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Full text of "Los cubanos pintados por si mismos: Coleccion de tipos cubanos"

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L.08 




PINTADOSFOR SI MISMOS. 



COLECCIOIV DE TIPOS CUBANOS. 






ILUSTRADA 



POR liANDAIiUZE, 



CON 



Oa^íBiiíDCfi)^ 



D. JOSÉ EOBLES. 



Tomo 1. 



HABANA. 



Imprenta y papelería de Barcina^ 

CALLE DE LA REINA NUMERO 6. 

1862. 



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PUOFESSOHSIll? FUND ^. 

APR 3 19:5 



.^.^ 



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' I t I ' .1 1 




mODUÍDPÍ. 




4[^®Q sufren con paciencia la crítica ó 
censura y mucho menos ia «átíra de los 
otros, aunque sea justa: ciegos 6 mvytolp 
ranteecon nuestros defeceos, somos linocsy 
de poco aguante con ios de los demás, lis 
verdad que algunas i^eces hacemos ^alarde 
de conocer nuestras faltas y de qnei'er con- 
fesarlas ingenuamente; pero es con^ su cues- 
ta y razón y k> verificamos, si nos atrevemos, 
con tal tiento, con tanta maña, que solo dcp- 
cubrimos lo que nos permi<¡en nuestro amor 



propio* mas una mano eatraña nos arranca violentamente la carelat, 
y nos pone á la bui^la del público, añadiendo el ludibrio y h^hmis- 
tíeia asa punzante acusación. Las naciones son como ios jndíiá- 
dúos; el menor ¡sarcasmo estrangero hiere agudamente miesfra^ia^á*- 
nalidad^ y no perdonamos á los 4}ne no nacieron >eB n«e«tro wieié, 
q«e con Verdad 6 sin ella nos zahieran, ni aun^quíeqra qoe noi^floon- 
•iSÍeii. Ta3 vez ha provenido de taii general propeMioa^l» ídettM|iie 



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— 4— 
han tCHÍd e a l gun o s pticblóa -ffe-prnterse éer-mw^^^j^ViSíj^^ ú^^^jfve- 
sentarse al universo no solamente con sus lindezas y bellas cualidad, 
des, sino hasta con sus torceduras y jorobas; en una palabra, con sos 
pelos y señales; sin correr el riesgo de que la emuíacion de los estra- 
ños achique lo bueno y pondere lo malo con su rivalidad ordiaaria. 
De aqi^i dos consecuencias muy claras: la primera, que corres- 
pondiendo al arte esta pintura, huyese en ella de todo lo atroz, dé» 
todo lo abominable: bien que los crímenes no forman el carácter de 
njngun pueblo; son el triste fruto de la depravación de algunos indi- 
viduos en todos, y su represión no incumbe á la literatura, sino á los 
tribunales. De este modo la mano propia corre ligeramente en taler 
cuadros, donde el ridiculo, y no muy en demasía, hac« todo elgtfftto. 
La segunda consecuencia consiste en que los defectos ó las geniali- 
dades, por mejor decir, han de ser peculiares del pais; porque mal «fe 
pintarían los franceses, por ejemplo, copiando los hábitos y costuln- 
bres de léte ingleses 6 de los españoles; 6 bien retratando las propen- 
siones y fenóratenos generales que pertenecen íí la especie eníera y 
no á una nación en particular. Es verdad que en cada liria dé ellas 
tfiman estas afecciones 6 sentiniieutos carmines de la fatiraanidád| un 
j cfárácter privativo; y, bajo este aspecttf, es curiosüj'y muy fí'lofir^Abo 
! v^r si la coqueta cubana, contrayéndonos á este tipo, es' igiial alas 
-; ^inas coquetas, ó bien cuales son sus diferencias. Todb esto nos íija 
los justos límites hasta dond¿ puede llegarse en tales copias; siempre 
que bajo cada aspecto, nos retraten el original del pais en que se em- 
prenden, queda yenciásfln^\^^xáíM' újHtíó^uíal, á la manera del re- 
tratista^ en quien la sej:i|^JL|i^|fa|MU(|^Ífo no es bello, forma su 
mayor mérito. *" . ' 

Los Cubanos han querido también pintarse á si mismos y sin 
duda por los mismos motivos que han impulsado á franceses y espa- 
ñoles y que hemos tocado mas arriba, tanto en bien como en mal, 
manifestar lo que valen: su intento no es formar caricaturas, sino re- 
tratos de tipos dados y esactos, no individualidades^ sino fenómenos 
generales de la población y de sus costumbres en cada clase; esto les 
hará tropezar algunas veces con lasridiculecesijy en dó^'d^o abnn- 
¿axñVeró delineados los usos; les i^^gos cai-acterísticos, la^jj^ofe- 
>.sionÍBS, -ilodas: las maneras det vivir: ¿que , nos sujetaii las con3ítí¿%<^s 
^irecísafl de curáto nos rodeai.ccaa.ma^o ligera, y con esa canáidez 
/mncá^ ánqnien aitr'rufborkisi «i íel elogio xii qí vituperio propioiscüái. 
idbsdn v^rdad^os, se tendrá un cuadro agráddble, un espejo sinéero 
.éni^iie «ras miremos , y- por-^I que^ podremos rehacer ?ilgun rizo que 
fle dtstmrate^ del peinado, ó «atirar al^unfei arrúgáde la corbata^ iQ*^ 
jnuBÍan.es>tan>perfeeta:que.un semejante espejo no le presente al^un 
.HGlB8aUñcK,r:ó^'^n. -descuida en su modo de vivir? No hay qiie' temer 
i^evá^amorá buscar los tipo« nia& .oaiosos, ni' que pbr j[mcer reir, 
iridicoheenio8'lo'':btlenoi^lo'-blellot pero tíu^pocó Vamos á disfraiéifños 
.ifemaméraitiuerno- nos. conozcamos á nosotrqs i^iepos^la. v^^dadtfl: 
-djepcfafádo 'píiráltitícIrJa sin- pueriles repAtos,'!^ decencia ^n JA.^ítspríB-^ 
•8nái:fpara.^n9fteseaa!dalizar porral vil* prepip de,i»ereper la apcpCi^^t^tt^ 
de'losr^Htiiio aplauden; sino el escándalo, el cíji^t^.qu^- complace 4 
.láf^razonpcHrqu^-aiaieQdéFr pensamiento y AP.deJa^^^licifii dei^rp^? 
siimeKjSBlQfTSQBiniiéstms ppropésttols, 6 ppr mejor decir, lo^.^elof «jft: 
«tcurer^f «^tofsbuA^rosi lt)iif ^o perte^ec^; el .qn^ es/cHbe ^slaor Ü^^ff^: 



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Íme« lo contrarío seria una co^lradiccion del título de la pbra j por 
Oftattto q[oe recomienda mas por su desinterés la imparcialidad der 
este juicio. 

Tal objeto basta por sí solo para su encarecimiento. Y con efec- 
to^ sii» entrar en cuanto pudiera decirse con respecto á lo beneficioso 
qimdeba ser ala ilustración del país una producción en que tantos 
dé sus hijos hayan .de ocuparse dignamente en asuntos tan agrada- 
bles é instructivos y en que dando riendas á su imaginación regula- 
rizada por buenos principios y sanas ideas se ejerciten en los nobles 
trabajos de la literatura, aun pueden advertirse en esta obra ventajas 
0Hicho mas filosóficas; porque el estudip que ha de hacerse de los ca- 
racteres y dé los usos, de los hombres y de las cosas, del origen de 
tal costumbre^ 6 de tal estravio 6 preocupación, sise quiere, ha de 
c4)ligar á investigaciones de mucha importancia, que interesan 4 la 
moral, ala economía y á la misma política, ¿os Cubanos tienen que 
conocerse para pintarse con verdad, tienen que estimarse er lo que 
son y por lo que son; y po aspirárian á la empresa de traz^ir tales 
cuadros si hubieran de retratar unos originales sin fisonomía propia, 

aue los distinguiera de lo estraño, y que los relacionara con todqfifique- 
O'por lo que existen, pues esto es ciertamente la causa de que exis- 
lánzales como son, tales como intentan pintarse* Bajo este concepto 
la obra que presentan es de mucha mas trascendencia de lo que apa- 
rece á primera vista y su desempeño un verdadero servicio al pais y 
á las letras. 

Blos í^aii 31Í11RII. 



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LOS CUBANOS 



IiA COQUETA. 




AY en la gran familia humana algunos 
tipos generales que á todos los paises 
pertenecen y que como ciertas plantas 
universales que no encuentran un ter- 
reno ingrato para su desarroyo, brotan 
bajo cualquier cielo y aparecen allí don- 
de la raza que domina el mundo se reú- 
ne en el conjunto que llamamos socie- 
dad. ¿En qué lugar por humilde y^ mo- 
desto que éesí, no desplega sus artificios 

_ la coqueta? Quién no habrá visto pa- 

íM sar ante sus ojos esa engañosa flor ^ue 
^ brinda mentidos perfumes y solo encier- 
ra en sVL cáliz indífereucia y egóismot ¿Quién no ha escuchado al- 

fftiná vez su voz seductora y falsa cómo la de las sirenas, que halaga 

para hacer traición y atrae para rechazar en seguida? Hasta en el 

i^ecintó de las aldeas, donde las sencillez de las costumbres se opone 
c^n parte á que se reforme la coqueta temible, muéstrase ésta con el 
jbbotí oscuro j^ la saya engalanada de cintas. No tiene los afeites del 
tocador, 16s ricos adornos, ni el arte hábil de la dama del gran tono; 
pero domínala el propio afán de agradar al sexo opuesto, de obtener 
todos los homénages, de brillar ofuscando á sus compañeras, y aun- 
que su táctica sea inénós diestra, éus astutas caricias menos finas y 
sti ééduccion menos taimada, producen él mismo efecto y nacen de 
í^uécled inclinaciones. < * 

¿Queréis que os pinte la coqueta cubana? permitidme que ar- 
roje liríá escudriñadora mirada ámi alrededor para descubrirla, pues 
éñ ¿inguh país' abunda míenos aué eñ él nuestro. Buscadla en las an- 
ti^áÉ» cápitaleÉi doüde el torbellino de una gastada sociedad, el bibi*^ 



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to del disimulo desde muy temprano adquirido, y el refiuamíeuto del 
vicio, digámoslo asi, desilusionan pronto el corazón, y lu bailareis mas 
íScilmenie. Ademas, la coqueta es un ente frió, pérfido, sin alma y 
bajo el radiante cielo de la grande Antilla, entre sus balsámicas flo- 
res, V sus brisas poéticas, nace la beldad de los trópicos sensible, na- 
tural y afectuosa; dispuegt^ ^ anp^?> gor sipp^t^ y no á jugar con la« 
pasiones que imspirar puede; suspirando por iin corazón que com- 
prenda el suyo y no dominada por el deseo cruel de burlarse de los 
que se le entregan; apropósito mas bien, en fin, para formar la ama- 
ble consorte y la vjrtups^ m^cjipe (|g faqiiljá, qü^ ií^ c^jgj-iphosa reina 
de las fiestas inuhaahas, incapaz de apreciar oirá cosa qne sus frivo- 
los triunfos, ni de ansiar otra ventura que la de arrastrar en pos de 
si una cohorte de admiradores. 

Sin embargo, como según he dicho antes, no hay punto donde 
no desplegue la coqueta sus fí\lacei^ atractivos, vedla en la Habana 
menos hábil que la dé M^cí^id 6 f'^ris^ ^^i^ctiÚrijC f^a^i sin rebozo su 
afán de conquistas. Frecuenta los espectáculos y Tos oailes, para que 
sus apasionados no tengan tieojuj^í^dj^ sy;iuiximarse á otra; saluda .á las 
demás sin mirarlas apenas, y hace scñitas á las jóvenes que conoce^ 
Para todos encuentra una lísongera palabra, una picante sonrisa, 
una promesa agradable; cuando habla á éste mira á aquel y saluda 
con la mano á un tercero. La compañía de (as de su sexo la fastidia 
é incoipodaf, y acoje por tanto con despego i las qué desean manifes- 
taHcí' amistad. Solo se muestija afable coii^ las viajas y las feas, sentán- 
dose' complacida juntó 'S las Vüecare(je^^ de ipérito, porque asi resal- 
ta ^doblem'en^te' el su^ P'ersuá^ida' de que I03 hombres se cansan 
pronto " de áq^iiel lo que no ló^ divierte o interés y no poseyendo ?n 
¿eneral bastaiite instf lección ^ taleiitp, ¿ara buscar arm;ais en alguno 
dé éstos dos réc.ursos, adojjta por paóel, favorito una eran viveza, se 
ríe á menudo para llamar la íiteñciori, se muerde los labios á cada 



instante para íjomunicarljes uri cái^miu ¡encendido, y acoje ha»ta los 




nioriaáas;, pues sabe q^ la delicada cOijueterí a 

míe recurre á para ía^za;;. su^ üex:hAfi,Vl\ie)9Kc; l9^M§f%4i5 

Prbtpo (j[ué'torna todas Veis ^f;mas, iporflep, í^uspuií^ cí>P,^ KW^H^^}^ 
toí, se r^e con el alegré y se manicata. ^^ye.Qo)! elj Sj^riof, aK<5*^i^i4 
¿¿fholos^ gatos dpjnésticos esQ^iídlejádo la^.unajB y liiqgb.qjai? H^<;QI^ 
»é¿üi'do 6ú oyeto/cpnsidera lléijp^^^^ índiferi^íicaa^ al^ iufeli^ íflj/^ 
8||^' redcfe lia cá|dó. ÑJ^díe desprecia. ta¿to.C9ip9 la, cpqu^.t^.^ la jqV)^>^ 
que sé cpmpronáete cediéndp £j),u][) pulsó díg uif^w p?ijsípn.§ra^d^.y,jp|:9j- 
tupda^ suheráilo corazón no perciba, qi^cuípa| p^fA '9^ v^^lf^íflW^ííi 
laudos' de* otro, y su prudencia cal^ul^dpp s^, as^cfínof^^de que ^iff¡^ 
ia quién se olvide un minuto solo dé su, P9^ítiy9ii4t^fq^. 

Gert^*u¿|is ofrecía poco tien^po lfacé,ía, exacta, pp^^opi^í^agi^g 4^ 
ese antipático tipo. Era una graciosa habanera qj^fi!lí«iff2i|)a^b;)ín, tp^ 

el piaiJ9 y tqnjíibsi de 



cab?^ regularmente algunas contradanzgis en 

cuando en cuándo i|iílibi^ para fingir qup gusiajL|í*m?. r^^ icviux^t .^f >*^ 
ojos natuiVípiente brillaíities, 8Qliai| aí|imarpe. cpfjjjql pasjagé.rp^^ r^^^k 
de las inipresíoíaes. ipomentñi^ea^^ y s!u cal^e^^, eúp^ra!f?% Sf}. í^ífi?^" 
táñela á la veleta vbliíbíe, pronta á'cede'r á la primera' ráfaga da aire 



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—9^ 
qtiela agite. Contando ya veinte y puatro afios; tiía repetir sin cesar, 
á su padre que habia llegado á la edad de establecerse; pero no se de-, 
terminaba Tulita á renunciará la atmósfera embriagadora que la ro- 
deaba, y á perder prefiriendo á uno, los homenages de su largo catá- 
logo de, adoradores. Las lisonjas por otra parte, la habían hecho. co- 
brar tan alta opinión de sí misma, que ninguno de los partidos que 
ilé le presentaban se le figuraba digno de su mérito, y devorada por 
el afán de la ostentación, creía siempre que al conformarse con una 
posición mediana, renunciaba á otra superior en el porvenir. Gertru- 
dis oscurecía á cien jóvenes mas bonitas y mas discretas que ella; así 
como el que se acostumbra á los licores espirituosos ama la bebida 
que le deleita y hace sufrir á la vez, los hombres gastados por el roc^ 
mundano, y cediendo ásu caprichosa condición, se prendan de la 
coqueta que Ipradula; los engaña y.se burla de ellos, prefiriéndola 
con frecuencia á la modesta señorita, que no desea sino un amigo al 
cual corresponder y un corazón que se Je consagre con sinceridad.- 
E! ver una joven atendida por los otros es para esos señores un gran 
incentivo, y sin darse cuenta de sí les gusta ó no les gusta aquella á 
quien tantos obsequian, se disputan ti favor de ser sus coropañeros^ 
debaile, y de recibir una soprisa del ídolo de la moda. No hay duda 
que para elegirla por esposa muestran menos apresuramiento que 
cuando se trata dé meras galanterías, pues ellos, como dice La-Bru-. 
yere, se agolpan lo mi>mo que las abejas en torno de la rosa mas co- 
diciada; estraen la miel que contiene, y luego se* alejan sin piedad, 
dejándola triste, marchita, y privada de perfume. . 

Temia la familia de Tnlita que sucediera esto á la joven y sn 
• padre le preguntaba á menudo; 

— ¿Cuándo le determinarás á elegir un compañero?. Ya te ha» 

divertido bastante y debes pensar maduramente en tu suerte futura, 
Gracias áDios tienes cuatro ó finco admiradores que se disputan tu 
manOi y aceptaran alegres la coyunda matrimonial. . 

— Bien, papá, lo reflexion?iré; pero á cual debo. escoger de los cua* 
tro! Lorenzo es un joven de talento, que quizás logrará hacer cé- 
lebre su nombre: Rafael es tan hermoso como nos pintan los poetas ^ 
historiadores al Apolo antiguA; Enrique posee una fortuna tentado- 
ra, y RMmundo está dotado de un carácter tan condescendiente, que 
seria el mas amable de los maridos. 
— Decídete entonces por él. 

—Pero papá, V. sabe que vive sometido á un sueldo mediano y 
que casándome con Raimundo no ganaría nada. * 
— Si eres ambiciosa prefiere á Enrique. 

— Su esterior me desagrada; é imagino que no considerará V, sua 
vizcos ojos propios para despertar las simpatías. 

— Si juzgas superiores á las sólidas ventajas que posee Enrique, 
Ia9 de una buena figura, ahí está Rafael al cual acabas de comparar 
con Apolo ni mas menos. 

— ¡Jesús, papá! rae cree V. tan tonta que vaya á prendarme de 

un hombre por su esfciíor? La insulsa conversación de Rafael y su 

insoportable fatuidad destruirían demasiado pronto las ilusiones que 
hubiera podido inspirarme su hermosura personal. 

— Me alegro de oirte hablar de ese modo, y si hay en tí discerni- 
miento suficiente para buscar en el compañero de ,toda tu vida esas 



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inapreciables cualidades ^ueel tiempo no logra destruir, acuérdaíéf 
de Lorenzo cuyo noble carácter y privilegiada inteligencia, le ele- 
van sobre la multitud. 

—¡Oh papá! los hombres que saben mucho, desdeñan desp.uei* á 
sus mugeresy las tratan como á tontas, indignas de comprender sus 
prensamientos importantesé Ahí tiene V. á Byron que fastidió á.si< 
consorte con sus locuras, y en seguida le ech& en cara á gritos ha- 
berse negado a soportarlas con la sumisión de la oveja que muere 
sin quejarse; no olvide V. tampoco á Larra que delirando con roman- 
cescos amores y cansado de la vida doméstica se mato sin motivo, 
dejando en el desconsuelo y la desgracia á la compafiera virtuosa 
que no existía sino para complacerle. La mayor parte de esos genios * 
superiores tienen la cabeza ligera y la imaginación asaz estraviada. 
No papá; no preferiré á Lorenzo. 

—Entonces te arriesgas á quedarte sin ninguno; el soberano que 
abusa de su poder se espone á que le derriben; la señorita que dilata 
demasiado su elección, se encuentra luego obligada .á fijarse en lo 
peor. Ademas, Tulita, no ignoro que tú sigues correspondencia con 
los cuatro, con*espondencia que si fuera únicamente amistosa, na- 
da me importaría, pero que me desagrada en éstremo porque sospe- 
cho que tiei'deá inspirar esperanzas á todos. Tan pronto envias una 
flor á Rafael, como hacf^s un dibujo para Enrique, confeccionas un 
dulce con tus propias manos para Raimundo, ó buscas uu libro pre- 
cioso para Lorenzo, Los cuatro se creen preferidos y ninguno lo es? 
en realidad Ah! hija mia! eso te haqe poco fevor! 

— *Va^a! papá, V. se olvida de qjie ha sido joven y que no hay nada 
tan agradable como que le obsequien á uno. Nosotras las mugeres 
debemos recibirtodos ios homenages, evitar diestramente las declara- 
ciones definitivas para conservar á nuestros apasionados, y tratar de 
no querer á ninguno jamás. El amor no produce sino calamidades 
para nuestro sexo; Ínterin el que nos pretende no estásegurode nues- 
tro cariño se manifiesta todo dulzura y atenciones; apenas confia en 
, su conquista se complace en vernos llorar. Muchosjóvenes confiesan, 
papá, que desde qive una señorita les corresponde comienzan á des- 
encantarse. Ah, papal V. aborrece á las? coquetas, pero bueno es que 
las haya para castigar á esos señores del desenfado con que tratarnos 
suelen. 

— Muchacha, muchacha, el diablo mismo te ha inspirado sin duda 
semejantes máximas, y ellas te perderán al fin. Eo general, la carre- 
ra de la mugeres el matrimonio, y nunca esa bella criatura forraadA 
para los tiernos sentimientos y la afectuosa abnegación aparece tan 
digna de nuestros homenages y de naestro respeto como cuando 
consorte modesta y madre ejemplar sonríe á su compañero con amor 
y estiende sus alas cariñosas sobre los débiles ángeles que se apoyan 
en su casto seno. Kn una palabirai, TuUta, yo estoy viejo, achaco- 
so y tú no serás siempre joven y linda. Sigue mis consejos y decí- 
date par uno de tus adoradores. 

-^¿Y permitiré que los demás lleven sus obse(|hio»4 otra parte. jnO 
«a asi? replica Tula con viveza. Papá, V. conoce mi carácter tan mal 
como D. Tadeo, ese cincuentón que visita en casa, y que me hace la 
€orte con admirable paciencia, repitiéndome todas las veces queme rio 
de éh-^Señorita» pobreporfiado obtiene limosna; V. me pertenecerá 



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algún dia! El infeliz se consuela imaginando que me cansaré al 

cabo de decirle que no! 

— D. Tadeo es un escelente suí^eto, honrado, instruido, du^Fio de 
una pingüe. fortuna y que te quiere mas que todos tus apasionados 
juntos- Me alegraría de llainarJe mi hijo. 

,:--^ün hijo casi de la misma edad de V!.... Ah! ah! permítame V. 
papá, que me ría.... No obstante, como hoy cumplo veinte y cuatro 
años y respeto las advertencias de Vd. prometo reflexionar sobre 
cuanto acaba Vd. de decirme.... Pero qué objetos son esos que me trae 
Concepción?.... * 

— Niña, esclamó entrando en el aposento la mulatica de mano — he 
aquí seis cartas que me han entregado para su merced, acompañn- 
das de estas ñnecitas. 

— Veamos que me escribe Lorenzo, contestó Tulita abriendo el pri- 
mer billete: **Remito á V. ese libro, hermosa Gertrudis, para que al leer 
ios apasionados sentimientos que el autor atríbuye al héroe de él, en- 
cuentre V. la copia exacta de lot* que hacia V. abrigo yo, pintados coa 
una elocuencia que no posee desgraciadamente, el fiel adorador que 
l^ saluda á V. con el mayor afecto eii su florido natal.— ZiOrcaza. 

— Dicen que las personas de talento se vuelven estúpidas cuand0 
se enamoran — escl.mó Tulita— Lorenzo debe idolatrarme, porqwc 
fia esquela es mas vulgar que la del jovencillo de quince años que por 
primera vez coje la pluma para dirijirse á su bella. Prefiero la novela 
jqjuc rae envia. Está encuadernada lujosamente y adornada con lámi- 
nas preciosas.... La colocaré encima de la mesa de su sala y me ser* 
vira para tomarla en la mano siempre que me siente por la tar- 
d^>eu la, ventana. Así pensarán que estoy ocupada en algo. Ahora 
Je toca el turno al Sr. Enrique — **Bella Tulita— prosiguió leyendo 
su carta en alta voz;— dígnese V. aceptar esa colección de contradan* 
zas nuevas y dejarme la esperanza de que las bailará V. conmigo, en 
el primer baile á que asistamos juntos. ¡Ojalá pueda V. durante largos 
años, linda, risueña y feliz como al presente, ser la compañera de sú 
apasionado^— Enrique/' 

-—Perfectamente!.... el billete de Enrique es mas ingenioso que el 
xle Lorenzo; sin duda consiste esto en que su autor con el corazón mé« 
nos preocupado, tenia la cabeza roas libre para pensar. — Las contra- 
danzas impresas en raso con letras de oro van hacer rabiar de envi- 
dia á mis amigas» — Las pobres! se contentarían con que yo les cedie- 
ra cualquiera de mis apasionados; pero se quedarán con los deseos... 
¿Qué me dice Raimundo?— Todas las flores son hermanas, encantan 
dorai Tulita; esas estaban* pues, tristes, separadas de V. y no se reani- 
maran si V. no las acaricia y las proleje. Han nacido en el mismo dia 
que V. y su> candida hermosura las constituye apropósito para íormar 
la gi^Jrnalda de la felicidad y el amor. Permítame V. colocarlas en s* 
Irenle cuando luíca para V. un nuevo natal, y se considerará comple- 
tamente dichoso. — Raimundo." — jQué perfumado ramillete! está com- 
puesto de cubanas flores, azucenas, diamelas, ahajares! — Cuáai blan- 
cas y cuan lindas son esas tragantes hijas de la Flora americanai—- 
P&ntas Comha^ en uno de los jarrones de mi tocador... Queda tódat 
víanla, esquelita de Rafael; ninguno de los cuatro ha olvidado que es 
hoy^l día de mi cumpleaños.,. ¡Cuan amables se manifiestan conmi^ 
go!... Creo que á todos los amo en este momento!... 



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— w~ 

— Jesús, hija mía, Jesiis! — repitió el Papá escandalizado.— ¿Y qué 
me eiiviu, Rafael? — Un par de tórtolas en su dorada jaula~¡Qué bo- 
nitos' picos rosados y cbllarcitos negros tienen. Pero veamos el billete 
que las acompaña.— **Nada realza tanto la hermosura de la muger co- 
mo la espresion inefable de la sensibilidad, olole falta amar á la in- 
teresante Gertrudis, para reunir todos los atractivos. ¡Feliz quien la 
oiga suspirar como esas tórtolas, y la vea. mostrarse tierna, dulce como 
elias! — Imítelas V., bella Tula, en el cariño, en la fidelidad; y los años 
al sucederse, lejos de arrebatar á V. sus hechizos, le crearán otros 
riiayores aun pai'a su invariable. Rafael. 

— Todos te dan el propio consejo — observó el padre de la joven re- 
clinándose en su butaca y fumando un tabaco de regalía. 

— Restan dos cartas mas prosiguió Tulita sin responderle; esta es 
de D. Tadeo¿ que me dirá ese original? 

— '*Como á las personas caprichosas, lo estravagante es lo que mas 
les gusta, remito á V., Tulita, ese plato áe palanquetas he* has con la 
miel de mis ingenios y el gofio de mis cosechas de maiz, que este año 
han sido abundantes. — Mi reportero las ha trabajado con esmerada 
limpieza, y yo mismo las he cargado de pimienta, porque me agrada 
todo lo picante. — Por eso, á despecho de la ligereza é inconsecuencia 
de V., persisto eh la afición que le profeso, y me repito, para dentro 
de cuatro ó cinco años, cuando uo se muestre V. tan difícil, su futuro 
esposo. — Tadeo. 

-í— Viejo impertinente! — esclamó Tuliia estrujando la carta — xe^'^- 
hrme palanquetas é indicarme que al fin y al cabo le admitiré á falta 
de otro! — Cada dia le aborrezco mas, papá, se lo aseguro á V. — La otra 
mañana tuvo la insolencia de aparecerse aquí á las siete, para sor- 
prenderme sih cascarilla, — Yo leía en la sala los periódicos, cuando 
le vi entrar de sopetón. — Recibíle con desabrimiento para dejarle co- 
nocer que su visita me era importuna á hora tan intempestiva; pero, 
él lejos de escusarse, me dijo con la mayor cachaza, — No creia que 
fuera V. tan trigueña; de noche parece V. blanca como el alfeñique. 
Eso provendrá sin duda de la difeiencia que hay entre la luz del sol 
y la luz facticia, entre la naturaleza y lo artificial. — No piensa V. co- 
mo yo? — Me levanté sin responderle, y desde entonces apenas le ha- 
blo;— Sorprenderme sin cascarilla! Concha, ditroya, sus palanquetas é,. 
los perros. 

; — Mas bien me las comeré yo,' niña; ¡tienen tan buena cara! 
. -^De veras? — replicó Tulita, que cambiaba de modo de pensar á 
cada segundo — en tal caso no las tires; sírvelas en la mesa, y luego 
p^r la noche, asegurarás á D- Tadeo qtie se las comió Turco, él mas- 
tín de Papá, para hacerle rabiar. 

— -Acuérdate de que las palanquetas fueron elaboradas coií la miel 
de sus ingenios y el gofio de sus cosechas de maiz! murmuró el Papá 
contemplando el techo de la habitación y arrojando una bocanada dé 
humo. 

: —¿Qué me importan á mí sus fincas, ni sus bienes? añadió Tula; 
resentida aun de que D. Tadéo la hubiera encontrado sin cascarilla, 
Enrique es casi tan rico, y si yo cediera al interés, le preferirla un 
milion de veces á ese taimado cincuentón. Pero juro que he de ven- 
garme de él, no hablándole en. adelante, no mirándole ni respon- 
diéndole. 



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—13— 

— No ee sofoque su merced, niña, — dijo la mulatica, viéndola dejar- 
se caer en un mecedor, y comenzar á bambolearse con violencia.— 
El caballero D. Tadeo no vale lá pepa de que la niña se incomoda 
contra él.^— Aquí está otra carta que la niña no ha leido todayíaMia 
trajo un caballero joven, vestido de negro y muy triste.— Me encargo 
ijue se la entregara á su merced con est^ cajita, añadió que esta iio- 
che. 6 mañana tendría el guato de venir á po|^erse á sus pies. 

— Dámela-^es de Clementina, aquella amiga de mi infauciát que 
habita en el campo con su familia; nos queríamos mucho eutónce^i, 
aunque anunciábamos inclinaciones muy diferentes. . 

— Yo lacreo! — observó su padre suspirando. — Clementina ha. sido 
siempre tan modesta y juiciosa como caprichosa y atolondrada tú,.; 

— Las feas no se muestran caprichosas jamiis, porque de nad?. les 
«erviria serlo. 

^ — Muy lejos se halla Clementina de merecer semejante dictado; sus 
ojos eran grandes, espresi vos, su boqnita de rosa y en su fisonomía 
simpática se reveliaba la bondad de su* corazón. 

— Hay ojos grandes bien horribles... los de Clementina son salto- 
nes cqmo los de los sapos, y sú rostro largo, amarillo como un mango^ 
No es exacta mi comparación, Concha! — No es verdad que Clemen- 
tina tiene cara de míiw^o? 

• ' — A nadie se le ocurren las agudezas de la niña Tulital — esclamó 
la mulata sujeta por su miserable condición doméstica á adular de 
continuo á su ama. — Si la oyeran el' niño Lorenzo, él niño Rafael, el 
niño Enrique y el niño Raimundo, no se cansarían de reírse. 

—Haces mal en burlarte de Clementina que és amiga tuya y des- 
graciada; doble consideración que á respetarla debía impelirte — re- 
}ilicó su padre con tono pesaroso — y duéleme birte decir que la bon- 
dad é igualdad de'caráclér constituyen las virtudes de las feas. — Sí 
«a- belleza fuera siempre acompañada del egoísmo y la malicia no tar- 
daría en perder sú mayor prestigio. '; 

— Papá, V. esili hay JlatQso y de consiguiente regañón. — Alabe V. 
á Clementina, poco me importa; nada tengo que envidiarle. 

— La pobre muchacha es digna de lástima; su padre se casó «n se- 
gundas nupcias con una rauger de un carácter violento y Clementi- 
na sufre gimiendo el insoportable yugo de su madrastra. — Léeme su 
carta está pronto; me gusta el estilo de Clementina; parece que escri- 
be con el corazón. 

— Al contrarió; es afectada, romancesca, y V. sabe que la naturali- 
dad constituye él míjor de los estilos. — Y que letra tan mala! — Su, 
carta llena de bprrones! : 

— Esas manchas provienen de las lágrimas que quizás virtió Ja sin 
ventura Ínterin trazaba* su carta.— ¡-Léela sin tardnnza, Tulita. 

Esta bamboleándose con jiegligencia en su mecedor, repitió en 
alta voz el relata que de su situación desgra<;ia(fa le hacia Clementi- 
iia en los términos mas patéticos- Confirmábale ios rumores públicos 
que circulaban respecto á los malos tratamientos de su madrastra y 
añadía que vivía- convertida en víctima triste dol dominante carácte/ 
de. una muger, grosera y ruin que la obligaba á trabajar como una 
criada y la colmaba de invectivas á cada momento. Contábale su me- 
lancólica juventud, deslizándose en una soledad completa, al lado de 
«li padre sometido coriio ella á la furia que habia llevado á su domi- 



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—14— 
cilio, y sin el menor recreo que borrase un instante de su memoria el 
recuerdo de sus martirios. Le revelaba que enferma y débil iba quizá 
á sucumbir á las zozobras que devoraban su corazón, cuando Euseb^io 
un sobrino de su madrastra, una rama generosa que parecía imposi- 
ble perteneciese á aquel tronco perverso, una alma buena y compa- 
siva endulzó sus dolores y le devolvió la esperania que la habla a- 
bandonado. Fué 4 pasar tres meses con su tia y allí se interesó por la 
desdichada, que cansadli de padecer habia escrito á su hermano que 
habitaba diez años hacia en la América meridional, pintándole sus 
amarguras y llamándole á su socorro. Ensebio enjugó su llanto y le 
ofreció su apoyo; restableció la razón en su cerebro delirante, que 
principiaba á concebir las terribles ideas de la desesperación, y res- 
tituyó la salud y el consuelo á una pobre criatura que habia llegado 
á dudar hasta de la justicia de Dios. 

Enternecía la poética sencillez con que Clementina hablaba de 
primero y único amor que habia hecho palpitar de dicha sir ct razón 
desgarrado por el sufrimiento: de sus paseos con Eusebio bajo \xa 
ceibas frondosas y los tamarindos elegantes, de sus meditaciones en 
que el alma de Eusebio la seguía como el compañero de todas sus 
impresiones gratas, de la vigorosa y lozana naturaleza de su pais,djes« 
arrollando de improviso á su vista, sus páginas elocuentes, de la rege^ 
neracion, en fin, de un espíritu abatido pornn infortunio constante 
que recobraba de nueVo sus alas para volar al cielo, para saludar al 
sol y para comprender que Dios es el padre benéfico de la creación 
universal!!.... 

Empero su madrastra descubrió aquelmisterio casto, aquella pa- 
sión enjendrada por la compasión y la gratitud y reconviniendo, á 
Eusebio por haber fijado sus afectos en una criatura que ella aborrecía, 
escribió al padre del joven, pintándole á Clementina, con los negros 
colores de la calumnia... No tardó Eusebio én recibir la perentoria 
orden de retornar á la capital, y Clementina resistió sin sucumbir es» 
te terrible golpe, gracias á las protestas de eterna constancia d* su 
amigo y á sus juramentos de no descansar hasta obtener la aproba-* 
cíon.de su padre para su múttK) amor. 

Después de unos detalles en que la pluma de Clementina mani- 
festaba la esquísíta poesia.de la sensibilidad, y la elevación de los 
sentimientos mas generosos halló Gertrudis por último materia de 

3ue burlarse en su carta. La joven confiaba á su amiga que su ma- 
rastra en un arrebato de cólera la había empujado una ocasión con 
tal fuerza que cayendo en tierra se habia roto los cuatro dientes su- 
periores. Un mal dentista se los habia colocadp postizos, con tan po- 
co arte, que la mortificaban de continuo. Luego, pues, que sé hubo 
despedido de Eusebio, se los mandó en una cajita cuidadosauiente 
envuelta en papeles cerrados con obleas, para que se los llevara á 
Tulita á fin de que ésta los hiciera arreglar mejor, y la coqueta á 
quien la pobre Clementina encargaba el secreto, se desternilló de ri- 
sa á la idea de Eusebio trayendo los dientes de su amadaj ignorando 
él depósito original que le confiara la última. 

Clementina concluía recomendándole que viera á menudo á 
Eusebio, que le hablara de ella sin cesar, que le impidiera, dabilitai 
ñ\i recuerdo en el bullicio de los placeres, y que le conservara S9 



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—15^ 

aitilgo, sü amante, el compañero en una palabva á quieü amaba cott 
todas las fuerzas de su corazón y cuyo olvido la mataría. 
— Pobre muchacha! murmuró el padre de Tulita, enjugándose los 
ojos. 

— ¡Qué vida tan miserable es la suya! anadió esta bostezandoJ 
haber tenido la desgracia de perder su dentadura, lo único bonito 
que poseía.... ¿Qué tal es ese Eusebio que ha venido á sacarla de apu- 
ros, Conchad... . 

— ^Un niño muy elegante, contestó la mulata sonriéndose: parecía 
muy trií^te y apenas me miró cuando me dio la carta. 

— La historia de Clementiiia me ha inspirado sueHo, repuso Gertró- 
dis reclinándose en el mecedor: Concha, échame aire con un abanico 
y despiértame á la hora de comer. Guarda esa cajita con los dientes 
^postizos de Clementina y cuidado con el secreto.* 

Durmióse entonces con tranquilidad, ínterin la mulata impedía 
que los mosquitos lastimaran el cutis delicado de su señora. Por la 
tarde, luego que se hubo ri/ado el oscuro cabello en largos tirabuzo- 
nes, que se vistió con esmero, sin economizar la indispensable caícd- 
riUa, que se hubo formado un talle de abispa con su corsé, y que se 
examinó cien veces al espejo, estudió en el piano las contradanzas 
de Enrique, mandó colocar las tórtolas de Rafael en el comedor y to- 
rnando después el libro de Lorenzo se sentó á la ventana coronad» 
con las díamelas y azucenas que le enviara Raimundo. 

Llegada la noche no faltó ninguno de ^us apasionados. Tulita, 
verdadera coqueta en toda la esteíision de la palabra, supo contentar- 
los á los cuatro. — Qué lindas son las contradanzas que V. me mandó 
esta mañana, Knríque! — esclamó con su voz halagüeña, ya las he 
aprendido y voy á tocárselas á V. como justa recompensa de su ga- 
lantería! — Hablando así desprendió una flor de su cabellera brillan- 
te y casi la llevó á srns labios al pasar junto* á Raimundo, que saltó de 
goTTo sobre su silla.— Ha hojeado V. la obrita que tuve el gusto de re- 
mitirlel le preguntó Lorenzo— Si, y me he detenido en esa página!... 
replicó ella lanzándole una mirada espr<^iva y fin8:iendo que se ru- 
borizaba. Cojió el libro Lorenzo y leyó. "¡Feliz la muger que solo ama 
una vez, porque ha depositado sus afectos en un corazón incapaz de 
cambiar!" 

Quedó el joven lleno de esperanza y mieníras Tulita sonriendo á 
todos tocaba las contradanzas con la gracia de- una criolla que ejecu- 
ta los lindos aires musicales de su pais, Rafael se mordía los labios 
de despecho viendo desairado su regalo. Dejó el piano al cabo Ger- 
trudis y haciéndole una seña le .condujo al lugar donde las preciosas 
avecillas picoteaban el alpiste menudo y arrullaban amorosamente. 
— ^Yo misma les daré siempre de comer! — dijo la coqueta á media 
voz — Ínterin las conserve en poder mió, creeré que me pertenece el 
afecto de V. y me guardaré bien de dejarlas escaparl 

— ¡Ah! cuan feliz soy! — murmuró Rafael palpitante de alegría á su 
turno. 

Tulita le mandó guardar silencio colocando su rosado dedo ín- 
dice sobre sus risueños labios y corriendo ligera como una gazela vi- 
varacha, retornó á Ja sala seguida del venturoso Rafael. Encontraron 
a!M á D. Tadeo y á Eusebio que habían entrado dorante su breve 
ausencia. Después que el primero presentó al último, porque D. Ta-' 



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deüy el padre deljóven eraii amigos antiguos, aquel señor pregtintó 
con ironía á Gertrudis.— Y mis palanquetas?,,, 

-^No las probé; los criados se las comieron^rreplico Tulita eon. 
desabrimiento. 
— Cr^í que hiciera V. mas caso.de los regalos de su futuro...... 

—Mi futuro VA Ahí ahí ahí.... 

— No se ria V..,. ¿Quién sino un viejo que tiene ya gastado el cora- 
ton querría casarse con una muger que no sabe si tiene uno? 

— Calíallero, V-me.ofende,ysi no muda V. de conversación, olvi- 
dando la amistad q^e le une á V. á papá, me retiraré *por no verle y 
«©■volveréá- hablarla én mi vida.... .. . . ' 

— Tratemos entonces de otra cosa, de,Eu8ebio verbigracia^ al Cual 
apreciara V. infinito cuando lé p.onow:a á fondo y quj^ e^ hijo de un 
cscelériíe sugeto, cuyo defecto único consiste en amariaiito ej metal 
de, Mida^, que no puede resolverse á consentir en qu^ ese pobre mur 
chacho se case con una señorita sin otras dotes qiié sus yntudes..... 

Empero la constancia de Ensebio y é) mérito de Clementina vencerán 
alfil! la tenacidad del viejo avaro. ' 

Tulita miró* á Ensebio con distracción; un joven qnedebia casar- 
ge con. una amiga suya no era ya nadie para ella. La coqueta no sen- 
rie sino á los que puede atraer. ! ..... 

Continuaron rodeándola, sus adoradores persuadidos de que ca- 
da uno era el preferido en secreto. Ensebio la visitaba al par con fre-. 
cuencia, para referirle siempre algún rasgo concerniente á Clementi- 
na y recibir noticias suyas^^^V. no sabe hablar de otra cosa!— le dijo 
una noche Tulita fastidiada de que np se ocupara-de ella. 

— Cuando veo las profundas y sólidas pa^ion^s que inspira la jo- 
ven moííesta y sincera, pienso que eljusto castigo ,de la coqueta de- 
be consistir en no llegar nunca al coraron; y en recibir cien home- 
nagesí superficiales que no.équivalen á un solo amor verdadero! ob- 
servo p. Tadéo con su acostumbrada flema, como si no aludiera Ina»- 
die en particular. 

— ¿Quién puede responder todavía de que Ensebio no ca^ibifirál — 
esclamó Tulita picada, puesle comprendió. 

— Me enganaría mucho. Sí fuera capaz de olvidar á Clementina;: 
Ensebio es una perla que no adornará jama^ la fatal corona de una 
coqueta artificiosa. 

Gertrudis se mordió los labios y miró al joven con atención. Su 
palidez, su melancolía la impresionaron un instante.— Quizás D. T^- 
deo tiene razón y ninguno délos que aseguran amarme sufriría tanto 
por mi! — murmuró pensativa. — Qué.tríunfo si yo consiguiera apartgir- 
le de la muchacha insignificante porquien padece! . 

.Desde que nació en su cerebro la indigna, idea de j^obár, á su 
amiga el amanta que constituía su ünica esperanza, estendió sus re- 
ndes al rededor del joven y trató de captarse su confianza. A fuerza. (Je 
hablar con ella de Clementina, Ensebio se acostumbró á sentarse juii- 
to á Tula, se atrevió á sostener sus fascinadoras miradas y se espuso 
á las seducciones de aquella nueva Circe. Debilitóse su tristeza á 
medida que Gerttódié mostraba mayores simpatías por su dolor, y su 
corazón palpitabavreconocido perqibiendo las f bellas lágrimas de la 
piedad en los negros ojos de su nueva amiga.— jíjuéaita. sensibilidad 
encierra su alma! — esclamaba con entusiasmo — los que no la cono^ 



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—17*- 
cen á fondo la acusan de coqiieteria porgue ígooniQ cpn^Q <H9tpi)€jirse 
el magteDisnio irresistiiiJe que ejercen sus gracias y talentos^ ^ «^«^. 
pero ella salirá amar con mayor vehemencia aun de lo qu&C'Mien- 
tina amn! j 

Tulita por su parte coiriprendiendo que. ^ranaba^ terreno ^ toda 
prisa, le decia amenudo: — Amigo mió, Y. h» ei.e;^¡do. biep «1 escoj^c. 
á Clementina por compañera. ••• Ella le ama á V« desiut^^.resaxU- 
inente y no por el afdn de escapar qorao alguno:» maidicie/itease 
atreven a creer, á la triste situación que ia oprime. La simpatía y np, 
el deseo de huir de su madrastra, la impele báaia V.; U ternura j^ 
no el cáiculoy asf^gura á V. la fidelidad de sus promesas. . > 

Estas pérfida» insinuaciones varias veces repetidas con hábil 
arte« produgeron en Ensebio el ansiado efecto. Tulita le apartaba 
poco á poco de Clementma, comunicándole la sospecha de qu^ 1^ 
última no buscaba, en él sino un refugio contra sus desgracias do- 
mésticas. Eusebio bailaba con Gertrudis en todos los bailes, y la co«} 
queta balanceaba su talle en la cubana contradanza con la QÍ.egaii- 
cia flexible del bambú indiano. Por la noche, le llamaba juguetona 
junto al piano y agitando los rizos de ébano que adornaban sii. páli^^ 
da frente, tarareaba con donaire gentil y fíngiéndoi^e entre inolaiK^^ 
lica y risueña la canción papular: r 

¿Quién me ha de querer á nní, 
preciosisiñio lucero, * ' 

cuando saben que te quiero, 
.y que me muero por tí. 

Al pronunciar estas palabras le mirabí como apesarsuypy le*' 
vantaba en seguida al cielo sus rasgados ojo^ eon uqa ^apreaioip 4^) 
dolor secreto que hacia estremecer al pobre Eusebio. .., 

t^n fin, de tal manera supo conducirse, aparentar qw no eó|R<^, 
refpoüdia.á ninguno de sus adoradores á causa de una desgraciada 
pasión, que el pobre joven no tardo orj^perder ia cabe;^a. TulíM^r 
cansada di& volar de fiesta enfiesta, reclinada en su butaca lángui- 
damente y pálida por los insomnios repetidos, se le presentaba sio. 
en^bargo como la patética victima de un amor contenido por. una 
gl^nerosa amistad. Siempre que bailaba con él la viveza de sus mo^, 
vimientos se trocaba en apaí^ionada lentitud; cuando se apoyaba ^p 
su mano para 9ubir en a) qnitrin sus delicados dedos parecían ansio- 
sos de detener lo^s suyos. Gertrudis brillante, dichosa, rodeada de 
adoraciones, le amaba profundamente y se sacrificaba á Clementina, 
que, triste, infeliz, olvidada, no le queria sino como un refugio con- 
tra su miserable situación!. ... 

Una tarde en que su vanidad deslumhrada lo hablaba fsoa eii^r- 
gía. a favor de Tulita, entró en casa de esta y halló en ia sala a Con*». 
cbat 1& muiatica confidente de su señora, que cerraba can cuidado 
ttoacajita de cartón* 

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—18-^ 
— riFtña^ ía dija Goticfaa; escriba su merced!, si ¿pusta á la ñfña Cíe- 
mentina, que mandaremos su carta coó la dentadura de ella. 

—¿^ue significa eso de la dentadura de Clementina? preguntd 
Eusebio con asombro. 

' -^-¡Q,ué imprudencia la mia!. replico la mulata fingiendo pesar; yo 
m^ figuraba que el niño Eusébio sabiü que la niña Clementioa tenia 
los dienteá poetizos. 

—Lo ignoraba^ jr es una falta dé confianza de parte suya, escla- 
itid Eusebió deseando encontrar un pretesto para molestarse con 
ella. Yo me vengaré no escribiéndole. 

Ceso de ejecutarlo en efecto y pronto no fué un secreto para 
riadie la' paéion de Ensebio á Tuiitá.-^jTengo yo acaso la culpa de 
qué me atne: decia esta á D. Tadéo que le echaba en cara su perfi- 
dia con entereza. 

*^^Eusebio ha déjaco á Clementina por tí; ¿te casarás con él á lo 
mfenosf-í— le preguntaba su padre por su parte. 
-^Lo pensaré!'— contestó Gertrudis indecisa. 
' Euáébio fascinado por aquella sirena, se hHlIftbb sin embargo 
mal'c^hsigo propio; parecíale que cédla á un véríigo funesto al apro- • 
isrihfíürse á su* nuevo ídolo y que su corazón permanecía ifiel al ante» 
rior. De imprpviso dos castigos terribles le anunciaron la venganza 
del cielo que se declaraba contra $u veleidad. S^ padre quebró rui- 
dosamente, y Clementina informada de su perfidia perdióla razón, 
huyó de su casa y como Ofi^lia vagaba errante por los campos, lle- 
nando los aires con las quejas de su delirio vehemente. 

— «Tu amor es el único consuelo que me resta en medio de tama- 
ñas calamidades!— esclamó EuFtebio corriendo á refugiarse ja tftoá 
Grértródis. T^Lá pérdida de las riquezas de mi padre me importa po- 
co, pero Clementina loca, desesperada por causa nuestra. . . . ab! 
esoYIebé desgarrarnos el corazón!. ... 

'—Hágame V. el favor de no mezclarme en semejante catástrofe: 
respondió Gertrudis fi^iamenie: yo no le he ofrecidoá V. nada nunca, 
no'he tomcido parte en su insensata inclinación y siempre me he li- 
niitadb á compadecerle. ' 

' -; Eusebio á la verdad no poseia pruebas de lo contrario. La co- 
queta se guarda bien de prestar armas contra si misma y sus promesras 
sé^€fducen:á una sonrisa ó a una mirada que puede después negar. 

' Un velo se desprendió entonces de los ojos del joven; conoció 
q^e h'abiá servido de miserable juguete á aquella insensible muger 
y^nbiera'qtrefido aniqmlarla al ver su imperturbable serenidad,-^— 
Cálíiüate!-^le dijo IXTudeo testigo de su arre[>entimiento tardío.—' 
Vamos á buscar á Clementina y tal vez tu amor la restituirá la ra- 
zdttí\ ;';^En cuiirtaá ésa coqueta, yo >a castigare oblig'éndola é cui- 
dáí rfe lós^^áchaqués de mi vf^jez.- ■■ •' r 

*■' " -Pártiérbri juntos y Gertrudis quedó algo impresionada con ta*n,' 
violento desenlace. Habían disminuido sus adoradore^s con el rumor 



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^as- 
de semejante aventura y temiendo la coqueta que su pr^it^^io ¿esa: 
pareciera, deterniind fijarle eo el. primer partido conveoieate qae^tf 
le preaeotara. * . ,. , : 

Prosiguió recibiendo obsequio», pero no serias deolarapione»: 
todps estaban prontos á divertirse con sus artiíkios^* pero ninguno 
quería esponerse á un Janee igual ai.de Eusebiq. UoA'noah^ en un 
baile sus gracias ilamaro» Id aiehcion de un joven queparecia fojra%-' 
tero; pocas.tardes después je. vio en ei pasepy lueg^.loádiu8 festivos 
en la iglesia. La coqueta, no res|)eta tampoco ej templo de Ditíli. 
Gertrudis fingiendo leer en su devocionario, enviaba ojeadas signjfi^ 
cativas á su silencioso apasionadq¿ En.lugar de Q.rur,. pe9sail)4 PH 
Dueyas. seducciones y lejos de poner su pe>nsainlea^Q en .el cielpí ha 
consagraba enteraoaente á su profundo afán de «conquistaba. . •, . ..- 

Informóse de quiera y descubrid que poseia gr^i^des riitu^Sfur,. 
que venia de la América meridional eo donde .había, l^srado reunir 
un caudal inmenso tomando acciones en i^a ipinas de .picata ^e .C(i^ 
le. Cuando pronunciaron su apellido, Tula, se estremecid: eriqí.el 
hermano de Clemeotina!. •• • 

Fué, Luis presentado en su casa y Gertrudis (9 infiéralo á s^. 
manera d^ la Jiistoria de su bermana» r<^(iciéndol6 la traición de l^r 
sebio, fiero callando la parte queden el|á había tenido. Luis había* 
practicado ya [lesquisas inuiiles para descubrir 4 ladesdiicba4a jd<^ 
ven: D. Tadeo y Eus/&bio regresaban de su escursion y Tuiita espe^ 
ro qii^ pracipitando las cosas, .conseguiría verificar • su.enla^^.cpar 
Luis, antes que una clara esplicacíon lo echaba todo 4 perder. . . 

Arrepintióse, aunque tarde,, de su coquetería qua tan fuQe^^;, 
podia s^rle. Luiseraei único hombre que que le revelara qne.palpw 
tabaun^sorazon en wii pecho, ^us elei^ados sentimientos, su .vc^ta 
óapacidad y su generoso carácter la hacían avergonzarse de su mi^Ti 
quina conducta. Ademas, su padre había perdido grandes cant¡d^«f* 
des emprendiendo especuUciones imprudentes, y. su inatrimoj;^ 
con Luis podía libertai:la de las escajseces que la amenaa^ibaii.. Su 
afecto hacia él s^, hallaba, por cpnsigní,eute sostei^ido por el ^mor 
de verle huir. Luis hablaba .S4eju¡)te derrama/ido lágrima?, . df^.Ja. 
desventurada Clementinay á cuyo llamamiento acudid ^oUcitq apét. 
sas logro arreglar 9u^ negpcios y prometía no (yerdoaaif' al jnfamiai 
que bahía despezado su pobce corazón, con el fíripe acento ^^ijioai» 
bre honrado incapazde quebrantar sus Juraqiei;)tos. n . 

. ; Tulita, cuyo inconsecuente carácter se cansaba d^ sus ^^^nq^iig^, 
tas apenas las tenia seguras, había no obstante llegadq á.amaír (i 
Luís .cuando su corazón era cap^z da amar. .Tod4^ la. ii^on|eába en 
é^.su nc)|)le condi<(íoa, sustalentos, sus. priticipios^ su esteriqry^ 
foctH^a. Luis^que^a creía buena, afectuosa y que. la ^maba <;oa ^ín-^ 
Cfirtdadl.pidíd su mano y la obtnvo. .£| matrimornio ae ,íijd pai;a uof 
JMS,(lesp»»s. :• ' ' .:,.-.•:-. ^^ ■ ,.-, .V i- '• ■- !; *., 

. üf(si estranjero ea ia Haü^a^a, á caua» (út torga lif^pso qup áe. 



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etbí" perintRéclíem ausente, .Lui« había oido haUar cen vaguedad dn 
las éoqueteriaa de Tultla y las rechaz<$ con indignaeion. Nadie podía 
justifrcarcon una sola prueba semejantes acusuciones j únicamente 
íñÉ prílébas hubieran podido persuadtHe. Las sonrisas irónicas que 
«y^ójlan iu etitusiasmo por Gertrudis le mortificaban sin convencerle 
y vólvia deádeSoso la espalda á loáque murmuraban í»in presentarle 
ifti áetruro d^lo.' 

^ ' 'Transüurrieron quince días y Gertrudis comenzaba ya á tran- 
((ÜlHtarde, (sirándo cayd enferhfia de gravedad. Una erupción cutá- 
nea, ton terribles viruelas le rt>baron los encantos de su fisonomía. 
Lk tüHflafta en que hubiera debido casarse se levantd de su lecho con 
ét rOsVro *óUbierto de cicatrices. La coqueta se examind en un espejo 
y se estrerhecití. Su belleza constituía todo stt inértto. Nada Iq que- 
dhrfflr-én adelante!. . • • • » 

:!¿: P(Vr la fiHn^era voz de »u v^ída, ella que apenas habla sabido 
Hbhíri'elethinid un torrente de lágrimas amarguisimas. Luis la sor- 
|^)^et)dio Ébiló^.dndo desesperadn, invocando á Dios y dudando de su 
fioryenir. — ¿Por qué lloras^ amnda mia.^-^eaclamd enjugando sus 
djf).«^-^té amo y6 atraso por esos atractivos p>isageros que una enfer* 
ñíéÜtt'dt^'ha arrebatado, d por tu hermosa aima''. . . .Buena y ama« 
bfé'Gertt^udis, ci'éelo, nunca mehas sido tan querida como ahora que 
fhb pefténébes toda entera y que no podrán desconfiar de la sinceri-^ 

düU'He'rinVbáriño fichando de menos una belleza que te atraÍA 

ib^-'obüequloré de cíen admiradorefSt pensaré que mi ternura sola no 
le basta y i^e tdécian la terdad \o» que te acucaban de coquetería? — 
áitáíffri 'sdrif iétidose para consolarla. 

'f'íifU4-:<5H/Tj\jWÍ yo ñor merezco tanta generosidad ni tanto amor! 
•^mí<rttruf& GeHrudiá inclinando la cabeza sobre el hotñbro de su 
ahií^o^y cerrando tos párpados para no verse en el espejo que on- 
ft'éhié tehla. 'I>ürante un momento se vid impelida 4 revelar á su 
áYiYaifyté'^u^'bothparta miento anterior, pero do<id de su grandeza de 
álííia qué ifutzáñ la hufotera perdonado y acabd de perderte, 
•'orn pQj.* ilitímoVdt)» o tres semanas despides, una noche que Luís e»- 
lííbá^entkdo at lado de su futura, un carruagése detuvo á la puerta 
ée% tÁ^Ú ñt ^st'a y apeándose un joven, preguntd por el hermano de 
Clé.tt«intit)a. Salid Lni^ á encontrHrle en el zaguán y pronto el ruido 
dc^s^rsaealbVádas'voces'asustrf á Crertrudis que le escuchaba trému* 
la.; — L'ri prueba, la prueba de lo que me dice -vd.l-^grttaba Luis eoit 
ÜbísHtb Wittfdo:-^vd. que ha mentido una Vez, debe mentir también 
ifcÜráy^féínpre. 

i: « i.^^l^^^l^ i^¡,^¡^ p^g ^21 muger egoísta; esa coqueta sin cora^ 
zíó'n/^ufe Yttfe briíidtJ sus falsas simpattas para apartarme da Clbhienr 
tlUay éri $é^uidk négftrtnelasl-^afiadrd Éus^io aprolriméndose ii 
M^retltábk^ueTtti'rába'i ta^afe.»<-Ob^rvettiiNi. estrenfieieeriyé'á'mi 
H^ectOy bajar los ojos azorada y se convencerá de que foé elN qafen 
seViilUÍ SSé'tít\í títüñtm para baccrme olvidar "A au hermtrña ¿e vd 



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—21- 
ua ibtlante, aunque Clementina era 8u amiga y no ignoraba que ro« 
báodole mt afecto, le daba un golpe mortal! 

-—La prueba en el acto! la prueba de lo que vd. dice!. •••••re* 
petta-Luis apretando los dientes. 

jri •— Héia aqiii! contestó Clementina saliendo del carruage acom* 
pañada.de D. Tadeo.-r-Sl' estuve luca y pensé morir desesperada fué 
porque esa mu^er que me prometiera amistad fraternalt me arre- 
bató nú amante, despedazó mt corazón y se rió después de. mi mise- 
ria. • • • • «Oh! Luis! hermano mió! contempla mis pálidas facciones, 
mi marchita juyentud y comprenderás euanto be padecido por su 
causa!. •«•• «Sin embargo, todo seio perdonaría, Dios lo sabe, si 
creyera que Gertrudis fuera capaz de labrar tu felicidad y de ser 
para ti la consorte srensible, leal y tierna á que te hacen acreedor tus 
virtudes, tu honradez y tu noble ftará-ter!, ..... Pero la coqueta no 
puede amar nunca de veras, pahr**. hermano inio,^y á su lado te es- 
perarían zq^pbra«, sin sabores é inquietudes constantes. • • • • «Buyo 
pues, de olla, querido Luis, huyi^ mientras és tiempo aun!. • • • • « 

•*rGjacia»l me bábei» sal vado!— murmuró Luis arrojándose w 
sus brazos y lanzando en seguida á Gertrudis una mirada en que se 
confundían el dolor, ia lástima y el desconsuelo, se alejó de allí con 
81] hermana). 

— Biendecia yo que seria. mi. muger! esclamó D. Tadeo eii- 
trando en lasala-^solo la tenaz pasión de un viejo es capaz de no 
a&astarse con los capriefaos de ja coqueta. 

Gertrudis se ea»«ó en efecto con él para escapar a la j^iseri^ que 
la amenazaba. D. Tadeo la obligó á cuidar de sus ac^iaques y cuan- 
do Tcilítapnrecia próxima á recaer en sus antiguas inciinacionesi 
D. Tadéo. murmuraba riéndose. — Ya no me inspiran miedo tíx^ ar- 
trfícios; gracias á las viruelas, te asemejas á una mariposa a la cual 
han coi tado las alas! , 

Mientras la coqueta vegetaba triste, descontenta, mortificada 
al lado de un hombre á quien no profesaba cariño, Clementipa, es* 
posa adoredar de Ensebio, hallaba en la práctica de sus deberes do- 
mestices, de sus mtítuas obligaciones de madre de familia y en al 
respeto general, la digna recompensa de su modestia, boadad j 
virtudes. 

Os he pintado algunos pasages de la vida de la coqueta;- perot 
lo repito, formando este uno de los timos generales que en todos los 
paires se encuentran apenas habrá podido tomar bajo mi plunoa los 
tintes locales que gubiera deseado comunicarle. 

■ Tellcla*' 



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II lumm. 



-«*c*o'«/8^«s0'>»'^-' 




INGÜN tipo mas conocido 
que el lechero puede presen- 
tarse a los Cubanos pintados 
por sí mismos^ ni ninguno mas 
marcado, por sus c^istumbres, 
tra^e y modo de ganar la vi- 
da. Tocdme á mi el pintarlo, 
no porque yo sea lechero ni 
cosa que lo parezca, sino por- 
que observador constante ile 
las costumbres ycon mas placer cuando pertenecen al campo, era 
casi de ley que así sucediese* 

Hecho ya cargo de él, voy á empezar mi tarea y lo hago con- 
vencido de que lo que le falte á mi lenguage de belleza en el decir, 
le sobrará doverídico. Jamas he creído inútil el recargo de adornos 
en los artículos de costumbres porque ellos forman parte de la histo- 
ria de los pueblos y con el más leve aumento se desfigura comple- 
tamente, dando lugar nosotros mismos para que estrangeras plumas 
y aun algunas nuestra?, hijas de fantásticas imaginaciones, formen 
mentirosas y chocantes anécdotas de nuestra vida que jamás han pa- 
sado entre nosotros. 

' Aúi no Se busque en este otra cosa mas que la verdad, pues to- 
do lo demás le fdlta, sin que por esto deje de tener alguna sal ética, 
pues que sin ella serian estos artículos nada ó poco menos bien mi«> 
rados. 

El Lechero no es un tipo solamente cubano, porque en Cuba ca- 
ai todos los ejercicios están en poder de todos los habitantes de ella.' 
bien sean de Europa ó bien de América. En el del Lechero, la mayo- 
ría es'de hijos de las Islas Canarias, no faltando también en él hijos 
de Cuba; pero como unos y otros adquieren el mismo hábito, las. 
áñéjffins costumbres é idéntico trage, no me parece preciso el sepa- ^. 



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—24— 
rftffós nihaeer ninfQim ckwe 4^ fttH t u ewi ^tf t wi^ e » .ya> ge a n a a i d o a a > 

Cuba, ya eo uno de los siete íiiontones^ e) Jecbero no deja de ser leche- 
TSh ni de teqer la rnisma fídODi^mia y la profíia posición soqíal, si es 
que es una posición soci»! el ser lechero. Y, si, señores, es posición 
aopial) paes que él también ocupa su puesto como todos los demás y 
están digno de ser considerado como otro cualquiera. El presta un 
servicio interesaotey llevando la leche ala casa de sus parroquianos, 
él sufre los ar4ore8 del i^ol dé^ Junio, las lluvias de M^yo, los huraca- 
nes de Oetnbie, y todo ¿por qiié.^ pura que no le falte la leche á sus 
marchantes, el sabroso cuanto nutritivo liquido. ¡Cuántos habrá me- 
nos dignos que él de nuestra esúmacion! De costum|)res. inocentes, 
honrado y prdbido (menos eaaiido>8e convierte en cura y bautiza la 
leche) buen esposo ó buen hijo» es mas útil en la sociedad que algu* 
nos que hoy ocupan lugares mas distinguidos. . 

El origen de los lecheros Q«i.Guba es el origen de. las vaeas^ pues 
por^ gustar del néctpr^ue eikas producen se hicieron necesarios los 
ordeñttdor^s y aun cuando. puede que en tiempoS;muy remotos no 
fuera. conducida á U Capital de ia manera 4)tie hoy se hace,, esto se 
pierde^ c^ la oseuridad de. las tiempos, pues que cuandq la toma de ia 
QabaDa<fiorJo«k i agieses es silbido que los leekerog mezclaban la le- 
cbacon piñoi^es, haciendo dar á les sitiadores CMMíceras en pelo y eos- 
tándole* tomar ^te líquido 4 nvicbos la vida« Esta originul idea fué 
llevada .4 efeelo ca« po^ vatcxr, porque,< posesionados loshijosde Al- 
bion de la CapitAi de Cuba, manda|;mntiesf>dtica mente en ella y pu- 
do hiitber,lieft.eos.tado:muy carosu pntriotisipíK^/HéaquMa causa^pocr 
()iiiQ^la hia^or^a h^tce mención, de \Q%kckñroi$ «fM^ra hsinQr y glpc&a-.da 
los pasados^ presentes y futuros ordeñadi>4*es de va^s! Dado^eaf^ 
rasgo histjirtco de mi tipo, paso á pintar su vida y^Sfis eostumbr? s. 

Nacido y criado en el campo» sUjfisonoTnía esitja.de|. gu^girp^9l|. 
gMterai; pero tiene rasgos partículares^qa^lo^dktingueo .déla MAfÜir.; 
dad deaqfuellos. Completamente ignorsinterpues casi todos no sabea, 
laep fif escribir, es sob un hombre de. trabajo y, que no se ocupa dio 
otra oasa<)iie de ganar. la vida y amar a la mpger. Astuto por natjii,- , 
raliexa,iodo lo que le falta de /ef/ra^le^obrade/r^^a^y.porestacausa 
ealKndas saseonj^ratos sale ganancioso, pue^ se valade recursos inai;-;. 
ditos para valorizar la prenda de su propiedad y. disminuir el .valor. 
dalat|ue4aíere.tratar. Maaha perspicacia se necesita para penetrar 
árun guagiro ycasi siempre engaña su fisonpmía; él ^e hacf muchas;, 
v^oss lilas ignorante de lo que .es, porque de esa ignorancia, 4^ ^<h 
torpeza obtiene él el fruta que desea y se arrastra como el majá^ y, 
dt mil vuekaS) bajeando «orno aquel hasta que» casi siu esfuerzo 
ninguno, hace la presa deseada. Cuando ^Iguagiro trata con un asi-;> 
ti^aikgero, se baíía.coaipletaineate ea agua, de ^osus, pon|ue él sabe; 
Biuy.bien'qae para, engañarlo necesita de muy poci»» sien4^ la ca^-. 
sa>eloofNSe¿<to equivocado que b\ estra<ngerQ^uaoe formado, d^hX^^t^, 
giPo< fisto no es de estrpñarse^ porque ¿quién >qa« estudia, a^a. 



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^26— 

costumbres quien que vea su modo de vivir, juzga otra cosa sino qué 
es un hombre que vive para comer, en vez de comer para vivii*? pe- 
to, lo repito, lo que se vé no es lo que es; tras de aquella mansedum* 
bre están las uñts del gato j ¡guay del que se deje seducir! 

Para estudiar debidamente a\ lechero, preciso es que me acom*^ 
']f)añes, paciente lector d linda lectora, á un pequeño viage y portiiefr- 
ra á uno de esos potreros ó estancias que están á tres ó euatrd' le^ 
guas de la capital, punto á donde viven y de donde sacan ese blaiicó 
néctar nombrado leche, los amigos tuyos que tan de mañana ves eñ 
las esquinas. 

Figúrate por un momento que estamos alHy registras con la vis- 
ta aquel sitio de labor. ¿-Ves en torno do una casa de embarrado y 
guano^efñ» apariencia y tosca arquitectura, una multitud de vacas y 
terneros y ves á otras qUe son conducidas al mismo lui^ar? Pues es 
que son las cinco de la tarde y que ha- llegado la hora de ordeñar las 
vacas. ¿¥es áese hombre, que, en cueltUas, remangadas las manga» 
de la camisa, va palpando tas preñadas ubresí? Pues ese es el lechero 
que principia su faena. ¿Ves cómo engaña al infeliz y do'cil animal, 
aprtíxiraándole el ternero para que creída que va á iptrir á su hijo 
sé facilite y bájela leche (como ellos dicen)? No observan que apenas 
b*i podido el mamón estraer algún liquido, es separado de allí y, btf- 
med^ciendoconaguasu manoencaUectdH,'principia con ia ligereza' 
que le ha dado la práctica, el iuhe y baja que sostiene la síalida def 
líquido? Pues, ese es el lechero, y lo mismo que has visto hacer con 
fesa vaca hará con todas, y va llenando las vasijas ordinarias conocí* 
das por botijas en donde laeonduee á ia, Habana. Llenas estas, for^ 
itaa'tapones coa- hojas seeas de plátano y cubre perfectamente sus bo« 
cas; desata dét naranjo ó mamey, á donde está amarrada su yegua 
mora ó rosina (pues Itíaledieros son muy aficionados á las yeguas), 
pone sobre ella su ancho aero» y en uno y otro lado va colocando con ^ 
él mayor cuidado sus grande» ó sus pequeñas botijas, engancha do9 
jarros y uno pequeño áM boca de una de ellas, y encaja en el lado 
derecho un desteñido quitasol de algodón, arma necesaria f que for- 
ma parte del tado de un lechero. Coloca en su cintura un cuchillo con 
taina de cuero, sujeto por un pañuelo de color: duerme un rato so- 
bre'el pilón del maiz, y á las doce de la noche, sobi:e la inmensa mo^ 
le de Su yegua, él montasu mole humana: sale de la estancia o po- 
trero á la-una de la madrugada, hora que él sabe' por la mayor ó liie»^ 
not altura del lucero. : i 

Marcfaa nuestro hombre por un jaiolitarío camino con paso bas* 
iante lento, pues la clase de cdrga que lleva no se presta á otro, cor- 
riérndoy si asi no lo fareiera, el peligro de romperla; en ese nocturno 
paseo qiie itódos los días tteiie, recuerda á la prenda de su corazón, 
pnés, como llevo vücho, él M tiene otro peosamfiento que su yegua, 
su novra y sus váfütim; a^i qói^ en medía de la sotedad á una hora tan 
Avanzada de la^no^^he, y sin tener mia testigos que el solitario 

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-26— 

campo y el estrellado cieJo («i eHá. la noche serena) cantac 

¡Ay, Inés del alma mía, 
Desde que tus ojos vi 
No fté lo qwe tengo tuquis 
Pues nada mi fiíefo enfria; 
Sea en la norbe sea en el dia 
Stem-pre esiás, loes» presente 
Y nit oovazon ardiente 
¡Ay! no cesa de latir: 
¿G<(mo, di, podré. vivir 
2^i no !»« eres eonseeuentef 

El ¡ay! de estas décimas es un qnefido tan natural y se presta 
tan bieo á la provincial cancíonv cfoe ain él le faltaría mueba parte 
de su armonía y de su beliesa natura L 

La yegua sigue con su paao siempre igual por el camino en el 
que debe estar tan práctica, que toma la mejor f^ereda y el lado maa. 
seco, buyendo ipor su propio instinto del menor peligro. El lechero^ 
cuya vida fatigada solo so naturaleza tan fuerte y el poder de la cos- 
tumbre pudiera sobrelleva Ha^ se queda dormido oompletamente,.ar- 
ruilado por la^esca brisa de la oocbe y el anuve vaivén que contra 
las botijaa te baca dar natura bnentov tu yegua. 

ahí es verlo, dormido eompletameate y danda cabezadas á uno 
y otro lado, basta que, remli«lo del todo, quedan casi acoslAdu, top- 
eando su cara el pci^cuezo det aniaiaA* ain que el movimieuto en tan 
eatraña posición lo de-^piecte, ai pierda el equilibrio*. Gomo no hay 
caniino sin tropiezo ni caballo que deje de trepesar*. al fin bt yegua 
da en un canjibn formado por alguna carreta, y se vé obligada. 4 
haoer UB saludo á la francesa qne despiértala nuestro leebero, el 
cual, medio dormido auoy con ronca «oagrilatjyegua! y clava la es- 
puela en el pescuezo del animal,, punte á dende van á dac sus pies,, 
en eontia de todas las reglas de la equitación, y obligado por el se* 
roa y las botijas» saendido el auefio con aquel aeontecimieAto« mira 
la bdveda azulada, busca el referida lucero y «tieer **iaa doa" pudíendo. 
asegurarse sea aquella bora, puea talen la costumbre adquirida con 
Ui ccínstanciadesu observaeien; entenoes^ mirando el vivido luceio,. 
rustico trovadotf canta, porque el leckeeo v,a en el camino d cantaildo 
ó durmiendo. 

Lucero que estás brillando 

Oon< tan bermoso fulgor, 

Anda y cuéntale á mi amor 

Q,ue estoy en. eUa pensando; 

Que ea mi llegna caminando 

Por este monte sombrío 

Solo le pida al Dios>niio^ 



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—27— 
Pues que de pobre me saque 
Un ternero y una vaca 

Y con ella«en mi bohío. 

¡Yegua! y repite uno y otro verso, todos en armonía con su po- 
breza y el estado de su enamorado eorazon. 

Un ternero y una vaca, 

Y ella siempre eti mi bobío. 

Esto parecerá una exageración y no lo es, porque en realidad 
no es ambicioso; él tiene necesidad de una muger, porque el amor 
para el lechero ó guagiro es preciso, indispensable, y con aquella la 
vaca y el ternero, él forma capital, pues sabe duplicarlo. El que du- 
de, queestudie entre ellos, que vea con lo que un lechero se cas^, y 
al año ó dos «ños ya tiene doble de lo que cenia. 

Pero sigámoslo en el camino. Cttftodo llega á 'una de esas bo- 
degas que en los caminos líel etimpo . permaneeeo abiertas toda la 
noche y que llevan los nombres de La, Encrueijada, El Chícharo, 
La Yagua, La Cachimba, &c, el dependiente está tan práctico quCí 
antes de llegar, por «I isoofd«Y de la carreta, el pisar del oM>ttllo ^ el 
modo de cantar, ya saée quien seaproxiosa; y como todos paran unr 
momento allí, todos son amigos antiguos» y así entabla cpn ellos nías 
ó menos el diálogo siguiente: 

«— ¿Qué hay, Peri^of 

— ¡Hola! señó Jumi, bnenas- nochesJ 

-—¿Ya esta el café caliente.'* 

— ^Y que j'tfma, selld Jaan. 

— Pues daca una tasa y un pan. 

-^Parece que na lloverá. 

— No: si está el cielo imas Maneo que un pliego de pápeL 

Vén una encH^me taza, que pudieraservir de palangana, le sir- 
ven el café, aromosa bebida que ¿todas horas la toman en el campo. 

Con aquel refrigerio anima sn estdmago y sigue el camino jia<- 
1^ la Habana, deseoso de llegar á ella á las tres á tres y media de la 
mañana* 

En la calzada del Monte se inoorpora á la multitud deplaceratf 
lecíheros, &;c., que diariamente rnvaden la capital para vender sus 
dfeótos, pero asi como los placeros van á las plazas de) mareado, 
ellos vaneada unoá una esquinado la barriada de sus parroquianos. 

Vedlo, pues, antes del Ave^María como eoloca en linea sus bo** 
tijas al dintel de tina -bodega, en ctfyo horcón >amarra & sn Roiina^ á 
quien pone un morvül con granos de maia, para que se entretenga; 
eóloea los jarríMós ála-bóea de estas 7 a un lado el histérico para» 
aguan. Si ea muy temprano» forma una allnobada de su ehaqaetoo de 
bayeta, y, en unión de sus tiotíjas^ duerme un momento sobre el du- 



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NTRB lo9 tipos que mas se destacan del fon* 
do del cuadro moral de la sociedad» uno de 
losquenras han llamado siempre mi atención 
ha sido la ca$amentera^ 6 corredora de volun* 
tades* por otro nombre. Ser casamentera es 
casi un oficio para algunas niugeres; pero ofi- 
cio doméstico, de familia, aunque sus ten^ 
dencias vengan i ser al fin sociales. Conside- 
I rada bajo este aspecto, biev puede el escritor 
'^ dé costumbres dirigir á ella su lente micros- 
eópico y presentar al lector el resultado de sus observlftciones. 

Et la eoMameñtera unas veces una rauger estrena á la familia 
cOki quien vive, pero que habiendo caido en desgracia fué recogida 
por ella y no eticuéntra otro modo de pagar los ser'vicios recibidos 
que empleando los suyos en fnv'nr de las niñas. Otras, pertenece á la 
misivia familia y es por lo regular soltera^ jamona, de esas qué lia'- 
hiendo totalmente'perdido las esperanzas de colocación se consnelani 
ó entretienen el trompo que tantas señales de despotismo dejara eín 
sa persona, buscándosela alas jdy enes que mas de cerca lé intere- 
san. No quiere decir esto que todas las sorteronas que se h^n pagado 
sed<Bdiquen é casar voluntades; no señor: unas se convierten en bea« 
tas y se dan mas- golpes de pecho en una semana* encerradas en un 
aposento que oraciones han podido rezar en Ma' época dé sur con- 
qaistass otras «e vuelven eftvidiosas^ y persiguen de muerte con aa 
odio* al^bombre que dirige -sus requiebros y aspiraciones á cuales* 
qulfera otraft mugérés quefKyseart éHas; otras desbaratan, si es'pre- 
ciiio, ufin boda solo porque los novios no bascaron su influjo para ha- 
cerla. Pero ninguna de estas quiero por ahora tocari Cstán tari ^rí- 
zadas de espinas que no sabría por donda tocarlas: limitóme á mi 



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—32-- 

cmmnenÉera votterona y t\^ madre casdLfñeniera^ que ellas solas, pré- 
seniáadulas por su órdea, me darán materUI suficiente para entre- 
tener un rato á mis lectores. 

Todos los que en el mundo Vivimos, cual mas cual menos, tene- 
mos nuestro poco de egoísmo; tratamos siempre de sacar alguna uti- 
lidad de nuestro comercio social. La casamentera solterona es tal vez 
la única que trabaja para otro sin obtener provecho alguno para si de 
su oficio; todo su trabajo redunda en beneficio de un tercero, 6 una 
tercera, que es lo mas probable siempre. Ella nada utiliza cuando 
sucede muchas veces que el buen resultado de un negocio matrimo- 
nial, se debe únicamente á sus. coosiantes afanes: no le queda mas que 
la satisfacción interior del que vé coronada una obra que se había 
propuesto llevar á cabo. 

La casamentera^ conoce por supuesto el caráeter de cada una de 
las muchachas que quiere establecer mejor que la madre misma; co- 
noce á fondo sus gustos, sus inclinaciones; sabe también cual puede 
hacer por si sola una conquista y llevarla á felice término, cual la que 
necesita que la ensayen y preparen anteas con algunos consejitoa 
ac<«írca del ornodo con que ha de portarse cuando se encuentre en pre- 
sencie^ del JQ ven que le agrada d^ le hace la corte; de que manera ha 
de insinuarse y animar á algún maneebito de esos que se ponen de 
veinte mií colores y tiemblan, y sienten calofríos á la sola idea de 
que tiepen que propubciar la palabra amar^ y se mueren veinte veces 
])rimero que se atrevan á atreverse: conocen también cual es la que 
necesita np solo de advertencias, sino.de ayuda además cuando llega 
á.vers^ frente a frente con la plaza q.ue se quiere rendir. Demás es- 
tá decir que fe es absojut^mente preciso estudiar hasta saberse de 
memoria á ibad^ uno de los jóvenes que visitan la casa, á los que mas 
di^Mnci^.^Qs reciben de las niñas y a los que mas aceptables soif mira- 
dos bajo cualquier concepto ventHJoso en que un hombre (>uede ser 
ui^Uüea partido para una muger. Esto. dep^nt},a de la educacionivdel 
ro,ce ep la sociedad y de las aspiraciones mas o menos elevadas d9 
uiía, nina. La casamentera^ en fia tiene que. penetrar á.fondo el 4:orar 
'zo^n y los masminimos c^pciclios de toSsque JMegt^a^eii pa teatro eo el 
€UÁ( representa ella el de appntador, pa|>el el mas importante, det 
que. depende principalmente el mejor éxito de una obra, no obstante 
esjar oculto para el espectadqr. ■ . . 

^ Aunque haya tres d ciiatro ninas en la familia, siempre hay una 
á quien Ja casamentera atiende con mas predilección. Esto depende 
de cjer^tas circunstancia* y merece unaesplicacion: queremos presen- 
tar el tipo q^ue boy á tocado á nuestra, plun^fi (lajo. I^od^s sAisfaceSt.y.' 
te perseg,uiremo^,en todas sus etnb.oscadas á fip de. q[UQ .|Xue4a reco- 
nocerlo el lector donde quiera que lo^enci^enti^Q; mejor dieba» poi^ft 
que pued4 fácilmente desciiibrir el reforte por ndediadal iicn>at se > 
mueven ciertas ni uchachas^ . . > 

CuandQ del trato ^ptintio.de alguQ jdveí^ pon lafamilía llegfi.i . 



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observarse que gusta mas de la conversación, de la gracia ó de cual-» 
quiera otra circunstancia de una de las niñas y que por esta razotf, 
sin que por eso sea su enamorado, siente mas placer en dirigirle á 
ella mas á menudo la palabra que á las otras y la distingue sobre laa^ 
demás; si este joven puede prometer alguna utilidad, la co^ainen^éfra 
que no perdona medio ni ocasión de ejercer su oficio humanitario, 
empieza desde luego á prestar su apoyo á la muchacha preferida y á 
poner en acción con ella todos los recursos d^ su arte. Ya desde en- 
tonces no abandona un momento á la nifia; siéntase siempre á su la- 
do, principatnaente en el estrado, á fin de oir mejor las palabras que 
le dirija el amigo que quiere ella convenir en n miembro mas inme-' 
diato de la familia; observa el efecto que en aquella causan, por indi-^ 
ferentes que sean y estudia el giro que pueda darse á cualquier co». 
versación que sostenga para llevarla al punto resbaladizo en que tra-. 
ta de colocarlas. De aquí partirán sus consejos cuando ambas estett 
solas. Cuando lo considera absolutamente preciso tercia en la con- 
versación, agarra por los cabellos la mas mínima frase de galantería 
que ei joven dirija á las muchachas; hace creer á esta que va en ella 
envuelto un doble sentit^o de amor embozado; le apunta como quien 
W quiere ta cosa el modo con que ha de responderla, ó la vuelve ella 
misma, si conoce que conviene mejor. El joven que pasa por fino, no 
quiere perder su reputación de tal; dirige á aquella otra palabra ma» 
dulcesita y otra y otras mas tiernas que solo son dictadas por la gar 
lantería, pero que la casamentera hace recibir como hijas de un« pa- 
sión encubierta. De este modo y repitiendo sus golpes un dia y otra 
dia sin dejar respirar la víctima, (la víctima en este caso es el hombre) 
empieza poco á poco á interesar el corazón del mas impresionable de 
los dos. 

Otras veces sucede que se enamora una de las nifias de la ele- 
gancia, del físico, de la travesura de un joven, 6 quizá de alguna cir- 
cunstancia verdaderamente recomendable, lo cual no es lo mas fre- 
cuente; pero no se lo demuestra porque las preocupaciones, las costum^ 
bres, ó la sociedad, cualquiera que sea, poco importa en este momen- 
to, mandan que la mnger ahogue en el fondo de su corazón sus sen- 
timientos amorosos antes que d^^scubrirlos la primera. La casamentera 
sabe el secreto de la niña, bien porque lo haya sorprendido valiendo* 
se de sus mañas, ó porque se lo haya confiado y ya ta tiene usted pre- 
firiéndolo á las demás, tendiendo como la araña su red al galán, que 
en estos casos hace el papel de la mosca y retirándose á observar. 

Sabe que noches, á que hora acostumbra el galán hacer sus \i% 
sitas y cuanto tiempo: hace sentar á la joven en el lado mas desocu- 
pado del estrado y deja una silla vacía entre ambas para que la ocupe 
el preferido. Promueve ella misma la conversación sobre el amor, 

Íinta la monotonía de la vida del soltero y hace resaltar el placer del 
ombre que se vé amado por una tierna virgen que le deilica todos sus 
íÍus(ifros, todos sus pensamientos, todos l.)s latidos de su corazón: espré- 
sase con fuego y basta con ternura acerca de la felicidad que deben 
esperi mentar dos jóvenes almas que se comprenden, que se aman, que 
se adoran, los mira á ambos... calla... y su silencio dice mas que cuan- 
tas palabras pudiera añadir. — ¿Quién no se inflama de amor y entu- 
siasmo al oir de este modo espresarse á una muger á quien su estado 
mismo la hace ser nías elocuente? y quién teniendo tan cerca de si 

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—34— 
\ina niña que puede colmarle de todas esas satisfacciones no %'uelvc 
íiácia ella sus ojos, radiantes de amor y ternura, pidiendo le conceda 
las primicias de su joven corazón? Los dosjóvenes, aunque 7)0 sea mas 
tjue por su edad, tienen un alma sensible; la chispa que Ir casaniBnte • 
ta ha sabido arrojar en ellos de seguro que prenderá; y sino ahí está 
ella, que no abandona un momento su presa, que la persigue, que la 
acecha sin piedad, implacable en su idea como lo es en sus pasiones 
la muger cuando no tiene el freno suficiente que dala educación pa- 
ra dominarse. No haya miedo que se le escape; «i no le bastasen esos 
arbitrios ya apelará á otros, nunca le faltan para conseguir su inten- 
to. Malo es que una mugeí se proponga casar á un hombre, por- 
que tarde 6 temprano se sale con la suya: es preciso que sea él muy 
idespierto, que tenga suficiente despreocupación para que llegue á 
comprender que todos los obsequios que se le dispensan no son por- 
gue se los merezca, sino por ver si de ese modo puede mejor doble- 
garse á la coyunda nupcial. 

La casamentera apela á los paseos, á los juegos de prendas, á las 
retretas; ¿á qué no apela la casamentera^ Aprovecha todas las ocasio- 
nes en que ios dosjóvenes puedan estar juntos. Si salen á pasear ha- 
ce que vayan los dos del brazo y que las demás sean por otros acom- 
pañadas, para que queden con entera libertad. Aunque no haya mas 
bombre que él atrope liará todos los miramientos, despreciará el que 
dirán y le obligará á que vaya solo con la niña: poco importa esto; 
cuando las circunstancias son apremiantes es preciso arrostrar por 
todo. — Una vez solos los dos no se han de poner á rezan otra clase de 
oraciones, inspiradas por otro Dios que no es t^l que fué crucificado, 
sino por el que suele á veces mas que crucificar á los miseros morta- 
les, serán las qué murmurarán sus labios. 

La niña, advertida por las lecciones que haya recibido, sabrá si 
debe por algunos dias detenerse en el capítulo de las esperanzas á Un 
de avÍTar mas la pasión naciente; si le conviene irritar la vanidad 
del cuyo con las dificultades que sepa crear, ó si ha de empezar des- 
de luego concediendo el amor que se le pide. Esto depende de los 
sentimientos, del mayor 6 menor grado de delicadeza que en el galán 
haya tenido buen cuidado de estudiar antes la cásame tera para pro- 
ceder con mayor acierto. 

Tanto se buscan las oportunidades de que la niña vea al que quie- 
ten darle por amante y de que el joven se encuentre y hable con la 
que se interesan en enagenársela como esposa, sin pensarlo él ma- 
chas veces, que poco puede una casamentera si no logra que al cabo 
se busquen ellos por sí solos, se estrañen, deseen el momento de estar 
juntos, se acerquen uno á otr> sin que un tercero los impulse y aca- 
ben por creerse enamorados, sin estarlo, solo por la costumbre de ver- 
se y de dirigirse mutuamente palabras que han creido impregnadas 
de amor y ternura, palabras buenas, que si no hubiera habido una 
interesada que las provocase y les diese una interpretación que tal 
vez no tenian, ni se habrian siquiera vertido y aunque así hubiera su- 
cedido, no habrian tenido quizá mas valor que el que se dá á otras 
muchas que se sueltan á cada momento y que solo son admitidas y 
pasan como buenas palabras que el viento se lleva. 

La que acabamos de pintar es la casamentera de buen tono, que 
mas á menudo suele encontrarse. Otras hay que entran en una cate- 



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—35— 
goria mas ínfima y dan mas pronto á conocer sus intenciones á poco 
que se las observe. Estas no se contentan con estudiar primero para 
aconsejar después á una jóven^de^que manera se ha de conducir; es- 
tiende su influencia hasta tomar una parte mas activa en la comedia 
que se representa. Qu^tiinse de tal modo la^máscara, que es preciso 
que un hombre sea demasiado presuntuoso para que no conozca que 
se le tiende un lazo del cual por su mismo vano orgullo le será muy 
dificil escapar. 

Es usted, — le dice, — el hombre mas afortunado; fulanita no hac# 
mas que pensar en usted. ¿Sabe usted lo que han dada las gentes en 
decir? Que es usted su novio, porque lo ven siempre á su lado y cono- 
cen que es el hombre á quien ella mas aprecia. — Si es lo que yo digo, 
señor, nunca debe una manifestar su aprecio á ningún joven: en pri- 
mer lugar, porque las tontas, envidiosas de la suerte de otra se ponen 
á murmurar, y en secundo, porque se vuelven ustedes tan orgullosos 
en conociéndolo, que no hay quien los aguante. 

£1 tonto, que no advierte el doble filo de este puñal que se le in- 
troduce hasta el corazón, se revuelve en su silla mas ufano que un 
pavo real y deja escapar una sonrisita de íntima sati^ facción que da 
armas á la casamentera para que le siga apretando mas los lazos que le 
prepara — ¡Así está usted, añade, desde que sabe que es el preferido! 
No Ibay quien lo resista. Y frie un huevito de los que tan oportuno uso 
sabe hacer una habanera: ¡habia usted de dar conmigo, que ya vería 
como lo habia de hacer desesperar, aunque me estuviera muriendo 
por usted. — Mírela usted,- esclama después al ver la salida prepara- 
da de la niña, allí viene ella: encerrada en su cuarto no sale á la sala 
sino cuando sabe que está usted aquí: ¿qué quiere decir estot Pero 
cuidado, agrega inclinándose á su oido en tono de misterio, si va us- 
ted á decirle nada de lo que en confianza acabo de revelarle. Vaya, 
roe voy por no ser importuna. 

Estas conversaciones han sido acordadas con anticipación por 
la casamentera y la niña que le deja tiempo suficiente para que haga 
su papel. Y saben hacerlo por lo regular tan bien ambas, aparentan- 
do la una disimulo y confianza con el galán y haciendo creer la otra 
que nada sabe de lo que acerca de ella acaba la primera de decir, 
que el incautóse precipita por sí solo en el anzuelo hastajj^tragárselo 
entero. 

Si tan temible es, pues, una solterona mirada^bajo el aspecto que 
la acabamos de pintar, figúrese el lector cuanto mas no lo será la ma- 
dre casamentera^ tipo de suma importancia social y^qne vamos á bos- 
quejar en el siguiente artículo. 



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LA M.4DRE CASAMENTERA. 




.^^^..j^jjp^ .L DIABLO es entonces esta muger cuando se pro- 

íF^ "¿pone pescar un hombre para esposo de una de sus 

P^hijas. Pone enjuego toda la astucia femenina, válese 

de todos los ardides, de todos los recursos, por repro- 

% |f bados que puedan ser, que estén á su alcance (que 

^L^y^t^^U.J nunca faltan en tales ocasiones) hasta que logra ha- 

'í ( i I :ir r en la red al prójimo á quien haya echado el ojo. 

[^^iitre los diversos jóvenes que visiten la casa observara 
perfectamente cual es el que mas se inclina á la niña que quie- 
^ re endosar y si reuniese las circunstancias que ella apetece 
I (á veces los principios importan poco con tal de conseguir los 
líiics) empezará valiéndose de cuantos arbitrios le sugiera su 
interés por lo que ella llama el bien de su hija, hasta conseguir inspi- 
* rarles algo que parecerse pueda á un afecto mutuo. Porque hay ciertas 
madres — ¿á qué negarlo? — que cuando una hija suya ha cumplixlo los 
quince creen que está desairada sino tiene un galán que la requie- 
ra de amore» y se figuran que de llegar á los veinte años sin casarla 
«o pueden ya salir de ella y se queda para vestir santos, como vul- 
fcarmente ge dice. — Mire usted, amigo mió, — me decia, quejándose 
d« su suerte, una señora íntima amiga que demuestra mucho aprecio 
y hace una confianza sin límites de mí, — Mire usted la herencia que 
me dejó mi marido al morir; y me señalaba al mismo tiempo sus cua- 
tro hijas, de las cuales la mayor no pasa de diez y nueve primaveras. 
Todavia no he podido salir de ninguna de ellas: ¡está tan escaso en 
«I dia esto de los matrimonios! — Efectivamente, — le contesté yo, — de- 
be V. estar muy apesadumbrada porque eso de casar una muchacha 
es cosa que corre siempre mucha prisa y cuanto mas pronto se haga 
mejor. 

Doña Mónica, que así se llama mi amiga, rabia hace tiempo por 
casar á sus hijas: cualquiera que viese su afán por conseguirlo, cree- 
TÍa á no dudarlo que cada una de ellas es una carga que por dema- 
siado pesada pretende echar á cuestas al primer hombre que se pre- 
sente. Una de ellas, principalmente Julita, la menor, es la que mas 
compuestita tiene siempre y á la que mas á menudo celebra como 
muy hacendosa y apropósito para llenar las obligaciones de una ver- 
dadera madre de familia. Esta es la que primero quiere colocar, por- 
que siendo la mas bonita, es natural que sea la que primero encuen- 
tre novio, que luego, como aquella misma dice, irán saliendo las de- 
más, pues donde hay muchas hermanas, la dificultad está en que se 
case una. 

La niña es un pinito de oro, eso sí; capaz de dar al traste con el 
hombre mas circunspecto y enemigo del bello sexo. Alta y esbelta, su 
talle parece va á quebrarse por el reducido anillo de su cintura. Unos 



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—37— 

ojos color de cielo que lo miran á V. con una ternura indecible; una 
fisonomía tan angelical, que cualquiera que las contemple uñ mo- 
mento duda si es un ángel escapada del paraiso; tan linda que cau- 
sa envidia á cuantas mugeres laven; luego una boca tan pequeña, tan 
encantadora, riendo siempre con gracia tan seductora, que no parece 
sino que los amores se albergan en ella; una mano, un pié, un andar, 
un todo, señor, que se queda uno admirándola mucho tiempo des- 
pués de haber pasado por su lado, imaginándose si será una ilusión 
de los sentidos mas bien que una realidad de la tierra. Esto en cnan- 
to á la belleza física, que por loque respecta á su moral, á sus senti- 
mientos, líbreme Dios si no parece que la naturaleza, por una de sus 
muchas aberraciones se esmero en presentar en ella un sarcasmo pa- 
ra martirio del mortal que por desgracia de su belleza se enamorase. 
— Al ver una muger de hermosura tan esquisita puédese acaso nadie 
figurar que sea otra cosa que un ángel?.... A primera vista parécelo 
efectivamente; apenas levanta los ojos del suelo, no se atreve á mirar 
cara á cara á un hombre sin ruborizarse; pero guárdese usted de acer* 
carse á ella; su mansedumbre es la del león que en cuanto usted se 
descuide le hace sentir su garra. 

Doña Móníca en cuanto á la pirte esterior es enteramente el re- 
verso de la medalla de su hija: pobre de cuerpo y sobrada de carnes; 
BU cara abultada, sus facciones demasiado prominentes con dos cente- 
llas por ojos que parecen escudiiñar el interior del pensamiento del 
qué la habla. Cubre constantemente su cabeza una papalina como pa- 
ra disimular mejor las huellas que el tiempo en sus cabellos ha deja- 
do. Doña Mónica se recrea en su hija: sus ojitos de t ulebra parece 
que se admiran á veces al contemplar un ser tan lindo salido de su 
propio vientre. 

De cuantos jóvenes visitan la casa, Enrique ha sido siempre el 
preferido por Doña Mónica y el que esta ha considerado como mas 
fácil de dejarse arrastrar suavemente por la corriente de sus halago» 
siempre que ella pusiera algo de su parle para saberlo conducir. Tie* 
ne un carácter sumamente apacible; muy cumplidito, muy atento con 
las danir^s, en estremo mirado en su conversación y en sus modales; 
en fin, es de aquellos hombres que se ponen colorados si se les da una 
broma por inocente que sea, con alguna dama, al revés de la mayor 
parte de los jóvenes del dia, que se avergonzarían al pensar solamen- 
te que no se les cree capaces de deshonrar á una miíger. Como En- 
rique desde que fué presentado en la casaparecia gustar algo de Ju- 
lita, según los obsequios y atenciones que esclusivamente le tributa- 
ba, aprovechó la madre esta circunstancia que ya leservia de mucho 
y empezó á maniobrar á fin de asegurar aquella presa. 

¡Jesús! en el mundo no ha habido ni habrá jamas un hombre co- 
mo Enriquito, ni que mas se merezca. Todo le ^partcia al principio 
insuficiente para agradar al joven é inspirarle en su casa la misma 
confianza que si en la suya estuviese. Diariamente escogía dos 6 treé 
platos de la mesa, preparados por ella misma, para enviárselos á nom- 
bre suyo y de Julita. — Dia decir que Enrique deseaba alguna cosa y 
araba al momento la tierra, como decii-se suele, por conseguirla y o- 
bligaba á Julita á que se la diese en prueba del interés que se tomaba 
por lo mas mínimo de lo que á él tocaba. ¡Tanto puede el deseo de 
casar una hija! 



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—38— 

Pero las relaciones nada adelantaban, no pasaba Enrique do 
fueros obsequios, muy bien recibidos, por supuesto de Julita y de la 
mamá, circunstancia que su mucha cortedad le impedía aprovechar 
en ventaja suya. Apenas si soltaba alguna que otra palabra amorosa, 
que al momento recogía como abochornado de haberla pronunciado. 

Cansada la astuta D^ Monica de ver que nada consigue apela á 
los medios estraordinarios, una vez que conoce que Enrique no ade- 
lantará por si solo. Sus ataques son desde entonces mas directos, mas 
contundentes: deja á los niños cuantas ocasiones oportunas cree que 
pueden encender y fomentar mas su pasión naciente, y empieza in- 
dicando por si misma lo que Enrique por moderación unas veces, por 
política otras y las mas por prudencia no se atreve á hacer. 

Julita, dice D^^ Mónica á la niña, siéntate al lado de Enrique. — Y 
al cabo de un corto instante, para que este aproveche el tiempo y su 
presencia no sea un obstáculo para él, agrega: — Dispense V., Enrique, 
que me retire por un momento, tengo que nacer allá dentro; nunca le 
faltan á una ocupaciones en casa. Usted para mí es como de la fami- 
lia y me inspira tanta confianza que no dudaría en dejarlo salir solo 
con cualquiera de mis niñas. 

Otras veces se deshace en elogios acerca del carácter y buenas 
cualidades de Julita jQue hacendosa! que obediente! ¡que caritativa! 
«-—Mire usted, Enrique, esta mañana se levantó Julita á las cinco, y 
desde esa hora ha estado cosiendo hasta un momento antes de que 
usted llegara que dejó la aguja para vestirse, y eso porque sabía que 
usted venia, que sino estuviera cosiendo todavía. — Verá usted, y es. 
to lo dice á Enrique al oido, vera usted la sospresa que Julia le prepa- 
ra. Se ha empeñado en que posea usted una obra de sus manos y es- 
tá bordando un pañuelo y un chaleco para que los use y los guarde 
después como memoriais suyas. Yo, por supuesto que tengo en ello 
mucho gusto, porque ¿en quién mejor que en usted podría ella emplear 
las habilidades que tuve muy buen cuidado de enseñarle yo misma? 
Porque eso sí, ella no será rica, pero en cuanto á estar adornada de 
las buenas cualidades que debe tener toda muger de su casa, dudo 
mucho que haya ninguna en la Haban » que la aventaje. ¿Querrá us- 
ted creer, Enrique, que toda ia mañana se la pasa encerrada en su a- 
posento cosiendo, sin salir á la sala para nada? A menudo vienen al- 
gunas amigas, pero ni por ellas abandona un momento su labor; allá 
deja i sus hermanas el cuidado de recibirlas. A veces me cuesta Dios 
y ayuda quitarle la costura de las manos; así es que muchas conoci- 
das suyas le dicen que no parece sino una muger casada y con fami- 
lia según lo trabajadora y amiga de estar en su casa que es. Prueba 
de ello,— continúa doña Mónica, que no se cansa de ensalzar á su hi- 
ja,— que ni los bailes la embullan, cosa rara en una niña habanera, 
que sabe usted que todas han nacido para el baile. Ahí tiene usted e- 
sa papeleta que nos han enviado para una soirée que da esta noche 
un amigo nuestro; pero Julita está resistida a ir á ella, á pesar de lo 
mucho que sus hermanas la embullan y aun yo misma para que se 
distraiga un rato. — Y todo esto lo recomienda y repite á menudo por- 
que sabe que á Enrique no le gustan las diversiones y quiere hacer- 
le creer de este modo que hay una completa semejanza en las incli- 
naciones y gustos de ambos jóvenes. 

Precisamente habia estado yo en casa de la familia por la maña- 



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—39— 
lia y presenciado el ro^dño que le habia D» Ménica echado á Julitat 
que no quería dobladillar un pañuelo porque su: mamá se oponía á 
que asistiesen al baile á que las habian convidado y para el cual era 
la niña la primera embullada. De este modo la misma madre enseña 
á mentir á su hija, y ya se comprenderá cuanto lleva adelantado el 
hombre que tiene por esposa una muger acostumbrada desde tan tem- 
prana edad á mentir. 

Rara es la noche que después de retirarse las visitas no echa do- 
ña Mónica por delante á sus cuatro bijas para dar una vuelta acom- 
pañada de Enrique. Ya hemos dicho que el galán es muy atento co» 
las damas, especialmente con las señoras, circunstancia muy rara por 
cierto en estos tiempo-* de civilización tan decantada, en que los jó- 
venes se olvidan completamente de las mamas por hablar vaciedades 
con las muchachas, á tal estremo que cuando se encuentran solos con* 
aquellas no saben de que tratarles. 

La política de Enrique da lugar cada noche que á paseo salen 
á una disputa entre doña Mónica y Enrique. 

Señora, tome V. mi brazo, tendré mucho gusto en acompañar á. 
usted. — No, Enrique, hágame usted el favor de ir con la niña; si ella? 
no se halla sino con usted. ¿Cuando hemos de tener franqueza, amigo» 
mió? — Bien, s*^ñora, pero todo se puede remediar yendo con usted y 
con Julia — [Jesús! que pesado! obedezca usted y vaya con la niña; 

mejor voy sola Si no quiere que riñamos haga lo que le digo; — 

y creyendo dnr una razón concluyente añade, — no me gusta ir del bra- 
zo con nadie cuando hace tanto calor. 

Y doña Mónica se queda rezagada hecha un mingo, y siendo el 
blanco de cuantos la ven haciendo tan desairado y nada recomenda- 
ble papel. 

Unas veces se dirige á la alameda de Paula; luego que se han 
sentado levántase D'^ Mónica y se acerca á la baranda que cae á la 
bahía con el objeto de dejar en libertad á los que ella quiere que sean 
amantes. — Conversen u ¿tedes, — dice á los jóvenes, — mientras noso- 
tras nos divertimos viendo los buques y contemplando una de las mas 
bellas vistas que tiene la naturaleza. 

Según van los dias pasando, vá doña Mónica repitiendo mas á 
menudo los ataques. — No sabe usted lo comprometida que me he vis- 
to esta mañana, — le oí decir un día, dirigiéndose á Enrique — ¿Por 
qué, Sra. mial esclamó el joven que en aquel momento estaba mas 
almivarado que nunca con la niña— Porque vino á pedírmela mano 
de Julia para un hijo suyo, un antiguo amigo de mi difunto marido: 
yo lo aprecio demasiado, es verdad, y también lo es que el novio trae- 
ría sin duda al matrimonio un dote bastante respetable; pero yo casa- 
ré á mi hija por amor y nunca por interés; y como por otra parte no 
quiero contrariar la voluntad de Julia en estas materias y ella me ha 
jurado que no se casará jamas sino con el hombre que ama (y recaU 
ca bien esta palabra, mirando con marcada intención á Enrique) des-^ 
precié la petición de mi amigo, suplicándole no volviese á hablarme 
sobre el particular. 

Con esta inocente mentirilla dá D** Mónica mas mérito á su bija» 
al mismo tiempo que halaga el amor propio de Enrique haciéndole 
creer que es el único hombre á quien Julia ama y que por él despre- 
cia cuantos partidos se le presentan por ventajosos que sean. 



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—40— 

La niña no se queda atrás en ayudar á su madre. — ¡Que dulce, 
que felicidad debe ser para una mnger casarse con el hombre con quien 
ha llevado sus primeras y únicas relaciones, — dice dirigiendo á En- 
rique una de esas arrebatadoras miradas que tan bien saben lanzar 
las muReres cnando les conviene: — yo de mí sé decir que si tuviese la 
desgracia de verme abandonada de mi primer amante no volvería á 
amar íí ningún hombre, porque habiéndole dedicado toda la entusias- 
ta adoración de mi amor verdarlero, nada me quedaría que poder ofre- 
cer á cualquiera que trataso de conquistar mi corazón: nunca. Enri- 
que, nunca podré fingir una pasión que no esperimente. 

La madre que prepara de antemano todas estas conferencias, to- 
ma parte en la conversación de los jóvenes, añadiendo para robuste- 
cer mas la opinión de Julita y animar las esperanzas de Enrique. — 
Es lo mismo que yo estoy siempre diciendo á, esta nina. Como yo no 
tuve mas amante que mi marido, puedo hablar con conocimiento de 
causa. De este modo hay mas confianza en el matrimonio, mas segu- 
ridad por parte del marido, que convencido de que es y ha sido siem- 
pre el único poseedor del corazón de su amada compañera, no teme 
nunca que ella recuerde las caricias de nincun otro, pues usted sabe 
muy bien, Enrique, que los primeros amores nunca se borran. Por 
fortuna, Julia sigue al pié de la letra mis consejos: desafio á cualquie- 
ra que diga si le ha conocido algún novio y eso que ha tenido preten- 
dientes á millares. Pero á todos ha dejado ella iguales: ni uno solo 
puede vanagloriarse de haber sido preferido, que aunque de tan po- 
ca edad, no es mi hija como la mayor parle de las jóvenes del dia. 

Yo que conozco, tanto tiempo hace, la ambición de matrimonio 
de Doña Mónica, no me admiro ya de la impudencia con que miente; 
solo si me da lástima que el pobre Enrique ignore que, antes que él 
visitara la casa, ha tratado la madre de casará Julita y sus hermanas 
con otros cuatro 6 cinco con quienes ha ensayado y repetido las mis- 
mas escenas y palabras estudiadas que con él emplea ahora, sin po« 
derlo conseguir, porque todos huian espantados de la voracidad casa- 
mentera de Doña Mónica. 

Cualquiera creerá que cuando una madre ascamentera vé realiza- 
dos sus planes continúa mirando con el mismo cariño á los cónyu- 
ges; pero se equivoca de medio á medio, pues como su afán no es 
mas que casar á sus hijas con el primero que encuentre, después de 
casados ya no se vuelve á acordar mas de ellos. Por lo mas insignifi- 
cante promueve una riña. Si no la nombraron madrina lo toma á desai- 
re y es lo b.istante para que no los visite: ellos resentidos apenas se 
presentan en su casa y la mamá entonces, que lo que quiere es qui- 
társelos poco á poco de encima, los abandona de un todo, para que 
la dejen en absoluta libertad de seguir ejerciendo su oficio. 

Hay todavia otras clases de casamenleras mas inferiores en cate- 
goría á las que acabo de describir, pero que me guardaré bien de pre- 
sentar á mÍH lectores. No todo debe ser del dominio del escritor; algo 
se ha de respetar. Sea este algo de la casamentera lo que quede en 
blanco en este artículo, si quiera no sea mas que porque otro no se 
tome el trabajo de borrármelo. 

Manuel Larios. 



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EL Yñ^^^UE^©. 



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El. TABAQUERO. 




>JNTRE los diversos tipos sociales esencialmente 
peculiares á Ja Reina de las Antillas y reves- 
^ tidos de un carácter que en vano se procuraría 
I hallar semejante en el resto del mundo descne- 
jlla gifrante uiio que en esenciay formas es ín- 
j variable. Tipos hay que, como las plantas y los 
lanimales, ofrecen vnriedades tan marcadas que 
': darian lugar á graves dudas al clasificarlos; pe-*^ 
.. , ro el nuestro, como la palma indiana, destácase 

siempre original sobre cuantos le rodean y las costumbres del mundo 
fuera de su círculo de acción no se adhieren mas á él que el bruñido 
acero al pulido mármol. No se crea por esto que el tabaquero^ que tal 
es el tipo que nos proponemos bosquejar, está exento de todas las ca- 
racterí>»ticas particularidades de la humana raza. Gomo molécula in- 
tegrante del conjunto de seres que la constituyen ofrécenos ese estra- 
ño cuadro de dolores y placeres, de adversidades y dichas que el des- 
lino de cada cual se entretiene en pintar hasta que la muerte todo lo 
borre de un solo golpe: pero su originalidad en el modo de recorrer 
el camino común de la vida es incontestable, 

6 



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—43— 

Echando una ojeada sobre los pasados tiempos y aun sobre aqtíe?^ 
líos en que corrieron los años de nuestra infancia, fácil nos será co- 
nocer que entre su polvo han desaparecido para siempre muchos ti- 
pos cuya esencia era la de sus respectivas épocas, sin que esa desa- 
parición afectase en lo mas mínimo á las que les sucedieron. La so- 
ciedad civilizada.de la nuestra no lamenta la estincion 'de esos caba- 
lleros andantes de la edad media, cuyo tipo ha legado hasta á las mas 
remotas generaciones la inmortal pluma de Cervantes: las damas y 
Jos grandes señores de nuestro siglo no echan de menos en sus cuitas 
y en sus festines aquellos trovadores que así prestaban su estro y su lira 
al halago de una pasión amorosa como al del orgullo y el poder: y 
por último, trabajo le costaría al escritor de costumbres hallar hoy si- 
quiera fuera la sombra de un Dttlcamara. 

Nuestro tipo, es verdad, no nació con el tabaco. Los indios de Cu- 
ba, según la historia, arrollaban las hojas de la rica planta en forma 
de tubo para fumarlas, pero por mucha habilidad que concediéramo» 
á esos primitivos torcedores grande sería aun la distancia que los se- 
pararía del verdadero tabaquero, tal cual es hoy, y probablemente tal 
cual será in sécula seculorum, porque debiendo considerársele como 
una parte integrante del cohiháso\o\^. estincion de esta planta acarrea- 
ría la de nuestro tipo, y es probable que el uso de ella dure lo que el 
planeta que habitamos. El tabaquero pues es un tipo eterno. Nuestra 
sociedad, por otra parte, se resentiría de la desaparición del tabaque- 
ro: de los varios modos de usar el tabaco el mas elegante, el mas deli- 
cioso, y aun podemos decir el mas generalizado, es fumarlo torcido ba- 
jo las distintas formas que puedan colocarse entre pl simétrico impe- 
rial y el contrahecho veguero que la guagira elabora de un solo gol- 
pe sobre las rodillas. No existiendo el tabaquero el fumador se vería 
obligado á apelar á la nauseabunda masticación de la nicociana ó á 
la poco manuable pipa, cosas ambas que ofrecen no escasos inconve- 
nientes atendiendo al estado actual de nuestra civilización, y de aquí 
que el tabaquero sea un ente útilísimo á nu^estra sociedad, un ente 
del cual no puede prescindir en manera alguna. 

Ni la infancia, ni la educación primaria del tabaquero nos ofre- 
ce peculiaridad alguna que lo distinga del común de los seres: no des- 
arrollada aun en aquella dichosa edad la facultad de la reflexión tan 
feliz es nuestro predestinado, rompiendo e\ yarey que cubre su cabeza 
en cojer mariposas.de San Juan, 6 los calzonea en jugar á los mates, 
como el heredero de un título atronando á los vecinos con una trompe- 
tilla ó un destemplado tamborcito. En el colegio no es menos feliz: en 
el banco de clase alterna con el hijo del magnate, y el espíritu diabóli- 
co que anima á todo colegial los reúne bajo la bandera de la fraterni- 
dad mientras huellan el templo de la instrucción. Un día ambos se 
enconCrarán en la calle y una inmensa barrera levantada por el orgu- 
llo interceptará hasta las miradas que pudieran dirigirse. Pasemos 
pues por alto los años comprendidos entre el nacimiento y el instante 
en que el tabaquero entra á ejercer su oficio con el nombre de apren- 
diz, y procuremos seguir sus pasos desde entonces. 

