZ 

arrancaba en una iglesia la pila de agua bendita, para 
que mojase con más comodidad sus dedos una dama de 
baja estatura. Todo español era soldado. Las continuas 
algaradas, cabalgadas y rebatos en los límites de los 
reinos musulmanes y cristianos, obligaban al labriego á 
arar la tierra con las armas prontas. Una operación agrí- 
cola costaba muchas veces una batalla. El árabe le ense- 
ñó á cabalgar en corceles indómitos; la tradición del 
país, que databa de los auxiliares de Aníbal, hacía de 
él un peón infatigable. La lucha de guerrillas, sorpresas 
y emboscadas, armado á la ligera, le preparó para bus- 
car en las selvas de América al enemigo escurridizo, 
invisible y de golpe certero. 

Semejantes á los legionarios romanos, que lo mismo 
peleaban en tierra que en el mar, los aventureros de la 
conquista fueron á la vez navegantes, jinetes incansa- 
bles en las pampas inmensas, y duros andarines de las 
selvas vírgenes, sufriendo los rasguños de la espinosa 
vegetación, el acecho de los indios, la acometida de las 
fieras, los tormentos del hambre y de la sed. Algunos 
que desembarcaron en Méjico acababan por establecerse 
en los confines de la Patagonia. Otros, abandonando la 
vida regalada á orillas del Pacífico, lanzáronse á tra- 
vés de bosques y desiertos, siguiendo el curso de ríos 
como mares, para salir al Atlántico por las bocas del 
Amazonas. El pie incansable valía tanto en ellos como 
la mano férrea y el ojo de pájaro de presa. 

El hambre, un hambre que sólo podía sufrir el espa- 
ñol habituado á las sobriedades de su raza, le acompa- 
ñó en sus exploraciones por las peladas altiplanicies de 
los Andes y las llanuras pantanosas sin término. Aven- 
turábase en desiertos de los que parecía haber huido 
toda vida animal. El cielo, de triste azul, relampaguea- 
ba y temblaba cargado de electricidad sin soltar una 
lágrima de lluvia; el suelo, de bronce, no permitía que 
la más leve brizna de hierba adornase sus peñascales; 
el llama y la vicuña torcían su carrera de trote femenil 
para no internarse en esta desolación, glacial unas veces, 
tórrida otras. Ni una planta, ni una bestia se encontra- 
ban en las soledades de leguas y leguas... Y por allí 
pasó el hombre, por allí caminó sin guía el aventurero 



LOS ARGONAUTAS 341 

español á impulsos de su heroica ignorancia, que le 
hacía marchar en línea recta, siguiendo el revoloteo 
ilusorio de la Quimera, siempre en busca de las monta- 
ñas de oro. 

Unos eran estudiantes mal avenidos con las bayetas 
escolásticas ó mozos de labranza que, deslumhrados por 
el mágico esplendor de las Indias, se improvisaban 
guerreros en las tierras nuevas. Los más eran comba- 
tientes de las guerras de Europa, segundones de ilus- 
tres casas, hidalgos pobres que habían hecho su apren- 
dizaje en los tercios de Italia y de Flandes y asistido 
al saco de Roma; soldados orgullosos de sus hazañas y 
un tanto indisciplinados que consideraban á sus jefes 
como iguales. Cada uno de ellos era capaz de tomar el 
mando, y en momentos difíciles, obrando por cuenta 
propia, remediaba las faltas de su caudillo y obtenía la 
victoria. Su orgullo estaba acostumbrado al respeto y 
al miedo del capitán. Cuando éste no podía ahorcarlo, 
lo halagaba cortesanamente. Los generales llamaban en 
España á sus gentes «señores soldados». El duque de 
Alba, acostumbrado á tratar con fiereza á reyes y papas, 
apellidaba á los guerreros de sus tercios «Muy altos y 
poderosos hijos», ponderando «el gran amor y afición 
que les tenía». 

Y de entre estos hombres de guerra altivos, crueles y 
caballerescos, que paseaban su arcabuz como un cetro, 
su casco abollado como una corona, sus harapos como 
una gloria, surgían Ercilla, Cervantes, Calderón y tan- 
tos otros ingenios. En pacto eterno con el hambre y la 
pobreza, condenados desde mozos á ver sus hazañas 
mal recompensadas y sin otro porvenir que una vejez 
de mendicidad, podía sin embargo el más humilde de 
ellos, si le ayudaba la suerte en las Indias, convertirse 
en señor de luengas tierras y virrey de un imperio. 

—La literatura— dijo Ojeda— influyó mucho más de 
lo que creen en la empresa de la conquista. Los años 
que siguieron al descubrimiento fueron de gran difusión 
para las lecturas heroicas, difusión que duró un siglo, 
hasta que Cervantes escribió su famosa obra. 

En 1492 se imprimían por primera vez los libros de 
caballerías; Nebrija publicaba la primera gramática cas- 



342 V. BLASCO IBÁÑUZ 

tellana; se representaban en corrales y atrios de con- 
ventos las primeras farsas; caía Granada y se embarca- 
ba Colón. Todo en un año: el descubrimiento de un 
mundo nuevo, la unidad nacional, el nacimiento del 
teatro, la formación y reglamentación definitivas del 
lenguaje, y la popularidad por medio de la imprenta de 
los libros de caballerías, que en costosos infolios caligrá- 
ficos sólo habían servido hasta entonces de recreo á opu- 
lentos magnates como don Alvaro de Luna... El hidalgo 
pobre, el mozo camorrista, el viandante aventurero, co- 
nocieron por sus propios ojos las sergas del caballeresco 
Amadís, y gritaron de entusiasmo con las hazañas de 
Palmerín y Tirante el Blanco. 

— Las almas sensibles y creyentes-— continuó Fernan- 
do — paladearon las gestas del místico guerrero Perce- 
val y los amores del caballero Tristán de Leonis con 
la infortunada reina Iseo, historias de amor y de muerte 
de los trovadores medioevales, que en nuestros días ha 
remozado Wágner como argumentos de sus poemas... 
Las veladas en ventas y mesones discurrían ligeras en 
torno del candilón, que trazaba un círculo rojo sobre 
las páginas de la maravillosa historia impresa. Un estu- 
diante de clérigo ó un bachiller leía en alta voz, rodeado 
de un círculo de caras cetrinas, con el ceño fruncido y 
la boca palpitante de emoción... Uno de los venteros 
del Don Quijote declara como la mejor joya de su casa 
los viejos libros de caballerías olvidados por un cami- 
nante. 

Estas historias disparatadas y heroicas agrandaban 
los ánimos, quitando toda significación á la palabra 
«imposible». Los más de los lectores y auditores lleva- 
ban espada al cinto, y al enterarse de las desaforadas 
batallas con gigantes partidos por mitad, dragones 
despanzurrados, fugas de inmensos ejércitos de ma- 
landrines, endriagos y salvajes, vencimiento de terri- 
bles encantadores y liberación de princesas cautivas, 
pensaban con emulación y envidia: «Lo mismo haría 
yo si se presentase la ocasión. Pero... ¿adonde ir?... 
¿Cómo empezar?» 

Los caballeros aventureros con existencia real co- 
nocidos de las gentes, el valiente Juan de Merlo, rom- 



LOS ARGONAUTAS 343 

peder de lanzas en la corte de Borgoña, ó los pelea- 
dores del «paso honroso» con Suero de Quiñones, habían 
vagado de corte en corte sin mayores hazañas que los 
torneos. ¿A qué parte del mundo caían las ínsulas y 
tierras de encantamiento para los hombres ansiosos de 
maravillosas aventuras?... 

Y mientras toda una generación soñaba con los ojos 
puestos en el libro y una mano en la cruz de la tizona, 
íbase agrandando el radio de los argonautas al otro lado 
del Océano. Detrás de las islas de recientes desengaños, 
extendía la inmensa tierra firme un mundo de miste- 
rios. Los que volvían de allá, adornado el casco con ra- 
ros plumajes, hablaban de ejércitos de hombres cobrizos 
y fieros que sacaban el corazón á los enemigos para ofre- 
cerlo á sus dioses; de esbeltas y ligeras amazonas, con 
solo un pecho para tirar mejor del arco; de tritones mos- 
tachudos en los ríos, sirenas en las desembocaduras, per- 
las en los golfos y grandes bloques de oro nativo, del 
que enseñaban fragmentos... ¡Las ricas ínsulas no eran 
ficciones de los libros! ¡Había tierras en las que un pala- 
dín podía crearse un reino á golpes de espada!... Y la 
juventud corrió á llenar con sus armas y sus ilusiones 
las naos de Sevilla y Cádiz, y una vez en el otro mundo 
empezaban la epopeya de «los navegantes de tierra fir- 
me», más dolorosa y más heroica que la de los navegan- 
tes del mar. 

En las selvas de América, nunca exploradas, vieron 
hipógrifos, licornios y grifos iguales á los de los ama- 
dos libros; las mordeduras de serpiente no eran morta- 
les si se les aplicaba una amatista; la piedra bezoar 
sanaba todas las dolencias, y el mismo Carlos V pe- 
día para las suyas este remedio encantado de los 
conquistadores. Arboles misteriosos daban la muerte 
á todo el que descansaba á su sombra, y otros sugerían 
dulces sueños de embriaguez. Grupos de hombres arma- 
dos, sin más guía que el indio mentiroso y fantaseador 
ó el eco de una tradición confusa, iban de la Florida á 
la Patagonia, del Callao á la desembocadura del Ori- 
noco, en busca del valle de Jauja, lugar paradisíaco de 
delicias y harturas, del imperio de las Amazonas, de la 
«Ciudad de los Césares», áurea metrópoli que nadie vio 



344 V. BLASCO IBÁÑBZ 

jamás, ó de la Fontana de Juventud, suprema esperan- 
za de los conquistadores de barba canosa que sentían 
decaído su vigor. Pedro de Alvarado tenía que luchar 
contra los conjuros de una india gorda, temible hechice- 
ra, igual á las encantadoras de los poemas antiguos. En 
un combate mataba de una lanzada á una águila verde 
que pretendía sacarle los ojos, y al caer el ave de presa 
tomaba la forma de un indio muerto. Era un cacique 
que, merced á los encantamientos de la bruja, se había 
convertido en águila para cegar al conquistador. 

Hombres razonables y equilibrados no hubieran se- 
guido adelante. Una visión ordinaria de la realidad 
les habría impulsado á retroceder ó á tenderse en el 
suelo, desalentados. Pero la ilusión, sirena encantadora, 
coleaba en el aire junto á estos locos heroicos en sus 
horas de desfallecimiento. 

Cuando en las altiplanicies estériles marchaban casi 
arrastrándose, las entrañas roídas por el hambre y las 
piernas petrificadas por el frío, la esperanza, como un 
relámpago, reanimaba su vigor. Tal vez al trasponer la 
próxima altura verían entre las nieves un valle fron- 
poso con palacios chapados de oro. ¿Por qué no?... 
Visiones más portentosas habían salido al encuentro de 
los paladines en tierras de misterio. Y tirando del cin- 
turón para correr la hebilla unos cuantos puntos, aca- 
llaban de este modo el estómago hambriento y seguían 
adelante con el mosquete al hombro, el talle gentil y la 
ilusión aleteando ante sus ojos. 

El oro, que huía de ellos en las cumbres, los aguar- 
daba sin duda en los profundos valles de asfixi adora 
torridez, como rayos de sol petrificados por el suelo 
ardiente. Y en busca del gran rey que todas las maña- 
nas, luego de bañarse en el lago sagrado, se revolvía en 
montones de polvo de oro, cubriéndose de pies á cabeza 
con esta costra deslumbrante, avanzaban los aventure- 
ros por pantanos infinitos, hundiéndose en el légamo 
con la pesadez de sus armaduras, chapoteando como 
hipopótamos de acero en un fango de siglos. 

Marchaban días, semanas, meses, por la llanura casi 
líquida. Dormían sobre troncos caídos, teniendo que es- 
pantar en mitad del sueño la vecindad ^e los caimanes,. 



LOS ARGONAUTAS 345 

Guisaban su alimento sobre un trípode de ramas, devo- 
rando con fango hasta el pecho el ave acuática ó el 
lagarto mal chamuscados. Ün paso en falso les bastaba 
para desaparecer. La mala alimentación y las calentu- 
ras hacían de ellos feroces espectros enfundados en mor- 
tajas de hierro. 

La desgracia y el deseo de vivir los convertían en 
seres crueles, sin misericordia. La muerte iba con ellos 
y para ellos. No sólo habían de defenderse de la hondo- 
nada invisible, de la mandíbula del saurio y el colmillo 
del reptil: el guía, el indio que marchaba á su lado, era 
un enigma inquietante. Imposible adivinar la verdad 
en la mueca servil de su mascarón cobrizo. Muchas 
veces, cuando más descuidado caminaba el hombre in- 
vencible, el hombre de acero con el trueno al hombro, 
los indígenas caían sobre él, lo enlazaban entre las lia- 
nas de sus brazos, y juntos chapuzábanse en la laguna 
como racimo de miembros palpitantes, contentos de pere- 
cer á cambio de ahogar al blanco. 

Los que por benevolencia de la muerte desafiaban 
impávidos el clima, el hambre, los hombres y las fieras, 
continuaban su avance, viendo en tanta miseria una 
preparación necesaria para obtener la gloria y la ri- 
queza. Les aguardaba al otro lado del pantano ó de la 
selva la ciudad de encantamiento con sus techos des- 
lumbrantes y un monarca poseedor de montañas de 
esmeraldas que acabaría por darles su hija más hermo- 
sa, y con ella todos sus tesoros. Tal vez en el último mo- 
mento les cortase el paso algún dragón de siete cabezas 
vomitando llamas, pero ellos se encargaban de rajarlo 
con la buena espada de Toledo y la ayuda de su patrón 
el señor Santiago. 

—Tal era la influencia del libro de caballerías—con- 
tinuó Ojeda— , que el emperador Carlos V dio un decreto 
prohibiendo la importación y lectura de tales obras en 
las Indias. Los aventureros de espíritu caballeresco, 
afligidos por los abusos de los gobernadores, ejercían 
la justicia por su mano lo mismo que el hidalgo man- 
chego. Tomando ejemplos en los libros, formábanse en 
las nacientes ciudades de las Indias corporaciones caba- 
llerescas, cuyos individuos, con el título de «conjura- 



346 V. BLASCO IBÁÑBS 

dos», se comprometían á defender con la espada los 
derechos de la viuda y el huérfano y á combatir las 
injusticias del poderoso. 

El conquistador se adaptó á la nueva tierra y á las 
costumbres del indígena con asombrosa prontitud. El 
individualismo español encontraba un encanto irresis- 
tible en la vida errabunda del indio, con pocas leyes, 
ninguna autoridad, escaso trabajo, continuo viaje y un 
solo afecto: la familia. 

— Así fué — dijo Maltrana — . En todas las historias de 
la conquista se habla de expediciones de españoles que 
descubrieron compatriotas procedentes de una expedi- 
ción anterior, los cuales llevaban varios años viviendo 
entre los indios. Un naufragio, un retraso en la marcha, 
un combate desgraciado les hacían caer prisioneros, y si 
libraban la piel en el primer momento, acababan por 
hacerse de la tribu y constituir familia. Los españoles 
encontraban con asombro al mozo de Sanlúcar, de Tria- 
na ó de un pueblecillo de Extremadura, con el pecho 
pintarrajeado, corona de plumas y un anillo en la nariz, 
apoyado fieramente en su arco y barboteando trabajosa- 
mente un castellano que casi había olvidado. Lloraba 
al recordar la Virgen de su tierra, pero cuando los com- 
patriotas le incitaban á seguirles, sus lágrimas eran de 
desesperación. «¡Ay, no! ¿Y la familia?...» Y presentaba 
á la respetable compañera cobriza, con ojos de diablo 
y mejillas cubiertas de chafarrinones: y tras ella la 
nidada de mesticillos, ágiles como gamos, con panzas 
ávidas de sepultar todo lo viviente. 

Con igual facilidad se adaptó el soldado español á 
la guerra indígena. Los pasos de los ríos, las lagu- 
nas infinitas, las lluvias torrenciales, la dificultad de 
conservar la pólvora, hicieron cada vez más escasas las 
armas de fuego. La lanza, la espada y la rodela acom- 
pañaron al conquistador en sus expediciones de tierra 
adentro. El combate, para los viejos soldados que habían 
conocido las batallas más famosas de Europa, fué en 
adelante la «guazabara». La táctica contenida en la 
Milicia Indiana^ de Vargas Machuca, consistió en dar 
«la trasnochada» y dar «el albazo», ó sea sorprender al 
enemigo astuto y escurridizo en plena noche ó al rom- 



LOS ARGONAUTAS 347 

per el día. El aventurero sustituyó las botas guerreras 
por la alpargata ó la abarca de piel de potro; la co- 
raza por el peto acolchado de algodón, que le servía de 
almohada durante la noche; el casco por el morrión de 
cuero; la capa por el poncho indiano. 

— El indio vino al fin á él — interrumpió Zurita son- 
riendo — , pero él hizo la mitad del camino yendo hacia 
la hembra india. Y el resultado de este encuentro fué 
una raza nueva, todo un mundo: la América que hoy 
conocemos. 

Ojeda había quedado absorto desde mucho antes sin 
oir lo que decían Isidro y el doctor. Resucitaba en su 
memoria la conversación que había tenido con Mina 
aquella misma tarde, y el recuerdo de la artista evoca- 
ba el de Wágner y sus héroes. ¿Por qué pensaba en 
esto?... «Tal vez — se dijo mentalmente — porque esos con- 
quistadores fueron héroes de epopeya, héroes en plena 
Naturaleza como los del poema nibelúngico...» 

Su vaguedad imaginativa fué contrayéndose hasta 
dar forma á figuras precisas. Vio á Wotan, el dios majes- 
tuoso y débil, forzado á castigar con momentánea cólera 
á la hija desobediente. «Padre — implora sollozando la 
walkyria— , ya que me has excluido de la raza de los 
dioses y como débil mujer he de dormir sobre esa roca 
hasta que el primero que pase se apodere de mi virgi- 
nidad, ¡que no sea yo la esposa de un débil mortal, de 
un cobarde!... Evítame esa afrenta... Si en los brazos 
de un hombre he de caer esclava, haz que la llama surja 
en torno de mí al eco de tu palabra: rodéame de un 
baluarte de fuego, para que sólo un héroe de corazón 
firme y fuerte, valiente como un dios, pueda desper- 
tarme y hacerme suya.» 

Igual á Brunilda, la virgen morena había dormido 
no años, sino siglos, guardada en su letargo por la azul 
extensión de los Océanos, más insalvable que las barre- 
ras de llamas. Sólo un héroe de corazón fuerte podía 
despertarla... Y al oir los pasos férreos del conquista- 
dor, los ojos de la india virgen parpadearon, extendió 
los brazos, y sus pechos aplastáronse sobre el peto de 
una armadura. 

Era el héroe prometido: el amor que despierta con 



348 V. BLASCO IBÁÑBZ 

guantelete de acero: el abrazo fecundador acompañado 
en sus temblores por un tintineo de armas. 

Y para llegar hasta ella, el héroe no había tenido que 
combatir el obstáculo del fuego, que se salva con sólo 
un impulso del coraje... Su firmeza y su paciencia ha- 
bían sido tan grandes como su valor, ante los océanos, 
que desalientan por su inmensidad; las montañas, que 
crecen y se repiten así como se va avanzando por sus 
rugosidades; los bosques, obscuros y laberínticos, en los 
que se pierden la luz del sol y las huellas de los pasos; 
las llanuras desoladas, que no terminan nunca. 



VIII 



La víspera del paso del Ecuador, al penetrar la luz 
del alba en las entrañas del buque fué esparciéndose 
con ella una melodía suave de metales discretos, una 
música con sordina que sólo aspiraba á despertar leve- 
mente á los pasajeros, para que reanudasen el sueño con 
mayor placer. 

Avanzaban los músicos quedamente por los corredo- 
res todavía iluminados por la luz eléctrica, y detenién- 
dose en un cruce embocaban sus instrumentos repitien- 
do la solemne alborada. 

Los durmientes agitábanse en sus lechos. Todos sa- 
bían lo que significaba esta música oída entre sueños. 
El Coral de Lutero. Era domingo, y el buque protestan- 
te anunciábalo á sus gentes con este salmo instrumental 
que recordaba á muchos una ópera de Meyerbeer. 

Se apagó al ñn la música sin otra consecuencia que 
haber turbado durante algunos minutos los ronquidos de 
los pasajeros, llamados inútilmente á la meditación y la 
plegaria. Pero transcurridas cuatro horas, un espectácu- 
lo extraordinario hizo salir á muchos de sus camarotes 
antes que de costumbre. 

Las señoras sudamericanas, vestidas de negro con 
sombreros del mismo color y un velo ante los ojos, su- 
bían la escalinata de caoba con dirección á los salones, 
pasando entre los camareros agachados y en mangas de 
camisa, que fregoteaban peldaños y balaustres. Todas 
marchaban con los ojos bajos y cierto encogimiento, 
como si acabase de ocurrir en el buque algo extraordi- 
nario y triste que entenebrecía el esplendor de la maña- 
na tropical. Entre las manos enguantadas de negro lie- 



350 V, BLASCO IBxíÑBZ 

vaban pequeños libros encuadernados en oro y nácar. 
Tras ellas venían los hombres de la familia con aire de 
burgueses endomingados que asisten á una ceremonia 
fatigosa é ineludible. Los trajes blancos, los cuellos flo- 
jos, las gorras de viaje, los zapatos de lona no apare- 
cían esta mañana. 

Isidro se encontró en un rellano de la escalera con 
el doctor Zurita, que marchaba cual un pastor majes- 
tuoso, respetado y jamás obedecido, tras el rebaño fe- 
menil de su familia: señora, cuñadas, suegra é hijas. 
Un cuello recto y esplendoroso remontábase en él desde 
la corbata negra á las orejas. Batían sus piernas los fal- 
dones de un chaqué, prenda incómoda en la región 
ecuatorial, que gravitaba sobre sus espaldas con la pesa- 
dumbre de una coraza, moteando sus sienes y bigote de 
perlas de sudor. Al ver á Maltrana le dirigió una sonrisa 
de resignación, señalando al mismo tiempo con los ojos 
el término de la escalera, los salones hacia los cuales 
marchaba tras el fru-fru majestuoso de las faldas. 

Algunos pasajeros alemanes, vestidos de blanco con 
descuido matinal, subían á la cubierta de paseo y mira- 
ban un instante por las ventanas de los salones. Luego 
se dirigían hacia la popa discretamente en busca de las 
tertulias que empezaban á juntarse en el fumadero, como 
hombres que sorprenden una reunión de familia y no 
quieren molestarla con su presencia. 

El mayordomo permanecía junto á la escalinata 
recomendando silencio en las tareas de limpieza, evi- 
tando el choque de los cubos, las ruidosas frotaciones, 
haciendo hablar á los camareros en voz baja, lo mismo 
que si estuviesen en la habitación de un enfermo. 

Un repiqueteo de campanilla surgió del último salón, 
amortiguado por las cerradas vidrieras. Isidro, que ha- 
bía subido al paseo, miró por una ventana. «Lo mejor 
del buque» estaba allí, oprimido, amontonado ante la 
plataforma de los músicos. Las señoras en primer térmi- 
no, ocupaban las sillas y detrás de ellas los hombres, de 
pie, codo con codo, llevándose el pañuelo á la frente 
sudorosa. Giraban los ventiladores y sobre las negras 
filas de pechos femeninos mariposeaban los abanicos con 
incesante aleteo. 



LOS ARGONAUTAS 351 

Maltrana fijó su mirada entre las dos columnas de 
la plataforma, allí donde ordinariamente había una es- 
pecie de mostrador encristalado, lleno de tarjetas posta- 
les y «recuerdos de viaje» que vendía el mozo del salón 
encargado de la biblioteca. El tal mostrador había des- 
aparecido bajo un mantel lleno de puntillas. Dos can- 
delabros con cirios crepitaban en la mañana esplen- 
dorosa sus luces, incoloras y sin fuego: un crucifijo de 
porcelana ocupaba el centro. 

Ante el altar improvisado erguíase el obispo cubierto 
con una casulla dorada y albas vestiduras que aun 
guardaban los pliegues del encierro en la maleta. Arro- 
dillado á sus pies estaba el abate con las barbas fluvia- 
les tendidas sobre el negro delantero de su sotana. Todos 
los ojos iban hacia él: sólo la familia de la Boca seguía 
con mirada amorosa los movimientos de Monseñor al 
decir la misa. 

El conferencista, á pesar de su modesta situación de 
ayudante, era admirado por muchos como esos grandes 
actores que aun permaneciendo mudos en un extremo 
de la escena consiguen mayor atención que los que ha- 
blan y gesticulan en primer término. Cuando su voz 
abaritonada respondía á las palabras del obispo, había 
en ella tal encanto y tanta autoridad, que las buenas 
señoras se lamentaban de que estas contestaciones fue- 
sen breves. Y él, convencido de su éxito, se empeque- 
ñecía, se humillaba ante el oficiante, como un simple 
acólito, mirando algunas veces al público con el rabillo 
del ojo para que no perdiese nada de su religiosa abne- 
gación. No había querido dar la conferencia, pero ofre- 
cía algo más interesante: el espectáculo de un grande 
hombre, cuyos retratos figuraban en los periódicos, ayu- 
dando la misa de aquel obispo obscuro, que parecía 
aturdido por tal honor. 

Abandonaba á veces el abate su actitud encogida, 
para dirigir al oficiante como un maestro. Todos los 
objetos del culto eran suyos: el sagrado mantel, la casu- 
lla, el cáliz de piezas enroscadas y las divinas Formas. 
Este hombre extraordinario, aleccionado por la ex- 
periencia, no olvidaba nada en sus viajes. En una ma- 
leta los periódicos ilustrados con sus biografías, los 



352 V. BLASCO IBÁÑKZ 

libros que había escrito y los retratos que había de 
regalar con dedicatorias; en otra los artículos de la 
misa, guardados en estuches con forro de terciopelo, 
bien cuidados, desmontados y limpios como útiles pro- 
fesionales. 

Una cabeza avanzó junto á la de Maltrana pegán- 
dose al vidrio, al mismo tiempo que un codo tocaba el 
suyo. Era Ojeda. 

— ¿Está usted oyendo misa?... 

— No, Fernando. Pensaba en los caprichos de la suerte 
histórica; en cómo la casualidad puede llevar á las gen- 
tes por los caminos más diversos... Mire usted con qué 
devoción siguen esas damas el curso de la misa. Algu- 
nas hasta tienen húmedos los ojos. Una misa en pleno 
Océano, ¡figúrese usted!... Y pensar que si América la 
descubren los ingleses ó el gran Carlos V se deja con- 
vencer en Worms por el frailecillo Martín, toda esa 
gente estaría á estas horas con una Biblia en la mano 
cantando salmos con acompañamiento de armónium. 

En otras ventanas apretábanse contra los vidrios las 
cabezas rubias de varios niños. Con la boca abierta y un 
pliegue vertical entre las cejas, contemplaban ansiosos 
las genuñexiones y manejos del hombre dorado y los 
gestos del hombre negro, que le seguía en todas sus 
evoluciones. Eran pequeños alemanes que por primera 
vez veían una misa. 

Maltrana examinaba el público amasado en el salón. 
—Gran concurrencia— dijo— . Ninguna fiesta de á bor- 
do ha reunido tanta mujer. Hasta veo tres coristas que 
se han vestido de negro, con ropas prestadas por las 
amigas. Son polacas... Y más allá, mire usted á doña 
Zobeida, envuelta en su manto americano, y á nuestra 
amiga Conchita, con mantilla española... En el centro 
está Nélida, una Nélida que parece otra, humildita al 
lado de su madre, con la cabeza baja, sin nada llamati- 
vo, húmedos los hermosos ojazos. ¡Pobrecilla! En ella 
las impresiones son tan fugaces como intensas. Está 
emocionada por el espectáculo. Un poco más, y rompe á 
llorar... Pero vamonos de aquí: estamos molestando. 
Don Carmelo, el de la comisaría, que está al lado del 
abate para ayudarle, nos ha mirado varias veces. Las 



LOS ARGONAUTAS 353 

respetables matronas levantan la cabeza, y yo debo 
velar por mi reputación. No quiero que digan que Mal- 
tranita es un impío. Esa reputación sirve para algo en 
Europa, pero en América da muy poco. 

Se apartaron de la ventana para emprender un paseo 
por la cubierta, solitaria en aquellos momentos. 

— Ahí verá usted — dijo Isidro á los pocos pasos, con- 
tinuando de viva voz el curso de sus reflexiones — la 
gran diferencia de lo imaginado á lo real. ¡Cuántas 
veces he leído yo la descripción de una misa en alta 
mar! Usted mismo, poeta, si se propusiese hacer unos 
versos sobre esto, ¡qué de cosas bonitas diría!... El 
augusto silencio; el Océano recogiéndose como para 
presenciar mejor la divina ceremonia; la mañana es- 
plendorosa, las gentes llorando, un hálito celeste descen- 
diendo sobre el buque cual música angélica... Y fíjese 
en la realidad: no hay más música que la de los ven- 
tiladores y abanicos; los hombres chorrean sudor y 
miran á las puertas deseando huir; abajo suenan los 
platos y los tenedores de los herejes que toman su pri- 
mer almuerzo; en la proa y la popa gritan, juran y 
cantan los emigrantes; los camareros suben y bajan las 
escaleras con sus útiles de limpieza... No; decididamente 
no hay poesía religiosa en estos buques modernos. 

— Procure no repetir tales cosas en presencia de sus 
amigas — dijo Ojeda con el mismo tono zumbón — . Como 
usted afirmaba antes, la impiedad da muy poco en Amé- 
rica, y el catolicismo es algo que dejó muy arraigado en 
las mujeres la educación española. Los hombres son 
indiferentes, son incrédulos, pero jamás se atreven á ser 
impíos. Para eso hay que pensar, y su pensamiento lo 
ocupan por entero los negocios. 

Otra vez, como en la tarde anterior, surgió en su 
conversación el recuerdo de los conquistadores, pero por 
breves momentos. El hombre de presa, el navegante de 
espada, había sido en muchas ocasiones un místico. 
Al sentirse fatigado de aventuras y glorias, desceñíase 
la tizona, abandonaba el coselete y se cubría con el há- 
bito del fraile. Otras veces, en plena juventud, bastaba 
un revés de fortuna, un desengaño de amor, para que 
el capitán fastuoso y cruel se convirtiese en ermitaño 

23 



354 ?• BLASCO iBÁkíQZ 

del desierto, alimentándose de raíces frente á una cala- 
vera y una cruz de palo. 

Estos místicos á la española, de un misticismo orgu- 
lloso y dominador, en vez de elevar los ojos al cielo para 
dejarse absorber por su grandeza, tiraban del cielo y lo 
hacían bajar hasta ellos, viendo en cada acto de su ener- 
gía individual una chispa de la voluntad de Dios encar- 
nada en sus personas. Eran místicos de acción, como el 
antiguo soldado Loyola, como la andariega Teresa de 
Jesús, especie de Don Quijote con tocas, á caballo por 
los campos de Castilla; y este misticismo vigoroso y mi- 
litante, que salvó á la iglesia católica cortando el paso 
á la Reforma, se había esparcido por el Nuevo Mundo 
con los conquistadores, predispuestos al milagro. Siem- 
pre que se veían en un aprieto al pelear contra los 
indios aparecíaseles el apóstol Santiago en su caballo 
blanco y luminoso, hendiéndolas apretadas huestes co- 
brizas, lo mismo que en la España había desbaratado á 
los infieles musulmanes. 

— La devoción de aquellos hombres — dijo Ojeda — ha 
llenado América de imágenes prodigiosas; tantas ó más 
que en la Península. No hay allá ciudad con tres siglos 
de existencia que no tenga su santo de indiscutibles 
milagros... Los imagineros de A^alencia y de Sevilla 
enviaban remesas de vírgenes y cristos á los conventos 
de las Indias y á los hidalgos retirados de aventuras en 
sus buenas encomiendas. Pero estas imágenes de encar- 
go, al tocar el suelo americano, se agigantaban y hacían 
milagros lo mismo que los desesperados y hambrientos 
que al llegar allá se convertían en héroes. 

Viéronse crucifijos remontando los ríos contra su co- 
rriente; vírgenes que inmovilizaban la carreta que las 
conducía para manifestar su voluntad de no pasar ade- 
lante y que allí mismo las erigiesen un templo; imáge- 
nes que, ocultas en el suelo, se anunciaban con músicas 
y luces misteriosas. Todos los prodigios divinos de la 
metrópoli se repitieron en las Indias, como la copia re- 
pite el original. Las vírgenes negras de España, inex- 
plicables para la devoción peninsular, se reprodujeron 
en América con gran entusiasmo de la gente de color. 

— Y todo este pasado vive ennoblecido é indiscutible 



LOS aegonaütAkS 355 

bajo una patina de siglos que lo hace cada vez más ve- 
nerable... Créame, Maltrana. Al llegar allá, enfunde su 
burla y procure no hablar de religión, si es que busca 
apoyo en las damas. Deje eso para los comisionistas de 
comercio extranjeros. La impiedad no puede ser para 
nosotros artículo de exportación. Las creencias tradi- 
cionales resultan obra de «nuestra vieja», y si las ata- 
camos hágase cuenta que estamos dando con un pico en 
la casa materna. 

Después de permanecer sentados algún tiempo en la 
terraza del fumadero, continuaron su marcha, llegando 
por segunda vez á las ventanas del salón. El público 
era el mismo, nadie se había movido de su lugar, pero 
el oficiante era otro. Monseñor estaba abajo, tomando 
su almuerzo, rodeado de la familia admiradora, que le 
incitaba á restaurar sus fuerzas después de las fatigas 
recientes. Ahora era el abate francés el que, revistién- 
dose á la vista de los fieles con los mismos ornamentos, 
decía la segunda misa. 

En vano desplegaba una majestuosa solemnidad en 
palabras y gestos: su público seguía admirándole, pero 
estaba fatigado. Corría el sudor por el rostro de las 
damas, arrastrando en sus tortuosos raudales el negro 
de las ojeras, el rojo de las mejillas y el barro blanque- 
cino de los polvos de arroz. La conciencia de estas de- 
vastaciones del calor las hacía moverse nerviosas en 
sus asientos con el abanico sobre el rostro. Los cuellos 
almidonados de los hombres perdían la acorazada ter- 
sura de su planchado; se ondulaban como muros de 
porcelana próximos á resquebrajarse. De las orejas ve- 
lludas colgaban perlas de sudor. 

Acostumbrado el sacerdote á adivinar el estado de 
ánimo de los públicos, aceleraba sus gestos, llevaba la 
ceremonia á todo galope, mascullando frenéticamente 
sus latines, reanudándolos antes de que terminase sus 
respuestas el ayudante, con sotana negra. Este ayu- 
dante era don José, el cura español, encogido, humil- 
de, para ganarse las simpatías de las señoras que admi- 
raban al aba-te. 

Los dos amigos, acodados en la borda, sintieron de 
pronto á sus espaldas un estrépito de sillas removidas, 



356 V. BLASCO IBÁÑEZ 

puertas abiertas de golpe, precipitadas carreras, exha- 
laciones de pechos comprimidos, algo semejante á la 
fuga pavorosa del público en un local que se incendia. 
La misa había terminado y las señoras corrían á sus 
camarotes para cambiar de vestidos y reparar el desor- 
den de sus rostros. Los hombres respiraban unos mo- 
mentos en la cubierta y encendían un cigarro antes de 
ir á despojarse de las ropas negras. 

Sonó de nuevo el repiqueteo de la campanilla y corrió 
Isidro á mirar por las ventanas. ¡Otra más!... Era su 
amigo don José, que cubriéndose con las vestiduras su- 
dorientas de sus antecesores, iba á decir la tercera misa 
ayudado por don Carmelo. El sacerdote se preparaba 
á oficiar sin más pueblo devoto que las sillas esparci- 
das en el salón con el desorden de la fuga. Sólo algu- 
nas domésticas, enviadas por sus señoras, entraron 
apresuradamente para no quedarse sin misa. Doña Zo- 
beida y Conchita habían avanzado hasta los asientos 
de primera fila, consolando al oficiante con su presen- 
cia de esta retirada general. 

— ¡Mi pobre don Pepe! — exclamó Isidro — . ¡El que 
contaba con esta misa para hacerse visible ante el seño- 
río del buque y entablar buenas amistades!... ¡Y me lo 
dejan solo, como un artista sin cartel! Eso no está bien. 
Hay que hacer algo por el paisano, ¿no le parece, Fer- 
nando?... ¡Si nos lanzásemos! ¡Hace tantos años que no 
hemos visto eso de cerca!... 

Y los dos entraron en el salón, colocándose en pri- 
mera fila. El ambiente, cerrado aún y caldeado por 
tantas respiraciones, era de una densidad asfixiante. 
Conchita los saludó con un gesto de cansancio. Doña 
Zobeida, al reparar en ellos, tuvo miradas de ternura. 
Muchas gracias en nombre del buen padrecito. Para 
ella esta misa era de mayores méritos que las ante- 
riores. 

Don José, al volverse de cara á los fieles, no pudo 
reprimir un parpadeo de sorpresa viendo la inmovilidad 
devota de los dos amigos. Y este agradecimiento, así 
como lo avanzado de la hora, le hizo despachar su misa 
rápidamente. 

Al terminar la ceremonia, don Carmelo fué el pri- 



LOS AKGONAUTAS 357 

mero en huir, llevándose las manos al rostro, que cho- 
rreaba sudor. 

— ¡Mardita sea mi arma! Serca de dos horas en este 
horno... Er comandante, porque soy español, me da 
siempre estos encargos. ¡Con lo que tengo que escribí 
en la comisaría!... 

Y salió apresuradamente, cruzándose con el abate, 
que volvía en busca de sus ornamentos para colocar- 
los uno por uno, bien contados y limpios, en los estu- 
ches de viaje. 

