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Full text of "Los insurgentes; continuación de Sacerdote y caudillo, novela histórica mexicana"

ÜNIVERSITY OF NORTH CAROLINA 



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THE LIBRARY OF THE 

ÜNIVERSITY OF 

NORTH CAROLINA 




ENDOWED BY THB 

DIALECTIC AND PHILANTHROPIC 

SOCIETIES 



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I 5 



UNIVERSITY OF N.C. AT CHAPEL HIU 




00041395604 



This book is due at the LOUIS R. WILSON LIBRARY onthe 
last date stamped under "Date Due." If not on hold it may be 
renewed by bringing it to the library. 



DATE RET 


DATE 

DUE Kfc1, 



















































































































































J. A. MATEOS 

LOS INSURGENTES 



Digitized by the Internet Archive 

in 2012 with funding from 

University of North Carolina at Chapel Hi 



http://archive.org/details/losinsurgentescoOOmate 



BcT7TO77 
LOS a ¿f 

INSURGENTES 



Continuación de 

SACERPOTE Y CAUPILLO 



TflT 



NOVCLA HISTÓRICA MEXICñNA 



POR 



Juan A* Mateos 



Novísima Edición adornada de espléndidos fotograbados 



ÍJSHüÜ 



CASAS EDITORIALES 

MÉXICO (Ciudad) v BUENOS-AIRES 

MAUCCI HERMANOS j MAUCCI HERM. 08 é HIJOS 

Qaarta de Tacaba N. 40 > Calle Rlvadavía, 1435 



Mézico, Octubre de 1869. 

Al Sr. D. Miguel Urrea, como la manifestación más sincera de sim- 
patía y amistad, dedica las páginas históricas de este libro. 

El Autor. 






PRin^RA PARTE 



Eí Collar de Esmeraldas 



EL LIBRO ROJO. 

I. 

Atravesaba el pequeño ejército de Eernán Cortés la soberbia 
muralla de Tlaxcala, que defendía la frontera oriental de aquella in- 
dómita República. 

«Los soldados se detenían mirando con asombro aquel monumento 
gigantesco ; que según la expresión de Prescott «tan alta idea sugería 
del poder y fuerza del pueblo que le había levantado.» 

«Pero aquel paso, aquella fortaleza, cuya custodia tenían encar- 
gada los othomís, estaba entonces desguarnecida. El general español 
se puso á la cabeza de su caballería, é bizo atravesar por allí á sus 
soldados, exclamando l]eno de fe y entusiasmo : «Soldados, adelante, 
Ja Cruz es nuestra bandera, y bajo esta señal venceremos :» (1) y los 
guerreros españoles bollaron el suelo de la libre Eepública de Tlaxcala. 



«El ejército español y sus aliados los Zempoal tecas caminaban 
ordenadamente : Cortés con sus ginetes llevaba la vanguardia ; los 
Zempoaltecas la retaguardia. Aquella columna atravesando la desierta 
llanura, parecía una serpiente monstruosa con la cabeza guarnecida 
de brillantes escamas de acero, y el cuerpo cubierto de pintadas y 
vistosas plumas. 

«Cortés caminaba pensativo : el tenaz fruncimiento de su entre- 
cejo indicaba su profunda meditación : mil encontradas ideas y mil 

(1) Prescott, Historia de México, Gomara, Ixtlilxochitl, Herrera, Ca- 
na argo. 



JTJAN A. MATEOS 



desacordes pensamientos debían luchar en el alma de aquel osado ca- 
pitán, que con un puñado de hombres se lanzaba á acometer la empresa 
más grande que registra la historia en sus anales. 

«Reinaba el silencio mas profundo en la columna, y solo se os- 
cuchnba el ruido sordo y confuso de las pisadas de los caballos. 

«De cuando en cuaudo, Cortés se levantaba sobre los estribos y 
dirigía ardientes miradas, como intentando descubrir algo á lo lejos : 
así permanecía algunos momentos, nada alcanzaba á ver, y volvía 
silenciosamente á caer en su meditación. 

«¿Qué esperaba, qué temía aquel hombre que procuraba así son- 
dear los dilatados horizontes 1 ? — Esperaba la vuelta de sus embajadores: 
temía la resolución del gobierno de la Eepública de Tlaxcala. 

»•# 

«Cuando Cortés determinó pasar con su ejército á la capital da 
imperio de Moteuczóma, vaciló sobre el camino que debía llevar ; era 
su intención dejar á un lado la República de Tlaxcala y tomar el ca 
mino de Cholula, país sometido al imperio de México, y en dondt 
esperaba encontrar favorable acogida, por las relaciones de amistad 
que le unían ya con el emperador Moteuczóma. 

«Pero sus aliados los Zempoaltecas le aconsejaron otra cosa. 
Tlaxcala era una República independiente y libre ; sus hijos, belicosos 
é indomables, no habían consentido nunca el yugo del imperio Azteca ; 
vencedores en las llanuras de Poyauhtlan : vencedores de Axayacatl, 
y vencedores después de Moteuczóma, el amor á su patria les había 
hecho invencibles y les constituía irreconciliables enemigos de los mexi- 
canos : los Zempoaltecas aconsejaron á Cortés que procurase hacer 
alianza con los de Tlaxcala, abonando encarecidamente el valor y la 
lealtad de aquellos hombres. 

«Comprendió Cortés que sus aliados tenían razón, y tomó decidí 
damente el camino de Tlaxcala, enviando delante de sí como emba 
j adores á cuatro Zempoaltecas para hablar al senado de Tlaxcala, con 
un presente marcial, que consistía en un casco de género carmesí, 
una espada y una ballesta, y portadores de una carta en la que enco 
miaba el valor de los Tlaxcaltecas, su constancia y su amor á la patria, 
y concluía proponiéndoles una alianza, con objeto de humillar y cas- 
tigar al soberbio emperador de México. 

«Los embajadores partieron ; Cortés continuó su camino, atra- 
vesó la gran muralla tlaxcalteca y penetró en el terreno de la República, 
sin que aquellos hubieran vuelto á dar noticias de su embajada. 



«El ejército español avanzaba con rapidez ; el general seguía cada 
momento mas inquieto ; por fin no pudo contenerse, puso á galope 
su caballo, y una partida de ginetes le imitó, y algunos peones acele- 
raron el paso para acompañarle ; así caminaron algún tiempo explo- 
rando el terreno : de repente alcanzaron á ver una pequeña partida 
de indios armados que echaban á huir cuando vieron acercarse á los 



IOS INSURGENTES 



españoles : los ginetes se lanzaron en su persecución, y muy pronto 
alcanzaron á los fugitivos ; pero estos, en vez de aterrorizarse por el 
extraño aspecto de los caballos, hicieron frente á los españoles y se 
prepararon á combatir. 

«Aquel puñado de valientes hubiera sido arrollado por la caba- 
llería, si en el mismo momento un poderoso refuerzo no hubiera apare- 
cido en su auxilio. 

«Los españoles se detuvieron, y Cortés envió uno de su comitiva 
para avisar á su ejercito que apresurase la marcha. Entretanto los 
indios, disparando sus flechas, se arrojaron sobre los españoles, pro- 
curando romper sus lanzas y arrancar á los ginetes de los caballos ; 
dos de estos fueron muertos en aquella refriega, y degollados para 
llevarse las cabezas como trofeos de guerra. 

«Eudo y desigual era el combate, y mal lo hubieran pasado los 
españoles que allí acompañaban á Cortés, á no haber llegado en su so- 
corro el resto del ejército : desplegóse la infantería en batalla, y los 
descargas de los mosquetes y el terrible estruendo de las armas de 
fuego que por primera vez se escuchaba en aquellas regiones, contu- 
vieron á los enemigos, que retirándose en buen orden y sin dar 
muestra ninguna de pavor, dejaron á los cristianos dueños del lugar 
del combate. 

«Sobre aquel terreno se detuvieron los españoles, acampando, 
como señal del triunfo, sobre el mismo campo de batalla. 



«Dos enviados Tlaxcaltecas y dos de los embajadores de Cortés 
se presentaron entonces para manifestar, en nombre de la Eepública, 
la desaprobación del ataque que habían recibido los españoles, y ofre- 
ciendo á estos que serían bien recibidos en la ciudad. 

«Cortés creyó ó ungió creer en la buena fe de aquellas palabras : 
cerró la noche y el ejército se recogió, sin perderse un momento la 
vigilancia. 

«Amaneció el siguiente día, que era el dos de Setiembre de 1519, 
y el ejército de los cristianos, acompañado de tres mil aliados, se puso 
en marcha, después de haber asistido devotamente á la misa que ce- 
lebró uno de los capellanes. 

«Eompían la marcha los ginetes, de tres en fondo, á la cabeza 
de los cuales iba como siempre el denodado Cortés. 

«No habían avanzado aún mucho terreno, cuando salieron á su 
encuentro los otros dos Zempoaltecas, embajadores de Cortés, anun- 
ciándole que el general Xicoténcatl les esperaba con un poderoso 
ejército y decidido á estorbarles el paso á todo trance. 

«En efecto, á pocos momentos una gran masa de Tlaxcaltecas 
se presentó blandiendo sus armas y lanzando alaridos guerreros. 

«Cortés quiso parlamentar, pero aquellos hombres nada escucharon, 
y una lluvia de dardos, de piedras y de flechas, vino á rebotar 
como tínica contestación, sobre los férreos arneses de los españoles. 

«Santiago y á ellos,» gritó Cortés con ronca voz, y los ginetes 
bajando las lanzas arremetieron á aquella forrada multitud. 



JUAN A. MATEOS 



«Los Tlaxcaltecas comenzaron á retirarse : los españoles, ciegos 
por el ardor del combate, comenzaron á perseguirlos, y así llegaron 
hasta un desfiladero cortado por un arroyo, en donde era imposible 
que maniobrasen la artillería ni los ginetes. 

«Cortés comprendió lo difícil de su situación, y con un esfuerzo 
desesperado logró salir de aquella garganta y descender á la llanura. 

«Pero entonces sus asombrados ojos contemplaron allí un ejercite 
de Tlaxcaltecas, que su imaginación multiplicaba : era el ejército de 
Xicoténcatl que esperaba con ansia el momento del combate. 

«Sobre aquella multitud confusa se levantaba la bandera del joven 
general ; era la enseña do la casa de Tittcala, una garza sobre una 
roca, y las plumas y las mallas de los combatientes, amarillas y rojas, 
indicaban también que eran los guerreros de Xicoténcatl. 

«Sonaron los teponaxtles, se escuchó el alarido de guerra y co- 
menzó un terrible combate. 



«Era Xicoténcatl, el jefe de aquel ejército, un joven hijo de 
uno de los ancianos mas respetables entre los que componían el se- 
nado de Tlaxcala. 

«De formas hercúleas, de andar majestuoso, de semblante agra- 
dable, sus ojos negros y brillantes parecían penetrar, en los momentos 
de meditación del caudillo, los oscuros misterios del porvenir, y sobre 
su frente ancha y despejada no se hubiera atrevido á cruzar nunca 
un pensamiento de traición, como un pajaro nocturno no se atreve 
nunca á cruzar por un cielo sereno y alumbrabo por la luz del día. 

«Xicoténcatl era un hermoso tipo ; su elevado pecho estaba cu- 
bierto por una ajustada y gruesa cota de algodón, sobre la que bri- 
llaba una rica coraza de escamas de oro y plata ; defendía su cabeza 
un casco que remedaba la cabeza de una águila cubierta de oro y 
salpicada de piedras preciosas, y sobre el cual ondeaba un soberbio 
penacho de plumas rojas y amarillas ; una especie de tunicela de al- 
godón bordada de leves plumas, también rojas y amarillas, descendía 
hasta cerca de la rodilla ; sus nervudos brazos mostraban ricos bra- 
zaletes, y sobre sus robustas espaldas descansaba un pequeño manto, 
formado también de un tejido de exquisitas plumas. 

«Llevaba en la mano derecha una pesada maza de madera eri- 
zada de puntas de iztli, y en el brazo izquierdo un escudo, en el 
cual estaban pintadas como divisa las armas de la casa de Tittcala, 
y del cual pendía un rico penacho de plumas. Xicoténcatl, con ese 
fantástico y hermoso traje, hubiera podido tomarse por uno de esos 
semidioses de la mitología griega : todo el ejército Tlaxcalteca le obe- 
decía, y era él el alma guerrera de aquella Kepública, la encarnación 
del patriotismo y del valor ; y era él, el que despreciando las fabu- 
losas consejas que hacían de los españoles divinidades invencibles é 
hijos del sol, conducía las huestes de la Kepública al encuentro de 
aquellos extranjeros, despreciando los cobardes consejos del viejo Ma- 
xixcatzin que quería la paz con los cristianos, y sin intimidarse de 
que estos manejaban el rayo y caminaban sobre monstruos feroces y 
desconocidos. 



LOS INSURGENTES 



«El choque fué terrible : un día entero duró aquel combate, y 
Xicotóncatl, que había perdido en él ocho de sus mas valientes capi- 
tanes, tuvo que retirarse, pero sin creer por esto que había sido ven- 
cido, y esperando el nuevo día para dar una nueva batalla. 

«Cortés recogió sus heridos, y sin pérdida de tiempo continuó su 
marcha hasta llegar al cerro de Tzompatchtepetl, en cuya cima un 
templo le prestó asilo para el descanso de aquella noche. 

«Los soldados cristianos y sus aliados celebraban la victoria. 
Cortés comprendió lo efímero del triunfo. La inquietud devoraba su 
pecho. 

«Se dio un día de descanso á las tropas. 

«Xicoténcatl acampó también muy cerca de Cortés, y se prepa- 
raba, lo mismo que los españoles, á combatir de nuevo. 

«Sin embargo, el general español quiso probar aún la benignidad 
y los medios de conciliación, enviando nuevos embajadores á proponer 
á Xicoténcatl un armisticio. 

»Los embajadores volvieron con la respuesta del joven caudillo : 
era un reto á muerte y una amenaza de atacar al siguiente día los 
cuarteles. 

«Cortés reflexionó que su situación era comprometida, y decidió 
salir á buscar en la mañana siguiente á los Tlaxcaltecas 



«Brilló la aurora del 5 de Setiembre de 1519. — El sol apareció 
después puro y sereno, y á su luz comenzaron á desfilar peones y 
ginetes. 

«Su marcha era ordenada y silenciosa como de costumbre : cada 
uno de los soldados esperaba el combate de un momento á otro, y 
todos sabían ya que su valeroso general los llevaba á atacar resuelta- 
mente el campamento del ejército de Xicotóncatl 

«Apenas habían caminado un cuarto de legua, cuando aquel ejér- 
cito apareció á su vista en una extendida pradera. 

«El espectáculo era sorprendente. 

«Un océano de plumas de mil colores que ondulaban á merced 
del fresco viento de la mañana, y entre el que brillaban como las 
fosforescencias del mar en una noche tempestuosa, los arneses de oro 
y plata y las joyas preciosas de los cascos de los guerreros Tlaxcal- 
tecas, heridos por la luz del nuevo día. 

«En el horizonte, perdiéndose entre la bruma, las banderas y 
pendones de los distintos caciques Othomís y Tlaxcaltecas, y domi- 
nándolo todo, orgullosa, el águila de oro con las alas abiertas, em- 
blema de la indómita República. 

«Al presentarse el ejército de Cortés, aquella moltitud se estre- 
meció, y un espantoso alarido atronó los vientos, y los ecos de las 
montañas lo repitieron confusamente. 

«El monótono sonido de los teponaxtles contestó á aquel alarido 
de guerra : los guerreros indios se agitaron un momento, y después, 



10 JUAN A. MATE08 



como un torrente que se desborda, aquella muchedumbre se lanzó 
sobre los españoles. 

«No hubo uno solo de aquellos valiontcs pechos castellanos que 
no sintiera un estremecimiento de pavor. 

«El ejército de Xicoténcatl avanzaba rápidamente levantando un 
inmenso torbellino de polvo, que flotaba después sobre ambos ejércitos, 
como un dosel, al través del cual cruzaban tristes y amarillentos los 
rayos del sol. 

«Aquella era una hirviente catarata de hombres, de armas, de 
plumas, de joyas y de estandartes. 

Levantóse un rugido como el de una tempestad : los gritos de 
los combatientes que se miraban á cada momento mas cerca, se mez- 
claban con el estrépito de las armas de fuego, el silvido de las flechas, 
los sonidos de los teponaxtles y de los pífanos y de los atabales. 

«Los dos ejércitos se encontraron, y se estrecharon y se enlazaron 
como dos luchadores. 

«Pasó entonces una escena espantosa, indescriiitible. 

«Ni los caballeros ni los infantes podían maniobrar. 

«Se escuchaban los golpes sordos de lo? aceros de los españoles 
sobre el desnudo pecho de los indios, y como el ruido del granizo que 
azota una roca, el golpe de las flechas sobre las armaduras de hierro 
de los soldados de Cortés. 

«Aquella carnicería no puede ni explicarse ni comprenderse. 

«Las balas de los cañones y de los arcabuces se incrustaban en 
una espesa muralla de carne humana, y la sangre corría como el agua 
de los arroyos. 

«Era una especie de hervor siniestro de combatientes que se alza- 
ban y desaparecían unos bajo los pies de otros, para convertirse en 
fango sangriento. 

«La traición vino en ayuda de los españoles, y un cacique de los 
que militaban á las órdenes de Xicoténcatl huyó llevándose diez mil 
combatientes, y la victoria se decidió por los cristianos. 

«El pueblo y senado de Tlaxcala se desalentaron con la derrota. 
Xicoténcatl sintió en su corazón avivarse el entusiasmo y el amor á 
la patria. 

«Las almas grandes son como el acero : se templan en el fuego. 

«Xicoténcatl contaba con el sacerdocio, y los sacerdotes dijeron 
al pueblo y al senado que los cristianos protegidos por el sol, debían 
ser atacados durante la noche. 

«Y el pueblo y el senado creyeron. 

«Llegó la noche, y Xicoténcatl condujo sus huestes al ataque de 
los cuarteles de los tspañoles. 

«Cortés velaba, y entre las sombras vio las negras masas del 
ejército Tlaxcalteca que se acercaban, y puso en pie á sus soldados. 

«Xicoténcatl llegó hasta el campo atrincherado de los españoles,: 
un paso los separaba ya, cuando repentinamente una faja de hiz roja 
ciñó el campamento, y el estampido de las armas de fuego despertó 
el eco de los montes. 

«Los Tlaxcaltecas atacaban con furor; pero en esta vez como en 
otras, los cañones y los arcabuces dieron la victoria á Cortés. 



LOS INSURGENTES 11 



«El senado de Tlaxcala; culpó la indomable constancia del joven 
candillo, y lo obligó á deponer las armas. 

«Los españoles entraron triunfantes á Tlaxcala.. 

«El águila de aquella República lanzó un grito de duelo, y buyo 
á las montañas. 

«El senado de la Eepública, que nada babía becbo en favor de 
la iudepeüdencia de la patria, temeroso del enojo de los cod quista 
dores, destituyó al joven caudillo; pero el espíritu grande de Hernán 
Cortés sintió lo profundamente ingrato de la conducta del senado, ó 
interpuso su valimiento para que Xicoténcatl fuese restituido en sus 
honores. 



«Eran los primeros días de Marzo de 1521. Cortés volvía sobre 
la capital del imperio Azteca, de donde babía salido fugitivo y casi 
derrotado en la célebre noclie triste, con un ejército poderoso com- 
puesto de españoles y aliados, como se llamaban á los naturales del 
ipaís. 

«En las filas de los Tlaxcaltecas circulaban noticias alarmantes. 
¡Xicoténcatl babía desaparecido del campo, y según la opinión general, 
aquella separación era provenida del mal trato que loa españoles daban 
á sus aliados, y sobre todo del odio. que Xicoténcatl profesaba á esta 
alianza. 

«Dióse la orden para que los Tlaxcaltecas se dirigieran para Tla- 
copan con objeto de comenzar las operaciones del sitio, y los Tlax- 
caltecas emprendieron el camino, dejando á la ciudad de Texcoco, en 
^donde sin saber para quién, pero con gran terror, babían visto pre- 
parar una grande horca. 



«Estamos en Texcoco. 

«El sol se ponía detrás de los montes que forman como un en- 
caste á las cristalinas aguas del lago : la tarde estaba serena y apa- 
cible. 

«Por el camino de Tlaxcala llegaba nn grupo de peones y ginetes 
■¡conduciendo en medio de sus filas á un prisionero, que caminaba tan 
Kbrgullosamente como si él viniera mandando aquella tropa. 

«Atravesaron sin detenerse algunas de las calles de la ciudad, y 
fee dirigieron sin vacilar á la grande horca colocada cerca de la orilla 
¡del lago. 

«El prisionero miró la horca : comprendió la suerte que le esperaba 
pero no se estremeció siquiera. 

«Porque aquel hombre era Xicoténcatl, y Xicoténcatl no sabía 
(temblar ante la muerte. 

«Los españoles le notificaron su sentencia : debía morir por haber 
abandonado sus banderas, por haber dado este mal ejemplo á los 
fieles Tlaxcaltecas. 

«Xicoténcatl, que comenzaba ya á comprender el español, contestó 
fia la sentencia con una sonrisa de desprecio. 

«Entonces se arrojaron sobre él y le ataron. 



12 JUAN A. MATEOS 



«La pálida y melancólica luz de la luna que se ocultaba en e' 
horizonte, rielando sobre la superficie tranquila do la laguna, alumbré 
un cuadro de muerte. 

«El caudillo de Tlaxcala, el héroe de la independencia do aquella 
República, espiraba suspendido de una horca, al pié de la cual loe 
soldados de Cortés le contemplaban con admiración. 

«A lo lejos, algunos Tlaxcaltecas huían espantados, porque aquel 
era el patíbulo de la libertad de una nación. 

ÍL 

La noche avanzaba, las nubes se alzaban lentamente en el ho- 
rizonte hasta tornar en crepúsculo la luz radiante de la luna, el aire 
que azotaba la superficie del agua y los matorrales de la orilla, daba 
sobre el cadáver de Xicoténcatl, esparciendo las madejas de su cabello 
y haciendo estremecer su cuerpo inanimado. 

El lugar del suplicio no estaba desierto; bajo el árbol donde yacía 
la víctima como el pregón de la barbarie, estaba un anciano que pa- 
recía hundirse en profundas meditaciones: dejóse oir el andar de varios 
hombres que llegaron á la vez al funesto sitio. 

— Aquí, dijo un arrogante joven que llevaba sobre sus hombro' 
una piel de tigre. 

— Aquí repitieron dos jefes del ejército mexicano, y todos si- 
multáneamente fijaron sus ojos sobre el cadáver del ajusticiado. 

— Tízoc, dijo el mas joven, yo le he visto asesinar y he recibido 
en mi alma sus últimos acentos. 

— ¡Infeliz! murmuraron sus interlocutores. 

— Yo os he convocado al festín de la venganza. 

—¿Y bien? 

— Es necesario jurar delante del mártir, que su sangre será ven- 
gada, y que las olas de nuestro rencor atravesarán por cien genera- 
ciones si es necesario. 

— Prosigue, tú eres hijo de Xicoténcatl, y nosotros estamos con- 
tigo, como ayer al lado de tu padre. 

— Bajad el cadáver, dijo el joven, y Tizoc y Popoca, que así se 
llamaban estos capitanes, ascendieron rápidamente por las ramas, y 
bajaron con gran cuidado á su señor, pusiéronle sobre la yerba, y 
esperaron á que el joven Xicoténcatl hablase. 

Arrodillóse el hijo junto al cadáver del padre, posó la mano s)bre 
el corazón, que lo halló sin palpitaciones, y el llanto se agolpó á sus 
ojos: pero aquel llanto parecía sorberse en las mismas pupilas, ni un 
sollozo, ni un suspiro, nada que revelase la profunda angustia que 
devoraba el alma del mancebo. 

Sacó después de su aljaba un dardo, é hizo una incisión en e A 
pecho del cadáver sobre el corazón; la sangre tibia aún, asomó por 
la herida; entonces el joven sacó un vaso, y recogió el jugo de las 
arterias, como si aquella sangre trajese algo del espíritu del héroe. 



LOS INSURGENTES 13 



il J-J 



tíezcló después un licor que llevaba consigo, y dijo á sus compa- 
ieros : 

— Este es el brindis de la muerte, la libación de la venganza en 
orvenir... ¡Padre! delante de tus cenizas y bajo las sombras de 

sstaj noche fatídica, juramos morir en defensa de la Patria! 

— ¡Lo juramos! repitieron con voz solemne Tizoc y Popoca, y los 
;res bebieron en aquel vaso la sangre de Xicoténcatl. 

Oidme, dijo la voz cavernosa del hombre que había permane- 
íido oculto tras el árbol, presenciando la sacrilega Ceremonia. 

¡Traición! gritó Xicoténcatl, y todos echaron mano á sus armas. 

Silencio, esclamó el desconocido, y descubrió su faz venerable 
inte aquellos hombres. 

— ¡El sabio Chichilica! dijeron todos á una vez, y saludaron al 
astrólogo. 

— El destino os ha convocado bajo el árbol de la muerte mos- 
tradme vuestras manos. 

Xicoténcatl se adelantó el primero, y presentó su mano abierta al 
sábio, este la examinó con cuidado, y después practicó lo mismo con 
Popoca y Tizoc. 

— Jóvenes, continuó el astrólogo, estáis predestinados, pero la 
sangre que habéis libado, infiltra la muerte en vuestras generaciones, 
oidme: «ese cadáver que acaso escucha mis vaticinios, tiene al cuello 
tres esmeraldas marcadas igualmente en el centro por un foco de rayos 
semejante á los de una estrella; cada uno de vosotros conservará una 
de esas piedras, como el tesoro de vuestro juramento ; esas esm era Idas 
las iréis legando á vuestros hijos, y cuando todos hayan desaparecido; 
el último de las generaciones que llegue á reunir las tres piedras pre- 
ciosas, asistirá á la última batalla y morirá en la noche que preceda 
á ese gran día de la independencia de México: si no tenéis sucesión, 
el último de vosotros que quede en la lucha, verá á la patria inde- 
pendiente.» 

Inclinóse después sobre el cadáver de Xicoténcatl, desató el collar, 
y repartió las esmeraldas á los tres jóvenes, que las besaron con 
respeto como un reo su sentencia de muerte. 

Aquellos hombres eran los trabajadores del porvenir. 

Estrecháronse las manos, y separándose para siempre, se alejaron 
los cuatro personajes, todos por rumbos opuestos, como los cuatro 
ángeles del apocalypsis. 



14 JUAN A. MATEOS 



CAPITULO I. 

De la noticia que recibió el general Morelos 

en su campamento de la Brea. 



I. 

Cuando el cura Hidalgo se dirigía con su ejército sobre la capital 
le la colonia, un eclesiástico abandonaba la humilde feligresía de Ca- 
rácuaro, y marchaba solo en busca del caudillo. En el pueblo do 
Charo tuvo lugar la entrevista de aquellos dos hombres extraordinarios, 
cuyos nombres coloca en sus primeras páginas la historia contemporánea. 

Se enseña aún á los viajeros la casa donde aquellos genios se 
encontraron, como dos astros en un punto del horizonte. 

Morelos estaba dotado de un gran talento militar, había nacido 
como Napoleón, para mandar ejércitos. 

El destino había querido cambiar su ruta ; pero aquella alma se 
-sobrepuso á todo, quebrantando las cadenas que lo ataban con sus 
votos solemnes á la ara del sacrificio cristiano. 

Entró de lleno en las faces luminosas de su horóscopo, hasta 
caer en el abismo de su predestinación ; pero la estela brillante que 
dejó á su paso en el mar de la revolución quedaría eterna sobre 1» 
superficie, como la huella de su tránsito por su siglo. 

Morelos combatió desde el primer día, levantó ejércitos y atacó 
las plazas y poblaciones, y recorrió victorioso al frente de sus solda- 
dos, las costas de Sur ; dejó su nombre sobre los laureles del Veladero, 
en la Sábana, y el bronce de sus cañones se reconoce aún en los 
muros graníticos del castillo de Acapulco. 

Aquel espíritu saciado de gloria en las selvas y las montañas, 
buscó un espacio mas gigante, un teatro mas extenso á sus ambición 
nes, y seguido de su ejército ascendió atrevido la cordillera central 
del Sur, se adelantó á esas pirámides mas elevadas que las de Egipto, 
7 en medio de aquella atmósfera de fuego, llegó, á las alturas del 
Camarón, bajó después hasta el seno donde corren las turbulenta^ 
aguas del Papagayo, allí aplacó la sed de sus corceles para encum- 
brar la sierra donde se posó, para ver como una águila la ciudad de 
Chilpancingo ; cordera de las montañas que yace ai abrigo de aquella 
vejetación del paraíso, acariciada por las auras purísimas de su cielo ; 
allí, desde esa altura, tenía el héroe á sus pies el profundo valle del 
Mezcala, donde el monstruo del contagio sacude sus melenas empon- 
zoñando las ondas del caudaloso río, que, en un nuevo ascenso, di- 
vide sus aguas de las que en dirección opuesta van á enriquecer las 
linfas agitadas del Zacatnda. 

La hora de la revolución había sonado ; esa es la hora de los 
héroes. 



LOS INSURGENTES 15 



Morelos acudía con la ofrenda de su sangre al llamado de la 
patria. 

Las montañas se estremecieron, el sol tuvo una reverberación 
más luminosa, y el cielo recogió los primeros acentos de aquel hombre 
que ofrecía delante del porvenir una era de gloria á sus soldados. 



n. 

El ejército independiente había acampado en la hacienda de la 
Brea, y Morelos se encontraba en su cuartel general improvisado, con 
todos sus jefes y un sin número de amigos ; porque su popularidad 
estaba como el mar en la hora del finjo. 

—Mi general, decía un ayudante joven y vivaracho que no se 
separaba nunca de Morelos, esos diablos de realistas no escarmientan, 
ya les hemos dado unas zurribambas de primera, y todavía se han 
atrevido hoy á seguir nuestra retaguardia.... ojalá que se acerquen, 
estamos dispuestos á darle una lección,..,, pues digo, ya conocen á 
los soldados de Morelos para andarse con remilgos.... dígalo el mny 
valiente compañero Avila, que los ha hecho corretear como cabras, já, 
já, já, si parecían venados. 

— Este Muñoz habla por los codos, dijo un ayudante igualment 
joven, pero que en sus ojos revelaba una serenidad de espíritu te 
rrible, era aquella mirada la superficie del mar en calma, en el fondc 
estaba la muerte. 

—Sí, hablo, porque mi general me ha visto batir, y tengo de 
recho para.... 

—Yo no lo niego amigo mío, eres valiente, y soy el primero 
en confesarlo. 

—Pues vamos una apuesta, señor capitán D. Alfonso de Pie- 
.dra-Santa. 

— La acepto de antemano. 

— Jugamos un ascenso que nos concederá el general, al que lie 
gue en el primer encuentro á confundirse con el enemigo. 

— He dicho que acepto. 

— Testigo el Sr. Morelos. 

El general estaba hondamente preocupado, y apenas hizo una 
inclinación de cabeza. 

—No está de umor mi general, dejémosle, y vamos á tomar un 
trago á la tienda. 

Levantóse la nube de oficiales, y entre risas y bromas se mar 
charon á hacer las libaciones de ordenanza. 



III. 

Luego que el caudillo quedó en el silencio de su alojamiento, se 
puso á ver su correspondencia, que era bastante voluminosa. 

— Este Avila es un valiente, murmuraba el general ; en el cam- 
pamento del Veladero está absolutamente seguro, y está en el lugar 



16 



JUAN A. MATEOS 



más estratégico de aquellos contornos, cubrirá nuestra retirada en 
caso de que la fortuna me sea adversa. ... la fortuna. ... la for- 
tuna hasta hoy ha seguido mis pasos, camino seguro de encontrarla 
donde se escuche la detonación de mis armas. . . . estos realistas son 
tan bisónos como mis soldados ... es necesario activar los movi- 
mientos antes de la llegada de cuerpos espedicionarios . . . este Ca- 
lleja me tiene mortalmente inquieto . . . Hidalgo se ha empeñado en 
presentar grandes masas, y eso lo perderá al fin... es necesario observar 
precisamente la táctica contraria, poca gente, toda armada y lo menos 
bisoña que sea posible ; en cuanto al valor es lo que mas abunda. . . . 
mis tropas están acostumbradas á vencer, este elemento trae un éxito 
casi seguro ... sin embargo, bien pronto tendrá encima el _ ejército 
de Calleja, porque es seguro que alcanza á Hidalgo en su retirada. . * 
si pasara este primer momento sin dar cima á la empresa, .... ma- 
lo .. . malo. Quedóse un momento pensativo, y luego continuó como 
si conversase con alguien, y es que el espíritu habla con el genio de 
la inspiración. 

—Organizar, he aquí todo el trabajo ; la tarea es ardua, pero 
forzosa .... tengo jóvenes vigorosos, y ya la idea de independencia 
no asusta á las masas, la hora del sacrilegio ha pasado para cederle 
el puesto á la razón y al patriotismo .... cuando esté al frente de 
él un ejército disciplinado para revindicar el honor de nuestras armas, 
entonces los vencedores de Guanajuato, Acúleo y Calderón, verán sus 
laureles estrujados por las herraduras de mis caballos, y yo seré ar- 
bitro de la victoria !. . . . ¡qué sueño tan hermoso!. . . . 

Anublóse repentinamente la faz del caudillo, una nube negra 
babía pasado por aquel cielo de esperanzas. -„.•-', 

Morelos recordaba en aquellos instantes las palabras de Hidalgo : 
« los que comienzan estas grandes empresas, jamás ven el resultado. » 

En aquellos momentos dieron tres golpes á la puerta. 

— Adelante! dijo el héroe con voz serena, porque Morelos teníf 
un dominio absoluto sobre su corazón. 

Abrióse la puerta, y el ayudante Antonio Muñoz penetró en el 
aposento. 

—¿Qué hay? preguntó Morelos. 

—Mi general, acaba de llegar un correo con estos pliegos. 

— Está bien, que espere. 

Muñoz salió al iustante. 

Abrió el caudillo el pliego, pasó sus ojos de águila por los ren- 
glones, devorándolos instantáneamente. 

Luego que se enteró del contenido, se dejó caer en la silla, 
apoyó su frente en ambas manos, y comenzó á dar sollozos ahoga- 
dos, sacó su pañuelo y enjugó sus lágrimas, agitó la campánula, y 
Muñoz volvió á presentarse. 

Algo notó el ayudante, porque acercándose al general le dijo 

- Señor, algo pasa por vd. ¿Ha sucedido alguna desgracia? 
—Capitán, haga usted entrar al correo. 
El ayudante cumplió con la orden, y dejó solo al caudillo con 

el mensajero. 



LOS INSURGENTES 17 



— Vamos cuéntame como ha estado todo .... quiero saberlo, 
¿lo oyes? 

— Señor amo, dijo el correo limpiándose la frente, no me pre- 
gunte su merced, porque .... no; yo no he vuelto á hablar con 
nadie de esa desgracia, . . . quisiera haber muerto antes que 

— Vamos, cálmate, necesito que me digas si es cierto lo que dice 
este papel. 

— Todo es verdad, señor amo, ... en las lomas de Bajan nos 
traicionó el señor Elizondo, y ya mataron al señor cura Hidalgo y al 
niño Allende y á todos, señor amo, á tetdos, yo los he visto fusilar 
en la plaza de Chihuahua. 

— ¿Y la tropa? 

— Toda se ha huido. 

— ¿Toda? 

— No señor, no cuento la que se quedó con el general Rayón 
que anda peleando. , 

— Está bien, hijo mío, retírate á descansar, y no digas á nadie 
lo que has visto. 

— No, señor amo, ni á bala vuelvo á decir una sílaba. 

Quedó solo el general, su llanto se sorbió de improviso y un 
gesto de crueldad apareció en el rostro de Morelos. 

— ¡Yo volveré sangre por sangre, y odio por odio!. . . . me sien- 
to único en la lucha. ... el resto de ese ejército vaga disperso y 

desmoralizado, yo seré el centro de unión El movimiento re 

volucionario está confiado á mis esfuerzos. . . . sabré cumplir con la 
misión que el destino pone hoy en mis manos. ... mi brazo es ro- 
busto y fuerte mi aliento. . . . nos llaman á la muerte, y acudimos 
como buenos. . . . ¡á las armas!. . . . ¡á las armas!. ... el cadalso es 
un sitio de victoria, una tribuna desde donde nos escucha el mundo 
entero. ... no emporra, nuestro es el porvenir. 

Tornó á agitar la campanilla, y el ayudante á presentarse. 

— Que llamen á mi confesor. 

Morelos había conservado el sentimiento religioso en un grado 
exajerado, todos los días hacía que el capellán le dijese misa, y se 
confesaba la víspera de los combates. 

Desde que á su voz corrió la primera sangre en las costas del 
:Sur, dejó en su conciencia de ser sacerdote, y se consagró todo entero 
á la patria. 

Morelos hubiera sido también un héroe en los tieuipos de Pedro 
el Ermitaño. 

Arregladas sus cuentas con el cielo, entraba en batalla como un 
león, y después de darle gracias á Dios por haberle salvado, mandaba 
fusilar á los prisioneros : creía que esto era un deber según las cir- 
cunstancias y plan que había adoptado, y cumplía fielmente con su 
misión... el corazón humano es un abismo, quererle sondear, una 
locura!.... 

Entróse Fray Manuel de los Angeles, y conversó la mayor parto 
de la noche con Morelos. 



2 — Los Insurgentes. 



18 JUAN A. ¡MATEOS 



IV. 

— Algo pasa con el cuartel general, compañero Piedra- Santa, 
decía el ayudante, que era joven, pequeño de cuerpo, y con una 
gran cabeza ; el señor Morelos estaba demudado ; te confieso que me 
asusté. 

— Es asustarse por muy poco, dijo don Alfonso. 

— Es que insisto en que ha pasado alguna desgracia j pero debe 
ser de las gordas, porque.... 

— No seas misterioso, Muñoz. 

— Yo voy á salir de dudas ¡oh buen hombre! venga por acá, ea, 
á tí, al que trajo los pliegos, es á quien llamo. 

Levantóse el correo, y se acercó á los oficiales, 

— ?Qué manda usté, señor amo? 

— ¿De dónde vienes? 

— De por ahí. 

— Explícate. 

— De allá arriba. 

—¿Del cielo? 

— Casi, casi, porque esas montañas están muy altas. 

— ¿Y qué has visto? 

— Nada, señor amo. 

— ¿Qué dicen del cura Hidalgo? 

El correo no respondió. 

— Lo dicho, dijo Muñoz, aquí hay gato encerrado. 

— Nada de gato, señor amo. 

— ¿Pues dónde has dejado al ejército? 

— Por todas partes peleando. 

— ¿Y los gachupines? 

— Peleando también. 

— ¿Has estado en México? 

— No señor, si ni lo conozco. 

— ¿Qué has oido de la batalla de Calderón? 

— Que la ganaron los del rey. 

— Nosotros no reconocemos á ningún rey ¿lo entiendes? 

— ¿Para qué me pregunta su merced? 

— Estás perdiendo el tiempo, dijo don Alfonso, este hombre se 
ha empeñado en callar, y no moverá la lengua aunque lo maten. 

— Largo, dijo Muñoz, y ya me las pagarás todas juntas. 

— Con premiso de su merced. 

■ — Malo está el negocio, el señor Hidalgo la ha pasado mal. 

— Así lo creo, murmuró Piedra-Santa. 

— Están tocando orden general en el alojamiento del señor 
Morelos. 

Acercóse á los dos amigos un oficial, y dijo alegremente : 

■ — Compañeros, estamos de marcha, pasado mañana atacaremos 
Chilpancingo. 

— ¡Esa sí es noticia! gritó Muñoz. 

— Ya creía yo que nos iban á salir raiees en esta hacienda, 
murmuró Piedra- Santa, que estaba impaciente cuando no estaba pe- 
leando ó en víspera de una batalla. 



LOS INSURGENTES 19 



Ya que hablamos de este personaje, diremos á nuestros lectores 
que era alto, delgado, con el cabello rubio cebado todo hacia atrás, 
los ojos azules y la barba de oro, su frente despejada, la nariz un 
tanto acaballetada, su labio inferior algo salido y su continente repo- 
sado y sereno, su origen y familia mas tarde lo sabremos. 

Esparcióse la noticia de la marcha en el campo insurgente, ati- 
záronse las lumbradas, levantáronse los soldados, y comenzó la bulla 
y la algazara en derredor de las hogueras. 

— Compadre, pasado mañana á más tardar carneamos. 

— ¡Como que mi espada tiene una hambre que ya! decía un suriano 
limpiando el machete en la manga de la camisa. 

— Ese realista Páris podrá decir si parecen ó no navajas de barba 
nuestros chafarotes. 

— Como que ¡pif! ¡paf! cabeza abajo. 

— Lo estoy viendo. 

— Vamos Juan, gritó una soldadera (un francés escribiría canti- 
niére) ya me habilité de gallinas. 

— La hacienda paga. 

Fuera de nuestro país no se conoce esa benemérita clase que 
forma la mitad del soldado, es decir, su mujer. No entraremos en la 
cuestión si las tienen con arreglo al Concilio de Trento ó al Eegistro 
Civil, el hecho es que el soldado, sobre todo en campaña, nada vale 
sin una compañera. 

Esas infelices mujeres son una especie de langosta que caen tanto 
sobre las fincas, como sobre los sembrados, como sobre los muertos, 
á quienes desnudan piadosamente. 

En la época de la insurrección, realistas é insurgentes entraban 
en las fiucas á ejercer el derecho de conquista; de aquí la ruina de 
tantas haciendas y pueblos que han desaparecido, y cuyos escombros 
apenas se perciben en medio de la desolación de los campos y de las 
comarcas. 

En la época á que se refiere nuestra historia, los insurgentes ca- 
minaban en familia; así es que á la hora de una derrota las mujeres 
y los niños caían prisioneros de guerra y entraban en el botin del 
vencedor, hasta que podían escapar de la esclavitud á que las conde- 
naban en las fincas ele campo, dándoles un trato duro é inhumano. 

El general había prescrito que las mujeres se quedasen á una 
gran distancia del campo de batalla, pero cuando menos se esperaba 
ya se las veía dando de beber á los soldados, y cargando á los heridos 
y ofreciendo algo que comer á los oficiales, aquello, como hoy, no 
tenía remedio. 

Nosotros les tributamos un sentimiento de ternura, porque en 
esos momentos solemnes ejercen la caridad con noble desinterés; nos- 
otros hemos visto morir á algunas infelices, victima del plomo en los 
momentos de socorrer á sus maridos agonizantes. 

V. 

Seguía el tumulto y la algazara en el campo insurgente; porque 
la alegría era peculiar de aquellas valientes tropas. 

Parecía el campamento un cuadro fantástico: todos los perso- 



20 JUAN A. MATEOS 



najes se veían á la luz do las hogueras ; por aquí un rostro franco 
y alegre, por allí otro terriblemente feroz, mas allá un grupo de 
mujeres arrullando á sus niños, soldados durmiendo en el regazo de 
sus mujeres; levantándose do aquel campo un continuo murmullo de 
voces, gritos y carcajadas, que hace la armonía de los campamentos. 

Atravesó cerca de una hoguera el joven Hermenegildo Galeaua, 
y se detuvo junto á un grupo de guerrilleros. 

— Muchachos, no han visto al capitán Piedra- Santa?. 

— Sí, mi capitán, adelante algunos pasos y lo encuentra ¿ acaba 
de tomar un trago de mescal con nosotros. 

— Está bien; ya nos veremos, muchachos. 

— Canastos, dijo un suriano, de que veo al capitán me salta el 
corazón; eso sí que es valiente, no lo olvido en el día del Veladero. 

— El capitán es amigo de la muerte, son viejos conocidos. 

— Parece imposible que lo respeten las balas. 

— He observado que cuando los realistas nos oyen gritar ¡viva 
Morolos! les entran corvas, y esto es correr como unos gamos. 

— A fé que mi general Morelos, no lo he visto ni pestañear, y 
que siempre va al frente de nosotros. 

— Pobrecillo, dijo una insurgento, yo lo he cuidado durante su 
enfermedad en Tecpan, no pensaba mas que en sus soldados, los quiere 
mas que si fueran sus hijos. 

— A fé que nosotros, le queremos como á un padre, no quiera 
Dios que le toquen un cabello, porque... ¡rayo de Dios!., solo de pen- 
sarlo me dan ganas de arremeter. 

— Este Viklo adora al señor cura. 

— Y todos nosotros, repitieron los insurgentes. 

— Mucho respetaba yo al señor Hidalgo, dijo Vildo ; pero no tanto 
como al señor Morelos; yo he visto al señor cura en el Monte délas 
Cruces, ¡qué hermoso estaba el viejecito! ¡si parecía un santo!.. Des- 
pués de la retirada tomé rumbo al Sur. 

— ¡Qué ingrato fuiste! 

—Juro por la Virgen del Carmen que no lo he sido : si me se- 
paré fué porque me hirieron y tuve que ocultarme en Santiago : des- 
pués me fué imposible reunirme al ejército, y como yo soy de la 
Costa y supe que había tumulto por aquí, dijo para mi coleto, donde 
haya pleito allí está Patricio Vildo, y ¡viva la América! 

— ¿Y dónde encontraste al señor Piedra-Santa? 
i — Esa es otra historia; mi capitán es un soldado de primera, 

pero lo confieso, es algo misterioso. 
• — ¿Misterioso? 

— Sí, lo dicho, yo tengo mis razones. 

— Dilas. 

— Será otra vez, por ahora solo les cuento que es muy devoto, 
trae siempre un relicario al cuello y lo cuida mas que los ojos de 
la cara. 

—Será de la Virgen de Guadalupe. 

—Puede ser ; pero á mí se me figura que es otra reliquia má» 
sagrada. 

— ¡Si traerá dinero! 



IOS INSURGENTES 21 



— Cállate, Peralta, sería muy poco lo que pudiera guardar eu el 
relicario, ademas que el capitán es el hombre mas naneo, yo guardo 
su dinero y oigan sonar. 

El guerrillero dio con su mano en las bolsas de la calzonera, 
que produjo un sonido metálico. 

— ¡Oro! dijeron los soldados. 

— ¡Oro! repitió Vildo. 

— Luego no es oro lo que trae al cuello mi capitán, dijo Peralta. 

— Eso lo averiguaremos mas adelante. 

En aquellos momentos so dejó oir el clarín que tocaba llamada. 

— En marcha, dijeron á una voz los insurgentes, y se dirigieron 
á tomar su formación. 



VI. 

Galeana siguió en busca de Piedra-Santa, á quien encontró pa- 
seándose cerca de sus soldados. 

— Demonio de hombre, te he buscado por todas paites. 

— No me he movido de este sitio. 

— Es necesario ponernos en marcha al instante. 

— Estoy listo. 

— Ha pasado una desgracia horrible. 

— ¡Habla! 

— Es inconcebible, amigo mió. 

— ¡Me alarmas! 

— La cosa no es para menos, el señor Hidalgo y todos los gene- 
rales han sido fusilados en Chihuahua. 

— ¡Ira de Dios!.... ya se me había pasado por el pensamiento. 

— La revolución ha quedado acéfala. 

— Te engañas, hoy está mas poderosa, nosotros venimos á for- 
mar el centro de ella, el general Morelos está predestinado para ser 
la primera figura en la segunda época de este movimiento. 

— Así lo creo. 

— Pasamos á ocupar el primer termino. 

— Y tendremos aliento para llevar adelante esta empresa ; el ge- 
neral me envía á ver á los señores Bravos, con quienes está en in- 
teligencia para que proporcionen recursos para la marcha. 

— Conozco perfectamente á esos señores, servirán al general al 
pensamiento. Necesitamos llegar mañana á la hacienda, caminaremos 
toda la noche. 

— Pu>ís á ello. 

Los dos amigos fueron en busca de sus caballos : Vildo ya tenía 
listos los del capitán Piedra- Santa y Peralta los de Galeana. 

Pusiéronse en marcha en medio de la oscuridad de la noche, 
cuando atravesó un ginete en la misma dirección, y tomando la de- 
lantera, á todo escape. 



22 «tTAN A. MATE08 



CAPITULO II. 

De como el tio Blas y la señora Fermina convirtieron en 
proyectiles los utensilios de la cocina. 



I. 

Estamos en la hacienda Chichihualco, propiedad del Sr. D. 
Leonardo Bravo, cuya numerosa familia se encuentra reunida con* 
motivo del casamiento del joven D. Nicolás. 

La hacienda está llena de gente venida de Cbilpancingo y pueblos 
comarcanos, porque los Sres. Bravos son gente de pro y gozan do' 
una grande influencia en aquellos terrenos. 

Dos ó tres músicas de viento tocan en el patio, y una de cuerda 
en la sala principal, lanzando al viento sonatas tan alegres, que 
resplandece el gozo en todos los semblantes. 

La novia es una muchacha guapa, graciosa, y pertenece á una 
de las familias mas distinguidas de Chilapa ; es hija del comandante 
de realistas Guevara, se llama Margarita. 

Del novio nada decimos, buen mozo, apuesto, valiente, y caba 
llero entre los caballeros. D. Nicolás está ufano .con su prometida, 
su alma comienza á inundarse con la luz apacible y bienhechora d* 
la luna de miel. 

Escusamos advertir que los jóvenes esposos, que acababan de 
recibir las benediciones nupciales, no se ocupan de aquel mundo que 
los rodea, y están entregados á la ternura de sus amores. 

— Que bella estás, Margarita. 

— Nunca me has parecido mas simpático, mi cariño ha crecido 
hacia tí de una manera inexplicable. 
— El mío no tiene límites. 
— Qué placer, poderte llamar mío, solamente mío. 

— ¡Yo estoy loco! 

— ¡Y yo te idolatro! 

Estos diálogos serán familiares á nuestros lectores siempre que 
hayan doblado su cuello al yugo matrimonial ; diálogos amorosos 
esperanzas soñadas en ese día espléndido de felicidad. 

¡Parece que el horizonte de la vida se ensancha, que el alma se 
dilata como el océano hasta tocarse con el cielo! 

— Niño don Nicolás, dijo un viejo ranchero, que atravesó entre 
la concurrencia con la mayor pasta del mundo, La llegado un amigo 
de su merced. 

— Que pase en el acto, hoy recibo á todo el mundo, quiero que 
mis amigos sean testigos de mi felicidad. 

— ¿Ya sabe su merced quién es? 

— No, pero eso importa ñoco, dile quo voy á darle un abrazo ¡ 
muy estrecho. 



LOS INSURGENTES 23 



— ¿Pero sabe su merced, insistió el tío Blas, quién es ese caballero? 
—Vamos tío Blas, que me estás impacientando. 
— Es que... 

— ¡Con mil demonios, revienta!... Perdóname, esposa mía, pero la 
sorna de este hombre me molesta. 

— Es que... 

— Vamos, este hombre quiere decirme algo, vuelvo dentro un 
instante, no ceses de pensar en mí. 

— Nicolás, yo no acostumbro olvidarte. 

Don Nicolás besó la mano de su esposa, y se acercó al tío Blas, 
que le volvió la espalda, y se echó á andar fuera de la sala. 

— Este es un viejo misterioso, murmuró el joven. 

Luego que el tío Blas estuvo en el corredor, se acercó al oído 
de Bravo, y procurando ahogar su voz, le dijo : el amo don Herme- 
negildo Galeana acaba de llegar á la Hacienda. 

— Se vá á armar una de todos los diablos : mira tío, hazle en- 
trar en las piezas de mi padre, y dile que yo iré mas tarde, que no 
me separo de aquí por no dar en que sospechar. 

— Está bien. 

El viejo caporal se fué al encuentro de don Hermenegildo G-a 
leana, y le dijo secamente : 

— Sígame su merced. 

El viajero obedeció, y conducido por su guía llegó hasta la ha- 
bitación de don Leonardo. 

— Que espero su merced al amo don Nicolás, que está acabando 
de hablar, salvo la grosería, con su esposa y resto de concurrencia. 

— Está bien. 

— Y si su merced quiere tomar un bocado, se le sacará al instante, 
porque aunque yo soy un bruto después de su merced, sé lo que debe 
tiacerse con los amos que tienen tantas educaciones. 

— Será mas tarde. 

— Como su merced lo determine, porque aquí desde las bestias 
hasta el administrador obedecemos á todos los señores caballeros. 

— Está bien. 

— Y servimos tanto á los que andan en la América, como á los 
realistas. 

— Y hablando de otro asunto, no sabe el tío Blas el estado de 
la plaza de Chilpancingo? 

— ¡Pues no! el domingo estuve en la plaza, los aparejos están 
caros, y lo que es por lo tocante á las semillas hay muchas, los amos 
las guardan, porque dicen que se espera sitio. 

— ¿Y hay mucha tropa? 

— Tocante á eso no le podré decir á su merced, porque los sol 
dados no asoman ni las narices, y el que pregunta sobre algo de lo* 
tumultos del señor Morelos, lo amarran como un cohete, y no se 
vuelve á saber su paradero : así es que por lo que respecta, nada sé ni 
nada pregunto. 

— Está bien. 

— Con permiso. 

El tío Blas se retiró muy satisfecho de su conversación. 



24 JUAN A. MATEOS 



El tío Blas era un antiguo vaquero de la Hacienda de Chichi- 
huaico ; había pasado su vida en las labores del campo, y á esas 
fechas ya estaba jubilado. Era un viejecito de setenta años, pequeño 
y encorvado, sus piernas formaban un perfecto paréntesis, sus manos 
eran toscas y callosas, jamás les había tocado el jabón. 

El tío Blas tenía una trenza apelmazada, el peine no había lle- 
gado á sus notii uis ; usaba como la gente del campo, calzón de cuero, 
bota de campana, cotona, manga azul con dragona negra y flecos, som- 
brero de palma, y zapatón de ala. 

El tío Blas era casado en terceras nupcias con la señora Fer- 
mina, mujer perspicaz y de inteligencia; habían tenido dos hijos, 
un varón y una hembrita preciosísima, que á la razón contaba diez y 
seis Abriles y treinta y dos enamorados. 

El mancebo se llamaba Jacinto, era todo un buen mozo, su 
frente ancha, su nariz correcta, boca pequeña con una dentadura 
blanca y terriblemente fuerte, cortaba un mecate á la primera den- 
tellada ; su cuerpo era robusto, y toda su contestura revelaba fuerza 
y vigor. Jacinto tenía una mirada particular, jamás la dirigía direc- 
tamente al objeto que trataba de examinar, sus visuales eran oblicuos, 
veía de lado como dice el vulgo (el vulgo somos nosostros.) 

Los ojos son el espojo del alma: sentado este principio, Jacinto 
tenía el alma atravesada. 

Luz era una morena de ojos negros como lo, noche, bañados da 
una expresión tiernísima de sentimiento, y formaba el todo de aquel 
rostro hechicero : la nariz recta y un tanto pequeña, los labios de 
granate y un ciítis arrosado como la hoja de una rosa de Castilla. La 
garganta torneada, y unos hombros que se escapaban de la camisa 
blanca como la nieve, eran dignos del estudio de un escultor, la mano 
pequeñita y pálida en su revés, como las azucenas, con remates de 
los dedos teñidos de un suave carmín, ol pié tan pequeño como el 
de eaas ninfas que nos dibuja Cordero meciéndose en las amahacas á 
la sombra de las frondosas y tendidas hojas del plátano. 

Luz tenía un cuerpo pequeño y una cintura de abeja, que se 
ocultaba bajo la mata de cabellos negros, que caía en rizos cuando 
la joven venía de empaliarla on el río cristalino que atraviesa en ondas 
de plata por la Hacienda de Chichihualco. 

El tío Blas idolatraba á su hija, y arrimaba unas tranquizas de 
lo lindo á Jacinto, que despuntaba en calavera. 

La tía Fermina adoraba á su hijo y reñía do continuo á Luz, 
llamándola la remilgada, porque su cutis delicado se estropeaba al 
hacer las labores y faenas de la casa : de esta contradicción resultaba 
una reyerta matrimonial que acababa en tragedia : el tío Blas daba 
un muletazo á su esposa, esta naturalmente enviaba sobro la respe- 
table persona de su cónyuge, un jarro ó el primer objeto que tenía 
á mano, y continuaba el tiroteo hasta que Luz y Jacinto mediaban, 
el uno con sus brazos y la otra con sus lágrimas. El mal humor du- 
raba hasta que llegaba la hora de hacer la colación de la noche, 
porque el tío Blas no podía pasársela sin contar cuentecillos y hablar 
de sus mocedades y de la manera y modo como conoció, enamoró y 
trató á sus dos difuntas esposas y á la tía Fermina que era la tercera. 



LOS INSURGENTES 25 



Acababa la conversación con alguna moraleja, y por aconsejar á su 
bija Luz que no se casase nunca, que en él podía ver tres tomos 
sobre el matrimonio. 

La tía Fermina daba entonces un gruñido y el tío Blas las buenas 
noches: así pasaba la existencia aquella honrada familia, hasta que 
la calma fué interrumpida por los sucesos que forman las páginas de 
este libro. 

n. 

Decíamos que el tío Blas se entró en la cocina después de dejar 
al recien venido en las habitaciones mas apartadas de la hacienda. 

La cocina presentaba el aspecto mas delicioso: en el ancho bra- 
cero había doce hornillas encendidas, conteniendo cada una de ellas 
una cazuela monstruo que despedía nubes, no de mirra dí de incienso 
sino de un aroma capaz de despertar el apetito de un difunto. Entre 
la multitud de olores llevaba la primacía el del mole de Guajolote, 
platillo nacional que desaparece de las mesas oficiales, proscrito como 
un conquistado, y que nosotros preferimos á las lonjas crudas ó 
semi-asadas de la cocina inglesa, y á las ratas en miel que se sirven 
con tanta pompa en el celeste imperio. 

Gran mortandad de pichones se había verificado en el corral y 
á la vista délas palomas; aquello sí había estado sangriento; los 
marranos aborrecidos de Mahorua habían sucumbido, y dos terneras 
yacían' debajo de la tierra con una pira encendida sobre la losa. Los 
peritos afirmaban que á las dos horas la barbacoa estaría en su punto ; 
los muchachos milperos esperaban en torno de la hoguera el momento 
de la exhumación. Todo era algazara y ruido, las conversaciones se 
atravesaban, cada cual hablaba lo que le parecía, y la cocina era una 
cámara de diputados ó una Babilonia, que es lo mismo. 

— ¡Muchachas! gritaba la tía Fermina, esos pollos no se cocerán 
en todo el día, y á las cuatro se ha de servir la mesa. 

A esa voz, las inditas pelaban á todo pelar, y destrozaban ga- 
llinas como si fueran doctores en visita de hospitales. 

— Tú todo lo echas á perder con tus prisas, mujer, gritó el tío 
Blas desde la puerta. 

— ¡Los calzones están mal en la cocina, fuera los hombres! 

— Yo no soy hombre, soy tu marido, y aunque me esté mal en 
decirlo, salva sea la parte, no hagas que te lo recuerde con expre- 
siones más comprometidas. 

—Y yo que me asusto tanto, dijo la tía Fermina. 

— ¿Señor padre, interrumpió Jacinto que era un bellaco de cuenta, 
no se le sirve nada al caballero que acaba de llegar? 

— Tienes razón; pero no, es necesario que todos ignoren que el 
señor Galeana está en la hacienda. 

— ¿El señor Galeana? preguntó con extrañeza el mancebo, pues 
no estaba con el cura Morelos? 

— Sí; y eso qué nos importa, los amos lo aprecian, y como yo 
soy de pecho me han confiado el secreto, porque ya te tengo dicho 
que al buey por el cuerno y al hombre por la palabra. 



26 JUAN A. MATEOS 



—Pero, señor padre, ese señor vendrá cansado. 

— Bien, llévale una botella de mcscal y unos bizcochos. 

Jacinto se fué en derechura á Ja despensa, tomó la botella, y l 
dirigió al aposento donde el joven Hermenegildo Galeana aguarda!: 
con impaciencia. 

— ¡Qué diablo pasa! preguntó el impaciente joven viendo entra 
á Jacinto. 

—El amo don Nicolás habla en esto momento con su suegro < 
señor Guevara y lo tiene muy entretenido, contándole sobre la orde 
que va á dar á sus tropas. 

—Bribón, ya nos las pagarán todas juntas ; no se pasan tr« 
días sin que haga el general un escarmiento. 

— ¿Está muy cerca el señor cura? 

— En la hacienda de la Brea. 

— Como quien dice del pie á la mano. 

— Precisamente. 

— Y dice su merced que ya está en camino. 

— ¿Estás muy interesado 1 ? 

— Yo lo digo en reserva, hace tiempo que deseo ir con los in 
surgentes, y sólo por no darle una pesadumbre al señor mi padre 
sigo á revienta sinchas en la casa. 

— Ya te darás gusto ; porque dentro de poco tendrás que se 
gu irnos. 

■ — Yo sé que seré buen soldado. 

— Tienes buena facha ; vaya esta copa por el nuevo soldado. 

— Gracias, señor amo. 

—Lárgate, y dile á Nicolás que estoy desesperado. 

— Con permiso de su merced me retiro. 

— Con Dios, amigo mío, y no olvides que eres todo un insu 
gente. 

— Y mucho que sí, dijo Jacinto dando una mirada terrible 
Galeana, que este no pudo percibir bajo el ala del sombrero. 

Luego que Jacinto salió del aposento, se fué derechura á las c* 
ballerizas, ensilló su caballo, y á todo escape se dirijió al camino qui 
hace rumbo á la ciudad de Chilpancingo. 



III. 

El tío Blas continuaba en la cocina, fumando un cigarro y ha 
ciendo observaciones que tenían quemada á su adorada consorte. 

— Mira, Fermina, vas á romper la Jiiel de ese animal, y todo el 
guisote se va á echar á perder. 

— No te importa; ni te metas en camisa de once varas. 

— Mira, Fermina, que ese cerdo está más crudo que cuando estaba 
vivo. 

— No le hace. 

— Fermina, que te se van á arder las enaguas. 

— No eres tú el que ha de sufrir las quemadas. 

— Mujer, los amos no dilatan en pedir la comida, y tú estás coi 
una paciencia de santo. 



LOS INSURGENTES 27 



— Es la que necesito para tolerarte, demonio de viejo, gritó Fer- 
mina fastidiada con las majaderías del tío Blas. 

— Parece que te incomodas, ¿eM pues mira que yo soy capaz de... 

— ¿De qué? 

— De armar una de Dios es Cristo. 

— Pues ármala ; y te advierto que los valientes hSGüTl mal de 
estar en la cocina; en las filas de los herejes insurgentes tienen su 
lugar. 

— Es que el señor cura Morelos es tan cristiano como tú y yo. 

— Calla Blas; esos endemoniados están ya entre las llamas. 

— Tú me quieres matar de una cólera. 

— Ya había sospechado que eras insurgente. 

— Pues bien ; lo soy, gritó el tío Blas con la fuerza de sus pul- 
ones. 

Un rayo que hubiera caido en la cocina, no causara un espanto 
mas grande que las palabras del viejo caporal. 

Las indias y los criados dejaron su ocupación y se volvieron 
asombrados al tío Blas, como si hubiera dicho una blasfemia. 

— Lo dicho, gritó el anciano, insurgente y muy ii<r¡rrgente ; yo 
soy un bárbaro, pero sé que el señor Morelos es un hombre de bien 
y que quiere la independencia, y por eso no sirvo á los españoles 
6Íno á los mexicanos. 

— ¡Blas! exclamó Fermina, tú estás excomulgado; desde hoy nos 
divorciamos, te aborrezco como á todos los diablos : ¡cruz! ¡cruz! 

La respuesta del tío Blas fué un soberano trancazo, que á no 
echarse hacia atrás su esposa, le divide la cabeza. 

La respuesta no se hizo esperar; Fermina arrojó sobre su esposo 
una olla llena de tripas de pollo, que vino á situarse en la mitad del 
rostro del caporal ; entonces comenzó una de Centauros y Lapitas que 
fué gloria, cazuelas, cucharas, trozos de tocino, capones ; todo volaba 
y caía y se arremolinaba en aquel campo de Agramante; dividióse en 
bandas la multitud de los sirvientes, y la batalla se generalizó en toda 
la cocina, como diría un general. 

Al ruido acudieron los convidados, y merced á sus gritos pudo 
calmarse aquella barabúnda. 

— El tío Blas y la tía Fermina ocupaban el centro del terreno como 
dos gladiadores, y se veían con furor y se amenazaban con los ojos 
y arrojaban espuma por la boca. 

Don Nicolás Bravo, que ese día estaba en la plenitud de su 
buen humor, sacó al tío Blas de la cocina, diciendo á la tía Fermina 
y á su falange : 

— ¡Amazonas de Chicliiliualcol habéis triunfado, coronaos de cebollas 
y perejil, y dadnos de comer para que la victoria no sea infructuosa. 

Aquella proclama restableció la alegría é hizo olvidar á los con- 
tusos y maltratados los azares de la batalla. 



28 JUAN A. MATEOS 



CAPITULO III. 

Un héroe hace ciento. 
I. 

El capitán Hermenegildo Galeana estaba impaciente esperando á • 
sil amigo Nicolás Bravo, que ocupado en ver á su novia apenas se^ 
acordaba de su visita. 

— ¡Tú estás excomulgado, hombre de Dios! dijo don Nicolás dando 
un estrecho abrazo á su amigo. 

— He venido solamente á felicitarte. Vamos, que estás loco con I 
Margarita. 

— Hasta hoy do tenía idea de las mujeres, son unos ángeles, 
unos serafines, unos... 

— Hombre, estás entusiasmado como un colegial ; ya se vé, hoy 
es el día mas feliz de la vida, entras en la primera faz de la luna 
de miel. 

— Te aseguro que no pasará tan pronto. 

— Ya veremos. 

— Sunongo que vendrás por recursos para el señor Morelos. 

— Ni más ni menos : necesitamos movernos, y nos falta dinero. 

— Ya sabes que todos nuestros bienes están á disposición de la 
insurgencia. 

— Nicolás, ha de llegar el día de la recompensa. 

— ¿Qién piensa en ella? tú sabes que amo á mi patria, que en 
mi familia no bay un solo individuo que no pertenezca de corazón á 
Ja causa de la libertad. 

— ¡Si tú supieras cuantos sacrificios hemos hecho, te espantarías!... 
este general Morelos no tiene rival. 

— Estoy siempre curioso por saber sus acciones, pero con los de- 
talles mas precisos : es un hombre á quien verdaderamente admiro. 

— Quiero contarte nada más que el principio de la revolución. 

— Aquí está mi padre y mis tíos, dijo Niolás viendo entrar á 
don Leonardo y sus tíos don Miguel y idon Víctor. 

— Señores, á la disposición de ustedes. 

— Caballero, dijo don Leonardo, mi hijo Nicolás me ha hablado 
de la buena amistad que ambos se profesan, y yo iue siento satisfecho. 

— Gracias, señor. 

— Dígame usted algo del señor Morelos. 

— Ya está completamente restablecido, y se encuentra á dos días 
de Chilpancingo, cuya plaza será atacada dentro de cuarenta y ocho 
horas. 

— Perfectamente, la plaza caerá en su poder apesar de los rea- 
listas. 

— Aquí, dijo Nicolás, se cuenta todos osl días que ustedes están 
derrotados y dispersos. 



IOS INSURGENTES 29 



— Y hasta muertos, dijo Galeana, eso no importa, hasta hoy con 
muy li jeras excepciones, y eso de poca importancia ; la victoria ha 
acompañado nuestras armas, dígalo la actitud que guarda nuestro 
campo del Veladero; que es el fortín de la costa : no hemos dejado 
por esos rumbos ni una sola partida del Gobierno, todas han desapa- 
recido después de la derrota. 

— Morelos es un grande hombre, dijo con entusiasmo don Leo- 
nardo. 

— Sí, muy grande, repetió Galeana ; salir de su curato con vein- 
ticinco hombres desarmados para recorrer la costa, hacerse de la per 
quena guarnición de Zacatilla, y con aquel cuerpo miserable de sosl 
dados emprender su marcha por esas montañas, como los marinero- 
de una nave perdida : sí, dijo con exaltación el joven soldado, atra- 
vesamos la cordillera, señores, esa sucesión de montañas gigantesca- 
donde podemos decir con orgullo, no había tocado planta humausl 
jporque los camines que recorren los proscritos no pueden determa 
narse en las cartas geográficas ; aquella soledad, aquella espesuri- 
aquel silencio como el de la eternidad nos asustaba!... no sabíama- 
donde estábamos, ni hacia donde íbamos... repentinamente la cosor, 
llera se interrumpió formando una solución de continuidad con asid 
otras montañas que se elevaban como hosamentas de gigantes desgas, 
tadas por los huracanes, y carcomidas por el soplo del tiempo... sobe- 
aquel tajo de las rocas, venía á estrellarse el mar desesperado en 
empujes sobrehumanos. 

Detúvose allí la caravana delante de la muerte ; porque aquel 
paso es una playa del otro mundo. 

Al lado opuesto está la roca que se llama el Calvario de Peta- 
tlam, y á su falda el Cocoyular, bosque inmenso de palmeras donde 
apenas atraviesan los rayos del sol abrasante de la costa ; bosque 
profuso y exhuberante, cuya apagada sombra sirve de abrigo á algunas 
cabanas del mezquino caserío de la pequeña colonia que duerme al 
son de las olas en ese eterno mugido del Océano. 

Morelos comprendió el peligro, tendió su mirada desdeñosa y 
ceñuda sobre aquella superficie agitada y el horizonte oscuro, esperó 
que la ola que chocaba en la montaña, retrocediese al Océano, como 
Napoleón sobre el mar Eojo, atravesó sereno hasta llegar al pié de la 
montaña. 

La tropa lanzó un grito de entusiasmo, y se lanzó en pos del 
caudillo. 

¡La ola acudió con furia, y arrebató á los últimos soldados que 
se perdieron en las cavernas del mar y los abismos de la noche! 

El general ascendió a las montaña? como á un pedestal, donde 
pudiera contemplarlo el porvenir, se descubrió la frente, cruzó sus 
brazos y fijó su mirada tenaz en aquella estension desconocida. 

Los insurgentes estaban sentados en las piedras viendo de hiio 
en hito á aquel hombre que podía representar la magestad de un siglo. 

Parecía que el genio había ascendido á las montañas para con- 
versar con Dios, y era que el destino determinaba en aquella noche 
del porvenir de ese hombre, haciendo aspirar en su alma todo el 
aliento del genio, toda la inspiración q-*** resplandecerá en su espíritu 
hasta en la hora final de su existencia. 



30 JUAN A. MATEOS 



Partió de allí con la fe de su misión, levantó un ejército, y el 
aire de la gloria vino á mecer sus estandartes. 

Parecía que los huracanes que azotan las arenas abrasadas de 
nuestras costas le habían prestado su aliento. 

El sacerdote se había trasformado en conquistador, ya no era la 
sangre del cordero la que libaba enmedio de los cánticos religiosos, 
y la atmósfera enbalsamada del templo, la luz de los blandones ; no, 
era el guerrero que tenía por antorcha el sol, y por incienso el humo 
de los cañones, por templo el anfiteatro de los combates ) y que 
hollaba con las herraduras de sus corceles, los cuerpos palpitantes 
aiin de sus enemigos esparcidos en la arena de la batalla. 

La frente de Galeana resplandecía, la voz era la de la inspira- 
ción, y su entusiasmo se comunicaba como la electricidad. 

— ¡Cuan hermoso es acompañar á un héroe! prosiguió el joven 
soldado, al lado de ese hombre todo es grande, todo es heroico, son 
nada las miserias de la existencia, todo desaparece y se anonada ante 
su grandeza... es un honor desenvainar la espada para combatir á 
su lado. 

— Sí, gritó Nicolás Bravo, yo quiero combatir con él, unir mi 
nombre á sus victorias ; ya he sofocado por largo tiempo esta llama 
que arde en mi pecho, y que acabaría por volver cenizas mi corazón ; 
desde hoy juro banderas delante de mi honor, ya soy insurgente, ya 
soy soldado ; ¡á la guerra! ¡á la guerra! 

Galeana y Nicolás Bravo se estrecharon en un abrazo patriótico 
y fraternal. 

— Ya soy viejo, dijo don Leonardo, y me siento avergonzado de 
que mi hijo me haya dado esta lección. 

— ¡Padre mío! 

— Puede aún mi brazo sostener la espada, juntos caminaremos, 
juntos pelearemos, y si muero quedas tú, tú que sabrás honrar mi 
memoria y conservar mi nombre. 

— Padre, desde hoy somos todos de la patria. 

— ¡Todos! repitieron los cuatro Bravos. 

— ¡Yo venía por pan para mis insurgentes, y me llevo cuatro 
héroes, dijo llorando Galeana, ustedes serán la honra del ejército y 
la patria... la patria, ella sabrá recompensarnos en el día espléndido 
de la- victoria! 

— Me basta ser soldado de Morelos, dijo don Leonardo. 

— Hoy, dijo Nicolás, es el último día consagrado á la familia ; 
regocijémonos, es el festín de despedida; no hay que recordar el pe- 
ligro ; vamos, nos esperan con impaciencia, mañana será otro sol, el 
sol del porvenir. 

Galeana no quiso turbar la alegría purísima de aquellas horas 
revelando la terribile hecatombe de Chihuahua. 

II. 

La sala de la hacienda estaba completamente llena, las jóvenes 
lucían sus elegantes trajes, y lo mas granado de la población de 
Chilpancingo y los derredores, se encontraban en la fiesta nupcial 
envueltos todos en un perfume de esperanza y felicidad. 



LOS INSURGENTES 31 



Los amantes hablando de próximos enlaces, los viejos recordando 
US días de felicidad, y las ancianas refugiando sus ilusiones en el 
mor acendrado de los nietos. 

La música poblaba el viento de voces alegres, y todo respiraba 
ma alegría deliciosa. 

— ¡A la mesa! gritó la voz estruendosa de Nicolás. 

Menos rumor y gritería se levauta en un buque al tirarse el ca- 
tonazo de leva, que el que se alzó de aquella multitud. 

Los enamorados dieron el brazo á sus novias, los casados mar- 
harón con quienes pudieron acomodarse, y las viejas llevando de la 
oano á los chiquillos ; precedía la caravana el novio ; estaba en su 
lerecbo. 

— En un salón próximo estaba dispuesta la mesa con lujo y un 
{nato exquisito : entre multitud de ramos de flores estaban las bo- 
ellas de vino, y brillaba el cristal y la porcelana de china blanca, 
orno los manteles, platones de dulces y cremas con hojitas de laurel, 
I los siriales de los desposados, y multitud de platillos encubiertos 
;uyo olor atraía como el imán á los convidados. 

Aquello fué un verdadero tumulto que debía preceder al ataque 
le las viandas ; los criados y las muchachas de la Hacienda atrave- 
aban en todas direcciones y atropelláudose por servir los manjares. 

Ya toda la concurrencia estaba en sus asientos respectivos, cuando 
1 tío Blas volvió á entrar con sus pasos tardíos en el comedor. 

— ¿Con permiso de la concurrencia respetable, dijo á don Nicolás, 
I perdonando la grosería, quiere mi amo dispensarme una palabra í 

— ¿Te ha vuelto á zumbar tu mujer? 

— No es eso, salva sea la grosería de contradecir á los amos. 

— Di en voz alta lo que quieres. 

— Perdóneme su merced, pero son cosas para calladas. 

— Pues dímelas en el oído. 

— Su merced no lo tome á mal, pero disimule dos palabras. 

— Ya son dos, señores, el tío Blas no se contenta con una, quiere 
los palabras ; no es estraño, ha querido á tres mujeres, y en esto no 
m muy descaminado. 

Una salva de aplausos fué la contestación al discurso del novio, 
jue recibió por su cuenta un pellizco, de su novia, adelantado. 

— Su merced tiene mucho de aquello, dijo el tío Blas, con que 
»e hacen los sermones, pero vuelvo á insistir en que salga un mo- 
llento al patio. 

— Hoy es día de mercedes ; con tu permiso, querida mía, voy á 
7er qué se le ofrece al tío Blas. 

Levantóse el novio y siguió al viejo caporal. 

— Ha triunfado el tío Blas, ¡una copa por el tío Blas! gritó 
3ravo, y todos aplaudieron y desalojaron sus vasos. 

IH. 

El capitán Piedra-Santa se había quedado en una hondonada 
{ue hay próxima á la hacienda de Chichihualco, esperando con una 
¡scolta á que Galeana le diera aviso para entrar en la finca. 



32 JUAN A. MATEOS 



Dos horas se pasaban y el capitán no volvía, lo que hizo entrar 
en cuidado á su amigo, porque en aquellos tiempos no había un mo- 
mento seguro ; las denuncias estaban á la orden del día, y era fácil 
que Galeana hubiese caído en un lazo. 

Piedra-Santa envió á uno de los insurgentes á la hacienda á ver 
lo que pasaba ; pero el soldado que so encontró con la fiesta, asentó 
sus reales en la cocina, donde le sirvieron á las mil maravillas, y se 
olvidó de su misión por sacar el vientre del mal año. 

Los insurgentes estaban acostumbrados al peligro, con el cual 
estaban familiarizados ; así es que Piedra-Santa se resolvió á ver claro, 
como el decía y haciendo montar á sus ginetes tomó rumbo á la ha- 
cienda de los Bravos. 

El tío Blas se había trepado á una eminencia á ver si descubría 
en el sendero á su hijo Jacinto, que sin decirle una palabra se había 
marchado. 

El tío Blas estaba acostumbrado á que el mancebo le fuera á 
besar la mano antes de salir, y á pedirle la licencia correspondiente, 
así es que estaba en estremo alarmado ; era la primera vez que Ja- 
cinto tenía tales procederes y consumaba un acto de inobediencia. 

Apareció Piedra-Santa con sus soldados en la cuesta, y el tío 
Blas se dirigió violentamente á dar aviso á, su amo. 

— Señor, un grupo de insurgentes viene para la casa. 

— Veamos, respondió Nicolás ; y salió á la puerta de la finca. 

Efectivamente, el capitán adelantó hasta llegar al encuentro de 
don Nicolás. 

Piedra- Santa era amigos de los Bravos. 

— ¡Abajo de ese caballo! gritó Bravo, y venga un abrazo. 

El capitán entregó su caballo á su asistente Vildo, y saludó con 
grande afecto á don Nicolás. 

— ¿Vienes desertado? 

— No, vengo buscando á un desertor. 

— Pues ese reo está comiendo como un desesperado y bebiendo 
como un rabioso. 

— Este Galeana no tiene remedio. 

— Es todo un soldado. 

— Lo cual no obsta para que me haya dejado teniendo la peña. 

— Vas á estar compensado, amigo mío ; te diré que me he ca- 
sado hoy, serás el primero de los convidados. 

Piedra-Santa sonrió tristemente. 

— Feliz, dijo, quien puede aspirar al goce de una familia. 

— Sí, ya entré en el carril y soy el predicador de los solteros , 
le aconsejo á todos que se casen, aunque supongo que no todas las 
mujeres se han de parecer á Margarita. 

— Te felicito, amigo mío, yo veo la dicha de los demás como un 
náufrago vé las playas de donde lo alejan las tempestades. 

— Entremos, dijo Bravo j y luego dirigiéndose al tío Blas, vamos, 
has que salgan de ese escondrijo las muchachas, estos señores insur- 
gentes no roban á nadie, son amigos míos. 

Los dos jóvenes penetraron en el comedor. 

—Señores, les presento al capitán Alfonso Piedra-Santa, es el 
muchacho mas guapo del ejército del señor Morelos. 




— Señores, mi padre era insurgente, y acaba de morir 
atravesado por las balas de los realistas; aquí está su 
cadáver, no le nieguen una sepultura .. ya pueden ma- 
tarme. 

Cap. 6°-II. 
El libro rojo. 



LOS INSURGENTES-3. 



LOS INSURGENTES 33 



Todas las miradas se fijaron en el insurgente, que saludó á la 
concurrencia con una gracia esquisita, como no lo hubiera hecho el 
mas refinado cortesano. 

— Le voy á colocar en un sitio tan bueno, que me va á dar las 
gracias. 

Ninguno de los concurrentes estrañó la presencia de Galeana y 
Piedra-Santa, porque era sabida la opinión de los Bravos, aunque nadie 
se había atrevido á denunciarlos. 

Don Nicolás dio asiento á su amigo junto al de Luz, que nunca 
había estado mas hechicera. 

— Un bnen mozo debe sentarse junto á una hermosa. 

Luz se ruborizó, y el capitán le tendió la mano para hacer las 
amistades. 

Galeana se reía del plantón qne había dado á Piedra-Santa ; pero 
este no se ocupaba sino en galantear á su compañera. 

Luz, aunque era hija del caporal, los señores Bravo la habían 
adoptado ; era una adopción de cariño, y se le contaba entre las se- 
ñoritas de la familia. 

El tío Blas veía con ternura á su hija desde el corredor, y decía 
para sus adentros : ha nacido para señora, por lo que toca á lo que 
respecta lo es, y aunque yo soy su padre, tengo ribetes de bellaco y 
de bruto ; pero mi Luz sí que es lo que debiera ser... este Jacinto me- 
rece una paliza, se la daré en cuanto lo tenga á las manos y buena, 
esa sí que va á ser fiesta. 

Las botellas se desalojaban y caían al suelo como los despojos 
Ele la mesa ; la alegría se tornaba en locura, y toda la multitud estaba 
entregada por completo al goce purísimo de la gastronomía. 

La música se dejó oir en la sala, y la concurrencia se trasplantó 
al lugar del baile, donde ya repicaban las castañuelas. 

Piedra-Santa bailó con Luz, no le dijo una sola palabra, pero el 
contacto de aquella criatura lo tenía íntimamente impresionado. 

El joven apartaba la vista de aquel rostro hechicero, se sentía 
\ fundir en las miradas de Luz, y el suavísimo olor de su aliento lo 
tenía magnetizado como á un pájaro el álito de la serpiente. 

Quería huir de aquella mujer, pero una fuerza irresistible lo 
| contenía. 

Estaba en la primera lucha, el primer combate del hombre y su 
destino. 

Era estraño que el joven pretendiese huir de un fuego donde se 

¡queman las alas del corazón : ¡huir de una mujer!... esto á pocos les 

ocurre ; algún misterio debía encerrarse en aquella existencia, algún 

secreto terrible que obligase al joven á alejarse de la prenda que le 

marcaba su destino en aquellos momentos. 

Luz no había amado nunca, y recibía con la presencia de aquel 
hombre el primer aviso de un amor soñado en los primeros respiros 
de su alma. 

La excitación de aquella fiesta, la presencia de la felicidad agena, 
las armonías de la música confundidas con el perfume de las flores, 
todo contribuía á llevarla al paraíso de los sueños. 



Los Insurgentes 



34 JUAN A. MATEOS 



¡Ojalá que viviesen siempre en el cuadro de la vida sin desv 
necorse! > 

¡Qué hermosos los primeros sueños del alma!... cielo purísimo 
de rosa con celajes de oro y de púrpura, estrellas siempre resplande- 
cientes, cortinajes de luz que ee estienden en los lejanos horizontes 
de la existencia, ¿por qué desaparecéis en la noche de la tribulación 
y de las vicisitudes? 

IV. 

La noche había cerrado, y Jacinto aun no parecía : el tío Blas 
estaba inquieto, abría los ojos desmesuradamente para ver entre las 
tinieblas si se dejaba ver por el camino; el ruido del viento le pa- 
recía traerle los pasos del caballo : nada, todo estaba en silencio, solo 
dentro de la hacienda seguía el ruido estruendoso de la fiesta. 

— Algo va á pasar, dijo el viejo caporal; mi corazón nunca me 
ha engañado. 

Entróse en su aposento, cerró por dentro, y cuando se convenció 
de que estaba enteramente solo, sacó del fondo de una caja una bolsa 
con papeles, la abrió, tomó una esmeralda que puso en un escapulario 
que llevaba al cuello, guardó en el seno la bolsa con los papeles, y 
volvió al portón de la hacienda. 

Pasó las horas en la mayor ansiedad, hasta que el crepúsculo co- 
menzó lentamente á aparecer en las primeras líneas del horizonte ; la 
música continuaba en la fiebre de un día de gozo y aturdimiento ; 
los soldados de la escolta se bañaban en el río, y se escuchaban sus 
carcajadas y el golpeo del agua. 

El tío Blas estaba como una estatua de piedra en el portal. 

Oyóse un tropel do caballos, y a pocos momentos ruido de armas 
y un disparo de mosquetes. 

— ¡Ya lo sabía! dijo el tío Blas cayendo atravesado por el plomo. 



CAPITULO IV. 

De cómo pueden reunirse en un mismo punto 
cuatro aves de mal agüero. 

I. 

Jacinto se adelantó por el sendero escabroso que lleva al camino 
de Chilpancingo, cuando se detuvo al escuchar el ladrido de los perros 
y una voz robusta que los sosegaba. 

— ¡Caifas! Sultán! sosegaos! 

— Alguien llega, dijo otra voz, y los pasos se dirigieron al en- 
cuentro de Jacinto. 

—¡Alto! 

Jacinto se bajó del caballo, y visiblemente contrariado avanzó 
hacia el capitán Piedra-Santa, que estaba en espera de Galeana. 



LOS INSURGENTES 35 



— ¿A dónde vas, muchacho? 

— Voy por ganado, señor amo. 

— ¿De dónde vienes 1 ? 

— De la hacienda de Chichihualco. 

— ¿Son tus amos los señores Bravos? 

— Precisamente. 

— ¿Y qué has visto? 

— Mucho, señor amo ; el niño don Nicolás se ha casado y te- 
nemos gran fiesta, por más señas que el señor Galeana está por allá, 

— No hay novedad, pensaba el capitán ; no obstante, su inquietud 
no se calmaba. 

— ¿Me puedo retirar? 

— Sí, respondió el capitán, conteniendo á los perros que no ce- 
saban de ladrar. 

Jacinto desapareció por las rocas ; luego que se encontró sobre 
la montaña se detuvo, y comenzó á contar los grupos de insurgentes 
que formaban la escolta de Galeana. 

— Son pocos, decía ; no podrán formalmente resistir á los rea- 
listas ; la cosa es hecha. 

El hijo del tío Blas algo aguardaba ; porque con ligeros inter- 
valos silbaba de una manera particular, remedando el silbo de las 
culebras. 

De repente se detuvo en una hondonada que hacía el camino, 
examinó el sitio, y convencido de que era el mismo que buscaba, 
dejó al caballo pastando en los matorrales, y tomó asiento sobre una 
piedra. 

Jacinto tenía pintada en el semblante una desesperación horrible, 
su mirada se había hecho más torva y su frente amenazaba como la 
tempestad. 

Cruzóse de brazos, inclinó la cabeza sobre el pecho y pareció en- 
trar en meditación. 

Después hablando consigo mismo, y sin notar que alzaba su voz, 
comenzó á decir claramente : 

— No soy pobre, y sin embargo, no soy igual á esos señores... 
ella no ha reparado en nada... bien que jamás me atreví á decirle 
una sola palabra... ¡yo la amo con todo mi corazón!... ¡que ma- 
ñana tan horrible!... vestía de blanco, y su corona despedía un olor 
de los cielos... sus ojos eran de fuego, y su semblante pálido como 
el de la luna!... yo me atreví á verla y quedé admirado. 

— ¿Jacinto, estoy hermosa? 

— Yo no supe que responderla ) porque mi corazón se oprimía 
como si pesase sobre mi pecho una de estas piedras... Me alejé llo- 
rando... sin embargo, me atraía algo desconocido, torné á su pre- 
sencia, ya estaba el altar encendido y el señor cura con el libro en 
la mano... y ella al lado de ese hombre aborrecido, viéndole con una 
ternura inmensa, parecía que los rayos de sus ojos penetraban hasta 
el fondo de su pecho... qué daño me hace este recuerdo... toda aquella 
concurrencia rodeaba á los esposos... yo oía la voz del cura como en 
las noches de la costa las corrientes lejanas del viento ó del rumor 
del mar... nada comprendía... ¡estaban casados!... ¡unidos para siem 
ure!... ¡para siempre' 



36 JUAN A. MATEOS 



Jacinto limpió con el dorso de su mano una lágrima que brotó 
como una chispa de fuego de sus pupilas abrasadas. 

— ¡He pensado mucho, contiuuó el mancebo,., mucho... y no puedo 
soportar así la vida... siento que el demonio se me ha entrado en el 
jorazón... quiero la venganza! 

El hijo del tío Blas acarició el puño de un machete suriano. 

Después entró en un silencio mudo y terrible ; el volcán de sus 
selos hacía su erupción, y las ideas del mancebo todas eran de sangre 
y de matanza. 

Jacinto s« había apasionado de la novia de Bravo, su condición 
lo alejó de aquella virtuosa joven, y los celos en una alma grosera ó 
impetuosa debían provocar terribles resultados. 

Había presenciado el casamiento, asistido , á aquella solemnidad 
qu© le impuso en su alma el infierno de la desesperación. 

Amar hasta la locura á una mujer, soñar con ella, vivir con sus 
iesdenes, alentar con su misma indiferencia, aspirar igualmente á su 
odio que á su amor, solo porque cualquier sentimiento de esos pro- 
viene de su alma, de quien se ambiciona un rayo, y verse despre- 
ciado, envilecido ante otro ser más dichoso, cuando se bubiera dado 
por aquella mujer la existencia entera, la sangre, todo el porvenir, 
el más allá de la tumba... ¡horrible... horrible situación!... 

Jacinto era un desgraciado, y la desgracia es el imán del cri- 
men j pensó en la venganza, y la casualidad tenía á sus manos el 
hilo de la trama fatal, precisamente en los momentos sombríos de su 
rencor. 

Vio llegar á Galeana, á quien conocía, y desde luego se decidió 
por la denuncia. 

Este paso era el primero en el precipicio, desde aquel momento 
tendría que afrontar una situación desesperante, seguir las banderas 
del rey, hacerse enemigo de su patria y de su familia ; la marca de 
ingratitud pesaría sobre su frente, y sería maldecido de sus padres. 

Todo lo pensó... sí, todo; pero aquel mar que se le venía en- 
cima, desaparecía al recordar su amor humillado... ¿para qué quería 
la existencia sin aquella mujer?... la tranquilidad lo asustaba, porque 
la soledad y el reposo son los verdaderos tormentos del alma que sufre. 

La revolución le traería el olvido, y ese viento trae la sangre 
del corazón. 

El amor del mancebo y su afán babían pasado desapercibidos ; 
nadie había sospechado aquella agitación febril, excepto el tío Blas, que 
desde el fondo de su rudeza vijilaba á su hijo de una manera particular. 

El viejo cuando se encontraba á solas con su hijo le decía : 

— Jacinto, el matrimonio no se hizo para tí ; me darás un gran 
disgusto el día que te vea enamorado ; más tarde te explicaré mis 
ideas ; tú has nacido para otras cosas, de las que te enteraré á su 
tiempo. 

Jacinto parecía obedecer á su padre, porque no se le conocía 
novia alguna en la comarca ; las muchachas más guapas del pueblo 
le eran indiferentes ; nadie sospechaba lo que pasaba en el alma agi- 
tada del infeliz ioven. 

La tempestad se había preparado y le llegaba su hora; el des- 
tino se anuncia como el huracán, á una gran dist ancia. 



* 



LOS ÜÍSURGENÍES 37 



II. 

Estaba el mancebo hundido en la pesada sombra de su infortunio, 
cuando tres ginetos llegaron al pequeño anfiteatro que formaban las 
rocas de la montaña. 

— Hola, Jacinto, dijo un hombre alto, rubio y de barba larga, 
que tenía el acento y la traza de un estranjero. 

— Señor David, hace dos horas largas que espero. 

— Este señor Gago se ha detenido en cuantas chozas ha encon- 
trado á su paso. 

— Ese es mi único defecto, dijo Pepe Gago, que era un individuo 
oequeño y flaco como una anguila, pero siempre llego á tiempo. 

— El ; señor Tabares, continuó David, es mas serio y ofrece más 
garantías. 

Sonrióse Tabares, que era un hombre como de cincuenta años 
fornido y con la tez morena por el sol reverberante de la costa. 

— Puesto que estamos reunidos, y sin más testigos que nuestra 
conciencia, hablemos de nuestros planes, que ya es tiempo de rea- 
lizarlos. 

— Hablemos, dijo Jacinto. 

— Somos víctimas de la ingratitud de Morolos, dijo Tabares ; yo 
le dispuse el campo de Tres-Palos para que derrotase á Páris, alcan- 
zando con esa victoria gran fama en toda la costa ; ¡sí señores, ese 
día se hizo del armamento que llevan sus soldados, y pensar que ese 
hombre me ha desairado llevando su ingratitud hasta el grado de des- 
conocerme! 

— Tienes razón, dijo David, yo me escapé del castillo de Aca- 
pulco en los momentos en que lo sitiaba ; fui el mejor de sus oficia- 
les, y como á Tabares hoy me posterga. 

— ¿Pero qué ha motivado ese cambio? preguntó Jacinto. 

— Has de saber, dijo Tabares, que Morelos nos envió á los Es- 
tados-Unidos como agentes para oí reconocimiento de la independen- 
cia j el general Rayón nos detuvo en su ejército, le hemos servido en 
todas sus empresas, hasta alcanzar un grado regular, que juro hemos 
ganado en el campo de batalla. 

— Hemos arriesgado cien veces la vida, dijo David, bajo las ban- 
deras de la insurgen cia. 

■ — Regresamos, continuó Tabares, al campamento de Morelos ; 
luego que nos presentamos, se enciende en furia por esa rivalidad 
que tiene con el general Rayón, y no solo nos ha tratado mal, sino 
que se ha permitido arrojarnos de las filas, diciendo que no reconoce 
más grados que los dados por él en los combates. 

— Ya verán, dijo Pepe Gago, si yo tuve razón para jugarle aquella 
pasada. 

— Hiciste bien, repondió David, si todos se portaran con ese va- 
lor y audacia, todo estaría arreglado. 

— Yo ignoro, dijo Jacinto, la acción á que se refiere Gago. 

— Estaba el general Morelos en el Veladero disponiendo el ataque 
de Acapulco, cuando nosotros, que defendíamos el fuerte, éramos un 
aúmero muv ©eeaso para rechazar su asalto bien combinado ; así es 



;8 JUAN A. MATEOB 



que yo envié á un soldado á decir á Morelos, que cuando viese en 
uno de los baluartes asomar un farol, se dirigiese sin temor sobre el 
castillo, que yo se lo entregaría. Efectivamente, amigos míos, á las 
pocas noches y á la hora señalada, coloqué el farolillo, y vimos a- 
proxiinarse una gruesa columna con todo el candor del que juzga en- 
contrar llano el camino... ¡Dios poderoso! me acuerdo todavía, los 
dejamos aproximarse hasta tocar los muros del castillo... entonces 
nna descarga de artillería y fusilería estalló sobre los insurgentes, ha- 
ciéndolos pedazos y dispersándolos como parvada de tordos al golpe 
de la munición : ¡qué día! es decir, ¡que noche!... todos me abraza- 
ban, me subían en peso, me victoreaban ; vamos, yo fui el héroe de 
la jornada. 

— Ya puedes meterte bajo siete estadios de tierra ; porque de 
caer en manos del general Morelos, no te da un minuto de vida. 

Pepe Gago hizo un movimiento de desden, pero su faz se puso 
intensamente pálida. 

— Si hubiéramos sospechado lo que nos ha acontecido, dijo Da- 
vid, no nos ponemos á las órdenes de ese hombre ; Jacinto, tú no lo 
conoces; es necesario decidirse á morir para acompañarle ; ama los pe- 
ligros con idolatría, juega con la muerte como Dios con los rayos, su 
valor es temerario, y su arrojo no conoce límites. 

■ — Algo había de tener Morelos para ser tan temido de sus ene- 
migos, dijo Tabares. 

— Es que nosotros no le tememos, se apresuró á contestar David. 

■ — Pues organicemos nuestro plan. 

—Es muy sencillo, amigos míos, dijo Tabares; es necesario apo- 
derarnos de Morelos, sorprender su campo del Veladero ; allá tengo 
un buen amigo llamado Mayo, que es uno de los oficiales de más 
fama en el ejército insurgente ; él se encargará de poner á Avila, que 
hoy representa á Morelos, en una situación bien distinta de la que 
hoy guarda ; ya le tengo hablado, le he ofrecido una gran cantidad, 
y espero de un día á otro ver realizada en esa parte nuestra com- 
binación. 

— Yo marcharé, agregó David, y pondré en movimiento los pue- 
blos de la costa, promoviendo una reacción realista. 

— Y yo estaré en Chilapa, dijo Pepe Gago, donde está el centro 
de mis relaciones ; me encargo de defender la plaza y traer en con- 
tinua guerra á los pueblos del derredor, persiguiendo insurgentes ; la 
influencia mía y la de los españoles es suficiente para tener á raya á 
Morelos, que ya está insolente por demás, merced á la fortuna que 
sigue sus banderas. 

— Yo, dijo Jacinto, prestaré un gran servicio á la causa del rey. 

— Habla, exclamaron á un tiempo David, Gago y Tabares. 

—Anoche se han acercado á la hacienda los insurgentes. 

■ — Luego están muy cerca, dijo Gago terriblemente inquieto. 

— Se puede decir, continuó Jacinto, que estamos á una legua 
de ellos. 

— Corremos un gran riesgo, amigos míos, vamonos : son capaces 
de colgarnos como racimos. 

— Cálmate, Pepe, ellos no se arriesgarán á venir por este ca- 
mino. 



LOS INSURGENTES 39 



—¿Y bien? 

— Don Hermenegildo Galeana está con los señores Bravos. 

— ¡Galeana! exclamó Gago, vamonos, ese hombre nos sorprende 
y nos descuartiza, créanlo ustedes, es una especie de fiera ; Dios mío, 
estamos corriendo un riesgo espantoso. 

— Este Gago es original, ese señor Galeana estará enfiestado en 
el casamiento de don Nicolás. 

A ese recuerdo tornó á anublarse la frente del joven. 

— Continúa, Jacinto, reflexiona que los insurgentes son el de- 
monio. 

— Cuando me be cerciorado de que ese oficial del ejército de Mo- 
relos estaba seguro en la hacienda, he determinado denunciarle lo 
mismo que á los señores Bravos, que hace tiempo se han declarado 
por los insurgentes. 

— Podemos hacer buena presa. 

— El general Morolos está en la hacienda de la Brea ; si podemos 
hacernos de Galeana, sería fácil sorprender el campo insurgente, que 
tiene muy pocos soldados, todos han quedado en el Veladero. 

— Bien pensado, y manos á la obra, dijo Gago. 

— Nosotros marchamos á la costa, mientras Mayo se hace de las 
fuerzas de Avila. 

— Y yo á Chilapa á prevenir una sorpresa. 

David, que había permanecido en silencio, detuvo á sus compa- 
ñeros, y dijo con acento de Satanás : 

— Vosotros no sabéis nada en materia de revolución, vuestro plan 
es parte de la gran combinación que necesitamos realizar. 

— ¿Qué piensas, David? preguntó Gago. 

—Levantar la guerra de castas, asesinar á todos los blancos, de- 
gollar á Morolos como el jefe de la insurrección, lanzarnos sobre las 
ciudades, apoderarnos de sus tesoros, repartir las tierras, y en una 
palabra, hacernos dueños del país. 

David era americano, tenía ese espíritu aventurero, no lo ligaban 
á México vínculo alguno ; enemigo por raza y por historia, le era 
indiferente la existencia de esa generación, sobre la que caía como 
un buitre. 

Sus compañeros de complot se escandaUzaron, pero se cuidaron 
de decir una palabra ; los cómplices se recelan mutuamente. 

— Estamos arreglados, dijo Gago ; por ahora demos el golpe de 
gracia á los Bravos, y más tarde realizaremos todas nuestras espe- 
ranzas. 

Los cuatro conspiradores hicieron su juramento de costumbre, y 
partieron para sus destinos. 



40 «TOAN A. MATEOS 



CAPITULO V. 

Del zafarrancho de moros que hubo en la hacienda 
de Chichihualco. 



I. 

El año de gracia de mil ochocientos once, Chilpancingo era, como 
hoy, una población metida en una gruta de flores y enredaderas. 

Parece una ciudad morisca por lo misterioso de sus edificios, sus 
jardines y sus innumerables fuentes. 

Todo es fragancia y sombra, nidos de rosas y mujeres encan- 
tadoras. 

En cada ventana hay un ramillete de flores y una hada de ojos 
jentellantes y seno de mármol. 

A sus pies se estienden en olas de oro las aguas mansas y cris- 
talinas del Huacapam. 

La población está circundada de montañas y cubierta por la bó- 
veda de zafiro, que la encierra como en un gigante fanal, donde acu- 
den las estrellas como lluvia de brillantes que cae en lucientes me- 
teoros sobre sus campos. 

Chilpancingo es el Oasis de la montaña ; todo es inesperado, uno 
de esos cuadros felices de imaginación que se reflejan, durante el 
sueño, en el alma de los peregrinos. 

¡Paz, silencio, sombra, ilusiones, bienaventuranza,- los elementos 
de la meditación y el recojimiento! 

La s montañas están cubiertas de pinos, que forman un muzgo 
uniforme y sombrío sobre aquellas gigantescas rocas, que amenazan 
desplomarse y sepultar á la población como las lavas del Vesubio á 
Pompeya y Herculano. 

Se oye el canto de las aves que atraviesan por el valle en busca 
de horizontes, y los gritos de los pastores que espantan á las reses ó 
recojen sus ovejas, porque se han visto las pisadas del lobo en las 
veredas de la montaña. 

Algunos viajeros atraviesan las sendas en dirección á Tixtlaj y 
grupos de rancheros sobre el camino que conduce á la hacienda de 
Chichihualco. 

Nada turba el quietismo de aquellos bosques ; el día y la noche 
son igualmente tranquilos jv reposados. 

Aquel suelo encantado debía perder la calma primitiva del pa- 
triarcado, para tornarse en un monumento histhórico. 

No se verificaría impunemente esta metamorfosis. 

La sangre salpicaría aquellas piedras, humedecería I03 campos y 
entraría en el catálogo de las ciudades im mortales con la «orona del 
martirio. 



LOS INSURGENTES 41 



II. 

El Gobierno colonial guardaba á Chilpancingo como un baluarte 
avanzado, para detener el avance de los insurgentes que comenzaban 
á aparecer por las cordilleras en son de guerra. 

Las autoridades vigilaban como unos Argos, y el comandante 
militar recorría como un lobo los alrededores. 

El comandante Garrote era el procónsul de Chilpancingo, y no 
será malo que lo conozcan nuestros lectores. 

Garrote era alto, muy alto, parecía uno de esos morillos en que 
se colocan los espanta-pájaros, y tan delgado que podía tomar cuarteles 
en la vaina de su espadín de revista. 

Una nariz larga, con un caballete capaz de sostener la montura ; 
unos ojos como ojales de camisa ; una frente deprimida y obtusa ; 
una cabeza con la figura de los cocos, y tan vacía de sesos como 
ellos ) unos carrillos secos y amojamados, cubiertos con el bigote ca- 
noso y recio como las púas del puerco espin, y que se enroscaban 
hasta llegar á las dos grandes orejas que cualquiera hubiese tomado 
por paños de sol ; una boca desmesurada con los dientes en dispersión ; 
un cuello como el de los buitres, al que llevaba un inmenso corbatín 
con aros de fierro ; los brazos largos como aspas de molino, y las 
piernas arqueadas por la costumbre de montar á caballo, y sus pies 
capaces de sostener la torre de San Pablo. 

Vestía una piqueta azul, estrecha, que parecía que después de 
calzada le habían atornillado las manos gigantes de Garrote. 

Un pantalón azul con franjas amarillas, unos acicates de plata, 
y un gorro i nmeuso á veinteñal pies sobre el nivel del mar. 

Ese individuo era el comandante Garrote, que vigilaba como los 
gigantes de los cuentos, al pueblo de Chilpancingo. 

El militar tenía un lenguaje propio, ó decía barbarismos ó des- 
vergüenzas, ó lo que es lo mismo, barbaridades desvergonzadas. 

Garrote era un bruto, lo cual es magnífico para la consigna ; era 
un hombre de cartucheras al canon. 

Garrote, apesar de todo, era un cobarde de primo cartelo: cuando 
entraba en batalla se fingía malo del estómago ; sacaba de su mochila 
la magnesia y cuidaba de pintorrearse el rostro más bien que de 
tomar la medicina, y todo para que no le notasen el miedo en el 
semblante. 

Como en aquellos felices tiempos no había guerras, Garrote debía 
sus ascensos á las remesas que hacia á la corte de loa mejores pro- 
ductos de la naturaleza en la fecunda zona de la tierra caliente. 

Al estallar la revolución de 810, se pensó desde luego en Garrote, 
lo cual le supo malísimamente, porque presentía, como Hércules III, 
que le iba á suceder algo. 

Levantó cuanta gente pudo en el pueblo y la comarca, se armó 
hasta los dientes, puso vigías, vigilantes y celadores en todas las 
encrucijadas, estableció correos y persiguió por sospechosos hasta las 
viejas de Chilpancingo, que rogaban á Dios lo espavilasen en la pri- 
mera batalla. 

Garrote estaba profundamente alarmado desde que Morelos espe- 



42 JUAN A. MATEOS 



dicionaba por las costas del Sur ; porque su corazón le avisaba que 
bien pronto el caudillo se descolgaría en el valle, y entonces, ¡ay! de 
todos los realistas. 

Garrote finjía una gran serenidad, y eso á costa de un esfuerzo 
terrible de su espíritu pusilánime ; así es que daba espectáculos muy 
acordes con sus sentimientos de antropófago. 

Todos los días se formaba el cuadro en la plaza de Chilpancingo, 
y menudeaban los bancos de palos que era una gloria ; Garrote se 
paseaba como un conquistador, gozándose con aquel espectáculo repug- 
nante, con el cual suelen regalarnos los soldados de hoy á hurtadillas 
de la Constitución. 

No había un solo habitante de Chilpancingo que tuviese amistad 
con el soldadon ; hombres y mujeres lo odiaban á porfía y le ju 
gabán bromas constantemente. Garrote bramaba como un toro herido 
y tiranizaba al pueblo como un verdugo, lo cual no obstaba para que 
apareciesen anónimos en las puertas de su casa, anunciándole que 
pronto estaría Morelos sobre el pueblo y lo ahorcaría como un bellaco. 

III. 

La tarde del 6 de Mayo de 1811, entraba por las puertas de 
Chilpancingo un ginete á todo escape, en dirección á la casa del co- 
mandante Garrote que acababa de acuartelar á sus milicianos. 

El hijo del tío Blas había caminado violentamente, para que su 
plan no sufriese algo en su demora. 

Dejó á su caballo cubierto de sudor, y se entró de rondón á la 
pieza del comandante. 

— ¿Quién es este hombre? 

-Soy... 

— Silencio, interrumpió Garrote, tú no debes hablar hasta que no 
se te pregunte. 

— Es que lo que tengo que decir á usted es muy... 

— He dicho con veinte mil pares de demonios, que no se hable. 

— Entonces callo. 

— Pues yo te haré hablar mal que te pese, y lo juro por los once 
mil condenados. 

— Pero si usted me lo prohibe. 

— ¡Cuerno de Satanás, á mí nadie me comprende! 

Jacinto guardó silencio porque con aquel estupido no había medio 
de entenderse. 

Garrote comenzó á pasearse, pensando cual sería el asunto de que 
le iban á hablar, pudiendo salir de dudas solo con preguntarlo. 

— ¿Muchacho, que sabes del cura Morelos? 

— Señor, ha abandonado su campo de la Sábana, ha dejado al 
insurgente Avila bien fortificado en el Veladero, y ya lo tenemos en 
la Hacienda de la Brea. 

Garrote dio un salto como un maromero en el trampolín. 

— ¿Por Satanás, que está á dos días de camino, es decir ya le 
tenemos montado en nuestras narices? 

— Precisamente. 



LOS INSURGENTES 43 



— ¿Y de dónde sabes til todas esas cosas? 

— Es el asunto precisamente que me trae á Chilpancingo. 

— Pues eres un soberbio animal, por ahí debías haber comenzado. 

— Lfeted no me lo permitió. 

— Habla con cincuenta macho-cabríos, y ten cuidado en no mentir, 
porque te hago colgar del pino mas alto de la montaña. 

— Pues señor comandante, dijo Jacinto, hace algunas horas que 
el señor don Hermenegildo Galeana ha llegado á Chichihualco á con- 
ferenciar con los señores Bravos. 

— ¡Alma de Lucifer, y te lo habías callado! 

— No es eso todo. 

— Mira, aguarda un momento, voy á mandar poner á mi gente 
sobre las armas porque Galeana sería capaz de venir solo á sor- 
prenderme. 

— No tema usted, señor comandante. 

— ¿Cómo es eso de que no tema? yo nunca he temido, la pre- 
caución es otra cosa bien diferente. 

— El señor Galeana trae un pequeño número de costeños que le 
sirven de escolta. 

— Eso algo me tranquiliza. 

— Pues bien ; mis amos son unos insurgentes ocultos que pro- 
tejen á los revoltosos, y Galeana viene de parte del señor Morelos 
por recursos para moverse. 

—Es necesario dar un golpe á los Bravos ; dime ¿estarán pre- 
venidos? 

—No señor, en este momento se ocupan en bailar ; el señor don 
Nicolás se ha casado esta mañana, y á la hora de esta deben estar 
en lo mejor de la fiesta. 

— ¿Luego te parece que sería fácil atraparlos á todos? 

— Facilísimo, yó acompañaré á usted, y verá como todo se 
«regla. 

— Capturar á Galeana, como quien dice, al brazo derecho de 
Morelos; echarle el guante á los cuatro Bravos, y luego... no sería 
muy aventurado marchar sobra el campamento de la Brea, no por 
falta de valor, que ese me sobra ; sino por falta de elementos, no 
tengo artillería de sitio ni otras cosas tan esenciales para batir la Ha- 
cienda ; contentémonos por ahora con reunir á cuantos hombres me 
sea posible, y apoderarme de esos pájaros de cuenta... vamos, que me 
voy á hacer de una fama imperecedera... ¿dices tú que has contado á 
los soldados de la escolta? 

— Sí señor, son unos cuantos. 

— Fiado en tu palabra y llevándote á vanguardia, voy á emprender 
mis operaciones; saldremos dentro de ocho días que la espedición esté 
organizada. 

— Es que mañana parte el señor Galeana para la Brea, y un golpe 
violento daría el resultado que usted se propone. 

— No está mal pensado, yo me colocaré á la retaguardia de mis 
valientes soldados, para animarlos con mi presencia y no permitir que 
den un paso atrás ; y el negocio es hecho. 

Salióse el comandante, y como era un picaro de cuenta, se pre- 



44 JUAN A. MATEOS 



vino para una denuncia, mandando que un piquete se adelantase al 
camino para impedir el tránsito, no fnesen á dar parte á Galeana, 
porque en aquellos tiempos los insurgentes recibían noticias de todas 
partes con una exactitud asombrosa. 

Reuniéronse los soldados del Fijo de México, patriotas de los 

' pueblos comarcanos y lanceros de Veracruz, formando una brigada 
para ir á la aprehensión de cinco individuos, los cuatro Bravos y 
Hermenegildo Galeana. 

■ Con el mayor sigilo salió Garrote de Chilpancingo, y sin perder 

eu formación apesar de lo escabroso del terreno y la velocidad de 
la marcha, se encontró al despuntar el día frente á la Hacienda de 
Chichihualco. 

IV. 

Decíamos que el tío Blas estaba en espera de su hijo cuando per- 
cibió la descubierta de la columna. 

En el acto comprendió el viejo caporal cuanto pasaba ; la traición 
impía de su hijo, su infame denuncia, y su objeto al consumar aquella 
abominable acción. 

Cerró tras sí el portón sacando fuerzas de flaqueza, y dio el alto 
á la guerrilla. 

La respuesta fué un disparo tan bien dirigido, que el viejo cayó 
agonizante empapando la tierra con su sangre. 

Jacinto venía á la cabeza de la tropa y no pudo evitar aquel 
lance ; había reconocido la voz de su anciano padre. 

Desesperado se lanzó del caballo, tomó en brazos al tío Blas, lo 
colocó sobre su silla, y sin esperar el éxito del plan que en mal hora 
había concebido, se marchó desesperado por la misma senda, en di- 
rección al pueblo de Chilpancingo. 

El comandante Garrote, seguro de su victoria, mandó a su se- 
gundo que penetrase en la hacienda con toda la fuerza, y aprehendiese 
á cuantas persouas encontrase en la finca. 

La detonación de los mosquetes se escuchó perfectamente en la 
sala de baile ; los Bravos y Piedra-Santa se echaron fuera, recogiendo 
al paso sus armas, mientras que Galeana se adelantaba llevado de su 
audacia hacia el lugar del peligro. 

Armóse la gente de la Hacienda, y los soldados surianos que 
estaban bañandosej no se cuidaron de tomar su ropa, atendieron á 
apoderarse de sus magníficos machetes, y se lanzaron como fieras sobre 
el enemigo. 

Dice un historiador, que parecían demonios en los momentos de 
la refriega. Organizóse una defensa violenta : eran pocos los insurgentes, 
pero aquel valor suplía al número j los Bravos estaban en el primer 
lugar ds aquella resistencia, que llevó mas tarde su nombre á las 
páginas mas gloriosas de nuestra historia. 

Galeana no tenía rival : era el hombre del combate salvaje, de 
esa lucha personal tan arriesgada y comprometida, el bravo soldado 
se mezcló con el enemigo acuchillándole, y salvando su existencia solo 
porque Dios aun no señalaba su hora en el reloj de su destino. 



LOS INSURGENTES 45 



Piedra-Santa era todo un hombre en el peligro : sereno y arrojado, 
no cesaba de observar los movimientos del enemigo para aprovecharse 
de los lances que le proporcionara su contrario. 

En uno de los encuentros fué herido en el brazo derecho, en- 
tonces empuñó su espada con la izquierda, y en una carga ruda con 
la gente bisoña de la Hacienda, hicieron retroceder al enemigo, que 
comenzó á desbandarse por la montaña. 

Allá á lo lejos se vio claramente al comandante Garrote huir des- 
pavorido azotando sin piedad á su caballo. 

Su tropa, que se encontró sin jefes, perdió la moral, y el desor- 
den mas grande cundió en las filas, dando lugar á la derrota mas 
completa y mas vergonzosa. 

— ¡Mi caballo! gritaba Galeana lleno de furor. 

Como la victoria da un aliento desconocido, los mozos de la Ha- 
cienda ensillaron al momento los caballos, y comenzó la persecución, 
recogiendo armas y haciendo multitud de prisioneros. 

Don Nicolás Bravo se presentó orgulloso delante de su novia, la 
que depositó como el primer laurel, un beso sobre la frente del sol- 
dado que juraba banderas aquel memorable día. 

V. 

El comandante Garrote volaba como Satanás en su caballo, que 
arrojaba fuego por las narices é iba cubierto de espuma. 

Pasó junto al tío Blas, que cárdeno y amoratado, estaba próximo 
á espirar en brazos de su hijo. 

Llegó á Chilpancingo cuando apenas era medio día. 

Los habitantes que se habían enterado del objeto de su expe- 
dición, esperaban de un momento á otro ver entrar prisioneros á Ga- 
leana y los Bravos. 

Cual fué su asombro al percibir á Garrote sin corbatín y sin gorro, 
con su piqueta desabrochada y sin una bota, penetrar hasta la plaza 
temiendo aún la zana del enemigo, que ni pensaba en perseguirle. 

Los muchachos que salían de la escuela le dieron una de silbidos 
espantosa , las viejas fingieron toses sumamente cargantes, y las 
muchachas se reían á todo reir del primer disperso de la brigada 
Garrote. 

El infortunado comandante llegó á su casa, donde se había pro- 
porcionado una jamona que le cuidase, y á quien malas lenguas atri- 
buían amores con el susodicho Garrote. 

— ¡Estoy descoyuntado, señora! 

— ¿Qué pasa? 

— Nada, ya todo pasó ; esos insurgentes infernales me han dadc 
una zurribamba, que á no se por mi pericia militar ayudada por mi 
caballo, esta es la hora que me han colgado, si es que me han dejado 
un miembro con vida. 

— ¿Pero la tropa? preguntó afligida la señora. 

— Lo ignoro, yo me alejé al verla huir ; esos malditos me han 
comprometido... ¿qué diré al virrey? 

— La verdad. 



46 SVÁ3SC A, JÍATÉOÍ 



— Un soldado jamás dice verdad después de una derrota ni de 
una victoria: en el primer caso atenúa, en el segundo exajera. 

— Pues atenuemos, señor Garrote, no hay otro remedio. 

— Será mas tarde, lo que deseo es dormir un momento, descansar, 
he corrido ocho leguas mortales, y estraviando caminos; me parecía 
oir la voz de Galeana en los vericuetos... ese hombre es mi pesadilla... 
vamos que los dos no cabemos en este país. 

— No sería malo que nos fuésemos y pronto. 

— Señora, las mujeres á pesar de ser tan bonitas, á veces tienen 
talento; estoy por adoptar el consejo, mañana saldremos de Chupan - 
cingo; entretanto, suba usted á la azotea y observe, porque el ene- 
migo puede descolgarse cuando menos se espere. 

La reverenda jamona fué á cumplir la orden del comandante que 
debería obedecer como un sultán, mientras este se entregó á la pesa- 
dilla del sueño. 

La señora vio llegar á Jacinto con el tío Blas y entrarse en una 
de las casas contiguas. 

— Pobre hombre, está agonizando... ya comienzan á llegar los 
dispersos. 

Efectivamente, se descubrían en la próxima montaña algunos sol- 
dados de la caballería que venían á todo escape impulsados por el 
pánico, habiendo dejado á los infantes, que todos cayeron en poder 
de los Bravos como despojos del primer encuentro. 

Llegó la noche, que era oscura y tempestuosa, las tinieblas des- 
pués de una catástrofe son el paño mortuorio que cae sobre el espí- 
ritu acongojado. 

La luz del relámpago; el azote de la lluvia; el trueno de las 
nubes, todo infunde un pavor desconocido, y es que el peligro deja 
sus huellas en el alma, como la tormenta en los bosques. 

Ese terror no se explica, y los soldados le llaman simplemente perder 
la moral. 

Las almas pusilánimes, que por lo regular la tienen perdida, se 
desbandan á la hora del miedo ; ¡los árboles les parecen gigantes, las 
nubes montañas que se desploman, la bóveda del cielo una gran 
campana que retumba sonora reproduciendo los ecos fatídicos de la 
noche, las sombras fantasmas y endriagos, y los hombres trasgos y 
demonios! 

Todo esto pasa delante de su cerebro en una confusión espantosa 
á la luz de una imaginación herida y susceptible. 

Entonces la sangre se agolpa al corazón, la vista se anubla y el 
ser mezquino del hombre se presenta en una deformidad abatida, 
como una planta estrujada por el arado; ¡qué humillante es el terror!... 

El comandante Garrote se despertó asorado cuando en las cam- 
panas de su parroquia sonaba el toque de ánimas. 

Había soñado que Galeana lo mandaba suspender de un pino y 
que los muchachos del pueblo le tiraban los pies. 

— ¡Señora Gertrudis! ¡Señora Gertrudis! 

— ¿Qué se ofrece? 

— ¿No ha observado usted algo? 

— Han llegado algunos soldados dispersos, 



LOS INSURGENTES 47 



— ¡Ah cobardes! me la han de pagar. 

— Vea usted lo que dice, esos hombres le van á servir en la 
retirada. 

— Tiene usted razón. 

Oyóse en aquel instante una gran detonación á la puerta de 
la casa. 

— ¡Muerto soy! exclamó Garrote. 

— ¡Galeana! respondió doña Gertrudis. 

El comandante cayó á gatas en medio de la pieza. 

La jamona y su señor permanecieron así algunos momentos en 
expectativa, y notando el silencio que reinaba en la calle, se atrevieron 
á asomar las narices por la ventana. 

— Ya, ya sé lo que pasa, dijo Garrote, los buenos vecinos de 
Chilpancingo se divierten conmigo, y han arrojado esa bomba que es- 
taba destinada para una fiesta religiosa, ya volveré y los escarmen- 
taré y los... 

— Señor, es necesario salir de aquí, todos son enemigos. 

— Marchémonos, y como ya no ha quedado batallón con vida, des- 
aparezcamos la caja, tome usted todo el dinero, empaquételo perfec- 
tamente, que al menos esto no se lo lleven los insurgentes. 

La señora se arrojó como una fiera sobre la caja, y la dejó vacía 
en unos cuantos minutos, se conocía que no era el primer ensayo, 
porque su señor desplegó una grande habilidad en el manejo de 
caudales. 

Los cohetes y las bombas se succedieron toda la noche no de- 
jando un momento de calma al comandante, que al primo albore se 
marchó con la jamona y los dispersos á tomar cuarteles á la ciudad 
histórica de Tixtla. 



CAPITULO VI. 
Donde comienza la historia tle la primera esmeralda. 



El hijo del tío Blas llegó después de una marcha trabajosa á Chil- 
pancingo, llevando á la grupa de su caballo al infeliz viejo ya próximo i 
expirar. | 

Detúvose á la entrada de una casuca, propiedad de un amigo I 
suyo, y llamó con precipitación. i 

— ¿Qué pasa Jacinto? 

— Ayúdame, Pablo, mi padre se muere. 

Pablo sin aventurar una sola palabra, tomó en sus brazos al tío 
pías y lo condujo á un lecho. 

— Es una desgracia espantosa, dijo el joven, y ella tiene la culpa 
de cuanto pasa. 

— ¿Quién es ella? 



48 7UAN A. MATEOS 



— Nadie, haz llamar á un médico, porque mi padre está herido 
mortalmente. 

— Jacinto, cuando te he visto partir de aquí con ese infernal de 
comandante, quise decirte algo; pero no me atreví por no parecerte sos- 
pechoso; pero en tu fisonomía turbada comprendí desde luego que iba 
4 pasar algo muy malo. 

— El destino, amigo mío, el destino, yo quería vengarme, y Dios 
arroja sobre mi frente la sangre de mi padre. 

— En fin, atendamos al enfermo, dijo Pablo, y salió en busca del 
médico. 

El tío Blas estaba próximo á la muerte, dos balas le habían atra- 
vesado el pecho, y su existencia se apagaba por momentos, tenía una 
ansia terrible. 

De repente hizo señas de que quería hablar, Jacinto se acercó al 
lecho lleno de una pesadumbre sombría. 

— ¡Padre, dijo sin poder contener sus lágrimas; perdóneme usted! 

— Sí, yo te perdono... no eres culpable... estaba escrito... 

— Pero yo soy muy delincuente y Dios no me perdonará. 

— ¡Dios sabe todo más que nosotros, y... yo me muero!... 

Arrodillóse Jacinto, y tomó entre sus manos la mano callosa da 
bu padre. 

— Jacinto... toma estos... papeles... están rotos por las balas y... 
manchados de sangre... 

Jacinto tomó la bolsa con los papeles, y volvió el rostro con des- 
confianza para los rincones y puerta del aposento, por si alguien le 
acechaba. 

— Eso debe de ser interesante... yo no he leido... verdad es que 
no sabía... pero al entregármelos me dijeron que.., peleara por la Vi 
bertad... y... yo no he sabido hacer nada... por ella... yo te trasmito 
ese encargo. 

Jacinto estaba perplejo, comprendía que aquellos papeles ence- 
rraban algo de sumo interés; pero el encargo del tío Blas le contra- 
riaba, los Bravos estaban en las filas insurgentes, y él deseaba encon- 
trarse con ellos y saciar aquel rencor injusto que se había apoderado 
de las fibras de su corazón. 

Jacinto aborrecía á los insurgentes, y en las filas realistas encon- 
traba cuanto podía esconder sus siniestras miras; así es que entró 
decidido, y comenzó por herir á sus benefactores como la víbora al 
labrador que le dio calor en su seno. 

La fatalidad había señalado como la primera víctima á su padre; 
pero el joven comenzaba á tranquilizarse sabiendo que el destino lo 
impulsaba á la senda de la fatalidad. 

Un letargo terrible Labia acometido al enfermo, Jacinto creyó que 
su padre había expirado. 

Pasados algunos instantes, el tío Blas volvió en su conocimiento, 
como una luz que recobra todo su fulgor primitivo para apagarse. 
— Jacinto... Jacinto... quita de mi seno ese relicario. 

El joven obedeció á su moribundo padre. 

— ¡Dentro encontrarás una piedra verde.., yo no sé lo que signi- 
fica... pero la he llevado al cuello toda mi vida... consérvala y ñola 
pierdas... sino con el último... aliento...! 



LOS INSURGENTES 49 



Jacinto abrió con avidez el escapulario, se sorprendió al ver la 
esmeralda, y empezó á girar en su cerebro un mundo de dudas y de 
esperanzas, aquel misterio comenzaba á envolverlo en un velo de 
muerte; sin querer llevó la mano á su seno, y oprimió los papeles 
que le había entregado el tío Blas. 

Interrumpióse el hilo de sus pensamientos al escuchar el estertor 
de la agonía, y fijó sus ojos espantados en el rostro cárdeno de su 
padre. 

En aquel momento entró Pablo con un médico, el único que pro- 
bablemente había en Chilpancingo. 

Acercóse el doctor, y al contemplar aquella faz descompuesta, y 
al escuchar el sordo ronquido de aquel pecho, se volvió á Pablo y 
le dijo: 

— Haga usted llamar á un sacerdote. 

Las mujeres de la casa ya se habían anticipado; el cura del pueblo 
se presentó á administrar la extrema-unción al enfermo. 