Como sucede con todo aprendiz que por verdadera vocación em- 
prende un oficio, nuestro joven se sienta por primera vez con secreto 
regocijo ante el barril que contiene la rica hoja y emprende la opera- 
ción de despalillarla, después que el amo de la tabaquería ó un oficial 



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—43— 

le han instruido en menos lecciones que las que algunos senalflft 
para enseñar una buena letra. Sin embargo de lo eficaz de esa ense- 
ñanza el joven echa á perder durante algunos días un gran número 
de manojos, pero el dueño se contenta con llamarlo torpe y repetirle 
cada diala lección. Asi pues la primera semana lo es de flores para 
nuestro aprendiz, y aun las otras Jo son también si su genio io gnia 
con rápido paso por la senda de los adelantos: de lo contrario cuando 
mas engolfado se halla en su trabajo, si el dueño advierte con ojo de 
azor que ha loto una hermosa hoja se levanta con disimulo y á con- 
veniente distancia alza el brazo y lo deja caer sobre el aprendiz que 
bambolea, se agarra al barril y ambos ruedan por el saelo. 

— Toma, bribón, panarra, le dice el dueño olvidándose que la prác- 
tica no se adquiere con el ejemplo: te he dicho que esio se hace así. 

Y el dueño coje una hoja y luego otra y otra y en un abrir y cer* 
rar de ojos las despalilla con perfección, creyendo que porque él lo 
hace bien debe forzosamente hacerlo el pobre aprendiz. 

En el ofício de tabaquero, como en los demás, hay dos gerarquias 
entre las cuales media^gran distancia; la de aprendices y Ja de oficia- 
les, siendo los primeros como sirvientes de los segundos. Pero entre 
el aprendiz de tabaquero y su oficial hay alguna distancia mas que 
entre una y otra clase de carpinteros, por ejemplo. Los dos aprendi- 
ces van á comprar^ café con leche por la mañana, barren el estable- 
cimiento y llenan otras atenciones semejantes, pero el de carpintero 
puede dar á|las herramientas el mismo nombre que su oficial y pue- 
de conversar con este en el idioma natural, mientras el aprendiz de 
tabaquero se arrogarla facultades que le son vedadas en su grado ar- 
tístico, si dejase de llamar á los materiales con los nombres con que 
los conocen los profanos al oficio, y por otra parte se queda en ayu- 
nas cuando oye hablar á dos oficiales la especie de germania de que 
mas adelante ofreceremos algunos ejemplos á nuestros lectores. 

Largo suele ser el aprendizage de nuestro tipo, aunque cierta- 
mente mas se deba esio a la avaricia del dueño de la fábrica que ala 
escasa comprensión de aquel, porque en la materialisima operación 
de despalillar, á lo cual se reduce en realidad la que pudiéramos lla- 
mar enseñanza primaria, queda al corriente en dos 6 tres semanas. 
Habremos de suponer que el despalillador tiene doí e á catorce años 
de edad cuando entraben el taller, en cuyo caso seguirá ejerciendo por 
algún tiempo aun las costumbres de su infancia, demasiado arraiga- 
das para que puedan olvidársele tan pronto. Sometido aun moral pe- 
ro no fisicamerite al natural imperio de la maternidad, el joven despa- 
lillador corre del taller á su-casa á entregar á su mailre la peseta que 
ha ganado en el dia, y de su casa vuela á ios arrecifes de San Lázaro 
donde la pesca 6 los papalotes alimentan su imaginación, ó bien reu- 
nido á otroscompañeros en forma de guerrilla va á echar el lazo á 
los perros vagabundos,* para venderlos como cardada á los que pescan 
tiburones. 

Algunos dias|su decidida afición á la música le hace olvidar su 
obligación por correr tras una banda militar, no abandonándola sino 
cuando la tropa entra en^su cuartel. Entonces teme ir al taller porque 
se le ha hecho tarde y recordando que lo mismo le han de reprehender 
poruña hora que por un dia se pasa éste vagando por los cafés fre- 
cuentados por los de su clase. Mientras tanto el dueño del taller, <|«e 



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—44— 
grftctfiís al celo de la «eccion de artes de la Real Sociedad Ecortómr- 
ea es responsable en el día de la educación industrial de sus aprendi- 
ces, envía una persona á casa deí que citamos á informarse del moti- 
rodé su ausencia y el pastel queda descubierto. Al presentarse en el 
taller al día siguiente el empresario se le va acercando con toda la 
mansedumbre de un gato y le pregunta la causa de no haber asistido 
al trabajo. 

— Ayer estuve enfermo, responJe e) joven mirando de reojo las ma- 
nos del empresario. 

— Ola, enfermo eh? Y me han dicho que fuistes á ver si te curabas 
con los trompetazos y con el bombo ¿no es verdad? 

— Yo no señor: pregúntenselo á ra¡ madre que 

— »¡A tu madre! grita exaltado el empresario. ¡Ah, picaro tunante! 
Pues toma .... pin, pum 

Y le aplica sin conmiseración dos bofetadas sino dos cuartazos.. 

Poco más ó menos eso es lo que el aprendiz de tabaquero 
nos ofrece de notable: por consiguiente ascendámosle de una vez á 
torcedor y aun á torcedor revestido de toda la habilidad que para ser- 
lo bueno se requiere. 

No con mas satisfacción se sentaría en la silla ministerial el em- 
pleado que lai-gos anos vegetara k favor de un i nsigni ficante empleo 
queel apiendíz de tabaquero al colocarse ante la reducida mesa de 
torcer, humilde símbolo de su grandeza en el oficio. 

Blanco de las socarronas miradas de lo^ otros tabaqueros él á su 
vellos examina, porque comprende que tiene necesidad de uu mo- 
delo, y portal escoje siempre no ya al mas aventajado sino al maa 
cheche^ siéndole forzoso desde entonces iniciarse en el misterioso len- 
guage de sus compafieros, so pena de no poder tomar parte en sus 
conversaciones. 

La monotonía de la ocupación hace que el tabaquero sea músi- 
co y cantor, pudiendo decirse que aun en esto olrece especialidad y 
que de las tabaquerías ha salido mas de una esas tiernas y populares 
canciones y danzas, que han merecido por largo tiempo el honor de 
ser tocadas en todos los bailes. Kegulartnente el que mas inflexiont*» 
sabe dar al silbido se arroga el título de músico mayor y apenas pre« 
ludia una danza los dimas le acomparian, desempeñando las partea 
necesarias á la completa armonía con tanto conocimiento y preci- 
sión que mas de una ocasión hemos visto á hombres eruditos en la 
ciencia armónica detenerse a oir con satisfacción esos conciertos» 
ejecutados no obstante sin perjuicio del j)rincipal trabajo. Cesa el 
concierto y los músicos se sumtrgen en profundo silencio como si 
las emociones producidas por la melodia de las danzas les embar- 
gasen la voz. Pero de súbito el músico en gefe da el tono al mismo 
tiempo que indica la canción que va á cantar y entonces empieza 
el concierto vocal, no menos grato al oido que el anterior. Preciso 
es decir que el tabaquero, genio creador por escelencia, ha inventa- 
do un grado de voz que se desconoce en toda otra parte que no sea 
la isla de Cuba, Como de cantar en alta voz resultaría un verdadero 
escándalo, el tabaquero dá á su voz un colorido peculiar, un colorido 
que no es el del soto voce ni el de las notas de cabeza: es un sonido 
«aave, melodioso^ un tanto metalizado porque en parte es producido 



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—4o— 
por ia nariz: un sonido en fin que tiene algo de melancóKco coma 
fas canciones que ejecuta. 

No es raro ademas ver arder en la mente del tabaquero el fuego 
de la poesía amorosa: sus inspiraciones las desarrolla y pule al mis- 
mo tiempo que elabora un tabaco, y en el silencio de su hogar arregla 
al verso una melodía sentimental, y pone en la p:uitarra la nueva can- 
ción, que bien pronto es parto de la voracidad de los parrandista$^ á 
cuya secta pertenece con frecuencia nuestro tipo. 

Pero no es solo ia naciente música cubana la que debe al taba- 
quero dos de sus principales géneros de composiciones, la danza y 
la canción: también el idioma provincial le debe un gran número 
de voces que se ban generalizado con ia rapidez de la luz, y que pa- 
ra siempre han conquistado un lugar en nuestro humilde dicciona- 
rio. Aun debe recordarse la aceptación que mereció la palabra gua* 
gua, salida de entre montones de tripas y capas^ y pronunciada hoy por 
los breves labios de la encopetada «lama como por los prominentes de 
la africana, por los del mas rígido hablista como por los del mas des- 
cuidado en el hablar. 

Otra particularidad que distingue al tabaquero sangre pura de 
otros artesanos es su horror á la ropa de pafio, prefiriendo las chu- 
pas de fino lienzo ñ. la aristocrática casnca, así como el costoso jipi- 
japa al sombrero de pelo. Dias hay no obstante en que el tabaquero 
«e viste, por ejemplo cuando va á ser padrino de bautismo, con estrema- 
da elegancia, pero aun entonces lleva en si un no se qué que á la legua 
descubre su profesión, y no por que la casaca entorpezca sus movi- 
mientos, como le resulta á otros tra1)ajadorés, sino antes al contrario 
por el demasiado desembarazo de aquellos. 

Hemos ofrecido á nuestros lectores ejemplos de la germania de 
los tabaqueros y al efecto vamos á llevarlos á una de esas tabaquerías 
de rango, doode un centenar de operarios nos ofrece todas las varie- 
dades del tipo: pero en lup:ar de perder el tiempo en examinar esas 
variedades sigamos á esos diw individuos que ahora entran y que sir- 
ven de norma á los deinas: son Pilades y Oreste, son dos amigos in- 
separables: ambos saben chifl^ir una danza maravillosamente, ambos 
cantan con perfección, tocan la guitarra, y son los favoritos de todas 
las muchachas de su esfera. H-ista en el vestir rtivelan la igualdad 
de sus gustos y la pu'e/.a del tipo: soinbrero de jipijapa que apenas 
Jes cubre la cabeza y ladeado sobre el hombro i/quierdo: camisa de 
tela rica cuyos cuellos caen rom) dos espumosas cascadas sobre el e- 
norme lazo á la ncgligé de sus corbatas punzóes; calzón de pretina: 
chupa de tela real y zapatos de charol de corte bajo con lazo, ó bien 
de becerro amarillo con la punta y el talón de becerro negro. Entran 
en el establecimiento y al quitarse el sombrero colócanse en la cabe- 
xa un cintillo para que el peinado á lo trovador no se descomponga 
con el trabajo; se quitan las sortijas que les impedirían torcer bien y 
dan principio á su tarea con el mas profundo silencio. Pero aun no 
ha pasado media hora cuando emprenden soto voce el siguiente diá- 
logo:* * 

— Chepe, ¿sabes que anoche vi otra vez en casa de Lola á MonsitáT 
Cámara, digan lo que quiera es una criolla de tumba y raja con aquel 

par de guacalotes 

— jAh, chiquete, ahora que me acuerdo «í! anoche estando sentado ' 



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—46— 
en ]gi piedra filosofal (1) con Antonio la vi pasar del brazo con CAúy'mcó 
y detrás iba su madre con Fina. Sobre que me estoy figurando qoe Chí- 
ririco la pretende! 

— No lo creas: ahí veremos, que cada cual tiene su arte. 

— ^Y dime ¿tiene mejenguel • 

— Te diré: el padre parece pobre norque es un tacaño, pero á mí nip 
han asegurado que no Je,faltan sus buenos matacanes, 

— ¿Y tú le has dicho algo? 

— jToma! Anoche casualmente cuando llegué á casa de Lola esta- 
ban cenando arroz con aserrín, (2) me convidaron y tuve la fortuna, chi- 
co, de sentarme junto á ella. Figúrate tú si rae mordería la lengua. 

— Voto vá y que mala está'esta mago Ha. 

— Compadre, tú no entiendes la majomía: el indicativo propio de la 
causa (3) está en la capal 




— Y tú ¿donde estuviste anoche que no fuistes? 

Si tú supieras que anoche me escapé por milagro de los civilitosf 

Figúrate, chico, que estando en la piedra filosofal con inedia mulata 
en el bolsillo y con deseos de disolyeila, pasa Goyo el muy sinver- 
güenza y desgarra delante de mi: entonces le dit^e que se dejara de 
círculos madroños y que se acordara de lo que hablamos el otro ala. Chi- 
co, asómbrate, el muy pelele se me hizo todo el cheche y me largó una 
rociada de á folio, pero no bien había acabado, le salté como un sapo y 
le apliqué una á las ñatas que por poco se las descuajaringo. Por su- 
puesto lo puse como un tomate; pero en esto asomaron ellos por la es- 
quina y me escurrí como una lisa. 

— i bigo! si te echan la larralla|¿eh? 

(1) Banco de piedra en uno de los desagües de San Lázaro en el cual sue- 
len sentarse los tabaqueros á conversar de ancores. 
f2l Picadillo con arroz. 
3] ei busilis. 



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r -47~ 

< — ¡Vaya! ¡como que yo soy tonto! Me metí en el ultimo cuarto d€ lit 
fondita de Pancho y allí me tiré un pollo matado á chinazos^ (1) un 
plato de torito con chupa blanca^ (2) dos chancletas embarradas (3) y me- 
dia mangoara (4). 
, — ¡Baramba! ¿Y te costó eso? 

— Admírate chico, solamente una seguaña (5). 
Los dos tabaqueros se callan durante algunos minutos, como para 
rebuscar en la imaginación nuevos temas y vuelven á entablar la con- 
versación. 

— ¿Sabes que Antonio tiene arquitectura? (6) 

— Efectivamente, pero también consiste en que usa mucha breai (7) 
y si nó mira que ma\ fogón (8) tienen sus medias regalías. 

— Cs verdad; materialmeute parecen contrarios, (9) 

— Por eso en la Contrata le aplicaron el ungüento de tebo tebo. (10) 

— ¡Hombre, chico! ahora que me acuerdo; ¿tienes ahí un pitochel (11) 
dámelo acá que voy á mandar á comprar un pote de Doña Maria Sebu- 
co(l2)que me lo encargó mi madre. ¡Caramba, que relumbrón estás! 
iDe dónde has sacado esa mulatal 

— Anoche, después que revoloteamos la trompa (13) echamos una 
manigüita y por Dios que estaba de suerte, porque cuando empezé 
á jugar no tenia mas que tres lisas (14) y en menos de media hora 
me embuché unos veinte pesotes. 

Al oir esto los demás tabaqueros pasan el dedo sobre la mesa, co- 
mo se hace para tañer una pandereta, produciendo un sonido seme- 
jante al de este instrumento. Ese ruido tiene su significado: les ha 
parecido mentira lo de la ganancia al juego y espresaa as^ su incre- 
dulidad. 

— Caballeros, ¿creen ustedes que es bomba? pregunta el que ganó 
al monte: pues que lo diga ese mochila que estaba junto á mi anoche. 

— ¿Y hubo aceitel preguntó otro. 

— ¡Ahora que sí! Y muchas estaciones^ y mucho tongoneo y muchisi* 
mo quelengue, 

— ¡Chico, que ley tan brava tienes! 

La hora de comer suena entonces y los tabaqueros corren á 8U9 
casas á saborear el criollo agiaco que su madre ó su esposa ha pre- 

{)arado, ó bien á cierta clase de fondas cuyos principales platos son 
os frijoles y el bacalao, á los cuales han bautizado con los nombres 
de danza con contradanza y vá cantando con papa y lisa. 

El hecho de ser torcedor no constituye al tabaquero en el apogeo 

(I) Uq plato de tasajo aporreado. 
(3) Caroe con arroz blanco. 

(3) Panea con mantequilla. 

(4) Media botella de vino. 

(5) Una peseta. 

(6) Tiene arte para dar buena forma 6 los tabacos. 

(7) £1 almidón con que pegan las perillas. 

(8) La parte por donde se enciende el tabaco. 

(9) Tatñicos de contra. 

(10) Lo despidieron. 

(II) UAreal. 

(12) Poniada ordinarin. 
[13] Después que cenamos. 
(14) Pesetas. 



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-48- 
de sil oficio; para llegar á ese punto es preciso que persea en sus efe- 
dos toda la delicadeza y en su vista toda la exactitud que se requié-' 
ren para torcer esas retalias que en sus dorados salones fuman con 
delicia los monarcas. Un buen torcedor de regalías es un hal'az^o 
precioso para los talleres mas acreditados y en el dia se satisface ani* 
pliamente su trabajo. 

La habilidad de algunos tabaqueros llega al estremo de ejecutar 
con el rico cohiba objetos de tan diñcil trabajo como curiosos, árbo- 
les, animales &c. En el edificio de la Real Sociedad Económica he- 
mos visto últimamente un árbol como de vara y media de alto, por ca- 
yo tronco asciende un majá que se va á lanzar sobre una hutía y en 
cuyas hojas se ven tres 6 cuatro mariposas, todo perfectamente imi- 
tado. Rodea ai tronco una verja y dentro de ella se vé un alacrán. 

El último escalón superior del tabaquero, como oficial, es el ofi^ 
cío de escojedor^ oñcio que requiere un golpe de vista rápido y seguro 
para entresacar de un montón de tabacos los que tengan un mísmd 
color y aun una misma vitola Las consideraciones que de ordinario 
se guardan al tabaquero de regalia y ai escojedor suelen obrar favo- 
rablemente en el individuo, en quien entonces se advierte mas pro-* 
pensión á la moralidad y economía. 

Eh algunos talleres se ha introducido una práctica que habla 
desfavorablemente respecto de los tabaqueros, aunque creemos que 
de la mayor parte puede decirse que pagan justos por pecadores; esa 
práctica consiste en pesarles el material que han de elaborar durante 
el dia, y ejecutar la misma operación al concluir el trabajo para co- 
nocer si han ocultado alguna porción del material, con grave perjui- 
cio del dueño del taller: disposición severa y bochornosa, pero sin la 
cual suelen algunos tabaqueros llevar diariamente hojas y tripas pa- 
ra elaborar tabacos en su casa y venderlos luego por su cuenta, ó fu- 
marlos fuera del taller, pues estando en este tiene facultad para fu* 
mar de los que elabora hasta cierto número. 

Tal es en lo general Ja vida del tabaquero en el taller; vida mon6<» 
tona, sedentaria y en la que solo trabaja la imaginación ideando nue- 
vos goces que frecuentemente le acarrean una constitución física de- 
licada. Fuera del taller el tabaquero seentrep^a con delirio á sus di- 
versiones favoritas, gastando en una sola hora la amplia recompensa 
de su trabajo de una semana. Por demasiado común quesea esta cir* 
cunstancia en todas las físiolqjias del tabaquero que se han escrito, y 
por mas que algunot» crean infundado el aserto, ó cuando menos apli- 
cable á toda clase de artesanos, no escluiremos por cierto esa obser- 
vación de entre las nuestras, al trazar estas líneas, porque la esperien* 
cia ha confirmado la triste realidad de aquella circunstancia. Ter-^ 
quedad seria negar que muchos individuos que egercen otras profe- 
siones dilapidan su malario de una manera reprensible, pero de la 
clase de tabaqueros puede decirse que esa dilapidación es una de e- 
sasestrañas leyes que la aislan délas otras clases de artesanos. ¿Se ne- 
cesitará por ventura prueba mas convincente que las causas que origi- 
naron la superior disposición sobre las libretas, ciusas que á su vez 
son efecto de la largueza con que el tabaquero satisface sus vicios no 
sus necesidades? Solo concediéndole esa fatal largueza escomo se 
puede comprender que un hombre que gana de sol á sol hasta cinco 
y »•!• pesM, que viste sencillamente, que oome alimentos al alcanc» 



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—49— 

de la8 clase mas pobres, y que vive en casa de corto alquiler, se halle 
al fi« del mes adeudado con el dueño del taller, de quien es entonces 
en realidad un siervo que sin temor á una tropelía no puede abando- 
nar el establecimiento mas bien que un trabajador independiente que 
puede obrar á voluntad. 

Recórranse en las horas de la noche esos pequeños cafés cny^ 
principal atractivo es el villar y pregúntese á cada uno de los que en 
él se encuentran su profesión: seguros estamos que la m ayor suma 
comprenderá la de tabaqueros, que especiales en todas sus cosa» 
eligen siempre un sitio en el cual pueda su clase dominar sobre las o- 
tras de la sociedad. 

l-a facilidad con que el tabaquero adquiere en doce horas de un 
trabajo automático lo que quizás no ^ane en tres días el que hasta 
con luz artificial pone en tortura sus facultades mentales para desem- 
peñar su profesión es una de las cansas de la imprevisión con que se 
deshacen iniitil y prontamente del fruto de sus sudores: la otra cansa 
tiene su origen en Ja costumbre y en el ejemplo. La buena educación 
únicamente podria apartarle de esa senda tan viciosa, pero en lo ge- 
neral esa clase de seres en su infancia son como el arbnsto que 
abandonado del jardinero conserva la tortuosa forma que le diera el 
viento. Pocas clases de artesanos hay cuyos individuos estén mas en 
disposición de hacer capital que la de tabaqueros, atendiendo á los 
buenos salarios que estos disfrutan por lo regular, además de que tie. 
nenia ventaja denoespoaersu vida, comofsucedealalbañil, al carpin- 
tero &c.! y sin embargo donde quiera que el ojo investigador escu- 
driñe indicios de amorá la economía entre las clases trabajadoras de 
nuestra sociedad el tabaquero se hallará siempre en escala inferiora 
los demás ítrtesanos, como pueden atestiguarlo algunas de las institu- 
ciones que en beneficio de las mencionadas clases se han establecido 
en la [Iai>ana. Un trabajador económico que solo gana al dia de diez y 
seis á veinte reales contrae matrimonio y satisface si no con abundan- 
cia á lo menos sin escasez las exigencias de su nuevo estado, y mu- 
chas veces los cuatro ó seis pesos que g.ina al dia un tabaquero, que 
quizás so!o tiene que atender á su persona, no le libran de verse 
adeudado al ñn del mes. 

Triste sería por cierto para el que con verdadero, y no con ele- 
gante pincel, pintase un cuadro semejante al que hemos trazado, si 
en todos sus términ('S hubiese de usar colores tan poco gratos ala ra- 
zón. El tabaquero, como todos los demás artesanos, como todos los in- 
dividuos de la raza humana, ofrece diversos aspectos al que quiere re- 
tratarlo .Por consiguiente no costaría mucho trabajo por cierto encon- 
trar tabaqueros que pudieran servir de modelos á otras clases de ope- 
rarios; pero en la pintura de un tipo debe ponerse siempre en primer 
Instar el carácter predominante en él, dejando las escepciones para 
el último término. Tabaqueros conocemos de tan arreglada conducta, 
de tanto amor al trabajo y de tan buenos sentimientos para con su 
familia, á quien sostienen con el fruto de sus sudores, que ademas 
del trabajo en el taller compran material para elaborar tabacos en su 
casa, en las primeras horas de la noche, vendiéndolos despties á sus^ 
mismos capataces, y otros que anhelando una posición independien- 
te se aprovecharon de la favorable ocasión que les proporcionó la 
instalación de la caja de Ahorros, donde depositando semanalmente 

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el dinero qne antes empleaban víciocnmente ilegarcm á reunir el tít' 
piial que hoy le!i proporciona la satisfacción completa de sus deseos^ 

Una pincelada mas y este débil bosquejo del tabaqaero saldrá 
cuanto competo «os. ha sido dable ofrecerlo á nuestros lectores. Esa 
pincelada será lanarraciqn de un hecho verdadero acaecido en mies^ 
Iros dios y que á machos pued^ ser^r de saludable ejemplo. 

Antonio, hijo de una pobre viuda, despapes de haber empleada 
sus catorce primerots anos ea la vagancia adoptó el oficio de taba- 
quero, no con otra idea que la de ganar dinero para satisfacer los vi- 
cios y pasiones que con la juventud en él se desarrollaron. Su ulteri r 
conducta no fué por cierto la masejemplnr, supuesto que apenas tra- 
bajaba dos 6 tres meses en un taller sin que su dueño se viese obliga- 
do á despedirlo, ya por los desfalcos que notaba en. los materiales, ya 
porque kabia tomado un carácter altamente pendenciero, ya en íii» 
por las deudas que contraía sin intención de satisfacerlas, al menos 
con su trabajo. 

La fortuna sin embargo no distingue entre vicios y virtudes, ni 
entre colores ni condición cuando esparce sus dones, y un día se vio 
Antonio poseedor de unos quinientos pesos que ganó á la loterra. Un 
verdadero arrebato de locura esperimentó el joven al verse duendo dr 
esa cantidad ^^ desde que la cobró nadie le vtera acercarse á un ta-^ 
ller de tabacos. En cambio pasaba las mañanas de los dias de traba- 
jo en ^arreglar media docena de gallos finos que habia comprado, y lo 
restante del día éu los villares, en galanteos y en parrandai. Cn cuan- 
to á los domingos y dias de fiesta el primero que penetraba en la vcu- 
ila y el último que salía era Antonio. 

Eft la pintura del tabaquero dejamos de anotar una circunstan- 
cia notable en la, vida de él, y es su propensión á contraer matrimo- 
nio, seigun lo acredítala esperiencia. Pero esos matrimonio» son tan 
originales como nuestro tipo: traspuesta la luna de miel en la vida 
del tabaquero apenas se hallarían indicionde que es casado: la fuer- 
za de la costumbre le arrastra á sus diversiones favoritas durante la 
noche, olvidado ^nizá de que tiene una esposa que si no es digna de 
las celebraciones que al son de la guitarra tributa á otras de su sexo 
lo es al menos de las atenciones que trae consigo el law) de himeneo. 
Ocurrriósele á este Dios hacer de Antonio uno de sus prosélitos, y 
de la noche á la mañana, como suele decirse, se vio unido á una jo- 
ven de la Be ejicencia que en dote le llevó quinientos pesos. Vinié^ 
ronle bien á Antonio, porque ya los que le quedaban de la lotería po^ 
dian contarse con un rápido golpe de vista; pero como toda coiw 
sideración filosófica habia huido de su mente no se contentó 
para celebrar sus bodas con menos de tres días de bola comple- 
ta^ á la que asistieron todos los de su profesión qae le eran conocidos» 

Mientras tanto su madre, á quien se dignaba ver dos ó tres veces 
al año, pasaba una vida miserable, sostenida apenas pur la caridad 
de algunas señoras, ó por el escaso fruto de su trabajo de costura, si 
toda la vez sus achaques le permitían ejercitarse en ello. 

Como era de esperarse llegó el día eai que la nube metá:Uca se 
disolvió completamente áiimpulso del huracán de la disipa cioni; seña^* > 
les inequívocas auguraban á Antonio su próxima paternidad y por 
oansiguiente preciso le era peiis»r en adquirir los medios de satina- 
oer Ja nueva carga. Antonio pens¿ con disgusto e« su abandonado 



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«ñcio, pero al ñit tuv» que rec^urrhr (\ él, contándole no poco trabajo 
luiiar un taller que lo admitiera. ^Tat era la fama de su conductal 

SaitbfacieiKfo eon lo que ganaba bu^ vicios, y sufriendo deman- 
das y dtasalojos por no pagar el alquiler de la casa, ú otras deudas 
que contraía, trascurrió tin año, durante el cual se vio reproducido 
j»a(ernalmente. Inútil es decir que para el bautismo de su hijo tu¥0 
^ue etmpeñarse nuevamente con el dueño de la fábiica donde traba- 
jaba. 

Llegaron por entonces Ids alegres dias del Carnaval de 1§3 

Esa época io es de estraordinaria diversión para los tabaqueros; reñ-- 
tidos á :1a ncMCficsíaMce y armados de respetables garrotes se reúnen 
en cuadrilla i cantar el fntnt» al i^on del tiple y déla guitarra, recor- 
riendo asi con intervalos de disputas y de cenata* ciertos parages de 
.estramuros, siendo de notar que en la ciudad intramuros es raro en- 
contrar en noches de carnaval una sola de las mencionadas cuadrir 
lias. Al dia sip^uiente suele verse uu respetable número de esos taba- 
queros detenidos en los cuartelillos, pero eso es fina gloria para ellos 
^forqne indica que han tenido el placer de abrir la cabeza de un pió- 
"^ jioio con uti sendo garrotazo, si ya no es que por ancha herida ie 
han hecho exhalar la vida. Era la segunda noche del carnaval citado: 
Antonio forui aba. partb de una parranda yin» frecuentes libaciones 
le tenian en un estado deplorable. Recorriendo la parranda la pobla- 
ción acertó^ pasar por un oscuro fonducho lleno de personas la ma- 
yor porte ebrias y de repugnante aspecto, y uno de los que formaban 
ia comitiva ipropuso que se cenase á escote, cuya proposición fné 
adoptada por unanimidad; mas apenas se hubieron instalado casi por 
fiíersa en una mesa uno de los individuos que en la fonda se halla- 
l>an deseoso de armar tragedia insultó á uno de los tabaqueros: con* 
testóle este tirándole una botella á la cabe«a, acudieron los compañe- 
ros del provocador y en un abrir y cernr de ojos ofreció el estrecho 
local el especttculo de una encarnizada refriega. 

De repente la turba se disipa como los peceeillos de uu estanque 
al sentir en el agua la píedm que se arroja, y solo quedan en la fon- 
da los dependientes y dos hombres mas; uno de ellos yace en tierra 
brotando un raudal de sangre, el gtro k> contempla con la idiotez del 
beodo y Je dice riendo: 

-*Toma,pícaro: ¿no te querías hacer el cheche? pues ya sabrás 4 
lo que «abe el dulce de coco. 

£ I que asá hablaba era Antonio, el otro un desconocido. Un mi- 
UntD después la patnilla^e apoderaba de los dos y mientras llevaba 
a4!herido á un hospital couducia á Antonio á un cuerpo de guardia. 
El sol del dia siguiente alumbró con briUante luz á Antonio, que 
con los brazos amarrados y el rostro cubierto con el sombrero era lle- 
vaidoála cárcel entre cuatro soldados. Tu en su prisión, aislada y 
so«bria como los remordimientos de los crimínales que en ella hablan 
hecho ua breve descanso en el camino del patíbulo, Antonio sintió 
eaersobre eu corazón utra pesada losa y las lágrimas del arrepenti- 
mieiito Buroaran por primera vez sus pálidas mejillas. Negras duda» 
•ebneiBU 4MieKe cruzalban por su mente conioinde£nibles fantasmas y 
el chirrido que la llave de su calabozo producía al abrirlo el carce4e-» 
ro palia darle el alimento necesario sonaba en sus oídos como el grito 
de«B|>anlOiq[ue airojaba su esposa viéndole ascender el fatal tablado* 



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-52— 

Sin embarga la esperanza, basada sobre su inocencia, vino 4con- 
isolarle el seguuJo dia de su prisión, si bien sus pensamieutos se torna- 
ban con bastante frecuencia hacia su pobre esposa, su hijo, y aun ha- 
cia aquella triste madre á quien hasta entonces mirara con imperdo- 
nable desden. Una noche sus profanos labios murmuraron temerosos 
una ferviente súplica al Dios de justicia y de inagotable misericordia, 
y esa noche Antonio disfrutó un tranquilo sueño. A la siguiente ma- 
ñana la puerta de su calabozo se abrió con estrépito y Antonio tembló 
ante los magistrados que á su vista se ofrecieron. Con todo el resul* 
tado de aquella primera visita de la imponente Diosa ensanchó con 
fundadas esperanzas de pronta libertad el oprimido corazón del pre- 
so. £1 herido se habia salvado de la doble muerte con que le amena- 
zaron una profunda herida y un fuerte espasmo, y habia declarado 
que Antonio, á quien conocía desde mucho tiempo,- no habia tenido « 
mas culpa en su desgracia que la de andar en compañía de quieu lo 
habia herido. 

En cambio de esa esperanza Antonio recibió el primer dia que 
lo pusieron en comunicación un nuevo golpe fatal, una noticia que 
casi lo redujo á la desesperación. ¡Su esposa, aquella esposa que á 
sus desvíos é inconsecuencias oponía un amor tan profundo como re- 
signado, sabedora de la causa de la ausencia de Antonio habia per- 
dido la razón! 

— ¡Asesino! repetía horrorizado el infeliz: sí, en efecto, lo soy: me 
he asesinado á mí mismo, he asesinado el corazón de mi desgracia- 
da madre, he asesinada la triste felicidad de mi ultrajada esposa, de 
mi abandonado hijo! 

Antonio cayó en tierra hiriendo el suelo con su frente y perma- 
neció así largo rato: cuando se levantó sus miradas eran pacífícaa, 
y sus facciones demostraban que un pensamiento determinado, pero 
de satisfactorias consecuencia, le preocupaba. 

£1 tribunal habia reconocido la inocencia de Antonio y sus fér- 
reas manos tenían ya sugeto al verdadero criminal. Apenas Antonio 
se vio libre corrió desalentado á su pobre mansión, donde halló una 
buena anciana que por compasión cuidaba de la loca y de su hijo. 
Pero ¡oh fortuna! Las pálidas y desencajadas facciones de la loca se 
animan estraordinariamente al ver 4 Antonio; lanza un grito y el 
nombre de su esposo espira en sus labios al quedar estbs inmóviles 
en fuerza de un desmayo. Las ardientes lágrimas de Antonio reani- 
maron aquella débil existencia como el rocío á la agostada flor y. al 
volver á la vida desaparecieron con su sueño los estravíos de su ima- 
ginación. La esposa amante volvía á gozar del don precioso de tara- 
zón. 

£sa sucesión de infortunios produjo una completa revolucio n en 
el carácter y costumbres de Antonio. Las negras paredes de la pri- 
sión habían sido para él clarísimos espejos donde su razón se horco* 
rizaba al contemplar las tristes imágenes de su pasada conducta, y- 
donde reflejándose sus pensamientos encontró el de una posible feli- 
cidad, cuya conquista estribaba primero en Dios y después en si mis* 
mo. Antonio se propuso ser feliz. 

Acaso la no pequeña deuda que habia contraído con el dueño- 
del taller en que trabajaba cuando lo prendieron fué el ancla de dai- 



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—53— 

vacien, porque el citado dueño lo admitió únicamente en su taller 
para hacerse pago con su trabajo, y Dios sabe si á pesar de su procla- 
mada inocencia hubiera encontrado ocupación en otra parte. 8in em- 
barg^o poco tiempo bastó para que su principal notase la eficacia y 
constancia de Antonio en el trabajo, y cuando llegó el dia en que sal- 
dada la cuenta había pensado despedirlo Antonio era el modelo de 
los operarios del taller, en el cual continuó trabajando por largos 
años hasta llegar á captarse la entera confianza del dueño. 

Desde el momento de su reforma alojó á su anciana madre en 
su casa, donde la trató hasta su muerte con las mayores considera- 
ciones: observó la mas prudente economía mientras pagaba sus in- 
numerables deudas, depositando siempre algo en la Caja de Ahorros, 
y hoy, en compañía de otro honrado sugeto, es dueño de una taba- 
quería, con cuyo producto ha podido comprar una casita, gozando 
una vida independíente y embellecida por el amor de su esposa y el 
de cuatro hijos virtuosamente educados. 

Salantis. 



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LA siyiEíií^^^» 



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LA SUEGRA. 




Si siíogisnio vive aunque Aristóteles 
murió y la ciencia peripatética no es ya 
sino sombra de sombra que sin encon- 
; trar asilo yerra por el mundo en bus- 
fea de la sepultura dé su fundador. — 
! Principio pues la historia de la suegra 
I con elsilogismo mas completo y supues- 
' to que alguno me negare la mayor, Ó la 
menor, ó ambas, ó la consecuencia, vea 
eoB cuidado el libro de la vida y en la página del matrimonio haUari 
la frueba de «a engaso «í se aventurare á poner en duda que no pue** 
de ser feliK ninguno que no tenga suegra. Pero vaya el silogismo pro^ 
metídíO auiiquesolo sea para demostrar la importancia de la criatura 
cuyos rasgos principales me propongo bosquejar. 

Sin unasaegfa cuando menos, conocida ó ignorada, presente ó 
pasada, viva ó difai»ta, suegra positiva y demostrable que si vive ha 
wido,y si no también, en cuerpo y alma, en espíritu y en carne, ¿pue- 
de haber en estos tiempos que corremos, tan lejanos de los dias de 
Adán y Eva, ni siquiera un solo matrimonio celebrado, ni siqujera^ 
UB «acTÍ6cici en las aras del divino Himeneo, como llaman hoy kw va^ 



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— 5G— 
te« esa prestación de juramentos mutuos qtíe convierte desrfe ftiífifr 
dos distintas armazones de humana. carne, sangre y hueso, dos diver- 
sos corazones, dos sensibles almas hasta entonces desunida», aparti- 
das, plurales, en un solo ente singular y metafísico apellidado por los 
nombres de consortes, esposos 6 marido v mujer (si gente de ordin*')' 
rio barro son, plebeyos, cosa que se pudre cuanao muere)? Imposi- 
ble! Suegras dos se necesitan por lo bajo, salvo el solitario caso dispu- 
table de admitir mugeres-ángeles enviadas 6 caidas de los cielos, por- 
que como Eva de costillas fabricadas no las hay, ni hombres por igual 
estilo que Adán creemos ya en ellos. Pero sin el matrimonio es del 
todo imposible ser feliz en este valle sublunar de luz y de tinieblas: 
luego demostrado queda que sin una suegra cuando menos, conoci- 
da 6 ignorada, presente 6 pasada, viva 6 difunta, nunca puede ser 
feliz ni hombre n^ mujer. Sí pretendemos pues (6 sea que pretendo 
yo) pintar el ente suegra (y la suegra en Cuba), demostrada ya ele- 
mento indispensable para obtener felicidad, sustancia sin la cual si el 
hombre vive hácelo con todo como escepcion de regla (para conven- 
cer que hay 6 debe haberla), necesario me será trazar la femenina 
criatura bajo sus diversas fases indicadas ya, de cooocrda 6 ignorada,, 
presente ó pasada,, viva ó difunta, pues «i á decir verdad pudiera di- 
vidirla mas aun en órdenes, familias, géneros, especies y hasta va- 
riedades para nuestros fines bastar^ sin duda la primera clasifica- 
ción y el que mas desee que á su antojo forje para sí el sistema. 

¿Pero que podré decir de suegra ignorada, viva ó difunta, ni de 
suegra conocida no presente, ya pasada, no sentida? Quienes tal la 
tengan con la suerte habrán de contentarse que les deparó Fortuna; 
gracias den á Dios que los libró de conocer madrastra, ó de veras 
lloren pérdida de nueva madre, porque ambas cosas puede ser. 
Quien logre con amor divino á sus brazos atraer mujer hermosa en 
el mundo sin amparo abandonada (ya que madre no conozca, ya que 
háyala perdido) estréchela en ellos con cariño eterno: séale no solo 
esposo sino padre y^ madre, sino hermano y hermana, todo, lodo, me- 
nos inconstante y liranor sobre su cabeza bendiciones caerán: aque- 
lla carne y hueso espíritu. esconde á la tierra descendido: es el ángel 
disfrazado de su guarda, vida de su vida y alma de su alma: ¿que le 
importa carecer de suegra? Paz i sus mortales restos si murió, felici- 
dad á sus dias cuando ignorada viva, si madre venturosa puede ser 
con hija cuya suerte desconoce! 

Tornemos á la suegra viva conocida, ente típico de nuestro afanr 
pintémosla^ pintemos á la raza humana en su fase femenina que parió' 
criatura y logró casarla. Sí; pintemos á la suegra y así la ilusión en 
nuestro corazón despierte de tener mujer, idolatría del alma, vi*- 
sion del porvenir, espejo de la eternidad en donde reflejada vemos: 
sombra de futura certidumbre,/e/i€ÍJa(^, luna que persigue un .niño 
sin tomarla en sus manos, pero que tocará el alma, color del iris vis- 
to para señalar al cielo, luz para esconder tinieblas! : ' 

Tornemos á la suegra viva conocida: si mortales la maldicen 
mortales la defiendan: si unos llámanla infíomo, cuando menos pur- 
gatorio, quiza también otros aunque casi casi ni las puertas del Edén 
abrírselas de par en par quisieran á lo.sunvo les echaran el cerrojo, 
ya que no se las dejaran entornadas! . :.., 

¿Es la suegra conK) el rey madero que de burla Júpiter envió al 



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pueblo melodioso de las ranas cuando descontento ya (cual todos \oA 
felices que ignoran la desgracia^ dióle pesadumbre la continua dicha 
que gozaba en sus pintorescas ciénagas, mansión hermosa (para ra- 
nas) donde apacible fresco despertó en inocentes almas batraquit- 
ñas sueños de regio esplendpr en mágicos palacios subacuáticos de 
cañas v de lodo, con sus techos relumbrantes de criptogamos, sus 
muebles de curiosos hongos, sus manjares y placeres, bailes y ban- 
quetes, fiestas y saraos? Desgraciada suegra, no me toca retratarte! 
Víctima del matrimonio que quizá te afanaste por llevará cabo atan- 
do cabos como regla general eres madre del marido y sucumbes á la 
nuera! Pinte pues tus infortunios quien pretenda retratar con perfec- 
ción el ente que los galos llaman bella hija! 

¿Pero es la suegra como el rey-cigüeña con que airado al fin el 
padre Jove castigó al pueblo mismo de las piernas largas cuando has- 
tiado de burlarse del madero reclamó vocinglero nuevo soberano! 
Desgraciado yerno! Manda construir tu ataúd (que perros solo deben 
ir sin él á tierra), compra un nicho (ei dinero tienes para tan costosa 
última morada), dtle á la madre de tus hijos (en esse ó enposse) que te 
cosa la mortaja (buena es hecha del vestido déla boda), concluye ya 
el comenzado testamento (algo tienes que dejar, aunque solo sea la es- 
peranza de sobrevivir á tu suegra), despídete de los retoños que te dio 
Natura, dale dos abrazos á la compañera de tus penas (nada pierdes 
con que sean veinte), y arregladas ya tus cosas, y tu casa puesta en 
orden, aguarda resignado en el potro que tu suegra, tu cigüeña , te re- 
cete al fin el último paseo en carruage! No te alucines con la idea de 
que tú verás la conclusión de tantas penas en el seno de la tierra sin 
que á esta te conduzcan cuatro zacatecas: ella comerá raaiz de finado 
cuando tú lo seas, porque nunca la cigüeña suelta esta piel mortal 
humana, este material plumage del ave alma mientras queda medio 
vivo un solo nervio palpitante del hombre-rana que los hados le vo- 
taron en solemne holocausto! 

Infeliz! Contempla el retrato de la madre de tu compañera! Mira 
y tiembla, odi é trema, y si alguno te digere que lo ha visto ya en otra 
forma replícale de parte mia que también soy padre de aquella cria- 
tura y que ahora no hago mas que presentarla con vestidos nuevos 
mas acomodados á su edad. 

La suegra d^ demonio (démosle su nombre desde luego ya que 
asi habremos de llamarla casi siempre, aunque no lo sea sino de un 
pobre diablo) puede ser trigueña ó rubia, flaca ó gorda, corta ó larga, 
fea 6 bonita (cuando joven), pero nunca ni en cualquiera forma este- 
rtor carece de apetito, sino antes bien posee tanta estension estoma- 
cal, y al propio tiempo una complexión tan frágil, una digestión tan 
delicada, que á fin de conservarse sana y de buen humor (la facultad 
de atormentar) exige de continuo solicitísimo cuidado en que le pro- 
curen sabrosísimos bocados. Unos viven para comer y otros comen 
para vivir, pero ella entre mil astucias de que la dotó Natura tiene la 
de conciliar los dos estremos: come para vivir para vivir para co- 
mer (1). 

Es regla^casi general que nunca tiene mas que una hija, pero 

(1) Para, plama, para, que la mano casi se me paraliza eacribiendo taoto 
varal 

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— S«— 
quíei:e á esta con pasión bástanle para ciento y existe solo con e! ca- 
riñoso fin (le ver fí^liz á esa nifia id'ffairada y al resto de la raza 

humana miserable! Pero esto no podría conseguirlos! jamas se apar- 
tara de sn lado, por manera que si desde hiegt no ha logrado estable- 
cer sns lares y penates en el domicilio conyugal, en e\ hogar de! yer- 
no, e» deeir, si no ha conseguido que le dé abjamiento hasta el 5irt1- 
cnío final de muerte, lleva sin embargo sus cositas (seis baúles y un 
millar de alimañas) á la cas-^ deí marido de su hija (llámese Lolíta) 
con el único propósito de visitarla por algunos dias, la prfmer sema- 
na de la luna de miel, y así consigue su objeto. 

¡Desgraciado (hablo con Panchito, el marido)! Las semanas de 
tu suegra nunca tienen sábado: jamás ni supo ni sabrá medir el tiem- 
po por semanas, ni por meses, ni por años, aunque nunca deja» de 
quejarse amargamente si le dan el caldo de las once ó el café con le- 
che de mañana un instante solo después del minuto señalado! Inva- 
risibles eran las leyes de los Medos, mas al lado de ía buena suegra de 
RU yerno parecieran veletas inconstantes hasta esos firmes hombre» 
de antiguos tiempos! Pero qué! Lolita no podría pasarse sin la» 
atenciones, el solícito cuidado de su madre; antes de casarse con el 
pobreD. Panchito (escelente joven, dirigido por la inteligencia de su 
suegra, Pona Hipólita) jamas se habia separado del materno calorci- 
to dos consecutivos dias desde la feliz y memorable hora de su nac¡« 
miento (signo de la bienaventuranza de Panchito, que salió áluz diez 
años antes en el mismo mes y dia). 

— Lola, dice Doña Hipólita el rostro un tanto alterado íi consecuen* 
cJa de una escaramuza con su predilecto gato; Lola, ¿Ife diofiste ano- 
che á tu marido (el poder de las mujeres es nocturno sobre todo), lé 
dijiste que no puedes ir á pié á tus visitas? No lo he de permitir ja* 
mas! Te cansa, te lastima, te fatiga, te ha,ce daño en tu aelioada si- 
tuación, y además están baratos los quitrines, regalados! Bien lo sabe 
tu marido, bien le consta que las remilgadas de la otra puerta tienen 
ooche, aunque sabe Dios de donde sacan para costearlo (1). 

-—No conviene que te canses (Doña Hopólita no es íbmosa en n>a- 
tevia de guardar la hilacion de ideas); con que dame acá las llav^», 
que y o me hago oargo de cnidar la casa. 

Generosa suegra! Tanto y tal es su deseo, su afán de atender al 
iáeat de la familia que jamás descansa mientras no se apodera de la 
facultad de hacer las compras eii persbna propia, y así sucede que 
á( los pocos dias no queda ya casero que la considere sino como úni- 
x;« y verdadera dueña de la casa, mientras los criados^ que pronta 
apieuden á reconocer su absoluta soberanía, no quieren ya obedecer 
mas órdenes q e las que da la buena dictadora^ 

Elinfeliz marido es un nadie, un panchito: es un ente que suelt». 
dinero como la sanguijuela chupa sangre, una especie de cero que 
aguanta callando que Jo pongan á la izquierda. Si le ocurre la idea 
estraordinaria, la osadía inaudita de quejarse (lo que suele sucedes en 
loe primeros dias, antes de que haya descubierto su ceraiipia, esto ea^ 
su representación de 0;: 

-r— Va^ á matar á tu mujer, le grita Doña Hiipólita, y oamotsoy su 
mac^e no te puedo permitir que asesines á mi única bija delante de^ 

(1) Do8a Hipólita olvidó Ib dieta. 



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—so- 
mis propios ^os sin decirte ant^s que siempre has sido utilKárbaro, 

uu sinvergüenza 

Y la cólera le anuda la garganta y la boca se Je seca y 

el que paga es Perico el negrito, que le tiene que traer un vaso 

enormísimo de agua con azúcar y unas cuantas gotas no amar- 

gas! 




Noche y dia le recuerda (Doña Hipólita loquit^ Don Panchito aU' 
dit), noche y dia le recuerda que jamas ha conocido cuan riquísimo 
tesoro es su Lola, y si a'guna vez contesta el yerno iiȒeliz que papi 
ser tesoro no le deja de costar bien caro el poseerla, oh! entonces le 
pregunta con amarga ironía si una ñera como él merece que lo Hu- 
men hombre! 

Si á Lola le ocurre que le da jaqueca (siete veces en semana) 
¿quien tiene sino él la culpa? ¡Ya se vé! La regañó tan bárbaramente 
ala hora del almuerzo ('es decir, la suegra le impidió desayunarse!) 
Si por un evento sale la comida pésima (lo cual no acontece mas que 
cada otro dia), porque ha tenido la cocinera que ir á la botica en bus- 
ca dé aceite de almendras (ya no venden manteca de gente?), como' 
que le ha caído bicho al perrito ^9poIo (ú es que aquella no ha salido 
á comprar borraja ó tilo para el gato número 4), tiene que tragarse 
fríos y quemados plátanos y chicharrones, arroz y polio, carne y agia- 
co, todo para que le digan picaro, intame, asesino, que se atreve á 
maltratar asi á una pobrecita enferma! 

Si rehusa ir de lemp^orada, si regaña ó refunfaña contra gastos 
mas que insufribles (para una bolsa no tan bien provista como la d^e 
los Roihschild) replícale la suegra del demonio (es decir, la suya): 
' — No permito que una hija mia tenga que suírir miserias poi-que 
su marido se baya propuesto ahorrar para mantener vicios. Ahora 
mismo manda Vd. que le pongan puertas y ventanas nuevas á Ja ca^sa, 
porque de otro modo no respondo de las consecuencia*. 



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-60— 

' Y le ponen á la casa puertas y ventanas nuevas! ¡Tanto quiere 
Don Panchito á su Lola! diceu ios vecinos: ¡tanto puede Doña Hipó- 
lita! replico yo. 

La suegra del demonio es terrible cuando mas está de buen hu- 
mor y alegre, pero es un déspota insufrible, un Nerón 6 Atila en fai- 
detas si la hija tiene dote! Todos los esfuerzos del marido por salvar 
alguna parte de sus para él innegables derechos los denuncia ella 
como intrigas de un infame para saquear y malgastar los bienes de 
8U Lola (otra lela como el infeliz á quien por irrisión los negros de la 
casa llaman amo). 

— Ya te descubrí la juega: quieres que se vuelva loca; pero yo te 
jura por la santa cruz que no te sales con la tuya! 

Y la buena vieja le presenta uu par de uedos mas que rubicun- 
dos y grasientos en figura de una cruz, y el resultado es que como 
antes los tenia ocupados en la operación desugetar un bocadito para 
Belcebü f perrito número 2) el pobrecito Belcebü lo come con su par- 
te mas que ordinaria de polvillo recogido en el suelo. 

Doña Hipólita, la suegra del demonio, lee cuantas cartas de Pan- 
chito paran en sus manos; te registra los bolsillos, le hace vender los 
criados mas antiguos de la casa, le muda la^hora de comer, está tra- 
gando todo el dia, impone á los demás la dieta mas escrupulosa y 
nunca manda los muchachos á la escuela sino cuando le da su rega- 
lada gana. 

Poco tarda Doña Hipólita en convertir la casa en una especie 
deBastiiia-San Dionisio de la cual es ella carcelero, alcaide y guar- 
dián. Ninguno se atreva á entrar ni á salir sin obtener primero su 
permiso y hasta el yerno mismo solo puede hacerlo bajo condición. 
Desgraciado él si vuelve á casa un minuto no mas después de la hora 
señalada para recogerse á dormir la niña grande (porque asi la lia* 
•man los criados para distinguirla de la hija): le pregunta por el ojo 
de la llave si no le da vergüenza su conducta y apenas ha tenido 
tiempo el pobre para colarse dentro como gallo nuevo en gallinero 
ageno cuando ya le dicen, de manera que lo puedan distinguir clarito 
uo tan solo los criados sino los vecinos de los dos costados y la vieja 
fronteriza, que Lolita no aguantará mas tiempo el que un hom- 
bre disoluto la maltrate: Pobrecita! se va consumiendo paulatinamen- 
te (lo estraño es que no se muera de una vez teniendo que sufrir á 
Doña Hipólita) y si no varía pronto de conducta el marido ha resuel- 
to ella separarse para siempre de su lado. D. Panchito tiene d&das 
(esperanzas!) sobre la verdad de tales amenazas, pero al siguiente dia 
ya las ve llevar á cabo (aparentemente). Doña Hipólita y su hija, 
convidadas á pasar la Pascua con la hermana de aquella ("suegra 
también, pero por otro estilo, y á quien Pólita está tratando de in- 
doctrinar en el arte-ciencia de gobernar al yerno), marchan á llevar 
á efecto la visita sin decirle á Panchito nada, pero sí llevándose al 
menos cien baúles y canastas, jabas, cajoncitos y demás« y el infeliz 
marido queda solo sin que hayan recordado entregarle ni la llave del 
escaparate para sacar un pañuelito limpio justamente cuando mas le 
aprieta la fluxión (enfermedad bastante ordinaria en el benigno clima 
de nuestra idolatrada Cuba). Pero no le permiten gozar mucho tiem- 
po de su amable soledad! Uu diluvio de recados ó de cartas escritas 
todas por la madrt; fpero todas también á nombre de la maltratada 



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—61— 
bija) tnterrtimpe y destruye de continuo su reposo (llenándole de 
maldiciones y acusándole de cuantos crímenes horrendos puede co- 
meter el hombre j, y por último le viene á ver en cuerpo y alma su 
enemiga y después de una escena hidráulica que hacen todavia mas 
terrible las horrendas amenazas de la suegra, que le jura nunca se- 
pararse de su lado mientras no confíese la infamia con que ha tratado 
á su angelical esposa, tiene que capitular, se pone de rodillas ^áUos 
pies de sutesoroy por cuantos santos cuentaeí calendario ruega que 
se digne concederle su perdón. La suegra del demonio le contempla 
entre tanto como la Nemésis inflexible de su sexo y prohibe al reo 
levantarse de la tierra sin que haya confesado veinte veces repetidas 
su notoria injusticia, y que solo un infame pudo haber dudado de pu- 
reza tan celeste como la de Lola. Y Panchito se levanta, y se hace 
los sesos agua procurando descubrir de que que manera el haberle 
acusado á él de infiel es prueba de que ha cometido la heregíade po- 
ner en duda la virtud de su amada Lola! 

Los hijitos del marido pertenecen verdaderamente á la suegrs 
del demonio: ella los gobierna, ella cuida de su enseñanza; ella loa 
desnuda y los viste, los regaña y les pega, los atraca de remedios y 
de dulces, y en suma los domina cómo ásu antojo mas le cuadra, su- 
plicando entre tanto á la sombra que se llama padre que le higa el 
favor de no meterse á disponer en cosas que no entiende. 

Cuando en todo su esplendor la suegra del demonio mas ostenta 
las enormes facultades absolutas que usurpa (para conservar el or- 
den en la easa) es sin duda en la hora de venir al mundo un retoño 
del paterno tronco. Erigida entonces en grandioso centro de un in- 
menso circulo de pomos de aceite de almendras y de miel rosada que 
realzan montes de olorosa yerba buena y borraja, clavos de comer y 
nuez moscada, sebo, sinapismos y emplastos, bismas, parches y anís, 
mostaza y redaños de carnero, vino seco y .iguardiente de Canarias 
y de Cuba, satiuco y alcanfor, cerveza, til i y otros mil de aquellos 
tósigos que para tales casos se preparan. Doña Hipólita se pasa las 
horas de la crisis productora dando alternativamente remedios y ór- 
denes que nadie se atreve a desobedecer. l<a misma comadrona (llá- 
mese partera) capitula, y Panchito, es decir, el infeliz marido, conver- 
tido ya de cero en -O, desaparece para siempl*e del número délos se- 
res dotados de voluntad. Si llama nadie le responde: pide la comida, 
pero no encuentra un alma que le diga sí se ha quemado toda ente- 
ra ó no se han acordado de hacerla, y entre tanto el desgraciado 
se pasea por la sala como el sastre del antiguo cuento alemán (á quien 
la suegra puso tan raquítico que"ya ni sombra echaba), y medita sí 
su Lola parirá varnn ó hembra, ó íos dos, ó dos machitos y una niña, ó 
hembras dos y un chiquillo(porqne haleido de mujeres que principian 
de una vez con tres, y hasta cuatro!) Si resuelve al fin tomar la siesta 
(en ayunas!) con muchísimo afán consigue (]ue le tiendan el peor de 
siete catres en el último rincón del cuarto último (morada de los cu- 
ríelitos y conejos de su suegra), y si luego pide que le dejen ver á la 
mujer y lo que há parido Doña Hipólita lo para ex-abrupto á la puerta 
preguntándole á gritos quien le ha metido asesinar á Lola y al her- 
moso tierno vastago que acaba de nacel^ de vel la luz, de respiral el 
aura de la vida, in cétera (Doña Hipólita es medioaristocrática, pero 
esto no supone mucha práctica en la lengua de Cicerón). 



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Lá suegra del demoirío se impone romo an deber «agrudu el ri" 
vír eternamente con sus víctimas y nna vez metida eu la casa uo tan 
•olo es mas aiíicil el sacarla qae á las mismas bib jagnas, ó al «tome- 
jen, sino que pronto acaba por echarlo todo abajo. Siempre va coii 
ellas (con las victimas) al campo (D. Panchttoes daeño de un ancia- 
no y derruido cafetal que da sus cien quintales y lo hace casi cb«í 
hacendado, aunque oo tan respetable como si tuviera ingenio, aun* 
que solo de 50 cajas), porque nunca se uerdonaria sí le sucediese algo 
á Lolita (sacarse nna lotería por ejemplo) no estando ella con su bija 
para consolarla 6 ausiharla con su esperiencia 

Pero si por un evento mas que raro el marido logra deshacerseal 
principio de la suegra no por ello acaban sus desgraciáis, pues lo mn» 
factible, que! lo cierto y positivo es que toma casa en la misma cua- 
dra, ya que no enfrente. Dios le valga entonces! Doña Hipólita se pa- 
sa todo el santo dia entre una y otra casa, quedándose á comer eu la 
del yerno siete veces en semana y aguaitando desde la ventana cnan- 
to pasa en ella cuando por rareza no sale de la suya. No le queda en- 
tonces mas recurso al marido que promover la fundación de alguna 
sociedad que tenga por objeto la emigración á California de las ma- 
dres de una sola hija ya casada, y en el caso mas que muy probable 
de no lograr librarse así equivocarse una noche al tomar el agua con 
azúcar, 6 el cafó con leche, y echarse al buche una cucharada del 
mortal veneno que con el nombre de tisana receta Dona Hipólita 
para la jaqueca. Solo en el silencio del sepulcro has de descansar, ob 
yerno de la suegra del demonio! 

Tres distintas clases hay de suegras, pobres diablos unas, sue- 
gras de Dios otras, suegras del demonio las demás. Pinté las últimas, 
no quise retratar á las primeras, satélites de nueras, víctimas de yer- 
nos, y las segundas no me atrevo á profanarlas con pinturas imper- 
fectas. Son como madres y con estas no se juega ni en chanza! 

Sí la vida es un carnaval de almas puestas eu el mundo para 
prueba, y esta tierra toda ella el salón de baile, son las máscaras lo» 
hombres y mujeres, espíritus envueltos cada cual en su disfraz de car-- 
ne y hueso. Suena música y anímase la danza, mas al fin un maestro 
invisible de ceremonias da la señal de concluir y cada bailador se 
marcha súbito, dejando abandonado el disfraz en el sa'on: apáganse 
las luces, acábase la fiesta, pero quienes se retiran últimos de todos 
BÍempreson las suegras del demonio! Pura ellas en efecto e^ta tierra 
solo vale algo porque la contemplan como la materia prima de que se 
fabrican y«r/i 05 y si alguno les define la mttjer llamándola un áugel 
encarnado que debiera conducir al hombre al cie'o por la sendu del 
amor, basado en la virtud, vuelven los ojos á sus hijas y no ven es 
ellas mas que trampas con que han cogido ya maridosl 

Santiago ^vafe* 



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EL l^TyPD^MTIE. 



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EL ESTUDIANTE. 




O es mi ánimo decir, ni pensar siquie- 
ra que todos los estudiantes de todas 
partes son iguales, ni que entre noso- 
;^ tros dejen de existir en este tipo algu- 
^ ñas diferencias; esto sería una solera* 
_ »ie mentira, si hay mentiras solemne^, 
'#Jy me guardaré bien de ella para que 
no me salga á la cara. Lo que sí debo 
decir en honor de la verdad es, que 
los estudiantes de todas partes hacen huir de ellos á muchos escar- 
mentados 6 no, como de la crnz al diablo, y si el estudiante cubano 
merece entre los demás de otras, el título de estudiante pacifico^ tam- 
bién e» muy cierto que le viene de molde el proverbio: Guárdate del 
a^a man^a, que, como todos los proverbios, dice todo lo que hay 
que decir, y aun lo que no se ha dicho, ni dirá jamás: lo que importa 
«s entender lo que ellos signifícan. 

Tampoco pretendo decir que por que la generalidad de los estu- 
diantes cubanos sean pacíficos, sean también mansos, ni vice versa: 
guardaréme bien de ello; pero se parecen los unos i los otros. De lo» 
pacíficos no os guardéis, porque de ellos es el reino de los cielos; pe- 
ro» guardaos de los mansos, porque diz que poseen la tierra y parece 
que no andan. En cuanto á mí^ prefiero mil veoes á los calaveras, de 



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buena inflóle se entiende: recorred la lista de )qs ffrandet hombres j 
decidme bí no han sido todos calaveras, antes de haber llegado á ser 
lo que después fueron. 

Como Irs costumbres de los estudiantes de la Península son muy 
diferentes de las de nuestros estudiantes; pudiendo asegurarse que 
estos no tienen ninguna de aquellas especialidades, que tan ancho 
campo ofrecen al escritor para detenerse en detalles que por sí solos 
brindarían recursos sin cuento, es un gran apuro sujetarnos á. no de- 
cir nada de aquellos; por lo que, y á íin de que el paranp^on discul- 
pe acaso algún tanto la insufi<^iencia que sin rebozo confesamos, va- 
mos á decir algo ligeramente de los estudiantes en general de la Pe- 
nínsula. 

Desde luego lo primero que salta á la vista, ó mejor dicho, al 
pensamiento, es el trage que usaban los estudiantes de aquellas Uni- 
versidades; trages que por sí solo han dado ocasión á los que han es- 
crito sobreesté tipo, á mil sales oportunas, graciosas y picantes, y 
que sin embarco hace esclamar hoy, después de abolido, ron un ver- 
so que se las titnt tieBoa^ al mas alambicado que salir pudo de las mien- 
tes de Quevedo; parodiando aquella cantiga de Jorge Manrique, que 
empieza: 

Qué se hizo el Rey Don Juan, 
Los infantes de Aragón 
Qué se hicieron; 
Qué fué de tanto galán, 
Qué fué de tanta invención 
Como trugeron? 

con esta otra: 

¿Qué se hizo la sotana? 
£1 sombrero y el manteo 
Qué se hicieron? 
¿Quienes tanta moda vana 
Y un vestir tan caro y feo 
Nos trugeron? 

Asi es que empezando por reclamar á voz en grito el uso del man* 
teo y la sotana, haoria materia para escribir un libro mas voluminoso 
que el del Ldo. Borrajas en la fisiología del estudiante. 

Esta circunstancia no impide que apesarde la iuecsistencia, ni 
cuna, del sombrero, manteo y sotana en Cuba; es decir en la isla de 
Cuba, sean sus estudiantes, de la isla se entiende, dignos de ocupar 
mas volúmenes que novelas puede haber escrito hasta la fecha y las 
escribirá en otro tanto con la ayuda de sus Memorias, el fecundo Ale- 
andro Dumas, (le quito el monsieun porque ahora estamos hablando 
de potencia á potencia/ y por consiguiente de que faltándoles con 
mas motivo á nuestros estudiantes semejantes adminículos, dejen de 
llamarla atención de un observador de tomo y lomo como mi merced; 
no ha]^ oue estrañar la alabanza, que es moneda corriente en este pi- 
caro siglo en que vivimos y bebemos. ¡Sabe Dios lo que me observa- 
rán otros en lo que llevo escrito y todavía no he dicho nada! 



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—es- 
Basta de introito y alto á la péñola; pues ya vamos usando dema- 
siadas digresiones. Hablemos, pues, del esiiiáisíiite justo-medio , vulgo 
pacífico, que es lo que mas abunda en esta tierra de Cuba. 

Sale este de su casa, lo mismo que cualquier otro, cqju solo la 
diferencia que muchos moran en la misma Habana, en donde 
hay Universidad y antes de pisar el aula hace y deshace mil pla- 
nes, que continúa haciendo durante el viaje de sus cursos y que des- 
pués cumple ó deja de cumplir según se presenta el caso. Los pa- 
dres de los que no tienen casa en la misma Habana confían mucho 
en su prudencia, que tiene á veces grandes adarmes de hipocresía, 
y por lo regular no se arrepienten de su confianza: no es general es- 
ta regla, pues hay jóvenes de buena y escelente pasta que se pueden 
llamar guapos en toda la redondez de la palabra, y siguiendo la des- 
cripción de los de esta clase, haylos que tienen una patrona que 
cuida de todo por el tantum que le dan los estudiantes, haylos que 
cuidan de lo que debe hacer la patrona y otros no teniendo patrona, 
arréglanlo todo ellos mismos, que vale decir que lo desarreglan todo. 
¡Qué feliz se cree un estudiante los quince primeros días después 
de haber llegado del interior de la isla, viéndose ya dueño desús ac- 
ciones, encantándose con todo lo que brilla, aun.|ue no sea oro, pa- 
sando las horas como estafermo ante una tienda de estampas, quin- 
calla, sedería ó camisería y leyendo los rótulos de todas las tiendas, 
operación que en lo sucesivo repite todos los dias las cuatro veces 
que va y vuelve de su casa á la Universidad. De esta es de lo último 
que se acordaría, como no tuviera que matricularse; pues hasta el afán 
de leer los rótulos se le acaba al entrar por la puerta principal de 
aquella; así es que ni sabe que en el arco principal hay un dístico 
latino que le hace recordar la importancia del estudio. 

Muy conveniente seria clasificar las diferentes índoles de los es- 
tudiantes, según su naturaleza, educación y clase de estudio; así co- 
mo con arreglo á sus facultades pecuniarias. Estas nunca han sido 
tan buends como en los primeros dias de su estada en la Habana, 
después de haber llegado de las provincias interiores; los ahorrillos, 
los regalillos de hermanos, padres y padrino constituyen un capital. 
Como no pretendo escribir las efemérides de la vida de un estu- 
diante en particular, acaso divagaré tal cual vez; pero ¿qué estraño es 
que haya desorden en estos apuntes, cuando por lo regular no Jo deja 
lie tener cosa alguna? 

En cnanto á los pecadillos de los estudiantes los hay de muchas 
clases, segan los gustos é inclinaciones; mas á lo que no puede resis- 
tir un estudiante es á visitar los cafés y confiterías de la Dominica y 
de la Diana y como es, ó le parece ridículo entrar, ver y salir, se sien- 
ta, toma una friolera que significa desembolsar dos reales, como me- 
dia docena de pastelitos de crema ó de masa francesa, y le produce 
el singular beneficio de entretenerse mas de la hora en que debió con- 
currir á clase y por consiguiente, ó llega tarde, ó lo que es por aquel 
Aia no llega nunca, sin recordar que las matrículas cuestan buenos 
pesos fuertes y qué después con las rabonas claudican aquellas. £u 
cambio no deja de llegar siempre á buena hora á los bailes y al tea- 
tro; ¡oh, los bailes principalmente son cosa sagrada para estudiantes! 
Ya se vé, y ¿á donde irían los pobrecitos si no tuvieran esos lugares 
de refugio? 

9 



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Es imposible detallar Icms dufrimientos á que está espüesto el es* 
tudíante que no tiene sus oadres en la Habana, sobre todo si es pací- 
fico. Así es que busca sus distracciones en fumar, ¿y qué estudiante 
deja de fumar? Cierto es que ninguno; pero el pacífico por lo común 
no empieza hasta llegar á la Universidad. Como el villar es también 
una escuela para el estudiante sucede alguna vez que, queriendo ha^ 
cer el maestro en el arte de fumar, engulle el humo bocanada tras 
bocanada para hacer chimenea de la nariz hasta que la cabeza se le 
pierde, cae de bruces sino de espaldas y se esconde bajo la mesa del 
villar de donde se le saca á veces no diré como. 

El estudiante pacífico no juega y si vá á picos pardos nadie lo 
sabe y él se lo calla: en hablar es reservado, en vestir fashíonabUy en 
pensar algo malicioso, en estudiar metódico y en sus propósitos cons* 
tante y firme. En todas partes se le encuentra, asiste á reuniones de 
noche, baila la Polka y la Redowa; pero sin faltar al aula y grangeán- 
dose el afecto de los catedráticos para ganar á ñn de cada curso ó año 
su nota por lo menos de aprobado ó aprovechado. 

Como regularmente los estudiantes del interior vienen recomen- 
dados á alguna familia de la capital, que siempre es respetable, en la 
que no falta alguna hermosa Tecla que obsequiar con escrupuloso 
esmero, el mejor medio de manifestar su gratitud para con la familia 
es convidándola á una función teatral y si es de Kaveles, mejor que 
mejor. A este fin toma un palco, que casi siempre es del tercer piso, 
no obstante que es el gasto mavor que tiene en \o^ primeros días de 
su instalación en la casa; porque si á los tres pesos del palco se aña- 
den df>s pesetas de cada entrada, cont indose la suya, la de la mamá, 
otras dos por la hija de la señora patrona y otras dos mas pgr la pri- 
ma de la hija de la patrona-mamá, otras dos por otro acompañante 
que se agrega á los autos, amen de cuatro ó cinco chiquillos que pa- 
gan la mitad de la entrada, suman como unos siete pesos, sin contar 
los dulces, que en concepto dei estudiante es el non plus ultra de la 
fineza* 

Por supuesto muy pronto se le inflan las narices y pierde los es- 
tribos con la hermosa Tecla: sale de aquella casa con mas fieros que 
Rolando, mas erguido que una I, échase el sombrero á un lado y par- 
te á buscar cuarto donde alojarse, habiéndose ya quedado sin ahor* 
ríllos. 

Suhlata causa tollitur effectus, que quiere decir sin dinero en casa, 
todo el mundo es feo; porque el que pierde el din se queda sin el don^ 
como dijo el otro. Todas las anagnorisis y peripecias del mundo no 
valen un comino, comparadas con el cambio de la vida estudiantil 
cuando tal sucede; ya no gasta sin contar y cuenta y recuenta lo que 
gasta, ya el sastre le retira su confianza, los compañeros lo miran co- 
mo el que está arrancado y de aquí la vida anómala, ó animelia. Solo 
procura economizar, aunque sea á costa del coleto y no deja de ha- 
ber dias en que los pastelitos de la Dominica pagan el pato; por lo 
que al fin causado de trabajos y de no tener quien mire por su perso^ 
nita, se echa á enamoran 

Nuestros estudiantes en general son muy dados al amor; recor- 
riendo la escala desde el amor serio hasta el amor más al vuelo, que 
pueda imaginarse. Así se arroja á las plantas de la dama mas almtva* 
rada y de elevado coturno, como presta su pasión de fuego á la de otra/ 



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malquiera clase, para salir de un apuro. La virgen traslada al estu- 
diante al zenit de la poesía, la Celestina le zabulle hasta el nadir de 
la prosa: la primera es luz, la segunda fuego, delicia las do$; dá vida 
la una, mata )a otra. 

Acaso preguntará alguno ¿y qué es amor al vuelo? Válgate Dios 
por curioso, lector amado. Amor al vuelo es aquel que así como se 
viene, se vá, y no me preguntes mucho mas de lo que yo te diga, que 
estamos en terreno resbaladizo y dá lugar á muchas interpretaciones 
de que Dios me libre. Solo añadiré: 



Amad á los estudiantes 
Niñas sin ningún recelo 
Que en nadie mas hallareis 
Tan grande de amor el fuego. 
Solo diré que al que pida 
La entrada de cierto género 
No estando bien despachado 
Debéis responderle luego . 
Lo que una dama francesa 
A un famoso caballero: 
**Para llegar á una dama 
Se ha de pasar por el templo." 

Debe tenerse presente ahora que siendo las presas femeninas di- 
ferentes, y tan diferentes que ni perdona é veces el estudiante aquello 
de 

**Nimium ne credi colorí 

Alba legustra cadunt 

Vaccinia nígra leguntur &,c." 

Véasii no sé que libro. 



deben variar también los modos de cazarlas, y en esto desarrolla nues- 
tro tipo una disposición, que no sé yo tenga todavía nombre en la 
nomenclatura frenológica de todos los acabados en dad. 

En efecto; tiene tal espíritu, que á las primeras de cambio cono- 
ce todos los flacos de una muger. Puede decirse que para lances de 
amor es un Proteo en cuerpo y alma. Si la dama es romántica, se vuel- 
ve un oso en guedejas rizadas y en espesos bigotes y patillas, profun- 



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—es- 
dos suspiros y color de ocle, ú ocre, creo qns de ambos modos se di- 
ce: si la querida es alegre y presumida, se arregla al último íigurin de 
modas: si le gusta leer á la Dulcinea, el estudiante le espeta desde las 
novelas de Florian hasta las de Dumis y Jorge Sand: si es aficio- 
nada á la música, le toca la guitarra, 6 el violin y hasta el piano y se 
inspira con Rossini, Donnizetti, Verd , Aguado, Beriot dbc: si canta 
y tiene buena voz, su triunfo es seguro. 

Volvamos la vista á resortes de inferior escala. A los quince dias 
la cosa es hecha, escrupulillos aparte, ya son inseparables y habitan 
como casados un cuarto, arrullándose la siesta como dos tortolillas. 
A veces produce su fruto tan inseparable unión, tan apretado lazo, ya 
que no debemos usarla palabra indlsolnhle por ser la legal. Y aquí son 
de ver Ijs apuros, los largos dias sin reposo y lo que peor es sin di- 
nero. 

Sucede entretanto que llega la época de la matrícula, que no es 
floja en dinero por mas señas, y el estudiante recurre á su padre: si 
por desgracia está lejos entonces lo hace indirectamente por medio 
de una carta como la siguiente: 

"Querido padre: la paternal solicitud y generosidad de V. y el 
haberle tenido siempre comí mi m?ior amigo, me hace decirle que 
tengo necesidad de rozarme con los jóveies mas distinguidos y que 
mejor visten en esta capital; y como V. conoce que así se luce aquí 

Í)or el alma como por el cuerpo, adornando la primera con el fruto de 
os estudios y el segundo con los atavíos de mejor gusto, es menester 
que se me considere con tales cualidades. Tanto es así, qne solo las 
dotes de mi entendimiento que son un destello de las de V., no ha- 
rían nada sin el trage de moda. Necesito para ello desembolsar; pera 
cuando me reciba lo reembolsarla. Por ahora no he hecho mas gas* 
tos que los de la cuenta siguiente, que es ia del mes pasado: 



Ps. Rs. 



Manutención 4 8 reales fuertes 31 dias (el mes no tuvo mas ) qi 

que 30) P^ " 

Papel, oblea, arenilla, plumas 5' tinta 4 2 

Una cajita de fósforos de á real „ 2 

Barba y peinado (abono en el Buen Tono calle de O-Rei- i 4 o 

Lavado y planchado 17 „ 

Por libros 50 „ 

Limosnas y suscriciones 8 4 

Teatros Ha opera está cara) 50" „ 

Tabaco (no fuma.) Esto es mentira. (N. del E.) „ „ 

&c. &,c. no me gustan visitas de médicos „ ,» 

Rifas de los compañeros 4 2 

Guantes en la tienda del Telescopio (guantes de lo mas fi" I 4 o 

no, que se compra por docenas) ] 



$173 6 



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Yo no olvido, querido papá, sus lecciones. Con tal deseo, estudio 
día y noche, y si lo veo cumplido, seré feliz. Su hijo Q. B. S. M. 

Crispin Remilgado* 

¿Vodrá el padre resistir tal panegírico? El hijo alcanza lo que 
quiere, porque sabe el flaco paternal. Sino, allá va la contestación á 
la epístola anterior. 

"Mi amantísimo hijo Grispinito: la noticia de tu salud alboroza 
mi corazón y la confianza de tus adelantos los veo por la carta que 
me has dirigido. Te remito una letra por doscientos pesos para que 
te hagas hombre útil y aplicado. Solo me encarga tu hermana que te 
diga que gastas muchos guantes; lo que indica que bailas mucho. Tu 
madre me dice que el lavado es muy caro. Procura economizar, que 
los tiempos están malos. Adiós, mi bendición y la de Dios te alcan- 
ce, &>c. &.C. &>c. 

Estas mas 6 menos son las cartas de sermón que el hijo recibe 
con carcajadas y un si es no es de falta de cariño y de respeto. Lo 
que desea son los doscientos grullos y esto basta. 

Todo cuanto acabamos de decir de los estudiantes pacíficos y 
alborotados les cabe á los lejistas y á los medicinantes; pero para es- 
tos ademis tengo reservados unos versitos, que no son míos por cier- 
to; porque de todo ha de haber en la viña del Señor. No faitaria mas 
sino que á los útilísimos hijos de Esculapio, en clásico, á los ñebo- 
tómicos discípulos de Broussais, en romántico y á los conservadores 
de la humana salud, en ecléctico, tuviese yo que hablarles solamente 
en prosa. Versos he de aplicaros, pardiez, como vosotros aplicáis can- 
táridas, sinapismos y vegigatorios y h3.n de ser largos largos 

versos» de tragedia, como los de Edipo, que al fin de su vida se operó 
el estrabismo en sus propios ojos para merecer el renombre de ciru- 
jano. 

Los medicinantes son por lo regular jóvenes finos, elegantes y 
bien hablados, cuando no sacan á colación sus terminachos greco- 
latinos, ó greco-latino -hispanos: 

Cuando en sus conversaciones 

Van sus voces endilgando 

Aunque diz que saben mucho 

Y no los entiende el diablo. 

Cuando se topa con ellos 

En vez de darnos la mano 

Nos dan una colección 

De carpos y metacarpos. 

De falanges^ falanginos, 

Y tal vez defalanjazos, 



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—to- 
sí te hacen crujir los dedos 

Dicen ¡ola, ciudadano! 

A Vd. le falta sinovia: 

Si tienes un sobresalto 

Si te altera el diafragma 

Y se aprieta el pericardio. 
¿Te enfadas? Ya las carótidas 
Se entumecen de contada 

Y el encéfalo se carga 

Y sobreviene volando 
Cerebritify mielitis, 

Arteritis y catarros 
Pénfigos y palatitis 
No me preguntéis si acabo 
Que aun faltan las esplenitis 
O inflamaciones del bazo 
Gastritis y faringinis 
Nietalogias ¡buen vocablo? 

Y otras cien mil harharitis 
Desde el cuello al hueso sacro, 

Pero en cambio son capaces de hacer una disertación científica 
en la punta de la una y tienen la ventaja de que les cae de medio á 
medio la segunda esplicacion de aquel refrán: "En la cárcel y en la 
cama se conocen los amigos;" porque así como los demás viviente» 
aman al prójimo en vida; ellos, para diferenciarse, lo hacen al revés, 
pues son amigos de los muertos. ¿Qué estudiante de medicina no po- 
see algunos miembros por lo menos de un cadáver? Este lo guarda co- 
mo un signum crucis en un escaparate, sin cuidarse de los soponcios 
de la hermana ó de la querida cuíindo por entrometidas se meten á 
abrirlo. Y guárdenos Dios de caer en manos de un entusiasta de Gall 
6 de Lavater; pues entonces saca unas inclinaciones y mete unos 
sustos que ya sabrás para lo que has nacido, lector amado. 

Hasta ahora hemos visto que el estudiante hace cuanto hay que 
hacer menos estudiar; pero como para todo hay tiempo, haylo tara- 



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-Ti- 
bien pa""* ®' estudio, al cual se dedica todo el mes antes del examen. 
¡Allí es de ver, sobre todo sí ha de graduarse, el promontorio que ha- 
ce en su mesa de dijestos, pandectas, Heineccios, Salas y Cávala- 
ríos. Si es medicinante, todo el dia define enfermedades y á diestro 
y siniestro os espeta la nomenclatura antimusical de su diagnosis 
médica y de libros llena su cuarto, cuando no de feísimas estampas. 

Llega el dia de los exámenes: venid conmigo y entraremos en 
una sala grande y espaciosa en donde están congregados cien ó dos- 
cientos juriconsultos ó galenos en embrión. — ¿Qué van á hacer? — 
Van á examinarse. — ¿Cómo? — Ahora lo veréis. 

Ya están en la palestra; pero sin murmullos, porque ya no hay 
aquello de soplarse (palabra estudiantesca) unos á otros lo que igno- 
ran; en el dia ó todos ignoran, 6 todos saben. 

Un mes se ha señalado para los exámenes anuales; para bachi- 
ller dos, para licenciado cuatro, que al fin y al cabo se puede hacer 
en este tiempo, sobre todo cuando al estudio se agregan algunos mi- 
les de pesos. 

Lector querido; acaba de decirme el Editor de esta publicación 
que se ha señalado para el número sexto este tipo; ya puedes consi- 
derar el fatal número que me ha cabido en suerte. El último sería 
precisamente el que mejor jne vendría para decirte otras lindezas; pe- 
ro puesto que ya te «licho algunas, no quiero que se unan otras 
mas, después del número fatal, simbólico y que pronostica mala suer- 
te á este tipo. 

Sic itur ad astra: así se llega á ser abogado, (aquí sigo hablan- 
do del estudiante y no de mí mismo, ¡cuidado!) médico, teólogo, far- 
macéutico, botánico, químico, científico, en fin; pues lo mismo hoy 
que en tiempo de Quevedo, poderoso caballero es don Dinero. Así di- 
ce el licenciado Borrajas: 

Por este ejemplo tan solo. 
Lector, no debes juzgar. 
Pues hay en todas las cosas 
Su menos siempre y su mas. • 

Eugenio de Arriaza. 



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»M«>^^ii^**»OüiifciMitt Ui*mmmm0^^mmm^ 



u mmmm m^mimmmá 



^ ' 




AS costumbres, no las pei'soikas, sé pintiin en 
el presente art^ulo, y como aquellas no pue^ 

den estar representadas sin estas, resulta 

precisamente un tipo que creemos muy locaU si nuestras observacio- 
nes no íños engañan. Ellas también nos dicen, y va esta indicación á 
los leeloires', que á üadie ofendemos, pues á nadie como individuali- 
dad nos referimos» Atacamos los abusos, y nuestras pinceladas serán 
bastante fuertes, si tuvieren bastante verdad en el cuadro que bos- 
^ttéjft'ttos, si así 1no fuefe, bórrelas el observador 6 vuelva la hoja. 



I. 



Véís esa caSéi cuyos largos y espaciosos almacenes éstáta llenos 
ele cajaá áé ázucaV, y sacos dé caft, y á cuya puerta paran infinilo* 
carretones levantando una batahola infernal que aturde á los qüé 
l^ór allí pasan? ¿Veis esos hombres que presurosos entran y salten y 
sacaú muestras dé\ prtrcioso fruto? ¿Veis esos otros que alegres 6 taci- 
turnos S6 étacüentrati y mudamente se saludan? ¿Veis finialmenté 
hundido en un isrllón aquél hombre grave, rodeado de libros, plu- 
míiS, ttotero, talegóí^, tochas, cajones y periódicos? 

10 



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—73— 

Cualquiera diría que es un rico comerciante. 6 un poderoso ha- 
cendado. Pues ni hacendado, ni comerciante. Ese hombre con su 
casa, sus cajaiB de azúcar, sus sacos de café, dependientes, escritorio 
y aparato, no es mas que un refaccionista. 

Un refaccionista? Y para esto tanto aparato, tanta bulla, tanta 
gente, tantos carretones? 

Si señor, y todo esto es nada para la importancia de un refaccio- 
nista. Un refaccionista es el comerciante, el dueño de la íinca, los 
dependientes, los acreedores la ñnca misma, entendiéndose bajo esta 
palabra las tierras, fábricas, siembras, fruto, crédito, dicha 6 desgra- 
cia de infinitas familias. Un refaccionista, es la esperanza, el cousue- 
' lo, el áncora de salvación, ó el abismo del naufragio. Su crédito nun- 
ca se estingue, se paga hoy, y brota de nuevo antes de pagarse, todo 
lo abraza, todo lo comprende. 

Pero el refaccionista ¿qué hace? ¿qué es lo que hace? 

Nada, el refaccionista, refacciona. 

Y ¿si no refaccionara? 

Si no refaccionara, ;ah! entonces perecería indudablemente la 
cosa. 

Luego el refaccionista la conserva, la hace productiva. 

Si señor, la conserva y la hace productiva, por eso están llenos 
esos almacenes; por eso van y vienen esos corredores; por eso tiene 
tantos dependientes; por eso están ahí tantos carretones; por eso se 
arma con esos libros, papeles, reglas, y cuentas que veis esparcidas 
en el escritorio; por eso se sienta esperando, sin embargo, á que se le 
pfesenten negocios útiles y lucrativos. 

La ley le acuerda un privilegio razonable, ¿ cuya sombra prospe- 
ra la agricultura, se alienta el comercio, y se fomentan fincas que de 
otro modo perecerían; pero de esto se abusa torpemente dándose orí- 
gen á males de inmensa trascendencia, y á los cuales no alcanza, ni 
alcanzar puede la acción de los tribunales que tienen que decidir 
controversias y litigios, fundándose en documentos públicos solem- 
nizados con formalidades y requisitos difíciles de destruir, y que ha- 
cen invencible al acreedor refaccionista. 

Abroquelado, como decía un antiguo pica-pleito con la escritura de 
su crédito, y para cuya garantía cuidó de que le hipotecaran espre- 
samente la zafra, campea en medio de todos con la seguridad de que 
áél vendrán á morir, y cuenta que nunca se ha aplicado mejor esta 
frase. 

ítem fué condición estipulada en el convenio, que á su almacén 
habrían de remitirse las cajas de azúcar que se elaborasen, hasta cu- 
brirse con el producido en venta, para lo cual se pondria un veedor 
en el fundo. 

ítem y por vía de apéndice, que el dueño renuncia el privile- 
gio que la ley de Indias concede á los ingenios de elaborar azú- 
car para que no puedan ser enagenados, sino por deuda fiscal, 6 
que esceda de su valor. 

ítem y también como adición ligera, de paso, que con renuncia 
los pregones, y sin necesidad de trámites, diligencias ni requi- 
sito alguno, mas que la simple presentación de esta escritura pueda 
ejecutarse al deudor por la cantidad que espresa, y la que impor- 
tan los gastos, costas, daños perjuicios y menoscabos que se originen. 



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-74— 

De suerte, que tenemos escritura pública, hipoteca espresa, y 
presa del fruto, veedor, deposito, almacenage.... ¡oh! ¿quién se resiste 
á enemigo tan ventajosamente situado? 

Hay mas, los gastos menores de la finca, que aunque necesarios, 
son independientes de la refacción, se libran también contra el refac- 
cionista, pero no tengáis temores, no, que esos libramientos son otras 
tantas armas que vigorizan las primeras; y para que nada falte se 
clausuló también una mesada alimenticia indispensable para la fami- 
lia del hacend )do. Todo esto y mas da la refacción. 

Y tanto es lo que produce, tanta la previsión y sabiduría del re- 
faccionario, que si los gastos se gradúan en diez mil pesos por ejem- 
plo, preciso es poner quince ó veinte; porque ya Vd. vé que el fruto 
puede bajar, que la crisis mercantil estanca y paraliza el renglón; 
que la seca puede añigirnos, que un huracán puede destruirnos, que 
los brazos pueden disminuir, que un fuego puede devorar los caña- 
verales, que el administrador puede fugar, que el trapiche puede rom- 
perse, y demorar la molienda, y tantas otras cosas que así convienen 
al refaccionista como al dueño de la finca, sin que en esto haya con- 
nivencia, valor entendido, lucro, especulación, y tantas otras cosas 
que ni remotamente tienen el carácter de granjeria, pacto reprobado, 
ni cosa que tal parezca; sino que todo es efecto inmediato, del pulso, 
previsión y tino con que debe procederse para no aventurar gruesos 
capitales^. , 

Llega una época del año, y en ella el refaccionista, que no ha 
hecho mas que facilitar enormes cantidades, respira, y abre los ojos, 
y cortesmente recibe á cuantos de la finca y de su dueño vienen á 
hablarle. 

Muy pronto recibirá el fruto, muy pronto se rodeará su casa de 
la cuadrilla infernal que en el peso nos aturde, muy pronto coriedo- 
resy dependientes, negociantes y asalariados, invadirán aquella mo- 
rada de la cual salen atestados carretones que conducen al muelle 
las suspiradas cajas. 

Ved, sino á ese hombre que con pantalón de huesito, ancho 
sombrero de yarey ^ y veguero encendido entra, y saca un papel cubier- 
to de tierra colorada, y lo entrega al refaccionista que lo registra y 
lee, y con calma le mira después de haberle hecho dar dos, 6 tres viajes. 

•*Mi amigo, esto es una libranza,*' le dice. 

"Sí, señor." 

*'Pues yo no puedo pagarla, porque no hay dinero." 

"Ya vé el caballero, añade aquel, que hace seis dias que salí del 
ingenio, y soy venido á la Habana por este dinero." 

"Cómo ha de ser! no hay dinero. Los tiempos están muy malos " 

"Pero, señor, ya Vd. vé 

Mire V., señor son trescientos pesos, si V. me facilitara dos- 
cientos." 

Aquí abre los ojos el refaccionista, se hace el distraído, y temien- 
do que se le escape el negocio, le dice: 

"Dejeme V. ver la libranza," y la lee y la relee. 

"¿V. iio quiere sentarse?" 

"No, señor, estoy de priesa. (Buena señal.) 

"Pues, amigo, yo no sé por qué me libran tanto dinero, tantas ór- 
denes; este no es mi compromiso, bien lo sabe la señora." 



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"Yo nQ aé nacU de wo, sei^oi', V. perdone.*^ 

**Solo ptor servir á V. la baria, dice el refaccioni^ta, pues poN 

qne es V. uu hombre Hel campo, y ya se ha molestad ^u y ha hecho es^ 
te viage, y necesita dinero.*' 

•'Señor, 1^ e^toy muy agradecido/^ 

"Ea fi», voy á ver si hay doscientos p^sos, y Vd* me dejará la, 
Ubran^a, porq-ue, de otro modo no puede ser, están muy malos los, 
tiempos^ muy malos, nadie paga. 




Y entregó los doscientos pesos, y cojio la libranza. — ^Apenas ha 
jgalido éste, llegan tres 6 cuatro corredores, entregan sus notas ^ áwn 
cuenta del precio dt^líruto, to^e, fuma, escupe, se desespera el refac- 
cioniíSta, todo 1q parece poco, mezquino, el precio endiablado, las de- 
mandas escasas, la plaza insoportable, las ofertas desatendibles, y de 
seguro YdL i arruinarse, según aparenta, á esos hombres que tiene 
delante. 

Descontentos se retiran á esperar mejor oportunidad y solo ya 
el refaccíonista recorre ávido, ansioso, aquellas notas origen de su 
mentido tormento: notas que tanto se trabajaron^ que como triunfo de 
empeñada lucha se exhibieron, porque eran los mas subidos precios 
que se alcan^aroi}^ notaos q:ue habian do convertir en onzas de oro tan- 
tos cálculos y convicciones, tantos suspiros y quebrantos, tantas vigi- 
lias y penalidades, notas en fin qué dejarían burlados los mas sanos 
principios de Smit, las mejores doctrinas de Chervalier, si en el ter^ 
reno de la práctica pudieran ellos haber leido siquiera un dia v nada 
fnas, ese capítulo sublime déla sublime ciencia de la producción que 
reservado estaba, no á la profundidad de su saber, sinoá la pericia 
singular del acreedor refaccíonista en Cuba. 

No observa uu alquimista cor. mas atención y fijeza sus etican- 



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—Te- 
ladas redomas, ni aujetaá mas cálculos y proyectos sus asiduas lucu- 
braciones, que La,9 que inspiran esas notas al acreedor refaccionista: 
las toma, las lee, líis deja, las vuelve á tomar, coje la pluma, registra 
papeles, escribe números, borra, vuelve & escribir, abre los librob, cal- 
cnía el n amero de cajas, quisiera tener mitad y mitad, no ligan las 

{>roporciones, se desespera, inquiere de nuevo las remesas,^ acude ¿ 
os estados semanales que le enviaron^ nada, nada es bastante para es- 
tinguir su devorante ansiedad. 

Aciertan á entrar dos personas que le interrumpen. Es la una un 
antiguo hacendado que vendió su íinca, y con la negrada se ocupa 
de sembrar, 6 alquila á otros su dotación. 

Contrato con la señora el corte y alza de la presente zafra, y fué 
condición que al terminarse le pagaran la cantidad pactada. Había 
ademas desmontado y abierto una caballería de tierra. A que le paguen 
pues, viene á la Habana con su correspondiente libranza^ 

"Imposible, le dice el refaccionista, imposible. Vea V., vea V. 
esas notas, no hay quien compre, todo está perdido, los almacenes 
atestados de frutos, el mercado abatido, el precio bajo, las demandas 
ningunas, las ofertas despreciables, las exigencias muchísimas. 

Nada de esto comprendió el buen hombre, ni iiada se le alcan- 
zaba de esas palabras mercado^ demanda^ ofertas^ precio abatido, y tan- 
tas otras que le aturdieron; ojos ó nudos 6 vueltas de esa inmensa 
malla que á su placer tendia para pescar y nada mas el acreedor re- 
faccionista. Lo único que comprendió fué aquello de imposible, impo- 
sible y estas palabras que tanto sonaron en sujs oidos, que tanto hi- 
rieron su corazón en aquel momento representado por su bolsillo, & 
pesar de lo que ñsiologos distinguidos en contrario aseveren, dijo: 

"Señor, mi gente ha hecho ese trabajo, mi gente ha estado en el 
campo, mi gente. . — Amigo yo no le niego á V. nada de eso, pero no 
hay dinero ¿entiende V. no hay dinero. --. ..." 

"Pues si no hny dinero, yo iré á mi apoderado ....'' 

"Poco á poco, amigo; poco á poco ¿quién es su apoderado de V." 

"Diga V. si me despacha, porque si no me retiro," y esto dicien- 
do se levanta y sale en dirección k la puerta." 

'•Oiga V., vuelva V. el sábado á ver si se ha vendido, ó pesado 
azúcar..... 

Nada de esto oyó el interlocutor, y el acreedor refaccionista sin- 
tió una fuerte conmoción, viendo saltar ese pe¿; pez, que con toda li- 
bertad iria á mover sus fletas en el mar insondable de las controver- 
sias judiciales. 

La otra persona era el diezmero. Aquí no había escusa. Derrotado 
como se tuvo el refaccionista por la reciente escena, solo dijo con voz 
apagada. 

•*Ya V. ha oído, ya, V. ha visto, vuelva otro dia estoy muy ocu- 
pado y cayó y se sentó, y tomó de nuevo las notas, y de nuevo se 

abismó en sus meditaciones." 

Así que salió el diezmero, cojió la libranza del guajiro, la agregó 
á un remero de otras que del mismo modohabia pagado, y apuntó en 
el libro, y la incluyó en la cuenta documentada que habla de presen- 
tar, para pagarse con el producido de los azúcares. ¡Oh! sin el refac- 
cionista las cosas serian improductivas y no podrían fomentarse! 

Cesa pronto también el movimiento, termínase la venta, y au* 



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—77— 
fes de renovar el contrato, si por determinado tiempo se hi/o, pre- 
senta su cuenta comprobada con documento» y después de dedu- 
cir embases, precintas, hormas, bueyes, alimentos de la dotación, 
esquifac iones, salarios, almacenage, flete, conducción, comisión, 
veedores, agrega las libranzas, pagarés y obligaciones que pun- 
tualmente satisfizo, según hemos visto, hace subir el crédito refaccio- 
cionario, dándole por sí mismo la misma prelacion á esos pagos que 
comprueba, y merced á sus crecidas anticipaciones, toma por sus pro- 
pias manos el justo reintegro de sus capitales. 



II. 



Hasta aquí, parte y nada mas de lo que suele suceder, poro par- 
te tan esencial, que ella sola dá á conocer lo mucho que callamos pa- 
ra no hacer interminables estos renglones, y pues ya hemos dicho 
algo del acreedor refaccionista cuando todo esti en calma, preciso 
será contraernos á lo que ligeramente acontece cuando se corren las 
borrascas de un concurso de acreedores en que perecen á manos del 
fraude y de la maldad, caudales adquiridos á costa de trabajos, amar- 
guras y sacrificios. 

Veinte ó treinta acreedores aparecen de la lista jurada que ha 
presentado el deudor con la de sus bienes; figuran entre ellos elrc/ac- 
cionista^ dos escriturarios^ y los demás valistas. El primero solo repre- 
senta una cantidad que llega poco mas ó menos á la tercera parte de 
las deudas, por consiguiente está de acuerdo con el concursado, y 
los esfuerzos de este tienen por objeto atraerse la mayoría, para lo 
cual cuenta con uno de los escriturarios. Nada diremos de la Junta 
celebrada, y partiremos de su éxito que fué la concesión de las mora- 
torias impetradas. 

Trescientas cajas de azúcar ha de entregar anualmente el deu- 
dor común, y contando con el primer año muerto, y suponiendo que 
cumpla con la exhibición délos plazos, que no le disminuya la dota- 
ción, que no baje el precio en el mercado y mil otras cosas, se nece- 
sitan ocho anos para pagar solo al acreedor refaccionista, luego en- 
tran los dos escriturarios, que absorven lo menos cinco, de suerte que 
los valistas tienen que esperar la friolera de trece años para empezar 
á percibir un proiateo miserable que no merece mencionarse, ¿Qué 
hacer en estas circunstancias? qué recursos, qué medios adoptar? ¿De- 
manda de oposición para estrellarse después del lapso del tiempo 
contra una mayoría espantosa que sosteniendo al concursado, ob- 
tendrá probablemente la victoria? 

i\o h:iy mas que un recurso, un temperamento,* un remedio efi- 
caz, eficacísimo, negociar^ negociar, con el refaccionista, hundirse en 
esa vorágine, ó perderlo todo, haciendo para ello erogaciones judi- 
ciales. Id, y veréis lo primero que os responde. 

**A mí me han acabado, me han destruido me han aruinado, en 
saliendo de este maldito ingenio, le aseguro á V. ..,que no vuelvo á 
meterme en otra." 



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—78— 
"Mía capitales, mi dinero, onza s^bre onza entregadas para soste- 
ner la finca, para adelantarla, para hacerla producir, y viene la za- 
fra y viene un concurso, y viene el denaonio. No, no puede ser.... im- 
posible, imposible...." 

Y esto mismo repite á todos. 

"Amigo, es casi imposible lo q:e V. pretende: ya V. vé, á mi tam- 
bién me han enredado, soy el de mas prelacion, y necesito ocho años 
para reintegrar mi capital. Después de esos, y de cubrir los dos es 
criturariüs entrará V. en prorateo ¿qué proposición quiere V. que le 
haga? qué utilidades quedo prometerme?" 

Y esto mismo repite á todos los que van llegando, y saca parti- 
do de su ventajosa posición. Negocia con los valistas, yn tiene multi- 
tud de pagarés que oportunamente cobrará, de veinte ó treinta acree- 
dores, solo le faltan tres y esto de cortas cantidades. A unos contentó 
con la tercera, á otros con la cuarta, y k muchos hasta con la quinta 
parte; pagaderas no todas en el acto, sino por mitades en dos ó tres 
años, para cuyo efecto tir(» otros tantos pagarés. 

Al negociar estos créditos tuvo presente los ocho años que nece- 
sitaba para cubrir sus anticipaciones refaccionarias, lo que habian 
menester los interesados eon escritura con uno de los cuales llegó 
también á entenderse, amen de los valistas que pescó, tuvo presente 
que lo habian enredado: que los tiempos estaban muy malos; que na- 
Ciie pagaba, y sobre todo, que el refaccionista conserva y hace produ- 
cir la finca. 

No estrañeis pues las cajas de azúcar, sacos de café, dependien- 
tes, corredores, carretones que rodean la casa, y multitud de perso- 
nas que á ella acude. Vive allí un acreedor refaccionista. 

M. Costales. 



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L^ mim yEñ©E, 



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LA VnVA VERDE. 




OTO al 4iablo, señor editor de La pre*- 
senté obra, que me habéis sorprendido! 



¿Sabéis que vuestra ocurrencia ba sido 
felicísiiuat ¡Ahí es grano de anis! Acor- 
darae de nii hniuilde y modesta persona» 
para llenar algunas páginas de los Cuhi$* 
nos pintadoM par si mi^mos^ ¿Quién os b% 
dicho que yo sea pintor ni aun de brocha 
mrú^l JH^ honráis con vpestra confian;^* pero os aseguro con toda 
Ja verdsMd y buena £§ de un mercader al pormenor^ que jamás editoir 
alguno puso (l ningún escritor pasado ni presente en ^maño aprieto^ 
y Qí| jiirari^ aunque fuese por li^ laguna Éstigi^, que si las muestri^s 
de recnerdo y preferenqm con que acostumbráis i favorecer á }o» 
s^ap^os, son tonas como la mm^tra^ podéis res^rvaro/i de dUpensarmí^ 
Qím b^t^ el dii| 4^1 ju{cÍQ por la tarde, 

¿S^bcis cn^n^ ppfnpromisos n^e acarrea vnesfro c<UEne€Ído? pucs 
nf^ m^nos qn^ tres, y tales qne e) menor de ellos bastaría para que 
1^11 d|plc|p^|p de Wd Pyrpn ^nnqu^ fuese el menos aventajado, se 
al^C^pe» ^fi;^iaf^, pi^ftma^p ó e|i9gíese plmg^ero de mnerte á gus- 
ta d#l cpQfnwldon Yo no pl^nao por i^hor» en hacer ta| cosa, ann- 

q»f m fi^% BWf qw porq^P P^m^ pr^t^n^ioni?^ 4^ «er bombr^? A lia 



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_82— 
ftiodrí, y los suicidios y ataques de nervios van ya siendo un poco an- 
tigiios. Recordad, carísimo Editor vuestra misiva y os convencereis 
de que tengo sobrada raxon. Voy á trasladar íntegro su contenido^ 
aunque no sea mas que para que la sepan testigos y hombres bue^ 
nos. Si mal no me acuerdo dice así: 

"Sr. Doctor Cantaclaro. — Muy Sr* mió y amigo: Voy á dar prin- 
cipio íi la pubücHcion de una obra de costumbres con el título de 
Los cubanos pintados por sf mismos. 8u carácter ha de ser ligero y festi- 
vo, dividido en tipos que se pinten con el mayor chiste y verdad po- 
sible. Cuento por consiguiente con su pluma de V. á la que deseo de- 
ber la descripción de La vieja verde, favor á que quedará reconoci- 
do &.C. &.C." 

Vuelvo á repetirlo, Sr. Editor: estoy sumamente agraviado por 
su exigencia. Me pone V. en tres gravísimos compromisos, que me 
espoiidrian á perder mi opinión literaria para con el público siempre 
respetable, si no fuese por la feliz casualidad de que no tene^o fama 
que perder porque nunca la gané. Eí^criba V. en una obra cuyo ca- 
rácter hade ser ligero ¡/festivo ¿tan fácil es hacerlo como mandarlo? 
[Sabe V. señor mió, que tengo estos días un humor dado á todos los 
diablos, que me paso las noches de claro en claro, y los días de turbio en 
turbio, leyendo el Han de Islandia^ El amor y la muerte, Las noches lü- 
gubres del doctor Younc y de Cadalso, y otros líbritos de este jaez, tales 
y tan consoladores como los citados? ¡ Ay! escribir yo ligero y festivof 
Si me dejase llevar de las inclinaciones de mi alma, seguro es que 
escribiría cosas mas tremendas, horrendas y estupendas que cuantas 
habéis podido leer en los mil y un fantasmas ni en la galería de espec- 
tros y sombras ensangrentadas.. Sin embargo el Editor lo pide y el 
amigo lo manda, y es preciso reir, con gracia ó »in ella: y he aquí mi 
primer compromiso. 

El segundo que no le va en zaga, es aquel parrafíto en que me 
recomendáis pintar con el mayor chisme y verdad posible ¿De dónde 
diantre habéis deducido que yo tenga la habilidad de retratar objeto 
alguno ni aun en caricatura? Yo pobre de mí, cuyo inspirado numen 
y bien cortada peñóla, corre parejas con el pincel del famoso Orbaneja 
pintor de Ubeda, que cuando se le ocurrió pintar un gallo, tuvo la 
feliz previsión de poner debajo este es un gallo, porque no se creyese 
que era un buey; ¿yo pintar con chiste y sobre todo con verdad? Com- 
promiso es ¡vive Dios! de grueso calibre, del cual saldré sin duda mal 
parado. 

Pero el mayor, el gigante, el imponderable de los compromisos 
para mí, consiste sin duda en el tipo cuyo bosquejo me habéis confe-^ 
rido: Hombre desnudo de piedad, Editor pantera; por Dios y por la 
virgen santa ¿hasta cuando pensáis arrojar una á una plagas sobre^ 
mí? iQousque tandeml esclamo yo á mi vez con doble indignación que 
el Orador Romano. ¿No basta que me mandéis escribir jocoso cüanda 
empezaba á componer mi epitafio; que me obliguéis á pintar con ver-^ 
dad, cuando ni sé, ni puedo, ni en el mundo se conoce ya á esa señora; 
tíino que me ponéis en la necesidad de ocuparme de cosas viejasT 
¿Qué corazón que no sea el de un Editor, dejará de dondolerse de mí 
azarosa alternativa? ¡Ah! Si me quejo al mundo de que me obligáis áa- 
ceptar una Vieja y ücre/c por apéndice, estoy seguro de enterhecer has- 
ta el corazón de un prestamista, de un curial 6 de un agente de'nfego-^ 



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—83— 
cios. Ni las erapciones del Vesubio de Ñapóles, ni los terremotos de 
la Calabria, ni el estallido de la máquina infernal de Fiesrhi, ni las 
bombas de Audinot, ni todos los proyectiles pasados, presentes y fu- 
turos desde el Ariete Romano, hasta el moderno cohete á la congre- 
ye; y lo que es más ni la presencia de un inglés (1) ni el ataque de un 
imberbe poeta con una composición amatoria enristre, ni todas estas 
calamidades juntas desplomadas sobre mi débil humanidad, sin pre- 
pararme ni decirme agua vá ni cosa que lo valga; podrian causarme 
estragos mas horribles que los que voy á sufrir al provocar las iras 
del bello sexo y ainda mai cuando este se halla representado en la per- 
sona de una vieja verde, 

Y á ti, implacable editor 
no te duele el mal cruel 
de este menguado escriior? 
6 eres sordo á mi clamor 
6 mas feroz que un lebrel. 

O uno y otro que es lo que yo mas creo hablando en prosa y con ver- 

Pero ya se me figura oíros impugnar mis acusaciones y aun conde- 
nar con avinagrado gef^to mi eterno y narcótico preámbulo. Estoy es- 
perando oiros en tres palabras la defensa de mis tres acusaciones, aun- 
que sea colándoos por la tangente. Todo lo creeréis compuesto con 
responderme á la primera que no soy yo el único ni aun el milésimo 
mortal que se vé en la precisión de reir cuando está renegando en es- 
te picaro y carnavalesco mundo, que obliga á llorar al sobrino here- 
dero, la muerte del tio gotoso. Vuestro segundo descargo será acon- 
sejarme que pinte lo que sepa y pueda mal ó bien con verdad 6 sin 
ella; pues todavia no se castiga al mal escritor con presidios ni gile- 
ras. Y en cuanto al tercero 6 sea el furor del bello sexo, tan temible 

Cara mí, que me tranquilice y descuide pues está averiguado y se sa- 
e de muy buena tinta que las viejas no pertenecieron jamás al bello 
sexo, por lo menos no fué esa la intención del primero que adjudicó 
el título de bdlo al sexo femenino. Si tales razones me alegáis me doy 
desde luego por convicto y confeso, y perdonándoos el susto que me 
habéis dado daré principio á mi tarea como Dios me dé á entender y 
con la fórmula que prescribe el Ilipaida se emprenda toda buena 
obra. Empiezo pues. 

In nomine Patris S^, Filii 4*. Spiritus Sancti, Amen. 
Ya estamos en la palestra, carísimo, barato, pacientísimo 6 irri- 
table lector. Puesto que mi adusto Editor no me escusa del trabajo 
de ofrecerte un retrato en borrones, espero que tu seas mas piadoso 
que él y disimules los malos y pálidos toques de iin pincel que él se 
ha empeñado en sacar á publica subasta, Y al ver caracterizada por 

Inglés: S. M. Hombre que quiere y pide lo sayo contra la voluntad de si^ 
poseedor. — Diccionario de Ja Academia. 



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—84-» 
tnf ta Vieja verde, tto olvides ati epigrama de tfó sé qffe fttttor, qai^ 
ahora se rae viene á las mientes y aparece en la escena tomo de mol- 
de. Dice asi: 

Ün escultor no afamado, 
pero de genio travieso 
hixo nn San Antón de yeso, 
poniendo sa cerdo al lado. 

T con sabia previsión, 
espficó por no ser lerdo, 
cual de los dos era el cerdo 
y cual de ellos San Antón. 

Aplica el cuento, amigo mió, y ten presente que yo soy el escultor 
de la fábula, y aunque este te paretca un artículo de economía ^O' 
títica 6 un tratado de ostetricia, asegura i todo profano que es la pin- 
tura de una vieja verde, porque basta que yo te lo diga en confianta y 
«ecreto. Empieco por la definición del epígrafe» 

Las palabras vieja y verde son adjetivos de los cuales el ttno pue- 
de sustantivarse. Dos consecuencias sin premisa, y dos consiguien- 
tes con antecedente supuesto. Vieja supone cosa que tué joven indie^ 
hus illis; y verdej objeto que no fué maduro ni aun in illo tempere. 

Como para llegará vieja es preciso haber sido joven, y yo soy 
sumamente afecto á las etimologías y deducciones, empetaré por el 
primero de los tres periodos de la vida de la muger. Estos son tales, 
que cada uno de ellos y todos juntos, revelan que el corazón de la 
muger ha sido formado esclusivamente para esa coquetería que lla- 
man algunos amor sin duda por antítesis. En efecto la muger trae 
aprendida la falacia al venir al mundo. Cuando nina coquetea con 
las muñecas, acariciando á esta, enfadándose con aquella y prefinen^ 
do á la otra, todo ello por pocos momentos. Mas tarde olvida las mu- 
ñeca» por los muñecos, es uecir por los hijos de Adán, y coquetea en- 
tonces con tal vigor y perftccion que hasta algunas veces comete uno 
el disparate de creerse amado. Por último, cuando ya conoce que et 
mundo la va á dejar, le deja antes á él, como diestra filosofa y astuta 
diplomática; pero sin prescindir de su indispensable coquetería, por- 
que entonces la eleva á las esferas superiores y coquetea con los san- 
tos. Novenas á este, rogativas á aquel, y plegarias al otro, eli^ un 
íkvotito cada mes, y este favoritismo es precursor de su total caida^ v 
es cosa de soltar el trapo á reir, al ver que de buena fé se cree ella 
misma que los ama. 

Muger, muger; interesante ó fea 
siempre has de ser amante coquetona, 



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mío en amar íq corason ne emplea; 
Días tanto coquetea y coquetea, 
que ni á la corté celestial perdona. 

Empero no es mi presente misión presentar ala muger bajo niñ- 
ísima de las fases antedichas. Bisturí meior templados que el mió, y 
uno de ellos conocedor por^ necesidad del objeto anatomizado, han 
hecho su autopsia con la debida sutilexa y cantado alas víctimas las 
cuatro verdades del barquero. Mi solo cometido es pintar esa clase de 
viejas, que sin embargo de ser ya unas crónicas ambulantes perte- 
necientes á la historia antidiluviana, se aferran al mundo como la 
yedra al tronco, sin auerer convencerse de que el mundo las re«.ha- 
«a, como fruta pasada, 6 manjar que por su dureza no se adapta 4 
ningún guiso. ^ 

Rl mejor sistema para no trocar las bridas y convertir este artí- 
culo en cajón de sastre, será dividir en varias clases el tipo cuyo bos- 
qnejo voy 4 ofrecer. La vieja verde en su categoría se divide en aris- 
tócrata y demócrata, jr en su estado en soltera y viuda; pues aunque 
no dudo que pueda eiistir alguna casada ser4 una rarísima escepcion 

Jue debe considerarse como planta e](ótica, porque las maceraciones 
el sagrado nudo y los infinitos percances de la vida conyugal, bas- 
tan ^ sobran para madurar el fruto mas duro, rebelde y tardío: y trans- 
curridos media docena de años, ya no existe nada verde en el matri- 
moniOi cdmo no sea la verde alfombra y la verde primavera^ habiendo 
desaparecido hasta la verde esperanza. 

Convencido de que el sétimo sacramento no es terreno donde se 
«elimatala vieja verde, y que por consiguiente no se hallar4 en él| 
paso ¿ buscarla y examinarla en el estado honesto (1). 

Pero tanto voy divagando que casi había olvidado mi pri- 
mer objeto. Vuelvo al cuento porque no digas parientísimo lector 
que soy como el herrero de Quintana palla que naciendo un clavo 
olvidó el oficio, y empezaré mi tarea por presentarte la vieja verde 
aristócrata soltera. Después all4 ir4 como Dios rae dé 4 entender la 
de igual gerarquía en su estado de viuda y últimamente, oirás linde- 
vas tapacies de arder en un candil de la demócrata ó plebeya. Vamos 
pues con la primera estación* ^ 

La vieja verde aristocrático-honesta, pese 4 quien pesare, tiene 
mi poder superior al del mismo Dios. ¿Cuidado con asustarte, piado- 
so lector, que soy católico y creyente por todos cuatro costados, y por 
consiguiente incapaz de blasfemar. Sin embargo vas á convencerte. 
Qiiieiie Dios que el tiempo todo lo destruya, que todos los objetos se 
bagan viejos y perezcan, que siga un año al año antecedente y que 
un año tras otro sumen dos. Todos los seres orgánicos é inorgánicos 
de la naturaleza obedecen 4 esta eterna y suprema ley, menos mi 
heroína que protesta del curso del tiempo con un valor rebelde y 
ateísta; y 4 la manera que fes jugadores 4 la treinta y una se plantan 
en veinte v nueve y no pasan de ese número aun cuando el juego sea 
interminame* asá ella 4Be plantó hace tiempo en treinta y tres años, y 

{ 1 ] Ko hty f ao reiír «i crttiear la palabríca. 