La banda de música tocaba su concierto matinal. 
Todos los sillones del paseo estaban ocupados. Las da- 
mas, vestidas de blanco, gozaban el bienestar de una 
leve frescura después de las angustias sufridas en el sa- 
lón. Circulaba impreso el programa de las fiestas con 
las que se solemnizaba el paso de la línea: cuatro días 
de banquetes, conciertos y juegos atléticos. Muchos 
reían de los chistes con que el mayordomo había salpi- 
cado el programa, gracias inocentes, de una pesadez 
abrumadora, que parecían guardadas en el almacén con 
las flores de trapo, las bcinderas y los escudos de car- 
tón, para resurgir á fecha ñja en todos los viajes. 

Ojeda, al salir á la cubierta, se vio detenido por la 
sonrisa de Mrs. Power y abandonó á su compañero, aco- 
dándose al lado de ella en la baranda. 

— ¡Demonio de mujer! — pensó Maltrana — . Parece 
como que huele á Fernando. Cualquiera diría que tiene 
ojos en la nuca para verle. Está de cara al mar, y apenas 
nos aproximamos vuelve la cabeza sonriendo de ante- 
mano, segura de que es él quien se acerca. 

Un coro de vociferaciones, grandes risas y aplausos 
sonó en la terraza del fumadero, y Maltrana, ansioso por 
conocer todo lo que ocurría en el buque, corrió hacia 
este sitio. 

Era Nélida, rodeada de sus admiradores y otras gen- 
tes que habían sido atraídas por el nuevo aspecto que 
presentaban algunos de aquéllos. El barón belga, su ri- 
val el alemán y otros más que tenían bigotes, aparecían 
con el labio superior recientemente afeitado, y esta no- 
vedad provocaba la ovación irónica de los amigos. 

Nélida sonreía bajando los ojos con modestia. Había 



358 V, BLASCO IBÁHEX 

manifestado el día anterior que nunca podría amar á 
un hombre con bigotes; ella estaba por el varón á estilo 
norteamericano, con la cara limpia de pelos lo mismo 
que los luchadores helénicos. Y esto había bastado para 
que aquellos hombres, roídos por sorda rivalidad, se 
apresuraran á ponerse en comunicación con el barbero, 
presentándose desfigurados ante la veleidosa joven, que 
los abarcaba á todos en un afecto común, sin distinguir 
á ninguno. 

— Esta chica va á volvernos locos — dijo Maitrana á 
Ojeda, que había corrido también para enterarse del 
motivo del estrépito — . Ahora parece que su gusto con- 
siste en que los hombres se afeiten. Yo estoy libre de 
eso: yo he seguido siempre la moda de ahora. Pero us- 
ted, Fernando, líbrese de que esa chiquilla le eche el 
ojo. Veo en peligro sus hermosos bigotes. 

— ;A mí!... — exclamó Fernando levantando los hom- 
bros despectivamente y mirando á Nélida, que por ca- 
sualidad fijaba al mismo tiempo sus ojos en él — . No 
hay tal peligro, Maltreaia... Me vuelvo con la yanqui. 

Cuando los dos amigos se reunieron en la mesa, á 
la hora del almuerzo, notaron la ausencia del doctor 
Eubau. 

— El pobre señor está muy triste — dijo Munster — . Me 
comunicó anoche que pasaría encerrado todo el día en 
su camarote. Hoy es el sexto aniversario de la muerte 
de su señora, y todos los años, esté donde esté, hace lo 
mismo. Se aisla, piensa en ella, no come; llora con toda 
libertad. 

Maitrana admiró irónicamente la conducta del doc- 
tor. ¿Quién podía sospechar esta desesperación román- 
tica en aquel viejo médico, con sus setenta años, sus 
patillas teñidas y sus dientes montados en oro?... Y en 
vida de la llorada señora tal vez se habrían peleado los 
dos frecuentemente y él llevaría sobre su conciencia 
más de una infidelidad... 

— ¡La ilusión, Ojeda! La caprichosa ilusión, que agran- 
da las cosas cuando las perdemos y nos las hace amar 
con nuevos amores, borrando los recuerdos ingratos. 

Después del almuerzo Maitrana desapareció con aire 
misterioso. Había hablado á su amigo de cierta expedi- 



LOS ARGONAUTAS 359 

ción á la parte más interesante del buque: una visita 
que muy pocos conseguían hacer. Pero él tenía amigos, 
gozaba de grandes influencias, y acompañando á don 
Carmelo el de la comisaría iba á realizar su capricho. 

No quiso decir más, y se fué escalera abajo, dejando 
á Ojeda tendido en un sillón de la cubierta. 

Un calor pegajoso humedecía las frentes y las es- 
paldas. Los dormitantes cambiaban de postura para 
separarse de la piel las ropas adheridas por el sudor. 
Una tenue nubécula, algo así como una leve pincelada 
blanca, destacábase en el azul del horizonte ante la proa 
del trasatlántico. Era un velero, todavía lejano, que na- 
vegaba con el mismo rumbo del Goethe. Pronto lo alcan- 
zaría éste; el viento era escaso; de vez en cuando una 
ráfaga; luego la calma ecuatorial, densa, anonadadora, 
que parecía gravitar sobre el Océano, conmovido ape- 
nas por ligeros estremecimientos. 

Marcábase de pronto sobre este mar luminoso un 
gran redondel negro. Surgía del horizonte una barra de 
sombra que iba rodando vertiginosamente hacia el 
navio, como una pieza de tela que se desenrolla, obs- 
cureciendo al mismo tiempo el cielo y el agua. En esta 
zona de sombra el m^ar aparecía erizado de pequeñas 
puntas, como la superficie de un cepillo. 

El avance sólo duraba unos minutos. Pasaba el 
buque, con una rapidez igiml á la de las mutaciones es- 
cénicas, del sol ardoroso á una penumbra lívida de tem- 
pestad. La lluvia lo envolvía con un trágico acompaña- 
miento de relámpagos y truenos estentóreos; truenos 
como sólo se oyen en la soledad del Océano. Esta lluvia 
no era á raudales, sino en grandes masas, cual si se 
desfondase un lago allá en lo alto y todo su volumen 
cayera de golpe. Entraba en forma de cuchillos por los 
intersticios de las lonas, inundando la cubierta por el 
lado del viento; deslizábase en riachuelos ondulosos 
al pie de las barandas; aglomerábase en las canales 
de desagüe, que borbolleaban atragantadas por tanto 
líquido. Los toldos y las planchas quejábanse como 
apaleados. 

Y á los cinco minutos, cuando las gentes asustadas 
recogían libros y almohadones en las cubiertas para 



360 V. BLASCO IBÁNBZ 

librarlos de la inundación, refugiándose con ellos en 
los salones, surgía de pronto el sol, el buque, chorrean- 
te, brillaba cual si fuese de oro, y la mancha de som- 
bra iba corriéndose en el mar luminoso, cada vez más 
reducida, más estrecha, hasta perderse en el infinito, 
como si la fuese arrollando allá una mano invisible. 

Al poco rato el calor ecuatorial había devorado hasta 
la más recóndita mancha de humedad. Cuando aun se 
deslizaban por las canales algunas gotas retrasadas, las 
tablas de las cubiertas, caldeadas por el sol, crujían de 
nuevo bajo los pasos. Un cuarto de hora después del 
tempestuoso chaparrón no quedaban vestigios de él. Se 
le recordaba como algo absurdo é irreal, en el calor 
asfixiante de la tarde, bajo un cielo de crudo azul, sobre 
un mar que hervía con los reflejos del sol y daba á la 
retina la impresión de un lago infinito de tibias aguas. 

Formábase en el avante de la cubierta un grupo de 
niños y criadas que señalaban al horizonte. Acudían 
los pasajeros apuntando sus gemelos en la misma direc- 
ción. Ojeda abandonó su asiento para unirse al grupo, 
y los dormitantes que estaban cerca se incorporaron 
igualmente, corriendo con la infantil curiosidad que 
inspiraba el menor suceso en la monótona existencia 
de á bordo... 

El velero estaba á corta distancia del trasatlántico, 
moviéndose ante su proa como una montaña de blancos 
lienzos cuadrangulares ligeramente rosados por el sol. 
Una maniobra del Goethe lo dejó á un lado, y entonces 
apareció visible de proa á popa con su casco férreo pin- 
tado de verde, agudo y ligero, y el velamen de sus cinco 
mástiles amplio, enorme; un bosque de hojas de lona 
con nervios de acero que recogía la menor brisa, vibran- 
do y encabritándose bajo su soplo. 

Algunos pasajeros que bajaban del puente trans- 
mitían las noticias del telegrafista. Era un velero de 
Brema y no iba á América. Se aproximaba á las cos- 
tas del Brasil para tomar los vientos, ganando después 
el cabo de Buena Esperanza. Iba á la China á cargar 
arroz. 

El Goethe saludó con un bramido el pabellón enarbo- 
lado por el velero. Dos docenas de hombrecillos, achi- 



LOS ARGONAIJTAH 361 

cados por la lejanía, agolpábanse en la borda, con el 
torso desnudo, moviendo en alto sus casquetes blancos, 
iguales á los de los cocineros. Se adivinaban sus gritos 
absorbidos por el silencio del Océano, de los que no 
llegaba el más leve eco hasta el vapor. Dos perros enor- 
mes, hirsutos, fieros, puestos de patas en la borda, 
lo mismo que personas, saludaban igualmente con la- 
dridos contorsionantes que convertía la distancia en 
gestos mudos. 

Fué quedándose atrás el buque de vela. Se mantuvo 
un instante paralelo á la proa: luego, para seguirle, tuvo 
el gentío que correrse por las cubiertas. Finalmente, 
sólo lo vieron los emigrantes amontonados en la popa, 
destacándose la bandera del Goethe sobre la pirámide 
blanca de su velamen. Parecía inmóvil á pesar de que 
dos cuchillos de espuma rebullían á lo largo de su proa. 
«¡Adiós! ¡Buen viaje!», gritaba en varios idiomas la mu- 
chedumbre agrupada en las bordas... Y el velero fué 
empequeñeciéndose como si marchase hacia atrás, salu- 
dando con violentos cabeceos las arrugas espumosas 
que enviaba á su encuentro el invisible volteo de las 
hélices. Al ñn pareció quedar inmóvil, sumiéndose en 
los lejanos términos del horizonte solitario, en la llanu- 
ra sin límites donde le harían dormitar con las velas 
desmayadas las ardientes calmas diurnas; donde avan- 
zaría de noche igual á un fantasma, rodeado de espu- 
mas fosforescentes, balanceándose la luna enorme y 
amarillenta entre el boscaje de su arboladura. 

Ojeda extrañó no ver á su amigo en la cubierta. Algo 
de mucho interés debía preocuparle para que dejase 
pasar inadvertido este encuentro, que equivalía á un 
gran suceso en la vida monótona de á bordo. 

Al deshacerse los grupos volviendo unos á sus sillo- 
nes y otros al interior del café, Fernando encontró á 
Conchita que paseaba con gracioso contoneo, sacando 
los codos, montada en altos y ruidosos tacones. Las se- 
ñoras sudamericanas, al verla pasar, la llamaban «la 
española donosita». 

Sus ojillos negros y agudos se clavaron en Fernando. 
— ¡Vaya usted con Dios, mala persona! Usted no quie- 
re nada con las paisanas: le parecen poca cosa. Todo 



362 V. BLASCO IBÁÑE?; 

para las señoras que hablan en extranjero y ni Dios 
las entiende... No, hijo: ¡si no quiero nada con usted! 
Paseo mejor sólita . . . Ahí tiene á su yanka mirando al 
mar con medio ojo y con el otro medio buscándolo á 
usted. Acerqúese, que le espera. 

Y Conchita se alejó con ruidoso taconeo, al mismo 
tiempo que Fernando, atraído por los ojos claros de 
Mrs. Power y su sonrisa entre amable é irónica, iba 
hacia ella acodándose en la baranda para entablar el 
segundo galanteo del día. Imposible hacer otra cosa en 
este encierro flotante, donde era inútil huir, pues al dar 
vuelta al lado opuesto de la cubierta encontrábase el 
fugitivo con las mismas personas. 

Las conversaciones con la norteamericana empeza- 
ban á fatigar á Ojeda. Estos flirts sin resultado pare- 
cíanle monótonos, dulzones é interminables como los 
salmos de una capilla evangélica. 

Siempre lo mismo: ojeadas sentimentales, palabras 
melancólicas alternadas con burlas frías y mordientes 
para los que pasaban junto á ellos. Si él manifestaba 
deseos de alejarse, una mirada maliciosa que equivalía 
á una promesa y ciertas palabras de doble sentido le 
mantenían inmóvil. Cuando súbitamente entusiasmado, 
intentaba avanzar, ella sonreía con una inocencia ma- 
liciosa: «No comprendo... no comprendo.» Y si al fin 
confesaba su comprensión, era frunciendo el ceño y 
protestando con frío rubor: «shoking». 

Algunas veces se retiraba medio ofendida por las 
audacias verbales de Fernando, y éste respiraba satisfe- 
cho y contrariado al mismo tiempo. «Anda con Dios y 
no vuelvas nunca — se decía con rabia — . La verdad es 
que no sé por qué pierdo el tiempo con esta mujer.» 

Pero no transcurrían muchas horas sin que se re- 
anudasen las relaciones de buena amistad. Maud le 
salía al encuentro fingiéndose distraída; le esperaba al 
paso, a]3oyada en la borda, contemplando el mar en 
la actitud de una actriz que se ve espiada por la má- 
quina fotográfica, y era bastante una sonrisa, un movi- 
miento de ojos, una leve tos para que Fernando volviese 
á juntarse con ella. 

—Me está toreando— protestaba él mentalmente—. Se 



LOS ARGONAUTAS 363 

está divirtiendo conmigo... ¡Ay, si estuviésemos en tie- 
rra y pudiera dejar de verte! ¡Qué patada te ibas á 
llevar, hija mía! 

Pero estaban en el Océano, encerrados en un espa- 
cio de unos centenares de metros. Una cadena irrom- 
pible los sujetaba á los dos, y cuando el uno se alejaba, 
el otro forzosamente iba detrás. Había que resignarse 
á un galanteo penoso y contradictorio, á un tira y afloja 
que parecía muy del gusto de aquella mujer y le hacía 
abrir unos ojos de sonriente crueldad, de espasmo sádico 
cada vez que él, con los sentidos excitados por mis- 
teriosas alusiones ó miradas prometedoras, se contraía 
furioso de deseo. 

Su única preocupación al salir de estos suplicios era 
que Isidro no se enterase de la verdad. ¡Cómo se bur- 
laría de él al conocer la conducta de Maud!... Y á im- 
pulsos de su orgullo varonil, de esa vanidad jactanciosa 
del macho que transige con la mentira para conservar 
su prestigio, aceptaba las felicitaciones y la envidia de 
Maltrana, que le creía triunfador. 

De tarde en tarde el remordimiento y el miedo se 
apoderaban de él. ¡Ay si la otra contemplase desde lejos 
lo que le estaba ocurriendo en el buque! ¡Si Teri pudie- 
ra verle como se ve ñor el oio de una cerradura!... 

La vergüenza le hacía permanecer inmóvil en su 
sillón leyendo un libro, indiferente á cnanto le rodea- 
ba. Otras veces, con el deseo de aislarse más aún, tras- 
ladaba su asiento á la última cubierta y se ocultaba 
detrás de un bote, gozando el deleite de su voluntad 
triunfadora, de su enérgica resolución al decidirse á ser 
fiel. Pero la estrechez del encierro conspiraba contra 
su virtud. Imposible mantenerse aislado. Las necesida- 
des de la vida, los toques de lla.raada al comedor los jun- 
taban á todos. Además aquella mujer rja^recía dotada de 
un sentido diabólico para adivin¿ír su presencia. Le 
descubría en sus escondrijos, por apartados que fuesen: 
pasaba ante él orguUosa y arráyente á la vez, lo mismo 
que una reina convencida de su majestad, con un fluido 
en torno de su persona, que desarticulaba y abatía los 
santos propósitos mejor construidos. 

Eeconocía Fernando aparte de esto que el enemigo 



364 V. íiLASCO lBÁÑEí¿ 

más lemible estaba dentro de él. Era la bestia adormi- 
lada en la soledad, que se encabritaba al husmear el 
perfume de Maud; la pureza forzosa por falta de ocasión, 
que se retorcía fieramente ante la curva tentadora, el 
largo contacto de las manos ó las blancas suculencias 
enfundadas en seda negra ó seda gris, exhibiéndose ten- 
tadoras entre las faldas recogidas al remontar una esca- 
lera con voluntario descuido. 

Ojeda dejábase vencer de nuevo con cualquiera de 
estos incidentes. Al llegar á tierra sería otro hombre; 
recobraría su fidelidad; pero aquí estaban en pleno 
Atlántico, ¡y quién sabría nunca lo que ocurriese!... 
Había que entregarse á su destino; seguir las sugestio- 
nes irresistibles del «gran impuro». Y Maud la domina- 
dora le veía otra vez sujeto á su encanto atormentador. 
Se agitaba en torno de ella sumiso y suplicante con 
alternativas de cólera y huidas de despecho, que sólo 
duraban breve tiempo. 

Se había creído por un instante libertado de tal ser- 
vidumbre al conocer á Mina. Esta mujercita triste y en- 
ferma no era un peligro. Podía estar junto á ella sin que 
se alterase el equilibrio de su tranquilidad. Mina con su 
dulzura sentimental parecía hermosear la existencia mo- 
nótona de á bordo. Era un socorro para terminar sin 
remordimientos la travesía. 

Pero Maud, como si adivinase sus pensamientos y 
temiese una concurrencia, había atacado desde el pri- 
mer momento á la alemana. Felicitaba á Ojeda con una 
ironía cruel por su magnífica conquista. ¡Qué suerte! La 
mujer más fea y pobremente vestida del buque... Una 
especie de institutriz casada con un musiquillo borracho 
del que se reían todos, hasta la turba de cómicos que 
iba con él. 

En su burla despiadada no perdonó ni al niño: un 
gordinflón con pelo de cáñamo, el más sucio de toda la 
chiquillería del buque. Ella esperaba ver á Fernando 
llevándolo en brazos mientras hacía el amor á la mamá. 
Apostaba algo á que por la noche lo dormía en sus rodi- 
llas con acompañamiento de canciones y se preocupaba 
de cambiarle las ropas interiores. 

Con la irritante injusticia de que sólo es capaz el 



LOS ARGONAUTAS 365 

despecho femenil, burlábase también de Mina como can- 
tante. Se había tapado los oídos una tarde que cautelosa- 
mente se acercó á las ventanas del salón cuando ella 
estaba en el piano y él de pie mirándola lo mismo que 
un tenor... ¡Y decían que esta infeliz, semejante á una 
doncella de servicio, había sido una mujer hermosa y 
una grande artista!... ¡Y todos los éxitos de Ojeda en el 
buque consistían en haber inspirado tal pasión!... Debía 
felicitarlo por su buena suerte. Y para más ironía, Maud 
hablaba en francés con acento nasal: Mes compUments , 
mon cher: tous mes complhnents, 

¡Pobre Mina!... Algunas veces, mientras hablaba 
Fernando con Mrs. Power, la había visto pasar por cerca 
de ellos llevando de la mano á Karl. Fingía no conocer- 
los, torcía la mirada, pero se adivinaba en su gesto la 
amargura de la decepción. Y cuamdo Ojeda quedaba 
solo, ella parecía ocultarse, huyendo de reanudar sus 
conversaciones. Si en los paseos por la cubierta se encon- 
traban frente á frente, después de breves palabras Mina 
pretextaba una ocupación inmediata ú obedecía el más 
leve tirón de Karl para seguir adelante. 

A los ojos escrutadores de Maud no escapaba cierto 
hermoseamiento de la antigua artista, un mayor cuida- 
do en el adorno de su persona. 

— Fíjese, señor: su amada hace grandes gastos. Hoy va 
de blanco de pies á cabeza; un traje de piqué plancha- 
do y almidonado; una verdadera coraza. Está elegante 
como una institutriz de su tierra... Tiene la cara menos 
verde, y deja un reguero de olor barato: habrá comprado 
polvos y perfumes en la peluquería del buque... Y todo 
por usted, grandísimo conquistador... Hasta lleva zapa- 
tos nuevos. No le veo los tacones gastados de antes. 

Y Fernando, en el egoísmo de su deseo, acogía estas 
burlas con una satisfacción cobarde. Eran celos nacien- 
tes que iban á servir para que Maud se mostrase al fin 
menos esquiva. 

Aquella tarde el humor de ella parecía menos iróni- 
co. La voz, algo velada, sonaba con lentitud melancóli- 
ca; sus ojos estaban húmedos; le brillaban las córneas 
con una acuosidad excesiva, como si fuesen á derramar 
lágrimas. De vez en cuando estremecíase con violentos 



«í'^ 



bb V, BLASCO IBANÍ3Z 

sobresaltos, lo mismo que si una mano invisible les cos- 
quillease en la nuca. Cogida á la baranda, echaba el 
busto atrás, y luego se aproximaba á ella hasta tocarla 
con el pecho. Con esta gimnasia nerviosa acompañaba 
su charla y disimulaba el deseo do extender los brazos 
y desperezarse. Interesábase mucho por el curso del 
tiempo, qu.e hasta entonces no la había preocupado. 
Preguntaba con ansiedad cuántos días faltaban para 
llegar á Río Janeiro, como si hubiese permanecido dur- 
miendo y al despertar surgiese en su recuerdo la im_a- 
gen de alguien que la estaba esperando. 

— ¡Faltan más de seis días! — exclamó con desaliento 
al oir las explicaciones de Ojeda — . Hoy es domingo, 
y no llegaremos hasta el sábado próximo. ¡Qué largo!... 
Casi una semana para ver á mi John... 

Y con cierto sobresalto notó Fernando en sus pala- 
bras una gran sinceridad amorosa, un deseo vehemente 
de recién casada que vuelve al lado de su marido des- 
pués de la primera ausencia. 

En las grandes ciudades de los Estados Unidos los 
negocios habían ocupado su pensamiento de mujer 
práctica y calculadora: después en París se había atur- 
dido con la alegre vida de sus compañeras. Pero ahora, 
en el buque, llevando una existencia de inercia, sin pre- 
ocupaciones, sin amistades, con largos encierros en el 
camarote para evitarse el trato de las gentes, la imagen 
del esposo resurgía en ella con una irresistible nove- 
dad, acompañada de estremecimientos largo tiempo 
olvidados. Además... ¡el ca,lor ecuatorial! ¡la asfixia que 
se apoderaba de ella á ciertas horas de la noche, opri- 
miendo su pecho, haciendo zumbar sus oídos, desarro- 
llando ante sus ojos cerrados una cinta de visiones 
inconfesables, interrumpidas al ñn por el sueño!... 
¡Ah, John! ¡Pobre grandote, cómo deseaba verlo!... 

Torció el gesto Fernando al escucharla hablar con 
la mirada perdida en el Océano y una voz monótona de 
sonámbula. ¡Bonito papel el suyo!... Y saludando iróni- 
camente anunció que iba á retirarse para que pensase á 
solas en la próxima entrevista con su esposo. 

— No; quédese — dijo ella con voz de mando — . Tiem- 
po tengo de acordarme de él. Hablemos... Dígame esas 



LOS ATíGONAUTAS 367 

palabras bonitas que usted sabe decir y que parecen de 
comedia: exageraciones, mentiras, cosas de hidalgo 
que habla de morir si no lo aman. 

Después de esto Ojeda creyó tener á su lado otra 
mujer, como si se hubiese quebrantado la coraza de 
hielo tras la cual se había mantenido hasta entonces, 
irónica y hostil, y de los fragmentos de la rota defensa 
acabara de surgir algo cálido y vibrante que iba hacia 
él con la humildad de la hembra que anhela ser vencida. 

Pasó por cerca de ellos la alemana con su niño de la 
mano. No los miró, pero la mirada de Maud fué á ella; 
una mirada agresiva, de cólera mortal, que pareció cla- 
varse en su espalda. Fernando recordó que así miraba 
la otra; así eran los ojos de Teri cuando en sus viajes le 
inspiraba celos una compañera de hotel. 

Los ojos de Mrs. Power cuando dejaron de ver á 
Mina volviéronse hacia Fernando con una avidez de 
posesión. Sonreía escuchando las palabras de su acom- 
pañante, su angustiosa súplica, como si pidiese algo 
imprescindible para la continuación de la existencia. 

— Tal vez mañana... tal vez nunca — dijo ella son- 
riendo con su coquetería cruel, que á Ojeda le pareció 
forzada esta vez, adivinando más allá de las frías pala- 
bras un principio de emoción. 

Luego, como si temiese perder la serenidad y de- 
cir demasiado, se apresuró á separarse de Fernando. 
No se podía hablar con él; siempre pidiendo lo mismo. 
Se retiraba al camarote. Era demasiado atrevido en sus 
palabras, y había que cortar la conversación. 

— A la noche hablaremos si es usted más juicioso... 
Por allí viene su amigo; ya tiene compañía... No ponga 
usted esa cara tan triste. Tenga confianza en la suer- 
te... ¡Quién sabe!... 

Y se alejó riendo, burlona y tentadora á la vez, 
mientras se aproximaba Maltrana, llevando sobre el tra- 
je de hilo una capa impermeable. Se detuvo en un espa- 
cio de la cubierta bañado por el sol, y allí quedó inmó- 
vil, tembloroso y pálido, gozando con visible fruición 
del ardor ecuatorial. 

— De aquí no paso — dijo — . Si quiere usted algo acer- 
qúese. 



368 V. BLASCO ir>ÁÍíF.X 

Ojeda le obedeció, extrañando el bizarro aspecto 
que ofrecía con aquella capa sobre el traje ligero, tem- 
bloroso de frío y buscando el calor del sol cuando todos 
en el buque sentíanse angustiados por la temperatura 
asfixiante. 

— ¿De dónde viene usted?... 

—Del Polo— contestó Maltrana. 
Tendía sus manos al sol, volvía el rostro para sentir 
el calor en ambos lados, y al fin se despojó del imper- 
meable y lo abandonó en la baranda, prefiriendo á la 
tibieza de su envoltura los rayos directos del astro. 

— Deje que me caliente un poco. No me mire así. A 
usted le extrañará verme con este aspecto de gato frio- 
lero, buscando el sol cuando todos sudan... Pero ¡cuan- 
do le digo que vengo del Polo!... 

Poco á poco fué Maltrana explicando su misteriosa 
expedición. Venía de lo más hondo del buque, de los 
frigoríficos donde se guardaban los víveres. Esto úni- 
camente podía verlo él, que gozaba de buenas amista- 
des. Para conservar la baja temperatura de estos alma- 
cenes, sólo se abrían muy de tarde en tarde, y él había 
aprovechado la oportunidad de la extracción de comes- 
tibles destinados á la fiesta del día siguiente, bajando á 
visitarlos con sus amigos de la comisaría. 

— ¡Lo que viene con nosotros, Ojeda!... ¡Y yo, infeliz, 
que en otros tiempos admiraba las tiendas de la calle 
Mayor en vísperas de Navidad!... ¡Lo que comemos y 
bebemos durante el viaje! ¿Sabe usted cuánta cerveza 
llevamos con nosotros? Mil doscientos toneles. Eso se 
dice con facilidad, pero hay que verlo... ¿Sabe cuánto 
vino? Doce mil botellas. También se dice esta cifra con 
facilidad... 

— Pero hay que ver las botellas — interrumpió Ojeda 
burlonamente. 

— Eso es: hay que verlas juntas con los toneles: una 
enorme bodega; lo necesario para emborrachar á todo 
un pueblo... Y resbalando sobre el Océano vienen con 
nosotros toneladas y más toneladas de harina, montañas 
de cajas de conservas y de extractos; aves, pescados, 
bueyes, ¡qué sé yo!... Todas las reservas de una ciudad 
sitiada. 



LOS ARGONAUTAS 369 

Describía el viaje por las entrañas lóbregas del 
buque, su descenso al inñerno... de nieve, llevando 
como virgiliano guía á su amigo don Carmelo. Escale- 
ras mojadas y resbaladizas; paredes que lagrimeaban; 
luces eléctricas veladas y mortecinas bajo el halo iri- 
sado de la humedad; gruesos caños conductores del 
frío á lo largo de los muros. Primero habían entra- 
do en almacenes donde la frescura todavía resultaba 
tolerable. Isidro había sentido allí una satisfacción 
egoísta y maligna pensando en los buenos amigos que 
sudaban y jadeaban en la cubierta de paseo. 

Metíase el frío cosquilleante y travieso por todas 
las aberturas de las ropas, despertando agradables 
estremecimientos. Los de la comisaría llevaban grue- 
sos abrigos y capas impermeables. El reía petulante- 
mente, orgulloso de afrontar con su trajecito blanco 
estas temperaturas. 

Subían y bajaban escaleras; serpenteaban por intrin- 
cados corredores bajos de techo, angostos, con muros de 
acero, semejantes á los pasadizos de un acorazado. En 
un departamento las verduras y las flores; en otro las 
frutas: pirámides de manzanas y naranjas, racimos de 
plátanos, regimientos de pinas alineadas en los estantes 
como soldados barrigudos acorazados de cobre y con 
penachos verdes. Un perfume de gran mercado surgía 
á bocanadas por las puertas: perfume de flores que ago- 
nizan lentamente, de frutas y verduras detenidas en su 
fermentación por la catalepsia del frío, de vinos y cer- 
vezas agitados en sus encierros por la continua inesta- 
bilidad del buque. 

— Llegamos al ñn á los frigoríficos — continuó Maltra- 
na — . Unas puertas que tienen de grueso casi tanto 
como de alto: unos dados de acero que giran ligerísi- 
mos sobre sus goznes y se abren y cierran lo mismo 
que las culatas de los cañones... Crac: una vuelta de 
muñeca y todo queda justo, acoplado, sin la menor ren- 
dija. Al ser abiertas entra el aire exterior y se condensa 
instantáneamente, formando un humo blanco junto á las 
lamparillas eléctricas; algo así como si lloviese sal ó 
hielo molido. Un espectáculo fantástico, Ojeda... Al 
principio sólo se siente frío en los pies: luego sube y 

24 



870 V. BLASCO IBÁSiíJZ 

sube el maldito entre el pantalón y la pierna y á los 
pocos momentos cree uno que va calzado con polainas 
de hielo... |Y qué paisajes se ven en esas profundidades! 
Evocaba Isidro el recuerdo de los enormes cuartos 
de buey rojos y amarillos, con la grasa congelada de 
su goteo formando estalactitas. Tenían estas carnes la 
densidad de las cosas inanimadas; una dureza de pie- 
dra. Daban la sensación á la vista y al tacto de enormes 
mazas prehistóricas, con las cuales se podía hendir el 
cráneo de un elefante. 

— La sala del pescado es un paisaje polar. Eocas de 
hielo amontonadas, y en el interior de estas masas de 
cristal turbio están los peces de mil formas. Parecen ha- 
rapos petrificados, tan adheridos á su encierro, que hay 
que extraerlos á puro hachazo... Las aves, puestas en 
estantes, las creería usted de cartón-piedra, como las 
que se exhiben en las cenas de los teatros. Da uno con 
los nudillos en la pechuga de un pavo y suena lo mis- 
mo que un tambor ó un cráneo hueco... Y toda esta 
piedra, este cartón, cuando sale de su encierro se con- 
vierte en algo apreciable. Porque usted reconocerá, 
Ojeda, que aquí no comemos del todo mal. 

El, que deseaba con tanto ahinco visitar esta sección 
del buque, se había apresurado á huir, tiritando bajo un 
impermeable facilitado por la piedad de don Carmelo. 
Sentía recrudecerse su frío al recordar los tortuosos 
corredores con baldosas rayadas que chorreaban líqui- 
da humedad por todas sus ranuras; las puertas de quicio 
profundo iguales á ventanas, por las que había que pasar 
agachando la cabeza y levantando mucho los pies; las 
enormes cañerías blancas conductoras del frío, cubier- 
tas con un forro de hielo, erizadas de agujas de conge- 
lación que brillaban lo mismo que diamantes bajo las 
luces difusas. 

— Mejor se está aquí, Fernando... ¡Bendito sea el 
calor!... Pero hay que reconocer la importancia de esa 
invención que pone el frío al servicio del hombre y per- 
mite morir congelado lo mismo que en el Polo estando 
en pleno Ecuador. Abajo me acordaba de los argonautas 
españoles que en estos mares vendían los calzones por 
un vaso de agua tibia... \Y nosotros que bebemos fresco 



LOS ARGONAUTAS 371 

á todas horas!... Venga nrás hacia aquí, Ojeda: yo nece- 
sito calor y huyo de la sombra. 

Le molestaba un bote de la última cubierta suspen- 
dido sobre sus cabezas, que repelía el sol ó le dejaba 
paso, siguiendo el lento vaivén del buque. 

Se acodaron los dos amigos en el balcón de la terraza 
del fumadero, viendo á sus pies los emigrantes septen- 
trionales que llenaban la explanada de popa. Maltrana 
había estado entre ellos un buen rato antes de bajar 
á los frigoríficos. 

— Crea usted que se necesita valor para permanecer 
entre esas gentes. A pesar de la temperatura conservan 
sobre el cuerpo los gabanes de pieles de carnero, los 
gorros de astrakán. Todas estas pelambrerías, así como 
las barbas, parecen hervir bajo el sol. Y añada usted 
los desperdicios de la comida que fermentan; los cuer- 
pos que humean... Dos veces al día los marineros inun- 
dan la cubierta, pero á pesar del mangueo, al poco 
rato esa parte del buque huele á demonios. 

Un ardor belicoso se había despertado en los emi- 
grantes de popa, impulsando á unos contra otros. Los 
rusos jóvenes, de barbas de oro y camisas rojas, boxea- 
ban con los alemanes de brazos nudosos y blancos. Se 
veían narices quebradas exhibiendo los remiendos de 
unas tirillas puestas en la farmacia. Los más forzudos 
exhibían con orgullo sus biceps adornados con tatuajes 
azules. Un gigantón paseaba entre los grupos, devoran- 
do con mordiscos de fiera un mendrugo cubierto de carne 
sanguinolenta y cruda, alimento excelente, según él, 
para conservar la fuerza. 

Todas las tardes bajaba á la enfermería algún lucha- 
dor con el rostro entumecido y desfigurado. Ahora los 
marineros exentos de servicio acudían á la explanada 
de popa, atraídos por el brutal interés de estas peleas. 
Ya no gustaban de la sociedad de los «latinos» acam- 
pados en la proa. Encontrábanse desorientados entre los 
españoles, italianos y árabes, demasiado gritadores é 
ininteligibles para ellos. Preferían los hércules silencio- 
sos, las mujeres pelirrojas, con faldas cortas de bailari- 
na, botines altos y un pañuelo escarlata en forma de 
tejadillo sobre los ojos, pobres de cejas. 



372 V. BLASCO IBÁÑEZ 

Maltrana abandonó á su amigo. Sentía la necesidad 
de relatar el interesante descenso á los frigoríñcos «á sus 
muchas amistades», ó sea á todos los pasajeros que po- 
dían entenderle. 

El toque para la comida, que se daba en plena noche 
al principio del viaje, con los focos de luz inflamados, 
sonaba ahora cuando el sol estaba todavía en el horizon- 
te. Los que esperaban el mágico espectáculo de su pues- 
ta reunidos en la última toldilla, tenían que renunciar 
á la diurna apoteosis, corriendo á los camarotes para 
vestirse apresuradamente y no llegar con retraso al 
comedor. 

Ojeda, al sentarse á su mesa, vio que estaba sin ocu- 
par la inmediata, que era la de Mrs. Power. 

— Hoy no come aquí — dijo Maltrana con su autoridad 
de hombre bien enterado de todo lo que ocurría en el 
buque — . La han invitado sus compatriotas, esa yanqui 
fea que canta, y su marido, el de la chaqueta de clown... 
Aquí se invitan unos á otros, como si la comida fuese 
distinta. Una botella extraordinaria de champan es todo 
el obsequio... Levántese un poco y la verá. 

Incorporándose Fernando, columbró por entre las 
cabezas de la mesa inmediata la cabellera rubia ceni- 
cienta de Maud. 

Isidro preguntó á Munster por el doctor Rubau. Na- 
die le había visto. Continuaba metido en su camarote 
para solemnizar con este encierro el doloroso aniversario. 

La música sonaba como todos los días á las puertas 
del comedor; la lista de platos era la ordinaria; el salón 
no tenía adornos, y sin embargo las gentes se miraban 
con aire interrogante. Flotaba en el ambiente una prome- 
sa misteriosa: seguramente iba á ocurrir algo. Y la pre- 
sunción de un suceso desconocido alegraba la miradas y 
provocaba las sonrisas. Hombres y mujeres, parecían 
haber retrocedido á la infancia en esta vida de aisla- 
miento y monotonía azul. 

A los postres, las damas saltaron nerviosamente en 
sus sillas ahogando un grito de susto: muchos hombres 
se estremecieron con la nerviosidad que despierta un es- 
trépito inesperado. Sonó junto á una ventana del co- 
medor un rugido de fiera rabiosa, un baladro amplifica- 



LOS ARGONAUTAS 373 

do por el tubo de una bocina. A continuación el tableteo 
de varios rayos imitados con choques de latas y las 
sinuosidades de un trueno repiqueteado sobre el parche 
del bombo. 

Todos los ojos se volvieron hacia la entrada del co- 
medor. Alguien iba á llegar. Y en el marco de una 
puerta apareció un espantable y grotesco personaje, un 
mascarón negro y rojo. Su avance entre las mesas fué 
acompañado de grandes risotadas y movimientos de re- 
pulsión de las señoras, que evitaban su contacto. 

Vestía una túnica negra, una especie de sotana, con 
ancha faja de algas verdes, de la que pendían numerosos 
pescados, erados y sanguinolentos, procedentes de la 
cocina. Otro círculo de algas coronaba su peluca berme- 
ja, y entre esta peluca y las barbazas de inflamado color 
ensanchábase el rostro rubicundo, carrilludo, granujien- 
to, una cara de borracho perseverante y bondadoso, 
como las que se ven en las muestras de las cervecerías. 
Apoyábase al andar en un tridente que tenía varias sar- 
dinas ensartadas. Colgaban sobre su pecho dos botellas 
de vino unidas en forma de gemelos, y al detenerse en- 
tre mesa y mesa, echaba mano á este grotesco instru- 
mento, y con los ojos puestos en los golletes exploraba 
el comedor, como si buscase á alguien. 

