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Full text of "Los caballeros del amor (memorias del reinado de Carlos III), novela histórica"

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LOS 



CABALLEROS DEL AMOR 



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LOS 



CABALLEROS DEL AMOR 



(MEMORIAS DEL REINADO DE CARLOS III) 



NOVELA HISTÓRICA 



ESCRITA POF^ 



[ AlVAÍ^O pARRILLO^^i. 



-i 



TOMO II 



BÁRCELOP 



CALLE DE DÓU, N."* 15, (ANTIGUA UNIVERSIDAD) 






Esta obra es propiedad del Sr. Seix, quien 
se reserva sobre la misma cuantos dere- 
chos le concede la lev. 



Barcelona: Imp. de Baseda y Giro, calle Sepúlveda, núm. 197, Ensanche. 



CAPÍTULO I. 



Antecedentes á los capítulos anteriores. 



En el mismo momento que en casa del conde de Lazan te- 
nia lugar la escena en que María rogaba al vizconde alcanza- 
ra el perdón de don Luis, Antonio se hallaba en la de Alina, 
pidiéndole consejo. 

Si la curiosidad del lector es tanta, que quiera sorprender 
parte de la conversación, síganos, y sin cansarnos en el ca- 
mino, y en menos de un santiamén, nos trasportaremos al 
sitio donde el joven y la dama se hallan, y como poseemos un 
precioso talismán, por virtud de él permaneceremos invisi- 
bles á los ojos de Alina y Antonio. 

— ¿Estáis, pues, completamente decidido? 

—Lo estoy; quiero tener una explicación con mi padre. 

—Pero 

—Nada temáis; sé lo que me impone el deber filial, por más 
que él haya desconocido los que le imponía su calidad de 
padre. 



6 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

— Si es cierto que tan decidido estáis á obrar prudente- 
mente, no nrie niego á acompañaros. 

—Gracias, señora. 

—Antes meditadlo; consultad hasta donde podéis contar 
con vos mismo, dando semejante paso. 

— Lo tengo bien meditado. 

— Entonces, contad conmigo. 

— Luisa, solo por Luisa lo hago. 

—Os creo, amigo mió, y ya sabéis no me intereso yo menos 
por ella. 

— Es preciso que Garlos cumpla con ella como debe hacer- 
lo un caballero. 

— Y no dudo que el conde, á instancias mias, así se lo ha- 
brá exigido. 

—Ahora sabemos á qué atenernos. 

— Pues cuanto antes, será mejor. 

Alina y Antonio se dirigieron á la morada del conde; éste, 
que parecia predestinado á que no se le dejara á solas y tran- 
quilo un momento, se exasperó cuando su criado le dijo que 
una dama y un joven deseaban verle; mas como quiera que por 
las señas que el criado le dio, reconoció á Alina en la dama, 
no pudo negarse á recibirla. 

Al penetrar Antonio en el gabinete del conde, sintió que el 
corazón le palpitaba de una manera desusada dentro del 
pecho. 

El rostro del anciano se cubrió de mortal palidez al reco- 
nocer al joven que acompañaba á Alina. 

—Señor conde— dijo Alina con el sarcástico tono que usa- 
ba siempre que se veia con él — este joven me ha suplicado 
vivamente que le condujera á vuestra presencia, y yo, contan- 
do con el comedimiento de ambos, he accedido á su súplica. 

El conde no se atrevia á hablar; por último, dijo: 

— Habéis hecho bien. ¿En qué puedo serviros, joven? 

— No se trata de mí, padre mió— dijo Antonio tristemente. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 



El conde no pudo reprimir un marcado movimiento de 
sorpresa al oir las frases de Antonio; éste que lo advirtió, 
repuso: 

—Tranquilizaos; todo lo sé. 

— ¿Y venís sin duda á reclamar —balbuceó el conde sin 

osar fijar sus ojos en el joven. 

—¿Reclamar para mí?.... Estáis en un error; nada espero y 
nada solicito; al nacer, desheredóme el Señor del cariño de 
mis padres, y como esta es la mayor de las desgracias para un 
hijo, nada me importa perder lo demás que pudiera corres- 
ponderme. 

— Yo —murmuró el conde inclinando la frente hacia el 

suelo. 

— No os acuso, señor; y os suplico que no inclinéis vues- 
tras canas ante mis negros cabellos; levantad la frente, fijad 
vuestros ojos en los mios, y no leeréis en ellos ni el más míni- 
mo reproche; si puedo acusar, no quiero hacerlo; no temáis, 
por lo tanto, que mis labios se abran para inferiros la menor 
ofensa; si acaso se mueven será únicamente para suplicar, 
aunque nada en favor mió. 

El respetuoso y noble lenguaje de Antonio, confundía más 
y más al conde, y es bien seguro que en su corazón se estaba 
librando ruda batalla de encontrados afectos. 

— Vuestro respetuoso lenguaje— dijo por fin— me anima á 
creer que se anida en vos un alma noble y un corazón eleva- 
do y generoso. Podéis creer que estoy dispuesto á hacer cuan- 
to me pidáis, si está en mi mano hacerlo. 

— Yo os doy por ello las gracias anticipadamente; se trata 
de la joven Luisa. 

—Antonio, conozco á esa joven, está en esta casa actual- 
mente, y bien sabe Dios que he procurado hacer por ella 
cuanto me ha sido posible. 

—Y me atrevo á esperar que seguiréis insistiendo en hacer- 
la feliz— dijo Antonio. 



8 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

— Yo bien lo quisiera, pero 

— ¿-Qué obstáculos se oponen á ello?~preguntó Alina. 

— El más inesperado— respondió el conde. 

— ¿Y es?.... — repuso respetuosa pero vivamente Antonio. 

— La negativa de Garlos. 

— Se niega el señor vizconde á cumplir su palabra? 

— Sí, Alina; se niega. 

— ¿Qué motivos alega para tal proceder? — dijo Antonio. 

— Se los calla, pero sostiene que le es imposible, por más 
que ese fuera su deseo, el dar su mano á Luisa. 

—¿Eso dice? 

—Sí. 

— Y vos, ¿qué decís? 

—¿Qué queréis que diga ni haga yo, Alina? Sufrir y callar. 

— Mandar es lo que debéis hacer, señor— repuso Antonio. 

— Lo he hecho y se ha negado. 

— Él dio su palabra y debe cumplirla; si no lo hace se le 
debe obligar. 

— ¡Obligarle ! ¿Y cómo hago yo eso si él se obstina en des- 
obedecerme? 

Antonio estaba visiblemente agitado, sus ojos despedían 
chispas; Alina procuró calmarle temiendo que sobreexcitado 
como se hallaba cometiese alguna imprudencia. 

— Veamos á Luisa, Antonio; sepamos lo que ella dice. 

— No, yo no quiero verla; hacedlo vos. 

— Así lo haré. 

— Suplico al señor conde interponga su influencia, á fin de 
evitar una catástrofe entre el señor vizconde y mi humilde 
persona. Con vuestro permiso me retiro, procuraré veros hoy 
nuevamente, señora. 

Antonio saludó y salió de aquel gabinete profundamente 
conmovido. 

El conde, al verle marchar, cubrióse la frente con las ma- 
nos, y exclamó con acento desesperado: 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 9 

—¡Hasta cuándo, Señor, hasta cuándo! 

— Mientras alentéis— contestó Alina con profético acento. 

— I Por piedad, señora, tened compasión de mí! 

— ¡ tr*iedad 1 ¿Acaso la tuvisteis vos de mí? 

— No niego mi culpa. 

— Vuestras culpas dijerais mejor, señor conde. 

— Sí, mis culpas, razón tenéis; pero ¡ay ! harto las expío. 

—Dios es justo. 

—Pero no cruel. 

— ¿Acaso creéis que es crueldad la que sobre vos ejerce? 

— Lo que creo es que mi vida no es vida; que los aconteci- 
mientos en mi contra se suceden unos á otros con tal rapi- 
dez, que hacen imposible que goce ni un solo minuto de bien- 
hechora calma. 

—¿Acaso os figuráis que vuestras víctimas gozan ni han 
gozado del menor consuelo, á contar desde el instante en que 
os conocieron? 

—Yo 

—Vos sois un egoísta; tanto, que solo os acordáis de vues- 
tros actuales sufrimientos, sin tener en cuenta los que sufren 
los otros por culpa vuestra. Vos no habéis sufrido ni es posi- 
ble que sufráis lo que yo, y sin embargo, no me quejo de la 
justicia divina, y eso que entre nosotros dos media la diferen- 
cia del verdugo á la víctima; bien lo sabéis. 

— Es cierto— contestó el conde con voz ahogada. 

— No es esta ocasión de recordaros vuestros crímenes, ni 
yo he venido á eso. ¿Tenéis inconveniente en que vea á Luisa? 

—Ninguno, señora. 

— Pues os suplico que me conduzcáis á su presencia. 

— Aguardad un instante. 

El conde tiró del llamador, y acto continuo apareció un 
criado. 

—¿Sabéis— le dijo el conde— si está sola en el gabinete que 
se le ha destinado, la joven forastera? 

TOMO 11. 2 



10 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

— Hace ya bastante rato que entró en él la señorita, 

—Esta bien; retiraos. 

El criado obedeció. 

—¿Queréis verla al instante? 

— Sí— respondió Alina. 

Venid, pues. 



CAPÍTULO IL 



Unsi alianza femenina. 



Razón lenia el criado del conde al asegurar que hacia ya 
largo rato que María se hallaba en el gabinete de Luisa. 

Las dos jóvenes habian simpatizado desde el primer mo- 
mento en que se vieron: María era muy buena, y desde que 
tuvo conocimiento del motivo que produjo el accidente de 
Luisa, comenzó á sentir afecto hacia aquella joven á la cual 
no conocía, pero cuyos sinsabores sabia comprender. 

No se separó de su lado en tanto estuvo privada del senti- 
do, y cuando Luisa volvió á la vida se halló ó su lado á una 
hermosa joven desconocida, pero de rostro angelical. 

María dijo á la joven enferma quién era, y le aseguró que 
se interesaba por ella. 

En breve ambas jóvenes no tuvieron secretos una para 
otra. 

Estaban reunidas la mayor parte del día. 



12 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

María, después que el vizconde del Juncal salió del gabi- 
nete del conde en dirección al palacio de Floridablanca, pidió 
permiso á su padre para retirarse, y obtenido este, la joven 
salió de aquel aposento y se dirigió al que ocupaba Luisa, á 
la que encontró anegada en lágrimas. 

— ¿Qué es eso, amiga mia? ¿Qué tenéis? 

Luisa, sin dejar de verter lágrimas, contestó con seguro 
acento: 

— ¿Qué queréis que tenga, sino dolores que llorar? 

— No me gusta que os entreguéis de ese modo á la deses- 
peración. 

—¿Y qué hacer en el estado en que me hallo? 

— Esperar. 

— Mejor dijerais, desesperar. 

— Eso nunca debe hacerlo un alma cristiana. 

—¿Y cómo puedo yo hallar alivio á mi quebranto, si el 
único que hacerlo puede se niega á ello? ¿Qué será ya de mí 
en el mundo? 

— ¿No tenéis en mí una hermana cariñosa? 

— Angelical. ¿Creéis que á no ser por vos me hubiera dete- 
nido ni un solo instante más en esta casa, desde el momento 
en que recobré el sentido? Por vos, solo por vos he permane- 
cido en ella. 

— Y habéis hecho lo que debíais. 

— Sin embargo, estoy determinada á abandonarla para 
siempre. 

— ¡Ah! No, vos no haréis eso, amiga mia — dijo María pro- 
fundamente conmovida. 

—Sí, lo haré; y solo por veros me he detenido. 

— ¿En tan poco tenéis mi amistad y mi cariño? 

— Ambas cosas aprecio en lo mucho que valen, pero mi 
propia dignidad hocen imposible mi permanencia por más 
tiempo en la casa que es propiedad de mi seductor. 
— Aun no, querida Luisa; esta casa es de mi padre. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 13 

— Viene á ser lo mismo. 

— ¡Oh! perdonad, hay alguna diferencia. 

La conversación fué interrumpida por la presencia de la 
doncella que anunció al conde y á Alina. 

— ¡IQuerida Luisa!— dijo Alina al entrar precipitándose en 
sus brazos. 

— Vos, ¿vos aquí, señora?— exclamó Luisa estrechando en 
su seno el de su protectora. 

—Me retiro, señora; os dejo juntas á las tres y estad segu- 
ras de que de antemano apruebo lo que resolváis. 

El conde se inclinó y abandonó el aposento. 

— Alina, he aquí la protectora de quien os he hablado; ésta 
— dijo señalando á María— es la hija del señor conde y bien 
puedo aseguraros que ha sido, desde que estoy en esta casa, 
mi ángel bueno. 

Las dos personas aludidas se saludaron cortés y afable- 
mente. 

—Celebro en el alma que tan á buen tiempo hayáis llegado, 
señora— dijo María. 

— ¿Á buen tiempo?— replicó Alina. 

— Sí, porque espero que me ayudéis á convencer á mi re- 
belde amiga. 

—¿De qué se trata, pues? 

—Quiere abandonarme. 

La pobre Luisa no cesaba de llorar por más que hacia es- 
fuerzos para evitarlo. 

—Luisa— respondió Alina— debéis reflexionar antes de de- 
cidiros á nada. 

— ¡Reflexionar!— replicó la afligida joven. 

— Sí, ante todo, hija mia, es preciso no entregarse á la 
desesperación. 

—Eso es precisamente lo que yo le aconsejo. 

— ¿Cómo pretendéis que en mi estado actual me pare en 
reflexionar, ni cómo es posible que deje de abandonarme á la 



14 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

pena que me devora? ¿Creéis que es fácil olvidar al hombre que 
se ama y que nos ha hecho infeliz? ¿Es natural que no se de- 
sespere la mujer que se ve rechazada por el mismo que 
juró amarla eternamente? 

—¿Rechazada? 

— Sí, Alina, sí; rechazada ó despreciada. 

— No digáis eso, Luisa. 

—¿Acaso en mí misma presencia no rechazó mi mano? 

—Yo sé bien que mi hermano no os desprecia. 

— Los hechos vienen á probar lo contrario— dijo Luisa. 

— Pues yo os aseguro que Carlos os ama. 

— Así me lo habla jurado, pero ya cayó, aunque tarde, la 
venda que cubría mis ojos. 

—Luisa, yo veré á don Carlos y sabremos definitivamente 
á qué atenernos. 

—No, Alina, no; si hasta hoy he sido bastante débil para 
suplicar, en adelante quiero ser bastante fuerte para sufrir. 

—No se trata aquí de súplicas, sino de imposiciones. 

—¿Y creéis que yo podria aceptar la mano de un hombre 
que me la ofreciera con repugnancia? Nunca, nunca. 

— Así y todo, debéis admitirlo. 

— ¡Oh! jamás. 

—Luisa—repuso Alina gravemente— no se trata aquí de 
vos, se trata de algo más sagrado, de algo que únicamente os 
puede devolver el vizconde; de vuestro honor. 

Luisa inclinó hacia el suelo su hermosa y pálida frente. 

Alina continuó: 

—Comprendo el gran esfuerzo, el sacrificio que debe impo- 
nerse la mujer que se vea obligada á desposarse con un hom- 
bre á quien ama, y del que no es amada; pero todo eso y mu- 
cho más debe hacer aquella que estima en lo que vale el 
inmaculado tesoro de su honra, cuando ésta ha sido torpe- 
mente profanada por el mismo de quien se exige la debida 
reparación. Cumpla don Carlos como debe, dejad á cubierto 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 15 

vuestro honor, y sepárese en buen hora de vuestro lado, que 
no han de faltaros corazones amigos que os atiendan en vues- 
tra soledad. 

—Dice muy bien esta dama, además que os repito, amiga 
mia, que Carlos, lejos de despreciaros, tendría á gran dicha 
el unirse á vos. 

—¿Cómo, pues, se explica tal contradicción en su modo de 
proceder? 

— Esto es lo que yo no sé, señora; pero puedo aseguraros 
que él jura y perjura que ama á Luisa, pero que un sagrado 
juramento se opone á la mutua felicidad de ambos. 

—Eso es incomprensible. 

—Inverosímil decid más bien—añadió Luisa. 

— Todo lo que queráis; pero Carlos no miente en esto, estoy 
segura de ello. 

— Hay, pues, que averiguar cuál pueda ser el motivo que le 
impide proceder cual debe hacerlo. 

— Eso es lo que yo trataba de descubrir. 

— Y hay que averiguarlo forzosamente. 

— Contad desde luego con mi ayuda. 

— Con ella cuento. 

—Es menester lograr hacer feliz á mi reciente, pero queri- 
da amiga. 

— ¿Cómo pagaros á ambas el interés que os inspiro? 

— A mí, amándome mucho— dijo María imprimiendo sus 
labios en la frente de Luisa. 

—Y á mí, dejándoos guiar por nuestros leales consejos. 

—Sea lo que queráis, pero aunque os lo agradezco, creo 
serán inútiles vuestros esfuerzos; mi causa está perdida. 

— No lo miro yo así— replicó María, 

— Ni yo tampoco; tenéis en vuestro apoyo la razón. 

— De poco vale esta cuando se hace caso omiso de ella. 

— Por encima de los hombres está Dios, y él vela por los 
desgraciados. 



16 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

—Bajo su égida me acojo. 

— Hacedlo así, y procurad tranquilizar vuestro abatido es- 
píritu. 

— Lo intentaré, aunque juzgo difícil conseguirlo. 

— María, á vos os la confio; me ausento, pero no he de tar- 
dar en volver á poner en vuestro conocimiento lo que sea 
necesario hacer, á fin de salir victoriosas en esta lucha. 

—Marchad tranquila, que yo no he de abandonar á mi 
desolada amiga. 



CAPÍTULO III. 



El vizconde del Juncal explora el terreno. 



— Mucho siento, señor vizconde, el que no os sea posible 
hablar en este momento con el señor ministro vuestro tio. 

—¿Pues y eso, señor Gil Pérez?— preguntó altamente sor- 
prendido el vizconde delJuncal, pues él era el que hablaba 
con el secretario. 

—El señor conde está en este momento tratando graves 
asuntos de Estado, y ha prohibido en absoluto el que nadie 
entre á molestarle. 

— ¿Podrá alcanzarme también á mí esa orden? 

— Sé lo que el señor marqués os estima, conozco la satis- 
facción que le produce el veros, pero me hallo en el caso de 
aseguraros que á vivir su padre, tampoco le recibiera el mi- 
nistro en su despacho en este momento. 

— En ese caso no habrá mas remedio que esperar á maña- 
na, á menos que acontezca lo mismo que hoy. 

TOMO II. Z 



18 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

—Eso no es fácil. 

—Creed que lo siento; pero ya que no puedo pasar por otro 
camino, esperaré. 

—Si fuera cosa que yo pudiese hacer, lo haria con gusto. 

—Él exclusivamente es el que puede servirme en lo que 
necesito alcanzar. 

— Dadlo por hecho. 

— ¡ Quién sabe! 

— Siendo cosa vuestra, con seguridad. 

El vizconde se px^opuso, sin dar á conocer el motivo que 
allí le conducia, averiguar en qué estado se hallaba la causa 
de don Luis. 

—A lo que parece, vos en este momento no tenéis gran cosa 
que hacer, señor secretario. 

—Así es la verdad y quizá haya de estarme un par de ho- 
ras con los brazos cruzados. 

—Vayase por cuando no os dejarán parar un momento. 

— Así es la verdad, señor vizconde. 

— Vaya, pues no viene mal de cuando en cuando un poco 
de descanso. 

— Según y conforme. 

— Pues ¿cómo así? 

— Hay momentos en que el trabajo distrae y el descanso 
aburre. 

— Lo comprendo, pero hay que convenir en que hay cier- 
tos trabajos que han de seros harto penosos. 

— No digo lo contrario. 

— Por ejemplo ¿no habría de seros además de pesado triste, 
el tener que trabajar contra un amigo? 

—Figuraos, señor vizconde, que me he hallado en ese caso 
más de una vez, y calculad lo que habré sufrido al tener que 
cumplir con mi obligación en semejantes casos. 

— Y en tiempo como el actual, os halláis expuesto á cada 
momento á sufrir contrariedades de esa especie. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 19 

— No lo quiera Dios. 

— Así os lo deseo. 

— Y yo os lo agradezco; hartos disgustos me proporcionan 
los acontecimientos últimos. 

— Pues ¿qué ocurre? digo, si es que puede saberse. 

— ¡Oh! No es ya ningún secreto; me referia al conde de 
Aranda. 

— ¿El encarnizado enemigo de mi tio? 

— Justamente; ese buen conde y los suyos no nos dan un 
momento de sosiego. 

— Ahora recuerdo que he oido hablar algo de conspiración, 
¿hay algo? 

— Algo se sospecha. 

— Pues, ó yo lo he soñado, ó he oido citar hasta nombres. 

— Bien pudiera ser; ¡se miente tanto! 

— Sí; estoy seguro de haber oido citar algunos nombres, y 
entre ellos el de don Luis de Guevara. 

Pérez palideció al oír pronunciar el nombre de don Luis, 
pero se repuso instantáneamente, y dijo con marcado aire de 
menosprecio : 

— ¡Bah! 

— ¿Qué significa esa exclamación? 

— Don Luis es un botarate. 

— Pero se asegura que está preso. 

— Y en el castillo de Villaviciosa — contestó el secretario. 

— Pues ¿qué ha hecho? 

—Se dice que conspiraba. 

— El demonio es el tal don Luis; ¿quién pudiera imaginar- 
se que le diera por ahí? Lo que es yo lo creo porque lo veo. 

—Bueno es que aprenda á ir viviendo. 

El vizconde comprendió perfectamente que el secretario 
era un enemigo de don Luis. 

— Mucho le llorarán algunas damas á quienes conozco. 

—No veo que haya motivo para tanto. 



20 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

— ¡ Oh! Las mujeres son exageradas, y solo le faltaba á ese 
mozo el convertirse en terribleconspirador y estar encerrado 
y custodiado con gran vigilancia para ser el ídolo de] 
bellas. 

—Ó para caer en ridículo. 

— No lo creáis, amigo. 

—Convengo en que seria interesante á estar considerado 
como un conspirador terrible cual le habéis pintado. 

— ¿Y no es así? 

— ¡Cá! Nada de eso— contestó sonriendo Gil Pérez. 

— ¿Pues no decís que está en Villaviciosa? 

— Sí, pero calculad qué miedo se le tiene, cuando se le per- 
mite pasear por el castillo. 

— ¡Bah! Entonces no será grave su causa, ni serios los te-^ 
mores que inspire su evasión, según lo que acabáis de ma- 
nifestarme. 

— Pues claro está; se le ha puesto preso por lenguaraz. 

— En ese caso es solo un correctivo. 

— Por eso os decia que lo que es esta vez no ha logrado 
hacerse héroe de novela el simpático don Luis. 

— €apaz es de sentir que no le destierren. 

—Pues no creo que estaría de más el que lo hicieran. 

— ¿Y por qué? 

— Para enseñarle á vivir. 

— Volvería luego con gran reputación, y entonces empeora- 
ría en vez enmendarse. 

— Eso pudiera ser fácil. 

Convencido ya el vizconde de que la causa de don Luis no 
era grave, procuró dar por terminada la conversación; al 
efecto se levantó del sillón que ocupaba. 

—¿Os vais ya, señor vizconde?— dijo Pérez poniéndose 
también de pié. 

— Sí, es ya algo tarde y tengo alguna visita que hacer; os 
ruego que cuando podáis hagáis saber á mi tío que he venido, 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 



21 



y que mañana volveré, porque me es indispensable hablarle. 

—Quedará complacido el señor vizconde. 

Saludáronse ambos personajes, y el vizconde se retiró. 

-El tal don Luis tiene un mal enemigo en el secretario, y 
creo que en esta ocasión voy á dispensarle un gran servicio 
librándole de las manos del señor Gil Pérez. 

Esto pensando, llegó el vizconde á su casa y entró en ella 
resuelto á escribir á María lo que le habia ocurrido, y ofre- 
ciéndola no pasar á verla sin haber obtenido el perdón de- 
seado. 



CAPÍTULO IV. 



En donde Antonio se alarma seriamente por la suerte 



de t^us amigos. 



Antonio, desde la casa del conde de Lazan, se encaminó á 
la vivienda de Azucena. Apenas entró en ella, la gitana le salió 
al encuentro. 

— Os estaba esperando. 

— Pues aquí me tenéis— respondió el joven. 

— Estáis agitado, convulso, ¿qué os sucede?— preguntó la 
gitana con afanoso cariño. 

—Tantas y tales cosas, que no sé cómo tengo valor bastan- 
te á resistirlas. 

—¡Válgame Dios, hombre! 

—Vos podéis contribuir á calmar algún tanto mi agita- 
ción. 

— Pues si en mí consiste, estad tranquilo. 

— Deseo que me digáis una cosa. 

—¿Respecto á los encargos hechos? 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 23 

—Eso después. 
—¿De qué se trata? 

— De mi madre. 

— ¿De vuestra madre? 

—Sí. 

—¿Qué queréis saber? 

—Su paradero. ¿Lo sabéis vos? 

—Lo sé. 

— Pues es preciso que me lo digáis. 

— ¿Qué pretendéis? 

—Verla y hablarla. 

—Eso no os será muy fácil. 

— ¿Por qué razón? 

—Porque vuestra madre no sale nunca de su palacio, y no 
recibe en él á nadie absolutamente. 

— Yo veré el modo de quebrar esa consigna. 

— Difícil es que lo alcancéis. 

—Nada hay difícil para un hijo que quiere ver á su madre. 

—Quiera Dios que lo consigáis; yo anhelo vuestra feli- 
cidad. 

—Así lo creo. 

—De ello os he dado pruebas. 

—Es verdad; en fin, dejemos ahora eso, que ya me indica- 
reis el sitio en que vive mi madre en tiempo oportuno. Ahora 
desearla saber si habéis adquirido alguna noticia respecto á 
los asuntos que lleva entre manos García. 

—Os diré cuanto he sabido. 

— Os escucho. 

— Cautelosamente seguí los pasos á García, que se dirigió 
á casa de una cierta maja que se llama Paca. 

—¿Paca? 

—Ese es su nombre, según me han informado. 

—Seguid. 

—Desde ese sitio, mi hombre se dirigió á casa del marqués 



24 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

Adelfi, y cuando salió de allí encaminó sus pasos hacia el ca- 
mino de Toledo y entró en la venta de un viejo, al que apelli- 
dan el tio Langosta. 

— ¿No os fué posible averiguar el motivo que á aquellos si- 
tios le habla llevado? 

—No; lo único que he sabido es que la Paca y dos de sus 
amigas, una de las cuales se llama Lola la zapatera, han des- 
aparecido y se ignora lo que ha sido de ellas. 

— i Lola !— exclamó Antonio que sabia por Vicente se llama- 
ba así la mujer á quien el pintor amaba. — ¿Decís Lola? 

— Sí, Lola la zapatera. 

— No hay duda; aquí hay algún misterio que es preciso 
aclarar. 

—¿Qué puede importaros todo eso? 

—Siempre me importa evitar una infamia si es posible, y, 
ó mucho me engaño, ó en todo esto se está cometiendo una 
muy grande; además, habéis de saber que sospecho que esa 
Lola es la mujer á quien ama un amigo mió muy querido, y 
ahora recuerdo que el marqués Adelfi que acabáis de nombrar 
es enemigo de Vicente; no sé por qué, pero temo que se haya 
cometido una felonía. 

— ¿Os vais? 

—Sí; voy en busca de Vicente. 

—¿Olvidáis vuestras penas por las que suponéis en los de- 
más? 

—Sin olvidar las mias, me es dado procurar el alivio de las 
ajenas. 

— ¿Volvereis? 

— Sin duda, puesto que habéis de decirme el sitio donde se 
halla el palacio de mi madre. 

Sin añadir una sola palabra, Antonio se lanzó fuera de la 
casa de Azucena, y en cuanto se vio en la calle avivó el paso 
para llegar cuanto antes á la de su amigo Vicente. 

El leal corazón de Antonio parecía gritarle que su amigo, 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 25 

Ó alguna persona de él querida, corría innainente riesgo, y es- 
taba ansioso por acallar sus fatídicos presentimientos. 

Al llegar á la puerta de la casa del pintor tropezó más bien 
que encontró á Pedro, criado de aquel. 

—¿Ha salido tu amo?— preguntó Antonio al criado. 

— ¡Mi amo! desgraciadamente ha salido— respondió Pedro 
con acento lastimero. 

— ¿Qué quiere decir ese tono? 

— ¿Acaso ignoráis?.... 

— Cuando pregunto, claro está que ignoro. 

— Pues mi pobre amo está preso. 

— ¡Preso! 

- Ni más ni menos. 

— ¿Y por qué? 

— Lo ignoro. 

— Cuéntame los detalles que sepas. 

—Muy pocos son. 

—Sean los que quieran. 

—Lo que únicamente sé es que un pobre viejo á quien mi 
amo favorecía de vez en cuando, vino á verme para darme la 
triste noticia de que mi amo estaba preso. 

— ¿ Cómo lo supo él ? , . 

—Según me dijo, pasaba por cierta calle, cuyo nombre no 
recuerdo, era de noche y le llamó la atención el ver paradas á 
la puerta de una casa dos sillas de manos custodiadas por al- 
gunos alguaciles; haciéndose el distraído, el pobre hombre, 
se quedó con un palmo de boca abierta al reconocer en uno 
de los presos á don Vicente y en otro á su amigo Joselito. 

— i También Joselito! 

—Así parece; según me dijo, eran tres los presos. 

—¡Tres! ¿Quién era el otro? 

—No lo conocía el viejo; mi amo y Joselito subieron á una 
silla de manos, y el otro á otra con el señor alcalde de casa y 
corte. 

TOMO II. 4 



25 - LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

—¿Y á dónde los llevaron ? 

—Lo ignoro; pero las sillas no siguieron todas la misma 
dirección. 

—i Es particular! 

—Aquella en que iba mi amo y el señor Joselito fué la que 
siguió el buen viejo, y según opina, se los llevaron á Toledo. 

--¿A Toledo? 

— Sí ; porque este fué el camino que tomaron los que con- 
duelan la silla; el anciano, en cuanto llegó al camino que á 
esa ciudad conduce, se volvió á Madrid porque juzgó locura 
seguir más adelante. 

Antonio habia escuchado con la mayor atención á Pedro; 
cuando el criado terminó su relato, repuso: 

— Poco he de poder ó he de aclarar este misterio. 

— Haced algo por mi pobre amo. 

—Descuidad, Pedro, que no he de descansar. 

— ¡ Oh! si yo supiera dónde se halla, fuese como fuese irla 
á verle. 

—Ya sé que le estimas. 

— Desde que sé que está preso ni vivo ni descanso. 

— Tranquilízate, que mucho será que yo no alcance á saber 
algo. 

—Vos tenéis amigos y es fácil que algo podáis hacer en su 
favor. 

— Lo intentaré por lo menos. 

—Si á costa de mi libertad pudiera alcanzar la suya, no 
dudarla un momento en aceptar el cambio. 

Pedro decia lo que sentía; era lo que puede llamarse un 
criado modelo. 

—Sin necesidad de eso, veremos de librarle. 

—Confio que me diréis lo que sepáis. 

—Pierde cuidado, que yo procuraré enterarte. Adiós, Pedro. 

— El cielo os guarde, señor Antonio. 



CAPÍTULO V. 



Boü Ramón de la Cruz, 



—No hay duda— iba diciendo mentalmente Antonio— aquí 
hay algún misterio que es necesario esclarecer. ¡Presos Vi- 
cente y Joselito! ¿qué delitos pueden haber cometido? El pin- 
tor es un hombre incapaz de hacer daño á nadie, y el torero 
lo mismo; además es sumamente particular que también Lola 
haya desaparecido. ¿A quién me dirigirla yo? 

Esto pensando levantó la cabeza, y cual si el cielo hubiese 
oido su exclamación, Antonio vio á cierta distancia de sí, en- 
tre un grupo de alegres jóvenes, el ya reputado poeta don 
Ramón de la Cruz. 

Llegóse Antonio al susodicho grupo y saludó cortesmente. 

-¿De dónde bueno y á estas horas, tan rebujado en la 
capa, pálido y cariacontecido sale mi buen amigo Antonio?— 
dijo el poeta. 

— Vengo de dar un largo paseo. 



28 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

— ¿Se medita acaso una divina creación á la que vuestro 
cincel haya de dar vida? 

—Que medito, es verdad, pero en nada divino, os lo ase- 
guro; tiene mucho de humano lo que ahora me preocupa. 

— ¿Quién es ella? pregunto yo, como acaso lo haria si le 
fuera dado hallarse en mi lugar el ingenioso don Francisco 
de Quevedo. 

— Ellos y ellas danzan en mis cavilaciones. 

— Ese plural me asusta— dijo sonriendo don Ramón. 

— Algo asustado ando yo con lo que pasa. 

—En verdad que ahora me fijo en que habláis con un tono 
que comienza á alarmarme. ¿Qué os sucede, Antonio? 

Don Ramón diciendo esto se apartó un tanto del grupo* 
donde se hallaba. 

Antonio, cuidando no ser oido de los demás jóvenes, dijo á 
don Ramón bajando la voz: 

—Temo mucho que nuestro amigo Vicente y el buen Jose- 
lito hayan sido víctimas de una perfidia. 

— ¡Eh! ¿cómo es eso?— repuso seriamente el poeta. 

— Creo que seria conveniente que nos alejáramos de aquí 
para poder hablar. 

— Tenéis razón. Queridos amigos— dijo en alta vozy festivo 
tono á sus compañeros de reunión— el buen Antonio necesita 
de mi ayuda en este momento; no creáis que se trate de un 
lance de honor ni cosa por el estilo, sino simplemente de pre- 
sentarme en cierta casa donde me asegura hallaré más de un 
tipo á quien copiar en mis desdichados saínetes. 

— ¡Magnífico! — exclamó uno. 

—No desperdicies la ocasión. 

— Y haz luego que con chispeante pluma nos des á conocer 
los descubrimientos que hagas. 

—Así lo haré, descuida. 

Antonio y el poeta se alejaron á buen paso del grupo de los 
alegres jóvenes. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 



29 



—Vamos á ver, Antonio, ¿qué hay? 

—¿Sabéis qué ha sido de Vicente? 

—¿De Vicente? 

—Sí, y de Joselito. 

—Hace algunos días que no he visto á ninguno de los dos. 

— Pues yo acabo de saber algo que á ellos se refiere. 

— ¿Qué les sucede? 

—Están presos. 

— ¿Presos?— exclamó el poeta en el colmo de la admira- 
ción. 

— Presos, amigo mió, presos. 

— ¿Estáis seguro de ello? 

— y tan seguro como estoy. 

— ¿Quién os lo ha dicho? 

— Pedro. 

— ¿Pero por qué han sido presos? 

Antonio refirió á don Ramón todo cuanto Pedro le habia 
dicho. 

-Cosa es que me sorprende cuanto me referís, amigo An- 
tonio, pero hay quien es fácil pueda aclarar algo mis dudas; 
vamos, acompañadme. 

— ¿Adonde? 

— A casa de Lola la zapatera. 

— Nada lograreis con dar semejante paso. 

—¿Y por qué? 

—Porque tampoco hallaréis á Lola en su casa. 

—¿Pues dónde está? 

— Ella, y dos de sus amigas, han desaparecido, y creo que 
se ignora el sitio en dónde se hallan. 

—El poeta no acertaba á dar crédito á lo que oía. 

— ¿Que han desaparecido? 

— Así es la verdad. ¿Qué opináis de todo esto? 

Don Ramón de la Cruz permaneció silencioso algunos mo- 
mentos. 



30 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

—Creo, amigo mió— dijo por fin— que aquí no se juega 
limpio. 

— Lo mismo opino yo. 

—Las majas indudablemente han sido víctimas de alguna 
felonía. 

—Y mucho me equivoco ó en todo esto danza el marqués 
Adelfi. 

—Lo mismo creo yo, porque conozco como vos el hecho 
pasado, y más que vos, de lo que es capaz ese marquesito. 

— Pues hay que hacer algo por el buen Vicente. 

— Más que algo; hay que averiguar donde le tienen encer- 
rado, hay que sacarlos á él y á Joselito de su prisión, hay que 
averiguar qué ha sido de las majas y procurar salvarlos, si es 
tiempo aun. 

— Pues manos á la obra. 

—Dejadme hacer á mí; esta noche procuraré averiguar algo 
que nos ilumine, y decidiremos lo que haya que hacer. 

—Sea como vos decís. 

—¿Me habéis dicho que fueron presos nuestros amigos, 
por la noche? 

—Sí. 

— ¿Que salieron ambos de una misma casa? 

— En compañía de otro. 

— ¿Que Joselito y Vicente subieron á una misma silla j 
escoltados convenientemente se les condujo hacia el camino 
de Toledo? 

— Así me lo ha referido Pedro. 

— Ó mucho me engaño, amigo mió, ó á nuestros amigos se 
les fué á prender á casa de una de las majas. 

—¿Suponéis? 

—Como estoy tan acostumbrado á combinar argumentos, 
no me es del todo difícil adivinar, sacando lógicas deduccio- 
nes, el enredo de una trama sin conocer más que parte de la 
obra. Joselito y Vicente seguramente se hallaban, como os lo 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 31 

he dicho, en casa de alguna de las majas. ;Ah !— dijo pegán- 
dose una palmada en la frente— ya sé quién es el otro preso. 

—¿Que lo sabéis? 

—Estoy seguro. 

— ¿Pero cómo habéis podido?.... 

— Las deducciones, Antonio, las deducciones. 

— No os comprendo. 

— Atendedme: las majas son tres íntimas amigas; Vicente 
es el galán de Lola, Joselito de Concha y don Luis de Guevara 
de Paca; no me cabe duda, don Luis es el incógnito prisione- 
ro. ¿Vais comprendiendo? 

—Sí— dijo Antonio admirado de la perspicacia del poeta. 

—¿Pedro no os ha precisado el nombre de la calle donde 
tuvo lugar la ocurrencia? 

—No. 

—¡Qué lástima! Sin embargo, nada hay perdido; todo se 
reduce á que nos dirijamos á las tres casas, á una en pos de 
la otra. 

—Vamos allá. 

—Esperad. 

— ¿Habéis pensado en otra cosa? 

—No, pero á fin de no andar en vano, bueno es que calcu- 
lemos á cuál de las casas hemos de dirigirnos primero. 

El poeta pareció reflexionar algunos momentos; de pronto, 
dijo: 

—Hay que ir primero á casa de Paca. 

—¿Por qué dais á esa la preferencia? 

— Paca tiene ausente á su madre, pues según creo, está en 
un pueblo cercano, á donde fué á restablecer su quebrantada 
salud. Paca es el ídolo de Lola y Concha, y hallándose sola, 
caso de que sea verdadera mi primera apreciación, esto es, 
que hayan sido presos nuestros amigos en casa de una de 
ellas, desde luego puede asegurarse que el acontecimiento 
tuvo lugar en la morada de la maja que os he indicado. 



32 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

— ¿Y cómo podremos averiguarlo? 

-— Facilísimamente: en la misma calle hay cierta barbería 
cuyo dueño tiene muy suelta la lengua; si ha ocurrido ó no 
el lance, él debe saberlo; el tal barbero suele charlar conmigo 
de lo lindo cuando me ve, y como es hombre de chispa, me 
agrada oirle. Vamos allá y el buen Bartolillo nos sacará de 
dudas sobre el particular. 

—Vamos pues. 

— Andando. 



—Bien venido sea el festivo poeta don Ramón de la Cruz á 
esta humilde casa. 

—No me agradezcas, amigo Bartolillo, la visita, porque es 
interesada. 

— ¿En qué puedo serviros? 

—No se trata de eso; pero este amigo mió y yo, hemos an- 
dado mucho esta noche, teníamos algo que hacer por estos 
barrios, y concluida nuestra comisión, he decidido entrar en 
tu casa para tomar en ella un poco de reposo. 

— Alégrame en el alma tal determinación. 

—¡Aja, ja!— dijo el poeta arrellanándose en un sillón de 
baqueta— perfectamente, aquí se está bien y abrigado. 

Antonio tomó asiento en el otro sillón. 

—Verdaderamente está fria la noche. 

— Y á propósito para pasar una hora agradable oyendo 
narrar algún cuentecillo de aquellos que el buen Bartolillo 
cuenta con tanto primor; habéis de saber, amigo Antonio, que 
el maestro aquí presente es un gran cuentista. 

Bartolillo hubiera dado una oreja porque alguno de sus 
habituales tertulianos hubiere oido elogio tal á él dirigido por 
el insigne poeta don Ranaon de la Cruz. A falta de oyentes, se 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 33 

contentó con lanzar un profundo suspiro de satisfacción y 
contestó dándose cierto tono: 

—No merezco yo tanto. 

—Vaya si lo mereces, y aun algo más, porque tu verdade- 
ro mérito consiste en que tus narraciones, casi todas son pu- 
ramente hijas de tu fantasía. 

— Así es la verdad. 

—Y debo advertiros, Antonio, que cuantos sucesos ocurren 
en este barrio, Bartolillo los sabe y los cuenta adornándolos 
maravillosamente. ¿Con que no se miente nada por estos con- 
tornos? ¿No hay ninguna historieta que relatar? 

—Eso nunca falta. 

—¡Pues, ea! Echa por esa boca; venga el cuento. 

—¿Preferís cuento ó historia? 

—Hombre, si hay historia, venga la historia. 

—Vaya si hay historia, y curiosa. 

—¿De amores? 

—De todo hay. 

—Cuenta pues; con eso puede que halle yo en tu narración 
algún tipo del que echar mano cuando me convenga. ¿Entran 
en ella muchos personajes? 

—Varios, y alguno conocido vuestro. 

El poeta y Antonio cruzaron entre sí una mirada de inteli- 
gencia. 

—¿Que yo conozco? 

—Ya lo creo; tanto que temo os sea más conocido que á mí 
el relato. 

—Has logrado picar mi curiosidad, ¿de quién se trata? 
—De la sal de este barrio, de una de las maravillas de Ma- 
drid; de la maja Paca. 

— ¡ Paca ! ¿ Pues qué la ha ocurrido ? 

—Os diré cuanto sepa. 

—Empieza pues. 

—Antes de ayer, á tiempo que me disponía á cerrar mi 



TOMO II. 



34 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 



tienda, con gran sorpresa mia veo que se inunda la calle de 
golillas, y mi sorpresa subió de punto al observar que traian 
dos literas de mano y que hicieron alto con ellas junto á la 
puerta de la casa en que vive Paca; la noche estaba oscura 
como boca de lobo; picóse mi curiosidad y me puse en obser- 
vación de modo que no pudiera ser visto por los ministriles, 
de cuyas afiladas uñas el Señor me libre. 

— Amen --repuso el poeta. 

—El jefe de aquella negra manada, entróse con cuatro ó 
cinco de sus satélites en el portal de la casa susodicha, y á po- 
co rato volvieron á salir, por supuesto con su correspondiente 
presa. 

—¡Hola! 

—Sí señor; los golillas custodiaban á tres hombres; encer- 
raron á dos de ellos en una silla, y en la otra al otro, y después 
de una breve pausa, desaparecieron por distintas calles, lo 
cual me prueba que los presos no iban al mismo encierro. 

— ¿Y después? 

— Nada más; al siguiente dia pude averiguar que un cierto 
viejecillo vecino de la maja, se llevó á ésta no se sabe donde 
y lo más sorprendente es que ese mismo viejo se llevó ayer á 
otras (los majas amigas de Paca, y á estas horas ninguna de 
ellas ha vuelto á parecer. 

— ¿Y quién era ese viejo? ¿cómo se llama? 

—No sé más sino que le llamaban don Tadeo, y que al pa- 
recer era muy amigo de los novios délas majas. 

—Verdaderamente es curiosa la historieta, y será cosa de 
que procures contarme el desenlace cuando nos volvamos á 
ver. 

— Procuraré hacerlo así. 

— Ea! pues, Bartolillo; hasta otra. 

—¡Qué! ¿ya os vais? 

— Hemos descansado lo muy bastante, y nos has entreteni- 
do admirablemente; pero ya es tarde y yo tengo qué hacer. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 



35 



— ¿Algún sainetillo?— preguntó riéndose el barbero. 

— Mucho me temo tener que trabajar en un drama— dijo 
de cierto modo don Ramón. 

—A mí me agradan mucho más los saínetes. 

—Por lo demás suelen tener un final alegre. 

—Justo; por eso me agradan tanto. 

— Veremos; ya te diré cuando nos veamos, si he encontra- 
do trama para el saínete ó argumento para un drama. Ea! 
buenas noches. 

— Buenas noches— repitió maquinalmente Antonio. 

— Salud y hasta la vista— dijo Bartolillo. 

Los dos amigos salieron de la barbería y se alejaron de 
ella á buen paso. 

—¿Qué os dije yo? 

—Habéis acertado en todo. 

—Sí, porque ya habéis visto que Bartolillo no se ha hecho 
de rogar. 

— ¿Qué hacemos? 

Lo primero averiguar en qué cárcel se hallan nuestros ami- 
gos; ahora separémonos; yo voy donde quizá alcance alguna 
noticia. 

— ¿Cuándo hemos de vernos? 

— Mañana. 

— ¿Dónde y á qué hora? 

—A las diez de la mañana, y en la puerta del Sol. 

— No faltaré; adiós. 

— Adiós. 

Ambos amigos se separaron, tomando cada cual dirección 
distinta. 



CAPÍTULO VI. 



Don Ramón de la Cruz se decide á visitar a Floridablanca. 



A la hora convenida, se hallaron en el punto anteriormen- 
te destinado, don Ramc n de la Cruz y Antonio. El primero, fué 
el último en llegar al sitio de la cita. 

Antonio, así que se juntó al poeta, le dijo: 

—¿Qué hay? 

—Poca cosa. 

— ¿No habéis podido adquirir noticias acerca del sitio en 
que se hallan nuestros amigos? 

—He averiguado que don Luis se halla preso en el castillo 
de Villaviciosa. 

— ¿De manera, que respecto á Vicente y Joselito?.... 

— Nada he podido inquirir. 

—¿Y respecto á las majas? 

—Nada sé. 

— ¿Qué hacemos pues? 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 37 

—Hace ya bastantes horas que me dirijo á mí mismo la 
pregunta que acabáis de hacerme, y hasta el presente, nada 
he podido contestarme. 

—Lo peor del caso es, que se me figura que las majas cor- 
ren inminente peligro, y sin más antecedente que el que sa- 
béis, me atreveria á acusar de lo que las pueda acontecer, al 
marqués Adelfi. 

— Tengo un dato, al parecer insignificante, pero que da 
gran peso á esa sospecha. 

—¿Cuál es? 

— El marqués, y su buen amigo el barón del Pinar, hace 
dos dias que no se dejan ver apenas en parte alguna, y en 
ellos, que suelen estar de sobra en todas partes, se me hace 
extraño, pero muy extraño. 

—¡Qué no pudiera yo hallar un medio para poder descu- 
brir este misterio! Daria cualquier cosa por conseguirlo. 

—Calma, calma, amigo Antonio; todo se andará. 

— Pero el tiempo pasa, y ¡quién sabe si antes de poco llega- 
remos tarde! 

—Quizás lo sea ahora ya, si son ciertas nuestras suposi- 
ciones. 

—Me ocurre una idea. 

— Sepamos. 

— El camino más corto para averiguar el paradero de 
nuestros dos amigos, es irse en derechura á hablar con el 
primer ministro. 

— Todo consiste en que él lo sepa y quiera decirlo. 

— Si están efectivamente presos, el marqués de Florida- 
blanca no debe ignorarlo. 

— Así debe ser. 

— Dicen que el primer ministro os aprecia mucho. 

—Por lo menos se rie mucho con mis saínetes. 

— ¡ Oh ! yo no pongo en duda que os atenderá si á él acudís. 

— ¡Quién sabe! 



38 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

— Probadlo. ¿Qué tiene de particular que un amigo se in- 
terese por la suerte de otro y trate de averiguar su paradero? 

—La verdad es que no tiene de particular. 

— Pues entonces, ¿á qué devanarnos los sesos? Vamos á 
ver al ministro. 

— ¡Demonio! Sois muy súbito. 

— Es que creo no es cosa de perder tiempo. 

— No se pierde el tiempo cuando se reflexiona. 

— Á veces, sí. 

—Será como vos queráis, pero yo opino lo contrario, y la 
prueba de ello es que revolviendo mi magin he encontrado la 
manera de que nos presentemos al ministro, escudados con 
la protección de persona á quien él pueda tener más cariño 
que el que á mí me profesa. 

—Y esa persona 

— Es el señor vizconde del Juncal. 

—¿Creéis que accederá?.... 

—¿A qué? ¿A acompañarnos? Desde luego. 

—Pues, cuando gustéis. 

—Vamos allá; esta es hora en que creo hallaremos aun al 
vizconde en su casa. 

—Efectivamente, me parece muy acertado el paso que va- 
mos á dar. 

— Al fin convendréis conmigo, en que es mucho mejor 
meditar las cosas; pero os suplico no aceleréis tanto el paso, 
porque me hacéis sacar los bofes, como se dice vulgarmente. 

— Perdonad; pero es tal mi impaciencia que 

—No es menor la mia, que quiero yo mucho á Vicente y á 
Joselito, y estimo en lo que valen las buenas prendas que 
adornan á las majas; sin embargo, no me es dado apresurar 
tanto el paso como deseara, y habéis de acomodar el vuestro 
al mió si queréis que no reviente. 

—Líbrenos Dios de semejante catástrofe. 

— No diria otro tanto algún escritorzuelo que yo me sé. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 39 

—Mucho puede la envidia. 

—Como que es prima hermana de la soberbia, y una y otra 
hijas legítimas de la ignorancia. 

—Si tenéis envidiosos, no os faltan admiradores. 

— ¡Ay, amigo mió! Aunque soy muy joven aun, voy cre- 
yendo que los segundos pueden menos que los primeros. 

— No tenéis vos razón para decir eso. 

— Al tiempo, Antonio, al tiempo. ¡Admiradores!— dijo el 
poeta con amarga ironía— ¿qué queréis que me sea dado es- 
perar de ellos, á mí, pobre pigmeo, cuando aquel coloso que 
se llamó Cervantes murió poco menos que olvidado? 

—¿Creéis que pasará hoy lo mismo que sucedió entonces? 

—Exactamente igual ó quizá peor; dejémonos de filoso- 
fías, puesto que hemos llegado ya á casa del señor vizconde. 

El poeta se entró de rondón en el portal y Antonio le si- 
guió. 

— ¿Está en casa el señor vizconde? 

— Está— contestó cortés pero lacónicamente un criado. 

—Hacedme pues la merced de anunciar á don Ramón de 
la Cruz y á un amigo suyo. 

— Al instante. 

—Á juzgar por el criado, espero un buen recibimiento por 
parte del señor— dijo Antonio apenas quedaron solos. 

—¡Oh! estad tranquilo; el vizconde es todo un caballero; 
bien hacéis en sacar consecuencias como la que acabáis de 
hacer; no lo dudéis, el ejemplo del amo sirve de mucho á los 
criados; así podréis observar comunmente, que en la casa 
donde impera un señor vano y orgulloso, son los criados 
groseros hasta la exageración, y en cambio, éstos suelen ser 
corteses y hasta amables cuando dependen de persona afable 
y cariñosa. 

—El señor vizconde tiene mucho gusto en recibir á los 
señores, y cuando gusten pueden pasar— dijo el criado al 
aparecer de nuevo. 



40 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

— Tened la bondad de guiarnos. 

Pocos segundos después el poeta y Antonio se hallaban 
en presencia del vizconde, que se apresuró á alargar su ma- 
no á don Rancion. 

—Sea muy bien venido á esta casa mi querido amigo don 
Ramón de la Cruz, y quien le acompaña. 

— Bien hallado sea el excelente caballero á quien vengo á 
saludar. 

Don Ramón se apresuró á presentar al vizconde á su ami- 
go Antonio, y después de esta corta ceremonia, dijo: 

— Venimos á pediros un señalado servicio. 

— Hasta donde yo alcance podéis contar conmigo. 

— Siempre he confiado en vuestra bondad. 

— Ante todo, tomad asiento. 

Los dos amigos se sentaron junto al vizconde. 

Éste continuó: 

—Esto es; ahora sepamos de qué se trata y en qué pue- 
do seros útil. 

—Se trata de suplicaros tengáis la amabilidad de acompa- 
ñarnos á la presencia de vuestro tio el señor marqués de 
Floridablanca, al cual hemos de hacer cierta petición, aunque 
sencilla, de gran interés para nosotros. 

—He aquí una de esas casualidades de que vosotros los 
poetas hacéis tanto uso. 

— ¿Cómo? — preguntó admirado don Ramón. 

—¿No es una casualidad que me pidáis os acompañe al si- 
tio donde precisamente iba á dirigirme en breve? 

— En efecto, bien merece ese nombre— repuso el poeta. 

—Así es, pues; daos por satisfechos, porque por lo que ha- 
ce á mí, os acompañaré con sumo gusto á la presencia de mi 
amado pariente. 

— Gracias mil. 

— ¡Bah! no merece la pena. ¿Os parece bien que nos diri- 
jamos allá? 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 41 

—Cuanto antes mejor. 

—Servios aguardarme un instante; no tardo en salir. 

El vizconde se retiró. 

—¿Qué os ha parecido? 

— Una bellísima persona. 

— Tiene un corazón de oro. 

— Bien se le conoce. 

—Cada vez estoy más contento de haber dado este paso; 
ahora ya no dudo que sabremos á qué atenernos respecto á 
nuestros amigos dentro de breves instantes. 

—Quiéralo Dios. 

—Y como el buen marqués esté de humor, le hablaré délas 
majas, de su extraña desaparición y 

—¿De nuestras sospechas? 

—También. 

—No vayáis á comprometeros. 

—Descuidad, que si yo me lanzo, no es fácil que resbale. 

—No dudo de vuestro ingenio. 

—Llamadle mi prudencia, y será mejor. 

— Uno y otro poseéis. 

—Soy pues más rico de lo que me figuraba— dijo sonrién- 
dose el poeta, y continuó diciendo: 

—¿Habéis hablado alguna vez con el ministro? 

— Jamás. 

—Dentro de poco no podréis decir lo mismo. 

—Claro está— contestó Antonio sonriéndose á su vez. 

—Ya tenemos aquí de nuevo al vizconde. 

—Cuando gustéis, señores, estoy á vuestras órdenes. 

—Vamos pues. 

— ¡En marcha! 

El vizconde, el poeta y Antonio, salieron á la calle y se di- 
rigieron al despacho del señor marqués de Floridablanca. 

—¡Señor Gil Pérez!— dijo el vizconde entrando en el gabi- 
nete del despacho. 

TOMO II. 6 



42 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

— ¡Oh! señor vizconde, sed bien venido; vuestro señor tio 
os espera. 

—Pues con vuestro permiso voy á verle; seguidme, amigos 
mios. 

Don Ramón y Antonio siguieron al vizconde, y con él pe- 
netraron en el despacho del primer ministro. 

—El secretario, apenas aquellos se alejaron, exclamó: 

—¡Galle ! ¿ Qué pretenderán pedirle al ministro don Ramón 
de la Cruz y Antonio el ¡escultor? 

La presencia ^de los nombrados personajes parece que no 
fué muy del gusto del señor secretario. 



CAPÍTULO VIL 



Floridablanca. ñrma la orden de poner en libertad á don Luis, 



—¡Adelante, querido sobrino! ¡Oh!— exclamó el ministro 
al ver al poeta.— ¿Está aquí también el ingenioso poeta don 
Ramón de la Cruz? 

Floridablanca miró después á Antonio con alguna sorpre- 
sa; el vizconde se apresuró á decir : 

—Este joven es un amigo que en compañía de nuestro que- 
rido poeta viene á solicitar no sé qué gracia de mi querido tio, 
al que también yo vengo á molestar pidiéndole algo. 

—Pudiera llamarse, por lo que veo la vuestra, una socie- 
dad para pedir en comandita— dijo sonriendo bondadosamen- 
te el señor marqués. 

—Así es, querido tio. 

—De modo, señor sobrino, que vuestra visita es intere- 
sada. 

— No puedo negarlo. 



44 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

— Den comienzo, pues, las peticiones, y veremos á ver lo 
que á ellas se puede contestar; tú llevas la palabra; sé tú el 
primero. 

— Vengo á solicitar del señor ministro el perdón de un 
preso. 

El poeta y Antonio se admiraron de la similitud que con la 
de ellos tenia la petición del vizconde. 

—Sepamos de quién se trata— dijo Floridablanca. 

— De un conspirador —con testó tranquilamente el vizconde. 

— ¡Hola! Nada menos que un conspirador! ¿Quién es? 

—Don Luis de Guevara. 

El poeta miró á Antonio, y apenas pudo contener una ex- 
clamación de sorpresa. Floridablanca se sonrió y dijo á su so- 
brino con amable acento: 

— ¿Es decir, señor sobrino, que venís á solicitar el indulto 
de un enemigo de vuestro tio? 

—Hablando con sinceridad, no puedo creer que don Luis 
sea lo que se llama un verdadero enemigo, y aun añadiré que 
me ha sorprendido, y no poco, saber que se entrometa en 
asuntos políticos. De todos modos, si mi petición puede mo- 
lestaros, la retiro en el acto. 

—¡Molestarme! Nada de eso. Tengo para mí que el joven 
don Luis es más loco que culpable, y con los dias que lleva de 
arresto, ha purgado ya muy suficientemente la falta que haya 
podido cometer. 

— Es decir 

—Que desde luego quedas complacido, querido sobrino. 

—Gracias, infinitas gracias os doy por ello. 

—No tienes que dármelas, porque me es mucho más grato 
firmar un perdón que ordenar un castigo. Sepamos ahora 
lo que desea el discreto don Ramón de la Cruz y su joven 
amigo. 

—Señor, nosotros deseamos saber el paradero de dos ami- 
gos á quienes hace cuatro dias se ha encarcelado sin que nos 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 



45 



haya sido posible averiguar á qué cárcel hayan sido condu- 
cidos. 

—¿Quiénes son esos amigos? 

—El pintor don Vicente González, y Joselito, el torero. 

—¿Estáis seguro, don Ramón, de que han sido reducidos 
á prisión? 

El poeta contó con todos sus detalles el caso, tal como á él 
se lo hablan referido, sin omitir la desaparición de las majas. 

El marqués de Floridablanca escuchó con suma atención 
el relato, y terminado este, contestó afablemente: 

—No tengo conocimiento de tales prisiones, y me llama la 
atención lo que me habéis referido respecto á las tres majas; 
presumo que la justicia no ha danzado en nada de esto, y 
sospecho que vuestros amigos y amigas han sido víctimas de 
alguna superchería indigna. 

—Tal es también mi creencia. 

— Pronto saldremos de dudas. 

El ministro tiró de un llamador que cerca de sí tenia, y al 
instante se presentó un ujier. 

— Decid ai señor secretario que venga inmediatamente. 

El ujier se retiró. 

—Doy á vuestra excelencia las gracias por la molestia que 
se toma. 

—Amigo don Ramón, cumplo con mi deber en este mo- 
mento y nada más. 

— Es verdaderamente raro cuanto habéis referido, amigo 
don Ramón; conozco á las personas que habéis nombrado y 
me interesa su suerte; creo, como mi lio y como vos, que pue- 
den haber sido víctimas de alguna perfidia. 

—Señor vizconde; no sé por qué, pero desde que supe la 
desaparición de las tres majas estoy sumamente inquieto; me 
atrevo á asegurar que han sido víctimas de algún libertino. 

— Tranquilizaos, joven— dijo el ministro gravemente á An- 
tonio.— Si es como suponéis, se pondrán todos los medios po- 



46 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

sibles por descubrir su paradero, y castigar á la persona 6 
personas que resulten culpables. 

— ¿Hay permiso? 

— Adelante, señor secretario. 

Gil Pérez penetró en el despacho y saludó reverentemente 
al ministro. 

— A vuestras órdenes, señor. 

— ¿Qué sabéis vos respecto á la prisión de don Vicente 
González el pintor, y Joselito el torero? 

—Ignoraba que se hallasen presos. 

—¿De manera que en la notificación diaria que se os hace, 
no consta el nombre de ninguno de esos sugetos? 

— Estoy seguro de ello. 

— Ya lo veis, señores; vuestros dos amigos no se hallan en 
manos de la justicia. Señor secretario, habéis de saber que 
los sugetos que os he nombrado fueron presos, al parecer, 
por agentes de la autoridad; por lo tanto, dictad las órdenes 
que creáis más oportunas á fin de poner en claro este asunto. 

— Inmediatamente. 

El secretario se inclinó, é hizo un movimiento para reti- 
rarse. 

— Aguardad; extended una orden que yo firmaré, levantan- 
do el arresto de don Luis de Guevara. 

El secretario palideció al oir tal mandato, mordióse el labio 
inferior, y contestó servilmente: 

— Así lo haré. 

— Id, y traédmela inmediatamente. 

El secretario se retiró. 

—Ya lo veis, señores, hago cuanto está en mi mano; pero 
bueno seria que por vuestra parte procuraseis indagar algo; 
seria muy conveniente tener algún indicio. 

—No he de descansar yo hasta que consiga dar con la clave 
de este misterio, y casi me atreveria á señalar al autor de esta 
tenebrosa trama. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 47 

—¿Tenéis alguna sospecha según eso? 

— Tengo casi la evidencia. 

— ¿Y respecto á quién, señor poeta? 

— Respecto al marqués Adelfi. 

— ¡Adelfi! 

El poeta contó en breves palabras lo que el lector ya cono- 
ce, respecto al primer rapto de Lola la Zapatera, organizado 
por el marqués Adelfi. 

—Razón tenéis en sospechar del marqués, habiendo ocur- 
rido ese lance, y voy por mi parte á dar orden de que se le si- 
gan los pasos. 

— Si vuestra excelencia quisiera poner á mi disposición al- 
guna gente, yo me encargarla con gusto de esa misión. 

—No tengo en ello ningún inconveniente. 

Floridablanca escribió algunas líneas en un papel, firmó 
lo escrito, y se lo entregó al poeta. 

— Tomad; he ahí una orden; tenéis á vuestra disposición 
á un oficial de guardias walonas y un pelotón de soldados. 

— Entonces, ó mucho me equivoco, ó antes de veinticuatro 
horas pongo en claro este negocio. 

— Mucho me alegraré que así sea. 

—Señor, aquí está la orden— dijo el secretario penetrando 
de nuevo en el despacho con un papel escrito que entregó al 
ministro. 

Éste le firmó acto continuo, y después se lo entregó al 
vizconde. 

—Toma, vizconde, es la orden de libertad á favor de tu 
protegido. Señor secretario, no echéis en olvido mis encargos. 

—Con vuestro permiso voy á dar las órdenes oportunas. 

—Id, pues. 

El secretario se inclinó respetuosamente y se retiró. 

—No os detengáis, señores; conozco que os halláis impa- 
cientes por dar comienzo unos á sus investigaciones, y el 
otro por hacer uso del perdón que lleva en la mano. 



48 LOS CABALLEROS DBL AMOR. 

Después de las consiguientes protestas de gratitud, el viz- 
conde, el poeta y Antonio salieron del despacho del ministro. 

Guando estuvieron en la calle, dijo el poeta dirigiéndose al 
vizconde: 

—Gracias por todo, amigo mío. 

— Vos me tenéis siempre á vuestra disposición, y lo mismo 
vuestro joven amigo. ¿No tenéis más que mandar? 

—Poco ó nada valgo, pero tal cual soy me ofrezco con el 
corazón al señor vizconde. 

—Señor vizconde, me convendría que don Luis, al llegar á 
Madrid, supiese que le es muy conveniente verse conmigo. 

—Lo sabrá. 

—Gracias; os estimaré le hagáis indicar que me hallará en 
mi casa, ó en ella se le dirá el sitio donde yo me halle. 

—Perded cuidado ; el hombre que pienso mandar á Villa- 
viciosa dentro de breve rato, comunicará á don Luis lo que 
deseáis. 

—Con vuestro permiso, pues, nos retiramos. 

— ¿Vais á dar comienzo á las investigaciones? 

—Vamos á combinar el plan de ataque. 

—Adiós, pues, y buena suerte. 

El vizconde se separó de Antonio y el poeta, y se dirigió 
hacia su casa. 

Por lo que haceá los dos jóvenes amigos, no llevaban rum- 
bo fijo, y por lo tanto será cosa de seguirles los pasos si que- 
remos averiguar á dónde van á parar. 



CAPÍTULO VIII. 



Donde se verá lo que oo]iGerta,roii hacer don Ramón de la Cruz y 

Antonio. 



— ¡Ea, amigo Antonio! Hay que aguzar el magin, y como 
quiera que con el estómago vacío se suelen tener malos pen- 
samientos, opino porque entremos en cualquier hospedería 
donde á la par que tomemos aJgun refrigerio, podamos dis- 
cutir tranquilamente lo que haya que hacer. ¿Qué os parece? 

—Como queráis. 

—En ese caso poco tenemos que andar, pues al revolver la 
esquina encontraremos cuanto nos hace falta. 

Los dos amigos, sin añadir una sola palabra, se encamina- 
ron hacia la hospedería del León, que como había dicho muy 
bien el poeta, estaba poco distante del sitio en que habían de 
cidido acudir á ella. 

Seguramente el poeta debia ser un buen parroquiano déla 
casa, porque apenas entró en el establecimiento se apresuró 

TOMO II. 7 



50 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

á saludarle gorro en mano un sugeto gordinflón, de redonda 
cara y colorados carrillos. 

—I Mi señor don Ranaon de la Cruz!— dijo el barrigudo, 
quebrándose á puro hacer cortesías. 

— El mismo que viste y calza, señor Benito; ante todo quie- 
ro un cuarto reservado donde mi amigo y yo podamos estar 
á nuestras anchuras. 

—¿El gabinete verde? 

—El color me es indiferente como el sitio sea retirado. 

— Venid, pues. 

Ambos amigos siguieron á Benito que los condujo á un 
pequeño gabinete, bastante bien arreglado, y que se hallaba 
colocado en uno de los extremos de la casa. 

— ¡ Magnífico!— exclamó el poeta. 

— ¿Os agrada? 

—Sí; ahora mándanos alguna cosa que mascar y una bo- 
tella de Valdepeñas. 

— Al instante. 

El gordinflón, con una ligereza de la que nadie le hubiera 
creído capaz, giró sobre sus talones y desapareció. 

— No hablan trascurrido cinco minutos, cuando apareció 
un mozo y después de cubrir convenientemente con blanco y 
fino mantel la mesa que estaba en el centro del gabinete, co- 
locó encima una fuente en la que humeaban sendas lonjas 
de jamón, un platito lleno de aceitunas sevillanas, una bote- 
lla del vino que se habia pedido, pan, cubiertos y cuchillos. 

—¿Han menester algo más sus mercedes? 

—Por ahora no; puedes marcharte, que ya llamaremos si 
algo se ofrece. 

Apenas el mozo salió, Antonio se levantó del asiento que 
ocupaba, como para cerrar la puerta ; el poeta le contuvo di- 
ciéndole: 

—¿Qué vais á hacer? 

—Cerrar la puerta. 



LOS CARALLEROS DEL AMOH. 61 

— Nada de eso. 

—Creo que seria conveniente que nadie pudiera oírnos. 

— Por lo mismo no es prudente cerrar la puerta; desde 
aquí dominamos el largo corredor á cuyo extremo nos halla- 
mos, y si algún indiscreto quiere enterarse de lo que no le 
importa, le veremos asomar á bastante distancia, y en ese 
caso haremos lo que nos convenga. 

—Hoy que convenir en que es mucho vuestro ingenio. 

—La que es mucha, es mi prudencia, como ya os lo dije 
ayer. ¡Eal Introduzcamos algún lastre en el estómago. 

Diciendo y haciendo, el poeta sirvió á Antonio una lonja 
de jamón, se apoderó él de otra, y sin detenerse más que el 
tiempo preciso, dio comienzo á la destructora obra, para la 
cual se hallaba en felices disposiciones. 

— ¡Aja, ja!— dijo después de haber apurado un sendo trago 
de vino.— Este calorcillo resucita á un muerto; heme aquí 
dispuesto á discurrir, más que pudiera hacerlo el estudiante 
más endiablado. 

Antonio, que al par que comia pensaba, dióse con la palma 
de la mano un golpe en la frente, exclamando: 

—¡Eso es! 

—¿Qué os pasa, amigo mío? 

—¿Cómo demonio no se me ha ocurrido antes? 

—¿Qué queríais que se os ocurriese con el estómago vacío? 
Pero sepamos 

—Atando cabos creo haber dado con el verdadero sitio en 
donde se hallan nuestros amigos. 

— ¡Oh! Eso seria una gran cosa; explicaos. 

—Ayer fui á ver á cierta persona, y por ella supe la desapa- 
rición de las majas. 

—¿Y bien?.... 

—La persona á quien me refiero estaba encargada por mí, 
de vigilar los pasos á cierto tunante 

—¿Esas tenemos, amigo Antonio? 



53 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

—Sí, me convenia averiguar cierta cosa que á su tiempo 
sabréis. 

— Adelante. 

—El tunante en cuestión, sin sospechar que era vigilado» 
estuvo al siguiente dia de la desaparición de las majas, en 
casa de éstas, y de allí 

— ¿A dónde fué desde allí? 

— A cierta venta que hay en el camino de Toledo. 

— ¡Camino de Toledo! — repitió pensativo el poeta. 

— Justam.ente, y como recuerdo que Pedro me dijo que el 
anciano que siguió la silla en que iban encerrados Vicente y 
Joselito tomó ese camino, creo que nada tendría de particu- 
lar, supuesto que nos consta que no había tal orden de pri- 
sión 

— Eso es, eso es— repuso el poeta con seguro acento. — En 
esa venta hay gato encerrado; creo que habéis dado en el 
quid, amigo mío. 

—Unid á esto, el que el tunante á quien yo habia encarga- 
do se vigilase, lleva entre manos algún asunto en que danza 
el marqués Adelfl, porque me consta que ambos han tenido 
una entrevista. 

—Nada, nada; la cosa está resuelta; hay que ir á esa venta. 

—Vamos allá. 

— Todavía no. 

— ¿Pues qué hemos de aguardar? 

— Primero, á que sea de noche. 

—¿De noche? 

—Sí, amigo mió, sí; de noche todos los gatos son pardos. 

— No os comprendo. 

— Mirad; suponed que al oscurecer nos dirigimos á la suso- 
dicha venta y detrás nos siguen algunos soldados; entramos 
nosotros en el que suponemos sitio del peligro, los soldados 
se ocultan por los alrededores, y á una señal convenida de 
antemano, entran al asalto y no dejan títere con cabeza; si 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 53 

esta operación se lleva á cabo de dia, los soldados pueden lla- 
mar la atención del ventero y ¿quién sabe lo que pudiera re- 
sultar? 

- Tenéis razón. 

— Además, juzgo muy conveniente que procuremos infor- 
marnos algo respecto á la clase de persona que sea el tal ven- 
tero; bueno es saber con quien hay que habérselas. 

— Es cierto. 

—También es muy prudente procurar indagar algo acerca 
del marqués Adelfl; esto es, poner los medios de saber qué 
es de él y dónde se mete. 

— Yo cuidaré de ello. 

— Y yo de lo otro. 

—Convenido. 

— Sobre todo, Antonio, mucha cautela. 

— Perded cuidado. 

—Bien, confio en ello. 

—¿Dónde nos veremos? 

— En esta misma casa á las cinco. 

—Corriente. 

—Apuremos el último trago. 

—Sea. 

—A que todo salga á medida de nuestros deseos. 

Después de haber bebido, don Ramón llamó al mozo, éste 
compareció y el poeta satisfizo el gasto. 

Una vez en la calle, despidiéronse los dos amigos y se se- 
pararon. 

Don Ramón se dirigió de nuevo al despacho del primer 
ministro. 

Antonio encaminó sus pasos hacia la morada del marqués 
Adelfi. 



CAPÍTULO IX. 



El tio Langosta, recibe un susto reguláronlo. 



— ¿Hace mucho tiempo que esperáis?— preguntó el poeta á 
Antonio. 

— Minutos solamente. 

— Pues si no estáis muy cansado, emprendamos nuestra 
excursión, y por el camino hablaremos. 

— Andando— dijo Antonio. 

Y se lanzó á la calle. 

—¿Dónde nos dirigimos? 

— Á la venta. 
¿Habéis adquirido algunos datos? 

— Preciosos; ¿y vos? 

—Nada he podido averiguar respecto al marqués; he pro- 
curado encontrar al bribón de García, porque estoy seguro de 
que él lo sabe todo, pero no he podido dar con él. 

— Más afortunado yo que vos, he sabido que el ventero de 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 55 

quien sospechamos es un soberbio bribón, muy amigóte de 
la gente de mal vivir; en una palabra, un viejo solapado ca- 
paz de todo. 

— Bueno es saberlo. ¡Lástima que no tengamos el menor 
indicio del sitio donde puedan estar ocultas las majas ! 

— Después de adquirir las noticias que os he dicho, me en- 
contré casualmente con el secretario del ministro; he tenido 
la feliz ocurrencia de pedirle su auxilio para dar con el escon- 
dite de las majas y se ha mostrado tan propicio en compla- 
cerme, que me ha ofrecido destacar un ejército de lebreles á 
la husma del nido que las oculta, ordenándoles que tan pron- 
to como descubran algo lo pongan en mi conocimiento. 

— ¿Y si no os encuentran? 

—Irán á mi casa, y me dejarán escrito en un papel lo que 
me conviene saber. 

—Vamos, el señor secretario es todo un hombre. 

—No podéis imaginaros el interés que demuestra por des- 
cubrir el paradero de las majas; cualquiera diría que una de 
ellas es su novia ó su hermana. 

— Más vale así. 

—Ya lo creo, puesto que él dispone de elementos de que 
nosotros carecemos. 

—¿Y los soldados? 

—Estarán en el sitio convenido. 

—¿Habéis hablado con el oficial? 

—Sí, y es amigo mió; un joven de excelentes prendas. 

— Entonces, mejor que mejor. 

— Paréceme que el tio Langosta va á llevarse un susto re- 
gularcillo. 

—¿Tenéis ya plan formado del modo cómo hayamos de en- 
tablar la cosa? 

—Desde luego. 

— Con tal que no nos engañemos en nuestras suposicio- 
nes 



56 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

— En ese caso todo quedará reducido á hacer nuevas inda- 
gaciones. 

— ¿Supongo que me enterareis del modo cómo pensáis pro- 
ceder respecto al ventero? 

— Prestadme atención; arrimaos más. 

Don Ramón bajó tanto la voz, que no nos fué posible oir 
lo que comunicaba á su amigo, pero todo se reduce á tener 
un poco de paciencia, puesto que hemos de ver del modo que 
se gobierna para reducir á la obediencia al tio Langosta. 

—¿Estáis enterado? 

— Perfectamen te. 

— ¿Y qué os parece? 

—El mejor modo de salir de dudas cuanto antes. 

— Sí, será cosa de pocos minutos. 

— Aquella debe ser la venta. 

— Indudablemente. 

— Poco nos falta ya para llegar á ella. 

Poco después entraban en casa del tio Langosta. 

El ventero estaba dormitando detrás del viejo y grasiento 
mostrador. 

Don Ramón y Antonio, así que entraron recorrieron con 
la vista el tenducho, y nada de particular observaron en él 
digno de llamarla atención. 

— A ver, ventero— dijo el poeta levantando la voz— sacadnos 
una botella de Arganda y dos vasos, y traedlo todo á esta 
mesa. 

— Voy en seguida á servir á sus mercedes — refunfuñó el 
tio Langosta. 

— Ligero, ligero, señor mió, porque tengo el estómago más 
frió que un carámbano y deseo hacerle entrar en calor. 

— Aquí está lo pedido— dijo el viejo mirando al poeta, que 
era el que le habia dirigido la palabra. 

— ¡Demonio! Hace aquí más frió que en mitad del camino. 
— repuso don Ramón llenando los vasos. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. O i 

—Ya se ve—contestó el tio Langosta— sus mercedes no es- 
tarán acostumbrados á salir de su casa, que será muy abri- 
gadita, y nada tiene de extraño que no se hallen muy á gusto 
por estos andurriales. 

—Así es la verdad. 

—Pus es claro; los pro bes no tenemos más remedio que 
acomodarnos del modo que podamos. 

— ¿Que tan poco produce esta venta? 

—Poco menos que nada; gracias á alguno que otro arriero, 
que sino era cosa de morirse de hambre. 

—Pues es extraño, porque la casa está colocada en muy 
buen sitio, y por este camino transita mucha gente. 

— Lo que es aquí entra mu poca. 

—¿Es decir que no se hace negocio?— preguntó el poeta que 
era el que llevaba la voz. 

— Nenguno, 

— ¡Vaya! Entonces quizá pueda conveniros el que venimos 
á proponeros. 

— El tio Langosta abrió cuanto le fué posible sus pequeños 
ojos y los fijó con sorpresa en el rostro de su interlocutor. 

—¿Su merced me va á proponer un negocio? 

—Sí; un negocio de faldas, ¿comprendes? 

—Ni esto— dijo el ventero haciendo chocar el extremo de la 
uña de uno de sus pulgares con los pocos dientes que le que- 
daban. 

— Vaya, viejo marrullero, ¿tan mal te vendría que un par 
de buenas mozas habitasen aquí unos cuantos días? 

— ¡Bah! Eso no es posible. 

—¿Por qué, pagándolo bien? 

— ¡Chit! callad ahora, delante de esa gente. 

El poeta se referia á un oficial de guardias walonas que 
acompañado de ocho soldados acababa de penetrar en la 
tienda. 

El tio Langosta se inmutó ligeramente ai verlos. 

TOMO II. 8 



58 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

No pasó desapercibida á los ojos del poeta la mala impre- 
sión que la vista de los soldados habia producido al ventero, 
y esta circunstancia le afirmó en la creencia de que en la ven- 
ta habia gato encerrado. 

— i Voto á mi nombre! Que oscuro está esto— exclamó el 
oficial al entrar. 

—¿En qué puedo servir al señor oficial? 

— Primeramente sacando algunas botellas para que los chi- 
cos—dijo señalando á sus soldados — se mojen las fauces con 
su contenido, después encendiendo una luz para que nos vea- 
mos los dedos, y finalmente despachando deprisa. 

— Al momento. 

—¿Dónde vais? 

— Á buscar lo pedido. 

— Encended antes ese candil. 

El tio Langosta obedeció sin replicar; el imperativo tono 
que usaba el oficial le aturdia. 

—¡Buenas noches!— dijo tan pronto como ardió la llama 
del candil. 

— Un par de vosotros id á ayudarle á trasportar esas bo- 
tellas. 

— No hay necesiá de que se molesten. 

—Sois muy viejo y no os vendrá mal esa ayuda; si vais solo 
será cosa de que tengáis que hacer muchos caminos. 

—Como gustéis— dijo el tio Langosta. 

—Cerrad antes la puerta. 

— ¿La puerta? 

—Sí. 

— ¿Y por qué? 

— Porque entra por ella un vientecillo de todos los diablos; 
el que quiera entrar que llame. 

— Ya; pero es el caso que mis parroquianos 

— ¡Vaya y qué reparón sois! cuando nos vayamos nosotros 
podréis tenerla abierta cuanto tiempo gustéis. 



LOF CAÍiALLEilOS DEL AMOR. 59 

—Obedezco. 

El tio Langosta se aproximó á la mesa donde estaban el 
poeta y Antonio y les dijo por lo bajo: 

— ¿Quieren sus mercedes quedarse ó desean salir? 
— Hemos de hablar luego contigo; nos quedamos. 
—Como gusten sus mercedes— contestó. 

Y después se dirigió á la puerta la cual cerró según se le 
habia ordenado. 

—Ahora el vino. 

Dos soldados, á los cuales de antemano seguramente ha- 
bria prevenido el oficial, siguieron al viejo ventero. 

Apenas desaparecieron de la tienda, el oficial se aproximó 
á don Ramón, y le dijo: 

—Ya veréis qué pronto despachamos este asunto. 

—Lo principal era asegurarse de que el ventero no pudiese 
comunicarse con nadie, y esto ya está conseguido— dijo el 
poeta. 

— Dejadme hacer á mí— objetó el oficial. 

— Quiera Dios que no nos hayamos equivocado en nues- 
tras conjeturas— replicó Antonio. 

—Como estén aquí, daremos pronto con ellos, yo os lo pro- 
meto. 

Callóse el oficial y se separó de los dos amigos, porque 
oyó los pasos de sus dos soldados y del ventero que se apro- 
ximaban. 

—Aquí está todo— dijo el viejo colocando las botellas enci- 
ma del mostrador. 

— ¡Pues, ea! destapad y servid, que llevo prisa. 

—Al momento— contestó destapando las botellas el tio 
Langosta y llenando los vasos. 

—Vaya, muchachos, para adentro. 

Y el oficial y sus subordinados apuraron de un solo trago 
el contenido de los vasos. 

—¿Qué le ha parecido el mosto al señor oficial? 



60 LOS CABALLEROS DKL AMOR. 

—Regular— contestó el aludido. 

—¿Puedo ya abrir la puerta? 

—Antes hemos de hablar los dos. 

— ¿Conmigo?- preguntó algo desconcertado el tío Lan- 
gosta. 

— Contigo, viejo marrullero. 

—Cuando el ventero reparó en ello, se encontró ya rodea- 
do por los soldados. 

— ¿Qué quiere su mercé de mí?— dijo sin que le fuera dado 
ocultar el miedo que sentía. 

— Sencillamente fusilarte, si antes de cinco minutos no me 
entregas los sugetos que tienes encerrados en esta casa. 

El tio Langosta se puso pálido como un cadáver, y apenas 
pudo balbucear : 

—Señor oficial, estáis engañado. 

—Amarradle— dijo por toda contestación el oficial. 

Los soldados obedecieron, y en breve espacio el ventero 
estaba perfectamente asegurado. 

— ¡Por Dios, señor, tened compasión de este viejo que nin- 
gún mal ha hecho I 

— Arrodilladle. 

Los soldados obligaron sin gran esfuerzo al ventero á que 
obedeciese. 

— Pero esto es una picardía— murmuraba el azorado viejo. 

—¿Entregas esa gente?— preguntó el oficial. 

— Si no sé nada. 

— Preparen— dijo fríamente el jefe. 

Los soldados obedecieron. 

El tio Langosta estaba á punto de desmayarse. 

—¡Por la virgen de la Paloma! 

— Peor para tí si no quieres ceder; de todos modos, en cuan- 
to estés tumbado, haré remover toda la casa, y al fin averi- 
guaré lo que te obstinas en callar. ¿Hablas? 

—Si no sé nada. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. "i 

— Apun 

Al encararle las armas los soldados, el tio Langosta no 
pudo resistir más, y se apresuró á decir: 

—Hablaré. 

—Desatadle. 

Una vez desatado el tio Langosta, lanzó un suspiro de sa- 
tisfacción, y dijo: 

— Gracias. 

—No te permito hablar ni una sola palabra; guía pronto. 

El ventero, sin chistar tomó el candil, y echó á andar, se- 
guido de cerca por el oficial, los soldados, el poeta y su amigo 
Antonio. 



Dos horas después, Joselito y Vicente puestos en libertad, 
abrazaban á su amigo don Luis en la casa de don Ramón de 
la Cruz, donde se trasladaron desde la venta. 

En cuanto á García desapareció inmediatamente que se 
vio libre, sin que nadie pudiera darse cuenta de por dónde y 
cómo se habia marchado. 

Fuego graneado de preguntas y respuestas armóse entre 
nuestros amigos, cuya cólera recordando lo pasado, era tan 
desmedida como su desesperación al saber lo que habia suce- 
dido con las majas. 

Cuando más animada estaba la conversación, presentóse 
en la casa del célebre sainetero, un individuo demandando 
hablarle con urgencia. 

Salió don Ramón de la Cruz y encontróse con un alguacil 
enviado por el alcalde encargado de descubrir el paradero de 
las majas. 

Con él estuvo hablando largo rato y cuando volvió á en- 
trar en la habitación en que se hallaban sus amigos, les dijo: 

—Hay que continuar la caza; apresuremos. 



62 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

—¿Dónde hemos de ir?~preguntó Joselito. 

— Primero en busca del oficial de guardias y de sus solda- 
dos. 

—¿Y luego ?~-p^eguntó don Luis. 

—Luego hemos de ir á sorprender agradablemente al se- 
ñor marqués Adelfl y á sus pobres prisioneras. 

Como puede suponer el lector, no se hicieron de rogar los 
galanes de las majas, y tanto y tan de prisa movieron los pies, 
que apenas trascurridos algunos minutos desde que el poeta 
habló, se hallaban ya en la casa donde celebraban alegre 
festin el marqués y sus dos amigos, y como sabemos llega- 
ron muy á tiempo para impedir que se consumara la perfidia 
proyectada. 



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CAPÍTULO X. 



Donde se ve que doña, Cataliiid, no cedía fácilmente en sus empeños. 



Terriblemente furiosa hallábase doña Catalina dos dias 
después de los sucesos que llevamos expuestos. 

Gil Pérez le envió á decir que don Luis estaba en libertad, 
y semejante noticia aumentó mucho más el efecto al saber 
después por medio de un criado de confianza que envió á casa 
de Paca, que ésta también se hallaba en libertad. 

—¿Cómo habia sucedido esto? ¿Qué incidentes habrían 
ocurrido? ¿Qué era lo que habia dado lugar á la libertad del 
uno y á la evasión de la otra, cuando don Tadeo la dio tantas 
y tantas seguridades? 

Durante algún tiempo permaneció doña Catalina abruma- 
da, si así podemos expresarnos, bajo el peso de su mismo in- 
fortunio. 

Y decimos infortunio, porque realmente aquella mujer que 



64 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

no habia vacilado en hacer de sus gracias una mercancía que 
vendiera al marqués del Alcázar al precio más alto posible; 
que habia hecho de Gil Pérez un instrumento para sus crimi- 
nales planes; sedienta de venganza y sin haber conocido 
jamás ningún sentimiento digno y elevado, habia llegado á 
amar con toda la violencia de su corazón á don Luis. 

Este amor pagado por el joven con el desden, la irritaba. 

Los celos hablan nacido de repente al calor de su misma 
pasión, y doña Catalina estaba resuelta á todo, según hemos 
visto por los actos llevados á cabo, desde el momento en que 
se convenció de que en el corazón del caballero ocupaba ella 
un lugar muy insignificante. 

Para vencer aquel rebelde cariño, que ya se le habia mani- 
festado contrario, creyó la dama haber dado un gran paso se- 
parando á Luis de Paca, y encerrando á aquél en una prisión 
con la amenaza de no recobrar la libertad sino al precio de 
su amor. 

Ya vimos en otra parte la respuesta que dio Luis á las pre- 
tensiones de doña Catalina; pero ésta creyó perfectamente 
que todo ello no pasada de un alarde de orgullo que conclui- 
ria por desvanecerse en el momento en que se convenciera 
de que no le quedaba otro recurso. 

Así fué que la noticia de su libertad, como que destruía 
todas sus esperanzas, la llenó de desesperación. 

Trascurridas aquellas primeras horas de cólera y de do- 
lor, cogió la pluma y envió á llamar á Gil Pérez. 

Poco tiempo después el secretario de Floridablanca hallá- 
base en presencia de la dama. 

Notable cambio se habia verificado en el joven desde el 
momento en que por vez primera le presentamos á nuestros 
lectores. 

Débil, tímido, irresoluto, mostrando en la expresión de sus 
ojos lo avasallador y poderoso del amor que sentía hacia 
doña Catalina, era entonces la verdadera personificación del 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 65 

esclavo, que no tiene más voluntad ni más pensamiento que 
obedecer á su señor. 

Ahora, por el contrario, la actitud del joven era más re- 
suelta; fijaba su mirada en la dama con altivez, y su acento 
habia perdido aquellas serviles inflexiones para trasformar- 
se en el varonil y enérgico del hombre que tiene concien- 
cia de su propio valer. 

Doña Catalina habia advertido aquella trasformacion; ha- 
bia comprendido que aquella presa comenzaba á escapársele 
de las manos; pero trató de resistirse hasta el último momen- 
to, y en honor de la verdad debemos decir, que habia habido 
hasta entonces ocasiones, en que realmente, el triunfo habia 
quedado de su parte. 

Tan luego como Gil Pérez penetró en el aposento en que 
se hallaba doña Catalina, ésta, fijando su irritada mirada en 
el joven, le dijo: 

—¿Quieres explicarme quién ha puesto en libertad á don 
Luis? 

— El mismo Florldablanca. 

— Pero alguien se lo habrá pedido; el ministro no hubiera 
obrado con tanta ligereza, á no haber alguien que le ha- 
blara. 

— ¿Quién lo duda? 

— ¿De modo que mi deseo, mi voluntad, no han sido nada 
para ti? 

—Me parece que hice en este asunto cuanto pude. 

—¡Hacer! ¿Y qué es lo que has hecho? 

Y doña Catalina miró fijamente á Gil, quien sostuvo a su 
vez aquella mirada, diciendo: 

— Mira, Catalina, paréceme que ya es tiempo deque aban- 
dones ese acento de superioridad de que tratas de revestirte; 
he hecho, como en varias ocasiones te he dicho, más de lo 
que debia, y tan más de lo que debia ha sido, que me has 
obligado á cometer infamias que me sonrojan cada vez que 

TOMO II. 9 



66 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

las recuerdo, haciéndome despreciar una debilidad que tuno 
has sabido pagar como debías. 

— ¿Es decir que ha llegado ya el momento de que me arro- 
jes al rostro los favores que me has dispensado? 

— No; lejos de mí la idea de semejante cosa. Guárdese úni- 
camente para tí, que siempre acostumbras hablar de lo que 
has hecho, sin acordarte de lo que has dejado por hacer. 

—¿Te olvidas acaso de las condiciones con los cuales vi- 
niste á Madrid conmigo? 

— No las olvido. 

—Veníamos á hacer fortuno, y veníamos en busca de una 
persona, que conociendo los secretos de mi familia, había de 
mostrarme los medios que tenia que emplear para vengarla. 
Tú te comprometiste á ayudarme en mi venganza; tú, sin re- 
parar en los medios, te comprometiste á todo: tú aceptaste el 
cargo de secretario de Floridablanca, para poder servir mucho 
mejor mis aspiraciones, y finalmente, aceptaste mi situación 
tal como yo mismo me la creé, convencido de lo que con ello 
ibas ganando. 

—¿Y sabes, Catalina, por qué acepté todo eso? ¿Sabes por 
qué me resigné al inicuo papel que me confiaste en la vergon- 
zosa comedia que estabas representando? Porque te amaba, 
Catalina; porque te amaba como tú jamás podrás comprender. 

—Gomo me sigues amando hoy. 

—No; hoy no te amo. 

Y el acento de Gil Pérez vibró de tal modo, que la dama no 
pudo menos de estremecerse. 

— ¿Es decir— repuso— que para ti he dejado de ejercer in- 
fluencia alguna? 

Y su mirada lanzó tan poderoso fulgor, que por un mo- 
mento hizo vacilar la resolución de Gil. 

Catalina invocó todas las seducciones de otro tiempo. 
Comprendió toda la importancia de aquella pérdida, y qui- 
so tentar el último esfuerzo para evitarla. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 67 

Pero Gil consiguió dominar aquella impresión. 

La mirada seductoramente dominadora de la dama, fué á 
perderse ante la estudiada impasibilidad de Gil, el cual con- 
testó después: 

— No puede existir influencia alguna, desde el momento en 
que se adquiere el convencimiento de la falta del cariño. Una 
vez caida la venda de los ojos, difícilmente vuelve á extender- 
se sobre ellos; y tú me la has arrancado de tal modo, que no 
hay medio alguno de resarcir lo perdido. Yo te he visto ven- 
der tus gracias á un anciano libertino, que te daba por ello la 
posición que apetecías y los medios de realizar esa venganza, 
venganza insensata que es muy posible no consigas realizar. 
Yo solo sé lo que he sufrido, teniendo que transigir con esa 
necesidad que me impusiste, y que yo fui bastante débil para 
aceptarla. Pero desde el momento en que dejaste de cumplir 
todas tus promesas, desde el momento en que me pude con- 
vencer de que no era para tí más que un miserable instru- 
mento, á quien pagabas con un puñado de oro, servicios que 
nadie te hubiera hecho, y que más que á tu venganza estaba yo 
sirviendo á otro nuevo amor, tras el cual servia á tus celos, en- 
tonces, Catalina, hubo momentos en que tendí la mano en bus- 
ca de un arma para haberte dado la muerte. No tuve valor para 
ello; recordé que te había amado, que te amaba todavía, y en 
vez de darte la muerte, procuré arrancar de mi corazón aquel 
insensato amor que tantos disgustos y tantas bajezas me ha- 
bía impuesto. 

—¿Y lo has conseguido?— preguntó con voz sorda doña 
Catalina. 

— Me parece que sí. 

—Y sin duda, en tu deseo de venganza, habrás contribuido 
á alcrnzar la libertad de don Luis. 

— No soy tan miserable como todo eso. Don Luís nada me 
debe por su libertad. 

—Es extraño que estando tan resentido conmigo, y tenien- 



68 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

do que vengar tantas humillaciones y tantas infamias, no ha- 
yas tratado de sacar partido de aquello mismo á lo cual 
habías contribuido. 

— Eso te probará que á pesar de tus ofensas, y á pesar de 
los engaños de que me has hecho víctima, soy siempre me- 
jor, mucho mejor que tú. 

—Lisonjero has venido hoy, Gil. 

— Pluguiese ai cielo que siempre lo hubiese estado en este 
sentido, que tal vez no tendría hoy que deplorar tantas infa- 
mias. 

— ¿De modo que resueltamente te niegas á continuar sir- 
viendo? 

— Sí, y ten presente, Catalina, que cuanto hagas para obte- 
ner el amor de don Luis, ya sea empleando el halago, ya la 
violencia, todo será inútil. Todo ello no puede producirte más 
que disgustos, y aumentar el odio que te profesa don Luis. 

— Agradezco el consejo, mucho más, porque no te lo he pe- 
dido. 

—Tienes razón, y como supongo que nuestra entrevista^ 
después de la manifestación que acabo de hacerte, ha termi- 
nado, me retiro, si me das tu permiso. 

Doña Catalina no pudo contestar; contentóse únicamente 
con hacer un ligero movimiento de cabeza, tras el cual Gil 
Pérez abandonó el aposento. 



CAPÍTULO XI. 



Bon Tadeo comprende que ha, cometido una tontería. 



Doña Catalina siguió con la vista á Gil Pérez, que desapa- 
reció sin mirarla. 

En cuanto estuvo segura de no ser vista, operóse un cam- 
bio extraordinario en su fisonomía. 

La cólera, el despecho, los celos, el dolor, comprimidos 
durante la anterior escena, estallaron de repente. 

—¡Miserable!— exclamó con rugiente acento— después de 
cuanto hice por él, ahora me abandona; ¡oh! pero ese aban- 
dono debe tener otra razón que la que él me ha dado; Gil Pé- 
rez ha dejado de amarme porque otro nuevo amor ha nacido 
en su corazón. ¿Pero qué amor es ese? ¿á quén ama ese mi- 
serable que sabe todos mis secretos y que puede ponerme en 
un grave compromiso como lo ha hecho ya sin duda? porque 
indudablemente el autor de la libertad de Luis ha sido él; él , que 
para vengarse ha recurrido á semejantes medios; él ha pues- 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 



to en libertad también á esa maja y á todos los demás que, 
según me dijo don Tadeo, hablan sido cogidos con ellos. Yo 
necesito saber la verdad de todo esto; confúndense mis ideas 
y en el revuelto caos en que se turba mi imaginación, apenas 
acierto á pensar lo que realmente me conviene hacer. 

Y doña Catalina apoyó la ardorosa frente sobre sus ma- 
nos, permaneciendo en aquella postura durante un buen es- 
pacio. 

Cuando la abandonó, fué para dar orden de que buscasen 
inmediatamente á don Tadeo y le dijesen que necesitaba verle. 

Muy ajeno estaba el taimado viejo de lo que habia ocur- 
rido. 

Precisamente en la nueva casa donde se habia ido á refu- 
giar después del secuestro de Paca y de sus amigas, estaba 
saboreando las comodidades que le proporcionaba el oro que 
aquella empresa le habia dado. 

Don Tadeo tenia costumbres muy extrañas. 

Mientras estaba ocupándose en algún negocio, su activi- 
dad era grande, no sosegaba, apenas se daba descanso algu- 
no y su imaginación, fértil en recursos, siempre estaba tra- 
bajando. 

Pero una vez realizada la empresa y recogida la cantidad 
en que estaba estipulada, dedicábase única y exclusivamente 
á disfrutar de cuanto el oro puede proporcionar. 

En el momento en que doña Catalina andaba buscándole, 
acababa nuestro truhán de comer y se hallaba todavía bajo 
la impresión de los vapores de una buena comida. 

Asi fué que le costó bastante trabajo decidirse á abando- 
nar el cómodo sillón para cruzar de un extremo á otro el Ma- 
drid de aquel tiempo, cuyo perímetro, si no tan extenso como 
en el día, era ya bastante considerable. Una vez en presencia 
de la dama, ésta, cuya excitación en nada habia cedido, le 
dijo con iracundo acento: 

— ¿Sabéis, don Tadeo, que estoy muy furiosa con vos? 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 71 

—Señora ¿en qué he podido desagradar á usía? 

El viejo tembló al pronunciar estas palabras. 

Como su conciencia le remordió por pasados pecadillos, 
temió que la altiva dama fuese conocedora de alguno, y que la 
hubiera desagradado que fuese su cómplice ó un agente el 
autor de tal fechoría. 

— Harto debéis saberlo, maese solapado; y bien podíais 
desde el momento en que todos nuestros planes han ido por 
tierra, haber venido á darme cuenta de ello. 

—Señora, ignoro lo que usía quiere decirme, y le suplico 
tenga á bien decírmelo porque me hallo envuelto en un mar 
de confusiones, del cual no sé cómo salir. 

— Tratáis de disimular conmigo, y bien sabéis que á mí no 
se me engaña con facilidad. 

— Vuelvo á repetir a usía, que ignoro completamente lo que 
quiere decirme; que ahora mismo estoy sufriendo por esa 
ignorancia en que me hallo, y que á todo trance hubiese que- 
rido evitar á usía una incomodidad, y á mí el disgusto de te- 
ner que escuchar sus reconvenciones. 

En el acento de Tadeo advertíase la sinceridad. 

Doña Catalina, hábil en el conocimiento de las personas, 
especialmente las de la índole de don Tadeo, no pudo menos 
de convencerse de que, ó en realidad éste no sabia nada, ó si 
lo sabia era un bribón tal, que difícilmente se le podría sacar 
una palabra. 

— Pero— le dijo mirándole fijamente— ¿de veras me asegu- 
ráis que no sabéis nada de cuanto ocurre? 

— Puedo jurar á usía, que desde el momento en que di por 
terminada mi empresa, no he vuelto á salir á la calle, m.ásque 
el dia que estuve aquí, que fué hace cuatro ó cinco. 

—Lo recuerdo— dijo Catalina á quien aquella alusión hízole 
recordar un nuevo incidente. 

Aquel era el dia en que, como sabemos. García fué á verla 
á consecuencia de haber visto salir de su casa á don Tadeo. 



72 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

— Decidme— exclamó la dama una vez que esta idea se la 
hubo ocurrido— ¿conocéis a cierto individuo que se llama 
García? 

—¡García!.... 

—Sí, uno de quien sin duda os debéis haber servido en esta 
empresa. 

— Paréceme, señora, que le recuerdo ; efectivamente. ¿Aca- 
so tiene usía algo que decirme respecto á él? 

—Puede que sí, mas, por ahora, ocupémonos del asunto 
principal. 

— Usia dirá. 

—Don Luis se encuentra en libertad. 

Don Tadeo dio un respingo, exclamando: 

— ¿Cómo ha sido eso? 

— Si hubieseis vigilado como debíais, si no dejaseis en un 
abandono tan grande los negocios, no tendríais que pregun- 
tarme hoy cómo estaba don Luis en libertad. 

Don Tadeo comprendió las consecuencias que para él po- 
día tener la noticia que acababa de recibir, y se apresuró á 
contestar: 

— Os juro, señora, que de tal modo he de ponerme ahora 
á seguirle, que uno de los dos habremos de sucumbir en la 
empresa, pues, como usía comprenderá, esta es para mí cues- 
tión de vida ó muerte. 

—Es que hay más todavía. 

— ¿Cómo más? 

Y don Tadeo fijó la temblorosa mirada en la dama. 

—Todas las personas de quienes vos, para dar más colori- 
do á este asunto, os deshicisteis, todas se hallan libres. 

— ¡Señora! 

— Lo que oís, maese descuidado, y así vuelvo á llamaros 
otra vez. 

—Pero, ¿las majas también están libres? 

—Sí tal. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 73 

— Entonces, ¿qué ha hecho el marqués Adelfi?— exclamó 
don Tadeo. 

Era la primera vez que pronunciaba aquel nombre delante 
de doña Catalina. 

Así fué que ésta se le quedó mirando, diciéndole: 

—¿Cómo? ¿Qué nombre habéis pronunciado? 

—El del marqués Adelfi. 

—¿Y pusisteis en su poder á las majas? 

—Sí, señora. 

—Entonces principio á explicarme lo que hasta ahora no 
he podido comprender. 

—¿Y qué era? 

—La prisión del marqués Adelfi. 

—¿Está preso? 

—Sí. 

—¿Eso quiere decir que todo se ha perdido?.... 

—Indudablemente, y vos, don Tadeo, no debéis estar á es- 
tas horas muy bien hallado. 

— Lo creo, lo creo. 

Y el viejezuelo tembló como un azogado, porque la libertad 
de aquellos seis personajes representaba para él otros tantos 
peligros. 

— Pero no puedo explicarme, no acierto á comprender 
como vos misma, señora, no pudisteis impedir que esas gen- 
tes recobraran su libertad. 

—¿Lo sabia yo acaso? Ha sido una sorpresa que no me 
explico. El marqués Adelfi preso, representa, como debéis 
comprender, el descubrimiento de todos nuestros planes, y 
en su consecuencia la destrucción de todas mis esperanzas. 

Don Tadeo no sabia qué decir. 

Aquel golpe le había anonadado. 

Juzgaba que mientras pagase al tío Langosta del modo que 
lo había hecho, podía contar con que ni Joselito ni Vicente 
saldrían de la venta. 

TOMO II. 10 



^4 LOS CABALEROS DEL AMOR. 

Respecto á don Luis, existiendo realmente la orden de pri- 
sión, y hallándose en una fortaleza del Estado, únicamente 
podia recobrar la libertad por medio de otra orden, y esto, 
dadas las condiciones de aquel asunto, no era tan fácil. 

En cuanto á las majas, juzgábalas en tan buenas manos, 
que no habían de escapar con facilidad, y por lo tanto hallá- 
base completamente tranquilo respecto á cuanto pudiera ocur- 
rir como consecuencia de aquel asunto. 

De aquí que le produjesen tanto efecto las noticias de la 
dama. 

Y dióse á pensar sobre lo que acababa de oir. 

Y si doña Catalina no habia sido la que puso en libertad á 
don Luis, ni la que reclamó la prisión del marqués Adelfi, 
¿quién habia sido entonces? 

La dama ignoraba por completo dónde se hallaban Joselito 
y Vicente; ignoraba también dónde estaba Paca y sus compa- 
ñeras; por lo tanto, no podia ser ella la que se hubiese puesto 
á dar la libertad á personas que no sabia donde estaban, y que 
de hallarse libres, ella misma comprendía que le hablan de 
perjudicar. 

Si todas ellas, y en un momento dado, habían conseguido 
recobrar su libertad, era preciso convenir, en que ó bien al- 
gún traidor habia tomado cartas en aquel asunto, ó bien que 
por medios totalmente desconocidos para él, hablan quedado 
inutilizados todos sus esfuerzos. 

El resultado para él era siempre el mismo. 

Las majas le conocían, conocíanle todas las personas que 
en aquel asunto terciaban; por lo tanto, el peligro para él era 
de todos modos formidable. 

Y el traidor ó la persona interesada en contra de él, debía 
forzosamente haber puesto á todos en autos de la parte tan 
activa que él había tomado en el asunto, de modo que en 
aquellos momentos, debia estar ya seriamente amenazado. 

—Vamos, don Tadeo— dijo doña Catalina viendo el silencio 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 75 

del viejezuelo y la impresión que le causaban las palabras 
pronunciadas por ella— ¿no recordáis si alguien ha podido 
jugaros alguna mala pasada? 

—No lo creo. 

— Ese García de quien yo hablé antes, ¿es realmente vues- 
tro amigo? 

— Ni amigo ni enemigo; le tomé á mi servicio para una 
empresa particular, y le he pagado y nada más. 

— Pues precisamente ese es quien sin duda lo ha enredado 
todo. 

— ¡Cómo! 

Entonces doña Catalina refirió á don Tadeo lo que ya saben 
nuestros lectores respecto á la entrevista que tuvo con él. 

El asombro del viejo no tuvo límite. 

— i Oh! señora— exclamó— juro á usía que yo sabré lo que 
hay de verdad en todo eso, y si ese miserable me ha engaña- 
do, como parece desprenderse de lo que usía ha dicho, yo le 
juro que se ha de acordar de mí. 

— Está bien, donTadeo; pláceme en gran manera encontra- 
ros en tan excelente disposición; pero ahora vamos á otra 
cosa. 

— Usía dirá. 

—Es menester, en primer lugar, que me averigüéis á quién 
ama el señor Gil Pérez, y tened presente por vuestra vida, que 
la menor traición que se me haga, se paga sumamente cara. 

— Puede usía estar segura de que respecto á ese particular 
no tiene nada que temer. 

—Así lo quiero y así lo espero, don Tadeo, pero os preven- 
go que no os fiéis mucho del tal García. 

— Desdichado de él si yo averiguo como cierto lo que usía 
acaba de suponer. 

— Desde luego que lo averiguareis. Pero aun no hemos 
concluido— prosiguió doña Catalina comprendiendo por un 
movimiento de don Tadeo que trataba de marcharse. 



76 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

— Hablad, señora. 

— Es necesario que ya que tan mal ha salido, sea por vues- 
tra culpa ó no lo sea, la empresa contra don Luis y sus ami- 
gos, que emprendáis otra para rehabilitaros y para haceros 
realmente acreedor á mi aprecio. 

— Dispuesto estoy á todo, y cuando á usía le hablaron de 
mí, no le mintieron al asegurar que servia para toda clase de 
empresas; por lo tanto, tengo la seguridad de que no he de ser 
en otra tan desgraciado como en esta. 

— Pues bien, necesito que forméis un plan para apodera- 
ros de la hija del conde de Lazan. 

— ¿Y dónde he de conducirla? 

— Formad vos el plan, participádmelo después, y yo os diré 
si es admisible ó no. 

— Pero 

— Pensad en el medio de robarla, que después yo os diré 
donde la habéis de conducir. 

— Está bien. 

— Os prevengo que es empresa que se intentó ya una vez y 
fracasó; por lo tanto meditadlo bien, para que no nos suceda 
lo mismo ahora. 

— Puede usía estar tranquila, que en el plan que yo forme, 
no ha de quedar probabilidad alguna que no esté prevista. 

— En eso confio, y por última vez os encargo que penséis 
que en esta empresa habéis salido mal, y que es preciso veáis 
de recobrar cuanto habéis perdido. 

Poco después don Tadeo, preocupado por todo lo que la 
dama acababa de decirle, salió de su palacio murmurando: 

—Bien habia yo hecho en desconfiar de García, pero me lo 
había pintado Simón como tan leal y tan fiel, que no vacilé en 
admitirle. Muchas precauciones necesito tomar para evadir- 
me de la vigilancia de que ese hombre me hará objeto; pero 
si él es astuto, no lo soy menos y veremos quién vence á 
quién. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 1 I 

Al mismo tiempo también, doña Catalina tornando á caer 
en su anterior meditación, decia: 

— Distraida con esos desdichados amores he estado olvi- 
dando el duelo que hay pendiente entre el conde de Lazan y 
yo, y hora es ya de que en ello piense. Este miserable, por la 
cuenta que le trae y por lo obligado que viene, hará que su 
empresa salga adelante y una vez la hija del conde de Lazan 
en mi poder, veremos si él tiene que humillarse ante mí. 



CAPÍTULO XII. 



\ué era lo que había hecho cambiar en tan alto grado al señor 

Gil Pérez. 



Indudablemente el lector habrá extrañado la energía de 
que el secretario Gil Pérez había hecho gala, y la frialdad con 
que habia tratado á doña Catalina en las últínias visitas que 
aquel habia hecho á la dania, de quien tan enamorado se ma- 
nifestara durante largo tiempo. 

La misma doña Catalina no podía darse cuenta del cambio 
que en aquel hombre se habia verificado. 

Nosotros sabemos á qué atenernos sobre el particular, y á 
riesgo de pasarpor indiscretos vamos á descubrir el misterio. 

Sobre poco más ó menos, un mes antes de los últimos su- 
cesos que acabamos de referir, el señor Gil Pérez tuvo la 
humorada de acudir á la plaza de toros. 

La corrida que debía verificarse aquella tarde habia lleva- 
do al circo taurino un considerable número de espectadores 
de ambos sexos. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 79 

El secretario, que al parecer estaba algo taciturno, apenas 
ponía atención en los agudos dichos que se oían por do quiera; 
uno de sus amigos tocándole en el hombro, le dijo: 

—Hombre, aquí no te des aires de diplomático; deja ese 
gesto para cuando te halles en tu despacho, esto es, en el 
ejercicio de tus altas funciones. 

—¿Qué quieres? no tengo humor. 

—¿Pues por qué venias? 

—Porque te has empeñado en ello, y por ver si lograba dis- 
traerme. 

—Pues procura hacerlo. 

—Lo he intentado, pero inútilmente. 

—Parece mentira que ni logren alegrarte los hermosos 
rostros de que estamos rodeados. 

—Pues ya lo ves— dijo el secretario melancólicamente. 

—Vamos, sé franco; ¿no te haria olvidar todas tus penas 
aquella divina y sandunguera maja? 

—¿Cuál? 

—Mira hacia la derecha, ¿no ves aquella manóla cuya fal- 
da es color grana, adornada con alamares negros? Hombre, 
precisamente está cerca de ella nuestro amigo Andrés. 

Gil Pérez miró hacia el sitio que su oficioso amigo le indi- 
caba, y al reparar en la mujer de que aquel habia hablado, 
sintió repentinamente que su corazón se estremecía, y no 
pudo contener una exclamación admirativa. 

La maja en cuestión era Concha, la novia de Joselito. 

— ¡Ah! i Dices bien .'—exclamó el secretario devorando con 
la vista á la hermosa maja. 

—¿Convienes conmigo? 

—Sí-contestó con tembloroso acento Gil Pérez sin apartar 
los ojos de su objetivo. 

—i Son muchos ojos aquellos ojos! 
—Es verdad. 

—¿Hay acaso coral que pueda compararse al de sus labios? 



80 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

Observa la gracia que imprime á todos sus movimientos; y 
si por casualidad la hubieses visto, como yo la he visto subir 
á una calesa y hubieses tenido la dicha de admirar su dimi- 
nuto pié y parte de su torneada pierna, dirias conmigo que 
esa maja es capaz de trastornar el juicio á un santo. 

Gil Pérez parecía completamente fascinado en la contem- 
plación de la divinidad que su amigo le encarecía; no podia 
darse á sí propio cuenta de lo que sentia, pero nosotros pode- 
mos asegurar que la imagen de la hermosa viuda á quien 
adoraba Gil Pérez, habia momentáneamente desaparecido por 
completo de su imaginación. 

—Hombre, cualquiera creerla al mirarte que eres una es- 
tatua; veo que te ha hecho efecto esa moza, más vale así. 

En aquel momento hirió los aires el acento del clarin; la 
lidia iba á dar comienzo. 

El amigo del secretario dijo: 

—Vamos, chico, siéntate que vas á llamar la atención si 
ahora permaneces en esa posición. 

Gil Pérez se sentó maquinalmente, pero no se fijó en nin- 
guno de los innumerables incidentes de la lidia. 

Palmadas, gritos, silbidos, nada oia; todo su ser se hallaba 
embargado completamente en la contemplación de Concha. 

Terminó la corrida sin que se diera cuenta de ello, tanto 
que su amigo tuvo necesidad de decirle: 

—¿Piensas permanecer aquí hasta el dia del juicio final? 

—No habia notado 

—Pues hombre, se necesita estar en babia. 

-Salgamos, salgamos-dijo Gil atropellando á cuantos 
hallaba á su paso á fin de salir cuanto antes de la plaza. 

—¡Demonio! Antes tan quieto y ahora bullicioso! ¿Qué 
mosca te ha picado? 

Una vez fuera del circo taurino se reunieron los dos ami- 
gos; Gil Pérez dijo en voz alta, pero como hablando consigo 
mismo: 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 81 

— íQué hermosa mujer! 

— Parece que te ha flechado la maja. 

— Allá va, quiero seguirla. 

—Estás endemoniado, ¿cómo has de seguirla á pié? 

Por toda contestación, Gil Pérez se acercó á un calesero, 
habló con él en voz baja, y luego dirigiéndose á su amigo, le 
dijo: 

—Sube. 

Una vez acomodados en la calesa, el conductor sacudió un 
fuerte latigazo al jamelgo que tiraba del vehículo, y este se 
puso en movimiento. 

— ¿Dónde vamos? 

— En seguimiento de la maja— contestó Gil Pérez. 

— Vamos, ya lo entiendo; quieres saber dónde vive. 

— Eso mismo. 

—¿De manera que estás decidido á poner sitio á la plaza? 

— Estoy decidido á todo por hacerla mia. 

— No sé por qué, pero se me figura que te ha de costar al- 
gún trabajillo el conseguir tu objeto. 

— ¿Sabes acaso algo?— preguntó con afán Gil Pérez. 

— Nada absolutamente; pero una moza tal, no es posible 
que deje de tener algún aspirante. 

— Así sera, pero yo estoy resuelto á todo. 

— No creia yo que tu sangre se encendiera con tanta fa- 
cilidad. 

—Ríete cuanto quieras; pero lo cierto es, que ninguna mu- 
jer me ha hecho una impresión tal, cual la que he sentido y 
siento desde que he visto á esa maja; será una locura, todo lo 
que quieras, pero puedo asegurarte que estoy verdaderamen- 
te enamorado. 

— La moza vale la pena; pero verla y amarla así de repente, 
vamos, es una cosa bastante rara, amigo mío. 

—No lo niego; pero es tal y cómo te lo he dicho. 

—Peor para tí, y si llego á sospecharlo, te dejo entregado á 

TOMO II. 11 



82 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

tus cavilaciones, sin llamar tu atención hacia una mujer que 
puede ser para tí causa de disgustos en lo sucesivo. 

—No; por de pronto creo que me has hecho un favor in- 
menso. 

Indudablemente Gil Pérez se acordó en aquel momento de 
doña Catalina. 

La calesa detuvo su marcha; bajaron de ella Gil Pérez y su 
amigo. 

La calesa en que iba Concha también se habia detenido; 
bajó de ella la maja, y se metió en su casa. 

Gil Pérez pagó al cochero, después tomó el brazo de su ami- 
go, y le dijo: 

— Vamonos; sé cuanto deseaba. 



Gil Pérez buscó y encontró ocasión de hablar con Concha; 
la maja rechazó sus proposiciones; el secretario no cejó por 
eso, y volvió segunda vez á la carga; pero obtuvo igual resul- 
tado que la vez primera. 

Diariamente rondaba Gil Pérez la calle en que habitaba 
Concha; Joselito lo observó, y á no ser por las súplicas de su 
amada, el torero de seguro la hubiera emprendido de mala 
manera con el porfiado rondador. 

Llegado el lunes próximo á aquel en que Gil Pérez conoció 
á la maja, el secretario acudió á la plaza, y entró en ella muy 
temprano, á fin de ver dónde se colocaba Concha, y buscar si- 
tio cerca de ella. Iba con su amigo, con el que sostenía ani- 
mada conversación. 

— Pues estás adelantado. 

— Dádivas quebrantan peñas— dijo el secretario. 

— Mucho me tenao que la maja sea mas dura que esas frá- 
giles piedras de que hablas. 

— No he de perdonar medio para conseguirla. 



LOS CABALLEROS DKL AMOR. 83 

— Pues seguD el resultado que has obtenido Jos dos veces 
que la has hablado, no auguro feliz térntiino á tu tentativa. 

Entretanto la gente iba invadiendo el circo. 

De pronto Gil Pérez hizo un movimiento brusco. 

—¿Qué ocurre?— preguntó su oficioso amigo. 

— Allí está; ven. 

Y sin detenerse, empujando á unos y tropezando con otros, 
logró acercarse al sitio donde estaba Concha, pero no le fué 
posible colocarse á su lado porque desgraciadamente para él 
aquel sitio estaba ya ocupado; de todos modos consiguió sen- 
tarse á corta distancia de la hermosa maja. 

Concha hizo un movimiento de disgusto en cuanto vio á 
Gil Pérez; pero éste no se apercibió ó no quiso apercibirse de 
ello y clavó en ella los ojos mirándola de modo que llamó la 
atención de cuantos estaban cerca. El amigo del secretario 
advirtió las risas y los cuchicheos que producía la insistente 
mirada del secretario, y le dijo por lo bajo : 

— Amigo Gil, estás siendo objeto de la murmuración ge- 
neral. 

— ¿Qué me importa?— contestó el secretario apartando por 
un momento la vista de su objetivo y paseándola arrogante 
por entre el círculo de los murmuradores. 

La corrida dio comienzo. 

Joselito, desde el redondel advirtió la presencia del secre- 
tario cerca de su Concha y palideció; la maja lo advirtió y pro- 
curó tranquilizarle enviándole una amorosísima mirada. 

Momentos antes que terminara la corrida, Gil Pérez aban- 
donó la plaza. 

—Me alegro de que hayamos salido antes, porque de este 
modo evitamos tropezar con el tropel de la gente. 

—Por eso lo he hecho— contestó Gil Pérez. 

— ¿Yá dónde vas ahora? 

—A esperar á Concha á la puerta de su casa. 

—¿Qué te propones? 



84 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

— Que me escuche. 

—Te rechazará de nuevo. 

— ¡Quién sabe! 

—En fin, amigo mió, haz lo que quieras; te veo en mal ca- 
mino. 

— ¿Y por qué? 

— Porque esa hembra ha trastornado tu juicio hasta un 
punto inconcebible; esta tarde has estado llamando la aten« 
cion grandemente de las gentes que nos rodeaban. 

—No sé por qué. 

—Hombre, si parecia que te querías tragar á la maja se- 
gún la miraban tus ojos. 

— ¡Qué quieres! hay cosas que no se pueden disimular. 

—Debo advertirte que me ha parecido que tienes un rival 
preferido. 

—¡Cómo! — dijo el secretario poniéndose pálido. 

—Sí, lo que oyes; creo que tienes un rival y preferido, te lo 
repito. 

— ¿Desde cuándo has adquirido esa certeza? 

—Desde esta tarde. 

—Explícate. 

—Cuando ha salido á la plaza la cuadrilla, después del sa- 
ludo de reglamento, se han aproximado cerca del sitio donde 
nos hallábamos algunos de los lidiadores; entre ellos salió Jo- 
selito; éste ha mirado á la maja de un modo muy expresivo, 
y ella le ha pagado tal mirada con otra, por la cual á habérte- 
la dirigido á tí, te hubieras considerado el más dichoso de los 
amantes; créeme, Joselito y Concha se aman; no me cabe 
duda de ello. 

— No lo creo— contestó secamente el secretario. 

— Peor para tí. 

—Ni creas que aunque así fuera, dejaría yo de pretender el 
amor de Concha. 

— ¿No vive ahí?— dijo el amigo señalando una casa. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 85 

—Sí, ahí vive— contestó Gil Pérez suspirando. 

Los dos amigos paseaban por la calle sin alejarse gran 
cosa de la morada de Concha. 

De repente apareció en la calle una calesa. 

Dentro de ella iba Concha, y sentado á sus pies Joselito. 

El secretario, al advertir la presencia del torero, se pusa 
trémulo de rabiosos celos. Joselito, tan pronto como divisó al 
secretario, hizo un movimiento como para saltar del carruaje; 
Concha adivinó la intención de su novio, y le contuvo, dicién- 
dolé en tono suplicante: 

—Joselito, no me des que sentir. 

—¡Concha!....— dijo el torero. 

—¿Qué te puede importar á tí ese hombre ni otro alguno, 
siendo tú el dueño de mi corazonV 

Joselito se contuvo, tanto por no disgustar á Concha, cuan- 
to por no armar un escándalo en medio de la calle. 

El secretario, empujado por su amigo, se retiró de aquel 
sitio. 

—¿Qué te decia yo? 

—A pesar de ese hombre, y del mundo entero, esa mujer 
será mia. 

¿Comprende ahora el lector, por qué Gil Pérez, al saber la 
desaparición de las majas, facilitó á don Ramón de la Cruz 
cuantos medios estuvieron á su alcance, á fin de descubrir el 
sitio donde estuviesen ocultas? 

¿Va explicándose á qué se debía el cambio del señor secre- 
tario respecto á doña Catalina? 

Gil Pérez había roto las cadenas en que le aprisionaba la 
hermosa viuda; pero se veia sujeto á los lazos con que le ha- 
bía esclavizado la belleza de Concha. 

De la desaparición de las majas, culpaba el secretario á 
doña Catalina; no es de extrañar, que creyéndolo así, sintiese 
rencor hacia ella. 



CAPÍTULO XIII 



Donde se explica lo que hizo el conde de Santillm después de la, 
entrevista que tuvo con Siman. 



El lector no habrá seguramente olvidado el efecto que en 
el ánimo del conde causó la noticia que le diera Simón res- 
pecto á ser Gil Pérez el amante de la señora condesa. 

A poco de haber salido Simen de la estancia del conde, 
estela abandonó también, salió á la calle y se dirigió á la mo- 
rada donde habitaba Gil Pérez. 

Llegado que hubo á la habitación del secretario del primer 
ministro, se hizo anunciar debidamente, y no tardó en verse 
frente á frente de la persona á quien ansiaba ver. 

Gil Pérez se apresuró á recibir galantemente al conde, di- 
ciéndole en cuanto le vio: 

— Dígnese honrar el señor conde de Santillan un asiento 
en mi casa. 

Esto diciendo, aproximó un cómodo sillón hacia donde se 
hallaba aquél. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 87 

El conde, por su parte, sin dignarse siquiera contestar á la 
galantería del secretario, le dijo seca y gravemente: 

— ¿Puede escucharnos alguien ? 

—Absolutamente nadie -contestó Gil Pérez tan admirado 
de la pregunta como del tono con que se le habia hecho. 

—Es muy grave lo que tengo que deciros, é impórtame 
mucho que nadie más que vos me oiga en este momento. 

—Repito que aquí estamos en sitio donde de nadie pode- 
mos ser oídos; por lo tanto, puede el señor conde hablar sin 
el menor recelo. 

—Pocas palabras bastarán, para entendernos: lo sé todo, 
absolutamente todo, y estoy dispuesto á que zanjemos el 
asunto con las armas en la mano, y esto cuanto antes. 

Gil Pérez estaba atónito, y no sabia darse una razón de lo 
que acababa de decirle el conde, así es que contestó con mal 
seguro acento: 

—¿En qué puedo haber ofendido yo al señor conde? 

— ¿Tal pregunta os atrevéis á hacerme? 

—Justo es que os la dirija ignorando de lo que se trata. 

— ¿Intentaréis acaso negar? 

— ¿Qué he de negar si no sé de lo qué se me acusa? 

— ¡Puede darse atrevimiento más villano! -dijo el conde 
en alta voz, pero como hablando consigo mismo.— ¿Con que 
vos no comprendéis la causa de mi enojo? 

—Ni me la explico siquiera. 

—A la injuria que venís haciéndome ha tanto tiempo, aña- 
dís el sarcasmo de la burla? 

—Señor conde, yo 

—Vos sois un miserable, un cobarde — replicó el conde en 
el colmo de su exasperación. 

—Tengo dadas muchas pruebas de lo contrario — contestó 
Gil Pérez, pálido de coraje. 

—Pues yo necesito cerciorarme de vuestros bríos, señor 
seductor. 



LOS CABALLKROS DEL AMOR. 



-—Creo que seria muy conveniente, señor conde, que en 
vez del insulto usarais el lenguaje de la claridad, á fin de que 
yo por mi parte, pudiese desvanecer el error de que os su- 
pongo víctima. 

—Cuanto más negáis, más me afirmo en las seguridades 
que se me han dado. 

— ¿Respecto á qué? 

—¿Es decir que pretendéis que sea mi propio labio el nar- 
rador de mi deshonra? 

—Necesariamente debo desear que os expliquéis. 

—¿Es decir que vuestra perversión llegó hasta su extremo? 

— Señor conde, acabad de una vez. ¿De qué se trata? 

— De vuestros livianos amores— dijo por fin el conde devo- 
rando al secretario con la vista. 

— ¿De mis amores? 

—Sí, de vuestros criminales amores, y yo estoy decidido 
á daros el castigo á que os habéis hecho acreedor. 

—¿Castigarme? 

—Seguramente; demos punto á esto, y vamos á lo que im- 
porta. 

Gil Pérez se devanaba los sesos por saber á qué atenerse, y 
su natural aturdimiento hacíale aparecer como verdadero 
culpable á los ojos del irritado y celoso conde. 

— Confieso, señor conde, que no sé darme razón de vues- 
tro enojo. 

— Vos podéis encastillaros en vuestro sistema de negar; 
por mi parte no he de añadir ni una palabra más sobre los 
motivos que contra vos tengo; oid solo lo que me resta que 
advertiros. 

— Decid lo que gustéis. 

—Creo que no ignorareis que en la corte se me respeta. 

— Lo sé. 

—Quizá sepáis también algunas de mis buenas y malas 
cualidades. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 89 

—No me he ocupado jamás en averiguarlo. 

—Entre las últimas figura en primer término una decisión 
á toda prueba; cuando resuelvo una cosa la llevo á cabo á to- 
do trance. 

—Eso no deja de tener sus inconvenientes. 

—Por eso es un defecto; pero está tan arraigado en mi mo- 
do de ser, que no hay forma ni modo de curarme de él. 

—Lo siento por vos. 

—Es el caso, que ahora estoy decidido á batirme con vos y 
á matar ó morir, y de esta resolución no hay nadie que sea 
capaz de disuadirme. 

~¿Y si yo me negara á complaceros? 

— ¿Si vos os negarais?— repitió el conde con colérica ironía. 

—Sí; suponed que me niego, ¿qué hacéis en ese caso? 

—¡Oh! es muy sencillo; os obligaría á aceptar el duelo. 

—¿Tendréis la bondad de explicarme cómo? 

— Hay mil medios para conseguirlo. 

—¿Cuáles son? 

—En primer lugar me seria muy fácil afrentaros pública- 
mente. 

—Os atreveríais 

—A todo, porque ya os he dicho que estoy resuelto á morir 
ó matar. 

— ¿Según eso estáis desesperado? 

—No he venido aquí á discutir con vos, sino á proponeros 
un duelo. 

— Sobre mí pesan obligaciones sagradas. 

— Ninguna debe haber mayor para el que es caballero, que 
la de no negarse á dar satisfacción de los agravios que haya 
podido inferir. 

— Pero es que yo 

—No quiero pretextos ni he de escucharlos; si sois caba- 
llero, lo cual empiezo á dudar 

• —¡Señor conde!....— dijo ya casi fuera de sí el secretario. 

TOMO II. 12 



90 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

— Pues bien, si sois caballero, no debéis dudar en empuñar 
una espada para batiros lealmente con un rival. 

— Es que ni soy, ni he sido rival vuestro. 

— Sea como vos queráis; entonces debéis batiros con el 
hombre que os llama infame y cobarde. 

— Esto ya es demasiado. 

—Debéis batiros con el hombre que está dispuesto á escu- 
piros al rostro en público, si os negáis á satisfacerle. 

—Basta ya— exclamó Gil Pérez en el colmo del furor. 

—Ni creáis que me contentarla con solo esa venganza; ha- 
blaria al señor conde de Floridablanca, y ó mucho me equivo- 
co, ó habíais de perder el alto destino con que os honra. 

— Sabe Dios, señor conde, el sacrificio que he tenido que 
hacer para contenerme, oyendo el diluvio de insultos con que 
me habéis obsequiado desde el principio de nuestra entrevis- 
ta; pero hoy por hoy, me veo obligado á obrar así por más 
que me pese. 

—¿Es decir, que os negáis? 

— Es deciros, que á no tener yo poderosos motivos que me 
obligan á refrenarme, no hubiera querido saber las razones 
que á insultarme os obligaban; solo hubiera visto el insulto, 
y de él hubiera procurado haceros arrepentir; pero hoy 

— ¿Hoy, qué?— preguntó el conde sin poderse contener. 

—Hoy tengo motivos que me impiden obrar como quisiera, 
y por lo tanto, eso me da lugar á preguntaros si tenéis certe- 
za de la falta que me achacáis. 

—Si no la tuviera, no procedería cual lo hago. 

—¿Y no pudiera haber en ello algún error? 

—¿Sabéis que me estoy convenciendo de una cosa?— dijo el 
conde variando de tono repentinamente. 

—¿De cuál? 

—De que sois un miserable. 

— ¡Oh!— murmuró Gil Pérez lanzando una terrible mirada 
al conde. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 91 

—Sí; únicamente un miserable mal nacido, es capaz de 
buscar tantos subterfugios para evitar un duelo á muerte. 

—Yo no la temo. 

—Yo creo todo lo contrario. 

—Pues estáis en un error. 

—Demostrádmelo prácticamente; de ese modo me con- 
venceré. 

—¿Pues no hay mas que decirle á un hombre, quiero que 
me mates ó matarte? 

—Cuando se tiene buena sangre, eso basta. 

—En momentos dados quizá; pero no siempre. 

—Nada más tengo que añadir. 

— Á mí me falta, pues, deciros algo. 

— Sed breve. 

—No quiero batirme. 

—¿No? 

—No— dijo el secretario resueltamente. 

— Ateneos á los resultados. 

— Yo espero que lo meditareis mejor. 

—Lo tengo bien meditado. 

—Haced, pues, lo que gustéis. 

— Creo que os he dicho antes lo que estoy resuelto á hacer. 

— Pero yo no os he indicado los medios que tengo para evi- 
tarlo. 

—A no estar en vuestra casa, ¡vive Dios que habia de ha- 
ber puesto ya en ejecución mi proyecto! 

—Vale más que no lo intentéis. 

—Así lo hago, porque para moveros se hace necesario que 
el insulto sea público. 

— Suponéis 

—Aquí á solas, creo que aunque os abofeteara no lograría 
mi objeto. 

—¡Ira de Dios! Señor conde, abusáis demasiado de mi in- 
dulgencia. 



92 LOS CABALLEROS DEL AMOP. 

—Mejor dijerais que no os atrevéis á sacudir vuestra co- 
bardía. 

—Pensad lo que gustéis. 

— Adiós, pues. 

—Id con él. 

—En mi casa aguardo vuestra resolución; pero debo ad- 
vertiros que mañana estoy decidido á obrar enérgicamente. 

Sin esperar contestación el conde salió del gabinete del se- 
cretario. 



CAPÍTULO XIV. 



Gil Pérez se decide á obrar en contra del conde de Santillan. 



Aturdido quedó Gil Pérez con el brusco é inesperado ata- 
que del conde de Santillan. 

Apenas el secretario se vio libre de la presencia del irrita- 
do caballero, empezó á reflexionar las causas que hubieran 
podido dar origen al rencor manifestado por el conde. 

— De todo cuanto me ha dicho— decíase el secretario— solo 
me es dado traslucir que me cree su rival en amores, ¿á quién 
se referirá? ¿A doña Catalina? ¡Imposible! ¿Tal vez á Con- 
cha?.... vamos, no sé á qué atenerme; lo cierto es que ese de- 
monio de hombre está empeñado en batirse conmigo, y yo no 
debo exponerme hoy; necesito el tiempo para otras cosas que 
me interesan más, y el caso es que él no desistirá, y si me in- 
sulta en público me veré obligado á batirme. ¿Qué hacer? 

El secretario pareció meditar durante algunos minutos. 

—Esto es lo mejor— dijo al fin.— Bueno será procurarle un 



94 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

encierro al señor conde; puede que la soledad le devuelva el 
juicio que parece haber perdido. Sí, sí, es lo mejor; procure- 
mos evitar un percance. 

Gil Pérez se vistió convenientemente, y salió de su casa. 

En cuanto llegó al despacho del señor ministro y después 
de haberle saludado respetuosamente, dijo: 

—¿Tiene algo que encargarme su excelencia? 

—Preguntaros si habéis adelantado algo en vuestras averi- 
guaciones respecto á los descontentos. 

—Sé positivamente que se conspira. 

— Eso ya me lo dijisteis ayer. 

— Pero ayer ignoraba el nombre de uno de los principales 
conspiradores. 

— Eso ya es algOc 

—Tengo la seguridad de que el sugeto á quien me refiero 
es el principal agente del señor conde de Aranda. 

—¿Y quién es él? 

—El señor conde de Santillan. 

—¿También ese caballero se mezcla en la política? 

— Así parece. 

— No creía yo tal cosa; ya sé que es muy amigo del de 
Aranda, pero no me había cruzado por la imaginación que le 
ayudara en sus descabelladas empresas. 

—Pues le ayuda y hay más. 

— Sepamos. 

— El conde procura ganar prosélitos y compromete á un 
sin número de jóvenes los cuales más tarde llorarán su extra- 
vío, pero cuando no puedan ya evitar el castigo. 

—Muy grave es la acusación que fulmináis contra el conde. 

— Pero desgraciadamente es fundada. 

— Así lo creo, que no habíais de atreveros á tanto sin jus- 
tificados motivos. 

—Claro es. 

—Al fin esa gente promoverán un motín. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 95 

—¿Y no será triste que paguen multitud de inocentes las 
culpas de unos cuantos? 

—Más que triste será doloroso, y hay que buscar el medio 
de evitarlo. 

—Eso es lo que yo procuro. 

—Y hacéis muy bien ; duéleme en el alma el tener que 
ejercer el castigo; por consiguiente he de agradeceros cuanto 
hagáis á fin de aminorar el número de delincuentes. 

— No solo puede disminuirse el número, sino hasta ser 
más leve el castigo de los verdaderos culpables. 

—Ese es mi deseo— dijo bondosamente Floridablanca. 

— Si se les da tiempo para obrar, antes de mucho tiempo 
habrá aumentado el número de los sediciosos y será mayor 
también el castigo á que se habrán hecho acreedores los que 
hoy resultan ser jefes de la conspiración. 

—Eso es innegable. 

— Puede evitarse mucho, imponiendo leve pena hoy á los 
que mañana se habrán hecho quizá merecedores de duro cas- 
tigo. 

—Ni aun en broma me place tener que hacer sentir á na- 
die el peso de la ley. 

—Quizá dentro de breves dias no os sea dado ser miseri- 
cordioso; no por lo que en contra de vuestra excelencia se 
haga, que eso ya sé yo que lo despreciáis, sino por el decoro 
de nuestro señor rey, á quien Dios guarde. 

—Bien sabe Dios que no ansian tanto mis enemigos el po- 
der, como yo anhelo dejarlo cuanto antes; ya es hora de des- 
cansar y el buen rey Garlos III, hubiérame hecho señalada 
merced admitiendo la dimisión que de mi cargo hice. 

— ¿Quién, á no ser vuestra excelencia puede llevar á puer- 
to seguro la nave del Estado? 

— Señor Git, ya sabéis que soy enemigo de la adulación. 

—Lo sé y por lo mismo no la uso; en lo que he dicho no 
hay más que verdad pura. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 



— De todos modos, es muy triste verme obligado continua- 
mente á tener que castigar á gentes que anhelan mi caida. 

—No la desean para el bien de la patria, sino para el propio 
medro. 