Todos se arrodillaron durante la sagrada ceremonia; el párroco 
encomendó el alma al moribundo, que expiró entre las ansias mas 
terribles. w 

Jacinto se arrodilló á su vez junto al lecho, y tributó el último 
homenaje de su piedad filial á aquellas cenizas veneradas. 

Levantóse después sombríamente sereno; se sentó en un rincón 
del aposento, y veló la noche entera el cadáver. 

II. 

Al amanecer se oyó un repique que anunciaba la fuga del coman- 
dante, y una gritería espantosa, porque Chilpancingo se declaraba por 
la insurgencia. 

Jacinto estaba terriblemente comprometido; pero el joven no pen- 
saba en el peligro que le amenazaba. 

Una mujer del pueblo dio parte a los nuevos insurgentes, de 
que nn realista de Chichilualco estaba en la casa de Pablo Dorantes. 

La multitud se dirigió al instante al lugar señalado, para hacer 
un escarmiento. 

El primer aviso fué el grido de " ¡mueran los realistas! „ dado 
en la puerta de la habitación. 

Jacinto se levantó resuelto y abrió las hojas de par en par. 

—Aquí estoy, dijo á la multitud. 

— ¡Muera! repitieron los insurgentes. 

—Estoy dispuesto, replicó el joven, pero antes pido una gracia, 

—¡Que hable! ¡que hable! dijeron los cabecillas. 

—Señores, mi padre era insurgente, y acaba de morir atravesado 
por las balas de los realistas; aquí está su cadáver, no le nieguen una 
sepultura... ya pueden matarme. 

Un grupo de pueblo entró en el aposento y vio al tío Blas muerto 
y ensangrentado. 

Aquel espectáculo era commovedor. 

4 — Los Insurgentes -' 



50 JtTAN A. MATEOS 



Todos retrocedieron ante aquel cuadro de horror. 

— Yo no me atrevería á matar á ese joven, dijo uno do los ca- 
becillas; allí está su padre que ya está juzgado de Dios. 

— Ni yo me atrevería, dijo otro. 

— Al fin es hijo de un insurgente. 

— Vamonos. 

— Vamonos, exclamó la multitud que cede á las órdenes del pri- 
mero que habla, y se alejó el tumulto á seguir en los desórdenes del 
motin. 

Jacinto condujo los restos de su padre al cementerio del pueblo, 
volvió á la casa de Pablo, montó eu su caballo, y se dirigió á Tixtla, 
donde se estaban reuniendo los dispersos de Chichihualco. 

Presentóse á las autoridades, que lo recibieron cordialmente dán- 
dole el mando de una compañía, y encomendándole uno de los puntos 
de la plaza más peligrosos. 

El comandante esperaba ser atacado por Morolos y se preparaba 
á recibirlo, acumulando cuantos elementos de defensa pudo propor- 
cionarse. 

Cuando el desgraciado huérfano se encontró solo en el reducto, 
sacó los papeles que constituían la herencia de su padre; los desdobló 
con cuidado, procurando unir los fragmentos rotos por las balas; limpió 
la sangre, que había hecho desaparecer algunos renglones, y comenzó 
a leer con avidez las páginas del manuscrito. 



16S INSURGENTES 61 



LA PRIMERA GENERACIÓN 



i. 

Estamos en el campo y son las doce de la noche. 

El lector do debe amedrentarse ; porque la noche es apacible. No 
hay negros nubarrones en el horizonte, ni el viento ruje en el fondo 
de las barrancas, ni el relámpago fulgura iluminando el contorno de 
los cipreses, ni Toces misteriosas cruzan por el espacio solitario dilatán- 
dose como un gemido. 

No, la noche coronada de estrellas sonríe desde la altura, es la 
hora del silencio solo para los hombres; porque del seno del ramaje 
se escapa el eco armonioso con que saluda á su querida el nocturno 
trovador de las selvas ; el cielo es trasparente ; en la llanura se mece 
el girasol con el oleaje de la brisa. 

Allá, á lo lejos, sobre el costado del monte, se ven unas cuantas 
lucesillas; es el pueblo; mas acá, los peñascos y los matorrales, después 
las siembras; hasta donde alcanza la vista. 

Un hombre en pie, teniendo su caballo por la brida, permanece, 
como una estatua, en la estremidad de la vereda que conduce al pueblo. 
No da señales de impaciencia; pero su vista se clava con tesón en una 
de las casas mas cercanas. 

Allí brilla una luz, después se apaga ; después el hombre da un 
suspiro, y pudiera oirse el rumor lejano ¿e una voz pura que 66 apro- 
xima cantando. 

Al oir ese canto, [donde el gorgeo que remeda los sollozos, se 
mezcla con dilatadas notas que se estinguen gradualmente con la dulce 
lentitud de una cuerda, dejando en el alma la impresión de esos días 
de la juventud, que huyen para siempre, no pudiera dudarse que la 
voz reproducía los que la soledad, el amor y un presentimiento de su 
destino, inspiraba acaso á los antiguos bardos de la América. 

Pasados diez minutos la misma voz hermosa pronunció ya niá? 
cerca estas palabras: 

— ¡Don Pedro! 

— ¡Xóchitl! dijo casi al mismo tiempo el hombre del caballo, ten- 
liendo la mano á una joven india que acababa de aparecer á su lado... 
Xóchitl, ha llegado la hora, adiós! 

La joven inclinó la frente, llevó en mano al corazón y ahogó un 
lollozo. 

— ¡Oh! dijo el caballero, ¿dudas de mi palabra? ¿dudas de mi ju- 
ramento 1 ?... 

— Yo no vierto lágrimas por el esposo, dijo la joven sin levantar 
el rostro; ¿qué vale» esas ceremonias que vosotros mismos miráis con 



52 JUAN A. MATEOS 



dosprecio?... ¿qué lazo hay demasiado fuerte, que en un día de cansancio 
no rompierais con vuestra espada? Yo temo solo que vuestro amor... 

— ¡Xóchitl! ¡por Santiago!... por nuestro amor. . . por nuestro. .. no 
me hables de ese modo, mira que me haces una ofensa. 

— ¡Perdona! pero yo no tengo la culpa; yo no tengo las que lla- 
máis supersticiones ; pero me estremezco sin querer cuando el ave de 
las tinieblas revolotea silbando por el techo de mi cabana. 

— ¡Pese á tal¡ no quiero verte triste, venga un abrazo y echa 
todas esas cosas á paseo, exclamó don Pedro atrayendo á la joven, 
que casi sonreía con estas últimas palabras. 

— ¡Adiós! dentro de dos meses me tienes á tu lado, adiós! 

Iba á partir el caballero, pero Xóchitl lo atrajo por una punta 
de su capa, y él volvió sobre su pasos. La joven tiró más todavía... 

Sonó un beso, y poco después Xóchitl se retiraba solitaria por 
un sendero del monte. 

II. 

Don Pedro de Montellano era español y noble; muy joven había 
conocido á una mujer querida de su padre. Sin saberlo, enamoróse de, 
ella, con una pasión verdaderamente dramática ; fué correspondido, y 
corrió lleno de entusiasmo á rogar al autor de sus días que arreglase, 
el casamiento. 

Le cuenta una larga historia de miradas, de billetes y de citas ; : 
no sé qué de un viejo celoso; de misterios, de serenatas, de suspiros, 
primero despreciados, después oidos con lágrimas ; y concluye diciendo i 
claro, redondo y retumbante, el nombre y la habitación de ese ángel| 
que lo tiene loco. 

Ee velóse de improviso al anciano el misterio de sus celos y el 
engaño de que era víctima ; y sin poderse contener levantó la mano, 
y la dejó caer sobre el rostro de su hijo. 

La sangre y las tinieblas envolvieron la cabeza del mancebo ; tuvoi 
un frenesí repentino ; echó mano de la espada y acuchilló á su padre, 
¡horrible sacrilegio' . . . 

Don Pedro, denunciado por un lacayo, es conducido á la prisión,, 
desde cuyo fondo puede oir la bulla que meten los martillos en las 
tablas de un cadalso. 

Esto pasaba en 1527. 

El cristiano rey don Carlos se había propuesto hacer un escar- 
miento : pero una mujer aparece en las altas horas de la noche á don 
Pedro, y lo saca con la misma facilidad que los carceleros. 

Era Blanca, la causa de sus desdichas. 

Los dos se dirijen á Italia ; Blanca se prostituye públicamente 
para sustentarlo ; un día es arrebatada por la peste que desolaba aquel 
reino, y don Pedro, necesitado y temiendo ser conocido por los suyos,| 
sale y se afilia en los regimientos de Eunzo. 

Cae prisionero de los españoles en el asalto que da á Eoma el 
condestable de Borbon, y no va á remar en las naves de su majestad. 
gracias á un alférez que le propone la libertad á trueque de engancharse] 
en una expedición para la América. 



LOS INSURGENTES 5o 



Don Pedro, hastiado de la vida, se distinguió en los combates, 
1 como todos ignoraban su historia, y se hacía notar por sus modales 
y relativamente por sus conocimientos, no tardó en ser honrado con 
el Dombramiento de capitán ; y como todos los primeros soldados espa- 
ñoles, fué el dueño de cuantiosos marcos de plata, de bosques, de 
llanos, de ganados y de indios. 

Xóchitl, hija de Tizoc, había nacido en un pueblo de la Sierra, 
cuando su familia fugitiva marchaba en busca de la libertad, con tantas 
como las turbas españolas empujaban á los desiertos, delante de sus 
corceles ensangrentados. 

Tízoc era muy rico. 

Antes de entregarse á esos trabajos que debían llevarlo á una 
muerte trágica, había comprado hogar, libertad y sosiego para su hija; 
la rodeó de amigos dispuestos á ser los guardianes invisibles de aquella 
niña, que era el encanto de su vida, y marchó tranquilo donde las 
tribus desterradas lo esperaban como jefe para marchar á la pelea. 

Xóchitl vivía en un pueblo situado entre las florestas que des- 
cendían de los montes de la Sierra, probablemente en las cercanías 
de Cadereita. 

Vivía con sus recuerdos, y lloraba á menudo en presencia de los 
es que afligían á sus desventurados hermanos ; los protejía en si- 
lencio, y meditaba siempre en ciertas palabras misteriosas con que su 
padre moribundo le dio el encargo y le abrió los arcanos de una ven- 
ganza. 

Xóchitl era de una hermosura magnífica : su boca, su nariz, sus 
¡ojos, todo su rostro tenía esa belleza increib le que vemos en los cua- 
dros donde los artistas representan á los pastores de la Arcadia, ó á 
|las almas cristianas arrobadas en la deleitosa contemplación de su mo- 
rada futura. 

Su cabellera negra, sutil, ondulante ; su mano pequeña, fresca, 
rosada cuajada de corales. Su pie precioso, cruzado por los cordones, 
¡rojos de sus zandalias, no se vé hoy sino en los templos en el pe- 
destal de los arcángeles. 

Xóchitl tenía veintitrés años, reunía la inteligencia al candor, y 
no era imposible en ella la unión de un valor varonil con la ternura 
y la sensibilidad de una niña. 



L 



m. 

Un día un pobre azteca iba á ser azotado. 

Era un pobre labrador á quien el dueño de la tierra había dejado 
su caballo mientias se internaba en el bosque con el mosquete al hombro, 
en persecución de un ciervo. 

Sonó el tiro ; el caballo azorado se escapa, dejando el bosal en 
la mano del indio, que corre y vuela y se fatiga vanamente por al- 
canzar al animal que devora el espacio. 

Vuelve ya el señor casi colérico, pues el ciervo lo ha burlado, se 
encuentra solo, dá ese grito célebre con que los españoles llamaban 
á sus servidores, y ni el eco le responde. 

Vuelve á cebar el mosquete, y se encamina por el llano, después 



54 JT7AN A. MATEOS 



de haber jurado por Santiago de Campostela, volar la tapa de los sesos 
á ese indio miserable que ha osado tomarse tan escandalosas liber 
tades. 

El indio se acogió bajo la sotubra de un pinar impenetrable; pero 
pocos días después fué hallado, y conducido ante el señor, condenado 
á tres mil azotes en la picota de la Hacienda. 

La madre aparece en las puertas de la casa de Xóchitl ; le cuenta 
á la joven su desventura ; y esta le envía inmediatamente á proponer 
que pagaría el caballo en dos veces el duplo de lo que costara. 

El señor, que más necesitaba emociones que dinero, permaneció 
inflexible. 

Xóchitl tomó su manto, se hizo acompañar do un valiente joven 
Topiltzin, de que hablaremos después ; y fué dispuesta á interponer 
sus ruegos, sus promesas, y en todo caso un golpe de mano, porque 
podía intentarlo sin serias consecuencias. 

El señor quedó deslumhrado ante la belleza de Xóchitl, y una 
sensación parecida al amor, y otra á la codicia, se agitaron en su alma 
como al primer rayo del sol las víboras adormecidas. 

Habló con el lenguaje de un caballero, y revistió la dureza de 
su carácter con la sonrisa generosa de un buen amo, que solo ha tra 
tado do intimidar con amenazas. 

Xóchitl pudo notar también un no sé qué inolvidable, en el rostro 
y el continente de aquel hombre. i 

Su ojos azules oscuros, tenían una mirada que la dominaban y le 
infundían sumo pavor ; y no obstante su frente blanca y despejada, 
volvía la confianza ; y sus labios finos sombreados por un bigote color 
de oro, sonreían con espresión benévola, dulce, casi amable. 

Xóchitl al levantar los ojos sobre los del caballero, notó como 
éste tenía sobre los de ella esa mirada peculiar que brilla y después 
se disimula ; ese relámpago que sale y se esconde cuando se encuentran 
por casualidad dos seres que deben amarse. 

El labrador quedó indultado. 

Desde este día la imagen de don Pedro de Montellano inquietaba 
en el silencio del hogar el sueño de la niña ; y la niña aparecía en 
el de don Pedro con alas de armiño, como dicen los poetas, y sacu 
diendo sobre el casco del aventurero los diamantes y loa zafiros que 
bordaban su clámide. 

Xóchitl se avergonzó de su impresión, pensó en su padre, en sus 
hermanos en su - raza vilipendiada, y en Huemotzin tan joven, tan 
bravo, que la idolatraba, y que moriría de dolor cuando muriera su 
esperanza. 

Pero don Pedro juró por toda la corte celestial hacer cuanto le 
fuera posible por poseer ese corazón nuevo, y esa mano que debía 
ser riquísima. 

Rondó á pie y á caballo la casa, cantó como un ruiseñor, dio á 
viento suspiros y al césped lágrimas, y hubiera dado al traste con 
esta vieja táctita de los estudiantes, si frescas noticias sobre las ga 
rantías que la audiencia había vendido á, la dama, no le impidieran 
escalar una pared ó fracturar una puerta. 

No necesitó gracias á Dios tanto : Xóchitl lo amó con toda se 



LOS INSURGENTES 55 



alma, y se deslizó en silencio nn año b>jr> la planta de esos amantes, 
que en sus citas, ignoradas como era presiso, gozaban al pie de un 
álamo, 6 sentados sobre una roca, de esas conversaciones que son ca- 
ricias, y de esas caricias que son un idioma entero. 

La joven, con el acerado brazo del aventurero rodeado á su cin- 
tura, recorrió muchas veces los senderos solitarios del bosque, con- 
tando á su amante sus sueños y sus esperanzas. 

No habían notado que un hombre se deslizaba silencioso tras de 
sus pasos, que un oído recogía en las sombras hasta el golpe de sus 
corazones, y muchas veces, si hubieran bajado á la tierra esas miradas 
que se estraviaban en el azul del cielo, Xóchitl se hubiera desmayado, 
y don Pedro hubiera puesto mano á la espida, al ver á sus pies, 
entre un hueco oscuro del follaje dos ojos relucientes, ansiosos, ame- 
nazadores, mirándolos con la fijeza de una serpiente. 

Era Huemotzin, joven guerrero que idolatraba á Xóchitl con la 
dulce terquedad del primer cariño. 

Habían crecido juntos; juntos habían peregrinado ; juntos se ha- 
bían inclinado sobre la misma linfa para apagar la sed, ó cortar las 
flores ; y juntos sobre la tumba de Tizoc habían llorado la ruina de 
su patria. 

Xóchitl lo miraba como á un hermano, por más que compren- 
diera que Huemotzin la amaba ; tal vez ya sentía en su seno esa lás- 
tima que es el preludio del cariño, si la figura de don Pedro apare- 
ciendo entre los dos no hubiera arrebatado á Xóchitl la gratitud, la 
conmiseración, el deber y hasta los recuerdos. 

Huemotzin se estremeció un día en su escondite, cuando escuchó 
estas palabras tan comunes en las novelas: "soy madre;,, iba á 
llevar la mano á su puñal, pero sus dedos se crisparon, arañó con- 
vulsivamente sus cuadriles, y quedó sin sentido. 

A otro día don Pedro se alejaba con el pretesto de una comisión 
á muchas leguas de distancia. 

Xóchitl, agena á la perfidia europea, se disponía á esperar al ca- 
ballero, y sin importarle nada el escándalo que daba á sus compa- 
triotas oprimidos, soñaba con las fiestas de la boda y la bendición 
del cura. 

Cuando los peligros del aborrecimiento, ó del ridículo, vienen á 
causa del amor, la mujer los afronta todos. 

IV. 

Pero pasó un año, y el prometido esposo no volvía. 

Xóchitl dio á luz un niño hermoso, un serafín que oía con la 
sonrisa de la inocencia los sollozos de su madre engañada. 

Esta palidecía visiblemente la ahogaban palpitaciones descono- 
cidas, y su vigor antiguo desaparecía ; dolores sordos pero continuos 
recorrían sus entrañas. 

Una vez supo que las tierras de don Pedro habían pasado á un 
nuevo dueño. 

Corre á verlo, se informa, y sabe que su amante ha vendido todo 
lo que tiene, y próximo á contraer un enlace ventajoso con una se- 



56 JUAN A. MATEOS 



ñorita española, hermana de un oidor, se dispone á regresar á la pe- 
nínsula. 

Xóchitl no responde, se pone blanca como el mármol, clava una mi- 
rada atónita en el propietario, que á su vez la mira con estrañeza. 

La cosa se prolonga así un cuarto de hora, hasta que Gavia, 
que así se llama el nuevo vecino, cree notar que aquello se prolonga 
con demasía, y exclama : 

— ¡Bah! estamos divertidos. ¡Vive Cristo! ¡Pascual acompaña á 
esta mujer á su casa. 

Un azteca, negro por el sol, se levanta del rincón de la pieza y 
le dice á Xóchitl ; 

— Vamos. 

— No me voy, respondió ella tan repentinamente y con tal ademán 
que el amo desprevenido dio un salto, y el indio retrocedió mirándola 
de arriba abajo. 

— ¡Por vida del diablo! dijo Gavia reponiéndose, si no sale esta 
loca, Pascualillo, te parto el cuero á mecatazos. 

El indio se adelanta, pone una mano sobre la espalda de la mujer 
y la impulsa suavemente, diciéndole otra vez en su idioma ; «vamos» 
pero ella se vuelve hacia Pascual, lo abraza y prorrumpe en dolorosos 
gemidos. 

— ¿Que hago yo, Dios mío*? dijo después de algunos instantes mi- 
rando como si volviera de una sincope. Sí, vamos, añadió dirigién- 
dose á Pascual, cuya respiración se había hecho rápida como en las 
personas ya enternecidas, tú que me compadeces ven conmigo... 

V. 

Aquella misma noche se dirigió á la casa del cura, le contó sus 
desgracias y le pidió consuelo ; pero aquel ministro del altar, que 
ocultaba debajo de sus hábitos el corazón de los españoles de su siglo, 
le dijo : 

— Tú has tenido la culpa ¿cómo llegaste á creer que un noble 
señor como don Pedro de Montellano se enlazara contigo? Es cierto 
que dos ó tres indias se han casado con españoles, pero estos han 
sido villanos... 

— ¡Padre! exclamó Xóchitl con las mejillas encendidas, tú eres 
villano, y don Pedro es villano, y tu señor y todos los tuyos son 
villanos ante la raza de mi padre. 

Yo conozco vuestra horrible historia, y sé de donde habéis sa- 
lido todos para derramar sobre nuestras cosechas vuestra hambrienta 
sanguinaria muchedumbre. 

Son villanos, son impíos, son poseedores de lo ageno, son men- 
digos, y aun te figuras que honran el tálamo nupcial donde guerreros, 
nobles, poderosos y llenos de gloria más pura que la vuestra, hu- 
bieran tenido por dicha reclinar su sien cubierta de laureles. 

Vé y denúnciame ; soy noble, y he salido de esa raza que juró 
odio eterno á la tuya ante las plantas abrasadas de Guautimoc. 

Deniínciame si quieres, soy amiga de la muerte, y no temo en la 
tierra el enojo de tus sacerdotes, ni en la eternidad la ira sombría 
de tu Huitzilopostli. 



LOS INSURGENTES 57 



Xóchitl llegó á su casa, despertó á su niño, y le habló como si 
este hubiera de comprenderla. 

— ¿Lo ves? hijo mío, ¿lo ves? no hay piedad para tu madre, no 
hay piedad para los vencidos ; no hay sino condenación para los dé- 
biles, vergüenza para los traidores, maldición para los cobardes... 

En aquellos momentos apareció Huemotzin, y antes que pronun- 
ciara una palabra corrió Xóchitl á sus brazos, y le dijo con lagrimas : 

— ¡Hnemotzin mira el castigo del ultraje que lloraste! si me has 
amado alguna vez, ayúdame á vengarme, y después yo curaré con 
mi sangre la herida que atravesó tu pecho. 

El joven guerrero la besó en la frente, y pocos días después 
Xóchitl con su hijo y Huemotzin, encumbraban la Sierra guiados por 
el genio de la venganza. 

VI. 

Abreviemos. 

Nuestros viajeros llegaron á México, supieron que don Pedro se 
hallaba en Texcoco, y llegaron á esa ciudad cuando la casa de Mon- 
tellano se engalanaba en espera de los novios. 

Xóchitl había recibido con la herencia de su padre una esme- 
ralda, que debía colgarse al cuello para ser reconocida por todos los 
jefes misteriosos que elaboraban en silencio la grande obra. 

Estaba segura de encontrarlos en todas partes, aun mezclados en 
la servidumbre. 

La' asociación secreta que hoy conocemos por masonería, existió 
aquí desde aquellos tiempos. 

Pero Xóchitl no quiso hacer uso de la esmeralda ; suspendió su 
odio por un momento, creyendo (así es el corazón) que si pudiera 
verla don P(dro, que si pudiera presentarle á su hijo, recobraría tal 
vez si no el amor, la compasión de ese hombre que no le parecía 
perverso. 

El desayuno debía ser al pie del Tezcuzingo, junto á los baños 
de Nesahuatlcoyotl. 

Multitud de convidados bullían bajo las enramadas de ciprés ; 
los indios depositaban, sudando, tercios inmensos de flores al pie de 
los árboles, que debían revestir su tronco con las guirnaldas. 

Todos esperaban. 

Don Pedro no tardaba en llegar por el rumbo de Xochimilco. 

Daban las seis de la mañana, y el agua jugando con los matices 
de la aurora, mezclaba al canto de las aves y al bullicio de la fiesta, 
ese rumor dulcísimo que habita por las soledades. 

Xóchitl se dirigió con su hijo al camino que debía traer Monte- 
llano, se colocó sobre una eminencia del terreno, y tendió su vista 
ansiosa interrogando á las nubesillas de polvo que el aire levantaba 
á lo lejos. 

En sus ojos llorosos había esperanza y desconsuelo, vagaba la 
sombra del dolor y el reflejo de una cercana alegría ; y sus diminutos 
labios rojos estaban entreabiertos con la sonrisa amarga del náufrago 
que mira los horizontes. 



58 JTTAN A. MATEOS 



Entro tanto, nn criado antiguo de Montellano la ha reconooido, 
y corre á escape hacia donde este se halla. 

El capitán recibe la noticia como un rayo, y exclama en un ac- 
ceso de cólera : 

— ¡Ira de Dios!... ¿Por qué no la has estrangulado?... ¡Imbécil!... 

Era que la novia doña Beatriz Cainos hubiera retirado la mano 
de la del aventurero al saber que este guar.laba un hijo mal habido, 
y era perder mucho, porque doña Beatriz, aparte do un caudal in- 
menso, podía por sus influencias haber elevado á su marido al nivel 
de los títulos más nobles de España. 

El criado respondió una cosa siniestra. 

— Todavía es tiempo, señor. 



VIL 



Entre tanto pasaba otra escena en la casa del oidor : la mano 
de la Providencia había conducido ante el magistrado á un hombre 
que le dijo : 

— Yo conozco á ese don Pedro de Montellano ; una mujer que me 
engañaba á mí y á su padre, lo arrebató de la horca el mismo día 
que debía ser ajusticiado por parricida ; Blanca me hizo creer que era 
su hermano, me movió á compasión con sus lagrimas, me dejé atar 
y acepté la responsabilidad de la fuga. 

Eran amantes ; robaron el patrimonio de mi hijo, y huyeron á 
Italia, dejándome en la desesperación. 

Ese don Pedro de Montellano se llama don Miguel de Hellin, ha 
hecho desaparecer al alférez Ocampo, que lo sacó de las galeras, y á 
otros muchos que lo conocieron ; lleva en el pecho, en la piel, estam- 
pado con tinta azul el sello de los criminales. 

El oidor, en concierto con este hombre y algunas personas de la 
casa, fingió que le acometía un grave accidente, y pidió los santos 
óleos. En consecuencia, la boda queda suspendida ; corre doña Bea- 
triz al lado de su padre, este le explica todo, y queda concertada una 
nueva comedia. 

Don Pedro debía ser detenido en la casa, para lo cual se preparó 
un bonito alojamiento. 

Era preciso no ofenderlo si acaso era inocente, así es que se to- 
maron las precauciones necesarias para espiarlo cuando se desnudara ; 
pero don Pedro apagó la luz y se desnudó en las tinieblas. 

No hubo remedio, esperaron que se durmiese, y un criado azteca, 
notable por su ligereza é inspirado por el odio á todo lo español, se 
encargó con gusto de abrirle la camisa y ver la susodicha marca. 

Todo salió bien ; Montellano roncando á pierna suelta, soñando 
tal vez en su próxima fortuna, ni sintió la luz, ni después los pasos 
del oidor, del acusador, de doña Beatriz, y varias personas que se 
fueron colando sucesivamente. 

Allí estaba la marca medio carcomida y como plegada por varias 
cicatrices* 



LOS INSURGENTES 59 



VIII. 

Fué indecible la emoción de don Pedro, cuando al despertar, au 
vez del desayuno, encuentra sobre su mesa una llave y un papel con 
estas palabras : 

«Señor D. Miguel de Hellín, 
«Tomad esa llave é marchaos aina por la parte que está á un lado 
de vuestro lecho. Non conservéis memoria de mi palabra. Ruego al señor 
Dios os guie é non faga que esa mano que me regalabais, gire mañana 
sobre la punta de una escarpia. Beatriz.» 

Cuando el veterano, colocado en la escalera con orden de apre- 
hender á don Pedro, vio que este no salía, se decidió á penetrar en 
su habitación, y se dio al diablo cuando \u vio desierta. 

Doña Beatriz fué reprendida severamente por su hermano, y un 
diluvio de alguaciles se lanzó eju busca de don Pedro. 



IX. 

Volvamos á Xóchitl. 

La pobre joven después de haber esperado mucho tiempo, tí 
pasar á Montellanc con la velocidad del relámpago, seguido de variof 
ginetes azorados. 

Supo después que la boda había sídc interrumpida pot .'a enfer 
medad repeiitmt. u-dl oidor, y creyó qut Dios >,o ia había abandonado. 

Se puso en niarchu. par¿t México, y al otro día esperó con impa- 
ciencia las sombras. 

No bien f.ayc~ la noche, se dirigió á la casa del oidor ?on c¡ 
ánimo de ver salir á dor. Pedro. 

Rondó por todos los costados ; las horas de la nocho avanzaoan, 
las puertas todas se cerraron, y la calle quedó oscura y desierta pero 
Xóchitl permaneció inmóvil, col la vista fija en lot cristales 

Iba ya á retirarse, cuando cree oir el rechinido df ana puerte 
vuelve el rostro hacia donde escuch. el ruido, y parecí distinguii 
una sombra que avanza, deteniéndose de cuando en cuando ; y ; ; per 
cibe sus pisadas. 

Xóchitl se siente sobrecogida, no se atreve á respirar ; la sombr.' 
sigue adelantando. 

¿Sería acaso Huematzinlf ¿pero no han convenido en suspender 
el golpe? no obstante, aquello se acerca con lentitud horrible, y la 
joven grita con trémula voz : 

— ¡Huematzin!... 

— ¿Quién eres?... respondió otra voz medrosa, cuyo timbre resonó 
en el alma de Xóchitl. 

— ¡Don Pedro!... 

— ¡Silencio, ó soy muerto!.. c 

Era efectivamente don Pedro que había permanecido oculto hasta 
esas horas en una caballeriza de la casa. 

— ¡Oh don Pedro! aquí estoy, nada temas.,* 



60 JUAN A. MATEOS 



— ¡Silencio, por Cristo!... huyamos, llévame á donde nadie pueda 
encontrarme... pronto. 

— No; nada temas, ven... ¿qué tienes? ¿qué pasa 1 ? ya alimentaré 
con mi cadáver las fauces de tus perseguidores... pero aguarda, tente, 
serénate... por Dios! 

— Sí... sí... pero aprisa... huyamos... 

X. 

Los dos llegaron á una casita que Xóchitl había comprado en un 
arrabal que hoy forma una de nuestras calles más hermosas. 

Don Pedro conoció á su hijo sin emoción, y Xóchitl veló como 
un ángel sobre su agitado sueño. 

Al otro día, al oscurecer, los tres tomaban el rumbo del Iztalzi- 
hnatl. 

Poco después un hombre con la boca ensangrentada y una ancha 
herida sobre la frente, llamaba á la puerta de la casa. 

Era Huematzin que venía de batirse con los asesinos que don 
Pedro había mandado sobre Xóchitl. 

Cuando una anciana á quien este dejó encargado su hijo mien- 
tras iba en busca de don Pedro, dio á Huematzin las señas del hombre 
que llegó esa noche, el joven guerrero sintió por segunda vez que 
los celos le enterraban en el corazón sus garras candentes. 

No le costó mucho trabajo saber el rumbo que debía tomar, y 
se perdió en el llano jurando tomar un desquite horrible. 

XI. 

Después de cinco días de peregrinación por senderos extraviados, 
llegó Xóchitl á una cabana. 

El dueño abrió sus puertas á los viageros con esa generosidad 
proverbial de los habitantes de México. 

A media noche un hombre, después de aplicar el oido sobre las 
paredes de tule que guardan el sueño de los fugitivos, corta con su 
puñal los débihs troncos, penetra cautosamente, sale á poco rato con 
un niño en los brazos, y desaparece por las tenebrosas gargantas del 
monte... 

XII. 

Pasaron cuatro años. 

Era el 2 de Marzo de 1548. 

En la parroquia de San Sebastián daban las ocho de la noche. 

Una mujer pobre con dos niños de la mano se dirigía presuro- 
samente por la solitaria calle de N*** ; el aire, porque el aire ruje 
siempre tras del que lleva miedo, rujia haciendo tremolar como la 
fama de una vela el capote de los niños y las faldas de la señora. 

Un farol de papel colocado en la esquina, delante de un cuadro 
de ánimas, daba sendas cabezadas contra la pared metiendo un ruido 
siniestro. 



LOS INSURGENTES 61 



Cuando hubo llegado la mujer á la esquina donde el puente de 
San Sebastián desemboca en la plazuela del mismo nombre, se de- 
tuvo ; los niños exhalaron una espiración ruidosa, y dejaron de afianzar 
la copa de sus sombreros. 

Después de algunos instantes de silencio^lanzaron una mirada á la 
plazuela. 

Estaba pavorosa, y hasta el eco de la campana se había recogido 
en las tinieblas 

— Vamos, dijo la mujer apretando en cada mano una canilla de 
los niños; agárrense el capote, no volteen... la Santísima Virgen de 
la Soledad nos acompañe!... el Señor sea con nosotros!... 

Y los tres parten como una exhalación atravesando el espacio que 
los separaba de la parroquia. 

Llegaron á una puerta que se abrió á los primeros toquidos. 

Allí vivía el sacristán. 

— ¿Qué hacías, mujer? dijo un hombre de montera que apareció 
delante de ellos resguardando con una mano la candela que sostenía 
en la otra. 

— ¿Qué he de hacer, hijo? si no hay carne hasta el mercado de 
Tlaltelolco... 

— Bueno, entren, date prisa, porque don Fernando ha de estar 
con una hambre del diablo. 

Era este un soldado español, como de 45 años de edad, entre- 
cano, bien hecho, de nariz perfecta, ojos vivos y expresión bonda- 
dosa. Hacía tres días que había llegado de Valladolid ; servía en un 
cuartel de Al varado á las órdenes del capitán Moneada. 

Don Femar do era un antiguo conocido del sacristán (que no des- 
cribimos porque todos ellos se asemejan) y había venido aquella noche 
con el objeto de abrazarle. . 



XIV. 



A las nueve de la noche, el sacristán, los dos niños y don Fer- 
nando, sentados á una mesa de encina, cenaban con hambre de ca- 
minantes, oyendo la conversación de una mujer que desde el brasero 
donde humeaba la britanga y soplando los carbones decía : 

— Sí, señor... tan cierto como María Santísima, que yo la he 
oído... ¡ay! ¡y qué voz tan dolorosa!... ¿pero, queréis decirme, añadía 
cesando de soplar, no le valen al alma de don Miguel Hellín tantas 
misas como se han dicho por su descanso 1 ?... 

— Yo creo, dijo el guerrero, que el alma de los condenados no 
descansa nunca, pero no creo que anden por este mundo. 

— ¿No creo?... respondió el sacristán, pues á fé mía que os qui- 
siera ver una noche junto á la horca de don Miguel Hellín. 

— ¿Habéis estado allí? 

— Sí, muchas veces á las nueve de la mañana... 

— ¡Bah! 

— Pero de noche, á eso de las once, yo y Úrsula hemos visto 



62 JUAN A. MATEOS 



desde aquella vidriera al fantasma, que va y viene como centinela y 
se reclina sobre el cadalso. 

Yo no sé si será el alma del difunto, pero interrogad á todos los 
vecinos y, pese á mi abuela, si no os repiten todos lo mismo que os 
estamos diciendo. 

XIII. 

—Puede ser... replicó el guerrero haciendo un gesto de incredu- 
lidad, é imprimiendo un movimiento circular á su plato vacío. 

— Una vez, continuó después de una corta interrupción, veníamos 
de Otumba atravesando el monte yo y dos compañeros, con dirección 
á Ameca : la noche cerró sobre nosotros, con tal chusma de ráfagas 
y de sombras, que hubimos de renunciar á seguir adelante, pues no 
alcanzábamos a ver ni donde colocábamos las plantas. 

— ¿Qué hacemos? les dije. 

— No hay más, replicó Céspedes, uno de los compañeros, sino 
que aquí hacemos nuestra cama. 

— Pero el agua viene, observó el otro, y si Céspedes se refresca 
y se esponja con el rocío, nosotros quedamos aporreados y dejamos 
al pueblo con las cuartanas. 

— Decid, le respondimos, dónde tenéis alojamiento, que os metéis 
en las consideraciones de una dama 1 ? 

— Tenéis poco seso, replicó en su tono festivo; venís con Pedro 
Medellin, vuestro amado sargento, que os ha sacado de otros lances 
menos miserables que este, y aun dudáis de su genio. Ea, seguidme, 
que esta noche vais á dormir en un palacio. 

Fiados en la conocida probidad de Medellin, nos afianzamos á su 
brazo y nos metimos de plano entre los matorrales. 

El relámpago brillaba de cuando en cuando, y gruesos goterones 
comenzaban á tronar sobre nuestros cascos... 

Al llegar aquí el llamado don Fernando, apuró su vaso como es 
costumbre en todos loi narradores de historias de este género. 

Úrsula se sentó en la esquina del asiento demasiado basto que 
ocupaba uno de los niños. El sacristán se caló bien la montera, cruzó 
los brazos y dio á su fisonomía la expresión benévola de un oyente 
perfecto. 

— Pues señor... continuó Fernando : después de muchas vueltas 
y revueltas pudimos divisar una pequeña luz allá en el fondo de la 
cañada. 

— ¡Por San Judas! exclamó Medellin, acaso nos han ganado la 
partida. 

— ¿Qué ocurre? preguntamos. 

— Mirad, nos dijo ; aquello es el palacio, pero esa luz me indica 
que tenemos huéspedes. 

— «Tanto mejor, dije, cenaremos con ellos.» (Porque el frío, como 
sabéis, abre gana y yo la tenía espantosa.) 

— Veamos, murmuró Céspedes, aunque no sea mas que por cu- 
riosidad. 

— ¡Por San Judas! volvió á exclamar nuestro sargento, yo os daré 



LOS INSURGENTES 63 



la posada que os tengo prevenida, aunque tenga que habérmelas con 
Xicotencal. 

Volvimos á ponernos en marcha. 

Conforme avanzábamos, la luz que antes era Tin punto, se con- 
vertía en una faja, después esta faja se interrumpió formando varios 
fragmentos alargados ; hasta que pudimos distinguir claramente que 
eran las ventanas de un edificio. 

Aquello nos pareció muy estraño, pues no teníamos noticia do 
que existieran casas por esos sitios deshabitados. [Pero Medellin nos 
dijo que allí había desde muchos años una especie de templo azteca 
ya casi derruido, que servía de refugio solo á las aves de la montaña. 

Ahora, lo que nos llamaba la atención era verlo iluminado, y 
hasta llegamos á creer, que alguna gavilla errante de los indios in- 
surreccionados estuviera vivaqueando en las ruinas. 

Paramónos para ver si podíamos descubrir algo que nos sacara 
de la duda, y á pesar de las exigencias de Medellin, nos detuvimos 
algunos instantes ocultos tras de los peñascos. 

— ¡Por las barbas de mi suegra! decía el sargento, que comenzáis 
á poner miedo con vuestras conjeturas. La tormenta se nos viene 
encima, y menguados seriamos si cambiásemos aquel alcázar por estoí 
malditos vericuetos. 

En efecto, un manto más negro que la tinta, se columpiaba por 
la parte del Noroeste, y barría ya las cumbres que se alzaban sobre 
nuestras cabezas. 

— Vamos, dijo Céspedes empeñado en recibir el chubasco, yo no 
bajo más, idos si queréis, aquí me quedo aunque las panteras... 

No concluyó, porque un rumor como de muchas voces que ha- 
blaban á lo lejos, nos dejó suspensos. 

— ¿Quién va"? gritó el sargento echando mano á su arcabuz. 

Dos ó tres veces el eco remedó su voz, y todo volvió á quedar 
en silencio. 

— Cantaradas, nos dijo Céspedes, voy viendo que tenemos más 
miedo de lo que conviene á un soldado. 

— Ciertamente, dijimos Medellin y yo; y procurando mirarnos 
entre las tinieblas, soltamos los tres una carcajada. 

— ¡Adelante! gritamos como si se tratara de caer sobre los gentiles. 

Cada cual descendió como pudo, y nos colocamos sobre el sendero 
que á seis tiros de ballesta terminaba en el templo. Pero de repente 
las luces desaparecen, y un relámpago nos muestra los muros deseo 
loridos y las ventanas antes iluminadas, negras como boca de lobo. 

El edificio en aquel instante pareció, según la expresión de mis 
camaradas, una de esas calaveras que miran con sus ojos vacíos la 
luna de los cementerios. 

— ¡Adelante! gritó Medellin con más fuerza. 

— ¡Adelante! repetimos nosotros ya comprometidos, pero sin- 
tiendo que una pavorosa inquietud comenzaba á agitar nuestros co- 
razones. 

Seguimos marchando, yo, francamente, maldiciendo á ese ca- 
prichudo sargento, que á diez pasos delante de nosotros marehaba 
con la serenidad de un valiente. 



64 JUAN A. MATEOS 



Por último, llegamos al pie do un árbol situado á una corta dis- 
tancia de la puerta. 
El agua arreciaba. 
— ¿Traes paiuela? dijo Medellin á Céspedes. 

— Aquí está, respondió este sacándola de su talega. 

El otro la tomó, se dirigió á la entrada levantando un hombro 
para defender la cara de la lluvia, y penetró en el oscuro recinto. 
Nosotros llevamos la mano á las espadas, ya resueltos para cualquier 
evento. 

— ¿Pero no lo siguieron"? diio Úrsula. 

— ¡Cállate; le replicó el sacristán, llevando un dedo á sus labios, 
sin despegar los ojos de don Fernando. Este continuó. 

— No había pasado un credo cuando Medellin volvió á aparecer 
en la puerta, y nos llamó de un modo particular, como si temiese 
que su voz fuera oida por cualquier otro. Fuimos, nos encargó si- 
lencio, y nos condujo de la mano hacia el fondo de la galería, donde 
por una cuarteadura se divisaba cierta claridad rojiza. 

— Mirad por ahí, nos dijo. 

Yo noté en su voz un timbre estraño que me hizo pensar «¿Si 
tendrá este miedo 1 ?» 

Céspedes se acercó el primero. 

— ¡Bah! exclamó, veo la causa de nuestro asombro. Alli está un 
árbol incendiado por el rayo, el agua va á apagar .. 

— ¡Silencio por Dios! dijo en voz baja el sargento, mirad hacia 
abajo. 

— Nada veo. 

— Mirad bien. 

— ¡Ah!... ¡Ah!... ¡Ah!... dijo Céspedes con creciente admiración, 
atrayéndome por un brazo, mirad!... 

Y vi á la luz de las ramas próximas á extinguirse... vais á 
reíros... vi en pie á una muerta. 

—¡Una muerta! exclamó el auditorio de don Fernando. 

— Sí, una muerta, ó si queréis una viva, pero salida del sepulcro. 

Era una mujer pálida, enjuta, con la cabellera y el rostro mo- 
jados por la lluvia, y parecía mirar al cielo con ira, ó yo no sé s 
con quebranto. 

Luego inclinó la cabeza, y hacía como la madre que arrulla á su 
niño en los brazos. 

Al llegar aquí, la cabeza de Úrsula giró rápidamente, y su mi- 
rada se clavó con asombro en la del sacristán más asombrada todavía. 

— Sí... exclamaron los dos, seguid, seguid. 

Fernando reanudó su historia. 

— Era, no sé quien, pero quedamos aterrados al escuchar un 
gemido desgarrador que se escapó de su garganta. 

— ¡Silencio! nos decía Medellin con esa terquedad de una persona 
trastornada por el miedo ó por el vino. 

- — ¡Silencio! 

Esto acabó de perdernos : cuando ese sargento endiablado, cu 
bierto con las cicatrices de cien combates, se refugió tras de nos- 
otros, no dudamos hallarnos en frente de una cosa superior á la 
pequenez humana. 




Cristóbal sintió en el hombro un dolor agudo, casi al 
mismo tiempo que la espada de Guzman silbó como una 
vibora. 

Cap. 2.°- VIII. 
La primera generación. 



)J' .:: 



LOS INSURGENTES C5 



Creímos que el Señor, irritado por nuestras grandes culpas, per- 
mitía que una voz salida de la tumba, nos hablara de su justicia 
terrible con el eco profundo de la eternidad... 

Aquella mujer... sí... era tal vez una mujer viva: han pasado 
siete años, he visto muchas cosas, he hablado con muchos, be medi- 
tado mucho y me voy serenando... ¿quién sabe'?... Aquella mujer 
lloró con tal angustia, quo nosotros, mudos por el terror, sin saber 
dónde nos hallábamos, ni lo que pasaba delante de nosotros, sentimos 
•pie los ojos se nos humedecían y que el llanto se anudaba en nuestra 
garganta. 

Yo fui el primero que se atrevió á hablar. 

Me encomendé de todo corazón á Nuestra Señora, y mientras mis 
dos compañeros oraban, interrogué al fantasma. 

— ¿Quién eres 1 ? le dije ¿por qué lloras? ¿es el Señor el que nos 
trae á tí, ó es Satanás el que te envía á nosotros? 

La mujer levantó el rostro, pasó las manos por sus sienes reco- 
giéndose la cabellera, y luego levantando el puño cerrado, exclamó 
dirigiéndose al punto en que nos encontrábamos : 

— ¡Ay de tí miserable! ¡ay de los débiles! !ay de los perversos; 
¿Adonde has volado, niño mío, de mi vida? 

Y luego añadió con voz lúgubre y mirando é la otra puerta que 
daba al campo : 

— «¡Pedro...! ¡Pedro! ven conmigo .. y cayó al sueio, ó tengo 
para mí que se hundió debajo de la tierra. 

Al nombre de «Pedro» pronunciado por el fantasma, oí que un 
cuerpo se había desplomado á mis espaldas. 

Era el sargento Medellin — él se llamaba Pedro. 

— Está muerto, me dijo Céspedes casi sofocado. 

— Obedezcamos, le repliqué, marchemos de este lugar donde D103 
acaba de castigar seguramente á un gran culpable, vamos 

Llegábamos á la puerta, cuando vibró un relámpago, y antes de 
verlo desaparecer, un trueno inmenso retumbó on loa aires, y vimo3 
en pie junto á nosotros, y amenazándonos, á la misma mujer de mi- 
rada iracunda... Céspedes cayó á mis pies como herido del rayo, y 
yo sentí un vértigo, una cosa inexplicable y después .. nada- 

Úrsula tenía la boca abierta, los niños se habían refugiado com- 
pletamente en su seno y el sacristán se espeluzaba mirando con ademán 
medroso la ventana que rechinaba con el viento. 

Daban las nueve y media en la parroquia. 

— Pues señor, continuó Fernando, después de haber tomado una 
nueva postura en su taburete, yo no sé el tiempo que permanecí 
privado de sentido, levanté la cabeza y me encontré con la luz del 
día. ¿Habrá sido un sueño? me dije en voz alta. 

— Lo mismo digo yo cantarada, replicó Céspedes que estaba en 
pie enmedio de la pie .a. 

— Pero ved ahí á nv ^stro pobre amigo que aun no despierta y 
tiene los cabellos erizados. 

Inmediatamente me acerqué á Medellin, y apliqué el óido sobre 
sus narices. 



Los Insurgentes. 



66 JUAN A. MATEO» 



Fué mi gusto inexplicable cuando percibí que respiraba. 

Lo sacamos al campo; tomé agua con mi casco en uno de los 
innumerables charcos que había producido el aguacero, y lo vertí en 
el rostro de nuestro compañero. 

Se estremece, abre los ojos y después se sienta y nos tiende los 
Drazos con reconocimiento. 

Dos meses después tomaba el hábito de N. P. San Francisco, y 
marchaba lleno de caridad cristiana á las misiones de California, 
donde hoy se encuentra. 

Yo no he sabido nunca lo que ese Medellin había hecho que 
ofendiera al Señor. 

Hemos pasado juntos sin ofender á nadie, la edad de los des- 
aciertos, y él no ha llegado aún á la del crimen... 

XV. 

— Bendito sea Nuestro Señor Crucificado, dijo Úrsula aspirando 
sus palabras ; yo quiero que él me hable, pero... 

— ¡Cáspita! exclamó el sacristán, estoy cierto, mi señor Don Fer- 
nando, que si pudieseis mirar al alma de Hellin, no tendrías la sere- 
nidad... ¿pero habéis dicho que imitaba el movimiento de... así... 
cuando se duerme á un niño? ¡La Virgen me valga! 

— ¿Qué?., ¿qué dices?.. 

— ¿Qué horas son? preguntó el sacristán á Úrsula, en vez de 
responder á Fernando. 

— Las nueve y media... ya dieron hace rato. 

— ¿Queréis quedaros? continuó el de la montera, veréis si os hemos 
referido una cosa falsa. 

Fernando se puso á meditar. 

— ¡No! no! exclamó Úrsula, ¡Dios mío! si es la misma vendría á 
buscaros hasta aquí... 

— ¿De veras?., replicó el sacristán sobrecogido. 

— ¿Y á qué horas aparece regularmente? dijo el soldado, refi- 
riéndose al espectro. 

— Poco antes de las diez... 

— ¿Y eso... es todas las noches? 

— Sí señor, viene por esa calle que da al llano. Cuando desemboca 
en la plazuela, se para y, ¿habéis oído como ahullan los perros? 
pues así... después llega hasta la horca... dicen que anda en el aire... 

— ¿Decís que- la habéis visto? 

— Sí, señor. 

— ¿No recordáis sus señas? 

— ¿Qué señor? qué señas va á tener... si es una sombra. 

Fernando volvió á meditar, pudiera notarse que su frente iba 
tomando cierta palidez que sus interlocutores no observaban. 

La mano con que acariciaba su barba palidecía y se agitaba vi- 
siblemente. 

— Mira, dijo el sacristán á Úrsula, ¿por qué no llevas á esos 
niños á la cama? voy mientras á atrancar la puerta del corral, dame 
la lámpara. 



LOS INS'jr.GEXTES 6? 



Úrsula levantó con suavidad la cabeza de uno de los niños que 
dormía en su falda, le dio en la frente un beso maternal, y le dijo: 
— ¡Anda ya te dormiste! vamos á tu cama. 

Y moviendo al otro, que se había clavado sobre la mesa, añadió: 
— Vamos, pelón, á tu cama, anda. , 
Este peloncillo se enderezó inmediatamente con los ojos cerrados 

y pujando. 

Y á un nuevo llamamiento de Úrsula, dijo entre dientes y ras- 
cándose la cabeza: 

— ¿Y qué sucedió con Zacate? 

— ¿Qué Zacate? 

El niño volvió á clavarse. 

— ¿De qué Zacate habla esto? preguntó el sacristán con cierta 
curiosidad. 

— Ha de ser, replicó Úrsula, de ese señor Céspedes... anda, niño, 
vamos á tu cama. 

Y luego, dirigiéndose al sacristán: 

— Allí en el agujero de la puerta está la lintern 

El sacristán la enciende y desaparece. 

Úrsula lleva á los niños á la cama, y comienza á desnudarlos 
con el mismo trabajo que si estuvieran muertos. 

Fernando permanecía abstraído en sus pensamientos. 

— ¿Y esto, dijo después, tiene alguna comunicación con la iglesia? 

— Sí, señor, esa puerta da al eorralj allí existe á mano derecha 
otra puerta que cae á una hortaliza. Esta hortaliza tiene su entrada 
por la sacristía. 

— Bien. 

Don Fernando se acercó á la ventana, no se veían más que 
sombras. 

La plazuela estaba solitaria, por aquel tiempo, desde las ora- 
ciones de la noche. 

Para nosotros había mucha razón, porque aun hoy, que han pa- 
sado tantos años y que la población abunda, y que estamos libres de 
preocupaciones, no hemos podido atravesar á deshora por aquel sitio 
sin apresurar el paso, sintiendo por la espalda el sople frío de pavo- 



rosas leyendas. 



XVI. 



La noche en qué vemos á Fernando, hacía dus años y tres meses 
que en la plazuela de San Sebastián, por el ángulo del Noroeste, se 
levantara un cadalso. 

Corría la voz de que un español, célebre por sus maldades, re- 
fugiado en México, debía ser ejecutado por haber querido furzar á 
mano armada la casa de un alto personaje, y atentar á la honestidad 
de una tal doña Beatriz, que hacía tiempo se retirara á la Península. 

Otros decían que el criminal, allá en Europa, fué e' iae mató al 
condestable de Borbon, metiéndole una bala en las ingés. 

Otros referían cosas espantosas. 

Un día todos salieron de la duda: apareció colgado por los pies 



68 JUAN A. MATEOS 



el cadáver de un hombre coa la cara deshecha, sin una mano y todo 
ensangrentado; había al pie de la horca un cartelón con estas 
palabras: 

«Este es el cuerpo de Miguel de Hellín, encontrado sobre el ca- 
mino de Zempoala comido de perros. — Fué perverso y Dios Nuestro 
Señor por su infinita justicia mandó sobro él á los demonios para que 
lo devorasen. — Su Majestad el rey de ambos mundos no permite que 
se revele á nadie la culpa de este criminal, ni que nadie sea osado 
de tocar sus despojos. — Rogad por su ánima.» 

Desde entonces la plazuela fué abandonada por casi todos los 
vecinos. 

El cadáver se puso negro, hinchado y hediondo; después el sol 
lo achicharró, y con el tiempo aquello no fué sino un esqueleto que 
se conservaba articulado por unos andraios de carne corificada. 
Sólo la cabeza había caído, tenía cabellos todavía, y en las órbitas y 
por la nariz bullía siempre un mosquero repugnante. 

Tal era el espectáculo que hubieran presenciado con horror los 
ojos de Fernando, si al dirigirse á la casa de nuestro sacristán no 
fuera tan abismado en sus recuerdos. 

Ahora procuraba mirar á través de la oscuridad ese horrible palo 
que enseñaba á la tempestad aquel trofeo de la muerte. 

Así permaneció algún tiempo, mientras Úrsula, con esa fe que 
por dicha se conserva aún, persignaba á los niños dormidos murmu- 
rando una oración al ángel de la guarda. 

XVII. 

De súbito un ahullido prolongado y doliente turba el silencio, y 
atravesando el aire de la noche sube y retumba por los negros arcos 
del campanario. 

— ¡Jesús me acompañe! exclamó Úrsula, ¿habéis oído?... 

— Sí... balbuceó don Fernando, cuya palidez subió de punto. 

Oyóse á lo lejos una carrera, y poco después se abrió de golpe 
la puerta que daba al patio. " 

— ¡Jesús mío! volvió á gritar Úrsula, escondiendo la cabeza en 
el sonó de un niño que instintivamente la rodeó con su bracito. 

La puerta había dado paso al sacristán, que con la montera casi 
hasta los ojos, y llevando la linterna apagada, apareció con el rostro 
de un difunto diciendo también: 

— ¿Habéis oído?... 

— ¡Demonio de hombre! Dios os haga un santo, le dijo Úrsula 
ya mas repuesta. ¡Cerrad! por vida de vuestra madre. 

El sacristán cerró, y fué á colocarse tras del veterano, tomando 
ese aire de los navegantes novicios cuando la mar saludada por el 
rayo comienza á estremecerse bajo la nave. 

Un nuevo grito volvió á resonar mas cercano. 

— ¡Dios mío! murmuró don Fernando, mientras el sacristán y la 
mujer se cosían por las espaldas como para guardarlas mutuamente. 

— No sé, decía ella, por qué no permite Dios que nos mudemos 
de estos arrabales que no han de estar benditos. 



LOS INSURGENTES 69 



— Calla mujer, cómo no lo han de estar; ¿qué, la llorona no se 
hubiera colado hasta nuestra pieza? 

— Yo creo, decía Úrsula, que ese Divino Rostro que pusimos en 
el zaguán, es el que ahuyenta á los malos espíritus. 

— El Señor tendrá misericordia de nosotros, replicaba el sacristán 
en el mismo tono del Christe eleison. 

Pasó media hora. El actor de aquella escena espantosa que se 
había anunciado por dos lamentos, no aparecía ni daba señales de 
aparecer. 

— Pues señor, dijo don Fernando, parece que el negocio ha 
concluido. 

— ¡Bendito sea Dios! dijeron respirando los cónyujes. 

— Me voy con la curiosidad de ver á la llorona. 

— ¿Os vais solo 1 ? 

— Voy con mi espada. 

— Pero... 

— Mañana volveré, porque estoy interesado altamente en ver 1? 
xgura de ese espectro. 

— Mirad que aquí no molestáis á nadie... mi cama . 

— No, os lo agradezco, replicó el soldado tomando el sombrero 
que Úrsula se apresuró á ofrecerle. Antes de las once tengo que hacer 
ea Al varado, y ya es tarde. Mañana á las siete estoy aquí sin falta. 

— Pero... como nos quedamos .. es decir, como os marcháis por 
esas calles ... á estas horas... 

— ¡Bah! exclamó Fernando tendiéndoles la mano, ya lo ve- 
réis cómo 



XVIII. 

Don Fernando, después de despedirse cordialmente, marchó hasta 
llegat ;i la puerta de la calle, guiado por Úrsula y el sacristán que 
alumbraban sus pasos. 

Despulióse de nuevo, y la puerta se cerró á sus espaldas. 

Oyó después como los pasos se alejaban 

Cuando se vio solo en la plazuela, envuelto en una oscuridad 
profunda, y oyendo el golpe que daba coa el viento el esqueleto de 
Hellin contra el palo de la horca, dejó caer con el embozo un brazo 
lánguido, y se reclinó en la puerta casi refugiándose. 

— ¿Qué es esto? dijo á poco rato, ¿yo tengo miedo'' ¿y qué 
dirían si volviera á llamar?.. ¡Pesia á tal!... yo no he temblado nunca... 
¡Ah! ¡loado sea Dios! nna ronda 

En efecto, por el callejón que hoy se llama de los Cantantes 
podían verse dos ó tres lueesillas que luego desaparecieron. 

Don Fernando comenzó a andar en aquella dirección. 

No había llegado á (a mitad de la plazuela, cuando un gemido 
más terrible que los que escuchara pocos momentos antes, íesonó á 
poca distancia dejándolo petrificado. 

Poco después oyó que uno* pasos se le aproximaban con lentitud, 
y cayó de rodillas. 



70 JUAN A. MATKOg 



El fantasma so presentó á sus ojos. 

— ¡Infame! dijo, ¡devuélveme a mi Pedro, deruélveme á mi hijo! 
¡ay de los débiles! 

— ¡Es ella! dijo Fernando, ¡socorro! y se desplomó sin sentido. 

XIX. 

Al mismo tiempo desembocó la ronda, aparecieron las linternas, 
y Bono el ruido de los arcabuces que se amartillaban. 
— ¡Por aquí!» dijo uno de los que llevaban linterna. 
— ¡Un hombre! exclamaron todos. 



Está muerto! 



— Registradlo, dijo otro que parecía el jefe, y se formó un grupo 
en torno del que aparecía en el suelo. 

Estando en esta operación, suena todavía otro lamento. 

— ¡La Llorona! dijeron con voz cavernosa dos alguaciles, cayendo 
desvanecidos sobre Fernando. 

— ¿Quién vá? exclamaron los que estaban en pie, apuntando á 
una mujer pálida que alumbraban las ráfagas de la linterna... ¿quién 
vá? y se dejó oir el eco melodioso pero terrible que decia : 

— ¡Ay de tí! ¡miserable! ¡ay de los débiles! ¡ay de los perversos! 

— Esto es demasiado, dijo el jefe... fuego... estalló la explosión 
de siete arcabuces ahogando otro lamento, y volvió el silencio. 

— ¡Es hombre muerto! exclamó el jefe ; y todos se precipitaron 
al lugar de la catástrofe. 

Pero allí no había nada. 

Buscaron tentando el suelo y la» paredes con el rayo de las lin- 
ternas, interrogaron todos los callejones y nada encontraron. 

— Era, no hay duda, una alma de otra vida. 

Entretanto Fernando volvió en sí, se levantó sacudiendo con 
terror á los alguaciles que tenía encima; comprendió seguramente lo 
que pasaba, al oir las voces y ver á la ronda, y temiendo que lo 
conocieran como á un cobarde, huyó á todo escape siguiendo la pri- 
mera calle que le deparó la suerte. 

Cuando todos convencidos ya de la inutilidad de sus pesquizas 
llegaron á buscarlo había desaparecido. 

— ¡Señoresl dijo el jefe descubriéndose, y dándole á su voz un 
tono solemne; ¡señores!.. 

Todos se descubrieron 

— ¡Señores', aquí anda el diablo... vamonos. 

Cargaron á sus alguaciles, y la plazuela volvió á quedar de- 
sierta. 

XX. 

Suponemos que el lector ha descansado cinco días. 

Con esta confianza lo trasportaremos á una ¡egua al norte de 
México, al pie de un cerro, que envuelto en el prestigio de una le- 
yenda milagrosa, debía ceñirse un día, como el Horeb, una diadema 
de ráfagas sagrarlas 



LOS INSURGENTES 71 



El sol iba á ponerse. 

Por aquellos sitios no se oían ni esos murmullos que trae la 
brisa á los poetas, como el último suspiro de la tarde. 

Si en el pequeño pueblo de Tepevacac existían algunas casas 
habitadas, sus moradores fatigados con la faena del día, ó comen- 
zaban á dormirse, 6 entregados á reservadas pláticas, su voz no tras- 
pasaba los umbrales, contenida por el misterio. 

Entre una de las rocas salientes sobre la falda del cerro está 
sentado un hombre, cuyos ojos preñados de lágrimas contemplan un 
punto casi imperceptible que flota á lo lejos sobre las aguas de 
Tezcuco. 

El hombre tiene en sus brazos, y dormido, un hermoso niño. 

El hombre sería hermoso también, si su cabellera enmarañada, 
sus labios cubiertos de pol-o y sus vestidos desgarrados, no dieran 
un aspecto de miseria y de ferocidad á esa frente que debía ser dulce 
al rayo de la luna, ó sublime al resplandor de un combate. 

De cuando en cuando bajaba la vista sobre el niño. 

Este no se movía. 

Las finas guedejas de su pelo ensortijado, colocadas tras de la 
oreja, dejaban libres unas sienes blancas y puras, ligeramente hu- 
medecidas 

r>os ó tres cabellos caídos sobre el rostro, cruzaban la línea en- 
carnad» de sus '.abios. 

Temblaban á veces con el soplo de las auras que venían del lago, 
v el niño sonreía con dulzura. 

El punto lejano que vagaba sobre las aguas era una barca. 

Se acercaba con la velocidad de un pecesillo perseguido por las 
celebras 

— Ya están aqní. dijo e 1 hombre en voz alta. 

Dejáronse oir 'os chasquidos de la pa'.a y el rumor de las ondas, 
cuando al abrir paso al barquiho se desi.zaban por sus costados cu- 
briéndolo de espuma. 

— Ya estáu aquí, volvió á decir el hombre poniéndose en pie. 

Y luego con voz hueca lanz'» á .os aires estas palabras: 

— ¡Tlannac! ¡Tlabuac! ¿resp ra? . ¿vive todavía?., ¡respóndeme! 

Ya muy cerca dijo otra voz : 

— Viene dormida, acércate., viene dormida. 

El hombre que había hablado primero puso suavemente al niño 
sobre la roca, y descendió á saltos hasta la oriba del lago. 

Cuando la barca estuvo cerca, ie salió al encuentro metiéndose 
hasta las rodillas miró adentro, y dijo con el vano empeño de los 
que le hablan al sepulcro : 

— ¡Xóchitl' ¡Xóchitl!., ¡despierta!., ¡mírame! te traigo á tu niño. 
Vamos, diio precipitadamente al que acababa de llegar, ayúdame á 
sacarla... pronto... 

Los dos hombres sacaron envuelto en un lienzo un cuerpo, al 
parecer de un cadáver, y lo pusieron en la tierra. 

, El otro se arrodilló á su lado, la descubrió la frente, y volvió 
á decir : 

—¡Xóchitl!... ¡Xóchitl' 



72 «DAN A. MATIXIS 



Pareció que aquel bulto exhalaba un suspiro. 

Entóneos tomó el cuerpo en sus brazos, y como poseído de un 
frenesí, partió á escape sin oir al barquero que le gritaba : 

— ¡Huematzin, no corras! si tropiezas las matas... 

Hucmatzin llegó al Tepeyacac, y empujó violentamente con el 
pie la puerta de una de las cabanas. 

— Aquí está, dijo á un anciano que abandonó al momento la 
lumbre en que se calentaba. Sálvala, por Dios, y te haré rico, seré 
tu defensor, tu esclavo... 

— Hijo mío, respondió el anciano mientras Huematzin colocaba 
el cuerpo en un lecho de yerba, ya te dije que mi poder está es- 
trechado en los límites que Dios ha puesto á todos los mortales ; no 
te confies en la visión de tu cariño ; no te abandones á engañadoras 
esperanzas, porque mi ciencia poderosa contra los dolores, tiembla y 
se confiesa rendida cuando vé que en la pupila del agonizante se re- 
trata la terrible faz de la muerte. 

— Es decir, exclamó Huematzin tendiendo su mano suplicante, ¿es 
decir que Xóchitl partirá de mi lado?... no dices... que... 

— Serénate, hijo mío, dijo el anciano dirigiéndose hacia el lecho 
y descubriendo la pálida hermosura de una mujer próxima á extin- 
guirse ; serénate, porque tu agitación pudiera anunciar á esta mujer 
que lloras por su inevitable ausencia. 

— ¡Oh!... ¡malditas tus palabras!... gritó Huematzin, ¡no!... per- 
dona., v y se desplomó como desvanecido, hiriendo el suelo con el 
rostro. 

Al mismo tiempo la muier levantó el suyo; parecía que el golpe 
de Huematzin la arrancaba de un sueño. 

— ¿Quién eres? dijo clavando una mirada dolorosa en ei anciano 
que se había inclinado para socorrer al joven. 

— Soy, replicó el anciano acercándose á ella, el que procura calmar 
tus dolores; soy niña, el que compadece tus quebrantos, y el que 
pondrá en tu seno al niño amado que perdiste. 

— ¿Mi niño?.- dijo Xóchitl casi incorporándose. 

— Sí, tu niño, al que has llorado tanto tiempo... ¿quieres verlo 
ahora mismo? 

— ¡Oh! ¡sí!... ,tráemelo!... ¡bendito seas! iré contigo... , vamos; 

— No, dijo el anciano sin poder disimular sq emoción, tú no 
puedes, espérame; y lleno de esperanza se dirige á ia paerca, y 
desaparece. 

Al salir se encuentra con Tlahuac. 

— ¿Adonde está Topiltzin? le dice. 

— No sé, le responde Tlahuac retrocediendo. 

—¿Cómo? 

—¿No lo ha dejado aquí, Huematzin? 

—No. 

— Entonces debe estar en la casa de Coyotl. 

— ¡Ah! ¡corramos á buscarlo! 

Partieron los dos á toda prisa. 

Entre tanto Huematzin abría los ojos, y después de iecoirer con 
su mirada vaga los objetos que había en la habitación, se fijaba en 



LOS INSURGENTES 73 



el lecho, donde Xóchitl, puesta sobre un codo, esperaba con el aliento 
recogido la llegada de su hijo. . 

Después se puso en pie; su cabeza pareció serenarse, y su pri- 
mera palabra fué el nombre que adoraba. 

— ¡Xóchitl!... 

La niña dio un gemido, y se refugió en sus propios brazos. 

— ¡Ah! dijo Huematzin, ¡vive todavía!... ¡Xóchitl, perdóname, 
voy á traerte á tu hijo, y después maldíceme, después mi vida mi- 
serable se exhalará á tus plantas. 

Parte también Huematzin, y á poco vuelve con el niño, que en 
pie sobre aquella roca y solitario, comenzaba á aílijirse. 

Lo lleva hasta la cama, lo sienta allí, y le dice : 

— Topiltzin, abrázala, es tu madre. 

El niño, acostumbrado á obedecer sin duda, ó atraído por ese 
instinto poderoso que según dicen obraría aún en circunstancias más 
estrañas, abarcó el cuello de Xóchitl con sus brazos, y pozó su sien, 
refrescada con el aire de noche, sobre la sien marchita que su madre 
había dejado descubierta... 

XXI. 

A otro día, casi á la misma hora, un alcalde de aquellos con 
tornos firmaba dos partes. 

En uno daba cuenta de haberse hallado en un jacal un cadáver 
de mujer con una herida en el costado izquierdo; y á un niño, su 
hiio al parecer, que lloraba en la puerta. 

En otro avisaba que había sido recogido un cadáver do hombre 
en el despeñadero del Tepeyac, con señales visibles de haber caído 
desde el cerro. 

En el primer parte el alcalde recalcaba estas palabras : 

«Todo me hace creer que esta muerta se ha robado de algún 
templo la hermosa esmeralda que le quitamos al muchacho.» 

xxii. 

Xóchitl, hija de héroes y nieta de reyes poderosos, que en vida 
de Tizoc hubiera tenido un sepulcro digno de su estirpe, duelo, cán- 
ticos y coronas dignas de su virtud y de su alta hermosura, fué a- 
rrojada tras del Tepeyac en un zanjón, medio desnuda, y sin tener 
una mano amiga para engujar la última lágrima que temblaba aún 
sobre sus ojos entreabiertos... 



74 JtTiN L. UlTBOi 



CAPITULO II. 



Que continúa el extracto de los documento! 
de la primera esmeralda. 



I. 

El día 17 de Enero de 1610, la casa del señor alcalde de me»ta, 
don Antonio de la Mota, resonaba con un bullicio de los diablos. 

Subían y bajaban por las escaletas multitud de personas, vestidas 
con toda la elegancia del lugar y de la época, había ruido de platos, 
de entuertos, de cajones, voces, risas alegres, dejando apénaB percibir 
ana música de flautas, teponaztles y timbales que más de veinte hom- 
bres tocaban en el patio. 

Todas las comizas ostentaban sus verdes llecos de tule, sem- 
brados de olorosos claveles, todas las columnas estaban revestidas de 
ciprés entretejido con trébol, cada canal de la azotea soplaba nn 
cüorro de guirnaldas, y el embaldosado cubierto con ona gruesa capa 
de pétalos de todos colores, empapados aún con el rocío, formaban 
una alfombra embalsamada, muy digna de ser oprimida por el piese- 
cillo de Jas damas. 

Don Antonio de la Mota, celebraba aquel día el cuadragésimo 
séptimo año de su nacimiento 

El señor alcalde era dueño de an inmenso caudal, era franco, 
alegre, buen gastrónomo, y por dar un convite hubiera sido capaz, 
apesar de su orgullo, do festejar el santo de su cocinera. 

El señor alcalde tenía muchísimos amigos , no por interés, 
porque en aquel tiempo todo el mundo tenía marcos de oro. 

No, el señor alcalde tenía un atractivo mas estimable que el di- 
nero, y los señores de su corte llevaban en el corazón un Bentimiento 
menos ruin que el de la avaricia. 

El señor alcalde tenía, limpia y reluciente como un diamante, 
blanca, graciosa y flexible como el cuello de un cisne, risueña y fresca 
como la aurora, adorada como ídolo, servida como reina, y acariciada 
como paloma, una hija, una joven digna de tener una lámpara per- 
petua como las madonas, ó de pulsar sentada soore alguna nube, la 
lira sagrada de los cielos. 

El hombre hace al nombre; pero los rústicos padrinos de esta 
joven merecían la hoguera, ó el hábito perpetuo, por haberla bauti- 
zado con un nombre que haría espeluzarse á Cátulo. 

La hija del señor alcalde 6e llamaba... Berenguela. 

Sin embargó, había quien oyera este nombre con la compla- 
cencia que un inteligente las enmarañadas sinfonías de Mozart. Era 
el joven don Francisco Tello de Guzman, rico también, hermoso, gran 
valiente, y de una educación muy superior á la de entonces; pero bu 
mano estaba impura 



LOS INSURGENTES 75 



II. 

Un día de gran fiesta, vio en San Agustín á una dama enlutada 
y romántica, de bellas facciones. 

La esperó en el atrio, y se propuso seguirla. 

Esta dama, que tenía un marido muy celoso, notando sin duda 
las intenciones de Guzman, se propuso extraviarlo, y después de haber 
andado por casi toda la ciudad, seguida por el importuno caballero, 
se introdujo en una casa y estuvo oculta en uno de ios corredores. 

Guzman tomó las señas de la casa, y retiróse para volver al día 
siguiente : vuelve á las ocho de la noche, acompañado de un amigo, 
que al ver la puerta, y ya conociendo por Guzman el aire de la 
dama, le dice : «yo te prometo una entrevista». 

Entra, llama á una puerta, habla con alguien, y vuelve diciendo 
á Guzman que su desconocida ha consentido en escucharlo. 

Guzman habla con ella á través de un oscuro postigo ; se le dan 
esperanzas, y se le encarga un absoluto misterio; quedan en verse por 
la. iglesia los días de fiesta, y obtiene la promesa de otra dulce plá- 
tica por el postigo. 

El domingo siguiente, á las primeras campanadas, don Francisco 
de Guzman estaba arrodillado en el templo; él notó que la dama en- 
lutada al verlo entrar cubría de carmín sus mejillas, pero no vio que 
su amigo, levantándose del lado de otra dama, lo señalaba con el 
dedo; después acercándose á Guzman, le dijo al oido: «ahí la tienes» 
y desapareció entre el gentío. 

Guzman no pudiendo concebir esta facilidad, con quien al verlo 
se ruborizaba, hubiera tenido mas cautela, pero recordando el diálogo 
donde había aniquilado todos los escrúpulos de la desconocida, y mas 
enamorado de ella, creyó que era llegado el momento de ser audaz, 
y no pudo contenerse por más tiempo. 

Apostóse en la puerta con ánimo de darle el brazo, y dar un 
paseo donde hubiera, para explicarse, más que los mezquinos mo- 
mentos de la pasada noche. 

La dama, roja como la púrpura, se alejaba tropezándose con el 
vestido, mientras Guzman siguiéndola, tendía una mano atrevida para 
detenerla por la mantilla. 

Así anduvieron algunos pasos ; pero hé aquí á un hombre que 
presentándose bruscamente en su camino, le intima no seguir adelante. 

— ¡Paso! grítale Guzman haciéndolo á un lado con tal fuerza que 
el otro logra apenas no tocar la pared con la espalda ; pero antes de 
haber dado otro paso, siéntese retenido por un brazo, y escucha que 
le dieen : 

— Sois un miserable, si dejáis que os abofetee sin desnudar la 
espada. 

Guzman respondió al desconocido : 

— Seguidme; tengo que hablar con la señora, después haré lo 
que gustéis. 

— Antes de permitirlo, exclamó el otro desnudando su acero, 
pasaréis sobre mi cadáver. 

— Corriente, dijo Guzman echando al aire su espada. 



76 JUAN A. MATEOS 



Pero la dama, pálida ya como un difunto, acude y alianza las 
armas á riesgo de rebanar sus blancas manos. 

— ¡Deteneos! les dice, no derraméis sangre antes de explicaros... 
¡Tristán, escúchame! yo te lo diré todo... ese mismo caballero... ca- 
ballero, decidle. 

— Perded cuidado, díjole Tristán envainando, marchaos á casa 
mientras yo me arreglo con este caballero. 

Cuando los dos quedaron solos, aquel marido, queriendo descu- 
brir si había algo de cierto, dijo á Guzman con una voz perfecta- 
mente reposada : 

— Perdonad; soy padre, idolatro á mi hija, y no puedo soportar... 

— ¡Ah! exclamó Guzman interrumpiéndole y respirando con toda 
la fuerza de sus pulmones. 

— ¿Tratáis como los caballeros? continuó el otro, habladme con 
entera franqueza, y os diré si acepto para esa niña vuestra mano. 

Guzman, creyendo habérselas con un viejo mentecato, juró, 
aunque sin poder ocultar la afectación, que si le prometían tratar á 
la joven, dentro de ocho días arreglaría su casamiento. 

Siguieron hablando, y en un momento astutamente aprovechado 
añadió Tristán : 

— Pero vamos, es imposible que yo os lleve á mi casa, cuando 
Margarita no os conoce más que de vista, esto sería descender hasta 
un oficio degradante... 

— ¡Quiá! replicó Guzman, figurándose que triunfaba, ya está pre- 
visto ese negocio ; sois su padre, yo seré muy pronto su esposo, y 
creo que nada pierde si os confieso con ingenuidad... 

Aquí Guzman le refirió lo del postigo, añadiendo todo lo que 
juzgaba necesario para pintar el temor y la dulzura de un amor no- 
velesco. 

Tristán guardó en la copa de su indignación todas las palabras 
del imprudente joven, y prometió esposar á aquellos novios sobre 
un lecho de sangre. 

III 

Quedaron en verse al otro día en el mismo sitio. 

Entretanto Guzman cuenta á su amigo, en medio de risas y burlas, 
su graciosa aventura. 

El amigo le revela que aquel hombre no es padre de la dama sino 
un tío muy venal, fácil de seducir con algunos doblones; le aconseja 
que vaya sin cuidado por aquell? espada que parecía tan terrible, y 
se lamenta de no poderlo acompañar, diciéndole que un trabajo im- 
portante para su familia lo detendría en la casa. 

Despidiéronse, quedando concertados en volverse á ver para reirse 
con el nuevo saínete. 

Guzman encontró á su futuro suegro en el lugar convenido, y 
empezaron á andar. 

— ¿Adonde me lleváis? le dijo cuando notó que no iban por 
la casa. 

-Es una precaución, le dijo Tristán, temo á los vecinos, y he 



LOS INSURGENTES 77 



querido que hablemos en otra parte; ya sabéis cómo se interpretan 
las cosas. 

Llegaron á una casa; Guzman fué invitado á sentarse, permane- 
ciendo solo durante dos ó tres minutos, al cabo de los cuales se pre- 
sentó Tristán llevando á Margarita por la mano. 

Don Francisco Tello de Guznian se puso en pie para saludar a 
la que amaba, cuando esta, con los labios temblorosos y la mirada 
iracunda, le dijo adelantándose hacia él: 

O sois un loco, ó sois un miserable calumniador que merecéis os 
mande arrojar con mis lacayos; y antes de que el joven volviera de 
u sorpresa, añadió: decidme, decidme aquí la hora á que me habéis 
nablado por la ventana? 

— ¡Vive Cristo! exclamó Guzman comenzando á creer que soñaba, 
no hemos hablado á las ocho de la noche en la calle de... 1 ? 

— ¿Lo oís? düo Margarita á su marido, sin perder aún la palidez 
de la cólera, ¿lo oís? á las ocho, ¿estáis convencido?... 

— Bien, respondió Tristán después de un momento de medita- 
ción, vete. 

— ¡No! exclamó su esposa, vamonos, no hagas nada á ese hombre 
que debe estar trastornado... 

— Vete, repitió Tristán con un tono benévolo, nada se le hará... 
¡por el cielo! vete. 

Iba á retirarse Margarita, cuando don Francisco de Guzman 
le dijo: 

— ¡Voto á tal!... hermosa, deteneos para oir al menos ¡mis des- 
cargos. 

— ¡Atrás! le gritó Tristán con voz de trueno, dejándole caer ur 
girrotazo que el galán e vitó con la agilidad de un maestro. 

— ¡Por mi madre! yo os enseñaré, viejo holgazán, dijo don Fran- 
cisco desnudando su espada, cómo se ataca á un caballero, y ciego 
de rabia tiró un tajo que hubiera dividido á Tristán, si este no lo 
amortiguara con el garrote. 

Margarita súplica y llora; pero viendo que eran vanos sus ruegos, 
piensa de otro modo en la salvación de su marido, y corre á la pieza 
inmediata en busca de la espada, pero acude muy tarde; Tristán cae 
á sus pies convulso, acribillado á cuchilladas. 

Don Francisco lanza otra imprecación y arremete con Margarita, 
que sin mas defensa que los brazos, recibe dos golpes sobre la cabeza 
y cae junto al cuerpo de su marido. 

No saciada la cólera del infame con dos víctimas, huye meditando 
en aquel amigo por quien se cree engañado. 

No lo desafía, no lo acomete como los valientes. 

Le da el golpe de sorpresa cuando el infeliz abría los brazos 
para recibirlo, sonriendo, contra el pecho que le guardaba un afecto 
de hermano. 

Este joven era el sostén y la providencia de su familia, que había 
quedado huérfana hacía dos años... 

Si hemos intercalado aquí esta historia, desviándonos del hilo de 
la narración, es solo por pintar el carácter de don Francisco de Guzman, 
en toda la ferocidad de sus instintos. 

Volvamos ahora á la casa del alcalde. 



73 JUAN A. MATEOf 



IV. 

En la sala principal, llena de lujosísimos canapés, comenzaban á 
encenderse velas de cera colocadas sobre pantallas de plata, y ya los 
candiles, girando lentamente para presentar sus lámparas á la mano 
de afanosos criados, hacían pasar sobre los cuadros y las paredes le- 
giones de líneas luminosas y oscuras que se encontraban y se per- 
seguían. 

En la pieza contigua, el festín coronado de flores, repartía entre 
los convidados el licor, los brindis y el contento. 

Don Tello de Guzraan, sentado enfrente de Berenguela, prodigá- 
bala delicadas atenciones, que la joven aceptaba con miramientos, 
pero con una seriedad que no pasaba desapercibida para aquellos ado- 
radores, acostumbrados á notar la ligera contracción de sus labios. 

Guznian disimulaba á duras penas su despecho, hablando de cosas 
triviales con los que tenía á su lado, ó sirviendo con afectada galan- 
tería á señoras menos bellas, pero no tan desapacibles como Berenguela. 

Así voló el tiempo. 

Las sombras, vagando sobre la ciudad, difundían por las calles 
el silencio y la pavura de la noche, sin menguar el brillo que des- 
pedían los cristales de aquella casa resplandeciente, y llevando en sus 
alas mas agradables y sonoros, los ecos de una música aspirada por 
cien parejas que nadaban ya en la tibia atmósfera del baile. 

La perla de la casa, Berenguela, confundida pero no olvidada en 
aquel mar de sedas, de bordados, de jazmines y de palpitantes blondas, 
danzaba con un joven cuyo traje, menos que mediano, había sido el 
blanco de punzantes epigramas. 

Buen cuidado tenían empero aquellos maldicientes de que su voz 
no fuera á resonar en el oído del pobre hidalgo. Este dejaba adivinar 
un brazo de hierro á través de aquella manga próxima á mostrar la 
hilaza; y en la noble profundidad de sns ojos, y en su frente pálida, 
despejada y severa, vagaba la expresión de un valor indomable, 

— !Por Dios! le decía Berenguela acercando el rostro hasta tocar 
casi al del joven con el hálito ardiente y puro de su boca, estoy tem- 
blando... os confieso que estoy verdaderamente arrepentida... 

— !Oh! replicábale su compañero, no habéis meditado en ese desaire 
horrible. . . 

— Sí, sí... pero no acierto á explicarme... 

— ¿Tenéis miedo ? 

—Sí, pueden extrañarme... Guzman no cesa de mirarnos... 

— ¿Y qué os importa Guzman? además, sois la señora de la casa, 
y podéis ausentaros con un pretexto plausible. 

— ¿Decís que no hay nadie en el patio? 

— Estoy seguro. 

—¿Mi tía?... 

— Ahí está entretenida con el alférez Real. 

— ¿Y si alguno sale?.. 

—No saldrá nadie : un silbido anunciará todo. 

— Pero... 

— Son las diez y media : si dilatáis más, se marcha y la ocasión 
se pierde. 



LOS INSURGENTES 79 



Llevadme al comedor 

Los dos desaparecieron por la puerta del costado, seguidos por 
dos miradas indescriptibles • una, la de Guzrnan repleta de soberbia, 
de menosprecio, de malicia - otra, la de una joven asida casualmente 
al brazo de Guzman ; mirada lánguida y congojosa como la de la virgen 
al exhalar un suspiro. 

Comenzaban á levantarse ligeros murmullos. 

En aquel tiempo no reinaba la escandalosa libertad que boy, por 
espíritu de imitación, pretende introducirse en el santuario de nuestras 
costumbres domésticas. 

¿Qué mas? llamaba la atención de cualquiera una palabra dicha 
en voz baja, á una mujer ; ó ésta era solemnemente reprendida, si 
"bailando con un desconocido, mostraba una sonrisa que fuera más allá 
de lo que prescriben las leyes de una severa cortesía. 

El joven que había salido del salón con Berenguela, tornó solo 
á pocos momentos. 

Deshízose entonces la nubécula tempestuosa, y cada cual no pensó 
ya sino en el talle, la torneada mano, y la gentileza de su dama. 

La música seguía dilatando por aquel espacio sus temblar tes cír- 
culos, y envolviendo á damas y caballeros en abrazos de fugaz pero 
deliciosa ventura. 

V. 

Entretanto, en la calle, junto á las negras tapias de la huerta, 
un hombre inmóvil , azotado por las ráfagas de la noche, reclinando 
su frente en el embozo de la capa, meditaba, oyendo como en sue- 
ños, la lejana vibración de las flautas. 

El rechino leve de un cerrojo descorrido con precaución, l e hizo 
volver el rostro hacia la puerta que tenía á las espaldas, y ciavó en 
ella la vista con la trémula ansiedad del cazador que na sentido que 
se agita el ramaje 

Se abrió á medias la puerta, y al vago reflejo de las luces inte- 
riores lejanas, pudiera descubrirse allí el busto inmóvil también azo- 
rado, como anhelante, pero siempre hermoso de Berenguela. 

El hombre llevó la mano á su sombrero, y descubrió con timidoz 
una cabellera negra y una frente pálida de emoción. 

— Señorita,, dijo con voz dulce y tartamudeando ligeramente. 
Berenguela guardó silencio. 

La mano que tenía puesta sobre el cerrojo se estrechaba con más 
fuerza, para dominar un lijero temblor que recorría todo su cuerpo 

El otro permanecía con la cabeza descubierta, y ella que bajaba 
los ojos, esperaba seguramente otras palabras 

—Señorita., volvió á decir el joven, yo. . habéis tenido la bon- 
dad... he recibido vuestra carta .. 

— ¡Jesús' ahí vienen .. exclamó Berenguela, y cerró la pnerta 
con precipitación, no dejando sino una abertura imperceptible donde 
aplicó el ojo. 

Alguien venía ; se acercaban pasos por el lado de la calle ; una 
Bombra torció con lentitud por la esquina, y trascurridos algunos ina 
tantes todo quedó en calma. 



80 JUAN A. MATE03 



El postigo volvió á abrirse lentamente. 

— ¿Quién era? dijo Berenguela sin sabor lo que preguntaba. 
— Ya pasó... replicó el joven sin apartar la vista de las sombras, 
y después volviéndose: pues bieu, señorita... os decía yo que os 
amo... de tal modo que aceptaría... no por vuestro amor... por uno 
solo de vuestros recuerdos, todos los sacrificios de la vida. Sé, añadió 
con una imperdonable imprudencia, que vuestro padre os reserva una 
mano poderosa y noble, más digna acaso ; pero... ¿y lo amáis 1 ? de- 
cidme, por el cielo... añora que os veo aquí de cerca, sintiendo el 
sagrado prestigio que os rodea, miro toda la altura que separa vues- 
tras miradas de aqueste ñidalgo miserable que osara levantar las suyas 
ñasta vuestro rostro. 

— ¡Oñ! señor... no digáis eso... 

— Yo fui arrastrado al templo por una fatalidad desconocida... 
allí os vi... y desde entonces el humo del incienso y el acento... 
¿qué?... vienen... 

— Sí, sí, ocultaos. 

Se oyó un silbido, y la sombra volvióla dibujarse *en el fondo 
de la calle j no cabía duda, se aproximaba. 

Conforme iban siendo más sonoros los pasos, el joven retrocedía, 
impulsando con la espalda la puerta que no oponía resistencia. 
— ¿Viene ñacia acá? 
—Sí 

— ¿Quién és? 
— ¡Añ! ¡aquí está. 

El ñidalgo dio otro paso y se encontró adentro. 
Berenguela cerró la puerta. 

Los dos, con el dedo eu los labios, y trasmitiendo [a sus oídos 
la anñelante impaciencia de sus corazones, oyeron crecer, llegar, y 
estinguirse el rumor de los pasos. 

— ¿Pasó?... dijo el galán aplicando un ojo á la cerradura, y ro- 
sando con sus finos cabellos la mano do Berenguela, pendiente aún 
del pasador de ñierro. 
— Creo que sí... 
— A ver, dejadme ver... 
— '¡Oñ! no... esperad... podrían veros... 

Y Berenguela fué la que aplicó á su vez el rostro al agujero de 
la llaye. 

El ñidalgo abarcó entonces con una mirada codiciosa, triste, 
amorosa, indecible, aquel bulto palpitante, envuelto en perfumadas 
sedas. 

Aspiró á través de la noeñe la fragancia de aquel peinado, y 
creyó numerar con los golpes de su corazóu, la que aquella beldad 
acaso conmovida abogaba sobre su blanco seno. 

— ¿Pasaron?... volvió á decir... porque necesitaba decir algo. 
Entonces la mano izquierda de Berenguela se estendió ñacia él 
con el ademán que marca la espera. 

El joven estendió instintivamente sus dos manos, y se atrevió á 
tocarla, estaba fría y lánguida. 

Poco después osó estrecharla ; Berenguela no veía nada, pero no 
apartaba el rostro de la cñapa. 



LOS INSURGENTES §1 



Ya el transeúnte debía estar á doce millas por lo menos. 

La mano de Berenguela fué entrando en calor, y el hidalgo podía 
notar, lleno de un dulcísimo espanto, como aquellos dedos se entrela- 
zaban lentamente con los suyos, y á poco los oprimían con la fuerza 
continua, espasmódica, fija, que no viene sino de dos causas : la epi- 
lepsia ó el amor 



Guzman había hecho una señal imperativa con la vista, y la mú- 
sica había callado. 

Fué luego á sentarse junto á un hombre de rostro sombrío, que 
al verlo venir le cedió el asiento. 

— Os voy creyendo, le dijo. 

— Ya acabaréis de creerme, replicó el otro, cuando os cuente.. 

—¿Qué? ¿qué? 

— Acercaos. 

—¿Y bien? 

— Urrutia es... 

— El amante, ya lo sé. 

— No... Urrutia no es más que un tercero ¿no nos mira? 

— No, adelante. 

— Pues no hay tiempo que perder, tomad vuestra capa y se- 
guidme. 

Guzman y aquel desconocido salieron, bajaron precipitadamente 
al patio, atravesaron un arco apagando el farol que allí ardía, y se 
acercaron con cautela á una gran puerta. 

No escucharon sino el susurro del viento que mecía en la huerta 
el follaje de los álamos. 

— ¿Qué hay? dijo Guzman. 

— Esperad. 

—¡Pesia á tal! decidme de una vez si hay alguno... 

— ¡Silencio! vais á ver. 

El hombre aquel entreabrió la puerta, se quitó el sombrero y 
asomó la cabeza, tendiendo sus miradas á la sombra, y sus oídos al 
silencio. 

— Venid, dijo á Guzman, tirándolo por un pliegue de su capa ; 
recatad vuestros pasos. 

Y el uno tras del otro, comenzaron á adelantar sin ruido, tan- 
teando las piedras y los rosales. 

Llegados que fueron á un tosco senador que se levantaba más allá 
de la fuente, vino á ellos un rumor de voces y se ocultaron. 

Poco después púdose oir la voz armoniosa de Berengueia que 
decía : 

— Pues bien... habladle á mi padre, porque de otro modo sería 
imposible vernos y hablarnos ; qué sería de mí si alguna vez llegaran 
á saber... 

— ¡Ah!... vuestro padre, exclamaba otra voz dulce, pero con 
acento varonil, vuestro padre ¿no se indignaría con vos que despre- 

6 — Los Insurgentes» 



JTJAN A. MATEOS 



tiáis la mano que él mismo ha cultivado para enlazarla con la vues- 
cra?... ¿no creería que os habéis dejado sedaeir?... 

—¿Por qué? 

— ¿Por qué?... eso dirá, eso mismo... ¿por qué?... 

— ¡No! me ofendéis, Cristóbal, no quiero decir eso. Vos tenéis 
todo lo que halaga mi cariño, y realiza mis ilusiones y mis esperan- 
zas ; ¿que me importa queseáis pobre? sois caballero, tenéis una alma 
noble, cultiváis un arte que en Europa, si quisierais, os daría el re- 
nombre del Ticíano... ¿qué le importa á mi padre que no llevéis, como 
tantos miserables, robado un blasón honroso habido por el brazo, y 
salpicado con la sangre de algún adalid de otros siglos? 

— ¡Por vida mía¡ niña, que vos sois la noble, la más noble, la 
más hechicera de las criaturas , naced lq que gustéis, pero dejadme 
aquí pedidle á Dios que uae conceda siquiera morir á vuestros pies, 
abrazarlos con el aliento de mi postrer suspiro... 

— Alzad, alzad, Cristóbal... ¡por Dios!... ¡silencio!... os lo su- 
plico... 

Estas últimas palabras eran acompañadas con el gurgeo de un 
diluvio do bosoá 4U6 vertía Cristóbal en loa dedos sonrosados de i>e- 
rengueía. 

Esta so había sentado en an vigóa carcomido ja por ias lluvias, 
que soportaba ana hilera de macetas. 

Cristóbal estaba casi de, rodillas. 

— Mirad, le decía ella, con an acento caja tierna vibración hu 
hiera sentado más bien á un cuadriga! de Garailazo que a estas pa- 
laoras . mirad, os estáis metiendo en el charco ¿Válgame Dios! 

— Pues bien, decía Cristóbal, si queréis, añora mismo le habiaré 
á vuestro padre... 

— No, no, idos, ya deben estramunie en la sala... 

— ¿Saldréis mañana?... 

— No os lo aseguro... Gozaran aeostumora... 

— ¡Gazman¡ .maldito nombre!... isiempre enfrente de mi feli- 
cidad! 

.Siempre! dijo una voz lágnbre a sus espaldas. 

Los dos quedaron aterrados. 

— Señora, dijo Guzoian, pnes era él, os felicito por estos Inefa- 
bles instante* robados a la vigilancia, de vuestro padre, al amor de 
vuestro futuro esposo, y al honor que... ya no existe desde el mo- 
mento en qae es acariciáis a oscuras con ese miserable. 

— ¡Tened la lengua! díjole Cristóbal, procurando no alzar la voz 
y sujetándole por au brazo ; tened la lengua, vivo Dios, y no man- 
chéis el nombre puro de esa dama : salgamos. 

— ¿Salgamos? gritó Gnzman ¿salgamos? no merecéis que cruce mi 
acero con el vuestro. Salid vos, si no queréis que os abofetee como 
á un villano 

— Si como sois grosero y audaz, replicó Cristóbal, fuerais bastante 
osado para tocarme el rostro, no me daríais esa respuesta de cobarde, 
vil calumniador de inermes mujeres. 

Guzman echó abajo el embozo d© la capa, y su brazo con la 
fuerza de un muelle disparó un terrible golpe sobre Cristóbal. 



IOS INSURGENTES ¿3 



— ¿Qué hacéis, Guzman? gritó Berenguela. 

Pero Cristóbal, que había parado el golpe con la mano abierta, 
tenía el antebrazo de Guzman ya fijo como en un tornillo. 

— ¡Por- mi honor! señores, volvió á decir Berenguela, cayendo de 
rodillas, ¡por Dios! ¡por piedad! no hagáis un escándalo. 

— ¡Hola! exclamó Guzman, cou que sois fuerte, y dando una vio- 
lenta revuelta que casi arrastró al otro, pudo desacirse y tiró inme- 
diatamente de la espada. 

— Idos, señora, dijo Cristóbal, idos, por la memoria de vuestra 
madre : no debéis ver lo que aquí va á pasar, os lo suplico. 

— Salgamos, dijo Guzman. 

— Salgamos. 

La capa de Cristóbal se escapó de las manos de Berenguela, y 
los dos adversarios desaparecieron 

Un hombre salió de entre la yerba y se deslizó tras ellos. 

VII. 

—¡Arriba! señores, en pie gritaba un mozalvete en el salón, 
donde se oían ya templar los instrumentos. 

Dos hileras de virtuosos galanes se cruzaron enmedio de la pieza, 
como los dedos llenos de sortijas de una dama. 

Y fueron á pedir la pieza de baile á" otras tantas hermosas que 
otorgaron inclinándose ligeramente con una sonrisa encantadora. 

Solo el bajo, que es el último en aunarse, los tenía en espera. 

Los dedos del artista retorcían la clavija, y el ronco entorchado 
ee dilataba en una escala desapacible, como el bostezo de un criado 
dormilón á quien para el amo de una oreja. 

El mozalvete, sin dejar de ver la reluciente hebilla de sus za- 
patos, se colocó junto á una jovencita delgada, pálida, de ojos ne- 
gros, que componía sin cesar su peinado. 

— No quiero, decía ésta en ademán lleno de resolución. 

— Mirad, dijo el pisaverde que no os favorece la razón. 

— Os lo había yo dicho. 

— No es cierto. ^ 

—¿Tenéis celos?... 

— No, tengo cólera, después de haberme convidado venis á ofre- 
cerme un compañero. 

— ¡Vida mía! te juro que mucho antes había yo pedido esta pieza 
á otra señorita. 

— Bueno dejadme. 

— ¿No me perdonas? 

— Dejadme, no tengo humor de charlar. 

■ — ¿Magdalena... qué? ¿queréis formalmente que os deje? 

— ¿Es amenaza? 

— Os pregunto... ¿queréis de veras que me marche? porque sí 
no tenéis humor de hablar, yo no tengo paciencia ni necesidad de 
rogaros 

— ¡Eduardo! 

—Lo dicho, dicho. 



84 JUAN A. MATEOS 



— Sois un infame. Estoy segura de que sólo sois el amanuense 
en esas cartas, que hablan en un lenguaje inás cortés. 

— ¡Cómo!... ¡sabéis;.. . bueno. So las devolveremos á su dueño. 

V^-Mandad por ellas ; no tengo inconveniente. 

— Sí, mandaré... si queréis... ¡ah! ¡aquí está Berenguela! 

En efecto, Berenguela apareció en la puerta, con el color y la 
mirada doliente de una virgen de mármol. 

— ¡Urruíia; gritó con voz agonizante. 
— ¿Qué? ¿qué pasa? dijo Urrutia corriendo hacia ella, seguido de 

seis ó siete caballeros y dos damas, mientras la música rompía en un 
preludio estrepitoso y se ponían en pie todas las parejas. 

— ¡Dios mío! ¡se matan! exclamó Berenguela ¡corred!... 

— ¿Quién?... ¿dónde?... ¡esperad!... dijo Urrutia, rompiendo el 
círculo formado por los curiosos, y yendo á tomar precipitadamente 
la espada y el sombrero. 

— Aquí hay, aquí hay, le dijeron algunos. 

— Silencio, caballeros, por favor... decía Berenguela juntando sus 
manos. 

— ¿Es en la calle? dijo Urrutia ya dispuesto. 

-Sí... 

— Bueno... no salgáis. 

— ¡Dios mió!.. 

— No hay cuidado, esperad, volvió á decir el joven, y partió á todo 
escape seguido por otro caballero que le gritaba : 

— ¡No vayáis solo! 

En este momento, el mozalvete que ya conocen nuestros lectores, 
llegó corriendo hasta tocar á Berenguela. 

— Señorita, le dijo, señorita, aquí me teuéis. 

Todos lo miraron : Berenguela sollozaba temblando en los brazos 
de una dama, que interrogaba con los ojos á los circunstantes. 

— Aquí estoy yo, señorita, volvió á decir Eduardo. 

— ¿Qué?... dijo Berenguela asombrada. 

Eduardo hizo el arco de una carabana, y con una sonrisa que él 
creía seductora, dijo: 

— Vamos, señorita, que se nos pasa la piecesita. 

— ¡Eh! exclamaron todos, y mas de doce brazos lo lanzaron del 
círculo, haciéndole ejecutar una cabriola. 

Quedóse enmedio de la sala encogido, con las piernas abiertas, 
las manos sobre la cabeza y apretados los ojos como el pastor cuando 
la lumbre de la tempestad baja tronando por el árbol que escogió por 
guarida. 

Todavía el susto no pasaba, ciuindo una voz le sopló en el oído 
estas palabras : 

— ¡Me alegro! 

Eduardo levantó la cabeza, y solo vio á la dama de ojos negros 
que desde los brazos de un galán arrogante lo miraba sonriendo de 

manera picaresca. 



LOS INSURGENTES 



VIII. 

En la calle, por el lado de la huerta hablaban dos hombres. 

— ¡Aquí! decía uno de ellos, cuyo acento revelaba á Guzman. 

— Por vida mía, replicaba Cristóbal, ¿teméis fatigaros si pasamos 
adelante? ¿ó queréis que salgan de la casa á interrumpirnos? 

— ¡Basta! gritó el primero trémulo de coraje, defendeos! 

Cristóbal sintió en el hombro un dolor agudo, casi al mismo tiempo 
que la espada de Guztnan silbó como una víbora. 

— ¿Qué es esto?... gritó tirando de su espada; ¡ab! me olvidaba, 
continuó cruzándola con la otra, es vuestra costumbre... ha un año 
que no tirabais de este modo... -veremos si me defiendo un poco más 
que Valdivieso... y que su esposa... 

Guzman sintió al escuchar estas palabras, que el acero iba á caer 
de sus manos. 

Pero pronto pudo reponerse y acometió con redoblada furia. 

Su espada era temible. 

Un gran número de anécdotas que corrían en boca de las gentes, 
atestiguaban que Guzman merecía los honores de la leyenda. 

Cristóbal retrocedió tres pasos. 

— No lo hacéis tan mal, dijo Guzman sin dejar de estrecharlo 

— ¡Oh! ni vos. Sin embargo, lo hacéis mejor con el puñal. 

— ¡Una! gritó Guzman. 
— No importa. 

— ¡Dos! volvió á gritar, confundiendo su voz con un quejido que 
no pudo contener Cristóbal. 

— ¡Dos! señor mío. 

— ¡Tres! exclamó el joven. 

Tronó un chasquido, se inflamaron algunas chispas y la espada 
se escapó del puño de Guzman girando con la velocidad de un rehilete. 

— ¡Rodrigo! exclamó Guzman, tendiendo en las tinieblas su mano 
adormecida por el dolor. ¡Rodrigo! 

Un bulto se levantó tras de Cristóbal, y este último, arrojando 
una maldición, rodó por la tierra. 

Casi al mismo tiempo aparecieron dos hombres. 

Unos de ellos, Urrutia, se lanzó al lugar de la catástrofe. 

Los asesinos habían huido. 

Solo encontró una espada, y mas allá, atraído por los choques 
que otro acero daba en la banqueta de una puerta, el cuerpo de 
Cristóbal, cuyo brazo se agitaba con las convulsiones de la agonía. 

El caballero que acompañaba á Urrutia se inclinó sobre la sangre. 

— ¿Quién sois? dijo ¿estáis herido? 

— Caballero... añadió Urrutia, creyendo hablar con Guzman. 

El herido hizo un violento esfuerzo y articuló confusamente al- 
gunas palabras. 

— ¡Cristóbal! exclamó Urrutia fuera de sí; Cristóbal... ¿qué?., 
¿eres tú? ¡habla 1 ... ¿qué tienes?... ah... ¡imposible!... 

Luego, volviéndose, hacia el fondo de la calle, con los puños ce 
rrados, gritó como si Guzman hubiera podido oirlo : 

— ¡Miserable! ¡algún día haré que esta sangre caiga sobre ta 
cabezal 



80 JUAN A. MATEOS 



Guzman y el asesino, ocultos con el temblor del crimen, tras un 
estribo de la tapia, á unos cuantos pasos, pudieron escuchar la airada 
voz que los amenazaba. 

Cristóbal fué trasportado por el pronto a la habitación del jar- 
dinero. 

Pocos instantes después el jardín se llenaba de caballeros y de 
algunas señora» que habían abandonado el baile para enterarse mejor 
de lo que pasaba. 

Urrutia, presa de una grande desesperación buscaba todos los medios 
para reanimar al amigo querido cuya herida era, al parecer de suma 
gravedad. 

Con la ayuda de dos ó tres caballeros amigos suyos Urrutia pudo 
conseguir de llevarse el herido a su casa. 

El escándalo fué grande ; cada cual explicando á bu manera el 
suceso, y los comentarios fueron muchos y varios. 

Berenguela al conocer el triste desenlace del duelo se desmayó y 
tuvo que ser llevada á su abitación donde, ya vuelta en sí, rompió á 
llorar sin que los consuelos de su tía, doña Fuensanta pudiesen devolver 
la calma á su corazón. 

IX. 

Al día siguiente don Antonio de la Mota hizo llamar Berenguela 
á su despacho. 

El semblante del alcalde ya no era el mismo y su palidez reve- 
laba claramente cuan hondo era el pesar que embargaba su corazón. 
El golpe recibido había sido demasiado terrible para él. 

El ridiculo había caído sobre su casa, su misma situación e in- 
fluencia estaban seriamente comprometidas y nada de bueno se repro- 
metía de lo que había pasado la noche anterior por causa de su hija, 
de aquella hija que tanto que ría. 

Así es que cuando Berenguela se presentó delante de él, la recibió 
tan fríamente que la pobre niña bien comprendió de haber perdido, 
acaso para siempre, el cariño de su padre. 

Don Antonio apenas miró á su hija y con voz de cólera le dijo : 

— Después de Jo que ha pasado anoche en mi casa por vuestra 
culpa, creo inútil decnos cual es la resolución que he tomado res- 
pecto á vos, porque me figuro que ya la habréis adevinado. Dentro 
de ocho días ¿entendéis? estaréis en un convento. Ya podéis pre- 
páralos para salir de esta casa. 

Y sin más palabras se salió do la habitación Berenguela cono- 
ciendo el carácter de su padre no intentó siquiera ablandar su co- 
razón con ruegos ni con lagrimas y se volvió á su habitación donde 
üasó todo el día llorando sin que su tía pudiera aliviar sus penas. 

Por la noche recibió una carta. 

Era la hermana de Cristóbal que la escribía. 

Berenguela, apenas hubo leído los primeros renglones se puso 
á temblar y las lagrimas le impidieron de continuar la lectura de la 
carta. 

Doña Fuensanta se acercó á ella, y Berenguela le dio la carta 



LOS INSURGENTES 87 



para qtie la leyera, pero la pobre señora que no entendía la letra 
aquella, decía un disparate á cada palabra. 

Cualquiera, á no ser esa joven que estaba mortal, hubiera son- 
reído con los disparates de doña Fuensanta. 

— A ver, tía, volvió á decir la joven tomando el papel y leyendo 
con labios trémulos : 

«Señorita : mi hermano está muy grave y no puede escribiros 
sino valiéndose de mí. Dice que morirá en la desesperación si Dios 
no 1p concede estrecharos la mano antes del viaje que le espera. 
¿Podríais venir, señorita? un moribundo, una hermana infeliz que le 
ve morir... dos pobres que os aman os lo suplican por la memoria 
de vuestra madre. María.» 

— ¿Ah, el joven ese?., exclamó la tía. ¿Y qué quieres que yo haga? 

— Acompañarme. 

— ¿Cómo?., á estas horas... 

— O prometerme que no lo sabrá mi padre... 

— ¿Y qué?., si te busca... 

— Le diréis... nada... le diréis cualquier cosa, nada importa... 

Berenguela se dirigió á la puerta. 

— ¡Pero niña! por Dios, exclamó Fuensanta ¿qué locura se te ha 
metido en la cabeza? ¡aguarda! 

La joven se precipitó en la estancia inmediata sin escuchar estas 
palabras. 

— ¡Tente niña!., ¡qué muchacha!., ¡espera!., üré contigo! gritó 
la tía con más fuerza ; y después arrebatando un manto que pendía 
de una columna de la cama, y arrastrándolo por una punta, siguió 
á grandes trancos el camino de Berenguela. 

X. 

Cristóbal con dos heridas en el muslo, y una, la más grave, en 
la parte superior de la cabeza, no sentía que se mitigaban sus dolores 
sino para entrar en la peligrosa excitación d© estraüos delirios. 

Una niña velaba junto á su lecho. 

María, hermana del enfermo, hermosa y afligida sostenía aquella 
cabeza envuelta en sangrientos bendajes, la acercaba á su seno y ponía 
en aquellos labios delirantes la cuchara que temblaba en sus manos. 

Un indio casi desnudo que servía de criado, alumbraba lleno dé 
silenciosa comiseración aquel cuadro de cariño y de amargura. 

Pareció que Cristóbal se serenaba. Fué reclinado euavente en las 
almohadas, y bien cubierto, excepto el brazo, que ansioso de frescura, 
se empeñó en permanecer fuera de los cobertores. 

— Vaya... así lo dejaremos, dijo María en voz muy baja, quiera 
Dios Nuestro Señor, que pase la noche con sosiego. 

— ¿Trajiste la bebida? añadió dirigiéndose al azteca. 

-Sí... 

— Bueno. Puedes acostarte, yo te llamaré si se ofrece. 

El sirviente, después de haber colocado la luz sobre la mesa cu- 
briéndola de modo que no diera sobre el rostro de Cristóbal, se re- 
tiró sin que sus pasos produjeran el menor ruido. 



88 JUAN A. MÁTT08 



María tomó un libro y se sentó á leer. 

Así permaneció más de una hora. 

De cuando en cuando el enfermo lanzaba un suspiro, movía el 
brazo, y pronunciaba palabras confusas. Entonces la, joven sin apartar 
la vista del libro, suspendía la lectura y recogía, conteniendo las pal- 
pitaciones de su corazón, aquel rumor, acaso el diálogo que traba el 
moribundo, en el silencio de la noche, con alguien invisible que viene 
á sentarse junto al lecho para hablarle de la eternidad. 

Sonó un aldabazo en la puerta de la calle. 

María levantó la cabeza. 

— ¿Quién será? dijo. 

Oyóse otro aldabazo. 

La joven se dirigió entonces á la pieza inmediata, abrió una ven- 
tana y miró. 

Un embozado que apenas podía distinguirse á la vaga luz de las 
estrellas, era el que llamaba con tal empeño. 

— ¿Quién sois? le gritó María. 

El hombre vino al pie de la ventana, y acercándose hasta tocar 
la pared con el pecho, respondió tan bajo como le fué posible para 
no ser oído sino de la joven. 

— ¡Yo, María! necesito hablarte. 
— ¿Como? ¿sois vos? 

— ¡Abre, por Cristo! yo te esplicaré todo... 
— Voy... sí... 

María cerró la ventana, pasó racatadamente por la pieza de Cris- 
tóbal, descendió la escalera, atravezó ua patio y abrió inmedia- 
tamente. 

— ¿Qué tienes? ¡por Dios! díjole al hombre que cerraba tras de 
sí el portón, ¿te ha sucedido algo?... habla. 

— Sí.... me persiguen.... quiero que me ocultes donde puedas, 
donde no pueda hallarme nadie... 

— ¿Pero qué?., ¿por qué?., ¿qué has hecho?... 

— Vamos arriba. 

María seguida por el desconocido comenzó á andar, lleno el pecho 
con la dolorosa inquietud que la hacía olvidar por un momento la 
imagen y los dolores de su hermano. 

— Descansa, le dijo cuando llegaron á una pieza, vienes muy agi- 
tado... aquí no hay peligro, ¿qué tienes? 

— Nada: enemigos, ¡desgracia... maldición! exclamó el otro des- 
cubriéndose. 

Era Guzman. 

— ¡Explícate, por Dios! dijo María tomándole una mano que quedó 
entre las suyas fría y como inanimada. 

Iba á replicar Guzman, cuando en la puerta de la calle sonaron 
varios golpe». 

— ¡Llaman! dyo estremeciéndose. 

—Sí... 

— No abras... 

— Veré por la ventana 

María corrió á asomarse, y en el mismo sitio donde poco a*jt»« 
viera al caballero, notó que había do§ damas. 



LOS INSURGENTES 89 



— ¿Quién es 1 ? dijo Guzman cuando la vio volver. 

— ¡Silencio!., respondióle María : ocúltate en esa pieza. 
— ¿Pero... quién es? 

— Ocúltate... no es cosa de cuidado... es una señorita que viene 
já ver á mi pobre hermano. 

— ¿Tu hermano?.. 

■ — ¡Silencio!.. 

La joven tomó la luz y bajó rápidamente por la escalera. 

Guzman quedó á oscuras y siempre bajo la influencia del terror, 
ó de ese ataran taimcnto que había mostrado en sus palabras y sus 
ademanes. Tanteando las paredes, halló una puerta que cedió á un 
leve impulso de sus dedos, y se encontró en una pieza débilmente 
alumbrada por una lámpara oculta tras de los libros que servían de 
pantalla. 

Se respiraba allí ese aire denso, caliente, inmóvil de un dormi- 
torio, y ese olor estraño, que mezcla el aroma del alcanfor, del éter, 
ó de un bálsamo, con las fétidas emanaciones que despide el lecho de 
un febricitante. 

Dejáronse oir en la pieza contigua las voces de María y de las 
damas que acababan de entrar. 

— ¿Y no ha despertado? dijo una voz donde Guzman creyó re- 
conocer el acento de Berenguela. 

Venid, señorita, replicó María, podemos despertarlo... 

— ¡No! no lo mováis... 

— ¡Si os viera!., ¡oh! veréis como vuestra presencia lo reanima. 

— Mirad si no duerme... 

María se dirigió á la puerta, seguida de las dos señoras. 

Guzman no tuvo sino el tiempo excesivamente corto para ocul- 
tarse tras de la mampara. 

Cuando esta se abrió quedó cubierto. 

Cristóbal, que dormitaba, abrió los ojos, y vio que tres sombras 
se acercaban á su cabecera. 

— ¡Cristóbal!., dijo María, inclinándose sobre él, ¿duermes? 
— No, replicó el enfermo débilmente, procurando sentarse. 
— ¿Se han calmado un poco? 

—Sí. 

— ¿Conoces á la señorita? 

—¿Cuál? 

María tomó la luz y alumbró el rostro de Berenguela. 

Cristóbal arrugó los párpados como herido por el resplandor, le- 
vantó un poco el lienzo que le cubría la frente, y procuró examinar 
la fisonomía de la joven. 

— ¿La conoces? volvió á decir María. 

— ¡Cristóbal!., dijo Berenguela, poniendo su mano sobre la del 
herido. 

Este exhaló un suspiro : después se arrebujó en las sábanas, como 
si quisiera continuar el sueño, y permaneció quieto algunos instantes. 

— Malo, malo, malo, dijo moviendo la cabeza, una de las damas 
en cuya voz reconoceríamos á la tía doña Fuensanta. 

Entretanto, su infeliz sobrina miraba á María con los ojos llenos 



90 JUAN A. MATEOg 



de lágrimas, y María la miraba á olla poniendo en los Buyos, secos 
por largas noches de llanto, la expresión de una gratitud infinita y 
de un sufrimiento sin esperanza. 

— ¡María! gritó Cristóbal, sentándose repentinamente: ¡mi espada!., 
¡pronto!., ya vuelve ese traidor, y estoy desarmado... ¡atrás!., ¡ay del 
que me hiera por la espalda!.. 

— ¡Señorita! ¡por Dios!., exclamó María, lachando contra el joven 
que pretendía ponerse en pie: Cristóbal, sosiégate... no viene nadie. 

— ¡Aparta!., ¡aparta! 

— ¿No hay vinagre"? preguntó doña Fuensanta con exaltación. 

— No, dijo María, sin cesar de contener á Cristóbal... mirad, ahí 
está la bebida... junto al tintero. 

Berenguela se precipitó á la mesa, tomó la botella que estaba 
en el lugar designado, y á una nueva observación de la joven, 
vertió en la cuchara hasta llenarla, un líquido claro y ligeramente 
aromático. 
s — A ver, dijo, yo se la daré... dadle á mi tía la lámpara... 

Después se acercó al enfermo. En aquel instante resonó per ter- 
cera vez la puerta de la calíe. 

Las tres damas se enderezaron á un tiempo y se miraron de un 
modo tan raro, que solo puede comprender el que hallándose en el 
alegre hogar, departiendo con su familia, ve el primer efecto de esta 
palabra : ¡tiembla! 

— ¡Dios mío! dijo Fuensanta, acaso nos buscan á nosotras. 
—¿Qué hacemos 1 ? añadió Berenguela. 

— ¿Qué hacemos*? repitió María. 

— ¿Qué hago yo? ¡por Cristo! murmuró Guzman desde su es- 
condite. 

Volvieron á llamar con más fuerza. 

— ¡Oh! yo veré, dijo la hermana del herido, esperadme... y se 
dirigió á la ventana que ya conocemos. 

Había en el zaguán un grupo de hombres embozados. Uno de 
ellos, que era el que llamaba, oyó gemir los goznes al abrirse el 
postigo, entonces levantó la cara, y dijo con imperiosa voz : 

— Abrid. 

— ¿Quién sois, señor? 

— Abrid sin dilación, señora. 

-¿Yo?... 

— Abrid á la justicia, ó sois presa. 

— ¡Ah!... voy allá, señores... 

La joven se apartó de la ventana, y llegó aterida de pavor á 
donde Berenguela y Fuensanta, inmóviles, blancas, azoradas, y casi 
próximas á desmayarse, preguntaban maqninalmente : 

— ¿Quién?... ¿quién es?... 
Y les dijo : 

— No... es á vosotras... estad quietas, buscan seguramente á un 
hombre... 

— ¿Pero qué?... ¿qué hombre es ese? 

— ¡Oh! no sé lo que será de mí... 
— ¿Los habéis conocido? 



LOS INSURGENTES 91 



— No... ¡tocan!... esperadme. 

Nuevos golpes dados seguramente con el puño de una espada, 
retumbaban en la habitación. 

María se precipitó por la puerta, que impulsada por la corriente 
de aire, estuvo á pique de cerrarse y descubrir á Tello de Guzman, 
el cual temblaba, pudiendo apenas dominar el terror que le infundían 
aquellos aldabazos. 

La joven entró inmediatamente á la pieza donde suponía oculto 
á Guzman, y buscándolo con el objeto de prevenirlo, pronunció su 
nombre varias veces, y anduvo muchos pasos tentando las sombras. 

No bailó á nadie. 

Parecióle que la presencia de su amante había sido un sueño. 

— Pero no es posible... decía, hemos hablado... ¡ah!... ¡ahí está 
su sombrero!... añadió tocando por casualidad el que Guzman dejara 
eDcima de la mesa: ¡ah!... sí, se ha salido indudablemente por el 
patio... Señor mío Jesucristo, líbrale de sus enemigos; allánale un 
camino, por los dolores de... ¡voy! señores... ¡voy!... 

María le dio un grito á su criado, y bajó encomendándose á la 
Virgen. 

X. 

El delirio volvió á apoderarse de Cristóbal, como si aquella cu- 
charada hubiera elevado fuego á su cerebro. 

Volvióse á sentar con la febril agitación, que devolvía por un 
momento, vida á sus ojos, fuerza á sus músculos, y á su voz, un eco 
resonante. 

— ¡Dejadme!... decía, dejadme con cien legiones de demonios. 
¿Queréis que no corte esa lengua? ¿queréis que me deje atarar por la 
espalda?... ¡vive Dios, dejadme!... 

Fuensanta lo tomó por la cintura, y Berenguela procuraba aquie- 
tarlo con sus ruegos j sus caricias, teniéndolo casi reclinado en su 
brazo. 

— ¿Lo ves, niña? exclamó la tía ¿lo ves?... yo tengo la culpa: 
Dios me castiga indudablemente como la cómplice de tu desobedien- 
cia... ¿qué hacemos aquí espuestas á la cólera de tu padre, á las su- 
posiciones de las gentes estrañas, al peligro inútil de contagiarnos, 
abrazadas con este hombre? 

— Apartaos tía, yo lo tendré sola, replicó Berenguela, dejando 
ver tras de su aflicción un poco de sarcasmo... á mí no me intimida 
el contagio... harto he vivido para temer la muerte... 

— ¡Niña!... ¡niña!... tú te propasas... 

— Bueno, dejadme, no espongáis vuestra salud por una persona 
que os es indiferente. Para mí es una obligación... es mi esposo... 
y aquí he de estar mientras no haya quien me arranque á fuerza de 
sus brazos. 

— Esta niña está loca, señor. 

— ¡Vive Cristóbal! exclamó Cristóbal, cuyos ojos chispearon : acer- 
caos más, señor Guzman... salgamos... no es este el sitio donde de- 
béis hacer ostentación de vuestra fuerza... ¡María!... Berenguela... 
¡teneos¡ ¡atrás, infame!... ¡atrás! ¡ah!... ¡maldito! 



92 JUAN A. MATEOS 



Al pronunciar esta última palabra, llevó las manos al bendaje, 
y lo arrancó violentamente. Un chorro de sangre se escapó de la 
herida, inundando sus espaldas, y los brazos de doña Fuensanta, y 
enrojeciendo el justillo de la joven, que sintió correr por su seno la 
onda hirviente de aquel líquido. 

— ¡Jesús! gritó la tía, ¡se muero!... un trapo... ¡agua! y separó 
corriendo á revolver sobre la mesa todas las botellas. ¡Oh! no hay 
aquí nada : continuó con desesperación, y dirigiéndose á la puerta, ni 
una gota de nada... ¡qué gentes!... ténlo, apriétale con las sabanas... 
voy á buscar agua... 

— ¡Me muero!... exclamó Cristóbal, dejando caer los brazos y 
escondiendo sus pupilas ain brillo, tras el velo lánguido de sus pár- 



XI 

— ¡Alto ahí! gritó á doña Fuensanta un hombre que la salió al 
encuentro en el pasillo de la escalera. 

La señora dio un salto, y exhaló un grito parecido al que dan 
las personas nerviosas al contacto del agua fría ; quiso articular al- 
gunas palabras, pero aquel hombre la afianzó de un brazo, la hizo 
dar media vuelta, y con voz áspera y aguardientosa, le dijo : 

— Guiad. 

— Pero señor, dijo Fuensanta pudiendo apenas destrabar las man- 
díbulas, vengo á buscar agua para... 

— ¡Silencio! guiad á la justicia del rey. 

—Si yo... 

— ¡Adelante! 

Nada valieron las protestas ; aquel esbirro, sordo al clamor de la 
razón é insensible al llanto de la inocencia, empujó á la anciana de- 
lante de sus pasos. 

Cuando llegaron á la primera puerta desenvainó la espada, y sa- 
cando una linterna que traía tapada con el ferreruelo, dijo á Fuen- 
santa : 

— ¿Vais á decirme dónde tenéis oculto al asesino? 

— ¿Yo... caballero? 

—Sí. 

— Pero si... señor mío... si yo no soy de aquí... yo he venido 
nomás... 

— Decid la verdad, ó esta noche dormís en un calabozo. 

— La verdad, señor, os lo juro por Dios, es que no sé nada, y 
que seguramente me tomáis por otra persona. 

— ¿Os empeñáis en callar? replicó el hombre con ese tono in- 
flexible aprendido en el tribunal de la fe, delante de una víctima en 
el tormento. 

— Soy la hermana... 

— Adelante, no me importa que lo seáis de Holofernes. 

— !Oh! si no me dejáis hablar... 

— ¡Hola! ¡hola!... ¿qué es esto?... ¿á ver los brazos?... ¡ah! ¡esto 
es sangre! 



LOS INSURGENTES 93 



— ¡Por Dios, señor! mirad... venid... 

— Silencio, vieja infame, ú os divido el cráneo. ¡Hola! añadió 
asomándose al patio, cuatro hombres arriba. . 

— ¡Señor! exclamó Fuensanta ya mortal, no más está herido... 
os explicaré... 

— ¡Callad os digo! repitió el hombre blandiendo una ancha es- 
pada, ya se os pedirá explicaciones. 

Dejóse oir por la escalera el sordo retumbar de muchas pisadas, 
y poco después aparecieron cuatro alguaciles con los aceros en la 
mano. 

— Sujetad á esa vieja, les dijo. 

Inmediatamente corrieron á ejecutar la orden. 

— ¡Señores! gritó Fuensanta, por compasión. 

— Ponedle una mordaza. 

— Si soy la prima de don. . . ¡señores! por Dios. . . . 

No pudo concluir; dos dedos como tenaza la afianzaron por la nariz, 
y un pedazo de hierro se le atravesó en la boca, apartando los pobres 
dientes que le quedaban, y prolongando la comisura de sus labios 
hasta los oidos como en la risa de una máscara. 

— Estamos arreglados, dijo el caudillo de los policías. Agnirre, cuida 
tú á esa bruja; Barrientos, tú en esta pnerta, añadió dirigiéndose suce- 
sivamente á las personas designadas; vosotros dos venid conmigo. 

Fuensanta quiso decir algo, pero sus labios enroscándose en la 
mordaza con inútil esfuerzo, no pudieron juntarse para pronunciar una 
palabra de salvación; apenas salieron por su garganta algunos sonidos 
ásperos que expresaban la orrible angustia de su situación 

Uno de los centinelas dijo al otro: 

— ¿Barrientos, qué dice la bruja? 

— No entiendo. 

— ¿Cómo, no entiendes el francés? 

Y los dos se rieron de su chiste. En aquel tiempo, y todavía en 
la época de los últimos virreyes, el vulgo, creyendo que no había mas 
idioma que el nuestro, se reía del idioma extraño, considerándolo como 
una gerigonza, hablada solo por los locos ó los borrachos. 

El jefe de la ronda penetró en la segunda pieza con los otros 
dos alguaciles. 

A mano derecha, sobra la ropa desordenada de una cama, y col- 
gando la cabeza hasta barrer el suelo con la cabellera, estaba Cristóbal; 
la camisa que pareció negra al principio, se vio á la luz de las lin- 
ternas tinta completamente en sangre. 

En el suelo estaba una joven, Berenguela, sin sentido y con el 
pecho, toda la parte anterior de los vestidos, y las manos también, 
teñidas en sangre. 

— ¡Dos cadáveres!... exclamó el jefe. 

— ¡Dos muertos!... repitió el otro asombrado. 

— ¡Oh¡ continuó el primero, después de examinar atentamente las 
facciones de Berenguela, y qué joven debió ser esta tan graciosa. — 
Alumbrad. 

El alguacil aproximó la luz y dijo: 

r»-¡Denionio! y se la dieron en medio del alma... qué lástima!... 



94 JUAN A. MATEOS 



si no es una profanación, mirad qué pie tan delicado. .. qué pierna... 

— Ea, cubridla con el vestido, y vamos á otra cosa; guiad por 
esa puerta. 

Volvieron á la izquierda, y registraron la tercera pieza, que á poco 
abandonnron, no sin mover todos los muebles, y después de picar con 
las espadas toda la ropa de un perchero. 