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— 8«— 
no avanzará uno mas, aun cuando viviese hasta la venida del anfe^ 
Cristo* Sin duda cree que sea una profanación esceder en nada al 
Redentor de la humanidad, y ha dicho para sí, "ni Cristo pasó de 
aquí ni yo tampoco." Con cuya firme resolución se convierte en 
planta parásita creyendo de buena fé que los estragos del gruño» y 
malhumorado Saturno van á ser con ella mas benignos, y que si Jo- 
sué pudo detener el curso del sol por algunas horas para continuar 
una batalla, bien podrá ella detenerle algunos años para continuar y 
concluir muchas, que al cabo el Sr. Josué no pasaba de ner un hon>- 
bre de los que en aquel tiempo se estilaban, tan mortal y perecedero 
como ella, y una batalla en el campo de Marte, vale menos que cien- 
to en el de Venus, que tan Dios Pagano y fabuloso es UTiocomo otro, 
y rendir legiones de Madianitas no es mayor ni mas útil habilidad 
qu<f conquistar docenas de amantes. A pesar de tales previsiones y 
tan'^fírmes propósitos, su cUculo fracasa como la mayor parte de lo» 
cálculos fracasan en una tierra en que el hombre proponey Dios dis- 
pone; su deseo queda en deseo como tantos otros in hac lacrimamn 
valle, y su esperanza se agosta como todas las esperanzas del juga- 
dor. Y aunque permanece ^/an^arfa en la plena posesión de sus trein- 
ta y tres cuaresmas, sin desear aumentar esa cantidad, y protestando 
toda letra que se libre contra ella á doce meses vista; tanto menudean 
los apremios, que nuestra buena joven en comisión, se encuentra con 
que ya las huellas indelebles del tiempo se marcan en sus megilla». 
Entonces retirada á sus últimas trincheras, llama en su auxilio la 
coalición del perfumista, el almacén de modas, la doncella y el pelu- 
quero, para resistir á las ag resiones del medio siglo que desaparece 
tras de su existencia lozana . Pero como los famosos específicos para 
rejuvenecer son mentiras á cambio de oro, por mas que los perfumis- 
tas pongan sus virtudes en los cuernos de la luna, y todo un arsensd 
de mentiras no vale tanto como una sola verdad, aunque esta sea muy 
fea como sucede regularmente; la naturaleza vence al arte y nuestra 
interesante dama queda con treinta y tres abriles solo en su convic- 
ción porque llega á creérselo de buena fé y en la boca de sus adula- 
dores y burlones, que si no lo creen, por lo menos lo fingen lo cual 
es enteramente igual para ella. 

Una cosa hay que admirar en la vieja verde, ¿Acaso creéis que 
para ella ha corrido el tiempo con esa marcha igual, sucesiva y uni- 
forra e que le caracteriza? Nada menos que eso. Bien está y muy nata- 
ral, que para llegar á veinte años, sea tan forzoso pasar por los diez 
y ocho, como para llegar al desengaño pasar por el amor, pero á esta 
ley estamos sujetos los seres vulgares y mezquinos y ya he dicho que 
nuestro tipo tiene mucho de estraordinario y admirable. Parece in- 
dispensable que la vieja haya sido nina, adulta y joven, pero de esta 
ley se escluye á la verde, prescribiéndola por el contrario que siem- 
pre haya sido mu^ niña. 

Citas, por ejemplo, la fecha del año treinta para referir cualquie- 
ra suceso público. Al punto te corrige detallándole por ápices, por- 
que tiene memoria feliz y se acuerda perfectamente del acontecimien- 
to en cuestión sin embargo de que entonces era muí/ niña. Pero su- 
pongamos que tienes la feliz ocurrencia, de recordar páginas históri- 
jcas del año veinte; refiérelas con exactitud y no omitas una coma, por 
que pondrá notas á tu relato si no está bien hecho. Tiene por fortu- 



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na aquella ootirrencia tan presente como si la estuviera viendo, á pe- 
sar de setmuy niña en aquella época. Si te remontas al año diez, teír 
especial cuidado en no equivocarte, porque nuestra crónica en forma 
de muger, aunque apenas se acuerda de tu cuento porque era muy 
niña en el año diez, sabe apesar de eso y la consta que tu no estás 
bien informado en el año de cincuenta y dos. Y por este estilo sin 
notar que la niñez no dura treinta años, te encaja con el mayor des- 
caro nn paréntesis de media docena de lustros en la suya: y tal joven 
en pretensiones he conocido yo, que era muy niña cuando se celebra- 
ron en esta siempre fidelísima ciudad ios festejos públicos por el do- 
ble enlace de S. M. y A. muy niña cuando la insurrección de Santo Do* 
minero, muy niña recuerda la pérdida del imperio Megicano, y me ol- 
vidé de preguntarla si muy niña habia asistido á su conquista, y si por 
demasiado niña habia olvidado el Diluvio universal. Pero guárdate 
amigo, de deducir consecuencias ni de sumar años cuando cite los 
suyos la vitja verde, ni aun de hacer presente que de diez á cincuen- 
ta y dos van cuarenta y dos. Trágate la pildora tal cual ella te la dé, si 
no quieres pasar la nota de ordinario y mal caballero, porque entre 
señoronas de ese jaez es un crimen saber á punto fijo que treinta y 
seis son tres docenas; y abrir discusión sobre si vale mas peinar 
canas propias que cabellos ágenos 6 usar dientes originales que alqui- 
lados es ya entrometerse en vida privada, y averi'^u »r cuentas age- 
nas; defectos que reprueba toda buena sociedad. Y por otra parte pa- 
rarse en si los dientes son propiedad del autor 6 del editor, en si los 
cabellos pertenecen á vivos 6 á difuntos y en una veintena de años 
mas o menos es pararse en pequeneces, es ser esce.sivamente mate- 
rial, porque por tales frioleras no se debe de poner en duda el aser- 
to de ninguna persona honrada y veraz. 

La vieja verde tiene por supuesto su perrito, en quien cifra todo - 
su cariñoso entusiasmo. Seria sin él cuerpo sin alma, y árbol sin hojas. 
Todos los afectos y sentimientos que haya podido inspirarle la huma- 
nidad, los ha reconcentrado en el tal animalito, que geneialmente 
suele ser un dogo antipático y repugnante, cuyo chillón y penetran- 
te ladrido empieza á ofender tu membrana auditiva desde el momento 
en que anuncias tu visita ^ continua á cada movimiento tuyo por leve 
que «ea, insinuándose aunque de modo menos ñirioso y únicamente 
como qtiien dice alerta está, hasta el momento en que te despides, que 
se arroja á tí y te persigue furibundo hasta las fronteras de los domi- 
nios de su ama. Esto te sucede hoy, mañana y siempre, y aun cuan- 
do seas visita diaria, jamás llegas á ser su amigo, porque es mas adus- 
to y gruñón que una suegra, efecto de la educación que ha recibido 
de su amita. Si por acaso ocurriese que un dia quisiera afilar sus 
dientes en tu pierna, guárdate muy bien de manifestar el menor dis- 
gusto, si no quieres atraer hacia ti toda la indignación de su mamá^ la 
cual le reprenderá con estas 6 semejantes frases. 

— [Gh Creon, hijo no seas malo, ¡vamos! quieto 6 te pego. 

— Y en seguida se volverá á tí celebrando la gracia de snhijito y 
buscando en tu semblante una sonrisa, (que debes ofrecerle poreda- 
cacion aunque en aquel momento reniegues de toda la raiza canina)... 
te dirá con el mayor mimo y coquetería. 

— ¿Le ha hecho á V. daño? ^ 

— No señora, no le he sentido». 



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— Si es mucho animal, oo le falta roas que hablar. Me tiene un ca« 
riño que absolutamente conoce á ninguno mas que á mí ni permite 
que nadie se me acerque. Por eso lo quiero tanto, y porque es un re- 
cuerdo de. . . . Y en aquel momento ó te refiere la historia, biograña 
y propiedades del perrito con prólogo, epílogo y apéndice, 6 bien si 

desea traer la cuestión á otro terreno, se queda en el recuerdo de 

con su correspondiente ¡Ay! por complemento de los puntos suspen- 
sivos, y estacando en abrasadores besos al hifitoj para indemnizarle de 
la pasada reprensión. En tal situación, amigo lector, si te hallas de 
buen talante apesar de las vias de hecho de Creon^ te aconsejo, pro^ 
metiéndote de antemano que te divertirás, que establezcas el diálogo 
que yo en semejantes casos he provocado varias veces. 

— Está V. enamorada de Creon, Juanita. (Por que es de notar que la 
vieja verde es demócriua y proscribe el don.) 

— Si señor, Je quiero mucho; porque es mi única distracción y con- 
suelo. — ¿Verdad lindo mió? Mire Y. como rae comprende y sabe que 
le hablo. 

Tal te dice muy satisfecha y sin duda por ciencia infusa, apesar 
de que el buen Creon continúa sin insinuarse ni decir esta beca es 
mia. 

Efectivamente, el perrito es muy hermoso; pero ¿sabe Y, que si 
yo tuviera la felicidad de llamarme su amante, tendría celos de Creon? 

— ¡Qué cosas tiene V! ¿porqué se acuerda ahora de eso? 

— Porque hoy sin derecho á tener celos, envidio su suerte, y me 

creo mas acreedor que él á aspirar el néctar de esos labios. 

—Al llegar la sesi«n á este periodo nuestra candida cincuentona 
conoce que es llegado el momento de ruborizarse, y los ojillos siem- 
pre aleares y vivarachos, empiezan á establecer cierta armónica cor- 
respondencia con los de su interlocutor, hasta que se convierten en 
telégrafos eléctricos. 

Y sin haberse nunca convencido 
de que ojos que se acuerdan de la historia 
jamás fueron la aljaba de Cupido, 

Los juega de una manera cariñosameiite, grotesra^, y responde 
con un acento entre joco-serio y agridulce, -* 

— ¡Qué irónico y que burlón! 

— ^¿Es Y. capas de creer que yo me burle? 

— ¿Qué quiere Y., tengo tan poca fé 

— Que solo cree en el amor de su perrito, diudando del que pueda 
inspirar á los hombres. 

— Y con sobrado motivo, porque mi noble animal jamáa me ha en- 
gañado al paso que los hombres son perversos, inconstantes 

— No todos: yo por ejemplo. Yo, que sé admirar y apreciar los nu- 
merosos atractivos de Y. 

— ^Y. me lisonjea: yo no valgo nada, y mi único mérito consiste en 
un corazón sensible y una alma elevada. Tan,to que no he hallado un 
hombre di^^no de mí. 

— ¿Y yo no lo sería si aspirase? • 

— Yamos: no se burle V. 

— Hablo muy formal. 



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—80— ^ . 

— ^Pero como me he de llegar yo á persuadir que habienjlo tanto 
niña, se había de fíjar V. en una mager como yo, que ya tengo trein- 
ta y tres años? 

. — ¿De veras? pues parece imposible, nadie la daría á V. pasado de 
de veinte y ocho. Está Y. hermosa. ¿Qué muger aun de esas niñas que 
V. recuerda, no envidiaría ese hermoso brazo? 

— No rae he bañado hoy, y además he perdido muchas carnes, res- 
ponde la vieja, con cierta sonrisita de placer como si ya le fuese 
agradando el juego. 

— Un rilo de ese hermoso y negro pelo vale un tesoro. 

— ¡^y! se me ha caido, por efecto de los ataques de nervios. 

— Los cuales no han castigado tanto su cuerpo que hayan bastado 
& quitarle su esbeltez y belleza. Vamos: convengamos en que es V. una 
poderosa tentación. En este momento hallo un dote que ignoraba. 
Eatoy vislumbrando un lindo pié. 

— ¡Ay! esclama, Juanita, haciendo que le oculta y presentándolo 
mas. antes de hacerlo desaparecer de la indiscreta mirada. Ha visto 
V. por cierto una buena cosa; cabalmente me bailo ahora muy mal 
callada y en cuanto á mi cuerpo hasta estoy sin corsé. 

— Lo cual quiere decir que sin todos esos inconvenientes será V. 
una sirena, y que fuese tan capaz de amarme como lo es de hacerme 
perder el juicio, s^ría yo un loco muy feliz. 

— ¡Cuanta galantería! y que bien espresada, ¡oh! si yo supiera me- 
nos y fuera una niña, sería Y. un hombre peligroso para mí. 

Y con estos ó semejantes razonamientos continúa el diálogo es- 
trechando y disminuyendo distancias hasta que termina porque la 
enamorada y sobre todo igual pareja viene á averiguar que se ama 
e^ntrañablemente y que nacieron el uno para el otro. Lo cual veriñ- 
cado se separan llevando él la tentación convertida en arrepenti- 
miento y quedando ella llena de ilusiones y vacía de juicio, dando 
entera, fé á las palabras del presunto amante y á sus ofertas de amor. 

Sin notar por su mal que ofrendas tales 
no rinden masculinos incensarios 
á ciacuenta cumplidos carnavales, 
que estrenaron cincuenta calendarios. 

Pero ello es que e^i estas y otras escenas distrae su soledad y su 
falta 4e esperanza y posesión; porque hay que notar dos cosas. La 
primera que la vieja verde en el estado de soltera, apenas sale de casa 
y. tiene muy poca alternativa en el gran mundo, porque hallándose en 
su seno un sí es no es desairada solo cultiva la sociedad de un corto 
número de amigos íntimos y la segunda que el no haberse casado ha 
sidahijodesu voluntad, pues ha tenido y aun tiene numerosos y 
auVentjajadps pret^^ndientes. 

Bosquejado mi tipo en su primer estado (si es que crees que lo 
efut4, lectop amigo y si uo ten paciencia y recuerda que no te ofrecí 
n^as en el programa) me resta describirla como Dios me dé á euten- 
dj^r en el tercero, esto es en el de la viuda. Mas como hay cualidades 
comuiaes. á aipbos solo notaré aquellas en que difieran una y otra. 

J^n este concepto figúrate á la que te acabo de pintar mas de- 
8^nyi4glta, pon, uu aire maa elegai^te y una coquetería de mejor género 

12 



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—90— 
qae no carece de cierta magestad, sustitnye el indispensable dogo 
con un gaiguito inglés 6 americano, y eso solo cuando estén de mo- 
da, en Ingar de verla dotada de ese melindre que puede llamarse tam - 
bien pudor, contémplase desenvuelta, alegre y nada asustadiza, ad- 
judícale una historia de muchos mas lances que á la otra y con algu- 
nas páginas oscuras, concédele un amante por que le es tan indis- 
pensable como la concha al marisco, y tendrás una idea de la vieja 
verde viuda. 

Al revés que la otra, esta representa en todas partes, martirizan- 
do sus duros y nada elásticos huesos, bajo las ballenas del corsé á lo 
Mafia de Médicis, y ocultando las amigas del lagrimal esterno con 
un peinado á la Pompadour 6 á la Fuoco. Se divierte y toma el mun- 
do como viene sin faltar á ningún silio de diversión y recreo En la 
opera ocupa^ el puesto preferente de un palco, en el paseo la derecha 
en el carruage, en el templo una torneada y bruñida silla sobre una 
linda alfombra; también concurre á los bailes de carnaval, y á las 
funciones religiosas de Semana Santa á los primeros á engañar con 
máscara de alegría y á los segundos con máscara de devoción. 

No tiene hijos 6 á lo mas solo una hija que tampoco pasa jamás 
de catorce años y que suele ser una segunda edición corregida y au- 
mentada de la mamd^ la cual le sirve de mucho, pues autoriza su pre- 
sencia en el mundo, le deja en la conveniente duda de si Flavio es 
amante de una ú otra, la pone en posición de deslumhrar y engañar- 
te, y en la facilidad de poderte decir con la mayor candidez: 

— Yo no saldría de casa minea pues nada me llama la atención, 
pero tengo que hacerlo por llevar á la niña, pues conozco que no es 
justo tenerla encerrada. 

De ningún modo pensó nunca en contraer segundos esponsales 
porque aunque muy niña quedó viuda y tuvo buenos acomodos; ha 
preferido ser libre é independiente, mucho mas cuando ha conocido 
lo malvados que son los hombres. iNo porque ella tenga la menor que- 
ja, pues siempre ha sido querida y respetada, y sugetos condenados 
por la opinión pública como atrevidos y lenguaraces: á ella la han 
tratado con la mayor veneración y la han dispensado las mejores au- 
sencias. Habla muy mal del matrimonio y proscribe su ominoso yugo 
no sin dejar de declarar que no se queja por esperiencia, pues fué 
muy feliz en el suyo y el difunto bebialos vientos por ella. 

Yo sé muy bien todo cuanto hay de verdad en esta solemne de- 
claración, porque justamente conozco á D. Miguel y D. Pablo, viejos 
de buen humor, aunque algo castigados de la gota y destruidos por 
las borrascas de la juventud, que dicen la conocieron de niña y des- 
pués de casada y que en ambas edades era de la piel del diablo. Su 
amante esposo D. Marcos Manso y Sufret, gran conocedor de los de- 
fectos de la muger y hombre de mundo llegó á convencerse de que 
su consorte era el Fénix de las mugeres y se le cala la baba contem- 
plándola. Apesar de que le doblaba la edad, sabia que ella le adora- 
ba, porque una muger de tal calidad se enamora del alma únicamen- 
te y estaba tan seguro de su fidelidad y virtud que pondría por etla 
las manos en el fuego, cuya creencia ratificaba y robustecia un jo- 
ven capitán primo de ella, que apareció por casualidad sobre el ter- 
reno. Ella se le presentó y le hizo su amigo aunque jamás le habia 
hablado de tal pariente porque ¿cómo se habia de ocupar una muger 



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—91— 
con BU novio de todos los miembros de. una familia numerosa? Por eso 
él no conocía anteriormente á Eduardito, como pudo no conocer en- 
tonces á algún otro que después se le presentase alegando iguales 
títulos. Sin embargo le complace mucho su amistad, porque se con- 
venció de que era un esceleute joven y verdadero amjgo. 

Verdad es que habia lenguas calumniadoras que condenaban el 
amor de los dos primos por demasiado fraternal y algunas dieron en 
decir que habia gato encerrado^ pues el bueno de Eduardito no era 
hombre que reprobase el fruto vedado, y en cuanto á ella, andaba na 
sé que run run: 

Porque ¿dónde hay beldades hechiceras 
ora sean humildes^ ora altivas 
que resistan á un par de charreteras? 

Tales cuentos, enredos y chismes, sabidos por el esposo (que 
llegó a saberlos aunque fué el último) no producían otro efecto que 
redoblar !a confianza en su esposa y centuplicar su amistad al capi- 
tán, para dar á entender que daba un mentís k la voz de la calumnia, 
porque era hombre muy filósofo, que sabia armarse de paciencia y 
no hacer uso de malas lenguas. Esta es la opinión mas admitida, pe- 
ro D. Miguel que sabe esa historia de pe á pe porque también se dice 

si allá en sus mocedades conoció á nuestro tipo y aun si tuvo 6 

no tuvo — * me ha contado cierto episodio acerca de la niña el cual 
te quedas sin saber, lector amigo, porque me ha recomendado la ma- 
yor reserva. Y también me ha dicho que el Sr. Sufret llegando á no 
saberle muy bien que el amor fraternal dominase al conyugal, empe^ 
ló á tomar tales berrinches que por último le hicieron entregar su 
alma al Criador en brazos de su cara esposa, y aun muy contento 
porque según le informó persona de contianza, no hallaría en el otro 
mundo esposa tan cara. 

Desde entonces la vida de nuestra heroina, es poco mas ó menos^ 
la misma. No pasan años por ella como suele decirse, y siempre per- 
ma,nece en un estado^ pareciendo que ha hallado el elixir de la vida, 
6e Jlama contemporánea de cierta señora, amiga mia, que hace ya 
tiempo dejó las pompas y vanidades humanas, mas esta niega el aser- 
to afíf*^^"^'^ que siempre la conoció cual está hoy y que era ella co- 
legiala cuando la otra ya era viuda. De modo que su edad seria un 
verdadero logogrífo, sino porque una de sus despechadas rivales ven- 
gó, cierto agravio de celos, informándose á punto fijo de ella y desde 
entonces la divulga para su eterno martirio y carcoma, presentando 
los correspondientes documentos justificativos. 

La vieja verde respecto de su hija, es lo que la flor respecto del 
pétalo, es decir que esta es encojida y tímida, mientras aquella se os- 
tenta. decidídora y desenvuelta. Una y otra sotí los polos de la vida 
social.de la mugen el alpha y la ómega del gran libro de Jos sortite» 
gios amatorios; v últimamente la madre quiere ser para la hija lo que 
el caballero Andante al escudero, es decir, que para la una sean las 
hijas de los Alcaides las atenciones y los jóvenes de buen tono, y para 
otra los moros encantados, los candilazos, y los desechos y regaños 
de mamá. Por tanto te aconsejo que si deseas dedicarte á la niña, em- 
pieces por obsequiar á la madre, porque este es el único medio efi-p 



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cas. Pero no te insinúes con aquella, ha^ta dejar á esta su corfés* 

f>ondiente sustituto, porque solo de ese modo perdonará á la niña qué 
a deshanque. En cuanto á tu conducta ulterior con esta nada te 
uconsejo, pues te creo pon la suficiente discreción, para adoptar pre- 
visoras y convenientes medidas que pongan tu frente á cubierto del 
rayo. 

Mucho mas pudiera decir de la vida y hechos de mi tipo, perd 
algunas páginas de su historia deben estar en blanco, porque hay co- 
sas en las cuales el diablo que se meta. Por tanto y porque creo que 
ya se irá agotando tu paciencia como se va cansando mi pluma, ceso 
en «u descripción. Y autorizándote para que corrijas lo que creo opor- 
tuno 6 aumentes en tu juicio lo que yo haya dejado en mi tintero; 
paso á decirte solo dos palabras de la vieja verde demócrata. 

Esta es todo lo que las otras, pero de mal género y peor gusto. 
También tiene amantes. Fuma y bebe con exceso, habla mal, y no 
deja de usar alguno que otro equívoco no ya de color punr.ó sino de 
todos los colores del iris. Es alegre, vivaracha y no carece de cierto 
gracejo. Solo en una cosa difiere de la vieja aristocrática: y es en que 
estas se quitan años y aquella se los aumenta, lo cual me parece masf 
lógico y racional. Pues es mas digno de admiración hallar un tafle 
;flexible y un cuerpo ligero, gracioso y dispuesto para el baile á una 
'edad avanzada, que contemplar el deterioro de treinta años pareci- 
dos á cincuenta. Así es que ella cifra su vanidad en poder decir. 
*'Mirad aquí una vieja con todo el fuego» ligereza y buen humor de 
la mas fresca y lozana joven.'* 

Concluyo por ahora, aunque no para siempre, y empiezo á temer 
por el resultado pue me pueda producir este mal emborronado bos- 
quejo. Ya estoy viendo un ejército de viejeu verdes capaz de hacer 
frente á todo el infierno coaligado, que me asaltan y desploman su 
fiíror sobre mí, tigera en ristre. ¿Cuál será mi suerte? ¡ Ay amigo lec- 
tor! Solo tengo en tí fundada mi esperanza de salvación. Por Diosr, no 
digas nada á ninguna de cuanto te he confiado con el mayor sig^o. 

Además quisiera decirte una cosa importante, pero en secreto. Casi 

so me atrevo.... pero ¡qué diablos! Te lo contaré todo. Perdido por 
mil, por mil y quinientos. Tengo un particular interesen tu reiserva, 
porque podría suceder que cualquiera de esas viudas desconsoladas 
no me pareciese saco de nueces, y meterse et diablo á decirle mi 
atrevido pensamiento, y para entonces no quisiera llevar malos an- 
tecedentes, ni haber despertado odiosas prevenciones. Que al fin y 
al caboj mas vale buen jamón que mala manteca, y strele decirse que 
gallina vieja hace mejor caldo. Por tanto te suplico nnevamente qiíe 
no hagas mención de cuanto te he dicho. 

Otro favor deseo merecer de tí, y aunque me acitses de que te pi- 
do un favor que no te hitee fmvor; no desisto de la pretensión porcjué 
no es para nú sino para un amigo que me la ha encargado especiad' 
mente. Si sabes por ahí de alguna vieja verde del estado" hotfesto qu*e 
esté de saca y para merecer y que tenga doscientos mil pesos de ddter 
avísamelo con tiempo, pues el amigo en cuestión cansado de vivir 
soltero, perdido y pobre, desea sentarla cabeza y establecerse. Maís' si 
baJiases dos, haz de manera de que quede una> para mi que al cabo y 
al fin mas vale un toma que dos te duré y todo to compone uü buen: 
4lote. 



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—93- 
Me preguntarás como habiéndome cebado tanto en mi vieja coa- 
chiyo por pretenderla. ¿Qué queréis, amigo? ¡Flaqueza humana! Fe- 
nómenos mas estraordinarios hallareis a caJa paso en la ^esfera es- 
critoril donde es ley rigorosa no escribir jamás lo que se piensa. Y 
aunque te digan que la sátira estirpa el vicio ridiculizándole, no creas 
una palabra, que todo es patraña. Desde Juvenal á Boileau, ha ha- 
bido sátiras contra los vicios y vicios triunfando de las sátiras y ¿sa^ 
bes en que consiste? — No. — Pues te lo diré, pero... en secreto... al oido. 
Consiste en que satirizantes y satirizados todos somos pecadores. 

Doetor Cantaelaro^ 



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El. LOCALISTA. 




|(¡)(SüILIIGSVA 68 palabra que no trae el dic- 
icionaiio: pertenece al periodismo habanero, 
|y la aplicamos al encargado en una redacción 
Ide dar cuenta al público de lo que ha sucedi- 
[do en la ciudad, de lo que va á suceder, y de 
lo que se sueña que sucedió, sucede 6 suce- 
derá. De todas estas cosas, y de otras mas, se compone la sección de 
Noticias ¡ocales en un periódico: — sección amena, útil é instructiva, 
como le consta á todo el mundo: sección que lee con interés el sus- 
critoi", que prefiere á las demás secciones la suscritora, v de cuya 
lectura, él y ella sacan las mas veces saber lo que ya sabian, las me- 
nos saber lo que ignoraban, y otras y no pocas creer candidamente 
lo que Fe les dice. 

Vida muy afanosa es la del localista, que ha de andar siempre de 
Zeca en Meca para presenciar hechos ó para piilar noticias al vuelo. 
El sol lo tuesta, la lluvia lo moja, el polvo lo ciega, el lodo lo ensucia 
y el huracán lo arroja contra postes y murallas; pero no de otro mo. 
do pudiera lograr su objeto, pues tienen las noticias locales su punto 
de contacto con las ciencias, j es que no se adquieren sino á t'uena 



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—m— 

de tt^bajo y apjícacion. Duerme el localista como {leraana que tiene 
srlgun cuidado, levántase con la aurora, come de prisa, y no sigue el 

§ recepto hijiénico de reposar después de la comida, porque bien pu- 
iera ser que nñentras reposara, pasasen en la calle escenas estraor- 
cfinafias y acontecimientos dignos de trasmitirse á la pOEiteridad en 
las columnas del Diario donde escribe^ En todas partes está, y á to- 
das partea llega antes que nadier panreee como caido del cíelo donde 
Quiera que ba lugar una función, una desgracia, un hecho sea cual^ 
íuerie', que salga: un ápice no mas de la regla de los hechos comunes^- 
ó cuyas circni>8tancias tengan algo de particular ó raro. Hubo tm 
robo, y el íoeaíista sale ya de la casa saqueada cuando entra la justi- 
cia:— ^tocan á fu^go las campsmas, y está en eF lugar del incendio dos 
boras antes que la primera bomba: -^arrojan las olas á la playa un 
tiombre, y el locaíista lo ve espirar y se retira, cuando columbra á lo 
lejos al médico que viene: — ^hay baile, y él ha bailado ya cuando co- 
mienzan á entrar los músicos. Hombre en quien está esplicada satis- 
factoriamente la posibilidad del movimiento continuo, pues no sabe 
lo que es descanso: dijérase que se le ha dado cnerda de una manera 
sobrenatural, si no se creyera humillarlo comparándolo á una máqui- 
na, bien que hay máquinas muy respetables, y mas inteligentes qne 
algunas criaturas. Hasta cuando duerme se mueve y grita, ya porque 
sueña que anda á caza de noticias locales^ ya porque lo acosa Ta pesa- 
dilla, cansada por alguna lastimosa ocurrencia que vio de dia. Ta» 
pronto está en el norte como en el sur del pueblo, en el naciente co- 
mo en el poniente; de tal manera que su aparición en cada uno de es- 
tos encontrados puntos, si los fuese á referir un historiador, diría q^ne 
eran hechos sincrónomos, cosa que así se opone á la buenas lógic«i 
como á la fé. 

Sin ser el localista mas que un humilde ciudadano, tiene sobre af 
las mismas obligaciones que figuran de un modo particular en la so- 
ciedad, ó que la sirven. No es título de Castilla, por ejemplo, y ha de 
asistir á los besamanos, aunque de puertas afuera, para contemplar 
mejor la riqueza de los trajes, la variedad de los distintivos, y la ma- 
gestad y el garbo de los personajes que entran:^no.es comisario de 
gu^^, y ti^ne q[ue presenciar las revistas de tropas: — no es escribar 
np^ y debe acudir á cualquier paraje donde hay que darse ñ de algo^ 
y si. por dicha no acude, debe hacer lo que el escribano en caso igual;» 
que es dar fé; no es pidor» y ha de oirlo todo para contarlo todo cor- 
regido y aumentado: — no es regidor, y tiene que hablar de la poquí* 
siii^a pulcritud con que tas tostadas hijas de la Nigricia venden las. 
carnes por esas calles, y no remediarlo: — no es juez pedáneo, y tiene 
que recordar de cuando en cuando los artículos del bando de buen 
gobierno^ P^T^. ^^^ iio caigan en desuso: — no es literato en fin, y se 
vé en la dura necesidad de escribir para el público, que es una de las. 
mayores desdichas que pueden suceder á una criatura qiie no nació 
para las letras, y que sabe, maguer no lo confiesa, que las letras UQ, 
nacieron para él. 

^i la diosa Juno volviera á reinar en el Olimpo, seguramente np< 
tendría y^ por atributo 6 emblema al Argos de cien ojos, sino al lo- 
eaKsta^ que con solo dos, ve mas, y tiene sobre aquel la inapreciable 
ventaja de no ser payo real, sino hombre hecho y derecho, criatura 
inteligente que sabe decir y escribir lo que vé, y además lo que no Yé 



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—97— 
en casos apurados. Pero ábuen seguro que nové todo lo que participa 
al público durmiendo en una poltrona, como cuentan de los magneti- 
zados:— él ha de estar muy despierto, aunque suele decir cosas que 
parecen soñadas. Ve sin embargo real y verdaderamente algunas, que 
si pudíefa deícirias no se vieran mas, otras que quisiera no haberlas 
visto, y otfas que hace como que no las vé, para no tener que decir- 
las. Las que no entran en ninguna de estas tres categorías, aparecen 
en ia columna de noticias locales del periódico: — columna que andan- 
do los tiempos servirá de apoyo al verídico y concienzudo historiador 
de esta que llaman perla y Edén los poetas, é isla los geógrafos. Esa 
columna le ofrecerá documentos justificativos contra la crítica y el 
escepticismo de los futuros escritores, quienes con vista de ellos, no 
podrán negarle que tal ó cual noche estuvo á oscuras la calle X, sin 
embargo de que la brisa bamboleaba suavemente tres enormes faro- 
les en cada manzana: — que esotra noche la lobreguez se estendió por 
toda la ciudad, no habiéndose encendido los faroles, porque rezaba 
el almanaque luna llena; aunque á esta, negros, interminables é in- 
- móviles nubarrones, no la permitieron prestar el servicio que de ella 
ó de la empresa del alumbrado se esperaba: — que tal dia se ahogó un 
vecino de estramuros en un pantano que subsistía á despecho de una 
seca de dos años: — que la tarde del dia tantos de tal mes, una fogosa 
alfana arrojó en el mismo paseo y á vista del sexo femenino, al ginete 
que la montaba: — que esotra tarde fué conducido al cementerio ge- 
neral el cadáver de don N*, que habia sido, entre otras cosas, buen 
padre, buen hijo, buen esposo y consecuente amigo: y en fin, otros 
acontecimientos así, que sin el testimonio del localista^ no podrían 

f)robarse, y que harán en los venideros siglos, interesante y variada 
a lectura de nuestros anales. 

Cierto es que, en cuanto á proyectos, quedará admirada la pos- 
teridad al ver en esa misma columna anunciados tantos soberbios edi- 
ficios por levantar, tantos caminos por abrir, tantas científicas aca- 
demias por inaugurar, y que ella no goce ni de los edificios, ni de 
los caminos, ni de las academias: — cierto es también que, en cuanto 
á hechos consumados, la llenará de asombro ver en la susodicha co- 
lumna, haberse publicado tantos volümenes de poesías, tantas come- 
dias, tantos dramas sentimentales, históricos y novelescos, tantas me- 
morias sobre tantas materias, y que á ella no le sea posible encon- 
trar un ejemplar siquiera de cada una de estas cosas, para recrearse 
con él como nos recreamos nosotros. Pero sobr# lo primero, respon- 
derán los huracanes que derriban los edificios y echan á perder los 
caminos: y sobre lo segundo, los taberneros, quienes en tratándose 
de hacer cartuchos, no respetan ni papel impreso. 

Es tal la actividad del localista, y tanto es lo que corre efi pos de 
acontecimientos lamentables, de sucesos felices, de lances desagra- 
dables, y de inauguraciones, procesiones, fiestas y aperturas de^cáte- 
dras, tribunales y teatros, que no pocas ocasiones ha logrado ser tes- 
tigo ocular de dos hechos acaecidos simultáneamente en parages di- 
versos y distantes: bien que este milagro no es de tan difícil ejecución, 
3ue no lo haga también un escribano^ de quien, en distintas piezas 
e autos, suelen verse diligencias estendidas un mismo dia y á la mis- 
ma hora, de las cuales consta que se halló aquel dia y aquella hora en 
los dos opuestos polos. Quien corre mucho, sabe mucho: asi es que el 

12 



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_98_ 
localista sabe lo que no es creíble, y á ser del dominio de las cienciatr 
loque sabe, el mismo Salomón si resucitara de entre los muertos, no 
lo contemplaría sin espanto y secreta envidia. Pero, ni pica tan alto 
el localista, ni se le exige que pique: por eso se contenta con saber 
hechos^ dejando para los fílósofos, estadistas y literatos, la apreciación 
de ellos, asi como averiguar sus causas y efectos, ambas cosas del 
mayor interés, si se atiende á la magnitud é importancia de los tale» 
hechos. 

El localista de práctica y esperiencia sabe dar tres veces una mis- 
ma noticia, con lo cual, tres veces consigue llenar un hueco de la co- 
' lumna del periódico que le está encomendada, y merecer la gratitud 
y las simpatías del editor. He aquí el modo tan nuevo como inge- 
nioso que tiene el localista para dar triplicada al suscritor cualquie- 
ra noticia. El martes, lee este en la sección de las locales^ la si- 
guiente: 

— ^^ Teatro» Tenemos entendido que mañana miércoles se pondrá 
en escena el drama de gran espectáculo titulado La Campana y el es- 
quilon, en el cual hace muy principal papel la inteligente actriz seño- 
ra Chamorro." 

El miércoles lee el suscritor: 
— ^^ Teatro, Como anunciamos ayer, hoy se representa el famoso 
drama La Campana y el esquilón^ donde la señora Chamorro se la luce 
completamente. La concurrencia será numerosa," 

El jueves lee el suscritor: 
— "7>aíro. En la noche de ayer miércoles se represento el intere- 
sante drama titulado La Campana y el esquilón La señora Chamorro na 
lució porque estaba ronca, y la concurrencia fué escasísima. Espere- 
mos que será mayor otro dia." 

Una obra de ornato público tiene tres épocas para el localista que 
sabe serlo. Primera, cuando se proyecta la obra, escribe así: 

— "Sabemos que se trata de construir una fuente rustica en el 
centro de la plazuela tal. Mucha falta hace, porque escasea el agua en 
aquella vecindad, y el agua, como sabe el público, es útil para ma- 
chas cosas." 

Segunda, cuando se comienzan los trabajos, dice el localista: 

"Ya se ha colocado la primera piedra, ó el primer caracol de la 
fuente rústica que debe adornar la plazuela tal, y que proveerá de a- 
gua á los que la necesiten y vayan á buscarla. Mucho nos alegramos, 

Eorque el agua es el líquido que mas falta hace en el mundo, y en el 
arrio donde se construye la fuente. — " 

Tercera, cuando se concluyen los trabajos y la obra queda lista: 
se participa al público así: 

— "Tenemos la satisñiccion de anunciar que está concluida la 
fuente rústica de la plazuela tal. Estamos convencidos de que en nin- 
guna capital europea, hay una fuente rústica tan linda como la nues- 
tra; así como no hay ningún edificio ni enrejado que pueda compa- 
rarse con los nuestros, según lo aseguramos diariamente en los pe- 
riódicos. Es admirable ver como saliendo el agua por la boca del gri» 
fo que corona la fuente, baia al estanque que la recibe; en lo cual se 
echa de ver la intelijencia dfel constructor, pues si el agua fuese hacia 
arriba no podrían recojerla los que la necesitan, y la fuente rústica 
sería enteramente inútil." 



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_99— 
Pero hay días aciagos para el localistax dias en que, 6 no sucede 
nada eu la población, ó suceden cosas que no son para dichas ni pa- 
ra escritas, — días fatales e u que no ocurre una desgracia, ni se come- 
te un robo, ni llega un artista, uí se desboca un caballo, ni se co- 
mienza una fábrica, ni se abre una tienda, ni se cierra otra, ni sale á 
luz un tomo de versos, aunque es seguro que está en prensa: — dias 
que el localista quisiera borrar con '^negra piedra'' del catálogo de 
los dias, y desea 

''que entre las noches lóbregas se cuenten," 

por que en ellos sale, corre, suda y se afana; pregunta, inquiere y a- 
verigua, y nada ve« nada »abe, nada le dicen, y vuelve á la redacción 
abatido y cansado, y halla que el editor necesita mas que nunca de 
noticias locales para llenar columna y media del periódico, porque no 
las hay políticas y porque los demás colaboradores no han escrito, y 
porque en los diarios atrasados de la Península no hay una crónica 
de teatros de que echar mano, y porque 

^'para colmo de pesar y angustia*' 

el artículo de fondo se quedó en la censura. 

Entonces el localista, que nada ha visto, recapacita sí vio algo: — 
que nada ha oido, procura recordar si oyó: — que nada ha sabido, 
quiere traer á ia memoria si le contaron alguna cosa. ... y quédase 
pensativo.. Pero nada ocurre á su imajinacion que pueda dar mate- 
ria para una noticia /oca/ nada! 

En dias así, es cuando se da cuenta al público de algún estu- 
pendo fenómeno vejetal, en un párrafo como este: 

— ** Tomate Monstruo, A los que dudan de la feracidad de nuestros 
terrenos quisiéramos haberles enseñado un tomate, cuya magnitud 
era la de una enorme calabaza. Fué cosechado en una estancia cer- 
cana á esta capital, y lo hemos tenido tres dias en nuestra redacción, 
no habiéndolo anunciado antes por un olvido involuntario; pero si 
nos traen otro, lo avisaremos oportunamente." 

En dias así, es cuando se llama la atención de loa naturalistas 
sobre el instinto de algún animal doméstico, con hechos como el si- 
guiente. 

— "-^Instinto de una gata. Ayer presenciamos un caso de esos que ha- 
cen meditar al filosofó y asombran al hombre vulgar. Estaban echa- 
das dos gatas sobre un sofá, y entró en la sala un criado armado con 
un látigo para ahuyentarlas. Pegó á la una que echó á correr, y al 
volverse á La otra, notó con justa admiración que también habia de- 
saparecido. Esto prueba que la segunda gata viendo azotar á la pri- 
mera, calculó que ella podria ser también azotada, y reflexionó que 
huyendo lo evitaria. No se dirá después de esto, que los animales no 
saben lo de que, cuando las barbas de tu vecino vieres pelar, echa 
las tuyas á remojar." 

En dias así, es cuando se sorprende agradablemente al público 
con la noticia de la próxima llegada de un afamado artista, ponde- 
rándose su habilidad en estos términos: 
— "Lablache. Acabamos de leer una carta de un respetable comer- 



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_ioo— 

ciante de Copenhague á otra respetable comerciante de esta plaza, en 
la cual le dice que el distinguido bajo profundo señor Lablache, ha 
sacado ya su pasaporte para venir 4 visitarnos este invierno. £1 señor 
Lablache es la admiración de la culta Europa: — la tuerza de su voz es 
portentosa. Los edificios «e estremiecen cuando canta, como si pasara 
por frente de ellos un tren inmenso de artillería, 6 como si estuvie- 
ran á pocas varas de distancia de las cataratas del Niágara:— -las vi- 
drieras de los salones saltan hechas menudos pedazos, como sucede 
á veces con lasdeíonacioues eléctricas, vulgo rayos. Esto hace que el 
señor Lablache no pueda ajustarse ya en ningún teatro de Europa, y 
tenga que cantar á cielo raso, donde los propietarios no temen por 
sus fábricas.. Concédale Dios una propicia navegación, y á nosotros 
nos deje vivir siquiera hasta mediados de noviembre, en cuya época 
es mas que probable que su voz de trueno, de huracán, se oiga ya en 
la Habana, y retumbando en las inmediaciones, cause miedo y pa- 
vor al descuidado campesino. — ^" 

Eudias así finalmente es cuando mueren hombres 'que han vivi- 
do de ciento veinte años arriba, cuando nacen niños con la dentadura 
completa, cuando caen muchachos de las torres y no se hacen daño, 
cuando se consiguen curaciones maravillosas, y cuando suceden 
tantísimas cosas peregrinas, que da gusto leerlas, y prueban que el 
localista es hombre de rica imajinacion, y de una conciencia tal co- 
mo se requiere en quien escribe para un periódica. 

José María de Cárdenas y Rodríguez. 



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:iL ^flWDE)©[^ ^y^^iaiii^©. 



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BLTITIDOR. [©TJA^TJBRO.] 




f Mucho abundan las malas in> 

^^o clínaciones en ese inmenso al par que 
<¡ ¡minuto congreso de vastagos aun 
tiernos, á quienes calificaré de niños; 
jiorque solo tienen de uno á siete años 
de edad. Háilos predispuestos á alzar 
^las manecitas contra el individuo que 
^ ^96 les aproxiflia, y á esto llamo yo des- 
'^ arrollo de los órganos áe combatividad 
y destructividad; háilos tales, que para reducirlos á que no hagan lo 
que hacer no deben, es preciso obsequiarles con un trozo de cual- 
quier comestible, y á estos, sin acordarme de la frenología, les llamo 
yo glotones, y si prefieren lo mejor, gastrónomos; háilos que gustan 
de pedir en todas partes valiéndose de halagos y gracias, que, ma- 
guer infantes, saben oue son de efecto, y á estos pláceme llamadas 
guagüeros. 



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—102— 

Estas y otras pasiones innatas de la humanidad han sido siem- 
pre las mismas, y solo una recta educación ha logrado ahogarlas en 
el naciente corazón en que brotaran; pero la recta educación es árbol 
cuyas raices no quiere regar la mayor parte de los nacidos, y de aquí 
la palidez de sus hojas, y de aquí tanta rama parásita como pone yer- 
mos los ricos jardines de la sociedad, ocupando el lugar de las útiles 
plantas de cultivo, 6 bien nutriéndose deJ jugo de las pocas que afor- 
tunadamente se consignen. 

Si la Frenología no miente, esa cuestión de las pasiones es cues* 
tion de bulto, y aun de bultos que determinan la inclinación de la per- 
sona; pero como no abunda la modificadora educación, no sería ocio- 
so que este siglo de lafi máquinas nos ofreciese una con que aplanar 
el bulto maligno y dejar luego á todo el operado mundo en completo 
olor de santidad. 

Pero en tanto abulten los bultos; en tanto no lleguen 4 ser las 
cabezas superficies planas, séame permitido sacar al proscenio de 
Cuba uno de sus mas ostentosos bultos, en la persona del elegante 
D. Críspulo Intruso, caballero sin oficio, aunque muy oficioso y de 
bastante beneficio* 

Don Críspulo es hombre de mediana estatura, mas grueso que no 
grueso, de nariz roma; pero largo olfato, grandes y salientevS ojos que 
amenazan divorciarse de la órbita, boca grande que enseña invariable- 
mente unos dientes, que á no ser por el lugar á que se arraigan, lo» 
tomaría cualquiera y yo también por unos colmillos. No usa bigote, y 
6Í una patilla en figura de jamón que imprime á su rostro cierto aire 
jocoserio; su cabello es corlo; ^u cintura (que dudo si la tiene) e» 
flexible, y su marcha un continuo encadenamiento de reverencias. 

Resienta, para tocar la guitarra, apoyando la parte inferior de 
una pierna sobre el muslo de la otra y de su muy abierta boca llue- 
ven tonadas picantes, en cubano y en congo, mas que llovían mogi- 
cones sobre el caballero de la Mancha, cuando el c brero con él se 
entretenía; ó bien remeda á perros, gatos y cabrones; ó no» da un 
fiel traslado de la riña entre una viej i y un gangoso; ó cuenta, pre- 
via imitación espresiva, el lance ocurrido entre dos tarta nrudos, que 
mutuamente se creían burlados, y acababan por acariciarse á pesco- 
zones. Al llegar en su narrativa al momento de mas acción, se levan- 
ta y dá de pescozones á una silla 6 de empellones á un tolerante ami- 
go de su satisfacción, con lo cual el interés mímico se aumenta y don 
Críspulo se oye celebrar entre las risas de sus adeptos- 

En los juegos de prendas le destinan siempre aquellas sentencias 
de mas risible cumplimiento, y es de ver á don Intruso, saltando en 
un solo pié, como de intento resbala y da con su humanidad en tier- 
ra, cayendo en la posición mas ridicula, suceso que (y es flaqueza 
universal^ hace desteraíllar de risa á los circunstantes. 

He dicho que don Críspulo no tenia oficio, y que era muy oficio- 
so; esta última circunstancia es su piedra filosofal, es el filón de su 
mina, es su hoy con doblones. . ^ . en cuanto á su mañana, mucho será 
que 'deje con que le digan misas; porque le sucede lo que al sacris- 
tán del proverbio, que sus dineros se vienen cantando y presto se van 
del mismo modo. 

Han sonado las ocho de la mañana en ese reloj de la catedral que 
á todos pertenece y que nadie puede adjudicarse* D. Críspulo aca- 



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—loa- 
ba de despedirse de Morfeo, arregla su muestra, fuma, se viste aseán- 
dose antes y ¿Y creeréis que de la suntuosa casa en que mora, 

saldrá para su aposento un criado con una taia de café destinada á 
don Críspulo? Todo menos que eso. A imitación del gran Conde cuan- 
do arrojó el bastón á la sitiada plaza para reanimar á sus ti'opas, don 
Críspulo dice resueltamente: Vamos á buscarlo, Y sale, marcha, do- 
bla y llega á casa del Ldo. Risueño, quien, vuelto de espaldas hacía 
la puerta, y arrellanado en un sillón saborea mentalmente el queso 
de Chester que lee anunciado en un periódico. Como la puerta no 
esti cerrada, don Intruso entra en puntillas hasta acercarse al mue- 
ble sostenedor del Licenciado, pónele á este las manos en los ojos y 
desfigurando la Vbz y haciendo de tartamudo, le dice por ejemplo: 
— ¿Qui-qui-qui-quien-so-so-so-soy? 

El Licenciado rompe en una estrepitosa carcajada y.... ya ga- 
nó don Críspulo el café, la lectura del diario y hasta el almuerzo. 

Durante este, ya sabe don Intruso cual es su obligación; así es 
que cuando mi^s atareado se halla el Licenciado Risueño en buscar 
todavía masa en el descarnado hueso de una costilla empapelada^ 
presenta aquel su copa, la cual pone casi bajo la barba del señor de 
la mesa, y este, sospechando lo que va á sucederse, sonrie y se la lle- 
na de Saint-Julien hasta los bordes. Entonces don Críspulo dice con 
estentórea voz: 
— ¡Bomba! 
— ¡Bomba! repiten todos. 

Y sin encomendarse á Dios ni al diablo, ni buscar vara de me- 
dir, se desborda mi héroe como sigue: 

El comer es muy natural 
y es eosa también sencilla; 
'pero á mí me maravilla, 
que después de un comer tal 
aun quieras sacar carne á esa costilla!! 

El Licenciado derrama su copa de vino, de resultas del acceso 
de risa que le produce la ocurrencia. 

Todos rien del mismo modo. El improvisador continúa materia-' 
lizando entonces, y acordándose de sí propio; 

El desconsuelo de no haber cogido 
masa ninguna en tan feroz campaña 
se cura, es muy sabido, 
con una botellita de champaña. 

Pocos momentos después improvisaba don Críspulo á la blanca 
espuma que tenia delante de sus ojos (y al alcance de su mano). 

Terminado el almuerzo el Licenciado Risueño, que ya tiene ale- 
gría para mas de tres horas, desea renovara, espirado ese tiempo, y 
en suplicante voz convida á don Críspulo á hacer penitencia cnn él al 
mediodía (por la tarde, calculo yo). 

Pero mi héroe ha hecho un profundo estudio del corazón huma- 
no, y sabe que en su carrera hacerse desear es la primera base, de mo- 
do que se niega rotundamente á aceptar la invitación, á pretesto de 



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—104— 

tener que ir á la quinta N., de cuyo marqués habitador ha recibido un 
dia antes las mas fundadas quejas por su ingratitud. 

No miente don Crlspulo en lo de ir á sentarse á la mesa de uu 
marqués, aunque si en lo de las quejas de este; pero es el hecho que 
va y que se le recibe con agrado. 

A las doce abandona don Críspulo al Licenciado Risueño. Es^ 
la hora de refrescar, y todo un seóor don Críspulo no ha de pasarla 
con la garganta seca, ni sin engullir tres ó cuatro pastelillos de crema.. 
Antes, cuando en la Dominica reinaba cierta loable y atraedora fran- 
queza, don Críspulo tomaba allí los dulces sin tener que agradecér- 
selos á nadie, y luego ¡tiene él tantos amigos! no faltaba en las mesas 
quien le pagara el bul, 6 la cerveza sola, 6 el coñac, *ó el brandi, que 
á todo hacía y hace el veterano paladar de don Intruso. Ahora que 
ya se encierran los dulces en dicho establecimiento, no deja don 
Críspulo de comerlos, nada de eso; él variará de medios, pero desis- 
tir del fin ¡locura! ¿De qué sirven la imaginación y los amigos? Ade- 
más; él no ha aprendido todo lo que sabe para sufrir privaciones; él 
tiene su moneda peculiar, mas ó menos corriente, él tiene vinculada 
la risa y la reparte en cambio de efectos. 

Cuando se tomó la nueva determinación en la Dominica, pensó 
don Críspulo en utilizar los servicios de un amigo localista para sati- 
rizar el hecho; pero no tardó mucho en variar de ¡dea. ¿Qué me im- 
porta? se decia, vale mas reservar la pluma de mi amigo para cuanda 
muera el conde Z.; pues, no obstante mis versos necrológicos, no ven- 
drá mal un elogio que enseñaré á la familia del finado como debido 
á mí influjo, 

A las dos, minuto mas, minuto menos, sube don Críspulo Tas es* 
caleras del marqués, sombrero en mano si siente que alguno baja, 
sombrero en cabeza cuando no hay esos temores, y arreglándose la 
patilla y llamando al centro el lazo de la corbata, si sus muchas con- 
torsiones lo han desorientado, como es fácil. Al entrar ¡qué saludos á 
la alta familia! ¡qué retorcerse dentro de su chaleco! y sobre todo ¡qué 
palabras! 

— ¡Querido señor marqués! V. E. ha de disimular si soy importuno; 
pero este, este, señor marqués (señalando al corazón) este me arras- 
tra á dar mas de cuatro pasos ¡Qué quiere V. E.f ¡Las afeccio- 
nes! ¿Mi señora la marquesa se halla buena de aquella ligera 

hinchazón? (Era gota.) El señor marquesito (un niño de dos años) 
siempre tan caballeroso ¡digno hijo de sus padres! 

Y á este tenor cuanto dice en aquellos primeros momentos. 
Después, y como sabe que ha ido allí para hacer reir, se coloca 
en su terreno; saca fuerzas de flaqueza; manda á sus labios que se 
abran y á sus dientes que se muestren; escita sus nervios; evoca su 
tnemoria y cuando menos se lo esperan se oye un fuerte maullido y 
se vé á mi héroe hacer como que espanta á un gato que supone ha- 
llarse debajo del sofá« 

Los dos primeros maullidos (muy bien remedados; eso sí) se re- 
ciben con gravedad; el tercero, mas fuerte, hace desplegar los lábiosf 
el cuarto llama k la risa, el quinto y el sesto, muy alborotosos, á las 
carcajadas. 

A este punto hace una transición don Críspulo, que por lo re- 
pentina lleva en si el mayor efecto, y se pone á hablar como los ne- 



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— los- 

gfos de África, 6 bien á imitar la disparatada fraseología de un ingléisf 
que no sabe y quieíe hablar el idioma castellano. 

Asi pasan las horas hasta que Jlega la de sentarse ala mesa. Dort 
Críspulo tiene buen cuidado de situarse en frente del marqués, para 
que éste no pierda uno solo de stis gestos. Durante el servicio y tra- 
siego á los estómagos de la sopa, la olla y todos los principios y ape- 
ritivos, don Críspulo es puramente mímico; la palabía cede entonce» 
el puesto A la acción, y mi héroe, que no es mal prestidigitador, se 
traga la servilleta, hace desaparecer el cuchillo y otras curiosidades 
á ese tenor, 

Pero las hábiles y prontas manos de los sirvientes han cargada 
con toda aquella batería de suculentos manjares, y sustituídolos con 
otra de dtilcés de todas clases, no omitiendo los vinos generosos y la 
Champagne en lugar dé Chateau-Laffitte, Chateau Margau, Priora- 
to &c. ¿Qué hace esa picara musa que no se dá á conocer en situa- 
ción tan crítica] Nada, sino recapacitar, 8 tal vez recordar lo que^^ 
maguer malo, se conserva en la memoria. Por fin, empuña la copa 
don Intruso^ dá el imprescindible alerta, por medio de la palabra- 
jbomba! y dice: 
•*^Al caballero Anfitrión á quien tantos favores le merezco: 

Tu ctina álos cielos sube 
y ha de ser sostenida un dia 
por ese rubio querube, 
que para decir que es grande^ 
hijo es, diré, de sus padres. 

Áqní fa aprobación general, y acaso de buena í'é, es decir, en la 
éféencia de qtie lo que sé ha oido es un bello trozo poético. 

Él don Intruso, después de oirás improvisaciones, vé que todo» 
bácen ánimo de dejar los manteles y levantándose el primero copa 
llena en mano, pronuncia, dirigiéndose al marqués: 

Siguiendo el constante uso 
de tan noble corazón; 
ino habrá siquiera un doblón 
para don Críspulo Intrusoí 

ir produce efecto la cuarteta, y don Críspulo no sale de casa del 
inarqués sin el ó mas del doblón. 

Por la noche, si hay un baile, un concierto con ambigú y entra- 
da gratuita en alguna parte, á esa parte irá á gozar don Críspulo In- 
truso y abonará su escote en moneda labial, nasal y gutural Las 

letras alfabéticas son para don Críspulo letras de cambio. 

Cuando la función es de teatro, ¿podrá no asistir don Críspulo, 

?' lo que vale mas aun, podrá costarle eso tin obolol— -Mil veces no, y 
a razón es categórica. Entre sastres no se pagan hechuras. Don In- 
trííso vá sin pena de su bolsa, á la opera italiana 6 lusa; pero ¿no to- 

ea él la guitarra, y no cama, y ] Luego don Intruso es un artista. 

La comedía esf para él una diversión de regalo ¿porqué nol nadie es 
mas cómico que don Intruso. 

Eb punto á tibios solaces de amar platónico, dQ|i Críspulo es mía 

14 • 



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— JOf>— 
Verdadera nulidad. Las huríes de quince mayos, las silfides de diez 
y seis, las ondinas de veinte no dicen nada á su corazón Sin du- 
da el amor á las artes impide en él todo otro amor; 6 acaso el tiempo 
!}üe es oro, no le deja lugar para atender al Dios ciego y consagrarse á 
a Vez á sus afanes de vividor. 

Guando se dan los aguinaldos y se abren los otros aguinaldos 
de morado cáliz, época del año en la que los que hacerlo pueden se 
trasladan á nuei>tros feraces campos, entonces mi héroe vá tam* 
bien á ellos por el ferro carril, conducido entre las maletas del ha- 
cendado. Durante el viage: ¡haz reir! le grita su conciencia, y él la 
obedece, porque ademas se lo grita la conveniencia. 

Hagámosle entrar en el cafetal Verdoso, donde ha de pasar los 
dias de la Pascua. Es de noche; llueve á mas y mejor; los amigos del 
propietario y don Crlspulo sostienen una conversación adecuada á 
la borrascosa noche; hablan de escenas de bandidos. 

^Oh! dice don Críspulo, de mí puedo asegurar que ignoro si es 
buen mozo 6 feo el caballero don Miedo. 

—¿Será posible? le interpela sonriendo y guiñando flos ojos porsu- 
puesto) uno de los circunstantes; repare V. que pueden salirle cua- 
tro <le esos foragidos y 

-*¡6a! ¡ba! ¿y qué son cuatro hombres? cuatro hombres no son 

mas que cuatro bípedos. 

—Es decir que V 

— Es decir que vo no temblaría delante de los cuatro. 
El joven que sostuviera ese breve diálogo condón Intruso se di- 
rige á su adlátere y le habla al oido: 

— ¡Bravo! muy bien! piensa el otro riendo. 

««Pero es necesario hacerlo con el mayor sigilo. 

* — Desde luego. 

> — De no ser asi, quedariamos burlados y el triunfante. 

Y pasa aquella noche, y todo el siguiente dia, y pero ¡chi- 

ton! no precipitemos los acontecimientos. 

Cuatro mañanas después, mientras que don Críspulo habia ido 
á una cacería con parte de los concurrentes: el dueño del cafetal, los 
dos interlocutores misteriosos, el mayoral y tres guagiros que no tra- 
bajaban ni habitaban en la fínca, hallábanse reunidos en el hatey. 

— La recompensa, decia el dueño, será arreglada al servicio. 

— Descuide V., respondía el mayoral, que yo conozco á mi gente y 
Sé como hacen las cosas cuando están comprometios. 

—Lo primero ha de ser echar mano á las riendas, y luego, ya sa- 
ben Vds. 

— Si señor, ya tóos sabemos. 

— Pues bien, ahora, silencio, y hasta la noche. 

— Jasta la noche. 

En aquella misma noche habia un baile en el inmediato pueblo, 
y como es de esperarse, no faltarían á él nuestros personages. Los 
mas partieron á caballo, y en el quitrín tomaron asiento el dueño y 
don Críspulo, siguiéndoles en una volante los dos amigos iniciados 
en cierto secreto que muy pronto dejará de serlo. 

lOh! y cuan alegres iban y cuan agenq don Intruso de que ali- 
en el estremo de la guardaraya^ los cabalgantes que distinguía galo" 
paqdo en dirección hacia él, eran 



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A los ocho minutos jra se hallaban al lado de la pareja del qnu 
trin, la que hizo parar uno de ellos^ mientras que los tres restante» 
avanzaron pistola en mano hacia el estribo, é intimaron directamen- 
te á don Grispulo la orden de bajar 6 sugetarse á perder la vida. 

£1 dueño del cafetal ensenó una pistola en actitud de defensa, y 
uno de los amibos que detrás seguian en la Volante disparó otra, á lo 
cual respondieron losforagidos con dos detonaciones. 

Entretanto ¿qué hacia don Grispulo? ¿qué hacia el valiente de^ 
lante de cuatro despreciables bípedos? }lnfeliz! Nada podia hacer, 
porque.. .. una fuerte convulsión le habia privado de conocimiento. 

Lleváronle ala casa de vivienda, donde á fuerza de espíritus lo- 
graron despertarle á la vida, y cuando le vieron fuerte, contáronle 
minuciosamente los pormenores del chasco. 

Esta vez el pobre don Grispulo no fué dueño de contenerse en 
los límites del respeto y con la mas impotente de las iras provocó á 
duelo á cuantos habian tomado parte en el asunto, sin esclnsion del 
dueño de la finca. Todos formaron un coro de risa homérica, y esa 
fué la respuesta concedida á sus denuestos. 

Cada vez mas burlado, masjescarnecido y sin fuerzas para sem- 
brar el respeto en derredor suyo, contraidas fas facciones, mantúvo- 
se unos minutos en el mas severo silencio. Aguardaban todos el re- 
sultado de esa ira concentrada y por fin le vieron sacar el pañuelo 

y llevárselo á los ojos. D. Grispulo lloraba como si la mano férrea del 
destino hubiera sepultado para siempre sus esperanzas. ¡Pobre don 
Grispulo! 

Todos, al verle así, se compadecieron de él, y dando el ejemplo 
el dueño de la finca, abrieron los porta-monedas y le reunieron ocho 
onzas de oro, las cuales hicieron de súbito lo que el pañuelo mala-^ 
mente desempeñaba; es decir, le enjugaron las lágrimas y hasta re- 
dugeron á invisible átomo las horrorosas cuanto amenas señales de 
8U ira. 

Porsupuesto que eso ni lo enmendó, ni menos enmendó á lo» 
otros; así fué que tres noches después cuando nuestro herpe dormía 
á pierna suelta, desvaporando el champagne de la cena, acercáronse 
dos á su lecho histórico, y con gran cautela pusieron tres sillas enci- 
ma de aquel mueble de descanso, atando luego á una mano del dur- 
miente un cordel bastante largo para que pasase por el ojo de la cer- 
radura del aposento, y hecho esto se salieron bonitamente y cerraron 
la puerta. 

A los pocos minutos ¡zas! allá va un tirón del estremo saliente de 
la cuerda; pero como don Grispulo tiene sus motivos para no ser li- 
gero de sueño aquella noche^ resulta que ni se dá por entendido; em- 
pero, los urdidores son tenaces y no se alarman por eso. Ahí vá otro 
mas fuerte, otro, otro; por fin se oye un ruido que á favor del silencio 
de la Boche suena como si los techos hubieran bajado al suelo, y tras 
ese ruido otro de gritos desesperados fabricados en el almacén de 
don Grispulo. 

Allí fué Troya. No bien despertó don Grispulo, trató de sentarse, 
soñoliento auü, y á su movimiento, las sillas colocadas en equilibrio 
habian pasado del lecho á la tierra produciendo estrépito. 

Entraron todos con luces en eí aposento y fingiendo la maypr 
«prpresa preguntaron á don Intruso que: 



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-•108— 
—Qué había sucedido. 

Este, con las pupilas dilatadas y la boca abierta no supo eoiites« 
iar una palabra; mas no tardó mucho, viendo la alegría de sus ami- 
bos en conocer que acababa de ser víctima de un nuevo chasco. Aun- 
que sin ganas esa vez, se llevó una sábana á los ojos, y todos, no por 
lástima, que bien conocieron el artificio, sino en celebración de ese 
mismo arfício, le regalaron unos cuantos doblones. 

Así son las diversiones pascuales de don Intruso. 

Hay^otra clase de guagüeros entre los que la flexibilidad no llega 
tan á su colmo; estos se dan mucha importancia y aunque también 
mendigan la amistad de los ricos, no así su dinero, es decir, el socor- 
ro momentáneo. 

La aristocracia guagüera, que así llamo yo á la posición de los 
tales señores, se desdeñaría de recibir un doblón, y mucho mas de 
hacer reir para conseguirlo. En cambio, visita todas las ca«as posi-* 
bles donde haya un.'iríca heredera, joven, jamona ó vieja, y como él 
tiene sus atractivos, los pone en juego, las enamora, y es milagro que 
no logre, á despecho de la oposición de padres ó hermanos de &u 
pretendida, una blanca mano y el oro que Ja adorna; en este caso el 
guagüero aristocrático, ó sea cohurgo, ha tocado el summum de la feli- 
cidad. 

Pero si la mano en vez de ser blanca y tersa, es prieta y rugosa, 
ese guagüero pasa entre los suyos por un hombre casi inhábil; no eé 
un genio ^ua^o^ü ero, es solo una medianía coburga, 

Oir los diálogos que sostiene con la amante, es cosa de quedar 
absorto. Según los tales diálogos, el amante guagüero es el modelo de 
los amantes; aquella pasión es la primera que ha concebido y será 
también la última; antes de conocer á la heredera, ni siquiera se vio 
nunca tentado á bailar ni á dirigir la palabra á muger alguna; nu 
cortedad es digna de todo encarecimiento; tiembla delante de M be* 
lia, porque el verdadero amor es tímido y así lo habrá ella leido en 
ias novelas, &€. 

YA guagüero, sea cual fuere la raiz áque debió gus ramas, e^ssievilv 
pre un cosmopolita, y como sabe lograr con gestos lo que des^a, pue- 
de también decirse que es políglota. Nada importa qtió éu tíctimtl 
^ea un ruso, un inglés, un sueco, él se hará comprender de todos y k 
todos esplotará con el espresivo idioma de la mímica, para cuyo és^ 
tudio, no solo tiene dos caras como Jano, sino setenta ú othentá, que 
son otras tantas caricaturas. 

Veámosle en un bautismo. 

En pié delante de la criatura recien cristiana, la contempla ettsi* 
lencio, casi la admira por largo tiempo y. luego finge salir del éstáéíís, 
«é inclina y la marea á fuerza de sonoros besos, preludio dé las 4l- 
gniéntes frases que no tardan en salir de sus labios: 

— ¡Qué hermoso es! qué ojos tiene! como sonríe el irngelifól vá i ser 
un grande hombre/ bien se vé que ha de tener mucho talento! se pare- 
ce á su padre y á su madre! tiene la nobleza de espresion que <fiid« 
lingue á este y la belleza y dulzura que todos r6cono^.«ilioB en 
aqaella! 

Todo esto después de haber tomado el medio ó ei d^^blonoho^ y 
cuenta que si es lo úHimo bien se le conoce en el i^ostro; 

Una ó dos horas después de la solemne ceremonia se protede é 



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la t<miedia dd baife, con su prófoj^o y epilogo de dalces, irefres^os, 
champagne y otroá sólidos y líquidos. 

Don Críspulo no baila; no dá ese trabajo á sus pies; pero en 
cambio dá ejercicio y mucho á su estómago, haciéndole dispensa de 
infínilds buenos bocudos; así es que, mrentras los aficionados á Terp- 
sicore barren el rojo polro de los ladrillos, don Intruso barre las me- 
sas del ambigú, de Jas cuales no contento con estraer aquello que 
demanda su natural golosina, recoje provisión que encierra en los 
bolsük)^ é Ítem mas, saca en una bandeja licor y dulces con que 
brinda á ciertos sus amigos, que, atraídos por la música, ocupan lo 
estertor délas ventanas, amigos puntales que sostienen esas rejas y 
á quienes prueba muy bien la generosidad de don Críspülo, genero- 
sidad tanto mas profusa, cuanto que nada Cuesta al obsequiante, ge- 
nerosidad sni géweris qne basta sola para la apología de mi escelente 
protagonista. 

Corazón tan flexible como su cintura, ojos tan movibles como sus 
manos, boca mas elástica que una sanguijuela y estómago ancho, 
todo eso tiene don Intruso que lo caracteriza. Entrad con él en una 
habitación cualquiera donde gima un paciente, donde ya la muerte 
haya asomado su repugnante catadura y amenace herir á un triste, 
le veréis llorar como los parientes del moribundo y rebuscar frases 
que él y muchos llamarán de consuelo y es mi gusto llamar de imperti- 
nencia. En los entierros, él es el que sostiene á la desmayada ex-con- 
sorte, él quien lleva á la imprenta las frases de invitación para que 
se las devuelvan en papeletas, él quien llega primero después del fú- 
nebre paseo á decir k los que sufren; aquí estoy yo, sufridme y agra- 
deced la puntualidad de mis molestias. 

Con un olfato de perdiguero el vividor huele desde lejos á su víc- 
tima y adivina si vá ó no metalizada, esta es su espresion. En el pri* 
mer caso aproxímasele sonriendo y le regala el mas halagüeño de to- 
dos los saludos de su catálogo; en el segundo, finge no haberla visto 
. y si la victima se acerca á saludarlo, le corresponde fríamente y no 
tarda mucho en pretestar alguna ocupación y separarse de la planta 
sin jugo de cuyas ramas nada espera su imaginación de parásito. 

En los cafés convida para que abonen los convidados y fortuna 
muy grande será que no se le haya olvidado la bolsa cuando toma 
ua sorbete, en cuyo caso finge el mayor disgusto y protesta contra su 
memoria que lo espone siempre á escenas desagradables. Otras ve- 
ces toma otro giro su pantomima, y se le vé sacar una onza de oro"pa- 
raque de ella, á pesar de la angustia que nos proporciona diaria- 
mente la reducción de oío á plata, se cobren un medio real de la co- 
pa de licor ó del vaso de refresco que ha regalado á su estómago. 

El es el primera en hablar mal de esos entes que viven á costa del 
prójimo, proceder estraíío que solo se esplica por medio de las ano- 
malías mundanas y por la natural inclinación del culpable á hacerse 
enemigo in nomine de la culpa. 

En un café, en una fonda, en un establecimiento cualquiera, na- 
die llamará con mas imperio al dependiente, ni se dará mas ridiculo 
aire de personage; eso es preciso: cuando una cosa falta hay que bus- 
car modo de suplirla. 

I^os periódicos que lee gratis y donde in)príme gratis elogios qne 



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-no- 
no escribe Mn cálculo, $on un carril por donde ruedan hasta el bol- 
sillo de don Intmsojas obsequiantes onzas del celebrado* 

Este esy lectores niios, el guagüero conforme he creído encontrar^ 
lo, y aunque subdividido en dos 6 mas clases, creed que la diferencia 
entre unas y otras no pasa de ser una esterioridad; en el fondo, no se 
vé mas que un tipo, un tipo que, por fortuna, cuenta en la Isla de 
iyuba muy pocos representantes. 

Ahora, permitidme concluya este débil escrito, llamando la aten- 
ción de ciertos hombres acaudalados que tan en perjuicio de la so« 
ciedad emplean buena parte de sus rentas. 

^ Redúcese todo á preguntarles: |E1 guagüero es útil ó nociro á la 
sociedad? y si es lo último, como no podrán menos de confesarlo, de- 
ben ellos en conciencia faTorecerlosI Además ¿no hay hombres ver- 
daderamente dignos de su apoyo, á quienes en cambio relevan al ol- 
vido y hasta al desprecio? ¿No hay artes que fomentar? ¿No hay cari- 
dad que egercer? {Ah! preguntas son estas que se responden por si 
solas. 

J. Gfircla de la Huerta. 



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ImJSl solterona. 




uaUdo él Criador, con un Jíat símbolo de 
de su omnipotencia^ hizo el mundo, cuan- 
do completó esta gran obra, criando al hom- 
^bre á su imagen y semejanza, la solterona, 
I no existia en su soberana inente# La solte- 
|rona, es pues una aberración, y como tal 
vamos á considerarla, guardando el respe- 
to debido al santo hábito que vi»te, hábito que yo siempre beso con 
una devoción estremad a^ 

¿Qué es la solterona? la mayor parte de mis lectores verán en ella 
una muger que no se ha casado y nada mas: ya se vé, no tienen ojos 
de privilegio como los mies, que á fé si los tuvieran, habian de ha- 
cerse cruces y entonar el fugite maledictse Sátanse, apenas se encon- 
trasen á presencia de una doncella talluda, pronunciada por virtud 
y gracia de su reverenda soltería, contra todo animal matrimoniado. 



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—112— 

La sol4€roi&a, lectoras míos, eis una individuaticfad del sexo feíne-' 
niño, arsenal de malos pensamientos, protesta de carne y hueso con- 
tra el multiplicaos del Criador, monja profesa en la regla de S. Abur- 
róme, veedora peípétua de amantes, balija de chismes, archivo de fal- 
sos testimonios, tormento de sobrinos y vista del barrio. Mártir de sus 
dedeos, es verdugo de todo prójimo casado y por casar, y vive murien- 
do que es el peor de los vivires- 

No pertenece á ninguna de las cuatro reglas de aritmética so- 
cial, porque ella, ni suma, ni resta, ni multiplica, ni parte (cuidada 
con ponerme pare por parte, señoi' cajista) asi es que jamás entra en 
combinación de ninguna especie: siempre devorada de envidia, siem- 
pre roñosa, teniendo que luchar con una sociedad ínonógama, se ha- 
ría musulmana, solo porque ha oido decir que en Turquía existe la 
poligamia. 

La solterona en una casa, es peor que un cernícalo; ella es la 
que acusa á los muchachos si se comen el dulce, y á las muchachas 
si conversan con el novio, ella la que atiza la discordia entre marido 
y muger, ella la que espia al cocinero, y descubre los gatuperios de 
los demás criados, y ella es, po¥ último, la cruz del hogar domj^stíco. 

Los naturalistas, al menos que yo sepa, no han clasificada aun, 
esta entidad jamona y descontentadiza, que atraviesa la creación lle- 
vando á cuestas su estado honesto, sin sacar otro provecho de su jor- 
nada que el que le pongan después de muerta entre las manos una 
palma real, simbólica figura de una virginidad que la tuvo en guerra 
abierta con el género humano. Aunque yo la he observado mucho, 
no he podido aun clasificarla: considerándola criandera nata de los 
sobrinos, podría colocársela en la familia de las abejas, en la cual hay 
cierto número de ellas, destinadas únicamente á la crianza de las lar- 
vas: tañibien pudiera considerársele como pariente de las auras tinosas, 
porque como estas, se halla en todos los lugares donde hay muerto, 
razón que motiva el terror pánico que asalta á 1 ti asistentes de un 
enrermo grave, cuando ven entrar á la solterona, pues está compara- 
da á la estrema*uncion; pero estas observaciones no bastan para una 
clasificación: alemas, ella acecha los amoríos del barrio, como el cai- 
mán á la jicotea: muda de color como el lagarto, roe la honra agena 
como el ratón el queso, su sombra hincha como la del Giiao, su len- 
gua es ponzoñosa como la cola del alacrán, y su mirada imprime ter- 
ror como )a de la serpiente: siendo todo esto, la solterona es inclasi- 
ficable y solo se parece á sí misma. 

iPara conocer á fondo la solterona vamos á buscar un tijío y po- 
nerle en escena. Doña Desesperada se nos presenta á pedir de boca; 
pero vosotros, mis queridos lectores, no la conocéis y es fuerza que yo 
os ponga en relaciones con ella. 

Doña Desesperada, es una cuarentona y, y . . . . (las y, y, en ma- 
teria de edad, son casos reservados al solio pontificio; y solo en el 1Í-- 
bro parroquial de bautismos se halla su absolución). Doña Desespe- 
rada está además en eltercei' periodo del desarrollo adiposo, es decir, 
que se está acercando á la figura geométrica llamada círculo. ¿Quién 
al ver este círculo vestido de muger, en una fiesta de familia, corrien- 
do con un grupo de doncellas de quince á veinte, no se desmorece 
de risa? ¿Quién al verla, hecha una antítesis, entre tantas jóvenes del- 
gadas como un güini aéreas como sílfídes, dando salios, como pnlga^ 



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—113— 
6 (rompo que escarabajea, no dá gracias á Dios, de no haberla heclio 
solterona? pero á Doña Desesperada no se le ocurre que puede ser eS 
biadco de sarcásdca censura, antes se )e figura á la bendita, que aque- 
llos sálticos y carreritas, aquellos secretos y risitas maliciosas, le pe- 
gan á stis cuarenta octübt-es^ V no sabe q[ile se está saliendo del grü- 
¡K), y ddndd qile decif á las de su gremio, casadas 6 viudas, las cua- 
les bien por envidia ó caridad considerándola como una deserto ra 
del escuadrón cuafentunoí mas Doña Desesperada, violando el prin- 
cipio de cada oVeja con sU pareja, busca siempre la compañia de las 
niñas, para niñear con ellas. 

A cierto bautizo qile se celebro en esta ciudad, asistí como con- 
vidado, y al entrar en la sala, lo primero que se presentó á mi vista 
fué la atortügada caricatura de Doria Desesperada, que estaba ha- 
ciendo la serpiente con un prójimo, á quien ella creía fácil de 
erharle la zarpa para marido: bailábanle lot* ojos de alegría, porque 
se imaginaba ya próxima á salir del presidio de su estado honesto; 
pero las había con un veterano aguerrido en lides amorosas, que por 
cada entrada tenia diez salidas, y habiendo conocido del pié (]ue co- 
jeaba, quiso divertirse un poco á su costa: el diálogo era interesante; 
be ahí la muestra. 

-r-¿Pefo que tanto abomina V. el matrimonio? decía don Crisós- 
tomo. 

— Aborrecerle? nq, pero me hallo muy bien así tranquila y no pier- 
do tiempo todavía 

— Siempre se pierde tiempo, cuando podemos hacer la felicidad de 
alguno y nos negamos á ello. 

^-Yo temo mucho, D. Crisóstomo, la falacia de los hombres, uste- 
des son muy falsísimos, hojas de caimito, hoy quieren y mañana no, y 
para no pasar por esa prueba, mejor es hacer lo que hago; gozo del 
mundo, libre de quebraderos de cabeza, y no me esclavizo para ser in- 
ielíz; con mis dineros á rédito vivo muy sosegada (esto de los dine- 
ros, á rédito era carnada). 

— ¡Oh! Desesperada hermosa, eso es mucha injusticia! ser tan bella, 
tt^n seductora, embelesar con esas formas de silfíde (ella al oír esta 
calumnia á su talle, se hizo la ruborizada y se tapó la cara de luna- 
Uena ron el abanico. ¡Oh pudor cuarentuno!) abjurar del amor, bajo 
el falso pretexto de que los hombres son malos, es hasta pecado mor- 
tal: V. puede hacer feliz á mas de uno que yo conozco y comete 

«« A^ianticidio 

— Qué chancero está V., D. Crisóstomo, sin duda quiere V. burlar- 
ae de «li ínesperiencia (estaba mas esperiraentada que remedio ca- 
aeiFQ) y divertirse conmigo * 

^-rDivenirme con V., segorita, ni por pienso; eso es calumniarme... 

en fin, yo. - . - yo la amo á V. con una, con una ni sé lo que me 

4igo, no tengo palabras para espresarlo que siento en este instante... 
Este era el momento crítico, Doña Desesperada estaba en víspe- 
|!as de pasar á ser Doña Esperanzas, gozábase ^a en su triuufo, mas, 
quería aparentar, duda, indiferencia y que se yo cuantas cosas mas 
que lan píen saben fingir las mugeres — ¡Oh Goya, Goya, si hubieras 
podido verla, y la pintas con tu brocha creadora, te haces doble- 
mf^nie inmortalí D. CrísóstomD, sentado en el borde de la silla, el pié 
4erech9 encogido» (sl izq^ierdo mas estendido, el cuerpo algo inclina- 

14 



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do hacia ia doncellona, la mano derecha sobre el coratoii, la otra lis- 
ta para cualquier evolución, los ojos fijos en la perpentígena faz de la 
l-equerida, con amorosísimo acento esclamó: por piedad, ángel miOf 
tina palabra, una palabra, de perdón y de amor, t diciendo esto, hho^ 
ademan como de afifiojarsc ante los seis quintales de solteria vesti- 
dos de tarlatana que tenia delante; ella haciéndose toda la atortolnda, 
creyendo que aqtiello era de veras, esclamó con ronca y congcyjosa 
Voz. — Por Dios, T>é Crisóstomo, no se arrodille V. que ta á ponerme 
en berlina. 

— En berlinaí no, en coche te pondré^ pero tina palabra de con- 
siielo, ó me hiíico 

— jAy Jestts, qué compromiso! me va á dar un desmayo! yo le con- 
testaré así tan pronto, Dios mió! no puedo. ..... 

— El st, el sí, ángel de paz, ó me hinco 

— Ay D. Crisostotiiito sí no. . - . yo no sé, piedad D. Cri- 

sóstomo 

Don Crisóstomo que se oyó llamar Crisostomifo, y que habia lle- 
gado hasta donde quería, le cobró un miedo á la doncellona, quetra- 
tó de salir de aquel berengenal, terminando la comedía sin matrimo- 
nio contra las reglas clásicas^ su buena ventura quiso venir en su 
Auxilio y le presentó la favorable coyuntura de que entraba el padri- 
no con el niño en los bmzos y tras él, una falange de nec-rítos y blan- 
quitos mataperros entonando e\juye que te juye^juye Pepe: levantá- 
ronse todos á recibir el recien bautizado, menos Doña Desesperada 
que creyó á vueltas de aquella barabúnda dar el golpe de gracia, y 
hacer alarde de su conquista; pero D. Crisóstomo echó á rodar todos 
sus castillos de viento, siendo de los primeros, salvándose á modo de 
milagro del mortífero sí, que á manera de un culebrón vio ya des- 
colgado de los labios de la doncellota. 

Cuando se calmó el alboroto y repartió el padrino los medios, 
cada cual volvió á su puesto, y D. Crisóstomo se mezcló en un gru- 
po de vírgenes de quince abriles para evitarlas miradas de Doña De- 
sesperada que á manera de requisitorias le perseguían. La exaltada 
doncella, estaba que no cabía en la silla; por Una parte, el deseo de 
que aquel corderíllo volviese á su redil, por otra los celos qu»le cau- 
saba verle espuesto á la influencia seductora de la juventud y la her- 
mosura, la tenían tan desazonada que ponía lástima al que la viese 
presa de sus temores. 

Cuando vio que era imposible pescar aquel lebrancho, y cono- 
ció que todo h^ibia sido una farsa, montó en ira, y buscó auxilio para 
Vengarse del seudo amante; pero su venganza fué inútil, porque D. 
Crisóstomo se rió de sus ataques, haciendo el amor k una Chumbita 
de diez y seis, cuyos ojos negros esparcían muerte de amor en derre- 
dor suyo. 

Doña Desesperada no escarmienta; en cuanto se presume que ha 
flechado á un prójimo, procura traerle al terreno de la declaración, y 
de ensayo en ensayo^ de tentativa en tentativa, va entrando en años, 
pero no en desengaños! antójasele que todos los hombres que vé tie- 
nen de menos la costilla que áella le sobra, pero todavía no ha encon- 
trado su Adail. 

No le han faltado partidos ventajosos, pero como ya tiene cua- 
renta años, los novios parece que temen el presupuesto que escrito 



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—lis- 
lleva en toda la faz, y desertan porque temen que celebrado el con- 
nubio eaten siempre compareciendo ante el ordinario. 

Doña Desesperada para llenar las largas horas de su soltería, 
murmura de todo cuanto vé: tan pronto critica que la librea del con* 
de de la Peluza tiene siete chivos en el escudo de armas, como se bur- 
la de la marquesita Polígama porqpe bautiza sus hijos por de legíti' 
mo matrimonio. Siempre halla algo que censurar en el traje de las 
jóvenes que aciertan á pasar por su calle; ya encuentra muy chor- 
reados los crespos de Tula, ya muy recargada de adornos la elegante 
cabeza de Chichi, ora, muy pronunciada la nariz de Chucha ó bien 
muy grande ki boca de Adelina: es decir que para ella ni hay muger 
bonita, ni hombre buen mozo: asomada unas veces y otras sentada 
en la ventana de su casa, corta vestidos á todo yente y viniente, y 
con eso parece que desahoga lái bilis de su eterna soltería. 

Sus malhadadas sobrinas, están siempre bajo el yugo de su vigi" 
lancia,y ya que ella no ha podido tomar por asalto un marido, pro« 
cura que las pob recillas se queden para vestir santos, como á ella le 
ha sucedido: una Je las sobrinas, la encantadora Angelita ha perdi- 
do dos matrimonios ventajosos por la influencia funesta de su avina- 
grada tia, que para conseguir su objeto no perdonó medio alguno 
hasta ensayar el anónimo. 

£1 chisme es arma que maneja con una maestría que maravilla; 
siempre tiene ardiendo el barrio, y mas de una amistad verdadera ha 
sido ^estruida por este corre^ vé y dile, con blusa blanca y zapatos 
amarillos: para llegar á su objeto, gasta una hipocresía refinada y no 
tiene empacho en estampar una docena de besos recbillados en tas 
megillas de una amiga ."i quien acababa de quitarle la piel. 

Doña Desesperada se desvive por un velorio: apenas sabe que 
hay un enfermo en la vecindad, allí está ella de veinticinco alfileres, 
á guisa de conquistadora, porque no lo hace por cumplir con una 
obra de misericordia, sino por ver si pesca; y aunque no consiga su 
objeto, siempre pilla algún requiebro, que al fin es algo y mas vale 
algo que nada. 

Doña Desesperada, no so)o atormenta á sus prójimos sino á una 
caravana de avechuchos que tiene: es muger que gasta perrillo de fal- 
da, cotorra y mono: ya hace desesperar al perrillo con lavatorios y 
peinados, ó mortifica á la cotica pidiéndole el piojo y la pata, ó bien 
anda á vueltas con el mono, á quien festeja y dedica esquisitajs aten- 
ciones, porque como termina en o no, y esto huele al género masculi- 
no, no puede ser por menos. 

Pero donde la cuarentona ostenta su mal humor es en la toilette: 
casi todos sus réditos los invierte en cosméticos y farfalaes, como 
medios de agradar y conseguir algún día sus matrimoniales intentos: 
Es una comedia verla todas las tardes persiguiendo las canas que 
como es natural se van presen tando en su cabeza, las cuales tan lue- 
go como las arranca las que ma, porque ha oído decir que así se «*- 
quician: mas parece que lo hace Judas, porque donde se arranca una 
le salen veinte, de manera q ue se vé amenazada de quedar al postre 
tan limpia de cabellos como la palma de la roano. No es menos cómi- 
co verla con el agua blanca á pleito para estirar el cutis que perdida^ 
la tersura de los quince, vá presentando con indelebles señales el terr 
líble número 40, en los grac iogos pliegues llamados vulgai mente pié 



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— no— 

de gallo: concluido el enjabelgamiento del rostro, que por lo blan- 
queado parece cara de muerto dada de cloruro, pasa á la se«cioñ de 
los lunares de quita y pon, verdaderos jttdios errantes que tan pronto 
están junto á las cejas, como al lado de la nariz, 6 en medio de la 
barba; trampas microscópicas que ella emplea para ver si cae algún 
zorro solterón en ellas. Después que ha repartido la guardia de los 1»- 
narcitos, principia á vestirse, y á sudar por encerrar sus voluminosas 
formasen un corsé; toda la casa se pone en movlmíenio para resd- 
verel problema de prensar aquel ballenato, privilegio que solo alcan- 
za el portero, porque es un Maomut que se ha desarrollado hercülea- 
mente cargando costales de trigo en las eras de su país. !Oh furor 
matrimonial, de cuánto eres capaz! Ya no le falta á la modistona mas 
que la camisita rabona, y prender una flor en sus cabellos, al lado 
izquierdo en señal de doncellez: este es un capítulo largo que le cu- 
esta diez ó doce pellizcos ala negrita Tiraoteay unahora de consulta- 
con el espejo y las sobrinas; después de haber desechado un mar rojo 
de color de ante, y un mirasol muy hermoso, se decide por una flor 
de pitahaya, que le sienta, en su concepto, á las i«t7 maravillas,^ y ar- 
mada con el tremendo florón, sale con la dignidad de una Rema, á 
sentarse en la ventana, para ver si hay quien se mueva á sacarle del 
encantado castillo de su soltería, aun cuando sea tuerto, corcobado 
y cojo, que para marido basta que tenga las calidades de la ley de 
Partida. 

Tal es, lectores míos. Doña Desesperada, y mutatís mutanda ta- 
les son y serán toda»» las solteronas habidas y por haber; la solterória 
se convierte al fin en beata; en este nuevo estado presenta caracteres 
muy distintos que la constituyen un tipo, que merece artículo aparte. 

Qu|sdarse paratia es cosa que depende las mas veces de. las mis- 
mas mugeres: salvo los casos de fealdad que hacen de ella 1* perso*- 
nificacion de uno de los preceptos del Decálogo. Las soltero^ 
na se queda para vestir santos, por orgullo, por necedad, y las mas! 
de las veces por coquetería; y viene á ser en la sociedad, lo qwt en 
el cuerpo humano las arrugas, que no hermosean y estorban. Hay al- 
gunas solteronas que por virtud de su temperamento liníático, son tan 
apacibles 6 inocentes como las cochinillas, y hacen muy buenas tías 
por que de todo ha de haber en la viña del Señor, pero justo es- cofi- 
fesar que son escepcioues y pocas. Tres son las épocas de la muger 
A los quince, desprecia; á los veinte y cinco, escoge y 4 los treiirta' 
arrebata: los cuarenta son las termopilas del Matrimonio. IPobre de 
la que llega á ellas sin haberse maridado, qué larga cosecha le éépe- 
de aburrimiento y amargura; Y tendrá que armarse de una ^J^^^^' 
cion heroica para atravesar la vida sola y doncella, ostigadade piral 
zadores deseos, y convidada á un inmenso festiri en que no puede 
{m)bar bocado, nulo en ella el santo germen de la maternidad qttis 
tan bellamente corona la encanecida y venerable cabeza de m Ma*- 
(dre de familia en los últimos dias de la existencia^ 

Vírgenes encantadoras, que desvanecidas por falaces ilusiones 
dejais escapar los sonrosados abriles de vuestra edad^ la solterona^s 
un espejo donde debéis miraros, para que no os abisméis en el pre- 
cipicio de la soltería; vosotras venis áeste mundo á llenar una misíof^ 



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—117— 
santísima; rico venero de castos goces será para vosotros la materni- 
dad, y á la par que llenéis un precepto del Altísimo, cumpliréis con 
un deber social alcanzando !a ventura inefable de doblar vuestra 
existencia, en pro de la sociedad que os consagrará un homenage de 
respeto, negado siempre á la estéril Solterona^ que cruza este mundo 
sin dejar ui leve huella de su paso. 



J. V. Betuttcoart. 



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El [FllólKlilI g^MAi®, 



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IX PEÓN DE GANADOS. 




Il conductor ó peón de ganados, ejercicio á 
I que se dedican no pocos campesinos de esta 
[venturosa Isla, adquiere costumbres dignas de 
[ocupar la pluma del escritor de ellas; su natu- 
^ raleza fisica también se modifica por este ejer- 
cicio y su mas 6 menos perfecta descripción nos corresponde, para 
llenar con ella las páginas de la obra en que nos pintamos. 

La parte central de esta Isla compuesta la mayor parte de inmen- 
sas llanuras á sabanas se halla casi sin cultivo y dedicada á la crian- 
za del ganado principalmente al vacuno y de cerda, que ha de pro- 
veer las poblaciones para el alimento de sus habitantes 6 bien de las 
fíncaSf para auxiliar en sus faenas al laborioso agricultor. Para su 
conducción de las piaras desde las fincas á las poblaciones tenemos 
al peón. 

Vestido á la usanza de nuestros guajiros, solo que las alas de su 
sombrero son algo mas anchas sirviendo mas bien de quita-sol; que 
no usa el machete y que marcha siempre á pié, que une al atavio 



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_-120_ 
ammpedíno ana pequaha cuerda que le sirve de látigo para arrear el 
ganado, y una pequeña jicara de i^üira agujereadi y colgada á la es- 

Í>aÍda; en su lenguage, en sus ademanes, es idéntico á aquellos, pero 
as circunstancias de su vida de continuo movimiento, le hacen ad- 
quirir hábitos y costumbres peculiares. En su naturaleza física ad- 
quiere un desmedido desarrollo en sus estremidades inferiores, causa- 
do por el paso acelerado que emplea cuando después de conducir una 
piara retorna en busca de otra al ho^ar doméstico, empleándolo para 
salvar en corto tiempo largas distancias; este paso, que es una carre- 
ra corta y que la efectúa doblando con fuerza y muy á menudo las 
piernas sobre los muslos, pone en movimiento acelerado solo entas 
partes de su cuerpo, dejando casi en quietud las pectorales y por con- 
siguiente libre la respiración. Con este paso y cantando 6 silvando, 
anda hasta doce ó catorce leguas diarias; su semblante siempre alegre, 
siempre complaciente; sale de su morada para no volver á ella hasta 
tal vez después de muchos meses 6 años y recorre las haciendas has- 
ta que encuentra colocación, y por un estipendio diario se hace car- 
go de conducir las reses 6 cerdos, adquiere una ligereza estraordina- 
ria; su mirada domina las fieras; se aproxima al toro mas bravo, lo 
coje por la cola, le da tres ó cuatro vueltas y la bestia mas poderosa 
en fue^.as queda dominada por las menores del hombre dirigidas por 
BU inteligencia, cae á tierra y allí eldii'stro peón si juzga que labes- 
tía :pU^de hacer daño en su tránsito con sus afiladas astas; se las cor- 
ta, quitándoles la punta; otr<iS veces ata sobre su cerviz un madero 
que sobresalga á las aftta«y que impula pu^da ofender con ellas. Li- 
gero como un ciervo salta las cercas y zanjas en persecución del es- 
carriado animal, y si no le alcanza en la carrera, le tira el lazo y don- 
de puso la vista cae este y queda aprisionado el fugitivo. 

Si un objeto nuevo se presenta á la vista de la piara ée teres, es- 
tos se asustan ó espantan y entonces el peón los aquieta lu^iy fápil- 
mente: procura reunírlos y ya que lo consigue permanece eii aquel 
punto hasta que llega la noche; enciende entonces multitud de fo- 
gueras al rededor del ganado consiguiendo de esta manera tranqui- 
lizarlo lo que conoce se ha efectuado al ver que los toros van echán- 
dose y dando fuertes mugidos. 

El peón no camina todo el día; solo emplea en este ejercicio las 
horas de la mañana hasta las nueve, descansando y procurándolo 
mismo al ganado para lo que elige puntos que tengan bi^enps pastos 
y aguada: regularmente hace su jornada de manera x^ue pasa la no- 
che en algún corral de los que muy á menudo encuentra en su trán- 
sito. 

' Nuestro descrito es ademas comerciante; conduce dulce de guayaba 
6 queso de tierra adentro, artículos ambos tan apreciables para los go- 
losos, y esto le proporciona unir algunos realejos mas á los que en su 
oficio gana y que jamás le acompañan mucho tiempo, pues apenas 
llega á algún pueblecito 6 caserío, cuando bien á los gallos, bien á 
los naipes los vé desaparecer uno á uno, v tan contento como antes 
de perderlos continúa su marcha, de modo que nunca sale de su es- 
tado de pobreza y lo mismo tiene el dia en que principia su ejercicio 
que él de su muene, pudiendo, si ahorrase conseguir un patrimonio 
con que pasar sus últimos años, pues gana mucho y en poco tiempo. 
Al atavio que anteriormente describimos, debemos añadir como 



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—121— 
un objeto indispensable la hamaca, que un9s veces se vé colgada de 
dos árboles fVondosos, con colgaduras vegetales, otras en la misera^ 
ble barraca de un sitiero, otras en el salón de una taberna, conte- 
niendo al fatigado peón que en pocas horas de sueño recupera las 
fuerzas y se dispone á hacer nueva jornada. 

Cuando dos ó fnas peones se reúnen eñ una de esas tabernas de 
nuestros caminos, después de remojnr sus gargantas, unos con lico- 
res espirituosos, y los mas con agua y azúcar, pues nuestros campe- 
sinos por lo general son sobrios, forman su tertulia y pasan horas en- 
teras, bien en la relación de sus aventuras, bien en la descripción de 
tal 6 cual res mas 6 menos hermosa, mas 6 menos indómita. Allí se 
refieren las hazañas tauromáquicas, algtinas amorosas, pues el peón 
ama aunque su amor es tan ligero como su andar; allí se aplazan para 
encontrarse en eí siguiente viage, allí en fin cuentan sus pérdidas y 
ganancias en su empleo y en el juego, pasión que generalmente los 
domina. 

Sin hogar fijo pasa sus dias; por rareza entra en el estado matri- 
monial y si acata el santo yugo, entonces deja el violento oficio y en 
un sitio de labor ó de crianza se convierte en tranquilo agricultor. 

Un peón de ganado en ün guateque, changüí 6 baile de zapateo-, 
goza y sirve de gracioso y original espectáculo; al mismo que zapa* 
tea imita las acciones que ejecuta al conducir su piara; vocea al ga- 
nado, lo silva, lo arrea; se despoja de su látigo 6 pihuela la hace es- 
trallar y aquellas piernas tan fornidas se mueven con una estraórdi- 
naria agilidad. 

El peón de puercos solo se diferencia de el de reses en qtie sus 
trabajos no son tan escesivos, y su vida no tan espuesta, no obstante 
no se vé libre del afilado colmillo de algún berraco: persigne al cerdo- 
so animal, lo derriba con maestría, le saca 6 parte los colmillos. Nin- 
guno tuesta un lechon, ahuma su tasajo 6 forma morcillas tan bien 
condimentadas como un peón de puercos. 

Si oís por la noche en medio de su silencio, que «no de estos 
hombres alza la voz mas 6 menos agradable y bien á secas, bien acom- 
pañada del tiplecillo canta amorosas décimas, no creáis lo hace por 
dar serenata á alguna bella, por distraer sus penas 6 por alternar, cílal 
los antiguos pastores con otro rival en filarmonía; no: su idea es otra; 
pretende aparentando no tener miedo distraer el que le asalta, porque 
en medio de su fortaleza, de su intrepidez, la superstición le domina 
y cree en fantasmas y duendes ó cosas malas, nombre con que clasifi-^ 
€an*esas visiones que forman la exaltada imaginación cuando la ilus- 
tración no ha variado sus primitivos arranques; 6 bien cuaindo aque- 
llas son efecto del buen humor de algún gracejo que quiere divertirse 
á costa de la ignorancia 6 de la inoc*encia, y un hombre, que, machete 
en mano se defenderla ó acometerla á uno ó mas, tan valientes como 
él, tal vez á la vista de una simple sombra temblaría como un azo- 
gado. 

Cuando un peón de ganado viene por primera vez á. la capital» 
el espectáculo nuevo que se le presenta lo azora, no es estraño verlo 
hecho un estafermo ante cualquiera tienda de fruslerías, boca abierta 
sin reparar en los carruages que pueden atropellarlo, y abstraído en 
•fijar toda su atención en un fútil é insignificante obieto. Si entra en 
un carruage no sabe que posición tomar; las calles le parecen estre- 



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—123— 
chgs y tcroe al ver otro vehículo que se aproxima, vaya á chocar con 
el que le conduce. El lujo, la música le pasma. Su educación es nula, 
pero sin embargo aun cuando no haya saludado la ciencia del cál- 
culo, nadie al ajustar cuentas con él se quedará con un medio real 
suyo. 

Ya manifestamos la sobriedad en las bebidas; pero el café lo to- 
ma, como vulgarmente se dice^ por agua común y mucho mas cuando 
viaja satisfaciendo este apetito cada vez que UeKa á alguna taberna ó 
sitio de algún amigo. Su comida es compuesta del indígeno agiaco, y 
su desayuno de tasajo y plátanos fritos 6 asados acompañados una 
que otra vez del arro£. 

Hasta ahora nos hemos ocupado del peón sin hacer mención de 

su compañero inseparable: el perro no ha sido un olvtdosi.no que 

por razón natural hemos querido hablar primero del racional y des- 
pués del irracional, aunque si atendiésemos á la fidelidad de esta cla- 
se de animales, fidelidad intachable, no debiera ser postergado. 

El perro del peón, genei^lmente llamado vueltabajero^ largo de 
piernas y hocico, angosto de cuerpo y parecido al lebrel del que es 
descendiente, participa de las penalidades y trabajos de su dueño, 
come sus sobras, atraviesa las sabanas, trepa los cerros en busca de la 
res descarriada, combate con ella hasta traerla al corral y muchas 
veces teñido en su sangre no abandona el puesto,' hasta conseguilo. 
Es de una inteligencia despejada y la educación que ha recibido de 
su diieño lo hace de un inestimable precio. Guando entra en algnn 
pueblo lo ata á Idi pihuela y sigue á su dueño pacífico y obediente. Un 
peón sin su perro no es nada, lo quiere por necesidad y por cariño: 
es compañero de sus penalidades lo es también de sus goces; c^ando 
mata un puerco las primeras fracciones que se desprenden sonpara 
el perro que de pié y con suma atención sigue con la vista el movi- 
miento de su dueño y si este se separa del animal muerto, lo deja al 
cuidado de su perro firmemente convencido de que nadie lo cuidará 
con tanta fidelidad. 

Si la suerte sonríe para el peón y económico reúne algún capi- 
tal, deja la vida intranquila y ya no es el simple conductor sino que 
dueño de una finca cria y vende las reses 6 puercos. Pero gene- 
ralmente no sucede esto, sino que como digimos al principio tanto 
tiene cuando empieza su oficio como el dia de su muerte. No conoce 
la ambición y la idea del mañana por rareza le asalta; y ¡cuantas de- 
sazones en el hogar doméstico no le proporciona ese despego, esa 
indiferencia. Prescinda en buen hora de la pérdida material de su pe- 
queño caudal; la tierna esposa y el inocente hijo tal vez por su causa 
se verán sin un pan y sin un vestido, sus canas no se peinarán con 
tranquilidad, sino que una á una caerán con el peso de la miseria y 
de los pesares y un mal haya siempre será tarde. 

Si por el contrario, en su penosa peregrinación lleva siempre la 
idea de la economía, el pensamiento del porvenir, aquellas jn»mas 
canas lucientes como lá seda serán bendecidas y besadas con respeta 
por su prole, y rodeada de ella apurará los goces domésticos cobijado 
por la c^sa que fabrico con sus callosas manos y comiendo las pro- 
ducciones de la tierra que labró al son de sus campesinas canciones 
y regada pojr el sudor 4e su frente. 

fiAiUQii Y Biomles. 



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EL PICA-PLEITOS. 




ste es tin tipo que ge puede decir peculiaf al 
foro cubano y de consiguiente í pertenece á la 
publicación de Los Cubanos pintados por sí mis* 
mos. ¡Cuidado con el azote de la critica! Mi áni* 
tno no e» al tocar los vicios, defectos y ridiculeces del pica-pleitos^ 
emplearla amarga sátira ni el descrédito contra la noble profesión 
áe la Abogacía, ni de los necesarios y honrados empleados^del foro 
con quienes me ligan hermandad y simpatía. Yo solo aspiro*, al pre- 
sentar el tipo que me ha tocado pintar, á que quedes Complacidoi 
querido lector, y no enojado. 

Mi pica-pieitos existió, (ahora puede considerarse como un tipo 
perdido) no lo dudes, y su retrato como el^de los grandes hombres, 
no es masque una sombra que sigue al cuerpo, y las negras tintas 
de que se vé adornado, no son obra de la persecución, de la critica 
y de la calumnia que se desvanecen con el tiempo: el pica- pleitos 
siempre aparece en su misma y verdadera figura; sus vicios lo hicie' 
roh ridiculo, sus vicios nos lo presentan bajo el mismo aspecto hoy 



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dia, y donde quiera que aparece este murciélago forense, es batida, 
es perseguido y es odiado, habiéndose hecho inmortal por sus mis- 
mos defectos, por sus mismos desórdenes, por su inmoralidad, A la ma- 
nera que á un hombre cruel lo inmortalizan también sus escenas san- 
grientas; á un escritor, la hiél amarga que destilan sus escritos y aun 
famoso envenenadorsusponzoñosasconfecciones. Al pintarte un pica- 
pleitos no puedo hacer otra cosa que retratar todos sus vicios, por- 
que estos son sus rasgos, su fisonomía. Todos los pueblos tienen sus 
defectos, todas las clases sus vicios; es necesario presentarlos en to- 
da su deformidad para corregirlos. 

Pica-pleitos quiere decir embustero que usa de tracamandería, 
enredo y trampa. El pica-pleitos es, pues, la mentira encarnada, por- 
que tiene que vivir de ella y de la candidez del prójimo; se arrastra 
como la culebra para introducirse en las familias, tiene la astucia de 
la zorra, el olfato del perro, la humildad del cordero, el corazón del 
íigre, las garras del buitre y las piernas del galgo. Es la divinidad 
maléfica que Júpiter arrojo del cielo, la discordia en fin, que se com- 
place en arrojar la terrible manzana entre los mortales, consistiendo 
«u mayor gloria, en dejar ásu cliente y al contrario, como dicen que- 
dó el gallo de Morón: sin plumas y cacareando 

Con esta descripción aunque pálida y desfigurada, podrás cono- 
cer, lector ó lectora mía, al pica-pleitos. Son como el alguacil, tienen 
una sola fisonomía; conocido uno, ya están vistos los demás. 

Tomaré por tipo á D. Aniceto llascabolsa y en él te daré una 
muestra histórica del pica-pleitos cuba)io, original que existió en la 
fuerza colosal del foro y que suele aparecer aun, entre las débiles rá- 
fagas que en su moribundo estado despide. Dificil es estinguir los 
males en este picaro mundo, cuandoestos están siempre en la balanza 
con los bienes. Desde que el hombre comió la fruta del mal, cuesta 
mucho trabajo inclinarlo al bien: todas las historias lo están justifi- 
cando. 

Del sustantivo femenino j^ica y del masculino pleito se compone 
el nombre de nuesn'o héroe. Estos dos sustantivos se encontraron y 
la niña jjtcflf, tuvo que habárselas ton el yoven phito y de tan estraña 
unión nació el pica-pleitos para envolvernos con sus enredos, para 
herirnos con su lanza. 

Apenas hablaba pica, ya murmuraba el qwi dis^o y el como pide. 
•^usjuegos infantiles fueron con papel sellado de distintos años que 
6U padre picapleitos también guardaba para los casos pretéritos, y 
con ellos nacia sus cometas y sus María Garda, Se le puso á la escuela 
en Belén y cuando leia en proceso b letra de pluma, entonces su inclina- 
ción le guiaba á hojear y leerlos autos que su padre tenia ocultos en 
el aposento para el despacho diario y para sepultarlos, si asi conve- 
nia á sus intereses; y de esta forma creció Rasca-bolsa en años y en 
saber, poniéndose en disposición de emplearse en cosas mas serias y 
en tomar carrera, huyendo de los oficios que deshonraban y daban 
pésima idea del joven queá ellos se dedicaban. 

Todos sabemos que la escuela práctica de los pica-pleitos estaba 
en los portales de Gobierno, en las escribanías, en llevar la pluma á 
un letrado 6 la agencia de su estudio. Rasca-bolsa eligió una escriba- 
nía y por influjo de su padre entró de escribiente de un oficial de can- 
osas que en aquel entonces tenia mas procesos corrientes en su esca* 



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parata y tasaciones de costas pascuales^ que recetas un boticario, que 
esperanzas una Joteria. Allí se formó esa larga lanza que tantas vlcti* 
mas Uabia de inmolar; allí aprendió Ya tramitación de los juicios, cuan- 
do se suplicaba ó apelaba, aquel estira y afloja que tan gran renom- 
bre ha dado á los de su clase. Allí aprendió á formar articulaciones 
por cada palabra, por la menor providencia, poniendo en planta cuan- 
tas eseepciones dilatorias y perentorias pudo intentar la malicia para 
convertirlas e» otras tantas tretas forenses, alar|i;ar los pleitos y hacer 
de cada uno de ellos una verdadera California. Allí aprendió el nombre 
de los códigos (que leyes demasiadas sabia), allí aprendió la fórmula de 
hacer escritos, de citar doscientos autores y sus doctrinas imaginarias, 
de contar en ellos novelas eternas, de hablar de todo menos del pun- 
to demandado, de los renglones de que habia de constar cada llana, 
cabiendo, entre renglón y renglón; un difunto con su urna á lo Gui- 
llot. Allí conoció á los testigos falsos de profesión; de ellos formó un 
catálogo y el arancel con arreglo al cual se pagaba effalso testimonio 
de cada uno de esos testigos atendida la entidad de la causa y ef di- 
cho. Allí conoció á los letrados que solo por debilidad (bien punible) 
8e prestaban á autorizar los injuridicos pedimentos de los desmorali- 
zadores del foro, conocidos con el nombre de pica-pleitos. 

Ni el médico chino xCon sus brevages de rabo de zorra y rementa 
caballos^ llegó k tener mas clientela y renombre de sabio, que Rasca- 
bolsa. Como buen pica-pleitos y conforme á la descripción que de él 
te he hecho^ con ese olfato delicado rastreaba los negocios que según 
el lenguaje de pica estaban al cuajo^ y por medio de astucia y de su co- 
hoite, lograba que se le encargase de la dirección. De su cohorte, si, 
rodeado está siempre el pica-pleitos de cierto tiúmero de hombres que 
viven de su mesa y de su bolsa. El oficio de estos es encomiar por 
todas partes su saber, desinterés y virtud, fingiéndose sus clientes. 

Si se habla de algún negocio, responden ellos: (porque en todas 
partes se hallan) si los manejara el Dr. Rasca-bolsa, de seguro obten- 
dría la parte el triunfo. ¿Y quién es ese Doctor tan milagroso? le pre- 
guntan. — Un joven llegado del Guayabal^ que jamás ha perdido plei- 
to, pues el que no gana lo hace tablas: que tiene relaciones estrechas 
con los Alcaldes ordinarios, con los asesores voluntarios y los de go- 
bierno, con los escribanos, con los oficiales de causas, con los escri- 
bientes y con las mesas de las escribanías; que hace de la noche día, 
de lo blanco negro, que todas leyes las tiene en la uña, y le dice dos- 
cientas desvergüenzas al pinto de la paloma y si se ofrece hasta con 
el garrote pleitea ^c. &c. 

Así se propaga por esos mercenarios, por esa corte de vagos de 
que se rodea, la fama de sus proezas y con una reputación y un títu- 
lo usurpado engaña, triunfa y desmoraliza la mas noble profesión. 

Una délas principales cualidades del pica-pleitos es la de no sol- 
tar dinero que haya tomado. Supe de un pasage muy célebre de Ras- 
ca-bolsa, que acredita esta opinión. 

Un hombre del campo (común clientela de los pica pleitos^ fué 
llevado á la presencia de nuestro héroe, que, sentado al frente ae su 
bufete, con chinelas, gorro negro y bata de florones azules, en me Jio 
de papeles y libróte» en folio, con voz ahuecada y como canto de sa- 
cristán, dictaba una indigesta querella, por la bofetada que á un ne- 
j^ro jesjcJayo habia dado el bodeguerq de la esquina del Culebrón. En- 



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— J20— 
trc) el guaUro con su calzón de canutero^ quimbo al lado, pañuelo de ma- 
dras atado á la cabeza, otro tendido al cuello y dos en los bolsillos de 
}os pantalones y encaraeolando el sombrero entre las manos dijo: 

— Dios me lo guarde Dolor, 

— ¡Oh amigo! ¿qué se ofrece? siéntese Vd. y diga en que puedo Ser- 
virle. 

— Don Pascual Perdigones me ha deregio acá pa que el señor Do- 
tor me defienda un pleitecillo que se me ha armao. Yo soy Benve- 
ñuto Coltiiillos, mayoral del ingenio del I\]amey y tengo que reclamar 
una vaca al del Caimito, por haberla insurpao y estraio del potrero 
Hoyo colorado, y estoy determipao á epHarle papel sellao como per- 
ro, porque yo me gasto pleitiando como cabito de vela. 

— El negocio es peliagudo, dijo Rasca-bolsa, mas jo rae har¿ cargo 
de la discordia de la vaca y convertiré en un sebo á su contrario de 
Vd., lo pudriré en una prisión y de Vd. será la victoria, pr|^via la ga- 
rantía de diez onzas de oro para espensas y en calidad de por ahora. 
Todas las ofertas agradaron á Colmillos, 'pero la garantía le hizo 
abrir tamaño ojo y todo mohino, llevándose la mano á la frente y ba- 
jándola á la faltriquera del pantalón, saco las tristes diez medallas y 
las soltó sobre el bufete. £1 pica-pleitos grita al escribiente: 

— ¡Juaniquito coje ese chayóte y dobla papel. 

Empezó el escrito y á los doce pliegos viendo el guajiro que to- 
davia no se mencionaba la vaca^ gritó: 

— Dotor, ugté no ha mentao la vaca. 

— Ya encontraremos la vaca en el potrejro. 

Y el escrito se concluyó y la baca no se mencionó. 
Al siguiente dia volvió Colmillos y le dijo que estaba tranzao y 
concluio el pleito: que se cobrase su escrito y le entregase el resto de 
)as diez onzas que le dio para las espensas. 

^¿De qué resto habla V., pecador? 

— De las diez católicas que le di ayer. 

— Ya eso est«i pasado en autoridad de cosa juzgada, señor Colmi- 
llos, Vd. debe saber que hay una ley que dispone haga el abogado 
puyo todo el dinero á quien pone la mano encima, y mas fácil será 
pacar un muerto del sepulcro que un peso de mi gabeta. 