— ¡Capitán!... ¿Dónde está el capitán? — preguntaba 
con voz ronca. 

Despojábase de los pescados de su cintura para re- 
partirlos en las mesas, y las mujeres chillaban lo mismo 
que al contacto de un ratón, sintiendo en sus manos la 
frialdad blanducha y viscosa de estos presentes. 

Así avanzó por todo el comedor, seguido de la risa 
inacabable de los buenos germanos, que encontraban 
este espectáculo de una gracia irresistible. Y su hilari- 
dad ganó á los demás, dispuestos de antemano á ale- 
grarse con todo lo que alterase la vida uniforme de á 
bordo. 

En fuerza de pasar entre las mesas y mirar con su 
aparato óptico, dio con la que ocupaba el comandante 
del buque, y apoyándose en el tridente comenzó un dis- 
curso en alemán, con voz ruda y autoritaria: 
—Yo soy Tritón y me envía mi señor Neptuno... 



374 V. BLASCO IBÁÑEZ 

Los alemanes acogieron con estallidos de regocijo 
las palabras del mascarón, repitiéndolas traducidas á 
los vecinos que no podían entenderlas. 

Neptuno, al ver desde sus profundidades que un bu- 
que iba á pasar la línea ecuatorial entrando en el otro 
hemisferio, enviaba á su emisario Tritón para que los 
pasajeros que efectuaban por primera vez la travesía le 
rindieran pleito homenaje sometiéndose á la ceremonia 
del bautizo. El discurso iba acompañado de alusiones 
al mareo de los viajeros, al tributo que sus estómagos 
trastornados rendían al inmenso azul para mejor ali- 
mento de los peces, y cada chiste que el marinero dis- 
frazado iba soltando como una lección aprendida de 
memoria, lo saludaba el público con carcajadas iguales 
á las de una escuela en libertad. 

El capitán debía entregar la lista de todos los pasa- 
jeros que no habían sido bautizados. Al día siguiente 
subirla Neptuno con su corte para la gran ceremonia, y 
mientras tanto dos representantes de la fuerza armada 
del dios iban á quedar en el buque para que ninguno 
de los neófitos pudiese huir. 

Se llevó el emisario una mano al pecho en busca de 
un pito marinero, lo hizo sonar, é inmediatamente entra- 
ron en el comedor dos gendarmes alemanes de ridicula 
traza, con el casco abollado y pequeño para sus cabezas 
enormes, levitas angostas, pantalones cortos y un sable 
herrumboso batiéndoles el flanco. La gente al verles 
aparecer rió con más espontaneidad que en la entrada 
de Tritón. Sus caretas, de corto perfil y bigotes de cepi- 
llo, les daban el aspecto de dogos enfurruñados y una 
lejana semejanza con Bismarck. 

Entregó el capitán á Tritón un sobre sellado que con- 
tenía la listado los candidatos al bautizo, bebieron jun- 
tos una copa de champan, y luego, seguido de los gen- 
darmes, se retiró el enviado neptunesco, otra vez con 
acompañamiento de temblor de latas y estrépitos de 
bombo. 

Muchos pasajeros abandonaron el comedor apresura- 
damente. Había que ver la partida del emisario, su vuel- 
ta á los dominios oceánicos para dar cuenta al dios de 
la comisión realizada. 



LOS ARaONAUTAS 375. 

Amontonóse la gente en las bordas del paseo. El 
Océano estaba iluminado con fantásticos reflejos: era 
blanco, después verde y al final rojo. De la cubierta de 
los botes goteaba sobre el mar el ígneo azufre de las 
luces de bengala. Las ondulaciones atlánticas tomaban 
bajo este resplandor de incendio que rodeaba al buque 
el aspecto denso del metal en ebullición. Más allá de esta 
zona de luz temblorosa, que coloreaba grotescamente 
los rostros y hacía palpitar los ojos con desordenadas 
vibraciones, extendíase la noche tropical, solemne, tran- 
quila, con sus aguas obscuras pobladas de caracoleantes 
fosforescencias y su cielo límpido, en el que asomaban 
sonrientes un gran número de astros nuevos rodando en 
el misterio. 

Sonó en el mar el ruido de un chapuzón, y una luz 
balanceante comenzó á apartarse del buque. Era Tritón 
que se marchaba. Un berrido á proa y á popa de los 
emigrantes, que sólo de lejos participaban de la fiesta, 
saludó la fingida retirada del personaje submarino. 
«¡Adiós, borracho! ¡Expresiones áNeptuno!...» La boya, 
con su farol, salió del espacio iluminado por las ben- 
galas. Su luz se liizo cada vez más diminuta absorbida 
por el misterio negruzco del Océano. Parecía huir á 
impulsos de un motor; ocultábase en las largas curvas 
de las olas y brillaba luego en las cimas, como una es- 
trella caída, para resbalar de nuevo hasta el fondo de 
otro valle. La gente se cansó de seguirla con los ojos, y 
se esparció por el paseo y el jardín de invierno, donde 
aguardaba el café humeando en las tazas. 

Ojeda entabló conversación con míster Lowe antes 
de volver á su mesa, ocupada ya por Maltrana. El atle- 
tino mocetón, al despojarse por la noche de las cha- 
quetas rayadas y gloriosas, no podía menos de ador- 
nar la solapa del smoking con botones y banderitas de 
los clubs esportivos. Al ver á Fernando rió con expre- 
sión maliciosa mostrando su aguda dentadura, abundan- 
te en áureos rellenos. 

— ¡Qué señora Mrs. Power!... Hoy la hemos tenido á 
nuestra mesa, y ¿sabe lo que ha dicho?... Está enferma 
la pobre: el calor, la soledad, los nervios... Le ha pre- 
guntado á mi señora si podría prestarle su marido por 



376 V. BLASCO IBÁKÍCZ 

un rato. Un favor entre amigas... Parece que no puede 
esperar más. 

Revelaba con su risa la orgullosa satisfacción que le 
producía sólo la posibilidad de que una dama como 
Mrs. Power pudiese ver en su persona un remedio. 

— Es una broma nada más — continuó — . Esa señora 
es muy graciosa y nada hipócrita... Pero yo creo, señor, 
que á quien ella desea es á usted... Aprovéchese... Hága- 
le ese favor. 

Lowe, que no ocultaba el miedo que le infundía su 
mujer con los fruncimientos dominadores de su rostro 
acaballado, tomaba al verse solo con Fernando el gesto 
malicioso de un hombre para el cual no guarda el mun- 
do sorpresa alguna. Daba la buena noticia por compa- 
ñerismo. Los hombres se deben entre sí estos informes. 
Tenía la obligación Ojeda de atender á una dama... Y 
hablaba del amor como de un servicio higiénico indis- 
pensable para la vida, en el que pueden reclamarse las 
ayudas de la amistad. 

Aquella noche no había nada extraordinario que al- 
terase la vida de á bordo. El concierto atraía únicamen- 
te á los niños y criadas, que antes de acostarse formaban 
grupos en torno del círculo de atriles. 

Los pasajeros, esparcidos por el paseo, comentaban 
las fiestas del día siguiente. Una repentina fraternidad 
los aproximaba á todos. Veníanse abajo las últimas 
diferencias sociales y patrióticas que los habían man- 
tenido apartados en fracciones indiferentes ú hostiles. 
Se notaba el deseo de comunicación y mezcolanza que 
remueve á todo un pueblo en vísperas de un aconteci- 
miento nacional. Los majestuosos «pingüinos» ya no 
formaban grupo aparte y se confundían con las «poten- 
cias», que á su vez habían roto el círculo de su aisla- 
miento hostil. 

¡El baile del paso de la línea!... Las niñas hablaban 
de sus disfraces traídos previsoramente en los baúles ó 
anunciaban improvisaciones originales. Las mamas, que 
hasta entonces se habían saludado con ceremonia, re- 
cordaban enternecidas á las amigas comunes que vivían 
en París y creían vagamente haberse visto en un té del 
hotel Ritz ó en una recepción-tango en los Campos Eli- 



LOS ARGONAUTAS 377 

seos. Una matrona imponente detenía á Conchita con 
súbita amabilidad. 

—¿Y usted no se disfraza, hija mía?... 

¡Con unos ojos tan lindos! ¡Con su aire donoso de es- 
pañolita!... Y á impulsos de su repentina ternura ofre- 
cíase á prestarle una rica mantilla antigua comprada 
en Madrid. 

Señoras de gesto malhumorado que se lamentaban 
de la inmoralidad de los compañeros de viaje, detenían- 
se curiosas ante las ventanas del fumadero. Aquel era 
el antro del vicio; el lugar donde las mujeronas de la 
opereta fumaban y bebían entre los hombres, con los 
pies en un asiento ó sobre el borde de la mesa... Y bas- 
taba una ligera invitación de los amigos ó parientes en- 
tregados á interminables partidas de poker , para que 
todas ellas se decidiesen á entrar con el mismo aire de 
encogimiento ruboroso y audacia pecaminosa que les 
había acompañado en sus visitas disimuladas á los ca- 
harets y bailes de Montmartre. ¡Bueno es verlo todo!... 
Además estaban de fiesta; la gran fiesta del viaje. 

Ninguna noche se había visto tan lleno el fumadero. 
Los sirvientes corrían azorados no sabiendo adonde 
acudir entre tantos y tan contradictorios llamamien- 
tos. Sonaban frecuentemente estallidos de tapones. El 
champan desbordaba de las copas corriendo sobre las 
mesas en raudales espumosos. Sonreían las señoras re- 
conociendo los encantos de este lugar vedado, y hasta 
encontraban cierta distinción exótica á algunas de aque- 
llas rubias que sólo habían visto de lejos en la cubierta, 
y que ahora ocupaban las mesas inmediatas. Esta proxi- 
midad parecía añadir un nuevo placer á su audaz en- 
trada en el fumadero. «El mar es el mar...» Cuando 
llegasen á tierra ni se acordarían de tal promiscuidad. 

Ojeda ocupaba una mesa con Mrs. Power y el matri- 
monio Lowe. No sabía con certeza si era él ó su amigo 
el yanqui el autor de la invitación, pero ésta había in- 
terpretado los deseos de Maud, que pareció transfor- 
marse al tomar asiento en un diván del café. 

Bebieron fuerte los tres compañeros de Ojeda. Mis- 
tress Power tenía los ojos levemente lacrimosos. De 
pronto se agrandaban como si los dilatase el asombro 



378 V. BLASCO IBÁÑBZ 

de una visión interna, al mismo tiempo que unas tortuo- 
sidades de rubor veteaban sus mejillas. Dilatábase su 
boca buscando aire, á pesar de que todas las ventanas 
estaban abiertas y los ventiladores giraban vertiginosa- 
mente. «¡Qué calor!...» El ansia de frescura la hacía 
vaciar la copa que tenía delante, ligeramente empañada 
por el vino helado. Sonreía mirando á Fernando con unos 
ojos acariciadores, que éste creía ver por vez primera. 
— Déme osté una sigarreta. 

El matrimonio Lowe acogió con risas admirativas 
esta muestra de español de Mrs. Power. Y envuelta en 
el humo del cigarrillo que le dio Ojeda, siguió mirán- 
dolo con una fijeza audaz, como si concentrase toda 
su voluntad en esta contemplación, sin importarle los 
comentarios de las personas cercanas. 

Maltrana, que iba de una mesa á otra para charlar 
con sus «queridos amigos», aceptando una copa aquí, y 
bebiendo media botella más allá, se fijó en los ojos de 
Maud. 

— ¡Pero cómo mira esa señora!... ¡Ni que se lo fuese 
á comer!... 

Desde una mesa cercana los espió con cierta envidia. 
Cerca de medianoche abandonaron sus asientos. Lowe 
se levantaba al amanecer para ir al gimnasio, tomar 
la ducha y seguir otras prescripciones del atletismo. 
Su esposa necesitaba cuidar la voz. Salieron los cuatro, 
y tras ellos Maltrana. 

Junto á una escalera se despidieron, marchando el 
matrimonio hacia su camarote. Quedaron solos Ojeda y 
Maud mirándose frente á frente. El sentía cierta indeci- 
sión; miedo al «buenas noches» glacial y despectivo 
con que ella había cortado otras veces sus palabras ar- 
dorosas. 

No tuvo necesidad de hablar. Fué ella la que habló, 
pero sin mover los labios, con un parpadeo malicioso 
que transfiguraba su rostro dándole el rictus de una 
hembra prehistórica agitada por la pasión. De sus labios 
salió un leve silbido que equivalía á una orden imperio- 
sa: al mismo tiempo agitó el índice de su diestra como 
si le llamase. 

Maltrana fué tras ellos escalera abajo, avanzando 



LOS ARaONAUTA8 379 

cautelosamente para no ser visto... Pero no necesitó 
de grandes precauciones. Los dos caminaban sin dar- 
se cuenta de lo que les rodeaba, sin saber ciertamen- 
te adonde iban, empujada ella por el instinto hacia su 
vivienda. 

Oyó Isidro, oculto en un ángulo del corredor, el 
ruido de una puerta abierta rudamente. Avanzó, y an- 
tes de que se cerrase aquélla con un golpe de pie, pudo 
ver en su fondo luminoso, rápidamente empequeñecido, 
cómo se entrelazaban unos brazos con la furia concen- 
trada de los luchadores que ansian derribarse, cómo se 
juntaban dos cabezas lo mismo que si pretendieran mor- 
derse. 

El crujido de un cerrojo y la soledad del corredor, 
despertaron de pronto la cólera de Maltrana. El quería 
mucho á Ojeda... pero ¡unos tanto y otros tan poco! 
Sintió el tormento de esa rivalidad masculina que res- 
peta en el amigo los triunfos de la inteligencia y de la 
riqueza, los admira y los desea aún mayores, pero se 
conmueve con sorda envidia cuando las victorias son 
de amor. 

Al volver Maltrana al fumadero, se sintió molesto 
en su ambiente ruidoso. Todavía no era su hora: aun 
quedaban algunas mesas ocupadas por gentes respeta- 
bles. Los amigos jóvenes le habían anunciado que la 
verdadera fiesta sería después de medianoche. 

Esta vez se habían comprometido seriamente algu- 
nas damas de la opereta á ser de la partida. Isidro sen- 
tíase de una resolución feroz al pensar en Fernando. Con 
las de la opereta ó con otras; era lo mismo. El no podía 
quedar aplastado por la buena suerte de su compañero. 
Necesitaba á toda costa olvidar su humillación, aunque 
para ello fuera necesario atentar contra el reposo noc- 
turno de las camareras del buque ó las muchachas del 
taller de planchado. 

Huyó del café como si odiase á las gentes y necesita- 
ra tinieblas y silencio. En la cubierta de los botes ocupó 
un sillón mojado por la humedad. 

Este aislamiento lóbrego aplacó sus nervios... Na- 
die. Los pasajeros estaban ya en sus camarotes ó se 
mantenían en el paseo dando vueltas por las inmedia- 



380 V. BLASCO IBÁÑE4 

ciones del café como pájaros nocturnos atraídos por un 
faro. El silencio era absoluto en esta cima de la mon- 
taña flotante. De tarde en tarde un toque de campana 
en el puente, un rugido del serviola que contestaba des- 
de el pulpito del trinquete, pasos tenues de marineros 
descalzos que se deslizaban lo mismo que espectros en- 
tre los botes y ventiladores de la última cubierta. Sobre 
el cielo obscuro moteado de cabecitas de luz marcábanse 
los mástiles y la chimenea como dibujados con tinta 
china. 

Pasaban las estrellas de un lado á otro de los palos, 
cual un chisporroteo de insectos juguetones saltando 
entre el cordaje. Algunas, empañadas por el temblor del 
humo de la chimenea, redoblaban sus titilaciones. Eran 
como lentejuelas medio desprendidas de un manto y 
próximas á caer. En la obscuridad del horizonte marcá- 
banse unos fulgores lejanos, tres pinceladas rojas sobre 
una línea de puntitos de luz apenas perceptibles: los 
fuegos de un trasatlántico que se cruzaba con el Goethe 
marchando en opuesta dirección. 

Maltrana, con la cabeza en el respaldo y la mirada 
en alto, contemplaba la enorme masa de la chimenea 
que cubría una parte del cielo. Sentía aflojarse la tiran- 
tez de sus nervios en el silencio y la soledad. Le pare- 
cía ridículo su orgullo masculino; se avergonzaba de su 
envidia. ;Lo que le importaban á aquella bestia negra, 
que los mantenía sobre sus lomos de acero, todas las mi- 
serias y picardías de que la hacían cómplice!... ;Lo que 
podían interesar al Océano, obscuro, replegado en su 
misterio, y á los alfilerazos de luz que titilaban á la vez 
en las alturas del cielo y en los repliegues del agua, 
aquellos apetitos y necesidades del hormiguero instala- 
do en la cascara flotante!... 

Venía á su memoria el recuerdo de los primeros 
argonautas, compañeros de Jasón, y con ellos el poema 
de Apolonio de Rodas, cantor de la fabulosa aventura 
del vellocino de oro. El mástil del navio helénico era una 
encina colocada por Minerva, y este mástil encantado, 
alma del buque, hablaba, daba oráculos salvadores en 
los momentos de peligro. ¿Por qué no podía hablar tam- 
bién aquella chimenea gigantesca que entre los palos, 



LOS ARGONAUTAS 381 

completamente inútiles, de la navegación moderna, era 
la representación del movimiento y la vida, la gran 
propulsora, como lo había sido el mástil antiguo sos- 
tenedor del velamen?... 

Este animal oceánico de férrea caparazón tenía un 
alma que se escapaba normalmente por aquella torre, 
con una respiración acompasada, ó mugía con la furia 
del instinto en las noches de peligro, ante el escollo cer- 
cano ó la densa niebla. Sus compartimentos interiores 
parecían sensibles á la influencia del ambiente, como 
las mucosas de un organismo animal. Maltrana creía 
verle con diverso aspecto en las varias horas del día: 
soñoliento y torpe al amanecer; alegre y risueño des- 
pués de las abluciones matinales; pesado y cabeceador 
luego de mediodía, al adormecerse el Océano bajo el 
incendio solar; melancólico y rumoroso como un jardín 
antiguo á la caída de la tarde, cuando las cubiertas 
se teñían de un rojo naranja, prolongándose las sombras 
de las personas con la esbeltez de los cipreses; ruidoso 
y frivolo al cerrar la noche, con una alegría seme- 
jante al hervor del champan, á la sonrisa de unos la- 
l3Íos pintados, á la languidez de unos ojos engrandeci- 
dos por el kohol. 

Su amigo de la comisaría hablaba del buque como 
si éste fuese un organismo viviente y nervioso sujeto á 
las influencias exteriores. Cambiaba de carácter en 
todos los viajes, según las gentes que llevaba en sus en- 
trañas. Unas veces eran comisiones diplomáticas ó per- 
sonajes políticos que iban á gobernar repúblicas, y en- 
tonces parecía navegar con calmosa majestad, entrando 
solemnemente en los puertos embanderados, entre caño- 
nazos y vítores. Las gentes se hablaban con frío come- 
dimiento, mensurando las palabras, no atreviéndose á 
alzar la voz. Hasta los grumetes tenían un estiramiento 
protocolario. Bastaba que Su Excelencia se apartase á 
leer en un rincón de la cubierta, para que al momento 
este rincón quedase aislado con atadijos de maromas, y 
junto á ellas un marinero de guardia con la consigna 
de que nadie viniese á turbar un estudio del que depen- 
día tal vez la suerte de varios pueblos. Y lo que leía Su 
Excelencia era una novela de folletín. 



382 V. BLASCO IBÁKBZ 

En ciertos viajes predominaban los comerciantes, y 
la cubierta de paseo era durante veinte días igual á un 
salón de Bolsa. Eodaban millones de la mañana á la 
noche y el buque se movía con el aplomo insolente de 
un banquero bien forrado que no teme al destino. Las 
enormes cantidades compuestas puramente de palabras 
parecían gravitar realmente en sus entrañas con un 
peso abrumador. Otras veces abundaban las damas 
elegantes; ocupaba el hridge todas las mesas: el aire 
marino perdía sus sales bajo una oleada de perfumes 
caros, y el buque se rejuvenecía con los trajes vistosos 
que se arremolinaban en sus cubiertas, las guirnaldas 
tendidas en los salones y los polvos de arroz que se lle- 
vaba el viento. Al cabecear sobre el Océano parecía to- 
rnear el gesto trémulo de un viejo galanteador que habla 
con sus amigas de trapos y escándalos mundanos. 

Introducíanse en algunas travesías entre el rebaño 
viajero mujeres hermosas y liberales, pródigas de sus 
gracias, y la paz monótona del Atlántico desaparecía 
instantáneamente. Los hombres corrían ansiosos tras la 
carnal limosna; surgían conflictos y peleas, todos se 
agitaban lo mismo que locos, y el trasatlántico, fosco y 
de malhumor, navegaba con el funcionamiento de su 
vida trastornado, los servicios internos en desorden, 
deseoso de llegar cuanto antes al térm^ino del viaje para 
sanar de esta enfermedad. 

El buque tenía un alma: Maltrana, soñoliento en su 
sillón, estaba seguro de ello. Un alma que hablaba por 
su chimenea como la nave Argos hablaba por el mástil; 
una conciencia que percibía el motivo de sus acciones, 
la ñnalidad de este continuo ir y venir por el Atlántico 
arándolo con su quilla de acero. 

No estaba solo en la oceánica inmensidad. Otros igua- 
les á él avanzaban tras de su estela con intervalos de 
centenares de millas, ó marchaban delante con el mis- 
mo rumbo. Y desde el opuesto hemisferio, una fila seme- 
jante emprendía el regreso, moviéndose todos como un 
rosario de diligentes hormigas en la infinita llanura 
atlántica. 

Despegábanse diariamente de la tierra europea al- 
gunos de estos monstruos, arañando la profundidad con 



LOS ARGONAUTAS 383 

las invisibles zarpas de sus hélices, repleto el vientre de 
carne humana estremecida por los espejismos de la es- 
peranza. Partían de los muelles escarchados y brumo- 
sos del Báltico; de los puertos ingleses negros de hulla, 
en cuyo ambiente grasoso flota un perfume de té y 
tabaco con opio; de las costas de la Francia oceánica 
que oponen sus bancos vivos de mariscos y los pinares 
de sus laudas á los asaltos del fiero golfo de Gascuña; 
de las bahías de España, copas de tranquilo azul en las 
que trenzan sus aleteos las gaviotas asustadas por el 
chirrido de una grúa ó el mugido de una sirena; de las 
escalas del Mediterráneo adormecidas bajo el sol; ciu- 
dades blancas, con la alba crudeza de la cal ó la suavi- 
dad aristocrática del mármol; ciudades que huelen en 
sus embarcaderos á hortalizas marchitas y frutos sazo- 
nados, y envían hasta los buques con el viento de tierra 
la respiración nupcial del naranjo, el incienso del al- 
mendro, rasgueos briosos de guitarra ibérica, gozoso 
repiqueteo de tamboril provenzal, arpegios lánguidos 
de mandolina italiana. 

Inmóviles en los canales flamencos de aguas negras 
y burbujeantes, había descendido hasta sus dormidas 
cubiertas la melodía cristalina del carrillón perdido en 
el misterio de la noche. Grandes puentes giratorios se 
habían abierto ante ellos, repeliendo las masas de gen- 
tío y de carretones, para darles paso en los ríos nave- 
gables de Holanda. 

Al verse en alta mar, sus proas, como hocicos inte- 
ligentes, husmeaban el horizonte, adivinando el sendero 
á través del infinito. En torno de sus grupas rebullían 
en jabonosas espumas las olas grises ó negras de los 
mares septentrionales, las azules ondulaciones atlánti- 
cas, el inmenso líquido durmiente bajo la pesadez ecua- 
torial, el Océano verde con escamas de oro de las costas 
brasileñas, las aguas casi dulces de las costas del Sur 
teñidas de rojo por las avenidas de los ríos. 

Una voz hablaba á Maltrana; una voz sin vibración, 
que repercutía en su cerebro sin haber pasado por su 
oído. 

— Y así marchamos á través del misterio azul en busca 
de una lejana tierra de ensueño para nuestro carga- 



384 V. BLASCO IBÁÑEZ 

inento de miserias y ambiciones. Hace años seguíamos 
todos el mismo rumbo con la tenacidad de un rebaño 
que no conoce otro camino. íbamos al Norte, tragadero 
insaciable de hombres, olla hirviente de razas, tierra de 
prodigios absurdos y opulencias insolentes... Pero ahora 
el camino se ha bifurcado: conocemos nuevos rumbos. 
El rebaño de acero y humo se reparte, y mientras unos 
siguen la antigua senda, nosotros ponemos la proa al 
Sur, llevando sobre nuestro lomo la aventura y la ilu- 
sión, en busca de los pueblos nuevos, pueblos de espe- 
ranza, pueblos de aurora cuyos nombres suenan con el 
retintín del oro. 



IX 



El primer acto de la fiesta ecuatorial fué el paseo de 
la música á las nueve de la mañana por todas las cu- 
biertas, deslizándose luego en los pasadizos y recovecos 
de los camarotes. 

Muchos pasajeros estaban aún en la cama, y al apa- 
garse el eco de los instrumentos, volvieron á reanudar 
el sueño. Se habían acostado tarde. En la noche ante- 
rior las luces del café permanecieron encendidas hasta 
que el amanecer fué empañando su brillo. La marine- 
ría, al limpiar las cubiertas, había salpicado con su 
mangueo algunos escarpines de charol que marchaban 
titubeantes sin encontrar su camino y smokings cuya 
negrura estaba constelada de manchas de ceniza y de 
champan. 

La gente menuda del pasaje fué la única que corrió 
bulliciosa al escuchar este primer anuncio de la fiesta. 
Niños y criadas marchaban al frente de la banda, ad- 
mirando los disfraces con que se habían cubierto los 
músicos en honor de la grotesca solemnidad; sus caras 
con chafarrinones de almagre y sus narices de cartón. 
Un camarero, vestido de piel roja con gra-n abundancia 
de plumas, iba ante la música haciendo molinetes con 
una cachiporra de tambor mayor. 

Saludábanse los pasajeros matinales en el paseo con 
grandes elogios al día. El agua era gris, el cielo es- 
taba encapotado: el Océano ecuatorial ofrecía el aspecto 
de un mar del Septentrión. La brisa fresca que venía de 
proa ahuyentaba el temido calor. Magnífico día para 
el paso de la línea. 

A las once circuló una noticia que hizo salir de sus 
camarotes á los perezosos y llenó en poco tiempo las 



386 V. BLASCO IBÁÑEZ 

cubiertas. Se veía tierra... Y todos corrían al lado de 
babor con vehemente curiosidad, como si desearan saciar 
sus ojos en un fenómeno inaudito. ¡Tierra!... Esta pala- 
bra evocaba algo lejano que había existido en otros tiem- 
pos, pero que la gente, acostumbrada á la soledad oceá- 
nica, consideraba ya como irreal. 

Buscaban muchos esta tierra en la extensión gris con 
la simple mirada, y sólo después de largos titubeos lle- 
gaban á distinguir un pequeño borrón negro, una línea 
ondulosa y corta que parecía flotar sobre las aguas como 
un montón de basura. Era la Roca de San Pablo, aglo- 
meración de piedras basálticas en mitad de la línea 
equinoccial; pedazo de tierra diminuto, olvidado por las 
convulsiones volcánicas y que seguía emergiendo audaz- 
mente entre África y América, sin fauna, sin flora, yer- 
mo y maldito en las soledades del Océano, lejos de todo 
país habitado. 

—El único lugar de la tierra que no tiene dueño— dijo 
el doctor Zurita en un grupo — . La única isla que no ha 
tentado la codicia de nadie... Cómo será, que ni á los 
ingleses se les ha ocurrido plantar en ella su bandera. 

Apuntábanse las filas de gemelos á lo largo de la 
borda, y en el redondel de sus oculares aparecía un 
amontonamiento de rocas flanqueado por otras sueltas 
en forma de islotes; pedruscos negros, rugosos, que re- 
cordaban la piel de los paquidermos, y en torno de los 
cuales levantaba la resaca enormes rociadas de espu- 
ma. El mar tranquilo alterábase al tropezar con este 
obstáculo inesperado. Se adivinaba la existencia de ca- 
vernas submarinas, gargantas y canalizos invisibles, 
en los cuales se retorcía furioso el Océano al perder su 
calma soñolienta, encabritándose con espumarajos de 
rabia, desplomándose sus cataratas gigantescas sobre 
los negros abismos. 

Ni una persona, ni una brizna de hierba, ni un pá- 
jaro en la roca pelada, que á las horas de sol debía arder 
y reverberar como un paisaje infernal. 

— Ahí sólo hay tiburones — dijo un pasajero, como si 
hubiese vivido en la isla — . Procrean en sus cuevas, y 
luego van á buscarse la comida por los mares calientes, 
hasta las costas del Brasil ó las Antillas. 



LOS ARGONAUTAS 887 

El recuerdo de estos mastines del Océano hacía es- 
tremecer á las mujeres. Se los imaginaban pululando lo 
mismo que bancos de sardinas en las cavernas y esco- 
llos de aquel islote; los veían con el pensamiento pa- 
sando y repasando por debajo del vientre del navio, 
traidores, cautelosos, con su cabeza más voluminosa 
que el resto del cuerpo, aguardando que alguien cayese 
para triturarlo entre la triple fila de sus dientes. 

Los hombres evocaban las tragedias feroces de la 
profundidad, cuando el escualo hambriento, no encon- 
trando en la superficie más que bandas de peces vola- 
dores, descendía y descendía miles de metros en busca 
de los calamares enormes, que agitaban en la sombra 
la vegetación de sus tentáculos. El tiburón, agobiado 
por la asfixia de la profundidad, había de efectuar su 
cacería con rapidez. Batallaba el diente con la ventosa, 
el coletazo demoledor con el tentáculo que ahoga, la 
boca que desgarra con la boca que sorbe. Y en esta ba- 
talla invisible que se desarrollaba allá abajo, á varios 
kilómetros de distancia vertical, en la penumbra de unas 
aguas obscuras, entenebrecidas aun más por las nubes 
de tinta que exudaba el pulpo, unas veces quedaba el 
tiburón prisionero de ]a red viscosa y ávida; otras subía 
vencedor, con el coriáceo pellejo hinchado por la suc- 
ción de las ventosas, y á la luz de las estrellas, deján- 
dose flotar en las ondulaciones de la superficie, devora- 
ba los restos de la presa arrancada del abismo. 

Esta evocación hacía recordar á muchos el lugar 
donde estaban. Aquel hotel lujoso, con su música, sus 
tropas de sirvientes y sus salones, no era más que una 
caja flotante y bien acondicionada, debajo de la cual 
seguía latiendo la vida feroz y ciega, ignorante de la 
justicia y de la misericordia, lo mismo que en los pri- 
meros días del planeta. Avanzaban los humanos co- 
miendo, bailando, requebrándose de amor por lugares 
del globo donde aun subsistían las formas crueles é ins- 
tintivas de la bestialidad prehistórica. Vivían lo mismo 
que en tierra, sin acordarse de que marchaban sobre 
una columna acuática y movible de seis mil metros de 
altura, de la cual era el buque á modo de capitel. 

La Roca de San Pablo fué quedando á la popa del 



388 V. BLASoo rsÁJmz 

trasatlántico. El islote estéril recibía el título de antipá- 
tico de boca de las señoras, que dejaron de mirarlo 
faltas ya de interés. Visto sin los gemelos parecía algo 
repugnante que flotaba sobre las aguas; los residuos 
digestivos de un leviatán; un montón de deyecciones del 
fabuloso pájaro Eoc. 

Deshiciéronse los grupos para esparcirse por el pa- 
seo, y en este desbande general Ojeda y Maltrana se 
encontraron frente á frente. 

Isidro fijó sus ojos con maliciosa expresión en la 
cara de su amigo. 

— ¿Qué tal la noche?... 
Fernando hizo un gesto de indiferencia. Muy bien. 

— Le veo á usted pálido — añadió aquél — ; algo ojero- 
so. Cualquiera diría que ha tenido usted malos sue- 
ños... ó que ha estado la noche entera sin dormir. 

— ¡Cuando le digo que la he pasado muy bien!... 

Y Maltrana, ante el tono de impaciencia de su ami- 
go, no quiso insistir más. 

— Su aspecto no es mejor que el mío — dijo Ojeda son- 
riendo—. De seguro que se acostó tarde... ¿A ver esa 
cara? Muy bien: no tiene usted señal de golpe. Esta 
fiesta le ha resultado mejor que la otra. 

Maltrana se indignó. ¿Creía acaso que sus amigos 
eran unos bárbaros?... La pelea general del otro día 
había sido un incidente inesperado. Las gentes iban 
conociéndose mejor; el trato amansa á las fieras. Eran 
ya como hermanos y se perdonaban las injurias. Un 
insulto se olvidaba ante una nueva botella. 

Y como Fernando, ganoso de que la conversación 
no recayera sobre él, insistiese por conocer los detalles 
de la fiesta, Maltrana fué hablando con cierta reserva. 

— Nada; una reunión culta, muy decente. Hasta tuvi- 
mos nuestras damas, lo más distinguido, lo más chic. 
Esta vez las señoras de la opereta, solemnemente invi- 
tadas por mí, en nombre de los amigos, se dignaron 
venir... Uno tiene su prestigio y sus éxitos, amigo 
Fernando; no todo ha de ser para los demás. 

Para que no insistiese en esto último, le preguntó 
Ojeda si el mayordomo había tenido que intervenir, 
como la otra vez, para restablecer el orden. 



LOS ARGONAUTAS 389 

—No— dijo Mal trana después de alguna vacilación — . 
Las cosas se desarrollaron en el fumadero, en santa 
paz. Muchas botellas destapadas; mucho canto. Las 
damas encontraron duros los asientos, y al ñnal fuma- 
ban con la cabeza apoyada en un señor y los pies en 
otro... ¡Orden completo! El mayordomo se asomaba á la 
puerta para sonreír como un maestro satisfecho de sus 
chicos. Uno que hacía suertes de gimnasia con un si- 
llón lo dejó caer sobre la cabeza de un compañero. Le 
limpiamos la sangre y luego se dieron las manos los 
dos. Total, nada. No fué con mala intención... Las 
damas, que no entendían palabra y sólo sabían beber 
y sonreír, dignábanse tomar el brazo de un amigo 
para dar un paseo misterioso y poético por la última 
cubierta ó por los pasillos de los camarotes, volviendo 
algo después para aceptar nuevas invitaciones... Le 
digo que fué una fiesta honrada y distinguida. 

Ojeda sonrió incrédulamente. Había oido hablar algo 
de muebles rotos y peleas con el mayordomo. 

— Una insignificancia. Una humorada de mis amigos 
los norteamericanos... Pero el conflicto quedó arreglado 
inmediatamente. 

Habían salido todos del fumadero atraídos por la 
luna, una luna enorme que cubría de plata viva el 
Atlántico y hacía correr por los costados del buque arro- 
yos de leche luminosa. La honorable sociedad contem- 
plaba el espectáculo con un sentimentalismo alcohólico 
que agolpó las lágrimas en los ojos. Las damas apoya- 
ban con desmayo poético sus cabezas rubias en el hom- 
bro más próximo. Una rompió á llorar con estertores 
histéricos. «La luna... la luna», murmuraba cada uno en 
su idioma. Y así estuvieron inmóviles largo tiempo, como 
si no la hubiesen visto nunca, hipnotizados por aquella 
cara de mofletes luminosos suspendida en el horizonte. 

Un norteamericano arrojó una botella con dirección 
al astro. Había que dar de beber á la gran señora. E in- 
mediatamente, como si esta locura fuese contagiosa, 
una lluvia de botellas vacías ó sin destapar fué cayendo 
en el Océano. Pasaban ante el luminoso redondel cual 
una nube de proyectiles negros. Al agotarse la pro- 
visión, los comisionistas musculosos y los pastores de 



390 V. BLASCO IBÁÑB¡g 

las praderas cogieron las sillas y las mesas de la cubier- 
ta, y todo comenzó á pasar sobre la borda, cayendo en 
el agua con ruidoso chapoteo. 

Palmoteaban unos retorciéndose de risa por lo ines- 
perado del espectáculo, gritaban otros entusiasmados 
por el vigor y la rapidez con que saltaban los objetos 
del buque al mar, corrieron los camareros para dar 
aviso de estos desmanes, y apareció el mayordomo 
lanzando gritos y poniéndose con los brazos en cruz en- 
tre la borda y los tiradores. 

Hubo que hacer esfuerzos para apaciguar á los cow- 
boys^ que encontraban el juego muy de su gusto. Ellos 
estaban prontos á pagar todos los desperfectos y los que 
hiciesen los respetables gentlemans que estaban en su 
compañía. «Y un gentleman que paga, puede hacer lo 
que quiera.» Sacaban los billetes á puñados de los bol- 
sillos de los pantalones, indignándose de que por unos 
dollars vinieran á perturbar sus placeres, y únicamente 
se apaciguaron al verse de nuevo en el fumadero, con 
toda la honorable sociedad, ante unas botellas que un 
amigo había guardado ocultas debajo de una mesa. 
— Y no hubo más — dijo Maltrana. 

Pero Ojeda insistió. Cerca del amanecer habían des- 
pertado muchos pasajeros que vivían en las inmediacio- 
nes del camarote de Isidro. Gritos, golpes á la puerta, 
llamamientos desesperados de timbre, llegada del ma- 
yordomo con su ronda de criados. ¿Qué había sido 
aquello?... 

— Fué obra mía — contestó Maltrana bajando los ojos 
con modestia — . Me ocurrió lo de la otra noche. Apenas 
bebo un poco, me asalta el recuerdo de mi vecino el 
hombre lúgubre y quiero averiguar el misterio que 
guarda en el camarote inmediato al mío. 

