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(1) De Tidrig pirt lloren de bronce pere resistir. 




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OS ARABLES 



VÍCTOR HUGO 



Edición adornada con láminas al cromo y grabados intercalados en el texto 



VERSIÓN ESPAÑOLA 



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BARCELONA 
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296, Consejo de Ciento, 296 
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PREFACIO 



Mientras exista, por la fuerza de las leyes y de las costumbres el peligroso vicio] 
cial de crear infiernos artificiales en plena civilización, complicando con fatalidí 
humanas la divinidad del destino; mientras los problemas del siglo: la degradación 
hombre por el proletariado, la decadencia de ¡a mujer por el hambre y la atrofia 
niño por las tinieblas, no estén resueltos; mientras sea posible en ciertas regiones, la 
fixia social; ó de otra manera y hablando en términos más claros: mientras exista so 
la tierra ignorancia y miseria, pueden no ser inútiles los libros de la naturaleza 
presente. 



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Hauteville House, 1862. 



*• - 



e obis- 
/ ocu- 

fondo 
o, aún 
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de lox 
itencia 
l señor 



6 los Miserables 



Myriel era hijo de un consejero del parlamento de Aix; nobleza de toga. 
Se decía que su padre, deseando que heredara su cargo, le había casado 
siendo aún muy joven, esto es, á los diez y ocho ó veinte años, siguiendo 
una costumbre muy generalizada entre las familias de los magistrados. 
Carlos Myriel, sin embargo de su matrimonio, había dado bastante que 
hablar. A pesar de su corta estatura, era de presencia gallarda, elegan- 
te, graciosa y espiritual; la primera parte de su vida perteneció por com- 
pleto al mundo y á la galantería. 

Sobrevino la Revolución, precipitáronse los acontecimientos, disper- 
sáronse, diezmadas por la persecución general, las familias de la antigua 
magistratura, y el señor Carlos Myriel, desde las primeras jornadas de 
la revolución, emigró á Italia. Su esposa, falleció allí, de una enfermedad 
de pecho de la que venía padeciendo hacía mucho tiempo. No tuvieron 
hijos. ¿Qué aconteció luego en los destinos del señor Myriel? El derrum- 
bamiento de la antigua sociedad francesa, la caída de su propia familia, 
los trágicos espectáculos del 93, más horrorosos sin duda para los emi- 
grados que los miraban de lejos con el agrandamiento del miedo ¿engen- 
draron tal vez en su alma ideas de retiro y soledad? Entre alguna de las 
diversas afecciones ó distracciones que llenaban su vida, ¿se vio herido 
de súbito por un golpe terrible y misterioso, de esos que muchas veces 
aplastan el corazón del hombre que las catástrofes públicas no conmo- 
vería aún cuando atacasen su existencia ó su fortuna? No podemos de- 
cirlo; sólo sabemos que á su vuelta de Italia era sacerdote. 

En 1804, el señor Myriel ocupaba el curato de B. (Brignoles). Era ya 
viejo y vivía completamente retraído. 

Durante la época de la coronación, cierto insignificante asunto de su 
ministerio que no podemos precisar, le llevó á París. Entre otras perso- 
nas de valimiento á quienes acudió en bien de sus feligreses contábase 
el cardenal Fesch. Un día en que el emperador había ido á visitar á 
su tío, el digno cura que esperaba en la antecámara se encontró al paso 
con Su Magestad; Napoleón, al observar que el buen anciano le miraba 
con cierta curiosidad, volvióse y dijo bruscamente: 

— ¿Quién es este buen hombre que me mira? 

— Señor, — dijo el señor Myriel; — vos mirando un buen hombre y yo 
un grande hombre, podemos ambos aprovecharnos de ello. 

Aquella misma noche pidió el emperador al cardenal el nombre de 
aquel cura, y algún tiempo después fué sorprendido el señor Myriel con 
el nombramiento de obispo de D***. 

""" ¿Qué había de verdad, por otra parte entre los cuentos que se inven 
taban sobre la primera parte de la vida del señor Myriel? Nadie lo sa- 
bía. Pocas eran las familia» que habían conocido á la del señor Myriel 
antes de la revolución. 

El señor Myriel debía correr la suerte de todo recien llegado á una 



ti 8SÑ0R DE MYRIEL 1 



pequeña población, donde se encuentran muchas bocas que hablan y 
muy pocas cabezas que piensen. Debía correrla, por más que fuese obis 
po y por que era obispo. Sin embargo, las murmuraciones en que iba en 
vuelto su nombre no pasaban de murmuraciones, es decir: murmullos, 
frases, palabras; menos que palabras, palabrerías, como diríamos en el 
idioma enérgico del Mediodía. 

Sea como fuere, después de nueve años de episcopado y de residencia 
en D*** todos los cuentos, objeto, de las conversaciones del primer mo- 
mentó, en que se ocupan las pequeñas poblaciones y la gente pequeña, 
habían caído en el olvido más profundo. No había quien se atreviese á 
hablar de ello ni quien osase recordarlo siquiera. 

El señor Myriel había ido á D*** en compañía de una buena señora, 
la señorita Batistina, hermana suya, la cual contaba diez años menos 
que él. 

No tenían ambos más servidores que una criada de la misma edad que 
la señorita Batistina, á quien llamaban señora Magloria, la cual, después 
de haber sido el ama del señor cura, tomó á la sazón el doble título de 
camarera de la señorita y ama de gobierno de su ilustrísima. 

Era la señorita Batistina de corta estatura, delgada, pálida y bonda- 
dosa; la encarnación del ideal expresado en la palabra «respetable» 
puesto que parece necesario en una mujer para ser venerable, el haber 
sido madre. Jamás había sido bonita; no había sido su existencia otra 
cosa que una serie no interrumpida de obras piadosas, la cual había 
acabado por derramar sobre ella cierta especie de blancura diáfana; así 
es que, al envejecer, había adquirido lo que podríamos llamar hermosu- 
ra de la bondad. Lo que en su juventud había sido flaquedad convirtióse 
con los años en trasparencia, al través de la cual se adivinaba el ángel. 
Era mejor que una virgen, un alma. Parecía su persona hecha de sombra; 
apenas tenía bastante cuerpo para encerrar un sexo; un poco de materia 
conteniendo una luz; dos grandes ojos fijos siempre en la tierra, esto es, 
un pretexto para que el alma viviese en ella. 

La señora Magloria era una viejecilla blanca, rellena, sonrosada, re- 
choncha, activa, hacendosa y atareada y sofocada siempre, á causa de su 
actividad natural al principio, á causa de su asma después. 

A su llegada, dieron posesión al señor Myriel de su palacio episcopal, 
con los honores decretados por el imperio, según los cuales, se coloca al 

rispo inmediatamente después de el mariscal. El alcalde y el presidente 

hicieron la primera visita, y él, por su parte, hizo su visita primera 
1 general y al prefecto. 

Terminada la instalación, esperó la ciudad á apreciar al obispo por 
is obras. 






8 IOS MISERABLES 



n. V 



n 

El señor Myriel vuélvese Monseñor Bienvenido 

El palacio episcopal de D*** estaba situado junto al hospital. 
•' Era dicho palacio un grandioso y magnífico edificio labrado en pie- 
dría á principios del último siglo , por monseñor Enrique Puget doctor en 
teología de la' facultad de París y abad de Simore, el cual fué nombrado 
obispo de D*** en 1712. Este palacio era una verdadera morada señorial. 
Todo era expléndido en él, las habitaciones del obispo, los salones, las 
cámaras interiores, el patio de honor extensísimo con sus galerías de 
arcos, y según la antigua costumbre florentina, los jardines plantados 
de magníficos árboles. 

Eq la sala comedor, ancha y soberbia galería situada en el piso bajo 
icón acceso á los jardines, monseñor Enrique Puget dio en 29 de Julio de 
1*714 un gran banquete de honor á los eminentes señores Carlos Brulart 
de Genlis, arzobispo y príncipe de Embrun; Antonio de Mesgrigny, ca- 
puchino, obispo de Grasse; Felipe de Vendóme; gran prior de Francia y 
Abad de San Honorato de Lerins; Francisco de Bertun de Crillón, obispo 
J barón de Vence; César de Sabrán de Forcalquier, obispo y señor de 
GUandeve, y Juan Soanen, predicador del rey, capellán del Oratorio, 
obispo y señor de Senez. 

Los retratos de estos siete reverendos personajes adornaban la sala, 
al par de esta fecha memorable «29 de julio de 1714» grabada en letras 
de oro sobre una lápida de mármol blanco. 

El hospital era una pequeña casa baja, reducida á un solo piso, con 
un jardin insignificante. 

A los tres días de su llegada visitó el obispo el hospital. La visita ter- 
minó rogando al director que se sirviese hacerle otra á su vez en su pa- 
lacio. 

Dos días después, el director del hospital sostenía con el obispo el si- 
guiente diálogo. 

— Señor director del hospital, ¿cuantos enfermos tenéis en este mo- 
llento? — le preguntó el obispo. 
¿ * — Veintiséis, .monseñor. 
* —Los mismos que yo había contado. 

— Las camas, — repuso el director,— están casi unidas las unas á las 
otras. 

— Esto mismo he notado. 

— Las salas, no son más que cuartos, y el aire se renueva difícilmen- 
te en ellas. 

— Esto me parece. 



^ 



el seSor myriei: vüéltese monseñor bienvenido 



— F luego, cuando viene un rayo de sol, es el jardín demasiado pe- 
queño para los convalecientes. 

— También lo «reo así. 

— En tiempos de epidemia, este año hemos tenido el tifus, y hace 
dos años tuvimos la fiebre miliar, más de -cien enfermos reunidos dan 
mucho que hacer. 

— También pensé yo en ello. 

— ¡Cómo ha de ser, monseñor! — exclamó el director del hospital, — es 
preciso conformarse. 

Esta conversación tenía lugar en la galería comedor, situada, junto 
al jardín. 

El obispo permaneció callado unos instantes, después de los cuales • 
dirigiéndose de súbito al director del hospital le dijo: 

—Señor mío: ¿cuantas camas creéis que caben buenamente en esta 
sala? 

— ¿En la sala comedor de su Ilustrísima? — preguntó estupefacto el 
director. 

El obispo recorría la sala con su mirada, pareciendo como que to- 
mase medidas y echase cálculos. 

—Aquí caben perfectamente veinte camas, — decía hablando consigo 
mismo; -—luego, levantando la vozx 

— Atended, señor director del hospital, — dijo. — Existe aquí un evi- 
dente error. Allí estáis reducidos á cinco ó seis departamentos, veinti- 
séis personas. Aquí no somos más que tres y tenemos espacio para se* 
bénta. Hay error, lo repito: vosotros ocupáis mi lugar y yo el vuestro. 
Devolvedme por lo tanto mi casa y tomad la que os pertenece. 

Al día siguiente, estaban los veintiséis enfermos pobres instalados 
en el palacio del obispo, y el obispo en el hospital. 

Monseñor Myriel carecía de bienes, por haber sido arruinada su fa- 
milia por la Revolución. Su hermana percibía una renta vitalicia de 
quinientos francos, que satisfacía en el curato sus gastos personales. 
Monseñor Myriel cobraba del Estado, como obispo, un sueldo de quince 
mil francos. 

El mismo día en que se alojó en el hospital, determinó Monseñor 
Myriel emplear de una vez para siempre aquella suma en la siguiente 
forma. Transcribimos aquí la nota escrita de su propia mano. 



NOTA PArlA REGULAR LOS GASTOS DE MI CASA 

Para el pequeño seminario Mil quinientas libras. 

Congregación de la misión Cien libras. 

Para los lazaristas de Montdidier Cien libras. 

Seminario de las misiones extranjeras en París Doscientas libras. 



1 




10 LOS MISERABLES 

I 

Congregación del Espirita Santo Ciento cincuenta libras.' 

Establecimientos religiosos de la Tierra Santa Cien libras. 

S jciedades de caridad maternal. Trescientas libras. 

Ademas, para la de Arles Cincuenta libras. 

Obra para el mejoramiento de cárceles Cuatrocientas libras. 

Obra para el alivio y redención de presos Qninientas libras. 

Para libertar á los padres de f unilia presos por deudas. . MU libras. 
Suplemento al sueldo de los pobres maestros de escuela de 

la diócesis Dos mil libras. 

Pósito de los Altos Alpes Cien libras. 

Congregación de señoras de D***, de Manosque y de 8iste- 

rón, para la enseñanza gratuita de niñas indigentes. . . Mil quinientas libias: 

Para los pobres Seis mil libras. 

Mis gastos personales. Mil libras. 

Total Quince mil libras. 

r 

Durante todo el tiempo que ocupó la sede de D*** Monseñor Myriel 
no varió en nada esta disposición. Llamábala, como hemos visto, tener 
regulados los gastos de su casa. 

Este arreglo fué aceptado con sumisión absoluta por la señorita Ba 
tistina. Para esta santa criatura, Monseñor de D***, era á un mismo 
tiempo su hermano y su obispo; su amigo por la naturaleza, y su supe- 
rior según la Iglesia. Le amaba y veneraba sencillamente. Cuando él 
hablaba, asentía inclinándose; cuando obraba, se adhería á sus obras. 
Sólo el ama, la señora Magloria, murmuraba un poco. 

El señor obispo, como se habrá comprendido, no se reservaba más 
que mil libras, las cuales, unidas á la pensión de la señorita Batistina, 
¡turnaban mil quinientas anuales. Con estas mil quinientas libras vivían 
las dos ancianas y el anciano. 

Y cuando algún cura de aldea iba á D***, aún encontraba el señor 
obispo con que' agasajarle, gracias á la severa economía de la señora 
Magloria*, y á la inteligente administración de la señorita Batistina. 

Cierto día, á los tres meses de estar en D***, dijo el obispo: 

— ¡Con todo y con esto me encuentro bastante apurado! 

— Ya lo creo, — exclamó la señora Magloria, — como que Monseñor no 
ha reclamado siquiera la renta que le adeuda el departamento por sus 
gastos de carruaje en la ciudad y de visita en la diócesis, según costum- 
bre de los obispos de otros tiempos. 

— ¡Es verdad, — dijo el obispo, — tenéis mucha razón, señora Magloria. 

Y presentó su reclamación. 

Algún tiempo después, el consejo general tomaba en consideración la 
solicitud del obispo, votó en su favor una suma anual de tres mil fran- 
cos, bajo el siguiente epígrafe: Asignación al señor Obispo, para gastos 
de carruaje, postas y visitas pastorales. 

Esto dio mucho que hablar á la clase media de la localidad, y con 
tal motivo, un senador del Imperio, antiguo miembro del Consejo de los 



ti SF.ÑOR MYRIEL VUÉLVESE MONSEÑOR BIENVENIDO 



Quinientos, favorable al del diez y ooho Brumario y agraciado por la 
ciudad de D*'** con una magnífica tenaduría, escribió al ministro de 
Cultos, señor Bigot de Preamenú, una esquela confidencial irritadísi- 
ma, de la cual tomamos las siguientes líneas auténticas: 

« — ¿Gastos de carruaje? ¿A qué obji toen una ciudad de menos de 
> cuatro mil habitantes? ¿Gastos de viaje? G A. qué hacer semejantes viajes? 
» ¿Ni como ha de correr la posta en un país montañoso? Aquí no hay 
I 'Carreteras, ni se puede viajar más que á caballo. 3P1 mismo puente de 

»Durance en Chateau-Arnoux, apenas puede sostener las carretas de 
«bueyes. Estos curas son todos iguales, ambiciosos y avaros. Este cuan- 
»do vino, hizo la del buen apóstol. Ahora ya hace como los demás, ne- 
»cesita coche y silla de posta. Quiere ya como los antiguos obispos tener 
»lujo. ¡Oh! es mucha clerigalla esta! Señor conde, las cosas no irán como 
»deben ir hasta que el emperador no nos libre de solideos. ¡Abajo el 
» papa! (Entonces andaban embrollados los negocios con Boma). Yo por 
»mi parte estoy por el César único y solo, etc., etc.» 

En cambio la cosa regocijó mucho á la señora Magloria. 

— Bueno, — dijo ella á la señorita Batistina, — monseñor ha comenza- 
do por Los otros, pero á la postre le ha sido preciso acabar por sí mismo. 
Tiene ya arregladas todas sus limosnas. He aquí por lo tanto tres mil 
francos para nosotros. ¡Al fin! 

Aquella misma noche, el obispo escribió y entregó á su hermana una 
nota, concebida en los siguientes términos: 



GASTOS DE CARRUAJE Y VISITA8 

Para dar caldo de carne á los enfermos del hospital. . Mil quinientas libras. 

P \ra la sociedad de caridad maternal de Aix Doscientas cincuenta libras. 

Para la sociedad de caridad maternal de Draguignan. Doscientas cincuenta libras. 

Para los niños expósitos Quinientas libras. 

Para los huérfanos Quinientas libras. 

Total Tres mü libras. 



Tal fué el presupuesto de monseñor Myriel. 

En cuanto á los derechos episcopales, dispensa de amonestaciones, 
dispensas de parentesco, aspersiones, predicaciones, bendición de iglesias 
6 capillas, casamientos, etc., el obispo los cobraba á los ricos con igual 
rigor que presteza tenía para darlo á los pobres. 

Al poco tiempo afluyeron las ofrendas en dinero. Los ricos y los po- 
>res llamaban á la puerta de monseñor Myriel; acudían los unos á reco- 
;er la limosna que iban los otros á depositar. En menos de un año, llegó 
¿ ser el obispo el tesorero de todas las buenas obras, y el cajero de todas 



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12 



LOS MISERABLES 



las necesidades. Pasaban por sus manos sumas considerables; pero nada 
logró hacerle cambiar en lo mas mínimo su género de vida, ni añadir la 
menor superfluidad á sus necesidades. "V 

Lejos de eso, como siempre hay abajo mas miseria que fraternidad 
arriba, todo estaba, por así decirlo, repartido antes de recibido; era 
como el agua en tierra seca; por mucho dinero que le dieran, nunca lo 
tenía. Entonces se despojaba de lo suyo. 

Siendo costumbre que los obispos encabecen con sus nombres de pila 
sus mandatos y letras pastorales, los pobres del país habían escogido con 
cierta especie de instinto afectuoso, entre los nombres del obispo, aquel 
que ofrecía un significado en relación con su modo de ser, así es que no 
le llamaban más qne monseñor Bienvenido. Nosotros haremos otro tanto, 
y como ellos, le llamaremos así en lo sucesivo. Por lo demás, el que se 
le designase con este nombre le complacía. 

— Me agrada el nombre, — decía, Bienvenido;— suaviza el monseñor. 

No pretendemos que el retrato que aquí bosquejamos sea verdadero; 
nos concretamos á consignar que es parecido. 



III 
A buen obispo, mal obispado. 



Aunque el señor obispo había convertido su carruaje en limosnas, no 
dejaba por ello de hacer sus visitas pastorales. La diócesis de D*** es 
verdaderamente pesada, hay en ella poquísimas llanuras y muchas mon- 
tañas; sin caminos casi, como hemos visto, comprende treinta y dos cu- 
ratos, cuarenta y un vicariatos y doscientos ochenta y cinco agregados. 
Visitar todo eso era penosísimo, sin embargo, el señor obispo llenaba 
cumplidamente su misión. Cuando debía visitar un punto cercano iba á 
pié, en tartana cuando estaba en la llanura y, como Dios le daba á en- 
tender, en la montaña. Las dos viejecitas le acompañaban generalmente, 
pero cuando el camino era demasiado penoso para ellas, iba solo. 

Un día llegó á Setiez, antigua ciudad episcopal, montado en un asno. 
Su bolsa, harto escasa á la sazón, no le había permitido tomar otro 
vehículo. El alcalde del pueblo salió á recibirle mirándole apearse de 
semejante cabalgadura con ojos escandalizados. Varios vecinos reían en 
derredor suyo. 

— Señor alcalde, — dijo el obispo, — y señores acompañantes, bien se 
me alcanza lo que os escandaliza; creéis que prueba mucho orgullo en 
un pobre sacerdote montar una cabalgadura igual á la de Jesucristo. 
Hágolo por necesidad y no por vanidad, os lo aseguro. 



I , 



k BUEN OBISPO, MAL OBISPADO 13 



En sus visitas era siempre indulgente y bondadoso: predicaba menos 
que hablaba. No buscaba nunca raciocinios ni ejemplos remotos. A los 
habitantes de una comarca citaba el ejemplo de otra comarca vecina. 
En los lugares donde eran duros para los menesterosos les decía: 

— Ved lo que hacen los de Brianzón. Han dado permiso á los pobres, 
á las viudas y á los huérfanos, para que vayan á cortar yerba en sus prados 
tres días antes que á ningún otro; y les reparan las casas gratuitamente 
cuando están ruinosas. Por eso Dios bendice ese país. En todo un siglo 
de cien años no ha habido en su comarca un solo asesino. 

En los pueblos avaros y perezosos, decía: 

— Ved á los de Etnbrun. Si al tiempo de la cosecha se encuentra un 
padre de familia con que sus hijos están en el ejército y sus hijas sirvien- 
do en la ciudad, y él se encuentra enfermo é impedido, el cura le reco- 
mienda desde el palpito; y el domingo, después de misa, todas las gen- 
tes del lugar, hombres, mujeres y niños, van al campo del pobre infeliz, 
le hacen su siega, y luego llevan á su granero paja y grano. 

A las familias divididas por cuestión de interés y herencia les decía: 

— Mirad á los montañeses de Devoíny, país tan salvaje, que no se oye 
cantar en él un ruiseñor en cincuenta años. Pues bien; cuando muere en 
una familia el padre, vánse los mozos á probar fortuna, dejando la ha- 
cienda á las muchachas para que puedan encontrar marido. 

En los lugares donde reinaba la afición á pleitos y se arruinaban los 
labradores comprando papel sellado, solía decirles: 
. — Tomad ejemplo de esos buenos campesinos del valle de Queiras. 
Existen allí unas tres mil almas. ¡Bendito sea Dios! es aquello una peque- 
ña república. Allí no se conoce escribano ni juez. El alcalde lo hace to- 
do. El arregla el reparto de la contribución; él fija en conciencia á cada 
cual su cuota, juzga gratis toda diferencia, divide las herencias sin ho- 
norarios, da las sentencias sin gastos; y le obedecen, porque es un hom- 
bre justo entre hombres sencillos. ' 

En los pueblos donde no encontraba maestro de escuela, citaba tam- 
bién el de Queiras: 

— ¿Sabéis lo que hacen? — decía: — Como en los lugares de doce á quin- 
ce chozas no se puede sostener siempre un maestro, los tienen pagados 
por todo el valle, los cuales recorren las aldeas, pasando ocho días en 
'una, diez en otra, y así enseñando. Los tales maestros acuden á las fe- 
rias, donde yo los he visto, y se los conoce por las plumas de escribir 
que llevan en la cinta del sombrero. Los que únicamente enseñan á leer 
llevan solamente una pluma, los que enseñan á leer y contar, dos; los 
que enseñan latín además de la lectura y el cálculo, llevan tres plumas... 
Estos son los más sabios. ¡Que vergüenza el ser ignorantes! Haced, ha- 
ced lo que hacen los de Queiras. 

De esta manera hablaba, grave y paternalmente; á falta de ejemplos 



14 LOS MISERABLES 



inventaba parábolas, yendo siempre derecho á su objeto, con pocas frases 
y muchas imágenes, que esta era la elocuencia de Jesucrssto, convenci- 
da y persuasiva, 



IV 
Obras como palabras. 

Su conversación era afable y alegre, siempre al alcance de las dos 
anci mas que pasaban la vida junto á él; cuando reía, su risa era la de 
un estudiante. 

La señora Magloria le trataba siempre de eminencia* Cierto día le- 
vantó e de su sillón, y fué á su biblioteca á buscar un libro. Estaba el 
libro en una de las tablas más altas de la estantería, y como el obispo 
era de cortísima estatura, no lograba alcanzarle. 

— Señora Magloria, — dijo, — arrimad una silla] mi eminencia no 
alcanza á esa tabla. 

Una de sus parientas de cuarto ó quinto grado, la condesa de Ld, 
desperdiciaba raras veces la ocasión de enumerar en presencia suya lo 
que ella llamaba «las esperanzas» de sus tres hijos. Tenía la tal, muchos 
ascendientes viejos ya y próximos á morir, de quienes eran sus hijos 
here leros naturales. El más joven de los tres debía heredar de una tía 
abu ¿la más de cien mil libras de renta; el segundo debía suceder á un su 
tío en el título de duque y el mayor á su abuelo en la dignidad de par. 

El obispo oía silencioso tan inocentes como perdonables alardes ma 
témales. Una vez,, sin embargo, pareció más pensativo que de costum- 
bre, al repetir la condesa de Lío los pormenores de todas aquellas suce- 
siones y «esperanzas.» Interrumpióse á sí misma la condesa, diciendo 
con cierta impaciencia: 

— ¡Dios mío, primo! ¿en qué estáis pensando? 

— Pienso,— contestó el obispo, — en una frase bien singular, que me 
parece de San Agustín: «Poned vuestra esperanza en aquel á quien nadie 
ha de suceder.» 

Otra vez, al recibir una carta en que se le anunciaba la muerte de un 
hidalgo del país, en la que iban enumerados en larga fila, además de las 
dignidades del difunto, todos los títulos feudales y nobiliarios de su pa- 
rentela, exclamó: -¡Qué buenas espaldas tiene la muerte! ¡Qué carga más 
admirable de títulos le hacen llevar alegremente, y cuánto ingenio deben 
tener los hombres que así llenan la tumba de vanidades! 

Tenía oportunas y suaves salidas satíricas, que encerraban casi siem- 
pre una lección moral. 

Durante una cuaresma, fué á D*** un cura joven, quien predicó en 



OBRAS COMO PALABRAS 15 



la catedral. Estuvo bastante elocuente; el objeto de su sermón era la ca- 
ridad. Invitó á los ricos á dar á los pobres para evitar el infierno, que 
pintó todo lo mas horroroso que supo, y á ganar el cielo, que presentó 
halagüeño y seductor. Había entre los oyentes un rico mercader retira- 
do, un tanto usurero, llamado Geborad, el cual había ganado dos millo- 
nes en la fabricación de paños burdos, sargas y bayetas. En su vida, el 
señor Geborad, había dado limosna á ningún pobre. Desde el día de 
aquel sermón, notóse que daba todos los domingos una moneda de cinco 
céntimos á las viejas pobres que mendigaban á las puertas de la cate- 
dral. Eran seis, y tenían que partirse entre todas aquella moneda. 

Viole un día el obispo dando su limosna, y dijo á su hermana son- 
riendo: 

— Mira, mira al señor Geborad comprando cinco céntimos de cielo. 

Cuando se trataba de caridad, no se acobardaba jamás ante una ne- 
gativa, siempre encontraba palabras con que contrarrestarla. 

Cierto día estaba pidiendo para los pobres en una de las tertulias de 
la ciudad; encontrábase en ella el marqués de Champtercier, viejo, rico 
y avaro, el cual había sabido encontrar la manera de ser á un tiempo 
ultra realista y ultra- volteriano. Es género que ha existido. Llegóse á él 
el obispo, y cogiéndole del brazo le dijo: 

— Señor marqués, es indispensable que deis alguna cosa. 

Volvióse el marqués, y respondió secamente: 

— Monseñor, tengo ya mis pobres. 

— Pues dádmelos, — replicó el obispo. 

Un día predicó en la catedral este sermón: 

— «Queridísimos hermanos y amigos míos: existe en Francia un mi- 
llón trescientas veinte mil casas de aldeanos que solo tienen tres abertu- 
ras; un millón ochocientas diez y siete mil que solo tienen dos, la puer- 
ta y una ventana; y finalmente, trescientas cuarenta y seis mil chozas, 
que no tienen mas que la puerta. Esto es á consecuencia de una cosa 
que llaman la contribución de puertas y ventanas. Llenemos de familias 
pobres, mujeres viejas y criaturas pequeñas, esas casuchas, y pronto 
tendremos calenturas y otras enfermedades. ¡Píos da el aire á los hom- 
bres, y la ley se lo vende! No acuso á la ley, peí o bendigo á Dios. En el 
Isere, en el Var, en ambos Alpes, Altos y Bajos, los campesinos no tie- 
nen siquiera carretoncillos, teniendo que transportar el estiércol á cues- 
tas; carecen de velas, y se alumbran con teas resinosas y pedazos de 
cuerda embreados. 

»Lo mismo sucede en toda la parte alta del Delfinado. Amasan pan 
para seis meses, y lo cuecen con boñiga de vaca seca. En invierno par- 
ten á hachazos ese pan, que tienen que poner veinticuatro horas en re- 
mojo para poder comerle. 



16 LOS MISERABLES 

«¡Hermanos míos, sed compasivos! {Considerando lo mucho 
padece en rededor nuestro! > 

Habiendo nacido en la Frovenza, se había familiarizado sin t 
zo con todos los dialectos del Mediodía. Decía así: Eh be' moust 
sayé? como en el bajo Languedooh. — ¿Onté anaras passa? en los 
Alpes. — Puert-t un bouen moutou embe un bouen fromage qrase 
alto Delfinado. Ésto complacía mucho al pueblo y contribuía no ' 
ganarle simpatías con todo el mundo. Encontrábase en la cabana, 
en medio del monte, como en su casa. Sabía decir las verdades n 
blimes en los idiomas mas vulgares; hablando en todas las lengu 
netraba fácilmente en todas las almas. 

Por lo demás, él era siempre el mismo, así para las gentes de 
mundo como para las del pueblo. 

Jamás condenaba anadie ni nada, sin apreciar debidamente I 
cunstancias, para lo cual solía decir: veamos el camino por , doi 
pasado la falta. 

Siendo, como se calificaba á sí mismo sonriendo, un expecaa 
poseía ninguna de las asperezas del rigorismo, estaba siempre m 
vado, sin preocuparse poco ni mucho del fruncimiento de cejas 
virtuosos intransigentes; su doctrina podía reasumirse. en estos tér 

»E1 hombre lleva sobre sí la carne que es á la vez su carga y i 
tación. La lleva y sucumbe á su peso. 

>Debe guardarla, contenerla y reprimirla,- sin sucumbir hasta 
trer esfuerzo. En este caso puede existir aún falta; pero las faltas 
ta naturaleza no pasan de veniales; son una caída, sí, pero una 
sobre las rodillas que pueden convertirse en plegaría. 

»Ser santo, es la excepción; ser justo, la regla general. Errad, 
lleced, pecad, pero sed justoB. 

• Pecar lo menos posible, esta es la ley del hombre. No comí 
más pecado alguno es sueño de ángeles. Todo lo terrenal está s 
pecar. El pecado es la gravitación.» 

Cuando veía á muchos que gritaban fuerte y se indignaban 
mente decía sonriendo: — ¡Caramba! parece que se trata de un gr¡ 
men cometido por todo el mundo, y que los hipócritas espanta 
apresuran á protestar para estar á cubierto. 

Era sobre todo indulgente para con las mujeres y les pobres, 
quienes gravita con todo su peso la sociedad. Decía él: Las faltas 
mujeres, de los niños, de los criados, de los débiles, de los pobra 
los ignorantes, son faltas de los maridos, de los padres, de los ms 
de los fuertes, de los ricos y de los sabios. 

Decía además: — A los que ignoran, enseñadles lo más que poi 
sociedad es culpable de no dar gratis la instrucción y responsable 
tanto, de la obscuridad que ella produce. Si un alma envuelta en 



UBRAS COMO PAL.iBHAS 1? 



blas comete pecado, no es ella, aunque peque, la culpable, riño el que 
produjo las sombras. 

. Como se vé, tenía su manera especial de juzgar de las cosas. Supon- 
go que la había sacado del Evangelio. 

Cierto día oyó hablar en una reunión de un proceso criminal que se 
estaba instruyendo y que pronto se debía fallar. Tratábase de un infeliz 
quien por amor á una mujer y un hijo, que de la misma había, y falto 
de recursos, cometió la torpeza de acuñar moneda falsa. En aquella época*, 
se castigaba todavía con la pena de muerte á los monederos falsos. La 
mujer había sido detenida al poher en circulación la primera moneda fa- 
bricada por el hombre. Estaba presa, pero no existían otras pruebas con- 
tra ella; ella solamente podía deponer contra su amante y perderle con- 
fesando. Negó, siguió la causa sosteniéndose firme en su negativa, hasta 
que el señor procurador del rey (fiscal) tuvo la idea de suponer una infi- 
delidad del amante, y con fragmentos descartas, diestramente combina- 
dos, logró convencer á la desgraciada presa de que tenía una rival y de 
que aquel hombre la engañaba. Entonces exasperada por los celos, de- 
nunció al amante, confesando y probándolo todo. 

Aquel hombre, por lo tanto, estaba perdido. Iba próximamente á ser 
juzgado con su cómplice, en Aix. Comentábase el hecho, deshaciéndose 
todo el mundo en alabanzas de la destreza y habilidad del fiscal, por ha- 
ber sabido hacer entrar los celos en aquel juego, arrancando la verdad 
á la cólera, para que surgiese de todo ello la justicia déla venganza. 
El obispo escuchó silencioso cuanto se dijo. Cuando todo el mundo hubo 
concluido preguntó: 

— ¿Dónde van á ser juzgados este hombre y esta mujer? 

— En el tribunal del jurado. 

t luego repuso: 

— ¿Y al señor fiscal, dónde se le juzgará? 

Tuvo lugar en D*** un triste drama. Un hombre fué condenado á 
muerte por asesino. Era un desgraciado, no del todo instruido ni igno- 
rante del todo, que había hecho de titiritero en las ferias y de escribiente 
público. Durante el proceso no se hablaba en la ciudaú de otra cosa. La 
víspera del día en que debía tener lugar la ejecución, se puso enfermo el 
cura de la cárcel. Faltaba, por lo tanto, un sacerdote para asistir al reo 
en sus últimos momentos. Fueron á buscar uno, el cual rehusó diciendo: 
2Jsto no es de mi incumbencia. Qué tengo yo que hacer ni que ver con 
ese saltimbanqui; yo también estoy enfermo, y sobre todo, no es este 
mi deber. Esta respuesta fué trasladada al obispo, quien contestó inme- 
diatamente: Tiene razón el señor cura, no es suyo este deber , sino mío. 

Fuese inmediatamente el obispo á la cárcel, bajó al calabozo donde 
estaba el reo, y llamándole por su nombre, le tendió la mano y le habló. 

veno i % 




18 LOS MISERABLES 



Pasó todo el día junto al condenado, olvidándose del alimento y del sue- 
ño, rogando á Dios por el alma de aquel desgraciado y á este por la suya 
propia. Díjole las mayores verdades, que son las más sencillas, fué padre, 
hermano y amigo; obispo, para bendecirle únicamente. Supo hacérselo 
ver todo de una manera tan clara, que llegó á consolarle y tranquilizar- 
le. Aquel hombre iba á morir desesperado; la muerte era un abismo pa- 
ra él. Herguido y estremeciéndose junto al horrible precipicio de la tum- 
ba, retrocedía espantado. No era todo lo ignorante que se necesita para 
ser indiferente eh absoluto. La sentencia de que era objeto sacudió pro- 
fundamente su ser, habiendo roto por diversos puntos la valla que nos 
separa de lo misterioso, y á la cual llamamos vida. Miraba sin cesar más 
al*á de este mundo por aquellas fatales aberturas, sin yer más que tinie- 
blas. El obispo le hizo ver una luz. 

Al día siguiente, cuando fueron á buscar al reo, estaba allí el obispo. 
Acompañóle y presentóse ante Ja multitud, con sus vestiduras moradas 
y su cruz episcopal pendiente del cuello, codeándose con aquel misera- 
ble aherrojado. Subió con él á la carreta, subió con él al catafalco. El 
reo, tan triste y abatido la víspera, aparecía radiante; sentía reconcilia- 
da su alma y esperaba en Dios. Abrazóle eV obispo, y en el momento en 
que iba á bajar la cuchilla, le dijo: 

— «Aquel á quien el hombre mata, resucita en Dios; aquel á quien 
rechazan los hermanos, el Padre lo acoje. Ruega * cree, entra en la vida: 
el Padre está allí.» 

Cuando descendió del tablado, había en su mirada algo que hizo. que 
el pueblo le abriese respetuoso paso. En verdad, no se sabía que ad- 
mirar más, si su palidez ó su serenidad. Al penetrar de nuevo en aque- 
lla humilde morada, que él llamaba sonriendo su palacio, dijo á su her- 
mana: vengo de oficiar de pontifical. 

Como las cosas más sublimes son generalmente las menos compren- 
didas, no faltaron en la ciudad gentes que dijeron, al comentar la con- 
ducta del obispo: Es mucha vanidad. Sin embargo, no pasó ello de cuen- 
to de salón; el pueblo, que no entiende de malicia en cosas santas, en- 
ternecióse y admiró. 

En cuanto al obispo, el haber visto de cerca la guillotina fué para él 
un golpe del que tardó mucho en reponerse. 

Realmente, el patíbulo, cuando se le vé levantado y dispuepto, tiene 
algo que alucina. Puede sentirse más ó menos indiferencia acerca de la 
pena de muerte, no decidirse por una opinión categórica, no decir sí ni 
no, mientras no se haya visto con ojos propios una guillotina; pero si 
llega uno á tropezarse con ella, la violenta sacudida que se siente, obliga 
á pronunciarse y tomar partido en pro ó en contra. 

Los unos la admiran, como de Maistre; los otros la execran, como 



OBHAS COMO PALABRAS 19 



Beccaria. La guillotina es la concreción de la ley, y se llama vindicta^ 
no es neutral, ni permite al individuo que lo sea. 

Quien la percibe'se estremece con el más misterioso estremecimien- 
to. Todas las cuestiones sociales escriben su interrogante al rededor de 
esa cuchilla. El catafalco es una visión; no es un simple tablado, un ins- 
trumento, una maquina inerte hecha de madera, hierro y cuerda; no. 
Parece una especie de ser que tenga cierta sombría iniciativa; diríase 
que aquel tablado vé, que aquella máquina oye, que aquel mecanismo 
comprende, que aquella madera, aquel hierro y aquellas cuerdas tienen 
voluntad. En medio de los espantosos desvarios en que se precipita el 
alma á su presencia, surge el. terrible catafalco como tomando parte en 
lo que hace. El patíbulo es cómplice del verdugo; devora, come carne y 
bebe sangre. Es una especie de monstruo fabricado por el juez y el car- 
pintero; un espectro que parece vivir cierta vida abominable, alimenta- 
da por todas las muertes que ha producido. 

Así es que la impresión fué horrible y profunda; al día siguiente de 
la ejecución y otros muchos después, apareció el obispo como anona- 
dado. La serenidad, tal vez violenta, del momento de horror se había 
desvanecido, hostigándole de continuo el fantasma de la justicia social. 
£1, que de ordinario aparecía satisfecho de todas sus santas acciones, 
parecía como que se reprochase algo. A veces hablaba consigo mismo, 
«murmurando á media voz monólogos lúgubres. Hé aquí uno que cierta 
noche le oyó, y recordó siempre su hermana: 

— No creía yo que fuese tan monstruoso. No deja de ser una falta el 
absof verse en la ley divina, hasta el punto de olvidarse de la humana. 
La muerte solo pertenece á Dios. ¿Con que derecho se atreven los hom- 
bres á lo desconocido? 

Atenuáronse con el tiempo tales impresiones, y tal vez se borraron 
también. Observóse, no obstante, que en lo sucesivo evitaba el obispo 
pasar por el lugar de las ejecuciones. 

A cualquiera hora podía llamarse á monseñor Myriel á la cabecera 
de los enfermos y moribundos. No ignoraba que era éste su principal 
deber y su trabajo más importante. Las viudas ó huérfanas no tenían 
necesidad de llamarle jamás; presentábase él mismo oportunamente. Sa- 
bía sentarse y callar largas horas al lado del hombre que había perdido 
á la mujer amada ó al de la madre que había perdido á su hijo. 

T como sabía el momento de callar, sabía también conocer el punto 
en que debía hablar. ¡Oh verdadero y admirable consolador! No inten- 
taba jamás borrar el dolor con el olvido, al contrario, procuraba engran- 
decerle y dignificarlo con la esperanza. El decía: Conviene mucho fijar- 
se en la manera de recordar los muertos. No penséis en lo que se pudre* 
Elevad vuestra mirada á lo alto; fijaos bien, y allá, en el fondo del cielo, 
veréis la viviente luz del difunto bien amado. 



20 LOS MISERABLES 



Sabía él que la creencia es sana; por eso procuraba aconsejar y cal- 
mar al hombre desesperado, señalándole con el dedo al hombre resigna- 
do, y transformar el dolor que mira á una fosa, mostrándole el dolor 
que contempla una estrella. 



De como, monseñor Bienvenido hacia durar demasiado tiempo 

sus sotunatf. 



La vida privada de monseñor Myriel la llenaban los mismos pensa- 
mientos que su vida pública. Quien hubiese podido verla de cerca, hu- 
biera saboreado un espectáculo grave y placentero á la vez, en aquella 
pobreza voluntaria en que vivía el obispo de D***. 

Como todos los ancianos, y como la mayoría de los pensadores, dormía 
poco. Este corto sueño era profundo. Recogido en sí mismo por la maña- 
na, parecía orar mentalmente durante una hora. Luego decía misa, unas 
veces en la catedral, otras en su casa. Después de la misa, se desayunaba 
con pan de centeno, mojado en leche de sus vacas. Luego se ponía á, 
trabajar. 

El cargo de obispo da muchísimo que hacer; es preciso que reciba 
diariamente al secretario del obispado, que es de ordinario un canónigo, 
y casi también todos los días á sus vicarios particulares. Tienen congre- 
gaciones que revisar, privilegios que conceder, toda una librería ecle- 
siástica que examinar, devocionarios, catecismos, rituales, etc.; pastora- 
les que escribir, sermones que autorizar, curas y alcaldes que poner de 
acuerdo, su correspondencia clerical y su correspondencia administrati- 
va; por un lado el Estado, por otro la Santa Sede; en fin, negocios ami- 
llares. 

El tiempo que le dejaban libre estos innumerables negocios, pus oficios 
y breviario, lo dedicaba en primer lugar á los necesitados, á los enfer 
mos y á los afligidos; el tiempo que le dejaban libre los afligidos, los 
enfermos y los necesitados, lo dedicaba al trabajo. Así se entretenía en 
escabar en su jardín, como en escribir ó leer. Con una sola palabra de- 
signaba estas dos clases de trabajo; llamábalo jardinear. «El espíritu es 
también jardín,» decía él. 

A eso del medio día, cuando ^1 tiempo se presentaba bien, salía á 
pasear al campo ó la ciudad, entrando frecuentemente en las casas po- 
bres. Veíasele andar solo, entregado á sus meditaciones, bajos los ojos, 
apoyado en su largo bastón, vistiendo su ropón morado, calzando me- 



DE COMO MONSEÑOR BIENVENIDO, ETC. 



bien y gruesos zapatos, y cubierto con su sombrero 
■es canalones pendían bellotas de oro y seda verde, 
de fiesta doquier se presentaba. Hubiórase dicho que 
de refrigerante y luminoso. Los niños y los viejos sa* 
las puertas para ver al obispo como se sale á ver el sol. 
ellos le bendecían a él. Todo el mundo señalaba la casa 
enesterosps. 

y allá, hablando á los chiquillos y á las niñas, y son- 
ta. Visitaba á los pobres mientras tenía dinero, y cuan- 
do visitaba á los ricos. 

irar mucho sus sotanas y no quería que esto se notase, 
ciudad sin su esclavina morada, lo oual no dejaba, en 
tómodo. 

¡asa comía. La comida se parecía al almuerzo. 
i las ocho y media cenaba acompañado de su hermana: 
a, de pié á su espalda, servía á la mesa. Nada más fru- 
a. Si el obispo convidaba algún cura, entonces aprove- 
la señora Magloria para servir á monseñor algún pesca- 
igos ó alguna pieza escogida del monte. Todo cura ser- 
ira mejorar la comida, y el obispo dejaba que así fuese, 
iones, no se componía su cena ordinaria más que de 
3 en agua y sopas de aceite. Así se decía en la ciudad: 
ipo no hace comida de cura, la hace de tr a pense* 
aar, hablaba como media hora con la señorita Batistina 
>ria; luego iba á su cuarto y se ponía á escribir, ya en 
ó ya en las márgenes de algún in folio. Era instruido 
ite erudito. Dejó cinco ó seis manuscritos muy curiosos; 
lisertación sobre el versículo del Génesis: Al principio 
os flotaba sobre las aguas. Confrontóle con tres textos; 
¡ que dice: Soplaban los vientos de Dios; el de Flavio 
i de lo alto se precipitó sobre la tierra, y por último, la 
de Onkelos que dice: un viento que venía de Dios so- 
z de las aguas. En otra disertación examina las obras 
• 7 o, obispo de Tolemaida, tío bisabuelo del que escribe 
igna la opinión de que dicho obispo fué el autor de los 
idos en el siglo último con el pseudónimo de Barley- 

edio de una de sus lecturas, fuese el que fuere el libro 
las manos, sumergíase de repente en una meditación 

ue no salía sino para escribir algunas líneas en los mar- 
Las tales líneas, por lo general, nada tienen que ver 

as contiene; así se encuentra una nota escrita por él en 

volumen en cuarto titulado: Correspondencia di- lord 



Germain con los generales Clitdn, Comicattis y los almirante* 
estación de América. Versalles, librería de Peincot, y París, l 
de Pissot. Muelle de los Agustinos. 

Hé aquí la nota: 

— «¡Oh, vos! ¿quien sois? 

<EI Eclesiastes os llama Todopoderoso; los Macabeos os dicei 
dor; la Epístola á los Efesios; Libertad: Baruch, Inmensidad; 1( 
moa, Sabiduría y .Verdad; Juan, Luz; los Reyes, señor; el Exod 
videncia; el Levítico, Santidad; Esdras, Justicia; la Creación o¡ 
Dios, y el hombre, Padre; pero Salomón, al deciros Misericordia 
el máB bello de todos vuestros nombres.» 

A eso de las nueve de la noche se retiraban las mujeres á su 
taciones del primer piso, dejándole solo, en el piso bajo, hasta el 
guíente. 

Aquí creemos necesario dar una idea exacta de la morada de 
l\ obispo de D***. 

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i ■ 
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f. Por quién hacia Su Ilustrisima guardar su casa. 



La caaa del señor obispo se componía como hemos dicho, de 
baja y un solo piso; tres piezas en los bajos, tres en el primer piso 
cima un desván. Detrás de la casa había un jardín de una extern 
un cuarto de yugada. Las dos mujeres ocupaban el piso, el obin 
bajos. La primera habitación, y que daba á la calle, servía de coi 
la segunda de* dormitorio, y de oratorio la tercera. No podía salí 
oratorio sin pasar por el dormitorio, ni salir de éste sin atravesai 
raedor. Al fondo del oratorio había una alcoba cerrada, con uní 
para los huéspedes. El obispo solía ofrecer esta cama á los curas de 
cuyos asuntos ó necesidades parroquiales les llevaban á D"**. 

La que había sido farmacia del hospital, pequeño edificio adc 
la casa junto al jardín, servía á la sazón de cocina y bodega. 

Había ademas en el jardín, un establo, que fué cocina del hos] 
en el que el obispo tenía dos vacas. Fuese la que fuere la cantidad 
che que diesen las vacas, mandaba diariamente la mitad al he 
Debo payar este diezmo, decía. 

La[habitaeión era^ba atante grande, y por consiguiente difícil de ca- 
lentar durante el invierno. Como la leña estaba muy cara en D*** ima- 
ginó y[mandó hacer'Su Ilustrísima un compartimiento cerrado con tablas 



PuR QUIEN HACIA Sü ILUSTRÍSIMA GUARDAR SU CASA 23 

en el mismo establo de las vacas, en el cual se pasaba las veladas duran- 
te la época de los fríos. Llamábale á este departamento su salón de in~ 
viemo. 

No había en este salón de invierno, como en el comedor, otros mue- 
bles, que, una mesa de madera cuadrada, sin pintar, y cuatro sillas de 
paja. El comedor estaba adornado además con un aparador antiguo pin- 
tado de color de rosa. Otro aparador parecido y convenientemente pues- . 
to, con sus manteles blanquísimos, orlados de imitaciones de encaje, ser- 
vía de adorno y altar del oratorio. 

Los ricos devotos y las mujeres piadosas de D*** abrían frecuentes 
suscripciones para enriquecer con un altar nuevo el oratorio de Su Ilus- 
trísima; cada vez que esto sucedía, tomaba agradecido el dinerb desti- 
nado al objeto repartiéndolo inmediatamente entre los pobres. «El altar 
más bello, decía él, es el alma de uu pobre elevándose á Dios en oración 
de gracias. » 

Tenía en su oratorio dos sillas arrodilladeras de paja, y un sillón, de 
paja también, en su dormitorio. Cuando por casualidad recibía Su Ilus- 
trísima siete ú ocho personas á la vez, el prefecto, el general, la plana 
mayor del regimiento de guarnición, ó algunos estudiantes del semina- 
rio, veíase obligado á recurrir á las sillas del salón de invierno del esta- 
blo, al oratorio por las arrodilladeras y al sillón del dormitorio; de esta 
manera alcanzaba reunir hasta once asientos para los visitantes. A cada 
nueva visita tenía que desamueblar una pieza. 

Cuando llegaba el caso de que los visitantes fueran doce, salía del 
paso manteniéndose de pie junto á la chimenea, si era en invierno, ó pa- 
seando por el jardín, si en verano. 

Había además en la alcoba cerrada otra silla, pero estaba casi despa- 
jada y sostenida sólo por tres pies, lo cual quiere decir que no podía uti- 
lizarse sin apoyarla contra la pared. La señorita Batistina tenía tam- 
bién en su cuarto una gran poltrona cuya madera había sido dorada en 
otros tiempos, cubierta de peskin floreado; pero habiendo sido preciso 
subir la tal poltrona por la ventana, á causa de la estrechez de la caja de 
la escalera, no había medio de utilizarla en casos apurados. 

Las ambiciones de la señorita Batistina se hubieran satisfecho con 
poder comprar una sillería de terciopelo Utrecht amarillo labrado, con 
mateo de caoba de cuello de cisne, con su canapé. Pero esto hubiera cos- 
tado, á lo menos, quinientos francos; viendo pues que no había podido 
reunir con las economías de 'cinco años, más de cuarenta y dos francos 
y medio, había acabado por renunciar. ¡Quién llega jamás á su ideal! 

Nada más fácil de figurarse lo que era el dormitorio del obispo. Una 
puerta- vidriera con salida al jardín; enfrente, la cama, una de esas camas 
de hierro de hospital con cobertor de sarga verde; en un ángulo obscu- 
ro, entre la cortina y la pared, los utensilios de tocador, revelando aún 



m 









24 LOS MISERABLES 



los antiguos hábitos elegantes del hombre de mundo; dos puertas, una 
junto á la chimenea dando acceso al dormitorio, y otra cerca del arma- 
rio biblioteca para salir al comedor. Este armario, cerrado por grandes 
vidrieras y lleno di; libros en todos sus estantes; la chimenea, de madera 
pintada imitando mármol, sin fuego casi siempre, y en el hogar un par 
de morillos de hierro, figurando por' guirnaldas florones huecos, con in- 
crustaciones de plata, especie de lujo episcopal; encima de la chimenea 
un crucifijo de cobre, que había sido plateado también, sobre terciopelo 
negro raído, encuadrado en un marco de madera desdorado; cerca de la 
puerta* vidriera, una gran mesa con un tintero, cargado de papeles en 
confusión y de tomos in folio. Delante de la mesa, el sillón de paja. De- 
lante de la cama, un reclinatorio perteneciente al oratorio. 

Dos retratos, en marcos ovalados, colgaban de la pared á uno y otro 
lado de la cama. Las pequeñas inscripciones, doradas en el fondo perdi- 
do del lienzo al lado de las figuras, indicaban que los retratos represen- 
taban, uno al abad de Chaliót, obispo de San Claudio, el otro el abad 
Tourteau, vicario general de Agda; abad de Grand Champ, de la orden 
de Citeaux, diócesis de Chartres. Al reemplazar el obispo en aquella sala 
á los enfermos del hospital, había encontrado aquellos retratos, y allí 
mismo los había dejado. Eran de eclesiásticos, probablemente de dona- 
dores; dos motivos por los cuales él los respetaba. Lo único que sabía de 
los tales personajes, es que ambos habían sido nombrados por el rey, 
uno para su obispado y el otro para su beneficio, en un mismo día, el 
27 de Abril de 1785. Al descolgar los cuadros la señora Magloria para 
sacudirles el polvo, encontró el obispo esa particularidad escrita con 
tinta descolorida en un pedacito de papel, enmohecido por el tiempo, 
pegado con cuatro obleas detrás del retrato del abad de Gran- Champ. 

Había en la ventana una antigua cortina de tela gruesa de lana, la 
cual llegó á tal extremo de vejez, que por no tener que gastar en otra 
nueva, vióse obligada la señora Magloria á hacerle un gran zurcido pre- 
cisamente en su punto medio. Este remiendo dibujaba una cruz. El obis- 
po lo hacía notar frecuentemente. ¡Está muy bien! decía. 

Todas las piezas de la casa, así las de la planta baja como las del 
principal, sin excepción, estaban blanqueadas con cal, como lo están 
generalmente todos los cuarteles y hospitales. 

No obstante, en los últimos años, encontró la señora Magloria, como 
veremos luego, bajo el papel enjalbegado, unas pinturas que adornaban 
el aposento de la señorita Batistina. Antes- de ser hospital, había sido 
aquella casa parlatorio público; de ahí semejante, decorado. Los suelos 
estaban enladrillados de rojo, se lavaban todas las semanas, con su este- 
rilla de paja junto á todas las camas. Así es que aquella casita, cuidada 
por dos mujeres, patentizaba de arriba abajo una limpieza encantadora. 



POR QUIEN HACÍA SU ILUSTiUSlttA GUARDAR SU CASA 25 

Único lujo que permitía el obispo, quien solía decir: Esto no les quita 
nada á los pobres. 

Debemos confesar, sin embargo, que le quedaban, de lo que había 
poseído en otro tiempo, seis cubiertos de plata y un cucharón, que la 
señora Magloria miraba todos los días regocijada brillar espléndidamen- 
te sobre el tupido mantel de hilo blanquísimo. Y como describimos aquí 
al obispo de D*** tal cual era, debemos añadir que le había ocurrido 
decir más de una vez: 

— Renunciaría difícilmente á comer con cubiertos de plata. 

Debemos añadir á esta plata dos grandes candeleros macizos, que 
procedían de la herencia de una tía abuela. Generalmente estaban colo- 
cados sobre la chimenea con sus dos correspondientes velas de cera, pe- 
ro cuando había algún convidado, la señora Magloria eneendía las velas 
y ponía los candeleros sobre la mesa. 

Había en el dormitorio del obispo, y junto á la cabecera de la cama, 
una pequeña alhacena, en la cual guardaba todas las noches la señora 
Magloria los seis cubiertos y el cucharón. Debemos decir también que 
jamás se quitaba la llave. 

El huerto, algo afeado por las construcciones de que hemos hablado 
anteriormente, componíase de cuatro calles en cruz, convergentes* á un 
pozo, y de otra calle que seguía la línea de la tapia blanqueada que le 
cercaba. Estas calles, dejaban entre sí cuatro cuadrados separados por 
bojes. En tres de los cuales, la señora Magloria cultivaba legumbres, y 
en. el cuarto tenía él miles de flore» entre algunos árboles frutales. 

Cierto día la. señora Magloria le dijo con cierta intencionada dulzura: 

— Monseñor, vos que sabéis sacar partido de todo, ved ahí, por cier- 
to, un espacio inútil. ¿No valdría más sacar de él ensaladas que ramos? 

—Señora Magloria — respondió el obispo— estáis- en un error. Lo be- 
llo es tan necesario como lo útil.— Añadiendo después de una pausa: — 
Tal vez más. 

Aquel cuadrado, compuesto de tres ó cuatro franjas de flores, ocupa- 
ba casi tanto al obispo como sus libros. Pasábase allí entretenido diaria- 
mente una/ ó dos horas, cortando, escardando ó abriendo su tierra, aquí 
y allá, para echar sus semillas. No era tan hostil á los insectos como hu- 
biese exigido un jardinero. 

Por otra parte, no tenía pretensiones de botánico. Nada sabía de los 
grupos y del solidismo; no se curaba ni remotamente de decidir entre 
Tournefort, y el método natural; no era partidario de las utríoolas contra 
\o8 cotiledones, ni por Jussieu contra Linneo. No estudiaba las plantas; 
gustaba de las flores. Si respetaba mucho á los sabios, respetaba aún 
nás á los ignorantes; y sin faltar nunca á ambos respetos, regaba sus 
floridas franjas de verdura todas las noches de verano con una regadera 
de lata, pintada de verde. » 



26 LOS MISERABLES 



. No había en la casa puerta alguna que se cerrase con llave. , 

La del comedor, de que hemos hablado, daba directamente á la pla- 
za de la catedral, y en tiempos antiguos había ostentado también sus 
cerrojos y cerraduras como las puertas de una cárcel; pero el obispo ha- 
bía mandado quitar todos aquellos hierros, y así de noche como de día 
se cerraba únicamente con un picaporte. El primero que llegase, á cual- 
quier hora que fuere, no tenía mas que empujar. Al principio mortifica 
bastante á las dos mujeres aquella puerta, que nunca se cerraba, pero el 
obispo les había dicho: «Si queréis, ponedle cerrojos á las de vuestros 
cuartos.» Sin embargo, acabaron ambas por participar de la confianza 
del obispo, ó de aparentar al menos que participaban. Apesar de todo, 
tenía la señora Magloria de cuando en cuando, sus temorcillos. 

En cuanto á él, puede apreciarse la esplicación de su pensamiento 
indicado cuando menos en estas dos líneas, escritas de supuño al mar- 
gen de una Biblia: 

cHé aquí la diferencia: la puerta del médico no debe estar cerrada 
> jamás; la del sacerdote debe estar siempre abierta.» 

En otro libro, intitulado Filosofía de la ciencia médica, había escri- 
ta esta otra observación: 

«¿No soy yo por ventura médico como ellos? Yo también tengo mi» 
» enfermos; en primer lugar los suyos, á quienes llaman ellos enfermos, 
»en segundo, los míos, á quienes llamo yo desgraciados.» 

Había además escrito en otra parte: 

«No pidáis jamás su nombre á quien os demanda asilo. Precisamente 
» quien mas necesidad tiene de asilo es quien mas apurado se encuentra 
»para decir su nombre.» 

Aconteció que un digno cura, no recuerdo si fué el párroco de Cou¿ 
loubroux ó el de Pompierry, instigado sin duda por la señora Magloria, 
tuvo la ocurrencia de preguntarle un día, si Su Señoría estaba seguro de 
rio cometer hasta cierto punto una imprudencia dejando día y noche su 
puerta abierta á disposición de quien quisiese entrar, y si no temía que 
acabase por suceder alguna desgracia en una casa tan mal guardada. El 
obispo le tocó en el hombro con dulce gravedad diciéndole: Nisi Domi- 
' ñus custodieril domum, in vanum vigilant qui custodiunt meam. 

Pasando enseguida á hablar de otra cosa. 

Decía también frecuentemente: «Existe el valor del sacerdote, como 
el del coronel de dragones. Solamente, añadía, que el nuestro debe ser 
tranquilo.» 



CRAYATTE 27 



VII 

Cravatte. 



Aquí tiene su lugar natural un hecho que no debemos omitir porque 
es de aquellos que demuestran perfectamente que hombre era el señor 
obispo de D***. 

Después de la destrucción de la partida de Gaspar d Bes, que había 
infestado los desfiladeros de Ollioules, uno de sub tenientes, Cravatte, se 
refugió en la montaña. Ocultóse por algún tiempo con sus bandidos, resto 
de la cuadrilla de Gaspard Bes, en el condado de Niza; pasó después al 
Piaiaonte, súbitamente reapareció en Francia de nuevo por el lado de 
Barcelonette. Viósele primero en Jauziers y después en Tuiles. Escondíase 
en las cavernas de Joug de-1 4 Aigle, y desde allí descendía hacia las al- 
deas y los lugares por los barrancos de la Ubaye y de Ubayette. 

Llega un día hasta Embrum, penetra por la noche en la batedral, y 
roba cuanto encuentra en la sacristía. Sus fechorías asolaban el país. En- 
cargóse de su persecución la gendarmería, todo en vano; siempre se es- 
capaba; á veces resistía á la fuerza. Era miserable y audaz á un mismo 
tiempo. 

En medio de todos aquellos horrores, llegó el obispo que estaba ha-, 
ciendo su visita por el Chastelar. El alcalde le salió ai encuentro para 
aconsejarle que retrocediera. Cravatte dominaba la montaña hasta el Ar- 
che, y aún mas allá; era peligroso viajar por allí, aunque fuese escoltado- 
Era exponer inútilmente tres ó cuatro infelices gendarmes. 

— Por lo mismo, — dijo el obispo, — pienso ir sin escolta. 

— ¿Esto piensa Su Ilustrísima? — preguntó el alcalde. 

— Y tanto pienso esto, que no quiero* absolutamente ningún gendar- 
me y voy á salir dentro de una hora. 

—¿Salir? 

—Salir. 

—¿Solo? 

— Solo. 

— ¡Monseñor! no haréis lo que decís. 

— Hay allí, en la montaña, — dijo el obispo, — un lugarejo que no he 
visitado hace tres años. Son muy amigos míos aquellos pacíficos y hon- 
rados pastores. Poseen los pobres una cabra por cada treinta que guar- 
dan. Tejen muy bonitos cordones de lana de colores variados, y tocan, 
deliciosos aires pastoriles en flautitas de seis agujeros. Necesitan que de 
cuando en cuando se les hable de la bondad de Dios. ¿Que dirían los po- 
bres de un obispo que tuviese miedo? ¿Que dirían si yo no fuese allí? 



tOS MISERABLES 



— Pero monseñor, ¿y los ladrones? 

— ¡Calle! — dijo el obispo, — ahora recuerdo. Tenéis mucha r 
Puedo encontrarlos, y precisamente ellos han de tener mucha nece 
Ae que se les hable de Dios. 

— ¡Monseñor! ¡tened presente que son unos bandidos! ¡una cua> 
de lobos! 

— Señor alcalde, quién sabe si es por eso que Jesús me ha hec 
pastor. ¿Quién sabe las miras de la Providencia? 

— Os van á desbalijar, monseñor. 

— Si no tengo nada. 

— Os matarán. 

— ¿A un pobre sacerdote viejo que pasa murmurando sus oraci 
¡Bah! ¿Y á qué objeto? 

— ¡Ah, señor! ¡si llegáis á encontrarlos! 

— Les pediré limosna para mis pobres. 

—Monseñor, no vayáis. ¡En nombre del cielo! esponeis vuestra 

— Señor alcalde, — dijo el obispo, — ¿no ea decididamente más qu 
Yo no estoy en el mundo para guardar mi vida, y sí para guardar a 

No hubo más remedio que dejarle hacer. 

Y salió, en efecto, inmediatamente, acompañado sólo de un m 
<jho que se ofreció á servirle de guía. Hablóse mucho en la comai 
su obstinación, causando mucho miedo. 

No quiso llevar consigo ni á su hermana ni á la señora Mag 
Atravesó la montaña, cabalgando en su muía, sin encontrará nadi 
gando sano y salvo á casa de sus buenos amigos, los pastores. E 
por allí quines días, predicando, administrando, enseñando y mora 
do. Al acercarse el día de su partida, resolvió cantar un Te-Dem 
pontifical. Habló de ello al cura. Pero, ¿cómo hacerlo? careciendo uc iu» 
ornamentos episcopales. No podía el pobre cura poner á bu disposición 
más que una miserable sacristía de aldea, con algunas casullas de damas- 
co, usadas y guarnecidas de galones falsos y deslucidos. 

— ¡Bah! — dijo el obispo. — Señor cura, anunciad desde el pulpito nues- 
tro Te Deum. Y todo se andará. 

Buscóse en las iglesias de los alrededores. Todas las grandezas de 
aquellas humildes parroquias reunidas no hubieran sido bastantes á ves- 
tir convenientemente un chantre de catedral. 

Cuando estaban en lo mejor de sus apuros, trajeron y depositaron 
en casa del cura, una gran caja con destino al señor obispo, dos ginetes 
desconocidos, los cuales volvieron á partir inmediatamente. Abrióse la 
caja, encontrándose en ella una capa de tejido de oro, una mitra guar- 
necida de diamantes, una cruz arzobispal, un báculo magnífico; en una 
palabra, todas las vestiduras pontificales robadas hacía un mes á la ca- 
tedral de Nuestra Señora de Embrun. Dentro de la caja venía un papel 



Crt WATTE 29 



en el. cual estaban escritas estas palabras: Cravatte á monseñor Bien- 
venido. 

— ¡Cuando decía yo que todo se arreglaría! — exclamó el obispo. Des- 
pués añadió sonriendo: — Al que se contenta con el sobrepelliz de un 
cura, le manda Dios jiña capa de arzobispo. 

— Monseñor, — murmuró el cura encogiéndose de hombros y sonrien- 
do también: — ¡Dios ó el diablo! 

£1 obispo miró fijamente al cura, reponiendo con autoridad: 

— ¡Dios! 

Cuando volvió de nuevo á Chastelar, en toda la extensión del camino 
salían á verle por curiosidad. Encontróse en la casa rectoral de Chaste- 
lar á la señorita Batistina y á Magloria que le esperaban, y dijo á su 
hermana : 

— ¿Qué tal, tenía yo razón? El pobre cura que salió á visitar á los 
pobres montañeses con las manos vacías, vuelve acá con las manos lle- 
nas. Partí, llevando únicamente mi esperanza en Dios, y me traigo el 
tesoro de una catedral. 

Por la noche, antes de acostarse dijo todavía: 

— No he temido jamás á los ladrones ni á los asesinos. Estos son los 
peligros exteriores, es decir, los peligros ligeros. Las preocupaciones, 
éstas son los ladrones; los vicios, éstos son los asesinos. Los grandes pe- 
ligros residen en nosotros mismos. ¡Qué importa lo que puede amenazar 
nuestra cabeza ó nuestro bolsillo! No debemos preocuparnos sino de lo 
que amenaza á nuestras almas. 

Luego, dirigiéndose á su hermana, dijo: 

— Hermana mía, el sacerdote jamás debe tomar precauciones contra 
el prójimo. Lo que hace el prójimo, Dios lo permite. Concretémonos á 
rogar cuando creamos que nos amaga algún peligro. Ruguémosle, no 
por nosotros, pero sí por nuestros hermanos, á fin de que no cometan 
falta par causa nuestra. 

Por lo demás, los sucesos extraordinarios eran rarísimos en su exis- 
tencia. Damos cuenta de aquellos que sabemos; pero ordinariamente, se 
pasaba su vida haciendo todos los días lo mismo y á las mismas horas. 
Un mes de sus años se parecía á una hora de sus días. 

En cuanto á lo que fué «el tesoro» de la catedral de Embrun, nos ve- 
ríamos apurados si se nos interrogara sobre ello. Contenía objetos muy 
icos, tentadores y muy á propósito para emplearlos en provecho de los 
lesgraciados. Robados ya lo estaban, la mitad de la aventura era por lo 
anto una realidad; no faltaba sino cambiar la dirección del rabo, ha- 
biéndole dar un rodeo hacia la parte de los pobres. Nada podemos afir- 
uar, sin embargo, sobre el particular. 

Solamente que se encontró entre los papeles -del obispo, una nota 
baetante confusa que se refería, tal vez á*este particular, concebida en 



30 LOS MISERABLES 



los siguientes términos: La cuestión está en si esto debe ser devuelto á 
la catedral ó al hospital. 



VIII 
* Filosofía después de beber. 

El senador de quién antes hemos hablado, era un hombre inteligente, 
que había hecho su carrera con una rectitud incapaz de reconocer como 
obstáculos esto que llamamos conciencia; fé jurada, justicia y deber; ha- 
bía caminado siempre directamente á su objetivo, sin separarse un punto 
de la recta de su encumbramiento é intereses. Era un antiguo procura- 
dor, enternecido por el éxito, no malo del todo, prestando cuantos ser- 
vicios insignificantes podía á sus hijos, á sus yernos, á sus demás parien- 
tes y aún á sus amigos; había tomado sabiamente de la existencia sólo 
la parte buena y utilitaria. Todo lo demás le parecía estúpido. 

Tenía ingenio y había leído lo suficiente para creerse discípulo de 
Epicuro, sin ser otra cosa que un simple producto de Pigault-Lebrun. 
Reíase de buen grado y alegremente de las cosas eternas é infinitas, co- 
mo de las «ocurrencias del buen obispo.» Llegando algunas veces, con 
cierta condescendiente autoridad, á reírse á las mismas barbas de Monse- 
ñor Myriel de lo que este decía. 

No recuerdo bien con motivo de que ceremonia medio oficial, el con- 
de*** (dicho senador) y .Monseñor Myriel debieron comer en casa del 
prefecto. A los postres, el senador, un poco alegre, pero digno siempre, 
exclamó: 

— ¡Voto á san...! ¡señor obispo! Charlemos un poco. Un senador y 
un obispo se miran raras veces sin guiñar el ojo. Somos dos agoreros. 
Voy á seros franco. Tengo mi filosofía. 

— Tenéis mucha razón, — respondió el obispo. — Cuando uno se ocupa 
de sus fisolofías, uno se acuesta. T vos, señor senador, os habéis echado 
en un lecho de púrpura. 

El senador envalentonado, repuso: 

— Seamos buenos chicos. 

— buenos diablos, lo mismo da, — dijo el obispo. 

— Os confieso — ,replicó el senador, — que el marqués de Argens, Pyr- 
rhon, Hobbes y el señor Naigeon no son unos bolonios. Tengo yo en mí 
biblioteca á todos mis filósofos encuadernados y dorados por el canto. 

— Como vos mismo, señor conde, — interrumpió el obispo. 

Prosiguió el senador: 

á Diderot; es un ideólogo, un declamador y un revoluciona- 



filosofía después de beber 31 



t 

rio: en el fondo cree en Dios, es más santurrón que Voltaire. Voltaire se 
rió de Needham, y se equivocó: porque las anguilas de Needham prue- 
ban la inutilidad de Dios. 

Una gota de vinagre en una cucharada de pasta de harina, suple per- 
fectamente al fiat lux. Suponed la gota bastante gruesa, y bastante gran- 
de la cucharada, y tenéis el mundo. 

El hombre es la anguila. Entonces, ¿á qué el Padre eterno? 
Señor obispo, la hipótesis de Jehová me fatiga. No sirve más que para 
producir'gentes débiles que sueñan vaciedades. ¡Abajo ese gran Todo que 
nos enreda! ¡Viva Zéro que me deja tranquilo! De vos á mí, y por decirlo 
de una vez, ó para confesarme á mi pastor, creed que cuando llega el 
caso, tengo buen juicio. No estoy loco, ni mucho menos, por vuestro Je- 
sús que predica, á cielo descubierto y en todas partes, el desprecio de las 
riquezas y el sacrificio. Consejo de avaro ó de pordiosero. Despreciar 
las riquezas: ¿porqué? sacrificarse: ¿á qué? Jamás he visto que un lobo 
se inmole á otro lobo de buena gana. No nos salgamos pues de la natu* 
raleza. Nos encontramos en. la cúspide; tengamos por lo tanto una filo- 
sofía superior. ¿Para qué estar en lo alto, si no hemos de querer ver más 
allá de la punta de la nariz de los demás? Vivamos alegremente. La vida 
es el todo. 

Que exista para el hombre otro porvenir, en otra cualquier parte, en 
lo alto, en lo bajo ó donde se quiera, no creo yo de ello una palabra. ¡ Ah! 
se me recomienda la pobreza y el sacrificio, y debo por lo tanto tener 
cuidado de todo cuanto haga; es preciso también que me rompa la cabe- 
za sobre el bien y el mal, sobre lo justo y lo injusto, sobre el fas y el 
nefas. ¿Por qué? Porque he de dar cuenta de mis acciones. ¿Cuándo? 
Después de muerto. ¡Vaya un sueño! Después de muerto bien haya quien 
me pinche. Haced que coja un puñado de ceniza una -mano de sombra, 

Hablemos en puridad, ya que pertenecemos á los iniciados, y que le 
hemos levantado á Isis el guardapié: No existe el bien ni el mal; no hay 
jnás que vegetación. Busquemos lo real. Penetremos por todas partes. 
Profundicemos, ¡qué diablos! es preciso orear la verdad, sondear las 
profundidades de la tierra y cogerla. Entonces seréis fuerte y po- 
dréis reír. 

Yo soy cuadrado por la base. Señor obispo, la inmortalidad del hom- 
bre es como un «oiga usted». ¡Vaya una promesa! fiad en ella y... Vaya 
un documento sólido el de Adán. Uno es alma, y podrá ser ángel, y po- 
drá tener dos alas azules en los omóplatos. Ayudadme, pues; ¿no fué 
Tertuliano quien dijo que los bienaventurados irán de un astro á otro? 
Sea. Seremos las langostas de las estrellas. Luego veremos á Dios. Ta ta 
ta. ¡Qué tonterías, ni qué paraísos! Dios es un cuento monstruoso. 

Yo no he de decir todo esto en el Moniteur, ¡qué diantre! pero puedo 
murmurarlo entre amigos. ínter pocula. Sacrificar la tierra al paraíso, 



32 LOS MISERABLES 



es dejar la tajada por la sombra. ¡Ser el escarnio del infinito! ser un sal- 
vaje. Yo no soy nada. Me llamo el señor conde Nada, senador, ¿era yo 
antes de mi nacimiento? No. ¿Seré después de mi muerte? No. ¿Que soy? 
un poco de polvo agregado por un organismo. ¿Qué he venido á hacer 
sobre esta tierra? Tengo la elección: sufrir ó disfrutar. ¿A dónde me con- 
ducirá el sufrimiento? A la nada; pero habré sufrido. ¿A dónde me con- 
ducirá el goce? A la nada; pero habré gozado. Mi elección está hecha. 
Es preciso comer ó ser comido. Yo cómo. Más vale ser el diente que la 
yerba. Esta es mi ciencia. Luego que vaya todo como pueda, el sepul- 
turero está allí, el panteón para nosotros; todo cae en la fosa común. 
Fin. Finis. Liquidación total. Este es el término donde todo acaba. La 
muerte ha muerto, creedme. Si hay alguien que tenga algo que decir so- 
bre el particular, desde luego me río de estos sueños. Cuentos de nodri- 
zas. El coco para los niños, Jehová para los hombres. No; nuestro ma- 
ñana es de la noche. Detrás de la tumba no hay sino nadas iguales. Así 
hayáis sido un Sardanápalo ó un Vicente de Paul, esto no importa. Esta 
es la verdad. Vivid, pues, sobre todo. Servios de vuestro yo mientras 
lo poseáis. En verdad os lo digo, señor obispo, tengo yo mi filosofía y 
mis filósofos. Jamás me he dejado ni me dejaré enredar en estas inven- 
ciones. Después de todo, no deja de ser ello de algún provecho para los 
pobres que andan por acá con los pies desnudos, para los ganapanes, y 
los miserables. Alimentadles de leyendas, quimeras, alma, inmortalidad, 
paraíso y estrellas. Ellos comen eso mezclado con pan seco. Quien nada 
tiene, puede tener el buen Dios, que es bien poca cosa. No me opongo á 
ello, pero guardo para mí á Noigeón. 

El buen Dios, es bueno para el pueblo. 

El obispo batió palmas. 

— ¡Esto es hablar! — exclamó. — ¡Qué excelente y maravilloso es este 
materialismo! No lo tiene quien quiere. ¡Ah! cuando uno lo posee, no 
hay quien le engañe, ni se deja uno desterrar brutalmente como Catón, 
ni lapidar como Esteban, ni abrasar vivo como Juana de Arco. Aquellos 
que han sabido procurarse tan admirable materialismo, tienen la incom- 
parable dicha de sentirse irresponsables, y de pensar que pueden ellos 
devorarlo todo, sin la menor inquietud; las prebendas, las dignidades, 
el poder bien ó mal adquirido, las retractaciones lucrativas, las traicio- 
nes útiles, las sabrosas capitulaciones de conciencia y que bajarán á la 
tumba, hecha ya la digestión. ¡Qué cosa tan rica! Y no digo eso por vos, 
señor senador. No obstante, me es imposible dejar de felicitaros. Voso- 
tros, los grandes señores, tenéis, como habéis dicho, una filosofía parti- 
cular, hecha por vuestro gusto y á gusto vuestro, exquisita, refinada, 
accesible solo á los ricos, siempre sabrosa y sazonada á vuestro paladar 
para todas las necesidades de la vida. Esta filosofía está tomada de las 
profundidades y desenterrada por buscadores especiales. Mas como sois 



KL HERMANO EXPLICADO POR LA HERMANA 33 

príncipes buenos, no lleváis á mal que la creencia en un buen Dios sea 
la filosofía del pueblo, así como, por ejemplo, que el pato guisado con 
castañas sea el pavo trufado de los pobres. 



IX 



El hermano explicado por la hermana. 



Para -dar una idea del interior doméstico del señor obispo de D*** y 
de la manera como aquellas dos .santas mujeres subordinaban sus accio- 
nes, sus pensamientos, hasta sus instintos de mujer, miedosas por natu- 
raleza, á las costumbres é intenciones del obispo, sin que él tuviera ne- 
cesidad de tomarse la pena de hablar para expresarlas, no podemos ha- 
cer otra cosa que transcribir una carta de la señorita Batistina á la se- 
ñora vizcondesa de Boischevron, su amiga de la infancia. Esta carta es- 
tá en nuestras manos. 

m 

D*** 16 diciembre de 18... 

«Mi buena señora: no se pasa un día, durante el cual no hablemos de 
vos. Es ésta ya en nosotros una costumbre, pero existe además otra ra- 
zón para ello. Figuraos que al quitar el polvo y al lavar las paredes y 
los techos, la señora Magloria ha hecho grandes descubrimientos; ahora 
ya nuestros dos aposentos tapizados de papel viejo blanqueado por la 
cal, no resultarían indignos de pertenecer á un castillo como el vuestro. 
La señora Magloria ha arrancado todo el papel. Debajo había otras co- 
sas. Mi salón donde no hay muebles, y del que nos servimos para tender 
la ropa de la colada, mide quince pies de alto por diez y ocho de ancho 
en cuadro, un techo pintado á la antigua, con dorados y artesonados co- 
mo vuestra casa. Estaba cubierto por un lienzo desde que fué converti- 
do en hospital. En fin, que han aparecido ensambladuras del tiempo de 
nuestros abuelos. Pero es en mi cuarto donde hay que ver. La señora 
Magloria ha descubierto, por bajo de diez papeles por lo menos, pegados 
unos sobre otros, pinturas, que sin ser del todo buenas, pueden muy bien 
pasar. Está Telémaco, armado caballero por Minerva, está también en 
los jardines, cuyo nombre no recuerdo ahora. En fin, allí donde las da- 
mas romanas iban solo una noche. ¿Qué he de deciros más? Tengo roma- 
nos, tengo romanas (aquí u/ia palabra ininteligible), y toda la comitiva. 
La señora Magloria ha aclarado todo esto, y este verano piensa reparar 
algunas pequeñas avería?, barnizándolo todo, y mi cuarto será así un 

TOMO I 3 



34 LbS MISERABLES 



verdadero museo. Ha encontrado igualmente en un rincón del granero, 
dos consolas de madera, bastante antiguas. Pidiéronnos dos escudos de 
seis libras por volverlas á dorar, pero vale más dárselos á los pobres; 
además son bastante feas; yo gustaría más de un velador de caoba. 

»Yo sigo siendo siempre tan dichosa. Mi hermano es tan bueno. To- 
do lo que tiene se lo da á los pobres y á los enfermos. Pasamos mucha 
estrechez. En este país es muy crudo el invierno, y es preciso hacer al- 
go por los que carecen de todo... Nosotros estamos más 6 menos alum- 
brados y abrigados. Ya veis que son estas grandes comodidades. 

»Mi hermano tiene sus costumbres particulares. Cuando hablamos 
de ello, dice que un obispo debe ser así. Figuraos que las puertas de es- 
ta casa no se cierran jamás. Entra el que quiere, y se encuentra en se- 
guida con mi hermano. No teme nada, nada, ni siquiera de noche. Esa 
es su valentía, según él dice. 

>No permite que yo tema por él, ni que la señora Magloria tema tam- 
poco. Se expone á toda clase de peligros, y no quiere que aparentemos 
que nos apercibimos de ello. Es preciso saberle comprender. 

»Sale cuando llueve, camina bajo el agua, y viaja en invierno. No 
le asusta la noche, ni los caminos peligrosos, ni los malos encuentros. 

»El año pasado se fué solo á un país de ladrones, sin permitir que le 
acompañáramos nosotras. Estuvo ausente unos quince días. A su vuelta, 
nada le había pasado; se le creía muerto, y gozaba de buena salud. Dijo: 
«¡Ved cómo me han robado!» y abrió una maleta, llena con todas las al- 
hajas de la catedral de Embrun que le habían entregado los ladrones. 

»Esta vez, al volver, no pude menos de regañarle un poco, cuidando, 
sin embargo, de hablar mientras metía mucho ruido el carruaje, á fin 
de que nadie pudiera enterarse. 

» Al principio me decía yo: no hay peligros que le detengan, es terri- 
ble; ahora he acabado por acostumbrarme. Muchas veces hago señas á 
la señora Magloria para que no le contradiga. El obra y se aventura co- 
mo le parece. Me llevo á la señora Magloria y me subo con ella á mi 
cuarto, ruego por él y me quedo dormida. Estoy tranquila, porqué sé 
muy bien que si le sucediera algún percance, sería ello mi fin. Me iría 
con el buen Dios en compañía de mi hermano y obispo. La señora Ma- 
gloria ha tenido más trabajo que yo para acostumbrarse á lo que ella 
llamaba sus imprudencias. Ahora ya estamos resignadas. Rezamos las 
dos juntas; las dos tenemos miedo á un tiempo, y á la par nos dormi- 
mos. El diablo podría entrar en casa sin el menor obstáculo. Después de 
todo, ¿por qué hemos de temer? Siempre hay con nosotros en nuestra ca- 
sa alguien que es más fuerte. Puede el diablo pasar, pero el buen Dios 
la habita. 

»Esto me basta; mi hermano no tiene ya necesidad de decirme nada. 
Le comprendo sin que me hable, y nos abandonamos á la Providencia. 



EL HERMANO EXPLICADO POR LA HERMANA 35 



»Ved como hay que tratar á un hombre que tiene su grandeza de 
espíritu. 

»He preguntado á mi hermano acerca de las noticias que me pedís 
sobre la familia de Faux. Ya sabéis que está él muy al corriente, y que 
•conserva todos sus recuerdos, pues sigue siendo muy buen realista. Esta 
familia es una de las más antiguas entre las normandas de la generali- 
dad de Caen. Hace quinientos años hubo un Raúl de Faux, un Juan 
Faux y un Tomás Faux, que eran hidalgos, y uno de ellos señor de Ro- 
chefort. El último fué Guido Esteban Alejandro, maestre de campo, y 
no sé que más en la caballería ligera de Bretaña. Su hija, María Luisa, 
<5asó con Adriano Carlos de G-ra'mont, hijo del duque Luis de Gramont, 
par de Francia y coronel de guardias francesas, y teniente general de 
los ejércitos. Se escribe Faux, Fauq y Faoucq* 

»Recomendadnos, mi buena señora, á las oraciones de vuestro santo 
pariente el señor cardenal. En cuanto á vuestra cara Silvania, ha hecho 
bien aprovechando los cortos instantes que pasa á vuestro lado para es- 
cribirme. Está buena, trabaja á gusto vuestro, me quiere siempre; es to- 
do lo que yo deseo; estoy muy contenta con el recuerdo que por vos me 
ha enviado. Mi salud no es del todo mala, y sin embargo, voy enflaque- 
ciendo diariamente. Adiós, se acaba el papel, y esto me obliga á despe- 
dirme. Tantas cosas á todos. 

» Batistina. 

»P. S. — Vuestro sobrinillo está precioso. ¿Sabéis que va ya para cin- 
co años? Ayer vio pasar un caballo al que habían puesto rodilleras, y 
dijo: ¿Qué es lo que tiene el pobre en las rodillas? — ¡Es una criatura en- 
cantadora! Su hermanito corre ya por la habitación tirando de un palo 
de escoba como de un carro, y grita: ¡Au!» 

Como se ve por esta carta,' aquellas dos mujeres sabían acomodarse á 
la manera de ser del obispo con esa concepción particular de la mujer 
que comprende al hombre, mejor que el hombre se comprende á sí mis- 
mo. El obispo de D*** bajo aquel aspecto sereno y candido que no des- 
mentía jamás, hacía á veces cosas grandes, atrevidas y magníficas sin 
que pareciese advertirlo siquiera. Ellas podían asustarse, pero le dejaban 
hacer. Alguna que otra vez la señora Magloria solía mostrar su oposi- 
ción antes, pero nunca durante ni después de la acción. Jamás se le dis- 
traía con una sola palabra, ni un gesto siquiera, durante una obra co- 
menzada. En muchos casos sin que tuviera necesidad de decirlo, cuando 
tal vez ni aún conciencia de ello tenía, tanta era su sencillez, presentían 
ellas vagamente que obraba como obispo; entonces no eran ellas más 
que dos sombras en aquella casa. Servíanle pasivamente, y si era preci- 
so para obedecer, que desapareciesen, desaparecían. 



36 L«S MISERABLES 



Sabían, con admirable delicadeza de instinto, que los excesos de so- 
licitud pueden ser á veces un estorbo, por lo cual, aún creyéndole en 
peligro, pero comprendiendo, no diré su pensamiento, pero sí su natura- 
leza, hasta, el punto de no velar, por él. Confiábanle á Dios. 

Sin embargo, Batístina decía, como acabamos de leer, que el fin de 
bu hermano sería el suyo. La señora Magloria no lo decía, pero lo sabía» 



X 



El obispo en presencia de una luz desconocida. 



En una época un tanto posterior á la fecha de la carta citada en las 
páginas precedentes, hizo él cierta cosa, que, si hemos de creer lo que se 
dijo en toda la ciudad, era más arriesgada aún que su paseo por las mon- 
tañas de los bandidos. 

Existía junto á D*** en el campo, un hombre que vivía solitario. Este 
hombre, digamos de una vez la gran palabra, era, un antiguo conven- 
cional, llamado G. 

Hablábase del convencional G. entre la gentezuela de D*** con cierto 
horror. ¡Un convencional! ¡Quién puede figurárselo! Eso existía en tiem- 
pos en que se tuteaban unos á otros y se llamaban ciudadano. Aquel 
hombre venía á ser casi un monstruo. No había votado la muerte del rey r 
pero poco le había faltado. Era pues, un casi regicida. Había sido terrible. 
¿Por qué á la vuelta de los príncipes legítimos no habían hecho compa- 
recer á ese hombre ante un consejo prebostal? No era preciso cortarle la 
cabeza, porque era necesario ser clemente; pero al menos se le podía 
haber condenado á destierro perpetuo. ¡Hacer un escarmiento! Además, 
era un 'ateo como todas aquellas gentes de entonces. 

Habladurías de gansos sobre el buitre. 

¿Era en realidad un buitre el convencional G.? Sí, á juzgar por lo que 
había de esquivo en su soledad. No habiendo votado la muerte del rey, 
no estuvo comprendido en los decretos de destierro, y podía permanecer 
en Francia. 

Habitaba á tres cuartos de hora de la ciudad, alejado de toda vivien- 
da y de todo camino; en la perdida quebrada de un valle salvaje. Decíase 
que tenía allí una especie de campo, un tabuco, una madriguera. Nada 
de vecinos, nada de transeúntes. Desde que moraba en aquel valle, la 
senda que á él conducía había desaparecido bajo la yerba. Hablábase de 
aquel sitio como de la casa del verdugo. 

Por lo tanto, tenía el obispo fija su idea en lo que de él se decía, y de 



EL OBISPO EN PRESENCIA DE UNA LUZ DESCONOCIDA 37 



tiempo en tiempo miraba al horizonte, hacia el punto donde un grupo de 
•árboles indicaba el valle del viejo convencional, y decía: «¡Allí existe un 
alma que está sola! » 

Y para sus adentros, añadía: «Le debo mi visita.» 
Debemos confesar, sin embargo, que semejante idea, tan natural ai 
principio, le parecía después de un momento de reflexión, como extraña 
é imposible, y casi repulsiva, porque en el fondo participaba de la impre- 
sión general, y el convencional le inspiraba, sin que él acertase á darse 
cuenta de ello, esa especie de sentimiento que es como la frontera del 
odio, y que expresa perfectamente la palabra: despego. 

No obstante, ¿debe la sarna de la oveja hacer retroceder al pastor? 
No. ¡Pero qué oveja! 

El buen obispo estaba perplejo. Algunas veces se dirigía hacia aquel 
punto, pero luego retrocedía. 

Cierto día, por fin, corrió por la ciudad la noticia de que una especie 
<le pastor cilio que servía al • convencional G. en su madriguera, había 
ido en busca de un médico; aquel infame viejo se moría, por que la pa- 
rálisis aumentaba, y no podía pasar de aquella noche. ¡A Dios gracias! 
añadían algunos. 

El obispo tomó su bastón, púsose su sobretodo á causa de estar su 
sotana, como hemos dicho, por demás usada, y además, por guardarse 
del aire de la tarde, que no había de tardar en soplar, y partió. 

. El sol declinaba y tocaba casi al horizonte cuando llegó el obispo al 
sitio excomulgado. Reconoció por los latidos de su corazón que se encon- 
traba cerca de la madriguera. Saltó una zanja, pasó un seto, atravesó un 
puente, entró en un huertecillo descuidado, dio algunos pasos resueltos, 
y de pronto, en un fondo erial, detrás de altos abrojos, percibió la ca- 
verna. 

Era una cabana baja, pobre, pequeña y aseada, cuya fachada cubría 
un emparrado. 

Junto á la puerta, sentado en un viejo sillón de ruedas veíase un 
/hombre de cabellos blancos, que sonreía mirando al sol poniente. 

Junto al viejo sentado, estaba de pie un joven, el pastorcillo, sir- 
viendo al anciano una taza de leche. 

Mientras le miraba el obispo, el anciano levantó la voz diciendo: — 
Gracias, no necesito nada más. Y su sonrisa dejó de fijarse en el sol para 
-dirigirse al chico. 

Adelantóse el obispo, y al ruido que produjo su andar volvió el viejo 
sentado la cabeza, y su semblante expresó toda la sorpresa que se pueda 
sentir después de una larga vida. 

— Desde que estoy aquí, — dijo el anciano,— esta es la vez primera 
*que un hombre entra en mi casa. ¿Quién sois, señor? 

El obispo respondió: 



Jáí* ' ' 






38 



LOS MISERABLES 



•> 






1 . 



» 






— Yo me llamo Bienvenido Myriel. 

— ¡Bienvenido Myriel! he oído pronunciar ese nombre. ¿Seríais vos 
acaso aquel á quien el pueblo llama monseñor Bienvenido? 

— Yo soy. 

El viejo repuso con ligera sonrisa: 

— En ese caso, ¿sois vos mi obispo? 

— ¡Puede! 

— Entrad, señor. 

El convencipnal tendió la mano al obispo; pero el obispo no se la 
tomó, limitándose á decir únicamente: 

—Me alegro de ver que me han engañado. No parece en verdad, que 
estéis enfermo. 

— Señor, — respondió el anciano, — voy á curar del todo. 

Hizo una pausa, y dijo: 
• — Voy á morir dentro de tres horas. 

Luego repuso: 

— Tengo algo de médico, y sé de qué manera llega la última hora.,. 
Ayer no tenía fríos más que los pies; hoy ha subido el frío á las rodillas r 
y estoy sintiendo ahora que alcanza la cintura; cuando llegue al cora- 
zón, me pararé. ¿Verdad que es bello el sol? He hecho que me arrastren 
hasta aquí para lanzar mi última mirada sobre las cosas. Podéis hablar- 
me, la conversación no me fatiga. Habéis hecho muy bien en venir á 
ver á un hombre que va á mQrir. Es bueno que en este momento haya 
testigos. Cada uno tiene sus manías; yo hubiera querido llegar hasta la 
aurora. Pero sé que me quedan apenas tres horas; será de noche. En fin f 
¡qué importa! Acabar es trabajo sencillo. No hay necesidad de día para, 
ello. Sea, moriré á la hora de las estrellas. 

El anciano se volvió hacia el pastor: 

— Y tú, vete á acostar. Has velado toda la noche, y estás cansado. 

El muchacho entró nuevamente en la cabana. 

El anciano le siguió con la mirada y añadió, como hablando consi- 
go mismo: 

— Mientras él dormirá, yo moriré. Ambos sueños pueden ser buenos- 
vecinos. 

El obispo no estaba conmovido como parece que debía estarlo. No- 
creía él sentir á Dios en aquella manera de morir; digámoslo todo, por- 
que las pequeñas contradicciones de los corazones grandes deben sfer in- 
dicadas como las demás; él, que cuando llegaba el caso se reía de buena 
fé de su eminencia, en aquel momento le chocaba algún tanto no oír 
que se le llamase monseñor, llegando á estar tentado de replicar: ciuda- 
dano. Ocurriósele el capricho de cierta familiaridad, muy común en 
médicos y eclesiásticos, pero que no era habitual en él. Aquel hombre r 
después de todo, aquel convencional, aquel representante del pueblo, ha- 



I 

EL OBISPO EN PRESENCIA DE UN\ LUZ DESCONOCÍDA 39 

i 

l ■ 

» 

bía sido un poderoso de la tierra; por la primera vez de su vida tal vez, 
se sintió el obispo inclinado á la severidad. 

El convencional, sin embargo, considerábale con modesta cordiali- 
dad, en la cual hubiérase podido distinguir tal vez la humildad que 
acompaña al individuo próximo á convertirse en polvo. 

El obispo, por su parte, si bien se abstenía generalmente de toda cu- 
riosidad, la cual, según él, era vecina de la ofensa, no podía abstenerse 
de examinar al convencional con una atención, que, no siendo origina- 
da por la simpatía, se la hubiese reprochado sin duda su propia con- 
ciencia con relación á otro hombre cualquiera. Un convencional le hacía 
el efecto de estar algo fuera de la ley, inclusa la ley de la caridad. G., 
sereno, el busto casi erguido, la voz vibrante, era uno de esos grandes 
octogenarios que causan la admiración del fisiólogo. La Revolución tu- 
vo muchos de esos hombres dignos de su época. Adivinábase desde lue- 
go en aquel anciano al hombre fuerte. Tan próximo como estaba á su 
fin, conservaba todas las apariencias de la salud. Había en su certera mi- 
rada, en su enérgico acento, en el robusto movimiento de sus hombros, 
un algo, capaz de desconcertar á la muerte. Azrael, el ángel mahometa- 
no del sepulcro, hubiera retrocedido creyendo haber equivocado la puer- 
ta. G. parecía morirse, porque así lo quería. Gozaba de la libertad, has- 
ta en su misma agonía. Las piernas solamente estaban inmóviles. Las ti- 
nieblas le tenían cogido por ellas. Tenía los pies muertos y fríos, y la 
cabeza, viviente con toda la pujanza de la vida, aparecía erguida y ra- 
diante. G. en aquel supremo instante, se asemejaba al rey del cuento 
oriental, de carne su parte superior, de marmol su base. 

Había allí una piedra. El obispo se sentó. El exordio fué ex abrupto. 

— Os felicito, — díjole en tono casi reprensivo. — Vos no habéis votado 
nunca la muerte del rey. 

El convencional no pareció fijarse en la significación amarga que 
ocultaba la palabra nunca. Pero respondió, después de haber desapare- 
cido de su rostro la menor sombra de sonrisa: 

— No me felicitéis demasiado, señor, porque voté el fin del tirano. 

Era el acento austero ante el tono severo. 

— ¿Qué queréis decir? — repuso el obispo. 

— Quiero decir que el hombre tiene un tirano, la ignorancia. Yo vo- 
té el fin de ese tirano. Ese tirano ha engendrado la dignidad real, que es 
La autoridad tomada de lo falso, mientras que la ciencia es la autoridad 
tomada de lo verdadero. El hombre no debe ser gobernado mas que por 
la ciencia. 

— Y la conciencia, — añadió el obispo. 

— Es igual. La conciencia es la cantidad de ciencia innata que se en- 
cierra en nosotros. 



4Q LOS MISERABLES 



Monseñor Bienvenido escachaba, algo asombrado, este lenguaje en- 
teramente nuevo para él. 

El convencional prosiguió: 

— Tocante á Luís XVI, dije n<5. Yo no me creo con derecho para ma- 
tar á un hombre; pero siento el deber de exterminar el mal. Yo voté el 
fin del tirano, es decir, el fin de la prostitución de la mujer, el fin de la 
esclavitud del hombre, el fin de las tinieblas para el ñiño. Votando la 
república, voté todo eso. Yo voté la fraternidad, la concordia, la aurora. 
Ayudé á la caída de las preocupaciones y de los errores. El hundimiento 
de los errores y de las preocupaciones produce la luz. Nosotros hicimos 
caer al viejo mundo; y el viejo mundo, vaso de miserias, al derramarse 
sobre el género humano, se ha convertido en cáliz de alegría. 

— De alegría impura, —dijo el obispo. 

— Podéis decir alegría turbada; y hoy por hoy, después de ese re- 
greso fatal del pasado que se llama 1814, alegría desvanecida. ¡Ay! La 
obra resultó incompleta, convengo en ello; nosotros demolimos el anti- 
guo régimen en los hechos, no pudiendo suprimirlo del todo en las ideas. 
Destruir el abuso no es suficiente, es preciso modificar las costumbres. 
El molino no existe, pero prosigue el viento. 

— Vosotros demolisteis. Demoler puede tal vez ser útil; pero yo no 
me fio de una demolición mezclada en cólera. 

El derecho encierra su cólera, señor obispo, y la cólera del derecho 
es un elemento de progreso. No importa, diga quien quiera lo contrario, 
la Revolución francesa es el paso mas grande del género humano desde 
el advenimiento de Cristo. Incompleto puede ser, pero sublime. Ha des- 
pejado todas las incógnitas sociales, y ha suavizado los espíritus; ha 
apaciguado, ha templado é ilustrado, ha hecho infiltrar en la tierra to- 
rrentes de civilización, en una palabra: ha sido buena. La Revolución 
francesa es la consagración de la humanidad. 

El obispo no pudo abstenerse de murmurar: 

—¿Sí? ¡93! 

El convencional se incorporó en su silla con una solemnidad casi lú- 
gubre, y con toda la energía con que pueda contar un moribundo, 
exclamó: 

— ¡Ah! ¡Vos también! ¡93! Ya esperaba yo esta palabra. Se ha estado 
formando una nube durante mil quinientos años. Al fin de quince siglos 
ha descargado. ¿Pretendéis acusar por ello al rayo? 

Sintió el obispo, tal vez sin explicárselo, que había sido herido en 
algo. Supo contenerse, y respondió: 

— El juez habla en nombre de la justicia; el sacerdote habla en nom- 
bre de la clemencia, que no es sino otra justicia más alta. El trueno no 
debe jamás equivocarse. 

Y añadió mirando fijamente al convencional: 



EL OBISPO EN PRESENCIA DE UNA Ll'Z DESCONOCIDA 41 

—¿Luis XVII? 

El convencional alargó la mano, y asiendo al obispo del brazo, dijo: 

— ¡LuisXVH! Veamos. ¿A. quién lloráis en él? ¿Es al niño inocente? 
Entonces, sí, también lloro con vos. ¿Es al infante real? Os suplico que 
reflexionéis. Para mí, el hermano de Cartouche, niño inocente, colgado 
por los sobacos en la plaza de la Gréve hasta que sobreviniese la muerte, 
por el solo crimen de ser hermano de Cartouche, no es menos doloroso 
que el nieto de Luis XV, niño inocente, martirizado en la torre del Tem- 
ple por el solo crimen de haber sido nieto de Luis XV. 

— Señor, — dijo el obispo, — no gusto de esta mezcla de nombres. 

— ¿Cartouche? ¿Luís XV? ¿Por cuál de los dos reclamáis? 

Hubo un momento de silencio. El obispo se arrepentía casi de haber 
ido allí, y no obstante, se sentía vaga y extrañamente conmovido. 

El convencional repuso: 

— ¡Ah! señor cura, no os gustan las crudezas de la verdad; Cristo 
gustaba de ellas. Y sabía tomar una vara y limpiar el templo. Su látigo, 
de luz refulgente, era un rudo decidor de verdades. Cuando exclamaba: 
Sinite párvulos... no hacía distinción alguna entre los niños. El no se 
inquietaba en preferir el primogénito de Barrabás ai primogénito de 
Herodes. Señor, la inocencia tiene en sí misma su corona. La inocencia 
ni pierde ni gana siendo alteza. És igualmente augusta vistiendo andra- 
jos que flordelisada. 

— Es verdad, — repitió en voz baja el señor obispo. 

— Insisto — continuó el convencional G. — Habéis nombrado á Luis 
XVII. Entendámonos. ¿Lloramos por todos los inocentes, por todos los 
mártires, por todos los niños, por los de abajo como por los de arriba? 
Conformes. Pero ya os lo he dicho; es preciso remontarnos más arriba 
del 93, esto es, antes de Luís XVII, donde deben comenzar nuestras lá- 
grimas. Yo lloraré con vos por los hijos de los reyes, con tal que vos llo- 
réis conmigo por los hijos del pueblo. 

— Por todos lloro, — dijo el obispo. 

— ¡Igualmente! — exclamó G. — Y si debe inclinarse la balanza, que 
sea del lado del pueblo. Hace mucho más tiempo que sufre. 

Hubo en nuevo silencio siendo el convencional quien lo rompió. Ir- 

guióse apoyándose sobre un codo, tomó con el pulgar' y el índice un 

"liegue de su mejilla, como hace maquinalmente el que interroga cuan- 

> juzga, é interpeló al obispo con una mirada llena de todas las ener- 

ías de la agonía. Casi fué una explosión. 

— Sí, señor; hace mucho tiempo que el pueblo sufre. Y luego, adver- 

d: No es esto todo, ¿á que venís vos á preguntarme y hablarme de Luís 

slVII? Yo no os conozco ni sé quien sois. Desde que vine á este país, vi- 

o en este recinto, solo, sin poner jamás los pies afuera, ni ver á nadie, 

ás que á ese muchacho que me asiste. Vuestro nombre, es verdad, ha 



LOS MISKHAflI.ES 



llegado confusamente hasta mí, y debo decirlo, no mal pronunc 
pero esto nada signifiea; ¡las gentes hábiles tienen tantas maneras d 
cer que les crea el bueno del pueblo!... A propósito, no he oído el : 
de vuestro carruaje; os lo habréis dejado sin duda detrás del soto 
abajo en el empalme de la carretera. No os conozco repito. Me hs 
dicho que erais el obispo, pero esto nada me indica sobre vuestra r. 
nalidad moral. En suma, vuelvo A mi pregunta: «¿Quién sois?» Sois 
po, es decir, un príncipe de la Iglesia, uno de esos hombres dor 
blasonados, con grandes rentas, y gruesas prebendas; el obispo de 
quince mil francos fijos, diez mil de eventuales; total, veinticine* 
francos; con buena cocina, buenas libreas, con buena mesa, com 
pollos de agua en viernes; pavoneándose entre lacayos delante y <i 
de su berlina de gala, que tiene palacios, y arrastra coche ennomt 
Jesucristo, ¡que andaba descalzo! Sois un prelado; rentas, palacio; 
ballos, buena mesa; todas las sensualidades de la vida, tendréis toe 
como los demás, y como los demás disfrutáis de ello, está bien; pen 
dice demasiado ó no dice bastante; esto no me prueba ¡nada sobre < 
lor intrínseco y esencial, de quien viene con la pretensión probab 
traerme la sabiduría. ¿A quién estoy hablando? ¿Quién sois vos? 

El obispo inclinó la frente y respondió: 

— Vermis sum. 

— ¡Un gusano de tierra en carroza! — refunfuñó el convencional. 

Tocábale el turno al convencional ser altivo y al obispo humild 

Este repuso con dulzura: 

— Sea, señor mío; pero explicadme, cómo mi coche, que está 
dos pasos detrás de los árboles, cómo mi buena mesa y los pollos de 
que yo cómo en viernes, como mis veinticinco mil francos de renti 
mo mi palacio y mis lacayos, prueban que la piedad no es una vi 
que la clemencia no es un deber, y que el 93 no fué inexorable. 

El convencional pasóse la mano por la frente como para de* 
una nube. 

—Antes de contestaros, — le dijo, — os pido que me perdonéis, i 
de cometer un error, señor mío. Estáis en mi casa, sois mi huésped y os 
debo cortesía. Discutís mis ideas, y debo limitarme á combatir vuestros 
argumentos. Vuestras riquezas y vuestros goces son mis ventajas contra 
vos en este debate; pero no es de buen gusto servirse de ellas. Os prome- 
to no vaterme mas de las tales. 

— Os doy por ello gracias, — dijo el obispo. 

G. replicó: 

— Volvamos nuevamente á la explicación que me pedíais. ¿Dónde es- 
tábamos? ¿Qué me decíais? ¿Que el 93 fué inexorable? 

— Inexorable, sí,— dijo el obispo. — ¿Qué opináis de Marat batiendo 
palmas á la guillotina? 



t 

I 

1 



EL OBISPO EN PRESENCIA DE USA LUZ DESCONOCIDA 43 

. — ¿Y qué me decís vos de Bossuet cantando el Te-Deum sobre los 
acuchillados? 

La contestación era dura, pero iba derecha al blanco con la rigidez 
de una punta de acero. El obispo se estremeció, y no se le ocurrió res- 
puesta alguna; y luego, le desconcertaba la manera de nombrar á Bos- 
suet. Los mejores ingenios tienen sus ídolos, y por esto se sienten vaga 
mente mortificados por sus faltas de respeto á la lógica. 

El convencional empezaba á sentir hipo, el asma de la agonía que se 
mezcla á los últimos alientos, le embargaba la voz; no obstante, aún ha- 
bía en su mirada una perfecta lucidez de alma. Prosiguió: 

— Digamos todavía algunas palabras, puedo aún. Separándonos de la 
revolución que, tomada en conjunto, es una inmensa afirmación huma- 
na, 93, ¡ay! es una réplica. Vos la encontráis inexorable; pero ¿y la mo- 
narquía, señor cura? Carrier es un bandido; pero ¿qué nombre le dais á 
Montrevel? Fouquier Tainville es un vividor; pero ¿qué opinión os mere- 
ce Lamoignon Baville? Maillard es espantoso; pero ¿Saulx Tavannes que 
os parece? El padre Duchesne es feroz; pero ¿qué epíteto me concedéis 
para el padre Letellier? Jourdan Corta-Cabezas es un monstruo; pero no 
tanto como el marqués de Louvois. Señor, señor, compadezco á María 
Antonieta, archiduquesa y reina; pero compadezco también á aquella 
pobre mujer hugonote, que, en 1685, bajo el reinado de Luís el Grande, 
dando de mamar á su hijo, fué amarrada á un poste, desnuda hasta la 
cintura; y arrancándole del pecho la criatura, colocáronla á cierta dis- 
tancia; hinchado su seno por la leche y el corazón de angustia, la ham- 
brienta y pálida criatura miraba muriendo aquel seno, lleno de vida, y 
el verdugo decía á la mujer, madre y nodriza á un tiempo: c ¡Abjura!» 
dándole á escojer entre la muerte de su hijo y la de su conciencia. ¿Qué 
me diréis de este suplicio de Tántalo aplicado á una madre? Señor, 
guardad bien esto en la memoria: La Revolución francesa tuvo sus ra 
zones. Su cólera será absuelta indudablemente por la posteridad. Su re- 
sultado es el mejoramiento del mundo. De sus golpes mas terribles, sur je 
una caricia para el género humano. Abrevio, concluyo. Tengo dema- 
siado buen juego. Además, me muero. 

Y dejando de mirar al obispo, el convencional terminó su pensamien- 
to con estas sencillas palabras: 

— Sí, las brutalidades del progresóse llaman revoluciones/ Cuando 

a terminado, se reconoce esto: que el género humano ha sido tratado 
< \ dureza, pero que ha marchado. 

£21 convencional no advertía siquiera que acababa de tomar sucesi- 

mente una después de otra, todas las trincheras interiores del obispo. 

;e conservaba una todavía, y del supremo recurso de la resistencia de 

mseñor Bienvenido, salió esta otra frase reapareciendo casi toda la 

ieza del principio: 



44 LOS MISERABLES 



— El progreso debe creer en Dios. El bien no puede tener servidores 
impíos. Es un mal conductor del género humano el hombre ateo. 

El antiguo representante del pueblo no respondió. Sintióse estreme- 
cido; miró al cielo, saltándole una lágrima con aquella mirada. Cuando 
acabó de llenarse el párpado, la lágrima se deslizó á lo largo de la des- 
colorida mejilla, y dijo balbuceando por lo bajo y como hablando con- 
sigo mismo, perdida su mirada en lo profundo: 
— ¡Oh tú! ¡Oh ideal! ¡Tú sólo existes! 
El obispo sintió una especie dé conmoción inexplicable. 
Después de un silencio, el anciano levantó un dedo señalando al cie- 
lo, y dijo: 

— El infinito existe. Allí está. Si el infinito no tuviera un yo, sería el 
yo su límite; no sería infinito; ó en otros términos, no sería. Pero es: 
luego existe un yo. El yo del infinito que es Dios. 

El moribundo había pronunciado estas últimas palabras en voz alta 
en el estremecimiento del éxtasis, como si viera á alguien. Cuando aca- 
bó de hablar se cerraron sus ojos. El esfuerzo le había debilitado por 
completo. Era evidente que acababa de vivir en un minuto, las pocas 
horas que podían quedarle. Lo que acababa de decir le había aproxima- 
do á la muerte. El supremo instante había llegado. 

Comprendiólo el obispo; apremiaba el tiempo, había ido allí como 
sacerdote; de una extremada frialdad había pasado gradualmente á la 
emoción extrema; fijó su mirada en aquellos ojos cerrados, tomó aquella 
mano rugosa y helada, é inclinándose hacia el moribundo, le dijo: 

— Esta es la hora de Dios. ¿No os parece que hubiera sido sensible el 
habernos encontrado inútilmente? 

El convencional abrió los ojos de nuevo; cierta gravedad, en la que 
había algo de sombrío, inundó su semblante. 

— Señor obispo, — dijo con cierta lentUud, que procedía quizá mejor 
de la dignidad del alma que del desfallecimiento de sus fuerzas, — he pa- 
sado mi vida en la meditación, el estudio y la contemplación. Tenía yo 
sesenta años, cuando mi país me llamó y me ordenó mezclarme en sus 
asuntos. Yo obedecí. Existían abusos, y los combatí; existían tiranías, 
y las destruí; existían derechos y principios, y los proclamé y confesé. 
El territorio estaba invadido, y lo defendí; la Francia se veía amenaza- 
da, y le ofrecí mi pecho. No era rico, y soy pobre. Fui uno de los due- 
ños del Estado, y cuando las cajas del Tesoro estaban atestadas de va* 
lores, tantos que fué menester apuntalar las paredes del edificio, próx* 
mas á derrumbarse bajo el peso del oro y de la plata, comía yo en ] 
calle del Arbresec á veintidós sueldos el cubierto. He socorrido á loi 
oprimidos, he aliviado á los enfermos. He rasgado los manteles del altar 
-cierto; pero ha sido para vendar las heridas de la patria. He apoyado 
siempre la marcha adelante del género humano hacia la luz, y he resis 



EL OBISPO EN PRESENCIA DE UNA LUZ DESCONOCIDA 45 

• 

tido más de una vez al progreso despiadado. Hubo ocasión en que llegué 
á protejer á mis propios adversarios, á vosotros. Hay en Peteghem, en 
Flandes, en el mismo lugar donde los reyes merovingios tenían su pala- 
cio de verano, un convento de urbanistas, la abadía de Santa Clara de 
Beaulieu, que yo salvé en 1793. He cumplido con mi deber según mis 
fuerzas, haciendo el bien que pude. Después he sido arrojado, acosado, 
vejado, perseguido, calumniado, escarnecido, afrentado, maldecido y 
proscrito. Después de muchos años y con todos mis cabellos blancos, 
veo todavía que hay gentes que se creen con derecho á despreciarme; 
tengo para la pobre é ignorante multitud cara de condenado, y acepto 
sin odiar yo á nadie, el aislamiento del odió general. Tengo ahora 
ochenta y seis años; y voy á morir. ¿Qué venís á pedirme? 

— Vuestra bendición, — dijo el obispo. 

Y se arrodilló. 

Cuando el obispo levantó la cabeza, el rostro del convencional se le 
presentó verdaderamente augusto. Acababa dé espirar. 

El obispo regresó á su casa profundamente absorbido en inexplica- 
bles pensamientos, y se pasó toda la noche en oración. 

Al día siguiente, algunos curiosos atrevidos, intentaron hablarle del 
convencional G.; concretóse á señalar el cielo 

Desde este momento redobló su ternura y fraternidad para con los 
infelices y desvalidos 

Toda alusión á aquel «desalmado viejo de G.* le sumía en una pre- 
ocupación singular. Nadie podría asegurar que el paso de aquel espíritu 
ante el' suyo, y el reflejo de aquella gran conciencia sobre la suya, no 
hubiesen contribuido en su aproximamiento á la perfección. 

Aquella «visita pastoral» fué, naturalmente, objeto" de murmuración 
en los mezquinos círculos de la localidad. 

— ¿Es acaso, — decían ellos, — lugar digno de todo un obispo la cabe- 
cera de semejante moribundo? Era evidente que no había de sacar de allí 
conversión ninguna. Todos esos revolucionarios son relapsos. ¿ A qué ir 
entonces? ¿Qué podía ver en semejante sitio? No podía ser sino la curiosi- 
dad de ver un alma que se la lleva el diablo. 

Cierto día, una de esas viudas ricas, perteneciente a la impertinente 
variedad de las gentes que se creen agudas, le enderezó esta salida: 

— Monseñor, no falta quién pregunta cuándo se pondrá Su Ilustrísima 
rro encarnado. 

—¡Oh! ¡oh! E*e es un gran color, — respondió el obispo. — Puesto que 
, que le desprecian en un gorro le veneran en un capelo. 



LOS MISERABLES 



XI 

Una restricción 



Se arriesgaría mucho á equivocarse quien supusiera por lo dichc 
monseñor Bienvenido fuese un «obispo filósofo- ó un «cura patri< 
Su encuentro, que podríamos llamar mejor su conjunción con el 
vencional G. , le dejó una especie de asombro pue vino á aumentar t 
vía su benignidad. Hé aquí todo. 

Por más que monseñor Bienvenido no fuera, ni mucho menos 
hombre político, quizá sea éste el lugar de indicar ligeramente cual 
su actitud en los acontecimientos de entonces, suponiendo que m< 
ñor Bienvenido hubiese pensado alguna vez en tener actitud algum 

Retrocedamos, pues, algunos años. 

Algún tiempo después de la elevación de monseñor Myriel al ep 
pado, el emperador le había nombrado barón del imperio, al m 
tiempo que á otros muchos obispos. El arresto del tapa tuvo lugar 
mo sabe todo el mundo, durante la noche del 5 al 6 de Julio de 180: 
cuya ocasión fué llamado monseñor Myriel por Napoleón, al sínoc 
los obispos de Francia é Italia convocado en París. Este sínodo se 
bró en Nuestra Señora, y tuvo la primera sesión el 15 de Junio de 1 
bajo la presidencia del cardenal Fesch. Monseñor Myriel fué uno d 
noventa y cinco obispos que acudieron; pero asintió solamente á un 
sión y á tres ó cuatro conferencias particulares. Obispo de una dio 
montañesa, viviendo tan cerca de la naturaleza, en la rusticidad y ía 
desnudez, parecía como que aportase, en medio de aquellos personajes 
eminentes, ideas capaces de cambiar el temperamento de la asamblea. 
Volvióse, por lo tanto luego á D*** donde, habiéndole interrogado acer- 
ca de su precipitado regreso, respondió: 

— Mi presencia Íes molestaba. El aire de fuera les entraba conmigo, 
haciéndoles el efecto de una ■puerta abierta. 

Otra vez contestó: 

— ¿Qué queréis? Aquellas eminencias eran todos principes , y yo no 
pasaba de ser un pobre obispo plebeyo. 