—¡El conde de Santillan conspirador! 

— Ni más, ni meros. 

— Á fe, á fe, que me duele tener que privarle de su libertad. 

— Vale más hoy que mañana; nadie se muere por estar en 
un castillo un par de meses. 

—Ayer don Luis, hoy el conde; ¿quién será mañana? 

El gran político apoyó la frente sobre la diestra mano, y 
permaneció silencioso algunos minutos. 

El secretario no se atrevió á interrumpir el silencio, y es- 
peró tranquilamente á que el ministro le dirigiera la palabra. 

— Tenéis razón, Gil— dijo por fin. — Vale más imponer hoy 
leve pena, á tener mañana que decretar fuerte castigo. 

Compréndase la alegría que estas palabras producirían en 
el ánimo del secretario; sin embargo, supo disimularla per- 
fectamente. 

— ¿Puedo extender la orden? 

— Extendedla. 

— En el acto. 

—Cuidad de advertir en ella que se le permita pasear por 
el castillo. 

—Así lo haré. 

— Id y traédmela. 

Gil no se lo hizo repetir; pasó á su despacho y en un mo- 
mento extendió la orden de prisión del señor conde de Santi- 
llan, al cual se debía conducir al castillo de Villaviciosa. He- 
cho esto, entró de nuevo en la cámara del ministro, al que 
entregó el papel que acababa de escribir. 

Floridablanca lo leyó detenidamente, y después de firmar- 
lo y sellarlo, se lo devolvió al secretario, diciéndole: 

—Es un trastorno que hubiera deseado evitar al conde; 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 97 

pero consuélame el que no he de tenerle encerrado por mu- 
cho tiempo. 

— Él se lo ha buscado, y gracias á vuestra bondad sale me- 
jor librado de lo que él mismo podia prometerse. 

— No hablemos más de ello. 

—¿Tiene algo que encomendarme su excelencia? 

—La prontitud en el despacho de algunos expedientes que 
obran en vuestro poder, y que parecen eternizarse en él. 

El secretario sorprendióse, pero se repuso al punto y con- 
testó respetuosamente: 

— Descuide su excelencia, que no me daré punto de reposo. 

— Así debéis hacerlo ; ya sabéis que no me agrada que los 
demandantes tengan que esperar más de lo que es justo y os 
consta no es de mi gusto el tener que hacer uso de la repren- 
sión. 

—Siento haber dado lugar á que su excelencia haya tenido 
que enojarse conmigo. 

— No estoy enojado; os advierto solamente; desde hace ya 
algún tiempo andáis harto distraído, y no es bien que por 
vuestros propios asuntos pongáis en descuido los que os es- 
tán encomendados. Id; espero que en lo sucesivo no tendré 
que advertiros nuevamente. 

Gil Pérez saludó, y salió del despacho del ministro diri- 
giéndose al suyo. 

—Siempre que tiene que firmar alguna orden por el estilo 
de esta— iba diciéndose el secretario abanicándose con el plie- 
go que acababa de firmar Floridablanca— se pone de mal ta- 
lante. 

Una vez instalado en su sillón tocó un timbre, y dijo al 
ujier que se le presentó: 

—El oficial de guardia. 

Retiróse el ujier, y á poco entró en el gabinete del secreta- 
rio un oficial. 

— Acercaos. 

TOMO II. 13 



98 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

El recien llegado obedeció humildemente. 

— Dios os guarde, caballero. 

— ¿Ocurre alguna novedad? 

— Por ahora ninguna. 

— Está bien ; tomad, é inmediatamente dad cumplimiento 
á esa orden. 

—Al momento —dijo el oficial tomando el papel y leyén- 
dole. 

— Cuando esté cumplimentada, venid á darme cuenta. 

— Así lo haré. 

—Entended que ahí se trata de conducir al castillo de Vi- 
llaviciosa á cierto caballero, y que yo no deseo que vos vayáis 
hasta el citado castillo, sino que me deis cuenln de cuándo se 
ha puesto en camino el preso hacia su destino. 

— Entendido. 

El oficial saludó y se retiró. 

—Será cosa de ver la cara que pondrá el buen conde de 
Santillan cuando se le notifique la orden de prisión. Lo siento, 
pero es el único medio que se me ha ocurrido; cuando salga 
del castillo, es fácil que se hayan calmado sus ideas batalla- 
doras y después de todo, si entonces persiste en ellas y yo he 
conseguido ya el amor ó la posesión de la mujer que me en- 
loquece, no he de tener reparo en cruzar mi espada con la 
del señor conde. 

No habia trascurrido una hora, cuando el oficial apareció 
de nuevo en el despacho del secretario; éste al verle exclamó: 

—¿Qué hay? 

—Listo todo. 

—¿El señor conde?... 

—Caminando bien escoltado hacia el Castilo de Villavi- 
ciosa. 

— ¿Le habéis visto? 

— Tal como se me habia ordenado. 

—¿Qué dijo, al intimársele la orden de prisión? 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 99 

— Manifestó sorprenderse mucho. 

— Lo creo—dijo sonriéndose el secretario. —¿Nada habló? 

—Nada. 

—Está bien; retiraos. 

— El oficial obedeció. 

— Ya tiene don Luis un compañero con quien distraer sus 
ocios. 

El secretario se sonrió irónicamente y se dedicó tranqui- 
lamente al despacho de ciertos documentos. 

Merced á esto, el conde deSantillan fué conducido al cas- 
tillo de Villaviciosa, donde le vio don Luis de Guevara, creyen- 
do el secretario de Floridablanca verse libre por algún tiempo 
de aquel importuno enemigo. 

Sin embargo, el secretario se engañaba y á su tiempo ve- 
remos las consecuencias de su acción. 



CAPITULO XV. 



Donde sabemos por ñn lo que fué de (jarcia, después que recobró 

la libertad. 



Apenas García se vio fuera de su encierro con sus compa- 
ñeros, según dijimos en uno de nuestros capítulos anteriores, 
se apresuró á separarse de ellos procurando que nadie se 
apercibiese de la fuga, como también manifestamos. 

En cuanto se vio solo, respiró con más alegría; indudable- 
mente la compañía de los soldados no era muy de su gusto. 

Sabemos que García sacaba partido de cualquier cosa, pues 
como tenia pocos escrúpulos y ninguna vergüenza, nada le 
arredraba con tal de hacerse con algunas monedas de oro. 

Durante los dias que había vivido en forzosa y estrecha 
comunidad con Vicente y Joselito, había oído á este último 
distintas veces hablar de Gil Pérez, secretario del primer mi- 
nistro, y aun el torero suponía que el secretario pudiera muy 
bien ser origen de su prisión, pues le constaba que amaba 
frenéticamente á su Concha. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 



101 



Desde que García supo estos antecedentes, se propuso sa- 
car provecho de ellos en cuanto se viera en libertad. 

— Heme ya, pues, libre— dijo al separarse de sus compa- 
ñeros.— Hay que hacer algo á fin de aumentar mi peculio. Es 
indispensable que me haga con los recursos necesarios á fin 
de solidar mi posición. Vamos á ver al señor Gil Pérez yá 
ofrecerle mis servicios, y si, como supone Joselito, está tan 
enamorado de la maja el bueno del secretario, no dejará de 
atenderme. Las tales majas son para mí una mina, y á no ha- 
ber sido por la jugarreta del tio Langosta, Dios sabe cuánto 
habría sacado á estas horas de uno y otro amante. A mí lo que 
me conviene es que se enrede la cosa, porque como dice el 
proverbio: «A rio revuelto...» Si, como no lo dudo, me gano la 
confianza del secretario del ministro, habré dado un gran pa- 
so, pues me puede servir de mucho su protección. Tengo de- 
lante de mí un hermoso porvenir. El asunto del conde de 
Lazan y la duquesa déla Jaridilla, ha de serme muy prove- 
choso porque sé donde están los muchachos y esto ha de va- 
lemos sendos doblones. Vamos, indudablemente estoy en la 
buena. 

Esto pensando, dirigió sus pasos hacia el despacho del se- 
cretario del ministro. 

Cuando llegó á la antesala, salióle al encuentro un ujier, 
que le dijo con tono altanero: 

—¿A dónde vais? 

—Al despacho del señor secretario— respondió García. 

—¿Creéis que no hay más que llegar y entrar? 

— Lo que creo es que para entrar es menester llegar— dijo 
desenfadadamente García. 

Bueno será, pues, que os paréis. 

—Hace rato que lo estoy, desde que habéis tenido la ama- 
bilidad de dirigirme la palabra. 

—Ahora debo añadiros, á lo que os llevo dicho, que podéis 
volveros por donde habéis venido. 



102 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

—¿Por qué razón? 

— Por varias. 

— ¿Puedo saber cuáles sean? 

— No hallo inconveniente en decíroslas. 

— Me favoreceréis en ello grandemente. 

—Pr i mera razón: el señor secretario no está en su despacho. 

— Basta; os hago gracia de las demás— dijo García en tono 
zumbón. 

El ujier, que como todo aquel á quien fatiga poco el traba- 
jo, estaba siempre dispuesto á reírse á costa del prójimo, 
quiso lucirse con García, en la seguridad de que sus camara- 
das celebrarían que les diese un buen rato. Contestó, pues, á 
García haciéndole una profunda reverencia, y diciéndole iró- 
nicamente: 

—Gracias, señor excelentísimo. 

Los porteros, ujieres y alguaciles celebraron la agudeza y 
gracia de su compañero. No era hombre García que se des- 
concertara con facilidad; así es que repuso con mucho 
aplomo: 

—Señor lacayo 

—Yo no soy lacayo— replicó el ujier con altivez. 

— Tal os creía yo. 

—Pues se ha engañado su excelencia. Pero no hay que ex- 
trañarlo, la falta de costumbre os habrá inducido á error. 

— Yo he de recomendaros á mi querido amigo Gil Pérez, y 
si esto no basta, el mismo ministro, que me trata con alguna 
deferencia, sabrá la galantería con que se me ha recibido. 

El aplomo con que García habló, y su altanero tono des- 
concertaron por completo al ujier y á los compañeros que le 
hacían coro: así es que confuso y avergonzado, dijo: 

— No ha sido mi ánimo ofenderos, señor. 

—Pues me habéis ofendido, sabedlo; y no soy yo hombre 
que tolere que se me suba nadie á las barbas, y mucho me- 
nos la gente menuda. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 



103 



—Señor, yo 

— Basta, por esta vez vais perdonado; pero tened mucho 
cuidado en lo sucesivo. Ahora indicadme, si lo sabéis, el pun- 
to donde me sea fácil hallar al señor secretario. 

— Ahora, en su casa. 

— Está bien. 

—¿Queréis las señas? 

— No me hacen falta. 

García miró con desden á la turba que le rodeaba, y deján- 
dolos confusos y aturdidos se encaminó á la calle. 

— ¡Habrá canalla igual!— dijo al verse fuera de la morada 
del ministro— si me llego á amilanar, se divierten conmigo 
grandemente: por fortuna tengo yo más conchas que un galá- 
pago. De todos modos, he de procurar adecentarme algo; el 
traje que visto es poco á propósito para inspirar confianza; 
gracias á la generosidad del conde de Lazan, de doña Catali- 
na y del marqués, mi bolsa se halla bien provista y no será 
gran sacrificio para mí despojarme de algunos doblones. Ten- 
go tiempo para todo; voy á la prendería de Juan el Manco, me 
proveo por poco dinero de lo necesario, y después me presen- 
to al secretario de un modo conveniente. 

Giró García sobre sus tacones, arrebujóse bien en su capa 
y se dirigió á casa del prendero. 

Poco tuvo que andar para llegar al punto á donde se diri- 
gía. 

— ¡Ah de casa!— dijo penetrando en una pequeña tienda 
en cuyas paredes se veía colgado un gran número de prendas 
de vestir pertenecientes á ambos sexos. 

—¿Qué se ofrece?— contestó con voz atiplada un hombreci- 
llo desde la trastienda. 

—Veros, en primer lugar, señor Juan. 

—¡Calle, pues si es el buen García!— dijo presentándose el 
dueño del establecimiento. 

—El mismo que viste y calza. 



104 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

— ¿Y qué de bueno os trae por aquí? 

— El procurarme nuevos y más elegantes arreos. 

El prendero lanzó una mirada desdeñosa á la ropa que lle- 
vaba García. 

—Efectivamente, vuestro equipaje se halla en estado lasti- 
moso. 

— ¡Pse! qué queréis; ¡el pobre ha viajado tanto!.... 

— Sí, ya es razón le deis algún descanso. 

— De eso trato. 

— ¿Y deseáis?.... 

—Un traje completo, desde sombrero á zapatos. 

— ¿Cosa buena? 

— Buena, elegante, seria y barata. 

—Muchos requisitos son esos; sin embargo procuraré 
complaceros. 

— Así lo espero. 

— Pasad al cuarto reservado. 

— Guiadme, pues. 

El prendero y García pasaron á un cuartito en el centro 
del cual habia colocado en la pared un espejo de cuerpo ente- 
ro, aunque á decir verdad, la luna no era muy clara que diga- 
mos; cuatro sillas y un pequeño canapé completaban el ajuar 
del cuarto. 

—Aquí, después de vestido, podréis examinar á vuestro sa- 
bor cómo os sientan las prendas que elijáis. 

— Pues id trayendo para acá cuanto me haga falta. 

— Podría proporcionaros el traje completo de cierto mar- 
qués que marchó ayer de Madrid. 

—Según el estado en que se halle y si me sienta bien, vere- 
mos si hacemos negocio. 

— Está nuevo completamente; el referido marqués solo 
usó una semana los vestidos. 

— ¡Demonio! entonces gastará mucho. 

— Es un inglés muy rico. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 105 

—Pues ea, sacadme los deshechos de ese noble lord. 

—Aguardad. 

No tardó en comparecer el señor Juan llevando un gran 
canasto dentro del cual habia un completo traje y varios pa- 
res de zapatos y algunos sombreros. 

—Lo primero que habéis de hacer es probaros el calzado; 
en cuanto al traje, si os gusta su tela y color, por lo demás 
no creo haya dificultad, porque presumo hadeestarospintado. 

Hizo García lo que le indicó el señor Juan y no tardó en 
hallar unos zapatos á su medida. 

—¡Aja! estos me van perfectamente. 

— Elegid ahora sombrero. 

Probóse García, uno tras otro, cuatro sombreros y por fin 
exclamó; 

—Este creo que es el que mejor se me acomoda. 

—Os cae perfectamente y ya parecéis otro. 

—Por lo que hace á las extremidades ya estoy arreglado; 
procedamos ahora á lo más interesante. 

El señor Juan fué sacando una tras otra las prendas que 
constituían el traje que él aseguraba habia pertenecido á un 
opulento noble inglés. 

—¿Qué tal os parece? 

—Hombre, la tela aparenta ser buena, pero el color 

—Color esmeralda; es elegante y serio. 

—¡Esmeralda! no lo hubiera dicho nunca; si dijerais ver- 
de botella, tal cual; pero lo que es esmeralda 

—Si le vierais de día, seria otra cosa; ya se sabe que de 
noche 

—Sí, ya estoy; de noche todos los gatos son pardos; en fin, 
si me está bien y el precio no es exagerado, me quedaré con 
el traje. 

—¡Pues al avío! 

En un abrir y cerrar de ojos, García se despojó de sus ves- 
tidos y se embutió dentro del nuevo traje. 

TOMO II. 1 . 



IQQ LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

—¡Demonio! El señor marqués está algo más flaco que yo. 

— No creáis tal. 

—Pues hombre, no lo comprendo, si yo apenas puedo mo- 
ver los brazos. 
—Os está justo. 
—Pero eso es algo incómodo. 
—Si queréis vestir á la moda es preciso que os sujetéis á 

ella. 

—Si es moda, ya no digo nada. 

—Estáis hecho un marqués. 

—Algo se me ha de haber pegado del antiguo propietario. 

—La verdad es que lleváis el vestido con mucho donaire y 

desembarazo. 

El prendero procuraba halagar la vanidad de García, y se- 
guramente lo consiguió. 

—Como que estoy acostumbrado á vestir bien. 

— Ya se os conoce. 

—Veamos, ahora una capa, de buen género, porque hace 

un frió de todos los diablos. 

Fuese el prendero á la tienda, y al poco rato entregó á 
García la prenda pedida. 

—Con esto en los hombros bien se puede resistir el frió. 

—Es un buen confortante— dijo García ya con la capa pues- 
ta.— Veamos el precio. 

—Total, y no he de rebajaros un maravedí, ocho doblones. 

—¡Demonio! 

—¿Vais á regatear? No pagáis ni la cuarta parte de su va- 
lor; pero si no os acomoda, nada hay perdido. 

—Veo que no hay medio de haceros rebajar ni un medio; 
tomad, ahí tenéis los ocho doblones; en cuanto á esa ropa, os 

la regalo. 

—Se la daré en vuestro nombre al primer mendigo que 

acierte á pasar por aquí. 

—Gomo gustéis; buenas noches. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 107 

—Id con Dios. 

García salió de la tienda y contoneándose apresuró el paso 
hacia la casa del secretario. 

— Lo que es ahora, dudo mucho que se metan conmigo los 
lacayuelos insolentes. Con el traje que visto y mi aire de gran 
personaje, estoy seguro de dar golpe donde quiera que me 
presente. 



CAPÍTULO XVI. 



(jarGÍa, se entiende con G-il Pérez. 



— Pasad recado al señor secretario; decidle que desea ha- 
blarle del negocio de la maja el caballero García. 

El criado á quien García dirigió las anteriores palabras en 
tono resuelto y altanero, inclinó la cabeza haciéndole humil- 
de acatamiento, y contestó: 

— Voy al momento. 

— Ventajas de mi nuevo traje— dijo García pavoneándose 
por la antesala en cuanto desapareció el criado. — Está visto 
que es una gran cosa el vestir con cierta elegancia. 

—Guando gustéis, podéis pasar á ver al señor secretario. 

—Guiad, pues. 

—Seguidme. 

El criado condujo á García al gabinete donde se hallaba 
Gil Pérez. 

El secretario miró fijamente al recien llegado, y le dijo: 



LOS CABAL! SROS DEL AMOR. 109 

—Habéis dicho que teníais que hablarme de 

—Del asunto de la maja; es la verdad. 

— Hablad, pues. 

—Ante todo he de haceros mis proposiciones, y cuando 
sepa si son ó no aceptadas hablaré. 

—¿Se trata, según eso, de imponerme condiciones? 
De imponer, no; sí de proponer. 

— Eso me agrada más; decid, que ya os escucho. 

— Vengo espontáneamente á ofreceros mis servicios, á 
cambio de algún oro y vuestra protección. 

— Veo que no gastáis rodeos. 

—A mí me agrada ir derecho al asunto. 

— Más vale así. 

—Creo que es lo mejor; ¿á qué conducen los rodeos? 

— Hasta ahora sé lo que pretendéis, pero no qué clase de 
servicios son los que podéis prestarme. 

—Los que más os interesan. 

— ¡Oiga! ¿Y puedo, sin pecar de curioso, saber cuáles son? 

—A eso he venido precisamente. 

—Pues os escucho. 

—Creo que el criado que me ha anunciado os habrá dicho 
algo de cierta maja. 

— En efecto— dijo Gil Pérez sin que le fuera dado ocultar el 
interés que sentía hacia la persona que aun no se había nom- 
brado. 

—Se trata de Concha. 

—¿De Concha? 

— De la misma. 

—¿Sabéis vos dónde se oculta?— preguntó el secretario con 
alterado acento. 

—Puedo saberlo. 

—Hoy mismo he puesto yo al servicio de cierto caballero 
algunos de mis mejores sabuesos, á fin de que averigüen lo 
que haya sobre el particular. 



lio LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

— De ese modo, si la maja consigue hoy su libertad, tendrá 
el doble placer de celebrar también la de su galán. 

Gil Pérez palideció. 

—¿Su galán? 

—Su novio, ó lo que sea; me refiero al torero Joselito. 

— ¿Han dado ya con él? 

—No hace muchas horas. 

—¿Estáis seguro de ello? 

—Como que he presenciado la escena. 

— ¿Qué escena? 

— La que ha tenido lugar cuando el caballero oficial de guar- 
dias walonas ha logrado que el zamacuco del ventero, que 
tenia secuestrados á Joselito y á Vicente, diera suelta á 
ambos. 

—¿Estaban, pues, en una venta? 

—En la del camino de Toledo, cuyo dueño es el llamado 
tio Langosta. Ya veis, señor secretario, si estoy bien informa- 
do sobre el particular. Ahora bien, habladme con franqueza: 
á mí me consta que estáis perdidamente enamorado de la 
maja Concha: ¿deseáis hacérosla vuestra? ¿sí ó no? 

— ¿Á qué negarlo? Ese es el mayor de mis deseos, el com- 
plemento de mis ambiciones, la mayor de las dichas que 
anhelo. 

—¿Según eso la amáis mucho? 

—Por conseguir á esa mujer, lo sacrificaría todo, absoluta- 
mente todo. Os hablo de esa manera, porque me habéis de- 
mostrado que estáis algo enterado de ello. 

— Perfectamente enterado, decís bien ; por eso me he pre- 
sentado ante vos con tal franqueza, y si no lo lleváis á mal, 
continuaré como he comenzado; de ese modo juzgo que nos 
entenderemos con más facilidad. 

—Sea como vos queráis. 

—Siendo así, continúo: convendréis conmigo, en que el 
principal escollo en que indudablemente habréis de tropezar 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 111 

para el logro de vuestros fines, es vuestro preferido rival; 
Joselito. 

— Convengo en ello— contestó el secretario. 

—Pues bien; si aceptáis las condiciones que al principio 
os he propuesto, yo os libraré del escollo y os allanaré el ca- 
mino para lo demás. 

—Si así lo hicieseis 

—Yo, por más que parezca algo inmodesto el decirlo, soy 
hombre de ingenio fecundo, y de ello os daré pruebas muy en 
breve si quedamos entendidos. 

— A mi vez, debo haceros algunas advertencias. 

— Es muy justo. 

— Debéis comprender que me es sumamente fácil, aten- 
diendo á mi posición, el castigar al que pretenda burlarse 
de mí. 

— Lo comprendo perfectamente. 

— Ya estáis avisado. 

— Como pienso serviros con lealtad, no temo el castigo. 

— Está muy bien; contad conmigo, pues, en todo y por to- 
do, siempre que por vuestra mediación obtenga lo que deseo. 

— Entendámonos — se apresuró á decir García — yo quitaré 
los escollos de vuestro camino y os facilitaré los medios de 
que os veáis á menudo y á vuestro sabor con la moza en cues- 
tión; lo demás es cosa vuestra. 

—Aceptado. 

— Además, ya sabéis que en el asunto aquel de la hija del 
conde, os serví fielmente y no fué culpa mia el que el negocio 
no saliera á gusto vuestro. 

— No os he hecho por ello ningún cargo. 

— Sin embargo, me habéis recibido con algún recelo y cual 
si no me conocierais. 

—Desde el lance á que os referís, á la fecha, ha pasado ya 
algún tiempo y apenas me acordaba ya del asunto, y en cuanto 
á haberos recibido con alguna frialdad, no debéis extrañarlo, 



112 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

porque, hablando con entera franqueza, no tengo acerca de 
vos muy buenos antecedentes. 

— La calumnia no respeta nada; vos, sin embargo, me co- 
nocéis desde mucho tiempo atrás. 

— Dejémonos de quejas y vamos á lo que importa. 

— Es que me dolia tener que hablar con vos cual si fuéra- 
mos desconocidos; pero no se hable más de ello. 

— ¿Seguramente querréis dinero? 

—Eso no viene nunca mal; item más ahora que he tenido 
que equiparme lujosamente como veis, á fin de no excitar la 
hilaridad de vuestros domésticos; mi bolsa ha quedado hueca 
completamente. 

— Aquí van treinta doblones por ahora. 

García tomó las monedas que Gil Pérez le alargó. 

— Falta me hacian. 

— Servidme bien y no os ha de pesar de ello. 

— Nada tendréis que reconvenirme, porque habéis de sa- 
ber que tengo gran ansiedad por crearme una posición ; yo no 
he nacido, como vos sabéis, para vivir miserablemente; por 
lo tanto, debéis comprender cuan grande sea mi afán por salir 
de una vez de miserias. 

—Lo comprendo, y habéis de lograrlo según os portéis con- 
migo; háceme gran falta una persona de clara comprensión 
y de probada fidelidad para multitud de negocios, y si en vos 
encuentro lo que me falta, presto os hallareis en el caso de 
pasar una vida cómoda y regalada. 

— No ha de quedar por mí. 

—A ver, pues, cómo os arregláis, á fin de que Joselito me 
deje el campo libre cuanto antes. 

— Eso es cuenta mia; yo os prometo que el torero ha de es- 
torbaros poco tiempo. 

—¿Tenéis ya plan concebido? 

— Ninguno por ahora, pero no tardaré en tener varios; la 
intriga es mi elemento. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 



113 



—Hay que hacer las cosas de manera que mi nombre no 
suene en nada. 

—Eso desde luego. 

—En mi posición, lo más mínimo puede comprometerme. 

— Lo comprendo así. 

— Y es conveniente que sepáis que el torero tiene muy 
buenos amigos. 

— Ya me lo figuro. 

—Amigos que tienen influencia cerca del primer ministro. 

—¡Diablo! 

— Tanto es así, que el haber salido del encierro en donde 
se hallaban, tanto Joselito como Vicente, se debe á ciertas in- 
fluencias que se han acercado al señor conde de Floridablan- 
ca, del cual han obtenido cuantos medios han juzgado nece- 
sarios para dar con el sitio en donde estaban el torero y su 
amigo. 

—Ahora me explico la presencia del oficial y los soldados. 

— El ministro fué el que los puso á disposición del señor 
don Ramón de la Cruz, á fin de que le prestasen la ayuda ne- 
cesaria. 

—No ha sido malo el susto que se ha llevado el tio Lan- 
gosta. 

—Así, pues, hay que andar con pies de plomo. 

— Descuidad; mañana vendré á comunicaros el plan que 
haya adoptado. ¿Tenéis algo que mandarme? 

— Nada más, sino lo que ya sabéis. 

— Adiós, pues. 

— Hasta mañana. 

García salió muy satisfecho de la casa del secretario Gil 
Pérez. 

—Ya sabia yo que nos entenderíamos; ahora si que creo 
«star á punto de realizar el negocio que ha de redondearme. 
Hay que servir fielmente al amigo Gil Pérez; voy, pues, á ma- 
durar el plan conveniente para quitar de en medio á Joselito. 

TOMO II. 15 



114 LOS CABALLEROS DEL AMOF. 

Embozóse en su flamante capa, inclinó su sombrero hacia 
la izquierda, tosió con aire de satisfacción y echó á andar, 
perdiéndose pronto por entre el confuso laberinto de calles 
que constituían ya en aquella época los llamados barrios 
bajos. 



CAPÍTULO XVII. 



El conde de Santillm en el ca^stillo de Villaviciosa. 



Justo es que digamos alguna cosa del conde de Santillan, 
quien, según vinios en otra parte, fué encerrado en el cas- 
tillo de Villaviciosa. Al siguiente día de su permanencia en 
él, sostuvo con el alcaide de aquella fortaleza amistosa con- 
versación, y el conde pudo averiguar que aunque se le acu- 
saba de conspirador, se le encargaba al susodicho alcaide 
tuviese con el preso toda clase de consideraciones. 

Ya sabe el lector por lo que referente á él dijimos cuando 
estuvo preso don Luis, que el alcaide era un cumplido caba- 
llero. 

Al tercer dia de su permanencia en la fortaleza, el conde 
fué invitado á almorzar con el alcaide. 

El conde, durante el almuerzo, permaneció bastante silen- 
cioso y taciturno; el alcaide le dijo: 

—¡Qué diablo, señor conde! Despejad esa frente; ni aquí 



116 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 



se os trata mal, ni creo tampoco que se os detenga mucho 
tiempo. 

—No tengo, amigo mió, queja de vuestro amable trato^ 
antes por el contrario, os estoy altamente reconocido. 

— Nada de gratitud; hago lo que puedo y santas pascuas. 

—No impide eso el que vuestro modo de proceder sea en 
extremo noble. 

—Creed, señor conde, que la mayor pena que puede impo- 
nérseme es la de tener que ser riguroso con aquellos cuya 
custodia se me confia. 

—Atendiendo á vuestro carácter, hay que creerlo así. 

—Yo también he estado preso alguna vez y sé lo que es llo- 
rar perdida la libertad, aunque sea por pocos dias. 

—¡Oh! si os fuera dado comprender cuánto diera yo por 
no haber sufrido este percance en las circunstancias presen- 
tes! ¡Acusarme á mí de conspirador! harto sé de quien pro- 
cede el golpe. 

—¿Sospecháis? 

— Más que sospechas, tengo certeza de lo que digo. 

—Si en efecto sois inocente de lo que se os acusa, es una 
vileza el que se os tenga aquí detenido. 

— Poco me importarla en cualquiera otra ocasión el verme 
privado por algunos dias de mi libertad, pero en la presente, 
sufro lo que no es decible. 

— ¿Puedo hacer algo por vos? 

—Mucho podéis. 

—¿Sin faltar á mi deber? 

—Sin faltar en lo más mínimo. 

—Hablad, pues. 

—¿Podéis proporcionarme papel y recado de escribir? 

—No me está prohibido el proporcionaros esos objetos. 

— ¿Podríais hacer llegar á manos del señor conde de Flori- 
dablanca una carta escrita por mí? 

—Puedo. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 117 

— Pues si esto hacéis, estoy seguro de estar libre mañana. 

— Contad con todo lo que me habéis pedido. 

— Y vos con mi eterna gratitud. 

—Seguidme. 

El alcaide le condujo á una habitación en la cual habia 
una mesita-escritorio. 

— Ahí tenéis todo lo necesario. 

—No sé cómo pagaros tanta bondad. 

— Con no hablarme más de ello; escribid cuanto gustéis, 
os dejo solo; voy á dar una vuelta por el castillo. 

El conde escribió una carta al ministro en la que le decia 
que jamás habia conspirado, que un asunto de honra le 
hacia necesaria la libertad por algunos dias, pasados los 
cuales empeñaba su palabra de honor de volver á constituir- 
se en prisión ; suplicaba á Floridablanca le otorgase la seña- 
lada merced de permitirle salir del castillo encareciéndole la 
imperiosa necesidad en que se hallaba de ventilar por sí mis- 
mo la cuestión de honor en que se veia comprometido. 

Terminada la carta, el conde la cerró y esperó con ansie- 
dad la vuelta del alcaide; llegó éste por fin, y le dijo: 

— Señor conde, paréceme que hoy ha de ser dia de gra- 
cias. 

—¿Deque lo deducís? 

- Acabo de recibir un pliego del ministro y en él se me 
ordena dé libertad á don Luis de Guevara. 

—¡Cuánto diera por tener igual fortuna I 

—¿Habéis terminado vuestra carta? 

—Hela aquí. 

—Dentro demedia hora saldrá del castillo una persona de 
toda mi confianza hacia Madrid, y se la entregará al sugeto 
encargado de ponerla en manos del señor ministro; el men- 
sajero que saldrá de aquí montará un buen caballo á fin de 
llegar cuanto antes á la corte, y regresará á escape en cuanto 
obtenga la contestación. 



118 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 



— No he de olvidar yo nunca vuestras finezas. 

—Con que guardéis de mí un buen recuerdo, me doy por 
satisfecho. 

— Dejara yo de ser bien nacido, si de otro modo obrara. 

— ¿Tenéis confianza en que vuestra carta surta efecto? 

—La tengo; el conde de Floridablanca es hombre de honor, 
me conoce, y creo no dudará de lo que en ella le digo. 
Poco ha de tardar en tenerla en su poder. 

—Cuidad de advertir le sea entregada en sus propias 
manos. 

— De eso os respondo yo. 

— Es que hay cerca del ministro, persona dispuesta á per- 
judicarme cuanto le sea posible; esa persona es el secretario. 

— Nada sospechará el señor Gil Pérez. 

—Siglos han de parecerme las horas que tarde en saber el 
resultado de mi demanda. 

— No hay más que tener paciencia, amigo mió. 

— Si supierais de lo que se trata, comprenderíais mi impa- 
ciencia. 

—Creo que algo grave debe ser cuando tan inquieto os ha- 
lláis. 

— Básteos que os diga que es un asunto de honor el que á 
Madrid me llama. 

—Sea como quiera, debéis tranquilizaros; vos ponéis de 
vuestra parte los medios posibles, lo demás lo hará el que 
deba. 

—Con vuestro permiso me retiro, las sienes se me parten. 

—Id, pues, á descansar y dejad á mi cuidado el asunto. 

Retiróse el conde, y el alcaide fué á despedir al mensajero 
que debia llevar á Madrid la carta para el ministro. 



LOS CABALLEROS 1>EL AMOR. 119 

Sorprendido y no poco quedó el de Floridablanca al leer el 
contenido de la carta del conde, y se apresuró á librar la or- 
den de poner en libertad al preso de Villaviciosa. 

— Tomad, amigo mió — le dijo al que le habia entregado la 
misión— ahí os entrego, y con mucho gusto, la orden que ha 
de servir para devolverle la libertad al señor conde deSantillan. 

—Con vuestro permiso, señor, voy á entregar este pliego 
al mensajero que ha de llevarlo al castillo. 

— Id con Dios. 

Cumpliendo las órdenes que recibiera del alcaide, en cuan- 
to el mensajero tuvo en su poder la contestación que aguar- 
daba, picó espuela á su cabalgadura y á todo correr se puso 
en camino hacia el castillo de Villaviciosa. 

En cuanto el conde supo la fausta nueva, alargó su mano 
al alcaide, diciéndole: 

— Amigo mió, acabad de completar el favor. 

— ¿En qué puedo serviros? 

— En proporcionarme un buen corcel á fin de ponerme en 
camino inmediatamente. 

—¿No podriais aguardar á mañana? 

—Mañana por la mañana deseo tener ventilados ya mis 
negocios— dijo el conde con amarga sonrisa. 

—Pero, señor conde, ¿vais á poneros en camino á esta 
hora? 

—Si vos me complacéis, ese es mi deseo. 

—Pedro— dijo el alcaide llamando á uno de sus sirvientes 
— ensillad á Morillo. 

El mozo desapareció inmediatamente. 

—Vais á quedar complacido; pero la verdad, siento que os 
pongáis en camino en noche tan fria y oscura. 

— Fria llevo el alma y oscuro el pensamiento, amigo mió. 

— Holgárame de tener noticias vuestras, si estas han de ser 
faustas, porque á deciros verdad, me causa alguna inquietud 
el malestar en que os miro sumido. 



120 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 



—Agradezco el interés que me manifestáis; por lo demás, 
faustas ó infaustas sabréis noticias mias, os lo aseguro. 

—Dios mediante, confio en que á vuestra llegada á la corte 
podáis arreglar á satisfacción los asuntos que allí os llaman. 

El conde guardó silencio. 

Comprendiendo el alcaide que la conversación sobre aquel 
particular, afectaba visiblemente al conde, díjole variando de 
tema: 

— El Morillo es un noble animal que ha de conduciros á 
Madrid en el menor tiempo posible; es como si dijéramos mi 
caballo de batalla. 

—Del mal rato que le voy á hacer pasar, procuraré se le 
recompense llegado que hayamos á mi casa. 

— ¡Bah! Morillo está muy acostumbrado á prestar servi- 
cios semejantes, y no ha de sorprenderle la corrida que le 
preparáis. 

—¿Es, pues, valiente? 

—No desmiente su buena raza, os lo aseguro. 

— Mañana os será devuelto por uno de mis criados. 

—Os lo agradeceré, porque Morillo suele prestarme seña- 
lados servicios. 

—Descuidad. 

—Estoy completamente tranquilo. 

—Señor— dijo Pedro— en el patio espera Morillo. 

— Está bien; allá vamos. 

El alcaide y el conde bajaron al patio. 

—¿Qué os parece, señor conde?— dijo el alcaide pasando la 
mano por el lomo á Morillo. 

— i Hermosa estampa ! 

—Y mejor sangre, yo os lo afirmo. Pedro, conduce á Mo- 
rillo. 

El alcaide en compañía del conde se adelantó al portillo á 
fin de dar la conveniente orden para que se franqueara el 
paso. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 121 

— ¡Ea! señor conde, ya tenéis la puerta abierta. 

- Gracias á vuestra solicitud. 

—No; gracias al señor ministro. 

—A uno y á otro. 

El conde cabalgó con la ligereza del jinete consumado. 

—Adiós y buena suerte, amigo mió. 

— Adiós y gracias— repuso el conde estrechando la mano 
que el alcaide le alargó. 

Después picó espuela al corcel y se alejó ligero cual flecha 
que parte del arco. 



TOMO II. 16 



CAPÍTULO XVIII. 



El conde y la, condesa de Santillan. 



Al llegar el conde á su casa, después de ordenar se cuida- 
ra bien al pobre Morillo, que estaba muerto de cansancio, y 
empapado en sudor, dirigióse á las habitaciones de su esposa. 

Tropezó en la antesala con la doncella de doña Isabel, y el 
conde llegóse á ella, y le preguntó: 

— ¿Duerme la señora condesa? 

—Hace un momento ha salido de su habitación, y enton- 
ces no dormia. 

—Pasadla recado; decidla que me es indispensable verla 
al instante. 

La doncella, sin responder una palabra, penetró en el ga- 
binete de su señora. 

Doña Isabel, á contar desde el dia en que perdió la espe- 
ranza de ver recompensado el amor que sentía hacia don 
Luis, sintió presa su alma de una amargura infinita; todo 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 123 

cuanto pasaba á su alrededor le era indiferente; huia del bu- 
llicio, y pasaba la mayor parte del tienapo entregada á la so- 
ledad. 

Desde el dia en que Simón fué sorprendido por el conde, 
no habia vuelto á ver á su esposo, y aunque supo la prisión 
de éste, no hizo nada por su parte, á fin de salvarle de su 
cautiverio; más podemos asegurar: no le afectó la desdicha 
que pesaba sobre aquel cuyo nombre llevaba. 

En el momento en que entró la doncella, á fin de anun- 
ciarle la llegada del conde, doña Isabel se hallaba embebida 
en sus reflexiones, y á juzgar por la tristeza que se reflejaba 
en su semblante, nada debian tener de risueños los pensa- 
mientos fijos en su mente. 

—Señora—dijo la doncella á media voz. 

—¿Qué ocurre? 

— El señor conde acaba de llegar, y solicita hablaros. 

—¿El señor conde?— exclamó poniéndose aun más pálida 
de lo que estaba. 

—El mismo, señora. 

Doña Isabel guardó silencio durante algunos segundos, 
pasados los cuales, dijo: 

—Y bien, que pase. 

A poco de haber desaparecido la doncella, se presentó el 
conde. 

Doña Isabel ni siquiera se tomó la molestia de mirarle. 

El conde, trémulo de ira, y sin guardar las buenas formas 
que en toda ocasión habia usado al hablar á su esposa, co- 
menzó diciendo: 

—¿Tanto os embarga el pensamiento de vuestro criminal 
amor, que ni siquiera advertís que estoy en vuestra presencia? 

—Debo advertiros que no he de tolerar me faltéis al respe- 
to de un modo tan poco digno; por lo tanto, si continuáis del 
modo que habéis comenzado, me retiraré. 

- ¡ Os sorprende mi lenguaje! más me sorprende á mí vues- 



124 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

tra criminal conducta. Seguramente no esperabais mi visita. 

— Ni la esperaba ni la deseaba. 

—Lo creo, señora, y alabo la franqueza con que me decís 
vuestro modo de pensar respecto á mí. 

— Tiempo hace que sabéis cómo pienso respecto á vos. 

— Decís bien; pero si he podido sobrellevar con santa re- 
signación vuestra cruel y eterna indiferencia, no ha de suce- 
derme lo mismo respecto á lo demás. 

— No sé á lo que aludís, ni creo que haya dado motivo que 
excite vuestro enojo, señor conde. 

— ¿Eso os atrevéis á decir? 

—Eso digo— repuso tranquilamente doña Isabel. 

— Si hasta hace poco tiempo he sido bastante candido para 
tranquilizarme con solo oir las frases que habéis tenido por 
conveniente decirme, para disipar las sospechas que en con- 
tra de vuestra conducta haya podido tener, hoy, sabedlo bien, 
señora, hoy no puede ya suceder lo mismo. 

—Hoy deberé, pues, limitarme á no contestar á vuestras 
acusaciones. 

•—¿Cómo os seria dado justificaros? 

— Probando su falsedad; mal camino habéis elegido para 
conquistaros mi afecto; no es insultando á una dama como se 
puede ganar su corazón. 

— Por más que ese haya sido, y vos lo sabéis, mi más cons- 
tante anhelo, no trato ya de conquistar un imposible; me con- 
tento con pedir cuentas de la honra que os confié. 

— Según eso, venís decidido 

— Á obtener una clara confesión de vuestro crimen. 

—¡De mi crimen! — dijo temblando interiormente doña 
Isabel. 

—Sí, vuestro crimen; á menos que la muy noble, altiva y 
honestísima señora doña Isabel de Zúñiga, condesa de Santi- 
Uan, crea no es criminal en una mujer casada el completo 
olvido de sus deberes. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 125 

—Señor conde, es muy poco digno de un caballero el insul- 
tar así á una señora. 

— Menos noble y menos digno es en una dama el faltarle á 
su esposo, pisoteando su honor. 

De los ojos de doña Isabel se desprendieron abundantes 
lágrimas. 

— No bastan ruines sospechas, desatentados celos, para 
fulminar tal ofensa contra el decoro de una señora. 

—No se trata aquí de ridículos celos, ni menos son sospe- 
chas las que alimento; estoy completamente seguro de lo que 
digo. 

— ¿Que estáis seguro?— dijo doña Isabel fijando una pene- 
trante mirada en el semblante de su esposo cual si quisiera 
leer en él. 

—Segurísimo. 

Doña Isabel se revistió de valor, y por más que la repugna- 
ra mentir, replicó al conde con la mayor energía: 

— Mentís. 

—¡Os atrevéis á lanzarme un mentís! 

— Me atrevo porque afirmáis estar seguro de lo que no lo 
estáis. 

—¿A qué ha obedecido mi prisión, señora? 

—¿Qué tengo yo que ver con vuestra prisión? 

— Harto bien lo sabéis. 

—Seguramente deliráis. 

— Afortunadamente conservo entera mi razón. 

— En ese caso decís lo que no creéis. 

La exaltación del conde crecía por momentos. 

— Yo digo siempre la verdad, señora. 

— Solo os faltaba levantarme la mano, señor conde— dijo 
doña Isabel al advertir el ademan con que su esposo avanzó 
hacia ella. 

—¡Oh! me haréis olvidar de todo— repuso el conde dete- 
niéndose. 



126 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

— ¿Pretendéis acaso que os diga ser yo la causante de 
vuestro encierro? ¿Por qué ese afán por atribuirme faltas que 
no he cometido? 

—Comprendo vuestro miedo, señora; hacéis bien en no 
confesar. 

—Si algún miedo tengo es debido á la exageración de vues- 
tros ademanes; en cuanto á confesar, ¿qué queréis que os 
confíese? 

— Nada; quiero evitarle esa pena á vuestra lengua; hablaré 
yo por vos. 

—Como gustéis. 

— De que lo sé todo, absolutamente todo, os daré una prue- 
ba evidente. 

— Deseo oiría. 

—No habréis echado en olvido á Simón, seguramente. 

Doña Isabel no pudo ocultar el efecto que le causó oir pro- 
nunciar aquel nombre en boca de su esposo. 

— ¡Simón! 

— ¿Os inmutáis? Lo comprendo perfectamente. 

—¿Creéis acaso que una escena de esta naturaleza pueda 
ser agradable á una persona, que como yo no se encuentra 
bien de salud? 

—Habréis, pues, de armaros de paciencia, porque á pesar 
de vuestros nervios tendréis que oirme. 

—Sé á qué atenerme respecto á vuestra galantería. 

—Continúo. 

—Continuad. 

— Simón habló conmigo después que salió de vuestro ga- 
binete. 

—¿Y qué?— replicó con firmeza doña Isabel, creyendo que 
Simón nada habia revelado. 

— ¿Qué? Simón no queria revelar nada de lo que yo quería 
saber, pero el argumento de una pistola, con la cual amenacé 
su vida, y el aspecto de un montón de oro que puse á su vis- 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 127 

ta, y cuya posesión le ofrecí, cambiaron la decisión de aquel 
tunante, y al fin habló. 

—¡Habló! ¿Y qué dijo?— preguntó verdaderannente afecta- 
da doña Isabel. 

—¡Lo que yo ya sospechaba, lo que yo me temia!— dijo el 
conde con acento conmovido. 

Doña Isabel estaba verdaderamente aturdida; por fin acer- 
tó á decir: 

— ¿Y vos, le disteis crédito? 

—¿Acaso me quedaba otro recurso? 

—Simón os engañó el miedo y el deseo de adquirir el 

oro que le ofrecisteis 

—No, no, señora; Simón no me engañó al asegurarme que 
teníais un galán; de ello me dejó completamente convencido 
por mi eterna desgracia. 

Doña Isabel guardó silencio. 

— Y bien, señora, ¿qué tenéis que decir á esto? 

—¿Qué queréis que os diga, cuando vos aseguráis dar cré- 
dito á Simón? 

—¿Es decir que no negáis?— dijo el conde arrebatadamente. 

—¿Puedo yo impedir que se me galantee? 

—Señora ¿podré yo acaso impedir que la justa cólera que 
me ciega haga que mi mano dé fin á vuestra existencia? 

— Hacedlo y no lo digáis. 

—¿Es decir que no teméis el castigo? 

—La misma muerte me fuera preferible á vuestras ame- 
nazas. 

—¿Tanto me aborrecéis? 

— ¿Os he amado acaso nunca? 

— ¡Ah!— dijo el conde echando mano convulsivamente al 
puño de su espadín. 

— Ahora estáis poniendo los medios para que os desprecie. 

—A no ser yo quien soy, hubiera ya bañado mi espada en 
vuestra sangre vil. 



128 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

—Limpia es, tanto ó más limpia que la vuestra; por lo de- 
más, nada os impide cometer esa hazaña. 

— No; eso no seria bastante castigo; mayor ha de ser el que 
trato de imponeros. 

—Afortunadamente no soy asustadiza. 

— Está bien, señora; veremos qué semblante ponéis á la 
vista del cadáver ensangrentado de mi aborrecible rival. 

Doña Isabel tembló creyendo que se trataba de don Luis. 

— ¿Daréis, pues, un escándalo? 

—Estoy decidido á todo, y no han de pasar muchas horas 
sin que me haya bañado en la sangre de vuestro afortunado 
galán. 

— ¿Seréis capaz de entregar vuestra honra á la maledicen- 
cia pública? 

—Seré capaz de todo; lo que yo quiero es vengarme. 

— Pero advertid 

— Dejadme, señora; vos lo habéis querido. 

—¿Vais? 

— En busca del hombre que me ha robado el honor, y os 
juro que en breve habrá dejado de existir. 

El conde fuera de sí salió del aposento de su esposa. 

Doña Isabel, al verse sola, dio rienda suelta á sus lágrimas 
y exclamó: 

—¡Dios me perdone y tenga piedad de don Luis! 



CAPÍTULO XIX. 



FlorídManca, se entera de la, conducta observada por (jil Pérez en 
el asunto de la prisión del conde de Santillan. 



Salió el conde de su casa decidido á ir en busca de su ri- 
val, pero antes quiso avistarse con el ministro á fin de darle 
las gracias, al par que deseaba informarle de la conducta ob- 
servada por su secretario. 

Anunciado convenientemente fué al instante introducido 
á la presencia del señor conde de Floridablanca. 

—Sed muy bien venido, señor conde. 

—Ha de perdonarme su excelencia, que venga á molestar 
su atención en hora tan temprana. 

— Hacedme el favor, señor conde, de suprimir el trata- 
miento; gusto más de que mis amigos me traten con llaneza; 
por lo demás en nada me molesta vuestra visita, antes al con- 
trario, me es sumamente agradable. 

—Yo os doy gracias por todo, señor; y os las doy repetidas 

TOMO II. 17 



130 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

por haber accedido á la súplica que os dirigí desde el castillo 
de Villaviciosa. 

—Si injustamente se os habia conducido á aquella fortale- 
za, al firmar la orden de vuestra libertad, no habré hecho otra 
cosa que obrar con justicia. 

—Preso me hallaba sin haber dado motivo para ello. 

—Señalado estabais como conspirador. 

—Se me ha calumniado. 

— No diré yo lo contrario, y hablando francamente, sor- 
prendióme no poco la noticia. 

—Sí tengo amistad con el señor conde de Aranda, pero ja- 
más me he mezclado en pro ni en contra de los asuntos polí- 
ticos de aquel caballero. 

—Sé que el de Aranda es muy vuestro amigo, pero esto 
nada tiene de reprensible ni censurable; habéis de creer que 
no he procedido en contra vuestra sin que se me haya hecho 
creer que habíais dado motivos para ello. 

— Conozco vuestra rectitud, señor ministro, y sé perfecta- 
mente que jamás obráis á impulsos de bastardas pasiones; 
tengo la seguridad de que se me ha calumniado á vuestros 
ojos y hasta me atreverla á nombrar á la persona que ha tra- 
tado de perderme. 

— No forméis juicios temerarios. 

El ministro no podía creer que su secretario hubiese obra- 
do por espíritu de venganza; juzgaba que se le habia engaña- 
do; y que si esto argüía una torpeza indisculpable, no era 
una acción criminal. 

— Puedo asegurar al señor conde de Floridablanca, que no 
me equivoco en el juicio que he formado. 

— Creo que habéis sido víctima de un error. 

—Si os dignáis escucharme, fácil me será convenceros de 
lo contrario. 

—Escucho con sumo gusto. 

—Existe un hombre, á quien jamás habia ofendido ni ape- 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 131 

ñas tratado, y que ha tomado á su cargo el procurar manci- 
llar mi esclarecido nombre; cuando me apercibí de la afrenta 
que me infería ó pretendía inferirme, fui á verle y le traté 
cual merecía su infame é innoble proceder; arrebatado y fu- 
rioso le propuse un duelo á muerte; perdóneme el señor mi- 
nistro, hablo con el amigo. 

—Y el amigo es el que os escucha; continuad. 

— Viendo el sugeto á quien me refiero, que yo estaba deci- 
dido á matar ó morir procuró disuadirme y trató de negarse, 
mejor dicho, se negó á darme cumplida satisfacción con las 
armas en la mano. No es ]a ofensa que me ha inferido, de 
aquellas que se satisfacen con palabras, sino con sangre, por 
lo tanto le advertí que en mi casa esperaba su decisión, ad- 
virtiéndole que si persistía en negarse á batirse, donde quie- 
ra que le viese había de insultarle y afrontarle de modo tal 
que ro pudiera excusarse de cruzar su acero con el mió. 

—¿Y cuál fué su decisión? 

—A las pocas horas de hallarme esperándole en mi casa, 
recibí con sorpresa la visita de un señor alcalde de casa y cor- 
te que me intimó que le siguiera. 

—¿Y creéis?... 

—Que vuestro secretario, valiéndose de la calumnia, logró 
arrancaros la orden de mi prisión. 

— Luego el señor Gil Pérez, es 

—El hombre que me ha ofendido y del cual habia yo recla- 
mado cumplida reparación; ya veis, señor, sí tengo motivo 
justificado para acusarle. 

El noble y severo rostro del ministro se inmutó ligera- 
mente. 

—Razón tenéis en quejaros, y no la tengo yo menos en de- 
plorar que se haya abusado de mí confianza. 

— Confianza que burlará á cada momento, no lo dudéis. 

—No será así, porque yo pondré el correctivo debido. 

—He querido sincerarme á vuestros ojos del criminal 



132 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

intento que se me atribuía, y aseguraros que en ningún tiem- 
po me ha ocurrido la idea de conspirar en contra de vuestra 
persona; os empeño mi palabra de honor de que así es la 
verdad. 

—Os creo, señor conde, os creo, y á mi vez os ruego me 
dispenséis las molestias que os hayan podido ocasionar vues- 
tros dias de cautiverio. 

—En vuestra posición, señor, nada tiene de particular que 
os veáis precisado á proceder duramente en determinadas 
ocasiones, y no es vuestra la culpa de que se haya abusado de 
la noble confianza que teníais depositada en un ser indigna 
de merecerla. 

—Permitidme un momento, señor conde. 

Floridablanca escribió precipitadamente algunos renglo- 
nes, cerró el billete por él escrito y tocó el timbre. 

— Esta carta al momento á su destino. 

El ujier tomó el billete y se retiró. 

— Amigo mió— dijo el ministro dirigiéndose al conde.— La 
carta que acabo de mandar á su destino, va dirigida al señor 
Gil Pérez; su contenido habrá de alegrar poco al señor secre- 
tario, yo os lo prometo. 

—Por duro que seáis en vuestra carta, algo más me pro- 
pongo serlo yo de viva voz. 

—¿Tratáis de verle? 

— Es de todo punto necesario. 

— ¿No valdría más que procuraseis olvidar? 

—¿Olvidar? imposible, señor, imposible— dijo el conde con 
alterada voz. 

— ¿Tan grave es, según eso, la ofensa que os ha inferido? 

—Como he tenido el honor de indicároslo antes, es de tal 
naturaleza, que hace imposible el que vivamos ambos. 

— ¿Habéis meditado bien las consecuencias? 

—En el estado en que me hallo se hace imposible el me- 
ditar. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 133 

— ¿No OS arredra el pensar el trastorno que vais á ocasio- 
nar á vuestra noble esposa? 

El rostro del conde se contrajo al oir nombrar á la conde- 
sa, y aunque se repuso instantáneamente, no pasó desaper- 
cibido á los ojos del ministro el efecto que aquel nombre 
habia producido. 

—La condesa habrá de conformarse con lo que yo haga. 

— Eso desde luego, pero no podrá menos de deplorarlo. 

— No diré yo lo contrario— repuso con amarga ironía el 
conde. 

— Amigo mió, á saber yo antes lo que os ocurre, cuando 
vos hubierais salido del castillo no hubiera ya estado en la 
corte vuestro enemigo. 

—Hubiera ido en su busca al fin del mundo. 

—Quiere decir que nada hubiera conseguido con alejarle. 

— Únicamente hacer más duradero mi suplicio. 

—Muy decidido os veo. 

— Matar ó morir es lo que ambiciono. 

—¿Tan fiel servidor como sois de Su Majestad echáis en 
olvido sus mandatos? ¿Olvidáis la pragmática? 

— Nada olvido; sé á lo que me expongo, pero el que desea 
morir, ¿qué puede temer? 

—Sin embargo, yo debiera 

—Es al amigo á quien hablo, y el amigo el que ha ofrecido 
escucharme. 

—Razón tenéis, tal os he ofrecido. 

— Á no ser así, me hubiera abstenido de dar á entender 
cual es mi irrevocable resolución. 

—Quizá no se os ha ocurrido una cosa. 

—En mi situación actual, poco ó nada se me ocurre. 

—Por eso mismo, creo de mi deber llamaros la atención 
sobre cierto punto. 

—Me favoreceréis en extremo indicándomelo. 

—Tan pronto como se divulgue la noticia de vuestro due- 



134 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

lo, la murmuración se cebará en vos; no faltará más de un 
atrevido y más de una envidiosa que digan: ¿por qué se ha- 
brá batido el conde á no ser por celos? Vuestra esposa es una 
hermosísima dama en cuya reputación no ha podido cebarse 
el afilado diente de la calumnia, y no perderá, yo os lo ase- 
guro, la ocasión que vais á ofrecerle de morder á su satisfac- 
ción. 

— De gran peso son vuestras reflexiones y capaces por sí 
solas de hacerme retroceder en la decisión que he formado, á 
no ser de tanta gravedad la ofensa que he de vengar; téngo- 
me por hombre algo prudente, y cuando me he resuelto á 
obrar de un modo tal que pueda ofrecer pasto á la maledi- 
cencia pública, calculad, señor, si ha de ser causa bastante la 
que me obliga á persistir en mi proyecto. 

— ¿No pudierais quedar satisfecho de otro modo? 

—Imposible. 

— ¿No puedo yo solventar á vuestra satisfacción tan des- 
agradable asunto? 

—Agradezco en lo que vale vuestro valioso apoyo, pero en 
este caso es ineficaz. 

— Lo deploro en el alma. 

— Así lo creo y no por eso os quedo menos agradecido; en 
cambio he de pediros un señalado servicio. 

— Hablad, señor conde. 

— Esioy perfectamente reconocido á la caballerosidad que 
conmigo ha usado el señor alcaide del castillo de Villaviciosa. 

— Siempre ha sido un cumplido caballero. 

—Os suplico, pues, le hagáis constar he venido á haceros 
presente su noble comportamiento para conmigo. 

—Así lo haré. 

—Os lo estimaré mucho, porque jamás olvidaré su noble 
proceder. 

—De gran satisfacción me sirve el haber confiado tan deli- 
cado cargo á una persona digna y honrada; son tantas las de- 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 135 

cepciones con que uno tropieza á cada momento, que se hace 
preciso admirar al que cumple bien con sus deberes. 

—Podéis estar orgulloso de vuestra elección respecto á ese 
sugeto. 

—Yo le significaré la estimación que me merece. 

—Según os indicaba en mi carta, estoy dispuesto á daros 
cuantas pruebas juzguéis necesarias respecto á mi inocencia, 
caso de que no os basten las que os he dado. 

—Estoy plenamente convencido. 

— Pues si me lo permitís 

— ¿Os alejáis ya? 

—¿Para qué negar que me hallo impaciente por terminar 
de una vez el desagradable asunto de que os he hablado? 

— Bastante castigado queda ya, creedme; las breves líneas 
que he dirigido á vuestro ofensor, han de haber derribado de 
pronto sus más caras ilusiones. 

—Créame el señor ministro, que alguna conservará aun y 
esa yo me encargo de destruirla antes de mucho. 

—Puesto que nada es bastante á haceros desistir de vues- 
tro empeño, obrad como mejor os parezca, señor conde. 

—Suceda lo que quiera, mientras viva he de recordar con 
agradecimiento vuestra leal y franca solicitud. 

— En cambio yo deploraré siempre que os aventuréis en 
un paso arriesgado. 

—Dios lo ha dispuesto así; adiós, pues, amigo mío. 

—Id con Él, señor conde. 

Ambos personajes se despidieron con gran cariño. 

Apenas salió el conde del aposento del ministro, éste mur- 
muró: 

—¡Infeliz caballero! mucho temo que tu mal sea de aque- 
llos que solo hallan alivio con la muerte. 

Entretanto el conde de Santillan se dirigía á casa del secre- 
tario. 



CAPÍTULO XX. 



Inesperada sorpresa del secretario Gtil Pérez. 



Entretanto que los dos condes mantenían entre sí la con- 
versación que acabamos de narrar, hallábase Gil Pérez en su 
casa disponiéndose para ir á su despacho á casa del ministro, 
cuando de repente entró su criado y le entregó un billete. 

—¿Qué me querrá el ministro?— dijo el secretario recono- 
ciendo la letra— veamos. 

Apenas fijó Gil Pérez la vista en el contenido de la carta, 
cuando palideció de un modo alarmante. 

— ¿Qué quiere decir esto?— exclamó con voz convulsa, y 
después de pasarse la mano por los ojos cual si quisiera de 
este modo aclarar su vista.— Apenas puedo creer lo que he 
empezado á leer; veamos. 

He aquí lo que el secretario leyó nuevamente: 

«Cuando se ocupan ciertos destinos públicos, se hace ne- 
cesario obrar con rectitud y hombría de bien ; vos, ó sois torpe 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 137 

Ó poco honrado; cualquiera de ambos defectos os imposibili- 
ta el seguir ejerciendo junto á mí el delicado cargo que os 
había confiado. 

Floridahlanca.^ 

Calcule el lector el efecto que producirla la lectura de se- 
mejante carta en el ánimo del secretario. 

Un golpe de tal naturaleza echaba por tierra en un mo- 
mento sus más caras ilusiones. 

¿Cómo Floridablanca, que siempre le habia tratado con el 
mayor cariño, le despedía de su lado sin ni siquiera haberle 
llamado para oír sus descargos? 

¿Á qué obedecería el enojo del ministro? ¿Cuál seria la 
causa que le habia obligado á mostrarse tan severo? 

Extraviábase la mente de Gil Pérez en un confuso dédalo 
de conjeturas, y ninguna de ellas le parecía ser la natural. 

Más de medía hora pasóse cavilando; de pronto dióse una 
palmada en la frente, y exclamó : 

— Catalina, no hay duda, Catalina es la que poniendo en 
juego su maquiavélica influencia ha logrado por algún medio 
para mí desconocido irritar en contra mía el ánimo del mi- 
nistro. ¿Quién es capaz de adivinar lo que habrá inventado 
ella para vengarse de mí? ¡Oh! como así sea, tiemble á su vez 
la pérfida dama; no he de tardar mucho en saber lo que ha 
motivado mi inesperada caída, aun quizá pueda despejar el 
nublado; vamos á ver al señor ministro. 

En el momento en que Gil Pérez se disponía á salir de su 
habitación, presentóse en ella el señor conde de Santillan. 

Á la vista del citado personaje, el secretario retrocedió dos 
pasos. 

— Tenga muy buenos días el señor don Gil Pérez. Paréceme 
que os ha sorprendido mi visita; seguramente no me espera- 
bais. 

— Verdaderamente — balbuceó el secretario— no creí 

TOMO II. 18 



138 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

—Ya; como que me suponíais muy entretenido en el casti- 
llo de Villayiciosa, al cual valiéndoos de malas artes logras- 
teis que se me condujera. 

—Cumplí con mi obligación— dijo el aturdido secretario. 

— Mentís villanamente. 

— Señor conde, debo advertiros que no estoy dispuesto á 
tolerar vuestras inconveniencias. 

—Tomad el asunto como mejor os cuadre, pero yo he de 
deciros que vuestro proceder ha sido el de un cobarde. ¿Qué 
hombre que se llama caballero por eludir un lance se vale de 
los reprobados medios de que vos habéis echado mano? 
¿Creíais acaso que mí cautiverio había de ser eterno? Mucho 
en ese caso os habéis equivocado en vuestros cálculos, pues 
ya veis que solo ha durado días. 

— Repito que al solicitar la orden de prisión, creí cumplir 
un deber; días hacia ya que se me había avisado andabais en 
tratos con el señor conde de Aranda, y yo había dado largas 
al asunto; os presentasteis en mi casa y sin que yo pudiera 
explicarme la razón, os empeñasteis en tener conmigo un 
lance; no miedo, sino razones particulares me impedían 
admitir el duelo á que me provocabais, y á fin de evitar cum- 
plierais vuestro ofrecimiento de insultarme públicamente, me 
valí de los datos que en contra vuestra se me habían suminis- 
trado, á fin de apartaros de mí durante algún tiempo; he aquí 
todo. 

—Ya comprendo las razones que os obligaron á libraros 
de mi persona; sin duda creísteis por tan ingenioso medio 
disfrutar tranquilamente de vuestros ilícitos amores, pero po- 
co ha durado vuestra tranquila felicidad; otra vez me presen- 
to yo y doy por tierra con vuestras risueñas ilusiones. 

—Esta, como la otra vez, me habláis un lenguaje que no 
entiendo. 

—Pues esta, como la otra vez, vengo decidido á que me 
deis cumplida satisfacción con las armas en la mano. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 139 

—¿En qué he podido yo ofenderos? 

—Os advierto que ese sistema no ha de valeros para libra- 
ros de mi venganza; hoy mucho menos que nunca, pues son 
dos las causas que me obligan á pediros una reparación. 

El secretario no sabia cómo librarse del conde, y viendo 
quede nada le servia adoptar el lenguaje de la persuasión, 
cambió de rumbo completamente, así es que decidido á todo, 
le dijo al conde: 

—He dicho ya las causas que me obligaron á proceder en 
vuestra contra y observo que sois harto jactancioso al cree- 
ros que el miedo solo me hizo adoptar una medida extrema; 
tened, pues, entendido que no acostumbro temblar, pero no 
estoy en el caso de dar satisfacción al primero que le antoje 
pedírmela. Me habéis hablado de amores y no sé lo que pue- 
dan tener de común los mios con los vuestros; explicaos con 
claridad y yo os juro que si me dais razones bastantes, seré 
con vos en duelo al instante; pero os advierto que de no ha- 
cerlo así, no he de prestarme á servir de blanco á vuestros ca- 
prichos. 

— ¿Capricho llamáis á mi resolución?— dijo el conde trému- 
lo de coraje. 

—Por tal la tengo hasta ahora. 

—¡Vive Dios que no he visto cinismo igual! 

— Ni yo testarudo semejante. 

—Poco es una vida, mil quisiera yo que tuvierais para ar- 
rebatároslas una en pos de la otra. 

—¿Sabéis lo que sospecho, señor conde? 

—¿Qué me importa á mí lo que vos sospechéis? 

—¿Os habréis unido acaso con mi enemigo para per- 
derme? 

—¿Qué decís? 

—Digo que empiezo á ver claro en este asunto. 

— Abreviemos razones y salgamos. 

—No podia yo sospechar que mantuvieseis relaciones con 



140 LOS CAÜALLEROS DEL, AMOR. 

esa dama ni menos hubiera creido nunca que os hiciera ser- 
vir de juguete. 

—¿Qué osáis decir? 

— Que servís de instrumento á una execrable mujer. 

— ¿Creéis que voy á dar crédito á la farsa que estáis inven- 
tando? 

— Aquí no hay farsa ninguna. ¿Negáis que doña Catalina de 
Sandoval?... 

—¿Qué tiene que ver esa dama conmigo? 

— Ella ha jurado perderme. 

— ¿Y qué tengo yo que ver con eso? 

— Pues si no es lo que habia imaginado, hablad de una vez, 
y decidme de qué amores se trata; no es cosa de que vaya á 
batirme ignorando el motivo que á tal lance me conduce. 

De pálido que estaba el rostro del conde, tornóse lívido; 
hizo un supremo esfuerzo para sobreponerse á la situación, y 
contestó: 

— Puesto que lleváis vuestra impudencia hasta el extremo 
de hacerme sonrojar, paso por ello con tal de que no os sea 
ya posible hallar excusa que evite nuestro duelo. 

— Contad conmigo en cuanto os haya oido. 

—¿Creéis que un esposo ultrajado tiene razones de sobra 
para buscar al ladrón de su honra y arrastrarle á un duelo á 
muerte? 

— Lo creo. 

— ¿Y permanecéis impasible? 

—■No veo motivo en lo que lleváis dicho para alterarme ni 
poco ni mucho: habláis de honra y de ultrajes, ¿á quién os re- 
ferís? 

— ¿Á quién queréis que me refiera? A vos, á mí. 

-—¡Cómo!.... decís?.... 

—Digo, que sois un miserable, y mi esposa la más vil de 
las mujeres. 

La sorpresa de Gil Pérez no reconoció límites al escuchar 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 141 

la acusación que el conde fuera de sí acaba de fulminar. Com- 
prendió entonces que una fatal equivocación habia dado mar- 
gen á las violentas entrevistas que con el conde habia tenido, 
dando aquellas lugar á la prisión del uno y á la pérdida del 
otro. 

El conde, viendo que nada contestaba Gil Pérez, avanzó un 
paso hacia él, y con ademan y acento amenazador, dijo: 

— ¿Estáis ya satisfecho? 

— Lo que estoy es admirado de vuestra revelación. 

— ¿Procuraréis aun buscar nuevos pretextos? 

— No, señor conde, no son pretextos lo que busco. 

— Entonces terminemos cuanto antes. 

— ¿Y si yo os dijera que estáis equivocado? 

—¿Todavía? 

—¿Si os asegurara que ni aun de pensamiento os he ofen- 
dido ? 

—Creería que era un subterfugio. 

—Sois víctima de un engaño, señor conde. 

— Tengo pruebas de lo contrario. 

— ¿Quién os las ha suministrado? 

— Vuestro agente. 

—¡ Mi agente! 

—El mismo, que sorprendido y amenazado por mí, pro- 
nunció al fin vuestro nombre maldito, señalándoos como 
amante de la que en mal hora lleva mi nombre. 

— Pues os ha engañado villanamente y yo os lo probaré. 

— ¿Lo probareis? 

—Sí. 

— ¿De qué manera? 

— Diciéndoos el nombre del verdadero galán. 

—¿Y quién es? 

—Persona á quien conocéis mucho. 

—Acabad de una vez: ¿se llama?.... 

—Don Luis de Guevara. 



142 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

— ¡Don Luis! 

~A ese y no á mí es á quien debéis buscar; á ese y no á 
mí debierais haber hecho blanco de vuestras iras; de hacerlo 
así, ni vos hubierais ido al castillo de Villaviciosa en calidad 
de preso, ni yo tendría hoy que sufrir las consecuencias de 
vuestra prisión. 

Perplejo quedó el conde al oír las quejas del secretario, así 
es que contestó: 

—-En breve sabré si me habéis dicho la verdad, y temblad 
si habéis mentido. 

— Ya os he dicho que no acostumbro temblar nunca, y 
mucho menos cuando no he delinquido. 

Salió el conde de la estancia del secretario, llevando un in- 
fierno en el alma y con más ansiedad que nunca por tomar 
venganza de aquel que le habia robado el honor. 



CAPÍTULO XXL 



Qué hahia sucedido en la venta, del tio Langosta. 



Tiempo es ya de que digamos á nuestros lectores qué ha- 
bía ocurrido en la venta de Langosta después que de un modo 
tan inesperado recobraran su libertad, lo mismo Joselito y 
Vicente que García, según vimos en otro lugar. 

Precisamente aquella noche tenia que ir á ver al encubri- 
dor Simón, para tratar de otro asunto, de los que siempre lle- 
vaban entre manos aquellos bribones. 

A la hora convenida, que seria próximamente una después 
de aquellos sucesos, Simón, acompañado de dos individuos 
de su jaez, llegó á la venta. 

No dejó de sorprenderles el hallarse la puerta abierta, y á 
oscuras la especie de tienda en que tenia la costumbre de es- 
tar el viejo ventero. 

—¡Diablo! Esto está como boca de lobo — dijo uno de los 
camaradas de Simón. 



144 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

. — ¡Eh, viejo camándulas!— gritó éste— sal y enciende una 
luz. 

— Pues nadie parece— repuso el prinnero que habia habla- 
do, viendo que nadie respondia. 

— No deja de ser extraño que abandone la tienda el tio Lan- 
gosta—dijo Simón. 

— ¡Bah! ¿y qué le han de robar? Maldito si tiene un cuarto 
en el cajón, y en cuanto al vino hay que ir por él á la cueva. 

— Además— observó el otro— son tan contadas las personas 
que entran aquí, que de seguro no tiene miedo el viejo de 
quedar mal con sus parroquianos. 

—De todos modos, sabia que yo habia de venir esta noche, 
y es bastante extraño que no esté aquí. 

—Tendrá cerca alguna bruja amiga y habrá ido á reque- 
brarla. 

—¿No puedes hablar nunca en serio, Bernardote? 

— Qué quieres, Simón, cada uno gasta lo que tiene, y como 
el dinero abunda poco, lo despacho pronto; así es que he de 
reducirme á gastarlo que me queda, que es el buen humor. 

— Pues á fe que no debieras quejarte. 

— Yo no me quejo. 

—Es que no tendrías tampoco razón para ello. 

—Cualquiera que te escuchara creería que nadaba en oro 
—replicó Bernardote. 

—No diré yo tanto; pero desde la noche en que trajimos 
los pájaros aquí, no te ha faltado 

—Sí, un miserable jornal. 

—¿Puedes quejarte? á contar desde aquel día tú y éste— dijo 
señalando al otro camarada, que permanecía mudo — vivís á 
mis expensas, y lo que es el trabajo dudo mucho que os haga 
enfermar. Que durara es lo que tú quisieras. 

—Tan y mientras no haya otra cosa, no digo yo lo con- 
trario. 

—Lo mismo digo yo. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 145 

—Gracias al diablo que se te oye. 

— Pues si lo mismo digo yo que Bernardote: tan y mien- 
tras no haya otra cosa, bueno es esto; pero la verdad es que la 
paga es muy poca. 

— Habló el buey y dijo mw— exclamó Simón un tanto eno- 
jado. 

—A buen seguro que tú sacas la tripa de mal año ; por eso 
no te quejas. 

—Sin duda te figuras que me hago rico. 

— Algo de eso murmura de tí el Ratón. 

— El Ratón es un ingrato; no hace mucho tiempo le pro- 
porcioné los medios de ganarse una porción de oro y en pago 
se entretiene en despellejarme; luego se quejan si uno no se 
acuerda de ellos. 

—Según él dice, á él le debes el haber salido airoso en tu 
empresa. 

—Él dirá lo que quiera. Lo mismo que el tal García: ¿os pa- 
rece bien lo que intentó? 

—Anda que bien se lo haces pagar. 

—Aun hago poco; veremos á ver lo que dispone don 
Tadeo. 

—Guárdate de García; el dia que él pueda 

— Ya cuidaré yo de que tarde en poder. 

— ¡Diantre! esto de hablar con el gaznate seco no me agrada 
mucho. 

—Anda, pues; revuelve por ahí, que algo encontrarás. 

Bernardote se levantó y trasteando por un lado y otro 
dio por fin con algo de lo que buscaba. 

—Esto es otra cosa— dijo colocando encima de la mesa dos 
botellas llenas de vino de Arganda y tres vasos.— Bebiendo se 
espera con más comodidad. 

—¿Sabéis que empieza á inquietarme la ausencia del tio 
Langosta? 

— ¡Bah! maldito lo que se perderá aunque se haya muerto! 

TOMO H. 19 



146 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

— Este Miguel no abre la boca como no sea para decir un 
disparate— -dijo Simón. 

— No sé por qué. 

— Porque sí. 

— Pues mira, eso no me convence. 

— Porque tu cabeza es de madera. 

— ¿Qué quieres? cada uno tiene las entendederas que Dios 
le ha dado. 

—Hoy sentina yo muy de veras cualquier percance que le 
hubiera pasado á Langosta, porque necesito de él. 

— ¡Ah! ya. 

— ¿Lo has entendido al fin? 

—Ahora sí. 

—¡Lástima fuera!— exclamó Bernardote. 

— Calcula el compromiso que me caia encima, teniendo que 
guardar á esos pájaros que aquí están enjaulados. 

— Y díme, Simón, ¿crees que durará esto mucho? 

—Eso depende de las circunstancias; don Tadeo decidirá. 

— También el tal don Tadeo es un zorro de cuenta. 

—Está visto que vosotros murmuráis de todo el mundo. 

—Claro está que tú le defiendes, ¡como que los dos os en- 
tendéis! 

—Yo hago lo que me parece, ¿estamos? 

—No me grites, que no soy sordo— dijo Miguel al cual pa- 
recía le empezaba á hacer efecto el vino que habia bebido. 

—Es que ya me están cansando tus murmuraciones. 

— Pues tápatelos oidos. 

— Mejor será taparte la boca. 

— ¿Y con qué mano barias tú eso? 

—Con cualquiera de las dos— contestó Simón bastante 
amostazado. 

— Me gustarla verlo. 

—Vamos, señores— dijo Bernardote— ¿vais ahora á enfada- 
ros? 



LOS CABALLEROS DEL AMOK. 147 

— Veo que ese se ha propuesto que le dé una lección. 

—Pues mira, si todos los que me han de asustar á mí son 
como tú, me rio de todos ellos, porque me sobra á mí coraje 
para tí y para otros cinco como tú. 

— Vaya, Miguel, sosiégate— repuso Bernardote. 

—Tienes suerte de que me hago cargo que es el vino el que 
te hace hablar. 

— No necesito yo beber para llamarte bravucón y para ha- 
certe un chirlo en la cara si me lo propongo; has de saber que 
me tienes ya harto con tus fanfarronadas, y hace ya dias que 
á no ser por Bernardote te hubiera yo cruzado la cara, señor 
guapo. 

—¿A mí?— replicó Simón poniéndose de pié. 

— A tí y á más que vengan— respondió Miguel levantándo- 
se á su vez. 

— i No faltaba más sino que por una tontería fuerais á rega- 
ñar—dijo Bernardote poniéndose en medio délos dos conten- 
dientes. 

—El me provoca. 

—Porque tú me insultas, y á fe de Miguel que á no ser por 
éste ya estarías revoleándote en tu sangre. 

—Vale más que nos revolquemos en vino— exclamó el me- 
diador. 

—Tiempo nos queda para arreglar este asunto á solas— di- 
jo Simón. 

—Siempre que quieras me encontrarás dispuesto. 

— Hoy no puedo, porque ya sabes que tengo otros compro- 
misos, pero en cuanto esos cesen ya te buscaré. 

— Si vienes cara á cara, te aguardaré tranquilo. 

—Vamos, bien, basta ya; los hombres cuando deben callar, 
callan. 

—Tienes razón, Bernardote, y á fe de Simón que por ahora 
doy el asunto al olvido. 

—Yo no diré una palabra hasta que tú me busques. 



148 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

—Corriente, así me gusta; anda, Miguel, en la trastienda 
hay un armario y en él varias botellas; tráete un par de com-^ 
pañeras de las que antes traje. 

Miguel fué en busca de lo pedido. 

La verdad es que la decisión de su contrincante impuso á 
Simón, así es que se apresuró á variar de conversación ha- 
ciéndola recaer de nuevo sobre el ventero. No mentía al ase- 
gurar que estaba inquieto, porque lo estaba realmente; no 
sabia cómo explicarse la ausencia de su compadre Langosta. 

Miguel trajo lo que se le había pedido. 

Bernardote llenó los tres vasos hasta el tope. 

— Apuremos el vino y pelillos á la mar. 

En un momento quedaron vacíos los vasos. 

— Francamente, estoy más que inquieto; no es natural la 
tardanza de Langosta. 

— La verdad es, Simón, que también á mí me extraña. 

— ¿Habrá sucedido algo en esta casa desde ayer?— dijo Si- 
món. 

— Hombre, ahora me fijo en una cosa. 

— ¿En qué, Bernardote? 

—En aquella mesa y los vasos que hay encima. 

—¿Y son muchos? 

— Á ver: uno, dos, tres ocho. 

—No había yo caído en ello. 

—Pues ya ves, Simón, que eso prueba que no hace mucha 
estaba aquí el tio Langosta. 

—Eso es verdad, porque alguien habrá servido á esa gen- 
te—replicó Simón. 

—Toma, ¿quieres apostar á que el demonio del vejete está 
en la cueva?— dijo Bernardote. 

— Puede; vamos á verlo. 

—No, quédate aquí guardando la tienda. 

—¿Para qué? Cerraremos la puerta; ya á esta hora ¿quién 
puede venir? 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 149 

-—Cerremos, pues. 

—Ahora procuraremos encender una luz— dijo Simón des- 
pués de haber cerrado la puerta. 

—Aquí tengo yo avíos. 

Sacó Bernardotelo necesario. 

—Busquemos antes algo que podamos encender. 

— Es verdad, Simón; busquemos. 

Tentando por uno y otro lado dieron al fin con el candil 
que estaba en el suelo. 

—¿Qué es esto? ¡Calle, el candil! Pero creo que no tiene 
gota de aceite. 

— Acércate, Miguel; lo encenderemos; afortunadamente 
aceite creo que no nos ha de faltar. 

Miguel se aproximó á Bernardote, y en breve tuvieron luz. 

— Recuerdo que el viejo tiene por esta trastienda una bote- 
lia con aceite; exploremos el campo; veamos el armario. 
¡Aja, ja! hela aquí. 

Efectivamente, la botella que Miguel agarró contenia acei- 
te; llenaron el candil, despavilaron con los dedos la torcida, y 
pronto alegre llama alumbró el sitio en que se hallaban los 
tres camaradas. 

— ¡A Dios gracias! Desde que hemos entrado en la venta has- 
ta ahora, hemos estado sumidos en tinieblas; no sé ni cómo 
he podido dar con las botellas. 

—Por el olfato— contestó riéndose Bernardote.— Tú tienes 
una gran nariz, amigo Miguel. 

—¿No os ha llamado la atención una cosa? 

-¿Cuál? 

—Ese candil que tú has encontrado en el suelo— dijo Si- 
món con aire preocupado. 

—¿Qué ves en ello de particular? 

— Mucho. 

—Explícate. 

—Si Langosta estuviera en la cueva, no habría ido á oscuras. 



150 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

—¡Calle ! Pues es verdad. 

— Además, ¿qué habia de hacer tanto rato allá abajo? 

—No te preocupes, hombre, que nada le habrá sucedido al 
viejo. 

— Nada, lo mejor es registrar por todos los rincones, á ver 
si damos con algo que nos ilumine. 

— ¿Quién te asegura que no haya bajado á la cueva donde 
quizá entierra su dinero, y allá abajo le ha dado algo que le 
imposilite el subir? 

— Gritaria. 

— ¿Y si no puede? Ten presente que Langosta es viejo y no 
<íome por no gastar. 

— Dices bien; vamos allá. 

Simón y sus dos compañeros se dirigieron á la cueva. 



CAPÍTULO XXII. 



En donde el lector verá que Miguel y Bernsir dote aprovecharon 

la noche. 



Inútil fué la pesquisa; el tio Langosta no parecía. 

La inquietud de Simón llegó á su colmo. 

Nuevamente arriba los tres camaradas, se sentaron al re- 
dedor de la mesa, y comenzaron á deliberar. 

— ¡Por vida de Satanás, que esto empieza á ser grave! — dijo 
Simón frunciendo el entrecejo. 

— Pues no hay que darle vueltas; aquí no está—contestó 
Miguel. 

—¿A qué demonios puede haber salido? 

— Toma, Dios sabe; algún negocio que le habrá caído como 
llovido del cielo, y él no es hombre que desperdicie las oca- 
siones que se le presentan. 

— Ello hay que hacer algo para ver si se da con él. 

— Dispon lo que quieras. 



152 LOS CABALLEROS DEL AMOR, 

—Es el caso que no se me ocurre nada— dijo Simón. 

— ¿No conoces los nidos á donde él suele acudir cuando va 
á Madrid?— preguntó Miguel. 

— ¿Pero no comprendes que no es posible que haya ido tan 
lejos? 

— ¿Qué sabemos? A mí me parece lo más prudente que tú 
vayas á ver si das con él, si es que tanto te conviene verle. 

— ¿No me ha de convenir? 

— Pues entonces 

— Habré de hacerlo así. 

— Por si acaso tardas en volver y él no parece por aquí, 
¿qué hacemos nosotros?— preguntó Bernardote. 

- No os mováis de este sitio. 

— Corriente: pero ten en cuenta que si tu ausencia se pro- 
longa, nosotros aquí corremos riesgo de morirnos de hambre. 

— Toma; caso, que no lo creo, que yo me retardara algo, 
ahí tienes lo bastante para que podáis pasar el dia. 

Simón alargó á Bernardote algunas monedas de plata. 

— Está muy bien. 

—No abandonéis la casa hasta que uno de los dos apa- 
rezca. 

— Descuida, esto es, á menos que volváis mientras tenga- 
mos algo que roer. 

— ¿Pues qué? ¿No había yo de venir mañana? 

—Hombre, ¿qué sé yo lo que puede ocurrirte? Tú eres 
hombre de muchos negocios, y quizá alguno de ellos pudiera 
entretenerte á pesar tuyo. 

— No pases cuidado, que no retardaré la vuelta. 

—Adiós, pues. 

—Adiós. 

—Salióse Simón por el postiguillo. 

— ¡Ea!— dijo Bernardote cerrando de nuevo— henos ya due- 
ños y señores de un establecimiento. 

—¡Vaya un establecimiento! 



LOS CABALl EROS DEL AMOR. 153 

—De todos modos, preferible es estar aquí á tener que em- 
prender una caminata como la que va á hacer Simón, digo, y 
con el frió que hace. 

—Cuando él la hace, su cuenta le tendrá. 

—Vaya, tú tienes manía á nuestro camarada. 

—A no ser por tí, esta noche le hubiera yo dado una lec- 
ción, pero le juro 

—Eres un imbécil en querer reñir con Simón; se entiende, 
por ahora; él tiene varios negocios entre manos, se vale de 
nosotros; sirvámosle, pues, y si podemos apropiarnos alguno 
de los asuntos que él dirige, entonces 

— Tienes razón, entonces me encargo yo de despacharle el 
pasaporte. 

— Eso es; veo que me has entendido. 

—¿Sabes que verdaderamente es raro que el tio Langosta 
haya desaparecido? 

— Yo me malicio que algo ha pasado aquí. 

— Lo mismo creo yo. 

— En fin, ello dirá. 

— Y díme, ¿no corremos nosotros peligro? 

— No te entiendo 

—Si, como creemos, ha ocurrido alguna cosa en esta casa 
y viniera á ella la justicia, ¿no pagaríamos nosotros el pato? 

— ¡Bah! no hay cuidado; mañana abrimos la puerta, y caso 
que se presentara alguien sospechoso, decimos, si se nos pre- 
gunta, que acabamos de llegar con objeto de beber un trago 
y que esperamos á que alguien nos despache; además que no 
creo venga nadie. 

— ¡Quién sabe! no olvides que hay aquí gente detenida. 

—En fin, sea lo que quiera; no creo que puedan hacernos 
nada. 

—¿No te parecería bien que aprovecháramos el tiempo? 

—¿De qué modo? 

—El tio Langosta es hombre de dinero. 

TOMO II. 20 



154 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

—También creo yo que ha de tener un buen gato. 

— ¿No seria una buena broma que diéramos con él y se lo 
guardáramos nosotros? 

—Hombre, bien pensado. 

— Pues demos comienzo al registro. 

Creo que perderemos el tiempo; es muy tunante el viejo; 
Dios sabe en qué sitio tendrá la hucha. 

— Nada perdemos en probar. 

— Áello; de todos modos no tengo sueño y eso me dis- 
traerá. 

— ¿Por dónde empezamos el registro? 

— Por la cueva. 

— Vamos, pues, que yo no he nacido para estar ocioso. 

— Bueno fuera que desplumáramos al tio Langosta. 

— Vaya por los que él habrá desplumado en este mundo. 

— Eso podrá servir de descargo á nuestras culpas. 

— ¿Quién lo duda? 

— Pues no nos detengamos y procuremos hacer esa buena 
obra. 

—Andando. 

— Bueno será buscar alguna cosa con que poder remover 
la tierra. 

— Busquemos, que no ha de faltar por aquí algo que sirva 
para el caso. 

—He aquí una barrita de hierro. 

— Probemos. 

—Pues bajemos cuanto antes. 

Y Miguel y Bernardote, sin añadir una palabra más, des- 
cendieron á la cueva. 

Si efectivamente el tio Langosta había depositado sus 
ahorros en ella, gran riesgo corría su fortuna. 

Los dos bandidos emprendieron con ardor la tarea; regis- 
traron minuciosamente cuantos trastajos y toneles se halla- 
ban en la cueva sin resultado alguno. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 155 

—Hay que confesar que no somos afortunados. 

— Pronto desmayas— dijo Miguel. 

—No tengo confianza ninguna en hallar nada. 

—Pues yo sí. 

— ¿En qué la fundas? 

—Voy á decírtelo. 

— Vamos á ver. 

—Durante las varias veces que hemos estado aquí y hemos 
permanecido largas horas en esta gazapera, he observado que 
el tio Langosta bajaba muy á menudo á esta cueva, sin calcu- 
lar que nadie se fíjase en él. 

—¿Y qué? 

—Que el vejete no bajaba aquí á humo de pajas. 

—Sí, pero ¿quién sabe dónde tiene escondido su gato, caso 
de que lo haya depositado aquí? 

— No hay atajo sin trabajo. 

— Eso es verdad. 

— Tú, con ese aro de hierro, remueves la tierra por un lado, 
y yo con mi barra, lo haré por otra parte. 

— Prefiero valerme de este gran clavo que acabo de en- 
contrar. 

—Gomo quieras; pero trabaja á conciencia. 

— Una vez puesto, no he de dejar nada por mirar — dijo 
Bernardote escarbando la tierra. 

— Calcula, si diéramos con lo que buscamos, la cara que 
pondría el tio Langosta cuando se enterara. 

—Seria cosa de ver. 

—¡Atención!— exclamó de repente Miguel con voz alterada. 

—¿Qué ocurre? 

—Ven, ven; creo que he dado con lo que buscamos. 

Bernardote fué corriendo al sitio donde estaba Miguel ca- 
vando con las manos. 

— ¡Será posible!— dijo. 

—Aguarda— repuso Miguel trabajando con ardor. 



15G LOS CABALLEROS DKL AMOR. 

—Pero, ¿qué has notado? 

—He tropezado con una argolla. Debo advertirte que la 
tierra de este sitio, estaba al parecer algo movida, y como yo 
soy un poco observador, no ha escapado á mi vista tan buena 
señal, por eso he dado comienzo á mi faena por aquí; mira, 
ya está la argolla descubierta. 

—En efecto— dijo Bernardote con alegre acento. 

— Escucha. 

Miguel golpeó con su barra cerca de la argolla. 

—No hay duda; ahí hay alguna caja ó cosa por el estilo. 

— Ayúdame á quitar la tierra. 

En pocos minutos quedó hecha la operación. Apartada la 
tierra, quedó perfectamente descubierta la parte superior de 
una cajita de hierro, en cuyo centro estaba fijada una argolla. 

—Nuestro es el gato— exclamó Bernardote en el colmo de 
la alegría. 

—¿Qué te decia yo? 

— ¡Eres un grande hombre! 

— Veamos, pues, lo que hay dentro. 

Bernardote aseguró la argolla, tiró de ella hacia arriba, y 
sin gran esfuerzo extrajo la cajita del sitio que ocupaba. 

—¿Pesa mucho?— preguntó con ansiedad Bernardote. 

— Bastante. 

—Ábrela pronto. 

— ¡Demonio! ¿cómo se abre esto? 

— ¿Está cerrada? 

— Y sin cerradura. 

— Entonces será por medio de algún resorte. 

— Mucho será que no demos con él. 

— Á ver, déjamela. 

— Toma— dijo Miguel entregando la caja á Bernardote. 

— No veo señal alguna que indique 

—Tal vez en la argolla. 

— Veamos. 




SENTADOS AMBOS CAMARADAS EN EL SUELO, 



LOS CABALLEROS DKL AMOR. 157 

No tardó Bernardote en dar con el resorte que, en efecto, 
residía en la argolla. 

—Ya dimos con el quid. 

—Pues alza la tapa. 

Bernardote obedeció y lanzó un grito de alegría. 

— ¡Qué hermoso brillo! 

— A ver, á ver 

Bernardote depositó en el suelo el contenido déla caja. 

—-Contemos. 

—Contemos. 

Sentados ambos camaradasen el suelo, comenzaron á con- 
tar una tras otra las monedas, que eran onzas de oro. 

—Cuarenta y dos— dijo Bernardote. 

— Cincuenta y ocho— gritó á su vez Miguel dando fin á su 
operación. 

— Total, cien onzas. 

—¡Buen hallazgo! 

—Cincuenta por barba. 

— Que ya es algo. 

— Dame ocho y estamos á mano. 

— Helas aquí. 

— Ahora procuremos dejar las cosas como estaban. 

En un momento colocaron la cajita en el sitio que antes 
ocupaba, la cubrieron de tierra y sin gran trabajo volvieron á 
dejar arreglado el sitio del depósito tal y como estaba cuando 
Miguel hizo el descubrimiento. 

— Listo — dijo Miguel. 

—No hay quien sea capaz de adivinar el registro que aca- 
bamos de practicar; arriba, chico. 

— ¿Sabes lo mejor que podríamos hacer ahora? 

—Tú dirás— respondió Bernardote. 

— Largarnos. 

—¡Quita allá! si eso hiciésemos ya tendría el tio Langosta 
seguros datos de quienes le habían despojado de sus mejica- 



158 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

ñas, mientras que permaneciendo aquí no maliciará con tanto 
fundamento. 

—Como tú quieras; me es igual. 

— Busquemos donde tendernos, y lo que fuere sonará. 

Acomodáronse del mejor modo que les fué posible, apaga- 
ron la luz y no tardaron aquel par de angelitos en roncar de 
lo lindo. 

El dinero adquirido á costa de tantas infamias y tan ocul- 
tamente guardado, no habia de servirle al tio Langosta de 
gran provecho. 



CAPÍTULO XXIII. 



Por ñn aparece el tío Langosta,, 



Vanas fueron las pesquisas hechas por Simón; en vano fué 
ir de una en otra taberna de las que aquel solia frecuentar; 
inútilmente visitó las madrigueras á donde de vez en cuando 
solia acudir aquel á quien con tanto afán buscaba. 

Amaneció el dia, y rendido y fatigado de tanto andar, fuese 
Simón á su alojamiento con el fin de descansar algunas horas 
decidido á continuar sus investigaciones. 

Despertóse ya muy entrado el dia, y sin darse punto de 
reposo emprendió de nuevo sus pesquisas. 

Todo fué inútil; nadie habia visto al tio Langosta. 

Desesperado ya de poder averiguar nada, determinó volver 
de nuevo á la venta, pues calculó que sus camaradas, ó esta- 
rían aburridos ya de esperar, ó se habrían marchado tal vez. 

No las tenia todas consigo Simón, pues no sabia á qué 
atribuirla desaparición del ventero; la única esperanza que le 



160 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

quedaba era la de hallarlo en la venta, por lo cual á fin de cal- 
mar su ansiedad, apresuró cuanto pudo el paso. 

— ¿Qué hay?— exclamó al entrar en la venta. 

— Aburrimiento de sobra—contestó de mal talante Bernar- 
dote. 

— ¿Es decir que no ha parecido? — dijo con desaliento 
Simón. 

— Ni muerto ni vivo, y ya estábamos resueltos á mar- 
charnos. 

—Es particular — murmuró Simón sentándose junto á la 
mesa al rededor de la cual se hallaban sus compañeros. 

— Dígote que nos hemos divertido; después de una mala 
noche, peor dia. 

— ¿Qué os ha ocurrido? 

— ¡Diantre! Una friolera— respondió Bernardote que era el 
que llevaba la voz. 

—¿Pero qué? Sepamos. 

—Que tenemos el estómago como un tambor. 

—¿Pues no te di dinero? 

—Sí, pero como aquí no hay nada á propósito para poder 
condimentar los alimentos, hemos tenido que conformarnos 
con mascullar pan y queso, y francamente, Simón, no es esa 
comida muy de mi gusto. 

—¿Si creerás que he disfrutado yo de algún opíparo ban- 
quete? 

— Hombre, con dinero y en Madrid, creo que ha de haber- 
te sobrado donde ir á almorzar y á comer. 

—No estoy en ayunas, pero puedo asegurarte que es muy 
poco el alimento que ha entrado hoy en mi cuerpo, y eso que 
he triscado de lo lindo. 

— ¿Y nada has averiguado? 

— Nada absolutamente — contestó con desaliento Simón. 
— ¿Y qué hacemos? 
—No lo sé. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 161 

— No creo que sea cosa de que esperemos aquí toda la vida. 

—Aguardemos á que cierre la noche. 

—Poco ha de tardar. 

— Pues esperemos ese poco. 

— Hagamos ese sacrificio á la amistad— dijo Bernardote 
mirando á Miguel. 

—Como queráis— contestó éste. 

— Por más que me devano los sesos no puedo alcanzar 
nada de lo que sucede. Comprenderla haber encontrado muer- 
to al tio Langosta, pero no me sé explicar el que haya abando- 
nado su casa. 

—No deja de ser extraño. 

— Y ahora que me acuerdo; ¿cómo estarán los presos sin 
haber tomado nada en todo el dia?— dijo Simón. 

—¡Toma! Pues es verdad; y nosotros que hemos pasado 
aquí el dia no hemos caido tampoco en ello. 

— i Vaya, pues! Es menester que veamos cómo están, y pro- 
porcionarles algún alimento; digo, si es que están aquí to- 
davía. 

—¡Hombre! Si se habrá largado con ellos el tio Langosta. 

— También podría ser. Vamos á verlo. 

Y los tres se pusieron en movimiento dirigiéndose hacia el 
interior de la casa. 

Pero en este momento un nuevo personaje se presentó en 
la venta. 

Era don Tadeo. 

Al ver al viejo, Simón se levantó inmedi|itamente del asien- 
to que ocupaba, y fué á su encuentro. 

—¿Qué hay?— preguntó con afán. 

— Eso pregunto yo, ¿qué hay?— dijo con visible enojo don 
Tadeo. 

— ¿No sabéis lo que sucede? 

— Más de lo que quisiera saber. 

— Pues sacadnos de dudas. 

TOMO II. *21 



162 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

—Encended la luz y cerrad la puerta. 

Bernardote cerró la puerta mientras que Miguel encendía 
la luz. 

— ¿Dónde está el tío Langosta? 

A tan inesperada pregunta miráronse atónitos Simón y 
sus dos compañeros. 

— ¿Ahora salimos con eso? Yo creia que su mercé nos da- 
rla noticias de él, y veo que está tan enterado como nosotros. 

— ¿Qué diablo dices? 

— ¡Toma! la verdad. Desde anoche no sabemos donde está 
el tio Langosta; yo he corrido uno por uno los sitios que él 
suele frecuentar, y en ninguno le han visto. 

—Creo que todos me vendéis, y 

—No lo crea su mercé; digo la verdad; anoche llegué con 
este par de buenos mozos, y el tio Langosta no estaba ya 
aquí. 

—¿Y encontrasteis la puerta abierta? 

— De par en par. 

—De modo que el guardián y los presos han desaparecido. 

— ¡Cómo! ¿Los presos?— dijo con gran sorpresa Simón. 

— Sí, señor, sí; los presos que os habia confiado están en 
libertad. Me ha venido á encontrar hoy cierta persona y me 
ha echado en cara semejante falta. Yo no estoy en el caso de 
pagar y de que se me sirva mal. 

— Pero don Tadeo, si eso no puede ser. ¿Cómo han podido 
fugarse? 

—¡Fugándose!— exclamó don Tadeo pegando un furioso 
golpe sobre la mesa. 

—¿Y está bien segura de ello la persona que os lo ha dicho? 

—Tan seguro estuviera yo de los que me sirven— contestó 
don Tadeo lanzando furiosa mirada á Simón. 

—Pero bien, aun cuando así sea, ¿soy yo culpable de que 
se hayan fugado? 

— No lo sé; pero de fijo no lo soy yo. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 163 

— Vaya usted á saber cómo habrá sucedido 

— Ese García, ese diablo, habrá tenido la culpa; si vosotros 
hubieseis hecho lo que os dije cuando me contasteis sus pro- 
pósitos respecto á esta casa, no habria sucedido. 

— ¿De modo que García también está libre? 

— Lo presumo— contestó don Tadeo. 

— Pues ahora me explico menos la desaparición de Lan- 
gosta. 

— ¿Habéis mirado bien toda la casa? 

—Toda. 

— ¿Entonces cómo no sabíais la fuga de los presos? 

— Porque ahí no hemos mirado. Precisamente ahora íba- 
mos á verles. 

— ¡Torpes!— exclamó con desprecio don Tadeo— no haber 
caido en eso. 

—Tiene razón su mercé, ¿pero qué hemos de hacerle ya? 
— repuso Simón. 

—Vamos á la habitación de los presos— dijo el viejo con 
impaciencia. 

— Es que ahora caigo que no podremos entrar en ella— dijo 
Simón. 

—¿Por qué? 

— Por una razón muy sencilla. 

—¿Cuál es? 

— El armario tiene un resorte. 

— ¿Y qué? 

— Que yo no conozco el mecanismo. 

— Pues sí tu no le conoces, yo sí. 

—Entonces andando. 

— Alumbrad. 

Simón tomó la luz, y todos se dirigieron precipitadamente 
á la pieza donde estaba el armario. 

Don Tadeo había dicho la verdad; conocía perfectamente 
el mecanismo, y en breve dio muestra de ello. 



164 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

Una vez franco el paso, penetraron uno en pos de otro en^ 
el escondrijo. 

Llegados á la puerta de la pieza que habia servido de pri- 
sión á Joselito, Vicente y García, la abrieron, y al entrar en 
ella vieron al tio Langosta tendido sobre una cama. 

Al ruido que hicieron al entrar, incorporóse trabajosamen- 
te el ventero, y al reconocer á sus amigos, exclamó con desfa- 
llecido acento: 

—¡Gracias á las once mil vírgenes! Si tardáis mucho en 
acudir, creo que las lio. 

Seguramente Miguel y Bernardote no hubieran deplorado 
tal acontecimiento. 

—Vamos, levanta de ahí— dijo Simón. 

— Ayúdame, hombre, que apenas puedo moverme. 

—¿Qué tienes?— preguntó bruscamente Simón ayudando á 
Langosta. 

—Que llevo casi dia y medio sin comer; calcula tú cómo 
estaré. 

— Salgamos de aquí cuanto antes. 

No tardaron en hallarse todos en la tienda. 

El tio Langosta se apoderó con avidez de un trozo de pan 
que habia encima de la mesa; restos sin duda del frugal ban- 
quete con que se habían regalado Miguel y Bernardote horas 
antes. 

—Danos cuenta de lo que ha pasado aquí — dijo impaciente 
don Tadeo. 

— Espere su mercé que tome aliento. 

El tio Langosta devoró, más bien que comió, el pan y be- 
bió un sendo trago de vino. 

—Esto ya es otra cosa — dijo después — y ahora voy á referir 
cómo Dios me dé á entender todas mis desdichas, que no han 
sido pocas en estos dos dias. 

— ¡Ea! abreviar, y sepamos lo más importante— repuso 
cada vez más impaciente el viejo. 



CAPÍTULO XXIV. 



Donde don Tadeo adquiere algunos detalles del tio Langosta, 



El ventero procuró nuevamente restaurar sus fuerzas con 
sendos tragos de vino, y cuando ya se creyó en disposición de 
poner en orden sus ideas, como él decia, púsose á referir lo que 
le habia ocurrido desde el momento en que Antonio y don 
Ramón de la Cruz entraron en la venta, hasta que auxiliados 
por los soldados procedieron contra él, obligándole á que les 
indicase el sitio en que los presos estaban. 

— Ya ve su merced— prosiguió al llegar á este punto— que 
no podia negarme á descubrir el escondite, eran once contra 
mí y el susodicho oficial parecía poco amigo de bromas; aun 
no me ha salido el susto del cuerpo; jamás he tenido tan en 
peligro el pellejo, podéis creerlo. 

— ¿Y cómo no te llevaron preso? 

— ¡Toma! más que eso queria el bribonazo de García. 

—Con que García ¿eh?— dijo Simón cruzando una mirada 
con don Tadeo. 



166 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

—Le dijo al oficial que debia mandarme colgar de una viga, 
y á no ser por un joven que hablaba muy bien y á quien lla- 
maban don Ramón, lo hubiera pasado muy mal; pero gracias 
á él, se contentaron con dejarme encerrado en la conejera, 
fiando mi libertad á la suerte. 

— Si hubieras cumplido bien mis órdenes, te hubieras evi- 
tado el peligro y ahora nosotros tendríam.os siquiera asegu- 
rado á ese picaro García. 

— Yo creia que estaba bien seguro donde estaba. 

— Pues ya ves el resultado— dijo don Tadeo cada vez más 
enojado. 

- Es verdad, pero ya no hay remedio. 

Y el tio Langosta fijó la vista en las botellas vacías que ha- 
bla sobre el mostrador, y dijo: 

—Por lo que veo, se ha bebido de lo largo, mientras que yo 
estaba muriéndome de hambre y de sed por allá dentro. ¿Y 
quién va á pagarme todo esto? 

— ¡Habrá miserable! — contestó Bernardote—despues que le 
acabamos de salvar, se atreve á reclamar unos cuantos 
reales. 

— Mira, hijo, cada uno es libre de pedir lo suyo; si yo fuera 
rico, nada me importarían unos cuantos pesos más ó menos, 
pero en mi estado áQ probeza 

— Vamos, basta; ya se pagará todo el gasto. 

— Has hablado como un ángel, Simón. 

Don Tadeo, que durante este diálogo habia permanecido 
silencioso y preocupado, exclamó: 

— Simón, hay que remediar en lo posible este fracaso. 

—Se hará lo que se pueda. 

— No solamente tenemos á García, á quien juzgo ya un 
enemigo bastante temible, sino que también tenemos á los 
que estaban presos aquí, y sobre todo á las majas. 

— i Diablo I ¡Diablo! — dijo Simón rascándose la cabeza— lo 
peor de todo es que haya hembras por en medio. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 167 

— Mala cosa es— añadió sentenciosamente el ventero— por 
una moza, alcarreña por cierto, estuve yo cuatro años encer- 
rado. 

— ¡Buena obra nos ha hecho el tal García! Lo que parece 
imposible es que vosotros, que fuisteis quienes me lo propor- 
cionasteis, no le conocieseis mejor. 

—Eso, Simón— repuso Langosta— él fué quien le trajo. 

—Y tú también, viejo marrullero— exclamó Simón— no 
quiere ahora el ventero echar el cuerpo fuera!.... 

— Vamos, vamos; pensemos ahora, más que en incomodar- 
nos, en ver de remediar el daño— dijo don Tadeo. 

—Gomo caiga otra vez bajo mis uñas, yo le aseguro que se 
acordará de mí—añadió el tio Langosta. 

Simón y don Tadeo eran los que más temían á García, es- 
pecialmente el último, pues sabia cuanto había ya intentado 
en su daño. 

— Sin perjuicio de lo que se nos mande hacer respecto á 
los otros, soy de parecer que por la cuenta que nos tiene nos 
pongamos sobre la pista de nuestro común enemigo; sino 
podemos apoderarnos cuanto antes de García es fácil que nos 
dé un que sentir— argüyó don Tadeo. 

— ¿Quién sabe si ya nos habrá delatado? 

— Todo podría ser, Simón, y si no lo ha hecho hoy, puede 
hacerlo mañana. 

— Hay que procurar evitarlo, y yo por mi parte haré cuanto 
pueda; creo que podré contar con vosotros dos— dijo Simón 
dirigiéndose á Bernardote y Miguel. 

— Mientras haya cuartos, cuenta conmigo. 

— Lo mismo digo yo que Bernardote. 

—Corriente. 

—Decidme, muchachos— preguntó Langosta — ¿ha estado 
la casa sola mucho tiempo? 

— Desde que llegamos nosotros ni un minuto— contestó 
Miguel. 



168 LOS CABALLEROS DEL AMOR, 

— Dios os lo pague. 

—Si eres tan pobre, ¿qué te pueden robar? — preguntó 
Simón. 

—¡Toma! botellas, vasos, tonterías; pero que cuestan di- 
nero y yo no tengo para gastar. 

A Miguel y Bernardote les retozaba la risa por el cuerpo, 
pero disimulaban perfectamente. 

—Con que tú, Simón, quedas encargado de echar el guan- 
te á García. 

— Yo os prometo que poco he de poder ó no se me esca- 
pará. 

— Si lo atrapas tráemelo aquí — dijo Langosta cuyos ojos 
brillaron cual si fueran dos ascuas de fuego. 

— ¿Para que se te escape otra vez? 

— Pierda cudiao su merced, que antes se me escaparla el 
alma del cuerpo. 

—Bien, lo primero es que esté en nuestro poder — replicó 
Simón. 

— Dices que uno de los jóvenes que en unión de los solda- 
dos y el jefe salvaron á los secuestrados, se llamaba 

— Don Ramón— contestó Langosta. 

—Bueno es saberlo, ya me figuro quién es; ¿y el otro? 

— Antonio oí que don Ramón le llamaba. 

— Procuraré informarme de quiénes son. 

— ¿Y por qué? ¿Qué falta hace eso? 

—Siempre es bueno saber de quien hay que guardarse. 

— Verdad es— contestó Simón. 

— Puesto que nada hacemos aquí, vamos fuera — replicó 
don Tadeo. 

— En marcha, pues— dijo Simón. 

— Y esto ¿quién lo paga?— exclamó Langosta señalando los 
restos de la comida de los bandidos. 

— Toma, hombre, no parece sino que no nos hayas de ver 
más. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 169 

Simón entregó á Langosta algunas monedas de plata. 

—Está bien, pero 

—¿Qué se te ocurre? 

—Preguntar á don Tadeo si le vendria bien arreglar nues- 
tra cuenta. 

—No tengo tiempo para eso, ahora— repuso de mal talante 
el viejo. 

— Mire su mercé, el caso es que yo 

—¿Tienes acaso desconfianza? 

— No, pero 

—¿Pero qué? 

—Hay muertes repentinas, y en ese caso ¿á quién recla- 
maba? 

—Más perderla yo si eso sucedía. 

—Creo que 

—Te he dicho que ahora no puede ser, déjate ver mañana 
conmigo. 

—Es que á mí no me conviene dejar la casa sola, porque 
mis parroquianos 

—Pues si no puedes ir á Madrid, peor para tí— dijo don Ta- 
deo un tanto amoscado. 

— ¡Vaya que está gueno estol 

—Ya te traeré yo el dinero— dijo Simón. 

—¿Me das tu palabra? 

— Sí, hombre. 

—Corriente, ya estoy más conforme, porque tú has cum- 
plido siempre. 

Tadeo, Simón y sus compañeros salieron de la venta y em- 
prendieron la caminata hacia Madrid. 

—¡Vaya un tuno marrullero y desconfiado!— exclamó don 
Tadeo. 

—No hay que hacerle caso. 

—En castigo debería no acabarle de pagar. 

— No hagáis eso. 

TOMO II. 22 



170 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

— ¿Por qué? 

— ¡Toma! el por qué salta á la vista. 

— No sé verlo. 

—Pues hombre, claro está que el tio Langosta, caso de no 
pagársele lo que se le debe, trataría de tomar venganza. 

— Me rio yo de lo que él pudiera hacer. 

—No le conocéis bien. 

—¿Tan temible es?— preguntó sonriendo irónicamente don 
Tadeo. 

— Más de lo que podéis figuraros. 

—Nunca lo hubiera dicho. 

—Además, podemos aun necesitarle. 

— Eso es ya otra cosa. 

— Greedme, lo mejor es quedar en paz con él. 

—Así lo haré, bien á pesar mío. 

—Seguro estoy de que no dormirá tranquilo hasta que ten- 
ga en su poder él dinero que tenéis que darle. 

—Permita Dios que cada real se le vuelva una víbora que 
le destroce. En buen berengenal nos ha metido. 

— Bien, pero comprenda su merced, que si la cosa ha pa- 
sado como él lo cuenta, no tenia otro remedio que ceder— di- 
jo Simón. 

— En fin, con lamentarnos no hemos ya de sacar nada; por 
lo tanto, lo mejor es que lo dejemos estar, y que nos ocupe- 
mos solamente de García. 

—Pero ¿por qué tanto empeño con él? 

— Porque tenemos necesidad de vengarnos, ya que otra 
cosa no podamos hacer. 

—Eso, desde luego; una buena puñalada y 

— No ; una puñalada es poco. Es menester, una vez que se 
le haya encontrado, seguirle, descubrir sus planes, destruír- 
selos, y matarle después. 

—No está mal pensado eso— repuso Simón sonriéndose. — 
¿Qué os parece, muchachos? 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 171 

—Que está muy bien pensado— dijo Bernardote. 

Entretanto habían llegado á Madrid, y don Tadeo dio á cada 
uno las instrucciones que juzgó más convenientes para el me- 
jor éxito de su plan, y todos se separaron, quedando conveni- 
dos en los puntos en que debian verse. 



CAPÍTULO XXV. 



Volvemos á encontrarnos con nuestros amigos. 



Es muy natural y justo que el lector desee saber algo de 
nuestras majas, á quienes dejamos en el momento de reco- 
brar su libertad, y deber nuestro es el procurar satisfacer en 
lo posible tal curiosidad. 

Una vez libres del poder de sus perseguidores, Paca, Dolo- 
res y Concha, renació de nuevo la alegría en sus corazones, y 
no sabemos si fué la principal causa de ello el verse en liber- 
tad ellas, ó bien el saber por sí propias que hablan salido ya 
del encierro aquellos á quienes adoraban. 

Las tres se abrazaron y besaron con infantil cariño, y en 
tanto que se procedía á la prisión del marqués Adelfi, dijo Do- 
lores por lo bajo á Paca y á Concha: 

—Ahora somos verdaderamente felices. 

—Tú y ésta sí, pero yo 

—¿Acaso no tienes también ahí á tu don Luis?— repuso 
Concha. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 



173 



—Y aun cuando así sea, ¿qué adelanto con eso? Yo le amo, 
ya lo sabéis, pero en canabio, respecto á él, no sé nada. 

—Ya se explicará, no tengas cuidado —dijo alegrennente 
Dolores. 

—Un desengaño me causaría la muerte. 

—Vaya, no pienses ahora en cosas tristes. 

— Cuando gustéis— dijo en alta voz Vicente.— ¿Vamos? 

— No deseo yo otra cosa—exclamó Lola. 

Las tres amantes parejas se pusieron en camino en direc- 
ción á la casa de Concha, que era la que estaba más cerca de 
los barrios donde á la sazón se encontraban. 

Llegados á la puerta de la casa de la maja, se detuvieron. 

— Vamos para adentro — dijo Lola. 

— Sí, hoy debe hacerse aquí un poco de tertulia— repuso 
Joselito. 

—No hallo en ello inconveniente— agregó Luis. 

Una vez en la sala, y encendida la luz, sentáronse, y dio 
principio la general conversación. 

'"" — Vamos á ver: ¿quién va á ser la que nos haga relaei^^^ 
de lo ocurrido?— preguntó Vicente. 

— Cualquiera; yo, si queréis. 

—Habla, pues, Lola. 

No se hizo ésta de rogar, y en breve hubo relatado cuanto 
había ocurrido á contar desde el instante en que el alcalde de 
casa y corte redujo á prisión á los tres amigos. 

—Por lo que veo, el señor don Tadeo es un solemne bribón. 

—Bien te lo decia yo, Joselito — dijo Concha. 

—Pues te prometo que no irá á Roma por la penitencia el 
día en que yo le eche la vista encima. 

— No vayas á comprometerte ahora, por Dios te lo pido. 

—No te alarmes, que no ha de llegar la sangre al rio tra- 
tándose de ese viejo truhán. 

— En cambio, el señor marqués Adelfi y sus dignos ami- 
gos —dijo Vicente con reconcentrada ira. 



174 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

— Déjalos en paz— contestó Lola. 

— Mucho hemos de agradecerles á Ramón y á Antonio; 
merced á su eficacia, nos vemos libres, y hemos podido lle- 
gar á tiempo de evitar vuestra perdición. 

— Razón tienes, Vicente; á ellos les debemos la felicidad de 
que ahora disfrutamos— dijo don Luis mirando amorosamen- 
te á Paca. 

— ¡Pero qué! ¿No hemos de celebrar tan fausto aconteci- 
miento?— preguntó Joselito alegremente. 

—Me parece bien tu idea— respondió Vicente. 

— ¡Pues, ea! Veréis cuan pronto estoy yo aquí de vuelta 
con alguna friolera. 

—¿No seria mejor dejarlo para otra ocasión? 

— ¿Por qué, reina mia?— dijo el torero contestando á su 
maja. 

— Porque ya es tarde. 

— Cualquier hora es buena para celebrar una fiesta. 

— Es que yo no me encuentro del todo bien — repuso Con- 
cha. 

—¿Pues qué tienes?— preguntó alarmado Joselito. 

— Nada, pero conozco que no me haria provecho tomar 
ahora nada. 

—Dejémoslo, pues, para mejor ocasión— dijo don Luis. 

— Sea así; mañana será otro dia, como decia el picaro del 
vejete que nos tenia encerrados; vaya un tunante más redo- 
mado. 

—Creo que corre peligro de morir de hambre en el mismo 
sitio que nos guardó á nosotros. 

— No lo creas, Vicente: los que le pagaban ya cuidarán de 
libertarle. 

— Esta lección hemos de procurar sea la última; vivamos 
prevenidos, porque sino el dia menos pensado tendremos 
otro disgusto, creedme. 

— Dice bien, Vicente— dijo Concha. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 175 

— Vosotras, más que nosotros habéis de andar con tiento; 
no os fiéis de nadie y aun cuando se os diga algo en nuestro 
nombre, no hagáis caso de ello. A nosotros es más difícil que 
nos sorprendan. 

— Pues yo creo, Joselito, que vosotros sois los que más ha- 
béis de temer una picardía— dijo Lola. 

— Unos y otros hemos de vivir prevenidos, ya que mila- 
grosamente hemos escapado de la red en que habíamos caído. 
Desde mañana formaremos nuestro plan de campaña, y mu- 
cho será que entre todos no hallemos medios suficientes para 
librarnos en adelante de las tramas que se urdan contra 
nosotros. 

— Hablas como un sabio, Vicente. 

— ¡Ea! vamonos ya; Concha necesita algún descanso y no- 
sotros también ; acompañadme hasta la puerta de casa é id 
después á dejar á Paca en la suya. 

— Dicho esto, Lola se levantó y los demás la imitaron. 

Despidiéronse de Concha y se ausentaron. 

Guando las majas quedaron en sus respectivas casas, los 
tres amigos celebraron una pequeña sesión en la calle. 

— El estómago me está dando voces— dijo Joselito. 

— Otro tanto hace el mío, y puesto que nuestras palomas 
descansan ya tranquilamente en sus nidos, bueno fuera que 
pensáramos en nosotros. 

— No hay más entonces que andar unos cuantos pasos más 
ó menos, y poco hemos de tardar en hallar lo necesario para 
fortalecernos. 

— Dice muy bien, don Luis. 

— Andando pues, y de ese modo podrás ponernos al cor- 
riente de lo que te ha ocurrido durante tu cautiverio y nos- 
otros te contaremos lo que nos ha acontecido. 

— Es verdad, puesto que desde que nos hemos vuelto á ver, 
casi nada hemos podido hablar respecto á nosotros. 

Pusiéronse en marcha los tres amigos. 



176 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

Al doblaren una esquina, tropezaron con cierto individuo, 
al que no conocieron, porque llevaba el rostro casi entera- 
mente cubierto con el embozo de su capa. 

El desconocido, en cuanto hubieron pasado los tres ami- 
gos, se puso recatadamente en su seguimiento, murmurando 
entre sí: 

— No creo que me hayan conocido; este traje me desfigura 
por completo, y lo que es la cara no han podido vérmela; 
bueno será seguirlos. 

El mismo hosterero que por la mañana recibió también á 
don Ramón de ia Cruz, se apresuró á servir á don Luis y á 
sus dos amigos, en cuanto entraron en su establecimiento. 

— ¡Oh! señores! cuánto bueno por esta casa! A fe que 
vuestra ausencia durante tantos dias, me tenia alarmado. 

— También nosotros hemos sentido vernos privados de 
venir aquí— contestó don Luis. 

—Se trata de que nos deis bien de cenar. 

—Pierda cuidado el señor Joselito, que ha de quedar satis- 
fecho. 

— Eso es lo que deseo. 

— Al instante quedarán sus mercedes servidos. 

—¿Está desocupado mi cuarto favorito? 

—Completamente, señor don Luis. 

— Pues vamos á él. 

Un instan te después, estaban instalados los tres amigos en 
un pequeño y decente aposento. 

Dos mozos se apresuraron á cubrir la mesa con todo lo ne- 
cesario, y no se hicieron esperar mucho los manjares. 

El hombre que habia seguido recatadamente los pasos del 
torero y sus dos compañeros, entró poco después que ellos en 
la hostería. 

—¿Tenéis— le dijo al dueño— algún cuarto cerca del que 
hayáis destinado á los tres hombres que han llegado hace 
poco? 



LOS CABALLEROS DEL AMOR; 



177 



— Le tengo. 

—¿Podré enterarme desde él, de lo que hablen esos su- 
jetos? 

—Solo los divide un tabique de madera, y á poco que le- 
vanten la voz 

—¿Supongo que seréis discreto? 

—Serlo, es el mejor medio para ganarse el sustento. 

— Guiadme, pues. 

— ¿Tomareis algo? 

—Falta me hace á la verdad. 

— ¿Qué queréis que os sirvan? 

— Una buena cena. 

El dueño del establecimiento instaló al curioso desconoci- 
do en un pequeño cuartito á espaldas de aquel en que se ha- 
llaban los tres amigos. 

— Perfectamente— dijo bajando la voz.— Haced porque se 
me sirva pronto, y bien. 

— Yo mismo he de hacerlo; con eso creo que quedareis 
complacido. 

— Está bien. 

Poco se hizo esperar el hosterero, el cual traia todo lo ne- 
cesario. 

— Está bien ; traedme de una vez las viandas que hayáis de 
servirme, y marchaos hasta que os llame. 

— Así lo haré. 

—No olvidéis ser prudente. 

—Pierda su merced cuidado. 

En cuanto nuestro hombre tuvo ante sí algunos platos con 
vianda y se vio solo, empezó á despacharse á su gusto procu- 
rando al par que comia aguzar el oído á fin de apercibir lo que 
se hablaba en el aposento contiguo. 

— ¿Qué te ha parecido nuestro relato?— preguntó Vicente á 
4on Luis. 

—Curiosísimo ; y hay en él una cosa que me sorprende. 

TOMO II. 23 



178 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

-¿Cuál es? 

—El Interés que se tomaba por vosotros el individuo que 
por salvaros quedó á su vez preso. 

Al oir esto el individuo que estaba á la escucha, prestó ma- 
yor atención, y casi puede decirse que no respiraba por no 
perder una palabra de la conversación sostenida en el cuarto 
vecino. 

Joselito fué el que contestó á don Luis, diciendo: 

— ¡Toma! Aquel hombre obraba movido por el interés. 

—Qué sé yo; en todo esto hay algo que no me gusta, aun- 
que no acierto á explicarme el verdadero motivo. 

—¿Qué podemos temer del tal individuo?— preguntó Vi- 
cente. 

— ¡Quién sabe! ¿No os llama la atención, el que apenas se 
vio libre procurara separarse de vuestro lado? 

— En efecto, el caso es algo raro— respondió Joselito. 

— Parecía lo más natural que se hubiera despedido de vos- 
otros. 

— Pues no lo ha hecho, tanto que, según te he significado 
antes al relatarte cuánto nos habia ocurrido, me sorprendió 
y no poco el ver que se habia escurrido á la callada. 

— Créeme, Vicente, ese hombre es un bribón. 

Al oir la última frase pronunciada por don Luis, el indivi- 
duo que tenia pegado el oido junto al tabique de madera, se 
rascó la nariz de un modo singular. 

—Quizá no te equivocas en tu juicio— dijo Vicente dirigién- 
dose á Luis; y éste le replicó: 

—Creo muy prudente que viváis muy sobre aviso respecto 
al tal hombre; cuando le veáis habladle amablemente, pero 
sed cautos. 

—Pierde cuidado; por mi parte así lo haré. 

—También yo— repuso Joselito. 

— Echemos, pues, el último brindis— dijo Luis llenándolos 
tres vasos. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 179 

—Por nuestra pronta y deseada felicidad. 

— Así sea — replicó Vicente. 

Una vez apurado el líquido que contenia el respectivo vaso 
de cada uno de los amigos, salieron del aposento que ocupa- 
ban; don Luis satisfizo la cuenta y los tres amigos se alejaron 
á buen paso hacia sus respectivas viviendas. 

El individuo que habia estado escuchando cuanto dijeron 
sus vecinos, seguro ya de que aquellos habían despejado el 
campo, llamó al hosterero. 

—¿Qué manda su merced? 

— Saber cuánto os debo. 

— Una friolera, señor. 

— ¿Basta con eso?— dijo dándole medio doblón de oro. 

— Basta y sobra, caballero— dijo con la mayor cortesía el 
hosterero. 

— Entonces, buenas noches. 

Sin aguardar contestación salió nuestro hombre de la hos- 
tería. 

-Casualidad ha sido el encontrarlos, y buena idea tuve al 
seguirlos; desconfian de mí; bueno es saberlo. 

Indudablemente que el discreto lector habrá sospechado 
ya desde el principio, que el curioso personaje no era otro 
que el señor García, á quien la casualidad habia puesto sobre 
el camino de nuestros amigos á las pocas horas de recobrada 
su libertad, pudiendo merced á esta circunstancia hablar me- 
jor después á Gil Pérez, según vimos en otra parte. 



CAPÍTULO XXVI. 



Donde se verá que Joselito corre un grave peligro. 



Dos dias estuvo en cama Concha, á contar desde la noche 
en que recobró su libertad. 

Desde el primer día en que se halló restablecida, acudió 
por la noche á la novena que se celebraba en San Cayetano á 
la Inmaculada Concepción. 

Como es de suponer, Joselito la acompañaba hasta la puer- 
ta de la iglesia, y allí iba á esperarla, á fin de acompañarla á 
su casa á su salida del templo. 

Tres ó cuatro dias después del restablecimiento de Concha 
y á la hora de costumbre, fué Joselito á ver á su maja, la cual 
ya se hallaba disponiéndose para salir. 

Largo rato hacia ya que los dos amartelados tórtolos esta- 
ban en agradable conversación, cuando el torero preguntó: 

— ¿Vas también hoy á San Cayetano? 

— Todos los dias, hasta que concluya la novena. 



LOS CAnALLEROS DEL AMOR. 181 

— Cuatro días te faltan aun 

—Parece que lo sientes. 

— Sentirlo no, pero deseo que termine cuanto antes, por-^ 
que se pasa nnejor el rato cuando nos reunimos con los 
amigos. 

— Poco antes de venir tú se ha ido Lola. 

— Y yo, cuando he venido, me separé de Vicente. 

—¿Quieres serme franco? 

—¿Cuándo dejo yo de serlo? 

— Hoy por lo menos. 

— No te entiendo. 

—Cuando has entrado venias pálido y convulso, y sin em- 
bargo no has querido satisfacer mi curiosidad. 

—Es que tú te has empeñado en creer que me habia pasa- 
do algo, y no me quieres creer. 

— Y no te creo. 

— Pues entonces, ¿cómo te he de convencer? 

— Diciéndome la verdad. 



¡Pero mujer!, 



—Jura por mi salud que nada te ha ocurrido. 

—¡Dios me libre! 

— ¡Hola! parece que te he pillado. 

—No quiero decir que es muy feo eso de jurar. 

—Entonces; ¿por qué lo haces otras veces? 

—Sí, es verdad, pero 

— No hay pero que valga; ¿no comprendes que no dicién- 
dome lo que te ha ocurrido, voy yo á creer que es una cosa 
muy mala? 

— Pero si no vale la pena. 

—¿Ves, cómo al fin confiesas? 

— Soy un torpe, y en mirándome tú con esos ojazos que 
Dios te ha dado, ya no sé lo que me digo ni lo que me hago. 

— Sepamos lo que ha pasado. 

— Nada absolutamente de particular; al embocar esta calle 



182 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

poco menos que tropecé de manos á boca con el impertinen- 
te de Gil Pérez, y he tenido que hacer un gran esfuerzo para 
contenerme; eso es todo. 

—Pues no eres mal tonto en preocuparte por ese necio. 

— ¿Qué quieres que te diga? cuando le veo se me vienen 
unos deseos de hacerle algún regalo, que tú no te puedes fi- 
gurar. 

— Acuérdate que me has jurado no comprometerte. 

— Pues por eso me contengo. 

— Y así debes hacerlo. 

—Después de todo, hay que confesar que merece algún 
perdón el que un hombre se prende de tí, hasta el extremo de 
volverse loco, porque eres tú mucha mujer, créeme. 

— Y tú un adulador de primera. 

— Yo digo la verdad: ¿quién no se marea viéndote? seria 
preciso no tener nada aquí dentro. 

Y Joselito se golpeó el pecho. 

— Hora es ya de que te vayas— dijo Concha, mudando re- 
pentinamente de conversación. 

-¿Ya? 

— Primero es la obligación que la devoción, y yo he de tra- 
bajar. 

—No veo la hora en que solo trabajes para mí. 

—Vaya, vete, vete —dijo Concha con el rostro encendido y 
bajando los ojos. 

— Es que te hablo con formalidad. 

—¿Sobre qué? 

— Sobre que es preciso que no se retarde el dia de nuestra 
felicidad. 

—Pero, hombre, ¿no quieres acabar de irte? 

— ¡Pues si acabo de llegar! 

— Digo, y hace más de una hora que estamos charlando 
como dos cotorras. A tu lado las horas me parecen minutos. 

—Manuela está ya acabando las faenas de la cocina, y en 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 183 

cuanto acaba se va, y ya sabes que no estando ella en casa no 
quiero que tú estés. 

—Creo que ya podías tener en mí sobrada confianza. 

— Y la tengo, pero no quiero yo ir en lenguas de nadie; me 
gusta verte y hablarte, y eso no lo dudes, pero siempre de- 
lante de la gente. Sabe Dios lo que alguna mala lengua habrá 
supuesto al ver que faltaba de casa tres dias. 

— ¡Yo que oyera hablar!.... 

— Mejor es que no hablen. 

—Dices bien. 

— ¿Vendrás para acompañarme á la novena? 

— ¿Querías tú que faltara? 

— Podrías tener algo que hacer. 

—Por tí lo dejaría todo. 

— ¿Dirás siempre lo mismo? 

— Aunque viviera mil años. 

— Allá veremos, ea; adiós. 

—Adiós, pues, y hasta luego. 



— Aquí me tienes, tan puntual como un reloj. 

Así dijo Joselito al entrar en casa de Concha á la hora con- 
venida. 

— Aguarda un momento; en seguida termino mi tarea. 

— Fea está la noche, y si no te encuentras del todo bien, te 
aconsejo que suprimas hoy la novena. 

—Me encuentro muy bien, á Dios gracias, y yendo á tu 
lado no me intimida la oscuridad. 

—Haces bien, porque para llegar á tí, sería preciso que me 
atravesaran el corazón de una puñalada. 

—¡Ave María purísima! ni en broma me gusta que di- 
gas eso. 

—¡Bah! no seas tonta. 



184 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

— No sabes tú el estremecimiento que he sentido al escu- 
charte. 

— No seas medrosa. 

— Bien, no hablemos pues más de eso. 

—Hablemos de lo que quieras. 

— ¿Has vuelto á ver á Vicente? 

—No. 

— ¿Y á don Luis? 

— Tampoco. 

— Hoy no he visto á Paca. 

—Cuando se acabe la novena podemos ir allá. 

— Veremos. 

— ¡Manuela!— dijo Concha llamando. 

—¿Qué hay?— contestó presentándose una anciana de bon- 
dadosa faz. 

—Bien, ya veo que está usted á punto. 

— ¿Y tú no te arreglas? Llegaremos tarde. 

—Al momento estoy. 

Concha se entró en otra habitación, y cortos instantes des- 
pués salia de ella completamente ataviada para salir á la 
calle. 

—¡Bendito sea ese rumbo y esa sal!— dijo Joselito al verla. 

— ¿No ve usté, seña Manela, qué loco éste? 

— Joselito está siempre alegre, y no me extraña nada de él. 

■—¿Vamos?— dijo Concha. 

— Vamos, pues. 

Manela apagó la luz del velón; después de haber encendido 
una mariposa cerró la puerta, y salió tras la enamorada pa- 
reja. 

— Bien dijiste que estaba la noche fea. 

- Sí que lo está— agregó Manuela. 

— Y húmeda sobre todo. 

—Aligeremos el paso, porque ya se habrá empezado la 
función. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 185 

— ¡Bah! ]o mismo da llegar un poco antes que después— 
dijo el torero. 

—A mí no— contestó Manuela. 

—No haga usté caso de este loco— dijo Concha. 

—A mí, á tu lado es donde me gusta llegar con puntua- 
lidad. 

—Más te valiera hacer eso cuando se trata de la Virgen. 

—Pues si tú eres mi Virgen, mi cielo y mi todo. 

—Galla, no sea cosa que Dios te castigue. 

—¿Pues en qué le ofendo? 

— En eso que dices. 

—Pues no lo entiendo. 

— Lo primero es lo primero. 

— Por eso, para mí lo primero eres tú. 

—Después de Dios. 

—Se entiende. 

—¡Vamos! calla y no digas más disparates, que ya estamos 
delante de la casa de Dios. 

—Aquí te aguardaré á la salida. 

—¿No entras? 

—No; aprovecharé el rato que tú estás en la novena, des- 
pachando cierto asunto que me interesa. 

—Procura no faltar; está la noche muy oscura, y no me 
gustaría tener que volverá casa sin tu compañía. 

—No tengas cuidado que aquí me encontrarás. 

—Pues hasta luego. 

— Adiós, alma mía. 

Concha y la señora Manuela entraron en el templo. 

Joselito se embozó, y se alejó de aquel sitio. 

A la hora poco más ó menos en que el torero calculó que 
la función religiosa estaba por concluir, volvió de nuevo al 
sitio convenido. 

Subió las gradas que conducían al templo, y recostado en 
una de las pilastras que adornaban el pórtico aguardó á que 

TOMO IL 24 



188 LOS CAP.AÍ.I.SROS DEL AMOR. 

terminase la función. Si Joselito no se hubiera hallado distraí- 
do, si hubiese observado la pilastra que estaba colocada á su 
derecha, y se hubiese fijado en un bulto que al parecer era un 
hombre que procuraba recatarse resguardándose detrás de la 
mencionada pilastra, es muy factible que hubiese recelado 
algo y se hubiese puesto sobre aviso, pero nada vio, y por con- 
siguiente, tampoco receló lo más mínimo. 

A muy poco de estar esperando el torero, terminó ia nove- 
na, y la escasa gente, que merced á lo desapacible de la noche 
habia acudido á ella, comenzó á salir del templo. 

Las últimas personas que salieron de la iglesia lo fueron 
Manuela y Concha. 

Joselito al ver á la maja, extendió en el suelo su capa, y 
junto á ella, é hincando en tierra una rodilla, exclamó: 

— ¡Bendita seas, reina de mi alma! 

En el mismo instante, Concha lanzó un grito desgarrador. 

Un hombre, el mismo que se ocultaba desde hacia rato 
tres una de las pilastras, se acercó rápida y cautelosamente 
hacia el torero y en el momento que éste hincaba en tierra la 
rodilla, sacó un puñal y le levantó para herir traidoramente 
por la espalda á Joselito. Al grito de la maja, su amante volvió 
la cabeza, y por medio de un brusco movimiento pudo evitar 
el fatal golpe que le amenazaba, y en el mismo instante el 
agresor se vio sujeto por el brazo en que sostenía el arma. 

Joselito, al reconocer á su salvador, dijo, procurando le- 
vantarse: 

— Ánimo, don Luis, que allá voy yo. 

El asesino no perdió la serenidad en aquel momento su- 
premo. 

Cambió rápidamente de mano el puñal, y antes de que na- 
die pudiera impedirlo, le hundió en el pecho de don Luis, 
quien cayó á tierra inmediatamente, exhalando un gemido de 
dolor. 

— ¡Ah, tunante!— exclamó Joselito lanzándose hacia él. 




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¡BENDITA SEAS! REINA DE MI ALMA 



LOS CABALLEROS DEL AMOR, 187 

Pero fué tan rápido todo, que á pesar de la cortísima dis- 
tancia que separaba á unos de otros, el asesino pudo escapar 
por la boca -calle inmediata. 

Al mismo tiempo, un anciano que perfectamente envuelto 
en su capa habia seguido con visible atención todos los movi- 
mientos del asesino, separóse de la pared al verle huir, y echó 
calle adelante en su seguimiento, murmurando: 

—¡Magnífico! Vaya por donde el bueno de García me ha 
quitado de en medio á don Luis. Casi, casi debia perdonarle lo 
que hizo antes por lo de ahora, pero sepamos dónde va, que 
el saber no ocupa lugar. 

Entretanto las pocas personas que se apercibieron del su- 
ceso, cuidándose más bien del herido que de perseguir al ase- 
sino, lo cual no era muy fácil, dadas las condiciones de aque- 
llos barrios, tuvieron que dejarle escapar, bien á pesar suyo. 

Joselito y Concha lanzáronse de los primeros en auxilio de 
don Luis. 

— ¡Ah, bribón! — exclamó el torero con acento en que se 
revelaba, tanto el dolor que sentía por la desdicha del caballe- 
ro, cuanto la cólera que le inspiraba el asesino. 