La pieza en que hallamos á Cristóbal no tenía mas que una mesa, 
dos sillas y el lecho, que ocupaban uno solo de los ángulos. Esto salvó 
á Guzman. 

Aquellos hombres que vieron á lá primer ojeada lo desierto del 
aposento, ó acaso satisfechos con haber encontrado allí algo, volvieron 
á pasar, y salieron sin registrar aquella puerta, como lo hubiera hecho 
cualquiera de su oficio. 

La cuarta pieza fué también sometida á un cateo escrupoloso, 
después el corredor, la escalera y el patio. 

Cuando Guzman tuvo la seguridad de que se habían alejado, se 
aventuró á dar un paso fuera de su escondite, y se introdujo en la 
habitación inmediata, la última, donde debía estar la ventana que era 
el camino de su salvación. Iba á observar la calle, cuando escuchó de 
nuevo los pasos, y se ocultó tras el perchero. 

El jefe de la ronda volvió á entrar, cerró la ventana y ae alejó 
haciendo lo mismo con todas las puertas. Llegando á la que daba sobre 
el corredor, cerró con llave, y descendió por la escalera arrebujándose 
en su capa. Poco después seguía por la calle tras de una procesión 
formada por dos literas y nueve hombres 

XIII. 

Serían las diez de la mañana. 

Don Antonio de la Mota, sentado en un sitial junto á una mes 
de su alcoba, con la frente sobre la mano, y el codo apoyado en la 
rodilla, parecía abismarse en pos de un pensamiento, ú ocultar las 
lágrimas de alguna pesadumbre llorada en el silencio, ó quizá el rubor 
de una dolorosa vergüenza. 

— No es posible, decía, nc comprendo esto... ¿con quién se ha 
marchado?... ¿por qué ha recurrido á ese expediente infame, digno 
solo de las mujeres tiranizadas, de la gente ordinaria, de las per- 
didas?... ¡oh! y esta vieja maldita... pero no... Fuensanta ha sido 
siempre un modelo de honestidad... era su madre... ¿la habrán sedu- 
cido^, las mujeres se dejan seducir para todo.., pero no... no es posible., 
y luego... ¿«señores, no habéis visto por casualidad á mi hija que 
anoche no se quedó en casa?»... ¡qué vergüenza!., ¿y adonde, adonde 
voy á preguntar?., ¿á quién?... ¿de qué modo? 

Quién sabe el tiempo que se hubiera prolongado este monólogo, 
si un criado empujando ruidosamente la puerta, no hubiera ilegado 
casi hasta tocar al caballero, diciéndole: 
— Señor, señor... 
— ¿Quién?... ¿qué quieres? 
— Os busca... de parte del señor escribano. 
— Que vuelva mañana. 



LOS INSURGENTES 



95 



— Os trae... 

— Que no recibo á nadie. 

— ¡Os trae este papel;. 

—¿A ver? 

Don Antonio desdobló una carta, y leyó lo siguiente: 
«Señor D. Antonio de la Mota: 

«Tened la bondad de pasar á esta vuestra casa para un asunto 
que atañe al honor y la tranquilidad de la vuestra. Venid á cualquier 
hora que hayáis leido estas líneas. 

«Seguid á mi criado.» 

— A ver... ese criado, que pase. 

El de don Antonio fué á llamarlo, y no tardó en presentarse. 

— ¿Sois vos el de esta carta? 

— Sí, señor. 

— Vamos. . 

Don Antonio se precipitó fuera de la pieza, dando gran trabajo 
á su sirviente que lo seguía gritando: 

— ¡Señor! olvidáis el sombrero. 

Mota se lo puso, y comenzó á andar calles precedido por el por- 
tador de la carta. 

XIV. 

—¿Adonde estoy, Dios mió? haoía dicho Berenguela volviendo en 
sí v al verse á oscuras. 

* Después se puso en pie, y comenzó á recordar vagamente lo que 
le había pasado. Su primera palabra no fué dictada por él amor sino 
por un miedo espantoso. 

— ¡Tía! dijo, dónde estáis? 

Nada... un silencio como' el del sepulcro devoró en la sombra sus 

palabras. . 

!, -Tía! volvió á decir adelantándose á tientas a donde recordaba 

haber visto la puerta; entonces vio de par en par la que daba sobre 
el corredor, y descubrió allá en el fondo el cielo tachonado de estrellas. 

—¿Adonde estoy, Dios mío? repetía cada vez más sobrecogida. 

Una voz, la de Cristóbal, dejóse oir en este instante, débil y ao- 
liente como la queja, pero amorosa y tierna como el arrullo. 

— ¡María!... 

— ¡Cristóbal! exclamó Berenguela. 
Entonces volvió á oirse la otra voz. 

— ¡Oh! ¿será un sueño?... ¡Maria! 
Berenguela sintió algún consuelo viendo que estaba acompañada, 

y tuvo fuerza para responder; pero sin tener aún el uso completo de 
bus facultades. 

— ¿María?... ¡oh! no hay aquí nadie... no veo... se han ido todos... 
—Por Dios, señora... dijo Cristóbal ¿sois vos ó es el delirio?... 

¿quién sois que babláis con ese acento consolador que da vida á mi 
espíritu? ¡acercaos, por piedad! permitid que os bendiga... 

—Sí, Cristóbal, yo soy exclamó la joven acercándose al lecho, yo 
soy pero no sé lo que me pasa... ¿adonde está mi tía?... ¿qué ha sido 
de vuestra hermana?... 



96 JUAN A. MATEOS 



— Sonora, estáis á mi lado, sois vos ; es esta vuestra mano... seguid... 
no os apartéis de aquí... ¿por qué estáis trémula?... 

— ¡Oh!... Cristóbal... yo siento algo espantoso y amenazante en 
la oscuridad que nos rodea; hace poco hemos estado aquí las tres; yo 
esperó á que mi padre se durmiera para venir á veros... 

— ¡Cómo! ¿que horas son? 

— No sé, han dado las doce de la noche... 

— ¿Las doce?... ¿y María? 

— Ya os dije... tocaron... me acuerdo... os vino una hemorrajia; 
creímos que os moríais... 

— ¡Ah! ya sé, sí, debe haber ido á llamar al médico; así hace 
siempre. 

Los dos jóvenes permanecieron un momento en silencio. 

Cristóbal respiraba con la convulsa precipitación del que duerme 
presa de una pesadilla, y la mano de Berenguela, que tenía estrechada 
contra el corazón, se movía al impulso de las palpitaciones 

Ninguno podía explicarse claramente la situación en que se encon- 
traban, y ambos dejaban errar el pensamiento en las vagas regiones 
de pavorosas conjeturas, sin más lenguaje que aquellas manos enla- 
zadas, frías, que ya oprimiéndose con más fuerza, ya aflojando el lazo 
estrecho que las unía, se trasmitían • no sé qué voces misteriosas del 
alma 

XV. 

Sonaron las tres de la mañana. 

Perdido ya el eco de las campanadas, sonó la puerta del zaguán, 
y se escucharon pisadas de hombre. 

Poco después, en la otra puerta que daba al corredor, se per- 
filaron varios bultos, y la misma voz del jefe de la ronda que nos es 
conocido, ^exclamó en un tono de sorpresa: 

— ¡Han abierto!... 

— ¡Bah! os olvidaríais de cerrar, dijo otra voz. 

— Han abierto, os digo; juraría por Dios que se nos ha escapado... 

— ¿Pero no buscasteis? 

— He buscado hasta eu la juntura de los ladrillos. 

— ¿Debajo de las camas?... ¿detrás de las puertas?... 

— ¡Ah! esperad... ¡soy un jumento!... un... demonio... soy un 
imbécil. No cometería una distracción semejante el último de los cor- 
chetes. 

— ¿Qué decís? 

— ¿Creeréis que no registré debajo de la cama? ¡Pesia á tal! no 
hay duda que el infame estaba cubierto con los dos cadáveres... no 
hay duda. 

— Tal vez; ¿pero estáis seguro de haberlo visto entrar? 

— Este, replicó el jefe señalando á uno de los alguaciles, y yo, lo 
hemos visto; esperé á que le abrieran para pescarlo como en una ra- 
tonera, ¿no es cierto? 

El alguacil á quien iba dirijida esta pregunta, se inclinó de un 
modo respetuoso. 

— Entonces, dijo aquel que antes hablaba con el jefe, no debemos 
lamentamos inútilmente; se ha escapado. 




José de la Luz saltó sobre la primera piedra, se apoyó 
en la segunda y tendió su robusto brazo. 

Cap. 12.°-I. 
La primera -generación 



LOS IN3URG5NTZS 97 



— Sí, pero os prometo... 

— ¿A ver, decís que están ahí los cadáveres? 

— Sí señor, ¿queréis verlos"? 

■ A eso veníamos. 

— ¡Ea! Barrientos, saca tu linterna y acompaña al señor escribano j 
voy mientras, con vuestro permiso, á buscar por el patio y ! as azoteas 
vecinas. 

— Es inútil. 

— No lo es, estoy seguro que no ha salido de la casa. 

Diciendo esto el jefe desapareció, dejando al escribano acompañado 
de Barrientos. 

Hemos dicho un poco más arriba, que al asomarse Berenguela 
descubrió el cielo cubierto de inumerables y rutilantes estrellas. 

En efecto, la noche era magnífica, había un no sé qué solemne 
en el silencio sagrado, en la quietud del aire, de amoroso, en aquella 
tibia luz que manaba de la serena profundidad del firmamento. 

Sin embargo, aquella casa abandonada, oscura, y silencioso teatro 
del crimen, estaba sombría : por el fondo de aquel callejón de la escalera, 
tras de los pretiles, y en todos los rincones adonde no llegaba la cla- 
ridad, parecían moverse y avanzar sombras de formas caprichosas. 

En medio del patio, la columna de una fuentecilla derruida cu- 
bierta con una cabellera de malvas, estendía un mutilado brazo cual 
si fuera la víctima que abandonando su sepulcro, saliera á pronunciar 
una maldición contra el asesino. 

Mas allá unos inmóviles arbustos, negros por la noche, pegados 
al arco de una puerta ya carcomida, parecían guardar el eco habitador 
de ese fatídico recinto. 

Barrientos encendió su farola y señaló al escribano la entrada de 
la pieza. 

— Guiad, dijo el del protocolo, haciendo una señal imperiosa al 
alguacil, y cediéndole el paso. 

— Pasad, señor, respondió el otro; y alargó la luz rodeando con 
el brazo el filo de la puerta. 

— No, entrad, entrad. 

— Pero... 

— Entrad. 

— No, pasad vos, señor escribano. 

— ¡Ea! dejad de cumplimientos... y entrad. 

— No señor, eso no lo permito. 

— ¿Por qué? 

— Por qué... 

— ¡Bah!... entremos juntos: dadme vuestro brazo, porque este 
terreno me es desconocido... absolutamente. 

— Vamos, señor, vamo8 andando. 

Los dos aun ya enlazados, como no cabían juntos por la entrada, 
lucharon unos minutos más para ver quién pasaba adelante. 

Barrientos, flaco, pero más fuerte, decidió el negocio empujando 
al señor escribano. 

Ya cnmedio de la pieza, los dos se miraron como si trataran de 



— 7 Los Insurgentes. 



98 3tHN A. MATKOg 



buscarse mutuamente en los ojos el valor que juzgaban necesario para 
llegar á la segunda puerta. 

— ¿Es decir, preguntó el escribano, que la joven tiene diez y ocho 
puñaladas? 

— No recuerdo bien, señor; pero tenía una enmedio del pecho. 
— ¿Y el occiso?... 

— ¡Ah! el occiso... creo que lo vi 8in cabeza. 

— Era bueno apuntarlo ¿no os parece? 

— Sí... pero no estoy muy seguro,.. 

— Pues hombre, qué diablos ¿dónde teníais los ojos? 

— ¡Pero qué diablos me estáis preguntando? ¿qué tiempo tenía 
yo de medir las heridas, ni de contar los muertos? id á ver vos que 
os toca por obligación... 

— No, hombre, no digo lo contrario, replicó el escribano conte- 
niendo su cólera por no romper con aquel tan útil acompañante, pero 
sí extraño que un hombre como vos, tan observador... tan... 

— Ea, señor, dijo Barrientos, dejémonos de florilegios y veamos 
el aposento. 

— Veamos, repitió el escribano. 

Los dos avanzaron una pierna, y los dos quedaron con la pierna 
en el aire, esperando cada uno que el otro asentara la planta. 

El escribano la volvió á su puesto ; el alguacil también. 

— Juraría que tenéis miedo, dijo el primero. 

— ¿Yo miedo? replicó el otro ¿miedo Barrientos? 

• — Sí, señor. 

— ¿Miedo habéis dicho? 

— Sí, señor, miedo. 
-¿Y vos? 

— ¿Yo? bah! no me conocéis, según veo. 

Aquí llegaban, cuando el alguacil vio que sobre la estremidad del 
rayo de su linterna, se levantaba el marmóreo rostro de una mujer, 
destacándose en la oscuridad de la puerta como en el hueco de una 
tumba. 

— ¡Ay! exclamó el infeliz, como si le hubiera dado un calambre 
en el estómago. 

El escribano levantó la vista, y sus quijadas, perdiendo el resorte 
de la articulación, cayeron sobre su pecho, dejando colgar toda la 
lengua. 

— ¡Dios mío! dijo sin pronunciar las consonantes, y sus brazos 
también cayeron abandonando el bastón, que casualmente quedó ato- 
rado por el puño en un pliegue del capotilío de Barrientos. 

Este valiente se estrechaba más y más con el escribano, como si 
pretendiera esconderse aquel cuerpo inmóvil, y cubrirse con aquella 
piel espeluzada. 

De repente cayó el bastón ; los dos dieron un salto sin abando- 
narse, y dos gritos ahogados salieron de sus gargantas. 

El escribano permanecía descoyuntado ; — la cabeza del alguacil 
había girado hasta ponerse de perfil, mientras que el cuerpo fijo, cual 
si fuera de plomo, presentaba el pecho á la horrible entrada de la 
segunda pieza. 



LOS INSURGENTES 99 



Pasado un rato, el saliente ojo de Barrientos rodó con lentitud 
en su órbita. 

Ahí estaba, ahí los miraba todavía el rostro fúnebre de la mujer. 

Hubo otra cosa peor : el instante fué espantoso ; aquel rostro mo- 
vió los labios, los labios hablaron; y frías como el hierro de una pica,' 
atravesaron los oídos del escribano y de Barrientos estas palabras : 

— Señores, os lo suplico por lo que más amáis sobre la tierra 
decidme... ¿adonde está mi tía? 

Los trémulos oyentes á quien dirijía la voz esta pregunta, no 
hicieron más que enlazarse como dos culebras, y contener el aliento. 

La linterna colgaba, y el foco luminoso pintaba sobre el suelo 
un pequeño círculo que reproducía las convulsiones epilépticas de Ba- 
rrientos. 

— Señores, volvió á decir la voz, responded por los huesos de 
vuestra madre. 

— ¡Los huesos! es clamó el escribano como si hablara en el fondo 
de una caverna. 

Entonces comenzó á desprenderse lentamente de Barrientos, que 
lo asía con la fuerza de una ventosa. 

De cada pliegue de su saco tenía que desatar un dedo, que no 
bien separado á costa de indecibles esluerzo3, vcjvía á engancharse 
pellizcando sus carnes. 

Por último aprovechó un momento que juzgó oportuno, y dio un 
salto en dirección del corredor, pero el calzón prendido como en un 
zarzal sobre las cinco uñas de Barrientos, tronó por la pretina; dos 
botones fueron á chocar contra las paredes, y el señor escribano sintió 
pasar entre sus piernas una corriente de aire frío. 

En este momento se presentó el jefe de la ronda. 

XVI. 

Barrientos enderezó la luz, el escribano dio un suspiro. 

— ¿Qué es esto? dijo el jefe. 

No respondieron. Solo el alguacil tuvo valor para apuntar hacia 
atrás con el rabo de un ojo. 

— ¿Podréis decirme qué es esto, señores? volvió á decir el otro, 
asombrado con el cuadro que tenía a la vista. 

Pero no obtuvo sino la misma respuesta. 

— Señor... murmuró Berenguela desde el puesto donde apareció 
como un espectro. 

— ¡Cómo! esclamó el jefe casi con superstición, mientras que los 
dos personajes aterrorizados se encogieron sintiendo aún que la, voz 
de la "¡oven llegaba hasta ellos envuelta en una ráfaga sepulcral ; ¿no 
estáis difunta?... no sois la misma que... 

— Decidme, señor, continuó Berenguela adelantándose con ademán 
suplicante, ¿qué es lo que nos pasa? Hemos venido á ver á un en- 
fermo, y sin saber cómo, me hallo sola. ¿Adonde está la joven que 
habita esta casa?... ¿cómo abandona á su hermano agonizante?... ¿y 
mi tía, señor?... la señora que me acompañaba.;, ¿adonde ha ido?... 
vos debéis saberlo... ¿qué habéis hecho de esas personas?... 



100 JUAN A. MATEOB 



— Serenaos, señorita... tened la bondad de tranquilizaros. Somos 
los servidores de la justicia, y nada hacemos que no sea en obsequio de 
la inocencia y para el terror y el castigo del crimen. Gracias á Dios 
que una de las víctimas, vos señorita, se levanta de su lecho de " 
sangre para designar al infame, cuya cabeza debe rodar por el ca- 
dalso. Hablad, á vos os toca esclarecer los pasos de la ley en el ca- 
mino que á una sola de vuestras palabras se abrirá en la absolución, 
en los calabozos ó en la muerte. 

Berenguela sintió cierta simpatía inexplicable por aquel hombre 
cuyo acento conmovido con la presencia repentina de la joven que 
juzgaba por muerta, tenía la insinuante entonación del cariño, mezclado 
á la terrible solemnidad de una sentoncia. 

Acercóse más á aquel hombre que se presentaba como el ven- 
gador de sus agravios, y en cuyos ojos chispeantes de justa indig- 
nación recogía una promesa de consuelo para sus penas. 

Tuvo confianza en él, y le explicó la situación sin ocultarle su 
salida furtiva de la casa naterna. 

XVI. 

— ¡Cáspita! exclamó el escribano cuando Berenguela huno termi- 
nado, conque... sois hija de... ¿sí? ¡vamos! si os conozco más que si 
fuerais mi propia hija. 

— ¿Y decís que vive? preguntó el alguacil. 

— Perded cuidado señorita, dijo eí jefe — pasemos á verlo — pero 
antes permitidme un momento — Alumbra, añadió dirigiéndose á 
Barrientes. 

Sacó de su bolsillo un tintero de cuerno, ona pluma, una carta 
de donde arrancó la mitad no escrita, y escribió con prontitud varias 
líneas. 

— Toma, le dijo al alguacil, vneJas á la casa de Cervantes y le 
das esto. 

El enviado tomó el papel y desapareció como una exhalación. 

Aquel papel decia: 

«El odio que profieso á Grizman y á todos sus secuaces, me ha 
cegado hasta el punto de cometer un error deplorable. Enviadme á 
esas damas con todas las consideraciones que merecen su sexo y su 
inocencia. Valdivieso.> 

AVn. 

María y Fuensanta volvieron rodeadas del respeto que valdivieso 
había recomendado. 

La primera que había sido presa y metida en la litera cuando 
abría la puerta de la calle, volvió á los brazos de Cristóbal, sin 
perder aún el temblor y la lividez del espanto. 

Valdivieso pidió perdón á todos, y maldijo de veras aquella pre- 
cipitación con que su espíritu envenenado por antiguas ofensas, juzgó 
culpables á dos criaturas inocentes é hizo caer sobre dos damas la- 
grosera mano de sus alguaciles. 



rOS INSURGENTES 101 



María y Fuensanta olvidaron la ofensa ante las protestas de aquel 
caballero. 

Cristóbal, que parecía haberse mejorado con la hemorragia, ó 
lo que es mas probable, con la presencia de Berenguela, perdonó 
á Guzman, y escuchó lleno de interés las palabras de todos, que se 
encadenaron para formar la explicación completa del asunto. 

Valdivieso contó que un nuevo crimen que Guzman intentaba 
aquella misma noche, y que él sabía por uno de los cómplices, fué 
io que le dio pretexto para ejercer una venganza, arrojando sobre 
aquel hombre la vergüenza de una acusación ruidosa y después las 
cadenas, el lazo de la horca, ó la vara del verdugo. 

El escribano se ofreció d« mediador entre la cólera de don An- 
tonio de la Mota y aquellas damas afligidas, con el resultado pro- 
bable de su ausencia. 

Aceptaron ollas, pasarou á la casa del señor escribano, y este 
benéfico protector y astuto diplomático, llegó con su elocuencia más 
allá de los límites que ceñíau la esperanza de sus protegidas, pues 
no solo apagó el rayo que amenazaba desprenderse de la frente de 
don Antonio, sino que, tornándolo en el hermoso luminar de un por- 
venir de dicha para su hija, fijó las bases del matrimonio, que quedó 
aplazado para el alivio de Cristóbal. 

XVIII. 

Tres meses después María y el escribano apadrinaban la boda. 

La casa de Bereuguela volvió á brillar y á engalanarse con más 
lujo, y más amigos y más contento que en aquella malhadada noche 
en que la conocimos. 

Urrntia, aquel amigo que recogió herido á Cristóbal, y que du- 
rante la enfermedad de este no faltó un solo día á la cabecera de 
su lecho, volvió á bailar con Berenguela, sin omitir al platicar la 
forzosa comparación entre aquellas dos noches tan distintas y tan 
semejantes. 

María, rodeada por innumerables adoradores de su hermosura 
melancólica, recibía las demostraciones de cariño con urbanidad, pero 
sin complacencia. 

El corazón guardaba como una tempestad de llanto, el suspiro 
de su amor, que se exhalaba en el silencio de la noche buscando la 
inolvidable imagen de Telío de Guzman. 

Aquí parecería terminado este asunto, pero el matrimonio en los 
dramas de la naturaleza, no señala como en los del teatro, el término 
y el desenlace de una historia. 

XIX. 

Pasaron dos años. 

Hacía uno que María recibió noticia de que Guzman partía para 
el Japón con la embajada de Velasco. 

Se ha dicho que el amor muere con la esperanza ; pero no po- 
demos afirmar si María esperaba, ó si ya el amor no era más que 
«1 simple culto de los recuerdos, 



102 JUAN A. MAXEJjI 



No sabemos si era todavía el sueño de las vírgenes, ó la sombra 
del desengaño aquello che vagaba por su frente siempre pensativa. 

Cristóbal no tenía en la suya, si no la imagen de los tros seres 
idolatrados á quienes consagraba el trabajo de su mano y los tesoros 
de su corazón. 

Berenguela, María, su hijo lo asían con un abrazo de bienaven- 
turanza, y caminaba por el sendero fácil de la vida, guiado por un 
astro, y saludado por sonrisas de júbilo. 

Berenguela había experimentado esa trasformación que tanto 
aplauden el poeta y el artista, cuando el Himeneo da á la doncella, 
con su primera caricia, la dulce palidez y el lánguido encanto do la 
madre que lleva bendecidas por Dios las fuentes do su casta fecundidad. 

El niño, llamado Antonio como su abuelo, era algo endeble, pero 
hermoso. 

Además, hablaba ya esa gerigonza con que un peloncillo de año 
y medio logra formar en torno suyo un círculo de oyentes, dispuestos 
á aplaudir cuando entre la nube de los disparates destella el primer 
rayo de la inteligencia. 

Ahora recordemos una cosa. 

Cuando el historiador, ó cuando el novelista han desarrollado 
ante nuestros ojos un cuadro de felicidad humana; el primero porque 
no hace más que reproducir la marcha natural de los acontecimientos, 
y el segundo porque tal vez desea arrojar un rayo consolador sobre 
los desventurados, pintan siempre tras los serenos horizontes una de- 
negrida nube que más tarde crecerá envolviendo el paisaje en las 
destructoras ráfagas de la tempestad. 

Nosotros somos aquí como el historiador. 

Si esa nube asoma por el cielo de Berenguela, no es culpa nuestra. 

«¡Nada hay estable bajo el Sol!» es el principio que «sobrenada 
en la corriente de las narraciones verdaderas. 

Lo ilnico estable, según todos, sería esa oscilación entre la dicha 
amenazada por el temor, y el infortunio aliviado por la esperanza. 



Un día se hallaba Berenguela en su habitación con su hiio sobre 
las rodillas, enseñándole á pronunciar el nombre de Cristóbal. 

El sol que penetraba por los vidrios arrancando perfumes á va- 
rios tiestos de rosales colocados en la ventana, daba perfecta claridad 
á la expresión de aquellos dos semblantes, donde la paz, el cariño y 
la dicha, imprimían un sello de inefable contento. 

La puerta se abrió de golpe dando paso á un criado que entraba 
de espaldas, procurando contener á un hombre que pretendía intro- 
ducirse por la fuerza. 

— ¿Qué... qué es eso 1 ? preguntó Berenguela poniéndose en pie, 
dejad que pase. 

El que luchaba con el criado se adelantó respetuosamente hacia 
la joven. 

Era un anciano con la cabeza casi blanca ; pero mostrando aún 
en sus formas la soltura, casi la gentileza de un adusto. 



X09 INSURGENTES 103 



Su rostro no era hermoso; con todo, la honradez y la inteligencia 
que se retrataban en él, le datan un encanto varonil mas duradero 
que la vana perfección de ia carne. 

Al ver á Berenguela no le fué posible contener un movimiento 
¿e sorpresa. 

— Señora, dijo sin apartar de la joven mía mirada llena de ter- 
nura y de curiosidad • peidcnad si he penetrado aquí sin vuestro per- 
miso ; he sido un grosero ; no he tenido en cuenta ei impulso de mi 
corazón, y al saber que ves y Üustotal viviais en esta casa, no pude 
soportar que un cualquiera se atravesara en mi camino, y diera con 
las puertas al que en otro tiempo 03 abrió las de un amor sin límites. 
Perdonad, señora, esperaré alia fuera á que es dignéis concederme un 
solo momento... 

— No señor, repuso Berenguela, á quien conmovía el acento de 
ese hombre; entrad á vuestra casa... sentaos, hablad lo que gustéis 

— ¡Ah, señora! esclamó eí anciano con cierta tristeza, no podéis 
negarlo!., ¡paréceme que tengo enfrente de mis ojos á vuestra misma 
madre! ya no os acordaréis de mí. Hace diez y ocho años me a- 
rrancó la desgracia de vuestro lado: erais muy niña... ,ah!.. ¿y ese 
hermoso niño es vuestro? 

— Sí, señor... pero... 

El anciano tomó á Antonio en los brazos y lo estrechó delicada- 
mente, pero con efusión. Después preguntó con la familiaridad de un 
padre : 

— ¿Y queréis decirme... Cristóbal... está aquí? 

Berenguela, que comenzaba a desconfiar del desconocido, pues 
no recordaba habarlo visto nunca, se acercó á una puerta y gritó el 
nombre de Fuensanta. 

Después como si tratara de disimular sus temores, dijo volvién- 
dose hacia el hombre que no cesaba de acariciar á Antonio : 

— Cristóbal tardará un momento, pero mi tía viene aquí... ella 
tal vez ayude mi memoria... 

Apareció Fuensanta haciendo una lijera cortesía al anciano. 

Este retrocede con visibles señales de asombro, y apenas puede 
ahogar una exclamación y retener al niño, que parece escapársele de 
los brazos. 

Doña Fuensanta queda inmóvil y balbucea un nombre: 

— ¡Suy Gómez! 

— ¡Doña Fuensanta! dice el otro cual si negara la fe á sus sentidos. 
—¿Sois vos? prosigue Fuensanta, Buy... ¿y qué hacéis aquí?.. ¡Ah! 

dadme razón... mira, niña, añadió dirigiéndose á Berenguela con un 
tono de cariñosa superioridad, el señor e3 un hermano de mi difunto 
esposo, tenemos que hablar sobre un asunto de su familia... 

Berenguela tomó á su hijo, y se dirigió inmediatamente sin aven- 
turar conjeturas sobre un punto ya explicado por su tía. 

— ¡Por Dios! dijo Fuensanta cuando se vio sola con Buy Gómez, 
¿qué hacéis aquí?., ¡marchaos! ¿no sabéis dónde estamos? 

— ¿Cómo? ¿adonde? 

— Estáis en la casa de don Antonio de la Mota. 

— ¿De don Antonio?... ¡cómo!,, ¿y Cristóbal?., ¿y María?.,, ¿por 
qué se hallan aquíí 



104 JUAN A. MATEOS 



— ¿Qué decís? ¿y cómo sabéis esos nombres 1 ? 

— ¡Por Santiago! si yo mismo se los puse ¿queríais que se me 
hubiesen olvidado? 

— Pues señor... ó vos ó yo... pero aquí hay alguno que no tiene 
en bu lugar la cabeza... 

- — Ese seréis tos, señora... ¡por vida del diablo! 

— ¡Chist! ¡por la Virgen!... ¿queréis explicaros? 

—¿Pero qué deseáis que os explique? yo perdí de vista á mis 
muchachos hace diez y ocho años y tres días... pero mi hermana 
quedó como una madre para vigilarlos. 

Hoy vuelvo con el deseo de darles un abrazo, y mi hermana me 
dice que están en México, viviendo en tal parte, y que Cristóbal, ó 
María, ó no sé quién, se ha casado no sé cuándo con... ¡Ah! señora... 
¿qué es lo que tenéis? 

, Fuensanta había dado un salto y horrorosamente pálida retro- 
cedía como de una serpiente. 

— ¡Oh! dijo, el Señor tenga misericordia de nuestras culpas!... 
pero estáis seguro de conocer á los niños? 

— ¡Bah! y cómo no, si María es un traslado... es doña Carmen 
que se levanta del polvo del sepulcro... 

— Pues no... ¡qué hemos hecho, Dios mío!... esa que llamáis 
María, es Berenguela, hija de don Antonio. 

—¿Y María? 

— María salió... está en su habitación... 

— ¡Llamadla! ¡llamadla!... quiero verla y besar su frente. 

— ¡Silencio! Euy Gornez, decidme, ¿estáis seguro de que los niños 
sean Cristóbal y María? 

— Lo juraría por Dios. 

— ¿Podríais darme alguna seña de Cristóbal? 

— Sí, muchas que no desaparecen con la edad: ojos garzos, nariz 
aguileña, frente hermosa, dos lunares sobre la sien derecha... y si 
ahora tiene barba es partida, y si tiene oficio es dibujante, y si 
tiene hijos... 

— ¡ Callad ¡Tcallad, Euy Gómez... somos perdidos. 

—¿Sí? 

— Esa joven que acabáis de ver es hija de doña Carmen, ese 
niño que tenía en sus brazos, es su hijo y el hijo de Cristóbal... 

— ¿Qué?... habréis autorizado un matrimonio sacrilego? 

— ¡Señor, perdónanos; exclamó Fuensanta sin responder á Gómez, 
¡perdónanos; Adonde podría ocultarse el crimen que no fuera alcan- 
zado por el rayo de tu justicia... 

En la noche, Ruy Gómez, retirado con Cristóbal á una pieza 
aislada de las otras, refería al joven lo siguiente: 

XXI. 

— Tu padre, cuando yo lo conocí, era un pobre huérfano reco- 
gido por la caridad de don Juan Alcántara. 

Yo era mayordomo en la casa de don Juan, y no dilaté en ha- 
cerme amigo de aquel joven, atraído por la semejanza de la suerte,, 
pues yo también vivía solo en el mundo. 



LOS ÍNSURGESTÉ9 105 



Ambos crecíamos sin que los años entibiaran nuestra firme 
amistad. 

El no tenía amigos, pues las visitas de la casa, damas y caba- 
lleros españoles todos, apenas se dignaban bajar sns miradas basta 
el indio, como le decían, porque tu padre fué hallado en la puerta 
do un jacal, llorando á su madre, que era india. Con todo, entre 
aquellas damas soberbias con sus títulos ó con su raza, había una 
que miraba á Ignacio (tu padre) con menos arrogancia, ó más bien 
con afecto, ó con esa compasión que inspira un hidalgo bien nacido, 
trasportado por el infortunio á una región inferior á su destino. 
Aquella dama era un ángel de los cielos. 

Nadie, por vida mía, la aventajaba en gentileza, ni todas con 
sus brocados y sus perlas y sus hechizos, podían hacer sentir lo que 
esa niña con su modesto traie, y cuando sus manos de reina pren- 
dían la negra blonda sobre sus sienes puras como las de una virgen. 

Un día me llamó Ignacio y me dijo : 

— Rodrigo, tú me amas ¿no es cierto? pues bien, voy á confiarte 
un secreto, tú eres el único amigo mío, que no se mofará de un 
atrevido sueño que juega con mi fantasía. Necesito compartir con 
alguien el peso que me abruma ; necesito el consuelo de la esperanza, 
ó si tú quieres, el de la mofa ; pero algo que alivie mis penas, ó arranque 
de mi frente las ilusiones engañosas. 

Necesito de tu apoyo. 

— Habla. Mi brazo, mis ahorros, mi corazón y mi vida, están á 
tu servicio. 

— Gracias Eodrigo, pero nada valen tu generosidad ni tu valor 
contra la demencia... Estoy enamorado. 

— ¡Por vida de mi abuela! repliqué yo, ¿y eso es todo? vamos, 
anímate ¡qué diablo! yo prometo conquistar para tí á la dama que me 
designes. Si ella no quiere, la robamos y pax cliristi. 

— ¡Oh!., ¡si tu supieras!., prosiguió él sonriendo con melancolía 
y oprimiendo contra su pecho una de mis manos. 

—¿Sí?... 

— Amo á doña Carmen... 

No bien oí este nombre, me acometió el desconsuelo. Medí toda 
la distancia que el orgullo de una familia noble ponía como un abismo 
entre mi amigo y doña Carmen, y quedé cabizbajo y mudo, maldi- 
ciendo en el alma aquella ley incontrastable de los grandes señores. 

¿Quién era Ignacio? pobre y marchitado vastago de una raza in- 
feliz, abandonada por el cielo en las cadenas, el desprecio y la muerte, 
para atreverse á codiciar á esa mujer cuyo blasón estaba custodiado 
por las picas de los mismos conquistadores? ¡Oh! pero existía una 
máxima demasiado vulgar, una verdad bastante luminosa para no re- 
cordarla en aquellos momentos. «El amor salva todas las distancias, 
y nivela todas las condiciones y rompe todos los obstáculos.» Qué 
diablo, si dos amantes, uno en el Sol y otro en la tierra, se tendieran 
los brazos, los dos astros chocaríau rompiéndose, porque esos amantes 
se abraz.-pan. 

— ¿Y ella te ama? pregunté á Ignacio. 

— ¡Oh! no... no sé... ¡bah! ni ha reparado en que la miro, ni 
soñará siquiera que mi alma suspira por volar hacia ella. 



10G JUAN A. MATEÓB 



—Habíala 

— ¿Qué dices?... hablarla!... 

— ¿Y por qué no? 

— ,Ay! quieres que entregue el sueño de mi amor al capricho de 
la burla, á la risa de estos cortesanos, á la cólera y al menosprecio 
de ese hombre arrogante... y ella, ella sobre todo se indignaría si 
viese que pretendo alzarme hasta su corazón... creería tal vez... me 
miraría como al lacayo insolentado que osa tocar á su señora. 

— Te engañas, le dije, y te humillas hasta un grado que no hace 
honor á ningún hombre. 

¿Eres por ventura un mozo de cuadra, ó es don Alonso el Cid, 
6 su hija la princesa de Asturias? ¿qué es lo que dirían esos corte- 
sanos á quienes aventajas en honor, en piedad, en belleza, en valentía, 
en fuerza y en todas las perfecciones del cuerpo y del espíritu? — 
¿Qué más dan los pergaminos de ese viejo, que tú con el saber ó con 
la espada no conquistaras á la gloria para el dote de una joven sea 
cual fuere? ¿Y crees que doña Carmen se ofendería? ¿Crees que, como 
tú dices, arrojara tu amor al capricho de la buria? Por vida mía que 
doña Carmen no es de esas mujeres. 

Habíala, y te juro que si no corresponde tu cariño, respetará á 
lo menos el secreto de tu corazón. 

— Pero yo... 

— Pero nada.^le^díje, hoy mismo te decaras y yo respondo del 
éxito con mi cabeza. 

Ignacio me puso miles de argumentos, pero yo alenté de tal modo 
su esperanza, que aceptó Ja piopuesta. 

Me abrazó afectuosamente y me dio las gracias diciéndome, que 
si un desaírelo hundía en la amargura, le quedaba yo, su único amigo, 
para reconciliarlo con la vida. 

jOh: io que hoy mo enseña la experiencia á deletrear en los ojos 
de una dama, la naturaleza lo marcaba entonces en mi corazón por 
medio de seguros presentimientos. 

Doña Carmen escuchó con benevolencia, después con agrado, 
después con lástima y ocho días después, desde uno de los balcones 
de su casa dejaba caer estas palabras á mi amigo, que las recogía y 
las acariciaba en su alma 

— Ignacio, os amo desde que os vi por vez primera. 

Si os tenéis por .el más dichoso de los hombres con mi cariño, 
también yo cifro mi ventura en el vuestro. 

Sois mexicano... pero aunque ese nombre fuera de baldón como 
lo es de infortunio, yo compártala vuestra afrenta con el júbilo que 
un día compartiré vuestras esperanzas... 

¡Qué diablo: aquella vez tu padre y yo, tomados por las manos, 
bailamos en mi habitación hasta caer rendidos. 

Pasó algún tiempo, Ignacio hablaba casi diariamente con aquella 
magnífica, joven, y me relataba sus tiernos diálogos con ella, dándome 
lugar para' apreciar en lo que vale una mujer que ama. 

Una noche se presentó Ignacio trayéndome una noticia que daba 
al traste con sus proyectos de felicidad. 

Venía con los ojos anublados y el rostro cadavérico 



IOS INSURGENTES 107 



Doña Carmen marchaba á la Península. 

Su padre, que solo había venido á la América por unos cuantos 
meses para distraer con un viaje los achaques de su ancianidad, an- 
siaba partir para la España. 

El mundo cristiano, .amenazado por el turco en la corona de Fe- 
lipe, llamaba en torno de la cruz el patriotismo de nobles y plebeyos, 
y don Alonso ardía por escuchar la voz de trueno de su señor y ge- 
neral el príncipe don Juan de Austria. 

La nave que debía llevarse para siempre á Carmen, mecíase ya 
con impaciencia en las aguas del puerto. 

— Pienso una cosa, me dijo Ignacio; haré que mi señor Alcán- 
tara me recomiende con don Alonso Zúñiga. Sé batirme, iré como 
escudero suyo, á ganar contra los infieles la mano de Carmen. 

— ¡Eh! ¿y si te m atañí 

— Prefiero sentir el frío de un albanje y no el de esa ausencia 
que me mataría lentamente. 

— ¿Pero qué, ignoras por ventura, que don Alonso ha conocido 
la inclinación de su hija 1 ? 

— Nada sabe, ó por lo menos no me conoce. 

— ¡Bah! pues yo te juraría que sí... y que los turcos son un pre- 
texto que ha inventado don Alonso para enredar á Carmen. 

— ¡Oh! tú no me engañas!., pero dinie, ¿qué hago 1 ? 
—Pedirla. 

— ¿Pedir qué? 

— Pedir su mano ahora mismo. 
— ¿Estás loco? 

— No, pero por vida mía, que no hay otro remedio ; ¿no debías 
hacerlo alguna vez? ¿no amas y eres amado, y te aseguran las pro- 
mesas de doña Carmen? 

Don Alonso no casaría nunca con su escudero á su hija. 
Y sobre todo, nada importarían las proezas y una vida de fide- 
lidad y de servicios. 

La respuesta que te daría entonces no sería distinta de la que 
te dará si le hablas. 

Ignacio consultó con la joven su postrera determinación, y quedó 
en ver á don Aionso tres días después de aquella entrevista. 

En efecto, yo lo acompañé quedándome en la puerta, él subió, 
y sentado en la sala más de dos horas, esperó á qué se dignaran 
recibirlo. 

Por fin, un sirviente le señaló una puerta, y salió por ella la voz 
áspera de don Alonso que gritó : 
— ¡Adelante! 

El noble señor estaba con un traje de lienzo y cubría su cabeza 
con una montera negra. 

La -primer mirada, según me dijo Ignacio, revelaba en aquel 
semblante la aspereza del soldado y la arrogancia de un hombre que 
se considera como superior á todos, mezclada con el humor bilioso de 
un anciano harto de gota y acostumbrado á regañar por quítame allá 
esas pajas. 

Mal corazonada le dio á Ignacio, pero avanzó sin vacilar y saludó 
con naturalidad y buena crianza. 



108 JUAN A. MATEOS 



Don Alonso correspondió aquel saludo y señaló á Ignacio un 
asiento... 

Perdóuame si rae detengo en estos pormenores, pero ellos deberán 
justificar á tus padres y te elevarán á conocer el compromiso que la 
suerte ha depositado en tus manos. 

— Seguid, seguid, dijo Cristóbal, habladmo de mis padres y di- 
sipad cuanto antes los horribles temores que me ha iufundido esta 
mañana una sola de vuestras palabras. 

— Prosigo : Ignacio, después de un corto exordio, donde pidió 
escusas por su posición y su corta fortuna, entró de plano en el asunto, 
y concluyó como hábil orador con la consabida peroración, no dictada 
por precepto alguno del arto, sino por un entendimiento lleno de luz 
é inspirado por un amor infinito. 

Descubrió á don Alonso aquel plan de seguirlo en la lid como 
escudero, para ganar honra y prez que poner á las plantas de doña 
Carmen como un títnlo de gloria. 

— ¡Magnífico! exclamó don Alonso dándose una palmada en la 
rodilla. ¡Magnífico! 

Ignacio quedó sin respirar aguardando la palabra decisiva. 

— Conque... deseáis, prosiguió el viejo, dar vuestro nombre... 
¿cómo os llamáis? 

— Ignacio. 

— ¿Ignacio de qué? 

— Ignacio Tízoc. 

— ¿TizDt? ¡magnífico! ¿conque deseáis dar el nombre de Tizut á 
la primogénita de Zúñiga? 

— Señor, mi oscuro nombre... 

— No, no no. No me meto en eso, algún día lo haréis tan ilustre 
como el de Machuca... no es mas que una figura de retórica. — ¿Y 
os urge el casamiento? 

— Señor, sé que pronto dejaréis la América y que os lleváis á 
vuestra hija. Qué sé yo si podría esperar á que volvierais, ó partir... 

— ¿Partir? no señor, ni pensarlo. 

Es mas fácil arreglar este asunto dentro de algunos días. 

Las mujeres no resisten nunca tan dilatados plazos sin contrae 
un nuevo compromiso 

Me parecéis un excelente caballero, y aunque pobre y oscuro como 
vos decís, no vacilo en darle prisa al negocio. 

Tendréis como un apéndice de vuestra dicha, las dos cosas que 
os faltan, nombre y fortuna. 

— ¡Oh! señor.,, dejad que vuestro nombre os ilustre á vos solo, 
que lo habéis conquistado seguramente con hourosas proezas. G-uardad 
vuestra fortuna, pues para mí es inútil, cuando me concedéis la mano 
de vuestra hija. 

Ella dará temple á mi brazo y ánimo á mi corazón para hacerme 
digno de merecerla, 

No me habléis de fortuna, que afrenta mi humilde posición, y 
tomaríais al parecer mis sentimientos de cariño, por el cálculo de in- 
digna codicia. 

— ¡Oh!., no, pero sí juzgo prudente... qué diablo, ya conocéis 



IOS INSURGENTES 109 



:as exigencias del mundo y de la corte... creo que el decoro de mi 
jasa me obliga á haceros aceptar por el pronto la mitad de mis 
bienes. — Vosotros os amáis como criaturas sin experiencia, y vivi- 
ríais contentos en un chiribitil, ó en un bosque ó á la orilla de un 
lago, al sol y al viento, sin que se os dieran un ardite las leyes que 
ana inveterada costumbre impone á los de un linaje. 

Ignacio festejó con una ligera sonrisa aquella sátira ya vieja y 
embotada por aquellos tiempos. 

— ¿No os parece? continuó don Alonso, ¿qué se diría de mí y de 
vos sobre todo? ¿Tengo razón? decidme. 

— Sí señor, murmuró Ignacio acorralado en aquella pregunta. 

— Bueno; pues espero que no llevaréis vuestra delicadeza hasta el 
punto de comprometer mi fama... ó si queréis mi orgullo. 

— Bien, señor, arreglad ese punto como os parezca; yo solo vengo 
á implorar una palabra de consuelo para mi amor. 

— Ea ya la tenéis, por eso no me ocupo de vuestro amor ; — ahora 
yo espero la palabra de consuelo para mi vanidad, que es lo único 
que me resta : ¿aceptareis? 

—Yo... una respuesta negativa se volvería tal vez contra mi co- 
razón ; una respuesta afirmativa se volvería contra mi honor... y antes 
que tal cosa.,. 

— ¡Eh joven! ¿adonde camináis? ¿queréis desesperarme? ¡vive 
Cristo! os ruego que aceptéis siquiera la mitad. 

— Pues bien, señor, aceptaré lo que gustéis, replicó Ignacio can- 
eado con aquel asunto que le parecía ya ridículo. 

— Magnífico, exclamó don Alonso poniéndose en pie y tendiendo 
los brazos á mi amigo, venga un abrazo y asunto concluido. ¡Ah!... 
pero esperad... soy soldado y me agrada en todos los negocios la ve- 
locidad de la metralla... voy á casaros ahora mismo. ¡Hola!., continuó 
tomando de su mesa una campanilla y agitándola con impaciencia; 
hola... Sebastián... Eamiro... ¡Per Afán!., demonio de canalla... están 
sordos... 

Ignacio miraba aquello con una especie de asombro, parecido á 
la desconfianza. No obstante, él conocía ya los caprichos que suelen 
tener los hombres como don Alonso, y esperó el término de aquella 
extravagancia tan favorable á su fortuna. 

Cuatro lacayos se presentaron en la puerta. 

Don Alonso les dijo algunas palabras no percibidas por Ignacio, 
y desaparecieron. Después volviéndose hacia el joven, se estregó las 
manos y le dijo : 

— Ya vendrá el cura y todo lo necesario : no dilatamos un mo- 
mento, sentaos. — Va á darme risa la sorpresa de Carmen. — Entre 
tanto voy á formar el apunte de una vez, prosiguió tomando un per- 
gamino y una pluma, tened la bondad de responderme. 

Ignacio acometido por el estupor, no hubiera acertado á pronunciar 
una palabra, si el rostro de Zúñiga, iluminado por el gozo y la bene- 
volencia, no le diera aliento para hacer uso de sus sentidos. 

— ¿Cómo os llamáis? le preguntó el anciano. 

— Ignacio Tízoc... Señoar. 

— Bien. ¿Patria? 



llO JUAN A. MATEOS 



— México. 

Don Alonso escribía la respuesta con prontitud. 

—¿Edad? 

— Veintiséis años. 

— ¿Profesión 1 ? 

— Vuestro empeño no me da el tiempo necesario para arreglar 
mi título... pero... yo... pasados oclio días... 

— Corriente : decid no mas de qué será ese título. 

— Licenciado en ambos derechos... 

— Corriente : esperadme un momento. 

Don Alonso continuó escribiendo, mientras Ignacio lo miraba 
como si estuviera envuelto en las nubes de un sueño. 

En fin, don Alonso leyó con tono solemne lo que había escrito: 

«El día 5 de Febrero del año de gracia de 1570, yo, el infras- 
crito : Viendo que concurren en el licenciado don Ignacio Tilon las 
cualidades y requisitos necesarios en el esposo de mi hija y el here- 
dero de toda mi fortuna, mando que el señor Ignacio Tilon...» 

Ignacio se puso en pie. 

«...de veintiséis años, mexicano, y doctor en ambos derechos, re- 
ciba... reciba...» ¡fuego! muchachos... 

A estas palabras desembocaron por la puerta cuatro ganapanes 
armados con varas de bejuco, y cerraron con Ignacio descargándole 
una horrible paliza. 

— ¡Oh... qué imbécil fué tu padre! ¿Creerás que una lágrima de- 
sarmó su indignación?... Yo te juro que hago trizas al viejo, y á su 
hija, y á su ángel custodio, y al que se hubiera puesto enfrente de 
mi cólera... Con todo... Ignacio era un amante, y ¿quién diablos 
resiste al llanto de una mujer amada?... y más cuando llora con los 
ojos de doña Carmen. 

No quiero abusar de tu atención, y abreviaré lo que me fuere 
posible. 

Doña Carmen fué obligada á casarse con un joven noble, rico, 
galán y no sé qué otras cosas; pero no suficientes para que la joven 
se olvidara de Ignacio. 

Ella ciñó su corazón con el doble muro del honor y del jura- 
mento, é hizo lo que todas las mujeres honestas que se encuentran 
en este caso: relegó al amante en el confín de las ilusiones perdidas; 
ahogó hasta los suspiros, y echó el velo del deber sobre su rostro 
surcado por las lágrimas. 

Don Alonso, creyendo asegurada la felicidad de su hija, partió á 
España; allí debía esperar á los esposos cuando el peligro de la patria 
se hubiese conjurado, 

No te hablo de la horrible desesperación de Ignacio; es fácil su- 
poner lo que ese hombre sintió cuando supo que perdía para siempre 
aquella esperanza de su vida. 

Aquel día lo arranqué de la puerta de doña Carmen, donde 
lloraba dando golpes con la cabeza como un loco. 

Aquel mismo día, Ignacio pareció serenarse y me dijo: 

— Amigo mío, yo me marcho;— no me es posible permanecer por 



LOS INSURGENTES 131 



más tiempo tan cerca de lo que amo sin esperanza, y de lo que odio 
con frenesí. Tengo miedo á una sombra que se levanta en mi alma 
cada vez que me tienta el aborrecimiento. 

Yo creía haberla desterrado, luchando con el instinto que una fa- 
talidad extraña ha puesto en mi ser para desgracia mía. 

Pero hoy vuelve á levantarse, y siento que me ahoga en un vér- 
tigo de sangre. 

Me marcho, no quiero turbar el reposo de personas inocentes, ni 
manchar mi mano con un crimen. 

Si me quedo, no respondo de un desatino que amargaría mi exis- 
tencia, ó haría infame mi muerte. 

Yo iré contigo, respondíle, adonde quiera que señales; habla, y 
te acompañaré al fin del mando. 

A otro día, al despuntar la aurora, salimos de la ciudad por el 
rumbo de Puebla, dispuestos á lanzarnos por la Vera-Cruz, adonde 
quisiera la suerte. 

Yo pensaba en marchar para la Andalucía, adonde se hallaban 
mi madre y mis hermanos, abrazarlos, y después aventurarme con 
Ignacio y otros amigos en la guerra santa donde podíamos hallar, él 
distracción, y nosotros fortuna. 

Un incidente milagroso en verdad, cambió de un golpe nuestros 
juveniles proyectos. Don Juan de Alcántara había dado á Ignacio una 
hermosísima esmeralda. «Esta piedra, le había dicho, la llegabas sus- 
pendida al cuello cuando fuiste recojido en una cabana del Tepe- 
yacac; — yo la he recabado para tí como tu única herencia» desde en- 
tonces Ignacio la llevaba en su seno. 

Haciendo nuestras cuentas, nos faltaba mucho para completar el 
precio del pasaje, y determinamos de vender la esmeralda. 

Cuando llegamos á la Puebla de los Angeles, yo la llevé por 
todas las casas que se nos designaban como la habitación de ricos 
propietarios, que admiraban la piedra, pero no se atrevían á desem- 
bolsar inmediatamente algunos cientos de posos. 

Una vez, ya desesperados, nos dispusimos á venderla al que nos 
diera un maravedí más de lo que había ofrecido el último postor; 
pero en esos momentos se presentó un indio preguntándonos si éramos 
los que vendían una esmeralda, y ofrecieudo dar por ella todo lo que 
quisiésemos, con tal de satisfacer las dudas que tuviera á bien espo- 
nernos. Quedamos arreglados. 

— Veré la piedra, nos dijo, antes quo todo. 

Ignacio la quitó de su cuello, y se la dio inmediatamente. 

El indio parecía mirarla con asombro ; la hacía girar entre sus 
dedos, colocándola sobre el rayo de la luz, y nos miraba de cuando 
en cuando con un ademán de desconfianza. 

¿Y quién es el dueño de esta piedra? preguntó devolviéndosela á 
Ignacio. 

— Yo, replicó este. 

— ¿Cómo ha llegado á tu poder 

— Es una herencia de mi madre. 

- — ¿Quién fué tu madre? 

— ¡Qué sé yo! mi madre había muerto cuando yo tuve conciencia 



112 JUAN A. MATEO! 



de la vida; — me han dicho que su cadáver estaba caliente todavía 
cuando la caridad, ó los alguaciles, me arrebataron de su lado. 

El indio se inmutó lajeramente, y clavó su mirada sagaz en el 
rostro de Ignacio; después preguntó: 
— ¿Cómo te llamas? 
— Ignacio Tízoc 

— ¿Tízoc?... ¿y no recuerdas haber llevado otro nombre? 
— Sí... creo que en un parte se me llamaba... Topiltzin... 
— ¡Topiltzin!... exclamó el indio tomando á Ignacio por un brazo, 
y acercándose á él como si tratase de ver el fondo de sus ojos. 
iTopiltzin!... ¡gran Dios! ¿tú eres Topiltzin?... y lo abrazó con una 
ternura sin igual, empapándolo con lágrimas. 

— ¿Quién eres?... por Dios, dijo Ignacio conmovido con la emo- 
ción de aquel hombre, ¿quién eres tú, amigo mío, que me hablas de 
mi madre? 

El indio se enderezó limpiando sus mejillas, y le dijo con \oz 
misteriosa: 

— Tú eres Topiltzin, el hijo de Xóchitl y el nieto de Tízoc, y la 
dulce esperanza de tus hermanos oprimidos. 

Tú has nacido el día que un español arrojaba sobre la frente de 
tu madre el baldón, que no basta á vengar la sangre toda de los 
conquistadores. / 

Fuiste mecido en una cuna de dolor, y aherreojado con tu madre 
en la vergüenza y la miseria como todos nosotros. 

Tú eres la imagen de nuestra raza, tú representas sus dolores y 
eres su lágrima viviente. 

Sé también, ó Topiltzin, la voz y el brazo de su justa venganza. 
Llama ¡51 quieres, y aquí debajo de tus pies se abrirá la tierra 
para dar paso á las huestes vengadoras de Xicotencal. 

Llama, y los guerreros diezmados por la lucha, la vida errante 
y el cadalso, estrecharán sus illas en torno de tu nombre, y se hun- 
dirán contigo en los abismos donde lances tu palabra de muerte. 

Ven contar go, j yo descubriré á tu vista el secreto de tu 
destino.-. 
• ••»« •••••••• 

No pasaban veinte días después de aquella escena, cuando tu 
padre y yo convertidos en seres de la insurrección, removíamos las 
tribus chichimecatf para cae.» sobre los españoles. 

Yo soy ó más bien, era español, pero no me batía contra la 
patria, y sí por uc pueble que me colmaba de favores. 

Dejo á un lado loe peligros 1oí> receses ó los triunfos de aquella 
empresa par» llegar á lo que importa inmediatamente. 

Ignacio, respetado por la? balas qt¡e casi buscaba con empeño, 
languidecía en una tristeza horrible 

Un día que hablábamos de nuestra suerte, retirándonos hacia una 
casa que teníamos en el monte, cae sobre nosotros una partida de 
auxiliares. 

Queremos escapar, pero otro grupo que aparece á nuestras es- 
paldas, nos pone entre la muerte ó una victoria superior á los es- 
fuerzos humanos. r- 



LOS INSURGENTES ííi 



Ignacio fué el primero que cayó herido en la cabeza por una 
piedra; yo poco después, acribillado á garrotazos y estocadas. 

El I o de Enero de 71, entramos aquí prisioneros entre el gozo 
insultante de la ciudad, que celebraba el quincuajésinio año de la 
conquista. 

Un nuevo espectáculo preparaba D. Martin Enriquez al popu- 
lacho. 

Se levantaron en la plaza dos horcas, y dos franciscanos entraron 
en nuestro calabozo para disponernos á una muerte cristiana. 

Ignacio no palideció , pero yo que dejaba una esposa "joven y 
tres hijos expuestos á la ferocidad de Juan Torres de Lagunas ó á la 
vida azarosa de los pueblos nómadas, sentí que me abandonaba el es- 
píritu, compañero de mi juventud y de mis aventuras, y me desplomé 
llorando en los brazos de mi confesor. 

— Esperad, me dijo este al oido, sin despegar la vista de su 
compañero ; y sentí que me deslizaba un papel entre las manos. 

Luego que mi amigo se hubo arrodillado en el otro extremo de 
la pieza, y cuando el padre, cubriéndose completamente el rostro con 
su capucha, se inclinó para recibir la confesión de Ignacio, yo me 
retiré también con un fraile, y afectamos la misma postura del con- 
fesor y el penitente. 

—¿Quién me manda esto? le dije. 

— Esperad... 

Volvió á mirar al compañero. Este casi cubría á Ignacio con sus 
hábitos, cual si quisiera recojer para él solo el aliento mundanal de 
as culpas. 

— Podéis leerlo, me dijo. Rornpí el sello y leí: 

«Ignacio : estad dispuesto para las doce de la noche. 

«A estas horas derribad á vuestros centinelas de vista. Los otros 
os dejarán pasar. 

«En la garita de Tacuba encontraréis dos caballos y un hombre 
hábil y resuelto, á quien podéis confiar vuestra salvación. 

«Huid, por Dios; huid si podéis mas allá de los mares, y olvi- 
daos por siempre de este servicio.» — C. Z. 

— ¡Doña Carmen de Zuñiga! exclamé involuntariamente. 

— ¡Silencio!... 

La luz del sol nos alumbró ya caballeros en magníficos alazanes, 
dirigiéndonos por estraviadas veredas hacia los pinares del Ajusco. 

— ¿Adonde fuimos? ¿por qué nos separamos? ¿qué le pasó á él 
errante por lejanas tierras, sin más amigo que un recuerdo de su des- 
graciada juventud? ¿Qué me pasó á mí cuando la peste devoró á mi 
esposa y á mis hijos? ¿Donde y cómo volvimos á encontrarnos? ¿Por 
qué nos lanzamos otra vez en la lucha? ¿Cómo diablos, después de 
tantos años que nublaban la imagen soñada por el cariño de otros 
tiempos, revivió el amor para llamar á Ignacio y arrojarlo en un tor- 
bellino de impuros deleites? ¡Oh!., alguna vez, hijo mío, te pintaré 
una por una las peripecias de nuestra vida... ,Ah! 

Ruy Gómez quedó un momento pensativo, moviendo de cuando 

8 — T.og l»f>vrqenfm. 



114 JUAN A. MÁTEOS 



en cuando la cabeza, y agitando site labios como si Lablaia consigo 
mismo. 

Luego continuó : 

— Ea, pues, doña Carmen, poco antes de efectuar este casamiento, 
que fué por verdadera rasan de estado, ligó á su futuro esposo con 
la promesa de no ser casados sino de palabra 

Aquel bombre. que ardía por una bella madrileña, á quien lo 
unían ya los brazos de un bijo, aceptó el empeño, meditando solo en 
el caudal que doña Carmen vertía eu sus desanapados bolsillos. 

Pero aquel bijo murió, y la ingrata madrileña, bien provista con 
los abonos y las dádivas de siete años buyo con un aventurero 
á gozar de su fortuna en la Francia 

Desde entonces el caballero aquel volvió loe ojos á su esposa, y 
fué acometido no de amor sino de un delirio Doña Carmen tenía 
treinta años, v aunque algo enflaquecida y pálida, era un modelo de 
hermosura Así, delgada y con en blancura transparente, hubiera sido 
la jova de un claustro. * el adorno regio de un sepulcro. Su marido 
se convirtió en so esclavo, y regó con no fingidas lágrimas, la cadena 
con-QTe una malhadada imprevisión lo ataba lejos de su esperanza. 

En fin. tanto tiempo de llamar á las puertas del corazón que 
lloraba va por muerto so cariño tanta constancia, tanto halago, y 
tan silencioso martirio, lograron si no lo que la joven sintió para el 
perdido amante, a* menos una compasión afectuosa y una amistad que 
podría confundirse con e' amor de hermanos. 

Una vez ya caminados por et tiempo, lo suficiente para no ser 
reconocidos por los extiaños que nos vieran quince años antes, entrá- 
bamos á México á la sazón que gobernaba el marqués de Villa Man- 
riquo Veníamos en pos de una arriesgada empresa. 

Mas de diez mi' Lombres. entre los cuales se contaban muchos 
españoles, y gran número de negros estaban confundidos entre la 
población, bipn armados y dispuestos á nuestras órdenes, pues medi- 
tábamos el golpe más glorioso que hubiera registrado la historia de 
1» Nueva España 

Yo traía caitas de Francisco Drak al mismo secretario del virrey 
y á otras personas de alta infliieucia, á quienes el célebre corsario 
babí? sabido complicar en más de un abordaje sobre las aguas del 
Pacífico 

Veníamos, pees dispnestos á concertar el golpe con Livingston, 
agenta secreto d« "Francisco Drak. que había extendido una ringlera 
de osados vigilantes desde el palacio de Manrique hasta un apostadero 
de la Florida 

Un cacique de Xocbi milco, el que debía poner el mayor contin- 
gente de hombres armados, tuvo (yo te diré por qué motivo) una 
disputa d? palabras con Peralta, jefe de los españoles que eran 
nuestros. 

Vinieron á las manos, y el rencoroso aragonés, que fué bañado 
en sangre al prirneT puñetazo del cacique, juró perderlo, y fué aponer 
sobre la mesa del virrey el secreto de los conjurados. 

El anciano Tlahuac. amigo de tu padre, corre á avisarnos del pe- 
ligro, mientras otros vuelan á la casa de Liviugston, y el negro Ja- 



tOS INStrKGÉNTEá 115 

cinto se engulle un grueso cartapacio que encerraba nuestra peligrosa 
correspon dencia. 

Tlahuac, mientras que todos se ponían en salvo, nos buscaba loco, 
sin atender á su propia conservación. 

Nosotros estábamos en ot^a empresa, voy á contarte : 

Un día, Ignacio y yo, parados en el mismo sitio donde algunos 
años antes se levantaran nuestras horcas, contábamos al disimulo la 
escasa guarnición que custodiaba el palacio. 

Dos damas cubiertas pasaron enfrente de nosotros. Una de ellas 
se detuvo un momento, después siguió andando, después se detenía 
de nuevo y volvía á dar otros posos, siempre viéndonos á través de 
su tupido velo cual si tratase de reconocernos. 

Por último, atraída por la otra dama siguió andando y la per- 
dimos de vista. 

— ¡Oh! me dijo Ignacio, te juro que si no es doña Carmen, es el 
demonio que quiere perderme. 

— ¡Quia! le respondí, doña Carmen estará tal vez durmiendo la 
siesta en una de sus casas de Barcelona. 

— Te juro que es ella. 

— Te juro que será el diablo pero no ella 

— ¿Quieres que la sigamos? 

— Sea. 

Apretamos el paso, y al llegar á la primera esquina, vimos que 
las damas, allá en un extremo de la calle desaparecían por una puerta 
que procuramos anotar en la memoria. 

— Rodrigo, me dijo tu padre, tú has presenciado muchas locuras 
mías, no te espante la que hoy intento. Pronto sonará la hora del 
combate, y ¿quién asegura mi existencia? quiero por última vez mirar 
á Carmen ; quiero que escuche un suspiro de este amor eterno que la 
profeso ; quiero morir con el consuelo de su postrer mirada. 

En efecto, el peligro que nos esperaba era una muerte casi se- 
gura, á la cabeza del asalto, ó sobre el palo de la horca, y no quise 
discutir sobre aquel negocio aunque me pareciera temerario, por no 
privar á Ignacio de la última ilusión, ni privarme yo de las últimas 
estocadas. 

Ya entrada la noche nos pusimos en camino á la luz escasa de 
una luna que rodaba entre lívidos nubarrones. 

Llegamos enfrente del balcón, templé mi laúd, y acompañé la 
doliente voz de Ignacio que aun conservaba notas llenas de armonía y 
de ternura. Era un canto que doña Carmen había escuchado algunas 
veces en la casa de Alcántara, allá en aquellos tiempos en que Ignacio, 
solitario en el retiro de su pieza, daba al viento los versos que la 
misma doña Carmen le había inspirado. 

Aquella voz penetró como un relámpago del infierno hasta la al- 
coba donde la virtud y el silencio velaban sobre el tálamo y el casto 
sueño de una madre. 

Una puerta del balcón giró sobre sus goznes haciendo estremecer 
los vidrios, y una figura de mujer se perfiló en el marco, bajo el 
rayo entonces limpio de la- luna. 

Era doña Carmen. 



116 JUAN A. MATEOS 



Ignacio se aproximó descubriéndose como dolante de una imagen 
y habló largo tiempo, mientras yo vigilaba su espalda... 

Quince días después, Ignacio depositaba en mi pecho las confiden- 
cias de un amor culpable... culpable, pero no manchado todavía. 

El esposo de doña Carmen, don Antonio de la Mota, estaba au- 
sente, y su prima doña Fuensanta se encargó de favorecer las entre- 
vistas, con el objeto de saberlo todo é impedir bajo el pretexto de su 
tercería, que una debilidad infamara el nombre de su hermano. 

Llegó por fin la noche aquella en que Peralta nos envolvía, como 
en la muerte, con su denuncia. 

Yo estaba en la puerta de la casa de doña Carmen, esperando 
que esta diera fin á una de esas largas despedidas de los amantes, y 
llevarme á Ignacio á la última junta que debíamos celebrar en la casa 
de Livingston. 

Acerquémonos al término de esta historia. 

Tlahuac me encuentra y me avisa que estamos descubiertos. 

Doña Carmen, que estaba en el secreto, y que calculaba nuestra 
perdición, pues conoce la ferocidad de los cobardes que nos persiguen, 
cae desmayada en los brazos de Ignacio, que no se atreve á aban- 
donarla. 

— ¡Huyamos! le decía yo, por Cristo, después volveremos á en-> 
contraria. 

— Es imposible, me replicó. ¿No sabes que Peralta es enemigo 
de doña Carmen, y que esa riña con Coyotl, no debe ser más que el 
pretexto de la venganza? ¿Ignoras de io que es capaz un hombre des- 
preciado, cuando ese hombre tiene la perversidad de Peralta? 

Ciertamente, aquel infame no se mezclaba cou nosotros, sino 
atraído por el pillaje, y con la esperanza de robar á doña Carmen en 
el tumulto de la insurrección; pero no bien supo que doña Carmen 
estaba resguardada por el mismo Ignacio, concibió la sospecha del 
amor que realmente existía, y buscó la oportunidad para vengarse. 

Fué el caso, que Coyotl, el cacique de Xoclumilco, que nunca 
vio con buenos ojos á Peralta, sabiendo no sé cómo, que este ara- 
gonés meditaba la ruina de los conjurados, lo reprendió severamente, 
llamándolo al honor de caballero y dejando entrever ei castigo infa- 
lible que caería sobre los denunciantes. 

Peralta respondió con insultos. 

El cacique le intima que calle. El otro aiza la mano, se enfiazan 
y etc., y sabes el resultado. 

De suerte que la infeliz doña Carmen, era perdida si la abando- 
nábamos á su destino. 

Qué diablo... ¿qué hacíamos en ese trance? ¿morir allí los tres 
como perros, ó cargar con ella á riesgo de manchar su fama, y lo 
que era peor, de abandonar á su hija que tenía veinte meses? No 
hubo remedio, la niña quedó á cargo de la prima, y nos decidimos 
por lo último. 

Preguntarás tal vez si no podíamos esconder á doña Carmen en 
la casa de alguna familia conocida. No, yo me opuse, porque esa fa- 
milia llegaría á saberlo todo ; y tu padre se opuso por razones muy 
üÉLeiles de adivinar. 



LOS INSURGENTES 11? 



Partimos. 

Nuestro viaje fué penoso pero sin peligros. 

Macho nos atormentó el llanto de esa madre que deseaba volver 
al lado de su niña ; pero nosotros la serenamos, haciéndola vei que 
la suerte estaba echada, que la niña quedaba resguardada por el ca- 
riño sin límites de su tía, que diariamente enviaríamos emisarios á 
sauer de ella, y por último, que so la traería cuando huoieabinos 
llegado á un lugar fuera del alcance de los enemigos. 

Corrió el tiempo, y... qué diablo, veniste tú al mundo, y luego 
tu hermana, y quien sabe á doude hubiera llegado la fecundidad de 
doña Carmen, si tu padre... al bajar... al sepulcro... ¡vive Cristo 
pareen que diez y ocho aüos no lian agotado in¡3 0J03. 

En efecto Ruy Gómez se reía, pero tenía los ojos llenos de lágrimas. 

Dios que nos crió para amar, nos dá muchas, porque el dulor se 
reproduce toda la vida en recuerdos ávidos de llanto. 

— ¡Cuantas personas no lo vierten al escuchar solamente un nombre 
Tal sucedía con Rodrigo. 

Cristóbal no lloraba, pero estaba con el color del mármol. 

— Yo, contiuuó Ruy Gómez, vi que doña Carmen se consumió de 
tristeza; siguió á Ignacio seis meses después, encargándome que ve 
lase por sus hijos... yo estuve con vosotros cinco años, casóme con 
una pobre joven, con la intención de daros una madre... después . 
hace diez y ocho años que ansio verte... y á María, á mi M.u>a, 
porque os amo cual si fuerais mis hijos... ¡oh! diez y ocho años .. y 
yo solo!... solo!... 

Ruy Gómez abrazó á Cristóbal, sollozando largo tierepo sebie 
su pecho. 

Cristóbal á su turno, sintió que lo sofocaba una teinuia ioso 
portable, y dejó caer sus lágrimas sobre el anciano... 

XXIT. 

Aquí concluye la historia de Topiltzin, que hemos tomado cas 
íntegra de un diario escrito por el mis mo Ruy Gómez. 

XIII. 

Respecto de Cristóbal sabemos que una sentencia inexorable do 
las leyes divinas y humanas, lo separó para siempre de Berenguela. 
Sabemos que marheó á luengas tierras, donde Ruy Gómez lo bizo re- 
conocer por todos los peones de la grande obra, y no volvemos á tener 
noticias suyas hasta el año de 1616, cuando muere arcabuceado por 
Gaspar Alvear en las inmediaciones de Durango. 

Se puede leer en cualquiera historia de aquellos tiempos, que un 
azteca á la cabeza de los tepehuanes pasó á cuchillo en el pueblo de 
Santa Catarina, á más de trescientos españoles, entre los cuales so 
contaban multitud de sacerdotes odiados con razón por aquellas tribus. 

Se dice que aquel indio, blanco y hermoso como el hijo del sol, 
y mirado edmo tal por sus compatriotas, era un hechicero fraudulento, 
que ayudado con cierto diabólico talismán, se hacía obedecer ciega- 
mente por aquellos ignorantes .gentiles, 



118 JUAN A. MATEOS 



Nuestros lectores saben ya que aquel hijo del sol, lo era de doña 
Carmen Zuñiga, y qne ese talismán diabólico no era sino la herencia 
de Tízoc, la esmeralda de Xóchitl. 

XXIV 

Hemos buscado con empeño entre los documentos de esta historia, 
ana carta que debía decirnos algo sobre la suerte de las dos hermanas, 
y ante todo del hijo de Cristóbal. 

Era la noticia que un don Francisco Balmaceda mandaba á los 
parientes lejanos de Antonio de la Mota, acerca de un fatal aconte- 
cimiento que los dejaba como los únicos herederos del antiguo alcalde. 

La carta susodicha debía ser una de tantas, que empapadas en la 
sangre del tío Blas, y desgarradas, eran absolutamente inenteu dibles. 



CAPITULO III. 

Apuntes para una causa célebre. 
I 

Pasaron más de cien años. 

Ha volado un siglo infecundo para la libertad, "iuútil para el pro- 
greso, y muerto si no despreciable para la historia. ¿Qué diferencia 
existe entre el México de don Luis Velasco y el México de Casa-fuerte? 
¿Qué obra, qué nombre célebre dejaron los virreyes en los fastos de 
la política, de la ciencia, de la industria, siquiera de la religión, que 
fué siempre el decantado objeto de sus acciones? Lerma, Córdoba, Sal- 
vatierra y la pequeña villa de Cadereita, formadas por unas cuantas 
casas y una iglesia, son las obras maestras qne surgen de las ruinas 
de un vasto imperio, destruido por el fanatismo y el pillaje. Más, 
novecientos arcos inútiles que traen á la ciudad el agua, menos abun- 
dante en verdad que el sudor y las lágrimas que costaron á los na- 
turales, empleados siempre en realizar las necias concepciones de los 
conquistadores, á trueque de un jornal de miserable verdura. Con- 
ventos, muchos conventos, hasta el grado increíble de haber uno en 
cada manzana, como Puebla puede todavía atestiguarlo. Muchos con- 
ventos, macizos como fortalezas de la tiranía, verdaderos castillos, por 
cuyos botareles parecía levantarse el rostro patibulario de Cortés, para 
espiar entre las tinieblas á la ciudad cubierta de eilicio y arrodillada 
ante el sombrío dios de la conquista. 

En 1644, dice un historiador, la ciudad de México pidió á Felipe IV 
que no diera más licencia para fundar conventos, pues los de las monjas 
requerían tal número de criadas que no bastaban para el servicio todas 
las muieres de la ciudad. 

Pidióse también que se pusiera un límite á los frailes en la ad- 
quisición de bienes raíces, porque amenazaban devorar la capital y el 
reino de la Nueva España. Continuamente los conventos abrían sus 
anchos muros para cobijar y esconder en su vientre las habitaciones de 
un barrio entero f 



LOS INSURGENTES 119 



Las ciudades eran monasterios, las calles claustros, las iglesias 
altares, los frailes señores y los indios pilguanejos ó bestias de carga. 

¿En qué había mejorado la condición de estos esclavos? ¿Qué fué 
de la filantropía de Velasco, de las elocuentes representaciones de Zu- 
márraga, de las lágrimas de una reina que pedía protección para los 
indios desde su lecho de muerte? ¿Qué fueron las benéficas leyes, ni 
el ruego ni las amenazas contra la codicia y ¡a brutalidad de los en- 
comenderos? Las mismas cédulas libradas por los reyes de España, 
dejan ver entre un laberinto de prohibiciones la horrible desventura 
de los indios. «Que no los sobrecarguen; que no les quiten á sus hijos; 
que no les peguen con garrote; que no los marquen con el hierro; 
que no los cuelguen por los pies; que no prostituyan á sus mujeres; 
que dejen ver á sus familias, siquiera una vez, á los trabajadores de 
las minas; que no se permita que los hacendados aporreen á los indios, 
es decir, que no les echen á los perros feroces; que no vendan indios 
á los dueños de minas; etc., etc.» 

Una serie de virreyes desfilaba en silencio ante los horrores de 
la conquista; — unos devorando su indignación, otros dejando ver una 
lágrima, pero nadie con el ánimo de aventar su corcel entre el festín 
de los aventureros y volcaí con el cabo de su lanza aquel monumento 
de ferocidad, que horrorizaba á los hombres y provocaba la cólera del 
cielo. 

Si la historia guarda, después del de Jesús, el más alto asiento 
reservado para Jos bienhechores de la humanidad, hoy desde allí, ceñido 
cod rayos inmortales, oiría el salvador de los aztecas el himno con 
que ia humanidad agradecida saludaría su nombre bendito... 

El hambre. Ja peste y las inundaciones ayudaban á maravilla para 
destruir á loa indígenas ó acabar de hundirlos en el estupor. La obra 
del embrutecimiento caminaba. El fanatismo se sonreía de gozo ante 
un pueblo ya diestro con las lecciones de ciento cincuenta años. «Viva 
la iglesia y el rey nuestro señor, y muera el mal gobierno de este lu- 
terano» gritaban al marqués de Gálvez cuando mandó al destierro á 
un arzobispo, Juan de Ja Zerna, gran ambicioso y alborotador del 
reino. «Malditos frailes» decía el marqués huyendo entre el incendio 
de su palacio, «lian hechizado á la canalla.» 

¿Y coál era la educación de las clases un poco menos miserables 
que el populacho? jQue se liabía caminado en el saber al cabo de ciento 
y cincuenta años? La, teología ya en Europa esclava de las ciencias, 
y aquí respetada todavía como su reina, lanzaba, prendido en los silo- 
gismos de Aristóteles, un anatema contra las verdades que ya triun- 
fantes saludaban el espacio levantándose en el genio de Nevton. Aíiíií 
los doctores dormitando en los escaños de la universidad, dejaban qae 
el Bárbara y el Barahpton zumbasen por sus calvas frentes como en 
torno de una colmena donde so elaboraba para el estudiante miel de 
error, de superstición y de pedantería. 

Una nueva raza que salía del abrazo imparo de las esclavas de 
Osorio y los galeotes de Alvarado, plagada de vicios y envuelta en 
la más vergonzosa ignorancia, llevaba al pueblo las lecciones del crimen 
y la impúdica desfachatez del que mira el cadalso como el término 
seguro de su existencia,.,. 



120 JUAN A. MATEOS 



Pero nos hemos distraído del asunto. 

Vamos á referir en pocas palabras, y contando siempre con la 
indulgencia del lector, un episodio, la primera aventura de uno de los 
personajes que más tarde volveremos á ver con la primera esmeralda. 

Decíamos que había ijasado mucho tiempo. Comenzaba el año 
de 1727. 

II. 

En una casita pintoresca, situada en uno de los suburbios ao esta 
capital, habita Carlos Pouce, que con el trabajo do su poético pincel 
sustenta á una familia reducida á su esposa, linda muchacha de vein- 
tidós abriles, y á un criado anciano. Pudiéramos contar en la familia, 
y lo hacemos con gusto, á un pobre perro que velaba desde la huerta 
la casa de sus amos. 

La joven está por segunda vez próxima á ser madre, y mientras 
mece la cuna de su hijo, el artista vela perfeccionando una Virgen de 
los Dolores, cuyo precio deberá satisfacer todos los gastos necesarios 
en un lance como el que le prepara su esposa. 

Rosaura, este era el nombre de la joven, conoció á Carlos cuando 
obligada por una palabra imprudente veía próximo su eulace con cierto 
comerciante. De aquí resultó, que una noche se arroja á los pies de 
su padre, y bañada en lágrimas le dice : 

— Padre mío yo sacrificaré todas mis esperanzas, puesto que usted 
lo exije... pero no amo á ese hombre; no lo he querido nunca, ni creo 
que su dinero sea el precio suficiente para un sacrificio de mi exis- 
tencia entera. 

El buen padre, ¡raro ejemplo! la levantó del suelo, y prometió 
desbaratar un contrato que, según dijo, no se formalizaba todavía. 
Después preguntó á su hija: 

— ¿Amas á otro? 

Rosaura se puso encarnada, bajó los ojos y sonrió de una manera 
tan angelical, que su padre se dio por satisfecho, y separóse de ella 
dejándola consolada y alegro» 



I. 

Al día siguiente don Epitacio Araños, comerciante en pieles, salía 
de aquella casa pronunciando estas palabras, que se avenían muy mal 
con su sonrisa pálida y su mirada amenazante : 

— No me empeño, señor... La niña tiene sobrada justicia. Jaraás 
ha correspondido mi cariño... y tuve el mal proyecto de enlazarme 
con ella por un mandato. Pido á ustedes perdón. 

Aranda juró desde ese instante, dar con la venganza un consuelo 
infame á su amor propio ultrajado y á sus celos. 

Dejó pasar dos años, no sabemos si por impotencia, por miedo, 
ó por un cálculo que tendía á desvanecer las sospechas. 

Entretanto, Rosaura se casó, y poco después lloró la muerte do 
su nadre» 



LOS INSURGENTES 121 



IV. 

Era una noche y una hora escogidas á propósito para el crimen. 

El cielo se cubría con denegridos nubarrones. 

Los vecinos entregados al sueño, las calles desiertas, y la ago- 
nía del farolillo delante de una triste hermita, anunciaban las altas 
horas del silencio, interrumpido á veces por el ahullido del perro soli- 
tario, que cree divisar á un fantasma torciendo por la lejana esquina. 

Eran las doce. 

Un hombre embozado hasta los ojos, llegaba á la puerta falsa de 
una huerta, sacaba un manojo de llaves, y sin meter el menor ruido 
las probaba en la chapa con el afán de un ladrón nocturno. 



Penetremos en la casa de Carlos. 

Este, después de cubrir cuidadosamente á su Virgen, comenzaba 
á desnudarse. Un brazo blanco y puro tendido á lo largo de la al- 
mohada, el brazo de Rosaura, que dormía ya profundamente, parecía 
convidarlo á reposar en un sueño de inefable dicha. 

Dejóse oir entonces el ladrido del Moro, el perro estimado del 
artista, guaidián cumplido aunque algo escandaloso. 

Carlos no reparó en aquello, pero los ladridos se repiten. Quiere 
salir, mas teme despertar ti su hijo ó alarmar á Rosaura, y se limita 
solo á escuchar. El llore ha callado Todo vuelve á quedar en calma. 

— Sería ventcleía ó acasc pesadilla del animal, se dice Carlos 
metiéndose en la cama y cubriendo su lámpara. 

El sueño comienza á descender sobre >su cabeza fatigada. Caen 
sus párpados lentamente, 5 a! ocultar lo? muebles de la pobre es- 
tancia desarrollan el panorama ideal donde se habla con otros seres, 
y se tocan con el dedo las más osadas concepciones. 

Pasa media hora. 

Ya las palpitaciones son unísonas, y un mismo velo vaporoso 
envuelve la frente de los tres seres que reposan, aislándolos del re- 
cuerdo y de las amargas realidades de la vjda. 

No sienten que la puerta se abre, ni ven que una cabeza ho- 
rrible asoma, y arroja sobre el lecho una mirao* y difunde en la 
sombra de la habitación un aliento de muerte. 

Aquella cabeza es la de Aranda, — es e* novio despreciado que 
viene á cumplir con su palabra 1 

I 

El antiguo pretendiente de Rosaura penetra en ±a alcooa, y se . 
acerca silenciosamente á Carlos, que por un efecto ya explicado por 
el magnetismo, lo mira llegar y abre los ojos. 

Entonces Aranda se arroja sobre el joven, lo sujeta con las ro- 
dillas, y de una puñalada hiela en su garganta el primer gemido. 

Rosaura se incorpora con la velocidad y la fuerza de un resorte. 
Lo vé todo, y cae desfallecida. Aranda arroja al suelo eí cuerpo del 



122 JUAN A. MATEO» 



trtista, que vierto un raudal de sangro; descubre el seno de Rosaura, 
j procura cometer una acción sacrilega, mientras Carlos ya muerto 
jlava sobre él sus ojos mates, fijos, airados, como diciéndole : 
•¡maldito! 

Rosaura vuelve en sí. El pudor la da 'fuerza, y logra derribar al 
asesino, que rápido como el tigre cae sobra ella otra vez y la afianza 
por la garganta. A oste tiempo el niño se agita en la cuña y llama 
a su madre* pero Aranda lo tiene al alcance do su mano, y hunde 
variáis veces el puñal entre la ropa, hasta que se apaga aquella voz 
pao io importuna. 

Entretanto, Rosaura pugna por desacirso de la mano hercúlea 
qoe la sofoca Lanza gemidos apagados y roncos, y sus ojos ya sa 
Lentes expresan una angustia suprema. El asesino continúa oprimiendo, 
y observa el efecto lento y terrible de la agonía. 

En este momento se escucha por la calle el sonoroso preludio 
de una guitarra, y una voz fresca y juvenil da al viento dulces 
notas, que vuelan sobre las brisas de la noche y se confunden con 
sus mormuiíos. 

Rosaura ya no palpita. Sus ojos también giran por última vez, 
y se cíavan en los de Aranda con expresión siniestra. 

VII. 

Poco después, el mismo embozado que vimos en la entrada de 
la huerta, cruzaba por las calles del pueblo y se perdía en las 
sombras. 

VIII. 

Creemos haber dicho al lector, que no somos sino simples na- 
rradores de una tradición. De otro modo no hubiéramos puesto en 
esta historia muchas escenas amorosas. ¿Pero qué vamos á hacer? 

Por otra parte: ¿qué es la vida del hombre 1 ? dicen todos. ¿A qué 
se reduce la vida entera de este mundo y la vida de todo el uni- 
verso? Al amor. El mundo del amor es más vasto que el de la inte- 
ligencia; y su historia gasta miles de páginas en la eterna crónica de 
los simios. 

Ya está dicho, el hombre ha nacido para el amor, como el ave 
para volar; pero este vuelo del alma no tiene momento de quietud, 
es infatigable, y no se sentiría satisfecho sino lanzándose con la mujer 
amada por el espacio que conduce á la fuente del amor infinito. Y si 
el amor es el destino de la humanidad, no es extraño que lo eucon 
tremos á cada paso. 

Helo aquí: 

A las doce de la noche, un pobre estudiante envuelto en un raído 
ferreruelo, se detenía delante de una ventana, y descubriendo su vi- 
huela comenzaba á templarla, posando una mirada llena de melan- 
colía sobre el edificio que debía encerrar á la dulce causa de sus penas. 

Lo esperaban seguramente, pues el alto postigo giró sobre sus 
goznes y dejó asomar una cabeza. Entonces nuestro estudiante se 
aproxima, y con voz meliflua pronuncia estas palabras; 



LOS INSURGENTES 123 



— ¿Estás aM, mi vida? 

— ¡Chist!... 

— ¿Qué?... ¿viene tu mamá?... 

— ¡Silencio!... responde aquella cabeza, como si hablara en nu 
templo. 

El galán exhala otro suspiro, y se agazapa en el hueco de la 
puerta, esperando lleno de resignación el momento en que su señora 
dé la señal para hacer uso de la lengua. Entretanto, trae á la memoria, 
para inspirarse, los trozos mas tiernos de Tibulo y Virgilio, y hasta en 
los mismos discursos de Cicerón, busca palabras ardorosas para reves- 
tir la frase que palpita ya en su cerebro. Ya que se trataba de una 
reconvención, por las dilatadas horas que la dama lo tenía en espera, 
qué bello hubiera sido decirle: — Quosque tándem, Catüina, abutere pa- 
tientia nostra? 

Todo el asunto consistía en sustituir el nombre del célebre cons- 
pirador con el nombre de la joven, — Petrita Codalillo. 

El caballero volvió á salir de su escondite, y se atrevió á decir: 

— ¿Podemos ya, Petrita? 

—Sí. 

— ¿Sí?... Las gratas impresiones con que un amor, cuyos sa- 
grados fines son patentes á la tierra y al cielo. Las lágrimas perdidas 
como la corriente de... 

— ¡Chist!... aquí viene la niña. 

— ¡Por vida del diablo! ¿Por qué no dices que eres tú, bestia? 

— Pues si yo soy, señor... 

— Pues tú, maldita... ¿ya le avisaste? 

—No. 

— Pues avísale. 

— Tampoco. 

— ¡Por Barrabás!... ¿qué dices? 

— Dice que ya viene. 

— ¿Está ahí el señor? 

— Ya viene. 

— ¿Quién? 

— La niña. 

— Me alegro... ¿Pero el señor? 

— Se quedó en la guardia. 

— Bueno. Di á la niña que no se dilate. 

IX. 

El postigo volvió á cerrarse, y el galán tornó al puesto que ocu- 
paba al principio. Templó su guitarra, y entonó con fuego aquella 
serenata que hemos visto ahora firmada por un poeta moderno, y que 
comienza : 

Sal aurora del alma, 
Eompe el cielo, y etc. 
La aurora de aquella alma enamorada rompió el cielo, apartando 
el postigo cual si fuera una nube, y pronunció en voz baja el nombre 
dej afortunado estudiante ; 



124 JUAN A. MATEOS 



— ¡Genaro!... 

— ¡Petra!... 

Guardaron un momento de silencio, al cabo del cual dijo la novia : 

— Ahora sí... ya me voy. 

• ¿Te vas?.. ¡Oh! es una dicha haberte visto ; ¿pero tan cortos 
momentos de felicidad me consolarán de una ausencia tan larga? No..* 
media hora mas, por vida tuya, cinco minutos... 

— Ni uno. 

— ¿Tu me amas? 

— Sí. . pero me voy... 

— Pues bien, ingrata, replicó el galán con voz trágica, puedes irte ; 
yo también me marcho para no volver nunca. 

Y dio algunos pasos con la resolución de ponerlo en práctica ; 
pero la joven asomó la mitad del cuerpo y gritó con voz desesperada j 

— ¡Genaro! 

Aquel nombre lanzado en el silencio, se dividió en dos ecos: uno 
se perdió por las calles, y el otro penetró resonando hasta la pieza 
donde dormían los padres de Petrita. 

Genaro, lleno de placer con el efecto de sus palabras, volvió el 
rostro, esperando seguramente una satisfacción. 

— ¿Qué has dicho? le preguntó la joven. 

— He dicho, replicó el estudiante, que me marcharé para siempre. 
Tú no debes amarme, cuando niegas con increíble empeño, al que 
daría por tí la vida, un momento de conversación que otorgarías al 
último de tus amigos. Quiera Dios que sean una mentira los tenaces 
presentimientos que me persiguen ; pero un amante no debe consultar 
sino el sobresalto de su corazón, porque el corazón es su oráculo. Yo 
lo escucho. Creo ver, adivino ya la horrible causa de tu indiferencia... 
Esa causa, odioso aborto de la codicia de tus padres, tiene un nombre 
que no vacilaré en pronunciar... 

—¿Cuál?... 

— Don Epitacio. 

— ¡Mientes, Genaro! 

— Sí... don Epitacio Aranda, el caudaloso comerciante que no se 
aparta de tu casa, que halaga el interés de tu familia... 

— ¡Genaro!., tú me insultas, y abusas, no de mi debilidad sino 
de mi cariño. 

— ¡Ah! ¿me hablas de tu cariño? ¿lo he visto alguna vez, existe 
amor en la mirada fría de tus ojos, y son de amor los largos días 
que paso, porque tú lo quieres, hundido en la triste sombra de tu 
ausencia? Há un año que nos conocemos, y todavía ignoro si soy tu 
amante ó un simple conocido á quien hablas por cortesía. Tus cartas 
podía leerlas cualquiera, sin sospechar nuestros amores. El orgullo, sí, 
el orgullo, devora los renglones, donde tu corazón pondría tal vez 
una palabra de consuelo. ¿Crees, por ventura, que el júbilo que me 
inspirase una lágrima tuya vertida en mi memoria, se tornaría en 
vana so berbia y me llevara á despreciarte? 

— No, Genaro ¿Pero qué pretendes?... yo no sé poner cartas tan 
floridas como las tuyas, ni sé disfrazar con términos arrebatados el 
dulce bienestar que experimento con quererte, 



LOS INSURGENTES 125 



— ¿Luego me quieres?... 

— ¡Oh! coirto no lo mereces, infame. 

— ¡Ay! ¡ay! ¡ay!... ¡mamá!... ¡ay!... ¡por Dios santo!.. 
— ¿Qué... qué dices?.. 

X. 

Genaro conoció que la hal>ían sorprendido. 

En efecto, bacía tiempo que la madre despertada por el impru- 
dente grito de Petrita, se Labia deslizado basta colocarse á las espaldas 
de esta, y escuchaba con insidiosa calma el diálogo de los amantes. 

Dejó pasar las frases insustauciales, el discurso sentimental, y 
hasta lor piropos de Genaro, pero no pudo soportar que una niña á 
quien guardaba para un español acomodado, echara por la ventana 
el corazón, y como dijo ella, en el sombrero de «un colegialón des- 
arrapado, y más mugroso que la pasta des sus libros viejos». 

Aquella madre airada hincó sus uñas en el peinado de Petrita, 
cuando la pobre niña, como los héroes de Víctor Hugo, se mecía en 
las estrellas, y sacudió inhumanamente aquella cabeza coronada con 
las flv>res, con los botones todavía tiernos y aromáticos del primer 
ensueño 

Genaro queda petrificado, pero escucha que una llave araña la 
ccaoa de) zaguán, y recogiendo todas las fuerzas que le quedan se 
Dooe de un brinco en el recodo que forma con la casa la tapia de 
cDj» tuerta E 1 zaguán se abre dando paso, no hay duda, al capitán 
Fsóazs e' terrible padre de Petrita 

£' ?studant(- st desliza hasta la puerta falsa del jardín. 

E 1 cantan c'íatea poT todas partes y pica las tinieblas con un 
car»" te dejando 011 e! resoplido de un toro, y las blasfemias de un 
•♦ondecade 

Genarc siente que se aproxima, y quisiera que aquella puerta 
r á ae fecf á sus espaldas se rompiera para darle paso. Siente ya el 
aliento eV Peñaza y retrocede estrechándose v procurando disminuir 
63 volumen ,pero dicha' la puerta cede bajo el peso de su cuerpo; 
la mas:; de un ánge) benéfico lo convidaba á un asilo inviolable. 

Entonces entra, vuelve á cerrar y escucha conteniendo el aliento, 
cómo el capitán liega, registra, lanza una nueva maldición y se aleja. 

XI 

Peñsza no eia un capitán vulgai Bien calculó que el enemigo 
deVa estar oculto, y que no tardaría en aparecer cuando creyese 
desvanecido el peligro En consecuencia, determinó poner una embos- 
cada, y oculto en el recodo de la tapia esperó con el garrote enar- 
bolado que llegase el momento 

XII. 

Genaro se encontró en una huerta, envuelto en emanaciones per- 
fumadas y en los rumores que el viento exhalaba entre el enramaje, 
como el canto do las aves nocturnas 



126 JUAN A. MATEOB 



Aquel silencio, aquella soledad, aquel romanticismo del jardín y 
de la noche, le infundieron una sensación agradable como la melancolía, 
respetuosa como la que inspira un templo, triste como el abandono, 
vaga como el sueño, fría como el espanto, terrible como la superstición. 

Pasó el tiempo. 

Genaro se olvidó por un momento de la causa que lo tenía en 
aquel sitio, para entregarse todo entero á su instinto de contemplación 
y al goce de las sensaciones pavorosas que tanto ansia el hombre como 
todo lo que agua su alma sin horrorizarla. 

De pronto escuchó el ruido de unos pasos. ¿Quién* podía ser á 
tales Dorase — ¿lo habrían sentido? — ¿vendrían acaso á cerrar la puerta? 
Qaiso salirse, mas uu bulto bien perceptible que acababa de aparecer 
en un seodero cuyo extremo se perdía en la oscuridad, se acercaba 
con tai violencia, que apenas le dio el tiempo necesario para escurrirse 
tras nn seto de rosales que tenía á su lado. Allí agazapado y á favor 
de la coche, inmóvil, atento y tembloroso, esperó al bulto que seguía 
aproximándose hasta llegar muy cerca de la puerta. Entonces vio que 
cía an nombre con la capa al brazo que adelantaba con los pasos ya 
rápidos, ya vacilantes, volviendo la mirada nacía atrás, y con todos 
los ademanes cautelosos de qq ladrón, ó acaso de un amante que vuelve 
de alguna cita peligrosa, temiendo despenar bajo sus plantas ia cólera 
de ud esposo aíreniado 

El hombre aquel se detuvo, oacó la cabeza por ia puerta y vio 
la calle — después oaiió 

Iba Genaro & levantarse, pero el hornore voiviO ú enriar, extendió 
el brazo lanzando un objeto entre los rosaica, ^ luego sanó cerrando 
con cuidado la puerta 

Genaro escucho con desconsuelo ti i nució de ia .-lave, y después 
los pasos que se extingoieion 

XI ii 

Sonaron iat> cuatro de la mañana. 

Ei lector tendrá la bondad de acompañarnos al otro extremo de 
la casa, a nn cuarto donde habita el anciano Gregorio, poitero del 
artista. Buen madrugador, como buen campesiuo que había sido en 
otios tiempos, nunca esperaba en su petate la ultima campanada de 
las cuatro. 

— ¡Alabo á Dios! había dicho, y tomando de nn rincón su escoba 
y un cántaro ya con agua, subió al corredorcillo, primer punto desig- 
nado por Rosaura, uue tanto le gustaba hallarlo regado y limpio á 
la hora que salía de su pieza, ya peinada á la primer sonrisa de la 
aurora, y entre el perfume de sus macetas y la algazara de sus pájaros. 

— ¡Erre!... ¿qué es esto? exclamó al ver de par en par la puerta 
del dormitorio del artista. Y después, notando que no se escuchaba el 
ruido de las respiraciones, añadió, yendo á emparejar las vidrieras : 

— ¡Bah! parece que están muertos. 

Fué indescriptible su sorpresa cuando al asomarse por aquella 
puerta vio á su amo en el suelo, sobre un lago de sangre, con el ros- 
tro terriblemente expresivo, alumbrado por la escasa claridad de la 
mañana. 



lOS INSURGENTES 127 



El suyo tomó también los tintes del sepulcro, sintió qne el pavi- 
mento se hundid bajo sus pies, y próximo á desfallecer dejó escapar 
por su garganta, entre el esfuerzo del terror y la debilidad de la agonía, 
un grito doliente, sofocado, parecido al grito de socorro. 

Volvió á mirar aquel cadáver, y su espanto se tornó en lástima, 
su lástima en indignación, y su indignación en sed, en avidez de una 
justicia tremenda. Entonces recobrando sus fuerzas, bajó corriendo la 
escalera, atravesó el patio, sacó de su cuarto una llave, y después 
de tantear la chapa del zaguán con sus manos temblorosas, abrió la 
puerta y salió á la calle alborotando con sus gritos al vecindario. 

— ¡Ea! compadre, le gritó un vecino apareciendo medio desnudo 
en la entrada de una triste accesoria ¿estás loco? 

— ¡Oh! no.... ¡ven!.... vengan todos.... han matado á mi amo.... 



ué?... ¿quien'; 



— No sé, pero está muerto.... ¡está anegado en sangre! que llamen 
á la policía, ¡por Dios! 

Muchos vecinos y algunos individuos que transitaban por la calle, 
rodean á Gregorio y lo martirizan con preguntas que él no acierta 
á satisfacer. 

En esto llega el compadre, y se lanza con todos I03 curiosos por 
donde el dedo del anciano señala el lugar de la catástrofe. Al llegar, 
un grito de compasión se escapa de todas las gargantas. No es un solo 
cadáver, son dos: es también la hermosa señorita, la virtuosa vecina, 
Eosaura que yace en su lecho revuelto y ensangrentado, con la garganta 
amoratada, la lengua negra entre los dientes, y una mano ananzada 
eD las cortinas de una cuna. 

— ¡Aquí hay un niño! exclaman otros. 

Un nuevo grito de los espectadores retumba en los ámbitos de la 
pieza, y todos rodean á una mujer que saca de. la cuna al hijo del 
artista, pegado por un coágulo rojo en sus almohadas. 

— Le late, le late todavía! exclamó la miijer colocando su mano 
en el corazón de la criatura. ¡Agua! traigan agua. 

Dos ó tres mujeres y un muchacho se arrojan al instante sobre el 
cántaro que había dejado Gregorio, y llevan el auxilio, mientras un 
nuevo grupo de vecinos invade el corredor gritando : 

— ¡El criminal! ¡el asesino! ¡vengan! ¡aquí está! ¡por la huertal! 
El tropel se lanza por la escalera, confundiendo el redoble de sus 

pisadas con gritos de cólera que presagiaban el esterminio. 

XIY. 

En efecto, un hombre, un joven que pudiera tomarse por un di- 
funto si no fuera por el temblor de su cuerpo, sus miradas llenas de 
agitación y el fresco pelo ondulante con la brisa de la madrugada, se 
había levantado del follaje al ver desembocar la multitud que lo en- 
sordecía con sus maldiciones. 

Era el pobre estudiante que después de luchar algunas horas con 
la cerradura de la puerta, se había decidido á pasar allí la noche, 
con el ánimo de esperar al jardinero y comprar «u indulgencia con la 
re b s { on da su fatal aventura. 



128 JUAN A. MATEOS 



—¡Por Dios! dijo atolondrado con la sorpresa, ¿me habré metido 
en la casa de los locos?... ¿qué queréis, señores?.... 

Pero los gritos de ¡muera! sofocan su toz, y cien manos coléricas 
se clavan en sus vestidos y lo arrastran hasta la encrucijada. 

— ¿Quién sois? ¡infame! le dice un hombre que tenía en el muslo 
una placa de cuero y un martillo en la mano. 

— ¡Ah! ahí esta el perro, lo ha matado, gritaban otros. 
— ¿Quién eres? gritan todos. 

— ¡Señores!.... yo soy un... soy Vilches.... tartamudeó el estu- 
diante. 

— No eres mal bicho, tú, asesino, replicó el otro; vas á ver lo que te 
pasa.... ¡á ver! continuó dirigiéndose á los asistentes, ¿no hay quién 
traiga una faja? 

— Si, si, respondieron varias voces. 

— Pero, señores, ¿por quién me han tomado ustedes, señores?.... yo 
no soy asesino de nadie.... yo.... 

■ — Aquí está el puñal, gritó un muchacho que venía corriendo á 
incorporarse en el grupo, y levantaba el brazo enseñando un cuchillo 
que todos miraron con asombro. 

— ¡Ah!.... dijo el vecino, oh ¿y está teñido en sangre...? pero no 
viene este maldito con la ronda? A ver la faja. 

Se la dieron, y tomó á Genaro por un brazo para sujetarlo. 

Entonces, la guitarra que Genaro había metido debajo de su capa, 
cuando se acercaron los vecinos, cayó al suelo remedando un gemido. 

La turba respondió con silbidos; y aquel vecino que por su facha 
parecía un zapatero, blandió el martillo y dijo : 

— ¡Ah! roto ¿conque tú eres músico de la muerte? ya veremos 
como cantas en el tablado. 

— ¡Por Dios! señores, replicó el estudiante pugnando contra el 
zapatero que lo tomaba por los codos, por Dios que os habéis equi- 
vocado.... ¡os diré lo que he visto!.... yo he visto!.... al criminal.... 

— ¡Eh! silencio, exclamó el zapatero, dándolo con la rodilla un golpe 
brusco, si no te estás quieto te., ¡demonio; ¿fuercesitas?... ¡por vida 
del diablo!... 

Estas tiltimas palabras fueron porque el preso dio una vuelta des- 
prendiéndose violentamente de los brazos que lo tenían sujeto y 
dando en tierra con el zapatero. 

¡Desgraciado! aquello fué una señal que rompió el dique, y la 
multitud aumentada ya por nuevos curiosos que sin cesar llegaban, se , 
arremolinó en torno de Genaro, y lo tragó en un torbellino de brazos ¡ 
y de imprecaciones. 

En este momento llega Gregorio, seguido por una docena de au- 
xiliares, el desorden se calma á los primeros culatazos, los vecinos 
abren paso al comandante, y este descubre por tierra á Genaro, con 
los vestidos desgarrados y la cabeza y el rostro llenos de sangre. 

— ¿Este es? dice al verlo. 

— Sí, sí. 

— ¡Señor! replicó el estudiante, con los ojos llenos de lágrimas* 
mirad la injusticia de estos señores... estoy cierto que se han equivo- 
cado.... yo... ¿de qué me acusan?... 




Galeana casi estrelló su cabeza contra el tronco; en- 
tonces un dragón realista le disparó el mosquete á 
quema ropa y le atravesó el pecho;... 

Cap. 1°.-I. 
¡Viva la América! 



LOS INSURGENTES-9. 



LOS INSURGENTE» 12í> 



—Bueno, guarde las justificaciones para otra parte, — ramos. 

— ¡Fuera! gritaron todos. 
Genaro fué colocado entre dos filas de auxiliares, y salió entre 

bs silbidos y los apostrofes obscenos de aquellas gentes indignadas. 

Al salir de la primera calle, se oyó un grito. Volviéronse todas 
as miradas á una puerta, y se vio que una joven se desplomaba sin 
ientido. 

Era Petrita. 

XV. 

Retrocedamos unas cuantas horas. 

Dejamos al capitán Peñazas oculto y esperando que las sombras 
lieran paso al osado amante que conspiraba contra su interés y sus 
;o ípromisoe. 

No pasaron diez minutos sin que se realizaran sus previsiones. 

Al ver aparecer el bulto, sintió que la estrategia lo acariciaba 
;on sus alas de fuego, y lo envolvía en un ósculo de triunfo, sono- 
oso como el estampido del cañón, y perfumado como la pólvora. 
Oprimió su garrote y adelantó una pierna. 

El bulto se acercaba, ya estaba á dos pasos de distancia, ya lo 
;enía en frente, lijero, trémulo y hermoso como el venado. 

Entonces recogiendo aquella voz estentórea que domina el tumulto 
de las batallas, gritó como á la cabeza de su columna. 

— ¡Adentro! y descargó el golpe sobre don Epitacio Aranda. 
Este más bien por la sorpresa que por el dolor lanzó un grito. 

— ¡Iudecente! dijole Peñaza, ¿cree usted burlarse de la justicia! 
de la justicia de un.... 

— ¡Perdón! exlamó Aranda cayendo de rodillas. 
— ¿Cómo es eso? ¡picaro! ¿ahora son los perdones? 
Aranda, con la voz desfigurada por el terror, 6 como suele de- 

birse, ahogada por la sangre, tartamudeó : 

— Déjeme usted... no lo niego... pero... le daré á usted como 
guarde silencio... 

— ¡Eh! ¡pillo!... calle la boca si no quiere que lo desgobierne á 
garrotazos... ¡perdón! y ¿de cuando acá la viene?... 

— ¿Es usted... Peñaza? 

— Marche usted, cobarde; y se lo juro, el día que vuelva yo á 
escuchar su jaranita por estos contornos : el día que siquiera lo vea 
yo á usted por este sitio, le estrangulo. Marche usted, y no olvide 
que la palabra del capitán Peñaza es duradera como el bronce, fatal 
como las profecías, severa como... en fin, largúese usted, y no me 
haga decir mas tonteras... lo dicho, dicho 

XVI. 

Aranda conoció á pesar de su situación, que todo había sido un 
simple equívoco, y tembló al considerar lo próximo que esturo á ven- 
derse. Apretó el paso, y llegó á su casa. 

No tocó la puerta, sino qué, por¡esa perturbación que sigue al crimi- 

9 — "Los Insurgentes, 



130 JUAN A. MATEOi 



nal y por ese miedo qne es la previsión de un castigo, temió que el 
eco de los aldabazos despertase á la justicia, y solo gritó por el agu- 
jero de la llave con voz contenida. 

— ¡J osé!... ¡José!... ¡ábreme! 

Afortunadamente el porlero no se había dormido, pues no hacía dos 
instantes que cerrara, después de despedir á una de tantas perdidas 
que lo visitaban en ausencia de su amo. Tomó la llave y abrió á don 
Epitacio. 

— ¿Hay luz en mi cuarto? dijo este. 

— Sí, señor. 

— Bneno. 

Y se dirijió apresuradamente á su habitación, encerrándose en 
ella y arrojándose vestido en su lecho. ¿Cuáles fueron sus pensa- 
mientos? quisiéramos saber. ¿Qué diálogo sombrío tuvo allí en la so- 
ledad con su crimen, con su conciencia? ¿tuvo acaso remordimientos, 
ó fueron sofocados por el jiibilo infernal de una venganza satisfecha? 
¿Dios que castiga al delincuente con los fantasmas de su propia ima- 
ginación, no presentó acaso á los ojos de Aranda el grupo sangriento 
de sus víctimas, retorciéndose en las convulsiones de la agonía? ¿Acaso 
el delirio del crimen es seguido como el de la fiebre, por el estupor, 
ó hay hombres en quienes imperan los sentidos hasta el grado de 
sobreponerse á las emociones del alma? 

Sea lo que fuere, falta de conciencia, ó de conciencia de la 
impunidad, Aranda se quedó dormido. 

La luz del día pareció disipar los escasos temores de aquel hom 
bro, que tomó su sombrero y se dirijió á la calle. 

— ¿Cómo, señor, va usted así? le dijo el criado. 

— ¿Cómo?... 

— Lleva su mercé roto el pantalón. 

— ¿Adonde?... ¿por dónde?... 

— Aquí falta completamente el pedazo. 

— ¡Ahí.... es cierto... ayer en la banca de la iglesia.... voy 6 
mudármelo. .. 

Aranda pocas horas antes, cuando entró en la huerta de Rosaura, 
fué atacado por el perro. Se sintió afianzado por detrás y sacudido 
con tal fuerza, que hubiera caído si el pedazo de pantalón no quedara 
en los colmillos del animal. Cuando este se abalanzó de nuevo sobre 
Aranda, cayó atravesado por el corazón apretando en su hocico el 
pedazo de trapo con la postrera convulsión de la cólera. 

Aranda se mndó pantalón; además, se lavó la cara, humedeció 
y asentó sus cabellos, y dando á su semblante un aire de indife- 
rencia casi sospechoso, marchó á la calle para recojer algunas obser- 
vaciones importantes. 

Caminaba por la calle que se conoce hoy por la de Cordobanes, 
casi desierta en esas horas, cuando oyó le gritaban : 

— ¡Aranda! 

Volvió el rostro naturalmente, y no vio á nadie. Sintió que un 
soplo helado pasaba por todo su cuerpo, y apretó el paso. 

La voz vohió á oirse 

—¡Aranda! espérame. 



LOS INSURGENTES 131 



Tuvo valor aun para mirar hacia atrás, — no había nadie, — allá 
muy lejos una mujer pobre regaba su puerta con un cántaro. — Ni el 
ruido del agua se escuchaba, — ante todo la voz era de hombre. 

— ¡Bah! se dijo, vengo preocupado. Pero la voz sonando por ter- 
cera vez, se encargó de desmentirlo. 

— !Áranda¡ repitió, pero no con el mismo tono que había empleado 
unos momentos antes, sino con el tiple, burlesco, aflautado, diabólico 
que recuerda una noche de carnestolendas. 

Aranda creyó que Satanás lo seguía regocijado, ó que un genio 
vengador arrojaba su nombre al viento para que lo recogiera la jus- 
ticia indignada. 

Se detuvo apoyándose en la pared con una mano, y con la otra 
enjugando el sudor frío que corría por su frente. 

Dejóse oir entonces una carrera, y poco después sintió que lo 
abrazaban por la espalda. 

No se atrevió ni á dar un grito, y escondió su cabeza en el em- 
bozo de la capa. 

XVII. 

Volvamos á Genaro. 
Inmediatamente se entabló el juicio. 

Aquel hecho que horrorizaba á la sociedad, y cometido en un 
tiempo tan infecundo en novedades, llamó sobre sí la atención, y 
concentró la actividad de los jueces, que sentenciaron en su corazón 
desde antes de escuchar al acusado. 

Nunca se había presentado tan inflexible la opinión pública. 
Todos esperaban una sentencia de muerte, y la opinión cuando 
espera, manda, y cuando manda constriñe, y no resisten ni los tira- 
nos, y mucho menos los representantes de la opinión misma. 

Oyóse á diez y seis testigos que declararon haber visto al acu- 
sado escondido en la huerta y con el puñal en la mano. 

— Señor, dijo el joven ofuscado ya ¿por donde entre? la. puerta 
del jardín estaba cerrada con llave ; ¿cómo yo mismo había de cerrarla 
cuando era el camino de la salvación? 

— Por eso mismo, replicó el juez, no se cree que haya estado 
cerrada. 

— ¿Y no lo está? señor... 

— No señor, el señor escribano y los testigos que la reconocieron, 
han visto corrido el j>asador por fuera de la hembrilla. 

— Eso no es cierto... perdone usted señor... ¿cómo no pude yo 
abrir esa puerta?.. 

Esta respuesta demasiado natural, levantó un murmullo en el 
circulo délos testigos, y hasta el juez creyó que el acusado se vendía. 
Genaro paseó por aquellos frios espectadores una mirada de a- 
margura. 

No faltaron algunos que se compadecieran y dudaran al ver aquel 
rostro juvenil, tan lleno de honradez, de belleza y de martirio. 

El padre de Petrita declaró que había dado un garrotazo al acu- 
sado aquella misma noche, y que observó en la conducta de aquel 



132 JUAN A. MATEOS 



joven un cambio tan notable, que bastaba para maliciar el crimen.— 
Que sabiendo por buenas lenguas que el estudiante era valiente y 
pendenciero, no le parecía natural aquella sumisión, aquellas palabras 
de perdón, y aquella huida tan rápida. 

Algo desconcertó á los jueces la declaración de Peñaza, pero la 
negativa de Genaro, la reputación de charlatán y mentiroso que tenía 
el testigo, y sobre todo, lo que ya no era dudoso para nadie, el he- 
cho de haberse hallado al acusado escondido y con el puñal ensan- 
grentado en la mano, volvía á colocar la cuestión en un punto de 
vista siempre fatal al estudiante. La verdad que este repetía siempre, 
sin discrepar en la más mínima circunstancia, se tuvo por un cuento, 
y su tal cual reputación de inteligencia no sirvió sino de hacer que 
sospechasen todos un plan bien combinado, y encubierto hábilmente 
bajo el pretexto de una cita amorosa. 

Dejóse al reo la libertad de escoger un defensor, y este oficio 
sublime recayó en un joven abogado recibido hacía poco, y de una 
gran reputación por su carrera llena de exámenes brillantes. Era lo 
que en aquel tiempo se llamaba con cierto desprecio un indio. Ten- 
dría veinticuatro años. Se llamaba Eamiro Galvan Puebla. Conocé- 
rnosle por un retrato que se halló entre las ruinas de una casa de 
Cuautla, después del sitio de Calleja. Todos los descendientes de Ka- 
miro quedaron sepultados con aquel retrato. 

El busto del licenciado es la expresión mas elocuente de una ca- 
pacidad gigantesca. Su rostro, de color oscuro, parecería feo á los ojos 
de un muchacho malcriado, y horrible á las miradas de una vieja vo- 
luptuosa; pero nada más bello para un observador despreocupado, que 
aquellas pupilas relumbrantes como las chispas de esa hornaza de la 
inteligencia. Nada más bello que aquella frente espaciosa, velada por 
una sombra de filosófico desengaño ; que aquella nariz algo incorrecta, 
pero dejando libre con su ligera desviación una mirada oblicua, pro- 
funda como el cálculo, severa como la justicia, y punzante como el 
epigrama ; nada más bello, en fin, que aquel labio dispuesto con una 
sonrisa indescifrable, que parece tan pronto á derramar palabras de 
benevolencia, como chistes irresistibles, como los grandiosos oráculos 
de la sabiduría. Al abarcar el conjunto de aquel rostro se adivina el 
saber de Tácito, la estoica imperturbabilidad de Quilón, la elocuencia 
de Demóstenes, el patriotismo de Catón y la sarcástica pobreza de 
Diógenes. 

Nada resta de su defensa, que debe haber sido el modelo de la 
improvisación forense. El padre de un personaje que debemos conocer 
más tarde, nos dice en un apunte que el Lie. Puebla pronunció su dis- 
curso de memoria. Equívoco no estraño en esos tiempos. Añade que fué 
muy aplaudido, y que añadiendo á su elocuencia una costumbre de los 
oradores romanos, llevó ante los jueces á la anciana madre de Genaro, 
bañada en lágrimas y *<"rliendo sus manos temblorosas para implorar 
el perdón de su hij de su alma y único apoyo de su indi- 

gencia 



LOS ÍN6TJ&GENTES 133 



XVIII. 

Jamás se vio en log trámites una rapidez tan amenazante— á loa 
quince días la cansa rodó por las eradas de la audiencia, envuelta en 
un crespón de H muerte 

Cuando e! escribano leyó la sentencia «1 estudiante cayó al suelo. 

El escribano palideció, y al salir exclamó, poniendo una mirada 
paternal en el semblante de Genaro : 

— ¡Pobre joren! juraría yo que es inocente,,. ;imbéciles!... Ge 
caro fué puesto en capilla 

XIX. 

Era un domingo. Varios peones rodeados de curiosos cavaban 
enfrente á la casa del artista unos profundos hoyos donde debían co- 
locarse las vigas de un cadalso ; más allá los carpinteros disponían á 
toda prisa este horrible dosel de los ajusticiados. 

El barrio estaba casi alborotado como en la proximidad de una 
fiesta. Veíase cruzar á los vecinos en todas direcciones, y asomados 
á todas las puertas y ventanas ; y los ahullidos de los muchachos se 
confundían en los aire» con los gritos de ios vendedores, el golpe de 
los martillos, el ladrido de los perros y «l sordo murmullo de la mu- 
chedumbre, 

Aquel zapatero que hemos visto en la bierta como el represen- 
tante del vecindario, se hallaba 4 la %a:ón cjav?.rsando con un com- 
pañero. Este decía : 

— Vaya compadre, será casualidad 

— No to es compadre Hace tiempo ¿ue estoy caloñando aquí en 
mi inteligencia, y yo sé lo que digo 

— ¿Pero qué., usté cree que a ser el fliirninai, no estaría por lo 
menos á cien leguas de México? 

— Pues por vida mía, compadre, que si yo no di^o lo que veo me 
condeno Mire usté el trapo y cotéjalo ; si na ís Je aúi quiero que me... 

— Sí, se parece 

— Es el unsmo.. ;ah! allí va el señor don Puebla... y no he 
costeado ios zapatos... ;eh! «eñor, aeñor Uoenciadvj... 

— ¿Quién es? 

— El señor Puebla... yo se lo digo. 

£n aquel momento el defensor de Genaro llegaba al sitio del su- 
plicio, para dar por sí mismo á los trabajadores la orden de suspender 
la obra. Fiado en que el tiempo arroja en sus espumas, con el cadá- 
ver de las víctimas, el nombre de los asesinos y la justificación del 
inocente, logró aplazar por cuatro días la ejecución, prometiendo pre- 
sentar nna prueba irrefragable de inocencia, aunque alia en ¡sus aden- 
tros desesperaba de encontrarla. 

— Amigo no hay función, dijole al zapatero cuando lo tuvo cer< 

— ¿No hay, señor? 

— Por ahora todavía no. 

— ¿Se ha descubierto al delincuente? 

— ¿Al delincuente 1 ?,., pues usted mismo no dice... 



134 JUAN A. MATEO» 



— Ya no digo nada. 

— Con razón. 

— Con razón, sí señor... tengo que decirle á usté una cosa — ;eh! 
compadre, añadió el maestro dirigiéndose á su primer interlocutor, 
ojo al Cristo, por vida de su señora madre. 

Después llevó al abogado á varios pasos de la puerta, y le dijo : 

— Mire usté este trapo, señor. 

■ — Bien. 

— Mire usté aquel sujeto de la banda encarnada. 

' — Bueno, le falta en Ja nalga este pedazo de trapo. 

— Bien, señor ; pues este trapo ¿sabe usté dónde lo cogí? 

— De donde falta... 

— No señor... estaba en el hocico del perro, del perro que estaba 
muerto en el jardín. 

— ¡Silencio! dijo el abogado palideciendo, ni una palabra, ni un 
signo siquiera... siga usted á ese hombre dísimuiadamente, y avíseme 
donde entra... ¡cuidado!... á ver ese trapo; usted tendrá una buena 
recompensa, 

XX 

Hemos dejado a Aranda en una situación que no creemos nece- 
sario recordar á nuestros lectores. 

Aquellos brazos que le parecieron los del artista no eran sino de 
un andaluz juguetón que acostumbraba ciertas chanzas con sus com- 
pañeros. 

Mucho trabajo le costó celebrar el oliste, y fué su sonrisa tan 
forzada, que el andaluz le dijo : 

— ¡Bah! ¿te has picado?... 

Conversaron un rato, y Aranda se retiró á 6U casa llevando aún 
el temblor del susto y de la cólera. Entró de prisa, y sin saber lo 
que decía, dijo si al portero que le pedia so. pantalón viejo. 

El pobre portero le pegó un remiendo de otra género, pues del 
mismo no pudiera encontrarlo siuo en los cajones ó en la bolsa del 
señor Lie. Kamiro Galvan Puebla. 

XXI. 

No engañemos la benévola atención del lector. Aqael trapo fué 
el acusador de Aranda. 

La misma noche de aquel fatal douiiugo en que Genaro debía 
ser ajusticiado, Aranda y su portero comparecían ante los tribunales 
y el venturoso estudiante regaba con lágrimas de regocijo la frente 
de su madre y las manos de su defensor. 

Tres días después el cadáver de Aranda pregonaba desde la horca 
la justicia de Dios y la vindicta pública. 

Genaro adoptó como hijo suyo al hijo deBosaura, que sobrevivió 
á las heridas. 

La audiencia le entregó los pobres bienes del artista, Peñaza le 
dio satisfacciones, Petrita su cariño y Ramiro Puebla sus cátedras. 



LOS INSURGENTES 135 



Es fama que aquella horrible calle, abandonada por casi todos los 
vecinos, fué el sitio de apariciones nocturnas. Se dice que los gemidos 
de Eosaura salían á las doce de la noche por las oscuras ventanas de 
su casa, y que Aranda recorría el solitario recinco de la huerta, per- 
seguido por los ahullidos de un perro negro. 

Nosotros sabemos que esa calle, donde una pobre joven sufrió la 
doble muerte de la esposa y de la madre, pidiendo inútil perdón en 
la mirada suprema de la agonía, tomó el nombre que se conserva en 
nuestro tiempo. 

Hoy la llaman : calle de la Amargura. 



CAPITULO IV. 

Un escrúpulo de conciencia. 



Era un alguacil. 

Se llamaba Francisco Trinidad Lupe Churrigay y Bobadilla, nom- 
bre no extraño por aquellos tiempos en que el virrey se llama don 
Fray Antonio María Bucareli y Ursúa, y un confesor suyo don Fray 
Pelagio Trinidad Judas Obregon Casamata y Rivadeneira. Son un ver- 
dadero suplicio estos nombres para el que, á falta de poesía en el 
pensamiento, quisiera ponerla en las palabras. 

Pasemos adelante. 

Francisco realizaba la figura de don Quijote. Si su rostro enjuto, 
su larga y afilada nariz, su mostacho entrecano y su gallarda flacura 
se adunaran con el arrojo del manchego, no hiciéramos mas que tras- 
ladar aquí, con el nombre de nuestro humilde personaje, las elegantes 
líneas donde Cide Hamete Benengeli retrata al más gentil y esforzado 
caballero que hubo en los siglos. 

Francisco era muy pobre. 

El único tesoro que poseía en la tierra era sus hijos y una es- 
posa, que lo idolatraba con las ilusiones de los quince años y la fuerza 
majestuosa de los cuarenta y nueve, Desideria, no despreciable allá 
en su mocedad, gran partidaria de los españoles, y cristiana vieja, 
más cristiana que el mismo Jesucristo. 

Francisco tenía un corazón demasiado sensible á los encantos del 
bello sexo ; y esta inclinación tan natural del alma humana, fuente 
de las nobles acciones y principio y fin de todo lo creado, era consi- 
derada por su esposa como la inspiración de todos los demonios con- 
jurados para perderla. 

Otro defecto, menos fecundo en resultados trágicos, pero sí en 
ppqueñas incomodidades y en peligros para el nombre de los Boba- 
dillas, era la costumbre que el alguacil tenía de buscar el consuelo de 
sus penas (que en obsequio de la verdad eran frecuentes), conver- 
sando solo en la taberna de un compadre suyo, enfrente de una copa 
que se vaciaba y so volvía á llenar como por encanto. 

Sin embarco, aquellos pasatiempos no quedaban impunes. Cuentan 



136 3VH* A. MiTEOl 



que cuando Francisco llegaba, teniéndose de las paredes, á tocar la 
puerta de su casa, Desideria lo llevaba por la ruano hasta la cama, 
lo tendía bocabajo, y desatándose de la cintura una flexible cuarta 
que había heredado de su primer esposo, zurraba al pobre Bobadilla 
con tal furia, que muchas veces provocó la compasión y hasta la in- 
tervención de las vecinas. Pero Bobadilla se tenía en sus trece. 

Dijéronle un día : 

— Hombre, por Dios, no tome usted tanto : el licor es muy malo 
para el hígado. 

— Sí, respondió él ; pero es una cosa muy buena para el bazo. 

No nos aventuraremos á sostener que esta respuesta fuera suya ; 
pero ai que nunca pudo prescindir de las visitas cuotidianas á la ta- 
berna de su compadre. 

Cuéntase también que Desideria lo encontró en cierta ocasión 
conversando mano á mano con una perdida, y lo que era peor, ¡oh 
inaudito sacrilegio! sentados como en un diván sobre su mismo tálamo 
nupcial. Que otra vez, volviendo de la misa la infeliz esposa, con un 
buen apetito para devorar ciertas fritangas que había dejado ya dis- 
puestas, encontró la mesa cubierta con los restos del pan, las cazuelas 
limpias, los cubiertos sucios, y el mantel por los extremos con los 
dedos señalados con mole verde. Que una vecina, haciendo jurar á 
Desideria que no descubriría al autor del chisme, le refirió que Bo- 
badilla vino á eso de las once con una triguenita no fea., que se sen- 
taron á la mesa, y ambos, después de haber vaciado platos y bote- 
llas, se habían marchado saliéndose por donde entraron,— por la 
ventana. 

Una mujer común hubiera firmado incontinenti la acta de divorcio; 
pero aquella señora supo castigar el perjuro de un modo que sin meter 
escándalo remediara el abuso, y no dejara á Bobadilla, como él hubiera 
deseado, la libertad de unirse con su amante fuera de los importunos 
celos de Desideria. 