Lo cierto es que les había disgustado. Entre otras cosas extrañas, 
habíasele escapado decir cierta noche, en casa de uno de sus colegas mas 
calificados: 

— ¡Los magníficos relojes, los ricos tapices, las brillantes libreas, to- 
do ello debe ser altamente incómodo! ¡Oh! Yo no querría tener toda esa 



UNA RESTRICCIÓN 47 



superfluidad, molestándome de continuo los oidos con su murmullo: ¡Hay 
gentes que padecen hambre! ¡las hay que tienen frío! ¡Hay pobres! ¡hay 
pobres! 

Digamos de pasada, que no sería un odio inteligente el odio contra 
el lujo, puesto que implicaría el odio contra las artes. Sin embargo, en 
casa de las gentes de Iglesia, salvo la representación y las ceremonias, 
el lujo es un error. Parece revelar costumbres poco caritativas. Un cura 
opulento es un contrasentido. El cura debe hallarse cerca de los pobres. 
¿Y puede uno estar tocando sin cesar noche y día todas las necesidades, 
todos los infortunios y todas las miserias, sin llevar sobre sí algo de esa 
santa nobleza, como polvo de su trabajo? ¿Puede nadie imaginarse un 
hombre ai lado de uri brasero sin sentir calor? ¿Concíbese un obrero que 
trabaje constantemente en un horno, sin tener un cabello quemado, ni 
una uña ennegrecida, ni una gota de sudor, ni un grano de ceniza en 
la cara? La primera prueba de caridad en la casa del cura, en la del 
obispo sobre todo, es la pobreza. 

Esto era sin duda lo .que pensaba el señor obispo de D***. 

No debe creerse, sin embargo, que participase sobre ciertos puntos 
delicados, de lo que llamaríamos «ideas del siglo». Enredábase poco en 
querellas teológicas de momento, y absteníase de las cuestiones de com- 
promiso para la Iglesia ó el Estado; pero si se le hubiese instado mucho, 
creemos que antes se hubiera inclinado á los ultramontanos que á los ga- 
licanos. Como estamos haciendo un retrato y no queremos, por lo tanto, 
ocultar nada, nos vemos obligados á consignar que miró con frialdad la 
decadencia de Napoleón. Desde 1813 se adhirió ó aplaudió todas las ma- 
nifestaciones hostiles, excusándose de ir á ver al emperador á su paso 
de vuelta de la isla de Elba, y absteniéndose de ordenar en su diócesis 
las rogativas públicas durante los cien días . 

Además de su hermana la señorita Batís tina, tenía dos hermanos; ge- 
neral el uno y prefecto el otro, á los que escribía con alguna frecuencia. 
Tuvo con el primero, durante algún tiempo, cierta tirantez de relacio- 
nes, porque estando este encargado, en Provenza, de una comandancia, 
á la época del desembarque de Cannes, púsose el general á la cabeza de 
mil doscientos hombres, persiguiendo al emperador como si hubiese que- 
rido dejar que se escapara. Su correspondencia resulta mucho más afec- 
tuosa con relación al otro hermano, el antiguo prefecto, bello y digno 
sujeto, que vivía retirado en París, en la calle de Cassette. 

Monseñor Bienvenido tuvo, pues, como muchos, su hora de espíritu 
3 partido, su hora de amargura, su nube. La sombra de las pasiones 
i momento, obscureció también aquel dulce y grande espíritu ocupado 
t asuntos eternos. Y en verdad, que semejante hombre hubiera mere- 
io no tener opiniones políticas. Es preciso no interpretar mal nuestro 
nsamiento, confundiendo lo que se llama vulgarmente «opiniones po- 



48 LOS MISERABLES 



líticas» con la grande aspiración al progreso, con la sublime fé patrió- 
tica, democrática y humana que en nuestros tiempos debe ser el único 
sentimiento profundo de todas las inteligencias generosas. Sin profun- 
dizar cuestiones que no tocan sino indirectamente el asunto de este li- 
bro, diremos simplemente asi: Hubiera sido mejor que monseñor Bien- 
venido no hubiese sido realista, y que su vista no se hubiese separado 
un punto de aquella contemplación serena, de la cual irradian distinta- 
mente, sobre todas las ficciones y todos los odios terrenales, sobre todos 
los vaivenes de los vientos mundanos, las tres luces purísimas de: la Ver- 
dad, la Justicia y la Caridad. 

A pesar de convenir en que no era para funcionas políticas por lo que 
había creado Dios á monseñor Bienvenido, hubiéramos comprendido y 
admirado su protesta en nombre del derecho y de la libertad, su oposi- 
ción enérgica, su resistencia peligrosa y justa á Napoleón omnipotente. 
Pero lo que nos place ver frente á frente de los poderosos, nos desa- 
grada con relación á los caídos. Nos gusta el combate mientras dura el 
peligro; y solamente creemos con derecho á los combatientes de primera, 
hora, de ser los exterminadores en la última. Quien no ha sido constante 
acusador durante la prosperidad, debe guardar silencio ante la desgra 
cia. El denunciador del éxito es el solo y legítimo juez de la caída. Por 
nuestra parte, cuando interviene la Providencia y hiere, la dejamos ha- 
cer. 1812 empieza á desarmarnos. En 1813 la torpe ruptura del silencio 
de aquel cuerpo legislativo taciturno, envalentonado por las catástrofes, 
no era merecedor más que de la indignación, siendo, por lo tanto, aplau- 
dirle un error; en 1814, ante aquellos generales traidores; ante aquel Se- 
nado, pasando de uno en otro fango: insultando, después de haber divini- 
zado; ante aquella idolatría, abandonando y escupiendo al ídolo, era in- 
dispensable volver la cabeza; en 1815, como los supremos desastres esta- 
ban en el aire, como la Francia sentía el estremecimiento de un sinies- 
tro próximo, como se podía ya distinguir vagamente Waterlóo, abierta 
ante Napoleón, la dolorosa aclamación del pueblo y el ejército al conde- 
nado del destino, nada tenía de risible, y salvando al déspota, un 
corazón como el del obispo de D*** no podía desconocer cuanto había de 
augusto y tierno al borde del abismo, en el estrecho abrazo de una gran 
nación y un grande hombre. 

Después de esto, era y fué siempre el obispo, justo en todo; verdade- 
ro, equitativo, virtuoso, inteligente, humilde y digno; benéfico y bené 
voló, lo cual viene á ser otra beneficencia. Era sacerdote, sabio y hom 
bre. Pero, debemos consignarlo, dentro la misma opinión política que 
acabamos de reprocharle, y que estamos dispuestos á juzgar casi seve 
ramente, era éi fácil y tolerante, más puede ser, que nosotros mismos. 
El portero de aquel municipio había sido colocado en su puesto por e 
Emperador. Era un viejo ex sargento de la antigua guardia, que habfc 



AISLAMIENTO DE MONSEÑOR BlENVhNIDO £9 



hecho la campaña de Austerlitz, más bonapartista que las mismas águi- 
las. Escapábanse le á cada paso, á este pobre diablo, exclamaciones poco 
reflexivas, que la ley de entonces calificaba de dichos sediciosos. Desde 
que él perfil imperial había desaparecido de la Legión de honor, no se 
vistió jamás conforme á ordenanza^ por no verse, decía, obligado á 
llevar su cruz. Había arrancado por su mano, con toda veneración la 
efigie imperial de la cruz que Napoleón le había dado; lo cual había de- 
jado en la condecoración un hueco que no había querido llenar con na- 
da. Antes morir y decía él, que llevar sobre mi corazón los tres sapos! 
Reíase en voz alta de Luís XVIII. / Viejo gotoso con botines de inglés! 
decía; que se vaya á Prima coa su salsifí: satisfecho de juntar en una 
misma imprecación las dos cosas que más detestaba, la Prusia y la In- 
glaterra. En fin, tanto hizo, que acabó por perder el empleo. Al verle 
sin pan en medio de la calle y rodeado de su mujer é hijos, llamóle el 
obispo, le riñó dulcemente, y acabó por nombrarle guardián de la cate- 
dral. 

En nueve años, á fuerza de buenas acciones, dé sencillas y suaves 
maneras, monseñor Bienvenido se había conquistado en toda la ciudad 
de D***, una especie de veneración tierna y filial. Su misma conducta 
con Napoleón había .sido aceptada, y, como tácitamente perdonada por 
el pueblo, rebaño bueno y débil que, si bien adoraba á su emperador, 
amaba igualmente á su obispo. 



XII 



slamiento de monseñor Bienvenido. 



Existe, casi siempre, en torno de un obispo, un ejército de curitas, 
lo mismo que al rededor de un general la correspondiente bandada de 
subalternos. Son estos á los que el seráfico San Francisco de Sales llama, 
no se donde, «curas boquirrubios». Toda carrera tiene sus aspirantes, 
cortesanos de los que han llegado á su fin. No hay poder que no tenga 
m círculo, ni fortuna que no alimente su corte. Los buscadores del por- 
venir caracoleando en torno del espléndido presente. Toda metrópoli 
cuenta con su estado mayor. Cualquier obispo algo influyente se ve cer- 
cado de continuo por su patrulla de querubines seminaristas, que hacen 
la ronda y mantienen el orden en el palacio episcopal, montando la 
guardia junto á las sonrisas de Su Ilustrísima. Caer en gracia del obispo, 

TOMO I 4 



V 



•<s. 



50 - LOS MISERABLES 



es tener el pié en el estribo de un subdiaconato. Es preciso recorrer el 
camino, que el apostolado no ha de despreciar las canongías. 

Así como tiene la grandeza civil, sus grandes caballeros cubiertos, 
tiene también la Iglesia sus grandes mitras. Estas las llevan los obispos 
encopetados, ricos, prebendados, hábiles, admitidos en el gran mundo, 
que saben orar sin duda, pero que saben igualmente solicitar; poco es- 
crupulosos en hacer que haga antesala á su persona toda una diócesis, 
punto mgdio entre la sacristía y la diplomacia, antes clérigos que sacer- 
dotes, preladas antes que obispos. ¡Dichoso el que á ellos llega! Influyen- 
tes como son, hacen que lluevan á su alrededor, sobre solicitantes, y 
favoritos muy especialmente, y sobre toda aquella juventud que sabe 
agradarles, las buenas parroquias, las prebendas, los arcedianatos, las 
capellanías, y canongías, como espera de las dignidades episcopales. A 
medida que ellos avanzan, adelantan también sus satélites; son todo un 
sistema solar en acción. Sus irradiaciones empurpuran su séquito. Sü 
prosperidad se desmigaja al volver de la esquina en muchas pequeñas 
promociones. A mayor diócesis para el prelado, mejor canongía para el 
favorito. Y luego, allí está Roma, Un obispo que sabe alcanzar un arzo- 
bispado; un arzobispo que llegue á cardenal, se os lleva de conclavista; 
ya estáis en la Rota; ya tenéis pallium, y cátaos auditor, camarero y 
monseñor. Luego, de la grandeza á le eminencia no hay más que un pa- 
so, y entre la eminencia y la santidad, no media sino el humo de un es- 
crutinio. Cualquier solideo puede aspirar á la tiara. Es el sacerdote, en 
nuestros días, el único hombre que puede llegar á rey regularmente; ¡y 
qué rey! ¡el rey supremo! Así se explica el gran semillero de aspirantes 
de seminario. ¡Cuántos niños de coro radiantes! ¡Cuántos jóvenes presbí- 
teros, llevando en la cabeza el cántaro de la Lecheral ¡Como la ambi- 
ción se llama alegremente devoción! ¿quién sabe? de buena fé tal vez, y 
ella misma se engaña, por gorrona ó beata. 

Monseñor Bienvenido, humilde, pobre y singular, no entraba en el 
número de las grandes mitras. Estaba demostrado claramente por la 
completa ausencia de jóvenes presbíteros que se notaba á su alrededor. 
Ya hemos visto que en París «no había cuajado.» Ni un porvenir siquie- 
ra se acordaba de apoyarse en aquel anciano solitario. Ni una sola am- 
bición en flor esperaba fructificar á su sombra. Sus canónigos y vicarios 
generales, eran ancianos bonachones como él, como él también un tanto 
silvestres, y encerrados como él en aquella diócesis sin salida al carde- 
nalato; los cuales se parecían mucho á su obispo, con la sola diferencia 
de que ellos habían finido y él acabado. Veíase tan clara la imposibilidad 
de medrar junto á monseñor Bienvenido, que apenas salidos del semi- 
nario, los jóvenes ordenados por él, se hacían recomendar á los arzobis- 
pos de Aix ó de Auch, marchándose enseguida. Porque, en fin, lo repeti- 
mos, todo el mundo gusta de ascender. Un santo que viva en un exceso 



AISLAMIENTO DE MONSEÑOR BIENVENIDO 51 



de abnegación, es un vecino peligroso; pues que podría comunicaros 
fácilmente por contagio, la pobreza incurable, la enquilósis de las arti- 
culaciones indispensables al medro, y en fin, mayor cantidad de des- 
prendimiento del que quisierais; y el hombre se aparta naturalmente, de 
esta virtud leprosa. De ahí el aislamiento de monseñor Bienvenido. Vi* 
vimos en una sociedad de sombras. Medrar, hé aquí la enseñanza que 
mana, desplomada gota á gota, de la corrupción. 

Digámoslo de pasada, el éxito es horroroso. Su falso parecido, al ver- 
dadero mérito, engaña al hombre. Para las muchedumbres, el medro tie- 
ne casi el mismo perfil de la supremacía. El éxito, ese falso sinónimo del 
talento, tiene una víctima, la historia. Solamente lo señalan Juvenal y 
Tácito. En nuestros días, una filosofía casi oficial, ha entrado de sirvien- 
ta en su casa, viste la librea del éxito, y presta servicio en qu antesala. 
Medrar: esta es la teoría. Prosperidad: ahí está la capacidad. Os cae la 
lotería; he aquí un hombre hábil. Quien triunfa es venerado. ¡Nacer 
vestido! esto es todo. Tened suerte, el resto ya se viene; sed dichoso, y 
«e os creerá grande. Salvo cinco ó seis excepciones inmensas, que son el 
-esplendor de un siglo, la admiración contemporánea no es mas que mió- 
j)ía. El oropel es oro. Ser un advenedizo cualquiera, nada importa; el 
-que llega primero es siempre el agraciado. El vulgo, es un Narciso vieja 
<jue se adora á sí mismo, aplaudiendo las vulgaridades. La enorme fa- 
cultad, por la cual el hombre es un Moisés, un Esquilo, un Dante, un 
Miguel Ángel ó un Napoleón, la multitud la concede enseguida, y por 
aclamación, á quien llega á su objetivo, sea en lo que fuere. Que un es- 
cribano se convierta en diputado; que un falso Corneille escriba un Ti- 
ridates'j que un eunuco entre en posesión de un harem; que un Prud- 
homme militar, gane por casualidad la batalla decisiva de una época; 
que un boticario invente las suelas de cartón para el ejército de Sambre 
•et Me use, y se gane con el cartón vendido por suela, una renta de cua- 
trocientas mil libras; que un buhonero se case con la usura, y le pro- 
duzca ella por hijos siete ú ocho millones de francos; que un predicador 
llegue á obispo por gangosear; que el procurador de una gran casa se 
haga rico, y se le convierta en ministro de Hacienda... los hombres le 
llaman á todo eso Genio, de igual manera que llaman Beldad al retrato 
de Mousquetón, y Majestad á la estampa de Claudio. Confundieron lasr 
constelaciones del abismo con las estrellas que imprimen sobre el fango 
1 e un pantano las patas de los gansos. 



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52 LOS MISERABLES 

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Sus creencias. 



Bajo el punto de vista ortodoxo, no tenemos porqué sondear al señor 
obispo de D***. Frente á frente de un alma semejante, no sentimos casi 
mas que respeto. La conciencia del justo debe ser creída bajo su pala- 
bra. Por otra parte, dadas ciertas naturalezas, admitimos el posible de- 
sarrollo de todas las bellezas de la virtud humana, dentro creencias dis- 
tintas de la nuestra. 

¿Qué opinaba él de este dogma ó de aquel misterio? Estos son secre- 
tos del fuero interno', no conocidos mas que de la tumba, en la que las 
almas entran desnudas. De lo que estamos ciertos es, de que jamás las 
dificultades de la fe eran resueltas por él con hipocresía. El diamante no 
puede corromperse. Creía todo lo que podía. Credo in Patrem, excla- 
maba frecuentemente. Poniendo además en las buenas obras toda la 
cantidad de satisfacción bastante á satisfacer la conciencia, que dice por 
lo bajo: Estás Con Dios. 

Lo que creemos deber apuntar, es que fuera, por así decirlo, y aún 
mas allá de su fe, poseía el obispo un tesoro de amor. Por lo cual quia 
multum arnavit, sería que le juzgaban vulnerable los «hombres serios,» 
las «personas graves» y las «gentes razonables;» locuciones favoritas de 
nuestro miserable mundo, en el cual el egoísmo recibe el santo y seña 
de la pedantería. ¿En qué consistía aquel exceso de amor? En una bene- 
volencia serena, superior á los hombres, como ya hemos indicado antes r 
que se extendía en casos especiales hasta las cosas. Vivía sin desdén. Era 
indulgente con todo lo creado por Dios. Todo hombre, incluso el inejor t 
posee cierta dureza irreflexiva que se la reserva para el animal. El obis- 
po de D*** carecía por completo de semejante dureza, muy común, sin 
embargo, en los sacerdotes. Sin llegar de mucho hasta el brahmismo, 
parecía haber meditado estas palabras del Eclesiastes: «¿Sabes á donde 
va el alma de los animales?» La fealdad del aspecto, las deformidades 
del instinto, no le turbaban ni le indignaban jamás, muy al contrario, 
conmovíanle siempre cuando no le enternecían. Parecía que, pensativo 
siempre, procuraba. buscar, mas allá de la vida aparente, ¡a causa, la 
explicación, la escusa. Parecía estar pidiendo á Dios á cada paso por las 
conmutaciones. Examinaba fu cólera y con el ojo del lingüista que des- 
cifra un palimsesto, la cantidad de caos que reside aún en la naturaleza. 
Semejantes meditaciones arrancábanle á veces palabras extrañas. Una 



SUS CREENCIAS t * 53 



<n o 



mañana, estando en su jardín, y creyéndote solo, pero seguido de cerca 
por su hermana, sin que él lo notara, paróse de súbito, mirando fija- 
mente algo del suelo; era una grande araña, negra, velluda, horrible. 
Su hermana oyó que dijo: 

— ¡Pobre animal! esto no es culpa suya. 

¿Por qué no hemos de consignar estas niñerías, casi divinas de su 
bondad? Puerilidades, tal vez, pero puerilidades sublimes fueron, como 
ellas, las de san Francisco de Asís y de Marco Aurelio. Cierto día sufrió 
una tercedura por no haber querido pisar una hormiga* 

De esta manera vivía aquel hombre justo. Algunas veces se quedaba 
dormido en su jardín, y entonces aparecía verdaderamente venerable. 

Monseñor Bienvenido había sido anteriormente, á creer lo que se dte- 
cía sobre su juventud y su misma virilidad, un hombre apasionado, y 
tal vez violento. Su mansedumbre universal era menos que un instinto 
4e la naturaleza, el resultado de grandes convicciones filtradas en su co- 
razón al través de la vida r lentamente penetradas en él, pensamiento 
por pensamiento; porque así un carácter como una roca pueden ser agu- 
jereados por la gota de agua. Semejantes huecos son indelebles; tales la- 
bores son indestructibles. 

En 1815, creemos haberlo dicho ya, contaba nuestro obispo setenta 
y cinco años, pero sin aparentar mas de sesenta. No era alto; aunque 
algo grueso, procuraba combatir esta tendencia física, dando largos pa- 
seos á pié: su paso era firme, y su cuerpo ligeramente encorvado, deta- 
lle del que no pretendemos sacar consecuencia alguna. Gregorio XVI, á 
los ochenta años, andaba tieso y sonriente, lo cual no impedía que fuese 
un mal obispo. Monseñor Bienvenido tenía lo que se llama vulgarmente 
«una cabeza hermosa,» pero se hacía querer tanto, que era su belleza lo 

de menos. 

Su conversación estaba impregnada de aquella alegría y candidez 
infantil que constituía su gracia principa 1 , de que ya hemos hablado, 
por la que se sentía uno como atraído por él, pareciendo que de toda su 
persona brotaba alegría. Su tez era fresca y sonrosada, todos sus dien- 
tes blancos y bien conservados, y que su sonrisa ponía de manifiesto, le 
biaban ese aspecto abierto y simpático que hace exclamar de un hombre: 
¡es un buen muchacho! ó de un anciano: ¡Es un buen hombre! Este fué, 
si no recordamos mal, el efecto que había hecho á Napoleón. La prime- 
i impresión para aquel que le veía por primera vez, no era otra, efec- 
?amente, que la de un buen hombre. Pero después de pasar algunas 
>ras junto á él y por poco que se le viera pensativo, íbase el buen horn- 
ee transfigurando poco á poco, adquiriendo cierto imponente no sé qué; 
l frente ancha y serena, augusta por su aureola de cabellos blancos, lo 
a igualmente por la meditación; la majestad se desprendía de aquella 
ndad, sin que la bondad dejara de irradiar por ello; producía el con- 



LOS MISERABLES 



templarle una emoción especial como la que debiera causar 1 
un ángel sonriente, que desplegara pus alas sin dejar su sonri 
peto, respeto inexplicable, que inspiraba, iba penetrando grai 
hasta el corazón, y sentíase uno como absorvido por aquella ; 
te, experimentada é indulgente, en la cual el pensamiento era 
do, que no podía manar sino dulzura. 

Como se ha visto, la oración, la celebración de los oficios < 
limosna, el consuelo á loe afligidos, el cultivo de un pedazo d( 
fraternidad, la frugalidad, la hospitalidad, el desprendimient 
fianza, el estudio y el trabajo llenaban uno á uno los días d 
Llenaban, esta es la palabra, puesto que los días del obispo e 
dos llenos hasta los bordes de buenos pensamientos, buenas ] 
buenas acciones. Sin embargo, no era el día completo, si el t 
vioso ó frío le privaba de pasear, luego que las dos buenas niuj 
bían retirado, una ó dos horas de la noche en su jardín ante 
tarse. Parecía ser para él como una especie de rito, el preparí 
ño por la meditación en presencia de los grandes espectáculos : 
Otras veces, en hora muy avanzada de la noche, si las dos ai 
se habían dormido, le oían pasear lentamente las calles del ja 
contrábase allí solo, consigo mismo, absorbido, apacible, a 
comparando la serenidad de su corazón á la serenidad del éte 
nado en medio de las tinieblas por los visibles resplandores de 
tel aciones y los resplandores invisibles de Dios, abriendo su i 
imaginaciones que surgen de lo desconocido. Durante aquello 
tos, ofreciendo su corazón al mismo tiempo que las flores nocti 
cen sus perfumes, ardiendo como una lámpara en medio de la 
noche, esparciéndose en éxtasis entre la irradiación universal 
ción, no hubiera podido tal vez él mismo decir de sí lo que \ 
su espíritu; sintiendo que algo inexplicable que se desprendía y escapaba 
de él, y algo que descendía y penetraba en su interior. ¡Misteriosa reci- 
procidad entre los profundos abismos del alma y los abismos inmensos 
del universo! 

Pensaba en la grandeza y la presencia de Dios; en la eternidad futu- 
ra, misterio incomprensible; en la eternidad pasada, misterio menos ex- 
plicable todavía; en todoB los infinitos que se agrandaban ante sus ojos 
en todos sentido*; y sin tratar de comprender lo incomprensible, lo ad- 
miraba. No estudiaba á Dios; se deslumhraba. Consideraba los magnífi- 
cos choques de los átomos que dan forma y aspecto á la materia, reve- 
lando sus fuerzas comprobándolas, creando las individualidades en la 
unidad, las porciones en la extensión, lo innumerable en lo infinito, y 
produciendo la belleza con la luz. Aquellos choques unen y desunen áto- 
mos y más átomos sin cesar; de ahí la vida y la muerte. 

Sentábase sobre un banco rústico adosado á una parra decrépita, 



LO QUE ÉL PENSABA 55 



contemplando los astros al través de las mezquinas y raquíticas siluetas 
de los árboles frutales de su jardín. Aquella cuarta de terreno, misera- 
blemente plantado y lleno de cobertizos y barracas, le era estimado y 
suficiente. 

¿Qué necesitaba más aquel anciano que repartía los ocios de su exis- 
tencia, bien escasos por cierto, en los trabajos de jardinero durante el 
día y en las contemplaciones de la noche? Aquel reducido cercado, que 
tenía por techo los cielos, ¿no era lo bastante para poder adorar á Dios 
oportunamente en sus obras sublimes? ¿No era efectivamente todo lo más 
que podía desear? Un jardincito para pasear, y la inmensidad para ex- 
tasiarse en sus pensamientos. A sus pies aquello que podía cultivar y 
recolectar; sobre su cabeza, aquello que brinda á la meditación y al es- 
tudio; algunas flores en la tierra, y todas las estrellas del cielo. 



XIV 



Lo que él pensaba. 



La última palabra. 

Como este género de detalles pudieran, sobre todo en el momento eii 
que nos encontramos, y para servirnos de una expresión de moda ac- 
tualmente, dar al obispo de D*** cierto carácter «pan teísta», y hacer 
creer, sea en contra, sea en favor suyo, que poseía una de aquellas filo- 1 
sofías personales, propias de nuestro siglo, que germinan á veces en los 
espíritus solitarios, y se forman y desarrollan hasta el punto de reem- 
plazar las religiones, debemos insistir asegurando que ni una sola de 
cuantas personas conocieron á monseñor Bienvenido; se creyó jamás 
autorizada á suponer nada que se pareciese á ello. Lo que brillaba en 
aquel hombre, era su corazón. Su sabiduría era hija de la luz que éste 
producía. 

Nada de sistemas; mucho de obras. Las consideraciones abstractas 
encierran vértigos: nada indicia que se atreviese su espíritu en los apo- 
calipsis. El apóstol puede ser audaz, pero el obispo debe ser tímido. EL 
hubiera probablemente sentido escrúpulos de sondear muy á fondo cier - 
tos problemas reservados por algo á los grandes y extremados espíritus. 
Existe cierto horror sagrado bajo los pórticos del enigma; aquellas aven- 
turas sombrías son precipicios, en los que hay algo que le dice al pasa- 
jero de la vida: «no entres» • Desgraciado del que penetre. 

Los genios, en las profundidades inauditas de la abstracción y de la 
especulación pura, colocados, por así decirlo, sobre los dogmas, propo- 



56 LOS .MISERABLES 



nen bus ideas á Dios. Su oración se ofrece valientemente á la discusión. 
Su adoración interroga. Esta es la religión directa,* llena de ansiedades 
y responsabilidad para quien se atreve á tentar sus escabrosidades. 
. La meditación humana no tiene límite. A su riesgo y peligro analiza 
y escudriña su propio deslumbramiento. Casi podría decirse que por 
cierta reacción espléndida deslumbra ella la naturaleza; el mundo mis- 
terioso que nos circunda devuelve lo que recibe, y es muy probable que 
los contemplativos sean contemplados. Sea lo que fuere, sobre la tierra 
hay hombres, — ¿son hombres estos? — que distinguen perfectamente en 
el fondo de los horizontes de la contemplación las alturas de lo absoluto, 
y que sienten la terrible visión de la montaña infinita. Monseñor Bien- 
venido no tenía nada de estos hombres; monseñor Bienvenido no era un 
genio. Hubiera temido semejantes sublimidades, desde las cuales, algu- 
nos muy grandes por cierto, como los mismos Swedenborg y Pascal, se 
han precipitado en la locura. Es cierto que tan poderosas imaginaciones 
tienen su utilidad moral, y que por tan intrincadas sendas nos vamos 
acercando á la perfección ideal. El tomaba, no obstante, el atajo que 
abrevia: el Evangelio. 

No pretendió jamás hacer que tomara su casulla los pliegues del man - 
to de Elias; no proyectaba un solo rayo del porvenir sobre la tenebrosa 
marcha de los acontecimientos, ni pretendía jamás condensar esa llama 
al fulgor de las cosas, pues no tenía nada de profeta ni de mago. Aquella 
alma humilde amaba: hé aquí todo. 

Que dilatase sus oraciones hasta una aspiración sobrehumana, esto 
es probable; pero jamás se ora demasiado como no se ama demasiado 
jamás; que si 1 legrara á ser una herejía el rogar más allá de los textos, 
Santa Teresa y San Jerónimo serían herejes. 

El se inclinaba siempre hacia los que gemían ó expiaban. El univer- 
so se le antojaba una enfermedad inmensa; sentía en todas partes la ca- 
lentura, exploraba en todas partes el sufrimiento, y sin querer adivinar 
el enigma, cuidaba de curar la herida. 

El tremendo espectáculo de todo lo creado, desenvolvía en él toda 
ternura, y no se ocupaba sino en buscar por sí mismo é inspirar á los 
demás la mejor manera de compadecer y aliviar. Cuanto existe, era para 
aquel bueno y excepcional presbítero, objeto constante de tristeza que 
procuraba consolar. 

Si existen hombres que trabajan en la extracción del oro, él trabajaba 
en la extracción de la piedad. La miseria universal era su mina. El do- 
lor general era para él constante pretexto de bondades. Amaos los unos 
á los otros; él creía esta máxima completa; no necesitaba más, y con- 
cretaba á ella sola su doctrina. Cierto día aquel hombre, que se creía 
«filósofo,» aquel senador, ya nombrado, dijo al obispo: 

— Ved el espectáculo del mundo; es la guerra de todos contra todos; 



LA TARDE DE UJf DÍA DE MARCHA 57 



«1 más fuerte es el que tiene más alma* Vuestro amaos los unos á los 
otros\ es una barbaridad. 

— Bien, — dijo monseñor Bienvenido sin discutir: — si esto es una bar- 
baridad, el alma debe encerrarse en ella como la perla en su concha. 

Encerrábase pues, y vivía absolutamente satisfecho, dejando aparte 
las cuestiones prodigiosas que arrastran ó espantan, las insondables 
perspectivas de la abstracción, los precipicios de la metafísica; todas 
las profundidades convergentes hacia Dios para el apóstol, ó hacia la 
nada para el ateo: el destino, el bien y el mal, la lucha de los seres con- 
tra los seres, la conciencia del hombre, el sonambulismo meditabundo 
del animal, la transformación de la muerte, el resumen de las existen- 
cías que contiene la tumba, el ingerta incomprensible, de amores suce- 
sivos en el yo persistente, la esencia, la sustancia, el Nihil y el E5ns, el 
alma, la naturaleza, la libertad y la necesidad; problemas difíciles, es- 
pesuras siniestras, ante las que se inclinan los gigantescos arcángeles 
del espíritu humano; formidables abismos que Lucrecio, Mami, san Pa- 
blo y Dante contemplaron con aquella fulgurante mirada que parece, 
al fijarse cara á cara con el infinito, que hace que surjan del mismo las 
estrellas. 

Monseñor Bienvenido, era sencillamente un hombre que averiguaba 
exterior mente las proposiciones misteriosas sin escrutarlas, sin agitar- 
las, y sin perturbar su propio espíritu, por sentir en su alma gran res- 
peto á la sombra. 



LIBRO SEGUNDO 

LA CAÍDA 



I 
La tarde de un día de marcha 



En uno de los primeros días del mes de Octubre de 1815, como cosa 
¿ una hora antes de ponerse el sol, un hombre que viajaba á pié, entra- 
si en la pequeña ciudad de D***. Los pocos habitantes que se encontra- 
rá en aquel momento en las ventanas ó puertas de sus casas, fijábanse 

el viajero con cierta inquietud. Difícil hubiera sido dar con un tran- 
cante de aspecto más miserable. Era este un hombre de mediana estatura, 



rechoncho y fuerte, en la robustez de su edad. Podía tener como i 
cuarenta y seis ó cuarenta y ocho años. Un casquete con visera de c 
barnizado cubría una buena parte de sus facciones tostadas por el bi 
el aire, sudando por todos sus poros. Su camisa de gruesa y amarill 
tela, sujetada al cuello por un pasador de plata, dejaba ver su vel 
pecho; llevaba la corbata retoreida en cuerda; un pantalón de cutí í 
viejo y usado, blanco en una de las rodillas y roto en la otra; una t 
vieja que había sido gris, hecha girones, remendada por uno de los c 
con un pedazo de paño verde cosido con bramante: llevando á la esp 
un morral de soldado, lleno y muy bien cerrado, completamente nu 
traía en la mano un enorme y nudoso palo, y los pies sin medias, o 
dos en zapatos claveteados, la cabeza rapada y la barba larga. 

El sudor, el calor, el viajar á pié y el polvo del camino prestaba) 
tinte sórdido y siniestro á aquel aspecto destrozado y roto, v 

Sus cabellos cortados al rape, estaban erizados en lo que cabía, p 
to que empezaban ya á crecer. 

Nadie le conocía. No era evidentemente más que un pasajero. 
í dónde venía? Del Mediodía; de las orillas del mar tal vez, puesto qti< 

¿ ■ cía su entrada en I)*** por la misma calle que siete meses antes h 

presenciado la del emperador Napoleón yendo de-Cannes á París. A 
hombre debía haber andado todo el día. Parecía muy fatigado. Alg 
mujeres del antiguo arrabal de la parte baja de la ciudad, le habían 
to pararse bajo los árboles del boulevard Gassendi y beber en la ft 
situada al extremo del paseo. Había de por fuerza tener mucha sed, 
que los niñob que le seguían le vieron pararse á beber nuevamente, 
cientos pasos más arriba, en la fuente de la plaza- mercado. 

Al llegar á la esquina de la calle Poichevert, tomó por la izqui 
dirigiéndose á la Alcaldía, donde entró; volviendo á salir después d 
cuarto de hora. Un gendarme estaba sentado junto á la puerta, 
mismo banco de piedra en el que el general Drouot subió el 4 de ni; 
para leer á la espantada multitud de los habitantes de D***, la proc 
del golfo Juan. El hombre llevó la mano á su casquete, saludando 
mildemente al gendarme. 

El gendarme, sin contestar al saludo fijó su atención en él, siguiéi 
algún tiempo con los ojos y entrando luego en la casa de la ciudad, 
Existía á la sazón en D*** una buena posada llamada de La < 
de Coibes. El dueño de la tal posada se llamaba Joaquín Labarre, 
considerado en la ciudad por su parentesco con otro Labarre, dueí 
Grenoble de la posada de los Tres Delfines, el cual había servido e 
batallones de Guías. Cuando el desembarco del Emperador, había 
lugar la tal posada á muchas habladurías. Decíase que el general 
trand, vestido de carretero, había hecho allí frecuentes viajes dui 
el mes de Enero, fy que había distribuido cruces de honor á los sold 



LA TARDE DE UN DÍA DE MARCHA 59 



y puñados de napoleones á los paisanos. Lo cierto es, que el Empera- 
dor, al entrar en Grenoble, había rehusado instalarse en el palacio de la 
perfectura, después de haber dado las gracias al alcalde, diciendo: Voy 
á casa de un bello sujeto á quien ya conozco: instalándose en Los tres 
Delfines. Aquella gloria del Labarre de Los tres Delfines se reflejaba á 
veinticinco leguas de distancia en el Labarre de La cruz de Coibes. Y 
se decía de él en la ciudad: Es primo del de Grenoble. 

Dirigióse nuestro hombre hacia dicha posada, que era la mejor de la 
comarca. Entró en la cocina, la cual abría una de sus puertas á la calle. 
Todos los hornillos estaban encendidos; en la chimenea ardía alegre- 
mente una gran llama. El hostelero, que era al mismo tiempo el jefe de 
cocina, iba muy atareado deí hogar á las cacerolas, ocupado en servir 
una gran comida á unos carreteros, á quienes se oía reír y hablar á 
grandes voces en la pieza inmediata. Cualquiera que haya viajado, sabe 
que nadie come á mejor precio que los carreteros. Una gran marmota 
acompañada de perdices blancas y de pollos silvestres, volteaban en un 
largo asador junto á la lumbre; en los hornillos estaban cociéndose dos 
grandes carpas del lago de Lauzet, y una trucha del de Alloz. 

El hostelero, al oír que se abría la puerta y que entraba un nueva 
huésped, dijo sin separar los ojos de sus hornillos: 

— ¿Qué se os ofrece? 

— Comer y dormir, — dijo el hombre. 

— Nada más fácil, — contestó el hostelero. En aquel momento volvió la 
cabeza, abarcando de una ojeada todo el conjunto del viajero, y añadió: 
—En pagándolo... 

El hombre sacó un gran bolsón de cuero de la faltriquera de su blusa 
y contestó: 

— Tengo dinero. 

— En este^caso, estoy á vuestras órdenes, — dijo el hostelero. 

El hombre volvió á meter su bolsa en el bolsillo; dejó el morral en 
tierra junto á la puerta, quedóse con el palo en la mano y fué á sentarse 
junto al hogar. D*** está en las montañas y las veladas de Octubre son 
ya frías. 

Entretanto, yendo y viniendo de una parte á otra iba el posadero ob 
servando al nuevo huésped. 

' — ¿Comeremos pronto? — preguntó el hombre. 

— Enseguida, — contestó el patrón. 

Mientras el recién llegado se estaba calentando vuelto de -espaldas al 
posadero, el digno Joaquín Labarre sacó un lápiz de su faltriquera, lue- 
go rasgó un pedazo de un periódico viejo que estaba sobre una mesa 
junto á la ventana. Escribió en lo blanco del margen una ó dos líneas, 
doblólo sin cerrarlo, y manuó aquel papel por un muchacho que le ser- 



60 LOS MISEB^BLÍs 

vía á la vez de lacayo y marmitón, no sin decirle antes al chiflo 
palabras al oído. Este salió corriendo en dirección á la Alcaldía. 

El viajero no vio nada de esto. 

Volviendo á preguntar de nuevo: 

— ¿Comeremos pronto? 

— Al momento, — repitió el hostelero. 

Volvió el muchacho. Entrególe un papel que el hostelero def 
precipitadamente como el que espera ansioso una contestación. P 
leerlo con mucha atención, luego meneó la cabeza, y después de 
como pensativo unos instantes, se dirigió resuelto al viajero, quii 
recia estar sumido en un mar de reflexiones no muy serenas. 

— Señor mío, — le dijo,— no puedo recibiros. 

El hombre se medio incorporó sobre su asiento. 

— ¡Cómo! ¿teméis qne no os pague? ¿queréis que os adelante el ¡ 
Ya os he dicho que tengo ainero. 

— Nada de esto. 

— ¿Entonces qué? 

— Tenéis dinero... 

— Sí, — dijo el hombre. 

— Y yo, — dijo el hostelero, — no tengo habitación. 

— Acomodadme en la cuadra, — repuso el hombre tranquílame!) 

— No puedo. 

— ¿Por qué? 

— Porque los caballos la tienen ocnpada. 

— No importa,— dijo el hombre, — un rincón del granero... sol 
pooo de paja. Ya veremos eso luego de haber comido. 

— Es que tampoco puedo daros de comer. 

Esta declaración, hecha en tono comedido, pero firme, pareciól 
grave al viajero, quien levantándose dijo: 

— ¡Ah! ¡Bah! me estoy muriendo de hambre. He salido al des[ 
el día. He andado doce leguas. Pago. Quiero comer. 

— No tengo que daros,r— dijo el hostelero. 

El hombre lanzó una carcajada, y señalando la chimenea y loí 
nillos, exclamó: 

— ¡Nada! ¿y todo esto? 

— Es todo de encargo. 

— ¿Para quién? 

— Para estos señores arrieros. 

— ¿Cuántos son? 

— Doce. 

— Aquí hay comida para veinte. 

— Lo han encargado y pagado anticipadamente. 



LA TARDE DE UN DÍA DE MARCHA 61 



El hombre sonrió y dijo sin levantar' la voz: — Estoy en la hostería, 
tengo hambre y me quedo. 

El hostelero se le acercó entonces y, le dijo al oidó, con acento que le 
hizo estremecer: 

— Salid de aquí. 

El viajero estaba en aquel momento, encorvado; empujando unas 
brasas hacia el fuego con la ferrada contera de su bastón, y al volver 
la cabeza é ir á abrir la boca para replicar, miróle fijamente el hostele- 
ro, ^repitiendo en voz baja: 

— Mirad, basta de palabras. ¿Queréis que os diga vuestro nombre? 
¿Os llamáis Juan Valjean? ¿Queréis además que os diga lo que sois? En 
cuanto os he visto entrar ya me he sospechado yo algo parecido; he man- 
dado á la alcaldía,. y hé aquí lo que se me ha contestado. ¿Sabéis leer? 

Y así diciendo, presentaba al viajero el papel desdoblado que acaba- 
ba de recorrer el trayecto que iba desde la posada á la alcaldía y desde 
la alcaldía á la posada. El hombre le dirigió una mirada, y el hostelero 
repuso, después de una pausa: 

— Tengo la costumbre de ser cortés con todo el mundo. Idos enhora- 
buena. 

El hombre bajó la cabeza, recogió el morral que había dejado en el 
suelo y salió. 

Tomó por la calle mayor, caminando al azar, rozando las fachadas 
de las casas como hombre humillado y triste, sin volver la cabeza una 
sola vez. Si la hubiera vuelto, habría visto al hostelero de la Cruz de 
Coibes junto al umbral de la puerta, rodeado de todos los viajeros cíe la 
posada y de todos los transeúntes de la calle, hablando con viveza y se- 
ñalándole con el dedo; y en las miradas de desconfianza y horror de 
aquel grupo, hubiera adivinado que antes de poco sería su llegada el 
acontecimiento de la ciudad. 

El nada de esto vio. Las personas agobiadas no miran nunca tras de 
sí. Están demasiado ciertas de que es la mala suerte quien les sigue. 

Caminó en esta forma un buen espacio, andando siempre á la ven- 
tura y cruzando calles que no conocía, olvidándose de la fatiga, como 
acontece á las personas tristes. De súbito, se sintió vivamente aguijo- 
neado por el hambre. La noche estaba encima, miró á su alrededor en 
busca de un asilo cualquiera. 

La rica hostería le había cerrado sus puertas, buscaba pues una hu- 
milde tabern'a, cualquier miserable figón. 

Precisamente vio brillar una luz al fin ie la calle; una rama de pino 
colgada de una horquilla de hierro se destacaba sobre los blancos ce- 
lajes del crepúsculo! Allá se dirigió. . 

Era efectivamente una taberna, la taberna de la calle de Chaffaut. 

El viajero se paró un momento, miró por las vidrieras el interior de 



LA TARDE DE UN DÍA DE MARCHA 6* 



— Vete de aquí. 

El viajero volvió la cabeza y dijo dulcemente: 

— ¡Ah! ¿Sabéis vos?.... 

—Sí. 

— ¿Que me han despedido de otra posada? 
' — Como se te echa de ésta. 

— ¿Dónde queréis que vaya? 

— A otra parte. 

El hombre tomó su palo y su morral, y se fué. 

En cuanto salió, algunos muchachos que habían venido siguiéndole 
desde La Cruz de Coibes y que parecían esperarle, le tiraron algunas 
piedras. Volvió el hombre colérico, sobre sus pasos, amenazándoles con 
el palo; los muchachos se dispersaron como un$ bandada de gorriones. 

Pasó por delante de la cárcel. A la puerta pendía una cadena de hie- 
rro unida á una campana. Llamó. 

Abrióse un postigo. 

— Señor portero,— dijo quitándose respetuosamente la gorra, — ¿que- 
réis hacer el favor de abrirme y dejarme pasar aquí la noche? 

Una voz respondió: 

— Una cárcel no es una posada; haceos prender y se os abrirá. 

El postigo volvió á cerrarse. 

Penetró entonces en una callejuela á la que dan muchísimos jardines. 
Algunos no están cerrados más que por sencillas cercas, lo cual embelle- 
ce la calle. En medio de aquellos jardines y cercas, vio una casita de un 
solo piso, . cuya ventana estaba iluminada. Miró entonces por entre los 
cristales como había hecho antes en la taberna. Vio una grande habita- 
ción blanqueada con cal, con una cama cuyo cobertor era de indiana 
rameda, una cuna en un ángulo, algunas sillas de madera y una escope- 
ta de dos cañones colgada de la pared. Una mesa servida ocupaba el 
centro de la estancia. Un velón de' cobre alumbraba el blanco mantel de 
grosera tela, una jarra de estaño, brillante como de plata, y llena de vi- 
no y la humeante sopera de caldo obscuro. Estaban sentados á la mesa, 
un hombre de unos cuarenta años, de aspecto abierto y jovial, haciendo 
saltar un chiquillo sobre sus rodillas. Junto á él una mujer muy joven 
daba de mamar á otra criatura. El padre reía, reía el muchacho y son* 
reía la madre. 

El forastero estuvo un momento contemplando aquel espectáculo 

;ierno y apacible. ¿Qué pasó por él? El solo hubiera podido decirlo. Es 

muy posible que creyese que aquella alegre morada había de ser hospi- 

ilaria, y que allí donde veía tanta dicha, encontrara, tal vez, un poco 

Le piedad. 

Dio, para llamar, un ligero golpe con la mano en la vidriera. 
No fué oído. 



04 LOS MISERABLES 



Mák 



Llamó por segunda vez. 

Oyó que decía la mujer: creo que han llamado. 

— Nó, — contestó el marido. 

Llamó entonces por tercera vez. 

Levantóse el marido tomó el velón y abrió la puerta. 

Era un hombre de elevada estatura, mitad campesino y menestral; 
* llevaba un gran delantal de cuero que le subía hasta su hombro izquier- 
do, debajo del cual guardaba, marcándose perfectamente el bulto, un 
martillo, un pañuelo encarnado, un frasco de pólvora y varios otros ob- 
jetos retenidos por la cintura, como dentro de un bolsillo. Volvió, inmu- 
tado, la cabeza hacia atrás; su camisa, muy abierta y desabrochada, de- 
jaba ver un cuello de toro, blanco y desnudo. Tenía las cejas muy po- 
bladas y grandes patillas negras; los ojos á flor de frente, y el resto de 
la cara formando hocico; y sobre todo esto, tenía el aire inexplicable de 
quien se encuentra en su casa. 

— Señor, — dijo el viajero, — perdonad; pero, pagando, ¿podríais dar- 
me un plato de sopa, y dejarme un rincón donde pasar la noche en este 
cobertizo del jardín? Decidme: ¿podéis darme, pagando, lo que os pido? 

— ¿Quien sois? — preguntó el amo de la casa. 

El hombre contestó: 

— -Vengo de PuyMoyssoon. He andado todo el día; he hecho doce 
horas de camino. ¿Podéis," como os he dicho, pagando?... 

— Yo no rehusaría,— dijo el menestral, — en dar lo que pedís, pagan- 
do. Pero, ¿porqué no habéis ido á la posada? 

— No hay sitio en ella. 

— ¡Bah! Es imposible, no siendo hoy, como no es, día de feria, ni de 
mercado. ¿Habéis estado en casa Labarre? 

—Sí. 

-¿Y qué? 
- El viajero turbado contestó: 

— No sé, pero no me ha recibido. 

— ¿Habéis estado en la taberna de. . . la calle de Chaffaut? 

La turbación del viajero iba en aumento; entonces balbuceó: 

— Tampoco han querido recibirme. 

La fisonomía del menestral tomó toda la expresión de la desconfian- 
za; y fijándose en en el recién llegado de los pies á la cabeza, exclamó 
de súbito como extremecido: 

— ¿Seríais por ventura el hombre?... 

Y después de dirigir otra mirada al forastero, retrocedió tres pasos, 
dejó el velón sobre la mesa y descolgó su escopeta de la pared. 

Mientras el artesano decía: ¿seríais por ventura el hombre?... había- 
se levantado la mujer, y tomando en brazos ambas criaturas, se refugia- 
ba precipitadamente detrás de su marido, mirando al forastero horrori- 



LA TARDE DE UN DÍA DE MARCHA 65 



zada, desnudo el pecho, espantosos los ojos, murmurando por lo bajo' 
— T so-mar aude (*) . 

Todo esto tuvo lugar en menos tiempo del que es necesario para figu- 
rárselo. Después de haber examinado por algunos instantes al hombre, 
como se examina una víbora, el amo de la casa se acercó nuevamente á 
la puerta y dijo: 

—Vete, 

— Por favor, — repuso el hombre, — un vaso de agua. 

— ¡Un tiro! — exclamó el artesano. 

Luego cerró violentamente la puerta y el hombre oyó como corría 
dos grandes cerrojos* Un momento después, cerráronse también las hojas 
de la ventana, oyéndose además el ruido de una barra de hierro que las 
afirmaba. 

La noche avanzaba. El frío viento de los Alpes soplaba con furia. A 
la luz del espirante día, advirtió el forastero dentro de uno de los jardi- 
nes que bordean la calle una especie de barraca que le pareció hecha de 
pedazos de césped. Franqueó resueltamente la empalizada y se encontró 
en el jardín. Llegóse á la barraca; tenía ésta por puerta una estrecha 
abertura, bastante baja, pareciéndose á esas construcciones que los peo- 
nes camineros levantan junto á las carreteras. Creyóse en efecto que era 
aquella la barraca de algún peón; sentía frío y hambre; estaba resigna- 
do al hambre, pero á lo menos quería aprovechar aquel abrigo contra 
el frío. 

Semejantes barracas no acostumbran á estar habitadas por la noche. 
Agachóse cuanto pudo, y arrastrándose sobre el suelo logró deslizarse 
dentro de la barraca. Estaba caliente y tenía además un buen lecho de 
paja. Estuvo unos instantes echado sobre aquel lecho sin poder hacer un 
solo movimiento, tal era su cansancio. Luego, eomo el morral entre 
ambas espaldas le incomodaba y podía por otra parte servirle de almo- 
hada, empezó á desatar una de las correas que le sujetaban. En aquel 
momento creyó oír un gruñido feroz. Levantó los ojos. La cabeza de un 
enorme perro de presa se dibujó en la sombra de la abertura de la ba- 
rraca. Era aquella barraca una perrera. 

El hombre era igualmente vigoroso y fuerte; armóse con su palo, 
hizo de su morral broquel, y salió de la perrera como pudo, no sin 
aumentar los girones de su harapiento traje. 

Salió igualmente del jardín, caminando hacia atrás, obligado para 
tener el perro á distancia, á recorrer al manejo del palo, que los maestros 
en semejante esgrima llaman el molinete. 

Cuando hubo no sin trabajo, franqueado de nuevo la empalizada y 



(*) Patuá de Iob Alpes franceses. Gato de ladrón. 
tomo i 5 



66 LOS MISERABLES 



volvió á encontrarse otra vez en la calle; sólo, sin cama, sin techo, sin 
abrigo, rechazado igualmente de aquel lecho de paja y de aquella mise- 
rable barraca, dejóse caer, mejor que se sentó^ sobre una piedra, y 
parece que no faltó transeúnte que le oyó exclamar: 

— ¡Soy menos que un perro! 

Luego se levantó de nuevo y echó á andar. Salía de la ciudad en la 
esperanza de encontrar algún árbol ó algún pajar del campo, que le die- 
se abrigo. 

Caminó así, por algún tiempo, siempre con la cabeza baja. Cuando 
se vio lejos de toda morada humana, levantó los ojos mirando á su alre- 
dedor. Se encontraba en el campo; levantábase delante de él una de es- 
tas colinas bajas, cubiertas de rastrojo, que parecen, después de la siega, 
cabezas rapadas. 

Veía el horizonte completamente negro, no sólo por las sombras de 
la noche, sí que también á causa de algunas nubes muy bajas que pare- 
cían apoyarse en la misma colina, y que se elevaban llenando todo el 
cielo. No obstante, como iba á salir la luna y flotaba todavía en el ze- 
nit un rayo de luz crepuscular, formaban aquellas nubes en lo alto del 
cielo una especie de bóveda blanquecina que lanzaba sobre la tierra cier- 
to resplandor. 

La tierra resultaba, pues, mas iluminada que el cielo, lo cual es de 
un efecto particularmente siniestro, y aquella colina de pobres y mez- 
quinos contornos, se dibujaba vaga y blanquecina sobre el horizonte te- 
nebroso. Todo aquel conjunto resultaba horroroso, pequeño, lúgubre y 
limitado. Nada se veía en el campo ni en la colina mas que un árbol de- 
forme, que se retorcía como tembloroso á pocos pasos del viajero. 

Aquel hombre se encontraba evidentemente muy lejos de poseer aque- 
llos delicados hábitos de inteligencia y de espíritu que nos hacen sensi- 
bles á los misteriosos aspectos de las cosas; no obstante, había en aquel 
cielo y en aquella colina, en aquella llanura y en aquel árbol, algo tan 
profundamente desconsoladQr, que después de un instante de inmovili- 
dad y de contemplación, el hombre aquel retrocedió, dejando el camino 
bruscamente. Hay momentos en que la misma naturaleza nos parece 
hostil. 

Volvió sobre sus pasos. Las puertas de D*** estaban cerradas. D***, 
que sostuvo largos sitios durante las guerras religiosas, estaba todavía 
circuida en 1815, de antiguas murallas flanqueadas de torreones cua- 
drados, que han sido demolidas después. Pasando por una brecha, se 
encontró de nuevo en la ciudad. 

Serían como las ocho de la noche. Como las calles le eran desconoci- 
das, empezó nuevamente su paseo á la ventura. 

Dio, andando así, con la prefectura, después con el seminario. Al 
pasar junto á la catedral, mostró á la iglesia su puño cerrado. 



LA PRUDENCIA ACONSEJA Á LA SABIDURÍA 67 



Existe en un ángulo de esta plaza una imprenta. Es la en que fueron 
impresas, por primera ves?, las proclamas del emperador y de la guardia 
imperial al ejército, traídas de la isla de Elba y redactadas por Napo- 
león mismo. 

Agobiado por el cansancio y sin esperar nada, acostóse sobre el ban- 
-co de piedra que existía junto á la puerta de la imprenta. 

Una anciana que salía en aquel momento de la iglesia, observó á 
•aquel hombre echado en la sombra. 

— ¿Qué hacéis aquí, buen amigo?^— le dijo. 

El contestó rudamente encolerizado: 

— Ya lo veis, buena mujer, me acuesto. 

La buena mujer, bien digna en efecto de tal nombre, era la señora 
marquesa de R. 

— ¿Sobre este banco? — repuso ella. 

— He dormido durante diez y nueve años en colchón de madera, — 
dijo el hombre; — hoy le tengo de piedra. 

— ¿Habéis sido soldado? 

— Sí 1 buena mujer, soldado. 

— ¿Por qué rio vais á la hostería? 

—Porque no tengo dinero. 

— ¡ Ay ! — exclamó la señora de R. , — no tengo en mi bolsa mas que 
cuatro sueldos. 

— Dádmelos. 

El hombre tomó los cuatro sueldos. 

La marquesa de R. continuó: 

— Con tan poco dinero no podréis encontrar alojamiento. ¿Lo habéis 
solicitado? Es imposible que paséis así la noche. Sentís indudablemente 
frío y hambre. Pudieran haberos alojado por caridad. 

— Ya he llamado á todas las puertas. 

—¿Y qué? 

— De todas me han echado. 

La «buena mujer» tocó el brazo del hombre, y señalando hacia la otra 
parte de la plaza una pequeña casa junto al palacio del obispo. 

— ¿Habéis, — repuso ella, — llamado á todas las puertas? 

—Sí. 

— ¿Habéis llamado á aquella? 

—No. 

— Llamad pues. 

H 
La prudencia aconseja á la Sabiduría. 

Aquella noche, el señor obispo de D***, después de su paseo por la 
idad, se estuvo hasta muy tarde encerrado en su cuarto. Andaba ocu- 



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68 



LOS MISERABLES 



pado en un gran trabajo acerca de los Deberes, el cual quedó desgracia- 
damente sin concluir. Consistía en estractar cuidadosamente todo cuanto 
los Padresjy los Doctores han dicho sobre materia tan grave. Su libro 
estaba dividido en dos partes: primeramente trataba de los deberes de 
todos, y ¿n segundo lugar, de los deberes de cada uno, según la clase ¿ 
la cual pertenezca. Los deberes de todos son los grandes deberes. Esto» 
son cuatro/San Mateo los designa así: Deberes para con Dios (Math., vi) t 
deberes para nosotros mismos (Math., v, 29, 30), deberes para con el 
prójimo~(Math., vn, 12), deberes para con las criaturas (Math., vi, 20, 25). 
Para los demás deberes, había el obispo encontrado indicaciones y pres- 
cripciones en diversas partes: para los soberanos y los subditos, en la 
EpÍ8tola[á los Romanos; para los magistrados, las esposas, las madres y 
los jóvenes, en san Pedro; para los maridos, padres, hijos y servidores / 
en la Epístola á los Efesios; para los fieles, en la Epístola á los Hebreos; 
para las doncellas, en la Epístola á los Corintios. Estaba haciendo traba- 
josamente de todas estas prescripciones reunidas, un conjunto armonioso 
que quería presentar alas almas. 

A las ocho estaba trabajando todavía, escribiendo muy incómoda- 
mente en pequeñas cuartillas de papel, con un gran libro abierto sobre 
las rodillas, cuando la señora Magloria entró, según .costumbre, para sa- 
car la plata del armario que había junto á la cama. Un instante después, 
comprendiendo el obispo que estaba ya servida la mesa y que su herma- 
na le estaría esperando tal vez, cerró su libro, dejó su mesa de escribir y 
entró en el comedor. 

Era el comedor una pieza oblonga con chimenea, con una puerta en 
la calle, como hemos dicho, y ventana al jardín. 

La señora Magloria acababa efectivamente de poner los cubiertos. 

Mientras iba poniendo la mesa conversaba con la señorita Batistina. 

Sobre la mesa había i¿na lámpara; la mesa estaba junto á la chime- 
nea, en la cual ardía una gran llama. 

Puede uno figurarse fácilmente aquellas dos mujeres que habían ambas 
atravesado los sesenta: la señora Magloria, pequeña regordeta, vivaracha; 
y la señorita Batistina, dulce, delicada, pálida, un poco mas alta que su 
hermano, con su vestido de seda marrón, color muy de moda en 1806, 
que ella había comprado á la sazón en París y que le duraba todavía. 
Por valemos de una locución vulgar, que tiene el mérito de expresar con 
una sola palabra una idea para la cual no basta á veces una página, la 
señora Magloria tenía el aire de una mujer y la señorita Batistina el de 
una señora. La señora Magloria llevaba gorra blanca acanalada; al 
cuello una crucecita de oro, única joya de mujer en aquella casa; un pa- 
ñuelito blanquísimo asomaba debajo de un vestido de buriel negro de 
mangas anchas y cortas; un delantal de tejido de algodón á cuadros en- 
carnados y verdes, sujetado al talle con una cinta verde, con su pitillo 



LA PRUDENCIA ACONSEJA Á LA SABIDURÍA 69 



prendido á los hombros con .alfileres; calzaba zapatos gruesos y medias 
amarillas, como las mujeres de Marsella. 

El vestido de la señorita Batistina, cortado sobre patrones de 1806, 
tenía el talle corto, falda estrecha, mangas de hombreras con picos y bo- 
tones. Cubría sus cabellos grises con una peluca de rizos llamada de niño. 
La señora Magloria tenía el aire inteligente, vivo y bueno; los dos án- 
gulos de su boca desigualmente levantados, y el labio superior, algo más 
grueso que el inferior, le prestaban cierto carácter testarudo é imperioso. 
Tanto, que cuando monseñor se callaba, hablaba ella resueltamente, 
mezclando al respeto la libertad; pero desde que monseñor empezaba á 
hablar, trocábase aquella libertad en una obediencia pasiva muy pareci- 
da á la de la señorita Batistina, sin decir una palabra más. Esta se li- 
mitaba sencillamente á obedecer y complacer. Ni aún de joven, había 
sido bonita; tenía grandes ojos azules al nivel de la frente y la nariz 
larga y aplastada, .pero el todo de su fisonomía, toda su persona, ya lo 
hemos dicho al principio, respiraba inefable bondad. Siempre había sido 
<x>mo predestinada á la mansedumbre; pero la fé, la caridad y la espe- 
ranza, estas tret» virtudes que prestan dulce calor al alma, habían eleva- 
do poco á poco aquella mansedumbre hasta la santidad. La naturaleza 
había hecho de ella una simple oveja; la religión la había elevado á án- 
gel. ¡Pobre y santa mujer! ¡Dulce recuerdo desvanecido! 

La señorita Batistina ha contado después tantas veces lo que tuvo 
lugar aquella noche en casa del obispo, que muchas personas que viven 
todavía, recuerdan perfectamente los menores detalles. 

En el momento en que entró el señor obispo, la señora Magloria es- 
taba hablando con alguna vivacidad. Referíase en su conversación con 
la señorita de cierto asunto que le era muy conocido, y del cual estaba 
Su Itustrísima muy enterado. Tratábase del pestillo de la puerta de en- 
trada. 

Parece que al ir por algunas provisiones para la cena, había oído ha- 
blar de ciertas cosa?, en diferentes sitios. Se trataba de un vagamundo 
«le mala catadura; decíase que este vagamundo sospechoso acababa de 
llegar, que había de estar en una parte ú otra de la ciudad, y que era 
muy posible tuviese un mal , encuentro, cualquiera de los que aquella 
noche se viese obligado á retirarse tarde á casa. Que la policía estaba 
muy mal atendida; por otra parte, gracias á que el señor Prefecto y el 
>ñor alcalde eran muy poco amigos, buscando perjudicarse mútuamen- 
\ con el resultado de ios acontecimientos que pudiesen sobrevenir. Y 
■ie debían, por lo tanto, las personas prudentes, cuidar por sí mismas 
\ lo que descuidaba la policía, guardándose mucho, y teniendo buen 
idado de echar cerrojos y atrancar y cerrar bien las puertas. 

La señora Magloria marcó mucho la última frase; pero el obispo que 
mía de su cuarto, en el que se sentía mucho el frío, se sentó delante de la 



70 LOS MISERABLES 



chimenea y empezó á calentarse, pensando tal vez en algo muy distinto. 
No se fijó pues para nada en la. frase que la señora Magloria acababa de 
pronunciar. Esta volvió á repetirla. Entonces la señorita Batistina, que- 
riendo complacer á la señora Magloria, sin disgustar á su hermano, se 
aventuró á decir tímidamente: 

—Hermano mío, ¿has oído lo que dice la señora Magloria? 

— He oído vagamente algo, — Respondió el obispo. 

Luego, dando media vuelta á la silla, puestas ambas manos sobre sus 
rodillas, y elevando hacia su antigua servidora la mirada con aire cor- 
dial y sencillamente risueño, é iluminado desde abajo por la llama del 
hogar: 

— Veamos. ¿Qué hay? ¿Qué sucede? ¿Nos amenaza algún peligro 
grave? 

Entonces la señora Magloria volvió á repetir la historia exagerándo- 
la algún tanto, sin duda. Parece, según dijo, que un gitano, un desca- 
misado, una especie de mendigo peligroso, se encontraba á la sazón en 
la ciudad. En vano había pretendido alojarse en casa de Juaquin Laba- 
rre, quien no había querido recibirle. Se le había visto después por el 
boulebard Gassendi, y vagar por varias calles al anochecer. Un hombre 
de morral y garrote, de horrible catadura. 

— ¿De veras? — exclamó el obispo. 

Esta condescendencia en interrogarla alentó á la señora Magloria 
pues ello parecía indicarle que el obispo no andaba muy lejos de alar- 
marse; prosiguió entonces en ademan triunfante: 

— Sí, monseñor. Como os lo digo. Esta noche va á pasar alguna des* 
gracia en la ciudad. Todo el mundo lo dice. Además como la policía es- 
tá tan descuidada (repetición útil). ¡Vivir en un país montañoso como 
este, y no tener de noche faroles en las calles! Sale uno. ¿Dónde está la 
seguridad? Y decía yo, monseñor, y la señorita decía igualmente... 

— Yo, — interrumpió la hermana, — yo no digo nada. Lo que ; haga 
mi hermano es lo bien hecho, 

La señora Magloria .prosiguió como si no hubiese oído la protesta: 

— Decíamos nosotras, que no es esta casa muy segura; que si lo per- 
mite monseñor, iré yo misma á decir á Paulino Musebois, el cerrajero, 
que venga á poner de nuevo los antiguos cerrojos á la puerta, que están 
ahí; es obra de un instante; repito que es preciso reponer los cerrojos 
aunque no pea más que por esta noche; porque, digo yo, que una puerta 
que puede abrirse desde fuera, con sólo levantar el pestillo, el primer 
recién llegado, es muy de temer; y con la costumbre que tiene m'onseñor 
de decir siempre: entrad, y que luego, como á media noche. ¡Dios mío! 
no hay necesidad de pedir permiso... 

En aquel momento llamaron á la puerta dando un golpe violento. 

— Adelante,— dijo el obispo. 



heroísmo ok la ORF.m b:\ci. \ pasiva 



III 
Heroísmo de la obediencia pasiva. 



se abrió. 

ivamenté, por completo como si alguien la hubiese empuja- 
ción y energía, 
hombre. 

libre lo conocemos ya. Era el viajero á quien hemos visto 
ca de un asilo. 

> un paso y se quedó parado, dejando tras sí la puerta abier- 
u morral á la espalda, el garrote en la mano; su expresión 
evida, fatigada y violenta la mirada. El fuego de la chime- 
raba. Estaba horrible. Era una siniestra aparición. 
i Magloria no tuvo siquiera la fuerza necesaria para dar un 
lecióse, quedando inmóvil. 

ta Batistina volvió la cabeza, vio al hombre que entraba, y 
sdio espantada: después, volviendo poco á poco la cabeza 
nenea, levantó los ojos mirando á su hermano, tomando 
isonomía el aspecto de profunda calma y severidad, 
fijó en el hombre su mirada tranquila, 
a boca para preguntar sin duda al recien llegado qué se le 
, apoyando ambas manos sobre au garrote, dirigió una 
nativa al anciano y á las dos mujeres, y sin atender á que 
liase, dijo en voz alta y ruda: 

iquí. Me llamo Juan Valjean. Soy un presidiario. He pasado 
Hez y nueve años. Estoy libre desde hace cuatro días y me 
arlier, donde voy destinado. Cuatro días que camino desde 
[oy he hecho doce leguas á pié. Esta tarde al llegar á la po- 
etado en una posada de la cual he sido echado á causa de 
e amarillo, que había ya presentado á la Alcaldía, como era 
s ido á otra posada. Se me ha dicho: ¡Vete! En una y otra 
.n repetido lo mismo. Nadie quiere recibirme. He ido á la 
rtero no me ha querido abrir. Me he metido en la barraca 
y el perro me ha mordido y me ha echado, como si fuera 
Hubiérase dicho que sabía quién yo era. He salido al cam- 
mirme a la luz de las estrellas; no hay estrellas esta noche. 
iie iba á llover y que no hubiese un buen Dios que impidie- 
he vuelto á entrar en la ciudad, para buscar el hueco de 
Allá, en la plaza, íbame á echar sobre una piedra; una bue- 
3 ha enseñado esta casa y me ha dicho: Llamad ahí. He lia- 
casa es esta? ¿una posada? Tengo dinero; el de mis alcances. 



72 LOS MISERABLES 

Ciento nueve francos y quince sueldos, que he ganado en presidio 
mi trabajo. de diez y nueve años. To pagaré, no importa, tengo dii 
Estoy rendido, doce leguas á pié, tengo hambre. ¿Queréis que me qi 
—Señora Magloria, — dijo el obispo,— poned en la mesa otro Cubi 
El hombre dio tres pasos, y se acercó á la lámpara que estaba < 
mesa. 

— Mirad, — repuso, — como si no hubiese comprendido bien, est 
es esto. ¿Me habéis entendido? Soy un presidiario. Un forzado. Veng 
presidio: Y sacando de su bolsillo un gran pliego de papel amarillo, 
desdoblé — ved, dijo, mi pasaporte. Amarillo, como estáis viendo, i 
para que se me eche de todas partes. ¿Queréis leer? ¿Yo sé leer taml 
he aprendido en presidio. Hay allí una escuela para los que quieren, 
rad, ved lo que han escrito en mi pasaporte: (Juan Valjean, presid; 

• cumplido, natural de...» Esto os es indiferente. *Ha estado diez y 
»ve años én presidio. Cinco años por robo con fractura. Catorce 
«por haber intentado evadirse ouatro veces distintas. Es hombre 

• peligroso.» ¡Ya lo sabéis! Todo el mundo me echa. ¿Queréis vos rec 
me? ¿Es esto una posada? ¿Queréis darme cena y cama? ¿Tenéis cab 
rizas? 

— Señora Magloria, — dijo el obispo, — poned sábanas limpias e 
cama de la alcoba. 

Hemos ya explicado qué clase de obediencia era la de aquellas 
mujeres. 

La señora Magloria salió para cumplir lo que se le había mand 

El obispo se volvió hacia el hombre: 

— Amigo mió, sentaos y calentaos. Dentro un momento vam 
cenar, y se os arreglará la cama mientras... 
K El hombre acabó por comprender. La expresión de su rostro, t 

s>: ' bría y dura hasta entonces, impregnóse' de estupefacción, de duda 
t alegría, de asombro, tartamudeando como un loco: 

¡t". ¿Es verdad que me recibís? ¡no esquiváis á un presidiario! ¡me llai 

ir, amigo! y ¿no me tuteáis? y no me echáis diciendo: ¡Vete, perro! © 

f me dice todo el mundo. Yo creía que no me recibiríais. Por esto c 

E- - dicho enseguida quien soy. ¡Oh! ¡qué buena mujer la que me ha dii 

■ do aquí! ¡Voy á cenar! ¡á dormir en cama con sábanas y colchón! ¡c< 

?■ todo el mundo! ¡una cama! ¡hace diez y nueve años que no he desea 

¡p-- do en ella! ¿queréis de veras que no me vaya? ¡Oh! ¡qué buenos sois! 

| lo demás, ¡tengo dinero! Pagaré bien. Permitidme, señor posadero, 

jf- mo os llamáis? Pagaré todo lo que queráis. Sois un gran hombre, j 

i posadero, no es verdad? 

i —Soy,— dijo el obispo, — un cura que vive aquí. 

t — ¡Un cura! — repuso el hombre. — ¡Oh! ¡un gran cura! ¿Entonce: 

£.' me pediréis dinero? ¿El párroco, no es verdad? ¿El párroco de esta g 



heroísmo de la obediencia pasiva 73 



iglesia? ¡T es verdad! ¡qué torpe! no me había fijado en vuestro solideo. 

Así hablando, había dejado su palo y su morral en un rincón, había 
vuelto á meterse su pasaporte en el bolsillo, y se había sentado. La se- 
ñorita Batistina le contemplaba con cierta dulzura. El prosiguió: 

— Sois muy humano, señor cura; vos no despreciáis. ¡Qué bueno es 
un buen cura! ¿Entonces, no tenéis necesidad de que yo os pague? 

— No, — dijo el obispo. — guardaos vuestro dinero. ¿Cuánto tenéis? 
Creu que me habéis dicho ciento nueve francos? 

— Y quince sueldos, — añadió el hombre. 

— Ciento nueve francos y quince sueldos. ¿Y cuánto tiempo habéis 
empleado para ganar esp? 

— Diez y nueve años. 

— ¡Diez y nueve años! 

El obispo suspiró profundamente. 

El hombre prosiguió: — Conservo aún todo mi dinero. En cuatro días 
no he gastado sino veinte y cinco sueldos, que me gané ayudando á des- 
cargar unos carros en Grasse. Y ya que sois sacerdote, voy á deciros, 
que en el presidio teníamos ún limosnero. Y luego, un día vi un obispo, 
un monseñor, como allí le llaman. Era el obispo de la Mayor de Marse- 
lla. Es el cura que manda á los curas, ¿entendéis? Dispensad si me equi- 
voco; ¡pero yo entiendo tan poco de eso! ¡Ya os haréis cargo! Aquel 
obispo dijo su misa en medio del patio, en un altar, llevaba una cosa 
puntiaguda, de oro, en la cabeza. Al sol del medio día brillaba aquello. 
Nosotros estábamos colocados en tres filas á los dos lados y al centro, te- 
niendo los cañones con las mechas caladas frente de nosotros. No le 
veíamos muy bien. Habló, pero como lo hizo desde el fondo, no le en- 
tendimos. Ya sabéis lo que es un obispo. 

Mientras hablaba el hombre, el obispo se levantó y entornó la puer- 
ta que había quedado abierta del todo. 

La señora Magioria reapareció. Traía un cubierto que dejó sobre la 
mesa. 

— Señora Magioria, — dijo el obispo, — colocad este cubierto lo mas 
cerca posible del fuego. — Y volviéndose á su huésped: — El aire de la no- 
che es muy crudo en los Alpes. Y vos, señor mío, tendréis necesidad de 
calentaros. — Cada vez que el obispo decía la palabra señor ', con su acen- 
to dulcemente grave y familiar, la fisonomía del hombre se iluminaba. 
\ñor á un presidiario, esto es dar un vaso de agua á un náufrago de la 

edusa. La ignomia está sedienta de consideraciones. 

~ He aquí, — dijo el obispo, — una lámpara que no alumbra apenas. 

La señora Magioria entendió enseguida, y fué á buscar, sobre la chi- 
enea del cuarto de monseñor, los dos candeleros de plata, que encen- 
: ó y puso sobre la mesa. 

— Señor cura, — dijo el hombre, — sois muy bueno; no me despreciáis. 



MISERABLRS 



Me recibís en vuestra casa. Encendéis estos cirios para mí. Y eso ( 
no os he ocultado de donde vengo y que yo soy un hombre desprecial 
El obispo, sentado junto á él, golpeó suavemente su mano. — Podi 
no haberme dicho quien vos erais. Esta no es mi casa, es la casa de 
sucristo. Aquella puerta no pregunta jamas al que entra por su nomfc 
pero sí, si tiene alguna pena. Vos sufrís; vos tenéis hambre y sed; 
bienvenido. No me debéis gracias, ni digáis que os recibo en mi ca 
Esta casa no es de nadie, sino del que necesita asilo. Yo os digo, ca 
nante; estáis en vuestra casa estando aquí, mejor que yo mismo. T< 
lo que hay aquí os pertenece. ¿Qué necesidad tengo de saber vuee 
nombre? Y luego que, sin que vos me 16 dijeseis-, tenéis uno que ya 
lo sabía yo. 

El hombre abrió los ojos admirado. 
— ¿De veras? ¿Sabéis cómo me llamo? 
— Sí, — respondió el obispo, — os llamáis mi hermano. 
— ¡Caramba, señor cura! — exclamó el hombre, — tenía mucha hí 
bre al entrar aquí; pero sois tan bueno, que ya no sé ahora lo que 1 
go. Creo que se me ha pasado. 

El obispo le miró de nuevo y dijo: 
— ¿Habéis sufrido mucho? 

— ¡Oh! la chaqueta roja, el grillete al pié, una tarima para dore 
el calor, el frío, el trabajo, la chusma, los palos, la doble cadena 
cualquier cosa, el calabozo por una palabra, ¡y siempre la cadena ¡ 
en la misma cama estando enfermo! ¡Los perros, los perros son mu< 
mas felices! ¡Diez y nueve años! tengo cuarenta y seis. Y además pi 
porte amarillo. Ya lo veis. 

— Sí; — repuso el obispo, — salís de un lugar de tristezas. Oídme: e 
te mas gloria en el cielo por las lágrimas de un pecador, que po 
blanca túnica de cien justos. Si habéis dejado aquel lugar de pena 3 
dolor, con propósitos de odio y de cólera contra los hombres, sois digno 
de compasión; si habéis salido de él con intenciones benévolas, de dul- 
zura y de paz, valéis mas que cualquiera de nosotros. 

Entretanto, la señora Magloria había servido la cena; una sopa hecha 
de agua, aceite, pan y sal; un poco de tocino, un pedazo de carnero, higos, 
queso tierno y un gran pan de centeno. Habiéndose añadido á la comida 
ordinaria del obispo, una botella de vino de Mauves. 

La fisonomía del obispo tomó de pronto esa expresión de alegría 
propia de las naturalezas hospitalarias. — ¡A la mesa! — exclamó con vi- 
veza! Como tenía por costumbre siempre que algún forastero cenaba con 
él, hizo sentar al hombre á su derecha. La señorita Batistina, perfecta- 
mente apacible y natural, colocóse á su izquierda. 

El obispo bendijo la mesa, y luego sirvió por sí mismo la sopa, con- 
forme su costumbre. El hombre empezó á comer con avidez. 



•* 1 



l obispo bendijo la mesa, y luego sirvió por sí mismo la sopa 



'1 



DETALLES ACERCA DE LAS QUESERÍAS DE PONTARLIftR 75 

De pronto dijo el obispo: — Me parece que falta algo en la mesa. 

La señora Magloria no había puesto en la mesa más que los tres cu- 
biertos absolutamente indispensables. Según costumbre de la casa, siem- 
pre que tenía el señor obispo algún convidado, .se colocaban sobre el 
mantel losaeis cubiertos de plata; inocente vanidad. Esta chocante apa- 
riencia de lujo, venía á ser una especie de gozo infantil, verdaderamente 
encantador, en aquella morada tranquila y severa, que elevaba la pobre- 
za hasta la dignidad. 

La señora Magloria, comprendiendo desde luego la observación, salió» 
sin decir una palabra, y un momento después, los treá cubiertos recla- 
mados por el obispo, brillaban ya sobre el mantel, simétricamente colo- 
cados delante de cada uno de los tres comensales. 



IV 
Detalles acerca de las queserías de Pontarlier. 

Para dar ahora una idea de lo que pasó en aquella mesa, no sabemos^ 
hacer nada mejor que transcribir aquí, un pasaje de cierta carta que la 
señorita Batistina dirigió á la señora Boischevron, en la cual la conver- 
sación del presidiario y el obispo está detallada con minuciosa sencillez: 

«...Aquel hombre no hacía el menor caso de las personas. Comía con 
» hambrienta voracidad. No obstante, después de cenar, dijo: 

» — Señor cura del Dios bueno, todo esto es todavía demasiado bueno 
»para mí, pero debo deciros, que los carreteros que no han querido de- 
sjarme comer con ellos, lo hacen mejor que vos. 

»Para entre nosotros, la observación me chocó un poco. Mi hermano 
»le contestó: 

» — Taiñbién se cansan más que yo. 

» — No, repuso el hombre, tienen más dinero. Vos sois pobre, se ve 
» desde luego. Vos, tal vez, ni siquiera sois cura. ¿Lo sois? ¡Ah! ¡segurír 
»simo! si Dios fuese justo, seríais á lo menos cura-párroco. 

» — Dios es más que justo, — dijo mi hermano. 

»Un instante después añadió: 

» — Señor Juan Valjean, ¿es á Pontarlier que os dirigís? 

» — Con itinerario obligado. 

»Creo que fué esto lo que dijo el hombre. Después continuó: 
. »" — Es preciso que esté ya nuevamente en camino mañana al rayar 
»el alba. Es muy cansado el viajar ahora, pues si las noches son frías,. 
»son los días calurosos. 

» — Es allí donde vais, — repuso mi hermano, — un gran país. Duran- 
te la Revolución, y estando mi familia arruinada, me refugié en el, 



76 LOS MISERABLES 

«Franco-Condado, á la sazón, donde viví algún tiempo con mi t 
•manual. Tenía buena voluntad y encontré luego en que ocuparr 
> había más que escoger, entre las fábricas de papel, las tenerías, 
•latorios, almazaras, fábricas de relojes al por mayor, fundioio 

• acero y de cobre, veinte herrerías, cuando menos, de las cuales 1 

• muy importantes en Lods, Chátillon, Audincourt y Beure. 

• Creo no haberme equivocado, y que son estos los nombres < 

• por mi hermano; después de lo cual, se interrumpió á sí mismi 
•dirigirme la palabra. 

> — Querida hermana, ¿no hemos de tener algnnos parientes p( 
•Yo le contesté: 

• — Los tenemos, entre otros, el señor de Lucenet, que había si 
•de puertas en Pontarlier durante el antiguo régimen. 

» — Sí, repuso mi hermano, pero durante el 93 no había otro» ] 
•tes que nuestros brazos. T yo trabajé. Existe en la comarca de I 
•lier, donde os dirigís vos, señor Valjean, una industria verdade: 
»te patriarcal y de resultado, hermana mía. Me refiero á las quee 

■ fruteras, como allí las llaman. 

•Entonces mi hermano, mientras -instaba á comer at hombre, 
»plicó muy detalladamente lo que venían á ser las fruteras de Fon 

• las cuales se dividen en dos clases: — las grandes granjas, que p 

• Cen á los ricos, y en las que hay cuarenta ó cincuenta vacas que 

• oen siete ú ocho mil quesos por verano; y las /ruteras por asoc 

• que son de los pobres, es decir, de los aldeanos de la montaña q 
•nen sus vacaB en común, y parten luego sus productos. — Toman i 
•un quesero, al que llaman grurin; el grurin recibe la leche de i 

• ciados, tres veces al día, 'y marca las cantidades en una doble t 
•últimos de abril es cuando empiezan los trabajos de quesería, ha 
•diados de junio, queios queseros vuelven con sus vacas á la m. 

•El hombre se iba reanimando á medida que comía. Mi * h< 
•le hacía beber de aquel excelente vino de Mauves, del que no 1 

• porque dice que resulta muy caro. Mi hermano le advertía de t< 

• tos detalles, con aquella sencilla jovialidad que ya conocéis, m 

• do á bus palabras aquella graciosa espresión que le es peculiar, 
•yo comprendía perfectamente. Tuvo expecial cuidado en pi 
■lisonjero modo de ser del grurin como si hubiese querido que aqu 

• bre comprendiera sin aconsejárselo directa y claramente, que pe 
•cerrar aquello un porvenir para él. Una cosa me chocó. Era aqu 

■ bre lo que os he dicho. Pues bien, mi hermano, ni durante la cen 
•rante toda la noche, áescepción de algunas palabras sobre Jesús, . 
■entrada, dijo una sola frase que pudiera recordarle al hombre í 

• que había sido, ni que le diera á entender quién era mi hermano 

• embargo, era aquella una ocasión muy apropósito para echarle 



DETALLES ACERCA DE LAS QUESERÍAS DE PONTARLIER 77 

»■ ■ ■ i i i i i i ■ ■ n i ■ > ,i,ii ■ . i ■ m ■■ ■■- 

»món, y de apoyarse el obispo en el presidiario para imprimir en él el 
•sello de su paso. A otro cualquiera le hubiera parecido tal vez, que da- 
»do el caso de tener á mano aquel desgraciado, era conveniente alimentar 
»8U alma al par del cuerpo y de hacerle alguna observación razonada 
•de moral y de buen consejo, ó bien alguna conmiseración exhortándole 
»á qué mejorase su conducta para el porvenir. Mi hermano no le pre- 
guntó siquiera de dónde procedía, ni cuál era su historia. Porque en su 
«historia ha de estar su falta; parece que mi hermano tuvo empeño en 

* alejar todo lo que pudiera recordársela. Tanto, que es cierto que mi 
•hermano, hablando de los montañeses de Pontarlier que tienen un tra- 
shojo dulce junto al cielo, y añadía, son felices porque son inocentes, se 
•paró de súbito, temiendo que no hubiese en esta frase que se le escapa- 
ba, algo que pudiese herir al hombre. A fuerza de reflexionar, creo ha- 
»ber entendido lo que pasaba en el corazón de mi hermano. El creía, sin 

* duda, que aquel hombre que se llama Juan Valjean no tenía presente 
>en su espíritu más que su miseria, que era lo mejor distraerle de ella y 
•hacerle creer, aunque no fuese más que de momento, que era una per- 
•sona como otra cualquiera, siendo todo en él natural y corriente. ¿Ño 
•es esto, en efecto, comprender perfectamente la caridad? ¿No hay, se- 
»ñora mía, algo de esencialmente evangélico en la delicadeza que se 
•abstiene del sermón, de las moralejas y de las alusiones, siendo mayor 
•la compasión cuando un hombre siente un gran dolor el no tocar el 

> punto que lo produce? Creo que éste debió ser el pensamiento oculto de 
•mi hermano. En todo caso, lo que yo puedo decir, es que si realmente 
•tuvo semejantes ideas, no las dio á conocer; en mi concepto, estuvo, al 

* parecer, como las demás noches, y de la misma manera, y con la mis- 
»ma naturalidad cenó con Juan Valjean, que lo hubiera hecho con el 
•señor Gedeón, el preboste, ó con él señor cura de la parroquia. 

»A1 terminar, cuando estábamos comiendo los postres, llamaron á la 
•puerta; era la buena Gerbaud, con su hijo en brazos. Mi hermano besó 
•al niño en la frente, y me pidió quince sueldos que yo tenía allí para 
•dárselo 8 á la tía Gerbaud. El hombre, durante este espacio de tiempo, 
•no se fijaba al parecer ni decía una sola palabra; parecía fatigado. La 
•pobre Gerbaud salió, mi hermano rezó las gracias; y luego volviéndose 
•al hombre, le dijo: Tendréis mucha necesidad de ir á la cama. La se- 
•ñora Magloria levantó la mesa inmediatamente. Comprendiendo ser 
•necesario que nos* retirásemos pronto para dejar dormir al viajero, nos 
►subimos al piso las dos jautas. Poco después, mandé á la señora Ma- 

► gloria que bajara y colocara en el lecho del forastero, una piel de cor- 
•so de la Selva Negra que tengo en mi cuarto. Las noches son glaciales 
•y esta piel conforta. Lástima que sea ya tan vieja; todo el pelo se le 

cae. Mi hermano la compró cuando estuvo en Alemania, en Tottlingen, 



78 LOS MISERABLES 

•junto á los orígenes del Danubio, al propio tiempo que m 
• con mango de marfil, del que me sirvo en la mesa. 

> La señora Magloria volvió á subir inmediatamente, y 
> rezar nuestras oraciones en la sala donde tenemos la ropa 
■fuimos cada una á nuestro dormitorio sin decir una .palabra 



V 
Calma. 

Después de haberle dado las buenas noches á su hermana, 
Bienvenido tomó de encima la mesa uno de los dos candelería 
entregando el otro á su huésped, le dijo: 

— Señor mío, voy á acompañaros á vuestro cuarto. 

El hombre le siguió. 

Como se ha podido ver en lo que antes hemos dicho, las h 
estaban distribuidas de manera, que para ir al oratorio dond 
alcoba, ó para salir, era indispensable atravesar el dormí tori 
po. En el momento en que atravesaban este cuarto, la señori 
estaba guardando la plata en el armario de la cabecera de la 
era su última operación cada noche antes de acostarse. 

El obispo instaló á su huésped en la alcoba. Una cama oh 
pia le estaba esperando. Dejó el hombre su candeiero sobre i 

— Vamos,— dijo el obispo, — que paséis bien la noche. Mai 
mañana, antes de emprender de nuevo vuestro viaje, tomare 
de leche de nuestras vacas; calentita. 

— Gracias, señor cura, — dijo el hombre. 

Apenas pronunciadas estas palabras de paz, cuando de s 
trancisión, hizo un extraño movimiento, que hubiera llenado 
á las dos buenas mujeres si hubiesen estado presentes. Hoy 
sería difícil dar cuenta de lo que pasó por él en aquel momen 
hacer una advertencia ó lanzar una amenaza? ¿Obedecía sim 
una especie de impulso instintivo y desconocido por él mismi 
bruscamente hacia el anciano, cruzó los brazos, y, fijando sofc 
mirada salvaje, exclamó con voz ronca: 

— ¡Ah! ya, ¡decididamente! me alojáis vos mismo en vu 
junto á vos; ¿cómo es eso? 

Interrumpióse á sí mismo un instante, y añadió luego con i 
especial, en la que se encerraba algo monstruoso: 

— ¿Habéis reflexionado bien? ¿quién os ha dicho que no 
asesino? 



JUAN VAUEAN * 79 



£1 obispo respondió: 

— Esto basta con que lo sepa Dios. 

Después, gravemente, y moviendo los labios como quien reza ó habla 
consigo mismo, levantó los dos dedos de su mano derecha y bendijo al 
hombre, quien no se inclinó siquiera, y, sin mover la cabeza, ni mirar 
tras sí, entró nuevamente en su cuarto. 

Cuando la alcoba estaba ocupada, una gran cortina de sarga, corrida 
de parte á parte del oratorio, cubría el altar. El obispo se arrodilló, al 
pasar delante de esta cortina, y oró un momento. 

Poco después estaba ya paseando y meditando en su jardín, absor- 
vida el alma y la imaginación en los grandes misterios de la noche, que 
muestra Dios á los ojos que continúan abiertos. 

En cuanto al hombre, se encontraba, en verdad, tan fatigado, que ni 
siquiera trató de aprovechar las blancas sábanas que le esperaban. Ha- 
bía apagado su vela soplando con la nariz, según acostumbran á hacer- 
lo los presidiarios, dejándose caer sin desnudarse sobre la cama, y que- 
dando enseguida profundamente dormido. 

Daba la media noche cuando el obispo volvía del jardín y entraba en 
su cuarto. 

Algunos minutos después, dormía todo el mundo en aquella pequeña 
y santa casa. 



VI 
Juan Valjean. 

A eso de la media noche, Juan Valjean despertó. 
Juan Valjean era hijo de una pobre familia de campesinos de la Brie. 
Durante su infancia, nadie cuidó de enseñarle á leer. Cuando espezó á ser 
hombre se hizo podador en Faverolles. Su madre se llamaba Juana 
Mathieu; su padre se llamaba Juan Valjean ó Vlajean, apodo proba- 
blemente y contracción de voilá Jean. 

Juan Valjean tenía el carácter meditabundo sin ser triste, lo cual es 
muy común en las naturalezas afectuosas. Era, por lo tanto, naturalmen- 
te taciturno, y al menos en apariencia, indiferente. Había perdido de 
muy pequeño á su padre y á su madre. Su madre había muerto de una 
bre láctea mal cuidada. Su padre, podador como él, murió de una 
ida de un árbol. No le quedó á Juan Valjean más que una hermana 
icho mayor que él, viuda y con siete hijos entre varones y hembras, 
ta hermana había criado á Juan, pues mientras vivió su marido le tuvo 
su casa y le dio de comer. El marido murió. El mayor de los siete 
•os tenía ocho años y el mas pequeño uno. Juan Valjean iba á cumplir 



pw 



80 LOS MISERABLES 

los veinte y cinco. Reemplazó pues al padre, manteniendo á 
hermana que le había criado. Hízose esa sustitución como un 
ber, si bien con cierta caprichosa rudeza por parte de Juan. S 
se iba gastando asi en un trabajo duro y mal pagado. Nadie 
jamás una novia en toda la comarca. Es verdad que tampoc< 
su trabajo tiempo para el amor. 

Volvía por la noche fatigado de todo el día, y comía su boj 
palabra. Su hermana, Juana, mientras él comía, tomaba frecv 
de su escudilla, lo mejor de su cena, el pedazo de carne, la loi 
no, el cogollo de la col, para dárselo á alguno de sus hijos; 
siempre inclinado sobre la mesa, con la cabeza casi metida e 
cubriéndolo casi con sus largos cabellos esparcidos alrededo 
mida y sus ojos. Parecía que nada veía, y dejaba hacer. Habí 
rolles, no lejos de la casucha de Yaljean, á la parte opuesta < 
una vaquera llamada María Claudia; los sobrinos de Valjean 
mente necesitados, iban muchas vece» á pedir, en nombre de 
una pinta de leche á María Claudia, que bebían luego detrás 
pia ó en cualquer rincón de la calle, arrancándose mútuamen 
y con tal afán, que los mas pequeños la derramaban sobre él 
en el arroyo; si la madre hubiese tenido noticia de este abusí 
corregido severamente á los delincuentes. Juan Valjean, brus 
ñon, pagaba á espaldas de la madre, las pintas de leche á Mari 
y los niños no eran castigados. 

El ganaba, durante la época de la poda, diez y ocho sueld 
después se ocupaba en la siega, en guardar bueyes, de jornaleí 
peón albañil. Hacia cuanto se le presentaba. Su hermana trab 
bien por su parte, pero, ¿que había de hacer con siete hijos? 

Era aquel un tristísimo grupo que la miseria iba rodeand 
chando poco á poco. 

Vino un invierno crudísimo. Juan no tenía qué hacer. La 
tuvo por lo tanto, pan. ¡Sin pan! ¡Tal como suena! ¡Y siete ci 

Cierto domingo por la noche, Maubert Isabeau, panadero 
de la Iglesia de Faverolles, se estaba disponiendo á acostara 
oyó un golpe violento en la ventana vidriera y enrejada de 
Llegó á tiempo de ver una mano pasando por entre la reja 
haber abierto un boquete en el cristal de un puñetazo. La m 
un pan, y desapareció. Isabeau salió inmediatamente; el ladn 
todo correr; Isabeau corrió tras él y le alcanzó. El ladrón hí 
el pan, pero tenía aún la mano ensangrentada. Era Juan Valj 

Esto acaeció en 17Í15. Juan Valjean fué denunciado por li 
les de aquel tiempo «por robo con fractura, de noche y en i 
tada. » Juan tenía una escopeta de la cual se servía como el p: 
dor del mundo, núes solía cazar furtivamente: lo cual le 



JC\N VALJEAN 81 



Existe oontra los cazadores furtivo» cierta legítima prevención. El caza- 
dor furtivo, lo mismo quq el contrabandista, anda muy cerca del sal- 
teador. No obstante, debemos decir de paso, que media un abismo entre 
esta clase de hombres y el miserable asesino de las ciudades. El cazador 
furtivo vive en la selva; el contrabandista vive en la montaña ó en el 
mar. Las ciudades producen hombres feroces y crueles, porque produ- 
cen hombres corrompidos. Las montañas, el mar y las selvas, producen 
sencillamente hombres salvajes, pero sin destruir, por lo general, su 
parte humana. 

Juan Valjean fué declarado culpable. Los preceptos del código eran 
terminantes. Existe en nuestra civilización horas terribles; son éstas los 
momentos en que la ley penal pronuncia una condena. ¡Fúnebre ins- 
tante aquel en que la sociedad se aleja y lanza en irreparable abandono 
un ser pensador! 

Juan Valjean fué condenado á cinco años de prendió. 

El 22 de abril de 1796, mientras se aclamaba en París la victoria de 
Montenotte ganada por el general en jefe del ejército de Italia, que el 
mensaje del Directorio de los Quinientos, del 2 de floreal del año IV, 
«llama Búona Parte, aquel mismo día, repetimos, se remachó en Bicetre 
una larga cadena de presidiarios. Juan Valjean formaba parte en esta 
cadena. Un antiguo portero de la cárcel, que cuenta hoy cerca de no- 
venta años, recuerda todavía perfectamente á aquel desgraciado cuya 
cadena fué clavada al extremo del cuarto cordón en el ángulo norte del 
patio. Estaba sentado en el suelo como los demás. Parecía no darse 
cuenta de nada relativo á su estado, sino que era terrible. Es probable 
que entendiera al través de las vagas ideas de un hombre ignorante del 
todo, algo excesivo. Mientras remachaban á grandes martillazos detrás 
de su cabeza, la bala de su cadena, él lloraba, las lágrimas le ahogaban, 
impidiéndole hablar, exclamando solamente de cuando en cuando con 
gran pena y dificultad: Yo era podador en Faverolles. Después, sollo* 
zando y levantando su mano derecha, la bajó gradualmente como si 
tocase sucesivamente siete cabezas desiguales con cuyo gesto parecía 
querer indicar que todo lo que había hecho, fuese lo que fuere, lo había 
hecho para vestir y alimentar á siete infelices pe que míelos. 

Fué conducido á Tolón, donde llegó después de un viaje de veinte y 
siete días, en una carreta, con la cadena al cuello. En Tolón se le vistió 
lo chaqueta roja. Todo lo que existía de su vida, incluso su nombre, fué 
orrado; ya no fué más Juan Valjean; fué desde entonces el número 24,601. 
iué fué de su hermana? ¿Qué fué de sus siete hijos? ¿Quién había de 
cuparse de ellos? ¿Qué es del puñado de hojas del árbol aserrado por el 
ronco? 

La historia es siempre la misma. Aquellos pobres seres vivientes, 
fuellas pobres criaturas de Dios, sin apoyo alguno, sin guía, sin asilo, 

TOMO I ti 



LOS MISERABLES 



quedaron entregadas at azar. ¿Quién sabe? tal vez cada cual p 
te se fué precipitando poco á poco en el fondo de la fría brum 
vora loa destinos solitarios, negrísimas tinieblas en las que se 
y desaparecen sucesivamente, tantas infortunadas cabezas c 
sombría marcha del género humano. Lo cierto es que aband 
país. El campanario del que había sido su pueblo les olvidó; 
de la que había sido su tierra les olvidó también; y después d 
años de estar en presidio, les olvidó á su vez el mismo Juan V 
aquel corazón y en el lugar en que hubo una llaga, se hizo un. 
Esto fué todo. Apenas durante todo el tiempo que estuvo en 1 
hablar de su hermana una sola vez. Creo que fué al terminar 
año de su cautiverio. Ignoro de todo punto por qué conducto 
ta él algún indicio. Tal vez alguien que les había conocido en 
había visto á su hermana. Ella estaba en París, habitando en 
rabie calleja junto á San Sulpicio, la de Gindre. No tenía co: 
que un muchacho, un niño, el último. ¿Dónde habían ido a 
demás? Tal vez ni aún ella misma lo sabía. Todas las mañai 
pobre mujer á una imprenta de la calle de Sabot, número 3, < 
estaba empleada de plegadora y encuadernadora á la rústica. 
tar allí todos los días á las seis de la mañana, mucho antes ( 
cer, en invierno. En la misma imprenta había una escuela 
mandaba ella á su hijo, que tenía á la sazón unos siete años, 
que como ella entraba en el taller á las seis, y no se abría 
hasta las siete, era preciso que la criatura esperara en el pati 
que tardaba en abrirse la escuela; ¡en invierno, una hora de 
aire libre! No se le permitía al niño entrar en la imprenta p 
un estorbo, decían. Los obreros veían al pasar, todas las 
aquella pobre criatura sentada en el suelo, rendida de sueñ< 
muchas veces entre las sombras y acurrucada en el rincón i 
Cuando llovía, una pobre vieja, la portera, se apiadaba del 
recogía en su chiribitil, en donde no había más que una po 
un torno y dos sillas de madera; el pequeñuelo se dormía allí 
con, arrimándose cuanto podía, al gato, por sentir menos f: 
siete se abría la escuela y el niño entraba. 
He aquí lo que le dijeron á Juan Valjean. 
Esto le preocupó un día, fué un instante, un relámpago, 
ventana abierta bruscamente ante el destino de aquellos se 
había amado, volviéndose á cerrar inmediatamente; no volvif 
á oír hablar de ellos una palabra. Nada más de ellos supo, 
volvió á ver, ni les encontró jamás, ni en el doloroso curso < 
toria llegará á encontrarlos. 

A últimos de este mismo cuarto año llególe á Juan Valjei 
de evadirse. Sus camaradas le ayudaron, como acostumbra 
en aquel triste lugar. Y se evadió. Vagó dos días libre por el 



LA DESESPERACIÓN POR DENTRO 83 



es ser libre el andar perseguido, volviendo la cabeza á cada instante, y 
al menor ruido, tener miedo de todo; del tejado que humea, del hombre 
que pasa, del perro que ladra, del caballo que galopa, de la hora que 
suena, del día porque todo se vé, de la noche porque no se vé nada, del 
-camino, de la senda, de las sombras, del sueño. Al anochecer del segun- 
do día volvieron á prenderle. Había estado sin comer ni dormir treinta 
y seis horas. El tribunal marítimo le condenó por este delito á tres años 
más de presidio; total ocho años. El sexto año volvió á tocarle el turno 
de evadirse; quiso probario, pero no consiguió su objeto. Paltó á la lis- 
ta. Después del cañonazo de la puesta de sol, le encontraron las rondas 
escondido bajo la quilla de uno de los buques en construcción; resistióse 
Á los guardias que le prendieron. Evasión y rebelión. Por este hecho, 
previsto en el código especial, fué castigado con un aumento de cinco 
años, dos de ellos á doble cadena. Trece años. El décimo año volvió á 
taparle el turno, quiso aprovecharlo también. Tampoco salió mejor li- 
brado. Tres años más por esta nueva tentativa. Diez y seis años. En fin, 
creo que fué durante el año décimo tercero, que volvió á probar fortuna 
• nuevamente, y no consiguió sino que volviesen á prenderle á las cuatro 
horas. Tres años más por estas cuatro horas. Diez y nueve años. En oc- 
tubre de 1815 fué puesto en libertad; había entrado en presidio en 1796, 
por haber roto un vidrio y tomado un pan. 

Necesitamos hacer aquí un corto paréntesis. Esta es la segunda vez 
que en'sus estudios acerca de la cuestión penal y sobre la condena legal/ 
el autor de este libro dá cuenta del robo de un pan, como punto de par- 
tida del desastre de un destino. Claudio Gueux robó un pan; Juan Val- 
jean había robado un pan también; una estadística inglesa prueba que 
en Londres, cuatro robos, de cada cinco, son causa inmediata del 
hambre. 

Juan Valjean había entraclo en presidio temblando y sollozando; sa- 
lió de allí impasible. Entró desesperado; salió sombrío. 

¿Qué es lo que había pasado por su alma? 



VII 
La desesperación por dentro 

Probemos de explicarnos. 

Es preciso que la sociedad se fije en estas cosas, puesto que es ella 
den las hace. 

Era Valjean, como tenemos dicho, un ignorante, pero no un imbécil. 
i luz natural estaba encendida en él. La desgracia, que también tiene 

luz, aumentó la poca claridad que existía en aquel espíritu. Bajo el 
lo, bajo la cadena, en el calabozo, en el trabajo; bajo el ardiente sol 



del presidio, en el lecho de tabla* del penado, replegó» 
reflexionó. 

Ya se constituyó en tribunal. 

Empezó por juzgante á sí propio. 

Reconoció que no era on inocente castigado con in 
haber cometido una acción atrevida y vituperable; qu 
ra, tal vez, negado aquel pan, si lo hubiese pedido; qu< 
trido mejor esperarlo de la piedad ó del trabajo; que r. 
argumento sin réplica el decir: ¿puede uno esperar cu 
brc'f í¿ue es además rarísimo el caso de que muera álgí 
de hambre; luego que, desgraciada ó afortunadamente, 
hecho de manera que pueda sufrir largo tiempo y muc 
camente, sin morir; que le falto pues la paciencia; qae 
ra sido más provechoso para aquellas pobres criaturas; 
de locura en él, desgraciado y miserable ser, el agarrai 
al cuello de la sociedad entera y figurarse que podía sa 
ría en el robo; que es ésta, en todo caso, una mala puei 
la miseria, puesto que se entra por ella en la infamia; t 
faltado. 

Luego se pregunto: 

¿N¡ había sido él sólo el que había cometido falta en 
ría? Hí ante todo no había sido una cosa grave que hut 
el, trabajador, careciese de trabajo, él, laborioso, caree 
luego de cometida y confesada la falta, no había sido e 
exagerado. Si no era mayor el abuso de la ley en la peí 
por parte del culpable en la falta. Si no había exceso di 
los platillos de la balanza, en el de la expiación. Si la 
pena no era bastante a borrar el delito y no llegaba al 
plagar la falta del delincuente por la falta de la represi 
culpable la víctima, y del deudor el acreedor, y de ct 
mente el derecho en favor del mismo que lo había vi<: 
pena, complicada con agravaciones sucesivas por las te 
híóu, no acababa por ser una especie de atentado del ni 
el más débil, un orímen de la sooiedad cintra el indiv 
que comenzaba de nuevo diariamente, un crimen que d 
nflos. 

VA se preguntaba, si la sociedad humana puede teñe 
hacer sufrir legalmente á sus miembros, en ciertos caso 
Irraoloual, y en otros su imprevisión cruel: y de apode 
pro do un desgraciado, cerrándolo entre un defecto y u: 
do trabajo, exceso de castigo. 

Si no era por cierto exorbitante, que la saciedad tra 
mente a aquellos sus miembros peor favorecidos en la r% 



La DESESPERACIÓN POR DENTRO 85 



nes que hace la casualidad, y por consecuencia los más dignos de con- 
miseración y respeto. 

Hechas y resueltas semejantes consideraciones, juzgo á la sociedad y 
la condenó. 

La condenó á su odio. 

Hízola responsable de su triste suerte, y se dijo que no desistía de 
pedirla cuenta más tarde ó más temprano. Se declaró así mismo que no 
existía equilibrio entre el daño que él había causado y el daño que se le 
•causaba á él; concluyendo finalmente, . que su castigo no había sido, en 
verdad, una injusticia, pero no era indudablemente una iniquidad. 

La cólera puede ser loca y absurda; el hombre puede irritarse por 
equivocación: pero jamás se indigna si no le asiste en una parte ú otra 
la razón. Juan Valjean estaba verdaderamente indignado. 

T luego, que la sociedad humana no le había Tiecho sino daño, jamás 
había visto de ella otra cosa que el semblante ceñudo, de lo que llama 
•ella justicia, y que muestra siempre á los que castiga. Los hombres no 
le habían tocado sino para martirizarle. Todo contacto entre ellos y él 
había sido un golpe. Nunca, desde su niñez, después de su madre y de 
su hermana, nunca, repetimos, había encontrado una voz amiga ni una 
mirada de benevolencia. 

De sufrimiento en sufrimiento, había llegado poco á poco atener la 
•convicción de que la vida, es una lucha continuada; y de que en esta 
lucha él era el vencido. 

No tenía otra arma que su odio. Resolvió aguzarla en presidio, y 
llevarla consigo á su salida. 

Había en Tolón una escuela para la chusma, sostenida por los herma- 
nos Ignorantinos , en la cual se enseñaba lo más necesario, á aquellos 
desgraciados que tenían mejor voluntad. El fué del número de estos 
hombres de buena voluntad. Comenzó á ir á la escuela á los cuarenta 
■años, y aprendió á leer, escribir y contar. Al sentir fortificarse su in- 
teligencia, sintió fortificarse también su odio. En ciertos casos la ins- 
trucción y la luz pueden servir de alimento al mal. 

Es triste confesarlo; después de haber juzgado á la sociedad que 
había hecho su desgracia, juzgó á la Providencia que había hecho la 
sociedad, condenándola también. 

Así, durante aquellos diez y nueve años de tormento y de esclavitud, 
•elevóse aquella alma y se precipitó á un tiempo mismo. Penetró la luz 
fc or una parte y las tinieblas por otra. 

Juan Valjean no tenía, como hemos visto, una naturaleza malvada, 
¡ra todavía bueno cuando entró en presidio. Condenó á la sociedad, y 
utió que se volvía malo; condenó á la Providencia sintiendo que se vol- 

ía impío. 
Aquí es casi imposible no meditar un instante. 
¿Puede la naturaleza humana trasformatvne por completo? ¿El hombre 



LOS KISRRADI.ES 



bueno creado por Dios puede ser maleado por el hombre? ¿ 
alma reformada completamente por el destino, y volverse m 
tino es malo? ¿El corazón puede deformarse y adquirir defe< 
medades incurables, bajo la presión de una desdicha despro 
como la columna vertebral bajo una bóveda muy baja? ¿> 
ventura, en el alma humana, no había en la de Juan Valjeai 
mente, un primer rayo de luz, un elemento divino, incorrup 
mundo é inmortal en el otro, que el bien puede desarrollar, 
grandecer y hacer que irradie esplendoroso, y que el mal no ¡ 
estinguir por completo? 

Graves y tenebrosas cuestiones, detras de las cuales tod< 
respondería probablemente no, y sin tartamudear, si hubi 
Tolón, durante las horas de reposo que eran para Juan Yaljt 
meditación, sentado y cruzado de brazos sobre la caña dé al 
tan te, el cabo de su cadena metido en el bolsillo para impedí 
trara; aquel galeote triste, serio, silencioso y pensativo, par 
yes, que contemplaba colérico a los hombres, condenado d< 
ción, que miraba severamente al cielo. 

Es verdad, y no pretendemos nosotros disimularlo; el 
observador hubiera visto allí una grande é irremediable mis 
rase dolido tal vez del mal causado por la ley, pero no hubic 
cuidado de curarlo; hubiera vuelto quizá el rostro separando 
de las cavernas que hubiera entrevisto en aquella alma; y c 
de las puertas del infierno, hubiera borrado de aquella exi 
palabra, escrita por el dedo de Dios en la frente de todos 1< 
/Esperanza/ 

El estado de su alma que hemos intentado analizar, ¿era 
patente para Juan Valjean, como nosotros hemos procuri 
para quien nos leyera? ¿Juan Valjean veía distintamente di 
formación, y había visto también distintamente, á medida 
maban todos los elementos de que se componía su miseria n 
hombre rudo é ignorante ¿se había dado cuenta clara de la 
ideas por la cual había^ído, grado á grado subiendo y bajant 
lügrubes espacios que formaban desde hacía tantos años el b 
tenor de su espíritu? ¿Tenía él conciencia completa de todo 1 
pasado por él, y de cuánto había removido? Esto es lo que i 
nos atrevemos á decir; esto es lo que nosotros no podemos c 
demasiada ignorancia en Juan Valjean, por que, á pesar dt 
gracia, no le quedase todavía mucha vaguedad. Momentos I 
que ignoraba por completo lo que por él pasaba. Juan Valj< 
en tinieblas, sufría en tinieblas, y odiaba en tinieblas; hub: 
decirse que aborrecía cuanto tenía delante. Vivía comunm 
sombra, á tientas como un ciego y como un visionario. í 
intarvalos sentíase de súbito procedente de sí mismo y del < 



LA DESESPERACIÓN POR DKNTBO 87 



cudido por un rayo de cólera, un acrecentamiento de dolor, un pálido 
y breve relámpago que iluminaba su alma por completo, haciendo apa- 
recer bruscamente á su alrededor, á los resplandores de una luz espan- 
tosa, los horrorosos precipicios y las sombrías perspectivas de su des- 
tino. 

Pasado el relámpago, caía nuevamente la noche; ¿donde estaba él? lo 
ignoraba. 

Es propio de las penas de esta naturaleza, en las cuales domina la 
crueldad, es decir, lo que embrutece, el ir trasformando poco á poco por 
una especie de transfiguración estúpida, el hombre en un animal salvaje, 
muchas veces feroz. Las tentativas de evasión de Juan Yaljean, sucesivas 
y obstinadas, serían bastantes á probar este extraño trabajo operado por 
la ley sobre el alma humana. Juan Yaljean hubiera renovado aquellas 
tentativas, tan inútiles como locas, tantas veces como se le hubiera pre- 
sentado la ocasión, sin soñar un instante en el resultado, ni en la expe- 
riencia de las anteriores. Se escapaba impetuosamente como el lobo que 
encuentra abierta la jaula. Decíale el instinto: ¡Sálvate! La razón le 
hubiera dicho: ¡Aguarda! Pero ante una tentación violenta, el raciocinio 
había desaparecido y no le quedaba más que el instinto. La bestia única- 
mente obraba. Cuando le prendían de nuevo, las nuevas crueldades con 
que se le afligía, servían solamente para aumentar su furia. 

Un detalle que no debemos omitir, es el de que poseía una fuerza fí- 
sica superior á todos sus compañeros de presidio. En el fatigoso trabajo 
de arriar un cable, de empujar la palanca de un cabrestante, valía Juan 
Valjean por cuatro hombres. Levantaba y sostenía pesos enormes sobre 
sus hombros, reemplazando en muchos casos aquel instrumento llamado 
vulgarmente cric (gato), conocido antiguamente con el nombre de orgueil 
(orgullo), de donde tomó el nombre, sea dicho de paso, la calle Montor- 
gueil junto á los mercados de París. Sus compañeros le llamaban de ordi- 
nario Juan gato. Una vez que se estaba reparando el balcón de la Casa 
Consistorial de Tqlón, una de las admirables cariátides de Puget, que le 
sustentan, se desencajó, é iba á caer; Juan Valjean, que se encontraba allí, 
sostuvo sobre sus hombros la cariátide dando tiempo á que llegaden los 
obreros para reponerla. 

Su agilidad excedía aún á su vigor. Algunos presidiarios, soñadores 
perpetuos de evasiones, acaban por hacer de la fuerza y la destreza cora • 
binadas, una verdadera ciencia. Es la ciencia de la musculatura. Una 
completa estática misteriosa, practicada diariamente por los penados, 
envidiosos eternos de las moscas y de los pájaros. Trepar por una verti- 
>al y encontrar puntos de apoyo allí donde se veía apenas un ligero des- 
nivel, era para Juan Valjean cosa de juego. Dado el ángulo de un muro, 
con la tensión de la espalda y de las corvas, con los codos y talones pe- 
cados á las asperezas de la piedra, subíase como por magia hasta un ter- 
cer piso. Muchas veces subía de este modo hasta los techos del penal. 



Hablaba muy poco. No reía jamás. Era indispensable 
emoción para arrancarle, tina 6 dos veces al año, aquella 
del penado, que viene á ser como el eco de una carcajada i: 

Al verle parecía preocupado en mirar continuamente al 

Estaba efectivamente absorto. 

Al través de las percepciones enfermizas de una naturales 
y de una inteligencia agobiada, sentía confusamente que 
monstruoso sobre él. En aquella penumbra obscura é incolt 
encaramaba cada vez que volvía la cabeza y que intentaba 
rada, veía con terror mezclado de rabia, apoyarse, subir y e 
perderse de vista sobre él, lleno de escabrosidades horribles 
de espantoso y sombrío castillo de cosas, de leyes, de preí 
hombres y de hechos, cuyos contornos no alcanzaba á ver, 
aterrorizaba, y que no era sino la prodigiosa pirámide que 
mamos civilización. 

Distinguía perfectamente aquí y allá en aquella, movedi 
unidad, tan pronto junto á él, como lejos ó sobre alturas 
algún grupo, algún detalle claramente iluminado; aquí el 
vara; allá el gendarme con su sable; mas allá el arzobispo i 
más alto y junto á una especie de sol, el emperador coronad 
Pareciéndole que estos esplendores lejanos, en vez de dislj 
la tornaban mas fúnebre y más negra. Toda aquella mov* 
leyes, preocupaciones, hechos, hombres y cosas, iba y ve 
cabeza conforme al movimiento complicado y misterioso ( 
Dios á la civilización, caminando sobre él y aplastándole c 
apacibilidad cruel, é inexorable indiferencia. Almas caídí 
del infortunio posible; hombres desgraciados, perdidos ei 
de los limbos donde no llega nunca una mirada, en cuyos 
probos de la ley sienten gravitar con todo su peso sobre su 
sociedad humana, tan formidable por quién se encuentra 
implacable con quién está debajo. 

En semejante situación, Juan Valjeau meditaba: ¿cual 
la naturaleza de sus meditaciones? 

Si el grano de mijo, oprimido por la piedra del molino, 
sar , pensaría sin duda como pensaba Juan Valjean. 

Todas aquellas realidades llenas de espectros, fantasma 
de realidades, habían acabado por crear en él una especie 
terior, casi inexplicable. A cada momento, en medio de su 
penal, se quedaba parado, meditando. Su razón, cada día n 
mas turbada que antes, se rebelaba. Todo lo que había pat 
parecía absurdo; todo lo que le rodeaba le parecía imposibl 
¿es esto un sueño? Y veía al cabo de vara de pié á pocos ] 
el cabo le parecía un fastasma; de pronto aquel fantasma 
polo. La naturaleza visible apenas existía para él. No set 



OLA Y SOMBRA 89 



¡aseverar que no había para Juan Valjean, sol, ni hermosos días de ve- 
rano, ni cielo trasparente, ni deliciosas auroras de abril. Ignoro que día 
de amargura iluminaba su alma. Reasumiendo para terminar, lo que 
pueda reasumirse y ser traducido en resultados positivos de todo cuanto 
acabamos de indicar, nos limitaremos á hacer constar que en diez y nue- 
ve años, Juan.Valjean, el inofensivo podador de Paverolles, el terrible 
penado de Tolón, había llegado á ser capaz, gracias á la manera que en 
«1 presidio se le había tratado, de dos clases de malas acciones: primera, 
de una acción mala, rápida, i rre flexible, llena de aturdimiento, todo 
instinto, especie de represalia del mal sufrido; y segunda, de una mala 
acción grave, seria, calculada conscientemente, y basada en las ideas 
falsas que pueden engendrar semejante desdicha. Sus premeditaciones 
pasaban por las tres fases sucesivas, que las naturalezas de cierto tem- 
ple pueden solamente recorrer: razonamiento, voluntad y obstinación. 
Tenía por móviles la indignación habitual, la amargura del alma, el pro- 
fundo sentimiento de las iniquidades sufridas, la reacción, igualmente 
contra los buenos, los inocentes y. los justos, si los hay. 