Este, por las palabras del viejo, en quien nuestros lectores 
habrán reconocido á don Tadeo, era García. 



CAPÍTULO XXVII, 



Cenizas de amor. 



Siguiendo el relato de otros acontecimientos, hace tiempo 
que no hemos hablado de la condesa de Santillan, después 
que hubo celebrado con su esposo la entrevista que ya cono- 
cen nuestros lectores á consecuencia de la declaración que 
Gil Pérez le hizo respecto á los amores de su esposa con don 
Luis de Guevara. 

Gomo que precisamente se trata de hechos anteriores á los 
que acabamos de referir en el último capítulo, hechos que 
van relacionados también con el caballero traidoramente he- 
rido por García, nos vemos precisados á suspender en aquel 
punto nuestra narración á fin de darlos á conocer. 

Según vimos en el capítulo en que se refirió la entrevista 
celebrada entre ambos esposos, la impresión que sintió la 
condesa fué terrible. 

En el mismo capítulo á que nos referimos nos hicimos car- 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 189 

g-0 también de la extraordinaria irritación del conde, que no 
solaniente se veia obligado á deplorar la ofensa inferida á su 
honor, sino que adeniás tenia que escuchar las frases duras 
y desdeñosas de su esposa, cuyo amor no había podido alcan- 
zar jamás. 

Durante los primeros momentos que se siguieron á la sa- 
lida de don Rodrigo de la habitación de su esposa, ésta per- 
maneció serena y altiva cual se habia mostrado durante toda 
la escena anterior. 

Mas tan luego se hubo convencido de que su esposo se ha- 
bia alejado, una trasformacion completa se verificó en ella. 

El dolor en su expresión más desgarradora se mostró en 
su rostro. 

— ¡Dios mió! ¡Dios mió!— gritó con explosión— no permitas 
que él muera y que sea yo la causa de su muerte. 

Después se dejó caer completamente abatida en un sillón, 
del cual se levantó á los pocos momentos como asaltada por 
una súbita idea. 

— Pero el conde ha dicho que iba á matarle— exclamó— es 
preciso que Luis se salve á toda costa. 

Detúvose nuevamente murmurando al cabo de algunos 
segundos: 

— Pero ¿merece acaso ese don Luis el interés que por él me 
tomo? ¿No me ha dado al olvido? ¿No está preso en las redes 
de otros amores? ¿No alimentaba otra pasión á la par que á 
mí me mentía también? ¿Por qué tomarme, pues, tanto inte- 
rés por quien ni de mí se acuerda ni es digno siquiera de mi 
amor? 

Siguióse nuevo momento de silencio á estas frases hasta 
que de súbito y en un arranque lleno de ternura y de pasión, 
dijo: 

—¿Y qué importa que él no me ame para que yo acuda á 
salvarle la vida? ¿Podría yo vivir si él muriese? 

Y tras estas palabras envolvióse la dama en un cumplido 



190 



LOS CARAl.LEKOS DEL AMOR. 



manto, cuyo velo le cubria perfectamente el rostro, y aprove- 
chándose de las sombras de la noche que habían empezado 
ya á extenderse sobre la coronada villa, descendió por una 
escalera de servicio al ancho portalón de su palacio, encon- 
trándose poco después en la calle. 

Apenas pensó en las consecuencias del paso que iba á dar. 

En su ceguedad, en la agitación que le producía la sola 
idea de llegar tarde en socorro del hombre á quien amaba, no 
pensó en el riesgo que corría encontrándose á aquellas horas 
sola y en medio de las calles de Madrid, en aquella época no 
muy seguras. 

En breve espacio salvó la distancia que le separaba de la 
casa de don Luis. 

Necesitaba llegar cuanto antes á ella. 

Y una vez que hubo llegado, lo primero que preguntó á los 
criados fué si habia ido alguien á buscarle hacia algunas 
horas. 

Guando le contestaron que nadie, respiró llena de satisfac- 
ción. 

Llegaba á tiempo todavía. 

Pero don Luis no estaba en su casa. 

Esta fué una contrariedad terrible para la dama. 

Quizás el conde se habría encontrado con él, habría seguí- 
do una explicación al encuentro, y tras la explicación tal vez 
sobrevendría un desafío. 

— Necesito ver á don Luis inmediatamente; que venga — 
dijo á los criados que la contemplaban curiosamente. 

—¿Desea esperarle su merced?— preguntó uno de ellos. 

— Sí, conducidme á su habitación. 

Los criados vacilaron. 

—¿Sabe su merced lo que ha pedido?— exclamó uno. 

— Si queréis aguardarle, podéis hacerlo en el portal. 

—Os he dicho que me conduzcáis á su habitación. 

Y tan imperioso y tan altanero fué el acento empleado por 



LOS CABALLRROS DEL AMOR. 191 

la dama al pronunciar estas palabras, que los criados no pu- 
dieron naenos de mirarse unos á otros, diciendo uno de ellos 
por fin : 

— Venid, señora; venid, si os place. 

—Guiad. 

Y doña Isabel, dirigiéndose á los criados que allí quedaban, 
les dijo : 

— Tan luego como llegue, avisad á vuestro señor que hay- 
una dama que le espera. 

Y siguió al criado, que le condujo hasta la habitación de 
su señor. 

Parte del objeto de doña Isabel estaba conseguido. 

Solo faltaba que llegase don Luis pronto, y que no se hu- 
biese encontrado antes con el conde. 

El criado la dejó sola, y una vez así, pudo entregarse en 
absoluto á sus reflexiones. 

¿Creería don Luis lo que ella le iba á decir? 

¿Se revestiría de la prudencia suficiente para evadir un 
choque con el conde? 

¿Tenia ella influencia suficiente en su corazón para man- 
darle? 

Todos estos pensamientos aumentaban su desasosiego y 
su zozobra. 

Poco tiempo llevaba en aquella situación, cuando alzándo- 
se el tapiz que cubría el hueco de la puerta, apareció en ella 
don Luis. 

Alzóse vivamente doña Isabel de su asiento, y durante bre- 
ves segundos estuvieron contemplándose. 

Turbada y confusa estaba la dama. 

Curioso é impaciente estaba el caballero, en términos, que 
no pudiendo dominar su impaciencia, y viendo que la dama 
permanecía callada, exclamó: 

— ¡Señora! 

Doña Isabel entonces, comprendiendo lo que aquella excla- 



192 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

macion significaba, dijo alzándose el velo que cubría su ros- 
tro: 

— ¿Me conocéis, caballero? 

—¡Doña Isabel!— exclamó éste dando un paso hacia ella. 
¿Vos en mi casa? ¿Qué hice yo para merecer tamaña honra? 

— No podemos perder tiempo, don Luis; asunto muy grave 
es el que aquí me trae. 

—Hablad, señora, hablad. ¿En qué puedo complaceros? 

—Salvándoos. 

El joven contempló lleno de asombro á doña Isabel. 

—¡Salvándome, habéis dicho !— exclamó. 

— Sí tal, van á venir á mataros. 

— ¿Y eso os asusta? ¿Y eso os obliga á venir á estas horas 
á mi casa? No paséis cuidado, que no tan fácilmente se deja 
matar don Luis de Guevara. 

Y el acento con que el caballero pronunció estas palabras, 
fué completamente sereno. No se advertía en él ni jactancia 
ni tampoco el deseo de hacer alarde de su destreza y valor. 

Doña Isabel sintió que se despertaba su amor con mayor 
violencia, y tal vez sus ojos anduvieron en aquellos momen- 
tos, por más esfuerzos que hizo, algo indiscretos, porque don 
Luis, que debió ver algo más de lo que quisiera en su mirada, 
no pudo menos de arrugar la frente, diciendo después: 

— Grande es el agradecimiento que vuestra acción me ins- 
pira, señora, y no puedo comprender que á tanto llegasen mis 
merecimientos; pero á la par debo también deciros que el pa- 
so que disteis esta noche ha sido asaz aventurado, y deplora- 
ría, más que el riesgo que corro, cualquier cosa que os pudie- 
ra acontecer, por insignificante que fuera. 

—Salvaos, señor don Luis, que eso es lo principal. En 
cuanto á mí, hace tiempo que hice abnegación completa de mi 
vida, de mi reposo, de mi tranquilidad, con tal de veros feliz. 

— ¡Señora!.... 

Y don Luis no supo qué contestar. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 193 

Aquella alusión á su pasado que él mismo habla destruido, 
aquella evocación de juramentos y de promesas holladas por 
él, y por él condenadas al olvido, avergonzóle, y bajó los ojos 
por no encontrarse con la reprochadora mirada de la con- 
desa. 

Esta comprendió, sin duda, lo que pasaba en el corazón de 
su amante, y sonriendo tristemente dijo: 

— No inclinéis la frente avergonzado; no habéis sido culpa- 
ble por el rápido desengaño que hacia mí sentisteis, ni yo os 
quiero hacer reproche alguno por vuestra anterior conducta, 
ni la ocasión presente es á propósito para ello. Si ante los ojos 
del conde mi esposo he perdido la honra, si tal vez en la ver- 
gonzosa participación que en vuestro corazón me disteis con 
la dama del marqués del Alcázar, ésta sabe y conoce, como de 
ello me ha dado más de una prueba, toda la violencia de un 
fuego que vos encendisteis, y que á pesar de todo aun no se 
ha extinguido, ¿qué puede ya importarme cualquier otra cosa 
que me suceda? Ha pasado tanto por mí en muy poco tiempo 
que nada puede sorprenderme ya. Greedme, don Luis; alzad la 
frente y tratad de evitar el golpe que os amenaza. 

—¿Pero de qué golpe se trata? ¿Cómo habéis podido descu- 
brir que yo esté á punto de ser víctima de un atentado? 

—Lo que me sorprende, es que no lo hayáis sido ya. Desde 
esta mañana estoy temblando por vos y vacilando entre mi 
deber y mi antiguo amor, entre el despecho y el cariño; he 
pasado horas muy crueles durante todo el dia, hasta que 
finalmente me he decidido por arrostrarlo todo. 

— No os comprendo. 

— El conde ha llegado á Madrid. 

—Acabo de saberlo en casa del conde de Lazan. 

—Pero lo que no sabéis es que ha salido de Villaviciosa 
más enterado sin duda de lo que habia entrado allí. 

— ¡Cómo! 

—El conde ya en otra ocasión supo que habíais pasado en 

TOMO II. 25 



194 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

el Pardo algunos dias, y con este motivo medió entre nos- 
otros una explicación un tanto violenta. Entonces no sabia 
quién erais, hoy por el contrario, lo sabe. 

—¿Quién puede habérselo dicho? 

— Lo ignoro, pero lo sabe y me ha manifestado su resolu- 
ción de daros la muerte. 

—Está en su derecho si se cree ofendido. 

—¿Estáis en vos?— gritó doña Isabel con explosión.— ¿Que- 
réis acaso que yo muera también? 

Iba á contestar don Luis, cuando la súbita aparición de un 
criado cortó la palabra en sus labios. 

Al verle, el caballero volvióse iracundo hacia él, dicién- 
dole : 

—¿De cuando acá se atreven mis criados á penetrar en mi 
aposento sin que yo les llame? 

— Perdone vuestra señoría— repuso humildemente el cria- 
do—pero la necesidad oblígame á ello. 

—¿Qué quieres? 

—El señor conde de Santillan acaba de llegar y solicita con 
urgencia ver á vuestra señoría, habiéndome dicho que sino 
pasaba recado sabría él penetrar hasta esta estancia. 



CAPÍTULO XXVIII 



Ama^nte j esposo. 



Sorprendido quedóse don Luis al oir el anuncio de su 
criado. 

La condesa, pálida y temblorosa llegóse á él y en voz baja, 
pero conmovida, le dijo: 

— Ya lo veis, don Luis, está ahí. 

— Y bien, señora 

— Pero es que viene decidido á mataros. 

— Será lo que él quiera y lo que Dios disponga. 

—Huid, don Luis. 

— No es mi costumbre volverle la cara al peligro; lejos de 
eso, suelo aguardarle sereno y sin temblar. 

—No desatendáis mis ruegos; huid. 

— Vos sois la que debéis salir, señora. 

-¿Yo? 

— Sí, vos. 



19o LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

Don Luis se dirigió al criado, que separado conveniente- 
men te aguardaba sus órdenes, y dijo : 

— ¡ Andrés! 

— Señor. 

— Guia á esta danaa por ahí— dijo indicando una pequeña 
puerta—hasta el zaguán, y cuando se halle fuera ya de casa,, 
puedes decirle al señor conde que le aguardo. 

—¿Desatendéis, pues, mi ruego? 

—Cumplo como debo, señora. 

Nada más dijo la condesa, y siguió á Andrés, que la aguar- 
daba junto á la puerta que su señor le habia indicado. 

A muy poco rato apareció delante de don Luis el señor 
conde de Santillan. 

— Regocijóme, señor conde, deque hayáis recobrado vues- 
tra libertad, y agradezco en el alma vuestra visita. 

—Os doy gracias por lo primero; respecto alo segundo, no 
sé hasta qué punto podáis, después de haberme oido lo que 
tengo que deciros, agradecerme la molestia que puede pro- 
porcionaros mi presencia. 

El conde llegó á casa de don Luis de noche, y muchas ho- 
ras después de haber salido de la casa de Gil Pérez, y procuró 
durante este intervalo, dominar cuanto le fuera dable su agi- 
tación, pues no quería, al presentarse á don Luis, hacerlo de 
un modo inconveniente; así, pues, tranquilo en apariencia, 
procuró presentarse delante de su rival. 

Don Luis contestó cortesmente á las palabras del conde. 

— Vuestra presencia me es siempre sumamente agradable. 

—No diré que algún tiempo atrás dejara de ser como ase- 
guráis; pero al presente, permitidme que lo dude. 

—Hoy como ayer, os lo aseguro. 

— Pues si es así, verdaderamente tenéis un modo bien raro 
de probar vuestro cariño. 

—No comprendo la razón. 

— Eso es más extraño todavía. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 197 

; —Confieso mi torpeza. 

—En ese caso, puesto que no queréis entenderme 

—No es que no quiero, es que realmente no os entiendo. 

—Entonces— dijo el conde con tembloroso acento— si tenéis 
á bien escucharme, procuraré hacerme comprender. 

— Me tenéis enteramente á vuestra disposición. 

—Es el caso, y vos lo sabéis, que yo tengo una esposa, á 
quien amo, á quien amé— se apresuró á decir el conde, en- 
mendándose á sí mismo. 

— Muy digna la creo de lo primero; en cuanto á lo segun- 
do, no me lo explico. 

— ¿No os lo explicáis?— repuso el conde palideciendo. 

— Debo advertir al señor conde, que no acostumbro mentir. 

— No digo yo tanto; pero hay ocasiones en que se hace for- 
zoso el disimulo. 

— Podrá ser así; pero no creo hallarme yo ahora en uno de 
esos casos. 

—Perdonadme; no lo creia yo así. 

—Pues es como os lo digo, ni más ni menos. 

El conde, que se hacia gran violencia, á fin de acallar su 
enojo, contestó: 

-Continúo, pues, mi relato. 

— Continuad. 

—Esa mujer, á quien os he dicho que amaba y que llevaba 
mi nombre, lo ha mancillado. 

— ¡Señor conde!.... 

—Sin tener en cuenta— dijo éste no atendiendo á don Luis— 
lo que se debe á sí propia, al lustre de su cuna y á la honra 
de mi linaje, olvidándose de todo, haciendo de todo caso omi- 
so, se ha entregado por completo en brazos de un amante. 
¿Comprendéis bien cuál sea la horrible situación en que me 
hallo? 

—Comprendo que á no estar ofuscado 

— ¡Ofuscado! desgraciadamente no lo estoy. 



198 LOS CABALLKP.OS DEL AMOP. 

—Las apariencias, muchas veces, señor conde, suelen en- 
gañarnos lastimosamente. 

—No son apariencias, sino tristes realidades las que de- 
ploro. 

—¿Tan seguro creéis estar de vuestra desgracia? 

—Tanto, que no cabe ya más seguridad. 

—Doña Isabel pasa por ser un modelo de virtud, y no hay 
libertino en la corte que pronuncie sin el respeto debido su 
nombre. 

— Alguno de esos libertinos á quines aludís, se propuso in- 
dudablemente vencer la inexpugnable fortaleza, y al fin lo ha 
conseguido. 

El conde iba acalorándose por grados; don Luis presentía 
que el desenlace de la escena seria funesto para uno de am- 
bos; pero, caballero ante todo, procuraba hallar medios de 
poner á cubierto de los furores del conde á doña Isabel. 

—Algún necio, que tratando de vengarse de los desdenes 
de doña Isabel, la habrá calumniado; eso será todo. 

—Pues no es eso todo; habéis de saber, que antes de que 
se me condujese preso al castillo de Villaviciosa, tuve una 
entrevista con aquel á quien se me había indicado como fa- 
vorecido amante de la perjura esposa; cuanto aquel me dijo 
para sincerarse, fué desechado por mí, y me obstiné en que 
midiese sus armas con las mías; á consecuencia de mi injus- 
tificado arresto, no pudo verificarse el lance; pero en cuanto 
me vi de nuevo en libertad, fuíme de nuevo en busca del que 
yo juzgaba afortunado seductor; esto ha sido hoy. 

—Y al fin 

— Al fin se ha justificado. 

—En ese caso 

—Sí, en ese caso no es aquél, sino otro el que me ha ofen- 
dido. Gil Pérez me ha nombrado al hombre causa de todos 
mis males, y ¿sabéis vos quién es ese hombre? ¿No lo imagi- 
náis siquiera, señor don Luis? 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 199 

— Empiezo á comprender 

— ¿Comprendéis la amargura del hombre que á par de la 
infamia de la esposa se ve en el horrible caso de deplorar 
el engaño del amigo? ¿Comprendéis si hay razón bastante para 
que el hombre tan cruelmente ofendido se presente ante su 
ofensor, y le diga, don Luis, uno de los dos estamos de más 
en el mundo? 

El conde dijo las últimas palabras poniéndose de pié y 
aproximándose á don Luis; éste que esperaba ya una cosa pa- 
recida, le dijo tranquilamente: 

— Según eso, creéis que yo soy 

—El amante de doña Isabel de Zúñiga— repuso con ronco 
acento el conde. 

—Empiezo por deciros que no he de negarme yo, si en ello 
persistís, en cruzar mi espada con la vuestra; pero deseo an- 
tes que me escuchéis. 

—Inútil ha de ser que procuréis convencerme. 

—No trato de excusar el lance, ni vos podéis pensar eso 
de mí. 

— En ese caso, hablad. 

— ¿Solo por el dicho del señor Gil Pérez dais por seguro 
que yo os haya ofendido tan gravemente? 

—Tengo además otras razones. 

—No trataré de ocultaros que hubo un tiempo en que amé 
ó creí amar á doña Isabel. 

— Al fin nos iremos entendiendo. 

-—¿El que yo la amase, puede en ningún caso probar que 
fuese correspondido? Galanteé á la señora condesa, pero ésta, 
digna y severa, recibió como debia mis importunos galan- 
teos. 

—Obligación es de todo caballero no confesar los favores 
con que le distingue una dama, y vos, preciso es confesarlo, 
cumplís fielmente tal precepto. 

—Cumplo con mi conciencia, eso es todo. 



200 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

—¿Y si yo OS dijera que tengo datos que corroboran lo di- 
cho por Gil Pérez? 

—No podéis tener ninguno que comprometa el decoro de 
vuestra esposa. 

—Os engañáis. 

—¿Que me engaño? 

—Sí. 

—¿Cuál es el dato? 

—Uno muy sencillo; preguntaros quién os cuidó y asistió 
en mi quinta del Pardo. 



CAPITULO XXIX. 



Continuación del anterior. 



Por más que se sorprendió y no poco don Luis al oir las 
últimas palabras pronunciadas por el conde, no se descon- 
certó por eso, y sin manifestar la más mínima alteración, con- 
testó : 

—Eso es verdad; tengo que agradecer á la señora condesa 
las más delicadas atenciones; fui herido en el Real Sitio á con- 
secuencia de una reyerta que sostuve con varios monteros, y 
á no dar para mí la feliz casualidad de que acertara á pasar 
por el sitio en donde caí bañado en mi sangre nuestra espo- 
sa, quizá no hubiera yo conservado la vida; fui en efecto 
trasportado á vuestra quinta y atendido con el mayor esmero. 

—¿Cómo no habíais de serlo, siendo el afortunado galán de 
la propietaria de la quinta? 

—A su caridad y no á su amor debí mi salvación. 

—Muy obcecado estáis. 

TOMO II. 26 



202 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

— Convencido, queréis decir. 

~Ni el dicho de Gil Pérez, ni mi estancia en vuestra quin- 
ta del Pardo, pueden dar tal convencimiento. 

— Mucho menos es necesario. 

—Será como vos queráis, pero cuando se tiene una esposa 
como la vuestra, no debe dudarse de su fidelidad con tanta 
ligereza. 

—Es que yo no dudo; empecé por ahí y hoy hoy no me 

cabe ya duda de mi infortunio. 

—¿Puede ser culpable vuestra esposa de que yo la haya 
amado? 

—No, pero sí lo es en amaros. 

— A ser cierto, razón tuvierais. Comprendo que queráis ba- 
tiros conmigo por solo el hecho de haberla yo en otro tiempo 
galanteado; pronto estoy á complaceros, pero no comprendo 
que podáis mostraros quejoso de ella. 

— ¿Persistís en que no es vuestra amante? 

—Ni sus labios han pronunciado jamás para mí frase que 
me diera derecho á concebir esperanzas, ni mucho menos me 
ha concedido el más ligero favor en mengua de su decoro. 

—Es inconcebible, pues, que ella diga lo contrario. 

— I Ella! — dijo admirado don Luis. 

—Sí; no ha negado que os ama. ¿Podréis explicarme esta 
contrariedad? 

—De una manera tan solo. 

— Bastante difícil lo juzgo. 

—Ofendida vuestra esposa de que hayáis puesto en duda 
su honor, indignada por vuestras acusaciones, quizá en un 
arranque de exasperación haya podido deciros cosa seme- 
jante. 

—Dijo lo que sentía. 

— En vuestro estado actual así lo creéis, no lo dudo; pero 
estad seguro de que no existe lo que os imagináis. 

—Don Luis, debéis comprender que á mi edad no se juzga 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 203 

con tanto ligereza, y cuando se ama como yo he amado, es ne- 
cesario estar íntimamente convencido del delito para decidir- 
se á obrar cual yo lo hago. Si la suerte os es contraria, si por 
mi desgracia sobrevivo al duelo que irremediablemente ha de 
tener lugar entre nosotros dos, la infiel esposa recibirá el 
condigno castigo á que se ha hecho acreedora. 

—He ahí lo que yo deploro. * 

—Lo comprendo así. 

—A tener yo la convicción de que habia de bastaros con 
mi sangre, creed que no os la escatimaría. 

—El favorecido de tan gallarda dama bien puede mostrar- 
se generoso. 

—Mal interpretáis mi sentimiento. 

— Hago justicia. 

—Infiriendo una ofensa á quien no la merece. 

—Es difícil que nos entendamos sobre ese punto. 

—Porque no queréis pesar bien las razones que os he dado. 

— Cuando el convencimiento moral de un hecho se arraiga 
en ej alma, ¿quién es capaz de arrancarle de allí? 

— El criterio. 

—Convengo, pues, en que el mió está embotado. 

—Embotado no, pero sí alucinado. 

—Puede que así sea, pero esto no quita que yo vea el asun- 
to á mi manera; en negocios de honra soy bastante meticu- 
loso. 

— Otro tanto me sucede á mí. 

— En ese caso debéis comprender que deseo nos entenda- 
mos de una vez y terminemos cuanto antes. 

—Estoy á vuestras órdenes, siempre que me ofrezcáis una 
cosa. 

-¿Yes?.... 

—Que os deis por satisfecho con el resultado de nuestro 
duelo. 

—¿Cómo? 



204 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

—Que no pretendáis después vengar en vuestra esposa 
ofensas que no existen. 

—Eso es cuenta mia. 

— Y también mia. 

—i Vuestra!— dijo el conde en el colmo de su admiración. 

—Sí, mia; porque yo no puedo permitir que las faltas que 
yo haya podido cometer las pague un inocente. 

— ¿Y creéis que yo haya de permitiros que seáis mi juez? 

—No es tal mi pretensión. 

—Os lo repito, procederé como mejor me cuadre, y ya os 
he significado antes que no pienso dejar sin el condigno cas- 
tigo á la esposa adúltera. 

— ¿No os arredra el temor de ser injusto? 

— Obraré según mi conciencia, y eso me basta. 

— Por más que sienta ser molesto, habéis de permitirme 
que insista en tratar de probaros que sois víctima de una fa- 
tal alucinación. 

—Debéis comprender que estoy violento teniendo que dis- 
cutir un asunto como el que aquí debatimos; el rubor enciende 
mi semblante; sin embargo, no podréis decir que no haya por 
mi parte procurado mantenerme en los límites de la mayor 
prudencia. 

—Ni vos podréis negar mi comedimiento. 

—Conforme; pero eso no quita el que yo tenga que hacer- 
me gran violencia al tratar del para mí triste asunto que aquí 
me ha traído. 

—¿Y qué culpa tengo yo, ni qué culpa tiene vuestra esposa 
de que vos no queráis prestar oídos á la razón ? 

— Don Luis, os suplico que no persistáis en tratar de con- 
vencerme; cuantos argumentos empleéis para ello serán com- 
pletamente inútiles, estoy enteramente resuelto á matar ó 
morir. 

— No trato yo de haceros desistir de ese proyecto. 

—Entonces quiere decir que estamos completamente con- 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 205 

formes; dignaos nombrar las personas que deban entenderse 
con las que yo elija. 

—Respecto á eso, mi opinión seria que ventiláramos á so- 
las el lance. 

—Gomo gustéis. 

— No hay necesidad de hacer partícipe á nadie del motivo 
que alegáis para batiros conmigo. 

— Eso me agrada, y no puedo menos de agradecéroslo. 

—El lance tendrá lugar cuando vos lo juzguéis oportuno, 
pero antes debo deciros, para que veáis cuan lejos estoy délo 
que vos suponéis, que yo amo, y amo con delirio á una mujer 
que me corresponde y que no es ciertamente la señora con- 
desa. 

Al terminar don Luis su peroración, se oyó un ligero ruido 
que la puerta de escape hizo al girar sobre sus goznes. Los 
dos adversarios dirigieron instintivamente la mirada hacia 
aquel sitio, y juzgúese cuál seria la sorpresa de ambos al ver 
aparecer á la señora condesa de Santillan. 



CAPÍTULO XXX. 



Terceto de amor y celos. 



Más que confundido, atónito se quedó don Luis con tan in- 
esperada aparición. 

El conde, trémulo de ira, no acertaba á despegar los la- 
bios. 

Doña Isabel, grave y severa, se adelantó hacia el sitio 
donde se hallaba su esposo. 

—Y bien, caballero, ¿qué decís á esto? ¿negareis todavía?.... 

—En verdad, señor conde, que no acierto á explicarme 

—Eso lo haré yo, con la venia de ambos— dijo doña Isabel. 

—¿Intentareis acaso justificaros?— preguntó el conde casi 
fuera de sí. 

—Intentaré decir la verdad. 

— Nunca creyera llegase á tanto vuestro cinismo. 

—Señor conde, oidme y luego juzgareis. 

—Hay para volverse loco— repuso el conde con desespera- 
do acento. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR, 207 

— He venido á esta casa con objeto de impedir se lleve á 
efecto ese duelo que proyectáis, y que es más injusto que 
digno. 

—¡Señora!.... 

—Dejadme continuar. 

—¿Creeréis que tenga calma suficiente para oiros? 

— Así lo espero, por lo menos. 

—Mucho fiáis en mi paciencia. 

—Repito que al venir no tenia otro objeto que el de evitar 
el desafío, y habréis de convenir en que os mostrabais injus- 
to, cuando me hayáis escuchado. 

— ¿A tanto os obliga el temor que tenéis por vuestro 
amante? 

—No trato de negaros que he amado á don Luis, pero 
¿quiere decir esto que haya faltado á mis deberes? De mi co- 
razón podia disponer libremente, porque así os lo advertí des- 
de que á consecuencia de una felonía, me obligasteis á acep- 
taros por esposo; de mi honor ni he dispuesto, ni he pensado 
en disponer, y esto es cuanto podéis exigirme. Ya lo habéis 
oido, el mismo don Luis os ha asegurado amar apasionada- 
mente á otra mujer; vuestro nombre no ha padecido menos- 
cabo, ¿de qué os quejáis? 

— No habíais vos de asegurar lo contrario. 

—Callaría cuando me acusarais, y no me atrevería á de- 
fenderme. 

—De todos modos yo necesito una reparación. 

—¿De qué, y por qué? Abiertos hoy mis ojos á la luz— dijo 
intencionada y tristemente doña Isabel— debo á mi vez tratar 
de que vos reconozcáis vuestra injusticia con el debido tiempo. 

—¿Según vos, todo queda ya olvidado?— repuso el conde 
con amarga ironía. 

— Á menos que fuerais un insensato, eso debo esperar. 

—Pues esperáis muy mal; ese duelo se efectuará. 

—¿Seréis capaz de insistir? 



208 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

—El señor conde sabe—dijo gravemente Luis— que me tie- 
ne á su disposición ; me basta con que reconozca que su es- 
posa no es culpable. 

—¿No es culpable, decís, y confiesa ella misma....? 

—Que no os amo— se apresuró á decir doña Isabel— que he 
amado á otro, esto es lo que me habéis obligado á confesar. 
Vos no tenéis derecho á exigirme amor, ni tenéis poder para 
impedir que mi corazón se interese por otro. 

— En el mero hecho de confesar esa pasión, me inferís un 
agravio. 

—Me habéis precisado á hablar; he dicho que amé, sin 
ofender vuestro decoro ni el mió; hoy no amo ya, si así no 
fuera, me arrancaría yo misma el corazón que late muerto 
para el amor dentro mi pecho. 

— ¿De modo, que intentáis....? 

—Que procedáis cuerdamente, que no entreguéis vuestro 
nombre á la maledicencia pública y que no llenéis de dolor á 
la mujer á quien don Luis ama. 

— ¿Acaso no puede serme funesto á mí el lance? 

— ¿Y á qué fin provocarlo? 

— A fin de ver si pongo término al infierno de mi vida. 

— Soportad í:on resignación el peso de vuestra cruz; la feli- 
cidad ha muerto para nosotros dos, y ya que yo inocente su- 
fro por culpa vuestra, no pretendáis hacer nuevas víctimas. 

Don Luis presenciaba silencioso la escena que tenia lugar 
entre los esposos, y compadecía con todo su corazón el dolor 
de ambos. 

Los pensamientos del conde vagaban en un mar de confu- 
siones y no acertaba á decidirse de un modo concreto. 

La conciencia le argüía: 

¿Cómo pedirle cuentas á la mujer que no había deshonra- 
do su nombre, solo porque amaba á otro hombre, cuando des- 
de el punto y hora en que á ella se enlazó quedó advertido de 
tal peligro? 



I os CABALl áROS DEL AMOR. 209 

Saliendo por fin de su silencio, dijo con aparente calma: 

— ¿Qué exigís, pues, de mí, señora? 

—En primer lugar que renunciéis á batiros. 

—¿Y después?— repuso con cierta amarga ironía el conde. 

— Que me acompañéis. 

—¿Dónde? 

—Donde únicamente debo y puedo yo vivir en adelante. 

-¿Y es?... 

—En un convento. 

— ¿Pensáis, pues, encerraros? 

— Pienso retirarme del mundo. 

— Muy sensata es vuestra determinación; pero si la con- 
ciencia no os remuerde, si no habéis faltado á ninguno de 
vuestros deberes, ¿por qué os imponéis vos misma el castigo? 

—¿Creéis que después de las escenas que han tenido lugar 
entre vos y yo, me sea dable continuar viviendo en vuestra 
compañía? 

—No he dado yo lugar á esas escenas. 

—Sea quien quiera el culpable, han tenido efecto ; por lo 
tanto, se hace ya imposible que vivamos bajo un mismo 
techo. 

—Tenéis razón, señora — replicó el conde con amargura, 
dirigiendo una mirada de odio á don Luis. 

Doña Isabel sorprendió esta acción, y dijo con severo 
acento : 

—Creo que no intentareis cosa alguna que pueda refluir 
en menoscabo de mi honor. Os he manifestado ya mi última 
determinación; es cuanto tenia que deciros. 



TOMO II. 27 



CAPÍTULO XXXI. 



Donde se ve que la, casualidad se pone también algunas veces- 
ai lado del crimen. 



Profunda sorpresa causaron en las personas allí reunidas 
las palabras pronunciadas por la condesa. 

Lo que menos podian inaaginarse ni su esposo ni don Luis,, 
era que tomase aquella extraña determinación. 

—Pero ¿estáis en vos, señora?— exclamó el conde al cabo de 
algunos segundos de silencio. 

— Paréceme, caballero— repuso doña Isabel— que es la me- 
jor determinación que he podido tomar la que acabo de 
anunciaros. 

—Pero reparad, señora, que soy vuestro esposo, y yo quien 
debe daros el permiso para lo que deseáis. 

— Por vuestro propio bien, por vuestra misma tranquilidad 
y sobre todo porque es mi único deseo, porque así es mi vo- 
luntad, si así queréis que me exprese, debéis acceder á ello. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 211 

Y la incontrastable energía, la violencia de carácter de la 
noble dama vibró de tal manera en sus palabras, que el conde, 
acostumbrado á ceder ante la firmeza de aquel carácter, in- 
clinó la cabeza más bien dominado que convencido. 

Luis á su vez dio un paso hacia doña Isabel. 

—Señora— la dijo— el señor conde tiene razón; mas sobre 
el derecho que respecto á vos tiene, existe otra razón que me 
parece debo someter á vuestra consideración. Vuestra juven- 
tud, vuestra belleza ¿son dignas acaso de que vayan á confun- 
dirse y á marchitarse en el claustro?.... 

— Señor don Luis — dijo la dama con acento cuyo verdadero 
valor no pudo menos de apreciar el caballero— cuando la es- 
peranza se pierde sobre la tierra, necesario es que fijemos los 
ojos en el cielo. 

— ¡Oh I vuestro amor, vuestro maldito amor!— exclamó el 
conde con acento desesperado. 

— Dueño sois, señor conde— repuso vivamente la dama — de 
tomar mi vida si creéis que en ella exista una mancha que 
pueda empañar el lustre de vuestro honor; pero no tenéis de- 
recho alguno para motejarme ni para censurar un sentimien- 
to que la desgracia hizo no pudiese abrigar respecto á vos. 

— ¡Señora! 

—En cuanto á vos, don Luis, cábeme la satisfacción al sa- 
lir de esta casa donde por primera vez he entrado, de haber 
conseguido evitar una desgracia, que vencedor ó vencido el 
uno ó el otro, hubiera sido para mí completamente irrepa- 
rable. 

—Puedo aseguraros, doña Isabel, que sois la dama más 
digna de consideración y respeto que hay en la corte. 

—Poco es lo que me decís, y mucho al mismo tiempo lo 
que me lisonjeáis. 

Don Luis comprendió perfectamente el sentido de aquellas 
palabras. 

Inclinó la frente y permaneció silencioso. 



212 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

El conde que con irritados ojos escuchaba las frases cam- 
biadas entre doña Isabel y su rival, no pudo contenerse por 
más tiempo, y dijo bruscamente dirigiéndose á su esposa: 

—Salgamos de aquí, señora; salgamos. 

— ¿Estáis en vos? debo yo preguntaros ahora— dijo la con- 
desa— ¿si conseguí entrar aquí dentro sin ser conocida, tra- 
táis de ser vos mismo el pregonero de lo que podría ofenderos? 

— i Pero ! ¿ tratáis de ultrajarme más quedándoos aquí? — 
gritó el conde con acento desesperado. 

— ¡Señor conde!— dijo don Luis. 

—No es á vos á quien me dirijo— repuso el deSantillan con 
aspereza. 

—Pero indirectamente me ofendéis. 

— Habeisme ofendido á mí mucho más, y sin embargo, por 
amor y respeto á esa dama, que es mi esposa, me domino y 
nada os digo. Tratad de hacer vos lo mismo. 

— Señor don Luis— repuso doña Isabel con acento severo — 
cesad de hablarme, si os place, porque realmente vos soi& 
quien menos derechos tiene para ello. En cuanto á vos, señor 
conde— prosiguió la dama dirigiéndose á su esposo— como no 
me dejasteis explicar, juzgasteis mal de mi intención, y esto 
no arguye mucho que digamos en favor vuestro. 

— ¿Pero no comprendéis lo que estoy sufriendo? ¿No com- 
prendéis que únicamente por esta vergonzosa debilidad que 
respecto á vos experimento, por esta pasiva obediencia á que 
mi desventurado amor me conduce, estoy en este sitio y na 
he dado ya la muerte al que ha sido más dichoso que yo? 
¿Cómo queréis que pueda consentir en dejaros aquí? 

—Os he prohibido que habléis más de muerte; no quiero 
llevar sobre mi conciencia la sangre de ninguno de los dos, 
máxime cuando no es la mancha de mi honra de aquellas que 
puedan llevar la vergüenza sobre vuestra frente. Harto os dije 
al daros mi mano, que me reservaba la libertad de mi cora- 
zón: no he sido vuestra, pero de nadie he sido tampoco. Mi 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 213 

corazón era mió, y de él dispuse libremente; por lo tanto, pon- 
gamos término ya á esta discusión, y pues sola entré en esta 
casa, dejadme que salga sola también. 

—Permitidme que os acompañe. 

— Acompañadme de lejos si os place, pero no que los cria- 
dos de don Luis puedan sospechar al veros á mi lado que es 
vuestra esposa la persona á quien habéis venido á sorprender 
en esta casa. 

Las razones de doña Isabel no dejaban de tener fuerza. 

Realmente los criados podían sospechar, y estas sospechas 
habían de herir el mismo decoro del conde. 

— Está bien, señora, obrad como mejor os plazca. 

—Os he anunciado mi resolución de retirarme á un con- 
vento, y pues lo avanzado de la hora impide que hoy lo haga, 
mañana para tranquilidad vuestra, y quizás para reposo mio^ 
abandonaré mi casa y os haré conocer mi última voluntad. 

—Pero 

— Basta, os dije. Ya sabéis que mi resolución no suele que- 
brantarse con frecuencia, y en esta ocasión menos que en 
otras, i Adiós, don Luís, sed feliz con la mujer á quien amáis: 
este es mí único deseo! 

—¡Oh, señora!— exclamó el caballero con acento conmo- 
vido. 

—Vos mismo lo dijisteis hace poco, y me felicito y os feli- 
cito al mismo tiempo de que hayáis encontrado la felicidad 
apetecida, felicidad que no siempre se encuentra en el mun- 
do. Ahora llamad á un criado para que me conduzca hasta la 
puerta de esta casa. 

Y doña Isabel cubrióse el rostro con el velo de su manto^ 
adoptando tal actitud, é imprimiendo á su acento tal fuer- 
za de autoridad, que el joven no tuvo otro remedio que obe- 
decer. 

Estaba dominado. 

Doña Isabel habíase acrecido de tal manera durante aque- 



214 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

lia escena, tan dueña se había hecho de la situación, digámos- 
lo así, que lo mismo el conde que don Luis apenas podían 
hacer más que callar y obedecer á aquella enérgica voluntad. 

Momentos después, la dama guiada por un criado salía de 
casa de don Luis. 

Su esposo lanzóse en seguimiento suyo tan luego como la 
supuso en la calle; pero antes de salir del aposento, dijo á su 
rival: 

—Supongo, caballero, que después de todo lo ocurrido, á 
pesar de las explicaciones mediadas, somos enemigos irre- 
conciliables. 

—Gomo gustéis, señor conde. Siempre tendré la honra de 
estar á vuestras órdenes. 

Y tras estas palabras, el esposo de doña Isabel abandonó 
la estancia. 

Una vez solo el caballero, no pudo menos de murmurar: 

— ¡Pobre doña Isabel! ¡funesto le ha sido mi amor! Pero, 
¿acaso ha estado en mí mano el evitar lo sucedido? ¿Podía yo 
prever que llegase un día en que mi corazón se inclinase ha- 
cia un objeto determinado, único, al cual realmente estoy se- 
guro que amo? Comprendo todo lo doloroso que para la 
condesa ha de ser lo que sucede; pero, ¿acaso no vale más mi 
franqueza, por triste que serle pueda, que no estarla engañan- 
do con un amor mentido? ¡Lástima de juventud y de hermo- 
sura, destinadas á marchitarse en el interior de un claustro! 
¿Pero será posible que el amor de la condesa pueda conducir- 
la á semejante extremo? 

Don Luis quedóse pensativo al hacerse semejante pregun- 
ta, y durante algunos segundos estuvo paseándose por la es- 
tancia visiblemente agitado. 

De pronto, exclamó: 

— ¿Y por qué la desesperación no puede conducir á seme- 
jante extremo? ¿Acaso sí el amor de Paca llegase á faltarme 
podría yo vivir? No, todavía no me he atrevido á interrogarla 




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D . LUIS DE GUEVARA 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 215 

directamente; sin embargo, paréceme adivinar que en su co- 
razón existe el mismo amor que yo ambiciono; pero si esta 
esperanza no me alentase, si en perspectiva no viera la felici- 
dad con ese cariño, más todavía que doña Isabel seria yo ca- 
paz de hacer. 

Don Luis no habla ido á su casa en aquellos momentos 
masque para cambiar de traje, y volver á salir inmediata- 
mente. 

Era precisamente la hora en que acostumbraba visitar á 
Paca. 

En casa de ésta solían reunirse las tres jóvenes, y desde 
allí solían algunas noches dirigirse, bien á la botillería de Ca- 
nosa, bien á un baile para el cual hubiesen sido previamente 
invitadas. 

—Necesario es que esta noche tenga una explicación con 
Paca— decía Luís á la par que cambiaba de traje, como ya he- 
mos dicho— quizás la encuentre sola, cuando yo vaya, y de 
este modo podré hablarla con más libertad. 

Y se apresuró á vestirse, saliendo de su casa precipitada- 
mente. 

Para llegar más pronto á la casa de su amada, ocurriósele 
cruzar la calle de Embajadores, pasando por delante de San 
Cayetano en el instante mismo en que Joselito tendía su capa 
en el suelo, y pronunciaba las frases que ya conocen nues- 
tros lectores. 

El sonido de la voz del torero al dirigir á su amada el re- 
quiebro que debemos recordar, llamó poderosamente la aten- 
ción de Luis, quien hubo de fijarse detenidamente en el grupo 
formado por aquellos personajes. 

Entonces se apercibió de la figura de García, medio oculta 
por una de las columnas que hay en la puerta. 

Y vio su acción cuando levantó el puñal, y se le echó enci- 
ma sin calcular las consecuencias que podía tener su acción. 



CAPÍTULO XXXII. 



De qué nmnera, pueden enredarse las cosas. 



Eran las siete de la mañana. 

Don Tadeo, que la noche anterior habia corrido como un 
desesperado siguiendo á García, el cual caminaba más de pri- 
sa que el más ligero galgo por ponerse á salvo de la justicia, 
se hallaba aun en cama durmiendo como un bendito. 

Simón penetró en la habitación del viejecilJo, abrió los 
postigos de la ventana, y al inundarse de claridad el cuarto, 
don Tadeo despertó sobresaltado. 

— ¡Eh! ¿quién anda ahí? 

— Soy yo— dijo Simón. 

— Pues ¿qué hora es? 

—Las siete bien dadas. 

—¡Demonio! he dormido más de lo regular; ya se ve, ano- 
che di una carrera capaz de reventar á un caballo. 

—¿Pues y eso? 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 



217 



—¡Caprichos!— contestó don Tadeo lanzándose fuera del 
lecho, y vistiéndose apresuradamente. 
—Alguna pista seguiríais. 

—Sí; me propuse seguirle los pasos aun amigo nuestro. 
—¿Amigo? 
—¡Vaya! ¡y tanto! 

—¿Por qué, pues, no os acercasteis á él, y de ese modo qui- 
zá no os hubierais fatigado? 

—No sé si hubiera sido muy del gusto del citado amigo el 
verme junto á él; además, es el tal muy dado á bromas y te- 
mí no me jugara alguna pesada. 
—¿De quién se trata, pues? 
—¿No calculas....? 

—No, no caigo 

—¡García, hombre, García!— dijo riéndose con aire zumbón 
don Tadeo. 

— ¡Pillastre! ¿y por fin supisteis á donde iba? 
—No; se me escurrió después de haberme hecho andar 
media hora. 

— Pues yo haré lo posible para que no se me escape; no 
estaré tranquilo hasta que le tenga en mi poder, porque, ha- 
blando francamente, le temo. 

— ¡Bah! por ahora puedes dormir tranquilo. 
—¿Habéis cambiado de parecer? 
—No. 

—Pues entonces, no me explico esa calma, tratándose de 
un hombre tal. 

— Cuando yo hablo así, mis motivos tengo para ello. 
—¿Pero qué motivos son? 
— Yo me entiendo y bailo solo. 

— No comprendo á qué viene esa reserva conmigo— dijo 
Simón un tanto amoscado. 

—Déjate de tontunas y vamos á lo que importa. ¿El nego- 
cio que te encargué....? 

TOMO II. 28 



218 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

— Hoy quedará zanjado á vuestro gusto. 

Los ojos del vejete brillaron de un modo extraño. 

— ¿Se ha conseguido....? 

— Todo; hoy, cuando la paloma salga de hacer sus oracio- 
nes en las Descalzas Reales, se dirigirá á la plaza de Afligidos, 
y allí la mozuela, que ya la estará esperando, la guiará á casa 
de su pobre madre. No se llevará mal chasco al recibir vues- 
tra visita. 

El desalmado Simón se chanceaba de todas veras, cual si 
se tratase de una verdadera broma. 

—La chicuela está bien aleccionada. 

— Amaestrada por vos, no puede menos de hacer perfecta- 
mente su papel. 

—¡La niña promete! 

— Es lista como un diablo. 

—Y luego como es bonitilla y sabe llorar tan perfectamen- 
te, ¿quién no se compadece de ella? 

— ¡ Es una verdadera alhaja ! 

— Yo sé elegir bien. 

—Si algún dia tuviese una hija, me congratularía de que 
se pareciese á esa pequeña perla. 

—No eres tonto que digamos. 

—Cada uno pide lo que le conviene. 

—Pues señor, veremos si hoy salgo ya de este asunto; de- 
seando estoy sea hora de poder cerciorarme de ello. 

—Si la joven cumple lo que prometió á la chicuela, todo 
saldrá á medida de vuestros deseos. 

— ¡Oh! en cuanto á eso, la hija del conde de Lazan es mujer 
de palabra. 

— Pues, entonces, no hay cuidado. 

—Quiéralo Dios, porque la persona á quien sirvo, es de 
carácter irascible, y gracias á García se muestra un tanto 
recelosa. 

—Ese mozo es nuestra pesadilla. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 219 

—Ya veremos la manera de deshacernos de él. 

—Como yo le siente la mano encima, quedará servido. 

—Tiempo hay para eso. 

—Por más que digáis, yo soy de opinión 

—Ya sé yo lo que me hago, y te repito que hoy por hoy 
nada tenemos que temer. 

— Es que yo le conozco mucho. 

— García me consta que tiene por qué guardarse de la jus- 
ticia, y por más que lo desee, no podrá darse á luz durante 
algún tiempo. 

— Si todos los que tienen algo que temer se escondieran, 
entonces 

—Sí, quieres decir que no andarías tú por las calles con 
tanto desparpajo. 

—Ni su mercé tampoco— dijo con descaro Simón. 

— No digo lo contrario. 

—Sin embargo, nos ocultamos poco. 

—Hay cosas de cosas. 

—El diablo que os entienda. 

— ¿Tienes ó no confianza en mí? 

—La tengo. 

—Pues si es así, nada temas de nuestro común enemigo. 
Trabajemos tranquilamente y unidos, y procuremos pasarlo 
lo menos mal posible. 

—Eso es lo que yo deseo. 

■—En cuanto tenga á la paloma enjaulada, iré á dar parte 
de ello, y al mismo tiempo, espero no volverme sin algún peso 
en los bolsillos. 

—Precisamente ando escaso de dinero, y cuento con 
eso. 

—Tú siempre dices lo mismo; eres insaciable. 

—No, que vos 

—Yo tengo muchos gastos. 
—No son flojos los míos. 



220 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

— TÚ atesoras, yo empleo mis ganancias disfrutando de la 
vida. 

—¿Que atesoro? Pues si no tengo un real. 

— Mira, soy yo muy machucho ya para que se me engañe: 
tú, además de los negocios que yo te confio, tienes otros muy 
productivos; eres bastante parco en tus gastos y poco esplén- 
dido para pagar á los que te ayudan, por consiguiente ya ves 
si es dable presumir con algún fundamento que te estás re- 
dondeando. 

— ¡Qué más quisiera yo! 

—Buen provecho te haga, á tí te gusta guardarlo y á mí 
me agrada gastarlo proporcionándome cuantas comodidades 
puedo; de algún modo he de desquitarme de los malos ratos 
que me proporciona de cuando en cuando \di profesión que 
ejerzo. 

La campana del reloj de la vecina iglesia dio ocho campa- 
nadas. 

—Las ocho— dijo Simón. 

—Hora en que la bella María estará alzando sus preces al 
Señor. 

— De aquí á poco estará seguramente á buen recaudo. 

—Y lo más bonito del caso, es que ella misma por su pié 
irá á meterse en la ratonera. Vamos, lo digo con orgullo, ten- 
go yo muy buenas ideas. 

El vejete se frotaba las manos con gran satisfacción. 

—Eso no se os puede negar. 

— Ea, acompáñame al comedor; tomaré un bocado y des- 
pués iré á ofrecerle mis respetos á la linda hija del ilustre 
conde. 

Simón y Tadeo pasaron al comedor. 

Una vieja estaba cubriendo la mesa. 

—¡Demonio! ¡van á poner la mesa! ¿yo creia que solo se 
trataba de alguna friolera? 

—Como hoy tengo algo que hacer, dije que se medispusie- 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 221 

ra el almuerzo para esta hora. Poned dos cubiertos— dijo don 
Tadeo á la criada. 

— ¿Con que me convidáis? 

— Bien lo merecen las seguridades que me has dado. 

—Acepto de muy buena voluntad. 

—Corriente; tenemos aun una hora larga de que disponer 
y bien podemos reforzar un tanto el estómago por lo que pu- 
diera acontecer. 

— Eso nunca viene mal. 

— Ea, siéntate. 

Simón se colocó en el sitio que don Tadeo le indicó. 

Almorzaron opíparamente; don Tadeo era hombre que no 
se escaseaba nada. 

—¿Qué tal?— preguntó terminado el desayuno el vejete. 

— Perfectlsimamen te. 

—Sí, ya he visto que no lo hacías del todo mal. 

—¡Demonio! como que los manjares eran á cual más su- 
culento, me he aprovechado. 

—Esto es vivir; lo demás son tonterías. 

— Veo que lo entendéis. 

—Estoy muy bien acostumbrado. ¿Levantemos el campo? 

—Cuando queráis. 

— En marcha. 

—¿Me necesitáis para algo? 

— Por ahora no; á las doce déjate ver conmigo y en mi casa. 

— Pues hasta entonces. 

Simón se alejó de don Tadeo; éste se encaminó en dere- 
chura á la casa donde, merced á su engaño, debia hallarse la 
bella hija del conde de Lazan. 

—¿Ha venido? -preguntó con ansiedad don Tadeo, apenas 
llegó á la casucha, á un satélite que en ella le esperaba. 

—Sí, está encerrada en el sitio que indicasteis. 

La alegría de don Tadeo llegó hasta su colmo al recibir la 
fausta nueva. 



222 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

—¿Y la chicuela? 

— Yo estaba escondido cuando llegó con lajóven,yuna 
vez encerrada la última, volvió á salir á la calle la chicuela; 
así es que no pude hablarla. 

— Está bien. 

—¿Tenéis algo que mandar? 

— Si vuelve la niña, que me aguarde. 

—Está bien. 

—Por lo demás, ya sabes lo que has de hacer. 

— Me acuerdo perfectamente. 

—Corriente. 

El viejo bribón, lleno de alegría, se entró en un pequeño 
aposento que tenia una puerta que franqueaba el paso al apo- 
sento en donde se hallaba la prisionera. Sacó la llave de su 
bolsillo y la hundió en la cerradura, diciéndose para sus 
adentros: 

— Ahora sí que quedará contenta doña Catalina. 

Abrió la puerta y la franqueó. 

Sentada en un rincón del cuarto, pálida y llorosa, habia 
una joven. 

Don Tadeo se adelantó hacia ella. 

La cautiva volvió el rostro, y al fijar su mirada en la de 
don Tadeo, éste exclamó altamente sorprendido: 

— ¡ Qué veo ! i No es ella ! 



CAPÍTULO XXXIII. 



Dónde el lector se enterará de los medios que se habían puesto en 
juego para secuestrar á la hija del conde de Lazan, 



Dos dias antes de aquel en que tuvo lugar el suceso que 
hemos referido en el capítulo anterior, y como á eso de las 
ocho de la noche, se hallaban reunidos Simón y don Tadeo en 
casa del segundo. 

—Es preciso de todo punto— decia el viejo. — Estoy compro- 
metido y esa joven ha de desaparecer. 

— ¿Y cómo efectuar el robo de dama tan principal? Tened 
en cuenta, que ya una vez se intentó llevar á cabo, y gracias á 
las gracias los raptores pudieron salvar el pellejo. 

—No sucederá ahora otro tanto. 

—Mejor, pero dudo mucho del buen éxito. 

—Tengo yo un plan magnífico. 

—Entonces no he dicho nada. 

— ¿Conoces tú á la Raposa y á su hija Andrea? 



224 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

—Ni aun de vista. 

— Dentro de algunos minutos no dirás lo mismo. 

— Según eso, voy á conocerlas. 

— Como que al instante vamos á su casa. 

— Pues andando. 

—No ha de pesarte el conocimiento que vasa hacer; madre 
é hija valen un tesoro. 

— ¿Tan hermosas son? 

— No se trata de eso. 

— Yo creia 

— Pondero su habilidad, su astucia. 

— I Ah! ya entiendo. 

— Bueno será que estés en pormenores. 

— Escucho. 

— Eusebia, llamada por mal nombre la Raposa, es una 
mujer como de unos treinta y seis años de edad, de bastante 
buen aspecto y no despreciable rostro, sobre todo tiene mag- 
níficos ojos negros sombreados por largas pestañas. 

— Cállese su mercé, que se me está haciendo la boca agua. 

— No es del todo una leja, te lo aseguro. Pero no es el físi- 
co lo que más vale en ella; tiene cualidades morales muy so- 
bresalientes. 

— Miel sobre hojuelas. 

— Se dedica á la útil profesión de mendigar. 

—Pues no lo entiendo; con regular figura y buen pal- 
mito 

— Ella sabe muy bien lo que se hace. 

— Así será ; pero no es muy envidiable que digamos tal 
modo de vivir. 

— ¿Qué sabes tú? Escucha: Andrea es una niña que á lo 
sumo contará ahora doce abriles, y es mucho más hermosa 
que su madre; la niña tiene tan precoz talento, que es capaz 
de darle veinte y falta al más corrido de los tunantes que an- 
dan por Madrid. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 225 

— Mucho decir es eso. 

—Pues es así, ni más ni menos. Eusebia, vestida sencilla- 
mente, y afectando un aire de una desgraciada viuda, con su 
hija al lado implora en determinadas horas la pública cari- 
dad; esto la rinde mayores provechos de los que tú te imagi- 
nas, amen de algunos otros negocillos que aprovecha de 
cuando en cuando. 

— Convengo en todo eso; pero no me explico en qué pue- 
dan contribuir Eusebia y su chiquilla en el asunto que lleva- 
mos entre manos. 

— Ahora lo verás. 

— Deseando estoy saberlo. 

—Desde hace ya algún tiempo suelo visitar á la fingida 
viuda. 

—¡Ya!— dijo Simón maliciosamente. 

—Ayer, por fortuna mia— continuó Tadeo, sin hacer caso 
de la picaresca exclamación lanzada por su digno amigo — su- 
pe que la hija del señor conde de Lazan era una de las perso- 
nas que más á menudo socorrían á Eusebia cuando con ella 
tropezaba en la puerta de las Descalzas Reales. 

—¿Y qué? 

— La bondadosa dama se digna acariciar á la pequeña An- 
drea, y últimamente parece ser que le ofreció pondría los me- 
dios á fin de evitar el que tuviera que seguir mendigando. 

— Continúo á oscuras. 

— Pronto verás claro. 

—Pues adelante. 

—Supon, por un momento, que Eusebia se pone grave- 
mente enferma. 

— Convenido. 

—Continúa suponiendo que Andrea impetra, llorosa y afli- 
:^ida, la protección de doña María. 

— Corriente. 

—Da por sentado que la dama se conmueve, y que ofrece 

TOMO II. 29 



22& LOS CABALLEROS DBL AMOR. 

acceder á los ruegos de la muchacha, esto es, acudir en au- 
xilio de la enferma. 

— ¿Y si se contenta con dar algunas monedas á la chica? 

— Eso procurará evitarse. 

— ¿De qué modo? 

— Sencillamente haciendo que Andrea indique á doña Ma- 
ría que su moribunda madre quiere confiarla un secreto. 

—¿Y creéis que se trague la bola con tal facilidad? 

—Cuando tú conozcas á Andrea quedarás contestado. 

—Pues señor, el plan me parece bueno pero de difícil eje- 
cucion. Con que quedamos en que doña María acepta y va á 
casa de Eusebia. 

—Sí, pero Andrea aguarda á la dama en la plaza de Afligi- 
dos, y desde aquel sitio la guia á la casa que tú tienes alqui- 
lada por aquellos barrios para lo que pueda ocurrir. Una vez 
en el nido, la pequeña mendiga hace penetrar á la joven en 
el cuartito del centro, y ya dentro de él, cierra la puerta de 
golpe, y hete aquí el péjaro en la jaula; tú ruedas la llave de 
la puerta del otro aposento, que comunica con el que te he 
citado, y punto concluido. ¿Qué te parece la idea? 

— Buena, no puedo negarlo; ahora solo falta que la chi- 
cuela sepa convencer á doña María. 

—Pierde cuidado, que por ella no ha de malograrse la 
cosa. 

—Siendo así, pudiera ser que se obtuviese un buen resul- 
tado. 

— Ahora que ya estás enterado, vamos á ver á la/>o6re viu- 
da y á su agraciada hija. 

— Vamos á la pocilga. 

— ¿Pocilga? 

—Supongo que no vivirá en un palacio. 

— Seguramente que si te llevara á la casa á donde se enca- 
mina cuando se retira de pedir su cuotidiana limosna, habla- 
rlas con razón al calificarla como lo has hecho; pero la viuda 



LOS CABALLKROS DBL AMOR. 227 

en cuestión, tiene dos casas, una en la que aparenta vivir, y 
otra donde realmente habita, y ésta, que es á la que voy á 
conducirte, es en extremo decente. 

— Voy creyendo que la tal viuda tiene más conchas que un 
galápago. 

—Ya verás, ya verás. 

—Rabiando estoy por conocerla. 

— Pues echa á andar. 

Como nuestros lectores comprenderán, esta escena era á 
consecuencia del encargo hecho por doña Catalina á don Ta- 
deo cuando la evasión de las majas y de los presos. 

Poco después el viejo y Simón entraban en casa de la fa- 
mosa mendiga de quien hablaron tanto. 

Los dos amigos fueron introducidos en un pequeño salon- 
cito decorado con cierto lujo, aunque con poco gusto. 

Eusebia fué la que les abrió la puerta y guió al aposento 
indicado. 

En la chimenea del saloncito ardian profusión de troncos. 

— Este calorcillo vuelve el alma al cuerpo— dijo don Tadeo 
sentándose. 

Simón estaba admirado; aquel era más lujo del que él ha- 
bla imaginado á pesar de la advertencia de don Tadeo. Tam- 
bién encontró muy de su gusto á la supuesta viuda de la que 
no apartaba sus ojos. 

— Es que yo soy muy friolera— dijo Eusebia. 

—Es verdad— contestó don Tadeo.— Vaya, Simón, toma 
asiento; amiga Eusebia, ahí tienes el amigo de quien en algu- 
na ocasión te he hablado. 

Eusebia miró descaradamente á Simón, y contestó: 

—Sea muy bien venido á esta casa. 

— A fe, á fe— dijo bruscamente el aludido— que deseaba co- 
noceros. 

—¿Puedo saber la causa? 

—Por el retrato que don Tadeo me ha pintado. 



228 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

—Creo que no te habia exagerado. 

—Aun me parece os habéis quedado corto. 

—Este don Tadeo— repuso Eusebia— me pondera más déla 
que valgo. 

—Te hago justicia; pero dejemos eso, ¿y la pequeña? 

— No está en casa. 

— Lo siento. 

— No puede ya tardar en venir. 

— En ese caso, menos malo; la esperaremos. 

— ¿La necesitáis? 

— A ti y á ella — contestó don Tadeo. 

— Ya sabéis que estamos dispuestas á complaceros. 

—Ya lo sé. 

— ¿De qué se trata? 

— De ponerte enferma. 

— Eso es sumamente fácil. 

—Tanto más cuanto que con no acudir mañana á las Des- 
calzas Reales ya has concluido tu papel. 

— No acudiré. 

— Andrea es la que ha de trabajar. 

— No quedará mal seguramente. 

— En ello confio. 

—Como dependa de ella, no sé de lo que se trata, pero dad- 
lo por hecho. 

— Además yo la aleccionaré. 

— Bastará con poca cosa. 

— No es tan sencillo el asunto— dijo Simón tomando la pa- 
labra. 

— Bien se ve que no conocéis á Andrea— replicó Eusebia 
con cierto orgullo maternal. 

— Ya sé que es un dije. 

— No porque sea hija mia, pero don Tadeo la conoce bien y 
^uede afirmaros si vale ó no vale. 

—Sí, en cuanto á eso ya estoy informado. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 229 

—Ya te he dicho, amigo Simón, que habias de agradecerme 
el conocimiento. 

— Ya se ve que os lo agradezco. 

Simón devoraba con la vista á Eusebia. 

— En lo poco ó mucho que valemos, basta que os haya 
acompañado don Tadeo, estamos prontas á serviros. 

— Lo mismo ofrezco respecto á mí. 

—Bien, bien, basta de cumplidos; franqueza ante todo. 

— Pues ya nos lo hemos dicho todo—replicó Simón. 

— ¿Dónde diablos ha ido Andrea? 

—A cumplir cierto encargo mió— contestó Eusebia — me 
extraña no esté ya de vuelta, pero no puede tardar. 

—¿Has ido hoy á las Descalzas Reales?— preguntó don Ta- 
deo á la viuda fingida. 

—No me ha sido posible. 

—Mejor que mejor, con eso mañana la niña podrá decir 
que desde hoy has tenido que meterte en cama. 

— Ahí está — dijo Eusebia al oir sonar un aldabonazo. 

En efecto, no tardó Andrea en presentarse en el saloncito. 



CAPÍTULO XXXIV. 



Continúan los antecedentes. 



No habia exagerado don Tadeo en la pintura que habia he- 
cho de la niña. 

— Buenas y santas noches— dijo al entrar. 

—Gracias á Dios que has llegado —repuso don Tadeo. 

— ¡Cómo ha de ser! no todo lo que se desea se obtiene. 

—¿Has tenido acaso algún contratiempo? — preguntó la 
madre. 

—Ninguno, pero según he oido, don Tadeo deseaba mi lle- 
gada, y como yo no he podido venir antes, por eso dije lo que 
sus mercedes oyeron. 

—Tiene razón que le sobra— exclamó Simón. 

—Sabe más que Merlin, ya te lo habia dicho. 

—No sé aun todo lo que saber deseo, pero yo me daré ma- 
ña y con el tiempo, quién sabe á dónde llegaré. 

—¿Qué duda tiene? tú has de lograr verte envidiada de 
muchas. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 231 

— Y poquito que lo deseo, don Tadeo. 

— Pues no desesperes de alcanzarlo. 

Simón escuchaba alelado á aquella niña que con tal despe- 
jo se expresaba. 

—Esta noche he venido á proporcionarte los medios de que 
puedas darme en breve una nueva muestra de tu habilidad. 

—¿Qué hay que hacer? 

— Escucha bien. 

—Toda yo soy oidos. 

—Es preciso que mañana por la mañana te cubras con tus 
harapos de mendiga, y acudas á las Descalzas Reales. 

— ¡Toma! Eso lo hago todos los dias casi, hoy ha sido una 
excepción. ¿Qué más? 

—Has de procurar mostrarte en extremo contristada, y 
hasta llorosa. 

— ¿Á quién hay que engañar?— preguntó Andrea con el 
mayor desparpajo. 

— Á la hija del señor conde de Lazan. 

— Lo siento, porque tanto ella como la joven que la suele 
acompañar desde hace algunos dias, son muy buenas. 

— ¿Y eso qué le hace?— replicó aquella madre modelo de 
buen ejemplo. 

—Nada, lo siento; pero se la engañará— dijo con aplomo 
la chicuela. 

—No creas que se trata de una cosa sencilla. 

-Expliqúese, pues, el señor don Tadeo. 

—Es menester hagas entender á doña Maria, que tu madre 
se halla sumamente enferma, casi agonizando. 

— Lo creerá. ¿Qué más? 

— Díle que ha significado tener que revelar un secreto de 
importancia para ti, y que únicamente á ella quiere comuni- 
cárselo. 

— Está bien. 

—Procura que te dé hora para el siguiente dia; ofrece 



232 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

aguardarla en la plaza de Afligidos, desde cuyo punto, tú la 
guiarás á tu casa, que has de decir se halla en uno de los ca- 
llejones próximos. 

—Muy bien. 

— Si acaso al llegar al punto indicado quisiera ir hasta tu 
casa en la silla, procura que desista de ello ; díle, por ejemplo, 
cfue llamarla la atención de la gente del barrio; en fin, inven- 
ta algo. 

—Quedo enterada. 

—¿Confias en salir airosa de tu cometido? 

—¡Vaya, tan segura como estoy! 

—Mira que es negocio que me interesa mucho. 

— ¡ Cuándo os he dejado mal ! 

— Nunca, eso es verdad. 

— Entonces ¿por qué tanto temor? 

— Por la gravedad del asunto. 

— Otros más delicados he desempeñado. 

—No digo lo contrario. 

—Tratándose de su mercé, ¿qué no haré yo por compla- 
cerle? 

— No has de quejarte, si todo sale á medida de mis deseos. 

— Una cosa hemos olvidado. 

—¿Qué cosa? 

—Las señas de la casa á donde he de conducir á la carita- 
tiva dama. 

— Creo que lo mejor será que mañana, antes de acudir al 
templo, te acompañe á ella Simón, á fin de que no dudes, y 
también para enseñarte la habitación donde cuidarás que en- 
tre doña María, cerrando tú, cuando llegue ese caso, la puer- 
ta desde la parte de afuera. 

— Me parece bien. 

— Entonces yo vendré tempranito á buscarte —dijo Si- 
món. 

-Convenido. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 233 

—¿Confias ahora que conoces la alhaja de que voy á ser- 
virme, en que el negocio salga bien? 

— ¡En verdad que estoy admirado!— contestó Simón. 

— ¡Bah! eso no es nada— dijo Andrea haciendo un mohín. 

—Te vaticino un gran porvenir. 

— Hace tiempo que se lo tengo yo pronosticado — replicó 
don Tadeo poniéndose en pié. Simón hizo otro tanto. 

—¿Ya os vais?— preguntó Eusebia. 

—Sí, ya es tarde, y mañana la pequeña ha de madrugar. 

—Os aguardo á las siete— dijo Andrea á Simón. 

—No faltaré. 

Cuando los dos dignos camaradas se hallaron en la calle, 
dijo don Tadeo: 

— Con franqueza, ¿qué te han parecido? 

— La madre una gran mujer, y la hija una perla. 



A la hora convenida se hallaba Andrea ya esperando á Si- 
món; llegó éste, y ambos se fueron á la casa que don Tadeo 
destinaba para que le sirviese de encierro por de pronto á la 
hermosa María. 

Una vez orientada, se dirigió la niña al templo de las Des- 
calzas Reales. Largo rato hacia que esperaba cuando llegó 
una silla de manos, en cuya portezuela ostentaba el escudo 
de armas de la casa de Lazan. 

Apenas se habían apeado de la silla doña María y Luisa 
que la acompañaba, cuando Andrea, llorosa y afligida, se 
aproximó á las jóvenes. 

—¿Qué es eso, hija mía? ¿Qué es lo que te aflige?— dijo con 
bondadoso acento la hija del conde. 

— ¡Ay! señora de mi alma; una gran desgracia mi ma- 
dre 

—¿Qué le ocurre? ¿Cómo no vino ayer? ¿Cómo no la veo hoy? 

TOMO IL 80 



234 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

— Porque está muy malita— contestó la niña derramando 
abundantes lágrimas. 

— Vamos, vamos, no te aflijas. 

—Mi madre se muere; no hay remedio para ella. 

— No desconfíes de la Providencia. ¿Puedo yo hacer algo 
por ella? 

— Eso me ha hecho venir hoy. 

— Habla pues, ¿qué quieres? 

— Me ha dicho mi madre que os viera, y en nombre de lo 
que más amarais os rogara os dignaseis ir á verla, porque 
tiene que confiar un secreto del que depende mi bienestar, y 
en nadie más que en vos, que sois un ángel, quiere deposi- 
tarlo. 

— Pues hija, no te aflijas, que yo iré. 

— i Dios os lo pague!— dijo la astuta niíia tratando de arro- 
dillarse. 

—Quieta, quieta; toma, he aquí estas monedas; cuida bien 
á tu madre. ¿Te ha dicho cuando deseaba verme? 

—Como se encuentra tan malita, me ha dicho que si acce- 
díais y os dignabais mañana ir á verla, se creería feliz aun- 
que luego muriera. 

— No querrá Dios dejarte huérfana, pero de todos modos 
iré. ¿Dónde habitáis? 

— ¡Ay, señora! en un casucho muy feo y triste, que está en 
un callejón cerca de la plaza de Afligidos; si queréis, en la 
plaza os esperaré y os guiaré. 

—Corriente; mañana terminada la misa iré á buscarte. 

—Dios os lo pague. 

— Anda, corre al lado de tu madre, y cuídala mucho. 

Andrea se separó de las dos jóvenes y se alejó. 

Luisa y María entraron en el templo. 

Por la tarde enteró Andrea á Simón del buen éxito obteni- 
do, y aquel quedó en ir al siguiente día á darle cuenta á don 
Tadeo. El lector sabe ya lo que hizo. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 235 

Sintiéndose doña María indispuesta, y no queriendo dejar 
de prestar algún consuelo á la pobre mendiga, rogó á su ami- 
ga Luisa cumpliera por ella el encargo, advirtiéndole dijese á 
la enferma que al siguiente dia, á poco que pudiese iria ella á 
verla. 

Luisa muy gustosa ofreció cumplir la comisión. 

Fuese al templo á la hora de costumbre. Al salir de él, dijo 
ásus conductores: 

—Conducidme á la plaza de Afligidos y parad en ella. 

Al llegar al sitio indicado, paró la silla, y Luisa se apeó, en 
el instante en que se adelantaba hacia ella Andrea. 

— ¿Y doña María?— dijo la niña contrariada. 

—No está hoy muy buena; mañana vendrá ella, guia, ami- 
ga mia. 

Andrea disimuló perfectamente su disgusto y guió á Luisa 
á la casa que ya conocen nuestros lectores. Una vez en ella 
hizo entrar á la joven en un aposento, cuya puerta, según se 
le había encargado, cerró la niña por la parte de afuera. 

— No es culpa mia; yo he cumplido. 

Y ligera como una corza, salió de aquella casa y se dirigió 
á la suya. 

He aquí explicada la sorpresa que manifestó don Tadeo al 
encontrarse con Luisa en vez de hallarse con doña María. 



CAPÍTULO XXXV. 



Dónde Luisa se ve detenida contra su voluntad. 



—¿Podréis explicarme— dijo Luisa con tono algo imperio- 
so á don Tadeo— lo que significa esto? 

—Yo yo 

— ¿Á qué obedece esta superchería? 

Don Tadeo estaba furioso y confundido. 

— Nada me es dado deciros, señora. 

— Hacedme pues la merced de franquearme la puerta. 

— Eso no está en mi mano. 

— ¿Qué es entonces lo que pretendéis? — preguntó la joven 
con el mayor sobresalto. 

—No os alarméis. 

— No es posible que me tranquilice en tanto permanezca 
aquí. 

—Haré lo posible porque salgáis cuanto antes; es cuanto 
puedo hacer. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 237 

—Pero, ¿qué se pretende? ¿Por qué se trataba de conducir 
aquí á doña María? i Quién pudiera imaginar que aquella 
tierna niña tendiera un lazo de tan mala ley! ¡Oh! por piedad 
no prolonguéis mi agonía! 

— Repito que en este instante nada me es dado hacer. En 
breve volveré, y seguramente entonces me será lícito dejaros 
en libertad. 

— ¿Y por qué no ahora? 

— Porque no soy yo el que mando. 

— ¿Á quién obedecéis? 

— Permitidme que no os conteste sobre ese particular. 

—Pero esto es una infamia. 

—Yo no hago más que obedecer. 

—Puede pesaros la tal obediencia. 

—No diré lo contrario, pero entretanto cumpliré con la mi- 
sión que se me ha impuesto. 

Luisa comprendió que era inútil rogar á aquel anciano, 
por lo tanto se determinó á aguardar resignada la solución de 
aquel misterio. 

— ¿Ofrecéis volver cuanto antes? 

— Os lo ofrezco. 

— Aguardaré con impaciencia vuestra vuelta. 

—No me haré esperar. 

Don Tadeo salió de la habitación por la misma puerta por 
la cual habia entrado, cuidando de cerrarla tras sí. 

—¿Cómo demonios ha sido esto? Furiosa se pondrá doña 
Catalina. ¿Qué hago yo ahora? 

Pareció reflexionar durante algunos instantes. 

—Nada, nada, vamos á arrostrar las iras de la soberbia 
dama. 

A buen paso se dirigió á casa de doña Catalina. 

—¿Qué noticias me traéis?— preguntó la dama al solapado 
viejo en cuanto le vio. 

—Dos— se apresuró á contestar. 



238 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

—¿Y son?.... 

—De diversa índole: una halagará vuestro deseo de ven- 
ganza. 

—¿Y la otra? 

—Destruye por el pronto vuestros vengativos planes. 

— No entiendo. 

—Me explicaré. 

— Comenzad por la noticia adversa. 

—Todo lo tenia divinamente dispuesto á fin de que doña 
María de Lazan cayese hoy en mis manos. 

—¿Y qué?.... 

—Sin poderme explicar el cómo, me he visto defraudado. 

Don Tadeo expuso á la dama cuanto había hecho el día an- 
terior y lo que Simón le había dicho aquella misma mañana. 

Doña Catalina frunció el entrecejo, y al terminar don Ta- 
deo su narración le dijo con dureza: 

— Hace ya algún tiempo que no se os puede encargar nada. 

— Señora, no es mía la culpa, como acabáis de oírlo. No 
podréis menos de confesar que el plan estaba admirablemente 
urdido. 

—Pero el resultado, nulo. 

— Yo veré luego á Andrea y sabré qué ha sido esto. 

— ¿Y la otra noticia? 4 

— Se trata de don Luis. 

Doña Catalina palideció. 

—¿Qué hay? 

—Hay, que ayer noche, en el atrio de San Cayetano, cayó 
mortalmente herido. 

Extraña lucha de encontrados sentimientos se agitaron en 
el corazón de la dama al oír las últimas frases pronunciadas 
por don Tadeo. 

El sentimiento de la venganza predominó, y sonriendo 
irónicamente, dijo la vengativa viuda: 

—Prefiero que sea la muerte la que me lo arrebate. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 239 

Dicho esto guardó profundo silencio. 

Al cabo de algunos segundos don Tadeose atrevió á decir: 

— ¿Qué me ordenáis hacer? 

—¿Respecto á qué?— contestó la dama, saliendo de su abs- 
tracción. 

— Respecto á la joven que está en mi poder. 

— Haced lo que queráis; ponedla en libertad. 

— Eso no puede ser. 

— ¿Por qué? 

— ¡Toma! porque una vez libre, vendrá el conde en cono- 
cimiento de cosas que es bueno las ignore. 

— ¿Qué puede saber que á mí me comprometa? 

— Si no vos, yo corro peligro, y bueno es evitarlo. 

— Pues bien; ¿qué os encargué hicierais con doña María? 

—Habíais encargado se la condujera á una mancebía. 

—Haced, pues, lo mismo con esa joven. 

Á pesar de lo malvado que era don Tadeo, no pudo menos 
de oir con cierto horror la cínica indicación de doña Gata- 
lina. 

— ¡Cómo! ¿pretendéis que esa joven?.... 

—¿Acaso me importa más que la otra? 

—No digo eso, pero como creo que contra ella no sentís 
rencor 

—En el mero hecho de ser amiga de doña María, la odio ya. 

—¿De modo que determináis?.... 

—Os la entrego, haced de ella lo que queráis. 

—Está bien. 

—Pero no seáis débil, puesto que oportunamente me ha- 
béis indicado el peligro que se correrla dejándola en libertad. 

— Perded cuidado. 

—¿Es hermosa? 

— Mucho. 

—Entonces no ha de faltaros donde colocarla— dijo iróni- 
camente. 



240 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

—Lo procuraré. 

—Quiero que os informéis del estado en que se halla don 
Luis. 

—Lo haré así. 

— Y participádmelo cuanto antes. 

— Está bien. 

—¿Qué aguardáis? 

—Señora yo 

— ¿Acabad? — dijo con enojo la dama. 

—Gomo ya sabéis, me veo precisado á valerme de gente á 
la que hay que pagar, y por más que el asunto de doña María 
se haya malogrado, no tengo más remedio que cumplir mis 
compromisos. 

— Yo no escatimo el oro, en cambio vos me servís bastante 
mal. 

— Siento que me reprendáis tan duramente cuando os 
consta que solo una casualidad funesta ha podido entorpecer 
los planes mejor dispuestos. 

— Sea como quiera, yo pago y deseo que se me sirva. 

— Y yo lo hago fielmente. 

— Tomad. 

Doña Catalina alargó á don Tadeo un bolsillo repleto de 
oro. 

— Sentiría, señora, que me juzgarais interesado— dijo don 
Tadeo guardándose el bolsillo. 

— Sé á lo que atenerme respecto á vos. 

—¿Imagináis? 

—Basta; no me creo obligada á daros satisfacción. 

— ¿Cuándo queréis que vuelva? 

— Tan pronto como averigüéis lo que os he encargado. 

— Está bien, ¿tenéis nada más que mandarme? 

— No; estoy convencida de que no podéis ó no sabéis pro- 
porcionarme los medios de venganza que yo anhelo, y á con- 
tar desde hoy, por mí misma me encargaré de ello. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 241 

—¡Vos, señora! 

— Sí, yo, y á buen seguro que el aborrecido conde de Lazan, 
sentirá en breve el mortal golpe que deseo descargar so- 
bre él. 

—Calculad los riesgos á que os exponéis. 

Doña Catalina lanzó una despreciativa mirada á don 
Tadeo. 

—¿Creéis que soy yo de esas mujeres que se intimidan fá- 
cilmente? Si en vez de haberme fiado de vos, hubiese hecho 
por mí misma lo que debia, ya estaría completamente venga- 
da. A bien que no Qs tarde aun. 

—Sin embargo, si para algo necesitáis de mi ayuda 

—Está bien; salid. 

Don Tadeo saludó humildemente, y confundido y admira- 
do salió del aposento de la vengativa dama, murmurando á 
sus solas: 

— ¡Diantre! esta dama es más peligrosa de lo que yo había 
imaginado; en fin, por hoy salimos del paso; vamos á ver 
cómo se explica Andrea, después determinaré lo que tenga 
por conveniente respecto á mi bella prisionera. 



TOMO II. SI 



CAPÍTULO XXXVI. 



Dónde G-iacomo Zarini se muestra sumamente complaciente con doña, 

Catalina. 



En cuanto cerró la noche, doña Catalina, que desde el mo- 
mento en que se marchó Tadeo, se habia entregado á sus 
hondas reflexiones, se levantó del sillón que ocupaba y tocó 
el timbre. 

Al instante se presentó la doncella. 

— Ayudadme á vestir. 

—¿Va á salir la señora? 

—Sí. 

Merced á la eficaz ayuda de la doncella, pronto estuvo 
doña Catalina completamente ataviada. 

— ¿He de acompañaros? 

—No. 

— ¿Mando disponer la silla? 

— No es necesario. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 243 

— Está bien. 

—Si alguien viniese á preguntar por mí, durante mi ausen- 
■cia, decidle que me espere, especialmente si fuese persona 
conocida. 

Sin esperar contestación, salió la dama de su aposento, y 
á los cortos instantes pisaba ya la calle. 

Sin detenerse en parte alguna, atravesando una tras otra 
calle, llegó por fin á un apartado callejón, en el cual penetró 
resueltamente. Una vez en él, pocos pasos más tuvo que an- 
dar para llegar al sitio que se habia propuesto, y que no era 
otro que la tienda del perfumista Giacomo Zarini. 

— ¡Dios te guarde, Giacomo!— dijo la dama al penetrar en la 
tienda. 

— ¡Oh! señora! ¡Tanto bueno por mi casa !— -contestó el 
aludido ofreciendo á doña Catalina una banquetilla para que 
descansase. — ¿Venís sola? 

—Sola vengo. 

— Una dama tan hermosa como sois, creo que se aventura 
demasiado, lanzándose á la calle á estas horas sin tener quien 
la acompañe. 

—No soy medrosa. Además, necesitaba hablarte, y he pre- 
ferido venir á verte sin testigos de vista. 

—¿Tarto os conviene hablarme? 

—Mucho. 

—Estoy á vuestra disposición. 

—Es secreto lo que tengo que decirte. 

—En ese caso llamaré á un dependiente, y vos podréis de- 
cirme cuanto juzguéis necesario en mi cuartito reservado. 
Felipe! Felipe! Cuidad de la tienda— dijo á un jovencito que 
se presentó á poco de ser llamado— en tanto que esta dama 
tiene á bien seguirme á mi despacho donde tomaré nota de lo 
que se digna encargarme. Cuando gustéis, señora. 

Giacomo guió á doña Catalina á la trastienda; una vez en 
ella, la hizo bajar tres peldaños que conducían á un corredor 



244 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

al extremo del cual se hallaba el despacho del perfumista. 

— Aquí estaremos perfectamente. 

— ¿Nadie podrá oírme más que tú? 

— Nadie; hablad sin temor. 

— Pues bien, Giacomo — dijo doña Catalina tomando asiento 
en un cómodo sitial de baqueta. —Estoy resuelta á no demorar 
la venganza que hace tiempo sabes que acaricio. 

— Estáis en vuestro derecho. 

—Desde el día en que me enteraste de algunos pormeno- 
res referentes á la historia de mi madre, vivo intranquila. 
Cuantos medios he intentado á fin de poder amargar la exis- 
tencia del aborrecido conde de Lazan me han salido fallidos; 
todos aquellos de quien me he valido, se han portado con tor- 
peza, así es que he resuelto no fiar ya de nadie y hacer por mi 
propia mano lo que hasta ahora había confiado á la ajena. 

— ¿Lo habéis meditado bien? 

— Estoy completamente decidida. 

— Ya comprendo, ¿queréis indudablemente que os prepare 
algún licor de aquellos mortíferos y que no dejan huella del 
crimen? 

—Nada de eso. 

—¿Entonces qué apetecéis? 

—Saber si podré disponer de esta casa el día que lo crea 
necesario. 

— Desde ahora otorgo mi venia para ello, y es más; os en- 
señaré de ella lo que es conocido de mí solamente. 

—¿Qué quieres decir? 

— Aguardad. 

Giacomo cerró la puerta por donde habían entrado. Des- 
pués acercóse á un testero de la pared, tocó un resorte, y en 
el acto quedó abierta una puerta de una sola hoja perfec- 
tamente disimulada. 

— Nadie creyera que existia ahí esa abertura—dijo doña 
Catalina. 



LOS CAIÍALLEKOS DEL AMOR. 245 

— Aun hay más; seguidme si gustáis. 

Doña Catalina siguió á Giacomo. 

La puerta secreta franqueaba el paso á una pequeña y os- 
cura sala, á uno de cuyos extremos habia una escalera de 
caracol. 

— Agarraos á mí si no veis — dijo Giacomo. 

— Poco ó mucho veo algo. 

— Pues subid. 

Llegados arriba, recorrieron un estrecho corredor, al final 
del cual se veia una pequeña puerta. Giacomo sacó una lla- 
ve y abrió. 

Pasaron ambos personajes por la susodicha puerta. 

— Esta sala—dijo el perfumista —y los demás aposentos que 
veréis, pertenecen á otra casa que tiene puerta de entrada por 
este callejón. 

Giacomo abrió una ventana á la cual asomó doña Gata- 
lina. Después enseñó á la dama las varias habitaciones de 
que constaba el piso. 

— ¡Esto es admirable!— exclamó doña Catalina. 

—¿No es verdad que sí? 

— Ya lo creo; puede uno entrar á esta casa por la puerta 
del callejón, y sin que nadie lo sospeche salir por tu tienda. 

— Ese es mi principal objeto. 

— ¿De manera que pones á mi disposición?.... 

— Esta y la otra casa. 

— No te quejarás de mí. 

—Bástame, señora, complaceros. 

—La hija del conde de Lazan ¿suele venir á tu tienda? 

—Ayer sin ir más lejos estuvo en ella. 

— Bueno es saberlo. 

— Viene muy á menudo. 

—Corriente, hemos terminado por hoy. 

— ¿Nada más tenéis que decirme? 

— Por ahora no. 



246 LOS GAÜALLKKOS DEL AMOR. 

— Ya sabéis que estoy dispuesto á ayudaros en todo y por 
todo. 

— Gracias, Giacomo. 

— Vamos, pues. 

— Sí, vamos; cuando sea necesario te avisaré. 

— Quedo á vuestras órdenes. 

Giacomo y Catalina regresaron al despacho; una vez en 
él, cerró el perfumista la puerta secreta, terminado lo cual 
ambos se dirigieron á la tienda. 

— Señora, pasado mañana tendréis en vuestro poder los 
perfumes y cosméticos que acabáis de encargarme. 

— Confio en vuestra palabra; adiós. 

La dama se alejó de la tienda con paso rápido. 



CAPITULO XXXVII. 



Coincidencias que todas ellas vienen á retiiür contra el conde 

de Lazan, 



Nuestros lectores no deben haber olvidado la situación ex- 
cepcional en que se hallaba el conde de Lazan, amenazado 
por el vengativo anhelo de doña Catalina de Sandoval, ace- 
chado continuamente por la venganza de Alina, y rodeado de 
enemigos que todos ellos esperaban con ansia el momento de 
poderle herir mortalmente. 

Habia tratado de parar el golpe respecto á Alina, incitan- 
do á su hijo para que se casara con la mujer á quien habia 
comprometido, mujer, que como sabemos, habia resultado 
ser la hija de la duquesa de la Jaridilla; pero desgraciada- 
mente un obstáculo con el cual no habia contado, obstáculo 
nacido de su propio hijo, habia inutilizado todos sus es- 
fuerzos. 

Carlos de Lazan, oponiéndose á dar su mano á Luisa, es- 
terilizó todos los esfuerzos de su padre. 



248 LOS CABALLEROS DEL AMOR 

Y aquella resolución era tanto más extraña cuanto que se- 
gún él mismo confesaba, amaba en realidad á Luisa, que por 
otra parte, y aun cuando de humilde condición, era digna de 
sentarse en el trono del Monarca. 

Procuró, en los dias que hablan trascurrido desde que 
Luisa fué conducida á su casa, vencer aquella resistencia de 
su hijo, pero todos sus esfuerzos eran inútiles. 

— Hay razones— contestaba el joven— que impiden el que 
yo dé mi mano á Luisa, y por lo tanto, padre mió, es inútil 
que tratemos de ese particular. 

El conde insistía en querer conocer aquellas razones, y 
trataba de averiguar si algún otro compromiso, consecuen- 
cia de la galante vida de su hijo, podria ser causa de aquella 
negativa, pero nada de esto consiguió descubrir, y Luisa que- 
ría á cada momento abandonar aquella casa; incitaba á Alina 
para que la unión se verificase, como medio para que cediese 
ella en su persecución; irritábase á su vez Antonio, viendo 
que su hermana adoptiva no alcanzaba la reparación debida, 
y todas estas quejas, y todos estos disgustos, desplomándose 
sobre el conde, teníanle profundamente contrariado y sin sa- 
ber qué partido ni qué resolución tomar. 

En estos momentos, precisamente, llegó á sus manos una 
carta misteriosa que le hizo estremecer de terror. 

«La hija, y única heredera del conde de Fuentidueña— de- 
cía la carta~-ha descubierto al fin, al seductor de su madre y 
al matador de su padre. 

»¡ Vivid alerta, conde de Lazan, que está próximo vuestro 
castigo ! » 

Todo lo que este billete tenia de lacónico guardábalo sin 
duda también de terrible, porque el conde significó de tal ma- 
nera en su semblante el profundo espanto de su corazón, que 
no había lugar á duda alguna. 

¿Qué misterio encerraba su vida, respecto á aquella fami- 
lia que tanto efecto le causaba su recuerdo? 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 249 

Si tenemos en cuenta la historia que GiacomoZarini habia 
contado en otra ocasión á doña Catalina deSandoval, se com- 
prenderá que efectivamente, razón, y grande, habia para que 
el conde se inquietara. 

Aquella venganza, en el momento que despertase habia de 
ser implacable. 

El conde de Lazan, en su larga carrera de aventuras, no 
habia hecho más que sembrar vientos, y lógico, muy lógico 
era, que no recogiera en la edad madura otra cosa que tem- 
pestades. 

El mismo dia en que Luisa habia salido de casa del conde 
para dirigirse, como de costumbre, á la iglesia de las Descal- 
zas, sola, puesto que María no la pudo acompañar, presentó- 
se Antonio en casa de Alina, diciéndola: 

—Señora, permitidme que otra vez venga á molestaros: 
pero tal es el interés que por mí os habéis tomado y tales las 
muestras de afecto que me disteis, que ellas mismas me im- 
pulsan á incomodaros de nuevo. 

— No os comprendo — dijo Alina sorprendida ante la actitud 
del joven. 

—Hace algunos dias que por vuestra iniciativa, Luisa fué á 
casa del conde de Lazan, en demanda de una reparación á que 
tenia derecho. 

— ¿Y qué queréis decirme con eso? 

— Hablasteis de la influencia que ejercíais en el ánimo del 
señor conde, supusisteis que bastaba que vos quisierais, para 
que Luisa alcanzase lo que deseaba. 

— Y así era la verdad. 

—Permitidme que os diga que los hechos han venido á 
desmentir completamente vuestra esperanza. 

— ¿Creéis acaso que el conde de Lazan no accede á ese ma- 
trimonio? 

—El caso es que no se realiza. 

— ¿No habéis visto vos mismo á vuestro padre, no le habéis 

TOMO II. 32 



250 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

hablado, no os ha manifestado las razones que habia para 
que esa unión no se verificase, razones ajenas por completo 
á su deseo? 

— Sí, señora, todo eso me lo ha dicho, pero no me con- 
vence. 

— ¿Pues qué queréis entonces? 

— Que esa unión se verifique. 

—¿Por qué no habláis directamente al vizconde? Vos, como 
hermano, podríais conseguir mucho más. 

—¿Os olvidáis, señora, de la herida que le ha retenido tan- 
to tiempo en el lecho? 

— Es verdad, esa herida os separa; y según dicen, vuestro 
hermano es de los que no olvidan con facilidad esa clase 
de negocios. 

— Tampoco yo los olvido, y por lo mismo, para no exponer- 
me á provocar una nueva escisión prefiero que seáis vos 
quien le hable. 

—¿Es decir que deseáis que vea otra vez al conde? 

— Os lo suplico. 

— ¿Pero no veis que nada puedo hacer? ¿No comprendéis 
que no es él quien puede devolver á vuestra hermana la hon- 
ra que ha perdido? 

—Harto lo sé, pero un padre siempre tiene medios para 
obligar á sus hijos. 

— Es que los del conde, amigo mió, paréceme que no son 
modelos de obediencia. 

— Sin embargo, si vos con los elementos que con tais para 
amedrentar á mi padre, os imponéis de una vez, él obligará á 
su hijo. 

—¿Pero vos habéis visto á Luisa? 

— Ha dias tuve una carta de ella en que me decia que era 
completamente inútil su estancia en casa del conde; que no 
queria estar pasando por el sonrojo de aquel desprecio y que 
por lo tanto viera de encontrar un medio para sacarla de allí. 



LOS CABALLEROS DKL AMOR. 251 

—¿Y vos qué hicisteis? 

— He esperado, poniendo freno á mi impaciencia, hasta que 
hoy finalmente decidime por venir á veros. 

—¿Es decir que contais conmigo para que yo os ayude? 

-—No tengo otra persona más que vos. 

Alina quedóse algunos momentos pensativa. 

Después tendió la mano á Antonio, diciéndole: 

—Voy á complaceros. Es muy posible que ignoréis siem- 
pre la magnitud del sacrificio que voy á hacer por vos, pero 
voy á demostraros el verdadero afecto que os profeso. 

— Grande también será mi reconocimiento, y creed que el 
reconocimiento en persona que tanto ha sufrido como yo, es 
mucho más grande que en aquellos que siempre han sido fe- 
lices. 

— Alina se levantó de su asiento. 

—Esperad un momento, vuelvo en seguida para ir con vos 
á la casa del conde de Lazan. 

La joven abandonó la estancia. 

Atravesó algunas habitaciones hasta que llegó á las que 
ocupaba su compañero de venganza Mario de Monteleone. 

Desde el momento en que, como vimos en uno de nuestros 
capítulos anteriores, uno y otro se hablan revelado el amor 
que reciprocamente sentían, aquella venganza objeto primi- 
tivo de su unión, aquel afán con que hasta entonces persi- 
guieron al conde entibióse en tales términos que apenas si 
se ocupaban de él. 

Es verdad que Mario y Alina tenían mucho que decirse. 

Hablan vivido juntos muchos años, es verdad, pero uno y 
otro, embebidos únicamente en el propósito que abrigaban, 
apenas si se velan, cruzaban las palabras que las circunstan- 
cias exigían, y fuera del objeto común para el cual se habían 
unido, eran, puede decirse, completamente extraños el uno 
para el otro. 

Mas desde el momento en que uno y otro, al apercibirse de 



252 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

SU aislamiento respectivo, pensaron que había otra existencia 
para ellos más venturosa que la de su venganza, en el mo- 
mento que al abrir los ojos á la luz se vieron mutuamente, un 
cambio extraordinario empezó á verificarse en sus sentimien- 
tos. 

Y cuando los labios confirmaron lo que iniciaron los ojos, 
hízose la trasformacion más sensible. 

Y hablando de sí propios mucho, ocupáronse muy poco en 
lo ajeno. 

De aquí que su venganza respecto al conde de Lazan se 
hubiese entibiado, en términos que casi apenas hablaban de 
ella. 

Al ver Mario á Alina entrar en su aposento, una expresión 
de alegría inundó su rostro; y preguntóla vivamente: 

—¿Qué quieres, Alina? 

— Voy á salir — le dijo ésta. 

— ¿Dónde vas? 

— A casa de nuestro enemigo. 

— ¡De nuestro enemigo!— repuso Mario frunciendo ligera- 
mente el entrecejo— desde que te amo me parece que aborrez- 
co menos al conde. 

— Pues estamos en idéntica situación. 

— ¿Y para qué quieres verle? ¿para qué vas á renovar anti- 
guas heridas que no pueden producirte más que disgusto? 

Alina le refirió el objeto que á aquella casa la llevaba. 

— ¿Y qué piensas hacer?— preguntó Mario.— ¿Cómo puedes 
obligar al conde á que ordene á su hijo semejante unión? 

— No lo sé, pero confio en que triunfaré, porque voy re- 
suelta á todo. 

— No te comprendo. 

—Voy resuelta á sacrificar, para ver si alcanzo la felicidad 
de esa pobre niña, á sacrificar hasta mi propia venganza. 

—La nuestra, querrás decir. 

— ¿De veras? 



LOS CABALLEROS DEL AMOP. 253 

—Sí, Alina; no quisiera en el próximo dia de nuestra 
unión, al estrecharte entre mis brazos, conservar recuerdo 
alguno de odio en el corazón. 

—¡Oh! ¡qué bueno y qué noble eres! ¡Quiera el cielo que 
el conde aprecie en lo que vale nuestra nueva actitud! 

— Vé y tráeme pronto la noticia de que has alcanzado lo 
que deseas. 



CAPITULO XXXVIII. 



Resultado de la, acción llevada, á cabo por los dependientes de 

don Tadeo. 



En breve espacio encontráronse Alina y Antonio, en casa 
del conde de Lazan. 

Durante el cannino apenas si cruzaron alguna palabra. 

Preocupados ambos, solo pensaban en llegar cuanto antes 
á la casa del conde, para cuyo efecto Antonio excitaba á 
los jayanes que llevaban la silla de manos en que iba la dama 
á que apretasen el paso cuanto les fuera posible. 

Una vez en casa del conde, solicitada su venia para verle é 
introducidos en su presencia, dirigióse la italiana al padre de 
María, diciendo: 

—Señor conde, siento volver á molestaros, pero sospecho 
que sin duda no habéis tenido en cuenta que la impaciencia es 
mala consejera, y la mia está diciéndome que no habéis cum- 
plido como debisteis. 



LOS CAJ3ALLEU0S DEL AMOR. 255 

Antonio, desde que entró en la estancia de su padre, man- 
teníase en aquella actitud severa y grave adoptada por él des- 
de el primer momento en que supo los lazos que les unian. 

Aquella especie de seriedad y de repulsión, no podian 
menos de herir al conde que en medio de los disgustos que le 
rodeaban, tal vez en el nuevo afecto de aquel hijo habría en- 
contrado un lenitivo para sus dolores. 

Al escuchar las palabras de Alina, así como desde luego 
había supuesto al verla entrar que no había de ser nuncio de 
buenas noticias para él, comprendió que los reproches iban á 
tomar un carácter más formidable, carácter que había de he- 
rirle con mayor violencia porque su hijo los iba á escuchar. 

— Explicaos, señora; que no acierto á comprender lo que 
en estos momentos pueda motivar vuestro enojo. 

—Siento que seáis tan flaco de memoria, obligándome á 
recordar lo que, podéis creerme, hubiese querido dar al olvido. 

— Si os referís al enlace de mí hijo con esa bellísima joven 
respecto á la cual tiene contraidos deberes que yo soy el pri- 
mero en reconocer, bien debéis comprender, Alina, que no 
es míala culpa si ya no se ha verificado. 

— Paréceme que tan vuestra es como del vizconde. 

—¿Creéis que por librarme de los tormentos que sufro no 
habría yo hecho cuanto posible fuera? 

—Señor conde— repuso Antonio hablando por primera vez- 
tengo para mí que cuando un padre ordena, el hijo no tiene 
otro remedio que obedecer. 

El conde no pudo menos de fijar sus humedecidas pupilas 
en Antonio. 

—Eso es lo que debia de ser— dijo— pero desgraciadamente 
no es así. 

— ¿De quién es la culpa en ese caso? 

—Del padre que no ha sabido cumplir desde el principio 
con su deber— repuso con amargura. 

Siguiéronse algunos momentos de silencio. 



256 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

Antonio y Alina habian comprendido el verdadero sentido 
de las palabras del conde. 

Y uno y otra tuvieron prudencia suficiente para respetar 
toda la anaargura que se encerraba en aquella confesión. 

¿Qué fuerza podia tener el conde para obligar á su hijo á 
que le obedeciera cuando precisamente él mismo le habla 
prestado alas para su desobediencia? 

Antonio se aproximó lentamente al conde y le dijo: 

—Señor, comprendo perfectamente más que lo que habéis 
dicho, lo que habéis querido decir; pero ved también que es 
muy doloroso el que por un capricho de ese joven, de vuestro 
hijo, tenga que sufrir una joven honrada y buena todas las 
consecuencias, no solo de la pérdida de su honra, sino de la 
mofa y del escarnio hecho á su debilidad. 

—Comprendo cuanto me digas. 

—¿Y comprendiéndolo no le ponéis remedio? 

—Tu hermano 

—Señor conde, no puedo aceptar más parentescos que 
aquellos que se pueden mostrar á la clara luz del sol, y si á 
esto se une la fatal división que entre el señor vizconde y yo 
existe, comprendereis que ni puedo ni debo considerar como 
hermano á quien ha seducido, ha deshonrado y no concédela 
justa rehabilitación que merece á una joven á quien habia 
considerado como una hermana querida, como la única fa- 
milia que tenia en el mundo. 

—¿Pero no te he reconocido yo? ¿No confieso que soy tu 
padre? 

— Confesadlo en buen hora, yo os respeto como tal; pero 
nada más me exijáis. Ordenad á vuestro hijo que cumpla como 
debe, hacedle que muestre mas con las obras que con las pa- 
labras su honradez y caballerosidad, y yo, si amarle no pue- 
do porque entre él y yo existe la sangre vertida por mí, al 
menos le veré sin odio alguno, en gracia de la felicidad que 
haya dado á Luisa. 



LOS CABALl EROS DEL AMOR. 257 

— Tiene razón Antonio— repuso Alina— y parécenme de tal 
manera justas sus exigencias, que son precisamente las mias 
también. 

— ¿Pero qué puedo hacerle yo, cuando mi hijo, sin querer 
darme explicación alguna, me confiesa que hay obstáculos 
insuperables que á ese matrimonio se oponen? 

—¿Pero qué obstáculos son esos? ¿Tiene acaso contraidos 
compromisos más sagrados con otra mujer? ¿No la encuen- 
tra quizás bastante noble para elevarla hasta su altura? 

—No, no es nada de eso, porque precisamente he tratado 
de preguntarle sobre ello. 

—¿Y os dijo?.... 

— Que amaba á Luisa; pero que le era imposible casarse 
con ella. 

— Pues mandadlo, y se os obedecerá. 

—¡Cuan poco conocéis, Alina, el carácter de mi hijo! 

— Ved que tanto me intereso en esa unión; tanto quiero la 
felicidad de Luisa y la tranquilidad de Antonio, que hasta mi 
propia venganza, que es tan justa como sabéis, abandonarla 
con tal de ver realizado este enlace. 

A estas palabras, cruzó por el rostro del conde un relám- 
pago de alegría, al cual sucedió inmediatamente una expre- 
sión de extraordinario abatimiento. 

—¡Es imposible!— murmuró.— Conozco por desgracia el 
carácter de mi hijo, y en este asunto ha pronunciado sin 
duda su última palabra. 

—Entonces vos mismo, señor conde, debéis comprender 
que no puede permanecer Luisa más tiempo en esta casa. Me 
lo manifestó ella misma hace dias y ahora comprendo que te- 
nia razón. 

—¿Acaso tiene que quejarse de nosotros?— repuso el con- 
de.— ¿No hace mi hija por ella cuanto puede? ¿No la considera 
como una hermana y yo no la trato también como una hija? 

—Para la que ha entrado en esta casa en demanda de hon- 

TOMO 11. 33 



258 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

ra, debéis comprender, señor conde, que el cariño y el afecta 
son muy gratos, no os lo niego, pero no bastan á llenar el 
vacío que ya existe. 

— En su consecuencia — dijo Antonio— juzgando ya muerta 
la esperanza de mi pobre hermana y juzgando imposible su 
rehabilitación, fuíme hoy en busca de esta señora á suplicar- 
la me acompañase para que junto á ella abandonase Luisa 
una casa donde no ha podido encontrar más que un nuevo 
aumento en su amargura. 

—¿Es decir que persistes en tu idea? 

— ¿Qué otro remedio me queda? 

Iba el conde á replicar, cuando de súbito percibióse en la 
vecina estancia, rumor de voces, y un momento después 
abrióse con violencia la puerta del aposento y María se preci- 
pitó en él, exclamando: 

— ¡Oh! padre mió, ¡qué desgracia! 

Y al ver las dos personas extrañas que habia en la cámara 
de su padre, dirigióse á Alina, prosiguiendo: 

—No creáis, señora, no he tenido yo la culpa; la casualidad 
únicamente ha impedido que como de costumbre la acompa- 
ñase. 

— No os comprendo— dijo Alina. 

— Pero habla, hija mia, explícate. ¿Qué quiere decir este 
estado de agitación en que te veo? 

—¿Dónde está mi hermana, señora?— preguntó Antonio 
que desde el momento en que vio entrar á María y escuchó 
su exclamación, estremecióse cual si presintiera una desgra- 
cia. 

—Pues precisamente de ella es de quien hablo— dijo María 
—de mi pobre Luisa, que no sé dónde está. 

—¡Cómo!— exclamaron á la vez las tres personas que se 
hallaban reunidas en el aposento. 

Entonces María púsose á referir que lo delicado de su sa- 
lud la impidió aquella mañana ir, como de costumbre, á las 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 259 

Descalzas Reales, y hacer las limosnas correspondientes á 
aquel dia; que en su lugar habia ido Luisa, la cual se hizo 
conducir hasta la plaza de Afligidos, en cuyo punto la espera- 
ba una mendiga, á cuya madre habia de socorrer; que se ha- 
bia ido con la niña, y que los criados, cansados de esperar, 
hacia más de tres horas, acababan de llegar dando parte de lo 
ocurrido. 

—Señor conde— gritó Antonio fuera de sí, apenas hubo 
terminado María su relato— vos, y únicamente vos sois res- 
ponsable de eso. 

—¡Antonio! — exclamó Alina sorprendida por la cólera del 
joven. 

—Observad bien la negativa de vuestro hijo á devolver á 
mi hermana la honra que le ha quitado; observad también 
que nadie mejor que él debía saberla costumbre que tiene de 
ir á misa todos los días con vuestra hija, y lógico y natural es 
también que supiera que iba hoy sola, y bien merece una que- 
rida como Luisa el sacrificio pecuniario que semejante lazo 
puede haberla costado. 

— i Caballero ¡—exclamó María ofendida por las palabras de 
Antonio. 

— Ve lo que dices— repuso á su vez el conde. 

—Nada me digáis, señor. Si estuviese aquí vuestro hijo, 
del mismo modo, os juro que se lo dijera también. Él y sola- 
msnte él ha sido el raptor de Luisa— replicó Antonio con cre- 
ciente cólera. 

— Miente villanamente quien tal diga— gritó un acento co- 
lérico desde la puerta de la estancia. 

Volviéronse todas las miradas en aquella dirección, y vie- 
ron al vizconde Carlos de Lazan que, pálido por efecto de la 
emoción que sentía, iba á penetrar en la habitación cuando 
apercibió las últimas palabras de Antonio. 

Al reconocerle éste, un rugido de cólera brotó de su gar- 
ganta. 



260 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

Fué á lanzarse sobre él, pero el conde de Lazan se inter- 
puso, diciendo: 

— Antonio, ¿olvidas el lugar en que te encuentras? 

—Dejadle, padre— repuso Carlos— tengo una cuenta pen- 
diente con ese villano, y ya que la ocasión se me presenta 
quiero solventarla. 

— ¡Oh! ¡miserable!— gritó Antonio á quien la cólera cegaba. 

—Señor conde— dijo á su vez Alina, mientras que María 
hacia esfuerzos para contener á su hermano— ved las conse- 
cuencias de los pasados errores. 

El conde, al escuchar estas palabras, fijó una mirada inde- 
finible en Alina. 

Después, viendo que á pesar de todos los esfuerzos los dos 
jóvenes estaban á punto de acometerse, cogió violentamente 
á Carlos por un brazo, hizo lo mismo con Antonio, y con un 
acento cuya verdadera expresión en vano trataríamos de des- 
cribir, exclamó: 

—¡Carlos! ¡Antonio! deponed vuestros enojos, deponed 
vuestros rencores que me están matando; vosotros no podéis 
ser enemigos porque los dos, sabedlo de una vez, los dos sois 
mis hijos. 



CAPÍTULO XXX ÍX, 



Los dos hermanos. 



Profunda sorpresa causaron las palabras del conde, en to- 
das las personas reunidas en el aposento. 

Los dos jóvenes detuviéronse al sonido de aquella voz que 
llena de severidad y de amargura, les revelaba el parentesco 
que lesunia y los deberes que recíprocamente tenian. 

María contempló asombrada á Alina, á su padre y á sus 
hermanos, y apenas sabia ni qué actitud tomar ni qué decir. 

La italiana á su vez, á pesar de los motivos de aborreci- 
miento que respecto al conde tenia, como que le veia tan lleno 
de amargura, tan profunda y tan justamente alterado en vista 
de la multitud de penas que sobre él se desplomaba, no pudo 
menos también de sentirse conmovida. 

Antonio fué quien primero rompió el silencio que se siguió 
á las palabras de su padre. 

—Señor— dijo— habéis hablado en nombre de vuestra au- 



262 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

toridad, habéis con vuestras palabras hablado tanto á mi co- 
razón como á mi cabeza, y comprendo y deploro el extremo 
á que mi mismo dolor me conduela. 

Y volviéndose hacia el vizconde, continuó: 

— Perdonad, hermano; os he ofendido y lo siento, pero el 
dolor de ver á Luisa mendigando vanamente un nombre y 
una posición á que tan legítimo derecho tiene, y al ver final- 
mente que desaparece, que la roban, y que la roban habiendo 
estado en vuestra casa, se ha perturbado mi razón y he ido 
más lejos de lo que debia. 

Y al decir esto tendió su mano á Carlos, que durante algu- 
nos segundos permaneció inmóvil. 

El conde no pudo menos de dirigir una mirada suplicante 
á Carlos, el cual dijo con un ligero acento de reproche: 

— Duéleme todavía la herida que me inferisteis y que me 
ha obligado á permanecer en el lecho tantos dias. 

— ¿Para qué recordar ahora lo pasado?— dijo el conde. 

— Padre mió, á mi pesar se ocurre á mi memoria— contes- 
tó Carlos. 

— Escuchad, señor vizconde— dijo Alina comprendiendo 
por la actitud que iba tomando Antonio, que habia llegado el 
momento de intervenir. — Debéis comprender que esa misma 
herida de que os lamentáis y que vuestro hermano deplora 
también, fué por esta misma mujer á quien decís que amáis; 
por lo tanto, si ese amor existe, paréceme que en vez de an- 
dar ahora despertando pasados odios y quizás prestando pá- 
bulo á rencores nuevos, debéis congratularos de que la 
mujer á quien amáis, tenga en vuestro mismo hermano un 
valedor tan enérgico y tan decidido. 

— Tenéis razón, señora— repuso el vizconde tendiendo á su 
vez la mano á Antonio— olvidemos lo pasado y pensemos 
únicamente en el presente. 

— Ahora bien, señora— dijo el conde dirigiéndose á Alina — 
¿Creéis todavía que puedo sufrir dolores más grandes que los 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 263 

que llevo sufridos? ¿Creéis que exista un padre en el mundo 
más lleno de angustias que lo estoy yo? 

Alina no contestó. 

Comprendió que el conde tenia razón, y al objeto de sepa- 
rar la conversación del terreno en que estaba, dijo: 

—Puesto que el pasado ha muerto, y solo una vez debe- 
mos ocuparnos del presente, preciso es aunar todos nuestros 
esfuerzos á fin de encontrar á Luisa. 

—Tenéis razón — exclamó Carlos— y yo os juro que, ó pier- 
do la vida en semejante empresa, ó sabré encontrarla. 

— ¿Y si la encontráis— dijo Alina— la haréis vuestra es- 
posa? 

El vizconde no contestó. 

Nublóse su frente, y durante algunos segundos mostró en 
su semblante la lucha que en su corazón sostenía. 

Después dijo con acento un tanto conmovido: 

—Pues que mi hermano la ama, puesto que ella debe es- 
tarle agradecida por sus desvelos y sus cuidados, y puesto 
que yo, por razones especiales mias, no puedo hacerla mi es- 
posa, yo se la cedo gustoso á mi hermano. 

— ¡Oh!— exclamó Antonio con una expresión indefinible. 

— Eso es imposible— gritó á su vez el conde lleno de emo- 
ción—Antonio no puede ser el esposo de Luisa. 

— ¿Por qué razón— preguntó Carlos— si yo que soy el que 
amándola renuncio á ella obligado por circunstancias supe- 
riores á mi voluntad? 

—Quien ha cometido el yerro, es quien únicamente debe 
remediarlo. 

— Pero si es que yo no puedo 

— Pero ¿á qué hablar ahora de todo eso que es prematuro 
en demasía? Paréceme que lo primero de todo es encontrar 
á Luisa. ¿No os parece lo mismo que á mí, señora? 

Y María al pronunciar estas palabras, fijó sus ojos en Ali- 
na como buscando su apoyo. 



264 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

Esta se lo concedió inmediatamente. 

— Sí, señora— la dijo— paréceme que cuanto antes deben 
dedicarse todos los esfuerzos á encontrar á Luisa. Es preciso 
ver á los criados que llevaban la silla de manos, es preciso 
interrogará todos los vecinos inmediatos al lugar donde ha 
ocurrido el hecho, hasta encontrar algún rastro que pueda 
conducirnos al punto que deseamos. 

—¿Pero quién puede haber robado á Luisa?— exclamó An- 
tonio— ¿qué enemigos podia tener? ¿qué amores podia haber 
excitado ó qué deseos podia haber encendido cuando precisa- 
mente el único á quien ella ha amado es mi hermano, y hacia 
mucho tiempo que apenas ponia el pié en la calle? 

—Corramos en su busca, Antonio— dijo el vizconde. 

—Sí, sí— exclamó María— buscad á la pobre Luisa, cuya 
suerte me tiene llena de inquietud, máxime recordando el 
peligro que yo corrí en otra ocasión, cuando estuve á punto 
de caer en manos de esos malditos Caballeros del Amor. 

Carlos no pudo menos de estremecerse. 

— Esperad— dijo Alina apenas hubo terminado María— esas 
últimas palabras que acabáis de pronunciar me han sugeri- 
do una idea. 

—¿Cuál? 

— ¿No acostumbráis ir á misa todos los dias á la misma 
hora? 

—Sí, señora. 

— ¿No debíais de haber ido hoy como de ordinario? 

— Como que habla quedado con esa mendiga en ir á socor- 
rerla. 

— ¿Y no creéis que únicamente esta equivocación haya 
sido la causa de la desaparición de Luisa? 

—¡Cómo!— exclamó el conde. 

—Si tenemos en cuenta la tentativa dirigida en otra oca- 
sión contra María, si tenemos en cuenta que á ella se dirigió 
esta mendiga, fácil es que contra vuestra hija estuviera diri- 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 265 

gido el golpe, y que únicamente la casualidad haya hecho que 
sea Luisa la víctima. 

—Tenéis razón— dijeron á la vez Antonio y Carlos. 

—Es indicio que debe tenerse en cuenta. 

—Pero ¡Dios mió!— exclamó María trémula de espanto— 
¿será posible que tan amenazada me encuentre? ¿qué enemi- 
gos puedo tener yo? ¿á quién hice daño cuando á nadie he 
querido mal? 

—Si el tiro ha partido de los Caballeros del Amor— dijo Car- 
los— yo os prometo que pronto lo sabré. 

— Vamos á interrogar á los criados— dijo Antonio. 

— Y después á buscarla donde quiera que se encuentre. 

Y los dos jóvenes salieron del aposento, quedando única- 
mente Alina, María y el conde. 

— Ven, hija mía— dijo éste dirigiéndose á la joven— y di á mi 
secretario que ponga una carta para el conde de Floridablan- 
ca, diciéndolelo que acaba de ocurrir. 

Esta orden no era más que un pretexto para alejar á Ma- 
ría de la estancia. 

Una vez solos Alina y el conde, dijo éste: 

—Ya lo veis, señora, hice cuanto pude por complaceros; 
pero ya habéis oido la respuesta de mi hijo. 

—En esa respuesta existe un misterio incomprensible. 

— Pero misterio que, conocido su carácter, le impedirá cons- 
tantemente cumplir como debe, y en ese caso, ¿no compren- 
déis que es muy triste me vea yo condenado á sufrir ese mar- 
tirio que me habéis impuesto y del cual me habéis prometido 
relevarme únicamente bajo la condición de ese matrimonio? 

—Señor conde, mucho daño me hicisteis en otro tiempo: el 
recuerdo de aquel funesto dia no se ha borrado ni se borrará 
jamás de mi corazón ; sin embargo, os veo tan castigado hoy; 
en las arrugas de vuestra frente y en el encanecimiento de 
vuestros cabellos se descubre tal mundo de dolores, que de- 
pongo mi resentimiento y os juro no olvidar el daño que me 

TOMO II. 34 



266 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

hicisteis; pero sí no volver á molestaros con mi venganza. 

—Gracias, señora; pero podéis quedar tranquila, porque 
son tantas las espinas que hay en mi conciencia, que ellas 
bastan para dejaros completamente vengada. 

—Sin embargo, conde. Dios es piadoso siempre, y un since- 
ro arrepentimiento quizás podrá llevar á vuestro corazón parte 
de la calma que perdisteis. 

Todavía permaneció un buen espacio Alina en la casa del 
conde esperando á ver si daban algún resultado las diligen- 
cias practicadas por los dos jóvenes; pero hubo de retirarse á 
su casa finalmente con el desconsuelo de no haber podido sa- 
ber qué habia sido de Luisa. 



CAPÍTULO XL. 



Un personsije misterioso. 



Tiempo es ya que nos ocupemos de nuestro antiguo amigo 
don Luis de Guevara, á quien dejamos en una situación bas- 
tante crítica. 

El cuidado que reclamaba la herida que acababa de reci- 
bir, según vimos en el capítulo correspondiente, atrajo toda 
la atención de Joselito y de Concha, permitiendo á García es- 
capar, aprovechándose de la libertad en que había quedado. 

En breve espacio reunióse un buen número de personas 
junto al herido. 

Joselito estaba desesperado. 

Por su causa había recibido don Luis aquella herida, y to- 
dos sus esfuerzos en aquellos momentos de angustia y deses- 
peración estaban cifrados en ver si podia hacer que recobra- 
se el herido el conocimiento. 

Trasportaron al herido al próximo hospital de la Latina á 



268 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

fin de que le fuese hecha la primera cura, y precisamente en 
el mismo momento en que iban cuatro mozos de buena vo- 
luntad á levantar el que ya parecía cadáver, aproximóse al 
grupo un individuo cuyo traje parecía miás bien el de un hi- 
dalgo pobre, que no el de un caballero de elevada alcurnia, el 
cual preguntó qué habia sucedido allí. 

Concha habia tomado la palabra tiempo hacia, lamentando 
la falta de seguridad que habia en la corte, falta de seguridad 
que daba margen á que ninguna persona honrada pudiese 
transitar por las calles apenas oscurecía. 

Y de su boca salieron sapos y culebras, como vulgarmente 
se dice, contra los alcaldes de casa y corte, contra las rondas, 
contra todo aquello, en fin, que debiendo velar por la seguri- 
dad pública no lo hacia, dando con ello lugar á lances de 
aquella especie. 

Merced á esta locuacidad, encontróse el desconocido hi- 
dalgo con que supo todo cuanto deseaba y algo más que sin 
duda no debió presumir, porque al escuchar el nombre del 
herido caballero tomó su semblante una expresión extraña, y 
dijo: 

— Dígame, buena moza, ¿ese don Luís de Guevara no es un 
caballero joven, simpático, procedente, según creo, de Anda- 
lucía? 

— El mismo, señor— respondió la maja— y tan simpático, y 
tan generoso y galán era don Luis, que no habia maja, ni en 
Lavapiés ni en Maravillas, que no le hubiera admitido gusto- 
sa sus obsequios, ni señorona de la corte que no le amase, ni 
caballero que no se honrase siendo su amigo. 

—Por lo visto, era su merced muy amiga del caballero- 
dijo el desconocido con acento ligeramente irónico. 

— Pues, sí señor, y si usarcé me lo dice en tono de mofa, 
tenga presente^ que lo que es de Concha Palomares, nadie ha 
tenido en su vida que decir una palabra, y que cuando yo di- 
go que don Luis es todo un caballero, es porque puedo decir- 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 269 

lo, porque yo y mis amigas le debemos muchos favores, y so- 
bre todo porque es bien público y notorio su proceder. 

— Nunca tuve ánimo de ofenderla. 

— Es que por si acaso 

—¿Y decia su merced que don Luis privaba mucho en la 
corte? — preguntó el desconocido. 

— ¡Ya lo creo! como que es el ojito derecho del conde de 
Floridablanca, y tiene como padrinos principales al señor con- 
de de Lazan, al marqués del Alcázar, y qué sé yo qué otros 
duques y marqueses. Ya ve usarcé si seria triste que ese bri- 
bón hubiese puesto fin á su existencia. 

El desconocido habíase quedado pensativo é iba siguiendo 
á la comitiva que se aproximaba al hospital, fijando de vez en 
cuando una mirada indefinible en don Luis, que en brazos de 
Joselito y de otros tres individuos, no daba señal de vida. 

Concha, en medio de su dolor y de su locuacidad, preocu- 
pábase al pensar cómo daria á Paca una noticia que tanto 
trastorno habia de producirla. 

El desconocido tomó pié de aquí para seguir haciendo pre- 
guntas y averiguaciones, resultando de todo, que cuando lle- 
garon al hospital de la Latina, en cuyo sitio quedóse provi- 
sionalmente don Luis, aquel sabia todo cuanto Concha conocía 
respecto á la existencia que habia llevado el joven caballero 
en la corte. 

Cuando se encontró solo y pudo estar seguro de que nadie 
le veía, detúvose, y fijando una mirada implacable en el edifi- 
cio donde habia quedado don Luis, murmuró: 

—Gracias al diablo he conseguido dar contigo, don Luis de 
Guevara, y yo te juro, que si con vida sales de esta, has de llevar 
un recuerdo eterno de mi venganza. El infierno sin duda hizo 
que te cruzases en mi camino, y como continúe prestándo- 
me su apoyo, ¡ ay de tí hijo de don Francisco de Guevara! 

Y aquel extraño personaje dióse á andar como persona á 
quien urge llegar pronto á su destino, penetrando finalmente 



270 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

en ima casa de humilde apariencia, situada en la Cava Alta 
de San Miguel. 

Un criado de fisonomía poco simpática á la verdad, salió á 
recibirle. 

Entraron juntos en una habitación adornada con sencillez, 
y allí, dejándose el desconocido caer la capa en que se envol- 
vía, dejó ver el semblante duro, bravio y malvado de un hom- 
bre que frisaría con los cuarenta años. 

En aquel momento su semblante estaba esclarecido por un 
siniestro resplandor. 

El criado debió encontrar sin duda que aquello era inusi- 
tado en su amo, pues le dijo: 

— Paréceme, señor, que no os han salido mal las cuentas 
esta noche. 

— No lo sabes tú bien, Campillo— repuso el desconocido. — 
No podrás imaginarte á quien he encontrado. 

— ¿Á quién, señor? 

—Al hijo de don Francisco de Guevara. 

— ¿No fué ese el capitán que en Méjico?.... 

—Sí; no prosigas. ¿Está ahí mi hijo? 

— Sí, señor. 

—Está bien; disponte para salir á la calle. 

El desconocido púsose á pasear por la habitación cual si 
estuviera meditando algún plan, y después murmuró: 

—Según me ha dicho esa maja tan habladora, y cuyas re- 
velaciones han sido tan importantes para mí, parece que una 
de sus amigas se halla vivamente interesada por él. Principie- 
mos por ahí ; esa maja ha dicho que no se atrevía á darle á su 
amiga semejante noticia; yo la he aconsejado que no lo haga 
tampoco de momento al menos. Envenenémosla desde ahora. 
Pero, ¿de qué modo puedo yo decirlo á esta mujer que pueda 
realmente herirla? 

Y el desconocido se detuvo algunos segundos, hasta que 
dándose una palmada en la frente, exclamó: 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 271 

— Ya tengo el medio; calumniemos, que la calumnia deja 
siempre algo tras de sí. Según esa mujer me ha dicho, uno de 
los protectores de don Luis es el conde de Lazan. Éste tiene 
una hija, ¿por qué no hemos de suponer que la herida que ha 
recibido don Luis sea efecto de celos ó de rivalidades? Sobre 
todo, lo principal es crear dificultades, crear disgustos y lle- 
nar de amargura el corazón de ese hombre, si es que en él 
dejó un átomo de vida el puñal de aquel bribón. 

Y diciendo estas palabras púsose á escribir una carta que 
entregó á Campillo tan luego éste se presentó dispuesto para 
salir á la calle según su amo le ordenara. 

Éste le dio las señas de la casa de Paca, y momentos des- 
pués, mientras Campillo se dirigía á evacuar su comisión, el 
desconocido entraba en otra habitación de la misma casa don- 
de se hallaba un joven de unos diez y seis años ocupándose 
en el manejo de armas. 

Á primera vista comprendíase que entre el joven y el des- 
conocido, debia existir un parentesco muy cercano. 

Ambos tenían la misma fisonomía, aun cuando con las va- 
riaciones naturales en la diferente edad de ambos personajes. 

La misma dureza de líneas, la misma mirada penetrante, 
la misma frente deprimida y estrecha, la misma expresión 
finalmente repulsiva había en uno que en otro, aun cuando en 
realidad un observador entendido habría asegurado desde 
luego mayor grado de perversidad en el joven cuando tuviera 
la edad del desconocido. 

—Ya veis, padre mio—exclamó el joven suspendiendo las 
estocadas que estaba dirigiendo al maniquí que había en me- 
dio del aposento—cómo procuro cumplir con vuestros de- 
seos. 

— Así, hijo mío, ese es un ejercicio digno de ti, y tanto más 
necesario hoy, cuanto que tienes, como ya te he dicho algu- 
nas veces, deberes muy sagrados que cumplir. 

— Podéis creer, señor, que nada olvido y que solo apetezco 



2*2 LOS CABALLEROS DBL AMOR. 

tener la edad suficiente, pues bien sabéis que corazón no me 
falta para vengar á mi pobre madre. 

— Eso es lo que no debes olvidar nunca, y precisamente de 
ello he venido á hablarte. 

—Decid, padre mió, decid, que bien sabéis lo dispuesto que 
me hallo á derramar mi sangre si es preciso por lavar la 
afrenta que se nos ha inferido. Pero si mal no recuerdo, vos 
mismo me habláis dicho que no sabíais dónde hablan ido á 
pararlos miserables que asesinaron á mi madre. 

— Precisamente el destino ha hecho que encuentre al prin- 
cipal. 

—¿De veras?— grito el joven corriendo hacia su padre, y 
reflejándose en su juvenil semblante la expresión de un gozo 
cruel y de un ardiente espíritu de venganza. 

—Sí, hijo mió, sí— repuso el desconocido fijando con satis- 
facción su mirada en el joven— pero, cálmate, que para alcan- 
zar lo que tan justamente apetecemos, es preciso obrar con 
una circunspección y un tino extraordinarios. 

—¿Y por qué no dirigirnos de frente al miserable, sea cual 
fuere su condición, y asesinarlo, aun cuando después nos es- 
perase la muerte? 

— No por cierto; la venganza que respecto á ese hombre 
vamos á tomar, es preciso que sea tan grande como su cri- 
men. Es necesario herir á ese hombre en sus afecciones, en 
sus sentimientos, en su honra, en todo aquello, en fin, que 
llora el hombre con lágrimas de sangre, y para lo cual no en- 
cuentra remedio alguno. 

— Gomiprendo, padre, comprendo— dijo el joven cuyos ojos 
brillaron con sombría expresión. 

—Ahora, como es posible que la lucha se entable más pron- 
to de lo que nosotros creemos, y como que en esa lucha, por 
más que yo trate de evitarlo, es fácil me sorprenda la muerte, 
necesito que sepas realmente toda la gravedad de tus deberes, 
por la misma grandeza del crimen que tienes que vengar. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 273 

—i Oh, SÍ, SÍ, padre! Tiempo hace que os he preguntado 
€ómo habia sido la muerte de mi madre, qué circunstancias 
eran las que para ello habían mediado, y jamás me lo habéis 
querido decir. 

— Porque no habia llegado el tiempo todavía; pero ahora 
es distinto. Escúchame, Felipe, y no olvides lo que te voy á 
•decir. 



TOMO II. 35 



CAPÍTULO LXI. 



El ven o; ador de su madre. 



Hace algunos años, como tú sabes— dijo el desconocido 
dando comienzo á la historia que habia indicado— residíamos 
en Méjico. 

Mis desgracias, mis propias locuras, pues de tal modo pue- 
do calificar muchos arrebatos de mi juventud, habíanme 
reducido á un extremo tal, que tú viniste al mundo precisa- 
mente en la época más calamitosa de nuestra existencia. 

—Harto lo sé— repuso con amargura Felipe, que ya sabe- 
mos que así se llamaba el joven.— Lo que es los primeros años 
de mi vida fueron bien poco satisfactorios. 

—Todo ello se lo debes al padre de la persona que hoy me 
he encontrado. 

—Continuad. 

—Tu madre— prosiguió el desconocido con alguna vacila- 
ción— habia aprendido allá en otro tiempo y por distracción 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 275 

algo de quiromancia, y como esto proporcionaba un medio 
para ganar la subsistencia allá en Méjico, donde son muy da- 
dos á estas cosas, tratamos de utilizarla, y efectivamente por 
de pronto pudimos respirar con mayor libertad. 

— Si mal no recuerdo— dijo Felipe— paréceme que estaba 
prohibida esta ciencia. 

— Ya lo creo, como que los bandos del Virey lo tienen pro- 
hibido; pero ¿quién hace caso de los bandos cuando hay bue- 
nas monedas que ganar? Tu madre y yo, saltamos por enci- 
ma de los bandos, y en los primeros meses, como te he di- 
cho, la abundancia volvió á reinar en nuestra casa. 

Un dia entró en ella á las altas horas de la noche un capi- 
tán que hacia algún tiempo residía en Méjico. 

— Necesito saber — dijo á tu madre— si tu ciencia es real- 
mente tan grande como dicen. 

— La ciencia— contestó tu madre— es la misma en todas 
partes: yo no soy más que su intérprete; preguntadme lo que 
queráis saber, señor capitán Guevara, y os lo diré. 

— ¿Sabéis cómo me llamo?— exclamó aquél sorprendido. 

— Yo sé cuanto necesito saber, y á veces más también de 
lo que saber quisiera. Por esta razón — prosiguió tu madre- 
siento me hayáis venido á ver. 

— ¿Que lo sientes? ¿Tienes la pretensión de adivinar lo que 
te vengo á decir? 

—Me lo presumo al menos. 

— Veamos. 

—Preguntad; pero os ruego que antes de hacerlo meditéis 
bien; no sea que después os pese lo que queréis saber. 

—Están pesándome ya— contestó el capitán— tus necios 
consejos y tus impertinencias. He venido aquí para saber, y 
bueno ó malo quiero saberlo todo. 

Tu madre no insistió más. 

El capitán estaba casado, tenia en España su mujer y su 
hijo, y deseaba saber noticias de ellos. 



276 LOS CABALLfiROS DEL AMOR. 

Hacia meses que lo ignoraba todo; sus cartas no obtenían 
contestación, y desesperado ya iba en busca de aquel medio 
para saber lo que necesitaba. 

Tu madre le dijo lo que la ciencia le habia enseñado. 

El capitán habíase casado en segundas nupcias con una 
mujer frivola y liviana que maltrataba á su hijastro y enga- 
ñaba á su marido. 

El capitán salió furioso de nuestra casa. 

Al dia siguiente embarcóse en un buque que se dirigia á 
Cádiz, y meses después llegaba á su casa. 

Pero la mujer habia sido advertida ya, y al llegar su espo- 
so supo de tal manera engañarle, que cuando un año después 
volvió á Méjico, lo primero que hizo fué tratar de vengarse de 
la miserable hechicera que se habia atrevido á mancillar con 
su inmunda lengua la honra de su esposa. 

— ¿Eso hizo el capitán?— dijo Felipe que seguia con anhe- 
lante impaciencia el relato de su padre. 

—Sí, hijo; tu madre fué delatada á la Inquisición por el ca- 
pitán; nuestros pocos bienes fueron confiscados y tú y yo, 
merced á mi ligereza en obrar, pudimos evitar la suerte que 
nos aguardaba. 

—¿Pero y mi madre? 

— Tu madre fué quemada en uno de los autos de fe, que se 
celebraron en Méjico poco tiempo después. 

Un silencio verdaderamente terrible se siguió á las últi- 
mas palabras del desconocido. 

Felipe, tembloroso de ira, excesivamente pálido, brillan- 
tes los ojos y apretados los dientes, expresaba la inmensa có- 
lera que le abrumaba. 

Su padre, pálido también y con el semblante contraído, 
parecía realmente sufrir con la evocación de aquellos re- 
cuerdos. 

Al cabo de algunos minutos, que el joven necesitó para po- 
der encontrar una frase que expresara su pensamiento, dijo: 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 277 

— ¿Y el capitán, padre? 

— El capitán no estaba ya en Méjico cuando yo pude 
Yolver. 

—¿Y no le buscasteis? 

— Dijéronnfie que habia muerto en una expedición contra 
los indios sublevados. 

— ¡Ira de Dios!— exclamó Felipe apretándolos puños de co- 
raje. 

— Pero no era así—prosiguió el padre— aquel hombre habia 
vuelto á España; aquel hombre tuvo ocasión de convencerse 
de la infamia de su esposa, y entonces, al darle muerte en un 
arrebato de ira y de celos, sintió un remordimiento profundo 
por lo que habia hecho con tu pobre madre. 

— Remordimiento tardío; remordimiento que en nada ex- 
cusa la infamia cometida. Y vos, ¿no supisteis encontrar en 
su pecho paso para vuestra espada? 

—Supe por un amigo suyo lo que acabo de referirte. Corrí 
al pueblo en que residía, y hacia precisamente dos años que 
aquel hombre, lleno de remordimientos y afligido al mismo 
tiempo por la infidelidad de su esposa y la muerte que se vio 
obligado á darle, habia salido de allí en compañía de su hijo, 
sin que supiera dónde habia ido á parar. 

—¿Pero estaba en España? 

—Tampoco lo sabia. 

—Haberle buscado. 

— ¿Y acaso hemos hecho otra cosa en el tiempo que hemos 
estado recorriendo este país? 

— ¡Oh! Yo os juro, padre mío, que lo que vos no pudisteis 
alcanzar, ha de alcanzarlo mi obstinada voluntad. 

— Camino, como te he dicho antes, tenemos adelantado 
para ello. Hace años encontrábame yo en Sevilla en ocasión 
que varios jóvenes caballeros pasaron por mi lado, separándo- 
se á los pocos pasos de mí. Uno de ellos tomó otra dirección, y 
sus compañeros le dijeron :— Adiós Guevara.— Hirióme aquel 



278 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

apellido y entonces me fijé en la persona á quien pertenecía. 
Era un vivo retrato del infame capitán ; pero cuando quise 
seguirle, cuando á él me ful á dirigir al objeto de cerciorarme 
de si era él la persona que yo buscaba, confundióse entre la 
multitud que invadía la plaza y nada pude conseguir. 

—Desgracia habéis tenido, padre. 

—Déjame concluir. 

— ¿Habéis descubierto algo? 

—Sí; ya te lo he dicho antes. 

—Hablad. 

Entonces el desconocido púsose á referir á su hijo lo que 
ya saben nuestros lectores referente á su encuentro con Luis. 

Extraordinaria alegría causó á Felipe aquel descubrimien- 
to, y durante un buen espacio padre é hijo lleváronse hablan- 
do, pensando en lo que deberían hacer para el caso en que 
don Luis llegase á curar. 



CAPITULO XLII. 



donde Liiissi cuando menos lo espera ve brillar una luz salvadora, 



Diez dias han trascurrido desde que tuvieron lugar los últi- 
mos acontecimientos que ya conoce el lector. 

Explicaremos los sucesos que hablan acontecido en este 
intervalo. 