Había hablado á sus compañeros de esta novelesca 
vecindad, dando por real é indiscutible todo lo que él 
llevaba en su imaginación. Una gran señora, princesa 
rusa ó archiduquesa austríaca — en esto dudaba Maltra- 
trana — , venía prisionera en el buque. Nadie la había 
visto, pero su hermosura era extraordinaria. Y el rap- 
tor y guardián era aquel hombre antipático, siempre 
de negro, con cara adusta... 



LOS ARGONAUTAS 391 

Le escuchaban todos con gran interés: unos conmo- 
vidos egoístamente por la hermosura de la dama, otros 
noblemente indignados de que junto á ellos pudiese un 
hombre realizar este secuestro. El cow-boy más viejo 
abría los ojos con asombro infantil. «;Y la mistress vivía 
encerrada contra su voluntad! ¡Y esto era posible!...» 

A los pocos minutos veíase Maltrana avanzando cau- 
telosamente por el pasillo que conducía á su camarote, 
seguido de varios compañeros que marchaban en fila, 
conteniendo el aliento, como si fuesen á sorprender á 
un enemigo dormido. Golpearon la puerta del hombre 
misterioso. «Señor: abra usted buenamente.» Le conve- 
nía evitar el escándalo y que su crimen quedase en el 
misterio. Era Maltrana el que se lo aconsejaba por su 
bien. Debía entregarles la llave del camarote inmediato 
y seguir durmiendo si tal era su gusto... Inútil resistir, 
pues él llegaba con un ejército de héroes... ¿Se hacía el 
sordo? i A la una!... ¡á las dos!... 

Y los héroes cayeron con todo el empuje de sus cuer- 
pos sobre la puerta del camarote vecino para echarla 
abajo y libertar á la dama. «No tema usted, princesa; 
no grite. Somos amigos.» La recomendación de Maltra- 
na fué inútil, pues la princesa no gritó ni se aproximó 
á la puerta. Cada golpazo del coiv-boy viejo conmovía 
la fila de camarotes. Sonó un estallido de gritos y mal- 
diciones de gentes súbitamente despertadas. Vibraba 
furiosamente á lo lejos el sonido de un timbre. Era el 
hombre misterioso que pedía auxilio. 

— Cuando al presentarse el mayordomo vio que in- 
tentábamos forzar la puerta de la princesa, se puso en- 
furecido como jamás le he visto; con una cólera de cor- 
dero rabioso. Nos faltó al respeto amenazándonos con 
llamar al comandante para que nos pusiera en la barra. 
A mí me prometió cambiarme de camarote hoy mismo 
para que no repita mis intentos. Y todo esto me afirma 
aun más en la creencia de que hay un secreto, un gran 
secreto en ese camarote cerrado. Había que ver la in- 
dignación del mayordomo cuando nos pilló en vías de 
descubrirlo... Y no se descubrirá, hay que perder la es- 
peranza. 

Ojeda pareció interrogarle con sus ojos al oir esto. 



392 Y. BLASCO IBÁÑJSií^. 

— No se descubrirá — continuó Isidro — , porque acabo 
de dar al mayordomo mi palabra de honor de no ocu- 
parme más de mi vecino ni curiosear en el ca^marote 
inmediato. Sólo así me deja en el mío y no me obliga á 
pasar á otro menos cómodo... El hombre misterioso 
triunfa. ¡Cómo ha de ser!... Acabo de verlo, y para cas- 
tigarle no lo he saludado... Y le negaré siempre el salu- 
do, aunque él finje que no le importa. Eso le enseñará 
á callarse y á ser persona decente. 

Y como si le doliese tener que abandonar la em- 
presa, dijo á Ojeda: 

— Usted podía dedicarse á este negocio. Si quiere le 
presto mi camarote para espiar desde él. Fíjese bien... 
■se trata de una princesa. Y seguramente que si es usted 
el que la busca, ella se dejará ver. Usted es de mejor 
presencia que yo: más guapo, más elegante. 

Fernando hizo un gesto de indiferencia y despego 
que pareció ofender á Maltrana, como si fuese dirigido 
contra una persona de su familia. ¡Pobre princesa! 
¡Verla abandonada así!... 

— Lo comprendo. Usted tiene por el momento cosas 
que considera mejores... Pero tal vez se engaña. ¡Quién 
sabe!... ¡quién sabe! 

Siguió escuchando Ojeda á su amigo, pero con cierta 
distracción, volviendo la cabeza siempre que notaba el 
paso de alguien por detrás de él. La cubierta estaba 
totalmente ocupada por los pasajeros: unos en gru- 
pos movibles; otros, sentados á la redonda en los si- 
llones, obstruyendo el paso. Todos estaban arriba... 
menos ella. 

Ansiaba verla Fernando y tenía miedo al mismo 
tiempo. Sentía la zozobra de la primera entrevista luego 
de la posesión, cuando se reflexiona fríamente, desva- 
necidos ya los arrebatos cegadores y se calculan las con- 
secuencias del gesto. ¿Qué expresión sería la suya al 
encontrarse como amigos, obligados al fingimiento, 
después de la oculta intimidad?... 

Sonó el rugido de la chimenea, que indicaba la hora 
de mediodía. ¡A almorzar!... Abajo, en el comedor, 
Fernando sintió crecer su inquietud al ver que se llena- 
ban todas las mesas y la de Maud seguía desocupada. 



LOS ARaONAUTAS 393 

Sucedíanse los platos; el almuerzo tocaba á su fin, y 
ella sin aparecer. 

Maltrana, apiadándose de su impaciencia, preguntó 
á un camarero por la señora norteamericana. ¿Estaría 
enferma?... Y el doméstico volvió al poco rato con noti- 
cias. Había pedido que la sirviesen el almuerzo en su 
camarote. Tal vez estaba indispuesta. 

Esto hizo que Ojeda comiese de prisa, con un visible 
deseo de escapar cuanto antes... ¡Maud enferma! Avanzó 
por el pasadizo que conducía á los vdcpartamentos de 
lujo en el mismo piso del comedor. Marchó con seguri- 
dad sobre la mullida alfombra hasta las proximidades 
de su camarote, pero al torcer con dirección al de Maud, 
fué adelantando cautelosamente, como el que acude 
á una cita amorosa y teme ser visto. Al final de un 
breve corredor, junto á un tragaluz, estaba la puerta de 
Mrs. Power, con una tarjeta que ostentaba su nombre. 
La puerta permanecía entreabierta é inmóvil, fija en 
esta posición por un gancho interior para que dejase 
entrar el fresco del pasillo. 

Fernando miró por el espacio abierto, sin ver otra 
cosa que la mitad de una mesa ocupada por artículos 
de tocador. Entre los cepillos, botes ele perfume y pul- 
verizadores, parecía reinar la fotografía de un hombre 
encerrada en un marco de níquel. Era un buen mozo, de 
mandíbula enérgica, bigote recortado, ojos imperiosos 
y una gran flor en el ojal de la solapa. Indudablemente, 
míster Power... Eecordó Ojeda que en la noche anterior 
Maud se había arrancado de sus brazos en el primer 
momento, corriendo á aquella mesa con el ansia de re- 
parar un olvido. Sin duda fué para ocultar al simpático 
míster, que otra vez ocupaba el sitio de honor trans- 
curridas las horas de ingratitud y de pecado. 

Tocó con los nudillos en la puerta tímidamente y una 
voz interrogante, la de Maud, contestó con afabilidad: 
«¿Quién?» . . . Pero al dar Fernando su nombre hubo cierto 
movimiento de sorpresa y revoltijo al otro lado de la 
puerta, como si Mrs. Power se incorporase sorprendida 
é irritada. «¡Ah, no! ¡imprudencias, no!...» Su voz tem- 
blaba colérica, enronquecida; una voz despojada de 
pronto de su sedosa feminilidad. Y como si temiese que 



394 V. BLASCO IBÁÑBZ 

el hombre audaz llevara su atrevimiento hasta levantar 
el gancho que fijaba la puerta, fué ella la que se ade- 
lantó á su acción cerrándola con rudo empuje, que puso 
en peligro una mano de aquél. 

Permaneció Fernando confuso ante la hermética hoja 
de madera. Balbuceaba excusas. Había venido para sa- 
ber de la salud de la señora: temía que estuviese enfer- 
ma. Pero ella cortó estas palabras humildes que implo- 
raban perdón con otras breves y rudas como órdenes. 
Podía retirarse. No se venía sin permiso al camarote de 
una dama. Era una imprudencia comprometedora, in- 
digna de un gentleman. 

Sintió más estupefacción que vergüenza al retirarse 
humillado. ¿Pero era Maud la que hablaba así?... ¿Sería 
un sueño lo de la noche anterior?... 

Repasaba en su memoria incidentes y palabras con 
la ansiedad de encontrar algo que hubiese podido ofen- 
derla. Porque él estaba seguro de que sólo una ofensa 
involuntaria de su parte podía ser la causa de esta con- 
ducta. ¡Son tan susceptibles las mujeres!... 

No podía achacar este cambio de humor á una de- 
cepción sufrida por Maud. No; eso no. Lo afirmaba él, 
orgulloso de su poderío varonil. Recordaba satisfecho 
los suspirantes agradecimientos de la norteamericana, 
sus balbucientes elogios á la incansable vehemencia de 
una raza que en ciertos extremos consideraba muy supe- 
rior á la suya, metódica y prudente; la humildad con 
que al amanecer había pedido misericordia, vencida 
por la fatiga y el sueño. 

— Esto pasará — se dijo Fernando — . Un capricho... 
tal vez cierto rubor, miedo de verme otra vez. A la tarde 
ó á la noche hablaremos, y como si no hubiese ocurrido 
nada. 

Arriba, en la cubierta de paseo, vio á la gente agol- 
pada sobre la borda de estribor mirando al mar. Una 
tromba: una tromba de agua en el horizonte. Miró como 
los otros, pero sin ver nada extraordinario. El cielo se 
había despejado con la mudable rapidez de la atmósfera 
ecuatorial. En su límpido azul sólo quedaba flotante 
una nube negra cerca de la línea del horizonte. 

Esta nube, que contemplaban todos, parecía una ñor 



LOS ARGONAUTAS 395 

de pétalos vaporosos, con un largo vastago que descen- 
día en busca del agua. Pero este vastago perdía de pron- 
to su rigidez, tomando la forma de una sanguijuela que 
se retorcía y estiraba sin llegar con su boca al Océano. 
Un espacio de color violeta quedaba entre la superficie 
atlántica y el extremo de la manga: y sin embargo no 
por esto dejaba de verificarse la colosal succión. El mar 
levantábase debajo de la nube en forma de canastillo, 
y este redondel acuático coronado de espumas cambiaba 
de sitio así como el cono nebuloso iba corriéndose por 
el cielo. 

Se deshizo al fin la tromba, restableciéndose la uni- 
forme tersura del horizonte. Los pasajeros, terminado 
el espectáculo, volvieron á formar corros en la cubierta 
ó se ocultaron en el fumadero y el jardín de invierno. 
Bromeaban acerca de la ceremonia que iba á verificarse 
aquella misma tarde. Asomábanse al balconaje de proa 
para ver abajo la gran pila del bautizo improvisada en 
el combés con maderos y lonas impermeables; una pis- 
cina de natación que recibía agua continua del mar por 
una manga y derramaba parte de su contenido con el 
balanceo del buque. 

Los sesteantes abandonaron sus camarotes á las cua- 
tro de la tarde y subieron á las cubiertas, parpadeando 
deslumhrados por el ardor del sol. La música, acompa- 
ñada de gritos y gran batahola infantil, recorría el bu- 
que. Neptuno acababa de subir á bordo. Nadie había 
visto por dónde, pero la presencia del dios con su biza- 
rro cortejo era indiscutible. 

Alineábase la gente en el paseo, para ver desfilar el 
cortejo carnavalesco. Primero la Ibanda precedida del 
pasaje menudo; niñeras empujando los cochecillos in- 
fantiles: muchachos inquietos que saltaban y se empuja- 
ban, coreando á todo gañote la marcha que tocaban los 
músicos. Después un pielroja con gr¿Tndes penachos y 
una hacha enorme, cubiertas sus desnudeces con sudo- 
roso almazarrón, y dos negros casi en cueros, sin otras 
superfluidades que unos taparrabos de crin, huecos como 
faldellines de baiharina, y una lanza al hombro. Estos 
negros falsificados, con el cuerpo reluciente de betún, 
enseñaban por debajo de la peluca ensortijada sus ojos 



396 V. BLASCO IBÁÑBZ 

azules. A continuación cuatro gendarmes de cascos 
abollados y sables herrumbrosos, y tras esta escolta de 
honor, Neptuno, el de las blancas barbas, con diade- 
ma de latón y cara de borracho; un astrónomo y su 
ayudante con luengos fracs de percalina y sombreros 
de copa alta pintarrajeados de estrellas; un escribano 
con toga y birrete, seguido de su ayudante, que lle- 
vaba los libros; y el barbero del dios, favorito y bu- 
fón á un tiempo, lo mismo que ciertos rapabarbas histó- 
ricos consejeros de los antiguos reyes. 

Luego de recorrer todos los pisos del castillo central 
descendió la procesión al combés, instalándose junto á la 
piscina. Los emigrantes, acorralados en la proa tras una 
valla de cuerdas, contemplaban en silencio la grotesca 
ceremonia. Los balconajes del castillo central llenában- 
se de gentío. Desde la explanada de proa abarcábase 
en conjunto su enorm^e fachada blanca, semejante á la 
de un palacio en construcción, cortada por galerías de 
un extremo á otro, y rematada por un kiosco que era el 
puente. Sobre las filas de curiosos asomados á los diver- 
sos balconajes aparecían otros subidos en bancos y 
sillas, avanzando las cabezas para ver mejor la fies- 
ta. El puente de derrota también estaba invadido por 
los pasajeros, y entre las gorras blancas de los oficia- 
les que allá en lo alto escrutaban el mar y vigilaban la 
marcha del buque, brillaba el tono rubio de algunas ca- 
bezas femeniles y ondeaban velos de colores. 

El astrónomo carnavalesco y su ayudante tomaron 
la altura con ridículos instrumentos de náutica, y al 
hacer la declaración de que estaban exactamente en 
la línea, Neptuno, con un golpe de tridente, dio princi- 
pio á la ceremonia. El escribano leía en un libróte sos- 
tenido por el amanuense. Las palabras alemanas, al sur- 
gir rudas y sonoras por entre sus barbas de cáñamo 
rojo, provocaban en los balconajes una explosión de 
carcajadas y rubores femeniles. Era la risa gruesa que 
acompaña á los chistes equívocos: «¿Qué dice? ¿Qué 
dice?», preguntaban los más, que no entendían estas 
agudezas germánicas. Y aunque no obtuviesen contes- 
tación, se reían igualmente. 

Ojeda y Maltrana, que estaban en el combés cerca de 



LOS ARGONAUTAS 397 

los grotescos personajes, avanzaban la cabeza como si 
pretendiesen comprender algo de este relato. 

— ¿Qué dice, Fernando?... Las palabras tienen cierto 
riim-rum, como si fuesen versos. 

— Son aleluyas. No entiendo bien, pero me parecen 
bobadas para hacer reir á esta buena gente. 

Terminó la lectura con un sonoro trompeteo de los 
músicos, y los dos negros, abandonando sus azagayas, 
se lanzaron de cabeza en la piscina, haciendo varias 
suertes de natación y quedando largo rato con los pies 
en alto y la cabeza sumergida, flotando sobre la superñ- 
cie el faldellín de crines. Gritaban las señoras con risue- 
ño escándalo; volvían la cabeza algunas madres en busca 
de sus niñas, para recomendarles que no mirasen. Pero 
pronto se restablecieron la calma y la conñanza, por 
tratarse de negros civilizados, negros protestantes que 
usaban púdicos disimulos debajo del taparrabos. 

Sus gracias natatorias quedaron casi olvidadas por 
los preparativos grotescos que hacía el barbero. Sacaba 
á luz sus aparatos, y cada uno de ellos era saludado con 
grandes risas: una navaja de afeitar del tamaño de un 
hombre; unas tenazas no menos grandes que servían 
para arrancar muelas, todo de madera pintada; una 
brocha que era una escoba, con la que revolvía el líqui- 
do de un tanque, echando puñados de yeso que figura- 
ban ser polvos de jabón. Afiló la navaja en una gran 
pieza de tela que sostenían dos grumetes; probó las te- 
nazas intentando cazar con ellas la cabeza de uno de 
los negros, que las esquivó sumergiéndose en la piscina; 
apreció la densidad de la pasta blanca del cubo salpi- 
cando con un asperges de la escoba á los más vecinos, 
y las buenas gentes celebraban con gran regocijo todas 
sus travesuras. 

Empezó el desfile de neófitos. El escribano leía nom- 
bres, y avanzaban entre dos gendarmes los que debían 
recibir el bautizo, descalzos, sin más traje que las ropas 
interiores ó un simple pyjama. Eran pasajeros de pri- 
mera clase que accedían á tomar parte en la ceremonia, 
y cuya presencia saludaba el público con gritos y acla- 
maciones. Reían las mujeres con maliciosa delectación 
al contemplar en tal facha á los mismos señores que se 



398 V. BLASCO IBÁÑBZ 

pavoneaban en el paseo ó el comedor con estiramiento 
ceremonioso. 

Sólo desfilaban los alemanes que hacían su primer 
viaje al otro hemisferio, amigos de la tradición que se 
hubieran creído defraudados en sus intereses y dismi- 
nuidos en su prestigio al proponerles alguien que se 
ahorrasen esta ceremonia grotesca y penosa. 

Era costumbre antigua sufrir el bautizo de la línea, 
y ellos no renunciaban á lo que de derecho les corres- 
pondía. Además era un honor y una satisfacción contri- 
buir al regocijo de los compañeros de viaje á costa de 
la propia persona. Al surgir en la lista de los destinados 
al bautizo un nombre que no era alemán, el escribano 
se abstenía de repetirlo y pasaba á otro. Sabían los del 
buque, por varias experiencias, que sólo el buen humor 
germánico se prestaba con gusto á estos juegos. Las 
gentes morenas, susceptibles en extremo y con gran 
miedo al ridículo, tomaban como ofensas estas bromas 
inocentes. 

Ponían los gendarmes al neófito en manos del barbe- 
ro, y éste lo hacía sentar sobre una escalerilla al borde 
de la piscina. Los dos negros se agitaban detrás de él, 
mojándole las espaldas con furiosas rociadas que le ha- 
cían estremecer, mientras el rapabarbas procedía á su 
tocado. Le embadurnaba con la pasta blanca, pugnan- 
do por sostener al paciente, que intentaba librar los 
ojos y la boca del tormento de la escoba. Fingía afeitarle 
con el horripilante navajón; intentaba introducir entre 
sus labios las enormes tenazas para extraerle una muela, 
y mientras tanto el escribano pronunciaba la fórmula 
del bautizo. «Por la gracia de nuestro dios Neptuno te 
llamarás en adelante...» Y le daba un nombre: tiburón, 
cangrejo, bacalao, ballena, según el aspecto caricatu- 
resco de su persona, apodos que encontraban eco en la 
fácil hilaridad del público. 

Soltaba un rugido la trompetería al terminar su 
fórmula el escribano; apoyaba sus puños el barbero en 
el pecho del neófito, tiraban de él los negros y caía de 
espaldas en la piscina con un chapoteo que salpicaba á 
larga distancia. Desaparecía en el líquido turbio cubier- 
to de vedijas de yeso. Los negros pesaban sobre él para 



LOS ARGONAUTAS 399 

mantener su inmersión lo más posible, y al fin resurgían 
los tres hechos un racimo, luchando con furiosas zar- 
padas que provocaban risas. Y el bautizado salía cho- 
rreando, sin otra preocupación que mantener las manos 
cruzadas sobre el vientre para evitar indecorosas trans- 
parencias, llevando en sus ropas las huellas obscuras de 
las manos de los negros, mientras éstos ostentaban en 
sus brazos desteñidos las manos blancas marcadas por 
el neófito durante la lucha. 

Iba lanzando nombres el escribano, y algunos al no 
obtener respuesta provocaban la intervención de la fuer- 
za pública. Obedeciendo á una seña del mayordomo 
salían los ridículos gendarmes en busca del fugitivo por 
todo el buque. Era alguno que deseaba aumentar la 
alegría pública con este incidente de su invención. Y 
cuando al fin se dejaba coger, aparecía lo mismo que 
una tortuga en su caparazón bajo las vueltas del cable 
con que le habían sujetado sus aprehensores. El barbero 
se ensañaba con él prolongando las bárbaras operacio- 
nes de aseo, y los negros libraban un verdadero pugilato 
para no dejarle salir de la piscina. 
—Herr Maltrrrana. 

Apenas dijo esto el escribano, una alegría loca se 
esparció por el combés, ganando los balconajes del cas- 
tillo central. Hasta los emigrantes de la proa salieron 
de su inmovilidad. Todos los que hasta entonces habían 
permanecido indiferentes ante unos nombres faltos de 
significación, rompieron de pronto á gritar, se agitaron 
lo mismo que una turba que invade una escena. «¡Mal- 
trana! ¡Que salga Maltrana!» Las nobles matronas vol- 
vían á él sus ojos desde las alturas y agitaban las manos 
para que obedeciese sus deseos. El doctor Zurita y otros 
argentinos abandonaron la tranquilidad zumbona con 
que habían presenciado hasta entonces las «pavadas de 
los gringos», para hacer señas á Isidro, incitándole á 
que diese gusto á las familias. «¡Ah, gaucho valiente!... 
¡A ver si hacía una de las suyas!» Hasta los niños pal- 
moteaban con entusiasmo. «¡Don Isidro!... ¡Que salga 
don Isidro!» 

El héroe se levantó, saludando con ironía y satis- 
facción al mismo tiempo. 



4()0 V. BLASCO IBÁ.ÑBZ 

—i Qué ovación!... ¡Gracias, amado pueblo! 

Pero al volver á encogerse en uno de los mástiles ho- 
rizontales de carga que servía de asiento á él y á 
Fernando, ocultándose con modestia tras la espalda de 
su amigo, redoblaron furiosas las peticiones del público. 
Dos gendarmes iniciaron un avance hacia él. 

— Va usted á ver, Ojeda, como esto termina mal— dijo 
con rabia — . Yo no vengo aquí para hacer reir... Al 
primer tío de esos que me toque le suelto un mamporro. 

El mayordomo, discreto, adivinando los pensamien- 
tos de Maltrana, hizo una seña; los gendarmes volvie- 
ron sobre sus pasos y el escribano se apresuró á dar 
otro nombre: 

— Herr JDoktor Muller. 

Un estallido de alegría germánica borró los últimos 
murmullos de la decepción causada por Isidro. La risa 
fué general al ver entre los gendarmes al «doktor» (el 
mismo del que había hablado Maltrana en Tenerife), 
enorme de cuerpo, grave de rostro, con sus barbas de 
un rojo entrecano y gruesos cristales de miope. Acogió 
con una risa infantil la ovación burlesca del público y 
fué á sentarse en la escalerilla de la piscina como en lo 
alto de una cátedra. «El deber es el deber — parecía decir 
con las frías miradas que lanzaba en torno suyo—. La 
disciplina es la base de la sociedad: y hay que amoldar- 
se á lo que pidan los más.» 

Se quitó los zapatos, colocándolos meticulosamente 
sin que uno sobrepasase al otro un milímetro: se despojó 
de las gafas, entregándoselas á un grumete como si 
fuesen un objeto de laboratorio, y sin perder la noble 
calma, mirando á todos con sus ojos vagos desmesura- 
damente abiertos, comenzó á despojarse de las ropas, 
hasta que los gritos femeniles y las risas de los hom- 
bres le avisaron que no debía seguir adelante. 

Ojeda contemplaba al «doktor» con cierto asombro. 
Iba á América contratado por un gobierno para dar 
lecciones de química en la Universidad del país. Goza- 
ba de algún renombre en los laboratorios de su patria... 
Y estaba allí aguantando las enjabonaduras y payasa- 
das del barbero, estremeciéndose bajo las rociadas de 
los negros, sin conocer lo grotesco de una situación que 



LOS AEGONAUTAS 401 

hubiese irritado á otros, satisfecho tal vez de contribuir 
al regocijo de esta muchedumbre fatigada por la mono- 
tonía del Océano. Sonó el trompetazo del bautizo, y el 
«doktor» chapoteó en la piscina, defendiéndose de las 
manotadas de los negros; ridículo en su aturdimiento 
de miope, majestuoso por la importancia que concedía 
al acto y la seriedad con que se alejó chorreando 
agua sucia por ropas y barbas, luego de recobrar sus 
anteojos. 

Continuó la fiesta con visible decaimiento de la 
curiosidad. Desfilaron gentes del buque: grumetes que 
hacían su primer viaje, fogoneros de larga navegación 
por los mares septentrionales que no habían estado en 
el hemisferio Sur. Y los encargados del bautizo extre- 
maban sus bromas con una brutalidad confianzuda en 
las cabezas rapadas y los torsos desnudos de éstos, que 
eran sus compañeros. 

Ojeda durante la larga ceremonia había mirado mu- 
chas veces á los balconajes del castillo central, esperan- 
do ver á Maud entre las señoras asomadas á ellos. Pero 
la norteamericana permanecía invisible. Al fin, cuando 
no quedaban ya neófitos y los grotescos personajes iban 
á retirarse, precedidos por la música, la vio en un ex- 
tremo del mirador de la cubierta de paseo, oculta de- 
trás de la señora Lowe, asomando sobre un hombro de 
ésta la frente y los ojos, lo necesario para ver. Fernando 
pensó que tal vez hacía horas que Maud le miraba, sin 
que él se percatase de ello, y esto le produjo cierta irri- 
tación. 

Se separó de su amigo para dirigirse corriendo á los 
pisos altos del buque, y antes de llegar á ellos oyó que 
la música rompía á tocar una marcha. El cortejo neptu- 
nesco avanzaba hacia la terraza del fumadero, donde 
iban á ser bautizadas las señoras. La gente abandonaba 
los balconajes para correr á este último sitio. 

Cerca del jardín de invierno encontróse con Maud, 
que marchaba entre los esposos Lowe. Cruzaron un sa- 
ludo, y Ojeda experimentó instantáneamente una sensa- 
ción de extrañeza. Mrs. Power parecía otra mujer. Casi 
sintió deseos de pedirla perdón, como el que se equivoca 
confundiendo á un extraño con una persona amiga. Ella 

26 



402 V. BLASCO IBÁHEZ 

inclinó la cabeza con una sonrisa insignificante: le salu- 
daba como á cualquier otro pasajero. Sus ojos se fijaron 
en los suyos tranquilamente, sin el más leve asomo 
de turbación, cual sino existiesen entre ambos otras 
relaciones que las ordinarias en la vida común de á 
bordo. 

Hablaron los cuatro del bautizo, y el hercúleo Lowe 
comentó los incidentes. Míster Maltrana no había que- 
rido dejarse bautizar. ¿Porqué?... El había pasado la 
línea varias veces, prestándose siempre á esta ceremo- 
nia. En el Goethe también se habría ofrecido, á no opo- 
nerse la señora. Una fiesta divertida. Pero míster Mal- 
trana tenía miedo... ;0h! ;oh! ¡oh! Y reía mostrándola 
luenga dentadura incrustada de oro. 

Caminaron todos hacia la terraza del café para pre- 
senciar la ceremonia del bautismo femenil. Mrs. Lowe, 
con el instinto de solidaridad que hace adivinar á toda 
mujer el instante oportuno de ayudar á una amiga, 
permaneció agarrada de un brazo de Maud, interpo- 
niéndose entre ella y Fernando. 

Este buscó en vano una sonrisa leve de amor, una 
ojeada de inteligencia. Necesitado de consuelo, alaba- 
ba interiormente la discreción de Maud; Ja facilidad 
de su raza para dominarse ocultando sus impresiones. 
«iQué bien finge!... Nadie adivinaría lo que hay entre 
nosotros...» Pero tornaba á su memoria el recuerdo de 
la penosa escena frente á la puerta del camarote. Tem- 
blaba en sus oídos el eco de aquella voz casi masculina 
enronquecida por la cólera... Y contriste humildad 
pretendía buscar en su conducta algo que explicase 
esta desgracia. «¿Pero qué he hecho yo. Señor? ¿En qué 
he podido ofenderla?...» 

Neptuno, en mitad de la terraza con todo su séqui- 
to, procedió al bautizo de las pasajeras. Ocupaban éstas 
varias filas de bancos como en un colegio, y cada vez 
que se levantaba una para recibir el agua lustral, los 
músicos lanzaban por sus largos tubos de cobre un ru- 
gido de bélica trompetería, semejante al de las escenas 
wagnerianas. 

El dios había suprimido galantemente las inmer- 
siones en agua del mar. Tenía en una mano un gran 



LOS ARGONAUTAS 403 

pulverizador lleno de perfume, y rociaba con él las ca- 
bezas reverentes, unas rubias y despeluchadas por el 
viento; otras negras y lustrosas, consteladas por el bri- 
llo de las peinetas. Todo el regocijo de la ceremonia 
estribaba en los nombres que iba imponiendo la divini- 
dad á sus catecúmenas con murmullos aprobadores ó 
carcajadas generales. 

La imaginación del mayordomo y de los camareros 
de algunas letras había dado de sí todo su jugo para 
halagar á las pasajeras con los nombres de estrella 
marina, rosa del Océano, céfiro del Ecuador, etc. Las 
señoras mayores eran ondina, ninfa atlántica, náyade, 
lo que las hacía volver á sus asientos ruborizadas, con 
el doble mentón tembloroso, entre los murmullos apro- 
badores y un tanto irónicos de la concurrencia. Con sus 
compatriotas se permitían los buenos alemanes inocen- 
tes bromas para regocijo del público. Una ílaca quedaba 
en su bautismo con la designación de «sardina»; otra 
obesa recibía el nombre de «tritona». 

Maud pareció cansarse de esta ceremonia. Miraba á 
todos lados, pero evitando que sus ojos se encontrasen 
con los de Fernando. Un pasajero se acercó á las dos 
señoras con la gorra en la mano y el aire galante, lo 
mismo qne si se ofreciese para una danza. 

— Cuando ustedes quieran... La mesa está preparada 
en el salón. 

Era Munster invitándolas á una partida de bridge. 
Al fin triunfaba su tenacidad. Había encontrado compa- 
ñeros de juego en aquellos tres norteamericanos, con- 
venciéndolos una hora antes, mientras presenciaban la 
ceremonia del bautizo. Maud acogió la invitación ale- 
gremente, como si el hridge fuese un buen pretexto para 
aislarse de importunas presencias. 

Se alejó con sus amigos después de un saludo indi- 
ferente á Fernando, y éste la vio caminar sin que vol- 
viese la cabeza, sin un indicio de vacilación y de 
arrepentimiento. Otra vez se sintió afligido por una falta 
suya que no sabía cuál fuese, pero que justificaba esta 
conducta inexplicable «¿Qué le he hecho yo. Señor?... 
¿Qué le he hecho?...» 

Con la vil humildad de todo enamorado en desgra- 



404 V. BLASCO IBÁÑBZ 

cia, fué al poco rato tras de ella, á pesar de las sugestio- 
nes de una falsa energía que le aconsejaba mostrarse 
altivo é indiferente. 

Sus piernas le llevaron con irresistible impulso á las 
cercanías del salón, y contempló á Maud coi? los naipes 
en la mano, el entrecejo fruncido y la mirada dura ante 
sus compañeros de juego. 

Al levantar ésta sus ojos vio á Fernando encuadrado 
por la ventana, contemplándola fijamente, y tuvo un 
gesto de enfado, lo mismo que si se encontrase con algo 
que estremecía sus nervios y quebrantaba su paciencia. 
Fernando huyó sufriendo la misma sensación que si hu- 
biese recibido un golpe en la espalda... Dudaba de la 
realidad de los hechos y aun de su misma persona. 
¿Estaría soñando?... ¿Serían invención suya los recuer- 
dos de la noche anterior?... 

Vagó por el buque de una cubierta á otra, hasta en- 
contrar á Isidro en la terraza del café. No quedaba en 
ella ningún rastro de la fiesta del bautizo: los pasajeros 
se habían esparcido. Maltrana parecía furioso por los 
excesos y molestias de su popularidad. No podía circu- 
lar por el buque sin que sus numerosos y queridos ami- 
gos le saliesen al paso con aires de protesta. Las señoras 
parecían inconsolables. ¿Por qué no se había dejado 
bautizar? ¡Tan interesante que hubiese sido el espec- 
táculo!... 

— Como si yo fuese un mono, amigo Ojeda... como si 
me hubiese embarcado para hacer reir... Crea usted que 
siento la tristeza de un grande hombre convencido de 
la ingratitud de su pueblo. 

Y tras esta afirmación, acompañada de un gesto có- 
mico, Isidro volvió á acodarse en la barandilla, mi- 
rando á los emigrantes septentrionales amontonados 
abajo en la explanada de popa. 

— Hace rato que estoy aquí recordando á los marinos 
de otros siglos y sus opiniones sobre las virtudes de la 
línea equinoccial. ¿No se acuerda usted?... 

Los primeros navegantes que habían pasado al otro 
hemisferio daban por seguro que en la línea morían 
todos los parásitos que se albergaban en los cuerpos de 
los marineros y las rendijas de las naves. Y esta creen- 



LOS ARGONAUTAS 405 

cia no era solamente de los descubridores españoles; 
franceses é ingleses la adoptaban igualmente, llegando 
á ser durante muchos años una verdad universal. 

— Pasadas las Azores — dijo Maltrana — , empezaban á 
despoblarse de sanguinarias bestias las cabezas y barbas 
de los tripulantes, y al llegar á la línea no quedaba una 
para recuerdo. Esta clase de huéspedes incómodos no 
era entonces propiedad exclusiva de un pueblo ó de 
otro. Todos los de Europa la poseían por igual y hasta 
los reyes gozaban el placer del rascuñón y el entreteni- 
miento de la cacería á tientas. Figúrese lo que serían 
aquellos buques pequeños con las tripulaciones amonto- 
nadas y la madera corroída por toda clase de bichos re- 
pugnantes... Como al llegar á la línea el calor hacía que 
los marineros anduviesen medio desnudos y aprove- 
chasen las largas calmas dándose baños, esta higiene 
momentánea exterminaba los temibles compañeros, jus- 
tificando la creencia de que morían por falta de aclima- 
tación al pasar de un hemisferio á otro. 

El sanguinario tigre de las selvas capilares, la bestia 
carnívora saltadora en las cumbres y hondonadas de 
los pliegues de ropa, había figurado durante siglos como 
personaje interesante en muchas obras literarias. Cer- 
vantes reía de él y de su fingida muerte en el límite de 
los dos hemisferios, al relatar «la aventura del barco 
encantado», cuando Don Quijote y su escudero flotaban 
sobre el Ebro en un bote sin remos. El iluso paladín 
creía estar á los pocos minutos de navegación cerca de 
la línea equinoccial, y para convencerse recomendaba 
á Sancho que buscase en sus ropas para ver si encon- 
traba «algo»... «Algo y aun algos», contestaba el escu- 
dero socarrón hurgándose el pecho. 

— Pensaba yo en esto, amigo Ojeda, mirando á los 
respetables patriarcas, que van abajo con sus hopalan- 
das de pieles á pesar del calor. «Algo y aun algos.» Para 
esos la línea ha perdido su antigua virtud... Mírelos, 
¡rasca que rasca!... 

Y señalaba á algunos emigrantes que contemphiban 
el Océano con aire pensativo^ como figuras sacerdotales 
de hierática majestad, envueltos en luengas vestiduras, 
mientras sus dedos ganchudos se paseaban por las bar- 



406 V. JiLASCO 1BÁÑK2* 

bas, se hundían bajo el gorro de piel ó avanzaban entre 
los pliegues y repliegues del pecho. 

— Vamonos de aquí — dijo Ojeda nerviosamente, como 
si no le inspirase confianza la altura que los separaba 
de estos personajes. 

Notaron al pasear por la cubierta la escasez de seño- 
ras. Algunas que se mostraban por breves momentos, 
parecían preocupadas con la busca de algo importante. 
Luego desaparecían como si se les ocurriese una idea 
nueva ó hubieran adquirido un dato que modificaba 
su mal humor. 

— Se están preparando para la fiesta de esta noche 
— dijo Maltrana — . Gran baile con disfraces, y durante 
la comida más mojigangas como la del bautizo. 

El día se prolongó con una monotonía abrumadora. 
Brillaban aún en el horizonte los últimos fuegos sola- 
res, cuando las trompetas anunciaron el banquete. 

Las banderas, las guirnaldas de rosas, todos los ador- 
nos multicolores de las grandes fiestas, engalanaban el 
comedor. Empezó el servicio sin que estuviesen ocupa- 
das una gran parte de las mesas. Muchos pasajeros per- 
manecían en -el antecomedor para gozar antes que los 
otros de las anunciadas novedades. 

Eetar daban su entrada las señoras, con el deseo de 
que sus disfra-ces alcanzasen mayor éxito. Esperaban, lo 
mismo que las actrices, á que la sala tuviese buen públi- 
co, y sus doncellas ó los hombres de la familia iban del 
camarote al comedor para echar un vistazo y volver 
con noticias. Cada familia quería que las otras fuesen 
por delante, y así dejaban pasar el tiempo sin decidirse. 

Estaban los pasajeros en el tercer plato, cuando em- 
pezaron á presentarse las disfrazadas todas de golpe. 
Acogían ruborosas los aplausos y gritos de entusiasmo, 
y así iban hasta sus asientos escoltadas por la familia. 
Pasaban entre las mesas damas rusas de alta diadema 
y vestiduras rígidas: niponas de menudo andar; polo- 
nesas con dolmanes ribeteados de pieles blancas; mari- 
neritos tentadores que enfundaban sus juveniles promi- 
nencias en un traje blanco cedido por un grumete. 
—¡OIU! ¡OIU!.., ¡Carmen! 

Era Conchita con mantilla blanca, falda corta y 



LOS ARGONAUTAS 407 

grandes movimientos de abanico, que entraba protegi- 
da por doña Zobeida, sonriente y maternal ante este 
triunfo. 