El punto de partida como el de llegada de todos sus pensamientos, 
era el odio á la ley humana; este odio que, si no es detenido en su desa- 
rrollo por cualquier incidente providencial, llega dado un tiempo deter- 
minado, á trocarse en odio á la sociedad, luego en odio al género huma- 
no, después on odio á la creación, traduciéndose en un vago, incesante 
y brutal deseo de dañar, sea á quien fuere, con tal de que sea el objeto 
de su saña instintiva un ser viviente. — Como hemos visto, no deja ella 
de tener su razón de ser, puesto que el pasaporte de Juan Valjean le ca- 
lificaba de hombre muy peligroso. De año en año, aquella alma se había 
ido desecando mas y mas, lentamente, pero fatalmente. A corazón ehju 
to, ojo seco. A su salida de presidio, se habían pasado diez y nueve años 
desde que vertió la última lágrima. 



VIII 
Ola y sombra. 

¡Hombre al agua! ¡Qué importa! la nave no por esto se para. Sopla 
el viento, la sombría nave tiene trazada su ruta que es preciso seguir. Y 
pasa. El hombre desaparece, Juego vuelve á aparecer; sumérgese y se 
remonta á la superficie; grita, pide auxilio, tiende la mano, nadie le oye; 
'a nave, temblando impedida por el huracán, atiende solo á su manio- 
bra; los marineros ni los pasajeros ven al hombre sumergido; su misera- 
ble cabeza no es mas que un punto en la enormidad del vacío. Lanza 
gritos desesperados desde las profundidades. ¡Qué espectro el de aquella 
pela que se aleja! El la mira y la remira frenéticamente. Ella se aleja, se 



90 LOS ¡wsKHABi.rrs 

ofusca, se achica. El estaba allí hace un momento, formaba p 
dotación; él iba y veuía sobre el puente como tantos otros; t< 
ellos su parte de respiración y de luz; era un viviente. Ahor 
pasado por él? Ha resbalado, ha caído, ha terminado. Está en 
del agua monstruosa. No siente bajo sus pies mas que la huid 
rrumba miento. Las olas rasgadas y rotas por el viento le env 
rriblemente; el espantoso vaivén del abismóse lo lleva; todos ! 
jos del agua se agitan al rededor de su cabeza, un inmenso i 
de olas escupe sobre él; mil confusas cavernas le medio devo 
vez que se hunde, entrevé nuevos precipicios llenos dé obscu 
pantosas y desconocidas vegetaciones le asen y anudan los pi< 
de ellos; él siente abismarse, formar parte de la espuma; las 
arrojan unas á otras; bebe la amargura; el laoio océano se go2 
garle; la enormidad juega con su agonía. Parece que toda aqi 
sea odio. 

El lucha por lo tanto. 

Intenta defenderse, procura sostenerse, se esfuerza, nada, I 
pobre fuerza agotada en un instante, combate lo inagotable. 

¿Dónde está la nave? Allá á lo lejos. Apenas visible entre 1 
tinieblas del horizonte. 

Las ráfagas soplan; todas las espumas le abruman. Levant 
y no vé más que la palidez de las nubes. Asiste agonizando á 
sa demencia de los mares. Es ajusticiado por aquella locura. C 
extraños al hombre, que parecen venir de más allá de la tieri 
se sabe qué espantosas exterioridades. 

. Encuéntrame pájaros en las nubes; de igual, manera que á 
bre las miserias humanas; pero ¿qué pueden hacer por él? Es 
cantar y llorar y él estertorea. 

Siéntese envuelto á un tiempo por esos dos infinitos, el oc 
cielo; el uno es una tumba y el otro un sudario 

La noche desciende, cuantas horas que nada, sus fuerzas s 
la nave, aquel punto lejano en que hay hombres, se ha borrad 
tá sólo en el formidable abismo crepuscular; se hunde, se ent 
retuerce y siente debajo de él los vagos monstruos del infinito j 

— ¡No hay ya hombres! ¿Donde está Dios? 

Y exclama nuevamente: ¡uno! juno cualquiera! ¡cualquier; 
exclamándose: 

— Nada en e! horizonte. Nada en el cielo. 

Implora al espacio, á la honda, al alga, al escollo; todo es s 
gritos. Suplica á la tempestad misma; la tempestad impertí 
obedece más que al infinito. 

A su alrededor, la obscuridad, la bruma, la soledad, el tur 
pestuoso é incresciente, los pliegues indefinidos de las feroces < 
mismo el horror y el cansancio. A sus pies el abismo. Ni un 



NUEVOS AGRAVIOS 91 



apoyo. Imagínase el tenebroso acaso del cadáver entre la ilimitada obscu- 
ridad. El frío sin roce le paraliza. Sos manos se crispan y se cierran 
apretando la nada. Vientos, nubes, torbellinos, resoplidos, estrellas, ¡to- 
do inútil! ¿Qué hacer? Abandonarse desesperado; que ha tomado el par- 
tido de morir, y se deja llevar, deja hacer, suelta la presa; y helo rodan- 
do para siempre en las lúgubres profundidades de la absorción. 

' ¡Oh marcha implacable de las sociedades humanas! ¡Pérdidas de 
hombres y de almas en su carrera! Océano en el cual se precipita todo 
lo que deja caer la ley! ¡Desaparición siniestra de todo socorro! ¡Muerte 
moral! 

El mar es la inexorable noche social en la cual lanza la penalidad 
sus condenados. El mar es la miseria inmensa. 

El alma, abandonada á semejante precipicio, puede convertirse en 
cadáver. ¿Quién la resucitará? 



IX 
Nuevos agravios. 

Al llegar la hora de la salida del penal, al oir Juan Taljean junto á 
su oído esta extraña frase. ¡Eres libre! el momento fué para él inverosí- 
mil, inaudito; un rayo de luz viva, un rayo de la verdadera luz de los 
vivientes penetró súbitamente en él. Pero este rayo tardó bien poco en 
palidecer. Juan Yaljean se había desvanecido con la idea de la libertad. 
Había creído en una vida nueva. Pronto pudo ver lo que venía á ser una 
libertad á la cual se le dá pasaporte amarillo, rodeada naturalmente de 
amarguras. Había él calculado que sus alcances, durante su permanen- 
cia en presidio, habían de sumar unos ciento setenta y un francos. Pero 
es del caso advertir que se había olvidado de incluir en sus cálculos el 
reposo forzoso de los domingos y días festivos que f en los diez y nueve 
años acusaban una disminución de veinte y cuatro francos poco más ó 
me no 8- Fuese por lo que fuere, semejantes alcances habían sido reduci- 
dos, por diversas retenciones locales, á la suma de ciento nueve francos 
quince sueldos; que le habían sido entregados á su salida. 

No acertando á explicarse esto, se creyó perjudicado, ó mejor dicho, 
robado. 

Al día siguiente de su libertad en Grasse, vio delante de la puerta de 
m destilatorio de flores de naranjo, algunos hombres que descargaban 
'ardos. Ofrecióles sus servicios. El trabajo convenía y fueron aceptados. 
M*ose á trabajar. Era inteligente, robusto y diestro; cumplió perfecta- 
nente: el dueño pareció quedar satisfecho. Mientras estaba trabajando 
jasó un gendarme, fijóse en él y le pidió sus papeles. Fuele indispensa- 
)le mostrar su pasaporte amarillo. Hecho esto, Juan Valjean emprendió 



LOS HISERABi.ES 



nuevamente su tarea. Poco antes, había interrogado á uno de ¡ 
pañeros para saber cuanto ganaban diariamente en semejante 
el cual le contestó: treinta sueldos. Llegada la noche y come 
obligado á proseguir su marcha al día siguiente, por la mañana 
tose al dueño de la fábrica rogándole que le pagara. El fabril 
agua de azahar, no dijo una palabra y le dio quince sueldos. 
é\. Pero se le contestó: Demasiado es esto para tí. Insistió. El < 
la fábrica le dirigió una mirada amenazadora, diciéndole: ¡Cuic 
la eórceU 

A. pesar de lo cual creyó que se le había robado. 

La sociedad, el Estado, mermándole sus alcances, le habíar 
en grande. Entonces le correspondía su turno al individuo que 
ba, también, en pequeño. Licénciamiento dista mucho de ser re 
Se sale del penal, pero sigue la condena. 

Véase lo que le sucedió en Grasse. Ya sabemos de q^é mane 
sido recibido en D***. 



X 
El hombre desvelado. 

Luego que sonaron las dos de la madrugada en el rejol de la 
Juan Valjean despertó. 

Lo que le despertó fué el tener la cama demasiado buena. Ha 
veinte años que no se había acostado en una cama; y, por m: 
hubiese hecho sin desnudarse, la sensación había sido demasiad 
para no turbar su sueño. 

Había dormido más de cuatro horas. El cansancio se le habít 
Estaba acostumbrado á no conceder muchas horas al descanso. 

Abrió los ojos y miró un momento en la obscuridad alredec 
luego volvió á cerrarlos para dormir de nuevo. 

Cuando muchas sensaciones diversas han agitado el día; cus 
cosas que preocupan el espíritu, se duerme el hombre, pero r 
volver á dormirse después de despertar. El sueño viene mucho 
cilmente que vuelve. En esto se hallaba Juan Valjean. No pudit 
ver á dormirse, se paso á pensar. 

Estaba en uno de los momentos en que todas las ideas que 
espíritu son vagas. Sentía una especie de obscuro vaivén dentro 
bro. Sus antiguos recuerdos y sus recuerdos nuevos flotaban en 
cruzaban confusamente, perdiendo sus formas, agrandándose 
damente, y desapareciendo de súbito como dentro el agua agita 
lodazal. Muchos eran los pensamientos que se le acudían, pe 
uno sobre todos que se le presentaba de continuo y que aleja 



EL HOMBRE DEbVKLADO 93 



los demás. Este pensamiento, vamos á decirlo enseguida. — Habíase fija- 
do él, especialmente, en los seis cubiertos y cucharón de plata que la 
señora Magloria había puesto sobre lá mesa.. 

Aquellos seis cubiertos de plata le acosaban. 

— Estaban allí. — Casi á la mano. — Cuando había atravesado el cuar- 
to contiguo para entrar en el que se encontraba, la antigua sirvienta 
los estaba guardando en un pequeño armario junto á la cabecera de la 
cama. — Se había fijado mucho en aquel armario. — A la derecha, entran* 
do por el comedor. — Eran macizos. — Y de plata vieja. — Con el cucha- 
rón, bien valían al menos doscientos francos. — El doble de lo que él 
había ganado en diez yjnueve años. — Es verdad que él hubiera ganado 
mucho más si «la Administración no le hubiese robado.* 

Su espíritu osciló por espacio de más de una hora entre fluctuacio- 
nes, en las cuales se mezcló también algo de lucha. Dieron las tres. 
Abrió nuevamente los ojos, incorporóse bruscamente sobre la cama, 
alargó la mano buscando el morral que había dejado en un rincón de la 
alcoba, después dejó caer las piernas y se puso luego de pié á tierra, 
pero enseguida, y sin darse cuenta del cómo, se encontró sentado otra 
vez sobre el lecho. 

Estuvo un buen rato pensativo en esta actitud, que tenía algo de si- 
niestro para quien le hubiese observado entre aquellas sombras, solo, 
vestido y despierto mientras todo dormía en la casa. De pronto se deja 
caer sobre el suelo, descalzóse los zapatos, que dejó cuidadosamente so- 
bre la esterilla, junto al lecho, tomando después nuevamente su actitud 
meditabunda é inmóvil. En medio de aquella meditación imaginativa, 
las ideas que venimos indicando removían incesantemente su cerebro, 
entrando, saliendo y volviendo á entrar, amontonando sobre él una es- 
pecie de peso; y luego recordaba también, sin saber por qué y con 
aquella obstinado a maquinal del delirante, á un presidiario llamado 
Brevet, á "quien había conocido en el penal, el cual llevaba sujeto el 
pantalón por un solo tirante de randa de algodón. El dibujo, formando 
cuadros, de aquel tirante, se le presentaba sin cesar en la imaginación. 
, Continuaba en semejante situación, y hubiera tal vez seguido inde- 
finidamente en ella hasta hacerse de día, si el reloj no hubiese dado una 
campanada — el cuarto ó la media. — Pareció que esta campanada le di 
jese: ¡Anda! 

Púsose de pié, vaciló un instante, y escuchó; todo era silencio en la 
jasa; entonces se encaminó directamente, á cortos pasos, hacia la ven- 
ana que vislumbraba. La noche no era del todo obscura; había luna 
lena, ante la cual corrían extensas nubes acosadas por el viento. Esto 
troducía afuera, las naturables alternativas de sombra y luz, de ciar i - 
lad y eclipse, y por dentro una especie de crepúsculo. Semejante cre- 
púsculo, suficiente para servir de guía, intermitente á causa de las 
ubes, se parecía á la pálida luz que penetra por el respiradero de una 



94 LOS MISERABLES 

cueva, delante del cual van y vienen los transeúntes, Lle¡ 
tana Juan Valjean, la examinó. Vio desde luego que no t 
daba al jardín, y que no estaba cerrada, según costumbre 
que por una insignificante clavija. Abrióla, pero como pt 
camente en la estancia un aire frío y vivo, volvió á cen 
mente. Fijó en el jardín una mirada atenta, de exam 
contemplación. El jardín estaba cercado por una pared bl: 
baja y fácil de escalar. Al fondo, y á la otra parte, distin 
de algunoB árboles colocados á distancias regulares, lo cu 
que aquella cerca separaba el jardín de una alameda 6 
arbolada. 

Después de lanzar esta mirada, tomó el ademán de he 
y se dirigió á su alcoba, tomó su morral, lo abrió y reg 
de él un objeto que tiró sobre la cama; metióse los zapato 
líos, volvió á cerrar el morral, se lo cargó á la espalda, e: 
gorra cubriéndose los ojos con la visera, tomó su garrote 
colocó en el ángulo de la ventana; después volvió á la caí 
sueltamente el objeto que había dejado allí. Parecía una bí 
corta, aguzada por uno de sus extremos como un venablo 

Hubiera sido difícil distinguir entre aquellas tinieblat 
podía estar destinado semejante pedazo de hierro. ¿Er¡ 
palanqueta? ¿era una clava? 

A la luz hubiera podido reconocerse que no era otn 
barrena de cantero. Empleábanse entonces algunas veces 
extraer piedra de las elevadas colinas que rodean á Tolón 
extraño que tuviese á su disposición útiles de cantero. Li 
cantero son de hierro macizo, terminando en su extren 
punta, por medio de la cual se clavan en la roca. 

Tomó la barrena en su mano derecha, y reteniend( 
paso quedo, dirigióse á la puerta de la estancia próxima, 
sabemos, la del obispo. 

Llegó á la puerta, y la encontró entornada solamente. 
había cuidado de cerrarla, 

XI 
Lo que hacia 

Juan Valjean escuchó. No oyó el menor ruído. 

Empujó la puerta. 

Empujábala con sólo un dedo, ligeramente, con aquel!* 
tiva é inquieta del gato que desea entrar. 

La puerta, cediendo á aquella presión, movióse iinpe 
en el silencio, ensanchando un poco la abertura. 

Esperó un momento, volviendo luego á empujar la pu 
da vez, con mayor fuerza. 



LO QUE HACÍA 95 



Esta continuó cediendo silenciosamente. La abertura era ya bastante 
grande para darle paso. Pero había junto á la puerta una mesita que 
formaba ángulo con la misma, é impedía el paso. 

Juan Yaljean reconoció la dificultad. Era indispensable que la aber- 
tura se ensanchara más. 

Resolvióse á ello, y empujó la puerta por tercera vez; con mayor 
energía que las otras dos. Entonces un gozne mal engrasado, lanzó de 
repente en la obscuridad un chirrido prolongado y ronco. 

Juan Valjean se estremeció. El ruido de aquel gozne resonó en su 
oído como un eco que tenía algo de formidable y alarmante, como el 
clarín del juicio final. 

En los fantásticos temores del primer momento, llegó casi á figurar- 
se que aquel gozne se iba animando para tomar de súbito una vida te- 
rrible, y que ladraba como un perro, para advertir á todo el mundo y 
despertar á los que dormían. 

Detúvose tembloroso y espantado, cayendo de la punta del pie sobre 
el talón. Sentía latir en sus sienes las arterias como dos martillos de 
fragua, pareciéndole que su aliento salía de su pecho con el ruido del 
viento que sale de una, caverna. Le parecía imposible que el horrible 
clamor de aquel gozne irritado, no hubiese removido toda la casa como 
la sacudida de un terremoto; la puerta, empujada por él, se había alar- 
mado y había llamado; el anciano iba á levantarse, las dos mujeres iban 
á gritar, serían auxiliados; yantes de un cuarto de hora, la población 
estaría alarmada, y la gendarmería en pié. En aquel momento se creyó 
perdido. 

Quedóse donde estaba, petrificado como la estatua de sal, no atrevién- 
dose á hacer el menor movimiento. Pasáronse algunos minutos. La puer- 
ta estaba completamente abierta. Aventuróse á mirar dentro del cuarto. 
Nada se había movido. Aplicó el oído. Nada se movía en la casa. El ruido 
del gozne enmohecido no había despertado á nadie. 

El primer peligro había desaparecido, pero conservaba aún dentro de 
sí mismo, cierto espantoso encogimiento. Sin embargo, no retrocedió. No 
pensaba más que en acabar pronto. Dio un paso y penetró en el cuarto. 

En aquel cuarto reinaba la calma más perfecta. Distinguíanse aquí y 
allí algunas formas vagas y confusas, que de día, eran varios papeles 
esparcidos sobre una mesa, infolios abiertos, volúmenes apilados sobre un 
taburete, un sillón lleno de vestidos y un reclinatorio, pero que á seme- 
jante hora no presentaban más que ángulos tenebrosos y espacios blan- 
quecinos. Juan Valjean avanzó sigilosamente evitando tropezar con los 
jiuebles. Oía perfectamente en el fondo de la estancia la respiración tran- 
quila y regular del obispo dormido. 

Paróse de repente. Estaba junto al lecho. Había llegado antes de lo 
que creía. 

La naturaleza mezcla algunas veces sus efectos y sus espectáculos á 



96 LOS MISERABLES 



nuestras acciones, con una especie de oportunismo sombrío é inteligente^ 
como si quisiera hacer que reflexionásemos. Después de una media hora,, 
de estar el cielo cubierto por una gran nube, y en el preciso momento en 
que Juan Valjean se paró junto al lecho, rasgóse la nube como hecho á 
propósito, y un rayo de luna, atravesando la alta ventana, fué á iluminar 
de súbito las pálidas y apacibles facciones del obispo. El venerable ancia- 
no dormía tranquilamente. Estaba casi vestido dentro del lecho, á causa 
de la crudeza de las noches de invierno en los Bajos- Alpes, con un traje 
talar de lana obscura, que le cubría también los brazos por completo. Su 
cabeza descansaba sobre la almohada, en la actitud del abandono natu- 
ral de reposo; dejando caer fuera del lecho su mano adornada con el 
anillo pastoral, y con la que practicaba tantas y tan buenas obras y ac- 
ciones. Estaba su semblante bañado por completo de una vaga expresión 
y satisfacción, esperanza y beatitud. Aquella expresión era, más que 
una sonrisa, una aureola. Brillaba en su frente la inexplicable transpa- 
rencia de una luz oculta. El alma de los justos, durante sus sueños, con* 
templa indudablemente un cielo misterioso. 

Un reflejo de este cielo brillaba sobre el obispo. 

Era al mismo tiempo una transparencia luminosa, porque aquel 
cielo estaba dentro de él; era su conciencia. 

En el mismo instante en que el rayo de luna fué á sobreponerse, por 
así decirlo, aquella luz interior, apareció el dormido obispo como en la 
gloria, pero, endulzados no obstante, sus resplandores, por una media 
luz inefable. Aquella luna en el cielo, aquella naturaleza adormecida, el 
jardín sin murmullos, la casa toda en calma, la hora, el momento y el 
silencio general, reunían no sé qué de solemne é indecible al venerable 
reposo Je aquel hombre, envolviendo con una especie de aureola ma- 
jestuosa y serena, sus blancos cabellos y sus ojos cerrados; aquel sem- 
blante en el cual todo era esperanza, todo confianza; aquella cabeza de 
anciano en el sueno de un niño. 

Había, al parecer, algo de divino en aquel hombre augusto, hasta el 
punto de ignorarlo. 

Juan Valjean permanecía en la sombra, con su barrena de hierro en 
la mano, de' pié, inmóvil, espantado ante aquel anciano venerable y ra- 
diante. Jamás había visto nada parecido. Aquella confianza le aterraba. 
El mundo moral no puede presentar un espectáculo más imponente, que 
aquel; una conciencia turbada é inquieta, próxima á cometer una mala 
acción y contemplando el sueño de un justo. 

Semejante sueño, en aquella soledad, y teniendo quién tenía á su la- 
do, encerraba algo de sublime, que él sentía vagar en torno suyo impe- 
riosamente. 

Nadie hubiera acertado á decir lo que en aquel momento pasaba por 
él. Para probar de darse cuenta, sería preciso imaginarle lo que pueda 
existir de más violento junto á lo más suave. En su misma expresión no 




KL OD 151*0 TítABAJA ' 97 



había nada que leer claramente. Manifestaba una especie de asombro 
salvaje. Miraba, miraba; y nada más. Pero, ¿qué pensaba? Hubiera sido 
imposible adivinarlo. Lo único cierto, es que estaba conmovido y tras- 
tornado. Pero, ¿de qué provenía aquella emoción? 

Su mirada no se separaba del anciano. Lo único que se desprendía 
claramente de su actitud y de la expresión de su fisonomía, era una ex- 
traña indecisión. Hubiérase dicho que vacilaba entre dos abismos; era 
el uno el de su perdición, y el de su salvación el otro. Ta parecía dispues- 
to á romper aquel cráneo, ya á besar aquella mano. 

* Después de unos instantes, su mano izquierda se elevó vacilando has- 
ta la frente, y cogió su gorra, luego volvió á bajar el brazo con igual len- 
titud, volviendo nuevamente á su contemplación con la gorra en la 
mano izquierda, el hierro en la derecha y erizados los cabellos de su feroz 
cabeza. 

El obispo continuaba durmiendo en la paz más profunda, bajo aque- 
lla espantosa mirada. 

Un rayo de luna hacía destacar confusamente sobre la chimenea 
el crucifijo que parecía abrir los brazos á los dos, para bendecir al uno y 
perdonar al otro. * 

De pronto, volvió Juan Valjean á cubrir ftu cabeza con la gorra, 
atravesó precipitadamente la distancia de la cama sin mirar al obispo, 
dirigiéndose al armario que vislumbraba junto á la cabecera; levantó el 
hierro, como para forzar la cerradura, pero se encontró puesta la llave, 
abrió; la primera cosa que encontró fué la canastilla de los cubiertos; 
tomóla, atravesó la estancia á grandes pasos, y sin curarse apenas del 
ruido que pudiera hacer; gana la puerta, entra de nuevo en el oratorio, 
abre la ventana, coge su palo, salta por el antepecho, guarda los cu- 
biertos en su morral, tira la canastilla, atraviesa el jardín, salta la tapia 
con la agilidad de un tigre, y huye. 

XII 
El obispo trabaja 

Al día siguiente, al salir el sol, estaba monseñor Bienvenido pasean- 
do por el jardín, cuando la señora Magloria fué corriendo hacia él toda 
azorada. 

— Monseñor, monseñor, — gritaba ella, — ¿sabe Su Uustrísima, dónde 
itá la canastilla de los cubiertos? 

— Sí, — dijo el obispo. 

— ¡Jesús! ¡Dios sea loado! — repuso ella. — Yo no sabía donde había 
lo á parar. 

El obispo acababa de encontrarse con la canastilla, en uno de los pa- 
nos del jardín. T se la presentó á la señora Magloria. 

TOMO I 7 



98 LOS MISKRABLES 

— Aquí está. 

— E3 verdad, — dijo ella, — pero vacía. ¿Dónde está la plata? 

— ¡Ah! — exclamó el obispo, — ¿era la plata lo que os preocupa 
noro donde está. 

— ¡Gran Dios! ¡ha sido robada! el hombre de ayer noche es q 
ha robado. 

En un santiamén, con toda la inteligencia de una vieja lista, 1 
ra Magloria corrió al oratorio, entró en la alcoba y volvió hasts 
estaba el obispo. Este acababa de bajarse y examinar, suspiran 
mata de cochlearia de Guillons que la canastilla había destrozad! 
arrojada contra la planta. Levantóse á los gritos de la señora Mí 

— ¡Monseñor! ¡el hombre no está! ¡la plata ha sido robada! 

Al lanzar esta exclamación, sus ojos se fijaron en uno de los ¡ 
del jardín, en el qué había señales evidentes de escalamiento. El 
de la cerca había sido arrancado. 

— ¡Ved! ¡por allí debe haber salido! ¡Habrá saltado al callejón 
chefilet! ¡Qué atrocidad! ¡habernos robado los cubiertos! 

El obispo guardó silencio unos instantes, y levantando luego 1 
dijo suavemente, mirando con seriedad á*la señora Magloria: 

— ¿Ea verdad que esta plata era nuestra? 

La señora Magloria se quedó admirada. Hubo otro instante d 
ció; enseguida continuó el obispo: 

— Señora Magloria, yo guardaba injustamente, hace algún 
estos cubiertos, porque eran de los pobres. ¿Quién era éste homl 
pobre, indefectiblemente. 

— ¡Ay Dios mío! — dijo la señora Magloria. — No es por mí, ni 
señorita Batistina, esto nos es igual. Pero por vos. Monseñor. ¿( 
vais á comer ahora? 

El obispo se fijó en ella con aire de asombro. 

— ¡Ah, ya! ¿no hay por ventura cubiertos de estaño? 

La señora Magloria se encogió de hombros. 

— El estaño despide olor. 

— Entonces, de hierro. 

La señora Magloria hizo un gesto expresivo. 

— El hierro sabe peor. 

— ¡Bien! — dijo el obispo,— cubiertos de palo. 

Algunos instantes después, Su Ilustrísima almorzaba en la mi* 
sa en que ne había sentado Juan Valjean la noche anterior. Du 
almuerzo, monseñor Bienvenido hizo notar alegremente á su he 
que nada decía, y á la señora Magloria, que murmuraba entre 
que no eran de absoluta necesidad las cucharas ni los tenedores, 
de palo, para mojar un pedazo de pan en una taza de leche. 

— ¡Vaya una ocurrencia! — exclamaba la señora Magloria f 
adentros yendo y viniendo, — ¡recibir nn hombre como aquél, y 



EL OBISPO TRABAJA 99 



dormir á su lado, por añadidura! ¡T gracias á Dios que no ha hecho más 
-que robar! ¡Ay Dios mío! ¡extremece solamente el pensarlo! 

Cuando iban los dos hermanos á levantarse de la mesa, llamaron á la 
puerta. 

— Entrad,— dijo el obispo. 

Abrióse la puerta; un grupo extraño y violento apareció en el um- 
bral. Tres hombres traían agarrotado á un cuarto. Los tres eran gendar- 
mes: el cuarto, Juan Valjean. 

El sargento de gendarmería, que parecía mandar el grupo, estaba 
junto á la puerta. Entró, adelantándose hasta el obispo, y saludándole 
militarmente: 

— Monseñor... — dijo el sargento. 

A esta palabra, Juan Valjean, que estaba como taciturno y abatido 
al parecer, levantó la cabeza con aire admirado. 

— ¡Monseñor! — murmuró. — ¿No es este el cura? 

— ¡Silencio! — dijo un gendarme. — Es monseñor el obispo. 

Entre tanto, monseñor Bienvenido se había adelantado con toda la 
prisa que le permitían sus años. 

— ¡Ah! ¡vos aquí!— exclamó mirando á Juan Valjean. — Me alegro de 
ireros. 

Pero yo os había dado también los can del er os, que son de plata como 
lo demás, y de los que podréis sacar muy bien doscientos francos. ¿Por 
•qué no os los habéis llevado con los cubiertos? 

Juan Valjean abrió los ojos mirando al venerable prelado con una 
expresión que ninguna lengua humana pudiera pintar. 

— Monseñor,— dijo el jefe de los gendarmes, — ¿entonces lo que dice 
-este hombre es la verdad? Le hemos encontrado. Iba como quien huye. 
Le hemos detenido para ver. Llevaba esta plata... 

— Y él os habrá dicho, — interrumpió el obispo sonriendo, — ¿que se la 
había dado un buen viejo, un cura, encasa del que había pasado la 
noche? ¡Ya comprendo! ¿Y le habéis conducido aquí? ¡Caramba! En fin, 
ha sido un error. 

— Siendo así, — repuso el sargento, — ¿le podemos dejar en libertad? 

— Naturalmente, — respondió el obispo. 

Los gendarmes dejaron á Juan Valjean, quien retrocedió. 

— ¿Luego es verdad que se me deja? — dijo él con acento inarticulado 
v como en sueños. 

— Sí, se te deja. ¿No lo has entendido? — dijo un gendarme. 

— Amigo mío,^ — repuso el obispo, — antes de iros, aquí están vuestros 
mdeleros. Recogedlos. 

Y yendo á la chimenea, tomó los dos candeleros de plata y se los en- 
tregó á Juan Valjean. Las dos mujeres contemplaban aquella acción sin 
ecir una sola palabra, sin hacer un gesto, sin dar una mirada que pú- 
lese disgustar al obispo. 



100 LOS MISERABLES 



Juan Valjean temblaba de pies á cabeza. Tomó los candeleros maqui- 
nalmente y en ademán dudoso. 

— Ahora, — dijo el obispo, id en paz. — A propósito, — añadió dirigién- 
dose á Juan: Cuando volváis, amigo mío, no tenéis necesidad de pasar 
por el jardin. Podéis siempre y á todas horas entrar y salir por la puerta 
de la calle. No está cerrada más que por el pestillo, así de noche como- 
de día. 

Luego, volviéndose á los gendarmes: 

— Señores, os podéis retirar. 

Los gendarmes salieron. 

Juan Valjean estaba como quien vá á desmayarse. 

El obispo se le acercó y le dijo en voz baja. 

— No olvidéis nunca jamás que me habéis prometido emplear el valor 
de esta plata para haceros bueno y honrado. 

Juan Valjean que no tenía el menor recuerdo de haber prometido na- 
da, seguía admirado. El obispo había acentuado mucho aquellas pala- 
bras al pronunciarlas. Entonces repuso solemnemente: 

— Juan Valjean, hermano mío, ya no pertenecéis al mal, sino al bien. 
Es vuestra alma la que yo compro; yo la separo del espíritu del mal para 
entregársela á Dios. 

XIII 
Gervasillo. 

Juan Valjean salió de la ciudad como escapado. Internóse precipi- 
tadamente por los campos, tomando los caminos y sendas que se le pre- 
sentaban, sin advertir que volvía á cada instante sobre sus pasos. Andu- 
vo errante de este modo toda la mañana, sin comer ni sentir* necesidad. 
Era pre*a de un sinnúmero de sensaciones nuevas. Sentía una especie de 
cólera, é ignoraba contra quién. No hubiera podido asegurar si estaba 
conmovido ó humillado. Sentíase por instantes dominado por una ternura 
extraña, que procuraba combatir oponiéndole todo el endurecimiento de 
sus últimos veinte años. Semejante situación le fatigaba. Advertía, no 
sin inquietud, que se debilitaba á pesar suyo en su interior la calma es- 
pantosa que la injusticia de su desgracia le había dado. Preguntábase á. 
sí mismo que era lo que debía reemplazarla. A veces hubiera preferida 
verdaderamente haber sido preso por los gendarmes, y que no hubieran 
pasado las cosas de aquella manera; pues, de seguro, no se hubiera tras- 
tornado tanto. Por más que la estación estuviese ya muy adelantada 
había aún entre las enramadas alguna que otra flor tardía, cuyo oIoj 
que iba él aspirando durante su marcha, le traía á la memoria sus re 
cuerdos de la infancia. Tales recuerdos le eran casi insoportables, tanto 
tiempo hacía que no los había probado. 

Mil pensamientos inexplicables de semejante índole le acosaron du 
xante todo el uía. 



GER VASILLO 101 



Cuando el «oí declinaba ya al poniente, prolongando sobre el suejo 
la sombra del más insignificante guijarro, sentóse Juan Yaljean detrás 
de un matorral sobre una extensa llanura rojiza, absolutamente desierta. 
No tenía otro horizonte que los Alpes. Ni siquiera un solo campanario 
de aldea próxima ni lejana. Juan Yaljean podía estar á la sazón como á 
unas tres leguas de D***. Una senda que atravesaba la llanura, pasaba 
á pocos pasos del matorral. 

En medio de aquel lugar de meditación, que podía contribuir un 
poco á hacer más espantoso con sus harapos, para cualquiera que le hu- 
biese encontrado, oyó una especie de ruido alegre. 

Volvió la cabeza, y vio venir por la senda un niño saboyano como 
•de unos diez años, que venía cantando, con su gaita pendiente de un 
costado y la caja de su marmota á la espalda. 

Uno de esos tiernos y alegres muchachos que van de un país á otro, 
enseñando las rodillas por los rotos del pantalón. 

Sin dejar el canto, interrumpía el chico de cuando en cuando su 
marcha, jugando con algunas monedas que llevaba en la mano, toda su 
fortuna probablemente. Entre aquellas monedas había una pieza de 
cuarenta sueldos (1). 

El muchacho se paró junto al matorral sin ver á Juan Valjean, ti- 
rando al aire sus monedas, que hasta entonces había venido recibiendo 
juntas, con bastante destreza, sobre el dorso ..de la mano. 

Pero esta vez la pieza de cuarenta sueldos se le escapó, y se fué ro- 
dando entre la hojarasca hasta Juan Yaljean. 

Juan Yaljean le puso el pié encima. 

.Sin embargo, el muchacho, que había seguido la moneda de reojo, 
•vio perfectamente donde había ido. 

Fuese el niño, sin detenerse, derecho al hombre. 

Era aquel un lugar del todo solitario. Tanto como pudiera exten- 
derse la mirada, no había una sola persona en la senda ni en la llanura. 
Solo se oía el débil piar de una nube de pájaros que cruzaban el cielo á 
grande altura. El muchacho, vuelto de espaldas al sol que entretejía sus 
rayos de oro con sus cabellos, y que pintaba de un rojo sangriento las 
salvajes facciones de Juan Valjean. 

— Señor, — dijo el chiquillo saboyano, con aquella confianza de la 
niñez, mezcla de ignorancia é inocencia, — ¡mi pieza! 

— ¿Cómo te llamas? — le dijo Juan Valjean. 

— Ger vasillo, señor. 

— Vete,— dijo Valjean. 

— Señor, — repuso el chico, — devolvedme mi moneda. 

Juan Valjean bajó la cabeza sin contestar palabra. 

El niño repitió: 



) Dos pesetas moneda española. 



MISERABLES 



— ¡Mi moneda, ^eñor! 

La mirada de Juan Valjean seguía fija en tierra. 

—¡Mi pieza! — gritó el muchacho, — ¡mi pieza blanca! ¡mi ir 
de plata! 

Parecía que Juan Valjean no entendía una palabra. El niño le 
del cuello de la blusa y sacudióle. Al mismo tiempo se esforzaba < 
podía para hacer que se separase de donde estaba, el grosero zapa 
veteado que cubría su tesoro. 

— ¡Quiero mi moneda! ¡mi moneda de cuarenta sueldos! 

El niño lloraba. Levantó Juan Valjean la cabeza. Fermanec 
obstante, sentado y sin moverse. Sus ojos estaban velados. tJont 
al muchacho como asombrado, luego alargó la mano hasta su gt 
gritando con acento terrible: 

— ¿Quién anda ahí? 

— Yo, señor, — respondió el muchacho, — ¡Gervasillo! ¡yo! ¡yo 
volvedme mÍ8 cuarenta sueldos si os place! 

Después, irritado, pequeño y todo como era y en tono de am 

— A ver, quitad el pié de ahí; ¡quitadlo os digo! 

— ¡Ah! eres tú todavía, — dijo levantándose bruscamente Juai 
jean y en tono amenazador, pero sin mover el pié de sobre la m 
añadiendo: 

— ¡Quieres irte de aquí! 

El muchacho le dirigió una mirada de espanto, y luego com 
temblar de pies á cabeza, y después de algunos segundos de es 
echó á correr con todas sus fuerzas, sin atreverse á volver la cab 
lanzar un grito. 

No obstante, á no larga distancia la fatiga le obligó á parí 
Juan Valjean, al través de sus meditaciones, creyó oírle llorar. 
. Después de unos instantes, el muchacho había desaparecido. 

El sol se había puesto. 

Las sombras se aumentaban al rededor de Juan Valjean. No 
comido en todo el día; es muy probable que tenía fiebre. 

Continuaha todavía en pié sin haber cambiado de actitud, des 
había desaparecido el muchacho. La respiración agitaba su p 
largos y desiguales intervalos. Su mirada, fijada á unes diez < 
pasos delante de él, parecía estudiar con profunda atención la fo: 
un tiesto viejo de barro pintado de azul que essaba éntrela yer 
pronto pareció estremecerse; acababa de sentir la impresión del 
la noche. 

Encasquetóse su gorro hasta cubrir la frente por completo, 
maquinalmente la manera de abrochar su blusa, dio un paso, y i 
chó para tomar su garrote del suelo. 

En aquel momento, vio la moneda de cuarenta sueldos que 



6ERYASILL0 * 103 

, - / 

medio hundido en el suelo con su pié, y que brillaba en medio de las 
piedras. Esto produjo en él una especie de emoción galvánica. 

— ¿Qué es esto? — murmuró entre dientes. Retrocedió tres pasos, pa- 
rándose de repente sin poder separar los ojoadel punto en que había sen- 
tado la planta hacía un momento, como si aquello que brillaba en medio 
de la obscuridad hubiese sido un ojo abierto que le mirase fijamente. 

Después de unos instantes se precipitó convulsivamente sobre aque- 
lla moneda de plata, tomóla, levantándose enseguida, y comenzó á 
mirar á lo lejos, por toda la llanura, dirigiendo á un tiempo sus miradas 
hacia todos los puntos del horizonte, anhelante y tembloroso como una 
fiera que busca un asilo. 

Nada alcanzó ver. La noche estaba encima, la llanura fría y vaga, 
algunas grandes brumas violadas acudían entre las luces del crepúsculo. 
— ¡Ah! — exclamó de pronto, y se alejó rápidamente en determinada 
dirección por allí donde el muchacho había desaparecido. Después de 
haber andado unos treinta pasos, paróse nuevamente á mirar, pero nada 
vio. 

Entonces gritó con todas sus fuerzas: 
— ¡Gervasillo! ¡Gervasillo! 
Callóse y escuchó. # 
No le respondió nadie. 

El campo estaba tétrico y desierto. Estaba solo rodeado por la exten- 
sión. No tenía Juan en torno suyo más que sombras, entre las que' se 
perdía su mirada, y el silencio en el que se perdía también su voz. 

Soplaba un airecillo glacial, que daba á las cosas de su alrededor una 
especie de vida lúgubre. Los arbustos agitaban sus desmedradas ramas 
Con increíble furia. Hubiérase dicho que amenazaban y perseguían á al- 
guien. 

Volvió á emprender su marcha nuevamente; luego empezó á correr; 
de cuando en cuando se paraba para gritar entre aquellas soledades cpn 
una voz que encerraba á la vez la expresión y el tono más formidable y 
desolado que puede imaginarse. «¡Gervasillo! ¡Gervasillo!» 

Es bien seguro que si el muchacho hubiese oído aquellas voces, hu- 
biera guardado de acudir Pero el muchacho estaba, á no dudarlo, ya 
muy lejos. Topóse con un cura que venía á caballo. Aqercósele y díjole: 
— Señor cura, ¿habéis visto pasar un muchacho? 
— No,— contestó el clérigo. 
— ¿Uno que se llama Gervasillo? 
— No he visto á nadie. 

Entonces sacó dos monedas de cinco francos de su bolsa y se las dio 
«1 cura. 
. — Señor cura, esto para los pobres. Señor cura, es un muchacho de 
mos diez años, que lleva una marmota, creo, y también una gaita. Iba 
e paso. Uno de esos sa boy anos, ¿entendéis?... 



104 LOS MISERABLES 



— No, no le he visto 

— ¿Gervasillo? ¿No hay algún pueblecillo por aquí? ¿Podeísdecírmelo? 

— Si es como vos decís, amigo mió, será uno de tantos chiquillos 
extranjeros que atraviesan el país, y á quienes íiadie conoce. 

Juan Vaijean tomó violentamente otras dos monedas de cinco francos 
y se las dio también al cura. 

— Para vuestros pobres,— dijo. 

Después añadió como azorado: 

— Señor cura, haced que me prendan. Soy un ladrón. 

El cura picó á un tiempo ambas espuelas, y huyó despavorido. 

Juan Vaijean se puso á correr en la misma dirección que había to- 
mado antes. 

Caminó así, á la ventura, un buen espacio, mirando, llamando, y 
gritando, pero sin encontrar persona alguna. Dos ó tres veces corrió 
por la llanura hacia algo que le hizo el efecto de una persona tendida ó 
acurrucada; pero veía luego que no eran sino malezas ó rocas á flor de 
tierra. Por fin, en un punto en el cual se cruzan tres senderos, se paró. 
La luna había salido. Dirigió una mirada á lo lejos, llamando por última 
vez: «¡Ger vasillo! ¡Gervasillo! ¡Gervasillo!» Sus gritos se perdieron entre 
la bruma, sin ni siquiera devolver un eco. Murmjiró todavía: «¡Oervasi- 
Uo!» pera con voz débil y casi inarticulada. Este fué su último esfuerzo; 
sus piernas vacilaron bruscamente bajo su peso, como si un poder invi- 
sible le anonadara con todo el peso de su siniestra conciencia; cayendo 
desvanecido sobre una gran piedra, los puños entre sus cabellos, y la 
cabeza entre ambas rodillas, gritando desolado: 

«¡Soy un miserable!» 

Abrióse á este grito su corazón y rompió á llorar. Fué esta la prime- 
ra vez que lloró después de diez y nueve años. 

Cuando Juan Vaijean salió de casa el obispo, como hemos visto, esta- 
ba muy distante de todo cuanto había pensado hasta entonces. No podía 
acertar con lo que estaba pasando por él. Resistíase contra la angelical 
acción y contra las dulces palabras del anciano. «Me habéis prometido 
ser un hombre digno. Yo compro vuestra alma. Yo se la retiro al espfri* 
tu del mal y la entrego al Dios bueno.» Esto lo estaba oyendo sin cesar. 
Pero oponía á esta celestial indulgencia el orgullo, que viene á ser en 
nosotros la fortaleza del mal. Sentía él clara y distintamente que el per- 
dón de aquel sacerdote, era el mayor y más formidable ataque allí don- 
de estaba aún abroquelado; que su endurecimiento sería infinito si alcan- 
zaba á resistir aquella clemencia; que si cedía le sería forzoso renunciar 
á aquel odio eft el cual las acciones de los demás hombres habían llena- 
do su alma durante tantos años, y en el cual se gozaba; que esta vez era 
preciso vencer ó ser vencido, y que la lucha, una lucha colosal y defini- 
tiva, estaba entablada entre su maldad y la bondad de aquel hombre. 

En presencia de todas aquellas luces, caminaba él como un hombre 



r.ERV\sn,M> 105 



ebrio. Mientras andaba de esta manera, los ojos extraviados, ¿había en 
él una percepción distinta de la que podría resultar para el de su aven- 
tura de D***? ¿tenía él todos aquellos murmullos misteriosos que advier- 
ten ó importunan el espíritu en ciertos momentos de la vida? Una voz le 
decía al oído que acababa de atravesar el momento solemne de su desti- 
no; que ya no había otro medio para él; que si no era en lo sucesivo el 
mejor de los hombres, sería el peor; que era preciso, por decirlo así, que 
se elevara á la sazón más alto que el obispo, ó descendiese más bajo que 
el presidiario; que si él quería ser bueno, era preciso que fuese un ángel, 
y que si quería permanecer malo, era indispensable que fuese un móns 
truc 

Aquí debemos aún volver á interrogar sobre lo que ya lo hemos he- 
cho otra vez: ¿guardaba, aunque fuese confusamente, alguna sombra de 
todo esto en su memoria? Ciertamente, la desgracia, ya lo hemos dicho, 
educa la inteligencia; pero es muy de dudar que Juan Valjean estuviese 
en estado de comprender todo cuanto dejamos indicado aquí. Si aquellas 
ideas se le presentaban, él las entreveía mejor que las veía; y servían 
únicamente para producir en él una turbación inexplicable y casi dolo- 
rosa. Al salir de aquel antro negro y deforme que se llama presidio, el 
obispo le había herido el alma, como una voz demasiado viva le hubie- 
ra herido los ojos al salir de las tinieblas. La vida futura, la vida posible 
que se le presentaba desde luego puro y radiante, le llenaba de pesadum- 
bre y ansiedad. El no sabía, en verdad, donde se hallaba. Como un mo- 
chuelo que viera bruscamente la luz del sol, el presidiario había sido 
deslumhrado y cegado por la virtud. 

Lo verdaderamente cierto, y sobre lo cual no tenía la menor duda, 
era que había ya dejado de ser el mismo hombre, que todo había cam- 
biado en él, puesto que no estaba en su mano , hacer que el obispo no le 
hubiese hablado ni le hubiese conmovido. 

En semejante estado de ánimo, había encontrado á Ger vasillo, y le 
había robado aquellos cuarenta sueldos. ¿Por qué? El no hubiera, de se- 
guro/alcanzado á explicarlo; ¿había sido un postrer esfuerzo y como á 
supremo esfuerzo de la maldad de pensamientos que había aportado del 
penal, un resto de impulsión, un resultado de lo que se llama en estática 
fuerza adquirido? Era ento, y era menos todavía que esto, tal vez. Di- 
gámoslo simplemente, no era .él quien había robado; no había sido el 
ubre, había sido la bestia que, por costumbre ó por instinto, había 
¿sto sencillamente el pié sobre la moneda, mientras la inteligencia lu- 
iba entre innumerables observaciones desconocidas y nuevas. 
Cuando la inteligencia despertó y comprendió lo brutal de la acción, 
ra Valjean retrocedió angustiado y dio un grito de espanto. 
Y era que por un extraño fenómeno, solamente posible en una sitúa- 
n como la en que se hallaba, al robar aquel dinero á aquel niño, ha- 
. hecho una cosa de la que no era ya capaz. 



Fuese lo que fuere, aquella postrera mala acción prodi 
efecto decisivo; atravesó bruscamente el caos que existía en e 
cia, disipándolo, separó y puso aparte las espesas obscurk 
otra la luz, agitó su alma, en el estado en que se hallaba, c 
ciertos reactivos químicos, una mezcla turbia, precipitando 
to y clarificando otro. 

Desde luego, y antes de reflexionar y examinar, desatent 
que busca la manera de salvarse, trató de encontrar al mué 
devolverle su dinero; cuando hubo reconocido que era aqu 
imposible, detúvose desesperado. En el momento en que excla: 
un miserable!» acababa de reconocerse tal cual era, estando 
separado de sí mismo, hasta el punto de figurarse no ser u 
fantasma que tenía delante de sí, en carne y hueso, con el g 
mano, la blusa andrajosa, el morral lleno de objetos robados í 
el semblante tétrico y resuelto, con su imaginación llena d< 
abominables, al repugnante presidiario Juan Valjean.' 

Su excesiva desventura, como hemos dicho, le había hec 
visionario. Fué esto por consiguiente una visión. Llegó á vei 
mente á Juan Valjean, con su siniestra catadura delante de i 
momento en que quiso preguntar quién era aquel hombre q 



Su cerebro se hallaba en uno de aquellos momentos viole 
sin embargo, horriblemente tranquilos, en los cuales la ficci¿ 
tiva es tan profunda que absorbe la realidad. En cuyos mom 
uno lo que tiene delante y junto á sí, y en los que vemos coj 
nosotros, las figuras que llenan nuestro espíritu. 

Contemplábase, pues, así mismo, por así decirlo, frente á 
mismo tiempo, al través de aquella alucinación, estaba viendc 
misteriosas profundidades, una especie de luz que llegó á ton 
antorcha. Mirando luego con mayor atención aquella luz 
de su conciencia, reconoció que tenía forma humana, y c 
antorcha era el obispo. 

Su conciencia comparó á su vez aquellos dos hombres, col 
ella: el obispo y Juan Valjean. Era indispensable que no fu( 
el primero para confundir al segundo. Por uno de aquellos ef< 
lares propios de semejante clase de éxtasis, á medida que si 
prolongaba, iba el obispo agrandándose y resplandeciendo á 
Juan Valjean se achicaba y desvanecía. Llegó un punto en q 
más que una sombra. Luego desapareció por completo. Quec 
obispo llenando de clarísimos resplandores los espacios del ali 
miserable. 

Juan Valjean, lloró mucho, lloró ardientísimas lágrimas, 
zando con mayor debilidad que una mujer, y más miedo que 

A medida que lloraba, iba produciéndose más y más en 



KL AÑO 1817 107 



una extraordinaria claridad, una claridad maravillosa y terrible á la vez. 
Su vida pasada, su primera falta, su larga expiación, su embruteci- 
miento exterior, &u interior dureza, su misma libertad unida á sus 
planes de venganza, lo que le Había pasado en casa del obispo, la última 
cosa que había hecho, aquel robo de cuarenta sueldos á un chiquillo, 
crimen tanto más infame, tanto más monstruoso, cuanto que había sido 
cometido después de la absolución del obispo; todo lo cual se le presentaba 
claramente en medio de una luz que hasta entonces jamás había visto. 

Estaba viendo su vida, y le parecía horrible: su alma, espantosa. Sin 
embargo, una dulcísima luz se derramaba sobre aquella vida y sobre 
aquella alma. Le parecía ver á Satanás á la luz del paraíso. 

¿Cuántas horas estuvo así llorando? ¿Qué hizo después dé haber 
llorado? ¿Adonde fué? nadie lo ha sabido jamás. Parece solamente 
averiguado que, durante aquella misma noche, el carretero, que hacía 
en aquella época el serv ; cio de Grenoble y que llegó á D*** á eso de las 
tres de la madrugada, vio, al atravesar la calle del Obispado, un hombre 
en actitud de orar, arrodillado sobre el pavimento y en la sombra junto 
á la puerta de Id casa donde vivía monseñor Bienvenido. 

LIBRO TERCERO 

EN EL AÑO 1817 



El año 1817 

Este fué el año que Luís XVIII, con una especie de aplomo real, que 
no carecía de vanidad, calificó de vigésimo segundo de su reinado. Fué 
también el año de la celebridad del señor Bruguiére de Sorsum. Todas 
las tiendas de los peluqueros, esperando el polvo y la vuelta del ave real, 
aparecían estucadas de azul y flor delisadas. Era aquella la época ino- 
cente y candida en que eí conde Lynch sentábase todos los domingos 
como mayordomo, en el banco de la obra de San Germán de los Prados 
vistiendo el uniforme de par de Francia, con su cordón rojo y su larga 
nariz, y aquel majestuoso perfil propio de un hombre que ha hecho algo 
noso. El algo famoso realizado por el señor Lynch fué el siguiente; 
~>er, siendo alcalde de Burdeos el 12 de Marzo de 1814, entregado la 
dad antes de tiempo al señor duque de Angulema. De ahí su dignidad 
par. En 1817, la moda embutía los niños de cuatro á seis años en sen- 
j gorras de cordobán con orejeras muy parecidas á las mitras de los 
[uimales. El ejército francés fué vestido de blanco á la austríaca; los 
pimientos se llamaron legiones, y en lugar del número correspondien- 
tomaron los nombres de los departamentos. Napoleón se encontraba" 



10& LOS MIShRABLKS 



en Santa Elena, y como Inglaterra le negaba el paño verde, hizo que 
fuesen vueltos del revés sus viejos uniformes. 

En 1817, Pellegrini cantaba, la señorita Bigottini bailaba, Potier rei- 
naba, y Odry no existía aún. La señora Saqui sucedía á Forioso. Había 
aún prusianos en Francia. El señor Delalot era un personaje. La legiti- 
midad acababa de afirmarse cortando la muñeca, y luego la cabeza, 4 
Pleignier, á Carbonneau y á Tollerón. 

El príncipe de Talleyrand, gran chambelán, y el cura Luís, designa- 
do para ministro de Hacienda, se contemplaban mutuamente riendo 
como dos augures; ambos habían celebrado, el 14 cte Julio de 1790. la 
misa de la federación en el campo de Marte; Talleyrand había oficiado 
-de obispo, Luís le había ayudado como diácono. 

En 1817, en las travesías de las alamedas de aquel mismo campo de 
Marte (Marzo), veíanse grandes cilindros de madera, expuestos á la llu- 
via, y pudriéndose entre la yerba, pintados de azul, con restos de águi- 
las y de abejas desdorados. Habían sido las columnas que dos años an- 
tes habían sustentado el solio del emperador en el campo de Mayo. Es- 
taban esparcidos aquí y allí, y ennegrecidos además por el fuego de los 
vivacs, de los austríacos acampados junto á Gros Caillou. Dos ó tres de 
aquellas columnas habían desaparecido en las hogueras de los vivacs, 
habiendo calentado las grandes manos de los Kaiserlicks. 

El campo de Mayo tenía de notable, que había sido celebrado en el 
mes de Junio en el campo de Marzo. 

Durante el aña 1817 se habían popularizado dos cosas: el Voltaire 
Touquet, y la tabaquera de la Carta. 

La emoción parisién más reciente había sido el crimen de Dautun, 
quien había tirado la cabeza de su hermano al pilón del mercado de las 
flores. 

Comenzaba á inquietarse el ministro de Marina por no tener noticias 
de la desgraciada fragata Medusa, que debía cubrir de mengua á Chau- 
mareix y de gloria á Géricault. El coronel Selves había ido á Egipto para 
trocarse en Spliman Pacha. El palacio de las Termas, de la calle de La 
Harpe, servía de tienda á un tonelero. Veíase todavía en la plataforma 
de la torre octógona del palacio de Cluny , la casilla de madera que había 
servido de observatorio á Messier, astrónomo de la marina de Luís XVT. 

La duquesa de Duras leía á tres ó cuatro amigos, en su gabinete ta- 
pizado de raso azul celeste, la Ourika inédita. Raspábanse las N. < 
Louvre. El puente de Austerlitz abdicaba, intitulándose puente del Js 
din del Rey, doble enigma que encerraba á la vez el puente de Austf 
litz y el jardín de Plantas. 

Luis XVín, preocupado en marcar con la uña en Horacio los héro< 
que se hacen emperadores, y los zapateros que se hacen delfines, ten 
además dos inquietudes constantes, Napoleón y Mathurin Bruneau. 
La Academia francesa daba como tema de premio: la dicha procun 



EL ANO 1817 109 



el estudio. El señor Bellart era elocuente oficialmente. Veíase germinar 
Á su sombra al futuro abogado general de Broe, entre los sarcasmos de 
Pablo-Luis Courier. Había también un falso Chateaubriand llamado 
M archangy, esperando á que saliese un falso Marchangy llamado Ar lin- 
eo urt. Clara de Alba y Malek-Adel eran grandes obras; la señora Cottin 
había sido declarada primer escritor de la época. El Instituto dejó bo- 
rrar de su lista al académico Napoleón Bonaparte. Un real decreto erigía 
Angulema eñ escuela de marina, porque siendo el duque de Angulema 
gran almirante, era evidente que la ciudad de .Angulema acreditaba de 
derecho todas las cualidades de puerto de mar, sin lo cual el principio 
monárquico hubiera podido menoscabarse. 

Presentóse en consejo de ministros la proposición de averiguar si de- 
bían tolerarse las viñetas que representaban volatines, que adornaban 
los carteles de Franconi, porque agrupaban los pilluelos y vagabundos 
d$ las calles. 

El señor Pagr, autor de Inés, buen hombre, de cara cuadrada, con una 
berruga en la mejilla, dirigía los conciertos continuos de la marquesa 
de Sassenaye, calle de la Vil le l'Evéque. Todas las jóvenes cantaban 
/' Ermite de Saint- Avelle, letra de Edmundo Géraud. El enano ama- 
rillo se trasformaba en espejo. El café Lemblin estaba por el emperador, 
con el café Yalois que estaba por los borbones. 

Llegaba el señor duque de Berry de casarse con una princesa de 
Sicilia, y ya le venía Louvel pisando la sombra. Hacía un año que había 
muerto madama Stael. Los guardias de corps silbaban á la señorita 
Mars. Los periódicos grandes se habían trocado en pequeños. El tamaño 
se había reducido, pero la libertad era grande. El Constitucional era 
constitucional. La Minerva llamaba á Chateaubriand Chateaubriant. 
Esta t daba mucho que reír á los artesanos acomodados á costa del gran 
escritor. 

En periódicos vendidos, había periodistas degradados que insultaban 

á los proscritos de 1815; David carecía de talento, Arnault de ingenio y 

Carnot de probidad; Soult no había ganado ninguna batalla, es verdad 

también que Napoleón carecía de genio. Nadie ignora que es muy raro 

que las cartas dirigidas por el correo á los desterrados lleguen á sus 

manos; la policía tiene á religioso deber interceptarlas. El hecho no es 

nuevo; Descartes, desterrado, se lamenta de ello. Luego, habiendo Da- 

vid, en un periódico belga, manifestado su disgusto por no recibir las 

irtas que se le escribían, hizo ello tanta gracia á los periódicos realis- 

18, que llegaron á bufonear groseramente con semejante pretexto al 

aterrado. 

Decir: los regicidas, ó decir: los votantes: decir: los enemigos, ó de- 

r: los aliados: decir: Napoleón, ó decir: Buonaparte, separaba á dos 

ombres más que un abismo. Las gentes de buen sentido convenían en 

íe la era de las revoluciones estaba para siempre cerrada por el. rey 



110 mm y iskkari.es 



* 



Luis XVIII, apodado de «inmortad autor de la Carta.» En el terraplén 
del puente nuevo, se esculpía la palabra: Itedicivus, en el pedestal que 
esperaba la estatua de Enrique IV. El señor Piet esbozaba, en la calle 
Thérése, n.° 4, en conciliábulo para consolidar la monarquía. Los jefes 
de la derecha decían al encontrarse en coyunturas graves: «Es preciso 
escribir á Bacot.» Los señores Carmel, OJáahony y de Cheppedelaine, 
borroneaban, un tanto apoyados por el señor (hermano y heredero del 
rey), lo que había de ser más tarde «Ja conspiración de Bord de l'eau.» 
El alfiler negro conspiraba por su lado. Delaverderie se inclinaba á Tro- 
goff. El señor Decazes, espíritu hasta cierto punto liberal, dominaba. 

Chateaubriand, de pié todas las mañanas junto á su ventana del nú- 
mero 27 de la calle Saint Dominique, en mangas de camisa y zapatillas! 
sus cabellos grises sujetados por un pañuello, fijos los ojos en un espejo, 
y un estuche completo de cirujano dentista, abierto ante sí, limpiábase 
los dientes, que ios tenía por cierto muy hermosos, al propio tiempo que 
dictaba *La monarquía según la Carta* ai señor Pilorge, su secre- 
tario. 

La crítica, admitida como autoridad, prefería Lafon á Taima. El se- 
ñor de Feletz firmábase A., HoffmannZ, y Carlos Nodier suscribía Teresa 
AvberU El divorcio había sido abolido. Los liceos se llamaban colegios. 
Los colegiales, adornando su cuello con una flor de lis, de oro, se daban 
de cachetes á propósito del rey de Roma. La contra policía de palacio 
denunciaba á Su Alteza real, La Señora (la hermana del rey), el retrato, 
expuesto por todas partes, del señor duque de Orleans, el cual estaba 
mejor de uniforme de coronel general de húsares, que el señor duque de 
Berry de coronel -general de dragones, gravísimo inconveniente. La ciu- 
dad de París hacía dorar nuevamente á su costa lo cúpula de los Inváli- 
dos. Los hombres serios se preguntaban qué es lo que haría en tal ó cual 
circunstancia el señor de Trinquelague; el señor Clausel de Mantals di- 
vergía en algunos puntos del señor Clausel de Coussergues: el señor de 
Salaberry no estaba contento. 

El cómico Picard, que formaba parte de la Academia en la que no 
había podido entrar el cómico Moliere, hacía representar Los dos Fili- 
herios , en el Odeón, sobre cuyo frontispicio, á pesar de haber sido arran- 
cadas las letras se leía aun claramente: teatro de la emperatriz. Se 
formaban partidos en pro y en contra de Cugnet de Montar lot. Pabvier 
era faccioso, Bavoux revolucionario. El librero Pelicier publicaba una 
edición de Voltaire bajo este título: Obras de Voltaire, de la Academi" 
francesa. «Esto llama á los compradores,» decía aquel infeliz editor. 

Era opinión general que el señor Charles Loyson, iba á ser el geni, 
del siglo; así es que la envidia comenzaba ya á morderle, signo de glo 
ria; escribiéndose sobre ello este verso: 

Por más que Loyson vuele, se echan de ver sus patas. 



:l ano 1817 111 



El cardenal Fesch negábase á dimitir. El señor de Píns, arzobispo de 
Amasie, administraba la diócesis de Lyon. La cuestión del valle de 
Dappes, comenzábase entre Suiza y Francia por una memoria del capi- 
tán Dufour, más tarde general. Saint-Simón, ignorado, meditaba su su- 
blime teoría. Había en la Academia de ciencias un Fourier célebre que la 
posteridad ha olvidado, y no sé en qué buhardilla un Fourier obscuro de 
quién se acordará el porvenir. Lord Byron empezaba á despuntar; una 
nota de cierto poema de Milievoye lo anunciaba á Francia en estos tér 
minos: un tal lord Barón. 

* 

David de Angers ensayaba dar formas al mármol. El abate Carón 
hablaba con elogio, en las reuniones íntimas de seminarista* del callejón 
(sin salida) de Feullantines, de un presbítero desconocido llamado Feli- 
cité- Robert, que fué más tarde Lamennais. 

Una cosa que humeaba andando fatigosamente por el Sena metiendo 
^1 ruido de un perro que nada, iba y venía bajo las ventanas de las Tu 
Herías, del puente Real al puente de Luís XV; era una máquina de pó 
quísima utilidad, por cierto, una especie de juguete, una visión de un 
inventor fantástico, una utopía; un buque de vapor: Los parisienses veían 
indiferentes semejante inutilidad. 

El señor de Vaublanc, reformador del Instituto por el golpe de Es- 
tado, hornada y decreto á la vez, autor distinguido por varios académi- 
cos á quienes había hecho tales, no podía llegar á serlo. El arrabal de 
San Germán y el pabellón Marsan querían para prefecto de policía al 
señor Delaveau, á causa de su devoción. Dupoytren y Recamier quere- 
llábanse y discutían en el anfiteatro de la Escuela de Medicina, amena- 
zándose con los puños con motivo de la divinidad de Jesucristo. 

Couvier, puesto un ojo en el Génesis y otro en la naturaleza, se es- 
forzaba para complacer á la santurona reacción , en poner los fósiles de 
acuerdo con los textos sagrados y en hacer adular á Moisés por los mas- 
todontes. Francisco de Neufchateau, loable cultivador de la memoria de 
Permantier, hacía mil esfuerzos para que pornrne de terre (patata) se 
llamase parmentiere, sin conseguirlo. El abate Gregoire, antiguo obis- 
po, antiguo convencional y antiguo senador, llegó á pasar dentro la po- 
lémica realista, al estado «di infame Gregoire.» Esta locución que aca- 
bamos de usar, pasar al estado de, fué denunciada como neulogismo por 
Royer-Collard. 

Podía aún distinguirse por su blancura bajo el tercer arco del puen- 
; de Jena, la piedra nueva con la cual dos años antes se había tapado 

boquete de la mina practicada por Blücher para volar el puente. La 

íticia llevaba á la barra un hombre que, al ver entrar al conde de Ar- 
>is en Nuestra Señora, había dicho en alta voz: ¡Vive Dios! que deplo- 
) los tiempos en que veía á Bonaparte y á Taima entrar, dándose el 

azo, en Bal Sauvage. Dicho sedicioso. Seis meses de cárcel. 
Los traidores se presentaban desembozados: hombres que se habían 



112 LOS MISGHAHLKS 



pasado al enemigo la víspera de una batalla no ocultaban nada de la re- 
compensa, presentándose impúdicamente en pleno día con el mayor ci - 
nismo haciendo gala de sus riquezas y sus dignidades; desertores de Lig- 
ny y de Quatre Bras, con todo el desenfado de su torpeza pagada, os- 
tentando al desnudo su abnegación monárquica; olvidados de lo escrito' 
en Inglaterra, en las paredes interiores de los retretes públicos: Please 
adjustyour dress be f ore leaving. (Sírvase usted abrocharse antes de 
salir). 

He aquí, en revuelta confusión, lo que sobresalió más ó menos deJ 
año 1817, hoy día olvidado. 

La historia es negligente con semejantes particularidades, porque no 
puede hacer otra cosa; la invadiría el infinito. No obstante, estos deta- 
lles, llamados equivocadamente pequeneces, no hay en la humanidad 
pequeños hechos, como no hay en la vegetación hojas pequeñas. De la 
fisonomía de los años, se compone la figura de los siglos. 
" Durante este año de 1817, cuatro jóvenes parisienses hicieron «una 
linda gracia.» 

II 
Doble cuarteto 

Los tales parisienses eran uno de Toulouse, otro de Limoges, el ter- 
cero de Cahors y el cuarto de Montauban; pero eran estudiantes; y quien 
dice estudiante dice parisién: estudiar en París es nacer en París. 

Aquellos jóvenes no tenían significación alguna; todo el mundo les 
ha visto alguna vez; cuatro muestras del primero con quien nos tope- 
mos; ni buenos ni malos, ni sabios ni ignorantes, ni genios ni imbéciles; 
bellezas del alegre abril que se llama veinte años. Eran cuatro oseares 
cualesquiera, porque en aquella época los Arturos no existían aun. Que- 
mad para él los perfumes de la Arabia, dice el romance, ¡Osear viene, 
Osear, voy á verle! Salíamos de Ossian; la elegancia era escandinava y 
caledoniana, el género inglés puro no debía prevalecer hasta más tarde, 
y el primero de Ion Arturos Wellington, acababa apenas de ganar la 
batalla de Waterloo. 

Estos Oseares, se llamaban el uno Félix Tholómyés, de Toulouse, el 
otro Listolier, de Cahors, el tercero Fameuil de Liimoges, y el último 
Blachevelle, de Montauban. Naturalmente, cada uno tenía su damisela. 
Blachevelle amaba á Favorita, llamada así por haber estado en Ingla- 
terra; Listolier adoraba á Dalia, la cual había tomado por nombre H* 
guerra el nombre de una flor; Fameuil idolatraba á Zefina, contraecú 
de Josefina, y Tholómyés tenía á Fantina, llamada la Rubia, por si 
hermosos cabellos color de sol. 

Favorita, Dalia, Zefina y Fantina, eran cuatro graciosas muchacha 
perfumadas y alegres; modisteaban todavía un poco, porque no había 
aún abandonado la aguja del todo, algo distraídas por amorcillos pasí 



MOBLR CUARTETO 118 

"7 : 



jeros, pero conservando en su aspecto, restos de la serenidad del trabajo 
y en el alma aquella flor de la honestidad que en la mujer sobrevive á 
la primera caída. Había una de las cuatro á la que llamaban la joven, 
porque era la menor; y otra á la que llamaban la vieja; la vieja tenía 
veinte y tres años. Para no ocultar nada, diremos que las tres primeras 
eran más experimentadas, más indiferentes y más acostumbradas á vo- 
lar entre el torbellino de la vida, que Fantina, la Rubia, que vagaba 
todavía entre su primera ilusión. 

Dalia, Zefina, y sobre todo Favorita, no hubieran podido asegurar 
otro tanto. Había ya más de un episodio que consignar en la leyenda de 
su vida apenas comenzada, y el amante llamado Adolfo en el primer 
capítulo, resultaba ser Alfonso en el segundo y Gustavo en el tercero. 
Pobreza y coquetería son dos consejeras fatales; la una regaña, la otra 
lisonjea; y las hermosas jóvenes del pueblo las llevan siempre en su com- 
pañía, hablándoles al oido por lo bajo, una á cada lado. Son almas mal 
guardadas. De ahí las caídas que dan, y las piedras que se les arrojan. 
Se las agobia con el explendor de cuanto existe inmaculado é inaccesible. 
¡Ay si la joven aristocrática tuviese hambre! 

Favorita; habiendo estado en Inglaterra, tenía por admiradoras á 
Zefina y Dalia. Había tenido oportunamente su buena casa. Su padre, 
antiguo profesor de matemáticas, brutal y fanfarrón; solterón y vividor 
ambulante á pesar de su edad. Este profesor, siendo aún joven, vio en 
cierta época el vestido de una doncella de servicio cogido de la rejilla de 
una chimenea; y por este accidente se enamoró. De ello resultó Favorita. 
Ella encontraba de cuando en cuando á su padre que la saludaba. Cierta 
mañana una mujer, ya entrada en años, de apariencia mística, entró en 
su casa. y le dijo: 

— ¿No me conocéis, verdad, señorita? 

—No. 

— Pues soy tu madre. 

Luego abrió la vieja la alacena, comió lo que le pareció bien, hizo 
que le trajeran un colchón que tenía y se quedó instalada en la casa. 
Aquella madre gruñona y devota jamás le decía una palabra á Favori- 
ta, se pasaba las horas sin hablar; almorzaba, comía y cenaba por cua- 
tro, descendiendo luego á la tertulia de la portería, [hablando de conti 
nuo mal de su hija. 

Lo que había atraído á Dalia hacia Listolier, ó hacia otros tal vez, 
hacia la ociosidad, fué el tener demasiado bonitas y rosadas las uñas. 
!ómo había de hacer trabajar aquellas uñas? La que quiera ser vir- 
osa no puede tenerles piedad á sus manos. En cuanto á Zefina, había 
nquistado á Fameuil por su graciosa manera viva y cariñosa de de- 
jr: «sí, señor.» 

TOKO I s 



114 LOS MISERABLES 



Los jó vems eran cama radas, las jóvenes fueron amigas. Semejantes 
amores van siempre acompañados de tales amistades. 

Sabio y filósofo son dos cosas distintas, y la prueba está en que, sal- 
vando todas las pequeneces de detalle, Favorita, Zefina y Dalia, eran 
unas muchachas filósofas y Fantina una muchacha sabia. 

¡Sabia! se dirá, ¿y Tholomyés? Salomón contestaría que el amor for- 
ma parte de la sabiduría. Nosotros nos concretamos á decir que el amor 
de Fantina era un primer amor, un amor único, un amor fiel. 

Ella era la única de las cuatro á quien no tuteaba más que un hom- 
bre. 

Fantina era uno de esos seres que había brotado, por así decirlo, del 
fondo del pueblo. Salida de las insondables espesuras déla sombra so- 
cial, llevaba en su frente el sello del anónimo y lo desconooido. Había 
nacido en M***sobre M***¿de qué padre? ¿Quién sabe? Nadie le conoció 
jamás padre ni madre. Se llamaba Fantina. ¿Por qué se llamaba así? 
Nadie le conocía por otro nombre. En la época de su nacimiento existía 
aún el Directorio. Nada de apellido de familia, como no la tenía; nada 
de nombre de pila, puesto que no estaba allí la Iglesia. Se llamaba, pues 
como le plugo al primer transeúnte que se la encontró de pequeñita an- 
dando descalza por la calle. Recibió aquel nombre, como recibía el agua 
de las nubes sobre su frente cuando llovía. Llamábanla la pequeña Fan- 
tina. Nadie sabía más. Aquella criatura humana había entrado así en la 
vida. A los diez años dejó Fantina la ciudad y se puso á servir en las ca- 
sas de campo de las cercanías. A los quince se fué á París á «probar for- 
tuna. » Fantina era hermosa, y fué pura todo el mayor tiempo que pudo^ 
Era una hermosa rubia de bellísimos dientes. Traía, pues, el oro y las 
perlas en dote; pero su oro estaba en su cabeza y en su boca- las perlas. 

Trabajaba para vivir; después, siempre para vivir, porque tiene tam- 
bién el corazón su hambre, amó. 

Amó á Tholomyés. 

Amorío para él, pasión para ella. Las calles del barrio latino, llenas 
por el continuado hormigueo de estudiantes y grisetas, vieron los prin- 
cipios de aquel delirio. Fantina, en los dédalos de la colina del Panteón, 
donde tantas aventuras se enlazan y se rompen, había huido mucho 
tiempo de Tholemyés, pero encontrándole cada día de nuevo. Existe una 
manera de huir que se parece mucho al buscar. Pronto se realizó la 

égloga. 

Blachevelle, Listolier y Fameuil, formaban un grupo del que er~ 
Tholomyés la cabeza. El era, pues, el alma. 

Tholomyés era el antiguo, el verdadero estudiante; era rico; teñí 
cuatro mil francos de renta; cuatro mil francos de renta, explendidez es 
caudalosa en la montaña de Santa Genoveva. Tholomyés era un vivido! 
de treinta años, mal conservado, arrugado y mellado; empezaba á teñe] 
calvicie, con motivo de lo cual decía de sí mismo alegremente: coroni 



CUATRO Y CUATRO 115 



lia á los treinta, rodilla' á los cuarenta. Digería ya bastante mal, y le 
lacrimeaba un ojo. Pero á medida que su juventud se extinguía, iba en 
aumento su alegría; suplía sus dientes por gestos, sus cabellos con chis- 
tes, su salud con ironías, y el ojo llorón con risa continuada. Era un 
montón de ruinas del que brotaban flores por todas partes. Su juventud, 
liando el petate antes de tiempo, batíase en retirada, pero en buen orden, 
reventando de risa y llena de fuego. Le habían rechazado una pieza en 
^1 Vaudevilie. A cada paso y á cualquier objeto escribía ver&os. Por otra 
parte, dudaba de todo á cierta altura, lo que dá mucha fuerza á los ojos 
<ie los débiles. Siendo irónico y calvo, era el jefe. Iron es una palabra 
inglesa que quiere decir hierro. ¿Será de ella que procederá la palabra 
ironía? 

Cierto día Tholomyés llamó á sí á los otros tres, y haciéndose el ora* 
•culo, les dijo: 

— Hace cerca de un año que Fantina, Dalia, Zeflna y Favorita nos 
están pidiendo que les demos una sorpresa. Se la tenemos, prometida so- 
lemnemente. Siempre nos están hablando de ello, á mí sobre todo. Asi 
como en Ñapóles piden las viejas á san Enero Faceta gialluta, fa o mi' 
racolo , «¡cara amarillenta, haz el milagro!» nuestras queridas me dicen 
sin cesar: «Tholomyés, ¿Cuando darás á luz tu sorpresa?» Al mismo 
tiempo nos escriben nuestras familias. Acosados por todas partes. Creo 
que ha llegado el momento. Hablemos. 

Al decir esto, bajó Tholomyés la voz, articuló alguna frase tan cho- 
cante que se manifestó el efecto entusiasta que había producido en los 
cuatro, con una carcajada común, al mismo tiempo que exclamaba Bla- 
chevelle; ¡Vaya una idea! 

Hallándose junto á un café lleno de humo, entraron en él, perdiéndo- 
se entre aquella neblina el resto de la conferencia. 

El resultado de aquellas tinieblas fué una brillante partida de campa 
que tuvo lugar el domirfgo siguiente, á la cual los cuatro estudiantes in- 
vitaron á las muchachas. 

III 
Cuatro y cuatro 

% Lo que era una partida de campo entre estudiantes y grisetas hace 

cuarenta años, es muy difícil figurárselo hoy. París no tiene los mismos 

alrededores; el aspecto de lo que podría llamarse vida circumparisien, 

*~~ cambiado por completo después de medio siglo; en lugar del coche 

tá el vagón, *y en el de loslanchones el buque de vapor; decíase enton- 

5 Saint Cloud como se dice hoy Fécamp. El París de 1862 es una ciu- 

i que tiene la Francia entera por alrededores. 

Las cuatro parejas realizaron cumplidamente todas las locuras cam- 

stres posibles en aquellos tiempos. Era al comenzar las vacaciones, en 

caluroso y despejado día de verano. A la víspera, Favorita, la única 



116 LOS MISERABLES 



4 

que sabía escribir, había escrito lo siguiente áTholomyés, en nombre- 
de las cuatro: «El salir temprano augura un buen día.» Sería por ello 
que se levantaron á las cinco de la mañana. Fueron en coche á Saint- 
Cloud; contemplaron la^gran cascada en seco y exclamaron: ¡Esto ha d& 
ser una gran cosa cuando salta el agua! Almorzaron en la Tete Noire^. 
donde Castaing no había pasado todavía; jugaron una partida á la sor- 
tija en las arboledas del grande estanque; subieron á la linterna de Dió- 
genes, jugaron barquillos en la ruleta del puente de Sévres, hicieron? 
ramos con flores cogidas en Puteaux, compraron silbatos en Neuilly;. 
comieron en todas partes pastelillos de manzana, en fin, fueron dichosos* 
por completo. 

Las chicas corrían, y chillaban como cotorras escapadas, que era un 
delirio. A cada paso repartían cariñosos pescozones á los muchachos» 
con regodeo verdaderamente infantil, ¡Oh matinal embriaguez de la 
vida! ¡Dichosa edad en la que se agita temblorosa y alegre el ala de la* 
ilusiones! 

« 

jOh! quien quiera queseáis, ¿no es verdad que recordáis perfecta- 
mente haber ido alguna vez triscando en la espesura, separando la& 
ramas, á fin de que pudiese pasar libremente una linda cabeza que sobre 
un cuerpo gallardo y airoso os venía siguiendo? Os habréis deslizado» 
riendo alegremente por alguna cuestecilla recién mojada por la lluvia t 
en compañía de una mujer amada, que asiéndose á vuestra mano, os- 
detiene á lo mejor para exclamar: ¡Ay! ¡mis botitas nuevas, cómo se 
han puesto! 

Digamos desde luego; que la alegre contrariedad de un chaparrón 
no se presentó á completar la alegría de aquella cuadrilla de baen 
humor, por más que Favorita hubiese dicho al salir con acento mater- 
nal y sentencioso: Las babosas andan por los suelos. Lluvia segura,, 
hijos míos. 

Las cuatro estaban locamente hermosas. Un buen anciano-, poeta clá- 
sico, en boga á la sazón, un buen hombre que tenía su correspondiente 
Leonor, el caballero de Labolsse, paseante aquel día de los castañares 
de Saint-Cloud, les vio pasar á eso de las diez de la mañana y exclamó: 
Hay una demás, pensando en las (tres) Gracias. Favorita, la amiga de 
Blachevelle, aquella de los veinte y tres años, la vieja, corría ante todos- 
bajo Las grandes ramas verdes, saltando barrancos, traspasando valere» 
sámente los matorrales, presidiendo la alegría general con el entusiasmo 
de una fauna; Zefina y Dalia, á las cuales la casualidad las había hecho 
bellas, de modo que aumentaba su hermosura estando jtmtas, acercá- 
banse una á otra para contemplarse, sin separarse un punto, más que 
por amistad por instinto de coquetería y apoyándose mutuamente una 
á otra, tomaban actitudes de gusto inglés. Los primeros keepsakes aca- 
baban de aparecer á la sazón, la melancolía empezaba por las mujeres» 
siendo lo que más tarde, el byro mismo de los hombres, así es que los 



CUATRU Y CUATRO 117 



«cabellos del sexo débil comenzaban á destrenzarse. Zeftna y Dalia peina- 
ban tirabuzones. Listolier y Femeuil, enredados en una discusión acerca 
-de sus profesores, querían hacer entender á Fantina la diferencia que 
mediaba entre el señor Delvincourt y el señor Blondeau: 

, Blachevelle parecía haber sido criado á propósito para llevar del bra • 
zo los domingos, el chai de colores claros é indefinibles de Favorita. 

Venía Tholomyés dominando el grupo. Estaba alegrfsimo, pero deja- 
ba entrever su instinto de mando; encerraba cierto espíritu de dictadu- 
ra en su jovialidad; era la prenda principal de su traje un ancho panta- 
lón de color mahón con travillas de tejido metálico; llevaba en la mano 
un magnífico roten de doscientos francos, y, como se lo permitía todo, 
una cosa rara llamada cigarro, en la boca. Y como no había para él na- 
-da sagrado fumaba al mismo tiempo. 

— Este Tholomyés es admirable, — decían los otros con cierta venera- 
•ción. — ¡Qué pantalones!, y ¡qué energía! 

En cuanto á Fantina, era ella la alegría misma. Su espléndida denta- 
dura había evidentemente recibido de Dios una obligación, la de reír. 

Llevaba en su mano mejor que en la cabeza, su sombrerillo de paja 
•cosida, con largas cintas blancas; su poblada cabellera rubia, acostum- 
brada á flotar y destrenzarse fácilmente, obligándola .continuamente á 
recogérsela; parecía hecha de intento para representar la fuga de Gala- 
ta entre los sauces. Sus labios de rosa charlaban de un modo encanta- 
dor, los extremos de su boca, voluptuosamente levantados como los de 
■los antiguos mascarones de Erígone, parecían animar á los audaces, 
pero sus largas pestañas sombreaban discretamente este atractivo de la 
parte inferior de su rostro como diciendo, ¡cuidado! Todo su tocado 
tenía un no sé qué de encantador y vaporoso. Llevaba un Vestido de 
bares color de malva, zapatitos acoturnados color de castaña, sujetados 
•con cintas que subían formando X sobre su blanquísima y calada me- 
•dia; y aquella especie de pañoleta de muselina, invención mar sel lesa, 
•cuyo nombre, canesú, corrupción de la frase quinze aout (quince agos- 
to) pronunciada en la Cannebiére, significa buen tiempo, color y medio 
día. Las otras tres, menos escrupulosas, como hemos dicho, iban com- 
pletamente desootadas, lo cual en verano, bajo sombreros adornados de 
flores, resulta siempre gracioso y atractivo; pero al lado de ese vestir 
provocativo, el canesú de la rubia Fantina, con sus trasparencias, sus 
;eras indiscreciones y sus reticencias, velando y enseñando á la vez, 
crecía un hallazgo incitativo de la decencia, y en el famoso certamen 
i l amor, presidido por la vizcondesa de Cette, con sus ojos verde-mar, 
biera tal vez concedido el premio de la coquetería á aquel canesú 
ncurriendo en nombre de la castidad. Lo más i encillo resulta muchas 
ces<lo mejor. Es lo lógico. 
Deslumbradora presencia, delicado perfil, ojos de azul perfecto, gran- 
\ párpados, pies elásticos y diminutos, las muñecas y tobillos admira- 



118 LOS MISKHAUL&S 



bleniente torneados, la piel blanquísima, dejando ver aquí y allá las 
ramificaciones azules de las venas, las mejillas aniñadas y frescas, el 
cuello robusto de las Junos eginéticas, la nunca fuerte y suave, los hom- 
bros como modelados por Coustou, teniendo en su centro un voluptuoso 
hoyuelo, visible al través de la muselina; un goce velado por el delirio; 
belleza, escultural; tal era Fantina; adivinándose fácilmente bajo aque- 
llos pliegues de muselina y aquellas cintas, una estatua, y en la estatua 
un alma. 

Fantina era bella, sin saberlo apenas. Los raros soñadores, sacerdo- 
tes misteriosos de lo bello, que buscan cuidadosamente la perfección en 
todo, hubieran encontrado tal vez en aquella joven obrera, al través de 
la gracia y trasparencia parisién, la antigua, eufonía sagrada. Aquella 
hija de las sombras tenía su raza. Era bella bajo ambos aspectos;' el esti- 
lo y el ritmo. El estilo es la forma de lo ideal; el ritmo es el movimiento» 

Hemos dicho que Fantina era la alegría; Fantina era igualmente el 
pudor. 

Para el observador que la hubiese estudiado detenidamente, lo que 
de ella se desprendía al través de toda la embriaguez propia de la edad, 
de la estación y de los amoríos, era una invencible expresión de modesto 
recato. Siempre estaba como asombrada. Aquel su casto asombro era la 
nube que separa á Psiquis de Venus. Fantina tenía los dedos largos, 
blancos y finos de la vestal que remueve las cenizas del fuego sagrada 
con un alfiler de oro. Por más que no hubiese ella rehusado nada, como 
veremos luego, á Tholomyés, su aspecto, en el reposo, aparecía sobera- 
namente virginal; una especie de dignidad seria, tal vez austera, la em- 
bargaba súbitamente en ciertos momentos, y nada tan singular y vago Y 
como ver que la alegría y la ternura se sucedían rápidamente en ella, 
pasando sin transición aparente, del recogimiento á la espansión. Aque- 
lla gravedad súbita, acentuada severamente á veces, tenía mucho del 
desdén de una diosa. Su frente, su nariz y su barba presentaban un equi- 
librio de líneas, muy distante del equilibrio de la proporción, del cu$I 
resulta la armonía del rostro; en el característico espacio que separa la 
base de la nariz del labio superior, tenía aquel pliegue imperceptible y 
gracioso, signo misterioso de la castidad, que rindió amoroso á Barba- 
roja á los pies de una Diana encontrada en las escavaciones de Iconia. 

Si es falta el amor, era Fantina la inocencia sobrenadando en la fal- 
ta misma. 

IV 
Tholomyés está tan alegre, que canta una canción española. 

Aquel día fué desde el principio al fin una aurora continuada. To< 
la naturaleza parecía saludar y reír. Los parterres de Saint-Cloud ei. 
balsamaban el ambiente, el airecillo del Sena movía vagamente el folh 
je; las ramas gesticulando en el viento, las abejas entregadas al saque 



THOLOMYÉS EaTÁ TAN ALEGRE, ETC. 119 



de los jazmines; toda una bohemia de mariposas se preciptaban sobre los 
trebolados y las avenas; habiendo, en el augusto parque del rey de Fran- 
cia, una multitud de vagamundos, los pájaros. 

Las cuatro alegres parejas, mezcladas ante el sol, en el campo, entre 
las flores y los árboles, resplandecían. 

Y en aquella comunidad de paraíso, hablando, cantando, corriendo, 
bailando, cazando mariposas, cogiendo campanillas, mojándose los bajos 
con el rocío matinal de las yerbas crecidas, frescas y- locas ellas, reci- 
bían sin la menor malicia, donde quiera que fuese, los besos de ellos, 
escepción hecha de Fantina, encerrada en la vaga resistencia medita- 
bunda y esquiva que le era propia. 

— Tú, — le decía Favorita, — tú tienes siempre algo. 

Esto son los placeres. El paso de aquellas alegres parejas era un lla- 
mamiento profundo á la vida y á la naturaleza, haciendo surgir por do 
quiera el amor y la luz; Existió en otros tiempos una hada, que hizo ex- 
presamente praderas y árboles para los enamorados. De ahí esa eterna 
costumbre de hacer novillos amorosos, que renace incesantemente, y 
que durará tanto cuanto existan praderas y estudiantes. De ahí la po- 
pularidad de la primavera entre los pensadores. El patricio y el gana- 
pan, el duque y el par y el botarate, la gente de la corte como el popu- 
lacho, según se decía en otros tiempos, todos están subordinados á esa 
hada. 

Se ríe, se busca; ¡existe en el aire una luz de apoteosis, una transfi- 
guración de amor! Los pasantes de escribano son allí dioses. Y los chi- 
llidos, y las cogidas al vuelo, aquellas ocurrencias que parecen melodías, 
aquellas adoraciones que estallan en la manera de soltar un vocablo, 
aquellas cerezas arrancadas por una á otra boca, todo irradía y pasa 
entre celestiales alegrías. Las muchachas hacen un grato despilfarro de 
sí mismas. Se imaginan que aquello no ha de tener fin. Los filósofos, los 
poetas, los pintores admiran aquellos éxtasis sin saber qué hacer, tanto 
se deslumhran. ¡EL rapto de Citerea! exclama Watteau; Lancret, el pin- 
tor de la plebe, contempla sus artesanos envueltos en lo azul; Diderot 
tiende los brazos á todos sus amoríos, y de Urfé los mezcla con los 
druidas. 

Después de almorzar, las cuatro parejas fueron á ver, allí donde se 

conocía á la sazón por Jardín del rey, una planta recien venida de la 

T lia, cuyo nombre no recordamos en este instante, y que en aquella 

►oca atraía á todo París á Saint-Cloud; un caprichoso y bello arbolito 

un tallo, cuyas innumerables ramas, finas como hilos, enmarañadas 

in hojas, aparecían cubiertas por millares de rositas blancas; lo cual 

oía que el arbolito se pareciese á una cabellera sembrada de flores. 

¿mpre estaba cercado de admiradores. 

Visto el arbusto, exclamó Tholomyés, — ¿demos una carrera en burros? 

1 ajustado precio con un burrero, regresaron por Vanvres é Issy. En 



120 LOS MISERABLES 



Issy tuvieron uu incidente. El parque, perteneciente á bienes naciona- 
les, posesión entonces del asentista Bourguin, estaba por casualidad 
abierto de par en par. Atravesaron la verja, visitaron al maniquí ana- 
coreta en su gruta, gozáronse en los misteriosos efectos del famoso ga- 
binete de los espejos, lasciva trampa digna de un sátiro hecho millona- 
rio, ó de Turcaret metamorfoseado en Priapo. Sacudieron fuertemente 
el gran columpio de mallas sujeto á los dos castaños celebrados por el 
abate de Bernis. Al par que. columpiaba á las lindas muchachas una tras 
otra, lo que hacía, en medio de la risa general, volar los pliegues de las 
faldas, en lo cual Greuze hubiera deseado extasiarse, el tolosano Tho- 
lomyés, algo español, puesto que Toulouse es prima- hermana de Tolosa, 
cantó en melancólico acento una antigua canción gallega, inspirada 
probablemente por alguna linda muchacha lanzada á todo vuelo sobre 
una cuerda entre dos árboles: 

Soy da Badajoz. 
Amor me llama. 
Toda mi alma, 
Es en mis ojos, 
Porque enseñas 
A tuas piernas. 

Fantina solamente, se negó á ser columpiada. 

— No gusto de semejante género, — murmuró agriamente Favorita. 

Al dejar los burros, dieron con una nueva diversión; embarcándose, 
siguieron por el Sena hasta Passy, desde cuyo punto fueron á pié hasta 
la barrera de la Estrella. Estaban levantados, según ya sabemos, desde 
las cinco de la mañana; pero ¡ay! ¿existe por ventura, quien se canse 
en domingo, decía Favorita; el trabajo del domingo no fatiga. A eso de 
las tres, las cuatro parejas, azoradas de dicha, precipitábanse por las 
montañas rusas, construcción singular que ocupaban entonces las altu- 
ras de Beaujon, cuya línea tortuosa se veía serpentear por cima de los 
árboles de los Campos Elíseos. 

De cuando en cuando, Favorita exclamaba: 

— ¿Y la sorpresa? Espero la sorpresa. 

— Paciencia, — respondió Tholomyés. 

V 
En casa de Bombarda 

Cansados ya de montañas rusas, pensaron en comer, y la radiante 
octava, á paso no muy ligero, caminó hasta chocar con el bodegói 
Bombarda, sucursal que había establecido en los Campos Elíseos el te 
moso fondista Bombarda, cuya muestra brillaba á la sazón en la calle d 
Rivolí junto al pasaje Delorme. 

Una pieza grande pero desmantelada, con alcoba y cama al fondo 
(á causa de la gran concurrencia dominguera en el figón, les fué preciso 



• 



KN GASA DE BOMBARDA 121 



-*•- 



contentarse con semejante albergue); dos ventanas desde las cuales «e 
podía contemplar, al través de los olmos, el muelle y la corriente; un 
magnifico rayo del sol de agosto penetraba por ambas ventanas; dos 
mesas, hízose sobre la una una montana de ramilletes y sombreros de 
hombre y de mujer, y en la otra las cuatro parejas sentadas al rededor 
de un montón de platos, de bandejas, de vasos y botellas; jarros de cer- „ 
veza mezcladas con botellas de vino; poco orden sobre la mesa, y no es- 
caso desorden debajo: 

Bajo la mesa había 
Un barullo de pies que extremecía. 

dijo Moliere. 

Hé aquí el estado, á eso de las cuatro y media de la tarde, de aquella 
gira empezada á las cinco de la mañana. El sol declinaba y el apetito se 
extinguía. 

Los Campos Elíseos, llenos de sol y de gentío, no eran otra cosa que 
luz y polvo, lo» dos componentes de la gloria. Los caballos de Marly, 
aquellos mármoles relinchadores, caracoleaban entre una nube de oro. 
Los carruajes iban y venían. Un escuadrón de vistosos guardias de 
corps, con su clarín al frente, descendía por la avenida de Neuilly; la 
bandera blanca, vagamente coloreada por el sol poniente, flotaba sobre 
la cúpula de las Tullerías. La plaza de la Concordia, llamada nueva- 
mente, á la sazón, plaza de Luís XV, rebosaba de alegres paseantes. 
Llevaban muchos la flor de, lis, de plata, pendiente de una cinta blanca 
moaré que, en 1817, no había aun desaparecido aún de los ojales. Aquí 
y allí, entre los paseantes formando corro y recogiendo aplausos, 
veíanse grupos de muchachas, dando á los vientos una canción borbó- 
nica, célebre entonces, escrita para atacar los Cien Días, la cual tenía 
el siguiente estribillo: 

Devolvernos nuestro padre de Gante; 
Devolvednoe nuestro padre. 

Muchos habitantes de los arrabales vestidos de fiesta, algunos igual- 
mente flordelisados como los vecinos del centro, esparcidos entre el gran 
cuadro, así como también por el de Marigny, jugaban sortijas y daban 
vueltas en los caballos de madera; otros bebían; no faltaban tampoco 
algunos aprendices de imprenta, con sus gorras de papel; oíanse mil 
carcajadas. Todo aparecía radiante. Era aquel un tiempo de paz inne 
~~ble y de profunda seguridad realista; era época en la cual en una me- 
ma especial é íntima del prefecto de policía Anglés, dirigida al rey 
erca de los arrabales de París, venían escritas al final estas palabras: 
«Considerándolo todo bien, señor, no hay nada que temer de tales 
,ntes. Son apáticos é indolentes como gatos. La plebe de provincias 
, turbulenta, la de París nó. Estos son todos hombrecillos. Señor, se 
eeesitarían dos de estos, uno sobre otro, para hacer uno de vuestros 
ranaderos. No hay, por lo tanto, que temer nada del populacho de la 



122 l«'»8 MISERABLES 



•capital. Es muy de notar lo que la talla ha decrecido en -esta población 
»en los últimos cincuenta años; el pueblo de los arrabales de París es 
»más desmedrado que antes de la Revolución. No es, pues temible. En 
»suma, es una canalla bastante buena.» 

Que pudiese un gato convertirse en león, es lo que no creían posible 
los prefectos de policía; y sin embargo lo es, y es este el milagro del pue- 
blo de París. Por otra parte, el gato, tan menospreciado por el conde de 
Anglés, era muy estimado de las antiguas repúblicas} encarnaba á sus 
ojos la libertad, y como para hacer juego con la Minerva áptera del 
Pireo, había en medio de la plaza pública de Corinto, el coloso de bron- 
ce de un gato. La inocente policía de la restauración juzgaba demasiado 
«bueno» al pueblo de París. Este no es, tanto como se creía, «buena 
canalla.» El parisién es al francés, lo que el ateniense al griego; no hay 
quien duerma mejor que él; no hay quien sea más francamente frivolo y 
perezoso que él; no hay quien aparente saber mejor que él, olvidar; no 
obstante, no hay que fiar en ello; es muy propenso á toda clase de negli- 
gencia; pero, cuando al fin distingue la gloria, es verdaderamente ad- 
mirable en su furia. Dadle una pica, y realizará el 10 de Agosto; dadle 
un fusil, y os dará un Austerlitz. Es el punto de apoyo de Napoleón y el 
recurso de Dantón. ¿Se trata de la patria? se alista; ¿se trata de la liber- 
tad? desempiedra. ¡Cuidado! sus cabellos llenos de cólera son épicos; su 
blusa se despliega en clámide. ¡Mucho cuidado! De la primera calle Gre- 
netant- que encuentre, hará horcas caudinas. Si la hora suena, ese hom- 
bre de los arrabales se crecerá, ese hombrecillo se elevará; su mirada 
será terrible, y de su soplo surgirá la tempestad, y de sus pobres y débi- 
les pechos, saldrá bastante aire para trastornar las sinuosidades de los 
Alpes*. Gracias á estos hombrecillos de los arrabales de París, que la re- 
volución mezcló en sus ejércitos, conquistó la Europa. Canta, ésta es su 
alegría. Adaptad la canción á su naturaleza, y ya veréis. Mientras su 
canto no tiene más estribillo que la Carmañola, no hace sino derribar 
á Luís XVI; pero hacedle cantar la Marsellesa, y libertará el mundo. 

Escrita esta observación al margen de la memoria de Angles, vol- 
vamos á nuestras cuatro parejas. La comida, como hemos ya dicho, ter- 
minaba. 

VI 
Capitulo de amor 

Proyectos de sobremesa y proyectos de amor; desvanécense unot, 
otros con la misma facilidad; los proyectos de amor son nubes, los .p. 
yectos de sobremesa humo. 

Fameuil y Dalia tarareaban; Tholomyés bebía; Zefina reía, y soi 
reía Pantina. Listolier soplaba en una trompetilla de madera que hat 
comprado en Saint-Cloud. Favorita contemplaba tiernamente á BlacL 
velle, y le decía: 



CAPÍTULO DE AMOR 123 



— Blachevelle, te adoro. 

Lo cual dio por resultado la siguiente pregunta de Blachevelle: 

— ¿Qué es lo que harías, Favorita, si yo dejara de amarte? 

— ¡Yo! — exclamó Favorita.— ¡Ah! no digas tal cosa, ni aún en bro- 
ma. Si dejaras de amarme, te me echaría encima, te agarraría, te ara- 
ñaría, te remojaría y te haría prender... 

Blachevelle sonrió con la voluptuosa fatuidad de un hombre hala- 
gado en su amor propio. FaVorita repuso: 

— Sí, chillaría, llamaría á la guardia. 

— ¡Ah! ¿Creías que iba á acobardarme? ¡Bribón! 

Blachevelle, extasiado, se revolvió en su silla, y cerró orgullosamen • 
te sus ojos. 

Dalia, sin dejar de comer, díjole por lo bajo á Favorita entre el mur- 
mullo: 

— Es decir, ¿qué tú idolatras de verdad á tu Blachevelle? 

— ¿Yo? le detesto, — respondió Favorita en el mismo tono, Cogiendo 
nuevamente su tenedor. — Es avaro. A quien yo amo, es ai pequeñín que 
vive enfrente de mi casa. Es muy guapo aquel chico; ¿tú le conoces? Se 
ve desde luego que tiene trazas de actor. Me agradan mucho los acto- 
res. Siempre, cuando entra en su casa, le dice su madre: — ¡Ah, Dios 
mío! ya se acabó la tranquilidad. ¡Ay, ay! que va á cantar. Pero, hijo 
mío, ¿no ves que me estás partiendo la cabeza? — Porque, eso sí, en 
cuanto llega á casa, en el desván, en la guardilla, donde quiera que 
pueda encaramarse, cuanto más alto mejor. Allí canta, declama, y qué 
sé yo, pero tan fuerte, que se le oye desde abajo perfectamente. Se gana 
ya veinte sueldos diarios en casa de un abogado copiando enredos. Es 
hijo de un antiguo chantre de Saint -Jacques-du : Haut-Pas. ¡Oh! ¡mag- 
nífico! Me quiere tanto, que un día que me vio haciendo masa para un 
frito, me dijo: Señorita, si hacéis buñuelos con vuestros guantes, me 
los cómo. No hay como los artistas para tener salidas de este jaez. 
¡Magnífico! ¿verdad? Temo que voy á volverme loca por este pequeñín. 
No obstante, yo digo á Blachevelle que le adoro. ¡Cómo miento! ¿eh? 
¡cómo miento! ' 

Favorita se paró un momento, y prosiguió: 

.—Dalia, ¿qué quieres? estoy triste. No ha hecho este verano más que 
llover, el viento me excita, el viento no desencoleriza nunca; Blacheve- 

s no tiene. pies ni cabeza; ni siquiera sabe si hay guisantes en el mer- 

do, así es que una no sabe qué comer; tengo spleen, como dicen los 

oleses; ¡la manteca está cara! y luego., ya ves, ¡es horroroso! estamos 

"iiendo en un lugar donde hay una cama: esto me hace aborrecer la 

.a. 



Í2á LOS MISERABLES 



VII 

Sabiduría de Tholomyés. 

Mientras cantaban algunos, hablaban los otros tumultuosamente, 
todos al mismo tiempo; lo cual no era en conjunto más que ruido. Tho- 
lomyés intervino. 

—No hablemos todos sin ton ni son, ni demasiado aprisa,— exclamaba. 
— Meditemos antes si queremos deslumhrar. Basta de improvisaciones, 
que debilitan brutalmente el espíritu. Cerveza que se derrama, nada soli- 
difica. Señores no hay que pf ecipitarse. Mezclemos la seriedad á la broma ; 
comamos comedidamente, banqueteemos poquito á poco. Nada de prisan. 
Ved la primavera; cuando se adelanta está perdida, es decir, helada. El 
exceso de celo pierde / los melocotones y los albaricoques. El exceso de 
celo, quita la alegría y la gracia de los festines. Nada de celo, señores. 
Orimod de la Reyniére es del parecer de Talleyrand. 

Una sorda rebelión recorrió el grupo. 

— ¡Tholomyés, déjanos en paz, — dijo Blachevelle. 
" — ¡Abajo el tirano!— exclamó Fameuil. 

— ¡Bombarda, (1) Bombance y Baboche! — gritó Listolier. 

— El domingo existe, — repuso Fameuil. 

— Somos todos sobrios, — añadió Listolier. 

— Tholomyés, — observó Blachevelle, — contempla mi calma (mon 
calme). 

— Eres el marqués de ella, — repondió Tholomyés. 

Este mediano juego de palabras, hizo el efecto de una piedra arrojada 
Á un charco. El marqués de Moutcalm era un realista célebre á la sazón* 
Todas las ranas se quedaron mudas. 

— ¡Amigos! — exclamó Tolhomyés, con el acento de quien recobra su 
imperio, — tranquilizaos. No era necesario tanto estupor para acoger este 
equívoco llovido del cielo. Todo lo que así brota de la casualidad no es 
necesariamente digno de entusiasmo ni respeto. El equívoco es el fiemo 
del ingenio que vuela. Lo lacio cae, no importa donde; pero el ingenia 
después de haber soltado una tontería, se eleva y pierde de vista en el 
espacio. Una mancha blancucha que se aplasta contra una roca, no le 
impide al cóndor cernerse en el espacio. ¡Lejos de mí insultar el equívo- 
co! Le honro en relación á sus méritos; nada más. Cuanto ha existido de 
más augusto, más sublime ó más bello en la humanidad, y aún tal vez 
fuera de ella, ha producido sus juegos de palabras. Jesucristo hizo un 
equívoco, acerca de San Pedro, Moisés acerca de Isaac; Esquilo acerca 
de Polinice; Cleopatra acerca de Octavio. Y es de advertir, que el equí 
voco de Cleopatra precedió á la batalla de Accio y que sin él nadie re 
bordaría la ciudad de Toryne, palabra griega que significa cucharón. 



(1) Bombance, comilona. Bambeche, títere. 



SABIDURÍA Mí THOLOMYÉS 125 



Concedido lo dicho, vuelvo á mi exhortación. Hermanos míos, os lo re- 
pito, nada de celo, nada de confusión, nada de excesos; así en agudezas 
como en bromas, libertades y juegos de palabras. Atended, yo reúno á 
la prudencia de Anflarao la calvicie de César. Es indispensable un lími- 
te en todo hasta en lo geroglífico. Est modus ín rebus. Siempre es in- 
dispensable el límite, aún en las comidas. Gustáis de los pasteles de 
manzanas, señoras, no abuséis de ellos. Aún tratándose de pasteles, es 
indispensable el arte y el buen sentido. La glotonería castiga al glotón. 
Gula punit Gulam. Las indigestiones tienen el encargo divina de mora- 
lizar los estómagos. Y tened esto bien presente; cada una de nuestras . 
pasiones, incluso el amor, tiene su estómago que es preciso no rellenar. 
En todo lo mundanal es preciso escribir á tiempo la palabra finis] es 
precisó saber contenerse cuando aparece urgente, echar el cerrojo sobre 
el apetito, aprisionar la fantasía, y ser uno mismo quien la lleve á la 
cárcel/ El sabio es aquel que sabe, en momento oportuno, contenerse, á 
sí propio. Tened alguna confianza en mí. Porque á menudo yo he estu- 
diado algo el derecho, según rezan mis exámenes, por más que yo sepa . 
la indiferencia que media entre la cuestión incoada y la cuestión pen- 
diente, porque yo haya sostenido, en latín, una tesis sobre la manera 
con la cual se daba en Roma tormento, en los tiempo&en que Munatius 
Demens fué cuestor de parricidio, porque yo voy á ser doctor, según 
parece, no se sigue de todo ello la indispensable consecuencia de que 
sea yo un imbécil. Os recomiendo la moderación en vuestros deseos. 
Tan cierto como me llamo yo Félix Tholomyés, que estoy en lo justo. 
¡ Dichosos aquellos que al sonar la hora de la oportunidad saben tomar 
el partido heroico de abdicar como Sila ú Orígenes. 

Favorita escuchaba con profunda atención. 

— ¡Félix! — exclamó ella, — ¡bonito nombre! Me gusta. Es latino. Quie- 
re decir Próspero. 

Tholomyés prosiguió: 

— ¡Quirites, gentlemen, mes amis 1 caballeros/ ¿Queréis no sentir nin- 
gún aguijón, y prescindir del lecho nupcial riéndoos del amor? Nada 
mas sencillo. He aquí la receta: limonadas, mucho ejercicio, trabajar á 
la fuerza, derrengarse, traginar piedra, no dormir, velar: tragar en 
gran cantidad bebidas nitradas, y tisanas ninfeas: soboread emulsiones 
de adormideras y de agnus cas tus, sazonad todo esto de una dieta rígida; 
reventad de hambre: añadid además baños fríos, cinturones de yerbas, 
aplicación de una plancha de plomo, las lociones con licor de saturno 
reparaos con oxicrato. 

— Prefiero una hembra á todo ello, — dijo Listolier. 

— ¡Las hembras! — repuso Tholomyés, — no son de fiar. ¡Desgraciado 
I que se entrega al mudable corazón de la hembra! La hembra es per- 
*a y torcedora. Detesta á la serpiente por celos de su industria. La ser- 
rote es para ella el tendero de enfrente. 



126 LOS MISERABLES 



— Tholomyés, — gritó Blachevelle, — ¡tú estás bebido! 

— ¡Cáspita! — dijo Tholomyés. 

— Entonces, alégrate, — repuso Blachevelle. 

— ¡Consiento! — respondió Tholojnyés. 

Y levantóse llenando nuevamente su vaso. 

— ¡Gloria al vino! ¡Nunc te, B aeche, canam/ Con permiso, damise- 
las, esto es español. Y la prueba, señoras, vedla ahí: Tal pueblo tal to- 
nel. La arroba de Castilla tiene diez y seis litros, ef cántaro de Alicante 
doce, el almud de Canarias veinticinco, el cuartal de las Baleares vein- 
tiséis, la bota del czar Pedro, treinta. ¡Viva aquel gran czar; y viva su 
bota, que era aún mas grande! Señoras, un consejo de amigo: equivocad 
la pareja, si os parece, la esencia de los amores está en el error. El amor- 
cillo no se ha hecho para acurrucarse y embrutecerse como las criadas 
inglesas que llegan á encallecerse de las rodillas. El amorcillo, repito, 
no se ha hecho para eso, sino para errar vagamente, entre dulces y li- 
geros amoríos. Alguien ha dicho: el error es humano, y yo digo: el error 
es enamorado. Señoras, a todas os adoro. ¡Oh Zefina! ¡oh Josefina cara 
mas que achatada; seriáis encantadora á no estar de perfil. Tenéis las 
trazas de una hermosa fisonomía, sobre la cual, por equivocación, se 
hubiese sentado alguien. En cuanto á Favorita, ¡oh ninfas y musas! un 
día Blachevelle, por el arroyo de la calle Guérin-Boiseau, vio una linda 
muchacha de medias blancas y ajustadas, que dejaba entrever muy bue- 
nas piernas. Semejante prólogo le agradó, y Blachevelle amó. Aquella á. 
quien amó, fué Favorita. ¡Oh, Favorita, la de los labios jónicos! Hubo 
un pintor griego llamado Euforión, á quien se daba el nombre de pintor 
de los labios. Solamente aquel griego hubiera sido digno de pintar tu 
boca. Óyeme: antes que tú, no hubo jamás criatura digna de tal nombre* 
Tu has sido hecha para recibir, como Venus, la manzana, ó para comér- 
tela como Eva. La belleza comienza en tí. He hablado de Eva, pero eres 
tu quien la creó. Tu mereces el privilegio de invención de la mujer her- 
mosa. ¡Oh! Favorita dejo de tutearos porque voy á pasar de la poesía á 
la prosa. Hace poco teníais eñ vuestra linda boca mi nombre. Esto me 
ha enternecido; pero sea quien fuere, nadie debe fiarse de su nombre. 
Puede uno equivocarse. Yo me llamo Félix, y sin embargo soy un infe- 
liz. Las palabras son de los mentirosos. No debemos aceptar jamás sus 
indicaciones ciegamente. Sería un disparate escribir á Lieja pidiendo ta- 
pones, y á Pau pidiendo guantes. Miss Dalia, yo, á ser de vos, me Ua* 
maría Rosa. Es preciso- que la flor huela bien; y que la mujer sea inge* 
niosa. De Fantina, nada debo decir; es una soñadora, una visionari 
una delirante, una sensitiva: es un fantasma, en forma de ninfa y con 
pudor de beata, extraviada en la senda de las grisetas, pero refugiánd 
se en sus ilusiones; que canta, que reza, que contempla el cielo sin sab- 
io que mira ni lo que hace, y que con sus ojos fijos en el espacio, vag 
errante por un jardin, en el cual cree haber mas pájaros que no existe) 



SABIDUKIA DE THOLOMYES 



127 



¡Oh! ¡Fantina! hazte cargo de lo que voy á decirte: yo, Tholomyés, soy 
una ilusión; pero ¡ay que la bellísima rubia, hija de las quimeras no me 
entiende! Por lo demás, todo es en ella frescura, suavidad, juventud, 
dulcísima luz de la mañana. ¡Oh Fantina! muchacha digna de llamarse 
Margarita ó Perla, sois una mujer del bellísimo Oriente. Señoras, otro 
consejo: no os caséis jamás; el casamiento es un ingerto, que prende bien 
<5 mal, huid el peligro: Pero ¡ay! ¿á quien se lo estoy contando? Esto son 
palabras perdidas. Las mujeres son todas incurables tratándose de ma- 
trimonio; y todo cuanto podamos decirles, nosotros los sabios, no ha de 
impedir que las chalequeras, y las pespunteadoras de borceguíes sueñen 
en maridos llejios de diamantes. En fin, sea;' pero, hermosas, recordad 
bien esto: vosotras coméis demasiado azúcar. Vosotras, no tenéis mas 
que una sola falta, ¡oh mujeres! la de estar siempre con el dulce en la 
boca, ¡Oh! sexo roedor, tus hermosos y diminutos dientes blancos, ado- 
ran el azúcar. Pero, atended: el azúcar es una sal. .Toda sal es secante, 
y es .el azúcar la mas secante de todas las sales. Absorbe, al través de las 
venas, los líquidos de la sangre; de ahí la coagulación y luego la soli- 
dificación de la sangre; de ahí los tubérculos en el pulmón; de ahí la 
muerte. He aquí porque la diabetis linda con la tisis. ¡Por lo tanto, no 
comer mucho dulce, y á vivir! Ahora me dirijo á los hombres: señores, 
haced muchas conquistas. Robaos los unos á los otros, sin el menor re- 
mordimiento, vuestras queridas. Cazad, cruzad. En amor no hay ami- 
gos. Do quiera que exista una mujer hermosa están siempre rotas las 
hostilidades. ¡Nada de cuaitel, guerra á todo trance! Toda hermosura 
femenil es un casus belli; toda mujer bella, un flagrante delito. Todas 
las invasiones históricas, están señaladas por las faldas. La mujer es el 
derecho del hombre. Rómulo se llevó las sabinas, Guillermo las sajonas, 
César las romanas. El hombre que no es amado, se cierne como un bui- 
tre sobre las amantes de los demás; y, por mi parte, á todas las infortu- 
nadas que andan en la viudez, lanzo la sublime proclama de Bonaparte 
al ejército de Italia: ¡Soldados, estáis faltos de todo. El enemigo lo 
tiene. » 

Tholomyés se paró un momento. 

— Respira, Tholomyés, — dijo Blachevelle. 

Y al mismo tiempo, Blachevelle, acompañado de Listolier y de Fa- 

meuil entonó sobre un aire lastimero, una de estas canciones de taller, 

compuesta con las primeras palabras que se ocurren, bien ó mal rima- 

vacíaa de sentido como el movimiento de los árboles y el ruido del 

.to, que nacen al calor de las pipas y se elevan y desvanecen como 

alor mismo, 
le aquí la canción con la cual el grupo replicó la arenga de Tho- 

a fes: 



128 LOS MISEHABLRB 

Lub pavo» padrea le diuruu 
Pinero á un agente 
t Para haoor, por San Joan, papa 

A Clermont Tonerre. 
Pero Clermont no fué papa 
Porque ao era clérigo; 
Y el agente regañando 
Devolvió et dinero. 

No fué la canción á propósito para calmar á la improvisió 
lomyés; apuró pues su vaso, y volviendo á llenarlo comenzó 

— ¡Abajo la sabiduría! olvidad cuanto os he dicho. No sear 
derosos, ni prudentes, ni hombres de pro. Dedico un brindis á 
¡Sed alegres! Completamos nuestro curso de derecho con la h 
alimento. Indigestión y DigeBto. ¡Que sea Justiniano el varón 
chela la hembra! ¡Júbilo en los profundos! ¡Rueda creación! 
es un gran diamante. Soy feliz. Los pájaros son admirables 
fiesta en todas partes! El ruiseñor es un Elleviou gratis. ¡Estío, 
ludo! ¡Oh Luxemburgo! ¡Oh .Geórgicas de la calle Madaíne y 
meda del Observatorio! ¡Oh pollos pensativos! ¡Oh todas aquel 
muchachas, que mientras cuidan de guardar los niños, Be e 
bosquejándolos! Las pampas de América me complacerían si 
mos de los arcos del Odeón. Mi alma se eleva y se extasía en le 
vírgenes, florestas y praderas. ¡Todo es bello! Las moscas zuin 
tre los rayos del sol. El sol ha estornudado el colibrí. ¡Abraza 
tina! 

7 equivocándose, abrazó á Favorita. 

vm 

Muerte de un caballo 

— Se come mejor en casa Edón que en casa Bombarda, — di 

— Yo prefiero Bombarda á Edón, — contestó Blachevelle.— 
lujo. Es más asiático. Ved los comedores de abajo. Tienen esp< 
paredes. 

— Prefiero tenerlos ante mis ojos, — añadió Favorita. 

Blachevelle insistió: 

— Ved los cuchillos: los mangos de los de casa Bombarda s< 
ta, y de hueso los de casa Edón. Y la plata es mucho más pr« 
el hneso. 

— Si exceptuamos á los que tienen de plata la barba, — oba 
lomyés. 

En este instante, tenía puesta la mirada en la cúpula de los 
visible desde las ventanas de casa Bombarda. 

Hubo una pausa, 

— Tholomyés,— exclamó de repente Fameuil; — Li-tolier y ] 
mos discutiendo. . . 



MUHiTR DK H X CABALLO 129 



—Bueno es el discutir, — respondió 'Tholomyés, pero mejor es reñir. 

^Disputábamos sobre filosofía. 

—¿Y era? 

-—Sobre quién tú prefiere», ¿si á Descartes ó á Espinosa? 

—A Desaugiers, — dijo Tholomyés. 

Dada esta sentencia, bebió y continuó. 