Luisa permanecía en poder de don Tadeo. 

Una vieja era la encargada de su custodia. 

La habitación que servia de encierro á la joven tenia un 
balcón que miraba á un pequeño jardín perteneciente á la casa 
y que estaba circuido por altísimas tapias. Este jardincillo lin- 
daba con el magnífico parque del palacio de la duquesa de la 
Jaridilla. 

Don Tadeo visitaba diariamente á la joven. 

Hacia ya tres dias que Luisa se hallaba prisionera. 

Don Tadeo la visitó á la hora de costumbre, y como lo había 
hecho en los dias anteriores, procuró tranquilizar á Luisa. 



280 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

— Pero— decía la joven — ¿hade ser eterno mi cautiverio? 

—No lo creo así— contestó el viejo astuto. 

—Si se prolonga mi situación no sé si me será dado resis- 
tirla. 

—¿Tan mal se os trata? 

— Lo único que puedo deciros es que me siento sumamen- 
te débil. 

— Tened paciencia; hasta el fin nadie es dichoso. 

— Consentid por lo menos que pueda esparcirme algunas 
horas del día dando un pequeño paseo por ese jardincillo. 

— Bien; todos los dias, cuando venga la buena Ruperta á 
traeros la comida, le daré orden de que se os abra la puerta y 
os deje bajar alFque llamáis jardín; ya sabéis que Ruperta, lue- 
go de haberos servido, se marcha de nuevo, y no vuelve has- 
ta que oscurece; durante todo este tiempo, podréis pasearos 
á vuestro placer; pero al consentiros eso habéis de ofrecerme 
una cosa. 

—¿Cuál? 

—La de que seáis más dócil y procuréis tomar el alimento 
necesario. 

— Haré lo que pueda. 

— En ese caso, conformes. 

— Procurad, por Dios os lo pido, que se me deje libre cuan- 
to antes. 

—Por mi parte haré cuanto me sea dable. 

— En vos confio. 

— Podéis tener confianza. Adiós, pues. 

Don Tadeo salió del aposento donde estábala joven cerran- 
do tras sí la puerta. 

Dirigióse el viejo en busca de Ruperta que aguardaba sus 
órdenes en uno de los cuartos cercanos al que ocupaba Luisa. 

— Ruperta— dijo don Tadeo— desde hoy consentirás que la 
joven á quien custodias, se esparza por el pequeño jardín. 

—¡Cómo! ¿consentís?.... 



LO!3 CABALLEROS DEL AMOR. 281 

—Sí; cuando haya comido la acompañas, abres la puerta 
del jardín y la dejas en él, y cuando vuelvas al oscurecer si 
permanece aun en aquel sitio la joven, la acompañas de nue- 
vo á su habitación. Eso sí: cuando salgas á la calle, mira de 
cerrar bien la puerta de entrada de esta casa. 

—Verdaderamente, aunque se la permita pasear por el jar- 
din, no hay cuidado que pueda escaparse. 

—¡Ano ser que tuviera alas! Las tapias son extremada- 
mente altas y no temo que las escale. 

—No es fácil. 

— He accedido á sus súplicas porque temo se ponga mala y 
no me conviene. 

—Pues si un pájaro come más que ella. 

— Me ha ofrecido que en adelante procurará tomar más 
alimento. 

—La muy melindrosa hacer dengues cuando está trata- 
da á cuerpo de rey!.... 

— Ya se irá acostumbrando. 

—Yo ya hubiera acabado con todos sus melindres. 

—Á mí no me conviene el método que tú emplearías. 

— Porque sois muy bueno. 

¡Qué tal seria la vieja cuando admiraba la bondad de don 
Tadeo! 

—Cada uno se entiende; tu obligación se reduce á servirla 
y á vigilarla cuando estás en casa y á dejar las puertas bien 
cerradas cuando te ausentes de ella. 

— Y eso es lo que hago. 

—También me conviene la hagas entender que hago cuan- 
to puedo por alcanzar su libertad. 

— Lo hago constantemente. 

—No olvides el ponderar mi bondad y el sentimiento que 
me causa el verla encerrada. 

—¡Oh! descuidad, que para mentir me pinto yo sola. 

—Sí, sí, ya lo sé. ¿Quedas enterada de todo, eh? 

TOMO II. 36 



282 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

—Perfectamente. 

— Sírveme bien, que no ha de pesarte. 

— Ya me conocéis. 

— Espero que dentro de breves días, daremos compañía á 
la paloma enjaulada. 

— ¿Pensáis emparejarla? . 

—Sí. 

— Puede que si se coloca á su lado un lindo pichón, se con- 
suele algo más. 

— Regularmente, no será un pichón. 

—Ya; un palomo, 

— Nada de eso ; una paloma. 

— ¡Dios nos asista I 

—¿Qué te asusta? 

—Si una da tanto que hacer ¿ qué harán dos ? 

—No te dé cuidado, que ya las colocaremos pronto. 

—Siendo así 

—Tú serás su guia. 

—Haré lo que me mandéis. 

~Ea, adiós. 

— Adiós. 

Llegó la hora de la comida. 

Ruperta entró en la habitación de Luisa, llevando en un 
cesto el servicio de mesa y algunas viandas. 

— Espero que hoy— dijo á la joven en tanto preparaba la 
mesa— estaréis algo más contenta; se me ha dado orden 
para permitiros pasear por el jardín. 

— Sí, ya lo sé— contestó tristemente Luisa. 

— ¿Tampoco eso os alegra?— gruñó la grosera vieja. 

—Indudablemente me consuela algo el tal permiso. 

— Vamos, comed. 

Luisa se acercó á la mesa y se sentó. 

Por más esfuerzos que la joven hacia, apenas podia pasar 
bocado. 



LOS CABALLEROS DRL AMOR. 283 

—¿Qué es eso? ¿tampoco hoy coméis más de lo que tenéis 
por costumbre? A ese paso pronto no podréis sosteneros de 
pié. 

—¿Qué queréis? me es imposible por más esfuerzos que 
haga, el comer algo más; no tengo apetito. 

— ¡ Um!— dijo la vieja— -no se dónde iremos á parar. 

— Quizá á la noche, después de haber dado un paseito 

— En fin, veremos. 

—Yo haré cuanto pueda por complaceros. 

Las lágrimas se escapaban con profusión de los bellos ojos 
de Luisa. 

— ¡Lagrimitas! Pues hija no hay para tanto. 

— ¿Cómo queréis que no llore en mi situación? 

—Pues gracias á que habéis dado con don Tadeo que es un 
buen hombre y que se interesa por vos. 

— ¡Oh! ¡Cuánto le agradecería que procurase ponerme en 
libertad ! 

— Ya lo procura. 

—¿Queréis decir que sinceramente se interesa en ello? 

—Me consta. 

—¡Dios se lo pague!— exclamó la pobre joven. 

— Seguidme, si queréis pasar al jardin. 

Luisa siguió á Ruperta, la cual, después de dejar á la joven 
sentada en uno de los dos bancos de piedra que en el jardin- 
cillo habia, se alejó. 

Cuando Luisa se vio sola, dio rienda suelta á su contenido 
llanto. 

Las altas tapias que circuían el jardin, pertenecían, las de 
la derecha al patio de la casa donde celebraban sus reuniones 
los Caballeros del Amor, y las de la izquierda al parque de la 
señora duquesa de la Jaridilla. 

La casa de dicha señora tenia un hermoso mirador, desde 
el cual se dominaba por completo el j ardíncillo en donde se 
hallaba Luisa. 



284 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

La señora duquesa, que desde hacia largos años llevaba 
una vida completamente retirada, solia pasar algunas horas 
del dia en el susodicho mirador á fin de gozar de la magnífi- 
ca vista que desde aquel sitio se descubría. 

El primer dia que Luisa bajó al jardin, hallábase la señora 
duquesa en el mirador. 

Al fijar por casualidad la señora duquesa la yista en el sitio 
en que se hallaba llorando amargamente la desconsolada jo- 
ven, se sorprendió altamente la dama, pues no recordaba haber 
visto jamás á persona alguna en aquel sitio, y llamóle gran- 
demente la atención el llanto que abundante vertía Luisa. 

En un momento en que la triste joven alzó sus ojos al cielo 
como implorando la protección del Ser Supremo, la duquesa 
pudo contemplar perfectamente sus hermosas facciones; la 
noble señora se conmovió profundamente, y exclamó: 

—¡Oh! ¡Qué exacto parecido al retrato de Colmenares! ¡Bah! 
Estoy delirando. 

Pasóse la mano por la frente como para alejar de ella al- 
gún recuerdo quizá doloroso ; después miró de nuevo á la jo- 
ven, y lanzando un profundo suspiro se alejó del mirador. 

Seis dias hacia ya que Luisa gozaba del permiso concedido 
por don Tadeo de poder disfrutar algunas horas del dia es- 
parciéndose por el jardin, y aquel era el sitio predilecto donde 
la joven se entregaba por completo á su dolor; la señora du- 
quesa de la Jaridilla veia diariamente á Luisa desde el mirador 
y sin poder explicarse la razón llegó á interesarse vivamente 
por ella. 

—No hay más— díjose para sí la dama al sexto dia de con- 
templar á la joven.— Á esa pobre niña le ocurre alguna gran 
desgracia. Y es muy extraño, á nadie más que á ella y á una 
grosera vieja suelo ver. Aquí hay algún misterio, j quiero 
aclararlo. 

Salió del mirador la noble dama, y bajó á sus habitaciones; 
una vez en ellas, le dijo á una de sus doncellas: 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 985 

—Decidle á Aguilar que venga. 

Aguilar era un joven servidor de la duquesa y habia nacido 
en aquella casa. 

—Sigúeme, Aguilar— dijo la duquesa al paje. 

Y se encaminó al mirador: una vez en él, la duquesa seña- 
ló á Luisa, y dirigiéndose á su paje, le dijo: 

—¿Ves á aquella joven? 

— ¡Galle, es la misma!— contestó Aguilar. 

—¿La conoces? 

—No; pero la he visto algunas veces asomada al balconci- 
llo de la casa que da al jardin, y siempre he observado que 
llora. 

— Indaga quién vive en esta casa. 

—Así lo haré. 

— Hoy mismo. 

— Nada más fácil. 

Señora y paje se retiraron. 

Por la noche Aguilar se presentó delante de su señora. 

—¿Qué has averiguado? 

— Poco ó nada. 

—Explícate. 

—Según mis informes, la casa está deshabitada; los veci- 
nos solo ven entrar en ella á un viejo y á una vieja, pero 
creen que no viven ahí. 

— ¿Y nada te han dicho de la joven? 

—Nada. 

-—Aquí hay misterio, pues. 

—Tal creo. 

—Quisiera ponerme en comunicación con esa niña. 

—Pues eso es muy fácil. 

—¿De qué manera? 

—Ya sabéis que yo trepo por los árboles como una ardilla. 

— Y bien 

—El sicómoro que hay cerca las tapias toca con su copa el 



286 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

borde ó cornisa de las mismas; subo á él y le tiro una carta. 

—Pero esa ascensión es sumamente peligrosa. 

— ¡Bah! las ramas del sicómoro son muy fuertes y yo tre- 
paré por ellas sin ningún riesgo. 

— Corriente — dijo la duquesa — escribe cuatro renglones 
significándole que eres el paje de la dama que se asoma al 
mirador, y que ésta desea saber si es víctima de alguna infa- 
mia, que procure escribir cuatro renglones cuyo papel podrá 
atar al cabo del cordón que tú le arrojes. 

—Está bien, señora; lo haré así. 

— Pues mañana, á la hora que yo suba al mirador, baja tú 
al parque, sube al árbol y cuando yo te lo indique por medio 
de una seña, déjate ver de esa joven y arrójale la carta. 

—Obedeceré. 

—Sobre todo cuida de no lastimarte en tu ascensión. 

—Perded cuidado, tengo fuerza y agilidad. 

— Bueno es que estés prevenido. 

— Lo estaré. 

—Retírate ya. 

Aguilar, saludando respetuosamente, se retiró. 

Al siguiente dia y á la hora de costumbre subió la señora 
duquesa al mirador. Aguilar esperaba ya al pié del árbol, y 
en cuanto distinguió á su señora, comenzó á trepar al alto 
arbusto con la misma agilidad de un consumado saltimban- 
qui; cuando llegó cerca del nivel de la tapia, se paró, aguar- 
dando á que su señora le hiciera la señal convenida. 

No tardó la duquesa en indicar á su paje cumpliera sus ór- 
denes. 

Aguilar ascendió hasta el fin, apoyó una mano en la cor- 
nisa de la tapia mientras se sujetaba con la otra á una de las 
ramas del árbol; asomó la cabeza hacia el jardín y tiró la carta 
que llevaba envuelta en una piedra á los pies de Luisa, que 
sentada en un banco nada había visto, por tener los ojos in- 
clinados hacia el suelo. 




ASOMO LA CABEZA HACIA EL JARDÍN Y TIRÓ LA CARTA. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 287 

Grande fué la sorpresa de la joven cuando al ruido que pro- 
dujo la carta al caerse fijó en ella; sin embargo, la recogió del 
suelo, y temblando de emoción la leyó. Terminada la lectura, 
dirigió la vista al mirador, y al ver en él á una dama, juntó en- 
trambas manos como en acción de gracias. La duquesa le in- 
dicó el árbol en que se hallaba Aguilar; la joven miró hacia allí 
y vio al paje, el cual deslizó hasta el suelo un cordón de seda, 
á cuyo extremo habla atada una piedra. Luisa hizo la deman- 
da que aguardase, miró al rededor de sí, cogió un trocito de 
caña que vio en el suelo, pinchó con un alfiler una de sus ve- 
nas, y con su propia sangre trazó al respaldo de la carta que 
se le habia arrojado las siguientes líneas: 

«Me trajeron engañada á esta casa; no sé qué va á ser de 
mí; en nombre del cielo, señora, procurad salvarme. 

Luisa.» 

Corrió, terminado su escrito, al sitio donde estaba la pie- 
dra atada al extremo del cabo que sostenía Aguilar; ató el pa- 
pel, y el paje tiró del cordón y se apoderó del escrito. Luisa 
miró de nuevo á la dama del mirador y le envió un beso con 
la mano. 

Por desgracia de Luisa, Ruperta, que por casualidad habia 
regresado antes de la hora de costumbre, habia observado 
desde una ventanilla á la joven cuando ataba la carta al cor- 
don que le arrojaba el paje desde el árbol. 



CAPÍTULO XLIIL 



Donde se verá que don Tadeo no cejaha en sus infames propósitos» 



Don Tadeo, á fuerza de fatigar su mente á fin de encontrar 
el medio de desenojar á doña Catalina y ganarse de nuevo su 
confianza, habia combinado un plan diabólico, del cual debia 
resultar la perdición de doña María Lazan, el mismo día y 
poco más ó menos á la misma hora en que Luisa por los me- 
dios que no ignora el lector, daba cuenta de su triste posición 
á la señora duquesa déla Jaridilla. 

Don Tadeo se hallaba en su casa en compañía de Simón, 
con el cual trataba de un asunto interesante al parecer. 

Oigámosles: 

— Veremos á ver cuál sea el resultado que obtenga el men- 
sajero. 

—Francisco sabe muy bien lo que se hace, es un bribón 
redomado con cara de hombre de bien; estoy seguro de que 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 289 

se habrá proporcionado el modo de ver y hablar á solas con 
doña María, y si la letra de la carta que debe entregarle es 
igual á la de doña Luisa, entonces no hay nada que temer. 

— Respecto á la letra, está divinamente falsificada, Simón, 
tanto que yo al lograr que Luisa escribiera algunos renglones 
solicitando su libertad, la cual yo le hice creer dependía de 
la voluntad de un caballero á quien yo servia, á fin de tener 
muestra de su letra y firma, puedo asegurarte que la carta 
que mandé escribir á Gasparillo parece escrita por la propia 
mano de Luisa, pues al cotejarla falsa con la verdadera letra, 
no hay quien sea capaz de distinguir la una de la otra. 

— Entonces todo depende de que doña María se determi- 
ne á salir sola de su casa. 

—El contenido de la carta fingida, no podia ser más apre- 
miante, y si la hija del conde de Lazan ama de veras á Luisa 
no me extrañará que se determine á acudir á la cita. 

— Pues si acude, se divierte. 

—Lo que es menester es que acuda; no sabes tú cuánto 
me interesa conseguirlo. 

—Lo sospecho por el afán que demostráis. 

— Temo que de conseguir ó no la captura de esa joven, 
pueda detender mi futura felicidad. 

—¡Diablo! 

— Sí, Simón; la persona á quien sirvo está como ya te lo he 
dicho varias veces, furiosa en contra mia, á consecuencia de 
haber errado el otro dia el plan que debia poner á su disposi- 
ción la persona de la bella hija del conde. 

—¿Tanto la odia? 

— Infinitamente, á lo que sospecho. 

— ¿Qué diablos le habrá hecho esa joven? 

— Ni lo sé ni lo quiero saber; eso no me importa nada, lo 
que sí me interesa y mucho, es no perder el filón que exploto 
desde hace algún tiempo. 

—También me interesa á mí eso. 

TOMO 11. 37 



J290 ; LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

—Como que puede decirse que te llevas tú la mayor parte. 

— Vamos, que no será tanto. 

— Puedo asegurarte que yo solo me embolso una pequenez 
si se compara con las cantidades que te entrego. 

— En primer lugar — contestó Simón con cierta ironía — 
dudo mucho el que no os quedéis vos mucho más de la mitad, 
de lo que os entrega, y en segundo, yo he de satisfacer con la 
parte que me entregáis á la gente que nos presta su ayuda. 

—Veo que no te podría convencer y desisto de procurarlo. 

— Sí, hacéis bien, seria inútil. 

—Mucho tarda Francisco. 

— Amigo, él vendrá cuando pueda. 

— Sí, no digo yo lo contrario, pero es tanta mi impaciencia 
que los minutos me parecen siglos. 

^Pues no hay más remedio que conformarse. 

— Demasiado lo sé. 

— Hablando de otra cosa, ¿sabéis que ya pica en historia 
la desaparición de García? cuidado que yo he revuelto Madrid 
entero; pero nada, no hay quién sepa darme razón del tal 
hombre. 

— Quizás haya muerto— contestó sonriendo infernalmente 
don Tadeo. 

—Gran gozo seria el mió á ser eso verdad; pero lo dudo 
mucho. La mala yerba... 

—Sea como quiera, él ha desaparecido de en medio y eso 
es lo que más nos interesa por de pronto. 

— Es verdad; vaya, ese que llama es seguramente Fran- 
cisco. 

Don Tadeo se apresuró á ir abrir la puerta; en efecto, los 
aldabonazos que habían sonado eran producidos por la mano 
de Francisco. 

-—¿Y bien?— preguntó con gran afán don Tadeo al recien 
llegado. 

—Su merced queda completamente servido. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 291 

— Has logrado 

— Sí, Simón ; me he arreglado de manera que he visto y he 
hablado á solas con la joven doña María. ¡Gáspila! ¡y qué 
moza tan de rechupete es la tal jembra! 

—Al grano, al grano, cuéntame la esencia de la cosa. 

— Sepa su merced que para lograr una entrevista, he teni- 
do 

—Suprime toda la paja, cuéntame tan solo el efecto que la 
carta ha producido en doña María. 

—Corriente, allá voy. 

— Explícate, pues. 

—Después de haber leido detenidamente el billete, fijó la 
dama sus hermosos ojazos en mí, y puedo aseguraros que 
aquellos ojos son capaces de marear á un santo de piedra. 

— Hombre, ¿acabarás con dos mil de á caballo?— dijo don 
Tadeo completamente exasperado. 

— Á mí me agrada dar á cada uno lo que es suyo; si esa 
moza está retebella, ¿por qué no le he de decir? 

— Porque eso no me importa á mí nada. 

—Está bien, no se enfade su merced. 

-- Vamos, continúa. 

— Pues, como digo, me miró de arriba abajo con aquellos 
ojos tan retrecheros, y después me dijo: «—¿Estáis enterado del 
contenido de esta carta? — Sí, señora, contesté. — ¿Y estáis dis- 
puesto á ayudar en todo y por todo á mi querida amiga? — Lo 
estoy.— En ese caso— contestó ella— la salvaremos: aguar- 
dadme mañana á las diez de la mañana en la plaza de Afligidos 
como se me indica en esta carta y juntos iremos á salvar á la 
pobre Luisa; tenéis cara de hombre de bien, conozco perfec- 
tamente la letra de mi amiga y sé que nada tengo que temer 
al seguir sus instrucciones.» Ya lo sabéis todo. 

— Dadme un abrazo, Francisco— dijo don Tadeo loco de ale- 
gría. 

— Creo que he cumplido á vuestra satisfacción. 



292 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

— No he de negártelo, y ya verás que no escaseo la recom- 
pensa. 

— Así lo espero, porque el paso que he dado es muy ex- 
puesto. 

— ¡Bah! no tengas miedo, quenada ha de acontecerte por 
ello. 

—Sin embargo, Simón, ya sabes que tengo alguna cuente- 
cilla pendiente con los señores de gola y tola y no me agra- 
darla en modo alguno el caer de nuevo en sus manos. 

—Aquí estoy yo para todo— exclamó con aire de impor- 
tancia don Tadeo. 

—Bueno es saberlo. 

—Si mañana acude la joven al sitio convenido, ya sabes 
adonde debes llevarla. 

— Descuide su merced. 

—Simón y yo estaremos observando á corta distancia yes 
seguiremos hasta el sitio donde debes dejar á la joven, allí 
me haré yo cargo de ella y tú habrás ganado lo que se te ha 
ofrecido. 

—Todo eso está muy bien; pero yo quisiera que su mer- 
ced me hiciera ahora un favor. 

—¿Cuál? 

—Tengo cierto compromiso de honra y necesito algún di- 
nerillo. 

—¿Cómo? ¿cuánto te hace falta? 

—Me bastarán dos doblones de oro. 

—Helos aquí- dijo don Tadeo entregando á Francisco dos 
monedas. 

—Eres un derrochador, jamás podrás juntar una cantidad 
decente. 

— Mira, Simón, á mí me gusta pasar la vida alegremente, 
todo eso llevo adelantado por si acaso algún dia me echan el 
guante y me colocan en sitio donde no pueda distraerme. 

— Dice bien Francisco. 



AOS CABALLEROS DEL AMOR. 295 

—Claro está, el dinero se ha hecho redondo para que 
ruede. 

—Sí hijo mío, sí— dijo don Tadeo golpeándole fanailiarmen- 
te las espaldas á Francisco— dices bien, diviértete, hijo, di- 
viértete y no hagas caso ninguno de lo que te diga Simón. 

—¿Hay algo más que hacer? 

— Nada— respondió don Tadeo. 

— En ese caso, hasta la vista. 

— Sé exacto mañana. 

— No dejaré de serlo por la cuenta que me tiene. 

Don Tadeo acompañó á Francisco hasta la puerta, y des- 
pués de cerrarla, cuando aquel hubo desaparecido volvió á 
entrar de nuevo en la sala donde estaba Simón. 

— Este negocio me parece que ha de salirme á pedir de 
boca. 

— No cantéis victoria todavía. 

— ¿Dudas acaso? 

—Ni dudo, ni dejo de dudar. 

— Te vas volviendo muy desconfiado. 

— La experiencia es madre de la ciencia, dicen. 

—En ese caso , por razón natural debo tener yo más 
que tú. 

—Sin embargo, veo que os vais volviendo confiado como 
un mozalvete inocente. 

— ¿En qué te fijas para creer eso? 

—¡Demonio! ¿qué os pasó hace pocos dias? Cuando más 
segura creíais la victoria, un azar inesperado dio por tierra 
todos vuestros cálculos. 

—Es verdad, pero no todo ha de salir siempre mal. 

—Ojalá sea como vos decís. 

— Y así será, no lo dudes; tengo gran confianza en ello. 

—Pues nada; no falta tanto tiempo para salir de dudas. 

— Daría de buena gana cuatro doblones porque estuviéra- 
mos ya á la hora convenida y á fin de distraer mi impaciencia 



294 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

voime á la hostería de Santiago á regalar un tanto mi estóma- 
go. Si quieres acompañarme se te convida. 

— Aceptado. 

— Sí, lo que es tuno desperdicias ninguna de las ocasiones 
que se te presentan. 

— ¿Pues á qué estamos? cuando vos me obsequiáis, gusto 
tendréis en ello. 

— Así es la verdad. 

—Pues entonces, ¿de qué os admiráis? 

— Yo no me admiro, solo he tenido gana de gastarte una 
broma. 

— Por tal la he tomado. 

— Vamos á darnos un gran dia: á ver qué te parece mi 
plan. 

— Sepámoslo. 

— Primero: á la hostería de Santiago. 

— Aprobado, ¿qué más? 

— Segundo: daremos un paseito y á la vuelta de él nos pa- 
saremos por la casa donde tengo encerrada la paloma, á fin 
de dar mis órdenes á la tia Ruperta. 

— Convenido, ¿y después?.... 

— Después nos llegaremos á hacer una visitita á la pe- 
queña Andrea y á su buena madre. 

—Perfectamente— dijo Simón con alegría. 

—En casa de nuestra buena amiga saborearemos algún 
pastelillo y humedeceremos las gargantas con cierto vinillo 
añejo que yo me sé. 

— Magnífico plan. 

— ¿Merece tu aprobación? 

— Por completo. 

—Pues andando; vamos. 

—Vamos. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 295 

Al siguiente dia, y á las diez de la mañana, una dama lle- 
góse á un hombre que al parecer la estaba aguardando en la 
plaza de Afligidos; pocas palabras dijéronse en voz baja, y acto 
continuo se alejaron de aquel sitio. 

Dos hombres que desde oculto sitio hablan presenciado lo 
que acabamos de referir, echaron á andar tras la consabida 
pareja, y uno de ellos dijo á su compañero en voz baja y con 
alegre acento: 

—De esta vez no se me escapa doña María. 



CAPÍTULO XLIV. 



Efecto que produjo el mensaje del desoonocido. 



Verificada, según ya hemos dicho en otro lugar, la prime- 
ra cura de Luis en el hospital de la Latina, traspórtesele á su 
casa con el esmero que exigia su estado. 

Concha y Joselito acordaron finalmente no decir nada á 
Paca mientras les fuese posible ir disimulando la verdad; pues 
no sabian ni de qué modo decírselo, ni aun si obrarían bien 
en manifestárselo. 

Porque uno y otra sabian perfectamente lo mucho que Paca 
amaba á Luis, y conociéndolo, temían el efecto de una noti- 
cia semejante. 

El corazón de Paca, como ya en otra ocasión hemos dicho, 
había estado hasta entonces virgen de amores; así era que al 
despertar de aquella especie de letargo en que había vivido, 
amó con toda la violencia de su alma. 

Presumía, como ya hemos tenido ocasión de ver, que era 
amada también. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 297 

Algunas frases pronunciadas por Luis parecian demostrar- 
le que en el corazón del caballero existia parte del fuego en 
que ella se abrasaba; pero ni de Luis habia sabido jamás una 
manifestación espontánea de sus sentimientos, ni ella tampo- 
co habia procurado con sus coqueterías ó con su astucia pro- 
vocar de su parte aquella manifestación. 

Sorprendióla aquella noche la tardanza de Concha y de Jo- 
selito. 

Respecto á Luis, no podia decir lo mismo, porque el caba- 
llero iba unas noches, otras no, por impedírselo las atencio- 
nes de su posición. 

Lola y Vicente hacia tiempo que habían llegado. 

El pintor habia visto á Luis aquel mismo día, y se habían 
despedido hasta la noche. Eq cambio, Joselíto, con el cual 
habia pasado un rato en la botillería de Ganosa, le manifestó 
al separarse de él, que no hacia más que ir á San Cayetano en 
busca de Concha, y que iba inmediatamente á la casa de su 
amigo. 

En su consecuencia así lo manifestó Vicente, y de aquí el 
que todos estuvieran impacientes viendo que no llegaban los 
que se habían anunciado. 

Cuando llegaron por fin, no pudo menos de sorprender á 
todos la expresión que advirtieron en sus semblantes. 

Y era natural: la impresión recibida por Concha y Joselíto 
habia sido terrible. En primer lugar, por el peligro que había 
corrido el torero, y en segundo por la situación gravísima 
en que habia quedado don Luis. 

Así fué que su entrada en la habitación produjo un fuego 
graneado de preguntas que aumentaban su turbación. 

—Que no tenemos nada— dijo Concha aparentando que se 
incomodaba á fin de que la dejasen eu' paz.— Vaya si estáis 
pesados con vuestras preguntas. 

— Pues hija, tú dirás lo que quieras; pero lo cierto es que 
ni tú ni Joselito estáis como de ordinario: uno y otro parece 

TOMO II. 38 



298 LOS CABAI.LEKOS DEL AMOR. 

que habéis tenido algún disgusto, y esto se os conoce de un 
modo tal, que en vano tratáis de negarlo. 

Generalmente sucede que cuando uno hace más esfuerzos 
para ocultar una cosa, á no tener muy vivamente desarrollado 
el arte del disimulo, más fácilmente se vende el secreto y esto 
precisamente era lo que ocurria á nuestros amigos. 

Cuanto mayores esfuerzos hacian para dominarse, más se 
aumentaba su turbación, y lo mismo Lola que Vicente y Paca 
no podian menos de comprender que algo les habia ocurrido, 
y que este algo no se lo querían decir. 

De aquí resultó que la conversación languidecía, que Paca 
se mostraba ofendida, que Dolores estaba impaciente, y que 
Concha y Joselito no sabían de qué modo encontrar un pre- 
texto para marcharse al momento, poniendo así término á 
una situación tan violenta. 

En este momento presentóse en la casa Campillo, el criado 
del caballero desconocido que, como sabemos, habia ido de 
parte de éste á casa de Paca. Preguntó por ésta y después de 
haberle entregado la carta que llevaba diciendo que no tenia 
contestación, marchóse dejando á la maja sin saber ni de 
quién era aquella carta, pero temblando cual si presintiera 
una desgracia. 

Quedóse algunos momentos en la misma puerta inmóvil y 
con la carta en la mano. 

Después entró en la salita donde estaban reunidos sus 
amigos y siempre dando vueltas al misterioso papel, exclamó: 

— No sé por qué tengo miedo de abrir esta carta. 

— Pero mujer— dijo Concha— ¿por qué no has preguntado 
de quién era? 

—¡Si apenas he tenido tiempo! Marchóse tan pronto que 
no he sabido ni qué decirle siquiera. 

— Vamos, mujer, ábrela — añadió Dolores. 

— Si es que me sucede una cosa extraña ; tengo deseos de 
saber qué dice, y sin embargo teng^ miedo. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 299 

— Pues no eres tú poco miedosa, chica— dijo Lola. 

— Feliz tú que eres tan valiente. 

—Y al fin y al cabo la carta será de don Luis. 

Concha y Joselito se miraron y se estremecieron. 

—¿Y para qué me habia de escribir á mí don Luis?— dijo 
Paca. 

— ¡Ea, qué demonio!— dijo Vicente— así no hemos de estar 
toda la noche. 

Paca lo comprendió de igual manera, y juzgando que era 
atención ridicula la suya, abrió la carta y fijó sus ojos en ella. 

Pero desde que leyó las primeras líneas, una palidez ex- 
traordinaria se esparció por su semblante, y cuando concluyó 
quedóse inmóvil, mientras que dos silenciosas lágrimas bri- 
llaban en sus ojos y bajaban resbalando por sus mejillas á 
perderse en el escote de su corpino de seda. 

— ¿Qué es eso. Paca?— dijeron sus amigas. 

La joven no pudo contestar. 

Tendió la carta á Vicente y el pintor leyó lo que sigue: 

«Paca : siento la mala noticia que voy á darte, pero á la 
verdad vale más que lo sepas antes que después, y sobre todo 
que lo sepas por boca de un tan amigo tuyo como yo lo soy. 

»Tú amas á don Luis, pero éste, que para nada se cuida 
de tu amor y que se entretiene con cuantas en él confian, ha 
sido herido mortalmente esta noche á la puerta de San Ca- 
yetano. 

:^E\ puñal que le ha herido, por más que parezca que iba 
dirigido contra diferente persona, era solo para desorientarle; 
para él únicamente se habia afilado. 

> Prefiero decirte la verdad entera á ocultártela como creo 
que harían algunas de tus amigas. De este modo sabrás en lo 
sucesivo á qué atenerte. 

;?>Yo velo por tí; ya te avisaré lo que debes hacer. 
j>Don Luis de Guevara es un bribón y no debe importarte 
gran cosa su pérdida. )!> 



300 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

— ¡Miserable y villano debe ser quien ha escrito esto!— ex- 
clamó Vicente estrujando la carta de ira. 

— Y desde luego revela tener un corazón sumamente in- 
fame cuando se goza en dar una noticia semejante— dijo 
Lola. 

— Pero si eso no puede ser verdad —exclamó Vicente. 

— Vamos, Paca— exclamó Joselito comprendiendo que ha- 
bla llegado el momento de hablar — lo que esa carta dice no es 
verdad en el sentido absoluto. 

—¿Pero es verdad?— exclamó Paca. 

— Ya que lo sabes— repuso Concha— y que has pasado el 
trago más gordo, ¿para qué te lo hemos de ocultar? 

— ¿Eso es decir que vosotros?.... 

—Sí, Vicente; nosotros lo sabíamos, porque lo hemos pre- 
senciado. 

— ¡Lo habéis presenciado! 

—Sí. 

—¿Y ha sido por venganza de alguna mujer?— preguntó 
Paca en quien los celos comenzaban á hacer su efecto. 

— Me guardaré muy bien de decirlo— repuso Concha. 

Y entonces refirieron todo lo que ya saben nuestros lec- 
tores, que habia ocurrido á la puerta de la iglesia de San Ca- 
yetano. 

Con profunda ansiedad y llenos de lágrimas los ojos, fué 
siguiendo Paca el relato desús amigos, y cuando llegaron es- 
tos al mal pronóstico hecho por los facultativos, rompió á 
llorar amargamente diciendo : 

— Yo únicamente he sido la causa de su desgracia; por ve- 
nir á verme sin duda le ha sucedido eso; la venganza tal vez 
de alguna de aquellas damas que le amaban lo ha puesto en 
este caso. 

Vicente habíase quedado pensativo después que Concha y 
Joselito hubieron concluido. 

El torero no pudo menos de decirle; 



LOS GAaA.LLEHO« DKL AMOR. 301 

— Con que vamos, don Vicente ¿qué opina de esto su 
merced? 

— Hombre, francamente— exclamó el pintor— no veo yo este 
asunto completamente claro, y no sé qué pensar de esta car- 
ta dirigida á Paca sin firma alguna, al poco tiempo de ese su- 
ceso, y aludiendo en ella á vosotros sin duda cuando dice que 
quizás sus amigos se lo oculten. 

— Fueses verdad— dijo Concha. 

— ¿Vosotros habéis hablado con alguien de este particular? 
— dijo Dolores. 

— Mi Joselito no lo sé— repuso Concha— pero yo por mí sí 
que he hablado, y por cierto que ahora caigo en que no tenia 
muy buenas trazas que digamos aquel señor. 

Y Concha refirió entonces las preguntas que el descono- 
cido la dirigiera, y todo lo demás de que el lector ya tiene no- 
ticia. 



CAPITULO XLV. 



Paca, se convierte en enfermera de don Luis de Griievara, 



— Pues ese hombre precisamente ha sido quién ha escrito 
la carta que ha recibido Paca—dijo Vicente, una vez que Con- 
cha hubo concluido. 

— Pero, mujer — exclamó el torero— ¿por qué no me envias- 
te á mí ese caballero con sus preguntas? Ya le hubiese arre- 
glado yo. 

—¿Tú? ¡Válgame Dios! ¡Cómo eres tan previsor! ¿Á quién 
se le podia ocurrir una cosa semejante? 

— En fin, el mal ya está hecho, y lo único que podemos evi- 
tar es que tenga mayores proporciones, porque, á decir ver- 
dad—continuó Vicente— no me da muy buena espina ese in- 
dividuo que no sabemos quién es, que viene á dar á Paca una 
noticia, no por el solo placer de decirla que Luis está herido, 
sino para malquistarlo en el caso de que cure, excitando sus 
celos y haciendo que se separen y riñan dos personas que se 
aman. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 303 

— ¿Pero, cómo hemos de reñir— repuso Paca— cuando no 
hemos tenido explicación de ningún género? 

— Precisamente eso es lo que me prueba la maldad de ese 
hombre; él cree que las relaciones existen, juzgándolo por lo 
que Concha le ha dicho, y deseando hacer daño sin duda á 
Luis, á quién debe aborrecer por causas que nosotros desco- 
nocemos, ha obrado de esa manera. 

— Pues es cierto — dijo Joselito. 

— ¿Pero quién es ese hombre? 

—Yo creo que si le viese ahora no le conocería. 

— Pues será menester vigilar mucho á Luis, y yo desde 
este momento me voy á su casa á instalarme "en su cabe- 
cera. 

Y efectivamente, Vicente lo hizo así. 

Acompañó á Lola á su casa, despidióse de Joselito, que le 
prometió avisar á Ramón de la Cruz y á otros amigos del ca- 
ballero, y se instaló resueltamente en la casa de su amigo. 

Entretanto Paca sufría horriblemente. 

Una vez sola con su madre, volvió á leer la carta que Cam- 
pillo la llevara. 

Todo el veneno que en aquellas líneas se encerraba, fuese 
poco á poco inoculando en su corazón. 

Como Vicente habia supuesto muy bien, en aquella carta 
resplandecía la intención más perversa que imaginarse 
pueda. 

Aquellas alusiones respecto á otros amores, aquel afán de 
hacer resaltar, como una venganza de mujer, un hecho que 
bien pudiera ser casual, y al mismo tiempo demostrando que 
lo hacia por el bien de ella, eran la prueba más patente de una 
intención perversa. 

Largas horas llevóse aquella noche llorando amargamen- 
te la joven. 

Su pensamiento estaba fijo en Luis. 

Desde que le conocía habíale visto víctima en distintas 



304 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

ocasiones, de asechanzas, de lazos, de ataques, en algunos 
de los cuales también ella se habia encontrado envuelta. 

Y estos lazos y estas asechanzas, eran proniovidos por la 
venganza de otras mujeres. 

¿Por qué aquella nueva herida no podría ser hija, como 
decia el anónimo, de una nueva venganza mujeril? 

Es verdad que Luis la habia dicho una porción de veces 
que ninguno de aquellos amores habia interesado su corazón, 
que no habían sido más que fuegos fatuos que le habían se- 
ducido un momento sin dejar huella alguna tras de sí. 

Mas á pesar de esto, ¿no podían ser aquellas frases hijas 
de un momento de despecho ó quizás de algún cálculo que 
respecto á ella hubiese podido formar? 

Aquella maldita carta estaba sin cesar delante de su vista. 

Aquella venganza femenina de que en ella le hablaba, la 
punzaba dolorosamente. 

Sin embargo, ella amaba á Luis con toda su alma. 

El anónimo podía hacerla sufrir, pero no podía matar el 
amor que ella sentía. 

Figurábasele verle en el ensangrentado lecho, entregado 
á mercenarios cuidados, sufriendo horriblemente y buscando 
á su alrededor con la mirada angustiada y abatida un rostro 
verdaderamente amigo que le alentase y un acento cariñoso 
y tierno que le infundiera fuerzas y valor. 

Y ante aquel espectáculo que á su vista se ofrecía, lloraba, 
temblaba, sentía oprimírsele dolorosamente el corazón y no 
sabía qué hacer. 

Horrible noche fué aquella para la pobre Paca. 

Amaneció el día y los primeros resplandores del alba vié- 
ronla sentada junto á su lecho, llenos de lágrimas los ojos y 
pálido y marchito el semblante. 

Y conforme las horas habían ido pasando, su inquietud y 
su zozobra habían ido en aumento también. 

No podia vivir en aquella mortal angustia. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 305 

Necesitaba saber cómo seguía Luis. 

—¡Madre mia! ¡madre mia!— dijo estrechando entre sus 
brazos á la que le diera el ser— si don Luis se muere yo me 
moriré también. 

La pobre madre la contempló -un breve espacio. 

También el llanto corrió por sus mejillas, y dijo á su hija 
después de algunos momentos de silencio : 

— Vé, hija mia, vé á saber cómo está don Luis. 

—Madre, es que estará solo, y no tendrá quien le cuide. 

— Cúidale en buen hora— repuso la anciana — págale con 
tus cuidados el haber sido tu salvador dos veces. 

Paca salió precipitadamente á la calle. 

No era entonces la maja atrevida y resuelta que andaba 
despacio contoneándose ligeramente y dirigiendo altaneras 
miradas á todas partes. 

Era la mujer afligida que tiembla por la suerte de una 
existencia amada, frágil vaso de cristal que el más ligero cho- 
que puede hacer pedazos. 

Cruzó las calles sin ver á nadie. 

¿Para qué queria ver, si llevaba ante sus ojos la imagen de 
Luis y esta imagen bastaba por sí sola para eclipsar todas las 
demás que se la pudieran presentar? 

Junto al lecho del caballero encontróse á Vicente. 

— ¡ Paca !— exclamó éste al verla. 

—¿Ha muerto?— preguntó con voz débil y alentando apenas 
viendo la cadavérica palidez del herido y que tenia los ojos 
cerrados. 

— No— contestó el pintor. 

— ¿Vivirá ? 

— Sí; tal ha sido el parecer de los médicos. 

— ¡Ay! ¡loado sea Dios!— exclamó Paca, sintiendo su co- 
razón desahogado del inmenso peso que le abrumaba. ¡ Ben- 
dito seáis señor Vicente, bendito seáis por el bien que acabáis 
de hacerme! 

TOMO II. 39 



306 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

— Vamos, Paca, calmaos. 

—Dejadme, señor Vicente, dejadme que le cuide, dejadme 
que pueda ser yo la primera que reciba su mirada cuando el 
cielo le otorgue ese beneficio. 

— Pero, ¿estáis en vos ? 

—Pensad que me morirla de pena si no estuviera á su 
lado. 

Vicente no encontró frases que oponer al deseo de Paca. 

Precisamente, como la joven habia presumido muy bien^ 
en la casa del caballero se carecía de los elementos más indis- 
pensables para hacer frente á un contratiempo como el que 
le habia ocurrido. 

En los primeros momentos Vicente procuró atender á todo 
de la mejor manera que pudo. 

Pero hacia falta allí la mano solícita y cuidadosa de una 
mujer. 

Hacían falta el desvelo, la cariñosa solicitud de la mujer 
cuyas delicadas atenciones, cuyo inmenso cuidado jamás lle- 
ga el hombre á tener. 

Vicente comprendió todo lo que podría ganar su amigo 
con los cuidados y las atenciones de Paca, y cedió final- 
mente. 

La maja quedó instalada junto al lecho del herido, que no 
tenia conciencia alguna de lo que pasaba á su alrededor. 

Poco después que Paca hubo entrado en casa de don Luis, 
dos individuos hablaban recatadamente á no muy larga dis- 
tancia del portal de aquella. 

—¿Con que esa maja—decia uno de ellos—es la misma á 
quien le diste la carta anoche? 

—Sí, señor. 

—¿Y has venido siguiéndola desde su casa? 

— Lo mismo que anoche seguí también á ese otro don Vi- 
cente que no ha salido todavía, según me habéis dicho. 

—Está bien, ahora vigila la casa por si sale la maja é ingé- 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 307 

niate de manera que puedas adquirirte relaciones dentro de 
esa plaza. 

—¿Y quién vendrá á relevarme? 

—Felipe ó yo. Esta noche es preciso averiguar todo lo 
que anoche combinamos. 

— Parece que todavía debo tener algunos amigos por aquí, 
y quizás sepamos más de lo queremos. 

— Te engañas, Campillo — repuso su compañero con acento 
implacable. — Yo necesito saber mucho de ese hombre, por- 
que cuanto más sepa, más medios podré poner en juego para 
herirle. 

— Tenéis razón, averiguaremos cuanto se pueda. 

— Yo también voy á ocuparme de saber algo en las Gradas 
de San Felipe, 

— ¡Hola! ¿Vais al menüdero? 

—Allí se habla de todo y alguien encontraré que conozca á 
mi don Luis, y me permita prepararle una buena jugada para 
el caso de que cure de esta. 

—Haréis bien, que lo merece todo. 

— Guárdate bien de referir la verdad á mi hijo. 

— Aun cuando la supiera, señor; el lobezno no reniega de 
su origen. 

— Vigila, Campillo, vigila; y si por casualidad esa maja no 
sale de ahí, ya veremos de utilizar eso mismo en provecho 
nuestro. 

Y el padre de Felipe, á quien sin duda deben haber ya co- 
nocido nuestros lectores, separóse de su criado tomando la 
calle adelante, mientras Campillo se acercaba á una fuente 
inmediata, tratando de trabar conversación con unas mozas 
que habían ido á llenar sus cántaros. 

Paca pasó todo el día bien ajena de que de ella se estuviese 
ocupando nadie. 

Toda su atención, todo su cuidado estaban concentrados 
en Luis. 



308 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

Para ella no existia nada en el mundo más que él, y hasta 
de su propia madre se olvidaba contemplándole. 

Guando el médico llegó por la tarde, preguntóle afanosa 
su opinión. 

Esta fué que el joven estaba muy grave, pero que no exis- 
tia peligro inmediato. 

Recomendó mucha quietud; que si volvia en sí no se le de- 
jara hablar, y después de reconocerle la herida nuevamente 
se retiró. 

Vicente aquella noche dejó á su amigo confiado á los cui- 
dados de Paca. 



CAPÍTULO XLVI. 



Dos rivales. 



Paca sufría horriblemente con los padecimientos de Luis. 

Sin vacilar hubiera dado una parte de su existencia por 
mitigar los sufrimientos del herido. 

Aquel estado de aletargamiento en que se hallaba, aquella 
postración en que le veia sumido la aterraban, y jamás sú- 
plicas más fervientes se dirigieron al cielo, que las que brota- 
ban de los pálidos labios de la maja. 

En vano Vicente la habia rogado que se entregase al repo- 
so algunos momentos siquiera. 

Paca se habia posesionado de la cabecera del enfermo y no 
habia fuerza ni consideración alguna que la obligasen á aban- 
donarla. 

Vicente compartía con ella los cuidados respecto á Luis, 
pero el pintor tenia sus obligaciones, tenia sus compromisos 
que cumplir y no podia estar como Paca con tanta asiduidad 
cerca del herido. 



310 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

La maja habia confiado su anciana madre á los cuidados 
de Concha y de Dolores, y haciendo abstracción completa de 
todo, según hemos dicho, consagróse única y exclusivamente 
al cuidado de Luis. 

Cinco dias iban trascurridos de este modo, sin que el ca- 
ballero hubiese reconocido nada de cuanto le rodeaba. 

La fiebre le consumía, su enfermera se desesperaba vién- 
dole que ni ola ni conocía lo que á su lado pasaba, pero el 
médico seguia sosteniendo su opinión de que el peligro más 
inmediato habia pasado ya. 

Un dia, como de costumbre, hallábase Paca sentada á la 
cabecera del herido contemplándole con tanto dolor como de- 
sesperación, y dejando resbalar por sus mejillas aquellas lá- 
grimas que se veia obligada á ocultar cada vez que alguno de 
los criados penetraba en el aposento. 

De pronto parecióla sentir rumor en la habitación inme- 
diata, y se apresuró á enjugarse los ojos. 

Alzóse el tapiz que cubría el hueco de la puerta, y un ahoga- 
do grito de sorpresa se exhaló de sus labios. 

Doña Catalina de Sandoval estaba en su presencia. 

Por un momento, la mirada de aquellas dos mujeres se 
encontró, y si en la de Paca no habia más que el enojo consi- 
guiente al verse frente á frente de una persona respecto á la 
cual sabia todo el daño con que habia amenazado á Luis, en 
cambio en el de doña Catalina resplandecían en su más gráfi- 
ca expresión, los celos, la cólera, el despecho y la mala vo- 
luntad. 

Durante un buen espacio, ninguna de las dos dijo una pa- 
labra. 

Una y otra sabían que amaban á la misma persona, una y 
otra se encontraban frente á frente junto al lecho del hombre 
á quien amaban, y las dos estaban midiendo sus fuerzas para 
el rudo ataque que iban á sostener. 

Paca fué quien primero rompió el silencio. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 311 

Conoció que su adversaria podría quizás sacar partido de 
romper el ataque, y se le adelantó, diciendo: 

— ¿Tendréis la bondad de decirme, señora, qué es lo que 
se os ofrece en este sitio? 

—Para que te conteste es menester saber primero con qué 
carácter estás en esta casa. 

—Presumo que con algún carácter más que vos. 

— Te conocí en un tiempo siendo bordadora honrada, ¿por 
acaso hoy pasaste de manceba de don Luis á ser su enfer- 
mera? 

Enrojeciéronse las mejillas de Paca, y sus ojos despidieron 
un fulgor sombrío. 

Durante algunos segundos permaneció sin contestar, por- 
que era tal la fuerza de su indignación, que ahogaba las fra- 
ses en su garganta. 

—¿No sabes qué contestarme? — preguntó con insolencia 
doña Catalina, viendo el silencio de la joven. 

—Lo que no sé, señora, es de qué manera podré contestar 
que pueda devolver la ofensa recibida sin que por esto me 
falte á mí propia como vos lo acabáis de hacer. 

— ¿Acaso tratas de igualarte á mí? 

—Guárdeme Dios de tan ruin pensamiento. 

El acento con que pronunció Paca estas frases hirió viva- 
mente á su rival. 

Habia en él una intención tal que la dama no la pudo des- 
conocer. 

-—Me parece que has tomado mucho vuelo desde que te 
has dedicado á las aventuras. 

—Nada de particular tendría, señora, si tal hubiese hecho, 
cuando tan perfectas maestras existen en la corte. 

Doña Catalina se mordió los labios de ira. 

— Atrevida te has vuelto, Paca—dijo. 

—Os suplico, señora— dijo la joven desentendiéndose de 
estas palabras— que penséis que el estado de don Luis es muy 



312 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

grave, y que pudiera nuestra conversación serle perjudicial. 

— ¿Tanto te interesas por él? 

— Algo más que vos. 

— Se comprende. 

—No— repuso Paca herida por el acento que había usado 
doña Catalina— estoy segura de que vos no lo comprendéis. 

—¿Por qué? 

— Porque presumo que sois incapaz de obedecer á un mó- 
vil como el que á mí me ha conducido junto á este lecho. 

—¿Tratas de hacer un alarde de filantropía intentando 
encubrir con ella tu verdadero sentimiento? 

— No tal, señora; eso no se guarda para nosotras, las mu- 
jeres del pueblo. 

—¡De veras! 

— El disfraz de los sentimientos no es patrimonio nuestro: 
decimos lo que pasa en nuestro corazón, juzgamos tal y como 
nos lo dicta nuestra conciencia, y obramos en virtud de nues- 
tros impulsos. 

— Luego confiesas 

-¿Qué? 

—Que le amas. 

— ¿Por qué negarlo?— repuso Paca contemplando á Luis y 
bajando la voz— le amo como vos, señora; vos, que os encon- 
tráis aquí en su mismo aposento, ni le habéis podido amar 
ni le sabréis amar nunca; le amo con un amor grande, único, 
impetuoso, ardiente; amor que no tiene otra significación 
que sacrificarse por el ser á quién se ama ; amor que no tiene 
límites ni término, que es capaz de todo lo grande y que no 
concibe la ruindad y la bajeza ; amor, en fin, señora, que no 
está impulsado por el egoísmo ; amor que no piensa en si 
será ó no correspondido, pero que en cambio está dispuesto 
á realizar siempre los más grandes sacrificios. Ese es mi 
amor, señora; ese es el amor que confieso con orgullo, por- 
que en él no hay nada que me haga bajar la frente. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR, 313 

Trémulo el labio de ira, centelleante la mirada de despe- 
cho y agitado el seno por encontradas emociones, estuvo es- 
cuchando doña Catalina la franca manifestación de su rival. 

— ¿Dónde has aprendido— la dijo— esa manera de describir 
el amor? ¿en la botillería de Canosa, en la Cazuela del corral 
del Príncipe ó en las gradas de la Plaza de toros? 

— Lo he aprendido, señora, donde vos no podréis apren- 
der nunca : en el corazón ; para aprender en él necesita- 
ríais en primer lugar tenerlo, y como que de él carecéis, es 
imposible que podáis recibir sus lecciones. 

— Paréceme que te sobra audacia y olvidas, sin duda, que 
puedo hacerte pagar muy cara tu osadía. 

—¿Y vos, señora, olvidáis también que no es este vuestro 
puesto y que carecéis de derecho para motejarme? 

— ¿Y qué derecho es el tuyo en este sitio? 

— El de enfermera. No he aspirado ni aspiro á otro. Seis 
dias llevo velando, sin moverme de aquí, á ese desgraciado á 
quien quizás la venganza de alguna mujer sin corazón ha 
puesto en ese estado. Seis dias hace que estoy consagrando 
mi tranquilidad, mi reposo, mi vida para cuidar al hombre 
que por dos veces no ha vacilado en arriesgar la suya en de- 
fensa de la mia, y podéis estar segura, señora, de que me en- 
cuentro dispuesta á permanecer de igual modo hasta que re- 
cobre la salud ó hasta que exhale el último aliento. Ved 
ahora si yo que estoy dispuesta á obrar de este modo, tendré 
ó no derecho para permanecer aquí y para hablaros como lo 
Jhago. 

—Perfectamente, mucho tendrá que agradecerte don Luis 
cuando recobre la salud. 

— Ni he pensado en su amor para amarle, ni tampoco he 
pensado ahora en su gratitud para servirle. 

— ¡Notable desinterés! 

— Vuestra ironía no puede hacerme ninguna mella. 

— Pero quizás puedar hacerte mella mi indignación. 

TOMO II. 40 



314 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

— ¿Quién sabe si habré tenido ya ocasión de experimen- 
tarla? y ya veis como á pesar de todo me encuentro aquí dis- 
puesta á agradeceros, en nombre de don Luis, vuestra visita y 
á rogaros que no la prolonguéis demasiado, porque los mé- 
dicos han prohibido que se hable en esta habitación y hace ya 
bastante tiempo que estamos hablando. 

—¡Es decir que llevas tu osadía hasta el extremo de despe- 
dirme de aquí! 

— Líbreme el cielo de semejante cosa ; pero como supongo 
que deberéis interesaros por don Luis y que interesándoos 
no habéis de querer su mal y no queriendo su mal habréis de 
respetar las prescripciones facultativas, creo que no debéis 
tomar á ofensa lo que acabo de deciros. 

— Está bien, no creía encontrarte ni tan alta ni tan audaz; 
pero no te olvides de que torres algo más elevadas las he des- 
truido al solo impulso de mi voluntad. 

—Mal camino lleváis, señora, porque yo suelo ceder algu- 
na vez á la súplica, pero jamás á las amenazas. 

— Es que mis amenazas se encuentran plenamente justifi- 
cadas. 

— Ignoro á que pueda referirse esa justificación; pero de 
todos modos vuelvo á repetiros, señora, lo que antes os dije; 
considero este como mi puesto legítimo y digo legítimo por- 
que es muy natural que trate de prestar mis auxilios á quien 
por mí se ha sacrificado dos veces, á quien cuando yo tal vez. 
por las intrigas ó la injusta venganza de alguna amiga vues- 
tra me encontraba en grave peligro, no vaciló en exponer su 
existencia por salvar la mía: por lo tanto ni todas vuestras 
amenazas, ni todas vuestras súplicas, ni aun las mayores vio- 
lencias podrían hacer que abandonase este lugar, mientras 
que no se encuentre restablecido ó muerto el caballero á 
quien sirvo. 

— ¿Y si yo quisiera ocupar ese lugar, y si yo que como tú ó 
tal vez más que tú me creo con mayores derechos quisiera ha- 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 315 

cellos valer y le arrojase de aquí como te mereces, ¿qué dirías 
entonces? 

—Que no me marcharía tampoco. 

—¡Paca! 

— Esa es mi última resolución, señora. 

—Mira lo que haces, que mi cólera puede conducirme tal 
vez donde no quiero llegar. 

—Llegad en buen hora, pero estad segura de que no os te- 
mo, y no os temo en primer lugar porque está la justicia de 
mi parte, porque mi pasado, señora, al revés de lo que sucede 
en el de algunas á quienes vos conocéis bastante, no existe 
mancha alguna, porque yo soy completamente libre para 
obrar como mejor me plazca, mientras que vos no lo sois, y 
en fin porque os juzgo algo más apegada al bienestar de que 
disfrutáis para ir á arriesgarle por un hombre que vos misma 
sabéis que no os ama. 

— ¿Con que tú sabes todo eso? — dijo doña Catalina silbando 
materialmente cada una de sus palabras. 

— Vos debéis saberlo mejor que yo. 

—Pues bien, jugando la posición como tú dices resuelta y 
dispuesta á todo, yo te demostraré que no me dejo ultrajar 
impunemente. 

— Podéis obrar como os plazca. 

La calma y la serenidad de que estaba alardeando Paca, 
irritaban con mayor violencia á doña Catalina. 

La maja comprendía que había llegado el momento supre- 
mo de su existencia, y procuraba luchar con las mayores 
ventajas posibles. 

— Yo te juro que á despecho tuyo ocuparé yo ese lugar. 

— Y yo os juro á mi vez, señora, que aun cuando tuviera 
que recurrir al ministro, ó aun cuando tuviera que hablar al 
monarca en persona, vos que tal vez habéis sido la misma 
que habéis atentado contra su existencia, no os quedareis 
aquí. 



316 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

Estas últimas palabras acabaron de exasperar á doña Ca- 
talina. 

Dio un paso con ademan amenazador hacia la maja á la 
par que decia: 

—¡Oh! miserable mujer! yo te aseguro que te has de acor- 
dar de mí. 

— Tened cuidado, señora— repuso Paca con una calma ex- 
traordinaria—don Luis se encuentra muy grave, y los médi- 
cos han prohibido que se le moleste: no me obliguéis á que 
tenga que obrar de otra manera. 

Doña Catalina furiosa, doblemente irritada por lo mismo 
que no habia conseguido vencer á aquella indomable volun- 
tad, salió de la estancia murmurando: 

— No me engañaba el anónimo que he recibido; esa mu- 
jer se ha apoderado de él por completo y se cree dueña de 
todo; pero ¡ay! de ella y ¡ay de él también si es que llega á 
salvarse! 

Paca, á su vez, al convencerse de que doña Catalina habia 
salido ya de la casa dejóse caer de rodillas, junto al lecho del 
herido, y elevando sus ojos al cielo exclamó: 
'■ — ¡Madre mia! ¡madre de mi alma! ¡tú que eres el consuelo 
de los que sufren y el alivio de los que lloran, mira mi llanto 
madre mia, mira los peligros que me amenazan, y ten pie- 
dad de mí! 

Cuando vino Vicente y le refirió lo ocurrido, el pintor no 
pudo menos de indignarse aconsejándola que por ningún 
estilo permitiera que aquella dama cuidase en lo más míni- 
mo de don Luis. 



CAPÍTULO XLVIÍ 



Padre é hijo. 



Desde el momento en que el conde de Lazan tuvo noticias 
de la desaparición de su hija, habia comprendido que la joven 
habia sido víctima de alguna trama infernal ; conocía dema- 
siado á María para suponer ni por un solo momento que por 
su propia voluntad se habia alejado de la casa paterna. 

Gomo debe suponerse, hizo el conde cuantos esfuerzos le 
sugirió la imaginación á fin de poder averiguar el paradero 
de su hija, pero todo fué inútil; nada, absolutamente nada le 
fué dado averiguar. 

Pasadas veinte y cuatro horas desde que se notó la desapa- 
rición de María, el conde determinó poner en conocimiento 
del vizconde del Juncal el triste acontecimiento que le sumia 
en la desesperación, y le rogaba se interesase por tratar de 
adquirir alguna noticia que pudiera darles luz respecto al si- 
tio en donde podia hallarse la joven. 



318 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

Al siguiente dia de haber escrito al vizconde, obtuvo de és- 
ta una contestación que anonadó al desdichado conde, y para 
mayor desgracia recibió, al par de la del vizconde, una carta 
de Floridablanca, cuyo breve y serio contenido acabó de lle- 
nar de amargura el alma del afligido padre. 

El contenido del billete que le dirigió el vizconde, era el si- 
guiente: 

«Señor conde: poco antes de recibir la carta que me habéis 
mandado, tenia ya noticias de la desaparición de María. 

» Durante algunas horas he reflexionado profundamente. 

»He aquí el resultado de mis reflexiones: 

» Primero María se negó á hacerme feliz, concediéndome 
su mano; después estuvo á punto de ser víctima de un aten- 
tado cerca de la iglesia de San Millan ; cuando menos lo espe- 
raba, me anunciasteis que vuestra hija espontáneamente se 
dignaba aceptarme por esposo; noticia que ella misma me 
confirmó, y últimamente, cuando yo creía que estaba cerca- 
no el dia de mi completa ventura, Marja desaparece. 

»De]o á vuestra consideración el calcular el efecto que tal 
noticia puede haberme producido. 

»Completamente convencido de que aquí se encierra un 
misterio impenetrable para mí, me veo en la dura, pero im- 
prescindible necesidad de manifestaros que abrigo el conven- 
cimiento íntimo de que he sido durante algún tiempo víctima 
de una superchería, de la cual nunca pude creer capaz á 
quien como vos se enorgullece con el honroso título de ca- 
ballero. 

»Toda relación entre nosotros queda rota á contar desde 
este momento, y bendecid á Dios porque en esta ocasión no 
os pida cuenta de vuestra incalificable conducta. 

El vizconde del Juncal.T^ 

La carta del ministro decia así: 

^ Señor conde: deploro el triste acontecimiento de que os 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 319 

lamentáis, y lo deploro tanto más, cuanto que desde ahora 
considero ya de todo punto imposible, que en ningún caso 
mi sobrino pueda enlazarse ya con vuestra bella y desgracia- 
da hija. 

» Queda vuestro, 

Floridablanca.^ 

En el momento en que acaba de leer ambas cartas, presen- 
tamos al conde de nuevo á los ojos del lector. 

Un rayo que hubiera caido cerca de él no le hubiera cau- 
sado el terrorífico efecto que en su ánimo produjo la lectura 
de los dos billetes. 

Apoyados ambos codos sobre una mesa y escondiendo la 
frente entre sus manos permaneció largo rato. Su cabeza era 
un volcan; acumulábanse en ella multitud de sucesos pasa- 
dos y presentes, y tal era la confusión de sus ideas, que hubo 
momentos en que temió con justa razón que se le extraviara 
el juicio. 

Al ruido que hizo su hijo Garlos al penetraren su estancia, 
levantó el conde la cabeza; estaba horriblemente pálido. 

—Y bien, padre, ¿qué habéis sabido? 

—¿Yo?.... 

—Vuestro semblante pálido y descompuesto anúnciame el 
estado de vuestra amargura. 

— ¡Ah! no; no te es dado comprenderlo bien. 

—¿Qué nueva desdicha tenemos que lamentar? 

—Lee— dijo el conde con voz apenas perceptible alargando 
las dos cartas á su hijo. 

Conforme Garlos iba leyendo la misiva insultante del viz- 
conde, en su rostro se reflejaba la terrible indignación que 
le dominaba. 

— ¡ Oh !— exclamó tirando sóbrela mesa la carta— este hom- 
bre supone 

—Afirma que le he engañado villanamente— contestó el 
conde. 



320 LOS CABAl LEROS DEL AMOR. 

—Tal afirmación pudiera costarle la vida— dijo el joven 
cuyos ojos despedían rayos de indignación. 

—Lee esta otra carta. 

No bien Carlos hubo hecho lo que se le mandó, cuando se 
dejó caer abatido sobre un sillón, exclamando: 

—Comprendo hasta donde alcanza vuestro infortunio. 

— Hay con menos, motivo á volverse loco. 

—¡Padre!— replicó el joven profundamente conmovido. 

— Mi desgracia es cierta. 

—Sí, el ministro 

—El estilo de su carta lo manifiesta claramente; mi favor 
ha concluido, y si además el vizconde reclamaahora sus dere- 
chos á la fortuna que durante tanto tiempo me ha disputado, 
nuestra ruina es completa. 

—¿Será acaso tan villano?.... 

—No sé lo que hará, pero todo lo temo. 

—¡Qué cúmulo de desventuras! 

—¡Oh! si te fuera dado adivinar mis sufrimientos, te 
horrorizarías; bien estoy ahora pagando mis extravíos juveni- 
les; la justa mano de la Providencia castiga oportunamente 
mis faltas; la vida que arrastro desde hace algún tiempo es 
un infierno; golpe tras golpe, desdicha tras desdicha se 
suceden con una rapidez increíble; mis fuerzas se agotan; 
temo que no me sea dado resistir tan duros embates muchos 
días más. 

—Por Dios, padre mío, no desesperéis. 

Carlos estaba profundamente conmovido ; la aflicción de 
su anciano padre había traspasado de dolor su filial corazón. 

— ¡Que no desespere! ¿qué recurso puede ya quedarme 
habiendo perdido por último la gracia del rey? 

—Quizá se halle algún medio para reconquistarla nueva- 
mente. 

— Ninguno veo. 

— Lo que vos no pensáis puedo pensarlo yo. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 321 

— Ha de serte imposible, hijo mió. 

— ¡Quién sabe! 

— ¿A qué mano deberé la desaparición de tu hermana? 

— ¿No podéis calcularlo? 

—No. 

— Los emisarios que habéis expedido 

—Hasta ahora nada han conseguido. 

— ¡Oh! Todo esto es muy extraño; primero la desaparición 
de Luisa, luego la de mi hermana; no hay duda, ambas son 
víctimas déla venganza de una misma persona. 

—No lo dudo. 

— ¡Y no sernos dado coger un cabo del hilo! 

—¿Quién es capaz de adivinar de dónde nace la intriga cau- 
sa hoy de mi completa desdicha? 

— Poco he de poder ó al fin he de averiguarlo. 

—Por mi parte me hallo incapaz de intentarlo. 

— Dejadlo á mi mano. 

— García también ha desaparecido, él podía haber adquiri- 
do datos que quizá nos dieran alguna luz. 

—¿Y no sabéis dónde se puede hallar á ese sugeto? 

— Ya mandé buscarle. 

—¿Y no se le ha encontrado? 

—No. 

—Pues bien, ya veré si yo por mí solo puedo remediar tan- 
ta desventura. 

— Nada has de lograr; mi felicidad consiste en la muerte. 

— Desechad tan tristes ideas. 

— Hace ya largo tiempo que estoy apurando la copa del do- 
lor, y este último golpe me encuentra ya sin ánimo para re- 
sistirle. 

—Es menester, pues, no desalentarse. 

—Antes de mucho aguardo recibir otra fatal nueva. 

—¿Qué nueva desdicha teméis? 
—Una orden de destierro. 

TOMO II. 41 



322 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

—¿Creéis que el rey?.... 

—Todo lo crea ya; y si acontece lo que preveo, nuestra rui- 
na es inevitable. ¿Hasta cuándo, Dios mió, ha de durar mi su- 
plicio? ¿Habré de legar á mis hijos por toda herencia la des- 
honra y la miseria? 

De los ojos del joven Carlos se escaparon algunas lágrimas 
al oir las exclamaciones sentidas del autor de sus dias; á cos- 
ta de su sangre toda, hubiera deseado en aquel instante miti- 
gar el dolor en que se hallaba sumido su anciano padre. 

— Padre, fiad en mí ; á vuelta de los muchos disgustos que 
haya podido daros, procuraré en esta apurada y triste ocasión 
hallar el modo de mitigar en lo que me sea dado vuestras ter- 
ribles angustias. 

—¿Qué podrás tú, desdichado? 

—No tengo la pretensión de hallar un remedio suficiente 
á curar vuestros sufrimientos morales 

—Únicamente Dios— interrumpió el conde con acento tris- 
te—pudiera hacerlo; pero le ofendí demasiado y no es dable 
que su severa justicia se ablande en sus rigores para con- 
migo. 

—Dios es infinitamente bueno y suele apiadarse del que 
sinceramente se arrepiente de sus faltas. 

—¿Acaso puede existir un hombre que esté más arrepen- 
tido que yo de mis pasados extravíos? 

—No desconfiéis pues, si es así, de alcanzar un dia el ce- 
lestial perdón. 

—Así sea— exclamó el conde derramando amargas lágri- 
mas. 

—Así, padre, llorad, el llanto calma las penas. 

— ¡Ah! hijo, ya mis ojos están escaldados de tantas lá- 
grimas como han vertido. 

—Dichosos aquellos, padre, á quienes es dado desahogar 
las penas de su corazón vertiendo por sus ojos copioso 
llanto. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 



323 



—Yo he apurado ya el mió; apenas me quedan lágrimas 
que derramar. 

—Procurad tranquilizaros. 

—En vano será que lo intente. 
• —Lo que Dios haya dispuesto, aquello ha de ser; ¿.á qué, 
pues, afligiros de un modo tal? 

—Es que la conciencia, juez invisible, pero severo, que se 
agita en el ser de los mortales, tortura mi alma sin piedad, y 
ni de noche ni de dia dejo de oir su acusadora voz. 

—Sois exagerado en extremo. 

—Garlos, presérvete Dios de colocarle en situación igual á 
la mia. 

Carlos guardó breve silencio; contempló tristemente á su 
padre que escondía su abrasada frente entre sus heladas ma- 
nos, lanzó un profundo suspiro, se levantó del sillón en que 
estaba sentado y aproximándose al conde le dijo triste y ca- 
riñosamente: 

— Lo que sea de vos, padre mió, será de mi. 

— ¡Dios te lo premie, Carlos!— dijo el conde alargando su 
diestra al joven, el cual la tomó y besó con profundo respeto. 

—Adiós. 

— ¿Dónde vas? 

— Á ver si encuentro camino que nos conduzca al fin al 
puerto de salvación. 

—Trabajo inútil, para mi mal no existe ya remedio alguno. 

— En mí está el intentar buscarlo, y eso he de hacer cons- 
tantemente y desde este momento. 

—Haz, pues, tu voluntad; yo nada espero. 

Carlos saludó á su padre y se retiró. 



CAPÍTULO XLVIII. 



Carlos se presenta ante la, duquesa de la Jaridilla. 



Al salir del aposento de su padre, el vizconde entró pro- 
fundamente pensativo en el suyo. 

—¿Qué hacer, cómo parar el golpe que nos amaga? ¿á quién 
dirigirme á fin de que interceda por nosotros con el rey? El 
vizconde del Juncal ha inferido á mi padre una doble ofensa; 
si dejándome llevar del impulso de mi corazón busco á ese 
hombre y lavo en su sangre el insulto con que ha mancillado 
nuestra honra, ¿no será abrumar más las penas que afligen 
ya al desventurado autor de mis dias? 

Guardó silencio largo rato, y al fin, como iluminado por 
una súbita y feliz idea, exclamó: 

— ¡Ah! ¡qué rayo de luz! la duquesa de la Jaridilla 

Ella goza de gran favor en el ánimo de nuestro sobera- 
no y también Floridablanca aprecia mucho á esa noble da- 
ma. Indudablemente la duquesa debe estar terriblemente 



LOS CABALLEROS DEL AMOR, 325 

prevenida en contra de mi padre, pero existe entre ambos un 
vínculo, Luisa puede ser nuestro ángel de salvación. No hay 
que vacilar, por violento que me sea dar semejante paso, no 
veo otro camino en la situación presente. Vamos, pues, á ver 
á la señora duquesa de la Jaridilla. 

Formada su resolución, no se detuvo Garlos á meditar las 
consecuencias que pudieran surgir de la entrevista que anhe- 
laba tener con la noble dama. 

Con apresurado paso se dirigió el afligido mancebo hacia 
el palacio de la señora duquesa de la Jaridilla; una vez en él 
entró resueltamente y dirigiéndose á un paje, que no era otro 
que Aguilar, le dijo: 

— Necesito indispensablemente hablar á la señora du- 
quesa. 

— El paje, que conocía aunque solo de vista al joven, le 
contestó: 

— ¿Ignoráis, acaso, que mi señora ahora no recibe á nadie? 

— No lo ignoro. 

—Entonces, señor vizconde, no extrañareis que bien á pe- 
sar mío, me niegue á anunciaros. 

— ¡Oh! sí supierais de cuanto interés es lo que tengo que 
decir á la señora duquesa, indudablemente os apresuraríais 
á complacerme. 

— No dudo que os sea necesario verla, pero 

— Quizá ella misma sea la más interesada en oírme; se tra- 
ta de una joven á quien vuestra señora no puede menos de 
estimar en mucho. 

Aguilar creyó por instinto que se trataba de la joven pri- 
sionera, así es que contestó: 

—Eso varia de aspecto; voy á anunciaros á mi señora: 
aguardad aquí. 

Grande fué la sorpresa de la señora duquesa cuando su 
paje favorito la anunció el deseo manifestado por el vizconde, 
y con enojado acento, díjole á su paje: 



326 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

— ¿No sabes que á nadie recibo? 

— Lo sé, señora. 

— Entonces, ¿á qué anunciarme tal visita? 

— Es, señora,queel vizconde viene profundamente conmo- 
vido, y manifiesta ser de gran interés lo que ha de revelaros. 

— ¡Á mí! dijo la duquesa entre desdeñosa y admirada. 

—Eso me ha significado. 

—¡Es verdaderamente extraño! 

—¿Le diré, pues, que no podéis recibirle? 

— No; hazle entrar. 

El paje se retiró. 

—¿Qué ha dicho?— preguntó Carlos con afán en cuanto vló 
á Aguilar. 

— La señora 

— ¿Se niega á recibirme? 

—No. 

—¡Ahí— exclamó respirando con cierta satisfacción el de- 
mandante. 

— Bien podéis creer que sois una excepción. 

— Nunca podéis figuraros cuánto agradezco vuestra solici- 
tud. 

— Seguidme— dijo Aguilar. 

Á los cortos momentos después se hallaba el vizconde en 
presencia de la severa dama. 

—Perdonad, señora, el que me haya atrevido á turbar la 
soledad á que vivís entregada. 

— Sentaos, caballero, y expresadme á qué debo el honor de 
vuestra visita. 

Garlos saludó y tomó asiento á corta distancia de la du- 
quesa. 

—Señora, aunque sin ningún título á vuestros ojos que 
pueda justificar lo suficiente el paso que vengo á dar 

—Serenaos, caballero; estáis, por lo que veo, tristemente 
afectado. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 327 

—No puedo negarlo. 

— ¿En qué puedo serviros? 

— Podéis ser el ángel salvador de mi familia. 

—¡Yo!— dijo la duquesa palideciendo. 

— No ignoro que tenéis motivos de queja contra mi padre» 

—Si eso sabéis, ¿cómo solicitáis gracia alguna de mí? 

—-Porque sé hasta donde raya vuestra bondad. 

— ¿Creéis que sea tanta, que pueda olvidar las ofensas que 
se me infieren? 

—Los ángeles no conocen la venganza. 

—Desgraciadamente soy una simple mortal como cual- 
quiera otra, y por lo tanto me hallo sujeta á las imperfeccio- 
nes humanas. 

—Vuestro corazón es noble y generoso. 

— Mi corazón está hecho pedazos dentro de mi pecho. 

— Compadeceos de las desgracias que nos afligen, que son 
muchas, y evitad la que nos amenaza cercana; el enojo del 
rey. 

En breves y sentidas frases refirió Carlos la desaparición 
de María y el contenido de las cartas de Floridablanca y del 
vizconde. 

La duquesa le oyó atentamente y en cuanto el joven hubo 
terminado su triste narración, dijo: 

— Duéleme de lo que acontece á la hermosa María y si estu- 
viera en mi mano significaros donde se halla, lo haria muy 
gustosa; respecto á lo demás ¿qué queréis que os diga? 

—Noble duquesa, vos podéis desenojar al ministro; gran- 
de es vuestro valimiento. 

—¿Pretendéis que vaya á interesarme por el hombre al 
que tantos pesares debo? 
— Señora, es mi padre. 
—Su castigo es justo. 

—Pero es mi padre— dijo el joven de cuyos ojos se des- 
prendieron algunas lágrimas. 



328 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

La duquesa estaba conmovida. 

—•El, siquiera tiene un hijo cerca de sí— exclamó la dama 
con melancólico acento. 

— Quizá Dios os conceda en breve igual ventura. 

— ¿Qué queréis decir? 

—Que mi padre 

— ¿Otra vez el conde? 

— El conde ha buscado ansioso á cierta joven á quien de- 
seaba colocar á vuestro lado para que de ella recibierais el 
cariño á que sois acreedora. 

Garlos, comprendiendo que no hay madre que no desee 
ardientemente hallar, si lo ha perdido, el fruto de sus entra- 
ñas, insistió en favor de su padre á fin de interesar á la du- 
quesa en su pro. 

— ¿Y qué resultado dieron las pesquisas?— preguntó la 
dama con visible afán. 

—El de encontrar á la joven á quien se buscaba. 

— ¿Decís?— replicó con creciente interés la duquesa. 

— Digo la verdad. 

— ¿Y por qué, pues, no está aquí? 

—La joven de quien se trata se hallaba algo indispuesta; 
estuvo en mi casa durante algunos días; repuesta al fin, em- 
pezó á acudir con mi hermana al templo, y 

—Continuad. 

—Hace unos doce dias que ha desaparecido é inútilmente 
hemos hecho cuanto nos ha sido dable para encontrarla. 

—¡Es extraño!— dijo la duquesa cuyo corazón latia con 
violencia. 

—Señora, os he dicho la verdad. Pero ¿qué tenéis? estáis 
profundamente conmovida. ¿Os halláis indispuesta? 

— ¡Oh! no; escuchad. 

— Decid, señora. 

La dama contó cuanto sabia respecto á la prisionera que 
vivia encerrada en la casa cercana. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR, 389 

—¿Está aun en esta casa?— preguntó Carlos. 

—Ayer por lo menos estaba ; pero á contar desde el dia en 
que mi paje le arrojó la carta no baja al jardín; se conoce 
que solo la permiten asomarse al balcón que cae á él. Yo no 
me he atrevido á dar parte á la justicia por temor á que sus 
secuestradores cometieran con ella alguna infamia al verse 
descubiertos, y esperaba hallar el medio de poder salvarla sin 
exponer su existencia. 

— ¿Se divisa el balcón de que me habéis hablado desde 
vuestro mirador? 

— Perfectamente. 

— ¿A qué horas suele estar en él esa joven? 

— La mayor parte del dia. 

—¿Tenéis inconveniente en que yo la vea? 

—Os lo iba yo á suplicar. 

— Entonces pronto sabremos si el corazón me engaña. 

— ¿Suponéis? dijo la duquesa con emoción. 

—Supongo que sea Luisa; la joven que mi padre anhelaba 
presentaros. 

— ¡Dios mió! 

—Sí, esa es mi creencia. 

—Si fuera ella 

—Fiad en mí, que yo la salvaré. 

—Seguidme, vizconde. 

— Vamos, señora. 

— ¡Oh! apenas puedo sostenerme en pié; me es imposible 
el dar un paso. 

—Si os dignáis mandar que se me guie al sitio convenien- 
te, iré sin vos; y al punto que me cerciore de si mi creencia 
es ó no cierta vendré á daros cuenta de ello. 

—Sí ; eso es lo mejor. 

La duquesa tiró de un llamador y no tardó en acudir Aguí- 
lar á su llamamiento. 

—¿Qué ordenáis, señora? 

TOMO If. 42 



330 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

— Aguilar, guia al señor vizconde al mirador. 

— Está muy bien. 

— Indícale el balcón de la joven cautiva. 

— Así lo haré. 

—Yo, señor vizconde, aquí quedo, esperando vuestra 
vuelta. 

— Tan pronto como haya visto á la joven me pondré á 
vuestras órdenes. 

El vizconde y Aguiiar salieron del salón y se dirigieron al 
mirador apresuradamente. 

El paje llegó arriba mucho antes que el vizconde ; éste le 
preguntó : 

— ¿Está en el balcón? 

—Sí, llorando como siempre— contestó Aguilar.— Mirad, 
dijo indicando con el índice de su derecha mano — allí, señor 
vizconde. 

Siguió Carlos con los ojos el sitio que le indicaba Aguilar 
é instantáneamente sus labios murmuraron : 

—¡Luisa ! 



CAPÍTULO XLIX. 



Garlos se commomete á salvar á Luisa. 



—¿La conocéis, señor vizconde? 

— ¡Oh! mucho. 

— Tan hermosa y tan desgraciada como parece. 

—Lo es más de lo que podéis imaginar— contestó con emo- 
ción el vizconde. 

—De buena gana arriesgarla mi vida por salvarla. 

— Quizá os recuerde la promesa. 

—Guando queráis, siempre que no se oponga á ello la se- 
ñora duquesa. 

—Yo os prometo que no ha de oponerse. 

—Tal creo, porque manifiesta gran interés por esa joven, 

— Alguno más tendrá ahora. 

—¿Bajamos ya? 

—No. 

—¿Qué aguardáis? 



332 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

— El momento en que dirija aquí sus ojos para que advierta 
mi presencia á fin de significarla que yo sé dónde está. 

— ¡Pobrecilla! Eso quizá la dé alguna esperanza. ¿Qué mi- 
ráis ? 

—Calculo la altura de la tapia. 

—Mucha es. 

— Por mucha que sea, no me arredra. 

—Mirad. 

—Luisa tenia en aquel momento la vista fija en el mirador; 
en cuanto reconoció á Carlos sintió vivísima emoción. El viz- 
conde por medio de algunas señas procuró hacerla entender 
que tuviese confianza en él. La joven no contestó á ninguna 
de sus señas. Carlos la saludó, y dijo á Aguilar: 

—Ya me ha entendido, estoy seguro de ello. 

— No ha contestado á ninguna de las señales que habéis 
hecho. 

— Quizá dentro de la habitación hay alguien. 

— Tal vez la picara vieja que de cuando en cuando se aso- 
ma con ella al balcón.. 

— Algo de eso debe ser. 

—¿Y cómo indicarle el dia en que debe estar preparada? 

— Muy fácilmente. 

— No lo atino, porque si se le arroja una carta, la persona 
que haya en la sala lo advertirá. 

— Hay un medio para evitar eso. 

—¿Cuál? 

—¿Conocéis algún pintor? 

— Más de uno. 

—Id inmediatamente en busca de uno, y en una tira de pa- 
pel blanco de unos cuatro palmos de largo por tres de ancho, 
encargadle que ponga en letras bastante grandes, para que 
ella pueda distinguirlas las siguientes palabras: 

«Luisa, esta noche á las doce, dejad los postigos entor- 
nados. » 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 333 

— Entiendo. . 

— Esa es obra de pocos minutos. 

—Indudablemente. 

— En cuanto el letrero esté concluido os venís aquí y pro- 
curáis aprovechar un momento en que la joven fije la vista en 
este sitio á fin de enseñarle 

— Entendido. 

— Eso ha de ser hoy mismo. 

— No he de tardar media hora en hallarme aquí de vuelta. 

— Vamos, pues, á ver á la señora duquesa. 

— Sí, y aprovecharé la ocasión de pedirle permiso para ir á 
casa del pintor. 

— Vale más que no perdáis el tiempo, yo he de hablar á so- 
las con la señora duquesa y entretanto vos tenéis tiempo de 
volver con el letrero. 

— No tengo inconveniente en complaceros. 

El vizconde y Aguilar abandonaron el mirador, el segundo 
fuese á cumplir el encargo que se le hiciera y el primero en- 
tró en la habitación de la señora duquesa. 

— ¿Qué hay?— preguntó la noble dama con marcado in- 
terés. 

— Es ella, señora. 

Al oir tal respuesta la duquesa que se hallaba de pié, vaci- 
ló y tuvo que apoyarse en el respaldo de un sillón por temor 
de caer sobre el pavimento. Garlos se aproximó á ella, y ca- 
riñosamente la dijo: 

— Valor, señora. 

—¡Dios mió! ¿La habré hallado al cabo y no me será dable 
estrecharla entre mis brazos? ¿Cómo salvarla? ¿De qué medio 
valerme para conseguir su libertad? 

—Es sumamente fácil, señora. 

— No tanto como imagináis. 

—¿En qué fundáis vuestros recelos? 

—¿Quién nos dice que esa casa no tenga alguna salida se- 



334 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

creta, de la cual se valgan las personas que aguardan á mi 

á esa niña— se apresuró á decir la duquesa— en el momento 
en que vieren entrar gentes extrañas en su morada? ¿Quién 
nos asegura que no se la llevarán á donde jamás me fuera da- 
ble dar con ella? 

— Justos son estos temores. 

— Ya veis, pues, si tengo razón para dudar en la elección 
del medio que emplear se deba para salvar á esa desgra- 
ciada. 

— Me atrevo á rogaros que dejéis á mi cargo ese negocio. 

— ¿Vos intentareis?.... 

—Rescatarla. 

—¡Oh! si eso hicierais 

—Eso haré y, ó la salvaré, ó perderé la vida en la de- 
manda. 

— Acción tan noble y generosa bien vale de mi parte un 
sacrificio. 

—¿Cuál, señora?— preguntó Carlos con vivo interés. 

— ¿Qué habéis solicitado de mí? 

— ¿Será posible que condescendáis?.... 

— Vuestro generoso ofrecimiento me obliga á ello. 

— ¡Oh! señora, mi gratitud será eterna. 

— No será menor la que os deba yo á vos si conseguís el 
noble objeto que os habéis propuesto. 

—No se han de pasar muchas horas sin que sepamos áqué 
atenernos. 

—¿Cuándo intentareis salvarla? 

— Esta noche. 

—¿Por qué medios? 

—¿Supongo no tendréis inconveniente en que vuestro paje 
me preste su ayuda? 

—¿Cómo he de tenerlo estando yo tan interesada en ese 
asunto? 

—Entonces, fiad en mí. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 335 

— ¿Pero no podéis explicarme vuestro plan? 

—No le tengo aun del todo formado; solamente me es dado 
deciros que á las once estaré aquí; vuestro paje y yo penetra- 
remos en el parque, y desde él, con la ayuda de Dios primero 
y con mi ingenio y mi valor después, se hará lo demás. 

—Meditad mucho, no sea cosa que vayáis á perderos sin 
salvarla. 

—Es demasiado noble la causa que defiendo para que dude 
del éxito de mi tentativa. 

— Mucho os deberá vuestro padre de hoy en adelante. 

— A vos, señora, no á mí. 

—A vos, á vos tan solo ; lo que yo estoy dispuesto á hacer 
4por quién lo haré? 

— Lo haréis porque tenéis un noble corazón. 

—No me supongáis mejor de lo que soy; el interesarme 
como lo haré en favor del conde, se deberá solo al servicio 
que espontáneamente os habéis brindado á hacerme. 

— Hasta la noche pues, noble señora. 

—Quiera el cielo ayudaros, generoso joven. 

Garlos se inclinó respetuosamente, y con el corazón lleno 
de júbilo y de esperanza se separó de la noble duquesa de la 
Jaridilla. 



CAPÍTULO L. 



Dónde había ido á parar María de Lazan. 



En medio del profundo disgusto que reinaba en casa del 
conde de Lazan, recibió éste una carta en que se le decia lo 
siguiente: 

«Conde: si recuerdas la carta que no hace muchos dias te 
se dirigió, comprenderás perfectamente de dónde ha partido 
el golpe que te hiere. 

»No busques á tu hija, porque serán inútiles tus diligencias; 
y el dia en que la encuentres, estoy segura que te ha de pesar 
el haberla encontrado.» 

—¿Qué quiere decir esto, Dios mió !— exclamó el conde des- 
pués que hubo leido la carta que acabamos de mencionar.— 
Precisamente en los momentos más amargos de mi vida vie- 
nen á desplomarse sobre mí todas las calamidades. Todos los 
extravíos, todos los errores de mi vida pasada parece que se 
han dado cita para hacerme tocar las consecuencias hoy, 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 337 

cuando más agobiado me encuentro. Esta hija de Fuentidue- 
ña, este nuevo espectro de un pasado que yo deploro, hoy que 
ya no tiene remedio, ¿quién es? Si mal no recuerdo, el conde 
no tuvo ningún hijo. ¿Si entonces me lo ocultarían y el difun- 
to conde legaría esta venganza á su heredera? No sé qué pen- 
sar, ni qué decir, ni qué hacer. 

Y el conde, abismado en sus reflexiones, sepultó la cabeza 
entre sus manos permaneciendo así un largo espacio. 

La desaparición de su hija le habia realmente anonadado. 

En brevísimo espacio, se le habían juntado tantas contra- 
riedades, que habia momentos en que realmente desfallecía 
bajo el peso del dolor. 

Cuando esperó en vano el regreso de su hija, cuando los 
criados le dijeron que la habían conducido á la calle de Lega- 
nitos, que había descendido de la silla de manos diciendo que 
la aguardasen, y que sin embargo no habia vuelto, de la mis- 
ma manera que habia sucedido con Luisa, el dolor de aquel 
padre no conoció límites. 

Y fué necesario que su hijo agotase todas las reflexiones 
y le infundiese todas las esperanzas imaginables para que 
fuera, sino tranquilizándose , alentándose un poco por lo 
menos. 

Después recibió el nuevo golpe de parte del futuro esposo 
de su hija, y de parte también del mismo Floridablanca. 

Aquellos dos raptos verificados en tan pocos días y lleva- 
dos á cabo con una audacia tan extraordinaria no pudieron 
menos de excitar la atención de las autoridades, y pusiéron- 
se en juego todos los elementos que la administración de jus- 
ticia en aquella época tenia á sus alcances. 

Pero desde el momento en que Floridablanca manifestó al 
conde, como sabemos, su desabrimiento, juzgando tal vez la 
desaparición de María como un subterfugio para eludir un ma- 
trimonio que á la joven había repugnado al principio, las pes- 
quisas de la autoridad disminuyeron, y el conde se vio obli- 

TOMO II. 48 



338 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

gado á hacer uso de sus propios recursos para buscar á su 
hija. 

Entonces fué cuando Carlos, viendo el abatimiento de su 
padre, se dirigió á la duquesa de la Jaridilla del modo que he- 
mos visto en otro lugar. 

Antonio se portó en aquellas circunstancias del modo que 
era de esperar, dada la nobleza de sus sentimientos. 

No vio las faltas cometidas por su padre, no recordó lo que 
el vizconde habia hecho con Luisa, no vio más que el dolor 
de ambos, y sin descuidar el seguir dando pasos para encon- 
trar á ésta, ayudóles activamente en sus pesquisas respecto á 
María. 

Marchóse inmediatamente á ver á Azucena. 

Pero García no habia parecido por su casa hacia muchos 
dias, y nada pudo saber por aquel lado. 

Al mismo tiempo, supo Antonio por Joselito y por su ami- 
go Ramón de la Cruz la desgracia que le habia sucedido á don 
Luis, y en semejante cúmulo de desgracias no sabia realmen- 
te, ni á cuál atender, ni qué medio encontrar para atenuar- 
las. 

¿Cuál habia sido entretanto la suerte de María? 

Nuestros lectores recordarán que sin desconfianza de nin- 
gún género habia ido siguiendo á la persona que se le presentó 
para conducirla hasta el punto en que Luisa se hallaba. 

En su afán de contribuir á tranquilizar á su padre, y qui- 
zás á contribuir á que su hermano devolviese á la joven el ca- 
riño á que ella se creía con tan legítimo derecho, no calculó 
que era muy extraño que Luisa la escribiese una carta para 
que fuese á buscarla, cuando si habia medio para que ella 
entrase en su prisión, con mayor motivo debía haberle para 
que ella hubiese salido-. 

Nada de esto pudo pensar, ofuscaba su corazón el deseo; y 
en su consecuencia, sin desconfiar, sin comprender toda la 
importancia del paso que iba á dar, ni apreciar las conse- 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 339 

cuencias que iba á tener, siguió á su conductor, sin compren- 
der que se alejaban de la calle de Leganitos, que atravesaban 
otras de peor especie, doblemente amenazadoras en aquella 
época, hasta que finalmente se detuvieron ante un caserón 
destartalado, de agrietadas paredes y de repugnante aspecto, 
á cuya puerta llamó de un modo particular el individuo que 
la acompañaba. 

—¿Es aquí donde está Luisa?— preguntó la joven á su com- 
pañero. 

— Sí, señora; pero ruego á vuestra merced no pronuncie 
en estos momentos ese nombre, porque nos es preciso ahora 
adoptar una porción de precauciones. 

—¿Pero la encontraremos? 

— ¡Silencio! 

En este momento abrióse la puerta de la casa. 

Un individuo, de aspecto un tanto repulsivo, apareció en 
ella. 

El que acompañaba á María cruzó algunas palabras en voz 
baja con él, y el paso quedó franco para la joven. 

Cruzaron el ancho zaguán, perdiéronse por un corredor 
estrecho, largo y débilmente alumbrado, franquearon una 
puerta que en el fondo había, cruzaron después varias habita- 
ciones, y finalmente llegaron á una pequeña cámara modes- 
tamente amueblada en la cual dijo á María su compañero: 

— Sírvase vuestra merced esperar, que voy en busca de la 
persona que os aguarda. 

Y el desconocido abandonó el aposento. Cerróse la puerta 
tras de él, y María quedóse sola. 

Entonces sintió que por súmente cruzaba algo de extraño; 
un relámpago de desconfianza que la impulsó sin saber cómo 
á dirigirse á la puerta por donde había entrado y á la otra 
por donde su guia había desaparecido. 

Ambas estaban cerradas por fuera. 

La ligera sospecha que había brotado en la mente de la jó- 



340 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

ven, creció de un modo tal en breves segundos, que cubrió su 
rostro de mortal palidez y heló de espanto su corazón. 

Durante algún tiempo permaneció inmóvil; no se atrevía 
ni aun á respirar al objeto de percibir el más leve rumor que 
pudieran hacer en la vecina estancia. 

Pero aquella casa parecía la mansión del silencio. 

Nada se percibía en ella, ningún rumor llegaba á los oídos 
de la joven, y aquella extraña quietud aumentaba todavía su 
terror. 

La habitación en que se encontraba estaba muy modesta- 
mente amueblada, según hemos dicho; pero no carecía tam- 
poco de lo más indispensable. 

Sobre una mesa había algunos fiambres, en los cuales no 
reparó la joven á su entrada en el aposento, pero que después 
al recorrerle advirtió, probándole con esto, que se había pen- 
sado sin duda en hacer de aquella estancia su prisión. 

Durante toda la noche la joven permaneció atenta, tem- 
blando de miedo y no pudíendo comprender la suerte que le 
estaba destinada. 

Dejando á un lado el propio temor, pensaba en el inmenso 
disgusto de su padre, en el trastorno que podría haber en su 
casa, reciente todavía la desaparición de Luisa que tanto dis- 
gusto había ocasionado. 

A la madrugada rindióla el sueño algunas horas. 

Sentada habíase quedado en una silla, cuando ligero ru- 
mor que hizo la puerta al abrirse, la despertó. 

El mismo hombre á quien habia visto la noche anterior 
franquearle la puerta de la calle, se presentó á su vista. 

Levantóse inmediatamente, y corrió hacia él, diciéndole: 

—¿Dónde estoy? iQué quiere decir esto? ¿Por qué me 
habéis dejado encerrada aquí? 

— ¡Callemos, señora!— le dijo aquel hombre tratando de sua- 
vizar la aspereza de su acento— estáis aquí porque así ha con- 
venido á las personas que os trajeron: nada temáis, porque 




MARÍA 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 841 

no se trata de haceros daño alguno, pero debo deciros, por 
vuestro propio bien, que os resignéis con vuestra suerte, que 
comáis, pues ya veo que no habéis tocado los manjares que 
os habia dispuesto, y que tengáis paciencia hasta el dia en 
que os pongan en libertad. 

— ¿Pero con qué derecho me tienen aquí? ¿Quién me ha 
traído aquí?— preguntó María á quien las frases de su carce- 
lero tranquilizaban muy poco. 

—Siento no poder contestaros á esas preguntas; pedidme 
cuanto queráis y yo pueda daros; pero no me preguntéis 
nada respecto de las personas á quienes obedezco. 

— ¿Y no comprendéis que el dia en que llegue á descubrir- 
se dónde estoy, vais á correr grave peligro? ¿Creéis acaso que 
mi padre y mi hermano no han de hacer diligencias para en- 
contrarme? 

— Esas no son cuentas mias, señora. 

—Si me pusieseis en libertad, si me llevaseis al lado de mi 
padre, podéis contar desde luego con que habríais hecho 
vuestra suerte. 

— Prefiero no hacerla y obedecer á quien me manda, y 
puesto que nada queréis, y hablar de estos asuntos no me 
conviene, el cielo os guarde, señora. 

Y el carcelero salió, dejando á María llena de mayores in- 
quietudes, y mucho más preocupada por la suerte que iba á 
correr. 



CAPÍTULO LI 



Amor de viejo. 



Aunque el lector habrá sospechado ya á qué obedecía la 
prohibición que á Luisa se le habia impuesto de no salir de su 
aposento, no estará de más que digamos cuatro palabras so- 
bre el particular. 

Cuando la vieja carcelera de la joven vio á don Tadeo, le 
contó cuanto habia visto. 

Recuérdese que Simón y don Tadeo, después de haber ha- 
blado con Francisco, y haber adquirido la certeza de que la 
hija del conde de Lazan caerla en breve en su poder, habían 
dispuesto celebrar la noticia yéndose á comer á la hostería de 
Santiago. 

Terminado el opíparo banquete, los dos camaradas fué- 
ronse á dar un paseo, y cuando de darlo regresaban, llegá- 
ronse á la casa en donde estaba encerrada la pobre joven. 

Apenas supo don Tadeo lo que habia ocurrido aquella tar- 
de, dijo: 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 843 

—¿Esas tenemos? Pues se acabó el paseo. 

— Muy bien hecho— gruñó la vieja.— Cuantas más contem- 
placiones gastéis, peor que peor. 

— Por ahora queda prohibido que salga de su habitación, 
y de aquí á unos dias, ya buscaré yo nuevo alojamiento para 
esa paloma. 

—En no dejándola salir del cuarto, no hay cuidado. 

— Es verdad, porque desde el balcón no puede comunicar- 
se con nadie. 

— No entiendo por qué no habéis mandado fuera de Madrid 
á la cautiva— dijo Simón. 

— Yo me entiendo, amigo mió. 

— ¿Qué ventajas os proporciona el guardarla? Gastos úni- 
camente. 

— ¿Querías que la soltara y que por ella se supiese lo que á 
mí no me conviene que se sepa? 

— En ese caso, amigos tenéis que habitan lejos de la corte 
y les podíais haber obsequiado mandándoles á esa muchacha. 

Los ojos de don Tadeo brillaron de un modo singular. 

— ¡Eso, nunca! 

— ¡Canastos! Cualquiera diría que la moza os ha flechado, 
según el interés que por ella parecéis tomaros. ¡Ja, ja, ja! 
Tendría que ver. 

—Mira, Simón; el vino que has bebido se te ha subido á la 
cabeza, y dices cosas que no tienen pies ni cabeza. 

— Pues apostaría cualquier cosa á que no me he equivo- 
cado. 

— Ba, ba, dejemos eso; aguárdame aquí. 

— ¿Vais á ver á vuestro pimpollo? 

— Voy á donde quiero. 

—Está bien; aquí quedo aguardando. 

Don Tadeo se dirigió á la habitación que ocupaba Luisa. 

En cuanto la joven le vio entrar, corrió hacia él, y le pre- 
guntó; 



;344 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

— ¿Traéis aJguna nueva feliz para mí? 
— Antes por el contrario, me veo precisado á daros un pe- 
queño disgusto. 

—¡Dios mió! ¿Qué nueva desgracia?.... 
—De ella vos tenéis la culpa. 
-¿Yo? 

— Vos misma. 
— Explicaos. 

— Solicitasteis y obtuvisteis permiso de poder pasearos al- 
gunas horas durante el dia por el pequeño jardincillo que hay 
en esta casa. 

— Es verdad — contestó la joven temblando. 

—¿Y qué uso habéis hecho del permiso que os concedí? 

—Yo 

— Tened entendido que lo sé todo. 
— ¡Dios mió! 

—No falta quien os ha visto atar un papel al extremo de un 
cordón. 

Luisa estaba más muerta que viva. 
Don Tadeo la devoraba con la vista. 

—Bien comprendereis que después de haber abusado así 
de mi confianza, me veo en la necesidad de prohibiros que 
bajéis más al jardín. 

—Pero ¿hasta cuándo ha de durar mi cautiverio? 
— Eso dependerá en parte de vos misma. 
—¿De mí? 
—Como lo oís. 
—¿Qué debo hacer, pues? 
—Ser amable. 

—No os entiendo— dijo Luisa con cierto temor que no acer- 
taba á explicarse. 

—¿No me entendéis? 
—No por cierto. 
—Me explicaré, pues. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 345 

— Espero que nada que no deba oir me diréis.^ 

— Creo que no habrán pasado desapercibidas á vuestros 
ojos las finezas que os he dispensado; ¿no es así? 

— Y ¿qué queréis darme á entender con eso?— contestó 

la joven dando un paso hacia atrás. 

—Quiero decir que estáis amenazada de un gran peligro, 
que vuestra vida corre riesgo y que yo solo puedo salvaros. 

—Pues bien, tened piedad de mí. 

— Ya os he dicho que eso depende de vos. 

— Pero ¿qué habéis querido significar? 

—He querido decir que es necesario, si queréis salvaros, 
que seáis mia. 

Luisa lanzó un grito de horror. 

— ¡Ah! callad, callad; sois un infame. 

— Soy un hombre que quiere salvaros. 

—No continuéis, no quiero escucharos. 

—Pero como aquí mando yo, tendréis que atenderme mal 
que os pese. 

—Habéis arrojado al fin la máscara con que encubríais 
vuestro rostro. 

—Sí; me ahogaba con ella, mejor es que me conozcáis tal 
cual soy. 

—¿Pero en qué he podido yo ofenderos para que así cons- 
piréis en mi daño? 

— No resistáis á mis deseos y nada tendréis que temer. 

—Antes la muerte. 

— Reflexionadlo bien. 

—Huid, apartaos de mi presencia. 

— No; que habéis de escucharme. 

—¿Para qué perder el tiempo? 

—Os interesa oírme. 

—Decid, pues, lo que gustéis. 

— Según tengo entendido, amáis mucho á doña María de 
Lazan. 

TOMO II. 44 



346 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

— ¿Qué qi;ijBreis darme á entender?— preguntó Luisa sobre- 
saltada. 

— Que estáis destinada á correr la suerte que ella correrá. 

—Yes 

—Mañana vuestra amiga quedará en mi poder. 

— No lo creo. 

—Haced lo que gustéis, pero yo os fio que la hermosa doña 
María mañana estará bajo mi dominio, y cumpliendo con las 
órdenes que tengo, pasado mañana la aristocrática joven pa- 
sará á ser la alegría de un lupanar ¿comprendéis? 

—Comprendo que la infeliz María es víctima de una infa- 
me maquinación, pero en vano se querrá vencer su virtud. 

—¡Ja, ja, ja! buen caso harán de su virtud las gentes de 
que se verá rodeada; de grado ó por fuerza, sucumbirá á ma- 
nos de los libertinos á quienes será entregada; no tengáis 
duda de ello. 

— i Es posible tanta infamia! 

— Ahora bien; si vos no accedéis á mis ruegos, tendréis el 
mismo porvenir. 

—¿Y no teméis que al fin se descubran vuestras maldades? 

— Tengo bien resguardadas las espaldas. 

— Si los hombres no, Dios sabrá castigaros. 

— Dios no se ocupa de lo que aquí abajo ocurre. 

—¿No tenéis, pues, temor á nada? 

—Ni tengo por qué tenerlo. 

—¿Tan endurecido está vuestro corazón? 

— Mi corazón solo sabe palpitar de emoción cuando estáis 
cerca de mí. 

— Huid, huid de mi presencia; me causáis horror. 

Luisa estaba trémula, estaba convulsa, se sentía desfa- 
llecer. 

—Sí, voy á marcharme. 

— Hacedlo cuanto antes, por Dios os lo pido. 

—Más que eso haré. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 347 

— ¡Dios rriio, Dios mió!— exclamó la triste joven cubrién- 
dose el rostro con las manos. 

—Tres dias tenéis de plazo para decidir de vuestra suerte, 
y hasta que venza el plazo no volveré á presentarme á vues- 
tra vista. 

—Será inútil que volváis. 

— Pues volveré, tenedlo entendido. 

— Yo no he de prestar oidos á vuestras vergonzosas pro- 
posiciones. 

— Peor para vos, porque en ese caso ya os he dicho la suer- 
te que os espera. 

—Confio en Dios. 

— Meditad bien, ya os lo he dicho; tres dias tenéis de 
plazo. 

Sin añadir una palabra más, don Tadeo abandonó aquel 
aposento y se dirigió al sitio donde le aguardaba Simón. 

En cuanto Luisa se vio sola se postró de hinojos, y derra- 
mando un mar de lágrimas, se puso á orar con fervor. 

En cuanto don Tadeo llegó al sitio donde hablan quedado 
aguardando Simón y Ruperta, le dijo á esta última: 

— En cuanto salgamos, sube al aposento de la prisionera, y 
después de dejarle las provisiones necesarias para acabar el 
dia de hoy, cierra de nuevo la puerta y no aparezcas por allí 
hasta mañana por la mañana á la hora en que debas llevarle 
nuevas provisiones, ¿lo entiendes? 

— Está bien. 

— Cuida de no contestar á ninguna de las preguntas que 
te dirija, sean las que quieran. 

—Así lo haré, perded cuidado. 

— En tí confio. 

— Podéis tener confianza, que no han de ablandarme á 
mí los lloriqueos de esa melindrosa. 

—Pues hasta mañana. 

— Hasta mañana. 



348 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

— ¿Vamos? 

— No deseo otra cosa - contestó Simón. 

—Pues andando. 

Los dos bribones uno en pos del otro salieron á la calle. 

— ¿Sabéis, amigo don Tadeo, que habéis bajado con el sem- 
blante descompuesto? ¿qué os ha ocurrido allí arriba? 

— Nada de particular. 

— A mí con esas 

— ¿Qué quieres que me haya ocurrido? 

— Lo sospecho. 

—¿Qué sospechas? 

—Lo que os he indicado antes de que subierais á ver á 
vuestra 

— -Ghit! habla bajo que alguno pudiera oirte. 

— Pues bien, como os decía, presumo que esa moza os ha 
hecho tilín. 

—¿A qué negártelo? es verdad. 

— ¿ Veis como yo decía bien? y qué, ¿no consiente? 

— Se resiste. 

— Pues venced su resistencia. 

— ¡Oh! no ha de escaparme, yo telo prometo. 

— De ello me alegraré. 

— No hablemos de eso más. 

—Convenido; apretemos el paso porque estoy deseando 
llegar á casa de Andrea. 

—Sospecho que también tú has caído en las redes del 
amor; la madre y no la hija es la que tú deseas ver. 

—Franqueza por franqueza ; es verdad. 

—Te doy la enhorabuena porque es mujer que vale cual- 
quier cosa y esa es plaza fácil de conquistar. 

En esto llegaron á la puerta de la casa que ocupaban las 
mendigas de San Cayetano. 

— Ea! para arriba. 

—Subamos pues. 



CAPITULO LII 



Ap ario ion inesperada. 



Cuando Garlos salió del palacio de la duquesa de la Jaridi- 
11a, fuese en derechura á su casa, y una vez en su aposento, 
llamó á su ayuda de cámara á fin de encargarle le proporcio- 
nara en el término de cuatro horas y costasen lo que costa- 
sen, ciertos objetos que el vizconde juzgaba necesarios para 
procurar la evasión de Luisa. 

El ayuda de cámara, que era mozo listo y que en más de 
una ocasión habia proporcionado á su señor los útiles nece- 
sarios para llevar á cabo empresas por el estilo de la que 
ahora se trataba, ofreció á Garlos que antes de la hora que le 
habia señalado, quedarían en su poder los objetos pedidos. 

Por su parte, Aguilar, el paje de la duquesa, habia hecho 
cuanto el vizconde le encargara, y una vez en su poder el le- 
trero que se le habia pedido, voló hacia el palacio, y una vez 
en él, informó á la señora duquesa del encargo que el vizcon- 



350 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

de le había hecho, preguntándole si ella estaba conforme en 
que obedeciera. 

Otorgada la venia de la duquesa, Aguilar subió al mirador, 
y espiando el momento oportuno, extendió el letrero de modo 
que la joven Luisa pudiese hacerse cargo del escrito. 

Una vez convencido el paje de que la cautiva quedaba en- 
terada de lo que la convenia saber, abandonó el mirador, y se 
dirigió de nuevo al aposento de su señora. 

— He cumplido mi encargo. 

— ¿Crees que se habrá enterado? 

— No me cabe duda de ello. 

— ¿Te ha significado por medio de alguna seña?.... 

— Sí, aunque apenas se ha movido; se conoce que tiene 
mucho miedo; indudablemente está muy vigilada. 

— ¡Infeliz!— exclamó la duquesa lanzando un profundo 
suspiro. 

— ¡Quiera el cielo que el señor vizconde logre el noble ob- 
jeto que se ha propuesto! 

— Tiemblo á pesar mío. 

— Poco tiempo se ha de pasar para salir de dudas. 

— En cuanto el señor vizconde llegue, ponte á su disposi- 
ción, y proporciónale todo aquello que te pidiere. 

—Está muy bien, señora duquesa. 

—Si por acaso el vizconde deseara hablarme, introdúcelo 
al momento en mi habitación. 

— Así lo haré. 

—¿Crees que alguien además de la joven haya podido ver el 
letrero en el momento en que lo has extendido en el mirador? 

—Creo que únicamente ella lo ha visto. 

—¡Dios lo quiera! Retírate. 

El paje obedeció; la duquesa quedó abismada en sus refle- 
xiones. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 351 

Las once acababan de dar en el reloj de la vecina iglesia, 
cuando don Tadeo penetraba en la misteriosa casa donde es- 
taba encerrada la desdichada Luisa. 

— Durmiendo me estaba ya, de modo que no sé cómo he 
acertado á oir vuestra seña; si tardáis un poco más, de fijo 
que no os oigo y tenéis que volveros sin entrar. 

— Pues me hubiera divertido. 

—¡Qué queréis! Tengo el sueño muy pesado, y como me le- 
vanto tempranito, al sonar las diez de la noche los ojos se me 
cierran á mi pesar; hoy, como sabia que habiais de venir, he 
hecho un esfuerzo; pero ya no puedo tenerme en pié. 

— Dame la llave. 

—Aquí la tenéis; seguramente vuestra paloma estará dor- 
mida—dijo sonriendo la repugnante vieja. 

—Está bien. Te advierto que es necesario que estés muy 
alerta. 

—¡¡Cómo, señor! ¿No queréis dejarme descansar? Reparad 
que mis fuerzas se agotan, que soy vieja, y 

— Tienes más malicia y más pecados que el mismo Satanás 
tu patrón— repuso don Tadeo con una entereza superior á su 
aspecto y á sus años. ¡Ea! basta de gazmoñerías, y á vigilar 
para cuando vengan cuatro buenos mozos acompañando á Si- 
món, y á los cuales debes colocar cerca, muy cerca de la cá- 
mara de ese pimpollo. 

—Pero 

—Ya lo has oido. 

— Y decidme, señor— repuso la vieja con tembloroso acen- 
to — ¿tardarán mucho Simón y sus compañeros? 

— Tras de mí venían. 

El rostro de Ruperta expresó la satisfacción que le causaba 
la noticia. 

— En ese caso, lo mejor será que no cierre la puerta. 

— Haz lo que quieras. 

—Siempre me evita un trabajo. 



352 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

— En cuanto lleguen 

—Haré lo que habéis dicho. 

— Después te vas á dormir, y oigas lo que oigas, aunque la 
casa se hunda, no salgas de tu cuarto. 

— Perded cuidado, que en cuanto me tienda, aunque el 
mundo se desplome no he de levantarme. 

— Eso es lo que debes hacer. 

— Eso es lo que haré. 

— ¿Nada te ha preguntado al llevarle la cena? 

—Nada; como de costumbre, llora, gime y apenas prueba 
bocado. 

—Pues esto ha de acabarse. 

— No deseo yo otra cosa. 

— Quedarás complacida. 

La vieja se dirigió hacia la puerta, y don Tadeo al aposento 
de Luisa. 

La desdichada joven habia comprendido perfectamente el 
sentido de las palabras estampadas en la tira de papel que el 
paje le mostró desde el mirador, y esperaba con impaciencia 
la hora indicada. 

El más leve rumor que llegara á sus oidos era lo muy sufi- 
ciente para que su corazón latiera apresuradamente. 

No podia, por mes que en ello habia pensado, calcular cómo 
le seria fácil llegar hasta el balcón á la persona que en su ayu- 
da debia acudir; y que era por el balcón por donde pensaba 
penetrar no le quedaba duda, puesto que se le encomendaba 
que no lo tuviera cerrado, y sí solo entornado; Luisa habia cui- 
dado de cumplir el tal encargo. 

Rezando se hallaba por el buen éxito de su salvación, cuan- 
do le pareció percibir cierto rumor de pasos en la antesala. 

Contuvo la respiración, y no acertó á levantarse del suelo 
en el que se hallaba postrada de hinojos. 

Cuando oyó el ruido producido por la llave al girar en la 
cerradura, Luisa estuvo á punto de morir de miedo, y este se 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 353 

aumentó cuando al abrirse la puerta vio aparecer en su umbral 
la repugnante figura de don Tadeo. 

—¿Estáis implorando el favor del cielo? 
—¿A qué venís á estas horas?— dijo la joven temblando. 
—A advertiros que hoy espira el plazo que os di. 
—Tiempo tenéis mañana de enteraros de mi respuesta. 
— Soy hombre que gusto de cumplir lo que ofrezco. 
— Retiraos; mañana os escucharé. 

— Vengo sumamente cansado y paréceme justo descansar 
durante algunos minutos. 

Luisa no acertaba á hablar, el miedo anudaba la voz en su 
garganta. 

Don Tadeo tomó asiento tranquilamente. 
—¿Recordáis lo que os dije respecto á María? 
—¿Qué?— preguntó afanosamente la joven. 
—A estas horas, la bella hija del conde de Lazan habrá ya 
colmado la felicidad de unos cuantos libertinos afortunados. 
— ¡Qué horror!— exclamó Luisa cubriéndose el rostro con 
los manos. 

—Podéis creer que os digo la verdad. 
— ¡Imposible, imposible! 

—No dirán otro tanto aquellos á quienes habrá favorecido 
con más ó menos resistencia. 
— ¡Pero eso es inicuo!.... 

—Y lo mejor del caso es que ya no es posible salvarla. 
—¿Y qué os habia hecho esa infeliz joven para perderla tan 
inhumanamente? 
—A mí, nada. 

— ¿A qué entonces tal crueldad? 
—No soy yo quien la ha ordenado. 
— ¿Quién ha sido pues? 
—Eso no os lo puedo yo decir. 

—Guando el señor conde se entere de la villanía que ha- 
béis cometido 

TOMO II. 45 



354 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

—Ya os dije hace tres dias que tenia las espaldas bien res- 
guardadas. 

— Yo creo que voy á volverme loca, ¡Dios mió! 

—No hay para tanto. 

—¿Creéis acaso que tengo el corazón de piedra? 

— No creo tal, pero vos no tenéis motivo para quejaros. 

— ¡Que no tengo motivos! 

—No; lo repito. 

—¿Osáis decir?.... 

— Comparad vuestra situación con la de la hija del conde. 

— ¡Mi situación! — dijo con melancólico acento Luisa. 

—Desde que estáis en mi poder he procurado que se os 
guarde todo género de atenciones. 

— Yo os lo agradezco, creedlo. 

—He procurado evitar que se fulminara en contra vuestra 
una sentencia cruel. 

—Dios os lo recompensará. 

—Calculad lo que seria de vos á estas horas. 

—¡Oh! no existiría ya. 

—Sí existiríais, pero ¿cómo, y en dónde? 

— Yo hubiera muerto antes de cubrirme de infamia. 

—¡Bah!— exclamó aquel viejo cínico. 

— Y lo mismo hará María. 

—No lo creáis. 

—¿Qué mujer que se estima en algo no sabe defenderse 
cuando de su honor se trata? 

— ¿Cómo defenderse donde se halla? 

—Cómo, no lo sé; pero de seguro que se habrá defendido. 

—Para tenerse que rendir á discreción. 

Los ojos del malvado viejo brillaban de un modo infernal 
al posarse sobre la hermosa joven. 

Luisa imploraba interiormente el celestial favor. 

be cuando en cuando y disimuladamente miraba hacia el 
balcón. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 355 

— Y bien, ¿habéis meditado ya? 

—¡Meditar! ¿Sobre qué? 

—Sobre lo que os dije la última vez que os vi. 

— Yo no pude creer que un hombre que me ha demostra- 
do algún afecto pudiera hacerme proposición que á mi honra 
atentara. 

—Pues hablé muy formal, y así me pareció que lo enten- 
díais. 

—Creí que habríais reflexionado mejor, y os habríais apia- 
dado de mí. 

— Cuando á mi edad se apasiona un hombre, no reflexiona. 

—No es posible que vos 

—Pues lo es; desde el punto y hora en que os vi, sentí pene- 
trar en mi corazón el fuego de un desatentado amor, y á con- 
tar desde aquel instante vos sois mi único pensamiento; en 
vos nada más pienso de noche y de dia, y antes que perderos, 
seria capaz de cometer mil crímenes. 

Juzgúese el terror que escuchando tales palabras experi- 
mentaría la desvalida joven. 

—¡Oh! ¡Tened piedad de mí!— dijo juntando ambas manos 
en actitud suplicante. 

—¿Por qué no la tienes de mí? 

— No os acerquéis. 

—¿De qué te vale resistir? 

—Apartaos, digo. 

—He venido resuelto á que sucumbas, y sucumbirás. 

— Daré voces. 

—Serán inútiles; estamos solos, nadie te oirá. 

—¡Virgen pura, valedme! 

—Ni Dios, ni el diablo, han de arrancarte de mis brazos. 

Don Tadeo avanzó hacia Luisa; ésta, despavorida, sintió 
que le faltaban las fuerzas, quiso hablar, no pudo conseguir- 
lo, y al intentar dar un paso para huir de don Tadeo, cayó 
desvanecida. 



356 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

El infernal viejo se sonrió diabólicamente, y al ir á levan- 
tar á la joven entre sus brazos, exclamó: 

—De grado ó por fuerza serás mia. 

— Todavía no — dijo una enérgica voz. 

Don Tadeo volvió asombrado la vista hacia el punto de 
donde aquella partia, y se quedó mudo de espanto al ver en 
el balcón á un joven que con el semblante demudado, le mi- 
raba con marcado enojo. 

Era don Garlos de Lazan, como ya lo habrá presumido el 
lector, el que tan á tiempo acudia á salvar á Luisa. 



CAPÍTULO LIIL 



La duquesa de la Jañdilla y el conde de Lazan» 



Han pasado seis dias de los sucesos narrados en los capí- 
tulos anteriores, dias llenos de peripecias y de acontecimien- 
tos que han ejercido en nuestros personajes una influencia 
extraordinaria. 

En primer lugar debemos decir que el vizconde don Gar- 
los de Lazan no habia vuelto á presentarse en su casa. 

No habia revelado á su padre ni el paso que habia dado 
respecto á la duquesa, ni el descubrimiento que de Luisa 
habia hecho. 

Así era que habia salido de su casa sin prevención de nin- 
gún género; por lo tanto, al conde en los primeros momentos 
no se le ocurrió el que pudiera haberle sucedido nada. 

En cambio la duquesa de la Jaridilla no estaba en el mis- 
mo caso. 

De su casa habia partido la expedición para libertar á la 



358 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

joven; ella misma, llena de ansiedad y de inquietud, estaba 
esperando en la puerta que daba al jardin tratando de pre- 
guntar á cada uno de esos mil rumores de la noche, cuando 
llegaba Luisa. 

Pero las horas trascurrieron, y ni la joven ni su salvador 
se presentaban. 

¿Qué habia ocurrido? Aguilar tampoco parecía, y un silen- 
cio de fatídico agüero reinaba por todas partes. 

Algunas horas trascurrieron. 

La duquesa llegó á sentir miedo. 

Llamó entonces á varios de sus criados y les dio orden de 
que escalasen la tapia y vieran si podían entrar en la casa in- 
mediata. 

Resuelta á todo para calmar la impaciencia que la devora- 
ba, aceptaba de antemano las consecuencias que pudiera te- 
ner el paso que trataba de dar. 

Los criados se armaron, tomaron las precauciones que el 
caso requería, y escalaron la tapia. 

Pero con gran sorpresa suya les fué imposible forzar nin- 
guna de las puertas, ni ventanas ó balcones que daban al jar- 
din de la casa, objeto de sus afanes. 

No se oía el más pequeño ruido dentro de ella; puertas y 
ventanas parecían estar completamente barreadas por la par- 
te interior, según la resistencia que oponían, y la duquesa no 
juzgó prudente por estilo alguno aumentar su violencia en- 
trando en la casa de aquel modo. 

Imposible nos fuera describir exactamente las angustias y 
el tormento que durante aquella larga noche pasó la ilustre 
dama. 

Los primeros resplandores del alba sorprendiéronla sin 
haberse recogido todavía en el lecho. 

Habían sido vanos sus esfuerzos para conseguir averiguar 
por la parte exterior á qué casa pertenecía aquel jardín, aquel 
pabellón y aquella fachada que estaba lindando con la suya. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 359 

Precisamente todas eran casas mezquinas y pobres habita- 
das en su mayoría por gente maleante, muy poco comunicati- 
va, que se prestaban poco para responder á las preguntas que 
se les hacian. 

Cuando la duquesa juzgó que era hora conveniente, escri- 
bió una carta al conde de Floridablanca, y poco tiempo des- 
pués recibía la visita de un alcalde de casa y corte, al cual 
acompañaban varios alguaciles. 

El conde ponia á su disposición todos aquellos represen- 
tantes de la autoridad á fin de que procediese á un registro 
minucioso de aquella misteriosa casa, penetrando en ella 
por la medianía del jardin. 

Efectivamente, los alguaciles escalaron la tapia, y como 
que ya estaban en otras condiciones y tenían otro fuero, vio- 
lentaron puertas y balcones; pero todas sus pesquisas fue- 
ron inútiles. 

La casa estaba completamente vacía. 

Ni Luisa, ni Garlos, ni el paje Aguilar se encontraban en 
ella. 

¿Dónde habían ido á parar? ¿Qué había sucedido allí? 

Los alguaciles y el alcalde, registrando minuciosamente la 
casa, encontraron la comunicación que tenia con la de otra 
calle; pero tampoco se pudo dar con el vecino que ocupaba 
la habitación intermediaria. 

Misterio era aquel impenetrable que llenó de espanto ala 
duquesa. 

Durante algún tiempo, no supo qué resolver. 

Finalmente dio orden á sus criados de que preparasen la 
silla de manos, y momentos después se hacia conducir á la 
casa del conde de Lazan. 

Este se encontraba á la sazón algo preocupado con la tar- 
danza de su hijo. 

Gomo que Garlos no estaba en el mismo caso que María y 
Luisa, y no era tampoco la primera vez que sucedía que de- 



360 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

jase pasar en claro una noche de ir á su casa, no le llamó la 
atención el que al preguntar por él aquella mañana le dijeran 
sus criados que no habia ido en toda la noche. 

Sin embargo, no dejaba de sorprenderle que habiendo 
demostrado tanto interés por Luisa, y estando afectado por la 
pérdida tan reciente de María, se permitiera las diversiones 
á que suponia habia de estar entregado para faltar de aque- 
lla manera. 

Orden acababa de dar á sus criados, para que en el mo- 
mento de llegar le avisaran, cuando se le anunció la llegada 
de la nobilísima duquesa de la Jaridilla. 

Al escuchar este nombre el conde, á pesar del dominio que 
sobre sí tenia, y á pesar de los dolores que habia sufrido, 
sintió algo en su corazón, que al agitar su menteprodújoleun 
desvanecimiento que hizo necesarios algunos momentos de 
reposo antes de contestar. 

Procuró reponerse cuando le fué dable, trató de amorti- 
guar en su pensamiento los recuerdos que de otras épocas le 
ocurrieron, y presentóse en la cámara donde se hallaba la 
duquesa, si no tranquilo, por lo menos en disposición de ha- 
cer frente á la entrevista que se le habia anunciado. 

— Señor conde — dijo la duquesa sin darle tiempo á que él 
pronunciase una palabra — por más extraño que os parezca 
que al cabo de tantos años de silencio y de incomunicación 
con vos, venga á romperlo ahora de una manera tan extraña, 
podéis creer que no he podido pasar por otro punto. 

— No es, señora, lo que me extraña el que hayáis venido á 
romper este silencio; que tales tiempos corremos y tales des- 
dichas han llovido sobre mí, que hasta mis mayores enemi- 
gos debieran compadecerse de mí. Pero lo que sí me extraña 
y no acierto á comprender es que la noble duquesa de la Jari- 
dilla haya querido honrar mi casa, habiéndome bastado para 
que yo fuese á la suya el envío de un sencillo mensaje. 

— Es que mi impaciencia no reconocía término. 



LOS CABALLEROS DEL AMOU. 361 

—i Vuestra impaciencia! 

—Decid, conde, ¿ha venido vuestro hijo? 

—¿Qué queréis decir, señora? ¿Acaso le ha sucedido algo 
á mi hijo? 

—¿Pero ha venido desde ayer? 

— No, señora. 

—i Ay conde, conde ! ¡ Cuan caras estamos pagando las pa- 
sadas locuras ! 

—Pero ¿qué queréis decir, señora? Explicaos por piedad. 

— Vos estáis pagando con la pérdida de vuestra hija María 
los pasados errores; yo con la pérdida de mi pobre Luisa es- 
toy pagando también los extravíos de mi juventud. 

— ¿Qué habéis dicho, señora? ¿Cómo sabéis que vuestra 
hija?.... 

— Ya sé que vos no habéis tenido la culpa de esa desapari- 
ción, ya sé que habéis hecho cuanto de vuestra parte ha es- 
tado para recobrarla; pero la fatalidad nos persigue, y está 
visto que no podemos luchar con ella. 

— Pero permitidme que me asombre, señora; si yo no he 
hablado con nadie sobre ese particular, y menos en el senti- 
do del parentesco que os unia con Luisa, ¿cómo es posible 
que sepáis lo que yo mismo había ignorado hasta hace poco? 

Entonces la condesa respondió, refiriendo al conde todo 
cuanto saben ya nuestros lectores: primero, en lo referente á 
la simpatía, hija del primer momento en que conoció á Lui- 
sa, y después lo que pasó desde el momento en que Carlos se 
presentó en su casa. 

El asombro del conde no conoció límites. 

Pero este asombro se trocó en profunda amargura y des- 
esperación cuando supo que su hijo había desaparecido en 
aquella misteriosa casa. 

— ¿Con que también mi hijo?— gritaba aquel padre con des- 
esperado acento.— ¿Qué es lo que se han propuesto esos mi- 
serables, que me persiguen con tanto rigor? Confesad, señora, 

TOMO II. 46 



362 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

que si faltas puedo yo haber cometido, es muy duro también 
el castigo que por ellas se me impone; mi hija perdida, des- 
honrada tal vez; mi hijo muerto quizás, ¿queréis decirme, 
señora, si por acaso hay en el mundo una suerte más desdi- 
chada que la mia? 

—Sí que la hay, conde. ¿Olvidáis acaso la suerte á que á 
mí me condenasteis? 

—Por piedad, duquesa, no aumentéis más mis dolores con 
vuestras reconvenciones. 

—No trato de hacerlo; pero os quejáis, y á vuestras quejas 
tengo forzosamente que oponer las mias. ¿Sabéis la suerte á 
qué me habéis condenado? ¿Sabéis que del miserable abuso 
que hicisteis de mi hermosura nació toda la serie de tormen- 
tos que vienen devorando mi existencia más de veinte y 
tres años? ¿Qué habéis hecho de mi vida, señor conde? Con- 
denarla á una perpetuidad de angustias, llorando siempre la 
suerte de unos hijos á quienes apenas he conocido, y vién- 
dome obligada á encerrarme en lo más retirado de mis habi- 
taciones para que nadie pueda advertir el profundo dolor que 
me tortura á mí, á quien por tantos títulos debiera el mundo 
considerarme feliz y satisfecha! 

—Todavía podéis serlo— repuso el conde con voz sorda— si 
habéis perdido una hija, tenéis en cambio la seguridad que 
os queda vuestro hijo. 



CAPÍTULO LIV. 



Continuación del anterior. 



Las últimas palabras del conde produjeron un efecto ex- 
traordinario en la duquesa. 

Fijó una mirada asombrada primero y anhelante después 
en su interlocutor, y le dijo: 

— ¿Qué habéis dicho? ¿qué habéis hablado de mi hijo? 

—Que vive, que yo le he reconocido, y que vos podéis ser 
dichosa mientras que yo eternamente debo ser desgraciado. 

—Pero ¿estáis en vos, conde? ¿Dónde está mi hijo? ¿Cómo 
sabiendo que mi hija y mi hijo vivian no me lo habéis dicho 
antes? ¿no comprendíais que todo os lo hubiera perdonado 
por semejante noticia? ¡ay conde ! veo que á pesar de lósanos 
trascurridos, la maldad ha echado profundas raíces en vues- 
tro pecho, y todavía queréis vengar el desden y el desamor de 
otro tiempo. 



364 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

— No tal, duquesa, juzgaisme apasionadamente todavía. 
He sufrido ya demasiado para ser perverso como suponéis; 
si no os habia hablado de vuestros hijos, es porque á la una 
qneria devolvérosla ya completamente feliz, y en cuanto al 
otro, no ha tenido tiempo de poder pensar ni aun en sus pa- 
dres tratando de descubrir el paradero de sus hermanos. 

— Pero si está aquí mi hijo, ¿por qué no le llamáis? ¿No 
estáis comprendiendo que tengo necesidad hoy más que nun- 
ca de un cariño y de un afecto que me compense el de esa hi- 
ja á quien apenas he podido ver? 

— No está en mi casa, señora. 

— ¿Que no está en vuestra casa? 

Y la duquesa fijó sus asombrados ojos en el conde. 

— No ha querido deber nada á su padre— repuso éste con 
amargura. 

— ¿Pero no le habéis abierto vuestros brazos? 

— Ha vacilado en arrojarse á ellos. 

Habia tanta amargura en estas palabras, que la duquesa 
de la Jaridilla no pudo menos de sentirse conmovida. 

Y respetando un dolor que comprendía, aun cuando feliz- 
mente no lo habia experimentado, aun permaneció algunos 
momentos en silencio. 

Después, viendo que el conde permanecía callado, le dijo: 

—¿Dónde vive mi hijo, quiero decir— prosiguió interrum- 
piéndose — nuestro hijo? 

—Lo ignoro. 

— ¿Lo ignoráis y sois su padre?— exclamó la duquesa sin 
poderse contener. 

—No ha querido decírmelo jamás, pero hoy vendrá, como 
de costumbre, y aun cuando abrigo la seguridad de que al 
saber la desgracia de Carlos querrá también lanzarse en su 
busca, sin embargo, yo os prometo que irá á vuestra casa. 

—Pero decidme, conde, ¿puede nuestro hijo mirar frente á 
frente á sus padres sin verse obligado á bajar la vista? 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 365 

— Precisamente en eso estriba su fuerza. 

— Entonces no tengáis cuidado, yo le haré que os ame y os 
respete. 

— i Amarme ! i respetarme ! no, duquesa, he llegado al tris- 
te caso de ser un objeto indigno de respeto y de cariño. Solo, 
sin hijos, sin una sola persona que por mí se interese, en na- 
da espero y en nada tengo confianza. 

— Sin embargo, el dolor es digno de respeto y yo os juro 
que os compadeceré siempre. 

— ¡Compasión!.... eso es lo único que podré merecer á las 
personas que más quieran hacer por mí; ya veis, señora, si 
debe ser divertido mi estado. 

— Siento no poder daros más que compasión, porque al 
padre que me devuelve á mi hijo quisiera concederle, sino ca- 
riño, porque los méritos vuestros fueron bien pobres para 
conseguirlo en otro tiempo, al menos una amistad bastante 
á satisfacer esa necesidad de afecto en que os halláis; pero 
no debéis quejaros porque ni aun esa amistad pueda conce- 
deros si recordáis que con vuestra criminal acción me pusis- 
teis á merced de un hombre que, dueño de mi secreto, tenia 
un arma siempre contra mí; que á ese hombre, por uno de 
esos arcanos profundos que hay en el corazón, llegué á amar- 
le más tarde y que vos disteis muerte á ese hombre ante mi 
propia vista. 

—¡Oh! duquesa, duquesa, ¿para qué recordarme ese pasa- 
do ahora? 

— Para que comprendáis que en medio de vuestra soledad 
no puedo daros más que el cariño de vuestro hijo. 

—Gracias, señora, gracias por lo que tratáis de hacer 
por mí. 

La duquesa contempló durante algunos segundos á aquel 
anciano, más encorvado y más encanecido que por el peso de 
los años, por los dolores que de poco tiempo antes le venían 
afligiendo, y le dijo con voz conmovida: 



366 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

—Valor, conde; no desesperéis, que ¿quién sabe todavía 
si al encontrar á vuestra hija la encontrareis digna de vos y 
con su cariño llenareis ese vacío de que hoy os lamentáis? 

—¡Dios lo quiera! 

—Os encargo— dijo la duquesa disponiéndose á marchar 
que me enviéis á vuestro hijo con un pretexto cualquiera, si 
es que directamente no quiere ir. 

— Estad cierta de que irá. 

— ¿Cómo se llama? 

— Antonio. 

— Pues enviádmele, conde, enviádmele y yo os prometo de- 
volvéroslo completamente transformado. 

Guando la duquesa de la Jaridilla hubo salido de la casa 
del conde de Lazan, quedóse éste murmurando con la expre- 
sión del más profundo dolor : 

— ¿Con que es decir que todos han de ser más dichosos 
que yo? He perdido á mi hija; he perdido á esa otra hija que 
hubiera sido feliz con Carlos, y finalmente he perdido á éste 
también, y cuando como única esperanza iba á refugiarme 
en el amor de Antonio, viene á quitármelo también su misma 
madre. ¿Qué va á ser de mí. Dios mió, qué va á ser de mí? 

Buen espacio llevóse así el conde, cuando de pronto un 
criado, penetrando en el aposento, llamó su atención. 

— ¿Qué quieres? — preguntóle su amo alzando la cabeza. 

—Señor, un mercader ñamenco dice que quiere hablar con 
usía. 

—¿Un mercader flamenco? 

— Trae diversas telas y otros objetos de su comercio. 

—Vayase en paz el buen mercader, y valiérate más tener 
mayor entendimiento para comprender que no es mi estado 
para ocuparme en la compra de paños ni tonterías. 

— Es que me ha manifestado que no viene para que usía le 
compre nada, sino porque tiene que hablar de un asunto 
importante. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 367 

—¿Eso dijo? 

—Sí, señor. 

—Hazle entonces que llegue; ¿quién sabe si me traerá al- 
guna noticia que pueda regocijarme? 

Salió el criado y un momento después, un individuo de 
rostro un tanto bravio, cerrado de barba y cubiertos los ojos 
por unos anteojos verdes, vistiendo con sencillez aun cuando 
con gran limpieza, penetró en el aposento haciendo cortesías 
y reverencias. 

—¿Dices que tienes que hablarme de un asunto importan- 
te?— le preguntó el conde al verle. 

— Sí, señor— repuso el mercader con marcado acento ex- 
tranjero—y si usía me da licencia 

—Desde luego. Vete— prosiguió el conde dirigiéndose al 
criado que acompañaba al mercader. 

Una vez solos, dijo éste: 

— Señor conde, yo sé, y por ello siento gran pesar, que 
usía ha sufrido en poco tiempo una porción de desgracias. 

— Públicas son y nada tiene de extraño que haya llegado á 
tu noticia. 

— Es que mis noticias tal vez las ignora el señor conde. 