Volvió á tender á Bobadilla sobre aquel mismo lugar que este 
profanó con el sueño de unos placeres ilegítimos, descolgó el zurriago, 
y cuenta la historia que aquello fué terrible, porque la ultrajada esposa, 
no satisfecha con herir sobre el cachirulo, bajó hasta donde pudo todos 
los obstáculos, y dejando al viento la desnudez de Bobadilla, descargó, 
nadie sabe cuantos crueles azotes sobre aquel infeliz que ni siquiera 
la maldijo. 

¡Oh modelo de las esposas! Desideria lo puso en juicio, pues el 
buen hombre no salió de la casa en mas de veinte días. Pero ¡Oh 
modelo de los esposos! Bobadilla encontró en el seno mismo del cau- 
tiverio la reparación de sus agravios: tuvo un nuevo arreglo con una 
de las vecinas, comadre de su consorte, y juró no volver á poner pie 
fuera de la casa. ' 

Aquello se llegó á saber con el tiempo, y Desideria se trasportó 
con sus trastos y su esposo á otro barrio de la capital, á una casa 
donde ahora lo encontramos. 



tOS IXSURGENTES 13? 



II. 

Una noche los dos cónyuges estaban á punto de acostarse. 

Desideria en un extremo del aposento, daba ya remate á sus ora- 
ciones bendiciendo el lecbo de sus hijos. Francisco en la otra extre- 
midad medio desnudo, metía la cabeza por la aletilla de sn camisa, 
y se abismaba á la luz de una Tela en la persecución de varias pulgas, 
que desde la tarde lo tenían en martirio. Cada vez que cojía una, la 
restregaba entre sus dedos con el feroz júbilo de la venganza, ya en- 
conada por el abuso, y la arrojaba al cebo hirviente, contemplándola 
con la sonrisa que debió dilatar los labios de Felipe delante de la 
hoguera de los Templarios. 

Tocaron la puerta. 

—¿Quién? 

— Yo, respondió nna voz femenina. 

Acudió Francisco; pero ya su esposa le había ganado la delan- 
tera, y lo contenía con un ademán amenazante. 

— ¿A quién busca usted, señora? 

— Busco á un tal Bobadilla. 

— ¿Y qué le quiere usted á Bobadilla? 

— Necesito hablarle. 

— ¿De parte de quién? 

— De la mía. 

— Yo soy su esposa, diga usted. 

— No puedo hablar sino con él en persona. 

— Pues entonces mi alma, puede usted marcharse... 

— Le suplico á usted que me permita decirle dos palabras. 

Bobadilla terció en el diálogo, diciendo á Desideria con un tono 
edio suplicante y medio colérico : 

— ¿Pero hija, por qué no abres? ¿Cómo sabes si será algún asunto 
del Santo Oficio? 

— ¡Quita allá, picaro: no sabré yo cuál es tu santo oficio! 

— Pero hija, veremos qué personas son esas, ¿no ves que puedes 
comprometerme? 

Entonces resonó por fuera la voz de un hombre. 

— ¡Señora! exclamó, abra usted en nombre del Santo Oficio. 

Aquella frase, que como el cañón, jamás encontraba resistencia, 
doblegó la voluntad de la señora, y la puerta se abrió para dar paso 
á dos personas que permanecieron en los umbrales. Una mujer y un 
1 ombre. 

La primera parecía una anciana, que por su traje manifestaba 
ser de las últimas clases del pueblo ; el hombre cubierto de una capa 
negra, y dejando asomar unas magníficas babuchas con hebillas de 
plata, formaba un verdadero contrasto con la indigencia de su com- 
pañera. 

— ¿Quién es Bobadilla? pregante este último, clavando una mirada 
en el rostro compungido de la señora Desideria. 

— Soy yo, señor, replicó el alguacil. 

— Acércate. 

Bobadilla se acercó temblando. 



138 ÍTTAN Á. MATEOg 



Entonces el desconocido, volviéndose Lacia la anciana, preguntóla 
con acento sombrío: 

— ¿Es este? 

— Sí señor, él es. 

— ¿Lo conoces bien? 

— Sí señor, sí; si quiere su mercé la prueba le descubriremos la 
garganta. 

— Veamos, dijo el familiar echando atrás su embozo, y tomando 
con una mano la luz que tenía Desideria, y con la otra un brazo de 
Bobadilla. 

— Descúbrete el pescuezo, le dijo á este. 

Desideria se acercó á su esposo para ayudarlo en aquella opera- 
ción, y una voz concluida, el familiar levantó la barba de Bobadilla 
con la tosquedad de un peluquero, y comenzó á examinarle minucio- 
samente la garganta. Allí presentaba el alguacil varias cicatrices, 
donde un facultativo hubiera sospechado la esfcirpación de lipomas vo- 
luminosos. 

— ¿Y recuerdas cuándo te hicieron ese chirlo? preguntó el familiar 
después que hubo concluido sus observaciones. 

— No, señor... 

— Bueno... ¿Eres huérfano?... 

— Desde que vine al mundo. 

— ¿Dónde pasaste tu niñez? 

— En la casa del señor licenciado... 

— Bueno... sigúeme. 

Francisco se vistió, y arrojando una mirada tierna sobre el lecho 
de sus hijos, que dormían profundamente, dio la mano á su mujer. 
y salió tras de aquellas dos personas. , 

A dos pasos de la puerta descubrió un grupo de alguaciles, 
á una señal del familiar lo ataron por los codos, le impusieron 
lencio y lo arrastraron por una dirección que tenía bastante conocida 
para no desvanecerse de espanto... 

Esto pasaba más de cuarenta años después de aquella noche en 
que Rosaura y el artista bajaron al sepulor 

III. 

Bobadilla fué al) enojado en un calabozo de la Inquisición, sin 
saber cuál era el crimen de que lo acusaban. 

Al contemplarse en aquella tumba de los vivos, sin encontrar si- 
quiera la paja que se ponía por lecho á los infelices habitautes de las 
mazmorras; al aspirar entre tinieblas un aire húmedo y saturado por 
emanaciones impuras; al acordarse de sus bijos, y al figurarse que la 
luz no alumbraría sino su esqueleto encadenado, rompió en llanto, y 
sus gritos retumbaron por largas horas, como los de tantas víctimas, 
sin atravesar el muro para resonar en los corazones compasivos y en- 
contrar una lágrima. 

El pobre Bobadilla pasó el tiempo, unas veces postrado elevando 
hacia loa cielos oraciones fervorosas, donde mezclaba la eterna súplica 
de todos los hombres y de todos los pueblos : la libertad ó la muerle; 



IOS INSURGENTES 1S& 



otras veces meditando en esas evasiones maravillosas, pero factibles, 
á costa de paciencia y de una actividad perseverante ; otras, en fin, 
pensando que la mirada del Señor penetra hasta la sombra de los ca- 
labozos para reconocer á la inoc encia, y hasta la sombra de los co- 
razones para iluminarlos y abrasarlos con la luz de la justicia, de la 
verdad y del arrepentimiento. 

IV, 

Una tarde ya al oscurecerse descorrieron los cerrojos, y Francisco 
no pudo menos que asombrarse con la presencia intempestiva del car- 
celero. — ¿Qué le querían á tales horas? Ya tenía el pan y el agua que 
le llevaban á las tres diariamente. Creyó que llegaba la hora feliz de 
sr esperanza, y adelantándose al llavero, le dijo, como si oyera que 
nombraba : 

— Aquí estoy, señor. 

— Sígame usted. 

— ¿A dónde?... ¿podrá saberse?... 

— A la sala. 

No parecía que hubiera respondido á la sala, sino al infierno, 
según el ademán de indecible terror con que retrocedió el desventu- 
rado Bobadilla, cuando escuchó aquella respuesta. 

— Pero señor, dijo, ¿de qué se me acusa? ¿qué quieren hacerme 
confesar estos señores? yo no hago mal á nadie... 

— Amigo, yo cumplo con mi obligación. Si en mí estuviera... 

— Vamos señor, Dios sabe lo que hace... yo estoy limpio — bien 
saben todos que profeso nuestra sagrada religión, y que ni con el 
pensamiento falté nunca al respeto que se debe á las autoridades, ni 
al que se le debe á todos los cristianos... 

Las palabras de Bobadilla fueron haciéndose imperceptibles, con- 
forme subía las escaleras. Ya próximo á la puerta del tribunal, se- 
guía hablando consigo mismo, y accionaba cual si se viese ya frente 
á frente de sus injustos acusadores. — Por fin entró. 

Muchas plumas mucho más bien tajadas que la nuestra, han des- 
crito el imponente aspecto de este temido tribunal para que nosotros 
fatigásemos al lector con una larga descripción. — Bobadilla penetró 
inclinándose y plegando los ojos, como si la escasa luz de dos velas 
de cera que ardían sobre una mesa, no bastara para mostrarle el ros- 
tro de los jueces. — Mandáronle que se acercase. — Una frente calva y 
pálida, cuyas cejas se confundían con el brillante anillo de unas an- 
tiparras, fué lo que Francisco pudo distinguir en el fondo negro que 
tenía á la vista, y cuyo término era invisible, y parecíale frío y pa- 
voroso como la entrada de un cripta. 

Bobadilla creyó ver que por aquel severo y reluciente cráneo va- 
gaba, como el soplo de la tumba, el destino de su existencia. Des- 
pués volvió el rostro. — Por el otro extremo de la sala se abría una 
ventana resguardada por rejas de hierro fuertes para estorbar ana 
evasión, pero impotentes para detener el gemido de las víctimas. Por 
allí penetraba la postrera claridad de la tarde. El rayo crepuscular 
dejaba distinguir un cúmulo de configuraciones semejantes á una má- 



140 JUAN A. MATEOB 



quina, ó á los trebejos de una bodega. Eran los aparatos del tormento. 
Moles cuadradas, cilindros suspendidos de la bóveda, sitiales trepados 
en un bastidor, confundidos con una especie de ealentaderas, círculos 
de reata ó de cadena sembradas por el suelo, puntales, tubos, envol 
torios y moutones de cosas indescifrables. Allí la rueda dilataoa su 
curba con una gracia espantosa, y los piñones se enseñaban los dicn 
tes como mastines enfoscados. Figurábase un metido en aquella mo 
lienda, arrebatado y comprimido, lacerado y saliendo por un lado con 
vertido en sangre y por otro en gabazo. 

Las cosas más sencillas adquirían allí el aspecto del suplicio, un 
mango de escoba puesto por acaso junto á la pared, daba lugar á 
sombrías conjeturas. ¿Por donde entraría y hasta donde, aquella estaca 
erizada de astillas?... Daba vértigos mirar un gancho, era pavoroso 
un tonel, horrible la boca del cántaro y satánica la nariz del embudo. 

Al pie de una especie de cabrestante que era lo más próximo, so 
distinguía otro bulto irregular, formado por un montesillo de zapatos 
viejos. Era lo más horrible. Allí seguramente los dejaban los presos 
para no despertar con las pisadas á los que dormían ya en la eter- 
nidad. 

Bobadilla se encontraba en el gabinete de física experimental del 
verdugo. 

La frente aquella que reverberaba con los blandones se contrajo, 
y una voz siniestra pronunció estas palabras : 

— Francisco Bobadilla... 

— Presente y servidor de su... ilustrísima. 

— Economice usted el tratamiento, y responda <ategóri «amenté á 
las preguntas que se le van á hacer. — La práctica te es ,o santo tri- 
bunal me autoriza para recurrir á los severos medios empleados para 
arrancar la confesión de un crimen ; pero la confianza que me ins- 
pira su semblante de usted, donde creo notar el acatamiento á la ver- 
dad, y el justo temor del castigo irremisible para el que pretende es- 
cudarse con la mentira, me ahorrarán el empleo de esos medios harto 
repugnantes para mi sensibilidad, si bien necesarios para garantizar 
la fe de las declaraciones. Vamos á ver, ¿conoce usted esta carta? 

— No señor... sí señor... no señor... 

— Sí ó no, replicó el juez, haciendo retumbar las bóvedas con su 
nto — puede usted leerla. 

Francisco alargó su mano temblorosa y tomó la carta que le pre« 
taban. Después sin mirarla, respondió : 

— Señor... no sé leer... 

— Becuerde usted lo que le dije hace un momento. 

—Mi señor mío... si yo... le juro por Dios nuestro Señor... 

< — ¡Bah! preste usted... la carta dice así: 

«Acapulco, 11 de Mayo del año del Señor de 1738. 

Francisco, hijo mío : en este momento estoy á bordo del San 
Juan. — He logrado escapar de las manos que á estas horas ya me 
hubieran dado la muerte. — Adiós hijo mío, no sé cuando volveremos 
á vernos. — Voy á Dios y á la ventura, sin recursos y llevando en 
el alma todo el tormento de abandonar á mi Petra, tan buena, tan 
sufrida y tan linda, y cuando no he tenido el tiempo necesario para 



LOS INSURGENTES 141 



hacerla dichosa. Y á tí también, tan virtuoso y <an inteligente, á tí á 
juien amo desde que el crimen que segó la existencia de tus padres, 
;e arrojó en mis brazos que no cesan de bendecirle. — Solo el odio que 
profeso á los gachupines y á sus frailes ; solo el fuego de la libertad, 
jólo el amor del pueblo, pudieron separarme de mi Petra y de tí, 
Francisco, — para arrojarme á uua lucha... cuyo triunfo no considero 
jomo imposible. — ¡Adiós! yo volveré algún día; pero si muero... Petra 
puede subsistir con nuestros ahorros, y tu también... pero lee, lee 
paucho esos papeles de tu padre, para bañarte en ellos con la inspi- 
ración patriótica, y las lágrimas de tus antepasados. — Lleva siempre 
al cuello esa esmeralda empapada con la sangre de tus padres y lán- 
zate, y riégala con la de sus verdugos. — Ya se acercan los tiempos, 
siento que las predicciones se realizan y escucho que un murmullo 
imponente como él del mar que me rodea, se levanta estremeciendo 
el solio de Eocafuerte, que cruje como los costados de mi nave. — 
Adiós. — Adiós acaso para siempre — dale á mi Petra las adjuntas car- 
tas y recibe mi cariño y mis lágrimas. — Mueran los gachupines. — Tu 
Genaro.» 

Cuando el juez hubo concluido su lectura, dejó la carta á un lado, 
y elevando el foco de sus antiparras en el semblante del asombrado 
Bobadilla, le dijo : 

— ¿Qué le parece á usted esa cartaf 

— No me parece mala, señor. 

— ¡Cómo!... replicó el juez brincando del asiento, ¿afirma usted que 
es buena la sedición, que es bueno el insulto, que es buena la blas- 
femia? ¿Cree usted que es muy buena esa carta que provoca á un jo- 
ven á la rebelión contra la autoridad establecida, contra la sociedad, 
contra los ministros de Dios y el apoyo de la religión cristiana? 

El mísero alguacil había retrocedido hasta colocarse fuera de aquel 
aliento que estremecía su corazón, como el huracán la hojilla de una 
planta marchita. 

Su turbación, sus respuestas casi infantiles, hubieran sido la prueba 
casi irrefragable de su inocencia ante un juez menos imbécil, órnenos 
desconfiado. 

No era dueño de sus ideas, no comprendía como su nombre en- 
cabezaba aquella carta para él inentendible, y fijándose no más en esa 
dolorosa despedida que los renglones expresaban ; no le pareció mal 
un acento que también cuadraba con su situación de padre separado, 
acaso para siempre, de su mujer y de sus hijos. 

Mas cuando vio que su respuesta provocaba una explosión de có- 
lera, cayó sobre sus rodillas exclamando : 

— ¡Miento! señor ¡miento! no sé lo que me digo, no lo hice con 
ninguna mala intención... 

— Levántese usted, replicó el juez serenándose. 
Bobadilla obedeció como un perro. 

— Dos días después de haber leído esta carta ¿adonde marchó 
usted? 

— Yo, señor, me quedé en mi casa. 

— ¿Contestó usted? 

— No señor. s 



142 JUAN A. MATEOS 



— Pues consta lo contrario... 

—¿Consta? 

— Sí señor... 

— Pues muy bien señor... 

El juez extendió el brazo hasta tocar el mango de una campana 
Y ¿¡jo : 

— Hartas pruebas tenemos para poner en duda ese candor y esa 
falta de sentido que usted ha mostrado en todas sus respuestas. Un 
sujeto como usted, que lleva un título conquistado por el saber y la 
inteligencia, y que tiene la rara habilidad para disfrazarse bajo los 
arreos de un alguacil vulgar, con el objeto de sorprender el recinto 
mismo de la justicia, no es raro que hoy supiera figurar la desnudez 
de la inocencia, para extraviar los pasos de la ley, como ha extra- 
viado los de sus agontes. 

En consecuencia, requiero á usted por la postrera vez, á que 
abandone su papel ya inútil en estas circunstancias. Usted es don 
Francisco Ponce. 

— No señor, Lope, Churrigay y Bobadilla. 

El juez no dijo más; agitó la campana, y un hombre negro como 
teñido con la oscuridad del aposento, apareció junto á la mesa con 
los brazos cruzados y la cabeza inclinada con ademán sumiso. 

El juez le dijo : 

— Este hombre... 

Y señaló á Bobadilla, que acaso ni había visto aparecer al ver- 
dugo. 

— ¡Qué!... ¿quién es usted?... exclamó el alguacil, cuando sintió 
que lo asían por un brazo. 

—Despáchate, dijo el juez. 

Bobadilla se dejó conducir por el verdugo unos cuantos pasos, 
pero viendo que se dirijían por la puerta, volvióse hacia el clérigo 
que permanecía en la mesa, y le dijo con verdadera naturalidad: 

— Buenas noches, señor... 

Es cierto que Bobadilla era alguacil, y quizá nuestros lectores 
estrañarían con justicia, que ignorase las prácticas del tribunal, si no 
nos apresurásemos á hacerles una explicación, que es la que encon- 
tramos en la historia y es esta : 

Bobadilla sabía las pocas noticias que acerca del negocio circu- 
laban en boca de todo el mundo; pero jamás presenció ninguna eje- 
cución, ni tuvo tiempo para ello, empleado como estaba siempre, con 
excepción de unas cuantas vecep, en recorrer de noche la ciudad entera, 
siguiendo á un jefe desconocido y aprehendiendo á pobres diablos, sin 
saber por qr.é causa los aprehendía. 

Tal era su deber. De día estaba libre, y mejor le parecía rondar 
por la fonda de una tuerta, vecina suya, ó por la tienda de su com- 
padre, que perder el tiempo en informarse de lo que pasaba en las 
prisiones. 

Per otra parte todo es creíble cuando un hombre es inocente. 

Bobadilla fué llevado ante una tosca rueda, detras de la cual se 
habían levantado, y permanecieron inmóviles, dos nuevos bultos sinies- 
tros. Entonces conoció todo el peso de su desdicha, y volvió á caer 
de hinojos prorumpiendo en dolorosos gritos. 



IOS INSURGENTES 143 



Uno de los hombres que le ataba las manos por la espalda, se 
acercó á su oído, y le dijo rápidamente y en voz muy baja: 

— Confiesa todo lo que quieran, es peor si callas. 

Esto sí lo sabía muy bien el alguacil, y creyó mas conveniente 
podrirse en los subterráneos de la inquisición, ó morir en el palo, 
que exbalar el último suspiro entre las lentas congojas del potro y 
del embudo. 

— Quiero hablar, señores, dijo. 

El clérigo mandó suspender el tormento, y se dispuso á escuchar 
la declaración de Bobadilla, pero viendo que este permanecía en si- 
lencio, le dijo: 

— Hable usted. 

— Señor... tartamudeó el otro, no tengo nada que decir á su alteza, 
porque, como acabo de decir hace un momento, ignoro, podía jurarlo, 
qué motivo de queja existe contra mi persona; si es cierto que las 
malas jugadas que varios españoles me han hecho en el curso de mi 
vida, han llegado á causarme cierto aborrecimiento por algunos de 
ellos, no es nieuos cierto que jamás, ni de palabra ni obra... es 
decir, yo... respeto á todos los señores españoles, y pueden pre- 
guntarle á todos, á todos, porque todo el barrio me conoce... y verán 
si alguna vez he faltado... 

— No se le interroga á usted acerca de sus enemistades perso- 
nales, ni se le juzga por faltas que no incumben á este sagrado tri- 
bunal; se trata de un complot, se trata de un proyecto criminal, que 
tendía no solo á trastornar la organización actual de los poderes po- 
líticos, sino á destruir la fé de Cristo, inmolando á sus propagadores, 
y sostituirla con los dogmas y los ritos gentílicos que existían con 
mengua de la humanidad antes de la conquista. 

— ¿Es decir, se me acusa de judío? respondió Bobadilla, que apenas 
vislumbrada el sentido en las palabras del clérigo. 

— ¡No! pero sí de impío, de criminal, de enemigo de la iglesia 
y de sus ministros, de Dios y de las autoridades, que son su imagen 
en la tierra. 

— ¡Mienten! señor... soy cristiano viejo y... 

— ¿Vuelve usted á obstinarse? 

Bobadilla sintió que el verdugo lo tiraba por una manga, y se 
contuvo. Reflexionó de nuevo que estaba en el lugar donde se con- 
fesaba lo que querían los jueces, y que sería mejor hablar con voz 
tranquila que en medio de los gemidos arrancados por el tormento. 

Señor, replicó, Dios que mira desde el cielo el fondo de mi 
corazón, sabe muy bien que guardo aquí el amor y el respeto á su 
bondad infinita. Ahora, si usted gusta, señor sacerdote, puede usted 
escribir los cargos que se me hagan, y al pie del escrito pondré la 
señal de la santa cruz. Confieso y afirmo lo que ustedes gusten. 

— A este lugar, dijo el juez medio amostazado, no viene el reo 
al arbitrio de nuestra voluntad, ni la justicia se sujeta á los caprichos 
ni al gusto de nadie, ni nosotros gustamos de inventar cargos, ni la 
mano de la ley se levanta y cae por nuestro gusto. Nuestro gusto 
sería ver á usted libre de una acusación que haee al culpable un objeto 
de horror para la humanidad, y de justa cólera para un Dios que así 
recibe el pago de sus bondades... 



144 JUAN A. MATEOS 



— Así lo creo, y agradezco á su reverencia el buen deseo que 
lo anima por mi salvación. Si lie ofendido á su señoría, eche la culpa 
sólo á mi escaso conocimiento de las palabras... 

— No perdamos el tiempo ¿Esa carta se dirige á usted? 

— ¿Qué carta?... sí señor. 

— ¿Usted es Francisco Ponce? 

—Sí señor. 

— Basta con eso. Puede usted retirarse. 

Bobadüla marclió á su calabozo con ese desaliento de un reo que 
acaba do escuchar su sentencia de muerte. Dejóse caer al suelo, escon- 
dicendo el rostro entre las manos y confundiendo sus sollozos con el 
sonido de las llares que aseguraban la pesada puerta de su encierro. 

W* 

Pasarían cuatro horas. 

Por un cálculo muy simple, Bobadilla conoció que era muy ei 
trada la noche, porque la noche se hacía sentir en aquel sitio con 
la recrudescencia del frío y un cambio de carácter en el silencio. 

Los cerrojos se descorrieron, la puerta volvió á abrirse, y el lla- 
vero seguido por otro personaje que llevaba un farol, penetraron 
hasta llegar á Bobadilla, que creyó ver sobre la cabeza del descono- 
cido, pues tal estaba su imaginación, la fúnebre capucha de un fran- 
ciscano. 

El caballero del farol se inclinó hacia el preso, y con una voz 
londe pudiera notarse la mezcla de la conmiseración y del respeto, 
le dijo 

— Amigo mío, ponga usted un término á su aflicción. Ríase usted 
de los tormentos y de la muerte como de una pesadilla de que acaba 
usted de despertar en este instante. 

— ¡Oh! respondió el alguacil incorporándose, ¿han conocido mi 
inocencia?... ¡Que Dios sea bendito mil veces!... 

— Hable usted más bajo, amigo mío, no es este un lugar, ni la 
hora es conveniente para entrar en explicaciones. Salgamos. 

— ¿Adonde vamos, señor? 

— A otra prisión... 

— ¡Cómo! 

— A otro lugar donde quede usted fuera del alcance de los in- 
quisidores. 

— ¡Oh! permítame usted que bese sus manos... 

— ¡Eh! que no soy mas que un simple agente de otra persona, 
reserve usted sus beso3 para aquellas manos, donde sentarán mejor 
que en las mías. 



VL 

A fines del siglo pasado se veía en el sitio que hoy ocupa la 
esquina de la calle de López y los Rebeldes, un caserón viejo y de- 
negrido, conmistamente abandonado. 



LOS INSURGENTES 14S 



Su fundador y dueño, don Jorge Villarroel, jesuíta, gran amante 
de la soledad y del estudio, pasó allí muchos años entregado á las 
elucubraciones de su espíritu filosófico hasta el año de 67, en que al 
tener noticia de la repentina expulsión de su orden cayó atacado por 
horribles convulsiones y exhaló el último suspiro, pronunciando cierto 
nombre misterioso y perdonando al injustísimo rey Carlos III. 

Varias señoras, entre las cuales se contaban algunas más grandes 
en edad que el jesuíta, se presentaron como lrjas del difunto á re- 
clamar la casa y óteos bienes que completaban la herencia. 

No había ejemplo en la historia sagrada ni profana de un pa- 
triarca más fecundo que el tal don Jorge Villarroel. Abraham no 
tuvo tan cuantiosa prole ; ni Moctezuma, ni Francisco I, ni Abu- 
beker, tuvieron el número de mujeres que le achacaban al pobre sa- 
cerdote. 

Llovían sobre la mesa del tribunal los documentos irrecusables de 
parentesco, y aquellos bribones, que segxín justificaban eran bjios de 
un mismo padre, se aborrecían de muerte, y se arrojaban denuestos 
y miradas insultantes en la calle, en s el templo y en el recinto mismo 
del pretorio. 

En cierta ocasión, dos ancianas que pretendían ser esposas legí- 
timas, de don Jorge, travaron una disputa de palabras, y olvidando 
que se bailaban en presencia del magistrado, vinieron á las manos, 
derribándose al suelo y dándose terribles calabazadas. 

Unos versos latinos hallados entre los papeles del muerto, 
dieran término á aquel asunto, que iba haciéndose verdaderamente 
escandaloso. 

Eran las confidencias de un infeliz que en el seno del silencit . 
cantaba con la lira de Tíbulo, la irremediable desventura de Abe 
lardo. 

«¿Adonde está, decían, la frescura del aura? — ¿adonde el cant 
de las aves? ¿adonde la hermosura del campo? ¿adonde la dulce luz 
trémula de los astros?... ¿Qué es bello á mis ojos? ni qué consuel 
encontraré, si no me es dado acariciar á esos seres más frescos qu 
la aurora, más armoniosos que las aves, más bellos que los prados, j 
cuyos ojos brillan con más divina luz que la que mana de las lum- 
breras celestiales?... No, nada me agrada, nada quiero sino la 
mar, la mar rugiente y pavorosa como mi espíritu, y á Dios la espe- 
ranza infinita, etc. etc. » 

Dos facultativos reconocieron á don Jorge, y aseguraron bajo la 
fé de principios científicos innegables, que el finado no pudo tener nunca 
más hijos que los de confesión. 

— Pues yo no sé como será eso, replicó una señora señalando á 
bu hija; será el diablo, pero esta niña debe tener padre. 

El fisco alargó el brazo, y recogió como los Toleteros hasta el úl- 
timo centavo de Villarroel. 

Al cabo de seis meses, la casa fué comprada por un don ilonso de 
Quesada. Desde entonces, hasta el año de setenta, por espacio de tres 
años, no cesaron los vecinos de señalarla como el sitio predilecto de 
fantasmas y de demonios — sitio donde se veían brillar á deshora luces 

10 — Los Insurgentes. 



146 JUAN A. MATEOS 



siniestra», y se escuchaban lamentos, martillazos, ruido de cadenas y 
no se sabe qué otras cosas. Era muy común entonces, que las personas 
despreocupadas explicasen aquellas consejas achacando el escándalo á 
los monederos falsos, que tenían grande ínteres en alejar á los curiosos 
dol sitio de sus oficinas. 

* Lo cierto es que el malogrado Don Alonso do Quesada, ama- 
neció un día suspendido por el cuello á una de las canales de su 
casa, quedando para siempre en el misterio el motivo de tan tremendo 
castigo. 

No volvieron á encontrarse inquilinos, y ocho años de abandono, 
los temblores y las lluvias, pusieron aquel edificio en un estado la- 
mentable. Las puertas estaban desvencijadas y cubiertas de telarañas. 
Los clavos y los cerrojos llenos de herrumbre, las paredes con grietas, 
donde podía caber el brazo; el cimiento, las canales y sus pretiles 
atestados de yerba, y la fachada con tres ventanas condenadas sur- 
cada por chorreaduras verdinegras como los peñascos de una ba- 
rranca. 

Espiando por una rendija de la puerta, se veía un ancho patio, 
lleno también de yerbas silvestres que salían por las junturas del 
empedrado A mano derecha una escalera, ya en ruinas, terminando 
en un corredorcillo que se estendía ai frente, lleno de macetas, unas 
con sus hojas marchitas, otras ostentando en aquella miserable soledad, 
la fragrancia y ufanía que en las praderas. Siguiendo el corredor que 
hemos indicado, llegábase a una puerta, único paso para todas las 
piezas, que eran extensas, frías, numedas, débilmente alumbradas por 
altas ventanas con alambrado Lae paredes sucias, los techos negros, 
dejando penetrar por algunos puntos tenues rayos del sol que se per- 
dían en un suelo enladrillado, cubierto de polvo y torcido por hun- 
dimientos. 

A la hora eD que Echadilla dejaba su prisión, acompañado por 
el caballero, que sea dicho de paso compraba la libertad de! alguacil 
á fuerza de doblones, vanas personas, be reunían en la antigua casa 
de! jesuíta, en !a pieza mas lóbrega, para tratar sobre un asunto de 
peligrosa importancia — tramábanse allí en el seno del misterio, los hilos 
de una conspiración contra los españolas. 

Había entre aquellos conjurados, hombres que treinta y seis años 
después debían brillar sobre la trente db muchos celebres caudillos 
de la independencia, por ejemplo, un Morelos, oriundo de Acapuico 
ul Galeana, un Asccncio, — tai ve2 abuelos de los héroes de 810. 

Acaso estos atesoraban en sus venas una sangre palpitante con 
el odio de los conquistadores, trasmitida em interrupción por corazones 
de norocs deudo Guatimoc y Xicontencai. 

Había también un Kocafuerte, maestro de escuela, cuyos discursos 
revelaban un talento muy superior á su destino, y un Lizardi, poeta, 
Que bacía beber á sus hermanos en doradas estrofas el licor hir viente 
del patriotismo. 

Los otros eran, Juan Avendaño, hacendado rico, pero buen ciu- 
dadano; Sebastian Pino y Mendoza, joven estudiante de cirujía; Tri- 
gueros, escultor; Antonio Bravo clérigo; Pedro Bustaniante, albañíl; 



L03 INSURGENTES 14-7 



poca, presidentes ambos en el ayuntamiento de sus pueblos, de 
grande influencia entre sus conciudadanos; por último, Enrique Fe- 
low; José Bear, alias White-head, corsarios y un negro llamado por 
apodo Asmodeo, valiente, bello y tentador como el príncipe de las 
tinieblas. 

Aquella mezcla de hombres tan diversos, consagrados á la salta- 
ción de la patria, simbolizaba la igualdad y la fraternidad que Dios 
prepara á los siglos de otra época. 

Eocafuerte era el alma de aquella conspiración. 

A un plan salido de su frente, nadie ponía sino ligeras observa- 
ciones, y era el primero que ofrecía su persona para realizar en las 
combinaciones el pormenor que necesitaba un brazo de buen temple, 
y un espíritu que no temblase ante ninguna consecuencia, aunque 
tuera el sacrificio de la vida. Su valor era tan conocido como su elo- 
cuencia — y su elocuencia como su desinterés y su amor patrio. Hu- 
biéramos querido conocer su rostro, su estatura, su casa, sus libros, 
su vida íntima, para pintar su fisonomía sobro estas páginas. No queda 
sino su nombre, medio borrado en los papeles del tío Blas. 

Eocafuerte ganaba la vida en una escuela de Tlalmanalco. 

Acusáronle un día con el marqués de Croix, de ser propagador 
de doctrinas infames y un perverso corruptor de los jóvenes, porque 
enseñaba, se decía, en los libros escritos por los impíos filósofos de 
Francia. 

Eocafuerte destruyó los libros que lo esponían á la hoguera, y se 
escapó de las garras de la inquisición; pero su escuela quedó desierta 
para siempre, y él espuesto á los horrores de la indigencia. 

Últimamente, subsistía trabajando como peón en el desagüe del 
valle. Así consta. 

La noche en que lo presentamos á nuestros lectores, Eoca- 
fuerte hablaba con fuego, pero sin pretensiones oratorias, acerca de la 
lucha que trababan ya contra los ingleses los ciudadanos americanos 
del Norte. 

Presagiaba el triunfo de estos en Boston, sin intimidarse por la 
derrota Bunker s-Hill, y veía que sobre la tumba de Montgomery, 
se levantaba como un astro de libertad, la frente laureada da Was- 
hington, — tratábase después acerca del estado de los preparativos, y 
cada uno dio cuenta á los demás sobre los asuntos encomendados á 
su diligencia. 

Bustamante y Lozada, tenían pronto la gente de sus barrios. 

Avendaño, tenía ciento cincuenta mil pesos, tan temibles como 
los puñales, y cien ginetes armados de su hacienda. 

Mendoza, el estudiante de cirujía, tenía un cuchillo pronto á 
practicar sin miedo la amputación de la cabeza que le designaran ; 
Trigueros, enseñaba su cincel de escultor, prometiendo eternizar en 
el mármol la memoria de los patriotas, y prestaba el juramento de 
luchar hasta la muerte por la independencia de México. 

Bravo, que por un sublime abuso de su ministerio, había arran- 
cado en el confesonario secretos importantes á la esposa del Brigadier 
Villa de Lanzas, — abría un tesoro de excelentes aplicaciones al talento 
revolucionario de Eocafuerte. 



148 JTT1N 4. WATEOg 

Felow y Whito-head, cod el dinero de Avendaño, y las maniobras 
de Galicia, meterían parque y armas por la frontera. 

Asrnodeo removería con un relámpago las tinieblas de la excla- 
vitud, y legiones de negros se levantarían con sus puñales, lanzando 
miradas de exterminio, al solio de los conquistadores. 

Don .Rafael Gonzalos Galeana, y Ascencio, estrecharían á los sol- 
dados de la insurrección, entre las líneas matemáticas del arte, para 
dirijirlos á la victoria. 

Quedaba Popoca — Se levantó y dijo • 

— Señores, soy bastante viejo, tengo placer en observar, y he 
pasado la vida estudiando las probabilidades y la oportunidad de un.' 
golpe de mano. He visto que hay patriotas, y que esos patriotas son 
de tal temple, que. si no temiera lastimar la modestia de los que me 
rodean, diría que son el mismo genio del valor, de la virtud y de la 
inteligencia. Pero he visto también que esos hombres son en el seno 
de las ciudades, lo que esos astros llenos de brillo, que brillan solos 
en el fondo de un cielo cubierto de sombras. Conozco á cada uno de 
ustedes, los veo, y siento una admiración mezclada de júbilo y de 
envidia, y creo en ustedes, en ustedes nomás, sin alucinarme con la 
esperanza de un pueblo entero de patriotas... 

Detúvose un momento el anciano ante un murmullo de los cir 
cunstantes. Después continuó : 

— En fin, señores, no sería extraño que yo me equivocara, ó qui 
ustedes tomasen á mal una palabra que va un poco más allá de mj 
pensamiento. Quise decir que desconfiásemos del pueblo de los arraj 
bales, y de una fó comprada con el oro á los que son desde que 
nacen enemigos á muerte de todos nosotros. Es decir esos soldado* 
del virrey,.. 

Pues bien, señores, una jente más numerosa que los soldados de" 
Asrnodeo, más atrevida que los léperos de Lozada, más obediente que 
los rancheros de Avendaüo, y con el amor puro de la libertad, ej 
noble desinterés de todos ustedes, deberá ser el brazo en que depo 
sitemos el éxito de un combate donde se juega el destino de un pueblo 
y los principios de la humanidad. 

•Renunciemos, señores, á esas peligrosas alianzas de gente estú 
pida y fanatizada, que un día pregonará el secreto de la conjuración 
y pondrá sus puestos junto á nuestras horcas y perseguirá á pedradaí 
nuestros cadáveres, victoreando al virrey, y moiandose de nuestro pa- 
triotismo como de una locura. 

¿No! arrojémonos en el seno del pueblo, del verdadero pueblo qu» 
aun conserva en su alma el calor de las generaciones muertas al ül( 
de la espada de Cortés, y bendecidas desde lo alto por la mirada di 
Huitziiopoztli. 

— Admito, dijo Rocafuerte, pero ese hombre maravilloso, ese ta 
lismán vivo, que según usted le bastaría dar á conocer entre las tribu 
para levantarlas y conducirlas á la lucha ; ese hombre que usted h; 
prometido buscar... 

— Ese hombre, replicó Popoca, lo he buscado, y acabo de en 
contrario. 

Toda la asamblea se puso en píe al escuchar estas últimas pa 



LOS INSURGENTES 149 



labras. En efecto, Popoca había revelado á sus amigos la existencia 
do una logia de que él era el jefe, logia precedida por otras muchas, 
que desde Xicotencatl venían trabajando por la independencia de 
México. 

Había revelado también la historia de una esmeralda que llevaban 
todos los descendientes de Tizoc, y que era el signo por el que los 
indios conocerían, según sus propias tradiciones, al caudillo que de- 
bían obedecer como representante de sus emperadores. Habló del pres- 
tigio que había rodeado á todos los que poseyeron la dicha esmeralda, 
y del entusiasmo que siempre despertaron entre aquellas gentes tan 
respetuosas con sus recuerdos. 

— Señores, añadió Popoca, esa esmeralda fué robada por los 
agentes del Gobierno el día que apareció muerto Pon ce, dejando por 
fortuna un hijo, que hoy es el último descendiente de la desventurada 
Xóchitl. Mi padre compró con un caudal esa esmeralda donde están 
impresos los labios de tantos seres desgraciados ó ilustres. Yo vigilé 
al heredero de Tizoc, para entregarle esa piedra, cuyo color marcaba 
la esperanza de los corazones qu© sintió latir por la patria... después 
perdí de vista á Francisco durante cuarenta años por culpa de los 
que ya pagaron su trascendental descuido. Pero Francisco lleva dos 
señales que no me dejan duda acerca de su identidad con el hijo de 
Rosaura ; dos señales que unidas, lo harán reconocer por todos mis 
conciudadanos : son su nombre y las huellas que el puñal del asesino 
dejó grabadas en su garganta. 

Hace ocho días supe casualmente que la inquisición juzgaba á un 
reo, cuyo nombre me hizo estremecer. 

Señores, ese hombre marcado por el destino con el sello de la 
gloria, ese hombre á quien le bastará enseñar una de sus lágrimas 
para insurreccionar á toda la raza de Guatimotzin, ese brazo que será 
invencible, ese nombre que será una bandera, ese Francisco... yo lo 
tengo, yo lo he encontrado en el seno de la pobreza y de la igno- 
rancia ; pero no importa, nos bastan su nombre y su presencia para 
el éxito de la revolución,.. 

VII. 

En la noche siguiente se presentó Popoca ante los conjurados, 
llevando por la mano al alguacil Francisco Bobadilla. Este quedó mudo 
de asombro al escuchar las felicitaciones y I03 discursos de aquellos 
personajes á quienes conocía de nombre, por su riqueza, su valor, su 
talento, su saber, su influencia ó su posición social. 

Llegó al colmo su fascinación cuando le presentaron un árbol ge- 
nealógico, donde pudo ver que las ramas de su ilustre prosapia se 
enlazaban por medio de Tizoctzin, con los troncos seculares de Aca- 
ínipich, Pinahuitzin y Tlacahuepantzin. 

Bobadilla, que no supo nunca quienes fueron los autores de sus 
días, escuchó con emoción creciente la historia de Rosaura, del artista 
y la del infeliz Genaro Vilches, muerto de tristeza y de miseria en 
una roca de las Antillas ; — después dijo : 

— ¿Y sus mercedes tendrán la bondad de decirme si vive todavía 
mi madre Petrita? 



150 JUAN A. MATEOS 



— ¡Oh! exclamó Popoca, esa segunda madre tuya te abandonó 
muy niño para marebar al lado de su esposo, — tal vez duerme con él 
debajo de la tierra... .pero nada temas, tu borfandad cesa desde este 
instante... 

Después dio á Bobadilla los papeles cuya copia liemos tenido á 
la vista para contar á nuestros lectores la bistoria de Xocbitl y sus 
nietos. Esplicóle cómo los agentes de la inquisición, penetrando á¡ 
la casa de Petrita el mismo día que esta partió para San Salvador, 
bailaron las cartas de Genaro, entre las cuales iba la que el alguacil 
oyó leer al juez del Santo oficio. 

La infancia de Francisco Bobadilla se acomodaba perfectamente 
á la del biio del artista, pues abandonado á los siete años vagó como 
un mendigo basta la edad en que pudo subsistir por sí mismo, bus- 
cando la vida por diversos pueblos no muy lejanos de la capital. Y 
tal era la vida que Popoca suponía á ese huérfano que escapó á la 
vigilancia de sus agentes. 

Nada quedaba, pues, por indagar, cuando las únicas señales que 
denunciaban al hombre del destino existían en Bobadilla. Si este no 
recordaba nada de sus primeros años, era natural, por ser tan cortos 
cuando el alguacil quedó abandonado. 

Ciertas respuestas vagas que este dio sin saber lo que le pregun- 
taban, acabaron de convencer al anciano Popoca de que tenía en sus 
manos al bijo del artista. 

En consecuencia, Bobadilla recibió también la esmeralda, y todos 
convinieron en presentarlo al otro día en la logia de los indios, vestido 
con el trage de los guerreros aztecas, y llevando al cuello la piedra, 
que era el cetro de aquel reino misterioso. 



VIII 



Bobadilla fué ocultado en la casa de uno de los conjurados, Bravo, 
que lo alojó en un magnífico aposento. El alguacil dudaba, pero con- 
forme con su suerte, dejó que aquel sueño venturoso lo envolviera en 
bu dorado velo. Pensó en sus hijos ; una palabra sola bastó para que 
Bravo mandara buenos auxilios á Desideria, que solo supo se los en- 
viaba su marido, sin poder recabar una palabra más tocante á la 
suerte de Bobadilla. 

Sin embargo, á fuerza de súplicas y de protestas llegó á conseguir 
el alguacil que su esposa, con la mayor reserva, entrase á visitarlo. 
Desde entonces fué Desideria conocedora del secreto. 

IX. ' I 

Pasemos añora á conocer á un nuevo personaje. 

Serían las seis y media de la tarde del 28 de Febrero de 1775. 

Una sombra magestuosa como la del mar comenzaba á difundirse 
por los ámbitos del templo de San Francisco, envolviendo los altares 
y la base de las columnas en un manto donde apenas llegaba el tibio 
resplandor que penetraba por las bóvedas. 

Parecía que el silencio vagaba por las naves, extinguiendo los 
últimos ecos de las pisadas de los fieles, 



LOS INSURGENTES 151 



Era religiosa la inmovilidad de las lámparas. Su cadena se dila- 
taba por la altura como el suspiro de una alma contrita, y el santo, 
reclinado en los cristales de su nicho, clavaba una mirada triste en 
la lucesilla agonizante que ardía enfrente de sus pies. 

Era imposible figurarse que en aquella soledad sepulcral se atre- 
viera á permanecer un ser viviente, y sin embargo, en la penumbra 
de un arco de la nave y en el fondo de un confesonario estaba un 
hombre, un fraile con el rostro cubierto por la capucha, dejando ver 
apenas sus labios agitados por la oración. 

Después retumbaron en el pavimento lentas pisadas, y una mujer 
fué á postrarse junto al confesonario, donde estaba el fraile. 

— Señor, dijo la mujer con voz más alta, después de haber 
hablado algún tiempo con el sigilo de la confesión : tengo aquí en mi 
corazón un peso que lo mortifica, y un secreto que lo hace temblar 
de espanto. 

— ¿Sí?... ¿y qué 3ecreto es ese? preguntó el fraile con cierto me- 
nosprecio. 

— Yo sé, padre mío, que la santa Iglesia y Dios nos mandan 
sacrificar lo mas querido por evitar la perdición de una alma. — 
Pero ignoro si en lugar de una obra meritoria he cometido una 
fealdad... 

— Adelante... ¿qué has hecho? 

— Yo, padre, temo á Dios, y respeto en la sagrada inquisición 
su brazo levantado siempre contra los enemigos de la fe cristiana... 
Y quiere usted decirme padre ¿no es un crimen callar cuando se sabe 
que callando se protejo la maldad y se alienta al enemigo de la re- 
ligión? 

— ¡Oh! ciertamente. 

— Pues bien, padre mío, yo conozco donde se oculta la maldad. 
y conozco á los enemigos que preparan la ruina de la religión... 
-¿Sí?... 

— Sí padre, y la del reino. 
—¿Y quiénes son?... 

— ¡Oh! no los conozco á todos pero sí sus nombres, — sé donde 
se juntan, qué piensan y lo que se imaginan. 

El fraile tomó cierta postura cómoda para escuchar el fin de un 
asunto que iba excitando su interés. La penitente continuó: 

— Sé padre mío, que existe una conspiración lo más terrible, lo 
más abominable que pueden inventar los espíritus ciegos á la luz de 
la verdad eterna — ¡oh!... y lo peor es que han arrastrado á mi ma- 
rido, y que Dios lo castigará en su esposa y sus hijos si yo no evito 
que siga el camino de la condenación. — .¿Pero no estará loco, padre? 

— Explícate más, hija... 

— Le h?n hecho creer que es un príncipe. 

— ¿Príncipe? 

— Sí, padre. 

— ¿Quién es tu esposo? 

— Francisco Trinidad Bobadilla. 

— ¿Francisco?... 

— Sí, padre, pero se ha quitado el apellido — Le dicen Poncio... 
Francisco Poncio. 



152 JUAN A. MATT08 



— ¿No será Pone©? 

— Sí, padre, creo que sí. 

— Ya te escucho, hija. 

— Pues bien, señor... yo creo que tiene vuelto el juicio, pues no 
habla sino de sus abuelos que eran nobles, y de no so que Rosauras 
y Genaros y Camapichos, y quién sabe cuantas cosas de una esmeralda. 

— Adelante, exclamó el íraile con tal acento de severidad, que 
hizo estremecer á Desideria. — Esta procuró abreviar su relato. 

— Diré, señor, en una palabra, que existe una conspiración, que 
la he denunciado... 

—¿Sí? ¿cuándo?... ¿cómo 1 ?... ¿á qué hora? volvió á exclamar el 
fraile saliendo casi de su asiento. — Pero después recobrando su sere- 
nidad, repitió la pregunta con voz más calmada. 

— Ahora mismo, respondió la mujer, vengo de la inquisición, padre; 
le deié el aviso á un sacerdote, que fué inmediatamente á dar parte 
al arzobispo... 

— ¿Y sabes donde estarán los conjurados? 

— Sí, señor, ahora que están juntos aprovechó la oportunidad... 

—¿Y á donde están? pregunto... 

•—En la casa de Villarroel, aquí adelante... 

— Bien hija, respondió el fraile, poniéndose en pie con una vi- 
sible agitación, corre al instante al tribunal del Santo oficie, y espé- 
rame allí hasta que yo vaya... pero aprisa... vé, porque es importante 
que paremos el golpe.. 

Desideria casi arrastrada por aquella voz y aquellos ademanes 
salió á escape del templo, y tomó la dirección de Santo Domingo. 

— ¡Corramos á salvarlos! exclamó el padre, saliendo tras de De- 
sideria. 

X. 

Si el lector gusta dar unos cuantos pasos, lo llevaremos á casa 
del jesuita, para que presencie una de las últimas escenas de esta 
verídica historia. 

Daban las siete de la noche. — El barrio de San Francisco estaba 
solitario; en la casa de Villarroel, reinaba entre los conjurados una 
notable agitación. — Un personaje, el mismo que hemos visto entrar 
con el llavero al calabozo de Francisco, estaba en pie, rodeado por las 
otras personas que escuchaban con febril ansiedad cada una de sus 
palabras. 

— Señor, decía, — yo estaba en la puerta con el padre González 
de Balcárcel, y esa mujer ha llegado á revelarle nuestros secretos — yo 
procuré disimular mi turbación, quise también disuadir á ese fanático, 
y poner en duda las aserciones de esa vieja; pero Balcárcel no escuchó 
sino la voz de su terror, y se apartó de mí, corriendo en dirección 
de la casa de Ricardos para llevarle la denuncia. — Señores, el diablo 
se ha llevado nuestra esperanza cuando estaba tan próxima de reali- 
zarse. — No queda más que pensar en nuestra salvación. — Hace una 
hora que liemos sido vendidos, y los esbirros de la inquisición y del 
virrey se aproximan, si es que no están ya apostados por nuestra 
puerta. 



L08 INSURGENTES 153 



Un rugido de indignación partió del seno de los conjurados, y 
varios brazos se levantaron blandiendo la hoja de relucientes puñales. 

En este momento se abrió de golpe una de las puertas, y apa- 
reció un hombre pálido y agitado. — Era Bravo. 

— Señores, exclamó poniéndose en medio de todos y volviéndose 
á todos sucesivamente, estamos vendidos. — Huyamos... ó dispongá- 
monos á vender cara nuestra vida. — Un fraile nos ha denunciado, y 
ese fraile seguido á lo lejos por un piquete de provinciales, procura 
en este instante forzar la puerta que da sobre la calle. 

— Señores, dijo Rocafuerte, la patria necesita de todos ustedes, y 
es preciso conservar para ella nuestra vida. No ensayemos la resis- 
tencia sino en caso de que sea imposible salvarnos. — Pero todavía 
es tiempo. — Debajo de la escalera hay una salida. — Marchemos. 

A estas palabras, se lanzaron todos por una puerta estrecha que 
daba al corredor, cuando un estruendo seguido de un grito de satis- 
facción, dejóse oir por el fondo del patio. 

— Aquí están ya, dijo Felow con voz serena, y amartillando su 
pistola. 

Rocafuerte amartilló la suya, y tomando la postura resuelta de 
un combatiente, gritó : señores, viva la independencia! 

Este grito se reprodujo por cien voces, como los ecos de un canto 
de guerra. 

— Silencio, señores, exclamó una voz desconocida que dominó el 
tumulto. 

Entonces se vio aparecer en la escalera una sombra. 

Felow se adelantó hacia ella, y disparó su pistola. 

El arma no dio fuego, pero á la irradiación do un puñado de 
chispas que despedió la piedra de la llave, se vio que la sombra era 
un fraile, y que ese fraile sujetaba el brazo de Felow. 

Este, con la otra mano, desprendió de su cintura otra pistola. 

Sonó un tiro, y el fraile rodó gimiendo hasta ios últimos pel- 
daños. 

Todo quedó en silencio, los conjurados esperaron con la palpi- 
tación del combate, que aparecieran los esbirros, para lanzarse con 
pistola en mano á buscar una muerte menos oprobiosa que la del 
cadalso. 

Pasaron diez minutos—nadie aparecía. 

— Señores, dijo Bravo, aprovechemos el momento; acordaos de las 
palabras de Rocafuerte. 

— ¡Huyamos, huyamos! gritó este último. 

Todos se precipitaron tras él, brincando sobre el cuerpo del fraile 
que aun parecía moverse, y desaparecieron por debajo de la escalera, 
hundiéndose en la oscuridad como en un abismo. 

XI 

A este tiempo, la puerta de la calle dio paso á un grupo de al- 
guaciles y de milicianos que inundaron el patio, y se dispersaron por 
todas partes haciendo briHar las armas y las linternas. 

Venía capitaneado por Oliverio Carbajal, uno de los policías más 
Solitos y más valientes de aquel tiempo. 



154 JUAN A. MATEOS 



Carbajal se detuvo ante el cadáver del fraile, y lanzó una excla- 
mación de asombro. 

— ¡Dios mío! dijo después, el padre don... ¿qué hace aquí?... ¡un 
médico!... pronto... respira todavía. 

¡Por aquí! ¡por aquí! gritaron varias voces en el corredor, donde 
los alguaciles pugnaban por abrir una puerta. 

Oliverio se lanzó con varios soldados en dirección de aquellos 
gritos. 

— Aquí hay gente, le dijeron. 

En efecto por las rendías de la puerta se veía luz, y alguien 
atrancando por dentro se oponía á la entrada de los alguaciles. 

— ¡Vive Cristo! exclamó Carbajal, quitándose el capote, no es la 
puerta de los infiernos; cargúense todos. 

Dichas estas palabras, la puerta dio un crujida, sus dos hojas 
abriéronse con un azote, y cinco alguaciles y Oliverio rodaron por 
enmedio de la pieza dando un grito de cólera. 

Al levantarse, vieron en un ángulo del cuarto, y á la luz de 
nna vela puesta en el suelo, á uu hombre, á un fantasma, á nn ser 
que parecía la sombra de Guautimoc, en pie, inmóvil, con el penacho 
del guerrero, y blandiendo en su brazo la macana que resonó en el 
casco de los conquistadores. Aquel que aparecía con la pompa de. 
Xicoténcatl, era Francisco Bobadilla, que debía ser presentado esa 
noche en las logias de los indios. Era Bobadilla, qne al escuchar la 
pistola de Felow, había buscado un lugar de salvación, ocultándose 
en aquella pieza defendida por sus compañeros. Era Bobadilla, que 
trémulo de espanto, esperaba allí como el gamo acorralado por los 
perros. 

— Prendan á ese hombre, dijo Carbajal señalándolo con la punta 
de su espada. 

— ¡Atrás¡ gritó Bobadilla, y dando un paso hacia adelante oprimió 
su macana, y lanzó á los alguaciles una mirada que nunca se había 
visto en sus ojos. 

Los corchetes retrocedieron. 

— ¿Como es eso? exclamó Carbajal, ¿se atreve usted á resistir á 
la justicia?... ¡á ver ese garrote! 

Diciendo esto, se acercó á Bobadilla con la resolución de desar- 
marlo, pero este lo contuvo, y dijo con un acento solemne. 

— ¡Atrás! nadie toque al hijo de Tlacahaepantzin. ¡Miserables! yo 
lacho por la libertad de ustedes, pero si ustedes llevan su ingra- 
titud hasta el grado de querer entregarme al Santo Oficio, juro por 
Dios vivo, que la sangre ilustre que corre por mis venas se mezclará 
en este lugar con la de ustedes, antes de consentir que se me toque 
un solo pelo. Yo mostraré que soy digno de mi pueblo y de mis an- 
tepasados... 

— ¡Eh! borracho, replicó Carbajal, dése por preso y quítese de 
disputas. — Vamos, continuó; poniendo la mano sobre Bobadilla, á ver 
ese palo. 

— Téngalo... dijo Bobadilla con una de esas palabras enérgicas 
que no es permitido referir. 

Caai al mismo tiempo resonó un golpe aeoo; Carbajal vaciló como 



LOS INSURGENTES 15; 



un ebrio, y tropezando con los pliegues de su capa, fué á caer á los 
pies de sus alguaciles, que lanzaron un grito de rabia. 

Bobadilla con un furor extraño á su carácter, inspirado tal vez por 
el recuerdo de su calabozo, no esperó que lo acometiera la turba, sino 
qué levantando de nuevo su terrible macana, cerró con los soldados 
de la fe, sin darles el tiempo necesario para organizar la defensa. 

Fué tal su acometida, tan redoblados, tan certeros los golpes de 
su brazo, y tal la sorpresa de los alguaciles, que pudo abrirse paso, 
ganar la puerta y escapar en dirección de la escalera. 

Aquí llegaba, cuaudo sonó por sus espaldas la detonación de un 
arcabuz... Bobadilla rodó por la escalera con el cráneo hecho trizas, y 
fué á caer sobre las lozas, que un momento antes humedeciera el fraile 
con su capucha ensangrentada. 

XII. 

Así concluyó la existencia del alguacil Francisco Trinidad Lupe 
Churrigay y Bobadilla. 

Se ha dicho que este se dejó matar por miedo, que solo acome- 
tió por libertarse de lo que le esperaba en los calabozos de la Inqui- 
sición... ¡Infames! así es como pretenden defraudar la gloria al que 
probó que su pensamiento estaba fijo en la patria, cuando arrojaba en 
la faz de sus perseguidores estas palabras: «Yo lucho por la libertad... 
yo mostraré que soy digno de mi pueblo y de mis antepasados.» 

Si Bobadilla es un hombre demasiado insignificante á la altiva 
mirada de la historia: si esta, fija siempre en el solio de los tiranos, 
escucha apenas el grito de emancipación que un hombre del pueblo 
lanza á la posteridad desde las puertas de la tumba; nosotros, humil- 
des narradores de su oscura gloria, parecidos á esos dolientes que si- 
guen en silencio el ataúd de un pobre amigo, sin más pompa que sus 
lágrimas, ni más luto que su dolor profundo, seguiremos solos el igno- 
rado nombre de ese alguacil, para ceñirlo con la corona que la libertad 
teie á la frente de sus mártires. 

Xlli. 

Con todo, como vamos á verlo, Bobadilla no era el hombre del 
destino. 

Una hora después de la escena que acabamos de presenciar, y 
en tanto que Oliverio ya repuesto del golpe, daba sus órdenes para 
registrar todas las casas contiguas con la de Villaroel, se abrían las 
puertas del convento de San Francisco para dar paso á una camilla 
de donde salían débiles gemidos. 

— ¿Qué es esto? diio el lego que abrió las puertas. 

— Es Fray Francisco... repuso un embozado, viene gravemente 
herido, — ¿por dónde está su celda?... 

— ¿Pero dónde?... ¿cómo ha sido eso?... 

— Después veremos; guíe usted sin tardanza. 

Cuando llegaban por los corredores del primer patio del convento, 
un fraile que se paseaba meditando por aquel sitio, se acercó lleno d© 



156 JUAN A. MATEOS 



alarma, preguntando á todos qué traían y el nombre de aquel cayos 
gemidos no cesaban de oirse. Cuando oyó pronunciar el del padre 
Tízoc, descubrió la camilla, y no pudo ahogar un grito de sentimiento: 

— Oh! dijo, voy á dar parte... y corrió desapareciendo por el fondo 
del claustro. 

Poco después el padre Tizoc se hallaba desmayado en su lecho, 
rodeado por toda la comunidad. Todos los rostros tenían el sello de la 
duda y de la pesadumbre. Todos clavaban su mirada ya en el padre, 
ya en la frente de un hombre que con reloj en la mano, contaba so- 
bre el pulso del herido los callados pasos de la muerte. 

El médico pareció meditar un instante; después se retiró con uno 
de los frailes hacia el fondo del aposento, y le dijo algunas palabras 
en voz baja. Después se despidió. 

Casi todos salieron en pos de él para escuchar el fallo de la ciencia. 

Quedémonos nosotros junto al moribundo, para recojer sus últimas 
palabras. 

Acababa de abrir los ojos; sus labios se movían articulando tra- 
bajosamente un nombre. 

El único fraile que había quedado en la estancia se acercó al he- 
rido, y le dijo con aflrjida ternura: 

— Aquí estoy, Francisco... 

Este tendió una mano y atrajo por las sujas al fraile hasta to- 
carse las mejillas. 

— Escúchame, Rafael, dijo después con tal debilidad que solo el 
fraile podía oirlo. Tú has sido el amigo de mi infancia, el compañero 
de mis infortunios, el depositario de mis secretos... 

— Sí, hermano mío... 

— Te ruego que veles por mi hijo... todavía es muy joven, y 
puede perderse... no quiero tampoco... no quiero quede expuesto á los 
trabajos que nos han perseguido á nosotros... Ahí, en el cajón de mi 
mesa, está el único bien que puedo dejarle... es la escritura de la 
casa en que vive, el retrato de mi madre Rosaura... algunos papeles, 
que revelando á Blas su origen y su alto destino, le enseñen á sacri- 
ficarse por el bien de la patria... Dios mío! 

— ¡Qué! ¿te sientes malo"?... ¡Francisco!... 

— No... no... me pasa... no es nada... 

El padre Tizoc permaneció algunos instantes respirando con la 
agitación del que ha dado una carrera; luego continuó: 

' — ¡Oh! mi pobre Blas... pobre hijo mío!... dile que muero ben- 
diciéndolo, tú, que eres un santo, bendícelo... ¿qué lloras?... 

— ¿Cómo nol.. replicó el fraile con su voz varonil destemplada 
por el llanto, hablas con un lenguaje... no parece sino que te despi- 
des... ¿Qué tiene que ver Blas, ni á qué viene afligirse cuando se 
trata de una herida que cerrará mañana 1 ? ¡Bah! estás fresco!... 

— ¡Dios mío! me muero! aire,... aire,... gritó el padre Tizoc sol- 
tando la mano de Rafael, rasgándose el cuello de la camisa y dejando 
ver en su garganta unas profundas cicatrices, por Dios santo... ben- 
díceme. 

El padre Rafael cayó de rodillas junto al lecho, y escondió la ca- 
beza entre las ropas de Tizoc. A este tiempo, atraídos por los gritos, 



rOS INSURGENTES 15? 



entraron en confusión todos los frailes y el doctor, que aun estaba con 
ellos. 

Este último se acercó á la cabecera del enfermo; los frailes se 
arrodillaron. 

El padre Tizoc cesó de agitarse. Entonces comenzó la agonía. 

El rostro venerable y bermoso del berido tomó el pálido perfil y 
la inmovilidad terrífica de la bora del Señor. Su boca entreabierta de- 
jaba escapar por intervalos un rumor sordo que iba estinguiéndose 
gradualmente. 

También la flama de la vela que reflejaba sobre sus pupilas, iba 
perdiendo el brillo con la lentitud de un astro que palidece. 

La triste oración de la agonía levantábase del grupo de los frai- 
les arrodillados, y llegaba al lecho de Tizoc, murmurando como el 
aire frío de los cementerios. Ya en la torre sonaba de cuando en 
cuando la campana, repitiendo las boras de la eternidad. 

Por fin, el médico dio un paso hacia atrás é inclinó su cabeza. 

El padre Tizoc dio un suspiro, sus ojos se volvieron al cielo como 
siguiendo al alma que partia, y su cuerpo se alargó tomando de una 
vea la postura del sueño eterno... 

XIV. 

El padre Eafael realizó las últimas disposiciones de su compa- 
ñero. Mandó á Blas un paquete con los papeles de Tizoc, y una 
carta donde arrojaba el nombre de Bal cárcel á la execración del joven, 
pintando al denunciante de la conjuración como la sola causa de todos 
los desastres. 

La dicha carta refería también las últimas palabras del mori- 
bundo, y después de otras cosas concluía con este párrafo: 

«El día que llegaban las cartas del señor Genaro, tu padre es- 
taba muy lejos del hogar. — Petra partió. — Súpose que la casa aban- 
«donada era la del célebre rebelde Genaro Vilches, y la mano de los 
«alguaciles forzó las puertas, y entregó á la confiscación hasta los úl- 
«timos trebejos. — Aquella esmeralda cayó en poder del fisco; pero las 
«cartas del señor Genaro fueron llevadas á la Inquisición, y desde en- 
«tónces, hasta el día, buscaron con feroz empeño á ese joven Fran- 
«cisco, tu padre, cuyo origen, cuyo poder, no permitía poner en dnda 
«que sería un enemigo terrible de la dominación española — Aquella 
«esmeralda, por una sucesión de acontecimientos que sería largo re- 
«ferirte, llegó al poder del maestro Boeafuerte, que hoy, víctima de 
«un engaño, mezcla sus lágrimas con las que vierto sobre los restos 
«de tu padre. — Hijo mío, recibe esa esmeralda como el grito que 
«desde Xicotencal viene repitiendo, sobre las tumbas de tus abuelos 
«un eco de venganza. — Allá en un tiempo inmemorial, un sacerdote 
«azteca, rompiendo el collar de un muerto ilustre, repartió á tres gue- 
«rreros tres piedras, que son la prenda de un juramento. -El sacer- 
«dote dijo estas palabras proféticas: Esas esmeraldas las iréis legando 
«rf vuestros hijos; y cuándo todos hayan desaparecido, el último de las 
«generaciones míe llegue á reunir las tres piedras preciosas, asistirá á 



158 iTCAN A. MATEOS 



<la última batalla, y morirá en la noche que preceda á ese eran día de. 
«la independencia de México. Si no tenéis sucesión, el último ue vosoiios 
«que quede en la lucha, verá á la patria independiente.'* 

XV. 

Cuéntase que Desíderia murió de mala muerte. Si el caballo que 
la atrapelló fué precisamente el del tío Blas, no lo sabemos con cer- 
teza; pero no sería la última vez: el Señor habla á los mortales en 
este idioma terrible de su alta justicia. 

Luego que Jacinto acabó de leer el manuscrito, plegó el ceño y 
concentró sus pensamientos, recorriendo los eslabones todos de aquella 
historia, en la sucesión trágica de los personajes de su familia. 

El mancebo comprendió su misión; pero se propuso contrariarla, 
llevado de sus instintos depravados: pensó que el destino encomen- 
daba á sus armas hasta la suerte de la patria: en su sed de venganza 
se creía dichoso en poder sacrificar al menos una generación. 

— Esta esmeralda, decía el miserable, no podrán arrancármela, y 
la predicción no podrá realizarse; la revolución está en mis manos; 
yo puedo sentenciar á mis enemigos, ellos no verán el triunfo de sus 
ideas. 

Mientras no se reúnan en un solo individuo estas piedras, todo 
será sangre y horrores; estoy en una atmósfera de muerte y de ester- 
miuio; yo llevaré á la tumba el misterio de esta inesperada revelación... 
¡estoy vengado! 

Abrió el escapulario, contempló algunos minutos la esmeralda como 
el talismán de la grande obra, y lo volvió á guardar como ua amuleto 

Después acercó al fuego los papeles, y fijó su tenaz mirada en la 
siniestra llama hasta verlos convertirse en cenizas, que arrebató des- 
pués el aire de la noche. 

Sucediéronse las tinieblas, mas densas después del resplandor del 
fuego, y aquel personaje quedó envuelto en la sombra, como el ser 
humano en las nieblas profundas de su destino. 

CAPITULO VIL 

De cómo el cura Morelos dio un segundo garrotazo 

al comandante Garrote. 

I. 

La hacienda de Chichuhualco estaba de fiesta: los señores de la 
finca recibían al generalísimo de la Independencia don José María Mo- 
relos, que se había adelantado lleno de inquietud, sabiendo que los 
realistas de Chilpancingo estaban próximos á dar un golpe á la fuerza 
enviada en busca de recursos á la casa de los Bravos. 

Morelos llegó á los dos días de la victoria, y se hicieron grandes, 
demostraciones al recibir á tan ilustre huésped. 

Todo respiraba alegría y entusiasmo; los trabajadores se habían 
adelantado un cuarto de legua con banderas y músicas, y la finca 
estaba adornada al uso de aquellos tiempos. 



tOS INSURGENTES 159 

- r- ! ~ "" '^* 

•wíileana y Piedra-Santa, los oficiales más queridos del caudillo, le 
estrecñaron con efusión, y los Bravos fueron saludados por el general 
con aquella admiración con que Morelos distinguía á los valientes. 

— Señores, decía el cura, es necesario aprovecharnos de la vic- 
toria; esta misma noche estaró sobre Cliilpanciugo. 

Un aplauso unánime y un grito de entusiasmo respondió á las 
palabras del caudillo. 

— Nunca be dudado del porvenir, continuó Morelos; pero al estar 
en presencia de tan buenos patriotas, se aviva mi fe por el completo 
triunfo de nuestras armas: ¡Dios está con nosotros! 

— Con tan bravo general, dijo don Leonardo, iremos como Hidalgo, 
hasta la capital del reino. 

— Muy bien, contestó Morelos, tendiendo su mano á Bravo, que 
éste estrechó con efusión. 

— Pasaremos revista á nuestros soldados. 

— Sí dijo Morelos, eso es lo que importa, en cuanto á los ene- 
migos, nunca he cuidado de saber su número. 

Cuando un caudillo muestra un desprecio tan grande hacia las 
huestes á quienes va á combatir, los soldados cobran aliento y se 
sienten desde luego superiores á su adversario. 

Galeana salió inmediatamente, y á los pocos minutos la tropa 
estaba formada. 

Los dependientes de la hacienda perfectamente montados, espe- 
raban órdenes para tomar la vanguardia. 

El cura salió rodeado de sus oficiales, y recorrió las filas de sus 
soldados, que no cesaban de victorearle. 

— Bien, bien, ya veremos; mañana al amanecer ya habremos dis- 
parado nuestras armas, y Chilpancingo será nuestro: señores oficiales, 
mañana daréis rancho en la ciudad. 

Organizáronse los batallones, y comenzó el desfile en el mayor 
orden: Galeana mandaba la vanguardia, que al trote se echó sobre 
el camino, por si el enemigo preparaba alguna emboscada. 

Morolos se detuvo en la hacienda con su estado mayor. 

Luego que vio alejarse á sus soldados, llamó á los cuatro her- 
manos Bravo para ponerlos al tanto de la revolución. 

— Señores, les dijo, estamos en un gran conflicto, una desgracia 
espantosa, increíble, acaba de tener lugar en Chihuahua. 

Los hermanos palidecieron. 

— El Señor cura Hidalgo, Allende, Jiménez y todos nuestros más 
queridos compañeros han sido fusilados. 

Aquellas almas nobles y generosas no pudieron contener su llanto 
al escuchar tan terrible nueva. 

Morelos estaba sereno como la justicia de Dios. 

— Señores, las sombras de los mártires están delante de la revo- 
lución, estas escenas de sangre, serán el espetáculo favorito, el per- 
petuo horizonte sobre el mar inquieto que atravesamos... el destino 
ha puesto á su vez en nuestras manos el rayo, y lo lanzaremos sobre 
la frente de nuestros enemigos con la calma de nuestra conciencia. 

Dice un historiador, que el aspecto de Morelos, determinaba su 
carácter: un rostro torbo y ceñudo; inalterable en todas circunstancias, 



1G0 JUAN A. MATEO! 



era la expresión de aquella crueldad calculada, con que friVient** 
volvió sangre por sangre, y pagó á sus enemigos centuplicados h-a 
males que de ellos recibió. 

Aquella frente no se inclinó ni ante el patíbulo. 

— Señor, dijo don Leonardo Bravo, es necesario levantar la revo- 
\ución que agoniza, el prestigio de usted es solamente capaz de esta 
grande obra, todo ese torrente vendrá á buscar un sitio donde preci- 
pitarse; nosotros recibiremos los restos de un ejército que debe estar 
desmoralizado con la pérdida de sus caudillos... nunca como ahora 
corre un gran peligro la causa que defendemos.. ¡Hidalgo nos ha en- 
señado á morir! 

— ¡Muramos! exclamaron á un tiempo aquellos cinco personajes, 
y todos llevaron la mano á la empuñadura de sus aceros. 

— Señores, dijo Morelos, estas montañas serán el asilo de la li- 
bertad, aquí combatiremos sin tregua hasta morir, legando una his- 
toria de heroicidad á nuestros hijos. 

— Sí exclamó el joven don Nicolás, nosotros pondremos los ci- 
mientos del edificio, hagamos comprender á México que somos her- 
manos de los hombres del Monte de las Cruces y Granaditas. 

— Sea, dijo Morelos, y en marcha, mañana tomaré cuarteles en 
Chilpancingo. 

Oyóse á pocos momentos el ruido de las espadas y el relincho 
de los caballos que impacientes esperaban el momento de la par- 
tida; las mujeres y los niños de la Hacienda de Chichihualco, lloraban 
al ver alejarse á sus amos, mientras la familia de los Bravos salía 
acompañada del coronel Piedra-Santa á tomar asilo en la cueva de 
Michqpa. 

II. 

El 24 de Mayo al amanecer, Galeana penetró en la vanguardia 
del ejército de Chilpancingo, que como saben nuestros lectores, estaba 
abandonado por la fuga del desgraciado comandante Garrote. 

La población en masa salió á recibir á Morelos, y aquella ciudad, 
cuna de los Bravos, recibió en medio del más puro regocijo, el primer 
rayo de ese sol que había estado durante tres siglos sepultado en las 
nieblas de la conquista. 

— Señores, dijo Morelos, marchemos sobre Tixtla, vamos en pos 
del enemigo, que es necesario encontrarle. 

Dos horas de descanso á la tropa, y continuó su marcha con el 
inmortal Galeana siempre á la cabeza, como el primer soldado de los 
combates. 

La nobilísima ciudad de Tixtesla, entonces uno de los pueblos más 
competent de aquellas comarcas, dio asilo á los realistas, que se pu- 
sieron en tren de batalla, tomando las alturas del Calvario, que es un 
cerro que domina la población, y praticando operaciones de defensa 
en el perímetro de la ciudad. . 

El comandante Garrote cedió el mando de sus dispersos, y se 
convirtió en espectador, porque en la derrota había perdido hasta los 
bigotes. 




Los perros de los pastores, atraídos por el olor de la 
sangre, acudieron al funesto lugar, se acercaron al co- 
mandante y comenzaron á roerle los pies ... 

Cap. 6°.-líI. 
¡ Viva la América! 



IOS INSURGENTES 161 



— Señor cura Mayol, decía Garrote hablando con un clérigo quo 
era la crema de los realistas, aquí no se tiene idea de lo que son 
jlos insurgentes, no he visto canalla más endiablada; figúrese usted 
que tienen pacto con el diablo, que hoy están aquí, mañana acullá, 
después en la punta de un cerro, mas tarde en el valle, luego en la 
montaña; vamos, que no se puede tener un momento de reposo con 
ellos... yo estoy temblando, positivamente nervioso; como quo debido 
á mi caballo y a mi valor personal pude escaparme de sus garras.... 
si he caído en sus uñas no me queda en su lugar ni la lengua. 

— Señor comandante, usted ha perdido la moral, yo la conservo 
intacta, porque tengo armas invencibles. 

— Podía usted proporcionarme alguna, porque temo mucho que 
ésa gente se descuelgue por estos terrenos cuando menos se piense. 

— Usted no se burle, señor mío; mis armas son las de la iglesia, 
si me revisto soy invulnerable, el demonio no se atreverá contra los 
ministros de la iglesia. 

— Señor cura Mayol, no se descuide su merced, porque de cura 
a cura... 

— ¡Ea! calle usted hombre de Dios. 

Un tercer personaje tomó parte en el diálogo* era Pepe Gago, el 
español aquel que había engañado á Morelos ofreciéndole entregar el 
castillo de Acapulco, en esa noche en que víctimas de su traición, 
murieron tantos insurgentes. 

- — ¿Se trata de Morelos? preguntó Gago. 

— Sí señor, contestó Garrote, esa es la conversación del día. 

— Esc hereje me tiene sin cuidado, seguro estoy de que no se 
atreverá, que digo á atacar, ni aun acercarse á la plaza. 

— Eso digo yo, respondió Garrote, aquí la pasará mal, estamos 
fortificados hasta los dientes, y ¡ay! de los que osen combatir con 
nuestros valientes. 

— Señor de Garrote, dijo el cura, no era esa precisamente la opi- 
nión de usted. 

— No era, pero ya lo es; este señor Gago me ha dado valor, y 
estoy dispuesto á derramar hasta la última gota de mi sangre en de- 
fensa de... 

No pudo continuar, porque el toque de generala dado en la plaza, 
lo dejó petrificado. 

— ¡Los insurgentes! exclamó el cura. 

— ¡Los insurgentes! repitió el español, poniéndose pálido como la 
muerte. 

Alarmóse el pueblo, y el jefe de la guarnición comenzó á dar sus 
disposiciones. 

El cura Mayol arengaba á los soldados, creyéndose fuerte bajo su 
inviolabilidad de sacerdote, y predicaba la matanza ofreciendo la vida 
eterna, el cielo y otra porción de cosas, al que muriese en defensa 
de S. M. el rey de España. 

El comandante Garrote llegó á su alojamiento más muerto 
que vivo. 

— Esposo mío, dijo la jamona que vimos cargar con los ha- 



ll — Los Insurgentes. 



162 JUAN A. MATEO! 



beres del regimiento en Chilpancingo, vienes más descolorido que nn 
difunto. 

— Friolera ei hay motivo, los insurgentes nos vienen pisando 
la cola. 

— Ya me lo figuraba. 

— Esto es horroroso, estupendo, no recobro mi ánimo del primer 
susto, y ya estas chusmas de Satanás están frente á mis narices. 

— Lo que siento, exclamó la novia ó esposa de Garrote, es que y» 
no hay cajas que salvar. 

— Pero hay pescuezos, y es necesario ponerlos en salvo. 

— ¿Y cómo salir de la plaza? 

— Mire usted, señora, finjamos que yo le mande á usted salir 
para quedarme libre y poder hacer todo aquello de estampilla, como 
derramar mi sangre, exhalar el último aliento al pie de la bandera, y 
otras cosas por ese estilo. 

—¿Y bien? 

— Saldrá usted eon los caballos, y á los pocos minutos ya estaré 
á su lado, salir con honor es lo que interesa. 

— }Pnes salgamos con honor! dijo trájicaiaente la jamona, y en 
un momeato trepó á caballo y salió rumbo á Chilapa. 

El comandante la vio alejar con un dolor infinito, tanto que tuvo 
su arranque poético: ¡Adiós! exclamó dejando correr una lágrima por 
su áspera mejilla, adiós hermoso animal (hablaba á su caballo) quién 
pudiera acompañarte. . . dentro de cinco minutos debemos encontrarnos, 
y sin embargo me parece que te voy á perder para siempre... cuántas 
veces te he zurrado la pavana (no hablaba con la jamona) y ahora 
me arrepiento... adiós noble bruto, adiós. 

El infeliz comandante pidió mandar el punto aquel, próximo á la 
via opuesta á la que traían los insurgentes, para escaparse en la pri- 
mera oportunidad. 

El jefe le concedió esa gracia, porque sabía que Morolos pondría 
nn cerco de circunvalación á la plaza. 

Garrote estiraba un pescuezo de buitre y parecía husmear como 
los salvajes á una gran distancia, sus ojos diminutos estaban con mas 
fijeza sobre el rumbo que debía traer Morolos, que el telescopio de 
un astrónomo sobre una estrella. 

Cada remolino que se levantaba le hacía palpitar el corazón como 
si quisiese escapársele del pecho. 

Al fin se dejó ver la primera guerrilla. 

Un cañonazo anunció que los insurgentes estaban á la vista. 

Morolos dividió su fuerza en varias columnas, que encomendó á 
los Bravos y G alcana, á quien llamaba su brazo derecho. 

Morelos era impetuoso y terrible; hizo un ligero reconocimiento, 
y atacó decidido los puntos fortificados. 

Ocho cañones que tenían los defensores de la plaza, descargaron 
á metralla sobre los insurgentes, que retrocedieron. 

Galeana y los Bravos se rehicieron íuomentáneamente, y volvieron 
á la carga con un vigor extraordinario... la línea estaba rota, los puntos 
más importantes cedieron al valor temerario de los insurgentes, que 
clavaron su bandera en los parapetos. 



103 INSURGENTES 163 

Introdújose el desorden en la plaza, y los machetes surianos co- 
menzaron á esgrimirse oomo el rayo sobre los realistas, que se refu- 
giaron en el Calvario, concentrando toda su fuerza. 

La ciudad estaba tornada. 

Los insurgentes ya no esperaron mas órdenes, y comenzaron á 
ascender el cerro, batiéndose á la arma blanca con un denuedo ad- 
mirable. 

Los jefes realistas huyeron en completa desmoralización, y los 
soldados se entregaron prisioneros á las armas independientes. 

Grandes eran la gritería, la confusión y el desorden, fué necesario 
que los cabecillas comenzasen á contener á los soldados, que dividían 
con sus machetes las cabezas de los dispersos, y se entregaban á esos 
excesos de venganza y de 6angre que aun vemos hoy en los ejércitos 
más civilizados. 

Morelos entró vencedor en la ciudad, felicitó públicamente á sus 
soldados y abrazó cordialmente á sus compañeros, que llenos de satis- 
facción, recojían los laureles de la victoria. 

El cura Mayol, cerró las puertas de la iglesia donde se habían 
refugiado los vencidos, y tomó en sus manos la custodia. 

Las chusmas respetaron al cura, á quien Morelos mandó retirar, 
y ee apoderó de los soldados, constituyéndolos prisioneros. 

Los ocho cañones que guarnecían la plaza, doscientos fusiles y 
más de seiscientos realistas, quedaron en poder de los insurgentes, 
como despojos de la victoria. 

III. 

Tres ginetes corrían á todo escape por el camino de Chilapa, 
ciudad que está á cuatro leguas de Tixtla. 

— Corramos, señor Gago, corramos, que si nos alcanzan nos cuesta 
la pelleja. 

— Y eso que usted, señor comandante, no tiene cuentas atrasadas 
como nosotros. 

— Calle usted, drjo tm personaje, que no conocen aún nuestros 
lectores. 

— El comandante es hombre de secreto. 

—No importa. 

— Ustedes pueden hacer lo que gusten; pero contengamos el paso, 
que ya voy sofocado. 

— Ya estamos á una distancia respetable, y dentro de breve esta- 
remos en salvo. 

— Decía, continuó Gago, que el señor es don Toribio Navarro... 

— Por muchos años. 

— Servidor, dijo Navarro. 

— Es el caso que nuestro amigo recibió de Morelos una cantidad 
en plata sonante para levantar fuerzas, y cate usted que se volvió 
con los realistas. 

— Naturalm ente . 

— Pues vea usted lo que son las cosas, le dijo Garrote, esa na 
turalidad le puede á usted costar muy caro. 

— El sistema de las retiradas me salva 



164 JUAN A. MATEOS 



— Que es el mío, caballero, lo que me contraría es que me voy 
retirando en sentido inverso. 

— Yo también deseaba estar cerca de Veracruz, para decirle adiós 
la colonia, dijo Gago. 

— Sí, contestó Garrote, aquí el pesquezo huele á cáñamo. 

— Eso tiene 6us bemoles, amigo mío. 

— No importa, lo ahorcarán á usted con música. 

— Sería una chanza pesada. 

— Entre paréntesis, ¿qué le decimos al coronel Fuentes, que está 
de guarnición en Chilapa? 

— Que nos hemos batido los últimos, y que á los demás se lus 
llevó el demonio. 

— Perfectamente. 

— Este es mi sistema, dijo Garrote, haí están todos los partes do 
mis campañas. 

— Ya nos lo figuramos, señor de Garrote. 

— Con la amistad de Gago y el sen or Navarro, voy á perfeccionar 
mi carrera militar. 

— No somos malos preceptores. 

— Y á propósito de la derrota, ¿dónde á dejado usted á la señora, 
comandante 1 ? 

— La despaché á buscar alojamiento á Chilapa. 

— Es usted un hombre muy precavido. 

— Enteramente; pero ya estamos en las puertas de la ciudad 
hospitalaria, y es necesario tomar la entonación de los héroes, en- 
tremos á escape. 

— No está mal pensado, dijo el español; y los tres arrimaron aci- 
cates, y penetraron en la plaza, provocando gran ruido y alarma en 
la ciudad 



CAPITULO VIII. 

Be cómo el cura Morelos hizo una de Don Pedro el Cruel. 

I. 

El caudillo del Sur hizo fortificar la ciudad tomada, y .a guar- 
nición quedó al mando de los valientes Nicolás Bravo y Hermenegildo 
Galeana. 

Morelos regresó á Chilpancingo con su fuerza, dispuesto á seguir 
su plan de operaciones, que hasta entonces le había dado resultados 
tan brillantes. 

Los realistas abandonaron el sitio del Veladero, y se situaron 
en Chilapa, esperando por momentos ser atacados por los insur- 
gentes. 

En una de las casas céntricas de la población se habían alojado 
el español Gago, el comandante Garrote y Toribio Navarro, que ya 
conocen nuestros lectores. 

El coronel Fuentes era el jefe de la plaza 



LOS INSURGENTES 165 



— Caballeros, decía Garrote, estamos en Jauja: aquí se bebe, se 
juega y se baila; no podemos negar que este es el campamento más 
alegre de Su Magestad el Eey, que Dios guarde. 

— A propósito de albures, dijo el español Gago, desearíamos que 
la señora de usted, señor comandante, nos pusiera el monte. 

— No hay inconveniente, se apresuró á responder la iamona, tengo 
una cantidad pequeña, es decir, los ahorros de mi esposo, que es el 
hombre más económico en todas materias, hasta en cosas que no debía 
ser tan estricto. 

— Mujer, tú quieres que yo me despilfarre. 

— No lo digo por tanto. 

— Vamos al negocio, dijo Navarro mediando en la cuestión; ponga 
usted la banca, que tenemos gana de darle un asalto. 

— ¡Al asalto! gritó Garrote, y en dos por tres se armó una de 
albures, más empeñada que el combate de Trafalgar. 

La Garrote era indiablada: la baraja relampagueaba en sus manos, 
y los más peritos no podían atraparle un descuido, así es que se de- 
mmbaron por completo. 

— Déme usted caja, dijo el español. 

— Señor de Gago, respondió la cotorra, eso no puede ser. 

— Diga usted el motivo. 

— No tengo garantía. 

— Mi palabra de honor. 

— Yo la respeto; pero si mañana lo cuelgan á usted los insur- 
gentes, no vendrá su honor de usted á pagar la deuda. 

— A palos muera el pronóstico. 

— Vamos, señora, dijo el comandante, preste usted cien pesos, yo 
respondo. 

— ¡Valiente majadero! 

— ¡Con dos mil demonios, no quiero impacientarme! 

— Pues no se impaciente usted. 

— Donde se me atufen los bigotes... 

— Donde se me suba la sangre á la cabeza, contestó la costilla, 

— No hay que abusar de mi paciencia. 

— No hay que abusar de la mía, por... 

— ¡Vieja de Barrabás, eres una canalla insufrible! 

— ¡Y tú un mentecato! 

— Yo soy un soldado del rey. 

— Sí, que corre como un caballo del rey. 

Este insulto era demasiado: el comandante tomó el candelero, y 
con bujía y todo lo arrojó al rostro de su consorte. 

La Garrote recogió el dinero de la banca con una rapidez admi- 
rable, y empuñando las espabiladeras, terribles como el puñal de 
Bruto, se lanzó sobre el comandante, hasta lograr derribarlo. 

Gago y Navarro le arrancaron á su víctima, que se ahogaba en 
el corbatín de aros de fierro. 

Encendióse la luz, restablecióse la calma, y los dos contendientes 
se veían con la mirada del tigre. 

— Señores, estoy de malas, las derrotas llueven sobre mí en un 
perpetuo aguacero; por no dejar, hasta en el mismo seno de la fa- 
milia se me estropea como á un lacayo. 



166 *VAX A. MATEOS 

— Estas son las tormentas conyugales, después vuelve con más 
fuerza el cariño. 

— ¡Cuerpo de Barrabás! no creo que venga con tanta furia «orno 
la que tiene esa mujer. 

— Que no la einpren damos de nuevo, porque... 

— Calma, señores, calma. 

La jamona bufaba como una pantera, la cólera de las viejas es 
terrible. 

Aquí llegaban de la contienda, cuando se oyeron dar golpes apre- 
surados á la puerta. 

— La autoridad va á intervenir en el lance. 

— No hay cuidado, ¡adentro! 

Presentóse un oficial en tren de camino. 

— ¿Qué se ofrece, señor González? 

— El coronel Fuentes me encarga entregue esta orden al señor 
comandante Garrote. 

El infeliz hombre tomó el papel, y conforme lo iba leyendo su 
boca se abría, amenazando descoyuntar las mandíbulas. 

— ¿Qué pasa, esposo mió? dijo la señora con voz tan tierna, que 
cualquiera hubiera dicho que estaba apasionada del comandante. 

— El coronel Fuentes me nombra jefe de las caballerías, y me 
ordena que salga esta misma noche rumbo á Tixtla. 

— ¿Pero ese señor coronel está en su juicio? 

—Señores, dijo el oficial, se ha recibido noticia por uno6 dis- 
persos, de que M órelos está en Chilpancingo en la feria, y que la 
plaza esta desguarnecida 

— ¿Conque está desguarnecida eh?... pues ya me la pagarán esos 
bandidos, lee cobraré las dos felpas que me han sacudido. 

— Así lo esperamos, contestó el ayudante, y saludando se retiró 
al cuartel general. 

— Eetoy de enhorabuena, amigos míos, ustedes deben felicitarme; 
vamos, que me voy á rehabilitar. 

— Nosotros no nos quedamos en la plaza, dijo Navarro. 

— Acompañamos á usted hasta el último momento, añadió Gago. 

— Seremos compañeros: yo le diré al coronel Fuentes que ustedes 
son mis ayudantes; en las filas del rey se recibe á todo el mundo. 

— Pues á disponer la marcha. 

— Listos, dijo Garrote despidiéndose de sus amigos, y se quedó 
solo con su esposa á gozar, como un buen soldado de caballería, las 
dulzuras de la reconciliación. 

n. 

A las dos horas la guarnición de Chilapa salía en son de ataque 
en dirección á Tixtla, confiando en un golpe de mano. 

Caminó Fuentes toda la noche para dar un albaso á los insur- 
gentes. 

Galeana y Bravo estaban en vela, para ellos las noches eran las 
temibles. 

El comandante Garrote, creyendo sinceramente que la plaza no 



LOS INSURGENTES 167 



podría oponer resistencia, la quiso echar de héroe, y se lanzó sobre 
un parapeto que juzgó desguarnecido. 

Bravo se había apercibido del paso de los caballos, y comprendió 
en el acto el movimiento de Fuentes. 

— Compañero, dijo á Galeana, los realistas se acercan. 

— No metamos ruido, prenda usted la yesca y pongamos fuego 
al mechero de la pieza. 

— Muy bien; los dejaremos acercar, yo me encargo de esta ma- 
niobra en tanto que usted recorre la línea. 

Bravo se marchó en seguida á visitar los parapetos poniendo en 
guardia á sus soldados, mientras Galeana esperaba sereno á la ca- 
ballería realista, que se acercaba lentamente creyendo sorprender la 
plaza. 

Luego qne un grueso fuerte de ginetes se lanzó sobre la entrada, 
Galeana puso fuego á la pieza, que vomitó metralla haciendo un 
estrago espantoso en la caballería 

— ¡Viva la América! gritaron en todas las trincheras, y comenzó 
un fuego tan nutrido que los realistas retrocedieron acobardados. 

El comandante Garrote se desmoralizó inmediatamente, y puso 
pies en polvorosa, dejando a Gago y á Navarro al mando de su tropa. 

Fuentes esperó á que amaneciese para seguir su ataque. 

Desde luego comprendió que la plaza no podría sostenerse por 
mucho tiempo, veía que los soldados de caballería cubrían algunas 
trincheras, lo que revelaba la escasez de hombres, ó insistió en tornar 
los parapetos. 

Traváronse escaramuzas y combates serios, en los que corrió la 
sangre con profusión. 

Bravo y Galeana entraban ya en conflicto al ver que las muni- 
ciones so agotaban, no obstante estaban resueltos á no entregar la 
plaza sino á costa de su vida. 

Morelos recibió la noticia en Chilpancingo, y desde luego se puso 
en marcha. 

— Señor Piedra-Santa, dijo al bravo soldado compañero de Ga- 
leana, se necesita llevar parque á los sitiados mientras llego con mia 
ftierzas. 

— Comprendo, respondió el soldado, yo lo introduzco. 

—¡Muy bien! gritó Morelos, tome usted dos muías de los bagajes 
y adelante, Dios está siempre con los valientes. 

— Con permiso de usted, mi general. 

— Dígale nsted á Galeana que se sostenga á todo trance, y que 
cuando esté yo á la vista haga una salida violenta, y la victoria es 
nuestra. 

La fe de aquel hombre se comunicaba á sus soldados con la velo- 
cidad del rayo, tenía el poder de hacer de los hombres unos valientes, 
y de los valientes héroes. 

Piedra-Santa se adelantó á escape, seguido de su asistente Vildo, 
que estaba en su elemento con aquellas aventuras tan peligrosas. 

El endiablado suriano iba en su caballo, tirando de las muías 
que conducían el parque, más alegre que si se hubiera sacado la lo- 
tería. 



168 JUAN A. MATEOS 



— Ahora sí que se les llegó a los coludos, señor amo, ya van á 
atirantarse, Morolos nunca pierde. ¡Viva la América! 

Don Alfonso tenía fijo su pensamiento en otra idea que no era 
precisamente la de conducir el parque á sus compañeros, pensaba en 
una mujer á quien amaba con delirio, y es que las mujeres se pre- 
sentan llenas de luz en la hora sombría de las vicisitudes y de los 
peligros. 

¿Quién no ha pensado en la mujer amada, cuando la muerte ha 
estendido sus negras alas en el campo del combate? 

La marcha había sido trabajosa, pero el insurgente está frente al 
pueblo de Tixtla. 

' Desde un bosque cercano vio las posiciones enemigas, y sin va- 
cilar se lanzó atrevido, dando el grito de los insurgentes de: « Viva 
América!» hasta llegar á las trincheras. 

Galeana lo había conocido, y mandó suspender el fuego mientras 
que los realistas descargaban sin cesar sus armas, tratando de in- 
cendiar el parque. 

— Estamos salvados, gritó Vildo, dando un alarido como los co- 
manches. 

Don Alfonso abrazó á sus amigos, y con el entusiasmo producido 
por la noticia de la llegada de Morolos, los insurgentes se subieron 
á los parapetos, é hicieron largo tiempo ostentación de su denuedo 
presentando su pecho á los realistas. 

Fuentes activó su ataque previendo lo que iba á suceder, pero 
sus operaciones fueron todas desgraciadas. 

Al día siguiente, Morelos al frente de cien infantes y trescientos 
caballos, tomó la retaguardia del campo realista cuando menos se 
esperaba. 

Fuentes quiso retirarse entonces, Bravo y Galeana hicieron una 
salida intrépida; dice la historia que los surianos desplegaron un de- 
nuedo admirable, batiéndose á la arma blanca. 

Un furioso aguacero inutilizó el parque de los realistas, ya hume- 
decido con el chubasco de la víspera. 

La derrota fué completa, todos los jefes desaparecieron, excluso 
Fuentes, que se hizo trasladar en camilla á Chilapa, siendo el primer 
disperso de su ejército. 

Los soldados huían en todas direcciones, y los insurgentes lus 
acuchillaban sin compasión. 

Galeana y Bravo tuvieron qne contener aquella matanza. 

Los vencedores metieron en triunfo á la plaza, cuatrocientos fu- 
siles, tres cañones y mas de quinientos prisioneros. 

La llama de la fortuna que parecía haberse estinguido en el pa- 
tíbulo de los mártires de Chihuahua, volvía á encenderse en las mon- 
tañas del Sur. 

III. 

Al día siguiente marcharon los insurgentes sobre Chilapa, de 
agredidos se tornaban en agresores. 

Fuentes había formado un núcleo con los dispersos y las tropas 
de Oaxaca que llegaban en aquellos momentos. 



LOS INSUCCEXTES 169 



Luego que se supo la aproximación de Morelos, comenzó el des 
orden, la dispersión, la fuga. 

Chilapa abrió sus puertas á los vencedores. En la plaza le pre- 
sentaron al general á todos los prisioneros. 

El héroe del Veladero tenía la ciencia del mundo, conocer á los 
hombres. 

Arengó á aquellos desgraciados, proclamó el perdón, y todos se 
fijaron bajo las banderas de la insnrgencia con la fe de la gratitud 
y del reconocimiento. 

Morelos pasó su vista de águila sobre aquellas filas. 

Kepentinamente plegó el ceño, y brilló en sus ojos un relámpago 
siniestro. 

¿Qué había visto aquel hombre para aquella metamorfosis tan 
violenta 1 ? 

— Que adelanten esos prisioneros, dijo con voz siniestra, señalando 
á Gago y á Navarro, que yacían trémulos y demudados entre las filas. 

Morelos había reconocido á aquellos miserables. 

A la voz del general sucedió un silencio de miedo y ansiedad. 

— Toribio Navarro, dijo el general, tú me has traicionado... 

Yo había depositado en tí mí fe de caballero, y te había confiado 
dinero de la Nación, para que lo emplearas en favor de la indepen- 
dencia de la patria. 

Navarro cayó de rodillas delante del caballo de Morelos. 

— Me has traicionado corbardemente, continuó el general; pasán- 
dote al enemigo has traicionado á tu patria, has traicionado á tu ban- 
dera... y vas á morir. 

Navarro no pudo pronunciar una palabra, su voz se había aho- 
gado en la garganta, y su lengua yacía muda y paralizada. 

Morelos se dirigió á Gago, hahlándole con acento profundamente 
severo: en aquel instante ejercía al sacerdocio de la justicia. 

— Tú has sido un infame, me habías ofrecido entregarme la for- 
taleza de Acapulco, y al acercarme á sus fosos ha recibido el plomo 
á mis soldados... yo te perdonaría; pero esa sangre está clamando 
al cielo, y la justicia de los hombres debe caer sobre la írente de 
los criminales. 

Un frío de muerte discurría entre todos los que presenciaban aquel 
acto solemne. 

— En nombre de la justicia humana, en nombre de Dios ofendkh 
por tanto crimen, en nombre de la causa santa que defendemos, o? 
condeno á morir. 

— Perdón, perdón, decía Gago aterrorizado y con el cabello eri- 
zado de espanto. 

Adelantóse un oficial con la escolta, é hizo arrodillar á Gago. 

Navarro no había podido levantarse del suelo, sus fuerzas le 
habían abandonado. 

Oyéronse dos detonaciones de fusíleria, y un rumor sordo come 
el del Océano que se desprendió de aquella multitud asombrada. 

Los reos habían expiado sus crímenes en el patíbulo. 
La tropa desfiló en silencio á sus cuarteles. 

— Parece que hemos concluido, dijo Morelos, y seguido de sus 
ayudantes, adelantó rumbo á su alojamiento. 



170 JUAN Á. MATEOS 



CAPITULO IX. 

Donde sigue la segunda parte del capítulo anterior. 

i. 

Trasladémonos al campamento del Veladero. 

Al partir el cura Morelos, había encargado el mando de la fuerza 
al insurgente Avila, uno de los soldados más audaces de la insu- 
rrección. 

Avila tenía en jaque el castillo de Acapulco, pero á su vez se 
encontró sitiado por fuentes, á quien hemos visto desaparecer para 
siempre de las filas realistas. 

El bravo capitán se encontraba en la mayor aflicción, los víveres 
se habían consumido, el parque estaba al agotarse y la moral de la 
tropa comenzaba á decaer notablemente; algunos soldados de las avan- 
zadas habían desertado. 

Avila comprendía lo negro de su situación, y esperaba de un mo- 
mento á otro ver llegar á Morelos ó recibir órdenes para salir de aquel 
atolladero. 

Recordarán nuestros lectores, que el americano David y el realista 
Tabares iban en dirección del Veladero, con el plan de apoderarse de 
la fuerza y hacer una contrarevolución. 

— Amigo mío, decía Tabares, es necesario no dar á sospechar en 
lo más mínimo, porque Avila es suspicaz y nos cuelga de un pino. 

— Así lo tengo entendido, respondió el americano. 

— Un golpe de audacia nos salva, los soldados creerán cualesquier 
conseja, y nuestros proyectos van á realizarse. 

— Es necesario aprovechar la ocasión: los españoles no pueden 
dominar la insurección, que se desborda de una manera terrible. 

— Esta es la oportunidad. 

— Estamos en plena conquista, y podremos hacer lo mismo que 
los españoles del siglo XVI en sentido inverso, ellos se repartieron las 
tierras y desheredaron á los indios, nosotros los despojamos á su vez, 
¿qué nos importa dar á manos llenas? sobra territorio, procuraremos 
hacernos de los minerales y nada más. 

— La ambición hará la propaganda. 

— Ofrecemos degollar á todos los blancos, sirviendo á la venganza 
de los conquistados. 

— Es algo vasto el plan. , 

— Pero realizable. 

—¿Y crees que la Europa pasase por ese atentado? 

— Vamos, que pareces un chiquillo; allí donde se aprisionan reyes, 
donde se roban naciones y se esclavizan pueblos, pasará esta revo- 
lución desapercibida. 

— Es que en son de orden pueden arriesgar una espedición. 

— Ya para entonces tendremos mucho oro y podremos emigrar á 
los Estados-Unidos á disfrutar en grande escala. 

—Yo tengo algunos escrúpulos. 



&0> INSURGENTE! 373 



—(De conciencia? 

— ¡Quién piensa en ella! 
— ¿Pues entonces? 
— Mis escrúpulos son de temor. 
— Sabes, dijo Tabares procurando bajar la voz, que este indiano 

que nos sirve de guía, ha prestado mucha atención. 

— Desagámonos de esa impertinente, dijo el americano, y montó 
una de sus pistolas. 

El indio suriano se apercibió del ruido producido al amartillar el 
¡arma, y se echó con la violencia de un gato montes á un lado del 
camino. 

Tabares y David quisieron seguirle, pero el insurgente descendió 
á una barranca, y se perdió entre los matorrales y las inmensas 
rocas. 

— ¡Hé aquí malogrado nuestro plan! dijo lleno de rabia Tabares. 
— Ese iudio no podrá llegar al Veladero antes que nosotros, apre- 
temos el paso. 

— Yo tiemblo por nuestro porvenir. 

— Eres un hombres insufrible 

— Todos mis ensueños se desvanecen. 

— Eres un cobarde. 

— ¡No tal! gritó Tabares, y» veremos más adelante. 

Los dos conspiradores siguieron á escape; temiendo que el insur- 
gente les tomase la delantera andando por caminos extraviados, y al 
caer de la tarde llegaron al campo del Veladero. 

u. 

Avila estaba en un jacal donde se había refugiado, porque el agua 
comenzaba hacerse notar de nna manera muy insinuante 

Los soldados habían formado sus barracas, peto sus lumbradas 
yacían apagadas por la lluvia 

Reinaba un silencio profundo, desde luego se percibía que aquella 
tropa era presa del hambre. 

Los insurgentes estaban acostumbrados á los trabajos y á las vici- 
situdes; pero en determinados casoB cedían á lo crítico de una si- 
tuación 

Avila estaba profundamente urgido, no podía contener por más 
tiempo aquel estado de cosas; pero estaba resuelto á perecer de hambre 
con sus soldados, antes que contravenir las órdenes de Morelos, á 
quien respetaba y temía horriblemente. 

Dejóse oir el ladrido de los perros que los soldados llevaban á 
las avanzadas. 

— Alguien llega, dijo Avila saliendo de la choza, el general me 
envía sus órdenes 

— Señor, dijo su asistente suriano, es gente peregrina. 
— Veamos qué pasa. 

Habían andado algunos pasos, cuando sintió venir un tropel de 
gentes, amartilló sus pistolas y se adelantó. 

— ¡Quién vive! gritó Avila. 



172 1ÜAH k. iUTEOf 



— ¡La América! respondieron los insurgente». 

— Adelante. 

— Señor, dijo el jefe de la avanzada, dos señores particulares 
uieren hablar con su merced. 

David y Tabares se aproximaron. 

— Señor capitán Avila, dijo Tabares abrazándole. 

— Ola señores, no los hacía por estas tierras. 

— El general nos envía. 

— Pasen por aquí; parque la lluvia menudea que es un contento. 

— Venimos t'ta papados. 

— Ya se secarán con el aire; porque las luminaria se quejan como 
nosotros del agua, 

Los dos recien llegados se entraron en la choza, y los soldados 
contaron á sus compañeros, que dos insurgentes traían razón del cura 
Morelos. 

Luego que David y Tabares se encontraron solos con Avila, pro- 
curaron infundirle la mayor confianza. 

— Capitán, estamos de enhorabuena. 

— No alcanzo... 

— Mañana verá usted solo el campo, hemos visto retirarse ú 
Fuentes hacia Chilapa. 

— No puede ser, toda la mañana nos hemos tiroteado. 

— Dejó una pequeña fuerza mientras emprendió su movimiento, 
esto se concibe perfectamente. 

— Señores, dijo Avila lleno de gozo, estoy verdaderamente atur- 
dido, llevo ya muchos meses de arrostrar una situación tan crítica, que 
esta noticia me parece una mentira. 

Levantóse, y llamando á uno de sus ayudantes le dr¡o: — Que salgan 
inmediatamente cinco guerrillas, y se avancen por diferentes rumbos 
á tirotear al enemigo. 

El ayudante, que era un suriano renegado, se dirigió á los vivaques, 
y en persona dirigió á la guerrilla. 

— Conque decían ustedes que Fuentes ha levantado el campo. 

— Precisamente. 

— Yo estoy falto de noticias, todos los correos me los han inter- 
ceptado, así es que ignoro cuanto pasa. 

— El general ha derrotado á los realistas, motivo por el cual 
Fuentes levanta el campo. 

— Vamos, que esta es una fortuna inesperada, solo nos queda Aca- 
pulco, que tarde ó temprano caerá en nuestro poder. s 

— Suponemos que tendrá usted recursos suficientes para su tropa. 

— Esa es una burla, caballeros, no tenemos una sola racióu; cuando 
mis soldados salen á los próximos montes en pos de una res, siempre 
viene alguno de menos, así es que... 

— Comprendemos. 

— Yo creo, dijo Tabares, que este señor Morelos no debía haber 
abandonado el campamento. 

— El sabe bien lo que hace, contestó Avila, yo no me meto nunca 
en fiscalizarle. 

—¿Pero no le parece á usted, insistió David, que así se pierden 
las oportunidades, y se hace decaer la moral de los soldados? 



LOS INSURGENTES 17i 



— Eso será en otras partes, aquí cuando hay que comer, se come; 
cuando no hay se ayuna, y siempre se está dispuesto para batirse. 
— Es una heroicidad. 
— No sé como se llama, pero el hecho es cierto. 

— Malo, peusó Tabares, decididamente que no podremos contar 
con este hombre. 

— Usted señor capitán, se añusgó á decir David, podía hacer la 
guerra por cuenta propia. 
— No tengo elementos. 
— Se engaña usted, esa misma tropa... 

— ¡Que diablo! yo estoy notando algo extraño en esta conver- 
sacióu. 

— Es que está usted preocupado. 

— Puede ser, pero yo espero que ustedes me pongan al tanto de 
su misión. 

— Es muy sencilla, respondió el americano, y sin que Avila pu- 
diera evitarlo, se arrojó sobre él, lo oprimió fuertemente entre sus 
brazos hercúleos, mientras que Tabares lo desarenó. 

— Es usted nuestro prisionero, capitán. 

— Está bien, contestó Avila bramando de coraje. 

— Un solo paso, una sola voz, y muere usted asesinado. 

Avila tuvo la euergía suficiente para contenerse, esperando una 
oportunidad para salvar á sus soldados. 

Mientras David cuidaba de prisionero, Tabares, á quien ya co- 
nocían los insurgentes, hizo tocar generala, y el campo se puso en 
movimiento. Todos los oficiales acudieron, porque aquel toque era una 
novedad. 

— Señores, dijo Tabares, han levantado el campo. 

— ¡Viva la América! contestaron todos á una voz. 

— En este momento se han enviado guerrillas exploradoras, no se 
escucha un solo tiro, lo que dice claramente que es verdad la retirada 
de Fuentes. 

La alegría más grande reinaba en todos aquellos valientes que 
habían sufrido tantas penalidades. 

— Tengo que dar á ustedes una noticia sensible. 
Todos guardaron silencio. 

— El general Morelos destituye al capitán Avila del mando de la 
fuerza, y nombra al capitán Mayo para que lo sostituya. 

Un rumor de desesperación circuló entre los insurgentes; porque 
Avila era el ídolo de sus soldados. 

— He dicho, continuó Tabares, que el general Morelos se ha visto 
precisado á dar este paso, por razones que importan al triunfo de 
nuestra causa. 

Se necesitó invocar por dos veces el nombre de Morelos, para que 
aquellos hombres no se alzasen contra una orden tan injusta. 

Desfilaron en silencio y llenos de tristeza, acusando en su interior 
al general, que así recompensaba tantos méritos y sacrificios. 

Las guerrillas volvieron confirmando la noticia de la levantada 
del campo, tocaron dianas, hicieron salvas, y so durmió con tranqui- 
lidad después de tantos meses de estar en alarma. 



174 JTTAN A. MATBOi 



III. 

| 

El guía llamado José de la Laz, era un indio vivísimo: desde 
que David y Tabares lo buscaron para que los condujese por senderos 
desconocidos al campo del Veladero, comprendió que aqiiellos hombres 
llevaban miras torcidas, y se propuso acechar hasta enterarse de sus 
intenciones. 

José de la Luz sabía que una sola palabra le daría la clave de 
aquel misterio, y fingiéndose más sordo de lo que era, espiaba á los 
conspiradores con esa tenacidad que caracteriza á la raza. 

Ya habíí.n caminado dos días, y José estaba tan ignorante como 
el primero, hasta que Tabares llevado por su impaciencia, había em- 
prendido aquella impertinente conversación que puso al guía al tanto 
de sus negocio». 

No era ya tiempo de extraviarles el camino, porque el Veladero 
estaba á la vista; ni de adelantarse, porque sospecharían desde luego 
el objeto; esto pensaba José, cuando sintió á sus espaldas amartillar 
la pistola y se lanzó en la barranca con la mayor confianza, porque 
aquellos sitios le eran familiares. 

Puso la cabeza sobre el suelo, y percibió las pisadas de los ca- 
ballos que se alejaban á todo escape. 

Ya no hay remedio, dijo el indio, estos sorprenden á mi capitán 
Avila; avisemos á mi general. 

Iba á salir de la barranca, cuando oyó cerca de sí los rugidos 
del tigre. 

— ¡Diablo! ya me ha husmeado, exclamó José, y tomó asilo en 
una grieta de las rocas, y arrimó á la entrada varias piedras hasta 
encerrarse como en un sepulcro. 

El tigre dio vueltas reconociendo el terreno, procuró acercarse, 
y no pudiendo hacer presa, se ritiró á los próximos matorrales en 
espera del indio. 

Pasó un día, y el hombre y la fiera estaban delante. 

El indio y el tigre se sentían acosados por el hambre; el uno 
estaba resuelto á perecer allí antes que entregarse á una muerte se- 
gura; el tigre se enfurecía por momentos, sentía sus fauces secas y 
esperaba apagar con sangre aquel ardor. 

José llevaba un puñal y una escopeta, pero sus armas no estaban 
al alcance de su enemigo. — Aquella situación no podía prolongarse. 

Al menor ruido, la fiera batía su cola, y sus miradas centellantes 
no se apartaban de la roca. 

La agonía era espantosa. 

La noche es favorable para huir de los peligros, para los anímales 
no hay noche, son nictálopes. 

Aquellos dos seres terribles esperaban una oportunidad. 

El insurgente se resolvió á hacer una tentativa, quitó con es- 
trépito una de las piedras que guardaban la entrada. 

El tigre se acercó paso á paso. 

Cuando estuvo á corta distancia, el indio disparó su escopeta, 
pero su tiro no fué certero. 

El tigre se arrojó sobre la roca con una furia inaudita, pero no 
pudo penetrar, y g trocedió. 



LOS INSURGENTES 175 

El insurgente volvió á cargar su escopeta. 

La fiera tornó á su puesto de acecho. 

No había remedio, la muerte se hacía inevitable después de una 
lucha desesperada. 

José comenzó á examinar la roca, y notó que la grieta ascendía 
hasta la cima. 

Subir por allí era dificultoso por las curvas y depresiones que el 
agua había formado en la3 rocas, pero el terror presta un ánimo de 
héroe, y el indio provó una tentativa aventurada. 

Abrió sus piernas, y apoyó sus pies en las paredes, sostenién 
dose con las manos arañando las piedras. 

Ascendió algunas varas, cuando encontró su punto de apoyo cu- 
bierto de lama; los pies se resbalaron, y cayó hasta el fondo de la 
gruta. 

Jadeante de fatiga tornó á subir, llevando el puñal entre los 
dientes. 

Raspando las piedras donde tenía que colocar los pies y descan- 
sando unos instantes, y adelantando otros, y ya sintiéndose desfallecer, 
ya cobrando ánimo con la esperanza, asomó al fin la cabeza por el 
tai o de la roca y vio el cielo sobre su frente. 

Bendijo á Dios; pero se heló de espanto al ver al tigre que se 
había apercibido de su movimiento, y lo seguía con sus ojos encen- 
didos por la rabia. 

Hemos dicho que la roca estaba tajada perpendicularmente, así 
es que era difícil la ascención. 

José comprendió que una vez fuera de un próximo peligro, no 
le quedaba más que una fuga precipitada mientras su enemigo trataba 
de ponerse á su alcance. 

Saltó sobre la cima, y liiero como un gamo, tomó la vereda sin 
*olver la cabeza, huyendo de aquella espantosa pesadilla. 

IV. 

Demudado aún por la emoción del camino, llegó el insurgente á 
Chilapa en los momentos en que los insurgentes solemnizaban la victoria 
alcanzada sobre los realistas. 

£1 general estaba rodeado de sus oficiales oyendo las relaciones 
exajeradas de los lances personales, todos presumían de héroes, y todos 
ofrecían distinguirse en los venideros azares de la lucha. 

— Señor, dijo un ayudante, acaba de llegar un correo que viene 
del Veladero. 

— Que entreguen la correspondencia de Avila. 

— Mi general, el correo quiere hablar personalmente con usted. 

— Malo, pensó el cura, y dejando en su empeñada conversación 
á sus subordinados, salió al encuentro del correo. 

— ¡Oh! José de la Luz, ¿qué te haces por estos terrenos? 

— Señor, vengo á dar parte á su merced, que á la hora de esta 
ya hay tumulto en el Veladero. 

— ¿Vienes de allá? 

— No, señor general, pero es el caso que unos señores mé pi- 
dieron les acompañara, y como yo iba por el mismo camino, pues.., 



176 JUAN A. MATEOS 



— ¿Los acompañaste? 
— Sí, mi general. 
—¿Y bien? 

— Oí que trataban de asegurar á mi capitán Avila, y de acabar 
con todos, hasta con su mercé. 

— ¡Si Avila se habrá dejado engañar! pensaba llórelos. 
—Parece que un señor Mayo está de acuerdo. 

— Malo, malo, es uno de los jefes mas importantes. 

— Yo no pude llegar al campo, porque esos señores sospecharon 
que los había oido y quisieron matarme; entonces me echó á la ba- 
rranca, y hasta ahora no he podido regar. 

— Cuidado con decir una palabra; quédate esta noche en mi alo- 
jamiento. 

— Lo que disponga su mercé, mi ¿ neral. 

Morelos volvió á la pieza de la tert 

— Veo, dijo, que todavía sigue la hi :aña». 

— Sí, mi general. 

— Todos son valientes y están entusia ,6. 

— Decididos por la causa de la Amérit 

— Así lo creo; pero quiero probar esa dicisión. 

Los oficiales guardaron silencio. 

— Que se disponga mi escolta, y ustedes estén listos para dentro 
de una hora. 

Los jefes salieron sin comprender nada, porque sabían que ya 
no quedaban fuerzas realistas en todos aquellos contornos. 

No había pasado aún la hora, y ya todos estaban en espera del 
general. 

— ¡A caballo! gritó el cura: y seguido de sus soldados emprendió 
ese camino que parece inaccesible y media entre Chilapa y el Ve- 
ladero. 

La marcha de los insurgentes era activa: todo indicaba que se 
iba á dar un golpe de mano. 

Morelos dio orden de no dejar adelantar á pasajero alguno. 

Después de una marcha trabajosa y pesada, llegaron los insur- 
gentes ya entrada la noche del último día de su viaje, al campamento 
de Avila. 

— ¿Quién vive? gritó el centinela. 

— ¡Morelos! respondió el general. 

Aquella voz conocida pareció haber llenado el campo, porque los 
soldados se pusieron en alarma, y en tumulto salieron á recibir al 
caudillo. 

— Bien, hijos, bien decía Morelos; aquí estoy, ha cesado ya el 
hambre, los realistas han acabado. 

— ¡Viva el general! gritaban entusiasmados los soldados. 

Al clamoreo de la tropa acudieron David y Tabares llenos de 
terror; su golpe estaba perdido. 

— Mi general, dijo Tabares, he tenido necesidad de destituir al 
capitán Avila, porque el campamento estaba en un desorden espantoso. 

— Ya hablaremos de eso. 

— Y sh jugaba el dinero de los soldados, añadió David. 



LOS INSURGENTES 17 1 



— Bien, bien, respondió Morelos; vanaos al al oi amiento para arreglar 
las cuentas. 

El bravo Galeana comprendió en el acto cnanto pasaba, y mien- 
tras el general hablaba con los conspiradores, pnso á la tropa sobre 
las armas, dándoles instantáneamente organización y poniéndose al 
frente de ella para el evento de nn motín. 

El cura se quedó solo con Tabares y David. 

— Hablen ustedes. 

— Cuando llegamos á este campamento, dijo David, estaba á 
punto de caer en poder de los realistas, los soldados habían perdido 
la moral, todo era desorden, y la disciplina estaba relajada. 

— Bien. 

— El único modo de no perder estos elementos, era dar un golpe 
de mano, y nos resolvimos á ello contando con Mayo, uno de los jefes 
más adictos á la persona de mi general. 

— Adelante. 

— El señor Avila está preso: se je han guardado cuantas con- 
sideraciones merece, simplemente se ie ha privado del mando de esta 
guarnición. 

— Yo reconozco el mérito de esta acción, dijo Morelos; ustedes 
me acompañarán á Chilapa, donde los ocuparé en una misión más 
importante que la de permanecer en este sitio , ustedes tienen pres- 
tigio y es necesario utilizarlo. 

David y Tabares se dieron una mirada de inteligencia, creyendo 
que Morelos había caido en el garlito. 

— Estamos á las órdenes de usted, mi general. 

— La confianza que tengo en usted ya ia he probado en otra 
ocasión, enviándoles á los Estados-Unidos, donde desgraciadamente no 
pudo tener efecto ese plan ; pero yo los emplearé como lo ofrezco, 
en una escala muy superior. 

— Está bien, mi general. 

— Por ahora, y para cortar rencillas, repondremos al capitán 
Avila, dejándole de segundo á Mayo, y nosotros partiremos al ama- 
necer. 

Los dos aventureros creyeron que se les preparaba una era de 
bonanza, y que más tarde podrían realizar todos sus proyectos. 

El general se dirijió á la choza donde estaba preso Afila, dejando 
á Galeana al cuidado de Tabares y David, a quienes encomendó á 
una asidua vigilancia. 

Luego que Avila se encontró en la presencia úel general, se a- 
rrojó en sus brazos y lloró como un niño. 

Morelos lo amaba tiernamente, y no pudo verlo sin una profunda 
emoción. 

— Son unos traidores que han abusado de mi franqueza y lealtad. 

— Señor, esos miserables quieren la muerte de usted y nuestro 
esterminio ; es necesario quitarlos de enmedio. 

— Silencio, he conocido sus planes y yo los atajaré ; quedas 
desde este momento repuesto en el mando r tú eres entre mis sol- 
dados el de más confianza, jamás se me ha ocurrido una idea en tu 
contra. 

12 — Los Insurgentes. 



178 JUAN A. MATEOS 



— Gracias, señor, esa es la verdad. 

— Es necesario tener calma y sangre fría. 

— Señor, se necesita un castigo ejemplar. 

— Está reservado á mi justicia. 

Avila inclinó la frente : tras aquellas palabras adivinaba algo a- . 
terrible. 

— ¿Permanecerá el general muchos días en el Veladero? 

— Salgo mañana al amanecer; tú quedas aquí hasta que yo pueda 
volver ; frente al castillo, estarás como un centinela, porque esa for- 
taleza ha de caer en nuestro poder, yo te lo ofrezco. 

Tras aquella oferta había un mar de sangre. 

— Yo cumpliré, como siempre, con las órdenes de mi general. 

Morelos sacó una hoja de su cartera, y escribió unas cuantas 
líneas que entregó al capitán Avila. 

Pasóse la noche en dar disposiciones, en decretar ascensos para 
los sufridos soldados, y en darle organización á la fuerza. 

Avila recobró el mando, y Mayo fué nombrado su segundo. 

Todos estaban admirados de la facilidad con que Morelos había 
vuelto al orden á aquella gente, y la docilidad con que Tabares y 
David habían cedido á las órdenes del general. 

Mayo no comprendía el por qué de su nombramiento, y sentía 
una vaga tristeza : el corazón le daba un aviso oportuno. 

Amaneció : el cura dio un abrazo á sus amigos, les recomendó la 
obediencia, les habló de la patria con aquella elocuencia que usaba 
en casos extremos, y partió para Chilapa, donde la noticia de la des- 
titución de Avila había llegado con todos sus detalles. 

Luego que el general se perdió con su tropa en las gargantas de 
las montañas, Avila sacó el papel y leyó estas terribles palabras : 

«El capitán don Juan Avila, pasará por las armas al traidor Mayo, 
á las doce horas de recibida esta orden. — Morelos. — Campo del Vela- 
dero, á las dos de la mañana.» 

— Ya lo esperaba, murmuró convulsivamente el capitán, y se 
marchó á dar las disposiciones para la ejecución, que se verificó en- 
medio del silencio y consternación del campamento insurgente. 

V. 

En Chilapa se comentaba el lance del Veladero dándole coloridos 
siniestros, y avanzando hasta decir que era aquel movimiento una 
contrarevolución ramificada en toda la Costa. 

Se creía que Morelos había caido en el lazo puesto por Tabares, 
y ya comenzaba á introducirse entre los insurgentes una inquietud 
terrible ; porque todos profesaban un gran cariño á su general. 

Los realistas cobraban aliento, y enviaron correos al virreinato 
asegurando la prisión de Morelos, y exaj erando, ó por mejor decir, 
inventando noticias. 

Cuando menos lo esperaban, se presentaron los insurgentes en la 
plaza, acompañados de los cabecillas del motin. 

Rayaba en delirio el gusto y alborozo de la tropa ; se repicó 
hasta el aturdimiento, y el general fué felicitado con entusiasmo 



ÍX)S INSURGENTE^ 179 



Morelos conservaba su continente severo : parecía altamente preo- 
cupado. 

— Que llamen á don Leonardo Bravo, dijo fríamente á uno de sus 
üyudantes. 

A poco se presentó aquel hombre digno, á quien la historia ha 
íonsagrado sus homenajes. 

— Estoy á Jas órdenes de mi general. 

— Desearía dar algunas, porque quiero estar en reposo después 
le esa caminada tan pesada. 

— Tiene usted razón, y debía descansar antes q*ie todo. 

— Es que hay un negocio de urgencia. 

Ya escucho, señor general. 

— David y Tabares han cometido ua atentado escandaloso, des- 
tituyendo á Avila y haciendo una contrarevolución que Le atajado 
tiempo , pero que hubiera sido de consecuencias látales r esos 
hombres han venido con nosotros, deseo nacer un ejempiar con 
ellos. 

— Uno de esos hombres es extranjero, según parece- 

— Sí, y precisamente por esa ci rcunstancia lo jnigo mas oportuno ; 
hace tiempo que somos el escarní o de tanto miserable avéntu;ero que 
pisa nuestra tierra, y ha llegado el tiempo de baceties saber cuánto 
calemos ; la sangre que se iba á derramar por en causa, paia elios 
ao tiene precio, porque nos aborr ecen por instinto. 

— Es verdad ; pero hay que hacer una reflexiva, puede con esas 
rjecuciones darse lugar á represalias sangrientas. 

— Señor Bravo, hace tiempo que los insurgentes son fruta do 
patíbulo. 

— Es cierto ; pero 1a mora li dad debe estar siempre de nuestro 
lado. 

— No debe llegar hasta dejarnos traicionar per nuestros ene- 
migos. 

— No quise decir tanto. 

—¿Conviene usted eu la necesidad de hacer desaparecer á esos 
miserables? 

— Estoy de acuerdo enteramente. 

— Entonces no vacilemos. 

— Señor general, dijo Bravo, yo nunca he vacilado, exponía sim- 
plemente una opinión. 

— Cesa ya nuestra conferencia c orno amigos, señor Bravo, y el 
general va á dar sus órdenes. 

Levantóse Bravo, porque se jactaba de ser todo un soldado, y 
prestó atención á las órdenes de Morelos. 

— «Les dos individuos que han venido en mi compañía, llamados 
Tabares y David, y que son los conspiradores y cabecillas principales 
del motin del Veladero, serán degollados esta misma noche en un 
sitio fuera de la ciudad, procurando que la ejecución se verifique en 
el mayor silencio : los cadáveres serán sepultados inmediatamente.» 
— Tenga usted por escrito la orden ; encargo á usted de su ejecución. 

Bravo tomó el papel, y saludando á Morelos, se dirigió al apo- 
sento de los sentenciados, que bebían alegremente por el feliz resultado 
de su expedición. 



180 JUAN a. MATEOi 



VI. 

A la media noche salían á extramuros de la ciudad Tabares y 
David, custodiados por una pequeña fuerza. 

Los reos llevaban las manos atadas á la espalda. 

La escolta hizo alto. 

Nada se oía en todo el campo; de la ciudad venían por in- 
tervalos los gritos de los centinelas, y todo volvía á quedar en 
silencio. 

Oyéronse unos golpes secos, acompañados de gritos dolorosos y 
ahogados... después ruido de pasos que se alejaban, y todo volvió á 
sumergirse en el silencio. 

La ejecución se había hecho en la oscuridad, como la de los 
conjurados de Catilina. 



El cura Morelos se paseaba á lo largo de su aposento, detenién- 
dose algunas veces, cuando escuchaba pasos por la calle. 