— Yo consiento en vivir. No ha terminado todo aón en la tierra, puesto 
que todavía se puede disparatar. Doy pues gracias á los dioses inmorta- 
les. Se miente, pero se ríe. Se afirma, pero se duda. Lo inesperado surge 
del silogismo. Esto es magnífico. Existen todavía aquí abajo seres huma- 
nos que saben abrir y cerrar alegremente la caja de sorpresas de la pa- 
radoja. Esto, señoras mías, que estáis bebiendo con aire tan tranquilo, 
es vino de Madera; sabedlo, de la cosecha de Coural das Freirás, que 
está á trescientas diez y siete toesas sobre el nivel del mar. ¡Cuidado al 
beber! ¡trescientas diez y siete toesas! y el señor Bombarda, expléndido 
fondista, os da estas trescientas diez y siete toesas por cuatro francos y 
cincuenta céntimos. 

Fameuil interrumpió nuevamente: 

— Tholomyés, tus opiniones hacen ley. ¿Cual es tu autor favorito? 

— "-Ber... 

—¿Quién? 

— No, Choux. 

Tholomyés prosiguió: 

— ¡Honor á Bombarda! él igualaría á Munofis de Elefanta si pudiera 
cogerme una almeja, y á Thygelion deCheronéesi pudiera traerme una 
betaria! porque ¡oh señoras! hubo también Bombardas en Grecia y Egip- 
to. Apuleyo es quien nos lo enseña. ¡Ay! siempre lo mismo nada nuevo 
jamás. ¡Nada hay inédito del Creador, en la creación! Nil siib solé novitm, 
dijo Salomón: amor ómnibus idem, ha dicho Virgilio; y Carabine se 
embarca con Carabin en la barca de Saint-Cloud, como se embarcaba 
Aspasía con Pericles en la flota de Samos. La última palabra. ¿Sabéis lo 
que era Aspasia, señoras? Por más que viviera en tiempo en que las muje- 
res no tenían alma todavía, era un alma; un alma de tinte rosa y púr- 
pura, más ardiente que el fuego, más fresca que la aurora* Aspasia era 
una criatura en la cual se encontraban los dos extremos de la mujer; era 
la prostituta diosa; Sócrates, más Manon Lescaut. Aspasia fué creada 
para el caso dé que le hicese falta una concubina á Prometeo. 

Tholomyés, engolfado, difícilmente se hubiera parado, sí un caballo 
\o se hubiese caído en la calle en aquel momento. De un solo golpe, la 
arreta y el orador quedaron parados. Era una pobre yegua vieja y fia» 
;a, digna por más de un concepto del desolladero f que tiraba de» una ca- 
reta harto pesada. Al llegar delante de la casa de Bombarda, el excuá- 
ido animal, extenuadas sus fuerzas, negóse á dar un paso má*. El inci- 

TOMO 1 9 



130 LOS MISERABLES 



dente había atraído multitud de curiosos. Apenas el carretero, jurando 
indignado, había tenido tiempo de pronunciar con la energía acostum- 
brada la sacramental palabra ¡arre! apoyada en un implacable latigazo, 
cuando dio la yegua con su cuerpo en el suelo, para no volverse á le- 
vantar. Al ruido de los transeúntes agrupados, el alegre auditorio de 
Tholomyés volvió la cabeza, y Tholomyés aprovechó, para terminar su 
alocución, la siguiente melancólica estrofa: 

Pertenecía á mi mundo que da, en coches y carros 

Destino semejante; 
Fué rocín, y ha vivido lo que todo caballo, 

El espacio de un: «arre.» 

— ¡Pobre caballo! — suspiró Fantina. 

Y Dalia exclamó: 

— ¡Hé aquí á Fantina compadeciéndose de los caballos! ¡Puede darse 
mayor tontería! 

En el mismo instante, Favorita, cruzándose de brazos, echando la 
cabeza hacia atrás y dirigiendo una mirada resuelta á Tholomyés, ex- 
clamó: 

— ¡Bien! ¿Y la sorpresa? 

— Precisamente ha llegado el instante, — respondió Tholomyés, — Se- 
ñores, la hora de sorprender á estas señoras ha llegado. Señoras, espe- 
raos un momento. 

— Esto comienza por un beso, — dijo Blachevelle. 

— En la frente, — añadió Tholomyés. 

Cada uno depositó gravemente un beso en la frente de su querida; 
luego, alineados los cuatro y con un dedo en la boca, se dirigieron á la 
puerta. 

Favorita palmoteo aplaudiendo aquella salida. 

— Esto es ya divertido, — dijo. 

— No tardéis mucho, — murmuró Fantina. — Quedamos esperando. 

IX 
Gracioso fin de la alegría . - 

Las muchachas, al quedarse solas, acopláronse dos á dos, y apoyán- 
dose en los antepechos de ambas ventanas, sacaban la cabeza y hablaban 
unas con otras. 

Vieron salir á los cuatro jóvenes de casa de Bombarda dándose el 
brazo; volvieron ellos la cabeza haciendo algunas señas y riéndose, has- 
ta que desaparecieron entre aquella polvorienta multitud dominguera 
que invade semanaimente los Campos Elíseos. 

— ¡No tardéis mucho! — gritó Fantina. 

— ¿Qué es lo que van á traernos? — dijo Ztfina. 

— Va á ser, de seguro, algo bonito, — dijo á su vez Dalia. 

— Yo, — replicó Favorita, — quiero que sea de oro. 



GRACIOSO FIN DE I.A ALEGRÍA 131 



Pronto se distrajeron con el movimiento y barullo del gentío que 
circulaba junto al río y que distinguían por entre el follaje de los gran- 
des árboles, lo cual no dejaba de ser para ellas muy divertido. Era 
aquella la hora de salida de correos y diligencias. Casi todas las mensa- 
jerías del Mediodía y del Oeste pasaban entonces por los Campos Elí- 
seos. La mayor parte seguían por el muelle hasta salir por la barrera 
de Passi. A cada instante, algún gran carruaje pintado de negro y ama- 
Tillo, pesadamente cargado, ruidosamente arrastrado, deforme á fuerza 
de baúles, maletas, sacos y cajones, lleno de cabezas que desaparecen 
inmediatamente, tronchando el empedrado y convirtiendo en pedernales 
ios adoquines, abríanse paso entre la multitud, en medio del chisporro- 
teo de una fragua cuyo humo era el polvo y el aliento de una furia. 
Aquel estrépito parecía alegrar á las jóvenes, mientras Favorita excla- 
maba: 

— ¡Vaya un ruido! Cualquiera diría que son montañas de cadenas 
que el diablo las lleva. 

Llegó un momento en que uno de aquellos carruajes, que se distin- 
guía fácilmente por entre la espesura de los olmos, pareció pararse, vol- 
viendo luego á partir al galope. Esto le llamó la atención á Fantina. 

— Es particular, — dijo. — Yo creía que las diligencias no se paraban 
jamás. 

Favorita se encogió de hombros. 

— Es admirable esta Fantina. Vale la pena de fijarse en ella por cu- 
riosidad. Se admira de la cosa más sencilla del mundo. Suponte tú que 
yo soy un viajero, y le digo al mayoral: sigo adelante, subiré cuando 
paséis por el muelle. Pasa la diligencia, me ve, para y subo. Eso se ve 
todos los días. Tú no sabes lo que es la vida, querida mía. 

Pasóse así un ratito. De pronto Favorita hizo un movimiento coma 
<Ie quien despierta. 

— ¡Y bien!— exclamó. — ¿Y la sorpresa? 

— Tiene razón, — repuso Dalia. — ¿Y la famosa sorpresa? 

— ¡Hace ya mucho que se han ido! dijo — Fantina. 

Cuando acabó este suspiro, el mozo que había servido la comida en- 
tró en la sala. 

Traía algo en la mano que parecía una carta. 

— ¿Qué hay de nuevo? — preguntó Favorita. 

El mozo respondió: 

— Es un papel que han dejado aquellos señores, para las señoras. 

— ¿Y por qué no lo habéis traído desde luego? 

^-Porque aquellos señores, — repuso el chico, — han encargado que 
,áramos pasar una hora antes de entregarlo. 

Favorita arrancó el papel de las manos del mozo. Era, efectivamen- 

una carta. 



182 % LOS MISERABLES 



—¡Toma!— dijo ella, — va sin dirección; pero ved lo que tiene esorito- 
en el sobre: 

AQUÍ ESTÁ LA SORPRESA 

Rompió vivamente el sobre de la carta, abrióla y leyó: (sabía leer .y 

«¡Amadas nuestras! 

«Sabed que nosotros tenemos familia, vosotras no conocéis apenas lo- 
»que es esto; se llama familia, en primer lugar, según el código civil, 

• sencillo y honrado, á los padres y madres. Ahora bien, nuestras fami- 
lias, es decir, nuestros padres llorando, estos ancianos nos reclaman T 
castos buenos hombres y estas buenas mujeres nos llaman hijos pródi- 
gos; esperando nuestra vuelta, nos ofrecen agasajarnos matando su» 
«nejores reses. Debemos obedecerles, siendo virtuosos. A la hora en la^ 
»oual leeréis esto, cinco fogosos caballos nos llevarán hacia donde estén 
> auestros padres y nuestras madres. Levantamos el campo, como dice^ 
'Bossuet. Partimos, ó mejor, hemos partido. Huímos en brazos de- 

• Laffitte, y sobre las alas de Crillard. La diligencia de Toulouse nos 
» arranca al abismo; el abismo sois vosotras, ¡oh bellísimas chicas! Nos- 
potros volvemos á entrar en la sociedad, en el deber y en el orden, al 
> trote largo, á razón de tres leguas por hora. Importa á la patria que 
» seamos como todo el mundo perfectos padres de familia, guardias ni- 
trales ó consejeros de Estado. Veneradnos. Nosotros nos sacrificamos. 
•Lloradnos aprisa y reemplazadnos inmediatamente. Si esta carta os' 
^molesta, rompedla. Adiós. 

» Cerca de dos años, os hemos hecho felices. No nos guardéis, por la 

• tanto, rencor. 

» Firmado: Blachevelle, Fameuil, Listolier, Félix Tholomyés. 
»Post scriptum. — La comida está pagada.» 

Las cuatro jóvenes se quedaran mirando. 

Favorita rompió el silencio la primera. 

—-¡Y qué! De todas maneras no deja de ser uua broma. 

— Muy graciosa,— dijo Zefina. 

— Debe haber sido Blachevelle el autor de la idea, — repuso Favorita* 

Esto hace que le ame de nuevo. Tan presto ido, como querido. Esta 
es la historia. 

— No, — dijo Dalia; — la idea ha sido de Thoiomyés. Se conoce desde 
luego. 

— En tal caso,— replicó Favorita, — ¡muera Blachevelle y viva Tho- 
lomyés. 

— ¡Viva Tholomyéslr— exclamaron Dalia y Zefina. 

Y echáronse á reír. 

Fantina rió como las otras. 




T. ■ 



UNA MADRE QUE SE ENCUENTRA CON OTRA 133 

Una hora después cuando se encontró nuevamente en su cuarto, 
lloró. 

Era aquel, como ya hemos dicho, su primer amor; se había entre» 
gado á Tholomyés como á un marido, y la pobre muchacha tenía una 
iiija. 

LIBRO CUARTO 

CONFIAR ES, CASI SIEMPRE, ABANDONARSE 

I 
Una madre que se encuentra con otra. 

Durante el primer cuarto de este siglo, había en Montfermeil, junto á 
París, una especie de bodegón que ya no existe. Aquel bodegón era pro- 
piedad de una familia llamada Thénardier, compuesta de marido y mu* 
jer, y estaba situado en el callejón de Boulanger. Veíase sobre la puerta 
«una tabla mal clavada en la pared. En dicha tabla había pintado algo 
que parecía un hombre llevando á cuestas otro, el cual ostentaba gran- 
des charreteras de general, doradas, grandes estrellas plateadas, y gran- 
des manchas rojas figurando sangre; el resto del cuadro era humo todo, 
y representaba, probablemente, una batalla. Al pié se leía la siguiente 
inscripción: Al sargento de Waterloo. 

Nada más común que un carro ó una carreta á la puerta de un me- 
són. Sin embargo, el vehículo, ó mejor dicho el fragmento de vehículo 
que obstruía la calle, delante el bodegón del Sargento de Waterloo, una 
tarde de primavera de 1818, hubiera ciertamente llamado por su con- 
junto la atención de cualquier pintor que hubiese acertado á pasar 
por allí. 

Era la parte delantera de una de esas carretas, de las cuales se sirven 
en países montañosos, destinadas al transporte de grandes maderos y 
troncos de árboles. Componíase la tal delantera de un macizo eje de 
hierro, con el cual encajaba un pesado timón, sostenido por dos ruedas 
desmesuradas. Todo aquel conjunto era rechoncho, sólido, pesado, de- 
forme. Hubiera podido creerse ser el afuste de un cañón gigante. Los 
carriles de caminos fangosos habían dado á las ruedas, las llantas, los 
cubos, el eje y el timón, una capa de orín y barro amarillento y sucio, 
muy parecido al revoque voluntario con que se embadurnan algunas ca- 
tedrales. La madera desaparecía bajo el barro, el hierro bajo el orín. 
Debajo del eje colgaba una gruesa cadena digna de un esforzado Goliat. 
iquella cadena recordaba, no ya los maderos que tenía el deber de trans- 
portar, pero sí los mastodontes y mamuthes, que hubieran podido arras- 
trarla; tenía cierto aire de presidio, pero de presidio ciclópeo y sobre- 
humano, parecía como desligada de algún monstruo. Homero hubiera 
"ujetado con ella á Polifemo, y Shakespeare á Calibau. 



VÓ± LOS MiáEHABLfcS 



¿Porqué aquel juego delantero de carreta ocupaba aquel lugar en la 
calle? En primer lugar, para obstruirla, luego para acabarse de enmo- 
llecer. Hay en el antiguo régimen social un sinnúmero de instituciones» 
que uno se encuentra al paso de igual ni añera, y que no puede ser sino 
por razones parecidas, por lo que están donde se encuentran. 

El centro de la cadena colgaba bajo el eje y tocando casi al suelo, y 
sobre la curva que describía, como sobre la cuerda de un columpio, es- 
taban, sentadas y agrupadas aquella tarde, entrelazadas graciosamente , 
dos niñas, de como unos dos años y medio la primera, y de unos diez y 
ocho meses la otra, en brazos de la mayor la más pequeña. Un pañuelo 
previsora mente anudado las guardaba de caerse. Una madre había visto 
aquella espantosa cadena y se había dicho: — ¡Toma! he aquí un juguete 
para mis niñas." 

Las dos criaturas, graciosamente engalanadas y aún con cierto es- 
mero, irradiaban; podía decirse que de aquel hierro viejo brotaban do» 
rosas; sus ojos eran un triunfo, sus frescas mejillas sonreían. La una era 
castaña, morena la otra. Sus candidos rostros eran dos admirables arro- 
bamientos; un espino florido, que había allí cerca, enviaba á los tran- 
seúntes sus perfumes que parecían manar de ellas; la de diez y ocho me- 
ses enseñaba su desnudo y gracioso vientre con la casta desvergüenza de 
la niñez. Por encima y alrededor de aquellas dos delicadas cabezas, ama- 
sadas en la dicha y templadas á la luz, 1& fachada del bodegón, negra 
por el orin, casi terrible, encabestrada por estacas y llena de ángulos 
sucios y sombríos, parecía ser algo como el pórtico de una caverna. A 
los pocos pasos, acurrucada en el umbral del bodegón, la madre, mujer 
de aspecto poco simpático por otra parte, pero interesante á la sazón t 
columpiaba á las dos criaturitas por medio de largo bramante, prote- 
giéndolas con la mirada de cualquier accidente, con aquella expresión 
animosa y celeste á la vez, propia de la maternidad; á cada vaivén, lo» 
horribles eslabones lanzaban un estridente chirrido que parecía un grito 
de cólera; las pequeñuelas se extasiaban; el sol poniente mezclábase en 
aquella alegría, y nada tan bello como aquel capricho de la casualidad 
que había hecho de una cadena de titanes un columpio de querubines. 

Al compás que mecía las dos criaturitas, entonaba la madre, ep voz 
de falsete, una canción célebre entonces: 

Ha de ser, dijo, un guerrero 

La canción y el cuidado de sus hijas le privaban de enterarse de k> 
demás que pasaba en la calle. 

No obstante, como alguien se le había acercado al comenzar la pri- 
mera estrofa de la canción, oyó de repente, á su oído, una voz que le 

4ijo: 

— Allí tenéis dos hermosas criaturas. 

A la bella y tierna Imogine... 

Respondió la madre continuando la canción; luego volvió la cabeza*. 




UNA MADRE QUE SE ENCUENTKA CON OTUA 135 



Una mujer estaba junto á ella á pocos pasos. Aquella mujer tenía 
también una criatura que llevaba en brazos. 

Llevaba ademes un gran saco de noche que parecía muy pesado. 
La criatura de esta mujer era uno de los seres mas divinos que pue- 
dan verse. Era una niña de dos á tres años. Hubiera podido juntarse á 
las otras pequeñitas por la coquetería de sus vestidos; veía sel e un cue- 
Uecito de lienzo fino, cintas en la chambra y encajes valenciennes en la 
gorrita. Levantados los pliegues de la falda, veíase un muslo blanco, 
apretado y terso. Estaba admirablemente sonrosada y rebosando de sa- 
lud y vida. La hermosa criatura excitaba deseos de morder las manza- 
nicas de sus mejillas. No podemos decir nada de sus ojos, sino que ha- 
bían de ser grandes y que tenían magníficas pestañas. Estaba dormida. 
Dormía aquel sueño de profunda confianza, propio de su edad. Los 
brazos de las madres son todo ternura; las criaturas duermen profunda- 
mente en ellos. 

En cuanto á la madre, era de aspecto pobre y triste. Vestía un traje 
mixto, que indicaba á la obrera que tiende nuevamente á campesina. Era 
joven. ¿Era hermosa? ¡Tal* vez! pero con aquel traje no lo parecía. Sus 
cabellos de los que escapaba un mechón rubio, parecían muy abundan- 
tes, pero se ocultaban severamente bajo una gorra de beata, fea, apreta- 
da, estrecha y anudada debajo de la barba. La risa muestra siempre los 
dientes hermosos cuando se tienen, pero ella no se reía. Sus ojos pare- 
cían no haberse secado en mucho tiempo. Estaba muy pálida, su aspec- 
to era cansado y enfermizo; miraba á su hija, dormida en sus brazos, 
con aquel aire propio de las madres que los han nutrido á sus pechos. Un 
gran pañuelo azul como los que usan para sonarse los inválidos, plega- 
do en forma de pañoleta, cubría rudamente su talle. Tenía las manos ás- 
peras y salpicadas de manchas rojizas, y el índice endurecido y picado 
de la aguja; llevaba un mantón obscuro de grosera lana, un vestido de 
percal y zapatos gruesos-. Era Fantina. 

Sí, era Fantina en realidad, pero se la reconocía difícilmente. No 
obstante, examinándola detalladamente, encerraba todavía su belleza. 
Una triste arruga, que parecía un principio de ironía, razaba ligeramen- 
te su mejilla derecha. En cuanto á su tocado, aquel aéreo tocado de mu- 
selina y cintas, que parecía hecho por la misma alegría, la locura y la 
música, lleno de cascabeles y perfumado de lilas, habíase desvanecido 
[>mo las brilladoras escarchas, que uno cree diamantes á la luz del sol, 
que, al fundirse en agua, dejan negra la rama que engalanaran. 
Diez meses se habían pasado desde la famosa «linda gracia. » 
¿Qué es lo que había pasado durante este tiempo? Se adivina. 
Después del abandono, el tormento. Fantina había perdido de vista 
•esde luego á Favorita, Zefina y Dalia; el lazo roto por parte de los horn- 
ees se había deshecho por la de las mujeres; de seguro se hubieran ad- 
lirado si quince días después, alguien les hubiese dicho que eran ami- 



136 LOS MISERABLES 



gas. lo cual no tenía para ellas razón de ser, Fantina se había quedado 
sola. El padre de su hija había partido; semejantes rompimientos son 
irrevocables; encontróse ella absolutamente aislada, opn la costumbre de 
trabajar de menos y el amor á los placeres, de más. Impulsada por sus 
relaciones con Tholomyés á desdeñar el único oficio que sabía, había 
descuidado los medios de dar salida á su trabajo, y se los encontró luego 
cerrados. 

No había remedio para ella, Fantina sabía leer apenas, sin saber es- 
cribir, se la había enseñado solamente cuando niña á poner su firma; 
hizo escribir, por un escribiente público, una carta á Tholomyés, luego 
otra y más tarde una tercera. Tholomyés no contestó á ninguna. Cierto 
día oyó Fantina decir á sus comadres fijándose en su hija: — ¡Hay por 
ventura quien se tome en serio estas criaturas! Una se encoje de hom- 
bros y nada más. — Entonces pensó ella en que Tholomyés se habría 
también encogido de hombros por aquella criatura, y que no iba á to- 
mar en serio la vida de aquel ser inocente; y su corazón se envolvió en 
sombras, en la parte que se refería al hombre aquel. ¿Qué partido tomar 
en este caso? Ignoraba á quien dirigirse. Había cometido una falta, pero 
en el fondo de su naturaleza, como sabemos bien, se guardaba el pudor 
y la virtud. Sentía vagamente que se encontraba en vísperas de caer en 
el desfallecimiento y resbalar á lo peor. Era preciso valor; lo tuvo, y se 
creció en sí misma. Ocurriósele la idea de volver á su ciudad natal, á 
M*** sur M***. Allí tal vez se encontraría con quien la conociese y la 
proporcionase trabajo; sí, pero era preciso ocultar su falta. Y ella entre- 
veía confusamente la necesidad indispensable de una separación más 
dolor osa aún que la primera. Su corazón se desgarraba, pero tomó, no 
obstante, una resolución. Fantina, como veremos, poseía el valor fiero 
de la vida. Había ya renunciado valientemente al fausto, y se había 
vestido de percal, habiendo destinado toda su seda, todos sus perifollos, 
todas sus cintas y todos sus encajes á su hija, única vanidad que le res* 
taba, ¡bien santa por cierto! Había vendido cuanto tenía, lo cual le pro- 
dujo unos doscientos francos; y después de satisfechas sus insignifican- 
tes deudas vinieron á quedarle aproximadamente ochenta francos. 

A los veinte y dos años, y durante una deliciosa mañana de prima- 
vera, dejó París llevándose á su hija sobre la espalda. Cualquiera al ver- 
las pasar se hubiera apiadado de una y otra. Aquella mujer no tenía en 
el mundo más que aquella criatura, y aquella criatura no tenía en el 
mundo más que aquella mujer. Fantina había amamantado á su hija, )o 
cual había fatigado su pecho y tosía un poco. 

Como no tendremos nueva ocasión de hablar del señor Félix Tholo- 
myés, concretarémonos á decir, que veinte años después, durante el 
reinado de Luís Felipe, era un corpulento abogado de provincia, in- 
fluyente y rico, elector, prudente y jurado severísimo; alegre y campe- 
chano siempre. 



UNA MaDRF. qle se encuentra con otra 137 



A eao del medio día, después de haber, para descansar, caminado á 
trechos mediante tres ó cuatro sueldos por legua, en los que se llamaban 
á la sazón los cochecitos de los alrededores de París, encontróse Fantina 
en Montfermeil, en el callejón de Boulanger. 

Como viese al pasar junto al bodegón Thénardier, las dos pequeñi- 
tas, tan alegres en su montruoso columpio, quedó hasta cierto punto, 
deslumbrada, parándose delante de aquel cuadro de alegría. 

Existen encantamientos. Aquellas dos criaturas lo fueron en verdad 
por aquella madre. 

Contemplólas completamente emocionada. La presencia de los ánge- 
les es siempre un anuncio del paraíso. Creyó ver ella sobre aquel figón 
el misterioso aquí de la Providencia. ¡Aquellas dos pequeñuelas eran 
evidentemente dichosas! Mirábalas y admirábase ella verdaderamente 
enternecida, tanto que en el preciso momento ¿e tomar la madre aliento, 
entre dos versos de la canción, no pudo abstenerse de decir la frase que 
acabamos de leer: 

— Tenéis allí dos hermosas criaturas. 

Los seres más feroces se sienten desarmados cuando se acaricia á sus 
pequeñuelos. 

Irguió la madre la cabeza dando las gracias, é invitó á la transeúnte 
á que se sentara en el peldaño de la puerta; ella estaba sentada en el 
umbral. Entraron en conversación las dos mujeres. 

— Me llamo Thénardier, — dijo la madre de las pequeñuelas. — Somos 
los dueños de esta hostería. 

Luego, siguiendo la canción, repuso entre dientes: 

Ha de ser, soy caballero 
Y voy á la Palestina. 

Era la señora Thénardier una mujer coloradota, angulosa de carnes 
apretadas; el tipo de la mujer del soldado llevado al extremo. Y cosa 
rara, tenía cierto aire melancólico debido á las lecturas novelescas. Era 
una melindrosa hombruna. Las novelas antiguas, invadiendo las imagi 
naciones de los bodegoneros, producen semejantes efectos. Era joven aún, 
pues apenas contaba treinta años. Si aquella mujer, que estaba acurru • 
eada, hubiese eetado de pié, su elevada estatura, tal vez su facha de co- 
loso ambulante, un tanto selvático, hubiera quizá asustado á la viajera, 
turbando su confianza y desvaneciendo por lo tanto lo que debemos re 
"*rir. Una persona que esté sentada en vez de estar de pié, influye en el 
estino . 

La viajera refirió su historia algo modificada. 

Que era obrera; que su marido había muerto; que el trabajo escasea- 

a en París, en vista de lo cual iba á buscarlo en su país: que había sali- 

i de París aquella misma mañana, á pié; que, como llevaba á su hija, 

.ritiéndose fatigada y habiendo encontrado el coche de Villemomble, 

había subido en él; que de Villemomble había ido á Montfermel á pié; 



138 LOS MISLKaBOS 



que la niña había 'andado un poco, pero muy poco; que como era tan 
tierna, se había fatigado pronto, y le había sido preciso tomarla nueva- 
mente én brazos y que la tontuela se había dormido. 

Y al decir esto, dio á su hija un apasionado beso que la despertó. La 
niña abrió los ojos, dos grandes ojos azules como los de su maure, y 
miró, ¿qué? Nada, todo, con aquel aire serio y á veces severo de los pe- 
queñuelos. que es tal vez un misterio de su luminosa inocencia ante 
nuestros crepúsculos de virtud. Diríase que se sienten ángeles y que no» 
adivinan hombres. Después la niña se echó á reír, y aunque su madre 
procuraba detenerla, se deslizó al suelo con la indomable energía de un 
pequeño ser que quiere moverse libremente. Al punto advirtió á las otras 
dos del columpio, quedándose parada contemplándolas, sacando la lengua 
y torciendo el gesto en señal de admiración. 

La señora Thénardier desató á sus hijas, las hizo bajar del columpio f 
y dijo: 

— Ea: jugad las tres. 

Aquellos angelitos se entendieron enseguida, y á vuelta de un minuto^ 
las niñas Thénardier jugaban con la recién llegada á hacer agujeros en 
el suelo, inmenso placer. 

Aquella recién llegada era muy alegre; la bondad de la madre estaba 
escrita en la alegría de la hija; había tomado un palito que le servía de 
pala, y cavaba enérgicamente una fosa, buena para una mosca. El mismo 
trabajo de los enterradores pasa á ser objeto de risa hecho por una cria- 
tur ita. 

Las dos mujeres seguían en su conversación. 

— ¿Cómo se llama vuestra pequeñita? 

— Cosette. 

Cosette, era Eufrasia. La niña se llama Eufrasia. Pero de Eufrasia 
la madre había hecho Cosette, por aquel dulce y gracioso instinto de las 
madres y del pueblo que cambia Josefa en Pepita y Francisca en Paca. 
Es este un género de derivados que enreda y desconcierta por completa 
la ciencia de los etimologistas. Nosotros conocimos una abuela que había 
llegado á hacer de Teodora, Gnon (ñon). 

— ¿Qué edad tiene ahora? 

— Va á cumplir tres años. 

— Como la mayor de las mías. 

Entre tanto las tres pequeñuelas se habían agrupado con cierto aire 
de profunda ansiedad y beatitud; acababa de realizarse un fenómeno 
un gran gusano acababa de salir de la tierra; les daba miedo, y las teñí* 
extasiadas. 

Sus frentes radiantes parecían unirse; podía decirse que había trer 
cabezas en una aureola solamente. 

— ¡Criaturitas! — exclamó la señora Thénardier. — ¡Como se juntan en- 
seguida! ¡Yedlas, parecen tres hermanas! 



UNA MADRE QUE SE KMCUEaTÜA CON OTKA 139 



Esta frase fué la chispa que esperaba probablemente la otra madre. 
Tomó entonces la mano de la Thénardier f miróla fijamente, y la dijo: 

— ¿Queréis cuidar de mi hija? 

La Thénardier hizo uno de estos movimientos de sorpresa que no son 
un consentimiento ni una negativa. 

La madre de Cosette prosiguió: 

—Porque, desgraciadamente, no puedo llevarme mi hija á mi país. 
El trabajo no lo consiente. Con una criatura no se encuentra colocación 
en ninguna parte. Se encuentra en ello una ridiculez en semejante país. 
Sin duda me ha hecho Dios pasar á propósito junto á vuestra hostería. 
Cuando he visto estas niñas tan bonitas, tan aseadas y tan satisfechas, 
he sentido una conmoción interior. Y he dicho para mí: Hé aquí el refle- 
jo de una buena madre. ¿No es verdad? Podrán ser tres hermanas. Luego 
yo no tardaré mucho tiempo en volver. ¿Queréis cuidar de mi hija? 

— Será preciso ver, — dijo la Thénardier. 

— Os daré seis francos al mes. 

En este momento una voz de hombre gritó desde el fondo del figón: 

— No puede ser menos de siete francos. Y pagando seis meses adelan- 
tados. 

— Seis veces siete cuarenta y dos, — dijo la Thénardier.^ 

— Os los daré, — dijo la madre. 

— Y quince francos además para los primeros gastos, — añadió la voz 
de hombre. 

— Total cincuenta y siete francos, — dijo la señora Thénardier. Y, al 
través de estos números, seguía tarareando vagamente: 

Ha de ser, dijo un guerrero. 

— Los daré, — dijo la madre; — tengo ochenta francos. Aún me que- 
dará para llegar á mi país, si voy á pié. Ya ganaré yo dinero en estando 
allí y en cuanto haya recogido un poco, volveré por mi amor. 

La voz de un hombre repuso: 

— ¿Tiene la niña ajuar? 

— Es mi marido, — dijo la Thénardier. 

— Sin duda, ¡pues no faltaba sino que no lo tuviera, mi pobre tesoro! 
Ya he comprendido que había de ser vuestro marido. ¡Y muy bueno! un 
ajuar espléndido, todo por docenas; y vestidos de seda como una señora. 
Ahí lo traigo, en mi saco de noche. 

— Debéis dejarlo, — repitió la voz de hombre. 

— jPues no faltaba más, vaya si lo dejaré! — dijo la madre. — ¡No sería 

% ,o gracioso que dejase desnuda á mi pobre hija! 

La figura del hombre apareció. 

— Está bien, — dijo. 

El negocio quedó hecho. La madre pasó la noche en el bodegón, dio 

dinero, y dejó su criatura; volvió á li$r su saco de noche, desembara- 
io del ajuar, y á la lijera y desorientada, salió á la mañana siguiente,, 



140 LOS MISERABLES 



-creyendo volver antes de poco, ¡Fácilmente se arreglan separaciones se- 
mejantes, que son desesperaciones luego! 

Una vecina de la Thénardier encontró á aquella madre cuando se ibr , 
j vínose diciendo: 

—Acabo de ver en la calle una mujer llorando que parte el corazón. 

Cuando la madre de Cosette hubo salido, di jóle el hombre á la mujer. 

— Esto va á cubrir la obligación de ciento diez francos que vence 
mañana. Me faltaban cincuenta francos. ¿Sabes que hubiéramos tenido 
aquí el escribano para protestar? Armaste ahí una buena ratonera con 
tus niñas. 

— Sin duda, — dijo la mujer. 

II 
Primer esbozo de dos figuras sombrías. 

El ratón cogido era bien insignificante; pero el gato se alegra sin em- 
bargo aunque el ratón sea flaco. 

¿Qué eran los Thénardier? 

Diremos algo en este momento. Más tarde completaremos el croquis. 

Pertenecían estos seres á aquella clase bastarda compuesta de gentes 
groseras que se elevan y de "gentes ilustradas en decadencia, que es en- 
tre la llamada clase media y la clase llamada inferior; la que asume al- 
gunos de los defectos de la segunda con todos los vicios de la primera, 
careciendo del generoso aliento del obrero, como del moderado orden del 
artesano. 

Eran de aquellas naturalezas raquíticas que, si alguna llama sombría 
las caldea por casualidad, se tornan fácilmente monstruosas. Tenía la 
mujer un fondo salvaje y el hombre todas las apariencias de un perdido. 
Ambos se encontraban en el punto más elevado de susceptible degrada- 
ción de la especie del repugnante progreso que recorre la senda del mal. 
Existen almas cangrejos que retroceden continuamente hacia las tinie- 
blas, retrogradando en la vida más que adelantando, cuya experiencia 
les sirve únicamente para aumentar su deformidad, empeorando sin ce- 
sar é impregnándose más y más de cierta negrura creciente. Aquel hom- 
bre y aquella mujer poseían almas de esta naturaleza. 

El marido Thénardier, particularmente, era de fisonomía repulsi- 
va. Los fisonomistas no tienen más que mirar al rostro á ciertas gentes 
para desconfiar de ellas, pues se presentan temibles por ambos extre- 
mos. Resultan inquietos en la sombra y amenazadores frente á frente. 
Encierran en sí algo desconocido. Es imposible de todo punto responder 
de lo que han hecho ni de lo que harán. La sombra que encierra su mi- 
rada es su denuncia. Cualquier palabra que se les oiga ó cualquier gesto 
que se les advierta, deja adivinar secretos sombríos de su pasado, y som- 
bras misteriosas en su porvenir. 

Dicho Thénardier, á darle crédito á él, había sido soldado; sargento, 



.j 



LA ALONDRA 141 



decía; habiendo hecho probablemente la campaña de 1815, en la que se 
había portado bizarramente al parecer. Más adelante cabremos lo que 
babía sido. La muestra de su bodegón aludía á uno de aquellos hechos 
de armas. El mismo la había pintado, porque era de los que saben ha- 
cerlo todo; mal. 

Era aquella la época en que la antigua novela clásica que después de 
haber sido Clélie, no era más que Lodoíska, siempre noble, pero más 
vulgar á cada paso, descendiendo desde la señorita Scudéri á la señora 
Bournon Malarme, y de la señora de Lafayette á la señora Barthélemy 
Hadot, encendiendo el alma amorosa de los porteros de París, sin dejar 
de chamuscar una parte de la de las cercanías. La Thénardier poseía la 
inteligencia precisa para leer aquella especie de libros. Se alimentaba 
de ellos. En ellos anegaba los sesos que tenía; lo cual le había dado así 
durante sus primeros años, como luego después, una especie de actitud 
meditabunda con relación á su marido, picaro de ciertos alcances, ruñan 
literato, con gramática propia, grosero y fino á un tiempo, pero for 
mando su sentimentalismo con las lecturas de Pigault Lebrun, y, por 
«lo que al sexo se refiere,» como decía él en su jerga, ganso del todo sin 
la menor mezcla. Su esposa tendría como unos doce ó quince años 
menos que él. Más tarde, cuando los cabellos novelescamente llorones 
empezaron á blanquear, cuando Mégere sustituyó á Pamela, no fué la 
Thénardier más que una mujer gruesa y de malos instintos que había 
saboreado novelas tontas. Pero no se leen impunemente las necedades. 
Resultó de ello que su hija mayor se llamó Eponina; pero la pequeña 
¡pobre cita! estuvo á pique de llamarse Guiñare; debiendo no sé á qué 
diversión, resultado de una novela de Ducray Duminil, el no llamarse 
más que Azelma. 

Por lo demás, diremos de pasada, no era todo completamente ri- 
dículo y superficial durante aquella curiosa época, á la cual aludimos, 
y que podría llamarse la anarquía de los nombres de bautismo. Junto 
al elemento novelesco que acabamos de indicar, estaba el síntoma sp- 
cial. Y hoy no tiene nada de particular que el hijo de un boyero se 
llame Arturo, Alfredo ó Alfonso, y que el vizconde — si hay vizcondes 
todavía — se llame Tomás, Pedro ó Jaime. La diferencia que establece el 
nombre «elegante» sobre el plebeyo, y el nombre aldeano sobre el aris- 
tócrata, no es sino un remolino de igualdad. La irresistible penetración 
del soplo nuevo se encuentra en ello como en todo. Bajo esa aparente 
discordancia, existe una cosa grande y profunda: la Revolución fr&n - 
cesa. 

III 
La alondra 

No es suficiente para medrar ser malo. El figón no daba resultado. 
Gracias á los cincuenta y siete francos de 1» viajera , Thénardier 



142 LOS MISERABLES 



había podido evitar un protesto y honrar su firma. El mes siguiente, 
necesitaron aún más dinero; la mujer llevó á París y empeñó en el 
Monte de piedad el ajuar de Cosette por la cantidad de sesenta francos. 
Deade que fué distribuida esta suma, acostumbráronse los Thénardier á 
no ver en aquella pobre niña más que una criatura recogida por cari- 
dad, tratándola en consecuencia. Como ya no le quedaba nada de su 
ajuar, la vestían con sayas y camisas de desecho de sus hijas, es decir 
de harapos. Alimentábanla con las sobras de todo el mundo, algo mejor 
que al perro y un poco peor que el gato. El perro y el gato eran gene- 
ralmente sus comensales; Cosette comía con ellos debajo de la mesa en 
una cazuela de madera igual á la de ellos. 

Su madre, que había fijado su residencia, como veremos luego, en 
M* sur M*, escribía, ó por mejor decir, hacía que le escribiesen todos 
los meses á fin de tener noticias de su hija. Los Thénardier contestaban 
invariablemente: Cosette está muy bien. 

Pasaron los seis primeros meses, mandó la madre los siete francos 
para el séptimo mes, continuando exactamente sus remesas mensuales. 
No había terminado aún el año cuando dijo Thénardier: — ¡Vaya un ne- 
gocio! ¡Qué quiere que hagamos con sus siete francos! — y le escribió exi- 
giéndole doce. La madre, á la cual hacían entender que su hija estaba 
muy bien y que crecía mucho, sometióse y mandó los doce francos. 

Ciertas naturalezas no pueden amar por una parte y- odiar por otra. 
La madre Thénardier amaba apasionadamente á sus dos hijas, lo cual 
hacía que detestase á la forastera. Es muy triste pensar que el amor de 
madre puede tener alguna parte mala. 

El reducido espacio que Cosette ocupaba en su casa le parecía que se 
lo robaba á sus hijas, y que aquella pobre criatura disminuía el aire 
que respiraban aquellas. La tal mujer, como ot^as muchas de su espe- 
cie, tenía una cantidad de caricias y una cantidad de golpes y de inju 
rías que distribuir diariamente. Sino hubiese tenido en su casa á Cosette, 
es segurísimo que sus hijas, idolatradas y todo, hubieran recibido unas 
y otros; pero la forastera les hacía el favor de detener los golpes, reci- 
biéndolos ella. Sus hijas no alcanzaban, por lo tanto, más que las cari- 
cias. 

No podía hacer Cosette un movimiento que no cayese sobre su cabe- 
za una lluvia de castigos violentos é inmerecidos. 

Dulcísimo y débil ser, que nada debía comprender del mundo ni de 
Dios, castigado sin cesar, golpeado, reñido é injuriado, y viendo conti- 
nuamente junto á ella dos niñas, como ella también, viviendo como ei 
un rayo de aurora. 

La Thénardier era mala para Cosette. Eponina y Azelma eran malas 
también. Las criaturas, á su edad, no son sino ejemplares de la madre. 
Son de menor tamaño, nada más. 

Pasóse un año, luego otro. 



LA ALÓN OKA 143 



Decíase en el lugar: 

— Estos Thénardier son muy buena gente. ¡No tienen nada de ricos, 
y mantienen una pobre criatura que les dejaron abandonada en su casa! 

Se creía á Cosette abandonada, ú olvidada cuando menos^ de su ma- 
dre. Entre tanto Thénardier, habiendo sabido, quién sabe cómo, que la 
criatura era probablemente ilegítima, y que la madre no podía confesar- 
lo, exigíale quince francos al mes diciéndole que «la criatura crecía y 
comía» amenazando enviársela. «¡Qué no me encocore mucho! — excla- 
maba, — porque le planto allí su monigote entre sus tapadillos. Debe 
aumentar la asignación.» La madre pagó los quince francos. 

De año en año fué creciendo la niña y también su miseria. 

Mientras Cosette fu^ muy pequeña, fué el súfrelo -todo de las otras 
dos niñas; desde que creció algo mas, es decir, antes de los cinco años, 
fué ya la criada de la casa. 

Cinco años, se dirá, esto es inverosímil. ¡Ay! es verdad. Los sufri- 
mientos sociales empiezan á todas las edades. ¿No hemos visto, por des- 
gracia, recientemente el proceso de un tal Dumollard, huérfano, hecho 
bandido con el tiempo, el cual, desde la edad de cinco años, según los 
documentos oficiales, estando solo en el mundo, «trabajaba para vivir y 
robaba?» 

Obligóse, pues, á Cosette á hacer mandados, á barrer las habitacio- 
nes, el patio y la calle, á fregar los platos, y aún á llevar fardos. Los 
Thénardier se creían tanto mas autorizados á obrar así, cuanto que la 
madre, que continuaba siempre en M* sur M* empezó á no pagar muy 
bien, dejando algún mes en descubierto. 

Si aquella madre hubiese vuelto á Montfermeil al fin de los tres años, 
no hubiera, de seguro, reconocido á su hija! Cosette, tan hermosa y 
fresca al entrar en aquella casa, estaba entonces pálida y demacrada. 
Tenía cierto no se qué receloso é inquieto. ¡Maula! gritábale á cada pa- 
so la Thénardier. 

La injusticia la había vuelto esquiva, y la miseria la había puesto 
fea. No le quedaban mas que sus bellos ojos, que daba pena al verlos, 
porque, grandes cómo eran, parecían encerrar mayor cantidad de tris- 
teza. 

Daba grima de ver en invierno aquella pobre criatura, que no había 
cumplido todavía seis años, tiritando bajo sus andrajos de percal aguje- 
reados, barrer la calle antes de amanecer con una escoba enorme entre 

amoratadas manecitas, y una gruesa lágrima en sus grandes ojos. 

En el lugar le llamaban todo el mundo la Alondra. El pueblo, que 
sta siempre de imágenes, se complacía en dar este nombre á aquel 
|ueño ser que no abultaba mas que un pájaro; tembloroso, espantado 

iritando, despertado el primero en aquella casa, y aún en el pueblo; 

la mañana, siempre en la calle ó en el campo, antes del alba. 

Solamente que aquella pobre alondra no cantaba jamás. 



144 LOS MISKRVRLES 



LIBRO QUINTO 

DESCENSO 



Historia de un adelanto en la fabricación de abalorios negros. 

Mientras aquella madre que, al decir de las gentes de Montfermeil, 
parecía haber abandonado á su hija, ¿qué había sido de ella? ¿dónde es- 
taba? ¿qué hacía? 

Después de haber dejado á su pequeña Gosette á los Thénardier, con- 
tinuó su camino hasta llegar á M* sur M*. 

Recordemos que esto pasaba en 1818. 

Fantina había dejado su provincia hacía unos diez años. M* sur M* 
había cambiado de aspecto. En tanto que Fantina descendía lentamente 
de miseria en miseria, su ciudad natal había prosperado. 

Desde hacía unos dos años, había realizado uno de aquellos Hechos 
industriales que son grandes acontecimientos en lugares pequeño?. 

Es un detalle importante que creemos conveniente consignar, y casi 
diríamos subrayar. 

De tiempo inmemorial, M* sur M*, poseía como industria especial la 
imitación del azabache inglés y de los abalorios negros de Alemania. 
Esta industria había vegetado solamente á causa de la carestía de las 
primeras materias que recaía sobre la mano de obra. Cuando Fantina 
volvió á M* sur M* acababa de realizarse una gran transformación en 
la manera de producir aquellos «artículos negros.» A últimos de 1815, 
un hombre, un desconocido, fué á establecerne en la ciudad, habiendo 
ideado sustituir en semejante fabricación, la goma laca á la resina, y 
para los brazaletes particularmente, los colgantes simplemente ajusta- 
dos á la chapa, á los colgantes soldados á la misma. 

Este pequeño eambio había producido una revolución. 

Este pequeño cambio, en efecto, había reducido prodigiosamente el 
precio de la primera materia, lo cual había permitido, primeramente, 
elevar el precio de la mano de obra en beneficio del país, en segundo 
lugar mejoraba la fabricación en provecho del consumidor, y en el ter- 
cero podíase vender más barato, triplicando el beneficio en provecho del 
industrial. 

Así es que una idea producía tres rebultados. 

En menos de tres años el autor del procedimiento se había heeh< 
rico, lo cual no dejaba de ser una gran cosa, pero había enriquecido í 
los que le rodeaban, lo cual es todavía mucho mejor. Era forastero en 
el departamento. De su origen, nada se sabía; de sus principios muy 
poca cosa. 



MAGDALE.W 145 



Decíase que había llegado á la ciudad con muy poco dinero, algunos 
centenares de francos todo lo más. 

§ 

Pero de aquel mísero capital, puesto al servicio de una idea ingenio- 
sa fecundada por el método y el cálculo, había sacado una fortuna y la 
de la comarca. 

A su llegada á M* sur M* no poseía más que el traje, las apariencias 
y el lenguaje del obrero. 

Parece que el mismo día en que hizo como de escondidas su entrada 
en la pequeña ciudad de M* sur M*, al caer de una tarde de Diciembre, 
el morral á la espalda y el palo de espino en la mano, acababa de decla- 
rarse un grande incendio en la casa de la ciudad. Aquel hombre se pre- 
cipitó en las llamas, salvando, con peligro de su vida, dos niños, que 
resultaron ser luego hijos del capitán de la gendarmería, lo cual hizo 
que nadie soñara en pedirle su pasaporte. Después de ello se supo su 
nombré. Llamábase el tío Magdalena. 

•II 
Magdalena 

Era hombre de unos cincuenta años escasos, de aire preocupado y 
buen sujeto. He aquí todo lo que podía decirse de él. 

Gracias á los progresos rápidos de aquella industria que había reani- 
mado tan admirablemente, M* sur M* había llegado á ser un centro de 
negocios importante. España, que consume mucho azabache negro,' en- 
cargaba cada año grandes cantidades. M* sur M*, en semejante comer- 
cio, competía casi con Londres y Berlín. Los beneficios del tío Magdale- 
na eian tales, que desde el segundo año pudo levantar una gran fábrica, 
en la cual había dos vastos talleres, uno para hombres y para mujeres 
otro. Cualquiera que tuviese hambre podía presentarse en la seguridad 
de encontrar allí trabajo y pan. El tío Magdalena pedía á los hombres 
buena voluntad, á las mujeres costumbres puras, y á todos probidad. 
Había dividido los talleres á fin de separar los sexos, y que, así las niñas 
como las mujeres, pudiesen estar tranquilas. En este punto era inflexible. 
En esto sólo se manifestaba intolerante. Y estaba tanto más fundada se- 
mejante severidad, cuanto, siendo M* sur M* ciudad guarnecida, las 
ocasiones de corrupción eran frecuentes. Por lo demás, su llegada había 
sido un beneficio y su presencia era providencial. Antes de la llegada del 
tío Magdalena todo languidecía en el país; desde ella, todo vivía la salu- 
.ble vida del trabajo. Un gran movimiento de circulación daba calor y 
netraba en todo. La holganza y la miseria eran desconocidas. No había 
í bolsillo, por obscuro que fuese, donde no pudiese encontrarse algún 
aero, ni casa tan pobre que no encerrase un poco de alegría. 

El tío Magdalena empleaba á todo el mundo. No exigía más que una 
sa: ser hombre honrado, ser honrada mujer. 

TOMO I 10 



146 LOS M1SKKAB1.KS 



Como hemos dicho, en medio de aquella actividad de la cual era 
causa y sostén, el tío Magdalena hacía su fortuna, pero cosa rarísima en 
un simple hombre de negocios, no parecía en modo alguno que fuese 1 ello 
su principal cuidado. Parecía que se preocupaba mucho más de los otros, 
que de sí mismo. En 1820 se sabía que tenía colocado en su nombre, en 
casa de Laffitte, un capital de seiscientos treinta mil francos; pero antes 
de reservarse estos seiscientos treinta mil francos, había empleado más 
de un millón para la ciudad y para los pobres. 

El hospital estaba mal dotado, fundó en él diez camas. M* sur M* está 
dividida en población alta y baja. La parte baja, que era en la que él 
vivía, no tenía más que una mala escuela, en una casa medio arruina- 
da; mandó construir dos: una para niñas y otra para niños. Pensionaba 
de su bolsillo particular dos profesores con una gratificación doble á su 
mezquino sueldo oficial, y cierto día, en que alguien le preguntó admi- 
rado el por qué, dijo él: «Los dos primeros funcionarios del Estado, son 
la nodriza y el maestro de escuela.» Sabía creado á su costa una sala de 
asilo, cosa desconocida á la sazón en Francia, y una caja de socorros 
para los obreros viejos é imposibilitados. Su fábrica era un centro, un 
nuevo barrio surgido á su alrededor, en el que no faltaban familias in- 
digentes; estableció pues allí una farmacia gratuita. 

Al principio, cuando se le vio empezar, decían las buenas almas: «Es 
un atrevido que quiere hacerse rico. » Cuando se le vio enriquecer al 
país antes que enriquecerse á sí propio, las mismas buenas almas dije- 
ron: «Es un ambicioso.» Y esto parecía tanto más probable, cuanto era 
aquel hombre religioso, practicando sus actos con cierta regularidad, 
cosa muy bien vista en aquella época. Iba regularmente á oir misa todos 
los domingos. El diputado local que husmeaba competencias en todas 
partes, no tardó en preocuparse de aquella religiosidad -El tal diputado, 
que había sido miembro del cuerpo legislativo del imperio, participaba 
de las ideas religiosas de un padre del Oratorio; conocido bajo el nombre 
de Fouché, duque de Otrante, del que había sido hechura y amigo. A 
puerta cerrada se reía de Dios bonitamente. Pero cuando vio al rico in- 
dustrial Magdalena oyendo la misa de las siete de la mañana, entrevio 
en él un candidato posible y resolvió superarle, tomando desde luego un 
confesor jesuíta, asistiendo á vísperas y á misa mayor. La ambición, en 
aquellos tiempos, era, en la excepción directa de la palabra, una carrera 
al campanario. Los pobres aprovecharon de aquel temor, así como Dios 
mismo, porque el honorable diputado fundó también dos camas en < f 
hospital, y fueron ya doce. 

Sin embargo, en 1819, corrió una mañana por la ciudad el rumor d 
que, á propuesta del señor prefecto y en consideración á los muchos ser 
vicios prestados al país, el tío Magdalena iba á ser nombrado por el rey 
alcalde de la ciudad. Aquellos que habían tildado de «ambicioso» al fo- 
rastero, aprovechaban satisfechos aquella ocasión, deseada por todos, 



MAGDALENA 147 



-exclamando: «¡Hé aquí lo que decíamos nosotros!» Toco el vecindario se 
«enteró de ello. El rumor era cierto. Algunos días después apareció el 
nombramiento en el Moniteur. Al día siguiente el tío Magdalena re- 
nunció. 

Durante aquel mismo año 1819, los productos del nuevo procedi- 
miento inventado por Magdalena figuraron en la exposición déla indus- 
tria; fundándose en el informe del jurado, nombró el rey al inventor, ca- 
ballero de la Legión de honor. Nuevos rumores en la población. ¡ Ah! ya; 
jera la cruz lo que que quería! EL tío Magdalena renunció la cruz. 

Decididamente, era aquel hombre un enigma. Las buenas almas que- 
daron satisfechas diciendo: después de todo, no pasa de ser un aven- 
turero. 

Ya lo hemos visto, el país le debía mucho, los pobres se lo debían 
todo; era tan útil, que era preciso acabar por venerarle, y tan cariñoso, 
-que era indispensable acabar por amarle; sus obreros, en particular, le 
adoraban, y él admitía semejante adoración con cierta gravedad melan- 
-cólica. Cuando se le consideró rico, «las personas de sociedad» le saluda- 
ron y se le llamaba en la ciudad el señor Magdalena; sus obreros y los 
•chicos siguieron, no obstante, llamándole el tío *Magdalena> siendo esto 
lo único que le hacía sonreír agradablemente. A medida que iba encum- 
brándose, las invitaciones llovían sobre él. «La sociedad» le reclamaba. 
Las tertulias dd buen tono que había en la ciudad y, que naturalmente, 
«e hubieran cerrado en los primeros tiempos al artesano, abríanse de 
par en par al millonario. A todas le invitaban. A ninguna asistía. 

Tampoco entonces las buenas almas se dieron á partido. — «Es un 
hombre ignorante y de poca educación. Quién sabe de donde ha salido. 
< íío sabría como conducirse en sociedad. Aún no está probado ' que sepa 
leer.» 

Cuando se le había visto ganar dinero, decíase: es un comerciante. 
-Cuando se le vio repartir sus riquezas, se dijo: es un ambicioso. Cuando 
«e le vio renunciar los honores, dijeron: es un aventurero; y cuando se 
le vio esquivar el mundo, se le llamó bruto. 

En 1820, cinco años después de su llegada á la población, los servi- 
cios que había prestado al país eran tan notables y tan unánime la opi- 
nión de toda la comarca, que volvió nuevamente el rey á nombrarle al- 
calde de la ciudad. Renunció todavía, pero el prefecto no admitió la 
renuncia; todos los notables fueron á rogarle; el pueblo en plena calle le 

licaba; fué tanta la insistencia, que no tuvo más remedio que acep- 
Parece ser que lo que más le inclinó á semejante aceptación, fué el 

.jtrofe casi irritado de una vieja, mujer del pueblo, la cual exclamó 

ie el umbral de la puerta con desenfado: Un buen alcalde es útiL 

lien retrocede ante el bien que puede hacer? 

"Sata fué la tercera fase de su ascensión. El tío Magdalena había He* 
> á ser el señor Magdalena, el señor Magdalena era el señor alcalde» 



148 LOS MISERABLES 






III 

Sumas depositadas en casa Laflitte 

Sin embargo, el señor Magdalena, continuó tan sencillo como el pri- 
mer día. Tenía el cabello gris, la mirada seria, el color tostado de un 
obrero, el aspecto reflexivo del filósofo. Llevaba de ordinario un som- 
brero de alas anchas, y un gabán largo de paño grueso abotonado hasta 
la barba. Llenaba sus funciones de alcalde, pero después de ello, vivía 
solitario. Hablaba muy poco. Escusaba los cumplimientos: saludaba de 
paso y sin detenerse; sonreía para ahorrarse el hablar, pasando por ca- 
lles apartadas hasta para escusarse de sonreír. Las mujeres decían de él: 
«¡Buen oso!» Su mejor entretenimiento era pasear por el campo. 

Comía siempre solo, con un libro' abierto delante, en el cual leía. Te- 
' nía una pequeña pero escogida biblioteca. Gusta va de los libros; los li- 
bros son amigos fríos y seguros. A medida que aumentaba su tiempo- 
con su fortuna, parecía que lo aprovechaba para cultivar su espíritu. 
Desde que se había establecido en la ciudad, notóse que de año en aña 
su lenguaje iba puliéndose, siendo cada vez más delicado y suave. 

Llevaba frecuentemente en sus paseos campestres su escopeta, pero 
raras veces se servía de ella. Cuando llegaba el caso, por casualidad, si» 
tiro era inefable. Jamás había matado un animal inofensivo. Jamás ha- 
bía tirado á un pajarillo. 

Aún cuando no era ya joven, decíase que tenía una fuerza prodi- 
giosa. Ofrecía siempre su golpe de mano á quien pudiera necesitar de 
ello; levantaba un caballo, sacaba una rueda del atolladero y detenía 
por los cuernos un toro á la carrera. Llevaba siempre llenos sus bolsi- 
. líos al salir, y vacíos al volver. Cuando atravesaba alguna aldea, Ios- 
chiquillos harapientos se le acercaban alegremente, rodeándole como 
una nube de mosquitos. 

Creíase que había, en otros tiempos, vivido en el campo, porque po 
seía toda clase de secretos útiles que revelaba á los campesinos. De él 
aprendían á destruir la polilla de los trigos, aspergeando los graneros é 
inundando las hendiduras del suelo con una disolución de sal común, y 
á extirpar el gorgojo, suspendiendo por todas partes, en las paredes, en 
los techos, en los pajares y en las casas, romero en flor. Poseía «recetas» 
para extirpar de los campos la nigela, la arvejana, la cola de zorro, y 
tantas cuantas yerbas parásitas se comen el trigo. Salvaba una conejera 
de los ratones, nada más que con el olor de un marranillo de Berbe ' 
que hacía entrar. 

Un día vio gran número de campesinos ocupados en arrancar oí 
gas, fijóse en aquel montón de plantas arrancadas y ya secas dicienc 
— Están muertas. Y no obstante sería de gran provecho si se supiese 
utilizar. Cuando la ortiga es tierna, su hoja es una legumbre excelent 
cuando seca, tiene filamentos y fibras como el cáñamo y el lino. La U 



-■*- ■ 



SUMAS DEPOSITADAS KN CA£A LAFFITTE 149 



-de ortiga valdría lo qtte la del cáñamo. Machacada la ortiga, es buena 
para la volatería; molida, es buena para los cornúpetos. La semilla de 
la ortiga mezclaba con el forraje dá brillantez al pelo de los animales; 
la raíz mezclada con sal produce un hermoso color amarillo. Siendo, 
ünalmente, un excelente heno que puede ser segado dos veces. Y ¿q*é 
necesita la ortiga? Un poco de tierra, ningún cuidado ni cultivo alguno. 
Solamente que la semilla va cayendo á medida que la planta muere, y 
es algo difícil su recolección. Esto es todo. Tomándose un poco de tra- 
bajo, la ortiga sería de mucha utilidad; se la descuida y es dañina. En- 
tonces se la mata. ¡Cuántos hombres se parecen á la ortiga! Añadiendo 
v después de una pausa: Amigos míos, tened esto muy presente: no hay 
malas hierbas ni hombres malos. No hay sino malos cultivadores. 

Los muchachos le amaban igualmente, porque sabía hacer juguetes 
muy lindos con paja y cascaras de coco. 

Cuando veía la puerta de una iglesia colgada de negro, entraba; bus- 
caba los entieríos, como buscan otros los bautizos. La viudez y la des- 
gracia ajenas le atraían, á causa de su gran benignidad; mezclábase £ 
los amigos en duelo, á las familias enlutadas, á los sacerdotes plañideros 
alrededor de un féretro. Parecía que daba gustoso por texto á sus pen- 
samientos aquellas salmodias llenas de la vislumbre de otro mundo. Fija 
su mirada en el cielo, escuchaba con una especie de aspiración hacia los 
misterios de lo infinito, aquellas tristes voces que cantaban junto al bor- 
de del obscuro abismo de la muerte. 

Realizaba gran número de buenas acciones, escondiéndose para «lio 
como se esconden otros por las malas. Penetraba' ocultamente, de jioche, 
en las casas, y subía furtivamente las escaleras. Mas de un pobre diablo 
*e encontraba, á lo mejor, al volver á su guardilla, con que la puerta 
" había sido abierta, tal vez forzada, durante su ausencia. ¡El pobre hom- 
bre se creía que había estado allí algún ladrón! Entraba, y lo primero 
que veía era una moneda de oro olvidada sobre algún mueble. El «la- 
drón» que había estado allí, había sido el tío Magdalena. 

•Era afable y triste á la vez. El pueblo decía: «He aquí un rico que 
no tiene nada de orgulloso. Un hombre feliz que parece no estar con- 
tento.» 

Algunos pretendían que fuese un personaje misterioso, afirmando 
que no entraba nadie en su cuarto, el cual era una verdadera celda de 
acó reta, ¡llena de relojes de arena alados, y adornada de tibias pues- 
3 en cruz y de calaveras! Esto se decía mucho, si bien algunas jóvenes 
^gantes y maliciosas, fueron un día á su casa y le dijeron: — Señor 
salde, enseñadnos vuestro cuarto. Se cuenta por ahí que es una gruta. 
Sonrió, y les abrió inmediatamente la puerta de su «gruta,» lo cual 
^tigó merecidamente su curiosidad. Era una habitación sencillamente 
Drnada con muebles de caoba bastante feos, como todos los de este 
ñero, tapizada con papel de doce sueldos. Nada había allí notable, 



150 LOS MISEKABLKS 




como no fueran dos can del er os de forma antigua, colocados sobre la 
chimenea y que tenían todas las trazas de ser de plata, «pues estaban 
contrastados.» Observación llena de espíritu de los pueblos pequeños. 
A pesar de la visita, no por eso se dijo menos que nadie penetraba en su 
cuarto; y que era una especie de caverna de ermitaño, una cueva, un 
agujero, una tumba. 

Susurrábase también, que poseía «sumas inmensas» depositadas en 
casa Laffítte, con la particularidad de estar siempre á su inmediata dis- 
posición; de tal suerte, añadíase, que el señor Magdalena puede llegar 
el mejor día á casa Laffitte, firmar un recibo y llevarse sus dos ó tres 
millones, en diez minutos. En realidad, «aquellos dos ó tres millones» se 
reducían, como hemos dicho, á seiscientos treinta ó cuarenta mil francos» 

IV 
El señor Magdalena de luto 

A principios de 1821 los periódicos publicaron la muerte del señor 
Myriel, obispo de D***, conocido generalmente por «monseñor Bienve- 
nido^ fallecido en olor de santidad á la edad de ochenta y dos años. 

El obispo de I)***, añadiendo aquí un detalle que omitieron los pe- 
riódicos, hacía cuando murió, algunos años que estaba ciego, y con todo* 
y estar ciego, tenía á su hermana junto á él. 

Digámoslo de paso: ser ciego y ser amado, es en efecto, sobre la tie- 
rra, donde no hay nada completo, una de las formas mas extrañas y ex- 
quisitas de la felicidad. Tener continuamente á nuestro lado una mujer, 
una hija, una hermana, un ser encantador que está junto á nosotros por» 
que necesitamos de él y porque no puede prescindir de nosotros, saber 
que somos indispensables á quien no es necesario, poder medir incesan- 
temente su afecto por la cantidad de presencia que nos da, y poder de- 
cirnos: puesto que me consagra ella todo su tiempo, prueba que poaea 
todo su corazón; ver el pensamiento á falta de la figura; comprobar 1& 
fidelidad de un ser en el total eclipse del mundo: percibir el roce de un 
vestido como aleteo, sentirle ir y venir, salir, volver á entrar, hablar y 
cantar, y recordar luego que somos el centro de aquellos pasos, de aque- 
llas palabras y aquellos cantos; patentizar á cada paso su propia atrac- 
ción; conocerse uno tanto mas poderoso cuanto mas imposibilitado; lle- 
gar á ser en la obscuridad y por la obscuridad el astro en torno del cual 
gravita aquel ángel, pocas son las felicidades que igualen á esta. La su- 
prema dicha de la vida es la convicción de que uno es amado; ama 
por sí mismo; decimos mal, amado á pesar de nosotros mismos; esta co 
vicción la alcanza el ciego. En semejante desgracia, ser servido es s 
acariciado. ¿Falta algo entonces? No. Que no pierde la luz quien tier 
amor. ¡Y que amor! ¡Un amor compuesto únicamente de virtud! No ha 
ceguera donde hay certeza. El alma busca á tientas el alma, y la ei 
cuentra. Y aquella alma encontrada y comprobada es una mujer. ( 



ELSENOK MAGDALENA DE LITO 161 



sostiene una mano, es la suya; besa vuestra frente una boca, es su boca; 
sentís junto á vosotros una respiración, es ella. Todo tenerlo de ella, des- 
de su culto hasta su piedad: no encontrarse ¿amas abandonado, tener 
aquella dulce debilidad para socorreros, apoyarse en aquella inquebraii 
table caña, tocar con nuestras manos la Providencia y poder retenerla 
en nuestros brazos como uü Dios tangible, ¡que arrobamiento! El cora- 
zón, esa obscura flor celestial, ábrese á cierta expansión misteriosa. ¡Na- 
die cambiaría semejante sombra por toda la luz! El alma ángel está allí, 
siempre allí; si se aleja, es para volver; se desvanece como el sueño y 
reaparece como la realidad. Siéntese el calor que se aproxima, allí está. 
Siéntese un exceso de serenidad, de gozo, de éxtasis, es un rayo de luz 
en medio de la noche. Y mil cuidados insignificantes. Nadas que resul- 
tan enormes en aquel vacío. Los mas inefables acentos de la voz feme- 
nina empleados en acariciarnos y en suplirnos en el universo desvanecí ■ 
do. Siéntese así el cariño del alma. Nada se ve, pero se siente uno ado- 
rado. Es un paraíso en las tinieblas. 

Desde este paraíso, pasó al otro, monseñor Bienvenido. La noticia de 
su muerte fué reproducida por el diario local de M* sur M*. El señor 
Magdalena apareció al día siguiente vestido de negro con gasa en el 
sombrero. 

M 

Notóse en el pueblo aquel luto, y se comentó. Parecióles una luz 
acerca del origen del señor Magdalena. Acabóse por creer que tenía al- 
gún parentesco con el venerable obispo. Viste luto por el obispo de 2)***, 
díjose en las tertulias, lo cual levantó mucho el concepto del señor Mag- 
dalena dándole súbita y repentinamente cierta consiueración entre la 
nobleza de M* sur M*. El microscópico arrabal de San Germán de aque- 
lla ciudad pensó en levantar la cuarentena impuesta al señor Magdalena , 
pariente probable de un obispo. El señor Magdalena comprendió el ade- 
lantamiento que había obtenido en el aumento de reverencias que le hi- 
cieron las señoras mayores, y en las sonrisas mas frecuentes que le diri- 
gieron los jóvenes. Una tarde, cierta decana de aquel pequeño gran 
mundo, curiosa por derecho de ancianidad, se permitió preguntarle: 

—Señor alcalde, ¿seriáis tal vez primo del difunto señor obispo de 
D***? 

El contestó: 

— No, señora. 

— Pero, — repuso la noble viuda, — ¿el luto que vestís es por él? 

A lo que respondió el señor Magdalena: — Es que durante mi juven- 
d fui lacayo de su familia. 

Otra circunstancia debemos consignar todavía, y es que cada vez 

o pasaba por la ciudad algún niño saboyano recorriendo el país en 

sea de chimeneas que deshollinar, hacíale llamar el señor alcalde, y 

jpués de preguntarle su nombre le daba dinero. Los saboyanitos se lo 

^ían unos á otros, así es que pasaban muchos. 



152 LOS MISEHABLKS 



V 

Vagos relámpagos en el horizonte. 

Poco á poco y con el tiempo, todas las oposiciones se desvanecieron. 
Había habido en el encumbramiento del señor Magdalena, por esa espe- 
cie de ley que subsiste siempre junto á los que se elevan, sus correspon- 
dientes injurias y calumnias, que se trocaron luego en solo murmura- 
ciones, mas tarde en malicias, desvaneciéndose por último completa- 
mente; la consideración llegó á ser cumplida, unánime, cordial, y llegó 
un momento, hacia 1821, en el cual esta frase: el señor alcalde se pro- 
nunciaba en M* sur M* casi con el mismo acento que esta otra, el señor 
obispo era pronunciada en D*** en 1815. Muchos eran los que, de diez 
leguas á la redonda, iban á consultar á Magdalena. El terminaba las di- 
ferencias, hacía que cesaran los pleitos y reconciliaba á los enemigos. 
Todo el mundo le quería por juez de su derecho. Parecía encerrar en su 
espíritu el libro de la ley natural. Era aquello como un contagio de ve- 
neración que, en seis ó siete años progresivamente, llegó á extenderse 
por todo el país. 

Sólo un hombre, así en la población como en la comarca, se libró ab- 
solutamente de aquel contagio; é hiciese lo que quisiere Magdalena, con- 
tinuaba rebelde, como si algún instinto secreto é imperturbable le desve- 
lase é inquietase. Parece, efectivamente, que existe en ciertos hombres 
un verdadero instinto bestial, puro é íntegro como todo instinto, que 
crea las antipatías y las simpatías, que separa fatalmente una naturele- 
za de otra naturaleza, que no titubea, que no se turba, ni guarda silen- 
cio, ni se desmiente jamás; claro en medio de su obscuridad, infalible, 
imperioso, refractario á todo consejo de la inteligencia y á todos los di- 
solventes de la razón, y que, de cualquier manera que se .presenten los 
destinos, advierte secretamente al hombre -perro de la presencia xiel 
hombre-gato, y al hombre zorro de la presencia del hombre- león. 

Frecuentemente, cuando el señor Magdalena pasaba por una calle, 
tranquilo, afectuoso, rodeado de las bendiciones de todos, sucedía que 
un hombre de elevada estatura, vistiendo una levita color de plomo obs- 
curo, armado con un grueso bastón y cubierta la cabeza con un sombre- 
ro rebajado, se volvía bruscamente hacia él y le seguía con la mirada 
hasta que había desaparecido, cruzado de brazos, moviendo lentamente 
la cabeza y levantando el labio superior impulsado por el inferior hasta 
la nariz, especie de mueca significativa que podría traducirse por: — Pe 
ro ¿qué es lo que es este hombre? — De fijo yo le he visto en alguna pai 
te. — En todo caso no ha de engañarme siempre. 

Aquel grave personaje, de gravedad casi amenazadora, era de este 
que, por rápidamente que se les mire, preocupan al observador. 

Llamábase Javert y era de policía. 

Desempeñaba en M* sur M* las penosas pero útiles funciones de inspec 



«.■» 



VAGOS RELÁMPAGOS EN EL HORIZONTE 153 



tor. No había visto los principios del señor Magdalena. Javert debía el 
puesto que ocupaba á la protección del señor Chabouillet, secretario del 
ministro de Estado, conde Angles, entonces prefecto de policía de París. 
Cuando Javert llegó á M* sur M*, la fortuna del gran industrial era ya 
un hecho, y el tío Magdalena era ya el señor Magdalena. 

Muchos agentes de, policía tienen una fisonomía especial que se com- 
plica con cierto aire de bajeza mezclado á cierto aire de autoridad. Ja- 
vert tenía una de estas fisonomías, pero sin la bajeza. 

Estamos convencidos de que si las almas fuesen visibles á los ojos, se 
vería claramente la rareza de que cada uno de los individuos de la espe- 
cie humana, corresponde á algunas de las diversas especies de la creación , 
animal; y entonces podría reconocerse fácilmente esta verdad, apenas 
vislumbrada por el pensador, que, desde la ostra hasta el águila, desde 
el puerco al tigre, todos los animales están en el hombre, y que cada 
uno de ellos está en un hombre. Y á veces, igualmente, varios de ellos á 
un mismo tiempo. 

Los animales no son otra cosa que las figuras de nuestras virtudes y 
de nuestros vicios, errantes ante nuestros ojos; los fantasmas visibles de 
nuestras almas. Dios nos los muestra para hacer que reflexionemos. So- 
lamente que como los animales no son más que sombras, Dios no les ha 
hecho educables en toda la extensión de la palabra; ¿para qué?. Al con- 
trario, siendo nuestras almas realidades, y teniendo un fin propio, Dios 
les ha dado la inteligencia, es decir, la posibilidad de la educación. L^ 
educación social bien dirigida, puede siempre sacar de un alma, sea cual 
fuere, toda la utilidad que en ella se encierre. 

Sea ello dicho y bien entendido, desde el punto de vista terrestre apa- 
rente, y sin prejuzgar la cuestión profunda de la personalidad anterior ó 
ulterior de los seres que no son el hombre. EL yo visible no autoriza en 
ningún caso al pensador para negar el yo latente. 

Hecha esta observación, prosigamos. 

Por lo tanto, si se admite de momento con nosotros, que en todo 
hombre se encierra una de las especies animales de la creación, nos será 
más fácil decir quién era el inspector Javert. 

Los aldeanos de Asturias están convencidos de que en cada carnada 
de loba se encuentra un perro el cual mata la madre, á fin de evitar que* 
en creciendo devore á los pequeños. 

Dadle un rostro humano á este perro, hijo de loba, y este será Javert. 

Javert había nacido en una cárcel, de una de esas mujeres que echan 
cartas, cuyo marido estaba en presidio. Al ser mayor, vio que se en- 

atraba fuera de la sociedad, desesperanzado de poder entrar jamás en 
a. Observó que la sociedad mantiene irremisiblemente separados de 

\ á dos clases de hombres, los que la atacan y los que la guardan; no 

día elegir más que entre estas dos clases; y al mismo tiempo, sentíase 

*eído de no sé qué fondo de rigidez, de regularidad y de probidad, 



154 LOS MISERABLES 



mezclada con cierto inexplicable odio hacia aquella raza de gitanos de 
la cual había nacido. Entró en la policía. Hizo carrera. A los cuarenta 
años era inspector. 

Había estado, durante su juventud, empleado en los presidios del 
Mediodía. 

Antes de seguir adelante, expliquemos la frase, rostro humano, que 
hemos aplicado hace poco á Javert. 

El rostro humano de Javert consistía en una nariz achatada, con dos 
profundas ventanas, desde las cuales subían por los carrillos dos enor- 
mes patillas. Sentíase uno desagradablemente impresionado la primera 
vez que veía aquellas dos cavernas. Cuando Javert reía, lo cual era tan 
raro como espantoso, sus delgados labios parecían correrse, dejando ver, 
no solamente sus dientet , sino también sus encías, y se formaba al rede- 
dor de su nariz una arruga abultada y salvaje como si fuera el hocico de 
un animal carnívoro. Javert serio era >un perro de presa; cuando reía, 
un tigre. Por lo demás, tenía poco cráneo, mucha mandíbula; los cabe- 
llos cubrían su frente y le caían sobre las orejas; entre ambos ojos un 
ceñó central permanente como una estrella de cólera, la mirada obscura, 
ia boca contraída y temible, y una expresión de mando, feroz. 

Este hombre se componía de dos sentimientos tan sencillos como re- 
lativamente buenos, pero que él hacía casi malos á fuerza de exagerar- 
los; el respeto á la autoridad y el odio á la rebeldía; pues á sus ojos el 
robo, el asesinato, todos los crímenes, no eran otra cosa que otras tantas 
formas de la rebeldía. Envolvía en una especie de fé ciega y profunda, 
á todo el que desempeñaba alguna función del Estado, desde el primer 
ministro al guarda bosque. Cubriendo igualmente de desprecio, aversión 
y desagrado á todo el que había saltado una vez el dique legal de la mal- 
dad. Era absoluto sin admitir excepciones. Por una parte, decía: — El 
funcionario no puede engañarse; el magistrado jamás se equivoca. — De 
la otra, decía: — Estos están irremisiblemente perdidos. Nada de bueno 
pueden dar. — Era su opinión completamente partidaria de la de esos 
espíritus extremados, que atribuyen á la ley humana no sé que facultad 
para hacer, ó, si se quiere, patentizar demonios, y que ponen una Esti- 
gia en la parte baja de la sociedad. Era estoico, serio, austero; pensador 
triste; humilde y altivo como los fanáticos. Su mirada era una barrena, 
una barrena fría, y así taladraba. Todo su modo de ser estaba encerrado 
en estas dos palabras: velar y vigilar. Había introducido la línea recta 
en lo que hay en el mundo más tortuoso; tenía conciencia de su utilid 
la religión de sus funciones, y era espía como hubiera sido sacerdo 
¡Desdichado del que caía en sus manos! Hubiera detenido á su padre 
intentar escaparse de presidio y denunciando á su madre ai huir de 
cárcel. Y lo hubiera hecho con aquella especie de satisfacción intei 
que produce la virtud. Además, su vida era toda privación, aislamienl 
abnegación, castidad; jamás una sola distracción. Era el mismo defc 



YAGOS RELÁMPAGOS E.3 EL HORIZONTE 155 



implacable; la policía comprendida, como los espartanos comprendían á 
Esparta; una vigilancia despiadada, una honradez bárbara, un espía de 
mármol. Bruto encarnado en Vidocq. 

Todo en la persona de Javert revelaba al hombre que espía y que *e 
esconde. La escuela mística de José Maistre, la cual, en aquella época, 
salpimentaba con su elevada cosmogonía los llamados periódicos ultra-; 
no hubiera dejado de decir que Javert era un símbolo. No se le veía la 
frente, que desaparecía bajo su sombrero; no se le veían los ojos, que se 
perdían bojo sus cejas; no se le veía la barba, que se hundía dentro la. 
corbata; no se veían sus manos, que se quedaban dentro las mangas; no 
ne le veía el bastón, por llevarlo siempre bajo la levita. Pero en llegando 
la ocasión, veíase de súbito salir de aquellas sombras, como de una em- 
boscada, una frente angulosa y deprimida, una mirada funesta, una bar- 
ba amenazadora, unas manos enormes y un rebenque monstruoso. 

En sus momentos de ocio, bien escasos por cierto, á pesar de odiar 
los libros, leía; debiéndose á ello que no fuese ignorante del todo. Esto 
se reconocía fácilmente en cierto énfasis que había en sus palabras. 

No tenía ningún vicio, ya lo hemos dicho. Cuando estaba satisfecho 
de sí mismo, se permitía tomar un polvo de tabaco. Por ahí solamente 
estaba unido á la humanidad. 

Comprendíase fácilmente que Javert fuese el terror de toda aquella, 
clase de gente que la estadística anual del ministerio de Justicia designa 
bajo el epígrafe: Gentes de oficio desconocido. Con sólo pronunciar el 
nombre de Javert se desbandavan; la figura de Javert apareciendo, lea- 
petrificaba. 

Tal era aquel hombre formidable. 

Javert era como un ojo fijo constantemente sobre el señor Magda- 
lena. Ojo Heno de sospechas y conjeturas. El señor Magdalena había 
acabado por comprenderlo y sin embargo parecía no dar á ello la menor 
importancia. Jamás le hizo á Javert la menor pregunta; no le buscaba 
ni le evitaba, soportando, sin fijarse, al parecer, aquella mirada pesada 
y casi provocadora. Trataba á Javert como á todo el mundo, con senci- 
lla bondad. 

Por algunas palabras escapadas á Javert, adivinábase que había bus- 
cado secretamente, con la curiosidad propia de la raza, en la cual entran 
por igual el instinto y la voluntad, todos los vestigios anteriores que 
~dalena hubiese podido dejar en alguna parte. Parecía saber, y algu- 
. ¡reces lo dejaba entender, bajo palabras más ó menos veladas, que 
;aién había tomado ciertos informes en cierto país, sobre cierta fami- 
^ esaparecida. Una vez llegó á decir hablando consigo mismo: — ¡Creo- 
ya le tengo! Luego estuvo tres días como ensimismado sin decir una 
ibra. Parecía que el hilo que se creía haber atrapado se le hubiese 

or lo demás, y es este el correctivo necesario á lo que el sentido de 



156 LOS MISERABLES 




ciertas frases pudieran presentar de demasiado absoluto, no puede haber 
nada verdaderamente infalible en ninguna criatura humana, y ed propio 
del instinto precisamente el poder ser turbado, despistado, desorientado. 
Sin esto resultaría superior á la inteligencia, y el bruto resultaría enton- 
ces mejor iluminado que el hombre. 

Ja ver t estaba evidentemente algo desconcertado, viendo la tranquila 
serenidad de Magdalena. 

Cierto día, no obstante, sus extrañas maneras parecieron causar cier- 
ta impresión en Magdalena. 

Hé aquí el motivo . 

VI 
Fauchelevent 

Pasando una mañana el señor Magdalena por uña calle sin empedrar 
de M* sur M*, oyó un gran barullo y vio un grupo á corta distancia. 
Acercóse á ver lo que era, y vio que un viejo, llamado el tío Fauchele- 
vent, acababa de caer debajo de su carro, cuyo caballo estaba rendido. 

Era Fauchelevent uno de los raros enemigos que tenía aún el señor 
Magdalena en aquella época. Cuando Magdalena había llegado á la ciu- 
dad, Fauchelevent, antiguo tabelión y campesino casi letrado, practi- 
caba cierta clase de negocios que empezaban á irle mal. Fauchelevent 
había visto aquel simple obrero que iba enriqueciéndose, /mientras, que 
él, maestro, se arruinaba. Esto le había llenado de envidia, haciendo 
que aprovechara cuantas ocasiones se le presentaran para atacar á Mag- 
dalena. Cuando ya arruinado y viejo, sin quedarle más que un carro y 
un caballo, sin familia y sin hijos por otra parte, se hizo carretero para 
poder vivir. 

El caballo se había roto, al caer, ambas piernas, y no podía mo- 
verse. El viejo estaba cogido entre las ruedas. La caída había sido ver- 
daderamente desgraciada, pues todo el peso del carruaje gravitaba sobre 
v su pecho. El carro estaba completa y pesadamente cargado. El pobre 
Fauchelevent lanzaba gritos lastimeros. Habíase probado de arrancarle 
de allí, pero inútilmente. Un esfuerzo desordenado, una ayuda mal 
dada, una sacudida en falso, podían aplastarle. Era imposible salvarle 
de otra manera que no fuese levantar el carro por debajo. Javert, que 
había aparecido en el momento del accidente, había mandado . á buscar 
un gato. 

El señor Magdalena llegó. Apartóse respetuosamente todo el mund^ 

— ¡Ayudadme! — gritaba el viejo Fauchelevent. — ¿No habrá por a 
algún buen hombre para salvar á este pobre viejo? 

Magdalena volvióse hacia los allí reunidos: 

— ¿No hay un gato de albañil? 

— Han ido á buscar uno^ — contestó un hombre. 

— ¿Cuánto tardará en estar aquí? 



FAUCHELEVBiNT 157 



— Si han ido por el que podía encontrarse más cerca, á Flachot, en 
casa el herrero; en fih, sea como fuere, siempre tardará un buen cuarto 
de hora. 

— ¡Un cuarto de hora! — exclamó Magdalena. 

A la víspera había llovido, y estaba el suelo empapado, así es que el 
carro se hiba hundiendo en el suelo, comprimiendo más y más el pecho 
del viejo carretero. Era casi seguro que antes de cinco minutos tendría 
rotas las costillas. 

— E* imposible esperar un cuarto de hora, — dijo Magdalena á los 
artesanos que estaban mirando. 

— ¡Y no hay otro medio! 

— Pero no habrá tiempo; ¿no estáis viendo como va hundiéndose el 
carro? 

— ¡Virgen santísima! 

— Oid, — repuso Magdalena, — queda todavía debajo del carro espacio 
bastante para que un hombre pueda penetrar y levantarle luego con la 
espalda. En medio minuto se arranca del peligro á este pobre hombrje. 
¿Hay alguien por aquí que tenga fuerza y corazón para ello? ¡Cinco 
luises de oro que ganar! 

Nadie de los del grupo contestó. 

— ¡Diez luises! — dijo Magdalena. 

Los asistentes bajaron los ojos. Uno de ellos murmuró: — Sería preciso 
ser de hierro. ¡Luego es muy fácil quedar aplastado! 

— A ver, — volvió á decir Magdalena, — ¡veinte luises! 

El mismo silencio. 

— No es la buena voluntad lo que hace falta, — dijo una voz. 

El señor Magdalena volvió la cabeza, y reconoció á Javert. No le 
había notado al llegar. 

Javert continuó: 

— Se necesita gran fuerza. Sería preciso ser un hombre terrible para 
kvantar un carro como éste con la espalda. 

Luego, mirando con fijeza á Magdalena, prosiguió acentuando mu- 
cho las palabras que iba pronunciando: 

— Señor Magdalena, no he conocido eñ mi vida más que un solo 
hombre capaz de hacer lo que proponéis. 

Magdalena se estremeció. 

Javert continuó con aire indiferente, pero sin apartar los ojos de 
agdalena: 

— Era un presidiario. 

— ¡Ah! — exclamó Magdalena. 

—De Tolón. 

Magdalena palideció. 

Entretanto continuaba el carro hundiéndose poco á poco. El infeliz 
tuchelevent rugía y aullaba. 



158 LOS MIdEKABLKS 



— ¡Me ahogo! ¡se rompen mis costillas! ¡un gato, una palanca, cual- 
quier cosa! ¡Ah! 

Magdalena miraba en tordo suyo. 

— ¿No 'hay quién se quiera ganar veinte luises y salvar la vida á este 
pobre viejo? 

Ninguno de los asistentes se movió: Javert repuso: 

— Yo jamás he conocido otro hombre capaz de reemplazar el gato, 
que el presidiario. 

— ¡Ah! ¡ved que me aplasta! — exclamaba el viejo. 

Magdalena irguió la cabeza, encontrando la mirada de halcón de 
Javert siempre fija sobre él, vio también todos los hombres del corro 
inmóviles, y sonrió tristemente. 

Inmediatamente, y sin decir más palabra, doblóse sobre sus rodillas, 
y antes que la gente agrupada tuviese tiempo de lanzar un grito, estuvo 
ya debajo del carruaje. 

Hubo entonces un momento espantoso de espectación y de silencio. 
. Vióse á Magdalena casi aplanado sobre el suelo bajo aquel peso, in- 
tentar por dos veces inútilmente, apoyar los antebrazos en las rodillas. 
Gritábanle: 

— ¡Tío Magdalena! ¡retiraos! 

El viejo Fauchelevent mismo exclamó: 

— ¡Señor Magdalena, salid de aquí! ¡no tengo más remedio que mo- 
rir, ya lo veis! ¡dejadme! ¿Queréis haceros aplastar también? 

Magdalena no dijo una palabra. 

Los del corro alentaban apenas. Las ruedas habían continuado hun- 
diéndose, y era ya casi imposible que Magdalena pudiese salir de debajo 
del carro. 

De pronto se vio como si la enorme masa vacilara, el carro fué le- 
vantándose lentamente, las ruedas acababan de salir del carril. Oyóse 
entonces una voz ahogada que exclamaba: Pronto, dadme ayuda; Eira 
Magdalena que estaba haciendo el último esfuerzo. 

Todo el mundo se precipitó. La resolución de uno solo estaba dando 
fuerza y valor á todos. El carro se vio sostenido por veinte brazos. El 
viejo Fauchelevent estaba salvado. 

Magdalena se levantó. Estaba pálido, aunque bañado en sudor. Sus 
vestidos estaban desgarrados y cubiertos de barro. Todos lloraban. El 
viejo besaba sus rodillas y le llamaba su Providencia. El, manifestaba 
en su expresión una especie de sufrimiento dichoso y celestial, fijanr" 
su tranquila mirada sobre Javert, que seguía mirándole sin pestañear: 

VII 
Fauchelevent, Jardinero en París. 

Fauchelevent se había lesionado la rodilla en la caída. El señor Mag 
le hico trasladar á la enfermería que tenía establecida para su 



LA ShÑOll \ VICTUHMEN EMPLEA THKINTA FRANOtS EN M0HAL1DAD 159 

obreros en el mismo edificio de la fábrica, la cual estaba servida por dos 
hermanas de la Caridad. AI día siguiente por la mañana se encontró el 
pobre viejo un billete de mil francos en su mesa de noche, con estas pa- 
labras escritas por el propio Magdalena: Os compro vuestro carro y 
vuestro caballo. El carro estaba roto, el caballo muerto. Fauchelevent 
o uro, pero la rodilla quedó esquilosada. El señor Magdalena, por reco- 
mendación de las hermanas de la Caridad y de su cura, hizo colocar al 
buen viejo, de jardinero en un convento de monjas del cuartel de San 
Antonio de París. 

Algún tiempo después, el señor Magdalena fué nombrado alcalde. La 
primera vez que Javert vio al señor Magdalena revestido con la banda 
que le daba el carácter de primera autoridad de la población, sintió una 
especie de estremecimiento como el que podría sentir un dogo olfatean- 
do un lobo bajo los vestidos de su dueño. Desde entonces, evitó el verle 
cuanto pudo. Cuando las necesidades del servicio lo exigían imperiosa- 
mente y no podía hacer otra cosa que hablar directamente con el señor 
alcalde, cumplía su deber con profundo respeto. 

Aquella prosperidad de M* sur M* creada por el tío Magdalena, te- 
nía, sobre los signos visibles que hemos indicado, otro síntoma que, no 
por dejar de ser visible, era menos significativo. Este síntoma no enga- 
ña jamás. Cuando la población sufre, cuando el trabajo falta, cuando el 
•comercio es nulo, el contribuyente resiste los impuestos por penuria, 
apura y deja pasar los plazos, y el Estado sufre grandes pérdidas en 
apremios y reembolsos. Cuando el trabajo abunda, cuando el país es di- 
choso y rico, los impuestos se pagan fácilmente y cuestan poco al Esta- 
do. Puede decirse que la miseria y la riqueza pública tienen un termó- 
metro infalible, los gastos de percepción del impuesto. En siete años ha- 
bían sido reducidos estos gastos de tres cuartas partes en el distrito de 
M* sur M*, lo cual hacía que frecuentemente citase dicho distrito co- 
mo modelo entre todos los demás, el señor de Villele, ministro de Ha- 
cienda á la sazón. 

Tal era la situación de aquel país cuando regresó Fantina. Nadie se 
acordaba de ella. Afortunadamente la puerta de la fábrica del señor 
Magdalena era lo que una cara conocida. En cuanto se presentó, fué ad- 
mitida en el taller de mujeres. Era el oficio enteramente nuevo para Fan- 
tina, y no podía por lo tanto ser diestra en él, por cuya razón sacaba 
un jornal bastante escaso; sin embargo, era lo suficiente á sus principa- 
necesidades; estaba pues resuelto el problema de ganarse la vida. 

VIII 
La señora Victurnien emplea treinta francos en moralidad 

Cuando vio Fantina que podía vivir, tuvo un momento de alegría. 

~r honestamente del trabajo propio, ¡que favor del cielo! El amor al 

ajo renació verdaderamente en ella. Compróse un espejo, regocijan- 



160 LOS MISERABLES 



dose al ver su juventud, sus hermosos cabellos y sus bellísimos dientes; 
olvidóse de muchas cosas para no pensar sino en Cosette y en las posi- 
bilidades del porvenir y fué dichosa. Alquiló un cuartito que amuebló 4 
crédito de su trabajo futuro, resto de sus costumbres desordenadas. 

No pudiendo decir que estaba casada, guardóse muy bien, como he- 
mos ya dejado entrever, de hablar de su hija. 

En sus principios, según se ha visto, pagaba exactamente á los Thé^ 
nardier. Como no sabía mas que firmar, tuvo necesidad de escribir pur 
la mediación de un escribiente público. 

Escribía frecuentemente, lo cual se notó, empezándose á decir por lo 
bajo en el taller de mujeres, que Fantina «escribía cartas» y que tenía 
«ciertos aires.» 

Nadie más á propósito para espiar las acciones de las gentes que 
aquellas personas con quienes no tienen nada que ver. — ¿Por qué este 
señor no viene nunca antes de anochecer? ¿Por qué el señor tal no cuel- 
ga los jueves la llave en su lugar? ¿Por qué anda siempre por callejones? 
¿Por qué la señora baja siempre del coche antes de llegar á la casa? 
Por qué manda á comprar un cuadernillo de pap^l de cartas, teniendo 
«llena hu papelera?» etc., etc. Existen seres que, por conocer el objeto 
de tales enigmas, los cuales les son, por otra parte, perfectamente indi- 
ferentes, emplean más dinero, gastan más tiempo, y se dan más trabajo 
del que sería necesario para diez buenas acciones; y esto gratuitamente, 
por gusto, sin ser pagada su curiosidad más que por la curiosidad mis- 
ma. Seguirán días enteros á éste ó aquél, pasarán horas y horas de 
guardia en las esquinas, de noche, entre los árboles, desafiando lluvias 
y fríos, sobornarán criados, emborracharán cocheros y lacayos, com- 
prarán doncellas, harán suyos los porteros. ¿Para qué? para nada. Por 
encarnizamiento de ver, de saber y de penetrar. Pura comezón de mur- 
murar y nada más. Y frecuentemente conocidos semejantes secretos, 
tales misterios publicados, expuestos á la luz del día los enigmas, pro- 
ducen catástrofes, duelos, descréditos, ruinas de familias, amargando 
innumerables existencias, por el gran placer de quienes lo han «descu- 
bierto todo» sin interés, solo por instinto. ¡Triste cosa por cierto! 

Ciertas personas son malas únicamente por necesidad de hablar. Sus 
palabras, conversando en la tertulia y charlando en la antecámara, son 
como las chimeneas que consumen pronto la leña; les hace falta mucho 
combustible, siendo su combustible el piójimo. 

Se observó pues á Fantina. 

A más de ello, no faltaba quien tuviese envidia de sus rubios cabell 
y de sus dientes blancos. 

Súpose que en el taller, en medio de las otras se volvía frecuénteme! 
te para enjugar una lágrima. Era en los momentos en que recordaba 
su hija, y también, tal vez, el hombre á quien amó. 



L\ SEÑuRA VICTÜRN1KN EMPLEA TREINTA FRANCOS FN MORALIDAD 161 

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« 

Es un trabajo penosísimo el de romper los sombríos nudos del pa- 
sado. 

Se averiguó también que escribía, al menos dos veces cada mes, 
siempre con la misma dirección, y franqueando las cartas. Se pudo ad- 
quirir un sobre en que se leía: Al señor Thénardier y hostelero, en Mont- 
/ermeil. Se hizo hablar en la taberna al escribiente, un infeliz viejo que 
no. conseguía llenar su estómago de vino tinto sin desembarazar su pecho 
de secretos. Para abreviar: súpose que Fantina tenía un hijo, «que debía 
ser tal vez una hija.» Se encontró comadre que hizo el viaje, á Montf er- 
meil; habló con los Thénardier, y dijo á su vuelta: «Con los treinta fran- 
cos que me ha costado el viaje, lo he sacado todo en limpio. ¡He visto la 
criatura! » ' 

La comadre, que tal hizo, era una gorgona llamada señora Victur- 
nien, guardiana y portera de la virtud de todo el mundo. La señora Vic- 
turnien contaba cincuenta y seis años, y doblaba la máscara de su feal - 
dad con la máscara de la vejez. Voz temblorosa, espíritu cacioso. Aquella 
vieja había sido joven, parecía mentira. Durante su juventud, en pleno 
93, casóse con un fraile escapado del claustro, con gorro encarnado, pa- 
sando de los Bernardinos á los Jacobinos. Era seca, ruda, áspera, espi- 
nosa, venenosa casi; acordándose siempre del fraile de quien había en- 
viudado y que le había domado y doblegado. Era una ortiga en la que 
se notaba desde luego el roce del hábito frailuno. Durante la restaura- 
ción se hizo beata, pero con tal energía,- que los clericales le perdonaron 
su enlace con el fraile. Tenía una' pequeña posesión que había legado 
ruidosamente á una comunidad religiosa. Estaba pues muy considerada 
en el obispado de Arras. Esta Victurnien fué quien estuvo en Montf er- 
meil, y volvió diciendo: tYo he visto la criatura.» 

Todo esto necesitó su tiempo; Fantina estaba ya, más de un año ha- 
cia, en la fábrica, cuando una mañana la encargada del taller le entregó, 
de parte del señor alcalde, cincuenta francos, diciéndole que quedaba des- 
pedida, y que de parte también del propio señor alcalde, se la invitaba 
á dejar la población. 

Este tuvo lugar, precisamente, en el mismo año que los Thénardier, 
después de pedirle doce francos en lugar de seis, le estaban exigiendo 
quince francos en lugar de doce. 

Fantina quedó aterrada. No podía dejar el pueblo. Estaba debiendo 
el alquiler y los muebles. Cincuenta francos no eran suficientes á saldar 
tas deudas. Balbuceó algunas frases suplicantes. La encargada le sig- 
ificó que debía salir inmediatamente del taller. Fantina no era, por otra 
arte, más que una obrera mediana. Agoviada de vergüenza más que de 
desperación, salió del taller y se fué á su cuarto. ¡Su falta era ya co- 
ocida de todo el mundo! 

No se juzgaba con fuerzas para decir una palabra. Se le aconsejó que 

TOMO I 11 



1G2 LOS MISKKABLES 



viera al señor alcalde, á lo que no se atrevió. El alcalde le había dado 
cincuenta francos, porque era bueno y la despedía, porque era justo. So- 
metióse pues á este mandato. 

IX 
Triunfo de la señora Victurnien 

La viuda del fraile fué útil para algo. 

Por otra parte, el señor Magdalena no sabía un palabra de todo aque- 
llo. Tales son las combinaciones de sucesos de que está llena la vida. El 
señor Magdalena tenía la costumbre de no entrar casi nunca en el ta- 
ller de mujeres. 

Había colocado á la cabeza de dicho taller una vieja solterona que le 
habían recomendado, y tenía toda su confianza en esta mujer, persona 
verdaderamente respetable, firme, equitativa é íiítegra, poseída del espí- 
ritu de caridad, que consiste en dar, pero sin sentir en el mismo grado 
el alma de la caridad que vive de la comprensión y que perdona. El se- 
ñor Magdalena descansaba en ella. Los mejores hombres se ven obligados 
frecuentemente á delegar su autoridad. Así, pues, dentro de sus plenos 
poderes y en la convicción de que obraba bien, la celadora del taller 
instruyó el proceso, juzgó, condenó, y ejecutó á Pantina. 

En cuanto á los cincuenta francos, ella los había dado sacándolos de 
una cantidad que el señor Magdalena le había confiado para limosnas y 
socorros de obreras, de la que no daba cuenta. 

Fantina se ofreció á servir de criada, y al efecto fué de puerta en 
puerta buscando colocación. Nadie aceptó sus servicios. No había podi- 
do dejar la población. El prendero á quien ella debía sus muebles, ¡qué 
muebles! le había dicho: «si os marcháis, os haré prender como ladrona.» 
El propietario, al cual adeudaba el alquiler, díjole: «Sois joven y bonita, 
por lo tanto no ha de faltaros con que pagar.» Partió los cincuenta fran- 
cos entre el propietario y el prendero; devolvió á éste las tres cuartas 
partes de su moviliario, no quedándose más que con lo indispensable, y 
se encontró sin trabajo, sin oficio, sin más que su cama, y debiendo to- 
davía cerca de cien francos. 

Púsose á coser camisas ordinarias para los soldados de la guarnición, 
ganando doce sueldos al día. Su hija le costaba diez. Entonces fué cuan- 
do empezó á no pagar puntualmente á los Thénardier. 

Sin embargo, una pobre vieja, que encendía su luz cuando ella vol- 
vía por la noche, le enseñó el arte de vivir en la miseria. Después d 
vivir con poco, viene el vivir con nada: son ello dos cuartos, obscuro < 
primero, el segundo negro. 

Fantina aprendió la manera de pasar sin fuego todo un invierno 
como se prescinde del pajarillo que se os comía un céntimo de alpist 
cada dos días, cómo se hace de las sayas cobertor y del cobertor sayas 
.cómo se ahorra la vela, cenando á la luz de la ventana de enfrente 



J 



TRIUNFO DE LA SEÑORA VICTURNIEN 163 



¿Quiéri es capaz de acertar todo lo que ciertos seres débiles, que han 
envejecido en la indigencia y la honradez, saben sacar de un sueldo? 
Acaba ello por ser una ciencia. Fantina llegó á poseerla, y con ella 
recobró cierto valor. 

En aquella época, decíale ella á una de sus vecinas: «¡Bah! me digo 
yo: no durmiendo más que cinco horas, y dedicando todas las demás á 
la costura, podré ganar casi diariamente para pan. Luego cuando se 
•está triste, se come menos. Así es que con los sufrimientos é inquietudes, 
un poco de pan por una parte, y los disgustos por otra, todo en junto 
mt irá alimentando.» 

'Dentro esta apurada situación, el tener á su hija junto á ella hubiera 
«ido una singular dicha. Llegó á pensar en hacerla venir. Pero, ¿por qué 
hacerla participar de su desnudez? Luego ¡estaba adeudando á los Thé- 
nardier! ¿cómo saldar su cuenta, y luego, el viaje, cómo pagarlo? 

La vieja que le había dado, lo que podríamos llamar lecciones de la 
vida indigente, era una santa mujer llamada Margarita, devota de bue- 
na fé, pobre y caritativa para con los "pobres, y aún para con los ricos; 
Babia escribir lo bastante para firmar Margarita, y creía en Dios que 
•es la existencia. 

Existen muchas de estas virtudes en lo bajo; un día estarán en lo 
•alto. Esta vida tiene siempre una mañana. 

Al principio, Fantina estaba tan avergonzada, que apenas se atrevía 
Á salir. 

Cuando estaba en la ealle, adivinaba que las gentes se volvían atrás 
para señalarla con el dedo; todo el mundo se fijaba en ella y nadie la sa- 
ludaba; el menosprecio acre y frío de los transeúntes penetraba sus car- 
nes, y aún su alma, como el viento norte. 

En las poblaciones pequeñas, parece que una desgraciada se encuen- 
tre sin abrigo entre el sarcasmo y la curiosidad general. En París, al 
menos, nadie les conoce, y semejante obscuridad viene á ser un vestido. 
¡Oh! ¡cómo hubiera querido ella volver á París! Era imposible. 

Fué indispensable acostumbrarse al de p precio, como se había acos- 
tumbrado á la miseria. Poco á poco fué ella tomando su partido. Des- 
pués de dos ó tres meses, llegó á sacudir sus aprensiones y salir á la calle 
como si nada hubiera pasado. «Todo me es igual,» di j os€. 

Iba pues, y venía, con la cabeza erguida, sonriendo amargamente y 
atiendo que iba perdiendo la vergüenza. 

La señora Yicturnien la miraba pasar algunas veces desde su venta- 
k , ad virtiendo la desdicha de «aquella criatura,» gracias á ella «colo- 
ia donde debía estar, » y se felicitaba. Las gentes malas tienen la di- 
j» negra. 

El exceso de trabajo fatigaba á Fantina, y la tosecilla seca que tenía 
* en aumento. Algunas veces decía á su vecina Margarita: «Tocad, 
v* mis manos como arden.» 



164 LOS MISERABLES 

No obstante, por la mañana, r cuan do peinaba con un peí 
roto bus hermosos^cabellos, que brillaban como la seda floja, 
instante de feliz coquetería. 

X 
Prosigue el triunfo. 

Había sido despedida del taller á últimos de invierno; pas 
no, pero volvió el invierno, Días cortos, menos trabajo. El i 
rece de calor, de luz, de medio día; la tarde va unida á la m 
bla y crepúsculo, la ventana parece empañada, no se ve clare 
un tragaluz. £1 día entero una cueva. El sol tiene el aspecto 
bre. ¡El horror impera! El invierno trueca en piedras el aguí 
el corazón del hombre. Sus acreedores la acosaban. 

Fantina ganaba muy poco. Sus deudas habían crecido. L 
dier, mal pagados, le escribían cartas á cada instante, cuyi 
la desolaba al par que sus portes la arruinaban. Cierto día le 
que su pequeña Cosette estaba completamente desnuda con 
hacía, que tenía necesidad de una saya de lana, y que era 
mandase la madre, para ello, diez francos por lo menos. A 
carta -se pasó todo el día estrujándola entre sus manos. Por I 
tro en casa de un barbero que vivía en un extremo de la cali 
el peine que le sujetaba el pelo. Su admirable cabellera rubis 
y cayó hasta las caderas. 

— ¡Bonito cabello! — exclamó el barbero. 

— ¿Cuánto me daríais por él? — preguntó Fantina. 

— Diez francos. 

—Cortadlos. 

Compró inmediatamente una saya de punto de lana y se 
los Thénardier. 

Esta saya puso furiosos á los Thénardier. Era el dinero 
querían: Dieron'pues la saya á su Eponina. La pobre Alona 1 
tiritando. 

Fantina pensaba: — «Mi hija no tiene ya frío. La he vest 
cabellos.» — Púsose entonces una gorrita redonda, ajustada ¡ 
rapada, con la cual estaba aún graciosa. 

Operóse entonces una evolución tenebrosa en el corazón 

Cuando viÓ que no podía peinarse, comenzó á sentir 
cuanto la rodeaba. Había, por largo tiempo, participado di 
ción general hacia el tío Magdalena, á pesar de lo cual á fui 
tirse que había sido él quien la había despedido, y que era 
de su desgracia, llegó á odiarle á él más que á todos. Cuf 
junto á la fábrica á las horas que los obreros acostumbran i 
puerta, afectaba reír y cantar. 

Una obrera ya vieja, que la observó una vez, mientra; 



PROSIGUE EL TRIUNFO 165 

— ■— — — ■ lili »— — . II I I I — — ^— — — — — ^— — ■— — ^— — — i— ^— ■»«— — »— »— — i— i^— — i i—— — — — — ^— 

veía de aquella manera, exclamó: — Hé aquí una chica que acabará mal. 

No tardó la chica en tener un amante; el primero que se le acercó, 
un hombre á quien no amaba, por despecho, con todo el peso del doíor 
en el corazón. Fué un miserable, una especie de músico mendicante, un 
ocioso, un perdido; que la maltrataba, y que la dejó como ella le había 
tomado, con disgusto. 

Ella adotaba á su hija. 

Cuanto más descendía, más iban creciendo las sombras á su alrede- 
dor, brillando más en el fondo de su almta aquel dulce y tierno ángel de 
*u corazón. Ella decía: «Cuando seré rica, tendré á mi Cosette conmigo; 
y se reía. La tos no la dejaba, y sentía dolores en la espalda. * 

Un día recibió de los Thénardier una carta concebida en los siguien- 
tes términos: «Cosette está enferma de una fiebre generalizada en la co- 
marca, llamada fiebre miliar. Son precisos medicamentos caros. Esto 
nos arruina y no podemos continuar pagándolos. Si no nos mandáis 
-desde luego cuarenta francos, antes de ocho días habrá muerto la niña.» 

Rompió á reír á grandes carcajadas, y dijo, dirigiéndose á su ancia- 
na vecina: 

— ¡Buena es esa! ¡cuarenta francos! esto es: dos napoleones de oro. 
¿Y de donde quieren que yo los saque? ¡Qué estúpidas son estas gentes! 

Sin embargo, dirigióse á la escalera y junto á una ventana volvió á 
leer la carta. 

Luego bajó precipitadamente la escalera, y siguió corriendo, saltan- 
do y riendo siempre. 

Alguien que la encontró la dijo: — ¿Qué es lo que os pasa que estáis 
tan alegre? 

Ella respondió: — Una barbaridad que acaban de escribirme unos 
•campesinos. Me piden cuarenta francos. ¡Lugareños habían de ser! 

Como pasase por la plaza, fijóse en un gran grupo de gente que ro- 
deaba un carruaje de forma caprichosa, sobre el imperial del cual pero- 
raba un hombre vestido de encarnado. Era un titiritero, sacamuelas en 
ejercicio, que ofrecía al público dentaduras completas, opiatas, polvos y 
elíxires. 

Fantina se mezcló al grupo, riéndose como las demás con aquella 
arenga, la cual participaba de germanía para la canalla y de juerga para 
la gente corriente. — El sacamuelas fijándose en aquella linda joven, que 
se reía, exclamó de súbito: — ¡Hermosos dientes! á vos, á vos que os es- 

3 riendo, lo digo. Si queréis venderme los dos paletos os doy de cada 

* un napoleón de oro. 

— ¿Qué es eso? ¿qué son los paletos? — preguntó Fantina. 

— Paletos, — repuso el sacamuelas, — son los dientes centrales de la 

indi bula superior. 

— ¡Qué horror! — exclamó Fantina. 



106 - LOS MISERABLES 



— ¡Dos napoleones de oro! — murmuró una vieja sin diente alguno. — 
¡H4 aquí una mujer feliz! 

Fantina se marchó corriendo y tapándose las orejas para no oír la 
voz ronca del titiritero que seguía gritando: — ¡Pensadlo bien, hermosat 
Dos napoleones de oro no son una bicoca. Si el corazón os lo dicta, id á*. 
verme esta tarde á la hostería del Tablado de plata] allí me encon- 
trareis. 

Fantina entró de nuevo en su cuarto; estaba furiosa, y contó el caso 
á su buena vecina Margarita. — ¿Comprendéis esto? ¿No es verdad que ea 
un hombre despreciable? ¿Cómo se permite que recorran el país semejan* 
terf hombres? ¡Arrancarme los dos dientes! ¡Quedaría horrible! ¡El pelo 
vuelve á crecer, pero los dientes! ¡Ah, hombre monstruoso! ¡Preferiría 
arrojarme sobre el empedrado desde un quinto piso y aplastarme el crár 
neo. Ha dicho que estaría esta tarde en el Tablado de plata. 
— ¿Y cuánto os ha ofrecido? — preguntó Margarita. 
— Dos napoleones de oro. 
— ¡Caramba! ¡cuarenta francos! 
— Sí, — dijo Fantina, son cuarenta francos. 

Fantina se quedó meditabunda y se puso á trabajar. Pasado como un 
cuarto de hora, dejó el trabajo para leer de nuevo la carta de los Thénar- 
dier en la escalera. 

T al volver á entrar díjole á Margarita, que trabajaba también junta 
á ella: 

— ¿Qué es fiebre miliar? ¿lo sabéis? 
— Sí, — respondió la anciana, — una enfermedad. 
— ¿Y son necesarios muchos remedios? 
— ¡Oh! remedios terribles. 
— ¿Y se adquiere fácilmente? 
— Nos coje á lo mejor. 
— ¿También á las criaturas? 
— A las criaturas sobre todo. 
— ¿Y mueren muchos? 
— ¡Muchísima s! — dijo Margarita. 

Fantina volvió á salir á la escalera para leer nuevamente la carta. 
Por la tarde bajó y se la vio dirigirse hacia la parte de la calle de 
París, donde están las posadas. 

Al día siguiente, por la mañana, como entrase Margarita en el cuarto 
de Fantina antes de amanecer, pues trabajaban siempre juntas, y d 
esta manera no tenían que encender más que una luz para las dos, en 
contró á Fantina pálida y helada sentada sobre la cama. No se habíi 
acostado. Su gorra se le había caído sobre las rodillas. La vela habú 
aiuido toda la noche, y estaba casi consumida por completo. 

Margarita se paró en el umbral, petrificada por aquel enorme [desoí* 
den, y exclamó: 



PROSIGUE EL TH1UNFU 1G7 



— ¡Señor, Dios mío! ¡Se ha consumido toda la vela! ¿Qué es lo que su 
cede? 

Luego contempló á Fantina que volvió hacia ella su cabeza rapada. 
Fantina durante aquella noche había envejecido diez años. 
— ¡Jesús! — dijo Margarita; — ¿qué os pasa Fantina? 
— Nada, — contestó Fantina. — Al contrario. Mi hija no morirá ya de 
la terrible enfermedad por falta de socorros. ¡Estoy contenta! 

Al hablar así, enseñaba á la vieja dos napoleones de oro que brillaban 
sobre la mesa. 

— ¡Ah! ¡Jesús, Dios mío! — dijo Margarita. — ¿Pero eso es una fortuna? 
¿de dónde habéis sacado estos luises de oro? 
— Los he ganado, — contestó Fantina. 

Al mismo tiempo sonrió tristemente. La vela alumbraba su cara. La 
sonrisa de Fantina manaba sangre. Una saliva sonrosada señalaba 1< s 
bordes de sus labios, y veíase en la boca un agujero negro. 
Los dos dientes se habían arrancado. 
Mandó, pues, los cuarenta francos á Montfermeil. 
Por lo demás, la consabida carta no había sido más que una trampa 
de los Thénardier para coger dinero. Cosette no estaba enferma. 

Fantina tiró su espejo por la ventana. Desde mucho tiempo había 
dejado su cuartito del segundo piso, por un tabuco cerrado con un^pestillo 
en la guardilla; una de estas habitaciones en que el techo forma ángulo 
con el suelo y en que á cada instante se topa de cabeza. El pobre no puede 
penetrar en el fondo de su habitación, como en el fondo de su destino, sino 
doblegándose muchísimo. Fantina no tenía ya cama, le quedaba sólo un 
pingajo,- al que llamaba su cobertor, un mal colchón sobre el suelo y una 
silla rota. Un pequeño rosal que tenía se le había secado, olvidado en un 
rincón. En el otro lado había un bote que había sido de manteca, el cual 
servía para poner el agua que se helaba en invierno y en la cual se iban 
marcando los diferentes niveles del líquido, por círculos de hielo. Había 
perdido el pudor, luego perdió también la coquetería. Ultima señal de 
decadencia. Salía con gorras sucias á la calle. Fuese por falta de tiempo 
ó por indiferencia, no repasaba siquiera sus vestidos. A medida que los 
talones se rompían iba metiendo las medias en los zapatos. Esto se descu- 
bría por algunos pliegues perpendiculares. Remendaba su corpino viejo 
y usado, con pedazos de percal que se rompían al menor movimiento. Las 
grentes á quienes debía, le armaban «escándalos», sin dejarle el menor re- 
jo. Se encontraba con ellas en la calle como en las escaleras. Pasábase 
noches pensando y llorando. Tenía los ojos muy brillantes, y sentía 
dolor fijo en la espalda debajo del omóplato izquierdo. Tosía mucho, 
iaba profundamente al tio Magdalena y nunca se quejaba. Cosía diez 
déte horas diarias; pero un contratista del trabajo de las cárceles, que 
cía trabajar con rebaja las presas, causó de súbito una baja en los 
=>cios, con lo cual se limitó aún más el miserable jornal de las obreras 



168 LOS MISERABLES 



libres: á nueve sueldos ¡Diez y siete horas de trabajo y nueve sueldos 
diarios! Sus acreedores se mostraban entonces implacables como nunca. 
El prendero que había recobrado casi todos sus muebles, le decía conti- 
nuamente: ¿Cuándo me pagarás, picara? ¡Qué más querían de ella. Dios 
bueno! Encontrábase acorralada, é íbase desarrollando en ella algo de 
fiera. También entonces Thénardier le escribió que decididamente había 
esperado ya mucho tiempo con demasiada bondad, y que necesitaba cien 
francos enseguida, y que si no, pondría 41a pequeña Cosette en la calle, 
á pesar de estar convaleciente de aquella grave enfermedad, con el frío 
y por los caminos, á que fuese de ella lo que fuere, aunque reventase, si 
así lo quería. 

—Cien francos, — pensó Fantina. — ¿Pero dónde encontrar trabajo con 
el cual ganar' cien sueldos diarios? 

— ¡Andando! — exclamó, — vendamos el resto. 

Y la desventurada se hizo mujer pública. 

XI 
Chrifitus nos liberavit. s 

¿Qué significa la historia de Fantina? La sociedad comprando una 
esclava. 

¿A quién? A la miseria. 

Al hambre, al frío, al aislamiento, al abandono /á la desnudez. Venta 
dolorosa. Una alma por un pedazo de pan. La miseria ofrece, la sociedad 
acepta . 

La santa ley de Jesucristo gobierna nuestra civilización, pero no la 
penetra aún; dícese que la esclavitud ha desaparecido de la civilización 
europea. Es un error. Existe todavía; pero ya no pesa más que sobre la 
mujer, y se llama prostitución. 

Pesa sobre la mujer, es decir, sobre la gracia, subre la debilidad, sobre 
la belleza, sobre la maternidad. ¡No es ello una de las menores ignomi- 
nias del hombre! 

Al punto de este doloroso drama al cual hemos llegado, nada le queda- 
ba á Fantina de lo que en otro tiempo había sido. Se había convertido 
toda en mármol al lanzarse al lodo. Quién la toca se extremece de frío. 
Para ella, os sufre é ignora quién sois; es la imagen deshonrada y severa. 
La vida y el orden social le han dicho su última palabra. Le ha pasado 
cuanto podía pasarle. Todo lo ha sentido, todo lo ha sobrellevado, tod 
lo ha sufrido, todo lo ha experimentado, todo lo ha perdido y lo ha llorr 
do todo. Está resignada con aquella resignación que se parece á la indif 
rencia, como la muerte se parece al sueño. No teme ni evita nada. Nado 
cree tampoco. ¡Caiga sobre ella toda la nube y pase sobre ella todo el 
océano! ¡Qué le importa! Es ya una esponja empapada en todas sus amar- 
guras. 



LA OCIOSIDAD DEL SEÑOR BAMATABOIS 169 



A lo ments así lo cree ella, pero es un error imaginarse que la suerte 
se puede agotar y que pueda tocarse al fondo de lo que fuere. 

¡Ay! ¿que es lo que son los destinos así empujados de continuo? ¿á 
dónde van? ¿por qué han de ser así? 

£1 que esto sabe, ve en toda obscuridad. 

Es único. Se llama Dios. 