—No te comprendo. 

—Usía conoce el dolor que le hiere, pero desconoce el 
origen. 

— ¡Cómo! 

—Que no sabe de dónde ha partido la mano que le ha dado 
el golpe. 

— ¿Y acaso la conoces tú? 

—Sí, señor. 

Y tanta convicción habia en el acento del mercader al pro- 
nunciar estas palabras, que el conde no pudo menos de sen- 
tirse lleno de asombro. 

— ¿Y cómo has podido tú penetrar en los secretos de mi 
vida? 



368 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

Téngase presente que el conde, en virtud de las cartas 
anónimas que habia recibido, juzgaba que las injusticias que 
le habian sobrevenido eran consecuencia del odio de la here- 
dera del conde de Fuentidueña. 

De aquí que le sorprendiera doblemente la afirmación del 
mercader. 

—La casualidad—repuso éste— ó tal vez la misma Provi- 
dencia, que no ha permitido sin duda que el crimen quede 
impune. 

—Explícate. 

— El autor del robo de vuestra hija, señor, ha sido un 
hombre. 

— ¡Un hombre! ¿Estás en tí? 

—Serlo juro á usía. 

—Pero ¿cómo ha de ser un hombre cuando yo he recibido 
un anónimo en que una mujer?.... 

Y el conde se detuvo comprendiendo que iba á descubrir 
lo que sin duda ignoraba su interlocutor. 

Pero éste habia comprendido sin duda. 

En el primer momento quedóse un tanto desconcertado, 
pero al escucharlas últimas palabras sonrióse, y dijo: 

— Ya lo sé, señor, ya lo sé; han dicho á usía que es conse- 
cuencia de una venganza mujeril. 

-Cierto. 

—Pues eso es una farsa para desorientar á usía. Vuelvo á 
repetirle que ha sido un hombre, y precisamente lo sé porque 
tuve ocasión de asistir en sus últimos momentos á uno de los 
que la robaron, y el cual murió pidiendo perdón á Dios de 
todos sus crímenes. 

— ¿Y sabes dónde está mi hija? — preguntó el conde con voz 
anhelante. 

—Eso no lo sé, pero conozco al raptor, y usía puede encon- 
trarle por un medio. 

—¡Oh! ¡Su nombre, pronto su nombre! 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 359 

— Precisamente usía le ha abierto su casa y su corazón; 
usía le habia protegido, y el miserable ha abusado de un modo 
infame de esa confianza. 

— ¿Pero estás cierto de lo que dices?— preguntó el conde 
que no pudo menos de estremecerse á la idea que le hablan 
sugerido las palabras del mercader. 

— Demasiado, por desgracia. 

— Pero sepamos ese nombre. 

—Creí que con lo que antes indiqué hubiese usía caido en 
ello. Ese miserable es don Luis de Guevara. 

—¡Don Luis! Cuidado, cuidado lo que dices. 

— Os lo juro, señor. 

— ¡Oh! miserable, yo te prometo, que si es verdad lo que 
acabas de decir, su vida 

—En grave peligro se halla, y no podéis por el momento, 
tomar la venganza que queráis. 

—¿Qué dices? 

— Que por efecto de una venganza mujeril, consecuencia 
del rapto de vuestra hija, don Luis cayó herido gravemente 
de una puñalada la misma noche, y el criado que le acompa- 
ñaba cayó también por defenderle. De sus labios moribundos 
recogí esta confesión que os hago, y que no he podido venir 
antes á hacérosla porque la ronda me cogió y harto me ha 
costado poder probar mi inocencia. 

— Ahora recuerdo que he sabido que don Luis estaba heri- 
do. ¡Miserable cien veces! Cuando yo le he franqueado mi 
casa, mi cariño, mis influencias, todo, todo, y pagarme de esa 
manera Yo le arrancaré ahora mismo el secreto 

—Permitidme, señor, que os diga que nada podréis ade- 
lantar ahora. 

— Nada me digas. 

—La fiebre le devora; un delirio horrible perturba su ra- 
zón hace muchos dias, y todo vuestro empeño será inútil para 
alcanzar lo que deseáis. 

TOMO II. 47 



370 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

—Pero ¿y mi hija? 

—Si nada podéis saber, ¿qué adelantáis con encender más 
vuestra cólera. 

El conde comprendió que el mercader tenia razón. 

Además, estando don Luis en el estado en que se hallaba, 
no habria podido ver á la joven, y por lo tanto, el peligro que 
para la honra de ésta pudiese haber habido en otro caso, no 
existia. 

El mercader, por su parte, se esforzó en calmarle, hacién- 
dole comprender que no por dilatar su venganza debia dejar 
esta de ser más segura, y satisfecho sin duda del buen éxito 
de su misión, salió poco después del aposento del conde. 



CAPÍTULO LV. 



Donde se explican algunas cosas que al lector le habrán parecido 

un tanto confusas. 



El mercader recogió sus paños, que había dejado en la an- 
tecámara del conde, y salió á la calle murmurando con acen- 
to lleno de satisfacción: 

— Pues señor, más propósitos van realizándose mejor de lo 
que me imaginaba. De tal manera estoy sembrando de abro- 
jos el camino que ha de recorrer don Luis, que si sale de esta 
yo le juro que no ha de escapar á mi venganza. 

Y apresuró el paso y en breve tiempo fué á ganar la casa 
en que vivia. 

Apenas entró en ella, arrojó la peluca y los anteojos que 
daban nuevo aspecto á su semblante, y volviéndose á su cria- 
do que á pocos pasos de él contemplaba su trasformacion, le 
dijo: 

—Vamos, Campillo, paréceme que debemos estarde en- 
horabuena. 



372 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

—¿Acaso habéis adelantado algo, señor?— preguntóle Cam- 
pillo. 

— Vengo de casa del conde de Lazan. 

— ¿Y le habéis visto? 

— Lástima fuera que no le hubiese visto. Ya es sabido que 
cuando me propongo una cosa la realizo de un modo ú otro. 
A nadie como á ti, le consta si en estas circunstancias ha ido 
saliendo al pié de la letra todo cuanto yo queria. 

— Y lo más grande es que vais á realizar vuestra venganza 
cuando menos lo esperabais. 

Nuestros lectores deben haber reconocido ya en el merca- 
der flamenco que habia estado en casa del conde de Lazan, al 
desconocido que sorprendiendo la confianza de Concha sacó- 
le respecto á Luis todas las noticias que le convenían. 

El odio de este hombre hacia la familia de nuestro amigo 
y por lo tanto contra éste, era extraordinario. 

Habíase manifestado desde el momento en que en uno de 
los capítulos anteriores le vimos contar á su hijo, á su modo, 
la historia origen de su venganza, y en todos los actos que 
hablan ocurrido posteriores á aquel suceso. 

Merced á una astucia superior, y secundado poderosa- 
mente por su hijo y Campillo, habia llegado á descubrir, no 
solo todas las relaciones que tenia el joven en Madrid, sino 
algunos de los incidentes que le hablan ocurrido últimamente. 

Empleó hábilmente el soborno, y supo que antes era muy 
amigo del conde de Lazan; que de pronto dejó de ir á su casa; 
que María habia estado á punto de caer en manos de unos 
malhechores á quienes dispersó el vizconde del Juncal; que 
éste habia pedido la mano de la joven, y finalmente, sino en 
todos sus detalles, en globo al menos, fué sabiendo lo sufi- 
ciente para utilizarlo en beneficio de sus planes. 

Al mismo tiempo también averiguaba sus relaciones con 
el marqués del Alcázar, y más que todo las que le unian con 
doña Catalina. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 373 

De igual manera también supo quehabia frecuentado mu- 
cho la casa de los condes de Santillan, y que la condesa re- 
pentinamente se habia retirado al convento de las Salesas 
Reales, y que el conde estaba desesperado. 

Respecto á Paca ya sabia todo cuanto necesitaba, porque 
Concha con la mayor inocencia del mundo se lo habia di- 
cho. 

De todo esto formó su composición. 

En su consecuencia, escribió al vizconde del Juncal una 
carta, en la que le decia que aquella desaparición de María no 
habia sido más ni menos que una añagaza de que se hablan 
valido el padre y la hija, de acuerdo con don Luis de Guevara, 
para romper aquel matrimonio. 

El vizconde se irritó al ver un proceder tan indigno, má- 
xime cuando él se habia portado tan noblemente, y se dirigió 
en seguida al conde de Floridablanca, su tio, siendo resultado 
de esta conferencia las dos cartas que vimos recibió el conde 
de Lazan en uno de nuestros capítulos anteriores. 

Después de esto, enterado el desconocido, como ya hemos 
dicho, de la existencia que llevaba doña Catalina, y ganando 
como ganó á uno de sus pajes favoritos, envióle una carta 
anónima también, en la que le decia que cuidando á don Luis 
y velándole cariñosamente hallábase una mujer muy amada 
del caballero. 

Los celos de la dama irritáronse fácilmente con aquella 
carta, y la escena que habia mediado junto al lecho de don 
Luis, y de la cual en otro lugar nos hemos ocupado, fué la 
consecuencia inmediata de ello. 

El desconocido sabia perfectamente todo lo que acontecía 
entre aquellos personajes, porque habia ganado precisamen- 
te á uno de los criados del caballero, y por él estaba al tanto 
de todo. 

Sabia la opinión de los facultativos, y en su consecuencia 
juzgó muy conveniente, para acabar de comprometer á Luis, 



374 ' LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

ir á ver al conde de Lazan y dar el paso que nuestros lecto- 
res han tenido ocasión de ver en el capítulo anterior. 

Dadas estas explicaciones, pueden comprenderse muchas 
de las escenas que llevamos expuestas, escenas que debieron 
necesariamente aparecer un tanto confusas cuando se care- 
cía de los antecedentes necesarios. 

El desconocido, después que se hubo despojado de su tra- 
je de mercader flamenco, dijo á su criado: 

— Lo único que siento es no poder saciar en el padre mi 
venganza del modo que espero satisfacerla en el hijo. 

—Sin embargo, señor, creóme que harto satisfecho podéis 
estar, porque io que es el padre no ha de vivir muy contento 
viendo á su hijo desesperado. 

— No es lo mismo. Campillo. 

— ¿Y si por casualidad todos esos trabajos que habéis hecho 
y estáis haciendo no os diesen el resultado que apetecéis? ¿y 
si en la demanda que habéis emprendido os alcanzase una 
derrota? 

—Siempre me quedaríais tú y Felipe, y éste estáte seguro 
que sin vacilar clavaria su puñal en el corazón de don Luis. 

— ¡Señor! ¡Ved qué es horrible lo que decís! Don Felipe 
convertirse en asesino de su 

— Silencio— repuso el desconocido mirando atentamente á 
todas partes— ¿para qué le he estado yo criando y nutriendo 
su venganza más que para cuando llegue ese caso? 

—Pero -^ 

— Vete, Campillo, basta ya y ponle coto á tu lengua para 
que nunca pueda saber Felipe lo que aquí hemos hablado. 

El criado inclinó humildemente la cabeza y salió del apo- 
sento, mientras el desconocido se sentaba en una silla, dedi- 
cándose á poner en orden algunos papeles que habia sacado 
de uno de sus bolsillos. 



CAPÍTULO LVI. 



Donde se prueba que don Tadeo era un hombre previsor. 



Dejamos en uno de nuestros capítulos anteriores á don 
Tadeo sorprendido por la súbita aparición de Carlos de Lazan. 

Pero esta sorpresa le duró bien poco. 

Retrocedió disimuladamente hacia la puerta de entrada, li- 
gero como el relámpago sacó la llave de la cerradura, salió á 
la antecámara y cerró por la parte de afuera. 

En cuanto se vio libre, llevóse un pequeño silbato á los 
labios, silbó de un modo particular y no tardaron en acudir 
Simón y sus camaradas. 

— ¿Qué ocurre?— preguntó Simón. 

—Hay que asegurar á un hombre que está ahí y ha entra- 
do por el balcón ¿Venís armados? 

—Como que al oir la seña hemos comprendido que debía- 
mos prevenirnos. 

—Pues adentro, no sea cosa que los pájaros nos vuelen. 



370 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 



Don Tadeo abrió la puerta. 

Simón y los suyos penetraron por ella en el aposento de 
Luisa y encararon sus armas al pecho de don Garios que 
sostenía entre sus brazos el desfallecido cuerpo de la joven. 

—¡Alto!— gritó Simón con opaco acento. 

—¡Miserables!— exclamó Carlos cuyos ojos desprendían 
rayos de ira. 

—Desarmadle, y al menor movimiento que haga, dadles 
muerte á los dos. 

Mientras que Simen cumplía la orden de don Tadeo, los 
otros cuatro bribones no cesaban de apuntar á la joven pa- 
reja. 

Don Carlos solo llevaba espada, y con ella no podia inten- 
tar la defensa; así, pues, no pudo poner resistencia. 

— Átale ahora. 

— [Vive Dios! — dijo el joven con colérico acento. 

—Pronto, ú haced fuego. 

Simón ató perfectamente las manos del vizconde. 

No bien habían acabado esta operación, cuando Aguilnr, 
creyendo que tal vez á don Carlos no le sería posible colocar- 
se en la escala para descender con Luisa si alguien no le 
prestaba su ayuda, se decidió á trepar al balcón bien ajeno de 
lo que arriba estaba pasando. 

Apenas el joven llegó á cabalgar sobre la barandilla de 
hierro, cuando fué advertida su presencia por don Tadeo, el 
cual dijo señalándole: 

— ¡Agarradle! 

No le fué posible ya huir al valeroso paje, y comprendien- 
do que la resistencia era inútil, se rindió. 

— Atadle también. 

— No creáis, canalla, que tiemblo; juro á Dios, que á no 
ser porque una espada no es suficiente á defenderse de cinco 
bocas de fuego 

—Bien, bien ya creemos que eres valiente. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 377 

—Viejo zorro, si en vez de trabucos empuñarais espadas, 
ya os hubiera dicho si era valiente ó cobarde. 

— ¡Ea, listo I— dijo Simón después de haber atado al paje. 

—Cierra el balcón. 

Simón, después de recoger la escala de cuerda que pendia 
de la baranda, cerró el balcón. 

— ¿Qué más hay que hacer? 

—Ven y tú también. Zurdo; vosotros quedaos aquí vigi- 
lando. 

Simón y elZurdo salieron del aposento en pos de don Tadeo. 

—Simón, es de todo punto necesario que salgamos todos de 
aquí antes de un cuarto de hora; tú, Zurdo, inmediatamente 
vé á casa del tio Roque y que traigan cuanto antes dos literas 
y que venga para conducirlas gente de la nuestra. 

— Perded cuidado. 

—Tienes buenas piernas y por eso te he elegido á tí. 

— Ábranme la puerta. 

—Agarra ese candil y baja. 

Llegados al zaguán, don Tadeo abrió la puerta. 

Cuando vuelvas habrá aquí uno esperando; da tres golpes 
de aquella manera sobre la puerta. 

— Entendido— dijo el Zurdo. 

Y se lanzó á la calle. 

— Comprendes, Simón, que hay que temer 

— Desde luego, cuando los que esperan á la gente que he- 
mos preso arriba se cansen de esperar, es fácil que den par- 
te y allanen esta casa. 

— Eso mismo he calculado. 

—¿Y adonde hemos de ir? 

— A la venta de Langosta. 

—Después de la ocurrencia del otro dia, aquella casa es 
sospechosa á la justicia. 

—Pues ahora, menos que nunca creerán que se ha lleva- 
do allí á nadie. 

TOMO II. 48 



378 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

— Eso es verdad. 

— Conviene que te adelantes y prevengas al viejo. 

— Larga es la caminata, pero veo que no hay otro remedio. 

— Vé á buen paso, porque antes de quince minutos presu- 
mo que estarán las literas aquí é inmediatamente echaremos 
á andar; afortunadamente la gente que habita en este calle- 
jón es de aquella que no extraña nada. 

—Por eso busqué la casa en este sitio; además, á estas ho- 
ras no es fácil que haya nadie asomado á los balcones. 

— Lo menos tenemos una hora á nuestra disposición, por- 
que algún rato han de esperar los que aguardan el resultado 
de la evasión, y entre dar aviso y una cosa y otra, ¿qué me- 
nos que una hora? 

—Sin embargo, haréis bien en abandonar la casa cuanto 
antes. 

—En cuanto estén aquí las literas. 

— i Ah! bueno será que digáis á Tomasillo que coloque un 
pañuelo en la boca de los presos, no fuera cosa que empeza- 
ran á dar voces una vez en la calle. 

— Sabe Tomasillo 

— Divinamente; no hayáis miedo que se ahoguen; empapa 
los pañuelos con cierto líquido que lleva siempre consigo en 
un frasquito, y no hay cuidado. 

— Anda ya, Simón. 

—Dejadme subir por la capa. 

—Llévate la luz, y no te detengas. 

En menos de un minuto volvió á aparecer con la capa en- 
cima de sus hombros. 

— ¡Ea! adiós. 

—Adiós 

Simón se lanzó á la calle, y don Tadeo, después de cerrar 
la puerta, se dirigió al aposento donde le esperaba su gente. 

— Tomasillo— dijo al entrar. 

— Presente— contestó con atiplada voz uno de los corifeos. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 379 

— Me ha dicho Simón que pones los pañuelos 

— ¡Ah! sí; ya sé 

—Cuida no se ahoguen. 

—No hay cuidado, los preparo con ciertas gotas que yo 
me sé. 

— Está bien. 

Esta conversación la sostuvo don Tadeo con Tomasillo en 
voz baja. 

Luisa hizo un movimiento. 

—Rociadle el rostro con algunas gotas de agua— ordenó 
don Tadeo. 

El mismo Tomasillo se apoderó de una botella llena del 
líquido mencionado que había sobre la mesa y roció el ros- 
tro de la joven; poco tardó ésta en lanzar un suspiro y abrir 
los ojos. 

— ¿Dónde estoy?— exclamó con voz desfallecida. 

— Á mi lado, pimpollo. 

— ¡Ah!— dijo la infeliz cubriéndose el rostro con las ma- 
nos. 

Don Tadeo habló por lo bajo con uno de aquellos bandidos 
que en el acto salió de la habitación. Después el vejete diri- 
gióse de nuevo á Luisa y sonriendo con malignidad infernal 
le habló de esta manera: 

—Ahí tienes á tus apuestos salvadores, míralos. 

—¡Dios mío! ¡Dios mío! 

—Estos, como cuantos intenten salvarte, caerán en mi 
poder. 

— ¡Ah! miserable— contestó don Garlos rugiendo de cólera 
y haciendo esfuerzos inútiles por deshacer la ligadura que 
sujetaba sus manos. 

—Sí, sí; forcejea, forcejea, que no has de lograr desligar tus 
aristocráticas manos. 

— ¿Y no temes mi venganza? 

—Tú eres el que debe temer la mía. 



380 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

— Yo te desprecio. 

— ¿Me desprecias, eh? Pues aun no sabes lodo lo que me 

debes. Tu hermana 

-¿Qué?.... 



— Tu bella y virtuosa hermana 

— ¿Qué quiere decirme tu infame lengua? 

— Una cosa que ha de causarte gran placer. 

— Prefiero ignorarla. 

— No escuchéis á ese viejo canalla, don Garlos— dijo el no- 
ble paje. 

—Como yo soy el que manda aquí, señor paje brabucon, 
se ha de hacer aquello que yo quiero. 

—Como algún día tropiece contigo, sapo maldecido, he de 
aplastarte como á un insecto dañino. 

— Creo, señor paje, que eso os será algo difícil. 

—Como no me mandes asesinar, confio en poder cumplir 
algún dia lo que te he dicho. 

—Pues aguarda hasta entonces. Ahora bien, señor don 
Carlos de Lazan, vuestra noble hermana doña María, está 

— ¿Dónde?— preguntó con afán el joven. 

— En un miserable lupanar á donde se la condujo. 

El rostro de don Carlos se contrajo de horror, y exclamó: 

—¡Oh! si tuviera libres las manos, habia de arrancarte la 
lengua y azotarte con ella el rostro. 

— No contestéis á esa víbora— dijo el paje. 

Luisa estaba deshecha en llanto. 

El infernal viejo miraba ásus víctimas recreándose en sus 
tormentos. 

— Estáis en mi poder, y nadie os podrá librar de él. 

—Eso está por ver. 

— ¡Pobre pajel pierde las esperanzas. 

— La esparanza es lo último que se pierde. 

— Pienso que no ha de durarte mucho la que abrigues. 

— Piensas muy mal, viejo zorro. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 381 

■—•Cuando te veas alojado en el palacio que te destino, pre- 
sumo que no brabatearás como lo haces ahora. 

—No me asusto yo tan fácilmente, y lo mismo ahora en 
este sitio que después en el que sea, no he de cansarme de 
aplicarte los nombres que te mereces. 

— Yo sabré evitarlo. 

— Te advierto que no me espanta la muerte. 

— Hoy por hoy, me basta con hacerte enmudecer. 

— ¿Vas á amordazarme? 

—Veo que tienes alguna penetracion—dijo sonriendo dia- 
bólicamente don Tadeo. 

— De un viejo picaro como tú, todo lo espero. 

— ¡Tomasillo! 

—Presente— contestó el aludido. 

—Muéstranos tu habilidad. 

— ¿A los tres? 

—A los tres. 

Tomasillo se procuró tres pañuelos, pidiéndoselos al uno 
y al otro de sus compañeros, sacó un frasquito del bolsillo, y 
esparramó algunas gotas de su contenido en los tres lienzos. 

— ¿Por quién empiezo? 

— Por el paje, que es el más parlanchín. 

Por más esfuerzos que hizo Aguilar, no pudo evitar que 
Tomasillo colocara un pañuelo en su boca, de modo que le 
impidiera por completo hablar; don Garlos y Luisa no dijeron 
una sola palabra, ni hicieron el más ligero movimiento á fín 
de impedir á Tomasillo que ejerciera en ellos su habilidad. 

Pocos minutos hablan trascurrido después de terminada 
6sta operación, cuando se dejó oir un agudo silbido. 

— ¡Ea! ya está abajo lo que nos hace falta; muchachos, apo- 
deraos de esa gente, y seguidme. 

Los sicarios de don Tadeo no se hicieron repetir la orden; 
así es que tardaron muy breve rato en hallarse con los tres 
prisioneros en el zaguán. 



382 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

El Zurdo habia cumplido pronto y fielmente el encargo que 
le diera don Tadeo. 

En menos tiempo que se necesita para describirlo, don 
Carlos y el paje fueron encerrados en una litera y Luisa en la 
otra. 

— Andando; salid. 

Las dos literas, convenientemente escoltadas, fueron saca- 
das á la calle. 

Don Tadeo fué el último en salir, cerró la puerta, embozó- 
se hasta los ojos, y dijo: 

—Seguidme. 



CAPÍTULO LVÍI. 



El tío Langosta vuelve de nuevo á ser oaroelero. 



Jadeando de cansancio llegó Simón á la puerta de la venta. 
Tres fuertes aldabonazos interrumpieron el silencio de la 
noche. 

—¿Quién va?— dijo desde adentro el tio Langosta. 

— Abre. 

—¿Quién eres? 

— ¿No conoces ya á Simón? 

Breve silencio siguió á esta respuesta; por fin, el ruido 
que produjo la llave al introducirse en la cerradura significó 
á Simón que el viejo se determinaba á abrirle. 

— Gracias á todos los diablos— dijo al ver franco el portillo. 
< — Á buena hora te ocurre venir aquí. 

— Déjame pasar y cierra. 

Al parecer, no de muy buena gana dejó el tio Langosta 
penetrar á Simón en la tienda, y después de cerrar la puerta, 
le preguntó con brusco tono: 



384 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

¿Qué se te ofrece? 

— ¿Qué es eso? ¿Á qué viene ese tono? 

—Viene á lo que viene — contestó urañamente el ventero, 
en tanto que despavilaba la mecha del candil. 

— ¡Galle! estás pálido, demudado, ¿estás acaso enfermo? 

Langosta lanzó una mirada feroz á Simón, y le contestó: 

— He estado y estoy enfermo, y dado á los diablos. 

— ¿Qué te ocurre? 

— ¡Oh! ¿acaso lo ignoras? 

— Déjate de gruñir, y habla; no estoy yo para perder el 
tiempo. 

—Sábete, pues, que me han robado— dijo el tío Langosta 
derramando dos gruesos lagrimones. 

— ¡Robado! 

— Lo que oyes; los ahorros que habia adquirido á costa de 
tantos afanes me han sido hurtados. 

— ¿Y no sospechas quién puede haber verificado el robo? 

—Demasiado. 

—¿Quién calculas que haya sido? 

— ¿Quién puede ser mas que tus amigos? 

—¡Qué dices!— exclamó Simón admirado. 

—Digo que momentos antes de ser sorprendido por los 
soldados, acababa de ver íntegro mi tesoro; desde que me sa- 
casteis de mi encierro no he abandonado la casa un solo ins- 
tante, y esta tarde, cerca del oscurecer, ful á sacar algún di- 
nero, y me hallé desbalijado completamente. 

— ¿De modo que crees?.... 

—Creo lo que es natural; á poco de salir los soldados de 
aquí, viniste tú con tus dos camaradas, y ellos permanecieron 
en esta casa hasta el momento en que estuve yo en libertad. 
¿Quién sino ellos pueden haber sido los ladrones? 

— Dices bien. 

— ¿Y qué me hago yo ahora? 

— Tener paciencia y dejarlo á mi mano, que yo averiguaré 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 385 

lo que haya de cierto en el asunto, y en caso de que tus sos- 
pechas sean verdaderas, habrán de devolverte la cantidad ro- 
bada. 

— Sí, por Dios; Simón, hazlo así; porque sino me muero 
de disgusto. 

—Ya sabes que entre nosotros no nos es permitido despo- 
jar á un caballero de lo que le pertenece, y una vez probado 
el hecho, ellos verán de arreglarse á fin de devolverte ese di- 
nerillo. 

—Me vuelves el alma al cuerpo. 

—Bien, descansa en mí y hablemos de lo que importa. 

—Di lo que quieras, que ya te escucho. 

En breves palabras enteró Simón á Langosta del asunto 
que allí le había llevado á tal hora. 

— ¿Estás enterado? 

—Sí, pero se me ocurre una dificultad. 

—¿Cuál? 

—Hombre, ¿no crees tú que después de haberse sabido lo 
del encierro de los otros, es muy fácil que la justicia venga á 
registrar esta casa sospechando que puedan estar en ella esas 
personas de que me hablas? Pues si yo estoy admirado de 
que los golillas no hayan venido ya á pedirme cuentas de lo 
pasado. 

— Ahora menos que nunca debes tener recelos. 

— Pues mira, los tengo. 

—Bien, don Tadeo cuidará de librarle de esos temores. 

—Francamente, no me atrevo á hacer lo que me pides. 

—Pues mira, si quieres ganarte algunas onzas y hacer de 
modo que te se devuelvan las que te han birlado, no dejes de 
aprovechar esta ocasión de servirnos. 

—¡Qué remedio ! Haré lo que me pides— dijo Langosta lan- 
zando un profundo suspiro. 

—Vaya, hombre, deja de gemir. 

—¡Qué quieres que haga, si la pena me mata! 

TOMO II. 49 



386 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

— ¿No te he dicho ya que nada perderás? 

— Sí; échale un galgo al dinero; Dios sabe donde pararán 
ya á estas horas mis hermosas mejicanas. 

— Paren donde paren; ellos procurarán reunirte una igual 
cantidad, aunque para ello les sea preciso robar al mismo rey. 

— Eso me tiene á mí sin cuidado mientras se me devuelvan 
mis amarillas. 

—Se te devolverán ; ahora saca una botella del de Arganda 
que quiero remojar las fauces. 

—Y á propósito, no olvides que has de satisfacerme aun el 
gasto que hiciste con aquellos canallas. 

—Eso te lo abonaré hoy mismo, pero date prisa, que ten- 
go sed. 

El tio Langosta desapareció, y al poco rato presentó á 
Simón una botella llena del vino pedido, y dos vasos. 

— Aquí está el mosto. 

— ¿Y según parece también quieres tú remojar el paladar? 

—Hombre, supongo que no tendrás inconveniente en con- 
vidarme. 

— Bebe todo lo que quieras, que pronto estoy á pagarte el 
gasto que hagas. 

El tio Langosta llenó de vino hasta el borde los dos vasos, 
diciendo: 

— Ya sabes que eres el amigo que más aprecio. 

— Mientras te dé á ganar algún dinero. 

— Á tu salud— dijo el ventero apurando de un solo trago el 
contenido de su vaso. 

—A la tuya— contestó imitándole Simón. 

—Según me has dicho, esa gente no puede ya tardar. 

— Me extraña ya que no estén aquí. 

—¿Te parece que nos sirvamos de la misma sala en que 
estuvieron encerrados los. otros? 

—No; soy de opinión de que á la joven la coloques en el 
cuarto donde estuvo la maja. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 887 

—¿Y los Otros? 

— Los colocas en la bodega. 

—¡Demonio!— dijo el tio Langosta abriendo desmesurada- 
mente los ojos. 

— ¿No tiene buenos cerrojos la puerta? 

—¡Oh! eso sí. 

— Pues entonces 

— Pero hombre, allá abajo van á estar muy mal. 

— Vaya para cuando han estado bien. 

—Aquello es muy húmedo. 

— Mejor, con esto estarán frescos. 

—En fin, sea como tú quieras. 

—Es el sitio que me parece mejor y más seguro. 

— Lo que es de allí, como no se les abra la puerta no es 
fácil que salgan. 

—Pues eso es lo que se pretende. 

— De todos modos, bueno será que don Tadeo busque 
cuanto antes otro sitio donde guardarlos. 

— Él verá lo que se hace. 

Un prolongado silbido hirió de repente los oidos de Simón, 
el cual exclamó: 

—Ese es D. Tadeo. 

— Voy, pues, á abrir el portillo. 

El tio Langosta se levantó del asiento que ocupaba y fué á 
descorrer el cerrojo. 

Poco tardó en entrar en la venta el viejo don Tadeo. 

—¿Ha ocurrido alguna novedad?— le preguntó Simón. 

— Ninguna; tras de mí vienen encerrados en sus literas — 
contestó el viejo. 

— Entonces, asunto concluido. 

— ¿Has dispuesto ya el sitio donde hay que encerrarlos? — 
preguntó don Tadeo al ventero. 

—De eso acabamos de hablar con Simón. 

—¿Qué habéis decidido? 



388 LOS CABAl LEROS DEL AMOR. 

—La joven se colocará en una habitación reservada que 
éste tiene arriba—contestó Simón. 

~¿Y ellos? 

— Los colocaremos en la bodega. 

—¡Magnífico!— repuso el infame vejete, frotándose alegre- 
mente las manos. 

— Yo decia que allí estarán muy mal. 

—Aun quisiera yo que tuvieras un sitio peor donde poder 
alojarlos. 

— Pues peor que la bodega, ni hecho de encargo. 

— Allí, pues, acomodaremos á tus nuevos huéspedes. 

—Por Dios, don Tadeo, procure su merced sacarme cuan- 
to antes á esa gente de casa, que ya sabe lo que pasó la otra 
vez. 

— Pierde cuidado, que yo me encargo de todo. 

En esto llegó la gente que conducía y escoltaba las li- 
teras. 

El tío Langosta abrió del todo la puerta. 

Cortos instantes después quedaban instalados en la bode- 
ga don Carlos y Aguilar; y en una de las habitaciones del pi- 
so superior la desdichada Luisa. 

Verificada esta operación, volvieron á reunirse en la tien- 
da aquellos malhechores. 

Los conductores de las literas habían ya desaparecido con 
éstas. 

— Tú, Simón, te quedas aquí con esos tres hasta nueva or- 
den; yo me vuelvo á Madrid en compañía del Zurdo. 

— Espero que no tardareis en volver. 

—Antes de las diez de la mañana me tendrás aquí; ¡ea! 
buenas noches. 

Don Tadeo y su acompañante el Zurdo se encaminaron de 
nuevo hacia Madrid. 

El ventero atrancó y cerró perfectamente la puerta. 

Simón y sus camaradas se acomodaron del mejor modo 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 389 

que les fué posible en la habitación que les destinó el tio Lan- 
gosta. 

Luisa, deshecha en llanto, prosternada de hinojos en su 
encierro, oraba con fervor. 

Don Carlos y Aguilar maldecían de su suerte en el lóbrego 
calabozo donde yacían sepultados. 



CAPÍTULO LYIII. 



Grisioomo Zarini comienza á comprender que puede llegar su venganza 

más lejos de ¡o que pensaba. 



Han pasado algunos días después de las escenas que aca- 
bamos de referir. 

Respecto á la situación de nuestros personajes, no se ha 
agravado la de los que dejamos en poder de sus enemigos, ni 
la esperanza ha llegado á dulcificar la de los que estaban de- 
sesperados por la carencia de noticias de las personas que- 
ridas. 

Únicamente dos de los personajes que han representado 
un papel en nuestro libro podemos decir que se encontraban 
realmente satisfechos. 

Era el uno Paca. 

Era el otro el misterioso desconocido á quien hemos visto 
perseguir con tan rudo encarnizamiento á nuestro amigo 
Luis de Guevara. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 391 

Ambos con aspiraciones diversas y en virtud de sentimien- 
tos distintos estaban satisfechos por una razón idéntica. 

Esta razón era la mejoría que se advertía en Luis. 

Efectivamente, los médicos le habían declarado fuera de 
peligro. 

Es verdad que existia aquel aplanamiento, digámoslo así, 
aquella falta de sensibilidad que sigue á las grandes crisis; 
es verdad también que muchas horas le duraba el delirio, que 
existia una debilidad asombrosa que paralizaba las fuerzas 
del enfermo, suspendiendo, sí así puede decirse, hasta sus 
facultades intelectuales, pero á pesar de esto la ciencia había 
dicho que estaba ya fuera de peligro, y realmente la ciencia 
no se había engañado hasta entonces. 

Hubo algunos momentos en que al entreabrirse sus ojos 
y al fijarse con asombrada expresión en los objetos que le 
rodeaban, detuviéronse de un modo especial en el semblante 
de Paca. 

Parecía que aquella mirada expresaba una alegría , una 
felicidad suprema que hacia estremecerse de gozo á la joven. 

Tal vez quería formular un pensamiento, tal vez algunas 
frases pugnaban por salir de sus labios; pero su debilidad era 
tan grande que tornaba á cerrar los ojos mientras que sus 
labios se agitaban convulsivamente, dejando escapar algunas 
incoherentes frases. 

Paca tenia la convicción de que había sido reconocida, y 
Vicente y Antonio y Joselito y Ramón de la Cruz aseguraban 
también que el caballero conocía ya perfectamente á las per- 
sonas que rodeaban su lecho. 

De aquí que la maja se mostrase más satisfecha llegando 
á decir á sus amigos : 

— Dentro de pocos días, según la opinión de los facultati- 
vos, entrará en el período de la convalecencia, y desde este 
momento abandonaré ya esta casa. 

— Por ningún estilo— respondió Vicente—por derecho pro- 



392 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

pió ocupáis ese puesto, y hasta que Luis se restablezca del 
todo no abandonareis esta casa y entonces — proseguía son- 
riendo de un modo harto expresivo— tengo la presunción de 
creer que tampoco saldréis de aquí. 

Paca se sonrojaba comprendiendo lo que Vicente quería 
decir, y formaba el propósito firme de abandonar aquella casa 
tan pronto como pudiera ya conocer el peligro de sostener 
ína explicación con el herido. 

Por la misma razón que Paca estaba alegre, lo estaba tam- 
bién el desconocido. 

Ambos, aun cuando por distinto fin, habían deseado ar- 
dientemente el restablecimiento del caballero. 

El desconocido habíase informado diariamente respecto 
al estado de Luis, y cada noticia de mejoría que adquiría 
arrancaba de sus labios una exclamación de gozo. 

— La Providencia — murmuraba con satánica expresión — 
se pone de nn i parte y me le entrega. 

Otra persona también mostrábase bastante satisfecha con 
el éxito que iba alcanzando la curación de Luis. 

El conde de Lazan, pues éste era quien también se alegraba 
de la mejoría de nuestro amigo, había estado en casa del ca- 
ballero tan luego el mercader flamenco, ó sea el misterioso 
desconocido, hubo salido de la suya, encontrándose con que 
realmente habíale dicho la verdad aquel al asegurarle que no 
habia posibilidad de entenderse con don Luis en aquellos mo- 
mentos por la grave situación en que se hallaba. 

Paca le recibió, y precisamente en los momentos que él 
mostraba más irritación por un estado que contrariaba tan 
poderosamente sus esperanzas, llegó Vicente. 

Paca se apresuró á dejar al conde con el pintor, á quien ya 
conocía el de Lazan, y entre ambos mediaron palabras bastan- 
te agrias, porque el conde se empeñaba en entrar en la habi- 
tación del herido cuando éste no estaba por ningún estilo en 
disposición de contestar á las preguntas que se le dirigieran. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 393 

Tras de las contestaciones hubieron de llegar finalmente 
las explicaciones, y al escuchar el pintor la acusación que á 
su amigo se le hacia, rechazóla indignado, diciendo: 

— ¿Y es posible, señor conde, que hayáis podido dar cré- 
dito á semejante infamia? ¿Tan en poco tenéis la honra de don 
Luis que podáis dar crédito á lo que cualquier miserable con 
mejor ó peor intención quiera deciros? 

—No tal — repuso el conde un tanto más templado— pero 
uniendo al relato que el mercader me hizo lo que yo ha tiem- 
po sabia, comprendo que el despecho es mal consejero y que 
ningún otro que don Luis puede llevar á cabo semejante 
acción. 

— Por Dios vivo, señor conde— exclamó el pintor lleno de 
ira— que si otro que vos se atreviese á inferir semejante incul- 
pación á mi pobre amigo, no habria de quedar muy bien 
parado. 

— La amistad os ciega, Vicente. 

—Y á vos el dolor, señor conde; pues de no ser así paré- 
cerne que deberíais conocer lo sincera y digna de respeto 
que ha sido siempre para mi amigo vuestra amistad y vuestra 
honra. 

— Todo lo ha olvidado para cometer la villanía que os aca- 
bo de referir. 

—Y que no solamente no creo, sino que os ruego, señor 
conde, que tampoco lo creáis, pues creyéndolo ofendéis al 
amigo á quien tendisteis vuestra mano. 

El acento de Vicente llevaba impresas una sinceridad y 
una convicción tan grandes, que el conde casi llegó á dudar 
de lo que antes creía. 

Sin embargo, en aquellos momentos tornó á recordar que 
su hija le había amado antes, que aquellos amores se habían 
desarrollado y sostenido completamente en la sombra, cual 
si se hubiera tratado de una mala acción, sin que por boca 
de Luis se hubiese sabido una palabra. 

TOMO II. 50 



394 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

¿Qué de particular tenia que quien habia obrado así, cedien- 
do á un pensamiento ruin de venganza hubiese querido sem- 
brar el llanto y la desdicha en la casa de donde su mismo 
proceder le alejara? 

Así fué que contestó al pintor con algún despego: 

—Siendo vos tan su amigo como sois, natural es que le de- 
fendáis. 

— Defiendo la razón, señor conde; que no de tal modo me 
ciega la amistad, que dejara de ver lo que digno de vituperio 
es únicamente. 

— ¿Es decir que no me dejais ver á vuestro amigo? 

—Verle podéis en buen hora; mas será inútil vuestro em- 
peño; pues como antes os dije y os dijo también esa moza que 
está cuidándole, desde que le hirieron á mi pobre Luis, na 
está ni estará en muchos dias para responder á pregunta al- 
guna que se le haga. 

El conde salió furioso de aquella casa. 

Y no pasó un dia sin que tratara de informarse del curso 
que seguía aquella herida, que en tan mal hora habia ido á 
contribuir á que el conde no pudiese arrancar al caballero el 
secreto que tanto le interesaba. 

Así era, que lleno de impaciencia y de alegría al mismo 
tiempo, recibía las noticias del adelanto que en su estado iba 
experimentando el herido. 

Uno de los dias, coincidiendo, por decirlo así, con el mismo 
en que Paca habia formado su resolución irrevocable de aban- 
donar la casa de don Luis tan luego éste se hallase en dispo- 
sición de poderse pasar sin sus cuidados, doña Catalina, que 
también habia recibido aquel dia noticias respecto al adelanto 
que se observaba en el caballero, hizo que preparasen la silla 
de manos, y á poco se detenia ante la puerta del perfumista 
Zarini, que acudió solícito á abrir la puerta del vehículo, pre- 
guntando á la dama con acento respetuoso: 
— ¿En qué puedo serviros, señora? 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 395 

—Necesito hablar contigo— contestó doña Catalina en voz 
baja.— ¿Tienes alguien en la tienda? 

—Nadie en este momento. 

La dama entonces entró seguida de Giacomo, quien le dijo 
una vez que hubieron franqueado la puerta: 

— Permitidme, señora, que os sirva de guia. 

Pasó delante de ella, y llamando á su criado, hízole que 
ocupase su puesto por si alguno de los parroquianos llegaba, 
y subió la escalera que separaba la tienda de sus habitaciones 
particulares. 

Una vez en el estrecho corredor donde éstas se hallaban, 
en lugar de penetrar en el saloncito que al hablar por prime- 
ra vez de este personaje describimos, dirigióse hacia el fondo 
del corredor y abrió una pequeña puerta. 

— Pasad, señora— dijo á la dama, deteniéndose respetuosa- 
mente en el umbral, mientras doña Catalina franqueaba la 
entrada en el aposento. 

Este en nada se parecía al saloncito en que se hallaban los 
escudos y en el cual Giacomo Zarini era el noble conde de 
Fuentidueña. 

No se veían en las paredes más que vasares conteniendo 
retortas, crisoles, alambiques, redomas de distintas clases, 
frascos con espíritus ó esencias y pomitos llenos de pomada 
ó de opiatas. 

En algunas alacenas, cuidadosamente cerradas, conservá- 
banse eficacísimos venenos, según decía el perfumista; y en 
una pequeña estantería que habia en uno de los lienzos de 
pared, se veían varios volúmenes encuadernados en viejos 
pergaminos, obras todas ellas de inexplicable valor, según 
decía Zarini, cuando se trataba de una experiencia nigromán- 
tica. 

En el centro de la estancia habia una mesa de roble, pri - 
morosamente tallada, sobre la cual se veian compases, esfe- 
ras, pergaminos, etc., y á entrambos lados de la mesa dos 



395 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

antiguos sillones de alto respaldo con el asiento de baqueta. 

Una vez dentro de la estancia doña Catalina y el perfumis^ 
ta, la dijo éste, señalándola uno de los sitiales: 

— Servios tomar asiento, señora. 



CAPÍTULO LIX. 



Continuación del mismo asunte. 



Doña Catalina contempló curiosamente todos los objetos 
que la rodeaban, y una vez que se hubo sentado, dijo: 

— ¿Sabes, Giaconio, que tu casa está completamente llena 
de misterios? Esta habitación es distinta de la en que me 
has hecho entrar otras veces ¿acaso tienes ocupada aquella? 

— ¿No habéis dicho que mi casa está llena de misterios? 
¿por qué os extrañáis entonces? 

—Es que cuando yo vengo á hablar contigo, necesito que 
nadie se entere de lo que hablo. 

— Paréceme, señora, que os he dado siempre pruebas de 
una discreción extraordinaria. 

—Sin embargo, una imprudencia 

— No las he cometido jamás. 

— Á nadie más que á tí, le tiene cuenta el no cometerlas. 



398 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

El perfumista no contestó, permaneciendo durante algu- 
nos segundos silenciosos entrambos personajes. 

Al cabo de ellos, dijo doña Catalina : 

— ¿Y esa mujer? 

—Precisamente de ella queria hablaros, señora. 

—¿Ocurre algo de nuevo? 

— Ocurre que estoy arrostrando un compromiso, en el 
cual, no solamente arriesgo mi fortuna, es decir, el honrado 
fruto de mi trabajo, sino que también arriesgo mi vida 

— Explícate, porque no comprendo bien lo que quieres 
decir. 

—El conde, señora, es poderoso; el conde ama á su hija y 
si llega, como llegará un dia ú otro á descubrir la participa- 
ción que yo he tenido en la desaparición de su hija, podéis 
comprender que no he de quedar muy bien parado. 

— Y mi protección entonces ¿de qué sirve? 

— No basta á veces la voluntad. 

— No te comprendo, y bien sabes que me agradan las situa- 
ciones bien despejadas, ¿acaso estás arrepentido de servirme? 
¿has mudado de opinión ya?— dijo la dama con acento un 
tanto severo. 

—No tengo por costumbre cambiar tan fácilmente, señora; 
no he hecho más que advertiros de la situación en que nos 
hallamos, ó mejor dicho en que yo me hallo, rogándoos que 
la meditéis con calma y que tratéis de sacar pronto de aquí á 
esta joven, que francamente, no creo que pueda en realidad 
serviros para satisfacer vuestra venganza. 

— En cuanto á lo primero, es decir, en cuanto á tí pueda 
referirse, no debes pasar cuidado alguno, puesto que yo velo 
por tí, y desgraciado del que se atreviera á causarte el menor 
daño; respecto á lo segundo, ya es distinto y no puedo com- 
prender, vuelvo á decirte, todo ese afán que pareces mostrar 
hoy, para hacerme que desista de lo mismo que tú me estu- 
viste incitando á hacer, porque al hablarme de lo legítima que 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 399 

era mi venganza, realmente me incitabas á que la llevase á 
cabo, y de tal manera has conseguido despertar mi rencor, 
que yo te juro que el conde de Lazan ha de guardar eterna 
memoria mia. 

— Pero bien, señora, ¿qué objeto os proponéis con tener 
guardada á esa joven? 

— El de vengarme. 

— ¿De qué modo? 

—Ya lo verás, porque en esa venganza se encierran á la 
par otras dos. 

—¿Otras dos? 

— Sí, Giacomo; todo el mundo dice que yo soy omnipoten- 
te en la corte; que el favor de que disfruto es tal, que nada se 
me resiste, y sin embargo, un hombre me ha hecho traición, 
una mujer me ha insultado y otra se ha burlado de mí. 

El acento con que pronunció estas frases doña Catalina, 
no pudo menos de hacer estremecer á Giacomo. 

Habia en él una amenaza tal, que el perfumista fijó sus 
ojos en la dama con una expresión que ésta debió compren- 
der, porque dijo: 

—¿Encuentras sin duda extraño mi acento? ¿Te sorpren- 
des de que una mujer pueda abrigar tanto odio en su corazón , 
no es verdad? Eso debe probarte lo grande de la ofensa que 
todos ellos me han inferido. 

— Así lo creo, pero lo que no concibo es cómo las personas 
á quienes os referís han podido cometer una falta tan grave. 

^Todas confiaban en mi indulgencia, todas estaban abu- 
sando de mi bondad, y todas creyeron que del mismo modo que 
les habia perdonado unas injurias, perdonaría las demás. 

— ¿Y puede saberse, sin temor de ser indiscreto, quiénes 
son esas personas que tan mal están con su propia tranqui- 
lidad? 

—¿Por qué no? Nadie mejor que tú sabe todo cuanto yo 
hice por Gil Pérez. 



400 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

— ¿Y OS ha engañado acaso? 

— Sí, de un modo inicuo, conio yo no podia esperar, como 
no era posible que pudiese creerme jamás. 

—¿Es decir que ha roto toda clase de relaciones con vos? 

—Sí— contestó con voz sorda doña Catalina. 

Zarini no pudo menos de contemplar durante algunos se- 
gundos el contraído semblante de la dama, y como si respon- 
diera á su propio pensamiento, hijo tal vez del conocimiento 
que había adquirido en aquella muda observación, murmuró: 

— ¡Pobre Gil Pérez! 

— ¡Oh! sí— exclamó doña Catalina, que escuchó la frase de 
su interlocutor y comprendió su verdadero sentido;— ¡pobre de 
él! porque te aseguro que seré implacable. 

— ¿Y en qué se relaciona Gil Pérez con la venganza que 
tratáis de tomar de doña María? 

—Nada, no es á él á quien me refiero, es á don Luis de 
Guevara. 

— ¡A don Luis! 

— A don Luis. 

— De ese más que de nadie quiero vengarme. 

El arranque con que la dama pronunció estas palabras, la 
expresión de salvaje energía que les dio fué tal, que Zarini se 
levantó de su asiento, diciendo: 

— Pero señora, ¿estáis en vos? 

—¿Qué quiere decir eso?— exclamó doña Catalina entre 
sorprendida é irritada. 

—Quise decir— contestó Giacomo tratando de disimular— 
que me extraña vuestro odio hoy, cuando tanto le amabais 
ayer. 

— Pues, por esa misma razón que le amaba, le aborrezco 
ahora. Todo cuanto es, todo cuanto fué, lo debe á mí; mi amor 
sirvióle para crecerse, para elevarse, para alcanzar una posi- 
ción cual nunca debió esperar, y sin embargo, ese miserable 
burló primero mi amor amando á la hija del conde de Lazan, 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 401 

al mismo tiempo que á doña Isabel de Zúñiga; y finalmente, 
para hacer más violenta su escena, no ha mucho que se en- 
tregaba al amor indigno de una miserable bordadora, á la 
cual yo misma habia dado de comer muchas veces. 

— ¡Jesús! ¿así obró don Luis? 

— Así; pero mi venganza ha dado ya comienzo, y ninguno 
de ellos puede escapar. 

—¿Y no os valiera más, señora, dar al olvido á los que os 
ofenden? 

— ¿Cómo has dicho? 

—Dar al olvido á los que os ofenden, ¿acaso con vuestra 
venganza vais á devolver á vuestro corazón la perdida tran- 
quilidad y ventura? 

—Sí. 

— Jamás he visto que se adquiera por semejantes medios. 

— ¡Giacomo! 

—Señora, los que así faltan y así olvidan favores recibidos, 
solo merecen desprecio. 

—No. 

— Cuanto más tratéis de vengaros, mayor importancia les 
dais. 

—¿Es decir que tú quieres que sigan burlándose de mí? 

— Líbreme el cielo de tal idea, mas lo que os digo es úni- 
camente por vuestro bien. 

— Es un bien que no comprendo, y por lo tanto puedes 
abstenerte de hablarme más en este sentido. 

— La confianza que me disteis, prestóme atrevimiento para 
ello. 

— Lo mismo don Luis, que las mujeres á quienes ama, que 
los amigos que le protegen, y que tal vez le han incitado á 
que así me engañe, todos ellos han de sentir el peso de mi 
cólera. 

De nuevo volvió á estremecerse el perfumista. 

El acento con que doña Catalina pronunció las frases an- 

TOMO II. 51 



402 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

tenores vibraba con tal expresión de odio y de venganza, que 
se comprendía realmente que no habia de retroceder por na- 
da ni por nadie para conseguir la realización de sus planes. 

A pesar de que él mismo, como habia dicho muy bien doña 
Catalina, habia contribuido eficazy poderosamente á despertar 
los vengativos instintos de la dama, obedeciendo tal vez á in- 
teresadas miras, es lo cierto que al escucharla, que al com- 
prender todo lo que habia de amenazador en su acento y el 
extremo á que podia conducirla aquel irreflexivo afán de 
venganza, no pudo menos de temer las consecuencias que de 
ella podrían resultar. 

Únicamente en aquellos momentos en que su mirada pe- 
netró, por decirlo así, en el corazón de doña Catalina, fué 
cuando conoció todo lo de fríamente perverso que en él ha- 
bia, y quizás en lo íntimo de su conciencia se arrepintió de 
haber impulsado á la dama en una pendiente en la cual él 
mismo podría resbalar. 

Intentó templar su enojo, aun cuando sin oponerse abier- 
tamente á sus proyectos; pero doña Catalina era tenaz en sus 
propósitos, habia concebido su plan y caminaba derecho á su 
realización sin que consideración ni temor aiguno pudieran 
hacerla desistir de él. 



CAPÍTULO LX. 



Donde volvemos á encontrarnos de nuevo con el desconocido 

enemigo de don Luis. 



Precisamente el mismo dia en que doña Catalina, segim 
acabamos de ver, estuvo en casa de Giacomo, habíale ocurri- 
do momentos antes un incidente que llamó su atención y que 
fué realmente lo que hubo de decidirla á ir en busca del per- 
fumista. 

Este incidente fué una carta que recibió, en la cual se la 
decia lo siguiente: 

«Señora, un amigo vuestro, puesto que vos sois enemiga 
de don Luis de Guevara, se dirige á vos para ofreceros su 
ayuda, ayuda que no es de despreciar puesto que se trata de 
un hombre que como vos aborrece y que como vos está dis- 
puesto á agotar todos los medios para conseguir su objeto. 

»Nada de cuanto habéis hecho desconozco y, creedme, se- 
ñora, si como enemigo soy poderosamente terrible, como 
amigo no tengo precio. 



404 LOS CABALLEROS DEL AMOR, 

»Un solo detalle bastará para convenceros, tanto de lo que 
respecto á vos sé, cuanto de lo que puede serviros el que tie- 
ne la honra de dirigiros estas letras. 

»Estuvísteis no hace muchos dias en casa de don Luis y 
encontrasteis á su cabecera una mujer que arrogándose de- 
rechos que á vos no debieron gustar gran cosa, os irritó con 
tanto más motivo, cuanto que no hallabais medio para tomar 
venganza cumplida de aquella mujer. 

»Yo, obrando por vos, he preparado vuestra venganza cual 
vos misma no podíais esperar. 

»En estos momentos el padre de don Luis conoce ya su es- 
tado, y una vez conocido podéis estar segura de que en estos 
momentos se encuentra ya en camino para Madrid, y su lle- 
gada os presta ancho campo para vengaros de la mujer que 
os ha ofendido. 

»Por este detalle podéis comprender si os conozco y si os 
puedo servir. 

»Esta noche, después de las ánimas, tendré la honra de 
pasar á veros. Entretanto, y si lo juzgáis conveniente, podéis 
tomar informes acerca del capitán, vuestro humilde ser- 
vidor 

Martin de Rocamora.» 

La lectura de esta carta produjo en doña Catalina sensa- 
ciones distintas, sobre las que predominó desde luego la de 
utilizar á aquel hombre que tan precisos datos le daba, y que 
demostraba desde luego grandes disposiciones para secundar 
sus propósitos. 

Pero antes de todo y puesto que él mismo se lo indicaba, 
pensó tomar informes respecto á él. 

Porque verdaderamente era un tanto aventurado lanzarse 
sin preparación alguna á depositar su confianza en un des- 
conocido. 

Porque el paso era sumamente aventurado, y aun cuando 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 405 

aquel individuo parecía hallarse muy bien enterado respecto 
á su situación particular, era preciso andar con pies de 
plomo. 

Ninguno le pareció mejor para darle los informes que ella 
necesitaba que el perfumista, y en su consecuencia, se dirigió 
á su casa. 

La circunstancia de haberse enredado en otra conversa- 
ción, como ya hemos tenido ocasión de ver, y el disgusto que 
la produjeron las observaciones que aquel le hizo, fueron cau- 
sa de que entre el enojo y el nuevo orden de ideas que en ella 
despertaron las palabras de Zarini, se olvidó de lo principal, 
y regresó á su casa sin haber podido saber quién era aquel 
extraño capitán que á ella se habia dirigido. 

Y llególa noche, y el marqués del Alcázar, su viejo amante, 
abandonó sus habitaciones, y poco después del toque de áni- 
mas, uno de los criados de la dama, entró en el aposento 
anunciando á su señora la llegada del capitán don Martin de 
Rocamora. 

Llena de curiosidad la dama, apresuróse á hacer que le 
franqueasen la entrada en sus habitaciones. 

La fisonomía del individuo á quien nuestros lectores han 
visto como simple particular en la calle la noche en que fué 
herido don Luis, como mercader flamenco en casa del conde 
de Lazan y con otros disfraces en diversos puntos, había su- 
frido otro cambio notable para presentarse en casa de doña 
Catalina. 

Largos mostachos, surcada la mejilla derecha por una 
profunda cicatriz y mirada descarada y provocativa, tales 
eran los detalles más esenciales de aquel rostro, que al ser 
Yisto por la dama, no fué dueña de dominar cierta impresión 
de terror. 

—Señora— dijo el desconocido, y así debemos calificarle 
puesto que el nombre y el empleo con que se habia anuncia- 
do á doña Catalina eran tan mentidos como el de mercader 



406 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

flamenco bajo el cual se presentó al conde de Lazan— dispen- 
sadme si me atreví á molestaros. 

— Nada de eso— repuso doña Catalina con afabilidad, indi- 
cando á su interlocutor una silla para que tomase asiento. — 
No tenéis que pedirme perdón alguno, puesto que debisteis 
comprender estabais perdonado desde el momento en que os 
franqueaba la entrada de mi casa. 

—Pues siendo así, debo suponer que mis servicios deben 
estar aceptados. 

—Todavía no. 

—Permitidme que me sorprenda en ese caso. 

—No hay lugar para sorpresa alguna, toda vez que yo ne- 
cesito saber las condiciones con las cuales me prestáis vues- 
tra ayuda. 

—¡Oh! señora! ¿por qué hablar ahora de eso? 

— Porque precisamente es lo primero que debemos hablar. 

— Pues aun á riesgo de disgustaros, debo deciros que es lo 
último en que habría pensado. 

— Vos diréis lo que mejor os plazca; pero yo haré lo que 
mejor me convenga. 

—Como gustéis. 

—Conque, vamos á ver: ¿con qué condiciones venís á mi 
servicio? 

— Imponedlas vos misma. 

— Necesito también saber en lo que me podéis servir. 

—En cuanto vos queráis. 

—Muy lato es eso. 

— Pues toda esa latitud abrazan mis servicios. 

— ¿Y si yo no necesitara tantos? 

—Bien sabéis que los necesitáis. 

-¿Yo? 

—Sí, vos, señora. 

Y el desconocido fijó una mirada audaz en la dama. 

Ésta sostuvo con firmeza esta mirada, y dijo después: 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 407 

— Paréceme que sabéis demasiado, señor don Martin. 

—Guando me conozcáis mejor, lo podréis apreciar más. 

— Empiezo á tener deseos de ello. 

— Ponedlo á prueba. 

— ¿De qué modo? 

—Muy sencillo, preguntándome cualquier incidente de 
vuestra vida pasada. 

— ¿Tanto la conocéis? 

— Desde que enviudasteis y vinisteis á Madrid. 

—¿Y antes? 

— Alguna cosa también. 

— Perfectamente: ¿es decir que habéis procurado pertre- 
charos para venir á verme? 

— Todo ello por serviros únicamente, señora. 

—Muchas gracias. 

—No las merezco, porque precisamente al serviros voy á 
servirme yo también. 

—¡Hola! 

—¿Qué queréis? Natural es que uno trabaje para sí. 

— ¿Y vos quién sois, don Martin?— preguntó doña Catalina 
mirando fijamente á su interlocutor. 

— Ya os lo he dicho en mi carta; un capitán 

—¿De los ejércitos del rey nuestro señor, ó de aventuras? 

— De lo que más os convenga. 

— ¿Vuestro pasado?.... 

— Es tan oscuro como el vuestro. 

—Mucho decir es. 

— Si interrogáis á vuestra conciencia comprendereis que 
tengo razón. 

—¿Y vuestro presente? 

—La venganza. 

— ¡La venganza! 

—Lo mismo que vos. 

-—Es que yo tengo motivos 



408 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

— Yo también. 

— Y vuestra venganza no puede ser idéntica á la mia. 

—Pues lo es. 

— ¿Y se refiere?.... 

— Á don Luis de Guevara, lo mismo que la vuestra. 



CAPÍTULO LXI. 



El desconocido llega, á imponerse á doña Catalina. 



La dama se quedó mirando al desconocido. 

—Os repito— dijo éste— que el objetivo de mi venganza es 
don Luis, lo mismo que os sucede á vos. 

— ¿Y por qué le odiáis? 

—¿Por qué le odiáis vos? 

A esta pregunta, digámoslo así, tan natural, no pudo me- 
nos de quedarse doña Catalina suspensa durante algunos se- 
gundos. 

La mirada que el desconocido fijaba en ella la turbaba de 
un modo extraordinario, y por primera vez aquella mujer, 
acostumbrada á dominar á todo el mundo, hallábase domina- 
da á su vez, ó por lo menos hallábase muy expuesta á estarlo. 

Cuando pudo vencer aquella especie de turbación, dijo: 

—Le odio porque me ha engañado. 

—Os ha engañado amando á otras mujeres; pero vos no 

TOMO II. 52 



410 LOS CABAl LEROS DEL AMOR. 

habéis tenido en cuenta, señora, que en la situación en que 
os halláis, él era verdaderamente el engañado. 

— ¡Cómo! 

—Muy sencillo; ¿no compartíais vuestro cariño entre don 
Luis y el señor marqués del Alcázar? Pues si vos dabais el 
ejemplo de semejante dualidad de amor, ¿por qué os extra- 
ñáis que hiciese don Luis una cosa parecida? 

La observación era justa, y esta justicia precisamente fué 
lo que irritó á doña Catalina, quien dijo: 

— ¿Sabéis, señor don Martin, que es un tanto impertinente 
vuestra observación? 

—Será todo lo que queráis, pero es verdadera, señora. 

— ¿Y si yo os dijese que á pesar de toda esa verdad, no 
quiero, ni puedo consentir que de ese modo se me engañe? 

— Eso ya es distinto; mas también debo añadiros, que no 
sé cómo llevarla el señor marqués del Alcázar ese deseo de 
venganza, si llegase á conocer las causas de él. 

— El marqués del Alcázar no tiene que ver nada conmigo 
en este asunto, y deseo que no mezcléis más ese título en la 
conversación que estamos sosteniendo. 

—Como gustéis. 

— Don Luis me ha engañado, y tengo necesidad, no sola- 
mente de vengarme de él, sino de cuantas personas hayan 
contribuido directa ó indirectamente á ayudarle en ese en- 
gaño. 

— Ya veis como yo os he ayudado. 

—Hablemos con claridad, caballero, porque francamente 
no deja de parecerme muy extraño que os hayáis dirigido á 
mí cuando vos por lo visto contabais con medios propios, di- 
gámoslo así, para llevar adelante vuestro plan. 

— Poco á mi juicio tiene que adivinar eso, señora; dos ven- 
ganzas reunidas tienen más probabilidades de éxito que 
no una, y por lo tanto, lógico era que tratase de unirme á 
vos. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 411 

— ¿Pero quién os dijo ó cómo supisteis lo que yo inten- 
taba? 

— Desengañaos, señora; para que una cosa no se sepa, no 
hay más que un remedio. 

—¿Cuál? 

— No hacerla. 

—Pero alguien os habrá dicho alguno tal vez de los que 

me han servido 

— No os molestéis, señora, en averiguar quién me ha di- 
cho ó cómo he sabido lo que á vos se refiere, la cuestión es 
que lo sé y como lo que sé, me sirve, vengo á vos á fin de que 
nos unamos. 

—¿Y si yo no quisiera? 

— El mal seria para vos. 

— ¡Para mí! 

— Ya lo creo, como que perderíais un aliado que os puede 
servir de mucho. 

— Observo que no es la modestia vuestro fuerte. 

—Jamás presumí de modesto, señora, porque aquello de 
que no tengo seguridad me lo callo y únicamente hablo de lo 
que estoy resuelto á hacer porque cuento ya con los medios 
para ello. 

— ¿Y tendréis la bondad de decirme, señor don Martin, cuál 
es la causa de vuestra venganza respecto á don Luis y hasta 
qué extremo tratáis de llevarla? 

— Mi venganza, y permitidme que así os lo diga, señora, 
obedece á razones más elevadas que la vuestra; en mi ven- 
ganza hay algo más que el amor propio ofendido, va envuelta 
en ella una de esas formidables historias de sangre que no 
pueden satisfacerse mientras quede con vida uno de los indi- 
viduos de las dos familias enemigas, y por lo tanto, podéis 
comprender que el extremo donde yo he de llegar es el último 
á que puede llegarse, es á la muerte de don Luis; pero no la 
muerte que vos habéis tratado de darle por medio de un solo 



412 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

golpe y de un solo dolor, la muerte que yo quiero es primero 
la del alma, la de la honra, la de la estimación, y la del cuerpo 
la última de todas. 

Tal fué el acento del extraño personaje que hablaba con 
doña Catalina, tan frió y amenazador fué su lenguaje y tanta 
crueldad habia en él que la dama se estremeció. 

El desconocido que la contemplaba fijamente y cuya mi- 
rada parecía perderse en las misteriosas profundidades del 
corazón de su interlocutora, debió sorprender aquel estreme- 
cimiento porque sonriéndose irónicamente, dijo: 

— Parece que os han hecho efecto mis palabras, señora. 

— Observo que os la dais de adivino ó pretendéis serlo, por 
lo menos. 

— Generalmente, cuando yo tengo una pretensión, es por- 
que no se halla lejos la certeza; y en este caso debo deciros 
que la certeza existe, y que por consecuencia de ella vos en 
estos momentos estáis arrepentida de haberme escuchado, y 
de haberme dejado conocer vuestros designios. 

— ¿Y qué diríais si así fuera? 

— No os diria más, sino que yo he venido aquí en la segu- 
ridad de contar con vuestro apoyo, y que ese apoyo no puede 
faltarme. 

—Mucho asegurar es eso. 

— Ya veis si sabré lo que digo. 

— Y yo á mi vez, ya que así me provocáis, debo aseguraros 
que llevar la venganza al extremo que vos queréis no lo haré 
nunca. 

— Ya lo pensareis mejor, y conoceréis que no os queda 
más recurso que aceptarme por compañero. 

— Es sobrado atrevimiento el vuestro. • 

— No es más ni menos que el atrevimiento de una persona 
que sabe muy bien á lo que se compromete. 

— Pues señor mió, con todo vuestro atrevimiento, con to- 
do ese aire de superioridad de que parece tratáis de revestí- 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 413 

ros, y con el cual sin duda os habéis propuesto imponerme, 
debo deciros que no me agradan vuestros propósitos, y que 
así como hasta ahora me pasé sin vos, espero pasarme en lo 
sucesivo. 

Y doña Catalina fijó una mirada de triunfo en el semblan- 
te de su interlocutor, satisfecha sin duda de la prueba de 
energía que acababa de dar. 

Pero el desconocido la contemplaba sonriéndose. 

— ¿Lo habéis pensado bien, señora?— la dijo con intencio- 
nado acento. 

— Yo pienso muy bien las cosas antes de decirlas. 

— Pues me parece que en este caso habéis obrado muy de 
ligero. 

— ¿Tendréis también la pretensión de darme lecciones? 

—¿Y por qué no? 

Y la mirada con que acompañó el desconocido sus pala- 
bras estaba tan llena de superioridad, de firmeza y de orgullo 
al mismo tiempo, que doña Catalina no tuvo otro remedio 
que bajar la suya. 

Sin embargo quiso luchar, y dijo: 

—¿Pero es que tratáis á la fuerza de imponerme vuestra 
amistad? 

— Tarde lo habéis comprendido. 

—¿Con que es verdad? ¿Con que queréis imponeros por 
medio de la fuerza? 

—Señora, ó yo no sé explicarme, ó sois vos muy inocente, 
ó no entendéis nada en asuntos de esta especie. 

— Vuelvo á repetiros lo que antes os dije, pecáis por sobra 
de atrevido, y tentaciones me están dando de haceros pagar 
un poco caro vuestro atrevimiento. 

— Pues procurad dominar esas tentaciones, porque de no, 
fácil fuera que yo también tuviere otras, y podéis estar segura 
de que las mias hablan de haceros bastante daño. 

— ¿En qué sentido? 



414 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

—Señora, nos estamos desviando del objeto principal, y 
francamente esto de perder el tiempo, para quien está acos- 
tumbrado á utilizarle, es bastante triste. 

—Pero, bien, ¿cuál es vuestro objeto? 

—Muy sencillo, ayudaros y que me ayudéis. 

—Es decir que me necesitáis, es decir que ese tan decan- 
tado poder de que habéis estado hablándome, queda reducida 
liso y llanamente á una demanda de apoyo, que no sé si me 
será conveniente concederos. 

— Veo, señora, que tenéis el don de las equivocaciones, y 
lo siento, porque verdaderamente me es simpático vuestro 
carácter; pero divagáis de una manera tan extraña, juzgáis 
los hechos y las personas de una manera tan rara, que real- 
mente inspira lástima ver que tan bellas disposiciones estén 
tan mal dirigidas. Os necesito, no os lo niego ; pero en cam- 
bio vos me necesitáis mucho más. 

—¿Que yo os necesito? No lo comprendo. 

—Figuraos por un momento, y os ruego que esto no lo 
toméis más que en el sentido de una suposición, que un dia 
me pasa por la cabeza decirle al marqués del Alcázar algo 
respecto no solo de vuestros amorosos devaneos, sino tam- 
bién del uso que habéis hecho de su influencia y de sus rela- 
ciones. ¿Qué creéis que haria el marqués? 

Doña Catalina se estremeció. 

Aquella suposición era verdaderamente terrible. 

En el tiempo que llevaba hablando con el desconocido, 
no habia caido en que éste pudiera imponérsele de tal modo, 
que llegase á ser una continua amenaza para ella. 

Sus últimas palabras no la dejaron duda alguna. 

Comprendió que aquel hombre iba resuelto á todo, y que 
ó necesitaba romper abiertamente inutilizándole por com- 
pleto, ó debia transigir con sus exigencias. 

El primer medio parecióle más aceptable, y en consecuen- 
cia dijo : 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 415 

— Pues figuraos, á vuestra vez, ya que en este terreno nos 
hemos puesto, que yo no creo prudente condescender á 
vuestros deseos, y que una vez conocido vuestro propósito, 
procuro inutilizaros no dejándoos que salgáis de esta casa. 
¿Qué diriais entonces? 

— No diria más— repuso el desconocido sin alterarse en lo 
más mínimo— sino que vos no comprendíais vuestros propios 
intereses. En primer lugar, porque irritado yo con semejante 
proceder, haría alguna revelación al marqués, que no había 
de agradaros mucho, y en segundo, porque perderíais un au- 
xiliar que puede serviros de gran cosa. Ya veis como desco- 
nocéis por entero vuestra situación y vuestros intereses. 

Doña Catalina comprendió que tenia razón, pero como que 
ignoraba las exigencias que podría tener, como que no sabia 
en realidad dónde iba á parar aquel hombre, le dijo : 

—Y en el caso de que yo, armonizando mis intereses con 
mi decoro, me aliara con vos, ¿de qué manera podríais ser- 
virme? y ¿de qué modo podría yo serviros? 

— Muy sencillamente : yo no necesito de vos más que la 
impunidad, si así me puedo explicar, para los actos que rea- 
lice, en mi servicio. 

— ¿Y tan desinteresado sois que vais a ocuparos en mi ser- 
vicio única y exclusivamente por el placer de hacerlo? 

— Ya os dije antes, que á la par que á vengaros de don 
Luis, voy á vengarme yo también. 

— ¿Y empezasteis ya? 

—Desde luego, y puedo aseguraros que va mi venganza 
por mejor camino que la vuestra. 

— Sepamos. 

— Vos habéis recibido de don Luís desdenes que os han lle- 
gado al alma, le habéis hecho favores que creísteis le ten- 
drían perpetuamente ligado á vos, habéis sido insultada por 
una mujerzuela, que colocada junto al lecho del caballero 
desleal ha creído que era patrimonio suyo aquella casa y aquel 



416 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

hombre, habéis salido del aposento donde entrasteis arrepen- 
tida tal vez de lo que habiais hecho, sin saber qué partido to- 
mar para castigar el desamor del uno y vengar la injuria de 
la otra. 

— ¿Y vos podéis darme todo eso?— preguntó doña Catalina 
con voz anhelante. 

— Dentro de poco lo tendréis. 

—¿Cómo? 

—El padre de don Luis llegará de un momento á otro. 

— ¿Quién le ha enviado á buscar? 

— Yo, pero en nombre vuestro. 

— ¿En nombre mió? 

— Tenia la seguridad de que al fin acabaríamos por enten- 
dernos, y no vacilé en ganar tiempo. 

—¿Y qué ha de hacer el padre de don Luis? 

— Antes que ir á ver á su hijo vendrá á veros, y me parece 
que sabéis ya demasiado para que deba daros lecciones res- 
pecto á lo que habéis de decirle á fin de ganar su confianza, 
y que sea él quien realmente se encargue de vengaros de 
Paca. 

— Pues en ese caso, ¿para qué necesitáis, como decís, mi 
protección? 

—Para cuando llegue un caso, como llegará, en el cual sé 
requieran ciertas medidas extremas. 

Puede comprenderse perfectamente, que dadas las condi- 
ciones en que ambos personajes se hallaban, no tardarían 
mucho en llegar á un completo acuerdo. 

El desconocido salia poco después de casa de doña Catali- 
na, conforme en otra ocasión le vimos salir de casa del conde 
de Lazan, demostrando en su semblante todo lo innoble del 
gozo que sentía. 



CAPÍTULO LXII. 



Donde el marqués Adelñ encuentra ¡o que no podist esperar. 



Mientras tenían lugar los sucesos que acabamos de rela- 
tar á nuestros lectores, Concha y Dolores, hechas dos brazos 
de mar, como dice nuestro buen pueblo, hablan ido á ver á su 
amiga Paca, la cual, como ya sabemos, estaba cuidando á su 
don Luis, convaleciente aun de la grave herida que, como ya 
hemos dicho, recibiera. 

Caminaban nuestras dos majas distraídas y sin cuidarse 
ni en poco ni en mucho de los chicoleos y requiebros de los 
transeúntes, cuando al atravesar una calle se hallaron sor- 
prendidas por la no muy agradable presencia del marqués de 
Adelfi. 

Por un movimiento instintivo, Dolores aceleró su marcha 
tomando al mismo* tiempo el brazo de Concha, la cual, desco- 
nocedora del móvil que obligaba á Dolores á acelerar su pa- 
so, la dijo de esta suerte: 

TOMO II. 53 



418 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

— No corras, no tenemos prisa. 
— Mira — dijo Dolores. 

Y más bien con la vista que con la acción, señaló al mar- 
qués, que habiéndola visto ya, aceleraba también su paso di- 
rigiéndose al encuentro de aquel par de buenas mozas. 

Ni los vestidos que en aquella época se usaban, ni la de- 
bilidad propia del sexo femenino, permitía á las que del 
marqués se escapaban, poner entre ellas y éste la distancia 
que hubieran deseado, antes por el contrario, el libertino 
marqués se acercaba cada vez más, logrando por fin alcan- 
zarlas. 

— ¡Alto, alto ahí!— dijo. 

Y con su acción, es decir, extendiendo los brazos, paró á 
Dolores y Concha. 

— ¿Qué hay, y qué se le ofrece?— dijo ésta, mirando provo- 
cativamente al marqués— es de dia— añadió— y á la luz del sol 
y en mitad de una calle, ni vos podéis intimidarnos, ni nos- 
otras temer de vos; dejadnos, pues, seguir nuestro camino. 

—Una palabra, Dolores— dijo el marqués, sin contestar á 
Concha. 

— ¡Vos aquí!— exclamó Dolores. 

— Yo aquí— contestó el marqués — y tan enamorado y ren- 
dido como siempre. Comprendo— continuó diciendo— que el 
verme os haya costado sorpresa, pues en efecto, es sorpren- 
dente ver en Madrid á quien de Madrid fué desterrado, cuan- 
do menos lo esperaba. Después que fui preso por los vs^alonas, 
recibí la orden de salir de Madrid y de trasladarme á Guada- 
lajara; pero el rey don Carlos III, ve ya próximo su fin; pron- 
to el príncipe de Asturias será rey, y el poder de Floridablan- 
ca y de vuestro don Luis por tanto, se habrá disipado como 
el humo. Soy, pues, libre— continuó diciendo— y de esta vez 
juro á Dios que os he de poseer. 

—¡Jamás!— contestó Dolores. 

—Muy pronto— exclamó el marqués. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 419 

Y en SUS ojos ardió una llamarada, mezcla de ira y de 
deseo. 

—Deja al señor— dijo Concha— porque apalabras necias, oí- 
dos sordos, y nada más necio que el orgullo de estos señores 
que, infatuados con sus riquezas, piensan que todo se les de- 
be de derecho. Aquí, señor mió— continuó diciendo— no esta- 
mos en Italia; aquí somos españoles, y si los italianos, si Es- 
quilache y Grimaldi han podido privar con los reyes, en cam- 
bio no han privado con el pueblo, y nosotras, bien lo veis, 
somos hijas del pueblo, de ese pobre pueblo que, vosotros, los 
extranjeros, habéis empobrecido y al cual no le habéis dejado 
más que su honra, quizás porque ésta no tiene valor para 
vosotros. 

Concha, como diríamos hoy, hablando el lenguaje técnico, 
no se achicaba ante el marqués. Concha, personificación de 
aquel revoltoso y avieso pueblo bajo, que produjo el motín 
contra Esquilache, no se intimidaba jamás, y burlona unas 
veces y bravia otras, nunca el temor la dominaba hasta per- 
der su carácter. 

El pueblo español es quizás de todos los pueblos el más in- 
domable, debiendo esta cualidad característica á su energía y 
á su constancia. 

El gran capitán del siglo, el héroe de Italia, de Egipto y 
Austria, no pudo vencer el no importa de los españoles, y sin 
embargo, la España de Godoy no era ni con mucho, tan bra- 
via y altiva como la de su antecesor Carlos III. 

Los chisperos y manólas de Lavapiés y las Vistillas, del 
Rastro y el Mundo Nuevo han ido poco á poco perdiendo su 
carácter, y los que cuando don Ramón de la Cruz y Goya pin- 
taban, el uno en sus saínetes y el otro en sus tapices, valían 
como ciento, valieron mucho menos después, y hoy día ape- 
nas si valen algo, habiendo perdido su carácter especial, su 
modo particular de ser, que tanto valor les daba. 

Concha, como ya hemos dicho, era uno de esos tipos fíO,- 



420 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

ros y sin mezcla, una de esas manólas de rompe y rasga, 
cuya vida aventurera, pero honrada, haciéndolas perder todo 
miedo, las convertia en inexpugnables castillos de virtud, 
solo asequibles por el amor y el halago. Amante de un tore- 
ro, habia llegado por razón de afinidad, á no temer ni aun la 
muerte, siendo la antítesis y contra-posición, en cuanto á ca- 
rácter, de su amiga y compañera Dolores. 

Ésta al ver al marqués se habia sorprendido; Concha in- 
dignado. Dolores, dulce, tímida, pero honrada, teniendo como 
tenia una gran virtud, hubiera muerto antes que ser deshon- 
rada por el marqués, al cual, sin embargo, no hubiera nunca 
injuriado. 

Si se nos permite la frase, Dolores, resistente como la pie- 
dra, no tenia como ésta, fuerza activa; podia ser labrada, pero 
no labrar; resistir la acometida ajena, pero no acometer; 
mientras que Concha, por el contrario, alma elástica, al ser 
víctima de una acción, desarrollaba en sí, aun contra su vo- 
luntad, una reacción igual y contraria á la presión recibida. 

Ante estas dos majas, pues, dulce y tímida la una, enérgi- 
ca y brava la otra, aunque ambas igualmente honradas, se 
encontraba, como ya hemos dicho, el libertino marqués 
Adelfi, el cual procurando desentenderse de la más temible 
de sus enemigas, se dirigió nuevamente á Dolores, excla- 
mando: 

— Un momento no más, un momento, Dolores, porque es- 
toy desesperado y soy capaz de todo, aun contra mi voluntad, 
contra todos mis deseos; mi corazón no es mió sino vuestro, 
y mi vida, que arrastro entre lágrimas y desdenes, es un con- 
tinuo martirio. Condenado al eterno suplicio de desear in- 
útilmente, mi vida es un purgatorio. 

—¡Jesús, María y José!— dijo Concha, riendo alegremente y 
en tono de completa befa.— Vamos, Dolores, vamos, y manda- 
remos decir unas cuantas misas para que el señor salga de- 
purgatorio, donde de seguro si está él, no deben estar las ánil 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 421 

mas benditas. Yo creo que el señor, más que en el purgatorio, 
debe estar en el infierno, á juzgar, no solo por sus hechos, si- 
no por su cara de condenado. 

—Condenado á desear sin poseer, condenado á vivir mu- 
riendo eternamente y lleno de desesperación y de celos— dijo 
el marqués, dirigiéndose á Dolores.— Pero yo no puedo vivir 
así—continuó— yo no puedo vivir martirizado incesantemen- 
te por vuestro desden, y cuésteme lo que me cueste, os juro 
que seréis mia. Mucho tiempo hace que os sigo, mucho que 
sufro, mucho que os amo, y mis sufrimientos es preciso que 
tengan término y mi amor correspondencia. 

—Voy á contestaros por última vez; amo, marqués, y soy 
amada— dijo Dolores, reflejando en su mirada todo el fuego 
de su pasión, todo el amor de su alma. 

Gomo esos metéoros que deslumbradores y brillantes ve- 
mos atravesar en las noches de estío la azulada y serena bó- 
veda celeste, la pasión de Dolores brilló un momento en sus 
ojos al decir las anteriores palabras, palabras que desperta- 
ron en el malvado corazón del marqués Adelfi, todo un infier- 
no de ira, de odio y de rencores. 

— ¿Quién detiene el rayo cuando dos nubes se chocan? Os 
vi y os amé— dijo el marqués, con más rabia que ternura. — 
La piedra que se desprende de las enhiestas rocas, rueda has- 
ta el fondo del abismo, y rueda fatalmente aumentando en ve- 
locidad sin que nada ni nadie logre detenerla, y yo soy esa 
piedra que desprendida rueda, y rueda fatalmente sin que 
pueda detenerme ni pararme nada. Á dónde voy no me im- 
porta: ¿qué obstáculos tengo que vencer? ¿qué precipicios ha- 
bré de atravesar? sean los que quieran, no pienso en ellos ni 
puedo pararme ante los obstáculos, porque la pasión me ar- 
rastra, porque estoy loco, y aun sabiendo que el precipicio me 
espera, corro á estrellarme en él. Amadme, sed mia, y dadme 
vuestro amor por Dios. 

—Perdón por Dios, hermano, que aquí no damos limos- 



422 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

na— dijo Concha agarrando el brazo de Dolores é intentando 
continuar su marcha. 

— No, no — dijo el marqués extendiendo los brazos y déte-, 
niendo así á las dos majas— no, callaos— dijo dirigiéndose á 
Concha— y oidme, vos, Dolores, aun cuando sea por última 
vez. Os amo, sufro y todavía vos exacerbáis mis sufrimientos. 
« Amo y soy amada,» me decís, y vuestros ojos brillan al decir 
vuestros labios la pasión que vuestra alma alberga; ¡cuánto 
queréis á Vicente ! ¡Oh! ¡cuánto le queréis ! y ¡ cuánto daria 
yo porque me amarais de ese modo ! 

— Imposible, marqués; no tengo más que un corazón, y 
todo él es de Vicente; yo os compadezco; yo, á pesar de lo que 
me habéis hecho sufrir, á pesar de vuestras infamias, á pesar 
de los lazos que me habéis tendido no os odio ni puedo odia- 
ros, i qué más queréis que haga ? sino mi cariño, os doy mi 
compasión. Dejadme, pues. 

— No puedo, no puedo, Dolores— dijo el marqués, y un sus- 
piro se escapó de sus labios, porque el amor hasta en el alma 
de los malvados es causa de dulces y tiernos sentimientos. — 
Yo ardo— continuó diciendo, siendo interrumpido por Con- 
cha, que exclamó en son de burla : 

— ¡Agua! agua aquí para apagar el incendio del señor: 
¡hombre! ¿queréis dejarnos en paz? ñique fuerais lego de 
San Francisco, que todo se le vuelve pedir para el convento. 

—Pobre porfiado... — dijo el marqués. 

— Saca mendrugo— interrumpió Concha— pero no dice el 
refrán si el mendrugo que saca es blando ó duro, y vos, señor 
marqués, me parece á mí que vais á sacar de todo esto algo 
que sea muy duro. Pues podía ser la hija de mi madre la que 
tuviera que aguantaros, que entonces ibais á ver lo que era 
bueno. Vaya, dejadnos en paz, si no queréis que una manóla 
os enseñe á lo que saben sus manos. 

— ¡Concha !— exclamó Dolores, deteniendo la hostil acción 
de su amiga. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 428 

—Calla tú y no seas tonta, y ya que tú eres demasiado 
buena, déjanrie que te espante las moscas, ó por mejor decir, 
los moscones ; y no lo digo por vos — contestó Concha, seña- 
lando, al decir las últimas palabras, al marqués— tú por lo 
buena que eres debieras llamarte confitura; pero, hija, hazte 
de miel y te comerán las moscas, sobre todo con estos usías 
lechuguinos. Vamos, quitad de enmedio y llamad á la otra 
puerta, porque ésta está cerrada. 

— No para todo el mundo, pues, ¡vive Dios! que yo sé, ya 
que habláis de puertas, que la de vuestra casa está siempre 
abierta por vos para Joselito y franca para Vicente amante de 
esta señora, á todas horas del día y de la noche. 

—¡Marqués! ¡marqués!— dijo Dolores— y sus mejillas se 
colorearon por el rubor, y sus ojos brillaron indignados— eso 
es infame, marqués, eso es infame; la honra que no podéis 
manchar con vuestros impuros amores, la mancháis con 
vuestras aun más impuras y criminales palabras. Ni Concha 
ni yo tenemos amante, y eso harto vos lo sabéis. 

— Y aunque lo tuviéramos ¿qué?— dijo Concha interrum- 
piendo. — Aunque tuviéramos amante ¿qué os importa á vos? 
ni ¿con qué derecho os metéis en nuestras acciones? ¡Ea! á 
paseo. 

Y tomando el brazo de Dolores, echó á andar resuelta- 
mente. 

El marqués, por un movimiento instintivo, asió á Dolores 
por el vestido queriendo detenerla, y tan violenta fué la sacu- 
dida, tanta fuerza desplegó el marqués para detener á Dolo- 
res, que no solamente se detuvo ésta, sino que dio un paso 
atrás primero y después, y vacilante otro viniendo á caer en los 
brazos del marqués, el cual trémulo, convulso, loco por su 
pasión y su lascivia, depositó un beso en los labios de la jo- 
ven. 

Un «¡ah!» de indignación exhalado por Dolores; un ¡«mise- 
rable!» iracundo, pronunciado por Concha y un tremendo em- 



424 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

pujón dado por un hombre que rápido como el relámpago se 
lanzó sobre el marqués, fueron el resultado de aquel beso ro- 
bado á la virtud por la lascivia, á la honradez por el libertinaje. 

—Sin duda no habíais contado conmigo, señor marqués- 
dijo aquel brusco interlocutor del de Adelfi. 

Y mientras elmarqués se incorporaba y Dolores dirigía una 
mirada de gratitud á su inesperado salvador, Concha alegre y 
sonriente, le saludaba y acariciaba con sus ojos porque aquel 
inesperado salvador de Dolores, aquel brusco y rudo arrolla- 
dor del marqués, era el corazón, el alma, el pensamiento de 
Concha, era en fin y en una palabra, el torero Joselito. 



CAPITULO LXIII. 



Be cómo había, llegado Joselito tan oportunamente. 



En el momento de terminar nuestro capítulo anterior, he- 
mos visto aparecer á nuestro buen amigo el torero Joselito, 
poniendo fin con su brusca intervención á las demasías del 
marqués Adelfi, y á los sustos y temores de las dos majas. 

La oportuna aparición de Joselito que, como vulgarmente 
se dice, vino como llovido del cielo, necesita una explicación 
y nosotros vamos á dársela á nuestros lectores. 

Joselito, aquella mañana, no teniendo cosa mejor en que 
ocuparse, se habia dedicado á inquirir noticias, y ávido de 
ellas, habia dirigido sus pasos á casa de don Ramón de la 
Cruz, ó sea don Ramón el sainetero, como le nombraban en 
Lavapiés, las Vistillas y el Campillo, campos por regla general 
de sus saínetes y de sus estudios. 

Don Ramón de la Cruz Cano, el inmortal autor del «Mano- 
lo,» tragedia para hacer reir ó saínete para hacer llorar; délas 

TOMO II. 54 



426 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

«Comedias de Maravillas,» de «Los hombres solos» y de otras 
cien joyas literarias, vivió más que humilde, pobre y hasta 
miserablemente en una de las más desvencijadas casas de la 
calle de Toledo, sin que su importancia ni su valor mengua- 
ra á causa de su pobreza. 

Simpático al pueblo bajo por sus obras y por su pobreza, 
era igualmente simpático para los altos y poderosos señores 
de la corte que admiraban su talento y estimaban su donaire; 
pudiendo decirse de él como de Goya que eran ambos no so- 
lo la personificación, sino el espíritu de su época, la cual vi- 
ve hoy para nosotros, más que por la historia, por los tapices 
y lienzos del pintor, y por las obras del sainetero. 

Por razón de su popularidad, pues, por lo muy buscado y 
muy querido que era, don Ramón de la Cruz Cano á quien 
todo el mundo hablaba, á quien todos preguntaban y respon- 
dían, era una especie de Correspondencia de España viva, co- 
mo diríamos hoy, centro de todas las noticias, pasadizo de 
todas las conversaciones, eco y eco chispeante y lleno de in- 
tención y gracia de cuanto en Madrid se hacia, se decia ó se 
pensaba. 

Supongamos una Correspondencia de España admirable- 
mente escrita, llena de aticismo, de sátira, de gracejo, y des- 
de luego podremos asegurar lo buscada y deseada que seria, 
y don Ramón de la Cruz Cano era esto que suponemos: un 
ejemplar vivo, pero único y por lo mismo de más valor y más 
buscado, de todos los cuentos, de todos los chismes, de todas 
las noticias, hechos, dichos, anécdotas y murmuraciones de 
la apicarada villa y corte de Madrid. 

Por estas razones, pues, don Ramón de la Cruz que á todos 
conocía, que á todos trataba, que con todos, grandes y peque- 
ños, era afable y cortés, era solicitado por todos, siendo esta 
misma la razón por la cual nuestro amigo Joselito, ávido de 
noticias, dirigió sus pasos á casa del popular sainetero, cen- 
tro el mejor de ellas, y amigo particular de nuestro buen 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 427 

torero, al cual dispensaba una marcada benevolencia y una 
franca simpatía. 

—Dios te guarde, Joselito— díjole don Ramón afablemente 
cuando éste entró en su casa— ¿qué tal y cómo van Concha, 
Dolores y nuestro buen amigo Vicente? 

—Concha y Dolores bien— le contestó el torero— en cuanto 
á Vicente, el demonio me lleve si le veo, ni le oigo desde que 
don Luis fué herido. Y á propósito de don Luis, ¿tenéis noti- 
cias de él ? 

—Las tengo y buenas— contestó don Ramón.— Su estado 
mejora, y ojalá que el estado de nuestro Estado estuviera 
como el de don Luis está. 

—¿Con que según eso, la cosa no marcha bien? 

—¿Qué es bien? mal, muy mal— exclamó don Ramón. 

— Decidme, decidme algo— repuso Joselito. 

— Después: vamos ahora á buscar á Vicente; en el camino 
podré contarte algo— dijo don Ramón. 

Y tomando su capa, tan noble como los Osunas, pues sino 
Tellez de Girón, era la tal un girón puro, ambos se disponían 
á salir, cuando Goya y algunos otros amigos invadieron la no 
muy extensa habitación del sainetero. 

— Me doy la enhorabuena— dijo éste— al ver en mi casa 
tanto bueno: sentaos, señores, y decidme qué buen viento os 
trae. Aquí, don Francisco— añadió señalando al mismo tiem- 
po á Goya una silla junto á la que él ocupaba. 

—¿Qué tenemos de Godoy?— dijo Goya sentándose al lado 
de don Ramón. 

—Parece ser que el rey ha tenido á bien desterrar al favo- 
rito de su regia nuera— contestó éste. 

Antes de continuar ocupándonos de la conversación tenida 
por nuestros personajes, debemos hacer una aclaración his- 
tórica. El Godoy que Carlos III se vio obligado á desterrar 
para evitar el escándalo de sus relaciones con María Luisa de 
Parma, esposa del entonces príncipe de Asturias y después 



426 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

.rey de España con el nombre de Garlos IV, faé don Luis Go- 
doy, hermano del famoso príncipe de la Paz, que desde sim- 
ple guardia de Corps llegó á serlo todo en España, merced 
á las liviandades de María Luisa y á la falta de dignidad del 
apático rey don Garlos IV. 

Por lo visto, María Luisa de Parma sentía un amor de 
familia, pues Luis primero y Manuel después, fueron ambos 
amantes de la adúltera reina, tormento de su suegro Gar- 
los III y oprobio de su marido. 

Sabido es que la reina María Luisa fué siempre, como prin- 
cesa y como reina, hostil á Floridablanca, al cual eran muy 
adictos cuantos en casa de don Ramón de la Gruz se hallaban 
reunidos, razón por la cual se hablaba de ella con una liber- 
tad espantosa. 

— ¡Decidnos, decidnos lo que sepáis! — dijo Goya. 

— Garlos III caza, el príncipe de Asturias imita á su padre, 
y por no ser menos, María Luisa anda también de caza, ó por 
mejor decir, á caza, aunque con desgracia por ahora, puesto 
que el rey le ha espantado la res, haciéndola perder el rastro 
— contestó don Ramón. 

— Ella encontrará la pista—dijo uno de los caballeros que 
con Goya habían entrado.— María Luisa es buena cazadora, y si 
una pieza se le ha huido espantada por el rey, pronto sabrá 
hallar otras. 

—Dejemos en paz á la primera— dijo otro de los caballeros, 
visitas de don Ramón — y decidnos, qué dicen de Francia. 

— En Francia — contestó don Ramón — dicen el mon Dieu, 
según habréis oído en el cantar, y hacen bien en decir mon 
Dieu y en llamar á Dios, porque aquello está muy malo. 

—¿Qué hay, pues?— preguntó uno. 

—No hay, habrá— contestó don Ramón— y lo que habrá en 
Francia, ni yo os lo puedo decir, ni nadie lo puede prever; 
pero de todos modos, yo creo que lo que haya habrá de ser 
algo grande. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 429 

—Decís bien, don Ramón— dijo Goya— pero pase lo que 
pase en Francia, yo creo que los asuntos de nuestros vecinos 
nos interesan de todos modos algo menos que los nuestros 
propios. Los asuntos de la corte no andan muy bien, y la sa- 
lud del rey anda aun peor que los asuntos déla corte. Se dice 
que el rey— añadió— anda enfermo y decaído, y si muriera, 
su heredero, dominado como está por doña María Luisa, podia 
traernos grandes acontecimientos, y la muerte del rey ser 
causa de grandes males. 

—No lo creas— dijo uno— el rey ha recomendado á su hijo 
que siga teniendo por ministro á Floridablanca, y mientras 
Moñino continúe gozando la privanza, no andaremos mal del 
todo. 

—Malo es que muera el rey— dijo don Ramón.— La prince- 
sa de Asturias odia á Floridablanca, y buena prueba es de ello 
que el marqués Adelfl está ya libre, habiéndosele visto en Ma- 
drid. 

—¡En Madrid el marqués Adelfi !— exclamó Joselito mez- 
€lándose por primera vez en la conversación. 

—Sí, en Madrid— le contestó don Ramón. 

— Lo siento por Dolores— volvió á decir el torero — y lo sien- 
to con tanta más razón, porque si el marqués continúa en sus 
propósitos y vuelve á las andadas, va á haber algo serio. ¡ Mala 
peste de extranjeros, y que no se los llevaran á todos los de- 
monios! 

— Amen— dijo don Ramón— aunque por ahora no corren 
esos vientos. Carlos III se va, el príncipe don Carlos, ó por me- 
jor decir, su esposa doña María Luisa, viene, y con ella, viene 
también el de Adelfi, su paisano y su gran amigo. 

-i Dios los cria y ellos se juntan ! Pues tan bueno es el uno 
como la otra— dijo Joselito añadiendo á continuación— pues 
yo, por lo que pueda tronar, voy á buscar á Vicente y á decir- 
le que el marqués ha llegado, para que esté á la mira y vea lo 
que se hace. 



430 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

—Espera— dijo don Ramón deteniendo al torero— yo tam- 
bién tengo que ir hacia casa de don Luis; no faltará alguno 
de estos señores que quiera acompañarnos. 

—Yo soy de la comitiva— dijo Goya. 

-Y yo. 

— Y yo— añadieron casi á un tiempo dos de los caballeros. 

— Entonces vamos todos— dijo don Ramón — y dispensad- 
me, señores, si abrevio la honra que me hacéis al abreviar 
vuestra visita. La llegada á Madrid del marqués Adelfi que, 
como todos sabéis, es un gran libertino, puede interesar 
grandemente á Vicente, cuya novia, la Dolores, es objeto de 
las constantes asechanzas del marqués, y yo debo prevenir á 
aquél. 

— Prevenidle, que haréis bien— dijo Goya— y vamonos todos 
hacia allá, con lo cual tendremos noticias de la herida de don 
Luis. 

— Yo puedo ir solo— dijo Joselito— y yo os daré noticias. 

—No, vamos todos. Estos señores, á no dudar, habrán de 
ir á las gradas de San Felipe, y pues de camino nos coge, tú 
nos acompañarás á todos y todos te acompañaremos. 

Don Ramón de la Cruz y sus visitantes echaron á andar 
dirigiéndose hacia las gradas de San Felipe y de paso á casa 
de don Luis, sin que por el camino la conversación fuese me- 
nos política ni menos libre que lo habla sido en casa del afa- 
mado sainetero, el cual, en la calle, decia así á sus amigos, 
continuando la interrumpida conversación: 

—Buenas cosas va á haber en España en cuanto el rey don 
Carlos muera. 

— Vos debíais ser ministro— dijo uno de los caballerosa 
don Ramón — nadie mejor que vos — añadió— conoce á nuestro 
pueblo, y nadie mejor por tanto para guiarle y dirigirle. 

—Bien se está San Pedro en Roma— contestó don Ramón 
— yo, si algo valgo es como sainetero, y para ser ministro es 
preciso saber hacer comedias, y aun diré que tragedias algu- 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 431 

ñas veces. Mi misión es hacer reir dejando que Floridablan- 
ca, el rey, los príncipes, los ministros y los cortesanos hagan 
llorar á los españoles, y á lágrima viva por cierto. 

—Bien podríais decir que á lágrima muerta— dijo Goya — 
porque esto huele á muerto, y muerta está ya nuestra pobre 
nación. 

Al decir estas palabras Goya, el grupo de nuestros conoci- 
dos se encontraba frente por frente á casa de don Luis, y Jo- 
selito dirigiéndose á don Ramón decia: 

—Yo, don Ramón, puedo subir, y si estos señores no quie- 
ren molestarse, yo traeré noticias suyas. 

—Pues anda— dijo don Ramón — y vuelve presto, trayéndo- 
te, si don Luis está mejor, á Vicente, porque yo tengo que ha- 
blarle. No subiremos todos — añadió— porque algunos de estos 
señores no tratan á don Luis, y la visita por tanto podría ser 
inoportuna. Vé tú, vé y vuelve pronto, que aquí te esperamos 
todos. 

Joselito desapareció entrando en casa de don Luis, y don 
Ramón de la Cruz, Goya y sus amigos continuaron en la calle 
esperando á Joselito y hablando de política, porque la política 
es, ha sido y será la eterna comidilla de los españoles. 

Dejémosles conversar tranquilamente, y esperemos el mo- 
mento en que nuestro torero, después de haber hablado á Vi- 
cente y saludado á don Luis, vuelve á aparecer en escena se- 
guido del amante de Dolores. 

Pero esto requiere un capítulo aparte. 



CAPÍTULO LXIV. 



Continuación del anterior. 



Una maja, una de esas majas, admirables tipos, que viven 
aun, y viran eternamente en los tapices de Goya, pasó en el 
momento que tomamos nuestra relación, por delante del 
grupo formado por los que esperaban á Joselito, llamando la 
atención de todos y arrancando á don Ramón uno de esos pi- 
carescos chicoleos propios y característicos de nuestro buen 
pueblo bajo. 

— Todavía— dijo Goya á don Ramón— sois pecador, y peca- 
dor impenitente. 

—¿Qué queréis?— contestó éste— soy flaco, bien lo veis, y 
no es extraño que tenga alguna flaqueza; la carne me seduce 
por hambriento y mal alimentado, y á fuerza de vivirlo mal 
en la tierra, nada tiene de particular que quiera un cacho de 
cielo, y me parece que la maja que acaba de pasar es un so- 
berbio cacho. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 433 

— Por lo visto, VOS nunca saldréis de entre esa gente á la 
cual dedicasteis vuestras obras, vuestro talento y vuestro 
genio. 

—Y hasta mi alma— repuso don Ramón.— Una maja idola- 
tro porque las majas, como dice nuestro cantar, que ya co- 
noceréis, corresponden con todas sus circunstancias, y en las 
usías son las correspondencias falsas y tibias. 

—Esa, esa es la verdad, don Ramón— dijo Joselito, presen- 
tándose en escena seguido de nuestro amigo Vicente — creo 
que decís verdad, y ¡vivan los manólos y manólas y las gen- 
tes de circunstancias, y no las que son filis y para nada 
valen ! 

Sin contestar al torero, don Ramón tendió la mano á Vi- 
cente, el cual se había quitado el sombrero al llegar al grupo, 
diciendo cortés y afablemente: 

—Dios guarde á ustedes, señores. 

— Bien venido seáis— dijo Goya — y bien venido seáis doble- 
mente si traéis buenas noticias. ¿Cómo está don Luis? 

— Mejor de día en día, pues aunque su herida fué grave, 
Dios y la Virgen de la Soledad nos le han sacado en bien para 
consuelo de sus amigos y para mal de algún picaro— contes- 
tó el amante de Dolores, cuyo rostro, ceñudo y nada tran- 
quilizador, anunciaba á las claras que Joselito le había ente- 
rado ya del regreso á Madrid del malvado marqués de Adelfi, 
su rival, desdeñado, es cierto, pero no menos temible ni me- 
nos odiado por Vicente. 

—¿Con que don Luis está mejor?— preguntó de nuevo 
Goya. 

— Mejor, sí señor, mejor, óhablandomáspropiamente, bien 
ya— volvió á contestar Vicente. 

—Continuemos, pues, nuestra marcha hacia las gradas de 
San Felipe— dijo don Ramón. 

Éste, Goya, Joselito, Vicente y los caballeros amigos de 
Goya y don Ramón emprendieron la marcha hacia el famosa 

TOMO II. • 55 



434 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

mentidero de San Felipe, centro de los desocupados, ociosos 
y maldicientes de Madrid, desde algunos siglos hace. 

El famoso mentidero, ó sean las gradas de San Felipe^ 
donde estaban las antiguas covachuelas, era en efecto el pun- 
to de reunión donde desde la época de Felipe III y aun anteSy 
se comentaban cuantos sucesos ocurrían en la noble villa y 
corte de Madrid, pues en aquellos tiempos en los cuales la 
prensa no existia, las malas lengues, la gente aviesa que no 
podia escribir, propalaba sus epigramas, sus sátiras y noti- 
cias en el famoso mentidero donde siempre habla un gran 
auditorio. 

El periodismo de hoy, las tertulias y los casinos han hecho 
inútiles ya las gradas de San Felipe, las cuales han dejado de 
ser, siendo sustituidas como centro de murmuración por los 
cafés, periódicos y casinos y habiéndose levantado en sus 
solares la casa de Cordero y el ministerio de la Gobernación. 

Al lugar que hoy es Puerta del Sol, se dirigían, pues, nues- 
tros amigos, cuando Joselito que marchaba el primero de la 
reunión conversando con Vicente, que un poco más atrás 
pero á muy corta distancia le seguía, vio el beso que el impu- 
ro marqués de Adelfi depositó en los purísimos labios de Do- 
lores. 

Rápido como el relámpago, veloz como el pensamiento 
nuestro torero, como ya hemos dicho, repelió viva y ruda- 
mente al marqués, el cual rodó por los suelos sin poderse 
valer, mientras Joselito le increpaba por su acción, y las dos 
mojas sonreían con gratitud la una y con amor la otra á 
nuestro animoso torero. 

El marqués Adelfi, arrollado por la brusca acometida de su 
contrario, revolviéndose vivamente lleno de ira y desnudando 
la espada sediento de venganza, se dirigió contra Joselito, el 
cual le esperaba tranquilo y sin inmutarse. 

—Venid, venid— le decía con una sangre fria irritante. 

Y arrollándose la capa al brazo y desenvainando un pe- 



LOS CABALLEUOS DEL AMOR. 435 

queño puñal se disponía á defenderse del marqués, cuando 
Vicente que interpelado por don Ramón de la Cruz se había 
vuelto para contestarle quedándose por tanto un poco detrás 
de Joselito, pero que sin embargo habia visto la acción del 
marqués, llegó en socorro de nuestro torero, acometiendo al 
de Adelfl por la espalda y enviándole á rodar por segunda 
vez y á considerable distancia, merced á un soberbio empe- 
llón. 

—No, tú, no, Joselito—díjo— yo soy quien debe castigar la 
audacia de ese miserable, que si hasta ahora ha escapado á 
mi indignación , juro á Dios que hoy no le sucederá lo 
mismo. 

Por segunda vez el marqués volvió á incorporarse, pero 
cambiando de objeto, dirigióse espada en mano contra Vicen- 
te, que inerme pero animosamente le esperaba. 

Un ¡ay! escapado de los labios de Dolores, un ¡asesinol di- 
cho con más ira que indignación por Concha y un tremendo 
terno de Joselito, sonaron al mismo tiempo y mientras el 
valiente torero deseando evitar un asesinato y salvará Vicen- 
te, se interponía entre éste y el marqués. 

Lo que acabamos de referir, tuvo lugar en un segundo, á 
pesar de lo cual don Ramón de la Cruz, Goya y sus amigos que 
habían visto correr á Joselito primero y á Vicente después, 
llegaron al sitio de la acción antes que la escena terminara. 

Oportuna fué su llegada y útil su presencia, pues Goya, 
que conocía al marqués, le dijo severamente: 

—Reportaos, señor marqués, reportaos, porque no es no- 
ble ni digna vuestra acción; vuestro contrario está sin armas, 
y vuestra espada que brilla desnuda en vuestra mano, mas 
que una amenaza para él, es un oprobio para vos. 

— He sido insultado— contestó el marqués— he sido villa- 
namente acometido por la espalda y cobro mi deuda y vengo 
mi ofensa como puedo. Si el señor en vez de espada solo sabe 
manejar el pincel y los colores, peor para él. 



436 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

— Ved lo que decís, marqués— dijo Goya en cuyos ojos bri- 
lló un relámpago de ira— ved lo que decís, ó por mejor decir 
ved con quien habláis, porque yo soy quien os habla, y yo, 
señor marqués, manejo los pinceles sin que esto me impida 
tener la espada en la mano y no como vos, como vos ahora 
enfrente de un hombre sin ella, sino enfrente de su contra- 
rio, cara á cara y hierro contra hierro. 

Joselito, en el momento que vio á su amigo Vicente defen- 
dido por la presencia de Goya y sus amigos, cogiendo del bra- 
zo á las dos majas y echando á andar, les dijo: 

—Venid, venid conmigo las dos, y no os dé cuidado por 
lo que pase. 

— ¿Pero y Vicente?— dijo Dolores entre un triste suspiro. 

— Vicente, ahora no; pero ;cuando Dios quiera, que debe 
querer pronto, matará al marqués. No temáis, pues, que un 
buen mozo español no puede morir á manos de un petime- 
tre extranjero, sobretodo, cuando vale tan poco como el mar- 
qués Adelfi vale. Venid, pues — volvió á repetir Joselito. 

— ¡No, no, por Dios! — replicó Dolores. 

Y dos lágrimas, dos purísimas lágrimas surcaron sus blan- 
cas y rosadas mejillas. 

—No seas tonta— dijo Concha tratando de convencer á su 
amiga— vente y no tengas cuidado, pues no le arriendo la ga- 
nancia al extranjero, como se descuide con Vicente. Don 
Francisco Goya es todo un hombre, y tú sabes bien, que tu 
novio es para él como su hijo. Ven— añadió. 

Y más bien arrastrando que guiando á Dolores, desapare- 
ció con ésta, doblándola inmediata esquina mientras Joselito 
que escoltaba á las dos majas, siguiendo á dos pasos de ellas^ 
decia para sus adentros: 

—No, lo que es el italiano no vuelve á amenazarme á mí, 
porque en cuanto yo deje á éstas, le busco para darle una es- 
tocada que ni las de Pepe-Hillo ó Costillares. 

En tanto, y rnientras el diálogo anterior habia tenido lugar 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 437 

entre las dos majas y nuestro torero, en la calle, entre Goya, 
Vicente y el marqués Adelfi tenia lugar una escena intere- 
santísima presenciada por don Ramón de la Cruz y sus ami- 
gos, los cuales, si bien interesados por Vicente, no se encon- 
traban parte en la contienda. 

— ¡ Sois un miserable, marqués; sois un miserable ! ¡ Y vive 
Dios, que ya es tiempo que ponga coto á vuestras demasías! — 
decía el novio de Dolores; el cual, centelleante la mirada, pá- 
lido el semblante y demudado el rostro por la ira, que no por 
el temor, aparecía soberbio, magnífico y hermoso como un 
arcángel. — Habéis— añadió— perseguido á la que yo amo con 
asechanzas solo de un rufián, la habéis ofendido, habéis lle- 
gado á manchar su rostro con vuestro impuro aliento, y esto^ 
¡ira de Dios! os va á costar la vida, no por celos, no porque 
yo tema que Dolores llegue á amaros, sino porque sois un 
gusano miserable que con vuestra impura baba mancháis 
cuanto tocáis, y yo voy á aplastaros con el pié para que no 
volváis á manchar la purísima corola de ninguna hija de Es- 
paña. Un inmundo gusano, es siempre un peligro para las 
bellas flores, y vos, como todos los extranjeros, de la corte 
sois los impuros gusanos que habitáis el jardín de España, 
pretendiendo manchar con vuestras impurezas las rosas de 
nuestras hermosas españolas. ¡Ladrones de honras, destruís 
las ajenas por envidia, porque no teniendo honra propia, 
no podéis apreciar la ajena! 

—Habláis más que hacéis, ¡y por la madona ! que si esgri- 
mierais la espada como esgrimís la lengua, seríais un adver- 
sario harto temible. Afortunadamente veo que movéis con 
más facilidad la lengua que las manos— dijo el marqués diri- 
giéndose á Vicente; el cual dio un paso hacia el de Adelfi, con 
intención sin duda de probarle que sabia manejar las manos 
tan bien como la lengua. 

Por un movimiento rapidísimo, Goya se interpuso entre 
los dos contendientes, exclamando: 



438 LOS CABALLEROS DRL AMOR. 

— Esto se arregla de otro modo, marqués; supongo que 
tendréis dos amigos que esta tarde quieran acompañaros has- 
ta la Gasa de Campo; daos un paseo por allí, y en el mismo 
lugar nos encontraréis, pudiendo convenceros, por vos mis- 
mo, de que mi amigo el pintor, como todos los pintores, ó por 
mejor decir, como todos los españoles, dejamos volar las ma- 
nos con más facilidad que las palabras. 

— Entiendo— dijo Adelfi—y os prometo que me encontra- 
reis esta tarde en la Casa de Campo, esperando únicamente 
me digáis á qué hora tendré el gusto de veros. 

— A las cinco — contestó Goya— esperadnos junto á la fuen- 
te de la entrada, y desde allí iremos reunidos á un lugar que 
yo conozco, y que me parece muy á propósito para el objeto 
que deseamos. 

— ¡Está bien, y hasta las cinco!— dijo el de Adelfi. 

Y saludando á Goya y á los demás que con élestaban, tomó 
la calle arriba, doblando luego una esquina inmediata. 



CAPÍTULO LXV. 



Be como un pillo ssile al ñn definitivamente de escena, j de como la 
providencia se puso de parte de Luisa y del vizconde. 



El duelo concertado en el capítulo anterior, entre el mar- 
qués Adelfl y el novio de Dolores, tuvo lugar aquella misma 
tarde. 

Vicente habia atravesado de una estocada al marqués, que 
quedó tendido en el campo, siendo conducido ya cadáver á 
Madrid, por dos amigos suyos. 

Contra lo que generalmente sucede, la razón y la honradez 
habían vencido á la sin razón y el libertinaje, y el valor sere- 
no puesto á raya á la habilidad y maestría. 

Vicente habia matado á su contrario, en lo cual no se per- 
dió nada. Una estocada más y un pillo menos; dicho lo cual á 
guisa de oración fúnebre del marqués, cuyas livianas aven- 
turas terminaron de este modo, sigamos el relato de nuestros 
principales personajes. 

Tiempo hace ya que no nos hemos ocupado de Luisa y del 



440 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

vizconde de Lazan, los cuales fueron conducidos, como nues- 
tros lectores recordarán, á la taberna, ó por mejor decir, á la 
cueva de ladrones y secuestradores que con el título de taber- 
na, poseia el tio Langosta junto á la famosa puerta segovia- 
na, entrada del primitivo Madrid ó sea del Madrid viejo. 

Luisa y el vizconde se hablan perdido para sus familias y 
amigos, y aun cuando una y otros por su parte, y los agentes 
de Floridablanca por la suya hablan hecho todo género de 
pesquisas para encontrar á nuestros dos amantes, las pesqui- 
sas hablan sido inútiles, y vanos y sin ningún resultado los 
pasos dados para descubrir tanto el paradero de éstos, como 
el de la hermosa María, hija del conde de Lazan. 

Todo habiasido en vano. Dádivas, exploraciones y diligen- 
cias se habían hecho inútilmente, y ni las dos bellas ni el ga- 
lán parecían. 

Antonio, aquel pobre niño abandonado, que criado con ella 
sirvió á un tiempo de hermano y padre á la rendida amante 
del vizconde de Lazan, estaba desesperado por la desapari- 
ción de Luisa, cuyo paradero se había jurado así mismo des- 
cubrir. 

Una tarde, precisamente dos días después de la muerte del 
de Adelfi, Antonio que, al azar y sin rumbo ni dirección fija, 
vagaba preocupado por las calles, buscando en su intranqui- 
la imaginación un indicio que le guiara en la empresa de en- 
contrar á la que tan fraternalmente quería, oyó dos palabras 
sueltas, que fijando su atención le obligaron á pararse y á es- 
cuchar, poniéndole desde luego sobre la pista que buscaba. 

— Ni ella ni el vizconde se nos escaparán— decía el tio Lan- 
gosta dirigiéndose á un personaje al cual Antonio no conocía 
y que era don Tadeo. 

Las palabras del tio, sacaron á Antonio de su preocupa- 
ción y despertaron su curiosidad, sobre todo cuando mirando 
á quien tal habia dicho, nuestro joven reconoció en el autor 
de estas palabras, al famoso tabernero, cuya conducta y fama 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 441 

HO eran de las mejores y en cuya taberna sabia Antonio muy 
bien que en otra época habian sido secuestrados Vicente y 
Joselito. 

Nuestro joven, procurando no llamar la atención del viejo 
y receloso tio Langosta ni de su interlocutor, trató sin em- 
bargo de escuchar lo que hablaban, pudiendo oir algunas 
otras palabras sueltas, las cuales confirmaron sus sospechas 
y presentimientos. 

—Mira que el conde de Lazan es muy amigo de Florida- 
blanca y puede mucho— decia el interlocutor del tio Langosta 
dirigiéndose á éste— y que si el vizconde llega á escapársenos, 
vamos á tener que sentir. 

—No se nos escaparán— contestó el tabernero — ni tampoco 
la Filis que tengo en casa y que no hace mas que llorar todo 
el dia. 

Antonio, que habia oido las anteriores palabras, no dudó 
ya de lo que se trataba y seguro de que Luisa y el vizconde se 
encontraban en poder de aquel par de miserables, resolvió li- 
brarlos de sus manos. 

¿Cómo conseguir esto? Antonio necesitaba saber dónde 
y cómo se encontraban los dos amantes, y continuó escu- 
chando. 

—Me parece á mí— decia el tabernero— que la chica os ha 
vuelto el juicio, y como yo sé como las gastáis, me temo que 
no salga libre de vuestras manos. 

—No saldrá, Dios mediante— contestó don Tadeo.— Esa jo- 
ven es una yema en confitura, y yo como soy ya viejo, soy 
goloso, y me gusta mucho el dulce. 

—No la habéis probado aun y ya os relaméis de gusto solo 
al pensar en ello— dijo el tio Langosta. 

—La boca se me hace agua— respondió don Tadeo mien- 
tras Antonio sin poderse contener, y de un salto se colocó en- 
tre nuestros dos personajes. 

Sorprendidos éstos callaron al notar la brusca presencia 

TOMO 11. . *^" 



442 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

de Antonio, y éste que si bien no pudo evitar su movimiento 
instintivo, comprendió en seguida que no era aquella la oca- 
sión de castigar como hubiera deseado la liviandad y las in- 
fames palabras de don Tadeo, reprimió su ira y pasó de largo 
sin castigar la audacia del viejo y sin decir nada ni á éste ni 
al tabernero, deteniéndose sin embargo á observarlos á am- 
bos desde una distancia conveniente. 

— ¿Qué mosca le habrá picado á ese?— dijo don Tadeo al 
ver la brusca acción de Antonio. — ¿Habrá oido algo? 

—Creo que no— contestó el tabernero, que fija su mirada 
en el joven, decia entre dientes— creí que era; pero no, no es. 

—¿Quién?— le preguntó don Tadeo. 

— Nadie; no es quien yo pensaba— contestó el tio Langosta 
echando una última mirada á Antonio, y luego volviéndose á 
don Tadeo añadió: — sigamos en nuestros negocios. 

Los dos tunantes continuaron bastante tiempo aun en ami- 
gable y animada conversación, siendo observados por Anto- 
nio, el cual, gracias á la Providencia, se vio sorprendido por 
un auxiliar inesperado. 

Nuestro buen amigo el torero Joselito, que alegre como 
unas pascuas se dirigía á casa de Concha, tropezó por casua- 
lidad con nuestro joven, al cual se dirigió diciendo: 

— ¡Hola, don Antonio! Parece que estamos á la espera. 

—¡Bien venido, Joselito; porque vas á serme útil!— le con- 
testó nuestro joven. 

Y en dos palabras puso al torero al corriente de lo que su- 
cedía, acabando por señalarle el grupo que don Tadeo y el tio 
Langosta formaban. 

Joselito, que como nuestros lectores recordarán, tenia con 
éste una cuenta pendiente, la de su detención en la taberna, 
hubiera de buena gana saldado su débito administrando al 
viejo tabernero una vuelta de cachetes; pero Antonio le detuvo 
temeroso de perder la ocasión que de salvar á Luisa se le pre- 
sentaba. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 443 

Contenido por Antonio, aunque á duras penas, nuestro to- 
rero, ambos permanecieron en acecho, hasta que por fin, el 
tio Langosta y don Tadeo echaron á andar, y tras ellos, á lar- 
ga distancia y recatándose convenientemente, sus acechantes 
Antonio y Joselito. 

Unos iban en pos de otros. 

Delante los dos criminales viejos, y detrás, y á la larga, 
nuestros jóvenes amigos, continuaron hasta la Puente Sego- 
viana, donde don Tadeo y el tio Langosta se separaron, no sin 
que el primero dijera antes al segundo: 

— Quedamos en que esta noche saldrás del cuidado de la 
chica. Ahí van esas nueve onzas, y esta noche te entregaré lo 
restante. 

Y al decir esto, puso en manos del tabernero nueve de esas 
entonces nuevas y relucientes medallas de Garios III, que hoy 
vemos con dificultad, y que apellidamos peluconas. 

Guardóse las onzas el tio Langosta, no sin que Antonio y 
Joselito vieran la operación y pudieran escuchar las siguien- 
tes palabras que dijo el tabernero: 

—Os espero esta noche, y en dándome lo convenido por 
haberla guardado y mantenido tantos días, podréis llevaros la 
moza. Ahí tenemos la silla de manos en que vino, y pagando, 
por supuesto, no han de faltaros ni cuatro robustos gallegos 
que la lleven, ni otros cuatro buenos mozos que la escolten; 
no haga el diablo que vaya á escaparos en el camino. 

—No se me escapará— contestó don Tadeo. 

Y lomando la calle de Segovia arriba se dirigió hacia Ma- 
drid, mientras el tio Langosta, tranquilo, ó por mejor decir, 
alegre y satisfecho, se metía en su taberna. 

Antonio y Joselito discutían en tanto sobre lo que habían 
de hacer, lo cual no dejaba de ofrecer dificultades. 

Entrar en la taberna como Antonio quería, era sin duda 
una temeridad, pues, sobre que la morada del tio Langosta 
era el centro habitual de toda la gente brava y mal andante 



444 LOS CABALLEROS DEL AMOP. 

de Madrid, su dueño no era hombre que se asustase fácil- 
mente, y Antonio y Joselito además no tenian arma alguna. 

— Nos van á aporrear— decia el torero— sin que consiga- 
mos nada, porque el tio Langosta tiene siempre á su alrede- 
dor quien salga por él y le guarde las espaldas. 

— Tienes razón— contestó Antonio— yo estoy loco y no sé 
ni lo que digo ni lo que hago. Piensa tú lo que hemos de ha- 
cer, y Dios quiera que encuentres un medio de rescatar á 
Luisa. 

Antonio y el torero callaron, y éste, después de rascarse 
dos ó tres veces la cabeza y de pensar un rato, dijo al fin con 
tono alegre: 

— ¡Pues, eso es! 

— ¿Y qué es eso?— le preguntó Antonio. 

— Eso es lo que hemos de hacer, y lo primero que hemos 
de hacer es quitarnos de aquí en medio. Demos la vuelta á la 
esquina, no vayamos á ser vistos por los déla taberna y á ex- 
citar sus sospechas. 

Y diciendo y haciendo, Joselito echó á andar, sin ver si 
Antonio le seguia. 

No bien nuestros amigos estuvieron en sitio á propósito, 
Joselito se detuvo, y sin esperar á ser interpelado, siguió di- 
ciendo de esta suerte: 

—Si hubiéramos entrado en la taberna, sobre que nos 
hubieran molido los huesos, nada hubiésemos conseguido, 
y es preciso que ese par de bribones no se rian de nosotros. 
Yo conozco aquí cerca una buena mujer que- tiene cinco 
hijos, y esos cinco y esa buena mujer, nos van á servir admi- 
rablemente para lo que yo quiero, que es vigilar la taberna 
sin que puedan infundir sospechas. Yo, pues, voy á levantar 
mi ejército de acechadores, los cuales, si Luisa sale, si como 
parece ser tratan de llevársela en una silla de manos, segui- 
rán á los que la lleven y sabremos donde para. Si no sale, me- 
jor, porque entonces no hay que andar tanto. Idos, pues — 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 445 

añadió— id y traeos unos cuantos walonas y yo respondo de 
que rescataremos á Luisa. 

—¿Pero, y si ese viejo— dijo Antonio— vuelve antes que le 
esperamos y quizás?... 

—Sé lo que vais á decir y no hay cuidado; ese viejo no en- 
trará en la taberna, á no ser que antes me haya matado á mí, 
y no es el hijo de su madre el que pueda mandarme al otro 
barrio. Corred pues, que por aquí estamos seguros y yo me 
encargo de todo. 

—Me salvas más que la vida— exclamó con efusión Anto- 
nio y estrechando la mano del torero.— ¿Con qué podré yo pa- 
garte? — añadió. 

— De eso ya hablaremos luego; ahora lo importante es que 
andéis ligero y no perdamos el tiempo. 

— No le perderemos— contestó Antonio.— Voy á ver á Flori- 
dablanca, voy á traerme cuantas autoridades y cuantos sóida 
dos sean necesarios para sorprender y castigar á estos he- 
diondos y empedernidos criminales, y para salvar á mi querida 
Luisa. 

—¡Así sea, y Dios lo haga!— exclamó el torero echando á 
andar hacia una de las casuchas inmediatas al puente de Se- 
govia, mientras Antonio, más que corriendo, volando se diri- 
gía hacia Madrid. 

Dejemos correr á nuestro joven, y sin seguir á Joselito 
veamos el resultado de las diligencias de éste. 

Cuatro ó cinco chiquillos desharrapados seguidos de una 
vieja desgreñada y tan exhausta de ropas como de carnes, 
aparecieron en la puerta de la casa en la cual entrara Joseli- 
to, sentándose la vieja sobre una piedra que al lado de la 
puerta habia y poniéndose á jugar los chicos en torno de la 
taberna del tio Langosta. 

Desde una de las ventanas de la casa, además, Joselito vién- 
dolo todo pero sin poder ser visto, acechaba, ojo avizor, la 
famosa taberna en la cual hubiera sido completamente impo- 



446 LOS CABAl LEROS DEL AMOR. 

sible que hubiera entrado ni salido nadie sin que los chiqui- 
llos, la vieja ó Joselito lo notaran. 

La taberna, pues, estaba vigilada, y vigilada perfectamente. 

¿Lograrían, sin embargo, nuestros amigos su intento? 

¿Llegarían á salvará Luisa? 

En montería no basta levantarla pieza; es preciso rematar- 
la, y nuestros amigos aun cuando estaban sobre la pista de 
un crimen, ni tenían á todos los criminales en la madri- 
guera, ni estaban seguros de que en ella se encontrara Luisa 
objeto de las investigaciones de los unos y prueba y cuerpo 
del delito de los otros. 

Don Tadeo, además, podia llegar de un momento á otro á la 
taberna, y á pesar de que Joselito habia prometido á Antonio 
que no llegarla á entrar, tales podían ser las circunstancias, 
tal el acompañamiento que don Tadeo trajera, que nuestro to- 
rero no pudiera evitar que el repugnante viejo realizara tal 
vez un nuevo crimen. 

Los dados, pues, estaban sobre la mesa. 

¿Ganarían la partida don Tadeo y el tío Langosta? ¿La 
ganarían, por el contrarío, Antonio y Joselito? 

Veamos el capítulo siguiente. 



CAPÍTULO LXVI. 



Be como Antonio lo^ró al ñn salvar á Luisa. 



La noche se venia encima á pasos agigantados. 

Madrid, cuyo alumbrado público de hoy no es de los mejo- 
res, merced al retraso con que el ayuntamiento paga á la em- 
presa del gas, apenas si en la época á que nos referimos tenia 
algún alumbrado, y esto gracias á Sabatini el de los carros y 
el de los faroles. 

Joselito, que llevaba ya algunas horas acechando desde la 
ventana la taberna del tio Langosta, dejó su observatorio lan- 
zándose en medio de la calle, y dando la orden de retirada á 
la desgraciada vieja y á los desharrapados chiquillos, que ha- 
bla colocado como exploradores, escuchas y centinelas, al re- 
dedor de la sospechosa taberna. 

Pasó todavía un largo rato, antes de que nuestro torero 
convertido todo él en ojos, viera bulto alguno que entrara ó 
saliera de la taberna, pero al fin sus ojos, acostumbrados ya 



448 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

á la oscuridad, distinguieron un grupo de cinco personas que, 
apareciendo en lo alto de la calle de Segovia, bajaban en di- 
rección al puente. 

Apartóse nuestro torero á un lado, y pegándose á la pared 
de una de las casas, dejó pasar á los del grupo, reconociendo 
en uno de ellos á don Tadeo, al cual habia visto por la tarde 
en compañía del tio Langosta. 

—¡Diablo!— dijo para sí nuestro torero— van á la taberna y 
yo no puedo evitar el que don Tadeo entre. Ellos son cinco y 
yo uno, y si entro en contestaciones con ellos me van á qui- 
tar de en medio sin que pueda conseguir nada. ¡Por vida de 
Dios, cuánto tarda Antonio! 

Mientras esto pensaba Joselito, don Tadeo y sus acompa- 
ñantes entraron en la taberna y nuestro torero resuelto á in- 
tentarlo todo, acudía de nuevo al auxilio de la vieja y los chi- 
quillos á los cuales llamó, acudiendo todos inmediatamente. 

— Mirad, hijos- les dijo— mirad esos hermosos cinco pesos 
que os regalo, ofreciéndoos otros cinco más, si me servís co- 
mo Dios manda. Yo voy á entrar en la taberna y puede ser 
muy bien que no vuelva á salir, pero salga ó no, voy á deci- 
ros lo que tenéis que hacer si queréis ganaros otros cinco 
duros. 

La vieja, con avara prontitud, cogió el dinero que Joselito 
tenia en la mano, y vieja y chiquillos, igualmente conmovi- 
dos por la metálica elocuencia del torero, exclamaron casi á 
un tiempo: 

— Y ¿qué hemos de hacer? ¿Cómo hemos de serviros? ¿Qué 
tenéis que mandarnos? 

— Quiero mandaros que observéis bien la taberna; quiero 
que si sale una silla de manos, la sigáis, averiguando en dón- 
de para, y quedándoos uno de vosotros de centinela por si 
volvieran á sacarla del primer punto donde la lleven! Esto 
quiero que hagáis, y como pudiera suceder muy bien que no 
03 vuelva á ver, quiero que si viene un caballero con algunos 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 449 

alguaciles ó soldados, le preguntáis si se llama don Antonio, 
y si os dice que sí, que le digáis á él cuanto hayáis visto y ob- 
servado. 

— Así se hará—contestó la vieja á Joselito. 

— Está bien, madre— repuso el torero— pero oiga usted aun. 
Cuando venga ese amigo mió con el alcalde y los walonas, dí- 
gale su merced, que yo he entrado en la taberna, y le encar- 
go que le diga esto, porque quién sabe lo que á mí puede su- 
cerme. Si estando yo dentro sale la silla de manos, que los 
chicos la sigan, y cuando ese amigo venga que le digan á don 
de la han llevado, y que le enseñen el camino. 

— ¿Tenéis algo más que mandarnos? 

— Nada más que esto, aunque si no volvéis á verme, os rue- 
go le digáis también á ese amigo que vendrá, dónde y cuándo 
me he perdido. 

Y diciendo esto, nuestro torero se dirigió hacia la puerta 
déla taberna, la cual estaba ya cerrada á piedra y lodo. 

Una, dos, tres, hasta cuatro veces llamó inútilmente nues- 
tro torero, sin que nadie acudiera á su llamamiento, ni 
diera contestación á sus repetidos golpes. 

— Pues, ó me abren ó echo la puerta abajo— decia apor- 
reando de nuevo la puerta con más fuerza— porque yo estoy 
decidido á entrar y entraré, peseá todos los demonios del in- 
fierno. 

— ¿Quién va?— dijo en este momento y desde adentro una 
voz dura, agria y desabrida que olia de cien leguas á voz de 
matón ó de bandido. 

—Abrid— contestó Joselito con imperativo acento. 

—A estas horas bien sabéis que está prohibido — volvió á 
replicar el de adentro— y que no se puede abrir; pasad, pues, 
de largo, y dejadnos dormir en paz. 

— Abrid os he dicho, ó echo la puerta abajo. 

— Echadla si podéis— replicó la voz de dentro — pero os ad- 
vierto que es muy fuerte, y que si continuáis no dejándonos 

TOMO II. 57 



430 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

dormir con vuestros golpes, me vais á obligar á meteros una 
bala en la cabeza. ¡Ea, idos, y buenas noches! 

Joselito, á pesar de estas palabras y de la amenaza que en- 
volvian, siguió aun un largo rato aporreando la puerta de la 
taberna, hasta que cansado al fin, exclamó con desaliento: 

— ¡Nada! no puedo entrar. Nada puedo hacer, y quién sabe 

mientras yo me canso inútilmente, lo que dentro pasará 

[Don Tadeo es capaz de todo, y Antonio no acaba de venir! 

Y diciendo estas palabras, nuestro torero soltó un solem- 
ne y redondo taco, y como una fiera enjaulada se puso á dar 
vueltas alrededor de la taberna, tal vez buscando un punto 
cualquiera, una tapia ó una ventana por donde penetrar en 
ella. 

En una de las vueltas y revueltas que Joselito daba, su 
oido percibió ó creyó percibir un grito que le llenó de espan- 
to, aumentando su desesperación y su agonía. 

Hemos dicho que Joselito oyó ó creyó oir un grito, y he- 
mos dicho mal, porque efectivamente, dentro de la taberna, 
inmenso, infinito, lleno de angustia y desesperación habia 
sonado uno de esos ayes del alma, uno de esos gritos que, 
última expresión de un alma que se rompe, no se borra ja- 
más de la memoria del que una vez llega á oirlos. 

¿Qué causa tenia aquel grito? ¿Qué pasaba dentro de la ta- 
berna? 

Nuestro torero se lo figuraba aunque no lo sabia, y nos- 
otros vamos á decírselo á nuestros lectores. 

En una sala subterránea de la taberna, en una especie de 
calabozo infecto, Luisa, pálida, agitada, trémula por la ira y 
el horror, rechazaba las ofertas, seducciones y amenazas del 
libertino y repugnante don Tadeo. 

— ¡iMuerta sí, pero vuestra jamás!— decia valientemente la 
joven, apoderándose al mismo tiempo de un afilado cuchillo 
que sobre una desvencijada mesa se veia, y que sin duda para 
partir el pan y los demás aliaientos habia dejado sobre ella el 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 451 

lio Langosta.— No os acerquéis; no me toquéis, porque os juro 
que si bien no os heriré ni verteré vuestra sangre, verteré la 
mia en cambio— anadia Luisa. 

Y sus ojos reflejaban el entusiasta ardor de los mártires. 
— Yo no quiero llegar al crimen; la idea de asesinaros me 

espanta, pero no la de defenderme, y si para defenderme de 
vos; si para ser digna del que amo me obligáis á matarme, 
caiga sobre vos mi muerte, y caigan sobre vos y gota á gota 
toda mi sangre, todas mis lágrimas, todas mis amarguras y 
dolores. 

— ¡Oidme, Luisa!— dijo don Tadeo suspirante. 

—¡No, no quiero oiros! Sois infame, y vuestra infamia me 
mancha aun con sus palabras. ¡Idos; no puedo más; estoy 
cansada de sufrir, y antes que prolongar este martirio, antes 
que sufrir un momento más vuestra odiosa y repugnante pre- 
sencia, os juro que me mataré! Retiraos, pues, y retiraos 
pronto, si no queréis que me mate— dijo nuestra joven. 

Y tal era su ademan, talla irrevocable resolución de morir 
que en su acento y en sus ojos revelaba, que don Tadeo re- 
trocedió medroso. 

— ¡No, no, por Dios, ya me iré!— dijo aterrorizado. 

Y dio dos ó tres pasos hacia la puerta, á la cual no llegó 
sin embargo. 

— Estoy lejos de vos, no tenéis por qué temer. Oidme, 
pues— añadió don Tadeo después que instintivamente se hubo 
acercado á la puerta de la habitación— yo os amo, Luisa, y os 
amo más, mucho más que el vizconde os amaba. Yo seré 
vuestro esclavo; yo os haré mi mujer; yo os daré cuantas ri- 
quezas deseéis, pero amadme por compasión. 

— Yo no puedo amar más que al vizconde— contestó Lui- 
sa. — Mi alma es suya, suyos mi voluntad y mi pensamiento, 
y tras de él se lanza esclavo mi enamorado corazón. 

Una idea siniestra, una de esas ideas traidoras y fementi- 
das que harian honor á Judas, atravesó en aquel instante por 



452 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

el pensamiento de don Tadeo, obligándole á sonreír gozoso, 
y á pronunciar entre dientes estas palabras: 

—Si se desmayara al decírselo...— esto balbuceó don Tadeo. 

Luego, levantando la voz y dirigiéndose á Luisa, añadió: 

— Amáis mucho al vizconde, y me dais lástima, ¡pobre 
niña! Me habéis hecho comprender lo inmenso de vuestra 
pasión, y yo, que estaba desesperado, que os amo tanto como 
vos amáis al vizconde, no quiero haceros sufrir más; no quie- 
ro aumentar vuestra desgracia, tan grande y aun mayor que 
la mia, y voy á devolveros vuestra libertad porque ya no pue- 
do tener celos. Amáis al vizconde, es cierto; pero el vizconde 
no os ama ya. 

—¿Que no me ama él?— exclamó Luisa. 

— Los muertos no aman — contestó don Tadeo. 