Los hombres también figuraban en ]a mascarada. 
Muchos no tenían otro disfraz que una nariz de cartón 
ó unos bigotes de crepé, conservándolos á pesar de que 
estorbaban su comida. Algunos aparecían con grandes 
chambergos, poncho en los hombros y espuelas, que 
hacían resonar belicosamente. Eran comisionistas ansio- 
sos de color local, que declaraban ir vestidos de gauchos 
de las pampas ó de rotos chilenos. 

— ¡Ah, gaucho lindo! ¡Tigre! — exclamaban con burlón 
entusiasmo los muchachos sudamericanos — . ¡Ah, roti- 
to!... ¡Huaso gracioso!... 

Y los mascarones, apoyando la diestra en el machete 
viejo ó el cuchillo de cocina que llevaban al cinto para 
«estar más en carácter», sonreían agradecidos. 
— Icli danke... Mochas grasias. 

Algunos comían entre sudores de angustia, disfraza- 
dos de derviches con mantas de cama. Un grave alemán 
se había puesto el chaleco salvavidas que guardaba todo 
camarote por precaución reglamentaria. Encerrado como 
un crustáceo en este caparazón de corcho, manteníase 
lejos de la mesa á causa del volumen de su envoltura, 
teniendo que realizar todo un viaje cada vez que sus 
manos iban de los platos á la boca. Un asombro bur- 
lesco lo había saludado con ruidosa ovación, y satisfe- 
cho de este triunfo aguantaba el martirio, siendo el 
primero en admirar su prodigiosa inventiva. 

Las doncellas de los camarotes de lujo iban de mesa 
en mesa disfrazadas de campesinas del Tirol, regalando 
flores. Otros criados, vestidos de buhoneros alemanes, 
ofrecían las chucherías que llevaban en un cajón sobre 
el pecho. Un grumete pintado de negro descolgábase 
con ayuda de una cuerda por la claraboya que comu- 
nicaba el salón de música con el comedor, y prego- 
naba á estilo de los vendedores de diarios el Aequator 
Zeitung^ periodiquito impreso á bordo, en la, })rensa 
que servía para el tiraje de los menús y las listas de pa- 
sajeros. La minúscula hoja repetía en todos los viajes 
los mismos chistes y versos dedicados al paso de la línea. 



408 V. BLASCO IBÁÑEZ 

El mayordomo, de pie en la entrada del comedor, pues- 
to de frac con botones dorados, parecía presidir el ban- 
quete sonriendo modestamente, como si agradeciera las 
mudas felicitaciones del público por el buen aiTeglo de 
la fiesta. 

Sobre las mesas elevábanse pirámides multicolores 
de cucuruchos con sorpresas. Tiraban de sus extremos 
los comensales, produciéndose un estallido fulminante, 
y de las envolturas surgían menudos objetos de ador- 
no, mariposas y flores de gasa, minúsculas banderas, 
gorros de p^ípel. Se ornaban los pechos de las señoras 
con estas í-hucherías brillantes; la solapa de todo smoking 
lucía como una condecoración la banderita nacional del 
portador. Cubríanse las cabezas con los gorros de papel 
de seda, crestas de aves, mitras asiáticas, sombreros de 
clown, que contrastaban grotescamente con el gesto 
ávido de los comilones. 

Después del asado desaparecieron los camareros, y 
todas las luces se apagaron de golpe. Esta obscuridad 
absoluta provocó, después de un silencio de sorpresa, 
grtos y silbidos. Los mal intencionados imitaban en las 
tinieblas chasquidos de besos; otros lanzaron bramidos 
de animales. Pero el estruendo fué de corta duración. 

Sonó á lo lejos la, música y brillaron en el antecome- 
dor luces rojas y verdf^s, una lín^^a de fííroles llevados 
en abo por los cauuireros. Este resplandor, amortiguado 
por los vidri<^s de colores, iluminaba discretamenre con 
una luz suave. Era la «marcha de las antorchas» de toda 
fiesta alemana. Los pasajeros, atraídos por el ritmo de 
la mús'ca, empezaron á golpear á compás con sus cu- 
chillos los platos y los vasos. Y entre este tintineo ^j^ene- 
rnl, que casi ahogaba los sonidos de los instrumentos, 
desfiló la comitiva: el tambor mayor al frente de la ban- 
dn; to'la la servidumbre portadora de faroles; las cama- 
reras disfrazadas de floristas, y un gran número de 
animales, osos, perros y leones, mozos de buena fe, que 
sudaban bajo los forros de pieles, y movían aun lado 
y á otro sus cabezas de cartón rugiendo ó ladrando. Dos 
hombres apoyados un<> en otro marchaban invisibles 
bajo iin caparazón que imitaba el pellejo coriáceo de un 
elefante, moviendo entre las mesas la trompa serpentina 



LOS ARGONAUTAS 409 

del monstruo y sus orejas de abanico. Otros camareros 
venían después sosteniendo platos luminosos, grandes 
bandejas en cuyo interior elevábanse los helados en for- 
ma de castillos, aves ó chalets, todos bajo campanas de 
cristal de diversos colores y con una bujía en el centro. 

Cerraban la marcha varias señoritas de gran som- 
brero y rubia cabellera suelta que sonreían impúdica- 
mente á los hombres enviándoles besos. Eran la escolta 
de honor de tres matronas de hermosos brazos y ma- 
jestuoso andar con túnicas blancas y el purpúreo gorro 
frigio sobre las negras y ondulosas crenchas. Se las 
reconocía por el color y los adornos heráldicos de sus 
mantos: la República del Brasil, la República del Uru- 
guay y la República Argentina. 

Esta aparición hizo circular entre los pasajeros un 
movimiento de sorpresa, de ansiedad, como si todos sin- 
tiesen á la vez el latigazo del deseo. ¿Dónde habían es- 
tado ocultas hasta entonces aquellas buenas mozas?... 

Munster requirió sus lentes para apreciar mejor la 
novedad. Isidro, que afirmaba conocer á todos los del 
buque, se incorporó asombrado... ¿De dónde salían estas 
muchachas?... Eran superiores en su esbeltez, fresca y 
dura, á todas las camareras flácidas y de talle cuadrado 
que servían en el buque. 

Pero la ojeada atrevida de una de aquellas beldades 
que danzaban ante las tres Repúblicas, y el beso que le 
envió con las puntas de los dedos hicieron que Maltra- 
na reconociese de pronto su rostro, oculto tras los rizos 
ondulosos y la capa de colorete y polvos de arroz. 
— ¡Cristo! ¡Si es el steioard de mi camarote!... 

xidmiró á la luz algo difusa de los faroles las formas 
y contoneos de estos efebos rubios de carnes blancas y 
depiladas, así como su facilidad para transformarse. 

— Cualquiera reconoce á los mismos que por la ma- 
ñana limpian los camarotes, sacuden las camas y ma- 
nejan los cacharros de aguas sucias... Fíjese, Ojeda, 
¿quién no se equivoca?... Ahora lo comprendo todo. 

La afeminada comparsa avanzó entre las mesas se- 
guida del asombro de las señoras y los atrevimientos 
burlescos de los hombres. Algunos de éstos saltaban del 
requiebro á la acción, pellizcando al paso á las revolto 



410 V. BLASCO IBÁiCBZ 

sas señoritas, que contestaban con chillidos de miedo y 
pudorosos respingos. 

Se inflamaron de pronto las luces del techo, huyeron 
máscaras y animales como un aquelarre sorprendido 
por la salida del sol, y únicamente quedaron en el co- 
medor los camareros con sus bandejas de helados, co- 
menzando el reparto. 

Ojeda había mirado varias veces á la mesa cercana, 
donde comía sola Mrs. Pov/er. Estaba vestida con gran 
elegancia, y sobre la carne pálida de su escote cente- 
lleaban varios brillantes. 

— Parece preocupada — había dicho Isidro al principio 
de la comida — . Está sin duda de mal humor. No le 
mira á usted, Ojeda, como otras veces. ¿Es que ya no 
son amigos?... 

Transcurrió la comida sin que Fernando consiguiese 
encontrar sus ojos con los de la norteamericana. Miraba 
ella á todos lados con aire distraído, evitando fijarse en 
la mesa cercana. Al terminar el desfile, cuando la ale- 
gría general hacía conversar á unos grupos con otros, las 
obsequiosidades de Munster la hicieron volver el rostro 
hacia los vecinos. El joyero, con una cortesía melosa, 
elevaba su copa de champan en honor de la señora. 
Maud le contestó con una inclinación de cabeza, ele- 
vando también su copa; y para no parecer desatenta 
repitió el movimiento mirando á Isidro, y luego á Oje- 
da. Ni la menor emoción en sus ojos claros y fríos. Un 
gesto de cortesía y nada más. 

Munster, orgulloso de la amistad que le unía á aque- 
lla señora con motivo del hridge, la invitó á reanudar 
el juego. Antes del baile podían hacer una nueva par- 
tida en el salón de música: los esposos Lowe estaban 
dispuestos... Y ella movió la cabeza con expresión de 
cansancio. No sabía qué decir... Tal vez más tarde se 
decidiese á aceptar... Estaba fatigada. 

Fernando miró con odio á su compañero de mesa. 
Pero este viejo teñido ¿por qué se interponía entre él 
y Maud con su maldito bridgef, . . Creyó ver en él cierta 
expresión de petulancia, el orgullo de su amistad nacien- 
te con aquella señora que hasta entonces sólo se había 
fijado en Ojeda... No habría hridge: lo juraba Fernando 



LOS ARGONAUTAS 411 

en su interior. Maud se había vestido elegantemente 
para asistir al baile, y no terminaría la noche sin que 
los dos tuviesen una explicación. Necesitaba conocer el 
motivo de su conducta inexplicable. 

Después de la comida la vio en el jardín de invier- 
no, tomando el café con los Lowe. El señor Munster fué 
á su mesa, para repetir la invitación, y Maud le contes- 
tó con movimientos negativos. 

Experimentó Ojeda con esto la primera satisfacción 
de toda la noche. ¡Muy bien! Así aprendería el viejo 
importuno á no creerse en plena intimidad. Además se 
imaginó, con un optimismo inexplicable, que esta nega- 
tiva era á causa de él. Tal vez Maud deseaba igualmen- 
te una entrevista al desvanecerse su enfado inexplica- 
ble. ¡Quién sabe!... 

Transcurrió una hora sin que ocurriese en el buque 
nada extraordinario. Abajo en el comedor retiraban los 
sirvientes las mesas, preparando el salón para el baile. 
Las máscaras paseaban por la cubierta. Sus dos calles 
parecían las de una ciudad en Carnaval. El señor dis- 
frazado con el salvavidas tomaba su café tranquila- 
mente, sin abandonar el caparazón de corcho. Maltrana 
predicaba sobriedad y buenas costumbres en un grupo 
de jóvenes. Después de las locuras de la noche anterior 
había que acostarse temprano; así que terminase la 
fiesta. No debían abusar del pobre cuerpo. 

Sonaron varios trompetazos anunciando el baile, y 
poco después la orquesta rompió á tocar un vals en el 
comedor, todavía desierto. 

Corrieron las niñas impacientes; levantáronse las 
madres con lentitud, como si les costase abandonar su 
incrustación en los almohadones; sonó un fru-fru gene- 
ral de faldas con lentejuelas y adornos metálicos de los 
disfraces. 

Mrs. Power se despidió de los LoAve, pasando ante 
Ojeda sin dirigirle una mirada. Esta indiferencia la 
aceptó él como un signo favorable: era disimulo. Aban- 
donaba á sus amigos para facilitarle la ocasión de una 
entrevista á solas. Sin duda iba á esperarle abajo, en el 
salón de baile. 

Tardó algunos minutos en seguirla, queriendo imitar 



412 V. BLASCO IBÁiíBZ 

esta prudencia, y al fin, después de mirar á un lado y á 
otro, abandonó la mesa, deslizándose por la escalera cau- 
telosajnente, cual si quisiera pasar inadvertido. 

En el salón daban vueltas las primeras parejas y se 
instalaban las familias con gran ruido de sillas desor- 
denadas. Fernando miró á todos lados sin alcanzar á ver 
la cabellera rubia de Maud. Luego examinó los grupos 
estacionados en el antecomedor. Nada... 

Comenzaba á sentir la tristeza del desaliento, cuando 
de pronto hizo un gesto de satisfacción. ¡No habérsele 
ocurrido antes!... Ella le esperaba en su camarote; no 
había duda posible. Y luego de mirar otra vez en torno 
de él para convencerse de que nadie podía espiarle, 
avanzó por el corredor con fingida indiferencia. 

A los pocos pasos temblaba interiormente con las 
vacilaciones del miedo. ;Si iría á repetirse la escena de 
la mañana!... Pero no; el recuerdo de la noche anterior 
le daba confianza. Aun no habían transcurrido veinti- 
cuatro horas, y noches como aquella no se olvidan fácil- 
mente. Su orgullo varonil le infundió valor. Segura- 
mente ella se había retirado para esperarle. 

La puerta del camarote estaba cerrada, y otra vez 
]a rozó con tímido llamamiento. Veíase luz por el ojo 
de la cerradura y la pequeña claraboya abierta sobre 
el marco. A la voz interrogante que sonó al otro lado 
de la madera, Fernando repuso, para hacerse conocer, 
con una leve tos y un murmullo discreto. Era él... Hubo 
en el interior cierto rebullicio que indicaba cólera y sor- 
presa; muebles removidos, palabras masculladas en sor- 
dina, y hasta creyó percibir Ojeda un principio de ju- 
ramento. ¿Cuándo iÍ3a á cesar de molestarla con sus 
incorrecciones?... Esta conducta no era propia de un 
gentleman... No lo era... 

Y elevando su tono la irritada voz, dijo junto á la 
puerta con acento imperativo: 
—Vayase... Voy á llamar. 

Sonó á lo lejos un timbre eléctrico y él tuvo que 
huir, temeroso de que le sorprendiesen en su ridicula 
inmovilidad ante la puerta cerrada. En el pasillo se 
cruzó con una de las doncellas que acudía al llamamien- 
to disfrazada aún de florista tirolesa. 



LOS ARGONAUTAS 413 

Marchando con la cabeza baja, sin saber adonde 
iba, se vio de pronto en la cubierta de paseo. Apretaba 
los puños murmurando palabras iracundas. ¡Cómo se 
había burlado de él aquella mujer! ¡Qué vergüenza!... 

Cansado de pasear por la cubierta solitaria, sentóse 
en un banco, lejos de la luz, contemplando el Océano 
por encima de la borda. La negra calma de la noche se- 
renó y puso en orden sus atropellados pensamientos. 

Vio de pronto con toda claridad la conducta de 
Mrs. Power, que le había parecido hasta entonces inex- 
plicable.,. No mentía al alabar la frialdad de su carác- 
ter, que ella llamaba «práctico», dando á esta palabra 
algo así como un título de nobleza. Decía la verdad al 
repetir con sonrisa de orgullo que nada tenía de jpoeti- 
cal. Era un hombre, un verdadero hombre de negocios, 
de los que sólo conceden á los impulsos del afecto unos 
minutos de la existencia; de los que tratan las necesi- 
dades de la carne como vulgares y rápidas operaciones 
de higiene y únicamente se acuerdan del amor cuando 
la abstención los martiriza, dedicándole media hora en- 
tre dos asuntos financieros, sin recuerdos y sin nostal- 
gias. ¿Por qué había venido hasta él aquella mujer tur- 
bando su calma? . . . Era indudable que amaba á su 
manera á míster Power, como se ama á un ser inferior 
y hermoso, con el doble orgullo de ser admirada y ejer- 
cer el dominio de la superioridad. 

La monótona existencia de á bordo, favorecedora 
de la tentación, las abstenciones de un largo viaje de- 
dicado por entero á los negocios, la inñuencia del am- 
biente cálido, el hálito afrodisíaco del Océano, habían 
quebrantado y reblandecido la glacial serenidad de 
aquella mujer. Llevaba la cuenta angustiosamente de 
los días que aun le quedaban de navegación, como se 
cuentan en una plaza sitiada y sin víveres las horas 
que faltan para que llegue el ansiado socorro. Y al íia- 
quear su voluntad por las influencias de un ambiente 
más poderoso que su energía, había puesto los ojos en 
Fernando porque era el más inmediato, el más «distin- 
guido», el hombre que entre todos los del buque tenía 
cierta semejanza con la lejana y seductora imagen de 
míster Power. 



414 V. BLASCO IBÁKBS 

Esta dama varonil lo había tomado á él lo mismo 
que toman los hombres en momentos de premura á una 
mujer de la calle. Y pasada la embriaguez lo repelía 
furiosa por sus asiduidades, extrañada de su insisten- 
cia, igual que un señor que se viese perseguido por una 
compañera de media hora, como si el encuentro fortuito 
y mercenario pudiese conferir derechos. ¡Ah, misera- 
ble! ¡Con qué risa cruel y dolorosa reiría Teri si pudiese 
conocer esta aventura grotesca! ¡El hombre en el que 
creían ver sus ojos de amorosa todas las perfecciones, 
tratado lo mismo que un objeto que se alquila!... Y le 
dolió más la posibilidad de esta burla desesperada que 
el imaginarse á Teri entre lamentos y lágrimas. 

Con una reacción enérgica de su orgullo, salió Fer- 
nando de este desaliento. Había que ser hombre y acep- 
tar los sucesos sin exagerar su importancia. Una simple 
aventura de viaje, que iba á quedar ignorada; Maud 
procuraría que lo ocurrido no saliese del misterio. La 
había prestado un buen servicio (Ojeda reía amarga- 
mente al pensar en esto), habían sido felices por unas 
horas, y luego se separaban como extraños, sin recuer- 
dos y sin melancolías: lo mismo que si se hubiesen cono- 
cido á la caída de la tarde en un bulevar de París para 
pasar media hora juntos y no volver á encontrarse 
nunca. 

El despego de ella era sin duda á causa de un tardo 
remordimiento que había sobrevenido con la saciedad... 
Eemordimiento no: simple prudencia; deseo de conser- 
varse aislada en los días que faltaban para llegar al 
próximo puerto. Su marido subiría al buque, y ella 
quería salir á su encuentro sin miedo á las maliciosas 
sonrisas de los pasajeros. El había sido el escogido para 
el remedio en momentos de turbación y de prisa... ¿y 
qué derechos le daba esto? Lo mismo podía haber sido 
el agraciado míster Lowe ó Isidro Maltrana. Ojeda por 
su parte tenía igualmente un gran amor, y le convenía 
olvidar lo mismo que Maud... Algo le dolía en su orgu- 
llo de hombre verse tratado así, pero era el dolorde la 
operación quirúrgica que extirpa el mal... ;A vivir! 

Se levantó del banco, aproximándose á las ventanas 
de los salones. En las barandas de una galería que 



LOS ARGONAUTAS 415 

comunicaba el salón de música con el comedor, se ha- 
bían agrupado algunas mujeres contemplando las pare- 
jas que danzaban abajo. Eran señoras que no habían 
querido vestirse para la fiesta; doncellas de servicio de 
las pasajeras rica.s, simples criadas de á bordo que apro- 
vechaban la ausencia del mayordomo para echar un 
vistazo. 

Ojeda vio despegarse de este grupo y atravesar el 
jardín de invierno saliendo á la cubierta una mujer ves- 
tida de obscuro, sencillamente. «;Ah, señora Eichel- 
berger!...» 

Fernando celebraba su encuentro con Mina como si 
ésta le trajese la felicidad. Estrechó entre sus das manos 
la diestra que le tendía la alemana, y ella, con cierta 
emoción por las efusivas palabras, volvía sus ojos á 
todos lados extrañándose de verle solo, creyendo que 
iba á aparecer repentinamente la esbelta silueta y el 
cigarrillo encendido de la norteamericana. 

Balbuceó como si al darse cuenta de su turbación 
sintiese cierta vergüenza. Daba excusas por su aspecto 
sencillo cuando todas las mujeres del buque habían 
sacado aquella noche sus mejores trajes. Ella no había 
de bailar, y tampoco gustaba de permanecer sola en el 
salón mientras su marido jugaba en el fumadero. Por 
curiosidad y por aburrimiento, luego de acostar á Karl, 
se había asomado á aquella galería para ver el baile. 
¡Vivía tan aislada!... Y con una contracción de su mano, 
oculta entre las de Fernando, agradeció la bondad de 
éste al ocuparse de ella. 

Luego su rostro fué animándose con una sonrisa pá- 
lida que pretendía ser maliciosa. Se asombraba otra vez 
de verle solo. Casi se había decidido á renunciar á su 
amistad. Pero Fernando la interrumpió: 

— Todo ha terminado: se lo juro... ¡Terminado para 
siempre! Yo no tengo en el buque otra amiga que usted. 

Y lo decía de todo corazón, contento de estar al lado 
de Mina, satisfecho de la ternura con que ella le con- 
templaba. 

¡Excelente compañera!... Fernando, que creía nece- 
sario el trato con una mujer, lamentábase de no haber 
permanecido al lado de Mina desde el primer momento 



416 V. BLASCO IBÁÑEZ 

de su amistad. Esta no le molestaba haciendo la apolo- 
gía de su marido; era dulce y parecía admirarle. Muy 
al contrario de la otra, que hasta en los momentos de 
mayor efusión guardaba el empaque de una dama alti- 
va que desciende á hablar con su criado. 

Además, pensaba en Teri, en su firme propósito de no 
envilecer la nobleza de los recuerdos con otro «crimen», 
pues de tal calificaba con vehemente apreciación su 
aventura reciente. Con Mina no arrostraba peligro algu- 
no: la pobre estaba desengañada. El fracaso de su exis- 
tencia la hacía huir de toda complicación pasional, pre- 
firiendo una vida vegetativa y humilde. Además parecía 
enferma... Era la compañera deseada para las monoto- 
nías del mar: una amistad femenil de todo reposo; y al 
separarse se dirían ¡adiós! llevándose cada uno el re- 
cuerdo melancólico de algo desinteresado y puro. 

Habían ido á apoyarse en la borda de babor con- 
templando la luna. 

— Cada noche sale más pronto y es más grande— dijo 
Mina — . ¡Qué enorme y qué blanca!... En Europa nunca 
la vemos así. 

Asomando á ras del Océano, era el astro una cúpula 
inverosímil por su amplitud. Hacía recordar el huevo 
fabuloso del pájaro Roe de los cuentos orientales, gran- 
dioso como un palacio. Su luz galoneaba de plata el 
contorno de las nubes y tendía sobre el mar un camino 
anchísimo é inquieto, un camino en triángulo desde el 
horizonte hasta los costados del buque, haciendo hervir 
las aguas con una ebullición pálida que repelía toda 
idea de calor. 

Mina contemplaba la inquietud de este camino irreal 
cortando la obscuridad atlántica, cada vez más ancho, 
más luminoso, así como ascendía el astro en el hori- 
zonte. 

— Se sienten deseos de marchar por él — dijo en voz 
baja, emocionada por la majestad de la noche — . Qui- 
siera saltar fuera del buque y correr... correr por esa 
calle de plata hasta no sé dónde. 

— ¿Sola? — preguntó Fernando con tono de reproche. 

— No; usted vendría conmigo... Con usted mejor. 
Le miró un momento y luego sus ojos volvieron hacia 



LOS ARGONAUTAS 417 

el mar. Estaban húmedos, como si esta contemplación 
agolpase las lágrimas en sus córneas. Brillaban con 
una luz nacarada semejante á la de la luna. De pronto 
sus labios empezaron á murmurar algo como un rezo. 
Eran versos, versos alemanes de extremado sentimenta- 
lismo, que OJeda entendió vagamente, adivinando el 
misterio de unas estrofas por el sentido de otras mejor 
comprendidas. La poesía ingenua del Heder pausaba por 
la boca de Mina con la dulzura del arroyo humilde, que 
parece temblar, medroso de que sus murmullos sean de- 
masiado altos y sus estremecimientos despierten la in- 
móvil vegetación que lo encubre. 

Se habían unido los dos, hombro con hombro, como 
intimidados por el ambiente religioso de la noche y el 
aleteo de la poesía que se agitaba en torno de ellos... 
Experimentaba Ojeda una sensación de descanso al lado 
de esta mujer infeliz: una impresión de paz y dulce 
anonadamiento igual á la que buscaban los antiguos li- 
bertinos, huyendo de los desengaños de la vida para 
reposarse como eremitas entre las gentes humildes. 

— Y usted... usted que es poeta...— dijo ella interrum- 
piendo su recitado—. Dígame algo suyo... Debe ser muy 
hermoso. 

Fernando se excusó. Sus versos eran en español, y 
ella no podía entenderlos... Pero como si experimentase 
la necesidad de esparcir en la noche algo que latía en 
su cerebro, fundiendo el misterio interior con el misterio 
del ambiente, comenzó á recitar versos franceses con 
una lentitud sacerdotal, seguido por la mirada ávida de 
Mina, que hacía esfuerzos para no perder la significa- 
ción de una sola palabra. A veces deteníase el recitante 
adivinando las incomprensiones de ella, y repetía los 
versos, explicándolos. 

La antigua artista suspiraba con arrobamientos de 
admiración. La hacía estremecer esta música, en la que 
entraban por igual el encanto de los versos y la voz que 
los recitaba con rítmica melopea. 

—Víctor Hugo es mi dios...— dijo de pronto Ojeda in- 
terrumpiendo su murmullo poético, como si no pudiese 
contener más tiempo esta declaración —. Y Beethoven 
también lo es. 

27 



418 V. BLASCO IBÁÑEZ 

Ella le miró con ojos suplicantes, implorando una 
palabra que podía unirlos con un nuevo afecto. ¿Y Wá- 
gner?... Fernando vaciló. No tenía la serenidad olímpi- 
ca, la majestad simple de los divinos. Más bien parecía un 
taumaturgo de alma atormentada, un mágico prodigio- 
so; pero en él se confundían la poesía del uno y la música 
del otro. Era el arcángel rebelde, hermoso como el fuego, 
que viniendo de abajo reconquistaba su divinidad. 
— Sí; también es mi dios — dijo tras breve pausa. 

Y reanudó el poético murmullo, mirando la inquieta 
llanura de plata, sintiendo en un hombro la suave pesa- 
dez de Mina, que parecía ansiosa de un apoyo. 

La cubierta estaba solitaria. Todos los pasajeros per- 
manecían en el salón de ñesta ó en el fumadero. De 
tarde en tarde risas, gritos y correteos en las puertas 
y escaleras. Eran parejas que abandonaban el baile por 
un momento para respirar en la cubierta. Los jóvenes 
se abanicaban con un papel la faz congestionada, des- 
pegándose de la carne el cuello de la camisa, reblande- 
cido por el sudor. Ellas respiraban con ansiedad lleván- 
dose las manos al escote, pero inmediatamente huían de 
esta frescura para correr al horno del salón atraídas 
por un nuevo vals. 

Vueltos de espalda á la luz, Mina y Fernando se su- 
mían en la contemplación de la noche sin que sus mira- 
das se buscasen, satisfechos del contacto de sus hom- 
bros, que parecían unificar en una sola vibración sus 
pensamientos y deseos. 

Llegaba hasta sus oídos la música del baile; una 
música divina; vulgares danzas de moda, tico-steps, ó 
tangos que, por la inñuencia del ambiente, sonaban en 
aquella hora de ilusiones como sinfonías de infinito idea- 
lismo. Sentían la dulce turbación de la embriaguez: una 
embriaguez de luz de luna, de noche serena, de poesía 
sentimental. 

Ojeda, más frío que su compañera, percibió en su 
interior un cosquilleo irónico, un deseo de reírse de sí 
mismo; de este enternecimiento sin causa definida que 
se apoderaba de él. ¡Mirar la luna y decir versos como 
un estudiante, al lado de una pobre mujer que era ma- 
dre y oyendo una musiquilla vulgar á cuyos sones dan- 



LOS ARGONAUTA^S 419 

zaban los seres más frivolos de aquella Arca de Noé!... 
¡Cómo reiría él si con un prodigioso desdoble pudiera 
contemplarse á sí mismo desde lejos!... Pero la emoción 
inexplicable era más fuerte que su rebeldía burlona, y 
le obligaba á permanecer inmóvil, en silencio, sin huir 
de aquel cuerpo que vibraba con su contacto. ¿Por qué 
reirse de este instante, si era de felicidad y le proporcio- 
naba un dulce olvido?... 

Al volver sus ojos hacia Mina, creyó encontrar una 
mujer nueva. Tal vez la poesía la había embellecido al 
tocarla con el ala de sus rimas; tal vez era la noche la 
que la transformaba, agrandando sus ojos con un brillo 
lunar, rellenando de nácar las angulosidades de su ros- 
tro descarnado, sustituyendo su color verdoso y enfer- 
mizo con una palidez luminosa. ¡Los ojos de animal 
humilde, agradecido á la caricia, que ñjó ella en sus ojos 
al sentirse contemplada!... ;La ruborosa confusión con 
que volvía la cabeza temiendo insistir en una mirada 
que podía traicionarla!... Se convenció de que él no 
había visto hasta entonces á esta mujer, no la había 
comprendido, limitándose en sus conversaciones á sentir 
lástima de sus infortunios, como si su vida estuviera 
agotada y fuese igual á un árbol caído, incapaz de reflo- 
recimiento... 

De pronto, se vieron paseando, cogidos del brazo, sin 
hablar, sin mirarse, pero sabiendo por mutua adivina- 
ción que la persona del uno ocupaba por entero el pen- 
samiento del otro... Nadie en la cubierta. Sus pasos 
lentos resonaban lo mismo que en un claustro abando- 
nado. Al dar la vuelta de proa, entre el salón y el bal- 
conaje de avante, donde era menos viva la luz j nadie 
podía verles de lejos, Fernando la atrajo á él, abandonó 
su brazo para envolverle el talle con rudo tirón y la 
besó impulsivamente, al azar, en una mejilla, en la na- 
riz, allí donde pudieron posarse sus labios. 

La alemana gimió de sorpresa, de asombro, casi de 
miedo, como el que ve realizarse de pronto algo invero- 
símil con lo que ha soñado muchas veces sin esperanza 
alguna. Se mantuvo rígida en el brazo de él; no intentó 
la menor resistencia, y con un suspiro de niña que se 
desmaya, dejó caer la cabeza en su hombro. 



420 V. BLASCO IBÁÑE/j 

Lloraba. Fernando vio los estertores de su pecho y 
sintió en su cuello el contacto de una lágrima. Comenza- 
ba á arrepentirse de su brutalidad. ¡Pobre Mina!... Pero 
ella, protestando de esta conmiseración, giró la cabeza 
sobre su hombro hasta apoyar la nuca, y en tal pos- 
tura, con los ojos llenos de lágrimas y sonriendo al mismo 
tiempo, se elevó en busca de su boca, devolviéndole las 
caricias con un beso largo, interminable. 

No era el beso frente á frente que él había saboreado 
en otras mujeres, y que llamaba «beso latino». No era 
tampoco la caricia arrogante de arriba á abajo que había 
conocido en el camarote de Maud, beso de domadora, 
egoísta y avasallador, oprimiéndole la cabeza entre las 
manos crispadas para mantenerle en amorosa sumisión. 
Era el beso-suspiro de la germánica sentimental pasean- 
do entre los tilos, á la caída de la tarde, apoyada en 
el brazo de un estudiante y con un ramo de florecillas 
azules sobre el pecho; un beso de abajo á arriba, cari- 
cia suplicante de hembra dulzona en la que el amor se 
presenta acompañado de la humildad y que antes de 
besar desploma su cabeza como signo de servidumbre 
en el hombro de su dueño. 

Sintió Ojeda cierto remordimiento ante este llanto. 
¿Por qué lloraba?... Y ella, como si se avergonzase de su 
emoción, profería balbucientes excusas. No sabía por 
qué lloraba... pero era tan feliz, ¡tan feliz!... 

Un ruido de pasos despegó sus bocas instantánea- 
mente, y cogiéndose del brazo, continuaron su paseo con 
afectada indiferencia. Alarma inútil: era un grumete 
que descendía por una escalera cercana. 

— Volvamos al rincón de los besos — dijo él con im- 
paciencia. 

El «rincón de los besos» era la parte de proa que unía 
con su curva las dos calles de la cubierta. Y al volver 
de nuevo á este refugio, fué ella la que sin esperar los 
avances de Fernando descansó la cabeza en su hombro, 
elevando la cara en busca de su boca. 

Intercalaba trémulas palabras entre beso y beso. 
¡Verse en sus brazos!... Una noche había soñado lo que 
ahora le estaba ocurriendo. Fué á continuación de la 
primera tarde en que se hablaron junto al piano. Y 



LOS ARGONAUTAS 421 

había salido de su ensueño conmovida para siempre, 
con la convicción de que no se realizaría nunca, pero 
viéndolo á él como un hombre distinto á todos los de- 
más del buque, sintiendo una turbación en su pecho y 
en sus ojos, un temblor en las piernas, una música le- 
jana en los oídos cada vez que Fernando se aproximaba 
para hablarla... Luego ¡qué de penas viéndole con aque- 
lla señora, tan elegante, tan altiva, que parecía burlar- 
se de ella con los ojos!... El ensueño no se realizaría nun- 
ca; una ilusión imposible como tantas otras de su pobre 
existencia... Y cuando había perdido toda esperanza, 
era él, ¡él! quien avanzaba en la noche con palabras de 
poesía, igual á un príncipe magnífico y clemente, y la 
estrechaba entre sus brazos y buscaba su boca, hacién- 
dola estremecerse como una sierva de amor. ¿Qué había 
en ella para merecer tanta dicha, pobre, fea, mal vesti- 
da, entre tantas mujeres bellas y felices, y arrastrando 
además cual una cadena su pasado de miseria?... 

— ¡Te amo!... — dijo Fernando enardecido por esta hu- 
mildad. 

Y acompañó sus besos con un avance de las atrevi- 
das manos en aquel cuerpo sumiso que parecía entre- 
garse. Pero con gran asombro, la alemana se revolvió 
ante las caricias audaces; se despegó de sus brazos con 
una fuerza nerviosa que nada hacía sospechar en su 
cuerpo enfermizo. Parecieron surgir de pronto músculos 
ocultos, tendones de irresistible expansión en todos sus 
miembros. 

— No quiero—gimió tristemente, como en presencia 
de algo que destruía sus ilusiones — . No quiero eso... No 
querré nunca. 

Ojeda, ante la violencia de estos movimientos de 
protesta, comprendió que decía verdad. Su cuerpo se 
revolvía contra toda caricia que saliese de los límites 
del rostro, y esta repulsión vigorosa era tan brusca, que 
él se sintió empujado, vacilante sobre sus pies, teniendo 
que esforzarse para no caer. 

Luego, como arrepentida de su defensa, le echaba los 
brazos al cuello, y volvía á su gesto de sumisión, des- 
cansando la cabeza en su hombi'o, gimiendo con un 
abandono de niña enferma. 



422 V. BLASCO IBÁÑHS 

— Me haría daño... ¡Jamás! Amarnos como ahora; 
eso es lo que yo quiero. Estar así... siempre juntos... 
¡siempre!... Seremos... ¿cómo se dice en español? Yo lo 
he oído muchas veces... Seremos... 

Y después de largos titubeos y de fruncir las cejas 
con pensativo esfuerzo, encontraba la palabra. 

—Seremos... novios. Eso es: novios los dos. La boca... 
la boca nada más. Y el alma también... novio mío. 

Y al repetir con fruición la encontrada palabra, son- 
reía como un jardín abandonado bajo el primer sol de 
la primavera que llega. 

Fernando, ensombrecido por esta negativa, hablaba 
y hablaba, sosteniendo las manos de la antigua artista 
entre las suyas, deseoso de inmovilizarla, de domar 
su resistencia, fijos los ojos en sus pupilas, cual si pre- 
tendiese vencerla con un poder de sugestión. 

Su aventura con Maud había desvanecido todos los 
propósitos de cordura que le acompañaron al subir al 
buque. Sus nervios guardaban aún el recuerdo de re- 
cientes vibraciones; su carne, mal dormida, estreme- 
cíase al sentir el contacto de otra mujer. Aquella calma 
monacal que había reinado en el trasatlántico durante 
la primera semana de viaje, ya no existía para él. Sa- 
bía lo que era el amor entre los blancos tabiques de 
un camarote, y quería continuar, fuese con quien fue- 
se, los encuentros de pasión en una de estas cajas de 
madera, sonando á sus pies el abejorreo de la máqui- 
na, oyendo junto al tragaluz el chapoteo de la ola pere- 
zosa. Esta mujer venía á él, hermoseada por la noche, 
humilde j sumisa como una esclava de guerra... ¡tanto 
mejor!... 

Y como si fuese su dueño, la apremiaba con manda- 
tos, unas veces suplicantes, otras imperativos: «Ven... 
ven.» Hablaba de la hermosura de su «cabina» en el mis- 
mo piso de los camarotes de lujo; de su techo alto, de la 
amplitud de su espacio con profunda cama y anchuroso 
diván. Pretendía deslumhrar con estas comodidades del 
tugurio flotante á la pobre amiga, que iba instalada en 
las cámaras más profundas y obscuras, cerca de la línea 
de flotación. «Ven... ven.» Podrían hablarse allí sin 
temor de ser sorprendidos: cruzar sus besos tranquila- 



LOS ARGONAUTAS 423 

mente. El la enseñaría libros interesantes; hablarían de 
sus poetas, de los grandes artistas. 

Mina le escuchaba con ojos de adoración y una páli- 
da sonrisa de miedosa incredulidad. «No... cabina, no.» 
Por no seguir el curso de sus peticiones trémulas de 
deseo, le interrumpía solicitando que le indicase en es- 
pañol la equivalencia de ciertas palabras. Ansiaba ha- 
blar la lengua de él. 

— No, querido — suspiraba respondiendo á sus súpli- 
cas — . No, mi novio... Cabina, no... Boca... boca nada 
más. 

Y al sentir en su cuerpo el avance atrevido de unas 
manos huroneantes, bastábale un empujón para librarse 
del encierro en que la tenían los brazos de Ojeda. 