XII 
La ociosidad del señor Bamatabois 

Existe en todas las pequeñas poblaciones, y la había en M* sur M* 
particularmente, cierta ciase de jóvenes que gastan mil quinientas libras 
de renta en provincias, como el mismo aire cop que sus semejantes con- 
sumen en París doscientos mil francos anuales. Pertenecen los tales, á 
la gran raza neutra; impotentes, parásitos, nulos, que poseen un pedazo 
de tierra, un poco de tontería y un poco de ingenio, que serían rústicos 
en un salón y se creen caballeros en una taberna, que dicen: Mis pra- 
dos, mis bosques, mis colonos; que silban á las actrices en el teatro para 
probar que son gente de gusto; que disputan con los oficiales de la guar- 
nición para hacer gala de valentones; que cazan, fuman, bailan, beben, 
huelen á tabaco, juegan al billar, contemplan á los viajeros que vienen 
en la diligencia, viven en el café, comen en la posada, tienen su perro 
para roer los huesos debajo de la mesa y una querida que pone los pla- 
tos encima, que regatean un sueldo, exageran las modas, admiran la 
tragedia, desprecian las mujeres, usan botas antiguas, copian á Londres 
al través de París y á París al través de Pont-á-Mousson, envejecen ani- 
ñados, no trabajan nunca, no sirven para nada ni hacen gran mal. 

Si Félir Tholomyés hubiese permanecido -en su provincia sin haber 
visto nunca París, hubiera sido uno de estos hombres. 

Si fuesen más ricos, se diría de ellos: son elegantes. Si fueran más 
pobres, se diría: son holgazanes. Tales cuales son, se les llama sencilla- 
mente, desocupados. Entre los tales desocupados, los hay fastidiosos y 
fastidiados, visionarios y pillastres más ó menos graciosos. 

Durante aquella época, un elegante se componía de un gran cuello, 
una gran corbata, un reloj con chucherías, tres chalecos sobrepuestos 
de colores distintos, el azul y el encarnado interiores, un frac de color 
de aceituna, de talle corto y cola de merluza, con doble hilera de boto- 
nes de plata, pegados casi los unos á los otros, subiendo hasta los hom- 
aros, y un pantalón del mismo color, pero más claro, guarnecido en sus 
»s costuras de un número indeterminado de bandas, pero siempre im- 
,r, variando entre una y once, límite del cual no se pasaba jamás. 
Jiádase á esto unas botitas con pequeñas herraduras en los tacones, 
i sombrero de copa alta y alas estrechas, cabellos peinados con tupé, 
a enorme bastón, una conversación realzada por los juegos de palabras 



■i 



de Potier. T sobre todo, espuelas y bigotes. En aquella ép#ca, 
tes significaban paisano y las espuelas peón. 

El elegante provinciano llevaba las espuelas más largas y k 
nías marcados que el parisién. 

Era la época de la lucha entre las repúblicas de la América 
nal y el rey de España, de Bolívar contra Morillo. Los sombre: 
estrecha eran realistas, y se llamaban morillos; los liberales lie 
breros de alas anchas, llamados bolívares. 

Ocho ó diez meses después de lo que hemos narrado en las 
precedentes, hacia los primeros días de Enero de 1823, una 1 
había nevado, uno de estos elegantes, uno de estos desocupa 
buenas intenciones,» pues llevaba morillo, é iba ademas muy 
bozado en una gran capa de las que completaban en tiempo d 
traje á la moda, divertíase en perseguir á una infeliz que a 
traje de baile, descotada y eon flores en la cabeza, frente las pi 
café de los oficiales. Nuestro elegante fumaba porque era ello, 
mente, de moda. 

Cada vez que aquella pobre mujer pasaba junto á él, '. 
con una bocanada de humo de su cigarro, algún apostrofe, qu 
ingenioso y agudo, como: ¡Qué fea eres! — ¡Quieres marcharte! 
nes dientes, etc., etc. — Este personaje se llamaba Bamatabois.- 
jer, triste sombra vestida que iba y venía caminando sobre la 
le contestaba ni miraba siquiera, ni dejaba de recorrer en sile 
ello, la ruta que se había trazado y que la ponía cada cinco 
bajo aquellos sarcasmos, como el soldado condenado á palos qi 
vuelve bajo las baquetas. El poco caso que se le hacía, picó ir 
mente al ocioso, quien aprovechando un momento en que la mi 
la vuelta, fuese tras ella á paso de lobo, y sofocando la risa 
cogió del suelo un puñado de nieve, y se la arrojó bruscamei 
bus desnudos hombros. La pobre muchacha lanzó un rugido < 
dor, y volviéndose indignada como una pantera, lanzóse contr. 
bre, clavándole las uñas en la cara, acompañando la acción de 
bras más duras que puedan oirse en un cuerpo de guardia, 
injurias vomitadas eon voz aguardentosa, salían indignas y ai 
de la boca de una mujer, á la cual le faltaban efectivamenti 
dientes centrales de la mandíbula superior. Era Fantina. 

Al escándalo que se produjo, salieron todos los oficiales del ci 
páronse también los transeúntes, formándose un gran corro, qut 
tía azuzando y aplaudiendo alrededor de aquel torbellino, com 
dos seres en el que apenas podían reconocerse un hombre y ui 
el hombre, procurando defenderse, con el sombrero rodando p 
lo; la mujer, pegando sin tino ni concierto con las manos y los 
compuesta, espumeante, sin dientes ni cabellos, lívida por la c- 
rrible. 



i»7" 



SOLUCIÓN DE ALGUNAS CUESTIONAS DE POLICÍA MUNICIPAL 171 

i 

De pronto, un hombre de elevada estatura, adelantándose entre la 
multitud, asiendo á la mujer por el corpino de. raso cubierto de barro, 
la dijo: — «Sigúeme.» 

La mujer levantó la cabeza, apagando de súbito su furioso acento. 
Sus ojos se pusieron vidriosos; de lívida se tornó pálida y temblando con 
el estremecimiento del terror. 

Había reconocido á Javert. 

£1 elegante había aprovechado la ocasión para escapar. 

XIII 
Solución de algunas cuestiones de policía municipal. 

Javert apartó álos concurrentes, rompió el círculo y echó á andar á 
grandes pasos hacia las oficinas de policía situadas al extremo de la pía 
za, arrastrando hacia allí á la miserable. Ella se dejó conducir maqui- 
ualmente. Ni él ni ella decían una palabra. La nube de espectadores en 
el paroxismo de la alegría les iba siguiendo con sus pullas. La suprema 
miseria es siempre ocasión de obscenidades. 

Al llegar á las oficinas de policía, que estaban en una sala baja cal- 
deada por una estufa y custodiada por una guardia, con una vidriera 
con reja que daba á la calle, abrió Javert la puerta, entrando con Fun- 
tina, y volvió á cerrar inmediatamente tras sí, con gran descontenta- 
miento de los curiosos, que se empinaban sobre las puntas de los pies, 
alargando el cuello cuanto podían, ante la obscura vidriera del cuerpo 
de guardia, procurando ver algo. La curiosidad es una glotonería. Ver 
es devorar. 

Al entrar, fuese Fantina á un rincón, muda é inmóvil, donde se acu- 
rrucó como un perro espantado. 

El sargento de guardia puso una vela encendida áobre una mesa. Sen- 
tóse Javert, sacó de su bolsillo un pliego de papel sellado y se puso á es- 
cribir. 

Esta clase de mujeres se encuentran completamente abandonadas por 
nuestras leyes á la discreción de la policía. Esta hace de ellas lo que 
quiere; las castiga como parece, confiscando á su antojo estas dos tristes 
cosas que se llaman su industria y su libertad. Javert estaba impasible; 
su cara seria y grave no transparentaba la menor emoción. Sin embar 
go, estaba grave y profundamente preocupado. Era uno de aquellos mo- 
mentos en que ejercía sin tener quien pudiera contrariarle, pero con to- 
a s los escrúpulos de una conciencia severa, su tremendo poder discre- 
>nal. En aquel instante estaba penetrado de que su asiento de agente 

policía era un tribunal. Y juzgaba. Juzgaba y condenaba. Procuraba 
mar así cuantas ideas podía tener dentro de su espíritu á propósito 
ra auxiliarle en ía ^ran obra que ejecutaba. Cuanto más examinaba lo» 

5ho por aquella pobre chica, más indignado se sentía. Era evidente 

b acababa de presenciar la comisión de un crimen. Acababa de ver 



172 LOS MISERABLES 



allí, en medio de la calle, á la sociedad representada por un elector pro 
pietario, insultada y atacada poruña criatura fuera de toda ley. Una 
prostituta atentando contra un contribuyente. El lo había visto, él, Ja- 
ver t. Y escribía en silencio. 

Cuando hubo concluido, firmó, dobló el papel y dijo al sargento de 
la guardia entregándoselo: — Tomad tres hombres y acompañad esta 
mujer á la cárcel. — Después, volviéndose á Fantina, añadió: — Vas por 
seis meses. 

La desventurada se estremeció. 

— ¡Seis meses! ¡seis meses de cárcel! — exclamaba. — ¡Seis meses de ga- 
nar solamente siete sueldos al día! ¿Qué será de mi pobre Cosette? ¡de 
mi hija! ¡mi hija! Pero yo debo aún más de cien francos á los Thénar- 
dier: señor inspector ¿sabéis vos esto? . 

Fantina se arrastraba sobre las baldosas mojadas por las botas llenas 
de barro de aquellos hombres, sin levantarse, caminando de rodillas. 

— Señor Javert, — decía, — os pido perdón. Os aseguro que la culpa no 
era mía. Si hubierais visto el comienzo de la disputa, os hubierais per- 
suadido, lo juro por Dios vivo, de que no era mía la culpa. Fué aquel 
señor, al cual yo no conozco, quien me hecho un puñado de nieve en la 
espalda. ¿Es que hay derecho de echarnos nieve á la espalda cuando se- 
guimos, como seguía yo, tranquilamente por nuestro camino sin causar 
daño á nadie? Esto me exasperó. Estoy enferma ¡vedlo! y luego hacía 
mucho rato queme estaba echando pullas. «¡Eres fea! decía, ¡no tienes 
dientes!» Ya se yo perfectamente que me faltan dientes. Yo no hacía ni 
le decía nada; yo pensaba: Es un señor que se divierte. Estuve muy pru- 
dente con él, no le dije una palabra. Entonces fué, por esto sin duda, 
que me arrojó la nieve. Señor Javert, mi buen señor Javert; ¡ah! señor 
inspector, ¿no hay quien lo haya visto para atestiguar que es verdad lo 
que os digo? Puede que haya hecho mal enfadándome; pero ya veis, 
aquella impresión j en el primer momento nadie puede dominarse aun- 
que quiera. Hay momentos supremos. Y luego sentir una cosa tan fría 
inesperadamente sobre la carne. He faltado tirando el sombrero de aquel 
señor. Pero, ¿porque se ha ido? Yo le pediría perdón. ¡Oh, Dios mío! me 
sería indiferente pedirle perdón. Perdonadme vos por esta vez, señor Ja- 
vert. Advertid, vos tal vez no lo sepáis; en la cárcel no se ganan < mas 
que siete sueldos, esta falta no es del gobierno, pero no se gabán sino 
siete sueldos; y haceos cargo de que yo debo pagar cien francos, ó de no, 
me mandarían aquí á mi hija. ¡Oh, Dios mío! me es imposible tenerla 
conmigo. ¡Es tan humillante lo que yo hago! ¡Oh, mi Cosette! ¡oh, mi 
angelito de la Virgen! ¡qué sería de ella, pobre criatura! Debo decíroslo, 
los Thénardier, los posaderos, los campesinos, no se pagan de palabras. 
Les hace falta dinero. ¡No me encarceléis! Atendedme; tengo una niña á 
la cual arrojarían en mitad del camino, á la ventura, en pleno invierno; 
es preciso tener piedad de esta criatura, mi buen señor Javert. Si estu- 



r 



SOLUCIÓN DE ALGUNAS CUESTIONES DK POLICÍA MUNICIPAL 173 



viese ya crecida, podría ganarse el pan, pero no puede el pobre angeli- 
to. No, señor, yo en el fondo no soy mala. No es la holgazanería, ni la 
glotonería lo que me han hecho lo que soy. Yo bebo aguardiente, pero 
eft por miseria. No me gusta, pero me aturde. Cuando yo era mas di* 
chosa, no había sino ver mis armarios, para convencerse de que no era 
una mujer coqueta, que gusta del desorden. Yo tenía ropa blanca, mu- 
cha ropa blanca. Compadeceos de mí, señor Javert. 

Ella hablaba así, arrodillada, agitada por los sollozos, cegada por las 
lágrimas, desnuda la garganta, retorciendo las manos, tosiendo seca y 
frecuentemente, balbuceando tristemente con la voz de la agonía. Los 
grandes dolores son como un rayo divino y terrible que trasfigura á los 
miserables. En aquel momento Fantina aparecía nuevamente bella. En 
eiertos momentos se detenía y besaba tiernamente la levita del inspec- 
tor. Hubiera podido enternecer un corazón de granito, pero no lograba 
enternecer un corazón de palo. 

— Vaya, — dijo Javert, — ya te he oído. ¿Lo has dicho todo? ¡Márcha- 
te ahora á pasar tus seis meses! Al Padre Eterno en persona le sería im- 
posible hacer nada por tí. * . 

A esta frase solemne: al Padre Eterno en persona le seria imposible 
hacer nada por tí, comprendió ella que estaba dictada la sentencia. Do * 
bióse anonadada sobre sí misma murmurando: — ¡Perdón! 

Javert volvió la espalda. 

Los soldados la cogieron por el brazo. 

Hacía algunos minutos que había penetrado en la sala un hombre, 
sin que nadie lo hubiese advertido al parecer. Había cerrado la puerta, 
habiéndose aproximado al escuchar los desesperados ruegos de Fantina. 

En el momento en que los soldados ponían sus manos sobre la des - 
graciada, que no quería levantarse, adelantó un paso saliendo de entre 
la sombra, y dije: 

—¡Un instante si os place! 

Javert levantó los ojos y reconoció al señor Magdalena. Descubrióse 
y saludó con cierta turbación y disgusto. 

— Perdonad, señor alcalde... 

Esta frase, señor alcalde, produjo en Fantina un extraño efecto. Le- 
vantóse rápidamente como un espectro que surgiese de la tierra, desa- 
siéndose de los soldados que la tenían de los brazos y dirigiéndose al se- 
ñor Magdalena sin dar tiempo á que la detuviesen, y mirándole fijamen- 
te, con aire extraviado, exclamó: 
' — ¡Ah! ¡con que eres tú el señor alcalde! 

Luego lanzó una carcajada y le escupió en la cara. 

El señor Magdalena se limpió y dijo: 

— Inspector Javert, dejad en libertad á esta mujer. 

Javert sintió como si se volviera loco. Sintió en aquellos instantes, 
una sobre otra, y casi mezcladas á la vez, las mas violentas emociones 



174 LOS MISBIt MILES 



que había experimentado en toda su vida. Ver una mujer pública escu- 
piendo en la cara al señor alcalde, era una cosa tan monstruosa, que, 
aún dentro las mas extrañas suposiciones, hubiera calificado de sacrile- 
gio su posibilidad. Por otra parte, allá en el fondo de su imaginación, 
comparaba confusa y terriblemente lo que era aquella mujer y lo que 
podía ser el señor alcalde, y entonces entreveía horrorizado algo de co- 
mún en tan prodigioso atentado. Pero ai ver al alcalde, al magistrado, 
limpiarse tranquilamente el rostro y decir: Dejad en libertad á esta mu- 
jer, sintió como un desvanecimiento de estupor, faltándole el pensa- 
miento y la palabra á un tiempo; el asombro había traspasado para él 
los límites de lo posible. Quedóse mudo. 

Aquella frase no había hecho tampoco menos efecto en Fantina. Le- 
vantó ella su brazo desnudo y se agarró á la llave de la estufa como 
quien vacila. Sin embargo, miró á su alrededor, y comenzó á hablar en 
voz baja, como hablando con ella misma: 

— ¡En libertad! ¡que me dejen marchar! ¡que no vaya á la cárcel por 
seis meses! ¿Quién ha dicho eso? ¡No es posible que nadie lo haya dicho! 
¡He oído mal! ¡No puede h#ber sido el monstruo del alcalde! ¿Habréis si- 
do vos, señor Javert, el que ha dicho que me dejen libre? ¡Oh! ¡ya veis! 
yo me explicaré y me dejareis «marchar. Ese monstruo de alcalde, ese 
mal viejo, es quien tiene la culpa de todo. ¡Figuraos, señor Javert, que 
me ha despedido por culpa de las habladurías de unas cuantas chismosas 
que tiene en el taller! ¡No es esto horroroso! ¡Despedir á una pobre joven 
que cumple honradamente su deber! No había yo ganado lo bastante, y 
toda mi desgracia ha nacido de ello. Es indispensable una reforma, que 
los señores de la policía podrían hacer fácilmente, y sería impedir á los 
contratistas de las cárceles que perjudicaran á los pobres. To os lo es* 
plioaré. 

Vos ganáis, por ejemplo, doce sueldos cosiendo camisas; y se os baja 
á nueve sueldos, no hay medio entonces de vivir. Es preciso pues, en 
este caso ir por donde se pueda. To tenía á mi pequeña Cose t te, me he 
visto pues obligada á hacerme mujer mala. ¿Comprendéis ahora como 
es este picaro alcalde quien ha hecho todo el mal? Después, es verdad 
que yo he pisoteado el sombrero de aquel señor delante del café de los 
oficiales. Pero él antes me había echado á perder el vestido con la nieve. 
Nosotras no tenemos más que un vestido de seda para la noche. ¿Veis 
como no he hecho el mal intencionadamente? ¿Verdad, señor Javert? 
¡Hay, por lo tanto, muchas mujeres peores que yo, que son más felices 
¡Oh, señor Javert! sois vos quien ha dicho que se me deje en libertad, 
¿no es verdad? Tomad informes, dirigios á mi casero; le pago bien, dirtf 
que soy honrada. ¡Ah, Dios mío! os pido perdón: he tocado sin quereí 
la llave de la estufa y ha salido el humo. 

El señor Magdalena la escuchaba con profunda atención. Mientra* 
Fantina hablaba, se había metido los dedos en el bolsillo del chaleco, 



SOLUCIÓN D¿ ALGUNAS CUESTIONES DE POLICÍA MUNICIPAL 175 

había sacado la bolsa y la había abierto; estaba vacía; habíala pues 
vuelto á guardar. Entonces dijo á Fantina: 

— ¿Cuánto habéis dicho que debéis? 

Fantina, que no miraba más que á Javert, volvióse y dijo: . 

— ¿Te hablo á tí por ventura? 

Después, dirigiéndose á los soldados: 

— Decid, ¿habéis visto como le he escupido á la cara? ¡Ah! viejo y 
picaro alcalde, vienes aquí para meterme miedo, pero no lo lograrás. 
¡Yo tengo miedo solamente al señor Jayert! 

Y así diciendo, volvióse al inspector: 

— Ya lo veis, señor inspector, es preciso ser justo, y estoy persuadi- 
da de que lo sois... El hecho es muy sencillo; un hombre se entretiene 
echando un puñado de nieve al cuello de una mujer, esto ha hecho que 
los oficiales se rieran, dispuestos como están siempre á bromear; ¡y nos- 
otras estamos ahí para los que quieran divertirse! Luego venís vos y te* 
neis, naturalmente, el deber de restablecer el orden; os lleváis á la mu- 
jer que ha faltado, pero reflexionáis, y como sois bueno, mandáis que 
se me deje libre; esto lo hacéis por mi pobre bija, porque seis meses de 
cárcel me impedirían el dar de comer á mi pobre hija. ¡Solamente me 
prevenís para que no reincida! ¡Oh no, no reincidiré, señor Javert! Aún 
cuando hagan conmigo todo lo que se les antoje, no • me moveré. Sola- 
mente que hoy, entendéis, he gritado porque me han hecho daño; no 
ha tenido toda la culpa la nieve de aquel señor, sino que, como os he 
dicho, estoy enferma, toso y siento en el estómago como una bola que 
me está quemando; el médico dice que debo cuidarme. Dadme la mano, 
tocad, no temáis. 

Fantina no lloraba ya; su acento era cariñoso, y llevaba á su cuello 
blanco y delicado, la grosera y ruda mano de Javert, á quien miraba 
sonriendo. 

De pronto, arregló vivamente el desorden de sus vestidos, haciendo 
caer los pliegues de la falda que se le habían subido á la altura de la 
rodilla, y dirigiéndose á la puerta, dijo á media voz á los soldados con un 
movimiento de cabeza amistoso*: 

— Muchachos, el señor inspector ha dicho que me deja, y yo me voy. 

Puso ella la mano en el pestillo. Un paso más y estaba en la calle. 

Javert, hasta este instante, parmaneció de pié, inmóvil, la vista fija 
~~ el suelo, colocado en medio de esta escena como una estatua separada 

su asiento que espera ser colocada en otra parte. 

El ruido del pestillo le despertó. Levantó la cabeza con cierta expre- 

n de soberana autoridad, expresión tanto más terrible cuanto más 
ja es la autoridad, feroz en el animal salvaje, atroz en el hombre de 

da. 

— [Guardia!— exclamó, — ¿no estáis viendo que esta picara va á mar- 

°,rse? ¿Quién os ha dicho que la dejéis salir? 



176 LOS MISERABLES 



— Yo, — dijo Magdalena. 

Al oir Fantina la voz de Javert, soltó temblorosa el pestillo, como 
deja un ladrón el objeto robado. A la voz del señor Magdalena volvió la 
cabeza, y desde este momento, sin decir lina palabra más, sin atreverse 
á respirar siquiera, paseó su mirada de Magdalena á Ja ver t, de Javert á 
Magdalena, según era el uno ó el otro quien hablaba. 

]£ra evidente que debía estar Javert, como vulgarmente se dice, «fue- 
ra de juicio» para que se permitiese apostrofar al guardia, como acaba 
ba de hacerlo, después de la indicación del alcalde p$ra dejar á Fantina 
en libertad. ¿Se le había olvidado que estaba en presencia del alcalde? 
¿Había acabado por decirse á sí mismo, que era imposible que una «au- 
toridad» hubiese dado semejante orden, y que á no dudarlo, el señor al- 
calde había dicho, sin querer, una cosa por otra? bien, ¿ante las enor- 
midades que acababa de ver en dos «horas, conocía que debía llegará 
una resolución suprema, qü$ era necesario que el pequeño se hiciese 
grande, que el polizonte se transformase en magistrado, que el agente 
de policía se hiciese hombre de justicia, y que en tan extremada situa- 
ción, el orden, la ley, la moral, el gobierno y la sociedad entera, esta- 
ban personificadas en él, en Javert? 

Fuere por lo que fuese, cuando el señor Magdalena hubo dicho aquel 
yo, que acababa de oir, vióse al inspector de policía Javert, volverse ha- 
cia el señor alcalde, pálido, frío, azulados los labios, la mirada desespe- 
rada, agitado su cuerpo de un temblor imperceptible, y, cosa, inaudita, 
di jóle bajando la vista, pero con acento seguro: 

— Señor alcalde, esto es imposible. 

— ¿Cómo? — preguntó el señor Magdalena. 

— Esta perdida ha insultado á un señor. 

— Inspector Javert, — repuso el señor Magdalena, con acepto tran- 
quilo y conciliador, — escuchad. Sois un hombre honrado, y no tengo 
ninguna dificultad en daros explicaciones. Oid la verdad. To atravesaba 
la plaza cuando conducíais vos á e?ta mujer; había aún algunos gru- 
pos; me he informado; lo he sabido todo; el señor aquel es quien ha fal- 
tado y el que, en buena ley de policía debió ser arrestado. 

Javert respondió: 

— Esta miserable acaba de insultar al señor alcalde. 

— Esto es cosa mía,— dijo Magdalena. — Mi injuria me pertenece, y 
puedo hacer de ella lo que quiera. 

— Perdonad, señor, alcalde, la injuria no se os ha hecho á vos sino 
la justicia. 

—Inspector Javert, — replicó Magdalena, — la principal justicia es la 
conciencia. He oído á esta mujer, y sé lo que hago. 

— Y yo, señor alcalde, yo no sé explicarme lo que estoy viendo. 

— Entonces, limitaos á obedecer. 



SOLUCIÓN DE ALGLWAS CUESTIONES DE POLICÍA MUNICIPAL 177 



> 



— Obedezco á mi deber, y mi deber me ordena que encierre á esta 
mujer seis meses en la cárcel. 

El señor Magdalena respondió con dulzura: 

—Pues oid bien: No estará encerrada ni un día. 

A estas palabras decisivas, atrevióse Ja ver t á mirar fijamente al 
alcalde y le dijo, pero con acento respetuoso siempre; 

—Tengo el sentimiento de oponerme á lo dicho por el señor alcalde; 
es la primera vez de mi vida, pero séame permitido observar que estoy 
dentro de los límites de mis atribuciones. Circunscribo me, ya que el 
señor alcalde así lo quiere, al solo hecho del señor... que yo he presen- 
ciado. Fué esta mujer quien se arrojó sobre el señor Bamatabois, elector 
y propietario de esa hermosa casa de piedra con balcón y tres pisos, que 
hace esquina á la esplanada. ¡En fin, hay cosas en este mundo! Pero sea 
ello lo que fuere, es este, señor alcalde, un hecho de policía que ha tenido 
lugar en la calle, y que, por lo tanto me corresponde; así es que yo re- 
tengo á Fantina. 

Entonces el señor Magdalena se cruzó de brazos y dijo con acento 
tan severo que nadie se lo había oido aún en la ciudad: 

— El hecho de que habláis es un hecho de policía municipal. Confor- 
me á los artículos nueve, once, quince y sesenta y seis del código de. 
instrucción criminal, yo soy juez. Ordeno por lo tanto que se deje en li- 
bertad á esta mujer. 

Javert quiso todavía hacer el último esfuerzo. 

— Pero, señor alcalde... 

—Debo recordaros el artículo 81 de la ley de 13 de diciembre de 1799, 
sobre detención arbitraria. 

—Permitidme, señor alcalde... 

— Ni una palabra más. , 

—No obstante. . . 

—Salid,— dijo el señor Magdalena. 

Javert recibió este golpe enhiesto, de frente, en medio del pecho 
como un soldado ruso. Saludó, inclinándose hasta el suelo, al señor al- 
calde y salió. 

Fantina se separó un poco de la puerta, para dejarle el paso libre, 
mirándole estupefacta pasar ante ella. 

Sin embargo, encontrábase ella anegada en la más extraña emoción. 
Acababa de verse, hasta cierto punto, disputada por dos opuestos pode- 
es. Había visto luchar ante sus ojos á aquellos dos hombres que tenían 
:a sus manos su libertad, su vida, su alma y su hija; el uno de aquellos 
tombres, la arrastraba hacia las tinieblas, el otro, hacia la luz. En aque 
la lucha, entreveía al través del agrandamiento del miedo, á aquellos 
los hombres que le parecían dos gigantes; hablando el uno como el espí- 
itu del mal, y hablando el otro como el ángel de su guarda. El ángel 

TOMO I 12 



178 LUS MISERABLES 



acababa de vencer al demonio, y lo que la hacía temblar de pies á cabeza, 
¡aquel ángel, su libertador, era precisamente el hombre á quien aborre- 
cía, el alcalde, al cual había creído por mucho tiempo autor de todos sus 
males, el señor Magdalena! ¡T en el preciso momento en que ella acaba- 
ba de insultarle groseramente, él la salvaba! ¿Se había pues equivocado? 
¿Debía por lo' tanto, cambiar el espíritu queia alentaba?... Lo ignoraba, 
pero estaba temblando. Escuchaba aturdida, miraba azorada, y á cada 
palabra que decía el señor Magdalena, sentía desvanecerse y trasformar- 
se en su interior las espantosas tinieblas del odio, y nacer en su corazón 
un algo inefable y consolador, que venía á ser como un sentimiento de 
alegría, confianza y cariño. i 

Cuando hubo salido Javert, el señor Magdalena se le dirigió y ha- 
blando con calma y con cierto dolor, como un hombre grave que no 
quiere llorar: 

— Os he escuchado. No sabía yo nada de cuanto habéis dicho, y creo 
que es verdad. Ignoraba asimismo que hubieseis sido despedida de mis 
talleres. ¿Por qué no os dirigisteis á mí? En fin: yo pagaré ahora vues- 
tras deudas, haré que venga vuestra hija, ó que vayáis vos misma á 
buscarla. Viviréis aquí, en París ó donde queráis. Yo me encargo de 
vuestra hija y de vos. No trabajareis más si no queréis. Yo os daré todo 
el dinero que os haga falta. Volvereis por lo tanto á ser honrada, siendo 
dichosa. Y luego, oídme, yo os lo aseguro desde ahora, si todo ha pasado 
como habéis dicho, y yo no dudo, no habéis dejado nunca de ser virtuo- 
sa y santa delante de Dios, ¡oh, desgraciada mujer! 

Era ello mucho más de lo que la pobre Fantina podía soportar. ¡Te- 
ner á Gosett! ¡salir de aquella vida de infamia! ¡vivir libre, rica, dichosa 
y honrada, con su Cosette! ¡viendo como surgían de súbito, en medio de 
sus miserias todas aquellas realidades celestiales! Miraba como atontada 
á aquel hombre que le estaba hablando sin poder hacer otra cosa que 
lanzar algunos suspiros: «¡Oh! ¡oh! ¡oh!» Dobláronse sus piernas, y que- 
dó arrodillada delante del señor Magdalena, y antes que él tuviese tiempo 
de impedirlo, sintió que ella le tomaba la mano y que la llevaba á sus 
trémulos labios. 

Después, se desmayó. 



LIBRO SEXTO 

JAVERT 



I 
Principio del reposo 

El señor Magdalena hizo llevar á Fantina á la enfermería de su pro- 
pia casa. Confióla á las hermanas, que la metieron en cama. Le había 



r 



PRINCIPIO DEL REPOSO 179 



sobrevenido una gran calentura. Pasó una parte de la noche delirando 
y hablando en alta voz. No obstante, acabó por conciliar el sueño. 

Al día siguiente, á eso del medio día, despertó. Parecióle oir alguien 
que respiraba junto á su lecho. Separó la cortina y vio al señor Magda- 
lena como mirando algo por encima de su cabeza. Aquella mirada es- 
taba impregnada de piedad, de angustia y de súplica. Siguió ella la di- 
rección de su mirada, y vio que se dirigía á un crucifijo pendiente de la 
pared. 

El señor Magdalena se había transfigurado á los ojos de Fantina. Le 
pareció verle envuelto en luz. Estaba absorto sin duda en alguna ora- 
ción. Contemplóle un buen espacio sin atreverse á interrumpirle. Por 
último, le dijo tímidamente: 

— ¿Qué hacéis? 

El señor Magdalena estaba allí hacía una hora. Esperaba que Fan- 
tina despertase. Tomóle la mano, observóle el pulso, y contestó: 

— ¿Cómo estáis? 

— Bien, he dormido, — dijo ella, — creo que estoy mejor. Esto no será 
nada. 

Y él repuso, como respondiendo á la primera pregunta que ella le 
había dirigido, como si la acabase de oir entonces: 

— Estaba rogando al mártir que está en lo alto. 

Añadiendo interiormente: — Por la mártir que está aquí abajo. 

El señor Magdalena había pasado la noche y la mañana informán- 
dose. Ya lo sabía todo. Conociendo ya con todos sut detalles la historia 
de Fantina, continuó: 

— Habéis sufrido mucho, pobre madre. ¡Ah, no os quejéis, habéis 
ganado el dote de los elegidos! Así es como los hombres hacen ángeles. 
La falta no es suya, puesto que no saben hacerlo de otro modo. Mirad, 
este infierno del que acabáis de salir, es la faz primera del cielo. Es pre- 
ciso empezar por ahí. 

El suspiró profundamente. Ella al mismo tiempo sonrió, con aquella 
sonrisa sublime á la que le faltaban dos dientes. 

Javert, durante aquella noche misma, había escrito una carta. Pú- 
sola, á la mañana siguiente, por sí mismo al correo de M* sur M*. Iba 
dirigida á París, con este sobrescrito: Al señor Chábouillet, secretario 
del señor prefecto de policía. Como el sucedido del cuerpo de guardia 
**°bía recorrido la población, la directora de la estafeta y algunas otras 

. sonas que vieron la carta antes de salir y que conocieron la letra de 
vert en la dirección, creyeron que iba en ella la dimisión de su cargo» 

El señor Magdalena se apresuró á escribir á los Thénardier. Fantina 

debía ciento veinte francos. El les mandó trescientos, diciéndoles que 

cobrasen de aquella cantidad y que mandasen enseguida la niña á M* 

- M*, donde su madre enferma la reclamaba. 

Esto deslumhró á Thénardier. 



IpO LOS MISERABLES 



— ¡Diablo! — dijo él á su mujer, no debemos soltar la chiquilla. ¡Ojia- 
do que esta alondra nos va á producir lo que una vaca de leche! ¡Ya s¿ 
yo lo que es ello! Algún infeliz que se habrá enamorado de la madre. 

Contestó mandando una cuenta de quinientos francos muy bien hecha 
En esta cuenta figuraban por más de trescientos francos dos documento» 
incontestables; una cuenta del médico y otra del boticario, los cualea 
habían asistido y medicado, durante dos largas enfermedades, á Eponi- 
na y Azelma. Cosette, ya lo hemos dicho, no había estado enferma. Todo 
se redujo á una simple sustitución de nombres. Thénardier escribió al 
pié de la cuenta: 

Recibido á cuenta trescientos francos. 

El señor Magdalena mandó inmediatamente trescientos francos má& 
y escribió. «Mandad cuanto antes á Cosette.» 

— ¡Cristo! — exclamó Thénardier, — no hay que soltar la niña. ^ 

Entretanto Fantina continuaba, sin restablecerse, en la enfermería. 

Las hermanas, por de pronto, no habían recibido ni cuidado á aque- 
lla «chica» sino con repugnancia. Quien haya visto los bajos- relieves de 
Reims, recordará la expresión del labio inferior de las vírgenes pruden- 
tes contemplando las vírgenes locas. Aquel antiguo menosprecio de laa 
vestales por las ebubeyas, es uno de los más profundos instintos de la 
dignidad femenina, las hermanas lo sentían también, con el aumenta 
que agregaba al mismo la religión. Pero, á los pocos días, Fantina las 
había desarmado. Empleaba solamente palabras tan tiernas y humildes, 
que la madre que en ellas se manifestaba, enternecía. Un día, las her- 
manas la oyeron decir al través de la fiebre. 

— He sido una pecadora, pero cuando tenga á mi hija junto á mí, 
querrá ello decir que Dios me ha perdonado. Mientras he sido mala, no 
he deseado jamás tener á Cosette á mi lado, pues no hubiera podido 
soportar su triste admiración. Y era sin embargo, por ella por quien yo 
hacía el mal, lo cual hace sin duda que Dios me perdone. Sentiré las 
bendiciones del cielo cuando esté aquí Cosette. Yo la contemplaré, en- 
contrando en su inocencia mi consuelo. Ella no sabe nada. Es un ángel, 
ya veis, hermanas mías. A su edad no se han perdido las alas todavía. 

El señor Magdalena la visitaba dos veces cada día, y ella le pre- 
guntaba siempre: 

— ¿Veré pronto á Cosette? 

Y él contestaba: 

— Puede que mañana por la mañana. Llegará de un momento á otrc 
la estoy esperando. 

Y el pálido semblante de la madre, irradiaba. 
— ¡Oh! — exclamaba, — ¡qué feliz voy á ser! 

Hemos dicho ya que Fantina no se restablecía. Al contrario, su esta- 
do parecía agravarse semanalmente. Aquel puñado de nieve aplicada al 
centro de los dos omóplatos, había determinado una supresión súbita de 



DK GOMO JUAN PUKDFl LLEGAR Á SER CHAMP 181 

i 

la traspiración, gracias á lo cual, la enfermedad que venía incubando 
hacía algunos años, acabó por manifestarse violentamente. Empezában- 
se entonces á seguir para el estudio y tratamiento de las enfermedades 
del pecho, las acertadas indicaciones de LaSnnec. El médico auscultó á 
Fantina, y movió tristemente la cabeza. 

El señor Magdalena preguntó al médico: 

— ¿Y bien, doctor, cómo sigue? 

— ¿No tiene una hija á quien desea ver? — dijo el médico. 

—Sí. 

—-Pues bien, haced que venga luego. 

El señor Magdalena se estremeció. 

Preguntóle Fantina: 

— ¿Qué ha dicho el médico? 

El señor Magdalena se esforzó en sonreír. 

— Ha dicho que hiciera venir pronto á vuestra hija. Que esto os vol- 
vería la salud. 

— ¡Oh! — dijo ella, — ¡tiene razón! pero, ¿qué hacen estos Thénardier, 
que no mandan á mi Cosette? ¡Oh! va á venir. ¡Por fin, veré la felicidad 
á mi lado! 

Thénardier, sin embargo, no soltaba la niña, buscando para ello mil 
pretestos. Que Cosétte estaba delicada para ponerse en camino en in- 
vierno. Después, que quedaban algunas pequeñas deudas cuyas cuentas 
iba reuniendo, etc., etc. 

— ¡Mandaré á cualquiera á buscar á Cosette! — dijo el señor Magda- 
lena, y si es preciso iré yo mismo. 

Entonces escribió, dictadas por Fantina, las siguientes líneas que le 
hizo firmar. 

«Señor Thénardier, 
♦Entregad á Cosette al portador. 
>0s serán pagados todos los picos. 
«Tengo el honor de saludaros respetuosamente. 

•Fantina.» 

Estando en eso, sobrevino un incidente grave. En vano pretendemos 
cortar y pulimentar el misterioso bloque de nuestra existencia; la negra 
vena del destino reaparece siempre. 

II 
De como Juan puede llegar á ser champ 

Cierta mañana, en que estaba el señor Magdalena en su gabinete 

cupado en despachar con tiempo algunos asuntos perentorios de la 

caldía para el caso de que se decidiese á hacer el viaje á Montfermeil, 

asáronle aviso de que el inspector de policía, Javert, deseaba hablarle. 

l1 oir pronunciar este nombré, no pudo evitar Magdalena una desagra- 



182 LOS MISERABLES 



dable impresión. Desde la aventura de la oficina de policía, Javert le 
había escusado más que nunca, y Magdalena no le había vuelto á ver. 

— Hacerle entrar, — dijo. 

Javert entró. 

Magdalena continuó sentado junto á la chimenea con la pluma en la 
mano y la mirada fija en un cuaderno que estaba hojeando y anotando, 
el cual contenía las actas de algunos procesos verbales de distintas con- 
travenciones de policía urbana. Prosiguió, no obstante, en su tarea, si» 
fijarse en Javert. No podía dejar de preocuparse por la pobre Fantina, y 
le pareció conveniente mostrarse glacial. 

Javert saludó respetuosamente al señor alcalde que estaba de espal- 
das, y quien, sin volver la cabeza, continuó anotando. 

Javert, dio dos ó tres pasos hacia dentro, parándose luego sin rom- 
per el silencio. 

Un fisonomista que hubiese estado familiarizado con el modo de ser 
de Javert, que hubiese estudiado, por algún tiempo, á aquel salvaje 
puesto al servicio de la civilización, aquel compuesto singular de roma- 
no y espartano, de fraile y de cabo de escuadra, aquel espía incapaz de 
mentir, aquel moscardón virgen; un fisonomista enterado de su secreta 
y antigua aversión al señor Magdalena, de su disgusto con el alcalde por 
lo de Fantina, y que hubiese observado á Javert en aquel momento, se 
hubiera dicho: ¿Qué habrá pasado? Hubiérale sido evidente porque ha- 
bría conocido aquella conciencia recta, clara¿ sincera, proba, austera y 
feroz, que Javert acababa de ser víctima de algún grave é íntimo suce- 
so. Javert no sentía nada en el alma que no se revelase en su semblante.. 
Estaba, como todos los caracteres violentos, sujeto á variaciones bruscas. 
Jamás había estado su fisonomía tan estrañamente demudada y tan in- 
comprensible. Al entrar, se había inclinado delante del alcalde dirigién- 
dole una mirada en la que no había rencor, ni odio, ni cólera, ni descon- 
fianza; se había detenido á algunos pasos detrás del sillón, quedándose 
firme, de pié, en actitud casi militar, con la rudeza sencilla y fría del 
hombre que desconoce la dulzura y que es de ordinario un ser pasivo, es- 
perando, sin decir una palabra, sin hacer un gesto, con verdadera hu- 
mildad y en la más tranquila resignación, á que el señor alcalde se vol 
viese; sereno y grave, con el sombrero en la mano, bajos los ojos, con 
una expresión que participaba por igual de lá del soldado delante de su< 
oficial y de la del reo delante del juez. Todos los sentimientos, como to- 
dos los recuerdos que se le pudiesen suponer, habían desaparecido. Nad 
se veía en su semblante impenetrable y duro como el granito, más qu 
una tristeza melancólica. Todo en su persona respiraba firmeza y humi 
dad, y como cierto abatimiento valeroso. 

Por fia, dejó su pluma el señor alcalde, y se medio volvió: 

-t-¡Y bien! ¿qué hay? ¿qué es ello, Javert? 

Javert permaneció un instante silencioso aún, como recogiéndose ei 



DE COMO JUAN PUEDE LLEGAR Á SER CHAflP 183 



sí mismo, luego levantó la voz con cierta triste solemnidad, de la que no 
excluyó la sencillez, diciendo: 

— Hay, señor alcalde, que se ha cometido un hecho penable. 
— ¿Qué hecho? 

— Un agente inferior de la autoridad ha faltado al respeto debido á 
un magistrado, de un modo gravísimo. Yo vengo en cumplimiento de 
mi deber á daros conocimiento del hecho. 

—¿Quién es ese agente? — preguntó el señor Magdalena. 
— Yo, — dijo Javert. 
—¿Vos? 
—Yo. 

— ¿Y quien es el magistrado ofendido por el agente? 
— -Vos, señor alcalde. 

Magdalena se incorporó en su sillón, Javert prosiguió, con aire se- 
vero y los ojos bajos: 

— Señor alcalde, vengo á pediros que os sirváis proponer á la autori- 
dad mi destitución. 

Magdalena, estupefacto, abrió la boca, Javert le interrumpió. 
— Vos diréis tal vez, que yo hubiera podido presentar mi dimisión, 
pero esto no era bastante. Presentar la dimisión es honroso, pero yo he 
faltado y debo ser castigado. Es forzoso que se me destituya. 
Y, después de una pausa añadió: 

— Señor alcalde: estuvisteis el otro día muy severo conmigo, injusta- 
mente. Sedlo hoy con justicia. 

— ¿Y eso á qué? — exclamó Magdalena. — ¿Qué galimatías es éste? ¿qué 
es lo que queréis decir? ¿dónde está este acto culpable cometido por vos 
contra mí? ¿Qué me habéis hecho? ¿en qué me habéis faltado? ¿Os acu- 
sáis para ser reemplazado?. . . . 
— Separado, — dijo Javert. 

—Separado, sea si es preciso, pero no lo entiendo. 
— Ya lo comprendereis, señor alcalde. 

Javert suspiró profundamente y repuso, siempre fría y tristemente: 
— Señor alcalde, hace seis semanas, luego de la escena que tuvo lu- 
gar por aquella chica, que, estando yo furioso, os denuncié. 
. — ¿Me denunciasteis? 
— A la prefectura de policía de París. 

El señor Magdalena, que no se reía mucho más que Javert, sonrió. 
— ¿Como alcalde que se antepone á la policía? 
— Como antiguo presidiario. 
j] alcalde palideció. 

/avert, que no había levantado los ojos, continuó: 
— Yo lo creía así. Estuve mucho tiempo con esta idea¿ Una gran se • 
janza, las indagaciones que habéis hecho practicar en Faverolles, 
ístra fuerza muscular, la aventura del viejo Fauchelevent, vuestra 



184 LOS MISERABLES 



puntería, vuestra pierna un poco coja y, ¿qué sé yo qué más? ¡Barbari- 
dades! en fin, que os tomé por un tal Juan Valjean. 

— ¿Un tal?... ¿Cómo habéis dicho? 

— Juan Valjean. Un presidiario á quien conocí hace veinte años, 
cuando era yo ayudante de guarda chusma en Tolón. Al salir del penal, 
ese Juan Valjean, á lo que parece, robó en casa de un obispo, y luego 
cometió otro robo á mano armada y en un camino público contra un 
niño saboyano. Ha estado oculto, no sé como, unos ocho años, y eso 
que se le andaba buscando. Yo llegué á figurarme... En fin, ¡que me 
atreví á ello! La cólera me hizo decidir, y os denuncié á la prefectura. 

El señor Magdalena, que había vuelto á hojear el cuaderno, hacía un 
momento, repuso con acento de perfecta indiferencia. 

— ¿Y qué se os ha contestado? 

— Que estaba loco. 

—¿Y bien? 

— ¡Que bien pueden tener razón! 

— ¡Bueno es que lo reconozcáis! 

— Es preciso, puesto que el verdadero Juan Valjean ha reaparecido. 

Cayósele de las manos al señor Magdalena el papel que tenía en ellas, 
levantó la cabeza, miró fijamente á Javert, y dijo con acento inexplica- 
ble: 

— ¡Ah! 

Javert continuó: 

— He aquí lo que ha pasado, señor alcalde. Parece que existía en este 
país, hacia la parte de Ailly-le-Haut-Clocher» una especie de buen hom- 
bre á quien llamaban el tío Champmathieu. Era el tal un miserable. 
Nadie se había fijado en él. Esta clase de gente ignora todo el mundo 
como viven. Últimamente, durante el otoño, el tío Champmathieu, estu- 
vo preso por un robo de manzanas, cometido en.... En fin, el punto es 
lo de menos; es el caso que hubo robo, escalamiento y algunas ramas de 
árbol desgajadas. Se detuvo á Champmathieu, teniendo todavía una 
rama de manzanas en la mano. Metiósele en la cárcel. Hasta aquí no pa- 
saba de ser ello una ligera falta correccional. Mas ahora ved lo que hay 
en el caso, de providencial. Estando la cárcel medio arruinada, el señor, 
juez de instrucción dispuso que fuese trasladado Champmathieu á la cár- 
cel departamental de Arras. En dicha cárcel, se hallaba á la sazón, un 
antiguo presidiario llamado Brevet, que estaba preso por yo no sé qué y 
que hacía de calabocero por su buen comportamiento. Señor alcalde, en 
cuanto llegó allí Champmathieu, aún antes de entrar, exclamó ensegui- 
da Brevet: 

— ¡Diantre! yo conozco este hombre. Es un Fagot (1). — ¡Miradme 
bien, buen hombre! ¡Vos sois Juan Valjean! 



(1) Fagot t antiguo presidiario. 




DE COMO JU.aN PUEDE LLEGAR Á SER GHAMP 18S 

— ¡Jwm Valjean! ¿qué Juan Vadjean? 

Champraathieu se hacía el admirado. 

No te hagas el desentendido,: — dijo Brevet: — eres Juan Valjean y has 
estado en el penal de Tolón. Haee veinte años. Estábamos juntos. 

Champmathieu negaba. ¡Está claro! ¿Comprendéis el porqué? Se pro- 
fundiza, se indaga. Y así se hizo, hasta que se sacó en limpip lo siguiente: 
Que Champmathieu, hace unos treinta año», era jornalero podüador en la 
comarca, habiendo .trabajado en varios puntos, y particularmente en Fa- 
verolles. Aquí se perdió el rastro. Algún tiempo después se le vio nue- 
vamente en Auvernia, luego en París, donde según dijo, fué carretero y 
tuvo una hija lavandera, y aunque esto no está probado, resulta que por 
fin se vino por acá. Ahora, pues, antes de ir á presidio por robo com- 
probado, ¿qué era Juan Valjean? Podador. ¿Dónde? Eq Faverolles. Otro 
hecho. El Valjean se llamaba por nombre de pila Juan, y su madre se 
apellidaba Mathieu. . 

¿Qué puede haber de más natural que al salir del presidio tomara para 
ocultarse el apellido de su madre y se hiciese llamar desde entonces Juan 
Mathieu? Pasa luego á Auvernia, donde el acento del país cambia el 
Juan (Jean) en chan, y fce le llama Chan-Mathieu. Acepta nuestro hom- 
bre este cambio y catadlo transformado en Champmathieu. Vais com- 
prendiendo, ¿verdad? Se practica una información en Faverolles. Nada 
se sabe de la familia de Juan Valjean. Vos no ignoráis que las familias 
de esta clase de gente se desvanecen con la mayor facilidad. Sé las busca 
á lo mejor, y nada se encuentra. Estas gentes, cuando no son lodo son 
polvo. Además como el principio de esta historia data de treinta años, 
no hay nadie en Faverolles que haya conocido á Juan Valjean. Se piden 
informes á Tolón. A más de Brevet, no hay más que dos presidiarios que 
hayan conocido á Juan Valjean. Estos son dos condenados á cadena per- 
petua, llamados Cochepaille y Chenildieu. Se les saca del penal y se les 
hace venir. Se les carea con el pretendido Champmathieu. Ninguno de los 
dos vacila. Para ellos, lo mismo que para Brevet, es este Juan Valjean. La 
misma edad, cincuenta y cuatro años, la misma estatura, el mismo aire, 
en fin, el mismo hombre. En este tiempo precisamente mandé yo mi de- 
nuncia á la prefectura de París. Allí se me contestó que yo había per- 
dido el tino y que Juan Valjean se encuentra en Arras y en poder de la 
justicia. ¡Comprended si esto había de asombrarme, á mí, que creía te- 
ir aquí al mismo Juan Valjean! Escribí luego al señor Juez de instruo* 
ón, quien me mandó llamar, y me presentó á Champmathieu 

— ¿Y qué? — interrumpió el señor Magdalena. 

Javert contestó con cara imperturbable y triste: 

— Señor alcalde, la verdad es la verdad. Y aún que sea á pesar mío, 
mfteso que aquel hombre es Juan Valjean. Yo mismo le reconocí. 

El señor Magdalena le preguntó en voz baja: 

— ¿Estáis seguro? 



TftA 



186 LOS MISERABLES 



Javert sonrió de la manera dolorosa con que se acostumbraba á es- 
presar una profunda convicción. 

— ¡Oh! ¡seguro! 

Estuvo unos momentos pensativo, tomando y soltando maquinalmen- 
te, con las puntas de los dedos, polvos de serrín de los que había en la 
salvadera de sobre la mesa, y añadió luego: 

— Y ahora, después de haber visto al verdadero Juan Valjean, no 
acierto á explicarme como pude creer otra cosa. Pido os, por lo tanto, 
perdón, señor alcalde. 

Al dirigir esta frase suplicante y grave, al mismo á quien hacía seis 
semanas, le había humillado en pleno cuerpo de guardia diciéndole: 
€ ¡Salid!» Jarvert, el hombre altivo, se manifestaba á la sazón lleno de 
sencilla dignidad. 

El señor Magdalena no contestó á la súplica más que con esta pre- 
gunta seca: 

— Y, ¿qué dice este hombre? 

— Cáspita, señor alcalde, mal negocio es este para él. Si es Juan Val- 
jean hay reincidencia. Saltar un muro, romper una rama, y tomar unas 
manzanas, esto, para un muchacho, es una falta correccional; para un 
hombre sería ya delito, y para un presidiario resulta un crimen. Esca- 
lamiento y robo, nada le falta. No es, pues, para el caso de policía co- 
rreccional, sino competencia del tribunal de assiss. Y no será ello cosa 
de una temporada de cárcel, sino presidio por la vida. Y luego existe 
también el robo del niño saboyano que también ha de salir. ¡Diantre! 
Ya le dará que hacer, diréis, ¿no es verdad? Sí, á otro que no fuera 
Juan Valjean. Pero Juan Valjean es muy listo. También en esto yo le 
reconozco. Otro sentiría ya el calor; se movería, gritaría, como grita el 
puchero puesto al fuego; no querría ser de ninguna manera Juan Val- 
jean, etc. Pero él presentándose como si nada comprendiera, diceí «¡Yo 
soy Champmathieu, yo no puedo decir más!» Parece admirado, ó em- 
brutecido, por decirlo mejor. ¡Oh, el papel está bien estudiado! pero no 
importa, las pruebas existen. Le han reconocido cuatro personas, y el 
picaro viejo será condenado. Ha sido trasladado á la audiencia de Arras. 
Debo ir allá como testigo. Estoy ya citado para ello. 

El señor Magdalena se había vuelto otra vez hacia la mesa, tomando 
de nuevo su legajo, y le hojeaba tranquilamente, leyendo y escribiendo 
á la vez como hombre atareado. Volviéndose después á Javert, dijo: 

— Basta, Javert. Al fin y á la postre, nada me importan estos deti 
lies. Estamos perdiendo el tiempo, y hay mucho que hacer y que des pe 
char con urgencia. Javert, debéis ir inmediatamente, á casa de la tí* 
Buseaupied, que vende hierbas allá en la esquina de la calle Saint 
Saulve. Decidle que presente su queja contra el carretero Pedro Chesne 
long. Es éste un hombre brutal, que por poco aplasta á esta mujer y t 
su hijo. Es forzoso que sea castigado. Vais luego á casa de Carcellay 




DE CuMO JL'Art PUEDE LLEGAR Á SER CHA MI 1 187 



calle de Montre de Champigny, quien se queja de que una gotera de la 
casa del lado que vierte en la suya el agua de lluvia, perjudica los 
cimientos de su propiedad. Después os enterareis de las faltas de policía 
denunciadas en la calle de Guiborg, en la casa de la viuda Doris, y en 
la calle de Garraud Blanc, en casa de la señora Renata le Bossé, é ins 
truireis proceso verbal. Pero os estoy dando mucho que hacer. ¿No vais 
á marcharos? ¿No me habéis dicho que debíais pasar á Arras para este 
negocio dentro ocho ó diez días? 

— Mucho antes, señor alcalde. 

— ¿Qué día entonces? 

— Creo haber dicho al señor alcalde que la causa se veía mañana, y 
que yo salgo en la diligencia de esta noche. 

Magdalena hizo un movimiento imperceptible. 

— ¿Y cuánto ha de durar esta vista? 

— A lo más, un día. La sentencia se pronunciará, á más tardar, ma 
nana por la noche. Pero yo no esperaré el fallo, que no puede faltar; 
después de prestada mi declaración, volveré. 

— Está bien, — dijo Magdalena. 

T entonces despidió á Ja ver t alargando la mano. 

Javert no se movió. 

— Perdonad, señor alcalde, — dijo. 

— ¿Hay. más? — preguntó Magdalena. 

— Señor alcalde, me falta recordaros una cosa. 

—¿Cuál? 

— Que debo ser destituido. 

El señor Magdalena se levantó. 

— Javert, sois un hombre honrado y os aprecio. Habéis exagerado 
vuestra falta. Siendo además ella una ofensa que me concierne á mí úni- 
camente. Javert, sois digno de ascender más que de bajar. Creo que 
debéis conservar vuestro puesto. 

Javert fijó su mirada candida en el señor Magdalena, en el fondo de 
la cual parecía vislumbrarse aquella conciencia no bien despejada, pero 
rígida y pura, diciendo con acento tranquilo: 

— Señor alcalde no puedo concederos lo que decís. 

— Y yo os repito, — replicó Magdalena,— que es ello de mi incum - 
bencia. 

Pero Javert, fijo en su única idea, continuó: 

— En cuanto á exagerar, no exagero jamás. Ved como raciocino. He 

pechado de vos injustamente. Esto no significa ijada. Estamos en 

jstro derecho sospechando de quien quiera que sea, aún cuando haya 

iso en la sospecha de un superior nuestro. ¡Pero sin pruebas, cedien- 

á un exceso de cólera, deseando vengarme, os denuncié como presi- 

rio, á vos, á un hombre respetable, á un alcalde, á un magistrado! lo 

\ no es solamente grave, sino gravísimo. He ofendido en vuestra 



168 LOS MISERABLES 



persona á la autoridad, yo agente de ella! Si cualquiera de mis' subordi- 
nados hubiese hecho lo que he hecho yo, le hubiera declarado indigno 
del servicio, y le hubiera destituido. ¡Pues bien! Atended, señor alcalde, 
una palabra. Yo generalmente he sido severo. Con los demás, he sida 
justo. He obrado bieu. Pero ahora, si no fuese severo conmigo, todo 
lo que yo he hecho en justicia, resultaría injusto. ¿Debo yo ser distinto 
de los demás? ¡De ninguna manera! ¡Porque no hubiera sido bueno sino 
para castigar á los otros, y no á mí! ¡y sería yo, por lo tanto, un mise- 
rable y cuantos me llamasen: ¡el bribón de Javert! tendrían razón. 
Señor alcalde, no deseo de ninguna manera que me tratéis con benevo- 
lencia; vuestra benevolencia me ha requemado la sangre cuando ha 
favorecido á los demás, y no puedo quererla para mí. La bondad que 
consiste en dar» la razón á la mujer pública contra el propietario, al 
agente de policía contra el alcalde, á cualquier inferior contra el supe- 
rior, á ésta le llamo yo mala voluntad. Con semejantes bondades se des- 
«¿I. .» «J. ¡Dio. míol E, muy ttuL bueno; 1. «IUM 
está en ser justo. ¡Vedlo sino! Si vos hubierais sido lo que yo creía, no 
hubiera yo sido bueno para vos. ¡Ya lo hubierais visto! Señor alcalde, 
yo debo tratarme como trataría á cualquier otro. Cuando yo reprendía 
á los malhechores, cuando castigaba á los perdidos, me decía muchas 
veces á mi mismo: Si delinques, si caes en falta alguna vez, puedes estar 
tranquilo! ¡He tropezado, he caído en falta, tanto peor! Estoy por lo 
tanto perdido, echado, destituido; es lo equitativo. Conforme. Tengo 
brazos, trabajaré en la tierra; me es igual. Señor alcalde, el buen servi- 
cio exige un ejemplo. Pido sencillamente la destitución del inspector 
Javert. 

Todo lo dicho, era pronuhciado con acento humilde, valeroso, deses- 
perado y convencido, lo cual daba cierta grandeza particular á aquel 
extraño y honrado personaje. 

— Veremos, — dijo el señor Magdalena. Y le tendió la mano. . 

Javert retrocedió, y dijo en tono casi salvaje: 

— Perdonad, señor alcalde, pero esto no puede ser. Un alcalde no le 
dá la mano á un esbirro. 

Y añadió entre dientes: 

— Esbirro, sí; desde el momento en que he abusado de la policía, no 
soy más que un esbirro. 

Después saludó profundamente, y se dirigió á la puerta. 

Luego volviendo sobre sus pasos y siempre con los ojos bajos: 

— Señor alcalde, — dijo: — continuaré en mi puesto hasta que se me 
reemplace. 

Salió Javert, y el señor Magdalena quedó admirado y pensativo, 
escuchando aquel andar firme y seguro que se perdía sobre el pavimento 
del corredor. 



SOR SIMPLICIA 189 



LIBRO SÉPTIMO 

LA CAUSA CHAMPMATHIEU 



I 
Sor Simplioia 

Los incidentes que vamos á leer no han sido todos conocidos en M* 
sur M*. Pero lo poco que se ha sabido de ellos dejó en la población tales 
recuerdos, que quedaría en este libro un gran claro si no los diésemos á 
conocer en sus menores detalles. 

En los tales detalles encontrará el lector dos ó tres circunstancias 
inverosímiles, que respetamos por consideración á la verdad. 

En las primeras horas de la tarde que siguieron á la visita de Javerf, 
el señor Magdalena fué á ver á Fantina, según costumbre* 

Antes de llegar hasta Fantina, -mandó llamar á sor Simplicia. 

Las dos religiosas que tenían á su cargo la enfermería, lazaretistas 
como todas las hermanas de la caridad, se llamaban sor Perpetua la 
una, y la otra sor Simplicia. 

Sor Perpetua era como si dijéramos el tipo de una aldeana cualquie- 
ra; una hermana de la caridad sencillamente tosca, que se había puesto 
al servicio de Dios como en otro cualquiera. Era religiosa como hubiera 
«ido cocinera. Tipo que no es del todo raro. Las órdenes monásticas 
aceptan gustosas este grosero barro provinciano, que toma fácilmente 
la forma de capuchina ó de ursulioa. Estas rusticidades se aprovechan 
para las tareas bastas de la devoción. La transformación de un boyero 
en carmelita no es difícil; se pasa de lo uno á lo otro sin gran trabajo; 
el fondo común de ignorancia de la aldea y del claustro, viene á ser una 
preparación, ya hecha, que introduce á pie enjuto al campesino en el 
claustro. Agrandad un poco la blusa y ya tenéis el- hábito. Sor Perpetua 
era uua robusta religiosa de Marines, cerca Pontoise, que patuasaba, 
psalm odiaba y murmuraba, azucarando las tisanas de conformidad con 
la devoción ó hipocresía del acogido, brusca con los enfermos, áspera 
con los moribundos, dándoles casi con el cristo en la cara, martirizando 
á los agonizantes con plegarias coléricas, atrevida, honrada, robusta y 
colorada. 

Sor Simplicia era blanca como la cera. Junto á Sor Perpetua, era el 

irio al lado de la vela de sebo. Vicente de Paul ha delineado perfecta- 

oiente la hermana de la caridad en estas admirables palabras en las que 

mezcla tanta libertad como esclavitud: «No tendrán, dice, más monas 

*.erio qué las casas de los enfermos, más celda que un cuarto de alquiler, 

aáb capilla que la iglesia parroquial, más claustro que las calles de la 

^oblación y las salas del hospital, más clausura que la obediencia, más 



190 LOS MISERABLES 



rejas qué el temor de Dios ni más velo que la modestia.» Este ideal es- 
taba encarnado en sor Simplicia; nadie hubiera podido fijar la edad de 
sor Simplicia; jamás había sido joven, y parecía que no había de ser 
vieja nunca. Era una persona — no nos atrevemos á decir una mujer — 
amable, austera, simpática, delicada, fría, y que no había mentido 
jamás. Era tal su amabilidad, que parecía frágil, siendo, no obstante, 
más fuerte que el granito. Tocaba á los desgraciados con sus hermosos, 
finos é inmaculados dedos. Tenía, por así decirlo, palabra silenciosa; no 
hablaba más que lo necesario, y era su acento tal, que hubiera á la vez 
edificado en un confesionario y encantado en un salón. Aquella delica- 
deza se había amoldado perfectamente al hábito de estameña encon- 
trando en aquel rudo contacto, un continuado alerta del cielo y de Dios. 
Insistimos en este detalle particular. No había mentido jamás, ni habia 
dicho nunca, por cualquier interés ni por indiferencia, una cosa que no 
fuera verdad; la verdad santa, este era el rasgo característico de sor 
Simplicia, este era el acento de su virtud. Era casi célebre en la -congre- 
gación por su imperturbable veracidad. 

El padre Sicard, hablando de sor Simplicia en una carta al sordo- 
mudo Massieu, dice: Por sinceros y puros que seamos, tenemos todos en 
nuestro candor, la mancha de alguna mentirilla inocente. Ella estaba 
limpia de semejante mancha. Mentirilla, mentira inocente, ¿existe por 
ventura? Mentir, es lo absoluto del mal. Mentir poco, es imposible; el 
que miente dice toda la mentira; mentir, es el modo de ser mismo del de- 
monio; Satán tiene dos nombres, se llama Satán y se llama Mentira. He 
aquí lo que ella pensaba. Y como pensaba, así obraba. De ello resultaba 
aquella blancura de que hemos hablado, blancura que brillaba igualmente 
en sus ojos que en sus labios. Su sonrisa era blanca, su mirada era blanca 
también. No había la menor tela de araña, ni un solo grano de polvo, 
que empañase el cristal de su conciencia. Al tomar el hábito de San Vi- 
cente de Paul, había adoptado el nombre de Simplicia, por elección es- 
pecial. Simplicia de Sicilia, como sabe todo el mundo, es aquella santa 
que prefirió dejarse arrancar los pechos que responder, habiendo nacido 
en Siracusa, que había nacido en Segesta, mentira que la hubiera salva- 
do. Semejante modelo se ajustaba perfectamente á esta alma. 

Sor Simplicia, al entrar en la orden, tenía dos defectos, de los que se 
había ido corrigiendo poco á poco; gustaba de manjares delicados, y de 
recibir cartas. No leía jamás otro libro que uno de oraciones, imprer~ 
en grandes caracteres y escrito en latín. No sabía el latín, pero entendí 
el libro. 

La piadosa hermana había tomado afecto á Fantina, adivinando qxr 
zas, una virtud latente, dedicándose casi exclusivamente á su cuidad< 

El señor Magdalena llamó á parte á Sor Simplicia, y le recomendó í 
Fantina con singular acento, del que se acordó después la hermana. 

Después de haber hablado á la hermana, se dirigió á Fantina. 



íW~V 



PERSPICACIA DE MAESE SCAÜFfLAIRE 191 



Fantina esperaba diariamente la llegada del señor Magdalena, como 
se espera un rayo de calor y de alegría, diciendo á las hermanas: 

— No vivo sino cuando está aquí el señor alcalde. 

Aquel día tenía mucha fiebre. En cuanto vio al señor Magdalena, le 
preguntó: 

—¿Y Cosette? 

El contestó sonriendo: 

— Luego. ' 

El señor Magdalena estuvo con ella como de ordinario. Solamente 
que hizo la visita de una hora, en lugar de media, con gran contenta- 
miento de Fantina. Hizo mil súplicas á todo el mundo para que nada le 
faltase á la enferma. Pudo notarse que hubo un momento en que su sem- 
blante apareció sombrío. Pero esto se explicó al saber que el médico se 
le había acercado y dicho al oido: — Pierde muchísimo. 

Volvió luego á la alcaldía, y el chico de la oficina le vio examinar un 
mapa, itinerario de Francia, colgado de la pared del gabinete, y luego 
escribir con lápiz algunos números en un papel. 

II 
Perspicacia de maese Scaufflaire. 

De la alcaldía pasó al extremo de la población, á casa de un fla- 
menco, maese Scaufflaer, afrancesándolo Scaufflaire, quien alquilaba ca- 
ballos y «cabriolés á voluntad. » 

Para ir á casa de Scaufflaire, el camino mas corto era el de tomar 
por una calle muy poco frecuentada, en el cual vivía el cura de la pa- 
rroquia del señor Magdalena. El cura era, al decir de las gentes un 
hombre digno, respetable y sesudo. Al momento en que el señor Magda- 
lena llegaba frente la casa del cura no había en la calle más que un tran- 
seúnte, y este transeúnte advirtió lo siguiente: El señor alcalde, después 
de haber pasado la casa, se paró de súbito; permaneció un momento pa- 
rado; después volviendo sobre sus pasos, deshizo el camino, hasta la 
puerta de la vicaría, que era una puerta ordinaria, con llamador de 
hierro. Puso vivamente la mano en el picaporte, y lo levantó; después 
volvió á pararse nuevamente, quedando como dudoso y pensativo; y 
después de algunos segundos, en lugar de dejar caer bruscamente el lla- 
mador, bajólo suavemente, volviendo á emprender su camino con cierta 
^sa que no llevaba antes. 

El señor Magdalena encontró á maese Scaufflaire, en casa, ocupado 

recoser un arnés. : ' 

-Maese Scaufflaire, — preguntóle: — ¿tenéis un buen caballo? 

— Señor alcalde, — dijo el flamenco, — todos mis caballos son buenos. 

ié entendéis vos por un buen caballo? 

— Entiendo por bueno, un caballo que pueda recorrer veinte leguas 

to día. 



Tfc *•■•( 



192 LOS MISBKABLRS 



— ¡Diablo! — exclamó el flamenco,— ¡veinte leguas! 

—Sí. 

— ¿Arrastrando un cabriolé? 

—Sí. 

— Y ¿cuánto tiempo podrá descancar después de la jornada? 

— Es preciso que pueda, en caso de necesidad, volver al día siguiente. 

— ¿Recorriendo la misma distancia? 

—Sí. 

— ¡Diablo! ¡diablo! ¿Son veinte leguas? 

El señor Magdalena sacó del bolsillo el papel en el qué había escrito 
con lápiz algunos números, el cual manifestó al flamenco. Eran esto*: 5, 
6, 8 y t . 

— Veis, — le dijo. — Total diez y nueve y media, que vale tanto como 
decir: veinte. 

— Señor alcalde, — respondió el flamenco, — puedo serviros. Mi caba- 
llito blanco, debéis haberlo visto por fuerza pasar alguna vez, una jaca 
del bajo bolonesado. Lleno de fuego. En vano se le quiso hacer caballa 
de silla. ¡A él con esas! Derribaba á cuantos intentaban acercársele. 
Creyósele viciado, y cuando nó sabían qué hacer de él, lo Qompré yo.. 
Pásele al cabriolé. ¡Señor mío! ¡esto era lo que él quería! Es dócil como 
una niña, y corre más que el viento. Pero guárdese nadie de montarle, 
porque no quiere de ninguna manera ser caballo de silla. Cada cual tiene 
sus ambiciones. Tirar, sí llevar no; es preciso creer que este es su lema. 

— Pero, ¿hará el trayecto? 

— Recorrerá al trote largo las veinte leguas en "menos de ocho horas» 
Pero escuchad antes las condiciones. 

— Decid. 

— En primer lugar, dejareis que descanse una hora á mitad del cami- 
no; le daréis de comer; cuidado de que alguien vigile mientras coma, 
evitando que el chico de la posada robe la avena; porque tengo observa- 
do, que en las posadas, suele ser la avena bebida con mayor frecuencia 
por los mozos de cuadra, que comida por los caballos. 

— Se vigilará. 

— En segundo lugar... ¿Es para el señor alcalde, el cabriolé? 

—Sí. 

— ¿Sabe el señor alcalde guiar?... 

—Sí. 

— Está bien. ¿El señor alcalde viajará solo y sin equipaje, al objei 
de no cargar demasiado el caballo? 

— Convenido. 

— Pero, señor alcalde, no yendo nadie con vos, tendréis que tomar, 
el trabajo de vigilar que no se le quite la avena. 

— Por supuesto. 

— Me abonareis treinta francos por día, incluso los de descanso. K 



PERSPICACIA DE MAK8E SCALTFLA1HE 198 



un ochavo menos, corriendo, naturalmente, de cuenta del señor alcalde, 
la manutención del caballo. 

El señor Magdalena sacó de su bolsillo tres monedas de oro de veinte 
francos, y las dejó sobre la mesa. 

— He aquí dos días adelantados. 

— En cuarto lugar, por una carrera semejante, un cabriolé sería! 
muy pesado y fatigaría al caballo. Será preciso, por lo tanto, que con- 
sienta el señor alcalde, en viajar en un pequeño tílburi que tengo. 

— Consiento. 

— Es muy ligero, pero está descubierto. 

— Me es igual. 

— ¿Ha calculado el señor alcalde que estamos en invierno? 

El señor Magdalena no contestó; — el flamenco repuso: 

—¿Qué hace mucho frío? 

El señor Magdalena guardó silencio. 

Maese Scaufflaire continuó: 

— ¿Qué puede llover? 

El señor Magdalena levantó la cabeza, y dijo: 

— El tílburi y el caballo estarán á la puerta de mi casa mañana á las 
cuatro y media de la madrugada. 

— Entendidos, señor alcalde, — dijo Scaufflaire. Después, rascando 
con la uña del pulgar una mancha que había en la mesa, repuso con 
aquel aire indiferente que los flamencos saben mezclar también á su 
finura: . 

— ¿Sabéis en lo que estoy pensando? en que el señor alcalde no me 
ha dicho á dónde se dirige... Y... ¿á dónde vá el señor alcalde? 

No tenía él en la cabeza otra cosa desde el principio de la conver- 
sación, pero, sin saber por qué, no se había atrevido á hacer la pre- 
gunta. 

—¿Tiene vuestro caballo buenas piernas delanteras? — dijo el señor 
Magdalena. 

— Sí, señor alcalde. Le retendréis un poco en las pendientes. ¿Hay 
muchas en el camino que vais á recorrer? 

— No olvidéis que debe estar á la puerta de mi casa á las cuatro y 
media de la madrugada precisamente, — respondió el señor Magdalena, 
y salió. 

El flamenco se quedó hecho un bestia, según decía él de si mismo 

oués. 

El señor alcalde había salido hacía cinco ó seis minutos, cuando vol- 
. á abrirse la puerta; era el señor alcalde. 

Su aire era - como antes, impasible y preocupado. 

— Maese Scaufflaire, — dijo, — en cuanto estimáis el caballo y el tílburi 
3 vais á alquilarme, llevando el uno al otro. 

TOMO I 13 



19¿ LOS M1SEHABLKS 




-—Tirando el uno del otro, señor alcalde, — dijo el flamenco soltando 
una carcajada. ' m 

— Sea. ¿Cuánto? 

— ¿Es que el señor alcalde me los quiere comprar? 

— No, pero, os los quiero garantir á todo evento. A mi vuelta me 
devolvereis la cantidad. ¿En cuánto estimáis el caballo y $1 tílburi? 

— En quinientos francos, señor alcalde. 

— Aquí están. 

El señor Magdalena dejó sobre la mesa un billete de banco; luego 
salió, sin entrar ya de nuevo. 

Maese Scaufflaire se arrepentía en alto grado de no haber dicho mil 
francos. Sin embargo,' caballo y tílburi juntos no valían más que cien 
escudos. 

El flamenco llamó á su mujer, y le explicó el caso. ¿Dónde diablos 
querrá ir el señor alcalde? Ambos tuvieron su consejo. — Irá á París, — 
dijo la mujer. — No lo creo, — contestó el marido. 

El señor Magdalena se había dejado olvidado sobre la chimenea, el 
papel en el cual había escrito algunos números. 

El flamenco tomó el papel, y empezó á calcular. — ¡Cinco, seis, ocho 
y media! estos serán los relevos de posta... Volvióse luego á su mujer. — 
He dado en ello,— dijo. — ¿Cómo? — De aquí á Hesdin median cinco 
leguas, seis de Hesdin á Saint-Pol, ocho y media de Saint Pol á Arras. 
Va á Arras. 

Entretanto, el señor Magdalena había vuelto á su casa. Para regre 
sar de casa maese Scaufflaire, había tomado el camino más largo, como 
si la puerta de la vicaría fuese para él una tentación, que hubiese que- 
rido evitar. Había subido á su habitación, y se había encerrado en ella, 
lo cual no tenía nada dé extraño, porque solía recogerse temprano. No 
obstante, la portera de la fábrica, que era al mismo tiempo la única 
criada del señor Magdalena, observó que su luz se había apagado 3, las 
ocho y media, lo cual participó ella al cajero, cuando entró, añadiendo: 

— ¿Está tal vez enfermo el señor alcalde? he advertido en su sem- 
blante algo de nuevo. 

El cajero, habitaba un cuarto, situado precisamente debajo de el del 
señor Magdalena. Sin fijarse en las palabras de la portera, acostóse en- 
seguida, y se durmió. A eso de media noche, despertó bruscamente; 
había oído entre sueños un ruido extraño sobre su cabeza. Púsose ¿e~ 
cuchar. Eran pasos que iban y venían, como si alguien se pasease en i 
cuarto de arriba. Fijó más su atención, y reconoció los pasos del señe 
Magdalena. Esto llamó su atención; generalmente no se oía en aque- 
cuarto el menor ruido antes de la hora en que acostumbraba á levan 
tarse el alcalde. Un instante después, creyó oir el cajero algo parecide 
á un armario que se abre y vuelve á cerrarse. Luego como si arrastra 
ran un mueble, y pagado un momento de silencio, volviéronse á oir los 



UNA TEMPESTAD BAJ1 UN CRÁNEO 195 



pasos nuevamente. El cajero, se sentó sobre la cama, despertando por 
completo; observa, mira, y al través de los cristales de la ventana, vio 
en la pared de enfrente, el reflejo rojizo de una ventana iluminada. Por 
la dirección de los rayos, no podía ser aquella otra ventana que la del 
cuarto del señor Magdalena. El reflejo oscilaba como si procediese antes 
de una llama que dé una luz. La sombra de las vidrieras no se advertía, 
lo cual indicaba que la ventana estaba abierta de par en par. Dado el 
frío que hacía, era sorprendente el que estuviese, abierta la* ventana. El 
cajero volvió á dormirse de nuevo. Una hora ó dos más tarde, despertó 
•otra vez. Los mismos pasos, lentos y regulares, seguían yendo y vinien- 
do sobre su cabeza. 

El reflejo seguía dibujándose en la pared, pero era entonces pálido y 
tranquilo, como el de una lámpara ó bujía. 

La ventana continuaba abierta. 

Yamos á ver ahora lo que pasaba en el cuarto del señor Magdalena , 

m 

Una tempestad bajo un cráneo 

El lector ha, sin duda, adivinado que el señor Magdalena no era 
otro que Juan Valjean. 

Hemos ya examinado otra vez las profundidades de aquella concien- 
cia; ha llegado el momento de examinarlas de nuevo. No lo haremos sin 
emocionarnos y sin temblar. No existe nada más terrible que esta clase 
de consideraciones. Los ojos del 'espíritu no pueden encontrar en nin- 
guna parte, más luz ni más tinieblas, que en las interioridades del hom- 
bre; ni pueden fijarse en cosa alguna que sea más formidable, más com- * 
plicado, más misterioso y más infinito. Existe un espectáculo más grande 
que el del mar, el del cielo; pero hay otro más grande que el del cielo, 
es el del inferior del alma. 

Escribir el poema de la conciencia humana, aunque no sea más que 
Á propósito (Je un solo hombre, á propósito del más insignificante de los 
hombres, sería fundir todas las epopeyas en una sola epopeya,' superior 
y definitiva. 

La conciencia, es el caos de todas las quimeras, de todas las ambicio- 
nes, yde las tentaciones todas; el horno de todos los delirios, el antro de 
todas las ideas; es el pandemónium del sofisma, el campo de batalla de 
odas las pasiones. Penetrad á ciertas horas al través del lívido semblan- 
e de un ser humano que reflexiona, y mirad detrás, mirad en el interior 
e aquella alma, en el fondo de aquella obscuridad Hay allí, bajo elsilen- 
lo del exterior, combates de gigantes como los de Homero, luchas de 
_idras y dragones y nubes de fantasmas como en Milton, y espirales ilu- 
sorias como en Dante. Nada tan sombrío como el infinito que lleva todo 
íombre dentro de sí mismo, y al cual somete con desesperación, y á su. 
>esar, las voluntades de su cerebro y las acciones de su vida. 



196 LOS MISERABLES 



Alighieri encontró un día cierta puerta siniestra ante la cual dudó~ 
He aquí igualmente, otra ante nosotros, á cuyos umbrales dudamos tam- 
bién. Entremos sin embargo. 

No tenemos gran cosa que añadir á lo que le pasó á Juan Valjean 
después de la aventura de Ger vasillo. Desde aquel momento, como hemos- 
visto, fué ya otro hombre. Lo que el obispo había querida hacer de él, 
esto fué. No fué aquello una transformación, sino una transfiguración. 

Resolvió desaparecer, vendió lá plata del obispo, no guardándose más 
que los candeleros como recuerdo; deslizándose de población en pobla- 
ción, atravesó la Francia, llegó á M* sur M*, tuvo la idea que hemos di* 
cho, realizó lo que hemos consignado, logró hacerse inasible é impene- 
trable; y establecido desde entonces en M* sur M*, satisfecho por sentir 
su conciencia entristecida por el pasado y la primera mitad de su exis- 
tencia desmentida por la última, vivió pacífico, sereno y esperanzado r 
no teniendo más que dos pensamientos: ocultar su nombre y santificar 
su vida, escaparse á los hombres y encontrar á Dios. 

Estos dos pensamientos, se encontraban tan estrechamente unidos en 
su espíritu, que no formaban más que uno solo, siendo ambos por igual 
imperiosos y absorventes, dominando sus acciones más insignificantes. 
Ordinariamente estaban de acuerdo para regular la conducta que debía 
seguir, ambos le llamaban hacia la obscuridad, haciéndole bueno y sen* 
cilio y aconsejándole lo mismo. Algunas veces había divergencia entre 
ellos. En este caso, veíase al hombre que toda la comarca de M* sur M* 
llamaba el señor Magdalena, no vacilaba un instante en sacrificar la pri- 
mera idea á la segunda, ó sea, su obscuridad á su virtud. Así, á despe- 
cho de toda reserva y de toda prudencia, había conservado los cándele- 
ros del obispo, vestido luto, llamado é interrogado á cuantos saboyanoa 
había visto pasar, tomado informes de su familia en Fa ver o 11 es, y salva- 
do la vida al viejo Fauchelevent, á pesar de las mortificante^ insinuacio- 
nes de Javert. Parecíale, como hemos indicado ya, pensar, á semejanza 
de los sabios, santos y justos, que su primer deber no estaba en compla- 
cerse á sí mismo. 

No obstante, es preciso decirlo, jamás le había pasado nada parecida 
Á lo presente. 

Nunca las dos ideas que imperaban en el hombre desgraciado, de cu- 
yos sufrimientos estamos dando cuenta, Rabian sostenido una lucha tan 
seria. Comprendíalo él confusamente, pero á fondo, desde las primer 
palabras pronunciadas por Javert, al entrar en su gabinete. En cuan 
oyó pronunciar aquel nombre que había sepultado entre las sombre 
quedó sobrecogido de estupor y como desvanecido por aquel inesperac 
y siniestro golpe de su destino, y al través de su admiración sintió el t 
t remecí miento que precede á los grandes sacudimientos; doblóse como 
dobla la encina al aproximarse el huracán, como el soldado al apro> 
marse al asalto. Sintiendo venir sobre su cabeza, sombras llenas de ray 



P" 



UNA TEMPESTAD BAJO UN CRÁHKO 197 



y centellas. Al oír á Javert, lo primero que se le ocurrió fué correr á 
Arras, denunciarse, sacar de la cárcel á Champmathieu y sustituirle; es- 
te pensamiento era doloroso y punzante como una incisión en carne vi- 
va, pero pasada la .primera impresión, se dijo: ¡Veamos! ¡veamos! Repri- 
mió este primer impulso de su generosidad, y retrocedió ante el he- 
roísmo. 

Sin duda hubiera sido mejor que después de las santas palabras del 
-obispo, después de tantos años de arrepentimiento y de abnegación, en 
medio de una penitencia admirablemente comenzada, aquel hombre, en 
presencia de tan terrible coyuntura, no hubiera dudado un instante y 
hubiera continuado andando al mismo paso hacia el precipicio abierto 
ante sus ojos y en cuyo fondo se encontraba el cielo; esto hubiera sido 
magnifico, tal vez, pero no fué así. Es preciso dar cuenta exacta de to- 
•do cuanto se acumulaba en aquella alma, diciendo lo que era y lo que 
en ella había. La primera victoria fué de momento para el espíritu de 
conservación; reunió sus ideas; ahogó sus emociones; pensó en la perso- 
nalidad de Javert; su gran peligro; retardó toda resolución con la firme- 
za del espanto, aturdióse ante lo que venía obligado á realizar, recobran- 
do luego su calma de igual manera que volvía al gladiador romano á 
recoger su escudo. 

El resto del día siguió en el mismo estado, este era un torbellino en 
el interior, la más perfecta calma exterior mente, no hizo otra cosa que 
tomarlo que podrían llamarse «medias conservadoras.» Todo andaba 
aún confuso y chocándose en su cerebro; era tal su turbación, que no 
-alcanzaba á ver clara la forma de una sola idea, y ni él mismo hubiera 
podido decir nada de sí mismo, sino que acababa de recibir un gran 
.golpe. 

Acercóse, según tenía ya por costumbre, al lecho del dolor de Fanti- 
na, prolongando la visita por instinto de boudad, diciéndose que debía 
obrar así, recomendándola mucho á las hermanas por si llegaba el caso 
de que tuviese de ausentarse. Presentía vagamente que tendría que ir 
tal vez á Arras; v sin estar de mucho decidido á hacer el viaje, decíase 
que estando, como estaba, al abrigo de toda sospecha, no podía haber 
inconveniente alguno en que fuese testigo de lo que pasase, y alquiló 
para ello el tílburi de Scaufflaire, al objeto de estar prevenido para lo 
*que pudiere sobrevenir. 

Comió con bastante apetito. 

Volvió á su cuarto, y se concentró. 

Examinó la situación; y la encontró inaudita, en grado tan superla- 
\vo, que en medio de sus delirios, por no sé qué impulsión de inesplica- 
le ansiedad, levantóse de su asiento cerrando la puerta con llave. Y te- 
niendo que aún pudiese entrar alguien, echó la aldaba, á fin de par ape- 
arse lo posible. 

Un momento después mató la luz. Le estorbaba. 



198 LOS M1SERABLK8 



Parecíale que aún podían verle. 

¿Quién? 

¡Ay! aquello á lo cual cerraba la puerta, había entrado ya; aquella 
que el quería cegar, le estaba ya mirando: su conciencia. 

Su conciencia, es decir, Dios. 

No obstante, en el primer momento se hizo la ilusión de estar solo y 
seguro; bien cerrada la puerta, se creyó inaccesible; apagada la luz, 
juzgábase invisible. Entonces tomó él, posesión de sí mismo; apoyó los 
codos sobre la mesa; dejó caer la cabeza entre sus manos, y empezó á. 
meditar entre tinieblas. 

¿Dónde estoy? ¿Es cierto que no estoy delirando? ¿Qué es lo que me- 
han dicho? ¿Es verdad que he visto á Javert y que me ha dicho todo 
aquello? ¿Quién será ese Champmathieu? ¿Es verdad que se me parece?' 
¿Es esto posible? ¡Cuando pienso que ayer yo estaba tan tranquilo, bien- 
ajeno de dudar de nada! ¿Qué es lo que hacía yo ayer á estas horas? 
¿Qué es lo que se encierra en este incidente? ¿Cómo se desenredará?. 
¿Qué haré? 

He aquí su tormento. 

Su cerebro había perdido la fuerza necesaria á retener las ideas; esta» 
pasaban por él como las olas, á pesar de que procuraba detenerlas su je 
tan do su /rente con ambas manos. 

De aquel tumulto que trastornaba su razón y su voluntad, y entre el 
cual buscaba una evidencia y una resolución, nada podía arrancar en 
definitiva más que angustias. 

Su cabeza ardía. Acercóse á la ventana, y abrió sus hojas de par en 
par. No se veía una estrella en el cielo. Volvió á sentarse junto á la. 
mesa 

Asi se pasó la hora primera . 

Poco á poco, no obstante, algunas líneas vagas empezaron á fijarse 
y á tomar cuerpo en su imaginación, y pudo entrever entonces con Ios- 
rasgos de la realidad, no el conjunto de situación, pero sí algunos detalles. 
Empezaba á reconocer que por extraordinaria y crítica que fuese su si- 
tuación, era, por completo, dueño de ella. 

Su estupor no hizo, con semejante descubrimiento, más que acrecen- 
tarse. 

Independientemente dei objeto severo y religioso que se propusiera 
en sus acciones, todo lo que había hecho hasta aquel día, no había sido 
otra cosa que un hoyo para esconder su nombre. Lo que había temido 
siempre en sus horas de recogimiento en sí mismo, en sus noches de 
insomnio, era oír pronunciar su nombre; decíase que en este caso habría 
terminado todo para él; que el día en que su nombre reapareciese, se des- 
vanecería en torno de sí su nueva vida, y r quien sabe si también con ella 
su nueva alma. Estremecíase á la sola idea de semejante posibilidad. Y si 
en tales momentos alguien le hubiese dicho que llegaría la hora en que su. 



UNA TEMPESTAD BAJO UN CK -NEO 199 



nombre resonaría en sus oídos, con la odiosa frase tJuan Valjean,» saldría 
súbitamente de entre las sombras irguiéndose ante él, donde aquella luz 
formidable creada para disipar el misterio en que envolvía resplande- 
cería instantáneamente sobre su cabeza, y que aquel nombre no le ame- 
nazaría ya; que aquella luz no produciría sino más espesas tinieblas; que 
aquel velo rasgado aumentaría el misterio; que aquel temblor de tierra 
consolidaría su edificio, y que aquel prodigioso incidente no tendría otro 
resultado, si él así lo quería, que el hacer más despejada y más impene 
trable su existencia, y que de su confrontación con el fantasma de Juan 
Yaljean, el bueno y digno industrial Magdalena resultaría más honrado, 
más digno y más considerado que nunca; — si alguien le hubiese dich > 
esto, hubiera meneado la cabeza compadeciéndole y teniendo sus pala- 
bras por insensatas. ¡Pues bien! todo ello acababa de realizarse, toda 
aquella balumba de imposibles era un hecho, y '¡Dios había permitido 
que aquellas locuras se convirtiesen en realidades! 

Su desvanecimiento continuaba despejándose. Ibase paso á paso, 
dando cuenta de su verdadera situación. 

Parecíale que acababa de despertar de un sueño extravagante, y que 
se encontraba deslizándose por una pendiente, en plena noche, de pie, 
temblando, retrocediendo en vano sobre el peligroso borde de un abismo. 
Divisaba perfectamente entre las sombras á un desconocido, un extraño á 
quien el destino tomaba por él y le empujaba al precipicio en su lugar. 
Era indispensable para cerrarse el precipicio, que alguien cayese en su 
fondo, él ó el otro. 

No había sino dejar al tiempo. 

Hízose por completo la luz, y conoció entonces: — Que su puesto es- 
taba vacío en el presidio; que por más que hiciese cuanto quisiera, le se- 
guiría aguardando; que el robo de Ger vasillo le llamaba allí; que aquel 
vacío le estaría esperando y atrayendo hasta que fuese de una manera 
fatal é inevitable. — Además, decíase él: — Que en tal momento había 
guíenle reemplazaba, que parecía ser un tal Champmathieu la víctima 
de semejante error, y que mientras le representase en presidio la perso- 
na de Champmathieu y siguiese en la sociedad bajo el nombre de señor 
Magdalena,. nada tenía que temer si no impedía que los hombres sella- 
ran sobre la cabeza de Champmathieu la piedra de infamia que, como 
la losa del sepulcro, cae una sola vez para no levantarse jamás. 

Era todo esto tan violento y tan extraordinario, que produjo en él 
na de estas sacudidas indescriptibles que ningún hombre ha experi- 
aentado más de dos ó tres veces en toda su vida, especie de convulsión 
e la conciencia que remueve cuantas dudas encierra el corazón cuyo 
on junto está formado por la ironía, el gozo y la desesperación, y que 
odría llamarse un estallido de risa interior. 
Encenuió de nuevo y precipitadamente la bujía. 
— ¿Y bien? — se preguntó — ¿de qué me asusto? ¿A qué pensar en esto? 



i 



K- 



¡estoy salvado! ¡todo ha concluido! No ve 
treabierta, por la cual mi pasado pudie 
puerta queda ahora tapiada, ¡para aiempí 
acosándome hace tanto tiempo, ese temih 
me adivinado, y ¡que me había adivinadc 
todas partes, este espantoso perro de caza 
está ya derrotado, ocupado en otra parte 
¡Está satisfecho, y ya me dejará tranquil 
VaIjean!'¡Quién sabe también, y ello es lo 
jarse de esta población! ¡Y todo esto ae ha 
nido para nada! ¡Y luego! ¿qué mal hay e 
creerían que soy víctima de una catástrof 
giín daño para alguien rio es á buen seguí 
dencia quien lo ha hecho todo. ¡Es que q 
mente! ¿Tengo yo el derecho de estorbar 1 
que estoy pidiendo? ¿En qué voy á mezcle 
bencia. ¿Cómo no estoy contento? ¿Qué es 
fin á que espiro hace tantos años, el sueño 
mis oraciones, mi seguridad, ¡yo la espero 
hacer contra la voluntad de Dios. ¿Y, por 
yo prosiga en lo comenzado, para que hag 
poderoao y vivo ejemplo, para que ae dig; 
parte de ventura unida á esta penitencia q 
á la que he vuelto. En verdad que no ale 
tenido miedo de entrar en casa de este but 
como á un confesor, pidiéndole consejo, ci 
biera dicho lo mismo. ¡Estoy decidido á < 
curso natural! ¡Dejemos que obre Dios! 

Hablábase así, allá en las profundidad* 
hacia lo que pudiéramos llamar su prof 
aaiento y ae puso á pasear la estancia. Vai 
en ello. ¡Ya tengo hecha mi resolución! Pe 
menor alegría. 

Al contrario. 

Pretender que el pensamiento no vuelva 
der que el mar no vuelva á la playa. Para 
rea; para el culpable se llama remordimiet 
el Océano. 

A loa pocos instantes, por más que hizo 
brío diálogo, del cual venía á ser orador y 
que hubiera querido callar, y oyendo lo qt 
cediendo á aquel misterioso poder que le d 
dicho el mismo, hace dos mil años, á otro 



UNA TEMPESTAD BAJO UN CRÁNEO 201 



Antes de seguir adelante, y para ser plenamente comprendidos, insis- 
timos en una observación muy necesaria. 

Es cierto que se habla uno á sí mismo; no existe ningún ser pensador 
que no lo haya probado. Puede decirse igualmente que el Yerbo nunca 
es más grande ni magnífico que cuando recorre el interior del hombre, 
desde el pensamiento á la conciencia, y que vuelve luego de la concien- 
cia al pensamiento. En este sentido, solamente debieran entenderse las 
palabras empleadas frecuentemente en este capítulo, dijo, ecoclamó; de- 
cíase, hablábase, exclamaba en sí mismo, sin que el silencio exterior se 
rompiera. Hay grandes tumultos en que todo habla en nosotros menos 
ia boca. Las realidades del alma, no por ser invisibles é impalpables, de- 
jan de ser realidades. 

Preguntábase, pues, en donde estaba. Interrogábase acerca de su «re- 
solución irrevocable.» Confesóse á sí mismo que aquello que acababa de 
ordenar en su espíritu, era monstruoso, que «el dejar correr las -cosas á 
la voluntad de Dios>, era simplemente horroroso. Dejar que siguiese ade- 
lante aquel error del destino y de los hombres, sin detenerlo, contribuir 
á él con el silencio, no hacer nada en fin, ¡era hacerlo todo! era el últi- 
mo rebajamiento de la indignidad hipócrita! ¡Era un crimen bajo, co- 
barde, miserable, adyecto y repugnante! 

Por la primera vez, después de ocho años, aquel hombre desventura- 
do acababa de sentir el sabor amargo de un mal pensamiento y de una 
mala acción. 

Y lo arrojó con asco. 
Continuó interrogándose. 

Y preguntóse severamente que era lo que había entendido al dar «por 
conseguido su objeto». 

Reconoció que efectivamente su vida tenía un objeto. ¿Pero cuál? ¿El 
de ocultar su nombre? ¿Engañar á la policía? ¿Y era por una cosa tan 
nsignificante, por lo que había hecho cuanto había hecho? ¿No existía 
acaso otro objeto grande y verdadero? ¿Salvar, no su persona, sino su 
alma? Ser nuevamente honrado y bueno. ¡Ser un justo! ¿No era esto, por 
ventura, y esto sólo, lo. que él únicamente había querido, lo que el obis- 
po le había recomendado? ¿Cerrar la puerta á su pasado? ¡Pero no la ce- 
rraba de aquel modo, gran Dios! ¡no la cerraba! volvía á abrirla, con 
una acción infame. ¡Volvía á ser ladrón, y el más odioso de los ladro- 
nes! ¡robaba á otro su existencia, su vida, su paz, su parte de sol!. Se 
tvertía en asesino. ¡Mataba, mataba, moralmente á un miserable; le 
aria esa muerte espantosa de los vivos, esa muerte á cielo abierto, 
e se llama presidio! 

Por el contrario, entregarse, salvar á aquel hombre víctima de tan 
íesto error, recobrar su nombre, aparecer otra vez por deber el pre- 
cario Juan Valjean, eso era verdaderamente llevar á cabo su resurrec- 
n cerrando para siempre el infierno de que salía. ¡Caer aparentemen- 






202 LOS MISERABLES 



te eñ él era en realidad salir de él! Y eso era lo que convenia hacer, y 
nada habría hecho no haciéndolo así. Toda su vida resultaba inútil, toda 
su penitencia perdida. 

¡Pero qué! ¿Estaba dicho todo? No: sentía que el obispo estaba allí y 
que estaba tanto más presente cuanto que había muerto, y que le mira- 
ba fijamente, y que en lo sucesivo el alcalde Magdalena con todas sus 
virtudes le sería odioso, y que el presidiario Juan Valjean, sería á sus 
ojos admirable y puro. 

Los hombres verían su máscara, pero el obispo veía su rostro; los 
hombres podrían ver su vida, pero el obispo veía su conciencia. Era 
preciso, pues, ir á Arras, libertar al falso Juan Yaljean y denunciar al 
verdadero. ¡Ay! Ese era el mayor de los sacrificios, la más dolorosa de 
las victorias, el último paso que había que salvar; pero era preciso. 
¡Destino cruel! ¡No poder entrar en la santidad á los ojos de Dios sin en- 
trar en la infamia á los ojos de los hombres! 

— ¡Pues bien!— dijo. — ¡Tomemos ese partido, hagamos nuestro deber! 
¡Salvemos á ese hombre! 

Pronunció estas palabras claramente, sin advertir que hablaba en 
alta voz. 

Tomó sus libros, los comprobó y puso en orden. Arrojó al fuego un 
legajo de créditos de pequeños comerciantes atrasados. 

Escribió una carta y la cerró, en cuyo sobre habría podido leer cual- 
quiera que hubiese estado allí en aquel momento: A Monsieur Laffite, 
banquero, calle de Artois. París. Sacó de un secreter una cartera que 
contenía algunos billetes de banco y el pasaporte de que se había servi- 
do aquel año para ir á las elecciones. 

Quien le hubiera visto realizar todos aquellos actos en medio de tan * 
grave meditación, no habría sospechado nada de lo que pasaba por él. 
Solamente á intervalos se movían sus labios; otras veces levantaba pau- 
sadamente la cabeza y fijaba su ávida mirada en un punto cualquiera 
de la pared, como si hubiera allí precisamente alguna cosa que quisiera 
aclarar ó interrogar. 

Concluida la carta al banquero Laffite, metiósela en el bolsillo, lo 
mismo que la cartera, volviendo á pasear la estancia. 

Su divagación no había variado. Continuaba viendo claramente su 
deber escrito en letras luminosas que resplandecían ante sus ojos y gira- 
ban con su mirada: ¡Anda/ ¡di tu nonrihre! ¡denuncíate! 

Veía igualmente, y como si se moviesen delante de él con forma 
sensibles, las dos ideas que hasta entonces habían sido la norma de * 
vida: ocultar su nombre, santificar su alma. Por primera vez se le apa 
recían absolutamente distintas, y comprendía la diferencia que las se 
paraba. Reconocía que una de aquellas ideas era necesariamente buena 
al paso que la otra podía llegar á ser mala; que aquella era el sacrificio 



INA TEMPESTAD BAJO UN CRÁNEO 203 



y ésta era la personalidad; que la una decía: el prójimo, y la otra decía: 
yo; que la una venia de la luz y procedía la otra de la noche. 

Ambas se combatían. El presenciaba ese combate. A medida que él 
reflexionaba, ellas habían crecido á los ojos del espíritu y tenían ya es- 
taturas colosales; parecíale verlas luchar dentro de sí mismo, dentro de 
ese infinito de que hablábamos antes, en medio de las tinieblas, diosa la 
una y gigante la otra. 

Estaba lleno de espanto, pero le parecía que la buena salía triun- 
fante. 

Sentía que tocaba en el otro extremo decisivo de su conciencia y de 
su destino; que el obispo había marcado la primera fase de su vida nue 
va, y que aquel Champmathieu le marcaba la segunda. Después de la 
gran crisis, la gran prueba. 

Entretanto, la fiebre, apaciguada por unos instantes, volvía á inva 
dirle poco á poco. Mil pensamientos le asaltaban, pero fortificándole 
más en su resolución. 

Díjose por un momento: — Que tomaba quizá el asunto con demasia- 
do calor; que después de todo, aquel Champmathieu, no era tan intere- 
sante, pues al fin y al cabo, había robado. 

Y se respondió: Si este hombre, en efecto, ha robado algunas manza- 
nas, tiene un mes de prisión. Está, pues, muy lejos de presidio. Pero 
¿quién sabe bí en efecto ha robado? ¿Está probado por ventara? El nom 
bre de Juan Yaljean le abruma, y parece eximirle de pruebas. ¿Los pro- 
curadores del rey no obran habitualmente así? Le creen ladrón, porque 
saben que ha sido presidiario . 

Eu otro instante se le ocurrió la idea de que cuando se hubiese de- 
nunciado á sí mismo, acaso tendrían en cuenta el heroísmo de su acción 
y su vida honrada durante siete años, y cuanto había hecho en favor 
del país, y que le harian gracia. 

Pero esta suposición se desvaneció muy pronto, y sonrió amarga- 
mente al pensar que el robo de los dos francos á Ger vasillo le hacía 
reincidente; que aquel crimen reaparecería de seguro, y que, según los 
términos precisos de la ley, incurría en la pena de cadena perpetua. 

Prescindiendo de toda ilusión, iba alejándose más y más de la tierra, 
buscando consuelos y fuerzas en otra parte. Díjose que era indispensa- 
ble cumplir con su deber; que tal vez no sería tan desgraciado después 
de haberlo cumplido, como lo sería eludiéndolo; que de dejar correr los 

¿esos, y quedándose en M* sur M*, su consideración, su nombradía, 
s buenas obras, la deferencia, la veneración, su caridad, su riqueza, 

popularidad y su virtud estarían impregnadas de un crimen, y ¿qué 

bor habían de tener aquellas cosas santas unidas á una cosa tan in- 
gna? Mientras que si llevaba á cabo su sacrificio, con el presidio, el 
>trO| la cadena, el gorro verde, el trabajo sin descanso, y la vergüenza 

i compasión, se mezclaría siempre una idea celestial. 



204 LOS MISERABLES 



H 



En fin, díjose que era una necesidad,, que su destino así lo exigía, 
que él no era dueño de desarreglar los arreglos de lo alto; que en todo 
caso, había que escoger: ó la virtud por fuera y la abominación por 
dentro, ó la santidad dentro y la infamia fuera. 

Al remover tantas ideas lúgubres, no desfallecía su ánimo, pero se 
fatigaba su cerebro. Y comenzaba á pensar mal de su grado, en otras 
cosas; cosas indiferentes. 

Las arterias de sus sitnes latían fuertemente. Continuaba yendo y 
viniendo arriba y abajo. Dieron luego las doce en el reloj de la parro- 
quia, y después en el del ayuntamiento. Contó las doce campanadas en 
ambos relojes, y comparó el sonido de las campanas. Recordó con este 
motivo, que no hacía muchos días había visto en un almacén de hierro 
viejo, una campana antigua para vender, en la que había grabado este 
nombre: Antonio Albín de Homainville. 

Tuvo frío. Encendió un poco de fuego, sin acordarse de cerrar la 
ventana. 

Sin embargo, volvió á caer en su estupor, y fuéle preciso hacer un 
gran esfuerzo para recordar en qué estaba pensando antes de dar las 
doce. Recordóle poí fin. 

— ¡Ah! Sí, — exclamó; — había tomado la resolución de denunciarme. 

Y súbitamente recordó á Fantina. 

— ¡Es verdad! — exclamó. — ¡Y esa pobre mujer! 

Aquí se reveló una nueva crisis. 

Fantina, apareció ndosele bruscamente en su. delirio, fué lo que un 
rayo de luz inesperado. Parecióle que todo cambiaba de aspecto en tor- 
no suyo, y exclamó: 

— ¡Ah! ¡Sí! ¡Pero hasta ahora yo no he pensado más que en mí! ¡N) 
he atendido más que á mi conveniencia particular! Si me conviene ca- 
llar ó denunciarme, — ocultar mi persona ó salvar mi alma, — ser un ma- 
gistrado despreciable y respetado, ó un presidiario infame y venerable, 
— es decir yo, nadie más que yo, y siempre yo. ¡Pero, Dios mío, todo 
ello no es más que egoísmo! Puede ser en diferentes formas, pero es siem- 
pre egoísmo. ¡Si yo pensase algo en los demás! La primera santidad es 
pensar en el prójimo. ¡Veamos, examinemos! 

Esceptuado yo, borrado yo, olvidado yo, ¿que sucederá? Si yo me 
denuncio, me prenden y sueltan á ese Champmathieu, se me vuelve á 
presidio, ¿y después? ¿Qué va á pasar aquí? ¡Ah! ¡Aquí hay un país, un 
pueblo, fábricas, una industria, obreros, hombres, mujeres, anciaL 
abuelos, niños y desgraciados! Yo he creado todo esto, yo he hecho 
vir todo esto; donde hay una chimenea que arroja humo, yo soy qu 
he puesto el tizón en la lumbre y la carne en el puchero; yo he cret 
la comodidad, la circulación, el crédito; antes de yo venir, no había i 
•da; yo he despertado, vivificado, animado, fecundado, estimulado, ' 



UNA TEMPESTAD BAJO UN CRÁNEO 205 



riquecido toda la comarca; faltando yo, faltaría el alma. Desaparecien- 
do, todo muere. 

¡Y esa mujer que ha sufrido tanto, que tantos merecimientos encierra 
en su caída, cuya desgracia causé yo sin querer! ¡Y esa criatura que 
quería yo ir á buscar, y que se lo he prometido á la madre! ¿No le debo, 
yo por ventura algo también á esa mujer, en reparación del mal que le 
he causado? Si yo desaparezco, ¿que sucederá? Muerta la madre, queda- 
rá la niña á la aventura. He aquí lo que sucederá si me denuncio. 
¿Y si no me denuncio? 
Veamos lo que puede suceder. 

Luego de sentada esta cuestión, detúvose, y después de un momento 
de vacilación temblorosa, que duró muy poco, respondióse con caima: 
—Y bien; este hombre va á presidio, es cierto; pero ¡qué diablos! ha 
robado. Por más que yo pueda imaginarme que rio es ladrón, ¡ello es 
qué ha robado! Me quedo aquí decididamente. En diez años habré ga- 
nado diez millones; los distribuyo en el país, no me guardo nada; ¿para 
qué lo quiero? ¡No es por mí por quien hago lo que hago! La prosperi- 
dad de todos va creciendo; las industrias se despiertan y emulan; las 
manufacturas y las industrias se multiplican; ías familias, ¡cien fami- 
lias, mil familias! son felices; la comarca se puebla; nacen poblaciones 
donde había* granjas; nacen granjas donde no había nada; desaparece la 
miseria, y con la miseria desaparece el libertinaje, la prostitución, el 
robo, el asesinato, todos los vicios y todos los crímenes. Esa pobre ma- 
dre cria á su hija; ¡y he aquí toda una comarca rica y honrada! ¡Oh! 
¡sí! Yo estaba loco, yo soñaba en un absurdo al tratar de denunciarme. 
Es preciso reflexionar y no precipitarse. ¡Pues qué! Por habérseme ocu- 
rrido el hacer el grande y el generoso... ¡Sensiblerías melodramáticas al 
fin y al cabo! Porque yo haya pensado en mí solo para salvar de un cas- 
tigo, quizá algo exagerado, pero justo en el fondo^ no se á quién, á un 
ladrón, á un picaro evidentemente, ¡ha de perecer todo un país! ¡ha de 
morir esa pobre 'mujer en el hospital! ¡ha de quedar una criaturita aban- 
donada en medio del camino! ¡Como perros! 4 Ah! ¡Esto es abominable! 
¡Sin que la madre haya vuelto á ver á su hija, ni la hija haya casi co 
nocido á su madre! ¡Y todo ello por ese picaro viejo, ladrón de manza- 
nas, que de seguro hubiera merecido ir á presidio por otra cosa, sino 
por esa! ¡Lindos escrúpulos que salvan á un culpable y sacrifican á mu- 
<*hos inocentes, que salvan á un viejo vagabundo, que al fin y al cabo 
enas tiene algunos años de vida, y que no será más desgraciado en 
?sídio que en su miseria; escrúpulos que sacrifican á toda una pobla- 
n, madres, mujeres, niños! ¡Aquella pobre Cosette que no tiene más 
e á mí en el mando, y que sin duda se halla en este momento tiritan- 
de frío en el tabuco de los Thénardier! ¡He ahí otros nuevos canallas! 
¡Y yo faltaría á mi deber en perjuicio de todos esos pobres seres! ¡Y 
iría á denunciarme! ¡A cometer la más solemne tontería! Yeámoslo 



206 LOS MISERABLES 



por la parte peor. Supongamos que al obrar así cometo una mala acción, 
y que mi conciencia me lo reprocha algún día; aceptar en bien de otro, 
esos reproches que recaen sobre mí únicamente, esa mala acción- que sólo 
á mi alma compromete, ese sí es sacrificio, esa sí es virtud. 

Levantóse y volvió á pasear. Está vez le parecía estar satisfecho. 

Así como los diamantes no se encuentran sino en las tinieblas de la 
tierra, no se encuentran las verdades sino en las profundidades del pen- 
samiento. Parecíale que después de haber descendido á semejantes pro- 
fundidades, después de haber andado á tientas «por largo tiempo en lo 
más negro de aquellas tinieblas, acababa por fin dé encontrar uno de 
aquellos diamantes, una de aquellas verdades, la cual tenía en su mano 
y le estaba deslumhrando al contemplarla. 

— Sí, pensó él entonces. Esto es lo cierto. He dado con la verdad, 
tengo la solución. Hay que decidirse, y ya estoy decidido. ¡Dejemos 
hacer! No vacilemos, no retrocedamos, que tal es el interés de todos, 
aunque no el mío. Yo soy Magdalena, y Magdalena sigo siendo. ¡Des- 
graciado del que sea Juan Valjean! Yo no lo soy. No conozco á pse hom- 
bre, ni sé quien sea: y si existe al presente algún Juan Valjean, ¡que se 
arregle! A mí no me importa. Es un nombre de fatalidad que flote en la 
noche; si se para y cae sobre alguna cabeza, ¡tanto peor para ella! 

Miróse al espejo colocado encima de la chimenea, y dijo: 

— ¡Ah! Me alegro de haber tomado una resolución. Ya soy otro. 

Dio todavía algunos pasos y parándose de repente dijo: 

— ¡Vamos! No debo vacilar ante ninguna de las consecuencias de la 
resolución tomada. Aún hay algunos hilos que me atan á ese Juan Val- 
jean. Es preciso romperlos. En ese mismo cuarto hay objetos que me 
acusarían, testigos mudos; es preciso que desaparezcan. 

Metió la mano en la faltriquera, sacó un bolsillo, le abrió, y tomó de 
«él una Uavecita. 

Introdujo esta llave en una cerradura, cuyo agujero se veía apenas, 
disimulado entre los dibujos más oscuros del papel que tapizaba las pa- 
redes. Abrióse un escondrijo, una especie de armarito practicado entre 
el ábgulo de la pared y la cubierta de la chimenea. No había en aquel 
escondrijo más que harapos: una blusa de tela azul, un pantalón viejo, 
un morral viejo, y un garrote de espino con doble contera en sus ex- 
tremos. 

Los que hubiesen visto á Juan Valjean en la época en que pasó p — 
D***, octubre de 1815, habrían conocido fácilmente todas las piezas 
aquel miserable arreo. 

Habíalas conservado él, como había conservado los candeleros < 
plata, para recordar siempre su punto de partida; solamente que oci 
taba lo que procedía del presidio, y dejaba á la vista los candeleros % qi 
venían del obispo. 

Dirigió una mirada furtiva á la puerta; como temeroso de qué e 



r 



UNA TBMPKSTAD BAJO UN CRÁNEO 207 



abriera á pesar del cerrojo que la guardaba, y luego, con un movimien- 
to rápido y brusco, de una sola brazada, sin dar siquiera una mirada á 
aquellos objetos por tantos años tan religiosa y peligrosamente guarda- 
dos, lo cogió todo, andrajos, palo y morral, arrojándolo al fuego. 

Volvió á cerrar el escodrijo, y redoblando sus precauciones, inútiles 
ya, puesto que estaba vacío, ocultó la puerta con un mueble, que colocó 

delante. 

Después de algunos segundos, el aposento y la pared de enfrente se 
iluminaron con un gran resplandor rojizo y tembloroso. Todo ardía, el 
garrote chisporroteaba y despedía centellas hasta en medio del cuarto. 

Al consumirse el morral con los inmundos harapos que contenía, había 
quedado al descubierto una cosa que brillaba entre la ceniza. Acercándose 
á ver, fácilmente se habría distinguido que era una moneda de plata; sin 
duda la pieza de cuarepta sueldos robada al niño saboyano. 

Pero él no miraba al fuego, y continuaba yendo y viniendo al mismo 
paso. 

De repente, fijáronse sus ojos en los dos candeleros de plata, que con 
-el reflejo de la llama brillaban vagamente sobre la chimenea. 

— ¡Ah! — exclamó. — Todo el Juan Valjean está aquí todavía. Es pre- 
cisb destruir eso aún. 

Y cogió ambos candeleros. 

Había aún bastante lumbre para. desfigurarlos fácilmente y hacer una 
especie de lingote sin forma. 

Inclinóse un poco sobre el hogar y se calentó un instante; esto le 
produjo un verdadero consuelo. ¡Ah! ¡Qué calor tan agradable! dijo. 
Removió las brasas con uno de los candeleros. 
Un minuto más, y estaban ya en el fuego. 
> En aquel instante le pareció oir una voz que gritaba en fu interior: 
¡Juan Valjean! ¡Juan Valjean! 

Erizáronse sus cabellos, y se quedó como un hombre que escucha 
algo terrible. 

— ¡Sí, eso es, acaba! decía la voz. ¡Completa tu obra! ¡Destruye esos 
candeleros! ¡Aniquila ese recuerdo! ¡Olvida al obispo! ¡Olvídalo todo! 
Pierde á Champmathieu. ¡Está bien! ¡Alégrate! « ¡Con qué es cosa con- 
venida; está resuelto! ¡No hay más que decir! ¡ahí queda un hombre, un 
^anciano que no sabe lo que se le quiere, que nada ha hecho, un inocen- 
*~, tal vez, cuya desgracia es tu nombre, tu nombre que pesa sobre él 
mo un crimen, que va á ser confundido contigo, que va á ser conde- 
do, que va á concluir sus días en la abyección y el horror! ¡está bien! 
tú, hombre honrado. Sigue siendo el señor alcalde, honorable y vene- 
do, enriquece á la población, alimenta á los necesitados, educa á los 
lérfanos, vive feliz, virtuoso y admirado, y durante todo ese tiempo, 
entras tú estés aquí en la alegría y en la luz, habrá otro que lleve tu 



206 . LOS MISERABLES 




chaqueta roja, que lleve tu nombre ignominioso y que arrastre tu cadena 
en presidio. ¡Sí, todo estará así muy bien! ¡Oh! ¡Miserable! 

El sudor inundaba su frente. Fijaba sobre los candeleros una mirada 
huraña. Sin embargo, lo que hablaba en él no había aún terminado. La 
voz continuó: 

— ¡Juan Valjean! Habrá en derredor tuyo muchas voces que harán 
gran ruido, que hablarán muy alto, y que te bendicirán y una sola que 
nadie oirá, y que te maldecirá en las tinieblas. ¡Pues bien! ¡Oye, infa- 
me! ¡Todas aquellas bendiciones caerán antes de llegar al ciclo, y única- 
mente la maldición será la que suba hasta Dios! 

Aquella voz, débil al principio, y, que se había elevado desde lo más 
oscuro de su conciencia, había llegado á ser gradualmente, ruidosa y 
formidable, y él la oía entonces perfectamente junto á sí. Parecíale que 
había salido de'él, y que á la sazón le estaba hablando desde fuera. 

Crej ó entender las últimas palabras tan claramente, que miró dentro 
del cuarto con cierto terror. 

— ¿Hay aquí alguien? — preguntó en voz alta y todo azorado. 

Después añadió con una risa que parecía la de un idiota: 

— ¡Qué torpe soy! ¡Si no puede haber nadie! 

Alguien había en efecto; pero el que allí estaba no era de los que 
pueda ver el ojo humano. 

Dejó los candeleros sobre la chimenea. 

Y volvió á su paseo monótono y lúgubre que, al par que turbaba su 
sueño, despertaba sobresaltado al hombre dormido en el aposento infe- 
rior. 

Aquel andar le aliviaba y aturdía al mismo tiempo. A veces parece 
que en las ocasiones supremas se mueve uno para pedir consejo á todo 
lo que pueda encontrarse variando de lugar. Al cabo de algunos instan- 
tes no sabía donde se encontraba. 

Retrocedía á un tiempo con igual espanto ante las dos resoluciones 
que había tomado alternativamente. Las dos ideas que le consejaban 
parecíanle tan funestas la una como la otra. 