Y mientras la joven, que creyó la fatal noticia, sentia 
afluir á sus ojos el llanto, y agonizante y desfallecida caia so- 
bre una silla que estaba al lado de ella, don Tadeo, como el 
tigre que se lanza hambriento sobre la codiciada presa, impe- 
tuoso se arrojó sobre la joven, murmurando: 

— Os he desarmado y sois mia. 

Un ¡ay! un ¡ay! infinito sonó entonces, llegando á los oí- 
dos de nuestro torero, y al mismo tiempo á los de Antonio, 
que seguido de un alcalde y de un respetable número de wa- 
lonas, llegaban en aquel momento á la puerta de la taberna. 

— ¡Abrid en nombre del Rey!~dijo el alcalde llamando por 
tres veces y repitiendo otras tres las mismas sacramentales 
palabras sin recibir contestación alguna. 

Razón por la cual el representante de la ley y de la autori- 
dad mandó echar la puerta abajo. 

A la voz de abrid en nombre del Rey, el tio Langosta y los 
que dentro de la taberna estaban, atentos únicamente á su 
salvación y viendo el pleito mal parado, no se cuidaron de 
avisar á don Tadeo, y cuidadosos de sí mismos únicamente y 
buscando una salida, se dirigieron hacia un corralito que la 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 453 

taberna tenia, cuya tapia saltaron en un monaento, escapan- 
do después de la autoridad como alma que lleva el diablo. 

Joselito, que por una cesualidad, la de haberse retirado de 
la puerta mientras la autoridad llamaba á ella, vio la huida de 
los miserables bandidos que en la taberna estaban, y que re- 
conoció en uno de los que saltaban las tapias al tio Langosta, 
con el cual tenia una cuenta pendiente, como nuestros lecto- 
res recordarán, echó á correr en pos del viejo, sin cuidarse 
para nada de lo que pudiera suceder ó hubiese sucedido en 
la taberna. 

— Llegó la mia — decia corriendo á todo correr detrás del tio 
Langosta, el cu'51 notando que le seguían, aceleraba aun más 
su ya muy precipitada marcha. 

Dejemos al viejo bandido y á nuestro buen torero correr 
uno en pos del otro, y volvamos á la taberna. 

En el momento en que don Tadeo precipitándose sobre Lui- 
sa, exclamó, como ya hemos dicho, os he desarmado^ sois 
mía, la puerta de la taberna era abierta por la autoridad, y 
Antonio, el alcalde y los walonas entraban en aquel sombrío 
antro de la desmoralización y del crimen. 

Los quejidos y ayes de dolor de Luisa, sirvieron á sus sal- 
vadores de gula, y cuando don Tadeo, brillante la lúbrica mi- 
rada, secos por la emoción los lascivos labios, se disponía á 
deshonrar á Luisa, la cual tras una breve pero desesperada 
lucha yacia desmayada, Antonio, el alcalde y los walonas, en- 
traron en la habitación. 

Luisa, pues, estaba salvada y pura y sin mancha su honra. 



CAPITULO LXVII 



La doble vida,. 



Bien ajena estaba Paca de lo que respecto á ella habían es- 
tado tratando doña Catalina y el misterioso enemigo de don 
Luis. 

Para ella, como ya hemos dicho varias veces, no habia más 
existencia, no habia más goce, no existia otra aspiración que 
la de la curación de Luis. 

Por consagrarse exclusivamente á ella lo habia sacrificado 
todo; habia abandonado su casa, habia dejado á su madre; 
habia renunciado hasta á la amistad y al afecto de sus ami- 
gas. 

Toda su existencia estaba concentrada en aquel lecho don- 
de Luis habia pasado dias tan terribles. 

Felizmente el estado del joven habia mejorado de un modo 
notable. 

Precisamente en el dia que vamos hablando los médicos 
hablan declarado al caballero fuera de peligro. 



i 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 455 

Únicamente su curación completa era cuestión de tiempo. 

Una convalecencia más ó menos larga y un gran esmero 
era todo lo que exigia el estado del herido. 

La dicha inundaba el corazón de Paca; aquella noticia ha- 
bla devuelto, sino el color á sus mejillas, porque las continua- 
das vigilias y los padecimientos se lo hablan arrebatado, por 
lo menos una tranquilidad y una especie de bienestar desco- 
nocido hasta entonces para ella inundaba su pecho. 

Sentada, como de costumbre, á la cabecera del lecho de 
Luis, espiaba con afán el momento en que el caballero abriese 
los ojos. 

Los médicos hablan ordenado una medicina para realen- 
tar sus perdidas fuerzas, y esperaba impaciente ver el resul- 
tado que se le anunciara. 

Momentos antes habia salido Vicente con Joselito que ha- 
bla ido á buscarle al objeto de dirigirse á las Gradas de San 
Felipe, según dijimos en el capítulo anterior, y la joven había- 
se quedado más satisfecha, porque podia con más libertad dar 
libre curso á su pensamiento. 

Rato hacia que Paca estaba sola. 

Luis dormía con una tranquilidad que hacia mucho tiem- 
po que no disfrutaba, cuando de pronto un violento ruido que 
produjo sin duda la torpeza de algún criado en un aposento 
inmediato le despertó bruscamente y sus ojos se dirigieron 
llenos de asombro de un punto á otro de la estancia, fiján- 
dose definitivamente en Paca, con una expresión de felicidad 
extraordinaria. 

La joven, al sentir el ruido y al ver el efecto que en Luis 
habia producido, no pudo menos de decir: 

—¡Jesús, qué torpeza! 

Y fué á levantarse para reprender al criado que la come- 
tiera. 

Pero Luis hizo un movimiento y con acento un tanto dé- 
bil, la dijo: 



456 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

— Paca ¿dónde vais? 

Detúvose la maja y un vivo carmín coloreó sus mejillas. 

El acento del joven la habia hecho estremecer. 

—Voy— dijo— á ver quién ha hecho este ruido. 

—Dejadle— repuso Luis— yo le bendigo, puesto que al des- 
pertarme me ha permitido veros. 

— Callad, señor. 

— ¿Por qué? 

—No debéis fatigaros hablando. 

—Si no me fatigo 

— El médico me tiene encargado que no os deje hablar. 

— ¡Malhaya el médico que así trata de tiranizarme! 

— ¡Oh! no tal, por el contrario, señor, bien haya el médico 
que así os ha curado. 

— No, Paca; más que el médico estoy en que me curaron 
vuestros cuidados. 

Paca se ruborizó. 

—Vuelvo á suplicaros, señor— dijo con tembloroso acento 
— que no habléis. 

- ¿Sabéis lo[que me pedís? 

— Yo no hago más que trasmitiros la orden que se me ha 
dado. 

—Pues cumplido vuestro encargo, no tiene ya porque preo- 
cuparse vuestra conciencia. 

Y el herido trató de sonreírse. 

Paca permaneció inmóvil. 

Verdaderamente, en el estado en que se hallaba, era lo úni- 
co que podía hacer. 

— Luis prosiguió, viendo su inmovilidad: 

— Pero ¿qué es eso, Paca? ¿Acaso estáis ofendida conmigo? 

— ¡Oh! no!— exclamó vivamente la joven. 

— Entonces ¿por qué no venís? ¿por qué os alejáis de mí? 
¿me profesáis rencor porque desatiendo las prescripciones 
facultativas? 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 457 

—Eso, justamente— repuso la joven utilizando aquel pre- 
texto para justificar su turbación. 

— Pero considerad que precisamente el médico no ha teni- 
do en cuenta sin duda que la mejor medicina que para mí 
existe no es la que en la botica pueden hacer. 

— Pues ya veis como esa es la que os he curado. 

—Estáis en un error. 

—¿Cómo? 

—Lo que á mí me ha curado han sido vuestros cuidados, 
vuestras atenciones, y vuestro afecto. 

De nuevo tocóle á Paca ruborizarse, estremecerse, y de 
nuevo sintió vehementes deseos de alejarse de allí. 

Porque estaba viendo que sin quererlo ella misma, á pesar 
de todos sus esfuerzos y contra toda su voluntad iba á dejar 
entrever el secreto que guardaba en su corazón. 

Pero á pesar de esto, carecía del valor necesario para rom- 
per por todo y salir de allí. 

Parecía que en aquella habitación habían echado raíces 
sus pies. 

Hubiera deseado evitar que el instante de la expansión del 
agradecimiento la hubiese pillado sola, pero como hemos di- 
cho, Vicente se habia marchado y la joven no tenia otro reme- 
dio, que afrontar por completo aquella situación, ó evitarla 
alejándose de allí. 

Luis no pudo menos de apercibirse de la especie de inde- 
cisión que en la joven se advertía. 

Luis hacia días que venia observando á Paca. 

Es verdad que le estaba prohibido el hablar, pero en cam- 
bio, aun cuando aparentaba dormir en muchas ocasiones 
entreabría los ojos y no dejaba de sorprenderle la tristeza que 
advertía en la joven, las lágrimas que algunas veces surcaban 
sus mejillas, y sobre todo aquel cuidado que ponía en todo lo 
que á él se referia. 

El afecto ó la simpatía que el caballero habia experimenta- 

TOMO II. 58 



458 LOS CABALLEROS DEL AMOR, 

do respecto á Paca y de lo cual nos hemos ocupado varias ve- 
ces, fué tomando mayor cuerpo, resultando de aquí que deseó 
ardientemente el momento en que la prescripción facultativa 
dejara de tener tanta fuerza sobre él para poder demostrar á 
la joven el verdadero estado de su corazón. 

¿Cómo se explicaba, visto el afán y la cariñosa solicitud 
anterior, aquella especie de desvío con que la joven le trataba 
en aquellos momentos en que más que nunca debía estar sa- 
tisfecha por su restablecimiento? 

Luis, á pesar de que todavía su estado no le permitía sos- 
tener una conversación importante, resolvió averiguarlo. 

— Paca— dijo después de algunos momentos de silencio 
— ¿tendréis la bondad de volver á ocupar, aun cuando no sea 
más que por breves momentos, el sitio en qu3 tantas veces os 
he visto aquí á la cabecera de mi lecho? 

— Tengo que hacer algunas diligencias— repuso la joven — 
tan luego haya cumplido ese encargo, volveré. 

—Dejad para luego lo que tengáis que hacer, y venid aquí; 
tengo necesidad de hablar con vos. 

— ¿Pues no estáis hablando? 

— ¿Acaso me negaréis, estando mejor, lo que me concedis- 
teis cuando enfermo? 

La maja no pudo, ni encontró medio de continuar recha- 
zando la demanda del caballero. 

Trémula, vacilante, sin poder ocultar la agitación que ex- 
perimentaba, fué á sentarse en la silla en que durante tantas 
noches y tantos dias había estado rogando fervorosamente al 
cielo que tuviese piedad de su dolor, y la concediese la vida 
de aquel hombre. 

— Decidme, Paca— dijo Luis al cabo de algunos momentos 
— ¿queréis explicarme por qué bendición de la suerte os he 
encontrado junto á mi lecho al recobrar la vida? 

— Era deber mío, venir aquí, sabiendo que vos necesitabais 
cuidados y socorros. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 459 

— Pero ¿cómo lo supisteis? ¿Quién os dijo?.... 

Paca refirió en breves palabras lo que ya saben nuestros 
lectores. 

Luis, dijo entonces: 

— ¡Cuánto tengo que agradeceros! abandonar vuestra casa, 
los cuidados de vuestra madre, todo, por consagraros al 
trabajo de velar por un pobre herido cuya vida, creedlo, Paca, 
será corta para pagaros lo que habéis hecho por ella 

—Os suplico, señor— dijo Paca con voz conmovida— que 
tengáis la bondad de callar: vuestro estado no es todavía tan 
satisfactorio como fuera de desear y no conviene que hagáis 
abuso alguno de vuestras fuerzas. 

—Vuelvo á repetiros lo que os dije en otra ocasión: el me- 
jor alivio que existe para mí es el veros á mi lado y presumo 
que más que los apositos y vendajes que se han puesto en mi 
herida me han curado las lindas manos que los colocaban. 

Y don Luis trató de coger las de Paca intentando llevarlas 
á sus labios. 

Pero la maja se apresuró á retirarlas. 

— Si así continuáis— dijo— vos mismo me obligareis á que 
me aleje. 

— ¡Oh! no, eso fuera darme la muerte, después de haber- 
me dado la vida y no creo que tratéis de ser tan cruel. 

—¡Oh! no— repuso Paca como arrastrada á pesar suyo por 
aquel acento tan querido. 

Luis la contempló durante breves segundos. 

La mirada de Paca tropezó precisamente en aquel momen- 
to con la de Luis. 

Y sin duda no pudo resistir aquel choque, porque con el 
rostro encendido y agitado el seno apresuróse á bajar los 
ojos, temerosa quizás de que en ellos pudiera verse más de 
lo que ella quería. 

Sin embargo, Luis había ya visto. 

Su corazón palpitó con mayor rapidez. 



460 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

—Paca, amiga mia— dijo después de algunos momentos; 
es necesario que tengamos una explicación; hace mucho, mu- 
chísimo tiempo que están vagando por mis labios frases en las 
que va envuelta una pregunta que por un exceso de delicade- 
za no me he atrevido á formular; ¿creéis poder contestarme 
con la franqueza que yo necesito? 

—No comprendo 

— Si vuestro corazón no se muestra dispuesto á comprender, 
Ferá difícil; sin embargo, tan explícito ha de ser mi lenguaje, 
tan clara la pregunta, que estoy seguro no habéis de encon- 
trar dificultad para contestar, por poco que vuestro corazón se 
halle dispuesto á hacerlo. 

Paca comprendió que el momento del peligro habia lle- 
gado. 

Entre dos corazones predispuestos ya para unirse, establé- 
cese cierta especie de comunicación misteriosa de percepción 
que permite adivinar, si así podemos expresarnos, lo que 
cualquiera de las dos personas piensa ó va á decir. 

Paca adivinaba lo que Luis intentaba decirla, y como care- 
cía de fuerzas para resistir, y por otra parte tenia muy en 
cuenta la diferencia de posiciones que entre ambos mediaba, 
y era sobradamente altiva y honrada para descender á con- 
vertirse en querida de Luis, habia deseado evitar que llegase 
aquel momento. 

Luis continuó: 

—Paca, es preciso que me seáis franca: ¿amáis á alguien? 

Á semejante pregunta la turbación de Paca aumentó con 
mayor violencia, y con voz trémula dijo: 

— No sé por qué me preguntáis.... 

—Es verdad; no he debido preguntaros, he debido princi- 
piar yo por hablaros. 

—No hagáis tal, señor; ved que podréis empeorar vuestro 
estado y doliérame en el alnna que pudieran decir que por mi 
culpa... 



LOS CABALLEROS DKL AMOR. 461 

— Culpable fuerais si no me dejarais hablar; mas como 
precisamente debe ser muy breve, tanto mi pregunta como 
vuestra contestación, os suplico que me dejéis hablar, yo os 
prometo que después callaré cuanto queráis. 

—Pero.... 

— Dejadme que acabe de hablar; decid, Paca; ¿tenéis fe en 
mis palabras? 

— ¡Oh I mucha— contestó la joven casimaquinalmente. 

—Pues bien, os amo con toda mi alma. 

—¡Oh!... 

Y la maja se llevó entrambas manos al rostro cubriéndo- 
sele para evitar que pudiera verse en él todo el efecto que 
aquella declaración habia producido. 

— ¿Os he ofendido acaso?— prosiguió Luis con dolorido 
acento— ¿no existe en vuestro corazón un lugar para mi po- 
bre amor? responded, Paca; prefiero una contestación que 
me dé la muerte á un silencio desdeñoso que me cause la de- 
sesperación. 

— Ni lo uno ni lo otro— repuso Paca arrastrada por la ma- 
gia de aquel acento. 

—Entonces.... 

—Pues bien, don Luis— repuso la joven, incapaz de conte- 
nerse por más tiempo— os amo; ignoro si este amor será mi 
eterna desesperación ó mi ventura, pero lo que sí puedo ase- 
guraros desde luego es que jamás, á pesar del amor que os 
tengo, llegaré á ser vuestra manceba. Ahora ya sabéis lo que 
yo queria dejar encerrado en el fondo de mi pecho: haced de 
ese amor el uso que os plazca, pero no perdáis de vista que 
si no he nacido para ser vuestra esposa, menos he nacido para 
ser vuestra querida. 

Iba á replicar; don Luis, cuando abriéndose de súbito la 
puerta del aposento apareció en él un caballero á cuya vista 
exclamó don'Luiscon acento indefinible: 

— ¡Mi padre! 



CAPÍTULO LXVIIL 



El padre de don Luis. 



La severa figura del padre de don Luis, sin que Paca pu- 
diera explicarse la razón, le produjo una impresión extraor- 
dinaria. 

El anciano, porque así era y de fisonomía grave y altiva, 
al aparecer en la puerta de la alcoba de su hijo, frunció terri- 
blemente el entrecejo y se detuvo, fijando su mirada tanto en 
la maja como en su hijo. 

Don Francisco de Guevara habia recibido un día, ocho 
antes de su llegada á Madrid, una carta concebida en los si- 
guientes términos: 

«Don Francisco: cuando recibáis esta poneos en marcha al 
punto, si queréis evitar grandes males á vuestro hijo. 

» Herido, aun cuando ya por fortuna fuera de cuidado, la 
persona, causa de su herida, se halla á su cabecera, sin que- 
rer comprender que su sola presencia ha sido y será la que 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 468 

nuevas desgracias, sobre las que ya ha sufrido, haga caer 
sobre él. 

» Merced á esos amores indignos, á esa unión tan incon- 
veniente ha conseguido enemistarse y romper con todas las 
personas de la corte, que se hablan interesado por él hasta el 
punto de alcanzarle una posición como no podia esperarla. 

» Hasta el mismo monarca al saber lo que sucedía, le ha 
retirado su protección. 

»Y sin embargo, don Luis sigue ciego y su manceba ape- 
nas se separa de él. 

»Vuestra presencia solamente puede poner término a una 
situación que á todos está perjudicando notablemente. 

»Si venís á Madrid, como no dudo, en vista de esta carta, 
dirigios inmediatamente y antes de ir á vuestra casa, á la de 
doña Catalina de Sandoval que habita en la plaza del Cordón, 
y en cuyo nombre os escribo y adquiriréis mayores detalles 
que podrán serviros para la entrevista que después habéis de 
tener con vuestro hijo. 

»Es preciso cortar el mal de raiz, y únicamente vos podéis 
hacerlo. 

»Vuestro humilde servidor que os besa las manos, 

Alvaro González. y> 

Fácilmente se puede comprender el efecto de semejante 
carta en un carácter como el de don Francisco. 

Inmediatamente hizo sus preparativos de marcha, y acom- 
pañado de un criado, cuatro horas después tomaba el camino 
de la corte. 

Una vez en Madrid, en virtud de lo que en la carta se le 
decia, dirigióse á la plaza del Cordón. 

Doña Catalina, prevenida ya en virtud de la carta que co- 
nocemos, carta escrita por el misterioso enemigo del joven 
caballero, dio á don Francisco tales noticias respecto á su hijo, 
que el anciano apenas podia creerlas. 



464 LOS CABALLEROS ÜEL AMOR. 

—No OS imaginéis, señor— decia doña Catalina— que pro- 
venga de él todo el mal; esa mujer es perversa. 

— Desengañaos, señora— repuso el anciano— que si mi hijo 
no hubiese olvidado por completo todo lo que debe á su nom- 
bre, de nada hubiesen podido servir las malas artes de esa 
mujer. 

— Vuestra edad y vuestra experiencia deben haceros com- 
prender la influencia que ejercen los encantos de una mujer 
en la gente moza y enamorada, y si esos encantos se encuen- 
tran en un cuerpo cuya alma es completamente perversa, no 
culpareis tanto á vuestro hijo. 

—Queréis disculparle, y francamente, señora, no merece 
disculpa. 

—La verdad es que bien caro ha pagado su amor y me pa- 
rece que sobrado castigo ha tenido con los lances en que ya 
se ha encontrado por causa de él. 

— Tuviera más cabeza y no se olvidase de tal modo de quien 
es, y no hubiese tenido que lamentar todos esos percances á 
que os referís, pero yo os prometo que pondré término á todo 
eso. 

— Una cosa debo rogaros. 

— Decid. 

— Que no digáis á don Luis por dónde habéis sabido las 
noticias que os he dado. 

— Y harto favor me habéis hecho comunicándomelas, y no 
comprendo por qué mi hijo 

—Entre vuestro hijo y yo, han mediado algunas cuestio- 
nes referentes precisamente á eso mismo, y no quisiera que 
pudiese nunca achacar á venganza lo que únicamente es por 
su bien. 

—Comprendo vuestras razones. 

— Mi deseo único es que don Luis, como ya os he dicho, 
adelante y prospere, para lo cual hice cuanto de mi parte es- 
tuvo. 



LOS CAI5ALLEHOS DEL AMOR. 465 

— Y que yo os agradezco en el alma, señora. 

— Don Francisco salió de aquella casa desesperado. 

Janaás hubiera podido creer que se viese obligado á oir lo 
que doña Catalina le habla dicho respecto á su hijo. 

Así fué que con aquella disposición de áninao llegó á su 
casa y. como que precisamente la primera persona á quien 
Yió allí era la misma de quien le habían hablado, acentuóse 
mucho más la severidad de su rostro, y cuando su hijo vien- 
do su silencio y su inmovilidad, le dijo : 

—¡Padre mío! ¿qué tenéis que tan ceñudo os miro cuan- 
do habéis venido á darme la grata sorpresa de vuestra pre- 
sencia? 

—Poco debe importarte lo ceñudo de mi rostro, cuando 
tan bien acompañado te encuentro. 

Y estas frases de don Francisco fueron pronunciadas con 
una entonación y un ademan tan desdeñoso, si así podemos 
expresarnos, que á la vez que el rostro de Paca se enrojecía de 
vergüenza, el semblante de Luis, no podía ocultar cierta ex- 
presión de disgusto que no pasó desapercibida para el ancia- 
no, obligándole á decir: 

— No era esta la compañía con que creí encontrarte, y no 
me extraña el estado en que te hallas, desde el momento en 
que te veo con quien te tratas tan íntimamente. 

— ¡Padre mío!.... 

— Reparad, señor— dijo Paca haciendo un esfuerzo para do- 
minar el efecto que estaban causándole las palabras del an- 
ciano.— Reparad, señor, repito, que el estado de vuestro hijo 
inspira temores todavía á los médicos. 

— Nada os he preguntado— dijo secamente don Francisco— 
y como que ignoro el derecho y la posición que ocupáis junto 
al lecho de mi hijo, me creo excusado de contestaros. 

— Padre— se apresuró á decir don Luis ofendido por las 
palabras del anciano— Paca, que así se llama esla joven, ha 
sido el ángel que ha acudido solícito á cuidarme, cuando pre- 

TOMO n 59 



466 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

cisamente más necesitado estaba; en su conducta no hay 
nada reprochable; en la mia tampoco existe nada, ni de que 
tenga que arrepentirme, ni de que tenga de avengonzarme. 

— Valiérate más en vez de hacer defensas que nadie te exi- 
ge y que á nada conducen, haber pensado mejor el medio de 
evitar el mal que sufres; tal vez si así hubieras pensado, no 
te encontradas en la situación en que te hallas, y esta jóven^ 
como tú dices, no tendría necesidad de hallarse á tu cabecera. 

— Señor— repuso Paca alzando con altivez la frente— jamás 
hubiera podido imaginarme que al acudir en pos de una des- 
gracia, al tratar de prestar mis auxilios á un caballero que 
sufria y que se encontraba falto de familia, falto de amigos en 
esas horas del dolor, no creía, repito, que su padre me hubie- 
se hecho escuchar frases tan crueles como Ins que han llega- 
do á mis oidos. Yo tenia con don Luis contraída una deuda 
de gratitud— prosiguió Paca con mayor firmeza— don Luis me 
había salvado la vida y la honra en momentos dolorosos para 
mí; ¿no tenia yo acaso el deber de acudir á su lado en el mo- 
mento en que se hallara necesitado de mis auxilios? ¿No de- 
bía sacrificar mi vida, sí preciso fuese, por salvar la suya? 

—Valiera más que antes no la hubierais comprometido — 
repuso don Francisco severamente. 

— ¡Cómo! ¿qué queréis decir? 

—Basta ya de frases inútiles. Hoy me encuentro yo al lada 
de mi hijo, y no necesita otros auxilios que los míos: podéis 
por lo tanto abandonar esta casa, en la que quizás fuera me- 
jor n@ hubierais e-n irado jamás. 

Y el anciano, que habia ya entrado en el aposento, señaló 
á Paca con un ademan la puerta. 

La joven sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas. 

Era tan inesperado, tan nuevo, digámoslo así, lo que la 
sucedía, que apenas si podía darse cuenta de aquellas pala- 
bras. 

Luís no pudo contenerse. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 467 

—i Padre! — exclamó— ved lo que decís, que Paca no ha dado 
lugar á que así se la califique y yo sé por otra parle respetar 
el nombre que llevo. Ignoro quién pueda haberos dado esas 
noticias que así os obligan á hablar, pero debéis tener en 
cuenta, señor, que siquiera por lo que esa pobre joven ha he- 
cho en pro de vuestro hijo, no es justo que así salga de esta 
casa. 

—¿Y qué es lo que ha hecho? Valiera más que nunca la hu- 
bieras conocido y no habrías tenido que sufrir el desden de 
los que te han protegido ni yo el dolor de saberlo. Salid, se- 
ñora—prosiguió cada vez con más dureza dirigiéndose á Pa- 
ca—vuestra presencia aquí es innecesaria. 

— ¡Oh! ¡Diosmio! ¡Dios mió! — exclamó la maja desecha en 
llanto. 

— Padre, ¿queréis verme morir de dolor? 

—Quiero salvar tu honra y tu decoro. 

— Ya me marcho señor, ya me marcho — dijo Paca con acen- 
to tembloroso— pero por el bien de vuestro hijo, nopor el mío, 
os ruego no aumentéis vuestros rigores ni os mostréis tan 
duro con él. 

Y la joven al pronunciar estas palabras arrojando á través 
de sus lágrimas una última mirada sobre Luis, abandonó el 
aposento. 

— ¡Padre mió! — dijo el caballero con arranque á la par que 
la maja desaparecía- la ausencia de esta mujer será mi 
muerte. 

— Su presencia te la estaba causando y no solamente hacia 
eso sino que también te perjudicaba por razones que no son 
para este momento el explicarte. 

— Cuanto digáis, señor, no puede compensar la pena que 
acabáis de causarme. 

— ¡Ingrato! y eso le dices á tu padre que apenas ha tenido 
noticia de tu situación se á apresurado ha venir á tu lado? 

Semejantes palabras contuvieron por el momento todas 



468 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

las frases que estaban á punto de brotar de los labios de don 
Luis. 

Sin embargo, el recuerdo de la escena que acababa de su- 
ceder no se borró de su pensamiento y decidió aprovechar el 
primer momento que creyera oportuno para disuadir á su 
padre de la equivocada idea en que estaba respecto á Paca. 



CAPÍTULO LXIX. 



Donde el conde de Lazan recibe dos alegrías. 



Lleno de satisfacción se mostraba Antonio por haber con- 
tribuido tan eficazmente á la libertad de Luisa y del vizconde. 

Éste, especialmente, abandonó desde el primer momento 
de su libertad la actitud fria y reservada en que siempre ha- 
bla permanecido respecto á Antonio, y tendiéndole su mano, 
le dijo: 

—Gracias, hermano; el servicio que acabas de hacerme 
no se borrará jamás de mi corazón ; desde este momento han 
desaparecido todas las razones que hablan impedido mi ma- 
trimonio con tu hermana. Justo es que, puesto que tú has 
arriesgado tu vida para devolvernos la libertad, yo á mi vez la 
arriesgue también para dar á Luisa el nombre á que tanto de- 
recho tiene. 

— No os comprendo, señor vizconde— dijo Antonio sorpren- 
dido por las palabras de su hermano. 



470 ' LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

—¿No quieres tutearme? ¿Todavía me conservas rencor 
cuando yo te abro mis brazos? ¿No quieres arrojarte en ellos 
porque me juzgas indigno de tí? 

—¡Oh! no. 

—Pues entonces 

—Me he propuesto permanecer en la misma esfera en que 
me hallo. Oscuro, nadie podrá decir jamás nada que pueda 
empaliar mi honra; brillando mañana á vuestro lado, aun 
cuando vuestro padre me reconociera, todo el mundo tendría 
derecho á motejarme como bastardo. 

El vizconde no supo qué contestar por un momento. 

Razón era la que su hermano acababa de darle, pero de- 
seando desvanecerle aquella idea, le dijo: 

—No será el primer ejemplo que de esto hay en el mundo. 

— Y porque otros prefieran á su estimación el brillo de 
una posición menos verdadera que la adquirida por el traba- 
jo y los sufrimientos, ¿creéis que debo yo obrar como ellos? 

— En fin, Antonio, no discutamos ni hablemos más de 
éso. Aun cuando yo acepte las razones que me das, aun cuan- 
do yo juzgue que quizás obras bien obrando así, no puedo ni 
quiero permitir por ningún estilo que dejemos de considerar- 
nos como hermanos. 

— ¿Acaso no he procedido yo como tal? 

—No habrás procedido del todo sino abandonas ese vos 
tan enojoso como fuera de lugar. 

— Pues bien, le abandono, pero no me exijas nada más. 

— Gracias, hermano, gracias y cree que aun cuando me 
hayas podido juzgar como un aturdido y como un libertino 
sin fe y sin conciencia, motivos poderosos de un falso honor, 
si así puedo expresarme, me impidieron obrar de otra manera. 

— He ahí una cosa que no puedo comprender. 

—Pues en ello está realmente la clase de mi conducta res- 
pecto á Luisa, especialmente en este último periodo. 

— No te entiendo. 



LOS CABALLEROS DFX AMOR. 4'71 

—Hace tiempo pertenezco á esa asociación de jóvenes de 
buen humor, alegres más que corrompidos, que se denomi- 
nan «Los Caballeros del Amor.» 

— ¿Qué estás diciendo? Así me explico que mi pobre Luisa 
hubiera de sufrir tanto al ver que la hablas abandonado. Esa 
sociedad no tiene otro objeto que la perdición de las pobres 
mujeres que cometen la locura de dar crédito á las frases do 
cualquiera de sus individuos. 

—No, Antonio; el vulgo ha formulado cargos contra esa 
sociedad, le ha prestado multitud de formas que por lo regu- 
lar todas se alejan de la verdad. 

Y el vizconde en breves palabras refirió á su hermano el 
objeto y la tendencia de la asociación, tal como nosotros la 
hemos descrito en los primeros capítulos de nuestra obra. 

— Pero con todo eso— dijo Antonio cuando su hermana 
hubo acabado de hablar-— no veo el por qué de tu conducta en 
los dias que han precedido á tu prisión, sabiendo ya que Lui- 
sa pertenecía á una familia tan distinguida. 

— Una sola palabra te lo explicará. 

—Di. 

— El individuo perteneciente á la sociedad, que se casa, tie- 
ne que batirse con los demás hasta que, ó quede herido gra- 
vemente ó muera. 

—¿Pero estás en tí? 

— Juzga tú ahora si es prudente que yo quiera condenar á 
mi esposa á una viudez tan inmediata á nuestra boda. 

Antonio quedóse sin saber qué decir. 

Verdaderamente la situación era bastante difícil. 

Todo este diálogo habían ido sosteniéndole nuestros dos 
amigos en voz baja, mientras escoltaban la silla de manos que 
conducía á Luisa. 

Cuando terminaba el vizconde su relato, hallábanse casi á 
las puertas de la casa del conde de Lazan. 

Antonio había de subir antes á prevenirle la salvación de 



472 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

SU hijo, pues en el estado de excitación en que se hallaba, 
cualquiera impresión fuerte le hubiera sido perjudicial tal 
vez. 

—Cuidado, Antonio— le dijo el vizconde— querevelesá nues- 
tro padre una sola palabra de lo que te acabo de decir. 

— No tengas cuidado, presumo que esto habia de serle muy 
doloroso. 

— El mismo favor te pido para con Luisa. Evitémosles to- 
dos los dolores que podamos. 

— Tienes razón. 

Y Antonio separóse á poco del vizconde y de Luisa, subien- 
do á las habitaciones de su padre. 

El conde estaba, como de costumbre, pensando en sus 
hijos. 

Y toda su ira, todo su profundo dolor recalan sobre don 
Luis, el cualj según las frases del desconocido, era el verda- 
dero causante de su desgracia. 

Su impaciencia por encontrarle en disposición de poder 
contestar á sus preguntas, era inmensa. 

Todos los dias enviaba á preguntar por su estado, experi- 
mentando una gran satisfacción, según dejamos ya expuesto 
en otra parte, ante las noticias de su mejoría. 

En este estado le encontró su hijo. 

Inmediatamente preguntóle como de costumbre : 

—¿Has sabido algo? 

—No vengo tan desorientado como otros dias— repuso el 
joven. 

— ¿De vera§?— exclamó el anciano vivamente. 

Y levantándose con precipitación, prosiguió aproximándo- 
se á su hijo: 

— ¡Habla, Antonio, habla por piedad! ¿Qué has sabido? 
—Estoy sobre la pista del sitio en que se hallan Luisa y mi 
hermano. 
—¿Y María? 



i 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 473 

—En cuanto á esa, nada puedo deciros, señor. 

— ¡Oh! ¡Sabe Dios dónde el infanae la tendrá escondida! 
—Padre, permitidnne que os diga que es obrar con sobrada 

ligereza juzgar á don Luis capaz de senaejante infanaia. 

—¿Pues quién sino él puede haber tenido valor bastante 
para deshonrar mis canas y llenar de luto nal corazón? 

—¿Quién sabe? Los mismos tal vez que se han apoderado 
de Luisa y del vizconde. 

— ¿Sabes quiénes son ! 

— Presumo que sí. 

—Lo presumes ¿y no has ido ya en su busca? ¿y les has 
visto? 

— Sí, señor. 

—Pero ¿y mi hijo? 

—También le he visto. 

—¿De veras? 

— Y á Luisa también. 

— ¡Oh, corramos, corramos en su busca! 

—Calmaos; os suplico que no obréis con tanta precipita- 
ción. 

—¡Que no vaya con precipitación ! ¿Pues tú sabes los dias 
tan amargos que yo he pasado? 

—Los he juzgado por los mios. 

— ¿Y por qué no he de ir en busca de mi hijo? 

— Porque él mismo se dirige háci»a aquí. 

—¿Dónde está? ¿Qué te ha dicho? ¿Quién le habia retenido 
la noche en que trató de salvar á Luisa? 

Todas estas preguntas fueron hechas con tanta rapidez y 
todas eran tan distintas, que Antonio apenas pudo decir más 
que: 

—Ya vendrá, señor, y él os lo podrá explicar mejor que yo. 

Esto no podia satisfacer la impaciencia del conde. 

Asi fué que cogió á su hijo por el brazo y le dijo : 

—Vamos, vamos en busca de mi hijo. 

TOMO ir. 60 



474 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

Entonces Antonio le confesó que ya estaba en su casa, y 
momentos después el conde abrazaba con efusión á Garlos y 
á Luisa. 

—¿Pero y tu hermana ? y tu hermana á quien ese miserable 
retiene sin que podamos saber dónde?— dijo el conde pasados 
los primeros trasportes. 

—¿Quién?— preguntó Carlos, al cual nada le habia dicho su 
hermano respecto á la creencia en que estaba su padre. 

— Don Luis, ese miserable á quien yo franqueé mi casa y 
que me ha pagado robándome mi hija. 

— ¿Pero qué estáis diciendo? 

—Hermano— exclamó Antonio— nuestro padre dando cré- 
dito á un mercader que sabe Dios quién será, acusa á don Luis 
de Guevara de semejante infamia. 

—Tengo pruebas. 

— ¡Pruebas! — exclamaron admirados los dos jóvenes. 

— Pruebas, sí, ayer mismo recibí un aviso misterioso que 
supongo debe ser de ese mismo mercader, aviso en el cual se 
me dice que tal vez dentro de poco pueda anunciarme el lu- 
gar en que mi hija se encuentra, lugar sin duda donde hizo 
don Luis que la condujesen. 

—Pero eso no quiere decir que realmente fuese don Luis el 
autor de semejante secuestro, y sino, bien estáis viendo que 
ni mi hermano ni Luisa lo fueron por don Luis. 

— Nada tiene que ver lo uno con lo otro. Esto ha podido ser 
muy bien la jugada de algunos miserables, mientras que lo 
de mi hija ha sido realmente obra de don Luis, y como te he 
dichoya en otras ocasiones, esto tiene su explicación en el 
despecho que ha debido sentir al tener noticia del próximo 
casamiento de María. 

— Tal vez tengáis razón, padre— dijo Carlos— y no puedo 
comprender cómo hayáis podido dejar que pasase tanto tiem- 
po sin cruzar el rostro del villano que así nos ha ofendido. 

El conde refirió entonces á su hijo el estado en que se ha- 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 475 

liaba don Luis; mas como que las últimas noticias que se 
habían recibido respecto á la salud del joven eran ya más fa- 
vorables, Garlos, con la impetuosidad de mozo y con el dolor 
que sentia por el largo cautiverio de su hermana, incitó á su 
padre á que le siguiese. 

Precisamente en aquel momento penetró un criado en el 
aposento con una carta que entregó al conde, diciendo: 

— Esto ha traido para usía un hombre á quien no co- 
nozco. 

—¿De parte de quién? 

— No ha querido decírmelo, y únicamente me ha encarga- 
do que se la entregase á usía inmediatamente. 

El conde miró el sobre de aquella carta entonces, y dijo: 

— Á propósito: algún aviso sin duda de mi mercader fla- 
menco. 

—Alguna nueva impostura— repuso Antonio. 

—No seas así, hermano— dijo el vizconde— nadie más que 
yo ha querido á Luis; pero veo que no está desprovisto de 
fundamento lo que dice nuestro padre. 

Entretanto el conde habia abierto la carta y una exclama- 
ción de alegría se exhaló de sus labios al enterarse de su 
contenido. 

—¿Qué es eso, padre?— preguntó vivamente el vizconde — 
¿qué dice ese papel? 

— Oid. 

Y el conde leyó lo siguiente: 

«Señor conde: una casualidad ha hecho que pueda descu- 
brir el paradero de vuestra hija. 

»Sin embargo, dejadme que os lo calle hoy, porque tengo 
un verdadero interés en que el dia que os lo diga, pueda sin 
riesgo alguno llevaros hasta donde se encuentra. 

»Básteos saber por el momento que se encuentra perfec- 
tamente y que no corre peligro alguno, pues don Luis, á pe- 
sar de seguir mucho mejor de su herida, no se halla todavía 



476 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

en disposición ni de salir á la calle, ni aun de abandonar el 
lecho. 

»Una noticia debo daros por lo que pueda conveniros. 

»E1 padre de don Luis ha llegado á Madrid, y su primera 
medida ha sido separar del lado de su hijo á la manceba que 
se habia aposentado en su casa. 

»No dejéis de estar prevenido para el momento en que re- 
cibáis mi aviso, pues os aseguro que según lo que me imagi- 
no, será menester que correspondáis inmediatamente á la 
llamada de mi carta. 

»Vuestro servidor más humilde y más respetuoso. 

El mercader flamenco. y> 



CAPITULO LXX 



El aviso del mero ader. 



Las afirmaciones que en la corta de que hablamos en otro 
lugar, se hacian respecto á don Luis, arrancaron más de una 
exclamación de cólera al vizconde, que, según hemos tenido 
ocasión de ver, no encontraba desprovista de fundamento la 
creencia de su padre respecto á que fuese Luis el autor del 
secuestro de su hermana. 

Antonio comprendió que, obcecados como se hallaban su 
padre y su hermano, nada adelantarla contradiciéndoles, y 
aun como sucede en muchos de estos casos, hubo momentos 
en que creyó que real y positivamente podría haber sido Luis 
el autor de aquella felonía, toda vez que con colores tan ver- 
daderos y con acento de tan profunda convicción, lo asegu- 
raban el conde y su hermano. 

Dias después de estos sucesos, Antonio hablaba con Vicen- 
te de este asunto, y el pintor le aseguró, bajo su honrada pa- 



478 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

labra, que estaba seguro, segurísimo de que Luis no era el 
autor de aquella infamia. 

Y la afirmación de Vicente no podia ser sospechosa para 
Antonio, conocida como le era la amistad que á entrambos 
les unía. 

Con aquella prueba, digámoslo así, de lo mismo que él en 
distintas ocasiones había defendido, se fué aquel día nuestro 
amigo á la casa de su padre con el propósito de manifestár- 
selo. 

Pero ya era tarde. 

Cuarenta y ocho horas hacia que el conde y Carlos, sabe- 
dores de que el médico habia ya permitido á don Luis que 
abandonase el lecho, no pudiendo dominar por más tiempo 
su impaciencia habíanse dirigido hacia su casa. 

La escena que entre el conde y su hijo y don Francisco me- 
dió, fácilmente pueden imaginársela nuestros lectores. 

Duramente increpado don Luis por el vizconde, de nada le 
sirvió que se alzase indignado contra la acusación de que era 
objeto. 

Se le hacían cargos por sus amores primitivos con doña 
María, y hasta se justificaba el secuestro de ésta con el despe- 
cho de que naturalmente debía hallarse poseído desde el mo- 
mento en que se le habia prohibido, aun cuando con mucha 
política, la entrada en aquella casa. 

Don Francisco tomó, como era lógico, la defensa de su hijo, 
máxime cuando habían mediado ya explicaciones entre él y 
don Luis, en virtud de las cuales habíase modificado notable- 
mente la apreciación del anciano respecto á las acciones de 
su hijo. 

Las negativas de uno y otro no sirvieron más que para 
producir mayor irritación en los que ofendidos se creían, y de 
aquí que quedase aplazado un lance de honor para cuando 
don Luis se hallase en disposición de manejar la espada. 

Por lo tanto, la llegada de Antonio diciendo lo que Vicente 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 479 

le asegurara, no fué suficiente á evitar el daño causado ya. 

Sin embargo, algo modificó el pensamiento del conde. 

¿Podria mentir con tanto descaro un cumplido caballero 
como era Luis, y hacerse además su padre, á quien habia te- 
nido siempre por un hidalgo, pobre es verdad, pero suma- 
mente honrado, solidario de la infamia cometida por su hijo? 

Habia además otro amigo, honrado también, que lo afir- 
maba, y la verdad era que la única prueba que existia eran las 
aseveraciones de aquel mercader flamenco á quien él no co- 
nocía, y que se habia presentado en su casa sin que nadie 
pudiera saber el verdadero objeto que le llevaba á ella. 

De este modo fueron pasando los dias. 

Durante ellos, estuvo esperando la noticia que le habia 
ofrecido la carta del mercader, y ni esta noticia llegaba ni se 
sabia por ningún otro conducto lo que habia sido de María. 

Diariamente enviábanse recados por el conde y por su hi- 
jo, á fin de saber los progresos que iba haciendo la curación 
de Luis, y precisamente en el dia que vamos hablando el viz- 
conde recibió noticias directas de don Luis que le manifesta- 
ba, que habiendo podido salir ya á la calle, se hallaba por 
completo á su disposición. 

Lleno de alegría recibió aquel recado el vizconde. Precisa- 
mente era uno délos asuntos que trataba de dejar resueltos 
antes de su matrimonto, para el cual estaba practicando todas 
las diligencias necesarias. 

Disponíase ya para elegir las personas que habían de apa- 
drinar el duelo, cuando su padre entró en sus habitaciones 
con una nueva carta que habia recibido del mercader flamen- 
co concebida en los términos siguientes: 

«Señor conde: 

»E1 momento tan vivamente deseado por mí ha llegado al 
fin. 

»Sé dónde se encuentra vuestra hija, conozco la hora en 



480 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

que don Luis trata de verla esta noche, y estoy dispuesto á 
conduciros á presencia del uno y de la otra, á fin de que evi- 
téis la consumación de un crimen, castigando cual se mere- 
ce al agresor. 

»Á las ocho de esta noche, estad vos solo en la plaza de 
Afligidos, y á la persona que se os acerque diciéndoos «mer- 
cader flamenco» contestadle únicamente «el conde de Lazan.» 

»Entonces esta persona os dirá, «seguidme» y podréis se- 
guirle sin recelo alguno porque os conducirá hasta el lugar 
que deseáis. 

»En cuanto á vuestro hijo, que se halle prevenido también 
en el mismo sitio, dispuesto para lo que pueda ocurrir, pero 
que no os acompañe, porque tal vez echase á perder todo 
nuestro plan su presencia. 

«Si llega el momento de necesitar su auxilio, siga sin re- 
celo alguno á la persona que se presente y le diga «seguidme 
en nombre de vuestro padre.» 

»De este modo veréis que he cumplido mi palabra devol- 
viéndoos la ventura que os han arrebatado. 

»Quedo esperando el momento en que pueda daros de pa- 
labra mi parabién más completo, rogando á Dios por vuestra 
dicha. 

El mercader fíame neo. >^ 

La lectura de esta carta modificó, como era consiguiente, 
los propósitos del vizconde, aplazando su venganza para el 
momento oportuno. 

Luisa, lo mismo que Antonio, no creian que Luis tuviese 
participación en aquel asunto, y cuando éste tuvo noticias de 
lo que se preparaba para aquella noche, se decidió á seguir á 
su padre y á su hermano, á fin de evitar, si le era posible, la 
desgracia que preveía. 

Llenos de impaciencia, padre é hijo esperaban la hora con- 
venida. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 481 

• 

Y algún tiempo antes de que ésta llegase, hallábanse ya en 
la plaza de Afligidos espiando afanosamente todas las boca- 
calles inmediatas por si podian distinguir á la persona que se 
les anunciaba en la carta recibida por la mañana. 

Guando sonaron los toques de ánimas en todas las iglesias 
de Madrid, el conde y su hijo distinguieron un bulto que apa- 
reció por una de las calles inmediatas y que fué acercándose 
cautelosamente hacia donde ellos estaban. 

El conde se separó de su hijo y se adelantó hacia él, dicién- 
dole: 

— Buen amigo, ¿es á mí á quién buscáis? 

— «El naercader flamenco»— murmuró el recien llegado en 
voz baja: 

—«El conde de Lazan»— contestó inmediatamente el padre 
de María. 

—Pues seguidme. 

Y el que acababa de hablar púsose en marcha, mientras el 
conde á su vez le decia á su hijo: 

— No te muevas de aquí. 

— Impaciente esperaré el momento en que pueda creerse 
necesario mi concurso. 

Y el conde siguió á su guía que presto se internó por una 
de las boca-calles que desembocan en la mencionada plazuela. 

Poco después habian cruzado dos ó tres callejuelas más, 
hasta que finalmente se detuvieron ante una casa de mezqui- 
na apariencia al lado de la cual, ó muy próxima por lo me- 
nos, estaba la que habitaba el perfumista Giacomo Zarini. 

—¿Es aquí dónde se halla mi hija?— preguntó el conde á 
su silencioso guia. 

—Ignoro lo que me queréis decir— repuso éste.— Yo no 
hago más que cumplir la orden que se me ha dado y no sé 
nada más. 

El conde se dejó guiar por el interior de aquella casa, de la 
misma manera que lo habia hecho por la calle, y de este mo- 

TOMO II. 61 



482 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

do atravesaron algunos corredores, hasta que penetraron en 
un pequeño salón circular que tenia cuatro puertas. 

Viendo la apariencia de la casa, jamás hubiera podido creer 
el conde que tuviese tanto fondo. 

Durante el espacio que tardaron en recorrer los corredo- 
res y habitaciones que separaban el salón en que habia en- 
trado de la puerta de la calle, hubo el conde de manifestar su 
extrañeza por lo largo del camino que recorrían ; pero su guía 
permaneció mudo, sin demostrar siquiera ni aun que hubie- 
se oido las palabras del conde. 

Llamó la atención de éste aquel prolongado silencio, y al 
verse en la habitación de que hemos hecho mérito, solo y sin- 
la persona á quien precisamente iba buscando, no pudo me- 
nos de decir: 

—Pero y mi hija, ¿dónde está? 

—Vuelvo á repetiros, señor — repuso el guía — que no sé 
nada de lo que me preguntáis, y únicamente puedo deciros 
que este es el sitio en que debéis esperar. 

—¿A quién? 

— No lo sé. 

Y el guía, saludando al conde, salió del aposento. 
Éste sintió aumentarse su inquietud. 

—¿Qué quiere decir esto?— exclamó. 

Y temiendo alguna celada, aseguróse de si su espada po- 
dría salir fácilmente de la vaina, y principió á recorrer el apo- 
sento enterándose de si todas las puertas que en él habia es- 
taban ó no cerradas. 

De pronto parecióle percibir varios rumores hacia distintos 
lados del salón. 

Detúvose y á poco se abrieron tres puertas, y tres perso- 
nas diferentes aparecieron en ellas. 

Eran estas doña Catalina de Sandoval, el perfumista Zarini 
y el mercader flamenco, ó sea el implacable perseguidor de 
Luis. 



CAPÍTULO LXXI. 



Donde Zaríni se muestra tal como es. 



Un grito de sorpresa estuvo á punto de brotar de los la- 
bios del conde. 

La reunión de aquellas tres personas era tan inesperada, 
tenia tan poco que ver con el asunto de que se trataba, que 
no podia darse cuenta del objeto que aquella reunión pudie- 
ra tener. 

Doña Catalina iba cubierta con un velo; mas á pesar de 
que el conde en los primeros momentos no pudo ver bien su 
semblante, comprendió desde luego que no era aquella su 
hija. 

—¿Qué quiere decir esto?— exclamó al cabo de algunos se- 
gundos, viendo que ninguno de los personajes allí reunidos 
le decia una palabra. 

Y volviéndose al mercader, prosiguió : 

— ¿No me habláis dicho que aquí encontrarla á mi hija? 



484 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

— Y la encontrareis— repuso el interpelado— que yo jamás 
falto á mis palabras. 

—Pero, ¿cuándo? ¿cómo?— prosiguió el conde con impa- 
ciencia. 

—Eso dependerá— dijo doña Catalina— del tiempo que tar- 
demos en terminar nuestra entrevista. 

— Nuestra entrevista 

—Sí por cierto. ¿Sabéis, señor conde de Lazan, quién 
soy yo? 

Y doña Catalina levantóse el velo que cubría su rostro. 

—Me parece, señora, que más de una vez he tenido la hon- 
ra de saludaros. 

—¿Y es ese todo el recuerdo que de mí tenéis? 

— ¿Qué otro puedo tener? 

—Habíame parecido que deberíais, recordando vuestros 
tiempos pasados, tener un poco más de memoria. 

—No me parece que he venido aquí, señora, para estar 
haciendo inútiles excursiones hacia el pasado. He venido en 
busca de mi hija, según se me ha prometido, y no acierto á 
comprender el motivo de esta reunión. 

— Zarini— dijo doña Catalina dirigiéndose al perfumista — 
recuérdale al señor conde, ya que es tan frágil de memoria, 
quién soy. 

—Os he dicho, señora, que ya os conozco— repuso el de La- 
zan con impaciencia. 

— Es— dijo Zarini— que doña Catalina de Sandoval, es al 
mismo tiempo la única, la absoluta heredera tanto en la ven- 
ganza, como en los bienes del conde de Fuentidueña. 

— ¡Ah! 

— Y el conde no pudo decir más. 

Aquella revelación le dejó aterrado. 

La presencia de aquella mujer en tales momentos envol- 
vía, por decirlo así, una amenaza tan grande, que aun cuando 
el conde no podia definir á qué se referia, la verdad era que 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 485 

sentía oprimírsele elcorazon bajo la presión de un dolor des- 
conocido. 

— Paréceme, señor conde— dijo doña Catalina— que habéis 
recordado ya... 

—Pero también me parece, señora, que no era este el mo- 
mento más oportuno para haber evocado semejantes recuer- 
dos. Jugar con el dolor de un padre, tomar como pretexto 
para atraerle aquí la angustia y la amargura que le devoran, 
no es ni puede ser nunca, por más que creáis que mi proce- 
der de otro tiempo para ello os autoriza, la manera más digna 
de tomíir una venganza. 

— Es que debéis tener presente, señor conde, que no me he 
valido de ningún pretexto para haceros venir, es que el pre- 
texto que he usado no es tal pretexto sino que es la verdad. 

— ¡ La verdad ! luego mi hija... 

—Vuestra hija se encuentra en esta casa. 

— ¡Mi hija aquí! ¿dónde está? pronto, señora, decidme dón- 
de la puedo hallar y pedidme en cambio cuanto queráis. 

— i Pediros ! ¿y qué podréis darme vos cuando por el contra- 
rio tanto tenéis que necesitar de mí? 

—¿Qué quiere decir esto? ¿qué intención es la vuestra? 
¿por qué no queréis revelarme dónde se halla mi hija? 

— Si os lo he dicho... si se encuentra aquí... pero decidme^ 
señor conde, ¿recordáis bien lo que hicisteis con mi padre? 

— ¡Otra vez, señora! 

— Otra vez y ciento, porque ha llegado el momento de co- 
brar con creces todo el mal que me habéis causado. 

— ¡Oh! me parece que comienzo á comprender. 

—Mucho os ha costado, que prevenido debíais estar ya por 
mis cartas y sobre todo debíais tener presente que cuando 
una hija como yo se lanza á llevar á cabo una venganza, es 
porque ya ha reunido todos los elementos necesarios para 
ella y ante nada retrocede ni hay consideración alguna que 
la haga desistir de su empeño. Di, Zarini— prosiguió doñaCa- 



480 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

talina dirigiéndose al perfumista— tú que me has revelado to- 
dos los misterios de mi casa, ¿crees que hay razón bastante 
para vengarme del conde de Lazan? 

— Sí, señora— repuso el perfumista con acento ligeramente 
alterado. 

— Véngaos en buen hora, si yo no os niego la justicia de 
vuestra venganza, lo que os niego es la razón de que en estos 
momentos hagáis nada contra un padre que viene ansioso de 
encontrar á su hija. 

—¿Recordáis lo que os dije en una de mis cartas?— pre- 
guntó doña Catalina con un acento que no pudo menos de 
hacer estremecerse á los circunstantes. 

—No quiero recordarlo ahora, solo quiero saber dónde 
está mi hija. 

— Pues para eso os he llamado precisamente, para decí- 
roslo. 

— ¿De veras? 

— ¿Podéis dudarlo? 

—¡Oh! señora! Decídmelo por piedad: ¿dónde está mi hija? 

— Como vos supondréis, al tener noticia de lo que con mi 
padre habéis hecho, al conocer en toda su horrible desnudez 
la infamia tan espantosa de que había sido víctima; sentí un 
afán, un irresistible deseo de venganza que con nada se po- 
día satisfacer; me veía pobre, me veía huérfana, me veia sin 
nombre, mientras que vos poseíais todo cuanto de derecho 
me pertenecía. 

—¡Oh! ¿Por qué no me disteis la muerte entonces? 

— Porque con vuestra muerte no podía yo satisfacer la sed 
que me devoraba; porque yo, para vengar los horribles dolo- 
res que había sufrido por vuestra causa, y vengar al mismo 
tiempo lo que habíais hecho con mis padres, tenia necesidad 
de haceros gustar dolores tan amargos como los míos; era 
menester que vuestra agonía guardase una relación, sino 
idéntica á la mía, al menos muy relacionada con ella. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 487 

—Pero, ¿dónde queréis ir á parar? ¿No comprendéis, se- 
ñora, que me estáis haciendo morir con esa lentitud? 

— Precisamente eso constituye una parte de mi venganza; 
precisamente deseaba yo veros abatido, desesperado, sufrien- 
do en solo veinte minutos de impaciencia y de espera todo un 
mundo de angustia y de desesperación. 

— ¡Oh! señora! ¡Ved que es horrible lo que estáis hacien- 
do! — exclamó el conde con acento desesperado. 

— ¿Y lo que vos habéis hecho? 

— ¿Pero queréis decirme por piedad dónde está mi hija? 
Vosotros que permanecéis inmóviles ahí sin conmoveros por 
mi dolor, ¿sois servidores de esa dama, ó tenéis algo que ven- 
gar en mi ancianidad y en mi dolor? 

—En vano os dirigís á ellos, conde de Lazan, entrambos 
me pertenecen, porque entrambos conocen la justicia de mi 
causa, y en cuanto á tu hija, vas á saber lo que ha sido de 
ella, y recuerda que te valiera más, mucho más no encontrar- 
la, que hallarla en el estado que la vas á ver. 

—¡Dios mió! ¡estoes para volverse loco I—exclamó el conde 
llevándose ambas mañosa la frente lleno de desesperación. 

— Tu hija ha sido robada por mí; tu hija, en estos momen- 
tos, habrá sido víctima de las brutales caricias de 

—¡Calla, calla, miserable mujer! 

Y el conde en un arranque de indignación y de furor tiró 
de la espada, y fué á lanzarse sobre doña Catalina. 

Pero arrojáronse inmediatamente sobre él Zarini y el mer- 
cader flamenco, pues así seguiremos llamando al misterioso 
enemigo de don Luis, y de poco le sirvió la resistencia que 
opuso. 

En un momento quedó desarmado. 

—¡Satisfechos podéis estar de vuestra hazaña!— dijo con 
voz conmovida el conde de Lazan.— ¡Y aun os atreveréis á lla- 
maros caballeros! ¡Imposible me parece que tanta ruindad 
pueda existir ni el pecho de una mujer, ni en el de ningún 



488 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

hombre, sea la que quiera su condición! ¡Habéis hecho bien! 
i Habéis llevado á cabo una hazaña de la cual podéis estar or- 
gullosos! ¿Creéis acaso que una mala acción puede excusar 
otra? Por ningún estilo; si villano ful yo obrando de manera 
que pudiese concitar el enojo y el deseo de venganza de esa 
dama, más villanos fuisteis vosotros consintiendo lo que 
habéis consentido, y llevando á cabo el desarme de un ancia- 
no, y de un padre á quien tan grave ofensa se acaba de in- 
ferir! 

— ¿No quieres ya ver á tu hija?— dijo doña Catalina con iró- 
nico acento, sonriéndose con una risa que verdaderamente 
hacia daño. 

— Sí; quiero ver á mi hija aunque no sea más que para 
maldeciros con mayor fuerza. 

— ¿Y qué me importan á mí vuestras maldiciones? ¿Creéis 
acaso que voy á afectarme por ellas? ¿No comprendéis que yo 
os he estado maldiciendo dia por dia, hora por hora, desde el 
momento en que supe toda la indignidad de vuestra conduc- 
ta? ¡Ahí señor conde, todas vuestras frases no pueden afec- 
tarme de ningún modo, porque ya presumía que las habia de 
escuchar, porque me he recreado antes de que este caso lle- 
gara con ellas, porque sabia muy bien que habían de ser hijas 
del inmenso dolor que os torturase. 

—¡Pero mi hija! 

— Abridle esa puerta, y que llegue hasta donde está su hija. 

Y doña Catalina señaló la cuarta puerta que habia en aque- 
lla estancia. 

— Dejadle que vaya á ver á su hija, si es que doña María, en 
su desesperación, no ha sabido ya encontrar un medio para 
arrancarse la vida. 

— ¡Oh! ¡Maldita seáis ¡—exclamó el conde en el paroxismo 
de la desesperación. 

Y se lanzó hacia la puerta que doña Catalina había señala- 
do momentos antes. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 489 

Pero Zarini se adelantó, diciendo: 

—Un momento, señor conde, y vos también, señora, per- 
mitidme un solo momento. 

El acento empleado por Zarini; la actitud tan solemne 
que tomó, el siniestro fulgor que despedían sus ojos, de tal 
modo llamó la atención que hasta la misma doña Catalina 
hubo de quedarse suspensa, murmurando: 

—¿Qué quiere decir esto? 

— Esto no quiere decir más— repuso Zarini— sino que vos 
habéis hablado ya y ahora me toca á mí. 

— ¿Y qué es lo que tienes que decir?— preguntó con altivez 
doña Catalina. 

—Algo que vos no esperáis, y por de pronto debo deciros 
que en verdad no habéis renegado de vuestro origen. 

—¡Cómo! 

—Sois tan infame y tan perversa como lo fué vuestra ma- 
dre. 

Y volviéndose hacia el conde de Lazan que al sonido de 
aquella voz, vibrando de un modo tan distinto de como hasta 
entonces le oyera, no habla podido menos de hacer un movi- 
miento de asombro, exclamó con voz fuerte y poderosa: 

— Conde de Lazan ¿me reconoces? yo soy el conde de Fuen- 
tidueña, yo soy el marido ultrajado por tí, yo soy el hombre 
á quien tú has reducido á la miseria, y esa mujer que ves ahí, 
esa que de tal modo te ha insultado, esa á quien tú has mal- 
decido, á quien yo he estado nutriendo por espacio de tantos 
años en la venganza, esa, conde de Lazan, esa es tu hija. 

—¡Oh! — exclamaron á la vez doña Catalina y el conde. 

— Largos años— prosiguió el conde de Fuentidueña— he es- 
tado guardando mi venganza; pero por fin la he conseguido 
tan cumplida, tan grande, tan inmensa como había sido el 
ultraje. Ahora ya puedes ir al encuentro de tu hija. 

Y el de Fuentidueña abrió de un golpe la puerta del apo- 
sento. 

TOMO II. 62 



490 LOS CABAl LEROS DEL AMOR. 

Entonces una exclamación de sorpresa brotó de todos los 
labios. 

En el umbral de aquella puerta aparecieron Maria sosteni- 
da por el vizconde del Juncal y nuestro amigo don Luis. 

Veamos cómo habia podido verificarse la reunión de estos 
tres personajes. 



CAPÍTULO LXXII. 



Por qué cirGunstancia imprevista el vizconde del Juncal descubrió 

dónde estaba María. 



En el momento que comenzamos este capítulo, un grupo 
de diez ó doce soldados completamente ebrios penetró dando 
grandes voces en la taberna del Ojazos, sita en el barrio de 
Afligidos y á espaldas de la casa del perfumista con la cual 
se comunicaba, si bien entre las dos y en comunicación con 
ambas, mediaba una casita de pobre y ruin apariencia, cons- 
truida á la malicia como muchas de aquellos tiempos. 

^Vino, vino; aquí, patrón — dijo uno de aquellos subditos 
de Baco dando un tremendo puñetazo sobre una de las apoli- 
Uadas mesas, que al recibir el golpe lanzó una nube de polvo. 

Un chicuelo, prototipo de impudencia^ de descaro, salió al 
encuentro del grupo, y dirigiéndose al soldadote que tan tre- 
mendo porrazo descargara momentos antes sobre la mesa, le 
dijo insolentemente: 

— Vamos á ver, ¿qué hay? siempre será mayor el ruido que 



492 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

las nueces, y la bulla que el gasto hecho; ¿qué se os ofrece?— 
añadió. 

— Se me ofrece— contestó el soldado— que te traigas al ins- 
tante media docena de cuartillos del blanquillo de Yepes. 

— ¿Y para eso tanta bulla?— dijo el chico— media docena de 
cuartillos para todo un ejército, capaz de beberse el rio Ebro 
si el Ebro fuera de vino. 

—Anda, racimo de horca, anda y tráete lo que he dicho, si 
no quieres que de una coz te haga yo andar y desandar el ca- 
mino. 

Y levantando el pié quiso acompañar la acción á la pa- 
labra, si bien con tan mala suerte, que perdiendo el equilibrio 
al alzar el pié, y después de dos ó tres pasos en falso, dio un 
tremendo batacazo contra una de las mesas. 

— El que lo coja, para él— dijo riendo el chiquillo. 

Y una carcajada general acogió estas palabras del mucha- 
cho, el cual ágil como una ardilla y satisfecho de su habilidad 
y de su ingenio, se dirigía á servir á los soldados, mientras 
su brusco interlocutor, el soldadote del puntapié, se levanta- 
ba mohino entre la risa y algazara general. 

— Ni la del ángel rebelde ha sido mayor caida que la tuya- 
dijo al soldado que se incorporaba uno de sus compañeros, 
el cual si bien con poco aprovechamiento habia pisado algu- 
nos años los claustros de la Universidad de Salamanca.— El 
hombre es débil— añadió— y está siempre expuesto á caer en 
la tentación. 

--Valiente tentación— dijo otro.— No sabia yo que á las me- 
sas de las tabernas se les llamaba tentaciones. 

—A cualquiera se le va un pié— dijo mohino y de mal ta- 
lante el aludido en el momento en que el chico depositaba so- 
bre la mesa los seis cuartillos pedidos y unas cuantas cazue- 
las ó vasijas de barro, receptáculos que en la taberna de Ojazos 
reemplazaban habitualmente los vasos. 

El soldadote que habia tratado de sacudir el polvo á Medio 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 493 

diente, así se llamaba el chico, quisovolverá hacerlo, no bien 
éste dejó sobre la mesa las vasijas; pero sus compañeros se 
interpusieron y le calmaron. 

—Haya paz entre los ruines— dijo el soldado ex-alumno de 
Salamanca.— Este chiquillo, aquí donde lo ves, es una brava 
pieza, y por lo tanto, en vez de reñir con él, debes tratar de 
ser su ^migo. Haced, pues, las paces, y sed buenos amigos. 

Y diciendo y haciendo, ó por mejor decir, diciendo y co- 
giendo al chico por el cogote, le levantó á una formidable al- 
tura, dejándole caer desde ella en los brazos del soldado, el 
cual olvidando su anterior resentimiento, le abrazó con tanta 
fuerza y entusiasmo, que el chico lanzó un ¡ay! 

—Ni el de Judas fué peor que éste— dijo Mediodiente respi- 
rando con toda la fuerza de sus pulmones no bien se vio libre 
del soldado.— Si así abrazáis á vuestras novias, el demonio me 
lleve si no las descostilláis. 

Rieron los soldados de la ocurrencia, y mientras los unos 
reian y los otros juraban ó cantaban, y todos á porfía daban 
fin del de Yepes, un caballero entró en la taberna, sentándose 
junto á una de las mesas inmediatas. 

Aquel caballero que habia entrado era un antiguo conoci- 
do nuestro, puesto que era don Luis de Guevara, al cual, su 
amor á Paca y una carta falsa pero firmada por ésta, habían 
conducido hasta la taberna del Ojazos. 

Sentóse, como hemos dicho, nuestro caballero, junto á una 
de las mesas inmediatas á la que ocupaban los soldados, sin 
que éstos, entretenidos en beber, reir y blasfemar, notaran 
su presencia. 

—Aquí todo lo que hay es bueno— decía Mediodiente, el 
cual, excitado por el vino que los soldados le daban y por el 
placer y risas con que le oían, charlaba hasta por los codos. — 
Sí supierais —añadió. 

Y nuestro chicuelo, medroso de lo que iba á decir, calló 
súbitamente. 



494 LOS CABALLKROS DEL AMOR. 

—Si supierais ¿qué?— exclamaron á una dos ó tres sol- 
dados. 

— Lo que hay aquí, y que aun cuando no se vende es lo 
mejor que se ha visto. 

—¿Y qué es ello?— dijo el soldado leguleyo— ¿acaso vino 
moro? 

—Aunque vino, no es vino, ni moro ni cristiano — repuso 
el chicuelo— sino algo mejor que eso. La taberna del Ojazos— 
añadió— guarda hoy una cosa que yo me sé, y que bien vale 
un tesoro. 

— ¡Habla, habla!— dijeron á coro los soldados, cuya curio- 
sidad estaba ya excitada. 

— Más vale callar— dijo el chico. 

—¿Cómo que callar? Después que nos has hecho creer un 
cuento es preciso que acabes de contarnos, no vayan estos 
caballeros á figurarse por lo menos que esta taberna es una 
cueva donde un mago guarda una princesa encantada. 

— Algo hay de princesa— dijo el chico. 

— Pues cuenta, hijo, cuenta — repuso el soldado alumno de 
Salamanca, dando al chico al mismo tiempo un ancho cuenco 
de vino. 

Bebiólo el rapaz, y bajando mucho la voz y en tono miste- 
rioso, dijo de una manera casi imperceptible: 

— Ahí dentro hay uua mujer oculta. 

— ¡Que se vea! ¡Que se vea! — prorumpieron á una los sol- 
dados poniéndose súbitamente de pié y buscando con ávida 
mirada el sitio donde aquella una que decia Mediodiente, po- 
dia estar oculta. 

— Yo os diré dónde está, con tal que no le digáis al Ojazos 
que he sido yo quién lo ha hecho. 

— Te lo juramos por nuestra conciencia— dijeron los sol- 
dados. 

— Mal juramento es, porque no la tenéis— contestó el chi- 
co—pero sea lo que Dios quiera. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 495 

Y echó á andar hacia el interior de la taberna seguido de 
los soldados, que en revuelta confusión, más bien le empu- 
jaban que seguian. 

Triste el pálido semblante, llorosos sus bellos ojos, María, 
la hija del conde de Lazan, se encontraba en una de las habi- 
taciones de la casa, que con comunicación á ambas, se halla- 
ba situada entre la taberna del Ojazos y la casa del perfu- 
mista. 

Preocupado su pensamiento, abismado su espíritu en sí 
mismo, María no sintió el infernal estrépito ni la horrorosa 
gritería de la ebria soldadesca que á su habitación se aproxi- 
maba, hasta que aquella turba de miserables, completamente 
borrachos, se presentó ante sus ojos. 

— ¿Qué buscáis aquí? ¿Qué queréis de mí?— dijo María, 
dando dos ó tres pasos hacia ellos. 

Y aquellos miserables, aquellos borrachos, sorprendidos 
por la espléndida hermosura de María, callaron un momento 
y retrocedieron un paso. 

Nada más fácil que sorprender á una turba. Una palabra, 
un gesto, una mirada, bastan á veces para detener á las ma- 
sas, las cuales pueden volver á ser irritadas con igual facili- 
dad por otro gesto cualquiera. 

Si se nos permite una comparación, diremos que las masas 
y el mar son de igual naturaleza, pues cualquier viento las 
enfurece y cualquier viento las calma, siendo ambas, masas 
y mar, igualmente temibles, ciegas y brutales. 

Hemos dicho que la soldadesca se sobrecogió un momen- 
to ante la incomparable hermosura de María, pero repuestos 
después, uno de aquellos furiosos abarcó con su brazo la cin- 
tura de la joven, diciéndola balbuciente: 

—Ven, prenda, ven á beber con nosotros, y ya verás lo que 
es bueno. 

— ¡Socorro! ¡favor!— gritó María. 

Y sus palabras y su aliento quedaron suspensos en sus la- 



495 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

bios, cayendo desmayada en los brazos del rudo soldadote 
que abrazada la tenia. 

Gomo sigue la detonación al fogonazo en un arma de fue- 
go; como el ígneo relámpago sigue al ronco trueno; al grito 
de María, á las palabras de ¡socorro! ¡favor! por ella pronun- 
ciadas, siguió un poderoso ¡ira de Dios! y más copiosa que 
lluvia torrencial, una abundantísima lluvia de cintarazos, que 
espada en mano, dejaba caer don Luis sobre aquella chusma 
ebria. 

Volviéronse los soldados. 

— ¡Á él!— gritó Mediodiente que habia recibido un poderoso 
cintarazo. 

Y todos á un tiempo acometieron á don Luis, el cual de 
un solo salto se colocó al lado de María, á la cual no recono- 
ció sin embargo, porque hostigado por la soldadesca, ni aun 
tuvo tiempo para mirar el semblante de la joven. 

— ¡Canallas, miserables!— decia don Luis, comenzando á he- 
rir con la punta de su espada á sus contrarios, á los cuales 
hasta entonces no habia administrado más que algunos gol- 
pes de plano. — Vais á morir todos. 

Y revolviéndose como un león enjaulado, heria sin piedad 
ni compasión, mientras la soldadesca arremolinada se defen- 
día y aun trataba de ofender á don Luis, con los bancos y sillas 
del aposento. 

Un estrépito infernal se armó en aquella reducida habita- 
ción y tan grande fué que no solamente llegó hasta la taberna 
y casas inmediatas, sino que hasta desde la calle era oido lla- 
mando la atención de varios vecinos y transeúntes. 

Un caballero que en el momento en que esto sucedía pa- 
saba por la calle, oyó también el estrépito, y sea que por su 
carácter aventurero ó por otra cualquier circunstancia aquello 
le interesara, se lanzó á la taberna guiándose por el sonida 
y diciéndose á sí mismo: 

—Pues yo he de ver lo que es eso. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 497 

Uno contra muchos, don Luis, á pesar de su arrojo y de su 
valor no podia tener á raya sin embargo á la soldadesca que 
furiosa y estimulada por el vino, por el ardor del combate y 
por el olor de la sangre ya vertida, queria á todo trance apo- 
derarse de María. 

Sus fuerzas se gastaban en aquella desigual lucha y aun 
cuando decidido á vencer ó morir hacia prodigios de valor, 
comprendía con desesperación que iba á ser al fin vencido. 

— ¡Animo!— gritó en aquel entonces el caballero que he- 
mos visto entrar en la taberna. — ¡Animo! — volvió á decir— 
que aquí tenéis quien os ayude contra esta turba de misera- 
bles que muchos en número acometen á un hombre solo. 

Reanimóse don Luis con estas palabras, y desnudando su 
espada el que tal habia dicho, mientras el uno de frente, aco- 
metió el otro á sus contrarios por la espalda. 

Volviéronse furiosos algunos de los soldados y uno de ellos 
aquel soldado ex-alumno de Salamanca, reconoció al joven 
que en auxilio de don Luis venia. 

— ¡El vizconde del Juncal! ¡el sobrino del ministro !— ex- 
clamó. 

Y tanto el que tal dijo como sus compañeros que tal oye- 
ron, pusieron pies en polvorosa. 

Dos ó tres heridos y un muerto, María y sus salvadores, 
don Luis de Guevara y el vizconde del Juncal, quedaban úni- 
camente en las habitaciones. 



TOMO II. 



CAPITULO LXXIII. 



Continúan los antecedentes sobre los sucesos anteriores. 



Hemos dicho en el capítulo anterior que don Luis habia re- 
cibido una carta de Paca, carta que le obligó á dirigirse á la 
taberna de Ojazos, y en otros capítulos manifestamos que el- 
conde de Lazan y su hijo, juzgando al joven autor de la des- 
aparición de María, habían estado en su casa, y exaltados por 
su misma cólera, habían denostado duramente al herido sin 
que las razones dadas por el joven fuesen bastantes á modifi- 
car la creencia en que estaban. 

Efectivamente, á pesar de que Antonio, como ya manifes- 
tamos, habia tratado de hacerles desistir de aquella creencia, 
padre é hijo, impacientes viendo que pasaban los días, que 
nada sabían de su hija, y que el estado de don Luis iba ade- 
lantando, presentáronse en su casa una mañana. 

'Los criados no les pusieron impedimento alguno, y fran- 
queáronles el paso hasta la habitación en que el joven conva- 



LOS CABALLEROS DKL AMOR. 499 

ieciente se hallaba sentado en un sillón, teniendo á muy corta 
distancia á su padre, que al ver al de Lazan y á su hijo, no 
pudo menos de inmutarse. 

Algo de las presunciones que el de Lazan tenia, habíale di- 
cho don Francisco de Guevara á su hijo y este le habia con- 
testado con una ingenuidad tal, que no dejaba lugar á duda 
alguna de que aquellas suposiciones eran completamente in- 
jusfícadas. 

La aparición de ambos, como ya hemos dicho, inmutó 
algún tanto á don Francisco que temió alguna otra nueva 
escena inconveniente para su hijo, y deseando evitarla después 
de las primeras frases un tanto frias y ceremoniosas que entre 
ellos se cambiaron, dijo: 

— Muy delicada es todavía la salud de mi hijo, y como su 
cabeza se halla bastante débil, si os place pasaremos á otra 
habitación donde podremos con mayor libertad hablar. 

— Precisamente el objeto que aquí nos trae — repuso el viz- 
conde—se refiere á vuestro hijo, y con él únicamente debemos 
entendernos. 

— Es que 

Iba á continuar don Francisco, pero su hijo le interrumpió 
diciendo : 

— Dejadles, padre, dejadles, que puesto que tienen algo 
que tratar conmigo, justo es que les escuche. 

—No pretendo que me escuchéis solamente— repuso el viz- 
conde con acritud. 

—¿Pues qué pretendéis entonces? — preguntó con alguna 
altivez don Luis. 

—Que me contestéis á las preguntas que voy á haceros. 

—Luego ¿se trata de un interrogatorio? 

— Como todo crimen lo lleva consigo— repuso el padre de 
María. 

—Señor conde— se apresuró á decir don Francisco— repa- 
rad las frases que vertéis. 



500 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

— Todas son todavía pálidas para denostar la acción de* 
vuestro hijo. 

—Pero, señores; ¿tendréis la bondad de decirme clara y 
terminantemente de qué se me acusa?— exclamó don Luis me- 
dio incorporándose en el sillón en que estaba sentado— ¿per- 
sistís todavía en la idea de que yo he sido el raptor de vuestra- 
hija? 

— ¿Tendréis acaso la cobardía de sostener vuestra negati- 
va?— preguntó el vizconde. 

A pesar de la palidez que cubría el rostro de don Luis, 
advirtióse en él todo el efecto que semejante insulto le cau- 
saba. 

Un relámpago de ira brilló en sus ojos, y con acento alte- 
rado dijo: 

— Recordad, vizconde, que habéis sido mi amigo. 

—¿Y qué queréis decirme con eso? 

— Que vos dijisteis muchas veces que no podíais ser amiga 
de ningún cobarde y de ningún mal caballero. 

—Por esa razón he renunciado á vuestra amistad. 

—¡Oh! 

Y don Luis hizo un movimiento como si hubiera tratado 
de arrojarse sobre el vizconde. 

—Pero su herida recordóle al punto la imprudencia que 
trataba de cometer, y mal de su grado volvió á caer sobre el 
sillón, diciendo : 

— Don Carlos: ¿cómo podremos calificar la acción de in- 
sultar á un hombre que no puede defenderse? 

— No temas, hijo— se apresuró á responder don Francisco 
— aquí está tu padre que recoge las palabras contra tí dirigi- 
das, y que exige al señor vizconde de Lazan la satisfacción 
que nuestra honra ultrajada reclama. 

— Justificadas están las palabras de mi hijo— repuso el con- 
de—y ya tuve ocasión de deciros, don* Francisco, todo cuanta 
había en este asunto. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 501 

— Y yo OS dije entonces, y os vuelvo á repetir hoy, que no 
podia creer á mi hijo culpable de semejante infamia. 

— ¿Pues quién otro puede ser?— preguntó impetuosamente 
Carlos de Lazan. 

— ¿Quién otro?— dijo don Luis. — ¿Acaso es á mí á quien 
toca averiguarlo? ¿He ido yo acaso á acusaros por la herida 
que á traición me infirieron? Vosotros sois los que debisteis 
averiguar quién ó quiénes habian sido los raptores de doña 
María á quien he respetado siempre lo bastante para manci- 
llar su honor. ¿Qué pruebas tenéis para acusarme? 

—Pruebas tenemos— repuso el conde. 

— ¿Dónde están? ¿Quién os las ha dado? 

— En primer lugar, vos mismo. 

—¡Yo! 

— Sí, vos; recordadlo bien. 

— No os comprendo. 

—¿No os atrevisteis á poner vuestros ojos en mi hermana? 
— preguntó el vizconde. 

—¿Y eso era un crimen acaso? Podría ser una falta excu- 
sable con la misma belleza y el candor de vuestra hermana; 
ambos cedimos tal vez á la simpatía, á la misma intimidad de 
las relaciones que teníamos desde que yo vine á Madrid, pero 
hubo un momento en que cayó de nuestros ojos la venda, y 
yo no he tenido para doña María más que el respeto y la con- 
sideración que debia tenerla. 

— Si vos cedisteis, fué obligado por la fuerza. 

—¿Por la fuerza? 

— Porque mi hermana, cumpliendo sus deberes, mejor que 
vos cumplisteis con los vuestros, os obligó á separaros de 
ella. 

—Y el despecho— añadió el conde— despecho injusto y á 
todas luces indigno, os ha movido á dar un paso tan criminal 
como este. 

—Vamos, señor conde, tened la bondad de no hacer tales 



502 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

afirmaciones; vuelvo á repetiros que nada sé de vuestra hija, 
y que desearla únicamente encontrarme en disposición de 
poder ayudaros en vuestras pesquisas. 

—Jamás creí que pudiera llevarse la impudencia hasta el 
extremo que lo estáis haciendo. Responded por última vez, 
¿queréis decirnos dónde habéis llevado á mi hermana? 

— Señor vizconde—dijo don Francisco cortando la frase con 
que iba á contestar su hijo— he tenido la honra de deciros que 
Luis es ajeno por completo á la desgracia que deploráis y que 
yo deploro también, y al afirmaros esto, creed que lo hago 
con la completa convicción de que es verdad, y siendo así, 
habéis de comprender cuánto me estoy violentando para no 
haber castigado ya, cual debia, vuestro incalificable lenguaje. 

— Reparad, don Francisco— dijo el conde que la herida que 
hemos recibido es muy profunda. 

—Pero no tanto que os haga olvidar lo que á nuestra honra 
se debe. 

—Padre— dijo el vizconde— ¿vinimos á esta casa á gastar 
lastimosamente el tiempo en vanas palabras? 

— ¿Y qué otra cosa queríais hacer? 

Y el acento de don Francisco al hacer esta pregunta vibró de 
un modo tan severo y tan enérgico al mismo tiempo, y su mi- 
rada adquirió tan imponente expresión que el joven no pudo 
menos de conmoverse algún tanto. 

Pero su conmoción fué breve. 

Repúsose al punto, y dijo volviéndose á su padre: 

— Padre mió, veo que de momento nada podremos hacer 
aquí; lo mismo don Francisco que su hijo se han propuesto 
ocultar el hecho; y como que el uno por anciano y el otro por 
el estado en que se halla no pueden darnos la única repara- 
ción que necesitamos, esperemos á que don Luis se encuen- 
tre en disposición de manejar una espada, y entonces vere- 
mos si tiene valor suficiente para seguir sosteniendo su 
impostura. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 503 

— Callad, vizconde, que aun herido y todo estáis poniéndo- 
me en el caso de que trate de vengar vuestros ultrajes. 

Y don Luis, lívido de coraje, consiguió levantarse del si- 
llón y dar algunos pasos hacia su adversario. 

Pero el conde de Lazan se adelantó, diciendo: 

— Sosegaos, don Luis; lo mismo mi hijo que yo daremos 
tregua á nuestro enojo, que fuera indigno de nosotros cruzar 
nuestra espada con quien apenas puede sostenerse. 

—En cambio— repuso don Francisco— yo puedo hacerlo; yo 
que creo inocente á mi hijo del crimen que le imputáis, que 
sufro y siento arder mi sangre bajo el fuego de vuestros ul- 
trajes, dispuesto me hallo á daros cuantas satisfacciones que- 
ráis, con tal que pueda vengar las ofensas que nos inferisteis. 

— No sois vos el culpable, caballero. 

— Lo soy desde el momento en que hago mios los actos de 
mi hijo y todas las frases que pueden ofenderle. 

—¡Don Francisco! el amor de padre os ciega. 

— Lo mismo que á vos os ciega la ira, haciéndoos sordo á 
la voz del honor y de la amistad. 

—¿Qué queréis decir?— preguntó el de Lazan. 

—Que mi amistad ha sido siempre sincera para vos, que 
habia creido que conocíais mi lealtad y mi honradez lo bas- 
tante para no poner jamás en duda mis palabras, y que cuan- 
do así lo habéis hecho es prueba evidente de que he dejado de 
ser vuestro amigo. 

—Si apadrináis á vuestro hijo, si queréis disculpar sus ac- 
tos ¿cómo es posible que crea en vuestra amistad? 

—Salgamos de aquí, padre; salgamos de aquí para que no 
digan nunca estos señores que nos hemos prevalido de su de- 
bilidad para continuar nuestros insultos. 

Don Luis habia vuelto á caer en el sillón y en su impoten- 
cia para responder cual hubiera deseado á las provocaciones 
del joven, contentóse con dirigirle una mirada tan terrible 
que el vizconde hubo de comprenderla, porque dijo: 



504 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

—Os comprendo, don Luis; enfrenaré mi enojo hasta que 
estéis en disposición de manejar una espada, pero ¡ay de vos 
si cuando ese caso llegue no os encuentro dispuesto á dar- 
me vuestra vida por la honra que nos habéis quitado! 

— Tomad la mia cuando gustéis— replicó don Francisco. 

— Ya os dije que no es con vos, señor, con quien debo dejar 
terminado este asunto. 

—Cesad, don Francisco— dijo el conde que habia tenido 
siempre por un modelo de honradez y de lealtad al anciano — 
y dejemos que vuestro hijo pueda responder cumplidamente 
á los cargos dirigidos contra él. 

— Pero mis palabras no bastan á convenceros... 

—De la rectitud de vuestras intenciones, desde luego; mas 
no de la sinceridad que suponéis en vuestro hijo. 

Todavía lleváronse un buen rato hablando sobre aquel 
mismo tema. 

Don Luis, á pesar de que en la situación en que se hallaba 
cualquiera excitación le era perjudicial, no pudo menos de 
exaltarse en algunos momentos, siendo necesario que su mis- 
mo padre le recomendara dos ó tres veces la prudencia y que 
suplicase al conde de Lazan que se llevase de allí á su hijo 
que estaba provocando de un modo inconveniente á quien no 
se podia defender. 

Don Luis prometióles que tan luego como pudiera poner- 
se frente á ellos les daria aviso, y ya hemos visto en uno de 
nuestros capítulos anteriores que cumplió su palabra y que si 
aquel encuentro no se habia verificado, fué únicamente á con- 
secuencia del aviso dado por el mercader flamenco de que 
encontrarían reunidos á don Luis y á doña María, como ya 
hemos visto. 



CAPÍTULO LXXIV. 



Qué había sido de Paca la Salada. 



Una vez solos padre é hijo, después de la escena que acá- ' 
barrios de referir, don Francisco exclamó: 

— ¡Oh! no pudiera imaginarnae que tuviera que escuchar 
semejantes palabras. Imposible parece que el hijo mió haya 
podido dar lugar á ellas. 

—Padre, podéis estar cierto, que de la acusación hecha por 
esos caballeros y de la cual yo os juro que han de darme es- 
trecha cuenta, me hallo completamente libre. 

— ¿Pero entonces en qué se fundan? 

—¿Lo sé yo acaso? No puedo deciros más, sino lo mismo 
que ya os dije en otra ocasión. Ha tiempo amé á doña María, 
y ella creyóse también sin duda que me amaba; y digo que 
debió creérselo, porque casi de común acuerdo, uno y otro 
desistimos de nuestro amor, pero sin violencia, sin que me- 
diase entre nosotros escena alguna que provocase aquel 

TOMO II. 64 



506 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

rompimiento. Uno y otro comprendimos que habíamos equi- 
vocado la amistad que nos unia, con el amor, y al reconocer 
nuestro error, uno y otro tomamos dirección opuesta. 

— ¿Pero qué cúmulo de circunstancias son las que pueden 
haber contribuido para determinar de tal manera una exci- 
sión semejante? 

—Lo ignoro, padre mió. Solo puedo deciros que tengo una 
porción de enemigos, enemigos que con entera franqueza os 
aseguro que no sé cómo se han formado, puesto que no re- 
cuerdo haber hecho daño á nadie. 

—Eso no importa—repuso tristemente don Francisco.— 
Hay personas de tan ruin corazón, que no haciéndoles más 
que beneficios, le pagan á uno solamente con terribles ingra- 
titudes. Yo, desgraciadamente, puedo decir mucho de eso. 

Don Luis miró sorprendido á su padre, y no pudo menos 
de decirle: 

— ¿Habéis tropezado con alguno de esos miserables, padre? 
—Sí; y me temo que alguno de ellos se mezcle en tu juego, 
y sea el causante de todo esto. 
— ¿Qué queréis decir? 

—Nada. Yo me encargo de averiguar la verdad. Esa mujer 
que estaba junto á tu cabecera el dia que yo llegué, ¿quién es? 
¿la conoces bien? 

Don Luis palideció al escuchar esta pregunta. 
Comprendió que su padre se referia á Paca, y hablarle de 
ella en el sentido en que su padre parecía querer hacerlo, era 
una cosa superior á sus fuerzas. 

Así fué, que se contentó con responder secamente: 
— Mucho la conozco, padre. 

— ¡ Pluguiera al cielo— repuso don Francisco— que jamás la 
hubieses conocido si habia de ser causa de tu desdicha! 

—Padre — repuso don Luis con acento al par que respe- 
tuoso, firme y resuelto.— Os dije, cuando hablamos de eso el 
primer dia, que era muy grande la deuda que yo tenia con- 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 507 

traída con esa mujer. Os dije, que la amaba con todo mi cora- 
zón, y os suplicaría que nada más volviéramos á hablar res- 
pecto á este asunto. 

— ¿Pero es acaso á una mujer de su especie á la que tú 
puedes aspirar? 

—¿Qué queréis, señor? el amor no repara en condiciones, 
y Paca, siendo honrada, vale para mí tanto como la más no- 
ble dama. 

—Pero 

— Teniendo en cuenta que si á ella le falta nobleza, con la 
que á nosotros nos sobra, hay bastante para ennoblecerla. 

— ¿Es decir que estas resuelto á hacerla tu esposa^ 

— Ya os lo dije y os demandé vuestra venia. 

— ¿Y no comprendes que tal vez esa persecución de que es- 
tás siendo objeto, reconozca por causa ese desdichado amor? 

—¿Y qué queréis? ¿que ceda por ese temor á vergonzosos 
amores ó exigencias indignas? Vamos, padre mío; compren- 
ded que más digno soy de vos dando mi mano á una mujer 
plebeya, pero honrada; á una mujer á quien debéis realmente 
la vida de vuestro hijo; á una mujer que por él ha perdido 
hasta su honra, único patrimonio que tenia, comprended que 
es más digno esto, que no asentir á la vergonzosa pasión de 
esa doña Catalina ó de cualquier otra dama de su misma es- 
tofa, de las muchas que abundan por la corte. 

—Tampoco exijo yo semejante cosa; pero el caso es, que 
sin saber cómo ni cuándo, te encuentro enemistado con lo 
principal de la corte; que el conde de Lazan y su hijo, que era 
mi antiguo amigo y que ha sido tu primer protector, es hoy 
tu encarnizado enemigo; que esa doña Catalina que por bue- 
nas ó malas artes ocupa una posición elevada, también es tu 
enemiga; que el conde de Santillan deja por ahí decir frases 
que te ofenden y que me hieren, y precisamente estas fami- 
lias son de las principales; todas ellas han contribuido poco ó 
mucho á tu elevación, y ya ves cómo te tratan hoy. 



508 LOS CABALLERCS DEL AMOR. 

— ¿Qué queréis que os conteste á eso? Tal vez el conde ten- 
ga motivos para lo que dice de mí, motivos por cierto que en 
nada pueden lastimar mi honra; pero vuelvo á repetiros otra 
vez que ni doña Catalina puede quejarse, ni de quejarse tiene 
motivos el conde de Lazan, pues no solo soy ajeno al rapto 
de su hija, sino que deseo habérmelas con sus raptores. 

— Si desistieras de esa unión, tal vez cediese el rigor de los 
que te persiguen. 

— Pero, ¿quién me persigue? 

—¿Lo sé yo acaso? ¿Crees que si yo lo supiera, aun cuan- 
do viejo y achacoso, no hubiera buscado ya mi espada el ca- 
mino de su corazón? Pues precisamente eso es lo que me 
asusta; el que aquí luchamos con lo desconocido; el que no sa- 
bemos de dónde viene el golpe que nos hiere. 

Don Luis quedóse pensativo algunos momentos. 

Se padre le contemplaba en silencio. 

Después alzó el joven resueltamente la cabeza. 

— Es inútil — dijo—no renunciaré á Paca, ante ninguna cla- 
se de temores. Los hombres de mi raza, y usted lo sabe per- 
fectamente, padre, no han retrocedido jamás ante el peligro. 

Don Francisco inclinó tristemente la cabeza. 

Agradábale aquel arranque de su hijo; pero al mismo tiem- 
po temia un funesto desenlace en aquella especie de extraño 
duelo que estaba verificándose entre Luis y sus misteriosos 
adversarios. 

Ante enemigos francos, desembozados y leales, el anciano 
no solo no hubiera retrocedido, sino que se habría adelanta- 
do hacia ellos, considerando á su hijo como un miserable, si 
llegaba á volverles la espalda. 

Pero en la situación en que se hallaban, variaban por com- 
pleto las cosas. 

El adversario se envolvía en la sombra. 

Tiraba el golpe y escondía la mano, como vulgarmente se 
dice. 




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PACA 



L03 CABALLEROS DEL AMOR. 509 

Era luchar con un fantasma, y esta clase de luchas no las 
comprendía el anciano caballero. 

Así fué que resolvió libertar á todo trance á su hijo, á pe- 
sar suyo. 

Para esto no habia más remedio que sacrificar á Paca. 

Y lógico era que el padre no mirase más qué á su hijo en 
aquella ocasión. 

Nada más le dijo; no insistió más sobre el asunto que ha- 
bia servido de objeto á su conversación y se ocupó únicamen- 
te en averiguar con suma destreza dónde Paca vivia. 

No le fué esto difícil, teniendo en cuenta que todos los ami- 
gos de su hijo la conocían. 

Dos días después el noble anciano se presentó en casa de 
la maja. 

Paca, desde que habia salido de casa de Luis, estaba triste 
y apenada. 

Amaba con frenesí, con idolatría á aquel caballero que por 
ella habia expuesto su vida, y cuando ella quería tener el mé- 
rito de haber contribuido única y exclusivamente á su cura- 
ción, cuando creía que nadie podría separarla del lecho de 
aquel hombre tan querido, se encontraba no solo alejada de 
él, sino que lo habia sido ignominiosamente, cual si hubiese 
cometido un crimen. 

Paca habia salido llorando de casa de su amante, y lloran- 
do continuó los días que desde entonces habían trascurrido. 

En vano Concha y Dolores habían tratado de consolarla. 

Conocía que en las desfavorables condiciones en que don 
Francisco se hallaba respecto á ella, difícilmente se le podría 
atraer á la razón, y realmente no se engañaba. 

Joselíto y Vicente, Ramón de la Cruz y todos los amigos de 
don Luis, hablaron á don Francisco en sentido completamen- 
te favorable á la joven, pero nada alcanzaron. 

El rostro del anciano permaneció constantemente severo 
mientras de esto se le hablaba, y únicamente sabia decir: 



510 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

—Mi hijo ha cometido una locura, de la cual felizmente 
procuraré salvarle. 

Y como se comprenderá, semejantes frases no eran las más 
á propósito para devolver la calma y la esperanza á la pobre 
Paca. 

Todos los dias, y por todos los medios imaginables, procu- 
raba adquirir noticias del hombre que amaba, y un dia por 
fin, Vicente pudo decirle que habia encontrado una ocasión 
en que Luis le dijo: 

—Di á Paca que tenga confianza en mí; <iue el primer dia 
que salga á la calle, para ella será mi primera visita; y que no 
haga caso de lo que ha sucedido, porque mi padre está ofus- 
cado. 

Paca, á pesar de esto, continuó recelosa, y temiendo siem- 
pre un triste desenlace para sus amores. 

De este modo pasaba sus dias, cuando una mañana sintió 
llamar á la puerta de su casa. 

Apresuróse á abrir, y una exclamación de asombro se 
exhaló de sus labios. 

Don Francisco de Guevara estaba en el umbral de la 
puerta. 

— Permitidme que os hable dos palabras— le dijo con seve- 
ro acento. 

— Pasad, señor — murmuró la joven, presintiendo alguna 
desgracia. 

Y efectivamente, razón tenia en presentirlo. 

Don Francisco iba como padre que trata de evitar una des- 
gracia para su hijo. 

Pintó con los colores más sombríos á Paca, la situación en 
que se encontraba don Luis; las asechanzas de que estaba 
siendo objeto; y finalmente, que todo esto no reconocía por 
causa, más que su desatentado amor. 

— Y bien, señor; ¿qué queréis que haga?— preguntó la 
moja con los ojos llenos de lágrimas. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 511 

Don Francisco le expresó su angustia y su desesperación, 
viendo á aquel hijo, único que tenia, expuesto sin cesar, y te- 
miendo á cada paso por su existencia y hasta por la misma 
posición que tenia, toda vez que sus enemigos no se detenían 
ante nada, y de nuevo volvió Paca á decir: 

— Basta, señor; explicadme vuestro deseo y yo os juro que 
aun á costa de mi felicidad procuraré complaceros. 

Don Francisco le significó entonces lo que era menester que 
hiciera para salvar á su hijo. 

Era preciso que renunciase por completo á su amor; pero 
que esta renuncia, debía ser ella quien la hiciese, pues de 
otro modo quedaría subsistente aquel amor, origen ya de 
.tantos disgustos para Luís. 

Fácilmente se comprende lo que semejante exigencia cos- 
taría á la maja. 

Precisamente, lo que se la pedia era superior á sus fuerzas. 

No solamente se la exigía que renunciase á aquel amor 
con el cual había estado viviendo, sino que también se la pe- 
día que fuese ella quien tomase la iniciativa en aquel rompi- 
miento. 

Don Francisco no se presentó en aquellos momentos del 
modo que lo hizo al llegar por primera vez á casa de su hijo. 

Por el contrario; mostróse afectuoso, suplicante y apenado, 
y á sus ruegos, no tuvo valor bastante para resistirse Paca. 

Gomo consecuencia de aquella entrevista, dos dias des- 
pués recibió don Luis una carta en la cual su amada le decía, 
que habiendo reflexionado acerca de las diferencias de posi- 
ción que entre ellos mediaba, comprendía que no podían 
subsistir sus relaciones. 

Que ambos, merced á aquellas diferencias, no podían ser 
los amantes queridos que ella había soñado tantas veces, y 
que una vez que él ya estaba bueno y que para nada le hacía 
falta, procurase olvidarla, que ella á su vez trataría de hacer 
lo mismo. 



512 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

Luis no creyó por ningún estilo en la verdad de aquella 
carta. 

Contempló á su padre después de leerla, y el noble ancia- 
no estaba tan poco acostumbrado á mentir que se turbó ante 
la interrogadora mirada de su hijo. 

Este no le dijo una palabra; pero en cuanto encontró oca- 
sión para ello, le dijo á Joselito: 

— Díle á Paca que he recibido su carta, y que no creo en 
ella. El primer dia que salga yo, escucharé de sus labios la 
confirmación de esa carta. 

Y efectivamente, Luis no dijo más, que revelase el proyec- 
to que habia concebido. 

El dia que salió, se dirigió á casa de Paca. 

Como que habia tenido muy buen cuidado de que ni Jose- 
lito ni Vicente, ni aun su mismo padre supiesen ni el dia ni 
el momento en que iba á verificar su primera salida, ni Paca 
pudo evitar el hallarse en su casa, ni don Francisco el que su 
hijo fuese á ver á la maja. 

Puede comprenderse la escena que se seguirla á la presen- 
tación de don Luis. 

El joven le exigió que se ratificase en todo cuanto en aque- 
lla carta dijera, y Paca no lo pudo hacer. 

La consecuencia inmediata fué que después de cambiadas 
aquellas primeras palabras de explicación, la pasión se des- 
bordó de sus almas, y entregáronse á una de aquellas esce- 
nas en que apenas veían, ni pensaban, ni sentían más que en 
sí y para sí mismos. 

Cuando don Luis regresó á su casa, don Francisco le espe- 
raba inquieto. 

— Padre— le dijo el joven— os agradezco lo que habéis he- 
cho; pero sucédame lo que quiera, estoy resuelto á casarme 
con Paca. 

— ¿Qué quieres decir?— exclamó el anciano que compren- 
dió lo que habia ocurrido. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 513 

—Que he visto á Paca, y la he encontrado tan amante, tan 
bella y tan pura como siempre. 

—¿Pero no reflexionas que de nuevo te lanzas en el cami- 
no de las aventuras y de los peligros? 

— Iré prevenido constantemente. 

— Mira que vas á perder tu posición; reflexiona que los que 
hasta hoy te han protegido, han de volverte mañana la es- 
palda. 

—No me la volverá el rey, y mientras tenga su favor, im- 
pórtame poco de lo demás. 

Don Francisco comprendió que seria inútil cuanto dijera á 
su hijo, y no tuvo otro remedio que inclinar la frente ante 
aquella resolución. 

De este modo llegaron al dia en que el conde do Lazan y su 
hijo recibieron el aviso de que encontrarían á doña María en 
'amorosa plática con el caballero don Luis de Guevara. 



TOMO II. 



CAPÍTULO LXXV. 



Que termina con un desenlace inesperado. 



Veamos ahora por qué causa don Luis, convaleciente^ 
pudo encontrarse en la taberna en aquellos momentos. 

Aquella misma tarde habia recibido un misterioso billete, 
según dijimos en el capítulo anterior, concebido en estos tér- 
minos: 

«Don Luis: acontecimientos ocurridos después que habéis 
salido de mi casa me obligan á veros sin falta alguna esta 
misma noche. 

»Se nos espia, y no podemos vernos ni en mi casa ni en 
lugar donde nadie nos pueda sorprender. 

» Estad después del toque de ánimas en la taberna del tio 
Manquito, en el barrio de Maravillas, y Joselito entrará á bus- 
caros cuando convenga que salgáis. 

»0s lo ruega encarecidamente. 

Paca.» 



i 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 515 

Precisamente Luis habia ido aquella mañana, como de 
costumbre, á la casa de Paca. 

Tres dias hacia que salia á la calle, y sus visitas eran úni- 
camente para la joven. 

Le debia explicaciones por la escena que habia tenido lu- 
gar en su casa el dia en que llegó su padre, y por la que des- 
pués tuvo lugar en su casa. 

Fácilmente se entienden y se disculpan los enamorados, y 
.Luis y Paca se entendieron á las pocas palabras. 

Así fué que no dejó de ir á su casa, y por lo tanto hubo de 
prestar completo crédito á una carta que se referia á la visita 
hecha por él aquella misma mañana, máxime cuando no co- 
nocía la letra de Paca. 

En su consecuencia, aquella noche, á la hora convenida, 
llegó el joven á la taberna, y ya hemos visto el resultado que 
tuvo su visita. 

Todo ello habia sido obra de su misterioso é incansable 
perseguidor. 

La letra de Paca habia sido hábilmente falsificada, valién- 
dose para obtener algunas letras de la maja, de multitud de 
medios á cuál más ingenioso. 

A sus fines convenia sin duda la presencia de Luis en 
aquel sitio, y necesario es convenir en que su plan hubo de 
salirle á las mil maravillas. 

La entrada de los soldados en la taberna, taberna desde 
luego frecuentada en lo general por gentes de mal vivir, todo 
habia sido obra del desconocido, así como también el misera- 
ble que con sus excitaciones y sus noticias habia encendido 
el lúbrico deseo de los soldados, era una hechura suya. 

Mientras habia tenido lugar la entrevista de doña Catalina 
con el conde de Lazan, el vizconde estábase paseando, como 
sabemos, por la plaza de Afligidos, donde siguiendo las ins- 
trucciones que en la carta recibida aquel dia se le daban, de- 
bia aguardar el momento en que se presentasen á buscarle. 



516 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

Un cuarto de hora después que su padre se hubo alejado- 
de él, reparó que un jovenzuelo se le aproximaba con pre- 
caución. 

Juzgando no fuese algún ratero de los muchos que se apro- 
vechaban de la semi-oscuridad que reinaba por aquellos si- 
tios, adelantóse hacia él y le dijo: 

—¿Quién va? 

—Uno que os viene buscando— repuso el mozalvete, que 
no era otro que Felipe, el hijo del desconocido á quien ya en 
otra ocasión vimos cuando su padre le referia el motivo de su 
venganza respecto á Luis y á su padre. 

Felipe pronunció las frases que ya se le indicaban en la 
carta, y entonces el vizconde siguióle sin recelo, diciéndole: 

— ¿Me espera mi padre? ¿Ha encontrado á mi hermana? 

—Presumo que se trata de sorprender á don Luis en el 
momento en que trate de realizar sus infames propósitos. 

— ¡Corramos!— dijo el vizconde, apretando los puños de 
coraje. 

— No tan deprisa, señor caballero— dijo Felipe— que hemos 
de escuchar una señal para que subáis al puesto en que os 
aguardan. 

— ¡Una señal! 

—Sí, por cierto; la que nos indique que don Luis ha sido 
cogido. 

—¿Y si no lo fuera, encontraríamos á mi hermana? 

— Sí, señor. 

—En cuanto al otro miserable, si esta noche no cae en mi 
poder, ya sé yo dónde encontrarle. 

— ¡Oh! sí, señor vizconde; herid sin temor tan luego como 
le halléis, porque no es digno de piedad ni gracia. 

El acento con que Felipe pronunció estas palabras vibró 
de tal modo, á pesar de los cortos años del mancebo, que el 
vizconde no pudo menos de mirarle sorprendido. 

—¿Y tú qué sabes?— le dijo. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 517 

— Es que le conozco, señor. 

— ¿Le conoces? 

—Sí ta], y por cierto que si vos no le matáis no ha de faltar 
quien lo haga. 

—¿Quién lo habia de hacer? 

—Ya se veria entonces. 

— ¡ Pero, muchacho, me sorprende lo que estás diciendo! 

— ¿Qué queréis? cada uno tiene sus secretos en este 
mundo. 

—¿Y los tienes tú ya, siendo tan mozo? 

— Ahí veréis. 

Parte de este diálogo habia tenido lugar á la puerta de la 
casa donde habia entrado el conde de Lazan. 

Cuando el vizconde iba á contestar á las últimas frases de 
Felipe, resonó un agudo silbido, é inmediatamente exclamó 
el mozuelo con una expresión indescribible: 

— ¡Arriba al momento, que el pájaro ha caído ya! 

Y guiando á Garlos, que habia sacado la espada, metióse 
en el portal, siguiendo el mismo camino que media hora an- 
tes habia recorrido el conde. 

Aquel silbido fué lanzado por el mercader flamenco, pre- 
cisamente en el momento en que doña Catalina habia indica- 
do al conde que podía abrir la cuarta puerta del salón y 
marchar en busca de su hija. 

Las últimas palabras pronunciadas por Zarini, revelando 
el verdadero parentesco que existia entre doña Catalina y el 
conde, dieron lugar á que el vizconde llegase á la habitación 
en que habia tenido lugar aquella entrevista, al mismo tiem- 
po que se abria la puerta, apareciendo María, don Luis y el 
vizconde del Juncal. 

Dijimos ya que la aparición de éstos produjo una exclama- 
ción de sorpresa en las personas allí reunidas, aumentándo- 
se esta, viendo aparecer casi detrás del vizconde de Lazan la 
severa figura de don Francisco de Guevara, que no pudo me- 



518 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

nos de detenerse en el umbral de la puerta, asombrado ante 
el espectáculo que á su vista se ofrecía. 

Poco antes, y en ocasión en que don Francisco se hallaba 
en su casa, habíase presentado un hombre, solicitando con 
urgencia hablarle. 

Una vez en su presencia, le dijo: 

— Señor don Francisco, vengo á avisarle para que me siga 
b\ punto, si quiere salvar á su hijo. 

— ¿Qué habéis dicho? — exclamó el anciano caballero levan- 
tándose de su asiento como movido por un resorte. 

— Que el conde de Lazan y su hijo han tendido una celada 
al vuestro; que la casualidad ha hecho que haj^a podido ente- 
rarme, y que á la vez que he ido á avisar á algunos de sus 
amigos, he creido conveniente noticiároslo, por si queréis 
como padre acudir en su socorro. 

—Habéis hecho bien y os lo agradezco, y ¡ay de los mise- 
rables si á medios tan indignos han recurrido para vengarse! 

Y ciñéndose apresuradamente el espadín, lanzóse á la 
calle, siguiendo al desconocido y llegando á la casa consabida 
en el momento que acabamos de ver. 

Al ver el vizconde de Lazan á don Luis al lado de su her- 
mana, arrojóse sobre él con tal rapidez, que apenas el caba- 
llero tuvo tiempo para dar un paso atrás y sacar la espada. 

— Ahí le tenéis, herid sin miedo— dijo el desconocido al 
vizconde. 

— ¡Miserable!— gritó don Francisco tirando á su vez de la 
espada, y arrojándose sobre el desconocido. 

—¡Oh! ¡don Francisco! ¡don Francisco!— gritó éste con un 
acento en el cual se advertía todo el odio y toda la rabia con- 
centrada quizás durante un largo período— al fin os encuen- 
tro, al fin la aborrecida sangre vuestra y de vuestro hijo voy 
á verlas correr ante mi vista. 

— ¡El hechicero de Méjico!— exclamó don Francisco con 
un acento indefinible. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 519 

—Sí, el hechicero de Méjico que ha encontrado al fin la 
ocasión de vengarse. 

—Padre— gritó el mozuelo que sirvió de guia al vizconde — 
aquí estoy yo para ayudaros. 

—¡Bien! hijo — gritó con voz ronca el hechicero, como le 
habia denominado don Francisco— cumple con tu deber. 

Y su espada cruzóse con la de don Francisco, que á pesar 
de sus años le atacaba valerosamente. 

Todo esto que nosotros hemos tardado algún tiempo en 
referir, habia tenido lugar con una rapidez extraordinaria. 

María, al ver á su padre, habíase lanzado á él, y estrecha- 
mente abrazados padre é hija, apenas se apercibían de lo que 
á su alrededor pasaba. 

El vizconde del Juncal al ver la acción de Carlos que no 
pudo prever, interpúsose entre Luis y Carlos; mas no pudo 
hacerlo tan pronto, que la espada de éste no hubiese tocado 
ya en el hombro de Guevara. 

Entonces sucedió una cosa extraña. 

Aun cuando la herida habia sido muy insignificante, Luis 
vaciló, y habría caído al suelo á no sostenerle el vizconde que 
dijo á Carlos: 

—Ved lo que hacéis, caballero; ved que á él debéis la sal- 
vación de vuestra hermana. 

— Su perdición querréis decir — repuso Carlos lleno de 
cólera, viendo que se le escapaba la ocasión apetecida. 

— Os digo que todos hemos sido víctimas de un error, y 
por mi fe de caballero os aseguro que don Luis es inocente 
de cuanto hayáis podido pensar, y de cuanto yo mismo he 
pensado también. 

El acento con que el vizconde del Juncal habia pronuncia- 
do estas palabras, llevaba impreso tal carácter de convicción, 
era tan resuelto y tan firme al mismo tiempo, que el vizconde 
de Lazan no pudo menos de quedarse un tanto suspenso. 

Don Luis se habia desmayado. 



520 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

La lucha que anteriormente sostuviera con los guardias 
habia hecho que su herida, mal cicatrizada todavía, se le 
abriese, y habíase ido sosteniendo hasta aquel momento, 
merced únicamente á un poderoso esfuerzo de su voluntad. 

La brusca acometida de Carlos obligóle á hacer un movi- 
miento demasiado impetuoso, y esto, más que la ligera herida 
que le hizo el joven en el hombro, determinó la caída y el 
desvanecimiento consiguiente á ella. 

Preocupados Carlos y el vizconde del Juncal con el herido, 
no se apercibieron de lo que acontecía entre el mercader fla- 
menco ó el hechicero, según queramos llamarle, y don Fran- 
cisco, cuando de pronto, un grito que resonó en la estancia, 
les hizo á todos fijarse en el terrible drama que en el otro ex- 
tremo del salón habia tenido lugar. 

Doña Catalina acurrucada, sí esta frase podemos usar, en 
el rincón opuesto, desde el momento en que el conde de 
Fuentidueña habia hecho su inesperada revelación, parecía 
no ver ni fijarse en nada de cuanto la rodeaba. 

Zarini ó el conde de Fuentidueña, habia fijado su atención 
única y exclusivamente en el grupo formado por el conde de 
Lazan y María, y abstraído en sus meditaciones hubiera po- 
dido decirse apenas sí tenia conciencia del mundo en que 
vivía. 

Así fué que al grito exhalado por don Francisco al caer 
mortalmente herido, fué cuando tan solo alzó la cabeza viva- 
mente, y rápido como el pensamiento, obedeciendo más que 
todo á un movimiento instintivo, tiró de la espada, y cayendo 
sobre el desconocido le atravesó el pecho. 

— ¡Ah, miserable! Has muerto á uno de los mejores caba- 
lleros de España, pero tu crimen no ha de quedar impune. 



/ 



CAPÍTULO LXXVI 



Dos muertos y una, loca. 



Digamos antes de proseguir, cómo el vizconde del Juncal 
después de la carta que en otro lugar vimos habla dirigido al 
conde de Lazan rompiendo su compromiso con María, y acu- 
sando tanto á ésta como á su padre de haber llevado á cabo 
una superchería para conseguir de él que renunciase los bie- 
nes objeto del pleito que habían sostenido, casándose ella con 
don Luis, pudo mudar de opinión. 

Una vez puestos en fuga los guardias, el vizconde pudo 
darse cuenta realmente de la situación y de las personas á 
quienes había salvado. 

Entonces, recordando el anónimo que había recibido y en 
el cual se le decía que el conde y María le habían engañado; 
que fué lo que dio margen á su carta dirigida al conde, apre- 
suróse á saludar ceremoniosamente á Luís y á María tratando 
de salir después de aquel inmundo lugar. 

TOMO II. 66 



522 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

Pero Luis, á quien su padre habia dicho las prevenciones 
que contra él abrigaba la casa del conde de Lazan y que poste- 
riormente tuvo ocasión de oir de sus mismos labios las que- 
jas que contra él existían, no quiso desperdiciar la ocasión 
que se le presentaba para dejar las cosas en el punto quedebia. 

Así fué que le detuvo y provocó una explicación. 

Ésta, dadas las personas entre quienes mediaba, fué tan 
cornpleta como podia esperarse. 

María explicó en breves palabras todo lo ocurrido; el viz- 
conde á su vez dijo también lo de los anónimos que recibiera 
y la carta que habia escrito al de Lazan, y así pudo explicarse 
Luis la escena que en su casa habia tenido lugar y las voces 
que respecto á él circulaban en la corte. 

Uno y otro por su fe de caballeros juraron que cuanto ha- 
bían dicho era verdad y como que el vizconde amaba verdade- 
ramente á María y ésta de su primer amor á don Luis no 
conservaba más que un recuerdo sumamente débil, no fué 
difícil que se llegaran á entender. 

Después de esta explicación que fué breve porque el caso 
no exigía otra cosa, trataron de salir de allí. 

Luis propuso que se buscara una silla de manos, pero pa- 
reciéndoles sentir rumor de voces hacía el otro extremo del 
aposento en que se hallaban, por no salir por la taberna y 
mucho más habiendo dicho María que aquella misma tarde 
sus guardias la habían hecho cambiar de domicilio, y que ha- 
bia ido al sitio á que se hallaba cruzando habitaciones inte- 
riores, pusiéronse á buscarlas, y efectivamente dieron con 
un corredor por el cual dijo la joven que habia pasado. 

Al final de este corredor encontraron una estancia más ca- 
paz, y desde ella percibieron más claras y más distintas las 
voces que ya antes escucharan. 

Entonces se acercaron á la puerta. 

Trataron de abrirla, pero se convencieron de que estaba 
cerrada por la parte opuesta. 



LOS CABALLiKlROS DEL AMOR. 523 

Intentaron llamar, cuando la puerta se abrió violentamen- 
te, y nuestros lectores saben ya lo que ocurrió á su aparición. 
Explicado esto, continuemos nuestro relato. 
La mortal herida recibida por don Francisco no habia sido 
hecha por la espada de su adversario. 

Felipe, el hijo de éste, el rapazuelo que habia ofrecido á su 
padre ayudarle, al ver que éste se encontraba un tanto apre- 
tado por la espada de don Francisco, y que la sangre man- 
chaba ya su traje, señal de que la espada del anciano le habia 
tocado, no vaciló ya, y sacando un puñal, hirióle por la espal- 
da, aprovechándose de un momento He descuido del anciano. 

Pero de poco le sirvió su villana acción. 

Ya hemos visto que el de Fuentidueña, vuelto en sí por el 
grito de don Francisco, se apresuró á vengarle, aun cuando las 
heridas que ya tenia el hechicero de Méjico ó el mercader fla- 
menco, según queramos llamarle, hubiéranle producido tal 
vez la muerte, pues solamente por un efecto de su mismo co- 
raje y de su odio hacia don Francisco, puede decirse que es- 
taba sosteniéndose. 

Al verle morir, su hijo se arrojó sobre él. 

Del mismo modo, el conde de Fuentidueña, el de Lazan y 
María se aproximaron á don Francisco. 

Doña Catalina permaneció inmóvil. 

—¿Y mi hijo?— preguntó con voz débil el anciano caballero. 

Entonces se fijaron todas las miradas en el grupo formado 
en la habitación inmediata por Carlos y el vizconde del Juncal 
tratando de hacer que volviese en sí don Luis. 

—-Ha salido en busca de auxilios— dijo el de Fuentidueña, 
que se hizo cargo de la situación y no quiso agravar el dolor 
del anciano diciéndole la verdad. 

—Todo será inútil— dijo con voz cada vez más débil don 
Francisco— entiendo demasiado en heridas, y sé que la mia 
es mortal. 

Fuentidueña ó Zarini, pues nuestros lectores le conocen ya 



524 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

por ambas denominaciones, que también poseía conocimien- 
tos quirúrgicos, no pudo menos de convenir en que don 
Francisco tenia razón. 

—Decidle á mi hijo— prosiguió el anciano, teniendo nece- 
sidad de detenerse á cada palabra— que desconfie de ese hom- 
dre con quien acabo de batirme. Es un infame que no mere- 
ce más que la muerte. La vida de mi hijo estará en peligro 
mientras ese miserable subsista Yo creí haberle muer- 
to en Méjico 

— Nada temáis, don Francisco— dijo el de Fuentidueña— yo 
le he dado el castigo que merecía. 

— i Y yo que le habia creído !— murmuró el conde de Lazan . 

— ¡Gracias!— dijo don Francisco con voz expirante.— ¡Gra- 
cias, señor, por haber librado á mi hijo de ese hom- 
bre!.... señor conde— prosiguió dirigiéndose al padre de María 

— tened fe en la palabra de un moribundo mi hijo nada 

ha hecho que pueda mancillar vuestro honor! 

¡Oh!... 

Y el anciano entró en el período de la agonía revolviéndose 
entre las postreras convulsiones. 

— ¡DiosmioJ — exclamó María cayendo de rodillas. — ¡Tened 
piedad de su alma! 

— ¿Y mi hijo?....— volvió á murmurar don Francisco abrien- 
do lentamente los ojos. — No le veo Cómo ha podido de- 
jar á su padre en estos momentos 

— Pronto vendrá— dijo Fuentidueña terriblemente, afectado 
por aquella esceaa. 

— ¡ Oh!.... ya no le veré ya no le veré más me aho- 
go no no puedo más.... ¡Hijo mió!.... ¡Hijo mió!.... 

Yo yo te..... bendigo! 

Y don Francisco abrió la mano cual si tratara de bendecir 
á su hijo; hizo un esfuerzo para incorporarse, y después cayó 
al suelo pesadamente. 

Acababa de espirar. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 525 

Al mismo tiempo, el misterioso personaje, causa de aque- 
llas últimas catástrofes, agonizaba también. 

Su hijo y el criado, á quien ya conocemos, y que era pre- 
cisamente el que habia Ido á buscar á don Francisco, le tenia 
estrechamente abrazado. 

—¡Oh! padre!— decia Felipe con voz ahogada por el dolor— 
i yo os vengaré! 

— ¡Sí, hijo!— murmuraba el moribundo con acento en que 
vibraba una cólera impotente— yo muero llevándome conmi- 
go al padre, gracias á tí, pero queda el hijo. 

— También morirá á mis manos. 

—Mientras quede uno de esa familia maldita, no descan- 
ses no des tregua á tu venganza pero haz que sea hor- 
rible no mates de una vez 

— ¡Os comprendo, padre, os comprendo! 

— Pero, señor— decia el criado con voz suplicante— ved que 
ya es demasiado lo que habéis hecho. 

— Galla, calla — le dijo el moribundo encontrando toda- 
vía en su acento un poco de energía para hablar á su criado— 
y por tu vida por lo mucho que me debes ni una pa- 
labra Tú, hijo mió no olvides que tu padre te 

lega su venganza ¡Ah!.... ¡Qué horrible!.... fuego 

me devora! 

— Yo os juro 

— Sí, hijo —murmuró el herido, aproximando sus labios 

al oído de su hijo para que nadie pudiera escucharle — vénga- 
me haz que don Luis muera deses pera- 
do ¡Oh! no puedo no tengo ya fuerzas 

—¡Padre! ¡padre!.. . 

Y Felipe trató de incorporar á su padre que volvió á caer 
con la rigidez de los cadáveres. 

Siguiéronse algunos momentos de silencio. 

Durante ellos no se escuchó más que el murmullo produ- 



526 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

cido por las oraciones que María estaba rezando junto al 
inerte cuerpo de don Francisco. 

Dos horas después las rondas avisadas oportunamente por 
el vizconde del Juncal, se hacian car^o de los dos muertos, y 
don Luis, que habia vuelto ya en sí merced á los auxilios del 
médico á quien se envió á buscar, era conducido á su casa, 
habiéndose procurado que ignorase, por el momento al me- 
nos, la suerte de su padre. 

Los dos vizcondes no le abandonaron un instante, y el 
conde de Lazan acompañado de su hija se dirigió á su casa 
terriblemente afectado por los sucesos de aquella noche. 

En cuanto á doña Catalina, que habia permanecido, como 
ya hemos dicho, acurrucada en un rincón del aposento desde 
que Fuentidueña la hizo su última revelación, al dirigirle la 
palabra y al tratar de sacarla del estado en que se hallaba, 
lanzó una carcajada histérica, desconsoladora, carcajada que 
revelaba una perturbación completa de sus facultades men- 
tales. 

Efectivamente, las impresiones que habia experimentado 
fueron tan violentas que su cerebro no pudo resistirlas 

Guando la condujeron á su casa y los médicos enviados á 
buscar la reconocieron, todos estuvieron conformes en su 
opinión. 

Estaba loca. 

El conde de Fuentidueña al abandonar sombrío y solo 
aquella casa, teatro de tantas horribles escenas en tan corto 
espacio, murmuró con acento indescribible al penetrar en su 
laboratorio que tenia comunicación con ella: 

—¡Dios mió! ¿habré ido acaso demasiado lejos en mi ven- 
ganza? 



CAPÍTULO LXXVIL 



Donde don Luis de Guevara, adquiere algunas noticias que le 

interesan. 



Algunos dias habían trascurrido desde la funesta noche 
en que murió don Francisco de Guevara, y en que doña Gata- 
lina perdió la razón. 

El conde de Lazan habia recobrado á su hija; habíanse 
reanudado las relaciones entre ésta y el vizconde del Juncal, 
y todo parecía caminar prósperamente para aquella familia 
que tan rudamente castigada habia sido especialmente en 
sus últimos años. 

En cambio, en casa de don Luis todo era desolación y 
tristeza. 

La muerte de don Francisco, ocurrida en las circunstancias 
que hemos visto, y que el vizconde del Juncal y el conde de 
Lazan creyeron de su deber referir al joven con todos sus de- 
talles, no pudo menos de afectarle, máxime desconociendo 
aquella venganza que tantos disgustos le habia proporciona- 



528 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

do hacia algún tiempo, y desconociendo también á la perso- 
na ó personas de quienes debia recelar. 

Porque lo mismo el vizconde que el padre de María hubie- 
ron de decirle que el enemigo de su padre habia dejado un 
hijo que entre la confusión consiguiente á los acontecimien- 
tos de aquella noche, habia desaparecido, acompañado de 
otro personaje que habia asistido á los últimos momentos de 
su padre. 

En vano trataba Luis de recordar algo que hubiese oido á 
su padre, y que pudiera servirle de indicio para llegar al es- 
clarecimiento de aquellos hechos, que tan misteriosamente 
se le referían. 

En vano más tarde, al hacerse cargo de cuantos papeles y 
de cuantos documentos existían en su casa solariega, buscó 
algo que pudiese darle luz sobre lo que tanto anhelaba saber. 

Asi fué, que desesperado por la inutilidad de sus esfuer- 
zos, no tuvo otro remedio que tratar de dar al olvido la causa 
por la cual habia muerto su padre, así como los peligros que 
á él pudieran amenazarle, toda vez que le era imposible ave- 
riguar nada. 

Sin embargo, precisamente en los momentos en que el 
joven caballero más desesperado estaba por la carencia de un 
indicio que pudiera revelarle aquel misterio, otros persona- 
jes de quienes él nada podia sospechar, estaban precisamen- 
te ocupándose de este asunto. 

Campillo, el escudero á quien hemos visto recoger el úl- 
timo suspiro del falso mercader flamenco, cada vez más pre- 
ocupado, salió de la casa en que habia ocurrido la muerte 
de su señor, conduciendo á Felipe en quien el dolor y la ira 
apenas le dejaban ver por donde iba. 

— ¡Oh, noble padre mió!— murmuraba Felipe con acento 
en que vibraba de un modo poderoso el vengativo afán — yo te 
juro que completaré tu venganza algún dia. Mucho has he- 
cho tú, quitando la vida al que tanto te ofendió; pero como 



LOS CABALLEROS DEL AMOK. 529 

que á ese hombre le queda un hijo, yo haré con él lo que lú 
has hecho con su padre. 

— Gallad, señor— exclamó Campillo que como ya hemos 
visto en algunas ocasiones, habia tratado de disuadir á su 
difunto amo respecto á la prosecución de la venganza que se 
propuso realizar— paréceme que más es esta hora de rogar 
por el alma de vuestro padre mi señor, que no de hacer alarde 
de vuestros vengativos impulsos; venganza que con verdad 
os digo, no debéis acometer siquiera. 

—Vamos, Campillo— repuso el mozo con ofendido acento 
— mi padre te reprendía muchas veces por ese conciliador 
afán de que hacías alarde, y no quisiera yo tener que hacer 
-contigo lo mismo que mi padre. 

—Es que yo miraba las cosas de un modo distinto que 
vuestro padre, y de un modo distinto también que las veis vos. 
Creedme, vuelvo á repetiros; amenguad el enojo que sentís 
hacia don Luis, y estoy cierto que haréis una buena acción. 

— ¿Y te atreves todavía á hablar así estando aun caliente el 
cuerpo de mi padre? 

—Sí tal; y vos sabéis que quería á vuestro padre como á 
un hermano; más todavía, porque le era deudor de la vida; 
pues cuando á pesar de ese cariño os hablo de esa manera, 
debéis comprender que tendré razones para ello. 

— ¿Qué razones son esas? 

—No puedo decíroslas. 

— ¿Por qué? 

—Es un secreto que existe entre vuestro padre y yo, y 
bien sabéis que no he hecho traición jamás á los secretos de 
mi señor. 

—Está bien— repuso Felipe al cabo de algunos momentos 
de silencio y de meditación— tiempo de sobra me queda para 
pensar lo que debo hacer. 

Y tras estas palabras, Felipe penetró en su posada seguido 
del escudero, quien le dijo: 

TOMO II. 67 



530 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

— Necesitamos recoger cuanto tenemos aquí, y cambiar 
nuestro domicilio inmediatamente. 

— ¿Por qué? 

— Porque reconciliados el conde de Lazan y el vizconde 
con don Luis de Guevara, son todos poderosos, y bien pronto 
podian dar con nosotros. 

—Razón tienes; ocultémonos ya que así lo quiere la suer- 
te; pero ¡ ay del dia en que yo pueda mostrarme frente á frente 
á don Luis de Guevara! 

Y el acento de Felipe, á pesar de sus años juveniles, res- 
piraba un odio tan grande, que no pudo menos el buen Cam- 
pillo de estremecerse. 

— Yo lo que haré— dijo— será rogar al Todopoderoso para 
que separe de vuestra mente todo pensamiento de venganza. 

— Ruego inútil. Campillo; yo la llevaré á cabo. 

El escudero inclinó tristemente la cabeza y siguió á su amo 
que apresuradamente se puso á recoger algunos efectos. 

Poco después salían de la casa amo y criado. 

Alejáronse de aquellos sitios sin decir una palabra y cru- 
zando varias calles fueron á parará los barrios opuestos al' 
que habían habitado. 

Pronto encontraron nueva posada. 

Campillo arregló á su joven amo en una de la calle de To- 
ledo, y allí decidieron esperar los acontecimientos. 

Al dia siguiente, Felipe se dirigió á averiguar lo que había 
pasado en la casa donde había muerto su padre, y Campillo 
una vez solo exclamó: 

— ¡Señor, es impío lo que va á suceder! mí amo llevó su 
venganza hasta un extremo que apenas se puede concebir. 
Yo cometí la imprudencia, llevado de mi gratitud, de prestar- 
le un juramento, juramento inicuo que me veo obligado á ca- 
llar. Pero yo no quiero, no puedo permitir que suceda esto. 

Y el pobre hombre quedóse pensativo un bnen espacio, 
murmurando después lleno de ira: 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 531 

—Nada; no se me ocurre ningún medio para salvar esta 
situación que me aterra, no por hoy, sino por mañana, por 
mañana cuando don Felipe sea hombre y quiera llevar á cum- 
plido efecto la promesa que ha hecho á su padre. 

Y otra vez volvió á pensar, y sin duda esta vez debió ser 
más feliz en su propósito, porque se dio una palmada en la 
frente diciendo: 

—¡Ah, buena idea! Nadie puede aconsejarme más que el 
conde de Fuentidueña, que anoche estaba también en la casa 
maldita donde mi señor entregó la vida. Él, que también im- 
pulsado por el demonio de la venganza contribuyó á que se 
cometieran los crímenes que allí tuvieron lugar, y que en su 
rostro demostraba que se hallaba arrepentido de lo que habia 
hecho, él podrá aconsejarme mejor. 

Y Campillo, satisfecho con la buena idea que se le habia 
ocurrido, apresuróse á prepararse para salir. 

Y decimos á prepararse, porque murmuró: 

— ¿Dónde diablos tendré yo ahora aquellos papeles que mi 
señor me entregó hace tiempo por si acaso moria? Es preciso 
que los busque, porque el conde no conoce en todos sus de- 
talles la historia sombría de estos sucesos. 

Y diciendo así, púsose á registrar la vieja maleta donde 
guardaba todos sus efectos, hasta que dio con una especie de 
abultado pliego que guardó cuidadosamente, diciendo: 

— Ni aun yo mismo sé el contenido de lo que aquí se en- 
cierra; pero según mi señor me dijo, esta es la verdad de lo 
que ha pasado, y como que están destinados á entregarse pre- 
cisamente cuando la catástrofe sea irremediable ya, no dudo 
que será cierto todo cuanto en ellos se diga. El conde es un 
caballero prudente y entendido y podrá aconsejarme lo que 
debo hacer. 

Campillo aprovechó ios momentos en que su amo estaba 
fuera de casa, como ya hemos dicho, y se lanzó á la calle. 

Resueltamente se dirigió hacia la casa de Giacomo Zarini, 



532 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

y poco después se encontraba en presencia del perfiinaista.. 

—¿Me conocéis, señor?— le preguntó. 

El conde de Fuentidueña se le quedó mirando fijamente,, 
diciéndole después: 

—Sí, estabas anoche al lado de tu amo cuando quitó la vi- 
da al noble don Francisco de Guevara. 

— ¿Y ningún otro recuerdo tiene su merced de mi persona? 

— Ninguno — repuso el conde. 

— ¿No se acuerda su merced del antiguo capitán Armen- 
dariz? 

—¡Cielos! ¿eres tú su escudero? ¿aquel Campillo que tan- 
tos servicios le prestó en Méjico? 

—El mismo, para servir á vuestra merced. 

— Triste muerte ha tenido tu amo, aun cuando bien mere- 
cida por la ruindad de pensamiento que siempre habia teni- 
do. ¿Y qué es lo que quieres de mí? 

— Vengo, señor, á pediros un consejo. Vos que habíais so- 
ñado con la venganza, según en algunas ocasiones que ha- 
blabais con mi señor pude entender, vos que sabíais que mi 
amo también iba tras de ella, podréis aconsejarme lo que deba 
hacer hoy que él ha muerto y la ha legado á su hijo. Yo co- 
nozco esa venganza, es terriblemente monstruosa, y sin em- 
bargo no puedo impedirla porque un juramento sella mis la- 
bios, y bien sabéis que yo jamás he hecho traición á mi señor. 

Zarini, ó Fuentidueña, según queramos llamarle, quedóse 
breves segundos contemplando al escudero. 

Su frente se nubló de un modo extraordinario al aludir 
Campillo 8 su venganza, y dijo después: 

— Ignoro de qué se trata y no puedo comprender la clase 
de consejo que me pides. Sabia que tu amo perseguía encarni- 
zadamente á don Francisco de Guevara; me eran conocidas al- 
gunas de las ruindades empleadas por él en Méjico; pero á 
todas mis preguntas sobre las causas que para obrar así le 
impulsaban,, permaneció mudo siempre. 



LOS CABALLEROS DRL AMOR. 533 

— Por eso, señor, para que sepáis de lo que se trata y po- 
dáis aconsejai'me bien, os traigo unos papeles que nai señor 
me confió tienmpo hace. 

—Mal guardas el secreto de tu amo— repuso severamente 
el de Fuentidueña. 

— Reparad, señor, que yo no sé lo que en esos papeles se 
encierra. 

— ¿No te lo dijo tu amo? 

— Díjome únicamente que se los entregase á su hijo, si él 
moria en el momento en que aquel hubiese dado muerte á 
don Francisco de Guevara ó á su hijo don Luis. 

— Y puesto que don Francisco ha muerto ¿por qué no has 
cumplido el encargo de tu amo? 

— Porque antes de espirar mi señor encomendó á su hijo 
la continuación de su venganza; porque me prohibió que di- 
jese una sola palabra; porque mantuvo todos los encargos 
que me habia hecho, y francamente, señor, yo siento remor- 
dimientos que me atormentan al pensar en lo que va á su- 
ceder. 

— Sin embargo, tu amo debió tener razones para obrar así. 

— Hay venganzas, señor, que parecen justificadas por ofen- 
sas graves inferidas anteriormente, pero la de mi señor no 
estaba en ese caso. 

Fuentidueña quedóse pensativo algunos momentos y dijo 
después: 

—¿Y bien, qué es lo que quieres que yo haga? 

—Que leáis, señor, esos papeles y puesto que sabéis ya el 
destino que tienen, que me aconsejéis lo que debo hacer. 

— ¿Pero has reflexionado que obrando así olvidas por com- 
pleto el secreto de tu señor? 

— Vuelvo á repetiros que yo obro como que ignoro lo que 
esos papeles contienen; podrá acusárseme de abusar de la 
confianza depositada en mí, pero cuando os enteréis de la 
verdad, espero que habréis de disculparme. 



534 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

— Está bien; yo á mi vez te digo que leeré esos papeles y 
procuraré olvidar su contenido. 

Y el conde tomó el pliego que Campillo le entregaba, aña- 
diendo: 

—Mucho es lo que exiges, puesto que quieres que te acon- 
seje; sin embargo, en vista de lo que aquí se encierre obraré 
cual mi conciencia me dicte. 

—En vestra prudencia confio, señor, y por eso vine á con- 
sultaros. 

Poco después Campillo abandonaba la casa del perfu- 
mista. 



CAPÍTULO LXXVIIL 



El odio de Armendaríz. 



Una vez que se hubo quedado solo el conde de Fuentidue- 
ña, volvió y revolvió entre sus manos el papel que acababa de 
dejarle Canapillo, murmurando: 

— ¡Oh, qué mala consejera es la venganza! ¡Si yo pudiera 
evitar ahora las consecuencias de la mia!.... Pero eso es im- 
posible; el mal ya está hecho, y mucho tengo que llorar por- 
que muy grande también ha sido la desdicha. Tal vez Campi- 
llo haya hecho bien en traerme esos papeles, porque quizás 
así pueda evitarse una desgracia; pero, verdaderamente, ¿ten- 
go yo derecho á inmiscuirme en los secretos y en los miste- 
rios de una familia? No sé si obro bien ó mal en ello, pero la 
intención que me guia es noble y generosa, y bien puede dis- 
culpárseme la acción en gracia del pensamiento. 