Llamaron á la puerta. 

— ¡Adelante! gritó Morelos. 

Bravo se presentó con la serenidad de un soldado que ha cum- 
plido con su deber. 

— Las órdenes del señor general están cumplidas. 

—Está bien, respondió Morelos, y saludó á Bravo, que se alejó 
respetuosamente. 

Cuando el cura se encontró solo, sacó su rosario de la bolsa, se 
arrodilló, y después de rezar sus oraciones en el Oficio Divino, ae 
etió en el lecho y durmió profundamente. 



CAPITULO X. 
la gruía de Michapa. 

i. 

En medio de nn grupo de montañas de pórfido, que se alzan 
como fantasmas en el corazón de la Sierra Madre, se encuentra la 
gruta de Michapa. 

Cuentan las tradiciones, que aquel sitio solemnemente majestuoso, 
es el asilo de los genios tutelares de la montaña. 

En los altos picos de las rocas se posan de continuo las nubes, 
formándose sobre ellas tempestades, cuyo trueno interrumpe el perenne 
silencio de aquellos lugares. 

En el hueco de las rocas forman su nido las águilas y los bui- 
tres, y se marcan en sus estrechos senderos las pisadas del tigre y 
del jaguar. 

Los altos pinos y gigantescos cipreses, coronan de verdura las 
cúspides elevadas y porfíricas de las rocas, y los manantiales produ- 
cidos por las vertientes, resbalan sobre el musgo con rumor somno- 
liento, que apenas se escucha en el silencio de la noche. 



103 INSURGENTES 181 



La gruta de Micbapa es un lugar histórico, , como lo son las Ca- 
tacumbas; ella le dio asilo á los proscritos, y bajo aquellas bó vedas 
se elevaron plegarias ardorosas por el triunfo de la libertad ame- 
ricana. 



Es de noche. 

La luna está resplandeciente, y ni una nube empaña el purísimo 
cristal del cielo. 

Las estrellas centellan en la bóveda aznlada, con un fulgor bellí- 
simo y el viento parece dormir entre los cedros de las montañas. 

Una tranquilidad apacible reina en aquellas soledades, com o si 
fuese la primera hora de la creación. 

La luz de la luna es centellante, y sin embargo, los picos de 
las rocas se levantan como fantasmas envueltos en sus mortajas y co- 
ronados de cipreses. 

Un ambiente impregnado de esencia acaricia las fio res de las 
grutas, perpetuos incensarios de la montaña. 

Las rosas están abiertas, y tiemblan sobre sus hojas las gotas de 
la lluvia, como las lágrimas de las nubes. 

Todo es silencio y melancolía. 

Las yedras silvestres, agrupadas á las ramas de los árboles, for- 
man toldos de sombra y de perfume, donde apenas penetran los 
rayos apacibles de la luna, que parece fija é inmóvil en el centro de 
los cielos 

Corren mansas las aguas plateadas de los arroyos, jugando con 
los visos de la luz que se refleja en sus cristales, y murmurando sua- 
vemente y deslizándose en pequeñas cascadas, que se deshacen en hilos 
trenzados, hasta perderse entre la profusión de hojas que se inclinan 
eobre su cauce. 

¡Todo es paz y meditación! 

Aquel sitio y aquella noche son de amor: el alma pertenece á la 
soledad; en sus misterios se desprende esa nube del espíritu que forma 
el fantasma de an ensaeño, la sombra de una ilusión, la imagen ha- 
lagadora de un profundo cariño!... 

El corazón se onsaacha en la soledad: parece que el estruendo y 
el bullicio lo oprimen... ei corazón es una planta del desierto; necesita 
estar circundado por el cielo, tener vastos horizontes y vivir en el si- 
lencio del misterio y de la abstracción. 

Las alas del alma necesitan espacio para volar; por eso cuando 
vive encarcelada en nuestro pecho, se deshace en suspiros y se exhala 
en lágrimas y sollozos. 

El alma es una ave, que cuando se siente herida se remonta y 
quiere tocar el cielo con su pluma... 

II. 

En uno de los pequeños salones de la gruta, y cosiendo á la luz 
de un mechero, está la hija desgraciada del tío Blas. 

El dolor ha dejado huellas profundas en el semblante angelical 



182 JUAN A. MATEOS 



de la joven, tina sombra apacible vela sus vivísimos ojos, y la palidez 
íie la azucena cubre su virginal semblante. 

Aquella frente de serafín yace abatida como las flores de la noche, 
y los labios antes purpurinos están suavemente descoloridos, sus manos 
de alabastro están sobre el lienzo confundiendo con él su color blan- 
quísimo. 

Son las altas horas de la noche: la familia hospitalaria yace en- 
tregada al sueño de la proscripción: nada se oye sino los ecos per- 
didos de los pinares, y el manso murmurar de la cascada. 

Aquel silencio es interrumpido por un silbido dado de una ma- 
nera particular. 

¡Dios mío! exclamó la joven, es un sueño... no, no puede ser; y 
se quedó escuchando hasta que el silbo volvió á sonar. 

Levantóse precipitadamente y salió de la gruta, tendió bu vista 
buscando algún objeto á la claridad reverberante de la luna. 

De entre unos matorrales saltó un hombre, y ee acercó á la 
joven. 

— ¡Jacinto! exclamó la huérfana. 

— ¡Hermana mía! respondió la voz del desconocido. 
— Te vuelvo á ver... te he llorado tanto... aún me queda algo 

sobre la tierra. 

— ¿Qué dices, Luz? 

— ¡Que estoy sola en el mundo, enteramente sola! 

Jacinto se pasó la mano por la sudorosa frente, no se atrevía á 
preguntar nada. 

¡Jacinto, continuó la joven, ya no tenemos madre! 

Aquel hombre encallecido en el vicio, sintió un dolor intenso: 
su madre lo había amado mucho, y se sentía en aquel momento aban- 
donado. 

Por malo que fuese, pagó con sus lágrimas un tributo al amor 
filial; pero aquel dolor lo volvió mas sombrío aún y mas concen- 
trado. 

— Sí, dijo Luz, murió de pesadumbre cuando se encontró viuda 
y abandonada por tí. 

— ¡Soy un criminal! exclamó Jacinto, no merezco perdón, he 
asesinado á mis padres; pero yo no soy culpable... ¡el destino... el 
destino!... 

— En medio de este infortunio, te queda el cariño de tu hermana. 

Jacinto besó la frente de Luz con profunda ternura. 

— Sí, y tras este cariño, vengo hoy arriesgando la existencia. 

— ¿Te quedarás conmigo, no es verdad? 

— No, es imposible, yo pertenezco á los soldados del rey. 

— Eso no puede ser, nuestros amos, esos señores á quienes les 
debemos tanto, son insurgentes, tú no puedes... 

— Es verdad, no hay r&medio; pero no es tiempo ya de retro- 
ceder. 

— ¿Sabes entonces á lo que te expones en estos momentos? 

— Sí, á perder la vida; ¿y qué importa?... yo voy impulsado por 
la convicción de mi destino... tú ignoras... no, ya lo sabrás alguna 
vez... nuestros antepasados han sido todos infelices porque Dios lo ha 



LOS INSURGENTES 183 



querido así... Luz, yo tengo que realizar algo que está fuera de mi 
voluntad... esto me desespera. 

— No comprendo nada de lo que dices. 

— Más tarde... más tarde... ahora es necesario que te decidas á 
partir conmigo. 

— ¿Y adonde me llevarás? contestó la joven trémula de miedo, 

— Marcharemos á México. 

— ¿Abandonar á mis bienhechores? 

— E» preciso. 

— Bien... les diré adiós ; ellos han velado por mi desde mi niñez... 
¡y ahora mi' hoctandad! 

— Es necesario partir en silencio, que ellos ignoren todo. 

— ¡Imposible? 

— Esop señores pertenecen á la insurgeneia, y son mis enemigos, 
tá no pnedes permanecer en esta casa ni una hora más, á no ser que 
quiera? verme asesinar en tu misma presencia. 

— Tú no les ecneces, Jacinto, ellos te aman como á un hijo. 

— Pero yo ios aterrezco... les pagaré sus favores cuando pueda, 
pero no quiero qce tú ]os sigas recibiendo. 
— Seiia nna ingiatitnd. 
— No ircpcita 

— jEn ccmtTfc <?e nrestia madre! 
— Calla, mDjei y partamos. 
— No tengo vajcr 
— JPurtamo». 
— ,Eó una cine-dad horrible! 

— Ya sao:a la 'esisccnc^ y prometí vencerla. 

— (Jacinto: 

— Vamos, no bay necesidad de reñir, tú ignoras mis negocios; 
luego te convencerás. 

— ¿Pero no besarles la mano, sm regarlas con mis lágrimas? 

— Evítales ese momento, y sobre todo, no conviene que sepan 
que estoy aquí 

— Yo se qne nada ma'o te pasará. 

Ovóse nn ruid^ de pasos de hombres, que llegaban por la roca 
cercana. 

— ¡Demonios... los insurgentes! exclamó Jacinto rechinando los 
dientes, si me ven soy perdido. 

— Entra en la grnta 
— Imposible. 

— Entra Jacinto 

— No, adiós, mañana en este mismo sitio nos veremos, es nece- 
sario alejarse de estos lugares que son fatales para mí. 

Oprimió Ja delicada mano de la huérfana, y se alejó perdiéndose 
en las sombras de los cipreses. 

III. 

Un destacamento de insurgentes rondaba por los contornos do la 
giuta, por mandato de Bravo que idolatraba á su familia. 
Luz se fu© al encuentro de los guerrilleros. 



184 JUAN A. MATEOS 



— ¡Ola! señorita Luz, ¿usted despierta á estas horas? 

— Está la noche tan hermosa. 

—Sí, muy linda, pero nosotros queremos descansar. 

— Pasen ustedes. 

— ¿No hay novedad? 

• — Ninguna. 

— Pues adelante, que hemos corrido como unos lobos esas mon- 
tañas. 

Los insurgentes penetraron en la cueva, se les sirvió de cenar y 
se entregaron tranquilos al sueño. 

Luz estaba en vela aquella noche tan terrible para su existencia; 
sus lágrimas acudían en torrentes á sus párpados, y el corazón se le 
oprimía dolorosamente. 

Entregada á la honda tristeza de sus pensamientos, no se aper- 
cibió de que un hombre se había acercado hasta ella. 

Iba á dar un grito, pero reconoció sin duda á la persona que 
tenía delante, y el susto se tornó en una emoción profunda de cariño. 

— ¡Don Alfonso! 

— ¡Luz de mi vida! 

Piedra-Santa estrechó á su corazón á la joven, que comenzó á 
aollozar con el llanto de las tórtolas. 

— ¿Tú sufres, vida mía? 

— Sí, pero cuando estoy á tu lado me siento feliz. 

— Gracias, Luz, gracias, tú sabes que en mi vida de infortunio 
y de peligros, eres el ángel de mi consuelo, la virgen apacible de mis 
horas de tristeza. 

— ¡Porque te amo! exclamó la joven, y llevó sus labios ardientes 
á la frente del guerrillero. 

— ¡Yo estoy loco de amor por tí! Cuando me veo en medio de 
la muerte, entre el polvo del combate, nada veo más que tu imagen 
que me sonríe diciéndome: lucha, pelea, yo estoy á tu lado defendién- 
dote con mi cariño, y yo lucho sin tregua; porque sé que me amparas, 
que tu espíritu vá delante de mí como la ejida del destino. 

— Don Alfonso, tú le hablas á mi alma con el lenguaje del amor, 
tú me dices palabras que jamás había escuchado, por eso mí alma vuela 
hacia tí, y mi aliento vive del tuyo, que es mi vida... sí, lloro, porque 
te amo; este cariño no tiene más que lágrimas de ternura, ellas son 
el rocío de mi espíritu sobre las flores de nuestro amor... pensar en 
tí, esperar el momento en que llegas, soñar con tu imagen, ver el 
sol que se pone y la noche que adelanta, porque ella me trae estos 
momentos de infinita felicidad á mi existencia... ¡y pensar que todo 
esto vá á disiparse como las sombras! 

— Habla, habla por compasión, exclamó agitado el insurgente, yo 
no he comprendido... no quiero comprender. 

— Y sin embargo, es la realidad... esta noche, don Alfonso, es 
la última... la última tal vez de nuestros amores. 

— Repite... repite esas palabras... yo estoy loco... ¡ten compasión 
de mí! 

La joven permaneció en silencio. 

— Mírame, prosiguió el insurgente arrodillándose, mírame á tus 
pies, ten lástima de mí, siquiera por lo mucho que me has amado. 



LOS INSURGENTES 185 



— Mañana, dijo con acento de profunda aflicción, ya habré dejado 
estos lugares. 

— Pero eso no puede ser. 

— Nada me preguntes... ¡soy muy desgraciada! 

—No me desesperes, ¡por Dios! 

— Don Alfonso, el destino nos separa, y yo no puedo contra- 
riarlo. 

— Pero tú sabes que yo puedo seguirte basta el fin del mundo, 
que por tí haré cuantos sacrificios estén al alcance de un hombre... ¡sí, 
iré hasta la muerte! 

— Yo voy envuelta en las sombras del destino... no sé donde voy, 
ni que será de m í- 

El insurgente comenzó á pasearse á grandes pasos, su cerebro se 
fundía en un torrente de fuego, sus pensamientos se extraviaban delante 
del misterio de aquella mujer. 

Detúvose repentinamente delante de Luz, cruzó los brazos sobre 
su pecho, y arrancando un acento lúgubre y sombrío, dijo á la joven: 

— ¡Soy un hombre engañado! 

Luz no contestó, las palabras se habían detenido en su garganta. 

— ¿Por qué haberme echo soñar un porvenir donde solo encon- 
traba la ingratitud! 

— Eres injusto conmigo... no sabes que el dolor está haciendo 
pedazos mi corazón, y que mi alma está devorada por la angustia. 

— ¿Entonces por qué atormentarnos? 

— Pues bien, tú sabes que soy huérfana, sin mas abrigo que esta 
noble y generosa familia... hace un momento que mi hermano, á quien 
lloraba muerto, se ha presentado aquí, y... 

— Comprendo lo horrible de mi suerte... 

— No, es mas horrible todavía; mi hermano, por no sé qué cir- 
cunstancia se ha filiado con los realistas: esto arroja entre nosotros 
su odio y su resentimiento. 

— ¿Y qué importa si tú me amas? 

— Para mí nada, para él todo. 

— Dime adonde está tu hermano... quiero verle, hablarle, decirle 
que te amo y que seré tu esposo. 

— Mañana en este sitio le encontrarás, es mi última esperanza. 

— El consentirá... 

— ¡Nunca! exclamó una voz que resonó con el timbre de la deses- 
peración y de la venganza. 

— ¡Mi hermano! dijo la joven, y cayó sin sentido á los pies de 
don Alfonso. 

— Caballero, dijo el insurgente, ya lo ba oido usted, su hermana 
me ama, y yo deseo ser su esposo. 

— Yo he jurado eterna guerra á los insurgentes:' entre nosotros 
no puede haber sino sangre. 

— Nuestra personalidad puede ser una excepción. 

— ¡No, por mi vida! sería necesario que usted me matase para 
lograr su objeto. , 

— Es que á mí no me anima ese rencor. 
— La sangre de mi padre necesita venganza, 



186 JUAN A. MATEOS 



— Los realistas lo asesinaron. 

— Usted no puede comprender ese misterio, y á mí me importa 
eservarle. 

— ¿Y si yo me opusiera á que usted se llevara á LuzT 

— Entonces te mataría, dijo Jacinto, y sin dar tiempo á don Al- 
fonso de defenderse, le tiró un pistoletazo á quema ropa. 

El insurgente vaciló un instante, y cavó después revolcándose en 
su sangre. 

Jacinto tomó en bus brazos á Luz, y desapareció en la fragosidad 
de la montaña. 



CAPITULO XI. 

De la conspiración tramada contra 8a Excelencia el lirrey 

Don Francisco Javier Venegas. 

I. 

Nos trasladamos á la nobilísima ciudad de México, y estamos en 
el 2 de Agosto del año de gracia de 1811. 

En uno de los callejones más apartados de la ciudad, que lleva por 
nombre La Polilla, y está situado en la parte Sur de la población, 
estaba la casa de don Antonio Rodríguez Dongo, donde se recibía esa 
noche memorable á los conjurados. 

Fray Juan Nepomuceno Castro y otros dos hermanos de la orden 
estaban en la junta, el licenciado don Antonio Ferrer, alma de aquella 
conspiración, un cabo del regimiento del Comercio, Ignacio Cataño, y 
otra porción de individuos que se registran en Jas páginas del célebre 
proceso. 

Luego que todos los conjurados se encontraron reunidos, fray 
Juan tomó un crucifijo, y recibió juramento de no revelar ni ana sola 
palabra de cuanto iba á pasar en la sesión. 

Todos juraron silencio. 

El licenciado Ferrer tomó la palabra. 

— Señores, se trata de consumar la revolución iniciada por Hi- 
dalgo, y á la que ha dado tanto ser el cura Morelos, vencedor en 
cien encuentros, y que á esta hora se dirije sobre la capital con su 
ejército. Si hace un año hubiéramos hecho un solo esfuerzo, los in- 
surgentes se apoderan de México, y ya seríamos independientes. 

Aquella época de vergüenza para nosotros, que vimos con los 
brazos cruzados sacrificar á nuestros hermanos, ha pasado' toca reha- 
bilitarnos ante la revolución y ante la patria. 

Un aplauso unánime resonó en todo el salón. 

— He recibido esta mañana unos pliegos del general Morelos, in- 
vitándonos á romper este yugo ignominioso; el coronel insurgente don Al- 
fonso Piedra-Santa es el emisario que ha penetrado furtivamente en 
la capital. 

— ¡Rayo de Dios! dijo uno de los conjurados, ¡ese hombre aquí! 



L03 INSURGENTES 187 



Aquella exclamación fué recibida como un rasgo de entusiasmo. 

— No se trata ahora, continuó Ferrer, de librar una batalla, sino 
de apoderarnos de la persona del virrey y hacerle firmar su abdiea- 
cación, entregándole el gobierno al general Rayón, nombrado presi- 
dente de la junta instalada en Zitácuaro. 

— ¿Cuál es el plan? preguntó con avidez uno de los conjurados. 

— La combinación es muy sencilla: el virrey sale diariamente, 
entre cuatro y cinco de la tarde, al paseo de la Viga; no le acom- 
pañan sino unos cuantos dragones, á quienes pondremos en fuga al 
primer disparo. 

— ¿Y la guarnición? insistió el conjurado, ¿qué hará al saber la 
aprehensión de Venegas? 

Alzóse entonces Cataño, y dijo con voz sonora: 

— Yo respondo del batallón del Comercio: cuento con todos mis 
amigos, y ya es un negocio arreglado; la fuerza que queda en la plaza se- 
guirá el movimiento, y si no pelearemos hasta morir. 

Las palabras de Cataño fueron acogidas con entusiasmo. 

— Bien, continuó el hombre que se empeñaba en saber hasta el 
último detalle ¿y quién se encargará de la empresa? 

Levantóse á su vez Kafael Mendoza, hombre atrevido y de valor 
indomable, y exclamó con acento siniestro: 

— ¡Yo! 

— ¿Y con qué elementos cuenta usted para ese lance? 

— Cuento con José María González, que tiene ya dispuesta su 
gente para arrojarse sobre la guardia de la Acordada, y con Mariano 
Hernández, que me acompañará á la aprehensión de Venegas. Creo 
que no se necesita más. 

Púsose á discusión el plan, que fué aceptado por todos los con- 
jurados. 

Fray Juan, que quería elevar á la altura de un asunto sagrado 
aquel negocio, exhortó á los conspiradores á no desistir de la empresa, 
bendíjoles con la fe de un sacerdote, y la cita quedó concertada para 
el siguiente día, á las cinco de la tarde, en el paseo de la Viga. 

n. 

Hemos visto á uno de los conspiradores enterarse con ansiedad 
de toda la combinación, y nuestros lectores seguramente lo habrán de- 
clarado sospechoso. 

Efectivamente, aquel hombre salió de la casa de Dongo, y se di- 
rigió á la de su habitación, que estaba situada en la calle del Amor 
de Dios. 

Era una casa entresolada y sombría, apenas amueblada, parecía 
más bien un calabozo. 

Entróse el conjurado hasta la última pieza, donde había una pe- 
queña lámpara encendida frente al cuadro de una Dolorosa. 

— ¡Luz! ¡Luz! 

— ¡Hermano! contestó la joven despertando sobresaltada. 

— ¿Te has dormido? 

— La soledad.,, la noche,., 



188 JUAN A. MATEOS 



— Tienes razón, ya es tarde, van á dar las once. 

— Te veo preocupado, ¿qué tienes? 

—Nada... 

— Es que tus ojos han tomado un tinte siniestro. 

— ¡Luz! gritó Jacinto, á quien habrán reconocido nuestros lectores, 
tú me ocultas algo. 

— ¿Yo? dijo asustada la joven. 

— No sabes que soy terrible en mis venganzas, y juegas eon el 
rayo. 

— ¡Jacinto! ¡Jacinto! exclamó la joven arrodillándose. 

— Vamos, levanta... dimej pero cuidado con mentir... ¿has visto 
á Piedra-Santa? 

Una lividez mortal apareció en el rostro de Luz; su hermano le 
avisaba de la llegada de su amante, aquella era una felicidad in- 
mensa. 

Después de un momento de silencio, contestó con la seguridad de 
quien no miente: 

— Jacinto, no le he visto. 

— Ese miserable ha traído unos pliegos del cura Morelos... yo le 
atajaré en su camino. 

— Pero hermano, ¿dime qué ofensa te ha hecho don Alfonso para 
que así lo aborrezcas? 

— Óyeme, Luz, yo aborrezco á los insurgentes... ese es mi secreto... 
y cuando yo pensaba que entre ellos y yo no había más que sangre y 
venganza, se atraviesa tu amor como una maldición... ¡imposible!... 
¡imposible! 

Luz inclinó la cabeza, y empezó á llorar con amargura. 

— He ofrecido, continuó Jacinto, contrariar mi destino, y lo lo- 
graré al fin... 

Acercóse á la mesa, escribió algunos renglones en un cuarterón de 
papel, se lo puso después en la cartera, y se salió de la casa sin 
despedirse de su hermana. 

Atravesó la calle de Santa Inés, siguió por el costado de Pala- 
cio, volvió á la izquierda, y entróse por la puerta principal de aquella 
estancia de los virreyes. 

Subió la escalera, habló al oido algunas palabras al oficial de 
guardias, y penetró en la cámara de Venegas. 

ni. 

Luego que Jacinto abandonó su casa, un embozado que estaba en 
el dintel de un zaguán en la acera del frente, cruzó la calle y dio tres 
toques á la ventana. 

— ¡El es! exclamó Luz, y abrió la madera, que apenas crujió al 
dar paso á la joven, que se puso á la reja. 

— ¡Al fin te encuentro! dijo con honda ternura don Alfonso. 

— Sí, aquí estoy, y tuya como siempre, siempre tuya. 

— He pasado tanto tiempo sin verte, sin oir tu voz, sin abrasarme 
en el fuego de tu aliento, que mi espíritu se ha agostado, como las 
flores euando el sol les niega sus rayos y la aurora sus lágrimas!... 



LOS INSURGENTES 189 



pero no te he olvidado un solo instante: he pensado contigo, he so- 
ñado, y tu imagen no me ha abandonado un solo momento... porque 
yo te amo con delirio, con idolatría! 

— Don Alfonso, tú me ejnloqueces... mira en mi semblante las 
huellas de un llanto continuo... desde aquella noche en que caíste atra- 
vesado por el plomo, te lloro muerto é invoco tu espíritu... hace un 
instante mi hermano me ha dicho que vivías... yo sabía que vendrías 
á mi encuentro: he sentido tus pasos en mi corazón... ¡Dios mío! estás 
á mi lado, y yo no he muerto de placer! 

Don Alfonso tomó aquellas manos que acariciaban su fr ente, y 
las besó mil veces en la excitación ardiente de su cariño. 

Hay momentos en que las palabras se agotan, porque son impo- 
tentes para expresar los sentimientos del alma; entonces los rayos del 
corazón se desprenden al través del pecho, y se deshacen en una mi- 
rada de pasión que nos hace estremecer como un soplo de aire á las 
ramas de los árboles. 

El aliento de fuego, la palpitación del seno, la languidez del sem- 
blante, todo revela la trasformación del espíritu en una emanación 
purísima de la divinidad; porque la hora de un amor santo es la hora 
del bien: parece desprenderse el alma del barro, sublimarse en el 
éxtasis de los ángeles, acercarse á Dios en vuelo manso y apacible á 
través de esa bóveda azul que nos rodea! 

¡Amar!... ¡resplandecer!... iluminar el cielo oscuro de la existen- 
cia con esa aurora boreal del corazón; tender pabellones de fuego so- 
bre el horizonte de la vida; sentirse extraño á las miserias humanas; 
tornarse en aroma, en luz, en incienso, en rocío; estender las alas del 
pensamiento; ensancharse como un suspiro dentro del seno, y ceñirse 
de esa aureola que se llama amor en el idioma de los serafines, es 
vivir en un momento una eternidad, apurar en una sola gota todo el 
bálsamo de la existencia en su encadenamiento con el cielo!.., 

Aquellos dos seres habían nacido para amarse, y entraban en la 
predestinación del infortunio. 

La pobre niña no había sentido jamás lo que era amar antes de 
conocer al insurgente, y aquel hombre había mantenido en reposo el 
mar de sus pasiones, encadenando las olas que amenazaban devorarle, 
hasta que Dios le puso delante á aquella criatura como la cifra de su 
destino. 

Don Alfonso amaba con idolatría, el amor tomaba posesión de 
aquel pecho, para no desarraigarse sino con el último aliento. 

— Habíame, decía la joven, habíame, para convencerme de que no 
sueño. 

— No, respondía don Alfonso, no es una quimera: toco tus manos, 
beso tu preciosa frente como en aquellas noches de dulzura y melan- 
colía que pasábamos en las sombras de la gruta... ¿lo recuerdas?... 
allí te encontré recogiendo las flores de la montaña, y te conté mis 
amores, ¿no es verdad?... tú estabas trémula, agitada; yo te veía con 
pasión, porque te amaba desde que te conocí... tú me escuchabas con 
¿a timidez de la tórtola; ¡qué hermosa estabas!... yo esperaba de tus 
labios una palabra de compasión,.. Dios mío, ¡qué felicidad!... te 
acercaste á mí^reclinaste tu frente sob.r« mi corazón y lloraste, sí, 



190 JUAN A. MATEOS 



lloraste: nuestro amor comenzó con lágrimas, como la mañana con el 
rocío. 

— Sigue, sigue, decía Luz; la memoria de esa noche es mi tesoro. 

— Desdo entonces yo he sido feliz, muy feliz... me parece todavía 
respirar el aroma purísimo de aquellas flores, y escuchar el agua que 
corría á nuestros pies entre las hojas... me parecían tan cortas las 
horas!... 

— Ahora todo es tristeza, respondió Luz, y dos lágrimas se despren- 
dieron á lo largo de sus pestañas. 

Embebecidos los amantes en el mundo de sus recuerdos, no per- 
cibieron que un grupo de embozados se acercaba entre las sombras 
hasta rodear la ventana. 

— ¿El coronel Piedra-Santa? diio uno de los embozados. 

— Yo soy, contestó don Alfonso. 

— Os intimo prisión en nombre del rey. 

Luz temblaba, asida á las rejas de la ventana. 

— Estoy á las órdenes de usted. 

— Pues adelante. 

Don Alfonso se puso entre el grupo, y sin hablar otra palabra 
se dejó conducir paso adelante. 

Una carcajada siniestra como el graznido del buho, se dejó oir 
junto á la ventana donde yacía la joven inmóvil y silenciosa como la 
virgen del dolo*' 

IV, 

Jacinto había denunciado la conspiración, y Venegas lleno de 
espanto, mandó aprehender á los conjurados, que cayeron en su ma- 
yor parte en manos de sus verdugos. 

Dice la historia de aquellos días de opresión y vasallaje, que 
grande sobresalto causó en la ciudad el descubrimiento de la conspi- 
ración, aumentándose el terror del riesgo que se había corrido, con el 
aparato del acuartelamiento de las tropas, apresto de artillería y pa- 
trullas frecuentes en los barrios. 

El virrey anunció por un proclama todo lo ocurrido, tratando en 
la misma de calmar la inquietud causada por las medidas precauto- 
rias que se habían tomado. 

Los comandantes de los cuerpos que guarnecían la capital, se 
apresuraron á manifestarle la confianza con que podía contar con la 
tropa, siendo notable el oficio del coronel del Comercio, don Joaquín 
Collo, en que decía; «que con los ciento cincuenta granaderos de su 
cuerpo, formados delante del Palacio, no habría quien se atreviese á 
asomarse á él, ni aun á mirarlo.» 

Todas las autoridades, todas las corporaciones civiles y religiosas 
de dentro y fuera de la capital, protestaron á Venegas su adhesión; 
el cabildo eclesiástico de México hizo celebrar una solemne función de 
acción de gracias, por haberse descubierto la conspiración. A su imi- 
tación, hizo lo mismo el de la Colegiata de Guadalupe y demás ca- 
tedrales. 



103 INSURGENTES 191 



El consulado puso á disposición del virrey dos mil pesos, para 
gratificar al que había dado el primer aviso, ofreciendo cinco mil para 
los que en lo de adelante denunciasen las tramas de igual naturaleza 
que se formasen; y el ayuntamiento de México, excediendo á todos los 
demás cuerpos en sus protestas de fidelidad al soberano y adhesión 
al virrey, no solo fué una de las primeras corporaciones que felicitó 
á este, por medio de una comisión en la mañana misma del día tres, 
sino que acordó se esculpiesen en piedra dos inscripciones, en latín y 
castellano, que recordasen el suceso, y se fijasen á la fachada de las 
casas municipales. 

Los presos estaban irremisiblemente sentenciados. 

Los españoles estaban terribles : esparcióse la noticia de que el 
lie enciado Ferrer sería sentenciado á deportación, y en tumulto se 
dirigieron al Palacio, donde obtuvieron del virrey la promesa de que 
si la sala del crimen no condenaba al reo á la pena capital él lo ma- 
taría para tranquilizar los ánimos. 

El 27 de agosto se notificó á los reos la sentencia de muerte : 
el licenciado Ferrer se desplomó sobre el suelo, rompiendo con su 
cabeza las hojas de la causa; así sa conserva aún en nuestros ar- 
chivos. 

Cayetano Ayala, Dongo y los demás conjurados, oyeron impa- 
sibles aquella fatal sentencia, ni aún se inmutaron cuando el escribano 
se las dio á besar. ¡¡ 

Al insurgente Piedra-Santa, no lo consideraron digno ni aún do 
escuchar su sentencia. 

Los frailes salieron desterrados para la Habana, y fray Juan Ne- 
pomuceno Castro murió en los calabozos de San Juan de Ulúa. 

V. 

El insurgente Piedra-Santa estaba en un calabozo de la Inquisición: 
nada se le había permitido, así es que estaba acostado sobre las losas 
húmedas, esperando el momento en que debían hacerle saber su sen- 
tencia. 

Mería tranquilo, porque sabía que quedaba en la tierra una al- 
ma que lo llorase: este consuelo esparce un perfume de tranquilidad 
en las últimas horas de la existencia. 

Aquella terrible situación no inquietaba como debiera el ánimo 
esforzado del insurgente; sabía que al tomar las armas, tarde ó tem- 
prano su destino era morir, y estaba resignado. 

A fuerza de pensar se había quedado profundamente dormido, 
como tantas veces en las piedras de las montañas y al raso de una 
noche de tempestad. 

En el cuerpo de guardia los oficiales jugaban á los albures su 
prorateo. 

— Querido ya estás empeñado hasta el mes de Setiembre. 

— No importa; aún puedo apostar mis alcances. 

— Eso sería abusar. 

— Puede que cambie la suerte. 

— Pues sigamos. 



192 JUAN A. MATEOS 



El desgraciado capitán estaba de malas, y perdió gas billetes de 
alcance. 

— Espérense un cuarto de hora; traigo quinientos duros, vere- 
mos si me los ganan. 

— Te esperamos, respondieron á una voz los camaradas. 

— Ese demonio vá á traerse la caja del cuerpo. 

— Como que es nuestro pagador; pero eso sí, se ha portado como 
un hombre, no ha echado mano de la caía hasta no perder el último 
peso. 

— Es un guapo chico. 

— Pasóse un cuarto de hora fumando y charlando, hasta que el 
capitán llamado Santa-María entró con las monedas. 

— Ya estoy aquí, nos batiremos cuerpo á cuerpo. 

— Aceptado el reto. 

— Pues á ello, yo pongo la banca. 

— Si se ha de creer en supersticiones, dijo un oficial, mi capitán 
está de malas, ya las cartas le volvieron la espalda. 

— Es que este rey viene. 

— Apuesto al caballo. 

— Demonio, el caballo en puerta. 

— Lo dicho, está de malas. 

— ¡No importa, adelante con dos mil diablos! 

Siguió el juego, y Santa-María perdió los haberes del regimiento. 

Luego que desapareció la plata, aquel hombre comenzó á re- 
flexionar sobre su situación, que traía consigo la degradación, el 
destierro, la vergüenza y la muerte en el porvenir. 

Abismado en este océano borrascoso de ideas estaba abstraído, 
cuando su asistente le dijo al oido: una señora quiere hablar con el 
señor capitán. 

Levantóse maquinalmente, y salió á la calle. 

Una dama perfectamente tapada lo estaba esperando. 

El capitán conoció que era una gran señora. 

— Deseo saber en qué puedo servir la señora. 

— Es un negocio, señor capitán, muy arduo, y que 'sin embargo 
es necesario resolver ahora mismo. 

— Ya tengo el honor de escuchar. 

— El señor capitán acaba de perder sus haberes. 

—Es cierto. 

—Eso importa poco, pero ha seguido con los de su regimiento. 

— Sí, y es horroroso lo que me espera. 

—Pues bien, yo os traigo el duplo de lo que habéis perdido. 

—¿Pero qué objeto?... 

— Me daréis la revancha. 

— Estoy pronto. 

— Esta tarde ha sido sentenciado á la última pena un insurgente 
cuya guarda está confiada... 

— A mi lealtad de soldado. 

— Necesita la libertad de ese hombre. 

— Es imposible, mi honor me lo prohibe. 

— ¿Se olvida el señor capitán que su honor lo ha perdido en una 
carta hace un momento? 




Aquella mujer impía, azotada por la cólera de Dios, 
lanzó la criatura al abismo, y lanzó carcajadas estri- 
dentes,... 



LOS INSURGENTES-13. 



Gap 8P-1I. 
Viva la América 



LOS IN8 URGENTES 193 



SaDta-María guardó silencio. 

—Entre la faga de un reo qae paede atribuirse á un descuido, á 
una circunstancia irreparada, y la acción infame de robar los fondos 
del rey para despilfarrarlos en una mesa de juego, diga usted capitán 
lo que prefiere. 

—La muerte por la fuga del reo, y no la deshonra, exclamó el 
capitán. 

—Bien, dijo la dama, sois todo un caballero, tomad esta sortija, 
os poede servir alguna vez, aquí está esta bolsa con cien onzas de 
oro, cuidado con buscar la revancha. 

— El capitán tomó lleno de vergüenza la bolsa con el oro, y se 
dirijió al calabozo de Piedra-Santa llevando un traje completo de 
soldado 

— Ea, despierte usted. 

— ¿Ya es hora? 

— ¡Demonio! no hay que hablar, póngase usted este uniforme, y 
sígame. 

Piedra-Santa comprendió en el acto, se calzó el vestido, y to l 
mando un aire marcial, siguió al capitán hasta la calle, donde lo es- 
peraba la dama- 

— Adiós señora, dijo Santa-María. 

— No os olvidéis de la sortija, contestó la tapada, que seguida 
de don Alfonso se perdió á lo largo de la calle 

VI. 

El 25 de Agosto de 1811, se levantó un magnífico cadalso en la 
plazuela de NecaUÜan, el tablado estaba forrado de paño negro. 

Aquel lugar era el señalado para las ejecuciones. 

Una doble hilera de soldados eerraba el frente y costados del 
patíbulo, y se estendía á una gran distancia en ia calle, por donde 
afluía una gran cantidad de pueblo cunoao de presenciar ese espec- 
táculo de sangre. 

A las diez de la mañana aparecieron ios sentenciados, precedidos 
¡de una pieza de artillería dispuesta á ametrallar á la niciUmd, caso 
de un desorden. 

Todos veían con espanto ese solemne aparato, ostentación mi 
serable de crueldad y de injusticia. 

El cabo Cataño había probado que pertenecía á una familia 
noble, y reclamó las distinciones de su rango en sus últimos mo- 
mentos. 

El licenciado Ferrer venía montado en una muía coa gualdrapa 
negra, y los otros sentenciados á pie entre la tropa. 

Los frailes venían exortándolos, y los devotos y hermanos de co- 
fradía rezando en alta voz como si se tratara de un auto de fe 

Ferrer y Cataño llevaban sacos verdes, y los demás reos, blancos 
y con cruces coloradas. 

Ascendieron aquellos hombres las gradas del cadalso v... el ver- 
dugo hizo su fatal maniobra. 

13 — Los Insurgentes. 



194 iv ux k. Miraos 



Un grito se exbaló de aquella multitud; era el gemido del pue- 
blo, que veía expirar en el cabalso á unos de tantos mártires de la 
independencia mexicana. 

Los cadáveres quedaron expuestos á la espectación pública, los 
de Ferrer y Cataño permanecieron sentados, los demás quedaron sus- 
pendidos de una cuerda. 

Unos bacbonos do cera chisporroteaban delante de los ajusticia- 
dos, como las antorchas del patriotismo delante de las cenizas reve- 
rendas de sus apóstoles. 

yn. 

Desde un ángulo de la plaza, y recatándose á las miradas del pueblo, 
un hombre había presenciado las ejecuciones con una ansiedad horrible. 

Con las miradas llenas de avidez, buscaba una víctima conocida 
entre aquellas señaladas por el verdugo. 

Cuando se convenció de que no estaba lo que en vano se afa- 
naba por buscar, lanzó una terrible maldición, y abriéndose paso 
por entro la multitud, se echó á correr como un demente por las calles. 

Llegó el desgraciado á la del Amor de Dios, empujó las pesadas 
maderas del zaguán, y se entró lleno de ansiedad á los aposentos... 
todo estaba desierto. 

— ¡Dios mío! exclamó con desesperación, ella... ella lo ha sal- 
vado... el destino... la maldición de Dios! 

Después llevó las manos á su pecho, buscó el escapulario donde 
llevaba guardada la esmeralda que le había legado su padre como única 
herencia, y no la encontró. 

Recordó entonces que había colgado el amuleto á la cabecera de 
su cama, lo buscó entonces con mas ahinco, revolvió los muebles de 
la estancia sin lograr su objeto. 

— ¡Mi esmeralda! ¡mi esmeralda' gritaba como un loco ¿quién me 
ha robado esa prenda de venganza? 

Después serenándose un tanto, dijo r 

— No importa, mientras yo aliente, la predicción no puede cum- 
plirse, y yo vivo, y viviré ; porque le sirvo al porvenir. 

Dirijióse á la mesa donde tenía guardados los mil pesos, premio 
de su traición... también habían desaparecido, con ellos se había com- 
prado la libertad do Piedra- Santa ; ¡terrible coincidencia! 

Jacinto sentía extraviar su cerebro y perderse en el mundo de lo 
irrealizable. 

— Es necesario estar sereno para meditar mi venganza... ese 
hombre ha huiuo con Luz,., me ha deshonrado... bien... yo le cobraré 
estos momentos de amargura y lavaré la mancha que me arroja á la 
frente.,, va eeicy tranquilo... Satanás me ayuda... yo soy el último 
vastago de esa trágica familia que ha dejado su nombre escrito con 
sangre en seis generaciones... parece que llegamos al fin... esconda- 
monos en la tumba con la dignidad de nuestros antepasados... el 
viento de otra vida sopla sobre mis cabellos... la hora ha llegado!... 

Procuró tomar, á fuerza de contener su rabia, su continente de 
reposo, ciñóse la espada, puso dos pistolas á su cintura, y abandonó 
la casa para siempre, 



LOS INSURGENTES 195 



CAPITULO xn 

De la entrada de los insurgentes en la ciudad 
de Cuautla de Amilpas 



I. 

Caautla de Amilpas es una de las ciudades más encantadoras de 
la Tierra Caliente. 

Parece una gaviota posándose en un nido de hojas y de dores, 
mitigando el fuego del sol sobre aquella frescura, y durmiendo la 
siesta á la orilla de las cascadas y bajo el cielo purísimo donde irradia 
la luz con visos deslumbradores. 

El viento posa sus alas en los bosques de platanares y de na- 
ranjos, que sacuden su esencia en aquella atmósfera impregnada de 
perfume. 

En aquella zona abrasante todo es languidez : las mariposas 
apenas levantan el vuelo, y permanecen soñolientas sobre los pé- 
talos de las flores , los pájaros que ban saludado con sus cantos la 
venida del sol, se ocultan en las ramas de los árboles buscando la 
sombra y el beso del aire que apenas estremece las hojas en una pau- 
sada convulsión 

El aleteo de los insectos se oye por intervalos, penetrante y so- 
noro como la repercusión de la platina. 

En esas horas en que la atmósfera parece de plomo, y la natu- 
raleza enmudece como si se sintiera agobiada por el calor latente de 
la zona, el hombre no se percibe sino por el movimiento de las ama- 
hacas que se columpian suavemente, como las telas de los insectos 
en los troncos de los rosales. 

Las casas son unos nidos, enmedio de aquella profusión riquísima 
de árboles y de flores. 

Allí las noches son encantadoras: cuando el sol se oculta comienza 
la vida, el aire está tibio, y libre de los vapores, comienza á sacudir 
sus alas, y á recorrer los campos, y á despertar las rosas desmayadas, 
y á estremecer los árboles, y á verter el aroma que yace guardado 
en el cáliz de las azucenas. 

En aquel paraíso todo respira melancolía y amor; el alma sale 
del abismo y se asoma á los ojos para ver el cielo. 

¡El cielo! allí las estrellas toman una dimensión asombrosa, y 
parecen multiplicarse en una lluvia de oro que no llega á caer sobre 
la tierra. 

Las exhalaciones son continuas y atraviesan el cielo en todas 
direcciones, como luceros desprendidos que caen en el abismo del 
espacio. 

El espíritu de Dios está sobre el firmamento en la plenitud mag- 
nífica de su majestad!... 



196 JUAN A. MATEOS 



II. 

Estamos ya en esa ciudad de rosas y de ilusiones? la tarde ba 
caído, y apenas se reflejan los últimos rayos sobre las fajas del cielo, 
que mintiendo todas las formas y deshaciéndose al ñn en el hori- 
zonte, parecen llevarse los visos postreros de la luz. 

El crepúsculo, ese ángel colocado entre Ja luz que muere y la 
sombra que se levanta, va á hundirse en las tinieblas, para reapa- 
recer á los primeros tintes del alba. 

La lumbre comienza á percibirse en las cabanas de los alrede- 
dores, y la campana de la parroquia dá el toque de Oracioues 

El bronce sagrado saluda al día que se va y á la noche que I lepa. 

Atravesemos un pequeño bosquecillo de naianjos, y penetremos 
en una de aquellas casitas, que sirve de asilo á dos desgraciadas 
criaturas. 

Dos jóvenes, ambas hermosas, están sentadas en un banquillo for- 
mado por ramas secas. 

Aquellas criaturas hablan en voz baja* temen sin duda despertar 
al niño que duerme en una amahaca suspendida de las maderas de 
la techumbre. 

— Querida Luz, estás triste, decía la más joven, que era una 
muchacha de ojos negros y centellantes, de cabello oscuro como la 
noche, facciones bien delineadas, boca pequeña y nacarada, dejando 
asomar por los claveles de sus labios su dentadura blanquísima como 
el alabastro, su garganta es torneada y su seno como el de la Venus 
de la Concha, su cintura como la de las mariposas, y su pie pequeño 
y encantador 

— Te engañas, Maríaj nunca como ahora he rebosado en espe- 
ranzas. 

— Mal lo demuestras, con ese semblante siempre lleno de angustia 
y de melancolía. 

— Es que yo gozo enmedio de esta tristeza, mi alegría no estalla, 
la guardo en el corazón. 

— Vamos, yo sí que debiera llorar continuamente. 

— Jamás he querido indagar tus secretos, y no por falta de cariño. 

— Confieso que he sido muy reservada contigo, pero ha llegado 
el momento de entregarte las llaves de mi corazón. 

— Ya te escucho; tus palabras caerán en el abismo de mi pecho para 
no salir jamás. 

— Así lo espero, amiga mía, dijo la joven besando la casta frente 
de Luz. 

— Hace dos años que vivía con mi hermana en Nucupétaro al 
cuidado de una pobre anciana á quien mi madre nos había encomen- 
dado... ¡pobrecilla!... yo crecía siempre alegre y llena de ilusiones, 
porque los sufrimientos no han podido enturbiar el horizonte siempre 
claro de mi vida, yo me he sobrepuesto á las vicisitudes... Pasá- 
bamos la vida en una tranquilidad apacible, mi hermana, cuyo nombre 
no te revelo, porque he prometido callarlo, tenía un gran talento, y 
decía que su corazón no lo poseería ningún tonto., yo la oía con 
tristeza, porque á mi me enamoraban los jóvenes mas simples de 



LOS IN8URGEXTES 19? 



la población, y si yo seguía sus consejos, seguramente no me casaría 
iamás. 

Luz se sonrió al escuchar la observación de su amiga. 

— El propósito de mi hermana fué el origen de su desgracia. 

— ¿De su desgracia? preguntó Luz con extrañeza. 

— Sí, amiga mía, nos visitaba por entonces uua persona de alta 
capacidad; sus conversaciones estaban fuera del sentido vulgar, y pa- 
sábamos las horas enteras escuchándole... aquel hombre hizo una viva 
impresión en el alma de mi hermana... pero ¡ay! ese ser lleno de 
prestigio y de capacidad, no era libre, un voto lo retenía en el silencio 
de la vida... estaba consagrado á Dios. 

Luz se estremeció. 

— ¡Cuando el corazón comienza á resbalar en la pendiente del 
abismo es difícil contenerle... mi hermana amó hasta la locura... com- 
prendió lo horrible de su falta, y entró en la angustia de la expiación 
hasta consumirse en la oración y en el llanto!... un día me llamaron á 
su aposento: María, me dijo mi pobre hermana ya moribunda... he 
cometido una falta... muero arrepentida... Dios que puso una venda 
delante de mis ojos, me ha perdonado... voy á morir... este niño es el 
fruto desgraciado de esa pasión que me lleva á la muerte... te lo en- 
trego... vela tú por él... es el hijo de mis entrañas.., besó la infeliz 
al niño que lloraba en aquellos momentos como si presintiera la des- 
gracia que lo amenazaba. Yo le tomé en mis brazos, y llorando le 
juré que no le separaría un instante de mí... ¡á las pocas horas mi 
hermana había dejado de existir! 

María inclinó su cabeza para ocultar su llanto, y después pro- 
siguió: 

— Desde entonces Juan ha sido mi hijo, le amo con la ternura, 
de mis recuerdos, y le tengo una compasión profunda... hasta hoy 
nada ha sufrido, hay quien vele por él, y yo estoy rodeada de cuanto 
necesito... hoy se me ha avisado que llegará una persona á verle, y 
le aguardo, jamás se ha dejado de cumplir cuanto se me ha ofrecido. 

Quedó María profundamente pensativa con la mirada fija en la 
hamaca del niño. 

Luz le había pasado el brazo por la cintura, y la estrechaba á su 
corazón con profundo cariño. 

IIL 

Morelos, después de haber sofocado la conspiración del Veladero, 
salió para Cuantía de la Sal, donde derrota á los realistas y decapita 
al general Musini; entra en Izúcar, donde es atacado por el marino 
Lobo Maceda; se resiste heroicamente, y su enemigo cae á sus pies 
acribillado de heridas. 

Sigue con su ejército vencedor hacia Tasco, avanza á Tenancingo, 
ocupa á Tecualoya, y emprende con sus armas, siempre victoriosas, la 
toma de Cuautla de Amilpas, donde entra sin hallar resistencia el 9 de 
Febrero 1812. 

El capitán Larios sale inmediatamente en observación del enemigo, 
mientras se dispone la defensa de la plaza. 



198 JUA2T A. MATEOS 



La posición es ventajosa. 

«La ciudad de Cuautla se halla situada en un bajío llano, al 
que por todas partes domina, sin que sea dominada por ninguna, ro- 
deada de platanares y <le arboledas pegadas á los edificios por todos 
vientos, y por el Poniente que no lo está tanto, corre de Norte á Sur 
una atarjea de manipostería de vara y media de grueso, que gradual- 
mente se eleva hasta doce ó catorce varas de altura, terminando en 
la Hacienda de Buenavista, á cuyas máquinas de moler caña conduce 
el agua, hallándose la casa y oficinas dentro de la misma población, 
hacia el Sur de ella. Esta se estiende algo más de media legua de 
Norte á Sur, y en esta dirección corre una calle recta, en cuyo prin- 
cipio al Norte está la Capilla del Calvario: en anchura se estiende 
mucho menos, y en la calle principal, se hallan con sus plazas los 
conventos de San Diego y Santo Domingo, susceptibles de ser forti- 
ficados, siendo el último la Parroquia del lugar. Al Oriente de este, 
se levantan las lomas de Sacatepec, entre las cuales y el pueblo corre 
un río de doscientas varas de caja, y cuya corriente aunque abun- 
dante y rápida, se ciñe á un canal de doce ó quince varas.» 

Decididamente aquel punto era el señalado por la estrategia para 
recibir al enemigo. 

Hermenegildo Galeana, el soldado más valiente de la insurrección, 
se encargó de fortificar San Diego y Santo Domingo, y Buenavista los 
valerosos Bravos y el capitán Matamoros. 

La ciudad estaba de regocijo, había una animación desconocida 
y un entusiasmo sin límites. 

Morelos visitaba todas las obras, dirigía la palabra á sus soldados, 
les ayudaba con su ejemplo y no cesaba de augurar un seguro y próximo 
triunfo. 

El vigía de la torre anunció que se veía un grupo de ginetes que 
venían á escape en dirección á la plaza. 

Galeana, el inmortal Galeana, salió al encuentro de la fuerza. 

— ¡Ola! capitán Larios, ¿que sucede? 

— Estamos de enhorabuena, los realistas están sobre el camino. 

— ¿Muy cerca? 

— Hemos venido tiroteándonos, y me vienen quemando. 

— Pues entre usted á dar parte al general. 

— Al momento. 

Entróse el capitán, y se llegó al alojamiento del cura. 

— Mi general, Calleja viene mandando el ejército realista, que 
dentro de una hora debe estar al frente de la plaza. 

— Perfectamente, tenía deseo de habérmelas con ese miserable 
asesino, aquí le cobraré los fusilamientos de Granaditas y de Cal- 
derón. 

— Trae lo más granado de la guarnición de México. 

—Eso no importa, me he propuesto batirlo, y lo batiré. 

— Es que su gente es de lo mejor. 

— Basta, dijo Morelos, y saliendo al patio, tomó un caballo, y 
seguido de su escolta tomó rumbo fuera de la ciudad. 

¿Dónde va, mi general? preguntó Galeana. 

— Voy á hacer un reconocimiento. 



IOS INSURGENTES' 199 



— Conozco perfectamente de lo que se trata, y no saldrá usted sino 
sobre mi cuerpo. 

— Vamonos, que se hace tarde, dijo Morelos, disimulando la emo- 
ción que le causaba el cariño de su valiente soldado, que lo cuidaba 
como á un niño. 

— Digo que no pasará usted, mi general. 

— Déjeme usted, Galeana, voy solo al Calvario á reconocer con 
mi anteojo al enemigo. 

Galeana no quiso insistir, y apostó centinelas en las torres en 
observación de sus movimientos, porque conocía el carácter de aquel 
hombre extraordinario. 

El enemigo se avistó, llevando á la descubierta un cuerpo de caballería. 

Morelos se avanzó con su escolta, que comenzó á escaramuzar, 
empeñando un combate que debía decidirse por Calleja, visto la gran 
superioridad numérica. 

Los realistas cargaron con vigor, y los soldados de la escolta se 
pusieron en dispersión. 

Morelos se quedó con sus ayudantes, ó hizo un disparo con sus pistolas. 

A un lado iba un andaluz á quien decía el tiro Curro, que cayó 
atravezado por una bala. 

— Que recojan ese fusil, dijo Morelos haciendo alarde de sereni- 
dad, para que no se pierda todo. 

Los dragones seguían en una carga brusca, y Morelos se batía 
heroicamente en retirada. 

Los vigilantes gritaban sobrecogidos jque matan al general!... ¡que 
matan al general! 

Este grito fué una señal de alarma ; Galeana salió con un grupo 
de insurgentes dispuestos á salvar á sa jefe. Los Costeños tiraron los 
fnsiles, y se arrojaron con sus machetes símanos sobre los realistas en 
una lucha desesperada. 

Las infanterías no llegaban aún, así es que las caballerías del rey 
se retiraron al Guamuchilar, donde acampó el ejército de Calleja. 

Morelos abrazó á Galeana, procurando contentarlo, porque el sol- 
dado estaba furioso por la imprudencia clel general. 

Los insurgentes volaron en grupos al encuentro de su querido 
jefe, lo habían creído prisionero, y Dios se los devolvía para arreba- 
társelo más tarde en los momentos más aciagos de la revolución. 

Entre I03 oficiales que se acercaron á felicitarlo, llegó un tixteco, 
joven aún, moreno, con la cabellera agrupada sobre la frente, los 
ojos negros y la mirada penetrante, los pómulos pronunciados, los 
labios entreabiertos, dejando ver una hermosa dentadura que revelaba 
la fuerza de aquel hombre. 

Toda aquella fisonomía manifestaba un gran talento natural y una 
grande obstinación de carácter. 

— Ola, capitán Guerrero, dijo el general, es usted un valiente, no 
necesitaba esta pequeña escaramuza para conocer en usted al hombre 
de valor indomable ; usted será uno de los soldados de más nombre 
en el ejército americano. 

Aquellos labios proféticos le anunciaban al modesto suriano su 
venidera gloria, como á Napoleón uno de sus generales, que seria uno 
de los hombres de Plutarco. 



200 JTTAN A. MATEOS 



IV. 

Llegó la noche de ese día, primer eslabón de la era de gloria y 
de combates que durante cuatro meses recojería la historia para for- 
mar la epopeya sublime del sitio de Cuautla, donde Morolos, Galeana 
y los Bravos dejarían la fama de su nombre como uua herencia en el 
álbum de nuestros recuerdos nacionales. 

La noche estaba tranquila, solo se oía por intervalos el grito de 
los centinelas que se iba alejando como un eco en la extensión de la 
ciudad. 

Algunas patrullas pasaban en silencio por las calles, y luego se 
perdían en las sombras como el ruido de sus armas. 

En la casa que ya conocen nuestros lectores, permanecen aún las 
dos amigas, la una canta junto á la amahaca, y la otra reza en un 
rincón del aposento, frente á una lamparita que arde delante de una 
estampa del Crucificado. 

Oyóse el ladrido de los perros que olfateaban á alguien. 

— ¡Caifas! gritó, ,por aquí, ¡ven! ¡ven! 

Caifas era un mastin ordinario y terrible, que se había robado 
de una ranchería el asistente Vildo, que hemos visto seguir al coronel 
Piedra- Santa. 

Caifas era el guardián de las jóvenes, y las defendía valiente- 
mente : solo para ellas tenía amor, y para el niño que retozaba con 
él á todas horas. 

Decíamos que Caifas ladraba desaforadamente desde la puerta de 
entrada, defendiéndola de un embozado y varios insurgentes que tra- 
taban de entrar. 

— Contengan á ese perro, ó lo vuelo de un balazo, dijo uno de 
los soldados 

—Mucho cuidado, gritó Vildo, que ese mastin es mi asistente. 

Luego que el perro oyó la voz de su amo, se lanzó haciéndole 
fiestas 

— Vamos, que eres un buen centinela, y así me gusta; esta noche 
misma voy á darte ración doble por cuenta de los realistas... dispense 
usted, señor general, va puede usted pasar adelante. 

El general penetro en la casa, dejando á los insurgentes á la 
puerta. 

Atravesó el patio y se entró en el aposento de las jóvenes. 

— Señor Morelos, dijo María, hemos pasado esta tarde un susto 
horrible, creíamos ver á usted muerto de un balazo. 

— Cuestión de tiempo, hija mía. 

— Es que no quiero ni pensarlo. 

— ¿Y usted, Luz, cómo sigue 1 ? dijo Morelos. 

— Señor, yo vivo en perpetua agitación. 

— Sé de donde provienen esos temores : cuando el corazón sufre 
tina de tantas tormentas que le azotan, la vida es una ola que recorre 
la extensión creyendo chocar á cada instante. 

— Es verdad. 

— Yo pondré término á esos padecimientos : pnede usted avisar 
al coronel Piedra-Santa, que mañana venga á primera hora, celebra- 
remos el matrimonio, y usted será la esposa del insurgente. 



LOS INSURGENTES 201 



— ¡Señor! exclamó Luz besando las manos del sacerdote ; usted 
me hace la mujer más dichosa sobre la tierra! 

— Ya sabe usted que Piedra- Santa es uno de mis soldados más 
valientes, y quiero halagarle... ¡ha sufrido tanto!... vamos, no quiero 
ni pensar en las angustias y trabajos de todos los hombres que me 
siguen ; sí, Luz, yo los amo como á mis hijos ; sin ellos, las espe- 
ranzas todas de la patria quedarían muertas ; ellos avivan con su 
sangre y con sus lágrimas la hoguera encendida de la revolución... 
¡pobres soldados míos!... yo finjo desconocer sus penalidades; pero 
cuando los veo rendidos de cansancio atravesar las montañas y vencer 
las llanuras, muertos de sed y de hambre, cuando tengo que llevarlos 
enfermos ó heridos enmedio de la intemperie, entonces el corazón se 
me destroza... ellos ignoran estos ocultos dolores... ¡ah! si lo supiesen, 
sus penas se aumentarían, porque todos me aman... ¡Dios recompen- 
sará en el porvenir tantos sacrificios! 

Quedó un momento en silencio aquel hombre, que llevaba sobre 
sus hombros el peso de una situación tan comprometida. 

— ¿Conque me ha dicho usted que mañana se celebrará mi ma- 
trimonio? 

— Sí, hija mía, deseo verte tranquila ; y en cuanto á tí, María, 
te tengo destinado un novio magnífico. 

La muchacha hizo una mueca graciosísima. 

— No te burles, que te estoy hablando la verdad ; es un oficial 
guapo, y como todos los míos, valiente á toda prueba. 
— Ese es un gran defecto. 
— ¿Defecto? 

— Sí, señor Morelos, yo lo quiero muy cobarde, más tímido que 
una mujer. 

— Es difícil encontrarle entre los insurgentes. 
— Les tengo miedo á los arrojados ; esto de estar pensando quedar 
viuda de un momento á otro. 
— ¿Pero y la gloria? 

— Yo no la he visto nunca, á pesar de oírsela mentar á todas 
horas á los soldados. 

— No se vé, pero se siente. 

— Señor cura, yo insisto en mi idea primitiva : así es que cuando 
vea usted que alguno de los oficiales corre al oir los primeros tiros, 
acuérdese usted de señalármelo, yo lo tomaré por esposo con mucho 
gusto. 

Sonrióse el general con aquella célebre ocurrencia. 
— Yo seré la madrina de Luz, continuó María. 
— Estás señalada de antemano, se apresuró á contestar la joven 
estrechando la mano de su amiga. 

— Y yo traeré á Galeana, dijo Morelos, él servirá de padrino ; 
vamos, que yo estoy loco con ese hombre, los hermanos Bravo y 
él son el orgullo de mi ejército; sin ellos estaría derrotado y acaso 
muerto. 

— Puede usted, señor cura, dijo Luz, invitar de mi parte al señor 
capitán ; baste el ser señalado por usted, para que yo le acepte de 
corazón. 



202 JUAN A. MATEO! 



— Valen mucho estas criaturas, dijo Morelos, y les prometió volver 
á la mañana siguiente á al ceremonia. 

Las jóvenes se retiraron. 

Entonces el general s© acercó á la amahaca donde dormía su hijo, 
levantó el lienzo que le cubría el rostro y lo contempló por algunos 
momentos. 

Posó su consagrada mano en la frente sudorosa del niño, después 
se inclinó y depositó un beso en aquella infantil cabeza. 

— ¡Pobre Juan! murmuró con voz imperceptible, y abandonó la 
casa seguido de sus ayudantes. 

RL 

Aquel niño que dormía el sueño de la inocencia, se alzaría más 
tarde de la cuna con el prestigio heredado de su padre, como una 
sombra que crece, y que se ensancha y cubre el horizonte. 

Medio siglo después atravesaría los mares, y regresaría, seguido 
de los bajeles de tres naciones, á encadenar á esa patria tan querida 
del héroe, y por cuya libertad se vertía entonces á torrentes la sangre 
mexicana. 

¡Víctima de la lucha tenaz de su espíritu, vagaría sin consuelo, 
agitado en el mundo del arrepentimiento y de la expiación, hasta su- 
cumbir en el abatimiento misterioso de su alma!... 

¡Quién nos hubiera dado verle en sus últimos momentos, con la 
mirada fija en el cielo, y las manos enclavadas sobre el pecho, pi- 
diendo al Juez Eterno misericordia por sus errores! 

Acaso sus últimos pensamientos fueron para su patria... acaso 
sentía aparecer en sus ojos la lágrima postrera, como la expresión de 
la angustia del proscrito que muere en tierra extraña... 

Dios, compadecido de esa trabajosa agonía, cerró sus ojos al 
sueño eterno... 

¡Crimen ó error, la historia ha pronunciado su fallo condenatorio!... 
¡Dios lo haya absuelto en el suyo ... 

Aquel niño se llamaba Juan Nepomuceno Almonto. 



CAPITULO XIII. 

De cómo es cierto el refrán de que « del plato 
Á la boca se pierde la sopa. 



El general quería dar una gran sorpresa á Piedra-Santa, dispo- 
niendo una verdadera fiesta para el día siguiente, en que debía cele- 
brarse el matrimonio del insurgente. 

Vildo, que era un suriano alegre, de buen humor y endemoniado, 
dispuso la compostura de la casa, haciendo multitud de coronas teji- 
das de azahares, y arcos d© flores, y tapizando el suelo de resas, y 



tOS INSURGENTES 203 



colocando banderas de colores y gallardetes, que pidió prestados al 
sacristán de la parroquia, bajo su palabra de honor de devolvérselos 
á la mañana siguiente. 

El sacristán se oponía al principio ; pero la palabra de honor de 
Vildo, y sobre todo, el machete suriano afilado hasta la cacha, lo hi- 
cieron más amable y condescendiente. 

Vildo cargó con los arneses del altar, un crucifijo y un retablo 
de los Santos Mártires, que los oficiales tomaron por epigrama ó alu- 
sión á la coyunda matrimonial. 

No recordamos si hemos hablado algo sobre la fisonomía del su- 
riano ; pero diremos que tenía la cara redonda, los ojos negros, vivos 
y alegres, el pelo caído sobre la frente, la boca grande, enseñando á 
cada carcajada una dentadura de tigre. 

Vildo era pinto de chocolate y azul. 

Llevaba una camisa de manta abierta del cuello, y unos calzones 
blancos fajados bajo la camisa, un cinturón de cuero y un formida- 
ble machete más afilado que una navaja do afeitar. 

Usaba guaraches y un sombrero corriente de palma. 

Vildo tendría veintisiete años, y en su hoja de servicios tenía 
cien riñas, en las cuales no había salido bien librado, porque le fal- 
taba un dedo de la mano derecha, y una cicatriz profunda le surcaba 
el pecho. 

Era mocetón, alegre, bailador y pendenciero ; esta alhaja era ni 
más ni menos el asistente del coronel Piedra-Santa. 

Volvamos á la fiesta. 

La oficialidad se preparaba á darse un día de baile y de alga- 
zara. 

Todos estos aparatos se hacían teniendo á media legua de dis- 
tancia al enemigo. 

No extrañará esta serenidad á nuestros lectores, cuando sepan 
que» en los días memorables del sitio de Cuautla, Morolos le daba 
grandes fiestas á sus soldados. 

El campo insurgente estaba en continua bulla, esto caracterizó 
siempre sus campamentos. 

Amaneció, y una salva de cohetes anunció la primera luz, las 
músicas comenzaron á tocar frente á la casa de los que iban á des- 
posarse. 

El general pasó á recorrer los parapetos y puntos fortificados de 
la plaza ; Piedra-Santa lo acompañaba lleno de emoción. 

Vildo se había situado en la cocina, y estaba empeñado en sa- 
zonar el mols de guajolote, asegurando que en toda la costa era pro- 
verbial su fama de cocinero. 

Las muchachas estaban alegres, y era tal el batiboleo de la co- 
cina, que parecía un motin en toda forma. 

Caifas se lamía los bigotes, esperando un eonvite opíparo. 

Luz y María se ocupaban en su tocado, esperando impacientes 
la hora, que parecía prolongarse demasiado. 

— ¡Señoritas, dijo Vildo, están ustedes como unos luceros de la 
mañana! 

—•Calla, hombre, dijo María. 



204 JTTAN A. MATEOS 



— Eso es pedir imposibles, de que veo una muchacha, me repica 
la lengua y me vuelvo melado. 

— ¡Que calles! 

— Eso es, entonces quién contará por todos los cuarteles que us- 
tedes son las más lindas de lá población... ¡ay!... si yo estuviera en 
Nucupétaro, ya estaría mi Ramona como un perro de fiesta ; porque 
eso sí, se poue más guapa que una amapola : figúrense ustedes que 
cuando la enamoré, era la chica más principal del pueblo, y el bar- 
bero estaba pelándoselas por ella : yo, que no entiendo de dianas, le 
dije: oiga maestro sanguijuelas, donde me ande equivocando á la Ra- 
mona, lo rebano como sandía ; entonces el maestro muela se retiró 
como los realistas, pero en seguida se apasionó de ella el notario : 
con ese sí que entró en pleito, porque era hombre de armas tomar; 
él me tiró el dedo, pero yo le arranqué la oreja; á los dos meses me 
leía las amonestaciones, y los dos estábamos descompletos. 

— ¡Bonita historia! 

— Ramona me ha salido algo dura de cabeza, y celosa como un 
tigre ; apenas me robo alguna hembiita, cuando salta como si la pi- 
cara una salamanquesa. 

— Le sobra razón. 

— Yo para qué lo he de negar, soy aficionado á las costillas de 
Adán. 

— Este Vildo es un bribón de cuenta. 

— Han de saber, que el tumulto de la América me salió que ni 
de balde, me ha sacado de unos relances que... 

— Estos hombres no tienen remedio, dijo María. 

— Sí lo tenemos, niña ; en dejándonos hacer lo que se nos an- 
toje, sornos los muchachos más buenos del mundo. 

Aquí llegaba la charla del asistente, cuando se presentó el coro- 
nel Piedra-Santa. 

— ¿Qué le cuentas á las muchachas, hombre de Dios? 

— Nada, mi coronel, los remienditos que be hecho en mi vida. 

Acercóse el presunto marido, y besó la mano de Luz, que estaba 
verdaderamente encantadora. 

— ¡Qué hermosa estás, vida mía! 

— Como que yo la he arreglado, dijo María. 
— A tí siempre te parezco hermosa. 

— Y lo es usted mi coronela, dijo el asistente. 

— Lárgate, gritó María. 

— Con permiso de usted, respondió Vildo, llevando el revés de 
bu mano á la falda del sombrero. 

— Me hace mucha gracia tu asistente, dijo Luz dirijiéndose á 
Piedra-Santa. 

— Tiene gracia y valor ; porque es un tigre en los momentos de 
la batalla, yo le he admirado muchas veces, no teme el peligro, y 
desafía osado á la muerte. 

— ¿Tardará mucho el señor cura? 

■ — En este momento visita el último punto. 

— Ya vá á llegar el instante, Luz, de nuestra felicidad : com- 
prenderás cuanto te he amado : hemos vivido solos, y mi respeto ha 



LOS INSURGENTES 205 



igualado á mi amor, Dios me ha prestado su aliento, y me creo digne 
de tí. 

— Sí, don Alfonso, yo siento en mi alma un amor profundo ha- 
cia tí, muchas veces be pensado en este cariño, y me he dicho : este 
hombre es el único que debo amar en la vida, amémosle con toda la 
fuerza del corazón ,- y no be pensado más que en tí, que eres mi Dios 
sobre la tierra. 

— ¡Luz, yo te idolatro! 

— Desde hoy nuestra existencia vá á tomar otro rumbo, mis in- 
quietudes se disipan, y entro en la senda de flores que debe condu- 
cirme al cielo de la dieba y de la felicidad. 

— Yo sé que en el mar borrascoso de mis infortunios, tú alejarás 
las tempestades, alumbrarás con la luz del alma el cielo siempre os- 
curo de mi existencia. 

— ¡Piedra-Santa, yo te amo! 

Los labios de la joven buscaron la frente de su amante, é im- 
primieron un beso ardiente de pasión. 

ir. 

— ¡Llega el señor Morelos! dijo María que estaba á las ventanas 
de la casa. 

La música saludó al general, que llegó seguido de un gran nú- 
mero de soldados 

— Vamos pronto señores, que tengo noticia de que el enemigo se 
ba movido. 

— No importa, repitieron algunas voces. 

Galeana se había vestido de lujo, y los Bravo concurrían tam- 
bién á la fiesta 

Don Leonardo, á quien Piedra-Santa había referido la manera 
conque se babía hecho de la hermana de Jacinto, después de la de- 
nuncia de la conspiración que costó la vida á Ferrer y Cataño ; ha- 
cía las veces de padre con Luz, á quien vio nacer en su bacienda de 
Cbichibualco. 

Mientras el cura Morelos so disponía á la celebración del matri- 
monio, don Nicolás Bravo se acercó á su inseparable amigo Piedra- 
Santa. 

— Vas á bacer una barrabasada, amigo mío. 

— No deja de pasárseme por las mientes. 

— Vamos á ser compañeros de infortunio, pasaremos la luna de 
miel en los parapetos, nunca como boy be recordado á mi Marga- 
rita... 

— ¡Ea! no vayas á entristecerte, hoy es día de regocijo. 

— Es verdad, pero esa pobre niña metida en la cueva de Mi- 
chapa, rodeada de temores y llena de pesares... 

— Lo dicho, exclamó Piedra-Santa, vas á ponerme de mal humor. 

— No he dicho nada... dices bien, boy os día de bulla, y no está 
bieii acordar ciertas cosas, por más que el corazón nos las esté di- 
ciendo á gritos. 

¿Dónde está el novio? preguntó Vildo quitándose el sombrero y 
presentando á su coronel una copa de tequila. 



206 JUAN A. MATEOS 



— ¡Vete con dos mil diablos! tú quieres envenenarme con ese in- 
fernal aguardiente. 

— Mi coronel no sabe lo que se pesca, este es un licor magnífico 
y capaz de volver joven á una suegra, ecbe un trago, mi coronel, 
para entonarse ; mire, mire que eso del casamiento es cosa muy di- 
ficultosa. 

— ¡Qué te largues, hombre del diablo! 

— Eso es otra cosa; pero yo deseo que mi coronel pruebe... 

— Vamos á la salud de todos mis amigos. 

— ¡Viva la novia! gritó el asistente. 

— ¡Viva! repitieron los concurrentes. 

Luz se puso como una escarlata, y María la dijo al oido : 

— ¿Cuándo me tocará a mí? 

Levantóse un murmullo en la sala, era que el señor Morelos apa 
recia con el traje sacerdotal. 

La frente estaba serena, el semblante había perdido ese tinte 
sombrío adquirido en los peligros y ante la muerte, sus ojos revela- 
ban una concentración grande de misticismo. 

— Lor señores novios, dijo el sacristán de la Parroquia. 

Piedra-Santa tomó la mano á bu prometida, y se puso frente al 
sacerdote. 

Luz estaba bellísima, llevaba sencillamente un traje blanco y un 
velo de punto, sujeto por una corona de azahares, que esparcían en 
torno de la virgen un perfume de los ángeles. 

Los ojos de la joven tenían el brillo de las estrellas, una densa 
palidez so estendía por su semblante, como esas gasas trasparentes 
que lleva el viento en torno de la luna. 

Sus labios dulcemente descoloridos, se estremecían en convulsio- 
nes imperceptibles, y su seno se agitaba manso como la espuma de 
los lagos. 

María presentaba el contraste, su rostro resplandecía con el tinte 
de las amapolas, su fisonomía era sonriente y su semblante todo re- 
velaba una alegría infinita. 

Se había vestido como la desposada, con la única variación de 
llevar en su tocado prendida una rosa. 

Galeana y María tomaron su puesto. 

El cura comenzó á leer en el libro sagrado. 

Repentinamente se oyeron algunos tiros y gritos que sonaban en 
la calle. 

Caifas fué el primero que entró dando furibundos ladridos, y 
después José de la Luz, el correo que ya conocen nuestros lectores, 
y en seguida varios oficiales. 

— Mi general, dijo uno de ellos, los realistas se dirigen á paso 
de carga sobre la plaza. 

— ¡A la guerra! gritó Morelos con voz terrible, y despojándose 
de los arreos sacerdotales, empuñó la espada, y salió con ese ademán 
imperioso y solemne que le distinguía en las horas del peligro. 

Luz y María quedaron solas en el aposento llenas de terror. 

La ceremonia se había interrumpido. 

Todo quedó en silencio, á pocos momentos entró Vildo demudado, 



LOS INSURGENTES 267 



su semblante no tenía ya aquella expresión franca y abierta, la rabia, 
la desesperación, sts pintaban en todo su salvaje continente. 

— Señoras, tengo orden de llevarlas fuera do la ciudad. 

Las jóvenes no respondieron. 

— Es que se pasa el tiempo, y los realistas avanzan á toda prisa, 
los caballos están dispuestos. 

— Vamos, dijo María; tomando por el brazo á Luz, que parecía 
baber perdido la razón. 

Viido puso á las jóvenes en los caballos, y se echó á andar rumbo 
opuesto á donde iba á empeñarse la refriega. 

Ya estaban en los suburbios, cuando un ginete se llegó á ellas 
cubierto de polvo y de sudor. 

— ¡Don Alfonso! gritó Luz con la voz del alma. 

— ¡Adiós! dijo Piedra-Santa, no temas, pronto nos volveremos á 
ver. 

— Cuida tu existencia... ya no te pertenece, es enteramente mía. 

El bravo coronel se acercó hasta dar su brazo á la infeliz criatura. 

— Toma este escapulario, dijo Luz, y puso al cuello de Piedra- 
Santa aquel escapulario que su hermano había olvidado y que conte- 
nía la esmeralda. 

Piedra-Santa ignoraba que ya puseía dos de las piedras preciosas 
del misterioso vaticinio. 

Sonó el primer cañonazo. 

— ¡Adiós! dijeron los amantes, y su acento se perdió entre las de- 
tonaciones de la artillería. 

III. 

La historia va á hablar. 

Serían las siete y media de la mañana (miércoles 19 de Febrero 
de 1821), cuando Calleja avanzó en cuatro columnas: traía la artille- 
ría en el centro y su caballería cubriendo los flancos. 

Sus cañones graneaban el fuego lo mismo que sus fusiles, y se 
notaba una especie de fuerza nada común en aquellos soldados. 

Calleja se había quedado á retaguardia en su coche, y parece que 
tenía por tan seguro el triunfo, que no creía fuese necesario montar á 
caballo. 

Los americanos respondían á los fuegos pausadamente, y todos 
se propusieron emplear bien sus tiros certeros, lanzados desde sus 
parapetos. 

Dirigiéronse los asaltantes por la calle Real, en derechura á la 
trinchera de la plaza de San Diego, donde desengancharon las muías 
de las piezas y se armó la primera batería. 

Calleja formó su batalla á medio tiro de los reductos, 

Entonces se separó de las filas un coronel á batirse con Galeana, 
que estaba enfrente. 

— ¡A tí te buscaba! gritó el español, y disparóle su pistola. 

Galeana á su vez disparó un mosquete y le dejó tendido, le re- 
cogió las armas, y tomándolo por un pie, lo metió arrastrando den- 
tro de trincheras y mandó que un confesor lo auxiliase. 



208 JUAN A. MATEOS 



La tropa enemiga, testigo presencial de este suceso, enmudeció 
como atónita y avergonzada; tanto le impuso este brío digno de los 
siglos de Roma. 

Apareció un coronel dando sus órdenes y llevando un tambor á 
su lado, Galeana mandó hacer fuego, y el jefe cayó muerto en los 
brazos de sus ayudantes. 

La tropa española avanzó haciendo fuego basta llegar á la trin- 
chera, donde comenzó la lucha á la bayoneta. 

Los realistas fueron rechazados, para tornar luego con más vigor. 

Los indios honderos colocados detrás de San Diego, descargaron 
su nublado de piedras, que no les daba punto de reposo á los rea- 
listas; ya entonces perdieron su primitiva formación, y se subdividie- 
ron en trozos por todas las casas del pueblo que barrenaban, ejecu- 
tando en las personas inermes, mujeres y niños que encontraron en 
ellos las mayores crueldades, como Jo indicaban los cadáveres bailados 
después de la acción. 

Galeana y sus soldados quedaron reducidos á sólo las trincheras, 
y además flanqueados, pues los realistas penetraron por una tienda 
inmediata á la contra-trinchera establecida en la calle Real. 

En este conflicto, destacó á 6u sobrino Don Pablo Galeana para 
que contuviese al enemigo, como lo verificó, arrojándoles granadas de 
mano y disparando el cañón Niño que Morelos mandó poner en la 
azotea de la casa por donde habían penetrado. 

El general se hallaba situado en una casa de la plazuela de Santo 
Domingo, que mira al Occidente, plaza que como ya se ha dicho 
estaba á cargo de Don Leonardo Bravo. 

A pesar de las ventajas obtenidas por el enemigo, no faltó un 
malvado qae en el cementerio de San Diego, esparciera la voz de que 
so había perdido el punto mandado por Galeana 

La gente salió agolpada en el mayor desorden con dirección al 
centro: creyóla Larios que estaba con su compañía, y un cañón sos- 
teniendo el fuego, costado de Galeana, así es que retiró el cañón de 
la batería, y caminó con rapidez á buscar un asilo. 

Galeana montó á caballo, y con espada en mano, hizo á sablazos 
que ocuparan sus puestos los que corrían hacia el centro,- y regresó 
á su puesto luego que el orden quedó restablecido. 

Esta voz falsa de alarma produjo también funestos efectos en otros 
puntos, pue3 afectados de pavor sus defensores, abandonaron la ar- 
tillería, y la plazuela de San Diego casi quedó escueta. 

Solo se vio en ella un muchacho de doce años llamado Narciso. 

Vínose sobre él un dragón que le hirió el brazo con su espada. 

No tuvo el desgraciado niño más refugio, que abrazarse de un 
palo de la misma batería, y tomar la mecha que estaba clavada en el 
suelo. 

Dio casi maquinalmente fuego al cañón, que disparado en el mo- 
mento más oportuno, mató el dragón y contuvo al enemigo que avan- 
zaba rápidamente. 

Con este inesperado suceso volvió á su puesto Galeana, y quedó 
nuevamente restablecido el orden. 

Continuó el fuego sin intermisión hasta las tres de la tarde, dis- 
putándose los contendientes palmo á palmo las posiciones. 



IOS I2J8UaOBNT£» 209 



El parque de los realistas se había acabado, y Calleja mandó la 
retirada del ejército, pero hizo una última tentativa, disponiendo se 
abandonara la artillería, separándose la tropa á una regular distancia, 
á fin de que saliendo de sus parapetos los mexicanos, se les diese una 
carga de caballería. 

Morelos mandó que nadie se moviese, comprendiendo el artificio 
del enemigo, por io que ambos campos se mantuvieron como una hora 
sin ofenderse, hasta que pausadamente recogieron sus cañones los rea- 
listas, y fueron á tomar cuarteles al pueblo de Cnauthxco, una legua 
de la ciudad atacada. 

Galeana salió á reconocer el campo, levantando más de trescien- 
tos cadáveres, entre los cuales había trenta y dos artilleros, que mandó 
sepultar en la Parroquia y fuera de los reductos. 

Halláronse vestigios de sepulturas hechas por el enemigo, y mu» 
chos rastros de sangre con que se tiñó aquel campo. 

Calleja estaba derrotado, y así lo avisó á la Corte de México, que 
envió el mayor número de fuerzas para emprender ei sitio de Cuautla. 



CAPITULO XIV. 



Be lo que verá el curioso lector como se decida 
á leer este capítulo. 



Vildo y José de la Luz llevaban á todo escape á las jóvenes, que 
no volvían en sí del terror. 

Detuviéronse á una distancia conveniente para presenciar el hecho 
de armas, no sin disgusto de Vildo, que quería adelantar camino por 
si ocurría alguna catástrofe. 

Cuando vieron que los realistas penetraban en la plaza y que los 
fuegos de los insurgentes se habían apagado, creyeron que la plaza 
estaba perdida, y echaron á huir rumbu a las montañas para escaparse 
de la zana de los vencedores. 

— ¡Dios mío, exclamaba Luz, si le habrán matado! 

— No tenga cuidado la señorita, respondía el asistente; en peores 
nos hemos visto y hemos escapado la pelleja. 

— Mucho temo, dijo María, que no hayan podido salir de la plaza; 
ese infernal Calleja es un asesino y no les perdonará. 

— Difícil es el negocio, señoritas, vean ustedes que el señor cura 
y sus soldados tienen mas agayas que un tiburón... en el sitio de 
Acapnlco nos andaba la muerta muy de cerca... cuando no está de 
Dios, ni las balas pueden... figúrese su mercó que estando frente al 
castillo, mi general se recargó sobre una roca y se puso á mirar con 
bu anteojo; cansado de observar y maquinalmente se separó de aquel 
sitio, que ocupó un señor cuñado del capitán don Vicente Guerrero; 
jay, señorita! no habían pasado dos segundos, cuando una bala do 

14 — Los Insurgentes, 



210 JUAN A. MATEOB 



cañón, perfectamente dirigida, vino á estrellarse en la roca é hizo pe- 
dazos al señor que ocupaba el lugar del señor Morelos... esto es bru- 
jería; pero repito que cuando no está de Dios... 

— Eso no puede consolarnos, replicó Marín; además, que si lian 
tomado la plaza, procurarán que nadie salga y los perseguirán. 

—Ese es un mal pensamiento: tenga usted por regla, señorita, 
que cuando realistas ó insurgentes tomamos una plaza, nos ocupamos 
en habilitarnos. 

— ¿En habilitarse*? preguntó María. 

— Figúrese la señorita, pongo por caso, que anda uno por estas 
veredas muerto de hambre, y desmido, y maltratado, y dado á todos 
los diablos, y repentinamente se arma una de Dios es Cristo, y se 
arroja uno sobre las trincheras y acuchilla, hasta el sur sum corda 
y se hace dueño de la plaza; ¿de qué sirve todo eso si ha de quedar 
tan perdido como antes?... no señor; marcha uno á la tienda mas rica, 
y toma la manta que necesita, y las monedas y cuanto encuentra; eso 
sí, todo con permiso del dueño, á quien se le tiene de cuerpo presente 
ahorcado en la puerta del establecimiento. 

— ¡Qué horror! 

— Sí, mucho; pero á los nuestros les pasa otro tanto; ya saben 
ustedes que esta es guerra á muerte, el que cae la pela sin remisión; 
vean ustedes, vean ustedes, en ese árbol hay dos realistas colgados; 
¡demonio! á ese ya le sacaron los ojos los pájaros, y el otro tiene col- 
gando las tripas, ¡já! ¡já! ¡já! 

Aquel espectáculo era espantoso: dos cadáveres estaban suspen- 
didos de un mecate á las ramas de un árbol, y la fetidez que exha- 
laban en derredor era insoportable. 

Luz y María no se atrevieron á levantar los oios, y rogaron á 
Vildo que las apartara del camino. 

José de la Luz se apeó del caballo, y puso una cruz de ramas frente 
aquel árbol del suplicio. 

— Esto no es nada, señoritas; dos cristianos colgados es como si 
dijéramos dos bellotas en un encino... ¡he visto ya á tantos!... no hay 
cuidado, todavía me falta el rabo por desollar. 

— Por aquí ha pasado gente, dijo José de la Luz, observando la 
marca de pasos en la vereda. 

— Ya lo había notado, respondió Vildo: es necesario perder la 
pista; no sé por qué me parece que en el monte hay algo; echémonos 
fuera del camino y embosquémonos: yo husmeo algo... 

— ¡Yo tiemblo de miedo! exclamó Luz. 

— Y yo estoy aterrorizada... no puedo ni hablar. 

Efectivamente, aquellas criaturas estaban acometidas del pánico. 

Los insurgentes nada habían visto; pero su instinto les decía que 
el peligro no estaba distante. 

Seguían embarrancándose por veredas que solo Vildo conocía, y 
en la espesura de los árboles abrigándose de las miradas de algún 
pastor que pudiera descubrirlos. 

Repentinamente se oyeron algunos disparos de mosquete, que re- 
sonaron en la montaña. 

— ¡Dios mío! gritaron las jóvenes. 



I>08 1N8ÜRGENTE9 211 



— ¡Silencio! gritó Vildo, y preparó su mosquete. 

— ¡Alto! ,alto! exclamó José, veremos lo que pasa. 

Los caballos se detuvieron. 

Los dos insurgentes so deslizaron entre las matas como dos ser- 
lentes, y se asomaron á un pequeño valle por donde se percibía el 
uido 

Después de un momento dijo á José: 

— Desciende con las niñas por la barranca, pasa el rio y sigue 
amino, que yo los alcánzale. 

José de la Luz obedeció, y caminando a pie comenzó el descenso 
tabajoso de la montaña. 

Lao jóvenes estaban rendidas de fatiga; pero ei miedo les prestaba 

Sentó. 

Keabalando unas veces, otTas asiéndose de las raices para de- 
eneise, y luchando con las dificultades de aquel escarpado terreno, 
ligaron á las orillas del río que so precipitaba en el fondo de la 
jarra Dea 

Un pueDte natural de rocas, combatidas per ei agua y donde 
¡e chocaban y dividían las olas facilitaba el paso á la ribera con- 
¡raria. 

Aquel paso se llamaba de las Águilas. 

El río no era muy profundo, la dificultad consistía en rnante- 
¡lerse sereno para no resbalar en las peñas, porque el agua ejerce 
ierto magnetismo do atracción irresistible. 

— Pasemos pronto, diio José de la Luz, y estamos salvados; yo 
as tomaré por una mano, y sirviéndoles de apoyo iremos poco á poco 
avanzando: conque valor, y en el nombre de Dios y María San- 
tísima. 

— Tú primero, dijo María; yo tengo un temor inexplicable. 

Lnz se santiguó y comenzó á rezar en su inteiior. 

José de la Luz saltó sobre la primera piedra, se apoyó en la se- 
gunda y tendió su robusto brazo. 

Luz se agarró á la mano del insurgente, y trémula dio un paso 
hacia el abismo. 

María se arrodilló delante del cielo. 

Aquella escena era terrible. 

El insurgente vertía sudor por todo su rostro, y con el ceño 
plegado, y mordiéndose los labios y procurando dar á sus nervios 
una tensión de acero, avanzaba... y avanzaba, cuidaudo á aquella 
criatura, cuyos delicados pies se mojaban al salpicar las olas contra 
las peñas. 

Detuviéronse un^instante en la mitad de aquel peligroso puente 

— Un momento de descanso, dijo José delaLuz: pero cierre usted 
los ojos para no desvanecerse. 

Luz cerró instintivamente los ojos. 

— ¡Adelante!... ¡adelante!... volvió á decir el insurgente, y el 
gran poder de Dios nos acompañe. 

Después de dos minutos de agonía saltaron en las arenas de la 
orilla. 

— ¡Gracias, Dios mío! exclamó la joven cayendo de rodillas. 



212 JÜAJf A. MATEOS 



José de la Luz ge quitó el sombrero y dio una mirada al hor: 
zonte. 

Después con una ligereza de ciervo, saltó «obre las piedras 
volvió al lado de María, que estaba impresionada de una manera es 
pantosa. 

— Ahora nos toca á nosotros, señorita. 

María se ató el paño á la cintura, puso el barbiquejo á su sota 
brero de palma y se avanzó á la orilla con la intrepidez del miedo. 

En aquel momento aparecieron por las gargantas de la montan 
multitud de soldado* en un terrible desorden, buscando todos el pas 
del río. 

José de la Luz y María se refugiaron en un pinar. 

El insurgente no pudo contenerse, y comenzó á hacer fuego co: 
el mosquete 

Los soldados que venían en fnga creyeron que habían caldo ei 
una emboscada, y sin buscar el paso comenzaron á refugiarse en la 
montañas, arrojando sus armas. 

Veamos lo que había pasado. 

II. 

La noticia de la derrota de Calleja llegó á la Corte de México coi! 
la velocidad de las malas nuevas. 

El virrey ordenó á un tal don Ciríaco del Llano se dispusiese' 
con el ejército del centro, á batir á la insurrección. 

Morelos había dejado en Izúcar una corta fuerza, al mando d( 
los capitanes Guerrero, Sánchez y Sandoval. 

Llano salió con una fuerza de más de dos mil hombres, inclusos 
los batallones expedicionarios de Lobera, Asturias y Misto, con en co 
rrespondiente artillería, y la mañana del 25 de Febrero ocnpó ej 
cerro del Calvario, que domina por completo la ciudad de Izúcar. 

Dice un historiador que en aquel punto fijó su artillería, comen- 
zando un fuego vivísimo sobre la villa 

En la tarde de ese día formó dos columnas de los batallones ex- 
pedicionarios, cada una con un cañón, y dando á Andrade el mando 
de la caballería, atacó la villa por diversos puntos. 

Nada pudo conseguir á merced de estos esfuerzos, ni aún conti- 
nuando toda la noche desde el punto del Calvario, adond» se ñabía 
retirado después de su intentona 

Repitió su ataque al día siguiente con doble ferocidad, reduciendo 
á una sola las dos columnas, para darle mayor vigor á la masa de 
hombres que arrojaba sobre los parapetos, sosteniéndola con un fuego! 
nutrido de artillería 

Los insurgentes se parapetaron en el centro de la plaza, como 
lo había hecho Morelos tres meses antea en la misma villa, auxilián- 
dose con los indios honderos situados en las azoteas. 

Los insurgentes sostuvieron el ataque con un brío digno de todo 
elogio, rechazando la columna y acribillándola á pedradas y balazos. 

El capitán don Vicente Guerrero descendía con sus compañeros á 
lo» lugares de más peligro, y se batía con una serenidad admirable. 



LOS INSURGENTES 213 

Los realistas no cesaban de enviar sus proyectiles sobre la plaza. 

La segunda noche el capitán Guerrero estaba rendido, y se acostó 
gunos momentos á descansar. 

Eodeábanle muchas personas, principalmente niños y mujeres, que 
) se creían seguros sino á su lado, porque aquel valor imponía y era 
sombra de los desgraciados. 

Eepentinamente una granada abre las vigas del techo, y rueda 
ijo el catre de campaña de Guerrero. 

Hubo un momento de ansiedad espantosa. 

El bravo soldado creyó llegada su última hora, y confiando la 
irca de su vida al mar embravecido de su destino, se cruzó de brazos 
esperó la muerte. 

Eeiuó un silencio profundo en la estancia; oíase el ruido de la 
ipoleta, que seguía encendiéndose hasta llegar al depósito de pól- 
>ra... revienta al fin: la estancia se envuelve en ima nube de humo; 
i escuchan alguuos lamentos, y cuando el polvo y el humo se han 
sipado, toóos se vuelven hacia el general, que estaba de pie buscando 
las víctimas del proyectil. 

Todos le abrazaron: la misma muerte le rindió homenaje ala se- 
nidad de aquel hombre... ¡no eran balas estranjeras las que debían 
ranearle la existencia!... 

Al día siguiente, el ataque se generalizó por los puntos todos de 
línea de circunvalación. 

Los realistas incendiaron los barrios de la Santísima y del Cal- 
ir io. 

Las guerrillas hicieron horrores con las familias inermes, cebando 
i ellas el furor de su impotencia. 

Los realistas levantaron el campo, habiendo recibido órdenes para 
incurrir al sitio de Cuautla. 

Guerrero salió en su persecución, atacando la retaguardia y pro- 
bando la deserción. 

Perdieron mucha gente en la retirada y una pieza de artillería. 

Izúcar íué defendido por ciento treinta insurgentes del ejército de 
[órelos. 

ni. 

Los dispersos se internaron en el monte, seguidos del capitán 
icinto Castaños, oficial de toda la confianza de los realistas. 

Jacinto se había hecho temible: sus instintos sanguinarios se habían 
ssarru.lado en la revolución, y la piedad nunca tuvo asilo en su 
►razón. 

Aquel hombre feroz fusilaba á todos los desertores: era un azote 
) ira que venía en pos de aquellos desgraciados; así es que cuando 
garon á las montañas donde estaba José de la Luz y las jóvenes, 
ahuyentaron al escuchar los disparos que hizo el insurgente. 

Vildo se descolgó por las montañas vecinas, creyendo que sus 
hnpañeros habían pasado el río, y se encontró con Luz temblando 
¡ir el terror. 

Intentaba pasar sobre las rocas, cuando el capitán Jacinto Ca§- 
,§08 apareció en las montañas. 



214 JUAN k. MATEOS 



Con su mirada de águila buscó en derredor, y vio en la oril 
opuesta á una mujer. 

Fijó sus ojos en aquella desgraciada, é instantáneamente la I 
conoció. 

— ¡Luz! ¡Luz! gritó con furor concentrado, aguarda, que voy all 

José de la Luz dejó á María y saltó sobre el puente, echóse á 
cara el mosquete y detuvo al capitán. 

Vildo comprendió que su compañero le cubría la retirada, y i 
mando á la joven en sus brazos desapareció en las fragosidades d 
monte. 

El capitán Castaños estaba futióse, y descargaba sus pistol 
dragones sobre el insurgen te sin lograr tocarlo. 

José no se resolvía á abandonar aquel sitio, donde estaba ocul 
la infeliz María, pero la gente de Castados le comenzaba á bac 
fuego y su muerte era estéril; así es que emprendió la fuga viole 
tamente entre las balas enemigas, y desapareció como el ciervo * 
la montaña. 

— Sigan á esa mujer que huye con los insurgentes, y ofrexco \ 
premio al que los aprehenda, gritó Jacinto arrojando espuma p 
la boca. 

Los soldados de la escolta atravesaron el río, y se lanzaron < 
pos de los fugitivos. 

María estaba presenciando oculta entre los árboles aquella escen 

Esperaba la infeliz criatura que todos se alejasen para seguir i 
camino, por si encontraba algún corazón amigo que la salvase. 

El capitán Castaños estaba fatigado con la persecución, y bus- 
la sombra para descansar. 

Dirigióse al sitio donde la joven se guarecía, y la descubrió ent 
las ramas de los encinos. 

Castaños comprendió que la joven no era una persona vulgar. 

— Señora, dijo con tono respetuoso ¿qué hace usted en este para] 

— Nada sé, respondió María, sino que soy muy desgraciada! y 
echó á llorar con desesperación. 

— Señora, cálmese usted: yo no soy insurgente y sabré respetar] 

— Capitán, usted es un hombre de honor, sálveme usted, p 
Dios! 

— Yo lo juro señora, por mi fé de soldado. 

— Devuélvame usted á mi familia! 

— Luego que sea posible. 

— Yo todo lo espero de la caballerosidad de usted. 

— Sí, y yo cumpliré, señora... perdone usted, hace un momento, 
no, no puede ser ilusión... del otro lado del puente estaba una mujer 
acaso yo haya soñado... 

— No, capitán, dijo María; esa joven era mi amiga, mi comp 
ñera, mi hermana. 

— Cuente usted, por, Dios señora; cuente usted cuanto sepa, 
seré su exclavo. % 

— Pues bien; esa joven se llama Luz. 

— ¡Es ella! exclamó Jacinto sin poderse contener, 

—¿La conoce usted, capitán? 



LOS INSURGENTES 215 



— No; continúe usted, yo se lo suplico. 

— Esa joven fué educada por los señores Bravo; ha tenido muchas 
desgracias: figúrese usted, capitán, que su padre murió victima de una 
intriga horrible del hermano de Luz. 

— Sí, dijo Jacinto trémulo de emoción; pero él... no, no es po- 
sible... continúe usted. 

— Afortunadamente, dijo María, mi amiga se encontró con un 
joven apuesto, tipo completo de caballerosidad y abnegación. 

Jacinto se llovó las oíanos á la fronte. 

— El coronel Piedra-Santa logró arrancarla del poder de Jacinto, 
que así se llamaba el hermano de Luz; ese infame había denunciado 
una conspiración, que costó la existencia á hombres que no habían na- 
cido i>ara morir en el cadalso. 

Jacinto no podía ocultar la emoción de que era presa. 

— El señor Morelos supo por la misma Luz sus sufrimientos, y 
determinó unirla con el hombre de su amor, con el coronel Piedra- 
Santa, que había escapado milagrosamente de la prisión donde le arro- 
jara el implacable encono de su enemigo; porque habéis de saber 
que ese miserable había tratado de asesinarle, disparándole á quema- 
ropa un pistoletazo, que afortunadamente no le hirió de muerte. 

— ¿Y llegaron á casarse, señora? 

— Precisamente en los momentos en que tenía lugar la ceremonia 
atacaron los realistas, y hemos salido huyendo á Cuabuila. 

— ¡Dios me ha oído! exclamó Jacinto, yo no debo desconfiar de 
mi destino. 

María vio con estrañeza á aquel hombre. 

— Señora, dijo Jacinto, espero que nuestros favores sean recí- 
procos, y usted va á escuchar un secreto, que la sorprenderá por 
inesperado. 

■ — Ya escucho, capitán, 

— Ese ser miserable y aborrecido de los extraños y de los suyos; 
ese hombre vil, que ha hecho derramar la sangre de su padre; ese 
monstruo que está llenando de crímenes la tierra, soy yo. 

— ¡Dios poderoso! exclamó la joven. 

— Sí, continuó Castaños; yo que me vengo del mundo: yo que llevo 
la muerte en el corazón, y á quien el infortunio azota sin piedad... 
Luz es mi hermana... era el solo y único amor que conservaba en- 
cendido en mi corazón... pero ella ama á uno de mis contrarios, y 
me arroja en la desesperación más horrible... yo había pensado hacerla 
feliz, sacrificarme, remunerar en ella todos los males que he cau- 
sado... y ella ¡Dios mío!... ella me pone sobre el cráter de un volcán 
que ha comenzado á vomitar fuego... mis lágrimas, mis dolores, serán 
míos, solamente míos; no habrá una mano que enjugue mis ojos, ni 
una voz que me hable de misericordia!... por eso voy arrastrado por 
un destino irresistible... y no hago un solo esfuerzo para detenerme 
en esa pendiente en que resbalan mis pies... qué desgraciado he na- 
cido... maldita la existencia á que vivo encadenado... 

Jacinto se echó á llorar como el apóstol renegado. 

María sintió compasión por aquel desdichado. 

—Capitán, yo os he referido cuanto sabía. 



216 JUAN 1. MATEO» 



— Ignoráis aún todos mis crímenes y mis infortunios. 

— Echad nn velo sobre ellos; yo nada quiero saber. 

— Señora, yo he pasado por todo; pero quiero respetar vuestra 
honra. 

María guardó silencio. 

— Para que esa chusma de gente que me sigue no atente á la 
virtud de usted, es necesario decirles que usted es Luz mi hermana, 
á quien he recogido al paso del pueblo donde la había dejado. 

María tendió su mano á Castaños; este la estrechó con respeto. 

■ — Desde hoy oculto mi nombre. 

— ¿Y vuestra familia? preguntó Castaños. 

— Capitán, el señor cura Morelos quedó encargado por mis padrea 
de protejerme. 

— Os juro que al avistarnos al primer campamento de los insur- 
gentes, yo mismo llevaré á usted hasta encontrar al general. 

— ¡Hermanos desde hoy! dijo María. 

— Sí... hermanos, murmuró sombríamente el capitán. 

Al montar en sus caballos, apareció en el sendero nn mastín la- 
drando furiosamente. 

Caifas había husmeado á la joven, y comenzó á dar de saltos 
frente al caballo. 



CAPITULO XV. 

De cómo dio principio el sitio memorable de la 
ciudad de Cuantía de Amilpas. 

I. 

El 4 de Marzo de 1812 había un gran barullo en la ciudad de 
Cuantía: multitud de hombres, mujeres y niños llevaban provisiones 
á los depósitos, y entraban atajos con las semillas de las haciendas 
de los contornos. 

A pesar de ese batiboleo producido por la afluencia de gente, la 
operación se verificaba en el mayor orden posible. 

El general Morelos recorría los puntos todos de su línea; daba 
órdenes que eran cumplidas con exactitud. 

El mayor entusiasmo reinaba en el pueblo y la tropa, y todos 
se disponían á defender los muros de aquella ciudad. 

Los realistas avanzaron sobre Amelsingo, Jacaicpec CuaJiuistla y 
Buenavista. 

Caleana salió de trincheras á escaramucear con el enemigo, que 
se fortificaba á toda prisa, con una actividad admirable. 

Los cuatro puntos mencionados se destinaron como fortines para 
establecer sus baterías. 

Calleja estableció su línea de circunvalación'' á medio tiro de la 
plaza, esto indicaba que los combates debían sucederse sin interrupción. 

Los cañones hicieron sus primeras descargas 



LOS INSURGENTES 217 



El pueblo de Cnautla no había visto nunca ni oído el estruendo 
de las bombas, y comenzó á sobrecogerse de pánico, buscando asilo 
en sus iglesias y edificios que parecían más sólidos. 

Pasada la primera impresión, los muchachos se atrevían á apagar 
las espoletas, y se apresuraban á presentarlas á Morelos como un 
trofeo. 

El general puso precio á los proyectiles del enemigo, para servirse 
de ellos caso de consumirse sus municiones. 

Galeana, el inmortal cura Matamoros y los Bravo, sostenían la 
plaza con el ardor de su aliento, con el espíritu gigante de su pa- 
triotismo. 

El sitió se formalizaba, los realistas cortaron el agua, y los pozos 
no daban abasto á la población; era necesario hacerse del punto sur- 
tidor, disputar á la bayoneta el ojo de agua. 

Galeana que parecía estar reñido con su existencia, se ofreció á 
levantar un fortín en ese punto peligroso. 

Galeana y D. Víctor Bravo batieron á los realistas desalojándolos 
del ojo de agua. 

Calleja recuperó el punto después de un combate, y era nece- 
sario el establecimiento de un fortín para sostenerlo. 

El 25 de Marzo salió Galeana con sesenta hombres, llevando cos- 
tales con arena y trabajadores, que hoy se llaman zapadores, para le- 
vantar el reducto. 

La operación comenzó en medio del fuego del enemigo. 

Galeana levantó una trinchera y emprendió un camino cubierto. 

La operación duró desde las ocho de la mañana hasta las cinco 
de la tarde. 

El capitán Eamirez anunció á Morelos que Galeana era dueño del 
ojo de agua, y que ya estaba establecido el baluarte y la artillería 
para defenderlo. 

Morelos clavó sobre aquel muro una bandera, bautizándola con 
el nombre de Galeana. 

Irritado Calleja ante el valor heroico de los insurgentes, emprendió 
su ataque sobre el fortín á las once de la noche de ese mismo día, 
y sus soldados llegaron hasta el muro, donde quedó su sangre como 
el pregón del escarmiento y el recuerdo del valor del enemigo. 

Hé aquí el parte de Calleja al virrey: 

«Al amanecer de ayer quedó cortada el agua de Xuchitengo 
que entraba en Cuantía y terraplenado sesenta varas de zanja que la 
conducía, con orden al Sr. Llano, por hallarse próximo á su campo, 
de que destinase al batallón de Lobera, con su comandante, á solo 
el objeto de impedir que el enemigo rompiese la toma; pero á pesar 
de todas mis prevenciones, y en el medio del día, permitió por des- 
cuido que no solo la asaltase el enemigo, sino que construyese sobre 
la misma presa un caballero 6 torreón cuadrado y cerrado, y además 
un espaldón que comunica el bosque con el torreón, por cuja obra 
cargó un gran número de trabajadores, sostenidos desde el bosque. 
A pesar de su ventajosa situación, dispuse que el mismo batallón de 
Lobera, ciento cincuenta patriotas de San Luis y cien granaderos, 
todo al cargo del Sr. coijpnel D. José Antonio Andrade, atacasen el 



218 JUAN A. MATEOB 



torreón y parapeto á las once de la noche, lo que se verificó sin efecto. 
y tuvimos cuatro heridos y un muerto.» 

Esta es la relación de un general que deseaba ocultar sus derrotas 
y moralizar á sus soldados. 

La historia recoge esas palabras al traer á su juicio los aconteci- 
mientos de esa época. 

II. 

En la hacienda de Buenavista ocupada por los realistas, estaba el 
capitán Jacinto Castaños herido de un brazo en una de las escara- 
muzas con los sitiados. 

Al lado de su lecho estaba María prodigándole las atenciones de 
una hermana. 

— Luz, docía Jacinto, esta herida va mal, tengo fracturado el brazo. 

— El médico dice lo contrario. 

— Donde entre el tétano soy hombre muerto. 

— No hay que perder la esperanza. 

— Yo le he ofrecido á vd. entregarla al Sr. Morelos y voy á rea- 
lizar mi promesa. 

— Yo no me separaré de esta cabecera hasta ver á vd. resta- 
blecido. 

— ¿Y qué le importa á vd. mi existencia? 

— ¿Y vd. me lo pregunta 1 ? 

— Estoy acostumbrado á vivir solo, á no probar el interés de 
nadie, á estar desamparado. 

— Yo tengo una deuda de gratitud inmensa con vd. que necesito 
satisfacer. 

— Señora, yo soy un ser extraño á todo, la gratitud ó el amor 
de los demás me es enojoso, quiero vivir en el aislamiento... me 
había propuesto ser fiel á mi palabra, defender á vd., velar por su 
honor, y estoy satisfecho... mañana sea cual fuere el estado de mi 
salud, acompañaré á vd. hasta el parapeto, y Morelos recibirá á su 
hija adoptiva. 

María estaba triste, aquella noticia que en otra vez la hubiera 
llenado de gusto, le torturaba el alma. 

Impondremos al lector del secreto de la joven. 

En el regimiento expedicionario de Lobera, llegado á Nueva- 
España para combatir la insurrección, venía un joven oficial llamado 
Edmundo Fonterravía. 

Este noble soldado pertenecía á una de las familias más distin- 
guidas de la Península, y el virrey le dispensaba grandes conside- 
raciones. 

Al partir de España, había recibido las charreteras de capitán. 

Edmundo era uno de aquellos calaveras de gran corazón, capaz 
de arriesgar su vida tanto por hacer una buena obra, como por una 
mala. 

Con la misma facilidad se daba de estocadas por una muier que 
nada le importaba, como ayudaba á soplarle la dama á un marido. 

Fonterravía manejaba las armas admirablemente, y su serenidad 
era grande en los lances de honor y en los combates, 



LOS INSURGENTES 219 



Edmundo era alto, robusto, bien formado, su cabello echado hacia 
atrás, frente despejada, oios garzos, bigote castaño, sobre unos labios 
bien delineados, nariz recta, y todo su rostro lleno de expresión y de 
nobleza, el traje militar lo llevaba con arrogancia, sin tener el aire de 
mal gusto de los matones de oficio. 

El regimiento de Lobera había concurrido á la batalla desgra- 
ciada de Izúcar, y en ella el capitán Castaños hizo las amistades con 
Edmundo. 

Jacinto aborrecía por ístinto al español, sentía algo de rabia en 
su contra inexplicable, y sin embargo la atracción del odio lo arrojaba 
al paso de aquel hombre, tendiéndole la mano de amigo. 

Fonterravía conoció á la supuesta hermana de Jacinto, y su alma 
sintió los prinieros síntomas de un amor verdadero. 

María notó con emoción que el capitán Edmundo no le era indi- 
ferente, y como las almas predestinadas se tienen de comprender, los 
jóvenes se amaron con locura. 

María estaba en la aurora de las ilusiones y su cariño no tenía 
límites ni horizonte. 

El joven soldado idolatraba á la indiana con todo su corazón, y 
estaba resuelto á hacerla su esposa. 

Edmundo no tenía motivo para dudar, así es que creía que su 
novia se llamaba Luz y era hermana de su compañero de armas Ja- 
cinto Castaños. 

Jacinto no sospechaba nada de esta correspondencia, acaso se 
hubiera enfurecido aunque sin razón. 

No era difícil que entonces se arrepintiese de haber estado dos 
meses al lado de una mujer hermosa, siendo arbitro do su suerte, 
para que al fin viniera otro hombre afortunado á arrebatársela. 

El corazón despierta cuando lo hieren. 

Decíamos que María estaba á la cabecera del enfermo oj'endo 
la determinación de volverla á su hogar, porque se sentía contrariada 
en sus inspiraciones, cuando dieron tres toquidos á la- puerta del alo- 
jamiento. 

— ¡Adelante! gritó Castaños. 

El capitán Edmundo Fonterravía penetró en el aposento, tendió 
una mano á su novia y estrechó con la otra la de su amigo. 

— Capitán, diio Edmundo, tengo un negocio que comunicar á 
usted. 

María se levantó y saludó á Fonterravía. 

Luego que los compañeros se encontraron solos, Edmundo dijo á 
Castaños : 

— Hace tiempo que oculto un secreto á nuestra amistad, señor 
capitán Castaños, y vengo á pedir mis escusas. 

Jacinto plegó el ceño y se puso á escuchar con atención á aquel 
hombre á quien aborrecía. Edmundo continuó : 

— Estamos en una situación muy peligrosa, de un momento á 
otro podemos morir... nuestra existencia está en un perpetuo peligro 
¿no es verdad? 

Jacinto no respondió, Fonterravía hizo una pausa, y luego pro- 
siguió » 



220 jrAM A. MATEOt 



— Parece una locura pensar en el porvenir... y sin embargo esta 
idea me preocupa de una manera alarmante... yo juro, señor capitán 
Castaños, que esta es la primera vez quo he sentido miedo. 

Jacinto se incorporó en bu lecho. 

— No ese miedo degradante que envilece al hombre, sino el temor 
de llegar al término de la vida sin haber visto realizados los sueños 
del corazón. 

— No comprendo nada todavía, dijo Jacinto. 

— Caballero, me voy á explicar con más claridad : tina eircpatía 
secreta me llevó á usted, lo he apreciado como «I mejor de mis com- 
pañeros, lo he estimado por su arroio v más aún por su lealtad. 

— ¿Pero este hombre qué me quiere? se preguntaba Jacinto ya 
impaciente. 

— Ruego al señor capitán Castaño» perdone mi atrevimiento, pero 
yo no pude resistir á los encantos de Lu?. la amo con adoración, y 
pido á usted el honor de concederme eu mano. 

Un rayo que hubiera caído en la cabeza de aquel hombre, le 
habría hecho menos impresión sintió que aquella mujer podía haberle 
consolado de un amor desgraciado, que con ella hubiera recobrado 
las esperanzas de una soñada felicidad, que tal vez su destino hubiera 
cambiado de rumbo, aquietando la exaltación dolorosa de eu espíritu... 
ese sueño se desvanecía en el horizonte opaco de su existencia yendo 
á confundirse con las ilusiones perdidas de su juventud. 

Sintió que amaba á María, que aquel hombre le arrancaba á pe 
dazos el corazón, y quiso disputársela á la fortuna. 

— Señor capitán Fonterra^ía. dijo Castaños, no es de extrañar la 
emoción dolorosa que me agita en estos momentos, porque yo no sos- 
pechaba esta inteligencia con mi hermana .. siento mocho que haya 
desconfiado de mi cariño... no importa, la ingratitud sigue mis pasos... 
¡mi mejor amigo!... ¡mi hermana'... 

Jacinto bebió dos lágrimas de rabia, que el joven Edmundo atri- 
buyó á ternura. 

— Jacinto, dijo el joven, he recibido la orden de atacar esta 
misma tarde el punto más comprometido de la plaza, y creyendo 
firmemente que va á pasarme una desgracia, he venido á pedir una 
esperanza que acaso no podrá realizarse... ¡al menos quiero morir 
tranquilo!... 

— ¿Dice usted que ha recibido orden de atacar? 

— Precisamente. 

— Yo lo acompañaré á usted. 

— Eetá usted enfermo. 

— Eso no importa. 

— Espero antes la decisión sobre este negocio. 

— Al acabar el sitio de Cuautla: será usted el esposo de Luz. 

— ¡Gracias capitán! exclamó Edmundo, estrechando entre sus 
manos la mano de aquel hombre, que le juraba venganza desde los 
centros de su corazón. 

— Exijo de usted, capitán, dijo Jacinto, que oculte á mi hermana 
nuestra conversación. Descubriendo el secreto, viviríamos violentos, y... 

— Es verdad, respondió Edmundo, prometo guardar reserva, sé 
que soy feliz, y con esto me basta. 



IOS INSURGENTES §21 



— ¡Adiós capitán! ¡adiós! esta tarde nos veremos en el asalto. 

Edmundo salió delirante, loco, de la estancia de su amigo. 

En la puerta encontró á María, á quien estrechó ardientemente 
á su pecho, y partió lleno de entusiasmo á disponerse para el asalto. 

Luego que el capitán abandonó el aposento, Jacinto saltó del lecho, 
furioso como una pantera. 

— ¡El diablo me favorece! dijo, en medio del combate, le le- 
vantaré el cráneo de un pistoletazo. 

III. 

El 19 de Febrero á las cuatro de la tarde, los realistas atacaban 
por cuatro puntos la ciudad, con un valor desesperado. 

Desfilaban las columnas guareciéndose en las aceras, y avanzando 
á paso de carga sin cesar de hacer fuego. 

Los sitiados descargaban á metralla sus piezas, y las calles es- 
taban cubiertas de cadáveres. 

Los realistas rompieron con barras las puertas de las casas in- 
termedias, y se apoderaron de algunas azoteas. 

La artillería jugaba á toda fuerza sobre la plaza. 

Los insurgentes hacían un íuego espantoso desde las torres, por 
las troneras y desde los parapetos. 

Las columnas fueron rechazadas simultáneamente en los cnatro 
puntos. 

El regimiento de granaderos se desmoralizó por completo y co- 
menzó á replegarse en desorden. 

Calleja se puso al frente de ellos, y tornó á la carga por dos 
veces, pero sin éxito. 

Volvíase todo desorden y carreras, hasta que la reserva contuvo 
la deserción que era grande. 

En una de las trincheras tuvo lugar un episodio. 

El capitán Edmundo Fonterravía, cargaba con los soldados de 
Lobera, y disputaba el terreno á la bayoneta. 

El parapeto estaba defendido por el bravo coronel Piedra-Santa. 

Jacinto Castaños, bajo el pretexto de ayudar á los suyos, dispa- 
raba un mosquete queriendo asesinar al prometido de María; pero Dios 
velaba por él. 

D. Alfonso saltó Bobre la trinchera seguido de sus soldados; los 
realistas huyeron, y Piedra-Santa hizo prisionero á Fonterravía. 

— Los valientes deben conservar su acero, dijo D. Alfonso vol- 
viéndole su espada al capitán. 

— Los valientes, contestó Edmundo, son los que saben respetar 
ese sentimiento, aquí está mi mano si es digna de tocarse con la del 
vencedor. 

Don Alfonso estrechó con placer aquella mano, y ambos se ju- 
raron amistad en el campo de batalla. 

Jacinto estuvo en acecho, no vio volver á Edmundo, y creyó que 
lo habían matado. 

Dirijióse entonces á su alojamiento, y fingiendo una gran pesa- 
dumbre, dijo á María: 



222 JTTAN A. MATEOS 



— Señora, acabo do perder al mejor de mis amigos; el capitán 
Edmundo Fonterravía queda corno bravo en el campo del honor. 

María cayó sin sentido, dando un grito espantoso do dolor. 

— Estoy vengado, exclamó Castaños, y lanzó una carcajada del 
infierno 

Ha llegado la bora de la venganza... Satanás está en mi cora- 
zón... me entrego á él como apague con sangre la sed devoradora que 
me confióme.., 

— ¡Miserable' exclamó con desdén volviéndose á la joven, pu- 
siste la mano sobre mi corazón y te hirió la víbora que tengo en- 
roscada á él... sufre... llora... ¡yo también sufro y estoy desesperado! 



CAPITULO XVI. 

Donde se prueba eon toda evidencia, que el valor 
rompe las cadenas mas bien forjadas. 



Han pasado cuatro meses de lances sangrientos y de combates. 

La plaza de Cuautla está desmantelada; pero sobre aquellas trin- 
cheras arrumadas permanecen serenos los insurgentes, velando su es- 
tandarte, que ondea acribillado por la metralla. 

Hacía diez días que Morelos, lleno de aquel arrojo invencible 
que lo hizo el primer soldado de América, se había arrojado sobre las 
baterías del Calvario y hecho huir al enemigo, pero su tropa ham- 
brienta se lanzó sobre los carros de víveres, y los realistas recobraron 
su posesión. 

El inmortal cura Matamoros que ocupa un lugar tan distinguido 
en nuestra historia, había salido de la plaza abriéndose paso entre las 
filas contrarias, y reuniéndose á las fuerzas de don Víctor Bravo, in- 
tentó introducir víveres en la ciudad, y fué derrotado completamente 
por los soldados del rey. 

El sitio se estrechaba de una manera terrible, la peste hacía un 
estrago más espantoso aún que las balas enemigas. 

El hambre tenía exhaustos á los insurgentes. 

Dice un historiador, que una caja de cigarros llegó á valer veinte 
reales. Chupábanse las hojas de los árboles, alfalfa, rapé y polvos co- 
lorados de tabaco y lechuguilla de jarcia; entonces se conoció el im- 
perio que tiene el vicio de fumar tabaco. Un gato vaha seis pesos, 
un iguana veinte reales, las lagartijas y las ratas se vendían á pre- 
cios altos. Acabáronse los cueros, que remojados y tostados parecían 
más sabrosos que la carne de puerco. Acabados los cueros se cernían 
las patas viejas de toro, tomando el agua caliente, como si fuese 
caldo de una rica gallina. Sólo ahondaba el aguardieute, azúcar y 
mieles corrompidas, alimentos que acabaron de apestar á los negros 
costeños. 

Cuautla era á la verdad en aquellos días, un remedo de la infeliz 
Jerusalen asediada por las legiones de Tito y Vespasiano. 



loa INSURGENTES 223 



Aquella situación apremiante, parecía no sobrecojer á los sitiados, 
ue hacían -alarde de su heroísmo. 

No queremos tomar las palabras de los defensores de la indepen- 
dencia mexicana, porque se tendrían por parciales, apelamos á las 
notas del general que asediaba la plaza. 

«Si la constancia y actividad de los defensores de Cuautla fnese 
con moralidad y dirijida á una justa causa merecía algún día un lugar 
distinguido en la historia. 

«Estrechados por nuestras tropas, y afligidos por la necesidad, 
manifiestan alegría en todos los sucesos: entierran sus cadáveres con 
repique en celebridad de su muerte gloriosa, y festejan con algazara, 
bailes y borracheras sus frecuentes salidas, cualquiera que haya sido 
el éxito; imponiendo pena de la vida al que hable de desgracias ó de 
rendición. 

«Este clérigo es un segundo Mahoma, que promete la resurrección 
temporal, y después el Paraíso con el goce de todas sus pasiones á sus 
felices musulmanes.» 

Morelos resplandecía como un astro, cegando con su luz á sus 
mismos enemigos. 

Ellos recojían las páginas de su gloria, ellos las trazaban con su 
propia mano, así se venga el genio en el porvenir. 

Llegó el terrible momento de elejir entre la rendición ó la ruptura 
del sitio. 

No había disyuntiva, la muerte estaba colocada sobre los dos 
extremos de la balanza. 

Morelos después de oir el parecer de sus compañeros, se decidió 
á abandonar la ciudad, y lo anunció á su ejército en la orden del 
27 al 28 de Abril de 1812. 

Galeana y los Bravo hicieron reconocimientos sobre varios puntos; 
y el enemigo se puso en alarma cubriendo la salida más probable ae 
los sitiados. 

Morelos señaló sin vacilar los puntos más difíciles, que eran el 
Calvario y Amelcingo. 

¡Esta decisión, que es un reto en los momentos supremos del 
peligro, solo la tienen los héroes! 

n. 

Disponíase todo lo concerniente para la salida, los soldados estaban 
inquietos esperando la noche, y los oficiales no se apartaban de sus 
cuarteles. 

El coronel Piedra-Santa estaba en su alojamiento en conversación 
tirada con su amigo el capitán Edmundo Fonterravía, á quien había 
salvado de la muerte. 

— Está triste el prisionero, diio don Alfonso en tono de broma. 

— Estoy admirado de cuanto pasa, respondió Edmundo, el general 
Morelos es un hombre extraordinario, un verdadero gépio. 

— Es verdad, yo lo respeto y admiro como á un Dios. 

— La Corte de México ignora quién es este hombre, coronel 
Piedra-Santa ; yo he visto muchas batallas en España, he estado en 



224 JUAN A. MATEOB 



las ciudades «sitiadas por los franceses, y sin embargo el valor y la 
abnegación de Morolos me infunden una verdadera veneración. 

— Por él estamos prontos á sacrificar la existencia. 

— Yo me honraría en pertenecer á su ejército. 

— Nuestros brazos están abiertos para todos los que quieran luchar 
por la libertad. 

— Acaso pertenezca de corazón á los insurgentes, contestó Edmundo, 
dando á sus palabras cierto aire de misterio. 

— Si pudiera explicarse más claro el señor capitán... 

— Acaso más tarde... yo tengo un secreto que debo comunicar á 
alguien... á vd. precisamente lo be señalado para ello... desde que 
estoy en América, me be sentido influenciado por un poder descono- 
cido... yo sé que mis mayores han vivido en esto país, que muchos 
fueron mexicanos, y sin querer amo esta tierra. 

Piedra-Santa tendió su mano al prisionero. 

— No es una adulación: cuando yo haya levantado la piedra que 
está sobre mi corazón, entonces me concederán... en fin, ya he dicho 
que el seno de un amigo será la urna donde deposito mi secreto, y 
lo cumpliré. 

— Gracias, capitán. 

— Ahora, señor coronel, me toca á mí el turno : ¿por qué está 
usted triste aquí á solas, cuando se muestra tan alegre delante de sus 
soldados? 

— Capitán, yo necesito dar ejemplo de valor á esos hombres, que 
exhaustos por el hambre y por la peste, sostienen el honor de nuestras 
armas casi desde el borde de la tumba... ellos deben ignorar nuestros 
sufrimientos... si apareciera en nuestros semblantes UDa sola sombra 
de desconsuelo, arrojarían sus aceros, y la plaza sería entregada á 
saco, y... no, no lo quiero pensar. 

— Tiene usted razón. 

—Además, yo llevo en mi alma un profundo pesar. 

—Amores desgraciados... 

— Sí, capitán : la muier que amo ha desaparecido ; ignoro si 
existe... figuróse usted que en los momentoa de celebrarse nuestro 
matrimonio, las fuerzas realistas atacaron la plaza... ¡fatalidad!... 
tuve que entregar á mi prometida á uno de mis amigos mas fieles 
para que la salvase ; ese hombro no ha vuelto, y yo estoy deses- 
perado. 

— ¿Y qué rumbo?... 

— Lo ignoro : sé que debe haberla cuidado como á su misma exis- 
tencia j pero esto no aquieta mi espíritu. 

— Acaso el sitio haya impedido á ese hombre entrar en la ciudad. 

— Puede ser. 

— Capitán, dijo don Alfonso después de un momento de silencio, 
voy á hacer á usted un encargo. 

— Y lo cumpliré, bajo mi palabra de honor. 

— Así lo espero. 

— Esta noche vamos á romper el sitio. 

— Lo sé. 

— Al quebrantar esa cadena de acero que hace seis meses tiene 
opresa á la ciudad, puedo morir. 



LfiS INSURGENTES 225 



— No hay que pensar en ello. 

— Yo, que jamás he temblado, teng miedo por ella... ¡sí, por 
ella, á quien amo tanto! 

— Estoy dispuesto á cumplir cuanto se me ordene. 

— Eecoged mi cadáver... llevo al cuello un relicario que ella me 
puso al partir : devuélvaselo usted, y dígale que la amé hasta el úl- 
timo aliento. 

— Vamos, esas ideas son raras, y... 

— No convienen á un soldado, es verdad; pero cuando uno ama 
se vuelve un niño. 

— Está bien, dijo Fonterravía; yo comprendo esos sentimientos, 
porque también estoy enamorado y sufro la ausencia de esa mujer á 
quien idolatro: Luz es mi vida! 

— ¡Luz! esclamó don Alfonso, ¿se llama Luz esa criatura? 

— Precisamente, y tiene una historia singular. 

— Cuente usted: le escucho con un gran interés; figúrese usted 
que Luz se llama mi prometida. 

— Es una coincidencia feliz. 

— Sí, respondió don Alfonso. 

— Esta joven es hermana de un realista amigo mío, hombre qu© 
inspira terror: tiene una mirada torva, habla muy pocas veces y es 
terrible á la hora del combate. 