— Pue yo no he oio eso, ni al capitán de mi partió que sabe mas 
leyes que un libro. 

—Pues mire Vd., dijo Rasca-bolsa cogiendo un libróte del bufete, 
y preguntándole si sabia leer (constándole que no) se le acerca, lo 
abre y lee. Esta es la ley 1040, título 200 d e la partida 80 que dice así: 
**Toda cantidad sea en oro ó plata que el vocero le ponga la mang 
^ncíma por ende \d^faga suya^ 

— jCanario! gritó Colmillos, si yo hubiera sabio ese por cnéf«, usté'á 
pií no me foguea. jQué ley de los demonios! murmuró y se marcho 
para no volver á pleitear en toda su vida. 

El pica-pleitos es un Proteo que se reviste de todas formas, él 
todo lo revuelve, todo lo vé, todo lo ¿abe, en todas partes se encuentra, 
i^op. la agilidad de sus piernas corre, vuela y jamás ^e rinde. Ya se le 
unirá (disputando en los portales de Gobierno donde sienta sus reales 
desde las doce hasta las tres de la tarde, ya en las escribanías, sobre 
la demora en el despacho, y ya en las puertas de los tribunales, brin- 
cando á unos y á otros su asistencia y protección, atizando la tea de 



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—127— 
la discordia, y dé allí no se separa sin llevar algún garhancito en el 
puchero o anal palomita según d¡(;en ellos. 

También se le vé en la Cárcel, en esa mansión del crimen y dé 
la desgracia donde el pica-pleitos viene á engañar al miserable preso 
y no lo deja hasta que no le arranca con su última esperanza, su úl- 
timo medio. El pide para gratificar al escribano, al abogado comisio- 
nado, paia un sombrero al oficial de la causa, promete libertad, arre- 
glo de penas y de esta manera ejerce una estafa vil y miserable,, sa- 
crificando la buena reputación de los ministros del foro. La paz de 
los matrimonios, la desobediencia de los hijos, la acusación del esclavo 
contra su dueño, todo está bajo la jurisdicción de\ pica-pleitos; y don- 
dequiera que se vé un testamento falso, una firma suplantada, una 
reclamación injusta, una ruina ocauonada por un temerario litigio^ 
el llanto del huérfano, la queja de la viuda, se puede asegurar que 
por allí pasó el viento mortífero del pica-pleitos. 

jY qué, un ente de esta clase, no tendrá mas que vicios? pregun- 
tarán los que me lean. Yo he pintado al pica-pleitos en su ejercicio 
queno tiene mas que una faz, la mentira y la estafa; he pintado á un 
hombre que hollando la ley y usurpando el derecho de defensa que 
los estudios, la práctica, la moralidad, los años y la ciencia dan al que 
se consagra esclusivamente á ella, comete un delito y arruina á sus 
semejantes, llevado de la codicia y sed insaciable del oro: he pintado 
á un vago que por medio del embuste y la mas refinada trapacería, se 
introduce en el santuario déla justicia y profana sus mas santos de- 
rechos. Yo he pintado á este ente que todos conocen bajo el odio- 
so nombre de pica-pleitos, y no al abogado cubano, de costum- 
bres morigeradas, de corazón leal y generoso. A otro le ha tocado esa 
tarea y espero que al leer mi pica-pleitos mire en él un tipo conoci- 
do en todas partes donde se emplea el derecho de defensa y que en- 
tre nosotros se tomo esa especialidad que he descrito, por las corrup- 
telas, abusos y mayor facilidad de ganar dinero que habia en aque- 
lla época. Mas ya paso para no volver jamás y si por desgracia sé 
presenta el nubarrón de pica-pleitos en nuestro foro, su existenciaí 
será tan corta como lo serán sus conocimientos en la noble ciencia dé 
la legislación. 

Andrés López Consuegrra/ 



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SL O^L/hm^^©Q, 



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EIi CALAMBUCO. 




elalictflieo por deínás ó-éñando /neíios ca-^ 
lambuco ha de ser el benévolo suscritor á Loé 
Cubanos pintados por sí mismas^ que no se son- 
ría al leer tan sólo el titulo que encabeza esté 
mal trazado tipo. ;£! calambuco! Confiesa 
I que algo pesada es la carga que rae he echa- 
ndo á cuestas y aun temiendo estoy que todo^ 
• el gremio de ultra-dérotos, á pesar de su apa- 
rente mansedumbre y calculada toleranciai 
me aguarde furibunda en la esquina de una 

__^^ iglesia y amen de algunos piropos pocogra^ 

tos al oido, medé uiía leccioncita práctica de garrote, vulgo paliza^ 
lo cual, entre paréntesis, eu el siglo ilustrado en que vivimos, cons- 
tituye uño de los argumentos sino mas lógicos, al menos mas sólidosr 
para interpelar al prójimo que se atreve á escribir verdades como pu- 
ño y á pinftar un tipo social tal cual es^ con sus pelos y señales, con 
sus flaquezas y miserias. Al paso que camina ó mejor dicho vuela eí 
siglo XIX, merced á la universal tolerancia en todas materias, en 
tez de pronunciar útiles y razonados discursos en las respectivas cá-^' 



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inaras legisíadoras de las naciones, en vez de interpelar al poder ej^" 
cativo con palabras, cada diputado, armado de un hermoso garrote 
semi-tranca, sostendrá su opinión, manifestará su profesión de fé y 
sus principios &c. &c. El escritor de costumbres tendrá que renun- 
ciar á trazar tipos y caricaturas sociales, á no ser que estime en poco 
«US costillas ó que maneje alternativamente la péñola y el garrote. De 
poco 6 nada le servirá manifestar la pureza de sus intenciones y el 
espíritu morigerador que le guia en obsequio de la sociedad cuyos vi- 
cios trata de corregir, '^'.a sociedad, le contestarán, es ya demasiado 
vieja para enmendarse. Ueciba V., hermanito, esta paliza á reserva^ 
para enseñarle á vivir y á respetar las costumbres establecidas." 

Ahora bieiH querido y /^a^ano lector, ¿creerás tú que el mísero es- 
critor de costumbres se considere al abrigo de los tiros de las muge- 
res á quienes pinta en su albunú No por cierto. No hay que temer pa- 
lizas, seguramente, por parte del bello sexo. Si es fama que allá en 
Europa gastan algunas mugeres navaja ó puñal, en esta buena tierra 
de Cuba, amen de alguno que otro arañazo, pellizcos 6 cuando mu- 
cho algún sendo coscorrón, las hijas de la Reina de las Antillas des- 
fogan su ira con la ay! con la lengua; y no sé que decirte, lector 

de mi alma, si no es aun mas terrible que el garrote esa arma que 
manejan las hijas de Eva con una maestría digna de mejores resulta- 
dos. Oh! no soy yo quien lo dice; es nada menos que un gran filosofo, 
viudo por mas señas y que tuvo suegra que es otro ítem mas. No de- 
bió sin duda quedar, después de la muerte de la difunta muy aficio- 
nado al bello sexo fno conocía á las bellas suscritoras a Los Cubanos 
pintados por sí mismos) cuando dijo: ^^Malo periculosam serpentem quam 
quietam mulieris linguam,^^ lo cual traducido al castellano, quiere de- 
cir, que mas vale habérselas con una culebra venenosa que con una 
muger callada. Y si esto se refiere poco galantemente (perdóneme el 
buen filósofo) á las mugeres cuando no dicen: "esta boca es mía** 
(cosa asaz rara) ¿cüán tremenda no será una hija de Eva charlando 
y mirándose agraviada, tal cual es, en el verídico y claro espejo que 
le presente el" escritor de costumbres. — Ah! picaro! ah! desvergonza- 
do escritorzuelo metido á predicador; ¡Atreverse á insultar á una se- 
ñora, como yo que cumple con los preceptos de nuestra santa reli- 
gión! Herege! Bribón! ¡Yo que oigo misa todos los dias! ¡Yo que has- 
ta con jaqueca, con la punzada de clavo, con el histérico voy á con- 
fesarme cada dos dias con el padre Chanito, tanto que muchas veces 
no tengo ni aun el mas leve pecado venial que revelar al confesor! 
Perro atrevido! ¿Quién me hace el favor de prestarme unas tigeras ó 
una tranca? Yo le enseñaré á faltar de un modo tan indecoroso y aun 
insolente auna señora, á una esposa, como quien dice, del Señor; pues 
á haber tenido yo dote, estaría, hace tiempo, en un convento. Dios 
se lo pague á mi padre que se casó en segundas nupcias y al bueno 
del escribano que corrió con la testamentaria de mi madre. 

Sin embargo, en medio de los sinsabores que esperimenta el es- 
critor de costumbres, una idea halagiieña, una dulce esperanza le con- 
suelan en sus enojosas tareas, particularmente si acaba de diseñar el 
tipo de una muger, de la suegra, verbí gratía, ó de la solterona, ó de 
la vieja verde ó por fin de la calambuca, de cuyo tipo me ocuparé qui- 
zás mas adelante. Veamos cual es esa idea, cual esa esperanza. 

Al verse pintada una muger con toda £delidad en un cuadro, se 



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morderá lod labios, echará pestes contra el demasiado fisonomista 

f>intor, cuyo verídico é imparcial pincel ha puesto en su natural re- 
leve arrugas que e!la creyera imperceptibleí». La reflexión, hija de 
una pequeña dosis de juicio, de la cual casi todas las mugeres están 
provistas, hará, que, siempre que no la ciegue el amor propio, una 
coquetona, por ejemplo, ó sea una vieja verde, al fin y al postre y des- 
pués de mil muecas y remilgos, perdone generosa al pintor, en gracia 
del buen colorido y de la ligereza de las tintas del cuadro, con tal 

que e) artista ñola haya pintado fea ^Feaü Ave M aria 

Purísima! Todo lo perdonan las mugeres menos que las pinten feas. 
Ese es el consuelo que anima al escritor de costumbres; esa es la es- 
peranza que tiene en la indulgencia de las mugeres. Su misión mori- 
geradora se reduce á atacar las deformidades morales, no los defec- 
tos que nacen con nosotros 6 que son hijos de casuales eventos. Un 
escritor de costumbres no llamará nunca fea á una muger. Dios le 
libre! y por otra parte ¿con que obgeto? Harto feas son, moralmente 
hablando, una muger, una suegra, por ejemplo, que todo el saníto dia 
esté haciendo rabiar á su misero yerno, hasta el estremo de volverle 
lazarino,' 6 una niña coqueta que con sus remilgos y falsas palabras 
cause la desgracia de un apreciable joven que creyera incauto en 
halagos y juramentos de amor. La naturaleza, en sus misteriosos ar- 
canos, nos presenta las mas terribles é indómitas fíeras engalanadas 
con preciosas y matizadas pieles. Admiramos al magnífico tigre, al 
pintado leopardo, á la hermosa onza, pero huimos lejos de aquellos 
monstruos, porque no corresponde á la belleza de hus esteriores for- 
mas la Índole feroz que los constituye el terror de todos los seres de la 
creación. El pavo real, con su radiante cola en la que se reflejan á 
porfía los colores varios del .^rco iris, es el símbolo de la vanidad y 
de consiguiente de la ridicula presunción, de la tontería en pasta y 
no digo con plumas, porque podria muy bien ponerse brava contra 
mí toda la cohorte no floja, en número se entiende, de literatos, soit 
disanto que, sin mas méritos que su demasiada indulgencia para con-^ 
sigo mismos, porque hablan y escriben en estilo pomposo y usando 
altisonantes palabras huecas de sentido y remontándose en verso o 

en prosa á la altura de los disparates, se lienen ellos mismos por 

unos hombres eminentes en literatura. 

Basta, empero, de digresiones y ocupémonos del tipo que está 
á mí cargo. Dios ilumine mi mente y guie mí débil péñola, no sea 
que se arme contra el que suscribe este artículo igual polvareda 
que la que contra el apreciable escritor Salantis dio lugar á un sin 
número de artículos tan mal escritos como intolerantes. Todo con- 
siste en que el Diablo, símbolo de la envidia y de la soberbia, tire de 
la manta y haga verlo blanco, negro. Empecemos nuestra ardua ta- 
rea. 

En el diccionario general de la lengua castellana, entre varias 
definiciones, hallamos la siguiente con respecto á la palabra Beato: 
"santurrón; y si bien nosotros usamos en el mismo sentido esa voz, 
con mayor frecuencia empleamos la palabra ••Calambuco," cuya de- 
finición se encuentra en el útilísimo diccionario provincial de nues- 
tro ¡lustrado paisano D. Esteban Pichardo, espresada así: ^^Lapersof 
na que se dedica 6 egercita mucho en cosas de iglesia 6 místicas,^* No esplír. 
ca, empero, el cubano escritor el origen de aquella palabra. Con todo. 



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(quiéá'no d^ljelo qtie significa esa voz provincial) Itasta lod mucha* 
cnos que van á la escuela 6 los negritos que juegan á los mates en la 
calle, cuando ven pasar á nuestro tipo, se miran, se sonríen y escla^ 
man en coro: a\ú vá D. Santiago el calumhacol Si acierta á oirlos Don 
Santiago, Les echa una mirada amenazadora refuufunando: ¡Qué jn^ 
ventud! jQué juventud! La sociedad está completamente desmoraK-r 
«ada y corrompida! No tienen estos pillos la culpa, sino sus padres.. < 
ah! en que siglo vivimos! 

Dice nuestro héroe y entra en la iglesia, toma agua bendita, se 
santigua y va á arrodillarse al lado del altar donde están á la sazoa 
celebrando el santo sacrificio de la misa. Vedle puesto en cruz, lla« 
mando la atención general con sus ademanes de verdadero energú- 
meno, dándose en el pecho sendos golpes que retumban bajo las so- 
noras bóvedas del templo como unos cañonazos de á treinta f eei» y 
cuyo estruendo es causa, no pocas veces, de que despierte alguna que 
otra vieja cotorrona adormecida bajo el peso déla meditación 6 m^or 
dicho del sueño, si es que madrugara aquel dia mas de lo acostum- 
brado. 

Nuestro tipo ó sea D. Santiago, con u« libro de devoción en la 
mano, al parecer absorto en la sagrada lectura de los misterios de la 
pasión del Salvador, está, no obstante pendiente de cuanto pasa en 
la iglesia. Si se apaga una vela, la enciende; si entran en la casa de 
Dios algún negro que viene de la Plaza^ cardado con un jabuco lie- 
no de legumbres, 6 alguna negra con una canasta de frutas, nuestro 
héroe, á imitación de Jesucristo que echó fuera del templo á los mer- 
caderes, hace primero señas á aquellos fámulos africanos para que 
despejen y si se hacen los suecos, se dirige á ellos y con palabras á 
veces no muy católicas, les obliga á abandonar el puesto. 

Nuestro protas^onista desempeña gratis pro Peo la importante pla- 
za de perrero y en el ejercicio de este noble empleo, muchas veces, á 
consecuencia de la poca ó ninguna docilidad de que parece hacen 
alarde los canes, se vé obligado á correr ya tras de uno, ya tras de 
otro, ora á salir por una puerta, ora á entrar por otra, sudando tama- 
ña gota, hasta conseguir su anti-perruFio intento. A falta de monigo- 
te, ó por ausencia, ó por enfermedad del sacristán, D. Santiago se 
presenta en la sacristía, llena las vinageras. abre las gavetas, estien- 
de sobre la mesa el amito, el alba, el cíngulo, el manipulo, la estola y 
la casulla; yes de ver cuan ufano ayuda al sacerdote en les sagrados 
misterios. Terminada la misa, cuida de que no se cuele en la sacris- 
tia i^ingun muchacho por demás goloso y aficionado á vaciar las vi' 
nageras y á zamparse las/ormas. Si tal sucede, les echa i^n serrijón de 
padre maestro sobre la gula y acaba por echarlos á punta-pié de la 
sacristía, única peroración, en el concepto de nuestro devoto, capaz 
de hacer efecto en el. . . . pues de los muchachos. 

Si á alguna señora le dá en la iglesia algún desmayo ocasiona- 
do por el calor ó por el olor del incienso ó por otra clase de olor no 
siempre aromático, allí está D. Santiago con un pomito de agua de 
colonia y si esto no basta, va presuroso á la sacristía y ofrece á la se-- 
ñora un vizcochito y una copita de vino generoso. — Dios se lo pague, 
esclama la señora suspirando. Dios se lo premie.... Sr. D. Santia- 
guito^-porque es de advertirse que nuestro héroe es conocido hasta 
de los perros callejeros y obcenos que se cuelan en los templos. 



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—133— 

No pocas veces, empero, son ineficaces el agua de colonia, el 
bhcochíto y la copita de vino, para hacer que vuelva en si la señora 
cuyos nervios están como cuerdas de contrabajo. Entonces recurre 
D, Santiago á las friegas en los brazos, particularmente en el gran 

músculo llamado lagarto. Gomo con la mano digo mal, pues 

justamente dicha operación se verifica con la mano ó cuando mucho, 
con uno de los faldones de la casaca ó de la levita de nuestro héroe. 

Vuelve en sí la señora:— -ayi amigo esclama, siempre tan fino, tan 

obsequioso! .... 

En las fiestas solenines es donde se la luce nuestro buen hombre^ 
En cuanto asoma la aurora su carita de rosa, D. Santiago se afeita^ 
se pasa el peine y aun se toma el trabajo de cepillar su vetusta casa- 
ca negra. Escoje de la colección de antiquísimos pantalones el menos 
roído y cuyas desflecadas trabillas y numerosos zurcidos, cual hoja 
brillante de servicios y testimonio visible de nunca bien cerradas ci- 
catrices, bien acreedoras fueran para conseguir la correspondiente 
jubilación. Nada diremos con respecto al chaleco, por que si bien 
por el aparente color, pudiéramos creer que es blanco, no lo es ydesr 
de luego calculara el menos refinado elegante que su primitivo co- 
lor era azul, matizado con pintas y ramazones blancas, todo lo cual 
testifica el continuo y manual trabajo de la afanosa lavandera. Un^ 
camisa de sencillísima y zurcida pechera, una corbata que in illo tem- 
pore fuera negra, ahora de color de ala de mosca, un sombrero idem, 
unos zapatos idem de idem, constituyen la toilette de nuestro devoto 
y despreocupado protagonista. Ya se vé D. Santiago, á imitación del 
mas rígido anacoreta, es enemigo de la moda, aborrece á los sastres, 
á los sombrereros, á los zapateros, á los camiseros y sobre todo á lag 
madamas, esas hijas de S. Luis, de las que por el número que ha in? 
vadido á nuestra capital, pudiera decijrse con el^oeta: 

Una tras otra madama 
retoña por donde quiera. 

Empieza la función religiosa ¿No le veis en el presbiterio con la 
cabeza erguida, cual si él fuera el patrono 6 el presidente de la fiesta? 
Miradle: allí vá acompañando hasta las gradas del pulpito al sacerdo- 
te encargado del sermón. Mientras vuelve á su puesto saluda á dies- 
tro y siniestro á sus amigos y aun á sus amigas con ademan protecr 
tor y con sonrisa estudiada, vulgo de bailarín de teatro. De paso en-. 
dereza los ciriales, regaña á algún muchacho distraído, contesta á 
dos ó tres preguntas sueltas que le hace alguna calambuca, un si es 
ó no es curiosa, alaba el sermón antes de haberlo oido, y por último 
ocupa su puesto. No bien llega el orador á la peroración, ya nuestro 
buen hombre está de pié, dirigiéndose presuroso hasta la cátedra de 
San Pedro para volver á acompañar al predicador á la sacristía. Allí 
se deshace en felicitaciones, comparando al orador con Massillon, 
con Bossuet, con Flecher y con el célebre padre Lacordaire á quie- 
nes no conoce sino de oídas, pero cuyos ilustres nombres sabe que 
son modelos en La elocuencia sagrada. 

— ¡Qué bien ha predicado V., padrecito! ah! tengo aun los ojos em? 
papados, entumecidos. (Sacando un pañuelo no muy limpio) Oh! cuando 
y. habló de porque hay ciertas materias que , porqji;^ 



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_134— 

cuando uno está penetrado de esas eternas verdades, ocioso parece 
demostrarlas y cuyas * 

— Me pareció que el auditorio estaba cansado. . . . 

— ¡Cansado! ¿qué dice V.1 padre derai alma; estábamos lodos mará* 
villados, enternecidos. No oía yo á mi alrededor sino sollozos, no veia 
mas que l:''grimas y pucheros. A Doña Pancracia le dio un soponcio. 
Esa señora es mártir de su devoción. Socorrtla, según costumbre, con 
una copita de vino moscatel y media panetela. 

— jQué elocuencia! esclamó volviendo en sí, ¡Qué sabio es el pre- 
dicador! ay! ay! y qué bueno está el vino, D. Santiaguitc... pues, 

como iba diciend.o ¡Qué sermón! ¿Recuerda V. aquello de. .... . 

no tengo ahora bien presentes las palabras. . . . 

— Señora doña Pancracia, no bago memoria de ... . porque como 
dijo el orador tantas cosas buenas 

— Ay! pero como! cuando habló de..-, y eso que estaba yo senta- 
da tan lejos del pulpito, que apenas pude oir alguna que otra pala- 
bra pero ¡qué bien! Dé V. al padre la enhorabuena ah! oiga 

V., dígale que en cuanto se pongan baratos los huevos, le mandaré 
una taza de leche quemada. Se pela el padre por ese sabroso plato, 
tanto que un dia le oi decir (es graciosísimo) que quisiera morir aho- 
gado, hundiéndose en un tanque lleno de leche quemada. Tiene el 
padrecito unas ocurrencias tan chuscas! 

Volvamos á nuestro protagonista. Tenga ó no tenga voz, el bue- 
no de D. Santiago canta durante la misa y aun se hace notable por 
su constante desañnacion, circunstancia que precisamente llama la 
atención de los fíeles devotos que conclirren al templo y como quiera 
que nadie se atreve á echarle en cara su falta de oído, se cree nuestro 
héroe dotado de facultades privilegiadas en el canto, se esmera cada 
dia mas, y aun en su *casa suele dar buenos ratos de música á su 
familia y si no la tiene, á los vecinof* que no pueden sufrir mucho 
tiempo á aquel nuevo Lablache y se mudan á otro barrio huyendo 
lejos de aquel aplicado filarmónico. 

Sucede á veces que D. Santiago, á pesar de sus esfuerzos para 
que le den de almorzar temprano en su casa, llega á la iglesia des- 
pués de principiada la función. Es una fiesta solemne. El templo es- 
tá lleno de bote en bote. Nuestro héroe no encuentra asiento en los 
escaños; no obstante dirige la vista á un lado y á otro y cual ave de 
rapiña, ya ha señalado su víctima. En uno de los mejores puestos es- 
tá sentado un hijo de la Nigricia, calambuco también ó no calambuco, 
que los hay de todos colores. 

Nuestro protagonista se abre paso, como pudiera hacerlo un pre- 
dicador que se dirige al pulpito, se acerca al devoto africano y como 
quien no quiere la cosa y con una serenidad imperturbable se ladea 
y dirigiendo una de aquellas dos mitades de su humanidad que cu- 
bren los faldones de su casaca, á manera de cuña, se abre un asiento 
que le cede con notable disgusto, pero sin escándalo el oprimido nsu- 
fractuario del puesto, que creyera en la igualdad de clases y condi- 
ciones en la mirada de El que no tiene igual en el nniverso. 

Es de admirarse la frescura con que D. Santiago se arrellena en 
el usurpado puesto. Saca su pañuelo, se limpia el sudor, se persigna 
y sus trémulos labios nos hacen creer que nuestro hombre está rezan- 
do. El mísero moreno ha quedado en pié. Empiezan entonces á mur- 



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—135— 
murar las viejas concurrentes^ á mirarle de reojo, quejándose del cái- 
lor y aun machas por demás delicadas se tapan las nances. La vícti- 
ma infelit, dandos sendos tropezones, lastimando mas de un inocen- 
te callo, se retira asaz mohino y aun abochornado. Recíbenle al paso 

cual caimanes, unas cuantas viejas cotorronas y crao allá va 

un buen pellizco retorcido, sin mirarle siquiera y siguen rezando como 
si acabasen de dar una limosna á un pobre. Mecido el inocente afri- 
cano entre pellizcos y empujones, cual mísera imagen de un santo 
llevado en andas, arriba sin saber como, á la puerta de la iglesia, no 
sin oir durante su tránsito, palabras no muy lisongeras. 

Todo esto, como se vé, no es ni caritativo ni justo, pero no por 
eso deja de acontecer y muy amenudo. 

Pero donde echa el resto nuestro santurrón es en las procesiones. 
Inütil es decir que el primero que se apodera del guión es el bueno de 
D. Santiago. Este es uno de sus triunfos. Ni un ministro de Hacienda, 
cuando se dirige por primera vez ü au despacho, lleno de halagüeñas 
esperanzas en hacer la felicidad de la nación y de paso la suya, se 
muestra mas ufano que nuestro porta-guion. Ya sale la procesión. 
¿Novéis á aquel hombre que camina tan pronto hacia delante como 
hacia atrás, tropezando á cada rato, gracias á las trabillas desús pan- 
talones, que, de puro viejas se han rotol No daria, empero, su puesto 
á ser alguno en el mundo en aquel momento. Oh! es de ver cuando 
se reúnen en la sacristía estos señores, hablo de los calambucos, 
disputándose el insie^ne honer de llevar el estandarte de la iglesia. 

— Sr. D. Matias, V. me disimulará, pero yo vine antes que V. 

— Perdone V., señor mío; yo estoy aquí desde las tres, tanto que no 
he comido. 

— Caballeros, dice un tercero en discordia; he hecho, durante mi 
última enfermedad, la solemne promesa de llevar el guión en cuan- 
tas procesiones ocurran y así permítanme Vds. que 

— Pues, amigo mió, será paira otro día,- grita otro que ya se ha apo- 
derado del pendón. 

Poco falta para que nuestros calaniíbiicos lleguen á las manos y 
en honor de la gloria de Dios se den de mogicones y aun de palos. 

Por último, por aquella máxima tan verdadera y forense entre 
nosotros de que: beato el que posee, D. Santiago que ya tiene el suso- 
dicho estandarte, no lo si^lta y con paso magestuoso baja las gradas 
del presbiterio, orgulloso de su victoria, mirando á sus rivales con 
maligna sonrisa y á los concurrentes con la satisfacción del triunfo. 
Concluida la procesión y de regreso al templo, cuesta Dios y ayuda 
el hacerle soltar el guión que abandona al fin para cantar la salve, 
esto es, para desafinar desapiadadamente, como si no estuviese en la 
casa de Dios. 

Sueña el poeta con sus versos 6 berzas que todo se dá y con abun- 
dancia en el feraz Parnaso; sueña el amante con la beldad que por 
la vez primera hiciera palpitar su sensible corazón; sueña el curial 
con las tasaciones de costas que han de abandonar los penitentes, 
quiero decir, los litigantes. Pues bien, D. Santiago que no es ni poe- 
ta, ni amante (porque es casado) ni curial tampoco, sueña con la se- 
mana mayor. Ni los retirados, ni las viudas están mas alegres cuan- 
do llega el dia de la paga que él, así que la iglesia empieza á celebrar 
los sagrados misterios de la pasión del divino Redentor. 



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_130— 

Nuestro protagonista es por lo regular, el primero que entra en 
la iglesia y el último que sale de elJa, con tanta mayor razón cuanto 
que siempre desempeña algún papel importante en las ñestas. Con 
efecto, 6 se dedica á vender estampas del santo cuya ñesta se celebra 
6 pide con una bandeja en la mano para las ánimas del pargatorio, 
yj^or las cuales se interesa tanto como por sí mismo. 

D. Santiago sabe de memoria el almanaque; esfá enterado donde 
está el circular; puede decir á punto fijo el námeró d'e monjas y frai- 
les que hay en los conventos. Puede informar á cualquriera de lo que 
almuerzan, comen y cenan las dignas esposas del Señor; si Sor En- 
carnación sabe hacer con primor pastelitos y mazapán; si Sor Cora- 
zón de Jesús tiene suma habilidad para hacer relicarios y rosarios y 
para bordar pañuelos y manteles. ¿Oís el toque funeral de las cam- 

Eanas? Pues D. Santiago esplicará á V. lo que anuncia aquel lugu- 
re sonido. Es la muerte de Sor Teresa á quien no pudo curar el Dr. 
Cataplasmas, médico alópata; ó el fallecimiento de Fray Lorenzo cu- 

Íra salud estaba encomendada al Ldo. Globulillo, doctor homeópata: 
o cual prtieba que cuando llega la hora, todos los médicos son igua- 
les ante la muerte. 

Nuestro protagonista está informado del dote que lleva la joven 
Aovicia, sí es bonita y porque renuncia á las pompas de este mundo. 
Sin ser convidado, D. Santiago asiste á los bautismos, celebra á 
lodos los niños, arenga á los padrinos y por su puesto reclama su cor- 
respondiente medio. En las administraciones lleva uno de los faroles, 
da la maño al Cura para subir al carruage y aun amenudo hace el 
papel de calesero no sin temor del sacerdote á quien no placen ensa- 
yos de ese género. Nuestro buen hombre asiste á los entierros, llora 
con los dolientes, los consuela, les habla de las miserias de este valle 
de lágrimas del que sin embargo nadie sale por su gusto. D« »^antia- 
go conoce á todos los agentes funerarios y está enterado del módico 
precio que llevan estos desinteresados industriales por sus piadosos 
trenes. 

Inútil es decir que nuestro calambuco es hermano de dos ó tres 
Cofradías y fiíei'za es confesarlo paga su contribución mensal con ma- 
jror gusto que la llamada únicas verdadera peéadilla de los propieta- 
rios. 

Llegar á ser hermano mayor hé aquí toda sú ambición, y para 
cuyo logro pone en planta cuantos recursos le sugiere su talento y 
travesura, porque bueno es advertir que nuestro calambuco no tiene 
ni un pelo de tonto. Así es que trata continuamente con los herma- 
nos de la cuerda de mejoras^ de reformas y sabido es cuan mágico 
efecto causan siempre estas palabras fascinadoras en el ánimo de las 
masas. En las juntas habla hasta por los codos, na deja meter baza á 
nadie, propone revisar el reglamento, disminuir la cuota mensual en 
Vista de la morosidad ó arranquera clásica de algunos hermanitos y 
concluye presentando un proyecto ventajosísimo para todos íos indi- 
viduos de la cofradía. "Entre muchos nada es caro, dice el orador; 
gracias á esta máxima admirable k la cual se debe la invención de 
las suscriciones, las asociaciones y otras mil cosas acabadas en one^ 
como bribones, cada hermano tendrá el placer de que le entierren & 
costillas de los demás socios, lo cual es una ventaja notable sino pa< 
f a el difunto al menos para su familia que no tiene que ajustar cuesh' 



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—137— 

tas del gran éapitan con las agencias funerarias, (aplausos y profun- 
da sensación entre los hermanos). 

Al año siguiente el orador es nombrado hermano mayor. Las 
cosas quedan como estaban y aun peor. Esto sucede en este picaro 
mundo sublunar en todas materias, sobre todo en política. 

No se crea, empero, que por haber logrado el objeto de su mayor ^^ ' 
anhelo, varié de hábitos nuestro tipo. Es siempre el mismo: concurr<^ 
á todas las fiestas con una asiduidad que le envidiarla un empleado 
de S. M. En las fiestas que celebra la Hermandad que preside, se ha- 
ce notable, no por su trage que guarda constantemente una modes- 
tia que pasa en verdad de castaño oscuro esto es de ala de mos- 

ca, sino por pu aspecto tan peregrinamente imponente, que si él se 
atreviese á mirarse así propio en un espejo^ no podría menos de son- 
reírse. . . . así de compasión. 

Tiempo es ya, paciente lector, de que nos traslademos al hogar 
doméstico de nuestro tipo. Hasta ahora hemos bosquejado ligeramen- 
te al individuo, que, obedeciendo quizás al impulso imperioso de sus 
inclinaciones, con ningún beneficio ni obra meritoria alguna ha con- 
tribuido en obsequio de la sociedad, pero tampoco perjuicio alguno 
ha cansado. Cuando mucho, habrá llamado la atención general y he- 
cho sonreír á aquellas personas sení^atas y verdaderamente devotas 
para quienes, en todas las cosas tanto profanas como místicas, los es- 
tremos son viciosos. Consideremos, pues, á D. Santiago en el interior 
de su casa, para deducir de su conducta como esposo y como padre 
la moralidad que no debe debe perder de vista el escritor de costum- 
bres en sus cuadros sociales. 

¿Quién es aquella señora en cuyo semblante están retratadas la 
amabilidad y la dulzura? Es la esposa de D. Santiago. Dos niñas mas 
lindas que dos rosas matutinas, como diría un vate, ostentando las 
gracias, el donaire y aquel no se qué que tanto distingue a nuestras 
esbeltas y manuables criollas, salen al encuentro de nuestro protago- 
nista que acaba de entrar en su casa. 

— Papaito, te estamos esperando hace una hora, para comer. 

— Hijitas, he asistido á un bautismo, luego á una administración, 
en seguida á la junta. ¿Creen Vds., por ventura que no estoy ocupado? 
Hoy tampoco he podido ir á mí oficina. ¡Qué ganas tengo de que me 
favorezca la suerte con una buena lotería! aunque no sea mas que 
para no ver la cara de perro dogo que me pone el gefe. . . - 

-~AhI ¿eres tu, chinon, esclama la mamá saliendo del aposento; 
aquí han traído este pliego 

— Veamos. No me engañaban mis presentimientos. Me quitan el 

empleo. Bah! para lo que yo ganaba Alegan que yo no asisto á 

la oficina ó que voy á mi destino á las doce, cuando todos los em- 
pleados empiezan á trabajar, esto es, después que han chupado naran- 
jas, bebido agua de coco, y leído todos los periódicos. Ya se vé, ellos 
no tienen que oír misa, ¿c. &,c. 

— Pues, es preciso, dice la esposa, buscar un buen empeño para 
que te devuelvan el empleo. 

— No, no, ni por pienso. Vamos á comer. En guanto ganemos nues- 
tro pleito, seremos felices. ¿Has visto a! abogado? ¿Vino el procurador? 

— ^Hijo, yo no entiendo de pleitos, ni de autos, ni de enredos. Per- 
míteme que te recuerde que el ojo del amo engorda al caballo y que 



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-.188— 
^n no pateando ntio bus negocios, no valen abogado^, ni procnnrdo' 
res, ni oficiales de causas. Kn vez de estar metícfó en la iglesia y asis- 
tiendo á entierros, bautismos, confirmaciones^ sermones, circular, écc, 
deberlas ocuparte de 

— Sabes, pichona, que para ser accionada predicas muy regular- 
mente. 

— Te lo digo por tu bien y el de tu familia. Hoy ha venido el inqní- 
lino de nuestra única casitaá pagar el alquiler vencidoy como no has 
hecho aun el recibo se marchó diciendo que fueras á cobrar el dine- 
ro á su casa. 

— iré esta tarde después del sermón que predica el padre Miguel. 
E« menester que vayan á oirle, niñas mías, y tú también Belén. Ver- 
sa el sermón sobre la poca asistencia de los fieles á las funciones reli- 
giosas. Eso no reza conmigo, á Dios gracias. Desde mis mas tiernos 
años he tenido un decidido entusiasmo por las augustas ceremonias 
de nuestra sacrosanta religión. Así como otros muchos niños de mi 
misma edad jugaban úlos soldados, por mas señas que todos querían 
ser gefes y no habia en efecto en todo el ejército mas que un soldado, 
que, por lo regular era un chiniti 6 negriio del barrio; yo por el con- 
trario, tenia en mi cuarto un altarito y yo solo lo hacii todo: cantaba 
misa, predicaba, hacía de perrero, digo mal de gatero, echando del 
cuarto á una porción de gatos intrusos, únicos concurrentes además 
de la neg:ra cocinera 6 de algún negrito que llenaba el puesto de sa- 
cristán.! Oh! dulces recuerdos de la niñez! 

— Hablando de otra cosa, Santiago: sabrás qne pronto se eelebra- 
rá una boda ¿no adivinas? 

—No por cierto. ¿Quién se casa? 

— Nuestra hija Belencita. 

— Como! ¿cuando? ¿con quién? 

— Es un partido ventajoso. El padre del novio ha vetiidd Varias ve^ 
ees con el objeto de pedirte la mano de Belencita para su hijo; pero 
como tú no tienes hora fija, y tan pronto vas á comer con éi padre 
Vicente 

— Pues bien; dile, cuando vuelva, que me espere aquí mañana á eso 

de las doce no, no; que ten^o que ir á ver al padre Julián qne 

está rabiando de la gota Pasado mañana. . ^ . si, eso es pasado 

mañana oh! mira, dile que vaya esta noche á casa del canónigo*, 

y allí hablaremos 

Basta ya, pacientísimo lector: solo me resta fornoíular la siguiente 

MORALIDAD. 

Así como un marido niñera se hace despreciable desempeñando' 
funciones que solo competen á las madres ó á las nodrizas, no menos 
ridículo es el hombre, que, guiado por un cdo exagerado, desatiende 
los deberes mas sagrados y la felicidad de los mas caros obje^tos en 
este mundo, so pretesto de servir á Dios, olvidando que hay un HeíVan 
que con fundada razón dice: primero es la obligación que la dcvo^ 
clon. 

José Asastin MUI^ijí. 



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LA COMADRE. 



— A mí la comadre? ¿á mí 
me exijen describa un tipo, 
que por ser en nuestra tierra 
de colores tan distintos 
y de naciones tan varia», 
nadie pintarlo ha querido? 
No se me ponga por Dios 
en tan duro compromiso. 
— Que no hay remedio íne dicen? 
Pues entonces rae resigno, 
que es gran virtud rcBignarse 
cuando no queda otro arbitrio* 
Pero respóndanme, ¿ccrmo 
la llamaré en este escrito, 
de modo qme no «e ofendan 
algunos castos oidós? 
£s de mttl toíio'llamaii^U 



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— )40— 

partera, según colijo; 
y aunque matrona es de bueno/ 
tan raras en este siglo 
son las matronas, que un cargo 
es de conciencia, y no chico, 
llamar matronas á quienes 
trabajan con tanto ahinco 
por no parecerlo en nada. 
Sábia-mujer es pulido 
vocablo, y á su favor 
tiene el ser francés purito, 
que para pluma española 
es el mayor atractivo; 
mas prefiero que otro tenga 
la gloria de introducirlo. 
—Comadre quieren que diga¿ 
Diré comadre, y salimos 
del primer paso; aunque yo 
no salgo de mi conflicto. 
¿Qué ha de hablar de la comadre 
quien no tiene ni principios 
siquiera de la obstetricial 
— Qué no importa? Jesucristoj 
Ignorar una materia, 
no es suficiente motivo 
para dejar de tratarla? 
— Hoy no? pues fuera pelillos: 
concedo que disertar 
sobre punto muy sabido 
no tiene gracia ninguna. 
— Qué dicen? Que no es preciso 
hablar del arte?— Mejor! 
— Solo de la artista?— Lindo! 
Al fin, cualquier hombre honrado, 
<y aunque nunca lo haya sido) 
por lo menos de esta artista 
bien puede hablar sin peligro, 
pues es probable que nunca 
la ocupe en propio servicio. 
Y digan:— de las comadres, 
¿á la madama describo, 
á la doña 6 á la ñál 
Que asi como son disantos, 
según los naturalistas, 
mochuelo, buho y autillo, 
aunque son aves nocturnas, 
también asi son tres tipos 
las tres comadres nombradas, 



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—141— 

y diera para un]arítculo 

argumento cada una. 

— La ña quieren? Concedido 

La ñá sea, y principiemos, 

que es justo, por el principio. — 
La comadre de color, 

«egun las muchas que he visto, 

á veces es de gran cuerpo, 

y á veces de cuerpo chico: 

Mas alta 6 baja, supongo 

que debe ser requisito 

de importancia la gordura; 

pues de todos es sabido 

que á las delgadas apena^i 

da de comer el oficio: 4j 

bien que las ñacas y gordas 

para mi saben lo mismo. 

Para cometer torpezas, 

para decir desatinos 

y murmurar oraciones, 

en vez de prestar ausilios, 

no se requiere tener, 

^yo al menos no lo concibo) 

tía as carnes ó menos carnes- 
Sobre nombre de bautismo, 

la comadre que no es blanca 

lleva aquel que su padrino 

la quiso dar en la pilat 

«n lo cual, de muy antiguo 

á la blanca se parece. 

Mas con todo, es positivo 

que suele haber ciertos nombres 

que llaman al ejercicio 

como el imán al acero. 
Exempli ^ra¿ía,(suplico 

que este exempli gratia, escusen: 

se me escapó por olvido 

de que en prosa no escribia.) 
Exempli gratia , repito, 
ña Tranquilina, ñá Justa, 

ña Venancia, y asimismo 

ña Gregoria, y ña Pilar, 

nombres son que si los miro 

en parda ó en china gorda, 

de que es partera un indicio 

cuasÍHseguro ya tengo. 

Y si á un nombre de los dichos 

también se añade que usa 



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Ja heroína qiie describo 
pañolón en la cabeza, 
y espejuelos, y bolsillos 
ó bolsones en el trage; 
y que no sale echa añicos 
de casa sin quitasol, 
pasa á certeza el indicio: 
aunque al verla me parece 
que muger algún vestiglo, 
\L Otra cosa que da susto. 

Tiene además de su oficio 
otros varios la comadre, 
que son asaz lucrativos. 
Y en esto también se nota 
por muchos, que la del tipo 
circasiano, se parece 
á la del tipo que vino 
de las costas africanas. 

O por afición ó instinto, 
la comadre es prestamista. 
Si en prendas se dau anillos, 
collares y brazaletes, 
está su dinero listo 
para sacar de un apuro 
al que en él esté metido. 
£s corredora en nodrizas; 
mas nunca vale un comino 
la primera que presenta. 
Es en fin, lo que era el hijo 
de Júpiter y de Maya; 
y mas claro no lo digo 
por temor á la censura. 

Pues ya su retrato listo, 
voy á ponerla en escena 
que así lo exige el buen juicio, 
sobre el cual, ¡cosa tan rara! 
se han escrito muchos libros, 
y lo que es mas raro, todos 
se han impreso y se han vendido. 

Renuévase en doña Petra 
aquel terrible castigo 
á que sugetas están 
las hembras desde el principio 
del mundo, porque atrevida 
la primera de ellas quiso, 
(y aun pasó á mas dé querer) 
levantar el entredicho 
que al manzano puso Dios, 



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—143— 

y al instante ^u marido 

corre á buscar la comadre. 
Que la acompañe hasta el quicio 

de la puerta principal, 

y déjela allí, que es fijo 

que parte como una bala, 

y aunque jamás haya visto 

las entradas y salidas, 

retretes y pasadizos 

de la casa, va derecho, 

guiada solo de su instinto 

á la alcoba, donde pronto 

harán falta sus servicios. 

Preséntase á la infeliz 

paciente tan de improviso, 

que en duda la deja de 

si ha entrado 6 se ha aparecido, 

Tómala el pulso, aunque entiende 

de pulso, lo que un beduino 

de componer en romance 

charadas y logogrifos. 

Con todo, dice: — "habrá parto." — 

y cree que algo nuevo ha dicho, 

cuando la señora Petra 

desde que tomo marido, 

y antes tal vez, calculaba 

que el resultado preciso 

de la fiesta, éste seria. 

Mas ella solo lo dijo 

por darle cuerda á la lengua, 
que en movimiento continuo 

queda desde aquel instante. 
Mientras arregla trapillos 
fajaSi aceites, tijeras, 
y veinte mil adminículos 
que no conocen los pueblos 
de lapones ni de indios, 
sin que por esto se crea 
que sus hembras no den hijos 
á la patria, — la comadre 
está charlando sin tino, 
sin ton ni son, Ella cuenta 
Mí casos infinitos 
de mujeres que al sepulcro 
bajaron al tiempo mismo 
de alumbrar, y si se asusta, 
(que no fuera sin motivo) 
la que escuchándola está, 



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—144— 
añade: — "Pero conmigo 
no fué, pues si alguna ha muerto 
por que me llamó, cumplidos 
sin duda estaban sus días. — " 
Ella contra todo digno 
cirujano se pronuncia, 
pues sabe que es su enemigo 
natural como lo es 
de la rala el gato arisco* 

Y si vale la verdad, 

en este asunto es preciso 
confesar que la comadre 
suele hablar con mucho juicio. 
£lla relata sucesos 
que no salieron mas lindos 
de la pluma de Bocacio. 

Y en fin, cuando los jemidos 
de doña Petra se aumentan, 
con semblante muy contrito 
reza una oración que siempre 
muy buen efecto ha surtido 
en lances desesperados. 
Mientras la reza, ¡oh prodijio; 
y mientras chilla y regaña, 
hace natura su oficio, 

y se ve libre la Petra 

de aquel sin igual martirio 

con que empiézala dulzura 

de ser madre, y al ausilio 

lo atribuye de la otra, 

cuando en las Pampas lo mismo 

sin ella le sucediera. 

Yo otra cosa es lo que digo: 

jcuantas ocaciones, cuantas 

achacamos al destino 

los daños que una comadre 

imbécil nos ha traído! 

Y su funesta ignorancia, 
cuántas veces corsa el hilo 
de una vida que comienza, 
como el insecto maligno 
mata la flor al abrirse! 
Cuántas, ay! roba al cariño 
del esposo desdichado 

la dulce esposa y el hijo, 

y trueca sus esperanzas 

é ilusiones en martirios 



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—145— 

Pero juzgo que es mejor 
que no variemos de esti lo, 
pues predicar dó no quieren 
oir, es tiempo perdido. 
£1 croquis de mi comadre 
cual lo comencé prosigo. 
Sépase pues que es muger 
de perspicacia y de fino 
olfato, según se dice, 
y i la prueba me remito. 
Viene un párvulo de pies, 
y aun no asoma ni el tobillo^ 
cuando grita la comadre:— ^ 
^'Válgame Dios! y qué lindo^ 
Señora! guapo muchacho! 
Jesús! y tan parecido 
que sale al padre!** — A lo cual 
se asusta, (quien tal ha visto?) 
la parturiente, y contiene 
la solfa de sus jemidos, 
para decir en vot bajaí 

•^" Calle ust^d por Jesucristo." — 

Y la comj^fe con suma 

penetración, por el hilo 

de esta sola frase, llega 

hasta dar con el ovillo 

de alguna historia, y añade: 

— **Sí señora, á su marido 

De usted sale," — Y este dice: 

— " Pues á quien pudiera el chico 

parecerse sino á mít" — 

Al oirTo quedan sirios 

y troyanos satisfechos, 

y con ánimo tranquilo 

vuelve á anudar la señora 

la cadena de su «gritos; 

y viene llorando al mundo 

en medio del regocijo 

de aquellos que lo reciben, 

un ser nuevo, al tiempo mismo 

quizas en que otros espiran. 

Aquí creyera un bendito 
solterón que en sus funciones 
la comadre habia conluido. 
Por si lo cree, no lo crea; 
que los primeros martirios 



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—146— 

y los dolores primeros 
que en la tierra sufre ei niño^ 
que á la comadre los deba 
tiene dispuesto el destino. 
Ella se apodera del, 
y de golpe en un lebrillo 
de agua lleno lo surmeje, 
sin que sus tiernos jemidos 
la muevan á compasión, 
ni la retraiga el peli^j^ro 
á que lo espone: — y después 
que de allí lo saca, (vivo 
por un milagro de Dios) 
maneja al pobre lo mismo 
que si fuera alguna cosa. 
Le da mil vueltas y giros, 
lo sostiene en pié, lo acuesta, 
y en cuatro varas 6 cinco 
de fajas su cuerpo envuelve. 
De la cabeza al ombligo 
le ata unas tiras que llama 
tocador, que al angelito 
todo movimiento impiden. 
Y cuando ya en el archivo 
de su caletre no queda 
cosa que hacerle, al arrimo 
lo coloca de su madre, 
que en momentos tan prolijos, 
temiendo ha estado que muera 
cuando apenas ha nacido. 

Pues ni con esto concluye 
mi heroína, que es preciso, 
que durante algunos dias 
venga á ver al parvulito! 
pero como entonces hace 
de curandera el oficio, 
pienso que basta insinuarlo 
para dar punto á mi articulo. 

Y al darle punto, al lector 
que no imagine suplico 
que por ocupado dejo 
de decir lo que no digo. 
De la comadre no incluyo 
la tarifa, por motivo 
de que una tarifa en verso 
es cosa que nunca he visto: 



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A los curiosos, al Bando 
de buen gobierno remito 
donde hallarán por cuan poco 
se le presta ayuda á un chico 
para que salga á este mundo, 
en el cual es positivo 
que será poeta, aunque 
nazca para campesino. 

J. M. de Cárdenas y Rodríguez. 



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EL EMPLEADO. 



^Cuanño pinto no retrato,* 




ues no es nada! Un tipo sobre el cual están 
las opiniones tan encontradas; que tiene no 
pocas divisiones y subdivisiones; que no se 
puede juzgar á los demás por la pintura que 
I de uno solo se haga. Y no hay remedio, es 
preciso describirlo; me ha tocado en suerte 
desgraciadamente y no me ha valido n¡ugu« 
J na de las escusas y pretestos, y argumentos 
'y aun reflexiones de mucho peso que he he. 
. cho al editor para reducirlo á que me libra- 
se de ese compromiso. 
— Mire V. que yo no puedo. — Mas hace el que quiere que el que 
puede. — Es muy difícil. — Se trabaja; cosas mas difíciles se hacen to- 
dos los dias — A mi ño me da el naipe para escribir, Dios no me ha 
'lamado por ese camino. — Otros lo hacen peor, y sin embargo vé V. 
que escriben á menudo y son tenidos por literatos.— Pero reflexione 
i. que el empleado tiene muchas fases y que el mérito está en saber 
escoger una que mas se acerque á la generalidad del tipo sin que es- 
cueza á nadie. — Si no es mas que eso, la difícultad está vencida; pre- 
séntelo V. en todas; que cada original reconozca su pintura. — ¡Por 
Dios, hombre! Que queman algunas de ellas al tocarlas.— Sóplame 



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ló» d<^dos. — El tiempo está muy crudo, puedo pasmarme. — No faltará 
un remedio que lo cure. Yo mismo rae encargo de ponerlo bueno 
en un momento: ya sabe V. que soy algo homeopático. Con que ma- 
nos á la obra que el tiempo urge y lo estamos perdiendo en palabre- 
rías. Dentro de tres horas ha de darme V. el artículo concluido de un 
todo, sin borrones ni enmendaturas que confundan al cajista. Ya sa- 
be V. que esta no es gente de quien se pueda uno fiar, ni aun estan- 
do las letras bien claras. — Y sin decirme adiós siquiera, dejóme solo 
y que quieras que no tuve que sentarme, pluma en ristre, á reflexio- 
nar en el modo y forma de dar cima lo mejor que pudiese á la em- 
presa que sobre mis hombros me había echado. 

Empleado y miseria son sinónimos. Esto que puede decirse de 
los empleados en general, debe sentarlo cualquiera sin temor de equi- 
vocarse al hablar del subalterno. Por eso m¡ amigo D. Roque, que 
está por lo positivo; dice que primero daría sus hijas á un bodeguero 
que á un empleado, pero D. Roque al espresar su voluntad no cuenta 
con el corazón de la mayorcita de ellas, en el cual la casualidad, ó el 
diablo que no las piensa, ha encendido una pasión por un subalterno 
que no tiene precio ninguno si se juzga moralmente; pero que no 
vale un cuarto si se pretende buscar el fondo á su bolsillo. Bien que 
esto vá en el modo que tiene cada quisque de ver las cosas, pues asi 
cómo D.. Roque tiene tanta ojeriza al empleado, señora conozco yo 
también que queriendo atrapar á un empleadillopara mariJo de una 
hija suya, mas linda que una rosa, decia cuando lo veia sentado al la- 
do de la niña, que ella nunca la casaría (esta tampoco contaba con el 
corazón de la parte interesada) sino con un empleado, porque además 
de ser persona de viso, teniendo siempre fijo su sueldo, no le faltaría 
nunca que llevar de comer á su casa. Y vayase lo uno por lo otro, que 
nunca falta un roto para un descosido, ni un alma noble y desintere- 
sada que sepa apreciar las buenas prendas de un individuo por po- 
bre que sea. 

Digresiones á un lado y empecemos á preparar colores para pin 
tar nuestro tipo. 

El joven que no ha podido encontrar colocación en el comercio 
ó en cualquier otro ramo, apela en último estremo á ser empleado. 
Ya que no puedo meter cabeza por ninguna parte, no me queda otro 
recurso que entrar á servir, dice, y empieza á dar sus pasos. Sus pri- 
meras aspiraciones son entrar desde luego con sueldo en una oficina, 
aunque sea perjudicando á individuos que han contraído ya con los 
años algunos méritos y servicios; pero esto no es fácil, porque no siem- 
pre se encuentran recomendaciones que tanto consigan: suele verse 
algunas veces, pero son escepciones que no se repiten á menudo. 
Entonces tiene nuestro joven que contentarse con una plaza de últi- 
mo meritorio, acompañada de seguridades que siempre se le dan de 
que muy pronto, antes de un año, obtendrá plaza efectiva con sueldo. 
Ya tenéis al muchacho en carrera, así lo creen al menos él y su 
familia. Pero no eres mas que meritorio, chico; le contestan los ami- 
gos á quienes participa su colocación, y lo que es peor sin sueldo. A 
los cuales replica en confianz^t que si se conformó á entrar en esa 
clase fué por no llamar la atención, pero que dentro de muy pocos 
meses le darán la primera plaza que vaque porque así se lo han ofre- 
cido- Y de seguro que lo cree tal como lo dice, porque bueno es que 



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d lecioí sepa, que no hay nadie mas confiado que un meritorio retieil 
entrado á servir. Cree en la palabra que se le dá y aun cuando el 
tiempo va pasando y los años corriendo, tiene siempre la esperanza 
de que pronto ascenderá. Oiga él decir con tono de protección. "No 
tenga V. cuidado, hombre, en la primera oportunidad que se presen- 
te quedará V. servido: no lo olvido á V.; lo tengo muy presentei*^ y que- 
dará mas contento que unas pascuas, imaginándose que al dia sigui- 
ente vá á ascender* 

"Al dar el ministro audiencia 
"Dice á todo pretendiente; 
"Ya lo tengo á usted presente* 
Y no miente su escelencia. 

Nadie trabaja como él en la oficina durante el primer año de no- 
viciado. Es el primero que entra y el ultimo que sale: ni un solo día 
falta á su obligación; su mayor anhelo consiste en complacer á aque^ 
llo« de quienes depende. Los demás compañeros que tratan de traba- 
jar lo menos posible, se aprovechan de su deseo de acreditarse, j" lo 
cargan de trabajo hasta hacerle soltar el quilo. Mientras ellos entre- 
tienen el tiempo comiendo naranjas, saboreando una pina, 6 escri- 
biendo un biiietito á la novia, el que la tiene; leyendo los periódicos 6 
alguna novela, el pobre meritorio nuevo no tiene ni lugar para 
respirar; parécele que í^i se levanta un instante á encender un cigarro 
deja de cumplir con su obligación, y le roba ese instante al Estado 
que pronto debe remunerar sus servicios. 

Si dá la casualidad que tiene buena letra y sabe mejor que sus 
compañeros gram itica castellana para escribir cada palabra como el 
diccionario de la academia manda, lo cual no es muy frecuente que 
digamos en los empleados, pues documento he visto yo, y no de nin- 
gún niño, en que se habia e^cnio contratista general de Guebos y hahes^ 
entonces ya puede encomendarse al santo de su devoción; no solo le 
harán trabajar sin lástima ni consideración algunas en las horas de 
oficina, sino que hasta le darán trabajo para que se entretenga en casa 
en lugar de descansar 6 pasear. 

El pobre novicio vé de este modo pasar los dias, los meses y los 
años, sin otra remuneración que las tres onzas de oro cada dia vein- 
te y cuatro de Diciembre. El tiempo vuela y el sueldo no parece. Ocu- 
pa el número ocho 6 diez entre los de su clase, y es preciso que tenga 
paciencia, aunque vea que algún recomendado que vale mucho me- 
nos que él, y que ni tiene en su favor los años que lleva él trabajan- 
do sin sueldo, entra á ocupar la plaza que le corresponde. Y ved aquí 
la ley de la compensación: teme ahora ver realizado en sí mismo lo 
que antes intentaba hacer con los demás. Entonces tiene que resig- 
narse á seguir vegetando, porque no ha de perder el tiempo que lle- 
va, hasta que se le presente otra salida en la cual tendrá tal vez mas 
fiuerte. ¡Cuesta tanto ganar un peso! 

El que cuando entró á servir era casi un niño, se encuentra de 
pronto un hombre hecho y derecho. No tiene un niedio que llevar á la 
familia que trabaja para sostenerse; por el contrario, su manutención 
y hasta su vestido gravan sobre ella; porque es preciso que el emplea- 
do se presente con decencia en la oficina y á esta asista diariamente 



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—152— 
aun cuando Ilneva y deba pagar, iin tener de donde sacarlo, un car- 
image de alquiler. 

No será mucho lo que mejore su condición el sueldo que al fin 
llegue á disfrutar: veinte y cinco 6 treinta pesos si es de los últimos 
escribientes, ó algo mas, si no está tan atrasado en su carrera no es 
lo bastante ni aun para llenar las mas precisas necesidades de la 
vida. 

El empleado honrado que tiene á su cargo una familia que 
mantener, y no puede llenar sus sbligaciones con su sueldo, se vale 
de su industria para sostenerse. Individuo conozco yo que sin ser ca- 
sado ni tener hijos está hecho un verdadero padre de familia, y no 
obstante vive sin pedardear á nadie. Es cierto que no disfruta de los 
goces de la sociedad, pero tiene cubiertas las mas urgentes necesida- 
des de la naturaleza: una madre anciana y achacosa, una tia, una 
hermana de esta de la misma edad poco mas ó menos; cuatro her- 
manas solteras y una viuda con tres huerfanitos que quedaron sin 
protección ni abrigo ala muerte del padre, componen la familia del 
emoleado que superficialmente os describo, la cual no tiene mas am- 
paro ni ayuda que la escasísima que él pueda darle. 

Su corto sueldo no le bastaría ni aun para una miserable comi- 
da diaria, sí á él solo se atuviese. Agregue eí lector la casa en un 
Í)ais donde la mas pequeña cuesta un ojo de la cara; el vestido, el 
avado de ropa y mil otros renglones que sin ser superfluos son de 
absoluta necesidad en una familia. El empleado que por tipo quiero 
presentaros, á todo atiende, y si no goza vive al menos y no se mue- 
re de necesidad, ni él, ni la dilatada familia que á su cargo tiene. — ¿Y 
cómo ese milagro preguntará el lector admirado con un sueldo tan 
miserable? 

Para el que no esté en antecedentes; para aquel que no le conoz- 
ca mas bienes de fortuna que el haber que tantos afanes y temores le 
ha costedo al cabo de años, su subsistencia será un misterio, y la ma- 
ledicencia no tardarla quizá en cebarse en ella; pero obsérvesele en 
el lugar doméstico y se le verá valerse de cuantos medios industriosos 
estén á su alcance en las horas que hasta la naturaleza misma ha se- 
ñalado para descanso del hombre, á fin de poder llevarlo que su suel- 
do no alcanza á cubrir. ¡Cuantas veces al ir yo á visitarlo me ha reci- 
bido en 8U cuarto y me he quedado sorprendido al verlo convertido 
en oficial de zapatero* No os riáis, lector ammigo, juro que os digo la 
verdad. La misma mano que por la mañana hacia correr la pluma 
sobre el papel escribiendo 6 formando guarismos, manejaba por la 
tarde la lezna y el martillo, y hacia con tanta perfección un pespunte 
como una letra 6 un guarismo. Ese pobre empleado no solo se haceá 
si mismo sus zapatos, sino oue me enseño, la primera ocasión qiie lo 
sorprendí, algunos de modesto dril que en corte tenia para andar 
su familia entre casa. De este modo ahorran todos los individuos de 
ella el precio de un objeto tan indispensable que tendrían que pagar 
á no tener en casa una persona tan industriosa. 

No es ese el único recurso de que el empleado pobre se vale. To- 
do lo demás que puede se lo proporciona por sus manos. El hace ci- 
garros de papel encargados por algunos de sus amigos que lo favore- 
cen con su protección, proporcionándole de es este modo un aumen- 
to á sus pequeñas entradas. El copia testipaonios, en cuyo trabajo em- 



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plea gran parte de la noche; hasta escribe, caando le falta este áltimo 
recurso, artículos de periódicos que algún caritativo editor publica 
en el suyo en cambio de algunas monedas que aunque nunca recom- 
pensan el trabajo del autor, le proporcionan sin embargo un aulilia 
con que no contaba, auxilio que de seguro no admitiría si no le apre- 
miasen tíinto las circunstancias. jCuán cierto es que la necesidad tie- 
ne cara de herege! Y he aquí, lector amigo, una oportunidad que ni 
buscada para ensartar en este articulo unas cuantas reflexiones acer- 
ca de la protección que á las letras se dispensa en Cuba y de lo ma- 
lamente que se pagan las producciones del ingenio, [Pero que reme- 
diariamos con ellas? — Afé que nada nuevo diríamos que no estuviese 
ya cansado de saber el publico entero, y sobre lo cual no hubiesen an- 
tes que rosotros levantado su voz escritores de reconocida capacidad, 
sin fruto alguno. Manifestaremos, yaque la ocasión se presenta, una 
idea en que no pocos convendrán con nosotros. En un pais mercan- 
til por escelencia no se apreciarán bastante mas letras que las de 
cambio: él que á estas se dedique sacará seguramente con creces el 
fruto de sus afanes y formará un capitial que no reuniría nunca aquel 
que en trasmitir á los demás un destello de su inteligencia se em- 
please. jTriste cosa en verdad, pero no por mas triste menos esacta! 
¡Oh! este siglo es muy positivista ¿verdad, lector amigo? Y salgamos 
con esta esclamacion de tan enojosa digresión. 

El empleado que ya conocéis no solo distiibuye perfectamente el 
tiempo que tiene desocupado, repartiendo las horas entre cada uno 
de los recursos que para convprtir el tiempo en dinero se ha creado; 
hasta á la ofícina donde sirve lleva él la influencia de su genio indus- 
trioso. Una pequeña parte de su sueldo la emplea en comprar efectos 
de poco precio, como pañuelos, cigarreras, cortes de chalecos, medías, 
objetos de tocador y otras cosas de la misma naturaleza que vende ó 
rifa entre sus compañeros, ganando siempre una cuarta ó quinta par- 
te en este pequeño tráfico, que no le deja mortificaciones ni fatigas. 
Para concluir de una vez diré que el empleado honrado no se abo- 
chorna de nada de lo que hace, puesto que en ello lleva un fin tan al- 
tamente santo como es el sostenimiento de su familia. Así hicieran 
todos lo mismo. 

El empleado pobre que no cuenta con mas entrada que su sueldo 
y no tiene familia, se vé condenado á morir en el mas triste desam- 
paro. Ahoga en el fondo de su corazón la vivida llama del amor por- 
que ¿que muger le dará oidos sabiendo que es un arrancado? asi es 
que no se atreve á enamorar por temor de sufrir una repulsa; mucho 
menos se resolverá á casarse, no contando con que mantener á la fa- 
milia que venga después. ;ün matrimonio donde lodo es miseria 1 

ya se sabe; casa donde no hay harina, todo es mohina ¡Triste suerte 
la de un empleado pobre! 

El empleado amigo de lucir está siempre á la moda. Vedlo en la 
calle; observadlo en un salón de baile: su trage os hará creer que es 
un duquesito el que lo lleva. En cualquier parte donde suene una 
cuerda allí se le encuentra, siempre en todas y sea donde sea. Si vais 
á la ópera allí lo encontráis todas las noches; si al paseo, á la plaza 
de Armas, á la Dominica, á Escauriza, al Circo, su persona es la pri- 
mera que se os presenta delante. ¿Quién es? preguntáis y de seguro 
que os llenareis de asombro cuando oigáis decir,— es fulano, escrp- 

19 



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—154— 

biente ele tal oficina, — y deseareis entrar en una carrera que dá para 
comprar toda clase de diversiones y andar tan bien vestido. jPero 
qué chasco os llevaríais si tal hicieseis! tendríais que apelar entonces, 
ni np os faltaba disposición, á los recursos de qne^se valia él emplea^ 
do de que antes os he hablado, si tuvieseis familia que niantener, ú 
OH veríais reducido á una bien triste medianía, si fueseis hombre solo; 
ho tendríais mas que lo comido por io servido aun dándole cincuenta 
mil vliehas á una peseta antes de gastarla, para que no d» faltase 
para artículos de primera y mas urgente necesidad. 

Si pudierais ir un dia á ía oficina del empleadio, que eii tódíifi 

S artes se encuentra, veríais su niesa rodeada á cada níorüento de hom- 
res á quienes habla con itíucha amabilidad y ¿órtesíá, poniéndose 
de pié y aun llevándoselos muchas veces aparte si Hay aí|^uno qué 
pueda escuchar sus palabt'as, y comprenderíais desde luego el nliste- 
rio de su elegancia. TodoS esds son otros tantos pobres artesanos que 
engañados con su prosopopeya le fiaron la ropa que lleva puesta y eí 
sombrero que cambia cada mes, están reclamando hace tiempo él pie- 
rio de Rii trabajo, y él les dá plazos ert vez de dinero, m'onecía que no 
tiene valor ninguno entre los hombres, pero qué & ocasiones se ven 
jos pobres artesanos obligados á admitir por no poderlo todo de una 
vez. 

Él empleado amigo de figurar está siempre llenó de acreedores^ 
No hay usurero que no íe haya prestado mediante un módico premio 
mensual de lin peso 6 doce reales por onza, según la necesidad fuera 
mas 6 menos apremiante, en los cuales se le vé el dia de la paga todo' 
su haber; así es que tiene todos los meses que contraer nuevos com-^ 
promisos. La tercera parte del sueldo la tiene sienlpre embargada, 
esto es de ordenanza: la^ dos que le quedan se le desaparecen en una 
niañana pagando premios y picos pendientes. Las circunStaríciasí, 
pues, son apuradas. El teatro y los bailes es lo único que íío se paga 
á píazos: es preciso dinero, porque no se halla sin estar en todas par- 
tes; pídelo prestado á otro que no le haya todavia servido, sin pararse 
én el premio y llega dia en que se encuentra con el agua al pescuezo 
y, ó tiene que desaparecer de la noche á la mañana, dejándolos á to- 
dos mirando al camino, 6 se pega un tiro, 6 se presenta á concurspé 

Este es por lo regular el fin que viene á tener el empleado ami- 
go de figurar y de gastar mas dinero del que gana. Este empleado en- 
tra tarde en la oficina y se marcha antes que los demás, para lo cual 
deja siempre su sombrero en la portería. Hay sem:^nás enteras qué 
se las pasa de bureo y maldito si se acuerda de que le pagan un saí- 
Jario para que vaya unas pocas horas de la mañana á trabajar. Suce- 
de algunas veces que entra á las doce, dá una 6 dos Vueltas por la 
sala á fin de que lo vean los gefes y no lo echen de menos y vuelve á 
marcharse al cuarto de hora, porque ha quedado en reunirse con uno» 
amigos para dirigirse á algún pumo inmediato de temporada á co- 
mer con algunas muchachas, y no puede faltar, qué primero son los 
convites que el desempeño de una obligación. 

Hay un dia en que es segura su ausencia de la ofíctna; el de )á 
paga. Sus acreedores que han visto anunciados los sueldos le espe- 
ran ese dia: las dos terceras partes que le quedan no le bastan para 
satisfacer á tantos, y lo que hace es faltar y dejarlos chasqueados. Coii 
lo que toma al siguiente satisface á los mas exigentes, y los considé- 



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^155-- 
rados se retiran con la oferta de que al mes próxlaio sin falta safdaráif 
cuentas. Y llega el raes, y otro y otro mas y vuelven á repetirse laflf 
^lísmas ofertas y los acreedores á ser chasqueados, alcanzando siem^ 
pre menos aquelios que mas blando carácter manifiestan. 

Hay otra clase de empleados que es para las oficinas lo que el 
romejen para los edificios, y lo peor es que no se ha conocido todavía 
especifico alguno para destruirlo; el empleado adulador. A fé que el 
lector no sabría con cual quedarse si le dieran á escoger entre este y 
el de que acabamos de hablar. Para mi es lo mas despreciable que se 
conoce. El empleado adulador se pone siempre al alcance de la vista 
de sus gefes; es el primero que se presenta á su paso para saludarlo. 
Siempre está pasando por junto á él para hacerle una reverencia y hay 
dias que se los pasa haciendo cortesías. Le dirige la palabra á cada 
tnomento por tener ocasión de repetirle en cada una el tratamiento que 
tenga; sí al cruzar por su lado 6 al hablar con él le nota alguna pela* 
sita en el frac ó algún pequeño doblez en el faldón: permítame usía, 
le dice, y le quita la pelusita y le compone la arruga. Aunqne no las 
tenga el empleado adulón siente un placer en demostrarle de este mo- 
4o su oficiosidad. Por comprarse la voluntad de su geíe hace no po- 
cas ocasiones las veces de portero: lleva un pliego, si urge, cuando 
jeste pliego viene directamente de mano del gefe, por tener pretesio 
par^ dirigirle la palabra á la vuelta y decirle: — ya está entregado, se- 
ñor, — y de oír de los labios de suseíoría, aunque no sea mas que un 
—está bien: vaya Vd. eon Dios. — í'stas pocas palabras valen para él 
todo un imperio, y sale con ellas del despacho mas orondo que un 
pavo real, mirando á sus compañeros con aire de desprecio, porque 
na tenido el alto honor de que el gefe le dirigiera la palabra. Hay ve- 
ces que ni aun estas obtiene; pero no importa, sale del despacho, y 
lesto es lo bastante para su objeto: lo han visto los demás, cree que lo 
envidian, y este es todo su orgullo. |Mentecatd 

El empleado adulador hace todo cuanto se ofrece al geíe de sti 
oficina; aunque no lo llamen, es el primero que se le presenta delan- 
te: él lleva ¡un recado, él se encarga muchas veces de buscarle el 
mejor tabaco, el sastre que mas barato trabaje: él mismo sacude la 
silla si al ir á sentarse el gefe observa que se ha olvidado de hacerlo 
el portero: él dá una lechada, pinta una cenefa, si se ofrece, clava una 
cerradura si está desprendida. ¿Qué no hace el empleado adulador 
para introducirse? ¡Pobre de la oficina donde llegue á germinar plan- 
ta de semejante naturaleza, que será minada hasta sus cimientos. 
Siempre en un chisme, en un soplo, en un enredo constante, los em- 
pleados no tendrán un momento de satisfacción, porque el adulalor se 
valdrá de cuantos medios, por reprobados que fueren, le sugiera su 
imaginación, para ser preferido á los demás en el aprecio de su gefe 
y en el adelanto de su carrera. El le cuenta á este lo que oye y lo que 
no oye también. El que quiera hacer llegar á noticia del gefe cual- 
quier conversación, no tiene mas que suscitarla en presencia del 
adulón^ y de seguro que al momento dará traslado de ella á quien 
corresponda. 

Las postergaciones gue á menudo sufren algunos individuos en 
)a oficina, que han sido siempre modelos de aplicación y laborioaida4 
^proceden mas que de otra cosa, de los chismes del empleado adulan. 

aparenta saber mucho aunque todo lo ignore; se encarga de cu^^t 



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quier trabajo por difícil que sea y lo devuelve concluido. Válese de 
sus amistades para salir airoso del empeño que contrae: mas de un 
informe voluminoso 6 una memoria bien escrita le han valido de sus 
gefes mil celebraciones siu haberle costado mas trabajo que darle las 
ffraciss á un amigo que por él redactara uuo y otra.-^Asi es como se 
forman muchas reputaciones conquistadas por medios indecorosos, y 
se posterga con frecuencia al mérito verdadero por apreciar esterio- 
ridades y llevarse de adulaciones. 

Otros empleados hay, y serán los últimos de que hable al indul- 
gente lector que hasta aqui pacienteuiente me haya seguido, y son los 
que hemos visto anteayer y ayer modestamente vestidos y hoy de ma- 
nos á boca nos los encontramos transformados en dictadores de la mo- 
da, rodeados de un lujo deslumbrador y entronizados en un rico qui- 
trín que arrastran dos soberbios caballos. No os figuréis que ese lujo, 
ese boaio, esa costosa ostentación nacieron de un favor de la lotería; 
no 03 imaginéis que es el fruto de la muy amorosa protección d<^ al- 
guna vetusta vestal, de alguna viuda rica en pretensiones y en años 
y en capital; no vayáis á suponer tampoco que la muerte de algún 
banquero pariente suyo le haya puesto en posesión de una herencia 
fabulosa, no: ese empleado es un sabio que á fuerza de discurrir y dis- 
currir sui generis ha encontrado por medio de uu procedimiento fácil, 
de una sencilla combinación, los elementos que constituyen la piedra 

filosofal [Sabes tú, lector amigo, cual es la piedra filosofal de un 

empleado? Y bien, si no lo sabes, haz por saberlo y lo sabrás. 

Si el ajo majas, tendrás 

Del ajo el jugo, ¿tú estas? 

Y aquí paz y después gloria, que siento subir al editor por la es- 
calera y quiero despacharlo cuanto antes, pues es hombre que no 
tiene espera. 

jPlegue á Dios que agrade al lector el EmpUado\ 

Manuel Larios« 



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HL EiiKISUMUio 



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EL CORREDOR^ 




ifieíl tarea nos proporcioaíi pintar tin tipo cuyt 
f esjyecialidad no es tan marcada que pueda ocu- 
par un lugar en la galería de Lm Cubanos pinta- 
tidüs por sé mismas; pero si esa «especialidad no se 
'' tlistingueá prifnera vista tal cual lo deseamos para 
llenar cumplidamente muestro propósito; con 
todo procuraremos pt-esentar el tipo con una 
exactitud que en cierto motio e«ictibra^se vacío. Enemigos d€ exór* 
•dios sobre todo en artículos ^ 'costtrmbres nos haremos cargo de 
Duestro protagonista bajo las diversas fases que ofrece. 

Facilitar las transaciones «nercantilesj avenir á los contrayentes 
y celebrar negocios he ahí el plíiicipai otgeto del corredor á quien se 

}3uso ese nombre porque corre de una á otra parte para concertar á 
os negociantes^ y á la verdad ninguno parecía mas adecuado aten- 
tiiendo á la manera con que dosempeña sn oficio. Una ciudad de tan*- 
to cometcio como la Habana ni>cesitaba ciertamente de corredores 
y creóse p^r el gobierno cierto número de plazas que constituyen un 
"colegiow No es del caso "espresar los requisitos que se exigen para 

Ííoderse contar entre los corredores del número que así se llaman á 
os que desempeñan el oficio con beneplácito de la autoridad para 
^stifi^if los de los corredores -intruses^ 



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—168— 
Siguiendo an plan lógico hablaré primero del corredor del náme* 
ro. Este aunque es arbitro de intervenir en toda clase de negoetacior 
nes licitas, sin embargo, por conveniencia propia suele dedicarse á 
pna determinada, naciendo de aquí una subdivisión puramente áa 
costumbre. Uno fssclusivariiente se ejercita en la venta de azúcar otra 
en la del café, este al fletamento de buques y aquel al descuento del 
papel de giro. ¿Veis á D. Salustiano á la carrera por la calle de I09 
Oticios con un pañuelo formando gran bulto? Pues D. Salustiano lie* 
va ahí treinta ó cuarenta muestras de azúcar, blanco, quebrado^ mouia- 
hado y cucurucho. que vá á proponer u casa del comerciante. D. Salas* 
tiano acaba de barrenar varias cajas de azúcar existentes en los alma** 
cenes de Regla. Provisto de una barrena y de papel dividido en ci|ar« 
tetas introduce el instrumento con afán, saca las muestras, tapa los 
agujeros que ha hecho, con unos tapones de corcho y se entretiene ei^ 
quitar alguno que otro terrón algo oscurito y un poco de polvo al 
frut >, para que resalte su brillo. Con éste objeto pondrá el blanco en 
papel azuloso, que todo tiene su busilis en este mufido de lágrimas. 
Concertado el precio, reconocido el azúcar y cobrado su importe, reci- 
be su corrttage y adelante, Ns^die sabe con mas esactit^d que D. Sa- 
lustiano el nún^ero de cajas que bay almacenadas en la plaza, las que 
quedaran de la zafra pasada y está al cabo de acontecimientos respecto 
á la alteración que deba haber en los precios, de los que hace el uso 
correspondiente. Si el rio Mississipi en una innundacion destruyó los 
ingenios de la Li|isiana, si en la India se ha disminuido la elabora- 
ción del fruto, si la remolacha se abandona en Francia, si en las cá- 
maras inglesas se trata de rebsujarlns derechos al azúcar, son cosas de 
que está muy al corriente D. Salustiano, 

Su compañero D. Perfecto se ocupa únicamente de la venta del 
café. Armado de su cala que guarda en una vaina de cuero, acud^ á 
casa del hacendado, introduce el instrumento en varios sacos 3* recibe 
en un pliego de café el grano que sale hasta reunir un papelón de 
gran tamaño. Por distracción separará algpnos frunciditos, negros b 
blancuzcos porque el mérito en el café consiste en que el grano sea 
grande y verdoso. De alli pciirrirá al escritorio del comerciante, prop<^ 
i^e el fruto, y convenido en el precio, cobra su corretaje después de 
Reconocido y cobrado por el ve^dedo^ el precio de la partida. 

El corredor de fletamento de bi^qi^es y el del descuento de papet 
de giro nada digno de referirse ofrece. La actividad, inteligencia y 
cabal conpcimiento del estado de \^ plaza constituyen su única cien*, 
cia. Lejos de mi zaherir una clase hpnrada, necesaria y á quien se le 
concede fé pública, y me congratulo con que ninguno del oficio que 
lea este artículo encontrará en él ninguna alusión ofensiva. 

EmpjejTO, si la Abogacía se ha visto invadida por \o^ pica-pleitos y 
la medjcips^ por los curanderos, si la ciencia de la jurisprudencia y el 
arte difícil de curar tienen sus neófitos. ¿Cómo pues esperar que los 
corredores no tuvieran asimismo sus corredores ¡ntrusosl¿cuando ía 
esperanza de ganar dinero no dio aliento a! prójimo para esploturlo 
bajo todos sentidos? De esa esperanza ó d^seo brotó el corredor intru« 
so, y mal hiibiéfamos llenado nuestro tipo si ^q 1^ consagrásemos ui^ 
Ipgar en el presepte articulo. 



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— 169— 



BL CORBEDOR INTRUSO. 




S raro qué ftós recbneiliénlíod con una |>érsDni que 
há herido nuestfo amor propio, porque Dios ctib al 
hombfe con dos amores: elttno para sii Divinidad, el 
otro para ^i Mismo. Un ¿entirfnento tan original casi nunca 
se desoye: y yo que al escribir no quiero atraerme la mala 
voluntad de nadie me he revestido del anónimo bajo cuyo es- 
cudo podré hacerlo con mas libertad exento de ese ténior. 

Es D. Hipólito Barbas-I.trgas el retrato vivo y efectivd 
del corredor intruso. Su carácter fielmente copiado será el 
énadró mas perfecto para representar á los de su gremio, pues como 
decano que es éntfé ellos, reúne todas las cualidades que distinguen 
á los de su clase. Nada se parece tanto á un huevó como otro huevoi 
ni tarrtpoco rtada de asemeja tanto á úri corredor intruso como otro cor- 
redor intruso. En profesiones diversas los qué siguen una misma se 
diferencian segiin la variedad de sus genios y pintar á uno no es 
pintar á todos; pertí en el corredor intruso no sucede lo propio. Soii, 
6¡n escepcion, cortados por una misma tigera. 

El corredor intruso se dedica á la compra y venta de fincas es- 
ticas, ufbanas y de esclavos; tambieil propone préstamos á U8uí*a. 

D. Hipólito Bstrbas-Iargas prescindiendo de las sesenta navida- 
des que cuenta, que lá edad no es del caso^ sabe revestir su fisonomía 
de cierto aire respetable muy necesario en su oficio para ser creido 
como un oráculo entre los contratantes. Es en su lengüage decididor 
y posee un estuche de términos hiperbólicos, para éúsnízar ó deni- 
^ar« de los que usa ségiin las circunstancias del negocio lo requie- 
ran. ¿Trata de vender una finca? Allá se vá con un diliívio de vocejs 
para el comprador enalteciéndola y ^on otro para él vendedor deni- 
grándola, porque el corredor es un fenómeno que lleva dos caras en 
un solo ciierpo, tal lo creería quierí oyese al mismo D. Hipólito en 
puerpo y a!ma hai)lar de una negociación, con los que han de celé- 
Jbrarla: sin embargo no hay por esto para qué graduarlo de falso, sirio 
de un hombre que posee todas las esperiencias; de un hombre qtie 
negocia. Observar esta conducta es indispensable para que se cierre 
ún ajuste y devengar su corretage, ünico fin á que se dirigen sus em-' 
bustés y tramoyas. Charlatán cual ningún otro dará razón con el ma- 
yor aplomo, desenvoltura y desparpajo de lo que sabe y también de 
lo qué ignora: procura sutilmente introducirse en el corazón de todoé 



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—160— 

Í pinta con los mas lisonp^eros colores las ventajas que resultan de 
I negociación. Trabaja, como vulgarmente suele decirse, d la brava. 
D. Perfecto dice al vendedor: es gana que nos afanemos, el di- 
nero anda escasísimo, la casa no está situada en el mejor punto y sus 
techos no son de cf dro; luego tiene el grandísimo inconveniente de; 
necesitarse comprar el agua porque la del pozo es ñital. Ademas; el 
capital en casas es una locura; los inquilinos que se mudan lleván- 
dose los alquileres sin que el dueño lo llegue á percibir, los huraca- 
nes que se han hecho frecuentes y en fin, D. Perfecto, otras muchas 
cosas que á V. persona de juicio, penetración y talento no se le pue- 
den ocultar, y sepa V,, aquí entre nosotros, que le ofrecen lo que la 
maldita casd no vale, que le pagan las ganas y que por la misma can- 
tidad sé que van á proponerle otra mejor á la compradora. No pierda 
V. la ocasión. 

Oigámosíle ahora con esa compradora. 

••Señora doña Nicolasa, créame V., no hay en que emplear el di- 
nero. Tengo mi millón de encargos para comprar casas y no las en- 
cuentro y para esta ganga la he preferido á V. por la anwstad que nie- 
dia. La énea se halla en muy buen punto y cada dia va tomando in- 
cremento; es un coche parado. Precisamente sé y de muy buena tin- 
ta que el Gobierno trata actualmente de construir una iglesia y u» 
mercado que no distarán una cuadra. ¿Cuánto no valdrá entonces la 
casa? Diga V. señora; sí los techos no son de cedro, esa poco 6 nada 
importa, el pino Je tea es una madera fuerte y durable, nadie emplea 
ya otra; en un siglo no habrá para que tocarla. El pozo es un mine- 
ral abundante con una agua tan delgada y esquisita que sirve hasta 
para beber, y eso que dice V. de huracanes es nn temor infundado, 
pues los que hemos sufrido afianzan que no los tendremos en muchí- 
simo tiempo: que semejantes chanzas no son para todos los días. Sepa 
V. que los negocios de ca5?as están escasísimos como que son los me- 
jores para asegurar uno sus capitales; y últimamente, señora,^ la finca 
es de gusto; clara, alegre, seca, fresca y hermosa: está materialmente 
botada á la calle en ese precio. Decidase V. pronto porque D. Sulpi- 
cio le ha hecho por mí conducto buenas proposiciones, dá el dinero 
que se le pide y se la lleva; pero ante» desearía que V. se aprovecha- 
ra porque en fin " 

Con este manejo 6 ínfulas de honrado y buen cristiano, D. Hipó- 
lito ¿podría no efectuarse la venta? Imposible. El negocio queda cer- 
rado por doña Nicolasa que teme dejar escapar la ^aw^a y que sueña 
con el mercado y la iglesia de proyectada construcción y Barbas- 
laigaa toma su correfage. Lo mismo acontece con cuanta negociación 
se le presenta, ciñéndose siempre á las circunstancias, Sus bolsillos 
están siempre atestados de papeles con mil apuntes y noticias inesac- 
tas: á menudo los saca y examina con la mayor atención, porque la 
apariencia es uno de sus elementos. 

También Barbas-largas es hombre que tiene sus puntas de letra- 
do y entiende algo de jurisprudencia para esplicar á los compradores 
y vendedores aquello de lesión enorme, modo de asegurar el contrato 
sin riesgo, ni responsabilidid, cuando se vence el dinero de menores 
en los tres casos de la ley y las malas consecuencias que por los ofi- 
ciales de causas traen los remates. 



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—161— 

D. Hipólito lee al amanecer los tres periódicos que se publican 
en esta ciudad y aún la Aurora de la vecina ciudad de los dos ríos; 
pero no en su casa sino en un café: registra las ventas y solicitudes 
y luego ocurre sin decir que es corredor, entra en el trato, propone á 
quien también ignora tener el honor de hablar con un corre- 
dor, y concluido el negocio declara su ejercicio y reclama el fruto de 
su trabajo. También acaece que D. Hipólito vá en busca de amos 
para fincas que rio se venden, pero que pudieran venderse y recon- 
venido por los dueños se disculpa impávido y malamente sí, pe- 
ro al fin .se disculpa y á otro negocio. 

No há una semana, le encontré algo incómodo á causa de haber 
leído un anuncio con el, para él fatal estribillo, de sin intervención de 
corredor^ en el que se solicitaba á préstamo una cantidad. Era de oírle 
espresarse contra el autor del anuncio, pronosticando, se entiende, 
que cop seguridad no conseguiría su objeto; y que haberle hablado á 
él ó á otro cualquiera del gremio seria cosa hecha en cinco minutos. 

D. Hipólito abarca también los negocios de usura; pero como 
esta ofrece mil particularidades que prestan al corredor un carácter 
especial, justo será delinearlo en un cuadro ad hoc en que resalten 
de bulto las virtudes que adornan á este honrado hermanuco. 



EL CORREDOR DE USURAS. 




L corredor de préstamos á usuras desciende por linea 

recta y sucesión legítima del corredor intruso y acaso 

entre algunos no merecería formase esta nueva subdivisión. Quien, 
desee encontrar al corredor de usuras ocurra á los portales de la casa 
de Gobierno ó de Ja Intendencia, á la Dominica ó al café de Arrillaga 
desde las 9 de la mañana hasta las tres de la tarde. Ksos lugares con- 
stituyen otras tantas sinagogas de nuestros fieles. No muy distante esta- 
rá el prestamista esperando los negocios que pesca su agente, que 
'pescaB\^ porque materialmente es una pesca tanto mas odiosa cuanto 
que generalmente la red ^' Necesidad'*^ és la que trae entre sus hilos á 
las infelices víctimas del usurero y de su corredor. 

Escuchad el diálogo entre un oficial de camas y D. Tranquilino 
Uñate, digno cofrade de Barbas- largas. 

— Necesito, Uñate, que me propocione V. seis onzas á premio á pa- 
gar tres al primer mes y tres al segundo. Tal vez antes podré verifi- 

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—loa- 
car ei pago por que ahora mismo voy con este espediente para que se 
ponga el auto de aprobación y se tasen las costas.'Es dinero en jaba. 
— Bien, le contesta D. Tranquilino después de haber examinado Rá- 
pidamente el espediente, ¿quién mas firma el pagaré? 
— Mi compañero Timoteo. 

— Enhorabuena. Ya sabe V., un doblón de á cuatro por cada onza 
como el otro dinero que V, tomó y si cumplida la primera mesada, iló 
la paga, se entenderíi vencida toda la deuda. 

— Hombre, Uñate, sea V. mas considerado: tres pesos por onza, es 
un premio muy regular. Compadre, á, V. le consta que siempre he 
cumplido exactamente. 

— No puede ser, amigo; el amo del dinero prefiere tenerlo guarda- 
do á colocarlo á, menos. 

El pobre oficial que tiene dos hijos enfermos de gravedad accede* 
Elcorredor vuela á la Dominica donde el prestamista ha sentado sus 
cuarteles, le pide las seis onzas, se otorga ei pagaré por $127 4 rea- 
les á pagar en dos meses por mitad con todas líis renuncias y cláu- 
sulas posibles. El nombre del prestamista quedará en blanco, Y ¿qué 
.cantidad recibe nuestro pobre oficial de causas? Las seis onzas, res- 
ponderá cualquiera; pues, no Señor, ahora le toca al corredor hacer 
su agosto. A buen componer y por pura amistad le descontará por su 
corretage doce reales fuertes por cada onza. Feliz Uñate eu este 
mundo, misericordia para el otro! 

Sigamos á nuestro corredor que se ha encontrado con D. Eusta- 
quio. Este le pide prórroga por un mes de un pagaré de sesenta pesos 
que se le vence el subsecuente dia y no sin gran favor se le concede 
siempre que abone para el usurero media onza de oro y para su seño* 
ria un doblón de á cuatro. 

Mas observad. ¿Qué le ha sucedido á Uñate que detiene á cuán- 
tos amigos ó conocidos encuentra, habla con ellos dos palabras, se ale- 
ja de ellos, corre de un lado á otro afanoso, saliendo de aquí, entran- 
do allá, ¿Queréis saberlo? Le ha pedido dinero un nombre nuevo, una 
persona que le ocupa por primera vez y aunque la cantidad es mez- 
quina, anda informándose por todas partes de sus circunstancias per- 
sonales y pecuniarias. — ¿Se le podrán prestar doce onzas? ¿Goza fue- 
ro? ¿Es licenciado? ¿En qué se ocupa? Preguntas son estas que tienen 
por objeto averiguar si puede ser preso por deudas en defecto de pa- 
go, porque esa es una garantía que no debe despreciarse. ¡Desgra- 
ciado aquel que tiene que valerse del corredor de usuras para cubrir 
BUS necesidades! Además de la usura y del formidable corretage, sal- 
drá á la plaza pública por el pregón del corredor. 

Vedle ahora proponer un negocio al prestamista. 
— Sr. D. Juan, la firma del tomador es de P. P. y mejor si cabe la 
del fiador. Es muy protegido de D. N. (persona muy acaudalada) á 
quien si le pide dinero se lo facilita sin premio, pero no quiere ocu- 
parlo por delicadeza. El cuatro por ciento al mes es una cai»a de- 
cente. 

Hay otros corredores de usuras que si son ocupados b mejor di- 
cho empleados por algún capitalista, le colocan Ochenta 6 eren onzas 
de oro. El cobra, prorroga, presta y demanda éil su caso, dividiendo 
la usura con el prestamista aparte del consabido corretage. ¿Qué mu- 



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— 1G3— 
cho,paes, que vivan con desahogo y estén llenos de comodidades si 
ese lucro indebido les deja sobradamente para satisfacer sus viciost 

El corredor de usuras por lo regular es joven y vergüenza dá el 
decirlo, porque vergüenza causa que en tan temprana edad albergue 
esos sentimientos de egoismo, de crueldad y avaricia, que los escri- 
tores de todos los siglos y de todas] las naciones han atribuido á una 
vejez sórdida y afanosa de atesorar. 

Este cáncer roedor, debiera desaparecer de nue^'tro suelo genero- 
so. La mentira, la malaxé, la falsedad y el enredo son sus armas favo- 
ritas, iNuestra clase proletaria se vé á merced del usurero y de su cor- 
redor. Dios lo compadezca! 

Fabio. 



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íl (S[y)^i^ii?Dii= 



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EL GURRUPIE. 



>^»^»^t0*0^0m0^^ 



Luego descubrí al banquero 

Furoaudo su cigarrito 
Mauejaudo aquel ]ibritOt 
O recogiendo dinero. ... 

GOROSTIZA. — iKDUL&IirCIA FAKA TODOS. 




[ñlor, señor editor, valor se necesita al to- 
imnr la péñola en estos dias de tribulaciones, 
j'paiíi lüs que nos ejercitamos en la noble 
\ líFofesion de escribir, profesión que va pau- 
íktinameiite entrando en el rango de los mo- 
Idox de vimr que no dan con que vivir, Y digo 
I valor, porque ¿cómo arrostrar, sin aquella 
virtud, los envenenados tiros de la crítica, que se ha desatado en fu- 
ribundas diatribas contra la filosófica é importante obra que V. pu- 
blica con el título de Tipos cubanos? 



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— 16G— 

Estoy en la intima persuacion de que el tipo que en turno me 
ha cabido, hade sufrirla misma suerte que los que tan injustamente 
han herido ridiculas susceptibilidades, promoviendo polémicas que á 
nada conducen, y de las cuales solo una consecuencia se desprende, 
consecuencia que por injusta omitimos, convencidos, como estamos, 
de que no baria honor á la ilustración nunca desmentida del pais. 

Como quiera que sea y no faltándome la dosis de valor que se 
requiere para refutar toda clase de argumentos, ni la constancia de 
un testarudo litigante para reclamar los danos y menoscabos que á 
mi tipo se le infieran, entro en materia, no sin dirigir á los zoilos una 
salutación parecida á la que usaban en los circenses los gladiadores 
del pueblo romano ¡Cesar ^ morituri te salutant! que quiere decir en 
nuestro caso, ¡Señores críticos ahora va á salir el gurrvpié, cuidado co- 
mo se le trata, pues no he de consentir que le mutiléis, ajéis ni emba- 
durnéis á la manera que el hidalgo miinchego destrozó á poder de 
mandobles, las figuras del original retablo del sagaz y picaresco Mae- 
se Pedro/ 

Enemigos de investigaciones etimológicas, que suelen con faci- 
lidad rayar en pedantería, no entraremos de lleno en el examen del 
origen de la palabra gurrupié. Empero tampoco nos merece nuestro 
protejido, tal desden, que no hagamos una ligera resefia sobre este 
importante particular, pues si todas las cosas tienen su fundamento, 
su motivo, su porqué ¿no ha de tenerlo también nuestro tipo? Veamos, 
pues, el porqué del gurrupié. 

Viene esta palabra de la francesa croupier que significa según el 
diccionario de aquella academia, "Asociado secreto que lleva parte 
en una empresa de comercio, de hacienda, ó de juego, que se nace 
á nombre de otro, partiendo las ganancias y pérdidas." 

Debió introducirse en Cuba con la emigración de Santo Domin- 
go, lo que no afirmaremos; siendo para nuestro propósito indisputa- 
ble que las alteraciones que han sufrido así la voz, como las funciones 
de este tipo, han sido hijas del transcurso de los afios. En efecto, el 
que entonces pudo llamarse croupier es ahora gurrupié y y este ni es 
socio anónimo, ni tiene mas obenciones que su propina. 

Gurrupié significa en Cuba "El que ayuda al banquero en eljue- 
go de] monte componiendo las barajas ó tallando, cuando aquel se lo 
ordena." Por esta sencilla esplicacion se vendrá en conocimiento de 
que en cualquiera parte que haya monte ha de haber gurrupié, ó lo 
que se le parezca, pues la sabia armonía de la naturaleza tiene seña- 
ladas á cada ser, á cada cosa sus producciones, y así si los mares y 
rios dan pesca, los montes han de dar precisamente fieras y gurrupiés. 
Empero si es general y conocido este tipo, no tiene en ninguna par- 
te los rasgos que en Cuba, por lo que le consideramos como uno de 
los modos de vivir de esta privilegiada tierra de la odorífera planta fu- 
migable, del oro y de la fiebre amarilla. 

Quede pues, alia mente repostum contra los que disputar quieran 
sobre la carta de naturaleza de mi tipo, que el gurrupié es eminente- 
mente cubano. 

Desde niño ya dá el gurrupié marcadas señales de la afición ála 
carrera en que ha de ser una notabilidad. Notabilidad; ¿y porque no? 
¿No estamos en el siglo de las notabilidades? Puede creerse satisfe- 



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—167— 
clio ei amor propio de nadie si en su profesión no es teüido y repu- 
tado por una notabilidad? 

Dícese generalmente que en la infancia se demuestran ya nues- 
tras inclinaciones por el gusto con que nos dedicamos en esta edad 
á ciertos juegos. El que con el tiempo llegara á rivalizar con los Bos- 
süet y MSissillon, juega en la niñez k predicar; el que veáis mandar 
el ejercicio con una escoba y montado sobre otra escoba dar carga» 
de caballería, no dudéis que ilustrará la carrera de las armas. Pues 
bien; ¿qué llegará á ser ese niño que delante de una mesa pasa las 
horas enteras, con una baraja, combinando mil suertes dirigidas to- 
das á quevenga por delante la carta que se propone? Si no va á la 
escuela, si en gramática, ortografía, historia y otros estudios está 
atrasado, esto no obsta para nada. En sabiendo regularmente la subs* 
tracción para hacer al vuelo las deducciones de las puertas, no nece 
sita mas, y esta operación se adquiere admirablemente con la prác- 
tica. 

El gurrrupié no juega nunca dinero propio, y así nada arriesga 
pero esta circunstancia no influye para que deje de defender á sanare 
y fuego los intereses que se le confian, siendo en esta parte su divisa, la 
tnisma que distingue á la noble profesión de abogados. "Defienden los 
pleitos como propios, los sienten ("cuando se pierden) como ágenos.'* 
En este último estremo no es enteramente igual la posición del letra- 
do y la de\ gurrupié, pues claro es que cuando el banco pierde, no 
puede prometérselas tan gloriosas, como decirse suele. 

Por lo regular, C3id'd gumipié tiene su patrono 6 protector, que 
es el que le dá el dinero para que se lo juegue, desprendiéndose de 
aquí la consecuencia de que la fidelidad del gurrupié es á prueba de 
bomba. 

Su traje no se diferencia mucho del que generalmente se usa en 
el pais, es decir, que nunca sale del pantalón de dril, chupa 6 levita 
de Ídem, pero con la precisa condición que los bolsillos han de ser en 
extremo espaciosos para poder llevar las barajas, dinero, vejiga de ta- 
bacos &c. &c. Casaca no la usa y sí suele vérsele con el capote, pero 
esto solo cuando va al campo. Sombrero de paja y corbata puesta de 
un modoescéntricoy significativo. 

En los tiempos no muy remotos, en que públicamente se entre- 
gaban los aficionados al honesto recreo del monte, gozaba el gurrupié 
de infinitas consideraciones y ventajas que le permitian entregarse á 
los goces de una vida verdaderamente comoua. Además del gurrupea- 
jge, que era la cuota señalada por su principal y que nunca bajaba de 
ün doblón de á cuatro, y hasta solía llegar á tres, le pertenecia de 
derecho uno de los dos mazos de tabacos que se ponían sobre lajmesa 
y que estaban destinados para los dos personages principales de la 
escena. En las rifas, era de rigor que si el banco era el dichoso, lo 
que casi siempre acontecía, le habia de tocar ya la docena de me- 
dias, ya la de pañuelos de oían, ya la cadena, ya la sortija &c. &c. &c • 
No hablemos de refrescos, fruta, comidas y otros regalos de los que 
siempre participaba. Como las tiendas y estabecimientos situados en 
la vecindad de una casa de juego tenían su interés en fomentar la 
concurrencia, ya se sabe que los dependientes se hacían un deber 
rigurosa en obsequiar á nuestro tipo, no solo con convites de mo- 



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—108— 
mentó, sino remitiendo á su casa ciertos artículos de conocido valor 
y que contribuian al ensanche de las comodidades de su familia. 

Otras consideraciones no menos honoríficas sino tan lucrativas, 
embellecían en aquellos dichosos tiempos la existencia del gurrupié. 
Al entrar en la casa de juego todos le saludaban con afectuoso res- 
peto y diriase que era un ministro que atravesaba las antesalas de sa 
oficina para pasará su despacho: todos celebraban sus ocurrencias, 
BUS chistes: en las disputas su voz era la decisiva, en los casos dificul- 
tosos su opinión se acataba y se seguia. 

— ¿Que juego se dá, decia una vez un desesperado punto ¿que jue- 
go se dá, que yo no acierto ni por casualidad? 

— Calle derecha^ respondió otro muy confiado en que habia puesto 
el dedo en la llaga. 

— No Señor, esclamaba un tercero, guana¿ay^ guanajay' e^ el 
juego. 

— Si, guanajay^ como mi abuela, gritaba un viejecito encanecido 
sobre los tapetes. 

— Señor de Gavilán, tenga V. la bondad de decirnos que juego se 
dá, dijo uno dirigiéndose al gurrupié. 

Este, con cierta risita desdeñosa, que significaba su desprecio 
por las diferentes opiniones emitidas, esclamó: señores, nosotros no 
podemos decir á los jugadores el juego, pero para convencerles que 
ninguno sabe ni un ¿pice en la materia, quiero hoy prescindir de mis 
deberes; el juego es 

¿Qué, esclamaron todos á un tiempo ? 

Pues bien, dijo el gurrupié, ahuecando la voz el juego es 

CRUCETA BOMBA! 

Con la rapidez del rayo se desplegaron veinte vejigas y nuestro 
héroe recibió en sendos tabacos la ofrenda dirigida á su talento. Si- 
guió barajando, recogiendo dinero, formando y alineando los monto- 
de onzas, pagando con exactitud matemática, y dirigiendo de cuan- 
do en cuando miradas radiantes de satisfacción á los entusiasmados 
adeptos. 

A bosquejar no me atrevo 
Ni sus dedos ni sus uñas: 
No se quejen las garduñas 
Ni chille un cristiano nuevo. 

Escusado será decir que cuando la carta viene á la puerta, sabe 
instantáneamente el banquero, por intrincadas que sean las puestas^ 
la parte que le corresponde pagará cada uno, y contra su íállo no hay 
nunca apelación. En las carañuelas^ es decir, en el muerto levantado^ 
que no es otra cosa que el cobro de una cantidad por el que no la ha 
puesto, es inexorable nuestro tipo, que sordo á toda reclamación, si- 
gue todas sus operaciones con estoica serenidad, á menos que el re- 
clamante sea uno de los puntos de cabecera, en cuyo caso la paga, 
no sin la frase de cajón: sin ejemplar. 

Serio, adusto, taciturno y poco amable, solóse levé alguna vez 
sonreír con los puntos afortunados; privilegio que hasta en esto tie- 
nen los favorecidos por la inconstante deidad. 

Legos nosotros en la materia, no podríamos dar una idea aproc- 



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—169— 
simada de los arcanos científicos que debe poseer un gurrupié, y en 
esta parte no se nos tache de haber emprendido la pintara de un tipo 
que no- conocemos, porque nosotros describimos solamente lo que 
está al alcance del observador. £1 gurjupié, por ejemplo, debe saber 
amarrar; claro es que aquí no se toma la palabra en el sentido literal; 
y sino sabemos lo que se quiere espresar ¿habremos por esto de re- 
nunciar i la descripción de un tipo tan simpático y popular? Lo que 
únicamente podemes decir en obsequio de los interesados es que 
cuando amarran, no es por hacer trampas, sino portel deseo de saber 
la carta que primero viene jdeseo bien inocente, por cierto, y que á 
nadie perjudica. También aebe saber enterrar, cosa que no concebi- 
mos como pueda verificarse no siendo médico ni sepulturero. 

En la conversación usual, no se hace notable nuestro tipo por 
su facundia ni por su erudrcion, pues toda esta no pasa de la narra- 
ción de lo que ocurrió en ¡as ferias de Regla, en tiempos del Sr. So- 
meruelos, cuando en la partida grande, una maldita sota tuvo la cul- 
pa de que ahora no se vea él con un hermoso cafetal, casa propia y 
carruage;. aunque á decir verdad, no debe quejarse como otros de la 
fortuna, pues al cabo tiene, con la protección de su principal, qui- 
nientas oniais disponibles para tallar en la capital y en las ferias. 

En una sola materia desplega el gurrnpié su elocuencia y los 
primores de una oratoria no fútii y de hojarasca, sino sólida y aun 
basada en principios importantes de administración y de economía 
política. Cando se trata, ya de intento, ya accidentalmente, de las 
. ventajas que á la sociedad reporta el juego y de los incalculables per- 
juicios que ha ocasionado su prohibición: ^'Señores, dice lleno de 
unción y de entusiasmo, con el juego se reanima y embellece la po- 
blación, todos buscan, todos tienen, y la abundancia, el placer y la es- 
V*pansion reinan por dó quiera. Con el juego se vive sin estar el hom- 
*'bre encorvado bajo el peso de un penoso tj-abajo. Las tiendas ven- 
**den mas, los cafés, las bodegas tienen un despacho asombrase, y una 
*^casa de juego es la providencia del que nada posee, pues con entrar 
**en ella, ya puede contar de seguro que de allí ha de salir armado. ¡Oh 
^Hémpora^ ó bellísimas noches en que al mágico son de una ruidosa 
"orquesta se hacian asombrosas jugadas! Ya no se baila, porque el 
*»baile y el juego no pueden vivir separados, y ahora cada uno existe, 
**como si digeramos, en divorcio; siendo la suerte del último mucho 
"mas lastimosa, pues se yé reducido á la clandestinidad y sus alum- 
"nos. sin hogar seguro y siempre de allí para aqui, se, asemejan en 
"cierto modo, á la maldecida raza condenada por un deicidio á andar 
errante y vagabunda." 

Era en un tiempo el gurrupié el promovedor de los bailes, pues 
no habia un llamativo mas eficaz para atraer á los incautos al rede- 
dor del mágico tapete. Esta circunstancia le daba inmensa popula- 
ridad y le conquistaba las simpatías de las niñas de su barrio y de 
otras muchas. La práctica de dar estos bailes lanzaba al gurrupié en 
otras especulaciones. Tenia un gran surtido de, sillas, sofaes, cua- 
dros, bombas y otros adornos y muebles que alquilaba para funciones 
particulares, como bodas, bautismos, ^c. ^c. 

La amabilidad, los buenos modales y la urbanidad son circuns- 
tancias indinpensables en el ejercicio que vamos describiendo. En la 
mesa de juego» aunque siempre con mas ojos que un Argos y atento 



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— 17<I— 

á ias stóas de 8U prtuci^l, no podía prefircindír del fino trato y dfife^ 
renciB, con que había de recibir las puestas psirsi colocadas eu la« car- 
tas que se le indicasen. Es verdad qne k vieces le era necesaria mas 
paciencia que un Job, muy particulaimente cuando brillaban en ia 
mesa las gracias del sexo heroiofto, lo que no era, en verdad^ un acon- 
tecimiento tan raro, que tengaaies que colocarlo en ia categoría de 
los fenómenos. . ^ 

— Señor Gavilán, pagúeme V, mi doblón. 

— j^Pues qué, señoja, iba V. un doblón al eiete? 

— Si señor; estfe caballero me lo íha visto poner. 

Y por respeto al. «exOí nuestro* tipo tenia que pagar una |^»e«^€i 
imaginaria. 

Sucedía también n^ pocas veces que sLe^ gnrrupié rec€A*daba 
que la señora le habia mandado marcarun dobioii á una car a, cuan- 
do venía la contraria se dirigia coa melídua voz á la dama, dicién- 
dolé: 

— ¿Cuánto iba V., señora? 

— Unn peseta; ahí ia tiene IT, ¡Jesús, que exigencia! ¿Cree V. que 
no habia de paga-rla? 

Cuanto hasta aquí hemos chicho deiuieatro tipo, dehesen tU/buen 
juicio comprender, benévolo iecstor, qa<ese refiere á una época en que 
no tenia esta ^ofeston las trai»as y las normas que en el di a. Ea- 
feonees el gurrupié vivía, camo^uele decirte, como el pesen el agua, 
y lí4 fortuna por do quiera le acariciaba;, Pero lus tiempo» ham cam- 
biado mucho, y casi ha desaparecido eil conjunto de especialidades 
que constituían este tipo. Los muy ptocos que aun lo ejercen ^r la 
co>iistante persecución del juego, han perdido muchas ventajan, ^y iias 
cargas anteriores tienen ahora que añadir la de bu&car el «ida ^é 
ofreftca mas seguridad pafa sua elucuibradjones. Gs verdad -que esta 
circiin«tancia no suele ser escasa ea buscas y en recursos. 

^Señores, decia nuestro Gavilán á varios amigos, á las $i«le y nie- 

dia, en la calle de número pero para evitar que allí »e pre- 

Benten personas indignas de alternar con caballeros, «e ha detevm^i- 
nado que la entrada sea á dos fMesetaft.^or f>er»dAa. Aili estará mi 
companero para cobrar. 

A la hora indicada iban acudiendo los cofrades y sdkaiido las 
dos pesetiWas, Cuando ya se encciutr»ban Deunidos y esperando Al 
4Nien Gavilán para qu* abriera la sesión, hete aquí qwe «e apar^ece 
«ste jadeando y pintado en su fiembJai3i«e eimas profundo «obresalto. 

-^Señores! Novia)!», esclamó, pof ahora sería esponeriios tc- 

tirémonos; dentro de un par de horas nos volveremos á> reunir. 

Retirábanse los asustados consocios y á la hora citada voívian, 
-no sin soltar cada uno la cuota señalada. 

Deapues de un buen rato, vuelVe Gavilán y dice: 

— ¡Novedad!! me acaban de decir que hay moros en ila coarta; 

sería temeridad el que ahora 

Y los pobres ^puntos se separaban y ^?o4^¡an «ierapre exáfribiendo 
€fl precio de entrada. Y asi llevando y traj^eindo 4 »u« ^a«¡»guado» 
' de acá para allá, y de novedad en nontdad llegaba i reunir nuestro lié* 
rué una cantidad muy respetable. - ^ 

^ Ya liemos dicho ^q^ne la fidelidiad del^urpupié esa prueba de bora^ 
1»a. En -efecto, mas dificil eeria aparti^r al «poI ide un «anr^Kaque á 



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nuestro tipo de la religiosa exactitud con que rinde las cuentas á su 
principal. Ni podría ser de otro modo, porque jamás tiene ocasión 
para cometer la mas leve transgresión del divino precepto que nos 
prohibe apropiarnos lo ageno contra la voluntad de su duefio. El es 
el que lleva cuenta exacta de las marcas, lo que quiere decir, que los 
fiados se hacen con su sola intervención. Dígase si en esto cabe ga^ 
tuperio, ni si puede haber la menor connivencia entre el punto y el 
banquero. Así cuando veáis que el gurrupié coje del banco tres ó mas 
onzas para dárselas á un punto, podéis jurar que la cantidad que de- 
clare á su principal que debe aquel, es tan cierta como una verdad 
matemática. 

Condición indispensable en el gurrupié es la de conocer perso- 
nalmente k todos sus comensales, y tener en la memoria el estado de 
los negocios de cada uno para arregler su conducta á la alza y baja. 
Si cuando un puntoy sin sacar dinero, dice; voy tanto á una carta, 
veis que^el gurrupié ^e apresura á tomar del fondo la cantidad desig- 
nada para marcarla, bien seguro es que aquel individuo, sin hac«^r^ 
información de ningún género, merece las risueñas miradas de la 
fortuna. En el caso contrario, el voy no acompañado de la acción 
será repetido sin que haga mas impresión en los oidos de nuestro 
hombre que el globo de javon con que juega el niño cuando se des- 
vanece Chocando contra la pared de piedra t)erroqueña. 




La buena correspondencia, la fidelidad nunca vacilante le valen 
al gurrupié la amistad afectuosa é invariable de su protector Kste 
será constantemente su paño de lágrimas, y en sus tribulaciones el 
bálsamo consolador. Cuando algún menoscabo en el individuo del 
gurrupié^ viene á inutilizarle para el manejo de cubiletes, es decir, pa- 
ra la banca, entonces su Mecenas le destina á un empleo mas seden- 
tario, pero que suele verse espuesto á violentas estorsiones. Aunque 
en la vida del gurrupié todo era dulzura y placeres en un tiempo, 
ahora, ya no hay tocinos donde hahia estacas ^ y estas ultimas suelen 
atravesarse para desvirtviar sus doradas ilusiones. Sí veis, pues, algún 



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—172— 
individuo de la clase honrada de que me ocupo, con un ojo o pier- 
nas menos, es bien seguro que esta última la perdió al invadir el te- 
jado de un vecino huyendo del tremendo asalto^ y que aquel fué tris- 
te despojo del bastón de un comisario, que por sorpresa se introdujo 
en la mansión honrada, y al atravesar sobre la mesa la insignia de 
mando con la frase sacramental de: ^^ Señores^ aguaiten la caña" tro- 
pezó con el azorado ojo de nuestro héroe, conviniéndole en cíclope 
moderno. 

Entonces es cuando entra en el ejercicio de la plaza que 
hemos indicado Como en estas cassis se debe temer mucho el carác- 
ter violento de ciertas personas, conviene quo asistan allí diariamen- 
te dos ó tres valentones de profesión distinguidos con el nombre de 
guapos. Es su det)er apaciguar los turbulentos ánimos, allanar amiga- 
blemente todas las controversias y por último hacer alarde de una 
fuerza de que casi siempre carecen. Llenan, sin embargo, su come- 
tido coi\ religiosa escrupulosidad > y al ver su aire^ sus ademanes de 
perdonavidas y su desenfado pudiera aplicárseles aquello de: 

"Tan necio queréis que sea 
"Que cuando á fínjir me ponga 
"Lo hag>a sin apariencia. 

La plaza de guapo es el último escalón de la carrera del gurrupié 
ó como dicen los muchachos, la última aleluya de la vida del hombre 
malo. Ya de esta no puede prometerse ascenso, y en su miseria no le 
queda mas consuelo que la simpatía de sus colegas, no estéril en 
verdad, pero siempre casual y tardía, ó una plaza en el hospital. 