El conde llamó á su escudero, y dándole expresa orden de 



536 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

que á nadie quería ver, púsose á leer aquellos documentos 
que decían así ; 

Papeles para entregar á mi hijo don Felipe, el dia en que 
haya dado muerte á don Luis de Guevara. 

Hoy que has realizado ya mi venganza; hoy que me has 
librado de cualquiera de los dos individuos de esa familia, 
á quienes quisiera haber hecho sufrirlos horribles tormentos 
por que yo he pasado, quiero que sepas la verdad entera, á 
fin de que sufras también, porque es muy justo que sufras 
algo siquiera de lo que ha padecido el que por tantos años 
creíste tu padre. 

Campillo te entregará esos papeles, á pesar de los necios 
escrúpulos que le acometen. 

Al fijar tu vista en ellos, el dia en que hayas dado muerte 
bien á don Francisco de Guevara, bien á su hijo don Luis, 
estoy seguro que el remordimiento que has de sentir aciba- 
rará tu vida por completo, y mi última aspiración habrá que- 
dado con eso satisfecha. 

Basta ya de exordio y entremos de lleno en la cuestión. 

Hace años, en un pueblo de Andalucía, vivía un noble ca- 
ballero que merced á su influencia, á su dinero y á su noble- 
za atropello indignamente á un pobre hidalgo que no tenia 
otros recursos que el modesto destino que desempeñaba. 

El hidalgo era mi padre, don Pedro Armendariz. 

El noble caballero, don Lúeas de Guevara. 

El hidalgo tenia un hijo que llevaba su mismo nombre. 

El caballero tenía también un hijo que se llamaba don 
Francisco. 

El noble mostróse completamente satisfecho el día en que 
supo que habia causado la completa ruina del hidalgo, y que 
éste se habia visto obligado á salir del pueblo. 

Pero no contaba con que don Pedro Armendariz llevaba 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 537 

un odio profundo en su corazón contra el que habia causado 
su desgracia, odio que se aumentó al ver que su esposa, 
profundamente desesperada por las desgracias que les hablan 
sobrevenido, sucumbía bajo el peso de ellas, exhalando su 
postrer aliento en medio de la mayor miseria. 

Entonces hizo un juramento terrible. 

Sobre el cadáver de aquella infeliz, juró vengarse cumpli- 
damente de quien tenia la culpa de todo, y supo cumplirlo. 

Un dia circuló la noticia de que estaba ardiendo una de 
las mejores posesiones que tenia el noble don Lúeas de Gue- 
vara. 

Fueron inútiles todos los esfuerzos hechos para apagar el 
incendio, y las ruinas de aquella gran hacienda, eran de gran 
consideración para la fortuna del caballero. 

Poco después esparcióse la voz por aquella comarca, de 
que se habia formado una partida de bandidos que andaban 
saqueando todos aquellos pueblos, sin que hasta entonces se 
hubiese podido dar con ellos. 

Bien pronto, dos de los cortijos de don Lúeas fueron sa- 
queados por los bandidos. 

Más tarde, su mismo hijo don Francisco cayó en poder de 
ellos, y le exigieron por su rescate una suma considerable, que 
no tuvo otro remedio que entregar el atribulado padre, que 
no podia comprender cómo se desplomaban sobre él tantas y 
tan repetidas calamidades. 

Un dia, se vio preso; se le habia delatado al Santo Oficio, 
y se vio en apuros para poderse librar de las iras de aquel 
terrible tribunal. 

Durante el tiempo que estuvo en las prisiones de Sevilla, 
el resto de sus haciendas hablan sido destruidas por el incen- 
dio ó por el saqueo; su misma esposa habia caldo en poder 
de los bandidos, que la dejaron de tal modo, que hubo de con- 
siderar como un beneficio la muerte que le sobrevino des- 
pués. 

TOMO II. 68 



538 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

Don Lúeas creyó volverse loco. 

No podía comprender, qué era lo que él había hecho en el 
mundo para padecer tan horrible castigo, y cada vez que con- 
tenplaba á su hijo, llenábanse de lágrimas sus ojos, conside- 
rando el porvenir que le aguardaba. 

En cambio Armendariz, enriquecido merced á la nueva 
vida á que se entregaba, había enviado el suyo á la Universi- 
dad de Salamanca, donde le hacia estudiar, ignorante de lo 
que hacia su padre. 

Por fin, don Lúeas de Guevara no pudo soportar por más 
tiempo tan repetidas desventuras, y cayó gravemente en- 
ferm.o. 

Cuando estaba en sus últimos momentos, un fraile penetró 
en su casa y se aproximó á su lecho. 

Solicitó quedarse solo con el moribundo, y una vez conse- 
guido esto, alzóse la capucha que cubría su rostro. 

Don Lúeas, entre las sombras de la muerte, conoció á su 
implacable perseguidor. 

Armendariz estaba allí, y Armendariz le reveló todo cuan- 
to había hecho para vengarse de su proceder de otro tiempo. 

Trémulo de espanto, escuchó don Lúeas las frases de su 
enemigo, y no pudiendo soportar aquel relato, cerró los ojos, 
siendo presa de un accidente que Armendariz creyó mortal, 
y que le obligó á abandonar el lecho y la casa de don Lúeas. 

Sin embargo, éste volvió en sí todavía ; pero fué por pocos 
momentos, y sin tener conciencia alguna de lo que había su- 
cedido. 

Así fué que nadie pudo explicarse qué era lo que había 
pasado entre él y el fraile, ni quién era éste. 

Don Lúeas murió, y su hijo don Francisco encontróse por 
toda herencia con las deudas que su padre habia contraído 
durante su enfermedad. 

Pero el joven no se desanimó; comprendió que no tenia 
otro remedio que tratar de hacer carrera en el ejército, y 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 539 

marchóse inmediatamente á la corte, donde consiguió que le 
hicieran alférez en uno de los cuerpos que á la sazón estaba 
en la guerra. 

Entre tanto Armendariz, alcanzado un dia con su partida 
por los vecinos de los pueblos ayudados por las tropas desti- 
tinadas á su persecución, murió de resultas de las heridas 
recibidas. 

Sin embargo; antes de morir confió á uno de los suyos el 
encargo de que marchase á Salamanca y entregase á su hijo 
unos papeles en los cuales estaba consignada su postrera vo- 
luntad. 

Esta se reducía á recomendarle la prosecución de su ven- 
ganza en la persona del hijo de don Lúeas de Guevara, reve- 
lándole los motivos que para ello tenia, y al mismo tiempo 
indicándole dónde encontrarla los fondos que habia ido en- 
terrando para el caso de que falleciese. 

El joven estudiante de Salamanca, que con gran aprove- 
chamiento se habia dedicado á la medicina, leyó atentamente 
aquellos papeles, y formó el propósito de cumplir en un todo 
con la voluntad de su padre. 

Terminó su carrera, recogió el dinero, fruto de los latroci- 
nios de su padre, y tomó lenguas respecto al lugar en que 
podría encontrarse don Francisco de Guevara. 

Este habia adelantado merced á su valor y á sus nobles 
parientes, y habia marchado á Méjico. 

Armendariz no se detuvo un momento. 

Hizo sus preparativos, y se embarcó para el mismo sitio. 

Dias antes de hacerse á la vela, una noche que se retiraba 
á su posada en Cádiz, escuchó unos lamentos que partían de 
una callejuela inmediata. 

Como que Armendariz no tenia nada de cobarde, apresu- 
róse á tirar de la espada, dirigiéndose en socorro del que tan 
lastimeramente se quejaba. 

Tres rufianes tenían acorralado á un pobre diablo que no 



510 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

se podia defender porque estaba herido, y estrechaba convul- 
sivamente entre sus manos una pequeña bolsa de cuero, de 
la cual trataban aquellos de apoderarse. 

Armendariz cayó sobre los rufianes, púsoles en precipita- 
da fuga, y dirigióse al punto en socorro del herido, á quien 
trasportó en sus brazos hasta una taberna vecina. 

El herido era un pobre escudero que se habia quedado sin 
acomodo, y los tres bribones, que le hablan visto sacar la 
bolsa para pagar el gasto que habia hecho en el figón donde 
cenara, fueron siguiéndole hasta llegar á aquella callejuela 
solitaria donde le acometieron, y donde le hubieran muerto 
indudablemente, á no ser por el auxilio del joven médico. 

Curóle éste la herida, enteróse de todos los detalles que se 
acaban de referir, y una vez curado, le hizo la proposición 
de si queria pasar á su servicio. 

Aceptó el agradecido mozo, y desde este momento Campi- 
llo no se separó más del joven don Pedro Armendariz. 

Llegaron á Méjico, y como que el médico era una especia- 
lidad para cierta clase de enfermedades de la vista, y los es- 
pañoles que continuamente estaban llegando á aquel puerto 
sentíanse atacados todos por esta clase de afecciones, bien 
pronto la fama de Armendariz se extendió por todas partes. 

Sin embargo, él no habia ido á Méjico para curar enfermos 
únicamente. 

Habia ido en busca del objeto de su venganza, y bien 
pronto supo que don Francisco de Guevara era no solamente 
de las personas más consideradas en Méjico, sino que hasta 
se hablaba de que iba á contraer enlace con la hija de uno de 
los oidores de aquella Chancillería. 

Una noche Armendariz fué llamado para asistir á una 
enferma que se encontraba de suma gravedad. 

Esta enferma era doña Inés Pérez Sarmiento, hija del oidor 
don Cristóbal, y precisamente la misma con quien se hablaba 
de que iba á casarse don Francisco. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 541 

La joven se hallaba enferma de gravedad. 
* Sin embargo Armendariz se comprometió á curarla, y de 
tal modo hizo uso de su ciencia, y tanta asiduidad y tantos 
cuidados empleó, que consiguió salvar la vida á la joven. 

En sus visitas, en sus prolongadas estancias en casa del 
oidor, vio algunas veces á don Francisco, y no pudo menos de 
sorprenderle la frialdad con que trataba á una tan hermosí- 
sima dama como doña Inés. 

Supo que el proyectado enlace era hijo únicamente de 
una deuda de gratitud contraída por el oidor respecto á don 
Francisco, el cual habia tenido ocasión de salvarle la vida en 
una sublevación de algunos indios del interior, en ocasión 
que se hallaba entre ellos el padre de doña Inés. 

Estudió un poco á la joven, y vio que en su corazón no ha 
bia cariño alguno respecto al capitán; y como que no se ex- 
plicaba la frialdad é indiferencia de éste, tratándose de una 
joven tan bella y que para él representaba una fortuna, trató 
de averiguar la causa y supo que don Francisco estaba pren- 
dado de una preciosa joven hija del campanero de la cate- 
dral, cuyo amor habia conseguido no presentándose á ella 
con su nombre y categoría, sino como un simple alférez 
aventurero, llamado Francisco sin otro apellido ni otro patri- 
monio que el de su valor y su esfuerzo. 

Armendariz sintió un gozo cruel cuando supo esto, y 
cuando tuvo ocasión de ver á la joven, inmediatamente tra- 
zóse el plan que creyó darle mejores resultados en la ven- 
ganza que proyectaba. 



CAPITULO LXXIX. 



Armendariz toma las formas más á propósito para herir á 

su adversario. 



El campanero de la catedral, era un pobre soldado llamado 
José, el cual había quedado ciego á consecuencia de una he- 
rida, y á quien se le habia dado, más como limosna que como 
otra cosa, el cargo de campanero de la catedral. 

Su hermosa hija Carlota, único recuerdo que le quedaba de 
una idolatrada esposa, muerta algunos años antes, era real- 
mente un modelo tanto de belleza como de virtudes. 

Don Francisco la vio, se prendó de ella y no queriendo que 
para nada pudiera entrar en el amor que la joven sintiese 
hacia él, la más pequeña parte de egoísmo, no quiso hacer 
ostentación ni de la posición que en el mundo ocupaba ni de 
su nobleza, y con su nombre de pila únicamente y fingiéndo- 
se un triste alférez, como hemos dicho, presentóse en la mo- 
desta vivienda de José, donde pronto consiguió interesar el 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 543 

corazón de su hija y captarse la benevolencia y el afecto del 
anciano soldado. 

Si Francisco estaba prendado de Carlota, Carlota anaafja 
con toda la fuerza de su alma á Francisco. 

La circunstancia nueva del servicio que habia tenido oca- 
sión de prestar aloidor Pérez Sarnniento, y el ser precisannente 
un lejano pariente de don Francisco, el virey que á la sazón 
habia en Méjico, hicieron que entre éste y el oidor se tratara 
el matrimonio de Inés y el gallardo capitán, sin tener en 
cuenta si los corazones de ambosjóveneshabian simpatizado, 
ni si podrían amarse bastante para ser felices en el nuevo 
estado que se les destinaba. 

En estos momentos fué cuando Armendariz se presentó en 
escena, dándole la casualidad un papel que representar en 
medio de nuestros amigos. 

Un dia Armendariz, con el pretexto de visitar la catedral 
de Méjico, entró en la casa del campanero. 

Intencionadamente dejóse en ella un álbum donde se velan 
algunos dibujos de otros monumentos que habia visitado. 

Al dia siguiente, con el pretexto de recoger el libro, volvió 
á la casa de José. 

Carlota, con la gracia que la distinguía, apresuróse á de- 
volvérselo, escuchando algunas galantes frases de los labios 
de Armendariz. 

Este prolongó su visita durante un buen rato, so pretexto 
de la afección á la vista que habia privado de ella al anciano 
soldado. 

Cuando encontró una ocasión favorable, puesto que Carlota 
habia entrado en las habitaciones interiores, dijo Armendariz: 

— Me parece que ayer vi salir de vuestra casa á una de las 
personas más principales de Méjico. 

—No sé á quién podéis referiros, señor, porque son tan 
pocas las personas que aquí vienen, y mucho menos de esa 
categoría, que no sé de quién podéis hablar. 



544 LOS CABALLEROS DM. AMOR. 

— Es un joven oficial 

— ¡Ah! ya caigo: ¿Os referís al alférez Francisco? 

—De alférez iba efectivamente, que eso fué lo que me 
chocó. 

—¿Por qué?— preguntó el soldado sorprendido. 

—Porque aquel alférez es capitán; y si bien se llama Fran- 
cisco, como habéis dicho, es el noble don Francisco de Gue- 
vara, sobrino del vi rey de Méjico. 

— ¡Caballero! Ved lo que estáis diciendo. 

—Sé siempre lo que digo. 

—Pero ¿por qué siendo la misma persona— exclamó 

José dolorosamente afectado— me ha ocultado su nombre y 
su posición? Vamos, señor, vos sin duda le habréis confundi- 
do con algún otro. 

—Os aseguro que le conozco bien, y que le vi perfectamen- 
te, y ahora siento el haber cometido la indiscreción de reve- 
lar, digámoslo así, su incógnito, cuando él quizas tuviese 
sus razones para hacerlo. Precisamente le vi hablando con 
vuestra hija. .,,^,., ,^ 

— Naturalmente, como que es su prometido, como que me 
tiene pedida su mano 

— ¡Que os tiene pedida su mano!— exclamó Armendariz 
con una sorpresa admirablemente fingida — ¿pues, y entonces 
doña Inés Pérez Sarmiento? 

— ¿Y quién es esa señora? 

— La hija del oidor de ese apellido, prometida de don Fran- 
cisco de Guevara. 

—¡Oh! imposible!— exclamó con violencia el anciano. 

—Tened presente que no he mentido jamás— repuso fría- 
mente el joven médico. 

—Pero señor, ¿qué infamia entreveo en todo esto? 

Y el pobre José apretábase la cabeza entre las manos, de- 
sesperado ante aquel descubrimiento tan inesperado. 

— ¡ Pobre hija mia ¡—murmuraba. 



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LOS CABALLEROS DEL AMOR, 5i5 

—Siento, vuelvo á repetiros — dijo Armendariz— haberos 
dado ese disgusto, y 

—Por el contrario, caballero, mucho tengo que agradecé- 
roslo, pues tal vez nos hayáis salvado de un grave peligro. 

— Mas 

— Os ruego que no os excuséis, porque 

Y el anciano no pudo proseguir. 

Carlota entró en la estancia precipitadamente, diciendo: 

—¡Padre! ¡padre! Ya está ahí Francisco. 

Armendariz se levantó disponiéndose á marchar. 

— Os suplico — dijo el ciego al médico— que permanezcáis 
^quí algunos momentos, si esto no os molesta. 

Carlota miró á su padre sorprendida por la severidad que 
/habia en su acento. 

— ¿Qué tenéis, señor?— le dijo. 

—Ya lo sabrás cuando llegue el caso — repuso el soldado. 

Y dirigiéndose á Armendariz prosiguió: 

— ¿Queréis hacerme la merced que os he pedido? 

— Ignoro que es lo que queréis hacer y sentirla que mis 
imprudentes palabras hubiesen dado lugar á un disgusto. 

— Por el contrario os repito que me habéis hecho un gran 
favor. 

Carlota miraba sorprendida á uno y otro sin acertar á ex- 
plicarse el sentido de aquellas palabras. 

— ¿No habías dicho que venia Francisco?— preguntó José 
dirigiéndose á su hija. 

—Le he visto desde la ventana que atravesaba la plaza y 
ya debe estar cerca. 

Y la joven se aproximó á la puerta de la casa que daba á 
la calle. 

—Es preciso que vuestra presencia acabe de anonadar al 
-culpable— dijo el ciego en voz baja al médico. 
—Cómo gustéis— contestó éste. 
En este momento Carlota se volvió hacia su padre diciendo: 

TOMO II. 69 



516 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

— Ya esta aquí. 

Efectivamente, pocos instantes después el gallardo capitán 
don Francisco de Guevara penetraba en la modesta estancia 
del ciego, fijando una mirada enamorada en la joven. 

Grave, severo, silencioso, el campanero esperó las prime- 
ras palabras del joven oficial. 

Carlota, preocupada con la presencia de su amante, no po- 
día ocuparse de otra cosa, por lo tanto no leyó en el rostro de 
su padre la tempestad que rujia en su corazón. 

— Muy buenos dias — dijo Francisco al entrar, inclinando 
al mismo tiempo la cabeza ante Armendariz al que reconoció 
inmediatamente. 

El joven, siguiendo sin duda una costumbre ya establecida 
por mucho tiempo, cogió la mano de Carlota besándola res- 
petuosamente. 

Después acercándose á José le dijo: 

—¡Qué! ¿no me decís nada? José, soy yo, Francisco. 

—El cielo os guarde, noble caballero— contestó el campa- 
nero con gravedad. 

— ¡Padre! — exclamó Carlota sorprendida. 

El capitán retrocedió un paso aterrado. 

¿Quién podia haber dicho al anciano la categoría que ocu- 
paba en la alta sociedad de Méjico? 

Un momento de silencio embarazoso para todos reinó en- 
tre los cuatro personajes. 

José lo rompió, diciendo: 

—¿Os sorprendéis de que conozca vuestra nobleza? es natu- 
ral; pero lo que no lo es, para lo que no encuentro calificación 
alguna posible es para el proceder que habéis tenido conmigo. 

— Pero, padre, ¿qué estáis diciendo? 

—Calla, hija mia— contestó el campanero que prosiguió 
dirigiéndose á Francisco— ¿por qué el dia que vinisteis á decir- 
me que amabais á mi hija, que habíais resuelto hacerla vues- 
tra esposa, no me añadisteis también que erais noble, que 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 547 

ocupabais una alta posición en el mundo? Yo entonces os 
habria contestado lo que debia, y janmás hubierais vuelto á ver 
á la que no puede llegar á ser esposa de un noble caballero 
como vos. 

—Perdonadme, señor— dijo el joven con voz balbuciente — 
yo comprendí desde luego que os opondríais á nuestros amo- 
res sabiendo mi posición y por eso os la oculté; pero ya que 
se ha descubierto, el caballero don Francisco de Guevara os 
repite lo mismo que os dijo el alférez Francisco; amo á Carlota 
y mis juramentos son sagrados siempre. 

— Basta, caballero— exclamó el ciego con impetuosidad — 
¿qué habláis de juramentos, cuando estáis para casaros con 
la hija del oidor don Cristóbal Pérez Sarmiento? 

— ¿También sabéis? — dijo Francisco palideciendo de 

una manera intensa. 

— ¡Pero, Dios mió! ¿qué quiere decir esto? 

Y Carlota al pronunciar estas palabras se dejó caer en los 
brazos de su padre, llorando amargamente el desengaño que 
acababa de sufrir. 

— Ya veis vuestra obra— dijo José— os creíais que yo igno- 
raría siempre el proyecto de ese enlace y confiabais en que 
podríais burlaros impunemente de la hija del pobre ciego. 

— ¡Señor!.... me ofendéis diciéndome esas palabras. 

— Más me habéis ofendido vos. 

— Yo os juro que no se verificará ese enlace. 

— Y yo no os creo. 

—¿Y por qué? 

— Nos habéis engañado una vez, y es muy difícil que pue- 
da renovar la confianza. 

— ¿Pero quién os ha informado? 

— Yo, caballero — dijo Armendaríz dando un paso hacia 
Francisco. 

— i Vos!...— exclamó asombrado Francisco— no comprendo 
el objeto que os habéis llevado en eso. 



54S LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

—Ha sido un impulso de mi corazón, y jamás he resistido 
ninguno de ellos. 

—¿Y sabéis que vuestra intervención en este asunto pu- 
diera costaros muy cara? 

— Pensad, señor don Francisco— dijo el campanero con un 
acento en que se advertía una dignidad suprema— pensad que 
estáis en mi casa. 

— No lo olvidaré, señor — contestó el joven confundido por 
la majestad que emanaba de aquel anciano ofendido. 

Después dirigiéndose José hacia el médico, le dijo: 

—¿Tendréis la bondad, caballero, de decirme vuestro 
nombre? 

— ¿Por qué no? me llamo Pedro Armendariz. 

— ¿Armendariz decís?— exclamaron á la par el campanero 
y su hija. 

—¿Qué encontráis de extraño en él?— preguntó el médico 
sorprendido. 

—¿Sois ese médico español de quien tantas curas, espe- 
cialmente en las enfermedades de la vista, se están refi- 
riendo? 

—¿También ha llegado hasta vosotros la noticia de mis cu- 
raciones?— preguntó sonriéndose Armendariz. 

—Como que esas curas van acompañadas de actos de bon- 
dad que realmente os enaltecen, nada tiene de extraño. 

—Suerte y nada más. 

— No por cierto, caballero— dijo don Francisco— no es la 
suerte solamente; es vuestra habilidad, es vuestra ciencia. 

— Y decidme, señor — preguntó anhelante Carlota— ¿creéis 
realmente que la ciencia puede devolver la«vista al que una 
vez la ha perdido? 

—Mucho puede al menos. 

— ¡Dios mió! ¡si me atreviera!.... 

Y Carlota paseó su mirada anhelante desde su padre al 
médico, sin atreverse á enunciar su pensamiento. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 549 

— ¿Á qué OS habíais de atrever, joven?— dijo Armendariz. 

—¡Padre mió! — exclamó Carlota abrazando al anciano— 
¡Si la ciencia hiciera un milagro!.... 

— ¡Carlota! ¿qué quieres decir? 

— Yo os lo explicaré. 

—No os lo preguntaba á vos, caballero— contestó con dig- 
nidad el anciano— y por lo tanto, teniendo en cuenta que 
esta humilde casa no es vuestro lugar, me atreverla á rogaros 
que nos hicieseis la merced de no volver á acordaros de 
nuestra pobre existencia. 

— ¡Oh, padre mió! ¡padre mió!— exclamó Carlota, á quien 
las palabras de su padre habían hecho recordar la verdad de 
su situación. 

— Reparad, señor José— dijo Francisco— que no me habéis 
dejado explicarme. 

—¿Para qué he de escuchar vuestras explicaciones? ¿qué 
fe pueden merecerme vuestras palabras, cuando merced á un 
engaño habéis entrado en esta casa, y sosteniéndole habéis 
permanecido en ella? Hoy que el desengaño ha llegado, hoy 
que vuestra conducta se ha visto tal cual es, debéis compren- 
der que vuestra presencia aquí todavía, es un nuevo ultraje 
que nos estáis haciendo. 



CAPITULO LXXX, 



Lealtad contra falsía. 



Durante algunos segundos permanecieron en silencio las 
cuatro personas reunidas en la modesta habitación del ciego. 

Francisco contemplaba tristemente, tanto al anciano como 
á su hija, mientras que Armendariz se recreaba en aquella 
situacio^n creada únicamente por él. 

Su mirada estaba devorando, si así podemos expresarnos, 
los encantos de Carlota. 

Habia momentos en que el impuro fuego del deseo ardia 
6n aquella mirada, fuego que la fuerza de voluntad domina- 
ba instantáneamente, impidiendo que de él se apercibieran 
las dos únicas personas que podian verlo. 

¿Por qué Armendariz era tan ruin en sus pasiones, como 
grande en sus conocimientos? 

El deseo de venganza contra Francisco, era vehemente, 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 551 

poderoso; pero al mismo tiempo, con una astucia superior á 
todo encarecimiento, sabia dominarle de manera que nadie 
pudiese comprenderlo. 

Desde el momento que supo que estaba tratado el enlace 
del capitán con doña Inés Pérez Sarmiento, propúsose estor- 
barlo. 

Y como comprendió en la frialdad de entrambos, frialdad 
verdaderamente sorprendente tratándose de dos personas 
próximas á casarse, que algo debia mediar .en aquello que era 
necesario averiguar, se propuso utilizarlo en beneficio pro- 
pio, y para los fines que conocemos. 

En su consecuencia, á la par que trataba de averiguar el 
origen de aquella frialdad por parte de Francisco, procuró 
hacerse un lugar en el corazón de doña Inés, y lo consiguió. 

La hija del oidor, sentia hacia elmédico que la habia sal- 
vado la vida, una gratitud extraordinaria. 

Así que no fué difícil trocar aquella gratitud en amor. 

Sin embargo, Inés no habia ocultado al médico los com- 
promisos que la ligaban con Guevara; pero compromisos 
contraidos por su padre, y en los cuales para nada entraba 
su corazón. 

Armendariz, para quien el amor de doña Inés representa- 
ba únicamente una posición, la prometió remover de tal mo- 
do el obstáculo que podia oponerse á su cariño, que no les 
volviese á molestar más. 

Pero la joven le rogó que no tratase de emplear el rigor, 
prometiéndole hablar á su padre y romper un compromiso 
que no habia de hacer más que su infelicidad. 

Seguro por esta parte, Armendariz averiguó, como ya he- 
mos dicho, los amores de Francisco con Carlota; vio á la jo- 
ven y la lubricidad de su pasión excitóse ante aquellos en- 
cantos jurándose á sí propio, llegar á poseerlos algún dia, no 
tan solo por vengarse de Guevara, sino también para satis- 
facer su sensualidad. 



552 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

Para esto era preciso mucha astucia, mucha calma y mu- 
cha prudencia, y el médico poseia gran dosis de cada una de 
estas cualidades. 

Conocidos ya los propósitos y la situación en que Armen- 
dariz se hallaba, podremos comprender mucho mejor todo lo 
que va á seguirse. 

Dijimos que las últimas palabras del ciego, hablan causado 
profunda impresión en las personas allí reunidas. 

Carlota, apoyada la pura frente sobre el pecho de su padre, 
al cual tenia abrazado, lloraba silenciosamente. 

—¡Oh, caballero! ¿qué es lo que habéis hecho?— exclamó 
don Francisco dirigiéndose á Armendariz. 

— Decid más bien— repuso el anciano — que vuestra con- 
ducta es únicamente la que os ha puesto en ese caso. 

— Estáis condenándomb sin oirme, señor. 

—¿Y qué necesidad tengo de oiros? ¿Acaso vuestros hechos 
dejan de hablar con sobrada elocuencia? 

— ¿Y qué sabéis de mis hechos? 

—Lo bastante 'para rogaros de nuevo que os alejéis de 
aquí. 

— Pero 

—¡Padre! ¿por qué no le dejais que se explique? 

Y Carlota alzó sus ojos llenos de lágrimas hacia el anciano, 
cual si éste hubiese podido contemplar la aflicción que se 
retrataba en ellos. 

—Carlota, calla, que no es prudente muestres tu dolor 
delante del hombre que le ha causado. 

—Bien sabe el cielo— exclamó don Francisco— que daria 
mi vida entera por evitar una lágrima de esos ojos tan que- 
ridos. 

—Pues francamente— contestó Armendariz con frialdad- 
mal se concibe ese sentimiento, al lado de lo que habéis 
hecho. 

—¡Caballero! 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 553 

—Yo ignoraba vuestra conducta en esta casa— prosiguió 
Armendariz. — Os habia visto alguna vez en casa de doña 
Inés, y al veros aquí ayer casualmente, hoy he preguntado 
por vos; os he dado vuestro verdadero nombre, he dicho la 
situación en que os hallabais respecto á doña Inés, y bien 
sabe el cielo que deploro en el alma la pena que he causado 
á ese noble anciano y el profundo dolor de que se halla po- 
seída su hija. 

—¿Es decir que vos encontráis censurable mi conducta?— 
preguntó don Francisco. 

—¿Y quién no ha de encontrarla?— exclamó impetuosa- 
mente José— cualquiera que sepa lo que habéis hecho, no 
podrá menos de considerar como una infamia el haber abu- 
sado de la situación de un pobre ciego y de la inocente cre- 
dulidad de su hija. 

— ¡Padre, por piedad!— exclamó Carlota temerosa de la có- 
lera que vibraba en las palabras del anciano. 

— Á ser cierto todo— contestó el capitán alzando fieramente 
la cabeza— razón tendríais. 

—¿Y no lo es acaso?— preguntó el ciego. 

—¿Tendríais valor para desmentirme?— preguntó Armen- 
dariz. 

— Escuchad dos palabras— dijo don Francisco después de 
algunos momentos— y escuchadlas vos también, José. Ayer 
por la mañana estuve á ver á Inés, á la cual encontré sola, y 
tuve una larga conferencia con ella, y recíprocamente nos 
revelamos el estado de nuestros corazones. 

—¿Qué decís, caballero?— preguntó vivamente Armendariz. 

— Ella me dijo que os amaba, así como yo también le dije 
que mi corazón no guardaba para ella más que una amistad 
sin límites. 

— ¿Es verdad eso, Francisco?— preguntó la hija del campa- 
nero fijando sus ojos, en los que brillaba una lágrima, en el 
semblante del joven. 

TOMO II. 70 



554 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

—Sí, Carlota; le dije que te amaba, que solo á tí podría 
amar en el mundo, y que á pesar de cuantos esfuerzos hicie- 
ran, estaba resuelto á no ser su esposo. Entonces, y puesto 
que ya conocía el nombre de la persona á quien amaba doña 
Inés, me hice un deber de buscarle para decirle como os digo 
ahora: Armendariz, vos poseéis el corazón de la hija de don 
Cristóbal Pérez Sarmiento; pero como no sois noble, sí no soy 
yo, cualquier otro os arrebatará mañana ese tesoro. En este 
caso, hagamos un pacto. ¿Veis ese anciano? ahí tenéis al pa- 
dre de la que ha de ser mi esposa. Haced uno de esos mila- 
gros que aprendisteis en el estudio de la ciencia, devolvedle 
la vista y os juro que iré á echarme á los píes del rey para 
decirle: Señor, dadme un título de nobleza para el hombre 
que, inspirado por Dios, ha devuelto la vista á uno de sus se- 
mejantes; y tenedlo por muy seguro, Armendariz: el rey me 
concederá esa gracia, y podréis ser entonces el esposo de doña 
Inés. Esta es la alianza que os ofrezco, ¿queréis aceptarla? 

Habia tanta sinceridad en el acento de don Francisco; 
respiraban tanta franqueza y lealtad sus palabras; era tan 
atrevida, tan buena, tan generosa su proposición, que por un 
momento nadie pudo decir una palabra. 

La emoción embargó todas las lenguas, y tanto José como 
su hija no pudieron hacer otra cosa más que admirar el pro- 
ceder de don Francisco. 

Carlota fué la primera que rompió aquel encanto que les 
embriagaba, y se abrazó de nuevo á su padre, exclamando: 

— i Veis, padre, qué mal habríais juzgado á Francisco! 

En cuanto al médico, fingiendo una emoción que no sen- 
tía, se acercó al hijo de don Lúeas de Guevara, y tendiéndole 
la mano, le dijo: 

—¿Tenéis algún hermano, caballero? 

-—Soy el único descendiente de mi familia— repuso aquel. 

—Y yo también soy solo, ¿queréis aceptar mi fraternal ca- 
riño? 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 555 

— ¡Oh! SÍ, desde luego. 

Y los dos jóvenes se abrazaron con efusión. 

— ¿Con que, os comprometéis á devolver la vista á este an- 
ciano? — preguntó Francisco á Armendariz. 

— Sí, ahora me voy á estudiar de nuevo, evocaré todos los 
recursos de la ciencia, y dentro de ocho dias vendré comple- 
tamente confiado en Dios, para arrancar de los ojos del pobre 
ciego la venda que le impide ver la luz. 

— ¡Dios mío! ¿será posible? — murmuró Joséo 

— Ya lo oís, padre mió— dijo Carlota— dentro de ocho dias. 

— Dentro de ocho dias estaré á vuestro lado, confiando en 
Aquel que todo lo puede; hasta entonces tened confianza, y 
sobre todo haced un acopio de valor para que no vacile en el 
momento supremo vuestra firmeza. 

— ¿Os vais ya? — preguntó Francisco á Armendariz. 

— Sí— le contestó éste. 

— Y yo también— dijo Francisco— voy á casa de don Cristó- 
bal á participar á doña Inés todo cuanto ha ocurrido, digo, si 
es que mi buena Carlota no me lo impide. 

—Ahora no tendrá celos— dijo Armendariz sonriéndose. 

— Nunca los he tenido— contestó la joven con sencillez— y 
ahora desde luego que los tendría mucho menos. 

—Desearía— dijo José dirigiéndose á Francisco— que antes 
de marcharos me perdonarais algunas de las palabras que os 
he dicho, pero en mi afecto de padre creo que cabe alguna 
disculpa. 

—No me digáis eso— contestó Francisco— tuvisteis razón en 
cuanto me dijisteis porque yo os había engañado; pero ya sa- 
béis también la razón que á ello me impulsaba; yo amo á Car- 
lota, la he amado desde que la vi, porque la pureza de ángel 
que resplandecía en su rostro era la pureza de ángel que yo 
había soñado para la mujer que fuera mi esposa; porque yo 
no he amado nunca los títulos, yo no he buscado en la mujer 
más que la honradez, la virtud, y la pureza, y Carlota reúne 



556 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

esas tres cualidades en un grado eminente; la he amado por- 
que yo buscaba un ángel, y ángel la he visto cuando estaba á 
vuestro lado calmando con sus dulces palabras vuestras ho- 
ras de martirio; sí, Carlota— prosiguió el joven dirigiéndose á 
la huérfana y estrechando sus manos con efusión— te amo 
porque debo amarte, porque existe una obligación para amar 
todo lo noble, todo lo hermoso; porque hay un sentimiento 
inexplicable en mi alma que me impele hacia tí, porque Dios 
ha puesto en el corazón una fibra que se estremece al ser he- 
rida por la mirada de una mujer, y esa mujer es la que la Pro- 
videncia ha destinado para que sea nuestro ángel de consue- 
lo, y siendo este amor que yo experimento una emanación 
del cielo, imposible es que se borre nunca. 

—Gracias, Dios mió!— murmuró con una expresión inefa- 
ble la joven. 

— ¡Benditos seáis, hijos mios! — murmuró el anciano ten- 
diendo sus manos como si tratase de bendecir á los jóvenes. 

— Ahora quedad con Dios, y hasta mañana. 

— ¿Tan pronto te vas?— dijo Carlota fijando sus ojos en su 
amante. 

-—Ya sabes que es preciso. 

— Bien, anda con Dios; pero no dejes de venir mañana. 

— ¿Crees acaso que estoy satisfecho lejos de tí? 

Armendariz estaba excesivamente violento. 

Aquella inesperada revelación hecha por Francisco, aca- 
baba de destruir todo el plan que habia formado. 

Sin embargo, se habia captado la confianza del joven capi- 
tán, y esto era ya un gran adelanto para sus ulteriores pro- 
yectos. 

Habíasela granjeado al mismo tiempo para satisfacer su am- 
bición, y como que en su corazón todo era ruin y mezquino, 
no vaciló en utilizar cuantos beneficios pudieron provenirle 
del joven á fin de poderle herir precisamente con las mismas 
armas que él le facilitara. 



CAPÍTULO LXXXI. 



El doble juego de Armendariz. 



Aquella noche Armendariz hablando con su amada le refi- 
rió la escena que habla tenido lugar en casa del ciego, y ella á 
su vez le corroboró lo que Francisco le habla manifestado por 
la mañana. 

Uno y otra tributaron grandes elogios al caballero, y doña 
Inés manifestó al médico, que habia dado ya algún paso res- 
pecto á su padre, en el sentido que le indicara. 

El oidor, que amaba á su hija con delirio, no habia encon- 
trado más razón para oponerse que la del compromiso con- 
traído con don Francisco, y la falta de nobleza por parte de 
Armendariz. 

Pero una y otra razón debia vencerla el capitán Guevara, 
puesto que habia ofrecido al médico, si conseguía devolver la 
vista el anciano, impetrar él mismo del monarca la nobleza 
para el que tan señalado milagro habría hecho. 



558 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

De aquí que nuestros amantes se sintiesen aquella noche 
más que otra alguna halagados por la esperanza. 

Cuando Armendariz se retiró de casa de su amada, no pu- 
do menos de murmurar: 

—No creí yo haber adelantado tanto en tan poco tiempo. 
Verdaderamente la fortuna me favorece, y si no llega una 
mala hora para mí, estoy seguro que el tal don Francisco ha 
de pagarme con creces todo lo que su padre hizo al mió. 

Y llegó á su casa, y como de costumbre Campillo le espe- 
raba en ella. 

—-¡Bravo, Campillo!— exclamó al verle— nuestros negocios 
caminan viento en popa, y necesario es concluir de herir á 
ese hombre en mitad del corazón. 

—Pues heriremos, si á su merced le place así — repuso el 
criado. 

—Doña Inés me ama y será mi esposa; pero tengo necesi- 
dad también de arrebatarle la que ha de serlo suya. 

— ¡Cómo! 

—Sí, la hija de ese ciego ha encendido también en mi pe- 
cho devoradora pasión, y no solamente por venganza, sino 
por impetuoso deseo me he propuesto que sea mía. 

— ¿Y de qué modo? 

— Apoderándome de ella. 

— ¡Señor! 

— Te encargo de buscar á los tunantes que han de ro- 
barla, que por cierto no faltan por aquí, y de buscar una casa 
lejos, bastante lejos de Méjico, donde poderla ocultar. 

— Plácenme tan poco semejantes comisiones, que única- 
mente por ser vos quien sois y porque os debo la vida, pres- 
tóme á complaceros. 

— Se agradece, señor Campillo; porque realmente el servi- 
cio que me hacéis es grande y no se cómo pagárosle. 

—Siendo feliz después de haberos vengado de los que os 
ofendieran. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 559 

— Pues quedamos en que te encargas de todo. 

— Trataré de serviros y me valdré para ello de aquel tu- 
nante á quien curasteis no ha mucho, y que según dijo tenia 
varias causas pendientes. 

—Obra como quieras en todo y por todo— díjole su amo. 

Cuatro dias después hallábanse nuevamente reunidos en 
casa del ciego Armendariz y Francisco. 

La amistad que unía á los dos jóvenes desde el dia de su 
explicación, iba en aumento. 

Francisco, con motivo de las atenciones del servicio, no 
habia podido ir á ver á Carlota más que una vez. 

La pobre joven, á pesar de que habia dicho que no tendría 
celos de doña Inés, era imposible que estuviese tranquila ha- 
biendo llegado las cosas hasta el punto que ya conocen nues- 
tros lectores. 

La presencia del joven oficial tranquilizó por completo á 
la hija del campanero. 

Al mismo tiempo Armendariz también le causaba una ale- 
gría inexplicable. 

La dijo, que habia pasado aquellos dias estudiando, y que 
abrigaba la íntima convicción de que la ciencia guardaba to- 
davía remedios para devolver la vista al pobre anciano; por 
lo tanto, que tuviese esperanza, que habia escrito á un pue- 
blo del interior, pidiendo unas yerbas que le hacían falta, y 
que tan luego como se recibieran, que habia de ser dentro de 
seis ú ocho dias, practicaría la operación que habia de volver- 
le la vista al pobre José. 

Semejante noticia, como se comprenderá perfectamente, 
llenó de alegría á toda la reducida familia de la catedral. 

Y las horas trascurrieron demasiado rápidamente para los 
amantes que estaban embebidos en su dicha, y para nuestro 
médico que, ora hablando con el campanero, ora contem- 
plando á los jóvenes, se encontraba combinando por comple- 
to el plan que había de poner en su poder á la joven. 



560 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

Pero como que cada uno tenia sus obligaciones particula- 
res, por muy penoso que les fuera el separarse de aquella 
familia, hacia la cual, aunque muy distintas, sentían los dos 
grandes afecciones, no tuvieron más remedio que despedir- 
se, citándose unos y otros para el dia inmediato, en que de 
nuevo se repetirían las mismas esperanzas y las mismas pro- 
testas de cariño. 

— ¿Me acompañáis, Armendariz?— preguntó Francisco al 
médico disponiéndose á dejar la casa del ciego. 

—Según hacia donde os dirijáis. 

—Yo voy al palacio del virey, está mi compañía dando la 
guardia en aquel sitio, y uno de mis criados me espera á 
algunos pasos de aquí con el caballo dispuesto; pero si que- 
réis, podremos llegar hasta mi casa y tomaremos otro caballo 
para vos. 

— Mil gracias, milord; tengo que ir al otro extremo donde 
también creo que hay una pobre mujer que necesita de mis 
auxilios. 

—En este caso, no quiero deteneros: vuestra misión es 
altamente noble y grande para que yo trate de impedir que 
la cumpláis por cualquier estilo que sea. 

—Si no fuera por eso, desde luego que tendría sumo gusto 
en acompañaros. 

—Quiere decir, que será otra vez. 

— Con que, Carlota— dijo Armendariz dirigiéndose á la joven 
—os dejo, y es posible que no os vea durante algunos días. 

—¡Cómo!— exclamaron á la par Francisco, Carlota y José. 

— Mañana regularmente marcharé á un pueblo cercano de 
aquí, donde quiero hacer otra operación. Me detendré lo me- 
nos cuatro días, de modo que llegaré á tiempo para recibir 
las yerbas que necesito, y pediré al cielo la ayuda que he me- 
nester para devolveros la vista. 

—¡Oh! ¡cuánto tendré que agradeceros ¡—exclamó el cam- 
panero con efusión. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 561 

Armendariz trató de evadirse á las pruebas de afecto y de 
agradecimiento que aquella familia trataba de tributarle. 
— Así fué que dirigiéndose á Francisco, le dijo: 
— ¿Os venís, amigo mió? 
—Sí, vamonos. 

Y el oficial se acercó á Carlota, imprimió sobre la pura 
frente de la joven un ósculo tan puro como ella, y después de 
haberse despedido de José, se dirigieron hacia la puerta de la 
casa. 

— Padre mió— dijo la joven — ¿queréis que acompañe á 
Francisco, como en otras ocasiones lo he hecho? 

—¿Y por qué- no, Carlota? Anda, hija, y vuelve pronto que 
Francisco también tiene que hacer. 

Y tras estas palabras del campanero, Armendariz y los dos 
amantes abandonaron el techo que hasta entonces les co- 
bijara. 

Una vez en la calle, el médico se dirigió hacia uno de los 
extremos de la plaza, mientras que Carlota y Francisco se di- 
rigían hacia el opuesto, donde estaba el escudero de quien el 
joven había hablado. 

Allí cambiaron ambos amantes una última palabra de 
amor. 

Después Francisco montó á caballo, y desapareció per- 
diéndose á poco entre las revueltas calles que formaban en- 
tonces aquel barrio de Méjico. 

Precisamente en estos momentos, mientras la joven estaba 
embebida en su conversación con Francisco, dos hombres 
penetraban en la casa del campanero. 

A pesar de ser una plaza el sitio adonde daba la puerta de 
la habitación del ciego, era muy poco concurrido, tanto por 
estar en uno de los barrios más apartados, cuanto por estar 
lloviendo á la sazón. 

Si el campanero hubiese tenido vista, de seguro que al 
fijarla en aquellos dos hombres se hubiera estremecido. 

TOMO II. 71 



562 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

Su mirar torvo, lo heterogéneo de sus trajes y armas y lo 
siniestro de sus cataduras, nada bueno auguraban y predis- 
ponían muy poco en su favor. 

Sin embargo, por más precauciones que trataran de usar, 
José percibió algún ruido, y preguntó: 

— ¿Quién va? 

—Servidor— contestó uno de ellos, mientras el otro á una 
indicación de su compañero desaparecía por las habitaciones 
interiores. 

—¿Y qué se os ofrece?— preguntó el ciego al que le habia 
saludado. 

—Que tuvierais la bondad de contestar á una pregunta que 
he de haceros. 

—Decid, y si puedo aliviaros, lo haré con mucho gusto. 

—¿No sois vos el encargado de la limpieza de la Catedral? 

— Sí señor, aun cuando, como comprendereis, la falta de la 
vista no me permite hacerlo; pero mi hija cuida de subsanar 
esta falta de su padre. 

—Lo mismo da para mi objeto. 

— Decid cuál es. 

— Se trata de un objeto que ha debido quedarse olvidado 
ayer, junto á uno de los altares de la Catedral. 

—Nada me ha dicho mi hija. 

—Pues es extraño, porque mi señora me ha dicho que se 
lo dejó aquí. 

— Tal vez no haya reparado en él. Ahora vendrá, y podréis 
acompañarla si gustíxis. 

—Pronto— dijo en esto el hombre que estaba hablando con 
José, dirigiéndose hacia el interior por donde habia desapa- 
recido su compañero. 

— ¡Qué!— preguntó el ciego á quien habia sorprendido 
aquella frase. 

—He dicho que pronto tiene que ser, porque tenemos 
prisa. 



LOS CABALL2ÍIOS DEL AMOR. 563 

El individuo que hablaba con José había visto por la ven- 
tana que daba á la plaza, que Carlota regresaba hacia su casa, 
y avisó á su compañero á fin de que no le sorprendiese. 

Éste se presentó en seguida, y mostró á su amigo los mol- 
des que había tomado en cera de alguna de las cerraduras. 

Á tiempo salió, porque un momento después entraba Car- 
lota. 

Saludó á los desconocidos, y dijo volviéndose á su padre:-o 

— Padre, ¿qué desean estos señores? 

— Vienen á reclamar un objeto que dicen se ha dejado una 
señora junto á uno de los altares. 

— ¿Qué clase de objeto es? — preguntó Carlota. 

— Un pañuelo bordado. 

— No lo he visto. 

— Pues mí señora asegura que aquí se quedó. 

— Vuestra señora podrá decir lo que tenga por convenien- 
te, pero yo puedo aseguraros que esta mañana mismo re- 
corrí toda la iglesia tan luego se hubo cerrado la puerta, he 
mirado como tengo de costumbre por todas partes, y nada 
he visto. 

— Muy extraño es. 

—¿Os atreveríais á suponer que os lo ocultábamos?— ex- 
clamó el anciano soldado á quien ya comenzaba á impacien- 
tar la persistencia del criado. 

—Yo no os digo eso. 

—Tal vez vuestra ama le haya perdido en otra parte, y crea 
que se lo dejó aquí. 

—En fin, yo con decir lo que me habéis manifestado, he 
cumplido mi encargo. 

— Así debe ser. 

—Vaya, guárdeos el cielo, y no tengáis tan mal genio, 
buen anciano. 

—Cuando me parece que se duda de mí, justo es que me 
incomode* 



561: LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

Los dos hombres salieron de la habitación de José, y Car^ 
Iota no pudo menos de decir cuando se alejaban: 

— ¡Jesús, padre! si vierais qué fachas tienen los dos. 

— ¿Quién sabe si serán algún par de bribones que pensa- 
ban recoger alguno de los objetos que tenemos aquí deposi- 
tados? Pero yo les aseguro que ciego y todo 

Y el ciego completó su frase con un ademan sobradamente 
enérgico para una persona de su edad y estado. 

Entretanto los dos hombres habían salido á la plaza, y lejos^ 
ya de la casa exclamaron: 

— La primera parte nos ha salido bien. 

— ¿Sacaste el molde de la puerta de la espalda? 

— Sí; aquí está. 

—¿Y te has orientado sobre la disposición de la casa? 

— Seria capaz de andar por ella á ojos cerrados. 

— De modo que merced á esa puerta 

— Podremos llegar á la habitación de la muchacha sin que 
nadie, ni ella misma se aperciba. 

— Perfectamente. 

— Por supuesto que todo debe hacerse al amanecer, por- 
que aun cuando esa puerta da á un sitio poco transitado, el 
diablo podría hacer que pasase alguien, y 

— Pues es natural, hombre, es natural; ¿cómo quieres que 
de día nos propusiera Guzman que verificásemos el rapto? 

— Es que Guzman tiene cosas muy peregrinas. 

— Pero nosotros somos los que exponemos el pellejo y po- 
co importa lo que él diga. 

—Cierto. 

— Con que ahora lo primero de todo es que nos haga esa 
llave. 

—Y después á cobrar la primera cantidad por nuestro tra- 
bajo. 

— Y luego á \di pulpería del Rubio á gastarlo con nuestras 
mozas, ¿no es así? 



i 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 565> 

—Hasta que finalmente nos cuelguen por haber sido im- 
béciles. 

— ¡Bah! ¡alguna vez hemos de morir! 

Y se encogió filosóficamente de hombros el que acababa 
de pronunciar las anteriores palabras y siguió á su compa- 
ñero por la calle adelante. 



CAPITULO LXXXIL 



Algunos antecedentes sobre Gazman y sas compañeros. 



Don Gaspar de Guzman, como pomposamente se hacia 
llamar el individuo á quien hablan aludido los dos bribones 
que habían estado en casa del ciego, era un jugador de mala 
ley, un espadachín de primera, un rufián con ínfulas de ca- 
ballero, y en resumen un miserable cuyos dados estaban 
siempre preparados para hacer todas las fullerías posibles, y 
cuyo puñal se hallaba á merced del que le pagaba mejor. 

Perseguido siempre por la justicia, él más listo que ella, 
la habla burlado constantemente. 

Sin embargo, una noche se vio en grave aprieto. 

Habla hecho una herida sobradamente profunda á un ca- 
ballero; la ronda que andaba en acecho se lanzó tras él, y pre- 
cisamente iba corriendo perseguido por ella, cuando encon- 
tró á Armendariz que iba á abrir la puerta de su casa. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 567 

Verle, concebir la idea de entrar en el portal, y arrojarse 
á ejecutarla, fué todo cosa de un momento. 

Pero habia tropezado, como vulgarmente se dice, con la 
horma de su zapato, y al tratar de acometer al médico, sin- 
tióse sujeto con tal violencia por la muñeca, que exhaló un 
grito de dolor y soltó la espada que llevaba en la mano. 

—¡Ira de Dios! — exclamó con voz sorda. — Me habéis venci- 
do; pero no importa, salvadme, me vienen persiguiendo; si 
me salváis la vida, os juro que será vuestra siempre. 

Armendariz, que era perspicaz, comprendió al punto el 
partido que podia sacar de aquel bribón. 

Abrió la puerta, y empujándole hacia dentro le dijo: 

—Cuidado, amigo, que conforme tengo el puño, tengo los 
ojos, y os dejo seco de un tiro si tratáis de hacer algo. 

Y bajándose y recogiendo la espada de Guzman y sacando 
un pistolete que montó en seguida, entró en el portal, cerró 
la puerta y dejó dentro al bandido. 

A tiempo lo hizo. 

En aquel momento aparecieron los alguaciles por el otro 
extremo de la calle. 

Armendariz hizo que el rufián subiese á su habitación. 

Estuvo examinándole á placer, y sin duda comprendió que 
le servirla, porque después que le hizo cenar y tranquilizarse, 
engolfóse con él en una conversación que duró hasta cerca 
de amanecer. 

Guzman le ofreció su cooperación, y á la mañana siguien- 
te, no atreviéndose á salir, quedóse allí mientras Armendariz 
iba á tomar lenguas sobre lo ocurrido la noche anterior. 

La autoridad estaba buscando á Guzman; pero de tal modo 
supo disfrazarle Armendariz, que pudo salir por la noche á 
buscar los dos individuos que le hacian falta en el negocio del 
médico. 

Muy pronto desapareció entre el intrincado laberinto de 
callejuelas del arrabal; pero se conoce que era muy práctico 



568 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

en aquel terreno, porque sin detenerse, sin vacilar en ningu- 
na calle, atravesó una porción de ellas, deteniéndose final- 
mente delante de una puertecilla baja, estrecha y carcomida, 
á través de la cual se oian gritos, voces, carcajadas y jura- 
mentos, formando un conjunto que nada tenia de tranquili- 
zador ni de agradable. 

Guzman estuvo escuchando algunos segundos junto á 
aquella puerta, y al cabo de ellos, exclamó: 

— ¡Cómo se divierten los chicos! su alegría se exhala de 
una manera un poco enérgica, pero en cambio, siempre tie- 
nen su brazo y su bolsa á disposición de sus amigos; entre- 
mos; vamos á sorprenderles en medio de sus placeres. 

Entonces, Guzman dio dos golpes, guardando cierto inter- 
valo del uno al otro, en la puerta de aquella casucha. 

Y la llamamos así, porque darle el nombre de casa á aquel 
mezquino amasijo de argamasa y piedra, seria hacerla dema- 
siado favor. 

No tenia más que un piso, y estaba casi completamente 
arruinado. 

Es verdad que tampoco tenia mucho que envidiar á las 
otras casas subvecinas. 

En la época de que vamos hablando, el arrabal era un ha- 
cinamiento confuso de riqueza y de miseria, de vicio y de 
corrupción, de hipocresía y de infamia. 

Allí vivia esa clase de perdidos que vistiendo un traje rai- 
do y sufriendo toda clase de privaciones, acumulan hora por 
hora, una moneda, á las que ya guardan en sus arcas. 

Los comerciantes de mala ley, las mujeres de vida alegre 
y los hombres que teniendo cien oficios distintos no tienen 
uno conocido, acababan de poblar aquel inmenso cuartel de 

Méjico. 

Gomo consecuencia de la clase de gentes que allí habita- 
ban, las pulperías, los figones y las mancebías, abundaban 
extraordinariamente. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 569 

Allí había sus tiendas especiales; tenían sus costumbres 
particulares, y eran, por decirlo así, un nuevo pueblo adhe- 
rido á la ciudad. 

Al penetrar en aquellas calles, se advertía todo lo defor- 
me, todo lo asqueroso, todo lo repugnante de la población 
que allí se animaba. 

De los portales de aquellas casas se exhalaba un ambien- 
to fétido y nauseabundo que ahogaba la respiración. 

Allí no habia más que vicio y maldad, y éste se aspiraba, 
se tocaba, por decirlo así, según lo densa que era la atmós- 
fera que habia en todo aquel arrabal. 

Tal era el sitio donde habia penetrado Guzman, y donde 
también penetraremos nosotros en su seguimiento. 

A poco de haber llamado el aventurero, una voz bronca, 
gutural y avinada, preguntó desde dentro: 

—¿Quién va? 

— ¡Eh! abre con mil diablos, sino quieres que te muela los 
huesos. 

Inmediatamente se abrió la puerta de aquella casa. 

Nosotros, que nos hemos propuesto ya seguir al jugador y 
aventurero Guzman en toda su carrera, avanzaremos tam- 
bién tras él, pero tendremos que detenernos en el dintel de 
aquella puerta, porque nos será completamente imposible 
dar un paso. 

Los gases contenidos en una estancia infinitamente pe- 
queña para el número de personas que contenia, se agolpan 
hacia el punto de salida que se les ofrece, y chocando en 
nuestro semblante, nos hace impracticable el paso. 

Sin embargo, haremos un esfuerzo, y penetraremos en 
aquella cloaca. 

La densidad de la atmósfera que allí reina, nos impedirá 
por un momento ver nada absolutamente; pero poco á poco 
nuestros ojos se acostumbrarán, y podremos distinguir el 
interior. 

TOMO II. 72 



570 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

Es este una especie de salón, cuyo techo cubierto de hoUin, 
está cruzado por algunas vigas viejas, negras, carcomidas y 
tortuosas, en las cuales hay colgado una especie de candil de 
hierro con dos mecheros, el cual esparce una débil y mori- 
bunda claridad en aquella estancia, dándole un aspecto ater- 
rador. 

Casi tan negras como el techo se ostentan las paredes, 
en las cuales se ven trazados, tal vez con las puntas de los 
puñales ensangrentados todavía, refranes obscenos, palabras 
groseras y escandalosas, ó pensamientos hijos de la horrible 
fantasía de las personas que los han trazado. 

El pavimento de aquella reducida sala, guardaba una com- 
pleta armonía con el desmantelado techo y las ruinosas 
paredes. 

Por todo el rededor de aquel salón, corrían unas especies 
de tablones, muchos sotenidos por gruesos pies de madera, 
fuertemente clavados en el suelo. 

En el centro de la estancia, se distinguía una copa de 
hierro, en la cual se quemaba una gran cantidad de paja, y 
en uno de los extremos habia un mostrador lleno de vasos de 
estaño y de jarros para contener el vino, el ron ó el aguar- 
diente que pidieran los consumidores. 

Aquella casa era pulpería, mancebía, casa de dormir, y 
constantemente tenia establecidas las mesas de juego. 

Aquel era el templo donde el vicio recibía un culto cons- 
tante. 

Los sacerdotes y sacerdotisas de aquel templo, eran tan 
repugnantes como la deidad á quien adoraban. 

Al penetrar nosotros en aquel antro, nuestras miradas 
necesariamente habrán de vagar de un punto á otro. 

Si recorriésemos aquellas mesas, nuestro corazón se opri- 
miría dolorosamente. 

Veríamos entre la sociedad que las rodea una porción de 
mujeres á quienes la desgracia ha tocado con su dedo maldito. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 571 

¡Qué mujeres, Dios mío! 

La belleza de la forma, la pureza de los contornos, todo 
ese perfume casto y espiritual que demuestra la virginidad 
del alma y de la materia en la mujer, todo estaba allí comple- 
tamente borrado, nada existia. Rostros marchitos casi, cuando 
empezaban á colorearse con las rosas de la juventud, labios 
que aun no hablan concluido de pronunciar una palabra in- 
fantil, y ya se plegaban á impulso de una contracción nervio- 
sa, para pronunciar una asquerosa palabra, horrible y total- 
mente repugnante. 

Todo cuanto el vicio ha podido crear de más deforme, todo 
estaba allí reunido. 

Al rededor de una mesa, se veia media docena de hombres 
con los trajes tan rotos, que apenas merecían de tales el 
nombre, y manchados de cerveza ó de licores, que retratada 
en sus ojos la codicia y presa de una fiebre aniquiladora que 
siempre se apodera del jugador, contemplaban constantes el 
cubilete en que agitaba los dados uno de ellos. 

Más allá otro grupo combinaba un robo, ó tal vez pen- 
saba en algún asesinato. 

En otro lado ¿pero á qué ocuparnos en describir grupo 

por grupo, los que llenaban aquella asquerosa estancia? 

Ya hemos dicho que todo cuanto de asqueroso, todo cuan- 
to de repugnante pudiera tener el vicio, todo estaba daguer- 
reotipado allí. 

Y para hacer más doloroso aquel repugnante cuadro, aque- 
llas mujeres medio embriagadas las unas, ó ebrias ya del todo 
las otras, se dejaban caer por el suelo ó se reclinaban sobre 
los hombros de sus compañeros que pagaban sus caricias re- 
peliéndolas bruscamente. 

Guzman contempló durante algunos segundos aquel cua- 
dro. 

Varias cabezas se volvieron hacia el recien llegado, expre- 
sando en las miradas que se le dirigían, bien la ira ó el temor. 



572 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

bien la satisfacción de encontrar un rostro conocido cuando 
temian otra cosa. 

Á pesar de lo bien disfrazado que iba Guzman, los ojos de 
aquellas gentes, cuando no estaban cerrados por la embria- 
guez, tenían condiciones muy especiales. 

Sabian traspasar todos los disfraces y desmenuzar todas las 
formas. 

Así fué, que hubo algunos que le reconocieron al cabo de 
un segundo de observación. 

Entre ellos, uno se levantó y corrió hacia él. 

— ¿Qué diablos vienes á hacer aquí?— le dijo. 

— [Toma! visitaros— contestó con calma Guzman. 

— Pero ¿no comprendes que tu asunto de anoche ha hecho 
mucho ruido, y el virey ha dado orden de que te presenten 
muerto ó vivo? 

— Trabajo le mando. 

—Siempre serás el mismo; imprudente hasta la exagera- 
ción. 

— Yo tengo confianza en mí y en vosotros. 

— Demasiada. 

— Ninguno habéis de venderme. 

—Aquí hay de todo, Guzman, ya lo sabes. 

—Sin embargo, el interés aquí como en todas partes es lo 
primero, y á todos os interesa el que yo viva. 

— Desde luego, y si alguno te ofendiera 

—Ya lo sé— contestó Guzman estrechando la mano del que 
acababa de hablarle— eres un buen amigo y te agradezco tu 
interés; por tu propio bien te aconsejo yo á mi vez, que no te 
muevas de aquí esta noche. 

—¿Por qué?— preguntó el que acababa de hablar, con tem- 
bloroso acento. 

—Porque corren malos aires para tí, Moscardón. Lo dicho, 
quédate y no salgas; sigue bebiendo en tu mesa y no llame- 
mos la atención. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 573 

Moscardón, puesto que ya sabemos que así se llamaba el 
que se tomaba tanto interés por Guzman, se alejó volviéndo- 
se hacia su mesa. 

Pero en el mismo instante levantóse otro individuo , y 
aproximándose á Guzman, le dijo: 

— ¿Qué te ha dicho Moscardón? 

— Me ha ofrecido su amistad. 

—Pues no te fies de él. 

— ¿Por qué? 

—Porque esta mañana le he visto yo salir de la casa del 
oidor Pérez Sarmiento. 

— Me lo figuraba. 

—El Moscardón es un tuno. 

— Pues ya sabes lo que acostumbro yo hacer con ellos. 

—¿Es decir que me das permiso?.... 

—Para todo, con tal que no hagáis ruido. 

— Ya le buscaré yo cuestión. 

— No, mientres esté yo aquí. Después que haya salido, 
obra como te parezca. 

—Es que yo quisiera castigarle delante de tí. 

—No me conviene. Podría sobrevenir alguna ronda...., 

— ¡Chico! ¿cómo tan prudente? 

— Necesidad obliga. 

— Eso es otra cosa. Tú sabrás lo que te haces. 

—¡Y vaya si lo sél Como que te mando que te retires inme- 
diatamente, porque estamos llamando la atención. 

— Como que todos te hemos conocido. 

— Pues haced como si no me conocierais. 

Separóse el bandido ante una indicación más enérgica 
hecha por Guzman, y éste volvió á quedarse inmóvil algunos 
momentos. 



CAPÍTULO LXXXIII 



Los amigos de G-uzman, 



Las palabras que le había dicho el segundo bandido, nu- 
blaron por algunos momentos la frente del rufián. 

—Siempre he de tropezar con algún traidor— murmuró. 

Después, volvió á pasear su mirada penetrante sobre todos 
los rostros que podia distinguir desde el sitio en que se halla- 
ba, y volvió á decir: 

— Y mientras no haya más que eso, tal cual. Pero, ¿quién 
me asegura que no hay otros? 

Después se dirigió hacia el dueño de la pulpería. 

Era este un mestizo deforme de cuerpo y de avieso y pati- 
bulario semblante, el cual, aun cuando hizo un gesto de dis- 
gusto al oír su voz, saludóle afablemente, al ver que á él se 
dirigía. 

— ¿Están Roberto y el Diablo?- le preguntó. 

— Sí, señor Guzman, pues no faltaba más que mis favore- 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 575 

cedores predilectos no hubiesen venido— contestó el Moreno 
con una voz tan falsa como su rostro, y arrojando sobre Guz- 
man una mirada más falsa todavía. 

— ¡Hola!... ¡qué amable estás esta noche, Moreno! se co- 
noce que te ha enseñado Roberto á tener modos. 

Los ojos del Moreno lanzaron un relámpago de cólera. 

Guzman aparentó no verlo, y dio algunos pasos para diri- 
girse hacia donde estaban sus amigos. 

—¿No queréis tomar alguna cosa, señor Guzman?— le dijo 
el Moreno al verlo. 

— ¡Ah!.... sí, mándame un jarro de aguardiente, que hace 
un frió esta noche!.... 

Y Guzman, después de haber apartado con los pies á dos 
mujeres que estaban tendidas cerca de la copa de hierro, se 
dirigió á uno de los ángulos de la estancia. 

Allí se velan cuatro hombres que jugaban con frecuencia 
y bebían en la misma proporción que jugaban. 

Junto á ellos había dos mujeres. 

Uno de ellos iba á tirar los dados cuando Guzman se acer- 
có á la mesa. 

—¡Juego!....— dijo éste. 

Todos se volvieron precipitadamente, exclamando: 

— ¡Guzman ! 

—¡Toma, hermoso!— le dijo una de aquellas mujeres ofre- 
ciéndole un vaso de ron— toma, tendrás frió y esto te dará 
calor. 

—No quiero, hermosa— le contestó nuestro hombre fijando 
su vista en los dados, al par que arrojaba una moneda sobre 
la mesa. 

—Ven, siéntate junto á mí— le dijo otra mujer pasando su 
brazo al rededor de su cintura. 

—¡Quita, mujer!— la contestó rechazándola bruscamente. 

—Seis— dijo entonces el que tenia el cubilete después de 
haber contado los puntos que marcaban los dados. 



576 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

— Mal punto tienes —dijo Guznnan. 

—Ahora yo. 

— Tira, Roberto. 

— Nueve— repuso éste después de haber arrojado los dados. 

—Anda, Roberto. 

Este cogió á su vez el cubilete y lo agitó, exclamando des- 
pués que vio lo poco que habia sacado. 

— ¡ Diablo de suerte! 

— Vamos á ver yo— dijo Guzman. 

—Mira— le interrumpió una de las mujeres— si ganas, me 
prestarás un ducado; quiero beber aguardiente, y Roberto 
dice que es muy caro. 

— Y á mí- me darás otro para comprar tortas. 

— ¡Eh! silencio— gritó el aventurero tirando los dados. 

— ¡Cuatro!— exclamaron todos. 

—He perdido— dijo fríamente Guzman— otra vez ganaré. 

— ¡Hombre! jamaste he visto con esta calma — dijo Ro- 
berto. 

— ¿Qué quieres? me he hecho filósofo. 

— ¡Bravo! 

— Aquí tenéis vuestro aguardiente, señor Guzman — dijo en 
esto el Moreno poniendo sobre la mesa un vaso descomunal. 

— ¡Gracias, amigo Moreno, gracias! 

— ¿No quieres jugar más? 

— No, Diablo, ni tú tampoco 

—¿Cómo? 

—Tú y Roberto me pertenecéis esta noche. 

— ¿Qué es eso?— gritó una de las mujeres que les acompa- 
ñaban, con el rostro encendido por el ron y la ginebra que ha- 
blan trasportado á su estómago— ¿quieres llevarte á nuestros 

maridos? pues no lo conseguirás, ¿no es cierto, Diablo? 

tuno irás 

— Vamos, menos charla; ya sabéis que no me agrada. 

—Es que no te lo llevarás. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 577 

— Mejor, buscaré á otros— dijo con indiferencia Guzman. 

Y dio algunos pasos para retirarse. 
Entonces Roberto se volvió hacia él, diciéndole: 
— ¿Pero te vas á marchar? 

—Sí— contestó fríamente Guzman. 

— Es decir que ya no representamos nada absolutamente... 

—Quien no representa nada para vosotros, soy yo. 

—No digas eso. 

— No le hagáis caso— dijo una de las mujeres— eso es para 
•comprometeros más. 

— No tenéis la culpa vosotras— dijo Guzman con desden — 
sino los hombres que se empellan en sostener á semejantes 
víboras. 

Las dos mujeres se dieron por ofendidas con aquellas pa- 
labras. 

Y aun trataron de levantarse sobre Guzman, y lo hubieran 
hecho á no haberlas detenido Roberto y Diablo. 

—¡Nos ha llamado víboras!...— gritó la una. 

— ¡Nos ha insultado!. ..—ahulló la otra. 

— Pues aun no os he dicho todo cuanto merecéis. 

— ¡Ea!— dijo Roberto— dejad á los hombres que despachen 
sus negocios. 

—No queremos— exclamaron las dos especies de serpien- 
tes—nos habéis ofrecido aguardiente y lo queremos. 

— ¡Al infierno las habladoras!— añadió Guzman. — Vaya, 
vaya, os veo muy entretenidos, y á mí me corre mucha prisa... 

—¿Pero qué es ello?— preguntó el Diablo. 

— ¿Para qué os lo he de decir, si no me habéis de prestar 
6yuda? 

—Sin embargo 

— Nada, pasad buena noche y con tal que estéis al lado de 
€sos demonios de mujeres, ¿qué os importa que vuestro ami- 
go se halle en una situación apurada? 

— ¡Hombre, no digas eso! 

TOMO II. 73 



578 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

—No le hagas caso, marido— dijo una. 

-Dejadle que se marche— añadió la otra. 

Los dos hombres, á pesar de estas palabras, estaban dis- 
puestos á seguir á su amigo, y lo hubieran hecho á no haber 
proseguido aquellas diciendo: 

— La noche está muy fria, y mejor estamos aquí. 

— Pero ya ves— dijo Roberto á la que tenia á su lado— si hay 
alguna utilidad 

— ¿La gastarás conmigo? 

— ¡Quién lo duda! 

— Os equivocáis— dijo Guzman, á quien no se le habia es- 
capado nada de aquella escena — no hay utilidad. 

— Entonces, déjale— dijo una. 

— ¡Justo, justo; que se vaya y que venga el ron!— gritó el 
Diablo. 

— ¡Bravo!— murmuró Guzman con expresión de infinito 
desprecio— sois unos hombres 

—¡Guzman! 

— Os lo vuelvo á repetir; puesto que para. vosotros nada 
significa la amistad, desde ahora mismo rompo. 

— ¿Qué quieres decir?— exclamaron los dos perdidos á la 
vez. 

—Que no sois mis amigos. 

—¿Por qué? 

—Porque me veis en un peligro, y valen más para vosotros 
los abrazos y las caricias de esas miserables criaturas, que su 
am-igo 

— ¡Nos llama miserables!....— gritaron las dos mujeres al 
mismo tiempo que se iban á lanzar sobre Guzman. 

— ¡Eh!.... ¡fuera de ahí, mujeres ó demonios! — dijeron á la 
vez Roberto y el Diablo. 

Y al mismo tiempo las repelieron de una manera tan brus- 
ca que fueron á caer contra la mesa. 

Inmediatamente se acercaron á Guzman. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 579 

—Y bien, ¿qué queréis?— les dijo éste. 

—Nos has dicho palabras 

—Que estoy dispuesto á sostener— contestó Guzman con 
altanería.— No me ha gustado jamás echar en cara los benefi- 
cios que he hecho, pero debo deciros que mi comportamiento 
para con vosotros ha sido muy distinto. 

Lo mismo Roberto que su compañero, al escuchar las pa- 
labras de Guzman, llevaron instintivamente sus manos á las 
empuñaduras de sus puñales. 

Sus ojos resplandecieron de cólera, y sus feroces semblan- 
tes se revistieron con tintes más sombríos aun. 

Pero aquello no fué cosa más que de un momento. 

Roberto apagó el brillo de sus ojos, y dijo tendiendo una 
mano á Guzman: 

— Somos amigos; vamos donde quieras. 

Guzman apretó aquella mano entre las suyas y no dijo 
una palabra. 

— Yo también te seguiré— dijo á su vez el Diablo. 

— Pues bien, venid conmigo. 

— ¿Pero dónde vamos? 

— ¿No tenéis confianza en mí? 

— Sí, hombre, sí. 

— Pues entonces, ¿á qué esas vacilaciones? 

—Nada, vamos contigo donde quieras. 

Guzman, seguido de sus compañeros, salió de la pulpería. 

Aquel repentino cambio, aquella paz realizada tan inopor- 
tunamente, no pudo menos de llamar la atención de los cons- 
tantes comensales de la pulpería. 

Especialmente el Moreno lo sintió más que ninguno. 

Guzman, el Diablo y Roberto, eran entre toda la canalla 
que allí se reunía, los que llevaban la voz. 

Nadie se atrevía á decirles una palabra. 

Representaban la fuerza, y ya se sabe que los malvados no 
respetan otra ley que aquella. 



580 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

Así era que ver á los tres gefes de toda aquella toifa de bri- 
bones estar á punto de llegar alas manos, era un espectácula 
curioso por demás. 

El Moreno especialmente, lo observaba todo con profunda 
atención. 

Y aun debemos decir, que esperíxba lo que á su juicio iba 
á suceder con extraordinaria alegría. 

Según su cálculo, iba á tener lugar una riña. 

Y una riña entre aquellos tres valentones, necesariamente- 
había de ser sangrienta. 

Esto representaba para él, algún cadáver, quizá algún» 
herido. 

Porque eran sus enemigos los tres. 

Bebían y comían lo mejor de su casa, y le pagaban á- 
golpes. 

Es verdad que cuando habían ganado al juego, derrama- 
ban el dinero á manos llenas. 

Y en esta lluvia, una parte y no pequeña, alcanzaba al ta- 
bernero. 

¡Pero esto sucedía tan pocas veces!.... 

Así era que pedia al cielo con todo el fervor de su alma,. 
que se batiesen, y que murieran ya que no los tres, dos por 
lo menos. 

Pero contra todos sus deseos, nada de lo que él esperaba 
sucedió. 

Los tres hombres se reconciliaron, y salieron de la pulpe- 
ría, según hemos visto, mientras que el Moreno quedábase 
mirando con desconsolados ojos al cíelo, murmurando entre 
dientes: 

—¿Qué daño habré hecho yo para que el cielo me castigue 
no dejando que esos hombres se maten entre sí? 



CAPITULO LXXXIV 



La realización del rapto. 



Una vez que los tres bandidos se encontraron en la calle, 
Guzman, dirigiéndose á sus compañeros, les dijo: 

—La verdad es, amigos mios, que me he mostrado bastan- 
te duro con vosotros. . 

—¿Quién se acuerda ya de eso?— repuso el Diablo. 

— Era necesario que obrase así. 

—Ya se ve; como que nos habíamos olvidado de nuestro 
compromiso— añadió Roberto. 

— En cambio yo no lo he olvidado nunca. 

— Tienes razón. 

—Siempre que me habéis necesitado he estado junto á vos- 
otros. 

—Sí, sí, es cierto. 

— Pues bien ; la única vez que he tenido necesidad de bus- 
caros no os he encontrado más que á fuerza 



582 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

—Olvida eso, Guzman. 

— Sea ; lo olvido y allá va mi mano. 

Y Guzman tendió su mano que los otros estrecharon con 
efusión. 

—¿Y qué es lo que quieres? 

— Que me ayudéis. 

— ¿Áqué? 

— Á salvarme. 

—¿Á salvarte? — exclamaron los dos hombres asombrados. 

'—Sí. ' 

—¿Pues qué te sucede? 

—Estoy perseguido; me he podido escapar, gracias á mi li- 
gereza y á mi suerte. 

—¿Qué estás diciendo? 

- La verdad. 

— ¿Pero qué has hecho? 

—Si no hubieseis estado tan alejados de mí lo sabríais; eso 
prueba vuestro interés por mí. Cometí una torpeza con uno y 
me persiguen. 

— ¿Según eso te reconocieron? — preguntó Roberto, que 
como su compañero no habia podido menos de sentir toda la 
fuerza del reproche de su amigo. 

—Justamente. 

— ¿Y qué quieres que hagamos nosotros? ¿De qué manera 
te podremos salvar? 

— Ayudándome. 

— ¿Á qué? 

— Á robar á una mujer. 

Los dos bandidos se quedaron mirando á Guzman como si 
no le hubiesen comprendido bien. 

Efectivamente que se necesitaba toda la audacia de aquel 
hombre para atreverse á pensar en un robo, cuando tenia, 
por decirlo así, un pié puesto ya en la primera grada del ca- 
dalso. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 583 

Así fué, que á sus compañeros no pudo menos de sorpren- 
derles aquella extraña proposición. 

Y al sorprenderlos les llenó también de una admiración 
profunda hacia el hombre que tenia tan firme la cabeza, á 
pesar de tenerla tan comprometida. 

Guzman los contemplaba sonriéndose, y al cabo de algu- 
nos segundos les dijo: 

— ¿Qué os parece mi idea? 

—¡Hombre!... tú tienes ganas de chancearte sin duda. 

— No lo creáis; hablo con toda formalidad. 

—Pero ¿estás decidido á que ese rapto se lleve á efecto? 

— Sí; ¿no os digo que es mi salvación? 

— No te comprendo— dijo el Diablo. 

—Ni yo tampoco— añadió Roberto. 

— Esa mujer es mi ángel tutelar; pero estamos perdiendo 
un tiempo precioso, y quizás cuando lleguemos ya sea tarde. 

—¿Pero nos explicarás?.... 

— La mujer que vamos á robar nos servirá de rehenes 
para asegurar mi vida. 

— ¿Pues quién es?....— preguntó Roberto. 

— Una pobre muchacha. 

— Vamos, tú quieres burlarte— dijo el Diablo. 

— Si lo tomáis de esa manera 

— No te incomodes. 

—Os empeñáis 

— No es que nos empeñamos, pero hay cosas que sorpren- 
den; tú mismo lo conocerás así. ¿Cómo es posible que poda- 
mos creer nosotros que de una mujer tan insignificante pueda 
depender tu salvación? 

—Ya lo veréis, y estoy seguro que quedareis satisfechos. 

— En fin, sea lo que tú quieras. 

— ¿Estáis dispuestos á seguirme? 

—Hombre, no sé á qué vienen esas dudas, cuando puedes 
estar convencido de la verdad de cuanto te hemos dicho. 



581 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

Entonces Guzman condujo á sus compañeros cerca de la 
casa donde vivia José, explicándoles lo que de ellos necesi- 
taba. 

Fácilmente se comprende que al saber lo mismo Diablo 
que Roberto la humildad de clase á que pertenecía Carlota, su 
sorpresa habia de ser extraordinaria. 

¿Cómo era posible que la pobre hija de un campanero á 
quien por caridad le hablan confiado el puesto que ocupaba, 
pudiera servir de garantía para el perdón de Guzman? 

—¿Pero hombre, estás en tu juicio?— preguntó el primero. 
— ¿De qué apuros va á sacarte esa muchacha? 

— ¿Qué sabéis vosotros? 

—No comprendo las razones que tengas; pero, francamen- 
te, eso de exponernos á tener un percance sin que te resulte 
un beneficio positivo, es menester meditarlo. 

—Pero si os pago, cabezas malditas, ¿por qué gruñir tanto? 

—Mira, Guzman, aquí no se trata de que pagues ó dejes de 
pagar; si es por servirte, lo mismo éste que yo, nada te que- 
remos interesar; pero 

—¿Pero qué? Acaba. 

—Que esa mujer, ¿cómo es posible que pueda contribuir 
poco ni mucho á tu salvación? 

— Muy sencillo. 

— Explícate— dijo Roberto. 

— Eso es, habla y nos convenceremos— añadió el Diablo. 

—Figuraos que esa muchacha es muy linda. 

— ¿Y estás prendado de ella acaso? 

— Callad, imbéciles, ¿os creéis que Guzman desciende á se- 
mejantes debilidades? 

— Hombre! creo que tú serás como los demás. 

—Estáis en un error. Yo, á Dios gracias, no me enamoro 
más que de una onza de oro. 

— Pues entonces 

—Entonces, hay un galán que está prendado de la doñee- 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 585 

lia; tiene valimiento cerca del virey, y puede conseguir mi 
perdón. 

—Eso es otra cosa. 

—Pero Guzman, ¿tú has tenido en cuenta que esos se- 
ñores suelen muchas veces ofrecer lo que después no cum- 
plen? 

— Este lo cumplirá. 

Tan resuelto fué el acento con que Guzman pronunció es- 
tas palabras, que sus dos compañeros no pudieron menos de 
inclinarla cabeza, diciendo: 

—Pues chico, tú sabrás lo que haces. 

— De sobra que lo sé. 

—Dispon cuando se ha de verificar ese rapto. 

—Lo más pronto posible. 

— ¿Quieres que vayamos esta noche? 

— No. Es menester realizarlo dejando la menor huella po- 
sible. 

— Entonces tú dirás cómo. 

Guzman se lo explicó y á consecuencia de estas explica- 
ciones, fué la entrada de los dos bandidos en casa del ciego, 
bajo el pretexto que vimos en otro lugar, pero realmente para 
tomar los moldes de la cerradura de la otra puerta y enterar- 
se de la disposición de la mezquina casa. 

Bien ajenos estaban, lo mismo José que su hija, del golpe 
que contra su dicha se preparaba. 

Una vez hecha la llave y todo dispuesto, dos dias después 
de aquel en que Armendariz habia dicho que se marchaba 
fuera de Méjico, Carlota que se habia despedido de su padre 
confiada en el porvenir que precisamente aquel dia más que 
nunca se lo habia pintado risueño y agradable su amante, 
retiróse á su habitación y recogióse en el lecho entregándose 
á uno de esos sueños de felicidad, propios de la candida y 
hermosa juventud. 

José, á su vez, halagado por la esperanza que Armendariz 

TOMO II. 74 



58S LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

habia derramado en su corazón, y por la dicha de su hija, 
durmióse tranquilamente. 

Próximamente á la madrugada, abrióse silenciosamente la 
puerta que daba á la parte más solitaria del sitio en que se al- 
zaba la catedral, y el Diablo y Roberto penetraron en el inte- 
rior de la casa. 

— Abre un poco la linterna— dijo el primero al segundo 
con recatado acento— no sea que haga el diablo mi patrón 
que tropecemos y se despierten los pájaros. 

— ¿Sabes cuál es el cuarto de la muchacha?— preguntó Ro- 
berto. 

— Sigúeme y calla. 

Los dos bandidos penetraron por un largo corredor, al 
final del cual estaban, la una frente á la otra, las habitaciones 
del padre y de la hija. 

Andando cautelosamente convenciéronse primero de que 
el ciego continuaba roncando, y después entraron en el cuar- 
to de la joven. 

A tientas llegaron hasta el lecho, y entonces Roberto, á la 
par que abria la linterna para ver la operación que ibaá prac- 
ticar, puso un pañuelo á manera de mordaza sobre la boca 
de la joven. 

Ésta, al verse sorprendida de súbito por la luz, abrió los 
ojos; mas el grito de espanto que fué á exhalar quedó ahoga- 
do por la mordaza de Roberto. 

Toda resistencia era completamente inútil. 

Las fuerzas de Carlota eran impotentes para medirse con 
las de aquellos dos bribones, y bien pronto el terror y la ira 
produjéronle un desmayo que facilitó en gran manera la ta- 
rea de aquellos. 

Pocos momentos después Carlota se hallaba encerrada en 
un carruaje al lado de Guzman. 

Durante un buen espacio la joven continuó desmayada, sin 
que su raptor hiciera diligencia alguna para socorrerla. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 587 

Felicitábase por aquel desmayo tan oportuno, que "hacia 
menos comprometida la situación. 

Una vez fuera de la ciudad, cuando apenas principiaba á 
amanecer, murmuró el bandido: 

— Pues señor, terminó felizmente la primera parte de mi 
empresa; veremos cómo concluye la segunda. 

Y sacando la cabeza fuera de la ventanilla, dijo á Roberto, 
que iba guiando el carruaje: 

—Para un momento, Roberto, y vamos á quitarle á esta 
buena moza el pañuelo, que ya no es necesario. 

Detúvose el carruaje, y Roberto y su compañero descen- 
dieron del pescante, y abriendo la portezuela ayudaron á su 
amigo en la comprometida empresa de quitar la mordaza á la 
joven. 

Y decimos comprometida, porque si daba la casualidad Je 
que la joven recobrase el conocimiento al mismo tiempo de 
quitarle el pañuelo que hacia el oficio de mordaza, y comen- 
zaba á gritar, era fácil que los vendedores de las inmediacio- 
nes que en aquellos momentos se dirigían á la capital, se 
apercibiesen de ello, y en este caso pudieran pasarlo mal. 

Sin embargo, era menester hacerlo, porque Guzman, á la 
débil claridad del crepúsculo, habia advertido el encendido 
color del rostro de la joven y la dificultad de su respiración, 
y temió que pudiera sobrevenirle algún grave accidente. 

—No tengáis cuidado— dijo á sus compañeros que manifes- 
taron aquellos temores.— Todavía tardará algunos minutos en 
volver en sí, y con que apretéis un poco y podamos entrar 
por esa vereda que hay á la derecha, en poco tiempo nos ha- 
llaremos en el bosque, y entonces que nos echen un galgo. 

— Pues, manos á la obra. 

Efectivamente, quitaron el pañuelo de la boca de Carlota, 
que exhaló un suspiro de bienestar, y el carruaje partió in- 
mediatamente con mayor rapidez. 

A poco entraron por la vereda indicada por Guzman, y fe- 



588 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

lizmehte ganaron el bosque al mismo tiempo que Carlota vol- 
vía en sí. 

— Pues, señor, llegó el momento de la gran escena— dijo 
Guzman, observando los primeros movimientos de la joven. 
— Afortunadamente, aquí me importan ya muy poco sus gri- 
tos. 

Carlota abrió los ojos, y su mirada atónita fijóse en el in- 
terior del carruaje. 

Después por un movimiento puramente maquinal, trató de 
lanzarse fuera de él. 

Pero la mano de Guzman la detuvo, diciéndole: 

— Cuidado, niña; de aquí no se sale con tanta libertad. 

Carlota lanzó un grito de terror. 

No se había apercibido de aquel hombre que iba al lado de 
ella, y al escuchar su voz, y ai sentir el contacto de sus ma- 
nos se estremeció, y exclamó con voz trémula : 

— i Dios mío ! i Dónde estoy? ¿Qué queréis hacer de mí ? 

—Muchas preguntas son esaspara contestaros de un mo- 
do que os pueda satisfacer. 

— Pero, ¿quién sois vos? ¿Por qué me habéis sacado de mi 
casa? 

— El quién yo sea, debe importaros muy poco; y respecto 
á todo lo demás, tiempo de sobra tendréis para saberla suer- 
te que os aguarda. 

— ¿Pero, y mi padre? 

— Vuestro padre sabrá oportunamente dónde estáis, y te- 
ned por muy cierto que ya se consolará 

— ¡Oh!— exclamó Carlota, rompiendo á llorar amargamen- 
te.— Yo no quiero ir con vos. Dejadme salir de aquí. 

Y la joven volvió á querer lanzarse sobre la portezuela del 
coche. 

Pero otra vez Guzman que no la perdía de vista, la contu- 
vo diciéndola: 

—Vamos, niña, sed razonable, y mirad que vuestro traje 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 589 

no es el más á propósito para andar por esos caminos y á 
estas horas. 

La joven se apercibió entonces de la ligereza de su traje, y 
que para cubrir su cuerpo la hablan envuelto los bandidos 
€on sus capas. 

—¡Oh! ¡Dios mió! ¡Dios mió!— murmuró cubriéndose el 
rostro con las manos y llena de vergüenza. 

Pero de súbito reaccionóse poderosamente, y antes de que 
Guzman pudiera impedirlo, sacó el cuerpo por la ventanilla, 
gritando con acento desconsolador: 

— ¡Socorro! ¡Socorro! 

Pero en aquel momento se detuvo el carruaje. 

Hablan llegado al punto de su destino. 

Carlota, á pesar de su resistencia y de sus gritos, quedó en- 
cerrada y perfectamente segura en el interior de una casa si- 
tuada en lo más espeso del bosque, casa ignorada tal vez por 
efecto de la posición que ocupaba y de lo poco frecuentados 
que eran aquellos contornos. 



CAPITULO LXXXV. 



Cómo recibió Francisco la, tremenda noticia. 



Puede presumirse perfectamente la profunda sorpresa que 
se apoderaría de José, cuando á la mañana siguiente, vio que 
se habia despertado sin que fuese su hija la que como de cos- 
tumbre entrase en su habitación á hacerlo. 

En el primer momento creyó que estaría indispuesta, y 
esta creencia fué tomando alarmantes proporciones al ver 
que por más que la llamaba no le respondía. 

Arrojóse del lecho; vistióse apresuradamente, y lleno de 
mortal inquietud, entró en el cuarto de su hija. 

Aproximóse á su lecho; principió á tentar, y advirtió el 
desorden en que se hallaba; mas no pudo encontrarla por 
ninguna parte. 

Todavía la esperanza le sugirió un medio para calmar mo- 
mentáneamente la angustia que le consumía. 

Creyó que habria ido á hacer la compra como tenia por 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 591 

costumbre todas las mañanas después que él se había levan- 
tado, que volvería pronto y que todo ello no pasaría de una 
falsa alarma. 

Mas trascurrieron las horas y Carlota no parecía. 

Entonces el pobre ciego salió á la calle; dirigióse á las 
tiendas donde solía comprar su hija, visitó á las personas á 
quienes conocía, y en todas partes hubo de alcanzarla misma 
contestación: Carlota no había parecido por allí. 

Entonces regresó á su casa. 

Tal vez durante su ausencia, la joven hubiera regresado. 

Pero esta esperanza se desvaneció bien pronto. 

No había vuelto su hija. 

Entonces el dolor y la desesperación del anciano, no cono- 
cieron límites. 

—¡Carlota! ¡hija mía! — exclamaba el pobre ciego con 
acento desesperado y sollozante. — ¿Qué ha sido de tí? ¿Dónde 
estás que no respondes? ¿Me has abandonado acaso? ¿Tan 
cruel has sido que no has vacilado en llenar de amargura y 
de dolor el corazón de tu padre? responde, hija mía; responde 
por piedad, ¿dónde estás? 

Pero nadie respondía á los lamentos del anciano. 

Apenas sí alguno de sus vecinos ó de sus conocidos se 
presentaba en aquellos momentos á deslizar algunas pala- 
bras de esperanza en su oído, marchándose después, y de- 
jándole solo con su profundo quebranto. 

Hubo un momento, en que el pobre hombre creyó que 
Francisco habla sido el raptor de su hija. 

Y cogiendo su bastón, dispúsose á dirigirse ala posada 
que habitaba, ó al cuartel, ó al mismo palacio del vírey, has- 
ta encontrar al que de tan indigna manera le engañara. 

Pero en seguida se desvaneció aquella sospecha. 

No era posible que Francisco que con tanta franqueza y 
lealtad le había hablado, que tan noble y tan generoso se 
mostrara, fuese á cometer una acción tan vituperable. 



592 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

Tornó á dejarse caer abatido en la silla de donde momen- 
tos antes se levantara, y allí permaneció hasta que la voz del 
mismo Francisco vino á sacarle de su desdichada situación. 

—Buenos dias, José— dijo el capitán entrando en el apo- 
sento como de costumbre. 

— ¡Ay! hijo mió— exclamó con dolorido acento el ciego — 
i qué desgraciados somos! 

— ¿Qué es eso, José? ¡lloráis! ¿qué advierto en vos que sin 
saber porqué está llenándome de angustia? ¿Dónde está Car- 
lota? 

El anciano rompió á llorar como un niño. 

—¡Hablad por piedad! ¿Dónde está Carlota? 

—No lo sé. 

— ¿Que no lo sabéis? 

— No. Tan desesperado estoy que he llegado hasta á dudar 
de vos. . 

— ¡De mí! 

—Sí, hijo mió; sí. Cuando me he levantado hoy ya no esta- 
ba Carlota en casa. 

— ¿Y no habéis oido nada que os pudiera revelar?.... 

—Nada. 

—¡Pero Dios mió! ¿qué quiere decir esto?— exclamó Fran- 
cisco á quien el dolor comenzaba á oscurecerla razón. 

— Eso es lo que yo estoy preguntándome desde que ha 
amanecido y para lo cual no he encontrado todavía .res- 
puesta. 

— Pero algo habrá que nos pueda dar alguna luz sobre lo 
ocurrido. 

— No, no hay nada. Desde que me he levantado ya no en- 
contré á Carlota en su habitación. 

— Es decir que se había marchado antes de que vos os 
levantaseis. 

—Sí; pero lo más extraño es que la puerta estaba cer- 
rada. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 593 

—¡Cómo! 

— Sí, cerrada. 

—¿Pero también lo estaba la que da al lado opuesto de la 
plaza? 

—No he reparado en ello. Venid, don Francisco, venid y 
<iuizás vos podáis apreciar de distinto modo que yo, lo ocur- 
rido. 

Y el anciano, seguido de Francisco, se dirigió hacia la 
puerta por donde efectivamente habian salido los raptores 
de Carlota. 

Pero merced á la llave de que estos iban provistos, y cuyo 
molde, como sabemos, tomaron el dia que estuvieron en la 
catedral á reclamar aquel objeto perdido por una dama, pu- 
dieron cerrar la puerta perfectamente. 

— Ya veis que nada se encuentra por aquí que confirme 
nuestras sospechas, ¿no es verdad?— preguntt> el ciego al ca- 
ballero. 

— Llevadme al cuarto de Carlota. 

El ciego hizo lo que Francisco deseaba, y apenas hubo en- 
trado en él exclamó: 

— ¡Pues si están aquí las ropas de Carlota! 

—¡Cómo!— dijo José. 

— Ya lo creo, ¿qué quiere decir esto? en esta habitación se 
advierte el desorden consiguiente á una lucha, no fuerte, 
pero que ha debido durar algunos momentos. ¿Y nada habéis 
oido? 

—Nada, ¿no lo estáis oyendo? 

— Carlota ha sido robada. 

—¿Pero por dónde han salido sus raptores? 

— Eso es lo que vamos á ver. 

Y Francisco púsose á observar detenidamente todos los ob- 
jetos que le rodeaban. 

Salió del cuarto de Carlota y se fijó en el suelo. 
—Aquí hay huellas que no son de Carlota— dijo. 

TOMO II. 75 



694 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

— ¿Qué dirección siguen?— preguntó afanosamente José. 

—Se confunden y se pierden, y no puedo acertar ¡Ah! 

— prosiguió Francisco deteniéndose ante un objeto que acaba- 
ba de llamar su atención. 

— ¿Qué habéis visto? 

— Aquí hay un pequeño fragmento de capa. Sin duda se en^ 
gancho en este clavo, y en la precipitación con que iban los 
raptores, tiraron de ella, sin cuidarse de que dejaban este in- 
dicio. 

— Pero la dirección que estáis siguiendo, es la de la puerta 
que da al otro lado de la plaza. 

— Pues por aquí es por donde han salido. 

— ¿Pero cómo, si está cerrada? 

—¿Y no sabéis que hay llaves que abren todas las puertas? 

— ¿Y quién puede haber robado á mi hija? 

— Eso es lo que necesitamos saber, y yo os juro que lo sa- 
bremos. 

— ¡Oh! sí, sí, corred! Dios mío, ¿por qué no tendré yo vista 
para poder auxiliaros en vuestras indagaciones? 

— No tengáis cuidado; yo basto para todo. 

Pero desgraciadamente no sirvió de nada la voluntad á don 
Francisco. 

En vano su tio el virey puso en movimiento todos los gran- 
des elementos de que podia disponer. 

Carlota no parecía. 

Nadie la habia visto. 

Et robo se habia verificado con tanta discreción, que no 
hubo persona que, á pesar de la crecida recompensa ofrecida 
á quien diese algún indicio, pudiera darle positivamente. 

Don Francisco estaba desesperado. 

Cada dia iba una multitud de veces á la Catedral, á partici- 
par al ciego lo inútil de sus pesquisas, y á ver si éste habia 
adquirido por casualidad alguna noticia que pudiera servirle 
de guía. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 595 

Pero nada absolutamente podia adelantarse. 

Un misterio profundo envolvía la desaparición de Car- 
iota. 

—¡Oh! la vista, la vista!— exclamaba sin cesar José. — Si yo 
la tuviera, yo la encontrarla. Es necesario que aviséis á vues- 
tro amigo; él me ofreció dármela, y quiero que cumpla su 
promesa. 

—Según dijo, hoy debe llegar. 

—¡Oh! vedle, vedle, y que venga al punto! 

Efectivamente, Armendariz llegó aquel dia á Méjico. 

Conforme habia ofrecido don Francisco, se dirigió inme- 
diatamente en su busca. 

— Amigo mió— exclamó arrojándose en los brazos de su 
amigo— estoy desesperado; Carlota ha sido robada. - 

— ¿Estáis en vos?— exclamó el traidor con una sorpresa 
admirablemente fingida. 

— Sí que lo estoy, por desgracia. 

—¿Pero estáis seguro de que Carlota ha sido robada? 

—Vos mismo os convencereis de ello cuando podáis en 
realidad apreciar los detalles en que yo me he fijado. 

—Pero explicaos. 

Don Francisco refirió á su amigo lo que habia observado, 
y terminó su relato diciéndole: 

— Ahora venid conmigo, porque aquel pobre padre está 
lleno de angustia y desesperación. 

— Lo comprendo. ¿Pero qué ha hecho vuestro tio? ¿Es po- 
sible que teniendo á su disposición tantos medios, no se haya 
podido descubrir el paradero de esa joven? 

— Nada absolutamente. 

—Vamos, valor, amigo mió, valor— dijo Armendariz estre- 
chando la mano de Francisco— ahora estoy junto á vos y yo 
os juro que uniremos nuestros esfuerzos para encontrarla. 

—¡Cuan noble y generoso sois!— exclamó Francisco ver- 
daderamente afectado por las palabras de su amigo. 



596 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

Armendariz estaba haciendo violentos esfuerzos para do- 
minar la profunda alegría que sentia. 

Adivinaba el dolor del joven, comprendía muy bien su in- 
mensa desesperación y con ella se recreaba, y su perverso- 
corazón se estremecía de gozo. 

Francisco le llevó consigo á casa del viejo. 

Apenas José supo que estaba allí, le dijo: 

— ¡Señor doctor, por piedad, devolvedme la vista ! 

--Calma, amigo mió, calma— repuso Armendariz— recobra- 
reis la vista pero es menester que calméis esa agitación que 
os devora. 

—¡Calmarla! ¿Y sabéis con qué se puede calmar única- 
mente? 

—Con lo que no está en nuestra mano poderos dar, ya lo 
sé; pero por lo mismo es preciso que pongáis de vuestra parte 
cuanto sea posible. 

—Yo quiero encontrar á mi hija. 

—Nosotros también. 

—Sin embargo, ¿quién podrá hacerlo con más afán que su 
padre? 

—Perdonad, José; no os dejéis cegar por el dolor, ¿creéis 
acaso que yo no habré hecho cuanto posible fuera para de- 
velvérosla? 

—Harto lo sé; no lo digo por vos; no toméis por ofensa mis 
palabras. 

—Vuelvo á recomendaros la calma, porque de ese modo, 
estoy seguro que no hacéis más que empeorar vuestro estado. 

— ¿Podéis darme la vista? 

—Con la ayuda de Dios, creo que sí. 

— Pues entonces invocadla como yo la invocaré también y 
rasgad esta venda que me impide marchar en busca de mi 
pobre hija. 

—Debo advertiros una cosa— dijo Armendariz después de 
algunos momentos de reflexión. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 597 

-¿Qué? 

— Que en el estado general de irritación en que os halláis, 
pudiera seros fatal esa operación. 

— ¡Doctor! 

—Sí, amigo mió— prosiguió éste dirigiéndose á Francisco 
que habia pronunciado la anterior exclamación lleno de te- 
mor — no me atrevería á responder de una operación llevada 
á cabo en semejantes condiciones. 

— Ya lo oís, Josjé— dijo Francisco— es preciso que tengáis 
calma y reflexión. 

— Pero mi hija está reclamando mi auxilio— exclamó el po- 
bre ciego con acento desesperado. 

—¿Y acaso creéis que con vuestro ardiente anhelo vais á 
conseguir mejorar su estado? 

—Ya lo sé, ¿pero quién puede evitar esto tratándose de 
una hija querida? 

—En ese caso, no penséis en recobrar la vista. 

—¡Oh! tened piedad de mí. 

— Por lo mismo que la tengo, por lo mismo que me afecta 
doblemente vuestro estado, no quiero, no debo acceder á 
lo que me pedís. 

—¡Oh! 

—Vamos, José, no os desesperéis de ese modo, por el mis- 
mo cariño que profesáis á vuestra hija, por ese mismo afán 
que tenéis de poderos consagrar á su encuentro, procurad se- 
renaros para que Armendariz pueda operar con seguridad. 

—¿Cuántos días podré tardar en ver?— preguntó el ciego al 
cabo de algunos momentos de reflexión. 

—Según sea el estado general. Si estáis tranquilo y obede- 
céis ciegamente mis prescripciones, es cuestión de seis días. 

— ¡Seis días aun! 

—Y si continuáis así, entonces de nada respondo. 

—Pues bien, emplead toda vuestra ciencia y dadme la 
vista. Yo os respondo que permaneceré resignado. 



598 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

— Eso es lo que debéis hacer— dijo Francisco. 

— De esa manera ya podremos entendernos mejor— repuso 
Armendariz tomando el pulso al ciego, aun cuando ya veo 
que no es vuestra resolución tan firme como quisiera. 

—¿Por qué? 

— Porque estáis agitado todavía. 

— Y lo estaré mientras no encuentre á mi hija; ea, señor 
doctor, á muerte ó á vida, haced la operación. 

Arm.endariz miró á Francisco como dudando respecto alo 
que habia de hacer. 

El capitán á su vez mostróse vacilante y temeroso, y dijo: 

—Amigo mió, obrad en todo como os dicte vuestra con- 
ciencia. 

— ¡ La vista ! ¡ la vista ¡—volvió á gritar el ciego, con acento 
tembloroso por el llanto. 

—Pues bien, os la daré; pero conste que os he avisado an- 
tes de lo que puede aconteceros. 

— ¡Oh! ¡gracias!— exclamó con efusión el anciano. 

Armendariz prometió entonces volver dentro de poco, pues 
necesitaba algunas drogas, indispensables para los prelimi- 
nares de la operación, y salió de la casa de José. 



CAPÍTULO LXXXVI 



Una, operación desgraciada. 



Una vez Armendariz fuera de la casa de José, su semblante 
brilló con una expresión de satánico placer y murmuró con 
indefinible acento: 

— Por fin, voy á principiar á saborear mi venganza. Carlo- 
ta quedará sola en el mundo, Francisco me impulsará á que 
lleve á cabo esa operación en que José perderá la vida, y su 
hija sabrá que ha sido por él, y después que tenga destrozada 
el alma y deshonrado el cuerpo, se la dejaré á Francisco para 
quesea su eterno remordimiento y su constante pesadilla. 
¡Oh! padre mió, yo te aseguro que ha de vengarte digna- 
mente tu hijo. 

Y cada vez más lleno de satisfacción, cada vez más seguro 
de aquel éxito respecto al cual tanto habla calculado, llegó á 
su casa y Campillo no pudo menos de sorprenderse al ver su 
alegría. 



600 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

— Sí, Campillo— contestó á su escudero que le contemplaba 
asombrado.— Estoy próximo k ser feliz; creo que pronto, muy 
pronto, saborearé por entero mi venganza. 

—Cuidado, señor; no os dejéis alucinar por apariencias 
que mañana pudieran quedar defraudadas. 

— No tengas cuidado. ¿Ha venido Guzman? 

— No señor; pero ha enviado á uno de los suyos. 

— ¿Y qué dice? 

— Que todo marcha perfectamente. 

— ¿De modo que la doncella?.... 

— Va estando algo más resignada. 

— Así debe hacer, porque de otro modo, el mal seria para 
ella. 

— Pero, ¿cuándo vais?.... 

—No te impacientes, Campillo; ya llegaré. Es menester que 
no deje obstáculos á mi espalda. 

El escudero miró con asombro á su señor, pero como éste 
se alejó de su lado sin añadirle otra palabra, no juzgó conve- 
niente hacerle más preguntas. 

Armendariz entró en su pequeño laboratorio, y durante 
algún tiempo estuvo ocupándose en confeccionar algunos co- 
lirios de que habia de hacer uso en la operación que proyec- 
taba. 

En esta ocupación le sorprendió la llegada de Francisco. 

El joven, puesto en cuidado por las palabras del médico, 
fué á su casa tan luego encontró medio de separarse de José. 

No habia podido hacer desistir al anciano de aquel vehe- 
mente deseo de recobrar la vista. 

La carencia de noticias que habia respecto á Carlota, era 
un poderoso aliciente para que á todo trance quisiera hallarse 
en disposición de marchar en busca de su hija. 

Mientras la ciencia le habia dicho que era imposible que 
volviese á ver, habia lamentado su suerte, pero estaba resig- 
nado con ella. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 601 

Mas desde el momento en que con un fin tan perverso 
como el que ya conocemos, se le habia hecho concebir la es- 
peranza de recobrar aquel órgano tan importante, el buen 
hombre se sentia consumido por una impaciencia abruma- 
dora, y no habia reflexión ni consideración bastante podero- 
sa para hacerle desistir. 

Con esto habia contado Armendariz. 

Pero Francisco, comprendiendo que positivamente podía 
encerrarse un grave peligro para el anciano, quiso consultar 
antes con el médico y el amigo, y en su consecuencia pene- 
tró en la casa de éste. 

— Casi tenia la seguridad de que vendríais— díjole Armen- 
dariz al verle. 

—¿Por qué? 

—Porque interesándoos por la salud de ese pobre anciano, 
mis palabras han debido llamar vuestra atención. 

—Es verdad. 

—Mi deber me obliga á ser franco siempre. 

— ¿Es decir que creéis?.... 

—Que en el estado en que José se halla, es un tanto aven- 
turada la operación. 

— ¿Pero puede resultar grave peligro para su existencia? 

— Ya lo creo; puede perderla. 

—¡Oh! 

—Ya veis si es menester que yo decline toda mi responsa- 
bilidad. En circunstancias normales, es decir, estando ese 
hombre tranquilo, respondo de salir airoso; pero de otra ma- 
nera, no sé lo que resultará. 

—¿Y quién le hace desistir de esa idea? 

— Grave es el compromiso. 

— Porque en el estado en que hoy se encuentra, si se le 
dice que no se hace, quizás sea peor. 

—Bien pudiera ser. 

—¿Y qué hacemos, amigo mió? ¿qué hacemos? 



C02 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

—No lo sé. ¿No se sabe nada de Carlota? 

— ¡Qué se ha de saber! Parece materialmente que se la ha 
tragado la tierra; porque mi tio ha puesto en movimiento á 
toda la policía de Méjico; ha enviado expresos á todas partes 
para que se vigilen los caminos y se detenga á toda persona 
que pueda parecer sospechosa; pero hasta la fecha, cuantas 
diligencias han practicado, han sido ineficaces. 

— Mucha desgracia ha sido. 

— Y tanto. No podéis imaginaros lo que yo daria por cono- 
cer al autor de tan infame crimen. 

— Ya podéis estar seguro— repuso hipócritamente Armen- 
dariz—que si yo le conociera, habríais quedado completamen- 
te vengado. 

— Gracias, amigo mió; no esperaba menos de vos. 

— Tanto me afecta vuestra desdicha, podéis creerlo, como 
si á mí mismo me sucediera. 

— Horrible es, amigo mío, y os aseguro que no saben los 
autores de esa infamia todo el daño que me han hecho. 

— ¡Quién sabe si en el momento que menos podamos pen- 
sar, nos encontraremos con la que tanto amáis! 

— Sin embargo, tal vez la encuentre en un estado, que se 
haya hecho completamente imposible para mí. 

—¡Oh! no digáis eso. 

Todavía continuaron algún tiempo hablando de esto, hasta 
que finalmente dijo otra vez Armendariz: 

— Con que vamos á ver, Francisco ¿qué hacemos respecto 
á José? 

—Lo ignoro. 

— Ved que yo no quiero afrontar por mí solo toda la res- 
ponsabilidad que consigo lleva la operación de que se trata. 

— Pues yo no sé qué aconsejaros. Si se le dice á José que 
no se le puede hacer, es fácil ocasionarle la muerte. 

—¿Y si por desgracia la operación da un funesto resul- 
tado? 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 603 

—¡Callad! 

— Yo debo ponerme en lo peor. 

Los dos jóvenes quedáronse profundamente pensativos, 
siendo verdadera en Francisco la zozobra, la inquietud y la 
duda que esperimentaba ; mientras que por el contrario en 
Armendariz era completamente fingida. 

Después de algunos momentos de*permanecer en este es- 
tado, Francisco alzó la cabeza, y dijo: 

—Armendariz, amigo mió; hagamos una cosa. 

—Decid. 

—Vamos á ver á José nuevamente; hablémosle, ó mejor di- 
cho, habladle vos con esa misma franqueza que me habéis 
hablado; signiflcadle vuestros temores, y veamos si mis razo- 
nes de amigo, y las vuestras de médico, consiguen hacerle 
desistir de su propósito. 

— Me parece que será inútil vuestro deseo. 

—Lo hemos de intentar todo antes de aventurarnos en 
eéa operación peligrosa. 

—Decís bien. No me opongo á vuestro deseo; marchemos. 

Efectivamente, pocos momentos después los dos jóvenes 
dirigíanse nuevamente hacia la casa de José. 

Éste se hallaba al cuidado de una anciana. 

Cada día que pasaba hádasele más grande, más imperiosa, 
más exigente, si así podemos expresarnos, la necesidad de 
ver á su hija. 

Y esta necesidad, desde el momento en que Armendariz le 
hubo dado esperanzas de recobrar la vista, convirtióse en un 
deseo tan ardiente, tan impetuoso, que no vivía, no sosegaba, 
y cualquier persona que entraba en su casa parecíale que ha- 
bía de ser el médico que iba para devolverle la vista. 

Habíale dicho Armendariz que en el estado de excitación 
en que se hallaba era sumamente aventurada la operación. 

Y procuraba tranquilizarse y no podia conseguirlo, porque 
la impaciencia, la inquietud, la angustia le dominaban. 



G04 LOS CABALLEROS DEL AMOR 

En este estado llegaron Armendariz y Francisco á su casa. 

Al rumor que produjeron al entrar, alzóse vivamente del 
sillón, y exclamó: 

—¿Quién es? 

—Tranquilizaos, José; somos nosotros— contestó Armen- 
dariz. 

— ¡Ah! ¿sois vos, señor doctor? ¿Venís dispuesto á arran- 
car esta maldita venda que cubre mis ojos? 

— Calma, amigo mió— dijo Francisco, que no podía menos 
de sentirse dolorosamente afectado ante la impaciencia y el 
dolor del anciano. 

—No me habléis de calma— contestó éste— no me habléis 
de sosiego desde el momento en que permanezco ciego, y mi 
pobre hija no ha parecido. 

— Pues, precisamente por esa misma operación os reco- 
miendo la tranquilidad y el reposo; precisamente para asegu- 
rar el éxito de ella os exijo de nuevo la quietud. 

— ¿Queréis callar? 

—Haced lo que os dice Armendariz; ved que de otra mane- 
ra esa misma esperanza, que todos tenemos, no tendrá otro 
remedio que desvanecerse. 

— ¡Que desvanecerse! ¿Por qué? 

—Porque no me atreveré á operar en la situación en que 
os halláis. 

—¡Pero no habíais dicho!.... 

— Que os devolvería la vista. 

— ¿Y no lo haréis? 

— No, continuando como estáis. 

— Decid que tenéis miedo, decid que desesperáis del resul- 
tado, que vuestra ciencia es impotente para devolverme la 
vista, que habéis querido entretener mi esperanza para des- 
vanecerla después, decid pero, ¡Dios mió! estos hombres 

no tienen entrañas, ¡jugar con el dolor, con la desesperación 
de un padre!.... 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 605 

Y el pobre anciano dejóse caer abatido sobre el sillón cu- 
briéndose el rostro con ambas manos. 

— Vamos, José, no desesperéis así— dijo Francisco— Ar- 
mendariz tiene confianza, pero es menester que le ayudéis, 
porque de continuar en esa mortal agitación corréis grave 
peligro. 

— ¿Pero decís que tiene esperanzas? 

—Sí. 

— Entonces qué me importa la muerte si he podido ver lo 
bastante para encontrar á mi hija? 

— Es que el peligro es más inmediato— repuso el médico. 

— ¡Y qué me importa! no habladme de peligros, ni decidme 
nada que pueda obligarme á desistir de esa idea que vosotros 
mismos hicisteis nacer en mí. 

Efectivamente, en vano fueron todos los esfuerzos hechos 
para hacerle desistir de aquella idea, de aquel propósito. 

Armendariz regocijábase interiormente de aquella decisión 
y finalmente fingió ceder á la exigencia del anciano, diciendo 
á Francisco, cuando salieron momentos después: 

—Mucho dudo que me salga bien; por la primera vez en 
mi vida tiemblo ante el resultado de esta operación; pero su- 
ceda lo que quiera tengo la conciencia tranquila toda vez que 
le he dicho lealmente mi opinión. 

Al dia siguiente Armendariz principió á operar á José. 

Dos dias más tarde comenzó este á ver alguna cosa. 

Felicitábanse Francisco y el buen anciano por el éxito al- 
canzado; pero Armendariz moviendo la cabeza, decia al joven 
capitán: 

—No tengamos confianza, amigo mió; yo no tengo ningu- 
na, la fiebre devora á ese pobre hombre y esa fiebre es preci- 
samente el peor enemigo que tengo. 

Y la predicción de Armendariz se cumplió por desgracia. 
Conforme pasaban los dias, aumentaba la impaciencia del 

anciano. 



606 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

Y al aumentar su impaciencia crecia más violentamente la 
fiebre; y finalmente, al sexto dia, cuando habia conseguido 
recobrar la vista, decláresele con tal intensidad una conges- 
tión, que en breve espacio fueron inútiles todos los auxilios 
de la ciencia, y el pobre anciano falleció pocas horas después. 



CAPITULO LXXXVII. 



Donde Armendariz tropieza, con una decepción. 



Profundamente disgustado quedó Francisco ante el fu- 
nesto desenlace que había tenido la operación de José. 

Y era mayor su disgusto, porque realmente él habia sido 
quien instigó á Armendariz para que llevase á cabo la opera- 
ción, toda vez que éste, con un maquiavelismo superior á 
todo encarecimiento, no hizo más que oponer obstáculos á fin 
de excitar los deseos con más vehemencia. 

De aquí que Francisco, al ver el estado en que el anciano 
se ponia por efecto de las negativas del médico, no tuvo otro 
remedio que insistir á fin de que complaciera á José, ocasio- 
nándole, como él mismo decia, la muerte. 

Armendariz, á su vez, en vano hacia esfuerzos para domi- 
nar su alegría. 

Su propósito habíase realizado en todas sus partes, y la 
muerte del ciego no fué debida al estado de irritación, diga- 



608 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

moslo así, en que se encontraba, sino á las medicinas preopi- 
nadas por él, las cuales determinaron la congestión que le 
llevó al sepulcro. 

Sin embargo, delante de Francisco procuró siempre ocul- 
tar aquella alegría tan indigna. 

Aparentaba una tristeza y un disgusto iguales á los que 
sentía el capitán, y de este modo ganábase doblemente sus 
simpatías. 

Al día siguiente de haber tenido lugar la muerte de José, 
hallábase Armendarlz en su posada, saboreando, digámoslo 
así, las angustias y las torturas que habia de sufrir el capitán 
en el momento en que supiese la verdad, cuando entró Cam- 
pillo, y le dijo: 

— Señor, ahí fuera está quien quiere veros. 

— ¿Quién es? 

— Paréceme que se trata del bribón de Guzman. 
— ¡Hola, qué novedades ocurrirán! 

— A mí me ha parecido que era él. 

— Díle que entre. 

Salió el escudero, y pocos momentos después Guzman se 
encontraba en el aposento. 

El doctor fijó una mirada ansiosa en el rostro del bribón, 
y le dijo: 

—¿Qué sucede, Guzman? 

— No tenéis que alarmaros— repuso éste con calma — la 
moza está completamente tranquila. 

—Entonces, ¿á qué vienes? 

— Ya lo sabréis. 

—¿No ha sabido nada absolutamente de la muerte de su pa- 
dre?— preguntó el doctor bajando la voz y mirando fijamente 
á Guzman. 

La sorpresa que éste experimentó revestía un carácter tal 
de sinceridad, que el doctor no pudo dudar respecto á su ig- 
norancia. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 60^ 

— Efectivamente, Guzman no tuvo noticia alguna de lo 
ocurrido en la casa del ciego. 

Desde el dia en que sus compañeros robaron á Carlota, 
nada habia sabido, permaneciendo consagrado únicamente 
al cuidado de la joven. 

De aquí que aquella noticia le sorprendiera de un modo 
■extraordinario. 

— Pero explicadme cómo ha sido esto— dijo. 

— ¡Toma! muy sencillo: que ha muerto. 

— ¿Pero de pena? 

—No; quiso recobrar la vista, y á pesar de mis observacio- 
nes, no tuve otro remedio que complacerle. 

— ¿Y murió de la operación? 

-Sí. 

Guzman miró profundamente al doctor. 

Con aquella mirada quería penetrar no solamente el fondo 
•de su pensamiento, sino hasta lo más profundo de su alma. 

Armendariz no pudo resistir aquella tenaz mirada. 

Y de mal talante, le dijo: 

— Con que, vamos á ver, explícame á qué has venido. 

Guzman se sonrió ligeramente mostrando aquella sonrisa 
que habia comprendido la verdadera causa de la muerte de 
José, y contestó: 

— He venido para que hablemos. 

— ¡Para que hablemos! ^^ 

— Sí señor. 

Y tan resuelto fué el acento con que el bandido pronunció 
estas palabras, que Armendariz no pudo menos de ponerse 
-en guardia adivinando ó presintiendo alguna exigencia por 
parte de su cómplice. 

— Vamos á ver, ya te escucho— le dijo. 

— ¿Recordáis perfectamente los términos de nuestro con- 
trato?— preguntó Guzman después de algunos momentos de 
silencio. 

TOMO II 77 



610 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

— ¿Por qué me haces esta pregunta? 

— Servios contestarme primeramente. 

—Pero 

—¿Los recordáis? — volvió á insistir el bandido. 

— Bien, sí; los recuerdo. 

—¿Estáis satisfecho de mí? 

— ¿En qué sentido? 

—En el de haber cumplido con mi deber. 

—No comprendo el objeto de tal pregunta. 

—Necesito vuestra contestación categórica. 

—Nadie mejor que tú, puede saber si has cumplido lo que 
me ofreciste. 

—Yo soy un hombre que tengo conciencia á mi manera,, 
y á lo que me comprometo lo cumplo siempre. 

— Así me gusta. 

— A mí también me gusta que cuando yo cumplo, se obre 
conmigo de igual manera. 

— ¿Tienes alguna queja de mí? 

— Tal vez; por eso os pregunto si' recordabais las condicio- 
nes de nuestro contrato. 

— ¿Otra vez con el contrato? Vamos, Guzman, estás de so- 
bia pesado y no me place de ningún modo hablar tanto del 
mismo asunto. 

— Pues lo siento por vos. 

—¿Cómo? 

— Porque aun cuando os moleste, he de insistir en ello. 

— Mas 

— Permitidme que os recuerde lo que sin duda habéis ol- 
vidado ya. 

—¿No te he pagado religiosamente? 

— Me pagasteis en dinero. 

—¿Y qué más quieres? 

—Que no era eso lo convenido y bien veis que os habéis 
olvidado de lo más esencial. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 611 

—¿Y qué es lo esencial?— preguntó con acento un tanto 
irónico Armendariz. 

—Lo esencial es, que dijisteis que me salvaríais la vida, es 
decir, que me alcanzariais el perdón en cambio del servicio 
que os iba á prestar. 

— ¿Y no te la he salvado evitándote en los dias que te tuve 
en mi casa el que cayeses en manos de la justicia? 

— No, porque me persiguen. 

—Cuenta tuya será desde pasado mañana el evitar ese pe- 
ligro. 

— ¿Es decir que desde pasado mañana ya no me necesi- 
táis? 

—No. 

— Luego únicamente mientras os he servido me habéis 
guardado la vida, no por mí sino por la cuenta que os traia. 

—Ciertamente, y necio fuiste en creer otra cosa. 

— Está bien. 

El acento con que Guzman pronunció estas palabras, llamó 
la atención de su interlocutor. 

En él vibraba más que el convencimiento, el despecho, la 
resignación forzada, la fuerza de unas circunstancias que le 
obligaban á callar cuando hubiera deseado destrozar á la per- 
sona que acababa de destruir su esperanza. 

Armendariz le contempló en silencio algunos segundos. 

Adivinó parte de la tempestad que rujia, y tratando de des- 
vanecerla, dijo: 

— El haberte evitado el peligro más inmediato, representa 
ya la salvación de tu vida que yo te ofrecí. 

—No por cierto, lo que representa es el servicio que os es- 
tuve haciendo. 

— Sea como quiera. Ese servicio te lo he pagado de un mo- 
do y de otro; mas para que no creas que dejo de ser agrade- 
cido y que no doy más todavía de aquello que ofrezco, ahí 
tienes y desde pasado mañaiia en que yo iré á hacerme cargo 



612 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

de lá candida paloma que tienes enjaulada, quedas en libertad 
de obrar á tu antojo. 

— Libertad que quizás me conduzca á las manos de los que 
me persiguen. 

—Con dinero se sale de todas partes, y aquí tienes cincuen- 
ta onzas que harán cegar á todos los alguaciles de la Ghanci- 
Hería de Méjico. 

Y al decir estas palabras, Armendariz sacó de un cajón de 
]a mesa la cantidad expresada que puso en manos de Guz- 
man. 

Guardóla éste y dijo: 

—Gracias, y me alegro deque me hayáis hablado así; ahora 
ya sé á qué atenerme. 

— ¿Y vuelves á hacerte cargo de Carlota?— pregunto Armen- 
dariz, viendo que Guzman se levantaba de su asiento dispo- 
niéndose á marchar. 

—Sí, señor, hasta el último momento cumpliré lo que he 
prometido. 

—No me negarás que obro del mismo modo. 

—A vuestra manera. 

Armendariz volvió á mirar á su interlocutor, el cual, afec- 
tando la mayor indiferencia, despidióse del médico. 

Éste quedóse pensativo tan luego como el bribón se hubo 
marchado, hasta que de repente, ocurriéndosele sin duda una 
idea, llamó á Campillo y le dijo: 

—¿Sabes que estoy temiendo una cosa? 

—¿Qué es, señor? 

— Que Guzman me va á hacer traición. 

—¿En qué os fundáis? 

—En que no está contento con lo que hice por él. 

—¿Y qué pensáis hacer? 

—Ponte en camino al momento, y marcha al sitio donde 
se encuentra Carlota. 

—¿Con qué objeto? 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. (51^ 

— Con el de ver si Guzman -ha llegado ya, y si no está en 
su sitio espérale hasta que vuelva.. 

^Y en este caso ¿qué debo hacer? 

—Tienes sobrado talento para comprender al verle, si real- 
mente viene de hacernos traición. 

— Mucho esperáis de mí. 

— Te conozco bien. 

— ¿Y si sospecho que os vende? 

— Mata sin piedad ni gracia, Gañapillo— repuso con acento 
feroz el médico — es menester salvarnos á todo trance, porque 
yo necesito vengarme. 

— Está bien— repuso Campillo con acento de disgusto— que- 
dareis servido. 

— Vete, Campillo, vete, y pon en tu mirada toda la perspi- 
cacia que necesitas. El padre de Carlota ha muerto; pasado 
mañana Carlota quedará muerta también para ese hombre. 

Campillo contempló á su señor con cierta expresión de do- 
lor y de compasión, y salió del aposento. 

Poco después marchaba hacia el lugar donde ya saben 
nuestros lectores que estaba encerrada Carlota. 

Cuando él llegó, Guzman hacia poco que habia llegado. 

Campillo nada encontró que le hiciera concebir sospecha 
alguna. 

El bandido á su vez mostróse sorprendido por la llegada 
intempestiva del escudero de Armendariz ; mas éste procuró 
encontrar un pretexto que justificase su visita. 

Después regresó á Méjico. 

El doctor quedó completamente tranquilo. 

Todo el siguiente dia lo empleó en acompañar á Francis- 
co y en dar algunos paseos, por si se podia encontrar á Car- 
lota. 

Al inmediato pretextó tener que salir á visitar á un enfer- 
mo en las cercanías de la capital. 

Pero donde se dirigió fué á la quinta donde estaba Carlota. 



614 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

Mas con gran sorpresa suya, encontróse las puertas abier- 
tas y completa na en te deshabitado el edificio. 

Una exclamación de cólera brotó de sus labios, y una vez 
convencido de que ni Carlota ni sus guardianes estaban allí, 
volvió apresuradamente a Méjico. 



CAPÍTULO LXXXVIII. 



Qué hahia sido de Carlota. 



Guzman, aun cuando habia ocultado admirablemente su 
disgusto, la verdad era que salió furioso de casa de su cóm- 
plice. 

Armendariz le engañaba de un modo grosero é indigno. 

Le habia prometido salvarle la vida si le ayudaba, y una 
vez que él le sirvió, es decir, una vez que el médico hubo con- 
seguido realizar sus propósitos con su ayuda, procuraba elu- 
dir el compromiso contraido, merced á una sutileza de mola 
ley. 

Porque decir y escudarse con que él ya habia salvado la 
vida de Guzman durante aquellos dias, era una manera de 
eludir el compromiso bastante equívoca, y Guzman que habia 
podido apreciar realmente el servicio que prestara al médico, 
sintió por completo el chasco sufrido. 

El bandido hab:a sido previsor, felizmente. 



616 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

Usando la astucia unas veces y preguntando directamente 
otras, supo, si no con todos sus detalles, con losbantantes al 
menos para formar opinión, que el médico odiaba á Francis- 
co y que el rapto de Carlota no obedecía más que á este mis- 
mo odio. 

Y supo quién era Francisco y su posición en Méjico. 

Y hubo momentos en que teniendo en cuenta la gran 
amistad que reinaba entre Armendariz y el capitán, supuso 
fundadamente que este podia ser el medio de que aquel se 
valiera para conseguir su perdón. 

Pero al ver que sus esperanzas hablan quedado defrauda- 
das, y que Armendariz daba muestras con ello de una insigne 
mala fe, formó á su vez el propósito de vengarse cumplida- 
mente. 

Y cuando salió á la calle no pudo menos de murmurar: 
— Yo te juro que te has de acordar de mí. 

Hubo momentos en que se detuvo indeciso en el camino 
que había de tomar. 

Pensó quedarse en Méjico algunas horas, para llevar á ca- 
bo el plan que concibiera. 

Mas después se dijo que no era conveniente, pues tal vez 
Armendariz sospechando algo de él, le hiciera seguir con el 
propósito de conocer sus intenciones. 

Gomo se ve, Guzman había apreciado perfectamente el 
modo de pensar del médico. 

Por más que él había disimulado el despecho y la profun- 
da cólera que sintiera al verse defraudado en su esperanza, 
Armendariz podia haberse apercibido, y en este caso descon- 
fiar de él, seguirle y desbaratar su venganza. 

Esta idea le detuvo. 

Y sin desistir por eso de su vengativo empeño, volvió al 
punto donde se encontraba Carlota; y entrando en su habita- 
ción escribió algunas líneas en un papel, y llamando á Rober- 
to le dijo: 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. * 617 

—Roberto, es menester que hagas uso de toda tu astucia. 

—No te comprendo — repuso el aludido. 

—Vas A marchar á Méjico. 

—¡Queme place ! Precisamen te esa víbora como tú llamas á 
mi mujer estará desesperada con mi ausencia. 

—Es menester que no la veas. 

—¿Cómo? 

— Lo que te digo. Nadie debe saber que estás en la ciudad 
y sin que pueda comprenderse de dónde ni cómo llega esta 
carta, es preciso que obre en poder del capitán don Francisco 
de Guevara antes de tres horas. 

—¿Tanto te interesa? 

—Como que va en ello mi vida. 

—¡Diablo! entonces sí que es grave el asunto. 

—Ya tú ves. 

— Te prometo que la carta quedará entregada tan luego lle- 
gue yo á Méjico. 

—Te encargo una cosa, Roberto. 

—¿Cual? 

—Que no entres en nin guneí pulpejHa. 

— ¡ Demonio! ¿y si se me seca el gaznate? 

—Te aguantas ó vienes á remojarlo á este sitio. 

—Dura es la condición. 

— Pero la cumplirás porque yo lo quiero. 

— Está bien. 

En este momento y cuando Roberto iba á salir para cum- 
plir el encargo de Guzman, llegó Campillo que, como sabemos, 
iba enviado por su amo. 

Guzman presumió inmediatamente la verdadera misión 
que llevaba, y esto le hizo desear con mayor vehemencia rea- 
lizar su venganza. 

Bajo un pretexto hábilmente buscado, hizo salir á Roberto 
sin que se excitasen las sospechas de Campillo. 

Pocas horas después regresaba éste, diciendo que su mi- 

ro.vo n *I8 



618 • LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

sion habia quedado cumplida y la carta entregada al capitán. 

Francisco se hallaba precisamente en uno de esos momen- 
tos más desesperados cuando recibió el misterioso papel que 
le enviaba Guzman. 

Éste estaba concebido en los siguientes términos: 

«Señor capitán: 

»Habeis perdido una mujer á quien amabais. Víctima de 
un lazo grosero os la han arrebatado; pero todavía podéis re- 
cobrarla. 

»Para esto estad mañana á las cinco de la tarde en el bos- 
que de cocoteros á la derecha del camino de las tres cruces 
en la plazoleta donde está el manantial que ya conocéis. 

»Ni á vuestro mejor amigo reveléis el contenido de esta 
carta; ni aun á vuestro padre si viviera deberíais hacerlo, 
va en ello la salvación de la mujer que amáis. 

»No dejéis de cumplir lo que se os pide y estad cierto que 
volvereis á ser feliz. 

Un amigo que os quiere. >y 

Fácilmente se comprende el efecto que semejante carta pro- 
duciría en el joven. 

Hubo un momento en que pensó correr al encuentro de su 
amigo Armendariz y mostrársela. 

Felizmente recordó lo que se le ordenaba y supo contener- 
se y no quiso ver en todo el dia al médico á fin de evitar aquel 
peligro. 

Al dia siguiente á la hora convenida estaba en el bosque. 

Miró por todas partes y no vio á nadie en el sitio que se le 
indicaba. 

Sentóse sobre un tronco y así permaneció algunos minu- 
tos. 

De pronto sintió un ligero ruido á pocos pasos de él. 

Alzó la cabeza y vio delante de sí á Guzman. 



LOS CABALL«5ROS DEL AMOR. ()19 

El joven le había visto algunas veces en Méjico y conocía 
sus hazañas, así fué que en el primer momento trató de lan- 
zarse sobre él. 

Pero el bandido iba prevenido ya. 

Sacó una pistola y apuntando al joven, le dijo: 

— Ya veis; estoy prevenido. Habéis recibido mi carta por lo 
que veo. 

—¿Dónde está Carlota?— preguntó Francisco inmediata- 
mente. 

—De ella vengo á hablaros, 

— Quiero verla. 

—De eso mismo trato yo también— le contestó Guzman con 
una calma admirable. 

— Pues, vamos 

— ¡ Eh ! i alto ! señor mío, no vayáis tan de prisa. 

— ¿Qué quieres decir? 

—Antes tenemos que hablar los dos. 

— ¡Hablar los dos!.... ¿y de qué? 

—De Carlota. 

—¿Y qué tienes que decirme respecto á ella? ¡Oh!.... no sé 
cómo me contengo 

—Más perderíais vos que nadie; para que Carlota os sea 
devuelta, es necesario que yo me presente á mis compañeros 
sano y salvo, y además 

— ¡Miserable!.... 

— Seré todo lo miserable que queráis, pero si antes de que 
anochezca no he vuelto al sitio en que están esperándome, 
mañana es muy posible que solo encontréis el cadáver de 
Carlota. 

—Oh!.... 

— Ya veis como tenemos necesidad de hablar despacio, y 
por esta razón elegí este sitio; parece que la naturaleza le ha* 
dispuesto para entrevistas de esta especie. 

—Acabemos de una vez, ¿qué quieres? 



620 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

— Poca cosa. 

—¿Qué es? 

— Mi perdón. 

— ¡Tu perdón! —exclamó Francisco con un acento ex- 
traño—quieres tu perdón cuando el virey daría parte de su 
fortuna por tu vida!.... ea, no pienses en eso. 

— iPse !.... ¿y vos cuánto daríais por la vida de Carlota? 

—La mia propia. 

— Eso es magnífico— dijo Guzman con calma — pero no es 
un salvo-conducto para mi cabeza. 

— ¡Con que es decir!.. . 

—Que, ó me salváis la existencia ó perdéis la de Carlota. 

—¡Calla!.... 

— Como queráis. 

El joven estaba aturdido. 

Aquellas condiciones impuestas para salvar la vida de su 
amada eran terribles. 

¡Cómo iba á presentarse al virey á pedirle que perdonase 
al miserable de Guzman ! 

Esta salvación era imposible. 

El virey jamás accedería á ella. 

Y si no accedía, la muerte de su amada era inevitable. 

Y nada podia hacer contra el hombre que iba á ser el ase- 
sino de la mujer que idolatraba. 

La muerte de él, era la señal de la muerte de ella. 
Así era que nuestro pobre amigo se encontraba en una 
situación desesperada. 

Y sus pasos vagaban de una parte á otra sin saber qué ha- 
cer ni qué pensar. 

Entre tanto el tiempo se pasaba y era preciso resolver. 

Guzman contemplaba á Francisco, y sin duda no debió sa- 
tisfacerle mucho el silencio del joven, porque le dijo: 

— Con que vamos, ya habéis escuchado mi proposición, 
¿qué respondéis á ella? 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 621 

— Pero no temes... 

— Ya os he dicho que no temo nada absolutamente, y por 
lo tanto creo sea completamente inútil el que os molestéis en 
decirme nada, toda vez que me parece que os he dicho con 
harta claridad la única manera posible de que volváis á ver á 
vuestra amada. 

Francisco, como se comprenderá muy bien, se hallaba en 
una de esas situaciones en las cuales no sabia qué hacer. 

Guzman, por otro lado, se impacientaba, pues comprendía 
que muy fácilmente pudiera desbaratarse todo su plan si el 
tiempo transcurría y no habia podido conseguir el perdón 
que deseaba. 

Así fué que volvió á repetir: 

—¿Queréis contestarme? 

— No puedo acceder á lo que queréis— repuso el joven des- 
pués de haber hecho un esfuerzo tal vez demasiado penoso. 

— En ese caso me veré precisado á que se lleve á efecto lo 
que os he anunciado. 

Francisco no vaciló. 

La prueba á que se le estaba sujetando era demasiado ter- 
rible y no pudo resistirla más. 

— ¿Cuándo podré ver á Carlota?— preguntó. 

— Cuando me traigáis el perdón firmado por vuestro tio— 
€ontestó con frialdad el bandido. 

— Es decir que tú la has robado para poder imponerme 
condiciones, para salvar tu vida que se encuentra tan grave- 
mente amenazada ¿no es así? 

— Creedlo de ese modo si así os place. 

— ¿Cuándo recobraré á Carlota?— volvió ¡á preguntar Fran- 
cisco, á quien aquella escena estaba mortificando extraordi- 
nariamente. 

—Tan luego entreguéis lo que os he pedido. 

—¿Quién me responde de que cumplirás? 

— Mi honra de bandido. 



€22 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

Un tanto equívoca era la promesa, pero Francisco no tuvo 
otro remedio que conformarse con ella y saliendo del bosque 
montó en el caballo que había dejado á la entrada de él en 
poder de su escudero y tomó precipitadamente el camino de 
Méjico. 