Una ansiedad extraña comenzaba á agitar el corazón de Piedra- 
Santa. 

— El capitán Castaños es todo un valiente. 

Don Alfonso ignoraba que Jacinto había tomado un apellido su- 
puesto, y comenzó á tranquilizarse. 

— Decía, señor coronel, que por una sucesión d© casualidades 
que yo no he querido averiguar, esa niña fué retenida por un general 
insurgente que la amaba como á una hija. 

— ¿Un general? preguntó don Alfonso. 

— Sí, coronel, estoy seguro de no equivocarme: Castaños, filiado 
en el ejército realista, tuvo que recojer á los dispersos de Izúcar, y 
al atravesar el monte encontró á Luz, que iba en dirección de una 
de las posesiones del general, que está lejos del teatro de la guerra. 

— Continúe usted. 

— La pobre niña tuvo un gran placer al encontrarse bajo el am- 
paro de su hermano; yo la conocí en la hacienda de Buenavista, y 
me enamoré profundamente... ella, coronel, ella me ama con el fuego 
de los primeros amores. 

— Continúe usted, capitán. 

— La pedí en matrimonio á Jacinto, y... 

— ¿Jacinto ha dicho usted? gritó Piedra-Santa. 

— ¡A qué exaltarse, coronel! 

— Es que hace una hora me está usted haciendo pedazos el co- 
razón... esa mujer es Luz, hermana de Jacinto, de ese miserable ase- 
ano... sí, capitán; esa mujer está colocada entre los dos, ¡y no ca- 
bemos sobre la tierra! 

— Puede usted equivocarse. 

15 — Los Insuraentes. 



226 JUAN A. MATEOS 



— El alma me lo está diciendo á gritos... ¡Dios mío!... ¡ella infiel! 

— Pero está usted loco... 

— Señor capitán Fonterravía, es necesario batirnos en duelo á 
muerte. 

— Eso es imposible. 

— ¿Luego es usted cobarde? 

— Coronel Piedra-Santa, soy prisionero de los insurgentes, y po- 
drían sospechar que he sido asesinado. 

— Bien: comprendo lo horrible de esta situación; pero quedamos 
emplazados. 

— ¡Emplazados! gritó Edmundo; la vida por esa mujer. 

— ¡La vida por mi honra! exclamó Piedra-Santa; y aquellos do? 
hombres se separaron furiosos, aplazando el momento de su venganza! 

III. 

El general dio orden para que no se corriese la palabra en su 
campamento: parecía que la ciudad había entrado en el sopor de un 
letargo. 

Calleja envió á un comisionado, que se presentó con bandera 
blanca frente al baluarte del agua. 

Las trincheras se coronaron de gente; Morelos en persona recibió 
el pliego presentado por el oficial. 

Para no infundir sospechas á su ejército, leyó en alta voz el 
contenido, que era nada menos que su indulto, el de Galeana y* el 
de Bravo. 

Enrojecióse la faz del caudillo ante aquel terrible insulto, y sa- 
cando el lápiz de su cartera, trazó al reverso del pliego algunas pa- 
labras, que leyó después con fuerte acento. 

— «Por migarte, señor general Calleja, otorgo igual gracia á usted 
y á los suyos». 

Los soldados dieron vivas entusiastas á su general, y el enviado j 
llevó la respuesta arrogante de Morelos al jefe de la expedición realista. 

Los campamentos permanecieron en espectativa; no se disparó 
un tiro en toda la tarde. 

Llegó la noche; la luna de Abril se ostentaba hermosa y res- 
plandeciente en el horizonte; ascendía entre las trasparentes gasas de 
las nubes, dando una luz reverberante sobre el campo y la ciudad. 

Reinaba un silencio de muerte: parecía que los defensores de la 
plaza se habían petrificado, como esos caballeros que están de pie 
sobre las tumbas de la edad media. 

El campo de los realistas estaba en reposo: la luz de la linterna 
que ardía hasta muy avanzada la noche en la tienda del general, 
estaba apagada. 

Las horas corrían con una lentitud, que parecían prolongarse una 
eternidad. 

Dieron los tres cuartos para las doce. 

Un ruido de armas se escuchó á lo largo de las calles de Cuantía, 
parecido á un golpe de mar sobre una playa abandonada. 

Las columnas del ejército insurgente estaban en guardia para la 
salida. 



LOS INSURGENTES 227 

La mayor parte de la fuerza estaba en la plazuela de San Diego. 

Sonó la hora histórica en el reloj del destino. 

Galeana se puso á la vanguardia. 

En el centro se colocaron los Bravos; Morolos entre centro y 
vanguardia. 

La retaguardia la mandaba el capitán Anzures. 

Comenzó el desfile enmedio del silencio más aterrador. 

Morelos se detuvo para ver pasar á sus soldados, y cuando hubo 
salido el último de los parapetos, volvió su rostro ceñudo á la ciudad, 
pasó su mirada de águila sobre ella, contempló sus altas torres y sus 
edificios. 

¡Adiós, dijo con voz conniovida; tú conservarás el nombre de 
mis soldados, y serás una de lss páginas más gloriosas de nuestros días! 

Avanzóse después al legar que le correspondía, porque la cabeza 
de la columna ya asomaba entre dos de los reductos enemigos. 

Aquel era el momento de la crisis. 

Llevaban una hora de camino, cuando al atravesar un puente 
Galeana tropezó con un centinela, á quien dio muerte con su pistola. 

La detonación atrajo á los sitiadores, que comprendieron desde 
luego que los insurgentes trataban de romper el sitio; ó por mejor 
decir, que ya lo habían roto, burlando la vigilancia de los puntos 
avanzados. 

Rompióse el fuego en toda la línea y sobre la plaza; los insurgentes 
dieron su grito de ¡Viva la América! 

Trabóse un combate terrible, la columna avanzaba enmedio del 
fuego, hasta llegar al punto de Guadalupita, donde los realistas se 
arrojaron sobre sus flancos, y ya cortada se mantuvo batiéndose sobre 
el campo; dispersóse después, dejando á dos campamentos enemigos 
batiéndose sin reconocerse. 

Estos campamentos eran los de Santa Inés y Zacatepec. 

Galeana se confundió con los realistas enmedio de una tormenta 
de plomo, mientras los insurgentes se ponían fuera de tiro. 

Morelos cayó en la zanja fracturándose las costillas; los soldados 
se arrojaron á salvar al caudillo, que á pesar de sus dolores montó 
á caballo y continuó su marcha, batiéndose en aquel terreno palmo 
á palmo. 

Mientras Morelos llamaba la atención por aquel sitio, don Leo- 
nardo Bravo y su hermano don Víctor salieron por el Calvario, en 
medio de las dos baterías, Santa Inés y Zacatepec, con trescientos 
infantes de su regimiento, con los que quitaron dos cañones y tres 
tiendas de campaña. 

Pasaron del fortin á la hacienda de Guadalupe, donde batieron 
un piquete de caballería. 

Siguieron su marcha apresurada á Ocuituco, donde llegaron al 
mismo tiempo que Morelos con los insurgentes. 

Bravo venía seguido por una partida de dragones de San Carlos. 

Morelos le preguntó con calma: 

— ¿Qué fuego es ese que trae usted á la espalda? 

— No es nada, respondió Bravo; son unop realistas que me han 
venido á hacer salva. 



228 JUAN A. MATBOf 



Multitud de familias que habian participado de las penalidades 
del sitio, salieron con el ejército insurgente, dividiendo también los 
peligros de aquella salida tan arrojada. 

Galeana luchó como un león, sosteniendo la retirada hasta tomar 
cuarteles en Tejacaque. 

Calleja supo á las dos de la mañana que la plaza había sido des- 
ocupada; esta noticia lo llenó de entusiasmo militar, y con grandes 
precauciones y después de multitud de reconocimientos, hizo entrar 
á su reserva en la ciudad. 

Destacó en seguida á la caballería sobre el pueblo que abando- 
naba la plaza, é hizo una carnicería espantosa en las infelices mujeres, 
niños y ancianos. 

Los realistas entraron á saco en Cuantía de Amilpas; se entre- 
garon al pillaje más desenfrenado, vengándose en los inermes de las 
humillaciones recibidas de los insurgentes. 

Calleja escribió á la Corte de México: 

«El día en que justamente se cumplen cuatro meses de la toma 
«de Zitácuaro, ha entrado mi ejército siempre vencedor en Cuautla, 
«á las dos de la mañana. 

«El enemigo intentó una salida, por dos puntos de la línea: fué 
«rechazado en el uno, y con mucha pérdida, penetró por la caja del 
«río, y en aquel momento destaqué la infantería á que se apoderase 
«de Cuautla, y la caballería á que siguiese el alcance tan próxima- 
«mente que iba mezclada con él». 

Recibióse la noticia en la capital: todos buscaban la lista de los 
prisioneros, creyendo á los caudillos de la independencia en poder de 
Calleja. 

Ni uno solo apareció en el detall; aquello decía en voz alta que 
Morolos, el inmortal soldado de la patria, había roto valientemente la 
cadena forjada en torno de la ciudad, y que las ruedas de sus ca- 
ñones habían pasado sobre los cadáveres de los sitiadores! 

¡Allí estás tú, monumento augusto, con tus ruinas y tus re- 
cuerdos!... 

El sol de la independencia da de lleno sobre tu frente, coronada 
con los lauros de tus victorias. 

¡Duerme, ciudad augusta, al son de los himnos que levanten los 
libres ante tus muros* tú serás el caballero alto de la revolución, en 
las memorias sublimes de aquellos días! 

¡Sobre esas piedras carcomidas por el bronce, se levanta la sombra 
de un héroe!... 

IV. 

Todo el ejército insurgente se reunió en Cuautla de la Sal, donde 
pasaron revista públicamente. 

Faltaban diez y siete hombres de la clase de tropa y un general. 

El ejército entró en una consternación sombría : nadie se atrevía 
á preguntar, ni á inquirir, ni á aventurar una sola palabra. 

En el alojamiento de Morelos estaba un joven oficial lleno de in- 
quietud : su semblante pálido como la muerte y su mirada turbia, 
indicaban que estaba poseído de una pesadumbre mortal, 



LOS INSURGENTES 229 

Llegó un correo que puso en las manos del joven una carta. 

«Hijo mío : — He sido entregado á mis enemigos por mano de la 
traición más horrible. > 

La carta estaba fechada en la hacienda de San Gabriel. 

Levantóse el joven soldado, y arrojándose en brazos del general 
exclamó con acento conmovido por el llanto : 

— ¡Mi padre, señor!... ¡mi padre!... 

El ejército supo que don Leonardo Bravo, nno de los caudillos 
más eminentes de la revolución, había caído en poder de les domi- 
naderos. 



APITULO XVII. 
Una írajedia en la Acordada de México. 

I. 

José de la Luz corría á todo escape por ías montañas, llevando 
á la hermana de Jacinto, que daba alaridos de desesperación al dejar 
abandonada á María en poder de los realistas. 

— Cállese, señorita, cállese, que esos malditos nos siguen la pista; 
mire que el escándalo nos ha de traer un perjuicio. 

Luz no cesaba de llorar, considerando la espantosa suerte que 
esperaba á la infeliz criatura. 

Muy lejos estaba de pensar que su hermano sería el protector de 
su amiga. 

José no cegaba de azotar los caballos, que en penosa fatiga tre- 
paban por aquellas montañas casi inaccesibles. 

El guía tomaba siempre el camino del Sur, para internarse en la 
sierra que conocía perfectamente. 

Quedándose días enteros en las grutas, caminando por la noche 
otros, y arrostrando un sinnúmero de trabajos, llegaron al anochecer 
del I o de Setiembre de 1812, á la cueva de Michapa. 

Detuviéronse á la entrada, porque escucharon gritos de dolor y 
sollozos hondísimos de desconsuelo. 

Luz, que al ver su antigua estancia había sentido una emoción 
inmensa de placer, y creido entrar en el reposo que su alma tanto 
ambicionaba, quedó como fuera de sentido ante el espectáculo que se 
presentaba a su vista. 

Las señoras todas de la familia Bravo yacían hundidas en la des- 
esperación del dolor. 

Algunos indígenas estaban sentados sobre las rocas, llorando tam- 
bién en silencio, y un grupo de insurgentes echaba temos y juramen- 
tos en la puerta de la cueva. 

Luz se acercó á Margarita que tenía en sus brazos desmayada á 
la esposa de don Leonardo Bravo. 

— ¡Luz! gritó la joven, ¿tú aquí? 

— Sí ; yo que he sufrido cuantas vicisitudes pueden aflijir á una 
mujer desdichada. 



230 JUAN A. MATüOa 



— ¡Llegas en los momentos do la adversidad! gritó la joven ; una 
desgracia espantosa está sobre nosotros. 

Luz no se atrevía á preguntar. 

La esposa de don Leonardo volvió en sí, y fijó sus ojos en Luz. 

— ¡Hija mia! exclamó: vas á perder á tu padre adoptivo; Leo- 
nardo ha caído en manos de los realistas. 

— ¡Dios poderoso! balbutió Luz, y sus ojos se anegaroa en llanto. 

Quien haya estado proscrito y perseguido, podrá imaginar todo el 
valor de esa situación por la que pasaba aquella familia. 

— ¿Pero es verdad? preguntaba la joven. 

— El coronel Piedra-Santa ha traído la noticia. 

— ¡Piedra-Santa! exclamó la joven. 

— Sí, ese bravo soldado, que en este instante va á partir para el 
campamento del señor Morelos. 

Luz se olvidó por un momento del pesar de la familia protectora, 
para pensar en la dicha inmensa que le aguardaba de ver al hombre 
á quien tanto amaba. 

Tal es el corazón humano. 

Luz salió de la gruta, y se dirigió al lugar donde tantas veces 
había hablado de amores con su amante ; sabía que él iría en su pos 
luego que supiese su llegada. 

Don Alfonso se entró en la gruta y dijo á las señoras : 

— El señor general cree que los españoles no atentarán contra la 
existencia del señor Bravo... ¡ay de ellos si no sucede así! 

En medio de las vicisitudes siempre es grato oir una voz de con- 
suelo y misericordia. 

— Yo, dijo la esposa de Bravo, salgo esta misma noche para Mé- 
xico ; debo estar á su lado ; partir con él hasta la muerte si es pre- 
ciso... yo no podría vivir en esta espectativa. 

— Tiene usted razón, señora : los insurgentes la acompañarán hasta 
cerca de la capital ; nuestros amigos se han posesionado de toda la-' 
línea, y caminará usted sin riesgo alguno ; su nombre de usted es un 
escudo, un talismán j la prisión del señor Bravo trae conmovida á 
la in surge ncia. 

Aquel interés mitigaba un tanto la aflicción de la familia. 

— Siento mucho, señora, no poder servir de compañía ; pero vuelo 
al campo de la Sábana, donde esperamos al general, que atacará la 
fortaleza de Acapulco. 

— Señor don Alfonso, estamos profundamente agradecidas á tan- 
tas atenciones. 

— Señoras : hé cumplido con un deber ; yo tengo esperanzas de 
ver á ustedes tranquilas y salvo á mi general. 

Piedra-Santa saludó á la familia, y saliendo de la gruta atravesó 
por el sendero que conducía á ese lugar de recuerdos para él. 

Involuntariamente volvió la vista al bosque ; detuvo su caballo, 
llevó las manos á los ojos; le parecía que soñaba, que era víctima 
de una alucinación. 

Era que había visto á Luz bajo las ramas de los árboles y á loa 
rayos fosfóricos de Ja luna. 

¡áombra ó realidad, era encantadora y triste aquella aparición. 



LOS INSURGENTES 231 



Luz comprendió lo que pasaba por el corazón del mancebo, j 
dijo con un acento de gozo y de pasión : 

— ¡Alfonso! ¡Alfonso! 

— Sí ; su voz es esa, exclamó el guerrillero, y apeándose del ca- 
ballo se encaminó con paso trémulo hacia aquella mujer, á quien 
Biempre amaba. 

— Señora, dijo el insurgente, ¿qué hace usted aquí? 

Al oir aquel acento severo, la joven se recogió como la sensitiva 
y retrocedió dos pasos. 

— Guarda usted silencio, continuó Piedra-Santa, porque cuando 
se ha burlado á un hombre, cuando se le ha estrujado el corazón, se 
le ha hecho despertar de un sueño de felicidad para hundirlo en un 
abismo de infortunios, se tiene siempre un remordimiento, ¿no es 
verdad? 

— No comprendo á usted, caballero, contestó Luz, y su lenguaje 
me parece harto singular. 

— No nos engañemos más, señora, yo siento una humillación ho- 
rrible al tener que recordar ciertas ofensas ; pero es preciso. 

— Deseo una explicación. 

—¿La ha salvado á usted un hombre? 

— ¿A qué negarlo? en esa clase se encuentran corazones más no- 
bles y generosos. 

— Basta, contestó don Alfonso ; nada tenemos ya entre nosotros: 
mi amor queda depositado en el fondo del alma, mis labios guardarán 
un silencio eterno. 

— Pero eso no puede ser: expliqúese usted, en nombre del cielo ! 

— Yo sé que la negativa sería la respuesta, y no puedo dejar de 
creer lo que he palpado... ese hombre ha dicho la verdad. 

— ¿Pero qué hombre 63 ese? 

— Vuestro amante, señora, dijo con ira don Alfonso. 

— ¡Es usted un miserable! exclamó la joven. 

— ¡Y se atreve! murmuró Piedra-Santa. 

— Caballero, ningún hombre me ha ultrajado de esa manera j creí 
que al menos por mi sexo sería acreedora á las consideraciones de un 
hombre ; pero me he equivocado : siga usted sa camino, y no me re- 
cuerde jamás. 

— Adiós, señora ; si ese hombre á quien ha entregado usted su 
corazón y ofrecido su mano, me mata en el duelo que tenemos pen- 
diente, recuerde usted que no contenta con haberme destrozado el co- 
razón, me ha abierto las puertas de la tumba. 

— Ese hombre está loco, murmuró Luz. 

Don Alfonso saltó sobre su caballo, y á todo escape partió por la 
vereda con la velocidad de la desesperación. 

Luego que desapareció entre los pinares, Luz cayó de rodillas en 
las rocas, y levantó al cielo sus manos trémulas por el dolor. 

— ¡Dios mío! ¡Dios mío... exclamó llorando, mándame la muerte, 
pero sálvale! 



A la madrugada de ese día, la esposa del general don Leonardo 



282 JUAN A. MATEGg 



Bravo, acompañada do Luz y escoltada por los insurgentes que se co- 
rrían la palabra en las montañas, salieron de la cuera de Michapa eon 
dirección á la capital del reino. 

II. 

En la Cárcel de Corte de la ciudad de México, estaba preso el ge- 
neral don Leonardo Bravo. 

La Cárcel de Corte estaba entonces en el Palacio, hacia el ba- 
luarte de la puerta Mariana, y en los salones de los Ministerios de 
Guerra y Hacienda estaban las salas del crimen. 

El edificio estaba literalmente lleno de soldados : había centinelas 
en las azoteas, corredores, pasillos y patios de la prisión. 

Toda aquella tropa estaba á las órdenes del capitán Jacinto Cas- 
taño , uno de los realistas más acendrados, cuyo valor se había hecho 
proverbial en los asaltos á las trincheras de Cuautla. 

En uno de los cuartos interiores de la cárcel estaba el reo, dando 
sus últimas declaraciones al fiscal de su causa, oidor Bataller. 

— Señor Bravo, decía aquel malvado, usted contaría con algún 
agente en la capital para sus trabajos revolucionarios, ¿no es verdad? 

— Me supone el señor oidor poco caballero, si trata de que yo 
me vuelva un denunciante. 

— Nada menos que eso, señor; pero cuando ha llegado la hora 
de decir la verdad, es necesario no ocultarla. 

— Yo no tengo más que decir, señor Bataller, sino que he peleado 
por la libertad de mi patria. 

Mordióse los labios el oidor hasta hacerse sangre. 

— Voluntariamente me he filiado en el ejército independiente, y 
nada tengo que reprocharme. 

— Es que usted ha estado en Cuautla con los bandidos. 

— Yo he estado, respondió el anciano Bravo, con el general Mo- 
relos, cuya conducta no se permiten censurar ni sus más encarnizados 
enemigos. 

— Ese clérigo no puede nunca llamarse general. 

— Señor oidor, sin tener pretensiones de serlo, ha humillado á 
todos los militares del ejército realista. 

Bataller iba á estallar ; pero seguro de su venganza guardó si- 
lencio por unos momentos. 

— ¿Y cuántas batallas ha perdido usted? preguntó en tono in- 
cisivo. 

— ¡Ninguna! contestó Bravo con arrogancia. 

— Sois irrespetuoso con vuestro juez, gritó el oidor, haciendo una 
explosión de rabia infernal. 

— Más bajo, señor oidor, más bajo, dijo el prisionero j que al- 
guien puede escuchar á usted. 

— No importa j voy á estender la sentencia. 

— Ya la supongo extendida. 

— La suponéis bien j porque vuestras palabras é insistencia os 
condenan. 

Bataller salió de la cárcel hecho un tigre. 



£68 INSURGENTES 



En el camino encontró una multitud de jente formando corrillos 
amenazadores, lo que puso en inquietud su espíritu. 

— Estos insurgentes malditos están ramificado por todas partes, 
y nos es difícil que nos hagan una de todos los diablos... quien sabe 
si convendría indultar á Bravo... ¡demonio! un motin sería cosa de 
perder la cabeza... á mí me traen entre ojos desde bace tres años... 
eso de morir ahorcado no me hace mucha gracia... veremos á Vene- 
gas, en todo caso le echaremos encima la responsabilidad. 

Llegó el oidor á palacio, y rué introducido á la cámara virreinal. 

Venegas, aquel hombre fatuo y miserable, estaba recostado en un 
sillón con un aire de conquistador, ocultando el pánico que hacía 
tiempo lo tenía desmoralizado. 

Su Excelencia hablaba de la situación con el auditor Foncerrada, 
cuando entró BatalJer. 

— ¿Qué cosa nos dice el buen oidor? preguntó Venegas. 

— Nada y mucho, Excelentísimo Señor. 

— No comprendo bien. 

— Yo no sé ocultar la verdad. 

— Ni he tratado jamás de que me la ocultéis, dijo el virrey, por 
1© cual los pueblos han dado en llamarme el justiciero. 

— Es verdad Excelentísimo Señor, exclamó Foncerrada. 

— Decía, que me ha parecido ver en las calles síntomas de una 
asonada. 

— Ya había tenido el honor de hacérselo presente á Su Excelencia, 
dijo Foncerrada. 

— Yo no tengo miedo de nada, dijo con petulancia Venegas ; 
pero deseo evitar la efusión de sangre, no quiero ametrallar á la 
canalla. 

— Bien dicho, Excelentísimo Señor, exclamó Bataller, yo soy de 
la misma opinión. 

— Había pensado conmutar la pena de muerte que de seguro debe 
imponerse á Bravo, en confinamiento. 

— Precisamente en destierro, Excelentísimo Señor, dijo Bataller. 

— Perdone su Excelencia, observó Foncerrada, pero yo no estoy 
de acuerdo con esa opinión ; Bravo es una persona influente en la 
revolución, y esa circunstancia hace necesario un escarmiento con él: 
se diría mañana que el castigo se reservaba para los infelices, y que 
los caudillos gozaban de inmunidad. 

— Eso no es exacto, dijo Bataller, ahí está Hidalgo y Allende y 
otra porción de personajes con cuyos ejemplos pudiera demostrarse lo 
contrario. 

— Es que estamos en la segunda época de la insurrección, y es 
de absoluta necesidad manifestarse severos é intransigentes sin dar un 
síntoma de debilidad. 

Aquel miserable le hablaba en su idioma al corazón infame de 
Venegas. 

— Insisto, dijo Bataller, en que es necesario algún tacto político. 

— Eso es precisamente lo que me caracteriza, dijo el virrey, y os 
anuncio que estoy resuelto á hacer un escarmiento público coa es© 
cabecilla de la insurrección. 



234 JUAN A. MATEO! 



i • 

Loa oidores se despidieron de Venegas, y al salir del palacio dijo 
Bataller á Foncerrada : 

—Yo me lavo las manos, Bravo muere por manos de un criollo. 

—Lo soy, contestó Foncerrada, pero soy adicto á mi religión y 
á mi rey. 

III. 

La sentencia de muerte fué comunicada al caudillo insurgente 
notificándole que desde luego entraba en capilla. 

Bravo la escuchó con serenidad, su conciencia no le acusaba de 
crimen alguno, y estaba dispuesto á comparecer ante Aquel que debe 
pesar nuestras acciones en la balanza eterna, para pronunciar su fallo 
soberano. 

Un sacerdote penetró en la prisión, y oyó en su tribunal al hé- 
roe, que recibió los consuelos del cristianismo con la filosofía de un 
hombre pensador. 

La desgraciada esposa del reo había llegado á la capital y pre- 
tendido en vano dar un último adiós á su compañero. 

Los verdugos se mostraron inplacables ante aquel gran dolor. 
Frente á la cárcel estaban dos mujeres queriendo penetrar con sus 
miradas las gruesas paredes del edificio. 

Jnnto á ellas y sentado en el dintel de una puerta, estaba un 
hombre con el traje de los campesinos ; era José de la Luz que no se 
apartaba un solo instante de aquellas infelices. 

Llegóse á él un embozado y le dijo al oido : José, sígneme. 

El guía iba á dar un grito, cuando el embozado le tapó la boca. 

Echaron á andar algún trecho, y el embozado se descubrió. 

Era Vildo, el asistente de Piedra-Santa. 

— ¿Qué haces por aquí, hombre de los infiernos? 

— Nada, á mí me encargó el señor Morolos á la niña María, y 
no la he perdido de vista. 

— ¿No te han conocido? 

— Ya estaría yo ahorcado. 

— Dices bien. 

—Oye de lo que se trata; ¿te acuerdas del hijo del tío Blas? 

—Vaya, si no he podido olvidar al demonio de Jacinto. 

—Pues ese maldito es capitán de los gachupines, y el que está 
cuidando al señor Don Leonardo, dile á la niña que le hable, y es 
negocio arreglado, nos lo sacamos esta noche. 

—Voy al instante, respondió José de ia Luz, y se fué en dere- ' 
chura á sus amas. 

—Señoritas, aquí está Vildo, ya lo conocen ustedes... el asistente ' 
de mi coronel Piedra-Santa. 

—¿Y bien? 

—Me ha comunicado que Jacinto, el hijo del tío Blas, es el guar- 
dador del amo Don Leonardo, y que en queriendo ya... 

— El cielo nos ayude, dijo Luz, vamos á verle. 

—Yo no me separo de aquí, Luz, las tropas se están formando 
a lo largo de la calle, y no sé lo qué va á suceder 



tos INSURGENTES 235 



— Yo me arrojaré á los pies de mi hermano, y haré un esfuerzo 
supremo para salvarle. 

— Vé, hija mía, clile á tu hermano que arranque del cadalso á su 
protector, que yo voy á morir de angustia, que lo haga en memoria 
de su padre. 

Luz se encaminó á la casa de su hermano guiada por José, que 
seguía á los lejos á Vildo. 

Ya la noche estaba cayendo cuando Luz penetró en el aposento 
de su hermano. 

Llamó á la puerta, y se dejó ver una joven que ya conocen 
nuestros lectores. 

Las dos amigas prorrumpieron en un grito de sorpresa y se estre- 
charon en un fuerte abrazo. 

— ¡Luz! 

— ¡María! 

— ¡Te encuentro al fin, amiga mía! 

— ¡Sí, hermana, he sufrido mucho ; pero soy feliz en este mo- 
mento! 

— Me había olvidado con el placer de verte... ¿dónde está mi 
hermano 1 ? 

— En estos momentos lleva al señor Bravo á la Acordada, donde 
mañana será ahorcado. 

— ¡Dios mío! ¡Dios mío! eso no puede ser, María, ese hombre ha 
sido nuestro protector, nuestro padre, y Jacinto no será su verdugo, 
Dios lo castigaría. 

— Tu hermano tiene un odio irreconciliable á esa familia. 
' — Jacinto es un monstruo de ingratitud. 

— Espérale, debe venir esta noche. 

— Sí, lo esperaré, y oirá de mis labios lo que su conciencia le 
está gritando... ¿pero tú, qué haces en esta casa? 

— Escúchame : tu hermano, por una de aquellas rarezas de su 
carácter, se ha hecho mi protector, defendiéndome de los peligros que 
me rodean en mi orfandad. 

• ¿Y no te ha requerido de amores? 

— Nada ; por el contrario, me ha hecho pasar por hermana 
suya, y yo he usurpado hasta tu nombre, aquí me llamo Luz co- 
mo tú. 

Una idea atravesó como relámpago por el cerebro de la joven, y 
preguntó con inquietud á su amiga : ¿no has amado á nadie? 

María guardó 

— Habla, por 

— Jamás te he ocultada sds secretos, y debo revelarte hoy esta 
historia de desventura. 

Luz estaba profundamente inquieta. 

— Te he dicho que el capitán Castaños, como hoy se hace nombrar 
tu hermano, me ha protejido solo por intercesión de nuestra amistad, 
yo le estoy profundamente reconocida... aquí se han reunido varios 
de sus camaradas, y entre ellos un joven apuesto y distinguido, el 
capitán Edmundo Fonterravía... la frecuencia de sus visitas y las 
grandes estimaciones de que he sido objeto, bien pronto me declararon 



28$ 3VA.it A. MATEOS 



que el capitán me amaba, tú sabes que mi corazón jamás se habí» 
despertado ; pero yo sentía una vaga tristeza, un malestar profundo, 
un deseo irresistible por estar al lado de ese hombre, por oirle, por 
saber en fin, que yo era el objeto de su cariño... cuando el alma 
se siente abandonada, y el mundo parece huir delante de nosotros, 
y el desierto de la existencia se prolonga, entonces necesitamos en 
el tránsito, una alma que nos comprenda, un brazo amigo de quien 
apoyarnos. 

— ¿Y le has amado como yo á Don Alfonso ? 

— Sí, le idolatro, pero la desgracia lo ha arrebatado á mi cariño... 
en uno de los ataques dados á la ciudad de Cuautla, cayó prisionero... 
¡tu hermano creyó que había muerto, y al noticiármelo, sentí que me 
faltaba hasta el aliento!... después recibí un billete que me trajo un 
desertor de la plaza, ¡cuanto fué mi gozo al saber que existía!... para 
calmarme me dijo que estaba preso en el alojamiento del coronel Piedra- 
Santa, de quien era íntimo amigo. 

— Todo lo comprendo ahora, ¡desgraciado! 

— Explícame por compasión esas palabras. 

— Tú has tomado mi nombre, el capitán Edmundo FonterraTÍa 
ha contado á don Alfonso sus amores con la supuesta hermana de 
Jacinto, y entre los dos hay una promesa de duelo á muerte. 

— Perdóname, yo no podía ni aún siquiera imaginar esta coinci- 
dencia fatal... ¡aún es tiempo de aclarar todo! 

— Yo ignoro el sitio donde se encuentran; además, quien sabe si 
en estos momentos ya se habrán batido, porque Edmundo yá preso 
con los insurgentes. 

Las jóvenes guardaron un silencio de ansiedad espantosa, cada 
una creía ver muerto á su amante, y entre aquellas conjeturas iba á 
tenderse un abismo de resentimientos. 

iy. 

Pasaban las horas impelidas por el aliento poderoso del tiempo. 

El virrey, temiendo una asonada, mandó que la ejecución se ve- 
rificase en uno de los patios de la Acordada. 

El batallón de América y otros cuerpos expedicionarios, se for- 
maron en toda la carrera, j se municionaron como si se tratase de 
una batalla. 

Un desgraciado oficial que se hacía llamar «el conde Colombino» 
fué el comisionado para conducir al general Bravo, que según cuenta 
la historia, marchó con la misma dignidad y entereza conque avan- 
zaba en campaña sobre sus enemigos, y con la misma se condujo en 
los días de la capilla. 

Pasó la noche del 13 en esa agonía de espectativa que abrasa 
el corazón la víspera de un gran crimen. 

Amaneció el lunes 14 de Setiembre de 1812. 

El tablado se puso en el centro del patio principal para darle 
garrote vil al general Bravo, 

¡Garrote vil! oidlo, es necesario no olvidarlo jamás; ¡muerte ia- 
femaníe á un héroe! 



108 INSURGENTES 2S7 



El capitán Castaños entregó á los verdugos á la ilustre víctima, 
y temiendo ser reconocido por su protector, se retiró á su aloja- 
miento. 

¡Cual fué la sorpresa de aquel malvado, al ver á su hermana que 
8© arrodilló á sus pies y los bañó con lagrimas! 

— ¡Levanta!... ¡levanta!... ya te escucho, ¿qué quieresf 
—La vida de nuestro padre adoptivo, gritó la joven. 
— Yo no puedo hacer nada. 

— Aun es tiempo; en nombre del cielo sálvalo, y mi padre te 
perdonará. 

— ¡Calla! gritó Jacinto, ¡calla! que esa sombra viene cuando la 
evocan... tú no sabes que el extravío del corazón me ha traído hasta 
aquí... ¡yo no soy culpable, no, no lo soy! 

— ¡Que el tiempo avanza! gritaba Luz... lo van á matar... 
—¡Soy impotente para arrancarle de manos del verdugo! 

— Haz un esfuerzo supremo... te lo ruego por nuestra madre, 
que murió de pesar cuando la abandonaste... aun puedes revindicarte 
con el cielo... nuestros padres te bendicirán desde la tumba. 

En aquellos momentos las eampanas de las iglesias dieron el toque 
solemne de rogación, anunciando que el alma del caudillo llegaba á 
los umbrales del cielo. 

Hubo un instante de silencio, en que los actores de aquella escena 
estaban con el vértigo del espanto. 

Levantóse Luz, terrible como la justicia divina. 

— ¡Miserable! exclamó con torvo acento, has hundido á tus padres 
en la tumba, y asesinado á tu benefactor.... queda entregado á los 
horrores de tus remordimientos... la maldición de Dios estallará más 
tarde sobre tu cabeza... desgraciado de tí, que estás condenado á la 
expiación sobre la tierra. 

Jacinto estaba trémulo como un reo delante de su juez, la frente 
sudorosa, y el semblante desencajado. 

Cuando levantó la cabeza, la joven había desaparecido. 

En la noche d;e aquel tristísimo día, tres mujeres cubiertas da 
luto, estuvieron llorando sobre el cadáver del ajusticiado. 

Siguieron después el ataúd hasta el cementerio, oyeron retumbar 
la tierra sobre la caja, besaron aquel suelo bendito, y tomaron rumbo 
fuera de la ciudad. 

A corta distancia iban dos hombres del pueblo seguidos de un 
perro que daba ahullidos espantosos. 

— Caifas ha olido la muerte, dijo uno de los hombres. 

El otro no respondió... las lágrimas le habían estrechado la gar- 
ganta. 

Aquella fúnebre comitiva se perdió entre la oscura sombra -do la 
noche, como los espíritus en los pliegues de las tinieblas. 

V. 

El general don Nicolás Bravo, hijo de la víctima, acababa de 
derrotar á los realistas en un eembate, haciéndoles más de trescientos 
prisioneros. 



238 JUAN A. MATEOS 



Ignoraba el arrojado joven la terrible desgracia que caía como 
nna sombra sobre aquel hogar, antes tan tranquilo y lleno de fe- 
licidad. 

Esparcióse la noticia en los pueblos y ciudades, hasta llegar al 
paraje donde estaba el hijo infortunado del mártir. 

Antes de recibir noticia alguna enviada por sus amigos y par- 
ciales, ya en los cuarteles se sabía la nueva fatal, y la efervescencia 
más terrible y el coraje más desesperado se apoderaba de los insur- 
gentes. 

El cariño que profesaban al general les hacía guardar silencio; 
pero la tormenta no dilataba en estallar. 

Llegó al fin un correo, terrible mensajero para el soldado, que 
dormía al rumor de sus victorias. 

Abre el pliego, pasa su -vista por aquellos fúnebres renglones, 
un vértigo ataca su cerebro, y cae desplomado dando un furioso 
grito. 

Los ayudantes lo levantan y procuran tranquilizarlo; pero el hijo 
llora con todo el esfuerzo de su alma la muerte de su padre. 

El velo estaba roto : los insurgentes salen en tumulto de los cuar- 
teles, llevando á la plaza á los prisioneros para inmolarlos. 

Todo aquel torrente respira venganza, venganza formidable, que 
tenía trémulos de espanto á los realistas. 

Se oye el rujido del pueblo como el del Océano, y crece, y crece 
pujante como el huracán. 

— ¡Mueran los prisioneros! gritan los insurgentes, y aquellas 
voces se convierten en una sola, retemblando como el estallido del 
rayo. 

Los prisioneros esperan de un momento á otro el golpe del acero 
Bobre sus cabezas; creían llegado su último momento. 

— ¿Qué pasa 1 ? preguntó Bravo saliendo de su estupor. 

—Señor, dijo uno de los jefes, los soldados del general Bravt 
piden venganza, y desean que se les entreguen los prisioneros. 

El clamoreo continuaba como los truenos del cielo. 

Aquella era una escena del infierno: los rostros descompuestos, 
las fisonomías salvajes, las voces estentóreas, y todo entre el sonido 
de las armas y algunos disparos. 

Nada hay más temible que la cólera popular. 

La multitud estaba frente á la casa del general, chocando como 
las olas sobre aquellos muros, en un estrépito horroroso. 

Se oía el grito de los niños asustados y las imprecaciones de las 
mujeres, que estallan con más ardor en sus odios y resentimientos. 

El general aparentaba serenarse por momentos; la primera lluvia 
del dolor había refrescado su espíritu. 

Pensó al principio tomar venganza de aquel terrible golpe; des- 
pués su semblante se aclaró como el cielo después de la tempestad. 

Alzóse de su asiento y se dirigió resuelto al balcón. 

Luego que el general se presentó á la vista de sus soldados, pá- 
lido intensamente por la aflicción, cuando se renovó la gritería con más 
extrépito 

El joven hizo señal de que guardasen silencio, 



LOS INSURGENTES 239 



Como Dios aquieta las olas encrespadas del Océano, así aquel 
hombre impuso un silencio solemne á sus soldados. 

— ¡Compañeros, dijo con voz conmovida: vuestro general acaba de 
sufrir el último suplicio... esa es la muerte de los héroes! 

La patria necesitaba su sangre para ungir su bendito suelo... su 
sombra está delante de nosotros, para animar nuestro espíritu en la 
lucha que sostenemos. 

Cada mártir que asciende al suplicio, es un ejemplo más de he- 
roísmo para los defensores de la independencia. 

Pedís á gritos el sacrificio de los prisioneros; eso sería imitar la 
conducta odiosa y reprobada de nuestros enemigos... 

Yo estoy más ofendido que vosotros... jyo que he perdido á mi 
padre!... 

Nadie osaba interrumpir al general: la admiración había substi- 
tuido á la ira. 

— Yo quiero vengarme en nombre mío y en el de vosotros; pero 
mi venganza humillará á nuestros adversarios. 

Compañeros : no vertamos sangre sobre las tumbas de nuestros 
mártires... ellos quieren los laureles de la victoria, y no los despojos 
de los combates ni de las grandes matanzas. 

En nombre de las víctimas sacrificadas por la ferocidad de los 
dominadores; en nombre de vosotros, y delante del cadáver de mi 
padre y de vuestro general, perdono á los prisioneros, y mando que 
sean respetados hasta volver á sus hogares. 

Las grandes acciones hallan siempre un eco en el corazón del 
hombre. 

Levantóse un grito de entusiasmo y admiración; los prisioneros 
cayeron do rodillas, y arrancaron del fondo de su alma un himno al 
Dios de las misericordias. 

Un viva á la América se desprendió de la multitud : era que los 
prisioneros se acogían á la bandera sacrosanta de la libertad. 

Esos rasgos sublimes de heroísmo, que están fuera de las exten- 
didas órbitas del corazón, son meteoros luminosos que se desprenden 
de siglo en siglo del espíritu humano. 



CAPITULO XVIII. 
De una fecha memorable en la historia de México. 

i. 

Morelos había realizado empresas dignas de la edad media : su 
ataque á Oasaca, el sitio de Acapulco, y cien y cien combates y en- 
cuentros en los que había salido siempre victorioso, le daban el re- 
nombre que hoy alcanza en la historia contemporánea. 

Los insurgentes tenían una inmensa línea disputada por los rea- 
listas constantemente, y recobrada á fuerza de valor y de heroísmo. 

Rayón, el sucesor de Hidalgo, no daba tregua ni descanso al ene- 



340 JUAN A. MATEO* 

migo: derrotado unas veces, vencedor otras, seguía en eea peregrina- 
ción que lleva á las puertas de la inmortalidad. 

En aquel euadro majestuoso sobresalían siempre las figuras pro- 
minentes de Galeana, los Bravo, el cura Matamoros, Avila, el doctor 
Cos, y multitud de caudillos que venera orgullosa nuestra generación. 

Morolos era la cabeza del gran movimiento revolucionario: llegó 
el tiempo de pensar no solo en la guerra, sino en la política: era ne- 
cesario que el cuerpo social comenzase á tomar una forma determinada. 

Morolos pensó en la instalación de un Congreso: manifestó clara- 
mente que no admitiría el sistema monárquico aunque so le eligiera rey. 

La Junta de Zitácuaro serviría de base á esta idea, que bien 
pronto iba á realizarse. 

El general llegó á Chilpancingo el 13 de Setiembre del 1813. 

Las autoridades, las tropas y la población, salieron á su encuentro; 
porque aquel hombre era el ídolo de los mexicanos. 

El cura atravesó afable entre la multitud, que lo saludaba con 
muestras de grande interés. 

Llegó ala casa donde se lo preparaba un magnífico alojamiento, y 
allí recibió las felicitaciones y los espléndidos homenajes de gratitud 
y 'reconocimiento. 

Los individuos de la Junta de Zitácuaro estaban á la sazón en 
Chilpancingo, donde iba á instalarse el primer Congreso de América 
independiente. 

El viejo Quintana Roo, nuestro querido escritor don Carlos María 
Bustamante, el licenciado Rayón, Verduzco, Liceaga, Ortiz de Zarate 
y don José Manuel Herrera, electo en aquellos momentos como repre- 
sentante á la asamblea, rodeaban al caudillo, hablándole de proyectos 
para el porvenir. 

— Señores, decía Morolos: deseo que se reúna el Congreso, para 
dar cuenta de la misión confiada á mis esfuerzos por don Miguel 
Hidalgo y Costilla, y declinar la responsabilidad que pesa sobre mis 
hombros. 

— Bastante robustos son, dijo Quintana Roo; y á fe que llevan 
perfectamente ese peso. 

— Señor, agregó el historiador Bustamante: nosotros no somos 
competentes para resolver esa cuestión; pertenece á la patria y nada 
más; es ella ante quien se resigna el poder. 

— Deseo combatir como el último soldado; pero no quiero mandar: 
temo que la estrella que ha lucido para mí desde 810, se eclipse, lle- 
vando tras sí la suerte de un ejército. 

— Adolece de modestia el señor general, observó Verduzco. 

— Estoy "fatigado, y desearía una tregua. 

— Creo, repuso Bustamante, que no está en nuestro arbitrio 
aconsejar esa suspensión á los realistas. 

— Estoy convencido, dijo Morelos, de que se necesita hacer un 
último esfuerzo: nuestros enemigos no abandonarán el terreno hasta 
el último momento; pero se hace indispensable una nueva organiza- 
ción en el ejército: ya no se combate como el año diez; la escena ha 
variado por completo. 

— Así lo ereemos, dijo Verduzco. 




Los dos caudillos salieron abrazados delante de sus 
tropas, que los victorearon con un entusiasmo sin li- 
mites. 

Cap. 10.° ■ I. 
¡Viva la América! 



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Los dos caudillos salieron abrazados delante de sus 
tropas, que los victorearon con un entusiasmo sin li- 
mites. 

Cap. Í0.°- 1. 
¡Viva la América! 



LOS INSURGENTES-16 



103 INSURGENTES 241 



Morelos continuó: # 

Yo no me hallo investido de las facultades anexas al encargo 

i un jefe de ejército, y no quiero abusar del estado en que se en- 
tentra la nación; motivo por el cual lie creído no solo oportuno, 
ao indispensable, la reunión de un Congreso. 

— Es verdad, dijo Quintana Roo. 

— La Junta de Zitácuaro no lia podido conceptuarse hasta el punto 
> tener una autoridad ampliamente reconocida: era necesario darle 
ayor suma de facultades, constituir un verdadero poder conservador 
al mismo tiempo directivo de la revolución: cuestiones son estas, que 
s señores diputados tomarán en consideración en los momentos su- 
remos de constituir el país. 

Aceptamos todos esas ideas, dr¡o don Carlos María Bustamante: 

abajaremos en dar una Constitución; pero antes proveeremos á las ur- 
mcias del momento. 

—Señores: dijo Herrera, ya es la hora de la reunión; hoy débe- 
os quedar definitivamente instalados. 

—Sea cuanto antes, dijo Morelos, y se despidió de aquellos pa- 
viotas cuyos nombres debía recordar la posteridad. 

II. 

Las campanas de las iglesias de Chilpancicgo repicaban á vuelo, 
i artillería se dejaba oir majestuosa como en las batallas, y un ea- 
isiasta clamoreo se escuchaba por las calles todas de la ciudad. 

Aquella suprema alegría, anunciaba que los. representantes de la 
ación mexicana se reunían bajo la bandera de la independencia, para 
eclarar su alta soberanía ante el mundo civilizado. 

En la sacristía de la iglesia parroquial de Cliilpancingo se reu- 
ieron los diputados, y á las doce del día se abrió la primera sesión 
.e la primera asamblea. 

El licenciado don José María Murguía, diputado por Oaxaea, 
dé nombrado presidente, y secretario el licenciado Ortiz de Zarate. 

El pueblo y la oficialidad llenaban el ámbito de la iglesia, guar- 
ando un silencio de profunda veneración. 

£1 presidente, después de uu breve discurso, declaró instalado 
¡L PRIMEE CONGRESO DE ANAHUAC EL 13 DE SETIEMBRE 
)E 1813. 

Aquellas solemnes palabras fueron acogidas con el entusiasmo de 
in pueblo al ver el rayo primero de su libertad. 

Morelos se levantó como la gigante figura de la revolución, y con 
roz sonora, como si el genio de sus mayores le hubiera prestado su 
najestad, pronunció una alocución, de la cual tomamos algunos pa- 
tajes, que importan mucho á la causa de la insurrección y á la his- 
;oria del célebre caudillo. 

—"Señores: Nuestros enemigos se han empeñado en manifestarnos 
lasta el grado de evidencia, ciertas verdades importantes que nos- 
otros no ignorábamos; pero que procuró ocultarnos cuidadosamente el 
lespotismo del gobierno bajo cuyo yugo hemos vivido oprimidos; tales 

18 — Los Insurgentes, 



242 JUAN A. MATEOfl 



son... Que la soberanía reside esencialmente en los pueblos... Que tras- 
mitida á los monarcas por ausencia, muerte ó cautividad de estos, refluye 
hacia aquellos... Que son libres para reformar sus instituciones políticas 
siempre que les convenga... Que ningún pueblo tiene derecho para sojuz- 
gar á otro, si no precede una agresión injusta... 

«¿Y podrá la Europa, principalmente la España, echarnos en cara, 
á la América, como una rebeldía, este sacudimiento generoso que ha 
hecho para lanzar de su seno á los que, al mismo tiempo que decantan 
y proclaman la justicia de estos principios liberales, intentan sojuz- 
garla, tornándola á una esclavitud más ominosa que la pasada de tres 
siglos? 

«Gracias á Dios que el torrente de indignación que ha corrido 
por el corazón de los americanos, los ha arrebatado impetuosamente, 
y todos han volado á defender sus derechos, librándose en las manos 
de una Providencia bienhechora, que da y quita, erije y destruye los 
imperios, según sus designios. 

«Este pueblo oprimido, semejante con mucho al de Israel traba- 
jado por Faraón, cansado de sufrir, elevó sus manos al cielo, hizo oir 
sus clamores ante el solio del Eterno, y compadecido este de sus des- 
gracias, abrió «u boca y decretó que el Anáhuac fuese libre. 

«En el pueblo de Dolores se hizo oir esta voz, muy semejante á 
la del trueno, y propa gándose con la rapidez del crepúsculo de la 
aurora y del estallido del cañón, hé aquí trasformada en un momento 
la presente generación en briosa, impertérrita, y comparable con una 
leona que atraviesa las selvas, y buscando sus cachorillos se lanza 
contra sus enemigos, loa despedaza, los confunde y persigue. 

«No de otro modo, Señores la América irritada y armada con los 
fragmentos de sus cadena» opresoras, forma escuadrones, organiza ejér- 
citos, instala tribunales, y lleva por todo el continente sobre sus ene- 
migos, la confusión, el espanto y la muerte. 

«La libertad, este don del cielo, este patrimonio cuya adquisición 
y conservación no se consigue sino á precio de sangre, es de los más 
costosos sacrificios, cuya valía está en razón del trabajo que cuesta su 
recobro, ha cubierto á nuestros hijos, hermanos y amigos del luto y 
amargura; porque ¿quién es de vosotros el que no haya sacrificado 
algunas de las prendas más caras de su corazón? ¿Quién no registra 
entre el polvo de nuestros campos de batalla el resto venerable de 
algún amigo, hermano ó deudo? ¿Quién el que en la soledad de la 
noche no vé su cara imagen, y oye sus acentos lúgubres con que 
clama por la venganza de sus asesinos? ¡Manes de las Cruces, de A- 
culco, de Guauajuato y Calderón, de Zitácuaro y Cuantía! ¡Manes de 
Hidalgo y Allende, que apenas acierto á pronunciar y que jamás pro- 
nunciaré sin respeto, vosotros sois testigos de nuestro llanto! ¡Vosotros, 
que sin duda presidís esta augusta asamblea, meciéndoos plácidos en 
derredor de ella... recibid á par que nuestras lágrimas, el más solemne 
voto que á presencia vuestra hacemos en este día de morir ó salvar 
la patria... Morir ó salvar la patria!... déjeseme repetirlo. 

«Estamos, señores, metidos en la lucha más terrible que han visto 
las edades de este continente: pende de vuestro valor y de vuestra 
aa 1 ' AT «ría, la suerte de siete millones de americanos comprometidos 



IOS INSURGENTES 243 



«n vuestra honradez y valentía: ellos se ven colocados entre la liber- 
tad y la servidumbre. ¿Decid ahora si es empresa ardua la que aco- 
metemos y tenemos entre manos 1 ? Por todas partes se nos suscitan 
enemigos que no se detienen en los medios de hostilizarnos, aun los 
más reprobados por el Derecho de Gentes, como consigan nuestra re- 
ducción y esclavitud. El veneno, el fuego, el hierro, la perfidia, la cá- 
vala, la calumnia; tales son las baterías que nos asestan y con que 
hacen la guerra más cruda y ominosa. 

«Pero aun tenemos un enemigo más atroz é implacable, y ese 
habita enmedio de nosotros... Las pasiones, que despedazan y corroen 
nuestras entrañas, nos aniquilan intensamente, y se llevan además al 
abismo de la perdición innumerables víctimas!... Pueblos hechos el vil 
juguete de ellas... ¡Buen Dios! yo tiemblo al figurarme los horrores 
de la guerra; pero más me estremezco todavía al considerar los estra- 
gos de la anarquía; no permita el cielo que yo emprenda ahora el 
describirlos; esto sería llenaros de consternación, que debo alejar en 
tan fastuoso día; solo diré, que sus autores son reos, delante de Dios 
y de la Patria, de la sangre de sus hermanos y más culpables con 
mucho, que nuestros descubiertos enemigos. ¡Tiemblen los motores y 
atizadores de esta llama infernal, al contemplar los pueblos envueltos 
en las desgracias de una guerra civil, por haber fomentado sus ca- 
prichos! ¡Tiemblen al figurarse la espada entrada en el pecho de su 
hermano! ¡Tiemblen al fin, al ver, aunque de lejos, á esos cruelísimos 
europeos, riéndose y celebrando con el regocijo de unos caribes, sus 
desdichas y desunión, como el mayor de sus triunfos! 

«Este cúmulo de desgracias reunidas, á las que personalmente han 
padecido los heroicos caudillos libertadores del Anáhuac, oprimidos ya 
en las derrotas, ya en las fugas, ya en los bosques, ya en los países 
calidísimos dañinos, ya careciendo hasta del alimento preciso para 
sostener una vida mísera y congojosa; lejos de arredrarlos, sólo ha ser- 
vido para mantener la hermosa y sagrada llama del patriotismo, y 
exaltar su noble entusiasmo. 

«Permítaseme repetirlo: todo les ha faltado alguna vez, menos el 
deseo de salvar la patria, recuerdo tiernísimo para mi corazón! 

«Ellos han mendigado el pan de la choza umilde de los pastores, 
y enjugado sus labios con el agua inmunda de las cisternas; pero todo 
ha pasado como pasan las tormentas borrascosas: las pérdidas se han 
repuesto con creces; á las derrotas y dispersiones, se han seguido las 
victorias; y los mexicanos jamás han sido más formidables á sus ene- 
migos, que cuando han vagado por las montañas, ratificando á cada 
paso y en cada peligro, el voto de salvar la patria y vengar la san- 
gre de sus hermanos. 
• •••• •••.••••« «••••■•■•• 

«Al 12 de Agosto de 1812 sucedió el 14 de Setiembre de 1813: 
en aquel se apretaron las cadenas de nuestra servidumbre, en México 
Tenoxtitlan; en este se rompen para siempre, en el venturoso pueblo 
de Chilpancingo!> 

Aquella voz que resuena aún en el cielo de nuestro siglo, pro- 
nunció sus últimas palabras como la profecía del porvenir. 

Un aplauso nunca oido, una voz salida de todos los corazones 
respondió á los acentos solemnes dH h¿roe. 



244 ÍÜÁN A. MATEOi 



Después, como con homeníije á la tolerancia de la nación, so leyó 
un manifiesto de Morelos, en que daba cuenta de sus acciones, como 
si el mundo entero no las supiera. 

El caudillo pedía órdenes á la asamblea para continuar en sus con- 
quistas. 

Los miembros todos de aquel memorable Congreso, nombraron por 
unanimidad al cura de Carácuaro, al humilde párroco, Oeneralísim 
del ejercito mexicano. 

III. 

Los hombres ilustres de aquella asamblea, no dejarían aquel sa- 
grado recinto sin pronunciar su última palabra. 

Profetas del porvenir, augurarían la independencia mexicana; va- 
ticinarían la libertad de un pueblo. 

Después... vagarían proscritos y miserables en su misma patria, 
condenados á muerte, buscados por sus enemigos, y dispersados por 
el huracán del infortunio. 

Los hombres desaparecieron; pero sus hechos quedaron consigna- 
dos en el libro eterno de la historia, y las generaciones escriben con 
letras de oro esos nombres que recuerdan un gran principio á la hu- 
manidad. 

La nación entera vá á ponerse de pie, y á escuchar con la frente 
descubierta las palabras de su consagración en el augusto templo de 
las nacionalidades. 

Acta de la Independencia Mexicana. 

«El Congreso de Anáhuac, legítimamente instalado en la ciudad 
«de Chilpantzingo de la América Septentrional por las provincias de 
«ella, declara solemnemente á presencia del Señor Dios, arbitro mo- 
derador de los imperios y autor de la sociedad, que los da y los 
«quita; según los designios inescrutables de su providencia, que por 
«las presentes circunstancias de Ja Europa ha recobrado el ejercicio de 
«su soberanía usurpado: que en tal concepto queda rota para siempre 
«íamás y disuelta la dependencia del trono español: que es arbitra 
«para establecer las leyes que le convengan para el mejor arreglo y 
«felicidad interior: para hacer la guerra y la paz, y establecer alianzas 
«con los monarcas y repúblicas del antiguo continente, no menos que r 
«para celebrar concordatos con el Sumo Pontífice romano para el ré- s 
«gimen de la Iglesia católica, apostólica romana, y mandar embaja- \ 
«dores y cónsules: que no profesa ni reconoce otra religión más que I 
«la católica, ni permitirá ni tolerará el uso público ni secreto de otra \ 
«alguna: que pro tejerá con todo su poder, y velará sobre la pureza ¡ 
«de la fe y de sus demás dogmas y conservación de los cuerpos regu- i 
«lares. Declara por reo de alta traición á todo el que se oponga di- 
«recta ó indirectamente á su independencia; ya protegiendo á los eu- [ 
«ropeos opresores, de obra, palabra, ó por escrito; ya negándose á 
«contribuir con los gastos, subsidios y pensiones para continuar la 
«guerra hasta que su independencia sea reconocida por las naciones 



LOS INSURGENTES 245 



«extranjeras; reservándose al Congreso presentar á ellas por medio de 
«una nota ministerial, que circulará por todos los gabinetes el mani- 
«fiesto de sus quejas y justicia de esta resolución, reconocida ya por 
«la Europa misma. — Dada en el palacio nacional de Chilpantzingo á 
«seis días del mes de Noviembre de mil ochocientos trece. — Lie. An- 
«drés Quintana Boo, vice-presidente. — Lie. Ignacio Rayón. — Lie. José 
«Manuel de Herrera. — Lie. Carlos María de Bustamante. — Dr. José 
«.Sixto Berdusco. — José María Liceaga. — Lie. Gornelio Ortiz de Zarate.» 

' IV. 

El generalísimo del ejército independiente, salió después de esta 
augusta ceremonia al campo de los combates. 

El sol había llegado á su zenit. 

Desde aquel momento comenzaba á declinar en el áreo gigante 
de la revolución. 

Aquel genio de la gloria militar tendría su Ocaso. 

¡Dios, que lo había amparado en las batallas, le deiaría caminar 
sereno al apoteosis de los héroes... al cadalso! 

Ya no era aquella nave empavezada que partía en pos del nuevo 
mundo de la libertad: era el bajel combatido por las olas y las tor- 
mentas, que perdía su arboladura y encallaría al fin en las rocas, para 
hundirse después en los abismos de la predestinación. 

La humanidad combatiendo con su destino; ¡Dios, señalando con 
su mano esa vía que conduce al último puerto, por donde atraviesa 
el hombre impulsado por la volutad eterna! 



CAPÍTULO XIX. 

Be la reunión de las tres esmeraldas. 
I. 

Mientras que la población de Chilpancingo se entregaba al rego- 
cijo entusiasta de las solemnidades cívicas, dos oficiales del ejército 
insurgente arreglaban en su alojamiento las condiciones de un duelo. 

— Señor Fernandez, decía el capitán Alvarez, es necesario tratar 
este negocio con la mayor reserva. 

— He pensado mucho, y aún no estoy decidido : el capitán Fon- 
terravía es nn prisionero, y creo que la condición de los combatientes 
debe ser absolutamente igual. 

— Entre caballeros importa poco esa observación, porque no dando 
ventaja alguna á la hora del lance... 

— Perdone usted si lo interrumpo : no se trata precisamente de 
ellos, sino de nosotros ; podría pensarse que abusamos, y esto nos co- 
loca en una situación por lo menos equívoca. 

— Haremos firmar á Fonterravía un documento en que conste la 
verdad de los hechos, y estamos salvados. 

— Acepto, y entremos desde luego en las cláusulas del desafío* 

—Éntrenlos 



£46 JUAN A. MATEOS 



— El capitán Fonterravía y el coronel Piedra-Santa se batirán á 
muerte. 

— Perfectamente. 

— ¿Las armas? 

— A espada. 

— Me parece bien. 

— El duelo se suspenderá, siempre que haya alguna herida q*e 
impida á alguno de los combatientes el uso de sus armas. 

— Bien. 

— Elejiremos un terreno á propósito, y esta tarde á las cinco se 
verificará el lance. 

— No tenemos más que hablar. 

— Ahora, tomemos una copa, dijo Alvárez, por la proclamación 
de la independencia. 

— ¡Por ella! gritó Fernandez; y tomando una botella llenó dos 
*.opas, que apuraron los dos camaradas con el mayor placer .del mundo. 

— Avisemos á nuestros ahijados. 

— Es decir que esta tarde habrá un hombre menos. 

— Así lo espero. 

— Cuestión de números. 

— Nos veremos cantarada. 

— A las cinco en punto en este mismo sitio. 

— Aquí nos reuniremos, y... 

— Cartucheras al cañón. 

Los dos insurgentes se separaron dándose un apretón de mano, 
y con la serenidad de dos camaradas que quedan invitados t para una 
comida. 

n. 

Daban las cinco de la tarde, cuando el capitán Edmundo Fonte- 
rravía y su padrino el capitán Fernandez, entraban en el alojamiento 
de Piedra-Santa, que conversaba con su camarada el capitán Alvárez, 
que lo apadrinaba en el duelo. 

— Hola, señor de Fonterravía, dijo don Alfonso saliendo al en- 
cuentro de su adversario. 

— Creo que es la hora, dijo sencillamente Edmundo. 

— Exactitud militar, dijo Alvárez : estas cosas es necesario no di- 
latarlas ; no obstante, si ustedes quieren decir alguna palabra, son li- 
bres para hacerlo. 

— Una sola tengo que decir, dijo don Alfonso. 

— Entonces, despejemos los importunos. 

— Precisamente iba á rogarles que se quedasen, pues lo que tengo 
que hablar con el señor capitán Fonterravía, debe estar al alcance de 
las personas que nos han dispensado el honor de arreglar este ne- 
gocio. 

— Arreglados, dijo Alvárez. 

— Señores : declaro delante de ustedes, que son hombres de ho- 
nor, que no abrigo rencor alguno contra el señor capitán Fonterravía; 
que un negocio que hace imposible nuestra amistad y hasta existencia, 
es el que me obliga á batirme en duelo á muerte eon él. 



109 INSURGENTES 247 



— Yo, señor, dijo á su vez el prisionero, hago la misma decla- 
ración, y lo juro con la mano puesta sobre mi corazón. 

— Es una lástima que hombres así tengan que matarse, murmuró 
Alvarez. 

Fernandez se levantó, y tomando dos espadas las presentó á los 
contendientes, que las tomaron 6in examinarlas. 

Leyóse el acta del duelo. 

— Hemos elegido este terreno por más á propósito, diio Fernandez, 
hemos querido evitar todo escándalo. 

Nadie respondió. 

Los dos adversarios se despojaron de sus uniformes : una per- 
sona que no hubiera estado con ia agitación que produce siempre la 
presencia de uno de esos espectáculos, hubiera notado que Edmundo 
y don Alfonso llevabam dos escapularios absolutamente iguales. 

Piedra-Santa llevaba además otra reliquia. 

El duelo comenzó de una manera encarnizada. 

El insurgente y el realista se batían perfectamente. 

Pasaron dos minutos sin que se hubieran tocado : los padrinos 
dieron la voz de «alto» y el combate se suspendió por tr«s minutos. 

Comenzó de nuevo la lucha : ya no se trataba de matar, sino d© 
morir ; Fonterravía tuvo un momento feliz qae aprovechó desde luego: 
su espada penetró en el costado de don Alfonso ; pero la hoja resbaló 
sobre las costillas, la sangre comenzó á correr sin que Piedra-Santa 
se inmutase siquiera. 

— No es nada j me siento fuerte, dijo don Alfonso, y continuó el 
asalto. 

Fonterravía fué herido á su vez en el hombro : chocó el acero de 
su contrario contra el homóplato, y se hizo dos pedazos. 

El duelo era á muerte ; así es que dieron otra espada á don Al- 
fonso. 

Se prolongaba demasiado aquella escena terrible. 

Súbitamente don Alfonso se fué á fondo : Fonterravía esquivó el 
golpe ; pero el acero del capitán resbaló en el escapulario ó hizo sal- 
tar la esmeralda. 

Piedra-Santa arrojó su espada, y exclamó en voz alta : 

— Yo no pnedo matar á ese hombre. 

Todos guardaron silencio, esperando alguna explicación que acla- 
rase el enigma. 

Fonterravía recogió la esmeralda, y esperó á que hablase don 
Alfonso. 

— Señores : necesito estar un momento á solas con el capitán. 

Alvarez y Fernandez despejaron. 

Piedra-Santa rompió su escapulario, y mostró su esmeralda á Fon- 
terravía ; este dio un grito y se lanzó á los brazos de don Alfonso. 

— Olvidemos nuestros resentimientos : hay algo más grande que 
nos está encomendado... más tarde se arreglará todo. 

— Nuestra sentencia de muerte está echada, dijo don Alfonso : 
no malgastemos nuestra existencia como nuestros antepasados j si he- 
mos de sucumbir sea por la patria. 

-^-Nos veremos esta noche para comunicar nuestros secretes» 



248 JUAN A. MATEOS 



— Sí j por ahora demos cualesquiera explicación á nuestros paí 
driu os. 

— Bien 5 pero escuche usted una palabra, si no es indiscreción. 

— Hable usted, señor Fonterravía. 

— Lleva usted al cuello un escapulario igual al mío : ¿tiene usted 
acaso la otra esmeralda? 

— Caballero : es una reliquia que me dio esa mujer, [á quien nc 
quiero ni aún recordar, y que iba á causar una desgracia entre nos- 
otros ; ignoro lo que contiene el escapulario. 

— Es una coincidencia la semejanza. 

Don Alfonso rompió el amuleto, y apareció la esmeralda que el 
tío Blas había legado á Jacinto. 

— ¿Qué es esto? dijo Piedra-Santa. 

— ¡La tercer esmeralda! murmuró Fonterravía. 

— Juro por mi honor que yo ignoraba... 

— Lo creo, caballero, lo creo, dijo Edmundo* ; es necesario expli- 
carnos. 

— Sí, respondió maquinalmente don Alfonso, pensando en el mis 
terio que encerraba aquella casualidad. 

Fonterravía salió á decir á los padrinos que todo había concluido 
con una explicación satisfactoria de ambos. 

Alvarez y Fernandez se dieron el parabién, y se marcharon al 
cuartel general más contentos que si hubiesen ganado una batalla. 

III. 

Piedra-Santa estaba sombrío, y Edmundo parecía no comprender 
cuanto pasaba en su derredor. 

— Caballero : dijo Piedra-Santa poniendo las esmeraldas sobre lai 
mesa, este es el collar de Xicoténcatl ; el misterioso collar que debe 
llevar uno de nosotros el gran día de la independencia. 

— Es verdad, murmuró Fonterravía. 

— Uno de los dos tiene que morir, ¿no es cierto 1 ? 

— Cierto, dijo con acento apagado el prisionero. 

■ — Ignoramos si existe alguuo de los descendientes de Tízoc : yo 
soy hijo de Xicoténcatl. 

— Y yo de Popoca. 

— Bien ; yo he sospechado que Jacinto Castaños, que debe estar 
al tanto de su destino, es el último de esa raza : el destino nos reúne 
en el punto de la muerte ; esta es una cita para el otro mundo. 

— Lo sé desde mis primeros años, y oid lo que alcanzo de esta 
historia, dijo don Alfonso. 

Fonterravía concentró su espíritu, y escuchó con atención marcada 
el breve relato de Piedra- Santa. 

— Nuestros padres pertenecían á la indomable raza de los azte- 
cas"; esos hombres de la tradición y del valor, que sólo ante la muerto 
doblaban la cerviz, dejando un ejemplo de abnegación al pueblo que 
se hundía en los horrores de la conquista. 

— Sí ; gritó Fonterravía, ellos prefirieron las llamas y el tormento, 
á rendir su homenaje á los dominadores. 



103 INSURGENTES 249 



— Bien ; dijo Piedra-Santa, reconozco la sangre de esos héroes. 

Los dos amigos se estrecharon las manos con efusión. 

— ¡Mis padres, continuó don Alfonso, vagaron proscritos en las 
montañas, luchando siempre contra los españoles, y legando en he- 
rencia la esmeralda, como prenda de la venganza nacional; amuleto 
de un pueblo que veía derribados sus dioses, sus altares, sus templos, 
sus hogares, vendidos á sus hijos, ultrajadas á sus mujeres, y todo 
entre el escombro de una nación que se hunde y se pierde ante la 
espada de un siglo nuevo, que todo lo arrasa y lo destruye!... Seguir 
eslabón por eslabón de esa cadena de martirio y de sangre, de patrio- 
tismo y de muerte, sería envenenar las fuentes que quedan abiertas 
en nuestro corazón á la piedad y á la misericordia. 

— Bien, coronel. 

— Hemos pasado por trescientos años de conquista, pisando fuego 
con los pies descalzos ; llamando desde el fondo de nuestro corazón 
á la libertad, que hoy ven venir nuestros ojos ya calcinados por las 
lágrimas... el destino, contrario alia con nuestros antepasados, se en- 
cargó de realizar los vaticinios... yo al menos, no creía ni aún cono- 
cer á los poseedores de esas piedras : todo augura que ya la hora se 
acerca, y que nuestra tumba va á abrirse ; porque nosotros debemos 
morir la víspera del gran día de la libertad. 

— Así lo han dicho los oráculos, dijo con tristeza Fonterravía. 

— Antes me asustaba, exclamó Piedra-Santa ; pero desde que he 
perdido la esperanza de ser feliz, ansio por el momento señalado en 
la profecía. 

— Continuad, que vuestra historia está relacionada con un secreto 
que hasta ahora no ha salido de mi corazón. 

— La esmeralda, como un amuleto de muerte, pasaba de padres 
6 hijos, hasta llegar á manos de una mujer. 

Esa mujer ignoraba el secreto, y poseía ila esmeralda como una 
herencia de sus padres. 

Marina era una joven hermosa : conservaba en su rostro aquel 
tinte melancólico de raza, y del orgullo de sangre. 

La joven criolla estaba en la capital del reino; su padre la ha- 
bía encomendado á una anciana, que le prodigaba la más tierna so- 
licitud. 

El viejo hacía continuos viajes: sin decir jamas el lugar de su 
dirección, volvía cargado de oro, y Marina pasaba por una de las mu- 
jeres más ricas y hermosas de la sociedad. 

Su casa era un punto de reunión de personas desconocidas, á 
quienes su padre recibía en la intimidad de familia. 

De repente desaparecían aquellos personajes, sin que nadie vol- 
viese á mentarlos. 

Esto desportó naturalmente las sospechas del Santo Oficio, y el 
padre de Marina fué arrestado en la Inquisición. 

Una noche se presentó en la casa de la criolla don Alvaro de Vas- 
concelos, personaje de gran valía en la Corte de España y Visitador 
de México. 

Marina lo recibió con extrañeza. 

— Señora : dijo el Visitador, sé que tenéis nn gran cuidado. 



250 JUAN A. MATEOS 



- — Es cierto. 

— Que vuestro padre está en la Inquisición. 

—La noticia está al alcance de todo México. 

— Bien ; lo que no está al alcance de todos, es que vengo á pre- 
poneros verle. 

La joven clavó su mirada en el rostro del Visitador. 

— ¿Buscáis tras de mi frente la pureza de mi pensamiento? 

—Tal vez. 

— No me ofende la duda, porque estáis acostumbrada á ver en 
la Corte á hombres desleales, que- todo lo sacrifican al vil interés 
del oro. 

— ¿Y cuál es el vuestro, señor Visitador? 

— Más tarde lo sabréis. 

— Acepto, dijo la joven, vuestra promesa, y desde luego me te- 
néis á vuestras órdenes. 

El Visitador ofreció el brazo á Marina, y ambos se dirigieron á 
las cárceles del Santo Oficio. 

Cuando el anciano vio entrar á su híia, lanzó un grito de furor: 
creía que la llevaban al tormento. 

Marina se estrechó llorando en sus brazos. 

— ¡Silencio! dijo el viejo, conten esas lágrimas; no quiero saber 
que has llorado. 

— Caballero: dijo el Visitador, os dejo un momento con vuestra 
hija, y creedme siempre un caballero. 

El anciano no respondió: conocía en el acento de aquel hombre 
su buena fe, y sin embargo, odiaba todo lo que venía de los con- 
quistadores. 

IV. 

— ¡Si ese miserable atentase á mi honor! gritó el paare de M* * 
riña viendo salir al Visitador. 

— Soy bastante fuerte para resistir. 

— Tienes pocos años. 

— Pero me sobra aliento. 

— Hija: yo estoy próximo á morir; ayer he podido resistir al tor- 
mento, hoy me siento débil, muy débil... hace veinte años seis vueltas 
de la rueda, apenas me hubieran hecho impresión; hoy mis huesos están 
triturados horriblemente. 

La criolla lanzó el rugido de la leona herida. 

— Siempre te he dicho que yo debía sucumbir al golpe de mis 
enemigos, y el momento ha llegado... estoy dispuesto. 

— ¡Morir!... ¡morir!... repetía la joven. 

— Sí: morir como mis mayores: con dignidad, con valor, con 
heroísmo!... Marina, yo no desdeciré de mis antepasados, ni legaré á 
tus hijos un ejemplo de cobardía ni de miseria... Sí, de tus hijos, 
porque es necesario que tú te cases... voy á abrirte mi corazón. 

La criolla veía irradiar en la frente de su padre la luz que pre- 
cede al rayo. 

— Hasta hoy mi vida ha sido na misterio para tí, ¿no es verdad! 

—Es cierto, 



IOS INSURGENTES 251 



—¡Pues bien, hija mía: yo he recibido al nacer la misión de tra- 
bajar por la independencia de América, y no he cesado de conspirar 
un solo día... todas esas personas qne has visto pasar días enteros 
á mi lado, son mis compañeros, mis parciales; ellos, como yo, tra- 
bajan por romper el yugo de esclavitud que nos ahoga... Mira, esta 
esmeralda es el signo de la revolución; si yo tuviera an hijo varón, 
él la heredaría, para continuar en esa empresa que ha dado tantas 
víctimas al rencor insaciable de nuestros enemigos... tómala, y cuando 
tengas un hijo entrégasela, y dile qne muero bendiciéndole, que lu- 
che por la independencia de su patria! 

El viejo colgó al cuello de la joven el amuleto. 

— Déjame morir... es mi destino... llora en silencio... sí, llora; 
pero que tus lágrimas no las vea el mundo... 

La criolla besó la frente de su padre, y salió de aquel antro con 
la calma sombría de los mártires. 

— Señora, dijo Vasconcelos: voy á empeñar todo mi influjo para 
conseguir la libertad de vuestro padre. 

— Os debo un gran favor, caballero, y sin embargo, necesito pe- 
diros otro más grande aún. 

— Ya os escucho, señora. 

— No me tachéis de ingratitud; pero necesito que dejéis seguir 
á mi padre su destino. 

— No os comprendo. 

— Vuestro noble comportamiento os da derecho para saber un 
secreto. 

— Ved que no lo exijo. 

—Lo deposito en un hombre de honor. 

—Me hacéis justicia. 

— Hay una maldición que cao sobre mi familia desde los días 
primeros de la conquista, y no hay poder humano que pueda con- 
trariarlo. 

— Soy el Visitador, y una palabra mía era suficiente para cambiar 
por un momento ese destino. 

La joven sintió llegar á su alma un rayo de esperanza, que ha 
lago su cariño filial. 

— ¡Don Alvaro, no me hagáis consentir en lo que Dios no quiere;.., 

— No pretendo oponerme á sus designios; pero os ofrezco por 
ahora salvar la vida de ese anciano. 

— Sois mi Providencia, caballero... trabajad, empeñaos; yo no 
quiero creer en la predestinación. 

El Visitador dejó en su casa á Marina, y marchó á toda prisa 
al palacio del virrey. 

Su Excelencia estaba en acuerdo, y don Alvaro tuvo que esperar 
una media hora. 

Ouando concluyó el acuerdo, el Visitador fué introducido á la 
cámara virreinal. 

— Perdone, Su Excelencia, dijo el magistrado, si acaso lo he 
hecho esperar; pero negocios de suma importancia me han retardado 
la satisfacción de recibir al señor Visitador. 

-Perfectamente, contestó Don Alvaro; los negocios antes qu© 



252 JUAN A. MATE08 



Hemos estado á punto de tener un conflicto, dijo el virrey: n( 
amenazaba un tumulto; pero en grande escala. 

— ¿Y lo habéis sofocado? 

— Del todo, señor Visitador. 

—Me congratulo de ello, y os doy el parabién. 

— Habéis de saber, que hace mucho tiempo se le sigue la píst I 
á un criollo descendiente de caciques; hombre revoltoso é inquieto 
que está relacionado con los sublevados de las montañas: este viej 
es de un carácter de hierro, ha sufrido con entereza y valor las pruí 
bas del tormento; pero no ha pasado lo mismo con el testimonio d 
sus cómplices. 

— ¿Ha confesado al fin?... 

— Nada de eso : se obstina en negar todo; pero los jueces lo ha 
sentenciado á morir. 

— No está mal pensado. 

— He querido evitar el escándalo, y he determinado simplenient 
hacerlo desaparecer, para que sus parciales no tomen revunchas, qu 
son desagradables y por lo regular sangrientas. 

— Señor virrey : á propósito de reos, vengo á interesarme po 
un desgraciado. 

— Vuestras indicaciones son órdenes, señor Visitador; desde lueg 
están obsequiados vuestros deseos. 

— Hay en la Inquisición un hombre llamado Ixtompo... 

— Ese es precisamente el preso de quien os he hablado, dijo « 
virrey interrumpiendo al Visitador. 

— ¿Y ha muerto ya? 

—Ignoro sí se ha llevado á cabo la sentencia, cuya ejecuciói 
estaba señalada para esta noche. 

— ¡Os prevengo é intimo de orden del rey, exclamó don Alvára 
que no atentéis contra la vida de ese hombre! 

— Aquí está la orden de libertad, contestó asustado el virrey 
y entregó al Visitador un papel, sobre el cual trazó algunas líneas 

Don Alvaro salió violentamente del palacio, y se hizo conduci: 
á la Inquisición. 

El carcelero abrió la puerta del calabozo, y alumbró con una teí 
la estancia. 

Don Alvaro retrocedió horrorizado. 

De un clavo puesto al muro y pendiente de cuerda, yacía é\ 
cadáver de Ixtompo, con el rostro renegrido por la estrangulación. 

Sus manos estaban crispadas, el cabello caído sobre el rostro, 3 
los pies caídos con la tensión de la falta de vida. 

Aquel rostro participaba del sentimiento que había agitado e} 
alma del sentenciado en sus últimos instantes... ¡la venganza! 

Don Alvaro se embozó en su capa, y salió de aquella mazmorra 
impresionado terriblemente. 



ÍGS INSURGENTES 253 



V. 



Marina estaba inquieta esperando al Visitador: laa horas corrían, 
esto alentaba más las esperanzas de la joven. 

Detiénese un coche á la puerta: baja un embozado, que entra 
usadamente en la estancia de Marina. 

La hija de Ixtompo interroga con una mirada al Visitador : eate 
aún levanta sus ojos; trémulo y descompuesto por las impresiones, 
palabra había expirado en sus labios. 

— ¡El destino! gritó la joven, y se puso á dar de alaridos y á 
trujar sus cabellos y vestiduras. 

— ¡El destino! murmuró don Alvaro. 

— Sentaos, caballero, dijo la joven al Visitador, que estaba fijo 
inmóvil como una estatua. 

No es oportuna mi presencia en estos momentos en que el más 

Isto de los dolores embarga vuestro corazón, y os pido permiso para 
tirarme. 

Señor don Alvaro Vasconcelos, gritó la joven: vos no conocéis 

los de mi raza; si cedemos un instante al sentimiento, es para al- 

ixnos más fuertes aún y vigorosos en el porvenir... mi padre ha 

iuerto hace algunas horas... me ha enviado sus lütiinas palabras... 

pagado el tributo del corazón á su cariño; pero ya estoy tranquila, 

dispuesta á cumplir su voluntad; esa encomienda sagrada para mi fe. 

— Señora, yo os admiro. 

—Escuchadme en estos solemnes instantes, en que la fatalidad 
jaba de dejarme sola sobre la tierra. 
— Estoy á vuestras órdenes. 

—Huérfana, desamparada, y con el mar irritado del mundo ante 
|is ojos, estoy amenazada en mi presente y en mi porvenir. 
— Es verdad. 

— Acaso vaya ásorprenderos lo que voy á deciros. 
— Hablad, señora, y no desconfiéis de mi lealtad. 
— Pues bien : vos ignoráis mi pasado, que se pudiera encerrar 
k una palabra; he vivido en el misterio, y mi corazón no ha amado 
unca. 

— ¡Nunca! exclamó lleno de júbilo el Visitador. 
— Ningún hombre ha logrado impresionarme hasta ahora: mi alma 
stá virgen al amor, quizá por estar predestinada á empresas ma- 
pres. 

— Proseguid, señora. 

—Mi nombre es noble y mi familia distinguida, sin que haya 
astado á mancharle esa nota de infamia que han pretendido echar 
obre la frente de ese anciano. 

— Es verdad, es verdad, dijo el Visitador. 

— ¡Señor don Alvaro, mi familia se remonta hasta Xicoténcatl! 
El Visitador comenzaba á influenciarse con, el aliento de aquella 
írajer. 

— Pues bien, continuó Marina; yo os ofrezco mi mana» 
Don Alvaro no supo qué responder;, tan inesperadas fueron las 
lalabras de la joven. 



254 ÍTTAN A. MATEOS 



— ¿La rehusaréis, cabal lerof 

— Señora, exclamó el Visitador arrojándose á los pies de Marina: 
el amor me ha traído hasta vos, y la felicidad sale á mi encuentro: 
acepto vuestra mano; sí, la acepto con el corazón. 

— Gracias, caballero. 

— Pero es necesario que sepáis que yo tengo de volver á la Certí 
de España: mi misión ha concluido en América. 

— Os seguiré á la Corte, don Alvaro. 

— Nuestro matrimonio se celebrará en secreto. 

—Perfectamente; lo mismo iba á proponeros. 

— Saldremos dentro de tres días de la capital. 

— Estoy dispuesta. 

— ¿Os arrepentiréis, señora? 

— ¡Jamás! exclamó la i oven saludando al Visitador. 

Don Alvaro salió casi delirante de aquella casa, á soñar en la 
dicha inesperada que le aguardaba. 

Luego que don Alvaro dejó la estancia, Marina se arrodilló, y 
levantando las manos al cielo dijo con la voz del alma: 

— ¡Señor! préstame tu ayuda; favorece á los de mi raza... dame 
un hijo... un hijo nada más, á quien confiar la herencia de mi padre, 
y mátame después!... 

VI. 

Al día siguiente se celebraba el matrimonio de don Alvaro con 
Marina: un viejo indiano loa apadrinaba, y un sacerdote español les 
daba la bendición nupcial. 

A los diez días de esta ceremonia, el navio < Hernán Cortés » 
levaba anclas, llevando á bordo á Su Excelencia el Visitador, don Al- 
varo de Vasconcelos. 

VIL 

Marina fué recibida con grande aceptación en la Corte de Madrid. 

La criolla había llevado inmensos tesoros, y vivía enmedio de la 
más grande opulencia. 

Don Alvaro estaba enamorado profundamente de su esposa: nada 
faltaba á su felicidad. 

La joven sentía los primeros síntomas de la maternidad, y esto 
alegraba su corazón como la venida de una nueva aurora. 

Sus deseos estaban realizados; ya podía morir tranquila. 

Una noche en que daba don Alvaro un baile de máscara en su j 
palacio, se presentó un joven vestido co'n el traje de Xicoténcatl. Un ! 
penacho de plumas magníficas, entrelazadas con sartas de perlas y de 
rubís, las vestiduras tejidas también de pluma de cisne, los cacles 
de oro, las pulseras de piedras preciosas y al cuello un collar con tres 
esmeraldas. 

— Profunda sensación causó la aparición de aquel personaje. 

Dirijióse á la joven criolla, quien lo saludó en lengua mexicano 
en tono de broma. 



LOS INSURGENTES 255 



Cual fué su asombro cuando el del disfraz le contestó en el mismo 
idioma. 

— ¿Vienes de Américí 

— Y en pos de tí. 

— ¿Quieres hablarme? 

— Con precisión. 

— Mañana estaró en este mismo lugar. 

— No lo olvides. 

Don Alvaro se apercibió de esta inteligencia y se puso honda- 
mente triste. 

La fiesta continuó hasta la primera luz, en que la concurrencia 
abandonó los salones. 

El indio tornó á acercarse a la dama. 

— Mañana, dijo en voz baja. 

— Mañana, repitió la criolla. 

Marina comprendió la causa de la tristeza de su esposo, y se 
propuso desde luego no ocultarle nada de lo que iba á pasar. 

— Estás preocupado, don Alvaro. 

— Sí; pero no es nada. 

— ¿Qué tienes? 

— Nada. 

— Tú no dices la verdad. 

— Es que te amo tanto, que... estoy celoso. 

La criolla se sonrió. 

— La presencia del indio, habrá despertado en tu memoria los 
recuerdos más dulces de tu infancia y recuerdos también dolorosos 
¿no es verdad? 

— Es cierto. 

— Acaso habrás maldecido la horade nuestro enlace... y estome 
hace estremecer. 

— Alvaro, dijo la criolla pasando su brazo torneado por el cuello 
de su marido, eres injusto, ¿tú no sabes que la lealtad es hija d© 
nuestra raza? 

— Sí, pero el que ama desconfía siempre. 

— ¿No llevo á tu hijo en mis entrañas? 

Estas palabras hicieron estremecer de cariño á aquel hombre, 
arrodillóse á los pies de Marina, besó sus manos y las llenó de lá- 
grimas. 

— Tú eres el ángel de mi porvenir, exclamó la criolla, yo te amo 
con ternura porque me llevaste á darle el último adiós á mi padre ; 
porque me aceptaste en las horas más sombrías de mi existencia y 
porque eres el padre de mi hijo. 

Si don Alvaro hubiese tenido en sus manos el mundo, lo hubiera 
puesto bajo las plantas de aquella mujer. 

Al día siguiente la criolla recibía á un indio que en un buque 
español Jiabía llegado á las playas españolas. 

Don Alvaro presenciaba oculto aquella entrevista, Marina se lo 
había rogado. 

— Señora, dijo el indio, una gran desgracia acaba de afligir á la 
familia de Popoca, su último descendiente ha muerto en un combate. 



2¡5é JUAN A. MATEOS 



— Conocí á ese valiente, era digno de su nombre, y los laureles 
de una muerte gloriosa deben sombrear su sepulcro. 

El indio continuó: 

— Le llevamos herido á los bosques, y en nombre de nuestros 
mayores, nos suplicó que te buscásemos para entregarte esta esme- 
ralda, porque moría sin sucesión. 

— Yo la recibo en su nombre, mi hijo llevará dos de esas pie- 
dras, los vaticinios anuncian que la hora se acerca. 

— Perdona, señora ; pero tú estás casada con español y *u hijo 
no combatirá por la independencia mexicana. 

— Te engañas ; mi hijo será fiel á las tradiciones, y su padre, 
ese hombre caballero y leal, no cortará la cadena de su destino. 

— Tú lo dices, señora. 

— Y lo juro en nombre de nuestros sufrimientos. 

— Yo regreso á la patria. 

— Adiós, vuela á los campos de América, tranquiliza á nuestros 
hermanos, diles que pronto nacerá un caudillo, que la esmeralda de 
Tízoc falta para completar el collar de Xicoténcatl. 

El indio besó la mano de su señora, y dijo en tono snplicante : 

— Quiero llevar al Nuevo Mundo la noticia del nacimianto de ese 
niño. 

— Sea en norabuena, dijo la joven. 

El indio quedó alojado en el palacio del Visitador. 

VIII. 

Pasaron seis meses, Marina dio á luz unos gemelos. 

Cuando se los presentaron á recibir el primer beso maternal, la 
joven colgó á su cuello una esmeralda. 

—Vuelven á separarse las piedras del amuleto, dijo llorando, 
Dios lo ha querido. 

Don Alvaro estaba radiante de felicidad al lado de su esposa y 
junto á la cuna de sus hijos. 

— ¡Tu alma es grande! exclamó la joven, y quiero ponerla ál 
prueba. 

Don Alvaro se estremeció. 

— Tú has oído que los míos desconfían del porvenir, porque eres 
español. 

— Es verdad. 

— Mira don Alvaro, el cielo nos ha dado dos hijos. 

— ¿Y bien? preguntó asustado el Visitador. \ 

— Eso3 niños están llamados á realizar su destino en el porvenir 
de América, tú has visto los acontecimientos que se han sucedido du- I 
rante algunos meses. 

— Es cierto. 

— Voy, pues, á exigirte el sacrificio más grande que pueda acep- L 
tar el alma en su grandeza. 

— No sé lo que vas á decir Marina, y me estremezco. 

— Transijamos con el destino. 

—Habla. 

— Es necesario enviar á uno de nuestros hijos a] Nuevo Mundo- 



loa INSURGENTES 257 



— ¡Jamás! gritó don Alvaro, y se arrojó sobre la cuna y besó 
con ternura á aquellos ángeles. 

— ¡Es preciso! exclamó la joven. 

— Pero si ellos son mi vida, lo único que poseo en el mundo. 

— Primero es la patria. 

— Ellos son españoles. 

— Pero llevan la sangre do Xieoténeat! en sus venas. 

— ¡Arráncame á pedazos el corazón, mátame, pero no exijas tanta 
crueldad del alma sensible de un padre! 

— ¿Y yo no sufro? 

— No lo sé; pero sólo al pensaren la separación nie eieuto morí' 

— ¡Basta! dijo la criolla, y entró en ese silencio de meditación 
que precede á las grandes resoluciones 

A la mañana siguiente, Marira entreoí'» á uno de los íemelos. con 
fiándolo á la lealtad del indiano que partía de España para las Indias 

— Será vuestro rey, cuidadle, y cuantío su inteligencia se haya 
despejado con la edad, instruido en las tradiciones, deeiüJe que lucne 
sin cesar por la independencia de su patria, y que yo le he bende- 
cido desde el instante tie aa ser. 

Besó la joven Ja frente del niño, la cubrió con su aliento, y des- 
pués lo entregó al indio, que salió por una puerta secreta del palacio 
de don Alvaro. 

El desgraciado padre entró en el aposento de su esposa, probando 
á convencerla. 

La encontró sombiía como la imagen de la fatalidad. 

La habló largo tiempo, la criolla no respondió, entonces aquel 
hombre se dirigió á la cuna de sus hijos... ¡faltaba uno! 

La sangre se agolpó á su cabeza, dio un grito sofocado, y cayc 
instantáneamente muerto, como herido por un rayo. 

— Yo soy el hijo de aquel hombre, exclamó Piedra- Santa, he va- 
gado en los bosques y en los desiertos, he vivido en la proscripción, 
me he nutrido con el infortunio, esperando siempre el momento de la 
| lucha; yo soy el heredero de la esmeralda, ese amuleto me dá paso 
entre los pueblos y entro los hombres, á mi voz dejan el arado y vie- 
nen á nuestras filas... ya sabéis mi historia, señor capitán Fonterravía, 
y salléis á donde voy, las armas de la insurgencia son las mías, yo 
no puedo luchar contra mis hermanos, esa piedra me revela que per- 
tenecéis á nuestra familia, y yo estoy de vuestro lado. 

— ¡Bien, coronel! exclamó Edmundo, yo no sé nada de mis an- 
tepasados, una mujer moribunda me ha llamado á su lecho, y me ha 
dicho con voz apagada por los últimos acentos de la existencia: «E- 
res mi hijo, busca á tu hermano en América, tu sangre es mexicana, 
y yo he jurado ante Dios que moriríais en defensa de la libertad;» 
yo he ocultado mi nombre de familia, he venido al Nuevo Mundo, y 
te he encontrado al fin ; porque tú eres mi hermano, yo también soy 
hijo de don Alvaro. 

Los jemelos se estrecharon llorando, y juraron no separarse hasta 
que Dios cortara el hilo de sus días. 

PIN DE LA PRIMERA PARTE. 

17 — Los Insurgentes 



SECUNDA PARTB 



Viva ía America! 



CAPITULO I. 

El legado de na £éree. 

i. 

El sol está claro, y atraviesa esplendido viajero enniedio de un 
cielo azul y trasparente. 

El Popocatepetl y el Txtacihuatl levantan sus frentes coronadas 
de eternos hielos, destacándose como dos colosos en el fondo purísimo 
del horizonte. 

El campo está árido, y parece alfombrarse con el oro de las es- 
pigas tostadas por el hielo. 

Un aire sutil recorre la llanura, levantando pirámides de polvo 
que se remontan hasta las nubes, recorren algunos puntos de la ex- 
tensión £ se deshacen al soplo de un aliento desconocido. 

Las baudadas de aves atraviesan en pos del remanso ofrecido por 
el cristal sereno de las aguas. 

Se oye á los lejos el grito de los pastores que conducen sus ove- 
jas, y vuelve á quedar todo en ese silencio del medio día. 

Las barcas pescadoras yacen atracadas en la orilla, todo respira 
calma, y la soledad callada de aquel pintoresco cuadro respira me- 
lancolía y tristeza... 

Por la ancha vía que comienza en la salida de la Capital hacia 
el Noroeste, y ya pasada la cordillera donde se agrupa el histórico 
Tepeyac, vá una carabana de dragones escoltando un coche que ca- 
j mina pausadamente. 

Los ginetes se avanzan en todas direcciones, y van examinando 
todos los puntos del camino, revelando el temor de ser sorprendidos. 

De una de las casucas de una ranchería se desprende un hombre 
montado en un alazán soberbio, y se dirije al jefe de la escolta. 

— Capitán Eosales, ¿qué se ofrece? 

— Nada, señor Verdeja, hace un cuarto de hora que percibimos 
! sobre la carretera, á la escolta, y nos ka llamado la atención. 



260 JUAN A. MATEOB 



— Traemos á un reo de mucha importancia. 

— ¿Se puede saber? 

—Si, pero en reserva. 

—Puede usted hablar, ya sabéis que soy fiel á la cau»a del rey. 

— Pues el reo es el cura don José María Morolos. 

— ¡Poder de Dios! 

— Vamos á San Cristóbal Ecatepec, donde será fusilad© hoy 
mismo. 

— ¿Quién lo había de pensar, señor Verdeja? 

— A mí me trae triste este acontecimiento. 

— Como que es un golpe terrible de la fortuna. 

— El hombre de tantos combates y de tantas combinaciones, ve- 
nir á morir como un simple soldado. 

—Esta es la 6uerte de los que andamos en la guerra, tal vez 
mañana nos toque á nosotros. 

— Eso es seguro. 

— Desde que el señor Morelos perdió la batalla de Valladolid, y 
fué sorprendido en Puruaran, la desgracia le ha seguido por todas 
partes, derrotas tras de derrotas 

— Le han faltado sus dos brazos, el señor Galeana y el padre 
Matamoros. 

— Yo he oído contar esas historias; su Excelencia el virrey decía 
algunas noches, que estos señores merecían otra suerte; figúrese usted 
capitán, que el padre Matamoros era uuo de los soldados más valientes 
y de más capacidad, se había improvisado en un gran general, y en 
la batalla del Palmar que perdimos ios realistas, hizo proezas dignas 
de un héroe; como organizador era inimitable. 

— Yo estuve en esa acción, cuando derrotamos al señor Morelos, 
el cura Matamoros no pudo huir y el coronel Iturbide lo mandó 
fusilar. 

—Peor estuvo lo de Galeana: figúrese usted que iba batiéndose 
en retirada, cuando su caballo dio un salto al pasar un arroyo, des- 
graciadamente había un árbol, y Galeana casi estrelló su cabeza contra 
el tronco; entonces un dragón realista le disparó el mosquete á quema 
ropa y le atravesó el pecho; Galeana quiso ya moribundo sacar su 
espada, pero la muerte se lo impidió, el dragón le cortó la cabeza, y 
poniéndola en su lanza la llevó á Acayucan» en triunfo; algunas mu- 
jeres osaron insultarle y hacer mofa, pero nuestro jefe les riñó, y mandó 
poner la cabeza en la puerta de la iglesia. 

— Dicen que el señor Morelos no pudo contener sus lágrimas al 
recibir la noticia, y agregan que exclamó: ya nada valgo, me han cor- 
tado la mano derecha. 

— Vea usted, capitán, estos señores insurgentes también han te- 
nido la culpa con esas matanzas horribles que han hecho: el señor 
Morelos, para vengar al cura Matamoros y á Galeana, entraba á las 
poblaciones y hacía matar á cuantos españoles encontraba. 

— En eso estamos parejos, el coronel don Agustín Iturbide fusiló 
en el puente de Salvatierra á trescientos insurgentes, y eso que era 
Viernes Santo; dejó aterrorizadas las poblaciones. 

— Es verdad, después ha seguido matando á los prisioneros, ese 
señor Iturbide ha hecho correr muchísiBaa sangre. 



jos insurgentes 261 



— Tiene un corazón atravesado, de que dice á matar, nadie lo 
detiene, yo ie he oído decir que es necesario acabar coa los insur- 
gentes. 

— Yo no murmuro, señor capitán, pero no me parece bueno in- 
cendiar los pueblos, ni derramar tanta sangre. 

— Allá con los responsables, que nosotros no hacemos más que 
obedecer. 

— ¿Con que dice usted que hoy será ejecutado ©1 señor Mo- 



— Precisamente. 

— ¿Y quién es el encargado del negocio? 

— El coronel Concha. 

— Pues ya puede encomendarse á Dios. 

— El genera) vá muy tranquilo, cuentan que no se inmutó ni aun 
en el momento de su prisión y que se batió con una serenidad admi- 
rable hasta el postrer instante. 

— Entre el pueblo corren mil detalles 

— Y todos son ciertos; cuando entró cargado de grillos en Tepe- 
cuacuilco, el venerable clero mandó repicar, entonces el cura dijo: «se 
conoce que vengo jo aquí, aludiendo á sus días de gloria. 

— Dicen que al presentarse el oidor Bataller á tomarle declaración, 
le dirigió la vista poniéndose la mano derecha sobre las cejas para 
observarlo, y le dijo: «¿Usted es el oidor Bataller?» 

— Sí, yo soy; respondió el golilla con altanería. 

— ¡Cuánto siento no haber conocido á usted antes! 

— ¡Es muy bravo este hombre! 

— Cuidado señor capitán, esas palabras pudieran denanciar algo 
de simpatía hacia la causa de la insurgencia. 

El capitán guardó silencio. 

II. 

La caravana llegó sin novedad á San Cristóbal Ecatepec, pun;o 
destinado para la ejecución del héroe. 

Las vicisitudes humanas habían azotado la existencia do aquel 
genio, como el huracán á los cedros gigantes de los bosques. 

De derrota en derrota, de infortunio en infortunio, había cami- 
nado aquel hombre exstraordinario hasta detenerse en la última roca 
de la pendiente, donde comienzan las gradas del patíbulo. 

Peregrino en los desiertos, fugitivo en las selvas de la sierra Madre, 
perseguido cruelmente más por la desgracia que por sus enemigos, los 
días de sus antiguas glorias comenzaron á entoldarse con el humo de 
las batallas de Valladulid y de Puruaran. 

Una huella de sangre marcaba su tránsito por los campos de la 
revolución, sus corceles estropeaban los cadáveres de los insurgentes, 
de aquellos hombres magnánimos que lo habían acompañado cuando 
Dios tendía el iris sobre sus armas. 

Presenciando las terribles matanzas, llorando en silencio el martirio 
de sus amigos, cediendo á veces al instinto de destrucción y aiiiqui- 
lando cuantos enemigos caían en sus manos, su existencia se había 



262 JUAN A. MATEOg 



tornado en una profunda noche donde cruzaban relámpagos de furor 
y rayos de esterminio. 

El destino con ese aliento pujante, irresistible, marcó el hasta aquí 
de aquollos días, y el mandato de Dios no cabe en el poder del hombre 
contrariarlo. 

El general Morolos había determinado que el Congreso se trasladase 
á Pilcayan. 

El coronel Concha se apoderó de Tesmalacan, y cuando vio á 
las tropas americanas entrar en la cañada, cargó con tal brío que la 
derrota fué inevitable, á pesar del valor con que se condujeron jefes 
y soldados. 

Cuando Morelos comprendió que la acción estaba perdida, le dijo 
á Bravo: «Vaya usted £ escoltar al Congreso, que aunque yo perezca 
no le hace, pues ya está constituido el gobierno.» 

Morelos se sacrificaba á la unidad revolucionaria, condenaba su 
existencia ante la forma de la nación; ¡merecía bien de la patria! 

Aquel Congreso, que no pudo sobrevivir al caudillo, había pro- 
mulgado la Constitución en Apatzingan, donde se consignaban los de- 
rechos del hombre en el código do los pueblos independientes. 

LA CONSTITUCIÓN FUÉ QUEMADA POR MANO DE VER- 
DUGO EN LA PLAZA PRINCIPAL DE MÉXICO, Y A LOS PIES 
DE LA ESTATUA ECUESTRE DE CARLOS IV. 

¡Decapitad al siglo XIX! llevad á la hoguera á la revolución fran- 
cesa; proclamad como un dogma político las actas del Concilio Ecu- 
ménico; detened al sol en su carrera, que el mundo seguirá su marcha 
imperturbable, llevándoos como un despojo en el campo de la civili- 
zación y del progreso! 

III. 

Dice la historia que se formaron dos causas á Morelos: una por 
el gobierno militar de México, y otra por la Inquisición, donde estuvo 
diez y ocho días. 

El caudillo compareció ante el Tribunal de la Fe: ante ese grande 
aparato cuyos cimientos estaban próximos á hundirse en el polvo de 
los siglos. 

Los hombres del fanatismo formularon cargos terribles á los que 
el héroe respondió con entereza, provocando la ira do los inquisidores, 
que pretendían verlo bumillado y contrito como un arrepentido. 

Allí, delante de la tiranía y de la opresión, dio un ejemplo su- 
blime de grandeza y de patriotismo al pueblo que lo escuchaba. 

¡El banquillo del reo se tornaba en tribuna, desde donde podía 
hablarle á la humanidad entera! 

«Por respuesta á tales cargos, el tribunal de la Inquisición, en 
sentencia definitiva, falló: que el presbítero don José María Morelos 
era hereje formal, cismático, apóstata, lascivo, hipócrita, enemigo irre- 
conciliable del cristianismo; y como á tal, lo condenaron á la pena de 
deposición, á que asistiera á 6U auto en trage de penitente, con so- 
tanilla sin cuello y vela verde, á que hiciera confesión general y to- 
mara ejercicios, y para el caso inesperado y remotísimo de que se le 



LOS INSURGENTES 263 



perdonara la vida, á una reclusión para todo el resto de ella «n 
África, á disposición del inquisidor general, con obligación de rezar 
todos ios viernes del año los salmos penitenciales y el rosario de la 
Virgen; fijándose en la Iglesia Catedral un ¡Sambenito, como á hereje 
formal reconciliado. 

«Quedó el señor Morolos para siempre desnudo de su carácter 
sublime de sacerdote, reformado á la clase de un secular oscuro é 
infinitamente detestable, por sus maldades sin ejemplo.» 

Verificóse la ceremonia de la degradación con la mayor pompa, 
porque la Inquisición quería ostentar un poder que ya se le escapaba 
de las manos. 

Los clérigos rodearon al héroe, lo despojaron de sus vestiduras 
según las prevenciones de los Cánones: Morelos se mantuvo sereno y 
como extraño á aquel sacrilegio, pero cuando el clérigo que llevaba la 
voz ea la ceremonia tomó el cuchillo para rapar sus manos y cabeza, 
y pronunció con sonoro acento. 

«Con esta rasura, te quitamos la potestad de sacrificar, con- 
sagrar y bendecir, que recibiste en la unción de tus manos y pul- 
gares. 

«Declaramos que la curia secular ieciba á este en su foro, desti- 
tuido de todo orden y privilegio clerical.» 

El caudillo se inmutó terriblemente. 

Ya hemos dicho que Morelos eia fanático, y aquella escena era 
superior á sus fuerzas* mostró un abatimieato grande; pero muy en 
breve recobró su aplomo, oyó su sentencia y entró con tranquilidad 
bajo el poder de la autoridad civil, que debía fulminar un anatema 
do muerte. 

El reo fué trasladado á la Ciudadela, donde Bataller siguió el 
proceso, pasóse ai fiscal, quien pidió que se le amputase la cabeza y 
las manos, situándose en Oajaca. 

Aquel pedimento fué condenado hasta por los enemigos de la in- 
surgencia. 

El Arzobispo Fonte resistió, y las comunidades religiosas multi- 
plicaron sus ruegos al virrey para que no se consumase aquella horrible 
mutilación. 

Era tal la alarma que había producido en México la suerte del 
caudillo, que Calleja dispuso que la ejecución tuviese lu^ar en San 
Cristóbal Eoatepec, á cuyo efecto el coronel Concha sacó al reo de la 
Ciudad, la mañana del 22 dicembre 1815. 

IV. 

Hemos dicho que la caravana de la muerte llegó al sitio fatal. 

El caudillo fué encapillado en el cuartel del destacamento: por 
las ventanas se veía el lugar destinado á la ejecución, el cura lo reco- 
noció perfectamente. 

Sirvieron de comer, y Concha le acompañó á la mesa. 

•—Hermoso día, dijo Morelos. 

Concha no respondió. 

— Hemos traído un camino inmejorable, la mañana está serena; 



264 JUAN A. MATEOS 



hace mucho tiempo que no he gozado de un reposo tan grato como 
ahora, y es que se aproxima el descanso eterno. 

Concha estaba avergonzado de su papel de verdugo. 

— Es hermosa la fábrica de esta iglesia, dijo Morolos. 

La sacristía se improvisaba en capilla. 

— ¡Qué diferencia entre esta y la iglesia de Carácuaro! no obs- 
tante, yo le tengo un gran cariño: ahí están todos mis recuerdos. 

— No hubiera permitido Dios que la hubiese usted dejado. 

— Señor coronel Concha: cada criatura tiene una misión sobre 
la tierra; yo estaba predestinado para proclamar la independencia de 
mi patria: no me arrepiento de cuanto he hecho; mi conciencia no 
me acusa: yo he cedido á mis inspiraciones. 

— Yo respeto el juicio de los hombres. 

— Usted, señor Concha, cree obrar bien al defender la causa es- 
pañola; juzga que tiene un derecho el rey para imponerse en esta 
nación y que la conquista le ha dado ese derecho. 

— Es verdad. 

— Si usted fuese americano, seguramente no opinaría de esa 
manera. 

— Soy simplemente un soldado. 

El cura guardó silencio algunos momentos. 

La comida había terminado. 

— Señor, dijo Concha con voz trémula: ¿sabe usted á qué ha 
venido? 

— No lo sé; pero lo pienso... á morir. 

— Sí, señor, y puede usted tomar el tiempo que necesite. 

— Dentro de breve despacho; permítame usted que fume un puro, 
pues lo tengo de costumbre después do comer. 

Encendiólo con tranquilidad, y se puso á pasear por la estancia. 

Un fraile apareció en la puerta de la capilla: Concha se iba á 
retirar. 

—Señor coronel, dijo Morelos: que venga el cura, pues no he 
gustado nunca de confesarme con frailes. 

El fraile se marchó hecho un energúmeno. 

Poco después vino el vicario, encerróse con el héroe, abrió las 
fuentes de su conciencia, mostró su alma al ministro del Altísimo, y 
recibió la absolución. 

Arrodillóse después, y encomendó su alma al Señor que la había 
creado. 

El hombre devolvía su aliento á la divinidad. 

Al oir el toque de los tambores, se levantó erguido como en 
los días de batalla; su corazón respondía á los sones marciales de las 
cajas. 

Asomóse á los cristales, y vio desfilar la tropa. 

— Esa llamada es para formar: nos mortifiquemos más... déme usted 
un abrazo, señor Concha, que será el último que nos demos. 

Aquel miserable verdugo sintió su infinita pequenez delante de 
aquel hombre, y se acercó confuso al caudillo, que le tendió sus 
brazos. 

Ajustóse después el trage talar. 



Loa iNSFíiosiríEi 26; 



— Esta será mi mortaja, pues aquí no hay otra. 

— Permítame usted que le venden los ojos, señor general, dijo 
Concha. 

— 2ío hay aquí objeto que me distraiga. 

Sacó después el reloj, vio la hora con la serenidad que acostum- 
braba hacerlo al comenzar una batalla. 

Pidió después uu crucifijo, y con la voz solenino de quien se halla 
delante de Dios desde los dinteles de la vida dijo: 

— ¡Señor, si he obrado bien, tú lo sabes; y si mal, yo me acojo á 
tu infinita misericordia! 

— Perdone usted, señor general, mi insistencia, dijo, Concha; 
ruego á usted que permita vendarle. 

— Bien; yo lo haré. 

Sacó su pañuelo, y se anticipó él mismo las tinieblas de la 
tumba. 

Tomóse dei brazo de Concha, y se encaminó al lagar de su su- 
plicio como el Mártir del Gólgota. 

Iba perfectamente sereno; pero al sentir la yerba bajo su planta, 
reconoció el lugar de la ejecución, que había visto desde la ventana 
da la capilla. 

— Aquí es el lugar, dijo, y se detuvo. 

Arrodillóse para recibir la muerte. 

Un gentío inmenso rodeaba aquel siniestro lugar: los semblantes 
todos estaban demudados; la tropa conmovida proí'uudamente. 

Tenían razón; allí estaba el héroe que en nueve batallas campales 
y cien encuentros, había arrancado sus laureles á la victoria. 

Allí estaba el hombre de la política, que había puesto su nombre 
en el Código de la libertad y de la emancipación de su pueblo. 

Allí, allí estaba el caudillo, que con la serenidad del heroísmo, 
unas veces había pronunciado el perdón, y otras caído sobre sus ene- 
migos como el rayo de la justicia inexorable de Dios. 

Dios, qiiR abate al ser humano cuando se alza amenazante sobre 
la tierra, heiía aquella frente que la muerte había respetado en los 
combates. 

El béroe llamaba resuelto á las puertas de ia eternidad, después 
de haber implorado la divina misericordia!... 



Hubo un momento de espectativa terrible. 

Los soldados tendieron sus fusiles sobre aquel cerebro, donde el 
ostro del genio y del valer irradiaba en su postrer momento. 

El oficial vacilaba... hizo al fin una señal con su acero, y el plomo 
fatal, precedido de la detonación, hizo su estrago formidable. 

El caudillo hirió con sus manos ungidas la tierra, que se estre- 
meció á su contacto. 

Oyóse otra descarga casi simultánea: entonces resonó un grito 
terrible como el de la justicia humana; un clamor arrancado al pecho 
del héroe, como nna maldición lanzada desde el suelo empapado en 
sangre, invocando la venganza eterna!... 

Desnués... el silencio de la muerte. 



266 JUAN A. MATEOS 



VI. 

El pueblo lloraba. 

Cuando los verdugos llevaron aquellos sagrados despojos, las 
mujeres piadosas recogieron en pequeños lienzos, como el óleo santo, 
la sangre del mártir. 

Dice Ja tradición, que el terremoto sentido en aquellos momentos 
hizo encrespar las olas agitadas de las lagunas, que crecieron y se 
hincharon hasta trasponer sus márgenes, y penetraron en el campo 
del suplicio. 

Cuando volvieron á su cauce, la sangre había desaparecido, arre- 
batada por las corrientes. 

¡Cuántas veces al pasar por aquellas márgenes históricas, cuando 
el sol ha caído en la tumba de su Ocaso y el agua se riza en ondas 
de púrpura, hemos recordado la leyenda narrada en el hogar por 
nuestros abuelos!... 

Parece que la sombra del héroe vaga por aquellos contornos; y 
cuando la tormenta se descuelga en mangas inmensas sobre los lagos, 
se le vé atraversar á la luz de los relámpagos con sus sudarios en- 
sangrentados. 

El lugar del suplicio lo pueden reconocer los peregrinos en el 
sitio donde se levanta una modesta pirámide, en el pueblo de San 
Cristóbal Ecatepec. 



CAPITULO II. 

De cómo lo que está escrito tiene que suceder 
infaliblemente. 

i. 

Rota la gran columna del templo de la revolución, los muros se 
derrumbarían enmedio de la catástrofe más terrible. 

La muerte de Morelos fué la señal de la derrota. 

Las ciudades todas, los pueblos, las fortalezas, todo cayó en poder 
de los realistas, y los insurgentes fueron perseguidos, dispersos, asesi- 
nados por las tropas vencedoras, hasta refugiarse en pequeños grupos 
en las montañas. 

El ala de la devastación y de la muerte tocaba la sien marchita 
de la libertad agonizante. 

Estrechos son los límites de este libro para narrar los mil y mil 
episodios que tuvieron lugar en la segunda época de ese gigante le- 
vantamiento. 

Se llenarían muchas páginas sólo con los nombres de las víctimas 
y la narración histórica de sus hazañas; baste saber que los cadalsos 
se ensangrentaron como en los días nefandos de la Bestauración, que 
la denuncia se puso á la orden del día, que las visitas domiciliarias 
eran constantes, y que la menor sospecha era una sentencia de muerte. 

Aquellos días eran más espantosos que los de la conquista 



LOB INSURGENTE! 267 



En el fondo de aquel horizonte sangriento cruzado por relámpagos 
de esterininio, se destacaban tres figuras que la historia no ha podido 
olvidar. 

Iturbide, Concha y Armijo. 

Estas tres espadas caían como un rayo sobre las cabezas de loa 
insurgentes, como la del Ángel de las venganzas. 

El incendio, la muerte, la sangre, el tormento, iban marcando 
sus huellas en la haz del suelo americano. 

Iturbide se distinguía por sus rasgos de barbarie, hacía cavar su 
propia tumba á los defensores de la libertad, y el monumento de sus 
glorias podía levantarse con las osamentas de los mártires. 

La Divinidad reservaba á ese miserable uno de sus rayos, para 
reducirle á cenizas en el día de su justicia vengadora. 

Parecía que la España recobraba todo su poder antiguo. 

Allá en las montañas del Sur, un hombre oscuro, cuya frente se 
había visto desde las primeras batallas, había recibido el legado de 
los héroes; á él le estaba confiado el depósito de la revolución. 

¡Hidalgo!... ¡Morelos!... ¡Guerrero!... los tres eslabones de aquella 
cadena que ahogaría al despotismo. 

Los hombres-épocas, los tres mitos de la independencia mexicana. 

Guerrero había heredado la fó de los caudillos y el valor de sus 
antepasados: sería la roca donde se estrellarían las olas terribles de 
aquel mar embravecido. 

Sacerdote de la libertad, conservaría encendido el fuego sagrado; 
aquella antorcha luciría como el fuego del Sinaí, sobre la cúspide de 
granito de las montañas... 

Dios bajaría enmedio de truenos y de relámpagos, aponer en sus 
manos las Tablas de la Independencia... 

II. 

En uno de los pueblecitos inmediatos á Chilpancingo, estaba la 
familia infortunada de don Leonardo Bravo, llorando una víctima más 
de la barbarie enemiga. 

Don Miguel Bravo acababa de morir fusilado, después de habér- 
sele ofrecido el perdón de la vida sin que él lo solicitase. 

La noche había caído: era una de esas noches profúndame a te 
lóbregas, en que la desgracia parece sacudir sus alas enmedio de las 
cortinas negras de la atmósfera. 

Era una tempestad sorda, sin relámpagos ni truenos; el aire apenas 
se dejaba sentir, y reinaba un silencio profundo. 

En una de las casuchas del pueblo, el cura del lugar platicaba 
con las señoras, que estaban inquietas en espera de alguna persona. 

— He recibido una carta, decía Margarita, la esposa de don Ni- 
colás Bravo, en que me dice que hoy estará con nosotros. 

— Me parece increíble, respondió Luz. 

— Después de tres años de ausencia, es una felicidad inesperada. 

— El señor general llegará, no tenga usted duda, dijo el cura; 
yo he recibido aviso por conducto de los guerrilleros^ y ellos no me han 
engañado jamás» 



26S JUAN A. MATEOi 



— ¿Y no le han perseguido á usted, señor cura? 
— Me vigilan constantemente: el padre Matamoros era mi íntimo 
amigo, y sabidas fueron nuestras relaciones. 
— ¡Qué muerte tan espantosa! 

— Hemos perdido a la mayor parte de nuestros amigos; per© yo 
espero el día... 

— Lo creo muy lejano. 

— Dios sabe acercar las horas de su justicia 
Luz y María escuchaban atentas la' conversación del sacerdote. 
En aquel momento entró Vildo, el asistente de Piedra-Santa res- 
plandeciente de alegría. 

— Señores, señorita, oigan ustedes: el general acaba de llegar, y 
mi coronel y todos los amigos... ¡Viva la América! 

— ¡Viva la América! repitió José de la Luz echando al aire su 
sombrero. 

Margarita, el cura y las jóvenes, salieron corriendo al encuentro 
de los insurgentes. 

El general Bravo lloró al estrechar á su esposa. 
Luz estaba temblando delante del coronel Piedra-Santa. 
María se acercó á Edmundo, que formaba parte de la caravana. 
— No nos conocemos, señora, dijo Fonterravía. 
La joven se quedó confusa y con el llanto próximo á desbordarse 
de sus pupilas. 

Los gemelos no osaban levantar la vista; su situación era difícil. 
Bravo y su esposa, que sabían los amores de Luz y de María, 
los dejaron solos. 

— Deseara una explicación, dijo Luz. 

— No se necesita, señora, respondió Piedra-Santa; durante nuestra 
ausencia usted ha tenido amores con el capitán Fonterravía. 
— No lo conozco caballero. 
— Basta, señora; ese es un disimulo criminal. 
— ¿Qué pasa aquí? dijo Fonterravía: no es esta la señorita de 
quien yo te hehablado, sino de Luz la hermana de Jacinto. 

— Yo he usurpado ese nombre, dijo María: be pasado por her- 
mana del capitán Castaños, para que se me respetase, y la casualidad 
ha traído esa equivocación; yo, yo soy la que amo á Edmundo: mi 
nombre es María. 

— ¿Lo oyes? gritó Luz, y sin poderse contener se arrojó en los 
brazos de Piedra-Santa. 

— ¿Luego yo he sido el juguete miserable de una intriga? gritó 
Fonterravía; esta mujer ha vivido con Jacinto, y... 

— Silencio caballero, usted no tiene derecho para hacer suposi- 
ciones injuriosas, ese hombre me ha respetado, y yo lo juro por la 
madre que me dio el ser... madre mía, mírame huérfana y calum- 
niada! 

María lloraba amargamente, aquellas lágrimas eran el rocío purí- 
simo de la virtud. 

Fonterravía no dudó de las palabras de la joven, se acercó á ella, 
y tomándole una mano le dijo con ternura: 

— María, yo te creo; mi corazón me dice que el aliento del crimen 



LOS INSURGENTES 269 



no ha pasado sobre tu frente, que tu cariño es santo y que yo debo 
adorarte como á un ángel. 

Los gemelos se estrecharon con efusión. 

— ¡Dios se ha compadecido de nosotros! Sí, gritó Piedra-Santa, 
él no ha querido que la sangre se derrame por nuestra misma mano. 

El general Bravo se presentó en aquel instante. 

— Señor, dijo Fonterravía, hemos seguido la bandera de la In- 
dependencia como los primeros, nos hemos batido al lado del general 
Morelos, y participado de las vicisitudes de la campaña... 

— ¿Y bien, señor capitán? 

— Hoy nos atrevemos á pedir un favor al general. 

— Ya escucho, contestó con benevolencia el joven soldado. 

— Señor general, estas jóvenes son hijas adoptivas de la familia, 
y las pedimos en matrimonio. 

— Señor, dijo Luz, aguardábamos impacientes este momento. 

— No tengo, agregó D. Alfonso, sino recordar al Sr. Bravo la 
escena de Cuautla, cuando el general Morelos... 

A este recuerdo los ojos de Piedra-Santa se humedecieron. 

Desde luego, dijo Bravo, van ustedes á casarse: señor cura, dis- 
póngase usted á celebrar la ceremonia. 

La tristeza que reinaba en la casa, se tornó en una alegría es- 
truendosa, los insurgentes olvidaban sus desdichas, y comenzó la 
frasca. 

Encendiéronse lumbradas delante de todas las chozas, salieron las 
jaranitas, y comenzó el baile en torno de las hogueras. 

La gente iba al lado de Bravo, que reconocía á sus antiguos tra- 
bajadores de la hacienda. 

En medio de aquella bulla sobresalía la voz destemplada de Vildo, 
que decía cantares de amores á las muchachas. 

Fonterravía y Piedra-Santa se sentían enteramente felices, llevaban 
del brazo á sas novias, y se entregaban á esas conversaciones dulcí- 
siirtas^que ecn de ordenanza en 'las horas que preceden al casamiento. 

— Las dos luces de nuestro destino, decía Edmundo. 

— En poco estuvo que fuesen las de nuestro entierro, contestó 
D. Alfonso. 

— No lo quiero pensar, exclamó Luz, aún me horrorizo. 
— No estaba de Dios, dijo María. 

— Si no es impertinencia, señorita María, dijo don Alfonso, podrá 
usted decirme qué pasó con el niño aquel... 

— Sí, con Juan, el señor Morelos lo envió á los Estados-Unidos. 

— ¡Pobrecillo! 

— ¡Viva mi coronel! gritó Vildo cuando vio pasar á las parejas. 

Era gracioso ver al valiente suriano con su cara franca y alegre 
alumbrada por el fuego, mostrando sus dientes blancos y las manchas 
de su pecho, y arrastrar el machete en cada paso del jarabe, y á 
José de la Luz rascando las cuerdas de su jarana en un son alegre 
y entusiasta. 

Ya en aquellos tiempos había multitud de coplas alusivas á la 
Independencia, que se cantaban en todo el interior y en el Sur poco 
antes de la insurrección. 



270 JUAN A. MATEOS 



III. 

Entretenidos los del pueblo eon la bulla que metían los insur- 
gentes, no notaron que un gallego llamado Mojarra, se había escurrido 
bonitamente y largado por las montañas. 

Anduvo tres leguas, donde encontró un destacamento de los 
realistas. 

— ¿Quién vive? gritó un centinela avanzado. 

— ¿Quién ha de vivir? ¡yo! 

— ¿Quién vive? repitió el soldado. 

— Yo hombre, Eosendo Mojarra, súdito de S. M. Fernando VIL 

— Adelante. . . 

El gallego se adelantó. 

—¿Qué se ofrece, señor Mojarra? 

— Friolera, que los insurgentes están en el pueblo. 

— ¿Salió usted inmediatamente? 

— Sí, luego que me consumieron todos los efetos de la tienda. 

—¿Conque usted les ha vendido á los enemigos del rey? 

— Efetivamente, respondió, es decir que ellos me compraren el 
queso y los caldos. 

— Ya nos pagará otro tanto. 

— Perfetamente; pero lo que importa es dar la instrucién de que 
Bravo en persona es el mismo que ha llegado. 

— Eso es más grave, avisemos al capitán Castaños. 

— Que entre ese hombre, dijo Jacinto. 

El gallego compareció ante el capitán. 

— Diga pronto lo que sepa. 

— Pues señor capitán, es el caso, que como á las horas en que 
ya no había luz se entraron los galli-coyotes gritando ¡mueran los ga- 
chupines! y como yo soy de esos, le dije á Perico: mientras que yo 
me escondo, abre la tienda y vende todo lo que pidan. 

Perico cumplió con su obligación, y no quedó títere con cabeza; 
esos malditos llevaban muchas onzas. 

— Ya se las quitaremos, observó un oficial. 

— Cuentan, principió el gallego, que la señorita Luz, hermana de 
usted, se casa al amanecer, lo mismo que la doña María que está con 
la familia de Bravo. 

— ¿Las dos se casan? preguntó Castaños. 

— Las dos; allí está un tornadizo llamado Fonterravía que es el 
presunto. 

— Está bien; ya puede usted largarse. 

— Sí, con la música á otra parte. 

El gallego se salió á divertir con su conversación á los realistas. 

— ¿Conque ese hombre ha llegado? exclamaba Jacinto lleno de 
rabia. 

— Yo creía sofocado este amor que ha vivido tantos años en el 
fondo de mi alma... yo me había arrepentido delante del patíbulo de 
Bravo... sí, dos hermanos, dos miembros de esa familia aborrecida, 
han muerto á mis manos... ya era suficiente para mi venganza... hoy 
vuelve á soplar ®1 huracán de los celos... esa mujer nunca sospechó 



LOS INSURGENTES 271 



mi amor, y sin embargo me he sentido muerto por su mano... ¿de 
quién me vengo, Dios mío?... ¡ah! sí, del destino... él me ha impul- 
sado á la pendiente del crimen... el rencor hierve en mi seno... amar 
es aborrecer... anunciar el encono del infierno en los que nos rodean... 
apurar gota á gota el acíbar que destila en el corazón... maldecir á 
la humanidad... escarnecerla... vilipendiarla... cada vez que pienso en 
esa mujer me enloquezco... yo me he alejado de ella; pero ella me 
sigue por doquiera... ¡casada!... ¡casada!... y yo no he muerto to- 
davía... 

Jacinto se paseaba como un tigre furioso dentro de su jaula. 

— La tengo muy cerca de mí; á un paso... á un paso nada más... 
quisiera verla... yo sé que después el diablo de la desesperación en- 
trará en mi alma... ¡que importa!... he sufrido tanto, que un dolor 
más es una gota de agua en el Océano borrascoso de mi alma. 

Salió del aposento, montó en su caballo, y como impulsado por 
el huracán, atravesó las montañas, siguió por el sendero escabroso, 
y á las pocas horas detuvo su corsel lleno de espuma, en una loma, 
desde donde se distinguía el pueblo alumbrado por el fuego de las 
luminarias. 

El rumor de la fiesta llegaba hasta lus. oídos; entre la débil ar- 
monía de la miísica, oía las carcajadas de los bailadores, los gritos 
de los insurgentes y el clamoreo de los muchachos que saltaban sobre 
las llamas. 