Cuando encontréis por esas calles y cafés un anciano escuálido, 
macilento, canoso y melancólico, con chupa de dril arrierée en algu- 
nos figurines, pantalón blanco ya trahido y desfilachado, sombrero 
de antigua moda empolvado y mugriento á la vez, no tenéis que pre- 
guntar cual fué su ejercicio, con solo que oigáis dos ó tres periodos 
de su conversación. Cargado con la experiencia de los años, cual 
otro Néstor, sirve ya únicamente paira dar consejos en una materia 
€n que tanto se ha delantado. Y hastiado, fatigado de una vida sin 
goces, y aun sin lo necesario, se desata en imprecaciones contra la 
sociedad actual. Cuando le encontréis, jOjalá que su presencia sus- 
cite en vuestro espíritu la reflexión de que ese individuo es un ejem- 
plo palpitante de lo que puede el halago de las pasiones que nos im- 
pele á olvidar que ha de llegar una época de achaques, de abandono 
V de soledad, en que el hombre ha menester de los medios'que debe 
haberle proporcionado una carrera honrosa, y que él ha descuidado 
ó abandonado tal vez, por el incentivo seductor de un modo de vivir 
que no dá con qué vivir honradamente, ^ 

Manuel de Sequeira. 



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i 



"^"^ Ih^'^^^^ "^^ ^^lh'^'^0 



-....*. Yo receto 

Todo cuanto me da gana. 
Es ventaja 

De un médico ser^ijero 

De manos, caiga el que caiga: 

Porque un hombre se acredita. 

Los parientes no se agravian. 

Gl boticario se alegra, 

Y el muerto no habla palabra. 

D.Ramoií d^la Qilvz, 




\ onitos artículos salen de los médicos de todas 
partes; pero hay el inconveniente de que puedo 
f enfermar mañana, y me pongan los médicos 
i por haber escrito los tales articules, in artículo 
' mortis, lo ciial no es muy agradable. Todo lo mas 
Jque puedo hacer, supuesto que quieres, lector, 
/tener una ide?i del que recorre nuestros cam- 
ipos, es darte ciertas apuntaciones, escritas na- 
^^^^^^mm^mmm- da mcnos que por un individuo de la profe- 
sión, grande amigo mió, y que con declarar que se llama don De- 
siderio Tumbavivós, no tengo mas que decir para encarecerlo, y 



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—174— 
para que tú y todos vean si es, ó no es persona digna de fé. Puedes 
pues disponer de estas apnntacionéb como mejor te cuadre; aunque 
sea poniéndolas en letras de molde; y yo salvo mi responsabiMdad. 
pues si algo hay en ellas que no agrade á un hijo de Esculapio, allá 
se entienda con otro hijo de Esculapio que las escribió de su puño y 
letra. Además, si me decido á entregarte el manuacrito en cues- 
tión, es porque se deduce de él, que un médico de campo es propio 
para figurar ei^ un artículo de costumbre^, no tanto porque él se em- 
peña en ello, cuanto porque á la fuerza hacen que lo parezca las geir- 
tes á quienes ha ido á dedicar sus servicios. Y esto es todo lo que di- 
ria yo mismo si fuera á disculparme de tomarlo por sujeto de mis po- 
bres observaciones. Así, pues, haz lector de los papeles lo que te 
plazca. 

— "Luego que recibí mi título de licenciado y pude parapetado con 
él salir con mi cara lucia á hacerlo que indica mi apellido Tumba- 
vivos, creí que lloverían los enfermos sobre mí, 6 con mas exactitud, 
que llovería yo sobre ellos Pero pasaron días y dias sin que un cris- 
tiano me llamase, por lo que imaginé dos eosas; ó que el pueblo se 
habia asuntado con la noticia de haber oh médico nueVO, y no enfer- 
maba nadie, temeroso de caer en sus manos, ó que mis cofrades mas 
antiguos habían monopolizado todos kx» fttko» de salud. Fuese cual- 
quiera de ambas cosas, (y yo me inclinaba á adoptar las dos), lo cier- 
to es que por mi causa, aun no se habían tañido las campanas, y eso, 
que no me faltaban conocimientos, ni práctica de hospitales. Bien es 
verdad que á los que mueren en estos no se les dobla; 

'*Ello, consideraba yo ser muy triste haber pasado parte de mi 
florida edad yendo diariamente á las aulas á divertirme con mis com- 
pañeros, á arrojarles mígajones de pan, y á oir lecciones que las mas. 
de las veces no comprendía, todo por obtener después de tantos afa- 
nes una profesión, y que esta me viniese á fallar. Conque viendo que 
la ciudad noern para mí, decidíme yo á ser del campo. 

''Salí, pues, un día de mi casa, no á hacer aquella obra que en 
todos, menos en el médico, es obra de caridad: larde visitar los en- 
fermos. Yo no los tenia, y cuando el médico no tiene enfermos, fuera 
mucho exigirle que los visitase. Iba á verme con un señor amo de in- 
genio, gordo y sano, qtie necesitaba un lacultativo en su finca, y á 
quien se me habia recomendado. 

"Pocos dias después ya estaba yo en el ingenio Concurso, de la 
propiedad de don Próspero Débito, y ubicado en uno de los mejores 
y mas ricos partidos de esta jurisdicción. Tuve mi sueldo, la comida 
y una criada á mi disposición, que era en una pieza lavandera, coci- 
nera, costurera, y cuanto yo mas quería. Dejóseme además en liber- 
tad de igualarme en las fincas cercanas, y acudir adonde me llama- 
sen. Instalado en la habitación que sé lirie destinó, lo primero que hi- 
ce fué colocar contra la pared cuatro 6 seis listones de tabla á guisa 
de anaqueles, para plantar en ellos mi biblioteca, compuesta de las 
pocas, pero clásicas obras queá continuación se cspresan. Patolojía 
•de Roche y Sansón, La Religiosa, Formulario de recetas; tomos se- 
gundo y cuarto del Gil Blas de Santillana, FiHohjia de Rich^rand, 
Poesías de Iglesias y un Tratado de botánica aplicada á la medicina. 
Con ayuda de tan buenos libros, era poco Cnenotí que imposible ver- 
me perplejo, aun cuando se me presentara un caso de enfermedad 



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— Jt5— 
ttiSi» nuevo y estfafio que lo» que «e ven en el tomo de cartas inven- 
tadas y publicadas por Le-Boy, ó en los "atestados" donde vienen 
envueltos los pomos de zarzaparrilla, las cajas de pildoras de Mori- 
son 6 Brandreth, y otros medicamentos. 

"Pasaré por alto como los primeros dias de mi .permanencia en 
la finca, teniendo poco que hacer, me di á cojer mariposas, de lo que 
no me avergüenzo, cuando recuerdo que todo un emperador romano 
se entretenía en cazar moscas, y eso que no estaria tan desocupado 

^ como yo. Tampoco quiero hacer mérito de las terribles exigencias 
del mayor<il^ quien al anunciarme haber un nuevo enfermo me decía: 
"Fulano ha caído malo, póngalo usted bueno pronto, que me hace 
falta" — como si estuviese en el médico curar en un tiempo dado, aun- 
que algunos lo han querido hacer creer. O cuando me echaba fuera 
á los convalecientes, 6 cuando se tomaba la libertad de aplicar otros 
medicamentos que los prescritos por mi. 

"Cuando vino D. Próspero á visitar su finca, preguntó á este 
mal hombre, qué tal lo hacia el licenciado Tumbavivos? — liOBttmha^ 
señor, respondió él: este año hemos tenido mas muertos que el pasa- 
do. — Afortunadamente, mejor informado ei amo, supo que de cinco 
descendientes de Cham, que habían sido enterrados, los tres debían 
su muerte á accidentes fortuitos; de modo que á todo tirar, solo do» 

- muertes pudieran achacárseme^ lo que en mas de cuatro meses,, era 
bíeü poco para un facultativo que ha tenido tan buenos estudios 
como j'o. 

"Detendré me «n poco tratando de mis correrías fuera del pre« 

. dio donde estaba asalariado, porque eídas son las que constituyen al 
verdadero médico de campo. Y debo aquí advertir que no es uñare- 
gla general que todo faeaitativo que espolea cabalto por esos cami- 
nos reales ha de ser médico de una finca. Bien sé que los hay pro- 
pietarios: pero saliendo de casa, todos son iguales. 

"El primer enfermo para quien fui llamado no parecía atacado 
sino de un fuerte catarro, por lo que me limité á ordensü'le un senci- 
llo cocimiento de flor de borrajas y prescribirle que se abrígase. Pero 
enando al siguiente día pasé á hacerie mi segunda visita, salió á re- 
cibirme uno de la familia, y me participó que habiéndose Uamado á 
otro fiacaitatívo, eiscusara volverme á moiestar.^Pues no había yo de 
volver? pregunté. — Ya! pero como usted no recetó. — Y si no era ne»* 
cesarioí— -Siempre es preciso recetar cuando hay enfermos tome us- 
ted.^Y poniéndome en la mano lo que juzgó deberme pagar, se des-' 
pidió de mU 

"Digame si no era muy natural que volviéndome yo niedio mohi- 
no á mi casa, hiciese estas reflexiones.-^— La medicina es la que ha de 
darme á mi lo que busco, y esta jente jne indica el camino que debo 
•eguir. Debieran agradecerme que no les hiciese gastar dinero, y- 
que Íes evitase la incomodidad de correr cuatro leguas y reventar un 
caballo para ir áia botica en busca de una medicina que en mi con- 
cepto no era necesaria; y lejos de eso han atribuido á ignorancia la 
buena obra de no haber recetado. Pues recetaré siempre, y me dajré 
un aire de importancia de todos los diablos: quieren ser deslumhra- 
dos, los -deslumhraré: quieren no entender al médico, no me entende- 
rán. ir« dijo Lope de Vega que cuando el vulgo paga justo es com- 
placerlo, yorOOfaplaxicerjS á «ste vulgo del campo, pues él es quien me 



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—178—, 

— Preguntólo porque habiendo comido colas de pescado, pudiera 
estar atacada de una, colitis fi'imple^ pero quizás sea su enfermedaduna 
ñ^bre gástrica, 6 para que usted me comprenda mejor una gastro dúo 
dcnitis: y me lo hace creer la circunstancia de que vivimos en clima 
cálido; sí viviésemos enpais frío diría que era ana gastro entero coliti», 
ó séase fiebre mucosa: aunque debo advertir á usted que no todos fo» 
autores convenimos en que la, gástrica y la gastro dúo denitts, la mu- 
cosa y la gastro entero colitis, sean enfermedades idénticas.^ De todos; 
modos, lo que á usted le importa, es que sane su muger, 

— Si señor 

— Pues vamos k examinarla de nuevo. 

Hécholo así, volvíme al pobre marido que aun ñor sabia lo que 
por él pasaba; y ^ue á pesar de ello estábil .contentísimo por no ha- 
berme comprendido^ y le dije: 

— No es mas que una bronquitis, y ya no» ayudará la patología á 
echarla fuera. Yo he asistido este invierna á diez individuos atacados 
de ea?i flegmasía, y he tenido la fortuna que solo nineve se me ha» 
muerto. El método que sigo en estos casos es infalible. 

Dispuse un buen sudor de violetas para la noche, que era lo que 
habia de curarla; pero dejé mi receta para que diesen á la enferma 
dos cucharadas de la bebida cada hora, durante el dia. 

Una muger envió por mí^ porque habiéndose 9na niila suya man 
guUado un dedo al cerrarae una puerta le sobrevino un tumor que 
llegó H tomar un aspecto algo feo. 

,.«^No es nada, señora: la dije, seis casos he tenido de niñas que se 
han machuca'fo el dedo y todos han terminado-bfen. La causa de es** 
te accidente parece provenir de que, teniendo una niña puesta la 
mano en el marco de un» puerta^ se cierra esta dej^olpc y la pilla el 
dedo. La estación contribuye á hacerlos frecáe»lesi pues los vientos 
nortes que reinan, tienen las puertas en continuo movimiento si no 
están bien atrancadas. 

La lanceta libertó á la niña de aquella incomodidad; mas para 
completarla curación receté mi bebida, con la diferencia que pedí 
éffhle dosis, y ({ispii^je la diesezk toda la botella de una vez, segura de 
que había de agradarla. 

Seis años pasé en el campo, al cabo de lo» cuale» con el buen 
nombre que habia adquirido, y mas que todo con algup metálieó, pu- 
de volver á establecerme en la ciudad, donde, eonío lo sabeQ: todos", 
soy uno de losmas afamados fiícultativos. ¿Déboio á que he continua- 
do el sistema que adopté en el campo? ¿débola áque me hallo en dis^- 
Í)osicion de presentarme con cierto lujo, y sea un hecho que un tás- 
enlo mediocre sí puede ostentar, consigue mas que el verdadero sa- 
bio á quien tienen arnncaaiado su pobrera y su timidez?— ^Cuestiones 
son estas que no trato por ahora de aclarar, ni quizás trataré tie acla- 
rarlas nunca." 

— D. Jeremías. 

— Amigo editon 

—No veo inconveniente alguno en que publiquemos estas apunta- 
ciones que acabo de leer. Primero, porque es un médico quien habla: 
segundo, porpue al fin y al cabo, la pintura que él h^ce de sí, está 
muy lejos de convenir á tados los facultatívos del campo, y mucho 
menos á los de la ciudad, siendo cierto que alguno||ponozcoyo, muy 



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—179— 
dignos del público aprecio; que hontau su profesión, se desvelan por 
aliviar á la humanidad doliente con aquella cristiana caridad que na- 
die tanto como un médico tiene ocasiones de practicar, y procuran 
desvanecer los errores del vulgo en vez de hacer que se arraigen mast 
y tercero, porque los pocos que se parezcan al licenciado Tumbavivos 
bienmerecen una ieccioncilla inocente y festiva. 

— Ya he dicho á usted que haga en ello lo que mejor le parezca, y 
quede usted con Dios« 

J. M. de Cárdenas y Rodríguez. 



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EL MEDICO' 



Ab lino disce oinnrs. 
Todos son iguales. 

(Trad. libre.) 




eria preciso poseer la festiva pluma, la gracia y el sa- 
tírico látigo del maligno escritor del tipo "El médico 
de campo" para bosquejar al médico en general y for- 
mar Tin cuadro tal que fuese digno de colocarse aliado de 
aquel bien trazado boceto, tan lleno de verdad y de anima- 
cioijj tan picante como chistoso. Pero ya que me faltan esas 
dotes esenciales en un escritor de costumbres, sirva de escu- 
sa a mí osadía el carino que profeso á los discípulos de Hipó- 
crates, á quienes algo debo, pues todavía estoy vivo y así mengua 
fuera y sobrada ingratitud el no dedicarles un artículo. Tomo, pues, 
la pluma, y después de encomendarme á la indulgencia de mis bue- 
nos amigos los médicos, y á la paciencia del benévolo lector, princU 
pium sermoni daho Ustedes han de perdonar si les hablo en latín. 



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-^c^-- 



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—181— 

pero este latuí lo entiende todo el mundo;, inclusos los médicos y los 
boticarios, que, con medias palabras en latin se entienden á las mil 
maravillas. 

, En nuestro pais esencialmente aü:rícola, en vez 4e cultivar las 
ciencias y las artes que tienden á perfeccionar la agricultura y llévar- 
'a al estado floreciente á que por la feracidad privilegiada de nues- 
tros canipos estfl llamada^ encontramos mas cómodo, mas útil J^ so- 
bre todo mas noble dedicarnos al estudio del derecho, al de la rhedici- 
wtf, al de \íx farmacia y pdi'úculmmQnie al de la poesía, guiados sin 
duda por aquel conocido principio de que es preciso que todos viva- 
mos^ propios y estrafios. 

, Gracias á Dios, no nos faltan poetas, pue^ tenemos para surtir á 
iod^ la América y aun nos sobrarán para nuestras delicias. 

Abogados!! No hay mas que abrir la Guia de forasteros para pia- 
sar en revista la tremebunda cohorte que está encargada de cuidar 
de nuestros intereses, aunque sin dejar por eso de cuidar de los suyoSi 
pues los abogados no se han estado quemando la$ pestañas estudian- 
do el Digesto para luego hacer escritos de guagua^ cosa por deHíás ín- 
digesta. M , , . , ; 

Farna,acéut¡cos!! Hay en cada calle dos 6 tres, establecimientos 
piadosos i cargo de estos profesores que prestan f^l público tant^ üti- 
* lidad como a si propios. ¡Cuánto adornan la ciudad esas odoríferas 
oficinas,.. con cielo raso dorado, ar,Biatoste de caoba, pomos de loza 
fina, mostradores elegantes sobre los cuales campean enprmes rédiH 
roas de cristal de varios colores, á míinera de instrumentos de^mág^si; 
de física recreativa de algún jugador de cubiletes! Aquí se ven cajaai 
misteriosas con siis correspondientes rótulos; allí urnas de cristal que 
contienan el imponderable .aceite de alacrán ó de lombrices ó de otra^ 

sabandijas, toditas nauy medicinales y sobre iodo muy caras. Mas 

allá unipomo de vidrio que encierra nada menos que una hutía co- 
miendo un hicaco; aquí una redoma que contiene un enorme majá 
ei\ aguardiente; en fiíi acá y acullá cuatro ó cinco cajitas abiertas y 
á Ja disposición de los aficionados á las p <stas pectorales, cuya vit- 
tud es ^tan notoria y cuyos resultados son tan poco nocivos, (lo qrtle 
no efe' puede decir de todos los remedios.) 

Médicos!!! Cada día se aumenta el número de los alumnos. «de 
Hipócrates, al paso que desaparecen los enfermos, tanto que si Ifei 
cosa sigue así, á falta de gentes á quienes admiuistr.ir drogas y jara- 
bes, tendrán que curarse á sí propio» los médicos ó recíprocamente, 
lo cual, creo que no harán jamás por motivos qu^ elh>s no ignoran. 

Sucede, pues, comunmente, que -^ ün hombre que tiene la fortu- 
na de ser casado y que ademas es padre de dos hijos, lo cual es oteaf 
fortuna, viene la partera presurosa y con entusiasmo á anunciar que 
su esposa (del hombre) acaba dje dar á luz un íhfante t unaño (aqui 
se esmera aquella profesora en señalar con- ambos brazosj. El recien 
papá, que, como dijimos, lo eS ya de otros do* también robustos in* 
íUn|iQ8,.dá gracias á Dios, á si propio y á su mua:er por el aumenta 
de prole, y allá para su capote dice poco mas ó menos lo que sija^lie: 
*'Ya tenemos en casa á un. futuro abogado y á un rtspirante á far- 
macéutico. — ^. pues sefibr, este angelito que acaba dé regalarme 
nai. muy cara esposa será, será. . . . médico: no hay rémedití, ó por 
mfjor decir, tendremos d^ni^n nos dé remedios y con eso ik)» «bor- 



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rarernos el pago de honorarios por escritos largos^ los veinte reales fyer- 
tes por uu simple Jara&c simple y el consabido pesito de la visita. 

En efecto, crece el niño, vá á la escuela, es el mismo demonio, 
poco estudioso, travieso, en estremo aficionado á los dulces, á las 
pastillas y al orosuz. £1 papá deduce de todas estas cualidades que. 
su hijo tiene grandes disposiciones para la medicina; y como no lo 
puede sufrir en casa, se lo manda entero y verdadero al maestro de 
escuela que ya lo tenía á medias es decir á medio pupilo. 

, Pasan años. El niño ya-iio es niño, sino un muchachon, con pe- 
lo á la romántica, bigote y pera de chivo que mete miedo- Entom es 
pas^ á estudiar y todas á la vez, un sinnúmero de ciencias, de las 
cuales una sola bastaría para oc,upar la vida entera de un hombre 
aplicado, pero que el alumno tiene que saber, por que todas, todas 
le han de servir sino para curar á los enfermos, al menos para llegar 
á ser médico. Es de ver como por encanto, aprende, la botánica, la fí- 
sica, la química, la fisiología, la anatomía, la terapéutica, la Se- 
ñor uña intinidad de cosas mas fáciles de mencionar que de 

aprender. 

Si por desgracia, el alumno no tiene afición á la medicina y en 
vez de escuchar atentamente al catedrático, no asiste con puntuali- 
dad á las clases, prefiriendo ir a la inmediata confitería á refrescar, 
engulléndose para hacer boca media docena de pastelitos 6 choux á 
lácreme y á fin de hacer pasar todo eso, una copa de granizado dena- 
nitija ó un ^so de agraz: 6 también si el enemigo le tienta se pone 

á jugar unas cuantas mesitas al villar ay! ay! de los enfermos que 

cayeren algún dia en las terribles manos de nuestro Galeno!! Por eso, 
cuando queremos dar un voto de confianza á algún médico á quien 
no conocemos y nos decidimos á encomendarle nuestro cuerpo y 
nuestra existencia, preguntamos con sobrados motivos: ¿Que tal? ¿Era 
buen estudiante? 

El que no toma estos informes demuestra^ menos interés ])or si 
propio que por las agencias funerarias y convengamos en que los 
aficionados á la filantropía no pueden exigir tamaño sacrificio; y re- 
gla general: no hay cosa peor para los enfermos que tropezai: con 
médicos que en vez de haber hecho estudios profundos en la divina 
ciencia, se hayan entretenido en hacer versos, ea enamorar mucha- 
chas, poniendo á los papas en un continuo estado de alarma» ó 

en pasar su tiempo en los cafés, ó en el tiro de pistola, 6 en el campo 

cazando pájaros Todo esto es de fatal agüero para los pobres 

enfermos. . . 

Tan pronto como el bachiller en medicina recibe su diploma, 
basca la protección de algún médico de reputación, para que le aca- 
be de enseñar lo que no sabe (por supuesto que hablo de lo que no 
sabe el bachiller) y le perfeccione en la humanitaria ciencia de cu- 
rar. El médico protector franquea al modesto bachiller su biblioteca 
compuesta de cuantos libros sobre medicina se han escrito detde Hi- 
pócrates hasta nuestros dias, es decir, de medio millón de gr'Uesoi^ 
volúmenes llenos de admirables teorías, lo cual prueba de un inodp 
evidente lo mucho que han. . .'. sudado las jírensas tipográficas. 

Si el médico director es partidario del sistema antiflogístico, no 
permitirá que lea sú discípulo sino las obras en que se prueba de una 
manera que no deja la menor duda que desde que el mundo e« mun- 



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—isa- 
do hasta la fecha, esto es, desde que no había médicos y cada quisquís 
86 caraba como Dios le daba á entender, y morían las gentes ni; mas 
ni menos como ahora (aunque no en regla es muy cierto) el médico 
que no manda sacar sangre y no emplea (para los enfermos) las san- 
guijuelas y ventosas, no és digno de entrar en el gremio de la facul- 
tad, non est dignus mirare in docto corpore siempre latines de 

cocina, quiero decir, de medicina. 

Empapado el alumno en tan sabias doctrinas, jura, cual otro 
Aníbal, puesta la mano sobre un tomo de Broussais, odio implaca- 
ble á todos los sistemas curativos pasados, presentes y futuros, y]des- 
deinego profesa á las sanguijuelas un cariño digno de mjebres bi- 
clioa. Hace ademas firme propósito de no recetar sino aquellos reme- 
dios que señala la terapéutica como debilitantes, estenuantejg y que 
tienden precisa y directamente á desahogar al doliente de Cuanta 
sangre tenga en el cuerpo para luego tener el gusto de írsela reno- 
vando íai es que escapa el enfermo) á merced de limonadas, suero, 
leche, huevos pasados por agua y cuando mucho sopas de gato. La 
irritaciom * ^ ^ ^ hé aquí el enemigo; he aqui el duende 6 sea coco qnf: 
hay que combatir. Aquel joven alumno, por lo demás de buena índole 
y aun ai»abie, no sueña sino con las sangrías, las sanguijuelas, laá ven- 
tosas y no habla en todas partes mas quédelas irritaciones, de las so- 
pas de gato, de los baños calientes, de aneurismas, de agua helada, 
de belladona, de gastf o enteritis^ cefalgias, colitis, peritonitis^ atrofias.^ &, 

Hasta en su misma casa, viene á ser el terror de sn familia, que- 
riendo curar á los buenos y sanos, para probar la eficacia de su sííéTí 
ma; pero como quiera que todo el mundo le zafa el cuerpo, ya es an 
inocente perro, ya im apacible gato, ora una incauta cptorra, ora «« 
robusto cochino los que esperimentan, con notoria desgracia, los ad? 
mirables resultado» de su método. 

Si el médico director protector es humorista, es preciso entonces 
declarar guerra á muerte á las sangrías, á las sanguijuelas, á los cal-^ 
mantés, al agua fría, al agua caliente, á las limonadas, á los baño»^ 
á los jprabes, á las pastas, á las tisanas y en general á toditas las dro- 
gas de la botica. No hay mas que pentrarse de que nuestro cuerpo, 

objeto de la vanidad hum-dna, es pura 6 mejor dicho, impura 

corrupción y basura; y así es fuerza limpiarlo constantemente ni mas 
ni menos que nuestra casa que aseamos todos los días con la escoba. 
Y ¿cómo? Con purgantes y vomitívos, con ambas cosas á la vez 6 al 
menos alternando sucesivamente lia«ta que quede el cuerpo limpio 
como una patena. 

Es de advertirse (entre paréntesis) que, este sistema tiene pocos 
partidarios entre los discípulos de Hipócrates, sin duda desde que los 
enfermos se han convencido que para zamparse dos 6 tres cuchara- 
das de Le Roy no se necesita llamar á ningún médico. 

Si el caballero médico directpr es partidario del sistema de:-Ray* 
jpat/, hablará en estos términos al joven alumno: **Todos los achaques 
desagradables que afligen a la humanidad provienen de una multi- 
tud de bichos 6 gusanos enemigos del orden y de la tranquilidad del 
hombre, que han dado en la gracia de andarse paseando por nuestro 
cuerpo con la misma libertad que si estuviesen en su casa. Conviene, 
pues, desalojarlos! ... pero ¿cómo, dirás tií, ó joven alumno ¿cómo? 
por medio del alcanforl No acierto á comprender como hasta la fech». 



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— isi-~ 

no babiaoios dado con eae remedio universal que es el único que cu- 
ra todas las enfermedades. Muchos individuos ignorantes (sin ser 
médicos) conocían, hace siglos, la notcn-ia eficacia del alcanfor,' para 
destruirla polilla y otros insectos que se alojan en lasgabetas de una 
cómoda 6 en Ir.s escaparates; pero estaba reservado ii Raspaii el ho- 
nor de hacernos conocer que el alcanfor y sus compuestos mata á los 
gusanos do quiera que se les pueda pillar. Viva, pues, tan admirable 
remedio, que, además tiene un olor muy agradable para el que le 
guste. 

Et sic de coiteris es decir, que de los sistemas curativo» tidopt- 

tados por los médicos directores, resulta lo mismo. Cada cual pDlt<hl<i>* 
ra el suyo y asegura que el de su cofrade no sirve para maldita la cA- 
»a. Yo creo que todos tienen raion. 

El bachiller, dócil k lo^ consejos de su director accmpana í'^ este 
en todas sus visitas y aun en sus ausencias y enfermedades le sosti- 
luye, no apartándose ni un ápice de las doctrinas que le inculcara 
su sabio maestro. Esto lo alienta y aun se permite m ocult'n curar por 

sí y ante sí á algún enfermo, pero esto es muy raro y si lo hace és 

sin ejemplar. 

Guiado por las mixímasy el ejemplo de su maestro, muda de 
costumbres, de carácter y au:: de fisonomía. Se vuelve sório, pasta 
poca conversación, tiene trazas de estar siempre meditando acerca^ 
de Jas innumerables enfermedades qué afligen «1 la humanidad y de 
buspar remedios para curarlas. De un abogado vivo y hablador, di- 
ristlas gentes, cuando mucho, que es travieso y de ardiente imagina- 
cúon y por supuesto muy propio para hacerse cai^o de un pleito por 
éecesperado que sea: de un médico loquaz, de genio alegre y que ca- 
mine de. prisa, dirá el vulgo: "es un loco; no le llamaré, por cierto, 
si tengo la desgracia de caer enfermo." Esto lo snben los médicos y 
por tanto se dominan, hablan poco, caminan con paso grave y su 
semblante revela, al parecer, como diría un escribano, los afanes y 
desvelos; y aun muchos gastan espejuelos á pesar de tener una. v?sta 
de lince. Muy rara vez se permite el médico ciertas* diversiones ino- 
pe^te» como los teatros y las sociedades filarmónicas, pues se 4o im- 
pide el constante é ingrato estudio de la ciencia que profes^a. Ade- 
más ¿qué opinión formaría el público de un hombre cuya vida perte- 
nece h los enfermos, si le viesen todas l^s noches en el teatro? Ha- 
ciéndole sobrado favor, dirian las gentes que no tiene aquel médico 
enfermos á quienes visitar ó que bo tiene amor á la carrera. Kl médi- 
co no debe tampoco ir á los bailes. El médico no baila: esto es indig- 
no de su carácter, de su indispensable gravedad. 

En fin ya nuestro bachiller es médicí): ya vuela con sus propias 

alas, por su cuenta y entonces, merced á algún complaciente 

localista que anda á ca«a de noticias con que llenar la sección que 
está, á su cargo, puede leer cualquiera el párrafo siguiente; ^' Grado, 
Tenemos el gusto de anunciar á nuestros lectores que antes de ayer^ 
prlévio un riguroso y lucidísimo examen, recibió el grado de licencia- 
do en medicina el aplicado joven D. Luis Serato y Miel Rosada, á 
quien felicitamos cordiaímente, deseándole el mejor éxito. en su no 
¿fe y ardua carrera. Vive (aquí las señas). 

El primer cuidado de nuestro^ %o es proporcionarse, á costa de 
los primeros enfermos que caen bajo sus manos, una vola^nte 6 qui> 



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— ffe5— 
trln fiamante, con buenos nrreos, robusto caballo y rechoncho cale- 
sero. Este aparato qne nada tiene que ver con da ciencia médica es 
indispensable. El médico que visitase á pié, se daría todas las trazas 
de un corredor vendiendo granos de café 6 muestras de azúcar. La 
volante indica el .s^ran número de enfermos; los arreos de plata anun- 
cian la comodidad y lujo con que vive el médico que todo lo debe á 
sus admirables aciertos; en cuanto al rechoncho calesero y al robus- 
to caballo son las pruebas vivas y palpables de que en casa del facul- 
tativo toíios están gardos, buenos y sanos que dá gusto, desde el amo* 
hasta el caballo, y cuenta que este último no cesa de trabajar iodo ef 
sattto dia, otra señal inequívoca de que el médico no puede con sus 
enfermos, es decir, no puede dar abasto con los dolientes aunque no- 
tenga todavia ninguno. Con efecto en todas las carreras hay que pa^ 
sar lo que vulgarmente se llama el año de noviciado^ máxime en la de 
medicilia en que pululan los médicos, 

¿Veis á aquel hombre que ya en un quitrin, con un libro 6 folle- 
to en ía mano, absorto, al parecer, en la lectura de algún nuevo re- 
medio, para curar la hidrofobia, vulgo rabia? ¿A donde se dirige? Ni el 
mismo !ó sabe. Lo esencial es que el público naturalmente cufiosp., 
llegue 4 saber que allí V£^ el doctor tal. Lo esencial, pues, es darse ík 
conocer, porqué nadie quiere curarse con médicos desconocidos. Es- 
to lo saben los médicos y por eso ^lyeptau mil ingeniosos arbitrios 
para adquirir reputación y crédito. 

Ya es un comunicado suscrito por un amigo que estuvo ag#iii- 
zandp, pataleando que mptia miedo, con los preparativos hechos y el 
lio djshajo del brMo pax^ irse al otro mundo, avisadt la agenciar ffr 

neraria y ¡ajustadp el entierro de segunda clase, cuando 6 asonv- 

bro! vino á habérselas con la inexorable Parca el joven licenciiarfo» 
D. Mamerto Mosca y en menos de quince dias arrebató su presa á 
la odiosa Muerte, restituyendo ala yida al comunicante, que, en cnan- 
to saltó de la cama, se apresuró á rendir el debido homenage de gra- 
titud á su joven. salva.dpr que vive en la chille de tal n.*...* 

Va es un soneto remitido y suscrito por una señora á qnien el jo- 
ven Dr. D. \ entura Bisturí practjicQ la dificil operación de estraer sir- 
te golondrinos que no la dejaban dormir hacía la friolera de nneve 
meses. Dice asi el soneto que es á fé. tan bueno como los muchos que 
s^ publican todos los di^s en los p^ri^dio^o^. 

Pre^a de horrendo mal, la sepultura 

Ante mis pasos débiles se abría; 

pe Galeno á la ciencia resistía 

Mi perenne opre^pra calentura- 
Hice del testamento la escritura 

Y de mis hijos 3'a me despedía, 

CuaUjdo acercóse en venturoso dia 

A examinarme el sabio Úon Ventura- 

Aunque la fama le nombraba esperto^ 
Sú remedio acepté sin esperanza; 
Porque ese don de levantar á un muerto 

23 



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áoío al Dios de los orbes sé le aícaiítá. 
jMe levantó en seis horas él bendito! 
Y estas gracias le ofrezco ptír escrito. , - 

Como quiera que^ según ya hemos dicho, pululan los Vateü eñ 
festa'feraz tierra de Cuba, le es sumamente fácil a un médico qué quie* 
re darse á conocer, granjearse la amistad de algún poeta compla- 
ciente que le obsequie el dia de su santo con tin par de sonetitos por 
el estilo del anterior y en los que asegura que el tal doctor es por lo 
bajo un Du-puytreii, un Corvisart, un Magendié, un Velpeau, &r. é»c^ 

Ya es un anuncio pomposo redactado por el mismo facultativo 
en que participa k siís amigos y al público f cuya amistad anhela tatn- 
bien) que por un método sumamente sencillo, fruto de una larga prác- 
tica y constante observación, cura todas Ihs enfermedades cotiocidas 
y por conocer, endereza jorobas de nacimiento, vuelve la vista á los 
ciegos, ¿omponé br<izos y piernas que es un priníor, bate las catara- 
tas en un abrir y cerrar de ojds, facilita la salida de los ícítos sin dd- 
lor ni lesión; posee el secreto para que la^i mugeres morosas tengan 
al fíu el dulce consuelo de dar á luz media docena dé muchachos ro- . 
t)ustos &c. &c. A los insolventes se les cura de oficio, 6 séáse de 
guagua. 

Al dia siguiente se llena la ¿asa de nuestro 6aléno de una le- 
gión de ciegos, da paralíticos, de jorobados, de cojos; de tuef tos, de 
f^^l^os, de negras viejas, de chinos que dan compai^ion. 

Otro de los ingeniosos medios para adquirir €frédito es la ínveíi- 
-cíón de algún jarabe especial para poner el ni gafddtro ni o nuevo; 6' de 
alguna pasta maravillosa para los catarros que se pronuncian en los 
pulmones; 6 de algunas pildoras que limpian lamasa de la sangre 
mejor que con una escoba; 6 de algún ungüento prodigioso que es 
lo que hay para las almorranas y la sangre de espaldas. El caso es 
ver BU nombre en letras de molde. 

. Cuando el médico va á visilar á un enfermo po^ primera vez, tie- 
ne sumo esmero en su toilette^ engalanándose con la mejor casaca y 
luciendo en la bien planchada pechera de su camisa un hermoso al- 
filer de brillantes. Entra en la casa, por supuesto armado del consa- 
bido bastón con borlas, con suma gravedad y circunspección, si bien 
deja asomar en sus labios dulce sonrisa como prueba de su amabili- 
dad y también para tranquilizar en cierto modo el pánico terror que 
infunde siempre en una casa la presencia de un médico. Se acerca al 
doliente y al mismo tiempo que le toma el pulso, echa una mirada 
distraída á la niuger del paciente y si este es rico, lo cual se conoce 
por el aparato y lujo con que está adornada la casa, suele entonces 
sacar el reloj, frunce las cejas, sé muerde los labios, vuelve á totñar el 
pulso con la diferencia de que la mano qué toma ahora es la derecha 
y antes eirá la izquierda. 

La esposa. — ¿Qué opina V. señor doctor? 

El doctor (guiñando el ojo á la esposa)— Esto no sera nada. .,. . 

nada cuando V. me mandó á avisar, estaba yo en una junta. J . « 

aun es tiempo de combatir la enfermedad 

La esposa.^'Mi marido es muy aprehensivo. Yo creo que lo que 
él tiene es un fuerte catarro 



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—187— 

El doctor (sonriéndose). — No es mal catarro, sefiora mia, aU 

go mas pero 

JE/ /io/icníc (asustaclo).'^— ¿Estoy de peligro, doctor? (á la esposa) 
No te lo dije, Ghona mia, no te lo dije 

El doctor. — Animo, iinímo voy á recetar un jarabe pro* 

cure y* sudar, á bien que agregaré una bebidita que hasta la uo^ 

che 

(El doctor saluda al enfermo y pasa á la sala seguido de la se- 
ñora). 

La esposa. — Puede V., doctor, hablar coa franqueza ¿Es cier- 
to que.....? 

El doctor.'*^Mncho temo una reacción, sefiora mia, porque en es- 
tos catarros pulmonares, no parece sino que la enfermedad quiere ju- 
gar con nosotros al escondite. El cerebro está amagado ¿Me ha- 
ce V. el fiivor de darme papel y ah! ya sabe V. que debe mandar 

á la botica del licenciado Pildorin. Es hombre de conciencia, aun- 
que lleva ifpor sus drogas mas caro que sus cofrades pero él no 

vende gn^por liebre, (receta) Ayl señora, los enfermos no nos dejan 
vivir y sin embargo no faltan gentes que digan que somos nosotros 

los médicim Job que no dejamos Bah! Mire V tengo qué ir 

ahfip'a á v^r 4 la marquesa de y luego al conde de y antes 

de ir á comer estoy citado para una junta en casa de dona Sínforosa 
Clito,.que está con un histérico de muerte. Ah! señora ¡qué in- 
grata carrera es la nuestra! A los pies de V. 

Como el doliente no tiene sino una mera flucsion, se pone bueuo, 

pero como es rico, se pone bueno lo mas tarde que puede el dorc- 

torque ha tomado tanto, carino al enfermo que quisiera verle todao su 
vida dos 6 tres veces al dia. 

Si apesar de sus esfuerzos para alcanzar reputación y crédito no 
logra nuestro tipo que el público lea los comunicados,, loa sonetos ni 

los anuncios, entonces muda de sistema y deserta las antiguas 

y venerandas banderas de la alopatia, pasando á ser un furibundo y 
entusiasta partidario de la homeopatia, cuyas maravillas proclama, 
confesando que basta la fecha todos los médicos (incluso él) bansidd 
unos bolos administrando brevages, tisanas mas 6 menos repugnan- 
tes, enormes pildoras, panaceas &. y haciéndose los suecos á la voz 
de Hannemann, al sapientísimo inventor de los globutitos y de la» 
dosis casi invisibles. 

Si esto no basta, se declara defensor del admirable sistema del 
agua fria osease hidropatía que cura todas las enfermedades como 
por encanto. Este método, en efecto, es uno de los mas prodigiosos 
de este siglo. Cuéntase que en uno de los establecimientos hidropí^- 
ticos de Berlin fué acometido un hombre de un cólico desenfrenado. 
El médico le mandó que se echara al agua. Hízolo asi el doliente 

y ó asombro! antes estaba cop el cuerpo doblado bajo el peso 

del mas violento dolor^ pues bien le sacaron del baño tieso 

como una tranca. 

Sin embara:p, la esperiencia ha demostrado que el mas efícaz ar- 
bitrio qué puede adoptar un médico que anhela fama y sobre todo di- 
nero, es el de viajar aluengas tierras y al cabo de dos ó tres años 
^ volver á su patria. Si trae de allende instrumentos, libros primorosa- 
mente encuadernados, botiquines completos &'. si nos puede probar 



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-.188— 
á fuerza de repetirlo que ha sido comeiiaal del celebérrimo t}r. tal y 
amigo del sapieniísinio Dr. cual;si á esto se agrega que champurrea eí 
alemán, el inglés y el francés; si finalmente celebra con entusiasmo 
todo lo que vio 6 no vio del otro lado del golfo, entonces es seguro 
su triunfo. Bueno es también que traiga de allá algún específico 
universal de prodigiosos resultados, algún elixir 6 Kob 6 panacea k 
cuando menos algún ungüento para los callos. 

Nuestro héroe deberá hacerse de r//^/4/' para ir á visitar á loa en- 
fermos; llegará el último á las juntas, hablando en ellas de todo me- 
llos de medicina y adhiriéndose siempre á la opinión del médico de 
cabecera, única persona que se permite ocuparse allí de la saliid Aé\ 
pdbfe enfermo. 

Debe cuidar también nuestro tipo de culiivar la amistad de uno» 
ó dos farmacéuticos á quienes protegerá y cuya pulcritud. Con cien- 
cia, habilidad y esmero ponderará en todas partes. A su \^t agradé^- 
cidos aquellos boticarios hablarán acerca de nuestro 4n6dÍ0(> con tan- 
to entuíiiasmo y tan tos elogios, que á fé, á fé que le entrarán tHi^i^eos á 
cualquiera de caer enfermo para ten^r el gusto de jsereftffttfo^' por 
tan famoso doctor. •• ■' 

Cuenta el histoso aáfor dé la fisiología dd Jfé^lb)i),^^é lá inven- 
ción del sistema bidropático se debe á los enojos débil téngatfto 
doctor eri medicina á quien negó la mano de «ii hij^^i»li 'íbOticíino 
que había tenido la habilidad de transformar en buenas y It^fiantes 
ouzas.de oro cuatrocientas tinajas de agua de chícorea ó d^l)^ri'ajas. 
JjTaiiíiaene animis doctoribus irwU 

Tanto álos caballeros médicos comoá losSref?. farmacéaticósles' 
conviene, paes, vivir en santa paz y armonía, ni ihtt» ni mferioá que 
Á los jueces con los escribanos y á los escribano* con los oficiales de 

cA.usas; todo en obsequio de sus intereses conio en los de! público 

jjue es el que al fin y al postre paga las ^vstasí 

lío pocas veces acontece (y esto, sea dicho de paso tiene lugar 
«n todos los paises civilizados, esto es, donde hay muchos médicos) 
«Me la Discordia con su infernal aliento infunde en los discipulos de 
Hipfócrates el espíritu de cabala, de rivalidad y de odio reciproco y 
sacude sobre ellos su horrible cabellera herizada de venenosas ser- 
pientes. Aquí fué Troya. El alópata, el hidrópaia, el raspailista, el 
orownista, él rasorista, el broussista, el homeópata, el humorista &,. cd- 
mopeiTOsy galos, viven en continualucha, obsequiándose mutuamen- 
te con mandobles adiestro y siniestro, cada cual endefensadeSu siste- 
ma; tratándose dé una ciencia tan oscura, que el maí« lince camina á. 
tientas, dando palos de ciegb á urdo bicho viviente, eso si, con las me- 
¿oíeá intenciones. Ibant obscurí sota sub nocte per utnbras. 

Ahora bien. ¿A quienes constituyen por jueces en tan intrinca- 
da contieAdat Al públicd. iQjaU pudiera éáte diriníir con acierto ik 
discordia y saber en tan' peliagudo juego con que canas gaita y con 
que cartas pierde. 

Una vez adquirid.! la reputación que tanto ha anhelado, üüefi^tro 
héroe puede prometerse ün porvenir halagüeño y una vida llena de 
placeré^, si bien no pocas' vece^ se ven tnrbadxís éstosj por tas visitas 
<iue tiene que hacer á sus numerosos enfernios; pero aún esto aicre'- 
cientasa nombradía y por átípuésto bu peculio. Tiene nuestro doc- 
tor entre aufe cliente» á dos que eétán yiii tomo si dijei-amos, cada 



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_189— 
tiual Goq el pié ijerecho en lasepalturáy fel izquierdo a^idó por iiües» 
tro Galeno, f'ste se halla en el teatro oyendo verbi gratia la deliciosa 
cavatina de Elvira enel Hernanii Llega súbitamente y jadeando «li 
caballero, recorre con ía vista la-inmensa platea del ¿oliseo, vé % 
nuestro doctor, se acerca á él y le dice ál oido: doctor^ el ehferm<'ves-, 
tá delirando,.... por Dios...-, venga V, un nioinento--:- un miiiií- 
to ahi está el carrüage. 

— Bravo, bravo ..... .^ grita el filarmónico doctor a-plaüdienSov . . . 

— Por Dios, doctor...... .^ 

— ^Bravísimo! . . ¿ . (al caballero) Voy : . . . voy. . : después del dúo. • 
Mientras tanto, puede V. tóraíiidar en íni íiómbre, que le aplfqueti di 
eiiíeíino sinapl^iníios volantes y ladrillos. . . . y. , . . (á úñ filaírriotJicó) * 
Que bien ha cantado esta noche Idipriihádiinná, . . ..' sobre todo el tri- 
no. x .... (al caballero) Vaya V.. . : . . . ahí . .. que Vayan á lá botica 
y que pidan un caustico del tamaño (íe raí «ianóv ... y dds docenas 
de sangilí^das . . . " 

En e«ta llega otro caballero ¿óii^ la iüísma prdtetision. 

— Doctor* se nos vá, se nos vá . * , desde !a ültitna s^figria está 
peor ^ ^ ■ 

•^Que teidln otri ::". . ^^o rio es nada ; ; . ;^o pasaré á verla ^n- 
tr0 fie tina hora. . . '* * 

— Do^or de mi ühás. ..... .venga Y^ , «e lo pido pot aquel angelito' 

barrigón- híj« dé V, 

Aaiiqm poco sensible éíi generiil, por el caro nombre invocado;* 
accede nuesuo galeno á seguir, iio siü visible disgusto, ál.iínpofírfW^ 
caballero. ^ ' ♦^ 

— Ahi vael Doclor Yod(f^ dicen algunos coiicurrentes. Caspita! y- 
¡que de enfermos tiene! No le dejan gozar de la óperu. ' 

— Oh! escláma otra, pronto Volverá. . . con; una recata más, . . . ya 
está el enfermo del oiro lado. ¡Parece increible! . ^ 

Los médicos y los abogados tíeuén ciertos puntos de semejanza 
tanto mas notables, cuanto que por otra parte se diferencian en el 
genio y costumbres. Ya hemp« dicho que los abogados generalmeute 
son vivos y locuaces al revés de los médicos que son graves, y fApi- 
turnos, sin embargo de que hay alguno que otro que no deja uieteri 
baza en su casa ni á la cotorra . . . ¿que digo? ... ni á su. cara costil 1^^,^ 
que creo es cuanto hay que decir. Ahora bien, veamos cuales son las 
circunstancias que constituyen esa semejanza de que hablamos. . 

Supongamos que yá á consultar á un.abpg^ido un proletario, 
vulgo, insolvente para que.lé.defienda u» pleitoque traiade eptablar 
contra un individuo que le diera una bofetada. '. ( 

.^— Cómo! han dado 4 V- unabófetada! Esáescosáséria, amigamio; 
un pleito critiiinalh . . . Cuénteme V. eí *üce»o.' [Quiéíi fué el agrééóH 
audaz que. i -i tofij^e Viaáiento. A proposito,- 'supfohgo qué ésta' V» ré* 
suelto á Hevar las cdsa/s hasta' el úhitíió e^trétrio. 'Bíeá hecho. ¡¡Uíiíi 

bofetada'.! :[,Sabe V. lo^tiué^s uná'tiofétádál a bien qué débé V: 

saberlo. . . .^ semeohádaba <5fíié. . . . j^és señbr-. . - . téftáráTi lá bondad 
de espetísarme...- para et papfel sélladb, firmas, píodé^ éí^i &c. fec: 
PreBurtí© qtte V. no es insoivétóie. : . .•; . 

*^Ah! ítociorcitode mieofázíEífí.... |K>ja44 iio Ib fu^ra, jíeío tefigo, 

— ^t eamo&í veamos lo que V, tí^m, .... 



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_190— 

— Tengo una porción de testigos que asegurarán qne no poseo, ni 
un chico.... 

— Ay! ay! (á parte). Malo! (alto). Ya esto muda de aspecto, amigo 
mió. Para meterse á litigante. , . , sobre todo en materia criminal, es 

preciso tener siquiera para los gastos indispensables todo, por 

su puesto, á reserva de reintegrarse luego. . . « pues, si f^eñor . . . . bien 

mirado el negocio una bofetada no pasa de ser así una 

bofetada que al fin. • . . eso no es nada. , . , quizás en un momen- 
to de exaltación hs circunstancias atenuantes la . . , . el . « . . 

los las Si V. supiera cuantas bofetadas se han dada y aun se 

dan por ahí por gentes^ groseras y villanas. Lo mejor es abandonar 

eso á un desdeñoso olvido créame Y . . . . Con que. , , . que Y. lo 

pase bien estoy muy atareado. 

Trasladémonos ahora, benévolo lector, 4 la morada de uno de 
esos doctores de fama y de crédito que tanto abundan. 

— Señor doc(pr, estoy, hace mas de un año padeciendo i«9s dolo^ 
res reumáticos que me dan muy malos ratos, . . . i v ' 

—Caballero, me alegro.... . ^ k. > 

— ¡Como! 

-—Por supuesto. Me alegro mucho de que se proporti^Ée nueva 
ocasión de esperimentar los prodigiosos efectos de un remedio line 
he inventado páralos reumatismos y aun para la gota. Es n$%xegene- 
radar universal de la sangre, compuesto de vegetales y con f Lcnai he 
tenido el gusto de curar á mas de trescientos gotosos. Cada, botella 
cuesta doce pesos. , . . pero crea V. que el precio es sumamente mó- 
dico, atendida la sin igual calidad de los ingredientes de que Be com- 
pone mi regenerador. Con veinte y cuatro botellas tiene V, bastante 
Sara limpiar la masa de la saugre de las impurezas que en su curso 
eva. El reumatismo! cuidado con eso si Y. quiere, ense- 
ñaré á Y una botella 

— El caso es, señor doctor, que yo soy un pobre y no digo 

veinte y cuatro botellas, pero ni aun una cucharada de ese regene- 
rador puedo costear. . •• 

— 'A.h! pues entonces, caballero, tome Y. baños delmar y 

eso no es nada el reumatismo molesta, pero no es peligroso 

Y. disimulará, voy á ver á doce ó trece enfermos de gravedad.. . , 
así es que 

— Pero doctor 

— Que Y. se mejore 

Inútil es decir que si los dolientes v los litigantes son ricos, los 

diálogos son mas largos y sobre todo mas interesantes para los 

médicos y para los abogados. 

Hasta ahora hemos descrito un tipo cuya vida, carácter y hábitos 
guardan casi^ casi, una identidad notable con todos los de su clase en 
el orbe entero; pero recordará el benévolo lector que hemos salvado 
en el prospecto de la presente obra, ese inconveniente, prometiendo 
amoldar ciertos tipos generales de la sociedad á las costumbres de la 
nuestra en particular. Con efecto, el médico en todas partes es médi- 
co v á fé que es carrera la de los dichosos hijos de Hipócrates que se 
halla mas al abrigo de las vicisitudes de la suerte y de los azarosos 
vaivenes de las revoluciones. En todos los paises hay enfermos. . . . y 
de consiguiente se necesitan médicos, aunque sean originarios delce- 



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—191— 

leste imperio; prueba de ello es el ínclito y nunca olviclado Zanzí, 
que, sin saber mas que dec\r dos pesus se llevó á su tierra 30.0QO pe- 
sitos, fruto de su talento. ¡Talento! Si señor que talento es y muy 

fea! y efectivo el ganar en menos de un año esa no tan despreciable 
suma, máxime en un pais donde abundan médicos sapientísimos que 

saben el latin, el griego, todas las lenguas modernas pero que 

desgraciadamente ignoran el chino, 

Fuerr.a es confesar, empero, que nuestros médicos en general 
son estudiosos, desinteresados y numanos. Los bay y no pocos de 
ciencia V conciencia, si bien otros, adoptando, con mas entusiasmo 
que reñexion los últimos sistemas médicos, cual él elegante que se cree 
obligado á vestirse d la demiere mode, llegan á inspirar no solo poca 
confianza á los enfermos^ sino que ellos mismos, caminando de con- 
tinuo en las tinieblas de la duda, concluyen por no creer en nada. 
Mas diré y esto en obsequio de los médicos cubanos, estos no saben 

ser charlatanes digo y teniendo á tantos cofrades que en esto 

de embaucar al prójimo, pueden servirles de modelos, pues, si bien es 
cierto ^ne hjín visjtado nuestras hospitalarias playas algunos docto- 
res en rne^Vípl y fi<Pí?^a dotados de verdadero é innegable mérito, 
en cambio no pocos enfermos incautos han sido víctimas de su espí- 
ritu de novelería por haber encomendado su salud á Dulcamaras tan 
ignorantes como impudentes. 

Concluiremos este mal trazado tipo repitiendo lo que pregona la 
Fama con respecto á nuestros benditos hijos de Hipócrates. Díce^ 
que son muy enamorados.... no solo los jóvenes, sino los viejos./.\^ 

(estos en mi concepto son mas peligrosos) pero prescindiendo de 

que el amor es la pasión mas noble del hombre y por su puesto 

también de la muger.... el clima la ocasión el ahinco 

laudable de estudiar a fondo las infinitas maravillas de la naturale- 
za. Además, la carrera es ingrata y el camino par donde transita el 
médico, no ha de verse siempre cubierto con funerales cipfeses y jusr 
to es que alguna que otra flor le consuele en su triste y penosa pere- 
grinación en este mundo, donde hay tantos farsai).tes,.. .. como los 
médicos no ignoran. 

José Agustín Millan/ 



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i;X> APHIUZS^KABOIl DS üi-üT' IV^jfmO, 



*E i0 anche $mo pUtorc' 



tutiVttduecian. 




sé quien fué el -prím^f egciítof d^ 
una ñsiolo^ía que no versase sobre 
los fenómenos de la v¡da< 6 las foncio- 

,nes del cuerpo humano en su estado 

de salud; pero sé que por habernos 

' regalado Mr* de Bahac con stt nunca 

1 bien ponderada FUiologia del matri-' 
^ monio^ llovieron fisiologías con abun- 

liaiícju Lii, quL^ iuv. uiiü cíi I-i liíidad. Diéronnos separadas fisiologías 
de los caracteres y estados mas opuestos entre síí-^las fisiologías del 
soltero, del rasado y del viudo: las fisiologías del paisano y ael mili- 
tar: las fisiologías del médico y del sepulturero: las fisiologías del 
acreedor y del deudorí las fisiologías del escribano y del hombre de 
bien. Filé verdaderamente una epidemia fisiológica la que afligió la 
república literaria; pero pasó como la langosta, esas, y todas las de- 
más fisiologías, comenzando por la del amigo Balzac, cayeron en el 



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profando abismo donde caen las obras malas, y las obras tontas aun- 
que estén bien escritas. ^ 

Y á pesar de tan triste ejemplo, viendo yo sobre mi bufete tan 
elevado montón de fisiologías, recordé que examinando el Corregió 
un cuadro de Rafael, esclamó entusiasmado: Eio anche sonopittore, y 
agarró la paleta y el pincel, y fué pintor; por lo cual yo esclamé: É 
io anche sonó Jisiologista^ y tomé la pluma y me di á pensar de quien 
habia de ser mi fisiología. En esto vi que bajaba las escaleras uno 
que habia sido administrador de un ingenio, y dije para mi ca[)ote: 
hé ahí mi hombre! 

Además, tarde ó temprano habia yo de dedicar alguna cosa 4 
este personaj^e, y alegróme que sea una fisiología, porque á la verdad 
es sugeto de humos, y es cosa segura que habia de molestarse vién- 
dose bosquejado en un vulgar artículo de costumbres, como cualquie- 
ra tipo de menos val:)r. El señor administrador de un ingenio, quie- 
re que se le distinga en todo, y no ha de ser seguramente un pobre 
periodista quien pretenda equipararlo con los demás hijos de Adán. 
Que lo hagan otros. 

Capítulo I. 

El origen de los administradores de ingenios, no es de los que se 
pierden en la oscuridad de los tiempos. Descubierta la América, y 
pasados algunos años, sembraron caña en sus islas para elaborar azú- 
car, y á estos terrenos asi cubiertos de caña, con las casas, máquinas, 
hornos y demás necesario para- dicha elaboración,- se llamaron y se 
llaman ingenios. 

Aquí es bueno advertir á los que pisen nuestras playas, y pase 
por digresión, que cuando oigan decir: Fulano tiene ingenio^ no siem- 
pre han de creer se trate de ingenio intelectual, pues es mas seguro 
que sea ingenio terrino lo de Fulano. Regla general: abundan mas 
los que tienen el segundo que los que tienen el primero, con todo de 
no ser muy estraordiuario el número de aquellos. 

Volvamos al origen de tos administradores, que no es sino el si- 
guiente: — no queriendo «?! amo del ingenio retirarse á vivir al cam- 
po á cuidar de su finca, pone á otro en su lugar para administrarla y 
adelantarla. Suele administrarla á las mil maravillas; pero tocante á 
adelantarla, es otro cantar. 

Es inútil decir que el amo asigna al administrador un sueldo, y 
que el administrador se asigna otro igual, con cuya feliz combina- 
ción, son dos los sueldos del señor administrador. £1 segundo es el 
mas seguro. 

Capítulo II. 

El señor administrador de un ingenio no está obligado á ser alto 
ó bajo, gordo ó flaco, blanco ó trigueño. Todas las estaturas, todas 
las complexiones, todos los colores, tienen franca la puerta- para abra- 
zar esta carrera, que lo es como cualquiera otra. Pero ha de saber 
leer^ escribir y las cuatro .reglas de aritmética; aunque ya los he visto 

24 



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yo que niogana de estas cosas sabían, y no por eso ban dejado dtñú- 
lir hombres hechos y derechos de la finca que administraban. 

Tampoco las yarias profesiones que ejerce el hombre, se oponen 
á que sea administrador de un ingenio. Asi es que vemos abogados, 
médicos, comerciantes, &c. 4 la cabeza de estas fincas, en calidad dé 
adniin ¡Miradores; pero no lo hacen sin renunciar antes á su primera 
ocupación: y cuando dejan la una por la otra, ya ellos se Saben el 
porqué. Al militar tampoco está vedado examinar este campo, contal 
que sea militar retirado y el motivo es claro. 

Ni el de noble nacimiento desdeña ser administrador de un inge- 
nio, ni la plebeya alcurnia eKobst.'ículo para conseguirlo. Sin embar- 
go, un profundo observador de nuestras costumbres, que piensa dar 
á la prensa cosas muy buenas, ha notado que los miembros de fami- 
lias donde hay un títulode Castilla, no suelen administrar sino el in- 
genio de algnn cercano pariente; pero está claro que no por éso de- 
jan de sfr administradores. 

Cs;i)ít«lo 111. 

Las facultades de un señor administrador sou omnímodas. Da y 
quita empleos, admite dimisiones, llena vacantes, releva de un desti- 
no y agracia con otro, toma residencias, confiere honores, juzga,sen- 
tencia y administra justiciíi; sube y baja salarios que paga otro, en- 
via embajadas secretas, se entiende directamente con el refaccionista 
lo que es muy bueno para los dos; dispone siembras y arranques, 
rompe la molienda, y la interrumpe 6 concluye cuando le parece: y en 
fin, hace todo aquello que hiciera en su lu^ar el amo, y mucho mas. 

También puede ocupar en servicio propio á los operarios arte- 
sanos de la finca: por ejemplo, el carpintero que á toda priesa tiene 
que echar una yanta a la carreta, ó una put^rta al almacén, lo aban- 
dona todo porque el señor admniistrador necesita una mesa para ju- 
gar al tresillo, 6 un cajón para enviar un recalo de cien panecillos de 
azúcar á una señora del pueblo. Si es casado el señor administrador 
y stl muger tuitiva flores, recibe orden el trjerocuando mas empeñado 
está por cnnclnir ur.os cuantos millares de ladrillos, de dejarlatodo de 
tamaño, y proceder a la fabricación de una docena de macetas. Y asi 
eon todos los demás. 

Puede también comprar aquellos animales que en su concepto 
bagan falta en el ])i*ed¡o y aunque no la hagan; pues como puede 
comprarlos, dando libranza contm el amo para su pago, está en sus 
facultades volverlos á vender, presentando luego la cuenta al amo, si' 
este llega á saber la venta. 



Cuando va el amo á su finca, es en ell^i el segundo, cuando no el 
tercer papel del drama. Verdad es que si sale de la casa vivienda^ y Se 
topa con el mayoral ú otro operario, éste se quita el sombrero y le dáí 
Ibs bnénod diatf o las buenas tardes, según la hora dd encuentro. Pc- 



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—195— 
ro 8Í da orden de hacei- alguna cosa, será. lo mismo que sí la diera 
desde su aposento al Preste Juan déla Abisinia. Mientras el señor 
administrador no mande, escusado es que lo haga el amo. Al fin este 
recurre al señor administrador; pero ha de ser á solas, porque nada 
se le puede advertir en presencia de otro, y él ofrece al amo que se ha- 
rá lo que desea. Pero no se hace, y esto por una razón muy sencilla: 
— al señor administrador no le agrada que vea el mayoral que se le 
ha advertido algo, pues lodo ha de salir de su caletre. Y, ¡pobre del 
mayoral! si el ^eñor administrador considera conveniente cumplir las 
ordenes del amo: porque se le despide bonitamente, se toma otro, y • 
entonces se pone en planta el proyecto, que atribuye el nuevo mayo^ 
ral á los conocimientos del señor administrador. 



Capítulo V. 

Sin contar con las ventajas reales, positivas y materiales que na- 
cen, por decirlo así, del empleo, tiene otras el señor administrador, 
W despreciables. 

Buena cosa es tener ingenio; pero cuesta afanes y dinero: bitu 
que ya hoy apenas cuesta lo segundo, pues tanto se va aguzando el 
Qtro ingenio, que casi se ha encontrado el secreto de sembrar muchí- 
sima caña y elaborar azúcar sin gastar media docena de pesos. Pero 
al cabo, el poseer ingenio da cierta importancia al individuo, aunque 
esto va también teniendo sus modificaciones. ¿Y no es cosa muy bella 
gozar de esta importancia sin el trabajo de conquistarla á fuerza de 
gastos y disgusto? Ya se vé que sí ¿Y quién sino el administra- 
dor la goza? 

Cualquiera, pues, que le oye hablar, juraría, á no ser hijo 6 so- 
brino del amo del fundo, que éste es suyo. No recuerda la historia un 
solo ejemplo de que haya dicho un administrador: — *^el ingenia tal, 
que dirijo, hará este año tantas cajas de azucara — Nada: el administra- 
dor, usando de una figura de retorica como también evtre los mari- 
nos, que dicen: "andamos diez millas por hora,'* para pignificar que 
el barco las anda, se esplica así: — "Yo hago este año tres mil cajas de 
azúcar^^ — queriendo dar á entender que el predio las ha de producir; 
pero quien le oye asegurar que él obtendrá esa zafra, da por sentado 
que el ingenio le pertenece, aun cuado rebaje de las tres mi* cajas, 
las mil y quinientas, ó las dos mil. Otras veces dice: — "mi azúcar se 
venderá este año á un medio mas que la de Fulano, ^^ 6 bien *'^yo vendo este 
año á tanto:^^ — Ei verdadero dueño de la azúcar vende, es cierto, á 
real menos; pero quien oyó con que impavidez y seriedad dijo el ad- 
ministrador "mí azúcar,^^ sin duda alguna se traga que la azúcar es 
suya y que él la vende. 

Si el amo mete fuerza, como decimos acá, al ingenio, el adminis- 
trador hablando luego sobre el particular dice: "^€ metido tantos bra- 
zos en lajinca,^^ y el cristiano 6 el pagano que tal oye, lo cree de bue- 
na fé, y forma de él un elevado concepto. 

Otra de las inapreciables ventajas del señor administrador de un 
ingenio, es que encuentra quien le preste dinero, con muchísima mas 
facilidad que el amo mismo del fundo. Por eso es que muy frecuente- 
mente lo busca el amo con la firma del señor administrador. 



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—196— 
Capítulo VI. 

A la vuelta de algunos años, el señor administrador de un in- 
genióse retira á la ci^dad y da dinero á premio; y de nadie exije mas 
seguridades que del dueño del fundo que administró. 

O bien en unas cahalhrias de tierra que al segundo año de su 
administración compró á corta distancia del ingenio, y que poco 4 po- 
co fué desmontando con la dotación de éste, empieza las siembras de 
caña, las fábricas y demás, para el fomento de otro ingenio que podrá 
llamar suyo con mas verdad que el primero. 

O bien titula, y pasea por esas calles de Dios convertido en con- 
ó de marqués, siendo entonces ana persona inofensiva^ bien que á 
vezes algo vana. 

O bien se casa, si era soltero; y si la suerte le da hijos, los educa, 
para que á su debido tiempo derrochen aquel caudal que con el sudor 
de su frente logró juntar. 

O bien si si se conserva solterón, se le aparecen como bajados 
del cielo los sobrinos que antes no lo buscaron, y hacen lo que debían 
los hijos. 

O bien hace lo que le da la gana, sin que tenga yo que meterme 
en ello, toda la vez que ya no es administrador, y que esta fisioiojía es 
de administrador. 

Conclusión. 

En esta, como en todas las demás carreras, el hombre corie según 
tiene las piernas. Administradores conozco bajo cuyo gobierno pu- 
siera yo, á tenerlos tres ingenios, y bien sabe Dios si desearía po; 
derlo hacer como lo digo. Lo malo es que no tengo ni tres ni uno- 
pero con decirlo, claro está que solemnemente confieso haber adminis- 
tradores á quienes debe pintarse con otra paleta que la que he usado. 
Hecha esta protesta, entrego mi artículo al cajista, previa censura. 

J, M. de Cárdenas y Rodríguez. 



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EL DIRECTOR DE ESCÜELITAS [i]. 




'aile! consumada locura por dos razones: primera, 
aporque la alegróla musa fué una muchacha bastante 
íloca, y segunda, porque los pies, sus representantes, distan 
mucho del cerebro, lugar donde es fama que se aposenta la 
Sra. D? Inteligencia enmaridage vitalicio con todos los sesos 
capaces de caracterizar á un hombre de sesudo. ¡Baile! pri- 
mera idea en nuestra Isla de Cuba del tan escondido movi- 
miento continuo, yo te evoco, no para hacerme prosélito de 
esos tus movimientos; pues no soy una sllfide, ni debo como una hu- 
rí distraer á ningún sultán, ni menos podré lograr amistarme con ese 
garbo tu cómplice, ni hacerme aéreo cuando me faltan alas^ ni des- 

[1] Escuelitas» — Denominacicn que se dá generalmente á ciertas Academias 
de baile. Aunque estas escuelitas no abundan hoy como en la época en que se 
escribió este artículo; aun cuando tal vez ya no existirá una solg¡ sin embargo, la 
descripción de las que fueron es una de las pinturas que mejor ^pueden manifes- 
tar cuanto es escesiva nuestra pasión por el baile, y en tal creencia, no desisto de 
publicarlo. Además, andando los meses, no será difícil que renazcan las eseue* 
' litas, dado que ellas constituyen una diversión inoeeota. 



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—198— 
eribir curvas ante un público, ui lo que es mas bello aun, forjar son- 
risas que así se avieneu con mi carácter melancólico, como avenidos 
moran en la misma posada tres hombres de igual oficio; te evo(*o sí 
para que me prestes á un personage que necesito ahora y á quien, 
asesíneme el mas feo puñal si no lo saco á relucir en toda su coreo- 
gráfica importancia y no para que él encuentre de que lamentar, sino 
á fia de que se vea como Dios y su padre lo hicieron, es decir, lindo 
6 feo, gigante ó enano, virtuoso ó con vicios, en fin, como él sea. 

Antes de pasearme de bracero con mi tipo delante de mis lecto- 
res, creo necesaria la descripción de los lugares en que funciona, de 
esas escuelitas que si bien conocidas por muchos no lo sou por todos, 
mientras que es mi deseo y mi deber que ninguno viva ignorante de 

?iue y como existen, de que y como prosperan, de que y como se han 
andado. 

La innata y creciente afición al baile ó á la danza que nos dis- 
tingue, á nosotros los cubanos, empezó por aguijonearnos para que 
solicitásemos todas las ocasiones posibles de mover los pies acompa- 
sadamente, ó de bailar, si mas gusta: pero como faltaban ó mas bien 
escaseaban los puntos en donde lograr ese bullidor objeto, tratóse de 
crearlos, y del intento pasando á la ejecución, formárouse las escueli- 
tas, título con que se les quiso designar sin duda para que en la pila 
del bautismo sacase nombre santiñcable una creación inútil bajo 
cualquier concepto. 

Creerán algunos al leer la voz escuelitas que estas, á pesar de sa 
diminutivo, son unos institutos de enseñanza, y según lo que llevo 
escrito, que es enseñanza de baile; pues sepan que sucede todo lo 
contrario; á las escuelitas acuden únicamente las personas que sabien- 
do ya danzar desean ejercitar siís conocimientos por medio de la prác- 
tica, resultándoles siempre que salen de allí maestros y que sin em- 
bargo no se hallan en disposición de rendir culto al arte de la seduc- 
donen la elegante Academia del Sr. Segura, por ejemplo, y no por- 
que haya inmoralidad en el modo de bailar de aquellos danzantes, si- 
no mas bien por lo nada afiliados que estarían un paso vivo y un com • 
pás lento, un tour de forcé y un andante de los que menos aprisa an- 
dwif, 

' En las escuelitas hay una tarifa que rige invariablemente y es la 
de ana peseta rencilla por cada danza (de diez minutos de duración) 
de la« cuales pueden bailarse hastu nueve cada noche, muy á la com- 
placencia del director que en la mayor reproducción de aquellas ei^- 
cuentra el mayor lucro- Para las niñas concurrentes no falta jamás un 
obsequio de ^ue todas las semanas se desprende el director á fin de 
tenerlas propicias y favorecedoras constantes de la escuelita, obse- 
quio, es verdad, ofrecido con decoro, y que al aceptarlo no creemos 
denigre en manera alguna á nuestras jóvenes: porque la pobreza no 
es una deshonra, y lo que una muger adquiere sin prostituirse, eso va 
en honor suyo, eso la encumbra y si hubo despreocupación, todavia 
es mas reflilgente su aureola. 

La necesaria parte filarmónica de las Escuelitas se compone re- 
gularmente de una flauta ó clarinete, un violín y un violón, mejor ó 
peor tocados, situándose los egecutantes en el dintel que media en- 
ífe la sala y el comedor, con lo cual se oyen tan claros y fuertes los 
sonidos en la dicha sal9t .como en el patiQ; donde nunca faltan negras 



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— íOd~ 
ó negritas que bailen gratis unas con otras aprovechando el cotnpSSí 
y ib impnfeos de su irresistible amor 4 la danza. 

En las escuelitas no hay peligro de que una seca garganta deje 
de hallia.r el indispensable refresco; pites al logro de ello cotí tribuye 
siempre una mesa, situada en el patio, 6 en uno de los aposentos, dé 
la cual es unas veces cantinero el director en persona, otras un joven 
blanco y otras una etiope mas ó menos joven. Sobre el mueble citñ^ 
drúpedo lucen sus inmóviles y prolongados cuellos seis botellas y se 
vé en amistad con ellas un frasco, el cual, lleno desvergüenza parece 
como que sepulta la cabeza entre sus hombros. Las botellas están 
clasificadas del modo siguiente: 

Cognac. 

Jerez. (Vino seco.) 

Moscatel. CVino dulce cómun.) 

Brandy. (Aguardiente quemado) 

Anisete. (Aguardiente con azúcar y agua.) 

Anisado. (De mala clase.) 

El fráisco, aunque no habla, está diciendo: 

piífébra (Agua- ras.) 

.Ahota bien, si él capricho del consumidor le induce á solicitar^ 
njarras(i(uino por egemplo, en ese caso el anisete hate el papel del 
néctar de Zara, y si lo que pide es vino de Málaga el vino dulce se 
convierte en aquel líquido de Andalucía, resultando, en ñn^ que los 
vinos seco y dulce admiten allí todas las siguientes denominaciones: 
Jerez, Pajarete, Pedro .limenez, Moscatel, Málaga «fec. &c. 

Cualquier hijo de vecino tiene franco acceso al hogar de Terp- 
sícore que describo, y una vez en la sala, nada se le exige si no bai- 
la; mas como llegue á dar enia costumbre de frecuentar mucho la 
escuelita en sentido siempre pasivo, el director, aunque nada le dice, 
le enseña un gesto que no es por cierto el que se necesita para enta- 
blar relaciones amistosas, un gesto de rechazo que á veces logra 
cambiarla tranquila 5^ barata permanencia del concurrente por la 
agitación de una ó mas danz ;s á peseta cada una, ó bien le sonroja 
y decide á no volver á aquel sitio de especulación. 

El primer cuidado del director de Escuelitas es todas las maña- 
nad el de ir á hacer un rendez-vons a todas sus favorecedoras, con 
quienes entabla diálogos parecidos al que trazo á continuación. 

—¿Han descansado Vdes., señoritas? (6 muchachas, si hay con- 
fianza») 

— Yo no me cansé, responde Lola; porque me llevé muy bien con to- 
áoslos mozos que bailaron conmigo. 
— Pues yo sí, dice Pepilla, y le advierto que no me ponga otro día 

con ese ético que me dio veinte pisadas y que no tenia compás y 

Pero, hija, interrumpe el director, es preciso que todos bailen; por- 
aue para eso van allí y pagan su bula correspondiente. Ayer te tocó á 
ti, mañana á tu hermana, luego á Chumbita, luego á Mariquillaj lúe* 

go á 

— Pero es el caso que me ha tocada ya tres noches seguidas y que 
yó iio aguanto mas. 

--^Bueno, esta noche te pondré á Don Panchito, que ese baila come 
DióÉ, Petó nó dejen de ir; porque en no estando Vde. muchos füátoé 
lid q'úiei'tín bailar. 



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^Está bien, las llevaré, interpone la mamá. 

—¡Cuidado, eh! Que Vds. lo pasen bien, dice el director y se retira 
haciendo una ligera cortesía. 

De aquella casa se dirige á otra, cuyas jóvenes habitadoras no 
concurrieron la noche anterior. 

— Muy buenos días tengan Vds. ¿qué novedades hubo ayer por acá? 
^Corao filé que no estuvieron Vds. en la escuelita? 

— Porque á Juanita le dio un dolorazo de cabeza. 

— Pero ya se le Ijabrá pasado! 

— No, dice Juanita; aunque no me duele tanto, todavía no se me 
ha quitado. 

— ¡Bah! Eso se quita bailando. 

— IVo lo crea Vd., dice la madre, que el baile sofoca mucho. 

— ¡Ya! el baile sofoca un poco, es verdad, pero yo haré que la mú- 
sica vaya muy despacio y de ese modo es imposible que Juanita se 
sofoque. 

— No, señor, los remedios son los que curan y no el baile. 

— Mire V., señora, V. no entiende de eso. Yo le traeré una hoja de 
tabaco; embárrela V. en sebo; corte dos pedazos y póngaselos en las 
sienes; verá V. entonces como baila y se le acaba esa molestia. 

Después de un breve altercado, vence por fin el director, y la ma- 
dre y la hija quedan comprometidas á asistir como de costumbre á la 
escuelita. 

Durante el resto del dia suele entregarse nuestro tipo á ocupa- 
ciones diversas, ya beneficiosas á su nocturno establecimiento, ya in- 
dependientes y mas ó menos lucrativas. Desde que empieza á escon- 
derse el primer rayo del sol, su atención, su afán se vuelven hacia la 
escuelita y empieza la tarea de limpiar y llenar de grasa los dos can- 
delabros laterales y colocar la vela de sebo en la bomba, como no 
sea quinqué lo que pende en el centro. A la hora precisa ilumina el 
local y se sitúa en la puerta en unión de uno 6 dos amigos, ó bien 
solo, á esperar la llegada sucesiva de sus danzantes amigas k las cua- 
les va introduciendo y haciendo sentar en el estrado, con el fin de 
que á través del claro biombo de la ventana, trasluzcan los viandan- 
tes que hay ya muchachas en el baile. No tardan mucho en reunirse 
todas las del compromiso y buena parte de los sostenedores y de los 
simples curiosos; entonces y aun antes, el director recorre el cuadro 
de circunstantes, se dirige también á los grupos del centro, y á cada 
prójimo que no sea viejo, ni jiboso, ni cojo, le dirige la siguiente pre- 
gunta: 

— [V. no baila? 

Si le responden que no, sigue adelante, precediendo á ese acto 

cierta mueca burlona; si por lo contrario recibe un sí^ mas halagüeño 

que el tan apetecido en asuntos amorosos, y si el que lo pronuncia es 

uno.de los mas generosos danzantes, en ese caso, convertida su cara 

. en una completa sonrisa, añade: 

— ¿Quiere V. que le ponga á Chonital 

Chonita es una de las jóvenes que mas se distinguen por su buen 
compás y flexibilidad en pro de todo el que se decide á maltratarla en 
el baile; es una amable criatura que se presta voluntariamente á do- 
mar, si asi puede decirse, aciertos hombres que pretenden hallaren 



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—201— 

el coreográfico ejercicio ana fortalei^a que es iiecesario vencer con 
iipsesperadas evoluciones. . . . . ' '''. 

— No, responde, por ejemplo, el interpislado; quisiera bailar está 
danza con. J[uan¡ta. . 

r— No puede ser; porque á Juanita la tepgo comprometida con Don 

Luís. ;.:.., ''".'"' "'.' .' "'.'" * ' 

. — Pues entonces, no bailo. " 

— Efombre pon .Tuan, jpor Dios! ¿no vé Vd^.q^^ Chpilita baila me- 
jor que Juanita y que además tié:ne ppco mas ó menos la éstattírá de 
Vd, y el paío. laa^^o como Vd», y que es muy graciosa, y que de líadái 

— yaya,|]¡u^s me acomodar^ con Cnonita; pero íi la siguiente danta 
1^^.. preciso que me ponga Vd. e(?n Juanita. . - • .»«* 

' ,.-7-tíorriente. ■ ," . ' ^' ■ ' ^' . . ■ *'" " 

:;, ¿ifí^gladps ya íop pares heterogéneos el director dice cbh éstefí- 
i^ri^yó^; [ ,: \ ' '/■. '' .''''; ''':*'''' 

.,.— jjMu^^c^.!.! , ^ . . 

.X bbédecen los representantes de la filarmonía y.émpTeza'eTnitt- 
yimientp bajo la ínufiedla^a inspección de mi hércíe, el cuaí sí Vé.qup 
úná dama hac^ aígiip gestode desagrado; porque ^b^^ 
no lo encontró en su galán, 6 íaien porque esté nallomtiy duró elplso 
de ladrillos, tabla ú hormigón y buscó mejor alfombra en el pie de 
aquella, tpae para llaniarla la atención, y cuando ella le mira la dice. 
■ fcon los ojos que aguante, que sufra, que no le comprometa. La joven 
hace de tripas corazón, como decirse suele, y se resigna al martirio. 

Si el director vé que una 6 mas de sus fíeles prosélitas, no ha ó 
han conseguido compañero, busca uno ó mas amigos que desempe- 
ñen gratis la tarea de ponerlas en acción, y esto no sin cálculo 

Lo hace para que no entre el desaliento en los sucesivos candidatos, 
quienes podrían retirar su palabra, 6 no comprometerla, si viesen que 
la danza no se hallaba correspondientemente surtida* Si halla colo- 
cación para todas, menos para una, se constituye él en persona su 
* compañero y baila del modo el mas majestuoso y serio, para dar 
ejemplo y también para que su dignidad de director no se vea en un 
ápice defraudada. El ejercicio del baile no le priva por cierto de aten- 
d er á £u negocio. A menudo vuelve la cabeza hacia diversos puntos 
y como á casi todos sus prójimos los conoce por parroquianos, no es 
estraño oirle decir: 
— ¡Menos viveza, D. Pancho! 
— Ya se le fué el compás, D. Gerónimo. 

O bien á su compañera, sotto voce: 
— Mas aprisa! mas^aprisa! que la están tocando de seis por ochol 

O ya á la música: 
— jEse violón! ese violón! que parece que de veras está tocando el 
violonl 

Concluida la danza, el director se acerca risueño y cortés (porque 
no carece de finura^ á cada uno de los de pago que la han bailado. 
Todos saben ya el motivo de aquella ceremonia y sacan una pe- 
seta que depositan en sus manos postulantes; pero si alguno se olvi- 
da ó se tarda mucho, el director lo interpela diciéndole: 
— Caballero tal, tenga V. la bondad de darme una peseta. 

Esta franqueza, mezclada de corteMania, produce el efecto que el 

25 



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— íM2-^ 
dtrectbr déséa, ¡> tal vex la Concesión pot éti pkHé á^ nti pTtitd; tí él 
XDoroaa es persona qup reane buenas circuosfta'udas^ ño lleva di- 
ñero. 

Descrito el director en su vida públb^a, no vaclf ani éti áfiadír c^üé 
és nombre Honrado, biíeh sihiigo mitctras veces y ronocedóV<fé' tortas 
las reglas que, estrictamente observadas, hacen pasar á nn indivtd'tró 
por delicado, Mas de uno conozco que há enjaguado él iPanttí déla 
desolación con servicios personales, dlft dofüdé'ún'a de étií jWéñes 
amibas- se encontró presa ae lá d^es^rslcia 

Feroesfono basta para santificad el ejercicio dé n^í tipoj ántisl^ 
biea e\ esceso de fomento qjie dá. a la pasión del baile, pasión' (j[t(é* e'áf- 
tre nosotros suele rayar en delirio ^^ que freciYentéméhté dlis«^<ké nues- 
tra imaginación de mas de uñ peilsámieúto saludable, l'ó dréoi^^biVó^, 
jr comital esceso, vicioso. Diviértase en buen hora la jtrveiltucit, que 
eso también es ley natural* en fa primavera dé la vfdfei; ptero^qáefla di- 
versión en realidad y en idea no llegue 6 hacerse dominante' hétíó^^k 
de aas,sentldos*,l«a vida de simple vegetación podrá ser ríitiy gfata; 
yjí^ás no es esa la qu<.' ennoblece af hóitibre. iVo éi^ e'^to dVéir ^ue el 
baile baya obstruido entre nosotros todk ocüpac?';^h' sériá, jtrídldsW, 
bu^^aj sÍJáeml^argOt. confesemos qué nos liala^a ¿femaxi^f^ol ' 

J. Garélw Alé la Hüí^fM; 



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S9CSI 



ex. FnoeimADOR» 




> I detenidamente nos empeñés^emps ^n buaeoir 

el verdadero origen de la pa|at;>ra pmcw^datt 

hallarían^os siü duda alguna (y ^Ufnt9n nnes- 

jl;roapacient1simos lectores que lo . decúnpa qqii 

; toda la st^riedad que no» car^oterii^a) que ni 

j ms^s ni menos viene del yerlx^ prftcwríir, «nlvp 

1^ ^lilgi^tral G^inion de alguna» et¡molQgiH|las 

. ^ , vocingleros qn^ por formna pa^n d^esftpercibi- 

dos eat|e nu3oxros; y por lo qm- no dudamos un soLcv 9eH>inen,tA padtír 
íhi^k^ profiurqidor (y c^i^tot sin tepíior de equivocarnos) á todo ^qvM qifte 
piracijirare. ^ ;.^» 

En todo? tiempo» y en todos lagai?es buba 4 u^e^líQ pt^bfejttipip 
qjaifjü^es sp os^^^^r^n de sen>ejaivte tarea; y si dp ?stPP t^^ndi^o» nju^ íjil- 
caniarpos, nos lan^^áseinos 4 lo^ mas remotos- y pr4mtivpa« e»^Qyid?nte 
qjue yiécamojs en práctica, y con demasiiado aírdor, este <í^^íoí I^s m«^ 
Y^cps provechoso y lucrativo, na obsta^nte h«b?r dejada estabk«i4o 
nuestros mayores como invariable é inconcusa el mattosoado adagio 
"quien méUQs procura alc^nia^' mas bieu,," (^e nos. easeúft gu^P aa- 
ñpss^ es^ la d^m^^íad^^ solicitud» ^contecj|^i|4a mupbé^^ 1^<^® %W 
qnmn luéJUp» diligení^iai^ b^pff* siid^ c wpegftift fnw^ h> tP!^ í^Wftf 



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- • - ^ y -^2e4--^- - - 

noa officiositate et ambitu, sed solertia et opportuuitate res perfici- 
tar, como diría cualquiera de nuestros nfícionados al latiu. 

Adán nuestm progenitor (y hablen en nuestro testimonio las 
mismas santas letras) procuró a la golosísima Eva, bien que nada ar- 
riesgaríamos en aseverar que no le sabría tan mal á esa señora el ser 
procurada. 

Procuradores hubo en Roma antes de Pompeyo y Marco Tulio, y 
muy en boga estuvieron en el siglo que inmortalizó el reinado ile Fla- 
vio Justiniano; y aunque en época muy anterior á la promulgación 
desús códigos no se admitiera niuguno que no fuese por el pueblo, 
por la libertad, por el pupilo, ó según la ley Hostilia, por aquel con- 
Ira quien se hubiese cometido huno estando cautivo, ó ausente en ser- 
vicio de ia patria, ó por el que estuviere bajo la tutela de alguno de 
estos, pues según los principios del formulario antiguo jurídico todas 
las acciones eran acciones de la ley, las que nunca podian, sino en 
los casos señalados anteriormente, practicarse por medio de otra, ni 
adquirir para un tercero, y de donde emanó la b 'rbara y cruelísima 
ley de las doce tablas, que ordenaba: "Que si el enfermo, el anciano, 
ó el que padece achaques habituales fuese llamado ajuicio vaya en 
un jumento, y sino quisiere, se le conduzca en una litera;" triunfó por 
fin la causa dé los procuradores, y. se les vio declaráramos del pleito 
(y no de rat:o«a pleiteada)delo que, en honor de-la Verdad, ya se ha 
visto abusar en nuestros días, (y dicho sea con perdón de los que con 
verdadera honradez se entregan á esa clase de egercicio). 

La Santa sede tiere sus procuradores: no dejan á té nuestra de 
abundar los intrusos donde quiera: recónócenlo los municipios; y 
un sin número de corporaciones y archicofradias y los pueblos mas ó 
menos adelantados y regidos por ciertas constituciones, reconócenlos 
también. ^'^--TT^x " v. 

Procurador, como todos sabemos, hablando: géi^ralmentév^5.el 
que en virtud de poder ó facultad de otro ejecuta e^ su hombre aj&i- 
na cosa; y en este sentido podríamos citar. una veíiiifeena de casados 
bonachones, cuyíis«;aras mitades les procuran cojno »en propia lierso- 
. na y complacen áias mrl maravillas. _ •■ , • f. . 

'Mas como nuestro propósito nósea hablar de otra cosa^q^6.dé 
nuestros procuradores judiciarios, suspendemos aquí nuestras Sí gi^^- 
siones para entrar de llfeno en el bosquejo del tipo que encabeza e^tos 
renglones, encomendado á nuestra inexperta pluma, y no sin advertir 
aijt^sque, aunque decitnoi^ "ntiestro procurador" hayase precisa- 
mente de entender' que solo sean cubanos los que se emplean©» tan 
honrosa oeupatción; pues los hay de variad provincia^ espáñbláá,*y t^é 
aqui como de allá, bien que. no tenemos noticia alguna, por quiétí só- 
mps^ que contemos en el oficio con algún babieca de á folio, ó álgiin 
en<5oj¡do de marras, de esos que juegan por demás en las comedías de 
fiigurbn; reservándonos decir, por muy sabido, que el procurador ñó 
es nn tipo especialmente nuestro, y sólo le presentaretnós álácoñside- 
i*acioti general, talcuaf es entre nosotros, y sin ecsagéracion de ni'n- 
'giina especie, en cóliforhiidad á la índole de nuestro propósito, noble 
por hias que alguno maliciosamente sonría. 

Así, pues, nuestro procurador judicial, es flaco, ó gordo, alto, ó 
bajo, déiüas ó menos edad, y de rnás ó menos buena ó mala vista; pe- 
ro indudablemente llevará poí todas partes y en casi todas ocasione* 



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^., : . ^ —205— 

üü compañero inseparable, sombra de su propio cuerpo (que ajií ¿p 
nos antoja llama^rle,) bien que generalmente es conocido con i^liioin- 
bre no poco significativo de "agente." 

Sin necesida^d de catalejos y menos de antiparras juzgamas qul 

{)odreraos ver, sí es quenosomos enteramente ciegos,átodas horas de 
a mañana, después del desayuno, y en otras de la tarde; aluno,'cbií 
el cuaderno de anotaciones bajo el brazo, amen de otros legajos mas 
ó menos voluminosos que suele llevar y la pluma casi eternamen- 
te tras de la oreja; y al otro (el procurador^ ya con las manos vaciad, 
Ora cargado como su dependiente, pero ambos cubiertos de sudor ;^ 
de polvo, atravesar las calles de la ciudad, casi sismpre de pri^á, yá 
inquiriendo la morada de tal ó cual abogado, bien visitando la dé Itfá 
asesores 6 fiscales, ora encaminándose á cualquier tribunal de jüsíí; 
cia, ya, por último, alienar alguna otra atención de sü ofició; blién en.; 
tendido sin embargo, que no falta entre ellos quienes íb ha^ah coü 
mas comodidad, iaunque no con menos lijerezá, si cabe* arrebujados^ 
sino en tílburis 6 coches, én muy cótnddas calesas, 6 antiguos ó ni by 
dernoscárruages, que han sabido proporcionarles sus lucros ém'idiá- 
bles y que hacen variar la escena en algún modo, sin que; por esto de j 
jeá dé achicharrarse dentro de ellos y tragar tanto polvo como los qu0 
toas, pues ya sabréis abunda esta materia de ordinario en esta nüésj- 
tra buena cuidad de la Habana, y mas de lo que conviene á nuestra 
saiiíd y conservación. i, , ' 

Y aunque estamos casi tentados á no tratar de los que así aiidaií^ 
respetando la altura en que han logrado colocarse, como al fin y íil ¿S- 
bb todos ellos llegan á veírse iarrastrados regularméntepór bridones, 
reservaremos sólo á los áh iiueetras poblaciones del canipo, cuya ífiáb- 
liomla y quehaceres anúlogos á los de por acá, ocupará tal Véi íifiSl 
peñóla, mejor cortada que la nuestra. ' ') 

Pero conviniéndonos hacer nuestro bosquejo to ihas esacto posi^ 
ble y rio pecar de fastidiosos, preciso será que acompañemos donde 4^ 
ra á D. Facundo Siemprevivo, célebre procurador, muy conocida 
de todos, y que como indica su apellido no dio muestras jamás dé 
inactividad ó flojera en el desempeño de sus funciones, y que si ha l'epo- 
sado alguna vez o pecado de moroso, habrá sido sin duda para medir 
tar ep lo que realmente le conviene, y nada m'as, 6 cuando íí6 pVónSé- 
té el negocio de que se trate abundante cosecha de doblones. ,^ 

Mas como es imprescindible en Cuba valerse de procurjádoVés 
judiciales aun en los negocios del inferior (y entiéndese qixeháhíaníos 
de los de este, y no de los del superior) notemos en nuestro' i mpértjér- 
rito D. Facundo, ora empeñado en exibir. enjuicio el poder bastáíi- 
teado que le tiene conferido la parte, ora atravesando los pórtales del 
Gobierno, ora pasando revista general á cada una de las. oficinas del 
ramo, bien formando los pedimentos de términos, apremios y rébel- 
dias, ya los de publicación de probanzas, señalamientosy otrbá de me- 
ra sustanciacion, cargando en todos tiempos por sus buenos servicios 
los derechos marcados en arancel, que como otros tantos garbanzos 
suelen hacer un potaje apetecible y nada despreciable, y tal como 
opinaba cierto procurador machucho y viejo en el oficio y repetía á 
su consorte cuando le amonestaba esta por la inconsiderada abundan- 
cia d^ sus peticiones. . ..^ ; 
¿Donde vaj pues, D. Facundo? díccle un aguilucho forense, ¿spe- 



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9¡e d^ ^cji^Ie^bron, tratando de deteaerle en su njaicba y preseUjt^íxdp'p 
un esqnto. 

\ — A. la cárcel, hombre, á la cárcel, Je replica D. Facundo, y ^}gn^ 
1^ <:aminp impertérrito* 

;— íírmeqíie V. este pedimento, Sr. de Sieipprevivo, e$cjama ^I ageu- 
fp de un abogadoi 

-—Interponga V. in voce la apelación, prorrumpe un tercjerQ, 

— Le esperamos á V. en el oficio, repiten unos cuantos. 

Y cate V. á D. Facundo dándose prisa en interponerla apel^cjoq, 
j^r.fnando la instancia á aquel, tomando el escrito al otro, cobrando 
ftus derechos al oficial, disculpándose con este, tropezando cpt4 ese 
otro, subiendo y bajando las escaleras de la cárcel, consolaado ^ 
siqi^ella^ dapdo treguas á la de mas allá, agitando al tasador, entri?- 
tfi^ido con el éxito de un pleito, alegre con el de otro, esperando ]^^ 
jrespltas de i;n tercero, lamentándose jje una quiebra, desesperad^ 
por las de i;n^ conciliación, aplazándpse para una concurreiicia, da^r- 
i|p prisa por un verbal de ordenanza, renovando sus peticiones, orí^ 
hj^c^éndo tnérito de Iqs daños que se le ocasionan, ora respondíeudq 
á( los qii^ pudiera causar, ya s^sentando su correspondencia, ya ^St 
f (elidiendo las anotaciones, ó haciéndolas estender, ya revisando, au- 
tos^ ora entregando aquellos, ora recibiendo estos, oien copiando 9 
h^cleiido copiar las providencias y ejecutorias, conocimientos 6 recJÍT 
DOS de procesos; y á todas estas descansando bien poco ó ngida ^p, 
^} |[|espachp destinado á los de su profesión, para volver mañana ál 
ii|^i¡spió tren y á la misma bataola. 

y llega ^sp mañana y siempre apresurado y sudoroso y siempre 
€|p ej mismo incesante movimiento, seguido donde quiera de su ín-: 
^^^sal))e compañero, vuelve y revuelve por el propio camino y á lo^ 
propios 6 semejantes asuntos. 

Mas hete allá á D. Facundo lo acelerado que anda y la priesa es- 
t)[^9r4inaria que se dá: volemos junto á él y sigámosle paso á paso^ 
^f^ld^ndp por 9u puesto po advierta en nuestra curiosidad y en el mi- 
lii^cioi^Q examen que de él vamos haciendo, 
'Ahora notad: entra en esa escribanía. 

— Lo esperábamos á V., Sr. de Siemprevivo! esclaman diez ofícia- 
Ij^s y repítenlo á Is menos siete amanuenses y un escribano. 

—¡Bien, queridos, veamos! contesta D. Facundo; y planta cincuen- 
ta rÚDricas con mas rapidez que un relámpago, y lee con la misma 
precisión cincuenta escritos á lo menos y otras tantas notificaciones 
X fifpreraios, y hítce tomar doscientas notas de contador yzas... . á 
C)ff0 qficio, y á otro, y otro, y á trescientos mas si tantqs mas hubiera^ 

— ^r. P. Facundo, ¿ha dado V, la caución? 

.— rNa, cabaljero. 

-T-Se^or de Siemprevivo ¿Sustituye V. el pod^r? 

— ¿j', señores. 

— ¿Ha visto V. rpi negocio, D. Facundo? 

7— Sí, hombre, sí. 
y como una saeta jadeando, sin resuello, llega D. Fa^cundo se- 
gi|J,<Jq de la parte y de su referido ad latere al tribunal designado pa- 
rí^ qierta concurrencia en un concurso de acreedores. Y tiene apenas 
iiempo para enjugarse él sudor y sacudirse el polvo, cuando da prin- 
cipio la discusión entre los convocado», donde podréis advertir en 



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liü^rólióítíbré ^6i él imátcádo ínteres ^ue 8é totóa én eí astiWtc^^ 
procurando contéíiéí áúíi^üé éñ valáé á láü ¿oderdanfe que Jé' dicé 
ié!fép(etidaé* Soeces ál oído **rtíüchó' ('íaÜajó me h'á costado, á'eno;- de 
Siiettipi^éViVó y ¿(j púedb pá'¿áf por éso;" y luego én áftá voz, "Nd 1^ 
dé pasai* póf eso, vive r/íoM, ñ'¿ piiédó ñi podré consentir én felV jar 
tñaís:** y triunfa á stí tóódo bJ procurador y salé cónWto como unas 




, .. 4ué rióMcüpa y ténid¿ él íiér 
tésáVid tíém*^pd ¡i^i'a respirar él iñcárisablé I). íacündo, cuahdo ¿e víé 
rép^ntWatífiéiitfe asediado Jior fres ó cúát^ írifeijcés víctimaf^d^^ 
pugnante contagio dé pleitear, que hós va por fortuna gtódualñíenté 
abandonando, ó del no menos asqueroso de embrollarlo todo y entor- 
pecer, queno folta en; ninguna parte, v cuyos factores suelen asomar 
aquí mas de lo que racionalmente sé desea y conviene á nuestros in- 
tereses y prosperidad. 

Sr. D. Facundo, esclama uno de ellos, todo muy amarillento y es- 
cuálido, y dejando entrever una amarga sonrisa en sus labios: Sr. D. 
Facundo ¿hasta cuando ¡por Dios! he de ver á mis hermanos, á mis 
pq})rei^ hermanos, sumidos en la miseria y amenazados incesantemen- 
te de una ruina? ¿hasta cuando, Sr. D. Facundo? hasta cuando? 

— Sr. de Siemprevivo, Sr. D. Facundo, repiten los demás, ¡que nun- 
ca acabará nuestro litis! ¡que no asomará para nosotros un día de fe- 
licidad! 

^ Y cate V. á D. Facundo, alentando á los unos, mirando triste- 
mente á los demás y colmando de esperanzas á todos, doblar por esa 
callejuela y perderse entre la confusión. 

Verdad es que suele D.Facundo ser algo falto de memoria, aunque 
nade olfato, y olvidarse con frecuencia que tal 6 cual negocio está des- 
pachado 6 corriente, y dar por ello mas apremios y acusar mas rebel- 
dias en un momento de lo que en justicia debiera; y aunque no es 
hombre de letras, suele tenerlas tan menudas^ que se las tirarla con el 
mas refinado "calambuco,'^ sobre todo en aquello de hacer menudear 
los susodichos garbanzos, mas alimenticios sin duda que los que de 
ordinario tragan los tan poco favorecidos y verdaderos literatos de 
nuestra bendecida Cuba; desempeñando aqní, no obstante, un papel 
de mas importancia que puedan suponer los que no le traten ó conoz- 
can lo suficiente, que serán bien pocos en este pais á nuestro pobre 
entender. 

Mas asi como así se aprocsima el tiempo de las vacaciones y vá 
á cerrarse el punto, es decir, los tribunales; y aquí cerráramos nues- 
tro bosquejo y diéramos punto á nuestra charla,, á no ser el desea 
maldito que nos punza y aco&a, de contemplarle y verle en el trance 
mas apurado de su vida y con el mismo gusto que nuestros lectores, 
fatigando la conclusión de sus procesos, agitar» do la distribución de 
sus alcances, cobrando sus derechos y suplementos, preparando nue- 
vos trabajos para cuando se abran las transaciones, y con el mismo 
afán y con el mismo ardor de siempre; acosado por las partes, unas re- 
negando de su mala suerte, (las mas,yotras agoviándole á cumplidos 
(las menos;) y en medio de todos, como abigpas entre mártires, el ad- 
látere consabido y los de tantos y tantos abogados, pidiéndole sus 



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—sos- 
propinas y gratificaciones, y solazándose anticipadamente con el éc* 
sita de sus negociados y enmarañadas controversias. 

* T aHÍ como así, vuelan los años, y nuestro D. Facundo cansada 
de procurar y de correr, mas de ningún modo, de fallos y de apelacio- 
nes, y pruebas y rebeldías, resuélvese de una vez y hácese escribano, 
métese á abogado, ó cuenta tranquilamente sus monedas con mas 6 
meiíos satisfacción de su conciencia. 

Por lo demás, y para terminar al cabo este mal pergeñado tra- 
bajó, podemos asegurar con todas las veras de nuestra alma, que 
nuestro procurador se muere como los demás hombres, y que su 
muerte es sentida muchas veces aunque otras, (bien que muy raras, 
por fortuna) no es menos deseada que aplaudida. 

Mannel García de Agnilar» 



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A 




p^A^flOii Eiis^ssíima. 



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LA VIEJA CITRABrOEffA. 




\8 hábito muy antiguo entre las gentes tornar 
I cartas en ios asuntos ágenos y esta propensión 
iva creciendo con los años; por esto es que las 
i personas de edad se creen autorizadas para 
juzgar al prójimo, dirigirle y aconsejarle, aun cuando no les hayan 
pedido ayuda; es verdad que estos consejeros las mas veces suelen 
sufrir él terrible desengaño de ver hollada s» esperieneia y desprecia- 
dos sus juiciosos y caritativos avisos, máxime si es joven el aconse- 
jado, porque ya se sabe que la juventud se goza en andar suelta bus- 
cando con avidez el placer en ios peligros; en, fin, baste de. preám- 
bulos "y vamos al grano. 

D; Ciríaco que es un buen hombre muy devoto y muy metido en 
las cosas de Dios, aunque da dinero á usura por el moderado premio de 
un 50 por 100, trasladó sus penates no Jia muchos dias á mi vecin-- 
dario, y como fué grande amigóte de mi padre, así que me participó 
su mudada, pasé á verle no solo por cumplir con la política sino por 
estudiar su carácter y costumbres que son sobrado originales para 
no aprovechadas; llegué á la puerta del nuevo vecino, toqué suave- 
mente, y vino á abrirme un criado.' 

26 



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—210— 

— El Sr. D. Ciríaco está en casa? pre^nté. 

— Si ^eñori respondig aquel.* pase su merced adelante y siéntese, 
mientras voy á avisarle á mí amo que está indispuesto. 

Rntré, sentéme y entretúveme en examinar el mobiliario que 
adornaba la sala, y la simple inspección de este bastaba para cono- 
cer que el dueño de aquella habitación' debió figuraren la« piocesio- 
nes de los disciplinantes, déla semana santa. 

Consistían los muebles en ocho 6 diez taburetes de granadillo, 
forrados de baqueta negra y tachonados de clavos cuyas cabezas eran 
á manera de botones y tan grandes como una peseta; y he colocado 
entre los muebles estos taburetes impropiamente, paes eran raices, 
porque necesitaban de la potencia de treinta caballos para ser uioví» 
dos: completaba el adorno una gigantesca cómoda también dé gra- 
nadillo con agarraderas de plata, sobre la cual se hallaba colocada 
una urna de dos varas en cuadro que contenia el misterio de Dolores, 
tan polvoroso y descuidado que daba lástima verle; sin embargo me 
pareció que no estaban solos los personages allí encerrados, porque 
creí ver una docena de cucarachas que andaban buscando tal vez 
que roer, pues habian devorado ya los vestidos de sus huéspedes: es- 
taba tan abstraído en mis investigaciones que el criado tuvo que re- 
petir el aviso de qua decía el amo que pasara adelante: pasé al cuar- 
to y me encontré á D. Ciríaco sentado e» su leche cubierto con un 
gorro de algodón, tan pálido y desmedrado que movía á piedad. Es- 
taba con la camisa desabí ochada, y se le veían sobre el descarnado 
pecho dos escapularios, ¡uno de la Merced y el otro del Carmen y ade- 
más un rosario de la Casa Santa; á la cabecera de la cama tenia so- 
bre trescientas estampas pegadas unas, colgadas otras; era aquella 
co]::te celestial una peregrina colecciónele mamarractes, y eensetos 
dibujos en confusa miscelánea, donde podía estudiar el afly|«e¿ÍDgo 
bajo todas sus fases el arte del grabado desde el tosco madero basta 
la piedra litografica. Dominaba por su tamaño y mérito artístico un 
San Díma^, de quien era muy devoto D. Ciríaco, pues según presu- 
mo, el creía que siendo San Dimas el buen ladrón debió ser usuréis. 

—Qué es eso Sr. D. Ciríaco, que tiene V. le dige sentándome en 
un roto butacon, único mueble en que podía hacerlo. - 

—Muy maío, me contestó con sepulcral acento: ya la tierra rae lla- 
ma, hace dos días que no paso una gota de alimento, y ya nó hay wor 
geto para resistir tal desgano. 

*-^ah! V. se acobarda muy pronto, los males tienen remedio, y coa 
el favor de Dios^ le veremos bueno. ¿Qué «nédico le visita á V! 

-«-ilasta ahora ninguno» pero boy he mandado á birscax al licen- 
ciado Sainguijuelas, que es un San Rafael, le he visto hacer milagtos; 
él'fité qnien curó á mí Tomasa. 

— Cómo! fué él quien la curó dice V. y la mandó á la etsemidad. 

<-^La última, amigo, nadie la cura; pero hizo cnanto pudo por sal- 
vurlt^ lo iiUmo que le recetó fueron seiscientas sanguijuelas y con 
todo sé murió. 

.^-'^■i^ poi^ible! repuse, con un remedio tan eficaz coo 600 fsasBk- 

guijuelas y morirse 1! 

A ei^ta sazón anunciaron la visita del licenciadlo >SaBguijnehB; 
erá^el tal un mocito barbiponiente, ei^pejuelado, vestido con la tnayor 
elegancia, y que empuñaba una caña <fe esquisito caiey,. -^raboio ée 



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—«11— 

la facultad que profesaba: se destocó al entrar en el cuarto esponien- 
do á rais ojos una cabeza cayuca tan rapada que parecía un riñon y 
que por poco rae hace soltar la carcajada al ver delante de mí tan ri- 
dículo ente. Saludónos y tomando asiento en el borde de la cama, se 
dirigió al doliente de esta manera. 

— lOtaé novedad tenemos, D. Ciríaco? 

— Grande licenciado, yo creo que de esta hecha doblo el petate. 

— Qué\ estando yo en el mundo no se morirá V.; se lo aseguro; á 
ver el pulso; 

Alargó D. Ciríaco su flaca diestra, tomóla el Medicastro y á gui- 
sa de quien medita inclinó la cabeza sobre el pecho: pasado un rato, 
«oltó su presa y dijo al enfermo. 

-—Saque V. la lengua. 

Y «acó D. Ciriaco una lene:ua ta maña, la inspeccioíió detenida- 
mente» la tocó y después hizo que se descubriera el vientre, que estu- 
vo tentando con la punta de los dedos, apretándolo de tal modo, que 
á cada tentón correspondía el viejo con una mueca horrible. 

—Hay apetito? . 

— P0CQ4 
— Mucha sed? 

—No señor. 

— Siente V. amargor en la boca? 

— Bastante. 

-r-'Hay mareos? 
. — Decuandoeucuanda. 

—Hay nauseas? 

—Algunas veces. 

— Pues señor, V. se pondrá bueno, eien^pre que obsei've es aclamen* 
te cuanto yo le prescriba, Y. tiene afectado el hipocondrio izquierdo» 
interesados los bronquios y el diafragma, el movimiento peristalistico 
está flucttiante, y si no acudimos á. tiempo, puede desenvolverse en 
la membrana pituitaria el germen de una flec masía epigistricai es 

necesario ante todas cosas 

J>, Ciríaco que estaba temblando cómo un azogado oyendo las 
barburidades de aquel Galeno, le interrumpió diciéndoiei 

— Permítame V. llamará la muger que me asiste, para que ella se 
entere de los medicamentos. . 

—^-Cipriano! . .i 

- #*-Señ¿r. 

•"-Lteroa ádoña Estanislaa^ * ; :. 

Llego esta que era una vieja de saya y talega, con mas^arbos qué 
easas y mas maul^edrí^as qu& años, y con maB ribetes de brujaquede 
muger honrada y cristiana. : > i 

— IHo» guarde á Ydes. dijo entrando, aquí estoj D. Ciríácoi- 

«^Hátg'ttse Y. cargo'de lo que le diga el Licenciatioy doña Estap 
BÍ^laa:. 

— Señora^, dijo á esta el métiíco, inmediatamente unos pediluvios á 
BQventa grados de calor, por dos boras; .crncuentasanguijiielas en el 
epigastrio, cincuenta en el cerebelo, cincuenta en las regiones lum* 
bWés y cincuenta sóbrela epigloitis^ fricciones secas en la columna 
doraals eibora reiQetaré una bebidita^que le propinará Y. porcuchai^ 
dasi'éots cadakora/y rece^ré también una cataplasma que ocuf^ará 



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—219— 
todla la periferia de la región torácico-hipogástrico-abdominal y sé iá 
pondrá V. después que se hayan caido las sanguijuelas. Mientras ha- 
blaba el Licenciado, la vetusta asistente» meneaba la cabeza como 
burlándose del médico y de las medicinas, y después que hubo aca- 
bado le dijo ella. 

— ^Señor Doctor, aunque me esté mal en decirlo, me he pintado so- 
la para asistir enfermos, y en los cincuenta y nueve años que cuen- 
to, en buena hora lo diga y el diablo sea sordo (setenta y nueve eran, no 
rebajó mas que veinte) jamás he tenido que pedir esplicaciones á 
ningún facultativo, y eso que ha recetado en mi casa el médico Bru- 
jo, y el padre D. Agustín, por cierto que el segundo me asistió en el 
parto de mi segundo niño que está gozando de Dios, y al fin se me 
murió porque le hicieron mal de ojo, que no porque fuera mi hijo, pe- 
ro ahí está D. Ciríaco que puede decir si no era hermoso como un*án- 
gel; pues como iba diciéndole á V. Sr. Dr. yo estoy pronta á hacerle 
á D. Ciríaco los medicamentos que V. ordenare, porque para eso le 
como el pan y aunque me esté mal en decirlo, no soy ninguna hol- 
«gazana y á Dios gracias no soy ninguna rústica, pero no he entendido 
qué son peluvios, ni epigasto, ni legiones luminares, ni cerberelo ni 
coluüa dolsal, ni la piglota, ni esos otras cosas de propiras que V. ha 
dicho ahi y que no he entendido, porque soy algo entretenida de este 
oido derecho, y si V. no lo toma por malo, esplíquemelo de otra ma- 
nera. 

Amostazóse el médico con la difusa, fastidiosa y episódica inter- 
pelación de la vieja, que tan de buena fé le había sonrojado echán- 
dole en cara su pedantesca instrucción, con la que pretendió aturru- 
llar al sandio doliente y á mi que por mis pecados me encontraba de- 
lante: tuvo pues, el Licenciado que hablar en castellano, deferencia que 
usó porque los patacones de D. Ciríaco eran seguros y de buena ley, 
como se chaba de ver por los bustos que eran de Carlos III; recetó 
en «eguida y marchóse dando á todos los diablos á la picotera de do-> 
ña Estaníslaa que habia dado al traste <;on su facundia^técnica. 

— Caramba! dije viendo'salir al Licenciado, y qué pródigo es de la 
sangre humana nuestro amigo, señor D. Ciríaco; como quien no di- 
ce nada! doscientas sanguijuelas, que le chuparán á Y. hasta los tué- 
tanos. 

-r-¡Ay! amigo, contestó con voz compungida el enfermo; lo de me- 
nos es la sangre, porque esa conviene ahora sacarla, pero el dinero 
que costarán las sanguijuelas, que están ahora por un sentido. El po- 
bire de D. Ciríaco sentia mas el dinero que la san^e y eso que esta- 
ba ya con un pié en el sepulcro. 

— ^Lo de menos es la sangre, dice V., yo creo que es lo de mas^ ese 
hombre va á aniquilarle. 

— Yo, replicó doña Estanislaa, no es por meterme,' aunque nada de 
particular tendría;' porque al fin, como el|)an cuesta caro, pero si fue- 
ra por mí, Y. no se pondría ni una sanguijuela; en mi tiempo no se 
conocían esos bichos y nadie se moría sino el que Dios quería; cin- 
cuenta y nueve años tengo y he padecido mil enfermedades^ porque 
yo pasé las viruelas, el sarampión, el garrotillo, el dengue, y he teni- 
do tres malos partosy yaY. me vé buena y sana; |ay Jesús! siyome vie- 
ra con un animal de esos sobi*e mi cuerpo, me daba mal de corasen! 
Si Y. determina ponérselas, mandaremos por el maestro Santísiebati, 



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— B13— 

porque yo no las toco por cuanto oro tiene el mundo; cu^ndn el don 

Agustin me curó los lobanillos 

Aqui fué la locuaz enfermera, por fortuna mia, interrumpida por 
la llegada de una vecina, que sabiendo la indisposición de D. Ciría- 
co venía áyerle. ». 

— La paz de Dios sea en esta casa, dijo entrando en el cuarto. 

—Y venga con V., mi señora Nicolasa, respondió la vieja, 
. — Cómo va de salud, vecinal repuso la recien llegada. 

—Aquí con tropeles. ; • 

— Qué novedad es esta, Sr. D. Ciríaco? preguntó sentáriidose ea la 
butaca que le cedí. Ahora he visto salir de laquí al Licenciado San- 
guijuelas y vengo á saber que hay. 

--Fatal, fatal estoy señora, respondió D, Ciríaco; do8c4entaé san- 
guijaelas me ha mandado el médico. 

— iJesus! Jesús! Jesús! esclamó la vecina, ni por un piensoí yo sé lo 
que V. tiene, V. no vé que mi marido padece lo mismo que V,: yo le 
voy á poner á V. bueno» con una simpleza: lo que V. tiene no es mas 
que viento caliente, porque V. es muy flatoso; si está V, gordo y co- 
lorado; nunca le he visto como ahora y ha( e fecha que n<?s conoce- 
mos. Nada de médicos, que no sirven mas que para cojer el peso y 
mandarle á uno al otro lado: yo en mi casa euro mis enfermos y tOr 
dos sanan. La única que murió fué una iiegrita y eso fné por dispa- 
rates que hizo. 