¡Qué fatalidad! ¡qué encuentro el de aquel Champmathieu confundi- 
do con él! ¡Verse precipitado justamente por el medio que parecía haber 
escogido la Providencia para tranquilizarle! 

Hubo un momento en que pensó en lo per venir. ¡Denunciarse, gran 
Dios! ¡Entregarse! Comparó con inmensa desesperación todo lo que sei í° 
menester abandonar, y todo lo que sería menester volver á tomar. E 
preciso dar un adiós á aquella existencia tan buena, tan pura, tan radi 
sa, de aquel respeto de todos, de la honra, de la libertad! ¡Ya no iría m* 
á pasear el campo, ya no oiría más el canto de los pájaros en el mes d 
mayo, ya no daría limosna á los pequeñuelos! ¡Ya no sentiría la dulzuí 
de las miradas de agradecimiento y cariño fijas en él! ¡Dejaría aquel 



r 



UNA TEMPESTAD BAJO U> CRÁNEO 209 



casa edificada por él, aquel pequeño cuarto que habitaba! Todo se le 
presentaba bello en aquel momento. 

¡Ya no leería más en aquellos libros, ya no escribiría más en aque- 
lla mesita de madera blanca! Su anciana portera, la única sirviente que 
tenía, ¡ya no le subiría el café por las mañanas! ¡Gran Dios! En vez de 
todo eso, el presidio, la orgolla, la chaqueta roja, la cadena al pie, la 
fatiga, el calabozo, el cepo, todos aquellos horrores conocidos! ¡A su 
edad, después de haber sido lo que era! ¡Si hubiese sido joven! ¡Pero 
viejo, y ser tuteado por el primer venido, ser registrado por el guarda - 
chusma, ser apaleado por el cabo de vara! ¡Llevar los pies desnudos en 
zapatos herrados! ¡Tender y someter su pierna mañana y tarde al mar- 
tillo de la ronda que examina los grilletes. ¡Sufrir la curiosidad de los 
extraños á quienes se diría: Ese es el famoso Juan Valjean, que ha sido 
alcalde en Af* sur M* l ¡Y por la noche, sudoroso y abrumado por el 
cansancio, con el gorro verde sobre los ojos subir de dos en dos, bajo el 
látigo del capataz, la escala del pontón flotante! ¡Oh! ¡Qué miseria! 
¿Puede pues el destino ser malo como un ser inteligente y volverse 
monstruoso como el corazón humano? 

T por más que hacía, volvía siempre á caer en el doloroso dilema 
que constituía el fondo de su delirio: ¡Permanecer en el paraíso, y con- 
vertirse en demonio! ¡Entrar de nuevo en el infierno, y trocarse en 
ángel! 

¡Qué hacer, gran Dios! ¡Qué hacer! 

La tormenta d& que creía haberse librado con tanto trabajo, volvía 
á desencadenarse en él. Sus ideas comenzaron otra vez á mezclarse, to- 
mando cierto carácter estúpido y maquinal propio de la desesperación. 
El nombre de Romainville se le presentaba sin cesar á la imaginación 
junto con dos versos de una canción que había oído en otro tiempo. 
Recordaba que Romainville era un bosquecillo junto á París, á donde 
van los jóvenes enamorados á coger lilas en Abril. 

Vacilaba exterior como interiormente, caminando con la vacilación 
del niño que comienza á andar solo. 

Había momentos en que, luchando contra su cansancio, esforzábase 
para alcanzar su inteligencia. Trataba de plantear por última vez y de- 
finitivamente, el problema ante el cual había caído en cierto modo ren- 
dido de fatiga. ¿Debía denunciarse? ¿debía callar? No conseguía sacar 
nada en limpio. Los vagos contornos de todas las razones dibujadas por 

ielirio temblaban y se disipaban unos después de otros como el humo. 

Hía únicamente que cualquiera que fuese el partido que tomara, por 

,esidad, y sin poderlo remediar, encerraba algo que debía morir den- 
de él,, que entraba en un sepulcro, así fuese por la derecha, como 
la izquierda; siempre era indispensable una agonía, la agonía de su 

'"idad, ó la agonía de su virtud. 

OMO i 14 



los miskhahi.es 



¡Ay! Todas aquellaa irresoluciones había 
No había adelantado nada desde el principie 

Así venía luchando en medio de la mayo 
graciada. Mil ochocientos años antes tambií 
se resumen todas las santidades y todos los t 
dad, mientras los olivos se agitaban impulst 
infinito, rechazó con la mano un buen espac 
le aparecía derramando sombras y esparcid 
profundidades llenas de estrellas; 

IV 

Formas que toma el sufrimiento 

Las tres de la madrugada acababan de 
que paseaba por su cuarto casi sin interrup( 
una silla. 

T así durmió y soñó. 

Aquel sueño, como la mayor parte de Ion 
con la situación, sino por algo inexplicablí 
produjo grande impresión. Aquella pesadilla 
la escribió después. Este es uno de los pa 
puño, y que creemos deber transcribir textu 

Fuese lo que fuere aquel sueño, quedaría 
aquella noche, si lo omitiésemos. Es la ave 
enferma. 

Hele aquí. En el sobre había escrito este 
aquella noche. 

«Estaba en el campo, en un gran campe 
>No me parecía que fuese de día, ni de noel: 

«Paseábame con mi hermano, el herman 
»debo decir, que no pienso nunca, y a quier. 

«Hablábamos y encontrábamos transeuc 
•vecina que tuvimos en otro tiempo, la ■ 
■ habitación que daba á la calle, trabajar 
■abierta. Y sentíamos frío á causa de estar i 

• No había árboles en el campo. 

• Vimos un hombre pasar junto á nosotro 
»de color de ceniza, montado en un caballo 
>no tenía cabellos; veíasele el cráneo y las v 
• vaba en la mano una varita flexible como i 
•el hierro. Pasó el ginete sin decirnos nada. 

• Mi hermano me dijo: 

> — Tomemos el camino hondo. 

• Había efectivamente un camino hondo, 
>rral ni una brizna de hierba. Todo era de 




rORMAS 01 E TOMA FX SlTTIMfENTO DUR\NTE EL SUEÑO 211 



>cielo. Andados algunos pasos, advertí que no me respondían cuando 
«hablaba. Volví la cabeza, y vi que mi hermano no estaba ya á mi 
»lado. 

» Entré en un pueblecillo que encontré al paso. Supuse que era Ro- 

• mainville (¿por qué Romainviile?) (1). 

»La primera calle por donde entré estaba desierta. Entré luego en 
*otra. Detrás del ángulo que formaban las dos calles, había un hombre 
*de pie, junto á la pared. Díjele á este hombre: — ¿Qué país es éste? 
> ¿Dónde estoy? El hombre no respondió. 

> Vi la puerta de una casa abierta y entré. 

>La primera habitación estaba desierta. Entré en la segunda. Detrás 
»de la. puerta de la estancia había un hombre de pie junto á la pared. 
» Pregunté á este hombre: — ¿De quién es esta casa? ¿Dónde estoy? El 
^hombre no respondió tampoco. 

•La casa tenía un jardín. Salí de la casa y entré en el jardín. El jar- 
»dín estaba desierto. Detrás del primer árbol vi á un hombre de pie. Dí- 
ñele á este hombre: — ¿Qué jardín es este? ¿Dónde estoy? 

•El hombre tampoco respondió. 

* Vagué por la población, advertí que era una ciudad. Todas las ca- 
niles estaban desiertas, todas las puertas abiertas. No pasaba un ser vi- 
» viente por sus calles, ni se encontraba en sus moradas, ni paseaba sus 
'jardines. Pero había detrás de cada esquina, detrás de cada puerta, de- 
trás de cada árbol, un hombre en pie que se estaba callado. T no se 
»veía nunca más que uno solo. Aquellos hombres me miraban pasar. 

>Salí del pueblo y eché á andar por el campo. 

•Poco después, volví la cabeza, y vi una multitud que venía siguién- 
dome. Reconocí á todos los que había visto- en el pueblo. Tenían cabe- 
•zas estrañas. Parecían nó andar aprisa, y sin embargo caminaban más 

• que yo. No hacían ruido alguno al andar. En un instante aquella mul- 
»titud me alcanzó y rodeó. Los rostros de aquellos hombres eran de co* 
*lor de tierra. 

•Entonces el primero, á quien yo había visto é interrogado al entrar 
>en el pueblo, me preguntó: — ¿A dónde vais? ¿No sabéis por ventura que 
»hace ya mucho tiempo que estáis muerto? 

•Abrí la "boca para responder, y advertí que no había ya nadie junto 
»á mí. » 

Despertóse. Estaba helado. 

Un viento, frío como viento de la mañana, hacía girar en sus goznes 

hojas de la venta abierta. 

Él fuego se había extinguido. La bujía tocaba á su fin. La noche era 
scura todavía. 

Levantóse y asomó á la ventana. No se veían estrellas en el cielo. 



1) Este paréntesis es del propio paño de Juan Valjean. 



212 LOS MlfEIUBl 

Desde la ventana descubríase el pati< 
seco y duro, que resonó de pronto sobre 

Vio debajo de él dos estrellas rojas, 
recogían caprichosamente en la sombra. 

Como su pensamiento estaba medio a 
de los sneños, exclamó: 

— ¡Calle! — y pensó. — ¡No las hay en 

Disipóse, sin embargo, aquella turba 
mero acabó de despertarle; miró, y coi 
eran los faroles de un coche. Por la ciar 
podo distinguir la forma del carruaje, 
blanco. El ruido que acababa de oír ere 
el saelo. 

— ¿Qué carruaje es ese? — se pregun 
mañana. 

En aquel momento llamaron por lo l 

Tembló de pies á cabeza, y exclamó 

— ¿Quién llama? 

Alguien dijo: 

— Yo, señor alcalde. 

Reconoció la voz de la vieja portera. 

— ¡Y bien! ¿Qué ocurre? 

— Señor alcalde, van á dar las oinco. 

— ¿Y qué me importa? 

— Señor alcalde, está ahí el cabriolé. 

— ¿Qué cabriolé? 

—El tílburi. 

—¿Qué tílburi? 

— ¿No ha encargado el señor alcalde 

— No, — dijo él. 

— El cochero dice que es para el Beñ 

— ¿Qué cochero? 

— El cochero de maeae Scaufflaire. 

— ¿Maese Scaufflaire? 

Este nombre le hizo estremecer, cor 
zado ante sus ojos. 

— ¡Ah! sí, — repuso. — ¡Maese Scauffia 

Si la vieja le hubiese podido ver en i 
espantada. 

Siguió un prolongado silencio. Exan 
de la bujía, entreteniéndose en coger la 
bilo, arrollándola con sus dedos. La vi 
dose á levantar aún la voz: 



LOS RAYOS DE LAS RUEDAS * 218 



— Señor alcalde, ¿qué debo contestar? 
— Que está bien; que bajo. 

V 
Los rayos de las ruedas 

El servicio de postas de Arras á M* sur M* se hacía todavía en aque- 
lla época en pequeñas malas del tiempo del Imperio. Estas iñalas eran 
unos cabriolés de dos ruedas, forrados de cuero leonado por dentro, sus- 
pendidos por muelles, sin más que dos asientos, uno para el conductor y 
otro para un viajero. Las ruedas estaban armadas de esos prolongados 
«cubos ofensivos que obligan á los demás carruajes á mantenerse á distan- 
cia, y de los que se ven todavía algunos en ios caminos de Alemania. La 
mala de la correspondencia, inmensa caja oblonga, estaba colocada de- 
trás del cabriolé, formando parte de él. Este cajón estaba pintado de ne- 
gro y el reato del carruaje de amarillo. 

Dichos carruajes, á los que en nada se parecen los del día, presenta- 
ban cierto aspecto deforme y jorobado, de manera que cuando se los 
veía pasar á lo lejos, y como arrastrándose por alguna carretera en 
el horizonte, podían compararse á esos insectos, que creemos se llaman 
«termitas», que con un cuerpo muy pequeño arrastran un gran bulto. 
Caminaban no obstante, con gran velocidad. 

La mala, que salía de Arras todas las noches á la una, después de pa- 
sar el correo de París, llegaba á M* sur M* poco antes de las cinco de la 
madrugada. 

Aquella noche la mala que bajaba á M* sur M* por la carretera de 
Hesdin, cogió al volver de una calle, en el momento en que entraba en 
la población un tílburi pequeño tirado por un caballo blanco, que venía 
en sentido inverso, en el cual solo iba una persona, un hombre envuelto 
en su capote. La rueda del tílburi recibió un golpe bastante fuerte. El 
conductor gritó á aquel hombre que se parara; pero el viajero no le hizo 
oaso, y continuó su camino al trote largo. 

— He aquí un hombre endiabladamente apresurado, — dijo el con- 
ductor. 

El hombre que así corría era el mismo á quien acabamos de ver lu- 
char interiormente entre convulsiones dignas de lástima. 
¿A donde iba? No hubiera podido decirlo. 

¿Por qué se daba tanta prisa? No lo sabía. Caminaba el azar delante 
él. ¿A dónde? A Arras sin duda; pero quizá iba también á otra parte, 
i conociéndolo por momentos, y se extremecía. Engolfábase en aque- 
noche como un remolino de tinieblas. Un algo le empujaba, otro algo 
¿traía. 

Lo que por él pasaba nadie hubiera podido decirlo, pero todo el man- 
puede comprenderlo. ¿Qué hombre no ha entrado alguna vez en su 
A en la obscura caverna de lo desconocido? 



214 los miserables 



Por lo demás, na había él resuelto nada, nada decidido, nada deter- 
minado, nada hecho. Ninguno de los actos de su conciencia había sida 
definitivo. Se hallaba, más que nunca, como en el primer momento» 

¿Por qué, pues iba á Arras? ' 

Repetíase lo que ya se había dicho al tomar el cabriolé de Scaufilai- 
re: — que cualquiera que debiese ser el resultado, no había de haber in- 
conveniente en ver con sus ojos, en juzgar por sí mismo; — que era ella 
prudente, pues le convenía saber lo que pasare. — Que no podía decidir- 
se, sin haber observado y escudriñado;— que de lejos todos los objetos se 
nos hacen montañas, y por último, que después de haber visto al tal 
Champmatieu, quien sería indudablemente algún miserable, su concien- 
cia quedaría probablemente muy tranquila dejándole ir á presidio en lu- 
gar puyo; — que en verdad, allí estarían Javert y los antiguos presidia- 
rios, Brevet, Chenildieu y Cochepaille que le habían conocido, pero de- 
seguro ya no le reconocerían. Que Javert estaba ya fuera de toda sos 
pecha. 

Que las conjeturas y las suposiciones se fijaban solamente en aquel 
Champmatieu, y no hay nada más tenaz que las suposiciones y las con- 
jeturas; — y que no había, por lo tanto, peligro alguno. 

Que sin duda era aquel un momento tenebroso, pero que saldría de 
él; que, después de todo era dueño de su destino, por malo que fuese. 

Y que, como dueño, podía disponer de él á su antojo. 
Aferrábase á este pensamiento. 

Pero en el fondo si hemos de ser sinceros, hubiera preferido no ir 4 
Arras. 

Y sin embargo, iba. 

Así pensando, arreaba al caballo que corría con ese trote regular y 
sentado que hace dos leguas y media por hora. 

A medida que el cabriolé avanzaba, sentía en su interior algo que- 
retrocedía. 

Al rayar el día estaba en campo raso; la población de M* sur M* se 
hallaba á larga distancia detrás de él. Miró blanquear el horizonte; mird 
sin ver, como pasaban delante de sus ojos todas las frías figuras de una 
aurora de invierno. 

£1 alba tiene sus espectros como el crepúsculo, más él no los veía; 
pero sin saberlo, y como por una especie de penetración casi física, lae 
negras siluetas de árboles y colinas acrecentaban el estado violento de 
su alma con algo aún más negro y más siniestro. 

Cada vez que pasaba por delante de alguna de aquellas casas aislada 
que á veces se encuentran junto al camino, se decia: — ¡Y aquí hay gen 
tes que duermen! 

El trote del caballo, los cascabeles del arnés, las ruedas sobre la ca 
rretera, producían un ruido suave y monótono. Esas cosas resultan agrá 
dables cuando uno está alegre, y lúgubres cuando triste. 



LOS HAYOS DE LAS HIEDAS 215 



Era muy entrada la mañana cuando llegó á Hesdin, Paróse delante 
de un mesón, para dejar rehacer el caballo y darle pienso. 

£1 caballo era, como había dicho Scauffiaire, de esa raza pequeña del 
Bolonesado, de gran cabeza, gran vientre y poco cuello, pero de pecho 
abierto, ancha grupa, piernas descarnadas y finas, y pie seguro; raza 
fea, pero robusta y sana. El excelente bruto habí^ andado cinco leguas 
en dos horas, y no tenía encima una sola gota de sudor. 

El no había bajado del tílburi. El mozo de cuadra, que traía la avena, 
se bajó de repente y examinó la rueda izquierda. 

— ¿Vais así muy lejos? — preguntó el hombre. 

El contestó sin salir de sus meditaciones. 

— ¿Por qué? .. : 

— ¿Venís de lejos? — repuso el mozo. 

— De cinco leguas de aquí. f 

— ¡Ah! 

— ¿Por qué decís: ah? 

El mozo se inclinó de nuevo, permaneció un instante silencioso, fiján- 
dose en la rueda, y después se enderezó, diciendo: 

— Es que veo una rueda que puede haber hecho cinco leguas, no lo 
dudo; pero que de seguro no va hacer ahora un cuarto de legua más. 

El viajero saltó del tílburi. 

— ¿Qué estáis diciendo, amigo? 

— Estoy diciendo que es un milagro que hayáis hecho cinco leguas 
sin ir rodando vos y vuestro caballo en cualquier precipicio del camino 
real. Mirad. 

La rueda, en efecto, estaba muy estropeada. El choque de la silla- 
correo había roto dos de sus rayos y destrozado el cubo, cuya matriz 
había saltado de su centro. 

— Amigo, — dijo al mozo, — ¿hay algún carretero por aquí? 

— Pues no ha de haber; sí, señor. 

— Hacedme el favor de ir por él. 

— Está aquí á dos pasos... ¡Eh! ¡maese Burgallar! 

Maese Burgallar, el carretero, estaba en el umbral de su puerta. Se 
acercó á examinar la rueda, é hizo, el gesto de un cirujano que cree rota 
una pierna. 

— ¿Podéis componer esta rueda inmediatamente? 

— Si señor. 

— ¿Cuándo podré seguir mi camino? 

— Mañana. 

— ¡Mañana! 

— Hay un jornal largo de trabajo. ¿Tenéis mucha prisa? 

— Mucho. Es preciso que vuelva á partir dentro de una hora á lo más. 

— Imposible, señor. 

— Pagaré lo que se quiera. 



Ü16 LOS MISERABLES 

- — Imposible. 

— ¡Pues bien! Dentro de dos horas. 
— Hoy es imposible. Es preciso hacer nuevo 
No podéis salir antes de mañana. 

— El caso es que no puedo esperar á manan 
ner esa rueda se reemplazase con otra?... 
— ¿Cómo? 

— ¿No sois carretero? 
— ¡Sin duda! 

— ¿Y no tenéis una rueda que venderme? 
guida. 

— ¿Una rueda suelta? 
—Sí. 

— No tengo ninguna á propósito para esta c 
das constituyen un par, y dos ruedas no se juní 
— Ed ese caso, vendedme un par de ruedas. 
— Es que no todas las ruedas se' ajustan á to 
— Probadlo. 

— Es por demás. No tengo para vender más 
este un país tan pobre. 

— ¿Tenéis un cabriolé para alquilarme? 
El maestro carretero, al primer golpe de vi 
era el tílburi carruaje de alquiler. Y se encogió 
— ¡Cuidáis bien de los carruajes que se os al« 
guno no sería quien os lo alquilase. 
— Pero ¿me lo venderíais? 
— No lo tengo. 

— ¡CÓmo! ¿Ni un carrito ligero? Ya veis qi 
tarrae. 

— Es este un pobrísimo país. Tengo ahí, — af 
carretela antigua que es de un Beñor de la ciuda 
dar, y que se sirve de ella todos los seis y treint 
alquilaría, porque poco se me dá, pero sería prt 
su dueño; y luego que es, como os he dicho, una 
tan dos caballos para tirar de ella. 
— Tomaré dos caballos de posta. 
— ¿A dónde vais? 
— A Arras. 

— ¿Y el señor quiere llegar hoy? 
— Precisamente. 
— ¿Con caballos de posta? 
— ¿Por qué nó? 

— ¿Os es igual llegar esta noche á las cuatro ■ 
— No, ciertamente. 



LOS RAYOS DE LAS RUEDXS 217 



— Es que debéis haceros cargo que hay algo que... para encontrar 
caballos de posta... ¿Traéis pasaporte? 

—Sí. 

— Pues bien, tomando caballos de posta no llegareis á Arras antes de 
mañana. Este es. un camino transversal. Los relevos se sirven mal, los 
caballos están en los campos. Nos encontramos,, además, en época de 
labranza; se necesitan muchas yuntas, y se toman cuantos caballos se 
encuentran, así los de posta como los otros. Tendréis que esperar, á lo 
menos, tres ó cuatro horas en cada relevo. T luego, no podréis andar 
sino al paso. Hay que subir tantas cuestas. 

— Entonces iré á caballo. Desenganchad el cabriolé. ¿Se encontrará 
una silla en el pueblo? 

— Sin duda, pero ¿sufre la silla este caballo? 

-—Es verdad, vos me recordáis que no la sufre. 

— Entonces... 

— ¿Pero se encontrará fácilmente en la población, un caballo de al- 
quiler? 

— ¡Un caballo para ir á Arras de una tirada! 

—Sí. 

— Es preciso un caballo como no se encuentran por aquí. Tendríais 
que comprarlo, porque no siendo conocido. Pero ¡Ca! ¡ni vendido ni al- 
quilado, por quinientos ni por mil francos lo encontrareis! 

— ¿Qué hacer, entonces? 

— Lo mejor que podéis hacer, y os lo digo á fé de hombre honrado, 
es que yo recomponga la rueda, y que dejéis el viaje para mañana. 

— Mañana sería tarde. 

— ¡Diantre! ' 

— ¿No pasa por aquí el correo de Arras? 

— ¿A qué hora? 

— Por la noche. Los dos hacen el servicio de noche, así el que sube 
como el que baja. 

— ¿Y es indispensable emplear todo un día para componer esta rueda? 

— Un día largo; como os he dicho. 

— ¿Y poniéndose á trabajar dos oficiales? 

— ¡Aún que se pusieran diez! 

— ¿Si atáramos los rayos con cuerdas? 
-Los rayos sí, pero no el cubo. La llanta está echada á perder. 
-¿No hay quien alquile coches en el pueblo? 
-No. 

-¿Hay otro carretero? 
1 mozo de cuadra y el maestro carretero contestaron á un tiempo 

"iendo la cabeza: 
-No. 
I viajero se alegró inmensamente. 



^ 



218 LOS MISERABLES 



Era que la Providencia le detenía, al parecer, en su camino. Ella ha 
bía roto la rueda del tílburi. Sin embargo, no queriendo rendirse al pri- 
mer aviso, acababa de hacer todos los esfuerzos posibles para continuar 
el viaje; había, leal y escrupulosamente, puesto cuantos medios tenía á. 
su alcance; no había retrocedido ante los elementos,, ante la fatiga ni lo» 
dispendios; nada tenía que reprocharse. Si no adelantaba más, no era 
culpa suya. No «ra suya la falta de su detención; era un hecho provi- 
dencial. 

Respiró. Respiró libremente á todo pulmón por vez primera, después 
de la visita de Ja ver t. Parecíale que la mano de hierro que le oprimía 
el corazón hacía veinte horas,' acababa de dejarle en libertad. 

Y pareciéndole que Dios le protegía á sazón, díjose á sí mismo: 

Que habiendo hecho cuanto había podido, no tenía más sino volver 
tranquilamente sobre sus pasos. 

Si su conversación con el carretero hubiese tenido lugar en una de 
las habitaciones de la posada, si no hubiese habido testigos, si nadie la 
hubiese oído, todo habría tal vez terminado allí y es muy probable que 
no hubiéramos narrado ninguno de los acontecimientos que se van á 
leer; pero la conversación fué tenida en la calle. Todo coloquio en la 
calle produce inevitablemente un corro. Hay siempre gentes dispuestas 
á hacer de espectadores. Durante su conversación con el carretera, se 
habían detenido varios transeúntes alrededor de ellos. Después de haber 
estado escuchando algunos minutos, un muchacho, en el cual nadie se 
había fijado, se separó del grupo echando á correr. 

En el momento en que el viajero, después de la deliberación interior 
que hemos indicado, tomaba la resolución de retroceder, volvió el mu- 
chacho. Venía acompañado de una vieja. 

— Señor, — dijo la vieja, — me ha dicho el chico que queréis alquilar 
un cabriolé. 

Estas simples palabras, pronunciadas por una vieja acompañada de 
un muchacho, le hicieron trasudar. Creyó ver en las sombras la mano 
que le había soltado, dispuesta á cogerle de nuevo. 

Y díjole á la vieja: 

— Sí, buena mujer, necesito alquilar un cabriolé. 

Apresurándose á añadir: 

— ¿Pero no hay ninguno en este pueblo? 

— Sí lo hay, — dijo la vieja. 

— ¿Dónde está? — repuso el carretero. 

— En mi casa, — replicó la vieja. 

Estaba temblando. La mano fatal le acababa de asir nuevamente. 

La vieja tenía, en efecto, bajo un cobertizo, una especie de calesii 
cubierto de mimbre. El carretero y el mozo de la posada, temiendo qu 
se les escapara el viajero, intervinieron. 

— Es un mal carro; — Apoyado sobre el eje; — Es cierto que los asiei 




LOS RAYuS DE LAS RUEDAS 2ÍÍ) 



tos están suspendidos por correas; — Lloverá dentro de él oomo bajo un 
criba; — Las ruedas tomadas y enmohecidas por la humedad; — No iréis 
con él mucho más allá de lo que iríais con el tílburi; — ¡Es una carreta! 
— ¡Pues no se divertirla poco este señor, embarcándose en él!-r-etc, etc. 

Todo aquello podía ser verdad, pero aquel carro, aquel calesin, aque- 
lla carreta, ó lo que fuese, tenía dos ruedas con que poder ir á Arras. 

Pagó lo que quisieron, dejó el tílburi para que el carretero se lo tu 
viese arreglado á su vuelta, hizo enganchar el caballo blanco al calesin, 
y subiendo en él, emprendió nuevamente la ruta que venía siguiendo 
desde por la mañana. 

En cuanto se puso en movimiento el' calesin, confesóse que había sen- 
tido cierta alegría al pensar que no iría más allá. Examinó entonces 
aquella alegría con cierta cólera, y la encontró absurda. ¿Por qué había 
de alegrarse de retroceder? Puesto que, después de todo, hacía el viaje 
libremente. Nadie le obligaba 'á ello. 

Y seguramente, nada había de acontecerle que él no quisiera. 
Cuando salía ya de Hesdin, oyó una voz que le gritaba: «¡Deteneos! 

¡deteneos!» Detuvo efectivamente el calesin, con un movimiento vivo y 
rápido en el que había aún algo de febril y convulsivo, parecido á la 
esperanza. 

Era el chico de la vieja. 

-^Señov, — le dijo, — yo soy quien os ha proporcionado el calesin. 

—¿Y qué? 

— Que nada me habéis dado. 

El qu$ daba á todo el mundo fácilmente, encontró aquella pretensión 
exhorbitante y odiosa. 

— ¡Ah! ¿eres tú perillán? díjole, ¡pues no hay de qué! 

Y arreando el caballo, partió al trote largo. 

Había perdido demasiado tiempo en Hesdin y quería ganarlo. El ca- 
ballito era valiente y tiraba por dos; pero corría el mes de febrero, 
había llovido, y estaban los caminos perdidos. Además, aquello no era 
el tílburi. El calesin era más duro y pesado, y había muchas pendientes 
que subir. 

Necesitó cerca de cuatro horas para ir de Hesdin á Saint-Pol. Cuatro 
horas para cinco leguas. 

En Saint Pol desenganchó en la primera posada que encontró, é hizo 
conducir el caballo á la cuadra. Como se lo había prometido á Scaufflaire, 
se estuvo junto al pesebre mientras comió el caballo. Pensando en mil 
cosas tristes y confusas. 

La posadera entró en la cuadra. 

— ¿No quiere el señor almorzar? — preguntó. 

— ¡Y es verdad! — exclamó él; — tengo buen apetito. 

Siguió á aquella mujer de figura agradable y airosa, que lo condujo 



220 LOS MISERABLES 



á una sala baja en la que había varias mesas cubiertas de tela encerada 
en lugar de manteles. 

— Despachad pronto, — dijo él; — ss preciso que emprenda nuevamente 
la marcha; llevo mucha prisa. 

Una gruesa muchacha flamenca le puso enseguida cubierto. Admiró 
en la joven la verdadera expresión del bienestar. 

— Esto es lo que yo sentía, — pensó; — no haber almorzado. 

Sirviósele, cogió el pan, tomó un bocado, volviendo luego á dejarlo 
sobre la mesa sin volverlo á tocar. 

Un carretero estaba comiendo en otra mesa. Díjole á este hombre, 
nuestro viajero: 

— ¿Por qué es tan amargo este pan? 

El carretero, que era alemán, no entendió lo que se le decía. 

El viajero se volvió á la cuadra con su caballo. 

Una hora despue3 había salido de Saint -Pol dirigiéndose á Tinques, 
que dista solo cinco leguas de Arras. 

¿Qué hacía él durante el trayecto? ¿En qué pensaba? Al igual, que la 
mañana, miraba pasar los árboles, los techos de las cabanas, los campos 
cultivados, y los cambios del paisaje, que variaba a cada revuelta del 
camino. 

Es esta una contemplación que satisface el alma muchas veces, dis- 
poniéndola á meditar. Ver mil objetos por primera y última vez, ¿puede 
haber algo más melancólico y profundo? Viajar, es nacer y morir á cada 
instante. Tal vez en la región más vaga de su espíritu, hacía compara* 
ciones entre aquellos mudables horizontes y la existencia humana. To- 
das las cosas de la vida son una huida continuada delante de nosotros. 

Las sombras y la luz se mezclan de continuo. Después de un deslum- 
bramiento una eclipse; se mira, se corre, se alargan las manos para asir 
lo que pasa; cada suceso es una revuelta del camino, y de súbito se en- 
cuentra uno viejo. Siéntese como una sacudida, todo es negro; se distin- 
gue una puerta obscura. El sombrío caballo de la vida, que nos arrastra, 
se para. Y vemos á alguno, velado y desconocido, que le desengancha 
en las tinieblas. 

Empezaba á caer el crepúsculo en el momento en que unos muchachos, 
que salían de la escuela, vieron entrar al viajero en Tinques. Es verdad 
que se estaba todavía en los días cortos 'del año. No se detuvo en Tin 
ques. Al salir por el otro extremo de la población, un peón caminero qu 
engravaba la carretera, levantó la cabeza y dijo: 

— ¡Vaya un caballo fatigado! 

El pobre animal, en efecto, no andaba sino ai paso. 

— ¿Vais tal vez á Arras? — añadió el caminero. 

—Sí. 

— Siguiendo este paso no llegareis muy temprano. 

Detuvo el caballo y preguntó al caminero: 



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L06 BAYOS DE LAS RUEDAS 221 



— ¿Cuánto falta todavía de aquí á Arras? 
— Cerca de siete leguas largas. 

— ¡Cómo! La guía de postas no marca más que cinco y cuarto. 
— ¡Ah!— respondió el peón. — ¿Entonces no sabéis que se está compo- 
niendo el camino? A un cuarto de legua de aquí le encontrareis cortado. 
No hay medio de seguir adelante. 
— ¿De veras? 

— Tomad allí por la izquierda, el camino que va á Carency; pasareis 
el río, y al llegar á Cámbün, tomáis á la derecha; allí cruza el camino de 
Mont-Saint Eloy, que va á Arras. 

— Pero viene la noche y me perderé. 
— ¿No sois del país? 
—No. 

— Y además, todo es camino de travesía. Atended, señor, — repuso el 
caminero: — ¿queréis tomar mi consejo? Vuestro caballo va muy cansa- 
do, quedaos en Tinques; hay muy buena posada. Dormís en ella, y ma- 
ñana podréis ir á Arras. 

— Es preciso que llegue allí esta noche. 

— Eso es otra cosa. En este caso, id de todos modos á la posada y 
tomad un caballo de refuerzo. El muchacho que le conduzca os servirá 
de guía. 

Siguió el consejo del peón. Volvióse atrás, y media hora después pasó 
por el mismo sitio á trote largo, con un buen caballo que reforzaba al 
suyo. 

Un mozo de cuadra, que se titulaba postillón, iba sentado en las varas 
del calesín. 

Sin embargo conocía que perdía tiempo. 
. Había caído ya por completo la noche. 
Entraron en la travesía. El camino era malísimo. El carruaje saltaba 
de un bache á otro. Dijo él al postillón: 
— Siempre al trote, y doble propina. 
En uno de los vaivenes rompióse el balancín. 

— Señor, dijo el postillón, se ha roto el balancín, y no sé como engan- 
char mi caballo. Esta travesía es muy peligrosa de noche; si quisierais 
volveros á dormir á Tinques esta noche, mañana muy temprano podría- 
mos estar en Arras. 
El le respondió: 

— ¿Tienes un cabo de cuerda y un cuchillo? 
— Sí, señor. 

Cortó él entonces una rama de árbol é hizo un balancín. 
Esto fué otra pérdida de veinte minutos; pero volvieron á partir al 
lope. 

La llanura estaba tenebrosa. Una niebla baja, reducida y negra, pa 
^!Ía trepar per las colinas, desprendiéndose como el humo. Distin- 



222 los MisEftjstes 



guíanse pantos blanquecinos entre las nubes. Un fuerte viento, que venía 
del mar, producía en todas las cavidades del horizonte un ruido seme- 
jante al de remover muebles. Todo cuanto entreveía se le presentaba te- 
rrorífico. ¡Cuántas cosas tiemblan al impulso de los soplos de, la noche! 

El frío le penetraba. Nada había comido desde la víspera. Recordaba 
vagamente su otro viaje nocturno por la gran llanura de las cercanías de 
D***, hacía ocho años, y le parecía cosa de ayer. 

Oyó dar horas en un campanario lejano,^ y le preguntó al mozo: 

— ¿Qué hora es esta? • 

— Las siete, señor; á las ocho estaremos en Arras. Ya no nos faltan 
más que tres leguas. 

Por primera vez hizo entonces esta reflexión, pareciéndole extraño 
no se le hubiese ocurrido antes: 

Que era quizá inútil tanta molestia como se tomaba; que no sabía 
siquiera á que hora se veía la causa, que debería al menos haberse infor- 
mado de ello; que era una extravagancia el seguir adelante, sin saber si 
aquello serviría para algo. — Después formó confusamente algunos otro» 
cálculos en su espíritu: — Que ordinariamente las vistas del tribunal de 
«assises» comenzaban á las nueve de la mañana; que el proceso no debía 
ser largo; que el debate sobre el robo de las manzanas seria muy corto; 
que lo más que habría luego sería cuestión de identificar la persona, 
cuatro ó cinco declaraciones y algunas breves palabras de parte de los 
abogados; ¡que llegaría tal vez cuando ya estaría todo terminado! 

El postillón arreaba sus caballos. Habían pasado el río y dejado detrás 
á Mont Saint Eloy. 

La noche aumentaba más y más su obscuridad. 

VI 
Sor Simplicia puesta á prueba. 

Sin embargo, en aquel momento mismo, Fantina estaba alegre. 

Había pasado muy mala noche. Tos horrible, recrudecimiento de 
fiebre, y delirio. Por la mañana, cuando la visitó el médico la ( encontró 
delirando, este se alarmó y encargó que le avisasen' en cuanto regresara 
el señor Magdalena. 

Fantina estuvo triste toda la mañana, habló poco, y se entretuvo en 
hacer dobleces en las sábanas, repitiendo cálculos en voz baja que pare- 
cían como cálculos de distancias. Sus ojos estaban hundidos y fijos. Pare- 
cían casi apagados, pero brillaban á intervalos, resplandeciendo como 
estrellas. 

Parece que al acercarse cierta hora sombría, la claridad del cielo 
inunda á aquellos á quienes abandona la claridad de la tierra. 

Cada vez que sor Simplicia le preguntaba como estaba respondía in- 
invariablemente: — Bien. Yo quisiera ver al señor Magdalena. 

Algunos meses antes, en el momento en que ella acababa de perder 




SOR SIMPLICIA PUESTA Á PRUEBA 223 



el último resto de pudor, de vergüenza y de alegría, era aún la sombra de 
sí misma; á la sazón no era más que su espectro. El mal físico había com- 
pletado la obra del mal moral. Aquella criatura de venticinco años tenía 
la frente arrugada, las mejillas lacias, la nariz afilada, los dientes descar- 
nados, el color plomizo, el cuello huesoso, las clavículas salientes, los 
miembros demacrados, la piel terrosa, y sus cabellos rubios mezclados 
con algunos blancos. ¡Ah! ¡Cómo anticipan la vejez las enfermedades! 

Al medio día volvió el médico, dio algunas prescripciones, preguntó 
si había el señor alcalde vuelto á la enfermería, y movió tristemente la 
cabeza. 

El señor Magdalena acostumbraba ir diariamente á las tres á ver á 
la enferma; y como la exactitud era entonces bondad, era exactísimo. 

A eso de las dos y media, comenzó Fantina á manifestarse agitada. 
En el espacio de veinte minutos preguntó más de diez veces á la reli- 
giosa: 

— ¿Hermana mía, qué hora es? 

Dieron las tres. A la tercera campanada, Fantina se sentó en la 
cama, ella que apenas podía moverse dentro el lecho, cruzó convulsiva- 
mente sus descarnadas y amarillentas manos, y la hermana oyó salir de 
su pecho uno de esos suspiros profundos que parecen levantar un gran 
peso de angustia. Después Fantina se volvió y miró á la puerta. 

Nadie entró; la puerta no se abrió. 

Permaneció así un cuarto de hora, fijos los ojos en la puerta, inmó- 
vil y como reteniendo el aliento. La hermana no se atrevía á hablarle. 
El reloj de la iglesia dio las tres y cuarto. Fantina se dejó caer de nuevo 
en su almohada. 

No dijo una palabra, y volvió á hacer doblezas en la sábana. 

Pasóse media hora, pasóse una, y nadie apareció; cada vez que el 
reloj sonaba, incorporábase Fantina y miraba hacia la puerta; uespués 
volvía á dejarse caer. 

Adivinábase claramente su pensamiento; pero ella no pronunciaba 
nombre alguno, ni se quejaba, ni acusaba á nadie. 

Solamente tosía de una manera lúgubre. Hubiérase dicho que algo 
obscuro iba descendiendo sobre de ella. Estaba lívida, y tenía los labios 
azulados, sonriendo á cada instante. 

Dieron las cinco. Entonces oyó la hermana como decía en voz muy 
baja y dulce acento: — ¡Ya que me iré mañana, hace mal en no venir 
jy! 

La misma sor Simplicia estaba admirada de la tardanza del señor 
[agdalena. 

En tanto Fantina miraba al cielo de la cama, pareciendo como que 
lisiera recordar algo. 

De repente se puso á cantar con voz débil como un suspiro. La her- 
vía se puso á escuchar. 



224 LOS MISERABLES 



He aquí lo que cantó Fantina: 



Compraremos muchas y muy bellas cosas 
Viendo de las calles lo mas principal 
Azul es el lirio, rosadas las rosas, 
Azul es el lirio, que dulce es amar. 

La Virgen María con manto bordado 
Ayer vino i yerme en mi pobre hogar, 

Y me dijo: — Mira, bajo el velo traigo 
£1 niño que un día viniste á implorar. 
— A la ciudad pronto, corriendo, volando, 
Comprad lienzo, agujas, hilos y dedal. 

Compraremos muchas y muy bellas cosas 
Viendo de las calles lo más principal. 

Buena y santa virgen del manto bordado j 

Arreglé una cuna, con cintas, sin par; í* 

Y aunque Dios la estrella de más vivos rayos 
Me diera prefiero lo que tú me dns. 

— ¿De todo este lienzo, señora, qué hago? 
— Al recién nacido hacedle el ajuar. 

Azul es el lirio, rosadas las rosas, 
Azul es el lirio, que dulce es amar. 



Lavad este lienzo. — ¿En dónde? — En el río. 
Y haced sin mancharlo, romper, ni arrugar, 
Una hermosa falda con su cuerpecito, 
Que con muchas flores la quiero bordar. 
— ¿Qué haremos, señora, faltando aquí el niño? 
— Haced mi sudario, llevadme á enterrar. 

Compraremos muchas y muy bellas cosas 
Viendo de las calles lo más principal, 
Azul es el lirio, rosadas las rosas, 
Azul es el lirio, que dulce es amar. 

Egta canción era una antigua romanza de nodriza con que ella acos 
tumbraba, en otro tiempo, dormir á su pequeña Cosette y que no había 
vuelto á presentarse á su imaginación en los cinco años que se habían 
pasado sin ver á su hija. 

Cantaba esto con voz tan triste y con tan dulce acento, que era bas- 
tante á hacer llorar á la misma religiosa. La hermana, acostumbrada á 
cosas austeras, sintió asomar una lágrima. 

El reloj dio las seis. Fantina pareció no oír, como parecía no prestar 
atención á nada de lo que pasaba junto á ella. 

Sor Simplicia envió una criada de la enfermería á preguntar á j 
portera de la fábrica si había regresado el señor alcalde y si subirL 
luego. La muchacha volvió á los pocos minutos. 

Fantina continuaba inmóvil, y parecía prestar sólo atención á su* 
ideas. 

La criada contó, muy por lo bajo á sor Simplicia, que el señor alcal- 



i 

i 



SOR SIMPLICIA PUESTA Á PRUEBA 225 



de había salido por la mañana antes de las seis, á pesar del frío que 
hacía, en un tílburi 'tirado por un caballo blanco; que iba solo, sin co- 
chero; que ignoraba el camino que había tomado; que algunos decían 
haberle visto por la carretera de Arras, y otros aseguraban haberle en- 
contrado en la de París. Que al despedirse había estado tan amable 
como siempre, y únicamente había dicho á la portera, que no se le es* 
perase aquella noche. 

Mientras las dos mujeres, de espaldas á la cama de Fantina, cuchi- 
cheaban, la hermana preguntando y conjeturando la criada, Fantina 
con aquella viveza febril propia de ciertas enfermedades orgánicas, que 
mezcla los movimientos libres de la salud á la espantosa demacración 
de la muerte, s$ había puesto de rodillas sobre la cama, con las manos 
crispadas, apoyándose sobre la almohada, y asomando la cabeza por en- 
tre la abertura de las cortinas; estaba escuchando. De repente exclamó: 

— ¡Estáis hablando del señor Magdalena! ¿Por qué habláis tan bajo? 
¿Qué es lo que hace? ¿Por qué no viene? 

Su acento era tan brusco y tan ronca su voz, que ias dos mujeres, 
creyendo oír una voz de hombre, volviéronse asustadas. 

— ¡Respondedme! — exclamó Fantina. 

La criada balbuceó: 

— La portera me ha dicho que no podría venir hoy. 

— Hija mía, — dijo la hermana, — estad tranquila, y volveos á echar. 

Fantina, sin cambiar de actitud, repuso en voz alta, con acento impe- 
rioso y desgarrador á un tiempo: 

— ¿No podrá venir? ¿Y por qué? Vosotras sabéis el motivo, lo esta- 
bais cuchicheando entre ambas. Quiero saberlo. 

La criada se apresuró á decirle al oído á la hermana: 

— Decid que está ocupado en asuntos municipales. 

Sor Simplicia se ruborizó ligeramente; lo que la criada le proponía era 
una mentira y por otra parte, le parecía que de decir la verdad ala en- 
ferma podría sin dada acarrearle un golpe terrible, lo cual era harto 
grave, dado el estado en que se hallaba Fantina. Este rubor duró poco. 
La religiosa levantó sobre Fantina sus ojos tristes y serenos, y la dijo: 

— El señor alcalde se ha ausentado. 

Fantina se incorporó y sentóse sobre sus talones. Sus ojos cente- 
llearon. Una alegría infinita se trasparentó en aquella fisonomía dolo- 
ida. 

— ¡Se ha ausentado! — exclamó. — ¡Ha ido á buscar á Cosette! 

Luego elevó sus dos manos hacia el cielo, y todo su rostro se mostró 
inefable. Sus labios se movían; oraban en voz baja. 

Cuando acabó la oración, dijo á la hermana: 

— ¡Hermana mía!— exclamó, — voy á echarme de nuevo, y á hacer 
todo lo que me mandéis; ahora mismo he sido mala, he levantado la 

TOMO I 15 



-* -« ■ 



226 LOS MISERABLES 



i 



voz, y os* pido perdón; es muy feo hablar alto, ya lo sé, pero mi buena 
hermana, ya lo veis, ¡estoy tan contenta! Dios es bueno, el señor Mag- 
dalena es bueno; figuraos que ha ido á buscar á mi niñ9,<á Cosette á 
Montfermeil. 

Volvióse á acostar, ayudando á la hermana á arreglar la almohada, 
y besó una crucecita de plata que llevaba al cuello, la cual le había re- 
galado sor Simplicia. 

— Hija mía, — dijo la hermana,— procurad ahora descansar, y no 
habléis. 

Fantina cogió entre sus manos húmedas la mano de la hermana; 
ésta procuraba ocultar la pena que le causaba aquel sudor. 

— Ha salido está mañana para ir á París. En rigor, no tiene necesi- 
dad de pasar por París. Montfermeil está un poco á la izquierda vinien- 
do hacia acá. ¿Recordad cómo me decía ayer, cuando yo le hablaba de 
Cosette:. Pronto, pronto? Es una sorpresa que quiere darme. ¿Entendéis? 
El me hizo firmar una carta para sacarla de manos de los Thénardier. 
No tendrán nada que decir, ¿no es verdad? Entregarán á Cosette puesto 
que se les ha pagado. Las autoridades no permitirían que se guardaran 
la criatura habiéndoles pagado. Hermana, no me hagáis señas para que 
deje de hablar. Soy tan extremadamente feliz; ya me siento muy bien, 
no tengo mal alguno, voy á ver nuevamente á Cosette; creo que tengo 
hambre. Hace más de cinco años que no la he visto. ¡Vos no podéis 
figuraros cuánto atraen los hijos! Y luego, ¡estará tan hermosa, ya la 
veréis! ¡Si supierais, tiene unos dedos tan lindos y rosados! Ahora ten- 
drá tan bonitas manos. De un año las tenía tan chiquitas. Ahora estará 
muy crecida. ¡Tiene ya siete años! Es una señorita. Yo la llamo Cosette, 
pero se llama Eufrasia. Mirad, esta mañana estaba yo mirando el polvo 
que hay sobre la chimenea, y se me ha ocurrido la idea de que vería 
pronto á Cosette. ¡Oh! ¡Dios mío! ¡Qué triste es dejar pasar los años sin 
ver una á sus hijos! ¡deberíamos reflexionar que no es la vida eterna! 
¡Ay! ¡Qué bien ha hecho el señor alcalde yendo por ella!... ¿No es ver- 
dad que hace mucho frío? ¿ha llevado, al menos, su capote? Mañana 
estará de vuelta, ¿no es verdad? mañana será día de fiesta. Mañana por 
la mañana, hermana mía, os acordareis de hacerme poner mi gorritt 
guarnecida de encajes. "Montfermeil es un pueblo. He recorrido á pié- 
este camino en otros tiempos. Es una gran distancia para mi. Pero las- 
diligencias van muy aprisa. Mañana estará aquí con mi Cosette. ¿Cuán- 
to hay de aquí á Montfermeil? 

La hermana, que no tenía la menor idea de las distancias r respondió: 
— jOh! Ya io creo que podrá estar aquí mañana. 

— ¡Mañana! ¡Mañana! — dijo Fantina. — ¡Veré á Cosette mañana! Veis, 
buena hermana del Dios bueno, ya no estoy mala. Estoy loea. Y creo 
que si quisiera, bailaría. 

Cualquiera que la hubiera visto un cuarto de hora antes, bo se hubie- 



SOR SIMPLICIA PUESTA Á PRUEBA 227 



ara dado cuenta de lo que veía. Estaba sonrosada, hablaba en voz clara 
y natural, todo sonreía en ella. A veces se reía hablando en voz baja. 
Alegría de madre, es casi alegría de niño. 

— Bien, bien, — repuso la religiosa; — toda vez que sois dichosa, obe- 
<decedme y no habléis más. 

Fantina dejó caer la cabeza sobre la almohada, y dijo á media voz: 

— Sí, échate, sé prudente, que vas á ver á tu hija. Tiene razón sor 
Simplicia. Todos en esta casa tienen razón. 

Después, sin moverse, sin menear la cabeza, se puso á mirar á todas 
■partes, abiertos sus grandes ojos, con aire complacido y sin decir una 
palabra más. 

La hermana corrió las cortinas creyendo que se dormiría. 

Entre siete y ocho llegó el médico. No oyendo el menor ruido, creyó 
<jue Fantina dormía, y entró con cuidado, acercándose de puntillas á la 
oama. 

Llegó, separó las cortinas, y á la luz déla lamparilla, vio los grandes 
y serenos ojos de Fantina que le contemplaban. 

Díjole ella: — Señor, ¿no es verdad que se me permitirá que la acueste 
Á mi lado en una camita? 

El médico creyó que deliraba. Ella añadió: 

Vedlo, hay justamente el sitio necesario. 

El médico llamó aparte á sor Simplicia, que se lo explicó todo; esto 
•«s, que el señor Magdalena se había ausentado por uno ó dos días, y que 
-en la duda no habían creído deber desengañar á la enferma, que estaba 
*n la creencia de que el señor alcalde había ido á Montfermeil, pues que 
estaba en lo posible que lo hubiese adivinado. El médico aprobó. Y al 
volver á acercarse á la cama, Fantina añadió: 

— Ya veréis, cuando despierte por la mañana le daré los buenos días 
¿. mi pobre niña, y por la noche, como yo no duermo, la veré dormir. 
Su tranquila y dulce respiración me hará un gran bien. 

— Dadme la mano, — dijo el médico. 

Alargóle el brazo, y exclamó sonriendo: 

— ¡Ah! Es verdad; ¡no lo sabéis! Ya estoy buena. Cosette llega ma- 
ltona. 

El médico se quedó sorprendido. Estaba jnejor. La opresión había 
-disminuido. El pulso había recobrado fuerza. Una especie de vida flcti- 
. reanimaba aquel pobre ser desfallecido. 

— Señor doctor, — repuso ella. — ¿La hermana os habrá dicho que el 
lor alcalde ha ido á buscar el ratoncillo? 

El médico recomendó el silencio, y que se procurase evitar toda emo- 
lí penosa. Prescribió una infusión de quina pura, y para el caso de 
retirse la calentura por la noche, una poción calmante. Al marcharse 
o á la hermana: 

— Esto va mejor. Si tuviéramos la suerte de que en efecto llegase 



228 los miserablks 



mañana el señor alcalde con la niña, ¿quién sabe? Hay crisis tan asom- 
brosas, se han visto curas producidas por grandes alegrías... y aunque? 
si que es esta una enfermedad orgánica, ya muy adelantada; ¡hay tanto 
de misterioso en todo! Que, entra en lo posible que se salve. 

VII 
El viajero al llegar toma sus precauciones para volverse 

Eran cerca de las ocho de la noche cuando el calesín que hemos deja- 
do en camino, entraba por la puerta-cochera de la casa de Postas de- 
Arras. El hombre á quien hemos seguido hasta este momento, se apeó, 
respondió con aire distraído á las atenciones de los criados de la posada f 
despidió al postillón con su caballo de refuerzo, conduciendo por sí mis- 
mo el caballito blanco á la cuadra; después empujó la puerta de una sala, 
de billar que estaba en el piso bajo, y se sentó, apoyando los codos sobre 
una mesa. Había empleado catorce horas en aquel trayecto que creía, 
recorrer en seis. Hacíase la justicia de creer que no era por culpa suya^ 
aunque en el fondo no le disgustase. 

Entró la posadera: 

— ¿Va á pasar aquí la noche el señor? ¿Va á cenar? 

El hizo un signo de cabeza negativo. 

— El mozo de cuadra ha dicho que el caballo del señor está muy 
cansado. 

En esto rompió el silencio: 

— ¿Es que no podrá el caballo emprender la vuelta mañana temprano? 

— ¡Oh, señor! Necesita á lo menos dos días de descanso. 

Y él preguntó: 

— ¿No está aquí la administración de postas? 

— Sí, señor. 

La posadera le acompañó al despacho; manifestó allí su pasaporte y 
se informó de si había medio de volverse aquella misma noche á M* sur 
M* con el coche correo. Justamente el único asiento al lado del conduc- 
tor estaba desocupado; y lo tomó, pagándolo inmediatamente. 

— Caballero, — le dijo el encargado,— no faltéis para salir puntual- 
mente á la una. 

Hecho esto, salió de la posada y empezó á andar por la ciudad. 

No conocía Arras; las calles estaban obscuras; caminaba al azar. Sin* 
embargo, parecía obstinarse en no preguntar á los transeúntes. Atrave- 
só el riachuelo Crinchon, y encontróse en un dédalo de calles estrechas» 
en que se perdió. Pasaba un artesano con un farol. Después «de vacilar 
bastante, decidióse á preguntar al artesano, no sin haber mirado ante* 
á su alrededor como temeroso de que fuese oído lo que iba á preguntara 

— Señor, — dijo; — ¿el palacio de justicia, si os place? 

— No sois de la ciudad, señor, — respondió el hombre, que era u» 
buen anciano. — Seguidme si gustáis, Yo voy también allá, es decir, á Ja. 



EL VIAJERO AL LLEGAR TOMA SUS PRECAUCIONES PARA VOLVERSE 229 



prefectura, que es donde ahora se reúnen provisionalmente los jueces, 
mientras Be están reparando las salas de justicia. 

— ¿Y es allí, — preguntó, — donde se reúnen también los jurados? 

— Sin duda. Lo que es hoy la prefectura, era el palacio episcopal an- 
tes do la revolución. El señor Conzié, que era obispo en 1782, hizo cons- 
truir una .gran sala. Y es en esta gran sala dónde se juzga. 

Siguiendo su camino, le dijo el artesano: 

— Si se trata de un proceso, es ya algo tarde. Generalmente las vistas 
-concluyen á las seis. 

Sin embargo, al llegar á la plaza mayor, le enseñó el artesano cuatro 
grandes ventanas iluminadas en la fachada de un vasto y tenebroso edi- 
ficio. 

— A fé mía que llegáis á tiempo,— añadió; — habéis tenido suerte. 
.¿Veis esas cuatro ventanas? Ahí está el tribunal de los jurados. Hay luz; 
luego no han concluido todavía. Será negocio largo, y habrá sido preci- 
430 continuar la audiencia de noche. ¿Tenéis interés en la causa? ¿Es tal 
-vez un proceso criminal? ¿sois acaso testigo? 

El forastero respondió: 

— No vengo por causa alguna, tengo sólo que hablar á un abogado. 

— Eso es distinto, — dijo el artesano.-^-Mirad, señor, la puerta es 
aquella ahí donde está el centinela. No tenéis más que subir por la esca- 
lera principal. 

Bastáronle las indicaciones del artesano, y pocos minutos después se 
hallaba en una sala donde había mucha gente, y mezclados en los gru- 
pos varios abogados con toga, cuchicheando acá y allá. 

Es siempre una cosa que oprime el corazón, ver esos grupos de hom- 
bres vestidos de negro murmurando entre ellos en voz baja á la puerta 
-de las salas de justicia. E* muy raro que de todas aquéllas bocas salgan 
palabras de caridad y lástima. Lo que sí sale con bastante frecuencia 
son condenas anticipadas. Semejantes grupos se presentan al observador, 
que pasa y raciocina como otras tantas colmenas sonibrías, ó como es- 
píritus zumbadores que fabrican en común toda especie de edificios te- 
nebrosos. 

Aquella sala, espaciosa y alumbrada por una sola lámpara, era una 
antigua galería del palacio episcopal, que servía de antecámara. Una 
puerta de dos hojas, cerrada en aquel momento, la separaba de la gran 
-sala donde estaba reunido el tribunal de jurados. 

La obscuridad era tal, que no temió él dirigirse al primer abogado 
. -que encontró. 

— Caballero, — le dijo; — ¿en qué están? 

— -Ya han concluido, — respondió el abogado. 

— ¡Concluido! . 

Esta palabra fué repetida con un acento tan singular, que el abogado 
*e volvió. 



230 LOS MISERABLES 



— Perdonad, señor mío: ¿sois acaso algún pariente? 

—No. No conozco aquí á nadie. ¿Ha habido condena? 

— Sin duda. No podía ser otra cosa. 

— ¿Presidio?,.. 

— Para toda la vida. 

— Y, — repuso él, con voz ten débil que apenas se le oy&: — ¿Se ha. 
probado entonces la identidad? 

— ¡Qué identidad! — replicó el abogado. — No había identidad alguna*, 
que probar. El asunto era claro. Esa mujer había matado á su hijo, y 
se ha probado el infanticidio. Desechado por el jurado el cargo de pre- 
meditación, ha sido condenada por la vida. 

— ¿Pero es una mujer? — dijo é 1 . 

— Ciertamente: la joven Limosin. ¿De qué me habláis entonces? 

— De nada, pero toda vez que han concluido, ¿por qué está todavía» 
la sala iluminada? 

— Para otro proceso, que ha comenzado hace unas dos horas*. 

— ¿Qué otro proceso? 

— ¡Oh! Es otro proceso muy claro también: un truhán, ua< reincí- 
dente, un presidiario que ha cometido un robo. No sé á punto fijo su 
nombre; pero tiene cara de verdadero criminal. Sólo por tener la cara, 
que tiene, le mandaba yo á presidio. 

— Señor, — preguntó él. — ¿No hay medio de entrar en la sala? 

—No lo creo; hay mucha gente. Sin embargo, se ha suspendido la 
audiencia y han salido afuera muchos. Tal vez al volverse á abrir la. 
puerta podáis penetrar. Probadlo. 

— ¿Por dónde se entra? 

— Por esa puerta grande. 

El abogado se separó. 

En algunos instantes, casi á un mismo tiempo, había experimentada 
todas las emociones posibles. Las palabras de aquel indiferente le habían, 
atravesado alternativamente el corazón como agujas de hielo y coma 
hojas de fuego. Cuando supo que aún no había terminado la causa, res- 
piró; pero no hubiera podido decirse si era ello manifestación de ale» 
gría ó de dolor. 

Acercóse á varios grupos para oír que decían. 

Habiendo gran número de causas pendientes, el presidente del tribu- 
nal había señalado, para aquella noche, dos de las más sencillas y bre- 
ves. Se había comenzado por la de infanticidio, y se estaba ahora en 1 
del presidiario, el reincidente, el «caballo de retorno.» Este individúe 
había robado unas manzanas; pero no parecía el hecho bien probado 
pero lo que sí lo estaba era que había sido presidiario en Tolón, y ell< 
era lo que daba mal aspecto á su causa. Había terminado el interroga 
torio y la declaración de testigos; pero faltaban todavía la acusaciói 
del fiscal y la defensa del abogado, lo cual no terminaría antes de lae 



ENTRADA DE PAVOR 231 



doce de la noche. £1 acusado saldría probablemente condenado: el fiscal 
era de los buenos, y no se le escapaba ninguno de sus reos; era un chico 
de provecho que hacía versos. 

Un ujier estaba de pié junto á la puerta que daba entrada á la sala 
de los jurados. El viajero preguntó al ujier: 
— ¿Se abrirá pfonto la puerta? 
— No se abrirá ya, — dijo el ujier. 

— ¿Cómo? ¿No se volverá á abrir cuando continué la audiencia? 
¿Pues no se ha suspendido? 

— Se ha suspendido y ha vuelto á continuar, — respondió el portero; 
— pero no se abrirá la puerta. 
— ¿Por qué? 

— Porque está llena la sala. 
— ¡Y qué! ¿No hay sitio alguno? 

— No, señor. La puerta está cerrada. Nadie puede entrar ya. 
El ujier añadió después de un instante de silencio: — Hay todavía dos 
ó tres sitiales detrás del señor presidente; pero no son admitidos allí 
sino los funcionarios públicos. 

Y esto diciendo volvió la espalda, 

Retiróse el forastero cabizbajo; atravesó la antecámara y bajó la es- 
calera lentamente, como vacilando á cada peldaño. Es probable que 
tenía consejo consigo mismo. La lucha violenta que se verificaba en su 
intejior desde la víspera, no había terminado, y á cada momento sur- 
gía una nueva peripecia. Al llegar á la meseta de la escalera se arrimó 
á la baranda, y se cruzó de brazos. De pronto desabrocha su levita, 
, sacó su cartera, tomó el lápiz, arrancó una hoja, y escribió rápidamen- 
te en ella, á la luz del farol, este renglón: Magdalena alcalde de Af* 
sur Ai*. Volvió á subir después á grandes pasos la escalera, atravesó la 
muchedumbre, se dirigió al ujier y le entregó el papel, diciéndole con 
autoridad: 

— Entregad esto al señor presidente. 

Él ujier tomó el papel, le miró, y obedeció enseguida. 

VIII 
Entrada de favor 

Sin él imaginárselo, había adquirido el alcalde de M* sur M* cierta 
celebridad. Hacía siete años que su reputación de virtuoso llenaba todo 
t bajo Bolonesado, y había acabado por traspasar los límites de aquella 
equeña comarca, extendiéndose por dos ó tres departamentos vecinos, 
demás de los grandes servicios que había prestado á la capital, refor- 
tando la industria de los abalorios negros, no había uno solo de los 
,íento cuarenta y un municipios de aquel territorio, que no le debiese 
algún beneficio, habiendo contribuido también á favorecer las indus- 
trias de otros varios distritos. 



232 LOS MISERABLES 

Así es como hubo una época en que sostuvo 
fondos la fábrica de tules de Bolonia, la de hilatni 
Frevent, y la manufactura hidráulica de lienzos d< 
En todas partes se pronunciaba con veneración 
Magdalena. Arras y Douai, envidiaban su- alcalde 
sa población de M* sur M*. 

El magistrado del tribunal superior de Douai, 
el de los jurados de Arras, conocía, como todo el 
tan profunda y universalmente respetado. Cuai 
discretamente la puerta que comunicaba de la salí 
la audiencia, se inclinó detrás del sillón del pre¡ 
papel en que estaba escrito el renglón que acaba 
Este señor desea asistir á la audiencia, el preside 
man de atención, y tomando una pluma, escribió 
el mismo papel, que devolvió al ujier, diciéndole: 
El desgraciado personaje cuya historia vamos 
roanecido junto á la puerta de la sala en el misn 
actitud en que el ujier le había dejado, parecióle < 
meditaciones, que alguien le decía: — «Señor, ¿que: 
de seguirme?» Era el mismo ujier que poco antes 1 
paldas, quien le saludaba inclinándose hasta el sue 
tiempo, le entregó el papel. Desdoblólo, y como 
lámpara, pudo leer: 

■El presidente del tribunal de los jurados, pi 
señor Magdalena.* 

Estrujó el papel entre sus manos, como si aquel 
para ¿1 un sabor extraordinario y amargo. 
Y siguió al ujier. 

Algunos minutos después se hallaba solo en am 
artesonado, de aspecto severo, alumbrada por dos 
bre una mesa con tapete verde. Aún resonaban ei 
palabras del ujier, que acababa de dejarle dicienc 
sala del consejo; no tenéis más que dar media vuelí 
de esa puerta, y os hallareis en la misma sala del 
sillón del señor presidente.- Estas palabras se mez 
miento á un recuerdo vago de los corredores estre 
curas que acababa de recorrer. 

El ujier le había dejado solo. EL momento sup 
Procuraba recogerse en sí mismo sin poder consej 
en el momento en que más necesidad hay de reun 
la vida todos los hilos del pensamiento, es cuandc 
cerebro. Se encontraba allí mismo donde los ju 
denan. 

Miraba con tranquilidad estúpida aquella cama 



ENTRADA DK FAVO* 233 



ble, donde tantas existencias habían sido quebrantadas, donde su nom- 
bre iba á resonar en breve, y que su destino atravesaba en aquel ins- 
tante. Miraba á las paredes, luego se miraba á sí mismo, asombrándose 
que aquellas fuesen las de aquella cámara, y de que aquel hombre 
fuese él. 

Hacía veinticuatro horas que no había comido, estaba rendido por 
las sacudidas del calesín; pero no lo sentía, parecíale no sentir nada. 

Acercóse á un cuadro negro pendiente de la pared en el que se guar- 
daba bajo el cristal una antigua carta autógrafa de Juan Nicolás Pache, 
alcalde de París y ministro, y fechada, sin duda por equivocación, el 
día 9 de junio del año II, y en la cual enviaba Pache, á la municipali- 
dad, la lista de los ministros y diputado? arrestados en sus propias 
casas. 

Cualquiera que hubiese podido verle y observarle en aquel momento, 
habría imaginado sin duda que aquella carta le interesaba mucho, pues 
no apartaba de ella los ojos, y la leyó por dos ó tres veces. Sin embar- 
go, la leía sin fijarse en ella, y sin propósito alguno. Pensaba en Fan- 
tina y en Cosette. 

Así pensando, volvióse; y sus ojos se fijaron en el botón de cobre que 
le separaba de la sala de audiencia. Había casi olvidado aquella puerta. 
Su mirada, tranquila al principio, se detuvo y quedó como clavada en 
aquel botón; después apareció azorada é inmóvil, impregnándose poco á 
poco de espanto. Desprendíanse de entre sus cabellos, gotas de sudor que 
inundaban sus sienes. 

Hubo un momento en que hizo con cierta autoridad, mezclada de re- 
beldía, ese gesto indescriptible que quiere significar y que dice tan bien: 
¡Pardiez! ¿Quién me obliga á ello? Después volvióse vivamente, y vio 
delante de sí la puerta por donde había entrado, dirigióse á ella, abrióla 
y salió. 

Ya no estaba en aquella cámara; se hallaba fuera: en un corredor 
largo, estrecho, cortado por escalones y postigos, que formaban toda 
clase de ángulos, alumbrado aquí y'allá por algunos faroles parecidos á 
lamparillas de enfermo. Era el corredor por donde había entrado. Res- 
piró* escuchó, no percibió el menor ruido ni delante ni detrás de sí, y 
huyó como si alguien le persiguiese. 

Cuando hubo recorrido varios recodos de aquel pasillo, volvió á es- 
cuchar de nuevo. Siempre el mismo silencio y las mismas sombras á su 
alrededor. Estaba sofocado, vacilaba, tuvo que apoyarse en la pared. La 
piedra' estaba fría, el sudor se le había helado en la frente, y se endere- 
zó temblando. 

Entonces, solo allí, de pié, en la obscuridad, temblando de frío y de 
rigo mas tal vez, meditó. 

Había meditado toda la noche, había meditado todo el día; no oía 
dentro de sí mismo mas que una voz que repetía: ¡Ay! 



LOS MISERABLES 



Así se le pasó un cuarto de hora. Al fin, dobló la 
angustia, dejó caer los brazos, y retrocedió sobre sin 
tamentc y como abrumado. Parecía que alguien le r 
au fuga, y le hiciese volver atrás. 

Entró de nuevo en la cámara del consejo, y lo 
guió fué el botón de la puerta. Aquel botón redond 
tado, brillaba para él como ana estrella horrible. M: 
mirar un cordero el ojo de un tigre. 

Su vista no podía apartarse de él. 

De cuando en cuando daba un paso, y se aproxii 

Sí hubiera escuchado, habría oído como una e 
confuso, el ruido de la vecina sala; pero no escucha! 

De pronto, sin saber cómo, encontróse junto á 1 
vulsivamente el botón; la puerta se abrió. 

Estaba en la sala de audiencia.. 

IX 
Lugar en el cual van formándose las con\ 

Adelantó nn paso, cerró maquinalmente la puei 
neeió de pié, contemplando lo que estaba viendo. 

Era un vasto recinto iluminado apenas; yasilenc 
te, donde.se desarrollaba todo el aparato de un proc 
mezquina y lúgubre gravedad, entre la multitud. 

A un extremo de la sala, en el cual se encontré 
nos jueces con aire distraído, con toga ya usada, n 
ó cerrando los párpados; al otro estremo había un 
drajosa, abogados en toda clase de actitudes, soldadc 
rado y duro, entablamentos viejos y manchados, ui 
cubiertas de sarga, mas amarilla que verde, puertí 
las manos; en clavos, suspendidos en el artesonado 
na, que daban mas humo que claridad; sobre las me 
candeleros de cobre; la obscuridad, la fealdad, la 
aquello se desprendía una impresión austera y auguf 
allí esa gran cosa humana que se llama la ley, y la ¡ 
mada justicia. 

Nadie, entre aquella multitud, se fijó en él. Toe 
vergían hacia un solo punto, hacia un banco de mad 
puertecilla, 4 lo largo de la pared, á la izquierda d 
aquel banco, alumbrado por algunas velas, había 
entre dos gendarmes. 

Este hombre, era el hombre. 

El no le buscó, pero le vio. Sus 0J03 se le fueroi 
como si hubieran sabido de antemano donde encontr 

Creyó verse asimismo, envejecido; no absolut 



LUGAR EN EL CUAL VAN FORMÁNDOSE LAS CONVICCIONES 235 

cuanto al rostro, pero semejante en actitud y aspecto, con sus cabellos 
«rizado *, su pupila fosca é inquieta, con su blusa tal como iba el día en 
que entró en D*** lleno de odio y ocultando en el alma aquel repugnan- 
te tesoro de pensamientos horribles que había ido guardándose por es* 
pació de diez y nueve años, cogidos en los suelos del presidio. 

Y díjnse á sí mismo estremeciéndose: — ¡Dios mío! ¿debo volver á 
verme así? 

El otro parecía tener lo menos sesenta años. Había en su semblante 
algo de rudo, estúpido y espantado. 

Al ruido de la puerta, los que allí estaban se habían estrechado para 
dejarle sitio, el presidente había vuelto la cabeza, y creyendo que el per- 
sonaje que acababa dé entrar era el alcalde de M* sur M*, le había salu- 
dado. El fiscal que había visto al señor Magdalena en H* sur M*, adonde 
le habían llamado más de una vez las funciones de su ministerio, le reco- 
noció y saludó igualmente. Sin advertirlo apenas, se hallaba bajo el peso 
de cierta alucinación, y solo veía: 

Los jueces, el escribano, los gendarmes y la multitud de cabezas 
cruelmente curiosas; había ya visto otra vez lo mismo, en otro tiempo r 
hacía veintisiete años. Volvía nuevamente á encontrarse con todas aque- 
llas cosas funestas; que estaban allí, que allí se movían, que existían allí. 
No era un esfuerzo de su memoria, un reflejo de su pensamiento, no; eran 
verdaderos gendarmes y verdaderos jueces, verdadera multitud y ver- 
daderos hombres de carne y hueso. El hecho era evidente; veía aparecer 
de nuevo y revivir en torno de sí, con todo el aspecto formidable de la. 
realidad, los monstruosos espectros del pasado. 

Todo aquello estaba palpablemente ante sus ojos. Cerrólos horroriza- 
do, exclamando para lo más profundo de su alma: ¡Jamás! 

Y por un azar trágico del destino, que hacía temblar todas sus ideas r 
volviéndole casi loco, era otro él allí presente: ¡Aquel hombre á quien* 
juzgaban y á quien todos llamaban Juan Valjean! 

Tenía delante de los ojos «visión inaudita» una especie de representa- 
ción del momento más horroroso de su vida, personificada en un fantas- 
ma. 

Todo era lo mismo, el mismo aparato, la misma hora de la noches- 
cas i las mismas figuras de los jueces, de los soldados y de los espectado- 
res. Solamente que colocado sobre la cabeza del presidente había un cru- 
cifijo, cosa de que carecían los tribunales del tiempo de su condena. 
aando se le juzgó, no estaba Dios allí. 

Había una silla detrás de él, en la cual se dejó caer aterrado por la- 
lea de que pudieran verle. Una vez sentado, se aprovechó de un gran 
gajo de papeles que había sobre la mesa de los jueces para ocultar su 
)stro á los espectadores. Así podía ver él sin ser visto. Poco á poco fué* 
¿cobrando el sentimiento de la realidad, llegando hasta aquel punto de 
alma en que es posible oír. 



236 LOS MISERABLES 



El señor Baniataboia era del número de los jurados. 

Bascó á Javert, pero no le vio. El banco de los testigos quedaban fue- 
ra de sus miradas por la mesa del escribano. Y luego que, como hemos 
dicho, la sala estaba poco alumbrada. 

En el punto en que entró, el abogado del acusado terminaba su de- 
fensa. 

La atención del concurso estaba excitada hasta el más altó grado; 
hacía tres horas que duraba el debate; tres horas, durante las cuales la 
multitud veía doblegarse poco á poco bajo el peso de una semejanza te- 
rrible ün hombre, un desconocido, una especie de ser miserable, perfec-, 
tamente estúpido ó perfectamente hábil. Era el tal hombre un vagabundo 
á quien se había encontrado en un campo, llevand'o una rama cargada de 
manzanas maduras, arrancada de un manzano en un cercado vecino, 
conocido con el nombre de cercado Pierrón. ¿Quién era aquel hombre? 
De la investigación que había tenido lugar, de los testigos que acababan 
de oírse, unánimes todos, de las luces que se desprendían del debate, to- 
maba* apoyo la acusación. Y la acusación decía: «No tenemos aquí sola- 
mente un ladrón de fruta, un merodeador; tenemos en nuestras manos 
un bandido, un relapso, un antiguo presidiario, un criminal de los más 
peligrosos, un malhechor llamado Juan Valjean, á quien la justicia anda 
buscando hace ya mucho tiempo, y quien, hace ocho años, al salir del 
presidio de Tolón, cometió un robo en camino real á mano armada, en 
la persona de un niño saboyano llamado Ger vasillo, crimen previsto en 
el artículo 383 del Código penal, y por el cual nos reservamos perse- 
guirle ulteriormente, cuando la identidad haya quedado comprobada ju- 
dicialmente. Acaba de cometer un nuevo robo, lo cual prueba su reinci- 
dencia. Condenadle por el hecho nuevo, más tarde será juzgado por el 
antiguo.» Ante esta acusación, ante la unanimidad de los testigos, el 
acusado parecía, antes que todo, asombrado. Hacía gestos y signos que 
querían decir nó, ó levantaba los ojos y miraba al techo. • 

Hablaba con trabajo, respondía con embarazo, pero de pies á cabeza 
era toda su persona una negativa. Estaba como un idiota en presencia de 
todas aquellas inteligencias ordenadas en batalla á su alrededor, era como 
un extranjero en medio de aquella sociedad que le asediaba. No obstante, 
de allí podía resultar para él el porvenir más amenazador, y la verosimi- 
litud de ello iba creciendo por minutos, y toda aquella multitud veía con 
mayor ahdiedad que él mismo, aquella sentencia llena de calamidades 
que iba precipitándose sobre su cabeza. Dejábase entrever, asimismo, una 
eventualidad; la de que, además del presidio, era posible la pena de muerte, 
si llegaba á reconocerse la identidad, y si el asunto de Gervasillo termi- 
naba más tarde con una condena. ¿Qué es lo que era aquel hombre? 
¿Qué clase de apatía era la suya? ¿Era imbecilidad ó astucia? ¿Comprendía 
demasiado, ó no comprendía nada absolutamente? cuestión era esa que 
dividía á la multitud, y que parecía igualmente dividir al jurado. 



LUGAR EN EL CUAL VAN FORMÁNDOSE LAS CONVICCIONES 237 

i — 

Había en aquel proceso algo que espantaba, y algo engañoso; el drama 
no era solamente sombrío, sino obscuro. 

El defensor había hablado bastante bien en ese lenguaje de provincia 
que ha constituido por mucho tiempo la elocuencia del foro, y que usaban 
antes todos los abogados, lo mismo en París que en Romorantin ó Mont- 
brison; pero que hoy día habiéndose hecho clásico, le usan solamente los 
oradores oficiales del ministerio público, á quienes conviene por su grave 
sonoridad y aire majestuoso; lenguaje por el cual se le llama al marido 
esposo, y á la mujer, esposa", á París, el centro de las artes y de la civi- 
lización] al rey, el monarca', á monseñor el obispo, un santo pontífice) 
al fiscal, el elocuente intérprete d>>, la vindicta', á los alegatos, los acentos 
que se acaban de oir\ al siglo de Luis XIV, el gran siglo', un teatro, el 
templo de Melpómene', la familia reinante, la augusta sangre de nuestros 
reyes 9 , un concierto, una solemnidad musical', al señor comandante ge- 
neral del departamento, el ilustre guerrero que, etc.; á los alumnos del 
seminario, esos tiernos levitas', los errores imputados á los periódicos, 
la impostura que destila su veneno en las columnas de esos órganos^ 
etc., etc. — El abogado, pues, había empezado por hablar del robo de las 
manzanas — cosa no muy á propósito para ese elevado estilo; pero el mis- 
mo Benigno Bossuet se vio obligado á hacer alusión á una gallina en la 
mejor de una oración fúnebre, y lo hizo elocuentemente. — El abogado 
había partido del principio de que el robo de las manzanas no estaba 
materialmente probado. Su cliente, á quién en su calidad de defensor 
persistía en llamar Champtmathieu no había sido visto escalando la pa- 
red ó arrancando la rama. 

Se le había cogido llevando aquella rama (que el abogado se compla- 
cía en llamar ramo), pero que él decía haber encontrado y recogido del 
suelo. ¿Dónde estaba la prueba de lo contrario? Indudablemente había 
sido aquella rama arrancada y sustraída después del escalamiento, y 
arrojada enseguida por el ladrón asustado; había habido, sin duda, un 
ladrón. Pero, ¿dónde estaba la prueba dt que ese ladrón fuese Champ 
mathieu? Una sola cosa: su cualidad de antiguo presidiario. El abogada 
no negaba que esa cualidad dejase de estar desgraciadamente bien com- 
probada; el acusado había residido en Faverolles; el acusado había sido 
allí podador; el nombre de Campmathieu podía muy bien tener por ori- 
gen el de Juan Mathieu, todo esto era verdad: en fin, cuatro testigos 
reconocían sin vacilar y positivamente á Campmathieu por el presidia- 
rio Juan Valjean; á semejantes indicaciones y á tales testimonios, el 
i boga do no podía oponer sino la negativa de su cliente, negativa inte- 
resada; pero suponiendo que fuese el presidiario Juan Valjean, ¿probaba 
esto que fuese el ladrón de las manzanas? Existía, pues, á todo extremo 
una presunción, no una prueba. Es verdad que el acusado, y el defensor 
«en su buena fé,» no dejaba de convenir en ello, había adoptado «un 
mal sistema de defensa,» obstinándose en negarlo todo, el robo y su 



238 LOS MISERABLES 



cualidad de presidiario. Una confesión sobre este último panto habría 
valido mucho más seguramente, y le hubiera granjeado tal vez la in- 
dulgencia de sus jueces. Así se lo había aconsejado el abogado; pero el 
acusado se había negado obstinadamente, creyendo sin duda salvarla 
todo no declarando nada. Era esto un error; pero, ¿no se había de tener 
también en cuenta aquella escasez dé inteligencia? Aquel hombre era 
visiblemente estúpido. Su larga permanencia en presidio, y su prolon- 
gada miseria fuera de él, le habían embrutecido, etc., etc. Defendíase 
mal; pero ¿era esta una razón para condenarle? En cuanto al asunto de 
<3srvasillo, el abogado no tenía necesidad de discutirlo, no 'entrando 
para nada en la causa. El abogado concluía suplicando al jurado y al 
tribunal que si la identidad de Juan Valjean les parecía evidente, le 
aplicasen las penas de policía que corresponden al trasgresor ordinario 
de un bando, y no el castigo espantoso que recae sobre el presidiario 
reincidente. 

El fiscal replicó al defensor. Estuvo violento, y florido, como suelen 
serlo generalmente los fiscales. 

Felicitó al defensor por su «lealtad,» y se aprovechó hábilmente de 
esa lealtad, atacando al acusado con todas las concesiones hechas por su 
abogado. El abogado parecía conceder qué el acusado era Juan Valjean. 
El fiscal tomó de ello acta. Aquel hombre era, pues, Juan Valjean. Este 
era un hecho demostrado para la acusación, y sobre el cual no cabía ya 
debate. Y aquí, por una hábil antonomasia, remontándole al origen y & 
las causas de la criminalidad, el fiscal tronó contra la inmoralidad de la 
escuela romántica, en su aurora á la sazón, bajo el nombre de escuela 
sqtánica, que le habían dado los críticos de la Quottidienne y del Ori- 
fiamme^ atribuyó no sin verosimilitud, á la influencia de esa literatura 
perversa, el delito de Champmathieu, ó, por mejor decir, de Juan Val- 
jean. Agotadas estas consideraciones, pasó á hablar del mismo Juan 
Valjean. 

¿Qué es lo que era Juan Valjean? 

Descripción de Juan Valjean: un monstruo vomitado, etc. El modelo 
de esta clase de descripciones se halla en la relación de Teramenes, la 
cual, si no sirve de nada á la trajedia, presta, cuando menos diariamen- 
te, grandes servicios á la elocuencia forense. El auditorio y los jurados 
«temblaron.» Terminada la descripción, el fiscal prosiguió, con un giro 
oratorio, á propósito para excitar hasta el más alto punto, al día si- 
guknte, -el -entusiasmo del periódico de la prefectura. [Y es un hombre 
semejante,' <ete. T etc., vagabundo, mendigo, sin medios de subsisten- 
cia, etc., etc., acostumbrado por su vida. pasada á las acciones culpa- 
bles, y poco corregido por su estancia en presidio, como lo prueba el 
crimen contra Gervasillo, etc., etc., es tal ese hombre que, encontrado 
en la via pública en fragante delito de robo, á cortos pasos de un muro 
escalado, llevando aún en la mano el objeto robado, niega todavía el 



} 



EL SISTEMA DE NEGATIVAS 239 



delito, el robo, el escalamiento, lo niega todo, niega hasta su nombre, 
niega hasta su identidad. Además de cien otras pruebas, que no hemos 
de repetir, cuatro testigos le reconocen: Javert, el íntegro inspector de 
policía Javert, y tres de sus antiguos compañeros de ignominia, los pre- 
sidiarios Brevet, Chenildieu y Cochepailie. ¿Qué opone él á esa unanimi- 
dad fulminante? Su negativa. ¡Qué endurecimiento! Vosotros haréis jus 
ticia, señores jurados, etc., etc.» 

Mientras hablaba así el fiscal, oíale el acusado con la boca abierta, 
eon una especie de asombro, en el cual había buena parte de admira 
oión. 

Estaba evidentemente sorprendido que un hombre pudiese hablar de 
aquella manera. 

De cuando en cuando, en los momentos más «enérgicos» de aquella 
requisitoria, en esos momentos en que la elocuencia, que no puede déte- 
nerse, se desborda en un flujo de epítetos sonrojantes y anega al acusado 
como un torrente, movía el infeliz lentamente la cabeza de derecha á 
izquierda y de izquierda á derecha, especie de protesta triste y muda 
con la que se había contentado desde el principio de la vista. Dos ó tres 
veces, los espectadores que estaban más cerca de él le oyeron decir á 
media voz: ¡Véase lo que resulta de no haber preguntado al señor Ba- 
loup. El fiscal llamó la atención del jurado sobre aquella actitud aton- 
tada, fingida á no dudarlo, y que revelaba, no la imbecilidad, sino la 
maña, la astucia, la costumbre de engañar á la justicia, y que revelaba 
con toda claridad «la profunda perversidad» del acusado. Terminó re- 
servándose para ocasión mejor, el asunto de Ge r vasillo, y pidiendo una 
sentencia ejemplar. 

Esta era, por de pronto/ cadena perpetua. 

Levantóse el defensor; empezando por cumplimentar al «ministerio 
fiscal» por su «admirable palabra;» después replicó como pudo, pero li- 
geramente; el terreno en que estaba su hundía bajo sus pies. 

X 

El sistema de negativas. 

Llegó el momento de cerrar el debate. El presidente mandó levantar 
al acusado, y le dirigió la pregunta de costumbre. 

—¿Tenéis algo que alegar en vuestra defensa? 

El hombre se levantó, dando vueltas entre sus manos á una mala go- 
», pareciendo no entender lo que se le decía. 

El presidente repitió la pregunta. 

Esta vez el hombre entendió, pareció comprender. Hizo un mo vi- 
ento cómo de quien despierta, paseó la mirada en torno suyo, se fijó 

el público, en los gendarmes, en su abogado, en los jurados, y en el 
v )unal; puso su enorme puño sobre la baranda colocada delante de su 



240 LOS MISERABLES 



banco, volvió á mirar, y de repente, fijándose por fin en la persona del 
fiscal, comenzó á hablar. 

Aquello fué una especie de erupción. Parecía según se escapaban de 
su boca, las palabras, incoherentes, impetuosas, atropelladas, confusas, 
que se apresuraban todas á la vez para salir á un tiempo mismo. Dijo así: 

— Tengo que decir. Que he sido carretero de París y que trabajaba en 
casa del señor Baloup. Es dura profesión; en el oficio de carretero hay 
que trabajar siempre al aire libre, en los patios ó debajo de algún cober- 
tizo en casa de los buenos maestros, pero nunca en talleres cerrados, por- 
que, ya veis, se necesita mucho espacio. En invierno se pasa tanto frío, 
que se golpea uno con lo* brazos para calentarse, pero los maestros no 
lo consienten, diciendo que así se pierde el tiempo. Manejar el hierro 
cuando están heladas las piedras es muy pesado. Pronto se gasta así un 
hombre. En este oficio llega uno á viejo siendo joven. A los cuarenta 
años ya no hay hombre. Yo tenía cincuenta y tres, pero lo pasaba muy. 
mal. Y luego ¡son tan malos los obreros! Cuando un pobre no es bastan- 
te joven, le llaman viejo tonto y topo viejo. Yo no ganaba mas que trein- 
ta sueldos diarios; me pagaban lo menos que podían; los maestros se 
aprovechaban de mi edad. Además, yo tenía á mi hija, que era lavan- 
dera en el río. Ella ganaba por su lado, y aunque poco, reuniéndolo todo 
vivíamos. Su trabajo era muy pesado también. Todo el día en una ban- 
ca metida hasta la mitad del cuerpo, con lluvia, con nieve, con un vien- 
to que corta la cara; cuando hiela, es preciso lavar también; hay perso- 
nas que no tienen mucha ropa, y que aguardan á la lavandera para mu- 
darse. Si no se lavara, se perderían los parroquianos. Las tablas de las 
bancas están mal ajustadas; entra el agua por todas partes. Los vestidos 
se les mojan por fuera y por dentro; la humedad penetra. Ella lavó tam- 
bién en el lavadero de los Niños Expósitos, donde el agua llega por me- 
dio de caños; allí no hay bancas. Se lava junto al caño y se aclara en el 
estanque. Como está cerrado, se tiene menos frío en el cuerpo. Pero se 
respira un vaho de agua caliente, que es terrible y que ataca á los ojos 
hasta dejaros ciego. Mi hija volvía á las siete de la tarde, y se acostaba 
enseguida; estaba muy fatigada. Su marido la pegaba. Se murió. Fuimos 
muy desgraciados. Era muy buena muchacha; no iba al baile; era muy 
amiga del reposo. Me acuerdo de un martes de carnaval que se acostó á 
las ocho. Y ahí tienen ustedes. Digo la verdad. No tienen mas que pre- 
guntar. ¡Ay! Sí, preguntar. ¡Qué torpe! París es un torbellino. ¿Quién 
conoce allí á Champmathieu? Por esto cito al señor Baloup. Preguntad 
en casa del señor Baloup. Después de eso, no sé que me queréis. 

El hombre se calló, quedándose de pié. Había dicho aquello con voz 
alta, rápida, áspera, dura y ronca, con cierta ingenuidad airada y sal* 
vaje. 

Una vez se había interrumpido para saludar á uno de los concurren- 
tes. Aquellas afirmaciones que parecía lanzar á la ventura delante de sí, 



EL SISTEMA DE NEGATIVAS 241 



venían como movimientos de hipo, y á cada una de ellas acompañaba el 
gesto de un leñador que hiende un tronco. En cuanto terminó, el audi- 
torio se echó á reír. El miró al público, y no comprendiendo por qué, 
púsose á reír también. 

¡Aquello era siniestro! 

El presidente, hombre atento y benévolo, habló á su vez. 

Recordó á los «señores jurados» que al señor Baloup antiguo maes- 
tro carretero, en cuya casa decía el acusado haber trabajado, se le había 
citado inútilmente. Estaba en quiebra y «no había podido ser habido.» 
Después, volviéndose hacia el acusado, le aconsejó que oyera bien lo gue 
iba á decirle, y añadió: 

— Estáis en una situación en que es preciso reflexionar. Pesan sobre 
vos las presunciones más graves y que pueden traeros fatales consecuen- 
cias. Acusado, en interés vuestro, os interpelo por la última vez; espli- 
caos claramente sobre éstos dos hechos: Primeramente, ¿habéis saltado, 
sí ó no, la tapia del cercado Pierrón, tronchado la rama y robado las 
manzanas; es decir, cometido el crimen de robo con escalamiento? Segun- 
do, ¿sois el presidiario cumplido Juan Valjean? ¿sí ó no? 

El acusado movió la cabeza con aire de inteligencia, como hombre 
que ha comprendido bien y que sabe lo que va á responder. Abrió la 
boca; se volvió hacia el presidente, y dijo: 

— En primer lugar... 

Después miró su gorra, miró al techo y se calló. 

— Acusado, — repuso el fiscal con Voz severa, — estadme atento. No 
respondéis á nada de lo que se os pregunta. Vuestra turbación os con- 
dena. Es evidente que no os llamáis Champmathieu; que sois el presi- 
diario Juan Valjean, oculto primero bajo el nombre de Juan Mathieu, 
que era el apellido de su madre; que estuvisteis en Auvernia; que nacis- 
teis en Faverolles, donde fuisteis podador. Es evidente que habéis roba- 
do con escalamiento manzanas maduras en el cercado Pierrón. Los se 
ñores jurados apreciarán estos hechos. 

El acusado había acabado por sentarse; pero se levantó rápidamente 
en cuanto terminó el fiscal, y exclamó á su vez: 

— ¡Vos sois muy malo, señor! He aquí lo que yo quería decir; pero 

no se me ocurría al pronto. Yo no he robado nada. Yo soy un hombre 

que no tengo que comer todos los días. Venía de Ailly, iba por el cami 

"o después de un turbión que había asolado el campo, tanto, que los 

antanos se habían desbordado, y de las arenas apenas salía otra cosa 

[ue algunas matas de hierba á orillas de la carretera. Encontré en el 

íelo una rama tronchada que tenía algunas manzanas, y la cogí sin sa- 

er ni pensar que me traería un castigo. Tres meses hace que estoy pre- 

o, y que me llevan de aquí para allá, y yo no sé que decir. Hablan con- 

ra mí, y me dicen: ¡Responde! El gendarme, que es un buen muchacho, 

TOMO I 16 



242 LOS MISERABLES 



me dá con el codo, y rae dice por lo bajo: ¡Responde, hombre! Yo no sé 
explicarme, no he hecho estuiios, goy un pobre hombre. Y es un gran 
error no querer verlo. Yo no he robado, he cogido del suelo una cosa 
que encontré en él. Habláis de Juan Valjean, de Juan Mathieu! No co- 
nozco á semejantes hombres; serán tal vez aldeanos. Yo he trabajado en 
casa del señor Baloup, en el boulevard del Hospital. Me llamo Cliamp- 
mathieu. 

Sois muy mal intencionados creyendo adivinar donde nací. Vosotros 
lo decís, pero yo lo ignoro. No todos tienen casa dónde venir al mundo-. 
Muy cómodo sería si así fuese. Creo que mi padre y mi madrearan gen- 
tes que andaban por los caminos, y no sé más. Cuando era muchacho 
me llamaban el Pequeño, ahora me llaman el Viejo; y esos son todos mis 
nombres de bautismo, tomadlo como queráis. 

He estado en Auvernia, he estado en Faverolles. ¡Pardiez! ¿Qué tiene 
esto de particular? ¿No se puede haber estado en Auvernia y en Favero- 
lles sin haber estado en presidio? Os digo que no he robado y que soy el 
tío Champmathieu. He trabajado en casa del señor Baloup, y he estado 
domiciliado. 

¡Me fastidiáis con vuestras barbaridades! ¿Por qué razón os encarni- 
záis todos contra mí? 

El fiscal había permanecido de pié, y dirigiéndose al presidente/ dijo: 

— Señor presidente, en vista de las negaciones confusas, pero muy há 
biles, del acusado, que querría pasar por idiota; pero que no lo logrará — 
se lo advertimos — os pedimos y requerimos al tribunal para que se sirva 
mandar comparezcan de nuevo en este recinto los condenados Brevet, 
Coche paille y Chenildieu, y el inspector de policía Javert, para que. se 
les interpele por última vez acerca de la identidad del acusado con la 
persona del presidiario Juan Valjean. 

— Debo advertir al señor fiscal, — dijo el presidente, — que el inspec- 
tor de policía Javert, llamado por sus funciones á la cabeza de partido 
de un distrito inmediato, ha salido de esta audiencia, y hasta de la ciu- 
dad, después de prestar su declaración. Le hemos autorizado para ello, 
de conformidad con el mismo señor fiscal y el defensor del acusado. 

— Es verdad, señor presidente, — repuso el fiscal. — Pero en ausencia 
del señor Javert, creo deber recordar á los señores jurados lo que él mis- 
mo ha dicho hace pocas horas. Javert es un hombre estimable, que hon- 
ra, por su rigurosa y extricta probidad, las funciones que ejerce, si bi"~ 
inferiores, muy importantes. Véase en que términos ha declarado el l 
ñor Javert: 

. «No tengo necesidad alguna de presunciones morales ni de prueb 
• materiales que desmientan las negativas del acusado. Le reconozco pe 
afectamente. Ese hombre no se llama Campmathieu, es un antiguo pr 
>sidiario muy malo y muy temido, llamado Juan Valjean. Se le puso c 
•libertad al terminar su condena con gran temor. Ha sufrido diez 



EL SISTEMA DE NEGXTIVAS 243 



> nueve años de trabajos forzados por robo calificado. Probó cinco ó seis 
•veces de escaparse. Además del robo de Ger vasillo y del robo de Pie- 
»rrón, creo que cometió otro robo en casa de su ilustrísima el difunto 
* obispo de D***. Le veía frecuentemente en la época en que era yo auxi- 
liar de guardachusma en el presidio de Tolón. Repito que le reconozco 
«perfectamente. » 

Esta declaración tan terminante pareció producir una nueva impre- 
sión así en el público como en el jurado. 

El fiscal terminó insistiendo en que á falta de Javert, los tres testigos, 
Brevet, Chenildieu, y Cochepailie, fuesen oídos de nuevo é interpelados 
solemnemente. 

El presidente dio la orden á uno de los ujieres, y á poco se abrió la 
puerta de la sala de testigos. El ujier, acompañado de un gendarme dis- 
puesto á auxiliarle, introdujo al condenado Brevet. El auditorio estaba 
suspenso, y todos los pechos palpitaban como si todos juntos no tuvie- 
sen más que un alma. 

El antiguo presidiario Brevet llevaba el traje negro y ceniciento de 
las prisiones centrales. Era un personaje de unos sesenta años, que tenía 
-cierto aspecto de hombre de negocios, con aire de picaro, cosas ambas 
<jue van juntas algunas veces. En la cárcel, adonde le habían llevado 
nuevos delitos, había llegado á ser algo como calabocero. Era hombre 
de quien decían sus jefes: Procura hacerse útil. Los capellanes tenían 
buen concepto de sus costumbres religiosas. Hay que tener presente que 
«esto pasaba en tiempos de la restauración. 

— Brevet, — dijo el presidente, — habéis sufrido una pena infamante 
y no podéis prestar juramento. 

Brevet bajó los ojos. 

— Sin embargo, — repuso el presidente, — aún en el hombre degradado 
por la ley, pueden restar, cuando la misericordia divina lo permite, sen* 
timientos de honor y de equidad. Apelo á estos sentimientos en este mo- 
mento decisivo. Si, como espero, existe en vos aún, fijaos por una parte 
«n ese hombre á quien una palabra vuestra puede perder, y por otra en 
la justicia, la cual una palabra vuestra puede esclarecer. El instante es 
«olemne, y es tiempo todavía de retractarse, si creéis haberos equivocado. 
Acusado, levantaos. Brevet, mirad bien al acusado, reunid vuestros re- 
cuerdos, y decidnos por vuestra alma y conciencia, si persistís en reco- 
cer á ese hombre por vuestro antiguo compañero de presidio Juan 

^ean. 

Brevet miró al acusado, volviéndose después al tribunal. 

— Sí, señor presidente. Yo soy quien le reconocí primeramente y per- 
ito en ello. Este hombre es Juan Valjean, que entró en Tolón en 1796 
salió en 1815. Yo salí un año después. Ahora tiene el aire de un bruto, 

:o puede ser le haya embrutecido la edad; en presidio era muy taci- 

no. Le reconozco positivamente. 



244 LOS. MISERABLES 



— Podéis sentaros, — dijo el presidente. — Acusado, continuad en pié- 

Introdujeron á Chenildieu, condenado & cadena perpetua, como lo 
indicaban su chaqueta roja y gorro verde. Cumplía su condena en el pre- 
di 3 de Tolón, de donde le habían sacado para declarar en esta causa. Era 
un hombrecillo de unos cincuenta años, vivo, arrugado, feo, pálido, des- 
carado y nervioso, que en todos sus miembros y en toda su persona tenía, 
cierta debilidad enfermiza, y en la mirada una fuerza inmensa. Sus com- 
pañeros de presidio le habían puesto por mote Niega -á Dios (1). 

El presidente le dirigió aproximadamente las mismas palabras que í 
Brevet. En el momento en que le recordó que su infamia le quitaba el 
derecho de prestar juramento, Chenildieu levantó la cabeza mirando des- 
caradamente al público. 

El presidente le indicó que debía reflexionar, y le preguntó, como á. 
Brevet, si persistía en reconocer al acusado. 

Chenildieu se puso á reír. 

— ¡Pues no he de reconocerle! Hemos estado juntos cinco años, ata- 
dos á la misma cadena. ¿Te desagrada que lo diga, viejo amigo? 

— Id Asentaros, — dijo el presidente. 

El ujier condujo á Cóchepaille, otro condenado á perpetuidad, venido 
de presidio y vestido de rojo como Chenildieu, era un campesino de 
L)urdes, un medio-oso de los Pirineos. Había guardado rebaños en la 
montaña, y de pastor había pasado á bandolero; no era menos salvaje r 
y parecía más estúpido aún que el acusado. Era uno de esos infelices que 
la naturaleza empieza en bestias feroces, y la sociedad termina en pre- 
sidiarios. 

El presidente intentó conmoverle con algunas palabras patéticas y- 
graves, y le preguntó, como á los otros dos, si persistía, sin vacilar ni 
turbarse, en reconocer al hombre que estaba de pié delante de él. 

— Es Juan Valjean, — dijo Cóchepaille. — El mismo á quien llamabais 
Juan el Gato, por su fuerza extraordinaria. 

Cada una de las afirmaciones de estos tres hombres, evidentemente 
sin ceras y de buena fé, había suscitado en el auditorio murmullos de mal 
agüero para el acusado, murmullos que crecían y se prolongaban más y 
más, cada vez que una nueva declaración venía á corroborar la anterior* 
El acusado los había oído con el semblante admirado, que, según la acu- 
sación, era su principal medio de defensa. A la primera, los gendarme» 
sentados á su lado, le habían oído murmurar entre dientes: ¡Bien! ¡ya 
tenemos uno! A la segunda, dijo un poco más alto y con aire satisfecho:: 
¡Muy bien! A la tercera exclamó sin contenerse: ¡Famoso! 

El presidente le interpeló: 

— Acusado, ¿habéis oido? ¿Qué tenéis que decir? 

El respondió: 



(/) Chetrililitu y Je me Dku (Sieg» á Pió*) üeu°, en francos, una proiuirit'ían'D « ubi igti&L 



CHAMPMATHIEU MAS Y MAS ASOMBRADO 245 



— Repito que ¡famoso! 

. Estalló en el público cierto rumor, que llegó casi al jurado. Era 
^evidente que aquel hombre estaba perdido. 

— Ujieres, — dijo el presidente, — imponed silencio. Va á cerrarse el 
■debate. 

En aquel momento hubo un gran movimiento hacia la presidencia 
junto á la cual se oyó una voz que gritaba: 

— ¡Brevet, Chenildieu, Cochepaille! Mirad hacia acá. 

Cuantos la oyeron se quedaron como helados, tan lamentable y terri- 
ble era su acento. Volviéronse los ojos hacia el punto de donde había 
partido. Un hombre, colocado entre los espectadores de preferencia sen- 
tados detrás del estrado acababa de levantarse, había empujado la puer- 
tecilla de la baranda que le separaba del tribunal, estaba de pié en medio 
de la sala. El presidente, el fiscal, el señor Bamatabois, veinte personas, 
le reconocieron y exclamaron á un tiempo: 

— ¡El señor Magdalena! 

. XI 
Champmathieu más y más asombrado 

Electivamente era él. La lámpara del escribano iluminaba su rostro. 
Tenía el sombrero en la mano, no había el menor desorden en su traje, 
su levita estaba perfectamente abotonada. Estaba muy pálido y ligera- 
mente tembloroso. Sus cabellos, grises todavía al llegar á Arras, apare- 
cían completamente blancos. Había encanecido en aquella hora de 
estar allí. 

Todas las cabezas se levantaron. La sensación fué indescriptible. 
Hubo en el auditorio un instante de vacilación. La voz había sido tan 
penetrante, el hombre que estaba allí parecía tan sereno, que al primer 
momento nadie se explicaba que era aquello. Preguntábanse quién había 
gritado. Nadie podía creer que fuera aquel hombre tan tranquilo quien 
hubiese dado un grito tan horroroso. 

Aquella indecisión duró solamente algunos segundos. Aún antes de 
que el presidente y el fiscal pudieran decir una palabra, antes que los 
gendarmes y porteros hubiesen podido hacer un gesto, el hombre, que 
en aquel momento seguían todos llamando señor Magdalena, se había 
^adelantado hacia los testigos Cochepaille, Brevet y Chenildieu. 

— ¿No me reconocéis? — les dijo. 

Los tres continuaron admirados, é indicaron con un movimiento de 
cabeza que no le reconocían. Cochepaille, intimidado, hizo el saludo 
íilitar. El señor Magdalena se volvió hacia los jurados y hacia el tri- 
enal, y dijo con acento tranquilo: 

— Señores jurados, mandad poner en libertad al acusado. Señor pre- 
sidente, mandad que se me prenda. El hombre á quien se busca no es él 
'ino yo. Yo soy Juan Valjean. 



246 LOS MISERABLES 



Ni una sola boca respiraba. A la primera conmoción de asombra 
había sucedido un silencio sepulcral. Sentíase en la sala esa especie de 
terror religioso que sobrecoje á las multitudes cuando se está verificando 
algo grandioso. 

Sin embargo, el rostro del presidente aparecía ' cubierto de simpatía 
y tristeza; había cambiado un signo rápido con el fiscal, y algunas pa- 
labras en voz baja con los jueces asesores. Y dirigiéndose al público, pre»» 
guntó con acento que fué comprendido por todo el mundo: 

— ¿Hay por aquí algún médico? 

£1 fiscal tomó la palabra: 

— Señores jurados, el incidente tan extraño como inesperado que 
suspende la audiencia, nos inspira, lo mismo que á vosotros, un senti- 
miento que no es necesario expresar. Todos vosotros conocéis, al menos 
por su fama, al honorable señor Magdalena alcalde de M* sur M*. Si 
hay algún médico entre el auditorio, unimos nuestra voz á la del señor 
presidente para rogarle se sirva asistir al señor Magdalena y acompa- 
ñarle á su domicilio... 

El señor Magdalena no dejó terminar al fiscal, interrumpiéndole con 
un acento lleno de mansedumbre y autoridad. He aquí las palabras que. 
pronunció, trasladadas literalmente, tal cual fueron escritas inmediata» 
mente después de la audiencia por uno de los testigos de aquella escena r 
tales cuales permanecen todavía en el oído de los que las oyerQn hace- 
cuarenta años. 

— Os doy muchas gracias, señor fiscal; pero no estoy loco. Vais á. 
verlo. Estabais próximos á cometer un gran error, dése libertad á ese 
hombre; cumplo con mi deber diciéndoos que yo soy ese desgraciada 
criminal. Yo soy el único que ve claro aquí, y digo la verdad. Dios, 
que está allá arriba, mira lo que yo hago, y esto basta. Podéis prender- 
me, puesto que me tenéis aquí. Yo, sin embargo, he obrado lo mejor 
que he podido. Me he ocultado bajo un nombre supuesto: me he enri- 
quecido, he llegado á ser alcalde; he querido mezclarme entre las gentes- 
honradas. Pero, por lo visto, esto no es posible. En esto hay muchas 
cosas que no puedo decir, pues no he de referir aquí mi historia; algún 
día se sabrá. Robé al señor obispo, es verdad; robé á Gervasillo, es ver- 
dad también. Hay razones para decir, como habéis dicho, que Juan 
Valjean era un miserable, malvado; pero quizá no sea suya toda la- 
culpa. Atendedme, señores jueces: un hombre tan envilecido como y<* 
no puede quejarse de la Providencia, ni debe dar consejos á la sociedad 
pero advertid que la infamia, de la cual había procurado salir, es ver- 
daderamente nociva. £1 presidio hace el presidiario. Haceos cargo de 
esto, si queréis. Antes de ir á presidio, era yo un infeliz aldeano, muy 
poco inteligente, casi un idiota; el presidio me cambió. Era estúpido, 
me volvi perverso; era un leño, me volví tizón. Más tarde, la indulgen- 
cia y la bondad me salvaron, de igual manera que la severidad me 



CHAMPMATHIEU MAS Y MAS ASOMBRADO 247 



había perdido. Pero perdonadme, pues no podéis vosotros comprender 
lo que os estoy diciendo. En mi casa se encontrará, entre las cenizas, de 
la chimenea, la moneda de cuarenta sueldos que robé hace siete años á 
Gervasillo. No tengo nada que añadir. Prendedme. ¡Válgame Dios! El 
señor fiscal mueve la cabeza como diciendo: Magdalena se ha vuelto 
loco. ¡No se me cree! Lo siento á fé. ¡No condenéis al menos á ese hom- 
bre! ¡Y qué! ¡Estos no me reconocen! Yo quisiera que estuviese aquí 
Javert. ¡El sí que me reconocería! 

No hay palabras con que expresar toda la melancolía benévola y 
sombría del acento con que acompañó esta exclamación. 

Volvióse hacia los tres presidiarios, diciendo: 

— ¡Pues bien! ¡Yo os reconozco á vosotros! ¡Brevet! ¿No os acordáis?... 

Interrumpióse, vaciló un momento, y luego dijo: 

— ¿Te acuerdas de aquellos tirantes de punto, labrados á cuadros, que 
llevabas en presidio? 

Brevet experimentó cierta sacudida de admiración, mirándole asom- 
brado de pies á cabeza. 

El continuó: 

— Chenildieu, tu que te llamabas á tí mismo Niega- á Dios, tienes el 
hombro derecho quemado profundamente, porque te recostaste un día 
sobr . un brasero encendido para borrar las tres letras T. F. P. que se 
descubren todavía á pesar de ello. Responde: ¿es cierto? 

— Es cierto, — dijo Chenildieu. 

Dirigióse entonces á Cochepaille. 

— Tú, Cochepaille, tienes cerca de la sangría del brazo izquierdo, una 
fecha grabada en letras azules con pólvora quemada. Esta fecha es la del 
día del desembarco del emperador en Cannes, 1.° de Marzo de 1815. Le- 
vántate la manga. 

Cochepaille se arremangó, y todas las miradas se dirigieron para ver 
aquel brazo desnudo. Uno de los gendarmes acercó un farol; la fecha se 
leía perfectamente. 

El desgraciado volvió la vista hacia el auditorio y hacia los jueces 
con una sonrisa; que enternece todavía á los que la presenciaron cuan- 
do la recuerdan. Era, á un tiempo mismo, la sonrisa del triunfo y de la 
desesperación. 

— Ya veis, — dijo, — como soy realmente Juan Valjean. 

No había ya en aquel recinto jueces, ni acusadores, ni gendarmes; 
• había mas que ojos fijos y corazones emocionados. Nadie se acordaba 

1 papel que estaba obligado á representar; el fiscal se olvidaba de que 
taba allí para requerir, el presidente de que estaba allí para dirigir, el 

ogado que se estaba allí para defender. Y es por cierto digno de no- 

rse, que no se hizo pregunta alguna, ni interymo ninguna autoridad, 
i condición de los espectáculos sublimes la de apoderarse de todos los 

irnos, y convertir los testigos en espectadores- Nadie alcanzaba qui- 



248 LOS MISERABLES 



zas á darse cuenta de lo que pasaba por él; nadie se explicaba, de segu- 
ro, que. estuviese viendo en aquello, una gran luz, y todos, sin embargo 
se sentían interiormente deslumhrados. 

Era evidente que tenían delante á Juan Valjean. Esto resplandecía* 
La aparición de aquel hombre había bastado para llenar de luz aquella 
aventura tan obscura pocos momentos antes. Sin que fuese ya necesaria 
otra explicación, toda aquella multitud, como por una especie de reve- 
lación eléctrifea, comprendió inmediatamente, y de un solo golpe, aque- 
lla simple y admirable historia de un hombre que se entregaba para que 
otro hombre no fuese condenado en su lugar. Los detalles, las vacilacio- 
nes, las pequeñas y naturales dificultades, se perdían en aquel vasto he- 
cho luminoso. 

Impresión que pasó rápidamente, pero que de momento fué irresis- 
tible. 

— No quiero molestar más á la audiencia, — repuso Juan Valjean. — 
Me voy, puesto que no se me prende. Tengo mucho que hacer. El señor 
fiscal sabe ya quien yo soy y á donde me dirijo; él hará que me prendan 
cuando quiera. 

Dirigióse á la puerta de salida. No se levantó una sola voz, ni se ex- 
tendió un brazo para detenerle. Todos se retiraron. Brillaba en él, en 
aquel instante, ese algo divino que hace que las muchedumbres retroce- 
dan y se inclinen delante de un hombre. Atravesó por entre la multitud 
á paso lento. No se ha sabido jamás quien le abrió la puerta, pero es 
cierto que la puerta estaba abierta cuando él llegó; desde allí volvióse y 
dijo: 

— Señor fiscal, estoy á vuestras órdenes. 

Después se dirigió al auditorio: 

— Tantos cuantos estáis aquí me crecis digno de compasión, ¿no es 
verdad? ¡Dios mío! Cuando pienso en lo que iba yo á hacer, me creo, en 
verdad, digno de envidia. Sin embargo, hubiera preferido que no hubie- 
se pasado nada de esto. 

Salió, y volvióse á cerrar la puerta, de igual manera que se había 
abierto; porque aquellos que hacen algo grande, están siempre seguros 
de hallar alguien que les sirva entre la multitud. 

Una hora después, el veredicto del jurado descargaba de toda culpa- 
bilidad al llamado Champmathieu; y Champmathieu puesto inmediata- 
mente en libertad, marchábase estupefacto, creyendo locos á todos los 
hombres, y no explicándose nada de aquella visión. 



ES QUE ESPEJO VIO EL SEÑOR MVGDALENA SI'S CABELLOS 249 

LIBRO OCTAVO 

' RETROCESO 

I 
En que espejo vio el señor Magdalena sos cabellos 

El día comenzaba á romper. Fantina había pasado una noche de in- 
somnio y calentura, llena, sin embargo, de imágenes risueñas; quedóse 
dormida al amanecer. Sor Simplicia, que la había velado, aprovechó es- 
te sueño para ir á preparar una nueva poción de quina. 

La buena hermana hacía algunos instantes que se hallaba en el labo- 
ratorio de la enfermería con sus drogas y redomas, mirándolas muy de 
cerca, á causa de esa especie de bruma que el crepúsculo esparce sobre 
los objetos, cuando, volviéndose de repente, dio un ligero grito. El señor 
Magdalena estaba delante de ella; acababa de entrar silenciosamente. 

— ¡Sois vos, señor alcalde! — exclamó. 

Y él respondió en voz baja: — ¿Como sigue esa pobre mujer? 

— No mal, en este instante. Pero ayer estuvimos todas muy inquietas. 

Y le explicó lo que había pasado; ctomo Fantina había estado muy 
mala, la víspera, y como entonces seguía mejor, porque creía que el señor 
alcalde había ido á buscar á su hija á Montfermeil. La hermana no se 
atrevió á interrogar al señor alcalde, pero conoció desde luego que no 
era de Montfermeil de donde venía. 

• — Está bien, — dijo él; — habéis hecho bien en no desengañarla. 

— Sí, — respondió sor Simplicia; pero ahora cuando os vea sin la ni- 
ña, señor alcalde, ¿qué vamos á decirle? 

Permaneció un momento reflexivo y luego: 

— ¡Dios nos inspirará! — exclamó. 

— Sin embargo, no podremos mentir, — murmuró á media voz la her- 
mana. 

Era ya completamente de día al entrar en la enfermería; la claridad 
daba de lleno en el rostro del señor Magdalena. La casualidad hizo que 
la hermana alzase los ojos. 

— ¡Dios mío! — exclamó ella. — ¿Qué os ha pasado? ¡Todo el pelo se os 
ha vuelto blanco! 

— ¡Blanco! — repitió él. 

Sor Simplicia no usaba espejo, y no teniéndole, tuvo que buscar en 
"in estuche de instrumentos, donde había un espejito, de que se servía el 
médico de la enfermería para comprobar cuando un enfermo estaba 
muerto, que ya no respiraba. 

El señor Magdalena tomó el espejo y mirándose los cabellos, dijo: 

— ¡Es verdad! 

Pronunció esta palabra con indiferencia y como si pensase en otra 
cosa. 



250 LOS MISERABLES 



La hermana sintió helársele la sangre por algo desconocido que en* 
treveía en todo aquello. 
El preguntó: 
— ¿Puedo verla? 

— ¿Es que el señor alcalde no le recordará á su hija? — dijo la herma* 
na, arriesgándose apenas á hacer la pregunta. 

— Sin duda; pero faltan á lo menos dos ó tres días. 
— Si no viera al señor alcalde hasta entónces 2 — repuso tímidamente 
la hermana, — no sabría que estaba de vuelta, y sería fácil inspirarle pa- 
ciencia. Cuando llegase la niña, pensaría naturalmente que el señor al- 
calde había venido con ella. De este modo no habría necesidad de men- 
tirle. 

El señor Magdalena pareció reflexionar algunos instantes, y luego di- 
jo con tranquila gravedad: 

— No, hermana; es preciso que yo la vea. Ta vez lleve yo prisa. 
La hermana no dio muestra de fijarse en e* tas palabras «tal vez, > 
que daban un sentido obscuro y singular á la frase d,l señor alcalde, y 
respondió bajando los ojos, cop voz respetuosa: 

— En ese caso, está descansando; pero el señor alcalde puede entrar. 
Hizo él algunas observaciones acerca de una puerta que cerraba 
mal, y cuyo ruido podía despertar á la enferma, y entró enseguida á 
donde e&taba Fantina, á cuya cama se acercó entreabriendo las corti- 
nas. Estaba durmiendo. El aliento salía de su pecho con ese ruido lúgu- 
bre propio de esa clase de enfermedades, que desconsuela á las pobres 
madres que velan por la noche á la cabecera de su hijo, desahuciado y 
dormitando. Pero aquella respiración fatigosa no turbaba apenas una 
especie .de serenidad inefable, difundida por su semblante, y que la 
transfiguraba en su sueño. Su palidez se había trocado en blancura; sus 
mejillas estaban encarnadas. Sus largas pestañas rubias, único rasgo de 
belleza que le restaba de su virginidad y juventud, palpitaban á pesar 
de estar bajos y cerrados los ojos. Todo su cuerpo parecía como temblo- 
roso por cierto movimiento de alas, dispuestas á entreabrirse y llevár- 
sela, cuyo aleteo se sentía sin verlas. 

Al mirarla en aquel estado, nadie hubiera podido creer que era una 
enferma casi desahuciada. Antes parecía que iba á emprender el vuelo 
que á morirse. 