— Allí, allí está ella, murmuraba aquel miserable ; es preciso 
acercarse. 

Ató su caballo á un árbol, y arrebujado en su jorongo, descen- 
dió al pueblo y se mezcló entre la multitud. 

Ya hemos dicho que Jacinto había alimentado en el silencio de 
su alma una pasión terrible por Margarita aún antes de que esta se 
enlazase con el general Bravo. 

Aquel amor era el sentimiento salvaje del hombro sin educación, 
que una vez rotas sus esperanzas converge hacia lo desconocido, donde 
están las groseras pasiones del crimen. 

Jacinto había jurado un odio eterno á la familia, y en bu de- 
mencia vengadora solo ansiaba el exterminio de las personas que tantos 
cuidados le habían dispensado en los años de su infancia. 

Aquella alma extraviada no se detendría en el camino tortuoso 
del vicio, ni cedería un ápice de sus designios. 

Hay seres á quienes arroja ia Providencia sobre la tierra como i, 
las plantas venenosas. 

Aquel hombre estaba predestinado para un drama sangriento. 

IV. 

Los novios estaban impacientes esperando que las jóvenes aca- 
basen su tocado, que era en extremo sencillo, en atención al lugar 
donde se encontraban y el momento en que se había dispuesto la ce- 
remonia. 

El general Bravo y Margarita apadrinarían á los dos insurgentes. 

Llegó al fin la hora, las novias aparecieron en la pequeña sala, 
adornada sencillamente, pero con gusto exquisito. 



272 JUAN A. MATEOS 



Entre la gente que se agolpaba á la puerta había nn embozado 
que seguía con torvas miradas á los actores de aquella escena. 

Dejóse ver al general Bravo trayendo por la mano á Margarita, 
que estaba resplandeciente de belleza, porqne su fisonomía siempre 
triste había recobrado su hermosura. 

El embozado lanzó un grito escapado de las cavidades de su 
pecho. 

Volviéronse los circunstantes hacia el lado donde venía la ex- 
clamación. 

— ¡Es un realista! gritó José de la Luz. 

— ¡Muera!... ¡muera! gritaron cien voces. 

Cuando Fonterravía y Piedra-Santa se echaron fuera de la casa, 
ya Vildo y José de la Luz llevaban arrastrando al hermano de Luz. 

Aseguraron al realista, poniéndole á buen recaudo. 

— Mañana, dijo Bravo, veremos quién es ese hombre, por ahora 
sigamos, y no hay que molestarse. 

Verificóse la ceremonia religiosa, los cuatro jóvenes oyeron con 
recojimiento las palabras del sacerdote católico, los preceptos de la 
Epístola de San Pablo, y recibieron las bendiciones nupciales. 

Bravo y Margarita abrazaron á los desposados, la música tocaba 
dianas y los cohetes poblaban el espacio. 

Aquellos jóvenes ignoraban que eran los eslabones de una cadena 
que iba á quebrantarse en el choque misterioso de su destino. 

Soñaban en el porvenir, evocando el mundo de ilusiones por 
donde tendían su vuelo los ángeles de su inspiración amorosa... 
sueños dorados, imágenes resplandecientes en el fondo azulado de los 
cielos, horizontes sin límites, celajes de púrpura sobre la bóveda 
abrillantada, un sol peremne sobre el arco del firmamento, y Dios en 
el centro de aquel universo bendiciendo el cáliz perfumado del alma 
abierta á las ráfagas de un amor, y acariciado por las auras balsámicas 
de la esperanza!... 

Estos son los horizontes del alma en sus sueños de candor y bien- 
aventuranza. 



Jacinto vio aparecer á aquella mujer á quien tanto había amado, 
y el infierno de los celos estalló en su corazón; no pudo contenerse, 
y lanzó aquel grito que lo denunció á los insurgentes. 

Conducido á una prisión improvisada, y atado de pies y manos, 
yacía arrojado en el suelo, rechinando los dientes como un condenado, 
y azotando su cabeza contra el suelo de su cárcel. 

Si el demonio acudiera al llamado de los hombres, seguramente 
hubiera aparecido entre llamas á la voz del realista. 

Pasóse la noche en la desesperación más espantosa, aumentada 
con la idea de que solo él sufría encadenado y en espera de la muerte, 
porque en aquella lucha se jugaba la existencia irremisiblemente. 

Entretanto el baile de la boda había durado hasta el amanecer, 
y la población dormía la desvelada. 

La música que llegó á la puerta de los desposados, los hizo le- 



IOS INSURGENTES 273 



vantar : ya cod un desayuno perfectamente dispuesto bajo unos árboles 
frondosos, los invitó á continuar en los goces que anuncian siempre 
los albores de la luna de miel. 

El general estaba satisfecho; pero una leve sombra de tristeza 
oscurecía su frente, al recordar que bien pronto tenía que abandonar 
á su familia para volver á los azares de la campaña. 

Reinaba una alegría encantadora en aquella fiesta íntima. 

Los corazones formados para la virtud, converjen bacia el bien 
en todas circunstancias, asi es que no estrañarán nuestros lectores, 
ver á la joven desposada levantarse de su asiento, correr al lado del 
general, rodearle el cuello con sus brazos y decirle con voz dulce y 
suplicante : 

— Señor, hoy es el día de la felicidad, y no debe enturbiarse el 
cielo de nuestras dichas: en nombre de estas horas que llenarán de 
recuerdos apacibles y tiernos nuestra existencia, pido el indulto del 
realista que ha caído anoche en poder de los insurgentes. 

— ¡Gloria á Dios! dijo enternecido el general; ese hombre está 
perdonado. 

Un aplauso universal respondió á las palabras de Bravo. 

Piedra-Santa besó la frente de su esposa con una veneración 
infinita. 

— Yo debo, dijo Luz, ir á romper sus cadenas. 

— ¡Vamos! ¡vamos! gritaron todos, y en grupo, seguidos de la 
músí.-a, se dirijierou á la cárcel. 

Abrióse la puerta con estrépito: Jacinto creyó que le sacaban 
para el patíbulo. 

— Está usted perdonado, dijo Luz acercándose al prisionero. 

Luego que aquel hombre se sintió libre de sus ligaduras, se 
adelantó á la puerta del calabozo que estaba densamente oscuro. 

Luz dio un grito, acababa de reconocer á su hermano. 

Cuando el capitán Cast?ños se halló en presencia de todos los 
seres que aborrecía, comenzó á gritar como un nervioso. 

— ¡Yo quiero la muerte!... ¡la muerte!... odio el perdón... aquí 
he venido á morir... quiero que mi sangre sea hollada por todos... 

— Jacinto, exclamaba Luz trémula y asustada, cálmate, yo soy, 
somos nosotros. 

— Yo no conozco á nadie... ¡malditos seáis todos!... 

Aquel loco desgarraba sus vestidos y arañaba su pecho, por donde 
corría la sangre. 

— Ese hombre ha perdido el juicio, dijo el general. 

— Bien, gritó Jacinto, me perdonan... yo volveré como el tigre, 
me empaparé en sangre... ¡malditos sean!... ¡malditos sean! 

Aquel desgraciado se echó á correr por las rocas dando de ala- 
ridos; detúvose en la última cuesta, hizo señas de amenaza terrible 
y desapareció, como el genio de las furias, en las quebraduras de las 
montañas. 

Apareció en aquel momento la caballería de los realistas en el 
sendero. 

Bravo y los suyos se dispusieron á morir como buenos. 



18 — Los Insurgentes. 



274 JUAN A. MATEO! 



Jacinto trepó en un caballo, que corría furioso como el caballo 
del Apocalipsis. 

Comenzó el tiroteo de los insurgentes. 

Piodra-Santa y Fonterravía querían distinguirse delante da sus 
esposas, y luchaban con un ardor desconocido. 

Empeñados en la escaramuza, Edmundo se revolvió entre los 
enemigos, que aprovecharon aquel instante y lo hicieron prisionero. 

En vano Piedra-Santa intentó disputárselo, los realistas se alejaron 
á todo correr con su presa. 

Las señoras veían el ataque desde la azotea de la casa, y perci- 
bieron perfectamente lo que acontecía. 

La esposa de Edmundo cayó desmayada en brazos de Margarita. 

El general regresó consternado, y al siguiente día salió para la 
campaña. 



CAPITULO III. 
Signen lus peripecias d© la revolución. 

I. 

La lucha se había ensangrentado de una manera terriDie: los rea- 
listas querían dar el último golpe al gran movimiento revolucionario, 
y sus últimos esfuerzos eran rudos como los golpes de la tempestad. 

Los insurgentes peleaban con la desesperación de la agonía, y la 
muerte ceruía sus alas sobre la vasta extensión americana. 

El general Guerrero era el hombre de aquella angustiosa situa- 
ción, su existencia era el para-rayo en la tormenta desencadenada. 

Perseguido de los suyos por esa fiebre contagiosa de la ambición, 
se encontró rodeado de un grupo do valientes, decididos á sacrificarse 
por él; era la lucha gigante de la independencia; 

El bravo suriano había llegado á las orillas del Tacachi, en cuyas 
aguas apagaron su sed los sudorosos corceles de su tropa. 

El enemigo le venía siguiendo la pista muy de cerca. 

Un explorador le anunció que los realistas estarían bien pronto 
sobre su campo. 

Guerrero se encaminó al cerro de Papalotla, y tomó posiciones 
para hacer un último esfuerzo, seguro de ser derrotado; para él era 
ya una carga pesada la existencia. 

Setecientos hombres mandados por Peña, acamparon frente al 
cerro, es decir, la derrota y la muerte estaban al frente de los surianos. 

Retroceder, era imposible; desbandarse, era buscar una muerte 
segura y anticipada. 

Los que se hayan encontrado en esos lances supremos de la vida, 
saben que el corazón busca por instinto algún augurio, y es que el 
hombre apela al misterio, cuando la realidad aparece desgarradora ante 
sus oíos. 

Guerrero meditaba sobre el partido que debía tomar en aquellas 
circunstancias, cuando se dirijió á él un jovencillo suriano. 



ros INSURGENTES 275 

— Mi general, vengo á pedir un favor. 

El general esperó á que hablase el muchacho. 

— Quiero suplicarle á su merced, me regale el tambor de cobre 
que les vamos á quitar á los realistas. 

La súplica de aquel niño era tal vez un aviso del cielo. 

— Concedido, dijo Guerrero. 

El muchacho se fué saltando de júbilo. 

Las horas avanzaban, y al amanecer los insurgentes serían ata- 
cados irremisiblemente. 

Guerrero reunió á sus soldados, y con el acento de la verdad les 
dijo: 

—Tenemos al frente un enemigo poderoso, sus armas no pueden 
compararse con las nuestras, y su número es superior; no veo en las 
¡manos de mis soldados, sino pedazos de madera arr¡ ncóda á los ár- 
boles de la montaña, ¿es esto suficiente? 

Todos guardaron un silencio religioso. 

Guerrero continuó: 

— La fuga es la muerte, la lucha una locura. 

Los soldados comprendieron perfectamente todo aquello. 

— Nos queda un recurso muy aventurado por cierto; pero el único 
en circunstancias como esta. 

— Morir matando, dijo uno de los oficiales. 

— Sí, morir matando... ¿puedo contar como siempre con la deci 
sión de mis soldados? 

— ¡Como siempre! gritaron los surianos. 

— El fuego contra la madera, el fusil contra el palo. 

—No importa, volvieron á gritar los insurgentes. 

— Entonces, ¡á morir! 

Formóse la pequeña espedición armada de garrotes y algunos ma 
chetes, y descendieron á las márgenes del Tacachi. 

Guerrero fué el primero en lanzarse al agua y atravesar á nado 
la corriente. 

Los soldados lo imitaron con un arrojo desmedido. 

Acercáronse al campo de los realistas, que dormían soñando en 
Bu próxima victoria, y cayendo sobre ellos como el rayo, comenzó un 
combaos terrible entre las tinieblas. 

Desordenóse el ejército realista, y comenzó la dispersión más 
escandalosa. 

Los insurgentes se apoderaron de las armas, y acuchillaron á su 
Babor al enemigo, que huía en todas direcciones. 

El crepúsculo alumbró el campo de batalla sembrado de cadáveres. 

La victoria habla coronado con sus laureles la frente osada de 
aquellos aventureros del heroísmo. 

Cuatrocientos fusiles, un gran número de prisioneros y los bagajes 
todos de los realistas, formaron el expléndido botín de aquella atrevida 
jornada. 

— ¡Mi general, aquí está el tambor! gritaba un muchacho mos- 
trando la caja á Guerrero. 

—Es tuyo, dijo el general, y abrazó á sus valientes soldados, á 
sus compañeros de fortuna y de vicisitudes. 



276 H7AK A. ICITEOi 



II. 

La fortuna seguía los pasos del caudillo; llegó á TecozautitlaE 
-uoade derrotó á Lamadrid, alcanzándole en la retirada: se hizo de si 
artillería, ocupó el cerro del Chiquihuite, y apenas atrincherado, soe 
tuvo un formidable ataque de dos mil realistas, á quienes rechazó va 
lientemente. 

Emprendió una falsa retirada de Alcosauco, y tornó en el silen 
ció de la noche con tanta rapidez, que derrotó á los piquetes de Lo 
bera, Cataluña, Santo Domingo y dragones de la reina. 

Consumáronse el día siguiente terribles ejecuciones, entre ellas I 
del comandante Combe, que rehusó la vida antes que abrazar la caus; 
de la insurgencia. 

Siguió el caudillo á Tlamaljacingo del Monte, donde estableció uní 
fundición de cañones, elaboró pólvora, construyó municiones y dio form¡ 
á su ejército. 

Sitúase en el cerro del Alumbre; derrota al enemigo que condu 
cía un convoy, dá la batalla de Hostocingo, ataca á Armijo en la Ca 
ballería, donde está á punto de caer prisionero, derrota en Amatlai 
al conde de la Cadena, triunfa en Huamostitlan, es derrotado en lo¡ 
Naranjos, reaparece en Pixtla, y persigue vencedor á los realistas; I 
se vuelve al centro de todas las partidas que vienen en fuga acribi- 
lladas por el enemigo. 

Todos le buscan instintivamente, todos quieren militar á sus ór 
denes, y un nuevo iris de esperanza aparece sobre la faja de las mon 
tañas, anunciando el día espléndido de la independencia de América 

Aquella ola crecía y se encrespaba en el mar revolucionario, ame 
nazante y terrible como la justicia nacional. 

Entre tanto los realistas tomaban la revancha, y no pasaba ui 
solo día sin perpetrar asesinatos, de los que se resiente aún la hu 
manidad. 

Guerrero libertó á los pueblos de ese azote, levantó las Mixtecas 
que se portaron heroicamente, y recorrió victorioso las costas abrasa 
das del Sur. 

Juan del Carmen, guerrillero de primera fuerza, iba siempre á la 
vanguardia de los insurgentes, como la manifestación del valor te J 
merario. 

No es posible numerar los combates y encuentros parciales de loe 
insurgentes, porque este libro es mezquino en sus páginas. 

Los muros acribillados de las ciudades, los pueblos incendiados, 
las ruinas amontonadas que aun se encuentran en los valles y los 
desiertos, y la tradición viva de nuestros padres referida aún hoy en 
nuestros hogares, atestigua lo terrible y grande de ese movimiento 

Quedan aún algunos de los que presenciaron aquellas escenas, son 
pocos, y el autor de este libro ha recojido de sus labios, leyendas 
sangrientas que alguna vez verán la luz pública. 

El volcán estaba en los momentos supremos de su erupción, cuando 
Calleja, ascendido á virrey de Nueva-España por sus méritos en la 
primera época de la insurrección, tuvo noticia de que llegaría muy pronto 
á las playas mexicanas, don Juan Kuiz de Apodaca, conde del Vena- 
dito á sustituirle en su encargo. 



LOS INSURGENTES 277 



El tigre de Calderón informó á la Corte de Madrid, que todo 
había concluido, y que los insurgentes quedaban reducidos á bandas 
de ladrones. 

He aquí el solemne mentís al informe de Calleja. 

Desembarcó el virrey Apodaca en Veracruz, escoltado por los 
Tejimientos Fijo de México y Puebla, que estaban en la Isla de Cuba. 

Emprendió desde luego su marcha á la capital. 

Los insurgentes se apoderaron de San Juan de los Llanos, en 
espera del conde del Venadito. 

A la madrugada de ese día salieron las guerrillas hasta el punto 
de Vicencio, donde esperaron la real caravana. 

Como á las once y media de la mañana, se dejó ver el acompa- 
ñamiento del virrey, compuesto en su mayor parte de aduladores. 

Los insurgentes se arrojaron do improviso sobre la fuerza. 

Los ayudantes le presentaron un caballo al virrey, que estaba 
atarantado y confuso en aquel lance inesperado. 

Las tropas espedicionarias desconocían la táctica de los insur- 
gentes, y se encontraron envueltas cuando menos lo creían. 

Formaron martillo, hicieron algunos movimientos; pero todo en el 
mayor desorden. 

El virrey estaba á punto de caer prisionero, porque su tropa va- 
cilaba por momentos. 

En lo más reñido de la acción, y cuando ya estaba al consu- 
marse la derrota, se dejó ver en el campo á Márquez Donayo con una 
división; esta circunstancia hizo emprender la retirada á los insurgen- 
tes, llevándose multitud de armas y prisioneros. 

La caballería de Denayo no pudo darles alcance, por lo fan- 
goso del terreno. 

Algunos dispersos cayeron en poder del enemigo. 

Lances atrevidos como este, llenan nuestra historie 

III. 

Volvamos á los personajes de nuestra novéis 

Las montañas están pobladas de insurgentes y de realistas, que 
traban escaramuzas y combates á todas horas. 

En aquella lucha I03 vencedores de hoy son vencidos mañana, y 
la guerra sin cuartel no tiene término. 

En lo profundo de una de esas barrancas que están en el cora- 
zón de la Sierra, hay una gruta natural formada por alguna corriente, 
segvín puede observarse por las huellas del agua; sus filtraciones son 
perpetuas, produciendo una humedad y un frío perpetuos. 

Sentados sobre las rocas están algunos soldados realistas, que 
traen encadenado á un prisionero. 

Los caballos apagan su sed en la corriente que atraviesa entre 
las quebraduras. 

El capitán Jacinto Castaños está recargado al tronco de un árbol 
entregado á la soledad oscura de sus pensamientos : el tiempo y las 
desgracias han dado un tinto sombrío á su rostro, quemado por el 
sol j el aire de las montañas 



278 3vt.n a. mato* 



Su mirada torva se ha sublimado en aquel constante sufrimiento 
de su alma, y el aspecto todo de aquel hombre es repugnante. 

Sus vestidos están estropeados por las caminatas ; solo sus armas 
relucen por el juego constante de la guerra. 

Jacinto parece reflexionar sobre algún asunto qne lo preocupa de 
una manera incisiva : sus miradas caen á plomo sobre el prisionero, 
que con los brazos cruzados sobre el pecho y la cabeza inclinada, es 
presa de una desesperación callada. 

Brilló algo de siniestro en el rostro de Castaños ; dirijióse á sus 
soldados haciendo seña de que despejasen. 

Fonterravía y Jacinto quedaron solos. 

— Es preciso, señor capitán, dijo Castaños, que esta situación 
tenga algún término. 

— Lo deseo vivamente, contestó Edmundo ; ansio la muerte, que 
pondrá término á mis sufrimientos. 

— Es necesario hablar por última vez. 

— Ya escucho. 

— Usted es español, y su gobierno le había confiado sus armas 
para que lo defendiera, ¿no es verdad? 

— Es cierto. 

— Al principio fué usted el más decidido campeón de la causa 
del rey, hasta caer prisionero combatiendo por la bandera española ; 
después esas armas se han tornado contra nosotros. 

— Usted no puede comprender el misterio que se encierra en mí. 

— ¿Podría usted explicármelo? 

— Nunca. 

— Pues entonces es preciso resignarse á morir. 

; — Yo sé, dijo Fonterravía, que no son motivos políticos los que 
precipitan el desenlace de este drama... 

Jacinto se estremeció. 

— Hay algo en el corazón de usted que lo impele á la venganza 
y yo soy una de las víctimas escogidas por su furor sanguinario... la 
presencia de usted en la casa del general Bravo, el acceso de locura 
que acometió á usted en aquellos momentos, la rabia de que se po- 
sesionó al aspecto de sus protectores, todo me indica que hay algo 
terrible que... 

— Calle usted, calle usted, dijo Castaños; yo nada quiero re- 
cordar. 

— Entre usted y la familia de los caudillos hay un mar de sangre 
inmenso : usted asistió á las ejecuciones de don Leonardo y de don 
Miguel Bravo : usted testigo mudo de esas escenas de matanza, fué á 
aliviar sus rencores junto al patíbulo de ios héroes. 

— ¡Es verdad! gritó Castaños ; eiios me llamaron al combate, y 
yo he aceptado. 

^ — Ellos, contestó con ira Edmundo, sirvieron de abrigo á toda la 
familia ; ellos le han prestado á usted la sombra de su cariño en sus 
primeros años, alimentando en su seno la víbora que debía volverse 
contra su corazón. 

— Así como usted guarda un secreto, yo también lo tengo ; pero 
impenetrable... mis antecesores todos forman una eadena trágica que 



LOS INSURGENTES 275 



ata mi existencia... yo voy impulsado por el aliento de la fatalidad... 
no busque usted la causa en los afectos vulgares, porque de arriba es 
de donde viene la maldición que cae sobre mi frente... yo lie nacido 
para el esterminio de los míos. . . soy una sombra maldita, y estoy pre- 
destinado al mal... en mi sangre se infiltra un veneno que corroe 
cuanto alcanzan mis ojos y tocan mis manos... ¡capitán Fonterravía : 
soy digno de compasión! 

El acento de aquel hombre se dulcificó por algunos momentos ; 
el llanto apareció en sus pupilas, y refrescó aquel corazón cubierto 
con la lepra del crimen. 

— Sí, continuó; yo be nacido en Lora aciaga... mil veces lie que- 
rido retroceder ante ese abismo, cuyas sombras envuelven mi alma en 
la tribulación... sí, me be querido detener en la pendiente ; pero mis 
plantas resbalan en la sangre... 

— Sí, dijo Fonterravía ; usted era bueno : la fatalidad lo hizo sa- 
lir de aquella paz que disfrutaba en el fondo del bogar... muerto 
el anciano Blas por una vicisitud inesperada, el horizonte ge en- 
jutó, y... 

— Desde aquel día, exclamó llorando Jacinto, no he vuelto á nom- 
brar á mi padre, y abora se renueva la antigua herida... soy un cri- 
minal... ¡un parricida!... ¡merezco la muerte! 

Exaltóse el cerebro de aquel desgraciado, y sus facultades men- 
tales se turbaron con el recuerdo sangriento de su padre. 

— ¡Ya no hay remedio! gritó furioso; esas cenizas no pueden le- 
vantarse sino para maldecirme... ¡adelante, furias del infierno!... ¡a- 
delante!... yo quiero víctimas... mis fauces están secas, y su ardor 
sólo se calma con sangre... ¡Paso! ¡paso!... hola, soldados, ¡aquí!... 
¡aquí! 

Los realistas acudieron á la voz de su capitán. 

— ¡Agarrotad á ese hombre! 

Uno de aquellos verdugos sacó dos cadenas que traía preparadas; 
puso una al cuello del prisionero y otra al pie, remachándolas á gol- 
pe de martillo, y haciéndole sufrir dolores terribles. 

Clavaron las almellas á las rocas, y Fonterravía quedó adherido 
á las piedras como Prometeo. 

— ¡Bien! gritaba Castaños : así, así lo quiere mi venganza... 

Acercóse á Edmundo para gozarse en su tormento, cuando des- 
cubrió sobre el pecho el escapulario con la esmeralda, que ya hemos 
dicho era absolutamente igual al suyo. 

Precipitóse como una fiera ; rasgó con los dientes el amuleto y 
se apoderó de la esmeralda. 

— ¿Qué es esto? gritaba con estupor. 

— Es la herencia de mi familia, exclamó Fonterravía. 

— ¡Luego tú eres descendiente de Xicoténcatl! 

— Sí; hé aquí el misterio que no quería revelarte. 

— ¡Piedra- Santa, tú y yo! gritó Jacinto : los últimos vastagos de 
esa familia que ha atravesado tres siglos en pos de la venganza... yo 
he nacido para contrariar los vaticinios... soy el enemigo de mi raza. 

— ¡Miserable! exclamó Fonterravía : has bebido el licor emponzo- 
ñad© de la traición; pero el destino es inexorable... ¡morirás, sí; nao- 



280 ffTJAN A. MATEOS 



rirás, porque el día de la libertad se acerca!... no está en tu arbi- 
trio detenerle... ya está en tu mano la esmeralda... tú ó Piedra-Santa 
reunirán el collar de Xicoténcatl, y entonces la América será libre, y 
sobre nuestras tumbas se dejará oír el primer grito de emancipación. 

— Yo contrariaré el destino... no, no morirás, porque está escrito 
que mientras exista uno solo de nosotros, la América vivirá encade- 
nada, y yo gozo con su esclavitud... Vive, sí, vive, y que la lucba 
se prolongue... todos ignorarán que mientras alientes, el trianfo se 
aplaza. 

— Te engañas, hijo de Tízoc : el momento ha llegado ; nuestros 
mayores jamás se conocieron... yo he venido de tierras lejanas con el 
amuleto, y los tres herederos nos encontramos juntos en el suelo ame- 
ricano... este mismo combate en que entramos, augura el postrer ins- 
tante de nuestra vida... moriremos los unos á manos de los otros... 
ya no tendremos descendencia que nos herede... la aurora de la li- 
bertad aparece en el horizonte... 

— Aun es tiempo, gritó Castaños ; los tres vivimos. 

— Mátame, sí ; ¡con mi muerte abro tu sepultura! 

— ¡Dios tenga piedad de tí, exclamó Castaños, y saltando sobre 
su caballo se alejó á todo escape, seguido de sus ginetes. 



CAPITULO IV. 
La monja espirituada. 

I. 

Toda la familia del general Bravo había presenciado la escara- 
muza en que los insurgentes hicieron retirarse á los realistas, lleván- 
dose prisionero al capitán Edmundo Fonterravía. 

La esposa de este desgraciado se sintió desfallecer bajo el peso 
de aquella espantosa desgracia : pero una reacción violenta se apoderó 
de su alma, y sin que nadie pudiera detenerla, marchó atrevidamente 
en pos de su marido. 

Vildo, aquel noble y servicial insurgente, se prestó á hacerle com- 
pañía, y los dos se echaron á andar sobre las huellas del enemigo. 

— Va su mercé á exponerse demasiado, decía Vildo ; no conoce 
lo que son estos coludos. 

— No importa; si tienes miedo déjame sola: yo no quiero com- 
prometer á nadie. 

— Que no es eso, señorita : uno es decir que jugamos la pelleja 
en este negocito, y otro afirmar que tengo miedo... no faltaba otra 
cosa... Vildo nunca ha conocido á ese señor... y que ya saben los 
realistas cuánto vale mi mujer... 

— Creo que deben haber tomado este rumbo. 

— Por aquí van las pisadas de los animales y de la tropa : pero 
en el punto de adelante se han de perder. 

La noche comenzaba á caer en el horizonte ; el crepiísculo ago- 
nizaba entre las primeras sombras, y pronto la oscuridad más com- 
pleta envolvería á los viajeros. 



LOS INSURGENTES 281 



— Vamos arreciando el paso, señorita María, porque este es un lugar 
peligroso ; ya he visto las señales del lobo en la tierra del camino. 

— Estoy segura, respondió la joven, de que hoy ni los elementos 
pueden contra mí. 

— Está su mercó desesperada. 

— Completamente ; y no cesaré de caminar hasta encontrar á Ed- 
mundo. 

— Pues caminemos, señorita, que yo en peores me he visto ; 
Vildo nunca ha dicho que no andaba. 

La joven y el insurgente seguían su marcha apresurada entre 
las tinieblas. 

El viento empezó á apoderarse de los copos de los árboles, ha- 
ciéndolos crujir con un rumor sordo y amenazante. 

Anunciábase una tempestad de aire terrible: oíase mujir en 'as 
quebraduras, reproduciendo los ecos entre las rocas y los pinares. 

— Ya estamos cerca del ranchito del tío Colas, dijo Vildo ; y su- 
pongo que la señorita querrá descansar esta nocñe. 

— Sí, respondió María, á quien la fatiga comenzaba á langui- 
decer. 

Efectivamente, como á un cuarto de legua, y allá en una encru- 
cijada de la vereda, se descubrieron á la luz de los relámpagos unos 
miserables jacales. 

Caifas, compañero inseparable del insurgente, comenzó á ladrar 
luego que husmeó gente en la ranchería. 

— Hemos llegado, señorita, dijo Vildo,. después de haber silbado 
por tres veces y oído la contestación. 

— Tío Colas, ¿qué tenemos de noticias? 

— Nada, y mucho : los gachupines han pasado al anochecer. 

— Buen hombre, dijo Maria, ¿y vio usted á un joven prisionero 
que llevaban? 

— ¡Pues no! y á f ó que iba el señor más triste que una don- 
cella. 

— ¿Y qué decían de él? 

— Nad3 ; pero se creía que por esta vez se escapaba. 

— ¡Dios mío, consérvale la vida! 

— Parece que la señora es panenta del prisionero. 

— Es su costilla, tío Colas ; y entre paréntesis, dígame si tiene 
algo que cenar, y vaya alistando su cama, porque la señora tendrá 
gana de descansar. 

— Ya lo había pensado, señor insurgente, y sin que su mercó me 
lo dijera, ya todo estaba listo. 

— ¿Es usted adivino, tío Colas? 

— No, pero los gañanes me dijeron que venía con este rumbo. 

— Este hombro tiene buenos sabuesos. 

— Ya como que si me descuido mo cuelgan esos malditos. 

— Pues entrando, dijo Vildo j y bajó á María del caballo y en 
brazos la llevó hasta la casuca. 

— Estoy rendida. 

— Ya lo creo, como que hemos hecho una caminata infernal. 

Sentáronse á una mesa humilde, pero cual fué su sorpresa al ver 



282 JUAN A. MATBOt 



que el tío Colas comenzó á servir una cena magnífica y vinos exqui- 
sitos. 

— ¡Demonio! gritó Vildo, este hombro tiene un tesoro escondido. 

— No haga usted caso, señor insurgente, este es un pequeño con- 
voy que se quedó retrasado y me lo presté para cuando tenga con que 
pagar. 

— Esa es mi cuerda, tío Colas. 

— Además, dijo el ranchero, que yo tengo una muy buena me- 
moria. 

— ¿Y de que se acuerda el tío? 

— Vamos que yo conozco á la señora. 

María fijó sus ojos en aquel hombre; pero no pudo recordar su 
fisonomía. 

— Yo estuve. dijo el tío Colas, en el sitio de Cuautla. 

— ¡Demonio! gritó Vildo, este hombre es tan insurgente como 
nosotros. 

— Ya lo creo. 

— Quiere vd contar aigo de esa época, dijo María. 

— Con mucho gusto. 

— Todo me vuelvo orejas, dijo Vildo. 

— El día aquel en que mi coronel Piedra-Santa estaba á punto 
de casarse, yo iba con el señor cura MoreJos. 

— ¡Es verdad! volvió á gritar Vildo. 

— El tío Colas continuó : cuando sus mercedes salieron á todo es- 
cape de la plaza, yo mé lancé por otro rumbo con el niño Juan, y 
soguí mi camino hasta entregarlo á la familia, que lo despachó á los 
Estados-Unidos. 

María se puso á llorar amargamente. 

— Después volví al lado de) señor cura, y lo acompañé hasta 
que... vamos yo no quiero recordar al general, porque... mire usted 
señora, yo nunca he llorado, pero ese día eché todas las lágrimas que 
tenía en el alma... desde entonces estoy aquí... y no pierdo la es- 
peranza de vengarlo. 

El tío Colas había sido un guerrillero terrible j á consecuencia 
de una herida se imposibilitó de montar á caballo, y permanecía en 
aquella venta como una espía de los insurgentes. 

Cuando aparecían los realistas daba aviso, y multitud de oca- 
siones los habían sorprendido en aquel lugar teatro de horrorosas 
escenas. 

El rancho se llamaba de las Cabezas á causa de estar puestas en 
escarpias varias cabezas de realistas y de insurgentes. 

El tío Colas era un hombre sanguinario, la idea de vengar á Mo- 
relos lo preocupaba hondamente, y para él todos los españoles juntos, 
no eran suficientes á lavar la sangre del caudillo. 

Cruel por instinto, mal educado, y nutrido en la lucha salvaje de 
aquellos días, había asesinado a cuantos prisioneros cayeron en 6us 
manos, consumando asesinatos espantosos. 

A la sazón pasaba por un labriego, su barba larga y crecidos ca- 
bellos, impedían conocerle, y pasaba desapercibido de los realistas, á 
quienes daba hospitalidad á pesar de su odio. 



I>OS INSURGENTES 283 



Estaba el tío Colas entretenido en el mundo de sus recuerdos, 
cuando se dejó oír el ladrido de los perros. 

— Gente nueva, señores, matemos la luz. 

Vildo y María quedaron en acecho, mientras el tío Colas salió á 
la puerta de la choza. 

Un indio muchachuelo se acercó y drjo en mexicano: 

— Son realistas. 

El tío Colas echó una maldición terrible. 

Acercóse un grupo de ginetes al rancho. 1 

— Pasen sus mercedes, dijo el tío Colas. 

— Hola tío; respondió la voz conocida del comandante Garrote, á 
quien deben haber olvidado nuestros lectores. 

— Señor comandante, está haciendo una noche de perros. 

— Propiamente, amigo mío, y sobre todo, una noche de hambre 
y sed que escarapela. 

— Pues no hay más que pasar, tengo una cena escasa, pero sobra 
la voluntad. 

— Gracias, y que coman los animales. 

El indio llevó los caballos á un sitio donde no había pastura, y 
el tío Colas sirvió una cena (si es que así puede llamarse) tan mala 
y escasa que el comandante Garrote se daba á todos los diablos. 

— ¿Pero hombre de Satanás, no tiene usted ni un trago de ca- 
talán? 

— No señor; pero hay una agua tan fresca, que da ganas de 
bebérsela toda. 

— ¡Maldito sea usted tan miserable! 

— Es que los señores realistas cargaron con todo. 

— No sería el capitán Edmundo Castaños, que vá renegando de 
la ranchería y el dueño. 

— Los soldados me saquearon la casa. 

— Tío Colas, tiene usted más agallas que un tiburón. 

— Todo puede ser; pero esos se llevaron la casa á cuestas en 
nombre del rey. 

— ¿Y no han pasado los insurgentes? 

— Ni uno solo, hace ya' mucho tiempo que no se les vé la cara. 

— Es decir que puedo dormir tranquilo. 

— A pierna suelta. 

— Harto lo necesito. 

— ¿Y no sabe el señor capitán qué le ha pasado al prisionero 
que llevaban? 

— Sí, es un español llamado Fonterravía, traidor á su patria y 
á sus banderas, que ya debe estar colgado en un palo del camino. 

Oyóse un grito sofocado en el jacal inmediato. 

— ¿Qué pasa? preguntó Garrote. 

— Nada, que mi costilla tiene ataque de corazón, y se habrá 
asustado con la llegada de su merced. 

— Vamos, que estas mujeres son muy delicadas; no se parecen á 
mi difunta esposa, que era capaz de comerse vivos á dos docenas de 
insurgentes. Y á propósito de esos infames, ya sabrá usted que los 
han excomulgado nuevamente. 



284 JTTAN A. MATÉIS 



— Ya me lo habían dicho. 

— Con esas excomuniones, ya están en completa derrota; tanto 
aquí como en el cielo. 

— Eso es \isto. 

— Me parece, tío Colas, que tiene usted mucho de bellaco. 

— Son parecimientos do su merced. 

— Cuidado, porque le cuesta cuando menos una zurribamba de 
azotes. 

—No hay cuidado, yo estoy perfectamente con la inquisición y 
el rey. 

— Basta de charla, y durmamos, que nuestra escolta se aloje per- 
fectamente. 

— Y como que sí, dijo el tío Colas, y alojó á los dragones en 
una caballeriza. 

— Venga su merced, señor capitán, ya lo» soldados están per- 
fectamente, su merced dormirá en un jacalito que es lo más aseado, 
ya le he puesto una cama de petates más blandos que la cama del 
virrey. 

— No hay que chancearse. 

El comandante Garrote tomó posesión de su alojamiento, que 
estaba situado junto á una zahúrda. 

No bien el desgraciado se acostó, cuando los clalajes (piojos de 
puerco) le invadieron todo su cuerpo, y comenzaron á picarlo de una 
manera horrible y tenaz. 

Figúrense nuestros lectores la agonía de Garrote al Eentir el escosor, 
sin luz para ver al enemigo. 

La comezón producida por el clalaje no tiene comparación, el 
comandante á fuerza de rasquidos y araños, se produjo la llaga que 
trae consigo el piquete de ese animal. 

Levantóse de la cama, hechóse fuera del jacal y comenzó á llamar 
á gritos al tío Colas. 

— ¿Qué se le ofrece á usted? preguntó el labriego con la mayor 
calma del mundo. 

— Lo que se me ofrece, es que voy á ciarle á usted un balazo 
por haberme alojado entre esos bichos. 

— ¿Qué bichos? 

— Los piojos de puerco. 

— Vamos, ya lo esperaba, seguramente lo han desconocido, como 
ya nosotros estamos acostumbrados,: pero ustedes... 

— ¡Viejo infernal! dame un remedio, ó mueres á mis manos. 

— Vuelvo, dijo el tío Colas, y por supuesto no volvió ni á asomar 
las narices. 

El comandante Garrote bufaba como un león, la broma había 
sido más que pesada. 

Acercóse á la casuca donde estaban Vildo y María, y de un em- 
pellón abrió la puerta. 

Vildo había eucendido un mechón para ver á la joven que yacía 
desmayada; tal era la impresión que le habían causado las palabras 
de Garrote, noticiando la próxima muerte de Fonterravía. 

— ¿Qué es esto? dijo el comandante. 



LOS INSURGENTES 285 



— Caballero, diio María volviendo de su desmayo, yo soy una 
mujer desgraciada á quien la suerte acaba de dar un golpe rudo. 

— Serán tal vez los clalajes, pensó Garrote. 

— Han asesinado á mi «sposo, y quedo sin amparo. 

— A fuer de cabaiVrc me ofrezco á servir a usted, señora. 

— Necesito ir á MéT¿«u. 

— Para allá voy precisamente. 

— Saldremos al instante^ yo me siento morir aquí. 

—Y yo también, respondió Garrote rascándose como un mico. 

— Vildo ensilló los caballos, y á la primera claridad de la ma- 
ñana, laüeron escoít&dos por los dragones rumbo á la capital. 

II. 

Pasaron dos meses. 

Hay un convento en México llamado de Santa Brígida, instituido 
especial y únicamente para las viudas. 

En ese monasterio había entrado la esposa de Edmundo, pro- 
nunciando votos de servir al Señor todo el resto de su existencia. 

Ya hemos hablado del carácter exaltado de la joven, de aquella 
imaginación romancesca levantada hasta la poesía. 

La soledad del claustro, los días eternos llenos de paz y de si- 
lencio, las preces sagradas, las armonías del órgano, los cantos reli- 
giosos, todo llenaba de recojimiento el corazón apasionado de la joven; 
pero l'á imagen del esposo aparecía en medio de aquel mundo, como 
la memstia de la tierra destacada en la sombra del claustro. 

Pensaba en Dios y soñaba en su amante, quería orar y llamaba 
con voz de amor á aquel hombre de quien estaba apasionada. 

A fuerza de querer huir de su pesadilla, caía en ella, hundién- 
dose en !a pesada languidez de un ensueño de cariño. 

Cansada» de este perpetuo combate se dejó arrastrar por una idea, 
que como las olas de un mar desconocido, la llevaron insensiblemente 
á las playas del mundo. 

¡Amaba á una sombra!... pasadas las primeras impresiones creyó, 
que había obrado con lijereza ai sepultarse en la tumba de un con- 
vento sin estar persuadida de la muerte de Edmundo, y la desespe- 
ración de no pod*r quebrantar ios hierros de su clausura, concurrió 
á esaltarla terriblemente. 

Comenzó por hablar sola en voz alta, siguió por causarle tedio 
la oración, cuando antes le habla servido para mitigar las pasiones 
de su espíritu. 

La joven entró en la indolencia del sufrimiento, quería estar 
siempre sola, le parecía que sus compañeras la interumpían en los 
coloquios con su alma. 

Le acometió en fin el histérico, esa terrible enfermedad que pre- 
senta las facüs de la locura, con sus llantos y sus risas, con su deses- 
peración y sus arranques. 

La joven &e levantaba á deshoras de la noche, recorría los claus- 
tros, atravesaba loa patios, se sentaba bajo los árboles y llamaba á 
gritos á su a;.ij;j¿r,o. 



286 JUAN A. MATEOS 



Las monjas se despertaban, la seguían, la acechaban, so condo- 
lían de sns dolores; pero no lograban tranquilizarla. 

Cuando las viejas se enteraron de que aquella desgraciada era 
viuda de un insurgente, todas las simpatías desaparecieron, y quedó 
ese goce reconcentrado que sienten las almas depravadas ante los su- 
frimientos de los seres á quienes se detexta! 

— La hermana Sor María está excomulgada, dijo la abadesa; esos 
sufrimientos son el castigo de Dios. 

— ¡Excomulgada! repitieron las monjas, y todas se alejaron de 
ella como de una apestada. 

María comprendió el horror de su situación, y maldijo la hora 
en que había pisado aquellos umbrales. 

Cerráronse para ella las puertas del coro, es decir de la oración, 
las reglas ya nada tenían de común con la monja, se la toleraba por 
no dar un escándalo. ' 

Entonces el despecho no conoció límites, la joven sintió perder 
el juicio ante el odio de las que había creído almas hermanas, des- 
atóse como el huracán, las llamó hipócritas y malditas de Dios. 

— Está espirituada, dijo la abadesa, los espíritus malignos se han 
apoderado de su alma : vade retro Satanás. 

— ¡Espirituada! 

— ¡Espirituada! 

Las mozas del convento no querían encontrarse con ella, y cuando 
por casualidad no podían evitarlo, se cubrían el rostro y le ponían 
la señal de la cruz. 

Cuando asistía á la misa, las monjas no le quitaban la vista, es- 
perando verla retorcerse en convulsiones á la hora de la elevación. 

Las viejas aseguraban que por las noches hablaba con los demonios, 
y hubo una que sostubo haber visto al enemigo malo (en esa materia 
ninguno es bueno) arrojando llamas por la boca y diciendo horribles 
blasfemias. 

Las almas fanáticas se sentían extreniecer, y todo el convento 
andaba revuelto. 

Las devotas ocurrían á la misa conventual, situándose frente al 
coro para ver á la espirituada. 

La ciudad oía con terror el toque de rogativa, y las maldiciones 
caían en lluvia sobre los insurgentes acusándoles hasta de maleficio. 

Aquel terrible rumor sobre que Sor María estaba poseída del de- 
monio, circuló con terror no solo en el convento sino en la ciudad 
entera. 

La viuda del insurgente está tentada por los espíritus malignos, 
decía la gente, y se agolpaba á ios muros del templo, esperando oír 
los gritos de la monja y los bufidos del diablo. 

María estaba indignada al sentirse presa de aquella ironía faná- 
tica; su ánimo se babía exacerbado contra toda aquella turba, que le 
huía poniéndole la señal de la cruz. 

Una mujer despechada es peor que un hombre furioso. 

La impetuosa María se arrojó sobre las criadas del convento, y 
estuvo á punto de ahogar á una de ellas. 

Rezáronse letanías, caminando con vela en mano la comunidad 



LOS INSURGENTES 28? 



por todo el convento, echóse agua bendita en la puerta de la celda, 
rezáronse los salmos peni tendales, la letanía de los santos y cuantas 
oraciones hay contra los condenados. 

Aquellas farsas irritaban á María hasta la demencia. 

— ¡Dios me ha abandonado! gritaba la desdichada, ¡Dio3 me ha 
abandonado; 

— Ya la oís, exclamaba la abadesa, el Señor le niega su alta mi- 
sericordia: dejémosla, Dios sabe más que nosotras: huyamos de esa 
criatura apestada, y el Señor la ayude. 

Apagábanse las velas, y todas las monjas corrían á encerrarse sn 
sus celdas. 

Entonces la joven, en esa reacción del espíritu, lloraba las horas 
enteras su orfandad, y rogaba al Sor Eterno se compadeciera de sus 
sufrimientos. 

Los frailes acudieron en masa, hablaron á la joven espirituada, 
la conjuraron, manifestándole que los conjuros eran una lección que 
manifiesta á los cristianos, el horror que deben teuer á cualquier co- 
mercio ó pacto directo ó indirecto con el espíritu maligno; que no 
deben dar crédito á las imposturas y vanas promesas de los preten- 
didos hechiceros, adivinos ó mágicos, que por esta razón se bendicen 
con oraciones y exorcismos las aguas del bautismo. 

María escuchaba con indiferencia todo aquel cúmulo de palabras 
sin comprenderlas, y sufría el anatema terrible de la soledad y el aleja- 
miento de todos. 

m. 

Las reglas de la comunidad ya no la comprendían, así es quo la 
desdichada subía á las azoteas y torres de la iglesia. 

Una tardo que veía á la ciudad desde lo alto de la cúpula, per- 
cibió á un hombre que lo hacía señas con el sombrero, al mismo 
tiempo que un perro ladraba furiosamente. 

Fijó su vista en el hombre y en el perro, y los reconoció per- 
fectamente. 

Hizo una seña de que esperasen, y acudió corriendo á su celda, 
escribió algunos renglones en un pedazo de lienzo, y los arrojó al atrio. 

Vildo el insurgente recogió el lienzo; pero no sabiendo leer, es- 
peró que pasase alguna vieja de esas que llevan la voz en el rosario. 

Efectivamente apareció en la calle de San Juan de Letran una 
beata. 

— Señora, dijo el insurgente, hágame favor de leerme lo que 
dice aquí. 

Calóse la vieja las antiparras, y se puso á leer más bien por cu- 
riosidad que por prestar un servicio á Vildo. 

—«Esta noche al toque de ánimas». 

— Y bien ¿esto? preguntó la vieja. 

— Nada, es una cita que me dá mi patrón, porque yo soy arriero. 

— No cuela esa, pensó la beata, esta tiene un misterio. 

— Gracias abuela, dijo el insurgente. 

— Vaya con Dios, contestó la vieja, y entró en la portería do 
Santa Brinda. 



288 ÍTJAK A. MATEO* 

— Dco gracias, madrecitas, dijo acercándose al torno. 

— A Dios sean dadas, madre Ponciana, ¿qué se ofrece! 

— Nada, acabo de tener un encuentro, que por lo raro voy á con- 
társelo á su reverencia. 

— Diga madre, Ponciana, diga pronto, que en el mundo pasan cosas 
maravillosas ó incomprensibles. 

— Esta es una de ellas. 

— Ya eschuchaiuoB., dijeron varias voces en tono de salmodia, y 
era que varias monjas estaban en acecho del cliisme, porque las mu- 
jeres no dejan de serlo ni bajo ol sayal. 

— Acabo de encontrar á un hombre de muy mala facha, con un 
perro ordinario que se parecía al demonio. 

— ¡Ave María Purísima! dijeron tras las maderas del torno. 

— Sepa su reverencia, que sacó un trapo, donde me dio á leer 
¿atas palabras «esta noche, al toque de Anima.» 

— En eso hay maleficio. 

— Puede ser muy bien; pero lo que me chocó fué que el lienzo 
era de la misma tela que se usa en este convento, el mismo que llevan 
sus reverencias. 

— jDios nos ampare, madre Ponciana! 

— Estoy seguía de no equivocarme. 

— Eso huele á una cita mundana. 

— Ni más ni menos. 

— Y decía usted madre Ponciana, que el hombre estaba en esta 
calle. 

— Precisamente. 

— Este es caso de conciencia, y voy á dar parte á nuestra madre 
abadesa. 

— Como guste su reverencia. 

A pocos minutos, bajó una vieja seca como espárrago y trigueña 
como el cacao, con los ojos encontrados, la nariz de gancho, la barba 
puntiaguda, con una verruga cubierta de pelos recios como las espinas 
de una viznaga, las manos como disciplina y los pies largos como los 
de un mono. 

Enteróse con empeño de los menores detalles de la relación, y 
comprendió desde luego, que alguna de sus amadas hijas traía cam- 
paña con un mundano. 

— No ha de ser Sor Guadalupe, (pensaba la abadesa) porque el 
sugeto que la perseguía no está en México... la hermana Refugio, 
tampoco; porque ya le costó un billete dos meses de reclusión... la 
hermana Cipnana, menos; porque su confesor le ha prohibido hasta 
la reja... la hermana Jacinta, no puede ser, porque tiene ochenta 
años... ¡ah!... ¡ya!... no, imposible, la hermana Luisa, ya me prometí í 
no pensar más en ello. 

— ¿Qué dice su reverencia? preguntó la beata. 

— Nada, estaba reflexionando sobre cosas que no están á vuestro 
alcance. 

— Yá. 

— No sea la endemoniada, dijo la monja tornera. 

La abadesa tenía el mismo pensamiento en aquel instanto. 




¡p*"4- 



* f í '" 



—Alto, dijo el insurgente, poniéndole dos pistolas al 
pecho. 

Cap 73.°-//. 
i Viva la América ! 



ro« ursuReÉNTEá 289 



— No hay duda, y es necesario impedir una desgracia: pero... 
pero... 

— Desearía saber su reverencia quién es el atrevido sacrilego. 

— Precisamente. 

— Pues yo me ofrezco á estar esta noche en el atrio á las ocho 
en punto. 

— Perfectamente, así prestarás un servicio á la iglesia. 

— Demos parte á la podría para la aprehensión del malvado. 

— Muy bien. 

— Vaya con Dios. 

— El quede con su reverencia. 

La beata endemoniada se estuvo en acecho, y cuando la cam- 
pana dio el primer toque de la plegaria de ánimas, se entró en el 
cementerio de la iglesia. 

IV. 

María escribió á Vildo que la esperase, meditando la más arries- 
gada de las empresas. 

La joven estaba resuelta á abandonar el convento, y proyectó 
descolgarse por la cuerda de la campana hasta el atrio. 

Sabía que el insurgente no faltaría á la cita, y esto la animaba 
hasta el grado de arrostrar por todo. 

Las monjas la acechaban, sin que ella se apercibiese de ello. 
Luego que la abadesa la vio subir á la azotea, comprendió su 
proyecto : podía con una sola palabra haberla atajado, pero el escán- 
dalo era para ella el plato más exquisito. 

La policía estaba avisada, y tenía tomadas todas las avenidas. 

Vildo rondaba con su perro la calle do Letran, esperando el toque 
de ánimas desde las seis de la tarde. 

Sonaron los tres cuartos. 

María subió atrevida el campanario, cortó uno de los hilos de 
una esquila, lo pasó por el conducto que daba paso á una canal, ató 
perfectamente la cuerda, y esperó el toque de las ocho. 

Pasaron quince minutos en la mayor ansiedad, las campanas de 
la Metropolitana anunciaron la hora. 

Maria se persignó devotamente, encomendándose á Dios de todo 
corazón, tomó la cuerda con las dos manos y abandonó el pretil de 
la azotea. 

Comenzó á descender pausadamente, apoyando sus delicados pies 
en la pared, y rozando sus manos que oprimían á la cuerda. 

Caifas daba ahullidos de gusto, pues ^había reconocido á su an- 
tigua amiga. 

La beata esperaba llena de inquietud. 

Vildo nada veía, porque la oscuridad era intensa. 

Al fin la joven llegó al suelo, pero tropezó instantáneamente con 
la madre Ponciana, que dio un grito. 

Asustóse María con la presencia de la beata, y corrió á refugiarse ! 
á la puerta de la iglesia. 

El insurgente se arrojó en la oscuridad sobre el primer bulto, y 

19 — Los Insurgentes. 

I 



'90 JUAN A. MATEOS 



creyendo que todo se malograría si Ja joven hablaba, le tapó la boca, 
y tomándola en brazos huyó á lo largo de la calle. 

— ¡Alto! gritó la policía. 

— ¡Soy perdido! exclamó el insurgente. 

— Amarren al raptor, y lleven á esa mujer á la cárcel. 

Vildo estaba desesperado. 

A la media hora estaba el juez tomando la declaración prepa- 
ratoria. 

— ¿Dónde conoció á esa monja 1 ? 

— Yo no conozco á nadie, dijo Vildo, esa señora estaba tirada 
en el atrio, y por caridad la recojí. 

— Sacrilego, infame, las vas á pagar todas juntas; tú ignoras que 
el atrevido que roba á Dios sus esposas es un criminal. 

— Será todo lo que su merced quiera; pero yo no sé de lo que 
se trata. 

— Ya lo sabrás más tarde, por ahora procedamos al careo, venga 
esa mala religiosa. 

Los alguaciles introdujeron á una mujer completamente cubierta. 

— Señora, dijo el juez, usted ha hecho un voto sagrado, y no 
obstante hoy lo quebranta infamemente, yo le mando á usted que se 
descubra, para ver si ese hombre la conoce. 

Cayó el manto, y apareció el rostro abominable de la madre 
Ponciana. 

El juez, el insurgente y los alguaciles, abrieron tamaña boca, 
aquello sí era obra de Satanás. 

— Usted es la espirituada, gritó el magistrado, usted ha vanado 
de fisonomía por arte del diablo. 

— Señor juez, yo soy Ponciana Muñoz, la que he sido siempre, 
y seré hasta que me muera. 

— Es la misma, dijo un alguacil, yo la conozco perfectamente. 

— Expliqúese usted, ^señora. 

— Si no sé lo que ha pasado. 

— ¿Cómo se ha dejado asted conducir en brazos de este caba- 
llereo? 

— Yo tengo por costumbre, señor juez, entregarme á la voluntad 
de Dios. 

— Y parece que también á la del prójimo. 

— Dios me libre de tentaciones. 

— Vamos, que pongan á estas dos canallas en libertad, yque las 
monjas no vuelvan á desvelarnos con patrañas. 

— Está bien, señor juez, dijo un alguacil, y sacó á puntapiés á 
Vildo, que al sentir el aire de la calle, esclamó ccn el corazón .ríva 
la América? 



LOS INSURGENTES 291 



CAPITULO V. 

J)e ios toros y cauas que hizo Iturbide en honor de 
su amo Fernando VII. 



Iturbide era e' jute más sanguinario de los realistas: podía ha- 
berse aüogaüo cod la sangre üe sus victimas. 

Los insurgentes io ouiaoan a muerte, y el solo nombre de aquel 
miserable Llenaba de terror las ciuüades y las comarcas. 

La mstorra nos presenta episouios ele ese ñomore que nos hacen 
ver en su maent .a mano mexoraoie de la justicia de Dios. 

Iturbiüe cea a ana imaginación caballeresca las acciones ganadas 
á los insurgentes ie ñauan neoüo ooñar en la neroicidad de los tiempos 
medios, y se c^e;a un granan nomore. 

Li ejercito lea.ista qae estaoa a sus órdenes acamyaba en Ira- 
puato, cuaaao se uisp^so un simulacro en nonor de ;a batalla de 
Calderón. 

Simulacro íiüícnio, íarsa inoportuna en los momentos en que la 
revolución etugla con iodos sus norrores. 

Tres ma toiaa^os c».n »uo correspondientes tienes, armáronse en 
son ele gaeira, fautvbt, d puente, uivimerojse las columnas y comenzó 
el ataque. u ue íue cazurro seguramente por fa.ta de adversarios. 

íocoeo diaua íuzoce Saiva, y ti nornoie ue ios vencedores se pre- 
gono en son ce trompetas. 

Como ios rea^stas nacían ei simulacro, ios insurgentes perdieron 
la baiai;a, esto se encuentra muj natuiaí. 

Concluida aqueja céieore maniiestacion, Iturbide dividió su gente 
en treinta secciones, que recorriesen ios pueolos comarcanos en pos de 
los insurgentes, estando precisamente en e± Valle al otro día. 

Aquellos ogros se lanzaron furiosos, y aprehendieron á cuantos 
infelices labradores encontraron en los campos. 

Iturbiao i.ego á xa cita fatal, y sin inquisición alguna que pusiese 
en ciaro la inocencia de los prisioneros, los hizo pasar por las armas, 
con una ostentación de ferocidad abominable. 

\Cincucnta fueron las víctimas ese dial 

II. 

La hacienda de la Quemada, yendo en si a ue posta, es hoy el 
punto medio entre Querétaro y San Luis Potosí; reuníase allí multitud 
de gente con motivo de una pequeña feria, á jugar gallos, y á hacer 
corridas de toros. 

Improvisóse una plaza con madera, sirviendo al medio día de pa- 
lenque, y en la tarde de plaza de lid á los aficionados. 

Agolpáronse los concurrentes, llevando la mayor parte en brazos 
bus gallos, cuyos cantos sobresalían entre el rumor de la multitud. 

Ajustábanse peleas, entablábanse disputas, hacíanse ensayos to- 
pando los gallos; aquello era una Babilonia. 



292 JUAN A. MATEO* 



Repentinamente se dejó oír una voz chillos -ue salía de la gar- 
ganta de un individuo, cuya catadura era la sigui«i¿.. 

Sería un hombre como de cincuenta y cinco años, fiaeo como una 
baina de buitsacbe, llevaba el cabello largo, saliendo un mechón de 
canas entre el ala y la copa del sombrero de petate, su fisonomía era 
ingrata, nariz pequeña, ojos chicos, barba rala como pelos de un gato 
salido ¿el agua, boca grande y despoblada, garganta zureada de venas 
y tendones muy pronunciados, pelo en pecho, brazos enjutos y manos 
largas, con uñas corvas como las del águila, los pies desnudos y todo 
aquel ser raquítico, envuelto en una sábana blanca cojida por bajo 
del brazo, y unos calzones de manta anchos y de un color entre ar- 
cilloso y negro. 

Tal era el sugeto encargado de los pregones. 

Adelantóse en medio del estadio, quitóse el sombrero y dijo con 
el acento de los caballeros de armas. 

— jAve María Purísima! Señores, comienza la diversión con un 
giro y un malatova, ajustados en cincuenta pesos, vamos señores, el 
que la quiera la suelta... ¡lárguenla!... ¡lárguenla!... 

Dos adversarios se presentaron en el terreno, dos galleros, vién- 
dose con recelo y mascando las plumas arrancadas á sus gallos, se pu- 
sieron frente á frente. 

Luego que la multitud examinó á los contendientes, comenzaron 
á atravesarse las apuestas. 

En los palenques no se toma por divisa el color del gallo, sino 
el nombre del dueño, así es que la voz de « Vildo contra Serapio » 
comenzó á discurrir por el circo. 

Vildo el insurgente era dueño del giro, que se paseaba como un 
general en jefe delante de su adversario. 

Nuestros lectores querrán saber algo del insurgente, y nosotros 
diremos cuatro palabras sobre esta historia. 

Vildo y la beata fueron puestos en libertad por el alcade, que 
mandó un regaño á las monjas de Santa Brígida. 

El insurgente salió ligero como un gamo, echándose á andar para 
el barrio de Santa Ana, donde tenía un conocido, que se ocupaba en 
vender caballos que no bebían agua, lo cual quiere decir en romance 
« robados ». 

— Amigo, dijo el insurgente, hágame favor de darse un volteado 
por el convento de Santa Brígida, y tome lenguas de lo que pase. 

— Usted siempre asuntando. 

— Cállese y no dilate, porque yo tomo camino esta misma noche... 
el tercer mono se ahoga. 

El amigo de Vildo se echó unas mantas al hombro, tomó el aire 
bonachón de los comerciantes, y se dirijió á San Juan de Letrán. 

Paróse en la casa donde hoy crujen las ilustradas prensas del Mo- 
nitor, y se puso en acecho. 

Un verdadero tumulto había en la calle, portería y atrio de la 
iglesia. 

Aquella gente buscaba algo por todas partes, y las miradas se 
dirijían hacia la azotea, donde una cuerda se mecía al son del viento. 

Dentro del convento estaba la autoridad practicando una averigua- 
ción sobre el hecho de haber desaparecido la religiosa Sor María. 



Los israuaoEiíi'Ea 



— Señor Juez, decía la superiora, ya he dado parte al señor Al- 
calde, que no hizo aprecio, y él es la causa de este escándalo. 

— Es que el hombre y la mujer que le presentaron nada tenían 
que ver en este asunto. 

— Yo creo, dijo la tornera, que á su merced lo hechizaron. 

— ¡Hechizado! repitieron las monjas. 

— ¡Hechizado! dijeron las mandaderas, y la voz salió del convento 
como por hilo telegráfico hasta la calle, y á la media hora la ciudad 
entera sabía que el Alcalde estaba hechizado. 

La averiguación continuaba. 

— Le juro á su merced, prosiguió la abadesa, que Sor María estaba 
posesionada del espíritu maligno: en las noches se paseaba por los 
claustros, alumbrándolos con el fuego que salía de sus ojos. 

La autoridad y las monjas se santiguaron. 

—Oíanse gritos y ahullidos de condenados, y su celda era él 
mismo infierno. 

— ¡Ave María! 

— Una noche se la vio estar en coloquios con un macho- cabrío. 

— Nanita, interrumpió una monja, luego se averiguó que el ma- 
cho-cabrío era el padre confesor. 

— Calle la loca, y no interrumpa. 

— Vamos á la prueba, dijo el juez. 

— Yo señor, echaba asperjes y agua bendita en su puerta; pero 
esta operación irritaba al enemigo malo. 

— Cuente su reverencia lo de la fuga. 

— Me parece importante decir á vuesa merced, que Sor María se 
retorcía en convulsiones al escuchar el nombre de San Antonio. 

— Vamos al caso. 

— Y que hubo vez que me diera un bofetón sólo porque... 

— Señora, dijo el juez, ya hablaremos de eso, ahora al negocio. 

— En eso estamos señor, y no se impaciente vuesa merced, que 
la historia es interesante. 

— Todas esas relaciones las dará su reverencia á la autoridad 
eclesiástica. 

— Bien, pero la justicia ordinaria debía enterarse. 

— Cuando esté más desocupada. 

—Bien, entonces dné, que como los demonios se habían apode- 
rado de... 

— No vuelva á comenzar su reverencia, porque es cuento de nunca 
acabar. 

— Bien, ¿qué es lo que se me pregunta 1 ? 
—La manera como la religiosa salió del convento. 
— Eso es otra cosa: si se me hubiera preguntado eso desde el 
principio, ya todo estaría terminado, porque hubiera respondido que... 
que no lo sé. 

— Es que hay una cuerda en la azotea. 

— Siempre la ha habido, yo insisto en que á Sor María se la han 
llevado los diablos. 

— ¿Pero por dónde? 

—Por donde Be llevan á todas las mujeres, 

■ — ¿No tiene su reverencia más que decir? 



204 JUAN A. MATEOa 



— Quiero que conste que se me ha atajado la palabra. 

— Constará. 

— Y que no he dicho lo del pacto con el demonio. 

— Constará. 

— Y que... 

— Nos vemos, Dios guarde á su reverencia. 

— ¡Está visto, gritó la abadesa, todos los que tienen que ver en 
este asunto, están tocados de Satanás! 

El justicia salió seguido de los alguaciles, que descolgaron la reata 
y la llevaron como cuerpo del delito. 

La gente siguió á la autoridad, y los frailes llegaron á bendecir 
la celda, y la torre, y la azotea, y el campanario y cuanto encontraron. 

Las monjas tomaron nota del modo, manera y circunstancias con 
que su compañera había perpetrado ia fuga, y aseguran las crónicas 
que no lo echaron en saco rolo. 

III. 

El hombre de las mantas pidió una poca de agua en la portería 
hizo personalmente indagaciones, y volvió donde Vildo lo esperaba. 

— ¿Que pasa amigo? 

— Cosas que no nos importan. 

— Suéltelas. 

— Que á una monja so la ha llevado una legión de diablos, y ha 
desaparecido dejando un olor á azufre en todo el convento. 

— ¡Bendito sea Dios! ¡Viva la Ameri... 

— ¡Qué diablo! 

— Compadre, necesito un macho para el viaje. 

■ — ¿Y yo que gano? 

— Le devolveré media docena como tope con los rc^Habs.^, 

- — Eso es otra cosa. 

— Ya sabe que sé cumplir. 

— ¿Y para dónde se encamina? 

— Para el Interior. 

—Mire que el coronel Iturbide está haciendo do las Gnyr^. 

— Verá si yo le hago una de las mías. 

— Corriente. 

— Quiero salir esta noche. 

— Va precisamente mi atajo para San Juan del Río. 

— Venga una calzonera de arriero, y estamos ajustados. 

— Pues entre. 

Vildo se entró en una casuca, se puso el disfraz, y quedó per- 
fectamente. 

Mientras Vildo se preparaba para su expedición, su amigo se di- 
rigió al próximo mesón en busca de objetos. 

Acercóse un muchacho, y tirándole de las mantas le dijo: 

— Tío Canija, lo llama una señora que está en el número seis. 
— Ya voy. 

— Que sea pronto. 

El tío Canija, que era un zorro de marca, comprendió que se 
trataba de un buen negocio, puesto que se le llamaba con urgencia. 



LOS INSURGENTES 22 Ó 



Acercóse á la puerta y tosió. 
— Adentro, dijo con voz trémula una mujer. 
El tío se deslizó, y quitándose el sombrero, la dijo: 
— Mande su merced lo que guste, que yo soy hombre de pecho. 
— ¿Usted es el tío Canija? 
— Sí, para servir á Dios y á su merced. 
— Necesito un caballo. 
— Tengo buenos. 

— Sé que es usted dueño de atajos, y que vá á salir uno para 
el Sur. 

— Eso será más tarde, el que sale mañana es con rumbo al In- 
terior. 

La señora quedó pensando unos momentos, y luego dijo : 
— Me conviene, mañana saldré para el Interior. 
— Procuraré que su merced vaya muy bien cuidada, tengo mu- 
chachos de entera confianza, y solo que mueran le sucederá algo á 
su merced. 

— Gracias, aquí tiene usted dinero, es todo cuanto poseo. 
El tío Canija se quedó mirando á la señora, que apenas asomaba 
los ojos, pues tenía el rostro cubierto con el manto. 
— Su merced está muy aüij ida, ¿no es verdad? 
— Sí, mucho. 

— Conozco que necesita mucho de auxilio. 
—Sí. 

— Pues haga confianza de mí su merced que no le pesará. 
— Yo me abandono en manos de la Providencia, dijo la descon- 
solada dama, y se descubrió, 

— ¡La monja espirituada! exclamó el tío Canija, y soltó el dinero 
que tenía en la mano. 

— Sí, dijo María, yo soy esa mujer calumniada que ha vivido 
durante muchos años en el convento agobiada de infortunios j yo que 
he invocado á Dios en medio de mis sufrimientos» 

— Pronuncia el nombre de Dios, dijo el tío, luego el demonio 
está muy lejos. 

— Buen hombre, usted no conoce los odios de los conventos. 
— Conozco los de los mesones, contestó sencillamente el hombre 
de las mantas. 

— Pues bien, yo deseo volver al seno de mi familia, morir al 
menos con tranquilidad. 

— ¿Y qué tengo yo que hacer? 
— Guardar silencio, no denunciarme. 
— ¿Denu nciador el tío Canija? 
— Yo no conozco á usted. 

— Primero sufriría el tormento que decir una palabra... ¡malditas 
monjas! 

— Yo me fío enteramente á usted. 

— Y hace muy bien su merced, porque yo la sacaré de aquí como 
en un baúl. 
— Gracias. 

— Precisamente se vá un amigo, que es hombre entre los hom- 
bres, y á ese será al que encomendaré el negocio. 



296 JUAN 1. UATEOtf 



— Bien, yo le pagaré, le daré cuanto poseo. 

— Voy á llamarle para que se conozca», es un muchacho arriero 
hombre de bien y de toda confianza. 

El tío Canija salió en busca de Vildo. 

Betrocedamos unas cuantas horas. 

La infeliz María al descender por la cuerda, buscó al insurgente 
segura de que la esperaba en el atrio, cuando percibió el equívoco 
con la beata. 

Acurrucóse en un rincón mientras los alguaciles se llevaban á la 
vieja, y á poco se encontró sola enmedio de la noche. 

Echóse á andar por el rumbo de Santa Isabel, siguió ei Factor, 
calzada de Santa Paula, y sin rumbo vagó por los potreros de Tlal- 
telolco hasta dar en el barrio de Santa Ana. 

La luz comenzaba á alambrar la ciudad, entróse en el primer 
mesón que encontró, tomó un caarto, y esperó á que llegase la noche 
para buscar un asilo más seguro, porque la policía andaba en su busca. 

Acosada por el hambre, llamó á un muchacho hijo del huésped, 
que le trajese algo que comer. 

Los muchachos de loa barrios son vivos y maliciosos como abis- 
pas ; el chico sirvió perfectamente á María. 

— ¿Muchacho, no sabes de una familia que salga fuera de la ca- 
pital? 

— No sé ahora, pero el tío Canija alquila animales, y hasf> viajea 
para todas partes. 

— ¿Y dónde vive ese hombre! 

— Muy cerca. * # 

— ¿Lo puedes llamar? 

— Sí, señora, al momento. 

El muchacho salió corriendo, y á poco volvió con un hombre. 

María le dio una buena propina. 

Muy poco dilató el tío Canija en presentarse con Vildo en el 
cuarto de la joven. 

Luego que el insurgente le echó la vista encima la reconoció. 

— ¡Señorita María! 

— ¡Vildo! exclamó la joven llenado alegría, el cielo me favorece. 

— He estado á punto de ser colgado en la liorca por estos mal- 
ditos realistas, pero el insurgente tiene siete vidas como los gatos. 

— Temí por tu vida. 

— No importa, será que no ha llegado la hora. 

— Puesto que ustedes se conocen, ya no tenemos que hablar, dijo 
el tío, me marcho y buen viaje. 

— ¡Tío Canija, un abrazo! 

— Doscientos, muchacho, y no hay que hacer muchas de estas, 
porque en una estacas la salea. 

— No me lo cuente usted que ya me lo sé de memoria. 

Al día siguiente, la joven y Vildo emprendieron la marcha, y 
después de doce días de camino llegaron á la ñacienda de la Que- 
mada, precisamente en los momentos de la feria. 

Muchos insurgentes habían concurrido. Vildo se unió á sus ami- 
gos, se hizo de media docena de gallos y entró como bueno en el pa- 
lenque 



LOS INflÜRGÉNTEl 29f 



IV. 

Decíamos que el giro y el malatova eBtaban en la arena esperando 
ansiosos el momento de la pelea. 

Los conocedores hicieron grande al gallo de Serapio, y las apues- 
tas se ajustaron á un veinticinco de rebaja. 

Vildo contra Serapio... Vildo contra Serapio... esta era la voz 
que se escuchaba por toda la plaza. 

Despejóse el anfiteatro, y el silencio más profundo reemplazó la 

Vildo estaba risueño, Serapio profundamente emocionado. 

Eetiráronse á los extremos de la barra y soltaron los gallos. 

No hay animal más hermoso que el gallo, tiene algo del león al 
sacudir su melena y contemplar orgulloso á su enemigo. 

El gallo giro, que era el de Vildo, quedó como clavado sobre la 
arena, mientras el de Serapio caminaba paso á paso oblicuamente. 

Luego que ambos estuvieron á tiro, se lanzaron como dos saetas 
en un choque terrible. 

Al separarse se notó perfectamente, que el malatova había des- 
jarretado de una pierna á su adversario. 

Vildo se echó el sombrero hacia atrás, y fijó sus ojos en el gallo 
herido. 

Siguiéronse los lances de la lucha, siempre desfavorables al giro, 
ue apenas podía sostenerse por la fatiga y pérdida de sangre. 

— Ha perdido la chica, murmuraba la jente. 

— Todavía no, murmxiraba Vildo. 

El malatova á pesar de su triunfo, estaba también desangrándose 
y fatigado terriblemente. 

Ya entre las convulsiones de la agonía, probáronse á dar el úl- 
timo golpe, chocaron como las nubes produciendo el relámpago de la 
muerte. 

El gallo de Vildo se desplomó en la arena ; entonces el insur- 
gente, con una rapidez que hacía honor á su ciencia, alzó el gallo, le 
mordió el cerviquillo con rabia, le sacudió las alas, y logró ponerlo 
unos momentos frente al malatova. 

Fuese por las heridas, ó porque ya no esperase ver á su enemigo, 
el gallo vencedor echó á huir á todo escape deiante de aquel cadáver 
galvanizado que cayó sobre la arena. 

Un ruidoso palmoteo resonó en toda la plaza, sobresaliendo la 
voz chillona del gritón : 

— Se hizo la chica... ¡abran la puerta! 

Vildo había ganado en buena lid. 

Las peleas siguieron con más ó menos lances hasta las tres de la 
tarde, en que debía comenzar la corrida de toros. 

El insurgente era tan bueno para el juego de gallos como para 
la tauromaquia ; así es que apareció como capitán al frente de la cua- 
drilla de aficionados. 

Las muchachas de los alrededores ocupaban los sitios principales 
de la plaza. 

Saludaron á Vildo con entusiasmo, y el maldito smriam© respondía 
jugando al aire su sombrero de palma. 



298 JUAN A. MATEOS 



Saludó la cuadrilla á la autoridad, dispersóse en el terreno, sonó 
la trompeta, y el toro se dejó venir como furia hasta el centro de 
la plaza. 

Vildo se encaramó en la viga más alta, lo que comenzó á pro- 
vocar la hilaridad en la concurrencia. 

Los aficionados no esperaban un animal tan bravo ; pero el pun- 
tillo de estar allí las mozas de los pueblos, les prestó valor para 
desafiar al toro. 

Vildo descendió de la viga, y lleno de orgullo le presentó la manta 
á la fiera. 

El toro que se hacía esperar demasiado, acometió con brío y el 
insurgente se vio levantado á seis varas sobre el nivel del suelo. 

Los ginetes se lanzaron al toro mientras el aficionado se reponía 
de su caída. 

— No me han hecho correr los realistas, gritaba el insurgente, y 
me había de ganar un animal, y poseído de rabia, buscó por segunda 
vez al toro. 

Entonces desplegó su destreza de una manera admirable, buscó 
al toro cien veces con la manta, hasta lograr atarantarlo. 

Cuando el vértigo tenía paralizada la acción del animal, Vildo se 
acercó, y puso su mano con arrogancia sobre los cuernos. 

La música reventó en una armonía estruendosa, las muchachas 
agitaban sus pañuelos encarnados y la gritería atronaba la plaza. 

El insurgente se adelantó llevando en la mano un par de bande- 
rillas, la concurrencia entró en el silencio de la espectativa. 

Oyóse repentinamente un gran ruido de armas y caballos, y gri- 
tos, y detonación de armas. 

Púsose en pie toda aquella multitud. 

— Es Iturbide... Iturbide... gritaron por todos lados. 

Ya hemos dicho que ese hombre odioso, era el terror, la plaga, 
la muerte de todas aquellas comarcas. 

Gran número de insurgentes estaban en la plaza ; pero no pu- 
dieron organizarse entre la confusión producida por la sorpresa. 

La tropa de Iturbide rodeó la plaza, ó hizo salir uno á uno á 
todos los concurrentes constituyéndolos prisioneros. 

Como la fuerza debía llegar á la cita del Valle de Santiago, no 
podía detenerse j entonces se determinó fusilar á los prisioneros so- 
bre la marcha. 

Faltaba tiempo para que los sentenciados, cuyo niíniero era poco 
más de doscientos, recibiesen los auxilios espirituales ; además, la tropa 
no podía ocuparse en ejecuciones parciales, así es que se mandaron 
formar á aquellos desgraciados; y la soldadesca hizo fuego graneado 
á discreción sobre la multitud, causando un estrago espantoso. 

Como era natural, muchos quedaron agonizantes sufriendo dolores 
horribles, y otros simplemente heridos. 

La división siguió impertérrita su marcha al valle de Santiago. 
Vildo se revolcó en la sangre de sus compañeros, fingiéndose 
muerto, y esperó á que llegase la noche para tomar las de villa- 
diego. 

La infeliz María que estaba en la casa de la hacienda, luego que 
sintió la aproximación de los realistas, se escondió en una troje, pero 



tOS IN8URGI^íTE8- 299 



al presenciar la sangrienta hecatombe, no pudo resistir su cerebro, y 
perdió el juicio acosada por el terror. 

Mesó sus cabellos, rasgó sus vestidos, dio de alaridos, y salió 
extraviada completamente al sitio de las ejecuciones. 

Recordó la desgraciada á Edmundo, figuróse que había sido fusi- 
lado, y se hecho á buscarlo entre los muertos. 

Sumergió sus plantas entre los lagos de sangre tibia, sacudió los 
cadáveres y ahulló como una loba herida. 

La poca gente que había escapado en los campos cercanos, estaba 
de vuelta, y contemplaba aterrorizada á la loca. 

— ¡Aquí! aquí está, exclamaba María tomando por las melenas 
una cabeza ensangrentada, ¡él es!... ¡yo lo disputo cadáver á la 
muerte!... me lo querían robar, y le encuentro al fin... aquí está mi 
amor. 

Después la infeliz lanzaba carcajadas histéricas que hacían estre- 
mecer de tenor á los circunstantes. 

Las aves de rapiña y los perros comenzaban á acudir á aquel 
convite fatal. 

¡Espectáculo siniestro, cuya memoria llena de espanto y enfría las 
carnes! 

Memoria sangrienta, que pasará más tarde á la historia del ro- 
mance j de Ja Je\enda. 

[CAPITULO VI. 

En que se trata de la pena del talión. 
I. 

Estamos al terminar nuestro libro, y sería una grande injusticia 
histórica dejar en la sombra algunos nombres que son templos vivos 
de la posteridad. 

El inmortal Javier Mina, español distinguido, hombre de alta re- 
putación en su país, que formó atrevido una escuadra para venir al 
golfo mexicano como Lafaliet, á trabajar por la independencia de Amé- 
rica; este bravo soldado, vencedor en cien combates, y que ofrecía su 
existencia en bien de la humanidad, porque peleaba por una patria 
que no era la suya, acababa de morir en un cadalso víctima del rencor 
de sus compatriotas, que le persiguieron encarnizadamente hasta arrojar 
en la tumba sus despojos ensangrentados. 

Su pequeño ejército se había desbandado con la muerte del cau- 
dillo, y los dispersos tomado el rumbo del Sur en busca del general 
Guerrero, centro de la revolución de independencia. 

Por aquellos tiempos el guerrillero Asencio renovaba con sus co- 
rrerías el recuerdo de la primera época de la insurrección: hombre pa- 
triota pero de sentimientos refinados de crueldad, no perdonaba á sus 
enemigos, y hacía la guerra á muerte 

El coronel Concha, aquel miserable que mandó la ejecución del 
genera] Morelos, hacía una marcha militar por las montañas, asolando 
á su paso los pueblos y las rancherías 

Llegó con su guarnición á un punto llamado de los Nopales. 



300 JtTAN A. MATEOi 



Los caminos estaban abandonados, las veredas descompuestas y 
obstruidas, y los campos entregados al olvido. 

Entre los oficiales que rodeaban al coronel Concha, estaba el co- 
mandante Garrote, que buscaba la sombra de la fuerza armada, porque 
su cara mitad le había pronosticado al morir, que sería ahoraado irre- 
misiblemente. 

El comandante oía á todas horas el vaticinio, le zumbaban las 
orejas, y el corazón le saltaba en el pecho como un pájaro que busca 
la saüda. 

— ¡Morir ahorcado! 

Vamos, que aquella última ocurrencia de su consorte le hacía muy 
poca gracia al veterano. 

— Esa infernal mujer me ha dejado sarna que rascar, decía el 
malaventurado, y no cesaba de pensar en su destino. 

— Señor Garrote, dijo el coronel Concña, está usted triste como 
un colegial. 

— Mi coronel, yo no puedo alejar de mi memoria el recuerdo de 
mi consorte. 

— ¿La amaba usted mucho? 

— Sí... mucho; pero no es ella precisamente la que. 

— ¿Pues quién, bombre de Dios? 

— Es decir... yo me entiendo y bailo solo. 

— Pues no tiene usted traza de bailarín, si no es en una cuerda. 

Garrote dio un salto como pelota. 

— ¿Le impresionan á usted estas palabras? 

—¡Caracoles!... ¡vamos que si me impresionan! 

— Usted guarda aJgo, amigo mío. 

— Sí; guardo un secreto abominable, una nefanda predicción, que 
es mi constante pesadilla. 

— ¡Tengo yo tantas! dijo sombríamente Concba. 

— Ya lo creo, respondió el comandante, como que ha fusilada 
sted á tanta gente. 

— Sí; pero no guardo memoria más que de un hombre... ¡ano solo! 

— ¿Y se puede saber de quién? 

— Señor comandante: he mandado muchas ejecuciones, he visto 
morir á multitud de insurgentes; pero ninguno me ha causado la im- 
presión que el general Morelos. 

— ¡Demonio! ese cura tenía el corazón en su lugar. 

— Me parece verlo, dijo Concha, con su frente serena y su mirada 
profundamente tranquila... aquella voz vibrante y sonora traía un eco 
de la eternidad... creo oiría... algunas veces me la trae el viento de 
la noche, y me estremezco sin saber por qué. 

— Yo también, señor coronel, estoy profundamente asustado, in- 
quieto... por orden del gobierno he mandado degollar insurgentes, y 
temo que llegue mi hora. 

Concha no respondió. 

— Lo que no comprendo, dijo Garrote, es la causa que muere á 
usted á no perdonar. 

— Es que temo caer á mi vez en poder de los mismos á quienes 
he perdonado... quisiera acabar con todos los insurgentes, aniquilarlts; 
solo así me consideraría seguro. 



Leí iMüÉGlNTEa SOI 



— Pero eso es imposible. 

— Lo sé; y una vez tirados los dados sobre la carpeta, es nece 
sario arriesgar el todo por el todo... gozarnos en los tormentos de 
esos hombres, que mañana serán infaliblemente mis verdugos. 

— Tiene usted razón: cabeza contra cabeza, 

— Me parece que oigo alarma en la tropa. 

— Voy á ver lo que pasa, señor coronel. 

El comandante Garrote se echó fuera de la casa. 

Por la cuesta de una montaña próxima al paraie de los JTo- 
páles bajaba un grupo de realistas trayendo seis prisioneros insur- 
gentes. 

— Pasen estos condenados á la presencia del coronel, dijo eon én- 
fasis el comandante Garrote. 

Los -seis desgraciados sabían, á no dudar, que su sentencia sería 
do muerte. 

— Señor Castaños, dijo Concha, buena presa nos trae usted. 

— Eegular: aquí viene un suriano llamado José de la Luz, antiguo 
correo del general Bravo, y que no ha desertado jamás de las filas 
de los insurrectos. 

— Ya le ajustaremos las cuentas á este birbón. 

— Dos de estos excomulgados, dijo Garrote, no es la primera vez 
que caen en poder de nuestras fuerzas. 

— ¿En qué lo conoce usted, señor comandante? 

— No hay más que examinarlos: yo, como hombre benigno y que 
veo siempre por la humanidad, cuando atrapo á an insurgente que no 
me parece de los menos peligrosos, le' hago cortar las orejas, para 
conocerle en caso de reincidencia. 

Efectivamente, dos pobres indios estaban mutilados, y temblaban 
en la presencia de aquella hiena. 

— ¿Con que ustedes, dijo Concha, han vuelto á las filas de los 
herejes? 

— Padrecito, respondió uno de los indígenas, yo estaba en el 
campo cuando el amo me agarró. 

El comandante Garrote descargó una soberbia bofetada sobre 
el rostro del prisionero, que le hizo saltar la sangro por boca y 
nariz. 

— Bien hecüo, dijo Concha; estos miserables no deben permitirse 
hablar delante de nosotros. 

El indio guardó silencio; los oficiales todos se reían, como si el 
viejo estúpido hubiera hecho una gracia. 

— Me gusta el método del comandante, dijo Concha: á tres de 
estos criminales que les corten las orejas; los que ya están mutilados 
que los entierren vivos; y en cuanto á José de la Luz, que lo aten á 
un árbol hasta que muera de sed y de hambre. 

Como si se tratase de una fiesta, la oficialidad sacó á los prisio- 
neros entre una jácara escandalosa. 

Cortáronse las orejas á los tres prisioneros, que no manifestaron 
con gritos ni lágrimas sus dolores; á José de la Luz lo ataron al árbol 
más seco para que el sol le diese de lleeo, y pusieron frente al des- 
graciado una jicara encarnada llena de agua clara y trasparente como 
la atmósfera; á su aspecto José de la Luz moriría desesperado. 



302 JUAN A. MATEOÍ 



Cavóse después una sepultura, y dos do los insurgentes entraron 
vivos en la cavorna de la muerte dando alaridos espantosos quo so- 
focaron sus verdugos pisoteando las sepulturas. 

El comandante Castaños y el coronel Concha, contemplaban som- 
bríamente aquella escena de salvajes. 

IT. 

Ya estaba consumado aquel drama sangriento, cuando se oyó re- 
pentinamente y casi en todas direcciones, el grito de ; Viva la Amé- 
rica! y un clamoreo que repetían las rocas de las montañas. 

Concha y Castaños no tuvieron tiempo para montar á caballo, y 
ocultándose entre los matorrales se escaparon á toda prisa hasta des- 
cender al fondo de una barranca, desde donde escuchaban los tiros y 
gritería de los insurgentes. 

El tío Colas, dueño de la ranchería de las Calesas, había llamado 
á los suyos, y caído de improviso sobre los realistas, que no le espe- 
raban. 

La oficialidad de Concha se atarantó con la sorpresa, y fué 
hecha prisionera con multitud de soldados que ni trataron do de- 
fenderse. 

El tío Colas desató á José de la Luz, que se revolvió como una 
pantera, para gozarse en la más espléndida de las venganzas. 

— Tío Colas, exclamó lleno de ira, acaban de sepultar vivos á dos 
de los compañeros, y á estos les han cortado las orejas, déjeme usted 
vengarlos. 

— A eso venimos, y haz lo que te parezca. 

— Empiezo por este maldito que aún tiene las manos llenas de 
sangre, dijo Vildo rechinando los dientes, y se apoderó del oficial 
verdugo. 

Sacó el insurgente una navaja perfectamente afilada, y haciendo 
que los soldados ataran al oficial, le cortó los [párpados, y colocó á 
su víctima con la cara vuelta al sol. 

¡Espectáculo espantoso!... ¡aquellos dos ojos mates abiertos, en- 
sangrentados, con las pupilas inmóviles y fijas en la luz encandeciente 
del sol! 

Siguió la saturnal impía de las represalias; el comandante Garrote, 
que se había mezclado entre los prisioneros fingiéndose soldado raso, 
fué descubierto por el tío Colas. 

— Salga de ahí, viejo picaro. 

— Tío Colas, esclamó el desgraciado, estoy rendido, y á la merced 
de ustedes... soy un infeliz que merezco el perdón, porque todos mis 
crímenes los he hecho por mandato de mis superiores. 

— Usted me delató, dijo José de la Luz. 

— No; fué el comandante Castaños; yo no hice sino dar una bo- 
fetada á un señor insurgente. 

— Ahora son señores, ¿no es verdad? la vas á pagar muy cara. 

— Yo me arrepiento de todo lo que he hecho; permítanme al 
menos confesarme: ¡un sacerdote!... ¡un sacerdote!... 

— ¿Y quién confesó á esos hombres que enterraron vivos? 

— Yo no he tenido la culpa... ¡perdón!... ¡perdón!... 



ios INSURGENTES 303 



—Tú á nadie has perdonado. 

Los insurgentes se apoderaron de aquel miserable, le quitaron las 
botas, y con los machetes surianos, afilados como una navaja de afeitar, 
le cortaron la piel de la planta de los pies. 

El viejo bramaba como un toro. 

Concluida esta cruel operación, lo levantaron por los brazos y lo 
hicieron andar sobre las piedras candentes de la montaña, y á la acción 
de un sol abrasante como ninguno. 

Las arenas se incrustaban en la carne viva, produciendo la más 
cruel de las sensaciones. 

El calor trajo la gangrena instantánea, y una calentura espan- 
tosa invadió á aquel hombre, con ios síntomas determinados de una 
próxima muerte. 

El comandante no pudo resistir y cayó desfallecido. 

Renovóse la algazara con la captura de un nuevo prisionero: era 
Jacinto Castaños. 

— A este, dijo José de la Luz, lo condenamos á la misma muerte 
que me habían deparado. 

Ataron á Jacinto al árbol, con la misma impiedad con que los 
realistas lo habían hecho con el insurgente. 

■Castaños no pronunció una paiaura, se dejó llevar por el torrente 
de su destino. 

Siguióse después la ejecución de los prisioneros: nada de fór- 
mulas; la carnicería más desordenada, Uenr sin compasión, dar la 
muerte al primero que se eucuentia, saciar el encono hasta en los 
cadáveres... 

Las represalias en toda su manifestación de barbarie... 

Concluida aquella bacanal, ptisieíou fuego á las easachas de la 
ranchería, y se alejaron por las quebraduras de la Sierra con el botin 
de su victoria. 

III. 

Jacinto Castaños quedó abandonado en Ja mayor desesperación: 
sus fauces estaban secas por la sed abrasadora. 

El infeliz cerraba sus párpados acalenturados, huyendo la vista 
del agua, que lo producía hidrofobia. 

El comandante Garrote yacía agonizante en medio del camino: 
su pecho se agitaba como el do un buzo que acaba de salir del mar. 

Los perros de los pastores, atraídos por el olor de la sangre acu- 
dieron al funesto lugar, se acercaron al comandante, y comenzaron 
á roerle los pies, que se estremecían convulsivamente. 

El sol se había puesto, y la tormenta comenzaba á iniciarse en 
el horizonte. 

Las nubes se condensaban bajando á los picos de las montañas, 
y los relámpagos se sucedían alumbrando siniestramente el campo de 
la muerte. 

Los truenos se escuchaban en el fondo de las barrancas con un 
eco pavoroso; las aguas de las corrientes se enturbiaban ; y las aves 
pasaban en bandadas huyendo de la tempestad. 



304 'VAN A. MATEOg 

Jacinto llamaba á gritos á la muerte con la furia de un con- 
denado. 

— ¡Un rayo!., ¡un rayo!... quiero morir en esta noche... el sol 
me calcinará los sesos... mi cerebro se abrasa... Dios se ha ocultado 
para siempre... las furias se han apoderado de mi alma... el infierno 
es mío... sólo mío... 

Un rayo bajó como serpiente de fuego desgajando las ramas de 
los pinares: á su luz resplandeciente se vio aparecer sobre la cresta 
de la roca á una mujer. 

La visión traía en desorden el cabello y desgarrados sus vestidos, 
descendió con paso vacilante, y se detuvo al ver á Jacinto con su 
rostro lívido y desencajado. 

Acercóse después creyendo reconocerle. 

Los dos se contemplaron como seres extraños que vagaban en una 
atmósfera que no era la del muudo. 

— Tú... tú miserable, exclamó la mujer, tú lo arrebataste de mi 
lado... ¿dónde?... ¿dónde está? y lo amenazaba con su puño des- 
carnado. 

— Desátame María, exclamó Jacinto, y te devolveré á ese hombre. 

— ¡Vive! gritóla loca, vive..: le voy áver... á acariciarle... á es- 
trecharlo contra mi corazón... 

Desató á Castaños con una fuerza que no revelaba su físico es- 
tenuado. 

— Sí, murmuró Castaños, le devolveré una sombra, porque debe 
haber muerto... el infierno me ha oido... él ha roto mis ligaduras... 
¡yo estoy predestinado!... 

Luego que Jacinto se vio libre, dijo á la loca: 

— Sígneme. 

María tomó uno de los maderos encendidos de la cabana incen- 
diada, y marchó sobre la ruta en pos de aquel hombre á quien am- 
paraba la fatalidad. 

La tormenta se dejó venir con toda su fuerza, la manga de agua 
cayó con estrépito, y al amanecer solo se veía una corriente en la 
condonada de la ranchería. 

El sol rompió la niebla, y la corriente se hizo mansa hasta per- 
cibirse los cadáveres mutilados de realistas é insurgentes. 

El coronel Piedra-Santa llegó al lugar de la catástrofe seguido de 
José de la Luz. 

— ¿Estás seguro de que era él? preguntó el insurgente. 

— Sí, tan seguro que yo lo he atado á ese árbol que ha derrum- 
bado el huracán. 

— Busquemos bu cadáver, dijo en voz alta don Alfonso, y luego 
murmuró, nadie ha visto la esmeralda, debe tenerla al cuello. 

Rejistraron las avenidas adyacentes sin encontrar el cadáver de 
Castaños. 

— Esto es brujería, murmuró José de la Luz. 
— Creo que te has equivocado. 

— Puede ser, pero yo creo que ese hombre tiene pacto con el 
diablo; aquí están los cordeles, no hay duda que se ha escapado. 

— Está cerca de mí ese hombre, pensó don Alfonso; la fatalidad 
nos vuelve á reunir. . es necesario encontrarle á todo trance. 



L03 INSTJRGSOTEi SOí 



— Aquí hay un olor infernal, vamonos mi coronel; con el sol se 
corrompen á toda prisa los cadáveres. 

— Sí, marchémonos; contestó Piedra-Santa, y los dos insurgentes 
l perdieron á poco en el sendoro escabroso de la montaña. 



CAPITULO VII. 
De la crisis que precedió á la Independencia Mexicana 

I. 

El virrey Apodaca publicó en la nobilísima eiudad de México la 
Constitución jurada por S. M. Fernando VII. 

Esa carta tenía consignados los derechos del ciudadano y los prin- 
cipios más avanzados de la democracia. 

La Constitución no podría sostenerse adaptada al sistema monár- 
quico, y mucho menos con un hombre tan despótico como el hijo de 
Carlos IV. 

Ese criminal é hipócrita monarca, había jurado la Constitución 
obligado por circunstancias excepcionales; pero no sin la promesa san- 
grienta de vengarse algún día de los demócratas. 

Puede decirse que desde aquella hora solemne estaba preparado 
el patíbulo de Riego. 

El clero se sintió amenazado en sus preeminencias y en sus te- 
soros, los dos brazos de la palanca que había levantado al mundo en 
los días nefandos de la opresión y de la tiranía. 

El clero levantaría la bandera déla reoelión abierta y se opondría 
como siempre á los avances del siglo. 

Murmurábaso en público que S. E. el virrey había recibido una 
carta de Fernando VII, en que le anunciaba que vendría á México 
huyendo del incendio en que se abrasaba la metrópoli • diéronse las 
órdenes respectivas para recibirlo en los puertos del golfo, y los comi- 
sionados salieron violentamente de la capital. 

La colonia participaba de la ansiedad revolucionaria, de ese con- 
tagio que se ejerce aiin á distancia en los movimientos que tienden 
á la libertad de nn pueblo. 

«El estado de fermentación en que se hallaba la Península ; las 
maquinaciones de los descontentos; la falta de moderación en los cau- 
santes del nuevo sistema; la indecisión de las autoridades y la con- 
ducta del gobierno de Madrid y délas Cortes, que parecían empeñadas 
en perder estas posesiones, según los decretos que esfe pedían y los 
discursos que por algunos diputados se pronunciaban, a viró en los 
benévolos patricios el deseo de la independencia: en los españoles resi- 
dentes en el país, el temor de que se repitiesen las horrorosas escenas 
de la insurrección; los gobernantes tomaron la actitud del que recela 
y tiene la fuerza, y los que antes habían vivido del desorden se pre- 
paraban á continuar en él. En tal estado, la más bella y rica parte 
de la América del Septentrión iba á ser despedazada por facciones. 

«Por todas partes se hacían juntas clandestinas en que se tra- 

20 — Los Insuraentcs. 



S06 JUAN A. MATEOS 



taba del sistema de gobierno que debía adoptarse: entre los europeos 
y sus adictos, unus trabajaban por consolidar la Constitución, que mal 
obedecida y truncada era el preludio de su poca duración: otros pen- 
saban en reformarla; porque en efecto, tal como la dictaron las Cortes 
españolas, era inadoptable en Nueva-España, y otros suspiraban por 
el gobierno absoluto, apoyo de sus empleos y de sus fortunas, que 
ejercían con despotismo y adquirían con monopolios. 

«Las clases privilegiadas y los poderosos, fomentaban estos par- 
tidos, decidiéndose á uno ó á otro según su ilustración y los progresos 
de engrandecimiento que su imaginación les presentaba. Los ameri- 
canos deseaban la independencia; pero no estaban acordes en el modo 
de hacerla, ni en el gobierno que debía adoptarse: en cuanto á lo 
primero muchos opinaban que ante todas cosas debían ser extermi- 
nados los europeos y confiscados sus bienes; los menos sanguinarios, 
se contentaban con arrojarlos del país, dejando así huérfanas mul- 
titud de familias, y otros más moderados, los excluían de todos los 
empleos, reduciéndolos al estado en que ellos habían tenido por tres 
siglos á los naturales. En cuanto á lo segundo, monarquía absoluta, 
moderada con la Constitución Española, con otra Constitución repu- 
blicana federal, central, etc., etc., cada sistema tenía sus partidarios, 
los que llenos de entusiasmo se afanaban por establecerlo.» 

Tal era la crisis que había producido en México la Carta funda- 
mental expedida por las Cortes Españolas. 

En medio de tanto proyecto la revolución de indepiendencia se- 
guía firme en su terreno, segura de ser más tarde el faro que alum- 
braría el puerto de salvación en aquel mar borrascoso y desencadenado. 

Habían pasado diez años de combates y de muerte, diez años de 
una peregrinación sangrienta y trabajosa; pero aquella constancia y 
martirio, decían al mundo que la obra de redención estaba al con- 
sumarse. 

Las agujas del reloj eterno estaban próximas á señalar la hora. 

El año de 820 entraba en agonía. 

II. 

En la casa de los capellanes del convento de Santa Teresa, se 
reunió la noche del treinta de Noviembre una gran Logia Masónica. 

Frailes, canónigos, multitud de oficiales de los cuerpos expedi- 
cionarios, abogados y comerciantes ricos, todos filiados eu la asocia- 
ción condenada por la iglesia. 

¿ — Qué esperamos para comenzar? decía el comandante Jacinto 
Castaños á uno de sus compañeros. 

— Que llegue el coronel Iturbide. 

— Veo mucha gente. 

— Todos los defensores de la religión y de la autoridad real. 

— Perfectamente. 

— Esos infames diputados quieren arrebatar sus preeminencia» á 
la iglesia y á la corona, y no debemos permitirlo. 

— Ya lo creo. 

— Ya oiremos lo que dicen esos señores. 

"—Todo está puesta en razór¿. 



LOS INSURGENTES SO? 

Un frai'e tocó la campanilla que estaba sobre la mesa, los ma- 
sones tomaron sus asientos, y la junta entró á funcionar en el más 
perfecto silencio. 

— Señores, diio un jesuíta, tenemos hoy junta general; porque 
nuestros intereses están amenazados por la herejía y el comunismo. 

Hubo un movimiento en la asamblea. 

— Los herejes, continuó el jesuíta, tratan de suprimir las comu- 
nidades religiosas, de destruir la religión de nuestros padres y apo- 
derarse de los inmensos tesoros de la iglesia. 

Los frailes sacudían el cerviguillo, y los soldados manifestaban 
indignación. 

— La sociedad católica, prosiguió el jesuíta, se encuentra con- 
turbada, y estamos al borde de un abismo... yo vengo á comunicaros 
loa deseos de S. M. Fernando VII, que se halla en estos momentos 
sumergido en el abatimiento más espantoso, y casi preso en su 
palacio de Madrid. 

Los masones entraron en esa ansiedad que precede á un gran 
acontecimiento. 

El jesuíta sacó de una cartera un pliego cuidadosamente con- 
servado. 

Levantóse con aire trágico, y poniendo sus manos sobre el Evan- 
gelio, dijo con voz solemne: 

— ¿Juráis no revelar á nadie este secreto ? 

— Lo juramos, respondieron á una voz los masones. 

— Pues oid: 

"Madrid etc.— Mi querido Apodaca.— Tengo noticias positivas de 
que vos y mis amados vasallos los americanos, detestando el nombre 
de, Constitución, solo apreciáis y estimáis mi real nombre; este se ha 
hecho odioso en la mayor parte de los españoles, que ingratos des- 
agradecidos y traidores, solo quieren y aprecian el gobierno constitu- 
wat y y que su rey apoye providencias y leyes opuestas á nuestra 
sagrada religión. 

"Como mi corazón está poseído de unos sentimientos católicos, 
de que di evidentes pruebas á mi llegada de Francia en el restable- 
cimiento de ia compañía de Jesús y otros hechos bien públicos, no 
raedo mAno-i de manifestaros, que siento en mi corazón un dolor 
inexplicable este no calmará ni los sobresaltos que padezco, mientras 
ir.ic adictos y fieles vasallos no me saquen de la dura prisión en que 
m & veo sumergido, sucumbiendo á picardías, que no toleraría si no 
temiese un fin semejante al de Luis XVI y su familia. 

"Por tanto y para que yo pueda lograr de la grande compla- 
cencia de verme libre de tales peligros, de la de estar entre mis 
verdaderos y amantes vasallos los americanos, y de la de poder usar 
libremente de la autoridad real que Dios tiene depositada en mí: os 
encargo, que si es cierto que vos me sois tan adicto como se me ha 
informado por personas veraces, pongáis de vuestra parte todo el 
empeño posible, y dictéis las más activas y eficaces providencias, para 
que ese reino quede independiente: pero como para lograrlo sea nece- 
Bario valerse de todas las inventivas que pueda sugerir la astucia (por- 
que considero que ahí no faltarán liberales que puedan oponerse A 
estos designios) á vuestro carg-. queda el hacerlo todo con la perspi- 



303 iVAS A. MATEOS 



cacia y sagacidad de que es susceptible vuestro talento, y ai efecto 
pondréis vuestras miras en un sugeto que merezca toda vuestra con- 
fianza para la feliz consecución de la empresa, que en el entretanto, 
yo meditaré el modo de escaparme incógnito, y presentarme cuando 
convenga en esas posesiones; y si esto no pudiera verificarlo porque 
se me opongan obstáculos insuperables, os daré aviso para que vos 
dispongáis ei modo de liacerio, cuidando sí, como os 10 encargo muy 
particularmente, de que todo se ejecute con el mayov signo y bajo 
de un sistema que pueda lograrse sin derramamiento de sangre, con 
unión de voluntades, con aproDación general y poniendo por Dase de 
la causa la religión, que se halla en esta aesgraciada época tan ul- 
trajada, y me daréis de todo oportunos avisus para mi gobierno, por 
el conducto que os diga en lo veroal (por omvemr as¿; ai sugeto 
que os entregue esta carta. 

''Dios os guarde. — Vuestro rey que os ama. — Fernando.,, 

— ¡Viva el rey! exclamó toda la asamblea ^omenuose en pie. 

- — ¡Viva el rey! repitió el jesuita. 

— Señores, dijo un fraile español, esa palabra independencia suena 
muy mal á nuestros oidos, nos parece muy peligrosa. 

— En efecto, contestó el jesuíta, es alarmante, pero con una ligera 
aclaración quedan tranquilos los ánimos. 

— Ya escuchamos. 

— Se trata de separar este reino de España, para que no se con- 
tamine de herejía, tal es el sentir de S. ¡Vi., pero esta determinación 
no quiere decir que el pueblo conquistado se emancipe, eso esta mera 
del sentido político y de la conveniencia, México quedará najo el 
poder de los españoles, tal es su destino, y ueoe realizarse, el dere- 
cho de conquista' no debe subalternarse; España y siempre España! 

Un aplauso acojió las palabras del jesuíta. 

— En esto3 días nefandos, continuó el e<erigo, se ha despertado 
un entusiasmo terrible poi la libertad, esa libertad á '» trancesa, y 
los criollos se insolentan día á dia y momento a momemo, es necesa- 
rio recordarles su posición comenzando pox ri^íu a ius insurgentes, 
porque su causa nada tiene de coman «u nuestros planes Icurbiae, 
ese hijo predilecto de la lortuna, y tíUbdito coi de S M , seiá el 
propuesto para ía realización del proyecto, acabara con »' eiercito 
de Guerrero, proclamará ía independencia del «eiao, y tendremos la 
alta dicha de recibir á á. Al. Jíernanuo Vil, como absoluto dueño 
y señor de estos dominios 

Aquel chavacano discurso mereció ia entera aprohación de los 
circunstantes. 

Esperemos al señor Ituroide, que conferencia en estos momentos 
con las personas mas interesadas en esto gran negocio. 

Suspendióse la sesión de la logia en espera cíe; personaje. 

III. 

Trasladémonos á la casa de ciercicios de Ja Profesa 

La Profesa es uno de los templos mas grandiosos de la capital* 

el oro y el estuco lucen en los altares, y la Remendad arquitectónica 

distingue su refinada estructura. 



EOS INSURGENTES 309 



Nuestro inmortal Cordero ha venido con sus pinceles maestros 
á dar el último toque á aquel tesoro del arte. 

El nombre del artista sobrevivirá á las magníficas figuras que se 
admiran en las bóvedas de la Profesa. 

Contiguo al templo, donde hoy comienza á levantarse un palacio 
de mármol y granito, existía la casa do ejercicios, edificio sombrío con 
su jardín abandonado, -sus claustros seini-oscuros bordados de pintu- 
ras representando la vida de San Ignacio, su portería, con cuadros 
alegóricos de los pecados mortales, en los cuales el diablo hacía siem- 
pre un papel interesante, unas veces como vencedor del ángel custodio, 
y otras come vencido. 

La reforma vino á descolgar, los cuadros en honor del buen gusto, 
y más tarde serán una curiosidad mosaica, una civilización en mar- 
cada decadencia. 

En uno de los departamentos de aquella casa, estaba Iturbide 
conferenciando con los clérigos y combinando el plan de independen- 
cia, aquel sueño de los conquistadores que bien pronto debía conver- 
tirse en pesadilla. 

— Señor coronel, decía un jesuíta hipocondriaco y terrible, he 
toandado á la junta de los masones escoceses un delegado, para que 
fije las bases del movimiento, y no se confundan en nada con las ten- 
dencias abominables de los insurgentes. 

— Ya sabe usted señor, contestó Iturbide, que yo he condenado 
siempre á Hidalgo y su desordenada revolución, y que combatiré prin- 
cipios tan absurdos como los proclamados el año de 810. 

— Comencemos á escribir el plan, dijo otro clérigo después de 
haber escuchado con atención á Iturbide. 

— Irá de mi paño y letra, dijo el furibundo realista. 

— De su puno y letra, murmuró el jesuíta, como desconfiando 
de aquel hombre. 

— Bien, escriba usted señor coronel. 

— Dicte usted, puesto que estamos enteramente de acuerdo. 

— Primero: la religión católica, ¡apostólica rotnana sin tolerancia 
de otra alguna. 

Segundo* La absoluta independencia de este reino. 

Tercero: Gobiej^no monárquico templada por una constitución aná- 
loga al país. 

Cuarto: Fernando VII, y en sus casos ios de su dinastía ó de 
otra reinante, serán los emperadores, para habernos con un monarca 
ya hecho y precaver los atentados funestos de la ambición. 

Las manos de Iturbide se crisparon ai trazar esas líneas. 

El jesuita continuó. 

Quinto: Habrá una junta Ínterin se reúnen Cortes que hagan efec- 
tivo este plan. 

Sesto: Esta se nombrará gubernativa, y se compondrá de los vo- 
cales propuestos al señor virrey. 

Sétimo: Gobernará en virtud del juramento que tiene prestado al 
tey ínterin este se presenta en México y lo presta, y hasta entonces 
se suspenderán todas ulteriores órdenes. 

Octava: Si Fernando VII no se resolviese venir á México. Iss, 



310 JUAN A. MATEOi 



junta ó la regencia mandará á nombre de la nación, mientras se re 
suelva la testa que debe coronarse. 

Noveno: Será sostenido este gobierno por el ejército de las Tres 
Garantías. 

Décimo: Las Cortes resolverán si ba de continuar esta junta, ó 
constituirse una regencia mientras llega el emperador. 

Once: Trabajará luego que se unan la constitución del Imperio 
Mexicano. 

Doce : Todos los habitantes de él, sin otra distinción que su 
méritos y virtudes, son ciudadanos idóneos para optar cualquier empleo 

Trece: Las personas y propiedades serán respetadas y protejidas 

Catorce : El clero secular y regular, conservado en todos sus fueroi 
«/ propiedades. 

Quince. Todos los ramos del estado y empleados públicos, snb 
sisten como en el día, y solo serán removidos los que se opongan ú 
este plan y sustituidos por los que más se distingan por su virtud j 
adhesión y mérito. 

Dio*, y seis: Se formará un ejército protector que se denominará 
de las « Tres Garantías, » y que se sacrificará del primero al ultime 
de su» individuos, antes quo sufrir la más ligera infracción de ellasJ 

Diez y siete. Este ejército observará á la letra la ordenanza, j 
sus jete» y oficialidad continuarán en el pie en que están, con la 
espectativa no ooscante á sus empleos vacantes, y á los que se estimer 
de nccosidttd ó conveniencia. 

Diez y ocho. Las tropas de quo se componga se considerarár 
como de línea, y lo mismo las que abracen luego este plan ; las qut 
lo defiendan y los paisanos que quieran alistarse, se mirarán como mí-, 
licia nacional, y el arreglo y íorma de todos, lo dictarán las Cortes. 

Jürez y nueve. Los empleos se darán en virtud de informes di 
los respectivo» jefes, y á nombre de la nación provisionalmente. 

Veinte Ínterin se reúnen las Cortes, se procederá en los delitos 
con total arreglo á la Constitución Española. 

Veintiuno En el de conspiración contraía independencia, se pro 
ceüeiá a prisión, sin pasar a otra cosa hasta que las Cortes dicten 9 
pena correspondiente al mayor de los delitos después del de Lesa Ma 
gcsiaa Dtvina 

Veinte y dos: Se vigilará sóbrelos que intentaren sembrar la di 
visión. ¡»6 reputarán como conspiradores contra la independencia. 

Veinte y tres • Como las Cortes que se han de formar son cons- 
tituyentes, deben ser elejidos los diputados bajo este concepto: 1; 
Junta eoterminará las reglas y el tiempo necesario para el efecto. 

He aquí el ridiculo aborto que debía proclamarse en Iguala. 

— Nada tenemos que añadir dijo Iturbide, el clero y el ejercite 
obedecen como hasta aquí a Su Magestad Fernando VIL 

— Nombraremos, agregó el Jesuíta, al Virrey presidente de h 
junta, vocales al oidor Bataiier, al Cura del Sagrario, y á otros re 
presentantes del clero. 

Iturbide guardó silencio. 

— El nombramiento de usted, señor coronel, para la comandancií 
del Sur corre de nuestra cuenta: reunirá usted el mayor número d< 
tropft que le fuere posible, y cuando se encuentre fuerte, batirá a 



tOS INSURGENTES 311 



general Guerrero, que será fácil esterminarle; dueño de la situación, 
proclamará usted el plan en la Ciudad de Iguala, que nosotros hare- 
mos secundar en todo el reino. 

— Cuenten ustedes con mi adhesión, contestó Iturbide. 

— Vaya usted ahora á la junta, nada diga usted del plan, hable 
en lo general, que mañana quedará extendido el nombramiento para 
que marche usted á comenzar esa obra tan meditada por nosotros 
desde que la herejía y el cisma han asomado su infernal cabeza en 
la Metrópoli. 

Despidióse Iturbide de los jesuítas, y marchó en seguida á la 
reunión masónica, dcnde fué recibibo como el oráculo déla revolución. 

IV. 

El día 9 de Noviembre de 1820, Don Agustín de Iturbide fué 
nombrado por el Virrey don Juan Euiz de Apodaca, Conde del Ven%- 
dito. Comandante general del Sur y rumbo de Acapulco. 



CAPITULO VIII. 

Donde signen los acontecimientos de esta verídica historia 

I. 

Jacinto Castaños, á quien la suerte favorecía, en los lances más 
desgraciados, se propuso dar un terri^ desengaño á la pobre loca, 
lleváudola á la cueva donde había encadenado á Edmundo Fon- 
terravía. 

Caminaban la joven y el descendiente de Tízoc como los genios 
malditos de la montaña. 

María extraviada completamente, y el capitán con el rostro som- 
brío como el de los sentenciados. 

Atravesaban senderos y quebraduras, estropeando sus plantas en 
las rocas astilladas, y á reces deteniéndose fatigados á la sombra de 
los árboles gigantes do la sierra. 

Al dar vuelta á un sendero que caía sobre una pendiente de 
rocas que amenazaban desplomarse, levantaron simultáneamente el 
vuelo una parvada de aves de rapiña. 

— Hemos llegado, dijo Castaños, no hay más que penetrar en esa 
cueva. 

María se echó á correr, mientras que Jacinto trepaba por las pie- 
dras para contemplar desde lo alto de los picos aquella escena. 

Atado á una roca, estaba un esqueleto revestido en algunas partes 
de carne hedionda. 

Las órbitas las tenia vaciadas, y la fuerza del hierro de la cadena 
había desprendido una pierna. - 

Edmundo Fonterravía había muerto de hambre, desesperado de 
no poder quebrantar sus ligaduras, y abandonado en lo profundo de 
aquellas soledades. 

La loca contempló por algunos instantes aquel espectáculo espan- 



312 ¡TOAN A. MATEOÍ 



toso; vio palpablemente á la luz misteriosa de su alma, la imagen de 
su esposo, y se arrojó demente sobre el esqueleto. 

Al abrazar la liosamenta, se desprendió el cráneo y rodó por el 
suelo. 

Jacinto lanzó una espantosa carcajada, que la loca ni aún es- 
cuchó. 

La joven tomó con sus manos la cabeza yerta, de su amante, fijó 
su tenaz mirada en aquellos ojos sin luz, y exclamó con la voz 
del alma: 

— ¡Aquí... aquí estás junto á mí... cuanta felicidad... mi amorte 
dará el calor que la muerte te lia arrebatado... seque no existes para 
el mundo, pero vives para mi corazón... me parece sentir ese aliento 
que me abrasaba en las Loras dulcísimas de nuestro amor.... 

A este recuerdo se agolpó un mar de llanto a los ojos de la joven, 
amenazando ahogarla. 

— Dios me había avisado de tu muerte.... Dios que todo lo vé 
sobre la tierra.... ¡pobre de mí!... ¡pobre de mí! 

Aquel momento de lucidez pasó como una exhalación, porque las 
ideas de María volvieron á trastornarse. 

— ¡Habla! gritó con voz de trueno, habla, ese silencio es espan- 
toso!... ya comienzo á escuchar tu acento.... me preguntas porqué no 
he muerto todavía! vivo, sí, vivo para llorarte.... ¿qué se hizo la 
tersura de tu frente y el perfume de tu cabello?... reclínate en mi 
regazo como antes.... ¡habíame de nuestro amor!... 

Aouella criatura infortunada pasó sus ardientes labios por el crá- 
neo hollado de su esposo y los retiró instantáneamente bajo impresión 
tan terrible. 

— ¡Muerto! ¡muerto! exclamó palideciendo como si la sangre toda 
se le hubiese consumido. 

Quiso llorar, arrancar con gus lágrimas aquel dolor que la mar- 
tirizaba ; pero las lágrimas no vinieron a sus pupilas : entonces co- 
menzó á dar alaridos que se esc uciiaoan como s* saliesen del fondo 
de la tierra. 

Después apoyó su frente contra las húmedas piedras de la gruta, 
y quedó absorta en ei mundo inquieto y perdido de sus ideas ex- 
traviadas. 

Pasó una hora larga en aquella rígida situación, cuando escuchó 
ruido de voces en el sendero. 

Levantóse instantáneamente, y salió al encuentro de una neaueña 
caravana que atravesaba por sus laderas. 

II. 

Alfonso de Piedra-Santa y Luz habían vivido en Chichihualco 
desde el desaparecimiento de María y su entrada al convento de Santa 
Brígida. 

Dios había concedido á su amor un precioso niño, objeto de las 
más dulces solicitudes ¡ se llamaba Edmundo. 

Piedra-Santa había puesto ese nombre á su hijo, en memoria de 
su amigo Fonterravía. 

En la época á que se refiere nuestra historia, los realistas esta- 



IOS INSURGENTES S13 



ban en las cercanías de Chicliiliualco, y amenazaban á los insurgentes 
que no abandonaban aquellos contornos. 

Luz había temido por Piedra-Santa y más por su hijo. 

El tierno niño podía caer en poder de los realistas y ser una de 
tantas víctimas inmoladas á la barbarie. 

Piedra-Santa creyó que debía trasladar á su familia á un punto 
seguro de la costa y entregarse descuidado á esa lucha, cayo término 
señalaba el destino. 

Adoptada esta resolución emprendieron la marcha. 

La tarde iba cayendo en el ocaso, y la naturaleza nunca había 
dado un espectáculo más hermoso y encantador. 

El viento había agrupado las nubes dándole esas formas que solo 
puede descifrar la imaginación y adivinar la fantasía. 

Por allí grupos de fantasmas con sus sudarios, mas allá genios 
arrodillados con las manos vueltas al cielo, grupos de ángeles con alas 
blancas teñidas de púrpura, palacios inmensos, gigantes amenazadores, 
y allá mas allá todavía, un mar de olas de fuego y la luna creciente, 
meciéndose como una barquilla en el Océano de espuma y olas de es- 
carlata. 

Las arboledas cruzadas por los últimos rayos solares, y el vapor 
de la tierra cayendo en polvo de oro, formando un cambiante de luz 
encantador. 

El agua quebrándose con tumbos sobre las rocas, reflejando aquella 
lluvia de matices y decorándose con las galas de la tarde. 

Las flores con sus corolas vueltas al sol dándole su despedida, y 
las mariposas revolando por doquiera sintiendo el enfriamiento de la 
atmósfera precusor de la noche. 

El aleteo de los insectos que siguen en grandes grupos por todas 
direcciones con su eterno zumbido, y sobre aquel mundo que iba des- 
apareciendo en las sombras trasparentes del crepúsculo, en un velo 
dulcísimo de melancolía, en una atmósfera de soledad y de silencio. 

Luz conversaba intimamente con su esposo, llevando en su re- 
gazo á Edmundo. 

— Que bien te conoce ¿no es verdad? se sonríe cada vez que lo 
acaricias. 

— ¡Hijo mío! esclamó Piedra-Santa. 

— Alfonso, tú estás triste, dijo Luz, no parece sino que el naci- 
miento de este niño te ha arrebatado la alegría. 

— Luz, respondió Piedra-Santa, hasta hoy te había ocultado un se- 
creto que voy á revelarte. 

— Habla, Alfonso mío. 

— Tú y yo estamos predestinados á la desgracia, y nuestro hijo 
recibirá por herencia el infortunio. 

— No te comprendo. 

— Escúchame, esa esmeralda que llevo á mi cuello es el amuleto 
de una predicción espantosa... tú sin saberlo posees otra y las dos las 
heredará nuestro hijo. 

— Yo no he visto... 

— En el escapulario de tu hermano venía la piedra, y los vati- 
cinios han dicho que al reunirse en un solo individuo las tres esme- 



SI 4 JUAN A. MATEO! 



raídas del collar de Xicoténcatl, la América será independiente pero 
el poseedor de las piedras morirá ea la última batalia. 

Luz abrazó instintivamente á Edmundo. 

— Cuando yo tenía esperanza do sor el último de los de mi raza 
y regar con mi sangre el árbol de la libertad de mi patria, viene al 
mundo este niño, diciendo con su existencia que el día de la libertad 
ee aplaza para la otra generación. 

— Yo tengo un sentimiento profundo de egoísmo, dijo Luz, acaso 
por el cariño inmenso que te profeso á tí y al Lijo do mis entrañas, 
¿qué me importa que se esclavice el mundo entero si tú vives? per- 
manezca encadenado este suelo, yo no cambio mi felicidad por el te- 
soro mayor de la tierra... Piedra-Santa, loque á tí te entristece á mí 
me alegra : este niño me dice que tú vivirás tranquilo á mi lado, y 
yo bendigo la hora en que Dios lo puso en mi seno. 

Luz besó repetidas veces á su hijo y lo presentó á su padre para 
que lo acariciase. 

— Tienes razón, Luz, dijo don Alfonso, yo mismo debo sacrifi- 
carme por ustedes, es lo único que halaga mi existencia y me hace 
pensar en el porvenir, conservemos la vida de este niño, ella es nuestra 
salvación. 

Oyóse ruido entre los matorrales del camino, don Alfonso echó 
mano á su escopeta. 

De entre la yerba salió un hombre casi desnudo, sin sombrero y 
con el cabello erizado como el de los salvajes. 

— ¡Alto! gritó Piedra-Santa. 

— Viva la América, contestó la voz conocida de ViklQ» 

— Demonios, ¿quien te había de conocer? 

— Yo soy el mismo, mi coronel. 

— ¿Qué haces aquí? 

— Es largo de contar. 

— Toma ese caballo y cuéntame esas aventuras 

El antiguo insurgente cuyo rostro comenzaba á descomponerse en 
diez años de campañas, saltó ligero sobre el caballo, y emparejando 
con el de sus amos se acercó á Luz. 

— ¡Válgamo Dios! ¡y qué linda criatura'... todos los ojos de la 
señorita, y la frente de mi coronel... este sí que será un insurgente 
de primera, ya me parece que lo veo azotando realistas... ¡quémanos 
tan monas...! ¡vamos, ven conmigo, yo soy lo mismo que si fuera tu 
padre, tal vez más cercano... se ríe...? ven, ven, aquí en mis brazos 
estarás más cómodo, yo no he tenido muchachos, sí. ya recuerdo, 
tuve uno que luego resultó ser de un señor muy neo, vamos, esta 
criatura me ha encantado. 

Luz entregó á su hijo en brazos de Vildo. 

El niño comenzó á jugar con las melenas del soldado. 

— Tira recio, tira, decía Vildo, estos cabellos son de la patria. 

—¿Y de dónde sales ahora? preguntó Piedra-Santa. 

— He corrido un3, mi coronel, que estoy vivo por milagro d< 
Dios: figúrese usted que me aprisionaron los soldados de Iturbide. 
precisamente cuando iba á poner una banderilla y ¡zas! que me fu 
silaron. 

— ¿Cómo está eso? dijo Luz, 



LOS INSURGENTES S15 



— Como lo oyen sus mercedes, nos ahorcaron á todos los prisio- 
neros é hicieron un fuego graneado de lo lindo, yo me eché al suelo 
dándome por muerto, y me estuve entre la sangre hasta que á favor 
de la oscuridad pude fugarme. 

— Es un milagro. 

— Lo que no se me olvida es la figura de la niña María. 

— ¿De qué María habías? 

— De la esposa del capitán don Edmundo. 

— Explícate. 

— Se fugó del convento de México, y yo me la traía para Chi- 
cliihualco cuando nos cayeron los realistas. 

— ¿Estás seguro de lo que dices? 

— Como que los gachupines de la Corte me querían colgar ! como 
chorizón de Extremadura ■ luego resultó que me pusieron en libertad 
y que ya la monja no parecía ; pero como yo soy devoto de las cua- 
renta mil vírgenes, cuando menos lo creía me topo con la monja, y 
¡zas! que echamos á andar como desesperados, cuando en la hacienda 
de la Quemada nos atrapan ,Dios mío!... aquello fué una, que no 
se me olvidará mientras vva . figúrese mi coronel, que la mayor parte 
de los insurgentes quedaren naüa más heridos, y no querían quejarse 
por temor de que los mataban. 

— Ya vengaremos á nuestros compañeros. 

— A eso he venido 

— Decías que - 

— Qa<? no lie podido o'vidar á la niña María : la pobre niña se 
ha trasicruado completamente 

— i Loca' esclamó L.zz meando 

—Sí. 'oca rematada e* ecL'í á buscar al capitán Fonterravía en- 
tra ¡og muertos . levantaba cen une facilidad los cadáveres, que me 
rViaba asombrado ¡demotio: l\ mña estaba Lena de sangre, y con 
rio o? oíos tan grandes j espantados que daban miedo... cuando llegó 
!¡» noche busqué ó la señorita y y ? no la encontré: tomé mis rum- 
bos, ee decir, la montaña, irvencí de los realistas, cuando.,. ¡Ave 
M&rfa Patísima' veo 4 ¡& .oca atravesar enmecao de la tempestad, 
daado uso? alando» t»& espantosos oue se me erizaron los pelos. 

— [Pobre María m-:m',7í; ütn Aifonsc. 

— iDiccs q^e e& esic» ^?aie? vete á mi infortunada am!ga? 
C->a esto»? cío* qc*- s; La d? cernes la tierra. 

— s Y no podremos aver.gt.a? &¿rdi s< encuentra? 

— M« paiece imposible , y? U h». buscado y nada he podido ave- 
riguar. 

-Es necesaric recomendar á los insurgentes que la conduzcan á 
ChicbiliTsalco caso de encomiaría 

— Yo siento un* pesadumbre homble dijo Luz. 

Llegaba á est* pi¡r¡tc 1& conversaciói cuando la loca que había 
percibido á los viajeros, i&nzc- un* carcajada histérica que resonó en 
las montañas 

Detúvose aterronzads la caravana. 

— ¡Es ella' dijo en vo? baj» Yildo, 

— ;ElIa' murmuró Luz. 

El insurgente entregó á Edmundo en brazos de la madre, 



316 ÍTTAM A. MATEOS 



La loca bajó pausadamente por el declive de las rocas, y Be fué 
aproximando á sus amigos. 