D. Círiaco que en realidad no tenia otra cosa que cuarenta años 
en cada lomo, recibió gran consuelo de cuerpo y alma, con las pala- 
bras de la vecina y se sometió dócilmente á.su imperio, olvidando al 
médico y á su medicina. 

La curandera que conoció el efecto mágico de sus puomesas, pro- 
siguió diciendo: no tenga V. miedo, le voy á poner bueno, y V*»se 
acordará de mí; con diez purgantes de le- Roy y diez vomitivos secu- 
ra V. en un Santi Amen: créame V., D; Ciríaco, el que toma el U^Jtoy 
no se muere; he hecho milagros con ese medicamento. 

— Tendrá muy mal gustol replicó D. Ciríaco. 

•*-*Qaé! no señor; es muy suave: yo no tomo otro y eso que no soy 
de las que tengo la boca muy dulce para beberajes de botica. »• 

— No hay mas que cerrar los ojos y echarse á. pecho una botella -del 
número 4. A esta sazón interrumpió á doña Nicolasa el gangoso Ave 
María Purísima de otra vecina que venia al olor de ia enfermedaéyvá 
, dar sus remedios caseros. 

~Sin pecado concebida y adelante, contestó doña Estanislaa, que 
no quería desamparar el puesto, aunque no había sacado todavía los 
avíos para la comida. 

Entró doña Sinforiana que era una víejecíUa pe^iueñuelay cor- 
cobada, vestida con saya de tafetán y mantilla de batista-, lo que uni- 
do á una Camándula que pesaría su$ dos libras, indicaba venia del 
templo. . > , 

— Cómo \Wi como vá? dijo, y añadió en seguida ¡qué cansada ven- 
go! el circular está hoy en Belén y es una muerte venir á esta hora 
con el sol que abrasa. ^ 

—Bien haya V. repuso D. Ciríaco, que viene en gracia de D¡os¿ 

— ^Y á cumplir con una obra de misericordia^ porque.segun me han 
dicho, está V, enfermo. 'i* 



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:,r^l9j»)Pe|^Uc^ «1 4oU^ute y advirtieado que- no había síU«i donde 
sentarse pudiera; la recién llegada, le dijo ádoña Estani^laa. 

— Que traigan sillas. 

— Volvióse á mí la dueña y me dijo: caballerito, me hace V, el fa- 
vor de ayudarme por que Timoteo está en la bodega, y yo sola no 
puedo con estos taburetes tan pesados. 

— Con mucho gusto, la respondí y nos dirigimos al mas cercano, 
del cual tirábamos h vieja y yo basta echar los bofes, sin conseguir 
nada porque estaba inmoble como el Peñón de Gibraltar: aoordóse 
entonces mí adjunta, que en el comedor había dos sillas de paja que 
aunque algo estropeadas suplían en vista de la necesidad en que es» 
tábamos: fué por ellas y sentóse la última llegada y yo también, que 
no quería perder nada de la junta médico femenina, que improvisó la 
casualidad para martirio de D. Ciríaco. 

—Y qué tiene \A que siente? preguntó al enfermo, la dona Sinfo- 
riana, 

— Mucho desgana. 

—Nada mas que desgano? 

— ^Nada mas. 

•»*-Pue8 entonces no tiene Y. nada* Eso no es mas que un fuerte 
padrejón; yo le voy á curar á V. y algún dia me dará V- las gracias: 
el remedio es muy sencilla y cosa santa porque lo tengo esperimen* 
tado; á D. Liborío de los Caraamelotes, lo puse bueno con dos curas; 
ge hace una tortíllita de ruda, aceite de comer y huevo, y se pone so* 
bre el estómago; por la mañana temprano se toma Y. un poquito de 
aguardiente de islas y á las tres ó cuatro horas de tener puesta la ca* 
tapiasma, se la quita Y. y se pone un emplasto de gálbano hembra^.y 
Santa» Pásouas;- puede Y. comer su pollito con su rosquilla y un po- 
quito de vino de Jerez y San Seacabó y está Y. bueno y sano* 
^ -«^Ese remedio es muy bueno, replicó doña Nicolasa, pero D. Ci- 
riato no tiene padrejón, vecina; sino un viento caliente que le sube-« 

-^No lo crea Y., mi señora Nicolasa;nohay nada de viento caliente, 
padrejón es su mal. 

. -^Sobre eso, estoy bien cierta; respondió doña Nicolasa, nale due- 
le á Y. el hígado D. Ciríaco? 

1— *No señora^ et bato es dojnde mas siento el dolor. 
. *— No puede ser; el hígado es el que le duele á Y. y cree que es el 
baaoi porq-ue la punta del hígado viene á parar aquí, y señalaba para 
el lado. . . , Yo oía la discusión y esperaba qne doña Estanislaa, sa- 
üefa en tercería proponiendo su remedio y clasificando la enferme- 
dad de Dk Ciríaco, para ver el resultado de aquel triunf enmato y queso 
disputaba el privilegio de curarle. 

. Esfia, como yo lo esperaba, tomó al fin la palabra diciendo: 

•^Nadie sabe mejor que yo lo que tiene D. Ciriaco, como que hace 
veinte años que le como el pan y ya conozco su naturaleza: no tiene 
mas que el estómago sucio, en sacudiéndolo con'un vomitivo dei 

firailecillo 

t -^De frailecillo.no, le interrumpió doña Sinforiana, porque eso se 
toma para purgar. 

— ^Segun y como, coft testó la interrumpida, en arrancando las ho- 
jas de acriba para abs^e es purgante, %y si se arraux:an al revés es vo- 
mitivo* 



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~Pa0ix^H)oiba dieieodo, continuó coh áíré^detrittufo, «acatííén* 
dolé con el frailecillo, santiguándole el estómago tres veces diciendo 
á la vez la oración del Justo Juez, y dándole dos tazas de caldo de 
gallina prieta matada en viernes se pone bueno. 

— Todo lo puede Dios, respondieron á un tiempo las otras dos, abs- 
teniéndose de insistir en proponer sus remedios porque estando la 
asistencia á cargo de doña Cstanislaa que era inamovible^ estaban 
ciertas de que saldría con la suya, porque al fin era la mayordóma, 

enfermera y según malas lenguas ptro no toquemos la honra 

agena. Tocaron retirada laidos intrusas vecinas, deseando á D. Ci- 
ríaco se restableciera cpanío antes y aunque mal su grado abando- 
naron el campo á la denodada dueña que defendió los fueros de su 
empleo con una energía verdaderamente heroica. 
Entonces dirigiéndome á D. Ciriaéo le dije: 

— Amigo, voy á tíaer á V. un médico que merece este honroso dic- 
tado, no gasta espejuelos, ni trae la cabeza rapada como lego capu- 
chino, ni gasta caña de carey, ni habla en giiegOipero én cambio de 
todo esto que le falta, hallará V. en él modestia, juicio, sabiduría y 
esperiencia: le hablará á V. en castellano, y llamará al hígado, híga- 
do y no hipocondrio; al espinazo, espin«eo, y no columna dorsal; y 
en fin se esplicará con aquel lenguage claro y sencillo con que se ha- 
ce entender el hombre instruido aun de los mas ignorantes; haga V, 
la cruz á las viejas^cu randeras y á los médicos pedantes que quieren 
cubrir su ignorancia supina, con ese idioma técnico que solo debe 
hablarse en fes aulas, en las juntas 6 entre ellos mismos. V. es un 
hombre de juicio y se convencerá de que el Ldo.íSanguijuelas no es 
mas que un fátuo^ un charlatán. 

En efecto, trage al Dr. Esperiencia á casa de D. Ciríaco, le exa- 
minó con di«cerr?imiento, y fetui'ó prescribiéndole dieta y descanso: 
las sanguijuelas, las (íataplasmas, las tortillas de rudja y emplastos de 
gálbano hembra se quedaron en la mente de sus autores: D. Ciríaco 
se puso bueno, e! Ldo. Sanguijuelas perdió el parroquiano, y las vie- 
jas con sus remedios caseros sufrieron un amargo desengaño, por me- 
terse á dar consejos sin ser requeridas para ello. 

José Victoriano Betaneotirt. 



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vV>«^«<^ 



EL EDITOR OE UN PERIÓDICO. 



—Yo pensaba dar razones y probar. . . 
—No señor, no pruebe usted nada. . . . 
¿Que tiene el adversariof ¿tíene algu- 
na verruga en las narices, tiene moza, 
debe ¿ alguien, ha estado en la cárcel 
alguna vez? Pues bien, á él. ... la opi 

nion, la verruga 

Labbá. 




oce trabajos impuso la bella y caprichosa 
Deyanira á Hércules en premio de su mano, 
y á uno por uno fué dando felize cima aquel 
enamorado semidiós, quedando luego tan 
fresco como un repollo de col, tan orondo 
como un pavo real, y apto para casarse con Deyanira. Casado ya, 
conoció ser este de todos sus trabajos, el trabajo mas gordo, y por 
consiguiente el mas pesado. 

Dice la historia, y es probable que no mienta, pues habla de 
diabluras de una muger, que estuvo Deyanira varios dias devanán- 
dose los sesos, ó haciéndoselos agua, como solemos decir, para idear 
qué proezas habia de exijir de Hércules, y al cabo y á la postre salió 



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—217— 
con lafi que todo el mundo sabe, de matar leones» lifnpiar lagunas,' ro- 
bar manzanas, y cosas así, que pusieran espanto y grima al mas de- 
cidido y temerario galán de estos días, y quitaran las ganas de matri- 
monio al mi^mo Enrique VIII de Inglaterra. Pues yo digo que si en 
los vienaventurados tiempos de Deyanira hubiese habido imprentas y 
gazetas, la buena muchacha se habría evitado tantas cavilaciones, y 
sin mas acá ni mas allá, hubiera hecho al complaciente Hércules 
editor, ó por lo menos colaborador de un periódico, con tanta y mas 
razón cuanto que al robusto señor todo lo que le faltaba en letras, le 
sobraba en fuerzas, que es cosa muy buena. Con esto hubiera queda- 
do satisfecha y segura de que su amante compraria bien cara la mano 
á que aspiraba; y él hubiera visto que cazar javalies, perseguir cier- 
vas de pies de bronce, domar toros y vencer amazonas, son tortas y 
pan pintado en comparación de lo que se echa sobre sí el editor de 
un periódico, y editor de un periódico en la Habana. 

Comienze usted por tener que lidiar con poetillas y poetastros, y 
compare usted por un mj)mento este trabajo con el de tener que ma- 
tar la hidra de Lerna, horrible monstruo de siete cabezas, cttda una 
provista de una boca como una formalla: con la singularidad de que 
cortar una de aquellas cabezas er^ tiempo perdido, pues aun no habia 
caído en el suelo, cuando ya tenia usted á mi hidra con otra, mucho 
mejor que la cortada. Lo cual viendo Hércules, y considerando jui- 
ciosamente que aquel era juego de nunca acabar, y que él no habia 
de estar tronchando cabezas teda la vida, hízose un poco atrás, enar- 
boló el hacha, sable, machete, ó lo que llevaba, aunque no seria lo 
último, y jzasl de un furibundo revés echó abajo las siete testas jun- 
tas. Ahí tenemos el primer trabajo del hijo de Alcmena: díganme si 
no es mas tácil cortar siete cabezas á una hidra, que habérselas coñ' 
siete mil poetas malos que vienen en busca del editor, pues á los bue- 
nos tiene el editor, que ir á buscarlo y no siempre los trae. Pudo ei; 
editor verse libre de uno de estos señores, que es como si dijéramos 
que consiguió cortar una cabeza; pero al dia siguiente acuden diest 
mas, unos con versos de dar días, otros con fragmentos, otros con ele- 

jías Esto no es nacer otra cabeza nueva, como veía Hércules, sino 

diez cabezas mas, que aunque vacías suelen ser mas duras que un 
guijarro.... jCórtelas el editor! ¡Imposible!.... No admita é impri- 
ma aquellas estupendas composiciones, y le harán ver que es un po^ 
bre hombre, imcapáz de comprender la alta misión de un joven tro- 
vador, que es un ignorante y algo mas amigo del Chateau-Laífité, 

de lo que cumple á un editor Oh! prefiero las hidras, que al cabo,' 

el daño que hacen, no lo hacen hablando. 

Ponga usted que aun periódico viejo, viene un editor nuevo y que 
se le mete en ia cholla que ha de limpiar su papel de tanto comunica- 
do impertinente, de tanta necrolojía de personas conocidas solo en 
sus casas, de ta»to artículo laudatorio al médico que curó, al maes- 
tro de escuela que enseñó, al que se va, al que tiene, el que se queda, 
al que corre, al que vuela ¿Es trabajo este, menor que el cíe lim- 
piar los establos de Aujias? Y espantar á los autorznelos de tan lindos 
escritos, ¿es por ventura menos que auyenlar los pajarracos del lago 
Estímpalo? Hércules limpió los eaytablos y mató los pájaros: el editor 
nLconsigue limpiar su periódico, ni alejar el comején de escritores; pe- 

27 



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—218— 
ro tiene la dulce satisfacción de oírse tratado de pedauton, de fantas- 
món, de picaron y otras lindezas así. 

Imprime D, Tiburcio una novela No es mala idea: — veamos 

si no es mala la novela. El editor la abre, y ya desde las primeras pa- 
jinas echa de ver que el trabajo de leerla es un trabajo que no se que- 
da atrás al de hacer trampas y pillar al javalí de Crimanta. Con todo, 
el editor pilla por una rara casualidad media página bien> escrita en la 
novela, y llueven sus elojios sobre esa media pajina.. Nota quinqe. 6 
veinte defectos capitales, los apunta, y vuelve á elogiar la media paji- 
na: critica lo mal sostenido de los caracteres, y ensalza la media paji- 
na: dice que el desenlaze es digno del enlaze, y concluye poniendo en 
las nuves la media pajina. ¿Qué hace el autor? £n vez de agradecer 
aquella imparcial y honorífica distinción de su media pajina, se aca- 
lora, amenaza al editor con una paliza, publica que no puede hacer el 
juicio de una obra como la suya quien tiene cuentas pendientes con 
su sastre, y por final de fiestas hace borrar á uno 6 dos centenares de 
suscritores al periódico. ¡Acción caballeresca y propia de quien publi- 
ca una novela mala! Pero vamos á que, si quisiera el pobre editor cor- 
rer tras esos suscritores que se escapan, correría mas que Hércules 
corrió en persecución de la cierva de pies de bronce, y al cabo habría 
la notable diferencia de que el héxpQ alcanzó á la cierva, y la qujltó. 
los cuernos que eran de oro, y el editor no alcanza á los fujitivos, y 
por lo tanto no les quita nada. 

Dice un quídam, (y vaya usted viendo la fatalidad de un editor, y 
que cosas se vuelven en contra suya,) dice pues un quidarn: — "Quiero 
ser rico, aunque tenga entonces mas difícil Ja entrada del reino de los 
cielos." Pónese á idear como se hará rico: suméijese en hondas cavi- 
laciones, y al cabo de algunos días sale de ellas con la peregrina in- 
vención de unos agujeros en la pared, para que guarden el dinero los 
que, mas dichosos que él, lo tienen de sobra. Estos agujeros los hará, 
previo ajuste, de un mo<lo particular, y nadie podrá dar con ellos sino 
el dueño de la casa donde se abran, y eso si los vio abrir. Serán, por 
supuesto de menos costo que las cajas de hierro y mas seguros: itera 
mas, con la ventaja de que nadie podrá llevárselos, pues nadie sospe- 
chará que existan en un aposento, ó en el escritorio de una casa de 
comercio, y dado caso que lo supiese alguno, empresa grande seria 
si se robase un agujero sin cargar con la pered. Satisfecho y alegre, 

ocurre, el quídam á un periódico, y anuncia sus agujeros Luego 

hace unaesplícacion minuciosa y una esacta pintura de ellos al editor, 

Ír le suplica recomiende en párrafo aparte tan importante invento, en 
o cual le complace el editor con mil amores, y muy lejos dje creer que 
al otro dia se le aparecerá un hombre y entablará con él el siguiente 

dialoguillo: — "Amigo mío, he visto que elojia usted unos agujeros 

— Si señor. — Pues tenga usted la bondad de. borrarme de su lista de 

suscricion. — ¿Por eso solo] — Por eso yo vendo cajas de hierro, y 

ya ve usted Pero si el otro ha pagado su anuncip, y — Yal de 

paso borre usted también á mi compañero X. y á mi sobrino Q. — 
¿También venden cajas?- No señor; pero yo les he dicho que dejen 
el periódico. — ¿Conque yo he de padecer porque un hombre haya 
ideado f^uardar el dinero en la pared? — Ahí tiene usted!...— ¿No pue- 
de usted anunciíir sus cajas? — Pues! Conceda el benévolo lector 

que con mas facilidad convencería Hércules al rey Diómedes, de que 



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—219— 
no debia alimentar sus potros con rarne humana, que el triste editor á 
«ste hombre-de que, aunque él no teme su periódico, el qnidam abrirá 
agujeros. 

^Ni quién tendrá por cosa muy ardua robarse unas cuantas yuntas 
de bueyes, como se las robó el semidiós al rey Jerion] Eso, ni entonces 
que no estaban cercadas las dehesas, ni hoy que lo están, se ha teni- 
do por una gran hazaña; y así es que se ha repetido infinita veces. Yo 
tengo por empresa mayor la de arrancar las monedas á cualquiera á 
quien sé le ponga en la cabeza leer gratis el periódico. Como sobre 
este particular tengo varias apuntaciones y pienso publicar 'una me* 
ínoria dentro de poco, no hago mas que insinuarlo aqui. 

Escribió el editor, y dijo que una cosa es declamar un trozo de 
poesía en el teatro, y otra leerlo en una tertulia; y viene Gariteo á in- 
timarle que no vuelva á señalarle con el dedo, y eso que el editor no le 
ha señalado, pues nunca le oyó leer; pero ocurrió desgraciadamente 
que Gariteo leia como dijo el editor que no debia leerse. Pues viendo 
esto, ¿quien no dirá que es mejor robarse las manzanas de oro del jar- 
din de las Hespéridas, que al fin valdrían lo que pesaban, y matar 
el horrendo dragón que las guardaba, como hizo el semidiós citado, 
que escribir, para que en lo menos que se piense encuentren alusiones 
y á la idea mas sencilla den una imaligna interpretación? ¿Y no seria 
mas fácil hacer bajar la cerviz al toro de Greta, que no hacerla bajar 
áesos que todo lo traducen á su modo y según sus caprichos? Y cui' 
dado que el toro de Greta no era ahí un torillo de esos que salen á la 
plaza de Regla, ya medios derrengados y con tres dias de ayuíio, sino 
un torazo de tente tieso y gordo, que asi se dejara plantar una ban- 
derilla, conro aguardar tranquilo la estocada. ^ " 

Hubo teatro, se representó una comedia, y de su ejecución hito 
el editor el juicio que la conciencia y buena fé demandaban de él. Si 

el juicio fué favorable, el editor es un grande hombre Si no, es un 

dromedario, un atrevido que se propasa, un inhumano que trata de 
perjudicar á uno ó mas actores recomendables, ó á alguna actriz de 

sobresaliente mérito personal. A ver si escribir sobre teatros no es 

aquí empresa mas ardua, que combatir con el león de Nemea, que ai 
fin y á la postre, no pasaba de ser una bestia feroz, y solo se defendia 
con las garras y los dientes, sin acordarse para maldita la cosa de la 
lengua. 

Bajar al Averno, sacar de allí á Teseo y traérsele i la tierra, pare- 
ce á primera vista un trabajo peliagudo y de marca mayor; pero no 
hay tal, porque otros héroes de menos copete que Hércules bajaron 
también al infierno, y volvieron á salir con toda felicidad. En su tiem- 
po se sabia el camino, y si hoy se supiera y no se hubiese dicho que 
para el que baja nulia est redemptio, estoy seguro que editor habría que 
hiciera un viaje todos los años, ya para traer noticias con que ameni- 
zar su periódico, ya para llevarse á algunos amigos á quienes debe tan- 
tas consideraciones y deferencias como habrá podido ver el curioso y 
discretísimo lector. Pero ay! que estos amigos le harán bajar á él, y 
ellos se quedarán arriba escribiendo pésimos versos, insulsos comuni- 
cados, tontas necrolojías, pesadas felicitaciones, ridículos pésames 

¡Ay! que él se achicharrará mientras ellos rian y tomen por su cuenta 
á otro pobre editor, y lo llamen bárbaro é ignorante, é incapaz y men- 
guado, y patizambo y feo; y le prodiguen personalidades, terjiversen 



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—220— 
sus frases, é interpreten sus ideas, y trabuquen sus letras, j hagan po- 
ner en duda su buena fé, y lo acusen de pecados que no cometió, y lo 

preparen así para ir á juntarse con el primero! 

El editor es un hombre; por masque hayan querido probar Jo con- 
trario jentes que él se sabe, y como hombre está sujeto á irse tras unos 
ojos negros, azules, ó^ castaños; que por lo regular no es tanto la calor 
de los ojos como lo picaruelo de ellos, !o que le hace perder la chave- 
ta. Pero á menudo sucede que — 

" Ojos claros, serenos. 

Que de dulce mirar son alabados, 
Si lo miran á él, miran airados." 

¿Y todo por qué? porque almas caritativas dicen que el editor es 

enemigo mortal del bello sexo ¡miren que dislate! fundándose 

en Que quiso en su periódico herir susceptibilidades^ pues celebró de un 
modo, debiendo celebrar de otro el aria que cantó Rosaura, ó hizo re- 
miniscencia de Fanny Ellsler mientras bailaba Adelina, solo por es- 
tablecer una comparación desventajosa para la última. ] Jesús, Jesús! y 
cuantas cosas suponen para que un editor naturalmente enamorado no 
encuentre quien lo quiera. Tratara de ello,y veriaser mas difícil conse- 
guirlo y vencer tantas bellezas, y bellezas tropicales por añadidura, 
que vencer alas Amazonas y llevarse á su reina como pretendió y 
consiguió Hércules. 

Queda suficientemente probado que los doce trabajos á que De- 
yanira condenó á este semidiós, fueron juegos de niños en compara- 
ción de los trabajos del editor de un periódico de la Habana; y que, 
8¡ el objeto de aquella señora fué cansar la paciencia de su divino 
amante, hubiéralo conseguido mejor si en su tiempo se conocieran 
editores. Mas tarde probaré que las hazañas de Sansón tampoco cos- 
taron tanto, como cuestan las suyas al editor. Por hoy apago la luz y 
me voy á la cama. 

J. M. de Cárdenas y Rodríguez. 



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iiL mmmi m mmm. 



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SL OPIG^IAL DE OATTSAS. 




lumas^ papel, tinta cuidado que no estamos 

formulando ninguna cuenta de escritorio, y para 
evitar interpretaciones, diremos paleta, pinceJ, co- 
lores tenemos aquí á nuestra vista, limpio el lienzo, y la mano bastante 
diestra por «mas que digan para trasladar á él, el personage que nos 
proponemos describir. 

— ¿Personage? dijo al momento una voz no desconocida ¿y que per- 
sonage es ese? 
— Ese? Ninguno. ¿No ve V. que está el lienzo sin una lin«asiqaiera? 
— Bien, ¿pero qué se propone V. pintar? 

—¿Pintar? Yo? 

Si señor; ¿pues no está usted frente al caballete, y en la una mano 

la paleta y en la otra esos pinceles? 

— ^Vamos sí, es verdad V.es uno de los que se introducen 

en todas panes, y se acercan, y todo lo ven me ha sorprendido 

usted en este instante en que solo me creia 

—Cierto, pero ¿qué diablos vá usted á pintar? 



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—282— 

— Voy á pintar el Oficial de Causas, 

— El Oficial de CausasWl . .^ . . . El Oficial de CausasW Sobre qne 

8e han propuesto ustedes no dejar clase alguna de la sociedad que no 
saquen á plaza, y rldiculizen, y las pinten en laminas, y en artícu- 
losy 

— Está usted muy equivocado. No pretendemos ridiculizar á nadie. 
Describir costumbres, bosquejar algunos personages que á nuestra 
sorio.lul pertenecen, no dañar á nadie, hablar de usos generales-, ata- 
cía* los que sean desacertados y torpes, dar colorido local á esos cua- 
ílrüs, formar ua cuerpo de obra cuyas páginas den conocimiento sino 
exacto, aproximado por lo menos ael modo de ser entre nosotros, y de 
la influencia que en nuestros hábitos ejercen las numerosas clases que 
nos rodean, tal es nuestro propósito, santo, laudable, fruto de la obser- 
vación y del estudio; y nadie avanzará hasta el estremo de combatir 
esas descripciones que con aplauso de los amantes de la literatura pu- 
blicamos. 

— "Sí pero, ya usted ve que 

— Nada, nada vemos ahora* £1 Oficial de Causas es el único objeto 
que antes nuestros ojos se presenta, y hemos de pintarle con todos sus 

pelos y señales ¡Oh tú Joaquinito cómo habias de escaparte de 

nuestras pinceladas, habiendo para ellas abundantes tintes y colores» 
siendo tu ñsonomiatan pronunciada entre las faces sociales, y temien- 
do aquí este lienzo que muy pronto será un espejo en que verás tu 

imagen completísima y tú imperteriito acuchillado cuyo nombre 

solo, es cifra de mil campañas que denodado has sabido vencer en 
concursos, testamentarias, intestados, ejecuciones, filiación, sevicia, 

y toda la falange de procesos en que intervienes y tú intrépido y 

locuaz y lú el de la risita fingida y tú el eterno embrollador 

que haces 'lormir los espedientes á tu placer 

— 'Y.i usted falta á los deberes del escritor de costumbres^ ya usted 
hace aluciones, ya usted personifica y ese es un ataque..... - 

— No personificamos camarada, de nadie hablamos, á nadie aludi- 
mos, hacemos observaciones y nada mas: acopiamos datos, unimos 
particularidades y si de todas podemos formar el persónage que hemos 
de pintar para que en él se vean como en el foco de un lente, las 
costumbres generales que sin ofender á nadie describimos, entonces 
y solo entonces pintamos, y ni remotamente se nos ocurre lastimaren 
lo mas mínimo á esa clase laboriosa, honrada; dedicada con la mayor 
constancia al trabajo, ala cual apreciamos y queremos por sus virtu- 
des, esceptuando á los que hacen entierros de cruz bc^a^ ó cobran al 
agente una firma dos veces, ó no están á sus horas en el oficio, y nos 
persuadimos que ni una queja siquiera recibiremos pues á nadie ha- 
bremos aludido, ni de nadie habremos hablado. 

— Pueg yo creo que usted hace mal mal, muy mal 

— Pues si hacemos mal, déjenos usted en nuestra ocupación 

— Pues me iré inmediatamente 

•—Pues hágalo V. en feliz hora, y no vuelva á quitarnos el tiempo, 
ni á levantarnos polémicas, ni k contradecirnos, ni á distraernos. 

-^En hora buena, y hasta nunca, eh? 

Esto dijimos; fuese el majadero, y cerrando la puerta y picando^ 
nos ya la mano nos sentamos frente á frente del lienzo; arreglamos 
colores, bosquejamos la figura, y con sombras mas ó menos fuertes, mas 



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—223-* 

ó menos suaves nos dedicamos á la obra, inspirados por la memoria, 
y sostenidos por la imaginación por esa potencia creadora, viva, pal- 
pitante, hermosa, que alfresco ofrece á nuestra vista, cuanto ella Vio en 
pasadas horas, y aun en remotos climas, hiriendo nuestros sentidos 
cual si recibiendo estuviesen las impresiones que nos conmovieron. 

Y largo silencio pasó y largo espacio empleamos. 

Ved pues el cuadro. Colocaos de manera que esté en su luz; no 
confundáis las sombras, ni veáis las negras tintes que vuestra indis- 
creción, vuestra malignidad, ó vuestra lijereza pretenda advertir, sino 
lo que hemos pintado, y nada mas. Aquí, mas cerca, no tanto, des- 
viaos mas á la izquierda, . .... eso es miradlo ahora. 

Ese hombre que atraviesa diariamente las calles de la ciudad, que 
entra^'sale enalgunascasas, que sube y baja escaleras; para volverlas 
á subir y bajar el siguiente dia, que detras 6 junto á él lleva á otro mas 
joven cargado de papeles que apenas puede debajo del brazo conte- 
ner, es un Oficial de Causas^ y el otro su escribiente, 6 ayudante que 
es lo mismo para al caso; este es parte integrante de aquel, y diz que 
solo por eso se trae á colación, que justo es, spgun cierto principio, y 
salvas sean las escepciones, que lo acsesorio siga la naturaleza de lo 
principal. 

El Oficial de Causas, ese joven que á las nueve de la mañana en- 
tra en una escribanía, que suelta sombrero y bastón, que abre con una 
pequeña llave el escaparate de cedro á su espalda colocado, que se 
sienta delante de su mesa y se poseciona de ella, que vá colocando 
proceso, arreglando escritos, dictando oficies, estendiendo algunas no- 
tificaciones del dia anterior, que apenas se ocupa de los objetos ni de 
las personas que le rodean, seguro de que se acercarán á él, los que 
de él necesiten; ese joven que con rostro sereno mira impasible á los 
demás, que alguna vez se sonrie pero solo con los labios; que otras 
manifiesta aspereza ó resignación, que tan pronto ojea un proceso 
desde la primera hasta la última página como pensativo se detiene en 
algunos lugares de la actuación; este individuo finalmente que tanto lu- 
gar ofrece ala observación en sus anomalías y contrastes, es una per- 
sona poderosa é influyente en la tranquilidad de las familias por lo 
mismo que en sus manos tiene sus bienes é intereses, su reputación y 
honra, que ambas cosas dependen muchas veces de la suerte que cor- 
ren los litigios. 

Hemos dicho que el Oficial de Causas es persona poderosa é in- 
fluyente, y no nos faltará ocasión alguna de demostrarlos. A las diez 
de la mañana ha recojido ya infinitos escritos, tiene casi redondeada la 
audiencia del dia anterior, salvo algunas intimaciones que aunque le 
faltan pronto llenará: arregla sus papeles, coje sus procesos,, distribu- 
ye el trabajo con su escribiente, toma una pluma, mal cortada por lo 
regular, se disponen á ir á casa de los Tenientes, (esta era la es- 
presion cuando los habia) manda al ayudante á la de los asesores- 
particulares, (también han desaparecido como nubes que lleVa el hurei- 
cau)9pone en la pestaña de los escritos asesor Flores y alcalde 1", ase 
isor Piedra y Alcalde 2.^ &.c. &c. entrega \?í% firmas con cuenta y ra- 
zón de las insolventes y de oficio y bien espera algún otro escrito que le 
interesa, 6 se va. por su Jado á despachar. 

Al momento queda desierta la mesa, eternamente acompañada 
tdie ,una carpeta con mas cortadas que agujeros, un gran tintero cebica 



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—224— 
de su esquiua atravesado por mas señas con un clavo que lo fija en 
aquella para evitar sin duda que en la salvadera lo equivoquen, á pe- 
sar de estar casi proscripto su uso y ventajosamente reemplazado por 
el mismo paño que cojido de un canto arroja sobre lo escrito la arenilla 
que pródigas manos derramaron sobre él. Esto mismo sucede en todas las 
escribanías, hora muerta para el oficial de causas^ pero viva, vivi&ima 
para el oficial de cuaderno que ve agruparse al rededor suyo infinitos 
vendedores, poderdantes, prestamistas, y usureros, no de esos que exi* 
jen tres firmas y cuanto saben sus víctimas, sino otros mas piadosos y 
humanos que.al descuento y con hipoteca y con renuncia de tedos 
trámites y pregones fijan el precio á la finca para que sin neesidad y 
con la simple presentación del testimonio se proceda á su inmediato 
remate; y todos queriendo ser ios primeros, que este es achaque fre- 
cuente en hombres de negocios, aunque no tengan mas que uno. 

Y el Cartulario entre tanto impávido, sereno recoje certificaciones 
de pago, y averigua y pregunta si se satisfizo la hipoteca, si la alca- 
bala está corriente, de quien hubo la finca el vendedor, si es casado, si 
tiene entredichos, si es menor, si su curador interviene, y mil y mil 

f preguntas que dejan atónito al que por vez primera se acerca á ese 
ugar. Y luego muy serio, y sin mirar á los otorgantes, coje elcuadeno, 
y con una rapidez de vapor lee el estenso documento que acaba de es- 
escribir que tantas y tantas cosas contiene, y alarga la mano, y da la 
pluma, y los contratantes que quedaron tan instruidos de lo que oye- 
ron, como nosotros de lo que pasa ahora en Pequin, se sientan, y fir- 
man, y pagan los derechos, ó no los pagan, y complacidos se van. Pero . 
de esto en otra ocasión, que nos distraemos del punto principal, y el 
oficial de cuadernos será objeto de otro artículo que aplazamos para cuan- 
do tengamos tiempo, espacio, y sobre todo voluntad que es la única 
que domina en las altas regiones de la inteligencia. 

Entra y sale el Oficial de Causas en el estudio de los asesores, en- 
traba debemos escribir, que ya esto pertenece á la parte histórica de 
nuestro foro, y según. el interés que tiene por el pleito asi insta por el 
despacho: toma cualquier periódico, lee y espera ó pronto se relira 
diciendo. 

— "Licenciado, mañana despacharemos." 

Y cuando ha repetido esta frase tres ó cuatro veces, se aparece 
de súbito con un escrito de apremio, y en él un decreto en estos tér- 
minos: ocurra el escribano á primera audiencia^' ''Autos como están pedidos^* 
Se entiende en el despacho; decretos quecomoen nada perjudican, según 
dice el oficial, salvan de una molestia al abogado, porque de momento 
le libertan del despacho, y para esto se escoje precisamente la hora en 
que está mas entregado á su bufete. Amistoso y familiar, de todo habla, 
de todo pregunta, en todo entiende, salvas sean las escepciones, que 
de todo hay en la viña del Señor, y ustedes saben muy bien (hablamos 
con los oficiales) que estas son verdades y que nada suponemos, y que 
es bueno el callar, rie y se chancea, da su opinión sin pedirsela, pide 
prestado algunos libros, máxime sí están en verso y sino que io diga 
Pepe, se aplaza para la ópera, ó para el drama de la noche, se embutía 
para los toros, y cuenta cuanto en ésos espectáculos ha pasado, hacien- 
do estensivas sus palabras á empresas y conquistas amatorias al que 
siempre ha salido triunfante» amen de los bailes y gallos de tempora- 



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das á qae nunca falta y que le dan ocasión para divertirse; y en^e- 
tenerse. 

^^ Hoy bon rariado las cosas dé una manera notable: }ioy el Oficial 
dtcmmshdi perdido mucho y ganado la m bien más. Ha perdido entre 
mil cosas, que no todas son para escritas, la propina de los asespreV, 
letrados calificadores, comisronados para remates, pru'ebais,'dj¿clara- 
ciones &;C« Ha ^knado limitando sus diligencias á puntos determina* 
flos^ no teniendo que: ir á tantos y tan distintos estudios, de tantos y 
tan diversos asesores, pues ascriptas las escribanías al despacho de 
un Alcalde mayor, á este juzgado y nada mas atiende éi oficial de caiú- 
«5M'<Jne acudir y aquí lo hace todo; provee^ falla, sentencia que ño es 
peksa «osa que digamos cuando antes tenia que aciidir á tan distintos 
y encontrados higa res. t 

A las doce 6 poco mas, ya está de vuelta eií la escribanía^ ya e»*- 
pera la auAiendd i\ne mandó fírmíir, ya tiene aftestada la mesa de pro- 
cesos, y avienen los Instigantes y agentes y procuradores, y sentándo- 
se! pnos,'a<éercándose otros, lomando k pluma ó abriendo ei'cuademg 
rf«jpro¿¿iíwcÚ25 todos hablan y preguntan, y tosen, y fuman, y accio-*- 
nan, y se desesperan, y cojen, y sueltan el proceso; y él impávido, en 
medio del huracán á todos contesta, á todos habla, á todos satisface. 
Y estiendeuna notificación, y^ pone uiía nota, y dicta una orden ¿ y 
folia un proceso, y coje otro, y pone efi continuo ejercicia su ince- 
sante y prodigiosa actrvidá<l. ¡V 
' ^^iQaé hay en la Castrol grita un imberbe escribieiite. ' k • 

• -^¿án/iwi responde el oficial. 
' •*^Quebeiyenelinte&tado.deIíecM •. í. 

•' ^í**No han despachado. 
>^lQ¡ue hay en el concurso de Taramllal 
— iHayí venido las resultas de la ordena • . ' ■ 

! vA-i^^ cpniesió ésa .gente el trasladot ' ' ■• ' 

.y.**^l^üando paganla ajes^ria%' '. ' 

'•^^l'Éstástíieltoelépremib^ . . ' • 

i'^lYasepusoei testimoniol .; ■ . - ' 

rt-rfiFhíacuarónelreconocinientóf' '. ' 

'.''^iF^irmó.el AlcaMe'i 
<■ '-^j-^^iBe aprábiá él acuerdo^ 
'* -^iRáñficarán él escritol '. 

' -^Vinierún los testigosl 

h '. Y mil y mil' preguntas : en mil distintos procesos; y ^1 respon* 
-dienid<» siedupre bien:, ó malecón verdad,* © sin eliav síutisfaciendo :'á 
«mos,, desesperando áotjros al'egrando á muchos, entrístíecien do ^á 
«sbtros dbh estas palabras casi siempre las mismas, y qtíe cada eital 
jpesGayilaseseribe en su «uadeiriio. -■ 

• i Xraslibdo^ Autos-* No han despachado^ . v . ; . . 

< Wi-Efelá^nkt fiíteu. " . 

iy^-í-Elasesór ettfepmo,^.- ' * i' 

— No han dado para el papel..,. ^ 

»i-rEl ^ministro no ha dado cuenta ^ .. . 
if^^jLo tiene el escribano para notificar. ,. . 

'-^Ko han venido las ratificaciones 

• I -4iE»trég«iénse 

— EiStése á lo provehido 

28 



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—228— 
mates, entredichos, pruebas y declaraciones, entre las exijeoc^s piÍ8- 
mas de las partes, de los cálculos del ínteres^ del egoísmo, de lfL9 pa- 
siones todas que desenfrenadas buscan pábulo é incremento enlliA. 
contieodas judiciales, demuéstrala integridad del Oficial de Camm't 
de ese individuo que continuamente se afana, que contij^uamente 
trabaja sin hallar acaso recompensa á sus fatigas. • . ^ 

Cursan en nuestros tribunales una infinidad <le pleitos de la ma^ 
yor consideración é importancia, en los cuales se reclaman cuantió*' 
sas sumas de pesos, jamás que sepamos se ha arrancado un pagaré* 
ni documento alguno de los procesos, jamás se le ha perseguido por 
an edlravfo, y cuenta que en esos documentos está la honra del hom- 
bre y la paz de las familias, y la riqueza y bien estar de que gozan. 
que los autos se entregan al asesor sin recibo, y sin recibo se recojejí; 
quimil manos bojean aquel proceso confiado escliisivamente á, la^ 
manos del oficial de causas á quien no sonríen poír cierto Iqs hal^i^gps. 
de la fortuna. Justicia pues á su reconocida honradez, á su consiente 
laboriosidad, ásu íntegro comportamiento! 't. . 



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rao^^él muiií^Q^ iVuté^tipa^ pro^ip^s 9^e- 

gjji:ain b ue por lo^; £^npi^ , 4Óp , ^í^te^ Jdje 

J^ .venida del Mea¡a§,, ^i:^p. m^y frep 

cif^pt^s.aqjielJQ^ . e3pectá.ajiloS';€n Ibs 

. círciqb pe: Qfeqiaj j¿^ríícyl.ai;ip>^i>t^ e^i 

i^.pátrija (Je Sojpií y, deXícu^go* ^^it^- 

,fl¿is« .al tijii^mQ, tier^pa q^e..proJ.egia jf^s 

' girtes y las, > cieñci?^,; d^speja§apdi?í> pfi 

^ ^«p^ti'pcin^o ^l\^^//'oV,x.eÍ,cé|^b¥^,,,1: 

^ mí^tocl^Sj-no pJq fué,^l pr^n?efp,yí^a¡a 

,. ^ed4id^; aftc4Q^aaa á.lp £a¡o,yi^aq}4Í(¡i 

siiÍQiqíje.rnas de una vea^ t^f^ip ^Pr» t}- 

_ ^^ — — P<^ 1^^ peíea^ de, estasí.jgLyiCs )3e,li,(?p^a^ 

para iuüa^ski: el ^r^lpr dp sus iiuegíes,,escitáhdo de és^e i|:^gejt|i¿Qs^ n^g^ 
jdp etyalor á^,lps veuqedpreís de jVIara,to¿ y S^alamíuav .,^, 

I Al nt^ 1n Viíaf/\i*ío vki^n'T'ivio rk.viilrrof naca ni nc ^lo .Kirilir 



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gris» Té agorar raitreios anírealesiqoe compimenm la^Gav«▼a3nrlbl 
arca de Noé; siendo de aquí diraauada la exacta opinión de loa maf 
famosos zoológicos y etimologistas de darle lugar á semejante» aves 
en eJ largo catálogo de las antidiluviana^. El gallo de la pasión hon- 
ra superlativamente el linage de estos animales oviparos de la familia 
de los alados; patentizando basta la evidencia su antigua descendeur- 
cia, su clara estirpe y la alta misión que han desempeñadoen las épo- 
cas' pretéritas; y jamás, ni nunca, podrá el gallo de Morón, eclipsar 
la memoria é ilustres hechos de sus lísclarecidos progenitores. Según 
la opinión facultativa de célebres bibliógrafos y anticuarios, el gallo 
es origen de las Galias, á quien dio su nombre, como puede asegu- 
rarlo el derivado de la palabra; podiendo contar entre sus paisanos á 
CarJo-Magno y á los doce pares de Francia, dignos herederos de|vfi- 
lor y bizarría del gallo: que no contento con. dar su nombre knn ter- 
ritorio inmenso que hoy forma parte del Edén de Eufopa, le trans- 
mitió a familias, formando un apellido noble y reco iiemiable, y á va- 
riaH t¡end{)s de ropas, que hoy se envanecen nasta con el diminutivo. 
También eii las ciencias fígura el gallo en primera línea. En los 
últimos descubrimientos hechos porHerschel, el hijo, con telescopio 
monstruo, iigantesco paso de la astrononía moderna, rectificando las 

Í primeras observaciones de su laborioso y sapientísimo padre, coiif.re- 
dcion .^i los aladoff habitantes de la Luna^sde qa^ aquel trató ^enaa 
primera espedicion al cabo de Buena Rspe^ailza, asegura que dichffi 
habitantes lunáticos no son otra cosa (jue gallos mistos ó anfibios. ..; 

Finalmente, el gallo y sus encarnizadas peleas, figuran también 
en lo político, siendo de este aserto prueba toral y convincente la pro- 
tección y prerrogativas concedidas por el austero gabinete de St. Ja- 
mes á aquellos espectáculos, parodia de la guerra y del valor de esos 
Horacios y Curiacios, que tan ostinada y encarnizadamente le juran 
desde el huevo odio y destrucción. Conceda que en esta última era el 
Boxer y el Jockey han tratado de oscurecer las glorias del Cock^-pero 
no por eso dejan los elegantes hijos de Albípn de esponer sendas li- 
bras esterlinas al azar del pico, del espolón ó de la navaja. Y comono 
éea' nuestro propósito escribir la historia general del gallo y de sus rí- 
ñaos, usod y costumbires, daremos fin á este débil boí^quejo y breve re- 
^éfía que há trazado nuestra ^al cortada pluma,, y entraremos eu la 
delicada tarea de describir al personage que encabeza este tipa 

Tan desconocido en todo el mundo como familiar entre nosotros, 
' el gaitero es sin duda uno de los tipqs mas eispeciales que puede oñ:e- 
cer la tierra del tkbaco, y el que oon mas justicia merece los honores 
deia bi'ógrafia y el apoteosis. El gálllero se divide y subdivide en ba- 
rias clases y categorías, desde la elevada hasta Ja abvecta, desde el 
(Simple aficionado hslsta el consumado profesor y desde el estrajudi- 
€iál 6 intruso hasta el de oficio público con tienda abierta. Hablan^ 
^os pues, del gallero de profesión, del asalariado, del que cuida Jps 
gallos y los suelta en las valtaa; E^te es eltipo de nuestras elucutkra-' 
«Piones, el árbol' genealógico^ que desprende de si las demás ramas 
de"su preclara deácendencis^ y el dsigúerreotipo de la gálamaqiiialy;^ 

Asi como la poética Andalucía es sin discusión la;tierra cKsiiéá 
4^lpii toreros, Italia de los cie^oni^ Méjico de Ibs léperos, éí^», (S^^Ja 
Isla de Cuba lo es de los ^alteros. Su dricen «epielrde; én la noche dé 
ütúipoB, pues auhque ni eo las obras de Wáshington-Irving, ái én 



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'M kisüorías'de-Arrftfey :¥aides sehalla nada :de aquelloSi ae snl^fr.iilf; 
buena tinta ^ne Colon .y sus ooni^añ«ros vieron aquí' las primeras pi^i^ 
leasy qae desde qne la Habana ena puerto de Carenas» ha oaanifestaii 
do' ea todas, épocas y circunstancias su decidida afición ájp^ galloSi, 
Pero no essolo iú capttalde la mayor de las Antillaé el;Terdad©! 
ro centro y punto culminante' de semejantes diversionejs, eu,sns vír- 
genes y olorosas campiñas es donde eí genio, de la galomaquia l^i^ 
establecídosüs reales,. entronizándose y enarbolando su e^tanoartci 
en ios pürrtos mas recónditos, incultos y desconocidos. Si el célebre 
Ga¿l, descendiente, como se vé, de la raza galluna^ quisiera enrique-f 
cer su sistemit frenológico, debería analizar los cráneos de nuestros 
Cjampesinos y encoiltraria desarrollado un nuevo órgano desconocí-! 
do para él, pero qne no es otro que el del gallero; y según nuestroif 
humildes cálculos y pobres observaciones existe aquel órgano, en U 
cuadratura del círculo coronal^ en dirección al cerebelo. De lo díchQ 
se infiere qne el gallero puro debe ser nativo del' pais ó lo que iealQ 
mismo, planta indígena; porque son sin duda los mas hábiles, aptp^» 
idóneos y espeditos para el oficio. Los conocimientos prácticos que 
necesita el gallero son grandes y dificultosos. Como capitán á: ^u^ifs 
ra y castellano de casillas, hade conocerla castrametación) Ja eslra* 
tegiáy el ataque y defensa. Debe estar perfectamente «nteradq en :M 
historia y cronobgia'de-los gallos; en los principios de higiene^ fisidr 
logia y patoU^^a y en el magnetismo animal, esto es lo im as esencial 
para todo buen gallero, que, además, ha de ser médicoí y; ^cirujano 
Dotáñícoy farmacéutico- A' estos conocimientos^ pnranieÉíte-ciBritifi- 
cos y sublimes','debe«sñadir el< gallero la ligereza, limpieza: y muchu 
ldcuacidad,*attchos'pulWiowe8'y^itznate de hierro, agilidad y solturai . 

^especialmente» en rodillas/brazos y manos, con algunos humos de afir 
quimia, que es cosa muy socorrida' para la profesión. , • . 

El gatieio vive dedicado esclusivamente á su trabajo^ cumpieui 

' do la misión para que naciera y qne heredó de sus primitivos psudres^ 
Habita en lu gaHeria esfiabd^da en los solares patrios^ y los gallos 

' que cuida son ágenos^ bien de. uno ó muchos 4ueños j y aunoue suel4 
tonerlos dé su'propíedad^ ño ai^est» ¿omun, pues^mfks agraoa pcdeac 
con pólvora agena. Su vida:es«eremética'; í^empre solo)]^ aislado, ño 
liéne tiiuchás veces tiempo ni fiara él cuidado dela)galletia. Tan prosKir 
to limpia como tusa^jdi distribuye: el: rancho* ttiilitajrmente^:por ¡horas 
y por tasa; ya topa, ya áfiía^ oraprepara laa.^óteúiizf,:ora* Jos zapato- 
nes; y no descaní^ i ni eií sueños poes sus nias gratos insomnios, scio 
perturbados por el estrepitoso canto de los gallos. Las armas y. blaslo^ 
nes que ostenta, escudo de nueístro héroe, son sobre etubarrádo y gua- 
no, lasHigems y las "CtttílíilbÉsW-ívi *'■' « ■'- ."; .<!':•.'-. .' .í . .•.■:- 

' l^u Vestuario es i^igdrOiMlftiente > tn^pical^ de lienso, jzapalos ch^ be- 
cerro, regularmente virado, medias de carne, sombrero de paja Ó.}í- 
pijápa y g^llóen mano.' Eñ invierno ei mismo píeiagecoBosolo lá adi- 
ción dd capota; de ba^ragaA ó 4?baqueton' ordiiiario ¿ guisa de turtouU 
Los mas famosos empíricos de la antigüedad sé 'quedarían nray 
en máUtlUa^ comparados cíon ^nuestros tipo. Para él* sueí «gallos son 
fct^jos, iilvUlnerablséS como Aquitesy nunca pierden; apostar á ellos 
«s'róbár ó salir al Camino con- un trabuco. Al talisádlo' de 3 y -6 se le 
-Mi^di^lr la vida; una picada y á la cazuflai^ Ai^ro^venderla» roppi, 
'jú^ti piorqtt^ifti^tli al ptirner irtmtüoL:^\m»latoho^ que •solo' se^puede 



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Júg^ihípeídú; '6* pracifio robar p«rsL,'<aaieÉi<fe «ohiar,/poh«> lagiffaé ét. 
ohia á'pesb.iTodos, eu^fiDySon mas' finos ^oe la 'ñotirav (egítítmos-de^ 
Londres ó de la Puerta -de go]p€| de>lostifiBigaá «^ de los A^Ueras;^ 
ni una! eonling¡étioia puede hacerlos perder^ y en sasnaaitosv nuicb^^ 
fttenoS**C6n ietlgaág^ tan arroboudor y>sig^teDd6 el principio innato 
en iá tísi^écie-buniaiia de la propagat^ién «del oapitnd pretepte ói porve-» 
h\\ry'^*\0 qoie se agrega la, f^en«ral aácion qué: .lene nao» 'á Íoe gallos^ 
qiife pu^tle aseguk'aa?^' ha sido la ruina de 'machas. familias y Bocieda** 
ñ^ sin ¿sclair á Wde <a fieal cdnrpáñia, Itís aincioados nieófítoé se 
lahi^tien eliaseiriny corren trémuloíj y afanados la suerte- de itnjuer 
goáf" tantos abares* y tantas pr<¡>babiiidaile$raásen coíitraqaeenpró; 
a^pes&r que podejuos' decir, en honor de lá verdad, que. hoy «stá miiy. 
inorigerado el número, por el aotnai- sistema monetario' y lácareslíái 
del cambio, Sih embarga, como dijo- el otro, no« hay regla simeiseep*- 
tibn y^reelificándo un hecho, creemos de nuestra ideber como fieles y 
t^ridiieo$ cronistas haoea-'disninctonesi honrosas de algunos días en- 
q^^rde él cirio* pascual y deciertos pueblos circjQnvec i nos% r 
í M' Vuelvo á repetir que no escribimos lá historia csitica y poUtica 
deJígHlfo; ni suá peleas, y si un breve articnlo aobred gailero depro<»< 
fésiion, <)ejando< para- mas adelante aqueila tali-ea al. tratar de las va- 
lidad en gi^u^ei-íal. )B1 attia'magrpa, la redacci(»Bi)la'ionjavla vid^ del g^-^ 
Íler<> eü lai^álla páblica. Allí es el protagonista, y después del estañ- 
iiiiero y'(ie>oievt09 ytctej'fos caprichos de ialgunos'propielarioss ét esf 
felquetíiaodiavcaHnpea, regentea, pierde. 6 gana. ' . ^ ...... 

- : •£} gM&iO'Viirt en los barrtcs estramuros, distante .de )a. ciudad^ 
dbude co:n uua.onfearai mes puede propbrGÍOBái»e una casa c«ii espa^ 
dí<i>yo paHoj püés lo necesita para oolooar «n éi la* vaULfa en^qüe-ibade' 
djor^ttavUds g^los.Los cnatro testeros déla «ala y fOOffiedor d^mCA'- 
sa están ocupados hastatel 'techo .de> casillas qnesou la»ibab¿t?iieiíiQi]^a 
dIelo^:gall(,)S«Slls funciones alM sie iimitan :á tasarlos^ atend^rfos y 
8»ilfii¿8)lr^rlo8 en es^ valuta Ipeara qof estén á^les el-dia <de4^ pelea!. 
Cdhftse óbJQtiO'ittenien'nno é ]aaJ5fgallJ38 qckeilí&mídaíjktohadtfnfis q^er^on 
tí» ^ffMt^pM\ poi? decido /así, de sus GCMn|)iañen>s. A. ieato seUama Hj^^ 
éperapiou cpie «secutan .poniendo^ t%ntoel luchader como al 'gallo ^ue 
Vtí ¿ 'tppiai:«e,/uiraB iataineu en loa. espolonebr para qae no puodaii be- 
miiej Ealod fó|Í€S'.<deistíiibre!el ^iWoilft 'propiedad del jgaüo, de cuyo 
<áíei»eébri(niemovhacé el:u«o'of>ortuno«i;«:¡' • .^ « . . \ r 

- -^tl9te gallo es de sibajo;:(fe»:dedripticavf»dr elvbuche de su contra* 
9^io), |>«U36 conviene á^asarh cotn úiko te^pigaü^^ ^nara^ que coloque bien 

• h,Ji Ai hipeábale es innata .en el :galiwr04i >•.. • . 

.^Sn D. Agustin, á este gallo se puedetiij^tigp^r la$ minas «deSf^jir 
'00; lóta$)é con (CRtn><te. j»rikn€ra y^enrmmnitoioütlaBió Jehiju) ysakar la 

-Vt?iHa.¡/' • • .. . . •• ... : .: '1, . , . / . ,.»,: 

i! í; ;DispttefftD el-gallero pana pelear, 'ontificacian «que hace el gallera» 
.ta^lúltima ixipt^'lo pesa«, toiaia' ki^ iti:ediéa delte^polon y oc»rte 4.1á 
'y«Hai'pár8ca89>rlo. :.' ••• •.> -r,-,, •■: -■ '.-í... ■ 

iu>. .liásoobwencioneá'ó >gajes del igallero sotí rauqhas y pocftfi^ JPor 
"«ilkneel^^iis nntüadas no son otras que un.real por peso de lo^, que f4» 
juegan eticada^ «pelea, deL^lló queiha ganado; con cuya prody^oto 
«qqeise denomina f^^cé, porque enél saca Jorque ¿a- galano ie<| staoüi^ 
^Hencion. y ^en «a^e^tt ar d .gáJlo^ parece 'BiM^ieatf;fi»enle ^f^^v^UkÁch 



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miteii^ioskos iaitocbofi^ {)«s<M en qfue vaii'inta*eímda»lai9 peleas. 9inféM- 
barffo ningan gallero se limita á la saca, pues ellos alcanzan átgo mas 
dr b generosidad de losamos y aífcionados, ya en las ganan^cias de ' 
Im toima^ y» en Jo que les ha casado por fuera; siendo este último ar- 
ticulo sumamente socorrido y prodactivo. 

Fáeilmente se cálenla que el gallero Ho esrtá destitnidd entera- 
mente de rectfrsos para el- sustento vital, sin eontár cote fa prdtéccibtti 
que este es ramo á parte y nada tiene q'ué ver con !os j^allos, figuran^ 
do soto en asnntos contenciosos, pues con todo el gallera de qtie 
ti^atamos^ es sinónimo de pobreza, en razón» á que el roce diario y por 
aquel a&iomai de que todo se pega, sé ha desarrollado en él ana nece'- 
sidad' fatigadora y eterna por el^jnega (entiéndese de gallo) queso 
(intento c^n jugar el suyo ó lásacn b io que es lo mrsmb, sacafi^Ia 
kitería sin billete, juega también, aunqne rarísimas veces, aF contra- 
rio hasta el doble 6 triple de aquella, según las* circunstancias de) otro 
pollo, de manera que 6 bien el taiisall(f de <$ á 6; el girab el nlalatobe 
se entregan en los brazos de su mas poderoso y temibteenemigo.. . . 
tal Cdmasociediera en aciago dia al capitán mas grande del sighf. 
Esto^ empero, es muy raro, pues en lo general hay buena fé; 

Sin embargo frecuentes son estas earañudas^ merced á la aeerftf- 
da providencia gubernativa que ya reclamaba la civilización y la 
cultura de no permitir la entrada en las vacilas á los galleros y aficio- 
nados de la raza oscura, conocidos también con los séudoniniOfr de 
narcotizador es y apretadores, 

- Dónde el grillero ostenta y Ince su valor, conocimiento y saga- 
t!\Í9Á mÉgica y sorprendente, es en^ el' importantísimo acto oe caiát 
\6» animales, y annqné en estos himeneos preside la Diosa Astrea 
tsojoi sus atrib^ttos y la esactitud liíati^máliéa, el buen camarada Sabe 
i$aea« Ventajosos partidos, sfíio á favor del galk>, al snyo particalar. 
Tflt^bL&H^en el terrible acto dé soltar, levantar, chipar y estirar, tare&jf 
ptte^st 6» donde mas se dist^tfgtié ía consamada faabiRdad, donde 
se vecilie él grado* de ^alle'ro y donde se forma ía historia de Sus vici- 
iitndet^,' méritos y servicios en la carrera á&l2ígah^ma^ia, 

No^son todos los meses del año los* que el gallero empteá en sil 
éle^oitio, pues éste solo diira desde Diciembre á Mayo 6 Jnnio. Ein el 
^máüs tiempo están ' los gallos en la muda y por consiguiente fuéft 
ée eotiri^ate, no catándolos animales en sazón dé pelear. En el peno»- 
do t de kiaccion puede decirle que el gallero está en cuarteles de in^ 
vierti6, bien que por no olvidar el ejercicio echa peleas á la navájcí. 
Epoea es ésta aciaga y fatal, de hastío, dé vagancia y de artan^eré^ 
«n que, como todo seí vivierite,- se ha de ocupar en algo. Nuestro ecv 
ts^nte temporal se verá en- un conflicto y teniendo que matar Fas horas 
díel dia, se vé cual otro judio errante dé la taverna al villar y' de éste 
á aquella* , w 

Kiimik^es se viülveá encordar et olvidado fi^?í, fa verdadera 
Krsl/campestre; entonees se einpieían ^ recordar las décimas glosan 
^9 y el punto de arpa; entonces se haCen otras cosas que no son de 
«Éi'ítt€i2A¿bencia interrogar, pues mi minféterío efe el de escritor y no 
el de juez fiscal. Pero volvamos al gallero antes de la terrible mtrdsL 
■''^ Taima y Maiquez, Latorre y Romea, Arjoña, y Valero, podrían 
tieiirAfbe poseyendo con tanta perfección como elgalYero, el arte dé 
láÉt geéticHlftciotiesy tf ^sítioíiesr qire' áqnk^l esp^érimenta en tas dos 

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— M4— 
úmcoB époCM memorables ¿ f u ik^wosa vida, que se jeditcéa 4:íf«i«r 
.^{lerder- 

También en el ramo de actitudes, posturas, contorsiones •y dexi« 
bijidades, puede apostárselas á los mejores elásticos, dislocados y Ra* 
veles, así indígenas cómo exóticos. ' 

. Si al lector no le sirve de molestia, sígame i una de las vallas de 
gallo un dia de funt ion. Ya hemos dicho que el gallero habrá con- 
currido á ella con el peso y medida de sus campeones para casarlos^ 
Arreglada la pelea con otros gallos del mismo peso y medida, llega 
4a hora de soltarlos y ahora entra en la segunda parte de su obliga- 
cion» Requerir los gallos en la balanza que con t* ate £n se coloca en 
el centro de la valla, examinar si los espolones vienen bien con las 
niedidas, es su primera. diligencia, y luego soltar el gallo, ó encar- 
gar.á otro compañero de su confianza que lo suelte, que no todos Ibs 
^paJJeros son soUadorrs,* 

Vedle ahí con su gallo en la mano; que no cesa de acariciar, en 
medio del Circo regado de aserrín, frente, al otro gallero^ que hace lo 
mismo con el suyo. Ambos estnn listos á soltarlos -.tan pronlo coitio 
el estanquero^ juet perito de la valla ha podido conseguir de la geAte^ 
con fue;*tes gritos, que dejan el palenque despejado. 

¡Que confusión! Oid: 
: w?Qu¡én vá dos diez y ocho? 

-T-Pago un veinte. , 

—¿A cual está el logro? 
Llámase /(^^ro apostar una cantidad mayor contra otra menor, 
igualando con esa diferencia la que existe entre las. circunstancia 
de los gallos por la fama que en otra« riñas han adonirídoi, ó el esta» 
do en que los ha puesto |a pelea; por ejemplo ir un diezy ochosigni* 
fica, diez y ocho pesos contra diez y seis; de suerte que quien lo pones 
si triuiifa BU gallo, gana diez v seis pesos, y si el otro pierd^|«(^ez y 
ocbo; Este logro suele llegar desde una onza^basta cuatroo'e^les^ por 
¿aliarle uno de los gallos venciendo y el otro acribillado de heridas^ 
Uno délos principales conocimientos del gallero es conocerla 
gravedad de estas heridas parasubir 6 bajar ^1 lqgEo« según su enti- 
<da4 é indultarse si fuere necesario, lo que significa coj^r logro contr^ 
su propio galio para evitar perder todo el dinero.que le jug6..0l^a de 
Jaa cualidades del gallero es éntende]:se entre aquella buUa y cQHr 
&g$ion de apuestas .encontradas acostando con distintas personas, dir 
versas cantidades y á gallos también diversos y al ñn de la..pelea< los 
arregla con una facilidad inconcebible. £1 gallero, ademán, debe co- 
nocer ala persona con quien cafa^ para qtíe no le hagan catPotes. Son 
conocidos con el nombre áe camoteros aqufsllos jugadores que acos- 
tumbran ap<)slar y cuajado pierden se. escurren, o niegan la apuesta. 
En una palabra el gallero es un verdadero y Intimo gurrupié. . 

' Soltados los'gallos, es digno de^observarXiúestro tipo aifuien- 
4o con ávida mirada los movimientos de sú Kallo y retratando en sjEi 
semblante los golpes buenos que da ó xecibey cualquiera que.ae 
circunscriba á* examinar su cara, iQomprenderi, cual es el estado, deja 
p^lea* . , . 

El gallero, .entonces^ masca una cañita de raaloja 6 de pl.umja con 
objeto de formar saliva para rociar el, gallo, al levantarlo en Ias/i»rv^4^ 
tumbien Jos rocia con el agua que en una ]botélla tiene ^ c^janqpe^ 



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imraiM^s c^sosi^En la^prnelés, quenúík\ c^xúndo lifB'gíMíé^éfáaipmif*^ 
den momentáneamente la pelea- por canfdancio & por heridúi, i)éi^%ifmf 
alffslkró chupar el pescueio ensangrentado, rocisírté las^ p¿l«ft{ 'esti- 
rármelas, secarlo con el pañüelcy, refivirlo y fortíflcairlO' para qifeie^'^igt)» 
la pelea, . '*« •: •> i* íí^ 

El gallero es amigo de dicharachos y tiene su léngfti«i^€^ técnico 
pMra espresarse» . . u .:^u 

¿—Va la iista^ va la lista, grita uño pata significar qoé th g^Bd'istí 
huye. " ' »•■'> •"■■:' .. 'v':4<n 

—Si es de la plaza! añ^ade otro, dando á entender que ^ne^^es' fino yj 
su lengu^RC es siempre por este estilo. . . i ^ i .«. - 

El gallero jubilado, mas feliz que el músico vifejo á qitien fiolo^fe, 
queda el compás y afición, ocurre á la Talla y carga con los gJaMo»i 
muertos que come 6 vende en alguna fonda pjtratransíbrttiarée'enuiK' 
sabrosp/ricaíé 6 plato de lucimiento* • » , • ; . ;.=;;, 

Ni la risa de Momo, pí la alegría d^. un conyugue el primer, 4^^ 
del canto epitalámlcQ, ni la noticia df;; una herencia inesperada 6 ji¡^ 
4el |>je'mio mayqr en una lotería estraordinaria, ni úads^ en fip €;%comV. 
p'arable al gpzo y al placer que esperimenta cuando gana y yé.au- 
mentada su reputación y su vejiga, receptáculo, depósito o hapitác^pii 
donde coloca nuestro campesino a! veguero ó. vueltátbíypro cpn,éj¿ 
descendiente de Moctezuma. Nuestros diccionarioSf^a^í ,ef^p$iñoI fomo 
prpyincial, qsirecen ele las voces.que arranca el mpI^^¿t¡i) feliz de;,!^ 
beir vencido iin gallo. Grito de victoria estrepitoso y bélico,, que. co%i 




pite en lontananza. . .^, ^,,,^. ., ,jj{ 

<Was muchas sensacianes siente el ánimo del^Ue^ro^ C])9Pf)qA9h 
na; pero ¿ay! cuan tristes, ti^tricafs y dólorosás cuando pÍ6ri^..iPer4¡^r 
el dinero que tantos afanes cuesta el esplotarlo de las minas acuña- 
das de Cuba^aean.. « .! Perder la reputación ó la vida de un gallo....! 
jOb! esto es tremendo y mas aun si la pérdida de la pelea es efecto de 
nn descuido en el careo y las pruebas, 6 de otras causas no legitimas, 
reprobadas por el concurso é interpeladas bruscamente ya por el due« 
ño del gallo, ya por lo^ muchos que han perdido el dinero confiados 
en las escelencias y antecedentes de la gallina^ y en las recomenda- 
eianes que se hicieron de ella. 

Entonces, pobre gallero, mas te valiera perecer, cual otro Mazze* 
pa. Pero él no desmaya: impertérrito y firme entre sus ruinas, con 

Í.Ima grande y corazón valiente, acepta el sistema de peregrinación j 
é lanza á beber el agua de estrangeras vallas. Brrante y vagabundo 
como los hijos de Israel, pasa de acá para acullá y de Zecaen Meca, 
de la Sabanilla al Zuacate, del Artemisa á Guanajay, ya tal vez 
nuestro proscrito aventurero se prepara á pisar impávido el aserrín 
del Circo de la Prueba en Guanabacoa; 6 mas bien la nueva y famosa 
valla que acaba de establecerse en la vecina y feraz colonia de la 226t- 
na Amalia^ Isla de Pino$ y Mármoles, que brinda no solo estos ártica- 
los, sino un porvenir mas grato, una vida mas tranquila y acomodada 
á nuestra sabia legislatura; y lo que es mas, la seguridad, la comodi- 
dad en el tránsito desde esta capital al surgidero del Batabanó, que 



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•e inecilica eli medio de una lucida escolta de caballeria, que (uivpar- 
címmi «1 viandaole favor y protección. 

Hasta aattí el gallero. Lejos de nosotros la presunción de cveer 
qne beatos llenado cumplidamente nuestro d6b«r<en este bosq^ttejo, 
en que por donde quiera se observan claros y vacíos. 

Bfo lleaaríaniosv empero, nuestra roorigeradora misión si no hi- 
ciésemos la siguiente breve reflexión que desde luego se desprende de 
lapiAtnra verídica del gallera El oficio que abraza esteces uno -de 
tantos, que, con sobrada razón calificó el chistoso y castizo autor del 
úpfíi JEl^^urrupiéicon quien no deja de tener puntos muy notables de 
semejanza nuestro tipo) de los mo4^ de vivir que ne dan con que vMr. 
¿Ifo isat^n por ventura los campos de Cuba ávidos de cultivo y. an- 
siando el brazo del Jiorabre para brotar los tesoros mil que encierra en. 
snseno leras y generoso? [)Wo exiaten acaso otras carreras, otras inf 
dnstrias en c^ue el homt)re laborioso puede ser útil á sí propio y iia 
sociedad? Ni se diga, como errónea y preocupadamente se dice, que 
la educación primitiva influir puede en que prosiga un individuo ep- 
charcado en el asqueroso camino de loe vicios. En todos tiempos^ íe 
es dado al hombre desviarse déla senda funesta que le concfuce at 
abismo y entrar en la oue lleva á un bien estar duradero y^ que no eá- 
tÍL sujeto á azarosas vicisitudes, hijas tan solo, no de la inconstante 
fortuna» sino de los vicios. 

El estado lisongero de cultura y de ilustración que ofrece nues- 
tra opulenta Cuba, repugna, rechaza ya ciertas distracciones queade- 
nr&s de ser ofensivas á la vista, propenden á generalitarTa ociosidad 
y ;aun el vicio. ^ . 

IVose crea que opinamos por la supresión de una diversión tan 
generalizada. Queremos que haya galios^ pero desearíamos sincera- 
mente que este pasatiempo pudiera realizarse sin que fuera de nece- 
sidad la intervención del ^aflerv, porque este podría ser mas útil á su 
pais, á su familia y & la sociedad en el ejercicio de otra especulación, 

TEl Ldo. Vidrieras, 






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KiL MWAii^TiE m mmmh o 



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I. - r^ - y,. V. . ,1.,;.. f'M yi7 ■ , i , , ■•.■ U>?! | V 



} i 

o : i » 



SltáMOrSDETSmiA. 



<«i^*s»S^¿i^' ' ' 




Que ie sienta y ,i¥) «e d^. , , , ,. j^ 
I'éro i^ mi mas me cobtehta ¡ 
Que «e diga y no ke gie&ta. 

Rio&Aat'i lÉtrak tVrr». -" 



■ •'' i 



osa es jvivfé Dios! df perder la chj3Lyeta> cj j^oner^f.fL^ 
^ contemplar á sjauagre {rfai Ufi iiMf plí^ables pejc]p{iic^9i#^ 
f^de est^ jaala de frílIofí.QÚe llaman Yaundo. S^eédenee genñ-i 
raciones á geja'(^racion^, siglos á siglos y pja^blod á pU^lo^ 
' varianse qQstupaUre^, . cerewonias y íbrmulas sociales; h0y j«t 
desecha ppr iaútil y aun pierniciosQí lo mismo que ayer ,1b0v 
acojía cproo indispeásaúle .y Vital; por ^l<cointrariiO.«e adopta/ 
como udIMmo Jo que já, jttip,ip de nuesípos fQrmalotf^» y 'iP«r»í 
cíos antepasado» era dÍ3ofY«nte, pecaminoso y dey^oowinal^ ^íl^vj^m 
Un^^M í^re^ reiffi,9^ decía» nuc^^os abuelos. -dUía pontey^s-do ptio^ 
r/!ií/p<;fl^,diráw nuestros nie;ojs.,., . » ii 

Lá antigua metansíca nos enseñaba á despreciar las pomposas^ 
Yi^^ld^des mundanas, y manifestándonos que la tÁenracra-nna pqa^- 
^ ten «ltbi;eye U^in-sUo ^ b^ n«dadí la eteisáidaá; nos huásu rairáf^' 
solamente al cielo, repitiéndonapdlneesar,áseetii(0»piwrtrWO¥.#«c. 



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y íH»\m kubreoRHícoii. é4 «m Ávis^ Poí* otira parte, tú' nmtim^ oaipat éf 
Bégaflápks jüatiUcís.qoe exista nada de: Gomnü entre los grandes 
«coBtecimientos sociales y «oestras cupick» de ventana ó entre loa 
torneos de la edad media, y los telégrafos amorosos de nsealraa cm* 
Hc8« Pero yotl mfráttrito doctor dowft de lo contrario; porqne el 5iiW- 
/isestá en encontrar relacionea donde pavece que no lasliay, yyo 
me pinto solo para esa clase de negocios. 

Vamos á cuenta», ¿No hay una grande analogía entre las amoroA 
$atplátÍB<tt de lo» apuestos y enamorados mancebos de lus siglos ca- 
ballerescos, y el ¿ío/cc far nierUef de nuestras amarteladas parejas? 
{Entre la nohh casteliana, entregada al adusto Rodrigón y la ilnplaca^ 
bde dueña^ y la señorita de su casa, vigilada por el ojo avistnr de la 
obesa y respetable nvamaita? ¿Entmik» bardos y trovadores^ y noestroa 
amantes de ventana? Trasládalos de laanti^ua Europa á la moder* 
iHiiGaba^ Sustituye el exótico y^ prolongado sombrero de co^a^ su car 
saOa y su bola de charol^ por el vistoso capacete deplamas, la escla* 
vina y ja bota estirada con espuela; y al mirar una ventana guarne^ 
oiefób por un amante, habrás retrocedido tres< siglos. Pero de aquí 
infiero una consecuencia triste; y es que nueaira moderna Antillay 
¥Íene k ser la Europa del siglo XVI; por que es de notar que jsl aman" 
H de ventana ha caducado ya en toda la tierra; qftedaniio fruto ea« 
elusivo del pais de los plátanos, del tabaco y de los huracanes. Laa 
damas europeas, no tienen hoy amante de ventana, sino* de sala; j 
aun estos'soa ios menos favorecidos; porque si bien la Hala es tem** 
pJo de amor piara los llamadtis, hafy otrasí habitaciones de fácil accesp 
patalns escojidos^y hasta el Úiu\0^mante va cayendo eli desuso poii 
aquellas tierras, pues las señoras tienen amigo, las altáis steñoras j9/<l-> 
tegidoy y las medianas protector. Lo cual no obsta para que alguna 
esté en plena posesión de los tres, ocupando cada uno un respectivo 
lugar, ni para que amda mai la Rosa de Madrid'^ tenga su acompa- 
ñante, la azucena de París sa preferido^ y la flor de las riberas del Tí* 
ber su cavaliero servente. Y en último término del cuadro, suele apa- 
recer un esposo, como lo manda nuestra santa madre la Iglesia, el 
cual contento y satisfecho, conjuga los verbos por pasiva, y es editor 
responsable y acusativo dé cosa. ' 

Pero basta de dfgr«sk>oeíl; y ya es' tiempo de empezar el bos- 
qnejo de mi úiffi^ OriBah«A)er'dicha arriba i^u^ los^ siglos mudan el 
nombre á las cosas,: Ein «feeta,^-lQdii^ali(ti«roflo*d0 Hernán Cortés 
y en su país se llamaba velar á la dama; se llama hoy lisa y llana- 
mente hacer el oso, en todo lugar por. esencia, presencia y potencia, y 
s<yh) está admitido ^y por muy pocos), étl Audalücia, último suelo que 
déttUrlijijaron los sarracenos y én la, patria.de) cacique Guanagarí y de 
la Rerna Anacoana. 

Bttípcz'Eiré por hi désci'ipcion fisiológica de nue$trd héfoé y de 
««té m^o le conocerás á primera tidtai As!, léctói^ aniíigo; cuándo eti 
«i^álistto por las calles^ te halles un hombre generalmente imberbe,. 6 
llátri^e poli»,' coto untrage que cúiisiete etílica negro, acaso en dís^ 
c*ót»€(ia.ct)n el úkitoo figunn, sombrero de copa y pautálotí blanco; 
pfétwcuyd esmera supone largas horas de tocadoi^ que pasea solo el 
tu^tráü'dito de ulia cuadra y con lá vista oa^t fija en uhft v^ntaha, tío 

Kostgds tü ifltestígdcioarésté.es trn ámaüte deila clase dé'aápir^nfei^ 
IH|faé* é^úead^^túr' que d aitfoiitedb véiitan^ s^ pátécfe^ ííl em* 



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—241 — 
pleu<Íoen ITa^iienda, en que 5?e divide en aspirante, meritorio y eftc- 
Uva* Si hallas el mismo sugetOi no ya caminando sino muy fijo; opri- 
miendo con su mano tos hierros que aprisionan ñ la señora de sua 
pensamiento?, lo cual le dá usa vnga semejanza con oí pttpipn;y to-. 
rio esto sucede á las primeras horas, déla noche; este es nues-^. 
tro homhre, que ya ha ascendido á meritorio. Mas si esta escena ne 
representase de las diez de la noche en adelante, y al través de los 
bie^rros vieses el teatro k menos de media luz, ten por cierto que el 
amante se halla ya en la ciase de efectivo^ y en posesión de todos los 
derechos y funciones de tal. 

Hetha^ la división y retrato del amante de ventana, paso á exa- 
minarle mas detenidamente hajo las tres fases en que se presenta el 
astro, siguiéndole como satélite. 

Los Israelitas para hacer sus oraciones volvian la faz al Atea, 
del Antiguo testamento. Los persas como adoradores del fuego^hé- 
cia /el oriente; y los Mahometanos h I templo de la Mecca. Pero yo qiiQ. 
rto 'soy. Israelita» ni Persa ni Mahometano, sino cristiano católico, 
bomjl^re simple, bonachony montado á la antigua, vuelvo la vista don- 
de tengo por conveniente á pesar de hallarme en una nueva Egipto que . 
prescribe á sus hijos tener constantemente vista y pensamiento fijos, 
«m el Becerro deoro. En este concepto, pláceme dirigir mi^ li90as.de 
mira á cualquiera calle de la Siempre Fidelísima Ciudadj y á la hora 
c(e las seis de la tarde. ^ . 

Si tienes la paciencia de acompañarme durante unas horas, sa- 
bras tanto comoyo: te enteraras de las cualidades, ventaras y per- 
cances del amante de ventana, y cosas veredes quejarán fahlar á las 
piedras. 

,<. Entra en aquella casa, y no digas á nadie la calle ni el número^ 
porque podía llatnarse alusión personal, y juntarse unos cuantos que 
f^ entretuviesen en medirnos las costillas, y desollarnos como é un S. 
B^rtolorrié, á ti porque me acompañas^ y á mí porque te condus^¡[0; « 
lo cual ya. ves que no tendría maldito el chiste para nosotros. Entra, 
r-epito^ en aquella casa, y verás á nuestrohéroe concluyendo su ¿oíZ/é* 
%poiiiéndose de punía en negro, y preparándose paVa dar principio a 
RUf Q(^nq,uistas. Ya sale á la calle: aun no tiene objeto ni dirección fi- 
ja, puesto que no tiene dama. Pero los pollos del siglo XIX son co- 
mo tos caballeros andantes del siglo XIV, pues no pueden vivir sin 
au Dulcinea, porque son amantes de profesión ^ y la mayor parte de' 
ellos tienen por única ocupación amar una vez al.dia. ¿Comprendes 
tú cómo sale el marinero de Regla á lape^ca de pargos, delcásadorde 
la Isla de Pinos á caza de cotorras.'' Pues ^sí ni mas ni menos, sale 
de su casa, un D. N4rd<?o Majarferano, á caza de amadas; y navegan- 
do con viento Jargo |H)r la costa de las iluaiones, va haciendo escala 
y pidiendo práctico, encada puerto que halla en su derrotero, ¿ lo 
<fue ed Jo nvsmo; codiciando miradas y señas en cada ventana que 
baila al paso» Pero he aqui que llega é alguna donde á una mirada 

30 



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—242— 

corresponde otra-, y uca insinuación produce una sonrisa. ÁF ¡nstanta 
se convence nuestro inteligente náutico de que aquel es un eseéiente 
punto de recaÍHda,y significa su deseo de fondear en aquel puert». 
Pdné la proa; pero oportunamente el telégrafo ya establecido le in- 
dica que se haga a la mar, tomando la vuelta de afuera porque h»y 
viento de boca. En efecto, y para dejarnos de metáforas, supuesto q<u^ 
ya D. Narciso ha dado unos cuantos paseos, y ha fijado ya sus rea* 
les en rentana determinada, solo resta ponerse en comunicación eoñ 
la bella Elena de adentro, para lo cuul siempre emplea uno d dos 
días de observación, en que la dama aun no se da por entendida, y 
lo único que hace es dirigirle tal cual mirada, con el laudable objeto 
de que el aspirante oose aburra y abandone el puesto. Decídese ét 
por fío á pasar á vias de hecho, y la indica con la mímica que Dios le 
da á entender que desea hablarla; pero la bella Elena conociendo 
que aofi no ca tiempo, ie responde con el mismo simbdtico bnguage, 
que no es posible porque el implacable Agamenón los obserra. Sin 
que fK)damos averiguar si ese estorbo déla felicidad es algún Papá 
severo; algún adusto Tutor, d lo que también es posible, algún con*^ 
socio del aspirante, lo cual se ve muchas veces, sin que por eso yo^ 
ocusee nuestras encantadoras Sirenas; porque ningún mandamieü- 
to'de Dios ni de la Iglesia les prohibe tener un par de amantes en 
eÍ08éde supernumerarios. Pero sea ello lo que quiera, el caso es que 
existe el Dragón custodio del Jardin de les Hespéridés, y son por 
consiguiente inaccesibles sus manzanas de oro; lo cual pone fuego é 
la pdlvora de nuestro D* Narciso, mucho mas cuando en aquel críti- 
co momento. desaparece su Elena déla ventana, ya bien sabe eHa por 
qué. En tan inaudita calamidad vacila entre la idea de suicidarse, ó 
e«cribirlay comunicarle las penasquele aquejan, y la devorante pasión 
que iia despertado ensu corazón la angelical belleza de su dueño. 
Puede suceder >nuy bien que no exista ñí pasión eii él ni belleza en 
ellfs pero en ese aunOf no hallarás en él sino una doble mentira, e» 
decir, dos pecados veniales que se perdonan con agua bendita^ Com-^ 
batido por ambas ¡deas se resuelve al fin por ia ultima^ es decir, por 
hacer intérprete ai papel de las pretendidas penas que destrozan aa 
corazón, y elevar este sentido y lastimoso memorial al tribunal de su 
dama. 

El héroe de Cervantes, D.. Quijote deta Mancha, en la célebre 
bataHa de los leones, cuenta la historia que vaciló largo rato para re- 
sotrerse si debia dar el ataque á las fieras á pié d á caballo: y no de 
oiro mede, nuestro D. Narciso sostiene consigo mismo un intermi^ 
nabfe mondlogo^ meditando si será mas conveniente escribir ásu Ele- 
na en prosa 6 en verso, porque es de advertir que el amante de ven* 
tana es poeta y pintor de afición. Todo en este mundo tiene sus con- 
tras. La prosa es mas fecunda y sobre todo mas fSeílf el verso ea 
ii^as espresivo, mas sentido, y mas bonito ; con la ventaja de 
que eso puede lisonjeará la niña mucho mas; pues le ofrece sn 



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—24^— 

amante una habilidad que manda delante aguisa de batidor* Estas 
y otras reflexiones le hacen decidirse por el canto deThalía, y se re* 
suelve á escribir. ¿Qué escribirá? Desde luego la mejor camposicion 
es un soneto, al menos así lo ha oido decir, y aunque escriba un cieti 
pips^ estampa con todo el siguiente espresivo titulo.^ 



A 



aQa^ 



Mi corazón está' muy enamorado. 
Y como ia flor seca se deshoja • 
Así se secará el desdichado 
Si tú, Piínchita^ al verle tan angustiado ^ 

' Hasta aquí navega nuestro poetastro con felicidad, midiendo^ 
los versos por kilogramos^ mas para continuar son los apuros, porque 
aquel deihcfa de marras llama imperiosamente un consonante, y el 
autor después de haberse roido las uñas, y puesto en tormeoiolasre*- 
giones eefatioas; desiste del. temerario intento de fabricar sonetios» 
por<|ue el taJ eonsanantito no parece. Sin duda han desertado á otro 
idioma todos los consonantes en q^a, pues por mas qae nuestro poeií$. 
suda y se afana por encontrar uno, no le atrapa ni ton aozueloa, y el 
único que se le ocurre y aparece bullendo en &u magin es. • é-^malofaM 
Pero aun le queda un escótente recurso, pues si no puedo construir 
sonetos en su taller, puede sin embargo recurrir al del prójimo. Bti 
efecto, ¿qué partido toma el que necesita cocinar y no tiene «egro 
cocinero? Muy sencillo: alquila uno. Hé aqui una .paráfrasis de 4a si- 
túa cioatie nuestro héroe» Srs fincas no producen sonetos, ¿hajl mas 
<|iM alquilar la fecunda musa de un paciente amigo.'' ¡Bello! Yadí eii 
el quid^ dice para sí. Y acosado porreta luminosa idea, acude á un 
amigo que es gran poetay literato," y le canta una antífona en los tér-* 
minos siguientes: — Mi amigo: deseo un favor de Vd.— Sopa ^uál, y 
y si es posible. — Nada, que me haga unos versos para una niña, por- 
que el caso es que. • • «(y «i|u¡ lo espeta toda la historia velü nolis) 

y fya Vd. ve que pero no olvide de espresar esto y lo otro (y le 

da la medida como á uo «ai^re) porque quiero pues. £1 «raigo 

(si es mas amable que yo) le construye los versos, que ¡si no compo- 
nen un soneto, son al menos un buen soneonete. Pero no le satisfa- 
cen al interesado, porque no estáa sentidos y 

Nunca sobre las cuerdas de una lira 
Q^ue al uso mercantil se prostituye f 
JhJl sacro fuego de las musas gira. 



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—244— 

Por todo lo cuhI nuestro onainorado resuelve renunciar á los 
ecos (te la poesia. 

Una vez proscrito el idioma de los dioses, [)or las razones que 
para ello tiene, y entre otras porque no es posible usarle; se confor- 
ma, por no tiubes otro Remedio, con hablar á su dama en el de los> 
hombres, yápela ni recurso de una carta erótica. Tampoco la litera- 
tura epistolar en el fuerte de nue.<<tro ii|»o; pero lo que yo puedo ase- 
gurar es que ni S. Pablo, para escribir sus imponderables cartas á 
los de Corinto; ni Cicerón en las suyas a los Senadores, ni Feijoo en 
sus .cartas eruditas, ni Alontesquieu en sus cartas Persianas; se han 
fatigado tanto en borrar, poner, transsformar, corregir, tachar y alte* 
rar la construcción fraseológica, como nuestro aspirante. Escribo ana, 
la tacha, la rompe, la sustituye, y concluye por poner en limpio laque 
después de mil limaduras y alambiques le ha pareciilo. mejor, lanzán- 
dose á la calle y calculando los medios de hacerla llegar á su destino; 
lo que al fin consigue después de haber dado algunos paseos por eit 
frente de la ventana; trono de la hermosura, templo de las ilusiones y 
cecurso de los enamorados de pacotilla; llamando á un negrito de Ih 
casa, y encomendándole la misiva para la niña Panchita. 

Puede suceder que también se la entregue en maoo el mismo 
pretendiente al pasar de perfil por la ventana, lo cual es de muy feiias 
agüero, pue^ supone que ya está la pareja de acuerdo, y ha precedí* 
do el Ecce Episíolam del demandante, y el Fial voluntas uta de la s.^ 
licitada; y ya no resta mas que el imprescindible vivo diálogo. 

— -^'Se ha enterado Vd. de ese papeli^ 

— Lo he guardado. 

Porque en efecto lo ha depositado en el archivo que tienen las 
jóvenes designado al objeto, es decir, en el seno. 

— ¿Y podré esperar la felicidad de 

—Veremos. . . .lo pensaré. 

Las mugeres suelen decir veremos, cuando ven muy claroi y lo 
pensaré cuando ya está pensado todo. Mas estos principios no son 
muy conocidos del amante de ventana, y )ior lo tanto continúa Chu 
impaciencia: 

— ¿V cuándo podré saber? 

-<-Quiere Vd. saber demasiado. 

—Pero dígame al menos si puedo tenor ó no esperanza. 

— Se lo diré en otra ocasión. 

— ¡Ah! sepayo pronto si debo vivir ó morir. 

—Retírese, por Dios; mámanos observa. 

— ¿Y cuándo la volveré á ver.'* 

— Mañana, anochecido. Adiós, no puedo mas. 

— Pero ¿puedo esperar su amor.'' 

— Quizás ¿Quién sabe. . . •las pruebas, y el tiempo • • •• 

Desde el momento en que la Dulcinea ha pronunciado las an- 
teriores frases, y ha demt^ndado pruebas y tiempo^ ha cambiado la 



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_245— 

^etarquta del Bmnnte, aseendrcndo á Ya clase de meritorio. Mas tío 
crea?, pacientísimo lector, qiid tas lale.s pruebas son pruebas legales; 
con arreglo al Derecho Romano, nial libro délas Padectáá; ni 
prescriben la previa información dé testigo?. Las pruebas é que eWú 
alude son prueba» semejantes á las qué se hacen cop el Vino catalán, 
eon la sola diferencia de que en estas sé esperiraentan (os grados de 
fufrza del vino, y en aquellas ne trituran los quilates de paciencia del 
meritorio. En cuanto al tiempo^ no se trata del dios de los Paganos 
que lleva este nombre, ni del buen d maltiempo que puede hacer; pues 
d amor no es como las funciones de toros, que se anuncian si el tiem- 
po lo permite: sino únicamente de averiguar hasta qué estretno pueda 
perder un hombre su tiempo, ¡^in aplicarle la calificación de tiempo 
perdido. 

Decretado de este modo el memorial de nuestro hombre, y ele^ 
vado al rango de meritorio, se despide de ella con ün triste y espre^ 
sivo adios^ y una lánguida mirada; en la qiie compone su rostro lo 
mejor que puede, y se retira aparentando estar pensativo. 

' Ni Bscipion sobre las playas africanas, ni César en el capito- 
li»^!, ni Napoleón sobre las pirámides de Kgipto; fueron mas orgúllosoíi 
y altivos que nuestro meritorio, al retirarse de su campo de honorj 
va á dar cuenta ¿ su amigo del feliz desenlace que ha obtenido, de< 
bido á su irresistible mérito. Porque es de advertir que el amanté de 
ventana tiene un amigo, que es á la vez confidente, agente de nego- 
cios, consejero y secretario privado. Sin este elementó no habria 
verdaderos goces en el amor. ¿Qué puede lisonjear una pasión, é nin- 
gún corazón de moda, si no hay á quien contársela? El ingenioso D. 
Quijote (y torno y vuelvo por variar á citarte) decia, cuando busca- 
ba dama, ''Si yo por mal de mis pecados, o por mi buena suerte, me 
encuentro por ahí un gigante, como de ordinario sucede á los andan- 
tes caballeros, y le venzo, y le rindo, ¿no será bien tener á quien en- 
viar él presenter" y nuestro tipo, volviendo la oración por pasiva, di- 
ce para sí: "Si yo por mi bella figura y dotes irresistililes, acometo á 
una belleza, la enamoro y la rindo, ¿no sera oportuno tener un testi- 
go de mi triunfof" |Ah! joven feliz! tienes razón. Los amantes ració- 
nales no saben gozar. Arrojan su corazón á los pies de una müger, 
que acaso lo pisa: o cuando mas tienen momentos de suprema y soli- 
taria feliddád; pero breves y transitorios, que dejan casi siempre una 
fauelhi indelelde de infortunios tan larga y profunda como la vida. Tá, 
amante modelo, tú, enamorado y conquistador de oficio, tú goza*< 
cuando piensas, cuando habla?, cuando intentas, cuando ejecutas y 
cuando refieres. El Jardin de los amores te ofrece todas sus rosas 
sin unHsola espina. ¡Salve: muestra ambulante de la felicidad de los 
tontos! Yo te envidio. Yo, que aunque por mis pecados me hizo Dios 
estravagante y feo, tuve sin embargó algunos Itincecillos allá en mis 
mocedades, y te aseguro de buena fé qué si pequé (aunque jamás pOr 
la ventana) en el pecado fué la penitencia* Y hny que no hallo mi 



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—246— 
corazón exhuberante de crea^cías, temería un sí mas que i|d vOf 
porque siempre vi peores consecueocias dei sí de la mugec qué de su 
no.. ¡Feliz aquel á quien dicen nó^ porque al menos oye la verdad! 
.¡Feliz 8i no es amante de ventana! 

Basta de apdstrofef, y sigamos al meritorio en su derrotero» 
Tedie que ya se reúne con el indispensable amigo» á qv.i^i) da parte 
de lo ocurrido, refiriéndole el víni^ vidh vtnci. El amigo, que de paso 
estambren su corredor de nuniero, le aconseja con calma y madurez 
la conducta ulterior que debe de observar; le da el parabién y le co- 
munica al mismo tiempo otro negocio de igual calidad, en que a^. 
cambian las bridas. Es decir, que el amante y su corredor son dos 
puntajes que mutuamente se sostienen y apoyan, y con ; facilidad 
cambian de titulo. El corredor de aquí pasaá ser mas allá el. intere* 
aado, y vice-versa^ por aquello de ^'hoy por ií, mañana por mi^^^ de 
modd que.es una bendición de üio» ver esos tíos pimpallitos tan unidos 
y formando con el espiritu.de asociación, que caracteriza al sigLo^ 
una poderosa alianza ofensiva y defensiva, escribiendo las cartas de 
tnancomum et in sóHdum; corrigiéndolas y tomando sus disposiciones, 
previa sesión de la que se saca su correspondiente acta. 

No olvidemos que nuestro D. Narciso Majaderano^ se baila ea 
la esfera de meritorio, esfera espinosa y difícil, pues en ella corre ei 
protagonista un .riesgo a cada momen4x). Atraviesa sit naciones c^iti- 
iOas y de prueba; está ha.c¡endo méritos, ante el tribunal de la m^ger^ 
jtribunal que muy rara vez fa-Na en justicia; y por úUirno, corre in- 
Jü^ifienlfO peligro, de que ella no se dé por satisfecha en ]o que lia* 
m^ pruebas de amor; y al menor desliz pe;'der su gracia, que solo la 
recoQquislará.(y eso aun en duda) después de hacer interminable la 
•Hducion de pruebas y méritos, y haber pasado por las horcas Caudi- 
pas. Por último, después de mil súplicas, dos mil plantones y uu mi- 
llón de pageos á todas horas del 4ia y de la noche, se da ya por sa* 
t^sfecha nuestra nueva Areopagita,.y resuelve en su alta soberanía 
ilarÁ su amartelado pretendiente el sí por entero, citada la parte 
para oir sentencia, por medio de cédula aníe diem^ y con la concisa 
fórmula de ^'Mañana k tal hora", lo cual significa que nuestro tipo 
^a á dejar de pertenecer á la clase de meritorio y á ser elevado al 
rango, de efectivo. 

Aquí se me ocurrre un ligero episodio. Una meditación filosófica 
«qiie me está haciendo cosquillas, y po quisiera ma]o/;rarla dejándola 
§n el tintero. jOb instabilidad de las cosas humanas! ¡Oh ciega for- 
.4;una! jDónde estás justicia y atención á los méritos? ¿Has visto, oh 
lector^ á nuestro amante de ventana desde el principiof ¿has visto y 
te consta quetodo fueron sacriñcios, sufrimientos, méritos y co^i^/an- 
'Us pruebas de adhesión? pues á pesar de todo, ¿querrás creer que 
apenas de cien aspirantes asciende uno á efectivo? Sin embargo, ello 
es cierto» y mas debo decirte para qqe te admires y te indignes. Ge- 
neralmente cuando el meritorio supone llegado su triunfo y corona- 



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—247— 
dos stis esfuerzos; ¿{^cuatída 6e éheuehtra ocupada' tapiaba á que 
rtspira, porq^ie^ ha éidódUilapér alto; j que otro sin sacrificios ni es- 
fuerzos, le ha soplado Da dáma^ por fa sdFa cualidad de haberle agra- 
dado raas; dispiensándóte esta de ceretnonias prelimirrares, lanzas y 
medias anatas. ¡Cosas del mundo! Todo en este valle de lágrimas 
guarda un perfecto nivel. En eíto, nuestro' tipa sufre iguaí suerte 
que otros muchos tipos de' nuestra sociedad; El camino para iasr 
montañas no son los valles. Los que vemos en humildes puestos, ra- 
ra vez Hegan á lasemirlencias; los que ocupan éstas, puede casi ase- 
gurarse que no pasaron escalas, tii fuet-on jamáis pretendientes, ni 
^recpméndados. .... 

Pero pasemos a ocuparnos de nuestro amante en efectivo^ cUaN 
quiera qué sea su [/rocedencia. ISíen sea que haya llegado a este 
puesto por íaVbr especial; tréh qjue algún híilagro de \tk Providencia,' 
Té haya traído á él ascencfido^ por rigorosa escalia; el caso es que. 
sTem^pre es i^í niísmo. 

Supongámosle en su primera entrevista, y aun á primeras ho- 
ras' de la noche. Pero ya <{f diáfogo tiene un caréctér más reservado, 
y aun si la casa es dé dos vcintanas en la una aparece la familia go- 
zando del fresco, y en' la otra la pareja ya de acnerdo. Enumerar 
las frases dé amor que iñtítúamente se' prodigan' Tos coñttayentes, 
seria hablar déla tnai^, y adé&as yó nunca lo diría; porque lacreo 
caso reservado y de eoncienciÉi. Tu, pacientísimo lector; figúrate el 
Coloquio del nfiodo que te a^rád'e; pues yo solo tengo qué decirte qué 
Ku espír'itu versa generalmente sobre acordar hoy de la manera qué' 
se verén mjañana; cuantas veces podi'á pa^ar el amarité por ta calle, 
y otras cosas de este jaez: cuyo 'testinaonió prueba que Angélica y 
Medoro, Pablo y Virginia, Abelardo y Eloísa y los tan cetebérrímoé 
amantes de Teruel, son nitios de pecho, ignorantes en tfósafif de< 
amor, y nó vaten todas sus pasiones una viéoca comparadas con Im' 
de' nuestra envidiable pareja. E^tqs pensamientos, asentados y 
ecsagerados con tales nót.as y cdmentários que dejan muy atráis á 
ios de César; conducen á él á presentar supFicas, y k ella á vacilar en 
la concesión, concluyendo por decretar ^*c(>7»o /o piW^ después dé 
una tig^ra espticacion en {os términos siguientes; 

— Pan,chitá encantad^óra; dice nuestro amante con almivarado 
gesto, ¡qué feliz soy! ¿qué hubiera sidp'de nií, si me h tibieras negado 
tij ambr.^ 

' — ¿Y me amarás siempre como ahora.^ interrumpe la niña, de- 
volviendo él tü^ iniciado en sá amante. 

— ¿Puedes dudarlof ¡áh^ me ofendes qí tal picjiísas. ... 

—No lo dudo^ tengo la mayor fé en tu amor, y te jiiro que eres 
el primero que ha merecido el mió. 

Vara la conciénc'ia de los enamorados, el jurar en vapo es pecata 
minuta* Y aun pueda asegurarse que si bienaj segundo amante sue- 
len confesar nuestras bellas que ha ezitido otro, porque aun edtán 



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—248-- 
dotadas de cierta candida:^; en cambio, todo el que llega del tercero 
en jMetante, no pasa de primero, aunque el numero ascendiese ala 
Cimenta del roülon y hubiese que hallarle por partida doble, 

•r-^!Ay, P^nchita, si aun pudiera yo merecer. • • . 
, ~;Clué?. 

— Ya res. Yo soy amante de la reserva, y á. estas horas todo el 
barrio, nos vé. Si pudiéramos conciliar otra. ... 

. — Y ¿xuéndor si no me es pojtible. Estoy tan observada. , . . 

•^Pero ^jno podríamos vernos cuando tu fam.ilia duerme?, 

— rjAy! si los negros duermen en el zaguán. 

— Sin embargo, con silencio. ... Si tú quic^ieras. . . • Está uno 
aquí tana la vista. ... Y luego. ••• por tí . . .«¿á qué han de saberf 

.Asi continúa el diálogo, presentando ella difícultades, solo par 
el gusto do que él las allane; y por último, acuerdan que olla la no- 
ches i «gruiente tonriaré sus precauciones para poder versó á altas .ho- 
ras. Ésta es por fia la capitulación, y ya ha sido concedida la petH 
ciondel amante. 

¡Válgate el diablo por concesiones, tan perjudiciales á las mii* 
geres, como a tos gabinetes y ejércitos! ¿Hubeis hecho vuestra pri- 
mera concesionP pues ya os veo dominados omnímodamente, porque 
la primera arrastra la segunda. ... la tercera y . . . Ja cuarta. 

Ya ves» lector amigo,. que este amante ae conoce á tiro de ba- 
llesta que no pasó por las clases inferiores. Si así hubiera sido/eila 
apria.l^ que presentase el pliego de condiciones, y él lo observaría, 
ostríct^amepte, contentándose, con que se viese que tenia amada,^ 
Para poder decir á los espectadores ui retirarse de la ventana: ^'AFi-^ 
8erab|eií« - vosotros no tenéis quien os quiera, como yo*" Pero núes* 
tró.hér^ prescinde de esas bagatelas, y marcha derecho al bulto, 
por lo cual se retira después de haber obtenido el correspondiente, 
permiso de venir al.dia siguiente á hura de mas franqueza. 

Puntual aparece á la hora citada, y ya la escena se presenta, 
bpjo muy distinto aspecto, que li noche anterior. Todo yace en si- 
lencio; Las ventanas de la casa están cerradas, y solo en el vente^nillo 
de una aparece una nombra blanca, dibujando en la oscuridad un 
perfil qué deja adivinar esbeltos y mórbidos contornos; pero todo 
velado por una media tinta. £n tal situación llega el amante ydespues 
Ae Ion saludqs miteriosos cambiados á soltó voce, recibe la bella las. 
^racia^ por su genero<<i(ia<l. Reiiéranse las protestas de la noche 
Hoteriar,., que bijj.o estas d las otras frases, se reducen á repetirla 
mismo que ya está, más que dicho y redicho, y á conjugar el verbo.^ 
amar en todos s^is modos, tiempos y personas» , 

Jilas como ya hemos dicho que la visitada aparece (BO un venta* 
nillo qué generalmenie está alto,. y no la descubre ,rnf]^8 que medio 
cuerpo, al amante no le son muy graias tales medidas dq seguridad 
piDfsonaj; y la sup.lici que no p(irm(inezca tan separaba, pues esto 
íes. obliga é levantar la voz a un punto del diapasón, q'>e puedo 



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—249- 
delatarlos. Ella se niega, bajo firetesto de que si abre la ventana 
pueden oírlo de dentro, levantarse bonitamente los durmientes y co* 
gerbos in fraganti; y ademas tiene. • cierta vergüenza de ver^e casi 
polti con un hombre. • . pues es. • • la primera vez de su vida que. • • 
Replica él y torna á replicar ella, y el fin de la réplica es quedar ella 
Vencedora por entonces; puesto que él debe saber que las mugeres 
lo hacen todo cuestión de calendario, y que aun no hn transcurrido* 
el tiempo marcado por el reglamento, para hacer nuevas ccsígencias. 
Yendo y viniendo noches, porque en el amor no hay cosa mas 
socorrida que un dia tras otro; sé atreve il á repetir nuevamente la 
súplica. 

— Panchita encantadora; esclama el D. Juan Tenorio de nueva 
especie, como por introducción. ¡Q,ué amuda eres! ¿Qué podrías td 
pedirme que jo no viese una felicidad en otorgarte.^ 
— ¡ Ay, amor mío! Gracias, yo también. '. . . 
— Sin embarco, tengo cierto disgusto, porque. . . « 
•— ;Porqué? ¡Ay! dimelo. ^ 

— No: no es nadu; es una cosa muy sencilla, que rae niegas y que 
. no sabes cuanta felicidad me quitns. 
— ¿Qué puedo yo lacer? Habla. 

-^Varias veces te he significado el desiBo de verte mas cerca y 
' contemplar tu hermoso semblante mas de lleno. Siempre te has ne- 
gado inflexible á esta demanda. 

— Mira. No vayas á creer que esto es falta de amor* Es que 
bomo yo no tengo, como Tas demás, practica en estas cosas, soy tí- 
mida y.... 

Porque como tú sabeá muy bien, le^or benévolo, ninguna mu- 
ger quiere ser como las denuts^ y todas son tímidas por. . . ignorancia 
y. • . falta de práctica. 

— Ello es, escláma él con acento y rostro compungido, que me 
niegas.... 

— No, Chinito; no es por tf, pe^o. .sime viesen. . mira. . creo 
que me moriria... • y la ventana hace ruido. . . • 

—•Y ;no podré esperar jamás contemplarte mas de cerca.^. . . • 
^'Porqué me has de negar una dicha fundada en c%usa tan inocente? 
No pueden oírte. 

— Bien, otra noche, que yo prepare á la mulata. 
— ¡Bravo! dice él para sí. Esto ya es aplazar. 
En efecto. Aplazar es en la muger casi lo mismo que conceder. 
¡Segunda ecsigencia! ¡Segunda concesión! La cosa marcHa, á la 
noche siguiente ya ha desaparecido el estorbo de la madera y no di- 
vide á la enamorada (mreja masqué los hierros. 

Es de advertir que á tales alturas ya han precedido las dádivas 
de costumbre^ El gadejo de pelo; el indispensable cambio de retratos 
y todas esas frioleras, que si faltasen creerian'los amantes que cata- 
ban muy distantes de amar como Dios manda. 

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—250- 
Pero como la ventura es quimérica on éste picaro mun- 
fio; y las doa hermfliftas inseparables don» Fartuna y doña 
]>edgraci£i, se entretienen en di-verrirs'e con el género humaoo, (que 
ñíñ}3 vaUera que se divirtieran en contar cuentos ó en anaar por la 
Ventana) quieren dar un su^to al faliz moríala y acordarle la rea^ 
dad en los monnfentos de su mayor ílusidn. Para «ste objeto, el Diablo 
que Codo lo enreda, y siempre ^ndd suelto y sin dormir; dispone la 
inoportuna aparición de una oscilante luz, que al irse aproximando 
no deja ya duda de su caü^á. Ttfñto mas eumndo ineúntinenti se pro- 
yecta en la pared una s<9fníbrti lÉisi de firma cubica. El oscilante 
resplandor de la luz se aprocsima cada vez mas, y á cierta distancia 
deja ver la forma esFérii^a del SJereno, que (como tú debes haber 
adivinado) e^ él nocturno eentinélai consuelo y tranquilidad de los 
que temen devolver de noche lo que hurtai^én de diof perseguidor 
de los niveladores de fortunas (vulgo rateros) espantó y sobresalto 
délas bellas y enamorados de ventana. El Sereaov luego que se 
halla á tiro de voz, y ha precedido el recooociaiiento de la campaña, 
haciendo híancú de los rasgos de la luz laa oaras de los amantes, qae 
las ocultan lo mejor que les es posibte; prbrriHnpe en el siguiente 
apostrofe: * 

— ¿Qué hade vd. aqfuf á estás horas? 
—Señor, tomar el fresco. , 

~-Esta no es hora de tomar el fresco^ 
-^Muy bien. Mañana lo haré á las doce del dia. 
— Vayase vd. á recojef» y cerrar esrf ventana, ó doy aviso á U 
casa. 

La drden es terminante. ¡Ay amorl Tu anblime poesía sufre 
ei^tn voz un ataque rudo de la prosaica* vfgrianeia noeturiia^ Y tá» 
implacable Sereno: sin duda no has amado, cuando tan sin i^iedad 
destroiias dos corazbnes unlde^ por los vinculas de las simpatias. 
jPorqué los pesigues? ¿No oyes los quejidos de una parida en aque* 
ilá cdsa, queanünciü tía ser masenel mamdo.^ ¿No ves aquel velorio 
en aquella otra queindiea uno m^úaotít Pues deja algún lugar á la 
felicidad entre la vida y la muerte. 

El amatite fltittúa entte el imah de sn amack y el ineesorabte 
Sereno. Se convence que no le vale echarlas de guapo, y opta por 
retirarse. 

• He aquí lo que es él Amtíntt de teniéma^ tai cual yo he creido 
observarle. Lo que te soplido, lector amiga, es qile si oasualtnente 
haftaá algún partido en d retrato, no vayaa a ereer que yo habt» 
por tísperiencia propia» tanto mas cuanto que seria adoptar una cos- 
tumbre que condeno. ¿Los padres- de familia suponen acaso que coa 
tenef á la.múger en absoluta reclusión la moralizan^ ¿Creen hallar 
un inÉOUveriiente al permitirlas la sociedad con el otiro seeso decoro^^ 
su y páhlktíí ¿El temperafifíeuto de ha fnuger podrá jantes ser dowi- 
nado por ese nimio é ittftftidudo rígorf No, «por cierto. Si ño penetra 



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—251— 
en la morada de la muger, el hombre quc^ en calidad de amigo ma< 
ñaña puede ser amante, ella le acercará al redi'; ella burlara la 
opresora vigilancia, y un barrio entero estará informado de las in- 
clinaciones de una muger, y llevará la alta y baja de sus amantes. 

Concluyo con referir ^ina esperiencia, en la que atestiguo con 
todos los hombres que hayan visitado paises. En todos ellos he visto 
la muger, mas ilustrada, masdigun, mas moral, menos frivola, con 
mas alta idea de sí misma, mjis convicción y noble orgullo, cuanto 
mayor ha sido la libertad filoso'fica, conai'leracion social y confianza 
moral que ha merecido. Ya oigo algún filosofo de reata qne dice in* 
dignado y asombrado: ¡Virgen santa! ¿Qué seria h muger con tálete 
elementos.^ nos dominaría. y el hotn]:ire (juedaria hecho su siervo. — A 
eso te digo, que también te domjna hoy sin ellos, y será escusado 
que lo niegues, porque á mi me consta. De cíen senadoras, noventa 
votos son de las senadoras; (Je cien ciudades, noventa son regidas 
por las gobernadoras^ de cien legimientos, noventa son ncandados 
por las coronelas. Es imposible sustraerse al infiujp de la muger. 
Pues si han de mandar de todos modos, enseñad diplomacia á las 
senadoras; economía política y gubernativa á las gobernadoras, y 
ciencia militar á las coronelas; y al menos ya que mandan, manda- 
ran menos mal. 

Doctor Cantaclaro. 



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sil. BOUGAD» FUBRA! 




B discute a veces en nuedtras tertulias sobre 
las ventajas é inconvenientes de enviar á educar 
á estraños paises tos bijos que en este quiso 
darnos la bondad divina ó nuestra fatalidad. 
Como en tdBa discusión acaece, aquí se exas- 
peran los ánimos y se dividen Itis opiniones. Quien no mira sino las 
ventajas, y q*iien se asusta de los inconvenientes sin |>ensar en las 
primeras. Aquel habla de universidades, y este cita naufragios: uno 
encarece cuanto sabe un muchacho que llega de Hamburgo 6 de 
GoCJifga, y otro contesta que todo ¿e reduce á hablar el alemán y 
á eoroer mostaza* aquel celebra á uno que aprendió por allá tres 
idiomas y la aritmétic<i mercantil, y este salta con conque olvidó su 
lengua y perdió el amor á sus padres. 

No meteremos nosolros nuestra hoz en esta mies, y dejaremos 
<|ue diga y aun escriba cada cual lo que mejor lo parezi^a, pues para 
etlo tiene su lengua y hn comprado su papel y su tinta. Pero el hecho 
aolo de que tal materia se ventile, nos hace de vez en cuando dudar 
sí ofjrece ya nuestro pais todos los elementos que para dar una com- 
pleta educación se requieren. Ello es que ni en Francia, ni en In- 
glaterra, ni en Alemania, y aun pudiéramoS añadir, ni en los Esta- 
dos-Unidos, le ocurre á los padres que gozan de algo mas que lo 
preciso para su cómoda subsistencia, enviar fuera á los hijos á que 



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—254— 

áflquier&D aquellos conocimíentofl con que desean verlos adornados. 
Dirásenos que la moda y la vanidad influyen mucho en esta deter- 
minación de loH de acá; pero una y otra pudiera fiatisfarerse ha- 
ciendo viajar á ios jrívenes dei^pues que en nuestros colejios hubiesen 
afircridido cuanto necesitaban, d cuanto «e quiso que aprendieran; 
y eaiei tenipctr^ i ausencia de su patria^ qjeya seria con todas las ventajas 
'\uc brinda una «u!í i instrucción, y ert una edad* en que no puede 
borrarse el amor ¿ la familia, no traería 8egurament<'. las consecuen* 
cias que temen algunos. 

Pero asunto es este peliagudo y ajeno de un articulo volanion^ 
por lo cual he resuelto, si Dios me ayucfo, y tengo prensas á mi dis« 
posición, escribir sobre la materia unos cuantos tomos in fóUOf de 
los que no dejará de sacar grande provecho y curiosos datoa, quiea 
pueda comprarlos y se sienta con ánimos de leerlos. 

Por lo pronto, no pu^o nienorde coilfosar que al ver á mí pa- 
riente Esteban, al oirlo hablar, al considerar su conducta, casi que 
me dan tentaciones de ponerme bajo ia bandera de los que declaman 
contra la educación en el estrunjero.; Es ifiucho mí pariente Esteban! 
Merece ser el orijinal de un «rticulejo de costumbres, prívilejio nada 
envidiable por cierto, y del cual quizas no gozara, á*no haberlo -em-» 
barcado su señor padre, tenidolo cosa de cinco añfis^o qvé sé yo que 
universidad alemana, y hécholo viajar después como t res ^esj^fuaif las 
primeras capitales de la vieja Europa. 

Esteban era lo que llamamos un buen muohaMio« L»bo fÍQ # o » 
aplicado é ineapaz de cauaar ^1 afi##ior motivo de qtifje ni en eftaa, 
ni fuera de ca^a: todoa le qi^riaa y nadie tuvo nunea que ouicmjtLrftf 
eo él algunos de e^os «rr anques de voluntiariedad que les padrea ijeeon 
siguen corrfjir en ios hijosf á pesar de todea sua esfuerzos, fiabMt 
cumplido ^ee^ añox. Sabía de metioría la grdmittea de Viihit y tos 
eli^jmentos de geógrafo del mismo autor; per lo ^aal sostuvo D. Je- 
naro, su padre, varias veoea, que Esteban era en la primeoa faoultad 
Mtt Antonio Nebrija,. y en la ^eguntta poco menee que Nalie-Brnn, y 
aiin dicen que llegó a prebarselo á su esposa doña M anierta. 