Gran trabajo costó á Francisco alcanzarlo que deseaba. 

Se trataba de un famoso criminal y fué necesario que el 
joven agotase todos los recursos de su elocuencia para deci- 
dir al virey á perdonar á Guzman. 

Una vez que el joven tuvo en su poder aquel documento, 
apresuróse á marchar al sitio convenido y una vez allí, Guz- 
man cumpliendo su palabra entregó á Carlota. 

Por esta razón Armendariz al dia siguente encontróse to- 
talmente vacía la casa del bosque. 



CAPITULO LXXXIX 



donde Armendariz se ve obligado á aplazar su venganza. 



Como una bomba cayó Armendariz en su casa, al regresar 
de su desdichada expedición. 

Lleno de esperanzas, forjándose en su imaginación cien 
proyectos para el porvenir, recreándose con la idea de los do- 
lores que iba á ocasionar á su enemigo, habia llegado al 
bosque. 

—Voy á principiar á ser feliz. 

Así habia dicho á Campillo al salir de su casa. 

El escudero no pudo menos de contemplarle lleno de dolor. 

Porque le repugnaba aquella venganza que tan temibles 
huellas habia de dejar. 

Y quedóse pensativo, deplorando la escena que presentia, 
y más aun el profundo abismo que se iba á abrir entre aque- 
llos dos jóvenes que parecían unidos por esa amistad tan sin- 
cera, en el momento en que llegara á descubrirse la verdad. 



62 i LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

Y de tal modo se absorbió en la serie de reflexiones que á 
cada paso iban ocurriéndosele, que pasaron algunas horas 
antes que el buen Campillo se apercibiera de que estaba to- 
davía en las habitaciones de su señor. 

Iba á salir de ellas, cuando el doctor se presentó á su 
vista. 

Al verle, no pudo menos de exhalar un grito de sorpresa. 

Efectivamente, razón habia para ello. 

Armen dariz expresaba en su rostro la furiosa borrasca 
que en su espíritu habia. 

La palid'ez, la convulsiva agitación de sus miembros, la ira 
y el despecho que en su mirada brillaba, daban á su aspecto 
un tinte especial que hacia daño. 

—¿Qué tenéis, señor?— preguntó Campillo. 

—¡Oh! ese hombre ha hecho lo que me temia! 

Y el acento de Armendariz era ronco y temible al decir 
estas palabras. 

—¿Qué-hombre?— preguntó Carnpillo presintiendo que algo 
extraño habia pasado. 

— ¡Quién ha de ser, imbécil! Guzman. 

—¿Pues qué ha hecho? 

— Valiérate más haber cumplido mejor ayer con el encar- 
go que te di. 

—No sé de qué podáis tener queja. 

— De todo. 

—No os entiendo. 

—Si tú, en vez de contentarte con juzgar por las aparien- 
cias, hubieses observado con detención y te hubieses queda- 
do allí, algo habrías podido responder. 

—¿Pero de qué? 

—De lo que ha pasado. ¡Ah! pero yo le juro!.... 

Y Armendariz se puso á pasear por el aposento. 
Campillo le contemplaba sin atreverse a hacerle pregunta 

alguna. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 625 

El médico, en breve se dejó arrastrar por la cólera que 
sentía. 

Y olvidándose, sin duda, dónde y delante de quien estaba, 
exclamó: 

— ¡Y pensar que ayer mismo le tuve al alcance de mi mano 

y le dejé escapar! ¡Oh! pero yo le encontraré aun cuando 

se esconda en el centro de la tierra! Pero, entretanto, yo he 
quedado burlado. ¡Burlado yo! yo que tan bien lo había cal- 
culado todo! 

— ¿Qué decís, señor?— preguntó Campillo que al escuchar 
las últimas palabras comenzó á adivinar. 

—Que es preciso que al punto busques á Guzman. 

— ¿Con qué objeto? 

—Con el de matarle. 

— ¡Señor!.... 

—Obedéceme y no trates de hacerme desistir de mi propó- 
sito. 

— Pero ved, señor, que puede cegaros la ira del momento; 
que quizás sean injustificadas vuestras sospechas, que 

—¿Acabarás, con mil diablos que te lleven? — repuso Ar- 
mendariz, cuya cólera estallaba con violencia. — No hay apa- 
riencias que valgan ; no hay sospechas injustificadas; no hay 
más que una verdad completa, y esa verdad es que Carlota 
ha desaparecido de donde estaba. 

—¿Qué decís, señor?— exclamó sorprendido Campillo. 

— Que no hay nadie en la casa del bosque. 

—Pero Guzman .... 

—Ese miserable ha debido tener la culpa de todo. Ese me 
ha hecho traición porque no he querido pedir al virey el per- 
don de su crimen. 

— Mas ¿en qué sentido creéis que puede haberos hecho 
traición ese hombre? 

—¿Y qué sé yo? Únicamente puedo apreciar el hecho, no 
las formas ni el plan que ha seguido. 

TOMO II. 79 



626 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

— ¿Y no habéis ido á la casa de esa joven? 
— ¿Cómo á su casa? 

— A la do su padre, es decir, donde vivia. 
— ¿Para qué? 
—Por si estaba en ella. 

—¡Qué necio eres! ¿Crees acaso que Guzman habrá dejada 
libre á Carlota? 
—Entonces 

— Lo que habrá hecho habrá sido ocultarla en cualquier 
parte, á fin de hacer de ella el arma con que tratará de ame- 
nazarme para que le consiga su perdón. 

— Tenéis razón. 

— Por eso te he dicho que le busques. 

—¿Y dónde? 

—Cuenta tuya es esa. 

— Pero si vos suponéis que se habrá ocultado en algún si- 
tio ignorado por nosotros 

— El mérito está en descubrirlo. 

— Lo intentaré. 

— Hazlo al punto. 

— ¿Y no se os ha ocurrido una cosa? 

—¿Qué? 

—Si Carlota le habrá ganado con sus ofertas y sus dádivas, 
y se habrán entendido con don Francisco. 

— ¡Oh, no me lo digas! 

—Porque esa desaparición tan súbita en un carácter como 
el de Guzman, no puede obedecer más sino al interés. Si le 
han ofrecido más que vos le disteis, ya tenéis explicada la 
verdad. 

—¡Oh! En ese caso, que no me habia ocurrido por cierto, 
y que es el peor que podia suceder, Francisco sabria ya la 
verdad. 

— Ó tal vez no. 

—No lo creas; si Guzman ha llegado á entenderse para al- 



LOS CABALLEROS? DEL AMOR. 627 

guna cosa con Guevara, forzosamente ha debido tratarse 
de mí. 

— Pronto podemos salir de dudas. 

— ¿Cómo? 

— Averiguando Jo que ha pasado en casa del capitán. 

—Tienes razón. Vete al punto á informarte de la verdad, y 
en ese caso es menester que á todo trance nos pongamos 
á obrar, toda vez que nos hallaremos completamente ven- 
didos. 

—No comprendo lo que queréis decir, puesto que tendría- 
mos muchos enemigos á quienes combatir. 

— Don Francisco únicamente. 

—Pues ¿y Guzman y esos otros dos compañeros que con 
él estaban ? 

—Desengáñate, que el principal es quien nos estorba. 

— Eso desde luego. 

— Por lo tanto, averigua lo que ha pasado en casa de don 
Francisco. 

—Dentro de una hora lo sabréis todo. 

—Eso quiero. 

Campillo disponíase á salir del aposento, cuando sintió 
que llamaban á la puerta de la casa. 

Apresuróse á abrir, y su asombro no conoció límites al 
ver en su presencia al capitán Guevara. 

No fuédueño de contener un pequeño grito, que fué sor- 
prendido por el recien llegado. 

— ¿Qué te pasa, Campillo, qué te pasa? 

— Nada, señor, — repuso el escudero tratando de sere- 
narse. 

—¿Y tu amo? 

— Disponiéndose estaba para salir, pero bien sabéis que 
tratándose de vos 

— Sí, sí, quiero verle y más hoy que precisamente le traigo 
una buena noticia. 



628 LOS CaBAI LER03 DEL AMOR. 

— Gomo escasean tanto en el dia esas buenas señoras^ 
apresurémonos á comunicársela. 

Y el escudero y el capitán dirigiéronse hacia la habitación 
del médico. 

Guando éste vio á su amigo, no pudo menos de palide- 
cer. 

Sin embargo, en el rostro de Guevara habla una tan franca 
expresión de alegría, que Armendariz no pudo menos de 
decir: 

—¿Qué os sucede, don Francisco? ¿Qué cambio se ha ope- 
rado en vuestra suerte que de ese modo ha conseguido des- 
anublar vuestro rostro? 

— ¿No lo adivináis? 

— ¿Cómo queréis que adivine cuando pueden ser muchas 
las causas ? 

— Para mí no hay más que una. 

—Garlóla 

— Justo, amigo mió; Garlota solamente podía quitarme 6 
devolverme la felicidad, y Garlota me ha sido devuelta. 

Armendariz abrió extraordinariamente los ojos. 

Su atónita mirada, de tal manera debió expresar lo que 
sentía, que su amigo no pudo menos de decirle: 

—Pero ¿qué tenéis? ¿De qué nace la impresión que en vos 
advierto? 

— Perdonadme, amigo mío— contestó Armendariz tratando 
de reponerse — la misma alegría que me habéis hecho experi- 
mentar, la dicha de veros contento y feliz me han impresio- 
nado, por lo mismo que no esperaba la buena noticia que me 
acabáis de dar. 

— Gracias, amigo mió— repuso Guevara estrechando afec- 
tuosamente las manos del doctor. 

—Pero explicadme cómo ha sido esto— dijo éste. 

— De un modo que apenas me lo acierto á explicar. Figuraos 
que ayer recibo una carta anónima, para que fuese cerca del 



LOS CABALLEROS DEL AMOK. 

camino de las tres cruces, dónde se me darían noticias de 
Carlota. 

—¿Y fuisteis sin duda?— dijo el doctor. 

—Naturalmente. 

— ¿Y á quién encontrasteis allí? 

— Un bribón, á quien había tenido ocasión de conocer por 
sus escándalos y sus locuras, y á quien mi tio el virey andaba 
buscando para aplicarle el castigo que merece por sus fecho- 
rías. 

— ¿Guzman se llama ese individuo? 

—Sí, por cierto; ¿de dónde lo sabéis?— preguntó sorprendi- 
do Guevara. 

— He oído algo respecto á ese hombre— dijo Armendariz 
comprendiendo la imprudencia que había cometido, y tra- 
tando de enmendarla. 

— ¡Tunante efectivamente era el mozo! — repuso el capitán 
dándose por satisfecho con la explicación de su amigo— y digo 
que es un tunante porque llevó á cabo el robo de Carlota con 
la idea únicamente de obligarme, según me ha dicho, á que le 
alcanzase el perdón de mi tio. 

—¿Y lo habéis hecho? 

—¿Qué otro recurso me quedaba para recobrar á la mujer 
que amaba? 

—¿De modo que ese rapto no ha obedecido más que al in- 
terés personal de ese bribón? 

—Nada más. 

Armendariz respiró. 

Guzman no le había delatado, y por lo tanto podía seguir 
disfrutando de la confianza de Guevara, y aprovecharse de 
ella para herirla mejor. 

— Pues, vamos, me alegro muchísimo y me felicito por lo 
que ha sucedido. 

— Juzgándolo así he querido venir á participároslo. 

—¿Y dijisteis á Carlota la muerte de su padre? 



630 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

— ¡Qué otro remedio me quedaba! 

— ¿De modo que la habréis llevado á su casa? 

— No, está en el palacio de mi tio. 

—¡Hola! 

— De dónde no saldrá más que para ser mi esposa. 

El médico no pudo menos de morderse los labios con vio- 
lencia. 

— ¿Y ese Guzman — dijo— podrá impunemente volverá sus 
pasadas fechorías? 

—Lo dificulto un poco. 

— ¿Por qué? 

—Porque ha salido de Méjico. 

—¿Que ha salido de Méjico? 

— Ha sido una de las condiciones impuestas por mi tio 
para conceder el perdón, y precisamente en esta misma ma- 
ñana ha salido con una conducta de dinero que se va á em- 
barcar para España. 

Armendariz comprendió que por el momento se le habia 
escapado su venganza. 

Mas, sin embargo, no por eso desistió de ella. 

Felicitó cordialmente á su amigo, fingió tomar una parte 
activa en su alegría, pero interiormente se ratificó, digámos- 
lo así, en el odio que le profesaba. 



CAPÍTULO XC 



Cómo se veno-ó Armenda,riz de Guevara. 



Lo que Guevara había dicho á Armendariz, era una verdad. 

Carlota le había sido entregada fielmente por Guzman 
previa la presentación del salvo-conducto, digámoslo así, ex- 
pedido por el virey en su favor. 

Gran trabajo hubo de costarle al capitán decidir á su tío á 
que fírmase aquel documento. 

El virey que precisamente había mostrado tan formal em- 
peño en apoderarse del bandido, no podía resignarse á conce- 
derle la libertad, y únicamente los esfuerzos de Guevara, la 
desesperación de que el joven se hallaría poseído en otro 
caso, y la misma fuerza de las circunstancias, toda vez que 
Guzman había dicho, que á no ser con aquella condición, no 
solamente no entregaría á la joven, sino que le quitaría la 
vida, le obligaron á ceder. 



632 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

Pero no quiso por ningún estilo que pudiera reírse á su 
costa, y exigió que saliese de Méjico inmediatamente. 

Guzman á quien por ningún estilo convenia presentarse 
delante de Armendariz á quien habia conocido perfectamente, 
aceptó aquella condición y salió, conforme habia dicho Gue- 
vara, en el mismo dia. 

El bandido habia tomado el dinero de Armendariz, y de don 
Francisco la completa salvación de su vida, y le importaba 
muy poco cambiar de teatro para sus hazañas. 

Carlota fué conducida por Guevara á la casa de su tio, pues- 
to que manifestó su formal propósito de casarse con ella á la 
mayor brevedad. 

Y así sucedió efectivamente. 

Con todas las precauciones imaginables, Guevara la reveló 
la muerte de su padre, muerte ocurrida por su afán de reco- 
brar la vista, y pasados algunos dias de aquella revelación, y 
dado, por lo tanto, tiempo para tributar á la memoria del an- 
ciano padre, el llanto filial, postrera ofenda que su hija podia 
hacerle, el capitán la significó su propósito de llevar á cabo 
el enlace proyectado. 

Carlota no encontró razón que alegar contra semejante 
deseo. 

Armendariz también, siguiendo en su papel de amigo apa- 
rente, le aconsejó que era lo que debía hacer para ponerse á 
cubierto de cualquier asechanza que contra ella pudiera in- 
tentar tal vez el mismo que antes la robara; y la unión se ve- 
rificó con tanta alegría de Francisco como despecho y cólera 
del médico. 

Éste, á su vez, exigió de su amigo que hiciera cuanto de su 
parte estuviese para que el oidor le concediese á su hija. 

Y merced á los buenos oficios de Guevara y de su tio, ce- 
dió el magistrado y Armendariz fué el esposo de Inés. 

Durante los primeros dias de aquellas dos bodas, todo fue- 
ron felicidades. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 633 

Inés, que amaba realmente á su esposo, era completamen- 
te dichosa. 

Carlota y Guevara, que recíprocamente se adoraban, en- 
treveían un porvenir de ventura y de felicidad en los días que 
siguieran á los de su unión. 

Sin embargo, no transcurrió mucho tiempo sin que aquel 
cielo que parecía había de brillar constantemente despejado, 
se nublase. 

Precisamente á los pocos días que Carlota hubo dado á luz 
á su hijo, á quien se puso por nombre Luis, cuando más pa- 
recía que debiera estar contenta y satisfecha, víósela de pronto 
entristecerse y caer en una profunda melancolía de la cual ni 
las cariñosas frases de su esposo, ni los maternales goces 
eran suficientes á distraerla. 

Al mismo tiempo Inés también se encontraba afectada de 
un mal semejante. 

Pero así como Carlota procuraba ocultar su disgusto á to- 
do el mundo, también Inés se lo reservaba de un modo ex- 
traordinario, 

Inés y Carlota eran amigas íntimas. 

Don Francisco al dejar de ser amante de la hija del oidor, 
había ocupado el puesto de un verdadero amigo. 

Y visitaba con frecuencia á los recién casados, y como que 
las ocupaciones de Armendariz le retenían mucho tiem.po 
fuera de su ca^ia, sucedía que muchas veces cuando Guevara 
iba á verle, era Inés quien le recibía. 

En cambio de esto el médico iba á casa de su amigo con 
muy poca frecuencia. 

Carlota no habia hecho aprecio délas frecuentes visitas de 
Guevara, porque ella también quería extraordinariamente á 
Inés. 

Sin embargo, un día, recibió un anónimo en el que se le 
decía lo siguiente: 

«Carlota, abre los ojos y mira con atención. 

TOMO II, 80 



634 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

»¿Nada observas en tu marido que excite tu curiosidad? 
Pues realmente estás muy ciega. 

»Siento llamar tu atención, pero el deber me lo ordena. 
Mira bien y te convencerás de lo que digo.» 

La hija del ciego sintió cierto malestar inexplicable al leer 
aquellas cortas líneas. 

Sin embargo, trató de desechar de su memoria aquel pa- 
pel destinado á excitar sus recelos; mas no lo pudo conse- 
guir. 

A su pesar, observaba á Guevara con más atención que 
antes. 

No podia adivinar á qué tratarla de referirse aquel anóni- 
mo; pero desde luego presentía que no habia de ser bueno. 

Mas en la conducta de su esposo no encontró nada de ex- 
traño, nada que pudiera justificar aquel aviso que se le daba. 

Siguió observando hasta que finalmente abandonó aquella 
especie de espionaje á que habia sujetado al hombre que tanto 
la amaba, y se arrepintió de su proceder. 

Y colmó de caricias y de afecto á su esposo en desagravio 
de la que antes hiciera. 

Peio desgraciadamente esto duró poco. 

Llegó otro día en que Carlota recibió de un modo miste- 
rioso y extraño una nueva carta 

Al verla conoció la letra. 

7 tembló, porque temia que ocurriese algo que pudiera de- 
tener su felicidad de que disfrutaba. 

Durante algún tiempo estuvo sin leerla. 

Pero finalmente el demonio de la curiosidad la venció, y en 
mal hora lo hizo. 

La segunda carta decia así: 

«Por segunda vez te escribo, Carlota. 

»Greí que el aviso que te di en mi primera, hubiera sido 



LOS CABALLEROS DEL AMOR 635 

suficiente á sacarte de la punible confianza en que te adorme- 
cías; pero he visto que es menester usar de un reactivo más 
poderoso. 

»Te compadezco, y únicamente el afecto que me inspiras, 
puede obligarme á descorrer el velo que abra tus ojos. 

»Tu marido te engaña. 

»Frase terrible es esta, que como acerada punta ha de he- 
rir tu corazón. 

*Tu marido te engaña, y la infame cómplice es tu amiga • 
más íntima, la misma que más pruebas de afecto y de cariño 
te está dando. 

»¿No has observado las repetidas visitas de Guevara á casa 
de Armendariz? 

»Inés está sola casi siempre; ya se ve, como médico, su es- 
poso no siempre puede encontrarse en su casa. 

»Inés, como tú sabes muy bien, es una gran señora, y to- 
davía debes recordar tu humilde origen. 

»Tú comprenderás lo que debes hacer ahora. 

»Adios, y aun cuando te haya causado un grave disgusto, 
no por eso dejo de ser tu amigo verdadero.» 

Fácilmente se comprenderá el efecto que produjo seme- 
jante carta. 

Carlota permaneció durante un buen espacio sin poderse 
dar cuenta de lo que sentía. 

Tan de repente se había desplomado sobre ella aquella in- 
mensa mole de dolor, que no podía con exactitud analizar ni 
definir la clase de impresión recibida. 

Con aquél papel entre sus manos, contemplándole fija- 
mente, aun cuando ya sin ver sus letras, indinada la frente y 
temblorosos los Itibiüs, estuvo hasta el momento en que rom- 
pió á llorar, desahogándose así algún tanto su oprimido co- 
razón. 

—¡Oh! Dios mío! ¡Dios mió!— exclamaba con sollozante 



636 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

acento.— ¿Será posible que mi esposo me haya engañado así? 

Y entonces comenzó á recordar incidentes, en los cuales 
jamás se habia fijado, y puesta ya en el camino de las sospe- 
chas y de las suposiciones, desde aquel momento puede de- 
cirse que desapareció la paz y la ventura de su alma. 

Trató de ocultar á don Francisco lo que senlia; pero so- 
bradamente comprendió el caballero que algo extraño tenia 
lugar en el corazón de su esposa. 

Y en vano era que le preguntase la razón de su disgusto, 
en vano que tratara de averiguar la causa de alguna lágrima 
que sorprendió en sus ojos. 

Carlota se disculpaba siempre del mejor modo que podia, 
y como que realmente en la conducta de Guevara no habia 
nada reprochable, como que éste no era posible que sospe- 
chase de lo que se trataba, continuó del mismo modo visitan- 
do á Armendariz y viendo á Inés. 

Carlota recordaba que el joven habia estado para casarse 
con ella, que era hermosa, rica, noble y de un trato distingui- 
do, y no podia menos de confesarse que tenia mayores per- 
fecciones que ella. 

En todas las frases, en todas las acciones, por más inocen- 
tes que fueran, veia Carlota algo que justificara lo que el 
anónimo decia^ y este era un tormento que forzosamente más 
tarde ó más temprano habia de acabar con su existencia. 

Francisco, que amaba con delirio á su esposa, advirtió con 
tanto dolor como asombro la notable alteración de su salud. 

Y llamó á Armendariz y le encargó que viese á su esposa, 
y á todo trance la curase. 

El médico celebró varias entrevistas con Carlota, y al cabo 
de ellas un dia dijo á su amigo: 

—¿Sabéis, amigo Guevara, que juzgo el estado de vuestra 
esposa sumamente delicado? 

— ¿Qué queréis decir, Armendariz? explicaos. 

— Presumo que hay una gran afección moral; que si hoy 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 637 

no ha determinado todavía un padecimiento físico de impor- 
tancia, no ha de tardar mucho en presentársenos, y como que 
precisamente ha de venir sostenido por aquella misma afec- 
ción, no sé hasta dónde nos podrá conducir. 

— ¿Pero á ese padecimiento moral no le encontráis alguna 
razón? 

. —Me ha preocupado bastante y francamente, amigo mió, 
no sé por qué juzgo que quizás en el corazón de Carlota 
existe aJgun recuerdo anterior á la época de vuestro conoci- 
miento, recuerdo que ha despertado hoy sin duda, y que la 
atormenta y la persigue sin cesar. 

— Armendariz, tened presente que semejante suposición 
parece envolver una ofensa contra mi esposa. 

—Guárdeme el cielo de intentar ofenderla, os digo mi opi- 
nión justificada con la práctica y por el conocimiento que he 
adquirido del corazón humano. 

Guevara quedóse un tanto pensativo. 

La intencionada frase de Armendariz produjo su efecto. 

¿Qué recuerdo podia existir en el corazón de Carlota? 

Indudablemente debia ser un recuerdo de amor. 

Y si este recuerdo tomaba tales proporciones, significaba 
que no habia en ella, respecto á él, un cariño suficientemente 
poderoso para matar todos aquellos recuerdos. 

De la misma manera que Carlota, sintió el capitán una do- 
lorosa punzada en el corazón. 

El doctor, que adivinaba la impresión recibida por su ami- 
go, gozábase en su padecimiento. 

Con una habilidad cruel consiguió amargar no solamente 
ia existencia de Carlota, sino la de su esposo; y finalmente la 
de doña Inés. 

¿Por qué la esposa de Armendariz tampoco era feliz? 

Este, una vez alcanzado su objeto, mostróse tal como era, y 
la infeliz doña Inés tropezó con el mayor de los desengaños 
que podia haber recibido. 



638 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

Áspero, brutal, egoísta y ambicioso mostróse Armenda- 
riz; y la pobre esposa que de tal modo vio destruidas sus ilu- 
siones, no pudo menos de estremecerse al considerar todo lo 
profundo del abismo que se abria á sus pies. 

No podia quejarse á su padre porque precisamente aquella 
unión se habia verificado por la voluntad de ella, no por las 
excitaciones del anciano oidor, y finalmente éste falleció al 
poco tiempo de una fiebre maligna, y doña Inés se quedó sola, 
sin tener un corazón amigo en el cual desahogar sus penas. 

De aquí que todas las personas que más ó menos directa- 
mente estuvieran unidas á Armendariz, todas tenian que su- 
frir su maléfica inñuencia. 

Guevara, menos sufrido que su esposa, y más incapaz de 
disimular que ella, la habló en el sentido á que autorizaba, 
por decirlo así, la indicación hecha por el doctor; y puede 
comprenderse perfectamente cuál no seria el dolor de la joven 
al ver que la reprochaba su esposo por lo mismo que ella 
estaba sufriendo respecto á él. 

Llena de prudencia, resuelta á padecer y á sufrir, no con- 
testó á su acusación con otra del mismo género. 

Siguió callando, y este fué su mal. 

Quizás una explicación categórica y franca hubiese dado 
por resultado despejar aquella incógnita en que unos y otros 
se hallaban envueltos; pero Carlota continuó callando, conti- 
nuó sufriendo; su salud no pudo resistir aquel perenne com- 
bate, y finalmente á los dos años de haber dado á luz á su 
hijo falleció, dejando á su esposo sumido en la mayor deses- 
peración. 

Antes de morir aquella pobre mujer, que no podia sospe- 
char que su enemigo único, implacable y terrible era Armen- 
dariz, le reveló llorando la verdadera causa de su muerte, 
confiándole al mismo tiempo los dos anónimos que desperta- 
ron sus sospechas, para que algún dia se los entregase á su 
esposo después de su muerte. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 639 

Jamás Carlota se habría atrevido á dar un paso semejante, 
toda vez que en aquellos papeles se pronunciaba el nombre 
de la esposa del médico, á no haber sido porque éste, con toda 
la perversidad propia de su corazón, y fingiendo una amistad 
y una confianza ilimitada respecto á Carlota, la reveló los dis- 
gustos domésticos que sufria, disgustos nacidos por la des- 
lealtad de su esposa y la infidelidad de su amigo. 

Carlota le compadeció también; juntos hablaron de sus 
penas, y la infeliz no creyó obrar mal depositando aquellos 
papeles en su poder. 

Poco después de haber fallecido Carlota, Inés, la esposa de 
Armendariz, sucumbia también, víctima del terrible desen- 
canto que le produjera la conducta de aquel hombre á quien 
tanto habia amado. 

Campillo habia hecho todo lo posible por templar el dolor 
de su señora. 

Pero todo fué inútil, y la infeliz Inés, lo mismo que Carlo- 
ta, no fueron más que dos víctimas sacrificadas por la impla- 
cable venganza del doctor. 



CAPITULO XCL 



Elena, de So lis. 



La muerte de su esposa afectó profundamente á don Fran- 
cisco, tanto y á tal extremo, que decidió alejarse de la ameri- 
cana tierra. 

En vano el virey, su tio, procuró disuadirle; formada ya su 
resolución, la puso en práctica tan pronto como le fué posi- 
ble. 

Contaba, á la sazón, su hijo Felipe dos años de edad. 

Buscó don Francisco una buena mujer que se decidiera á 
embarcarse con él á fin de cuidar del tierno niño, y una vez 
hallado lo que necesitaba, se alejó de Méjico con el firme pro- 
pósito de no volver jamás á pisar su suelo. 

Pero el hombre propone y Dios dispone. 

Apenas llegado á Cádiz recibió una carta, cuyo contenido 
decia así: 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 64L 

«Francisco: ha llegado la ocasión de que sepas lo que has- 
la hoy has ignorado. 

»Tienes un enemigo terrible, pertinaz é implacable. 

»Ese enemigo lo soy yo 

»Quiero que conozcas hasta qué punto te odio y que juz- 
gues por lo que llevo hecho lo que soy capaz de hacer. 

» Lloras la pérdida de tu adorada Carlota, muerta cuando 
apenas entraba en el florido abril de su existencia. 

»No ha sucumbido víctima de la afección que supones. 

»La bella joven te amaba con delirio ; yo envenené su co- 
razón derramando en él la terrible ponzoña de los celos. 

»Inés, mi esposa, fué objeto inocente de las amarguras 
que hicieron bajar al sepulcro á la tuya. Hícela creer que pos- 
ponías su amor por el que te inspiraba Inés, y tal creencia, 
que se arraigó en el alma de tu Carlota, fué causa de su pre- 
matura muerte. 

» Existe entre ambos la sangre de mi padre derramada por 
el tuyo, y la tradicional venganza que he heredado sabré 
cumplirla sin que nada sea capaz á detenerme. 

»Antes de exhalar tu esposa su último suspiro, me entre- 
gó los anónimos que te incluyo, á fin de que te los diera á su 
debido tiempo. 

»Cumplo fielmente el encargo. 

»Pasa tu vista por el contenido de los billetes que te adjun- 
to, y espero que reconocerás la letra. 

»Ya estás prevenido; ahora vive en la seguridad, que aun- 
que te ocultes en el más ignorado rincón del mundo, allí 
sabrá alcanzarte la venganza de este tu mortal enemigo, 

Armendariz.>^ 

Cuando Francisco terminó la lectura de la terrible carta, 
apenas si sabia darse cuenta de lo que por él pasaba. 

Instintivamente desdobló el paquete que se le habia remi- 

TOMO li. 81 



642 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

lido, y leyó al azar uno de los anónimos á que hacia referen- 
cia Armendariz. 

El lector conoce ya lo que decian aquellos escritos. 

— ¡Infame! — murmuró trémulo de ira. — No serás tú quien 
hayas de molestarte en correr á mi encuentro, que yo he de 
volar al tuyo, á fin de derramar hasta la última gota de tu in- 
noble sangre. 

Dispuesto á cumplir lo que se habia ofrecido á sí mismo, 
dejó á su hijo al cuidado de una persona de toda su confian- 
za, y creyendo encontrar en Méjico á su mortal enemigo, se 
embarcó de nuevo hacia aquel punto. 

Inútiles fueron sus pesquisas; Armendariz habia desapa- 
recido. 

Regresó á Europa, la recorrió entera, pero en parte alguna 
pudo encontrar las huellas del hombre á quien deseaba 
hallar. 

Aburrido al fin, tornó á Cádiz, y desde allí partió hacia Ca- 
bra , en compañía de su hijo y de la mujer que del niño 
cuidaba. 

Seis años hablan transcurrido desde que la bella Carlota 
habia bajado al sepulcro. 

Don Francisco arrastraba una vida solitaria. 

La caza era su pasión y á ella se dedicaba de continuo. 

Cierto dia en que vagaba por el campo con su escopeta al 
hombro y seguido de un hermoso lebrel, hirió sus oidos el 
lejano son de una trompa. Comprendió Francisco que próxi- 
mos al sitio en que él se encontraba debían hallarse algunos 
cazadores, y como quiera que gustaba de la soledad, decidió 
desviarse del camino que aquellos seguían. 

De repente vio levantarse á lo lejos delante de sí una nube 
de polvo; el camino que seguía don Francisco estaba rodeado 
de precipicios por ambos lados. 

Levantaba el polvo la desesperada marcha de un fogoso 
corcel que desbocado avanzaba rápidamente. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 613 

Tras del caballero, formaba un recodo el camino. El noble 
bruto, ciego, loco, caminaba en línea recta y era indudable 
que se precipitaría en el abismo que se hallaba al extremo de 
3a senda que recorría. 

Cabalgaba sobre el desenfrenado corcel una amazona que 
hacia desesperados esfuerzos por contener la impetuosidad de 
su cabalgadura. 

El peligro era inminente. 

Don Francisco atendiendo solo á los nobles impulsos de 
su generoso corazón, sin tener en cuenta el terrible riesgo á 
que se exponía, lanzóse sobre el caballo, clavó sus uñas en la 
ternilla de la nariz del desbocado potro y á costa de grandes 
esfuerzos y con la ayuda de su bravo lebrel que hizo presa en 
una de las orejas del furioso bruto, refrenó éste en su verti- 
ginosa carrera. 

Ya era tiempo; solo le separaban del precipicio unos tres 
metros escasos. 

La amazona, agotadas sus fuerzas, víctima de la fuerte 
emoción que había experimentado, perdió el sentido y hubie- 
ra dado con su cuerpo en tierra á no haber acudido don Fran- 
cisco en su auxilio recogiéndola entre sus brazos. 

No sabiendo qué hacer el noble caballero en la situación 
en que se encontraba, temeroso de que el accidente que había 
sobrevenido á la dama que yacia en sus brazos pudiera serle 
fatal, hallábase perplejo y desalentado, cuando quiso la suerte 
que acertara á pasar por allí un pobre leñador que con su 
carga al hombro se dirigía á su cabana. 

— ¡Eh! buen hombre, venid aquí —le gritó don Fran- 
cisco. 

—¿Qué se le ofrece á su mercé?— dijo el campesino aproxi- 
mándose. 

— Un fatal accidente que de improviso ha acometido á esta 
dama la ha privado del conocimiento y es menester hacer algo 
en su auxilio. 



€44 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

—Mi cabana no está muy lejos de este sitio, y puedo ir á 
ella y volver en un momento. 

— Antes busquemos un punto dónde podamos acomodarla. 

— Mire su mercé— repuso el leñador señalando una- pe- 
queña hondonada que se hallaba situada á la izquierda del 
camino— allí hay yerba abundante y puede servirla de lecho. 

— Verdad es, no habia reparado en ello; suelta tu carga y 
ayúdame á fin de que la transportemos con mayor como- 
didad. 

—Dice bien su mercé; uno solo difícilmente podria llegar 
allí abajo. 

El caballero y el campesino condujeron el inanimado 
cuerpo de la dama al pequeño prado, y acomodáronla en el 
sitio que juzgaron más conveniente. 

— Ahora— dijo don Francisco— vuela hacia tu cabana y trae 
algo con que poder socorrerla. 

— Tardaré diez minutos todo lo más. 

El buen labriego dióse á correr con todas sus fuerzas. 

El caballero contemplaba pensativo el hermoso semblante 
de la joven que tenia delante de sí. 

— i Cuan bella es!— exclamó. — No se por qué, pero me sien- 
to fuertemente impresionado, y mi corazón late apresurada- 
mente, i Estará destinado este casual y desgraciado aconteci- 
miento á influir directamente en mi futuro destino! 

Pasóse el joven la mano por la frente, cual si quisiera des- 
echar de ella un funesto pensamiento, exhaló triste suspiro 
y permaneció silencioso hasta la llegada del campesino. 

El buen hombre traia un cántaro lleno de agua, y una va- 
sija dentro de la cual habia un poco de vinagre. 

Roció don Francisco el rostro de la joven con el agua, en 
tanto que el leñador procuraba hacerla aspirar el vinagre. 

Algunos segundos después se escapó un suspiro del pe- 
cho de la paciente, y poco tardó en abrir sus ojos. 

—Toma— dijo alargando su bolsillo al leñador el caballero 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 64& 

— guárdate eso, y procura encontrar á los compañeros de es- 
ta dama que seguramente la estarán buscando por estos al- 
rededores; condúcelos aquí. 

— ¡Dios bendiga á su mercé!— contestó el buen hombre. 

Y acto continuo se alejó de aquel sitio. 

La bella joven habia vuelto en su acuerdo; al pronto dejó 
vagar su mirada por uno y otro lado sin fijarla en ningún 
punto, después la dirigió sobre don Francisco, y con voz ape- 
nas perceptible, dijo: 

— ¡Qué es esto! ¿dónde estoy? 

--Dónde no corréis ya ningún peligro. 

—Sí, ya recuerdo— exclamó incorporándose— he estado pró- 
xima á perecer, víctima de la fogosidad de mi corcel, y gra- 
cias á vuestra generosa ayuda me he salvado; gracias, caba- 
llero, gracias. 

Los hermosos y negros ojos de la joven se encontraron 
con los de su salvador, y éste sintió que su corazón se infla- 
maba al influjo de aquella mirada. 

— Yo me considero muy feliz en haber podido contribuir á 
libraros del peligro que habéis corrido; he hecho lo que otro 
cualquiera hiciera en lugar mió. 

— No todos son bastante generosos para exponerse á per- 
der la existencia por salvar la de su prójimo, y vos habéis ex- 
puesto la vuestra por mí. 

—En aquel terrible trance no me paré en meditar las con- 
secuencias que pudieran sobrevenirme. 

— Eso una clara señal de la nobleza de vuestra alma; en 
tanto viva doña Elena de Solís ha de guardar hacia vos pro- 
funda gratitud. 

—Ese es sobrado premio á recompensarme; yo consideraré 
este dia como uno de los más felices de mi vida, estad segura 
de ello. 

—¿Me será lícito conocer el nombre de mi salvador? 

—Vuestro rendido esclavo se llama Francisco de Guevara. 



€46 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

Tan insinuante y apasionada fué la mirada con que el ca- 
ballero acompañó sus frases, que Elena sintió se cubrían de 
rubor sus mejillas, en tanto que su corazón latia apresurada- 
mente. 

Después de una corta pausa, don Francisco tomó la pala- 
bra: 

— ¿Queréis apoyaros en mi brazo para llegar al camino 
<ion objeto de ver si distinguimos á vuestros compañeros de 
expedición? 

—Acepto vuestro galante ofrecimiento; seguramente esta- 
rán buscándome por estos contornos. 

— Ya he mandado yo á un campesino á fin de que procure 
dar con la gente de vuestra comitiva. 

—Esa es una nueva atención que tengo que agradeceros. 

—Todo ello no vale el inmenso placer que experimenta mi 
corazón al escuchar la melodiosa frase que sale de vuestros 
rosados labios. 

Elena guardó silencio é inclinó púdicamente hacia el suelo 
sus rasgados ojos, á la par que alargaba su mano para apo- 
yarse en la que le tendia el galante caballero. 

Apenas llegaron al camino, cuando oyeron el confuso son 
de lejano vocerío que iba aproximándose gradualmente. 

— Ese rumor lo producen seguramente aquellos que vie- 
nen en vuestra busca. 

— Es posible que así sea. 

—Mirad, allí vienen— dijo don Francisco indicando un 
punto determinado del camino. 

En efecto, cortos minutos después, dos amazonas y algu- 
nos caballeros se hallaban junto á Elena y su salvador. 

Diéronse por todos las más expresivas gracias á don Fran- 
cisco; éste contestó cortesmente á todo el mundo, y después 
de dirigir una expresiva mirada á Elena, á la cual la joven 
correspondió, despidióse de la comitiva y se alejó de aquel 
sitio. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 647 

Indudablemente el aconteciniiento que habla tenido lugar 
una hora antes, había de influir poderosanaente en el futuro 
destino del joven caballero. 

El lector tendrá ocasión de convencerse en breve de lo que 
indicamos. 



CAPITULO XGII. 



don Francisco de G-uevara disfruta algunos momentos de felicidad. 



En el desierto que constituía la vida de Guevara, acababa de 
vislumbrar un oasis. 

La aparición de Elena impresionóle de un modo extraor- 
dinario, y aquel amor quecreia completamente muerto, aquel 
corazón que él habia creído no podía latir más por el amor de 
ninguna otra mujer, en su impaciente agitación le reveló lo 
contrario. 

Habia jurado mantenerse fiel á la memoria de Carlota. . 

El triste convencimiento que hubo de adquirir respecto á 
lo ocurrido en la muerte de su esposa, reavivó con más vio- 
lencia el cariño que por ella sintiera, y su dolor no tuvo lími- 
tes entonces. 

Tal vez á no contenerle la consideración de su hijo, y los 
deberes que respecto á él tenia contraidos, hubiese puesto fin 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 649 

á SU existencia para terminar de este nnodo aquel martirio á 
que le habia sujetado la infame revelación de Armendariz. 

Al menos si hubiera podido encontrarle, si hubiera podido 
satisfacer su sed de venganza dándole muerte, quizás habría 
calmado algún tanto el padecimiento que le acosaba. 

Pero nada de esto pudo tener lugar. 

Aquel miserable habíase sustraído de tal manera á sus 
pesquisas, que por ninguna parte le pudo encontrar. 

Armendariz habia seguido una marcha en completa armo- 
nía con su carácter. 

Heria, pero escondía el cuerpo, de modo que su adversario 
sintiese el golpe sin poder coger la mano que se lo daba. 

Y como habia presumido que su adversario no cesaría de 
ir en su busca hasta encontrarle, desplegó una habilidad ex- 
traordinaria para eludir sus pesquisas. 

Y sin embargo, constantemente le veia. 

. Estaba cerca de él, observaba sus menores movimientos, 
no se le escapaba ninguna de su acciones, y en resumen, 
Guevara hallábase vigilado de un modo especial por su ad- 
versario. 

Pero éste nada sabia. 

Si no había dado al olvido en absoluto todo aquel pasado 
tan lleno de angustias y de dolores para él, era por efecto de 
la misma intensidad de sufrimiento que le habia proporcio- 
nado. 

Sin embargo, la vista de la dama de quien hemos hablado 
en el capítulo anterior, modificó notablemente su modo de 
ser. 

Tal vez encontró en ella un extraño parecido con su ado- 
rada Carlota; quizás el recuerdo de ésta pudo hacerle ver en 
las facciones de la joven á quien habia salvado de un peligro 
inminente, rasgos de aquel semblante adorado; pero el resul- 
tado fué que aquella noche regresó el caballero á su casa asaz 
pensativo y preocupado, que durmió poco, y que esperó ím- 

TOMO IL 82 



650 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

paciente el inmediato dia, por si encontraba ocasión devolver 
á tropezar con la encantadora beldad. 

Y se dirigió al bosque. 

Y cual si hubiera sido de mutuo acuerdo, no tardó mucho 
la joven en mostrarse cabalgando en su hacanea. 

Preocupado habia entrado en el bosque don Francisco, y 
preocupada también avanzaba por él la dama. 

Y tan preocupada iba que no reparó en Guevara que, apo- 
yado en el tronco de un árbol la contemplaba, hasta qun un 
movimiento de su cabalgadura se lo indicó. 

Alzó los ojos entonces, y vivísimo carmin coloreó sus me- 
jillas, al encontrarse con la anhelante mirada del caballero. 

Refrenó inmediatamente el caballo, y Guevara separándose 
del árbol se aproximó á ella, diciéndole : 

—Perdonadme si me he atrevido á interrumpir vuestro pa- 
seo; pero un vago presentimiento de mi corazón estaba di- 
ciéndome que os encontraria aquí y hallábame ansioso por 
preguntar si os habéis tranquilizado ya, respecto á la emoción 
que sufristeis ayer. 

—Gracias os doy por vuestro interés, y mi buena tia os es- 
tuvo esperando hoy para dároslas también. 

— i Vuestra tia! 

— Sí tal, porque creímos que nos hubieseis honrado vi- 
niendo á nuestra humilde casa. 

— Fuera yo el honrado, señora— repuso don Francisco— 
y si no fui á veros, creed que no fué por falta de deseos, sino 
porque no juzgaseis de atrevimiento lo que realmente era 
una necesidad de mi corazón. 

De nuevo se ruborizó la dama. 

El acento con que don Francisco pronunció las anteriores 
frases, vibró de una manera tal, que demostraba claramente 
lo verdadero da su sentimiento. 

—Siempre seréis bien recibido en nuestra casa— dijo Elena 
—que desde ayer es vuestra. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 651 

- Procuraré ir á veros; lo que únicamente os ruego es, que 
no consideréis como abuso si os visito con alguna más fre- 
cuencia de la que generalmente se usa en estos casos. 

—Un caballero como vos, no puede abusar jamás. 

— Doliérame en el alma que os llegase á enojar mi presen- 
cia. 

—¡Queréis callar! 

— A veces suele estorbarse un coloquio amoroso, suele in- 
terceptarse una mirada de cariño, y la persona que se hace 
reo de tal crimen, difícilmente llega á obtener su perdón. 

—En este caso no puede existir crimen, porque no hay 
causa que lo motive. 

—Permitidme que lo dude. 

—¿Porqué? 

— Dama de tan altas prendas como vos, cuyos ojos van en- 
cendiendo hogueras que difícilmente pueden apagarse y cuyo 
acento vibra tan armoniosamente en el corazón, no es posi- 
ble que subsista sin que tenga más de un rondador ante sus 
rejas y más de un galán que la dirija enamoradas frases. 

—Galante habéis venido hoy, señor capitán. 

—No son galanterías las frases que acabo de pronunciar, 
y la prueba de ello debéis tenerla en que son las mismas que 
tantas y tantas veces debéis haber escuchado. 

— Formáis juicios sobradamente aventurados. 

— No os comprendo. 

—Nadie me ha tributado esos elogios, ni ante mis rejas 
existe rondador alguno, ni hay galán que se haya abierto paso 
hasta mi corazón. 

—Oh no digáis tal. ¿Creéis que el sol puede estar sin ado- 
radores? 

— El sol es el rey de los astros— repuso Elena sonriéndose. 

— Reina sois vos de las mujeres — repuso con entusiasmo el 
caballero. 

Elena no pudo menos de sonrojarse. 



652 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

En la vehemencia con que Guevara se acababa de expresar, 
adivinó un peligro tal vez, y así fué que procuró poner térmi- 
no á aquella entrevista, diciendo: 

— Ahora que os he dado las gracias y que os he significa- 
do el deseo que tiene mi tia de veros, ¿me permitiréis que me 
retire? 

— Si escuchara la voz de mi corazón, os negarla ese per- 
miso. 

— Pero como vuestra cabeza es algo más recta que vuestro 
corazón, estoy segura que accederéis. 

— Con harto pesar mió. 

— Temo que exageráis. 

— Si yo os dijera que desde ayer hasta ahora he permane- 
cido en una noche eterna, ¿qué me diríais? 

— Que sabéis decir muy bellas palabras, pero que por lo 
mismo que son tan bellas, apenas si se les puede dar cré- 
dito. 

—No me hagáis tal ofensa. 

— Muy lejos de mi ánimo está el hacérosla. Pero veo que 
nos vamos entreteniendo demasiado. 

—¡Si vos pudierais comprender cuan feliz soy !.... 

—¿No lo erais acaso ayer? 

—No tal. 

—Pláceme entonces haberos proporcionado esa felicidad. 

—Es que le falta mucho todavía para ser completa. 

— Cuidado no os vayáis convirtiendo ya en ambicioso, caba- 
llero. 

Y la joven pronunció estas palabras haciendo un gesto de 
agradable coquetería. 

— ¿Y quién al veros no ha de sentir ambición? 

— Si no pongo término á vuestras galanterías 

— ¿Os marcháis ya? 

—Es necesario. 

—Ved que me dejais sin vida. 



LOS GABA1.LBR0S DEL AMOR. 653 

— ¡Os burláis de mí! 

—Pecado es ese del que nunca tuve que arrepentirme. Va- 
mos, señora, os confieso que no sé ni lo que siento ni lo que 
deseo desde ayer tarde. 

—Pues cuando lo penséis bien, resolvadlo que más conve- 
niente creáis. 

Y la joven saludó graciosamente al caballero, é impulsan- 
do su cabalgadura hacia adelante, alejóse de aquel sitio, no 
sin volver la vista más de una vez para contemplar á don 
Francisco. 

- —¡Oh, qué hermosa mujer! — exclamó éste contemplándola 
hasta que la hubo perdido de vista. 

Doña Elena de Solís, huérfana de un hidalgo arruinado, 
habia sido educada por una tia, hermana de su madre, que si 
bien era de ilustre alcurnia, hallábase tan escasa de bienes de 
fortuna como el difunto don Cristóbal de Solís. 

Educó la buena señora á su sobrina cual convenia á una 
dama de sus condiciones, y en la modesta casa que en el otro 
extremo del pueblo ocupaban, no habían entrado jamás otras 
personas que el confesor de la dama, y algunas antiguas 
amigas tan severas en sus costumbres como ella misma. 

Sin embargo, algunos meses antes de esos sucesos habían 
ido á establecerse en aquel punto unos primos de la joven re- 
cien casados, que se habían criado en la corte, y por lo tanto, 
traían mucho que contar y costumbres que diferían en gran 
manera de las que tenían doña Elena y su tia. 

La joven simpatizó con su prima, mientras que la tía, á 
quien no podía menos de chocar todo aquello á que no estaba 
acostumbrada, no vio con buenos ojos la intimidad establecida 
entre sus sobrinas. 

, Mas como que realmente ella podía hacer muy poco por 
Elena, como que la asustaba la idea de que á su fallecimiento 
pudiera quedarse sola en el mundo y como que tal vez aque- 
llas relaciones podrían hacer algún matrimonio parala joven, 



654 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

porque sus primos se trataban con todos los nobles de las cer- 
canías, no se opuso abiertamente á aquella intimidad, y pre- 
cisamente con ellos iba el dia anterior cuando en el bosque 
le ocurrió el percance que ya conocen nuestros lectores. 

Guevara retiróse aquella noche á su casa en una disposi- 
ción de ánimo parecida á la de la noche anterior. 

La imagen de Elena no se separaba un momento de su 
imaginación. 

Queria sobreponerse á aquella idea, queria desecharla de 
su pensamiento, queria no acordarse más de ella, pues juz- 
gaba que era hacer una ofensa á la infeliz Carlota, y sin em- 
bargo, toda su voluntad era impotente para dominar la im- 
presión recibida. 

Al dia siguiente presentóse en casa déla tia de Elena. 

La anciana le recibió afectuosamente, y como que el capi- 
tán tenia fama en el pueblo de honrado y valiente y noble, 
bien pronto establecióse cierta intimidad entre Elena y su tia 
y el noble caballero. 

Y cada dia que pasaba, hallábase éste más prendado de la 
joven. 

No hablan vuelto á encontrarse en el bosque. 
Parecia que Elena esquivaba las ocasiones en que pudiera 
encontrarse sola con Guevara. 

Y no era porque le fuese indiferente; al contrario, si Gue- 
vara quedó vivamente impresionado al verla, también ella no 
pudo separar de su mente desde aquel dia la imagen de su 
salvador. 

Pero parecíale que en don Francisco había más del galan- 
te caballero que no del verdadero enamorado. 

Y de aquí que procurase dilatar una explicación á fin de 
dar tiempo á conocer mejor á la persona respecto á la cual 
sentía una tan marcada predilección. 

Mas como que ambos se sentían poderosamente atraídos 
uno hacia otro, por más que Elena tratara de evitarlo, forzó- 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 655 

sámente había de llegar el día en que se entendieran por 
conipleto. 

Y llegó efectivamente. 

Guevara, que espiaba afanosamente todos los momentos 
en que Elena salia de su casa, la sorprendió en uno que se 
dirigía hacia la quinta de sus primos. 

Enamorado é impaciente el caballero y enamorada y anhe- 
lante Elena, sin pensarlo uno y otro brotó la palabra «amor» 
de sus labios, y encadenadas una con otras, sus corazones se 
entendieron inmediatamente. 

Guevara era amado. 

Un rayo de felicidad habíase mostrado á su vista. 

Y tan ansioso se encontraba de ella que no quiso dilatar 
por mucho tiempo su posesión. 

La palabra «matrimonio» comenzó á circular por el pue- 
blo, y efectivamente, pocos dias después anunciábase oficial- 
mente, digámoslo así, á entrambas familias. 

Dos meses después, el capitán Guevara era el esposo feliz 
de doña Elena de Solís. 



CAPÍTULO XCIII. 



Donde se nubla de un modo horrible el cielo de ventura de que 

disfrutaba el capitán. 



Guevara creyó que para siempre se habia fijado la estrella 
de su ventura. 

Su hijo Luis, que era un naancebo de diez años, queria en- 
trañablemente á su madrastra, que era un ángel de bondad y 
de cariño. 

El capitán amaba cada dia más á su esposa, y este amor se 
aumentó notablemente, si es que podia aumentarse, cuando 
al año de casados tuvieron un hijo. 

Durante todo el tiempo transcurrido desde su regreso á 
España, después déla muerte de Carlota, no habia oido hablar 
una sola vez de Armendariz. 

Exceptuando la famosa carta de que hemos hecho mención 
en otro lugar, parecía que habia muerto, toda vez que ni las 
diligencias practicadas por el capitán, dieron resultado algu- 
no, ni posteriormente se tuvo noticia de él. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 657 

Sin embargo, algunos meses antes de que naciera el hijo 
de Elena, recibió Guevara una carta cuya letra despertó al 
punto dolorosos recuerdos en su pensamiento. 

Vaciló en abrirla, mas como que era peor la duda que el 
conocimiento de la verdad, rompió el sobre y leyó lo que 
sigue: 

«Guevara: te doy la enhorabuena por tu nueva boda y pue- 
des comprender, puesto que te es conocida mi carta anterior, 
que debo alegrarme de todo corazón de un enlace que ha de 
proporcionarme nueva ocasión para herirte. 

»No digas que no he sido leal. Te aviso antes para que te 
prevengas, pero ten la seguridad de que por donde menos lo 
esperes y por donde menos tú te puedas figurar, ha de caer 
sobre tí el peso de la venganza de 

Armendari^ .y> 

Fácil es de presumir el efecto que habia de producir en el 
capitán la lectura de aquella carta, en la que iba envuelta una 
amenaza tan terrible. 

De nuevo volvieron á dar comienzo sus pesquisas. 

Así como en otro tiempo la carta que recibiera estaba fe- 
chada y dirigida desde Méjico, la de ahora habíase escrito y 
dirigido, á lo que parecía, desde Málaga. 

Hacia este punto dirigióse el caballero para hacer sus in- 
vestigaciones. 

Mas á pesar de todo, aun cuando empleó cuantos recursos 
podia sugerirle el afán de que su dicha no se viese turbada 
como la otra vez, de tal modo se ocultaba Armendariz, que no 
fué posible descubrirlo. 

Elena sorprendióse por el extraño cambio que se habia 
operado en su esposo, y aun cuando le preguntó varias veces, 
no pudo obtener de él la explicación que apetecía. 

Así pasaron algunos meses, y como que Guevara no tuvo 

TOMO II. 83 



65d LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

ocasión durante ese tiempo de experimentar quebranto al- 
guno que pudiera prevenirle de Armendariz, llegó á sospe- 
char si el propósito de este seria mantenerle siempre en ja- 
que bajo la presión de aquellas amenazas. 

En su consecuencia dio otra vez al olvido aquel incidente, 
y como que su mujer y sus hijos se esforzaban por colmarle 
de caricias y de afecto, olvidó en sus brazos todas las amar- 
guras que le anunciaba su terrible adversario. 

Un día decidió Francisco acompañar á su hijo á Salaman- 
ca, á cuya universidad iba á estudiar. 

Sin saber por qué, Elena vio con cierto disgusto que se 
aproximaba el día de la partida de su esposo, partida que tra- 
tó de diferir bajo multitud de pretextos, hasta que finalmente 
no tuvo más remedio que dejar se llevase á cabo. 

El hijo de Elena seguía creciendo entre los halagos y las 
ternezas de su madre, y era necesario que Luis, que así se 
llamaba el primogénito de Guevara, fuese recibiendo la edu- 
cación que convenia al ilustre nombre que llevaba. 

Esta fué una de las consideraciones que más decidieron á 
Elena á dejar que se alejase su esposo de la población. 

Tampoco don Francisco alejóse de ella verdaderamente sa- 
tisfecho. 

Y mucho menos lo hubiese hecho á poder escuchar el si- 
guiente diálogo que tuvo lugar en la noche del mismo dia en 
que él salió de Cabra, entre dos personajes sobradamente co- 
nocidos ya de nuestros lectores. 

Eran éstos Armendariz y Campillo. 

Hallábanse departiendo tranquilamente en una venta, si- 
tuada en el camino de Cabra, y de tal modo estaban ambos 
transformados, que hubiérale sido sumamente difícil á Gue- 
vara, aun auxiliado por el mismo odio que contra Armenda- 
riz sentía, haberles llegado á reconocer. 

Merced á los conocimientos químicos que poseía el médi- 
co, lo mismo su rostro que el de Gampillo habían sufrido tan 



LOS CABALL'iROS DEL AMOR. 659 

notable variación, que cualquiera los hubiera tomado por dos 
verdaderos gitanos, á no escucharlos en sus momentos de 
soledad, y en los cuales se creían lejos de las miradas indis- 
cretas. 

Sus trajes en completa armonía con su rostro, acababan 
de disfrazarles, y en el pais estaban pasando hacia muchos 
años como unos chalanes un tanto acomodados que llevaban 
la vida nómada y vagabunda de todos los individuos de su 
raza. 

Merced á esa independencia, digámoslo así, Armendariz 
sabia perfectamente cuánto hacia Guevara, sin que éste hu- 
biese podido sospechar nunca, á pesar de habérselo encon- 
trado varias veces, que tan cerca de sí tenia á su adversario. 

En el momento de que vamos hablando, Campillo y Ar- 
mendariz, según hemos indicado, se ocupaban, encerrados 
en uno de los cuartos de la venta, de la marcha de Guevara. 

—¿Con que dices que se ha quedado sola la dama?— pre- 
guntaba el médico. 

—Sí señor. 

— ¡Ay, Campillo, cuánto ansiaba ya que llegase este mo- 
mento! 

— ¿Pero es posible, señor, que todavía penséis así? 

— ¿Y cómo quieres que piense? 

—Deberíais relegar al olvido el deseo que desde hace largos 
años domina por completo vuestro ser; de este modo, creed- 
lo, seríais mucho más feliz. 

—Déjate de inútiles sermones, y vamos á lo que importa. 
¿Viste al capitán de esa temible banda de foragidos? 

— Le he visto. 

La última pregunta de Armendariz hace de todo punto ne- 
cesaria una explicación. 

Una cuadrilla de bandidos, capitaneada por un hombre fe- 
roz y sanguinario, hacia pocos dias había sentado sus reales 
por aquellos contornos, y sus continuas correrías hablan lie- 



660 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

vado el pánico á los sencillos habitantes de aquellas co- 
marcas. 

En vano habia tomado providencias la chancillería de Gra- 
nada á fin de estirpar á los malhechores que asolaban el país. 

Estos, protegidos como siempre en Andalucía por los mis- 
mos cortijeros, burlaban las pesquisas de sus perseguidores. 

Tan pronto como Armendariz tuvo conocimiento de la lle- 
gada de los bandoleros, concibió el proyecto de utilizar los 
servicios de aquellos desalmados á fin de poder realizar con 
su ayuda el vehemente deseo de vengarse de su enemigo. 

Primero pensó presentarse ante la cuadrilla y por medio 
de un golpe de audacia supeditarla á su mando, mas luego 
la reflexión le hizo ver los innumerables obstáculos que ha- 
bían de oponérsele y desistió por entonces de aquella idea. 

Mas tarde se decidió á entablar negociaciones con el feroz 
bandido que capitaneaba á sus compañeros, y á este fin el 
mismo día á que nos referimos en este capítulo, dio sus ins- 
trucciones á Campillo, y éste, aunque haciéndose violencia, 
se dispuso como lo hacia siempre, á cumplir la voluntad de su 
señor. 

El fiel criado salió de la venta, y como quiera que ya esta- 
ba informado del punto donde solían permanecer los bandi- 
dos, dirigióse hacía aquel sitio. 

Apenas entrado en el espeso pinar denominado del Monte, 
detuvo su paso al herir sus oidos un ronco acento que le 
gritó : 

—¡Alto! 

Como surgido de debajo de la tierra, presentóse delante de 
Campillo un hombre de feroz aspecto. 

—¿Qué buscas aquí? 

—A tu capitán— contestó con imperturbable tranquilidad 
Campillo. 

—¿Y qué tienes tú que hablar con Malasangre? 

—Esa es cuenta de él y mía, pero no tuya. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 661 

— Y si yo te hospedara una bala en mitad del corazón ¿de 
quién seria cuenta? 

— Tuya y del diablo, pero en el caso de realizar tu intento, 
podrías malograr el buen negocio que vengo á proponer á tu 
jefe. 

— Eso ya es otra cosa, tratándose de negocios no he dicho 
nada. 

El bandido aplicó un silbato á sus labios y lo hizo sonar de 
un modo especial. 

No tardó en presentarse otro individuo de la misma ca- 
tadura. 

—¿Qué ocurre, Bigo tazos?— dijo el recien llegado dirigiendo 
una fiera mirada á Campillo. 

— Acompaña á este chalan á la presencia de Malasangre: 
parece que tiene que proponerle un buen negocio. 

— Echa á andar pues. 

Campillo siguió al bandido, y cortos momentos después 
llegaron ambos al sitio donde se hallaba Malasangre jugando 
á los dados con algunos de sus subordinados. 

— Allí le tienes—dijo señalando el grupo donde se encon- 
traba su capitán. 

— ¿Quién de vosotros es Malasangre? — preguntó audaz- 
mente Campillo. 

—¿Qué me quieres?— contestó con bronca voz poniéndose 
de pié un hombre de elevada estatura y atléticas proporciones. 

—Quiero hablar contigo. 

—Echa ya por esa boca. 

— No puedo, en tanto que no estemos solos. 

— ¡Ea, holgazanes! despejad el campo; ¿no habéis oido que 
este hombre ha de hablarme á solas? 

Refunfuñando obedecieron la orden de su capitán los in- 
dividuos que se hallaban en aquel sitio. 

Malasangre tomó asiento en el tronco de un árbol, y revis- 
tiendo su voz de cierta autoridad, exclamó: 



662 LOS CABALLEROS DEL A»40R. 

—Sepamos lo que quieres. 

—Vengo á hablarte de parte de mi señor. 

— ¿Quién es, y cómo se llama? 

—Eso te lo dirá él mismo, no estoy yo autorizado para 
tanto. 

—¿Y qué pretende el hombre é quien sirves? 

— Hablar contigo á solas y fuera de este sitio. 

—Sin duda que tú te has figurado que soy yo algún niño 
de teta; tentado estoy á llamar á mi gente para hacerte per- 
near pendiente de la rama de un árbol. 

—Tú harás aquello que mejor te acomode, ¿pero qué logra- 
rás con eso? 

—Quitar de enmedio un espía. 

—¿Supones que yo lo soy? 

—Ello salta á la vista; vienes á proponerme que salga de 
este sitio, y esto es poco menos que pretender que me entre- 
gue á manos de los sabuesos que me persiguen. 

—No es ese mi objeto y te lo probaré. 

—Habla. 

—Mi señor ha de proponerte un negocio que á tí puede 
proporcionarte grandes utilidades, y á él la realización de una 
venganza que proyecta llevar á cabo. Mañana á la caida de 
la tarde te diriges al camino, y te reúnes á mi amo en el sitio 
de los cuatro cruceros; puedes tender la vista á lo lejos, y si 
ves algo que no te acomode, te retiras. 

— Acepto, con una condición. 

—¿Cuál? 

— Antes de ponerme en marcha vendrás tú á este sitio, y 
permanecerás en él, al cuidado de mi gente, hasta que yo re- 
grese. 

— Aceptado— costestó Campillo sin vacilar. 

— Entonces no hay más que hablar; aquí te aguardo. 

Malasangre acompañó á Campillo hasta dejarle fuera del 
pinar. 



LOS C\BALLEROS DEL AMOR. 663 

Armendariz escuchó sin interrumpir la narración que le 
hizo su criado, y cuando aquel hubo terminado, dijo dandi» 
muestras de gran alegría: 

— Veo cercano el dia en que se complete mi venganza. 

—¿Estáis, pues, determinado á ir á ver á Malasangre? 

— Ya sabes que no acostumbro variar de resolución. 

— Por desgracia es verdad. 

— ¡Por desgracia! 

—¿Qué duda tiene de que es una desgracia el persistir du- 
rante tantos años en realizar una serie interminable de ven- 
ganzas? Harto habéis hecho sufrir ya á vuestro enemigo; per- 
donadle ya. 

—¡Perdonarle! seguramente que debes estar loco, cuando 
tal cosa te atreves á decirme. Yo no puedo, ni debo, ni quiero 
perdonar al hijo de aquel que derramó la sangre de mi pa- 
dre, y sea esta la última vez que te atrevas á proponérmelo. 

— Yo, señor 

—Basta; mañana á la hora convenida irás á buscar al ca- 
pitán en tanto que yo te espero en el sitio designado. 

—Está bien. 

—Malasangre ha de quedarme agradecido del regalo que 
yo pienso hacerle, y don Francisco adquirirá el convenci- 
miento de que yo no olvido ni perdono. 

—¿Tenéis algo más que ordenarme? 

— Puedes entregarte al descanso. 

Campillo se retiró. 

Armendariz dejando vagar por sus labios una pérfida son- 
risa, se entregó á sus vengativas reflexiones. 



CAPÍTULO XCIV. 



Proposiciones de Armendfiriz. 



Bien agena estaba Elena de la tempestad que contra su 
ventura estaba formándose. 

Al día siguiente Armendariz y Campillo salieron de la ven- 
ta y se dirigieron hacia el lugar indicado. 

Donde el médico juzgó conveniente, se detuvieron á fin de 
que Campillo fuera á reunirse con los bandidos, quedando 
en poder de ellos, según el convenio que nuestros lectores 
han visto en el capítulo anterior. 

Armendariz se recostó -contra un árbol, mientras su escu- 
dero se adelantaba tranquilamente hacia el punto en que es- 
taba esperándole Malasangre. 

El terreno elegido para la entrevista era una gran llanura, 
pues el bandido, temeroso de que se le tendiese alguna em- 
boscada, habia tratado de asegurarse antes de todo. 
.Así fué que Campillo hubo de andar buen espacio, hasta 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 605 

llegar á un espeso olivar donde se vio detenido por la frase 
sacramental de: 

—¡Alto! 

—Esperando estoy—dijo el escudero. 

Poco después destacáronse del olivar dos bandidos que se 
aproximaron á Campillo, mientras que otro tercero quedaba 
de vigía atalayando todo el campo. 

— Vamos; delante — dijeron los bandidos al criado del 
doctor. 

— Ya debíais haber comprendido—repuso éste tranquila- 
mente—que acostumbro usar de buenos modales, y que no 
me intimidan ni las amenazas, ni los brutales aspectos. 

— ¿Qué quieres decir con eso? 

— Que gastéis mejores modos. 

- ;Por vida del diablo! ¿Querrás acaso darnos lecciones? 

—¿Porqué no? 

—Sino mirara 

Y el bandido amenazó á Campillo levantando el encaro y 
cogiéndole por el cañón. 

Éste palideció de ira. Brillaron sus ojos con un fuego som- 
brío, y quizás se hubiera arrojado sobre el bandido á no es- 
cucharse en aquel momento la voz de Malasangre, que gritó: 

— ¡Eh! ¿Qué diablos hacéis? 

—Ya lo veis — repuso tranquilamente Campillo— vuestra 
gente que se conoce que no está muy bien educada. 

— Calla, y ven aquí— dijo el capitán de aquella turba. 

Poco después el escudero se hallaba cerca de él. 

—¿Y tu amo?— le preguntó. 

—Esperándote como te dije. 

— ¿Estás decidido á quedarte con los mios mientras yo ha- 
blo con tu amo? 

—Ya te lo dije ayer. 

—Te advierto que al menor movimiento que hagas para 
escaparte, será el último de tu vida. 

TOMO II. 81 



6G6 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

— No tengas cuidado; no me escaparé. Lo único que has- 
de hacer es encargar á los tuyos que me traten con alguna 
(X)nsideracion; pues seria fácil que sucediera una desgracia. 
— Me agradas porque eres valiente. 

—Hace tiempo que lo sé— repuso tranquilamente el escu- 
dero. 

—Y si quisieras quedarte para siempre en mi compañía 

— No lo he pensado. 
—Pues piénsalo. 

— Está bien; pero vete, que mi señor debe impacientarse 
ya, y es muy capaz de venir en tu busca. 
— Voy á evitarle ese trabajo. 

Malasangre dio las últimas instrucciones á los suyos, y se 
alejó del olivar. 

Su mirada perspicaz recorrió toda la llanura buscando algo 
que pudiera excitar sus recelos, y cuando se hubo convenci- 
do de que nada habia que excitase sus sospechas, adelantóse 
sin cuidado hasta donde le esperaba Armendariz. 

Gomo habia dicho muy bien Campillo, ya comenzaba á im- 
pacientarse. 

Así fué que al ver que Malasangre se acercaba, se adelantó 
á su encuentro, y le dijo sin preámbulo alguno: 
—¿Eres tú Malasangre? 

—¿Eres tú el que me espera ?~preguntó á su vez el ban- 
dido. 

— Sí, y por cierto que ya me iba cansado de esperar. 
— Poca paciencia tienes. 

—Tan poca que si tardas un cuarto de hora más me planto 
en medio de los tuyos para decirte que no tenias palabra. 

— ¡Rayos del cielo ! Nadie ha podido decir eso todavía á Ma- 
lasangre, ni aun cuando pudiera, ninguno se hubiese atrevido 
á hacerlo. 

—Yo hubiera sido el primero. 

—No te arrendara la ganancia en ese caso. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 667 

— ¡Quién sabe! Pero en fin, como que estás aquí y no es 
cuestión de perder el tiempo en bravatas inútiles, vamos á lo 
que importa. 

—Tu dirás. 

— ¿Estás dispuesto á servirme? 

— Según y cómo. 

—Muy sencillo; se trata de una mujer y un niño y un ca- 
serío que entrar á saco. 

—Prosigue. 

—La mujer y la casa te la dejo, y el niño me lo entregas. 

El bandido se rascó la cabeza, y preguntó después: 

—¿Hay riquezas en la casa? 

— Las bastantes para compensar el peligro que has de 
Correr. 

—¿Es hermosa la mujer? 

— Muy hermosa. 

—¿Hay quien defienda la casa? 

— Un criado viejo y tres doncellas. 

— Ten cuidado si me engañas. 

—¡Qué necio eres! ¿no comprendes que tengo más interés 
que tú en no engañarte? 

— ¿Y si en la casa no hubiera lo que tú dices? 

—¿De qué? 

—De esas riquezas que me pintas. 

— No son riquezas fabulosas, pero sí las bastantes, como te 
he dicho, para pagaros el servicio que vais á hacerme. 

— Pero cuando tú quieres el niño solamente, ese niño debe 
valer mucho dinero. 

—Ninguno. 

—No lo comprendo entonces. 

— Ese niño representa una venganza. 

— ¡Bah! Tontería; no me conviene el negocio. 

Y el bandido volvió las espaldas, alejándose de Armen - 
dariz. 



668 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

Éste palideció intensamente. 

Hubo un momento en que su mano se dirigió al cinto en- 
busca de una de las pistolas que llevaba en él. 

Pero la reflexión le detuvo, y lanzándose en seguimiento 
de Malasangre, le dijo: 

— ¿Dónde vas? 

—A reunirme con los mios—contestó aquél. 

— ¿Es decir que no crees lucrativa mi empresa? 

—No. 

-—¿Y desistes de ella? 

—Desde luego. 

—Alguna razón tendrás. 

—Sí por cierto. 

—¿Cuál es? 

—Que no quiero ser instrumento de tu venganza. 

—¿Cómo? 

—¿No has dicho que ese niño te ha de servir para realizar 
una venganza? 

—Sí. 

— Pues yo no quiero ayudarte. 

—¿Por qué? vuelvo á preguntarte. 

— Porque no me compensa lo que me voy á perder. 

— ¿Estás en tí? 

—Ya lo creo. 

—Pues, francamente, no te comprendo. 

— Uno solo de mis hombres que pierda en la refriega, no 
hay dinero bastante, no digo yo en esa casa, sino en otras de^ 
mayor importancia, para pagar su vida. 

— Y sin embargo, la arriesgas á veces por lanzarte al cami- 
no á desbalijar á un pobre diablo que no lleva ni un ducado 
encima. 

— Hay otra razón también. 

— Explícate de una vez, que si hay medio de entendernos,- 
yo te juro que nos entenderemos. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 6(39 

Malasangre fijó una intensa mirada en su interlocutor. 
Con ella trató de leer hasta el fondo de su pecho. 

Y debió conseguir su objeto, porque dijo: 
—Escucha. 

— Habla — dijo impaciente Armendariz. 

—Supongo que á tu venganza le darás un gran valor. 

— Tanto, queá ella estoy sacrificando mi vida hace muchos 
años. 

—De modo que tú no eres lo que pareces. 

—No. 

—Ya lo he comprendido, y esto presta mayor valor á la si- 
tuación. 

—Te repito que no te comprendo. 

—Más claro, yo con mi gente daré el golpe que pretendes, 
pero todo cuanto encuentre en esa casa, todo ha de ser 
para mí. 

—Ya te lo he dicho; todo menos el niño. 

—No, el niño también. 

— Imposible. 

—Pues busca otro que lo quiera hacer. 

Y de nuevo Malasangre volvió á separarse de su interlocu- 
tor. 

Armendariz vio que se le escapaba la ocasión de las ma- 
nos. 

Hubo un momento en que adivinó la idea del bandido, y 
de nuevo su mano fué á buscar la culata de sus pistolas. 

Pensó que dando muerte á Malasangre, por medio de un 
golpe de audacia podria imponerse á su cuadrilla y llevar á 
cabo lo que se proponía. 

Pero este plan tenia sus inconvenientes. 

Y calmándose, trató de llegar á una avenencia, 
—Pero... escucha, Malasangre— dijo. 

El bandido se detuvo. 
.—¿Qué quieres?— le preguntó. 



670 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

—Que nos entendamos. 

—Bajo las bases que propones, es difícil. 

— No lo creas. 

—Habla. 

—¿Cuánto quieres por ese niño? 

— Al fin has dado en ello dijo. 

—¿Cuánto quieres? 

Malasangre reflexionó. 

—Quiero... quinientos ducados. 

— No— contestó resueltamente Armendariz. 

—Reflexiona... • 

— Nada; no te doy esa cantidad. ¿Crees acaso que soy tan 
necio que no comprenda tu propósito? ¿Acaso supones que 
me faltan medios y valor para llevarlo á cabo sin necesitar 
de tí? 

—¡Rayos y truenos! ¿pues por qué has venido á buscarme 
entonces? Responde. 

—Porque tú tienes ya la gente reunida, mientras que yo 
tendría que esperar á reuniría. 

—Veo que entiendes el negocio. 

—Bastante. 

— ¿Y cuánto me darás tú? 

— En buena ley, te doy bastante con dejarte el botín y la 
mujer. 

— Eso lo adquiero yo en cualquier cortijo que ataque. 

—Ó no. 

—En fin, ¿cuánto me das por el niño^ 

— Doscientos doblones. 

—Poco es. 

— No hay más. 

Tan resuelto fué el acento de Armendariz, que el bandido 
comprendió que no sacaría más partido. 

En su consecuencia, permaneció silencioso breves mo- 
mentos, hasta que dijo por fin: 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 671 

— Está bien; acepto. 

— Ya lo presumía. 

— Dime dónde y cuándo se ha de dar el golpe. 

Armendariz se lo explicó, añadiendo: 

— Sobre todo, te encargo la mujer. Es preciso que la dejéis 
completamente imposible para su esposo. 

— Te comprendo. Mi gente sabe apreciar en lo que verda- 
deramente vale una mujer hermosa. 

— Dos dias que la tengáis entre vosotros es lo suficiente. 
—Está bien. 

—Dentro de tres dias, en este mismio sitio, recogeré el niño. 

— Y me darás el dinero. 

— Convenido. 

Los dos miserables se dieron la mano, y poco después Ma- 
lasangre se reunía con sus compañeros dejando en libertad á 
Campillo. 



CAPÍTULO XCV. 



La, infamia de un perverso. 



¡Cuan agena estaba la esposa de Guevara de la desdicha 
que sobre ella se iba á desplomar! 

Precisamente cuando Armen dariz estaba formando tan 
indignos planes para destruir su reposo y su ventura, ella, 
pensando solamente en su esposo, se congratulaba juzgando 
que no habia de ser larga su estancia en Salamanca y que 
pronto volverla para no separarse de su lado. 

Y contemplaba á su hijo y se sonreía llena de placer en 
sus infantiles gracias, y ya le parecía un siglo el tiempo que 
llevaba separada del hombre á quien tanto amaba. 

Porque Elena habia concretado todo su cariño, toda su 
ventura, su vida entera en su esposo y en su hijo. 

En su casa, como habia dicho muy bien el médico, no ha- 
bia más que dos criadas y un criado, soldado viejo que habia 
acompañado á su señor, lo mismo en Italia que en Méjico, 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 673 

que amaba cuánto él amaba y aborrecía lo que no era del 
agrado de éste. 

La casa solariega de don Francisco de Guevara, mitad 
cortijo y mitad mansión señorial, estaba situada á un extre- 
mo de la población, completamente aislada de las demás. 

Una tapia alta la cerraba por la parte posterior que daba 
al campo, mientras que por la fachada principal, el ancho 
portalón quedaba cerrado por sólida puerta chapeada de 
gruesos clavos y reforzada por el interior con fuertes barras 
de hierro. 

Las ventanas y postigos estaban asimismo perfectamente 
defendidas, y no era empresa tan fácil como parecía entrar 
en el edificio sin tener algún cómplice dentro de él. 

Malasangre, como experto capitán, quiso recorrer antes 
que todo la fortaleza que iba á acometer. 

Para este efecto, perfectamente disfrazado, se dirigió al ' 
caer la tarde hacia la población. 

Pasó y repasó por delante de la casa, dio la vuelta, obser- 
vó las precauciones que se tomaban para cerrar las puertas 
y sacó en limpio que, ó era preciso penetrar en ella á viva 
fuerza, ó buscarse un aliado dentro de ella. 

Lo primero ofrecía graves inconvenientes. 

En primer lugar, daría un gran escándalo, alarmaría la 
población, lanzarlanse en masa contra ellos y podría ser fácil 
que alguno ó algunos sucumbieran en la empresa. 

En segundo lugar, se exponían á que en el tiempo que po- 
dría mediar entre el ataque y la entrada en la casa y la alar- 
ma del vecindario, la dama y su hijo se refugiasen en alguna 
habitación más retirada, para entrar en la cual, hubiera de 
sostener un nuevo ataque, el cual ya no podía tener el carác- 
ter de seguro, porque se verían obligados á combatir con los 
del pueblo que acudirían en defensa de la esposa de Guevara. 

Estas razones le hicieron desistir del ataque á mano ar- 
mada. 

TOMO II, 85 



674 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

Era preciso usar la astucia. 

Era menester buscar un medio para crearse aquel aliado 
que necesitaba. 

Después de haberse orientado perfectamente respecto á la 
disposición de la casa y puertas de entrada, regresó á dónde 
estaba la gente, y durante el camino fué formando su plan. 

Cuando se reunió con sus compañeros, ya habla pensado 
lo que se debia hacer. 

Al dia siguiente llamó á uno de ellos, y llevándosele apar- 
te, le dijo: 

—Oye, tú, Zorro, tengo que darte un encargo de confianza. 

— Ya sabes que todos los que me diste siempre los desem- 
peñé á tu satisfacción y á la mia — repuso el Zorro con suave 
acento, y fijando su mirada recelosa y astuta en el capitán. 

—El que voy á darte ahora es el más grande de cuantos 
has llevado á cabo. 

—Que me agrada ya sin conocerlo. Habla y sepamos lo 
que es. 

—Quiero entrar en una casa que es fuerte, que se cierra 
herméticamente en cuanto se pone el sol, que las puertas y 
las ventanas están barreadas, y que no quiero emplear la 
fuerza para conseguir mi intento. 

— Pues muy sencillo; compra á uno de los criados, y que 
te abra la puerta. 

—Eso seria largo, y yo necesito entrar mañana. 

—Ya es otra cosa. 

—Por eso he pensado en tí. 

— ¿Para que te abra la puerta? 

—Sí. 

—No hay inconveniente si consigo entrar en la casa. 

—Eso es cuenta tuya. 

—¿Es decir que dejas á mi elección los medios? 

—Naturalmente; ya sabes lo que quiero, tú piensa ahora, 
pon en prensa tu magín para que te sugiera la idea salvadora. 



LOS r.AEALLEROS IPEL AMOR. 675 

—¿Cuál es la casa? 
—Está en Cabra. 

— ¡Hola! ¿vamos á meternos en poblaciones importantes? 
Cuidado, Malasangre, en el camino somos los amos; no por 
meternos en poblado vayamos á caer en las garras del lobo. 

—De tí depende. 

— Pues si depende de mí, ya sabes que yo no comprometo 
jamás á los míos. 

—Por eso te he llamado. 

— Díme ahora qué casa es de las de Cabra, la que llama tu 
atención. 

— La de Guevara. 

— ¡Buena es ! Ya tienes razón en decir que se cierrra bien, 
y es sólido todo lo que hay en ella. 

—¿De modo que la conoces? 

—Como te conozco á tí. Cuando era muchacho, más de una 
vez habia jugado en el corral, como que mi tio era criado del 
padre del actual propietario. 

—Mejor que mejor. 

—Pero ya es empresa la que tratas de acometer. 

—Ayúdame tú y venceremos. 

— Dispuesto estoy á ello. 

— Es menester que entres dentro de la casa. 

— Entraré. 

— Y que nos facilites, á tu vez, la entrada. 

— Está bien. 

— Nosotros estaremos desde las once de la noche esperan- 
do tu aviso, por lo tanto, para esa hora tenlo todo dispuesto. 

— Dispuesto estará. 

Y el Zorro se separó de su capitán, que le dijo : 

—Pero, oye, ¿cómo vas á entrar? 

—No lo sé, pero entraré. No me preguntes nada, porque 
en este momento no sé lo que voy á hacer, pero estáte seguro 
que todos entrareis allí mañana por la noche. 



676 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

Malasangre conocía demasiado al Zorro para dudar de sus 
palabras. 

En su consecuencia, dedicóse únicamente á arreglar lo 
más conveniente para la expedición, dando las instrucciones 
necesarias á su gente. 

Aquella tarde presentóse en la casa de Guevara un pobre 
viejo que imploraba la caridad pública. 

La casa de Guevara, aun cuando no era de las más ricas 
de la comarca, estaba abierta siempre para todos los pobres. 

Elena se hallaba en aquellos momentos sentada en el an- 
cho zaguán de la casa. 

— Pasad, buen anciano— dijo al mendigo— recobrad vues- 
tras fuerzas y descansad. 

— i Ay, señora!— repuso éste dejándose caer en un banco- 
he andado tanto que apenas me puedo mover. 

—¡Válgame Dios! ¿Y estáis solo en el mundo? 

— Completamente solo. Tenia una hija que era mi único 
sosten, mi sola esperanza, señora. Dios se la quiso llevar con- 
sigo y me quedé abandonado y desvalido. 

Y el mendigo acompañó estas palabras con algunas lágri- 
mas que acabaron de enternecer á la dama. 

— Tranquilizaos, buen viejo, y puesto que Dios lo ha hecho, 
no hay otro remedio que conformarse con su santísima vo- 
luntad. 

—¡Y si viera su merced cuánto he sufrido desde enton- 
ces!.... 

— ¡Ya lo creo ! 

Elena, conmovida, ordenó que dieran algunas viandas al 
mendigo, le socorrió generosamente, y viendo que se queja- 
ba en tan gran manera del cansancio y del abatimiento pro- 
ducido por él, dijo al criado que le dejase aquella noche dor- 
mir, no precisamente en el pajar q en la cuadra, según cos- 
tumbre de muchas de las personas que suelen echárselas de 
generosas, sino que por el contrario, le ordenó que le dis- 



LOS CABALLEROS DEL AMOR 677 

pusiese una de las habitaciones de la planta baja, donde el 
mendigo pudiese verdaderamente encontrar el reposo de que 
tan necesitado se hallaba. 

Si Elena hubiese sido más suspicaz y no hubiese estado 
tan compadecida de aquel hombre, no habría podido menos 
de sorprenderle la expresión de maligna alegría que brilló en 
su rostro al escuchar la orden anterior. 

Pero esta expresión fué instantánea. 

El brillo de aquellos ojos se extinguió inmediatamente, y 
Elena solo pudo ver en el rostro del anciano mendigo la ex- 
presión del más sincero reconocimiento. 

— Válgame, Dios, señora— exclamó— ¿qué hice yo para al- 
canzar tantas mercedes? 

— No son mercedes el cumplimiento de un deber que todos 
tenemos respecto á ios desvalidos. 

— Si todos le cumplieran 

—Allá se las avengan con su conciencia los que desatien- 
dan la miseria de los pobres. Por mi parte, haré siempre por 
ellos cuanto pueda, educando á mi hijo en este mismo sentido. 

Durante lo que restaba de dia, el mendigo, con una destre- 
za extraordinaria y usando de multitud de subterfugios, se 
enteró de la distribución de la casa, de las entradas y salidas, 
y finalmente de cuanto podia contribuir al mejor resultado de 
la empresa que se trataba de acometer. 

Ni Elena ni las criadas podian sospechar nada y únicamen- 
te el mendigo les inspiró interés y compasión. 

No así el escudero, que como viejo y lleno de experiencia, 
era desconfiado y no hacia más que observar al mendigo. 

Varias veces intentó éste entrar en conversación con él, 
pero siempre la eludia temeroso de comprometerse. 

Y llegó la noche, y al recogerse Elena, encargó nuevamen- 
te á Marcos, que así se llamaba el soldado, que condujese al 
mendigo á su habitación y cuidara de que al dia siguiente al 
marcharse se llevara bien repletas las alforjas. 



G78 LOS CABALLEB08 DEL AMOR. 

Algo refunfuñó el buen Marcos al escuchar tales encargos, 
pero como que anaaba á Elena tanto como á su señor, y sabia 
que la bondad únicamente dictaba todas sus acciones, resig- 
nóse á obedecer no sin jurarse interiormente que por su 
cuenta ternaria cuantas precauciones juzgase necesarias. 

En virtud de esto, cuando dejó el mendigo en la habitación 
que la caridad de su señora le destinara, cerró la puerta, echó 
la llave por la parte exterior y se la guardó retirándose des- 
pués tranquilamente. 

El buen escudero creíase así completamente á cubierto de 
cualquier intentona que pudiese querer realizar algún mal- 
vndo; pero esta tranquilidad hubiera desaparecido si le hubie- 
se sido dable ver la sonrisa que vagó por los labios del mendi- 
al oir cerrar la puerta. 

La ventana que daba á la calle, estaba como todas las déla 
casa, reforzada por la parte interior con un grueso barrote de 
ierro. 

Para mayor seguridad el perno en que la barra encajaba^ 
tenia un candado cuya llave también recogió Marcos. • 

Pero una vez solo el mendigo y convencido de que todo el 
mundo estaba recogido ya, apresuróse á registrar el interior 
de sus ropas y sacó de ellas destornilladores y hierros prepa- 
rados en forma de llaves maestras, así como también una pe- 
queña palanca del mismo metal y una finísima sierra, instru- 
mento de gran utilidad en aquellos momentos. 

En primer lugar aseguróse de que los tornillos de la cerra- 
dura de la puerta podían salir con facilidad, y tomando la 
sierra se dirigió hacia la ventana cuyo barrote trató de cortar 
sin hacer ruido alguno. 

Sacó también de entre su raido traje un reloj que sabe Dios 
á quien habría pertenecido, y mirándole dijo: 

—Todavía tardará Malasangre lo menos una hora en llegar 
por aquí y mucho se puede hacer en sesenta minutos. 

Y con mayor aliento prosiguió su tarea, murmurando: 



L03 CABALLEROS DEL AMOR. 679 

— Si en este negocio no me da el capitán mayor parte que 
á mis compañeros, juro que se ha de acordar de mí. 

Poco después el barrote de hierro estaba cortado y el Zor- 
ro á quien ya habrán conocido nuestros lectores en el supues- 
to mendigo, abrió la ventana. 



CAPITULO XCVI. 



Continuación del anterior. — Consumación de la infamia. 



La calle á que daba la casa de Elena estaba completamente 
desierta. 

El Zorro recurrió con su mirada escrutadora, uno y otro 
lado de ella, y dijo: 

—Nada, todavía no han venido. Antes de ver si es necesa- 
rio facilitarles entrada por aquí, es preciso que nos orien- 
texnos respecto al estado de la puerta. 

Y haciendo jugar diestramente el destornillador, la puerta 
de su aposento quedó franca, y el bribón hallóse en un mo- 
mento en el ancho zaguán de la casa. 

Todas las precauciones del buen Marcos habían quedado 
por tierra. 

La astucia y la precisión del bandido, inutilizaron por 
completo sus propósitos. 

El Zorro, después que se hubo asegurado de que nadie le 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 681 

observaba, adelantóse con precaución á la puerta que daba á 
la calle, y comenzó á tentarla hasta encontrar las barras que 
la defendían. 

Marcos había usado en ésta de las mísnnas precauciones 
que puso en práctica en la ventana del aposento. 

— Pues, señor, no hay más remedio que hacer con ésta lo 
mismo que con la otra — murmuró el Zorro. 

La operación era más difícil, y habla de llevarse más tiem- 
po porque las barras eran más gruesas; pero felizmente, co- 
mo estaban cruzadas y la una aseguraba á la otra, cortada la 
de encima, quedaba libre la de abajo. 

Una vez esta operación practicada, el Zorro volvió de nue- 
vo á la ventana del aposento que se le había destinado, y 
murmuró: 

— Ahora, ya deben estar aquí. 

Efectivamente, una vez que se hubo asomado á la reja, 
imitó con una destreza tal el canto del mochuelo, que difícil- 
mente hubiera podido nadie hacer la distinción que realmen- 
te existia. 

Inmediatamente otro canto semejante respondió al suyo. 

— ¡Ya están aquí!— dijo el bandido. 

Y entonces lanzó un silbido agudo, y momentos después 
un hombre presentábase en medio de la calle. 

El Zorro llamó su atención, y un momento después hallá- 
base junto á la ventana. 

— ¿Qué hay. Zorro?— preguntó el recien llegado. 

— ¿Qué hay, SaoHstan? —preguntó el primero, reconocien- 
do al que acababa de hablar. 

— Que ya estamos aquí. 

— ¿Cuántos venís? 

—Todos. 

— ¿Cómo todos? 

—Gomo lo oyes. El capitán no ha querido dejar nada al 
azar, y ha traído aquí toda la partida. 

TOMO II. 86 



C82 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

—¿Dónde está el capitán? 

— Allí, detrás de aquella casa, y él es quien me ha enviado 
para que hable contigo. 

— Dile que es menester que se aproxime. 

— Pero si él quiere saber. . 

—Todo ha ido bien ; pero dile que venga. 

El bandido se retiró, y momentos después, Malasangre se 
acercaba á la ventana. 

— Te he llamado— dijo el Zorro— porque no hay necesidad 
de que entre toda la partida. 

—Necio!— repuso el capitán— ¿crees que yo necesito tus 
Gvisos para saberlo que tengo que hacer? 

— ^Como el Sacristán me ha dicho que habeisvenido todos.... 

—Naturalmente; necesito tener completamente vigilados 
los alrededores, porque si nos sorprendieran.... 

—Comprendo. 

— ¿Tienes franco el paso? 

—Sí. 

—¿Por dónde entrarnos? 

— Por la puerta. 

—¿Tienes las llaves? 

— No, pero tengo las mias. Podéis venir cuando queráis. 

Malasangre se separó déla puerta, y el Zorro salió del 
aposento lanzándose hacia el portal. 

Poco después estaba en la puerta. 

Con mano ejercitada introdujo en la cerradura las llaves 
maestras de que iba prevenido, y un momento después la 
puerto giraba rechinando sobre sus goznes. 

Pero en el mismo momento el Zorro exhaló un grito y ca- 
yó al suelo como una masa inerte. 

— I Ah ! traidor! — dijo Marcos,— pues él era, que sospechan- 
do y receloso, parecióle entre sueños percibir algún ruido, y 
levantándose de la cama tomó su arma y bajó á recorrer la 
casa. 



LOS CABALLEROS i>íiL AMÜR. 683 

Precisamente llegó al portal en el momento en que el ban- 
dido abría la puerta á sus compañeros, y comprendiendo la 
traición y desesperado por no poder impedirla, al menos 
trató de castigarla. 

Puñal en rnano acometió al Zorro, y este, que se hallaba 
completameiite desprevenido, recibió el golpe en mitad del 
corazón. 

Malasangre y los suyos, que estaban ya en la puerta, ai 
escuchar el grito y percibir la caida del cuerpo de su compa- 
ñero, comprendieron lo que habia, y en un momento, á la 
par que impedían que Marcos cerrase la puerta, le rodearon, 
y antes de que él pudiera defenderse se vio cercado, desarma- 
do y herido mortalmente. 

Malasangre dijo á los suyos: 

— La boca ai momento para que no hable. 

Y efectivamente, una mano grosera se apoyó sobre los la- 
bios de Marcos, mientras que la aguda hoja de un puñal pene- 
traba en su pecho. 

A esta siguieron otras, y cuando Malasangre juzgó que ei 
escudero estaba muerto, dijo : 

— Arriba todo el mundo y cuidado. Tú, Sacristán, quédate 
en la pueria. 

Los bandidos iban provistos de linternas sordas, pues 
Malasangre, con una previsión a toda prueba habia procura- 
do que nada faltase por lo cual se pudiese malograr la em- 
presa. 

Elena y las doncellas sorprendidas en medio de su sueño 
no pudieron oponer resistencia alguna. 

Los bandidos se esparcieron por toda la casa, y ei saqueo 
y la deshonrra dejó sus terribles huellas impresas en aquel, 
momentos antes pacífico y tranquilo hogar. 

La brutalidad de aquellos miserables fué tal, que ia des- 
venturada Elena quedó desmayada sin tener casi la concien- 
cia de lo que á su alrededor pasaba. 



684 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

Su hijo fué arrebatado de sus brazos, y cuando los bandi- 
dos dejaron ultimada su obra á satisfacción de su jefe, éste 
ordenó la retirada. 

Los primeros resplandores del alba comenzaban ya á ilu- 
minar las calles del pueblo, cuando toda la partida ganaba el 
olivar donde parece que tenian establecido su cuartel ge- 
neral. 

Entretanto las gentes del pueblo habíanse ido levantando 
para dedicarse á sus faenas agrícolas, y los primeros indivi- 
duos que pasaron por delante de la casa de Guevara se aper- 
cibieron de que la puerta estaba abierta, y que en el zaguán 
habia dos hombres tendidos. 

Inmediatamente corrió la voz, entraron en la casa, y el 
cuadro que á su vista se ofreció fué terrible. 

Las dos criadas estaban muertas, y Elena continuaba des- 
mayada. 

Cuando volvió en sí, merced á los auxilios de las personas 
que fueron llegando sucesivamente, miró á todos lados llena 
de espanto. 

Frases incoherentes se escaparon de sus labios, y final- 
mente al fijar sus ojos en la cuna vacía de su hijo, lanzó un 
grito desgarrador y volvió á perder el sentido. 

Cuando tornó á la vida fué para perder la razón. 

Al dia siguiente, Armendariz, que ya sabia lo ocurrido, 
puesto que tanto él como Campillo habían estado en la pobla- 
ción confundidos entre los grupos que constantemente ro- 
dearon la casa durante la mayor parte del dia, se dirigió hacia 
el sitio en que estaban los bandidos. 

Una vez cerca del olivar, el vigía que estos tenian por 
aquella parte le intimó que se detuviera. 

~Dí á tu capitán— repuso Armendariz— que aquí está la 
persona que espera. 

— Poco después el médico estaba en presencia del capitán. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

—¿Vienes dispuesto á cumplir tu palabra? le preguntó 
Malasangre. 

—Nunca falto á ella. ¿Dónde está el niño? 

— Por ahí está durmiendo bajo un árbol. 

— Tráele. 

—¿Traes el dinero? 

—Sí. 

—De ese modo nada tengo que decir, aun cuando debia 
hacerte pagar la vida del compañero que ha quedado muerto 
allí. 

—Prevenido venia para ese caso, y aquí tienes cien duca- 
dos más por esa vida. 

—Veo que entiendes los negocios. 

—No necesitaba tu aprobación para saberlo. 

Malasangre se mordió los labios, y separándose algunos 
pasos del sitio en que estaba, volvió á los pocos instantes tra- 
yendo consigo al niño de Guevara. 

— Toma y daca— dijo. 
—Ahí tienes. 

Y Armendariz arrojó en tierra una bolsa bien repleta que 
el bandido se apresuró á coger. 

—Espera y contaré— dijo. 

—Cuenta en buen hora. 

El médico se apoderó del niño, que seguía durmiendo, y 
contempló tranquilamente á Malasangre que contaba las mo- 
nedas de oro. 

— Está bien— dijo éste. 

— Entonces, adiós. 

—Debo decirte que tu encargo se ha cumplido á concien- 
cia. Aquella mujer ha quedado imposible para su marido. . 
— Lo sé. 

Y Armendariz, tras esta lacónica respuesta se separó de su 
Interlocutor, reuniéndose poco después con Campillo, que 
tenia dos caballos del diestro. 



LOS CABALLEUOS DEL AMOR. 



—Al fln realicé lo que quería!— dijo con una expresión de 
^ozo feroz. 

—¡Pero cuánto os ha costado! — repuso el criado. 

—Diez años de mi vida, veinte que hubieran sido necesa- 
rios, diéralos gustoso por el placer que siento pensando en 
el dolor que ese hombre ha de experimentar. 

Campillo no contestó una palabra, y montó á caballo si- 
guiendo á su amo, que se alejó á buen trote de aquel sitio. 

Entretanto, don Francisco de Guevara estaba bien ajeno 
del terrible golpe que acababa de asestarle su miserable ad- 
versario. 

Todo su afán era llegar á Salamanca, dejar a su hijo bien 
recomendado á un antiguo compañero suyo que allí residía, 
y regresar inmediatamente á su casa, donde el amor de su 
mujer y de su otro hijo le estaban llamando. 

Sin embargo, sin que pudiera explicarse la razón, era la 
verdad que caminaba preocupado, y que muchas veces Luis 
tenia que decirle: 

—¿Pero qué tenéis, padre mío? ¿qué inquietud os agobia? 
¿qué pesar os mortifica, que pasáis horas enteras sin decirme 
una palabra? 

Don Francisco entonces alzaba la cabeza, procuraba son- 
reír, y decia: 

— ¡Gá, hombre! no tengo preocupación alguna, estoy agi- 
tado, inquieto, sin saber por qué. 

— Pues esa agitación para la cual no tenéis motivo alguno, 
es la que yo quiero que evitéis. 

Guevara se sonreía, mas sin embargo continuaba con la 
misma preocupación y el mismo abatimiento. 

Y este creció de punto cuando estuvieron en Salamanca. 

No veía el momento de volver á su casa, y precisamente 
ia.víspera del día en que se iba á poner en camino, recibió 
una carta que le enviaba su familia, dándole cuenta de lo 
ocurrido, y pintándole la necesidad de su inmediato regreso. 



LOS CABALLEROS DFX AMOR. 687 

— i Oh! ¡Bien me lo estaba anunciando el corazón I 

É inmediatamente se puso en camino, y al llegar á su casa, 
al ver el estado de Elena al referirle lo que habia ocurrido 
por lo que pudo presumirse por el estado en que se encontró 
á la infeliz, aquel hombre sintió que su corazón se desgar- 
raba, y habria sucumbido quizás á no contenerle el recuerdo 
de su otro hijo. 

Dos dias llevaba de estancia en Cabra, cuando recibió una 
carta cuya letra le hizo estremecer. 

La habia visto en circunstancias bien terribles para él. 

Era de Armendariz, y decía así : 

«Ya has visto cómo cumplo mis palabras. Tu mujer ha 
quedado completamente imposible para tí. Tu hijo muerto, 
tu casa saqueada, tu mujer deshonrada y loca, deben probarte 
que mi venganza ha sido completa. 

»Sin embargo, no está satisfecha todavía, y dia llegará en 
que recibas un nuevo golpe más formidable que los que aca- 
bas de sufrir, obra única y exclusiva de tu enemigo, á quien 
llamabas en otro tiempo el hechicero, y que gracias á su 
ciencia, ha podido permanecer cerca de tí espiándote sin que 
conocieras que bajo su disfraz se ocultaba el implacable 

Armendariz.» 



CAPÍTULO XCVII. 



LsL terminación de la historia. 



Excusado es decir el efecto que la carta anterior produjo 
en Guevara. 

Hacia tiempo que no habia vuelto á recibir noticia alguna 
de aquel miserable. 

Juzgábale ya olvidado tal vez, cuando al reaparecer de 
aquella manera, se habia presentado mucho más terrible y 
mucho más infame que nunca. 

Don Francisco creyó morir de desesperación, porque 
cuantas diligencias practicó para encontrar á aquel hombre, 
fueron lo mismo que hablan sido en otro tiempo, completa- 
mente inútiles. 

Entonces desesperado, sin vínculo alguno que le sujetase 
en aquel país, siéndole por el contrario odiosos todos los lu- 
gares que le recordaban la presencia de Elena, los abandonó 
tan luego falleció ésta, que fué á los pocos meses de haber él 
regresado de Salamanca. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 689 

Era demasiado poderosa la impresión que la infeliz esposa 
habia recibido, y tras de la peturbscion de sus sentidos, vino 
el aniquilamiento, digámoslo así, de la materia, y la desdicha- 
da sucumbió en medio de los mayores sufrimientos. 

Entonces Guevara se marchó para siempre de aquel 
país. 

Su hijo ignoró por el momento los terribles incidentes que 
habían tenido lugar en su casa. 

Continuó sus estudios en Salamanca, mientras su padre 
iba á buscar la muerte en las guerras que tuvieron lugar du- 
rante los primeros años del reinado de Carlos III. 

Donde quiera que estuvo, siempre tuvo presente la ima- 
gen de Armendariz, y hubiera dado gustoso la vida por poder 
dar la muerte al que tan desgraciado le habia hecho. 

Pero ni pudo encontrar lo que deseaba en el campo de ba- 
talla, ni tampoco la casualidad le hizo tropezar con su ene- 
migo. 

Cansado de pelear, enfermo de cuerpo y enfermo de alma, 
llorando siempre á aquellas dos mujeres á quienes tanto ha- 
bia amado, y á aquel hijo víctima inocente de la venganza de 
un malvado, pues él suponía que su hijo segundo habia 
muerto, regresó á Cabra, donde se halló su pobre hacienda 
destruida, y por todo porvenir para su vejez la miseria. 

Reunido con su hijo Luis, gallardo mancebo, más apto pa- 
ra dar estocadas que para seguir la carrera de las leyes, re- 
cordó que tenia muy antiguas relaciones con varios nobles 
que en la corte disfrutaban de gran influencia, y allá envió á 
su hijo recomendándole eficazmente. 

En los primeros capítulos de nuestra obra, vimos ya que 
don Luis supo abrirse paso, y que el monarca y Floridablanca 
le distinguieron con su aprecio, devolviéndosele algunos 
bienes y un título que otro monarca habia quitado á uno de 
sus antepasados. 

Tal fué la h'storia que el conde de Fuentidueña, ó sea 

TOMO II. 87 



690 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

nuestro antiguo conocido el perfumista Zarini estuvo leyendo- 
con atención extraordinaria durante un buen espacio. 

Cuando hubo concluido, no pudo menos de murmurar: 

— ¡Oh! qué horrible es todo esto! ¡pobre don Francisco de 
Guevara! ¡cuánto ha debido sufrir! Y la verdad es que toda- 
vía queda una semilla tremenda de la venganza de Armen- 
dariz. Ese hijo de don Francisco, ese hermano de don Luis, 
nutrido en el odio y en el aborrecimiento hacia los suyos, 
puede ocasionar desgracias que aterren doblemente por los 
vínculos que unen á los que hoy representan ese antagonismo 
que dividió á Guevara y Armendariz. Ignoro qué he de decir 
á ese escudero cuando venga á pedirme mi parecer, porque 
es en verdad comprometida su situación. 

Y Zarini, más preocupado que habia estado nunca por la 
propia venganza, estúvolo por la agena. 

Cuando Campillo se presentó en su casa, le dijo: 

—¿Sabes, amigo, que la tal historia de tu amo, es ni más 
ni menos que la historia de un gran bribón? 

— Razón tenéis, señor; pero á pesar de eso debéis recordar 
que yo le debo la vida, y con todos sus defectos y todos sus 
crímenes le he amado siempre y hoy le recuerdo con tristeza. 

—Eso habla bastante en tu favor y te recomienda para 
todo. 

—¿Qué opinión habéis formado de esos ligeros apuntes es- 
critos por mí?— preguntó Campillo á quien lo que más inte- 
resaba era aquello. 

—Que en ellos se encierra una historia de crimen. 

— Sí, eso ya lo sé. 

— Antes de todo, contéstame á una pregunta. 

—Decid, señor. 

—¿Dónde estuvisteis desde que os fuisteis con el hijo de 
Elena? 

— En Holanda y en Suecia. 

—i Diablo si os fuisteis lejos! 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 691 

— Era el único medio de salvar la piel, pues Armendariz 
sabia de sobra lo que valia Guevara y le tenia miedo, aun 
cuando aparentaba otra cosa. 

— Lo comprendo. 

—Guevara le hubiera buscado por todas partes y habria 
concluido por encontrarle finalmente, permaneciendo en Es- 
paña. 

— ¿Y qué hicisteis de aquel niño que robasteis? 

—Perdonad, señor, que no fui yo. 

—Escucha; tan criminal es el que lleva á cabo un crimen 
como el que ayuda á su perpetración ó lo encubre. 

—Tenia tanto que agradecerle 

— Esa razón podrá atenuar algún tanto tu culpa, pero no te 
exime de ella. 

—Cierto, cierto. 

— Y supongo que habéis criado á ese niño como si fuera 
hijo de Armendariz. 

— Sí, señor. 

— ¿Noticiándole el odio que el médico preparaba á su 
amigo? 

— Justamente. 

— Ya comprendo la idea que se llevaba en ello. 

— Idea horrible que jamás he podido quitar de su cabeza. 

—Es decir que ese mancebo aborrecerá á su hermano. 

— Con un aborrecimiento mayor que el de la persona que 
le ha criado, porque tiene toda la vehemencia de pasiones de 
los Guevaras y el odio se las ha aumentado. 

Zarini quedóse pensativo un momento. 

— ¿Qué pensáis que debo hacer, señor? — dijo. 

— ¿Fiastes á tu amo guardar ese secreto? 

— Sí, señor. 

— Te exigirla él semejante juramento, ¿no es así? 

—Así fué. 

—Ya se ve; temerla que tu conciencia destruyese su obra. 



692 LOS CABALLEROS OKL AMOR. 

—Tentado estuve muchas veces de hacerlo, y por esa razón 
á fin de ajusta r mi conducta de un modo positivo á lo que la 
prudencia ordene, es por lo que he venido á consultaros, ha- 
ciéndoos leer ese manuscrito en el que están consignados 
multitud de incidentes desconocidos de todo el mundo. 

— Difícil es el consejo que me pides. 

— Pero vos tenéis más experiencia, estáis más ducho en 
lances de este género; conocisteis á mi señor en Italia, y po- 
déis aconsejarme de manera que mi conciencia se satisfaga. 

—Obedeciendo á los impulsos de mi corazón te aconseja- 
rla de un modo, pero tenieado en cuenta la inviolabilidad de 
un juramento no me atrevo á resolver de un modo tan abso- 
luto. 

—Pero ved que se trata de un crimen. 

— Mirarlo debiste antes cuando cometiste otro. 

— La gratitud cerraba mis labios. 

—Pues el perjurio no debe abrírtelos hoy. 

—¿Eso decís, señor? 

—Faltarías á tu conciencia y á tu deber. 

— Pero 

— Me pides mi opinión y te la doy. 

— ¿Es decir que me condenáis?.... 

— Al mismo suplicio que tú te impusiste ya. 

Reinaron algunos momentos de silencio. 

Campillo sentía aumentar su angustia. 

Creyó que el conde de Fuentidueña, en cuya experiencia 
fiaba, desatase, digámoslo así, su lengua. 

Pero en vez de esto exhortábale á callar; le hablaba de de- 
beres, cuando él hubiera querido precisamente eximirse de 
estos mismos deberes. 

Y en tan gran manera expresó su rostro la contrariedad 
que experimentaba, que el mismo Fuentidueña hubo de ad- 
vertirlo, y le dijo: 

—¿Parece que te sabe mal lo que te he dicho? 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 693, 

— Francamente, señor, ¿por qué os lo he de ocultar? 

—Un medio tienes para transigir, digámoslo así, con tus 
deberes y con tus sentimientos. 

—Decid. 

—¿Quieres evitar el encuentro de esos dos hermanos? 

—Sí, señor. 

—Pues bien, llévate de España ese mancebo. 

—¿Pero no seria mejor hacerle comprender los vínculos 
que le unen á don Luis? 

— ¿Crees acaso que el mal no es ya demasiado profundo? 
¿Crees que con eso evitarlas el odio y el aborrecimiento que 
se profesan esos dos hermanos? 

— Si de ese modo lo miráis 

— Campillo, conozco más que tú el corazón humano, y 
cuando el veneno de la envidia y del odio se ha inoculado en 
él del modo que sucede en el de ese mancebo, no hay medio 
ya de curarlo. 

—Pero es horrible lo que decís, señor. 

—Todo lo horriDle que tú creas; pero no por eso es menos 
verdad. 

—¿Y juzgáis que la ausencia?.... 

—Es el único remedio para evitar ulteriores males. Es muy 
mancebo todavía el hijo de Armendariz; tal vez la presencia 
de objetos nuevos, quizás algunos amores, cosa muy común 
en la gente moza, le distraigan, y sin esfuerzo por tu parte 
consigas el objeto que te propones. 

— Mucho lo dudo. 

— Me has pedido mi opinión, y te la doy. Ahora fuera de 
eso, obra como mejor te plazca. 

El escudero permaneció algunos momentos pensativo. 

Al cabo de ellos, dijo : 

— Tal vez tengáis razón. Puede muy bien que ese medio 
propuesto por vos, sea el único que consiga salvar una situa- 
ción, respecto á la que no he podido encontrar solución favo- 



,694 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

rabie; pero comprendo que ese viaje debe emprenderse á 
tierras muy lejanas; es menester que los objetos que vea, le 
seduzcan por la novedad. 

— Marchad á América, puesto que la elección para esos 
viajes depende de tí únicamente, y como que hoy, después de 
lo ocurrido, no tenéis otro remedio que alejaros de España, 
fácilmente puedes llevar á cabo este proyecto . 

—Antes, señor, quiero pediros un último servicio. 

—Habla. 

— Las memorias que habéis leido, deseo que continúen en 
vuestro poder. Quizás la muerte me sorprenda de un momen- 
to á otro, y para el caso de que tal sucediera, os las confio á 
fin de que evitéis la catástrofe, en el caso de que pudiera 
llegar. 

—¿Y no ves, buen Campillo, que yo tampoco soy joven ya? 
¿No ves que el dolor también se ha cebado en mí, destruyen- 
do toda mi energía y todo mi poder? 

— Sin embargo, más fácil es que vos os conservéis que no 
yo, y en último caso, haced de este legajo lo que más os plaz- 
ca; transmitidlo á uno de vuestros amigos, ó dejadle que pe- 
rezca con vos, y yo habré descargado siempre mi conciencia 
de un peso que la abruma. 

— Está bien; acepto ese legajo, y haré cuanto á mi alcance 
esté, á fin de pensar lo que más conviene en el caso probable 
de que yo dejase de existir. 

— Gracias os doy, y puedo aseguraros de que me alejo más 
tranquilo de lo que he estado hasta ahora. 

Efectivamente, Campillo siguió las instrucciones que le 
diera el conde de Fuentidueña. 

Felipe aceptó gustoso la indicación de marchar á América, 
y pocos dias después, consiguiendo burlar las pesquisas de 
los alcaldes de casa y corte y de toda la turba alguacilera 
puesta en movimiento para descubrir al autor de la muerte 
de don Francisco, salieron de Madrid, de donde pasaron á 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 695 

Francia, en uno de cuyos puertos se embarcaron para Amé- 
rica. 

Fuentidueña quedóse con el manuscrito del escudero, y 
como habia dicho muy bien, preocupóle en gran manera lo 
que habia de hacer con él para el caso de que falleciera. 



CAPÍTULO XCVIII. 



Qué hizo el conde de Lazan después que hubo recobrado á su hija. 



En el capítulo LXXVI de este tomo, vimos que el conde de 
Lazan habia conducido á su casa á María, mientras que su 
hijo y el vizconde del Juncal acompañaban á don Luis á la 
suya. 

Antonio, que como sabemos, habíase propuesto seguir á 
su padre y á su hermano, á fin de ver si podía evitar la des- 
gracia que preveía, halló frustradas sus esperanzas, porque 
con la oscuridad de la noche, lo incompleto del alumbrado y 
las precauciones que se veía obligado á adoptar para que no 
le viesen, les perdió de vista. 

Cansóse de dar vueltas caminando á la ventura, y regresó 
á su casa con la esperanza de que tal vez habrían vuelto ya. 

Pero no era así. 

Padre é hijo estaban á la sazón sobradamente preocupados 
con los acontecimientos ocurridos en la casa donde habían 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 697 

ido, y no podían hacerse cargo, con el dolor propio, de la im- 
paciencia que en su casa reinaba. 

Cuando regresó el conde, solo con María, después de pasa- 
dos los prinaeros transportes de alegría entre Luisa, Antonio 
y la hermosa hija del de Lazan, Antonio preguntó á éste: 

—¿Y mi hermano? 

—Ya vendrá después— contestóle el conde secamente. 

—¿Pero don Luis?.... 

—Está herido. 

— ¿Por mi hermano? 

—Sí. 

Y el conde encerróse en una reserva que no pudo menos 
de llamar la atención de Antonio, y que le obligó á no hacerle 
otra pregunta. 

Además de lo que á sus hijos se referia, el incidente de 
doña Catalina, aquella venganza llevada á un extremo tan ter- 
rible por el perfumista conde de Fuentidueña habia acabado 
de abatirle. 

Antonio no insistió en sus preguntas, porque comprendió 
que le mortificaba, y esperó con ansia un momento en que 
poder hablar con María. 

La pobre joven estaba refiriendo á Luisa sus padecimien- 
tos durante el tiempo que habia durado su cautiverio, y des- 
pués exigió que ésta le contase los suyos. 

El conde se retiró á sus habitaciones, y entonces pudo 
Antonio satisfacer su curiosidad. 

— Dime, hermana— exclamó.— ¿Por qué se halla tan preo- 
cupado nuestro padre? ¿Qué ha pasado con don Luis? 

—Cuando yo pude reconocer á mi padre — repuso María— 
ya le encontré presa de una agitación que ha ido en aumento 
desde entonces. 

— Pero si ya te ha encontrado 

— Eso le he dicho yo, preguntándole qué tenia; pero me ha 
dicho 

TOMO II, 88 



698 LOS CABALLEROS DKT, AMOT». 

-¿Qué? 

—Que yo no sabia nada. 

—Vaya una cosa extraña. ¿Y dices que don Luis está he- 
rido? 

— Mi hermano se arrojó sobre él antes de que tuviésemos 
tiempo de impedirlo, y le infirió una nueva herida. 

—¿Grave? 

— Ignoro lo que será, pero el vizconde ha ido acompañán- 
dole, y esperamos su vuelta para conocer la verdad. 

Antonio se dispuso para ir á casa de su amigo, y avisar en 
caso necesario á Vicente y demás compañeros. 

La muerte de don Francisco de Guevara, por sí sola, com- 
prendía que debía haber causado un gran efecto en su hijo; 
con que si se añade la nueva herida recibida por un conva- 
leciente, se comprenderá que no habla de ser muy satisfac- 
torio el estado del joven. 

Así lo comprendió Antonio, y por eso quería dirigirse ha- 
cia su casa. 

Pero cuando iba á salir del aposento, presentóse un criado: 

— ¿Qué hay? — preguntó Antonio. 

— El señor conde, que tengáis la bondad de pasar á sus ha- 
bitaciones. 

— Al momento. 

Y Antonio se dirigió hacia dónde estaba su padre. 
Este se hallaba en un estado de profundo abatimiento. 
Sentado en un sillón con el rostro oculto entre sus manos, 

apenas podía definirse si dormía ó velaba, pues su inmovili- 
dad era completa. 

Y tal debía ser su abstracción, que no se apercibió de la 
llegada de Antonio hasta que éste le dijo: 

—¡Padre mío ! 

Alzó entonces la cabeza y murmuró: 

— ¡ Ah ! ¿ eres tú? me alegro que hayas venido. 

—¿Me necesitáis, padre?— preguntó Antonio. 



LOS CABALLEJOS DEL aWOK. 699 

—Sí; quiero darte un encargo que estoy cierto cumplirás 
exactamente. 

—Podéis estar seguro de ello. 

—¡Hijo mió!— prosiguió el conde— procura siempre obrar 
bien; y ahora que eres joven no trates de crearte espinas que 
puedan herirte en la vejez, 
i Padre ! 

—Todos, todos los pecados de mi juventud, como acusa- 
dores fantasmas están presentándose sucesivamente, y todos 
me agobian y me desesperan. 

Y el anciano conde expresó en su rostro un desaliento 
tal que su hijo no pudo menos de sentirse dolorosamente 
afectado. 

—¡Vamos, padre!— le dijo— dejaos ahora de pensamientos 
que os puedan entristecer. 

— ¡Ay! por desgracia estos pensamientos toman hoy forma 
y cuerpo, y se desarrollan sus proporciones de un modo tal, 
que me aterran cuando me amenazan. 

—Cuidado, padre, no dejéis que se os apoderen de la mente 
esas alucinaciones que pueden seros fatales. 

—No son alucinaciones. 

— Entonces 

—Y ia prueba de ello, es que te llamo para que te encar- 
gues de ver á personas que esta noche se han presentado de- 
lante de mí, produciéndome uno délos dolores más atroces de 
mi vida. 

— Gontadme, padre, contadme lo que ha pasado. 

—Ha sido horrible, Antonio, verdaderamente horrible. 

El joven estaba impaciente. 

Comprendía desde luego que en el abatimiento de su pa- 
dre, en la situación en que se hallaba, debían entrar por mu- 
cho incidentes ocurridos antes de los que María habla pre- 
senciado, y estaba curioso por conocerlos, más que todo por 
si podía prestar algún alivio á aquel anciano. 



700 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

Porque Antonio habia olvidado ya por completo el abando- 
no en que su padre le tuviera; todos los disgustos que habia 
sufrido se borraron por completo de su mente, para no pen- 
sar más sino que aquel anciano era su padre, y que sufria. 

El conde de Lazan le refirió detalladamente las escenas 
que habían precedido á la aparición de don Luis y de María 
con el vizconde del Juncal, hasta llegar al momento en que 
doña Catalina se habia vuelto loca. 

— Hijo mió— prosiguió el anciano— es menester que hagas 
lo que no puede hacer tu padre, ya que estás enterado de 
todo. 

— Decidme lo que deseáis. 

— Que averigües qué ha sido de esa pobre mujer, hija en- 
gendrada en mal hora para ser el postrer cuchillo de mi gar- 
ganta. 

— ¿Y dónde creéis que puedan darme las noticias que de- 
seáis?— preguntó Antonio. 

— Tal vez en la misma casa donde han tenido lugar tan ter- 
ribles dramas, aun cuando mejor te será dirigirte al mismo 
conde de Fuentidueña. 

—¿Dónde encontrarle? 

-—Es verdad; el conde ha permanecido muchos años oculto 
bajo la denominación del perfumista Zarini. 

—He oido hablar de él. 

—Pues bien; ese te podrá decir algo, porque él se ha que- 
dado junto á esa desventurada. 

—Descuidad, que satisfaré vuestro deseo. 

—Gracias, mi noble Antonio, pero te ruego que de nada de 
esto se enteren tus hermanos. Harto he tenido ya que aver- 
gonzarme delante de ellos. 

—No paséis temor. ¿Queréis que vaya ahora? 

—No; avanzada está ya la noche y te expondrías á no en- 
contrar la casa. Mañana tienes tiempo para todo. 

—Así lo haré! 



LOS CABALLEROS DEL AMOR 701 

• ' — Excuso decirte que, como supongo que esa pobre doña 
Catalina por su estado, se verá tal vez abandonada del naar- 
qués del Alcázar, pues á los amantes viejos no les agradan 
las enfermedades que revisten cierto carácter, lo dispongas 
todo de manera que la infeliz no carezca de cuanto le sea ne- 
cesario en su triste situación. 

— Todo cuanto me digáis lo haré, y podéis creerme, padre, 
que si en mi mano estuviera devolveros la tranquilidad que 
lloráis perdida, lo baria, aun cuando hubiera de costarme el 
más grande de los sacrificios. 

— Ya lo sé, hijo mió, ya lo sé, y tu mismo comportamiento 
es un motivo más de remordimiento para mí. 

Poco después entró el vizconde en su casa, de regreso de 
la de don Luis. 

—¿Qué han dicho los médicos? — preguntó su padre al 
verle. 

— Que la herida no reviste carácter de gravedad más que 
por haberse abierto la antigua. 

- Ya es suficiente. Está de Dios sin duda— prosiguió el an- 
ciano—que cuantos pasos doy de algún tiempo á esta parte, 
todos ellos se vuelvan en mi daño. 

—No penséis en eso, padre mió — dijo Antonio, á quien 
realmente estaba afectando el profundo abatimiento y el mal- 
estar de su padre.— Si la intención con que obrasteis obede- 
cía como entonces creísteis, á un deber que como padre te- 
níais, por ningún estilo debe preocuparos lo que podrá haber 
sido una fatalidad, pero en la cual vos no tenéis culpa. 

Lo mismo el vizconde que Antonio, esforzáronse para cal- 
mar los dolores de aquel pobre anciano, á quien los desacier- 
tos de su vida parecían habérsele reunido en un momento 
determinado para desplomarse sobre él y aturdirle, digámos- 
lo así, con su inmensa pesadumbre. 

Antonio dirigióse á cumplimentar los deseos de su padre^ 
al día siguiente, conforme habían quedado. 



703 LOS CABALLEROS DEL AMOB, 

Comprendiendo que realnnente lo mejor que podia hacer 
era dirigirse al perfumista, puesto que como su padre le ha- 
bía dicho, él era quien se habia quedado en la casa cuando 
ellos salieron de ella, hízolo así, y en poco tiempo se encon- 
tró en la morada del susodicho sugeto. 

También Zariní, de la misma manera que le pasara al 
conde, llevóse aquella noche completamente en claro, ha- 
ciéndose la misma pregunta que en otra ocasión le escucha- 
mos ya: 

«¿Habría llevado acaso más lejos de lo que debía su ven- 
ganza?» 

La misión de Antonio cumplióse inmediatamente. 

El conde de Fuentidueña ó Zariní habia recogido á doñs^ 
Catalina, y comprendiendo, sin duda, que él únicamente ha- 
bia sido el autor de aquella catástrofe, habíase propuesto en 
expiación sin duda de su culpa, consagrarse exclusivamente 
al cuidado de aquella mujer. 

En vano Antonio alegó los derechos de su padre; Fuenti- 
dueña se mantuvo firme constantemente sin acceder por 
ningún estilo á los deseos manifestados por Antonio, y éste 
no tuvo otro remedio que regresar al lado de su padre, ha- 
ciéndole presente que no debía pasar cuidado alguno por la 
dama, toda vez que Fuentidueña se encargaba no solamente 
de ella sino de darle al conde cuantas noticias pudiese apete- 
cer referentes á su estado. 

Nosotros lo dejaremos en este punto á fin de ocuparnos de 
otros personajes no menos importantes de nuestra obra, y de 
los cuales hace ya tiempo que no hemos hablado. 



CAPÍTULO XGIX. 



Donde volvemos á tropezdr con G-arcia. 



Érase el anochecer de un día del mes de Diciembre, poco 
antes de los últimos sucesos. Acababan de dar las oraciones 
en las iglesias, capillas y conventos que entonces poblaban 
la coronada villa. A aquella hora, y en aquella época, los pa- 
cíficos madrileños comenzaban á dejar sus habituales ocupa- 
ciones, y áretirarse á sus respectivas moradas en busca de la 
cena que nunca acostumbraba servirse más tarde de las ocho, 
cuando se oia el toque de ánimas. 

Desde las seis á las siete, se acostumbraba ver en las calles 
afluyentes á la Puerta del Sol, numerosa concurrencia por la 
causa arriba expresada; pero en dando las siete, todo volvía á 
su estado normal, es decir: las calles empezaban á estar de- 
siertas; solo se veia alguno que otro transeúnte que apresu- 
radamente ganaba su domicilio; los cofrades del Pecado 
mortal, que iban entonando sus saetas; tal cual coche que 



704 LOS CARAl LEHOS DRL AMOR. 

pausadamente y revolviendo con trabajo las esquinas á cau- 
sa de su mucha balumba y pesada mole, llevaba ó traia á sus 
encopetados dueños de una á otra visita ó á sus casas; los fa- 
roleros que aun no habían acabado su cometido de encender 
los problemáticos faroles que pretendían dar luz á la capital, 
y alguna devota que iba á renovar el aceite de los farolillos 6 
lámparas que ardían ante las imágenes de los retablos de su 
mayor devoción, que habia en las calles. 

En ]a noche á que nos referimos, Madrid tenia otro aspecto. 

En las calles Mayor, del Arenal, Platerías, de la Almudena, 
cuesta de Santo Domingo, y en fin, en todas las afluentes al 
Palacio Real, se veía gran gentío. 

La Puerta del Sol, las calles de Carretas, Montera, Alcalá, 
Carrera de San Jerómino, Preciados, del Carmen y todas las 
que allí converjen, estaban intransitablespor la concurrencia 
que por ellas pululaba. 

¿Qué sucedía para que los madrileños estuvieran á aque- 
llas horas /ííera de casa? 

¿Se preludiaría algún motín? 

De ningún modo. La gente discurría lentamente, en pe- 
queños grupos, hablando entre sí con viveza, pero sin levan- 
tar la voz. Hasta parecía que trataban de amortiguar el ruido 
de sus pisadas. 

Las patrullas de guardias españolas y walonas que discur- 
rían por los calles, cumpliendo su cometido de vigilar por la 
conservación del orden, no eran más numerosas ni mayores 
de lo que solían ser de ordinario, y en su aspecto tranquilo 
y confiado se veía claramente que nada temían de la mul- 
titud. 

De cuando en cuando se veía. bajar por la calle del Arenal 
en dirección á la Puerta del Sol ó al prado de San Jerónimo, 
algún coche que por la librea de los lacayos se veía pertenecía 
á la casa real ó á algún grande de España, que con toda la 
velocidad que las calles y el vehículo permitían, pasaba entre 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 705 

la multitud que apresuradamente le abría camino dirigiendo 
á él con ansiedad sus miradas, y que después de verle pasar 
quedaba haciendo comentarios. 

Algo muy grave debia ocurrir, y efectivamente, un acon- 
tecimiento de una importancia trascendental para todos los 
españoles comenzaba á tener lugar. 

Desde las cinco de la tarde, toda la facultad de Medicina de 
la Real Gasa, habia sido llamada á Palacio. 

El rey Garlos III, se decia que estaba gravemente enfermo. 

En aquel entonces, tal noticia, por sí sola, ya era un acon- 
tecimiento. 

A averiguar, pues, lo que tuviese de verdad, echáronse los 
madrileños, y aquí tenemos explicado el inusitado movimien- 
to que se veía en las calles de la coronada villa. 

Entre los varios grupos que, desde la Puerta del Sol, por la 
calle del Arenal se dirigían á Palacio, hubiera llamado la 
atención de cualquier observador, un hombre que embozado 
hasta la nariz y caído el sombrero de anchas alas hasta los 
ojos, seguía el paso de la muchedumbre con visible impa- 
ciencia, que no hablaba con nadie, que ni preguntaba ni con- 
testaba á las preguntas que algún curioso le hacia, limitán- 
dose solo á seguir su camino y observar el aspecto de los 
grupos y en particular el de determinadas personas que, por 
razones que él sin duda sabría y nosotros ignoramos, le lla- 
maban la atención. 

Iba nuestro hombre por la acera izquierda de la calle y es- 
taba ya á la altura de la Escalerilla, cuando subió por esta y 
vino á dar de manos á boca con él otro hombre que, por la 
traza, pretendía dirigirse á la Puerta del Sol. 

Entre ambos se cruzó una recíproca mirada y de ambos 
escapó una exclamación, de sorpresa en el uno, de satisfac- 
ción en el otro. 

El que acababa de aparecer, se dirigió al otro resueltamente 
y con tono breve, seco é imperioso, le dijo: 

TOMO II. 89 



706 LOS CABALLEROS DBL AMOR. 

— Sigúeme. 

Y echó á andar por una calle de travesía. 

El primer incógnito no esperó á que le repitiesen la orden; 
le siguió. 

Cruzando varios callejones y, de seguro, sin más rumbo 
que el de evitar la gente, anduvieron el uno del otro en pos 
por espacio de un cuarto de hora. 

Al fin, en una calle desierta y delante de una casa, á tra- 
vés de cuya puerta entreabierta se veia luz, se detuvo el que 
servia de guía, volvió por primera vez la cabeza á ver si el 
otro le seguía, y al distinguirle, pocos pasos detrás de él, en- 
tró resueltamente en la casa. 

Era una taberna del más ruin aspecto. 

Detrás de un desvencijado y sucio mostrador, sentado en 
un banquillo de madera y con los pies apoyadc s en una tari- 
ma cuadrada en la que se encajonaba un brasero de barro 
donde se veían algunos carbones encendidos, dormitaba el 
tabernero, viejo de la más repugnante traza. 

Al entrar el desconocido, levantó el tabernero la cabeza, 
reconocióle sin duda y atenciones le debería, pues levantóse 
con presteza y quitándose el gorrillo de estambre que cubría 
su despoblada cabeza, iba sin duda á saludarle con su más 
expresivo cumplido, cuando el recién llegado, sin dejarle ha- 
blar, le dijo: 

— ¡Chito! ¿Tienes gente? 

—Estamos solos como dos espárragos. 

—No, si acaso como tres. 

Y señaló al que le seguía, cuya sombra se dibujaba en la 
penumbra de la puerta. 

—¿Este caballero viene con su merced?— preguntó el viejo. 
—Conmigo viene. 
—¿Y en qué puedo servirles? 

—Entra luz al cuarto; pan, un pedazo de queso de Heren- 
cia y una botella del mejor Valdepeñas que tengas. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 707 

— ¡Como un rehilete! — dijo el tabernero desapareciendo. 

El segundo enabozado no habia atravesado el umbral. 

— Entra, hombre — le dijo el primero— aquí estamos bien: 
sin ojos que nos puedan conocer, y sin oídos que nos escu- 
chen. 

El incógnito entró á tiempo que el tabernero volvia á apa- 
recer con un candelero de barro en la mano en el que ardia 
una vela de sebo. 

— Pasen si gustan sus mercedes, que aquí estarán como 
unos embajadores— dijo indicando un cuarto interior. 

Aquel hombre, por lo visto, era nnuy aficionado á las com- 
paraciones. 

Nuestros dos desconocidos entraron. 

El que guiaba, después que salió el tabernero, cerró por 
dentro la puerta con un cerrojo que tenia, puso la luz sobre 
una mesa mugrienta donde se veia lo que habia pedido an- 
tes, y sentándose sin cumplimientos, dejó el sombrero y la 
capa sobre una de las cuatro sillas de Vitoria que habia en la 
estancia. 

Su compañero le imitó sin hablar palabra, y desprovistos 
ambos del chapeo y la capa, podemos nosotros reconocer con 
sorpresa, en el conductor, al famoso Gil Pérez, antiguo cono- 
cido nuestro, y en el conducido á otro bribón que nuestros 
lectores no habrán olvidado: al perínclito García. 

Gil Pérez, sin decir una palabra, partió pan, partió queso 
y escanció vino en los dos vasos. 

Después dijo : 

—Tomemos un refrigerio y remojemos la palabra, que creo 
tenemos mucho que hablar. 

Y comenzó á dar el ejemplo. 

García le contemplaba asombrado. 

¿Cómo el ex-secretario de Floridablanca, el hombre de 
buenas maneras y finos modales usaba aquel lenguaje? 

Pero García acostumbraba saber el por qué de las cosas 



708 LOS CABALLEROS DEL AMOR. 

sin preguntarlo, y en aquella ocasión no quiso dejar tan lau- 
dable costumbre. 

Así, pues, sin titubear, siguió el ejemplo de su compañero. 

Ambos comieron y bebieron; pero ninguno llegó á apurar 
el vaso de vino que tenia delante. Algo grave se debia tratar 
cuando se tomaban los dos la precaución de ser sobrios, sobre 
todo en el beber. 

Cumplida aquella especie de formalidad, de rigor entre 
cierta especie de gentes, Gil Pérez sacó dos excelentes cigar- 
ros de la Habana, alargó uno á García, y después de haber 
encendido entrambos, en un tono agridulce dijo el ex-secre- 
tario á García: 

—¿Dónde diantre has estado metido hasta ahora? 

—Donde he podido. Escurriendo el bulto para que la justi- 
cia no pudiera tener relaciones conmigo. 

— ¿Tan poca confianza te inspira mi protección? 

— Vuestra protección, señor Gil Pérez, no tengo la menor 
duda de que vale mucho; pero he creído prudente no malgas- 
tarla inútilmente. 

— ¡Cómo, inútilmente! 

—Hubiera sido malgastarla inútilmente si hubiera apelado 
á ella sin ninguna necesidad. Ahora creo que ya casi estoy 
fuera de peligro y sin ninguna necesidad de molestaros: en 
otra ocasión la podré utilizar. 

— Sea, como quieras. Y ahora dime: ¿es así cómo cumples 
lo que ofreces? 

—¿Por qué lo decís? 

— ¡Joselito está vivo y sano!.... 

—En cambio hay otro prójimo á quien no le ha sucedido 
otro tanto. 

—¿Qué quieres decir? 

—¿Pues qué? ¿Ignora su merced lo que me pasó en San 
Cayetano? 

—Absolutamente. 



LOS CABALLEROS DEL AMOR. 709 

— ¿De veras? 

—Cuando se tratan asuntos de esta índole, no sé mentir. 

García le nairó un momento con desconfianza; luego se 
encogió de hombros, y refirió á Gil Pérez sin omitir el menor 
detalle todo lo acontecido en San Cayetano, y cómo la puñala- 
da que debia recibir Joselito la recibió don Luis de Guevara. 

Gil Pérez le escuchó con la mayor atención, y al concluir 
el bandido su relato, el ex-secretario quedó meditando algu- 
nos instantes. 

De repente levantó la cabeza, y mirando fijamente á García, 
le dijo con sombrío acento: 

— Ese torero me estorba. 

— Pues si estorba —contestó el bandido haciendo un 

ademan expresivo. 

—Es preciso que te encargues de este asunto. 

— ¿Cómo, cuándo y con qué condiciones? 

—Condiciones las mismas. En cuanto á lo demás.... 

En aquel momento sonó en la puerta un golpecito dado de 
un modo particular. 

Gil Pérez se levantó, llegóse á la puerta, abrió y escuchó 
algunas palabras que el tabernero le dijo en voz baja. Luego 
volvió á cerrar y dirigiéndose á García le dijo: 

— Es preciso que te deje ahora mismo. Mañana á las once, 
paséate por el mentidero de San Felipe, yo te encontraré. Ma- 
ñana hablaremos y concertaremos nuestro plan. ¡No te olvi- 
des, á las once! 

— Á las once allí estaré. 

Y los dos dignos compañeros abandonaron la taberna to- 
mando distintas direcciones. 



CAPITULO C. 



En el mentidero de San Felipe. 



Á las nueve de la mañana, no á lasa once, como Gil Pérez 
había indicado á García, ya estaba el ex-secretario en el punto 
de la cita. 

¿Por que tan temprano? 

¿Es que Gil Pérez temia que se le pasase la hora? 

Nada de eso: el solapado bribón estaba muy avezado á las 
intrigas políticas, para no jugar siempre, como dice el vulgo, 
con cartas dobles. 

Á las nueve y diez minutos, un hombre de sospechosa ca- 
tadura, vistiendo un traje algo heterogéneo, mitad de militar, 
mitad de paisano, con ese aire peculiar de los matones y 
oliendo á la legua á tahúr, fullero y perdonavidas, llegó al 
mentidero desde la Puerta del Sol. 

Era demasiado temprano para que un hombre de buena 
vista que buscase á al