Se extendió por la cubierta un ruido de pasos y de 
voces. Acababa de terminar el baile y la gente subía al 
paseo ansiosa de frescura... ¿Cuánto tiempo llevaban allí 
los dos?... Mina quiso marcharse. Ocupaba con su hijo 
un pequeño camarote en la cubierta más honda del cas- 
tillo central. En otro inmediato vivía el maestro Eichel- 
berger, que no se retiraba hasta cerca del amanecer. 

Ella iba á dormir con sus recuerdos; á soñar con Fer- 
nando. Se llevaba á su profundo refugio la felicidad de la 
mejor noche de su vida. Lo juraba... «Y ahora, adiós.» 

Todavía, aprovechando la ausencia del gentío, que al 
esparcirse por la cubierta no había llegado hasta ellos, 
se besaron por última vez con un beso largo, que la 
alemana prolongó cerrando los ojos, abandonándose cual 
si fuese á morir. 

Luego se salvó de un salto para detenerse á corta 
distancia. Sonreía con expresión maliciosa; levantaba 
una mano con el índice erguido, como una maestra que 
lanza su última recomendación. 

— Novios, sí... Boca, sí... ¡Cabina... nooo!... ¡Cabina, 
malo! 

Y tras estos balbuceos en español, que revelaban un 
miedo cómico á la «cabina», huyó apresuradamente, vol- 
viendo por dos veces la cabeza, para mirar á Fernando 
antes de desaparecer. 

Este paseó algún tiempo por la cubierta. Sentíase al 
principio contento de su suerte. ¡Lástima que no estu- 



424 V. BLASCO IBÁÑEZ 

viese allí Maud, para que se enterase de lo poco que le 
impresionaban sus desdenes!... Veía á la norteamericana 
muy lejos en sus recuerdos; casi sin corporalidad, como 
una imagen indecisa... 

Pero al poco rato comenzó á experimentar una sensa- 
ción de inquietud. Su conducta reciente le molestaba lo 
mismo que un remordimiento. «Muy bien, don Fernan- 
do — se dijo con irónico reproche — . No tenía usted bas- 
tante con el desengaño ridículo de la otra, no le ha 
servido de escarmiento una aventura tan grotesca, y 
en el mismo día se lanza á perturbar Ja tranquilidad 
de una pobre mujer que acepta sus avances con una 
sensiblería de romanza, y toma el amor como si estuvie- 
se en los quince años.» ¡Qué gusto de complicarse la 
vida!... ¡Qué cordura en un hombre que marchaba á 
la conquista de la riqueza!... ¡Y para meterse en tales 
aventuras había abandonado lo que tenía en Europa!... 
«Don Fernando: es usted un chiquillo; el bigote que 
lleva en la cara lo usurpa... Acabará usted consiguien- 
do que se rían de su persona todos los del buque...» 

A pesar de estas recriminaciones mentales no llegaba 
á entristecerse. La protesta removíase en su cerebro 
avergonzada é iracunda: pero el resto del cuerpo pare- 
cía satisfecho, con un regodeo de recuerdos y un estre- 
mecimiento de esperanza... Peor era la nada; pasar los 
días comiendo ó dormitando en el sillón con un libro en 
las rodillas. 

Al entrar en el camarote, después de medianoche, 
sus ojos tropezaron con la imagen de Teri, erguida sobre 
el tocador, en el encierro de un marco dorado. ¡Pobre 
Teri! Por primera vez en todo el día pensaba en ella, 
sólo en ella, sin poner su recuerdo en parangón con la 
imagen real de otras mujeres. Este pensamiento tardío 
iba acompañado de remordimiento y miedo. ¡Qué diría 
Teri si pudiese verle!... Para evitar esta posibilidad, 
como si temiera que los ojos del retrato fuesen á adqui- 
rir el sentido visual, intentó volverlo de cara á la pared. 
¡Lo mismo que Maud con míster Power!... Pero un 
escrúpulo supersticioso le contuvo. Ella estaba lejos... 
¡Quién sabe lo que podría ocurrirle como un choque 
reflejo de este acto impío!... 



LOS ARGONAUTAS 425 

Hizo SUS preparativos para acostarse, huyendo la 
mirada del retrato. Al tenderse en el lecho y quedar 
en la sombra, sus temores y remordimientos se fueron 
aligerando hasta no ser más que tenues nubes que se 
llevaba el sueño por delante con la escoba del olvido. 
Veía en la incoherencia de su adormilado pensamiento á 
los parientes del obispo incitándolo á que entrase en el 
baile. «Monseñor: el mar... es el mar.» Veía á Maltrana 
apostrofando al Océano, el gran tentador: «Galeoto de 
mostachos de algas... Celestina de arrugas verdes.» Y lo 
mismo que él, repetía: «Seamos miserables. Ya nos pu- 
rificaremos al bajar á tierra.» 

Un dulce cinismo acompañó sus últimos pensamien- 
tos. La alemana... ¿por qué rehusarla?... La otra estaba 
lejos; nada sabría. El viaje era monótono y había que 
aprovechar las ocasiones para alegrarlo. Una vez en 
tierra recobraría su cordura... Había que creer en la 
filosofía de Maltrana. La gran cuestión era... pasar el 
rato... Y Fernando se durmió. 

Al día siguiente por la mañana se encontró con Mina 
en la cubierta de los botes. Había dejado á su hijo en el 
gimnasio, y fué hacia Ojeda, ruborosa y encogida, va- 
cilando en su saludo, temiendo tal vez un cambio de ca- 
rácter, un arrepentimiento después de la noche anterior. 
Pero al ver que él sonreía, acariciándola con los ojos, 
estrechando su mano con tierna efusión, el rostro de 
la alemana se dilató, cual si la savia de su cuerpo se 
descongelase con el ardor de una nueva juventud. 

Impulsada por esta alegría quiso exteriorizar audaz- 
mente su agradecimiento. Estaban medio ocultos por el 
cilindro de una boca de ventilación. Mina, luego de mi- 
rar aun lado y á otro, avanzó sobre Fernando con los 
brazos abiertos. «Novio... novio mío.» Fué un beso rápi- 
do, pero vehemente, con acometividad, distinto de los 
prolongados y lánguidos de la noche anterior. Luego, 
como si este saludo matinal los hubiera saciado por el 
momento, buscaron la sombra de un toldo y sentados en 
dos sillones contemplaron el Océano en duíce quietismo, 
mirándose sin palabras. 

Fernando la examinaba á la luz del sol, gozándose 
con extraña crueldad en su desencanto, cada vez ma- 



426 V. BLASCO IBÁÑE^ 

yor. La luz cruda hacía resaltar todos los detalles de 
una belleza marchita; el rostro con leves arrugas en 
plena juventud, el círculo de palidez amarillenta en 
torno de los ojos, el rosa anémico de los labios, el tinte 
verdoso de la tez, que no habían conseguido borrar los 
extraordinarios cuidados de tocador de esta mañana. 
Además el niño, que iba á presentarse de un momento 
á otro; el marido, que estaba en su camarote roncando 
la cerveza de la noche; el vestidillo pobre, que ella 
había intentado realzar con unos encajes baratos y un 
ramo de violetas artificiales fijo en el talle... Todo esto 
daba á su nuevo amor cierto aire ridículo. Seguramente 
que si pasaba Mrs. Power ante ellos no podría man- 
tenerse en su altivez silenciosa y sonreiría irónicamen- 
te... Pero un egoísmo optimista protestaba en su interior 
contra tales escrúpulos. 

— Podrá ser grotesca, ¿y qué?... Me divierte, y basta. 
El amor siempre es amor por ridículo que parezca, y esta 
pobre mujer me quiere. Soy para ella la ilusión, el re- 
cuerdo de un mundo en el que vivió y al que no puede 
volver... Lo que importa es llevar las cosas adelante: 
sacar algo positivo. 

Y con tortuosa astucia iba encaminando la conver- 
sación hacia donde era su deseo. Ella hablaba con los 
ojos perdidos en el infinito, queriendo prolongar el en- 
canto de la noche anterior. Evitaba el mirarlo para no 
sufrir una timidez que cortaba sus palabras. Hablaba 
como si estuviese sola, exteriorizando su pensamiento 
en un monólogo. ¡Dulce noche! ¡Vida fantástica de en- 
sueños maravillosos desarrollados en la sombra!... Ella 
se había visto conviviendo con él en uno de aquellos 
países de América hacia los cuales marchaba el buque. 
Eichelberger no existía; había muerto, ó tal vez estaba 
de vuelta en Europa. Y los dos existían unidos como 
esposos en la libertad de un pueblo nuevo, teniendo con 
ellos á su hijo. 

Fernando y Karl eran los dos únicos seres de este 
mundo que ella podía amar. Vivir para siempre entre 
el hombre adorado y su hijo, ¡qué inmensa dicha!... 
Pero no era más que un sueño; una ilusión del viaje 
oceánico. Cuando saliesen del encierro del Goethe^ cada 



LOS ARGONAUTAS 427 

uno se iría por su lado: y aunque por una bondad de 
la suerte llegasen á vivir juntos, Fernando no toleraría 
la presencia caprichosa y enfermiza de aquel niño que 
no era suyo. Y ella no podía existir sin Karl. 

Aceptó OJeda con sonrisa bondadosa estos ensue- 
ños, mientras en su interior empezaba á latir la irri- 
tación de la protesta. ¿Por qué dar un ambiente de 
hogar burgués á un amor que todavía estaba empezan- 
do?... Para aquella walkyria de poéticos éxtasis y ojos 
nostálgicos, la pasión tomaba una seriedad vulgar, mol- 
deándose con arreglo á los santos principios de la fami- 
lia y el buen orden. Si continuaba en sus ensueños iba á 
proponerle el amor en pantuflas al lado del fuego, ella 
mal peinada y con bata, cortando meticulosamente las 
tostadas, vigilando el hervor de la cafetera; él con una 
pipa enorme, leyendo gacetas y acariciando la cabeza 
estoposa de un niño que no era suyo... ¡Muchas gra- 
cias! 

Pero se cuidó de ocultar estas impresiones internas, 
encaminando el diálogo amoroso hacia sus deseos. ¡Vi- 
vir juntos! También había soñado con esta felicidad 
en la noche anterior... Para él la posesión era un com- 
promiso sagrado, que le unía por siempre á una mujer, 
añadiendo la ternura de la gratitud al desinterés del 
amor. ¡El día que ella, de buena voluntad, se decidiese 
á hacerle feliz con algo más que sus besos!... 

Mina, adivinando el término de esta fraseología, 
se ruborizaba, echándose atrás con instintiva conserva- 
ción. No; siempre diría no. En otros tiempos tal vez; 
cuando ella era joven y hermosa; cuando tenía la cer- 
teza de que podía dar felicidad y orgullo con la limosna 
de su cuerpo. ¡Pero ahora!... 

Se daba cuenta de su ruina. Era una sombra del 
pasado, y si llegaba á ceder en un momento de bondad, 
se arrepentiría luego, viendo en Ojeda un gesto de de- 
cepción, lo mismo que si acabase de sufrir un engaño. 
«No, novio mío, no.» Lo importante era amarse. Lo otro 
habría de ocurrir forzosamente cuando viviesen juntos, 
pero no era de más valor que cualquiera de las funciones 
viles que entristecen la existencia. ¡Quién sabe si trae- 
ría como resultado el desvanecimiento de la ilusión!... 



428 V. BLASCO IBÁÑEZ 

«Vivamos así... Tal vez cuanto más tarde eso que tú 
deseas, más tiempo durará nuestro amor.» 

De pronto su conversación tuvo un testigo. Era Karl, 
que había abandonado el gimnasio y se mantenía de pie 
entre los dos, mirando á uno y á otro sin entenderlo que 
hablaban. En su atenta inmovilidad notábase una ex- 
presión de niño viejo, un fruncimiento de cejas de per- 
sona mayor que sospecha y reflexiona. Su frente salien- 
te, de testarudo, parecía hincharse y latir. Dejábase 
acariciar por la mano distraída de Fernando, pero de 
pronto huía de él y se arrojaba de cabeza en el regazo 
de la madre, permaneciendo con los brazos extendidos, 
cual si pretendiese ser para ella un escudo protector. 

Creía olfatear un peligro con ese instinto misterioso 
de los seres simples que ven en el aire cosas y amena- 
zas completamente ocultas para las personas de razón; 
el sentido que hace aullar al perro en la casa donde se 
prepara una desgracia; el impulso que guía el revoloteo 
de ciertas aves sobre la vivienda á cuyas puertas llama 
la muerte. 

Mina acariciaba la nuca de su hijo, y éste acogía la 
amorosa protección con un runruneo sordo, lo mismo 
que una bestezuela doméstica que siente disiparse su 
pavor. Pero el pensamiento de la madre estaba cada vez 
más lejos de Karl. Todo él era para Ojeda, que la devol- 
vía á su pasado. Sus ilusiones de artista, su entusiasmo 
por la emoción estética, su veneración por el genio, 
habían reaparecido de golpe. En su amor había mucho 
de agradecimiento para aquel hombre, gracias al cual 
resurgían de entre las ruinas y pesimismos de la deca- 
dencia sus antiguos entusiasmos de cantante. Aun creía 
posible la continuación de su vida pasada: menos bri- 
llante que en otros tiempos, manteniéndose en segundo 
término, pero con iguales satisfacciones. El engaño de 
su matrimonio con un artista mediocre iba á ser un pa- 
réntesis de sombra nada más. Tal vez se cumpliese el 
soñado destino, acabando ella por ser la compañera de 
un grande hombre. 

Aprendería el castellano para saborear las obras de 
Ojeda, que indudablemente era un genio. Se lo decía 
su amor. Cuando viviesen juntos, entraría de puntillas 



LOS ARGONAUTAS 429 

en su estudio, permaneciendo detrás de él en amorosa 
contemplación, como una esclava. Y cada vez que ter- 
minase un verso... un beso; á cada estrofa concluida, 
seis, doce... una lluvia: y cuando diese fín á la obra, él 
la leería con su voz de oro, y ella escucharía arrodillada 
á sus pies, adorándolo como un dios: «¡Oh mi novio! Mi 
Tanhaüser... ¡Poeta colosal!» 

Así pasaron la mañana, fantaseando sobre el porve- 
nir, sin poder cambiar otras caricias que algunos apre- 
tones de manos por encima de Karl, hundido entre las 
rodillas de la madre. 

El niño sólo abandonó su enfurruñamiento al ha- 
blarle Mina en alemán de la fiesta de la tarde. Comen- 
zaban los Olympishe Spíele^ con que chicos y grandes 
iban á celebrar durante cuatro días el paso de la línea. 
Y estos juegos olímpicos consistían en tragar pasteles 
con rapidez, llenar un tanque de patatas, enhebríir agu- 
jas, batirse á golpes de almohada, correr metidos en 
sacos, saltar obstáculos y otras suertes que se repetían 
en todos los viajes al pasar la línea equinoccial con la 
exactitud de ritos religiosos. 

Por la tarde iban á verificarse los juegos para niños. 
Ojeda hizo un gesto de cansancio: prefería quedarse en 
su camarote. Pero Mina le miró suplicante. «Novio mío... 
ven.» Ella había de asistir para cuidar de Karl. ¡Si Fer- 
nando estuviese cerca!... No se hablarían, no se mirarían: 
pero ¡sentirlo junto á ella! ¡saber que podía verle con 
sólo volver la cabeza!... 

Y Fernando fué por la tarde á la terraza del fuma- 
dero, adornada con banderas y guirnaldas. El capitán, 
asistido por «los señores de la comisión», dirigía los jue- 
gos. Maltrana, agregado á ella como representante de su 
amigo, había acabado por usurpar el primer puesto, gri- 
tando y moviéndose más que todos los otros juntos. El 
alineaba á los niños, y seguido de un marinero con una 
cesta iba repartiendo entre ellos manzanas cocidas. 
¡Atención! El que se la comiese antes ganaba el premio. 
¡Una... dos... tres! Y la gente reía de las grotescas con- 
torsiones de los pequeños, abriendo las mandíbulas todo 
lo posible para tragar mayor cantidad de pulpa azu- 
carada, moviendo las orejas apresuradamente con la 



430 T. BLASCO IBÁÑSr. 

velocidad de su masticcación. Un estallido de aplausos 
saludaba al triunfador, mientras algunas madres corrían 
hacia sus hijos, inclinados en arco, para palmearles la 
nuca, ayudando de este modo el deglutido de la m.ate- 
ria atragantada. 

Luego, niños y niñas, cuchara en mano, corrían de 
un extremo á otro de la terraza i)ara recoger sin rotura 
unos huevos depositados en el suelo. El ganador era el 
que regresaba más pronto al punto de partida. Después 
corrieron para recoger patatas esparcidas en la cubier- 
ta, y el que llenaba su tanque con mayor rapidez, ven- 
cía á los otros. 

Retiráronse los pequeños para dejar sitio á los gran- 
des. Una fila de damas ocupó un banco, esperando cada 
una con una caja de fósforos en la mano. Venía corrien- 
do hacia ellas otra fila de hombres con cigarrillos en la 
boca y las manos atrás. Crujían los fósforos al inflamarse 
y una salva de aplausos acompañaba al primero que con- 
seguía volver á su asiento con el cigarrillo encendido. 
Luego, las señoras sostenían en la mano una aguja, y 
los jugadores corrían para arrodillarse á sus pies, pro- 
curando con angustiosos titubeos enhebrar el hilo que 
llevaban en su diestra. 

Comenzó á murmurar el público contra la monoto- 
nía de estos juegos. 

— ;E1 chancho!— gritaron muchos—. ¡Que pinten el 
ojo al chancho! 

Maltrana, como si resumiese en su persona á toda la 
comisión, se inclinó con el aire bondadoso de un buen 
príncipe. ¡Ya que el honorable Senado lo reclamaba con 
tanta insistencia!... 

Pidió una tiza el primer oficial, y con la rapidez de 
una larga costumbre, dibujó en el suelo el contorno de 
un cerdo panzudo. Las señoras debían avanzar con los 
ojos vendados, trazando á tientas el ojo que faltaba en 
la cabeza del animal. 

El «digno representante de la comisión», título que 
á sí mismo se daba Maltrana, se apresuró á encargarse 
de vendar los ojos de las jugadoras y dirigir sus pasos, 
disputando este honor á ciertos intrusos que intentaban 
despojarle del cargo adivinando sus ventajas. Con una 



LOS ARGONAUTAS 481 

servilleta enrollada cubría los ojos de las señoras, indi- 
cábales el número de pasos que las separaba del dibujo, 
y cogiéndolas luego de un brazo les hacía dar vueltas 
para desorientarlas. Avanzaban titubeantes las jugado- 
ras, y al agacharse trazando una cruz en el suelo, que 
equivalía al ojo, un estrépito de carcajadas y aplausos 
irónicos acogía su obra. El tal ojo quedaba á larga dis- 
tancia de su sitio natural, ó cuando más caía grotesca- 
mente en el vientre ó el rabo. 

Isidro seguía imperturbable, manoseando hermosos 
brazos con aire paternal, guiando los bustos perfuma- 
dos con protectora suavidad. Al sorprender la mirada 
de Fernando fija en él maliciosamente, le contestó con 
un leve guiño. Sí; el cargo no era malo... Puramente 
platónico, pero algo es algo. 

Permaneció Ojeda toda la tarde cerca de Mina, con- 
templando estos juegos que parecían volverlos á todos 
á las alegrías de los primeros años. Ella le miraba con 
el rabillo de un ojo, agradeciendo su permanencia como 
una prueba de amor. 

Mrs. Power, al aparecer por breve rato en esta parte 
del buque, no tardó en adivinar la oculta relación entre 
los dos, á pesar de su afectada indiferencia. Este descu- 
brimiento pareció devolverle la tranquilidad. Ya no la 
molestaría su antiguo amigo. Y hasta se atrevió á son- 
reirle irónicamente, cual si le felicitase por su nueva 
conquista. Luego desapareció siguiendo á los Lowe y 
Munster, que la invitaban á continuar el hridge. 

A la caída de la tarde se encontraron Ojeda y Mina 
en la última toldilla, sobre la cubierta de los botes. Ella 
quería ver á su lado la puesta del sol. Desde la línea 
equinoccial á las costas del Brasil, eran los atardeceres 
más hermosos de todo el viaje. 

El cielo límpido tenía el color violeta del crepúsculo. 
A ras del agua aparecían esparcidas algunas nubes 
blancas de caprichosos perfiles. El sol se había hundido 
tras de ellas, coloreando el horizonte de un rojo cegador 
que poco á poco iba palideciendo. Sobre este fondo de 
oro se recortaban las nubes tomando el contorno de las 
formas humanas. 

Mina se extasiaba en su contemplación. Eran ángeles 



432 V. BLASCO IBÁÑBZ 

grandes, ángeles blancos que marchaban sobre un ca- 
mino azul por un paisaje de oro. Uno llevaba en sus 
manos una arquilla, otro una copa, otro un lienzo. Los 
reflejos del sol en sus cimas tenían el brillo de luengas 
cabelleras rubias; los sueltos jirones de vapor eran ondu- 
laciones de albas tánicas removidas por el solemne paso. 
Y Ojeda, sugestionado por esta interpretación y por las 
raras formas que engendra el crepúsculo, veía igual- 
mente una teoría angélica sobre un fondo de oro, seme- 
jante álos desfiles de santos en los cuadros bizantinos. 

Iba extinguiéndose la luz, y con la sombra naciente 
y la disolución de los vapores desleídos en el crepúsculo, 
se borraron poco á poco las celestes figuras. Mina, do- 
minada por la emoción del atardecer, sentía el pecho 
oprimido. En sus ojos había lágrimas. «Angeles, adiós.» 
Sólo se habían mostrado por unos instantes, como las 
visiones de felicidad que rasgan el lienzo gris de nuestra 
vida. Ellos se marchaban, se perdían en el infinito, lo 
mismo que ella desaparecería, tal vez muy pronto, tra- 
gada por la sombra. 

Apoyaba su pecho en el de Fernando, ponía la cabeza 
en su hombro, indiferente á que alguien pudiese sor- 
prenderlos, creyéndose sola con él en medio del Océano. 
Suspiraba lacrimosamente, como si la noche que venía 
pudiese traerle la desgracia... Ojeda se impacientó. Muy 
hermosa la puesta de sol, pero él no podía comprender 
tanta sensibilidad. 

Ella siguió suspirando. «¡Oh novio! ¡Siempre!... ¡Vi- 
vir siempre juntos; más allá de la vida; más allá de la 
muerte...» Recordaba el último abrazo del caballero 
Tristán y la hermosa reina Iseo; una caricia eterna, infi- 
nita, que el gran mago no había envuelto en el misterio 
de su música estrem^ecedora. Luego de beber el filtro de 
amor, el encantamiento de ellos no duraba años, no 
duraba una existencia entera: su poder iba más allá de 
la muerte... Y cuando después del trágico fin quedaban 
acostados para siempre, cada uno en su tumba de pie- 
dra, á la sombra de un monasterio, un zarzal nacido de 
los restos de Tristán crecía en una sola noche, cubrién- 
dose de flores y de pájaros, y abarcaba las dos sepultu- 
ras con abrazo tenaz. Se engrosaba y retorcía como una 



LOS ARGONAUTAS 433 

serpiente negra y nudosa, haciendo estallar el mármol, 
y al fin su empuje aproximaba y juntaba á los dos aman- 
tes, haciendo que sus cadáveres, separados por los escrú- 
pulos de los hombres, se consumiesen unidos en un 
abrazo eterno que proclamaba la majestad del amor, 
más fuerte que la vida... más fuerte que la muerte... 

Un grito infantil interrumpió á Mina. Era Karl que 
la buscaba por la cubierta de los botes. Hacía mucho 
tiempo que el clarín había lanzado la llamada al come- 
dor, sin que ellos lo oyesen. El maestro Eichelberger, 
cansado de esperar, se había sentado á la mesa, envian- 
do al niño en busca de su madre por todas las cubier- 
tas. Mina huyó. «Hasta la noche... novio.» 

Pero la entrevista de la noche fué menos cordial. 
Se mostró Ojeda malhumorado por la resistencia de 
Mina. En vano, aprovechando la escasez de paseantes 
después de terminado el concierto, iban los dos hacia 
«el rincón de los besos». Inútilmente permanecía ella 
con la cabeza en su hombro, prendida de su boca , en una 
caricia prolongada, interminable, entornando los ojos. 
El deseaba algo más. Creía ridicula esta situación. No 
encontraba sabor á unos transportes amorosos faltos ya 
de novedad. 

Se separaron fríamente: ella cabizbaja, triste, ce- 
rrando los ojos, haciendo esfuerzos para no llorar; él 
enfurruñado, sardónico, como un hombre que se indigna 
al verse defraudado en sus esperanzas. 

Antes de dormir Ojeda exhaló toda su cólera. 
— ¡Si cree esa ilusa que voy a perder el tiempo cerca 
de ella como un enamorado romántico!... «Boca, sí; ca- 
bina, no...» ;Que vaya al diablo, si no quiere pasar de 
eso!... De mí ya no se burla nadie á bordo... Bastante 
he dado que reir. 

A la mañana siguiente se encontraron otra vez en la 
cubierta de los botes, pero su entrevista no fué de mejo- 
res resultados. Mina lloró. Lo qne deseaba Fernando era 
imposible. ¿Por qué empeñarse en romper el encanto de 
sus relaciones con algo brutal que traería forzosamente 
una separación? En otros tiempos, ¡tal vez!... cuando era 
hermosa. Pero ahora se daba cuenta de lo lamentable que 
sería la impresión del hombre que la poseyese. Desenga- 

2S 



434 %\ BLASCO IBAN jas 

ño; sorda cólera al ver que la realidad era muy distinta 
de la ilusión; seguramente olvido. «No, novio mío... no.» 

Después del almuerzo Fernando no quiso buscarla. 
En vano pasó Mina repetidas veces ante una ventana 
del jardín de invierno, junto á la cual tomaban café 
Ojeda y su amigo. Mostraba él un visible deseo de no 
reparar en los paseantes. 

Luego, al reanudarse ios juegos en la terraza del fu- 
madero, la alemana lo encontró á corta distancia, pero 
fingía no verla, apartando los ojos cada vez que los su- 
yos iban hacia él. ;Dios mío I ¡y era posible que sus 
amores terminasen así!... Hubo de hacer esfuerzos para 
no llorar... ¡Y todo por las negativas de ella; por la ter- 
quedad infantil de él, que ansiaba su posesión como si 
pidiese un juguete!... 

Sopló una brisa helada del lado de popa, que hizo es- 
tremecer á las damas, vestidas ligeramente. Mina tosió, 
llevándose las manos á los brazos y al pecho casi des- 
nudos, sin otro abrigo que el calado sutil de una blusa 
blanca. La súbita frescura le hizo imitar á algunas se- 
ñoras que iban á sus camarotes en busca de un abrigo. 

Cuando estuvo abajo, en el corredor, iluminado en 
plena tarde como un pasillo subterráneo, experimentó 
la inquietud del que cree percibir á sus espaldas unos 
pasos invisibles. 

No había nadie en esta calle profunda del buque, 
envuelta á todas horas en densa penumbra. Adiviná- 
base que todos los camarotes estaban desiertos. Hasta 
los criados debían andar por arriba viendo los juegos. 
¡Si Fernando apareciese de pronto!... Esta idea la hizo 
temblar con estremecimientos de miedo y de dulce in- 
quietud, segura de que si él se presentaba, su caída era 
inevitable, convencida de antemano de la flojedad de 
su resistencia. 

Y él apareció, sin que ella, avisada por su presenti- 
miento, mostrase gran sorpresa. Giraba la llave bajo su 
mano, abríase la puerta del camarote, cuando le vio 
avanzar con pasos quedos, que el tapiz del corredor 
hacía aún menos ruidosos. 

Mina se detuvo, llevándose una mano al pecho, con- 
movida de pavor y de sorpresa. Pero esta impresión 



LOS ARGONAUTAS 435 

duró poco. Se acordaba de que minutos antes había 
dado por perdido el amor de Fernando. ;No hablarle 
más!... ¡Ver sus ojos fijos en otra!... 
— ¡Mi novio!... ¡mi poeta! 

Había caído en sus brazos, se colgaba de sus labios, 
en un beso largo de ruidosa aspiración. 

Luego se apartó bruscamente como si la poseyese 
otra vez el miedo. 

— Márchate... Podrían vernos. 

Había entrado en su camarote, estaba al otro lado de 
la puerta, pero la mantenía á medio cerrar para verle un 
momento más, acariciándolo con su sonrisa y sus ojos. 

Cuando quiso cerrar no pudo. Una rodilla de Fer- 
nando, un codo, se apoyaban en la madera empujándola 
contra Mina, que oponía el obstáculo de todo su cuerpo. 

Y en esta situación, pugnando él por abrir y ella por 
cerrar, hablaron los dos en voz queda, temblona, cor- 
tada por estremecimientos de fiebre, como si estuviesen 
concertando algo penable en el obscuro misterio de este 
pasadizo á flor de agua. 

El suplicaba... «Déjame entrar... déjame entrar.» 
Con la cobarde mentira del deseo llevábase una mano 
al corazón jurando la nobleza de sus intenciones. Podía 
estar tranquila; no pensaba hacer nada contra su volun- 
tad: lo que ella quisiera y nada más... Deseaba entrar 
en el camarote solamente para estrecharla en sus bra- 
zos sin miedo á verse sorprendidos por inoportunos 
transeúntes; para besarla hasta la hartura sin la zozo- 
bra que despiertan unos pasos que se aproximan. Debía 
tener fe en su palabra. 

— No... no — gemía ella pugnando por cerrar, sin que 
la puerta obedeciese á la presión de sus manos y ro- 
dillas. 

Ojeda insistió. «Déjame que entre...» Nada inten- 
taría contra su voluntad. Daba su pahibra de honor... 

Y en la confusión de su excitado deseo, sin saber cierta- 
mente lo que decía, sin darse cuenta de lo grotesco de 
sus juramentos, buscó nuevos testigos, nuevos fiadores... 
Prometía respetarla por lo que amara ella más en el 
mundo; por todo lo que venerase él con mayor admi- 
ración. 



436 V. BLASCO IBÁÑBZ 

— Te lo juro... ¡por Wágner! Te lo juro... ¡por Víctor 
Hug'o! 

Fué cediendo la puerta lentamente, como si estas pa- 
labras fuesen de un poder mágico. La presión exterior, 
cada vez más enérgica, la ayudó á girar sobre sus goz- 
nes, arrollando las últimas resistencias de Mina. 

Y luego de quedar abierta se cerró de golpe, dejando 
en absoluta soledad la penumbra del corredor. 

¡Pobre Wágner!... ¡Pobre Víctor Hugo!... 



X 



Después de la comida, Fernando se sentó en el paseo 
lejos de la música, que empezaba su concierto nocturno. 

Estaba triste, y su tristeza era de engaño y arrepen- 
timiento. Aquella pobre mujer había dicho la verdad: 
las ilusiones de él morirían de golpe con la satisfac- 
ción del deseo. Mejor hubiese sido creerla. Todo el edi- 
ficio fantástico elevado en el curso de sus diálogos se 
había venido abajo con un simple encontrón de la reali- 
dad. Y Ojeda salía de esta aventura con una gran in- 
quietud de conciencia. ¿Qué hacer ahora?... 

¡Pobre Mina! Ella había sido la primera en darse 
cuenta de la tristeza y el desaliento que habían seguido 
á su delirio amoroso. Al despertar y serenarse, un gesto 
suyo de resignación, un adiós humilde habían dado á 
entender á Fernando que no se hacía ilusiones acerca 
del porvenir. Todo estaba concluido. Y cuanto él dijese 
por restablecer el pasado sería piadosa mentira, false- 
dad galante para enmascarar su decepción. 

En el resto de la tarde habían evitado encontrarse 
otra vez; ella como arrepentida de su debilidad, él con 
remordimiento. Luego de la comida, mientras Fernando 
quedaba solo en el paseo con visible propósito de aislar- 
se de todos, Mina emprendía con el pequeño Karl el 
descenso al camarote para no volver á mostrarse hasta 
el día siguiente. Aquella noche, ¡ay! no iba á ser de 
ensueños... 

— Muy bien, señor Ojeda... Has hecho infeliz por unos 
días á una pobre mujer, que no lia conietido otro delito 
({ue el de amarte un poco. Por un capricho de tu deseo 
la has hecho convencerse una vez más de su miseria 



488 V. BLASCO IBÁÑEZ 

física, que ella tenía olvidada... Y de todo esto has sa- 
cado un remordimiento y la vergüenza de tener que 
mentir, de tener que ocultarte. No quisiste hacer caso 
de sus indicaciones y brusqueaste su resistencia. ¡Muy 
bien!... Te has portado como un caballero. 

Cuando estaba más ensimismado formulando men- 
talmente estos reproches, oyó una voz de mujer junto 
á él y vio que un bulto se interponía entre sus ojos medio 
cerrados y las estrellas del cielo movible extendido entre 
el borde de la baranda y el filo del techo. 

— Siempre sólito: siempre pensando... Tal vez está 
usted haciendo algunos versos lindos. 

Fernando se incorporó á impulsos de la sorpresa más 
aún que de la cortesía. Era Nélida la que le hablaba. 
Lo primero que alcanzó á ver fué su boca, de un rosa 
húmedo, con los dientes agudos, luminosos; la boca de 
tigresa admirada por Isidro, que le sonreía cual si pre- 
tendiese atraerlo. 

Turbado por la inesperada presencia, no supo qué 
decir. Ella agradeció con una sonrisa esta confusión, 
considerándola como un homenaje á su bizarra her- 
mosura, que hacía perder la calma á los hombres más 
graves. 

—¡Siempre sólito!— volvió á repetir—. Usted no quiere 
ser mi amigo... Le he mirado muchas veces, le he ha- 
blado... y nada. 

Encogíase humildemente, como si esta pretendida 
indiferencia de Fernando (de la que él no se había per- 
catado nunca) le causase gran dolor. 

— Y el caso es que yo tengo que pedirle una cosa... 
Deseo que me escriba algo: dos versos nada más: su 
firma. Quiero conservar un recuerdo para que mis ami- 
gas sepan que he viajado con el señor Ojeda, un poeta 
de España. Todas las niñas tienen algo de usted: una 
postal, un verso lindo en el abanico. Y yo no tengo 
nada... Diga, señor, ¿es que le soy antipática? 

Mientras hablaba se había sentado en un sillón al 
lado de Fernando. Al principio mantúvose erguida, 
pero lentamente se recostó liasta quedar con las piernas 
horizontales, mostrando su adorable bulto á través de 
la angosta falda. 



LOS ARGONAUTAS 439 

Ojéela acogió su petición con un apresuramiento ga- 
lante, balbuceando aún por la sorpresa. Escribiría todo 
un poema si esto podía darla placer... Sentíase muy 
honrado con sa petición. ¿Tenía un álbum?... No; ella 
no había pensado en adquirir este volumen, que mos- 
traban con orgullo muchas señoritas de á bordo. Pero 
le pediría al comisario del buque un cuadernillo en 
blanco de apuntaciones ó un simple pedazo de papel. 
Lo que le interesaba era el recuerdo. Y al mismo tiempo 
daba á entender ingenuamente con sus ojos que se había 
aproximado á él por entablar conversación más que por 
el interés que pudieran inspirarle los versos. 

Continuó Fernando sus excusas. Nunca la había mi- 
rado con indiferencia. Ella era la alegría del buque; la 
mujer más hermosa é interesante: estaba dispuesto á 
declararlo en verso. Pero ¿cómo acercarse viéndola 
secuestrada por sus adoradores, defendida por aquella 
escolta feroz, que á su vez parecía fraccionada y ene- 
mistada por los celos? 

— ¡Ah, mis adoradores!— exclamó ella riendo--. No 
me hable de ellos; estoy harta... Le advierto, señor, que 
yo detesto á los muchachos. ¡Gente egoísta é insufrible! 
Me gustan más los hombres serios y de cierta edad. 
Saben querer mejor: rodean á una mujer de mayores 
atenciones. 

Y miraba audazmente á Fernando con ojos de pro- 
vocación, para que no tuviese dudas sobre la persona á 
la que iban dirigidos tales elogios. 

Se había incorporado éste en su asiento para mirar- 
la también con atrevida fijeza. Un perfume de carne 
joven, de frescura tentadora, parecía envolverla. No era 
la dulzura marchita de la alemana ni el esplendor de 
fruto maduro de Mrs. Power. Hasta la imagen de Teri, 
que se agitaba en su memoria como un remordimiento, 
perdió algo de su belleza al ser comparada con esta 
muchacha... Era un hermoso animal exuberante de 
vida, de fuerza, voluptuosa, que iba derramando gene- 
rosamente los encantos de su primavera. Algunas veces 
perdía el sonriente aplomo de su amoralidad; parecía 
dudar con cierto miedo, pero despucís seguía adelante 
con mayor ímpetu, guiada por sus impulsos. 



440 V. BLASCO IBÁÑEZ 

Y esta criatura bella é inconsciente, sin más regla de 
voluntad que el instinto, venía de pronto hacia él por 
un capricho inexplicable. ¡Dulces sorpresas de la exis- 
tencia!... No era posible dudar. Bastaba ver sus ojos fijos 
en él con un ardor de pasión, dilatándose cual si quisie- 
ran absorber su imagen; su boca de frescura insolente y 
esplendorosa escarlata estremeciéndose con un bostezo 
amoroso, sintiendo repentinos abrasamientos que hacían 
salir la lengua de su encierro para pasearse por los la- 
bios; sus dientes de devoradora que parecían temblar 
con el fulgor de un acero pronto á hundirse en la car- 
ne... No podía explicarse esta buena fortuna; pero 
era indiscutible que Nélida, abandonando á su tropa de 
adoradores, se aproximaba á él, que no había hecho es- 
fuerzo alguno por atraerla. Y despertaba en Ojeda el 
orgullo sexual, que duerme en el fondo de todo hombre; 
la fatuidad masculina, que se considera irresistible con 
sólo una mirada ó una palabra de femenil aprobación; 
la fe ciega en el propio valer, que acepta como naturales 
y lógicas todas las aproximaciones, por inverosímiles 
que sean. 