La rama, cuando se acerca una mano para arrancar la flor, tiembla, 
y parece como que huya y se ofrezca al mismo tiempo. El cuerpo hi 
mano tiene algo de semejante temblor, cuando llega el instante en qu< 
los dedos misteriosos de la muerte van á coger el alma. 

El señor Magdalena permaneció inmóvil algún tiempo al lado d 
aquel lecho, mirando alternativamente á la enferma y al crucifijo, com< 
cuando dos meses antes, fué á verla por la primera vez en el asilo. Am- 
bos aparecían en la misma actitud; dormida ella y orando él; pero en eJ 



FANTINA DICHOSA 251 



trascurso de aquellos dos meses, ella tenía los cabellos grises y él los te 
nía blancos. 

La hermana no había entrado con él. Estábase el señor Magdalena 
de pí3 junto á la cama, con el dedo sobre los labios, como si hubiese 
alguien allí a ouien imponer silencio. 

Elia abrió 1:h ojo , le vio, y le dijo apaciblemente con dulce sonrisa: 

— ¿YCosette? 

II 
Pant na. dichosa 

No hizo el menor movimiento de sorpresa ni de alegría, puesto que 
era la alegría misma. Esta sencilla pregan a: ¿y Oosette? fué hecha con 
tina fé tan profunda, con tanta certidumbre, con una ausencia tan com- 
pleta de inquietud y de duda, que no se le ocurrió á él palabra alguna. 
Ella continuó: 

— Ya yo sabía que estabais aquí, aunque dormía, lo estaba viendo. 
Y hace ya buen rato que lo veo, puesto que toda la noche os he ido si- 
guiendo con los ojos. Estabais en medio de una gloria rodeado de toda 
clase de figuras celestes. 

El levantó su mirada hasta el crucifijo. 

— Pero, — repuso ella, — decidme luego: ¿dónde está Cosette? ¿Por qué 
no la habéis sentado sobre mi cama para el momento en que yo desper- 
tase? 

El señor Magdalena respondió maquinalmente algunas palabras, que 
no ha podido nunca recordar. 

Afortunadamente el médico, á quien se había avisado, llegó á tiem- 
po de auxiliar al señor Magdalena. 

— Hija mía. — dijo el médico; — calmaos. Vuestra hija está ahí. 

Los ojos de Fantina se iluminaron cubriéndose de claridad todo su 
semblante. Juntó ambas manos con una expresión que contenía todo 
cuanto puede haber en la oración á un tiempo mismo, dulce y violento. 

— ¡Oh! — exclamó. — ¡Traédmela! 

¡Tierna ilusión de madre! Cosette era aún para ella la criaturita que 
se lleva en brazos. 

— Todavía no, — repuso el médico, — todavía no. Aún tenéis un poco 
de fiebre. La vista de vuestra hija os agitaría y podría haceros daño. 
Lo primero es curarse. 

Ella le interrumpió impetuosamente: 

— Pero, ¡si ya estoy buena! ¡Os digo que estoy buena! ¡Qué torpeza 
í médico! ¡Yo quiero ver á mi hija! 

— ¿Veis, veis, — dijo el médico, — cómo os exaltáis? Mientras estéis 
tí, me opondré á que veáis á vuestra hija. No basta que la veáis, es 
reciso vivir para ella. Cuando seáis razonable, yo mismo os la traeré. 

La pobre madre agachó la cabeza: 



252 LOS MISERABLES 



—Señor doctor, os pido perdón, os lo pido de veras. En otro tiempo 
no habría hablado como ahora, pero me han sucedido tantas desgracias, 
que algunas veces no sé lo que me digo. Comprendo que teméis la emo- 
ción, y esperaré cuanto queráis; pero os juro que no me hubiera hecho 
el menor daño ver ahora á mi hija. Si la estoy viehdo, mis ojos no dejan 
de verla desde ayer noche, ¿Entendéis? Si ahora me la trajeran me pon* 
dría á hablar con ella tranquilamente. Nada más. ¿No es muy natural 
que tenga deseos de ver á mi hija, á quien han ido á buscar expresa- 
mente á Montfermeil? No estoy enfadada. Sé perfectamente que voy á 
ser dichosa. Toda la noche he estado viendo cosas blancas y personas 
que me sonreían. Cuando quiera el señor doctor me traerá él mismo 4 
mi Cosette. Ya no tengo calentura, puesto que estoy curada, conozco 
bien que ya no tengo nada, pero voy ha hacer como si estuviese enfer- 
ma, y á no moverme para complacer á las hermanas. Cuando vean que 
estoy muy tranquila, dirán: hay que traerle su hija. 

El señor Magdalena se había sentado en una silla que había junto al 
lecho. 

Volvióse Fantina hacia él, haciendo visibles esfuerzos por parecer se- 
rena y «muy juiciosa,» según su propia frase, durante aquel abatimiento 
de la enfermedad, parecida á la debilidad de la infancia, á fin de que, 
viéndola tan calmada, no encontrasen dificultad en llevarle su Cosette. 
Sin embargo, al mismo tiempo que se contenía, no podía menos de diri- 
gir al señor Magdalena algunas preguntas. 

— ¿Habéis tenido buen viaje, señor alcalde? ¡Oh! ¡Y qué bueno sois 
en haber ido á buscarla! Decidme solamente como . está. ¿Ha' resistido 
bien el viaje? ¡Ay! ¡Ya no va á conocerme! Después de tanto tiempo, se 
habrá olvidado de mí la pobrecita. Las criaturas no tienen memoria, 
son como los pájaros. Hoy ven una cosa, mañana otra, y luego no se 
acuerdan de nada. ¿Tenía al menos ropa limpia? ¿Los Thénardier la te- 
nían aseada? ¿Qué le daban de comer? ¡Oh! ¡Cuánto he sufrido, si su- 
pierais, haciéndome todas esas preguntas en los tiempos de mi miseria! 
¡Ahora todo ha pasado! ¡Estoy alegre! ¡Oh! ¡Y cómo querría verla! Se 
ñor alcalde, ¿os ha parecido bonita? ¿Verdad que es muy hermosa mi 
hija? ¿Habréis tenido mucho frío en la diligencia? ¿No me la podrían 
traer siguiera un momento? ¡Ya se la volverían á llevar enseguida! ¡De- 
cidlo vos! ¡Vos que sois el amo! 

El le tomó la mano, y dijo: 

— Cosette es hermosa, y está buena; pronto la veréis; pero calmaos 
Habláis con demasiada viveza, y sacáis los brazos fuera de la cama, y 
esto os hace toser. 

En efecto, accesos de tos interrumpían á Fantina casi á cada palabra. 

Fantina no murmuró siquiera, temiendo haber comprometido con al- 
gunas quejas apasionadas la confianza que quería inspirar, y púsose á 
hablar de cosas indiferentes: 



F AMINA DICHOSA 253 



— ¿Es muy bonito Montfermeil, no es verdad? Durante el verano se 
hacen mucha excursiones de recreo. ¿Hacen negocio los Thénardier?; No 
pasa mucha gente por su casa. Es una especie de figón la tal posada. 

El señor Magdalena seguía teniéndola cogida la mano y contemplán- 
dola ansioso; era evidente que había ido á decirle cosas, ante las cuales 
mi mente vacilaba. El médico, terminada la visita, se había retirado» 
S >r Simplicia era la única persona que estaba con ellos. 

Entre tanto, en medio de aquel silencio, exclamó Fantina: 

— ¡Ya la oigo! ¡Dios mío! ¡Ya la oigo! 

Extendió la mano imponiendo silencio, retuvo. el aliento, y se puso á 
escuchar como extasía da. 

Había una criatura que estaba jugando en el patio, hija de la' portera 
ó de alguna operaría. Fué una de esas casualidades que ocurren siempre, 
y que parecen formar parte del aparato misterioso de los sucesos lúgu- 
bres. La criatura, que era una niñita, iba, venía, corría para entrar en 
Calor, reía y cantaba en alta voz. 

¡Ah! ¡En qué no se mezclan los juegos de niños! El canto de aquella 
criatura era el que oía Fantina. 

— ¡Oh! — exclamó ella. — ¡Es mi Cosette! Conozco su voz. 

La chiquilla se alejó tal como había venido; la Voz se extinguió. Fan- 
tiua siguió escuchando por algúa tiempo; después se cubrió de sombras 
su semblante, y el señor Magdalena la oyó que decía por lo bajo: 

— ¡Qué malo es ese médico, no dejándome ver á mi hija! ¡Mala cara 
tiene ese hombre! 

Sin embargo, reapareció el fondo risueño de sus pensamientos, y con- 
tinuó hablándose á sí misma, sin levantar la cabeza de la almohada: 

— ¡Qué felices vamos á ser! Tendremos en primer lugar un jardinito. 
Me lo ha prometido el señor Magdalena. Mi hija jugará en el jardín. Ya 
debe saber de seguro, las letras. Yo la haré deletrear. Correrá entre la 
yerba detrás de las mariposas. Yo la contemplaré. Luego hará su prime- 
ra comunión. ¡Ah! ¿Cuándo debe hacer su primera comunión? 

Púsose á contar con los dedos. 

— ...Uno, dos, tres, cuatro... Tiene siete años. Dentro de cinco, lle- 
vará un velo blanco y medias caladas, parecerá una mujercita. ¡Oh, mi 
buena hermana, no sabéis lo tonta que yo soy! ¡Pues no estoy ya pen- 
sando en la primera comunión de mi hija! 

Y se puso á reír. 

El había dejado la mano de Fantina, y oía aquellas palabras como se 
re el viento que sopla, con la vista en el suelo y el espíritu sumido en 
flexiones profundas. De pronto dejó ella de hablar, y esto le hizo á él 
rantar míaquinalmente la cabeza. Fantina se había puesto horrorosa. 

No hablaba ya, no respiraba; se había medio incorporado sobre la 
tina; su hombro descarnado salía por entre la camisa; su rostro, radián- 
hacía un momento, estaba descompuesto, parecía fijarse en algo for- 



254 LOS KISERABt.ES 



mí dable que estaba ante su vista al otro extremo de la sala, agrandados 
sus ojos por el terror. 

— ¡Dios mío! — exclamó él. — ¿Que tenéis, Fantina? 

Ella no respondió, ni apartó* los ojos del objeto que parecía estar 
viendo; tocóle el brazo con una mano, y con la otra le hizo seña de que 
mirase detrás de sí. 

Volvióse, y vio á Javert. 

III 
Javert contento 

> He aquí lo que había pasado. 

Acababan de dar las doce y media, cuando el señor Magdalena salió 
de la sala de los jurados de Arras. Había llegado de vuelta á la posada 
precisamente á tiempo de partir con la silla correo en el asiento que re- 
cordará el lector que había tomado. 

Poco antes de las seis de la mañana había llegado á M* sur M*, y su 
primer cuidado había sido echar al correo su carta dirigida al señor La- 
ffite, y luego ir á la enfermería á ver á Fantina. 

En el entretanto, y apenas había dejado él la sala de audiencia del 
tribunal de los jurados, cuando vuelto en sí el fiscal de su primera sor- 
presa, había tomado la palabra para deplorar el acto de locura del ho- 
norable alcalde de M* sur M*, y declarar que no por ese incidente pere- 
grino, que se aclararía mas tarde, se habían modificado sus conviccio- 
nes requiriendo por lo tanto, la condena de aquel Champmathieu, evi- * 
dentemente verdadero Juan Valjean. La persistencia del fiscal estaba vi- 
siblemente en contradicción con el sentimiento de todos, así del público, 
como del tribunal y del jurado. Al defensor le costó poquísimo trabajo 
refutar aquella arenga y establecer que, á consecuencia de las revelacio- 
nes del verdadero Juan Valjean, el asunto había cambiado completa- 
mente de aspecto y que el jurado no tenía ya ante sí mas que un ino- 
cente. El abogado había proferido con ese motivo algunas sentencias de- 
clamatorias, desgraciadamente poco nuevas, acerca de los errores judi- 
ciales, etc., etc.; el presidente, en su resumen, se unió al defensor, y él 
jurado en breves momentos declaró libre de culpa á Champmathieu. 

Sin embargo, hacía falta un Juan Valjean y el fiscal, no teniendo ya 
á Champmathieu, tomó á Magdalena. 

Inmediatamente después de haber sido puesto en libertad Champn 
thieu, el fiscal se encerró con el presidente. Ambos conferenciaron ac 
ca «de la necesidad de apoderarse de la persona del señor alcalde de 
sur M*.» Esta frase, en la que hay muchos de¡ es del fiscal, escrita to 
de su mano en la minuta de su informe al tribunal superior. Pasada 
primera emoción, el presidente hizo pocas objeciones. Creyó que f 
preciso que la justicia siguiese su curso. 

Y luego, para decirlo todo, aunque el presidente fuese hombre 






■ 

i 



JAVERT CONTENTO 256 



bien y bastante entendido, era al propio tiempo muy realista, casi furi- 
bundo, y le había chocado que el alcalde de M* sur M*, hablando del 
desembarco de Catines, dijese el emperador y no Buonaparte. 

La orden de arresto fué expedida inmediatamente. El fiscal la envió 
á M* sur M*, por un propio, á uña de caballo, encargándosela al ins- 
pector de policía Javert. 

Ya sabemos que Javert había regresado á M* sur M*, inmediatamen- 
te después de haber prestado su declaración. 

Javert se estaba levantando en el momento en que el propio le entre- 
gó la orden de arresto y mandato de traslación. 

£1 propio era también un agente de policía muy experimentado, 
quien puso en dos palabras á Javert al corriente -de lo sucedido en Arras. 
La orden de arresto, firmada por el fiscal, estaba concebida en estos tér- 
minos: 

«El inspector Javert reducirá á prisión al señor Magdalena, alcalde 
»de M* sur M*, quien en la audiencia de este día ha sido reconocido por 
>8er el presidiario cumplido Juan Valjean. 

Quien no conociera á Javert y le hubiese visto en el momento de pe- 
netrar en la antesala de la enfermería, no habría podido adivinar nada 
de lo que pasaba, y le habría encontrado el aire mas natural del mundo. 
Estaba frío, sereno, grave, con su pelo gris perfectamente alisado sobre 
las sienes, y acabando de subir la escalera con su lentitud acostumbra- 
da. Pero quien le hubiese conocido á fondo, examinándole atentamente, 
se hubiera estremecido. La hebilla de su corbatín de cuero, en vez de 
estar sobre la nuca, estaba junto la oreja izquierda. Esto revelaba una 
agitación inaudita . 

_ Javert era un carácter completo, no permitiéndose el menor pliegue 
ni en su deber ni en su traje; metódico con los criminales, rígido con. 
los botones del vestido. 

Para haberse dejado fuera de lugar la hebilla de su corbatín, menes- 
ter era que se verificase en él una de aquellas emociones que podríamos 
llamar terremotos interiores. 

Habíase presentado sencillamente, después de haber pedido un cabo 
y cuatro soldados en el cuerpo de guardia inmediato, y dejándoles en el 
patio; había preguntado por el cuarto de Fantina, cuya indicación le 
había dado la portera sin la menor desconfianza, acostumbrada como 
estaba, á ver gentes armadas preguntando por el señor alcalde. 

Al llegar al cuarto de Fantina alzó el picaporte, empujó la puerta 
. la suavidad de un enfermero ó de un espía, y entró. 
Mejor dicho: no entró. Se mantuvo de pié junto á la puerta entre- 
vería con el sombrero puesto, y la mano izquierda metida bajo la so- 
)a de su levitón que llevaba abrochado hasta la barba. En el pliegue 
codo asomaba el puño de plomo de su enorme bastón, el cual des- 
recía detrás de él. 



256 LOS MISERABLES 



Permaneció en esta actitud cerca de un minuto, sin que se notase fu 
presencia. De pronto Fantina alzó los ojos, le vio, é hizo que se volviese 
el señor Magdalena. 

En el momento en que la mirada de Magdalena tropezó con la mira- 
da de Javert, Javert, sin moverse, sin dar un paso, sin adelantarse, 
apareció espantoso. Ningún sentimiento humano puede manifestarse tan 
horrible como la alegría. 

Fué aquella la expresión de un demonio que acababa de encontrar á 
su condenado. 

La certidumbre de tener por fin á Juan Valjean, hizo aparecer en su 
fisonomía todo cuanto se guardaba encerrado en su alma. £1 fondo re- 
movido subió á la superficie. La humillación de haber perdido la pista 
y haberse equivocado durante algunos minutos con aquel Champmathieu, 
se borraba bajo el orgullo de haber adivinado tan bien desde el princi- 
pio, y tenido por tanto tiempo un instinto certero. El contento de Javert 
estalló en su actitud soberana. La deformidad del triunfo brilló sobre su 
deprimida frente. Adquirió todo el desarrollo del horror que pueda caber 
en un semblante satisfecho. 

Javert en aquel momento estaba en el cielo. Sin que él mismo supie- 
se darse cuenta exacta de lo que pasaba por él, comprendía, sin em- 
bargo, por una intuición confusa de au deber y de su éxito, que él, 
Javert, personificaba la justicia, la luz y la verdad en su función subli- 
me de aplastar el mal. Tenía detrás de sí y en. derredor suyo, á una 
profundidad infinita," la autoridad, la razón, la cosa juzgada, la con- 
ciencia legal, la vindicta pública, todas las estrellas. El protegía el or- 
den, hacía surgir el rayo de la ley, vengaba á la sociedad, prestaba su 
fuerza á lo absoluto; erguíase en medio de su gloria. Había en su triunfo 
un resto de provocación y de lucha; en pié, altanero, radiante, desple- 
gaba á manos llenas en el azulado ambiente, la bestialidad sobrehuma- 
na de un arcángel feroz. La sombra terrible de la acción que desempe- 
ñaba hacía visible en su crispada mano el vago centelleo de la espada 
social. Satisfecho é indignado, tenía bajo su planta el crimen, el vicio, 
la rebeldía, la perdición, el infierno. Irradiaba, exterminaba, sonreíase, 
y no puede negarse que había cierta grandeza en aquel san Miguel 
monstruoso. 

Javert, espantoso, no tenía nada de innoble. 

La probidad, la sinceridad, el candor, la convicción, la idea del de- 
ber, son cosas que, equivocándose, pueden trocarse en repugnantes; 
pero que, repugnantes y todo, permanecen grandes. La majestad propia 
de la conciencia humana, persiste en el horror. Son virtudes que tienen 
un vicio, el error. La despiadada alegría honrada de un fanático en 
plena atrocidad, conserva cierta aureola tristemente venerable. Sin él 
advertirlo en medio de su contento formidable, era Javert digno de lás- 
tima, como todo ignorante que triunfa. No puede darse nada tan dolo- 



LA AUTORIDAD RECOBRA SUS DERECHOS 257 

% 

roso y terrible como aquel semblante, en que se manifestaba lo que po- 
dríamos llamar todo lo malo de lo bueno. 

IV 
La autoridad recobra sus derechos 

Fantina no había vuelto á ver á Javert desde el día en que el alcalde 
la había librado de sus manos. Su cerebro enfermo no se daba cuenta de 
nada; pero se imaginó que iba á buscarla. No pudo, pues, soportar la 
vista de aquel semblante horrible; sintióse morir, ocultó el rostro entre 
a nabas manos, y exclamó angustiada: 

— ¡Señor Magdalena, salvadme! 

Juan Valjean — ya no le llamaremos de otro modo en adelante — se 
había levantado y dicho á Fantina con acento apacible y sereno: 

— Tranquilizaos, no es por vos por quien viene. 

Después dirigiéndose á Javert, le dijo: 

—Ya sé lo que queréis. 

Javert respondió: 

— ¡Vamos pues! 

Hubo en la inflexión con que acompañó estas dos palabras algo, en 
verdad, frenético y feroz. Javert no dijo: ¡Vamos pues! sino ¡Vampués! 
No hay ortografía que pueda expresar el acento con que lo pronunció. 
No fué aquello palabra humana; fué un rugido. 

No obró según costumbre, no entró en materia, no presentó la orden 
de arresto. Para él Juan Valjean era una especie de enemigo misterioso 
é impalpable, un luchador tenebroso, á quien venía atacando hacía cinco 
años sin poder derribarle. Aquella prisión no era un principio, sino un 
fin. Limitóse por ello á exclamar: 

— ¡Vamos, pues! 

Y así diciendo, no adelantó un paso, lanzó solamente sobre Juan Val- 
jean aquella mirada que él arrojaba como un garfio, y con la cual acos- 
tumbraba á arrastrar violentamente hacia él á los desgraciados. 

Esta fué la mirada que sintió penetrar Fantina, hasta la médula de 
sus huesos, dos meses antes. 

Al grito de Javert, Fantina había vuelto á abrir los ojos. Pero estan- 
do allí el señor alcalde ¿qué había de temer? 

Javert se adelantó hasta el medio de la sala y exclamó: 

— ¡Ea! ¿Vienes? 

Lia infeliz miraba en torno suyo. No había nadie más que la hermana 
el alcalde. ¿A quién se podía dirigir aquel tuteo abyecto de Javert? A 
la solamente; y empezó á temblar. 

Entonces vio Fantina una cosa inaudita, de tal modo inaudita, como 
anca jamás se le había aparecido otra alguna, ni en los más espantosos 
elirios de su fiebre. 

TOMO I 17 



258 LOS MISERABLES 



Vio al repugnante Javert coger por el cuello al señor alcalde, y vio 
al señor alcalde bajar la cabeza. Parecióle que se hundía el mundo. 

Javert, en efecto, había cogido por el cuello á Juan Valjean. 

— ¡Señor alcalde! — exclamó Fantina. 

Javert se echó á reír con aquella expresión espantosa que descubría 
todos sus dientes. 

— ¡Ya no hay aquí señor alcalde alguno! 

Juan Valjean no probó siquiera de rechazar la mano que le tenía su- 
jeto por el cuello de su levita, y dijo solamente: 

— ¡Javert!... 

Javert le interrumpió: 

— Llámame señor inspector. 

Señor inspector, — repuso Juan Valjean— quiero deciros una palabra 
á solas. 

— ¡Alto y claro! Habla altp, — respondió Javert. — A mí se me habla 
siempre en alta voz. 

Juan Valjean continuó bajándola: 

— Es un favor que os pido... 

— Dígote que hables alto. 

— Es cosa que únicamente vos debéis oir... 

— ¿Y á mí qué me importa? ¡No escucho nada! ' 

Juan Valjean se volvió hacia él, y dijo rápidamente muy por lo bajo: 

— ¡Concederme tres días! ¡Tres días para ir á buscar la criatura de 
esta pobre mujer! ¡Pagaré lo^que sea! Podéis acompañarme si queréis. 

— ¡Quieres reírte! — exclamó Javert. — ¡No te creía yo tan bruto! ¡Me 
pides tres días para marcharte! ¡Dices que es para ir á buscar la hija de 
esta chica! ¡Já, já! ¡Vaya una gracia! 

Fantina se estremeció. 

— ¡Mi hija! — exclamó. — ¡Ir á buscar á mi hija! ¡Luego no está aquí! 
Hermana mía, respondedme: ¿Dónde está Cosette? ¡Yo quiero á mi hija! 
¡Señor Magdalena, señor alcalde! 

Javert dio una patada. 

— ¡Ahora la otra! ¡A ver si te callas, buena pieza! ¡Bonito país es este 
donde los presidiarios son magistrados y las mujeres públicas están cui- 
dadas como condesas! Pero todo ello va á cambiar pronto; ¡ya era tiem- 
po! 

Y mirando fijamente á Fantina, añadió, cogiendo otra vez por la cor- 
bata, la camisa y el cuello á Juan Valjean: 

— Te digo que no hay aquí ningún señor Magdalena, ni señor alcalde 
alguno. No hay sino un ladrón, un bandido, un presidiario llamado Juan 
Valjean, que es á quien tengo cogido! ¡Eso es lo que hay! 

Fantina se incorporó de súbito, apoyada en sus brazos débiles y des- 
carnadas manos; miró á Juan Valjean, miró á Javert, miró á la herma- 
na, abrió la boca como para hablar, pero salió solamente un ronquido 



LA AUTORIDAD RECOBRA SUS DERECHOS 259 



«leí fondo de su garganta, y chocaron sus dientes; extendió después los 
brazos con angustia, abrió convulsivamente las manos, y buscando á su 
alrededor como el que se ahoga, cayóse luego por su propio peso sobre 
la almohada. 

Su cabeza chocó contra la cabecera de la cama, doblándose sobre el 
pecho; la boca abierta, abiertos los ojos y apagados. 

Estaba muerta. 

Juan Valjean puso su mano sobre la mano de Javert que le tenía 
asido, y se la abrió como se abre la mano de un niño, diciéndole: 

— ¡Habéis matado á esa mujer! 

— ¡Acabaremos!^— exclamó furioso Javert. — Yo no estoy aquí para 
atender razones. No perdamos el tiempo; la guardia está abajo, vamos 
enseguida, ó mando que te aten. % 

Había en un rincón de la sala uíia cama vieja de hierro en bastante 
mal estado, que servía para recostarse las hermanas' cuando estaban de 
vela. Dirigióse á ella Juan Valjean, desencajó en un momento la cabece- 
ra, ya muy quebrantada, cosa facilísima á un hombre de sus fuerzas, y 
empuñando la barra principal, lanzó sobre Javert una mirada de alto á 
bajo. Javert retrocedió basta la puerta. 

Juan Valjean, empuñando su barra, llegóse lentamente hasta el lecho 
de Fantina y al llegar á él volvióse de frente hacia Javert, diciéndole en 
voz apenas perceptible: 

— No os aconsejo que me estorbéis en este momento. 

Es lo cierto que Javert temblaba. 

Tuvo intención de ir á llamar á la guardia, pero Juan Valjean podía 
aprovecharse de aquel minuto para huir. Quedóse pues, cogiendo su bas- 
tón por lo mas delgado, y reclinándose contra el quicio de la puerta mi- 
raba fijamente á Juan Valjean. 

Juan Valjean apoyó su codo sobre el pomo de la cabecera y la frente 
<n su mano, contemplando á Fantina inmóvil y tendida, permaneciendo 
así, absorto, mudo, y sin pensar seguramente en nada de esta vida. 
No se manifestaba en su rostro ni en su actitud mas que una inexplica- 
ble piedad. Después de algunos momentos de semejante meditación, in- 
clinóse hacia Fantina, y le habló en voz baja. 

¿Qué le dijo? ¿Qué podía decirle aquel hombre considerado reprobo, 
á aquella mujer muerta? ¿Qué significaron aquellas palabras? Nadie en 
la tierra las oyó. ¿Las oyó la difunta? Hay ilusiones conmovedoras que 
don tal vez realidades sublimes. Lo que está fuera de duda es que Sor 
Simplicia, único testigo de cuanto allí pasó, repitió luego muchas veces 
:jue en el momento en que Juan Valjean habló al oído de Fantina, vio 
asomar claramente una inefable sonrisa en aquellos pálidos labios y en 
aquellas vagas pupilas, llenas del asombro de la tumba. 

Juan Valjean tomó entre sus manos la cabeza de Fantina y la aco- 
modó en la almohada, como hubiera podido hacer una madre con su hi- 



LOS MISFRABLES 



ja; después le ató el cordón de la camisa y metió sus 
ira. Hecho esto, le cerró los ojos. 

La cara de Fantioa en aquel instante parecía es 
nada. 

La muerte es la entrada en la gran luz. 

La mano de Fantina colgaba fuera de la cama. Ju¡ 
dilló delante de aquella mano, que levantó suavement 

Después, de pié otra vez, volvióse hacia Javert, di 

— Ahora estoy á vuestras órdenes. 

V 
Tumba apropiada 

Javert encerró a Juan Valjean en la cárcel de la p 

La prisión del señor Ivíagdalena produjo en M* e 
eión, ó por mejor decir, una conmoción extraordin 
j>oder disimular, que á la sola exclamación de: ¡Era i 
¡•i todo el mundo le abandonó. En menos de dos hora 
había hecho fué olvidado, y ya no fué mas que «un 
es advertir que no se conocían aún los pormenores d 
Durante todo el día oyéronse en toda la población co: 
esta: 

— ¿No lo sabéis? Era un presidiario cumplido. 

—¿Quién? 

—El alcalde. 

— ¡Bah! ¿El señor Magdalena? 

—Sí. 

— ¿De veras? 

— No se llama Magdalena; tiene un nombre horrib 
Boujean. 

— ¡Ay! ¡Dios mío! 

— Está preso. 

— ¡Preso! 

— Sí, en la cárcel de la ciudad hasta que se le tras 

— ¡Que se traslade! ¿Le van á trasladar? ¿Y adond 

— Van á hacerle comparecer ante los jurados por 
blado que cometió en otro tiempo. 

— ¡Ya me lo sospechaba yo! Era un hombre dei 
masiado perfecto, demasiado confiado. No quería con 
limosna á todos los pilluelos que encontraba. Siempre 
cerrar todo esto una mala historia. En las «reuniones 
pecialmente, dominó esta idea. 

Una vieja señorona, suscriptora de la Bandera bl> 
flexión de la cual es casi imposible sondear la profun 

— Me alegro. ¡Así aprenderán los bounapartistasl 



TUMBA APROPIADA 261 



Así fué como aquel fantasma que se había llamado señor Magdalena, 
«e desvaneció en M* sur M*. Tres ó cuatro personas solamente en toda 
la población permanecieron fieles á su memoria. La vieja portera que le 
había servido fué una de ellas. 

La noche de aquel mismo día, esta buena anciana, estaba sentada en 
*u cuartito asustada aún y reflexionando tristemente. La fábrica había 
-estado cerrada todo el día, la puerta cochera tenía echado el cerrojo, y 
la calle estaba desierta. No había en la casa mas que las dos hermanas, 
sor Simplicia y sor Perpetua, que velaban junto ai cuerpo de Fantina. 
Hacia la hora en que el señor Magdalena acostumbraba á entrar, la bue- 

» 

na de la portera se levantó maquinalmente, sacó de un cajón la llave del 
«cuarto del señor Magdalena, tomó la palmatoria que le servía por las 
noches para subir á su cuarto, y colgó la llave en el clavo de donde él la 
«olía alcanzar colocando la palmatoria al lado, como si también le espe 
xase. Luego volvió á sentarse y se puso á reflexionar. La pobre vieja ha- 
bía hecho todo aquello sin darse cuenta de lo que hacía. 

Hasta que se pasaron dos horas largas no salió de sus meditaciones, 
exclamando: 

— ¡Calle! ¡Dios mío Jesucristo! ¡por qué he puesto yo la llave en el 
-clavo! 

En aquel mismo instante se abrió el ventanillo de la portería, pasó 
Tina mano, cogió la llave y la palmatoria, y encendió la bujía en la vela 
que estaba ardiendo. 

La portera levantó los ojos y se quedó asombrada, sin poder lanzar 
un grito que ahogó en la garganta. 

Había conocido aquella mano, aquel brazo y aquella manga de le- 
vita. 

Era realmente el señor Magdalena. 

Quedóse algunos segundos sin poder hablar, sobrecogida, como decía 
-después ella misma, contando la aventura. 

— ¡Dios mío, señor alcalde! — exclamó por fin; — yo os mía... 

Paróse. El final de su frase hubiera sido una falta de respeto al prin- 
cipio. Juan Valjean continuaba siendo para ella el señor alcalde. 

Este terminó por sí mismo la frase. 

— En la cárcel, — dijo. — Sí, allí" estaba; he roto un barrote de una 
ventana, y me he dejado caer desde un tejado, y aquí me tenéis. Subo 
mi cuarto; avisad á sor Simplicia. Estará sin duda junto á esa pobre 
ujer. 

La vieja obedeció enseguida. 

No le hizo él recomendación ninguna; tan seguro estaba que le guar- 
iría ella mejor que él mismo. 

Jamás ha podido saberse como logró penetrar en el patio sin hacer 
irir la puerta cochera. Tenía y llevaba siempre consigo una llave maes- 



202 LOS MISERABLES 



c 




tra que abría una puertecilla lateral, pero debían haberle registrado y 
quitádole esa llave. Este panto no ha sido esclarecido. 

Subió la escalera que conducía á su cuarto. Al llegar arriba dejó la 
palmatoria en el último tramo, abrió la puerta sin hacer ruido, y fué 4 
cerrar á tientas la ventana y postigos; después volvió á tomar la palma* 
toria y entró en la habitación. 

La precaución era útil, porque debemos recordar que la ventana po- 
día ser vista desde la calle. 

Dirigió una mirada á su alrededor, sobre la mesa, sobre' la silla, so» 
bre la cama, que no se había deshecho hacía tre* días. No quedaba el 
menor vestigio del desorden de la penúltima noche. La portera había, 
«arreglado el cuarto.» Y, al arreglarlo, había recogido de entre la ceni- 
za, y colocado cuidadosamente sobre la mesa las dos conteras del palo y 
la moneda de cuarenta sueldos ennegrecida por el fuego. 

Tomó un pliego de papel, en el cual escribió: «Estas son las dos con- 
fieras de mí bastón y la moneda de dos francos robada á Gervasillo T 
»de que he hablado al tribunal.* Puso sobre dicho papel la moneda de 
plata y las dos conteras, de modo, que fuera lo primero que se viese al 
entrar á la habitación. Sacó de un armario una camisa vieja, la que 
desgarró envolviendo con los pedazos los dos candeleros de plata. No * e 
dio prisa alguna ni mostró la menor agitación. Y mientras envolvía loa 
candeleros del obispo, iba mordiendo un pedazo de pan negro. Es pro- 
bable que fuera este pan el de la cárcel, que se había llevado consigo al 
evadirse. 

Esto fué comprobado por las migajas de pan que se encontraron en 
el suelo del aposento, cuando mas tarde se hizo en el mismo un recono- 
cimiento por la justicia. 
* Dieron dos golpecitos en la puerta. 

— Adelante, — dijo él. 

Era sor Simplicia. 

Estaba pálida, tenía los ojos enrojecidos, la vela que llevaba vacilaba 
en su mano. Las violencias del destino tienen la particularidad de que,, 
por perfectos y fríos que seamos, nos sacan del fondo de las entrañas la» 
naturaleza humana, obligándola á mostrarse al exterior. Con las emo- 
ciones de aquel día, la religiosa se había convertido nuevamente en mu* 
jer. Había llorado y temblaba. 

Juan Yaljean acababa de escribir algunas líneas en un papel, que 
entregó á la hermana, diciéndola: — Hermana, mandareis este papel al 
señor cura. 

El papel estaba desdoblado. La hermana fijó en él los ojos. 

— Podéis leerlo, — dijo Juan Valjean. 

La hermana leyó: 

«Ruego al señor cura que cuide sobre todo de lo que dejo aquí. Coa 



r 



TUMBA APROPIADA 263 



»ello se servirá pagar las costas de mi proceso y el entierro de Ja mujer 
»que ha muerto hoy. Lo restante será para los pobres.» 

La hermana quiso hablar, pero apenas pudo balbucear algunos soni- 
dos inarticulados. Sin embargo, consiguió decir: 

— ¿No desea el señor alcalde volver á ver por última vez á esa pobre 
infeliz? 

— Nó, — respondió él, — me persiguen, y si llegaran á prenderme á su 
lado, esto turbaría su reposo. 

No bien había terminado, cuando sonó un gran ruido en la escalera. 
Oyóse un tumulto de pasos de gente que subía, y la vieja portera que 
decía en voz alta y penetrante: 

— ¡Señor mío, os juro por Dios santo, que no ha entrado aquí nadie 
durante todo el día, ni durante la noche, porque no me he apartado un 
instante de la portería! 

Un hombre respondió: 

— Sin embargo, hay luz en este cuarto. 

Reconocieron la voz de Javert. 

La estancia estaba dispuesta de manera que la puerta, al abrirse, 
ocultaba él ángulo de la pared á la derecha. Juan Yaljean mató la luz 
de un soplo y se quedó en el ángulo. 

S r Simplicia cayó de rodillas junto á la mesa. 

Abrióse la puerta. 

Entró Javert. 

Oíase el cuchicheo de varios hombres y las protestas de la portera en 
el corredbr. 

La religiosa no alzó los ojos, estaba orando. 

La vela, recien apagada, estaba sobre la chimenea, dando con el 
humeante pábilo escasa claridad. 

Javert entrevio á la hermana y se quedó parado. 

Recuérdese que el verdadero fondo de Javert, su elemento, su centro 
respirable, era la veneración á toda autoridad. Homogéneo en su modo 
de ser, no admitía objeciones ni restricciones. Según él, era la autoridad 
eclesiástica la primera de todas, era religioso, superficial y correcto en 
este punto-, como en todo. 

Un cura, á sus ojos, era un espíritu que no se engaña nunca; una re- 
ligiosa, una criatura que no peca jamás. Eran almas muradas, en este 
mundo, con solo una puerta que jamás se abre, sino para dar paso á la 
verdad. 

Al entrever la hermana, su primer movimiento fué retirarse. 

Sin embargo, había otro deber que le dominaba é impelía imperio- 
samente en sentido inverso. Su segundo movimiento fué permanecer allí 
y arriesgar al menos una pregunta. 

Era aquella sor Simplicia, que no había mentido jamás. Javert lo 
sabía y la veneraba particularmente por esta razón. 



264 LOS MISERABLES 



— Hermana, — la dijo; — ¿estáis aquí sola? 

Hubo un momento horrible, durante el cual la pobre portera se sin- 
tió desfallecer. 

La hermana levantó los ojos, y respondió: 

—Sí. 

—Así, — repuso Javert t — ¿dispensadme si insisto, es mi deber: ¿no ha- 
béis visto esta noche una persona, un hombre que se ha escapado, y á 
quien vamos buscando, llamado Juan Valjean? ¿No le habéis visto? 

La hermana dijo: No. 

Mintió, y mintió dos veces seguidas una tras otra, sin vacilar, rápi- 
damente, como quien se presta al sacrificio propio. 

— Perdonadme, — dijo Jayert, y se retiró saludando profundamente. 

¡Oh *anta mujer! ¡Años hace que no pertenecéis ya á este mundo; 
que estáis reunida en el seno de la luz con vuestras hermanas las vírge 
nes y con vuestros hermanos los ángeles! ¡Que se os tenga en cuenta en 
el paraíso esta mentira! 

La afirmación de la hermana fué para Javert tan decisiva, que ni 
siquiera advirtió la singularidad de aquella bujía que acababa de ser 
apagada, y que humeaba aún, sobre la mesa. 

Una hora después, un hombre, caminando á través de los árboles y 
de las brumas, se alejaba rápidamente de M* sur M* en dirección á 
París. 

Este hombre era Juan Valjean. 

Háse sabido posteriormente, por el testimonio de dos ó tres arrieros 
que le encontraron, que llevaba un paquete y que vestía blusa. ¿De 
dónde había sacado aquella blusa? Se ignora. Sin embargo, hacía pocos 
días que había fallecido un obrero anciano en la enfermería de la fá- 
brica sin dejar otra cosa que una blusa. Puede que fuese ésta. 
Una frase final para Fantina. 

Todos tenemos una madre común, la tierra. Fantina fué devuelta á 
esta madre. 

El cura creyó hacer bien, y estuvo en lo justo tal vez, reservando, 
de lo que Juan Valjean le había dejado, la mayor suma posible con des- 
tino á los pobres. Porque, al fia ¿de quienes se trataba? De un presidia- 
rio y de una mujer pública. Por esto simplificó el entierro de Fantina 
reduciéndolo á lo estrictamente necesario, á lo que se llama la fosa 
común. 

Fantina fué, pues, enterrada en el rincón gratuito del cementerio 
que, siendo de todos no es de ninguno, y en el cual desaparecen los 
cuerpos de los pobres. Afortunadamente, sabe Dios donde encontrar las 
almas. Enterróse á Fantina en las tinieblas, entre los primeros huesos 
que se encontraron, sufriendo la promiscuidad de las cenizas. 

Fué arrojada á la fosa pública. Su tumba se parece á su lecho. 




LO QUE SE ENCUENTRA VINIENDO DE NIVELLES 265 

SEGUNDA PARTE 

COSETTE 

LIBRO PRIMERO 

WATERLOO 



Lo que se encuentra viniendo de Nivelles. 

El año último, (1861), en una hermosa mañana de Mayo, un viajero, 
el mismo que refiere esta historia, venía de Nivelles y se dirigía á La 
Hulpe. Caminaba á pié. Siguiendo poj entre dos hileras de árboles una 
calzada ancha y empedrada, ondulando sobre unas colinas que van su- 
cediéndose una á otra, elevando ó hundiendo la senda como olas enor- 
mes. 

Había ya pasado de Lillois y Bois Seigneur Isaac. Distinguía, al 
oeste, el campanario de pizarra de Braiue 1 4 -Alleud, que tiene la forma 
de un vaso boca abajo. 

Acababa de dejar tras sí un bosque sobre una altura, y en el ángulo 
de un camino transversal, al lado de una especie de poste carcomido, en 
el que se leía esta inscripción: Barrera antigua, número 4, un bodegón 
en cuya fachada se leía: A los cuatro vientos. Echabtau, café de par- 
ticular. 

Medio cuarto de legua mas allá de este bodegón, llegó al fondo de un 
pequeño valle, donde corre el agua bajo un arco abierto en el terraplén 
de la carretera. El ramaje de los escasos, pero verdísimos árboles, que 
cubren el valle por el lado de la calzada, se extiende por el otro en las 
praderas, prolongándose con cierta gracia, y como en desorden, hasta 
Braine l'-Alleud. 

Había allí á la "derecha, á orilla del camino, una posada, una carreta 
de cuatro ruedas delante de la puerta, una gran haz de estacas, un ara- 
do, un montón de ramas secas cerca de uu seto vivo, cal que humeaba 
« n una balsa cuadrada, y una escalera apoyada á lo largo, de un cober- 

o cercado de paredes de paja. 

Una muchacha escardaba en un campo, en el cual un gran cartelón 
aarillo, probablemente anuncio de alguna función de ferias, era con- 
~uo juguete del viento. En el ángulo de la posada, junto á una laguna 

la que navegaba una flotilla de patos, se encontraba un sendero mal 
.gravado que se perdía entre malezas. El viajero siguió por él. 

Al cabo de unos cien pasos, después de haber seguido á lo largo de 



266 LOS MISERABLES 



una pared del siglo xv, que remataba en una aguda albardilla de ladri- 
llos encontrados, hallóse delante de una puerta grande de piedra, cin- 
trada, con imposta rectilínea, del estilo severo de Luis XIV,- entre dos 
medallones planos. 

Una fachada severa dominaba esta puerta, y una pared perpendicu- 
lar á la fachada llegaba casi a tocar la puerta, flanqueándola brusca- 
mente en ángulo recto. En el prado delantero á la puerta había tres ras - 
trillos, á través de los cuales brotaban en confusa y caprichosa mezcla 
todas las flores que produce mayo. La puerta estaba cerrada; adornaba 
sus dos hojas decrépitas, un aldabón viejo y enmohecido. 

El sol era magnífico; las ramas presentaban ese suave estremeci- 
miento de mayo, que mas parece venir de los nidos que del viento. Un 
hermoso paj arillo, probablemente enamorado, gorjeaba á mas y mejor 
en un árbol frondoso. 

El viajero se inclinó y examinó en la piedra de la izquierda, por ba- 
jo de la jamba derecha de la puerta, una ancha cscivación circular pa- 
recida al alvéolo de una esfera. En aquel momento abriéronse las puer- 
tas y salió una aldeana. 

Reparó en el viajero, y viendo lo que fijaba su atención: , 

— Hizo esto una bala francesa, — dijo ella. 

Y luego añadió: 

—Eso que estáis viendo mas arriba en la puerta, junto á un clavo, es 
el boquete de una bala de cañón que no pudo traspasar la madera. 

— ¿Cómo se llama este lugar? — preguntó el viajero. / 

— Hougomont, — dijo la aldeana. 

El viajero se levantó. Dio algunos pasos y fué á mirar por cima de 
los setos, viendo en el horizonte al través de los árboles, una especie de 
montecillo, y sobre este montéenlo algo que, de lejos, parecía un león. 

Encontrábase en el campo de Waterloo. 

ii 

Hougomont 

4 

Hougomont, fué este un lugar fúnebre, principio del obstáculo, pri- 
mera resistencia que encontró Waterloo, ese gran leñador de Europa 
que se llamaba Napoleón; primer nudo bajo el filo del hacha. 

Fué un castillo; no es ya más que una granja. Hougomont es para el 
anticuario Hugomons Aquella mansión fué erigida por Hugo, señor d^ 
Somerel, el mismo que dotó la sexta capellanía de la abadía de Villien 

El viajero empujó la puerta, rozó al cruzar el pórtico con una carre 
tela antigua, y entró en el patio. 

Lo primero que llamó su atención en aquel lugar fué una puerta di 
siglo xvi, que parece el ojo de un puente, estando caído todo lo demá 
adjunto al mismo. El aspecto monumental nace frecuentemente de 1 
ruina. Después del arco se abre en un muro otra puerta con clavos de 



• 



■ 



* 



HOÜGOMONT 267 



tiempo de Enrique IV, dejando ver los árboles de un huerto. Al lado de 
esta puerta un hoyo estercolero, picos y palas; algunas carretillas, un 
pozo antiguo con su brocal de piedra y ¿m torniquete de hierro, un po- 
tro que salta, un pavo que hace la rueda, una capilla coronada por un 
pequeño campanario, un peral en flor tocando en la pared de la capilla r 
he aquí el patio, cuya conquista fué uno de los sueños de Napoleón. Si 
él hubiera podido tomar aquel rincón de tierra, le habría dado tal vez 
el mundo entero. Las gallinas remueven hoy el polvo con sus picos. 
Oyese un gruñido, es un gran perro que enseña los dientes y que reem- 
plaza á los ingleses. 

Los ingleses estuvieron allí admirables. Las cuatro compañías de 
guardias de Cooke hicieron frente, durante siete horas, al encarniza 
miento de todo un ejército. 

Hoügomont, visto en el mapa, en plano geométrico, comprendiendo 
cercados y edificaciones, presenta una especie de rectángulo Irregular 
eon uno de sus ángulos cortado. En este ángulo es donde se halla la 
puerta meridional, guardada por aquel muro que la hiere directamente. 
Hoügomont tiene dos puertas: la meridional, que es la del castillo, y la, 
septentrional, que es la de la granja. 

Napoleón envió contra Hoügomont á su hermano Jerónimo; las di- 
visiones Guilleminot, Foy y Bachelu se estrellaron allí; casi todo el 
cuerpo de Reille fué también empleado en ello inútilmente; las balas de 
Kellermann se agotaron contra aquel heroico paredón. Harto fué que la 
brigada Bauduin forzase por el Norte á Hoügomont, y que la brigada 
Soye le acometiere por el Sur, pero sin tomarle. 

Los edificios de la granja limitan el patio por el Sur. Un pedazo de 
la puerta del Norte, rota por los franceses, pende colgado del muro. Si n 
cuatro tablas clavadas sobre dos travesanos, y en las que se patentizan 
los destrozos del ataque. 

La puerta septentrional, derribada por los franceses, y á la que se 
ha añadido una pieza para sustituir el trozo colgado del muro, se en» 
treabre al otro extremo del patio; está cortada rectangularmente en una 
pared de piedra por lo bajo y ladrillo en la parte superior, cerrando el 
patio por el Norte. Es sencillamente una puerta para carros, como las- 
hay en todas las casas de labranza, compuesta de dos grandes hojas he- 
chas de tablas rústicas. A la otra parte se extienden los prados. La dis- 
puta de esta entrada fué terrible. Durante mucho tiempo se han conser- 
vado sobre el montante de la puerta toda clase de huellas de mano» 
ensangrentadas. Allí fué donde mataron á Bauduin. 

La borrasca del combate parece que todavía suena en aquel patio; 
el horror es visible; el trastorno de la terrible lucha se ha quedado allí 
petrificado; acá la vida, allá la muerte, es todavía ayer. Los muros ago- 
nizan, las piedras caen, las brechas gritan; los agujeros son llagas; lo» 
árboles inclinados y temblorosos parecen hacer esfuerzos para huir. 



268 LOS MISERABLES 



Aquel patio en 1815 estaba más edificado que hoy día. Varias cons- 
trucciones derribadas después, formaban estrellas, ángulos y recodos 
fortificados. 

Allí estuvieron parapetados los ingleses; los franceses penetraron al 
T Ün; pero no pudieron sostenerse. Al lado de la capilla, un ala del cas- 
tillo, únicos vestigios de la residencia de Hougomont, se mantiene en 
pié, y podríamos decir despanzurrada. El palacio sirvió de torreón; la 
capilla de fortín, ambos se exterminaron. 

Los franceses, fusilados por todas partes, detrás de las paredes, desde 
lo alto de los graneros al fondo de las cuevas, por todas las ventanas, 
por todos los respiraderos, por todas las hendiduras de las piedras, acer- 
caron faginas prendiendo fuego á los muros y á los hombres: la metralla 
fué contestada por el incendio. 

Entrévense todavía en el ala arruinada, á través de las ventanas guar- 
dadas por barrotes de hierro, los aposentos desmantelados de un cuerpo 
de edificio de ladrillo; los guardias ingleses se emboscaron en esos apo- 
sentos; la espiral de la escalera, agrietada desde el piso al techo, apare- 
ce como el interior de un caracol destrozado. La escalera tiene dos tra- 
mos; los ingleses sitiados en ella, y apiñados en los escalones superiores, 
habían cortado los inferiores. Estos consistían en anchas losas de piedra 
azul, amontonados hoy entre las ortigas. Unos diez solamente se man- 
tienen adheridos todavía á la pared, en el primero de los cuales se ve 
grabada la figura de un tridente. Estos inaccesibles escalones permane- 
cen sólidos en sus alvéolos. El resto parece una mandíbula desdentada. 
Dos árboles viejos están allí todavía; muerto el uno, herido el otro en el 
pié, reverdece en Abril. Desde 1815 empezó á brotar al través de la es- 
calera. 

Gran mortandad hubo también en la capilla. El interior, tranquilo 
ya, resulta extraño. No ha vuelto á decirse misa en él después de la ma- 
tanza. Sin embargo, allí está todavía el altar de madera fosca, pegado 
sobre un fondo de piedra sin pulir. Cuatro paredes blanqueadas de cal, 
una puerta frontera al altar, dos pequeñas ventanas cintradas, sobre la 
puerta un gran crucifijo de madera, encima del crucifijo un tragaluz 
cuadrado tapado con un haz de heno, en un rincón del suelo un bastidor 
viejo de ventana con todos los vidrios rotos; tal es la capilla. 

Junto al altar está clavada una imagen de madera de santa Ana, del 
siglo xv; la cabeza del niño Jesús se la llevó una bala de cañón. Lo~ 
franceses, dueños por un momento de la capilla, y desalojados después, 
la incendiaron. Las llamas llenaron su recinto, convirtiéndolo en horno. 
Se quemó la puerta, se quemó también el entarimado; el Cristo de nía 
dera no se quemó; el fuego llegó á lamer sus pies cuyos muñones perma 
necen ennegrecidos, deteniéndose luego. Esto fué un milagro al decir 
de aquellos aldeanos. El niño Jesús decapitado no tuvo la fortuna de 
Cristo. 



HOUGOMONT 269 



. Las paredes se encuentran cubiertas de inscripciones. Junto á los 
pies del Cristo se lee este nombre: Henquinez. Luego estos otros: Conde 
de Rio Mayor, Marqués y Marquesa de Almagro (Habana). Hay 
nombres franceses con exclamaciones acentuadas por la cólera. 

Tuvieron qué blanquearse de nuevo las paredes en 1849. Allí se in- 
sultaban las naciones mutuamente. 

En la puerta de esta capilla fué donde se recogió un cadáver que te- 
nía un hacha en la mano. Era el cadáver del subteniente Legros. 

A la izquierda de la puerta de la capilla se ve un pozo. Hay dos en 
el patio. Uno se pregunta: ¿por qué no hay aquí cubo ni garrucha? E* 
que ya no se saca agua. 

¿T por qué no se saca agua? 
Porque está lleno de esqueletos. 

El último que sacó agua de aquel pozo se llamaba Guillermo Van 
Kylsom. Fra uaaldeano que habitaba en Hougomont, de donde era jar- 
dinero. El 18 de Junio de 1815, su familia tuvo que huir y ocultarse en 
los bosques. 

La selva que rodea á la abadía de Yilliers abrigó durante muchos 
días y muchas noches á todas aquellas desventuradas poblaciones disper- 
sas. Hoy todavía se encuentran vestigos tales como viejos troncos de 
árboles quemados, que señalan el sitio donde aquellos pobres vivaquea- 
dores tiritaron entre las espesuras de la maleza. 

Guillermo Van Kylsom permaneció en Hougomont «para guardar el 
castillo» agazapándose en un rincón de la cueva. Los ingleses le desea 
brieron. Sacáronle de su escondite y á sablazos de plano se hicieron ser- 
vir los combatientes por aquel hombre aterrado. Tenían sed, y Guiller- 
mo les dio de beber. De aquel pozo sacó el agua. Muchos bebieron allí 
su último trago. El pozo del que bebieron tantos muertos, debió morir 
también. 

Después de la acción, diéronse prisa á enterrar los cadáveres. La 
muerte tiene su manera especial de acosar la victoria, haciendo que la 
peste siga á la gloria. El tifus es siempre anejo del triunfo. Aquel pozo 
era profundo. Fué convertido en sepultura. Lanzáronse en él trescientos 
muertos. Tal vez con demasiada precipitación. ¿Estaban muertos todo*? 
La leyenda dice que no. Parece que la noche que siguió al enterramien- 
to, oyéronse salir del pozo débiles y tristes voces de socorro. 

Este pozo está aislado en medio del patio. Tres paredes mitad piedra 
aitad ladrillo, replegadas como las hojas de un biombo simulando 
a torrecilla cuadrada, le cierran por tres lados. El cuarto está descu- 
rto. Por aquí es por donde se sacaba el agua. La pared del fondo 
ne una especie de abertura informe, tal vez el agujero de obús. E<ta 
rrecilla tenía un techo del que no quedan más que los maderos. El ar- 
izón de sostenimiento riel muro de la derecha describe una cruz. Aso* 
indose al fondo, Be pierde la vista en la profundidad de un cilindro 



LOS MISERABLES 



de ladrillo, en el cual se agrupan laa tinieblas. El na 
fábrica de este pozo desaparece entre las ortigas. 

Este pozo no tiene por brocal la gran losa azul c 
clio en todos los de Bélgica. La losa azul se halla su 
vesaño en el cual se apoyan cinco 6 seis estacas irr 
nudosa, y enquilosados, que parecen una grande ( 
cubo, ni cadena, ni polea; pero se conserva aán la 
servía de repartidor. El agua de las lluvias se acu 
cuando en cuando, se acerca á beber algún pájaro d< 
remontándose inmediatamente. 

En esas ruinas existe, habitada todavía, una casa 
2a, cuya puerta da al patio. Al lado de una linda pía 
tica, hay en dicha puerta un tirador de hierro, en foi 
cado oblicuamente. En el momento que el teniente h 
cogía ese tirador para refugiarse en la granja, un za 
rribó la mano de un hachazo. 

La familia que ocupa hoy la casa, tuvo por abue 
nero Van Kylsom, muerto hace mucho tiempo. Una 
gris nos decía: Yo estaba allí. Tenía tres años. Mi h< 
yo, tenía miedo y lloraba. Lleváronnos al bosque, 
mi madre. Aplicaban de cuando en cuando el oído 
escuchar. Yo imitaba el cañón, y hacía bum, bum. 

Una puerta del patio, á la izquierda, como hemo 
cercado. 

Este cercado es terrible. 

Se divide en tres secciones, casi podríamos deci 
primera es un jardin, la segunda el huerto, la terce: 
tres partes tienen una cerca común; por el lado de 
caciones del castillo y de la granja, á la izquierda u 
una tapia de ladrillo, en el fondo otra tapia de pie 
luego en el jardin, que se extiende en pendiente, p' 
ros, cubierto de vegetaciones silvestres, cerrado por 
mental de piedra sillería con balustrea de doble esp 
seSorial del primer estilo francés que precedió á . 
abrojos todo, en la actualidad. Las pilastras termi 
parecen balas de piedra. Cuéntanse todavía cuarenta 
pié; los demás yacen tendidos en la yerba. Casi todo 
por balas de fusil. Un balustre destrozado aparece so 
una pierna rota. 

En este jardín mas bajo que el huerto, fué dond« 
radores del 1.° de ligeros, y no pudiendo salir, cogid 
osos en guarida, aceptaron el combate con dos c^m 
ñas, una de las cuales iba armada de carabinas. Lot 
roñaban los balustres y disparaban sobre los seis frai 



r 



HOUGOMONT 271 



Los tiradores, respondiendo desde abajo, seis contra doscientos, con la 
mayor intrepidez y sin mas abrigo que los groselleros, tardaron eú mo- 
rir un cuarto de hora. 

Subiendo algunos escalones, se pasa del jardín al huerto. Allí, en el 
espacio de pocas toesas cuadradas, murieron mil quinientos hombres en 
menos de una hora. El muro parece dispuesto á comenzar nuevamente 
el combate. Allí están todavía las treinta y ocho troneras, abiertas por 
los ingleses á distintas alturas. Delante de la décima sexta se ven dos 
sepulturas inglesas de granito. 

Sólo existen troneras en el muro del Sur, que fué de donde vino el 
ataque principal. Ese muro está oculto al exterior por un gran seto vi- 
vo; llegaron los franceses creídos de que no había mas que el seto, sal- 
taron, y se encontraron con el muro, obstáculo y emboscada, con los 
guardias ingleses detrás, las treinta y ochío troneras haciendo fuego á 
la vez, una tempestad de balas y metralla; allí fué aplastada la brigada 
Soye. Así comenzó Waterloo. 

No obstante el huerto fué tomado. No había escalas, pero los france- 
ses treparon con las uñas. Batiéronse cuerpo á cuerpo bajo los árboles. 
TY da aquella yerba se empapó en sangre. Un batallón de Nassau, sete- 
cientos hombres, fué deshecho allí. La parte exterior del muro, contra 
el cual se asestaron las dos baterías de Eellermann está acribillada por 
la metralla. 

Este cercado es sensible como otro cualquiera al mes de Mayo. Tiene 
sus botones de oro y sus margaritas blancas; la yerba es alta; pacen allí 
caballos de labor; cuerdas de crin, en las que se seca la ropa, cruzan los 
espacios de árbol á árbol, obligando á los transeúntes á bajar la cabeza; 
los pies caminan por un erial hundiéndose á lo mejor en los agujeros de 
los topos. Encuéntrase en medio de la yerba un tronco desarraigado, 
caído y verde aún. El mayor Blachmann se apoyó en él para espirar. 
Bajo un gran árbol próximo cayó el general alemán Duplat, oriundo de 
una familia francesa refugiada al revocarse el edicto de Nantes. Conti 
guo á este árbol se inclina un manzano vetusto, enfermo, vendado con 
un aposito de paja y arcilla. Casi todos los manzanos caen de vejez. No 
hay uno que no tenga señales de bala ó de metralla. Los esqueletos de 
los árboles muertes abundan muchísimo en este cercado. Los cuervos 
vuelan entre sus ramas. En el fondo hay un bosque lleno de violetas. 

Bauduin muerto; Foy herido; el incendio, la matanza, la carnicería; 

río de sangre inglesa, de sangre alemana y de sangre francesa, fuño- 
na en te mezclada; un pozo lleno de cadáveres; el regimiento de Nassau 
el regimiento de Brunswick destruidos; Duplat muerto; Blackmann 
uerto, la guardia inglesa mutilada; veinte batallones franceses, de los 
jarenta del cuerpo de Reille, diezmados; tres mil hombres, en sólo aque- 
ja ruinas de Hougomont, acuchillados, destrozados, degollados, fusilá- 
is, quemados; y todo ello para que un aldeano pueda decirle hoy á un 



272 x LOS MISERABLES 




pasajero: Señor, dadme tres francos; si gustáis os explicaré lo de Wa- 
terloo: 

ni 

El 18 de Junio de 1815 

Retrocedamos, que es este uno de los derechos del narrador, y tras- 
ladémonos al año 1815, y con alguna anterioridad á la época en que 
comienza la acción referida en la primera parte de este libro. 

Si no hubiera llovido en la noche del 17 al 18 de Junio de 1815, el 
porvenir de Europa hubiera sido otro. Algunas gotas de agua de más ó 
de menos hicieron desviar á Napoleón, Para que Waterloo fuese el tér- 
mino de Austerlitz, la Providencia no tuvo necesidad más que de un 
poco de lluvia; y una nube, atravesando el cielo contra lo natural de la 
estación, bastó para el derrumbamiento de un mundo. 

La batalla de Waterloo, y esto dio tiempo á Blücher para llegar, no 
pudo comenzar hasta las, once y media. ¿Por qué? Porque la tierra esta- 
ba mojada. Fué preciso aguardar un poco á que se solidara para que la 
artillería pudiese maniobrar. 

Napoleón era oficial de artillería, y se resentía de ello. El fondo de 
este admirable capitán era el hombre qae, en el parte al Directorio des 
de Aboukir, decía: Tal bala de las nuestras mató seis hombres. Todos 
sus planes de batalla están hechos para el proyectil. Hacer converger la 
artillería sobre un punto dado; tal era su clave de victoria. Trataba la 
estrategia del general enemigo como una ciudadela, y la batía en bre- 
cha. Abrumaba con la metralla el punto débil; ataba y desataba las 
batallas con el cañón. Era la puntería parte de su genio. Romper los 
cuadros, pulverizar los regimientos, deshacer las líneas, aplastar y dis- 
persar las masas, todo se encerraba en eso para él; herir, herir, herir 
, sin tregua ni descanso, y encomendada esta tarea á las balas. Método 
temible, y que, unido á su genio, hizo invencible durante quince años, 
á aquel sombrío atleta del pugilato de la guerra. 

El 18 de Junio de 1815 contaba él tanto más con la artillería, cuanto 
que -tenía en su favor el número. Wellington no disponía más que de 
ciento cincuenta y nueve bocas de fuego; Napoleón tenía doscientas 
cuarenta. 

Supongamos la tierra seca y la artillería pudiendo rodar, y la acción 
empezando á las seis de la mañana. La batalla se hubiera ganado y ter- 
minado á las dos; tres horas antes de la peripecia prusiana. 

¿Qué culpa hubo por parte de Napoleón en la pérdida de aquella b; 
talla? ¿Es imputable el naufragio al piloto? 

La decadencia física evidente de Napoleón, ¿se complicaba en aquí 
Ha época con cierto decaimiento interior? Los veinte años de guerrr 
¿habían gastado la hoja como la vaina, el alma como el cuerpo? ¿£ 
manifestaban ya los defectos del veterano en el capitán? En una pala 



EL 18 DE Jl'NIO DK 1815 273 



bra, aquel genio, como muchos historiadores importantes lo han creído 
¿se eclipsaba ya? ¿Agitábase frenéticamente para disimularse á sí propio 
su debilidad? ¿Empezaba á oscilar bajo el extravío de un soplo de la 
aventura? ¿Volvíase, cosa grave en un general, desconocedor del peli- 
gro? En la clase de los grandes hombres íq ateríales, que pueden llamar- 
se los gigantes de la acción, ¿existe una edad para la miopía del genio? 
La vejez no hace mella en los genios de lo ideal; para los Dante y los 
Migu 1 Ángel, envejecer es crecer. Pero para los Aníbal y Bonaparte 
¿es decrecer ocaso? ¿Había perdido Napoleón el sentido dir cto de la vic 
toria? ¿Había llegado á no reconocer ya el escollo, á no adivinar el lazo, 
ni discernir el borde resbaladizo de los abismos? ¿Faltábale el olfato de 
las catástrofes? El, que antes sabía todos los senderos del triunfo, y que 
desde la altura de su carro refulgente de rayos, los señalaba con su de* 
do soberano, ¿tenía entonces el siniestro aturdimiento de conducir al 
principio su tumultuoso tir • de legiones? ¿Se había apoderado de é , á 
los cuarenta y seis años, una locura suprema? Aquel conductor titánico 
del destino, ¿no era ya mas que un inmenso abismo? 
No lo hemos creído nunca. 

Su plan de batalla, era, al decir de todo el mundo, una obra maes- 
tra. Ir derecho al centro de la línea de los aliados, abrir ún claro en el 
enemigo, cortarle en dos; empujar la parte británica hacia Hal, y la 
parte prusiana hacia Tongres; hacer de Wellington y de Blücher dos tro- 
zos, apoderarse de Mont Saint Jean, tomar á Bruselas, arrojar el ale- 
mán al Rhin y el inglés al mar. Todo esto para Napoleón entraba en su 
plan de batalla. Después, ya vería. 

Es por demás decir que no pretendemos hacer aquí la historia de 
Waterloo; un* de las escenas generatrices del drama que vamos contan- 
do, tiene ?u punto de partida en esa batalla; pero, repetimos, no es su 
historia nuestro objeto. Está ya hecha además, y hecha magistralmente 
bajo un punto de vista por Napoleón, y bajo otro punto de vista por una 
pleyada de historiadores (1). 

Por nuestra parte, dejamos á los historiadores con sus apreciaciones, 
no somos sino un testigo lejano, un pasajero en la llanura, un investi* 
gador inclinado sobre aquella tierra embutida de carne humana, toman- 
do, quizá, las apariencias por realidades. No tenemos derecho alguno 
para hacer frente, en nombre de la ciencia, á un conjunto de hechos, 
donde hay sin duda algún espejismo; no tenemos ni la práctica militar 

i la competencia estratégica que autorizan un sistema; según nosotros 
ii n encadenamiento de azares dominó en Waterloo á entrambos capita- 

es, y cuando se trata del destino, de este misterioso acusado, le juzga- 
dos como le juzga el pueblo, juez sencillo y leal. 



(1) Walter Scott, Lamartine, Vaulabelle, Charras, Quinet y T hiera. 
tomo i 1S 



274 LOS MISERABLES 



IV 



Quien quiera figurarse claramente la batalla de Water lo o, no tiene 
mas que trazar sobre el suelo con el pensamiento una A mayúscula. La 
pierna izquierda de la A es el camino de Nivelles, la pierna derecha es 
la carretera de Genappe, el palo trasversal es el camino cubierto de 
Ohain á Braine-l'-Alleud. El vértice de la A es Mont-Saint Jean, allí es- 
tá Wellington; la punta izquierda inferior es Hougomont, allí está Rei- 
Ue con Jerónimo Bonaparte; la punta derecha inferior es la Belle Allien- 
ce, allí está Napoleón. 

Un poco mas abajo del punto en que el palo trasversal de la A en- 
cuentra y corta la pierna derecha, está la Haie Sainte. En el centro de 
este palo está el punto preciso donde se dijo la frase final de la batalla. 
Allí es, donde se colocó el león; símbolo involuntario del supremo he- 
roísmo de la guardia imperial. 

El triángulo comprendido en el vértice de la A, entre los dos palotes 
y la cuerda, es la meseta del Mont-Saint Jean. La disputa de esa meseta 
fué toda la batalla. 

Las alas de ambos ejércitos se extendían á derecha é izquierda de los 
dos caminos de Genappe y de Nivelles; Erlón frente á frente de Pictón y 
Reille frente á frente de Hill. 

Detrás de la punta de la A, detrás de la meteta de Mont-Saint Jean, 
se encuentra la selva de Soignes. r 

En cuanto á la llanura en sí misma, imagínese un vasto terreno on- 
dulante, dominando cada pliegue al que le sigue, y todas estas ondula- 
ciones subiendo hacia Mont Saint- Jean, desde donde van á parar á la 
selva. 

Dos ejércitos enemigos en un campo de batalla son dos atletas que 
luchan á brazo partido. Cada uno procura hacer caer al otro. Agarran- 
se á todo; un matorral es un punto de apoyo; el ángulo de un muro es 
un parapeto; por falta de una bicoca en que guardar la espalda, se pier- 
de un regimiento. El declive de una llanura, un accidente del terreno, 
una senda trasversal apropósito, un bosque, un barranco, pueden dete- 
ner la planta de ese coloso que se llama un ejército, é impedirle la reti- 
rada. 

El que sale del campo es derrotado. De ahí la necesidad para el jefe 
responsable de examinar el menor grupo de árboles y de profundizar 
mas pequeño relieve. 

- Ambos generales habían estudiado atentamente la llanura de Moni 
Saint Jean, llamada hoy llanura de Waterloo. Desde el año anterior i 
había examinado Wellington con sagacidad previsora, como para el case 
de una gran batalla. 

En este terreno, y para aquel duelo, el 18 de Junio, tenía Welliogtoi 



A 275 

- ♦ - - 

la parte buena y Napoleón la mala. El ejército inglés ocupaba las alta* 
ras, el francés la llanura. 

Esbozar aquí el aspecto de Napoleón á caballo, con su anteojo en la 
mano, sobre la altura de Rossomme, al amanecer del 18 de Junio de 
1815, estaría de más. Antes de. pintárselo, todo el mundo le ha visto. 
Aquel perfil sereno bajo el pequeño sombrero de la escuela de Brienne, 
aquel uniforme verde, con vueltas blancas ocultando la placa, el capote 
tapando las charreteras, el cabo del cordón rojo bajo chaleco, el calzón 
«de cuero, el caballo blanco con su gualdrapa de terciopelo púrpura con 
águilas y NN coronadas en las puntas, sus botas de campana sobre 
medias de seda, las espuelas de plata, la espada de Marengo, es decir, la 
figura completa del último César, está presente en todas las imaginacio- 
nes, aclamada por unos, mirada por otros severamente. 

Aquella figura ha estado mucho tiempo completamente rodeada de 
luz; esto consistía en cierta obscuridad legendaria que se desprende de la 
mayor parte de los héroes, y que vela, siempre por más ó menos tiempo 
la verdad; pero hoy, ya la historia y la luz han aparecido. 

La luz de la historia es desapiadada; tiene algo de extraordinario y 
<le divino, que siendo, como es, luz, y precisamente porque lo es, coloca 
á veces la sombra allí donde se veían los rayos, haciendo del mismo 
hombre dos fantasmas distintos, cada uno de los cuales ataca al otro, 
haciéndole justicia, y las tinieblas del déspota luchan con los fulgores del 
-capitán. De ahí la exacta medida del justo medio en la apreciación defi- 
nitiva de los pueblos: Babilonia violada, rebaja á Alejandro; Roma en- 
cadenada, disminuye la grandeza de César; Jerusalem muerta, empeque- 
ñece á Tito. 

La tiranía sigue al tirano. Es una desgracia para el hombre, dejar en 
pos de sí la sombra de su forma. 

V 
El quid obscurum de las batallas 

Todo el mundo conoce la primera fase de aquella batalla confusa al 
principio, incierta, vacilante, amenazadora para ambos ejércitos, más 
aún para los ingleses que para los franceses. 

Había llovido toda la noche; la tierra estaba removida por el agua- 
cero, habiendo charcos y lagunas aquí y allá, en todos los huecos de la 
llanura, alcanzando el agua en ciertos puntos, á los ejes de los furgones 
*-! tren; las cinchas de los tiros chorreaban fango líquido. Si los trigos 
centenos derribados por aquel tropel de carros en marcha, no hubie- 
i llenado los baches y formado lecho bajo las ruedas, se hubiera hecho 
posible todo movimiento, y particularmente en los valles de la parte 
Papelotte. 

La acción empezó tarde; Napoleón como hemos explicado ya, tenía la 
rtumbre de tener toda la artillería á mano como una pistola, apuntan- 



276 los miserables 



do ya á este punto, ya al otro de la batalla, y había querido esperar ¿. 
que las baterías enganchadas pudiesen rodar y galopar libremente; era. 
menester para ello qne apareciese el sol y secase la tierra. Pero el sol na 
apareció. Ya no le saludaba como en la jornada de Austerlitz. Cuando 
sonó el primer cañonazo, el general inglés Colville miró su reloj; señala- 
ba las once y treinta y cinco minutos. 

La acción comenzó furiosamente, con mayor furia tal vez de la qu& 
hubiese querido el emperador, por el ala izquierda francesa sobre H >u 
gomont. Al mismo tiempo atacó Napoleón el centro, precipitando la bri- 
gada Quiot sobre la Haie-Sainte, y Ney dirigió el ala derecha francesa, 
contra el ala izquierda inglesa, que se apoyaba en Papelotte. 

El ataque contra Hougomont, tenía algo de simulado: atraer hacia* 
allí á Wellington, haciéndole inclinar á la izquierda, este era el plan. Y 
este plan se hubiera realizado, si las cuatro compañías de guardias in- 
glesas y los valientes belgas de la división Perponcher no hubiesen guar- 
dado sólidamente la posición, pues Wellington, en vez de ir á concentrar- 
le allí, pudo limitarse á enviar, por todo refuerzo, otras cuatro compa- 
ñías de guardias y un batallón de Brunswick. 

El ataque del ala derecha francesa sobre Papelotte, era á fondo: des- 
baratar la izquierda inglesa, cortar el camino de Bruselas, interceptar 
el paso á los prusianos que pudieran acudir, forzar á Mont Saint-Jean r 
rechazar á Wellington hacia Hougomont, de allí hacia Braine 1 ; -Alleud, 
de allí sobre Hal; nada más sencillo. Salvo algunos incidentes, este ata- 
que dio buen resultado, puesto que se tomó Papelotte y se lanzó de Haie- 
Sainte al enemigo. ' 

Un detalle que debe constar. Había en la infantería inglesa, particu- 
larmente, en la brigada de Kempt, muchos reclutas. Estos soldados bisó- 
nos, ante nuestra terrible infantería, fueron valientes; su inexperiencia, 
salió perfectamente bien del paso; hicieron sobre todo un excelente ser- 
vicio de guerrilla; el soldado en guerrilla, entregado en parte á sí mismo,, 
se convierte, por decirlo así, en general propio; aquellos reclutas mos- 
traron algo de la inventiva y furia francesas. Aquella infantería novicia, 
tuvo inspiración propia. Esto desagradó á Wellington. 

Después de la toma de la Haie Sainte, vaciló la batalla. 

Hubo en esta jornada, desde el medio día á las cuatro, un intervalo- 
obscuro; la parte media de esta batalla apenas se di tingue, pues parti- 
cipa de la confusión de la riña. Cúbrela el crepúsculo. Adviértense vas- 
tas fluctuaciones en aquella bruma, un espejismo verriginoso, eiaparat- 
guerrero de entonces, casi desconocido en nuestros días, las granadera 
de llama, los portapliegos flotantes, las correas cruzadas, las cartucho 
ras de granada ', los do Imanes de los húsares, las botas encarnadas d 
mil pliegues, los pesados chacos guarnecidos de cordones, la infantería 
oasi negra de Brunswick mezclada con la infantería escarlata de Ing!a 
térra, los soldados ingleses llevando por charreteras grandes rodetei 



EL QUID OBPCCRUM DE LAS B MALLAS 277 



blancos circu^res, la caballería ligera hannoveriana con sus cascos de 
«cuero oblongos con filetes de cobre y cabelleras de crines rojas, los es* 
<5oceses con las piernas desnudas y sus mantas de cuadros, las grande» 
polainas blancas de nuestros granaderos; cuidros, no líneas estratégicas, 
lo conveniente al pincel de Salvator Rosa, no al de Gribeauval. 

Siempre se mezcla en las batallas ciertp, parte de ..tempestad. Quid 
obscurum, quid divinurn. Cada historiador se inclina un poco á trazar 
los perfiles que más le agradan entre aquella confusión. Sea cual fuere 
la combinación de los generales, el chome de las piasas armadas tiene 
incalculable reflejos; en toda acción, los dos planes de ambos jefes pe- 
netran uno en otro, y uno á otro se desfiguran. Tal punto del campo de 
batalla devora más combatientes que tal otro, como los terrenos más 6 
menos esponjosos que absorben más ó menos pronto el agua que se les 
arroja. E* pues necesario derramar á veces más soldados de los que se 
quisiera. Gastos imprevistos. La línea de batalla flota y serpentea como 
un hilo, los regueros de sangre corren ilógicamente, los frentes de los 
ejército- ondulan, los regimientos al entrar ó salir forman cabos ó gol- 
fos, todos esos escollos se agitan continuamente unos delante de otros; 
donde estaba la infantería llega la artillería, donde estaba la artillería 
acude la caballería; los batallones son humaredas. 

Había algo en tal punto, lo buscáis en vano, ha desaparecido; los 
«ciaros cambian de sitio; los pliegues sombríos avanzan y retroceden; 
una especie de viento del sepulcro empuja, arrolla, hincha y dispersa 
aquellas trágicas multitudes. ¿Qué es una lucha? Una oscilación. La in- 
movilidad de un plano matemático expresa un minuto y no una jornada. 
Para pintar una batalla, se necesita uno de esos poderosos pintores cuyos 
pinceles tienen algo del cao»: Rembrant vale más que Vandermeulen. 
Vandermeulen, exacto al mediodía, miente á las tres. L% geometría en- 
caña; solamente es veraz el huracán. Esto es lo que da derecho á Folard 
para contradecir á Polibio. Añadamos que hay siempre cierto instante 
en que la batalla degenera en combate, se particulariza y se esparce en 
innumerables hechos de detalle, que, valiéndonos de una frase de Napo- 
león, «pertenecen antes á la biografía de los regimientos que á la histo- 
ria del ejército.» 

El historiador, en este caso, tiene el derecho de resumir. Sólo puede 
abarcar los principales contornos de la lucha , y no es dado á ningún 
arrador, por concienzudo que sea, el fijar absolutamente la forma de 
a nube horrible que se llama una batalla. 

Y esto, que es verdadero tratándose de todos los grandes hechos de 
rmas, es particularmente aplicable á Water lo o. 

Sin embargo, después del mediodía, hubo un momento en que pudo 
.preciarse la batalla con toda exactitud. 



1 



278 LOS MISERABLES 



VI 
Cuatro horas después del mediodía 

A eso de las cuatro de la tarde, la situación del ejército inglés era 
grave. El príncipe de Orange mandaba el centro, Hilf el ala derecha, 
Pictón la izquierda. El principe de Oran ge, desatinado y valiente, gri- 
taba á los holando belgas: ¡Nassau! ¡BrunswicJU ¡Jamás retrocedert 
HUÍ, debilitado, dirigíase á apoyar su retaguardia en Wellington; Pie» 
ton había muerto. En el mismo instante en que los ingleses habían arre- 
batado á los franceses la bandera del 105 de línea, los franceses les har- 
bían matado á los ingleses al general Pictón de un balazo que le atrave- 
só el cráneo. Para Wellington tenía la batalla dos puntos de apoyo, Hou- 
gomont y la Haie- Sainte. Hougomont se sostenía aún, pero ardiendo. La 
Haie Sainte había sido tomada. Bel batallón alemán que la defendía,, 
solo cuarenta y dos hombres sobrevivían; todos los oficiales menos cin- 
co habían sido muertos ó prisioneros. Tres mil combatientes se habían 
asesinado en aquella granja. Un sargento de la guardia inglesa, el pri- 
mer boxador de la Inglaterra, reputado por sus compañeros como in- 
vulnerable, había sido muerto por un tamborcillo francés. Baring había 
sido desalojado, y Alten acuchillado. Habíanse perdido mnchas bande- \- 

ras, entre ellas una de la división Alten, y otra del batallón de Lune- 
bourg, llevada por un príncipe de la familia de Deux Ponts. Los esco- 
ceses grises ya no existían; los fuertes dragones de Ponsomby estaban- 
deshechos. Esta valiente caballería había sucumbido bajo el ímpetu de 
los lanceros de Bro y de íos coraceros de Travers; de mil doscientos ca- 
ballos quedaban seiscientos; de tres tenientes coroneles, dos habían sida 
derribados. Hamilton herido, Mater muerto. Ponsomby había caído, 
atravesado de siete lanzadas. Gordón había muerto, Marsh también. Dos* 
divisiones, la quinta y la sexta, estaban destruidas. 

Asaltado Hougomont y tomada Haie Sainte, solo quedaba un nudo, 
el centro. Este nudo continuaba resistiendo. Wellington le reforzó. Lla- 
mó á HUÍ, que estaba en Merle Braine, y á Chassé, que estaba en Brai~ 
nel'-AUeud. 

El centro del ejército inglés, un tanto cóncavo, densísimo y compac- 
to, estaba fuertemente situado. Ocupaba la meseta de Mont Saint-Jean, 
teniendo detrás de sí la aldea y delante la pendiente, muy áspera á la 
8 xzón. Apoyaba su espalda en la sólida casa de piedra, que en aquel! 
época era dominio señorial de Ni ve lies, y marca la intersección de 1< 
caminos, masa del siglo xvi, tan robusta, que las balas rebotaban ei 
ella sin mellarla. Al rededor de la meseta, los ingleses habían cortad 
aquí y allí los setos, abriendo troneras en los espinos, poniendo boca 
de cañón entre dos troncos cruzados, y aspillerando los zarzales. Su ai 
t Hería estaba emboscada entre abrojos. Este trabajo púnico, incontes- 
tablemente autorizado por la guerra, que admite las estratagemas, e* 



CUATRO HORAS DESPUÉS DEL MEDIODÍA 279 



taba tan perfectamente hecho, que Haxo, enviado por el emperador á 
las nueve de la mañana para reconocer las baterías enemigas, no había 
visto nada, y había vuelto diciendo á Napoleón que no existía el menor 
obstáculo, esceptuando las dos barricadas que obstruían los caminos de 
Nivelles y de Genappe. Era la época en que las mieses están crecidas; en 
las orillas de la meseta hallábase apostado entre los trigos, un batallón 
de la brigada Eempt, el 95, armado de carabinas. 

Así fuerte y bien apoyado, el centro del ejército anglo-holandés es- 
taba en excelente posición. 

El peligro de aquella posición estaba en la selva de Soignes, conti- 
gua entonces al campo de batalla, y cortada por las lagunas de Groe* 
nendael y de Boitsfort. Un ejército no hubiera podido retroceder allí 
sin disolverse; los regimientos hubieran sido disgregados inmediatamen- 
te. La artillería se hubiera perdido en los pantanos. La retirada, según 
opinión de muchos inteligentes, aunque rebatida por otros, hubiera si- 
do una dispersión general. 

Wellington añadió á este centro una brigada de Chassé, separada del 
ala derecha, y otra brigada de Yincke, de la izquierda, y á mas la di- 
visión Clinton. A sus ingleses, á los regimientos de Halkett, á la brigada 
de Mitchell, á los guardias de Maitland, dio como sosten y refuerzo la 
infantería de Brunswick, el contingente de Nassau, los hannoverianos 
de Eielmansegge y los alemanes de Ompteda. Así tuvo á mano veinti- 
séis batallones. El ala derecha^ como dice Charras, fué replegada de- 
trás del centro. Una batería enorme estaba cubierta por sacos de tierra 
en el lugar donde se encuentra hoy lo que se llama «el museo de Water- 
loo.» Wellington tenía además en un repliegue del terreno los guardias- 
dragones de Sommerset, mil cuatrocientos caballos. Era la otra' mitad 
de aquella caballería inglesa, tan justamente célebre. Destruido Ponsom- 
by quedaba Sommerset. 

La batería, que concluida, hubiera sido casi un reducto, estaba dis- 
puesta detrás de una tapia de jardín muy baja, cubierta apresurada- 
mente por una capa de sacos de arena y un ancho repecho de tierra. 
Esta obra estaba por concluir; había faltado tiempo para empalizarla. 

Wellington, inquieto, pero impasible, estaba á caballo, y permane- 
ciendo todo el día en la misma actitud un poco adelantado al antiguo 
molino de Mont Sain Jean, que existe todavía, bajo un olmo que más 
tarde un inglés, vándalo entusiasta, compró en doscientos francos, y se 
lo llevó. Wellington, estuvo allí fríamente heroico. Llovían las balas. El 
ayudante de campo Gordon acababa de caer á su lado. LordHilh, seña- 
lándole un obús que reventaba, le dijo: Milord, ¿cuáles son vuestras ins- 
trucciones y que órdenes nos dejais, si os dejais matar? Hacer lo que 
yo } respondió Wellington. A Clinton le dijo lacónicamente: Sostenerse 
aquí hasta el último hombre. La jornada iba visiblemente mal. Welling- 



280 LOS MISERABLES 




ton gritaba á sus antiguos companeros de Talavera, Salamanca y Vi- 
toria. 

Boys (muchachos), ¿hay quien pueda pensar en huir? ¡Acordaos de 
la vieja Inglaterra! 

A eso de las cuatro, la línea inglesa hizo un movimiento hacia atrás. 
De pronto no se vio ya en la cresta de la meseta más que la artillería y 
los tiradores, el resto había desaparecido; los regimientos, arrojados por 
los obuses y las balas francesas, replegáronse al fondo que corta hoy to- 
davía el senderó déla granja de Mont Saint Jean, realizóse un movi- 
miento retrógrado; el frente de batalla^ inglés desapareció, Wellington re- 
trocedió. 

—¡Principio de la retirada! — exclamó Napoleón. 

VII 
Napoleón de buen humor. 

El emperador á caballo, aunque enfermo é incomodado^ por un su- 
frimiento local, no había estado nunca de tan buen humor como aquel 
día. Desde por la mañana, sonreíase su impenetrabilidad. El 18 de Ju- 
nio de 1815, aquella alma profunda, cubierta de mármol, irradiaba en 
la obscuridad. El hombre que había estado sonibrív en Austerlitz estuvo 
alegre en Waterloo. Los más grandes predestinados tienen estas contra- 
dicciones. Nuestras alegrías no son más que sombra. La suprema sonri- 
sa pertenece á Dios. 

Ridet Ccesar } Pompeius flebit, decían los soldados de la legión Ful- 
miuatril. Pompeyo no debía llorar esta vez; pero es lo cierto, que ge 
reía César. 

Desde la una de la noche anterior, explorando á caballo, bajo el aire 
y la lluvia, acompañado de Bertraud, las colinas inmediatas á Rossom- 
me, satisfecho de ver la larga línea de las fogatas inglesas que. iluminr- 
ban por completo el horizonte de Frischemont á Braine l'-AUeud, había* 
le parecido que el destino emplazado por él á día fijo en el campo de Wa- * 
terloo, era exacto á la cita; había detenido su caballo y permanecido in- 
móvil algún tiempo viendo los relámpagos, oyendo los truenos, y se ha- 
bía oído como aquel fatalista lanzaba en la sombra esta frase misteriosa : 
« Esta m oh de acuerdo.» Napoleón se engañaba. No estaban ya d,e acuerdo. 

Ño se había tomado para dormir un sólo minuto, todos los instant a 
de aquella noche habían señalado para él alguna alegría. Había recorri- 
do toda la línea de las avanzadas de caballería, parándose aquí y allá á 
hablar con los centinelas. A las dos y media, cerca del bosque de Hou- 
gomont, había oído el paso de una columna en marcha; creyó por un 
momento en la retirada de >Vellington: Entonces dijo: Es la retaguar 
dia inglesa que se prepara á levantar el campo. Haré prisioneros á los 
seis mil ingleses que acaban de llegar á Ostende. Estaba expansivo; ha- 
bía vuelto á encontrar aquella inspirada verbosidad del desembarco de 



r- 



NAPOLEÓN DE BU ES HUMOR 281 



^i 



1.° de Marzo, cuando mostraba al gran Mariscal el aldeano del golfo 
Juan, exclamando: — / Y bien, Bertrand, hé aquí ya un refuerzo/ La no- 
che del 17 al 18 de Junio burlábase de Wellington: ¡Ese inglesillo nece- 
sita una lección! dijo el emperador. Hablaba Napoleón, y retumbaba el 
trueno, mientras la lluvia arreciaba. 

A las trea y media de la madrugada había perdido una de sus ilusio- 
nes; los oficiales enviados como exploradores le habían dicho que el ene- 
migo no hacía movimiento alguno. Nada se movía, ni un solo fuego de 
vivaque se había apagado. El ejército inglés dormía. El silencio era pro- 
fundo en la tierra; no había más ruido que el del cielo. A las cuatro, 
condujeron á su presencia los exploradores un aldeano que había servi- 
do de guía á una brigada de caballería inglesa, probablemente la briga- 
da Vivían, que iba á tomar posesión en la aldea de Ohain, á la extrema 
izquierda. A las cinco, dos desertores belgas le habían informado que 
acababan de dejar su regimiento, y que el ejército inglés esperaba la 
batalla. — ¡Tanto mejor! — había exclamado Napoleón. — Prefiero más 
bien derribarlos que rechazarlos. 

Por la mañana, en el ribazo que forma el ángulo del camino de 
Plancenoit, había echado pié á tierra en medio del lodo, y había man- 
dado que le llevaran de la granja de Rossomme una mesa de cocina y una 
silla rústica; se había sentado, teniendo un haz de paja por alfombra, y 
había desdoblado sobre la mesa el mapa del campo de batalla, diciendo 
á Soult: ¡Lindo tablero! 

A consecuencia de la lluvia de la noche, los convoyes de víveres, 
atascados en los caminos llenos de baches, no habían podido llegar de 
mañana; los soldados no habían dormido, estaban calados y en ayunas, 
lo cual no había impedido á Napoleón decir alegremente á Ney: Teñe* 
mos noventa probabilidades de las ciento. A las ocho sirvieron el al- 
muerzo al emperador. Tenia convidados muchos generales. 

Durante el almuerzo se dijo que Wellington estuvo la antevíspera en 
el baile de la duquesa de Rtchmond en Bruselas, y Soult, soldado rudo 
con cara de arzobispo, dijo: El baile es hoy. El emperador había con- 
testado con una chanzoneta á Ney, que había dicho: Wellington no 
será tan simple que espere á vuestra majestad. Era esta su costumbre. 
Gustábale chancearse, dice Fleury de Chaboulón. 

El fondo de su carácter era un humor festivo, dice también Gour- 
lud. - 

Abundaba en changonetas, más originales que ingeniosas, dice 
•enjamin Constaut. 

Estas espontaneidades del gigante valen la pena de que insistamos. 
1 fué quien llamó á sus granaderos los gruñones, pellizcándoles las 
rejas y tirándoles de los bigotes. 

El emperador no cesaba de hacernos jugarretas^ decía uno de ellos. 

D arante la misteriosa travesía de la isla de Elba á Francia, el 27 de 



282 LOS MISERABLES 



Febrero, en alta mar, el bergantín de guerra francés el Zephyr encon- 
tró al bergantín Inconstante, donde Napoleón iba escondido, y al pedir 
al Inconstante noticias de Napoleón, el emperador, que llevaba aún en 
aquel momento en su sombrero la escarapela blanca y amaranto sem- 
brada de abejas, adoptada por él en la isla de Elba, había tomado riendo 
. la bocina y respondido él mismo: El emperador sigue bien. Quien así 
se ríe, está familiarizado con los sucesos. Napoleón había tenido muchos 
accesos de semejante risa durante el almuerzo de Water lo o. Después de 
almorzar se quedó pensativo un cuarto de hora, y luego dos generales 
se sentaron en el haz de paja, con la pluma en una mano y un pliego 
de papel sobre la rodilla: el emperador les dictó la orden de batalla. 

A las nueve, en el instante en que el ejército francés, escalonado y 
puesto en movimiento en cinco columnas, desplegándose las divisiones 
en dos líneas, la artillería entre las brigadas, las bandas de música á la 
cabeza, batiendo marcha, con el redoble de los tambores y el sonido de 
las trompetas, poderoso, vasto y alegre mar de cascos, sables y bayone- 
tas en el horizonte, el emperador conmovido había exclamado por dos 
veces: ¡Magnífico, magnífico! 

De las nueve á las diez y media, todo el ejército, lo cual parece in- 
creíble, había tomado posiciones y se había ordenado en seis líneas, 
formando, para repetir la frase del emperador, «una figura de seis VV.» 
Algunos instantes después de la formación de la línea de batalla, en 
medio de aquel profundo silencio, precursor de la tormenta que precede 
á los combates, viendo desfilar las tres baterías de á doce, destacadas 
por su orden de los tres cuerpos de Erlón, de Reille y de Lobau, y des- 
tinadas á comenzar la acción, atacando á Mont Saint Jean, donde se 
encuentra la intersección de los caminos de Nivelles y de Genappe. Tocó 
el emperador en el hombro á Haxo, diciéndole: He aquí veinticuatro 
buenas mozas, general. 

Seguro del éxito, había alentado con una sonrisa, al pasar delante 
de él, á la compañía de zapadores del primer cuerpo, designada por él 
mismo para hacerse fuerte en Mont- Saint Jean, en cuanto fuese tomada 
la aldea. 

Toda aquella serenidad no fué turbada más que por una palabra de 
altiva compasión, al ver á su izquierda, en el lugar en que se encuentra 
hoy una gran tumba, formar en masa con sus soberbios caballos á aque- 
llos admirables escoceses grises, dijo: ¡Es lástima! 

Después montó á caballo, dirigiéndose hacia Rossomme, y eli¿ 
para observatorio un reducido montecillo de césped á la derecha < 
camino de Genappe á Bruselas, que fué su segunda parada durante 
batalla. 

Su tercera parada, la de las siete de la tarde, entre la Belle-Alliai 
y la Haie-Sainte, es terrible; es un cerrillo bastante elevado que exb 
todavía, detrás del cual se había agrupado la guardia en un declive 



NAPOLEÓN DE BUEN HUMOR 283 



la llanura. Al rededor de este cerro rebotaban las balas sobre el empe- 
drado de la calzada hasta Napoleón. Como en Briene, sentía sobre su 
cabeza el silbido de las balas y de las granadas. Hánse recogido casi en 
el mismo punto donde puso los pies su caballo, balas oxidadas, hojas 
viejas de sable y proyectiles informes y corroídos. Scabra rubigine. 
Hace algunos años se desenterró un obús de á sesenta, cargado todavía , 
cuya espoleta be había roto al ras de la bomba. En esta última parada 
fué donde el emperador le dijo á su guía Lacoste, aldeano hostil, el cual 
iba atado lleno de miedo á la silla de un húsar, volviéndose á cada des- 
carga de metralla, y procurando esconderse detrás de Napoleón: \Imbe- 
ei¡\ Esto es vergonzoso. Vas á hacer que te maten por la espalda. 

£1 que estas líneas escribe ha encontrado por sí mismo en la move- 
diza pendiente de aquel cerrillo, ahondando en la arena, los restos del 
cuello de una bomba, descompuestos por el óxido de cuarenta y seis 
años, y trozos de hierro viejo que se rompían entre sus dedos como va- 
ras de saúco. . 

Las ondulaciones de las llanuras distintamente inclinadas, donde se 
verificó el combate entre Napoleón y Wellington, no son ya, como na- 
die ignora, lo que eran en 18 de Junio de 1815. Al tomar de ese campo 
fúnebre lo que fué necesario para levantar en él un monumento, le qui- 
taron su relieve natural, y la historia desconcertada no puede recono- 
cerlo. 

Para glorificarlo se le ha desfigurado. 

Wellington, al volver á ver dos años después á Waterloo, exclamóse 
diciendo: ¡Me ha¿i cambiado mi campo de batalla! Allí donde está hoy 
la gran pirámide de tierra coronada del león, había una cresta que des- 
cendía hacia el camino de Nivel les en rampa practicable, pero que del 
lado de la calzada de Genappe era casi escarpado por completo. La ele- 
vación de esta escarpadura puede medirse todavía en la actualidad por 
la altura de los dos terraplenes de las dos grandes sepulturas que encajo- 
nan el camino de Genappe á Bruselas: una, la tumba inglesa, á la iz- 
quierda; otra, la tumba alemana, á la derecha. No hay allí tumba 
francesa. Para Francia, toda aquella llanura es un sepulcro. Gracias á 
las mil y mil carretadas de tierra, empleadas para el promontorio de 
ciento cincuenta pies de alto y de casi media milla de circuito, la mese- 
ta de Mont Saint- Jean es hoy día accesible por una cuesta suave; el día 

la batalla, sobre todo por la parte de la Haie-Sainte, era de acceso 
ipero y difícil, siendo tan inclinada la vertiente, que los cañones in- 
leses no veían por bajo de ellos la granja situada en el fondo del valle, 
intro del combate. 

El 18 de Junio de 1815, la lluvia había además agrietado profunda- 
tente aquella aspereza, el lodo dificultaba la subida; de manera que no 
istaba trepar, sino que era preciso hundirse en el barro. A lo largo de 



284 LOS MISERABLES 



la cresta de la meseta corría una especie de foso imposible de adivinar 
para un observador lejano. • 

¿Qué foso era aquel? Digámoslo. Braine Y Alleud es - una aldea de 
Bélgica. Ohain es otra. Estas aldeas, escondidas ambas en las curvas del 
terreno, están unidas por un camino de cerca de legua y media, que 
atraviesa una llanura ondulante, entrando y hundiéndose muchas veces 
como un surco entre las colinas, lo que convierte el camino en barranco 
en muchos puntos. En 1815, como hoy mismo, ese camino cortaba la 
cresta de la meseta de Mont Saint Jean entre las dos calzadas de Ge- 
nappe y de Nivelles; solamente que en la actualidad está al mismo nivel 
de la llanura < y entonces era una hondonada, pues sus dos repechos la- 
terales han servido para el promontorio monumental. 

Este camino era y es todavía una zanja en la mayor parte de su 
trayecto; zanja de una profundidad á veces de doce pies, y cuyas lade- 
ras escarpadas se hundían en algunos sitios, sobre todo en invierno, por 
la fuerza de los aguaceros. Esto ocasionaba diversos accidentes. 

El camino resultaba tan estrecho á la entrada de Braine T- Alleud, 
que un viajero había sido allí aplastado por un carro, como lo atestigua 
una cruz de piedra levantada junto al cementerio, donde se lee el 
nombre del muerto, el señor Bernardo Debrye, mercader de Bruselas , 
y la fecha del accidente, Febrero de 1637. 

Dice así la inscripción: 

D. M. O. 

AQUÍ FUÉ APLASTADO DESGRACIADAMENTE 

POR UN CARRO 

EL SEÑOR BERNARDO DEBRYE, 

MERCADER DE BRUSELAS EL (ilegible) 

FEBRERO DE 1637 

Era tan profundo también, en la meseta de Mont Saint Jean, que un 
aldeano, Mateo Nicaise, fué igualmente aplastado en 1783 por un hun- 
dimiento del repecho, lo que atestiguaba también otra cruz de piedra, 
cuyos brazos desaparecieron al hacerse el desmonte, pero cuyo pedestal 
derribado permanece todavía visible en la pendiente del césped, á la 
izquierda de la calzada, entre la Haie Sainte y la granja de Mont-Saint- 
Jean. 

En un día de batalla, aquel camino hondo, de cuya existencia nada 
daba indicio, cortando la cresta de Mont Saint Jean, formando foso en 
la cima de la escarpadura, barranco oculto entre los cerros, era invisi- 
ble, es decir, terrible. 



EL EMPERADOR DIRIGE l'NA PMEGrNTA AL GUÍA LACOSTE 285 



VIII 
El emperador dirige una pregunt al guia Lacoste 

Es lo cierto que, en la mañana áe )Vaíerloo, Napoleón estaba con- 
tento. 

Y tenía razón; el plan de batalla concebibo por él, según hemos con- 
signado, era efectivamente admirable. 

Una vez empeñada lá batalla, sus diversas peripecias, la resistencia 
de Hougomont, la tenacidad de la Haie Sainte, muerto Bauduin, Foy 
fuera de combate, el muro inesperado donde fué á estrellarse la brigada 
Soye, el fatal aturdimiento de Guilleminot al carecer de petardos y sa- 
cos dé pólvora; el atascamiento de las baterías; las quince piezas sin es- 
colta deshechas por Uxbridge en una hondonada; el poco efecto de la» 
bombas al caer en las líneas inglesas, hundiéndose en el suelo empapa- 
do de agua por la lluvia levantando solamente volcanes de lodo, de 
suerte que la metralla se convertía en salpicadura fangosa; la inutilidad 
del ataque simulado de Piré contra Braine 1*- Alleud, toda esa caballería, 
quince escuadrones, casi anulada; el ala derecha inglesa poco inquieta- 
da, mal atacada el ala izquierda, el extraño error de Ney agrupado en 
vez de escalonar; las cuatro divisiones del primer cuerpo, masas com- 
pactas de veintisiete filas, y frentes de doscientos hombres, entregado» 
así á la metralla; los horribles claros causados por las balas en esas ma- 
sas; las columnas de ataque desunidas; la batería de escarpa bruscamen- 
te descubierta por su flanco; Bourgeois, Donzelot y Durutte comprome- 
tidos; Quiot rechazado; el teniente Vieux, aquel hércules procedente de 
la escuela politécnica, herido en el momento en que derribaba á hacha- 
zos la puerta de la Haie Sainte bajo el fuego lanzado de lo alto por la 
barricada inglesa que cortaba el ángulo de la carretera de Genappe 4 
Bruselas; la división Marcognet, cogida entre la infantería y la caba- 
llería, fusilada á quema ropa entre los trigos por Best y Pack, acuchi- 
llada por Ponsomby, y clavada su batería de siete piezas; el príncipe de 
Sajonia y^eymar manteniendo y conservando, contra el conde de Er- 
lón, á Erischemont y Smohain; la bandera dei 105 tomada, y tomada 
también la del 45; aquel húsar negro prusiano detenido por los explora- 
dores de la columna volante de trescientos cazadores recorriendo el te- 
rreno entre Wavre y Plancenoit; las noticias poco tranquilizadoras da- 
das por este prisionero; la tardanza de Grouchy, los mil quinientos hom- 
bres muertos en menos de una hora en el cercado de Hougomont, lo* 
mil ochocientos caídos en menos tiempo todavía, al rededor de la Haie- 
Sainte; todos esos incidentes tempestuosos, pasando como nubes de la 
batalla delante de Napoleón, apenas turbaron su mirada sin haber anu- 
blado en modo alguno aquel semblante imperial con la menor incerti- 
dumbre. Napoleón estaba acostumbrado á mirar la guerra en general: 
jamás hizo guarismo por guarismo la adición d lorosa del detalle; los 



LOS NISERAB1.F 



números le importaban poco, mientras le diesen el total de la Vi 
Aún cuando los principios saliesen equivocados, no se alarmab 
que se creía dueño y poseedor del final; sabía esperar, suponiendo 
tonces fuera de la cuestión, trataba al destino de igual á igual. I 
decir á la suerte: No creo que te atrevas. 

Dividido eu luz y sombra, Napoleón se sentía protegido en el 
tolerado en el mal. Tenía, 6 creía tener en su favor, una connii 
casi podría decirse una complicidad con los sucesos, equivalen 
antigua invulnerabilidad. 

No obstante, teniendo tras sí Bérésina, Leipzick y Fontaim 
parece que podía desconfiarse de Waterloo. Un misterioso fruncí 
¡i', de cejas resultaba visible en el fondo del cielo. 

f : En el momento en que Wellington retrocedió, estremecióse 

¡P león. Vio desguarnecerse de súbito la meseta de Mont Saint Jeai 

f' '. «aparecer el frente del ejército inglés. Era que se rehacía, pero o 

|-" ; dose. El emperador se medio levantó sobre los estribos. El ray 

í victoria cruzó ante sus ojos. 

?' Wellington acorralado en la selva de Soignes y destruido, era 

fe- quilanriento definitivo de Inglaterra por Francia; era Crecy, P 

■■- Malplaquet y Ramillies vengados. El hombre de Marengo boi 

i [: Azincourt. 

X El emperador, meditando entonces aquella terrible peripecia 

I •- por última vez su anteojo sobre todos los puntos del campo de t 

Su guardia descansando sobre las armas detrás de él, le observa' 
de abajo con cierta contemplación religiosa. 

Meditaba; examinaba las vertientes, observaba las pendientes 
driñaba el grupo de árboles y el cuadro de centeno como el st 
parecía cortar uno á uno los matorrales. 

Fijóse en las barricadas inglesas de las dos calzadas, dos anchi 
de árboles, la de la calzada de Genappe por cima de la Haie Saín 
mada con dos cañones, únicos de toda la artillería inglesa que s 
sen al fondo del campo de batalla, y la de la calzada de Nivelle* 
resplandecían las bayonetas holandesas de la brigada Chassé. Vil 
á aquella barricada la antigua capilla de San Nicolás pintada de 1 
situada en el ángulo de la travesía hacia Braine l'Alleud. 

Inclinóse sobre el caballo, y habló á media voz al guía Laco 
guía hizo un signo de cabeza negativo, probablemente pérfido. 
Levantóse de nuevo el emperador y reflexionó. 
Wellington había retrocedido. 

Ya no faltaba más que completar aquel retroceso arrollan! 
una vez. 

Napoleón, volviéndose bruscamente, expidió una- estafeta á t 
cape á París, anunciando que se había ganado la batalla. 
Napoleón era uno de esos genios que producen el trueno. 



LO INESPERADO 287 



Acababa de encontrar el rayo. 

Dio orden á los coraceros de Milhaud de tomar la meseta de Mont- 
Saint Jean. 

IX 
Lo inesperado. 

Eran tres mil quinientos. Presentaban un frente de un cuarto de legua. 
Eran hombres gigantes montados en caballos^ colosales. Eran veintiséis 
escuadrones, y tenían detrás, para apoyarles, la división de Lefebvre- 
Desnouettes, los ciento seis gendarmes escogidos, los cazadores de la 
guardia, mil ciento noventa y siete hombres, y los lanceros de la guar- 
dia, ochocientas ochenta lan2as. Llevaban cascos sin crines y corazas 
de hierro batido, pistolas de arzón en las fundas y largos erpada sables. 
Por la mañana todo el ejército les había admirado, cuando, á las nueve, 
tocaban los clarines y entonaban todas las bandas el himno: Velemos 
por la salud del imperio , habían venido en columna cerrada, con una 
de sus baterías al flanco y la otra en el centro, desplegándose en dos filas 
entre la calzada de Genappe y Frischemont, para ocupar su punto de 
batalla en aquella poderosa segunda línea, tan sabiamente dispuesta por 
Napoleón, la cual, teniendo á su extrema izquierda los coraceros de Ke- 
llermann y á su extrema derecha los coraceros de Milhaud, tenía, por así 
decirlo, dos alas de hierro. 

El ayudante de campo Bernard les llevó la orden del emperador. Ney 
sacó su espada y se puso á la cabeza. Los escuadrones enormes partieron. 

Entonces se vio un espectáculo formidable. 

Toda aquella caballería, con los sables desenvainados, banderines y 
trompetas al viento, formada en columna por divisiones, descendió con 
un mismo movimiento y como un solo hombre, con la precisión de un 
ariete de bronce que abre una brecha, la colina de la Belle Alliance, pe- 
netrando en la formidable ondonada en donde tantos hombres habían ya 
caído, desapareció en medio del humo, saliendo después de entre la som- 
bra, reapareciendo al lado del valle, siempre compacta y unida, subien- 
do al trote largo, al través de una nube de metralla que llovía sobre ella, 
la espantosa pendiente de fango de la meseta de Mont Saint Jean. Subían 
gravemente, amenazadores, imperturbables; en los intervalos de la fusi- 
lería y de la artillería, oíase aquel pisoteo colosal de caballos. Siendo dos 
divisiones, eran dos columnas; la división Wathier ocupaba la derecha, 
la división Derlot la izquierda. Creíase ver de lejos, prolongándose hacia 

cresta de la meseta, dos inmensas culebras de acero atravesando la 

talla como un prodigio. 

Nada parecido se había visto desde la toma del gran reducto de Mos- 
owa por la caballería pesada. Murat faltaba aquí, pero estaba Ney. 
1 recia que aquella masa se había convertido en un monstruo, con una 

a alma. Cada escuadrón ondulaba y se diiataba como el anillo de un 



283 LOS MISERABLES 



pólipo, se les distinguía al través de una vasta humareda, rasgada aquí 
y allí. Revuelta y confusa mezcla de cascos, crines, sables, brincos bo- 
rrascosos de las grupas de los caballos entre el estampido del cañón y el 
sonido de clarines, tumulto disciplinado y terrible; y por. cima de todo, 
el movedizo brillar de las corazas como las escamas sobré la hidra. 

Esta narración parece de otros tiempos. Algo parecido á esta visión 
aparecía sin duda en las antiguas epopeyas orféicas describiendo los 
hombres caballos, los antiguos hipantropos, esos titanes de cara humana 
y pecho ecuestre que escalaron á galope el Olimpo, horribles, invulnera- 
bles, sublimes; dioses y bestias. 

Extraña coincidencia numérica, veintiséis batallones iban á recibir 
A aquellos veintiséis escuadrones. Detrás de la cresta de la meseta, á la 
sombra de la batería oculta, la infantería inglesa, formada en trece 
cuadros, dos batallones por cuadro, y en dos líneas, siete en la primera, 
seis en la segunda, con la culata al hombro, apuntando y atenta á lo 
que iba á venir*, serena, inmóvil, muda: estaba esperando. No veía áks 
coraceros, ni los coraceros la veían á ella. Oía como iba subiendo aque- 
lla* marea de hombres. Oía como crecía el ruido de aquellos tres mil ca- 
ballos, el pisoteo alternativo y simétrico de sus cascos al trote largo, el 
roce de las corazas, el choque de los sables, y una especie de resoplido 
grandioso y feroz. Hubo un momento de silencio espantoso; después, 
apareció de súbito por cima de la cresta una larga fila de brazos levan- 
tados blandiendo sables, y los cascos, y las trompetas, y los banderines; 
y tres mil cabezas con bigotes grises gritando: ¡Viva el emperador! Toda 
aquella caballería desembocando en la meseta, pareció el principio de 
un terremoto. 

De repente, cosa trágica, á la izquierda de los ingleses, á nuestra 
derecha, la cabeza de la columna de los coraceros se encabritó con un 
clamor horrible. Al llegar al punto culminante de la cresta, desenfrena- 
dos, en toda su furia y en su carrera de exterminio, sobre los cuadros 
y cañones, los coraceros acababan de ver entre ellos y los ingleses un 
foso, una gran zanja. Era la hondonada del camino de Ohain. 

Espantoso momento. El barranco estaba allí, inesperado, abierto á 
pico bajo los pies de los caballos, á la profundidad de dos toesas entre 
luó repechos de ambos lados. La segunda fila empujó á la primera, y la 
tercera empujó á la segunda. Los caballos se encabritaban queriendo 
volver atrás, caían sobre sus grupas, alzaban al aire sus cuatro pies, ti- 
rando y derrumbando á los ginetes, agrupándose unos contra otros é 
imposibilitados de retroceder. Toda la columna no era más que un solo 
proyectil, la fuerza adquirida para destruir á los ingleses aplastó á los 
franceses. El barranco inexorable no podía ser vencido sino llenándole; 
ginetes y caballos rodaron confundidos en él, atropellándose y mezcla- 
dos unos á otros, no formando más que una sola carne en aquel abismo; 
y cuando aquel foso estuvo ya lleno de hombres vivos, pasando por en- 



r 



LO DESPERADO 289 



cima atravesaron la zanja los demás. Casi una tercera parte de la briga- 
da Dubois se hundió en aquel abismo. 

Aquí comenzó la pérdida de la batalla. 

Una tradición local, evidentemente exagerada, dice que dos mil ca- 
ballos y mil quinientos hombres quedaron sepultados en la hondonada 
de Ohain. En este número van verosímilmente comprendidos todos los 
demás cadáveres arrojados en el barranco al día siguiente del combate. 

Notaremos de paso que aquella brigada Dubois, tan funestamente 
maltratada, era la misma que una hora antes, en carga aparte, había 
arrancado su bandera al batallón de Lusebourg. 

Napoleón antes de ordenar la carga de los coraceros de Milhaud, ha- 
bía examinado el terreno, pero sin haber alcanzado ver ese camino hon- 
do, que ni siquiera formaba un solo relieve en la superficie de la meseta. 
Advertido, sin embargo, y llamada su atención por la capillita blanca 
que marca el ángulo del camino con la calzada de Nivelles, había diri- 
gido r probablemente sobre la eventualidad de un obstáculo, una pre- 
gunta al guía Lacoste. El guía había respondido no. 

Casi podría decirse que de aquel movimiento de cabeza de un aldea- 
no surgió la catástrofe de Napoleón. 

Otras fatalidades debían todavía surgir. 

¿Era posible que Napoleón ganase aquella batalla? Nosotros respon- 
demos que no. ¿Por qué? ¿Por causa de Wellington? ¿Por causa de Blüc- 
ker? No. Por causa de Dios. 

Que venciese Bonaparte en Waterloo, no entraba ya en la ley del si- 
glo XIX. Preparábase otra serie de hechos, en la cual no tenía cabida 
Napoleón. La mala voluntad de los sucesos venía anunciándose de larga 
fecha. 

Había llegado ya la época de la caída de aquel hombre inmenso. 

El excesivo peso de aquel hombre en el destino de la humanidad tur- 
baba el equilibrio. Aquel individuo pesaba más él solo que el grupo uni- 
versal. Esta plétora de toda la vitabilidad humana concentrada en una 
sola cabeza, el mundo subiéndose al cerebro de un hombre, sería mortal 
para la civilización, á durar mucho. Había llegado el momento en que 
la incorruptible equidad suprema debía advertirlo. Probablemente se 
sentían lastimados los principios y lo;i elementos, de los que dependen 
las gravitaciones regulares en el orden moral como en el orden material. 

sangre humeante, el rellenamiento de los cementerios, las madres 
■rando, son en verdad quejidos temibles. Existen, cuando la tierra su- 
5 excesivamente sobrecargada, gemidos misteriosos que parten de la' 
nbra y oye el abismo. 

Napoleón había sido denunciado en el infinito, y estaba decretada su 
ida. 

Molestaba á Dios. 



T ~ 



TOMO I 19 



290 LOS MISERABLES 



i Waterloo po es, por lo tanto, una batalla; es el cambio de frente del 

universo. 

X 

La meseta de Mont-Saint- Jean 

Al mismo tiempo que el barranco, descubrióse la batería. 

Sesenta cañones y los trece cuadros abrasaron á los coraceros á boca 
de jarro. El intrépido general Delort hizo el saludo militar á la batería 
inglesa. 

Toda la artillería volante inglesa había entrado al galope dentro de 
los cuadros. Los coraceros no tuvieron ni un solo minuto para respirar. 
El deslastre del barranco les había diezmado, pero no desalentado. Eran 
de aquellos hombres que cuanto disminuyen en número lo aumentan en 
valor. 

La columna Wathier había sufrido únicamente el desastre; la colum- 
na Delort, á la que Ney había hecho oblicuar á la izquierda, como si 
presintiese el engaño, había llegado entera. 

Los coraceros se lanzaron sobre los cuadros ingleses. 

Pegados al cuerpo del caballo, las bridas sueltas, el sable entre los 
dientes y pistola en mano, tal fué el ataque. 

Hay momentos en las batallas en que el ánimo endurece al hombre 
hasta convertir al soldado en estatua,, y en que toda su carne se vuelve 
granito. Los batallones ingleses, desesperadamente acometidos, no se 
movieron. 

Aquello fué horroroso. 

Todos los frentes de los cuadros ingleses fueron atacados á la vez. Un 
torbellino frenético los envolvía. Aquella fría infantería permaneció im- 
pasible. La primera fila, rodilla en tierra, recibió á los coraceros con 
las bayonetas, la segunda los fusilaba; detrás de la segunda fila, los ar- 
tilleros cargaban los cañones, abríase el frente del 'cuadro, dejando pa- 
sar una erupción de metralla, y volvía á cerrarse. Los coraceros res- 
pondían aplastando. Sus grandes caballos se encabritaban, levantan- 
do las piernas sobre las filas enemigas, saltando por encima de las ba- 
yonetas y cayendo como gigantes en medio de aquellos cuatro muros 
vivientes. Las balas abrían claros en los coraceros, los coraceros abrían 
brechas en los cuadros. Filas enteras de hombres desaparecían deshe- 
chas bajo los pies de los caballos. Las bayonetas se hundían en los vien- 
tres de aquellos centauros. De ahí la deformidad de heridas como no st 
hayan visto tal vez nunca. 

Mutilados los cuadros por aquella caballería enfurecida, estrecha 
banse sin descomponerse. Inagotables en metralla, estallaban en medie 
de sus acometedores. La forma de ese combate era monstruosa. Aquellos 
cuadros no eran ya batallones, eran cráteres, aquellos coraceros no eran 



LA MESETA DE MGNT-SAINT-JEAN 291 



una caballería, sino una tempestad. Cada cuadro era un volcan atacado 
por una nube; la lava combatiendo al rayo. 

El último cuadro de la derecha, el mas expuesto de todos por care- 
cer de apoyo, fué casi aniquilado á los primeros choques. Componíase 
del 75.° regimiento de highlanders. El gaitero, colocado en el centro, 
mientras se exterminaban á su alrededor, bajando con distracción pro- 
funda sus ojos melancólicos, llenos del reflejo de las selvas y los lagos, 
sentado sobre un tambor y su gaita bajo el brazo, tocaba los aires de 
«us montañas. Aquellos escoceses morían pensando en Ben Lothian, co- 
mo los griegos acordándose de Argos. El sable de un coracero, derri- 
bando de un golpe la gaita y el brazo que la sostenía, acabó con la mú- 
sica r matando al músico. 