Sea de esio lo que ae quiera, elio es que D. Jenaro ye no ^U(Ki qué 
pudiera aprender eJ ebico en e^t^a mundos, y determind envie«i¿ 4 
muedea estrañüs. A los dos ntieses de aata determiaecion, nevegeba 
Esteban con viento en popa, ó no en popa, para uno de Ips puertee, 
del mar del Norte d jerméojco. 

Esto fué por los fines del aüo de gracia de 1838^ y «na buenoe 
cons,ue(as pr<>digué entonces á doña Mamerta, que no fiodia ver ain 
arraqcái'gela el alma, que así arrebataran de sue bnazoa y aiualrajie^ 
ran desús caricias ésu querido Eatéban, elúaÁoo vareo de si«s iiijos^ 
ia joya de Ja familia y ai\ esperanza y orgutio. 

^— Vendrá, como ditb su padfe, eseiamaba ladescoofieladaeeiña'- 
ra; hecho un Sén^ea ú otro aabio 4e esta calaña, que al ia.iiebaeho 
no le falta natural talentu, y tiene buena dosis de penetración; pero 



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—265-- 

]ny Dmsí esto no quila qvm dej« yo. de vetie duraMe cuatro d cinco 
hiíofel, ... 

Y ect efecto, saeo^did lo misaao que decía doñ^ Al&jmerta, qoe 
mientras estuvo en Europa Bstéban, no le vio ni por asoraos, como 
krefe decirse: lo ctial no crea el leoior que menciono c^^mo nna rara 
partrcutnridad 'de esta historia, sirOA |«ata hacer ver, ^ue tambieD 
fnrorntmpe eú cosas muy Idgicas y iiiujr»«^a)ctas upa pejrsona poseí- 
da de dolor. • • 

Muy á priné^oi^ delüite ymnde^ recibí cierto día por la maña- 
nt una esquela de doné Mameitmro» <j^e me noticialia haber llegado 
él tfge de sus eiMt^ñ&Sf 'Maulando idiomas desoooocidos, lleno de 
barbas, y coa<^iAsii aSMt«ia»de edlid^ cosas todas (|iie eran para 
80f preildef á dualqoíera f ^otum^ kiea a la tierna madre. 

A-t anochecer pasé^^evla» y ya^contré en la easa varias visi- 
tas c(ue, éomo yo, ibat: á dar á ki fiMniliá ía enhorabuena por la feliz 
llegada dé Csftéban. Audque no he variado gran, cosa en cinco a¿os, 
este no me coitocid» ó -hizo^ue no ule conociay y fué necesario qué 
don Jenaro le dijese mi «oaihi» y apellido^ ^ 

— Haló! esclamd el recienllegailpi «« que Usted es Jeremías^ 
usted no se ha lYiuélftOt pues! Ohó! ea este fiáis lambien se llega á 
viejos cua«do une to mtMe jdve». • . • 

No neñtí^ííé mto paca juzgar €|ue el Esteban, de iBuchacho se- 
rió y un si es lio es tímido y corto, ae había convertido en un fatuo,, 
con sus ribetes de atrevidilto y. destarado: y luego no he tenido mo- 
tivo para ai^ré))étitvrme de aquel 4)reaipitadoJuicio. 

Sus padres no conoeieron lo impertinente de sus palabras^ ni 
yo habia de hacerlo conocer* 

-^Ehiien! dijo Esteban luego que nos volvimos á sentar; como 
yo decia^ el gobernamiento á^ aquellos paise&es.... es..M ¿Como dic^ 
i)ístéd éilcastelhine, iereniías^ cuando una cosaes.así.,.. así....f 

•^Digoqile es así/y me quedo callado.. 

-^Se hftikr un pooo torpe páñi espresarse, salto, dona Mamerta: 
ya éie vé! crnpb^ años sin hablar «u lespia 

«^Ofa! en Alemania tedo el mundo no habla ^U;^. alemán. ... Y 
luego, yo fui en Londres, y yo dije á un amigo cuantos carruajes 
paiÉftban en un dia por el Londan-Brídge; y él á no creer,... Y bien, 
scfñot, tñí jdven atnigo ha estado en el puente d^e las cuatro de 
la^ tñtíñ^ñá hasta las seis de la tarde, y. • «« ^uánt^ aarruajes cree 
Usted 4ttt» él coBtdf 

«— 'LlegiiríáTvá mil? pveguntd.su padre* 

*^A noVedenio^ ^noveiiita y nueve mil! contestó, el hijo con ¡nau< 
dita imperturbabilidad. 

Yo no supe que admtvar mas en aquella mentira: si el inmenyo 
nfúméfó de ciirruiyesv<$ la -paciencia del jóvm amigo ei} contarlos. 

Doña Ha^merta lo escuchaba con la boca abierta, y no le quita- 
ba los ojos: don Jeoaro hq cabia en sí: las hermanas no podían disi« 



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—856— 
•nniiár la «atifrfaceion que lés eauMiba elteser un hermano acabadifá 
lie llegar de Europa, y que tale» y tantas cosas sabia y había visto. 
Entre las visitas, unas sonreían con disimulo, y otras eran tan candi- 
das como los dbmas miembroa de la familia. 

«— Voy á pasar machos trabajos aquí! eselamó después de un 
rato de silencio Cstélian. No bay muchachas de ojoaas&ules. • • • ni 
blondas. ... ni. • • • oh! i|ii# esto es terrible! Aquí no hsy mucha- 
chas bonitas. ... en Europa, , • • en Europa. « . •! 

Poco cortés me fiHtecid tan MMS|MMda saliá^ hablándose de- 
lanté de mujeres, y muy tonta- tuando en la misma sala había algu- 
nas señoritas como unos áajelés. Contada, s#le<gkaron otras; pero 
no se lo^rd qae confesas» Esteban que eaa^iliarnipaaak 

— Son jfalsas bellezof^ dijof aquí fiar^ay gusto. En Europa, eáas 
son bellezas campañardeitt'cBímvpts'mHB^ com§»diean ustedes* Aqui no 
hay un tipo delicado.' . • • ^Faaeionets toscas que todo eso! una com'^ 
plexion morena . . • . oh, que etto e» terribleS Lo mismo -que las fru- 
tas. • •• En es|e país no se dan buenas ftatas. . . oh, en Eurx)pa« . . . 
Las btack'^ferries^ que llaman ios ingl^pea^ •« moras en español. • • . 
Aqui no hay nada comparable.'. . • 

— Hombre! salté yo: aquí tenemos muy ^«lenas frutas, ... la 
pina por ejemplo. ... Si tus viuje» te han liecho oivid^srla^^ • • . • 

— Oh» que la pina! yo soy por las black^berrt€$\ U»tad se puede 
comer un plato de ellas, y dos también. • • • y ur^ted n# puede acabar 
una so^a pifia . • .oh, la gran diferencia!. . . . 

— Por lo que es esoy tienes ra^n. • . • y yo creía que ese mismo 
motivo. ... 

— Eh, no señor, no señor! 

Al cabo fuéronse retirando las visitasiy yo también sali de la casa, 
compadeciendo en mí interior y de todo corazott al pobre don Jenaro, 
que después de haber hecho el saaíificio de separarse de su hijo, y 
haber gamitado muy buenos pesos en au educación en remotos países, 
veía entrársele por las puertas anr fatuo hecho y derecho, que coa 
seguridad habia.olvidado lo i^fo queiaqUí aprendiera, y que en cam- 
bio no había adquirido otros conocimientos que chapurrar el alemán 
y francés. 

Ni don Jenaro ni doña Afamerta podían conocer en aquellos 
primeros instantes todo esto. Entregados al contentó de abrazar 
al hijo que lloraban ausente, de escuchar la vjoz que por tanto tiem- 
po no resonaba en sus oídos, no era natural que notasen aquel aire 
de suficiencia propia, que les chocase el modo, raro de hablar y taa 
poco sustancial, ni que echasen de ver tanto descaro y charlatanería 
en un muchacho que era tan comedido y reservado. Yopredye.par^i 
mi capote, que dentro de dos ó tres meses estaría destruido ei 
encanto: que mi pariente Esteban se presentaría á los ojos de sua 
padres tal como era, y que entonces seria grande el desconiualo de 
^U8 padres. , , 



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Verme dóH leitaro. So'htjii DOrsaMft^cosa alguakr y eimhtpeweiqmé 
hó qüéfíatomaríré'et trabajo d^aprendArla. Na atinaba vaiquédailK 
cario, éi él muchacho parecía dnipiieiiio á dadicaraacá ^oi^málgmmk 
De tódo"e$t6 séadvttiraha mucho éan JenatOi porqae aegimiáa om^ 
fas dé toé profesores de eittanjif y d^limistno Eatéban^^alef'Éer^ina 
Helara ti iBfu p&ítria habla de dejar palmados fttcttantos io vieseirytra^ 
tasen, f sería ea eátremo'titil á su familia y «toda la sopiadad; üfaof 
tñ resultaba G[tié'ai 6 sa ñfttifilhr ni á ta soldad aerrárde otiía: eosa^ 
it|íie dé péfüay de éesdbti«uelo á^ia<primsara, y de i«aeeir|aidiraiAí«»¿ 
tk secunda; AdMiatyta iaf^tía doña Mamerta ereíandiái^aianadei^ 
pego é ÍDdiferfta«ia«eifr áti^^erído Ebt¿baD,^ia.cual.lateBkvcRii|'al m»- 
re^bii' partido; f mas 'eaaiido*anlMM deau viage a Europa ata eliaií- 
cfaacfaó ufrttijb*eái^ifloÉ^7 ateata. . r ; 

A'1 8aKf> mé añaaoi<í doa Jenaro jqQo ine<eáv¡afíaiá> Eaiébatit 
para que le diese yo algunos consejos y lo est¡iiHiiara.|i ooufiarseeii 
átgbnacósa. - \ - i - / 5 . . 

' Al'dtfbdiaTéieitíi la i4sfla de mi pariente. Estábalos Ja^ani al 
rigor del verano, y ao por eso ha{>ia abandonado los pMitatqpNa ¡da 
paño. Hicele observar que estaba espuesto á ,una sofocación que en 
este* eKma pódVtakfáifr'^tliayB téstfiiaios;. pero me contest d que en 
Europa nadie se sofoca, y que-él no sentia calor alguno» AI mismo 
tiempo se limpiaba el sudor que corría copiosamente por su rostro* 

Iba yo á entrar en materia^ cuando tomando él, asiento junto á 
una Tentana qae daba libra entrada á la brisa, y estendiendo los pies, 
me preguntd de buenas á primeras: 

— Es que todavía tiene mi hermana niayor pleito con su marido 
aobre la dotef 

•^Si, le contesté» 

-«-Oh! éfeto será concluido ahora mismo! yo daré un corte* •••! 

Si! como á Paris En guardia! que le digo á mi cuñadoi y con 

una pequeña estocada, se cimbra ta dote de la herencia del difunto. 

-r-Vas á matar á ta aunado, hombre de Dios/ 

— Se debe defender ala hermana. 

Hablaba apretando loe dientes, casi sin abrir la boca, y afee-* 
tando un acento gutural de dos mil diablos, la cual me llegd á fasti- 
diar en tai grado, que^estuve tentado de dar punto á^. la conversa* 
cion, aunque no le dijera palabra de lo que tanto me había juplieadp 
au padres^Pero él merevitd este ti»bajo, porqua después de repetir- 
me que aqui no habi« boanas fraiasi ni muehá^faas booitaa, ni calor 
aufíciente^para dejur la ropa de paño, j .de any^ciar me que iba á de* 
safiar a su cañado,*^ aalíd'Como un reiám|ttgo^sin darme tiempo da 
decirle una palabrea *' 

'A les dos días sape»qae*habia estado á la muerte, á conaecuen- 
eta da haberse escedido en el uso de nuestras pinas y sapotea, eos 
tedo de encontrar esas frutas tan inferiores á las blackberries. Al mas» 

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9Bfó redondo en um de esas Gallen» por no querer auBtitu^r los pan- 
talones de dril á los de paño, y á milagro escapd de. las consecuen- 
oías de un ataque cerebral. A loados mese^, entró despavorido en su 
easa, bujendo según decia, de uno que le ameoazd con el bastón, 
por al|(uiia impertinencia seguramente: lo cual, sabido por el cuñado 
ae trBlk|uilixd sobre el desu fio, y dejó hablar á Gstéban. A los cuatro 
meses se presente! á sus padres pidiéndoles licencia para casarse, y 
protestando que de nd dársela él se la tomaría. Casóse pues, y resul- 
%ó ser bi muger una de ly trigueñas mas oscuras que ha producido 
eslaAntilla; y eso que el mieno del muchachp no estaba bien sino con 
las hiendas, blancas y de ujos azules; pero iil eaboi í^ uua escelente 
niña» que va consiiraiendo hacer entrar pQr buena «e^da al marido. 
Ya hoy no usa ese pantalón de paño sino en invierno: celebra las pi- 
nas: no la da de valiente: encuentra algunas .muchachas bonitas: 
abre la booa para hablar^ y va mostrándose^ mas cariñoso y amante 
para con sus padres. 

Yo creo que perderá sus ot(9J|,resabioS| y que al ñn y á la pos-> 
Iré puede llef smt á ser un hombre de algu« provecho; pero para esto 
solo 11% se necesitaba haber ido á Alemania. 

J. Sli 4e CAcdenaa j Rodrigues. 









.'}. íí- .• »•■», 



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,.. f X- ^ •;...•. ,-: . 



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tí miTMlM. 



Un tipo á la arena arrastro, : 
Y mttcho4 féque roepeta; 
Porque adema^i (ie poeía^ 
Según su título es astro. 

KL AUTOR* 



' R8DE\o9ñantoní FebohtiBta las décimas á^ 
Maria de I0 O^ d^adelos veraos que llevan pqr 
título el muy claro y cortlpeodipso de A»».* 
(con. puntos suspensivos) hast^ los sonetos a la 
muerte d« un Don Cuaíquierar muy. conocido. 
_- en «I hogar doméstico y en ciertas indispensa- 

bles horas qaellevd por rabo, en vida jior supuestOt «demás de til- 
das las virtudes/ itn talento desmesurado que aecesitd par^ ganar 
treinta mil duros á la Lotería ordinaria; ideada las, estrofas que sifi 
vara de medir se despachan A EUa^ A EU ÁU^ Dot, hajta la amar- 
ga queja desleida en licor de celos. y derriMnadii ¿ guisa de rima; des- 
de todo eso y mucho mas basta el poetastro, no hay mas distancia 
que la de su cabeaa á su propia cabeaa, que la de su pluma á su pa- 
pel DMontras escribe^ lo cual bac^ á menudo y á despecho del tiempo, 
mat llora á su su lodo, porque vé como se le emplea. 




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Apenas há concluido el poetastro una* de sus infpiradm coneep- 
aiones, se alza rápidamente de la siliai y si tiene familia, no ha de 
quedar un miembro de ella que él no obligue á formarle círculo y es« 
cuchar la lectura del fresco parto, terminado lo cual, se empeña en 
hacer nétar una por una las bellezas de mas realce^ citando por ejem- 
plo un par de versos que podrán ser como los siguientes: 

Por entre ramas en la noche oscura 
La romántica luna contemplaba. 

8¡ alguno trata de hacerle observar que la luna y las noches os- 
curas no pueden avenirse racionalmente, responde con Bretón de ios 
Herreros: 

/Que entiende de poesía la muy puerca! 
ó puerco si es varón el.de la advertencttf. 

Hecho esto, guarda el pliego en el boilsiltoy sale á pasos agigan* 
tados en busca de su» amigoS|4 qimiies leerá sin que evadirse pue« 
dan, su última froducdon, y cuenta que al decir úUima no he querida 
suponer en él la resolución de colgar la pluma» sino expresar que la 
tal producción es la mas moderna. 

Es verdad que iguales rasgos distinguen á los poetas á nativUa' 
iet cuando trasladan al papel sus primeras imágenes; empero, no 
ocupándome ahora del poeta sino del poetastro, sigo rai tarea, é in- 
dolg^noia fid» fiwr la digresión. 

Cuando el fioetastf o ha Negado á reunir una doemia de compo- 
siciones/lo cuál sucede en menos de una semana, se despieitavuna-. 
mañaju^ pr^a dé los recuerdas del nueno de la noche, en eiqvké'Viá 
un gran pliego impreso con artículos, poesías, anmícios, de»., vblga 
periddico, y creyd leer uno de sus abortos con su ñn^a at pié «|i 
graciosa letra bastardilla, d en entredós vestidico delata* Idea és'esá 

3tte de simple jsueño ?e le convierte en pesadilla, y apenas se lej^nta, 
^re sú armatío y'busdá la mef&r de sus obHis, dirigiéodoete con ella 
£ una.redac'cidn ctiál(|uiera,* doiidii'ds curiMa ia introdueeion y el diá- 
Id^^'dOTisigiiiénte: 

^ : -^Beso á Vd. 1a'mftno,'d 'buenos diaa, según el grado de aa coi- 
tWa;\iés va. el Si-: Í)ire<sto>r áel P^a Cmriuckosf . -^ 

]"— l|íuy senrrdor déTd. Tome Yd. ttsteiito^ ^ - 

][^'" 3LÍb bá ce pt poetastro. ' - . .: • 

^' ,:^ft0 corhpuestó ums versos y se Jos traigoá Vdi pamavqtie Jaa 
& alpáblico, pues ft-unqae mé estámai a4 deoirlo, ao& muy buenois f; 
mis atíoigqs tos hail vertebrado biui^fbo^ . • . : - 

•í— Muy bien, déjelds Vd. v^r« -, , 

^ ;'— Aaui^stán. ' • . . i^ -..;..,. ^ 

*'' '%¡||)iréct!or íéot y aF^eM<^nir espone; » - > 

' • -—fjú inserción vale dbs pesos faerlea. ' .:.»., — ^ 
El muchacbtr sudfl» éai^i», y por^ liaeci praaoBi^ «I Bícef^^ 



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qnd i FtHfthOfk) Tul de íe imprimieroQ $ui coioi gritii^f y que él no 
e« menos que Fulano de Ta). 

£1 Director responde que Fulano de Tal es cola boirador éie fiquel 
perí¿dieo,>y;quf)él (ei poetastro) dq lo es en manera aígun^y y que 
en i¡itínioca)so abone lo correspondiente d renuncie isq empeño^ Ct 
jrfven sé decide entonces á pagar á trueque de ver su nombre en le^f 
traitfdeiniolde/ 

Abona, puea* talada y al retirarse pregunta: 

--TjY:cuando aaldran ni$ versee? 

—^Pasado mafi^ba. 

—Adiós. 
', ^«««Adios» 

•^ Bien agí como Ja joven que se abrasa de amores, á quienes su$ 
padres baa diefao que ia hora del matrimoiiio va á sonar para etla en 
et itérmiuo de l»*es dias» y que la nmi» destilada es la del ser 4p #u^ - 
eatMfios» liace stf bs délas horas de esos tres diasf se abstrae en, 
Stt.mi^ltea íd^^ créese á momentos «n posesión de lo ;que ansia» deli- 
ra oapi, en fin, del mismo modo el ciego poet;astro pasa Aon amagos 
de fiebre los dos dias anteriores al de 4a aparición de sus versos ea 
el-pefi4díeo Paira Cartu(Aoi. 

. «^La ciudad toda» eaclama en «o mondlogo, va á leer.lo.i)ue yo* 
he escrito; mi inspiraeioji va i serMCÓaocide y apriscada sin d^4a9 y-, 
mi nomiiPfi, eete nmobre .ínjo^tamwtf» ^iiscaro. d^scorraca al : lienzo 
quele encubriai 90 mostrará radiante y <babfé d^fio la- p^ri^ei^.iimf-* 
jÁabá^ia la gloria. ¡ObMaanMigéres^iuatie.neo.el senMi^ifsni^^i^iato 
daiia |iaeaia« bascarán, amar en mia versos, <querran biego -aoaoi^. 
fcqaifealosrbiso, me leS' presentaré con aire de importancia, se me 
raadÁráa, elegiré la mas ramám^ica y mi fecunda veaa def coHar^ <ei^ 
toMos bajo la :impr^si/>c da las candantes pasipnes, así como ep Jos. 
bosques antre flúi plantas apeambra la palma su penacho, eobr^sa- 
liania neina.eo medio da envidiosas vasallas, mas pomposa, ma/i aU 
ta, 'mejor avecindada con «Iciebl : 

fietasa .utras reKia|aatas reflexiones ocupan á mi héroe, y á fe, a 
fé i|ue si en los dos dias de insufrible intervalo, llogara algún bien- 
hashar a decirle ^coo ia mas sana intencioo: 

f-R-Amiguito« abandone Yd. eaas locuras; el poeta osioe; un solo 
rai^.be8ta para revelar el genio en quien lo posea, mHg^er inculto; 
ese raaga ao brotará de su cacámeUt ftmiguito; hoileidof 119 partos; 
nada aaevaai aa la forma, ni en el lando; fiésimp gu«to; ¡be venido á 
psoparoicAairJia^á Vd. «na buena eolocacion y á díauadi^rle •••••• 

La furia del poetastro ao conocerla aaionaes límite alguno» 

Rs muy cierto qae ana verdadera vocaaioaál la qu^ mas arrastra 
ai bambee hacia un fin propuesto y aun demarcado por la sabia na* 
tura^aa»pera ao Ip es menoaque.alarror'|i^resenta iguales sUitomas 
da emuaiasmio en materias dadas; asi vemos al buen ]>oeta teaar casi 
ei mi^me aabelo.^iwel poetastro cuando va á dar á luz por vez prir 



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—262— 
ñiera alguna desús primeras obras; sin embargo, eiatntaense cott 
ojo observador los semblantes de uno y otro; en el del poeta se 
leerá el deseo, la tilegria, eierta duda i la par y eierta deseoafiaoza; 
en el del')ioetastro se notará et orgullo impertinente, lacoii6aDsa 
absdota y descarada, y la mirada nunca fija de la irreflexión y de la* 
ignorancia. 

Se ha probado. La modesta es hermana gemehí del m^itli. 
Únicamente suelen separarse ambas bellas cualidades, eoando el es- 
peso del aplauso llega á crear cierta pasión en los genios. • • • • «el or«^ 
guiloy y aun así la inmodestia guarda algún decoro; nunca ve parece 
a la insolente ostentación de los ineptos. 

Llegan ocasiones magnífíetts para que el poetastro luzca sns ha* 
bilidades, abra su cnja de Pandora, se desborde, inunde, arrase, y 
esto sucede en los dias de cumpleaños 6 de conmenioracreil'del san- 
to del nombre de algunos sns amigos; enteles dias busca él, si rir 
que nadie le solicita, quien haya necesidad de fHis dislates aecMaa»^'' 
nantados; porque imagina una gloria poder manifestará cnantoa 
lean el soneto adhoe, bajo estrena firma, que no obstante dieba fir^ 
ma, el autor no es otro que él mismo. 

Mas no alejemos demasiado el hora ep qu^ mi héroe ha de reei* 
bír la prrmera fiordo su corona, y ^lorque ét se impacienta, no baga* 
iBos que suceda otro tanto á mis pocos d muchos lectores. 

Llega por fin' el tan suspirado momento, e\ piaad(yfiiaii¡ímm M 
convierte en hoy^ y en la frei*ca hora, cuando Tos primeros alborea- 
drcen á las tinieblas.* idos, el poetastro hace ya sesenta rtrtnntos qoe 
ba estirado los brazos y abierto los ojos, pires desvelado lo tiencmiaM 
pensamientos, y tanco ha variado el mozo en tres diasquCf por el' 
santo lefio,' está desconocido. Eh aquella madrugada de délmt para 
él, so primer cutdHdo, apenas deja el Ircho, es salir en bnsca del ni-' 
mero del periddico en cuestión, no obstante deber reábírloen su pro* 
pió hogar; porque su impaciencia es Incalificable y no le permite 
aguardar el breve tiempo que ha de posarse antes de 4a itegada del- 
repartidor. Encamínase, pueo, hacía ét recinto de Wuttemberg, 
compra el diario, y no sería estrano que lo despiédrase en la vía pú- 
blica; sin embargo, quiero que no lo haga sino en el café mas prd^ 
ximo, 6 én su aposento. En uno de esto^ puntos le veremos aenreir 
tan pronto como dar encolerizado un puntapié á una silla d á c«ai<» 
qiiicrotró mueble próximo. La sonrisa será hija de lá saifsfiMeldnr* 
chda- vez qne arriba ai punto'final de una estrofa; ef ' puntapié, eH* 
cambio,* será la, demostración de lo que si?fVe, cuando una et rata oe*. 
bulosa le ha hecho' decir m^ttUú por «é^úri^o, verfoi-^ratítT; rés^per 
rosa, y sobí-e todo ¡S farúré! mi hombre se con^ére4i*á en' hiena dea- 
de el momento en que sus ojos al dirigirse. por la htiféstmi^ VezMeia 
la firma, ste penetren de que el apeMido Ajfo sé ha contértído énülkíf 
efecto de la ninguna costumbre que tiebén Itís* cajistas de comfioaei^' 
el mencionado apellido. En este caso va á la inifn*énta, reeMnta^' 



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— 2tí8— 
l^táémno verse al día siguiente tai como es en un parrafltto bajo ot 
ütulode Errata, 

AqueUa tarde se envuelve en hus mejores trapos, va en.husea 
de.un^amíi^o y le propone salir á paseo; mHS no imajineis que bi^ga 
^to por mero reereot lo hace qon el objeto de j^r^ien^ar^e, porque no 
es justo que la ciudad de la Habana, que sin duda lo conoce, ya da 
mHnbre y* tal vez ha aprendido sus versos, d ha guardado la edición 
entera diel periódico en que salieron al aire^ ya que no d la luz; no 
es justo, repito, que Ja ciudad de la Habana, pase por el.disgusto deí 
n» poder seóaiar con el dedo al cantor de^ A.. •«,. primera letra del 
alfabeto; asi es que, en prosecución de tal idea, el poetastro camina* 
rá aquel día despacio, y si la casualidad hace que un caballero, ami« 
go del que va con. el poet'astro y estraño para este, se detiene Á ha- 
blar coQi^ primero, quien iisaadode una política refinada, presenta 
sueompañeraal: recien llegado, curiosísimo será oir ai fabricante de 
«aiEiw.<Hia^o. revela su nombre: 

-^ApoJonio del Rioi calle de# • . . número^ • . . . » por abora; 
mientras no «puedo . ofrecer .á vd. mi redacción, que será muy. en 
breve. 
. ; ... r-^^Qooi que^eanrd, liter<aiof 

-^¿Pues> quéf.^Noiía oida vd. mi pombref ^No ha leído vd. ek 
Para Cartuchos . de. ayer, sábado, y la Errata, que stpai^eee en el nú* 
nierotde hpydumiogof ¿íio viu vd. una poesía, y al pie de ella la 
firwa^de Apolo^ del Ríq^ un servidor de vd«f 
u '. T-^CaballetOr vd. dispense; pero como yo de los Diarios oo leíd^ 
HtMi9-:que las Notician locales, la sección de Oficio ¡y la parte Mer- 

canúl .••••••«.•• .^ •••••• A 

',.' Desde aquel momento se hace imposible toda buena amistad 
entro el presentado y el visitador. Aquel se despide y toma el rumbo 
que .mas cuadra á su deseo, y nuestros amigos á propuesta de doilt 
Ápolomo, se dirigen á casa de unas señoritas suscritojras al papel 
que sufrid la carga de los versos del Sr. del Rio. Apenas «ntrai le 
aatudkín con el apodo de, poeta, y hasta le miran con triple deferien-^ 
cía que antes de saber lo que ya sabian; es decir, que un grande hom<o 
bre era su amigo de confianza* Callo, por parecerme ociosa, li^. 
descripción d pintura de las sensaciones de D. Apolonio^espues que^ 
se ha oido llamar poeta por boca de dama, símbolo de coral» perJiMt* 
irmbar,t9&e. 46c.; soJo diré que su alegría sobrepuja á^cuantas ale- 
grías traen consigo un buen lote;d una piogtk» hi^i'encia. l»leva:la 
gfatitud'átaj extremo, quct^debienda elegir señara de syus.fieasamien* 
tfta (|ifte.le.*¡n4pi«;e,.ae decide > á buscarla, eaaquíel iMgar hospitalario, 
yá.taliobjetQseaíMta^al.iado.de Mcrcedita, la menor de las her-/ 
maoasy^y comicimuí á Improvisarle al oido una serie de soIübos ro- 
mánliceaf coq los quc^pcosigiie diariamente; y al fin, viendo que la* 
iiíñli.aaal^laiiria.(caso que así sea) escribe unos.versos, complemento 
^Usht9í% £• «st«0 versos hablará del $ol, dejas e9treUaSy del in* 



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. menso ^^ dd agoiíto, de los horroroso» ealórei de dieiembre eá 
Rusia» de todo, en fiot menos de la buena de Mercedíta, que recibe 
taile» conceptos en letra de á onsa por quince lecciones fáciles, j en 
úa papel orlado de florecitas j Copidillos, que no parece sino quelá 
madre Venus concibid y parid para el poetastro una cosechad 
muchachitos mofletudos y flechadores. ' 

Hecha la primera composición^ arrancada iá piédrar que ewm»- 
bria el manantial fecundo, sale un torrente de versos, d de agiiai 
que ñA (^on ellos sustanciosos cohio el liquido de Ins rto^ de estos 
versos^ imprímense los unos, regálense manuscritos tos. otro«; 
y día tras día ?a el poetastro creyéndose cada vez mas un yerdadéro 
genio. 

Entonces se hace crítico. 

En tan magistral y dificil ocupación ó profesión, no será estra^- 
fio oírle decir que las poesías en metro de oda valen menos invatia^ 
blemente que tus escritas en verso de igual medida} por quedes ott 
gran recurso para vencer dificultades echar mano de un veristrcorto 
d largo, según la ostensión del pensamiento; al paso qué sia esa ñ^ 
bertad se hace doble el trabajo. Tales d parecidos serán sus precsíp* 
tos en la arena de la crítica. £1 esctamarámby serio, ñ\ Juzgar una 
composición: **Es corta; pero no me disgusl»)^ coíno si el mérko en 
estos casos se avaluara por el tamaño. 

En un baile tiene mucho que ver mi tipo; ya por su aire de tm» 
poriancia; ya por el áfan que pone en que todas las miradas seait 
dirigidas á él, reclamándolas con el gesto, con la palabra (pedante 
siempre) de un modo en fin^ ridieolo'y empalagoso; saluda á Iwmn 
ñoritas» con refinada -cortesíar y al ponerse en-danza con- alguna^ bo 
dejarán sus ojos de radiar, como si dijesen^ ^^La he conseguido, 
aunque es bella; negad ahora, imbéciles, los privilegios del genioJ^ 
Y como la jdven responda favorablemente á sus requiebros de dom 
vela disparatada, no dejará él, ani lo emplumen, de escribir al díA 
siguiente un inmeto ó quince octavas: ^*A4a sílfíde que tan amable > 
estuvo con él ^n el baile N/' lo cualf si leda por único resultado nir 
disgusto coala Mercedita de marras, que lee admirada en un perid- 
dico aquel exabrupto rimado, no será resultado funesto^ sino felisr^ 
porque le ofrece ocasión de cantar á ''Los celos/' y un canto vale 
bien una rencilla. 

Como llegueá presentársele la feliz oportunidad de salir á leer 
ante un publico en un escenario, él lo hará con voz de fátuor es dedr^ 
con voz hueca, y antes de la conclusión de cada «strofa^d al flnai 
de cada renglón, si se ofrece, hará una pansa y paseará la vista por 
todos los concurrentes, como pidiendo juste aplauso. Eété deseanrc 
que no tienen los verdaderos poetas, no diré la primera, pero ni ains 
la quineuegésima vez que aparecen ante una multitud autofitedar 
para jungarlos y que tácitamente lo hace, es el distidtivo que resaltan 
I en el cuadro encarnado de mi tifo; si bien no tan vivo M eolai^ 



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-265- 
r¡4o queaci^rte á.borrar def<sc;os ya bosquejados, y otros mas que 
DO bosquejaré, porque son parientitos cercanos de los primeros. 

Conforme se vé, mi héroe no tiene por donde el diablo lo dese- 
che, según vulgarmente s^dice, y esta es una veniad incontestable^ 
por (los rabones: primera, porque distraído en lo que no se ba hecho 
para él, no trabaja de una manera útil y honrosa: sei^unda, porque 
ni privar a la sociedad de su laudable cooperación, ésta naturalmente 
ba de rechazarlo de su seno, y esto, con tanto ma^ motivo, cuanto 
que él ni siquiera por su esteriorídad procura hacerse simpático. Sin 
embarco, algunos ha habido qne, desentrañados, se han dedicado á 
otro género de literatura, en el cual pendieron brillar, ó bien adopta- 
ron distintas profesiones; con «stos no hablo en mi artículo, porque 
si fueron poetastros, ya no lo son, y aquí paz y después gloria*-^ 

J* Ciar cía de la Huerta. 



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\ 



lie IIGRXTOR KíOTlIi* 



r-N 




. cuantos comentarios no daria lugar el membrete 
Ide este tipo, si me vinie^^e gana de holgar con el 
^publico y le espetase el tal membrete con medio 
millón de puntos suspensivos! T^l podriacorrer el 
dedo, que á alguno se le a<f uase la sesera, de cavilar sobre la signifi- 
cación de esos puntos. ¡Cuan varias serian las opiniones y como 
me reiria de ellas, porque de seguro que ninguna daria en el hitoS 
pero no quiero meterme á facedor de acertijos, por que tengo para 
míy mal año para el que no sea de la misma opinión, que es cosa que 
huele á tontería, lo de aburrir ratos perdidos con atormentarse ét 
magín y atormentar el desús prójimos, proponiéndoles enigmas. Así, 
pue.«, voy á despejar la incógnita de este articulejo, y ya que mi lec- 
tor y yo no estamos á mas de vagar, es oportunidad no tomar mas 
pasatiempo en esta tarea. 

Cuando nace un'niño nadie podrá decir cua! dia de su vida, si 
de vivir há, será el mas glorioso, á menos que no acierte á estar en 
el cuarto de la parida, algún zahori, cuya cria se ha acabado por 
desgracia, desde que reina en nuestras ciudades el muzgillo de la 
ñlosofia, que diz mata esas sabandijas; pero llega una época en que 



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—268— 
puede aprocftimadamente, un buen observador, adivinar ese dia glo- 
rioso, como lo verán mis lectores si no le ha tomado aun el sueño 
leyendo este artículo. 

El adoleüceote aficionado á las musa?, bien baya recibido de la 
divinidad el privilegio celestial de la poeoía, bien sea un mero fabri- 
cante de versos, f|tje cbafulla de hilvar á tantos maravedí» la p¡e«R, 
principia por consaltar sus primeros ensHjos á uno de los muchos 
entendidos d desentendidos que hay siempre á mano hasta en el vi* 
llorrio mtis humilde: alentado lisongeramente para que no desmaye» 
emprende con ardor su mistión sobre la tierra, qne se reduce por en- 
tonces á soltar verso!^ hasta por los dedos, con lo cual va subiendo de 
punto su metronomi'ri, no quedando Lsabel ni Teresa, á quien no lé 
declare su amor en todos los géneros métricos conocidos^ y por quien 
DO prepare lo menos doce veces al día su Htahud, y no porque piense 
de veras en morirse» sino porque el atahud es condonante de laúd. 

Cuando yn está bien caldeado y se cree punto menos que Heredia 
^y Orgáz y Milané^ Jí^c, ron quienef< no duda ponerse par á par, éntra- 
le comezón de titular de nator y endereza sus pretensiones á echar 
á volar en letras de molde por esos mundos de Dios sus inspiracio- 
nes: hácese presentar al efecto en la redacción de una imprenta, at 
redactor se entiende, y puesto en relación con este maestro de cere- 
monias de la literatura, llévale dos d tre.« canastas de borradores 
para que se tome la pena de leerlos y elija los que le parezcan dig- 
nos de ver la luz pública en su apreciable periódico, anuQciá'udole en 
él al mundo literario. 

El redactor tuerce el jesto, al ver aquella máquina 4^})iaf).eluchosr, 
como es muy natural, porque ¿á quien no le meten Cjl msuql^i tres 
canastas de borradoresf digo y borraduresde poeta» que spol^ mtiiie- 
fa de 'gerogltfieos, aucediendo á veces que el mismo que1a9 escribti) 
oofiuede luego leerles: pero que ha de h>\c^t el inala venturado redac- 
tor, veránlguífros y verá y dice al candidato: ya veremos ésos ma- 
motretos y veremos. 

Todos los dias al tañer de la diez de la mañana está mi poeta 
Mvel en la redacción para esperar la llegada del redactor, y colum- 
brar el estado da sm espediente: jamás ministro alguno fué tan es- 
perado, tan asediado y t^in cameladQ comj este pobre varón, Job d^ 
pacieaoia, y á quien sus malos pecados trajeron á la aperreada vida 
redactoril: canteado al fin de que la sombra de Nioo ^p Jiábito de 
poeta le persiga, decídese, con un (leroismo digno de rnejqr (musa, 
(BR^pieza ^descifrar borradores escritps unos en cagetíllas de cigar- 
ros, otros en papel deencartiichar, esotros en finísima vitela, segua 
ei lugar y ocasión en que á nuestro, poeta le asaltfiba el Dios, pues 
que unas veces era cerc^ de una bodega, y ¿qué hacer ^n jaqupl mo- 
mento crkico,; sino éiiirar en ella y pedir un pedazo de paplel ai b^- 
«degaeco que, coaio hombre de una severia ecpnómfa, satii^fi^o ei pe* 
'4tido,iaiidole un cariucho pr^pai'ado para un cuartiÚd de cjnfé^ 



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]>espues de agotada una canasta» encuentra ^t fía una poesía 
pasadera, y mas gozoso que el queacertci un premio á la lotería qon 
vísperas de ir á la cárcel por deudas, esclamu: ¡Gracias á bios qué 
he encontrado .algo que merezca leerse! 

Viene mi poeta y le recibe el redactor con una afable y protec- 
tor^, sonrisa, diri^iéndoje estas palabras: Ya he encontrado una coni- 
poiicion de mi gusto y hiarlana saldrá en el periódico, pues está en 
galera trabajándpse, y esta mismu tarde quedaré en la forma. ¡Vir- 
gen del Socorro! no abandones en taí instante á este pobre mozo qué 
no puede oon iahta felicidad y es fácil se desgracie. ¡Como tiembla 
de placer el joven poeta al ver resuelto el problema que tan desa- 
borido le traja] En el colmo de su regocijo quiere arrojarse á laa 
plantas del redactor, quiere lloriir; pero por fortuna, ni se acuerda 
en donde le quedan las rodillas, ni por donde se llura. Ya se vé, tan- 
ta d¡Gha,.y jtao de improviso, ¿qué mucho no se acuerde de tules co- 
sas el Qnagenado mancebo? 

Sale de Ja Redacción nuestro poet^ hablando consigo niismo, 
eoQ |a:boca llena de risa y un gozo espiritual en todo su semblante, 
que mapque hombre, parece un bienaventurado: aquí tropieza, res- 
bala; is|cul|á phoca con un fornido mozo, por quien á poco mas es 
desbfirptado; pero ¿qué importan tales percances y desaguisadas á 
un ni^ncebico de quince años, con una imaginación volcánica, y que 
vá diciendo entre áÍQnter* ya, me están imprimiendo? E^^tá fuera de 
quicios y debe estiirlo, que razón tiene y muy sobrada para ello, 
pues ¿es poco por ventura, aalir esotro día en letras de molde, y ser 
leído por cua,nt)^s castas de gentes Dios se sirvió criar, salvo las 
que pp saben leer y Dios no cridf ¿Quién al verle, notiirá: mañana 
68 el día mas.glorioso para ese, mancebof No es necesario por cieír- 
to ser para e^tp pn gran profeta, basta ser un poco observador* 

Yo \\xyQ un amigo líjuinado Pepe, fabricante de versos, y que 
me servirá de tipo para continuar este artículo, porque mas pintipa- 
rado que él para el caso no le halaría á fé aun cuando me echase á 
buscarle con un candil. Figuraos que es el mismo (porque a^i es ia 
vcfrdad) de quien he estado hablando hast^t ahora, que le veis salir 
de la redacción sin voluntad ni alvedrío, entregado ásu tirano pen- 
saiDJento. Vedle, vedle por aquella calle arriba que mas bien corre 
que carlina. — Adiós, Pepe, le dice Tatao Chirulo, con quien se en- 
contró al pasp.—Abnr, chico, le contesta. — ¿TDóni^e vas tan apresu- 
rado?— ; A casj|.—¿ Y qué vas á hacer?- — No >é. — ¿Cómo no sabes, 
compadre^ tú estás medio (lístraldo?-^F[ombre, si, pensando.... — ¿En 
^qué.pjens^Q? — Nada^ chicq^ en que mañana hago rni debfit pn el 
Truenoi-i— ¿Comp enel Truc^no? — Sí, hombre, en ese periódico qqe 
redact£i D« LQpijq.— ¡Ah! ya entiendo, con que mañana, eh.''-T-í^í» 
mañana,^ hoy mje.e^í^n ifripríníiendo. — ¿Tú estés en tu juicio, Pepe? 
¿Copio imprimiéndote? Por Dios que no te entiendo. — Chico, po me 
entien^p porqúe^.tú estást^p 3elen. ¿Cómo quieres que me espljq.UQ 



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_2?0- 
mas claro? Me están ¡mpriiniendo. — Confieso que soy muy recio de 
mollera, porque estoy en ayunas todavía de lo (|ue me quieres decir. 
-^ Vamos, voy á hablarte como al vulgo: están imprimiendo una poe- 
sía magna, de propio martes, eh? á los tirabuzones de Cleofalía, que 
dice el redactor (digo y es hombre que sube que rabia) es mayúscu- 
la y que hace mucho tiempo no sale á luz una4ioe:$ía como ella. ¡Oh! 
me asegura que va á alborotar, y eso que yo me resistí hasta !o ulti- 
mo para que no la pusiera; pero él se emfieñdcon Joanico para que 
me llevase á la redacción, y me dijo quena bicie¿ie yo mi debut lite- 
rario en su periódico, y me enseño copia de la poesía á Cleofüliu, 
**será la primera, me dijo, quede vd. conbzca el publico y basta para 
darle nombre y prez entre tos vates de AímenJares". — Quedo en- 
terado ahora, Pepe, replico Tatao, de loque (pierias decirme. Adiós, 
que salga 8Í0 erratas tu composición, yes cuanto puedo desearte; ' 
con lo cual se separaron los dos amigos. 

Por sabido que Pepe no comió, y pasóse <»l dia rumiando Ver- 
sos y soliloqueando, siendo tal su distracción que la madre y las her- 
manas se asustaion y cercáronle para inquirir si estaba enfermo, 
quedándose pasmadas y mirándose las unas á las otras, cuando ét 
les contesto: ''déjenme por Dios, que ya me están imprimiendo"; lo 
cual les hizo soltar las lágrimas, congeturando que tales palabras 
eran indicio de locura, especialmente la pobre de la madre, que no 
entendía mucho de achaques de literatura, ni habia leído mas versos 
que las decimas de la Vicenta, y se le había pasado de vuelo como á 
las otras, la significación de tfiles palabras, por lo cual decía muy 
afligida. ¡Biec^ me temia yo que se me desalentase Pepillo leyendo 
tantes décimas como lee! Quien sabe á que altura habria rayado el 
dolor y susto de la familia, sin la esplicacion de Pepe, que al ver la 
bataola que se habia armado con su frase sacramental (pues ya has- 
la se trataba de darle un baño de pies y llamar médico) tuvo que 
bajar desde el cielo donde estaba trepado desde por la mañana, pa- 
ra esplicarse en el lenguage común. * 

¡Qué nuche paso el pobre muchacho! Ya se acostaba, ya se 
lanzaba del lecho y se ponia á pasear sus imaginaciones, no tenia 
quietud; y asi se la paso toda, pensando en su poesía, soliloqueando 
en esa sustancia y tan alborotado con la máquina de pensamientos 
que se atrepellaban en su cerebro, que hubiera puesto lástima verle 
á un alcornoque: y la furtuna, que tenia desde por la tarde la segunda 
prueba en la faldriquera, que eso le consolaba mucho, porque de 
minuto en minuto la leía. 

Al fin amaneció. ¡Qué risueña parecióle la aurora á Pepe!^ 
¡Cómo se alegró de verla! Ya se vé, no la veia desque era chiqui- 
to! Aunque ojeroso y tan desemejado que no le conociera su mis- 
ma madre, púsose á punto mi Pepe de salir; tomo la calle y 
pisando á Jo grave, tan autorizado se valia como si fuera el mis- 
mo Lope de Vega; encaminóse á la Lonja á ponerse en eviden- 



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—271— 
cía, pues babia firmado ja poesía con todo el calendario .de su 
nomtjre y apellido, y como ainda mais era bachiller en artes, no sé 
si maias ó buenas, no se le habla quedado en el tintero la Be y la ere 
encima; puso también el apellido materno para un por si aqasOf 
pues com(» él decía, |a previsión nunca está por demás. 

Dé industria sentóse en e( lugar mas apropdsito para el ojeo, 
y no hubo llegado apenas, cuando lo primero que hizo fué saborear 
la poesía, leyéndola en el periódico: no se hartaba de la golosina, pe- 
ro al fin dejola, y se apercibió á estudiar en los gestos de los que la 
ieyesen, la impresión que les hiciese, y para disimular mejor su. in« 
tención, trató de ocuparse entretanto en beber café con lechc^i mer- 
ced á unos realejos que habia ahuchado, porque á fuer de buen 
menestril, estaba siempre á la cuarta pregunta, y pasábanse sema- 
nas sin que viese cruz de moneda, común achaque de todo el que vi- 
ve de las letras peladas. 

El primer toro que salió á la plaza, fué un viejo gordo, calmu- 
'<3o., tipo en fin del reposo y de la paciencia: en calarse los espejuelo^ 
encender un tabaco, y echarse á la cara un periódico, invirtió ua 
cuarto de ora. Pepe se le llevaban los diablos y tuvo que tragarse 
dos tazas de café con leche. Empezó el de las antiparras a leer su 
periódico, y Pepe á seguirle la pista, sufriendo en el Ínterin tormen- 
tos atroces. Leyó el de las canas todo el papelucho desde El True- 
no hasta Imprenta de X). Lopijoy y solo perdonó su voracidad, I09 
versos de Pepe: considera, alma, que tal estári{i esta pobre víctima, 
con semejante desenlacé: contentóse con echar unos cientos de mal- 
diciones contra el prosaico vejete, que áfe si á creerle llegan, no salé 
el malaventurado por sus píes de aquella estancia. 

Llegó otro lector, hombre que frisaría en los cuarenta, tan so- 
brado de salud, que la trasudaba de puro gordo por cuantos poros 
tenia; tomó el periódico y Pepe entró en cuentas con la quinta taza 
de café con leche, pero sin quitar ios ojos del recien llegado: este que 
vo era hombre de armas tomar en punto á literatura, no le hizo pe- 
nar mucho tiempo, porque guiado de su natural instinto, buscó la sec- 
ción de las longanizas de Vich y macarelas, y sin pasar á mayores, 
abandonó el periódico, sin corarse de averiguar si eran versosaque- 
líos escuadrones de rengioncitos que estaban de parada aquel día en 
el impreso. ¡Qué taza de cafe tan mal empleada la que se engulló 
Pepe« por semejante malandrín! /Digo, y la quinta taza nada meno^! 

Una buena pieza dé tiempo estuvo Pepe esperando que entrase 
otro lector y ya empezaba á aburrirse, cuando llegó un joven de 
hasta \eiiite años, y en cuyo rostro hubiera podido leer Pepe, que 
aquel mozuelo era un chísgaravis, sin pí^ca de juicio y con ribetes de 
tonto por añadidura. Este tal entró a lo aturdido, se desplomó sobre 
uno silla con tal ímpetu que apoco mas la desbarata, tomó el perió- 
dico, púsose á leer en voz recia y campanuda los membretes, y al lle- 
gar á la poesía malbaduda, esclamó con acento de desprecio: ¡versos! 



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—272— 



V toYéíendo él g^efstd, tífrojó con desden el periddieo Éóbrlá úúá mééi 
i iótnó el tñmM. [Qaé herida tan mortal redbid con esto el jóve^ 
poeta! ¡Acababa de tomar la sestá fa%a de cafó! Haber gastado tres 
réát^á den<iiltos, tomado seis tazas dé café con leche, ayunado el día 
y velado la noche ahtés, ¿y pafa qué? 'Gran Diogl pní-'a Ver que ná-A 
¿Tié leyó sus veríToü, á()nellos versos qñeél crein debiab treparle i lo 
irtás encaramado del Templo de la Gloría. {Oh Cruel J^ tío imagina-i- 
do desengaño! ¡c'ú&les no habrían sido tus caragos si acaso no tebo- 
tiieraá estrellado contra quince añosí En efecto, cadísimo lector, 
iiuertro poétá por él pronto tjuiso liuicidarséi perd córtló no tuvo á 
las ^anós ihétrúitícnto apropdsito para if por stis pieá á la eternidad, 
Ée cónsoTd; ád'en^as la esperanza no le habia abandonádq dé todo 
y álli en éus adentros dedase, "^'faasta ábdra 90I0 tres indiiriduo»for-^ 
fñan el partido de la oposición, tres Contra 120,00>0 almas qué dan i 
la Habana, son como uno: una golondrina no hace vei^aho; y próden- 
claláiente juzgando, el pico de la población, cuando meaos, leerá 
^ triis veftod, y al cabo ^er leído por 40,000 ojos, saívo álgirno que otro 
¿uertó que entré eh la colada^ no es un grano de an¡f:aquiétdsé con 
éste razona miento su turbado espíritu, ¿ü amor propio volvití; á co- 
brar bríos, léVantanda el énimo á huevas esperanzas, y llegd i^epe* 
í^ú Casa tan otro cioVn'o 6a1i^ de la Lonja, que se 'árenlc( k almorzar 
cob t&Iéíi disposiciones que cúbrd tus atraándas; ló que bá debe" ad* 
híiraM mi Téctór porqué en tales motne^tos ^e fiabia operado ana 
reacción dé la materia sobre él espíritu, ó para báblár mas claró, el 
est'<ímágo dé Pe|^c se había pronunciado de un fifáidó tan enérgico^ 
que el Cerebro no fué poderoi^o á bponéríiele; «éi es, qué el hambre 



enseñoreándose de la poética criatura grito tan altó, qué fué didá f 
ájifaékda éón tasajos cdíno él püñó que etiibauló Pé^ ¿on gfán sa^ 

bór dfe sí. . ^ . ^ 

l^aé luego cohfio bübo acabado, tomo lá pilérta paré ir á v^isitáf 
todas siis amigas y recibir las enhorabuenas que allá en sus ádétttrott 



íio de ii6yf--^JNo la nevisto.-^rues leeia que es cosa nuena, y aaios 
qljé téngó mucho que hacer. Y siguid su canriino espetando & tótio 
yentéy viniente qué acertaba á ser sú conocido lé misma letanía. 

Llego él fin á casa dé las Macariúk qué eran muy Uidm^ ék^srí^ 
HdaSt y sabíanle de éóro todos los hóvéleseos de Arlíncóúi^ f AM 
ftadclíffb, tomo eii entrando una silla y abrid fa campaña coKk ligeras 
escaramuzas, haciendo recaer la cdñvérÉíaeio'n kobre óbjétdd fffaifb^ 
réiileá para darles lá iniciativa éri la cüéáti^n del dié, qué étán süH 
t'éVsos se^iín ét'sé lo imaglbaba, engañado por su alhtfr pr^i^ió. Vielí* 
do al postré quetiadá led'eéiáb Hdbres'u ii^spt^GÍOb/tlbpúdo'pbtíé^lf 
paciértcia semejante sítetífcio y ilregunid con éJé«otórédllo^^^^^^ 
rénclá: ¿ustedes éátí^n sütóflta^ ál li'rüéno?— No, COttle^ltrófiile, f 
afiadiérob: /«íalé ¿Igüna ÉiéVelé ffe Arlifacoi^rtión él? l^epe qae vid él 



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éiélo ábieitd' cbil iúV pregunta, «tiordíiidose de que la ocarion 
es calva, asicilé el dnico cabello que fia buena ventura le de- 
paraba, sib parar mientes én que babia de sacarle mentiroso 
el periddico tan luego como fuese visto, y les contestó que 8j«' 
¡fá que tal dijiste! al momento enviaron a buscar por la vecin^ 
dad ei periódico: esperábale Pepe, como dis esperaUaQ los san- 
toe Padree ef santo advenimiento, cuando llego en las mas ne- 
;rras manos que humanos cjos vieron (eran las de la n^ra 
Nicodemta, como deéian sus afñas). 

Tomd el impreso la mayor de las bermaniis, llamada 
Pipí,, parfi buscar en él su favorito novelista, y entretanto es* 
taba Pepe que -no cabía en la silla, con una cara tan pron-: 
to de mártir, como de bienaventurado: ¡Ay! eaclamd^de re- 
pente Pipí (no se asusten mis lectores de ese ¡ay!) unos ver- 
sos á Olofalia! ¡Qué nombre, vaya un nombre! y la firma es 
un calendario entero: Bachiller José María de la Tranfigura- 
cion de Mencbaca y Sigüita. ¿Eres tu, Pepe? — Pepe, que es- 
.taba medio • muerto de susto y de alegría, y de qué sé yo cuan- 
tas cp^s mas, queriéndosele salir el corazón^ balbuceo apé« 
lias un: sí, yo soy, Pipí; y al momento se agruparon las mu- 
chachas en rededor de Pipí para leer los versos. Concluida 
la lectura^ dijo esta: << están muy bonitos y se parecen á las 
poesks de Chucho Siguapa"*— Al oír tan desatinada compa- 
ración, estuvo á punto de morir el sin ventura- PepOi porque 
el tal Siguap»! era' un^imetastro de la legua, cuya misión, so- 
bre la tierra era surtir de décimas de circunstancim, á cier- 
to, revendón de romanees: al ver el desabrido semblante del 
disgustado mozo, traslucíase que le faabia gustado la compa- 
ración como un dolor de muelas; así fué, que sin echar á 
puerta agena su desazón, antes publicándola con el avinagra- 
do gesto y un: aitof, muchachas, mas seco que peje-palo, ionio 
€l tokf y salid dado á perros de aquella casa en que habian 
aniquilado de un golpe sus esperanzas; y aquel dia tan glo- 
rioso, aquel dia en que veíase impreso nada menos que en un 
periódico, y en que tan larga cosecha de enhorabuenas espe- 
raba recibir por su- £fe&«¿ literario, vino á ser para el pobre 
mancebo un dia de amargura, de fastidio y desesperación. ••• 
¡Pasar toda una noche en la prensa de sus imaginaciones, mien- 
tras que su» pensamientos la pasaban en la de D. Lopíjo, pa- 
ra volar al otro día con alas de oro y azul por las espléndi- 
das regiones del aura 'popular (no del aura tinosa^ aunque son 
de la misma familia) y* encontrarse sin alas y en otra prensa 
mas apretadora, como es h de¿ la indiferencia pública, en una 
decepción horriUe! El cuitado poeta estuvo á pique de perder 
la chaveta^ pero al fin, el tiempo y la razón, que sanan sin 
arte ni (parejo, le curaron; que eso y todo fué bien menester 

• 34 



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—274— 
para nycarle de aqoel ahpgo; así, trocaodo ¡ateotp?, co|g<jí sa 
lira en un rincón de su aposento y no voiVid á ptiharla síqo 
cuando ilustrado con el estudio^ y ya con mas ratonado inse-r 
qio, pudo dejarle arrebatar ppr la inspiración y hablar el ^n- 
ftuage. de los Dioses, conquistándose un nombre; con lo cua^ 
él logrd' pre2 y merecida farn»!, y el público gano, jMrque mien- 
tras estuvo en rnudat esos menos versoy malos había que ajj- 
alentasen el inmenso cumulo de los que con mengua de nues- 
tra literatura, nos llenan de fastidio y ponen mal parada la poe- 
sía entre I09 profanos* 

J. T. Betancoiirt.. 



(f. del S.) 



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[ElfiíMgra® ®[E l§Ei[EÍL¿\. 



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n í ii | - ^»ü<>fPifi»g<ig i!i II II m i j — LLi, 



EiL iMiTi© m umni^. 




Hay mágicos y m&gficbs. 
(la pata dé cabra.) 



f^= AYA! aunque me esta mal el decirlo, beteni- 
Ulo pumo abierta eti la eleceion del epígrafe que 

I precede y que me ha de servir, como si dijérar 

nios, de texto fiara ei tipo que me propongo bosquejar^ [»orque las 
palabras de D. Simplicio Majadernno y Cabeaia de buey en la Pata. 
deCabraj vieoencomo de rnoWe para la materia que voy á tratar. 
Eft efecto, ttú como hay mágicos y mágicos; esto es, brujos que pror: 
nostieabanel porvenir, y brujos que solo tenían la gracia de atig«*(: 
rar lo presente, asi también hay tnaestros y maestros: ios hay q«« 
saben' lo ^eenseñany otros que enseñan lo que saben, micntrü«:que> 
otroíí no saben enseñar te que saben: vayase para tes que eBseoAit 
te que no saben. ^ ' 

En toda» )as épocas ha habido maestros, pero en obsequio de 
lo» progresas asombrosos de éste siglo estraordinario, debemos. 
áteis que atites eran pocos tes qcm enseñaban y muchas tes qjift 
aprendían; porque pocos eran tes que querian enseñar y eagra»; 
itónflférü tea que qu^erinh instruirse: hoy día es todo al revés; i9á^ 



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—276— 
éiuieren enseñar y may contado» ios qoetlenomi apiNNider. Bttoi>riie* 
ha qne ya todos sabemos babtante y por consiguiente no oecesita- 
inos quemarnos tas pestañas sobre tos, libros. Mas diremos, es tama 
nuestra sabiduria que ya nos rebosa y para curar, di^mosio asi, el 
empacho ciealifico y Kterario que nos sofoca* ansiamos por vía de 
desabogo, oomuiiictir nuestros vastos conocimientos á cualquiera, 
siemfire que reúna las cualidades necesarias, esto es, que ter^ la 
bondad de pagar ouestrus lecciones lo mas caro-que pueda: que para 
lo demás ya nos arreglaremos. Así es que no es estreno el ver andar 
por esas calles de Dios una infinidad de individuos, eoyo oficio es 
derramar por do quiera el caudal inagotable de su ciencia, á veces 

tan profunda, que ni el tos mismos saben lo que saben. 

Hay infinitas clases de maestros, cuyo análisis sería tarea por de- 
másiarga. ¿Quiéo núes maestrof Cualquieraque ejerce unoficio mal 
ó bien es maestro. El sastre, el zapatero, elcarpintero, el herrero, el 
barbero aunque desuelle al prójimo, el repostero, el cocinero, &;e«, 
&c., son maestros. El cesante sin recursos, ideando el modo de ha- 
cer frente al hambre que le acosa, se acuerda que anduvo á la escue- 
la en su niñez y dice alié para su capote (si es qae lo tiene) lo siguien- 
te: ^'cuando estoy viendo á personas dotadas de mas descaro que 
instrucción al frente de un establecimiento de educación ádandada- 
ses en algún colegio ó en casas particulares; ¿por qué* do imitaría yo 
su ejemplo?" Y dicho y hecho, al dia siguiente helo ya maestro, anun- 
ciando públicamente que se encarga de enseñar todo lo que sabe,' en 
inuy corto tiempo, co^a no muy dificil de creerse. A nadie se puede 
aplicar con mayor tino aquello de dacendo docHur^ sino á los maestros 
improvisados que se acuestan sin saber en qué oeupatse al diasiguien- 
te, y amanecen maestros de cualquiera cosa queso proponen enseñar 
aprendiendo, d mejor dicho, aprender enseñando. Con tan peregrino 
sistema de enseñanza que pudiera llamarse muiua^ acontece muy 
amentido que el discípulo (el contribuyente) tiene mas disposiciones 
qae el maestro (á quien se paga) y por mucha palabrería que use es- 
te «Utimo en las «spiicaciones mas esenciales, eludiendo las dificulta- 
des de qae está erizada la materia de que se trata, por mucha sere- 
nidad, por mucha desfachatez deque haga alarde, pronto, muy pron- 
to se convence el pobre alumno pagano que su dichoso' maestro. e<i' 
un burro y por no tener que enseñar en vez de aprender abaa<> 
dona las lecciones, y lleno de desconfianza deja quisas de estudiar lo 
que tanto anhelara saber. Esto que se dice y parece ezageraaioa, .. 
tocante á los maestros que el vulgo conoce bajo el apodo á^maeUrog 
ciruelas se palpa diariamente en nuestra época. 

No hay maestro que no sostenga qrie úeae vocación decidida pa* 
rala enseñanaa, ni hay nada tan común como oir, porejemplo,- * na 
maestro de dibajo, decir: *<no es estreno que mis discípulos, bagan 
t»o rápidos progresos, pues yo nací para enseñar á dibiyar ojos,, na- 
rices y bocas." Si se atiende, empero, á qae. fm4i^«uando.a(4¿Ade 



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—277— 
«na cosa se propone enseñarla algún din, vendremos en eonocimien- 
to de que sola por recurso y no por vocación se dedican tantos y tan- 
tos á la ingrata y fastidiosa carrera del magisterio, 

£Í charlatanismo que cunde en esta época como la vivijaguaen. 
nuestros campos, ha contagiado también á los marestros. Cuandcf es« 
tos señores se «nuncían en los periódicos, suelen hacerlo en estos 
términos:/ 'D. Fulano de Tal participa al público engHsneral ya sus 
amigos en particular (aunque no conozca á nadie todavía) que se pro- 
pone ejercer en esta cuita ciudad (aunque no }o sea)'su profesión de. 
tai. • • • • «en cuyo arte ha logrado los mas asombrosos resulta- 
dos en la enseñanza de un sin numero de discípulos (muy conocidos 
en su casa) par medio de un nuevo método del célebre*** (todoa so- 
mos célebres) sencillo, tedrico^práctico, fruto de muchos años de es- 
tudio, el cual método pone ai discípulo en dos meses en estado de « 
toCAT ntíú (am^9Íd di bravura (si es cosa de música) de seguir una 
conversación y aun hablar sin cometer muchos solecismos (si es co- . 
sa de lenguas) de pintar paisages, flores,, frutas, grupos de gimnasia,, 
eabezi^ de animales, pájaros de todas clases (si es cosa de dibujo). El 
estipendio es adelantado." Esto último es puramente una pequeilu 
precaución que toma el maestro para conservas la buena acmünía 
tan necesaria [^hre todo sí las lecciones «<in de música] y para uo 
distraer ia memoria del discípulo que la ha menester para aprender 
los verbos irregulares (si son lecciones de idiomas). 

No concluiremos e^a breve reseña de los maestros en general, 
esto es^ djO los maestros de idiomas, matemá|ÍGas, geograQardibíijo, 
.música^ &C.9 que se dedican á dar lecciones en las casas de sus dis- 
cípulos, sin manifestar que todos tienen, con corta diferencia , sino las 
mismas eualidades, al menos los mismos defectos. Todos ó la mayor 
parte de ellos están dotados de una gran dosis de fiaciencia, virtus si^ 
ne qua nopodria subsistir ningún individuo consagrado ata enseñan- 
za. Es muy cierto que la puntualidad no es la mas relevante de sus 
virtudes, pero en cambio íes sobra imaginación y travesura para dis- 
culparse cerca de los papas ó de los alumnos y muchos después de ha- 
berse permitido pasar tres d cuatro días de ametOi. se presentan cor 
jeando, de resultas, dicen ellos, de un maldito resbalón en la calle de 
tal ....(lAquicualquier nombre) desgracia que en verdad nada tiene de 
particular pero que no aciertan á creer el papá ola mamideidiscípu- ^ 
l0| porque les consta el hermoso estado de nuestras calles. Otros se 
marchan al campo, ala cazao á la pesca, nosin pasar antesa los papas 
o k los alutimos una circular en la cual se quejan de un furibundo 
ataque de reumatismo erduico d de cólico bilioso que precisamente 
exige alguno» días de descanso, por supuesto encasa. En general son 
los maesiros ainablei9'y complacientes y Jos. hay y no pocos, sobre. ^ 
todo dos de idípmas y de música, que son por demás galantes [por su* 
puesto con tasiniñas- bonitas] y cuya eslraordimvria puntualidad y^ 
ei^caeia en laejiseñansa no pueden menos de llamar la i|tencion de la. 



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—278— 
mamila y del papaitn, que, sin querer, aprencTen al cabo (lela vejes 
á eonjugiir el verbo amare 6 el dúo de tiple y tenor de la Luda y, • • 

Pero, dirá el pacientísimo lector* ¿á qué viene esa pintoiFa de los 
maestros en general, puesto que el tipo qiie se nos ha prometido es 
tan solo el del Maestro de escuela^ Justísimo es el eatgo, amable in- 
terpelante, y aun temo que hayan tenido á mal los señores maestros 
que los haya yo colorado en un cuadro de costumbres en que figurar 
debe en primer término el maestro de escuela. A Dios gracias, no 
creo haber dicho nada que pueda ponerlos bravos^ k no ser que «e 
agravien porque medio indiqué que los profesores de idiomas y <!e 

música son (en general) usi un poquito mas cuidadosos de tas 

gracias del sexo hermoso que de los progresos de fus alumñas. Pero 
eso me lo confesarán ellos mismos al oido, y si lo niegan será por un 
laudable sentimiento de esquisita delicadeza. Por lo demás, los maes- 
tros de que he^ratado son sumamente desinteresados, y prueba de 
ello es que jamas tienen un chico^ siendo esto, entre paréntesis, uno 
de los puntos de similitud que guardan con el Maestro de escuela' Úl- 
timamente; si he hablado de ellos, ha sido con el fin de que el dis- 
traído lector no los confundiese con los maestros de escuela. Vaya! 
¿Quién ignora lo que unos y otros sabenf 

Hecha esta franca manifestación que me anticipo á redactar 
antes que me la exijan con garrote en mano, paso desdé luego a 
ocuparme del tipo: "JE/ Maestro detscuela.^^ 

Hubo un tiempo, época de ilusiones, de verdadera felicidad, 
época de inocencia, en fin, durante mis primeros duce años^ en que 
Ja palabra ''Maestro^ me llenaba de una veneración que so^ia man- 
tenerse con el terrible aspecto de unas disciplinas compuestas de*8Íe* 
te ramales, no i^ési para indicar tos siete vicios ó las siete virtudes. 
Yo que era entonces un ignorantón de á folio, (hablo con modestia) 
consideraba á mi maestro D. Liborio Correa, no como uno de tos 
siete sabios de la Grecia, pero si como un sabio de siete rama- 
les, como un grande hombre. Cuando desde mí humilde banco con-^ 
templaba ai referido Sr. Correa en su elevada silla, calados los espe- 
juelos, mirándome de reojo y esplicándome la doctrina cristiana, se 
me figuraba que aquel ilustre varón era el non plus ultra de \o9 sa- 
bioS) y aun recuerdo que una vez, sin poder contener mi entusiasmo, 
"^le pregunté que si algún dia llegaria yo, aplicándome, á Isaber tanto 
como él. El buen Correa, (Dios le haya perdonado) tomd mis pala- 
bras por una sátira, y me contesto aplicándome en las costillas cinco 
o seis disciplinazos. 

Asi como las mugeres no piensan mas que en casarse, en bar* 
lar y visitar las tiendas; asi como los usureros no' sueñan sino conet 
setenta y cinco por ciento; así como el jugador no vé en sus noctur- 
nas pesadillas úmí judias y contrajudías^ así soñaba yo que era 
maestro y qi»e tenia bajo mis ordenes una porción de muchachos. , , 
Dichosa edad! Me acuerdo todavía, cuando yo jugaba á tas éscuehtar^ 



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911 q,9a todos á porfiay aijliiá trompones y bofetadas, qüexíamog re^ 
pre:^eatar el papel del Maestro. Ah! yo no calculaba cotonees lo que 
fufr^n Iq^i^ buenos de los Maestros, la mala sanare que crian, los gri- 
tos que dan^ los rechinannientos de dientes con que mal encubren su 
colera, lo cual les h^ce asemejarse a (jerros dogos; y sobre todo la 
sublime paciencia.de que es, fuerza que se armen para lidiar coa' 
(nuchacbos m(\i criados, revoltosos, pendencieros é hijos de padres 
caprichoso»» Y tvdo ^para quéf para enseñarnos á leer, a veces no 
muy bien; á escribir, cuando mucho, conio un gefe de oficina; á re* 
citar, como papagayos, la doctrina cristiami; y^por ultimo, las mate- 
máticas hasta la raultiplicaGion de números enteros, y aun esto no 
entecamente bien. 

^Yes, querido lector, aquella casa de dos ventanas? Ahí vive 
O. Benigno de los Palotes, una de los muchos maestros de escuela 
deísta fidelísima ciudad". ¿No reparas en el zaguán de dicha casa y 
colgados de una d mas perchas fijas en la pared, una porción de som- 
breros dQ paja d de fieltro, mas o menos nuevos, mas d menos abo- 
llados, mas d menos limpios? Pues esos sombreros pertenecen a los 
capaa^uelos imlierbes que frecuentan el establecimiento de educación 
de el de los Palotes, y bien así como por la configuración del crá- 
neo y, sus infinitas protuberancias, según Gall, se conocen las incli- 
naciones de Ins personas, asi también por el estado de cada capelo^ 
echa de ver el menos observador si el niño dueño de aquél es pacífi- 
cp d trayieso, juici[osp d^ pendenciero, rico d pobre, cuidadoso d de- 
saseado. Entremos. Ahí viene 0. Benigno á recibirnos. Oh! es un 
hombre muy atento! Quizás crea que vamos á hablarle con el objeto 
daconfiarle la edMcacion de algún muchacho. ¡Qué amabilidad! ¡Que 
sonrisa! 

D. Benigno es un hombre asaz enjuto de carnes, no sabemos 
^ es por la po<^ que come, d por los continuos malos ratos que lo 
ha^en sufrir los cincuenta d sesenta muchachos que están á 8i|kcar- 
ga. I^amobilidad estraordinaria de sus facciones le ayuda perfecta- 
mente para representar ios distintos papeles que tiene que desempe-. 
ñar en eaeiSaiaetede coitujmbres que Ifaman escuela. Tan pronto la 
mas espansiva sonrisa anima su semblante, como el enojo y la seve* 
rídad 99 retratan en su. cara, que entonces le da todas las trazas de 
un mastín de malas pulgas. Supongamos que va una tierna mamá 
embutida en 9u quitrín á ver al hijltodesns entrañas ya informarse 
fi^ ba,£iabidp la lección» Cl maestro no consiente en que se apee la 
Sepora^i A pe^ar de tener el cabello en desorden, la levita de lienzo 
rota por lo^ codos y por l,a espalda, los dedos manchados con tinta, 
las medias rotas, los calzones sin tirantes y en chancleta los zapatos, 
sale nuestro héroe de la escuela y á manera de dependiente de tien- 
da de ropas*, llega hasta el estribo del carruage, deshaciéndose en 
cortesías, felicitando á la mamá por su buen color, por su salud, por 
sus lozanas y mdrbidíis carnes (que él envidia). 



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-^Iff «eoora doña .C^uehicft, BÍempre (aa ÍMiota, 
muestro sabichoso tnagisier^ can unfi cara radiante de placer, ni mai^ 
ni meóos que si éi fuese^ no diremos ek marido, pues pocos son |o^ 
maridos que ponen ese semblante de poicuoi; pero ai menos.el pre- 
tendiente amoroso de la dama. • • • 

.-— iQué tal el niñof * . 

-—Bien, bien « aquí para entre nosotros, Vioeiitico-es un 

prodiirio. ¡Qué disposiciones! Algo travieso, es muy cierto. •>• 

*«»Ya. • • % la edad. • • • 

-^abal. • • ja, já, já. • • todos hemos siJo jóveneB^Sw^ra. », 

Aquí conoce e^ de los Palotes que ha cometido mo barbarigmo 
garrafal, si los hay: pero al punto enmienda su fitlta coa notoria 
maestría* 

— Pur supuesto, Señoi^ mia, que cuando digo: todos heipoa 
sido. ... es claro que hablo, por ejemplo, de mí, que puedo ser des*- 
cansadamente padre de vd. 

Aqui se sonríe, dulcemente halagada la doña . Chnchita, qoey 
aunque algo mas que jamona cuarentona, á fuerza de repetirlo ¿^ to- 
do el mundo, ha llegado ella misma á creer que no tiene mas qu^ 
veinte y nueve años y tres meses. 

Durante el diálogo anterior ha tenido D. Banano que. volver 
repetidas veces ia cara hacia la escuela con ademan amenazador, 
por que aprovechándose los muchachos de la aosenoia del pedagogo^ 
están haciendo de las suyas. Crece la algazara! • .« 

— Señora mia, dice D.. Benigno, voy á buscar á Yiceatieo. 

Entra el de los Palotes en la escuela, furioso, rechinaodo km 
pocos dientes que posee y buscando una victima..,, no la-encaen^» 
tra, porque reina entunces el mas profundo silencio en todo en el 
ámbito de la sala. 

Sale Vícentico acompañado del maestro y recibe de su mamá 
dos faisos muy sonados y un cartucho de dulces de la Diana» Doñ 
Benigno acaricia al niño, guiña el ojo á doñti Chuchita, y tirando al 
rapazuelo de fa oreja con mucha suavidad, le dice: 

— Ese regalo de la Señora debe servirte de estímulo para que 
te apliques y sepas las lecciones. 

Retírase la mamá en medio de los saludos y parabieoesde don 
Benigno. 

Kntremos. La casa de nuestro maestro, sencillamente adornada^ 
no of I ece^ mas que bancos, mesas, cuadros, encerados, mapaSiryat 
lado de la puerta alguno que otro cuadrito sin cristal y en el que pue- 
de leer cualquiera ud soneto en celebridad de los natales deia muger 
de D. Benigno, que principia as¡¿ 

'<fis ion unida á la tuya mi existencia, óccfV . :<^. - 

composición de un amante de la herm(ir\ita del muchacha unido é ia 



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crjti^tencia de la tnu&^r del maestro. D. ' Benigno, qué aun^ lamenta 
lá muerte de su eara Escotástitsa, enseña con las lagrimasen los ojosy 
á todas las personas que visitan su casa, aquella poesiíi, no srn alabar 
de paso el talento precoz del autor, qué no sabia ieerñi escribir cor* 
rectamente, lo cual nada tiene de entraño en los tiempos que alcan«. 
Kamos, en que vemos a poetas soit-disant que sacuden versos hasta 
por los poros, sin haber saludado siquiera los rudimentos dé la len^ 
gua castellana. 

D. Benigno estuvo en clase de pasante durante nueve liños en 
la misma esánela que hoy reü^entea, haciéndose cargo dé ésta des- 
pués del fallecimiento del propietario D. Severo Palrtieta. Este en< 
tregdsu alma 4 Dios, no sin haber ¿astado entes en médicos y botica 
los pocos realitos que ah*^>rrara en su penosa y larga carrera, y cual 
étro Alejandro, en el leqho de muerte, dejó la escuela al mas 
digno. 

Habia ala sazón en el establecimiento dos pasantes: D. Benig« 
no délos Palotes y D. Macario Cartilla. ;Ciiál era el mai digno do 
ámbosf Orétmátíci cértar^ et adhuc sabjuiice lis est. Como acontece 
en iguales casos, en que él amor propio y el interés son las móviles 
poderosos que escitan ías pasione^^, los dos rivales se mir&ron de hit» 
efr* Mfo, cii^mo de? potehtia á potencia^ y cada cual empeed á valerse 
de todos tos recursos que le sugiriera su astucia para quedad trtun- 
fantCt esrto es, para quedarse sof o conla escuela. D. Macario adoptd 
el plan de halagar «los disfipulos: nr>er»í tan malo el medio; pero 
D. Benigno, con mas conocimiento del mundo que su rival, fue á vt^ 
•itar imo tras otro á los padres de l(»s niños, y supoconílucirse con 
tanta-destreza^ queel pobre D. Macario, a quien ya a porfia toreabais 
los alumnos, abandond el puesto á su afjrtunadn rival, que no le 
quiso ni aun para ayudante. 

Ya estamos, querido lector, en la escueta. A nuestra entradaí 
Mgun la ordenanza escolar, se levantan los muchachos y nos 
saludan. El Maestro nos ofrece asientos^ y después d» algún 
rato de conversación acerca del número^ de alumnos, plan de en- 
señanza &c. &c. 

—•Supongo, Señores, dijo D. Benigno, que vds. no llevarán á 
mal que les suplique que se dignen examinai^ á mis alumnos. Aun- 
que no están pref)arudos para ejio. • • • no importa, . . • aquí se juega 
limpio. • • ; nada de charlatanismo. . • • aquí ccida discípulo hace su 
plana y su dtbujo. • •• sin ayuda de vecino y, sobre todo, sin queel 
maestro le lleve la mano. 

—•Señor D. Benigno, ya sabemos que vd. goza una merecida 
reputación, y por tanto escusado es. ..... , 

-^Mil gracias^ Señores, mil gracias. Yo me esmero á fio de 
corresponder 4 la confianza con que me honran los Señores padreé 
de familia; pero como hay tantos envidiosos. . . ¿Querrán vds. creer 
que cKceti por ahÍ4{Ue yo doy 4 mis discípulos internos plÁtams gnu 

35 



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nio» y guayabas c&iorterai al m«dio día, por vía de refreseo, pava 

abrirles d apetito? 

Já, }á, ja. • . . ¿de veras? 

««-^Siy Señor; y dicen también que la comida qae doj a los at* 
ños se compone de una mala sopa de mendrugos de paon de una 
fiíente de mucha col, ñame, yuca bascante, boniato en aümadan^ia, 
malanga de sobra y poquísima carne. • • • • • 

— Já, jáy já. . . • hombre. • •• pues, á fá que le quieren bien los 
que.é... . 

-^Ab! se me olvidaba: sostienen que nunca fdkan en mi mesa 
el arroz sin manteca y los frijoles duros como balas. 

'— -¡Qué atrocidad! ¿Quién hace caso de esas voee8^..f 
•^<^Señores, si á vds. les parece, podemos veri&car ua pequeño 
examen: esto estimula sobre manera á los alumnos y ademas nná 
sindica ventajosamente de las groseras calumnias vertidas por ZoUoa 
hambrientos que han dado en la gracia da decir por do f|uiera 
que. • . • {bajo a nosotros) i^e soy un borrico, indigno de comef 
pan»«.... 

Con efecto, tomamos asiento al rededor de una mesa situada 
en medio de la sala, fií Maestro toco la campanilla y al. punto rei- 
nó el silencio mas abi>oluto. 

El maestro (con énfasis): Sr. Manguito, vamos á ver que tal se 
porta vd. en el interesante ramo de educación, en mi concepto nna 
de los nrlas necesarios, mas diré» uno de los mas indispensabies que 
existen. . . • hablo^ Señores, de las matemáticas^ sublime ciencia qw 
inmortalisd á. . . . á. . . . una multitud de varones coa v^. • • « (á icn 
mbimn^quese está riendo) Trifoncito, mdderese vd* y atienda.^ . . • « 
{á todm) pueSf como iba diciendo, que inmortalizó á una multitud da 
varones que nuncti morirán . ... es decir. . . . ellos murieron^ • . • • • 
esta es tina figura de retórica. . . . pero su nombre no morirá, como 
dijo el otro ... . non omnis moriar. {á otro dúeíptdo que esiá Uorandí^} 
Sr, D. Baltasar ¿por qué llora vd.? 

Diseipulo.'-^ne está 'pellizcando Leen segundo. 
Maestro. — {á nosotros) Estos Leones son uno» verdaderos leo- 
nes, {á León) Sr. León segundo^ si vd^ persiste ó persevera en ese 
mailejo reprobado, me veré en la precisión ó necesidad d^ adoptac 
una medida que. ... ya vd. debe entenderme. • • » (a todas), pues, 
8i> señores, las matemátieas. . . . abl nunca podré ponderar á vds. la 
importancia del estudio de esa eieacia que para todo sirve» YeaiQOSf 
Sr. Mwnguito ¿nueve por ocho? 

IHscífmh. — {contemplando el techo) ;nueve por eeha? 
Maestro. — Sí: ¿npeve por ocho? 

Z>í5¿r»piifo.*— Nueve por ocho. . , {bajo á uno dé su» co^bpOMerasy 
Sopla, Félix; sopla, chino: {altó) nueve por ocho ••.... setenta^ y 

vVS# • • « • • 

ittoeí/ro.— Muy bien.— ^Veamos; Sr^ Lstraneaf vamos á tratar 



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—283— 
del arte qne nos enseña á hablar y é eseribtr carreel,am6E|te ^mil 
eA eee artef 

Discípulo. — La gramática. 

Ma€»iro, — Perfectamente, {bajo d nosotros] Oh! esite es un jo- 
ven que promete. . . • tanto que su padro trata de dedicarle á la li- 
teratura, que es carrera muy socorrida, {alio'] ya que vd.. no lo nie- 
go, ha contestado de un modo tan satisfactorio, tenga vd, ^ tioiidad 
de decirnos si.es posible escriliir d hablar sin saber gramática? Es 
otaro que no« • • • ;no ea asíf 
Disoípulo.'^Sí, aeñor. . 

Maestro.^-^Y ¿-qué caetigo aguarda á las personas jque se atre- 
ven á escribir d hablar sin poseer las reglan ^gramaticales? 

Df9ctj9i¿/é».— Según y conforme: si el maestro está de buen hu- 
mor dos 6 tres correazos. ... y sino'. . . * diez d doce. . ^ . 

Maestro.-^ {bajo á nosotros] Tiene chispa el muchacho. . . . • ♦ 

cuando digo á vds. que {alto] Está bien, Sr. Latranca; siga 

vd, aplicándose á fin de no destruir las dulces esperanzas quede vd. 
ha concebido Papá. Veamos, Sr. Palitroque, recite vd. la lección 

de hoy. . . • silencio 

XHwípwfo.— David tenía un hijo. • . . un hijo. • -4 «» hijo. . . . . 
M«tf»<w.— Válganos Dios, Sr. Paiitroque. . •« un hijo. ... un 

hijo. ... y un hijo. . . , son tres hijos 

Discípulo. — Tres hijos, 

Maestro.^'No • • • • eres hijos, no. • . . {b¿»fo á nosQtro¿\ El tuvo 
muchos mas, pero.... {al discípulo) un hijo. ...••• 
Ditcífmh. — ün hijo. ... 

Macstro.^^^CóíJdo se llamaba ese hijo. • . •? Estése vd. quieto»^ 
Sr. Palitroque, parece que tiene vd. azogne en el cuerpo. 

Disiiípulú. — Sr. D. Benigno, Juan de Dios me ha echado pca- 

pica en el eogole, y con. el calor que hace, me está ardiendo • 

ay! ayl 

Maestro. — {bajo á nosotros) Ese Juan de Dios es el mismísimo' 
demonio; pero como es hijo del Marqués del Corojo, tengo que su* 

frirlo {alto) Sr. Juan de Dios o del diablo, incaula criatura, 

¿¡gnoTH vd., por ventura, ia. virtud de esa planta llamada picá-^picay 
de la familia de \m papaver^ la cual despide una peluza sutil y vola- 
dora que causa una comezoo atroz y qoe, según los natnraiistas. • • 
pero. . . . [á nosotros] algunas veces creo estar regenteando una da-' 
se superior, porque ban de saber vds., que.no pierdo las eaperiuizas 
deponer un colegio, cuyo título es llamativo si los hay, y es lo que 
boy día influye mas qu^ nada para tener marchantes, quiero decir, 

discípulos Ese título es: Colegio salomoniano. ¿Q,ué ks pareoe 

á vés.? Oh! ya verán, ya verán, {alto) Lea vd. en este libro, ftr. de 
Utroque. ... 

D¿9eifulú.^-^{leyendo] Por primera vez vieron eluberiiaciilo. . 
JWiw^/ro.— Cuidado. ... lea vd. bien. . . . . [á nosotros] Este e» 



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—284— 
un muchacho que nuoca sabrá {mr, pero como «u padre paga roujr 
bien, yd podrán vds. considerar que. . . • [alio] Vainosi Sr. de Utro- 
que. . •.. vuelva á empezar. • . • . . 

Ditcipulo. — Por primera vex vieron el tabernáculo y conocieron 
la diferienda 

Maestro, — \á nosotros] E^ cosa capaz de desesperar al mismo 
Job. \alto'\ Estoy ya can**aao de repetir que no debe decirse: dife- 
rienda, sino diferencia. Todos \oé acuitados en encía. . . . Joaquinito« 
estése vd. quieto y no charle tanto. ••• \á todos] pues.... como iba 

diciendo. • . • . los acabados en enda hacen enda escepto 

paciencia. ... (ffiápiran¿/o) Ah! {a nosotros) ¡Qué profesión! ¡qué 
profesión! Para concluir el examen voy á presentar á vds. al gailito 
de la escuela y que he reservado para postre, {alto) Sr. Balandrán. • 
levántese vd (a nosotros) Este es; hijo del comerciante D. Ju- 
das Tndeo, hombre de conciencia. • • . conm todos los del comercio. 
[alto] Veamos, Sr. Bdlmdrán. ... si hallándose vd., por ejemplo,» 
en el campo, cazando, viese vd, posados en las ramas de un mamón* 

cille treinta judíos y girando vd. con la escopeta, log;rase vá" 

matar á veinte ¿cuántos quedarianf 

Dfxa/7t¿/o.— Quedarían diez. . •• pero no posados en las mís-^ 
mas ramas, pues el peligro de sufrir la misma suerte de sus com^pa-^ 
ñero 4 los ahuyentaria. 

Maestro, — (a nosotros muy ufano) Este mozo es un portentpU* 

(alto) Está bien, Sr. Balandrán. . . . silencio Sr, de Piñuela, 

está vd. insufrible 

Discípulo. — Sr. D. Benigno, no soy yo, sino Ca/warofi, que dice| 
que está ya cansado de oír siempre las miamas preguntas y taa mis- 
mas respuestas, y que 

Maestro.'-CñÚe vd Mejor fuera, Sr. Camarón, que su- 
piera vd. la tabla y la doctrina cristiana. . . . (á Balandrán) Sr. do 
Balandrán ¿cdmo se escribe la palabra gallina? ¿con // ó con ¡f9 

Discípulo. — Con IL , 

Maestro» — Y la palabra salchicha ¿se escribe con s ó con z? . 

Discípuld.-^Con «. . , 

Maestro. — Perfectamente. ¿Cuál es la capital de la isla de Cubaf. 

Discípulo, — La Habana. .. 

. Jtfaeííro.— ¿Qué produce la isla de Cuba? . ., 

Varias t7oc¿f.— Muchachas bonitas y graciosas. *^ .- 

Maestro. — Silencio. . . . ¿Qué dice vd. do eso?. . • . uno nao^p-: 
sos. • . • silencio. . . . Vicentico, calle vd. ....... 

'Vicenfíco. — No soy yo, sino Chupetín, qu^.me esta preguntanr, 
do qufe si me gustan los mangos. ' . . . - ^ ... 

Maestro. — Sr. de Balandrán ¿como se jla.ma esa terrible>m^n-' 
sion á donde van á espiar sus culpas los míseros pecadores?, 

Discípuló.'^Ei cálabozóf que está situado en el^último cuariOj^ 
cerca del lugar escusado. ^ ^ 



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, —285— 

Maestro.— ¿Qué ertá vd. diciendo^ Yo no hablo del cuarto dond^ 
encierro á los muchachos desobedientes y desaplicados, sino de 
Aquella espantosa morada á donde van los que no tienen la dieha dé 
alcanzar el cielo. 

Discípulo. — Ah! sí. ... ya estoy. ... ya caiifo. ... el infierno. 

Maestro, — No, señor, hay otra . . , otra donde se purga. • • ¿eb? ' 
silencio, señores; Eduardito, psté.oe vd. quieto. • . . . . 

Eduardo: — No poy yo, D. Benigno, es Panchón, que está di- 
ciéndome así: ^*qué m^yor infierno que una escuela? 

Maestro. — Hola! Panchón. ... de rodillas. . . . pronto. ... 

Panchón. — Sr. D. Benigno, tengo pantalones nuevos, y mamá 
me dijo: dile al Sr. maestro que no te pongn de rodillas. . . • pues 
no está lá cosa pnra gastar todos los días veinte y dos rediles fuertes* 

Maestro, — {rechinando los dientes) ¿Eso dijo doña Encarnación? 
pues, pronto, pronto. Panchón. . . . cruce vd. los brazos. ... (a noso^ 
iros) E^te es hijo de un ... • desorejado que me debe seis mesadas, y 
no hay forma deque me pngje. ¡Vean vds., una deuda tan sagrada! 
{alto) Pues, señores, la morada de que se trata es el .Purgatorio, 
mansión intermediaria entre el cielo y el infierno. En este ultimo' 
sitio, como vds. saben, está el Demonio, ese ángel desobediente y 
rebelde que. . .• 

Un discípulo. — Sr, maestro ¿qué edad, poco mas 6 menos, tén« 
drán los ángeles? porque como no se les vé sino la cara. ... '> 

Maestro.— Diré á vd. Nada muy cierto h^iy sobre tan delicada' 
materia; pero á mi me parece que serán unos muchachones de diez 
y ocho años. ,' 

Acabóse la sesión. Dimos la debida enhorabuena al Sr. don 
Benigno de los Palotes, felicitándole acerca de los prodigiosos ade- 
lantos de dus discípulos, y después de haber conseguido el perdón d» 
Panchón^ nos retiramos. 

No bien hablamos doblado la esquina, se presenten en la escue^ 
la un caballero, padre de uno de aquellos niños. Singular por demás 
era este hombre, pues queria que su hijo adelantará $in trabajar y 
sin que el maestro le tocara ni un cabello, ni mucho menos que le 
regañase y cuenta que la tal criatura era ademas de muy mimada, 
muy indolente y estúpida. Parece que el niño se había quejado á su 
mamá de la mala comida que le daban en la escuela y el papá dc-^ 
seaba presenciar aquella para enterarse do la verdad de las pala* 
hrñB fie tíuconíentido b\jo. 

D. Benigno que tiene un olf^tto de aura tinosa, hubo de oler el 
negocio, y aprovechando el instante en que el papá acariciaba i| sil. 
niño, di¿ un salto hacia la cocina y mando asar un gallo viejo, cóú 
honófes de capón, y hacer una tortilla con peregil. 

Cuando los muchachos al i<entarse á la mesa vieron aquel jubi- 
lado stdtan que k la legua estaba diciendo: "no me toquéis, vive Diof^ 
que asa¿ dificil de digerir es este hidalgo paladín," se miraron azo- 



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—286— 
rUíIo* unos á otroí», pregunlándose «i €ra aquel dia el sanio del 
MaeeitrQ ó. el aniversario de la muerte de la difunta. 

La frugalidad es el aistema higiénico favorito del de loa Palote- 
y asi es que los pupilos y medio pupilos se levantan siepíipre 4a la 
metacpn esííelentes ganas de volver á principiar la comida. Sia em- 
ba#go,,lpp sábados d en las viapprs's de los dias festivos en que los 
niños van é sus casa?, suele D. Benigno agregar dos platos muy sa-' 
aop y sobre todo muy baratos, como qqimliombrf con cangrejos ó ha- 
rina de maiz salcochada con tasajo brujo que mas bien que car«q 4© 
buey pprece cuero de borrico* 

Con todo, en el tiempo de los aguacates, «estos se ven en abun- 
dancia ^n au mesa. Cuando llega la época de los exámenes que no 
ea en ene tiempo, loque no es poca fortuna para loe Sres. inspecto- 
res, pue^ -hat'.e entonces mucho calor, se esmera mas nuestro 

pobre roae8.tro y echa el resto. Compra «us panetelas, sus panales, 
sju caja de cerveza y su botella de vino moscatel- Entonces saoa del . 
esoaiAarale SM vetusta ca<«aca negra, su chaleco de raso color é^ roa- 
moqcillo con de-ícomunales ramazones, una corbata blanca reeien 
sapianchaday con tanto almidón que mas bien que corbeta pi^rece 
df)ga|, una camisa toscamente bordada en cuya pechera coloca D. 
ÍBenigno un camafeo del tamaño de las galleticasde Sto. Oomingo. 
Ejutoqce? ^ peina y ya se vé, por la falta de flexibilidad la rebelde 
cabellera. se mantiene tiesa y encrespada, loque le da al maestro 
Ififí trazas de una persona asustada, d de quien ha vieto co9amala. 

En cuanto á los examenes, me refiero á aquel saínete charla- 
idnico-escolar que presenciaste conmigo, benévolo lector, consoló la, 
4if^reQ6Ja de que en los exámenes solemnes se reparten medallas y 

GÍntRsá Jos alumnos mas mas.. ...ricos, pues, mas ricos de conoei- 

t^0/U.oa4^n losdiversos ramos de laenseñ>4nza. En dichos exameaes 
tienen ocasión de admirar los Sres. sinodales verdaderas maravilla» 
en Iq isalígrafiii y en el dibujo, obras hechas todas por los aluitinos, 
P9,C PWPMesto, y no como comuomentese creeentre algunos malicio- 
^P9% .pof )os! jir<»fesore8 de la escuela. Pero en cambio, si dichos Srqs,.. 
^aj9iifia4ores no tienen el oido tapado con cera, pueden disfiri'tar d^ 
',^ pFQgtespi^ dd los niños en el divino arte de la música, saboreando 
V4 Iffüooa ocho voces, con sus correspondientes coros, desempeña* 
dq p<^r tofla ia morralla escolar. Los Sres examinadores que ao^stíw 
opligadps laer peritos en todos los ramos, por aquella sabia máxima 
de que non omnia possumus omnes, si no aprueban, no fCondeBan y ade- 
IfBtfití^ i^on la música... ••• por cuya grata armenia dulcenwn.te ar- 
f Ml|f 4^* r • • • -sa quedan dormidos y aun roncan algunos que §8 un^ 
fOfltento. 

Los papas qpl^udeu hasta mas no poder, y unos á otros «a m^ 
r#i;[ dici^^do: esa voz que sobresale como un flautín es la de mí hijo. 
J¡^ fip portento! 

, ttI^ vftz de ^fimoteo, ifli hijo, asclama otro papi entusiasma- 



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éé\ptír66^ hk de aii sochantre, y eso qué el bribonlstteh) M líenemag 

que diez años promete, promete. ¿Quien sabe^ Puede muy 

suceder y cosas mas estraordinariasefe han visto^ que á peaar Aú que 
yo tengo cuatro reales. • • . • «se vea mi hijo e(i I A precisión algún dia 
de abrazar la carrera del teatro» que hoj día, como VdSi saben, ea 
sumamente lucrativa "y aun honorifíca, por supuesto que habfo del 
teatro lírico^ « # « « ¿que en cuanto al dramático. ••••.« no da ni para 
la bttcóÍica.--<¿Ignoran ustedes^ por ventura, que en la época filar mo- 
ntea que alcanzamos, un da agudo de pecho y uii,^o¿ so» unas rerdi^ 
deras minas de oroP 

Todo en este mundo sublunar, según dijo un filo'sofo cuyo nom- 
bre no hace al caso, e^tá compensado. ^Quién no saborea inefabled 
placeres boy y apura mañana la copa de los pesares? Entre dse con- 
traste, entre esa alternativa vive mecido el hombrea quien continua** 
mebte sonríe, falaz como una coqueta, la esperanza de un porvenir 
mas lisonjero. Así nuestro héroe» luchando constantemente con la 
turbulenta morralla infantil, ocultándose sagaz como los personages 
del antiguo teatro griego, bajo mil caretas distintas^ según el papel 
que debe representar ante un público siempre distinto, cobrando tar«* 

de, mal y á veces. • . • • .nunca «pegando siempre pun-^ 

ttial no por virtud, sino por conveniencia, contemplando^ adulatídoi 
de buen humor, las mas veces, como dijo el poeta: ■■ 

con la sonríi^a en la boca 
y el luto en el corazoné 

Áveoes, empero, y como contraste ásu afanosa vida se pretien^ 
tan ocasiones que en verdad h icen olvidar al pobre maestro de es** 
cuela sue penalidades y asomar á sus cerrados labios una sonriéa es- 
potitánea y dulce. Después de los exámenes, esto es, durante \w va-^ 
eaeione$, si no todos, la mayor parte de los pa|)ás suelen obsequiar á 
nuestro bueo pedagogo, con varios regalos, como guanajos^ galliiiaa,! 
iechoneü, cochinos cebados, pichones, frutas, camisas, cortes dé cha- 
I^eco^, eto.^ etc. 

Sin embargo, el dia mas alegre, mas solemne» mas feliz para^ 
]>. Benigno es el de su natalicio. Este dia es. como si dijéramos svt 
benefíciOé Ochj dias antes, por via de prográmí») empieza» aunque 
íío vehga k pelo, á echir sus indirectillas de padre Cobo a los niños, 
i> quienes advierte que el dia 14 de Febrero no hay clase p&rqtie éft 
muy jui^to que le dejen celebrar su santo. 

No basta, esclama con sumo entusiasmo, saber la doctri ña cris»» 
tiaaa^ es preciso, amiguitos mios, estudiar la cronología de io9 sarn- 
toffr en una palabra, conviene consultar el almanaque, cosa mfiy facil^ 
comprando un ejemplar á los que tienen el privilegio de dar á ooiló« 
cera I.qs lieies eristi^^flos los santos que celebra nuestra Santa madre 



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—288— 
¡kImíü* Estoy É^vífo, amii^pi mios, que muchoi de Yds. no labM 
qué santo es el rfia 14 de Febrero. 

Un ditctpulo. — Yo si lo «é, ür. D. Benigno. 

El ilfaeWro.— Hola! picaron! y ¿como lo sabes tú? 
» . El diiciptilo.^'Vorque mi mnma me lo dijo. 

El Maestro, — ^Y ¿por qué te lo dijo mi Sra. Da. Matea? 

El discípulo. — Para preparar á Yd. la cuélela 

El Matutro. — Esa amabilísima Sra. Da. Matea siempre 

tan obsequiosa Y ¿qué trata de mandarme? ¿Lo sabes tú? 

El dUcípulo.^Sí^ señor 

El Maestro.— Y ¿(jué es? 

El discípulo, — Un mono. • . « . .y un soneto 

£/ Mze^^ro.— No, no, no no quiero monos «nada! 

Digo, pues, alabo 'a elección de Da. Matea! Los monos no sirven 

roas que de estorbo no, no, no que no me lo mandeo, 

porque no lo dejo entrar. Ese! mono el animal mas inútil de cuantos 

salieron del arca de Noé. En cuanto al soneto dile á tu mamá 

que encima de mi escaparate tengo mas de tres mil que ni he leído y 
que trato de mandar al bode^iero d^ la esquina en cambio de otros 
artículos que me hacen mai< f>ilta. 

A pesar de esto, no bajan de cuarenta los sonetos que recibe D« 
Benigno el dia de sus natales; perp como vienen acomfiaiados de 
cosas ma9 sustanciosas, como ramilletes con escuditos, pasteles de 
perdices con trufas, pañuelos bordados, etc. etc. el tolerante magisíer 
celebra las poesias «n que le llaman sabio y se resigna á que le com- 
paren con Cireron, Démostenos, Sócrates, etc. 

En tan solemne día, coIoca D. Benigno Isn la sala una mesa lle- 
na de platos de pasas, avellanas, higos, panales y agua fres- 

ea, para obsequiar á sus caros alumnos. 

Al oscurecer, nuestro poco goloso maestro comisiona áuamore* 
no viejo de su confianza para que venda misteriosamente, los paste- 
les con trufas, y los rafhilletes de dulces, no sin haber descolgado jan* 
tes IñB fruías de oro que penden de ios forrados alambres, 

Ei^te es, querido lector, el maestro de escuela, salvo error ú 
omisión, pobre de espíritu, pero en cambio lleno de pobreza, virtud, 
con la cual, si hemos de dar fé á lo que nos han dicho otros maestros, 
ae alcanza el Cielo, si bien ofrece el pequeño inconveniente de que 
uno se muere de hambre antes de practicarla como es debido. 

Terminaré este mal trazarlo boceto, recordando respecto del 
Maestro de escuela^ el epígrafe que encabeza él presente artículo 
*^Hay mágicos y mágicos^ Es á todas luces evidente que hay, como 
en todas las profesioneis, en todos los paises del mundo, maestros de 
escuela dignos del aprecio del público por su instrucción y dotes mo- 
rales, asi como loshay y no pocos, que pueden mirarse, si gustan, eo 
ellimpido espejo que les presento. . ' 

José igiiitlii Mlllaii» 



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la. TIIT^PilEIElE^. 




[ARO eonjunto de anomalías presenta en la so* 
[CierlHcl cierta clase d$ individuos que no hubien- 
(io recibido los beneficios de una esmerada edu- 
catMtm; 6 r.o liMbiéiiitosH aprovechado de la qué sus padres se afana^ 
fon por inculcarles, dejaron correr los dids preciosos de su juvent|id 
ekl medio de fiestas, bailes y diversiones, se entregaron á torpes y 
vergonzosas nventurus de que hacían alarde en publico y en privado 
sin advertir incautos que Ih juventud desaparece para no volver ja- 
mas, que las pasiones pierden su intensidad y vehemencia, que Iq9 
placeres dejan solo ponzoñosos recuerdos, y que presto vienen uncMi 
días en que el hombre tiehde la vista al derredor como quien despier- 
ta de un pesado letargo, y' reconoce en todo la terrible necesidad de 
conservarse, de vivir para la sociedad, y. de vivir con honra y decen- 
cia; poVque este es un deber que le imponen 1^8 leyes y el amor da 
sí mismo, porque tiene ademas una muger ¿ quien en sus delirioa 
consagro sil existencia, pforque tiene también unos hijos que novelo 
fiscalizan sus acciones y pueden tal vez imitarlas, sino que rectftm<lD^ 
que exigen, que demán^aii imperiosamente los ausilios consoradorep^ 
de la educación. 

36 



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—290— 

Estos tales, repko» no eyorem en Is^ tiorieifaBhp iuIhliuu ilg '^ntoi 
guna elase, ni pueden tampoco aspirar á ninguna ocupación honro^ 
sa, pues ni tienen los conocimientos necesarios para desempeñarla, 
ni los antecedentes de su mocedad prestan garantía alguna para de- 
positar en ellos la confianza indispensable al manejot o administra- 
ción de ágenos intereses. ¿Cdmo, pues, viven estos hombresf pre- 
guntarán algunos, ^'cdmo se mantíenenf ¿como cuidan de la siibsis- 
tencia de bu familia? ¿ddnde y cdmo habitan? Fácil é9 rei«pender á 
estas preguntas, mejor dicho, fácil ea referir lo miaiiioqiue acontece 
y deducir luego las terribles conseeuencias que se originan de:seme- 
jante género de vida. 

Véseles recorrer desde que amanece las calles de la^-cíndad, en- 
trar y salir en fondas y cafes, frecuentar el muelle, asistir eoostante- 
mente á la lonja, arrimarse ooaio por acaso áalguno 4 quien por la 
primera ocasión saludan, hacerse su conocido y seguír^suspasos'.bas* 
ta que se sienta á almorzar, ó presume.que va á refirescar y taaapoco 
se le separa, y finge esquivar el brindis qiie por. mera política se ie 
hace, y á todas estas, ya está apoderado de una siHa^ ya ooipa su 
asiento delante de la mesa, y continúa como distraído la conversa- 
ción, entre tanto, come d almuerza, ó ha apurado el vaso de refres- 
co, pide familiarmente un tabaco que presto eneíende^y desapaf ece 
buscando cualquier protesto por haber logrado ya et vergoaaoa^ ob- 
jeto de su conversación. 

Si les queréis hallar en su morada, inútiles aeráo i^iiestras es- 
fuerzos, porque no la tienen conocida; tan pronto vive»^efr4a ciuda^t 
como fuera de ella, ya en el centro, como en uno de wipdati^eíaaat 
cuando no en él campo en las temporadas quetaJtla cpnouprenoiii. y 
diversiones atraen; y todo esto porque no pagan ninpma de li|¿ ca- 
sas que habitan, y con plaps y moratorias, y pr elistat enfernuada- 
des, y atrasos y desgracias y quebrantos, burlaii al íocaate pra|ÉQt&* 
rio que descansaba tranquilo en la estricta paga de su inquilinali)< . j 

Pero llega una hora, hora crítica, las doce del dia: id álos par-; 
tales del gobierno y allí les veréis dando continuos paseos, hahkuida 
y conversando con cuantos eqcuentran, entrando y saliendo en las., 
escribanías, cual si en ellas tuvieran grandes negocios á queat^der; 
pues sí, señor, que los tienen: no precisamente dentro de la n^sma 
escribanía, pero sí un poco mas afuera; negocios, que suekta pfocki- 
cirles si no sumas considerables de pesos, lo suficiente al menpaja^ 
ra atender á las exigencias perentoria del dia* ,:< 

A las doce 6 poco antes principia el pregpiiáicoé anunciaren al- 
tas voces la casa, finca, o siervo que han i|^ i^ematarsi»** Apeñfl^a ba 
dado el primer pregón cuando ya le rodean alganoa 4a4ivl4u«at no, 
empero individuos que vana comprar, sinpindivi49Cl«^'<me eparM^. 
tando inteligencia, manifestando conocimiento d^i pr^tliojt del lugar 
y estado en que se halla, de sus producciones, rwiaimieBtoa, 4^0^ 4 
del siervo y sus cualidades, se detienen en elogios y alaban^aeii ofte^ 



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cí^tfd étín tcfió tMtó SU9 setmioar at (lobre postor; q ae siendo am igo, 
ó péíriéhíé del efecutado, ifb quiér&faparé<;er como rematadopr de «u 
cá%a (ceiTÉ t|ué déspu^i ^de niif éni^dos y articulaciones no piído li- ' 
b^ttír de la sttbfiastá) jrternéffew de que otrón que lleguen pujen y ' 
80 Itéveit Ifl^ ptetida, ^e-entrega* á uno de ^stos hambree y lo defán 
caitipeár&«u''ár(Htl*n>. Aproxímense los momentos dé cerrársela 
diligenciiri aVívftse la wz del pregonero, y en medro de la agitacién 
y zozobrtt-que^te itrquietaii, tiende la vista al k*ededbr y le descubre ' 
en'M muthc^urütofe abríétad^se pa«(o, dirígiéndosfe al escribano, ante 
quien presta JerrMcidttfeo, ñ, juramento; y dice que él remate lo faa ' 
hecho para si» ofreciendo cunñpiir fielmente las condiciones de él. 

^ laminada esta «eremonni le orcba el brazo a I verdadero rema- 
taren', % habla famiRáf y amigablemente, le pondera hasta el estfe- 
nfO^ íftitiensó tNibajo que leí costo coi^segufrle el heg^ocío, porque \ 
habfamDtbór pretendientes (pretendientes que él mismo busco para 
qoe píljaáéñ^'S^ns proposiciones y hacer luego mas meritorio el ser- ' 
vicio) y'ptít^úHítnbj le ac^>mpaña á su casa y le exige una buena y 
compi^tetite-graMteaettfn. * 

Nd'para etí etilo,' no ^eñor, ni ésta reducida á tan corta cosa la ' 
oenpflcion de nuestro/ hombre:' Hay algo mas, pero un algo tan hn^'^ 
pórtame qáe comparativamente es nada lo que acabantos de decir. 
A legtm>^ ^o^oeerá aun el mas lerdo qoe este hombre es un t^ct- 
férrea. No posee bienes ds ninguna clase,^ y se le ve, no obstante, re- 
matar finesas válióvias; no< tiene dinero y entra, sin embargo/ en ne- 
gocies y éspecalaciones Icicrativa^ no ha adquirido reputación, eré- ' 
dito, mbplnioi», ni merece 'tam])OCo la confianza d^ nadie, y sé de- ' 
posita en él la que nunca pudo inspirar; en una palabra, es la esco- ' 
ria dé la soéieited, y Suctle sin embargo representar en ella no papel 
inil^órttínte y dfÉtmgimlb. 

El iesióférrea, ese hombre que débilmenta hemos desérífo por "^ 
algunór desoíd lados es un individuo de importancia, con ^ipáriefienas- 
dé acáudiilitdo, pero que su importancia, sus caudales existen ahó« '. 
ra paránosermañafia;1ndivfdiio que sirve de Instrumento para élu**' 
dir la acción de la ley y burlar la vigilancia del magistrado. Prohibe ^ 
el derecho, por ejemplo, que el gisáréador compre bienes del huéf^' ' 
fánraá -quien patrocííia? pues el testaférrea^ que ni es carador, que 
ni tieite la ntafs lepve rason, noticia nf antecedente, se presenta; fiíeÍM^ 
propodícioneSy ; cOttipra pdblica y príVadamente, tomft' pf»épes}Oli, y 
dentro dé poco tiempo fbfíiiaflisa' escrir^rra de venta á fh^cJr^Métt^' 
radiir; qtíé «te 'fi^emtvfio te había Iretcho firmar un dbcuMertü^Étíief^ 
testigos otofgadtGí.' /Sé prdbíbe tambieiir qué el eabezúkro' wmpre. 
nltí^ntté'^léis biénéií^cle ééktpoúéíi el acerbo heriditaMof pyes el- 
/es^^érfaa M sobrepone tánííbien á esta prohibición legáhprépofié'^' 
iosta, recusa si e^posiblé al asesor, pide sin ser parle legítima reta- 
sación de Ift VüO^a/'si no le acomoda el avaluó; y tanto hace é intriga, 
hasta que logra completamente su objeto. 



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—292— 

Su iotervencion no se limila á^lp judicial ó foreQse* tifue taoi- > 
bien pune y muy interesante en los asuntos estrajudiciales, y en to« 
dos aquellos, generalmente hablando-, en que el decoro, la decencia 
y las consideraciones ya publicfis ya privadas, impiden que aparez^ 
ca el verdadero interesado.' ¿Tiene Pedro un crédito contra Juan, 
pero no realiza su cobre' porque el parentesco, Ja amistad, ó el re? 
conocimiento de pasados beneficios se lo impid.enf Pu^ aquí inter- 
viene el íesi0firfeaf invade el bogñr doméstico, turba la paz que. en 
él reina, llena de rribulacion y congoja á las familias, insta, litiga, 
acosa, y á fuer de ejecutante destroza y persig'ie hasta que reiate- 
gra la cantidad de pesos que nunca desembolsa. * 

El tesiaferreaf ademas, es un hombre que quebranta por una 
mezquina suma la fidelidad del juramento; que contribuye con su 
dicho a (|ue se condene á un individuo; quiza á un honrado padre de 
familia é la pérdida de sus bienes, de su reputación, de su fortuna; 
que estimando en nada su honra, porque en nada la estima, el que la 
vende, hace del juramento, de este vínculo.sagrado,.un comercio tor- 
pe, infame, vergonzoso; en una palabra, es un testigo de estuehef 
según la espresicn forense; testigo que todo lo Haba, o todo lo igno- 
ra, según el caso: si se trata v» g. de la insolvencia de alguno, ya le 
conoce, ya le consta que no posee bienes dq fortuna, que. su trabajo 
personal no es suficiente ni con mucho para atender con él á su sub- 
sistencia: si se acusa á cualquiera por hurto, también le consta el 
robo, sabe cuales fueron las cosas hurtadas, la hora, el lugar el dia; 
conoce al delincuente y da razón hasta del vestido que llevaba pues- 
to, y si se le preguptare, d^l instante miamo en que concibió el 
delito. 

¿Qué mucho, pues, que hombrea de estas ideas, de estos prin- 
cipios, de estos crímenes y atentados, falten á la confianza que de 
ellos hicieren,^ y se alcen, como decirse suele, con el sapto y la li- 
mosna, burlanclo de este modo la esperanza de un inoauto, y dei4tru« 
yendQcn un soplo su fortuna y patrimonio? ¿qué mucho.que hombrea 
de esta clase promuevan injustos litijios, den libará disensiones y 
contiroversias, cuando nunca respetaron, la. verdad, cuando hollaroo 
siempre las leyes, y miraron con menosprecio al magistradoí! 

Mueren y legan á sus sucesores el fruto de .iaícu^ts depredar 
Clones que á nadie enriquecieron, d con las angustias de |a miseria 
los horrores de la ignorancia, por que el sol refulgente de |a,^uca«.. 
cioaque ilumina al hombreen el sendero espinoso de la vida,. no 
penetrd en el cqrazon de sus hijos, de unos hijos desgrapiados. qua 
presto serán perseguidos po£ el brazo tefrijble de lajuaticia, á que 
trasmitirán i su descendencia, cual lepra contagiQsa> loa torpes vir . 
cica que contaniinaron^su alma; 

m. <;;oatáies* 

(La S.) 



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ÍE[LliKI]yilI(g(D) ^IFOfíDiMii, 



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ae-p 



Oh! foziunatos nimium sui^ 6i bona no- 
rin(<vr<¿osI*-*-* ••••Viro. Buc.) 

Se quejan los aordoa porque noóyen<**« 
ah! no saben ellos que machas veees It 
sordera es ana^***fortunai 

(Trad. libre.) 