Recordó Ojeda cuanto había oído contar de las tra- 
vesuras de Nélida, disculpándolas por adelantado. Tal 
vez habría en ellas mucho de exageración. Las gentes de 
á bordo, siempre desocupadas, mentían grandemente. 
Y aunque todo lo que contaban fuese cierto... ¿qué ha- 
bía de censurable en que él marchase sin compromisos 
por el mismo camino que otros habían frecuentado 
antes? «El mar era... el mar.» Estaban aislados del 
mundo, en medio de la soledad, como si la vida hubiese 
concluido en el resto del planeta, olvidados de sus leyes 
y preocupaciones. Cuando volviese á tierra recobraría 
el fardo de sus compromisos y antiguos afectos. Esta ju- 
ventud de carne primaveral y firme como la pulpa ver- 
de, y con un perfume semejante al de los jardines des- 
pués del rocío, era un regalo de la buena suerte para 
compensarlo de su desilusión de la tarde. ¡A vivir!... 

Se inclinaba hacia ella como si no la oyese bien, 
y Nélida, por su parte, descansaba un brazo en el 
sillón de Fernando, gozosa de sentir su epidermis en 
casual contacto con una de sus manos, Hablábanse sin 



LOS ARGONAUTAS 441 

mirar á los que transcurrían junto á ellos, sin reparar 
en sus ojeadas de sorpresa y sus cuchicheos de comenta- 
rio. Algunas matronas se erguían dignas y austeras, 
volviendo los ojos por no verles, pero al llegar á la otra 
banda del paseo lanzaban la noticia, una gran noticia 
para la gente ansiosa de novedades. 

— ¿No saben ustedes?... Nélida, esa loca, ha abando- 
nado á su escolta y está con el doctor español , el amigo 
de Maltranita. ¡Pobre hombre! 

Las niñas, que admiraban y temían á Nélida como 
la personificación del pecado, se tocaban con el codo al 
pasar ante ellos. 

— Una nueva conquista... Ahora ha caído ese señor 
tan serio que hace versos... y no baila. ¡Qué Nélida!... 

Ella, con su fina observación femenil, dábase cuenta 
del revoloteo de los curiosos y sentía orgullo por este 
escándalo, que pasaba inadvertido para Ojeda. 

Lo único que notó éste fué la familiaridad cada vez 
más grande con que le trataba Nélida. No se habían 
cruzado entre ellos verdaderas palabras de amor. Sólo 
había osado él algunas galanterías de las que no com- 
prometen, pero la joven le hablaba ya lo mismo que á 
un amante. 

Tenía una confianza absoluta en su poder sobre los 
hombres. Le bastaba colocar la mirada en uno de ellos 
para considerarlo suyo, sin molestarse en consultar su 
aprobación. Ella era el centro de la vida en aquel pedazo 
de mundo que flotaba sobre el Océano, y todo el sexo 
masculino debía girar en torno de su persona. Aquel á 
quien ella hiciese un gesto, un leve llamamiento, tenía 
que venir forzosamente á arrodillarse á sus pies. Y sa- 
tisfecha de este poder de seducción, que nadie osaba re- 
sistir, seguía hablando con Fernando y se justificaba de 
las ligerezas de su pasado, de las cuales no le había pe- 
dido él cuenta alguna. 

Era muy desgraciada. (Y al decir esto acentuó con 
asombrosa facilidad el brillo lacrimoso de sus ojos.) 
Tenía un novio en Berlín que ansiaba casarse con ella, 
pero los negocios de papá habían roto de pronto su di- 
cha, obligándola á embarcarse. ¡Qué infortunio el suyo! 
¡Y ella que amaba á este novio con toda su alma!... 



442 V. BLASCO IBÁÑEZ 

Ojeda arriesgó tímidamente algunas observaciones. 
¿Y el otro alemán que pasaba á bordo por pariente suyo? 
¿Y el belga y los demás amigos?... Pero Nélida le con- 
testó sin el más leve indicio de cortedad. Estos le ser- 
vían para divertirse. Era joven: aun no había cumplido 
diez y ocho años. La vida es corta y hay que aprove- 
charla. Nada le importaban las murmuraciones: todo 
se arreglaría al fin casándose, y ella estaba segura de 
encontrar en América un marido tan pronto como lo 
creyese necesario. Uno de la tierra no, porque todos en 
aquel país eran á la antigua, celosos, feroces, intrata- 
bles en sus preocupaciones. Algún gringo, algún extran- 
jero tentado por su belleza y la fortuna de papá. Y al 
decir esto sonreía de un modo cínico. 

— Esta muchacha es loca — pensó Ojeda asombrado 
por la rapidez con que se sucedían en ella las impre- 
siones y la franqueza con que exponía su amoralidad—. 
¡Una loca adorable! 

Pero como si de pronto se arrepintiese de su cinismo, 
tomó Nélida una expresión melancólica. No pensaba 
hablar más con aquellos jóvenes que la asediaban á 
todas horas. Estaba aburrida de sus peleas y rivalida- 
des; no le inspiraban interés. Faltaba algo en su vida, 
sin que ella "se diese cuenta de lo que pudiera ser. Tal 
vez por esto había cometido tantas ligerezas y travesu- 
ras en el buque. Pero aquella misma noche había adivi- 
nado de repente cuál era su deseo; qué es lo que le falta- 
ba para sentirse dichosa. Y al decir esto envolvió á 
Fernando en una mirada hambrienta. 

— ¡Qué loca! — siguió pensando él, mientras experi- 
mentaba la satisfacción del orgullo. 

Dudaba un poco de la sinceridad de sus palabras y 
gestos , Tal vez este acercamiento no era más que un ca- 
pricho de su carácter tornadizo. Pero aun así sentía ha- 
lagada su vanidad, y no dudó un instante en aprove- 
charse de la aproximación. 

Nélida continuaba explicando el pasado. Desde que 
vio á Fernando por primera vez frente á Tenerife, no 
había podido olvidarle... Esperaba que se aproximase, 
pero él se mantenía siempre aparte, y la rutina social no 
permite que la mujer inicie ciertas cosas. Luego había 



LOS ARÜONAUTA.S 443 

sufrido mucho viéndole con ciertas mujeres. (Y la atre- 
vida muchacha tomaba un aire pudibundo al recordar 
los amoríos de él en el buque.) Odiaba á la señora nor- 
teamericana tan estirada y orgullosa, que nunca había 
contestado é. sus saludos: odiaba también á aquella fea 
raal trajeada que iba con él en los últimos días. Esta 
amistad era indudablemente por reirse, ¿verdad?... ¡Un 
hombre como él exhibiéndose ai lado de una pobre ma- 
dre de familia!... Y al experimentar tales contrarieda- 
des había visto Nélida con claridad que era Fernando lo 
que ella deseaba. 

Muclias veces había preguntado por él á su amigo 
Isidro, queriendo conocer detalles de su existencia an- 
terior. Maltrana podía decirle el interés que le inspira- 
ban todas sus cosas: cómo ella, que no ponía atención en 
la vida de los demás (pues bastante tenía con los asuntos 
propios), había sido la primera en enterarse de su intriga 
con Mrs. Power y cómo había protestado después al verle 
exhibiéndose junto á aquella verdosa mal pergeñada. 

En este momento pasó Isidro junto á ellos por cuarta 
ó quinta vez, mirando, tosiendo, haciendo esfuerzos para 
que Ojeda reparase en él y le diese motivo de intervenir 
en la conversación. Nélida le llamó. 

—Acerqúese, Maltrana. ¿Cómo le va?... Diga si no es 
cierto que yo le he preguntado muchas veces por este 
señor... diga si no me he quejado porque su amigo me 
miraba con cierta antipatía y parecía huir de mí. 

Isidro se inclinó con una gravedad cómica. Exacto. 
El lo aftrmaba con toda clase de juramentos. Y al decir 
esto, sus ojos iban hacia Fernando gozándose en su asom- 
bro por esta aventura inesperada. ¡Ah, varón digno de 
envidia!... 

-¡Nélida!... ¡Nélida! 

Era un llam^amiento imperioso de su madre, asomada 
á la puerta del fumadero. Como de costumbre, dejó que 
se repitiera muchas veces sin prestar atención, hasta 
que al fui abandonó refunfuñando su asiento. 

— ¡Señora odiosa!... De seguro que no es nada que 
valga la pena... Alguna intriga de esos para molestarme 
porque estoy con usted. 

«Esos» eran los adoradores, que vagaban desorieu- 



444 V. BLASCO IBÁÑEZ 

tados por la cubierta desde que Nélida había huido de 
su compañía. Les había visto pasar repetidas veces ante 
ella, hablando en alta voz para atraer su atención, fin- 
giendo luego que contemplaban el mar mientras aguza- 
ban el oído queriendo sorprender algunas palabras de 
su diálogo... Iba á decirles á estos importunos lo que 
merecían por sus tenaces persecuciones y por mezclar á 
mamá en sus asuntos. ¡Qué atrevimientos se permitían 
sin derecho alguno!... 

Cuando empezaba á alejarse con aire belicoso, se de- 
tuvo, volviendo sobre sus pasos. 

— Espéreme aquí, Ojeda... No se vaya; ahora mismo 
vuelvo. . . Piense que me dará un disgusto si no le encuen- 
tro. Ya lo sabe... ¡quietecito! 

Y le amenazó sonriente, moviendo el índice de su 
diestra. Al quedar solos Fernando y Maltrana, éste rom- 
pió á reir. 

— Muy bien, ilustre amigo. Flojo escándalo han dado 
ustedes esta noche. No se habla en el buque de otra cosa. 
El aludido hizo un gesto de extrañeza y asombro. 
Escándalo, ¿por qué?... Una simple conversación como 
tantas otras que se desarrollaban en la cubierta á la 
liora del concierto. 

— Es que la niña tiene su fama muy bien ganada. Y 
usted también empieza á gozar la suya en vista de cier- 
tos hechos recientes. Por eso al verles juntos de pronto, 
cuando hasta ahora no habían cruzado dos palabras, 
todos suponen un sinnúmero de cosas. 

Y Maltrana imitaba los gestos de escándalo de las 
señoras: «Un hombre tan serio y distinguido... siempre 
con sus libros ó escribiendo... Y de pronto se lanzaba á 
flíriear sin recato alguno... ¡Hasta con Nélida, que casi 
podía ser hija suya!... Fíese usted de los hombres. ¡To- 
dos iguales!» 

Ojeda se excusó. El no había hecho nada para apro- 
ximarse á esta muchacha. Era ella la que lo había bus- 
cado de pronto, sin motivo visible, 

— Así es — dijo Isidro — . Hace tiempo le predije lo que 
iba á ocurrir. Ya que usted no iba á ella, ella vendría á 
usted... Y ha venido: estaba yo seguro. 

Fernando hizo un gesto interrogante: «¿Y por qué?. . .» 



LOS ARGONAUTAS 445 

— Vaya usted á saber... Ante todo esa muchacha es 
medio loca: ya se habrá usted dado cuenta. Luego la 
contrariedad de no verse buscada; el orgullo sublev^ado 
al notar que no conseguía su atención. A usted lo consi- 
deran buen mozo las matronas más austeras, y lo que es 
mejor aún, figura como el más «distinguido» entre los 
hombres serios de á bordo. Tiene también su poquito de 
leyenda misteriosa. Le suponen grandes amores en el 
viejo mundo, relaciones con duquesas, princesas ó ¡qué 
sé yo más!... En fin, con damas que llevan coronas bor- 
dadas hasta en las ropas más interiores, lo mismo que 
las heroínas de ciertas novelas. ¡Figúrese qué bocado 
magnífico y tentador para nuestra hermosa tigresa! 

Fernando rió de este prestigio novelesco que le su- 
ponía su amigo. 

— Además, usted ha empezado á distinguirse en los 
últimos días como un rival de Nélida en punto á escan- 
dalizar á las buenas gentes. Sus flirteos casi han llama- 
do tanto la atención como los de esa muchacha. Ella y 
usted son los dos primeros amorosos de á bordo. Y Néli- 
da no puede sufrir rivalidad alguna... ¡Un hombre que 
se distingue por sus amoríos y no se digna fijar los ojos 
en ella, que se considera la mujer más hermosa del bu- 
que!... No ha necesitado más para correr hacia usted. 

Isidro había seguido de cerca la rápida transforma- 
ción de Nélida. Hacía dos días que le hablaba á cada 
momento de su amigo con gran interés, preguntándole 
por su vida anterior. Aquella noche, después de la co- 
mida, se había peleado con los muchachos de su banda 
en el jardín de invierno, sin saber por qué. Luego, en 
las cercanías del fumadero, nueva discusión, termina- 
da con una ruptura insultante. 

Los admiradores se habían alejado de ella, puestos 
de acuerdo con maligna solidaridad. Estaban seguros 
de que al verse sola, en el aislamiento en que la habían 
dejado las mujeres por sus travesuras anteriores, vol- 
vería en busca de ellos forzosamente por tedio y ansia 
de diversión. Pero Nélida había aprovechado este aban- 
dono para ir al encuentro de Ojeda, y ahora los adora- 
dores, chasqueados por el fracaso, no sabían qué inven- 
tar para atraérsela. 



446 V. BLASCO IBÁÑBZ 

—Ellos sin duda han sugerido á la madre su reciente 
llamada. Le habrán hablado del escándalo que da Néli- 
da al exhibirse al lado de usted, y la niulatona, que 
desea reducir á su hija, sin saber cómo, les ha hecho 
caso. 

Mostrábase optimista Maltrana, felicitando á su ami- 
go por su buena suerte. ¡Cosa hecha! Aquella loca podía 
considerarla como suya. La familia no debía inspirarle 
inquietud: lo peligroso era la banda, todos aquellos 
jóvenes, habituados al trato de Nélida, unos como ami- 
gos en espera de algo mejor, otros en continua rivali- 
dad, pero satisfechos de la parte de posesión que consi- 
deraban ahora en peligro. 

Iban á indignarse al ver que un hombre serio, de 
mayor edad que ellos y que jamás había intervenido en 
sus fiestas, se llevaba el objeto de sus alegrías. ¡Ojo, 
Fernando! Había que mirar con cierto cuidado á esta 
banda juvenil é insolente, de varias nacionalidades, que 
no tenía motivo para guardarle respeto. 

— La niña va á caer sobre usted como un fardo pesa- 
do. En tierra se resisten mejor estas cosas: aquí tendrá 
que aguantarla á todas horas. Ha perdido su trato con 
las mujeres; las más atrevidas sólo la saludan con un 
movimiento de labios, y al faltarle la sociedad de la 
banda se refugiará en usted... ¡Afortunadamente me 
tiene á mí, que puedo aligerarle de este peso!... 

Apareció Nélida en la puerta del fumadero, mirando 
hacia el lugar donde estaban los dos amigos. Al ver á 
Ojeda inmóvil en su sillón, movió la cabeza con gesto 
aprobativo. Muy bien. Así le quería: obediente. 

Mientras ella se aproximaba, Isidro se marchó. 
— Hasta luego... Comprendo que estorbo. ¡Buena 
suerte! 

Recobró su asiento Nélida vibrante y nerviosa, gol- 
peando con el abanico un brazo del sillón. ¡Ah su ma- 
dre! ¡Aquella mulata antipática, á la que en nada se 
parecía! Siempre coartando su libertad: siempre con 
miedo á lo que diría la gente y hablando de virtud. ;Y 
si ella repitiese lo que había oído á ciertas criadas vie- 
jas traídas de América, que servían á su madre desde 
el principio de su matrimonio!... La insufrible señora 



LOS ARaONAUTAS 447 

abusaba de su silencio riñéndola en nombre de la moral; 
una cosa excelente para la edad de ella, pero i'alta de 
significación y de utilidad para los verdes años de 
Nélida. 

Se había peleado con la madre, porque pretendía lle- 
varla inmediatamente al camarote con el pretexto de 
que eran las once. Insultó luego en voz baja á los anti- 
guos adoradores que rondaban cerca de las dos como 
gozándose en su obra, y sin aguardar contestación ha- 
bía volado otra vez hacia Fernando. 

— Si usted lo desea, me retiraré— dijo éste—. Yo no 
quiero que sufra molestias por mi culpa. 

Ella se indignó, como si le propusiese algo contra 
su honor. Debía permanecer al lado suyo, ahora más 
que antes. Bastaba que le ordenasen una cosa para an- 
siar con irresistible deseo todo lo contrario. ¡Ay si no 
temiese estorbar á papá, que estaba jugando al po to- 
cón unos amigos! Sería suficiente una palabra suya para 
que interviniese con toda su autoridad, dejándola triun- 
fante sobre la madre desesperada... Iban á tener que se- 
pararse dentro de unos instantes. 

— Verá usted como llega el zonzo de mi hermano con 
la orden para que me vaya á dormir... Y tendré que 
obedecer á esa señora por no dar un escándalo. ¡Qué 
rabia! 

Ojeda pensó con cierta inquietud en las complicacio- 
nes y contrariedades que iban á alterar su plácida exis- 
tencia por obra de esta mujer. Habría de ganarse la 
simpatía de aquella señora cobriza, luchando además 
con la mala intención de los de la banda... Y todo ello 
por un resultado problemático, pues no estaba seguro 
de que en adelante se mostrase del mismo humor esta 
muchacha caprichosa y mudable. 

Iba á arriesgar una proposición que significase algo 
positivo, á solicitar una promesa de verse al otro día en 
lugar menos público que la cubierta de paseo, cuando 
ella le miró imperiosamente y dijo en voz queda: 
— A las doce... Le espero á las doce. 

¿A las doce de qué?... ¿Dónde debía estar á las 
doce?... Nélida pareció impacientarse al mismo tiempo 
que sonreía con cierta compasión. ¡Y afirmaban todos 



448 V. BLASCO IBÁÑEZ 

que Ojeda tenía talento!... A las doce de aquella noche, 
y en cuanto á lugar para verse, su camarote. ¿Cuál otro 
podía ser? Ella le esperaría con la puerta entornada. 
¡Qué torpes eran los hombres!... 

Así, con sencillez, sin dar importancia alguna á sus 
indicaciones. Cuando él titubeaba antes de formular una 
proposición, rebuscando palabras para hacerla más sua- 
ve, ella había salido á su encuentro abriéndole el ca- 
mino rudamente. 

Fernando movió la cabeza con gravedad, lo mismo 
que si se tratase de un lance de honor. Muy bien, á las 
doce llegaría puntualmente. Nélida dio detalles de su 
instalación. Ocupaba sola un pequeño camarote; en otro 
inmediato estaba su hermano: más allá sus padres en 
uno más grande. Vería luz en la puerta entreabierta. 
No tenía más que llegar cautelosamente, arañar la ma- 
dera... Pero se detuvo en sus indicaciones. 

—Ya llega ese imbécil... ¡La orden para ir á dormir! 

El imbécil era el hermano, que se presentó saludan- 
do á Ojeda, con voz balbuciente, mirándolo como á un 
personaje importante que inspira respeto y poca sim- 
patía. 

Nélida, al ponerse de pie, se desperezó con volup- 
tuosa expansión. Parecía más alta, como si su cuerpo 
se dilatase de los talones á la nuca con el serpenteo 
nervioso que corría por él. 

—Buenas noches, señor... Encantada de las cosas 
lindas que me ha dicho. No olvide los versos. 

La vio alejarse al lado del hermano, que trotaba, no 
pudiendo seguir sus pasos largos. La satisfacción de una 
nueva conquista, la inquietud de algo desconocido que 
iba á revelarse en breve, el orgullo de desobedecer á 
todos imponiendo su capricho, enardecían la briosa ju- 
ventud de Nélida, dando nueva frescura á su animalidad 
triunfante y majestuosa. 

Paseó Ojeda por la cubierta para entretenerse hasta 
la hora de la cita. ¿En qué día estaba?... Miércoles nada 
más. Era el mismo día en que había entrado por pri- 
mera vez en el camarote de la Eichelberger. ¡Y él se 
imaginaba que iba transcurrido mucho tiempo, días y 
días, semanas, meses, desde esta aventura triste! 



LOS ARGONAUTAS 449 

Las horas se deslizaban á bordo de un modo iiTegii- 
lar, con una celeridad loca ó una monotonía intermina- 
ble, según eran los sucesos. Sólo habían transcurrido 
unas pocas, y otra vez iba á bajar cautelosamente cil 
interior del buque en busca de una mujer en la que no 
pensaba poco antes. Si alguien le hubiese anunciado 
esto por la mañana al levantarse, habría reído incrédu- 
lamente. Contaba con los dedos para reconstituir en su 
memoria los sucesos de los últimos días. El domingo, 
víspera del paso de la línea, Maud. El lunes la derrota 
y la burla que le hacían odioso el recuerdo de Mrs. Po- 
wer. Al otro día Mina, la melancólica, que había pro- 
longado su dulce encantamiento hasta la tarde del día 
presente. Y ahora Nélida, que venía hacia él, contra 
(oda lógica, cuando menos podía esperarlo: Nélida, 
«la de la boca de tigresa — como decía Maltrana en su 
aíición á los apodos homéricos — , la de los ojos de antí- 
lope y la carne primaveral». 

En cuatro días tres amores... La vida dea bordo 
(juería borrar, con la rapidez de los hechos, la monóto- 
na languidez de su ambiente. En tierra, donde las per- 
sonas por más que se busquen pasan al día muchas ho- 
ras sin verse, habría necesitado cuatro meses, ó tal vez 
más, para llegar á este resultado. Aquí todo era fácil, 
gracias al hacinamiento y el tedio de tantos seres dis- 
tintos y contradictorios, obligados á convivir como las 
inñnitas especies del arca diluviana. 

Cerca de las doce cesó Ojeda en sus pciseos. Deseaba 
bajar á la penúltima cubierta sin ser advertido. A estas 
horas podía llamar la atención verle en las profundida- 
des del buque, á él, que tenía su camarote en el mismo 
piso del comedor. Las recomendaciones de Isidro le hi- 
cieron pensar con cierta inquietud en los jóvenes de la 
banda. Parecía disuelta esta noche al faltarle la presen- 
cia de la señorita Kasper, que era en ella el eje central, 
el polo de atracción. Algunos de sus individuos estaban 
diseminados en las mesas del fumadero siguiendo las 
partidas de poker. T)os marchaban por la cubierta y á 
Fernando le llamó la atención la frecuencia de sus en- 
cuentros, como si no le perdiesen de vista. 

Aprovechó un momento en que estaba desierto el 

29 



450 V. BLASCO IBÁÑBZ 

paseo para deslizarse por una escalera. Bajó dos pisos sin 
encontrar á nadie. Luego avanzó por un pasadizo, de 
puntillas sobre la tupida alfombra roja con grandes re- 
dondeles, en cuyo centro se ostentaba el nombre del 
buque. De algunas puertas surgían furiosos ronquidos. 
Creyó que sonaban detrás de él leves roces, como si 
alguien le siguiese. Se imaginó ver unas cabezas que le 
atisbaban asomadas á una esquina del corredor y que 
de pronto se ocultaron. Pero ya no podía retroceder y 
siguió adelante, mirando los números de los camarotes. 

La puerta estaba entreabierta, y antes de que él 
llegase se marcó en su estrecho rectángulo de luz la 
arrogante fígura de Nélida. Iba vestida simplemente 
con un kimono azul, el mismo que Fernando le había vis- 
to comprar en Tenerife. Unos brazos blancos y fuertes, 
completamente desnudos y que esparcían un perfume 
de carne fresca, recién lavada, salieron al encuentro de 
él agarrándose á su pecho como tentáculos irresistibles. 
— ¡Entra, tonto!— ordenó imperiosamente con la voz 
enronquecida al notar su vacilación — . Esos andan por 
ahí... pero no importa. ¡Entra; no pierdas tiempo! 

Y tiró de él rudamente, lo mismo que en las calle- 
juelas de muchos puertos tiran de la marinería ebria 
brazos desnudos con adornos de latón, surgiendo de 
ciertas casas. 

Poco después de la salida del sol, despertó Ojeda en 
su lecho. Sonaba la música en el inmediato corredor, 
junto á la puerta del camarote. «Hoy es domingo», pensó 
en la torpeza del despertar. Pero una extrañeza repen- 
tina disipó en él las últimas brumas del sueño. Hizo un 
rápido cálculo de días. No; no era domingo. Además la 
música sonaba alegremente una especie de diana de ca- 
ballería que no podía confundirse con el solemne coral 
luterano. A continuación de esta diana una polka salto^ 
na con locas cabriolas de clarinete, y luego se retiraron 
los músicos. «Debe ser una alborada en honor de alguno 
de los alemanes vecinos míos. Cualquiera diría que era 
para mí.» Y Ojeda volvió á dormirse. 

Dos horas después, mientras se vestía, quiso saber 
el motivo de esta música, preguntando al camarero que 
entraba con un jarro de agua caliente. El steivard con- 



LOB ARGONALTTAS 451 

testó rehuyendo la vista. Era un obsequio al pasajero 
del lado, un alemán que pasaba las noches jugando en 
el café hasta que apagaban las luces. Sin duda los ami- 
gos le habían dedicado esta alborada por ser su cum- 
pleaños. Y vagó bajo su recortado bigote una sonrisa 
de servidor discreto que piensa en la hora de la propina 
y miente por no molestar al señor. 

Arriba, en el paseo, el primero que le salió al en- 
cuentro fué Maltrana. 

— ¿Ha oído usted la música? — preguntó con cierto 
misterio. 

Ojeda quiso mostrar que estaba bien enterado. Sí; 
era en honor de un vecino suyo que celebraba su cum- 
pleaños. 

— No, Fernardo; la música era para usted... Cosas de 
esos chicos, que están furiosos por la traición de Nélida. 
Una ironía pesada y roma como sus zapatos. 

Había sorprendido á primera hora las conversacio- 
nes de algunos de la banda que comentaban con orgullo 
lo ingenioso de su burla. Al espiar á Ojeda en la noche 
anterior y enterarse de su buena suerte, habían tenido 
un conciliábulo en el fumadero, despertando después al 
jefe de la música para encargarle esta alborada. Era 
una felicitación que le dirigían los antiguos amigos de 
Nélida. 

En el primer momento tuvo Fernando un arrebato 
de cólera. ¡A él con musiquitas!... Sentía deseos de in- 
sultar á la banda entera con esa temeridad que comu- 
nica á todo hombre un amor nuevo. Pero Isidro rió de 
su indignación. ¿Qué había de malo en aquello?... Po- 
dían seguir dedicándole obsequios de esta clase, si tal 
era su gusto, mientras él continuaba tranquilamente en 
el goce de su buena aventura. Con música ciertas cosas 
resultan mejor... Y Fernando acabó por reir igualmente 
de esta broma torpe, que ridiculizaba á sus autores. 

Maltrana le habló luego de Nélida. Debía sentir im- 
paciencia por encontrarse con él. Media hora antes la ha- 
bía visto en el paseo, mirando á todas partes, como si lo 
buscase. Ni siquiera había hecho sus arreglos matinales. 
— Iba como si se hubiese vestido á toda prisa, con la 
melena alborotada. Debe haber vuelto á su camarote 



452 V. BLASCO íbíñez 

para adecentarse un poco. Tiene hambre de verle. ¿Pero 
qué diabólico secreto es el suyo, Ojeda, para obtener 
tales éxitos? Debía comunicarlo á los amigos... 

La proximidad de Nélida le hizo caUar. Venía ahora 
la joven muy distinta de como la había visto Isidro poco 
tiempo antes. Sus crenchas cortas aparecían rizadas; 
acababa de vestirse un traje nuevo; se movía con menu- 
dos pasos empinada sobre altos tacones; adivinábase en 
toda ella una preocupación por embellecerse y agradar. 
Su rostro, bajo una capa reciente de polvos, parecía 
alargado, con leves oquedades en las mejillas, rastros 
sin duda de emociones debilitantes. Un círculo de som- 
bra orlaba sus ojos, agrandándolos. 

Cuando tomó la mano de Fernando la retuvo largo 
rato, mientras fijaba en él una mirada interrogante... 
¿Contento? El sonrió con la gratitud de un buen recuer- 
do, satisfecho á la vez de esta ansiedad de la joven por 
conocer el estado de su ánimo. 

Adivinando Isidro lo inoportuno de su presencia, fué 
alejándose sin despedirse de ellos. Nélida, al verse sola, 
se aproximó más á su amante con un impulso de en- 
tusiasmo. 

— ¡Mi rey! ;Mi dios!... ¡Mi... hombre! 

Y faltó poco para qae lo besase en plena cubierta. El 
se dejaba adorar con un orgullo de varón satisfecho de 
su persona. Acordábase de Mrs. Power, comparándola 
con Nélida. Esta, al menos, conocía la gratitud. 

Pasearon juntos con imperturbable tranquilidad. Ella 
mostraba un visible deseo de espantar á las gentes con 
su atrevimiento, de enterar á todos de esta nueva rela- 
ción, que parecía enorgullecería. Pasaron a>nte «el banco 
de los pingüinos» y sus vecinas las «potencias hostiles», 
con repentino malestar de Ojeda, que deseaba retroceder, 
pero no se atrevía á decirlo. Afortunadamente, á aquella 
hora sólo había unas pocas señoras, que fingieron no 
verles, y luego, á sus espaldas, se miraron con el ceño 
fruncido y moviendo la cabeza. «¡Qué escándalo!...» 

Luego pasaron ante Isidro, que hablaba con Zurita 
de espaldas al mar. El doctor los siguió con un gesto de 
cómica admiración. 

— Compañero, ¡y qué valiente es su paisano! Cada día 



LOS ARüONAUTAfe 453 

con una... ¡y á su edad! Porque él no es ningún moci- 
to... ¡Ah, gallego tigre!... 

En las inmediaciones del fumadero estaban, sentados 
unos cuantos de la banda, que al verles venir cambia- 
ron miradas y toses. Ojeda se irguió arrogante, cual si 
presintiera un peligro. Pasó mirándolos con ojos de pro- 
vocación, pero todos parecieron ocupados de pronto en 
importantes reflexiones que les hacían bajar la frente, y 
no se fijaron en él. Nélida, con un ligero temblor, mez- 
cla de miedo y de placer, se agarraba convulsivamente 
á su brazo. 

Fernando sonrió: mejor era así. ¡Si alguien hubiese 
osado la menor burla!... Y ella le escuchaba con asom- 
bro y satisfacción. ¿Habría sido capaz de pelearse por 
ella?... ¿Lo mismo que en las novelas ó en el teatro? 

Y como él contestase afirmativamente, sin jactancia, 
con sencillez, Nélida casi le saltó al cuello. 

— ¡Mi rey!... ¡Mi hombre!... ¡Lástima que estemos 
aquíl ¡Ay, qué beso te pierdes! 

Encontráronse con el señor Kasper, que los acogió 
con toda la bondad de su rostro patriarcal. «P¿ipá... 
papá.» Su hija le besaba las barbas venerables, insis- 
tiendo en esta caricia con un runruneo de gata amorosa. 
El padre miró á Fernando con ojos dulces y protectores 
como si un presentimiento le hiciera adivinar la rea- 
lidad y lo considerase ya de la familia. El señor Kasper, 
que hasta entonces sólo había cambiado con Ojeda 
algunas palabras de cortesía, le habló con familiar 
confianza, haciendo elogios de su niña. «¡Esta Nélida!... 
Algo traviesa. No quiere obedecer á mamá... Pero es un 
ángel: un verdadero ángel.» Y acariciaba sus cortos 
calbellos con una mano temblona de emoción. 

Se habían sentado en un banco, colocándose ella, 
entre los dos. ¡Qué felicidad!... Su padre á un lado y 
al otro su hombre. Así deseaba quedar para siempre, 
mirándose en los ojos de Fernando, oj'-endo la voz del 
señor Kasper, una voz de predicador evangélico, que 
á impulsos de la costumbre, pasó de los afectos de fami- 
lia á hablar de negocios. 

Daba consejos á Ojeda, demostrando gran interés por 
su porvenir. Bastaba que faese amigo de la nina para 



454 V. BLASCO IBÁÑBZ 

que él considerase sus asuntos como propios. Debía pro- 
ceder con mucha cautela en el Nuevo Mundo. Los ne- 
gocios buenos eran abundantes, pero también las gen- 
tes sin conciencia que estaban á la espera de los recién 
llegados para abusar de su ignorancia. El sabía que 
Fernando llevaba capitales para emprender allá algo 
importante. Maltrana le había hablado de esto. Y por 
afecto nada más, le ofrecía la ayuda de sus conocimien- 
tos para cuando llegasen á Buenos Aires... Porque él 
esperaba que su amistad no se limitaría á un simple 
conocimiento de viaje: tenía la esperanza de que en 
tierra aun serían más amigos. 

—¡Quién sabe, señor, si llegaremos á hacer algo jun- 
tos! Yo tengo allá... 

Y comenzó la exposición de una de las muchas em- 
presas que, según él, le habían arrancado de su tran- 
quilo retiro de Europa, no porque necesitara trabajar, 
sino porque era lastimoso dejar que se perdiesen negocios 
tan estupendos. 

Nélida, casi de espaldas á su padre, no dejaba que 
Fernando le oyese con atención. Fijos sus ojos en los 
de él, buscaba al mismo tiempo una de sus manos, y 
llevándola detrás de su talle, la oprimía con invisibles 
apretones. A ella no le interesaban los negocios; podía 
hablar papá con su voz reposada y musical todo lo que 
quisiera. No le oía: á ella sólo le interesaba lo suyo. Y 
movió los labios sin emitir la voz, indicando con mar- 
cadas contracciones el mudo silabeo. Ojeda la entendía. 
—¡Dueño mío!... ¡Mi dios!... ¡Te amo! 

La mano oculta apoyaba estas palabras con fuertes 
estrujamientos. 

Un amigo de Kasper vino á sacarle de la infruc- 
tuosa predicación, libertando á sus distraídos oyentes. 
Le esperaban en el fumadero para empezar la partida 
matinal de poker. 

— Hasta luego, señor. Los amigos me reclaman. Tiem- 
po nos queda para hablar de estas cosas. 

Y sonrió por última vez á Ojeda, como si contemplase 
en él un socio futuro de las grandes empresas ofrecidas 
generosamente. 

Al verse libres los dos amantes de su verbosidad 



LOS ARGONAUTAS 455 

serena é inagotable, huyeron del banco, continuando el 
paseo. Hablaban de subir á la cubierta de los botes, 
cuando una voz los detuvo sonando á sus espaldas. 
«Nélida... Nélida...» Ahora era la madre la que salía á 
su encuentro para hacerla varias recomendaciones sin 
importancia. Fernando adivinó un pretexto para apro- 
ximarse á él. «Buen día, señor.» Sus ojos brillantes y 
húmedos de llama andino acompañaron el saludo con 
una mirada de atracción. Y sin saber cómo, se vio Ojeda 
otra vez formando parte de la familia Kasper bajo las 
miradas protectoras de la mestiza. 

Se apoyaron en una barandilla frente al mar. Nélida 
mostrábase inquieta y displicente, como si para ella fue- 
se un tormento permanecer al lado de su madre. Por 
detrás de la cabeza de ésta hacía señas á Fernando; le 
hablaba con el movimiento silencioso de sus labios. 
«Vamonos: déjala.» Pero él no podía obedecer, retenido 
por las palabras amables y las miradas de la señora, 
que se enfrascaba en un elogio de las cualidades de su 
hija. 

—Es un poco loquilla y no hace caso del «qué dirán» 
de las gentes. Pero aparte de esto muy hacendosa, ¿sabe, 
señor?... Y el día de mañana cuando se case y siente la 
cabeza, será una excelente madre de familia. Crea que 
el marido que se la lleve no se arrepentirá. 

Y miró á Fernando con ojos interrogantes, cual si le 
ofreciese esta dicha perpetua, esperando ver en su rostro 
una sonrisa de agradecimiento. 

Nélida, á espaldas de ella, continuaba su mímica. 
Estos elogios á sus facultades de dueña de casa, y el 
deseo de verla madre de familia, la hacían encogerse de 
hombros y contraer el rostro con gestos de repugnancia. 
«Vamonos— siguió diciendo mudamente— . No la oigas 
más.» 

La madre los dejó en libertad, adivinando de pronto 
lo inoportuno de su presencia. 

— Sigan ustedes su paseo. Las viejas estorbamos siem- 
pre á los jóvenes. 

Dijo esto con un aire de madre benévola y cariñosa, 
como si bendijese con los ojos la unión que veía en 
lontananza. 



456 V. BLASCO JBÁÑEZ 

Al alejarse, Nélida intentó excusarla, avergonzada 
de estas expansiones maternales. 

— I\o iiagas caso. Es mía señora á la antigua; una in- 
dia. Todo lo arregla con matrimonio; todos sus pensa- 
mientos van á parar á lo mismo. Apenas me ve con un 
liomlore, cree que debo casarme con él... Casarse, ¡qué 
vulgaridad! ¡qué grosería!... ¿Quién piensa en eso?... 

Y su protesta contrae! matrimonio era realmente in- 
genua, como si le propusiesen algo que le inspiraba es- 
cándalo y horror. 

El único de la familia que se mantuvo lejos de ellos 
en toda la mañana fué el hermano. Ojeda le era anti- 
pático: prefería á los de la banda. Sii seriedad y sus 
años le inspiraban respeto. Además, tenía la convicción 
de que aquel señor jamás le convidaría á champan y 
cigarros como los otros. Por esto, á pesar del ejemplo 
de sus padres, se mantuvo apartado del intruso que 
venía de repente á perturbar su vida. 

Después del almuerzo, cuando Fernando tomaba café 
con Malti'ana en el jardín de invierno, pasó Mrs. Power, 
saludándolo con un ligero movimiento de cabeza, sin la 
más leve emoción. Ojeda la miró también con indiferen- 
cia. Su figura arrogante apenas despertaba en él una 
remota vibración. Era como un libro olvidado que se 
encuentra de pronto y evoca la memoria de una lec- 
tura que produjo deleite, pero cuyo texto apenas puede 
recordarse. 