— ¡María! ¡María! gritó Piedra Santa. 

La joven pareció no escuchar. 

Luz adelantó su cabalio. 

— ¡María, amiga de mi alma! 

— ¿Eres tá, tu Luz, de mi vida?... pero no, estoy loca... loca... 

— No te engañas, yo soy tu amiga, tu hermana. 

— Ya te reconozco, , ten lástima de mí... los pesares me han a- 
rrebatado eJ juicio... me persiguen... oye las campanas del convento... 
es la rogativa por mí... estoy espirituada... ¡Dios me ha condenado! 

— María, sosiégate, somos nosotros. 

— Ya estoy á los pies del altar arrepentida... escucho las oracio- 
nes que caen sobre mi cabeza como la lluvia del cielo... 

— ¡Perdida! ¡perdida: exclamó Piedra-Santa. 

— ¡Amparadme! ¡amparadme! gritaba la loca, yo estoy condenada 
en el mundo... él ha desaparecido... me lo han arrebatad*... allí, allí 
está muerto, y muerto para siempre... 

— Cálmate, insistía Luz. 

— ¿Y este niño? preguntó la loca fijando sas ardientes miradas en 
la criatura. 

— Es mi hijo, es Edmundo. 

— ¡Edmundo!... , Edmundo! ¡luego es mío! gritó con furia, y an- 
tes de que pudiera evitarlo, y ligera como un rayo, arrancó al niño 
de los brazos do Luz y corrió por las rocas hasta detenerse en una 
pendiente horriblemente peligrosa. 

Piedra Santa y L.az siguieron á Ja loca, pero se detuvieron ante 
el inminente nesgo que corría su ñijo en brazos de aquella desgra- 
ciada. 

Luego que la loca estuvo en la última roca de la pendiente, co- 
menzó á asomar al uiño en el precipicio. 

Edmundo se reía con la inocencia del serafín. 

— Edmundo han dicno gritaba con furor, Edmundo es mío. 

— ¡Compasión!... ¡compasión! exciamaoa la infeliz madre, reci- 
biendo la agonía horrible de ia tabulación. 

— Ven, ven, decía don Alfonso con voz trémula, voy á devol- 
verte á tu esposo, aquí está con nosotros. 

— Tú, gritó María rechinando los dientes, tú me lo robaste... lo 
recuerdo perfectamente... allí frente á esa casa testigo de nuestros a- 
mores... tú lo hiciste prisionero y lo asesinaste,.. 

— ¡Mientes! gritó don Alfonso, fué Jacinto Castaños. 

— ¡Ah! sí, sí, el hermano de esa mujer... ¡gracias, Dios mío!... 
gracias... tú quieres que me vengue... que vengue yo sru sangre... 
este niño es hijo de esa mujer hermana de mi verdugo. 

— No, no lo harás, yo me arrodillo á tus pies, mírame María, 
reconóceme, compasión de un desdichado padre. 

— ¿Quién ha tenido compasión de mi?... el templo se ha cerrado 
y las casas de los hombres... ¡pero yo me vengaié! ¡yo me vengaré! 

— Siento la muerte, decía Luz, Dios mío, mátame, mátame por 
compasión. 

Aquella escena era espantosa : la loca parecía una figura del in* 



LOS ÍN9UfiSEOTEl Slt 



fíerno sobre el pico de la roca, el viento esparcía sus cabellos y los 
girones destrozados de sus vestidos. 

Aquel cuadro tenía por fondo los últimos celajes que parecían 
fajas de sangre tendidas en el horizonte. 

La naturaleza parecía callada ante aquel espectáculo conmovedor. 

El insurgente probaba arrastrarse como una serpiente por entre las 
rocas, para apoderarse de María y evitar la consumación de aquel crimen. 

Los padres de la criatura apuraban gota á gota aquel licor em- 
ponzoñado, y la loca se herguía en la altura, y medía el precipicio 
con cierta especie de ferocidad abominable. 

Vildo seguía arrastrándose por los matorrales, y ya estaba á corta 
distancia. 

Piedra Santa tendía sus brazos queriendo alcanzar á su bijo como 
si él pudiera extender sus alas y volar al seno de su padre. 

— Esperas en vano miserable, gritaba María, Dios pone en mis 
manos el rayo de la fatalidad... este niño tiene la sangre del verdugo 
de mi Edmundo, y vá á bajar al abismo por él. 

Aquella mujer impía azotada por la cólera de Dios, lanzó á la 
criatura al abismo, y lanzó carcajadas estridentes, que apagaron el 
eco de los golpes que iba dando el niño contra las peñas. 

Luz cayó sin sentido. Piedra-Santa llevó las manos al corazón, y 
murmuró con voz cavernosa : 

— ¡El destino!... ¡Dios!... ¡las predicciones!... 

Cuando Víido quiso arrojarse sobre María, esta había tomado un 
sendero extraviado, gritando palabras extrañas y cantando como el 
pájaro de la muerte. 

III 

Hemos visto á Jacinto Castaños presenciando desde lo alto de la 
gruta la escena de María con ios restos de su esposo. 

El realista escuchó el andar ae ios caballos de la caravana, y se 
ocultó para observar tras ae ias piedlas. 

Luego que sus miíadas de águna se posaron en los insurgentes, 
reconoció á Piedra- Santa y á sa hermana Luz : su primer instinto 
fué el de hacer fuego sooie ellos; pero lo detuvo una idea siniestra. 

— Si le mato, murmuró Jacinto, quedo solo y dueño de las es- 
meraldas, y la independencia de América está consumada; dejémosle 
vivir para su propia condenación: ese niño debe ser su hijo, la muerte 
aplazó la realización del horóscopo: volvemos á ser tres los herederos 
del collar de Xicoténcatl. 

En ese momento vio encaminarse á la loca hacia los viajeros, 
hablar con ellos y después arrebatar al niño, y finalmente contempló 
con horror la muerte impía de aquel ángel. 

Jacinto descendió á toda prisa por la escarpada cuesta, y recojió 
el cadáver ensangrentado del niño. 

—¡Dios eterno! exclamó al ver en la garganta de la criatura el 
escapulario con la esmeralda; ya soy dueño de la otra piedra, el in- 
fierno se conjura contra mí. 

Cuando don Alfonso lleno del dolor más profundo y poseído de 
la rabia más espantosa descendió á ia barranca en busca de su hijo, 
vio á Jacinto Castaños huir, llevando en sr.á manos el amuleto. 



318 JUAN A. MATEOS 



CAPITULO IX 

De la primer palabra y las últimas peripecias. 

i. 

Los insurgentes habían conseguido que don Agnstin Iturbide sa- 
liera como primer jefe de la espedición realista, á consumar en el 
corazón del país aquel plan ilusorio. 

Sabido es que en las revoluciones se conoce el punto de partida: 
pero nunca el de su término. 

El plan de independencia podía ser funesto á sus autores, porque 
es difícil contener ei torrente una vez desbordado; tenemos un gran- 
dioso y sublime ejemplo en la revolución francesa. 

Iturbide se soñaba dueño de la situación, creía poder arrollar a 
sus enemigos, y encontrarse dueño ütsl campo a la proclamación de la 
independencia. 

El destino que contraría los planes más bien combinados, prepa- 
raba un desengaño al caudillo de los realistas. 

Armóse un tren para dirigirse al seno do la costa donde t 
organizaba su ejército para invadir ias ciudades que había coij 
en mejores días. 

El intrépido suriano estaba so!o en la lucha. 

Los Rayones y Bravos Laoían caído en poder del enemigo, y 
jefes sin nombre militar eran ios que recorrían ei país en todas di- 
recciones. 

Guerrero contaba con hombres de un valor temerario, entre e» 
ge distinguía Pedro Asencio, rayo matador en las batallas, y otros •._- 
surgentes á quienes no ha olvidado la historia. 

Los realistas preparaban nna campaña en toda forma, al efecto 
se detuvo una columna, que al pasar por el punto de Aimololla, fué 
batida y derrotada completamente por Asencio. 

Salió Iturbide de Teloloapan á San Martin, para encargarse del 
mando de Temasceltepec, en el cerro de Sao Vicente estaban apos- 
tadas desde tres días antes las íuerzas de Guerrero formando una em- 
boscada para caer de improviso sobre el enemigo. 

El punto de la acción fué una vereda dominada por un gran cerro 
boscoso, y al borde de una barranca profunda, no permitiendo el ca- 
mino formar dos hombres de frente. 

Pasaba el ejército realista, cuando los insurgentes cargaron la 
retaguardia desordenándola por completo. 

Pedro Asencio se presentó amenazando la vanguardia, entonces 
Iturbide protegió la parte atacada, y se previno á resistir al enemigo 
que avanzaba por su frente, enviando una fuerza á la parte culmi- 
nante de la vereda, porque los insurgentes se le venían encima á toda 
prisa. 

Avanzaban en tiradores los de Asencio, hasta llegar á batirse á 
la bayoneta, y el punto fue tomado á viva fuerza. 

Siguió la batalla con una fuerza encarnizada, perdiendo terreno 
las fuerzas de Iturbide, acribilladas por vanguardia y retaguardia, des- 



tos m?.v n .&mtfiM 310 



ordenándose el centro de la columna por la posición difíeil qne ocu- 
paba eu aquellos momentos. 

El encuentro fué espantoso, los cadáveres cubrían totalmente la 
vereda, y en la parte del bosque se consumaba una carnicería ho- 
rrorosa. 

1 túrbido viendo perdida la acción, se retiró del campo coh cincuenta 
dragones rumbo á Tejupilco. 

El "¿1 de Diciembre de ese año memorable de 1820, los insur- 
gentes traían gran batiboleo en la hacienda de Chicliihualco, tan co- 
nocida ya de nuestros lectores. 

Viido y José de la Luz mandaban como unos generales á mul- 
titud de arrieros que cargaban en sus atajos víveres para el ejército 
de Guerrero. 

— Mi general, decía el insurgente, con este viajecito tenemos so- 
corro para seis meses. 

Guerrero estaba rodeado de sus ayudantes viendo con gusto el 
entusiasmo de su campamento. 

— Con estos soiuados, decía, no se puede perder; después de once 
años de combates, están tan animados como ei primer día... vamos, 
no quiero pensar en ios que faltan. 

— No nay que pensar en esas cosas, mi general, ¿quién no tiene 
memoria» amargas en esta vida? 

— Señor Piedra-Santa, contestó el general, siento haber iniciado 
esta conversación. 

Piedra-Santa estaoa totalmente cambiado en su fisonomía, el pesar 
profundo de la muerte ue sa mjo, io tenia preocupado hasta la atonía, 
sus ojos estaban sepultados en lo ma» liondo de sus órbitas, su frente 
pálida como la do una estatua <io maríu, sus labios pálidos y la barba 
y cabello crecidos por el abandono. 

Aquel hombre no era sogaiamente el de otros días, su ánimo es- 
forzado se habla extinguido, entraba en el combate con la indolencia 
del que no teme á la muerte, presenciaba los dramas de la revolución 
con más sangre fría que el esxieciadur los de un teatro donde todo es 
ficción. 

— Señor coronel, dijo Guerrero, adelántese usted con una sección, 
y ocupe el punto de la Cueva del Duiblo, fortifique usted aquel lugar, 
porque tengo noticia de que I03 realistas nos seguirán á la salida do 
la hacienda. 

— Con permiso de usted, mi general, contestó Piedra-Santa, y 
ordenó á su clarín de órdenes que tocase «llamada.» 

Entretanto se dirigió á las habitaciones de la hacienda, dondo 
yacía su infeliz esposa presa del desconsuelo y del sufrimiento. 

— Llegó el momento de separarnos, dijo don Alfonso. 

Luz no contestó, sus ojos relucientes se volvieron hacia su esposo, 
y su respiración comenzó á hacerse dificultosa. 

— Vamos, Luz, exclamó Piedra-Santa llorando, vas á empeorarte; 
ya sabes que tu corazón se revela... ¿quieres morir?... ¡vamos, mira 
que en el mundo no tengo más que á tí!... 

— Sí, ya estoy tranquila... resignada... i 

Piedra-Santa besó la frente de Luz, que estaba yerta. , 

Aquella infeliz madre estaba á las piritas de la tumha 5 víctima 



320 JTJAN A. MATEOS' 



de una hipertrofia; su hijo la llevaba en pos á la eternidad, y los 
momentos de su vida estaban contados. 

Una ansia terrible la atacó en aquel instante de aflicción, y co- 
menzó á desgarrar saDgre. 

— ¡Sangre otra vez' gritó Piedra-Santa al ver su pañuelo. 

— No te asustes Alfonso, no es nada... ;yo procuraré vivir para tí! 
y tendió su mano desco'orida buscando la frente de su esposo. 

Don Alfouso se arrodilló, y tomando aquella mano delicada la 
besó con sus lágrimas. 

Vildo se presentó en la estancia. 

— Esto es peor que las balas de los realistas, murmuró el insur- 
gente, y tienen razón... ¡maldita loca!... si yo hubiera llegado á 
tiempo la aplasto como una víbora... ¡qué diablo! desde ese día me 
he vuelto como una muchacha de quince años, tengo las lágrimas en 
los ojos.,, veo á la niña y ¡zas! lloro sin poderme contener... ¡rayo 
del diablo!... la niña Luz se va á morir, tiene una cara de difunto... 
el coronel es todo un hombre; pero se va secando como los pinos en 
el invierno... ese sí que sufre por todos... vamos á tener muchas pesa- 
dumbres juntas... iyo que soy nn mandria!... ¡Vildo, Vildo! más vale 
que te marches al infierno que ver estas cosas!... 

Caifas, el perro del insurgente, comenzó á ahullar como si hus- 
mease la muerte. 

— ¡Sal, maldito de todos los diablos! gritó Vildo dándole una 
fuerte patada al perro. 

Caifas se fué á echar á los pies de Luz. 

£1 insurgente se quedó viendo á la joven, que apenas podía hablar, 
presa de una agitación espantosa. 

— ¡Esto es más de lo que puede sufrir un hombre! exclamó Piedra- 
Santa. 

No es nada... nada, contestó Luz acariciando la frente de don 
Alfonso. 

El insurgente salió corriendo en busca del ministro de Dios. 

— Alfonso... mío... las predicciones... han dicho que ninguno de... 
nuestra familia... sobreviviría á... ese día de... la independencia... y 
ya aparece la aurora... 

— ¡Pero si yo debo morir también!... ¿porqué no bajo ala tumba 
antes que tú?... Dios me reserva todo el licor amargo déla angustia... 
¡tú... mi hijo! 

A ese recuerdo, la joven moribunda se agitó convulsivamente como ¡ 
si fuese á exhalar el último aliento, su pecho comenzó á levantarse y > 
la respiración se hizo tan difícil y trabajosa, que todo anunciaba una 
muerte próxima. 

Vildo tornó con el sacerdote. 

Piedra-Santa dejó sola á su esposa 

Después de un cuarto de hora la puerta se abrió. 

Piedra-Santa entró en el aposento, se acercó al lecho, se arrodilló 
temblando, y tomando la mano de Luz exclamó: 

— Pronuncia una palabra... una palabra siquiera de despedida... 
¡Luz!... ¡Luz!... 

La joven ya no le escuchaba, el espíritu de la vida estaba próximo 
á extinguirse. 



IOS INSURGENTES 321 



— ¡Mírame, gritaba Piedra-Santa, una sola mirada... una sola!... 
quiero recojer la luz postrera de tu existencia... ¡Dios mío!... ¡Dios 
mío!... ¡ten compasión de mí! 

El sacerdote rezaba las últimas oraciones á la cabecera de la mo- 
ribunda. 

Hubo un momento en que Luz parecía volver en sí de su letargo, 
y reconocer á las personas que la rodeaban. 

— ¡Vive! gritó Alfonso. 

La joven contrajo sus labios esforzándose por sonreivse y esa son- 
risa era la del ángel que regresaba al lugar luminoso de su partida. 

— Bogad á Dios por su alma, dijo el sacerdote, y abandonó la 
estancia. 

Piedra-Santa se abrazó del cadáver, besó mil veces aquellas meji- 
llas que tomaban el frío y la rijidez de la muerte; la llamó con los 
gritos del alma; lloró como un niño, y fué necesario arrancarle de 
aquel sitio funesto, porque estaba al perder el juicio. 

El oráculo se realizaba, dos vastagos quedaban de aquellos 
hombres que babían jurado venganza al pie del cadalso de Xico- 
tencatl. 

A la mañana siguiente de aquel día funesto, el coronel Piedra- 
Santa dejó para siempre la hacienda di Chichihualco. 

El general Guerrero situó sus fuerzas en la Cueva del Diablo, 
y esperó á los realistas que se molían amenazándole con una batalla. 

Berdeja mandaba las fuerzas del rey, y Guerrero en persona á 
los insurgentes. 

La batalla comenzó á las siete de la mañana 

Los realistas intentaron arrojarse sobre las trincheras, pero fueron 
rechazados valientemente. 

La senda que conducía á los parapetos estaba obstruida. 

Era el terreno sumamente pedregoso. 

Berdeja emprendió una falsa retirada para sacar á los insurgentes 
de sus trincheras. 

Guerrero comprendió el movimiento y aceptó el plan de su ene- 
migo, lanzando dos columnas al terreno donde se le llamaba. 

La tropa de Berdeja perdió la moral, y la dispersión más completa 
dio fin con la columna desgraciada de los realistas. 

Los insurgentes tomaron como siempre la revancha, y el jefe tuvo 
que escaparse á uña de caballo. 

Los proyectos de Iturbide fracasaban por todas partes. 

Dice un historiador, que el 2 de Enero de 1821 , don Carlos Moya 
sufrió otro descalabro, valiéndole una seria reprimenda de Iturbide, 
[pie se desesperaba con la ineptitud de este oficial. 

Informóle este jefe de que Guerrero con trescientos ó cuatrocientos 
aombres había invadido la línea de Acapulco, destrozando á los gra- 
aaderos del Sur, mas con tanta rapidez, que la noticia primera que 
íuvo de la aproximación de Guerrero, fué acompañada de la sexta des- 
gracia, pues lo suponía más distante. 

Informó también que le había tomado elfpunto de Sacatepec, cor- 
fado su línea, y que eran muy rápidos sus progresos, por lo que con- 



21 — Los Insurgentes. 



822 JUÁK 4. MATEOS 



clnyó pidiendo á Iturbide, le mandase en sn socorro á marchas dobles 
ana división. 

Eu 25 de Enero la sección puesta al mando de don Miguel Torres, 
sufrió un fuerte ataque por una partida de Pedro Asencio, en las in- 
mediaciones de San Pablo, camino de Totomoloya. 

En dos meses las fuerzas de Iturbide recibieron cinco derrotas. 
Preocupado estaba el jefe realista con tanto contratiempo; aquella 
lección 1© tenía acobardado, sentía respeto por la causa de la indepen- 
dencia, y comenzaba á comprender que la libertad de un pueblo es 
tan sagrada que no lo mide ningún respeto humano. 

Kecorrió las páginas sangrientas de su vida, recordó á Hidalgo 
en el Monte de las Cruces, y á la multitud entusiasta que seguía sus 
estandartes prodigando su sangre en el campo de batalla, peleando 
por su emancipación; se asustó con el mando negro de sus memorias, 
pensó q¡u© estar en las filas del extranjero era un sacrilegio, más... 
fun parricidio!... so arrepintió de la sangre que había derramado con 
tanta impiedad, creyó ver los especiaros de sus hermanos asesinados 
que le pedían cuenta de su martirio, oir las lamentaciones de los huér- 
fanos y de las viudas desconsoladas, y todo este cuadro alumbrado 
por las llamas del incendio que consumían las poblaciones, cuyas ce- 
nizas arrebataban los huracanes... 

Dios llamaba á las puertas de aquel corazón empedernido... 
Volvió su rostro hacia los suyos, y encontró hombres sin fe y 
sin virtudes, lanzados en el suelo de la patria, consumando cuantas 
escenas guarda la barbarie para castigo de los hombres... Quiso huir 
de elfos, esconderse de su conciencia, regenerarse en la luz purísima 
del arrepentimiento, retroceder en la vía del crimen, expiar su exis- 
tencia pasada con una acción grande, igual á sus faltas, y se decidió 
á proclamar la independencia de su patria. 

Ni era aquel plan combinado en los claustros de la Profesa para 
encadenar á un pueblo, y remachar las cadenas de tres siglos; sino 
la emancipación completa de todo poder extraño, la independencia de 
América con todo el vigor de un pueblo nuevo, un astro más en el 
firmamento de las nacionalidades. 

Tomó la pluma y dirijió sus letras á Guerrero, era el único que 
podía comprenderlo; hablóle con reserva sobre sus planes, le juró por 
su honor que estaba pronto á sacrificarse por el bienestar de su patria, 
y concluyó por invitarlo á que tomase parte en su plan revolucio- 
nario. 

El modesto suriano, el hombre del patriotismo y del valor, le 
contestó en una extensa carta, de la cual presentamos algunos párrafos 
á nuestros lectores. 

«Usted y todo hombre sensato, lejos de irritarse con mi rústico 
discurso, se gloriarán de mi resistencia, y sin. faltar á la racionalidad 
ni á la justicia, no podrán redargüir á la solidez de mis argumentos; 
supuesto que no tienen otros principios que la salvación de la patria, 
por quien usted se manifiesta interesado. Si esto inflama á usted, ¿qué 
puede hacer retardar el pronunciarse por la más ]usta de las causas? 
bepa usted distinguir, y no confunda: defienda sus verdaderos derechos, 
y esto le labrará la corona más grande: entienda usted que yo no soy 
el que quiero dictar leyes, ni pretendo ser tirano de mis semejantes: 



LOS INSURGENTEa S23 



decídase usted por los verdaderos intereses de la nación, y entonces 
tendrá la satisfacción de verme militar á sns órdenes, y conocerá á 
un hombre desprendido de la ambición é interés, que solo aspira á 
sustraerse de la opresión, y no elevarse sobre las ruinas de su3 com- 
patriotas. 

«Esta es mi decisión, y para ello cuento con una regular fuerza 
disciplinada y valiente, con la opinión general de los pueblos, que 
están decididos á sacudir el yugo, ó morir; y con el testimonio de 
mi propia conciencia. 

«Compare usted que nada me sería más degradante, como el 
confesarme delincuente y admitir el perdón que ofrece el gobierno, 
contra quien he de ser contrario hasta el último aliento de mi vida; 
mas no me desdeñaré de ser un subalterno de usted, en los términos 
que digo, asegurándole que no soy menos generoso, y que con el 
mayor placer entregaría en sus manos ei bastón con que la nación me 
ha condecorado. 

«Soy de sentir que lo expuesto es bastante para que usted co- 
nozca mi resolución y la justicia en que me fundo, sin mandar sujeto 
á discurrir sobre propuestas ningunas; porque nuestra única divisa es 
libertad, independencia ó muerte.» 

Ante esa actitud firme y valerosa del caudillo, Iturbide se des- 
cubrió ía frente, y riiidió su homenaje al soldado de la libertad. 

«Señor general don Vincente Guerrero. — Estimado amigo. 

«Mo dudo darle á usted este título, porque la -firmeza y el valor 
son ias cualidades primeras que constituyen el carácter del hombre de 
bien, y me lisonjeo de darle á usted en breve un abrazo que confirme 
mi expresión. 

«Este deseo, que es vehemente, me hace sentir que no haya lle- 
gado hasta hoy á mis manos la apreciabilísima de usted del 20 del 
próximo pasado, y para evitar estas morosidades eomo necesarias en 
la gian distancia, y adelantar el bien con la rapidez que debe ser, 
envío á asted al portador, para que le dé por mí las ideas que sería 
muy largo de explicar con la pluma; y en este lugar solo aseguraré 
a usted, que dirigiéndonos usted y yo al mismo fin, nos resta única- 
mente secundar por un plan bien sistemado, los medios que nos deben 
conducir indudablemente, y por el camino más corto. Cuando hablemos 
L.eted y yo, se asegurará de mis verdaderos sentimientos. 

«Para facilitar nuestra comunicación me dinjiré á Cbilpancingo, 
donde no dado que usted se servirá acercarse, y que más haremos 
sin dada en media hora de conferencia que en muchas cartas.» 

Después de diez años de sangre y de combates, los dos caudillos 
enemigos, se tendían ia mano, simbolizando con su alianza la obra 
más grande que registra la historia contemporánea. 

CAPITULO X. 

De la proclamación de la Independencia mexicana. 

i. 

A corta distancia de la ciudad de Iguala existía á principios del 
siglo, una hacienda pequeña, que ignoramos ei ha desaparecido; se 
Uanaaba Acatempan, 



324 JUAN A. HÍTEOS 



El general Guerrero y don Agustín íturbide debían reunirse en 
ese lugar histórico á conferenciar. • 

Los oficiales del ejército realista estaban impacientes en espera 
del caudillo de la insurrección, y don Agustín íturbide redactaba una 
nota al gobierno virreinal, pidiendo engrosase su ejército porque los 
insurrectos tomaban una actitud alarmante. 

Avistóse Guerrero seguido del grupo de sus ayudantes, y los rea- 
listas batieron marcha, haciéndole los honores de un general. 

Diez años de vicisitudes y penalidades tenían cambiada la faz del 
insurgente, su rostro estaba renegrido al fuego abrasador de la costa, 
su barba era larga y su cabello parecía una mata sobre aquella frente 
tan serena ante el peligro. 

íturbide salió á su encuentro tendiéndole los brazos, Guerrero 
aceptó aquel abrazo como el nuncio feliz de la terminación de una 
guerra tan desastrosa. 

Luego que los caudillos se encontraron solos, íturbide tomó la 
palabra iniciando tan grave asunto. 

— Tengo el alto honor de encontrarme ante la presencia de un 
valiente, á quien me complazco en tributar un homenaje de respeto. 

Guerrero inclinó su cabeza sin poder contestal' aquellas frases de 
galantería. 

— Señor, continuó íturbide, ha llegado el momento de unirnos, 
haciendo causa común para libertar á la nación de un yugo de tres- 
cientos años. 

Guerrero manifestaba estrañeza al escuchar aquel lenguaje en 
boca do uno de los enemigos más encarnizados de la insurrección. 

— He pensado que la Independencia mexicana es una gran nece- 
sidad para el país ; pero no bajo las bases proclamadas en 1810. 

— Yo creo, señor, dijo Guerrero, que Hidalgo fijó precisamente 
las bases, y que nosotros no podemos separarnos de ellas. 

— Aquel desorden hizo más enemigos que amigos á la causa na- 
cional. 

— No juzguemos aquella revolución, porque yo soy fanático por 
los hombres de aquella época. 

— Bien, ahora se trata de que nos unamos bajo las bases que a- 
cuerde este plan. 

— Tengo el sentimiento, señor íturbide, de negarme por com- 
pleto ; veo en ese plan que México permanece tan esclavo como an- 
tes, que los Borbones se arraigau más y más en nuestro suelo y no 
es esto seguramente por lo que hemos peleado durante once años. 

— ¿Habrá en México quién pueda ocupar ese puesto? 

— Sí, el pueblo, contestó sencillamente Guerrero. 

— Borrar este artículo equivaldría á echarnos la enemistad de to- 
dos los comprometidos en la revolución. 

— Ya hemos luchado contra ellos y reconocido su impotencia para 
exterminarnos. 

— ¿Es decir que no hay más que la proclamación del principio 
radical? 

— Todo lo demás sería falsear un movimiento en el cnal se en,' 
cierran las esperanzas todas de la patria. 



LOS INSURGENTES 32! 



— No será precisamente un rey de la casa de Borbon, sobran ca- 
sas reinantes en Europa... 

— Señor Iturbide, yo no cejaré un solo punto : el pueblo quiere 
ser libre y lo será ; imponerle amos es esclavizarle entregándole á 
una conquista más vei'gonzosa. 

— Tenemos que obrar con política. 

— Expliqúese usted, yo soy hombre rudo y no sé ocultar la ver- 
dad, aunque comprendo que á veces perjudica la franqueza. 

— El clero y multitud de europeos quieren la independencia, por 
escaparse del azote de esa Constitución regeneradora que proclama los 
principios más avanzados de la democracia : nosotros queremos la in- 
dependencia para romper la cadena que ata á los dos mundos ; pues 
bien, aprovechémonos de los elementos, y conseguiremos un fin pró- 
ximo y un éxito completo. 

— Nos reclamarán después nuestros compromisos. 

—La idea de la emancipación está tan generalizada en las clases 
todas de la sociedad, que la venida de los Borbones á México no pa- 
sará de una quimera sin consecuencias. 

Guerrero movió la cabeza en son de duda. 

Iturbide continuó : 

— Sería necesaria otra conquista para que la América volviese al 
dominio europeo, y España no está en aptitud de emprender una 
nueva expedición como la del siglo XVI... Señor general Guerrero, 
primero es ser, después veremos la manera con que nos constituimos. 

— Yo no comprendo, dijo Guerrero, ese juego de política, pero 
estoy convencido de que el estado de la revolución va á cambiar, que 
tomaremos [en sus propias redes á nuestros enemigos, que tendrán 
que pasar por la independencia. 

— Precisamente, entonces cambiaremos la faz de la cuestión, des- 
arraigando ese trono secular, plantado sobre Jos escombros del reino 
azteca, y nosotros, señor general, alcanzaremos la gloria de haber he- 
cho independiente á la nación mexicana. 

— Sí, contestó el bravo suriano, ese es mi único pensamiento : 
cuando me he visto en el campo cubierto de heridas y con la muerte 
delante de los ojos, me ha atormentado la idea de abandonar á mi 
patria encadenada, y á merced de sus opresores : mi muerte, pensaba 
yo, servirá tal vez para alentar á mis soldados, y así como yo no he 
abandonado la obra de Hidalgo, ellos seguirán en la lucha tan valien- 
tes y tan sufridos como hasta hoy... sí, yo he sufrido mucho, pero 
el corazón me avisa que nuestros males van á tener término, si la 
idea de usted es la de quebrantar los yerros de la exclavitud ; aquí 
está mi vida, mi sangre, la existencia toda de mis patriotas : seré el 
último soldado del ejército de la libertad, la primera víctima, pero 
que mi patria sea feliz... yo nunca he ambicionado nada, mi persona 
vale menos que la de cualquiera de esos soldados que me acompañan; 
no tengo más aspiración, que morir después de un día tan deseado, 
y que mis huesos reposen en el seno de una tierra libre, y" que mi 
tumba no sea hollada por la planta del conquistador... ¿y para qué 
quiero más 1 ? ¿no es esto suficiente?... yo he consagrado mi juventud, 
y he sacrificado familia y porvenir por la independencia de México, 
merezco la recompensa de verla libre é independiente. 



326 JUAN A. MATEOS 



Las lágrimas bañaban aquel rostro endurecido en loa combates. 

Iturbido contemplaba al héroe con admiración. 

— Decir á usted los sufrimientos horribles de los insurgentes, el 
hambre y la miseria que nos ha acosado en las montañas, sería enca- 
recer nuestros débiles esfuerzos j los recuerdo para manifestar el or- 
gullo que sentimos en nuestro sacrificio y lo decididos que nos en- 
contramos á seguir en esta lucha hasta conseguir nuestro objeto... he- 
mos visto subir á los patíbulos á la mayor parte de nuestros amigos, 
presenciado ecatombes horrorosas, incendiados nuestros hogares, á 
nuestras esposas en la esclavitud y á nuestros hijos huérfanos y a- 
bandonados... ante nada hemos retrocedido j todo nos ha parecido in- 
significante comparado á la desgracia de la patria... diez años, señor, 
diez años de lágrimas y de sangre... nuestro corazón se ha empeder- 
nido y nuestra alma se ha hecho feroz ante espectáculos tan conmo- 
vedores... en medio de esta tormenta hay siempre una luz que nos 
acompaña, un aliento que sopla sobre nuestra frente, una voz que 
nos habla al corazón... es que la idea que nos legaron los hombres de 
810, vive entre nosotros, es la herencia que recibimos y que legare- 
mos á nuestros hijos. 

— Señor general Guerrero, dijo Iturbide, yo me siento criminal 
en presencia de tanta grandeza... yo he sido un hijo extraviado... 
mis padres me habían enseñado á respetar al rey como á la imagen 
de la Divinidad, y luchaba con el aliento del fanatismo j pero este 
hecho me ha convencido de mis errores, he vuelto sobre mis pasos 
en los momentos en que puedo regenerarme, y mi espada, que ha com- 
batido tantos años á mis hermanos, herirá á su lado peleando por la 
libertad de mi patria... yo me haré digno de que los mexicanos mis 
compatriotas me estrechen la mano, yo sabré ofrecer mi vida en aras 
de la independencia. 

— Bien, gritó Guerrero; y aquellos dos hombres se estrecharon 
como dos hermanos á quienes reconcilia la generosidad. 

— ¡Seré el último soldado del ejército libertador! 

— No, exclamó Iturbide, á usted le toca de derecho el mando. 

— Señor, la nación nos mira en estos momentos y vá á juzgar- 
nos severamente, podría decirse que la ambición me traía á las filas 
del ejército, y quiero que mi nombre se conserve intacto, ademas que 
ese plan proclama, porque así se ha creído conveniente, la venida de 
los Borbones, y mi firma bajo esos artículos sería una traición á la 
causa, mis soldados desconfiarían de mí. 

— Alcanzo esa razón, dijo Iturbide, me encargo del mando, quo 
renunciaré oportunamente, porque tengo fe en el triunfo de nuestra 
causa. 

—Bien, acepto esa palabra como el nuneio de la paz nacional. 

— Marche usted al Sur, cuente usted con todos mis elementos, 
que hoy mismo marcho para Iguala y mañana doy el grito de libertad. 

— ¡Independencia ó muerte! gritó Guerrero. 

—¡Independencia ó muerte! repitió Iturbide con la voz del corazón. 

Los dos caudillos salieron abrazados delante de sus tropas, que 
los victorearon con un entusiasmo sin límites. 

Esa página la recuerda nuestra historia bajo el nombre de El 
Abrazo de Acatempan. 



fcOS INSURGENTES 32? 



II. 

El 1° de Marzo de 1821, reunió don Agnstin Iturbide en su 
casa de alojamiento en la ciudad de Iguala, á todos los jefes y ofi- 
ciales del ejército, á los comandantes de los puntos militares y áo- 
tras personas de influencia en aquella provincia. 

Iturbide con aquel acento de profunda convicción que da la fe 
ec un principio, manifestó de la manera más clara y terminante, que 
la independencia de Nueva-España estaba on el orden inalterable de 
los acontecimientos ; que á ello conspiraban la opinión y los deseos 
de las provincias; habló de los diversos partidos que existían bajo el 
sistema común de la independencia, indicó los sintomas que anunciaba 
un próximo rompimiento ; y ponderó las terribles consecuencias de 
este, si para precaverlas no se adoptaban medidas prontas y eficaces 
que concentrasen la opinión é identificasen les intereses y los votos 
que se notaban encontrados, y concluyó diciendo : 

«Que los deberes que á la vez me imponen la religión que pro- 
feso y la sociedad a que pertenezco, estos sagrados deberes sosteni- 
dos con so tal cual reputación militar que me han conciliado mis pe- 
queños servicios, en la adhesión al valeroso ejército que tengo el 
honor de mandar ; y para no hacer mención de otros apoyos en el 
robusto que me franquea el general Guerrero, decidido á cooperar á 
mis patrióticas intenciones, me han determinado irremisiblemente á 
promover el plan á que se vá á dar lectura. Libres para obrar cada 
uno según su propia conciencia, el que desechare mi plan, contará 
desde luego con los auxilios necesarios para trasportarse al punto que 
fuese de su agrado, y el que guste de seguirme, hallará siempre en 
mí un patriota que no conoce más interés que el de Ja causa pública, 
y un soldado que trabajará constantemente por la gloria de sus com- 
patriotas». 

Aquella reunión guardó silencio, el golpe era tan rudo é inespe- 
rado que nadie pudo pronunciar una palabra. 

Levantóse el capitán de Tres Villas, don José María de la Por- 
tilla, y leyó en voz alta el plan que conocen ya nuestros lectores, y 
que fué redactado en la Profesa. 

Luego que se escuchó la palabra mágica de independencia, se le- 
vantó un clamoreo estruendoso de entusiasmo. 

Dios encendía la llama inmortal del sentimiento patrio en aque- 
llos corazones ensañados contra la causa de la libertad. r \ 
Iturbide lleno de emoción, dijo á sus soldados que lo aclamaban i \ 
teniente general del ejército : 

— Mi edad madura, mi despreocupación y la naturaleza de la 
misma causa que defendemos, están en contradición con el espíritu I 
de personal engrandecimiento. Si yo accediese á la indicada preten- ' 
sión, hija del favor y de la merced que esta respetable junta me dis- 
pensa, ¿qué dirían nuestros enemigos? ¡qué dirían nuestros amigos? 
¿y qué en fin la posteridad? Lejos de mí cualquiera idea, cualquier 
sentimiento que no se limite á conservar la religión adorable que pro- 
fesamos en el bautismo, y á procurar la independencia del país en que 
vivimos. Esta es toda mi ambición, y esta la única recompensa á 
que me es lícito aspirar. 



328 JUAN A. MATEOS 



Insistió la junta en reconocerle por caudillo; entonces Iturbide 
dijo con voz sonora: 

— Señores, esta solicitud me hace ciertamente mucho honor ; pero 
al mismo tiempo es una trasgresión manifiesta del plan que estamos 
proclamando. Admitiré el título de primer jefe del ejército, siu per- 
juicio de los oficiales beneméritos que manifestaré ásu tiempo, y bajo 
cuyas órdenes serviré con la más sincera complacencia en clase de 
soldado. 

Había llegado el momento de la abnegación y de la generosidad. 

Hé aquí el acta del grandioso acontecimiento de ese día, y que 
pedimos á la historia para estamparla en las páginas oscuras de este 
libro. 

«En el pueblo de Iguala, á los dos dias del mes de Mayo de 
1821, en la casa de alojamiento del señor don Agustín de Iturbide, 
primer jefe del ejército de las tres garantías se congregaron á las nueve 
de la mañaDa los señores jefes de los cuerpos, los comandantes par- 
ticulares de los puntos militares de esta demarcación del Sur, y 
los demás señores oficiales, para proceder al juramento prevenido en 
la acta del día anterior.» Habíase preparado en la sala donde se ce- 
lebró esta concurrencia, un Santo Cristo y un misal : leyó el padre 
capeilan del ejército, presbítero don Fernando Cárdenas, el Evangelio 
del día y habiéndose acercado á la mesa el señor jefe, puesta la mano 
izquierda sobre el Santo Evangelio, y la derecha sobre el puño de su 
espada, hizo el juramento que recibió el referido capellán, en los tér- 
minos siguientes : 

«¿Juráis á Dios, y prometéis bajo la cruz de vuestra espada ob- 
servar la santa religión católica, apostólica romana"? 

«Sí juro. 

«¿Juráis hacer la independencia de este imperio, guardando para 
ello la paz y unión de europeos y americanos 1 ? 

«Sí juro. 

«¿Juráis la obediencia al señor don Fornando VIL, si adopta y 
jura la Constitución que haya de hacerse por las Cortes de esta Amé- 
rica Septentrional? 

« Sí juro. 

« Si así lo hiciereis, el Señor Dios de los ejércitos y de la paz 
os ayude, y si no, os lo demande. » 

En seguida los señores oficiales otorgaron uno á uno el mismo 
juramento en manos del señor jefe y del nominado padre capellán. 

Acto continuo, presidida la comitiva de la música del regimiento 
de Celaya, se dirigió á la iglesia parroquial para asistir á la misa y 
Te Deum que en acción de gracias se cantaron solemnemente. 

Hicieron las descargas de estilo, una compañía del regimiento de 
Murcia, otra de Tres Villas y la de cazadores de Celaya. Habiendo 
regresado el señor jefe á su casa, acompañado de toda la oficiali dad, 
desfiló la tropa á su presencia, y se sirvió después un decente 
refresco. 

A las cuatro y media de la tarde, formaron en la plaza por orden 
de antigüedad los cuerpos del ejército que se hallaban presentes. En 
el 'Ubiiio se puso una mesa con un Santo Cristo, y al lado aeree lio 



IOS INSURGENÍÉS §29 



se colocó la bandera del regimiento de Celaya, escoltada por la com- 
pañía de cazadores del mismo cuerpo. 

Se presentó á caballo el señor general con su estado mayor, y á 
bu vista hizo la tropa el juramento bajo la fórmula expresada en manos 
del mayor de órdenes, teniente coronel graduado don Francisco Ma- 
nuel Hidalgo y del padre capellán. 

Desfilaron los cuerpos pasando debajo de la bandera, y volvieron 
á tomar su posición. 

Entonces el señor general, puesto al frente del ejército, dijo con 
voz entera y animada : 

«Soldados : babéis jurado observar la religión católica, apostólica 
romana, hacer la independencia de esta América ; protejer la unión 
de españoles, europeos y americanos, y prestaros obedientes al rey, 
bajo las condiciones puestas. 

«Nuestro sagrado empeño será celebrado por las naciones ilus- 
tradas, vuestros servicios serán reconocidos por nuestros conciudada- 
nos, y vuestros nombres colocados en el templo de la inmortalidad. 

«Ayer no he querido admitir la investidura de teniente general, 
y hoy renuncio esta divisa. (1). 

« La clase de compañero vuestro, llena todos los vacíos de mi 
ambición. Vuestra disciplina y vuestro valor me inspiran el más no- 
ble orgullo. 

«Juro no abandonaros en la empresa que hemos abrazado; y 
mi sangre, si necesario fuere, sellará mi eterna felicidad. » 

El ejército respondió con vivas y aclamaciones á su primer jefe, 
que no cesaron mientras que á su presencia desfilaban los cuerpos 
para retirarse á sus cuarteles, 

El señor general acompañado de su estado mayor, se retiró tam- 
bién á su casa, donde se hallaba el resto de la oficialidad. 

Allí se renovaron las enhorabuenas con expresiones que dictaba 
si entusiasmo, y se acordó que se extendiese esta relación y se con- 
servase en el archivo. 

Por lo demás, todo fué júbilo y regocijo en este memorable día. 

En la plaza, en la calle, en los cuarteles, no se oían sino mú- 
sicas, dianas y continuos vivas. 

El regimiento de Celaya previno dos marchas que tocaron y can 
taron primorosamente, la una dedicada al señor lLurbide, su antiguo 
coronel, y la otra á la unión de americanos y europeos. 

De las diez de la noche en adelante, comenzó á reinar el más 
profundo sosiego. 

Todos se retiraron á sus cuarteles y alojamientos, sin que se hu- 
biese notado el menor desorden. — Agustín Bustitlos. 



(1] Los galones de coronel que con las vueltas de las mangas de la 
casaca, arrancó al proferir estas palabras, y echó si suelo. ¡Raro ejemplo 
de moderación!.. 



830 JUAN A. MATEOS 



III. 

¡La Independencia estaba consumada! 

Desde aquel día comenzaba á surgir una nueva era en la exis- 
tencia política de la nación , pero el plan de Iguala sería más tarde 
el germen terrible de la anarquía, porque enseñaba una promesa, con- 
signaba un derecho hasta cierto punto á las casas reinantes de Eu- 
ropa, á quienes reservaba el trono de México. 

Pudo pasar entonces como un juege de la política esa reserva; 
nadie pensó ni por un momento en esos artículos, sino en la idea de 
la independencia absoluta de la Metrópoli. 

El instinto del pueblo, su deseo por la libertad, salvaban aque- 
lla situación comprometida; la revolución convergería hacia su cauce 
natural; no había temor de que se pronunciase la opinión en favor de 
los reyes católicos; la presencia de Guerrero y otros jefes notable» 
de la insurrección, garantizaba el principio regenerador de la América, 
la independencia. 

Medio siglo vivió en el polvo de los archivos el plan de Iguala, 
hasta que las bayonetas francesas lo sacaron de su olvido por traer al 
infortunado Archiduque de Austria ai trono... más tarde las hojas des- 
trozadas de ese plan, cayeron en girones sobre la sangre que salpicó 
las rocas del Oerro de las Campanas. 

IV. 

Luego que la ciudad entró en el silencio del sueño, el coman- 
dante Jacinto Castaños que había presenciado las sesiones celebradas 
por los jefes del ejército de Iturbide, montó en su caballo y aban- 
donó la población. 

Solo en aquellas montañas, sentía el soplo de la muerte sobre su 
existencia. 

— El momento ee aproxima, decía delirante, los pies se me hun- 
den en la tierra de la tumba... quedamos dos de aquella raza mal- 
dita, ¿quién entrará primero en el sepidcro?... temía que este hom- 
bre aborrecido muriese de la pesadumbre... acaso me engañe... ¿cómo 
vendrá la última esmeralda á mi poder?... yo me abismo en estos 
lúgubres pensamientos... vamos por la pendiente resbaladiza del des- 
tino... ¿qué será de mí?... nunca como ahora he pensado en mi pa- 
dre,., hace algunas noches que aparece ensangrentado en medio de 
mis sueños... viene á pedirme cuenta de su vida... ye le arrebató 
sus últimas horas... ¿y para qué tanto crimen?... este hombre desleal 
ha vendido al rey y nos entrega al rencor de los insurgentes... al 
luchar contra ellos defendía mi existencia... ¡este secreto aae ha que- 
mado el corazón!... ¡yo he sido el genio de la destrucción y de la 
muerte!... ¡aun me sobra aliento!... yo me hundiré con las últimas 
víctimas, saciaré mi encono y entraré satisfecho en la tumba... creen 
los traidores que doblaremos la cerviz humildes y resignados, y ¡vive 
Dios qne se engañan!... grande es el país, inespugnables las monta- 
ñas y fuerte nuestro aliento... entramos en un duelo á muerte!... 
¡el todo por el todo ! yo avisaré á los incautos que ese plan es una 
red de engaño, que se conspira contra el rey, que la independencia 



LOS INSURGENTES S31 



de México está escondida tras esos artículos insidiosos !. . pero yo estoy 
cansado de luchar... sidcnto que el espíritu desfallece, qne mi alma 
decae como los árboles al soplo primero del inTierno... la fatalidad 
me lleva por la mano... cerremos los ojos j entreguémonos al 
destino. 

Aquel desdichado entró en la noche del fatalismo como una de 
tantas víctimas á quienes arrastran las olas turbulentas de la predes- 
tinación. 

APITÜLO XI. 

De lo qué pasó en la csesta del Cerro de Barrabás. 

I 

Convencido el general Guerrero de las intenciones de Iturbide so- 
bre la independencia mexicana, marchó lleno de entusiasmo á las cos- 
tas del Pacifico, para organizar su ejército y emprender esos movi- 
mientos atrevidos que le dieron el nombte de «oidado. 

Iturbide se encontraba en una situación verdaderamente difícil : 
su previsión había hecho reunir á multitud de fuerzas baio su mando, 
pero al dar el grito de libertad, se encontraba 8in recursos, y xa mi- 
seria sería el elemento destructor de bu ejercito 

Iturbide estaba profundamente inquieto, veía peligrar su gran mo- 
vimiento revolucionario y derrumbarse la inmensa gloria qne había 
levantado con un solo rasgo de patriotismo. 

El alojamiento del jefe de las Tres Garantías estaba lleno no solo 
de oficiales, sino de multitud de personas que acudían á Iguala á to- 
mar parte en la revolución. 

Hablábase con entusiasmo de la independencia, se hacían apues- 
tas sobre distinguirse en las batallas, y sollo voce se murmuraba so- 
bre aquello de la venida de Fernando Vil á México, creyéndolo una 
conseja qne más bien provocaba la hilaridad. 

Iturbide acababa de despachar su correspondencia que era volu- 
minosa, había escrito al Virrey, á las Cortes de Madrid, y á las per- 
sonas más influentes de México y España, comunicándoles su plan de 
independencia. 

Esas cartas las conserva la historia como cabeza de proceso de 
Iturbide, sobre sus intenciones de mantener al país bajo la domina- 
ción de los reyes de España, y como una acusación sobre el odio que 
profesó siempre á los hombres de 1810. 

Los acontecimientos se encargarían más tarde de romper el velo 
de las conjeturas y poner la luz de la verdad resplandeciente en el 
mundo de las nacionalidades. 

Decíamos que aquel hombre singular se paseaba inquieto por su 
aposento, meditando sobre aquella idea gigante que llenaba su cerebro. 

— Hemos llegado, decía, al punto más difícil de esta cuestión qne 
afecta el porvenir del país en su moralidad, tal es la de proporcio- 
narnos recursos para la subsistencia del ejército. 

— Señor general, dijo el secretario, si usted me permite, le indi- 
caré un medio, sin lisongearme de haber acertado... 



132 JUAN A. MATEOS 



— Hable usted, señor secretario. 

— Está sobre esta mesa una comunicación en que se avisa que 
hoy pasa por aquí la conducta de caudales que debe embarcarse en 
Acapulco para Manila. 

—¿Y bien? 

— Esas cantidades pueden no sólo salvar al ejército de la crisis 
actual, sino servirle basta la consumación de la gran obra que ha em- 
prendido. 

— Señor secretario, respondió Iturbide, le tengo miedo á la historia. 

— Ella justificará esta determinación, creo que todo debe desapa- 
recer ante la idea que se trata de realizar. 

— Puede desconceptuarse, dirán que ella se ha basado en el robo. 

— Señor general, dirijámonos á los dueños de los caudales, ga- 
ranticemos su pago, declaremos esta deuda nacional, comprometamos 
á la misma revolución á salvar su crédito. 

Iturbide vacilaba en asentir á dar el paso que podía en una vi- 
cisitud arrojar sobre su frente una mancha. 

— Si triunfamos, continuó el secretario, estamos justificados ; por- 
que la deuda será pagada. 

— Y si por uno de aquellos eventos que están fuera del cálculo 
humano, la revolución naufraga, yo, dijo Iturbide, yo solo seré res- 
ponsable de ese baldón. 

— No insisto más, señor general : tiembla nsted ante la historia, 
sabiendo que ella misma será su acusadora; porque mañana, hoy, ya 
es imposible la subsistencia del ejército, los cuerpos empezarán á des- 
bandarse formando grupos de salteadores que caerán como langostas 
en las haciendas y poblaciones, y habrá usted convertido en una horda 
expoliadora al más brillante de los ejércitos : entonces la historia sí 
que se alzará inflexible ; tuvo en sus manos, dirá, un elemento para 
conservar la moralidad de sus tropas, y para la realización del pen- 
samiento pospuso su honra á la salvación de la patria, ¿qué importaba 
lo que dijeran los enemigos, si la nación le hacía justicia aún después 
de la muerte? ¿no han execrado á Hidalgo, no le han llamado ladrón, 
incendiario y asesino? y no obstante su nombre se conserva ileso al 
través de estos diez años que llevamos de guerra. 

— Es verdad, es verdad. 

— Y cuando México vuelva á la tiranía que se le impondrá más 
terrible aún que hasta aquí, cuando una sola sospecha haga subir á 
centenares de hombres á los patíbulos, porque se tengan perdidos los 
elementos de guerra y de éxito, ¿qué dirá la historia de ese hombre 
que se detuvo ante un compromiso de dinero, cuando la nación en- 
tera le pedía su libertad?... Señor general Iturbide, usted ha nacido 
para fijar la época más gloriosa de este país ; siga usted los eventos 
de la revolución por más tristes y comprometidos que ellos sean : em- 
peñe usted tocio menos su concencia, si ella dice que este paso es malo 
é injustificable, no lo dé usted, retroceda, pero sepa que la nación se 
hunde para ¿ic-mpre, y que la honra de usted no está salvada dea- 
XJués de la proclamación del plan de independencia. 

— Escriba usted, señor secretario, lo que voy á dictarle 

El secretario tomó la pluma y esperó las órdenes d« iturbide. 



LOS IN8TJ&GENTES 333 



«Iguala. 

«Señores : El imperio de la necesidad apenas tiene término co- 
nocido, y con especialidad cuando se trata de una gran familia, de la 
sociedad, de un reino entero. 

«En este caso, el más arduo que podía presentarse á un hombre 
de sentimientos y de honor, es justamente el en que me hallo, cos- 
tándome algunos días de meditación y sacrificios muy fuertes la re- 
solución que al fin he tomado. 

«Es á saber : que si el Esmo. señor coude del Veuadito conviene 
en el plan justo, razonable y necesario que le propongo en esa fecha, 
y de que ustedes se impondrán por las copias que al efecto les acom- 
paño, sin pérdida de momento se situarán en Acapulco, ó donde us- 
tedes gusten, los caudales de su pertenencia que he mandado detener, 
y si por desgracia no conviene S. E., como sea preciso tener dinero 
á mano para pago de las tropas y demás gastos indispensables del mo- 
mento, no podrá dejarse de tomar alguno de aquellos fondos, y en 
este caso ingratísimo para mí, espero lo llevarán ustedes á bien, y se 
servirán admitir el pago en esa capital ó en otra provincia por cuenta 
de la nación, que lo verificará puntualmente y con el premio corres- 
pondiente : esta medida que ciertamente no es ajustada en un todo á 
mi voluntad, concilia al menos en la parte posible, los intereses de 
ustedes y la equidad y justicia con la necesidad pública, y con la de- 
licadeza de quien no puede separarla de su alma, y ha tomado la fir- 
me resolución de promover al alcance de sus fuerzas el bien de nues- 
tra patria, establecer y afirmar la más interesante unión, y dar si es 
preciso por objetos tan grandiosos, su vida, y sacrificar la suerte de 
su numerosa y carísima familia. 

«Es de ustedes afectísimo seguro servidor y amigo que S. S. M. 
M. B. — Augustin de Iturbide». 

«Señores interesados ^en las platas que se hallan en vía para 
Manila». 

El secretario agitó la campanilla, y un ayudante se presentó. 

— Haga usted llamar á don Eafael Kamiro. 

El ayudante salió en busca de esa persona. Iturbide estaba som- 
brío, aquel paso podía comprometer su nombre. El secretario le con- 
templaba, viendo la lucha que sostenía con su espíritu aquel hombre 
levantado á la esfera de los héroes. 

El ayudante presentó á don Eafael Eamiro y se retiró. 

— Estoy á las órdenes del señor general. 

— Las grandes empresas, dijo Iturbide, se les confian álos hom- 
bre incorruptibles y que tienen en un grado superior el sentimiento 
de su honra. 

Bamiro era todo un hombre de bien, incapaz de subalternar su 
conciencia ante interés alguno. Iturbide continuó : 

— Usted es una de las personas más adictas, no ya á mi persona q e 
nada dice en esta cuestión, sino á la gran causa de la independencia. 

— Es cierto, señor general. 

— Pues bien ; voy á depositar un gran secreto, á hacer una re- 
velación qae no puede rebajarme ante quien conoce mis intenciones, 
y el fin á que he de dirigí? mis esfuerzos. 



334 JUAN A. líATEOÍ 



Eamiro comprendía que algo terrible iba á confiársele, pero no supo- 
nía ni aún remotamente adonde iba á parar aquel trabajoso preámbulo. 

— Tenemos un ejército, dijo el general, que necesita para so sub- 
sistencia grandes cantidades, yo no soy partidario de las exacciones ni 
de los préstamos, ellos traen la ruina de los particulares y el odio ha- 
cia quien dicta tales medidas ; esta revolución se efectuará en el mayor 
orden posible, porque la causa que defendemos es noble y generosa. 

Eamiro esperaba con ansia la conclusión. 

— He determinado en virtud de esta necesidad, y á riesgo de dar 
las armas de la injuria á nuestros enemigos, ocupar los caudales de 
la conducta de Manila. 

Ramiro retrocedió dos pasos. 

— He determinado también el modo con que se ha de pagar, y 
hoy me dirijo á los interesados avisándoles de este paso y dándoles 
todas las garantías que están á mi alcance, para que sean reembol- 
sados en sus intereses. 

El secretario leyó la nota dictada por Iturbide. 

— Yo espero las órdenes del señor general, dijo Eamiro. 

— Ninguna persona más á propósito que usted, para confiarle el 
depósito de la conducta. 

— Señor, es una gran responsabilidad, se trata de medio millón 
de pesos, que excitarán la codicia de las tropas realistas que aun exis- 
ten en estos contornos. 

— Elija usted la fuerza que le parezca suficiente para su custodia. 

— En Iguala no está segura la conducta, me parece que la de- 
bemos llevar á otro punto más á propósito. 

— Lo dejo á la elección de usted. 

— En el Cerro de Barrabás estará completamente á salvo, «1 ge- 
neral Guerrero ha dejado aquí una sección de sus tropas, ellos son 
conocedores del terreno, y me servirán de escolta para llevar y cus- 
todiar los caudales. 

— Este negocio es de la responsabilidad de usted. 

— Señor general, yo no tengo más que mi vida, ella responderá 
de mí. 

— Acepto esa promesa, dijo Iturbide abrazando á Eamiro, qne 
salió del cuartel general á cumplir su comisión. 

H. 

Eamiro se encaminó con las tropas surianas al encuentro de .a 
conducta, se apoderó de ella y tomó rumbo al cerro de Barrabás. 

— Estas operaciones me gustan, decía Vildo el insurgente á José 
de la Luz, su antiguo compañero de aventuras. 

— Yo estoy que brinco de contento, les hacemos la guerra con 
su mismo dinero. 

— Pues yo tengo todavía la boca abierta, no me pasa que ese 
señor Iturbide que me mandó fusilar, ahora sea tan amigo del general 
Guerrero, aquí hay su más y su menos. 

— Yo no sé, pero el caso es que los realistas nos están haciendo 
la barba, y es que ya saben lo que valemos, nos tienen más miedo 



L08 INSURGENTES 335 

que á un escorpión, como que mi machete ha comido más carne que 
un fraile en día de vijilia. 

— ¿Pues y el mío? eso sí, que ha corrido algunas veces; pero 
después he dado la revuelta como tigre, mi coronel Piedra-Santa es 
testigo. 

— Está el coronel más triste que...: vamos, tiene razón, desde la 
muerte de la niña anda sin sombra, se ha quedado solo en el mundo, 
ya nada más nosotros quedamos de su familia. 

— ¡Demonio! diez años de caminatas y de desgracias; con razón 
ya tenemos gana de dormir una noche tranquilos. 

— Ese diablo de cuñado que tiene el coronel don Alfonso nos ha 
dado una guerra endiablada. 

— Y todavía no sabemos el final de esta comedia. 

—Los dos se la han prometido, y el encuentro será de primera. 

— Jacinto es fuerte y valiente : yo lo vi en la hacienda de los 
señores Bravos cuando era todavía muchacho, arrastrarse una res, es- 
tando á caballo, con la facilidad conque yo me llevo á un realista. 

— Pero el coronel no es zurdo. 

— Ya se vé que né, por eso le tengo miedo al careo. 

— Veo por allí brillar armas. 

— Pues avancemos por si es el enemigo. 

Vildo y José de la Luz seguidos de un pequeño destacamento, se 
dirijieron al sitio donde vivaqueaba una compañía de realistas de los 
del ejército de Itnrbide. 

— ¿Quién vive? 

— ¡Independencia! 
— Son amigos. 

Los insurgentes se acercaron á estrechar las manos de sus anti- 
guos enemigos. 

— ¡Ola cantaradas! 

— 'Señor capitán Mojarra, mucho gusto de verle. 

— : Este Vildo siempre de aventura. 

— Hasta que clave la salea ó llegue á la capital del reino. 

— Bravo, muchacho. 
• —Como que escapé de aquella, ¿se acuerda el señor Mojarra? 

— No recuerdo. 

— ¿Cómo nó, cuando se escapó usted del pueblo y nos fué á de 
nunciar? 

— Esa fué chanza. 

— Sí, bromita que por poco me cuesta la pelleja. 

— ¿Quién se acuerda de esas cosas? 

— ¡Nadie! yo lo decía por lo que son las casualidades. 

— Toma un trago, y olvídate del pasado. 

— Venga él, nunca he dicho que nó. 

— Arriba, y adelante. 

Los insurgentes comenzaron á pasarse la botella, que quedó vacía 
en un momento. 

— ¿Qué hay de noticias? 

—Nada, que unos realistas de México han venido al cerro de 
Barrabás á querer tantear al señor Ramio. 

— ¿Se trata de que traicione y entregue la conducta? 



336 JUAN A. MATEOS 



— Precisamente. 

— ¿Y él que dice? 

— El señor Ramiro es todo un val i od te, y primero le arencan 
la lengua ó lo entierran que hacer una felonía. 

— ¿Y no han conocido á las personas de México? 

— Yo estaba en acecho, y conocí á una de ellas. 

— ¿Y se puede saber cómo se llama? 

— No hay inconveniente, Jacinto Castaños. 

— Ese demonio ha de meter su cola en todas partes: figúrese el 
señor capitán, que la noche del plan de Iguala, consumó deserción. 

— Es un realista furibundo. 

— Nos ha jurado guerra á muerte. 

— Como nosotros á él. 

— Es necesario estar en vela, porque anda con una partida pe 
estos contornos, tieue en jaque al cerro, y sueña con los caudales. 

— Pues que despierte, porque en un descuido lo colgamos. 

Caifas, el perro del insurgente, comenzó á ladrar con furia. 

— Es gente enemiga, observó Vildo, y todos se pusieron en acocho. 

Por la cumbre de un cerro vieron atravesar á una partida de rea- 
listas que iba flanqueando el cerro. 

— Es el capitán Castaños. 

— Nos emboscaremos por si se atreve á bajar. 

— Es que ya nos ha visto. 

— Pues subamos á la posición. 

Realistas é insurgentes ascendieron por las rocas, y dieron aviso 
á Ramiro de que Castaños andaba por aquellos terrenos. 

— Vildo, dijo Ramiro, saldrás esta misma noche com dinero para 
tu general. 

— ¡Listo! gritó el insurgente. 

— Es necesario que extraviemos veredas. 

— El negocio corre de mi cuenta; tengo quien me ayude de una 
manera poderosa, y el insurgente señaló al cielo. 

Efectivamente, las nubes comenzaban á condensarse, y apuntaba 
una recia tempestad de aire. 

— Dentro de algunas horas, dijo Ramiro, ya todo estará envuelto 
en el polvo y la oscuridad. 

— Eso aguardo precisamente, señor, para echarme al camino con 
el atajo; además que llevo conmigo á José de la Luz, que es un buen 
compañero, y valiente como no he visto otro. 

— Confío en tí. 

— Yo juro por los huesos de mi señora madre, que en paz dos- 
canse, que este dinero llegará á manos de mi general. 

— Salva en un lance lo que puedas. 

— Primero dejo la vida en manos de esos condenados, que un 
solo peso. 

— Mira. Vildo, toma seis muías que ya están cargadas, y már- 
chate; temo que el huracán y la noche te hagan perder la pista. 

— Por las ánimas benditas que el señor no me conoce: figúrese 
su merced que estas montañas son como si dijéramos mi casa; aquí 
he nacido, y las he visto y andado durante muchos años; perderme 
en ellas sería tanto como darle cuchilladas á caballo de espadas. 




Cuando se disipó el humo de la pólvora, don Agustin 
de Iturbide no era ya más que un cadáver cubierto de 
sangre. 



LOS INSURGENTES-22 



Epilogo. Ií. 



108 insuegSiníes 337 



— ¡Es muy guapo este mozo! 

— Así dice mi general Guerrero. 

— Y tiene razón que le sobra. 

— Así somos sus soldados, tercos como un lobo viejo; figúrese su 

merced que el padre del general le ha rogado que se indulte, y él 

t erre que erre, pelea y pelea, y eso que la señora su esposa está como 

de esclava en ana hacienda de los gachupines, y la niña Doloritas su 

hija, arrimada en casa extraña y pobre como todos nosotros. 

—Ese general es un hombre como hay pocos. 

— Hoy es otra cosa, loa realistas se han vuelto insurgentes, y 
hemos ganado con su misma baraja. 

— Bien, bien, márchate, que cierra la noche. 

— Con su permiso, señor amo. 

Vildo se fué en dirección al lugar donde ya las muías estaban 
dispuestas para el viaje. 

José de la Luz, Vildo y una escolta de cincuenta surianos, co- 
menzaron á descender por la cuesta del cerro de Barrabás. La noche 
avanzaba, el aire se había desencadenado de una manera formidable, 
destrozando las ramas de los pinos y derribando los troncos carco- 
midos de los árboles. Se oía el zumbido del huracán en el seno de 
los precipicios, y el chasquido de los jarales de las veredas. El ahullido 
de los lobos resonaba en las arboledas, al que respondía el constante 
ladrar de los perros que iban tras de la escolta. 

— ¡Brava está la noche! 

— De los diablos, contestaba José de la Luz, que llevaba el lazo 
de la primera mala. 

— Que buen chasco se lleva el capitán Castaños si cree que por 
miedo del huracán no salimos esta noche. 

— ¿Quién le habrá dicho algo sobre nuestra salida? 

— No faltan soplones, muchos de los realistas han de estar deses- 
perados con la revolución de Iturbide. 

— Es que nosotros somos de esa opinión. 

— Me parece que nos quieren tender un lazo, ya oíste eso de que 
siempre ha de mandar el rey, y que S. M. ha de venir á México. 

— No creas esas cosas, ya me han explicado que para contentar 
á los gachupines sueltan esas mentirillas. 

— Puede ser. 

— La prueba es que el general Guerrero ha entrado en el convenio, 
y á él no le dan atole con el dedo. 

— Ya lo creo, eso me tranquiliza. 

— Sabes que Caifas está más asustado de lo regular, ladra como 
un furioso. 

— Estos animales saben más de lo que les han enseñado. 

— La noche, dijo Vildo, está oscura como nunca, y ya tengo algo 
de miedo. 

— ¡Por todos los diablos! gritó José de la Luz, que es la primera 
vez que oigo esa palabra en tu boca. 

— Qué quieres, hay veces que no está uno tan templado como 
quisiera. 

— ¿Y á qué le temes? 

22 — Los Insurgentes. 



338 5üAN A. MAMSOÍ 



— A nada, pero esos ahullidos del viento me han hecho temblar. 

— Mas feos los hemos visto, y no nos han hecho nada. 

— Demonio, este Caifas me espeluzna, algo vé que nosotros no 
alcanzamos en medio de la oscuridad. 

El perro había husmeado á los realistas, que estando en acecho 
desde la salida de los insurgentes, les iban siguiendo la pista hasta 
encontrarse en terreno á proposito para sorprenderlos. La columna 
insurgente iba en el declive del cerro y entrando a la barranca, aquel 
lugar era el más á propósito para caer sobro ellos. Castaños era co- 
nocedor del terreno y valiente á toda prueba, seguía como impulsado 
por el huracán en pos de la escolta, d© seguro se haría dueño de los 
caudales. Vildo escuchó en las piedras del camino las herraduras de 
los caballos. 

— Somos perdidos, dijo á José de la Luz, los realistas nos tienen 
envueltos. 

—Nada se vé. 

—Pero se oye. 

El insurgente se apeó del caballo, puso la cabeza en el suelo, y 
escuchó perfectamente el paso de los caballos. 

— No hay duda, ellos son. 

Vildo impresionado terriblemente por un motivo que no estaba 
á su alcance, hizo un esfuerzo sobre humano para recobrar la moral, 
y dijo resueltamente á su compañero. 

— Me quedo aquí, adelanta lo más que te sea posible con la 
mitad de la escolta, que yo les hago parada, aunque carguen con- 
migo todos los diablos, lo primero es lo primero, si me matan, dile al 
general que le había ofrecido morir por la América, y que he cumplido. 

— Quien piensa en eso, dijo José de la Luz, me marcho á toda 
prisa, y ya nos veremos. 

— ¡Lárgate, y adiós! 

José se marchó á toda prisa tomando una vereda contraria, y 
dejó á Vildo en espera del enemigo. 

III. 

Nada más sombrío que una noche de tormenta sin relámpagos, 
parece que la tierra se alza llena de pavor á los azotes del huracán 
y conmovida se azota entre las rocas en una desesperación de rabia 
espantosa. Oyense bramidos tan profundos como los del Océano y el 
quejido del aire perenne entre las aborledas. 

Cruzan la atmósfera ecos perdidos que se desprenden de los 
abismos y atraviesan en todas direcciones, el hombre tiembla como 
las aves: aquel espectáculo sería terrible si ge pudiese contemplar 
fuera de alcance. 

Las montañas parecen tocar el cielo con sus frentes oscuras, y 
el mismo cielo es un caos en que todo se pierde... sombras por todas 
partes envuelven á la creación entera. 

Ocultos entre las rocas esperan los insurgentes al enemigo, espe- 
rando detenerle mientras se pone en salvo aquel depósito confiado á 
bu lealtad. Los realistas ee acercan y caen en la emboscada. 



Í.OS ÍNSURGENTEá §39 



Una descarga á quemarropa los pone en desorden; pero á la luz 
de las descargas calculan el número de sus adversarios. 

Eetroceden, y acostumbrados á aquel género de combates tratan 
de envolver la posición, que es defendida con arrogancia por los su- 
rianos. El fuego continúa por ambas partes con la misma desespera- 
ción, v la lucha se hace terrible en el seno de las tinieblas. 

Repentinamente se oyeron detonaciones á la retaguardia de los 
insurgentes: la retirada estaba cortada. 

Vildo comprendió que estaba perdido, y se lanzó con sus soldados 
en busca del enemigo á la arma blanca. 

Los realistas los dejaron avanzar, seguros de su movimiento, y 
cuando ya los tuvieron en el sitio á propósito, los rodearon, hacién- 
doles un grande estrago. Vildo fué hecho prisionero. 

— ¿Dónde está el dinero? preguntaba Castaños. 

— ¿Qué dinero? dijo Vildo. 

— E¡ que traían en las muías. 

— Ya vá muy adelante, la escolta salió desde temprano, nosotros 
veníamos á ver si estaba libre el camino. 

— Es decir que nos han burlado 

— Así parece, respondió ei insurgente, que había recobrado por 
completo su sangre fría. 

—Hemos errado el golpe, mi capitán. 

— Sí, gritó con desesperación Jacinto, pero nos vengaremos de 
estos miserables. 

— Ya lo teníamos tragado, murmuró Vildo. 

— AL amanecer que fusilen á estos traidores. 

— 4 Alto! gritó Vildo, eso de traidores, poco á poquito, yo siempre 
he sido insurgente, y lo seré hasta que muera. 

— Ya te conozco, gritó Castaños. 

— Ya qos conocemos señor capitán, somos paisanos. 

— ¡Yo nada tengo de común contigo: 

— ciemos nacido en la hacienda de Chiciülhualco, fui amigo del 
tío Btae, padre de su merced. 

Jacinto no respondió, el nombre de su padre invocado en aquella 
nocbe siniestra y por un hombre sentenciado á muerte, :e conmovió 
las fibras más hondas del corazón. 

— [Mi padre! murmuró el desgraciado, nasta hoy uadie había 
prouunciado su nombre ni avivado su recuerdo... ¡este es un presagio 
•fatal!... he seguido la carrera del crimen con la marca del parricida 
sobre la frente sin hallar un solo instante de consuelo... ¿llegará alguna 
vez la hora del arrepentimiento?... ya he olvidado a esa muier cuyo 
amor me impulsó al abismo sin fondo en que me agito... ¡Dios mío!... 
;Dios mío!... yo siento que el momento del castigo se aproxima, y 
ese mismo temor me dá aliento para luchar contra el destino siempre 
adverso... ¿dónde voy?... vuelvo mí vista al silencio tranquilo de mi 
hogar y no encuentro á nadie: estaré abandonado, y abandonado para 
siempre... mis padres han desaparecido en el silencio de Ja tumba, y 
Luz, mi hermana querida... ha muerto también... nadie me queda ya 
sobre la tierra... la justicia de Dios vá á caer sobre mi frente... 
¡parricida!... ¡parricida! 

Aquel hombre encallecido en el crimen comenzó á llorar como 



340 JTTAN A. MATEOÍ 



una mujer. Dios y los hombres lo habían abandonado en la desas- 
trosa senda de la desesperación. 

Queriendo ocultar la emoción que lo dominaba, no considerando 
suficientemente densa la sombra de la noche, se echó á andar sin 
rumbo por el sendero. 

Pasaron algunas horas, el huracán se había calmado, solo se veían 
á la luz primera de la mañana los destrozos del vendaval. 

El bosque tenía tramos extensos de árboles desarraigados y hasta 
las piedras parecía que habían cambiado de sitio. 

— Ya es hora, dijo un oficial á Vildo; si quiere rezar alguna cosa 
hágalo, porque ya lo vamos á fusilar. 

— Para luego es tarde, contestó el insurgente; pero su voz se hizo 
trémula y su rostro tostado por el sol tomó un color ceniciento. 

Caifas parecía comprender lo que iba á pasar, porque se puso de- 
lante de Vildo, amenazando devorar al que osase tocar á su amo. 

Vildo hincó una rodilla, y tendió el brazo conteniendo á su fiel 
amigo, que ahullaba husmeando la muerte. 

Los soldados de la escolta avanzaron. 

El insurgente abrió su camisa mostrando su pecho desnudo lleno 
de cicatrices cosechadas en el campo de batalla. 

— Buena puntería, dijo á los soldados, que no quiero padecer 
mucho. 

— ¿Nada tiene que ordenar? podemos hacer llegar un recado á 
su familia. 

— Mi familia, dijo Vildo, son los soldados mis compañeros, no he 
conocido jamás otra; en cuanto á dejar algo, no tengo más ropa que 
la puesta, y eso vá á quedar inservible con las balas: lo que les ruego 
es que me entierren con mi machete suriano, ese me ha librado muchas 
veces la vida, y quiero que duerma conmigo debajo de la tierra. 

— Concedido, dijo el oficial. 

Vildo balbuceó algunas palabras: seguramente rezaba una oración 
en aquel trance fatal, hizo la señal de la cruz, se santiguó el rostro, 
y esperó sereno el último trance. 

Oyóse una descarga que resonó en el fondo de las montañas... 
Vildo el insurgente acababa de expirar, revolcándose en aquella sangre 
derramada tantas veces en los campos de la patria... 

Jacinto escuchó la detonación, y lanzó su caballo por si podía 
escapar de la muerte á los otros prisioneros. 

Envuelto en la negra túnica de sus remordimientos, se olvidó de 
que había dado la orden fatal; cuando llegó al sitio los insurgentes 



habían sido ejecutados. 



IV. 



El general Guerrero envió á Piedra-Santa con un destacamento 
en busca de la conducta, que ya suponía en camino. 

Serían las once de la mañana cuando José de la Luz descubrió 
la avanzada del general Guerrero. 

— Señor, dijo al coronel Piedra-Santa, es necesario auxiliar á 
Vildo, que ha quedado con una fuerza muy corta cubriendo nuestra 
retirada. 



EOS INSURGENTES 341 



— ¿Cuántos hombres tiene? 

— Doce apenas; lo primero es lo primero, se trataba de salvar 
las monedas, y ya están aquí sanas y salvas: ahora volvámonos, porque 
los realistas deben estarlo atacando. 

— ¡En marcha! gritó don Alfonso, y ustedos muchachos sigan 
con la conducta adelante, ya todo el camino está seguro y bien 
escoltado. 

La caballería insurgente salió á escape en auxilio de sus compa- 
ñeros, auxilio tardío, poique todos habían caído bajo el golpe inexo- 
rable de la muerte. Después de cuatro horas llegaron al lugar de las 
ejecuciones. 

Unos montones de tierra recien escabada indicaban las tumbas de 
los insurgentes. 

Cuando Oaifás reconoció á José de la Luz, comenzó á ahullar 
espantosamente y á ca?ar la sepultura con un ahinco ardoroso. 

La cabeza de Vildo apareció ensangrentada y destrozada por el 
plomo. José de la Luz se tiró en el suelo dando de alaridos y diciendo 
imprecaciones y blasfemias. 

— ¡Infame! murmuraba Piedra-Santa, has asesinado á tu padre, 
has abierto la tumba á la infeliz á quien debiste el ser, y á mí me 
has arrebatado al hijo de mis entrañas y á la mujer de mi amor... 
¡has sido el azote de tu familia, el verdugo de ios tuyos!... hoy me 
arrebatas á un hermano, á un compañero de tantos años, á un soldado 
de la patria... ¿y el cielo estará sordo á tantos crímenes 1 ?... ¿y no guar- 
dará un rayo de su justicia eterna para aniquilar á este miserabAe?... 

Los insurgentes todos estaban demudados y con los ojos Leños 
de lágrimas. Vildo era uno de los patriotas más queridos y el mejor 
de los amigos. 

— ¡En marcha! gritó Piedra-Santa. 

José de la Luz cubivó e. cadáver con la tierra que el perro había 
esparcido, plantó una cruz de ramas, besó e sie.o, y se aejó llorando 
como un niño. 

Caifas no quiso separarse de aquel sitio, quedó echado sobre la 
sepultura velando el eadáver de su ám© 



capitulo xn 

De cómo se encontraron tres señores yirreyes en el territori 
le Nneya-EspaSa. 

I. 

La voz de independencia dada en Iguala resonó en los ámbitos 
de América como el acento poderoso de la resurrección de un pueblo. 
El pensamiento de Hidalgo había tomado Ja grandiosa forma que el 
anciano de Dolores le había dado en esa concepción gigante de su 
cerebro. 

Los enemigos encarnizados de la libertad venían á rendir sus ban- 
deras, á confesarse vencidos delante de las tumbas de los mártires, y 
á venerar esas cenizas como las de los diosses del mundo nuevo, que 



343 JUAN A. MATEOS 



aparecía saliendo del caos de la esclavitud para girar en la esfera lu- 
minosa de la libertad. El destino había unido las fuerzas contrarias, 
y la palanca se había movido con un poderoso esfuerzo. La luz y las 
tinieblas produjeron la aurora. 

Los enemigos del progreso quisieron arrebatar á la España liberal 
estos dominios, y los partidarios de la independencia se aprovecharon 
de su encono para romper las cadenas de esa ancla, que sujetaba á 
la nación como á una nave á las rocas del suelo extraño. Salió el sol, 
dio de lleno sobre el manto de las tinieblas, y apareció la verdad, 
resplandeciente como un destello de la mirada de Dios. 

La política es como el Océano: tiene un momento do calma y 
trasparencia en que se vé su seno, como si el agua fuese la atmósfera 
azul del firmamento. 

Amigos y enemigos, propios y extraños, sintieron su alma tocada 
por el sentimiento de esta grande verdad: «La independencia es ya 
un hecho en América;» entonces la desesperación más horrorosa se apo- 
deró de esos corazones, sacudidos por el aire infesto de la venganza; 
maldijeron su política, se encontraron burlados en sus planes, descon- 
certados en sus previsiones y perdidos para siempre. 

Habían soñado en un nuevo reino, para entregarlo al absolutismo 
y tiranía de los Borbones, y se les escapaba de las manos como una 
esfera de fuego que entraba en la órbita de las nacionalidades. 

Dijeron anatema al plan de Iguala; pregonaron desde luego que 
todo era una superchería de los insurgentes, un insulto á su rey; pero 
aquel grito llegó tarde, ya no había quien pudiera escucharle. 

La capital de la colonia estaba conmovida profundamente; los 
movimientos del ejército trigarante eran sabidos, á pesar de ana po- 
licía de Argos, que trataba de desvanecerlo todo. 

En el palacio del virrey se recibían continuas comunicaciones de 
pronunciamientos, porque las ciudades, los pueblos, las aldeas más pe- 
queñas, se levantaban á la voz de independencia, renovándose los glo- 
riosos tiempos de Hidalgo. Todos hablaban de las peripecias sangrientas 
de los once años; todos pretendían haber concurrido á las batallas, y 
el espíritu de nacionalismo se exaltaba al grado más alto, enmedio de 
aquella efervescencia patriótica j entusiasta. 

Los españoles y realistas hacían esfuerzos desesperados por con- 
tener aquel desbordamiento universal; pero en vano, porque el volcan 
estaba en plena erupción. 

Bustamante proclama la independencia en el Bajío; marcha el 
ejército á Guanajuato, y delante de aquellos monumentos sagrados, 
piedras constructoras de la columna de nuestras glorias, se santifica la 
memoria de los mártires de 1810; se arrancan las jaulas de hierro donde 
yacían las cabezas venerandas de nuestros héroes, y se les coloca en 
los altares de la patria. 

Allí Iturbide, el vencido del Monte de las Cruces, rinde sus ho- 
menajes á Hidalgo, como al hombre de aquella inmortal jornada. 

Sigue Iturbide para Guadalajara, nada le detiene, pero &n labio 
aun no pronuncia la verdad: sostiene aunque débilmente los artículos 
del plan de Iguala, que el pueblo ha roto ante el pensamiento de 
su emancipación. 

Iturbide se presenta en el lugar de su cuna, en esa heroica tierra 



loi iNStraGEíffsl 343 



de Michoacan, en ese santuario de la libertad: allí se resisten los rea- 
listas; pero sucumben luego á los horrores de un sitio, y la bandera 
trigarante es saludada por las auras que mecieron la cuna de Morelos. 

Aquel torrente, impulsado por Ja mano de Dios, atraviesa victo- 
rioso por el seno de la nación: solo á su aspecto se rinden los ejér- 
citos y las ciudades; San Julián depone sus armas, y la histórica 
ciudad de Querétaro se entrega en los brazos dejsus libertadores, des- 
pués de las conmociones de un sitio. 

Líbrase una batalla en las inmediaciones de Toluca, en que un 
gran núcleo de fuerzas realistas son despedazadas: aquella causa estaba 
sentenciada y entraba en agonía. 

El país entero estaba en conmoción: nuevos héroes aparecen en la 
liza; Victoria, ese rayo de las batallas, disputa sus laureles al enemigo; 
Santa-Ana se apodera del puerto de Alvarado: joven aun y ardoroso, 
se vuelve sobre Jalapa y toma la ciudad, se fía en su fortuna, y asalta 
Veracruz, de donde es rechazado en un combate terrible. 

Don Nicolás Bravo, el hijo de aquel sublime mártir que fué aga- 
rrotado en una de las plazas de México, está con los suyos, como en 
los días de Morelos y de Galeana, renovando su nombre en los combates. 

Le pone sitio á Puebla, y la hace capitular: allí se reúne Itur- 
bide con sus tropas, y formando un ejército poderoso converje hacia 
el centro, hacia la capital, foco de sus esperanzas y último término 
de su jornada histórica. 

II. 

Como acontece en las situaciones extremas, la alarmada corte de 
México acometida del pánico, comenzó á sospechar de los suyos, y 
acusó de complicidad cou los insurgentes al virrey Apodaca. 

"No pudieudo aquella turba de cortesanos salir al encuentro de 
Iturbide, se contentaba con hacer conspiraciones que hacían más des- 
esperada su situación. 

El conde del Venadito era un hombre leal y honrado; pero no 
tenía el talento suficiente ni los conocimientos para resolver crisis tan 
tremenda. 

El día 7 de Julio 1821, entre nueve y diez de la noche, se ad- 
virtió que fueron salteado de sus cuarteles, tropas del regimiento de 
Ordenes Militares, del de Castilla é Infante D. Carlos, que silencio- 
samente se dirigieron al palacio del virrey, ocupándole una parte y 
rodeándole otra. 

La misma operación practicó el regimiento de Marina, y en frente 
de la plaza se situó la primera compañía do los dragones Defensores 
de la integridad de las Ufanas. 

E¡ virrey estaba tranquilo presidiendo una junta de Guerra, cuyos 
vocales eran los mariscales, de campo Novella y Liñan, el coronel Es- 
pinosa y el ingeniero Sociato. 

Un oficial de guardias entró en la cámara virreinal. 

— ¿Hay alguna novedad? preguntó Apodaca. 

— Señor, dijo el oficial, el coronel Buccelli y otros jefes pretenden 
hablar á V. E. 

—Que esperen, 



844 JÜAH A. KATÍOÍ 



— Es que insisten de una manera que... 

Alteróse visiblemente el semblante de Apodaca, y dijo coa voz 
trémula: 

— Que pasen. 

El oficial salió inmediatamente. 

La puerta bo abrió, y un grupo de jefes acaudillados por Buccolli 
se presentó ante la autoridad real. 

El cabecilla era impetuoso, se adelantó hasta el bufete, y dijo con 
acento claro: 

— Señor: las cosas políticas han llegado á un extremo, en que es 
necesario ver definitivamente con quienes contamos en el último trance; 
los jefes de los cuerpos desconfían altamente, de V. E. 

Apodaca hizo un movimiento, pero se reprimió. 

Buccelli continuó: 

— Hay un gran disgusto con las rendiciones de varios puntos, y 
sobre todo con la sumisión de San Julián, en cuyas fuerzas estaba lo 
más florido del ejército español. 

— Yo participo de ese mismo disgusto, dijo el virrey. 

— Creemos que la mala administración ha hecho que se sacrifiquen 
inútilmente muchos de los soldados más distinguidos, y vemoB adelantar 
sin obstáculo á Iturbide, en dirección á la capital. 

— Ya se han tomado las medidas más convenientes para ese 
caso, y... 

— Perdone S. E., dijo Buccelli interrumpiendo al Conde, nosotros 
venimos á suplicar á S. E. que resigne el mando; porque sus hombros 
son débiles para tanto peso. 

El mariscal de campo Liñan se levantó indignado. 

— ¿Es esta la manera, dijo, de dar ejemplo de disciplina á vues- 
tros soldados 1 ? ¿De cuándo acá le es permitido á un subdito rebelarse 
contra los mandatos de su rey?... Señor coronel Buccelli, retírese usted 
á su cuartel y espere en él las órdenes de S. E. 

— Señor, no es la determinación que ha tomado la tropa que guar- 
nece la capital un acto de insubordinación, no, muy lejos estamos de 
ello; pero la idea de ver perdido el país, nos hace dar este paso, el 
tiempo nos justificará. 

— Señor Buccelli, no está encomendada á la tropa la sahmción 
del estado. 

— En un naufragio todos tienen derecho de salvarse; nuestra exis- 
tencia está comprometida, más aún que la causa de S. M.j yo en 
nombre de las tropas, declaro: que si el señor virrey, conde del Ve- 
nadito, no se separa del mando resignándolo en uno de los subinspec- 
tores, su seguridad personal está amenazada. 

El conde se levantó lleno de ira, y dijo al atrevido coronel: 

Yo no tengo miedo á vuestras amenazas; firme en el apoyo de 
mi conciencia y en la rectitud de mis intenciones, permaneceré firme 
ante los eventos de esta situación tan terrible como se presente, y 
sucumbiré después de haber hecho el último esfuerzo. 

— No podemos retroceder. 

- — Es vergonzoso que los mismos españoles don este escándalo. 

. — No hay otro remedio. 

e— Bien está, no puedo oponerme á la fuerza, mi sangre sería es- 



EOB INfi^RQENTES 815 



téril: el señor mariscal de campo Novella recibirá el mando^ mientras 
yo doy parte á S. M. 

El conde, que al principio se manifestaba inflexible, varió de rumbo 
repentinamente, reflexionando que los insurrectos le proporcionaban la 
salida más lionrosa que pudiera encontrarse en aquella situación. 

Novella se rehusó agitado del propio pensamiento; pero la am- 
bición del virreinato lo cegó, y quiso ser virrey aunque fuese la víspera 
del derrumbe. 

Oíase muy cerca el tumulto de los soldados, que arrollaron la 
guardia de alabarderos, y en la plaza se escuchaban gritos de sedición. 

Los oficiales repartían licores y dinero entre la tropa, y todo anun- 
ciaba el desorden más horrible. 

— Señor Buccelli, dijo Apodaca, mitigue usted ese desorden, puesto 
que nada tenemos que hablar. 

— Es necesario que V. E. firme este papel en que está la re- 
nuncia. 

Era ya demasiado ultraje para un hombre de honor. Apodaca 
tomó el pliego y lo hizo pedazos, y dirigiéndose á un escritorio, es- 
cribió de su puño y letra estas líneas históricas: 

«Entrego libremente el mando militar y político de estos reinos 
á petición respetuosa que me han hecho los señores oficiales y tropas 
expedicionarias, y por convenir así al mejor servicio de la nación, en 
el señor mariscal de campo don Francisco Novella, con sólo la cir- 
cunstancia de que por los oficiales representantes, se me asegure la 
seguridad de mi persona y familia, manteniendo la tropa de marina 
y dragones que tengo, y se me dé además la escolta competente para 
marchar al siguiente día á Veracruz para mi viaje á España, dejando 
á cargo de dicho señor Novella, con toda la autorización competente, 
dar las disposiciones y órdenes para la continuación del orden y tran- 
quilidad pública, y entenderse en vista de esta cesión que hago, con 
las autoridades tanto eclesiásticas como civiles y militares del reino. 

México, 5 de Julio de 1821. — El Conde del Venadito.» 

El virrey Apodaca al trazar aquellos renglones, ignoraba que en 
renuncia la hacía en nombre del porvenir, porque su nombre cerraría 
el catálogo de los virreyes de nueva-España. 

III. 

Los mexicanos que representaban á México en las Cortes Espa- 
ñolas, trabajaron sin descanso porque se nombrase primer jefe de la 
colonia al general don Juan O-Donojú, eminente liberal que llevaba 
en sus manos la marca del tormento, que la barbarie del rey le había 
impuesto en Sevilla, en la célebre causa del general Kichard, sin que 
aquel hombre hubiese cedido á tan espantosa prueba. 

O-Donojú saltó en Veracruz la mañana del 2 de Agosto, se en- 
teró de los acontecimientos, se puso en contacto con Iturbide, y con- 
currió el 24 de ese mismo mes á la ciudad de Córdoba, á la gran 
conferencia que señala la historia como el acta de la independencia 
mexicana. 

Dice un testigo presencial, que acordada por Iturbide la trasla- 
ción del general O-Donojú á Córdoba, y 4ada,3 providencias para 



¡46 JTTAN A. MATEO» 



que allí se le recibiera con el decoro correspondiente, para lo que se 
le mandó una lucida escolta de Puebla, comisionando el conde de 
San Pedro del Álamo y Marqués de Guardiola, que entendiese en su 
recibimiento; partió Iturbide para la villa de Córdoba, donde llegó al 
ser de nocbe. 

Apesar de esto y de estar lloviendo, salió muclia gente al camino 
á recibirle, la cual quitó las muías del coche, y á brazo lo condujo 
hasta su posada, encontrándose iluminada la Villa. 

Aguardábalo en su misma habitación el señor O-Donojú: ambos 
jefes rodeados do un brillante concurso, se abrazaron y dieron muestras 
de un cordial cariño. 

Iturbide pasó á cumplimentar á la señora O-Donojú. 

Al día siguiente, como día festivo, cada general oyó misa que se 
dijo en el altar privado de su casa: Iturbide pasó á la de O-Donojú, 
y antes de que se extendiesen los tratados y se tomasen los puntos, 
Iturbide dijo: 

— Supuesta la buena fé y armonía con que nos conducimos en 
este negocio, supongo que será muy fácil cosa, que desatemos el nudo 
sin romperlo. 

Dados los puntos, y encerrados en el despacho de O-Donojú di- 
chos jefes con sus respectivos secretarios, el de Iturbide extendió el 
despacho. 

Aprobóse la minuta, y solo fueron tachadas por mano del es- 
pañol, algunas frases relativas á su persona y que ofendían su mo- 
destia. 

Ese tratado no era otro que el plan de Iguala, con variaciones 
que no alteraban el pensamiento. 

O-Donojú creyó dar un golpe de alta política, y cayó en el lazo 
tendido hábilmente por los insurgentes. 

Aquel hombre llegaba á las playas mexicanas investido de altos 
poderes, como el último eslabón de esa cadena de hierro candente 
que empezaba en Hernán Cortés, y se desprendía de las rocas ame- 
ricanas después de trescientos años, como un cable arrebatado por 
las olas. 

O-Donojú firmó el pasaporte á la independencia de México. 

IV. 

Luego que el enviado de Fernando VII se retiró, Iturbide fué 
arrebatado por el espíritu gigante de la ambición. 

Paseó su mirada audaz en torno de sí, se sonrió con desdén, y | 
exclamó con voz ahogada por el jiíbilo: I 

— ¡He triunfado!... el pedestal de mi gloria solevanta... yo ascen- 
deré sin temor, y una corona oprimirá mis sienes... dueño soy de ese ¡ 
ejército que me aclama, ¡mío es ese pueblo que me rodea!... ' 

Luego volviendo una mirada hacia los papeles que estaban sobre 
el bufete, murmuró: 

— ¡Imbéciles!... creen que un pueblo ha luchado diez años para 
entregarse en las manos de sus verdugos... ¡aclamar á Fernando VII!... 
¡miserables! es la última ofensa que podían hacernos... yo he trazado 
ese nombre para hollarle después, para escarnecerle... cederle un trono 



103 INSURGENTES 84? 



que el pueblo me ofrece, arrojar á sus pies la corona... ¡imnca!... 
¡i 



¡nunca!. 



Aquel hombre se alzaba más alto que su ambición. 

Yo be combatido á los insurgentes, y sus sombras me rodean en 
este supremo instante... ¡Hidalgo!... ¡Allende!... ¡Matamoros!... ¡Bravo!... 
todos vosotros, los que caíste al golpe de nuestras armas, ¡perdón!... 
¡perdón!... las luces de esta gloria queme rodea son todas vuestras... 
yo soy el usurpador de vuestra herencia; pero no entregaré á vuestros 
hijos al yugo do los conquistadores. 

Cubrióse el rostro con las manos, y en la óptica de sus re- 
cuerdos, atravesó ia sangrienta historia de tantos años de sangre y 
de combates. 

La frente del héroe brotó en sudor de congoja y su pecho se 
agitaba terriblemente. 

— ¡Dios mío!... ¡Dios mío! ese trono está formado con los huesos 
de ios mártires... es una impiedad apoderarme de él, es un sacrilegio... 

Dejóse oir un goipe de música seguido de aclamaciones entu- 
siastas. 

— ¡Me llaman! exclamó ieponiéndose de su vértigo, el pueblo 
acude, la fortuna bate sus a,as sobre mi cabeza ¡he triunfado! ¡he 
triunfado! 

CAPITULO XIII. 

La leyenda de las tres esmeraldas. 

\ i. 

El ejército trigarante estaba al frente de la Capital. 

Hacía trescientos años que el más sublime de los aventureros del 
siglo XVI, sitiaba la gran Tenoxtitlan, donde agonizaba el último resto 
del ejército mexicano. 

La escena había cambiado después de tres siglos, los conquista- 
dores eran á su vez vencidos por los conquistados, y estaban en el 
último reducto. 

Las plazas, los castillos, las ciudades y los pueblos, todo había 
caido en poder de los insurgentes: solo faltaba el corazón de la an- 
tigua colonia, cuya arteria estaba abierta. 

El destino realizaba la más brillante de las metamorfosis. 

Para los americanos no llegarían las sombras aciagas de la noche 
triste. Mientras Iturbide firmaba los tratados de Córdoba con O-Donojú, 
las tropas vencedoras de la insurgencia circundaban la capital. 

Nada más alegre que el campamento de los independientes* cuando 
la victoria sacude sus alas sobre un ejército, un iris de esperanza se 
tiende en el cielo, y nadie recuerda que la muerte puede pasear con 
sus pendones por aquellos campos. 

En una de las casucas de un pueblito cercano á la capital, e- 
staba el coronel Piedra-Santa tomando sombra, y sus gueiTí...is se 
disponían á reconocer los lagares inmediatos, porque los realistas na- 
cían salidas continuas de la plaza. 

Novella, aquel virrey de última hora, deseaba sostenerse á todo 



343 JUAN A. MATEOS" 



trance, desconociendo la autoridad de O-Donojú, que como liemos visto 
ee había adherido á la causa de la independencia. 

Decíamos que don Alfonso estaba descansando, cuando se le pre- 
sentó José de la Luz, aquel asistente tan fiel y adicto á su persona. 

José de la Luz era ya subteniente, cuando otros que habían tra- 
bajado menos portaban divisas de coroneles. 

Cierto es que José no sabía leer, pero esto no importaba en 
aquellos tiempos en que era más útil esgrimir la espada que manejar 
la pluma. 

— Mi coronel está muy triste, dijo el asistente. 

— Te engañas José, contestó don Alfonso, nunca he estado más 
alegre, la hora de la libertad se acerca, y con ella la de mi descanso. 

■ — Lo dice usted con un tono... 

— Me he sacrificado por la libertad de mi patria, y estoy sa- 
sfecho. 

— Sin embargo, tenemos una cuenta pendiente. 
— No te has olvidado. 

— ¡Demonio! si tengo presente á ese hombre á todas horas; haber 
asesinado á Vildo y cansado á la familia tantos pesares... 

— Es verdad, dijo Piedra-Santa, y plegó el ceño como si aquel 
recuerdo fuera un puñal que le hiriera al corazón. 

— Yo no me separaré jamás do mi coronel, porque ese miserable 
ha jurado matar á usted, y es capaz de cumplirlo. 

— ¡Dios me lo ponga delante! gritó don Alfonso, estoy ansioso 
de su sangre, con él quiero cobrar la hiél de mis desventuras... pero 
él no es culpable, obedece al destino, y nada más... 

— Yo creo señor, que ya no volveremos á tener otro encuentro; 
porque la ciudad se rinde el día menos pensado. 

— No puede ser... estoy seguro que falta una batalla, y que lia 
de ser terrible. 

— Lo deseo, porque tengo en el corazón que ese hombre ha de 
ser mío. 

— Ya veremos, entre tanto marcha de avanzada por si alguien 
viene á inquietarnos. 

— Con permiso, mi corone!. 

En aquellos momentos se escucharon varios tiros y rumor de 
voces y carreras. 

— Mi caballo, gritó Piedra-Santa. 

José de la Luz salió corrieudo, y presentó en seguida el caballo 
al coronel, qiie poniendo mano á su espada, salió en busca de sus 



soldados. 



n. 



Los realistas habían avanzado hasta las orillas del pueblo de 
Tacuba. 

Los insurgentes lanzaron sus guerrillas sobre las avanzadas ene- 
migas y se trabó desde luego una escaramuza. 

La caballería realista engrosó sus guerrillas, los insurgentes acu- 
dieron al lugar del encuentro, y comenzó una batalla en toda forma. 

El general Bustamante, que on pensaba atacar en aquel punto á 



tos ítíSuitGSffirarÉs 



los realistas, intentó retirar las fuerzas, pero los insurgentes se lan- 
zaron como desesperados, desalojaron á los realistas de un puente, y 
ya no había más que aceptar la situación. 

Keplegóse el enemigo á Tacuba. 

Los insurgentes reconocieron los puntos inmediatos, cuando loa 
realistas salidos de México alcanzaron la retaguardia en el puente 
llamado de Careaga, donde comenzó otra acción. 

Las guerrillas de Sierra de Guanajuato, Príncipe, Frontera, Gra- 
naderos de la Corona y primero Americano, reforzados por una do 
San Luis, dieron una carga á la bayoneta, continuando sin interrup- 
ción, hasta lograr que el enemigo se replegase en Atzcapozalco, dondo 
tomó posesiones. 

En medio de aquel espantoso fuego, y cuando las caballerías se 
encontraron en el choque del arma blanca, Piedra-Santa y Jacinto 
Castaños se vieron frente á frente. 

El demonio del rencor sopló con furia sobre aquellas almas, y la 
venganza y el odio hizo estremecer el corazón de aquellos hombres 
que se detestaban á muerte. 

— ¡Nos encontramos al fin! gritó don Alfonso. 

— Sí, exclamó con voz ronca Castaños, y vas á morir entre mis 
brazos. 

A aquellas palabras siguieron dos disparos simultáneos y á que- 
maropa. 

Disipóse el humo, y ambos aparecieron terribles como la deses- 
peración. Un segundo disparo se confundió entre el estruendo de la 
batalla. 

Piedra-Santa se bamboleó en el caballo, dos balas le habían 
hecho una profunda caverna en el corazón por donde salía un mar 
de sangre. 

Vaciló algunos instantes, y se desplomó del caballo, que echó á 
correr asustado por las detonaciones de la artillería. 

Acercóse Castaños al cadáver ensangrentado, y rechinando sus 
dientes de furor y sacudiendo la sudorosa cabellera, dio un alarido 
salvaje, un grito de Satanás. 

— ¡La última sangre! gritó, la última vertida por mis manos; ya 
nadie queda de mi raza, aquí está la última esmeralda; yo burlaré las 
predicciones; y azotando con furia su caballo, tornó á mezclarse entre 
Bus soldados que se batían en retirada. 

José de la Luz había visto á lo lejos aquel duelo singular ; en t 
vano quiso acudir en defensa de Piedra-Santa, el campo estaba obstruido, 
y cuando pudo llegar al sitio, solo encontró el cadáver de su coronel. . 

Aquel hombre no derramó una lágrima, no dijo una palabra, arro- i 
dillose, besó la frente helada del muerto, y gritando después: ¡viva el : 
rey! ¡mueran los insurgentes! se entró en las filas de sus jurados enemigos. | 

Llegó la noche. 

El cielo se había entoldado y la tempestad estallaba con fuerza. 

Los insurgentes se habían retirado de las inmediaciones de Azt 
capotzalco, y los realistas tenían un momento de respiro. José de la 
Luz estaba en la torre con los soldados que mandaba Castaños. 

Cuando los vijías anunciaron la retirada del enemigo las fuerzas 
españolas comenzaron á desfilar rumbo á la capital. 



350 JUAN A. MATEO* 



Luego que llegó su turno al destacamento de la torre, Castaños 
ordenó el desfile, quedándose á retaguardia para que no se ocultase 
alguno de sus soldados. 

José de la Luz estaba en el dintel de la escalera cuando Jacinto 
puso el pie en el primer escalón. 

— Alto, dijo el insurgente, poniéndole dos pistolas al pecho. 

Jacinto no preveía aquel lance, y permaneció extático con la 
sorpresa. 

Dos soldados de la escolta de Piedra-Santa que acompañaban á 
José y estaban en el secreto, se arrojaron sobre el asesino, y lo ataron 
fuertemente por los brazos. 

— El vaticinio se realiza, murmuró Jacinto: <tel último de las ge- 
neraciones que llegue á reunir las tres esmeraldas, asistirá á la última 
de las batallas, y morirá en la noche que preceda á ese gran día de la 
independencia de México.» 

Los insurgentes creyeron que Castaños rezaba. 

— Haces bien, dijo José de la Luz, porque vas á morir. 

En seguida ató una cuerda al cuell© de aquel desgraciado, po- 
niendo el extremo en la barandilla de la torre. 

Jacinto no suplicaba, sabía que su muerte era inevitable, y es- 
taba resignado. 

Los soldados sacaron fuera de la torre á aquel hombre y lo lan- 
zaron al espacio. 

Con el peso corrió la lazada, y la estrangulación fué momen- 
tánea: el cuerpo azotó fuertemente contra los muros. 

Osciló unos momentos el cadáver, y después tomó su reposo natural. 

El rostro se puso amoratado, conservando el aspecto de fiereza 
que había distinguido á aquel malvado. 

Ultimo vastago de aquellos tres hombres que habían jurado ven- 
ganza al pie del cadalso de Xicotencatl, cumplía con su misión al 
realizarse el horóscopo de la fatalidad. 

José de la Luz se precipitó por las tinieblas de la escalera se- 
guid© de sus compañeros, y se perdió en el silencio de la noche. 

III. 

Al día siguiente las tropas de la insurgencia contemplaban un 
cadáver colgado á uno de los balaustrados de la torre de Aztcapot- 
zalco, y que mostraba en su pecho desnudo tres esmeralda/. 

IV. 

Los caudillos todos de la insurrección concurrieron al sitio de 
México, con el mismo entusiasmo que en los primeros días de la re- 
volución. 

La capital no tenía el aspecto de una ciudad sitiada: con excep- 
ción de los europeos, todo el mundo respiraba júbilo, y el pueblo veía 
aparecer sobre el cielo de la patria la luz del astro que resplandecía 
en el horizonte. 

Perdida la esperanza del triunfo, acudió esa sombra de gobierno 
á pedir la extrema- unción á la iglesia. 

Hiciéronse triduos y rogativas, invocóse el poder del cielo coa 
preces y procesiones; pero el cielo permaneció sordo á las súplica». 



LOS mSÜRGENÍES S5Í 



La situación era más triste cada día; las avanzadas se deserta- 
ban, los personajes salían prófugos y la desmoralización más grande 
devoraba los últimos restos del gobierno colonial. 

Un virrey con los independientes, otro virrey defendiendo la ciu- 
dad, otro más destituido y protestando contra todo, presentaban el 
espectáculo de la disolución más completa. 

El virrey sitiado estaba perdido irremisiblemente; así es qne el 11 
de Setiembre, promovió una junta, y para salvarse de la derrota hizo 
la siguiente declaración: 

«Quedo satisfecho absolutamente por los despachos originales que 
he visto, de que el señor don Juan O-Donojú es capitán general y 
jefe político superior de estas provincias, nombrado por el rey, en 
cuya virtud lo reconozco como autoridad lejítima.» 

Aquella declaración fué la entrega de la ciudad. 

Novella, O-Donojú é Iturbido, celebraron una última conferencia 
y la capital quedó á merced del ejército independiente. 

Ei general Filisoia a! frente de cuatro mil insurgentes, tomó po- 
sesión de la capital, señaláudose el 27 de Setiembre paia la entrada 
triunfal del Ejército triqarante. 

Arriado ol estandarte de los Castillos y Leones, apareció nuestra 
bandera como un iris sobre el antiguo alcázar de Moctezuma. 



Sombras do nuestros mayores, mártires todos de la libertad ame- 
ricana, alzaos de vuestras tambas al toque de resurrección de vuestra 
patria! 

¡Vosotros, que habéis regado con vuestra sangre el campo infe- 
cundo de tres siglos, coronad vuestras frentes con las inmortales 
siemprevivas do .a victoria! 

¡Tended muestras alas como los genios tutelares do América; im- 
primidle ose sello de grandeza sublime que os acompañó resplandeciente 
en las hogueras del siglo XVI, y en los patíbulos del siglo XIX, y 
llevad intacta vestía bandera á ias generaciones del porvenir! 



EPILOGO. 

EL LIBRO ROJO. 

Llegó por fin el día de la libertad de México. Once anos de lu- 
cha, un mar de sangre, un océano de lágrimas. — Esto era lo que había 
tenido que atravesar el pueblo para llegar desde el 16 de Setiembre 
de 1810 hasta el 27 de Setiembre de 1821.— 16 y 27 de Setiembre, 
1810 y 1821. Hó aquí los dos broches de diamantes que cierran ese 
libro de la historia en que se escribió la sublime epopeya de la inde- 
pendencia de México. 

«¡Y cuánto patriotismo, cuánto valor, cuánta abnegación habían 
necesitado los que dieron su sangre para que se inscribieran con ella 
bus nombres en ese gran libro! 



ét 2 *ÜAK A. MATEOS 



«Pero el día llegó; puro y trasparente el cielo, radiante y esplen- 
doroso el sol, dulce y perfumado el ambiente. 

«Aquel era el día que alumbraba después de una nocbe de tres- 
cientos años. 

«Aquella era la redención de un pueblo que había dormido en el 
sepulcro tres siglos. 

«Por eso el pueblo se embriagaba con su alegría, por eso la ciu- 
dad de México estaba conmovida. 

«¿Quién no comprende lo que siente un pueblo en el supremo día 
en que recobra su independencia? Pero, ¿quién sería capaz de pintar 
ese goce purísimo, cuando se olvidan todas las penas del pasado y 
no se mira sino luz en el porvenir; cuando todos se sienten hermanos; 
cuando basta la naturaleza misma parece tomar parte en la gran fiesta? 

«México se engalanó como la joven que espera á su amado. 

«Vistosas y magníficas colgaduras y cortinajes ondeaban al im- 
pulso del fresco viento de la mañana, en los balcones, en las venta- 
ñas, en las puertas, en las cornisas, en las torreB. Cada uno había 
procurado ostentar en aquel día lo más rico, lo más bello que tenía 
en su casa. 

«Sus calles parecían inmensos salones de baile: flores, espejos, 
cuadros, vajillas, oro, plata, seda, cristal, todo estaba en la calle, todo 
lucía, todo brillaba, todo venía á dar testimonio del placer y de la 
ventura de los habitantes de México. 

«Y por todas partes, cintas, moños, lazos, cortinas con los colo- 
res de la bandera nacional, de esa bandera que enar bolada por Gue- 
rrero y por Itnrbide en el rincón de una montaña, debía en pocos meses 
pasearse triunfante por toda la nación, y llamear con orgullo sobre el 
palacio de los virreyes de Nueva España. 

«Aquellos tres colores simbolizaban: un pasado de gloria, el rojo; 
un presente de felicidad, el blanco, y un porvenir lleno de esperanzas, 
el verde; y en medio de ellos el águila triunfante hendiendo el aire. 

«Y entre aquella inmensa multitud que llenaba las calles y las 
plazas, que se apiñaba en los balcones y ventanas, que coronaba Jas 
azoteas, que escalaba las torres y las cúpulas de las iglesias, ansiosa 
de contemplar la entrada del ejército libertador, no había quizá una 
sola persona que no llevase con orgullo la escarapela tricolor. 



«El sol avanzaba lentamente ; y llena de impaciencia esperaba la 
muchedumbre el momento de la entrada del ejército trigarante. 

«Por fin, un grito de alegría se escuchó en la garita de Belén, 
y aquel grito, repetido por más de cien mil voces, anunció hasta los 
barrios más lejanos que las huestes de la independencia pisaban ya la 
ciudad conquistada por Hernán Cortés el 13 de Agosto de 1521. 

«1521, 1821. ¡Trescientos años de dominación y de exclavitud! 

«A la cabeza del ejército libertador marchaba un hombre, que era 
en aquellos momentos objeto de las más entusiastas y ardientes ovaciones. 

«Aquel hombre era el libertador don Augustín Iturbide. 

«Iturbide tenía una arrogante figura, elevada talla, frente despe- 



LOS IKírftQKXTES 



jada, serena y espaciosa, ojos azules de mirar penetrante, regía con 
diestra mano un soberbio caballo prieto que se encabritaba con or- 
gullo bajo el peso de su noble ginete, y que llevaba ricos jaeces y 
montura guarnecidos de oro y de diamantes. 

«El traje de Iturbide era por demás modesto ; botas de montar, 
calzón de paño blanco, cbaleco cerrado, del mismo paño, una casaca 
redonda de color de avellana, y un sombrero montado con tres bellas 
plumas con los colores de la bandera nacional. 

«Al descubrir al libertador, el pueblo sintió como una embria- 
guez de placer y do entusiasmo, los gritos de aquel pueblo atronaban 
el aire, y se mezclaban en gigantesco concierto con los ecos de. las 
músicas, con los repiques de las campanas de los templos, con el es- 
tallido de los cohetes, y con el ronco bramido de los cañones. 

«Iturbide atravesaba por el centro déla ciudad para llegar basta 
el palacio; su caballo pisaba sobre una espesa alfombra de rosas, y 
una verdadera lluvia de coranas^ de ramos y de flores caía sobre su 
cabeza y sobre la de sus los*: 

«Las señoras desde loa t>a leones regaban el camino de aquel ejér- 
cito con perfumes, y arroj ban hasta sus pañuelos y *sus joyas; los 
padres y las madres levantaban en sus brazos á los niños y les mos- 
traban al libertador, y lágrimas de placer y de entusiasmo corrían 
por todas las mejillas. 

«Las más elegantes damas, las jóvenes más bellas y más circuns- 
pectas se arrojaban á coronar á los soldados rasos y á abrazarlos; los 
hombres, aunque no se hubieran visto jamás, aunque fueran enemi- 
gos se encontraban en la calle, y se abrazaban y lloraban. 

«Aquella era una locura, pero una locura sublime, conmovedora; 
aquel era un vértigo, pero era el santo vértigo del patriotismo. 

«Por eso será eterno entre los mexicanos el recuerdo del 27 de 
Setiembre de 1821, y no habrá uno solo de los que tuvieron la di- 
cba de presenciar esa memorable escena, que no sienta que se anuda 
ka garganta y que sus ojos se llenen de lágrimas, al escachar esta 
pálida descripción, hija de las tradiciones de nuestros padres, y na- 
cida sólo al fuego del amor de la patria. 

«Aquel fué la apoteosis del libertador Iturbide.» 

n. 

Han pasado eres años. Una sucesión de errores y r. los po- 

líticos entre los que se registra la disolución de un congreso, na a> 
bierto la tumba al primer imperio. El hombre de Igaálá, el grande. 
el aclamado por el pueblo, yace proscrito y sin nombre en las regiones 
extraoieras. La bandera de la República está plantada en la patria de 
Hidalgo; ella le dice al virgen continente y á las naciones del viejo 
mundo, que la independencia está consumada, y que ella será respe- 
tada en la apoteosis sublime de su soberanía ..... 

«Era la tarde del 15 de Julio de 1824. Frente á ki I de 

Santander (Estado de Tamaulipas), se balanceaba pesadamente el ber» 
gautín «Spring» anclado allí desde la víspera. 

23 — Los hmuroentes. 



JUAJÍ k. V 



«La tarde cataba serena/ apenas una ligera brisa pasaba aus^j 
rrando entre la arboladura del buque, las olas se alejaban mansas 
hasta reventar á lo lejos en la playa, y los tumbos sordos do ln mar 
llegaban casi perdiéndose hasta la embarcación. 

«Las gaviotas describían en el aire caprichosos círculos, anun- 
ciando con sus gritos destemplados la llegada de la noche, y so mi- 
raban do cuando en cuando bandadas de aves marinas que volaban 
hacia la tierra buscando las rocas para refugiarse. 

«Melancólica es la hora del crepúsculo en el mar cuando el sol 
se oculta del lado de la tierra ; tristísimo es contemplar esa hora 
desde un buque anclado. 

«Sobre la cubierta del bergantín había un hombro que tenía fija 
la mirada en la playa. 

«Mucho tiempo hacía que permanecía inmóvil en la misma pos- 
tura. Esperaba y meditaba. 

«Y esperaba con paciencia, porque no se contraía uno solo de los 
músculos de su fisonomía y meditaba profundamente, porque nada pa- 
recía distraerle. 

«La noche comenzó á tender su manto, y aquel hombre no se 
movía. Por fin los contornos de la tierra desaparecieron entre la os- 
curidad, las estrellas brillaron en el negro fondo de los cielos, y aso- 
maron sobre las inquietas olas esos relámpagos de luz fosfórica, quo 
son como las fugitivas constelaciones de esa inmensidad que se Uama 
Océano. 

«El hombre del bergantín no veía pero escuchaba, y repentina- 
mente se irguió. 

«Era que en medio del silencio de la noche había percibido el 
acompasado golpeo de unos remos. 

«Aquel rumor era á cada momento más y más distinto; sin du- 
da alguna se acercaba al bergantín nua lancha. 

— «¿Jorge, eres tú? — dijo el hombre dei bergantín á uno de los 
remeros cuando la pequeña embarcación llegó. 

— «Sí, señor—contestó una voz de¿de la lancha. 

—«¿Y Beneski? . 

— «Espera aquí — contestó otra voz. 

«El hombre saltó resueltamente á la escala y con una firmerá 
que hubiera envidiado un marinero, descendió por ella y llegó a bordo 
de la lancha. 

— «¡A tierra!— exclamó sentándose en el banco de popa. 

«Los bogas no contestaron, sonó el golpo de los remos en el a- 
gua, y la lancha obedeciendo á un vigoroso y repentino impulso, se 
deslizó s bre las aguas, ligera como una ave que hiende los aires.» 



«Al día siguiente, cerca ya de Soto la Marina, caminaba una 
tropa de caballería, enmedio de 3a cual podía distinguirse al mismo 
hombre que el día anterior había desembarcado del bergantín. 

«Al lado de aquel hombre marchaba otro que parecía ser el jefe 
de la fuerza. Si** 

«Los dos caminaban en silencio, parecían hondamente preocupados 
y p©co dispuesto» 4 emprender ana couversaeióiu 



iKaciMíJEKrEBa 355 



«Por fia el hombre del bergantín rompió el silencio, y acercando 
bu caballo al de su acompañante, le elijo con voz firme : 

— «Señor general Garza, supuesto que soy prisionero de usted, 
¿no podría decirme la suerte que me espera? 

«Garza levantó los ojos, lo miró por un momento, y con acento 
casi lúgubre contestó: 

— «La muerte. 

«El prisionero no palideció siquiera, pero tampoco volvió á des- 
plegar sus labios; poco después llegaron á Soto la Marina. 

«En la misma noche toda aquella población sabía que á la mañana 
siguiente sería pasado por las armas el destronado emperador de Mé- 
xico, don Agustín Iturbide, Lecho prisionero al desembarcar en ia barra 
de Santander, por el general don Felipe de la Garza. 

«Los historiadores no están coníormes en el modo con que f«é 
aprt-Iiendido don Agustín Iturbide. 

«Algunos de sus biógrafos, más apasionados de la memoria del 
desgracia do emperador que de la verdad, afirman que Iturbide llegó 
á las playas mexicana* ignorando ei decreto de proscripción fulmi- 
nado contra él en la .República, y agregan que desembarcó disfrazado, 
fingiéndose colono, en compañía de Beneski; pero que fué reconocido 
por el modo expedito y airoso que tenía de montar á caballo. 

«Todas estas dudas se disipan y todas esas relaciones se desmienten, 
con mío trascribir el principio de ana carta que en el momento casi 
de desembarca' escribía Hurbibe á su corresponsal en Londres don 
Mateo Fié tcher, y que inserta don €á.¡ ío» Sustituíante en su apéndice 
á los Tres Siglos de México. 

«Dice así: — «A bordo del bergantíu «Spring» frente á la barra de 
«Santander, 15 de Julio de 1824. — Mi apreciabjé amigo: 

«Hoy voy á tierra, acompañado üó!o de Beneski, á tener una 
«conferencia con el general que manda esta provincia, esperando que 
«sus disposiciones sean favorables á mí, en virtud de que las tiene 
«muy buenas en beneficio de mi patria... Sin embargo, indican no 
«estar la opinión en el punto en que me figuraba, y no será difícil 
«que se pr*esente grande oposición, y aún ocurran desgracias. S: entre 
«estas ocurriere mi fallecimiento, mi mujer entrará con usted tu cou- 
«testaeiones sobre nuestras cuentas y negocios, etc.» 
. «Y esta carta está firmada: — «Agustín de Iturbide.» 

«Toda la versión, pues, soore el incógnito de Iturbide, no pasa 

d: ser una novela. 

» • * 

«Amaneció el día 17. y se notificó á Iturbide que dentro de pocas 
horas debía morir. 

«Su muerto estaca d j e. ciada por G irza, que se fundaba para dar 
esta determinación m ta !ev que proscribía a Iturbide para siempre 
de la República. 

«\ luficóae al ]»;eso Ja Ef ■ prenda, j la escudó síd inmutarse; pidió 
que v'u'tiAf paíw auxiliarle eu d último trance, su capellán que había 
quedado **u ti l/uqu , y envió á Garza uu manifiesto que había escrito 
pura l.uiac » j. 

«La ¡¿¿ifouidad de fiai bidé y la lectura dd manifiesto conmovieron 
sin duda ai general, porque mandó su^pendei la ejecución y se puso 



3T30 JT-iN A. WATTC» 



eu marcha para Padilla, en donde estaba reunido el congreso del Estado, 
llevando consigo al prisionero y tratándole con tantas consideraciones 
corno si él fuera mandando en jefe. 

«Llegaron por fin á Padilla, y el congreso determinó que sin 
excusa ni pretexto fuese pasado por las armas. En vano Garza, que 
«.sintió a la sesión, procuró probar, convertido entonces en defensor 
dé Itnrbi'le, que el decreto de proscripción no alcanzaba á tanto, que 
Iturbide daba pruebas de sus intenciones pacíficas, trayendo consigo 
í «n esposa y á sus pequeños hijos. El congreso se mantuvo inflexible, 
y Garza fué encargado de ejecutar la sentencia dentio de un breve 
término. Volvió entonces á notificarse á Iturbide que podía contar con 
tres horas para arreglar sus negocios, después de las cuales debía morir. 

«Iturbide se preparó á morir como cristiano, y se confesó con el 
presidente del congreso que era un eclesiástico, y que había salvado 
su voto cuando se trató de la muerte del prisionero. 

«Las seis de la tarde del día 19 fué la hora señalada para eje- 
outár la sentencia. — Iturbide salió de la prisión sereno y firme, y de- 
teniéndose al encontrarse eu el campo exclamó: 

— Daré al mundo la última vista. 

«Después pidió agua que apenas tocó con los labios, y se vendó 
él mismo los ojos- 

«Se trató entonces de atarle los brazos; resistióse al principio, 
pero después sé resignó con humildad. 

«Detúvose allí, cauaiuó cosa de setenta ú ochenta pasos y llegó 
al lugar del suplicio, repartió el dinero que llevaba en los bolsillos 
entre los soldados, y entregó su reloj, un rosario y una carta para 
su familia al eclesiástico que lo acompañaba. 

«En seguida, con firme acento habló á la tropa, rezó en voz alta 
algunas oraciones y besó fervorosamente un crucifijo. 

«En ese momento el jefe hizo la señal de fuego, y se escuchó 
el ruido de la descarga. 

«Cuando ee disipó el humo de la pólvora, don Agustín de Itur- 
bide no era ya más que un cadáver cubierto de sangre.» 

III. 

En la suntuosa Catedral de México, y en la sexta capilla de la 
nave izquierda, consagrada al mártir mexicano Felipe de Jesús, se vé 
sobre uno de los altares una urna de mármol negro, donde se lee esta 
inscripción en letras de oro: 

AGUSTÍN DE ITURBIDE 

AUTOR DE LA INDEPENDENCIA MEXICANA. 

COMPATRIOTA LLÓRALO 

PASAJERO ADMÍRALO. 

ESTE MONUMENTO GUARDA LAS CENIZAS 

DE UN HÉROE. 

SU ALMA DESCANSA EN EL SENO DE DIOS. 



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INDIC 

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Sí 



Primera parte* 

Eil Collar de JEsrr^rala&s 



PROLOGO : El libro Rojo . . . . . 

CAP. I. — De la noticia que recibió el general ; 

su campamento de la Brea . 

» II. — De cómo el tío Blas y la señora Fermina con- 
virtieron en proyectiles los utensilios de la 

* III. — Un héroe hace ciento 

> IV. — De cómo pueden reunirse en un tóisrno punto 

cuatro aves de mal agüero . . . . . » 34 

» V. — Del zafarrancho de moros que hubo en la ha- 
cienda de Chichihunleo . . . . . . » 40 

» VI — Donde comienza, la historia de la primer esmeralda » 47 



pág. 


5 


los en 




. » 


14 


a con- 




cocina » 


22 


. » 


28 



La primera Generación, 



CAP. i pdy. 51 

» II. — Que continiía el extracto de los doenmen^s do la 

primera esmeralda . . . . . . . » 74 

» ITT. — Apuntes para una causa célebre . . . » 118 

» IV. — Un escrúpulo de conciencia . . . . » 135 

» VII. — De cómo ei cura Morelos dio un segundó ga- 
rrota zo al comandante Garrote . . . . » 158 

» VIII. — De cómo el cura Mnn'ios hizo una de Don Podro 

el Cruel » 3 04 

j> IX. — Donde sigue la segunda parte del capítulo anterior » 17;s 

» X. — La grata de Michapa . . . . . » 180 
» XI. — De Ja conspiración tramada contra su Excelencia 

el virrey Don Francisco J;ivier Venegas . . » 1SS 
s> XII. — De la entrada de los insurgentes en la cfndad de 

Cuautla de Amilpas . .,..., 195 



?53 ÍNDICE 

A P. XIII. — De cómo es cierto el refrán de que * del plaio 

á la boca se pierde la sopa > ... pdg. 202 

» XíV. — Do lo que veta el curioso lector como so decida 

á leer este capítulo . . . . . . » 209 

> XV. — De cómo dio principio el sitio memorablo de 

la ciudad de Cuautla de Amilpas . . . . » 21G 
» XVI. — Donde se prueba con toda evidencia, que el 

valor rompe las cadenas más bien forjadas . . » 222 
* XVII. — Una tragedia en la Acordada de México . . > 229 
» XVIII. — De una íeeha memorable en la histeria de 

México >, 239 

» XIX. — De la reunión de las tres esmeraldas . . » 245 



Segunda parte. 

I\?iv& ía Arr)érica! 



CAP. I. — El legado do un héroe. . . . pátj. 259 

» II. — ■ De cómo lo que está escrito tiene que suei-der 

infaliblemente . . . . . . . » 266 

> III. — Siguen las peripecias de la revolución . . » 274 
» IV. — La monja espirituada . . . . » 280 

s> V. — De los toros y cañas que hizo Itui'bide en honor 

de su amo Fernando VII . . . . . » 291 

. » VI. — En que se trata de la pena del taüón . . » 299 

» VII. — De la crisis que precedió á la Independencia 

Mexicana . . . . . . . . » 805 

» VIII. — Donde siguen los acontecimientos do esta verí- 
dica historia . . . . . . . . » 311 

» IX. — De la primera palabra y las últimas peripecias » 318 
» X. — De la proclamación de la Independencia Mexicana » 323 
j> XI. — De lo que pasó en la cuesta del Cerro de Barrabás » 331 
» XII. — De cómo se encontraron tres señores virreyes <n 

el territorio de Nueva España . . . . » 341 

» XIII. — La leyenda de lar, tres esmeraldas . . . » 347 
EPILOGO. — El Libro Rojo » 351 



Mi distinguido amigo Vicente Riva Palacio, ha honrado esta libr* 
escribiendo el Prólogo y Epilogo; así es que los párrafos de esos capí- 
tulos que se hallan entre comillas, son obra de su elegante pluma. 

El Autor. 






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Nueoas Ediciones, adornadas de arítsficos fotograbados 
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