EN B YO LO leetor mío, no:me atre- 
vo á preguntarte si das tenido algu- 
na ve% por vecino inmediato a tu ca- 
va algún nnúsico aficionado, v. g., al* 
gun violinista principiante, á quien, 
su pobre maestro ba recetado esca* 
las en todos los tonos pera curárlela 
desafinación cr^ínica que padece, 4 sea algún furibundo tocador de 
trompa, de clarinete, de cornetín de pistón, ó de lo que es cien veces; 
peor; de tren^oo. « « • • «ah! no me atrevo á preguntártelo, porque sé 
positiviameBta que. voy á traer á tu mente tristísimos recuerdos que. 
han de lastimar tus inocentes oidos. * 

:. Fama es que Ulisiesi era hombre de esperiencia, de talento y- 
travesura, de q^e dio ineqt|ivocas [Prueba» en el sitio de Troya cea 




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—294— 
ciertM robos de eabalios^ mtíiMBy otrM eoftteas mas. A) r^pwftr fr 
sus bogaros, donde le estaba esperaado, hacia la friolera de dieit años, 
su eara costilla Peaélopeí á fin de libertar á sus compañeros de vía- 
ge de los encantos de In voz melodiosa de las sirenas, que parece 
que eran unas aficionadas muy regulares j que andaban, ó por me* 
jor decir, nadaban, que era un primor por aquellos mares pescando 
gentesi no sabemos b\ con igual objeto que otras sirena»' terrestres 

que abundan en todas partes ¿qué hizo el a^tut» Rey de Ita<*- 

ca? reunid 4 sus compañeros que estaban ya que «si los pescan 

ó no los pescan y quisieron que no* quisieron les metió 

bonitamente en los oidos unos tarugos de cera y. « • • • .como coa la 

mano Por mas que se esmeraron aquellas doncellas peces^en 

hacer trinos, escalas cromáticas y dificultades admirabtes« • • • « «to- 
da fué inútil: Ulises y su gente se escaparen huyendo i toda- fuerza 
de velas. Desgraciadamente, contra la numerosa cohorte cié músicos 
aficionados que hormiguean hoy dia, en vano emflmmrk Vi el sistema 
curativo de Ulises; en efecto, para libertarse uno de iaamelodias de 
un yeeino filarmdnicof no vale taparse lus oidos con oera ni con al- 
irodon, ni aun t;on resina, .««••¿qué digo resina? ni con alquitrán. 
No hay mas que un remedio, remedio heroico, violentos i • • « «el de 
ir á otra parte con la no, no« ese no« • • * • .sino mudar- 
se «y mudarse á la carrera, y s) posible es. . • «muy léjbs. Este 

temperamento e^ el mas obvio y prudente i|ue;ipniar se puede, y así- 
no gwñré V. m0s.de los sonidos guerreros de una tromfiar estudiosa^ 
que desd^ la fajidaJe la Aurora hasta la puesta iok Sel está con el > 
iien^iiterno |)umr puro, aturdiendo al pacifica veciAdarid, ó sp. ca^ 
■laiáa, loa. nervios de Y. borrifalemente aiaeailos, gracias al éla^ cttít 
jSa, chit^de unas cnerdas de vtolin bien huntaditas de pex rabia», tra- 
bajadas á modo de sierra por una ballestilla nadita tíaaida, -manej»* 
da por un brazo duro como una tranca. ¡Dichosos-los qu^ nacea «or- 
dos! ¡ohfortunatos iurdoil Bllo.^ no oyen los roioplidos de flauta, loa 
mahullidos de violin, los trombonazos, las guitarras rayaddraa detri- 
pasi loa. flacos sonidos de un fañoso oboe, que fornlan las deliciaaile • 
algunos babitantes dé esta filarmónica ciudad. 

Ha babido £MiiiKas que se han mudado diez veces en un soloit 
meSfbuycuido'de láaiiaices -metodias de algún aficionado cantaate.d 
instnimentista, reeiea instalado en la cuadra. Y regla generalr cuan- 
do V» vea k la puerta de una casa una carreta cargada con muebles, 
baterfa da eoeina y demás útiles caseros, puede V.. decir: mn temor 
de eqoivoearaei *<£iieata cuadra debe vivir algún mélico napreadkBy^ 
a«iiqa6seadeaolfoo^qile<no son por mas seiltas ^loiiniÉBS'dimrsídoB). 
Baaffmüia «e eeiÉ inadaado, porque n^ ha pedide veMiJr hm^fiaerví/ 
taS]eaiocionea^tteempte«aba á sentir coniiátf retoeci|>'voa«hi bajv^i 
con un fagote,^ cayo sonido imita eon tanta psepíadafl la^Tiia^haMM^ 
nit, qMr tat parece oit ia voi^ de ana Tttrjap coiv cátaitm negaüDiía y 
chismoflLa.'^ Y dichosa famHía, debe V. añadir^ que se. iiae9 capado,^ 



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— 2&5— 
áéianera^mikigi'o, de la visita del ñiaVmJiiieo, qué por v}a de 
cfotracoíoli y pata entablar una amistad queéieree grata y duradera» 
de iraeiiaa é primeras hubiera espetado á la familia un tema favori^' 
te^ eoB tres docenas de variaciones, introdiícdon y anta alta polaecaf 
udo esto ejecutado «n un clarinete. • •• • .y sin perjuicio dé las re^ 
pulmones, i. i i\adlíbitutn. 

. Goa<Dadi»8e pueden comparar mejor los másicos aficioliadoa 
qúeoon'lo9 poetas. A-ambos es común el ardiente deseo dé qué todo 
el mundo le» preste uir otdoddcily constante; uno y Otro se éátu- 
síasffiMín' eon los elc^os^ se deleitan con las sensaciones que ellos ea* 
periaieiitaii y de que, ségun ellos¿ participan con placer los oyentes. 
Bso'si, hay entre los «ios una notable diferencia: él poeta» á fuerza^ 
de leer á Vi atm versos, coeisigue que V. á fuerza de oírlos, se quede' 
dormido "Gomo un tronco y aun ronque V. como si no hubiese Dios/ 
No tiene V. por ciertO'ese recurso con el músico aficionado, que lé« 
jos de derramar «afcre ¥« las adormideras de Morfeo, despertará é 
Vw sí está V. dormido; y hay mas como él logire cojer & V. si- 
quiera por un par de horitas. • • • • .en buenas horas consigue V. re-' 
conciliar el sueño/ Bl'poeta que di),sea interesar á V. y hacerle Ibrar 
é mares sóbrenla kiiertet»fpa de una malf^ada jóvén de 16 año»/ 
qu&'bo'^a' «acido todaria, y de consiguiente, á quien V., y pr<«foabier 
mente el autora-no tienen el honor de conocer» saca del bolsillo dé 
su levita OD roHo' de papeh . . •* .santo Dios! no se asusté Y'. • . • • «' 
noesFüiar^tte'iattv eleglai fil poeta eon la modesPtia que le caréete^ 
riaa»'bejB4e^ cjbsyy en unidiscurso preparatorio', iia<¿é'ti V. presenté 
que una bertta lelia bastado y sobrado para componer aquella pieta 
do ver808,<que>?a á tener >el gusto dé leer á V. suplicándole al mismo' 
tiemfK> que dhipense la incomodidad que va sinditda á éáusar á V.' 
Como hombreas esjierieneia, conoce V. desde Itiego que no hay e»-; 
eapatorifr^ y asi consiente Y. can sumo placer en oir al jdven alurüno' 
de Apolo; enéfecté» ambos se sientan; el poeta lee.*. • • • «y V. oye d- 

no oye» atiende d no atiende esto es como V. quiera, nadie'te 

obligan • » • • «y asi se pone V. a pensar en otras cosas, v. g. en el ta*' 

sajo, en el azúcar en el café 6 en los plátanos en cualquier co-' 

wsLéé • • • «y sale V. del mal paso. Pero con el músico aficionado no 
go^a V« dor igual ventaja. Entra en la casa de-V. y V. sale de sa' 
cuarto -para* recibirte: él se sienta muy sereno y V. se queda en pié... ' 
él íhabla de mtífica, y como se entusiasma, tie sonrié y g02a de ante-' 
maao'del placer que va á jiroporcionar á V.; V.^ entonces h^cef una' 
mueeat Itero xoofto no tiene V# piano ni ningún instrumentó eñ su' 
oaBAfSe-consuelanV. ¡creyendo que el aficionado se limitará á hablar 
derBrástoa yaada masr pero bfa^dolori hé aqni que el mozo aprendiz ' 
lleva iai aiaM-defMlHial fiildon de so casacaí la mete en el bolsillo, 
la sncaw • « . • «^VieigM'. lodos los movimientos de aquel individuo. • • 
graar Ditus! f^qué es lo que se ofrece & la vista de ¥;!••• • • .un canu- ' 
to. • « • • «y otro, f • • • »y otro, • • • « «que añadidos forman los treír ca- 



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— 296-T 

nuto8.««««.una flauta d elaríoft^, cuando nieiiofl.«««.«raja|del 
.•nal el manos! peor hubiera «ido para Y. si aquel boipbre bubtera 
sacado un violíoy d una trompa o un fagote: todp esto consiste ea la 
mayor ó menor cavidad del bobillo déla casaca* Lo primero que ae 
le ocurre á V. para contener al entusiasta aficionado es deeirle coa 
misterio: **amigo mió, hay enfermo en casa. • • • • «no puede V. tocar 
aquí* • • • • «si no fuera. por eso, con muchísimo gusto. « . . « «digo. . . . 

y á mí que me agrada tanto ese instrumento •qÍmío! ^«qué va Y. 

á hacer?. • « • . «por Dios! qué hace Y.?, .... .Al caballero aficiona* 
do no le hace fuerza lo de la eniermedad, y antes bien seslíeoe qy» 
los gratos sonidos que saca de su instrumento spo susceptibles de 
calniar el dolor del enfermo^ y diciendo y haciendo abre la boca» ae 
encaja dentro la punta del clarinete, infla los carrillos, . y/ooa una 
fuerza de pulmón, digno de mejores resultadc^s, d^sde el «is sobra> 
agudo, hasta.eliTií grave, saluda á Y. con UiQa.coGÍada de. un cente- 
nar de notas que salen ¿ trompiconeSf copia ^Ata^rmada en derro- 
ta, interrumpidas de vez en cuando por alguamac agudo: loeaai le 
obliga á Y. á hacer una dotorosa mueca. Bajo ta^ brillantes auspi- 
cios sigue el caballero tocando con una seriedad admirable todo el 
cai|dai de su repea'-torio músico. Y. se sienta, se lévame, va á su 
cuarto, vuelve, se mete en la despensa, en. la cocina. • • • * .sabe Y. a 

la azotea nada le vale tiene Y», que oír, y cuatMo mas 

lejos oye Y^ mejor, porque el aficionado se e^ment eatooees y ecba 
el resto. Y. feliz Y. si se contenta con oir, y cuando mas morar la 
cabeza en señal de aprobación, porque si lo entran tentaciones de cri« 
ticar alguna pieza, le. dirá el fílanndoico: ''voy á tocarla otea vez, á 
veje si logro con mi esmero qua agrade á Y; esta es una pieza que 
es preciso oir muchas veces para saborear el mérito de ella." si ,.V, 
alal>a la pi^^za^ al punto el afi^iona4o agradecido dirac 'piicato que' 
t^nto ba gustado á Y. voy á tocarla otra vez. . . ^ . .en .efecto^ es^ 
pi^za admirable. . . . . .siempre que la ejecuto tengo que repetii'ta:i 

a.e^conoce ^ue.Y, tiene buen oido." Asi es que lo mejor es cnllait y 
sufrir, .haciendo firme propósito de no volver á abrir la puerta de su 
casa á tan entusiasta filarmónico. At dia siguiente, encueatra Y. en 
la calle á uc« amigo que le da la enhorabuena diciéndole: *<Ya sé que- 
ayer estuviste en eF quinto píelo muy divertido con Fulano, ¡qué bien 

toca el clarinete! y no es mas que un simple, aficionado ¡qi^ 

embocadura! /qué ejecución! ¡qué sonidos tan dulces! Me ha dicho^ 
que mañana irá á tu casa á darte otro buen rato, y yo .me convido*. 

djesde. ahora* iré temprano. Abur." Cpmo guerra avisada no* 

mata gente, el dia señalado para el buen rato, pif^ .V. en el barrio 
dos ó tres trancas prestadas y con ellas y las que Y. tienen otarr» Y.* 
las puertas de su casa, ó cuando menos mand^ Y. á los crivwioBqtte 
digan que no está Y. eo^casa y tal es el mie^iq qua^asalta. ó.Y«« qae á 
falta de criado serta Y. capaz de asomarse Y^^qísaqí la Tent^oaT' 
gritar; **no esfoy en casa, estoy en el campo.". . 



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—297— 

Claro éciti que si un soló músico aíióloiiailo «con üo sólo instru* 
mentó infunde tanto terror, diez ó doce i'éahidos y armadbs cada 
cual dé una tromplí, ó fagote ó cVarinete, ó flauta, ó riolin 6 violón* 
cello deben ahuyentar al mismo Lucifer. 

: £1 miisieo aficionado está persuadido de qué por muy mal que 
toque un instrumentOi se le ha de mirar, tíú con indulgencia, sino 
con verdadera admiración, porque no es profesor ni vive de loque lé 
pudiera producil* la música: cosa que todo el mundd creé sitt verlo y 
solo con oirleUilá vez. Asi es que nuestro héroe se cree coa iTerécho 
pura dará V. io qiie él llama bUBñús raiosy ya sea catitando coh bás- 
tante desafinaiBÍbii ana cavatina del malogrado Bellini, 6 sea tacan* 
do é» algún inétruiñento unas variíACiones endemoniadas qué lográil 
poner los nervios de Y. como cuerdas de contrabajo. 

Y no se crea que el caballero aficionado escoja piezas niusica- 
le# arregladas & sus facultades; no señor. • • • • «las fantasías mas res- 
petables^ las VBci«ciones mas dificiles, los conciertos mas diabóli- 
cas. • k • . «eslis son kil^ pieasHS de su repc^rtorio. 

£l cariño materno 6 paterno, i^entimiétito por otra parte muy 
natural en todo el qtle tiene I» dicha de tener frutos de bendición d 
di^nialdicion^ que de todo h^y en este picaro mundo condenado ála^ 
nias duras alternativas desde el nunca olvidado pecado original, gra- 
cias á^laseñora Eva. que mugar había de ser para qué pero 

sigamos la frase: decid, pues, que la ceguedad de. los padres no con* 
tribujFO'pocO'á alentar Jos brios del músico aficionado. CN>n efecto, 
D« Tok^ibioy por ejémpto, que, porqué sé dedica á sóéorret^ álof ne- 
cesitados á quienes, por isupuésto, previas las convenientes segtíri* 
dades ,' presta algunas sumas al módico" pre«iio de á doblón 
por onza; han dado las geAtes maliciosas por demfcy en decir por áhi 
que D. Toribio es un Usurero de marca mayor, pUes bteil, él susodi- 
cho y candido D. Toribio suele obsequiar á sus marchantes (que no 
éoa pocos) buenos rutas muskaies^ ó sean soíreés filarmónicas suma* 
miente agradables en concepto del referido D. Toribio qué és el áuli- 
co que goza en ellas. Veamos como. 

Bs de noche. Se presentan en la casa de 1). Toribio dos caba- 
lleros que solicitan de mancomún et insolidum seis onzas con mucha 
urgencia, ofreciendo pagar el correspondiente premio &;c«, jbc, &c. 
y todas aquallas cosas mas fáciles de ofrecer quede cumplir. 

-^Caballeros, di<;o D. Toribio en cuyo semblante se ^e réiréttÉ* 
da la amabilidad, pero en cuyas miradas el menos esperto observa- 
dor adivinar fiodria que á nuestro prestamista no inspiran ttiúcha 
confianza- loa Aok caballeros^ de cuyo e^tnáó financiero está perfecta- 
roéhie enterado^ cabaHerés^ desgracia es y grande la itaia eá tío po- 
der servir 4iVds. entesa mesquina cantidad; pero ayer dispuse d'et 
p6co dinel^o^querposeot^íCtdé castmfidad! SI vienen VdS. anoche. • • • 
todavía me qnedabaannás .doce onzas. • • • • .En qué mejores fñanós 
que en las de Vds. podría yo colocar mi dinero, • t • m^ 

37 



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—298— 

— -Sr. D. Toribio. • • .si V. hiciese un esfuerzo. . . .quizás. . • # 

— No puedo (cotí misterio). ¿Querrán Vds. creer que no sé si 
me quedan algunos realejos para mandar mañana a ¡aplaza? 

— Ya sabe A. que el Sr. {señalando á su compañero) tiene uo 
buen sueldo y 

— Por supuesto no es desconfianza ¡qué dispara- 
te! pero ya digo, no poseo por ahora dinero alguno^.*. • • «sino. • . • 

— Ese dinero que solicitamos estaba destinado para sufragar 

los gastos del entierro de un hijo mió que • V> es padre, 

8r. D. Toribio, y debe saber que. • • • • «ah! 

— Oh! acompaño á Vd en su justo dolor. . • • • «Un hijo! un hi* 
jo! ab! Dos me dio mi difunta ya comprenderán Vds. que quie- 
ro hablar de mi pobre Anselma, modelo, dechado de las esposas. 
Ella recreaba mi existencia 

— Aunque fueran tres onzas que al fin. • • • • • 

— Y luego ¡cuántas habilidades! Poseia una voz, caballeros, una 
vo¿ de contralto verdaderamente admirable. . . .Ya no podía cantar, 
porque asaltaban las gentes las rejas de las ventanas tanto que tuve 

que componerlas de aquella que e»ií contigua al aposento seis pe* 

sos me llevo el bribón del herrero que fueron seis muelas. . • • 

ah! ¡qué voz! á bien que esa habilidad es hereditaria Su padre 

tenia una voz de bajo asombrosa. ¿Qué mas? Mis dos hijos, aunque 
no debiera yo celebrarlos» son dos prodigios. Ahora los oirán Vds. • « 
pasemos á la sala. 

— Pero, Sr. D. Toribio, espero que V. se compadezca de. • • • 

—Pepito toca el violin y Anselmo la trompa. . . . . «Estoy segu- 

ro que nunca han oido Vds. una cosa igual «Vamos, ya es ha* 

ra, piños, vamos, estos caballeros desean oir á ustedes. 

— Pero, Sr. D. Toribio cuando mi hijo está de cuerpe 

presente ¿cree V. oportuno í 

— ^Bah! Bdh! á fe qye este pequeño concierto en la situación en 
que V. se halla, es menos escandaloso que el velorio, la cena, &c. &c. 
con que precisamente y con arreglo á nuestras costumbres tiene V. 
que obi^equiar á los guagüeros y guagüeras que se colarán en casa 
de V. Vamos, niños, vamos. 

Con efecto, empezó el concierto. Tomaron asiento. D. Tori- 
bio colocado entre ambos les hacia conocer la agilidad, la perfecta 
ejecución y la maestría de los dos aficionados que sip manifestar ti- 
midez, y antes bien con una seguridad sorprendente comenzaron á 
tocar un dúo de trompa y violin, con una desafinación capaz de ha- 
cer desesperar á cualquiera que no sea aficionado. Pronto se vieron 
invadidas las ventanas por una turba de gentes de todas clases y co- 
lores, atraídas por los furibundos trompetazos del joven Anselmo 
que, al ver el efecto producido por su instrumento, se esmeraba mas 
y nías y echaba el resto con una fuerza de pulmones verdaderamcn^ 
teincreible. 



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—299— 

El pap& estaba encantado y en su entusiasmo paterno-musical 
les tenia ya los brazus muertos á fuerza rte golpes y pellizcos. 

— Bien, Anselinito, bien, {d nosotros) ¿Qué opinan Yds.? ¡Qué 
ejecución! Y lue^o cacarean por ahi á Paganini, a Duvernois^ á Bai- 
Hot, á Sivori, á Ole-Bul!, k Vieux-Temps, á Ricci, &c., &c. Gra- 
cias á Dios, nosotros nada tenemos que envidiar á la vieja Euro- 
pa. • • ••. ¡Poetas! Inútil es decir á Yds, que todos. lo somos al na- 
cer si, señores ¿se azoran Yds.f Yo que estoy hablando 

me dediqué á la poesía pero, amigos mios, conocí á tiempo, 

lo que no fué poca fortuna, que entre las armas de la pobreza y en 
un campovasto y estéril hMa un tomo de poesías y colgué la lira*. • 
pero así como Vds. me ven, he compuesto mas de trescientos soné* 
tos, sin contar con los improvisados cuyo número no liHJariu de qui- 
nientos. ¡Músicos! sin molestar á Yds. ahí tienen á mis hijos 

no me toca alabarlos pero que vengan á tocar el canto 

del sinsonte como Pepito {á su hijo) Yamos, Pepito, toca á es- 
tos señores el canto del sinsonte. 

Sin hacerse de rogar empezó el angelito á ejecutar armónicos á 
troche y moche «obre todas las cuerdas. 

— Admirable! admirable! esclamaha D. Toribio y decir 

que no son mas que unos aficionados! Trato de mandarlos á Fran- 
cia, si salgo bien de un concurso en que ha logrado meterme un pi- 
caro á quien socorrí con cien onzas. . • «ah! caballeros, fuerza es con- 
fesar que, como dicen en el coro final del segundo acto de Macbeik, 
nuestra capital se ha convertido en una madriguera de. • . .bribones, 
esto es, de deudores desorejados qi'e hacen hasta alarde de no pagar 
sus trampas. 

— Presumo, Sr. D. Toribio, que Y. no nos confunde con 

— Qué! Vaya! Ademas de que Yds. no me deben nada • 

Conque ¿qué talf ¿Han agradado áYdes. los niños.'^ 

— Oh! son admirables y no creímos que 

—Pues ahora van á ejecutar el eco, • • «Es una composición de 
Pepito.,. .«Es el demonio el tal muchacho. . .«por supuesto que ni 
sabe composición, ni armonía, ni nada. • . .pero, ¡lo que puede el ge- 
nio! Yamos, Pepito, el eco. 

Si el benévolo y paciente lector ha oido alguna vez en las altas 
horas de la noche á un desesperado gato acorralado por dos penden- 
cieros mastines, echar al aire mahullidos de furor y queja sincopados 
por los ladridos de los canes que no son osados á habérselas con la' 
poco cariñosa pata del tigre doméstico, tendrá una idea aproxima- 
damente exacta del referido dúo de violín y trompa, titulado Eleco^ 
que ojalá lo fuera en realidad para oírlo de lejos y no en un salón. 

Los míseros pretendientes, esto es, los caballeros que iban en 
busca de' dinero en vez de sinsontes y ecos y cqyo chasco f\¡^ tanto 
mas solemne cuanto que nunca creyeron encontrar en un usurero tan 
decidida afición é la música, ese divino arte que humaniza hasta á 



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—300- 
l«9 (¡era<9, ei nro miente Ia historia de Orfeo, se retiraron mobioov 
y renegando do D. Toribio^de sus doshijoSide Iu8 trompas y de los 
violine<9. 

No parece sino que todos toü músicos nficionndos h^n leído el 
barbero de Sevilla, |iMe» á imitaeion del conde de Atmativa que 
no pudiendo loj^rnr entrnr en casa de D. Birtolo» se entretenía en 
tocar la vihuela y dntMr delante de i a ventana de su adorada Rosi- 
na, ellos enamoran de preferencia ó las vecinas á quienes dan con- 
ciertos toda la noche, lo cual desespera i los padres de las niñas, que 
no encuentran otro remedio mas que el de mudarse lionita y pron-, 
ta mente á otro barrio, hnyeodo de aquel coastante filarmónico, y 
cuenta que no han tenidn tiempo aun de aveh|{oar ni las sempiternas 
melodí'isdel moderno Almaviva llevan otro objeto que el de recrear 
los oídos de los vecinos. 

Doña Matea posee una casa que á la fuerza tieoe que habitar, 
porque nadie ha querido alquilHrl>iiy por qué? porque en la misma 
cuadra viven tres muñiros afíi*ionados, á saber: un caballero fagote, 
un mocito violinista y un señor cornetin de pistón. Los tres filarmó- 
nicos tienen la bondad de no tocar á la misma hora, sino uno ampie* 
za de tul á tal hora, prosigue el otro y luego le sucede el último que 
es el violinista, que tienen la consideración de no empezar sino á la 
oración y concluir tempranito. , • .á media noche. Gracias al siste- 
ma adoptado por aquel respetable terceto^ que pudiéramos llamar con- 
eertante, los pobres vecinos viven tan hartos de música, qae oo de- 
sean ir al cielo, desde que saben que allá haf ángeles y querubioea 
que tocan violoncello, flauta y violio. En cambio Da. Matea no nece- 
sita ocurrir al reloj para snber la hora: en cuanto oye los preludios 
del fa^ote^ *^anda, le dice á su hija Conchita, anda á estudiar la lec- 
ción de italiano: ya son las diez. • • .jno oyes el fagote del vecino?" 
Sond el cornetin: ^*Vamosácomer« esclama Da. fltatea, ya está el 
trompetísta en punto de caramelo." Tan luego como el moza del vío- 
IJB principia a desafinar, es decir, á pasar el arco por encima de las 
cuerdas, se levanta Da. Matea y volviéndose hacia el aposento, cro- 
za los brazos y esclama: ^*el ángel del Señor anuncio á María, &o. 

Bien asi como hay pobres de solemnidad A quienes todo el mun- 
do conoce, y pobres vergonzanUí que, escudados con antiguos blaso- 
nes y pergaminos que bien estrujados en un trapiche de vapor do suel- 
tan jugo suficiente para comprar un chico de pan, suelen dar estoca- 
das en las tinieblas de la nov.he ofcura^ como diría un poetSty cueor 
ta que las tales estocadas hacen hondas heridas no en el ánimo pero 
sí en el bolsillo del prójimo; así también haj músicos aficionados que 
no Cfsclaman por su problemática habilidad sino un oído dócilt como 
asi propio los hay quejueg^an con dos barajas. ¿Con dos barajas? Sí 
Sr. Estos últimos, sin salir de la clase de aficionados ganan á vecea 
mas que los. verdaderos profesores, sin esponerse á la pública crítica 
porque si V , por ejemplo, aloir á uno de esos señores, se permite V. 



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bfteer algunfi %era advertencia sobre e) mejor modo de ejecutar una 
cavatiaa de Dopixetti dud dúo de Bellini, no faltará quien conteste 
a y. con estas sacramentales palabras: ¡¡es un aficionado!! ¡¡es un 
aficionado!! Lo que quiere decir en buen romance que el músico a$- 
cionado» ya cantante d instrumentista^ jtiane facultad d mejor díchot 
privilen^io esclusivo para estropear un trozo musical y berir el tim? 
paao del auditorio que, lejos de quqarse« se vera en el easo d^ feli* 
citar ai aprendían dileitantet si no quiere esponerse á que le traten 
de descontentadizo y de intolerante. 

Estamost á aniable lector, en u^na de esas sociedades que tanta 
utilidad y bane^cios han da^o á.,.. á.««^ la jSabana. Fecundo 
plaiHe>« dirás tú, será aquel instituto» de donde brotarán artistas que 
ai^ua dia pueden ser útiles á sí propios y á la sociedad en generad 
¿Hablas de veras y con setiedad, satírico lec|;or? ¿íio sabes acaso ' 
que auB dominan Ifis rancias preocupaciones en esta tierra del azú- 
car, del c^fe y del tabaco? Aficionado entra en aquel d en otro ins- 
tituto el JQven D* Venancio. • • ^y aficionado se quedR^ porque ¿qué 
dirían las gentes si le viesen tocar en un teatro,, recibiendo en pre- 
mió de su trtibttja y de su habilidad que representa un capital que. 
las mas v^ces da un rédito mezquino, un triste salario? ¡XJn artista! 
Babl ¥a bo as acreedor aquel aficionado á las consideracioneí>, á la.^ 
iadulf aneí#9 á Ja sqpri^a de las niñas, a la estimación é intimidad 
dé los padres. . • • ¡Un artista que trabaja por dinero! •..• ¿Q.ue mas 
puede aliviar sino que le den. oro en cambio de las notas con que 
recrear debe nuesiros oidosf 

Que nadie nace artista consumado y que al ¿enio es preciso 
que ayude el estudio, eso es por demás sabido; pero por la misma 
rflüaon que se hace pidíc.ulo uj^ poe^a leyendo sus (lani^das inspira- 
ciones, debidas tan solo al genio, y en las que en cam^jo de alguna 
que otra idea fuliz» campean disparatéis y soleds^os^ sin que puedebi 
tü manera .ajgupa dos d tres versos armoniosos compensar la abso- 
l|i);a .care n<^ia de jos rudimentos ¿an^s indispefisabJesde la lenjgup, asi 
también se espone á la critica del que tonga siquiera /TÍéZo el musípq 
.^fieioaad4)f que, porque esté dotado de una voz regular, se erée apto 
liara cantar Us cavatinas mas dificiles del antiguo y moderno reper- 
torio. , 

¡¡Cs un aficionado!! Esta es la muletilla, el broquel, digámoslo 
isíy CM 4|.ue se encubre un joven que quiere pasar por hjíbil en el 
divino ai:te. ¡Obi error! 

Va 4^auantp^ Pid un ppncjerto una vez un diktiarUe violinis- 
ta y para pj^obar su e^traordÍQ'iria habilidad^ toco una pieza en 
una sola cuerda. Era tal la desafíné|cÍQQ y la notable falta de lim- 
pieza .ea la ej^cu^íon^. que el auditorio á pesar de su ümtrada indul- 
gencía, como da^rse ^uete,^ no pudo 'menos que hacer repetidas ve- 
ces muecas horribles, in^qqiyoca muestra de ^u no poco fundado • 
dii9gus(Q* 



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—302— 

— Señorei, dijo un amif^o del dilettante, que formaba partedel 
público, suplico á yds. que teñirán en consideración que el violin es 
un instrumento muy dificil y que esa pieza que acaban de ejecutar 
86 ha tocado en una sola cuerda. 

-->Poes, amigo, dijo uno de los concurrentes, que toque en las 
cuatro» que quizás lo haga mejor. 

La anterior anécdota, que es yerdadera, me recuerda otra re- 
lativa k un jovencito dileUante también de violin y cuyo padre resi- 
dia en Trinidad. Al saber el buen papá que entendia tanto de músi- 
ca como yo de curar la gota, que su muy amado Perico habia toca- 
do un solo en la otaria cuerda del violin, esolamd: Vaya un mucha- 
cho! Es el demonio! Ha tocado, un concierto en una sola cuerda; vds. 
verán que dentro de poco, si se aplica, es capaz de tocar sin ningu* 
na cuerda, y eso que no es mas que un aficionado! 

Concluiremos este mal pergeñado tipo, refiriendo la chusca y 
peregrina aventura que le sucedid á mi Sra. doña Irene Reclamo. 
Es el caso que. • • • pero d^emos hablar á dicha Señora. • • • 

'*Tenia yo, caballero, una casita con cuyos alquileres vivía cd- 
moda y tranquilamente, hasta que por mi mala estrella se mitdd á 
Ja otra puerta de aquella un jdven aprendiz de clarinete. Tan pron*- 
to se alquilaba como se desalquilaba mi casa.— Señora, me decian 
los inquilinos, entregándome la llave, la casa es muy buena, pero no 
se puede vivir en ella. 

Averiguada que hube la causa, fui a visitar al susodicho jdven, 
á quien encontré ocupado en arreglar, i^egun supe después, una do- 
cena de cañas. ... 

-^Caballero, le dije, vd. disimulará que vengti á su casa sin te- 
ner el gusto de conocer á vd.* sino de reputación.... ay! pero ¡qué 
reputación! si vd. supiera. . . • 

—Señora, es vd. muy amable. • • • tome vd. asiento. • • • 

-—Pues, Señor. ... yo vengo con el objeto de...» porque ya 
vd. vé. • • . Me han hablado de la habilidad que vd. posee en el. • • • 
en el 

— En el clarinete. Señora, en el clarinete, divino instrumento 
que es el único que recrea el oido, sobretodo de noche, Señora, á 
eso délas doce. • .. 

—Precisamente, caballero, vengo. ... 

— Ah! Señora, soy un mero aficionado y nada mas; sin embar* 
go, me esmero cuanto puedo y estudio mucho, mucho. . . . á pesar 
que desde que habito en esta casa, por no tener buenas cahas^ no he 
podido estudiar lo que debiera, pero ahora trato de desquitarme. 

— ¿'Qué dice vd.?.... ¡Ave María Purísima! 

—Si vd. no lo toma á mal, voy á tener el honor de ejecutar una 
polka con variaciones compuestas por un servidor de vd. 

Caballero, yo poseo una casa que. . . . 

— Sin perjuicio de tener el gusto de ir á. . . . tocar en la casa 



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_303— 
de vd..M* voy á dar á vil. en la mía, que es muy de vd., un ratito de 
música. 

—Caballero, advierto á vd. que no soy aficionada a. . . • 

—No importa, Señora mía; basta y sobra tener oido para sabo* 
rear las bellezas de la música. • •• Voy, pues, á ejecutar la referida 
polka. • • • (preludiando) Cuando digo;... que estas cañas están á 
pedir de boca 

— Caballero, ya veo que no me han ponderado nada mis inqui- 
linos y que es vd 

— Qué, Señora. ... yo no tengo mas que una regular emboca* 
dera. ... y algunas disposiciones. • • . Disimule vd. cualquier defec- 
to que note. . • • sobre todo en la décima variación que es endemo- 
niada. . •• 

— No, no. ... no se moleste vd. {levantándose del asiento) Óiga- 
me vd. dos palabras. 

-^Suplico á vd. que procure retener el tema á fin de que pueda 
apreciar el mérito de las variaciones. ... 

— Caballero, caballero. • . • 

El aprendiz de clarinete empezó á tocar el tema, batiendo el 
compás con la pierna derecha y sin atender á la Señora que con el 
abanico en la mano se esforzaba en pedir la palabra para deshacer 
la equivocación en que estaba el entusiasta filarmdnico, siguid eje- 
cutando todas las «-ariaciones. • • • hasta que se vid sin auditorio, 
pues la pobre doña Irene no aguanto mas que la primera variación, 
saliendo de aquella casa, como una condenada, y dirijiéndose á la 
imprenta de la Gaceta^ á fin de anunciar la venta de su propiedadi 
único remedio eficaz contra el furibundo músico aficionado. 

José Agdstiii Blillaii. 




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m úú. (1) 



•C«rfG'C/$^f^9>^ND^^- 



^uoÉ úitra utvaque nequií ameUterefectum. 

tíoHACIO. 




=^^ Pí huir de las faltas que cometen ios 'ólrbs 
hambres debemos tener miioha 'cüeñtaí por- 
que aunque ciért^ es qu8 no hay vició sin con- 
traria virtud, nadie ignora que bn principio 
exagerado de' hacer bien/ púedé convertir kn 
^viciosos los mejores déseos y tránsfornbar'^el 
Biombf e s%nto tie una virtud en el de ridiculu (íefectoV Esto 1é siic^e 
. é D^ Lifberato, que empoza í^do por zaherir la tonta avaricia (3e 'D. 
. lAifi^dió,, ha llagado a malbaratar neciamente un bonito caudal, con- 
rsígltiQndq fimbqs individuos por opuest9s caminos haeer la obra mag- 
Djft: de' desaprovechar las peietaa que la foriupa o el trabajo piísíerón 

;;ri)' fe,tearií¿úlóWe isont^áété cdií él^áéí iííueadó]fiáérS; ótigiridX^^ Sh D.'fésé 
^^áríade Csírdéiías y RóáTígúet,^ apreófabilídituo' esoñtoi; dcf costamlyres, que ha 
pubDcadó isus obras sueltas bajo el aé\iáottimo áe Jeremías de Docaran^a- 

(N. delE.) 
38 



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—306— 
en sus manos. Gentes hay. que satirizan tanto á los que son penden- 
cieros y valentones, que la ech»n de apocados y cobardes* Otras co- 
nozco, que no pudiendo contemporizar con los lisonjeros y adulada- 
res, llevan á un grado tal su franqueza, que parece (y lo es) mala 
crianza y grosería. Esta absoluta oposición á loque hacen los otros, 
se ocha de ver también en los diferentes planes de educación quefor- 
man los pndres de familia, y también son ellos tos que cosechan el 
trisrisimo fruto que siempre dan los sistemas en que no han presidí* 
do mas que el capricho y la ignorancia, los buenos ejemplos y la sa- 
na razón. La fácil y cómica pluma de nuestro Jeremias de Doca— 
ransa, ha trazado en un sencillo pero etacto cuadro de costumbres, 
las funestas consecuencias que por Iq común acarrea á un padre esa 
candorosa creencia de imaginarse que para ver venir hecho todo un 
hombre al chicuelo que tiene en casa, no hay mas que hacerle per- 
der de vista las riberas de su, pais. Mas aunque hay gentes que así 
]o creen, otras incurren en no menor desatino educando i sus hijos 
sin ver, no digo yo otras tierras, |Hies esto les parece cosa de locos; 
pero sin ver hasta que tienen doce 6 catorce años otros semblante» 
que los que viven debajo de su techo. Padres hay que dicen por abir 
la educación de lus hijos, lejos, bien lejos de nosotros: pero no faltan 
madres que salten gritando: **los hijos á nuestro lado/' y aun algu- 
nas sin consultar mas que su ciego amor planteen su enseñanza den- 
tro de la casa. Y no se equivocarian ciertamente las que tal hacen, 
si supieran á todo lo que se constituyen con ello, pero sucede que la 
madre no aprendió mas que á leer en el Catón cristiano y á sacar 
cuentas de multipücar con granos de níaiz, cosas que no le derritie- 
ron los sesos, y no puede comprender que sea necesaria esa muUi-> 
tud de lecciones que toma un niño para saber algo en el presente si- 
glo; por lo que, ó llama á su casa el maestro que enseñe menos, ó si 
le pone al chico profesores de gramática y francés, a lo mejor del 
tiempo, viendo que el hijo de sus entrañas se fatiga deníiasíadoy ios 
despide; y al cabo de haber gastado muy buenos pesos, sale el DÍ8o 
con que Ib que sabe es hacer malas letras bajo el sistema anti-üngu- 
lar y saludar á las gentes diciendo: Monsier^ coman parfé vuf 

Leia yo no hace muchos días, fresco aun y acabado de estam- 
par el consabido articulo de que hice mención, cuando dándome un 
curnplido ''buenos dias" se entró por mi puerta D. Bonifacio de la 
Tjfana, sugetoque como lo declara su nombre, es hombre contenta«- 
dizo y dispuesto á hacer todo lo que quieran de él. Hombreii^ aque- 
llos que en su vida tuvieron una disputando aquellos para qaieiiesla 
voluntad de otros es su principio religioso y #ü conformidad é toido 
una esencia electro-magnética de la organización del hombre. Cata- 
se este bendito sin enamorarse, que ea cuanta felicidad puedis ^ape* 
tecerse, y aunque todo el mundo compadecía á D. Bonifacio porque 
la media naranja que le tocaba, era muger que disfrutaba grande 
populaHdad por 'sus necedades; O. Bonifacio supo como siempre no 



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, —307— . 
d,ar á conocer que loaia amor propic» y dejar prevalidaí^ las tonteiiaa 
de la muger <?obre sus discreción!^». Fuera de esto, D. Bonifacio es 
hombre á quien se le puede leer un articulo de amena, literatura sin 
que se duerma. No bien^jios hubimos hecho el cambio recíproco de 
salutaciones y cumplimientos que exi^e la urbanidad, cuando que- 
riendo yo hacerlo partícipe del buen rato que me habia proporciona- 
do el Srt Jeremias» le rogué que me oyese leer aquel cuadro de eos- 
ti^nbresy accediendo él desde luego como es de suponerse. Rióse en 
estremo con las boberias de D, Esteban, y concluidHS todas, saludó- 
lan con una estrepitosa y prolongada carcajada, esclaraando al mis- 
íQQ tiempo; '^¡Qué bueno está eso, amigo! Como se conoce que el que 
b^ esqrito tales verdades es hr>ml)re que lo qntieiide!.y si supiera us- 
ted que ahora es cuando me ht? convencido de la raxon que siempre 
tu^vq mí espasa Sir^forijana, para educar á nuestro chico Sotero jun- 
to á si.^ • • • • «Porque ha de saber usted, amigo mió, que aunque yo 
í^ pen&abMe toda coofprmidad como el padre de D. Estebitan, sin 
e^nbficgóf.maa de cuatro veces rae ha ocurrido, después que cumplid 
los die^jp y ocho qoos, el mandarlo correr mundo; pero dichosamente 
mi qnUjgf r me. lo h(i quitado de la cabeza. 

. — ¿Como, D. Bonifacio* le pregunté yo; pues acaso piensa vd, 
qiie;Cil.b^(ferJp fuese un disparate? 

— Vea yd. las consecuenciasl contestóme é!; bien claro nos lo 
pinta el Jb.uenJe^emias 

-^Pera es que.vd. ha de entender que no porque él nosdemues- 
Me,qu^.ppraser ujíi hoaibre. de algún provecho no se necesita ir 
ha^te^ AleJQdQnia, tampoco aprueba ni celebra el que un joven, y mas 
si^odp ya un hombre por su edad, se crie como una doncella tímida 
al lado dé su' mamá. 

, , .^^^sQ^ei^la yerdad» me repueso él, y aun es lo que no rae agra- 
df^ d^i taj articulo, pjies mi esposa y yo hemos esperimentado con 
nuestro Soterp, que lo mejor del mundo es no apartar en ningún 
tiempo á los hijos del lado de sus padres, 

—Quiere decir, que no lamentan ustedes ningún mal resulta- 
do*. ...v, 

—Ni por asomo. Figúrese vd. que yo soy materia dispuesta á lo 
que fe le antoja á mimuger. Así es que ella quiso que en casa le die- 
sen lecciones de escribir, de leer, de gramática, &c., y me avine— 
quíjsp mtid^rle de jn^aestros porque los primeros eran un poco rega- 
Qoiiefi, y loconsenti-r.vjnieron otros que tampoco le gustaron á So-- 
tero y fué preciso despedirlos, corriente! — Eso no cuesta ningún tra- 
bajo. — Con este si&tema de llevarle siempre el|gusto al niño, hemos 
cox^guido que sea l£t misma docilidad y mansedumbre. 
.: ^ . ^Puesmire i[d.* debía suceder lo contrario, U. Bonifacio. 

—— Nq^.pprqiie mi muger lo ha llevado siempre con un ten con 
¿^n que ya se conoce que no es boba. En su aprendizage muchísima 
contemplación; pero en cuanto á dejarlo salir al sol y retozar con los 



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—308— 
chico8.de la v^cindadi ni una vez se lo ha consentido. De manera que; 
^l.omo no ba tratado hasta la. fecha con otras caras blan'cAs qué la 
de, su m^dre y la mía, y esto lo ha hecho tan respetuoso y tan timi'- 
(|p qp^.da ifUííto, 

—¿Y que Cílad tiene e^e chico, D. Bonifacio? 

— I^ronto cumplirá los veinte y dos anos. 

— ¡Como! dije yo admirado; conque tiene vd. un hijo que es un 
hombre, y ahora lo sé yo? Y esto es en uq pueblo donde sabe vd. que' 
todas las personas de mas o meqos iguqi| CQndicioq se tratan y córió*' 
ceo, ¿Reside ese joven en la ciudad? 

—Sí, señor, y nunca se ha alejado de ella m.as de siete leguas. 
Qué quiere vd?, , • « • «como es así. ; • • • «un poqo cbrti) dé geníóy ni 
sale de casa. Pero mire vd., aunque tiene es^ edad, cualquiera fé 
echaría solamente doce o catorce años. ' / 

-T-Pues, ¿y ddnde ha hallado el modo de quitarse (an insoporta'^ 
ble carga, J). Bo;iifacio? Cn los mil doscientos secretos. • • »v. 

— No lo digo tampoco porque lo parezca en la figura, pues e! 
pobrQcito aunque es algo chiquitin y bastante flaco, y padece mutsUa 
del estdmago, con todo, tiene un par de patillas quédá 'gozd veríais.. 
Parece mas muchacho por sus inclinaciones, porque comü s^ haeriáí* 
do siempre al lado de su mamita y sin ver la calle hasta que cumptitf 
los catorce, es la misma inoi*.enc¡a de criatura, y parece án énget dé 
1)¡08. . * "■ 

— r-Pero, ¿y á qué cosa muestrja {ji6c¡on? ¿oué destkiQ piensa 
yd. que siga? 

-7-Ninguno, amigo mió, antes pensaba seriamente en em; pero 

¡jfiué OMÍere vdf .Su madre, que no se loquería despegar por 

uñ laao,y 'su complexión que es muy détil por otro. .'.'. • .li^e^'» 
C9mo el no tiene empeño en trabajar. ..... ••Ti» 

— ^Ah, si! él será cómo aquel italiano que aceptaba la i^oche pa; 
rp dormir ^ el día para descansar. A menos que élseafáb^ póir al- 
gún placer.*.... ' < , . . •., 

: — ¡Qué placer! Si él no fe divierte nada!... .«.pero^i esti 

contento Como nabe tan poco de mundo, ni apetece sus diver- 

piones. .... ,por eso le digo á vd, que es un ángel de Dios! 

T-Todo lo que vd. dice me llena de admiración, y deseo en el: 
alip(^ ponerme en comunicación de ideas coni tari angelical persona. 
I^pquesi entraño, D. Bonifacio, es que en tantas ^cá^íónés eohit> 
he jestado yo en su casa de yd., no le haya columbrado' tés bigotes. • 

— Ah! pero, qué quiere vd. , amigo? si sus visitas fueron á¡eírñj[i^¿ 
de noche. 




en 

to que vd, lo desea conocer, yo dispondré qué hoya lá'hbra cié siesta 

se venga por acá. . . • i^ > - 



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—309— 

Dije las gracias, y después de otras conversaciones que tuvi- 
mos, despidióse eT pacifico deD. Bonifacio. 

Pensando rae c|uedé en la estraña educación de Solero, y aun- 
que casi me fieWiíadík tenerla poir tan níalá como la délniñor que 
apenas se pone en pié y empieza á hablar, cuando,méffc6d áuñ Pa- 
qü¿té, es'trasUlaifitadó^ á NeW*York'd Hartibufgof;- sin embargo, me 
déc¡a'yo,1ó que' haya [)érdido en instrucción y banibollá de saber, 
puede haberlo ganado en buenas inclinaciones. Tal vet éeejÓTen, 
aunque encojido ahoira por sufáltu de trato, posea tan relevaiftes do- 
té^ que aíquet, ho tari iiirperdonable defecto, poéo^ lo desacredite! 

Llegd por ñn la hora de siesta y con el objeto de esperarlo, ha- 
bíame posesionado de la sala, y para hacer tiem(YO bojeaba no sequé 
líb'i^o, 'cuando ti-ás el ruiílo dé parar un carruage juílto ámr puerta» 
séiiítí páióáéii el zaguán y tras I6s pasíos estás palabriás; 

—Pero, niño, dentre sumelsed; no tenga vergllensa! — A cuya ía- 
sinuacion la peraona que la recibia contestaba con uifí sordos* murmu- 
lló d¿ resistencia, intraducibie á ninguna lengua. — Dírigíme'al za- 
guán, y cttácca no fué mi sorpresa cuandoal ruido de mis pasos, vi 
que un j(5ven de no mal parecer, aunqi>e algo enclenque, echaba á 
correr hacíala calle» mientras que un robusto negro, )íion librea de^ 
plBi}¿,1o^(leteniá ofídd»án)éóte.-^Corri b'ácid él,, porque desde luego 
adiviné que era I>, Sotero,^ y echándole mttnoal bruto que le queda- 
ba libre, tuvo que desistir de la fuga. Gracioso era el aspecto de 
aquel jdven, cuyo par de|>atillus, cuya blisincilrá y deticartesa de ma- 
nos y rostro, junto con la pequenez *de unpár de'pieeetíltosque hon- 
rariap á cualquiera dama, se hacia tan risible at 'laido d^l'ehcojimien- 
tó d¿ toda su persona. Él criado con cierto aire de dfespftjb y curra- 
da, no desprovisto Je gracia, se dirigid entonces á mi, diciéndome^ 
— ^.éndr, d niño qtié mira mniéhí^ es el hijo de mi amo eir señor D* 
Ho^ifáóió, qAéf ha querldoí tbaér lá .^alisfdcciou dd que el liiño áe {ton- 
^á-A'síuV'drdehes. ' ' ' '■■"'" "' ' ' "• • • i-)- ' r •.• 

" * Dféimülandó la risa qoe me causraba tan estraña presentación, 
manifpátémeli D. Soteroinuy hórírado cori su Visita, y usando con 
éj de cüani^a ftahé^a rtíe fué posible; 'logré empezarlo á desenredw 
lín^poco de su encogimiento. -^Despididsfe el criado, y tomando á mi 
héroe del brazo, entramos* én 'ja Wala. Acerquéle una étila, perato- 
ve que sentarme en ella, porque Di Sotero con su turbación habiase 
á{)odlérádó de otra antes qué sé la ofreciera. Todaviu 00 lo había 
oido hablar sino á media voz, y escusa ndo todo sileneio qae me tíblL- 
gÍEJíse átnirarlé Wcara seriamente, le dije: ^ ^ - 

—Con que mi querido D. Sotero. • . • • .Y por qué no se traja 
vd. á'sn papá consigo?' ' 

* -^'A'quíén.^a tóíííca.' respondirfme él con una vocecilla tan chi- 
flonay die^tiítanadd, qué rio pude reprimir una' sónrisaj^-^fartíca na 
póUía' 8a1|í"áhdrá. « . . . «estaba ocupado. . • • • .porque hoy le fueron 
&%QÍñ\íiixx\eLchim y allá (jirédaba' ajüstando con el francés de la 



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—310— 
vuelta de casa el negocio. . . .Taitica le pide cuatrocientos pesos. . < 

—Como? por la chivR? 

SI, señor pero al francés le parece muy cara. 

— Ya lo creo, 

•—Por supuesto, eso le digo yo á mamila, porque aunque la chi- 
va está gorda y sanota, sin embargo, quién Le quita el vicio del 
aguardiente!^ 

— Qué me dice vd.» D. Sotero, pues que, bebe? 

—Siempre está perdida! — á Dios! eso le baqe á vd. abrir tanto 
los ojos? 

— Con que una chiva « 

~Si es mi criandera, señor — Uoa negra muy perra y nriuy te- 
velada que tenemos en casa. Yo me be empeñado en qafiiailicfl sal- 
ga de ella ó la mato. 

—Oh, D. Sotero! 

— Pues si no hay medio de que deje dormir al cochino en mi 
cuarto. 

— Pero» D. Sotero de mi vida, en eso me parece que tiene ra- 
zón. Vd. no ve que es una falta de aseo 

— Qué! si son chiqueos de ella, porque no quiere que yo le haga 
maldades al cochino 

— Ah! conque es suyo? 

— No, señor, de nosotros. 

— Pues, y qué interés 

•—Nada; como es su hijo! 

— Ah! vamos, ya caigo; otro ser racional con un apodo anima- 
lesco. 

—Ella está muy consentida^ pero ahora sí que se embromafpof' 
que taitica la ha de vender y el cochino se ha de quedar en casa. Ve- 
remos á ver si fuera de ella me viene á decir que le deje quieto al hijo. 

—Pero, D. Sotero, tanto interés tiene vd. en que duerma ese 
infeliz en su cuarto, que prefiere vd. separar de casa y entregar á un 
amo (quizá cruel) esa pobre chiva que lo ha criado á vd? 

—Oh, quién la manda ser resabiosal Figúrese vd. que á 

mi no me. gusta dormir solo en mi cuarto 

— Úola! • le du á vd. miedo? 

— No, miedo no> sino así qué sé yo! Como alli murió mi 

tio D. Severino.., ••• , ., 

-—Sí, teme vd. que venga á media noche del campo santo para 
tirarle de las piernas 

—Ande vd! como que yo icreo eso! ya no soy chiquito* Yo gus- 
to de dormir acompañado mas por costumbre que por otra cosa. Por 
eso llamé al cochino, y como desde que me aqompañn» voy todas las 
noches fx^r gusto y le arrimo un chancleíazo cubndo está muy dormi- 
do, ó le suelto un buche de agua en la cara, d \e prendo los moños con 
la vela su madre se ha emperrado, • . • • • 



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—311— 

— Bien, y mudando de conversación, amigo D. Sotero, puesto 
que yd sé poco mas ó menos lo bien que emplea vd. la noche, sepsí- 
mtís cómo pasa vd. el día. 

— Yo, bien! en casa! -*' 

— Pero, ¿y qué hace vd. en ella? jcdmo emplea vd. el tiempo 
de<>rde las siete de la mañana, que supongo que se levante, hasta las 
ocho d* nueve en q«ie se acueste? 

' — Ni yo sé cdmo¡. • . , . .Unas vecen le echo de comer á las tór- 
tolas, otras me siento at lado de mamá para que me cuenta cuentos, 
d rhe voy á la bodega de enfrente á conversar coii los tfíoz^Sy ó me 
tiendo en mi catre hasta la hora de córner. 

— ¿Y por la tarde? 

— Poi»la tarde salgo en el quitrin cotí mamita á dar una vuelta, 
aunque ya hace dias que no lo hago^ porque me cae mas pesado veS"* 
tirme! 

— ¿Y vd> no tiene amigos. .... .d conocidos? 

— Sil señor, D. Pancho el de la bodega es mi íntimo amigo. 

— ¿Y muchachas? ¿no trata vd. ninguna? 

— Ninguna; las muchachas son todas muy burlonas, y en cuanto 
le ven á uno una casaca mal cortada sueltan la carcajada. • • • • • 

— ¿Y leer, no le gusta á vd., D. Sotero? 

— No, señor, me dan sueño los libros. Con todo, ahora días me 
zarñpé un tomo del Solitario del Monte salvaje. 

— ¿Qué tomo, el primero? 

— No, señor; el segundo; yo nunca cn^piezo los libros, porque 

me parece que no los acabo. En casa hay una biblioteca pero 

qué! quién le entra á tanto libraco La única obra que 

me gusta de aquellas es la historia natural de Bufón. 

— ^¿Pues que vd. la ha leído? 

— No, señor; pero me entretiene por tantas láminas de anima- 
les. No falta ninguno. 

— Y tú! me dije yo entre mí, ¿como no le echas de menos, des- 
venturado? 

Fastidiado estaba ya de D. Sotero y de su necia conversación, 
cuando la repetida llegada de su carruage me hizo poner de pié, 
viendo los cielos abiertos con la entrada del paje conductor que re- 
novando sus acurradas cortesías, le dijo á D. Sotero: Niño, de parte 
de la señora vengo á avisarle á sumeícé que la primer visita no se 
hace tan larga, que después que sume/cé tenga mas confianza con el 
señor., i... 

— ¿Pero ahora mismo no entré yo, Mamerto? ie dijo medio 
amoscado D; Sotero. 

—Es verdad, niñito, le contesto aquel, pero sumelcé debe consi- 
derar que la señora debe estar con cuidado* 

—-Si, D. «Sotero, esclamé yo; no quiera Dios que por culpa mía 
tenga una pesadumbre mi señora Da. Sinforiana. Ella no está acos- 



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—312—, .... , 

lumbrada á las ausencias de vd.». y psi| hijo ffíip, prepiso efi^quenot 
separemos. Conque, hasta roas ver: ya sabe^vd, que. esta casai ^q. 

Y despnes de voker diez «aludos á treiptii cctrtesias ,que me hi- 
zo Mamerto, me hallé libre de él j de su insoportable seSor... . 

Vengan jdvenes fatuos y desjureGiadores de su país, jii)e ^j^e^yo, 
cuando estuve solo, porque al fin, su8cepMbles-,8on,4e la epiQÍeiiqa, 
y por mucho que pierdan con una educación en ti^ri^a^ est;;angerá8, 
,<!uando no. ganen mas que la salud del cqerppy, gftnpnci^ qs; ^p^ro 
Difi4 no)S Jibre de niños maoianteadosy chiqueones q^e |iacen su i^.u- 
cacion dentro de una casa y juntp a ¡(as zaj/as, fie u^i^ n^acjírp, fgfl9r 
rante y boba, donde solo alimentan una existencia constantemente 

inútil a la sociedad por sus luces 6 su vigor. ^ . i Ui . i 

F. milaiiée 



(F. h) 



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. , .. ! 



li üM^tPiiMi. 




|A.BIDO es qué la educai;¡on«es el principal 
I elemento de la verdadera felicidad hunmjia; es* 
¡to 69, de la felicidad comprendida ^omo todo 
I hombre civilizado la comprende; sin considerar- 
la únicamente como fuente de goces materiales 
y medio de satisfacer toda clase de deseos, sino como bas^e ei) que 
estriba la tranquilidad del ánimo y la quietud de la conciencia. 

E^ta felicidad en que todos jBoñamos y que todos deseamos ai- 
can^^^r, echa sus primeras raices, eu nuestro corazón cuando e\ rie- 
go de saludables consejos y buenos ejemplos que en la infancia nos 
dan nuestros padres, es abimHanle hasta poder lograr qué se arrai- 
gue bien la planta bendita que al fructificar en nuestra madura edad, 
debe darnos firmeza para mardiar rectamente y consuelos para 
dei'ramar en el alma de los desgraciados. El hombre que es feliz, en 
el sentido que damo« k esta palabra, es indudable que en sus primea 
ros años tuvo padres d allegados que se interesaron en hacerle po-; 

39 



i 



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—314— 
«eer ose canJal inti^otable de bienes que se adquiere en esa educa' 
don ilamadii doméstica: y el hombre mas rudo, ei mus desprovisto 
de lucos naturales, conoce instintivamente que debe educar bieri á 
8U8 hijos, y que el* respeto que les infunde hacia la religión y ásus 
mayores, debe en al^un tiempo proporcionarles consideraciones y 
bienestar. Pero sucede á veces que Ih naturaleza dota á los padres 
de mal carácter, de la infausta indolencia d de poco afecto hacia su 
descendencia, o bien á los hijos dé carácter incorregible y perverso 
y de genio díscolo é inobediente. Otras veces una prematura hor- 
fandad sume á los niños en el desamparo, y ocasiones hay en que la 
necesidad del padre de mantenerse así'^iio en el trabajo'que propor- 
ciona los medios de subsistencia, y la falta del ojo a visor y del tiernu 
corazón de la madre, abandonan al hombre' en su niñe2 á sus pro- 
pios impulsos é inclinaciones, y se ve crecer sin recibir ninguna edu- 
cación. Todas estas situacionc^s o circunstancia^ le son fatales si no 
encuentra una alma |)iadosa que dé asilo y entrada en su corazón á 
un generoso sentimiento de compasión, y la acoja benigna para pro- 
porcionarle alguna instruceioo. La educación doméstica, es claro, no 
se recibe sino en casa, en el seno de la familia, de mano de los pa- 
dres d de tos que hacen las veces de tales; pero en su defecto puede 
en algún modo la instrucción revelar al hombre sus deberes respecto 
á la sociedad; y ademas, es indispensable que el estudio, aclarando 
sus potencias, le dé á conocer las obligaciones que contrae con sus 
semejantes al reunirse á ellos, 

£1 que sin recursos de ninguna especie se halla coniprendido en 
alguna situación de las espuestas como fatales ai jior^ernt^ pasa á 
formar una especie de hombres desgraciados que eil i^dos Uis pnise» 
se encuentran y que en todas partes son desprecia;é0rs. Djflr'efsas son 
los nombres que se les dan, según la edad que tienen y i^o&áe^k que 
se dedican en su juventud, y adviértase que siempre mn estos c^6i^s 
perjudiciales á Itt soéiedád. En Cuba los llaman desde los €»ba a&ss 
basta en que empieza» isus feeborias infi^ntile^, hasta i¿#i&6z y se» 
en que tarian de rnn^boj mMaperfoSé 

Dé esta clase de hombres y consrderánd6«bs citl »u pf rmert Bdkd 
és de laf que paso á dettpa-^me.i— Voy á cneei^rar en reducido cuad'ro 
esté tipo qtie es tnítió de Irtg mas rfotaMes de Cuba. Aün;qUc no es- ni 
hermoso ni nao, bien conozco que se necesita mano segura y baen 
pincel para que la verdad resalte y guste el colorido, hermiKitando 
ía figura como sucede en *iñ nx^ndlgo hara^poso pintadio (núrr Af.udUihi 
Feroaanq^us ho puedan mis esfuerzos hgfiír esüo, trataré por lo me^ 
nos de presentarlo éi>af lo conoi^emos y cual \& be llegado* yo- á oaittV 
prender.-^Con lo dicho basta para qu^'et lector sepa eli objete) que 
le ofrezco y de doffde t&mú dríge». 

^S^abidoya queet mataperros no ha recibido ninguna ediicaeioli 
y qué no tiene sujecrotf de ninguna ctase^ «aiuralmen^e ocftrre qile 
debe tenerle aíntipatía á taredduelad, y efectivamente^ «ei eootnigd 



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acérrifiía de ellas, como tt^imismo de todo cuanto pu^ia poQorle bar- 
reras. Ln calle es su elemento favorito: es infractor de cuantas órr 
det^DH emanan del gobierno respecto á policía: nada como un pez, 
pues raro eéi el dia que no se da un baño eo el mar; siempre anda 
8U(;io y mal vestido y á vece« descaUo y nin sombrero, Esto.es señal 
de pobreza que no puede tomarse como ¡nfíiiible, pues muchos infe- 
lices desfírovihtof» de fortuna se ven obligados a recorrer las calle» 
mnl vestidos y nucios, atmque no sean maiaperros, aunque tengan 
quien mire por ellos- y quien se interese en que $eaa honrados, aun- 
que pobres. 

Los comiitHrios de barrio le dan siempre caza, pero regular- 
raente sabe evadirse muy bien de sus persecwcionos, y si le oyen un 
momento, se diculpa é las mil maravillas y queda por inocente: ^s 
perseguidor de todos los animales que se encuentra á su paso, pero 
tiene una preferencia muy maroa.da hacia los perros, el que pasa a 
su lado lleva de seguro un buen porrazo, y al contrurio del loco de 
Córdoba, de quien nos cuenta Cervantes en el prólogo de la segun- 
parte dH Quijote, que 4 c»U:sa de un escarmiento creía que todog 
los perros eran podencos, no le hacen perder la costumbre las repri- 
mendas y golpes que suele llevar de los dueños, pues tiene grap coa- 
fianza en la líjereza de sus piernas* Vive generalmenio en comuni- 
dad ó en partidas^ como llama á su8 reuniones que tienen lugar en 
alfirunos barrios de la ciudad^ y asi dicen: yo soy de la partida de la 
Canterat, y otro se enorgullece con pertenecer á la de los Joyos^ 

£1 malojero, el ciego que pide limosna, el n<?grito que va tran- 
quÜQ ásu mandado o la devota que sale m^^y despacio de la Qovei^a^ 
todos sufren algo de la diabóJicja inventiva del mataperros: en fio^ 
e9 perseguidor de cuanto no ea el mismo. No tiene hora fíJ9> parie^ 9Uf 
e«eursioBes y fechorías, sin embargo, ia noche es su ma9 peopicia s 
encubridora patrona; de noche es cuando despliega todo su jenio iq? 
ventor de cuanto hay m^U. Su olfato, mas ñno qqe el del anjufif^l 
de quien es enemigo, le da a conocer con anticipa(>ioD todos los ba4-^ 
leciioSy bautismos, entierros y ejercicios niilitares: va á los primeras 
con intenciones de deshacer la reunión, y para lograrlo ataca 4 los 
6spe(:tadores por una parte muy sensible, por la nariz; le ^irvdp&^ni 
su intento el asa fétida ó la raiz de aroma, y para él es un» g^^n 
diversión ver huir á los mirones con las manos en las narices. Ea Iq^ 
bautismos siempre trata de apoderarse del hisopo> de la vela ó del 
salero, para pedir el medio, y si no lo consigue, ya puede enconmen- 
darse el padrino á todos los santos, pues hasta la casa del ahijado 
)e van persiguiendo . sus gritos y sus sílvidos; en los entierros se di- 
vierta en doblar á los muertos; el mataperros ^s el Cuasimodo de la 
iglesia mas cercana á su casa, Pero ^us diversiones favoritas son lois 
ejercicios y fiestas militares. ¡Contraste raro! Tiene el n^ataperrc^ 
el carácter mais independiente y mas enemigo de sujeción, y ^\ ipi/i* 
oío tiempo la mas decidida afición á todos los actos militf^reS) dejos 



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—aie— 

qne la disciplina mas rigurosifi es el primer móvil, lleváiidole esta 
afición hasta el estremo de organizar militarmente sus partidas. 
Las de los barrios opue^ttos tienen á veces sus desafíos y en campal 
batalla deciden sut^ contiendas á pedradas y garrotazos, solo por sos- 
tener el honor del barrio á que pertenecen: estos encuentros son en« 
carnizudos y los heridos y contusos son los que pagan cuando la lle- 
gada de algún comisario pone en precipitada fug'a ¿ los 'terribles 
conteudientes. Otras veces el combóte es singular y se efectúa entre 
los de mas nombradla y fama que poseen las partidas, á los que se 
les da el uombre degalliios, tal vez por lo dispuesto que siempre se 
hallan á pelear: el buen d mal écsíto de estos encuentros acarrea 
re$peto á los vencedores, pero no humillación á los vencidos, que 
vuelven á probar fortuna cuando refrescan el golpe. 

Otra añcion tiene muy marcada el matnperros, y es á la músi- 
ca; regulnrmente tiene buen oido, y apenas oye una contradaaza, 
un paso doble, un wals, los ceje y ioa silba perfectamente: de aquí 
sacan un gran recurso en su mocedad para pasar alegremente las 
noches de correrías, pues son pocos los que no aprenden á tocar ai- 
gtin instrumento, aunque sea de oido. 

Ademas de tas cualidades que he apuntado resaltan en el mu* 
cha^ otra9 que por no ser primordiales y por temor de cansar, paso 
éa silencio. 

Llámanse comunmente travesuras todas Ihs acciones ruidosas 
causadas por el jenio vivo « inquieto de los muchachos: muy natura- 
les son en la impurbertad esas acciones que á veces mueven á risa; 
peculiar es de esa edad en que ningún pensamiento serio ocupa la 
imejinacion, en que la salud y robustez, la fuerza y el vigor de la 
vida, los hacen casi una necesidad, esos juegos de ejercicios violen- 
Ib^, eaas emboscc^das con que se complacen en burlar a los que pa- 
san por donde ello» están; pero cuando la perversidad del carácter, 
el abandono de los pudres d cualquiera otra causa hace á un niño ci- 
frar éu única dicha y tener por sola ocupación la holganza, las di* 
versiones peligrosas; cuando el poco amor al estudio, que á casi to- 
dos es ge|neral, no se despierta en el por medio de la emulación o 
de otr& manera diferente; cuando sojo vive en la calle; cuando j^gar 
pajaritos y pelear gallf}S es. su único pasatiempo, entonces ya este 
muchacho es un mataperros^ es un perdido, que ninguna utilidad 
-puede proporcionar á la sociedad, y que engolfándose mas y mas en 
el piélago de sus vicios, acabaré tal vez por perecer en un vergon- 
zoso patíbulo. 

Apéaas entra en la pubertad el mataperros, ya sabe muy bien 
cuales son las., reuniones, de ios jugadores, siendo estos sus únicos 
compañeros. Sabe^ncar los dados muy bieny conocet perfectamente 
él manejo de las cartas de pega y las de marca. Ninguno de los le- 
mbroflés misterios del tahúr se le oculta: todos sus hábitos se los 
apropiar su solo oficio es unirse al que gana para cobrar su barato, 



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._ _ —317— 

y yétíiévk pofüalcí loque 'ñ\g\xf\ incauto le fia: es un vago, ehte'des- 
preciable, planta parásita que se apoya siempre junto al que ¿ana y 
q^ue incesantenfente perseguido' por el vicio, es vícttma infeliz del 
abandono de sii Infancia, y anda siempre ocultándose de la justicia y 
áumidb en inmundos lupanares, en despreciables garitos y en conii'^ 
pañía'asquerosa. El repugnante vicio (e arrastra á Ja senda peligro- 
sa del crimen^ y llega eldia en que se ve perseguido, y es arranca- 
do delseáó de sus placeres nauseabundos, cuyo hábito ha adquirido 
en medio de sus criminales compañeros. 

£n medio de estajéate se encuentran hombres dotados de ta- 
lento natural, que, bien cultivado, hubiera dado frutos útiles; esos 
hombres hubieran tal vez sido notables si se les hubiese educado 
bien.-^En los paises sumidos en revofucion, en las grandes ciuda- 
de's en que las proporciones se presentan y abundan los recursos, 
si se aposenta la ambición eñ el corazón de alguno de ellos cuando 
no están enteramente depravados, se apartan del camino que se- 
guian y con atrevimiento y buena suerte llegan á ser célebres. Pero 
en Cuba, pais tranquilo, pacifico y venturoso, ciudad reducida é ig^ 
norante de esos grandes cambios y transformaciones que han en- 
grandecido en un dia á hombres desconocidos, aqui, donde una paz 
octaviana nos hace caminar lentamente hacia el progreso, sin que 
nos espanten los trastornos políticos, ni nos dé la esperiencia sus 
dolorosos conocimientos, marchan los sucesos por la via regular, y 
la ambición de elevarse en los que no han recibido instrucción pin- 
guna, ni conocen lo que es educación, es incapaz de guiarlos á otro 
fin que al natural é iiriprescindible á quien no puede contener el es- 
trago dé la depravación. En el crimen, pues, viene á concluir su car- 
rera, y él castigo le aguarda al fin de ella. 

La fatal preocupación que ecsiste entre nosotros de que loa 
blancos no se dediquen á un oficio, es causa de que abunden loa 
vagos, y de que, al crecer el mataperros, se encuentre en su oscura 
esfera, rodeado de entes que le pervierten y le afilian en sus sectas 
perjudiciales y asquerosas. 

Asi, pues, la especie del mataperros es un plantel de hombrea 
de malas inclinaciones, de hombres perjudiciales a la sociedad, de 
hombres degradados. Felizmente para el pais^ pronto tendremos 
una casa de Beneficencia, y uno de los principales ramos de ella 
será la fundación de un hospicio en donde encontrarán abrigólos 
niños abandonados; con esto disminuirá el numero de esos vagabun- 
dos que recorren las calles y que, no recibiendo ninguna clase de 
educación, ningún provecho puede dar á la sociedad. Las escuelas 
públicas Son otro medio dé evitar la abundancia de esas jentes, pero 
en Cuba tan solo hay cuatro que son pocas para su población; y por 
mas laudables que sean los esfuerzos de los maestros que las dirijen, 
no serán muy abundantes los frutos que produzcan, pues no basta 
ua bumbre solo para tantos niños como concurren á ellas, ni es bas- 



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—318— 
unte retribución quioientos peso» al ^ño piirn pilgar profetorea qi|9. 
leg Ayuden, cjjiindo con esa cantidad tienen que e(ender á todos loa 
g^U>«9 inclusa eJ alquifer da la casa. 

Ei que quiera reconocer el tipo que be tratado de pÍQtar, paflée- 
se de np<she por alguno da los barrios apartadpa del ceptro de la 
ciudad, y éliie le presentará; repare los dias'de procesión esa cater- 
va que corre armada de ramios detrá/9 de la^s vendedoras, gribando 
pon atronadora ?oz el indispensable chicMjó, y le conoceré; y el qup 
por casualidad se encuentre cpn el presidio y note algún criminal 
que» sin avergonzarse de su publica espiacíon, le pide una coHia^ 
puede asegurar qup iiqupl hombre fué en su inf^noin un mataperroSf 

José Joaqain Hernández» 



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KÍL HGtrüí^MUg, 



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tile r.lTIOAMTE. 



•••Lihéfíus si 

Dixero c^uídi si forte jocostus, hoc m¡hi jurís 
Caín vertía dabis»* •••••••••••••••••• •'••''•'* 

Horacio. Sal. 4!íb. í.^ 




[ critvcfi fQf^iVmlii Contra let a^^ra*, qué ccwb«iiéplÍA 
) eHe> éeeÉitt Antilid |Mibli<iiEinit)8> bttde grm t ukto 
€rf rtie <)ué rid^ todo^ ios tipoi^ doii e)»éiíriWl«n8llUi ' 
bübanoB. y^iitñ io8 qtrcr as) dhtttrrett, tf& ^reeisa que h Y\átk Mtml 
tíúéúevkífíús, tis^'se eútétametíie distinta dtf to de loiár' otrbd^ pueWstt 
def Müado, y prór ccífrfig'útéiHé diferente ei iHodo de ser d^e- lois iüilíñ^ 
chíos, ditefétít&É taá próf éfsionfes, diferentes la^ cafrl^^ras f dvferenteii 
itíá étíttiAV^títíaitíé f mank» dtf lo^ (iGknbreg. Al eiwf)r«»dere»ittobía 
hó há podido pais^r pof rttiesti^ imagma^ion h. estuyiheildtt ide» dé 
(^be'ítmrt^oto ic piiíCáf aere» dístintocf, elase» díve^stfa <tcj tai» qaefoV'» 
man los ^eniasr pnebloís; Igaal es el" coraron' tvilfiMiio éfír tN>d&£f parier^» 
hb qité tí hetííiSs' intentado ésf delinefif r el diTereMíe móáú éúú qiie^ en 
Cirtta ácf ¿ómptend^n y lái^aett af^^tiMi^ i^efi^síoine^, y ioi^ vieíoiB y 
^¿etos d^lkóttibrji étítúló cí^arristema^ e^^ttftd'CüuFóAeiov emires 
ra ó modo de buscar há ne/béinóúéeL. Eü lodáw piMrtes bay illéilim^ 



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—sao— 

68cribftiioif, proeciniaof 69)' Stt^yjnsfü^íta un tiNnts 'psrtos 06 pfEclhsuii 
estas profesiones b»jo un mismo procedimiento, ni lienen iguales ar- 
dides, idéntica sagacidad los que á ellas sededican, ni adolecen de 
los miamos defectos y ridiculeces. ^'El jugador de Cuba sera como -el 
de Londres o Partsf £1 gallero, elt>ficíal de causan, el escritor pu- 
blico, el picá<*pleitos ¿no tienen aqu) ciertas mavcadas especialidades 
que los hacen enteramente distintos de los de otros paisas? ^ . 

Que en todas partes hay litigantes, es una verdad^ que los hay 
en Cuba, es una verdad^ que los de esta preciosa joya de la^.eorooa 
de Castilla son en un todo distintos de los que habitaa.iailende* ios 
mares, es una verdad] y que nosotros nos. proponemos setratarios 
como nos dé Dios su ayuda, será otra verdadfat e^verduul que logra* 
mos sacar de nuestra tosca paleta toda fct ver4Íadj exactitud y fres- 
cura de colorido que reclama tan verdadero y descollante tipo. 

Espinoso y erizado de peligros es el camine^ por donde bemos de 
marchar. La materia ardua de suyo, se roza y entrelaza con pro£a* 
sienes honrosas á quienes debemos afecto y veneración. No quisiera- 
mos herir susceptibilidades de ningún género, y al«€fecto hacemos 
de antemano cuantas protestas sean imaginable:?, jurando, no proce* 
der de malicia y lo demás necesario. • '.» 

Todos los pueblos tienen sus ocupaciones favoritas,- sus diver^ 
siones predilectas, sus profesiones, sus especulaciones mas o menos 
generalizadas y simpáticas. Londres se distingue por sus carreras 
de caballos y sus procedimientos mecánicos; París por sus mil es* 
pectáculos, por sus modas; Madrid por sus corridas de toros. Pues 
bien, la risueña isla que realizd las doradas ilusiones dei"'|[ran ma- 
rino genovés, descuella por su triple afición á los'gatles, a^498 cua- 
renta y á los pleitos. A los que dudar pudieren de este líttimoaserto, 
bastarla prsentarles la estadística del foro de la Isla, par^ que 80 
convenciesen de que hay mas pleitos aquí, tal vez, que^n todas laf 
provincias de España. Y esto no es un fenómeno. En la misnm pe- 
nínsula ¿no se distinguen algunos pueblos por esta aficionf En Gálí* 
cia, por ejemplo, ¿no está generalizado el gusto por las contienda* 
judicialesf Lo que no tiene iluda es que esta hermosa tierra de Car 
ba ha sido el campo de batalla mas constanteniente agitado poy. laif 
Kdea de Th^mis: que en su rico suelo se han levantado estupe^xjias.rU 
quezas basadas en el digo que: y que de este ^lieteql^e n^qio, síp du- 
da, el gusto dominante y esclusiyo á la noble prpfesio,n.dis los,^'' 
j^ueéneaut los Servan y los Poíhier, ¿Qué carrera ha tenicjlp. ep 
Cuba mas adeptos que la abogacía? Hu«ita ha,c^ poc^ ^ñp^,^quiéq 
imaginaba abrirse camipo é la reputación, el positivjsní^^ja^^p^cqp; 
aideraeione» sociales sino vistiendo la togad^i^bp^ady^^,^!, ^.,1 ,,.,^',* 
' Atribuyese á un elevado personageel oppitMtio.,c|ifí^(l ^sff^'fif$ 
la Habana no haff tam» porque no hay toros ^ Iíaj»pdii8nq.9 ¿stfys ¿lalat 
bras, deeioios á nuiístra vea ^heiffeu la Babi^nailitig^^et^fót^^ 
hoffplmtoij ó hay pleitos porque hay lüigantesf,^ ., . |i » ,,j, ,j ^^ ^,, 



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. Ancho campo presenta á la discusión esta.tbét^is, que no<enCrai 
én nuestro plan ventilar por ahora, porque úos basta saber que ha]^ 
nqui individuos que, d nacen con inciinacíon decidida á iiti^arf <> 
adquieren ese gusto incitados acnso por el espectáculo que ofrecea 
a Hu vista esas escriba nÍHs siempre oeiif»adas por las d-iferentcs caten 
f^oría» del foro, <ívesas« colosa les fortunas que han surgido erguida» 
y esplendentes de eatpe el. polvo de los protocolos y procesos. 

Confrenuenota nos acontece meditar sobre la diversidad (}egus«^ 
tos y afíciooes<del^hm»bre, y cada vez nos convencemos maa de que 
esta es materia profunda y nmy digna, de la coDcien^uda reflesion 
del fiidsefo, porque sería en es.tre.ino curiosq investigar qué móvil, 
qué incentivo fmede lanzar á algunos individuos al ejercicia.de cier- 
tas especulaciones. Que el amor, el- juego y otraS pasiones tengaa 
ftus adeptos* lo comprendeiTios bien; . pero qua haya quien cifre su 
felicidad en las contiendas litigiosas, en que el éicito inseguro no 
compensa U>s sinsabores^ ansiedades y fatigas, cosa es que se escar 
pa á nuestra exigua pent? ir ación. 

- « Objtítode esie ariiciilo será, pues, no el pacífico ciudadano que 
porquetieaé la desgracia de poseer una finca que linda con la» de 
un vecino am.bicio8o y suspicaz, se ve obligado á enredarse eaiol la^- 
beritito de un pleito pura defender cuatro varas de xerreoo que le 
disyyuta su ealindante. No, no e» esvx nuestra misión. Este prójimo. 
es litiga;nte^áy^r¿¿m» El que intentamos describir es. el hpmbre^ptrp-^ 
ceso, el qae amamantado en. la escuela de la antipatía, tiene ÍQ9tiota9 
de fiera, el que no conoce ios placeres que. produce la. baana armo- 
nía y la urbanidad; el que t^odo ^]uiere llevarlo á pun(a^^, la,itxa; ei 
que no concibe mas cii^mplido es^fuerzo del enteadimieotO' humaoo» 
fuera del quousque tándem; el que se lan/.a con alma y cuerpo en e| 
mare mas^numie las recusaciones, informaciones, articulaciones; et 
qaetiio dii'.e á su contrario, como Temistdcles, jo^^ j^ es^uckUf bUio; 
pej^ai que yo haré que me escuches en el escriio de querella que presenta" 
ré con $u información al canto para que sea$ conducido á la carc^U eil 
que tiene la astucia y flexibilidad de la hiena y la voracidad del Boa 
eolisiritor; el que no goza sino en el proceloso mar de escribanías y 
tribunales; el que pudiera, en fin, llevar el siguiente mote, ioiiitado 
del'de aquel célebre paladín; 

Mis arreos, los provetos. 
Mi descanso, el litigar. 

No es el litigante un pozo.de ciencia jurídica;- el instinto masK 
que otra cosa le guia, sin que se entienda por- ^to que carece «br 
«eí'fflamente de algunos coooeimientoa en la materia» De niño apren-^ 
did muy someramente el látin; tradujo las oraciones de Cicerón, y 
a»iinque está muy dis^tante de conocer su verdadero espiritur vive pei^ 
suadido de que las Calilinarias son la obra maestra de la-abogacia. 

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—822— 

l^or lo ddmaír la Curia filípie» y el Febrero qae ha leido ctín aVidc^^i 
forman el cumplemento de su biblioteca. 

La carrera favorita de nuestro héroe ei la abo^acío. Todas laa^ 
demás no son en su eoncefUo mas que firofet^tones destinadas n aa- 
mentar el brillo, ei positivismo de aquella. Mas eoooeedoisde la:qiiie 
parece de la sociedad en qae vive, abriga báeia etsta noble faealiad- 
un respeto casi religioso que contrasta con el deadeo y «aun menosM^ 
precio con que la miran ciertas porsonas,.que no debieran olvida» 
que la base de su fortuna y de las consideraciones que rtaoibenf ao^ 
tienen otro origen que los. desvelos y trabajos de un ab<>gada que 
impidió se desvaneciese el inseguro edificio delosrai) y nuil .«éoea^ 
atacados bienes de sus aniecesorea^ En un país en. que la>iHda«{SOr*i 
cial depende muy principalmente no solo de las UansaoaioMs mwn 
cantiles en grande escala, sino.de Iqs imuUroi por menor .y contratos 
usurarios ¿cómo no ba de ser considerado el hombre iqui^<cdn sus co* 
nocimientos, con su práctica, se interpone (par4iimpe4ir{A"V0|^afidaé 
del aijfio escandaloso y de la usuraf ^ « v. < i x-. ..>; #) 

Tan aferrado, tan adicto á sus iileas en esta- malíeflli, #o^t«aoT^ 
sige nuestro tipo, ni consu censoria.. Quiere esta d49ttiMr!ell|i|oiiǹo 
que tienen áotra carrera. • • «• «á cualquiera otra, dioe,^Q9i4alt í|u.ef 
DO sea abogado. ¡Mi hijo aboffad«! Jesustqae humilkioioEit^ . .- ^-^^ 
—«Necia, esclama nuestro D. Silvestre de la*£}uredadarateotiios<|^ 
echa lie ver qua^no conoces las preeminencteSv^liLOOble^a^de^'Iftbc^^^ 
rada étlu8tref>rQfesíon que te atreves á denigrar^ Si >bubier4tSrJeiiaot 

á qué hoflsbre!. • • ^. «qué pluma!. . . • « «¡ofa, grande bombre^^ 

^Sabes tú. lo que quiere decir la palabm abogado^ "¿SaÍMa.qttS|.ia|^ 
aristocracias que figuran eo el mundo son tan sotamenle (a del^diae**' 
ro y la del saber? Y ahora bien, ¿en dónde remide el aaberf >* 

Pero tú eres como todas las mugares; te deslumbras eoo. la 
apariencia y el boalo. ¿A quién debió tu padre D. Canuto Transp^^ 
larga la conservación de ese simulacro de ingenio, .que no.-^ 
producido absolutamente mas que discordias y litigios, sino al abo-» 
gado áquieo tan mal le pagó siempre. Desengáñate^ donde el iujo;^ 
es decir, las cuentas con tiendas y modistas, la casa de grandes apa-* 
riencias, las alfombras, los Raouts^ los carruages son loa mas.puflip 
zantes deseos denlas aiuger«s que no se someten. á las modiqradaB 
proporctones:del niariiÍ0)«estmala táctica denigrar una proftsíoa^q^ 
es la que talvez^^podrá evitarla vergüenza, el ea^á^aio^ir el4^ 
honor. .,?:: - m *♦. v* , n 

^ Empato la simpatía decidida que proíesi^ nuestfisdipo. iá test% 
carrera ae Je^ impide llevar.basta.á ttn»eSlr^llU(l'C^i}i^ergo|Ml'esfP|^Jh^¡ 
éaúgencias con mu abogada director. ¡Gi^ánfcas» ve<es,|ira^iWi4^qa#:^ 
plumado aquel se^HPeste dóoil ¿ satisfaaer^sius^fNmHiadios ^imitniietiH 
tos de vengaaza I Guantas desea que «e coa viertan en^|/t/%KMa^t(|f^^' 
ei escritor-^qaesolo^aba cantenerihechos^ acgutn^toa>y rajaojMP^ltf! 
ducidas de la moraly de la lógica y de la l$jr« .;..:: : . t * / - ' 



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— SS8— 

Ya qniéré que establezca su alfOgado>'eeursos impr<M!ed6fite$r^T 
recusactones sin causa, articulaetones maliciosas, ya pretende^que ef 
Intento, el ti^empo, la efíi^acra que deben tener por objeto al huérfa- 
no tietimti del fráudij, á lá viiid<i sin apoyo, y á la inocencia perser-. 
It^ida, se eVYipteeii en lá reclamncion de diez arrobas de azúcar, y 
que apo^tróiS^ ül'lyode^^iero de la esquina con el \ok tempGO-aliohmt&i 
refl^^^^^-i'^quáf íífbe vivimugl porque tuvo una disputa cotí uno de 
frus Criador, ye^ qiíe/ por honor de la familia; se presentó civil y 
erfminalmevite. 

• -u¿fj|cení«iado, diee nuestro héroe al paciente letrado que le pa» 
fUNOTi^Ra/ !^bl*avd. que el escribano no ha querido recibir el escrito, 
pcírqu^ (tteé qiie el juzgado asilo tiene prevenido en el articolo de la 
tní$dtveli«4li ^óñ^elbodeguero. 
)>,.- LUY^biéto^eselaíma el abogado; ¿qué quiere vd? 

-¿-<¿¿Otfmd<qM qué quierof an escrito que levante ampollas. • • • 
Áqli{'iniCg^»^n"líorrtfdor para que vd. lo vea; oiga vd., oi^a vd.. . . * 
,^D. Serapio BuHosa, conforme a derecho &c. digo que la negra anr 
tipaÜaréel^HÍMnai Áa detenido el curso ddbido á mi parle 

'^-^Pi»r^Di^,9¿ «le Enredadera, si vd, quiere que siga yo cqn: 
Itt^dtefWtÉíiii'^o^me traiga borradores,. que yo sé mi obligación. Nq. 
crea vd.^ SrVfAtdj que povprestérniie dócilmente ásus caprichos, voy: 
á^lbM^af Id^dlgifridtfdde mi profesión. Sé lo que debo á la rasonv a 
la'Jtt^ricía'^y'iai büéh sentida, para que deje de conservar el estiJo qile 
i<s pr<^ & iflflídá^coti». O ítue tiene vd. por uno de esc^ Verdadero»^ 
tiftiibne&v ptílilttf y descrédito deiforo, que todo lo ooafiinde», conv¡r« 
tIéhdoBéen ridiculos oradores, cuando nodebenaer mas que abogan 
dos! Si est& geñ^alf^ada la idea de que estos se enfurecen, se apar 
sionan y que alquilan, según el epigrama de Mariial^su» ¡ras y sua 
]kílabras,''f*m^ ^ verba locunt^ yo soy asaz circunspecto para ño co- 
nút^ Cuando el interés y la naturaleza de la causa que defiendo .>m« 
l^rtiliten, los movimientos oratorios. 

Este solo rasgo te hará ver, caro lector, que entre las penalidad 
éri9 que lleva consigo la noble profesión de letrado, no es la de me* 
nos consideración, el trato que se ve obligado á sufrir con litigantea 
aétotos, necios 6 presuntuosos. 

^' ''Al ejercicio de litigante suelen llegar alg^uno» ao la Habana, A 
pttt la mirerai'ó por fa nfaccümi de modo qrue no será tampoco may 
raro el qae eiíea^etitreR, benévoto lectorriadÍTÍéuDs bajo la tripla for* 
ma que hemos indicado. El que es litigante porque ha sido usoiacQ 
drc^aecioniéttt^'eii'el peor de los litigantes.* ileuoe á an eonstancla la 
áBírigrefria con ^ue salie calcular^ todos^ has preli miliares, todas his 
él^erradfMM que^datié su» proyeoto9:un> éjiitQ> seguro. La vida del 
Kfigtttlte^de «Mféféiiefo,'es un contiauo ejemeio dei hombre o<»tra 
W fauniáliidiíM(. Por n^a qae «e diga, de la refaoeion á la usuua no hay 
mus qwa tia<pii«o,* de>la uaor» k la avaricia otro paso, y todos Mtos 
paso9¿&ddnde llevan.'^ itUitigio. t ;^ . 



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—324— 

Cuando los medios no ¿guardan el correspondiente equiKbr^o con 
los gastos que produce el afán de figurar ^*qué sucedef Rect^rrir al 
usurero. Bien sabe este que cuantos enateiñtts se han innBadoeo* 
contra de la usura, no son mas que alharacas vacias; aferrado á las 
doctrinas del jurisconsulto ingles, Benthan, uaieas^que han 6»can>> 
trado eco en su corazón, se rie de las preeeupaeioite^ que oye pro- 
palar contra los usureros. **El dinero, dice, es una ffiercancia, y 
Jo que representa el dinero, es otra mercancía." ¡Cuantas fortunan 
han vertido á confundirse entre los tesoros de nuestro tipoi \on4fíUre^ 

íeg Jntereseg de intereses capitaKzaciop; . . «y Juego. . . • 

los pleito«i la ruina para unos. . . • » »f(fiiteidad« • • •* • 

riqueza superioridad real para otros, y partí cu lar méate para 

el que á poder de tiempo y de intereses devora á los q>ae -se dejan 
devorar. 

En el litigante s6 ve constantemente la neqésidad de-sojueter, 
digámoslo así, á los demás, de ganarles legalmente s^dieero^ SfU ac« 
tividad no tiene ejemplo. Del tribunal á las escribaüiHj», do ^s(a»'á 
Ja casa de su abogado; hé aquí el ejercicio que absorve la mayor 
parte de su tiempo. 6onoee á todos los jueces, escribanos, ageatea y 
oficiales de causas; pero no creáis que su amistad es mi^y provecho-- 
aa á estos ministros de Astrea: no es el litiifante.deprof^^sion'el que 
mas ae distingue por sas prodigalidades. Gracias que alguna que 
otra propí neja le propicie a medias la buena votantad de los aubal- 
temos del foro. En cuanto á su letrado» ácsta vlcti^ma.de p^s petu^. 
Jantes caprichos, a'gun plato de arroz con kch^. aiguqa €aj«^ da^ 
dalce de guayaba, tal eual fruta de sus fincasy spn las uajcaci largue- 
zasoonque cree compensar sus exigencias y su aai4iAÍdad d^M^ina'^: 
pismo.. 

No solo tiene el litigante pleitos propios, sino qMO lambiera loa 
eompra; se coloca en lugar de aquellos que, 6 fatigadoks de i^^ lide^ 
forenses,' d desconfiados del éxito, vendan sus dor^ojips y taml^iea 
sus esperanzas. . i 

Ei litigant;e tiene algo de antiquario. Conoce todas ifis famUias^ 
todos ios entronques, torios los herederos eoespectativa: sabe cutalea 
son los linderos de todas las haciendas, para cuando ilagua. la opor*^ 
Uiaidad presentarse y 4ecir: afuí estoy yo. Centinela avan^ad^ de la 
propiedad, si ocurre la muerte de algún rieo propietario, a<? pr^gMP- 
ta qitién es; se dirige primero asa despaldo, dobla el pi^p^l sellado, 
para an eacrito, y luego arerigaá qué derechos ie pMeden asistir coor 
tra ios bienes del difunto. 

^oé mas podremos deeir de vm tipo ianiaonoe^ulof, íi^A^- Nue^ 
tfos lectores conocen bien á esta clases Bametoira na im^ ¡^f^ab^^ 
afios, pero que vadesapnReciendo, gracias á la^ réforai4s..|(ai,uf|able^ 
i|it#oducidas en el forcr Tiempo llegaré en quocPO' (|u.^le d^ eat9? 
es|>ecttladore6 mas que el nombre y el rec«ardo de sus ri^iciaiece^Y 
Entretanto, te deseamos, querido lector, .que jíunfeacilíe^piritM d^Q 



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—325- 

avaricía de esas sanguijuelas, li otro eapíritu menos decoroso, te 
obliguen á conocer que en ia sociedad hay seres para quienes la pa- 
labra dinero domina todas las consideraciones sociales, y que para 
llegar al parai»o terrestre que. encierra el dinero, no solo atrepella- 
rían á.los hombres, á las leyes, á las instituciones y á las doctrinas, 
sinaque sufren las tortutas, el martirio*de una vida de penalidades 
sostenida co^ la esperanza de obtener porj^ <^.P^r nefas ese diñe- 
r0,,blancQ de sus perfumadas jiusiones* 

Este rápido bosquejo del litigante, aunque imperfecto y mal 
trazado, refiponde al reproche que, entre utros, se nos hace de no 
haber colocjEido ep una obra .conflagrada á la pintura de nuestras eos- 
tgnibres, un tipo tan terrible como ridículo, pero cuya generalización 
no es ya de temer en vista del sistema judicial, que cada dia recibe 
mas importantes mejoras. 

Nq ha entrado por poco en nuestro intento la ¡dea de desagra- 
viara la noble carrera de la pbogacia, sobre la que se ha pretendido 
descargar toda la culpabilidad de escesos y desmanes cuyos autores 
no deben ir á buscarse sino entpe los litigantes de cierta estofa. En 
medio de nue.*«tra insuficiencia, alíro habremos hecho si contribuimos 
á que refifíje ea.todo su esplendor el decoro de un?* profesión que ha- 
ce honor á la humanidad, y que es acaso la mas útil, no solo al indi- 
viduo en, particular, sino á la sociedad entera. 

• Si al trazar estas líneas, se nos tachare de habernos tal vez. es- 
cedido, arrebatados por la palpitante verdad que arroja la materia, 
¿no podremos, con Horacio, impetrar se nos disculpe en gracia de 
nuestros sinceros des^os¿^ 

•*•■".'.. 

... .«^Liberiu? si 
Dixeroquid, si forte jocosius, hoc mihijuris 
Cfim venia dabis, •,•«•••.•••«•«••••, 

^^ m. de Sequeira. 






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: iP '4, 









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N la nieícolanzaeterogénea é inclasificable 
qjia.€atre aosotros se llama sociedad, abun- 
dan tantas entidades morales dignas de es- 
tudio, que de seguro el que de costumbres 
escribe se áa.á cada paso de manos á boca 
; con ellas, y m^i^has veces el que do escribir 
trata no sabe sobre qué hacerlo, porque la 
^ copia de originales*. 1q pone en una duda 
^ amarga: tal me ha acc^aiecido por esta vez, 
aunque ya, gracias á mi vecina doña Sinfori^a, fijé mi elección y 
trato de sujetar al mas concienzudo aipii^á este individuo, consa- 
grando mis vigilias en pro 4e la veeúiii fiebre,, á quien daré á cono- 
cer del modo que mejor pueda. 

La vecina, y de proposito no quiero hablar del vecino, sino de 
ella» tiene tantos matices cuántos son los grados déla escala social: 
así tenemos la vecina pobre, la acomodada y la rica: la primera la 
clasifico entre los censos irredimibles: la segunda y la tercera que: 
dan (M>r ahora salvas de todo cargo, aunque sujetas á clasificación. 
La vecina pobre es ej don mas funesto de la sociedad antigua, 



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—328— 
que la legó á la moderna coa todas sus alicantinas: allá eo los tiem^ 
pos de Noé, no habia vecinas pobres, y si las hubo, la Biblia nada 
nos dice sobre esto: pero después que la sociedad se re/grularizó y que 
hubo propiedad, y casas y azafrán y cebollas y otras cosas asi, sin 
saber cómo ni cuándo, se encontró en el censo vecinal á la vecina 
pobre, formando montón entre los que ^e morian de hambre, que en 
honor déla verdad, eran las tres cuartas partes de los inscriptos en 
el censo: desde entonces la vecina pobre ha sido la espresion fiel del 
todo-me- falta, ó en términos mas claros, de las necesidades huma* 
ñas: la vecina pobre tiene por precisión que habitar bajo de techado, 
comer y vestir; porque si no hace lo primero y la pilla el sereno á (as 
once de la noche en la calle, la zampa en el vivac sin admitirla es- 
cepciones de ninguna especie: si no com,e se muere de hambre, y 
entonces se averigua el por qué y se espone la pobre á ser juzgada 
por suicida, que es si peor de los juicios que pueden fulminársele á 
un prójimo; si no se viste, al momento los muchachos del barrio des- 
cubren á la encuera, y el comisario me le impone una multa: ¿-qué 
remedio, pues, contra este triple riesgo? vivir la casa de valde, comer 
á costa de los vecinos y vestirse como Dios le dé á entender; de aquí, 
pues, procede que la vecina y el desalojo anden siemfire á una, ella 
8 huirle y él a perseguirla: de aquí que pida y pida sin tregua desde 
la sal hasta el agua, de aquí que á los vendedores de ropa callejeros 
los tenga siempre querellosos, y de aquí, por último, que la vecina 
pobre sea una plaga mas insufrible que las siete de Faraón. Pero la 
vecina pobre no puede considerarse en a.bsti^^efTSf H^aq^esario en- 
carnarla en una de las muchas que nos rbdean, |)oneriii (É^j^Min y 
estudiarla para que se puedan mis. lectores form^A* unif id(Mi ile (sÍIb^ 
individualidad que asi nos acosa sin descfltttso. — Doña Siaforip^ 
sa, que por mis pecados vive ahora cont-í^uo áíla casa do una an^- 
gota mía, será la victima éspiatoria ofrecida en holocausto á la jpi* 
ríosidad publica. ' * ^ . m/ 

Doña Sinforosa, lectores queridos, (dispensad me.ot' quÉtiAtn' 
gOj aunque no os conozca), e^ una muger, piaddsam^te juzgando, 
pues si no tuviera túnico tal vez sería clasifícad^foino iadividoofeo 
del sexo feo: tendrá treinfa años, su fisonomía es del género recha- 
zante y daré mi razóW: imaginaos un á<ngulo facial de 90 grados^ ea 
el cual están engastníd(fs unos ojos saltones' como los del raseaeio, eá 
el cual está implantada%na nariz targnry coyas ventaoaa preseniaii 
á las miradas del público hi» oseur^s farnecos: en el cual hay dúé ca^ 
vidades donde cabe muy holgadamente^ una naranja, eo el ouid hay 
tííHs pecas qtie poros, en el cual hay en^a' cisura natarai y aemicirca- 
)ar con anchos y descoloridos bordes que ella llama .á berta lleia su 
boca, lo cual no se le puede disputar, porqae á ios ejos del* dudoso 
se presentan dos andanadas dé dientes ennegrecido» por el 'buniía 
del cigarro, porque es cigarrista mi heroína: este á«galo faeial está 
armado sobre unas mandíbulas descomunales y montado sobre un 



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—329— 

polígoDO cilikclríco, lleno de cuerdas, aparato á que un anatómico 
4ari9 el nombre de pescuezo por su foroiidable piñón que sobresaje^ 
y el ^ujgo llama manzana y que el que tiene jbus ojos buenos llaoia- 
ria aguacate, tomando en cuenta sju volumen y figura. Ya tenemos 
la parte fisonómicade mi vecina: ahora por lo que re;Eipecta á su ta- 
Ue y bulto, solo diré que parece un Arpa de i)at7iVi[:— Retratada fi- 
aicamente mi protagonista vamos & retratarla moralmejite; pero ha- 
Q^os cuenta que habla ahora doña Cnpt9ga,n!ia| la cual me ponto lo 
que sigue: 

Martes era, que martes habla de ser tan aciago dia, cuando á 
]|is once de una mañana nebulosa vi desde nai ventapa & doña Sinfo- 
i^a que, seguida de siete criaturas unas mal vestidas y otras en 
euerosy se detuvo ante la P4eria de una accesoria que por mis, culpas 
q^uedaal lado de mi casa, y* abriendo la puerta se zampd dentro coií 
i^u haraposa acom.pañamiento: tras ella llegaron dos negros conduc- 
tores del menage de casa, cuyo inventario indicara á leguas la rique- 
!|a de 1^ nueva vecina: una silla sin espaldar, un banco, dos cazue- 
las, anjarro de hoja de lata, dos catres mas remendados que casa 
vieja^ una mesare pino, un baúl, una estampa de la V'ir^en dej Co- 
bre y uiiaibotella, que por un cabo de vela que de tapón traia, reve- 
laba |e habían destinado para las severas funciones de capdelero. 
i Cuancb doña Sinforosa Uegd, saludóme diciéndome: bqen día 
dé Dioaá usté, vecina: le contesto con una ligera inclinación de ca- 
beza, previendo la tempestad que tronaba ya sobre mi, pues vi á uno 
4e los cbiqfifK«(4«^dbt^.};r^pezja.dp con unos bagazos de caSa y se 
balpíiP^pf^ado 4jai^|as para pasarles revista. 
My Losv^iete niños 4e doña Sinforosa con.su pelo enrojecido, con' 
^'jpt|tis quemadlo .pt»r^l sol, eon sus harapos, con sus cabos de taba- 
leo la dp^a, ejcan el tipo de la n^iseria mas repugnante: a los diez 
^l|^Luto%^ haber llegado doña Sinforosa ya sus gritos maldiciendo 
alcM^bi)^ habían anunciando al vecindario su llegada: porque la mu- 
g^4pf#-e, a^psadapor la indigencia^ embrutecida por la ignoran- 
cia, '^^iere pa^;e^r ^to á la )tui;bulenci^ínfantil de su prole gue no sa- 
be educar, cQumaldiciones^y .porrazos* h^ 

Poco después de haber tomado ppse^|||a^e hu domicilio, se me 
presento en casa una niña de i^uevovaños; su^ morena, mas que de 
ipjjyo.pQr la influencia solar,. sus. ojos vivQsyliíjpbxosos, sus facciones * 
if^alares y si se quiere agradable)?, 8u^ab^dii|ii'evMelto y desordena- 
do, su vestido sucio y roto, sus pies dí^ntia^cubiertos apenas por 
uAas^QhaiicJetas^q^ue porsu á^spero sonido podían llamarle las pre- 
goneras de Jam^eria,;S.u. pei^geño, en íinj repugnante y que ponia 
profunda lastimaba todo elque lu miraba, y veía una predestinada 
del vicio en aq^iella inoiüeiite, que educada seria una buena madre 
¿^famUía» dirigióse á mi la niña, y quitándose áe la boca un tabaco, 
me dijo: dicaoni madre que si le hace V. el favor de emprestarle una 
^Cioba, Accedí y sa^id cop la escoba: aun no había salido cuaqdp én- 

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—880— 
tr¿ UD peloncillo Je siete año», c6n ei rostro y cuerpo Henos dé t¡er-¿ 
ra: parecía tfit^/iao; era desenvuelto y avispado sio embargo de la 
cortedad de sus año»: tenia puesta una camisita hecha jirones, j lle- 
vaba el calcado de Nuestro Padre Adán; con petulante voz y mos- 
trándome un jarro algo entrado en años que en la una mano traia» 
dfjomet dice tn\ mae que si le hace el favor de darle un poquttico d« 
agua; otorgué la petición; en fin, para no cansar á mis lectores, en el 
corto intervalo de dos horas me mandd pedir un poquito de candela 
y otro de sal y un dientecitó de ajos, y por dltimoque si le empresta- 
ba una peseta hasta lu noche. 

* Por la tarde, cuando menos me lo esperaba, c&taté á la vecina 
y sus siete hijos á hacerme visita de cumplimiento: tomo asiento; un 
chiquillo se le encñramo en las piernaif, oteo se colocd entre las mias; 
esotro se fué á despertar el gato que dormia ¿ pierna tendida sobre 
una silla, y loi^ demás se desparramaron aquí y allá como guardaa 
por terreno barbechado, á hacer de las suyas. Tomd la palabra doña 
Sinforosa, y entre bocanada de humo y salibazo de á libra, liabld ad: 
— V. dispensará que yo sin mas ni mes venga de sometía á ha«> 
cerle visita, porque según el proverbio, quién es tu hermsno? el ve* 
ciño mas cercano: y yo no gusto etiqueieria con alma nacida, y máti^ 
mámente con los vecinos, porque en todas las vebiddaded que he estan- 
do me he llevaído muy bien sin un si ni un no: ya V. me ve con eátas 
siete criatur ¡tas que Dios me ha ¿/ao, que con Tiairftfn se meten:' ten* 

fo mi marido que ni güele ni jiée^ ni viene á cada mas que los saba- 
os por la noche, porque ei resto de la semana seeMf%n los cayos 
chinchoreando: yo soy muy servicíala y muy ifblmiariosc^m "ütffñtc^ 
se necesita, y sé asistí un enfermo como la qm 'mas, pU/qüe a^ÉI 
donde V. me ve tengo esperencia; pues yo solitSíiie criao estas crlih 
turitas que Dios me dio; y como yo le digo á Aiifonso, cuando viei|V 
ácasa — (Rayo, estati quieto, déjame conversar con la gente); ipÉi 
como le iba diciendo de Aiifonso, yo le consuelo, porque el jMmftay- 
veces que viene sin una peset»i. (muchacho, no'seas el^écaáN^Ho» 
mira que te doy un sosquín) y*Ue pone tan así corfio una moeocoa que 
me parte el alma. Aquí llefiAa doña Sinfíhrosa, cuando tuve la for- 
tuna de que el chicuekNlle jugaba con el gato, le tiro del rabo, y el 
animalito, en justa y w^itima defensa 4e araño, con cuyo motivo ei 
muchacho puso los ^^jkos en el cielo y la madre se despidid de mí 
retirándole con aquelfi^tehígada de diablillos, dejándome espanta* 
da con su aparición súbita^^'^ 

A la noche, dadas ya Ia3 diez, oí á la vecina quemegriktba por 
e) patio: vecina, me empresta su gato;7o vía soya^ Mandé' al criado 
que se lo llevase, y el animalillo no acostumbrado &' pefróoctar fuera 
de casa, armo tal zalagarda de mahutlos f carreras á media nochév 
que doña Sinforosa tuvo que abrirle la puerta y dejarle en plena 4f^' 
Iicrtad. " ^ ' ^ : V ^r^- 

"^Al otro dili^ desque mi Dión echó sus lúas ál mundo empezd eF 



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fritírreaáe doña Sioforosa: ¡Jesús qué idlacwn de mugen Dios lüe 
la perdone? que ni sé lo qué me digo con Hemejante íufioieca (\w^ m/s 
ha venido: los muchachitps los tengo todo el día metidos eq c^f Qi.bá- 
óenda toterias; me han rompido una de las talólas de la cerca que 
nos divide, y por el hueco que han hecho entran y salen a su an^ojoj^ 
ellos me haceu rabiar á la lotica^ me arrancan los semhradiioif en fiíjí 
me tienen todo el día como una pregonera; y la madre,- por otro la- 
do cantando el ¡ayl de la mañana á la noche y pidiéndome sio.cesar 
cuanto necesita que es todo; los tiene átoda su leche^ contentándose 
con echarles maldiciones en vez de sujetarlos y corregirlos; V. no es 
capaz de formarse una idea de lo que Kon esos angelitos: tirante 
piedras á todo el que pasa, y son el terror de la cuadra; no hace mas 
que quince 4ias q^ie los tengo por mis culpas al lado, y solo espero á 
últimos de mes para si no se mudan mudarme yo donde no sepa ni 
oiga de ellos.^^ 

Al concluir su informe doña Criptogama, entraron dos de los 
chiquillos y traté de atraerlos; pero ellos, pegada la barba al pecho, 
.mordiéndose la mano, caminando hacia atrás y mirándome de hito 
en hito me decían que no cop la Cabeza. ¿Conque vds. tiran piedra^» 
ehf yo se lo diré al comisario para que los sobe. La respuesta que 
me dieron fué tan insolente que no pude menos de lastimarme de est 
cuchar palabras tan descompuestas proferidas por aquellos labios 
que apenas sabian articukr las palabras sacramentales de papá y 
mamá. 

Ya habéis 6ido hablará doña Criptógama y escuchado o leido 
lo qye me p;^ con los hijos de doña Sínforosa, y ya comprendereis 
401 grin esfuerzo que la vecina pobre es mas molesta que el saram^ 
{^D y mas importuna que la visita del cobrador del alumbrado. La 
^cina pobre cria sus hijos en la mas profunda ignorancia, y desde 
i^H^rimeros años bastardea con la dureza de sus palabras la índole 
generosa de su prole. ¿Como puede inspirarles ideas de moralidad, 
de-decoro, cuando arrastrando la caracteristica chancleta, desnudos 
cuello y espalda!^, atraviesa la Calle ái todas horas.'^ ¿Cuando en vez 
de corregirles sus niñeces con suavidad; les maldice á cada instante? 
¿Qué esperar de una muger que se asoma;|ya puerta de su casa con 
'un tabaco en la boca, y se pone en comunicafBbijCon la vecindad con, 
■estentórea voz? y no es la pobreza por cierto mcausa de tanto avi^. 
ilanamíentOy que pobre puede ser una^fmi^|py no por eso ha de 
perder el recato; ni aquel pudor, ornamento precioso y atractivo del, 
beUosexo; es la ignorancia fa que así aplebeya á esa creación her- 
l^osa de. Dios, desnuturalizándolu a tal punto> que el túnico que vis«. 
te solo sirve paifa,firrojar la 4^da en el espíritu mas investigador, y. 
pi^ para designar eLsexo á que pertenece; mas deji^ndo a uq lado 
consideraciones iilosdficas, convengamos, en que. la vecina pobre es 
uncomegen en su vecindad; ella es la que da muerte á toda gallina 
á quien su mala ventura hizo entrar portas puertas de aquella casa. 



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-832— 
doncfe su aparicioa se gradúa como un don de San Cayetano, podre 
dt9 la Providencia, ella es la que canta de dia y de noche, de voz mi 
cuello como una cigarra; ella la que os acosa con sus legiones de chi« 
quillos, que todo lo piden y todo lo pillan y revuelven, chiquillos indo-" 
mitos, especie de bichos mostrencos, verdadera carga vecinal; ella la 
que por un hazte allá le pone á uno cr\moun agua y dos goteras, ella 
en fin la personificación tremenda y espantosa del sempiterno ^^me 
da V. ó emprésteme V.," palabras fatídicas que dan frió y calentura, 
y que, según la respetable opinión de un avariento logrero, es la cau- 
sa ocasional de las epidemias que nos afligen. 

El único medio que hay de conjurar á ese enemigo, llamado ^la 
veerna pobre," es remover los obstáculos que hoy se oponen á que 
las clases pobres sean convenientemente educadas; adquiriendo aU 
guna instrucción y hábitos de trabajo no serán tan desidiosas, tan ig- 
norantes, tan haraganas y tan agenas de decoro: comprenderán sa 
iinportante destino, concebirán una idea santa y social de la mater- 
nidad, y la pobreza no será un obstáculo para que se evite su con* 
tticto con el mismo escrúpulo y repugnancia con que se evita el de 
un apestado. 

JMé ¥• Betancoiut. 







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DE LOS TIPOS QUE CONTIENE ESTA OBRA. 



mí. 

Introducción .^ • • « ..por D- Blas San Millan 1« 

La coqueta • por Felicia/; 7. 

El lechero por D. Rafael Otero 31. 

La casamentera. • * por D. Manuel Larios 21. 

El tabaquero •••••.. . ..por Salantis 41. 

La suegra por D. Santiago Savagc... •• • 55. 

El estudiante. ••••••••• por D. Eugenio Arriaza 63. 

El acreedor tefaccionista por D. Manuel Costales... 72. 

La vieja verde por el Dr. Canta-claro 81. 

El localista w • • • por D. José M? de Cárdenas. • . £Í4. 

El vividor. por D. JoaquinG. de la Huerta... 101. 

La solterona ..••••• .por D. J. V. Betancourt 111. 

El peón de ganados .por D. Ramón I. Morales 119. 

El pica-pleitos por D. Andrés López Consuegra.. 123. 

El calambuco por'D. José Agustín Millan 129. 

La comadre por D. José M^ de Cárdenas.. ..139. 

El empleado. • . . . .por D. Manuel Larios.. 149. 

El corredor por Pabio. . .' 157. 

El gurrupié * por D. Manuel de Sequeira 165. 

El médico de campo por D. José M? de Cárdena^.. ..173. 

El médico. • .., por D^ José Agustín Millan 180. 

El administrador de ingenio., por D. José M^ de Cárdenas.. ..192. 

El director de escuelitas por D. Joaquín G, de la Huerta.. .197. 

El procurador por D. Manuel G. de Aguilar.. .203. 

La vieja curandera por D. J. V. Betancourt 209. 

El editor de un periódica,., , , .por D. José M* de Cárdenas.. ..216, 



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FiGs. 

Ül oficial de eausoi por D. Manuel Costales &1. 

El gallero por el Ldo. Vidrieras 229. 

El amante de ventana por el Dr. Canta-claro 237. 

El educado fuera • .por D. José M* He CárHenan.. ..252. 

El poetastro por D* Jonquin 6. déla Huerta.. .259. 

El encritor novel |>or D. J. V. Betancourt 267* 

Elmaestro deescuelu.\.m por D. Joísé Aguotih M¡llan..;..275. 

El testaférrea por D. Manuel Costales 289. 

El músico aficionado por D. José Agustín Millan 293. 

El educado en casa por D. F. Milanés. « • • • • 305. 

El mataperros.» por D J. J.. Hernández 313. 

El litigante, por D. Manuel de Sequeira 319. 

La vecina pobre por D. J. V. Betancourt 327. 



FIN DEL ÍNDICE. 






1* 



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i 



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I 






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places a recall for this item, the borrower will 
be notified of the need for an earlier retum« 

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the borrower from overdue fines. 



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libraiy coUections at Harvard. 




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