Yió ascender luego por la escalinata á Mina, llevan- 
do al pequeño Karl de la mano. El niño le miró, ex- 
trañándose de que no fuese hacia ellos lo mismo que 
antes. Pero la madre siguió su camino tirando de él, sin 
volver la cabeza, con la mirada perdida, para no trope- 
zarse con los ojos de Fernando. Un ligero rubor colorea- 
ba su palidez verdosa: rubor de timidez, de arrepenti- 
miento, de malos recuerdos. 

La noticia de su amistad con la señorita Kasper 
había circulado por el buque con la rapidez que una 
vida ociosa y murmuradora comunicaba á todos las in- 
formaciones. Además, ella exhibía con orgullo su nueva 
conquista, y este alarde tranquilizaba á Mrs. Power, que 
veía borrarse con él definitivamente todos los recuerdos. 



LOS ARGOrN'AXTTAS 457 

También alejaba á Mina, temerosa de la insolencia de 
Nélida. Unas cuantas lionas de atrevida exhibición 
habían bastado para lil)rMr A Fernaiiílo de sus amoríos 
anteriores. T^a mucliacha establecía el vacío en torno de 
ella. Todas las mujeres parecían temer la impetuosidad 
de este hermoso animal humano exuberante de fuerza y 
juventud. 

No tardó Ojeda en verla aparecer. Había hecho poco 
antes una rápida aparición en el jardín de invierno, 
pero liuyó al notar que su titulado pai-iente el alemán y 
el barón belga ocupa,ban la misma mesa de sus padres, 
con un visible deseo de aproximarse á ella. Después de 
breve eclipse asomó el rostro á una ventana inmediata 
al lugar donde estaban Fernando 3^ su amigo. El mudo 
movimiento de sus labios fué para aquél un lenguaje 
claro. «Ven...» Y al salir la encontró en la curva del 
paseo que él llamaba «el rincón de los besos». 

Nélida le hablaba con una expresión autoritaria. El 
era su dueño... su dios; pero debía obedecerla en todo. 
Aproximábase la hora de la siesta. En el jardín de 
invierno se abrían muchas bocas con bostezos de pere- 
za. Las gentes deslizábanse discretamente hacia sus 
camarotes. Sonaban ronquidos en las sillas largas del 
paseo. Los duros varones, insensibles al voluptuoso ani- 
quilamiento tropical, dirigíanse hacia la popa en busca 
de las tertulias del fumadero, para reanimar su activi- 
dad. Sentíanse repelidos por el silencio y la calma, que 
lentamente se iban esparciendo por la. cubierta del bu- 
que, como si ésta fuese un claustro de convento á la 
hora de la siesta. 

— Baja, dueño mío, ¿me oyes?... No tienes más que 
arañar la puerta. Yo abriré inmediatamente. 

Le miraba con sus ojos enormes y ávidos, que pa- 
recían querer devorarle. La punta de su lengua asoma- 
ba como un pétalo de rosa entre los labios súbitamente 
abrasados. Arremolinadas por la brisa aleteaban en 
torno de su frente las cortas melenas, dando á su cara 
un aspecto diablesco. 

Ojeda experimentó cierto asombro. ¡Bajar al cama- 
rote!... ¡Tan pronto! Empezaba á inspirarle miedo esta 
lozanía esplendorosa y audaz de insaciables deseos. Pero 



458 ^í. BLASCO IBÁÑEZ 

tuvo buen cuidado de disimular esta inquietud por or- 
gullo sexual. «Dentro de media hora — repitió ella — . 
Mi dios... ya lo sabes.» Muy bien; no faltaría. Y ella se 
fué con la satisfacción de que dejaba á sus espaldas un 
hombre feliz. 

Bajó Fernando con las mismas precauciones de la 
noche anterior, pero esta vez no pudo notar detrás de 
sus pasos el atisbo del espionaje. Y cuando llevaba mu- 
cho tiempo en el camarote de Nélida, sobrevino la más 
penosa de sus aventuras á bordo, una escena ridicula, 
de la que se acordaba luego con cierto malestar, te- 
miendo que el burlón Maltrana llegara á enterarse al- 
guna vez. 

Golpes repetidos en la puerta, y la voz gangosa del 
hermano de Nélida, una voz que balbuceaba más que de 
costumbre por el temblor de la cólera: «Abre... abre.» 
Empujaba la puerta como si quisiera echarla abajo. Por 
un resto de prudencia habló á través del ojo de la ce- 
rradura: «Abre: tienes un hombre en la «cabina»... Se 
lo voy á decir á papá.» 

Nélida no se inmutó, como si estuviese habituada á 
tales escenas. Su cólera fué más grande que su miedo. 
Mascullaba palabras de furia contra el hermano imbé- 
cil. ¿Y no habría una buena alma que lo matase, para 
quedar ella tranquila?... Adivinó que eran sus antiguos 
amigos los que por despecho enviaban al hermano de- 
lator, luego de revelarle la presencia de Ojeda en el 
camarote. 

— Métete ahí — ordenó imperiosamente mientras repa- 
raba el desorden de sus ropas ligeras. 

Vacilaba él no pudiendo adivinar el lugar señalado. 
¿Dónde quería que se escondiese en aquella pieza tan 
pequeña?... Pero la muchacha le empujó rudamente, 
mientras seguían los repiqueteos en la puerta y las vo- 
ces temblonas y amenazantes. 

El doctor Ojeda, como le llamaban para mayor honor 
muchos pasajeros, tuvo que agacharse y doblarse á im- 
pulsos de Nélida, y acabó por introducir su respetable 
personalidad debajo de un diván de exigua altura. Lue- 
go la joven colocó ante él, formando barricada, una ma- 
leta, un saco de ropa sucia y una gran caja de sombreros. 



LOS ARGONAUTAS 459 

Fernando creyó morir entre la alfombra y los mue- 
lles del diván incrustados en su espalda. El calor era so- 
focante en este encierro, lejos del ventilador y de la brisa 
que entraba por el tragaluz. Apenas quedó acoplado en 
tal in pace sintió que le dolían todas las articulaciones, 
y que su pecho se aplastaba contra el entarimado como 
si fuese á estallar. Una cólera homicida se apoderó de 
él. ;Ah, no! ;No seguiría allí! Esto sólo podían resistirlo 
aquellos muchachos de la banda á los que indudable- 
mente habría escondido ella otras veces de igual modo. 
Iba á salir, aunque tuviese que matar al imbécil. 

Pero no fué necesario. ¡Bueno estaba poniendo Néli- 
da al hermanito! Al abrir la puerta lo agarró de un bra- 
zo, haciéndolo entrar á empellones. ¡Hasta cuándo se 
proponía molestarla con sus necedades!... Estaba en lo 
mejor de su sueño y venía él á interrumpírselo con sus 
historias disparatadas: «Mira bien, zonzo... Abre los 
ojos, animal. ¿Dónde está el hombre, idiota?...» Y lo 
zarandeaba iracunda, mientras el muchacho abría des- 
mesuradamente los ojos mirando á todos lados, y espe- 
cialmente al vacío debajo de la cama, como si sólo allí 
pudiera ocultarse un intruso. 

La convicción de su derrota le hizo bajar la cabeza 
tristemente. Los amigos se habían burlado de él: era una 
broma de las suyas. Y cuando confesándose vencido 
quiso ganar la puerta, su buena hermana no le dejó 
partir con tanta facilidad. Primeramente, al abandonar 
su brazo, le soltó dos buenos pellizcos retorcidos, y luego, 
junto á la salida, una bofetada sonora: «Para que me 
molestes otra vez...» Quiso el muchacho devolver en 
igual forma este saludo de despedida, pero al bajar la 
mano sólo encontró la puerta que se cerraba de golpe y 
casi le aplastó los dedos. 

Nélida deshizo con presteza la barricada de objetos, 
y otra vez salió á luz el doctor Ojeda, pero despeinado, 
sudoroso, con la faz congestionada, parpadeando cual 
si no pudiese resistir la luz. 

Ella rió al verle en esta facha, al mismo tiempo que 
arreglaba amorosamente el desorden de su traje y le sa- 
cudía el polvo del encierro. 

— ¡Mi hombre!... ¡Mi dios! ¡Tan desgraciadito que me 



460 V. BLASCO IBÁÑE/; 

lo han de ver!... El, tan buen mozo, metido en ese escon- 
drijo... ¡Y todo por mí! 

Fernando tuvo una mala sonrisa. 
— Los otros eran más pequeños, ¿verdad?... Podían 
ocultarse mejor. 

Se arrojó Nélida con ímpetu sobre él, con los brazos 
abiertos. 

—No digas eso... viejo mío... No lo repitas. ¡Por Dios 
te lo pido! Me hace mucho daño. 

Y lo besaba con furia; lo aturdía con sus caricias, 
para disipar el mal recuerdo y recompensar al mismo 
tiempo la molestia reciente. 

Hizo responsable á su hermano de esta cólera de Oje- 
da, evocadora de malos recuerdos. Aquel imbécil sólo 
había nacido para hacerle daño. Y esto la llevó á hablar 
del otro hermano, «el gaucho», como ella le llamaba, el 
que vivía en la Argentina, y era el único hombre que 
había sabido inspirarla miedo. La amenazaba el herma- 
no menor frecuentemente con revelar al otro todas las 
aventuras de Berlín y las travesuras del viaje apenas 
hubiesen llegado á Buenos Aires. ¡Y «el gaucho» era te- 
mible! Ella sabía desde mucho tiempo antes cuál era la 
venganza con que intentaba castigarla. 

— Pero no hablemos de esto, mi hombre. Di que no 
me guardas rencor por lo de mi hermano... Repite que 
me quieres como siempre. 

Eencor no podía sentirlo Ojeda; era incompatible 
con el agradecimiento que le inspiraba aquella mujer 
por el regalo de su belleza, hecho liberalmente. Pero 
en la hora que todavía pasó allí, le fué imposible des- 
hechar el mal recuerdo del escondrijo y de la torturante 
posición que había sufrido en él... No volvería al cama- 
rote de Nélida. Sentíase sin fuerzas para arrostrar una 
nueva sorpresa, desafiando el ridículo, que era para él 
el más temible de los peligros. 

í]]la asintió. Se verían en el camarote de Fernando; 
lo había pensado aquella misma tarde, pero esperaba su 
proposición. Tenía deseos de visitarlo. Era indudable- 
mente mejor que el suyo: un camarote en la misma cu- 
bierta de los de lujo y con ventana grande en vez del 
tragaluz redondo de los de abajo. 



LOS AIICIONAUTAS 161 

— Convenido: est¿i noche iré después de las doce. Deja 
abierta la puerta. 

Esta vez Ojeda dio á entender claramente su contra- 
riedad. Aquella muchacha no aguardaba invitaciones: 
se convidaba á sí misma sin consultar el humor y los 
recursos del dueño de la casa. Nélida le miró con ojos 
suplicantes. «¿No quieres que vaya?...» Si era por miedo 
á que la sorprendiesen, no debía tener cuidado. Sabría 
deslizarse sin que nadie la viera. Podía caminar de no- 
che por todo el buque lo mismo que un fantasma, sin 
huella ni ruido. 

Fernando no se atrevió á sacarla de su error. Sentía 
además cierto orgullo en arrostrar de nuevo el sacri- 
ñcio tantas veces repetido. «Ven; te esperaré.» Y des- 
pués de esto procedieron á la minuciosa empresa de 
abandonar el camarote sin que los enemigos pudieran 
sorprender la salida. 

Ella fué la primera en avanzar por el pasadizo ex- 
plorando sus ángulos y recovecos. Luego silbó suave- 
mente, como un ojeador que indica el sendero, y Fer- 
nando abandonó el camarote apresuradamente, seguido 
en su fuga por los besos que le enviaba Nélida con las 
puntas de los dedos. 

Más que el miedo á ser sorprendido, le había mo- 
lestado lo ridículo de esta situación. ¡Qué cosas llegaba á 
liacer un hombre serio influenciado por aquella vida de 
abordo, que retrogradábalas gentes á la niñez!... El 
miedo al ridículo despertó su conciencia por una acción 
refleja, haciéndole ver la imagen de Teri que le contem- 
plaba con ojos crueles y un rictus desesperado... 

Pero no había que pensar en esto. Ya purificaría su 
alma cuando estuviese en tierra. Por el momento su 
abyección resultaba irremediable, y cada vez iría en 
aumento mientras no abandonase este ambiente. Era el 
esclavo del «gran tentador» de que hablaba Isidro. Sólo 
le faltaba arrastrarse, como los impuros de las leyendas 
convertidos en bestias. 

Durante la comida, el astuto Maltrana, que parecía 
adivinar sus pensamientos más recónditos, le abrumó 
con muestras de interés de una fingida inocencia. 
—Tiene usted mala cara, Fernando. Ni que hubiese 



462 V. BLASCO IBÁÑEZ 

visto ánimas durante la siesta. ¡Qué color! ¡qué oje- 
ras!... Coma mucho; la navegación es larga y usted ne- 
cesita tomar fuerzas. 

Pero al ver que Ojeda se molestaba por estas amabi- 
lidades adivinando su malicia, abandonó todo disimulo, 
añadiendo con admiración: 

— Compañero: le envidio y le tengo lástima. Es usted 
un valiente, ¡pero lo que se ha echado encima!... Antes 
del término del viaje, deseará llegar á tierra lo mismo 
que un náufrago que se ahoga. 

La comida de esta noche era con banderas y guir- 
naldas. En el fondo del comedor brillaban unos trans- 
parentes iluminados con dos inscripciones en francés y 
alemán: Au revoir! Aitf Wiedersehen! Era el banquete 
de adiós á los viajeros: una comida igual á todas, pero 
con un discurso del comandante y otro del «doktor», 
que en nombre de alemanes y extranjeros agradeció 
con lenta fraseología, semejante á un crujido de made- 
ras, las grandes bondades que aquél había tenido con el 
pasaje. Cuando la doctoresca elucubración llegó á su 
término, la gente, puesta de pie con la copa en la mano, 
lanzó los tres ¡hoc! de costumbre, mientras la música 
atacaba la marcha de Lohengrin. 

—No llegamos á Río Janeiro hasta pasado mañana 
—dijo Isidro, siempre bien enterado de la marcha del 
viaje — . Pero la despedida ha sido hoy, para que la gente 
que se queda en el Brasil pueda dedicar el día de ma- 
ñana al arreglo y cierre de equipajes. Esta noche es la 
última de gran ceremonia y las señoras van á guardar 
sus vestidos y joyas. La etiqueta del Océano sólo existe 
entre Lisboa y Eío Janeiro. En los dos extremos del viaje 
se puede bajar al comedor con la indumentaria que uno 
quiera. El protocolo neptunesco no se ofende por ello. 

Luego de la comida iba á efectuarse en el salón el 
reparto de premios á los triunfadores en los juegos olím- 
picos y á las señoritas que se habían presentado con 
mejores disfraces en la fiesta del paso de la línea. Des- 
pués de esta ceremonia empezaría el concierto, para el 
cual venían haciéndose tantos preparativos desde una 
semana antes. 

Maltrana hablaba de esta fiesta con orgullo, presen- 



LOS ARGONAUTAS 463 

tándose como su principal organizador. Había vigila- 
do los ensayos durante varios días, yendo del piano del 
salón, junto al cual probaba su voz Mrs. Lowe con 
toda la autoridad que le daba su estatura de dos metros, 
al piano del comedor de los niños, donde la señora viuda 
de Moruzaga hacía memoria de sus habilidades de sol- 
tera acompañando con un trémolo dramático los versos 
franceses recitados por una de sus hijas. Además, unas 
niñas brasileñas se preparaban para tocar á cuatro ma- 
nos una sinfonía; las artistas de opereta contribuían 
con varias romanzas; uno de los norteamericanos se dis- 
frazaba de negro para rugir su música con acompaña- 
miento de ruidosos zapateados, y hasta fraiilein Conchi- 
ta, cediendo á los ruegos de varias señoras entusiastas 
de las cosas de España, había accedido á ponerse de 
mantilla blanca cantando con su hilillo de voz algunas 
canciones de la tierra. El maestro Eichelberger, gran 
pianista, improvisaría para ella un acompañamiento. 
Y si lo reclamaba el público, la muchacha se atrevería 
aballar cierto «garrotín» de exportación, aprendido en 
una academia de Madrid de las que preparan «estrellas 
danzantes» para el extranjero. 

— Pero con recato y decencia, niña — había aconsejado 
Maltrana — . Comprímete aquí: échale agua á tu baile. 
Cuando llegues á tierra podrás lucirlo por entero. 

Satisfecho de sus gestiones como organizador, habla- 
ba de otros artistas, talentos ignorados que había sabi- 
do descubrir entre la masa de los pasajeros. Y terminaba 
por declarar modestamente que él también «aportaría 
su concurso» inaugurando el concierto con un discursito 
en honor de las señoras, hermosa pieza de oratoria meli- 
flua que llevaba aprendida de memoria, y seguramente 
iba á añrmar su prestigio ante las nobles matronas. 

— De esta— declaró — desbanca Maltranita al abate de 
las conferencias. Usted lo verá, Ojeda. 

No; Fernando no pensaba verlo. Sentíase sin ener- 
gía para arrostrar el tormento de tanto pianoteo y tanto 
canto de añcionado en la estrechez de un salón, con- 
fundido con un gran público abaniqueante y sudoroso. 
Prefería dar un paseo por Ja parte alta del buque, con- 
templando el espectáculo de la noche. 



464 V. SJLASUO iBÁfífí^:. 

Así lo hizo, pero al circular por las dos últimas 
cubiertas volvía siempre á las inmediaciones del salón, 
confundiéndose con el público menudo de criadas y 
niños que miraba por las ventanas. Antes de principiar 
la velada, Nélida se había aproximado á él, con su 
vestido escotado, color de sangre. Tenía que asistir á la 
ñesta con toda la familia: ¡un verdadero tormento! pero 
esperaba que Fernando ocuparía una silla cerca de ella. 
Y al saber que no entraba en el salón, casi lloró de con- 
trariedad. «Al menos no te vayas lejos: asómate de vez 
en cuando. Que yo te vea; que yo sepa que estás cerca 
de mí...» Durante el concierto los ojos de ella iban de 
ventana á ventana, y al reconocer entre las cabezas del 
público exterior la cara de Fernando enviábale por en- 
cima de su abanico sonrisas acariciadoras, besos apenas 
marcados con un leve avance de los labios, guiños ma- 
lignos que comentaban la marcha del concierto y los 
errores ele los ejecutantes. 

De este modo vio Ojeda como se movía su amigo en 
el salón, con aire de autoridad, cual si fuese el héroe 
de aquella ñesta, abriéndose paso entre las sillas para 
ir en busca de las artistas, inclinándose ante ellas con 
su «saludo de tacones rojos», dándolas el brazo para 
conducirlas al estrado y quedándose junto á la pianista 
ó la cantante, al cuidado de sus papeles, é iniciando las 
salvas de aplausos. 

Era su noche. El discursito, cuidadosamente prepa- 
rado, había obtenido un éxito enorme. Las miradas de 
todas las señoras que podían comprenderle iban hacia él 
con admiración y gratitud. «¡Qué monada el tal Maltra- 
nita! jQué hombre tan dijel... ¡Qué habiloso!...» Y él 
aceptaba con modestia estos elogios formulados por las 
damas según los términos admirativos de cada país. 
En su declamación dulzona las había abarcado á. todas, 
jóvenes y viejas, alcanzando sus elogios hasta á las 
sotanas que figuraban entre ellas, lo que le dio motivo 
para ensalzar la religión, representada allí por sacerdo- 
tes de todo el latinismo. El obispo italiano dilataba su 
cara con un gesto de contento infantil; el abate francés 
sonreía inquieto, como si viese nacer un temible rival; 
don José agradecía la alusión, admirándolo con patrió- 



LOS ARGONAUTAS 466 

tico orgullo. «¡Qué don Isidro tan vivo!... ¡Si yo tuviese 
su labia para las señoras!» 

Al terminar el concierto, la gente se esparció por la 
cubierta, ansiosa de respirar aire libre. Era cerca de 
medianoche. Las niñas se quejaban del calor, intentan- 
do con este pretexto desobedecer á las madres, que pro- 
ponían un descenso inmediato al camarote. Los pasa- 
jeros más corteses iban saludando á Jas señoras que 
habían figurado en el concierto, sonando en su coro de 
alabanzas los más estupendos embustes. Todas ellas 
aceptaban sin pestañear la afirmación de que en caso 
de pobreza podían ganarse la vida con su talento musi- 
cal. Mrs. Lowe, escoltada por su marido, que llevaba 
bajo el brazo un rimero de partituras, acogía estos elo- 
gios con foscas contracciones de su rostro caballuno. 
Sentíase ofendida por la falta de gusto de los oyentes: 
sólo la habían hecho repetir su canto dos veces, cuando 
ella traía ensayadas una docena de romanzas. El pú- 
blico se lo perdía. 

Un grupo de señores viejos acosaba á Conchita con 
sus felicitaciones. Algunos, prudentes y calmosos hasta 
entonces, parecían agitados por un cosquilleo eléctrico. 
Muy bonitas las canciones, aunque ellos no habían en- 
tendido gran cosa... ¡pero el baile! ¡aquella danza ser- 
penteante con unos brazos que parecían hablar!... Doña 
Zobeida sonreía contenta del triunfo de «esta buena se- 
ñorita», haciendo confidente de sus entusiasmos á don 
José el cura, que la escoltaba igualmente con toda la 
autoridad de su sotana. 

— ¿Pero ha visto qué lindura, padrecito?... Nuestra 
niña es la que ha gustado másalos señores... Ya lo 
decía mi finado el doctor, que sabía de esto como de 
todo. Para bailar con gracia, las españolas. 

Y perdiendo su timidez, ella misma presentaba á 
Conchita de grupo en grupo, aceptando como algo propio 
los requiebros interesados que los hombres dirigían á la 
bailarina. 

Maltrana no se mostraba menos ufano por su triunfo 
oratorio. Al encontrarse con Fernando tuvo el gesto pe- 
tulante de un cómico que sale de la escena... ¿Le había 
visto? ¿Qué opinión era la suya?... 

30 



466 Y. ÍILA8U0 iBÁÑaz 

— Yo creo que me los he metido en el bolsillo... Los 
amigos me miran como si fuese otro hombre. Parecen 
arrepentidos de haberme tratado hasta hace poco como 
un insignificante... Van á darme una ñesta en el fuma- 
dero: una íiesta íntima... en mi honor. 

Era una despedida de los pasajeros alegres á los ami- 
gos que se quedaban en Eío Janeiro; pero por el éxito 
reciente de Maltrana, la dedicaban también á su per- 
sona. 

— Va á ser famosa — continuó Isidro con entusiasmo — . 
Asistirán señoras, muchas señoras; todas las coristas de 
la opereta que me lian oído desde puertas y ventanas 
sin entenderme seguramente, pero que ahora me con- 
templan con respeto y cuando paso Junto á ellas murmu- 
ran algo que debe ser de admiración... Venga usted con 
nosotros. 

Fernando se excusó: pensaba retirarse inmediata- 
mente á su camarote. Maltrana frunció el entrecejo como 
si recordase algo molesto, y aprobó su resolución. Hacía 
bien. Aquella fiesta era igualmente para despedir al 
barón belga y á otros a^migos suyos que se quedaban en 
el Brasil. En el aturdimiento de sa gloria había olvi- 
dado que los de la banda estaban furiosos contra Ojeda 
y á última hora, con la iDSolencia que da el vino, eran 
capaces de provocar una escena violenta. 

— Hasta mañana: le contaré lo que ocurra... No tema 
que esta noche vaya como las otras á golpear el cama- 
rote misterioso. Eso se acabó... Por cierto que el hom- 
bre lúgubre no se ha dejado ver en todo el día. Debe 
estar temblando con la idea de que pasado mañana 
llegamos á Eío. Verá usted como lo primero que se 
presenta en el buque es la policía para echarle esposas 
en las manos... Yo no me equivoco. 

Al entrar Fernando en su camarote experimentó 
gran sorpresa viendo el retrato de Teri... Luego se aver- 
gonzó de esta inconsciencia en que vivía, semejante á 
la del ebrio que recuerda los propios asuntos cual si 
fuesen de otra persona. Los hechos anteriores á su em- 
barque eran para él como sucesos de una existencia 
distinta, ocurridos en otro planeta, de los que sólo guar- 
daba ya débil memoria. Vivía ahora en un mundo 



LOS ARtSONAUTAS 467 

nuevo, reducido, aislado, que iba vagcindo por el infini- 
to azul, y sólo le interesaban las inmediatas necesidades 
de su existencia oceánica... 

Nélida iba á llegar: ¡y quién sabe con qué comen- 
tarios de juventud insolente y triunfadora saludaría la 
belleza de Teri, de un esplendor melancólico, fino y 
suave, como el de las primeras mañanas de otoño!... 

Para evitar un sacrilegio llevó sus manos al retrato, 
ocultándolo entre las ropas del armario. Al hacer esto 
temblaba con una inquietud supersticiosa. Temía que 
un poder inexorable y oculto, que él no llegaba á definir 
con claridad, le castigase por su cobardía... Tal vez per- 
diera á Teri para siempre después de haber osado ocul- 
tar su imagen. ¡En amor hay tantas afinidades miste- 
riosas! ¡tantos choques inexplicables á través del tiempo 
y la distancia!... Pero estas preocupaciones de hombre 
imaginativo, trastornado por una vida de encierro, du- 
raron muy poco. Un ruido de pasos en el inmediato 
corredor le hizo volver al presente. Era un vecino que 
se retiraba. Nélida no tardaría en presentarse, y era 
ridículo que él la recibiese vistiendo aún el smoking de 
la comida. 

Luego de desnudarse se cubrió con un pyjama, tomó 
un libro y esperó leyendo y fumando. El interés de la 
lectura se había apoderado de él al poco rato. Nélida, 
con toda su gentileza, carecía del encanto de este libro: 
la novedad. 

Transcurrió mucho tiempo, y cuando empezaba á du- 
dar de que ella viniese, percibió un leve ruido en el in- 
mediato corredor; menos que un ruido, un roce, las on- 
dulaciones del aire por el desplazamiento de un cuerpo 
silencioso. Era ella que avanzaba cautelosamente. 

No experimentó sorpresa al ver que giraba la puerta 
del camarote sin que apareciese alguien en el espacio 
recién abierto. Luego, Nélida entró de g'olpe, ó más 
bien, saltó, con la alegría de un gimnasta que llega al 
final de una carrera de obstáculos. Sacudía en torno de 
la frente el manojo de sierpes de su cabellera; dejaba 
flotante sobre su cuerpo el sutil kimono, que había lle- 
vado recogido hasta entonces como si quisiera replegar- 
se, disminuirse en su marcha silenciosa. 



468 V. BLASCO IMÁÑEZ 

— ¡Cú... ró/— dijo al entrar con risa triunfante — . 
¡Aquí me tienes! 

Se arrojó en brazos de Fernando con cierta emoción, 
como si éste fuese su primer abandono, pero luego se 
apartó rudamente á impulsos de su movilidad capri- 
chosa. Encendió todas las luces del camarote para exa- 
minarlo mejor. Tocaba los libros apilados en el diván, 
en la mesita y hasta en el lavabo; revolvía los papeles; 
mostraba una curiosidad infantil ante los objetos de 
tocador y las ropas de Ojeda. Su deseo de verlo todo 
adquiría un carácter alarmante. 

— Tú debes tener retratos; cartas de amor. ;A saberlo 
que traes de Europa guardado en tus maletas!... Ensé- 
ñame tus conquistas, viejo mío. Muéstramelas .. para 
que me ría. 

Luego admiró el camarote. Era más grande que el 
suyo; el techo más alto, y sobre todo, en vez del traga- 
luz redondo tenía ventana, una verdadera ventana como 
las de las construcciones terrestres. Saltó sobre el diván 
para sentarse en el alféizar de ella, sacando parte de su 
cuerpo fuera del buque. Un grato escalofrío hizo tem- 
blar su espalda; estremecimiento de frescura por el 
vientecillo de la marcha que corría sobre su piel hin- 
chando la tela del suelto kimono; estremecimiento de 
miedo al verse suspendida entre el vacío y la noche, 
bastándole un leve movimiento de retroceso para caer 
en el mar. 

Ojeda la sostuvo, agarrando sus piernas. Con esta 
atolondrada podía temerse todo. Y Nélida agradeció su 
miedo como una manifestación de amor, acariciándole 
la cabeza, hundiendo sus manos entre los cabellos, al- 
borotándolos. 

— Figúrate, negro, que yo me dejase caer así... ¡Ah... 
ah... ah! (Y al lanzar esta exclamación, se echaba atrás, 
obligando á Ojeda á un esfuerzo violento para retener- 
la.) Por pronto que se enterasen en el buque é hicieran 
alto, pasaría mucho tiempo. Pero tú te echarías al agua 
detrás de mí, ¿no es cierto, mi viejo?... Vendrías á ha- 
cerle compañía á tu nena en medio del mar, y nadaría- 
mos juntos hasta que nos buscasen... Y si no nos busca- 
ban nos ahogaríamos juntos... ¡así!... ¡bien juntitos! 



LOS ARGONAUTAS 469 

Con la excitación del peligro se abrazaba á él fuer- 
temente, tirando hacia afuera, como si en realidad de- 
sease caer de la ventana arrastrando á su amante. 

Este se libró con rudeza del abrazo juguetón é im- 
prudente. Estaban en medio del Océano, lejos de toda 
costa. Bastaba una leve falta de equilibrio, para que ella 
se desplomase en aquellas aguas negras que pasaban y 
pasaban junto al flanco de la nave. Sería un chapuzón 
en el misterio y el olvido: una caída sin esperanza. 
Nadie podía verla; la muerte era segura. Y aunque al- 
guien la viese y el buque se detuviera volviendo sobre 
su marcha, resultaba difícil encontrar un pequeño cuer- 
po flotante en esta lóbrega inmensidad que parecía de 
tinta. 
— Nélida, ipor Dios! Baja de la ventana. 

Pero ella reía de su miedo, segura al mismo tiempo 
déla fuerza con que la mantenían sus brazos, «¡xih... 
ah... ah!» Y echaba el cuerpo atrás en el vacío con tal 
ímpetu, que Ojeda hubo de hacer grandes esfuerzos 
para sostenerla. 

— Di que si yo cayese te echarías de cabeza para 
salvarme... Di que morirías por tu nena... 

Aprobó Fernando todo cuanto ella quiso pedirle, y 
sólo así pudo conseguir que abandonase la ventana, es- 
trechamente abrazada á él , contemplándolo con admi- 
ración. 

—¿De veras que morirías por mí?... Repítelo, viejito 
rico, que yo lo oiga... Dilo otra vez, mi negro. 

La gratitud perduró en Nélida gran parte de la no- 
che. Ea la obscuridad, sin más luz que el tenue fulgor 
sideral que entraba por la ventana, volvió á llamar á 
Ojeda «viejito» y «negro», dos palabras amorosas del 
nuevo hemisferio á las que él no había podido habituarse 
todavía, y que en medio de los transportes pasionales 
le hacían sonreír. 

Cuando brilló de nuevo la electricidad estaban los 
dos sentados en el diván. Nélida, por un brusco cambio 
de su carácter tornadizo, hablaba ahora con tristeza y 
miedo. Contaba los días que faltaban para la llegada á 
Buenos Aires. ¡Cuan pocos eran!... Recordaba á su her- 
mano mayor, el rudo estanciero, que en las últimas car- 



470 V, BLASCO IBÁÑBZ 

tas enviadas á Berlín profería contra ella terribles ame- 
nazas, comentando las denuncias que le había dirigido 
el hermano pequeño. 

—Y ese zonzo de seguro que apenas lleguemos le va 
á contar no sólo lo de Alemania, sino lo de aquí; lo tuyo 
también. ¡Ay! ¿Qué va á ser de mí?... 

Ella, que en su valerosa inconsciencia no temía á 
nadie de los que la rodeaban, temblaba con sólo el re- 
cuerdo de este hermano, al que había podido apreciar 
en un breve viaje á la Argentina realizado tres años 
antes acompañando á su padre. 

— Con él nadie bromea. Es un bárbaro... ;Y si hablase 
sólo de matarme! La muerte no me da miedo: al fin 
todos hemos de pasar por ella. Pero me amenaza con 
algo peor. Me quiere cortar la cara, me la quiere quemar 
con vitriolo, para que los hombres huyan de mí y yo 
me consuma de desesperación. ¡Qué horror!... 

Temblaba sólo al pensar en este suplicio, más temi- 
ble para ella que la muerte, no dudando un instante 
de que sii hermano dejase de cumplir tales amenazas. 
Guardaba un vivo recuerdo de su gesto fosco, de su 
propensión á la violencia, de su mirada lúgubre. Ojeda, 
escuchándola, se imaginaba el tipo. Era un homicida, 
al que había faltado una ocasión para el desarrollo de 
sus facultades. ¡Interesante la familia Kasper con sus 
variados productos del cruzamiento de razas! 

— ¡Ay! Si tú me amases de verdad...- continuó ella, 
implorándole con sus ojos — . Tú que eres capaz de echarte 
al mar por mí, podías hacerme feliz con mucho menos... 
Di, mi viejo, ¿quieres hacer algo que yo te pida?... 

Fernando, acosado por sus ruegos, prometió obede- 
cerla. ¿Qué deseaba?... Una cosa insignificante, que ex- 
puso ella con sencillez. No quería ir á América: mar- 
chaba hacia Buenos Aires como un animal que va al 
degolladero. Aun estaban á tiempo los dos para ser 
dichosos. Bajarían en Río Janeiro, se esconderían, de- 
jando que partiese el vapor, y tomarían pasaje en otro 
buque de los que volvían á Europa... ¡Ah, el hermoso 
Berlín! En ninguna ciudad de la tierra se vivía con más 
felicidad. 

Casi saltó Fernando de su asiento á impulsos de la 



LOS AnaONAUTAS 471 

sorpresa. ^;Volver á Europa, cuando aun no había lle- 
gado al término de su viaje? Sólo podía admitir esta 
proposición como una broma. ¿Y sus negocios?... ¿Qué 
iba á hacer él en Berlín?... 

Nélida se sintió ofendida por la extrañeza que mos- 
traba su amante. 

— No rae quieres, bien lo veo. Todos los homJores sois 
lo mismo. Muchas promesas y luego retrocedéis ante el 
sacrlñcio más pequeño... ¡Egoístas! 

Se quejaba como si acabase de descubrir una gran 
infidelidad, ella, á la que había visto Ojeda en trato 
amoroso con otros hombres y que dejaba á sus espaldas, 
en Europa, un pasado del que iba á pedirle cuentas el 
«gaucho» vengador. Sólo llevaban dos días de amores y 
se extrañaba de verse desobedecida, como si los hombres 
no tuviesen otra obligación que seguirla en todos sus ca- 
prichos y su insolente juventud fuese el centro del mun- 
do, en torno del cual debían girar personas y sucesos. 
— Me mataré — dijo con energía — . Y si no me mato 
me marcharé sola. Yo te juro que no llego á aquella 
tierra... ¡Qué horror! 

Acordábase de los meses que había pasado en Ar- 
gentina tres años antes. Era un país para mujeres como 
su madre. Buenos Aires aun podía tolerarse, pero ellos 
iban á vivir en una ciudad del interior, cerca de la 
estancia que dirigía, su hermano. 

— Por toda diversión una plaza en la que toca una 
música algunas noches. Las niñas se pasean por un lado, 
como manadas de pavos, y los hombres por otro; sin ha- 
blarse, dirigiéndose miradas, lo que allá llaman afilar^ 
y sin atreverse á un saludo. Luego el encierro en casa 
todo el día... la conversación con las amigas de mamá. 
No; ¡primero morir! Yo necesito ir á Berlín. ¡Si tú cono- 
cieses lo hermoso que es Berlín!... 

Intentaba vencer la resistencia de Ojeda con los re- 
cuerdos de aquella capital, en la que había transcurrido 
lo mejor de su vida. Ella no conocía París. Su padre 
se había negado sieuípre á llevar á su familia á esta 
ciudad. Se enfurecía el señor Kasper como un profeta 
bíblico al hablar de la raodei'na Babilonia, urbe corrom- 
pida, inventora de malas costumbres... ¡Ay Berlín! Tal 



472 V. BLASCO IBÁÑES 

vez las parisienses fuesen más elegantes, más ñnas que 
las otras, pero en Berlín todo era grande. Los cafés y los 
teatros más enormes que los de París. Los establecimien- 
tos nocturnos copiaban los títulos de Montmartre, pero 
si en una sala parisién danzaban cincuenta parejas, en 
la de Berlín bailaban doscientas; si en una parte se des- 
tapaban diez botellas, en la otra eran cien; y si en los 
bulevares había batallones de mujeres sueltas, en la me- 
trópoli germánica podían formarse cuerpos de ejército 
con las hembras en disponibilidad. 

Todo era abultado, inmenso, colosal, en aquella urbe 
disciplinada; hasta la alegría y la licencia, que habían 
sobrevenido como resultados del triunfo. Y la mestiza 
de alemán y de criolla hablaba con nostalgia de la vida 
nocturna de Berlín, de todo lo que había conocido y go- 
zado en su absoluta libertad de «señorita educada á la 
moderna». 

— Tú sólo has visto aquello como viajero; además, 
conoces poco el idioma. No sabes lo que es la vida allá. 
¡Si la conocieras!... ¡Si accedieses á venir conmigo! 

Y con la inconsciencia de su entusiasmo, sin darse 
cuenta de la impresión penosa que causaba en Ojeda , 
comenzó á hablarle de sus aventuras. Tenía una amiga, 
hija de alemán y de norteamericana, cuyos padres vi- 
vían en Berlin después de haber hecho fortuna en los Es 
tados Unidos. Las dos se escapaban de sus casas por 
la noche para ir á los cafés más célebres en compañía 
de unos novios con los que nunca habían de casarse. 
Este acompañamiento no las impedía cenar con ricos 
señores de la industria y de la banca que celebraban 
un buen negocio. Los dueños de los establecimientos las 
atraían y halagaban á ellas y á otras de su clase. Eran 
señoritas, con un encanto superior al de las otras muje- 
res. Sabían mantener sus aventuras en un término pru- 
dente, con más bullicio y atrevimiento que las profesio- 
na