Los coraceros relativamente poco numerosos, y' aminorados por la 
-catástrofe del barranco, tenían en contra suya á casi todo el ejército 
inglés; pero se multiplicaban, valiendo cada uno por diez. Así es que 
algunos batallones hannoverianos iban ya replegándose. Wellington lo 
vio, y pensó en su caballería. Si Napoleón, en aquel mismo instante 
hubiese pensado en su infantería, habría ganado la batalla. Este olvido 
fué su grande y fatal error. 

De pronto los coraceros acometedores viéronse acometidos. La caba- 
llería inglesa estaba á sus espaldas. Al frente los cuadros, detrás Somer- 
set; Somerset eran los mil cuatrocientos guardias dragones; Somerset 
tenía á su derecha á Dornberg con la caballería ligera de alemanes, y á 
su izquierda á Trip con los carabineros belgas; los coraceros, atacados 
<le frente y retaguardia, á derecha é izquierda, por la infantería y la ca- 
ballería, tenían que hacer cara á todas partes. ¿Qué les importaba? Eran 
un torbellino. Su bravura rayó en lo inexplicable. 

Además, tenían detrás de sí la batería, tronando sin cesar. Y sólo así 
podían ser, tales hombres, heridos por la espalda. Una de sus corazas, 
agujereada en el omoplato izquierdo por una bala de cañón, está en la 
colección del museo de Waterloo. 

Para tales franceses, eran indispensables ingleses como aquellos. 

Ya no fué aquello una lucha; fué una sombra, una furia, un arrebato 
vertiginoso de ánimo y valor, un huracán de espadas centelleantes. En un 
instante los mil cuatrocientos guardias dragones quedaron reducidos á 
ochocientos; Puller, su teniente coronel, cayó muerto. Ney acudió con 
los lanceros y cazadores de Lefebvre Desnouettes. La meseta de Mont- 
Saint Jean fué tomada, recobrada, y vuelta á tomar. Los coraceros de- 
jaban la caballería para volverse contra la infantería, ó por mejor decir, 
toda aquella confusión formidable se acogotaba, sin soltarse uno á otro. 
Los cuadros permanecieron firmes. Hubo doce asaltos. Ney tuvo cuatro 
caballos muertos. La mitad de los coraceros quedó en la meseta. Enta 
horrorosa lucha duró dos horas. 

El ejército inglés quedó profundamente quebrantado. Es indudable 



292 LOS MISERABLES 



que si los coraceros no hubiesen sido debilitados en su primer choque 
por él desastre de la hondonada, habrían acorralado el centro y decidido 
la victoria. Esta caballería extraordinaria petrificó á Clinton, quién había 
visto las batallas de Talavera y Badajoz. Wellington, vencido en sus tres, 
cuartas partes, admirábales heroicamente, exclamando á media vozr 
¡Sublime! (1) 

Los coraceros destrozaron siete de los trece cuadros, tomaron ó cla- 
varon sesenta piezas de artillería, y cogieron á os regimientos ingleses- 
seis banderas, que tres coraceros y tres cazadores de la guardia fueron» 
á ilevar'al emperador delante de la granja de la BelleAlliance. 

La situación de Wellington había empeorado. Aquella batalla singu- 
lar era como un duelo entre dos heridos encarnizados, que, cada uno por 
su parte, al par que combate y se resiste, vá perdiendo toda la sangre^ 
¿Cuál de los dos caer¿ primero? 

La lucha de la meseta continuaba. 

¿Hasta dónde llegaron los coraceros? Nadie podría decirlo. Lo que sí 
es cierto, es que al día siguiente de la batalla fueron hallados muertos- 
un coracero y su caballo entre la armadura de la báscula de pesar ca- 
rruajes en Mont-Saint-Jean, en el punto mismo dónde se cruzan y divi- 
den los cuatro caminos de Nivelles, de Genappe, de La Hulpe y de Bru- 
selas. Este ginete había atravesado las líneas inglesas. Uno de los hombre» 
que levantaron su cadáver vive todavía en Mont Saint Jean. Se llama 
Dehaze. Tenía á la sazón diez y ocho años. 

Wellington se sentía desfallecer. La crisis era inminente. Los corace- 
ros no habían conseguido su objeto, puesto que el centro no había sido 
destruido. Todos ocupaban la meseta, pero nadie la poseía; sin embargo- 
dominaban la mayor parte los ingleses. 

wellington ocupaba la población y la llanura culminante; Ney no 
tenía mas que la cresta y la pendiente. Unos y otros parecían haber he- 
chado raíces en aquel suelo fúnebre. 

Pero el decaimiento de los ingleses parecía irremediable. La hemo- 
rragia de su ejército era horrible. Kempt, en el ala izquierda, reclamaba 
refuerzo. No le hay, respondía Wellington; \Que se haga matarl Casi 
en el mismo instante, coincidencia singular que pinta el abatimiento en 
ambos ejércitos, Ney pedía infantería á Napoleón, y Napoleón exclama- 
ba: \Infanterxa\ ¿De dónde quiere que la saque? ¿Quiere que la haga 
yo? 

Sin embargo, el ejército inglés era el más debilitado. Los combate 
furiosos de aquellos poderosos escuadrones con corazas de hierro y pe 
chos de acero, habían aniquilado su infantería. Algunos hombres, aire 
dedor de una bandera, marcaban el lugar donde hubo un regimiento; 
batallones había, mandados únicamente por un capitán ó por un tenicn- 



(I) ¡Spltndid! palabra textual. 



LA MESETA DE MOTT-SAINT-JEAN 293 



te; la división Alten, tan maltratada ya en la Haie-Sainte, estaba casi 
destruida; los intrépidos belgas de la brigada Van Kluze, cubrían con 
«us cadáveres los centenos á lo largo del camino de Nivelles; casi nada 
-quedaba de aquellos granaderos holandeses que en 1811 , mezclados en 
España á nuestras filas, combatieron á Wellington, y que en 1815, alia- 
<L>s á los ingleses, combatían á Napoleón. La pérdida de sus oficiales era 
considerable. Lord Uxbridge, que al día siguiente hizo enterrar su pier- 
na, tenía la rodilla destrozada. Si, por parte de los franceses, en las car- 
gas de los coraceros, Delort, l'Héritier, Colbert, Duop, Travers y Blan- 
<card quedaron fuera de combate, por la de los ingleses, estaba herido 
Alten, Barne lo estaba también, Delancey muerto, Van Meeren muerto^ 
Ompteda muerto, y todo el estado mayor de Wellington fué diezmado, 
llevando Inglaterra la peor parte en aquel equilibrio sangriento. El 2.* 
Tegimiento de guardias de infantería había perdido cinco tenientes co- 
roneles, cuatro capitanes y tres alféreces; el primer batallón del 30.° de 
infantería había perdido veinticuatro oficiales y ciento doce soldados; 
•el 79.° de montañeses tenía veinticuatro oficiales heridos, diez y ocho 
oficiales muertos, y cuatrocientos cincuenta soldados también muertos. 
Los húsares hannoverianos de Comberland, un regimiento entero, 
<5on su coronel Hacke á la cabeza, quien más tarde debía ser juzgado y 
destituido, habían vuelto grupas ante la lucha refugiándose en el bos- 
que de Soignes, sembrando la dispersión hasta Bruselas. Los carros, los 
tiros, los bagajes, los furgones llenos de heridos, viendo ganar terreno á 
los franceses y acercarse á la selva, precipitáronse en ella; los holande- 
ses, acuchillados por la caballería francesa, gritaban: ¡Al arma! 

Desde Vert Coucou hasta Groenendael, en una extensión de cerca 
-dos leguas en direccióji á Bruselas, hubo, al decir de testigos que viven 
todavía, una verdadera invasión de fugitivos. El pánico fué tal, que se 
comunicó al príncipe de Conde en Malinas y al mismo Luis XVIII en 
-Gante. A excepción de la débil reserva escalonada detrás del hospital de 
sangre, establecido en la granja de Mont Saint Jean y de las brigadas 
Vivían y Vandeleur que flanqueaban el ala izquierda, Wellington no te- 
nía ya caballería. Gran número de baterías estaban desmontadas. Estos 
hechos están confesados por Siborne; y Pringle, exagerando el desastre, 
11( g.i á decir que el ejército angio holandés, había quedado reducido á 
treinta y cuatro mil hombres. El duque de hierro permanecía sereno, 
;ro sus .labios estaban blancos. El comisario austríaco Vincent y el 
omisario español Álava, testigos de la batalla en el estado mayor in- 
"és, creyeron al duque ya perdido. A las cinco miró Wellington su re- 
>j, y se le oyó murmurar esta frase sombría: ¡Blücker ó la noche/ 

Esto fué casi en el mismo instante en que una línea lejana de bayo- 
íetas, brillaba en las alturas del lado de Frischemont. 
Ahí estaba la peripecia de aquel drama gigante. 



20 1 LOS MISERABLES 



XI 
Mal guia para Napoleón, bueno para Bülow. 

Bien conocido es el doloroso .error de Napoleón; esperando á Grou- 
c^y, apareció Blücker; la muerte en lugar de la vida. 

El destino tiene estos reveses; cuando se espera el trono del mundo T 
se divisa Santa Elena. 

Si el pastorcillo que servía de guía á Bülow, teniente de Blücker, le 
hubiese aconsejado dejar la selva por encima de Frischemont mejor que 
por encima de Plancenoit, la fisonomía del siglo XIX hubiera sido quizá 
diferente. Napoleón hubiera ganado la batalla de Waterloo. 

Por cualquier otro camino más elevado que el de Plancenoit, el ejérci- 
to prusiano salía á uivbarranco infranqueable para la artillería, y Bü 
lew no podía llegar. 

Pues bien, con una sola hora de retraso, y es el general prusiana 
Maffling quien lo dice, Blücker no hubiera encontrado á Wellington.de 
pié; «la batalla estaba perdida.» 

Era ya tiempo, como se vé, de que Bülow llegase. Había á la ver- 
dad, retardado mucho: había pernoctado en Dion-le Mont, de donde 
había salido al despuntar el alba. Pero los caminos estaban impractica- 
bles, y sus divisiones se habían atascado. Los carriles que abrían las 
ruedas de los cañones en el barro, llegaban hasta los ejes. Además, ha- 
bía sido preciso pasar el Dyle por el estrecho puente de Wavre; la calle 
que conduce al puente, había sido incendiada por los franceses, las ca- 
jas y furgones de artillería no pudiendo pasar por entre dos filas de ca- 
sis ardiendo, tuvieron que esperar á que se apagara el incendio. Eran 
ya las doce, cuando la vanguardia de Bülow no había podido llegar to- 
davía á Chapellc Saint Lambert. 

De haber comenzado la acción dos horas más temprano, hubiese ter<* 
minado á las cuatro, y Blücker hubiera caído sobre la batalla ganada 
por Napoleón. Tales son esos inmensos azares, proporcionados á un in- 
finito que está muy por encima de nuestros alcances. 

Desde el medio día, el emperador el primero, con su anteojo de larga 
vista, había divisado al extremo del horizonte, algo que le llamó su aten- 
ción. Y había dicho: Allá, á lo lejos, veo una nube que me parece ser de 
tropas. Luego, preguntó al duque de Dalmacia: 

— Soult, ¿qué es lo que veis hacia Chapelle- Saint- Lambert? El maris- 
cal, aplicando su anteojo, respondió: Cuatro ó cinco mil hombres, señor* 
Evidentemente Grouchy. Sin embargo, aquello continuaba inmóvil en la 
bruma. Todos los anteojos del estado mayor habían examinado «la nu- 
be» designada por el emperador. Algunos habían dicho: Son columnas 
que hacen alto. La mayor parte decía: Son árboles. La verdad es que la 
nube no se movía. El emperador había destacado para reconocer aquel 
punto obscuro la división de caballería ligera de Domon. 




LA GUARDIA 295 



Bülow, en efecto, no se había movido. Su vanguardia era muy dé- 
bil, y nada podía hacer. Debía esperar al grueso del ejército, y tenía 
orden de concentrarse antes de entrar en línea; pero á las cinco, viendo 
Blücker el peligro de Wellington, ordenó á Büíow que atacase, y dijo 
esta frase notable: «Es preciso dar aire al ejército inglés. » 

Poco después, las divisiones, Losthin, Hiller, Hackey Ryssel, se des- 
plegaban ante el cuerpo de Lobau; la caballería del príncipe Guillermo 
de l^jusia salía del bosque de París; Plancenoit estaba ardiendo, y las 
balas prusianas comenzaban á llover, llegando hasta las líneas de la 
' guardia de reserva detrás de Napoleón. 

XII 
La guardia 

Cualquiera sabe lo demás: la irrupción de un tercer ejército, la bata- 
lla dislocada, ochenta y seis bocas de fuego tronando de repente, Pirch 
llegado de nuevo con Bülow, la caballería de Zieten mandada por Blüc- 
ker en persona, los franceses rechazados, Marcognet arrojado de la me- 
seta de Ohain, Durutte desalojado de Papelotte, Donzelot y Quiot retro- 
cediendo, Lobau acuchillado, una nueva batalla precipitándose al caer 
de la noche sobre los regimientos franceses debilitados, toda la línea in- 
glesa volviendo á tomar la ofensiva y marchando adelante, la gigantes- 
ca brecha abierta en el ejército francés, la metralla inglesa y la metra- 
lla prusiana auxiliándose, el exterminio, el desastre de frente, el desas- 
tre en los flancos, y la guardia entrando en línea bajo aquel espantoso 
derrumbamiento. 

Como esta presentía que iba á morir, gritó: ¡Viva el emperador! La 
historia no registra hada tan conmovedor como aquella agonía estallan- 
do en aclamaciones. 

El cielo había estando cubierto todo el día. De repente, en aquel mis* 
mo instante, las ocho de la tarde, rasgáronse las nubes del horizonte de- 
jando pasar, al través de los olmos de la carretera de Nivelles, el grande 
y siniestro fulgor del sol poniente. Habíasele visto salir en Aüsterlitz. 

Para aquel desenlace, cada batallón de la guardia iba mandado por 
un general. Friant, Michel, Roguet, Harlet, Mallet y Poret de Morvan, 
estaban allí. Cuando aparecieron las elevadas gorras de los granaderos 
de la guardia con la ancha placa del águila, y se vieron estos, simétri- 
cos, alineados y serenos, entre la bruma de aquella pelea, sintió el ene- 
migo respeto hacia Francia; creyó ver entrar veinte victorias en el cam- 
po de batalla con alas desplegadas, y, los vencedores, creyéndose venci- 
dos, retrocedieron; pero Wellington gritó: \Arriba, guardias, y buena 
puntería 1 . 

El regimiento encarnado de guardias inglesas, tendido detrás de los 
setos, se levantó; una lluvia de metralla acribilló la bandera tricolor, 
flotante en medio de nuestras águilas; precipitáronse todos enseguida 



296 LOS MISERABLES 



unos contra otros, y empezó la suprema matanza. La guardia imperial 
sentía entre las sombras como el ejército iba cediendo á su alrededor, y 
el inmenso estremecimiento de la derrota; oyó el grito de ¡sálvese quic n 
pueda! que había reemplazado al de ¡viva el emperador! y teniendo )a 
fuga detrás y la muerte delante, continuaba avanzando y muriendo. No 
hubo hallí vacilantes ni tímidos. Cada soldado de aquella tropa era tan 
héroe como el general. Ni uno solo de sus hombres faltó al suicidio. 

Ney, desatinado, elevándose á toda la .altura del que acepta la muer- 
te, ofrecíase á todos los golpes de aquella tormenta. Allí perdió su Quin- 
to caballo. Empapado en sudor, saltando fuego de sus ojos, espumantes 
los labios, desabrochado el uniforme, una de sus charreteras medio cor- 
tada por el sablazo de un ginete de la guardia inglesa, su placa de la 
grande águila abollada por una bala, lleno de sangre y de lodo, admira- 
ble, con una espada rota en la mano, y exclamando; ¡ Venid á ver como 
muere un mariscal de Francia en el campo de batallal Pero inútilmen- 
te; no murió. Aparecía rudo é indignado. Lanzó á Drouet de Erlón esta 
pregunta: *¿Es que no quieres hacerte matar?* Y seguía gritando en 
medio de toda aquella artillería que iba destrozando á un peñado de 
hombres: ¿No hay nada para mí? \0h\ ¡Quisiera que todas esas balas 
inglesas entrasen en mi pechol 

¡Estabas reservado para las balas francesas! ¡desdichado! 

XIII 
La catástrofe 

La derrota á espaldas de la guardia fué lúgubre. 

El ejército se replegó bruscamente y á la vez, por todas partes: de 
Hougomont, de la Haie Sainte, de Papelotte, de Plancenoit. El grito de: 
¡Traición! fué seguido del grito: ¡Sálvese quien pueda! 

Un ejército que se desbanda es un deshielo. Todo cede, se rompe, es- 
talla, flota, rueda, cae, choca, se empuja y precipita. ¡Destrucción 
inaudita! 

Ney toma otro caballo, salta encima, y sin sombrero, sin corbata, 
sin espada, se coloca en medio de la calzada de Bruselas, deteniendo á la 
, vez á ingleses y á franceses. Intenta retener al ejército; llama, insulta, . 
se aferra á la derrota. Pero es rechazado por ella. Los soldados se le es- 
capan, gritando: / Viva el mariscal Ney! 

Dos regimientos de Durutte van y vienen despavoridos y como agi- 
tados entre los sables de los huíanos y el fuego de las brigadas de Kempt 
de Best, de Park y de Bylandt. La peor de las luchas es la derrota; loe 
amigos se matan entre sí por huir; los escuadrones y los batallones dis- 
persándose chocando unos contra otros; enorme espuma de la batalla. 
Lobau en un extremo y Reille en el otro, son arrollados por aquella ola. 
En vano Napoleón forma muralla con lo que le queda de su guardia; en 
vano emplea para el último esfuerzo sus escuadrones de servicio. Quiot 



LA CATÁSTROFE 297 



retrocede ante Vivían, Kellermann ante Vandeleur, Lobau ante Bülow, 
Moratid ante Pirch, Domon y Subervic delante del príncipe Guillermo 
de Prosia, Guyot, que dirige la carga de los escuadrones del emperador, 
cae bajo los pies de los dragones ingleses. Napoleón recorre al galope la 
línea de los fugitivos, les arenga, incita, amenaza y suplica. Todas las 
bocas que exclamaban por la mañana viva el emperador, permanecen 
abiertas y en suspenso; apenas hay allí quien le conozca. La caballería 
prusiana, venida de refresco, se precipita, vuela, acuchilla, corta, hien- 
de, mata, y extermina. Los tiros se arremolinan, los cañones se vuelcan; 
los soldados del tren desenganchan los arcones y toman los caballos 
para escapar; los furgones volcados con las ruedas al aire, impiden el 
tránsito, ocasionando asesinatos; todos se aplastan, se atropellan, cami- 
nando sobre muertos y vivos. Los brazos se alzan desesperados. Una 
multitud vertiginosa llena los caminos, los senderos, los puentes, las lla- 
nuras, las colinas, Iqs valles y los bosques obstruidos por la evasión de 
cuarenta mil hombres. Gritos, desesperación, morrales y fusiles arroja- 
dos entre los centenos, paso abierto á estocadas, no hay allí distinciones 
entre camaradas, oficiales, ni generales; el espanto es indescriptible. 
Z teten acuchilla á la Francia á su placer. Los leones se han converti- 
do en corzos. Tal fué aquella fuga. 

En Genappe se intentó volver la cara, hacer frente, contener. Lobau 
reunió trescientos hombres, y con ellos levantó una barricada á la en- 
trada de la aldea; pero á la primera descarga de la metralla prusiana, 
huyeron todos, y Lobau fué hecho prisionero. Todavía se ve hoy impre- 
sa aquella descarga de metralla en el antiguo paredón de un edificio de 
ladrillo, á la derecha del camino, pocos minutos antes de llegar á Ge- 
nappe.. Los prusianos se lanzaron sobre Genappe, furiosos sin duda de 
ser tan fácilmente vencedores. La persecución fué monstruosa. Blücker 
ordenó el exterminio. Roguet había ya dado el triste ejemplo de amena- 
zar de muerte á todo granadero francés que le llevara un prisionero pru- 
siano. Blücker sobrepujó á Roguet. El general de la guardia joven, Du- 
hesme, acorralado contra la puerta de una posada en Genappe, entregó 
su espada á un húsar de la muerte, quien la tomó, matando luego al 
prisionero. La victoria terminó con el asesinato de los vencidos. Casti 
guemos, ya que somos la historia; el viejo Blücker se deshonró. Seme 
jante ferocidad fué el colmo del desastre. La derrota desesperada atrave 
só Genappe, atravesó Quatre Bras, atravesó Gosselies, atravesó Frasnes 
ravesó Charleroi, atravesó Thuin, y no paró hasta la frontera. ¡Ay 
7 quién era el que huía de esta suerte? El grande ejército. 

Este vértigo, este terror, ese derrumbamiento del más alto valor que 

unas ha admirado la historia, ¿deja por ventura de tener su causa? No. 

a sombra de una enorme recta se proyectaba sobre Water loo. Era la 

rnada del destino. Una fuerza superior al hombre fué la que trazó la 

íea de este día. 



298 LOS MISERABLES 



De ahí la espantosa sumisión de todas las frentes; de ahí todas aque- 
llas almas grandes rindiendo sus espadas. Los que habían vencido á la 
Europa cayeron aterrados, sin tener ya nada que hacer ni que decir, 
sintiendo en la sombra la presencia de un algo terrible. Hoc erat in fa- 
íis. Aquel día cambió la perspectiva del género humano. Waterloo es el 
gozne del siglo xix. La desaparición del grande hombre era necesaria al 
advenimiento del gran siglo. Alguien, á quien nadie replica, se encargó 
de ello-* Así se esplica el pánico de aquellos héroes. En la batalla de Wa- 
terloo no hubo solo unp, nube, hubo un meteoro. Pasó Dios. 

Al caer de la noche en un ~campo cercano á Genappe, Bernard y 
Bertrand asieron por el faldón de la levita y detuvieron, á un hombre 
esquivo, pensativo, siniestro, que arrastrado hasta allí por la corriente 
de la derrota, acababa de echar pié á tierra, habiendo pasado el brazo 
por la brida de su caballo, y, con ojos extraviados regresaba solo á Wa- 
terloo. Era Napoleón, intentando todavía ir adelante: inmenso sonám- 
bulo de aquel sueño de gloria anonadada. 

XIV 
El último cuadro. 

Algunos cuadros de la guardia, inmóviles entre la corriente de la 
derrota, como rocas en el agua que pasa, se sostuvieron hasta la noche. 
Venía la noche, y con ella la muerte; esperaron esa doble obscuridad, é 
inquebrantables, dejáronse envolver por ambas. Cada regimiento, aisla- 
do de los demás, y no teniendo ya lazo alguno que les uniese al ejército, 
roto por todas partes, moría por su cuenta. Habían tomado posiciones 
para ejecutar esta última acción, los unos sobre las alturas de Rossom- 
nie, los. otros en la llanura de Mont-Saint Jean. Allí, abandonados, ven- 
cidos y terribles, aquellos cuadros sombríos agonizaban formidablemen- 
te. Ulm, Wagram, Jena, Friedland, morían en ellos. 

A la hora del crepúsculo, á eso de las nueve de la noche, en la falda 
de la meseta de Mont-Saint Jean, quedaba uno todavía. En ese valle fu- 
nesto, al pié de aquella pendiente, trepada antes por los coraceros, inun- 
dada entonces por las masas inglesas, bajo los fuegos convergentes de la 
artillería enemiga victoriosa, bajo una espantosa densidad de proyecti- 
les, aquel cuadro luchaba aún. Mandábalo un oficial llamado Cambron- 
ne. A cada descarga, el cuadro disminuía y contestaba. Replicaba á la 
metralla con la fusilería, estrechándose continuamente sus cuatro lados» 
De lejos, los fugitivos, parándose algunos momentos para tomar aliente 
oían en las tinieblas aquel tronar sombrío y decreciente. 

Cuando esta legión quedó reducida á un solo puñado de hombres 
cuando su bandera no fué mas que un girón, cuando sus fusiles, agota* 
das las balas, no fueron mas que palos, cuando el montón de cadáveres 
fué mayor que el grupo viviente, hubo entre los vencedores una especie 
de terror sagrado, en torno de aquellos moribundos sublimes, y la arti 



CAMBRONNE 299 



Hería inglesa, recobrando el aliento, enmudeció. Fué una especie de tre- 
gua. Aquellos combatientes tenían á su alrededor como un hormigueo de 
espectros, siluetas de hombres á caballo, el negro perfil de los cañones, 
el cielo blanco, divisado á través de las ruedas y de las cureñas. La co- 
losal calavera que los héroes entrevén siempre entre el humo, en el fon- 
do de la batalla, se adelantaba mirándolos, hacia ellos. Pudieron oir fá- 
cilmente entre la sombra crepuscular cómo se cargaban las piezas; las 
mechas encendidas, semejantes á ojos de tigre entre la obscuridad de la 
noche, formaron un círculo alrededor de sus cabezas; todos los bota fue- 
gos de las baterías inglesas se acercaron á los cañones, y entonces, al 
tener el instante supremo suspendido sobre aquellos hombres, conmovi- 
do un general inglés, Colville según unos, Maitland según otros, les 
gritó: ¡Valientes franceses, rendios! Cambronne respondió: 
— ¡Mierda! 

XV 
Cambronne 

El respeto debido á los lectores no puede llegar al extremo de vedar 
al historiador la repetición de la -palabra, tal vez más adecuada, que ha 
dicho un francés. Esto prohibiría la consignación de lo sublime en la 
historia. 

Prohibición que infringiríamos nosotros por nuestra cuenta y riesgo . 
Conste, pues, que en medio de aquellos gigantes, hubo un titán: 
Cambronne. 

Decir esta palabra y morir enseguida, ¡hay nada más grande^ Porque 
morir es el querer morir, y no fué culpa suya si después de ametrallado 
sobrevivió. 

El hombre que ganó la batalla de Waterloo, no es Napoleón derrota- 
do, no es Wellington replegándose á las cuatro y desesperado á las cin- 
co; no es Blücker, que no llegó á batirse; el hombre que ganó la batalla 
de Waterloo fué Cambronne. 

Fulminar con semejante palabra el trueno que os mata, es vencer. 
Dar esta respuesta á la catástrofe, decir esto al destino, conceder esta 
base al león futuro, arrojar esa réplica á la lluvia de la noche, al muro 
traidor de Hougomont, á la hondonada de Ohain, al retraso de Grouchy, 
á la llegada de Blücker; ser la ironía en el sepulcro, saber quedar en pié 
después de haber caído, ahogar en dos sílabas la coalición europea, ofre- 
cer á los reyes aquellas letrinas ya conocidas de los Césares, hacer de la 
.tima de las palabras la primera, mezclando con ella el brillo de la Fran- 
a; cerrar insolentemente la jornada de Waterloo con el martes <ie Car- 
aval, completar á Leónidas con Rabelais, resumir aquella victoria en 
na palabra saprema, imposible de pronunciar; perder el terreno y con- 
tfvar la historia, y después de aquella matanza conquistarse la risa, es 
erdaderamente inmenso. 
Es insultar al rayo, es llegar á la grandeza esquiliana. 



300 LOS MISERABLES 



La palabra de Cambronne hace el efecto de una fractura. Es la rup- 
tura del pecho por el desden: es el desbordamiento de la agonía que es- 
talla. ¿Quién fué el vencedor? ¿Wellington? No. Sin Blücker estaba per- 
dido. ¿Fué Blücker? No. Si Wellington no hubiera comenzado, Blücker 
no hubiera podido coucluír. Aquel Cambronne, aquel pasajero de última 
hora, aquel soldado ignorado, aquel átomo de la guerra, siente que hay 
allí una mentira en una catástrofe, doblemente punzante, y en el punt*> 
en que estalla de rabia, le ofrece esta irrisión: ¡la vida! ¿Cómo no botar? 

Están allí todos los reyes de Europa, los generales afortunados, lo» 
Júpiter tenantes; tienen cien mil soldados victoriosos, y detrás de lo» 
cien mil, un millón; sus cañones, con las mechas encendidas, están pron- 
tos, tienen bajo sus plantas la guardia imperial y al gran ejército, aca- 
ban de aplastar á Napoleón, y no queda ya más que Cambronne, No 
queda ya para protestar más que aquel gusano. 

Pero él protestará. Entonces busca él una palabra como se busca una 
espada. La espuma se le viene á los labios, y es aquella espuma la pala- 
bra. Ante aquella victoria prodigiosa y medianísima, ante aquella vic- 
toria sin victoriosos, aquel desesperado se levanta; sometiendo á la 
enormidad, hace constar su nada; hace más que escupir en ella; y abru- 
mado bajo el peso del número, la fuerza y la materia, encuentra el 
alma, una expresión, el excremento. Lo repetimos, decir esto, hacer esto, 
hallar esto, es ser el vencedor. 

El espíritu de los grandes días penetró en este hombre desconocida 
en aquel instante fatal. Cambronne dio con la palabra de Waterloo 
como Rouget de l'Isle dio con la Marsellesa¡ por la intuición de un 
soplo de lo alto. 

Un efluvio del huracán divino se desprende y viene á pasar al través 
de estos hombres, los cuales se estremecen, entonando el uno el cántico 
supremo, y lanzando el otro el grito terrible. Aquella palabra de desden 
titánico, no la lanzó Cambronne únicamente á Europa en nombre del im- 
perio; hubiera sido poco; dirigióla al pasado en nombre de la Revolu- 
ción. Siéntese y reconócese en Cambronne el alma antigua de los gigan- 
tes. Parece ser Dantón que habla, ó Kleber qué ruje. 

A la palabra de Cambronne, la voz inglesa contestó: ¡Fuego! Las 
baterías fulguraron, retembló la colina, de todas aquellas bocas de bron- 
ce salió el postrer vómito de espantosa metralla, levantóse una basta 
humareda, vagamente blanqueada por la luna naciente. Cuando se hubo 
disipado el humo, ya no había nada. Aquel resto formidable acabal 
de ser aniquilado: la guardia estaba muerta. 

Los cuatro muros del reducto viviente yacían destrozados, apenas 
percibía aquí y allá algún sacudimiento entre los cadáveres. Así f 
como las legiones francesas, más grandes que las legiones romanas, c*. 
piraron en Mont Saint Jean, sobre el suelo empapado de agua y sangra 
entre los trigos sombríos, en el mismo lugar por donde pasa ahora á la 



r 



¿QUOT LIBRAS IN DUCE? 301 



cuatro de la madrugada, silbando y fustigando alegremente su caballo, 
José, el conductor de la balija-correo de Nivelles. 

XVI 
jQuot libras in duceP 

La batalla de Waterloo es un enigma. Tan obscuro para los que la 
ganaron como para quién la perdió. Para Napoleón fué un pánico (1). 
Blücker no vio en ella sino fuego; Wellington no entendió nada. Véanse 
los partes. Los boletines resultan confusos, los comentarios embrollados. 
Estos balbucean, aquellos tartamudean. 

Jomini divide la batalla de Waterloo en cuatro tiempos; Muffling la 
corta en tres peripecias; Charras, aunque en algunos puntos tengamos 
diversa apreciación, es el único que ha fijado con su certero golpe de 
vista las principales y características líneas de aquella catástrofe del 
genio humano en lucha con el azar divino. Todos los demás historiado- 
res se han deslumhrado más ó menos, y en medio de su deslumbramien- 
to andan á tientas. Jornada fulgurante, en efecto, derrumbamiento de 
la monarquía militar, que, con gran estupor de los reyes, arrastró á ella 
todos los reinos; caída de la fuerza, derrota de la guerra. 

En semejante acontecimiento, impregnado de una necesidad sobre- 
humana, la parte de los hombres es nula. 

Quitarles Waterloo á Wellington y á Blücker, ¿es quitar algo á In- 
glaterra y á Alemania? No. Ni la ilustre Inglaterra, ni la augusta Ale- 
mania, son discutibles en el problema de Waterloo. Gracias al cielo, los 
pueblos son grandes independientemente de las lúgubres aventuras de la 
espada. 

Ni Alemania, ni Inglaterra, ni Francia, están encerradas en el inte- 
rior de una vaina. En aquella época en que Waterloo no es más que un 
choque de espadas; sobre Blücker tiene Alemania á Schiller, y sobre 
Wellington tiene Inglaterra á Byron. Un vasto nacimiento de ideas es 
el signo característico de nuestro siglo, y entre esa aurora tienen, así la 
Inglaterra como Alemania, explendores magníficos. Ambas son majes- 
tuosas, porque piensan. La elevación de nivel que aportan ambas á la 
civilización, les pertenece intrínsecamente; procede de ellas mismas, y 
no de un accidente. Todo su engrandecimiento en el siglo. XIX no tiene 
nada de común con Waterloo por su origen. Solamente los pueblos bár- 
baros tienen crecidas súbitas después de una victoria. Es la vanidad pa- 
jera de los torrentes henchidos por la barrusca. Los pueblos civilizá- 
is, sobre todo en los tiempos que atravesamos, no se elevan ni rebajan 
,n la buena ó mala fortuna de un capitán. Su peso específico en el gé- 
ro humano es resultado de algo más que un combate. Su honra, á Dios 



(1) Una batalla terminada, ana jornada concluida, falsas medidas reparada*, mayores éxitos ase- 
radoa para el porvenir, todo se perdió por un instante de terror pánico » (Napoleón, Memorias de 
uta Elena) 



302 LOS MISERABLES 



gracias, su dignidad, su esplendor, y su genio, no son números que los 
héroes y conquistadores, jugadores al fin, puedan poner á la lotería de 
las batallas. Frecuentemente batalla perdida, significa progreso conquis- 
tado. A menos gloria mayor libertad. Calla el tambor, y toma la razón 
la palabra. Es el juego del gana-pierde. 

Hablemos, pues, de Waterloo, fríamente por una y otra parte. Demos 
al azar lo que es del azar, y á Dios lo que es Dios. ¿Qué fué Waterloo? 
¿Una victoria? No. Un quinterno. 

Quinterno ganado por Europa, y pagada por Francia. 

No valía, de mucho, la pena de poner allí un león. 

Por lo demás, Waterloo, es el encuentro más extraño que registra la 
historia. Napoleón y Wellington. No son enemigos, son contrarios. Dios, 
que se complace en las antítesis, no produjo jamás contraste más sor- 
prendente ni confrontación más extraordinaria. 

Por una parte la precisión, la previsión, la geometría, la prudencia, 
la retirada asegurada, las reservas economizadas, una sangre fría perti- 
naz, un método imperturbable, la estrategia que aprovecha el terreno, 
la táctica que equilibra los batallones, la matanza tirada á cordel, la 
guerra regulada reloj en mano, nada abandonado Voluntariamente al 
azar, el antiguo valor clásico, la corrección absoluta; por la otra, la 
intuición, la adivinación, el capricho militar, el instinto sobrehumano, 
el brillante golpe de vista, un no sé qué, que mira como el águila y hiere 
como el rayo, un arte prodigioso dentro una impetuosidad desdeñosa, 
todos los misterios de un alma profunda, la asociación con el destino; el 
río, la llanura, el bosque, la colina, intimados y en cierto modo obliga- 
dos á obedecer; el déspota llegando hasta tiranizar el oampo de batalla; 
la fé en su estrella mezclada á la ciencia estratégica, engrandeciéndola 
y turbándola á un tiempo. Wellington era el Baréme de la guerra, Na- 
poleón el Miguel Ángel, y esta vez el genio fué vencido por el cálculo» 

Por ambas partes se esperaba á alguien. Fué el calculador exacto 
quién salió en bien. Napoleón esperaba á Grouchy, y no vino, Welling- 
ton esperaba á Blücker, y acudió. 

Wellington fué la guerra clásica tomando su revancha. Bonaparte, 
en su aurora, habíala encontrado en Italia, y batido soberbiamente. La 
vieja lechuza había huido ante el joven buitre. L antigua táctica, no só- 
lo quedó pulverizada sino escandalizada. ¿Qué venía á ser aquel corso de 
veinteseis años, qué significaba aquel ignorante espléndido que, tenién- 
dolo todo en contra suya, nada en su favor, sin víveres, sin municione 
sin cañones, sin zapatos, casi sin ejército; con un puñado de hombres ei 
frente de masas compactas, se precipitaba sobre la Europa coligada, ^ 
ganaba absurdamente victorias imposibles? 

¿De dónde salía aquel rayo furibundo que, casi sin tomar aliento 3 
con el mismo juego de combatientes en la mano, pulveriza uno despuéi 
de otro los cinco ejércitos del emperador de Alemania, derribando 



¿QUOT LIBRAS LN DUCE? 303 



Beaulieu sobre Alvinzi, á Wurmser sobre Beaulieu, á Melas sobre Wurm- 
ser, á Mack sobre Melas? ¿Quién era ese advenedizo de la guerra con la 
atrevida desvergüenza de un astro? La escuela académica militar le ex- 
comulgaba huyendo á su presencia. De ahí el implacable rencor del vie- 
jo cesarismo contra el nuevo, del sable correcto contra la espada flamí- 
gera, y del tablero contra el genio. 

El 18 de Junio de 1815 encontró este rencor su última palabra, y 
debajo de Lo di, de Montebello, de Montennote, de Mantua, de Marengo 
y de Arcóle, escribió; Waterloo. Triunfo de las medianías dulce á las 
mayorías. El destino consintió esta ironía. Napoleón al declinar, se en- 
contró ante Wurmser joven. 

Y efectivamente, para tener á Wurmser, basta con blanquear Jos 
cabellos á Wellington. 

Waterloo es una batalla de primer orden, ganada por un capitán de 
segundo. 

Lo que hay que admirar en esta batalla, es Inglaterra, es la firmeza 
inglesa, es la resolución inglesa, es la sangre inglesa. Lo que Inglaterra 
tuvo allí de soberbio no ha de desagradarle, fué ella misma. No fué su 
capitán, fué su ejército. ». 

Wellington, ingrato hasta la extravagancia, declara en una carta á 
iord Bathurst que su ejército, el ejército que combatió el 18 de Junio de 
1815, era, un «ejército detestable.» ¿Qué pensará de ello esa sombría con- 
fusión de esqueletos sepultados en los campos de Waterloo? 

La Inglaterra ha sido muy modesta al frente de Wellington. Hacer 
tan grande á Wellington, es empequeñecerse. 

Wellington no pasa de ser un héroe como otro cualquiera. Aquellos 
escoceses grises, aquellos guardias de á caballo, aquellos regimientos de 
Maitland y de Mitchell, aquella infantería de Pack y de Kempt, aquella 
caballería de Ponsomby y de Somerset, aquellos montañeses tocando la 
gaita bajo la metralla, aquellos batallones de Rylandt, aquellos reclutas 
enteramente bisónos, que apenas sabían manejar el fusil, haciendo cara 
á^los veteranos de Essling y de Rívoli, esto es lo grande. Wellington 
fué tenaz, este es su mérito, y nosotros no se lo hemos de regatear; pero 
el último de sus infantes y de sus ginetes fué tan fuerte como él. El sol- 
dado de hierro bien vale lo que el duque de hierro. 

Por nuestra parte, concedemos toda la gloria al soldado inglés, al 
ejército inglés, al pueblo inglés. Si hubo trofeos son para Inglaterra. La 
solumna de Waterloo sería más justa, si en lugar de la figura de un 
hombre, elevase á las nubes la estatua de un pueblo. 

Pero la gran Inglaterra se irritará de lo que aquí decimos. Ella con- 
serva aún, después de su 1688 y de nuestro 1789, la ilusión feudal, por- 
jue cree en la herencia y en la jerarquía. Este pueblo, al cual ninguno 
aventaja en poderío y gloria, se aprecia á sí mismo como nación, no co- 
mo pueblo. Y como pueblo, se subordina de buen grado y toma por ca- 



"Oí LOS MISERABLES 



beza un lord. Obrero, se deja despreciar; soldado, deja que le apaleen. 
Cualquiera sabe que en la batalla de Inkermann un sargento, que según 
parece, había salvado al ejército, no pudo ser mencionado por lord Ra- 
glán, por no permitir la jerarquía militar inglesa citar en un parte á 
ningún héroe de grado inferior al de oficial. 

Lo que admiramos sobre todo, en un encuentro por el estilo del de 
Wáterloo, es la prodigiosa habilidad del azar. Lluvia nocturna, muro de 
Hougomont, hondonada de Ohain, Grouchy sordo el canon, el guía de 
Napoleón engañándole y el de Bülow que le dirige bien; todo este cata- 
clismo aparece maravillosamente conducido. 

En suma, debemos decir, que hubo en Wáterloo más matanza que 
lucha. 

Es Wáterloo, de todas laó batallas en regla, la que presentó la línea 
de combate más reducida con respecto al número de combatientes; la de 
Napoleón tenía tres cuartos de legua, y media legua la de Wellington,. 
con setenta y dos mil combatientes por cada parte. De esta aglomera- 
ción vino la matanza. 

Se ha hecho este cálculo, y establecido la proporción siguiente: pér- 
dida de hombres: en Austerlitz, franceses, catorce por ciento; rusos, 
treinta por ciento; austríacos, cuarenta y cuatro por ciento. 

En Wagram, franceses, trece por ciento; austríacos, catorce. 

En la Moskowa, franceses, treinta y siete por ciento; rusos, cuarenta 
y cuatro. 

En Bautzen, franceses, trece por ciento; rusos y prusianos, catorce. 

En Wáterloo, franceses, cincuenta y seis por ciento; aliados, treinta 
y uno. Total para Wáterloo, cuarenta y uno por ciento. Ciento, cuarenta 
y cuatro mil combatientes; sesenta mil muertos. 

Hoy día el campo de Wáterloo presenta la calma que pertenece á la 
tierra, sosten impasible del hombre, y se parece á las demás llanuras. 

De noche, sin embargo, despréndese allí una bruma fantástica; y si 
algún viajero se pasea, si mira, si escucha, si piensa como Virgilio en las 
funestas llanuras de Filipo, la alucinación de la catástrofe le domina. El 
horrible 18 de Junio revive, la falsa colina monumental desaparece, des- 
vanécese aquel león, y recobra el campo de batalla su realidad; ondulan 
en la llanura líneas de infantería, galopes furiosos cruzan el horizonte; 
el espantado soñador ve el brillo de los sables, el resplandor de las bayo- 
netas, el fulgor de las bombas, el entre cruzamiento monstruoso de los 
truenos; oye, como un estertor en el fondo de una tumba, el vago clamor 
de la batalla fantasma; aquellas sombras son los granaderos; aquellos 
fulgores los coraceros; aquel esqueleto es Napoleón; aquel otro Welling- 
ton; todo aquello ya no existe; pero choca y combate todavía; y los ba- 
rrancos se enrojecen, y se estremecen los árboles, y están enfurecidos 
hasta las nubes: y en medio de las tinieblas, todas aquellas alturas fero- 
ces, Mont Saint Jean, Hougomont, Frichemont, Papelotte y Plancenoit, 




« 

¿ ES PRECJSO ENCONTRAR BUENO Á WATERLOO? 305 



aparecen confusamente coronadas de torbellinos de espectros que se ex- 
terminan. 

XVII 
¿Ee preciso encontrar bueno á WaterlooP 

Existe una escuela liberal muy respetable que no odia en lo más mí- 
nimo á Waterloo. Nosotros no pertenecemos á ella. Para nosotros, Water- 
loo no es más que la fecha asombrada de la libertad. Que tal águila nazca 
de semejante huevo, eso es seguramente lo inesperado. 

Waterloo mirado desde el punto de vista culminante de la cuestión, 
es intencionalmente una victoria contra revolucionaria. Es la Europa 
contra la Francia; es Petersburgo, Berlín y Viena contra París; es el 
statu quo contra la iniciativa; es el 14 de Julio de 1789 atacado al tra- 
vés del 20 de Marzo de 1815; es el zafarrancho de las monarquías contra 
el indomable tumulto francés. 

Apagar, por fin, este vasto pueblo en erupción desde hacía veintiséis 
anos; tal era e^ proyecto. Solidaridad dé los Brunswick, de los Nassau, 
de los Rómanoff, de .os Hohenzollern, de ios Hapsburgo con los Borbo- 
nes. Waterloo lleva á la grupa el derecho divino. Es verdad también, 
que habiendo sido el imperio despótico, la realeza, en virtud de la reac- 
ción natural de las cosas, debía forzosamente ser liberal, y de ahí que 
de rechazo naciera de Waterloo, un régimen constitucional, con gran 
disgusto de los vencedores. Es que la Revolución no puede ser verdade- 
ramente vencida, y que siendo providencial y absolutamente fatal, rea- 
parece siempre; antes de Waterloo, en Bonaparte derribando los tronos 
caducos, después de Waterloo, en Luís XVIII otorgando y sometiéndose 
á la Carta. Bonaparte sienta un postillón en el trono de Ñapóles, y un 
sargento en el trono de Suecia, empleando la desigualdad para demos- 
trar la igualdad; Luís XVIII en Saint Ouen rubrica la declaración de los 
derechos del hombre. ¿Queréis daros cuenta- de lo que es la Revolución? 
Llamadle Progreso. ¿Queréis daros cuenta de lo que es el progreso? 
Llamadle Mañana. El mañana haee siempre irresistiblemente su tarea, 
y la hace desde hoy; y siempre llega á su fin, de un modo extraño. 

Se sirve de Wellington para hacer de Foy un orador, cuando no era 

éste mas que un soldado. Foy caído en Hougomont, vuelve á levantarse 

en la tribuna. Así procede el progreso. No hay instrumento malo para 

*il obrero. Ajusta á su trabajo divino, sin desconcertarse, al hombre que 

a atravesado los Alpes, como al buen anciano enfermo y vacilante del 

adre Elíseo. Sírvese del gotoso como del conquistador; del conquista- 

or fuera, del gotoso dentro. 

Waterloo deteniendo con la espada la demolición de los tronos euro- 
eos, no ha producido otro efecto que el de hacer continuar la obra re- 
olucionaria por otro lado. Concluyeron los acuchilladores, y empezó 

TOMO. 20 



306 LOS MISERABLES 



.*• i ^ 



el turno de los pensadores. El siglo que Waterloo quería detener le ha 
pasado por encima y continuado su camino. Aquella siniestra victoria 
ha sido vencida por la libertad. 

En suma, é incontestablemente, lo que triunfaba en Waterloo, lo que 
sonreía detrás de Wellington, lo que le llevaba todos los bastones de ma- 
riscal de Europa, incluso, se ha dicho, el de mariscal de Francia, lo que 
bacía rodar alegremente los carretones de tierra llenos de huesos para 
elevar el terreno, del león, lo que escribió en son de triunfo sobre aquel 
pedestal esta fecha, 18 de Junio de 1815, lo que alentaba á Blücker 
acuchillando la derrota, lo que de lo alto de la meseta de Mont Saint- 
Jean se inclinaba sobre Francia como sobre su presa, era la contra re- 
volución. Que fué la contra revolución quien murmuró esta infame pa- 
labra: Desmembración. 

Al llegar á París vio el cráter de cerca, sintió que aquella ceniza 
abra aba sus pies, y mudó de consejo, llegando á tartamudear una cons- 
titución. 

No veamos en Waterloo más de lo que hay en Waterloo. Libertad in- 
tencional, ninguna. La contra revolución era involuntariamente liberal, 
lo mismo que, por un fenómeno relativo, era Napoleón involuntaria- - 
mente revolucionario. 

El 18 de Junio de 1815, Robespierre á caballo fué desmontado. 

XVIII 
Recrudescencia del derecho divino 

Concluye la dictadura. Todo un sistema europeo se derrumba. 

El imperio se hundió en sombras parecidas á las del mundo romano 
agonizante. Volvióse á ver ei abismo como en los tiempos bárbaros. Sólo 
que la barbarie de 1815, á la que debemos llamar por su apodo la con- 
tra revolución, tenía escaso aliento, se fatigó enseguida y se detuvo. EÍ 
imperio, confesémoslo, fué . llorado, y llorado por ojos heroicos. Si la 
gloria consiste en la espada convertida en cetro, el imperio fué la gloria 
misma. Había derramado sobre la tierra toda la luz que la tiranía pue- 
de dar; luz sombría. Digamos más: luz obscura. Comparada al día ver- 
dadero, es la de la noche. Esta desaparición de la noche produjo el efec- 
to de una eclipse. 

Luís XVIII regresó á París. Los bailes del 8 de Julio borraron lo» 
entusiasmos del 20 de Marzo. El corso se trocó en antítesis del bearnés. 
La bandera de la cúpula de las Tullerías fué blanca. Entronizóse el át 
tierro. La mesa de pino de Hartwell colocóse delante del sillón flordel 
sado de Luís XIV. Hablóse de Bouvines y de Fontenoy como de aye¿ 
habiendo envejecido Austerlitz. El altar y el trono fraternizaron maje 
tuosamente, una de las formas menos disputadas de la salud de la socie 
dad del siglo xix establecióse en Francia y en el continente. La Europ 
tomó la escarapela blanca. Trestaillón se hizo célebre. 



RECRUDESCENCIA DEL DERECHO DIVINO . 307 



La divisa non pluríbus impar reapareció entre rayos de piedra, figo- 
Tando un sol, sobre la fachada del cuartel del muelle de Orsay. Donde 
había habido una guardia imperial, hubo una casa roja. El arco de ca- 
rro us el, cargado de victorias ya insoportables, extrañas entre aquellas 
novedades, algo avergonzado tal vez de Marengo y de Areola, salió del 
•compromiso con la estatua del duque de Angulema. El cementerio deOa 
Magdalena, terrible fosa común del 93, cubrióse de mármoles y de jas- 
pes, los huesos de Luís XVI y de María Antonieta están entre aquel pol- 
vo. En el foso de Vincennes, un cipo sepulcral saliendo de la tierra, re- 
cuerda que el duque de Enghien murió en el mismo mes en que Napoleón 
fué coronado. El papa Pío VII, que había consagrado esta coronación 
casi al mismo tiempo de aquella muerte, bendijo tranquilamente la caída 
<5omo había bendecido la elevación. Hubo en Schoenbrünn la sombra de 
un n fio de cuatro años, al cual fué sedicioso llamar el rey de Roma. Y 
se hicieron todas esas cosas, y aquellos reyes recobraron sus tronos, y el 
•dueño de Europa fué encerrado en una jaula, y el antiguo régimen vol- 
vió á ser el nuevo, y toda la sombra y toda la luz de la tierra cambiaron 
<le lugar, porque en la tarde de un día de verano, un pastor le dijo á un 
prusiano dentro un bosque: ¡Pasad por aquí y no - por allí! 

El 1815 fué una especie de Abril lúgubre. Las antiguas realidades 
perjudiciales y venenosas se cubrieron de apariencias nuevas. La men- 
tira se deposó en 1789, el derecho divino se enmascaró con una carta, 
las ficciones se hicieron constitucionales, las preocupaciones, las supers- 
ticiones y las intenciones, embozadas con el artículo 14 en el corazón, 
«e barnizaron de liberalismo. Cambiaron de piel de las serpientes. 

El hombre había -sido engrandecido y rebajado á un tiempo por Na— 
poleón. Lo ideal, bajo el reinado de la materia espléndida, había reci- 
bido el extraño nombre de ideología. ¡Grave imprudencia de un grande 
hombre, ridiculizar el porvenir! Los pueblos sin embargo, esta carne de 
-cañón tan enamorada del ametrallador, le buscaban con la mirada. 
¿Dónde está? ¿Qué hace? 

— Napoleón ha muerto: — decía un transeúnte á un, inválido de Ma- 
rengo y Water loo. 

— ¡Él mueríol — exclamaba irónicamente el soldado. — ¡Le conocéis 
bien! 

Las imaginaciones, deificaban aquel hombre caído. El fondo de Eu- 
)a, después de Waterloo, fué tenebroso. Algo grande permaneció va- 
largo tiempo por haber desaparecido Napoleón. 

Colocáronse los reyes en este vacío. La vieja Europa se aprovechó 

ello para reformarse. Hubo una Santa- Alianza. ¡Bella Alianza! ha- 
i ya dicho anticipadamente el campo fatal de Waterloo. 

En presencia y al frente de la antigua Europa rehecha, dibujáronse 

3 perfiles de una Francia nueva. El porvenir, zaherido por el empera- 

**, hizo su entrada, llevando sobre la frente esta estrella: Libertad. Los 



308 LOS MISERABLES 



1 



ojos de las generaciones nuevas, volviéronse hacia él y ¡cosa singu'arl 
enamoráronse á un tiempo mismo del porvenir, Libertad; y del pasado. 
Napoleón. La derrota había hecho grande al vencido. Bonaparte caído 
parecía más alto que Napoleón de pié. Los que habían triunfado se es* 
pantaron, Inglaterra le hizo guardar por Hadson Lowe, y Francia le 
hizo espiar por Montchenu. Aquellos brazos cruzados fueron la inquie- 
tud de los tronos. Alejandro le llamaba, mi insomnio. Esta alarma pro- 
cedía de la cantidad de revolución que se encerraba en él, y esto es lo 
que explica y escusa el liberalismo bonapartista. Aquel fantasma hacía 
temblar al viejo mundo. Los reyes reinaron con zozobra mientras la ro- 
ca de Santa Elena permaneció en su horizonte. 

Mientras Napoleón agonizaba en Longwood, los sesenta mil hombre» 
caídos en el campo de Waterloo pudriéronse tranquilamente, y algo de 
aquella triste paz se esparció por el mundo. El congreso de Viena hizo 
sus tratados de 1815, y la Europa llamó á esto Restauración. 

Y ahí tenéis lo que fué Waterloo. 

Pero ¿qué le importa al infinito? Toda aquella tempestad, toda aque- 
lla nube, aquella guerra, y luego aquella paz; todas aquellas sombras no 
turbaron un momento la luz del ojo inmenso, ante el cual, un pulgón sal- 
tando de uno á otro tallo de la yerba, es igual al águila volando de cam- 
panario á campanario de las torres de Nuestras Señora. 

XIX 
El campo de batalla por la no:he 

Volvamos, pues es una necesidad de este libro, á e3te fatal campo de 
batalla. 

El 18 de Junio de 1815 era de luna llena. Aquella claridad favoreció 
la persecución feroz de Blücker, denunciando las huellas de los fugitivos,, 
entregó aquellas masas desastradas á la encarnizada caballería prusiana,, 
contribuyendo á la matanza. Existen á veces en las catástrofes esas trá- 
gicas complacencias de le noche. 

Después del último cañonazo, la llanura de Mont Saint- Jean quedó 
desierta. 

Los ingleses ocuparon el campamento de los franceses: es la compro- 
bación general de la victoria; acostarse en el lecho del vencido. Estable- 
cieron su campamento á la otra parte de Rossomme. 

Los prusianos, lanzados sobre la derrota, siguieron adelante. Wellinc- 
ton fué á la aldea de Waterloo á redactar el parte á lord Bathurst, 

Si alguna vez el síc vos non vobis ha sido aplicable, es seguramente 
la aldea de Waterloo. 

Waterloo no hizo nada, pues dista una media legua del lugar de 
acción. Mont Saint Jean fué cañoneado, Hougomont fué incendiado, I 
pelotte fué incendiado, Plancenoit fué incendiado, la Haie Sainte fué 
mada por asalto, la Belle Alliance presenció el abrazo de los dos ven* 



F"^« »» 



el campo de batalla por la noche 309 



dores, y apenas se conocen sus nombres, mientras Water loo. que para 
nada figuró en la batalla, se ha llevado todo el honor. 

No somos de los que adulan á la guerra; cuando llega el caso le deci- 
mos claramente las verdades. Tiene la guerra bellezas horribles, que no 
liemos tratado de ocultar; pero convengamos también en que tiene sus 
fealdades, entre las cuales es una de las más sorprendentes el despojo 
inmediato de los muertos después de la victoria. El alba que sigue á una 
batalla, se levanta siempre sobre cadáveres desnudos. 

¿Quién hace esto? ¿Quién mancha así el triunfo? ¿Cuál es la repugnan- 
te y furtiva mano que se desliza dentro del bolsillo de la victoria? ¿Quié- 
nes son los rateros que asestan sus golpes detrás de la gloria? Varios filó- 
sofos, y entre ellos Vo I tai re, afirman que son precisamente los mismos 
que han conquistado la gloria. Son los mismos, dicen, no cabe sustitu- 
-ció a; los que quedan en pié saquean á los caídos. El héroe del día es el 
vampiro de la noche. T casi hay derecho, después de todo, de saquear 
más ó menos los cadáveres de qué se es autor. Por nuestra parte no opi- 
namos así. Recoger laureles y robarles los zapatos á un muerto, nos pa- 
rece imposible que pueda hacerlo una mano misma. 

Lo que sí es cierto, que generalmente detrás de los vencedores siguen 
los ladrones. Pero coloquemos al soldado, sobre todo, al soldado contem- 
poráneo, fuera de duda. 

Todo ejército lleva su cola, y esa es á la que hay que acusar. Hom- 
bres murciélagos, entre bandidos y servidores, todas las especies de aves 
nocturnas que engendra ese crepúsculo que llaman la guerra, portadores 
de uniforme que no combaten, enfermos supuestos, estropeados temibles , 
«cantineros contrabandistas, acompañados á veces de sus mujeres, andan- 
•do en sus carritos y robando lo que revenden; mendigos que se ofrecen 
por guías á los oficiales, granujas, merodeadores... todo eso llevaban en 
pos de sí los ejércitos en marcha, en otros tiempos, no hablamos del 
presente, de manera que, en la lengua especial, seles llamaba «los reza- 
gados. » Ningún ejército ni nación alguna eran responsables de semejan- 
tes seres; cosmopolitas indefinibles, hablaban italiano, y seguían á los 
alemanes; hablaban francés, y seguían á los ingleses. Uno de estos mise- 
rables, rezagado español que hablaba francés, mató á traición y robó en 
-el mismo campo de batalla al marqués de Fervacques, quien le tomó por 
-compatriota á causa de su acento y modismos picardos, en la nuche si- 
guiente á la victoria de Cesiroles. Del merodeo nacía el merodeador. La 
letestable máxima: Vivir á costa del enemigo, producía esta lepra, que 
ólo una disciplina muy severa podía curar. Hay celebridades que enga- 
tan; no se sabe siempre por qué ciertos generales, grandes por otra parte, 
ian sido tan populares. Turena era adorado de sus soldados, porque to- 
eraba el pillaje; el mal permitido forma parte de la bondad: Turena era 
an bueno, que dejó pasar á fuego y sangre el Pal a ti na do. 

Veíanse á la cola de los ejércitos, más ó menos merodeadores, según 



310 . . LOS MISERABLES 



^ 



e*a el jefe más ó memos severo. Hoche y Marceau no llevaban nunca re* 
za gados; Wellington, hacérnosle gustosos esta justicia, llevaba pocos. 

No obstante, en la noche d¿l 18 al 19 de Junio se despojó á los muer- 
tos, Wellington íué rígido, ordenó pasar por las armas á quien quiera, 
que fuese cogido en flagrante delito; pero lft rapiña es tenaz. Los mero- 
deadores robaban en uno de los extremos del campo de batalla, mien- 
tras se los fusilaba en el otro. 

La luna era siniestra en aquella llanura. 

A eso de media noche rondaba un hombre, ó mejor, se arrastraba» 
por la parte del barranco de Ohain. Era, según todas las apariencias,, 
uno de esos que acabamos de caracterizar, ni inglés, ni francés, ni pai* 
sano, ni soldado; menos hombre que hiena, atraído por el olor de loa 
muertos, teniendo por victoria el robo, acudía á desbalijar á Waterloo. 
Vestía una blusa algo parecida á una esclavina ceñida, ¿ba inquieto y 
atrevido, marchaba adelante y mirando atrás. ¿Qué era ese hombre? L&. 
noche probablemente sabía más acerca de él que el día. No llevaba mo- 
rral, pero sí evidentemente grandes bolsillos depajo de su esclavina. De 
ciando en cuando parábase, examinando la llanura á su alrededor, coma- 
para ver si se le observaba, inclinábase bruscamente, removía por tie- 
rra algo silencioso é inmóvil, después se levantaba y desaparecía. Su 
manera de deslizarse, sus actitudes, su gesto rápido y misterioso, le har 
cían parecer á esas larvas crepusculares que frecuentan las ruinas, y* 
que las antiguas leyendas normandas llaman los Andantes. 

Ciertas aves nocturnas describen en los pantanos siluetas parecidas». 

Una mirada que hubiese sondeado atentamente todas aquellas bru- 
mas, hubiera podido ver á cierta distancia, \ arado y como oculto de- 
trás de la casucha, á orilla de la calzada de Nivelles, en el ángulo del 
camino de Mont- Saint- Jeant á Brame- 1' Alleud, una especie de carrito 
de vivandero con toldo de mimbre embreado, al que iba enganchado un 
rocin hambriento paciendo las hostigas al través del freno, y dentro del 
carrito, una especie de mujer sentada sobre cajas y fardos. Quizá existía, 
algún lazo de unión entre aquel carrito y el rondador. 

La obscuridad era serena. Ni una nube en el zenit. Que importa que 
la tierra esté roja, la luna sigue siendo blanca. Esas son indiferencias- 
del cielo. 

En la pradera, las ramas de los árboles destrozadas por la metralla,, 
pero no caídas, y retenidas por la corteza, mecíanse suavemente agita- 
das por el aire de la noche. 

Un aliento, casi una respiración, movía las malezas. Había tembló 
res en la yerba, que parecían exhalaciones de almas. 

Oíase vagamente á lo lejos el ir y venir de las patrullas y rondas ma- 
yores del campamento inglés. 

Hougomont y la Haie-Sainte continuaban ardiendo, formando al 
Oeste y al Este, dos grandes llamas, á las que iba á juntarse como un¿ 



EL CAMPu DE BATALLA POR LA NOCHE 311 

collar desatado de rabíes con dos carbunclos á sus extremos, el cordón 
de hogueras del ejército inglés, extendido en inmenso semicírculo por 
las coliñas del horizonte. 

Hemos referido la catástrofe del camino de Ohain. Lo que había sido 
la muerte para tantos valientes, horroriza sólo imaginarlo. 

Si hay algo pavoroso, si existe una realidad que traspase los límites 
del sueño, es esta: vivir, ver el sol, estar en plena posesión de la fuerza 
viril, disfrutar de salud y alegría, reír valientemente, correr hacia una 
gloria que se tiene delante brillando con todo su explendor; sentir dentro 
del pecho un pulmón que respira, un corazón que late, una voluntad que 
raciocina; hablar, pensar, esperar, amar, tener madre, tener mujer, te- 
ner hijos, tener la luz, y de repente, en lo que dura un grito, en menos 
de un minuto, hundirse en un abismo, caer, rodar, aplastar, ser aplas- 
tado, ver espigas de trigo, flores, hojas, ramas, no poder agarrarse á 
nada; empuñar un sable inútil, tener hombres debajo y caballos encima, 
luchar inútilmente, rotos los huesos por alguna coz recibida en las tinie- 
blas; sentir un tacón que os revienta un ojo, morder rabiosamente he- 
rraduras de caballo, ahogarse, aullar, retorcerse, estar en el fondo y 
decirse: ¡Hace un instante era yo un ser viviente! 

Allí donde había rugido todo aquel lamentable desastre, reinaba á la 
sazón completo silencio. La caja del camino hondo estaba llena de caba- 
llos y ginetes inexplicablemente amontonados. Horrible confusión. Ya 
no había zanja; los muertos nivelaban el camino con la llanura,' lle- 
gando al ras del borde como una medida de trigo bien colmada. Un 
montón de cadáveres en la parte alta, un arroyo de sangre en la baja: 
tal era aquel camino la noche del 18 de Junio de 1815. La sangre corría 
hasta la calzada misma de Nivelles, y allí se convertía en ancho lago 
delante de la barrera de árboles tallados que cortaban el paso en la cal- 
zada, en un punto que enseñan aún hoy día. 

Esto fué, como ya sabemos, en el lugar opuesto, hacia la calzada de 
Genappe, donde tuvo lugar el hundimiento de los coraceros. El espesor de 
los cadáveres era proporcionado á la profundidad del camino. Hacia el 
centro, en el sitio en que estaba llano, por donde había pasado la divi- 
sión Delort, el lecho de muertos disminuía. 

El rondador nocturno que acabamos d^hacer entrever al lector, iba 
por este lado. Iba huroneando la inmensa tumba. Miraba receloso, y se- 
guía pasando su asquerosa revista de muertos. Andaba de pies dentro la 1 
iángre. 

De pronto se detuvo. 

A pocos pasos de él, en el camino hondo, en el punto en que- concluía 

montón de cadáveres, por debajo de aquella confusión de hombres y 
^ballos, asomaba una mano abierta y alumbrada por la luna. 

Aquella mano tenía en el dedo algo que brillaba, era un anillo de oro. 



312 LOS MISERABLES 



El hombre se inclinó, permaneció un instante agachado, y al levan- 
tarse ya no brillaba el anillo en aquella mano. 

No se levantó precisamente; se quedó en una actitud entre medrosa 
' y fiera, volviendo la espalda al montón de cadáveres, escudriñando el 
horizonte, de rodillas, la parte delantera del cuerpo apoyada sobre el 
suelo con ambos índices, asomando la cabeza por encima del borde del 
camino hondo. Las cuatro patas del chacal son útiles para ciertas ac- 
ciones. 

Después, tomando una resolución, se levantó. 

En aquel instante tuvo un sobresaltó. Sintió que le agarraban por 
detrás. 

Volvióse; era la mano abierta que se había cerrado y que le había 
asido por la falda del capote. 

Un hombre honrado hubiera tenido miedo; él se echó á reír. 
— ¡Calle, — exclamó,— es el muerto! Prefiero un aparecido á un gen- 
darme. 

Sin embargo, la mano desfallecida le soltó. Los esfuerzos mueren 
pronto en la tumba. 

. — ¡Hola! — repuso el merodeador. — ¿Está vivo esté muerto? Vamos á 
ver. 

Inclinóse de nuevo, registró en el montón, apartó lo que le estor- 
baba, cogió la mano, empuñó el brazo, desenredó la cabeza, sacó el 
cuerpo; y unos instantes después, arrastraba en la sombra del camino 
hondo, á un hombre inanimado, ó desmayado al menos. Era un corace- 
ro, un oficial, y oficial de cierto rango, salíale una gran charretera de 
oro de debajo de la coraza. Este oficial no tenía casco. Un fuerte sablazo 
le partía el rostro, donde no se veía más que sangre. 

Por lo demás, no parecía que tuviese miembro alguno roto, y por al- 
guna feliz casualidad, si es aquí posible esta palabra, los muertos habían < 
formado arco por encima de él, de manera, que le habían librado de ser. 
aplastado. Tenía los ojos cerrados. 

Llevaba sobre la coraza la cruz de plata de la Legión de honor. 
El vagabundo arrancó la cruz, que desapareció en uno de los escon- 
drijos interiores de su capote. 

Hecho esto, tentó la faltriquera del oficial, en la que palpitaba un 
reloj, y lo tomó igualmente. Después registró el chaleco, donde encontró 
un bolsillo,' que también se guardó. 

Al llegar á e3te punto del socorro que prestaba á aquel moribundo, 
el oficial abrió los ojos. 

— Gracias. — le dijo débilmente. 

Lo brusco de los movimientos del hombre que así le manoseaba, el 
fresco de la noche, y el aire respirado libremente, le habían sacado de 
su letargo. 

El vagabundo no respondió. Levantó solo la cabeza. 



FL NUMERO 24,601 SE TRUECA EH 9,480 313 

e pasos en la llanura; probablemente alguna patrulla 

iiuró, que aún tenía bu voz acentos de agonía: 

añado la batalla? 

i, — respondió el vagabundo. 

so: 

ais bolsillos, y encontrareis una bolsa y un reloj. To- 

echo. 

hizo como que ejecutaba lo que se le pedía, y dijo: 
a. 
ido, — replioó.el oficial, — lo Biento: hubiera sido para 

a patrulla eran por momentos más perceptibles, 
icerca, — dijo el vagabundo, haciendo el movimiento de 

> va. 

.ntando penosamente el brazo, le detuvo. 
alvado la vida. ¿Quién sois? 
respondió precipitadamente por lo bajo: 
como vos, al ejército francés. Es menester que os deje, 
e fusilarían. Yo os he salvado la vida. Ahora procurad 

LIS. 

ición es la vuestra? 

luíais? 

este nombre jamás, — dijo el oficial. — Y vos acordaos 

> Pontmercy. 

IBRO SEGUNDO 

EL NA VÍO ORION 

I 
El número 24,601 se trueca en 9,430 

Juan Valjean había sido preso nuevamente. 

Séanos permitido pasar sólo rápidamente sobre detalles dolorosos. 
Nos concretaremos á transcribir' dos sueltos publicados por los periódi- 
cos de aquella época, algunos meses después de los sorprendentes sucesos 
acaecidos en M* sur M*. 

Estos artículos son bastante concretos. Es sabido que ^entonces no 
existía aún La Gaceta de los Tribunales. 



"•. 



314 LOS MISERABLES 



Tomamos el primero de \*>-£andera blanca. Lleva la fecha dtl 25 de 
Julio de 1823: 

«Uno de los distritos del Pas-de- Calais acaba de ser teatro de un 
» acontecimiento poco común. Un hombre forastero al departamento, 
•llamado Magdalena, había realzado en pocos años, gracias á nuevos 

• procedimientos, una antigua industria local, la fabricación de azaba- 
ches y abalorios negros. Así había hecho su fortuna, y digámoslo tani- 
•bien, la del propio distrito. En recompensa de sus servicios habíanle 
•nombrado alcalde. La policía ha descubierto que el tal Magdalena no 
»era otro que un antiguo presidiario escapado del penal y, condenado 

• por robo en 1796, llamado Juan Valjean. Juan Valjean ha sido reins- 
» talado en presidio. Parece que antes de su prisión había conseguido re- 
mirar de la casa Laffite una suma de mas de medio millón que tenía allí 
♦colocada, y que, por otra parte, se asegura había ganado *legítimamen 
•te en su negocio. No ha podido averiguarse donde Juan Valjean ocultó 
» dicha suma al ingresar de nuevo en el presidio de Tolón.» 

El segundo artículo, un poco mas detallado, está extraído del Li-jrio 
de París, de igual fecha: 

• Un antiguo presidiario cumplido, llamado Juan Valjean, acabn de 
•comparecer ante el tribunal de los jurados del Var con circunstancias 
»dignas de llamar la atención. Este criminal había llegado á burlar la 
•vigilancia de la policía. Había cambiado de nombre, logrando hacerse 
» elegir alcalde de una de las pequeñas poblaciones del departamento del 
•Norte. Había establecido en esta población un comercio bastante con- 
siderable. Ha sido, por fin, desenmascarado y detenido, gracias al celo 
» infatigable del ministerio público. Tenía por concubina una mujer pú- 
blica, que murió del susto en el momento de su detención. -Este misera- 
ble, que está dotado de fuerzas hercúleas, había encontrado medio de 

• evadirse; pero, tres ó cuatro días después de su evasión, la policía le 
•echó mano de nuevo, en París mismo, en el instante en que subía á 
•uno de esos pequeños carruajes que hacen el trayecto de la capital al 

• pueblecillo de Montfermeil (Sei-ne et-Oise.) 

• Dícese que había aprovechado el intervalo de esos tres ó cuatro días 

• de libertad para retirar una suma considerable colocada por él en casa 
•de uno de nuestros principales banqueros. Esta suma se hace ascender 
»á unos seiscientos ó setecientos mil francos. Según el acta de acusación, 

• debe haberla enterrado en un sitio de él sólo conocido, así es que no se 
•ha podido dar con ella. Sea como fuese, es lo cierto que el llamado Jua* 
•Valjean acaba de comparecer ante los jurados del departamento de Var 
•acusado de un robo en camino público á mano armada, hace cérea d 
•ocho años, cometido en la persona de uno de esos honrados niños que 
>como ha dicho el patriarca de Ferney en versos inmortales, 



EL NÚMERO 24.601 SE TRl'FGA EN EL 9,430 315 

» Todos loe años llegan de Saboya 
»Para deshollinar con mano diestra 
»Los largos tubos de las chimeneas. 

•Este bandido ha renunciado á su defensa. Ha sido probado por el 
•hábil y elocuente órgano del ministerio público, que el robo había sido 
• perpetrado de complicidad, y que Juan Valjean formaba parte de una 
•cuadrilla de ladrones del Mediodía. En consecuencia, Juan Valjean, 
•declarado culpable, ha sido condenado á la pena de muerte. Este cri- 
•minal se había negado á entablar recurso de casación. El rey, en su 
•inagotable clemencia, se ha dignado conmutarle la pena por la de ca- 
•dena perpetua. Juan Valjean ha sido conducirlo inmediatamente al pe- 
gual de Tolón. 

No se habrá olvidado que Juan Vaijeau tenía en M* sur M* costum- 
bres religiosas. Algunos periódicos, entre ellos El Constitucional, pre- 
sentaron esa conmutación como un triunfo del partido clerical. 

Juan Valjean cambió de número en presidio. Llamóse 9,430. 

Por lo demás, digámoslo para no tener que repetirlo, con el señor 
Magdalena desapareció la prosperidad de M* sur M*. Todo cuanto él 
había previsto durante aquella noche de fiebre y vacilación, se realizó; 
faltando él, falló el alma en el pueblo. Después de su caída, verificóse 
en M* sur M* la división egoísta que sucede á las grandes existencias 
caídas, el fatal desmembramiento de las cosas florecientes que se realiza 
todos los días en las obscuridades de la comunidad humana, y que la 
historia no ha consignado más que una vez porque se efectuó en conse- 
cuencia de la muerte de Alejandro. 

Los lugartenientes se coronan reyes; los mayordomos se improvisa- 
ron fabricantes. Surgieron las rivalidades envidiosas. Los vastos talle- 
res del señor Magdalena se cerraron, cayeron en ruinas los edificios, 
dispersáronse los obreros. Dejaron los unos al país, dejaron los otros el 
oficio. Todo se hizo desde entonces en pequeño, en vez de hacerse en 
glande; por el lucro, en vez de hacerse para el bien. No hubo ya centro; 
por todas partes competencia y encarnizamiento. El señor Magdalena 
lo dominaba y dirigía todo. Caído él, cada cual tiró para sí; el espíritu 
de lucha sucedió al espíritu de organización; la aspereza á la cordiali- 
dad; el odio de unos á otros, á la benevolencia del fundador para todos; 
Iqs hilos anudados por el señor Magdalena se enredaron y rompieron; 
falsificáronse los procedimientos; envileciéronse los productos; matóse 

confianza; disminuyeron las ventas; hubo menos pedidos, redujéronse 

jornales; holgaron los talleres; vino la quiebra. Y luego, nada para. 
, pobres. Todo se desvaneció. 

El mismo Estado llegó á entender que alguien había sido arruinado 

i alguna parte. No habían transcurrido aún cuatro años desde que la 

mtencia del tribunal de los jurados comprobó la identidad del señor 

agdalena y de Juan Valjean en provecho del presidio ,. cuando ya los 



316' LOS MISERABLES 



gastos de recaudación del impuesto eran dobles en el distrito de M* sur 
M*, y el ministro señor de Villéle lo manifestó así en la tribuna en el 
mes de Febrero de 1827. 

II 
Donde se leerán dos versos, que son tal vez del diablo 

Antes de ir más adelante, es del caso referir con algunos detalles un 
hecho singular que pasó hacia la misma época en Montfermeil, y que 
no deja de tener su coincidencia con ciertas conjeturas del ministerio 
público. 

Existe en la comarca de Montfermeil una superstición antiquísima, 
tanto^más curiosa y preciosa, cuanto que una superstición popular de 
las cercanías de París es como un aloe en Siberia. Nosotros somos de 
aquellos que respetan todo lo que está en estado de planta rara. He aquí, 
pues, la superstición de Montfermeil. 

Oréese allí que el diablo, desde tiempo inmemorial, tiene escogida 
aquella selva para ocultar en ella su« tesoros. Las buenas mujeres afir- 
man que no es raro encontrar, á la caída de la tarde, en los sitios apar- 
tados del bosque, un hombre negro, con aspecto de carretero ó leñador, 
calzando zuecos, vestido con un pantalón y saco de lienzo, y fácil de 
conocer, porque en vez de gorra ó sombrero, tiene dos cuernos inmen- 
sos en la cabeza. Esto debe hacer que en efecto pueda reconocérsele fá- 
cilmente. A este hombre se le ve generalmente ocupado en ahondar un 
hoyo. Hay tres maneras distintas de sacar partido de semejante encuen- 
tro. La primera es dirigirse al hombre y hablarle. Entonces se advierte 
que es el tal sencillamente un aldeano, y que el parecer negro consiste 
en el crepúsculo; que no hace ningún hoyo, sino que corta hierba para 
sus vacas, y que lo que se había tomado por cuernos no es otra cosa 
que una horquilla para remover el estiércol, la cual lleva entre ambas 
espaldas, y cuyos colmillos, gracias á la perspectiva de la noche, pare- 
cen salirle de la cabeza. Vuelve uno á casa y se muere dentro de la 
semana. 

La segunda manera consiste en observarle, esperar á que haya con- 
cluido su hoyo, que lo vaya rellenando, y se haya ido; correr ensegui- 
da allí donde hizo el hoyo, destaparle y sacar el «tesoro» que el hombre 
negro ha depositado necesariamente en él. En este caso muérese uno 
dentro del mes. 

En fin, la tercera manera consiste en no hablarle al hombre negro 
una palabra, no mirarle, y echar á correr á todo escape. 

Haciéndolo así, le queda á uno todo el año para morirse. 

Como las tres maneras tienen sus inconvenientes, la segunda, que 
ofrece al menos algunas ventajas, entre otras la de poseer un tesoro, 
aunque no sea más que por un mes, es la más generalmente aceptada. 

Los hombres atrevidos, á quienes tientan todas las empresas aventó* 



i: --• 



DONDK SE LEERÁN DOS VF.KS S, QUE SON TAL VEZ DEL DIABLO 317 

radas, han abierto frecuentemente, según se asegura, los hoyos cavados 
por el hombre negro, y tratado de robar al diablo. Pero parece que el 
resultado de la operación ha sido muy mediano, al menos si se ha de dar 
crédito á la tradición, y particularmente' á los dos versos enigmáticos 
que en latín bárbaro dejó escritos sobre este asunto un mal fraile nor- 
mando, medio hechicero, llamado Trifón. Este Trifón ettá enterrado en 
la abadía de San Jorge de Bocherville, cerca de Rouen, de cuy 9, tumba 
nacen sapos. 

Hacen se, por lo tanto, esfuerzos enormes; los tales hoy 0% son, Qr dii**- 
riam nte muy profundos. Se suda, se escarva, se trabaja toda la noche, 
porque es de noche cuando esto se hace. Moja uno la camina, gasta su 
vela, mella su piqueta, y cuando se llega por fin al fondo del hoyo, 
cuando se pone la mano sobre el «tesoro,» ¿que se encuentra? ¿qué viene 
á ser el tesoro del diablo? Un sueldo, á veces un escudo, una piedra, un 
esqueleto, un cadáver ensangrentado; algunas veces un espectro dobla- 
do en cuatro como una hoja de papel dentro de una cartera, y otras 
muchas, nada. 

Así aparecen anunciarlo á los curiosos indiscretos los versos de Trifón: 

Fodit, et in fosea theeauros condit opaca 

As, Dummoi, lapides, cadáver, simulacro, nihilque. 

Parece que en nuestros días se encuentra igualmente, ya un frasco 
de pólvora con balas, ya un juego de naipes, grasiento y chamuscado, 
que ha servido evidentemente al diablo. Trifón no menciona estos dos 
hallazgos, en atención tal vez á que vivió en el siglo xii, y no parece 
que el diablo tuviese el ingenio de inventar la pólvora antes de Rogerio 
Bacón, ni las cartas antes de Carlos VI. 

Por lo demás, si alguien juega con aquellas cartas, puede estar se- 
guro de perder cuanto posea; y respecto á la pólvora que está en el fras- 
co, tiene la propiedad de hacer reventar el fusil á la cara de quien se 
sirve de ella. 

Ahora bien; poco tiempo después de la época en que le pareció ,al 
ministerio público que el presidiario cumplido Juan Valjean, durante su 
evasión de algunos días, había rondado en torno de Montfermeil, obser- 
vóse en la misma población que un antiguo peón caminero, llamado 
Boulatruelle, andaba «dando paseos» por el bosque. 

Creíase saber en el país que el tal Boulatruelle había estado en presi- 
dio; estaba sometido á cierta vigilancia de la policía, y como no encon- 
traba trabajo en ninguna parte, la administración le empleaba, Con re- 
baja de jornal*, de peón caminero en la carretera de Gagny á Lagny. 

El tal Boulatruelle era mirado de reojo por las gentes de la comarca; 
pero él siempre respetuoso, siempre humilde, harto pronto á quitarse la 
gorra á todo el mundo, temblando y sonriendo ante los gendarmes, pro- 
bablemente afiliado á alguna partida, según decían, sospechando que 



318 LOS MISERABLES 



i 



solía ponerse en emboscada al ca*r de la noche en algún rincón de la - ! 
espesura. No tenía en su abono sino el ner borracho. { 

Hé aquí lo que creían haber notado; 

Hacía algún tiempo que Boulatruelle dejaba muy temprano su traba- 
jo de reparar la vía, y se internaba en el bosque con su piqueta. A la 
caída de la tarde encontrábasele en los claros más desiertos, en las ma- 
lezas más selváticas en ademán de buscar alguna cosa, y algunas vece» 
abriendo hoyos. Las buenas mujeres que pasaban tomábanle por Belcebú, 
y aunque reconocían luego á Boulatruelle. no se tranquilizaban sin em- 
bargo. Estos encuentros parecían contrariar en alto grado á Boulatrue- 
lle. Era visible que procuraba recatarse, y que había algo de misterioso 
en lo que hacía. 

Decían en la aldea : 

— Es claro que el diablo ha hecho alguna aparición. Boulatruelle le 
ha visto, y busca. En verdad que es bastante estrafalario para atraparle 
el gato á Lucifer. Los volterianos añadían: ¿Será Boulatruelle quien 
atrape al diablo, ó el diablo á Boulatruelle? Las vipjas no sabían sino 
hacerse cruces. 

Sin embargo, las ideas de Boulatruelle al bosque cesaron, y volvió 
luego á regularizar sus trabajos de caminero. Hablóse de otra cosa. 

No obstante, hubo algunas personas curiosas que pensaron que había 
en aquello probablemente, sino los tesoros fabulosos de las leyendas, 
algo bueno más serio y positivo que los billetes de banco del diablo, y 
cuyo secreto había medio sorprendido sin duda el caminero. Los más 
«empeñados» eran el maestro de escuela y el bodegonero Thenardier, el 
cual era amigo de todo el mundo, y no se había desdeñado de estar én 
tratos con Boulatruelle. 

— Ha estado en presidio, — decía Thenardier. — ¡Ay! ¡Dios mío! Nadie 
sabe quien vá, ni quien ha de ir. 

Una noche el maestro de escuela afirmaba que en otros tiempos la 
justicia hubiera inquirido lo que Boulatruelle iba á hacer en el bosque 
y que le habría obligado á hablar, y que Boulatruelle de seguro no ha- 
bría resistido por ejemplo, en el tormento, la prueba del agua. 

— Sometámosle á la del vino, — dijo Thenardier. 

Y desde luego pusieron manos á la obra, é hicieron beber al viejo * 
caminero. Boulatruelle bebió muchísimo y habló muy poco. Combinó 
con arte admirable y en proporción magistral la sed de un hambriento 
con la discreción de un juez. Sin embargo, á fuerza de volver á la carga 
y de compaginar y apurar las pocas palabras obscuras que se le esca- 
paron, he aquí lo que Thenardier y el maestro de escuela creyeron en- 
tender. 

Yendo Boulatruelle, cierta mañana, al despuntar el alba á su tra 
bajo, quedóse sorprendido de ver en un rincón del bosque una pala y 
un pico, como si dijéramos escondidos. Sin embargo, pensó que serían 



r 



DE POR FUERZA LA CADENA, ETC. 319 



probablemente la pala y el pico, del tío Six Fours, el aguador, y no 
volvió á acordarse más de ello, Pero la noche de aquel mismo día vio, 
¿in que pudieran verle á él, por estar oculto tras un árbol corpulento, á 
«cierto individuo forastero que se dirigía desde el camino á lo más es- 
peso del bosque, y á quien él, Boulatruelle, conocía perfectamente.» 
Esto, traducido por Thenardier, quería decir que era un compañero de 
presidio. Boulatruelle se había negado obstinadamente á decir su nom- 
bre. El tal individuo llevaba un lío, de forma casi cuadrada, á modo de 
caja ó cofrecillo. Sorpresa de Boulatruelle. Hasta pasados siete ú ocho 
minutos no se le ocurrió, sin embargo, la idea de seguir «al individuo.» 
Pero era ya tarde; el hombre se había internado en la espesura, había 
ya anochecido por completo, y Boulatruelle no pudo alcanzarle. Enton* 
ees tomó el partido de observar estando á la vista de la ladera del bos- 
que. «Hacía luna.> Dos ó tres horas después, Boulatruelle vio salir al 
individua de la espesura, llevando, no. ya el cofrecillo, pero sí una pala 
y un pico. Boulatruelle dejó pasar al individuo sin ocurrírsele la idea 
de acercársele, porque calculó antes, que el otro era tres veces más 
fuerte que él, y armado con su pico le hubiera aplastado probablemente 
al conocerle y verse reconocido. Tierna efusión de dos antiguos cama ra- 
das que vuelven á encontrarse. Pero la pala y el pico fueron un rayo de 
luz para Boulatruelle; corrió, pues, al zarzal por la mañana, y ya no 
encontró allí pico ni pala. De esto dedujo que el individuo entró en el 
bosque, é hizo un hoyo con el pico, enterró el cofre, y lo cubrió luego 
de tierra con la pala. 

Pues bien; el cofre era demasiado pequeño para contener un cadá- 
ver; debía pues contener dinero. De ahí sus pesquisas. Boulatruelle ha- 
bía explorado, sondeado y huroneado todo el bosque; había registrado 
todos los sitios donde le pareció ver tierra recientemente removida, pero 
inútilmente. 

No pudo «pescar» nada. Nadie volvió á acordarse de ello en Moritfer- 
meil. Hubo solamente algunas buenas comadres que dijeron: 

— Tened por seguro que el caminero de Gagny no ha armado todo 
este enredo para nada; es seguro que ha venido el diablo. 

III 

De por fuerza la cadena del grillete debió haber sufrido alguna opera- 
ción preparatoria para romperse de un solo martillazo. 

A fines de Octubre de aquel mismo año de 1823, vieron los habitan- 
s de Tolón entrar de nuevo en su puerto, á consecuencia de un tempo- 
il, y para reparar algunas averías, el navio Orion, que más tarde fué 
:il izado en Brest como navio escuela, el cual, formaba á la sazón, parte 
~j la escuadra del Mediterráneo. 

Este buque, estropeado del todo como estaba, pues el mar, lo había 
hado á perder, hizo su efecto al entrar en la rada. Llevaba no sé qué 



32) LOS MISERABLES 



pabellón, que le valió el saludo reglamentario de once cañonazos, con- 
testados por él uno tras otro; total, veintidós. 

Se ha calculado que en salvas, galas reales y militares, cambios de 
ruidos corteses, señales de etiqueta, formalidades de radas y ciudadelas, 
salidas y puestas de sol, saludadas diariamente por todas las fortalezas 
y todos los buques de guerra, apertura y cierre de puertas, etc., etc., el 
mundo civilizado tiraba con pólvora por toda la tierra, cada veinticua- 
tro horas, ciento cincuenta mil cañonazos inútiles. A seis pesetas por 
cañonazo, importa ello novecientas mil pesetas diarias, ó sean trescien- 
tos millones al año, que se van en humo. Esto no es más que un simple 
detalle. Durante el mismo tiempo se mueren de hambre muchos pobres. 

El año 1823 era lo que ha llamado la Restauración «época de la gue- 
rra de España. > 

Esta guerra encerraba muchos sucesos en uno solo, con muchísimas 
singularidades. Un gran asunto de familia para la casa de Borbón; la 
rama de Francia socorriendo y protegiendo á la de Madrid, es decir, 
realizando un acto de primogenitura; una vuelta aparente á las tradi- 
ciones nacionales, complicada con servidumbre y sujeción á los gabinetes 
del Norte; el señor duque de Angulema, llamado por los periódicos libe- 
rales el héroe de Andújar, comprimiendo, dentro cierta actitud triun- 
fal, algo contrariada por su aire apacible, el viejo terrorismo, demasia- 
do real del Santo Oficio, en lucha con el quimérico terrorismo de los li- 
berales; los sans culottes resucitados, con grandísimo honor de las vie- 
jas aristócratas, bajo el nombre de descamisados; el monarquismo po- 
niendo obstáculos al progreso, calificado de anarquía; las teorías del 09 
bruscamente interrumpidas en sus trabajos de zapa; un ¡alto! europeo 
intimado á la idea francesa, dando la vuelta al mundo; al lado del hijo 
de Francia, generalísimo, el príncipe de Carignon, después Carlos Al 
berto, alistándose en aquella cruzada de reyes contra los pueblos, como 
voluntario ent e los granaderos de charreteras de lana encarnada; los 
soldados del imperio volviendo á entrar en campaña, pero después de 
ocho años de reposo, viejos y tristes, bajo la escarapela blanca; la ban- 
dera tricolor agitada en el extranjero por un heroico puñado de france- 
ses, como lo había sido la bandera blanca, en Coblenza treinta años an- 
tes; los frailes mezclándose á nuestros soldados; el espíritu de la libertad 
y de lo nuevo restringido por las bayonetas; los principios humillados á 
cañonazos; la Francia deshaciendo con las armas lo que antes había he- 
cho con su genio. Por lo demás, los jefes enemigos vendidos, los sóida 
dos vacilantes y las ciudades sitiadas por los millones. Ningún peligre 
militar, y sin embargo, explosiones posibles, como en toda mina sor 
prendida é invadida; poca sangre vertida, poca honra conquistada, ver- 
güenza para algunos, gloria para nadie. Tal fué aquella guerra, hecha 
por príncipes que descendían de Luís XIV; y conducida por generales 



F 

L ' 

DE POR FUERZA LA CADENA, ETC. 3¿1 

procedentes de Napoleón. Cúpoles la triste suerte de no recordar ni la 
gran guerra ni la gran política. 

Algunos hechos de armas resultaron serios; la toma del Trocadero, 
entre otros, fué una buena acción militar; pero en suma, lo repetimos, 
las trompetas de aquella guerra producen un sonido cascado, el con j un- x 
to fué sospechoso, la historia aprueba á la Francia las dificultades que 
mostró para la aceptación de aquel falso triunfo. 

Parece evidente que algunos oficiales españoles encargados de la 
resistencia, cedían fácilmente; la idea de la corrupción desprendíase t.e 
muchas victorias; pareció que se habían ganado antes generales que 
batallas, y el soldado vencedor regresó humillado. Guerra que humillaba, 
en realidad y por la que se podía leer Banco de Francia en los pliegues 
de su bandera. 

Soldados de la guerra de 1808, sobre los cuales se había desplomado 
formidablemente Zaragoza, fruncían el entrecejo en 1823 ante la fácil 
apertura de las ciudadelas, y echaban de menos á Palafox. Que es pre- 
ferible al ardimiento de la Francia, tener ante sí á un Rostopchiue me- 
jor que á un Ballesteros. 

Bajo un punto de vista más grave aún, y en el cual conviene que in- 
sistamos también, aquella guerra, que ofendía en Francia el espíritu 
militar, indignaba al mismo tiempo al espíritu democrático. Era una 
empresa de esclavizamiento. En esta campaña, el objeto del soldado 
francés, hijo de la democracia era la conquista de un yugo por otro 
yugo. Repugnante contrasentido. La Francia se hizo para despertar el 
alma de los pueblos, no para ahogarlos. Desde 1792, todas las revolu- 
ciones de Europa son lá revolución francesa; la libertad irradía de Fran- 
cia. Es un hecho solar; que es preciso estar ciego para no verlo, como 
ha dicho muy bien Bonaparte. 

La guerra de 1823, atentado contra la generosa nación española, fué 
pues, al mismo tiempo, un atentado contra la revolución francesa. Esta 
monstruosa agresión era la Francia quien la cometía á la fuerza, porque, 
- salvo las guerras libertadoras, todo lo que hacen los ejércitos lo hacen 
por fuerza. La palabra obediencia pasiva lo indica bien. Un ejército es 
una rara obra maestra, de combinación, cuya fuerza resulta de una suma 
enorme de impotencia. Así se explica la guerra, hecha por la humani- 
dad contra la humanidad, y apesar de la humanidad. 
, En cuanto á los Borbones, la guerra de 1823 les fué fatal. Tomáronla 

ellos por un triunfo. No vieron el peligro que había en hacer matar una 
dea por una consigna. Equivocáronse en su candidez, hasta el punto de 
; ntroducir en su establecimiento, como elemento de fuerza, la inmensa 
lebilidad de un crimen. Fué parte de su política el espíritu de asechan- 
za. 1830 germinó en 1823. La guerra de España vino á ser en sus con- 
sejos un argumento en favor de los golpes de fuerza y en favor de las 

TOSO I 21 



¿22 



LOS MISERABLES 



aventuras de derecho divino. La Francia restableciendo en España el 
rey neto y bien podía restablecer en su casa el rey absoluto. Cayeron en 
el fatal error de tomar la obediencia del soldado por el consentimiento 
de la nación. Semejante confianza pierde los tronos» No es bueno dor- 
mirse á la sombra de un manzanillo, ni á la de un ejército. - 

Volvamos al navio Orion. 

Durante las operaciones del ejército mandado por el príncipe gene- 
ralísimo, cruzaba una escuadra el Mediterráneo. Hemos dicho ya que el 
Orion pertenecía á esta escuadra y que fué devuelto, por desperfectos 
marinos, al puerto de Tolón. 

La presencia de un buque de guerra en un puerto, tiene siempre algo 
inexplicable que preocupa á la multitud. Será porque es cosa grande y 
porque la multitud ama lo grande siempre. 

Un navio de línea es uno de los hallazgos más admirables del ingenio 
humano con el poder de la naturaleza. 

Un navio de línea se compone á la vez de lo que hay más pesado y 
de lo que hay más ligero, porque tiene que luchar á un tiempo mismo 
con las tres formas de la sustancia: lo sólido, lo líquido y lo fluido. Tie- 
ne once garras de hierro para asir el granito en el fondo del mar, y más 
alas y entenas que un coleóptero para tomar el viento de las nubes. Su 
aliento sale por sus ciento veinte cañones como por enormes clarines, y 
responde fieramente al rayo. El Océano procura extraviarle entre la es- 
pantosa semejanza de sus ondas, pero el navio tiene su alma, su brújula 
que 1¿ aconseja y le muestra siempre el Norte. En las noches obscuras, 
sus faroles suplen á las estrellas. Así pues, contra el viento tiene el cable 
y la lona, contra el agua la madera, contra la roca el hierro, el cobre y 
el plomo, contra la sombra la luz, contra la inmensidad una aguja. 

Si se quiere tener una idea de todas las proporciones gigantescas, 
cuyo conjunto constituye el navio de línea, no hay más que entrar bajo 
una de las calas cubiertas, de seis pisos, en los puertos de Brest ó de To- 
lón. Los buqu s en construcción están allí, por así decirlo, bajo cam- 
pana. Esa viga colosal es una verga; esa gran columna de madera 
echada en tierra hasta perderse de vista, es el palo mayor. Midiéndole 
desde su raíz en la cala, hasta su cima entre las nubes, tiene la longitud 
de sesenta toesas, y tres pies de diámetro su base. El palo mayor inglés 
se eleva á doscientos diez y siete pies sobre la línea de flotación. La ma- 
rina de nuestros padres empleaba los cables, la nuestra emplea cadenas. 
El simple montón de cadenas de un buque de cien cañones tiene cuatro 
pies de alto, veinte de ancho y ocho de profundidad. Y para hacer un 
navio semejante, ¿cuánta madera se necesita? Tres mil metros cúbicos. 
Un bosque flotante. 

Además, debemos tener en cuenta que no se trata aquí sino del bu- 
que de guerra de hace cuarenta años, del simple buque de vela; el vapor, 
entonces en la infancia, ha añadido luego nuevos milagros á ese prodigio 



i* 



DE POR FUERZA LA CADENA, ETC. 323 



<{\xe se llama fragata de guerra. Hoy, por ejemplo, el buque mixto de 
iiélice es una máquina sorprendente, arrastrada por un velamen de tres 
rail metros cuadrados de superficie, y por una caldera de la fuerza de 
«dos mil quinientos caballos. 

Sin hablar de estas nuevas maravillas, la antigua nave de Cristóbal 
-Colón y de Ruyter, es una de las grandes obras maestras del hombre. 
Inagotable en fuerza como en soplos el infinito, almacena el viento en su 
vela, manteniéndose fija en la inmensa difusión de las olas sobre las 
cuales flota y reina . 

Llega, sin embargo, un instante en que la ráfaga rompe como una 
paja aquella verga de sesenta pies de longitud, en que el viento doblega 
«orno un junco aquel mástil de cuatrocientos pies de alto, en que el an- 
da, que pesa diez mil libras se tuerce en la garganta de la ola, como el 
-anzuelo del pescador en la quijada de un sollo, en que aquellos mons- 
truosos cañones lanzan rugidos plañideros é inútiles, que arrastra el hu- 
racán en el vacío y la obscuridad, y en que todo aquel poder y toda 
aquella majestad, se abisman en otro poder y otra majestad superiores. 

Cuantas veces se despliega una fuerza inmensa para acabar en una 
inmensa debilidad, da ello que pensar á los hombres. De ahí que abun- 
den los curiosos en los puertos, sin que ellos se expliquen á sí mismos 
perfectamente el por qué de acudir en derredor de esas maravillosas 
máquinas de guerra y navegación. 

Todos los días, pues, desde la mañana á la noche, los muelles, los 
etiques y escolleras del puerto de Tolón estaban llenos de una multitud 
<le ociosos y bobos, como dicen en París, cuyo trabajo consistía en con- 
templar el Orion. 

El Orion era un buque estropeado de hacía mucho tiempo. En sus 
navegaciones anteriores habíanse amontonado sobre su quilla espesas 
«capas de mariscos, al extremo de hacerle perder la mitad de su marcha. 
Sa le había dejado en seco el año anterior para rasparle los mariscos, y 
luego se le había botado al agua nuevamente. A la altura de las Balea- 
res el bordaje inferior se había fatigado y abierto; y como el forrado no 
*e hacía entonces con chapa metálica, el buque hacía agua. Sobrevino 
vlvl violento golpe de equinoccio que desfondó á babor la roda y una por- 
tañóla, y deterioró el porta obenques de mesana. A consecuencia de esas 
¡averías, el Orion tuvo que regresar á Tolón. 

Estaba fondeado junto al Arsenal, donde se le armaba y reparaba. 
El casco no había sufrido nada á estribor, pero según costumbre, des- 
«lávanse aquí y allí algunos listones de los costados, para dejar penetrar 
«el aire en el armazón. 

Una mañana, la muchedumbre que lo contemplaba, fué testigo de 
qm accidente. 

La dotación estaba ocupada en envergar las velas. El gaviero encar- 
gado de tomar el mastelero de gavia por la parte de estribor, perdió el 



324 LOS MISERABLES 



equilibrio. Se le vio vacilar, y la multitud agrupada en el muelle del Ar- 
senal, lanzó un grito; la cabeza se le fué tras el cuerpo; el hombre giró 
en torno de la verga, con las manos extendidas hacia el abismo, asién- 
dose al pasar al estribo, con una mano primero, y luego con la otra, y 
quedó suspendido de él. Tenía el mar debajo de sí á una profundidad, 
vertiginosa. El sacudimiento de la caída había impreso al estribo ui* 
brusco movimiento de columpio. El hombre iba y venía agarrado al ex- 
tremo de aquella cuerda como la piedra de una honda. 

Ir á socorrerle era correr un riesgo horrible. Ninguno de los marine- 
ros, pescadores todos de la costa recientemente ingresados en el servicio,, 
se atrevía á aventurarse á ello. Entre tanto, el desgraciado gaviero se? 
fatigaba; y aunque no podía vérsele la angustia en el rostro, se distin- 
guía en todos sus miembros el desfallecimiento. Sus brazos se retorcíais 
en una horrible tirantez. Cada esfuerzo que hacía para remontarse, no 
servía más que para aumentar las oscilaciones del estribo. No gritaba, 
temeroso de malgastar las fuerzas. Ya nadie esperaba más que el mo • 
mentó en que soltase la cuerda, y á cada instante volvían todos la cabe* 
za por no verle caer. Hay momentos en que un cabo de cuerda, un palo r 
la rama de un árbol, es la vida misma, y es en verdad cosa terrible, ver 
eomo un ser viviente se desprende y cae como fruto maduro. 

De pronto vióse trepar un hombre por el aparejo con la agilidad 
del tigre. Este hombre iba vestido de rojo, luego era un presidiario; He- 
vaba gorro verde, era, pues, un condenado á cadena perpetua. ' 

Al llegar á la altura de la gabia, un soplo del viento se le llevó el 
gorro, dejando ver una cabeza enteramente blanca; no era, pues, ua 
joven. Efectivamente, un presidiario empleado á bordo, perteneciente á» 
una cuerda de penados, había acudido desde el primer momento al ofi- 
cial de guardia, y en medio de la turbación é incertidumhre general de 
la tripulación, mientras todos los marineros temblaban y retrocedían, 
le había pedido licencia para arriesgarse á salvar al gaviero. 

Después de un signo afirmativo del oficial, rompía de un martillazo 
la cadena soldada á la argolla del grillete; después había tomado una 
cuerda y lanzádose á los obenques. Nadie echó de ver en aquel momen- 
to la facilidad con que fué rota la cadena. Hasta después nadie tuvo 
presente esta circunstancia. 

En un abrir y cerrar de ojos estuvo en la verga. Se detuvo alguno» 
segundos, como si la midiese con la vista. Estos segundos, durante lo» 
cuales el viento columpiaba al gaviero en la punta de un hilo, les p. 
recieron siglos á los que miraban. Por fin, ej presidiario alzó los ojos * 
cielo, y adelantó un paso. La multitud respiró. Viósele recorrer ligeri 
mente la verga, y llegado á la punta atar un cabo de la cuerda, que He 
vaba, dejando pendiente el otro, y descendiendo enseguida, valiéndos 
de las manos, por aquella cuerda. Reinó entonces una indefinible anguc 



Ofe POR FUERZA LA CADENA, ETC. 325 



ti a, cuando en lugar de un hombre suspendido sobre el abismo, vióse 
<jue había dos. 

Hubiérase podido decir que era una araña corriendo á apoderarse de 
una mosca; sólo que aquí la araña llevaba la vida, y no la muerte. Diez, 
mil miradas se fijaban á un tiempo en aquel grupo. Ni un grito, ni una 
palabra; el mismo extremecimiento hacía fruncir todos los entrecejos. 
Todas las bocas contenían su aliento, como temerosas de añadir el me- 
nor soplo al viento que sacudía á aquellos desgraciados. 

Entretanto, el presidiario había conseguido acercarse al marinero. 
Era ya tiempo; un minuto más, y el hombre, aniquilado y desesperado, 
«e dejaba caer en el abismo. El presidiario lo amarró sólidamente á la 
-cuerda en que se sostenía con una mano, mientras trabajaba con la 
otra. En fin, viósele remontar nuevamente la vex*ga, y tirando, subir 
hasta ella al marinero; sostúvole un instante para dejar que recobrara 
fuerzas, después le tomó en brazos y le llevó andando sobre la verga 
hasta el taniborete, y de allí á la gavia, donde le dejó en manos de sus 
-cantaradas. 

-Entonces aplaudió la multitud, hubo entre la chusma ancianos que 
lloraron, las mujeres se abrazaban unas á otras en el muelle, y oyéronse 
'vocea de todas partes gritando con cierto enternecimiento furioso: ¡El 
indulto! ¡indulto para ese hombre! 

El, entre tanto, se había preparado para descender á unirse con sus 
compañeros de cuerda. Para llegar más pronto, deslizóse por el aparejo, 
y echó á correr sobre una verga baja. Seguíanle todos los ojos. Hubo un 
momento en que los espectadores se asustaron, fuese que estuviera fati- 
gado, ó que le diese vueltas la cabeza, creyeron que vacilaba y se bam- 
boleaba. De pronto lanzó la multitud un grito horrible, el presidiario 
-acababa de caer al agua. 

La caída era peligrosa. La fragata Algeciras estaba fondeada junto 
al Orion, y el pobre presidiario había caído entre ambos buques, siendo 
<le temer que hubiese ido á parar debajo del uno, si no del otro. Cuatro 
hombres saltaron enseguida en un bote. La multitud los alentaba, la an- 
siedad reinaba nuevamente en todas las almas. El hombre no subía á la 
superficie; había desaparecido en el mar, sin dejar huella alguna sobre 
-el agua, como si hubiese caído en un barril de aceite. Sondaron, bucea 
ron; pero en vaho. Buscaron hasta venir la noche; ni siquiera el cuerpo 
**e encontró . 

Al día siguiente, el diario de Tolón estampaba estas líneas: 
«18 de Noviembre de 1823. Ayer un presidiario que estaba trabajan- 
»do á bordo del Orion, al acabar de prestar cocorro á un marinero, cayó 
>al agua y se ahogó. No ha podido encontrarse el cadáver. Se presume 
► que «habrá quedado enredado entre las estacas de la punta del Arsenal. 
Este hombre estaba inscrito en el registro con el número 9,430, y se 
•llamaba Juan Valjean.» 



326 LOS MISERABLES 

-\ : " 



LIBRO TERCERO 



CUMPLIMIENTO DE LA PROMESA HECHA A LA DIFUNTA 

I 
La cuestión del agua en Montfermeil 

Montfermeil está situado entre Livry y Chelles, en el lindero meri- 
dional de la alta meseta que separa el Ourcq del Marne. 

Hoy día es una gran población adornada todo el año de quintas cons- 
truidas de yeso, y el domingo, de artesanos' alegres y expansivos. En 
1823 no había en Montfermeil, ni tantas casas blancas, ni tantos arte- 
sanos satisfechos: no era mas que una aldea en el bosque. Veíanse aquí 
y allá algunas casas de recreo del último siglo, que se distinguían por 
su gran aspecto, sus balcones de hierro retorcido y sus altas ventanas, 
cuyos vidrios pequeños formaban sobre lo blanco de los postigos cerra- 
dos, toda clase de matices de verdes distintos. Pero Montfermeil no pa- 
saba por ello de ser una aldea. Los tenderos retirados y los aficionado* 
á veranear no le habían aún descubierto. Era un sitio agradable y deli- 
cioso, que no era de paso para ninguna parte, y en el cual se pasaba 
económicamente esa vida del campo tan abundante y fácil. Solamente 
se sentía escasez de agua, á causa de la elevación de la meseta. 

Era preciso irla á buscar bastante lejos. El extremo de la población 
que está junto á Gagny, se surtía de agua en los magníficos estanques 
que hay en el bosque; el otro extremo, que rodea la iglesia situada en la 
parte de Chelles, no encontraba agua potable mas que en un pequeño 
manantial situado á mitad de la cuesta, junto al camino de Chelles, á un* 
cuarto de hora de Montfermeil. 

Era, pues, tarea harto ruda para cada vecino, la de tener que pro- 
veerse de agua. Las casas grandes, la aristocracia, entre las que figura- 
ba el bodegón Thénardier, pagaban medio sueldo por cubo de agua á un. 
pobre hombre que lo había tomado por oficio, y en cuya empresa del 
agua de Montfermeil ganaba escasamente dos reales diarios, pero este- 
buen hombre solo trabajaba hasta las siete de la tarde en verano y hasta 
las cinco en invierno, y una vez entrada la noche, una vez cerradas la* 
ventanas bajas, el que no tenía agua que beber, iba á buscarla ó se par 
saba sin ella. 

Esto era lo que aterraba á la pobre'criatura, de la cual no puede ha*- 
berse olvidado el lector, á la pequeña Cosette. 

Téngase presente que Cosette era útil á los Thénardier de dos mane* 
ras, pues se hacían pagar por la madre ¿haciéndose servir de la hija. Asf 
es, que cuando la madre dejó de pagarles del todo, ya hemos leído el 
por qué*en*los~capítulos precedentes, los k Thénardier siguieron conser- 



LA CUESTIÓN DEL AGUA EN MONTFERMEIL 327 

m 

vando á Cosette, en su poder. Les hacía las veces de criada. Y en esta 
cualidad, ella era quien iba á buscar el agua cuando hacía falta. Por eso 
la criatura, asustada con la idea de tener que ir de noche ¿ la fuente, te- 
nía buen cuidado de que no faltase nunca agua en la casa. 

La Navidad del.año 1823 fué brillantísima, particularmente en Mont- 
fermeil. El principio del invierno había sido benigno, no había helado 
ni nevado aún. Titiriteros, llegados de París, habían obtenido del señor 
alcalde permiso para colocar sus barracas en la calle principal de la al- 
dea, y una banda de mercaderes ambulantes, con igual permiso, había 
construido sus barracones en la plaza de la Iglesia, y hasta en la misma 
callejuela de Boulanger, donde estaba situado, como sabemos, el bode- 
gón de los Thénardier. Toda aquella gente llenaba las hosterías y taber- 
nas, dando á aquella población tan tranquila, cierta vida bulliciosa y 
alegre. Debemos decir igualmente, p^ra ser fieles historiadores, que en- 
tre las curiosidades expuestas en la plaza, había una barraca de diversos 
animales, en la cual unos feísimos payasos, vestidos de harapos y veni- 
dos de Dios sabe donde, enseñaban en 1823 á los aldeanos de Montfer- 
meil, uno de aquellos horribles buitres del Brasil, que nuestro Museo 
real no poseyó antes de 1845, y que tienen por ojo una escarapela trico- 
lor* Los naturalistas llaman, según creo, á ese pájaro, Caracara Polibo* 
rus; pertenece al orden de los apicides y á la familia de los buitres. Al- 
gunos antiguos soldados bonapartistas retirados en la aldea, iban á ver 
aquella ave con cierta devociórí. Los charlatanes presentaban aquella 
escarapela tricolor como un fenómeno único, y hecho expresamente por 
el buen Dios para su colección de animales raros. 

En la noche misma de Navidad muchos hombres, carreteros y tragi- 
neros, estaban sentados bebiendo al rededor de las mesas, alumbradas 
por cuatro ó cinco velas de sebo, en la sala baja del bodegón Thénar- 
dier. Esta sala se parecía á todas las salas de taberna: mesas, jarras de 
estaño, botellas, bebedores, fumadores; poca luz y mucho ruido. La fe- 
clia del año 1823 estaba, por lo tanto, indicada por los dos objetos en 
moda á la sazón entre la clase media, lo&k cuales estaban sobre una mesa, 
á saber; un kaleidóscopo y una lámpara labrada de hoja de lata. La 
Thénardier vigilaba la cena, que se estaba asando á buen fuego, mien- 
tras el marido bebía con los huéspedes y hablaba de política. 

Además de las disertaciones políticas, cuyo objeto principal era la 
guerra de España y el señor duque de Angulema, oíanse, en medio del 
bullicio, paréntesis puramente locales, como este: 

— Por la parte de Nanterre y de Suresnes ha dado mucho el vino. 
Donde se calculaban diez medidas se han conseguido doce. Se ha sacado 
de los lagares más jugo de lo que se esperaba. — ¿Pero la uva no estaría 
madura? — En este país no conviene vendimiar maduro; porque el vino 
se tuerce en cuanto llega la primavera. — ¿Entonces se saca solamente 



T 



\ 



323 LOS MISERABLES 



vinillo?— Son vinillos más ligeros que los de por acá. Hay que vendi- 
miar en agraz. 

Etc.». 

O bien, era un molinero el que exclamaba: 

— ¿Acaso somos responsables nosotros de lo que va en los sacos? Se 
encuentran en ellos una porción de granos que no podemos entretener- 
nos en limpiar y que es preciso dejar pasar por las piedras: como la ci- 
zaña, el añublo, el tizón, la algarroba, el cañamón, la cola de zorra, y 
otro sinnúmero de drogas, sin contar las arenillas que abundan mucho 
en ciertos trigos, sobre todo en los trigos bretones. No es ciertamente 
nada gustoso moler trigo bretón, como no lo es para los serradores de 
laigo aserrar vigas que tengan clavos. Calcúlese el maldito polvo que 
de todo esto resulta después. Y luego se quejan sin razón de la harina. 
Si la harina es mala, no es nuestra la culpa. 

En el espacio entre dos ventanas, un segador, sentado á una mesa 
con un propietario que ajustaba precio para segar un prado en prima* 
vera, decía: 

— No importa que la hierba esté mojada. Así se corta mejor. El rocío 
es bueno, señor. De todos modos, vuestra hierba es temprana y muy 
difícil de segar. ¡Que por aquí es tierna, que allí se dobla contra La 
hoz!... 

Etc.. . * 

Cosette ocupaba su puesto acostumbrado, sentada sobre el travesano 
de la mesa de cocina, junto al hogar; mal vestida de harapos, los pies 
desnudos metidos en los zuecos, haciendo, al resplandor del fuego, cal- 
cetines de lana para las niñas de Thénardier. Un gatito joven jugaba 
debajo de las sillas. 

Oíanse reír y charlar en la pieza inmediata dos voces frescas é infan- 
tiles; eran las de Eponine y Azelma. 

En un rincón de la chimenea había un martinete colgado de un 
clavo. 

A intervalos, penetraban por entre el ruido de la taberna, los chilli- 
dos de una criatura de corta edad, que estaría en otra parte en la casa. 
Era un niño que la Thénardier había tenido en uno de los inviernos an- 
teriores, «sin saber por qué, decía ella: efecto del frío,* y que contaría 
unos tres años. La madre se lo había criado ella misma, pero no le tenía 
cariño. Cuando el encarnizado clamor del chiquillo resultaba demasiado 
importuno, tu hijo chilla, decíale Thénardier á la madre, ve á ver lo 
que quiere. ¡Bah! — respondía ella. — Me fastidia. 

Y el chiquillo abandonado continuaba desgañitándose en las tinie- 
blas. 



DOS RETRATOS COMPLETADOS 329 



II 

Dos retratos completados 

No han aparecido todavía en este libro los Thénardier más que de 
perfil; ha llegado el momento de dar la vuelta al rededor de este grupo, 
y contemplarlo por todas sus fases. 

Thénardier acababa de cumplir los cincuenta años; su mujer rayaba 
^n los cuarenta, que es la cincuentena femenina; de manera que había 
-equilibrio de edad entre la mujer y el marido. 

Los lectores conservan tal vez algún recuerdo de la primera apari- 
ción de aquella Thénardier, alta, rubia, colorada, gruesa, membruda, 
cuadrada, enorme y ágil; tenía, como ya hemos dicho, algo de la raza 
de esas salvajes colosales que en las ferias levantan del suelo grandes 
piedras con su cabellera. 

Ella lo hacía todo dentro de la casa: las camas, los cuartos, la cola- 
da, la cocina, la lluvia, el buen tiempo y el diablo. Tenía por única sir- 
vienta á Cossette; ua ratoncillo al servicio de un elefante. Todo tembla- 
ba al eco de su voz: los vidrios, los muebles y las gentes. Su ancho rostro, 
cribado de pecas rojizas, tenía el aspecto de una espumadera. Tenía 
también barbas. Era el ideal de un terne de plazuela vestido de mujer. 
Juraba que era un primor, y se jactaba de partir una nuez de un puñe- 
tazo. A no ser por las novelas que había leído, y que á veces hacían 
aparecer de extravagante manera la remilgada bajo el marimacho, ja- 
más se le hubiera ocurrido á nadie decir de ella: Es una mujer. La tal 
Thénardier era como el producto del ingerto de una señorita en una 
verdulera. Cuando se la oía hablar, exclamaba uno: Es un gendarme; 
'cuando se la veía beber, decíase: Es un carretero; cuando se la veía 
manosear á Cosette, decíase uno: Es un verdugo. Al dormir le salía de 
la boca un diente. 

Thénardier era un hombre pequeño, flaco, pálido, anguloso, huesoso, 
endeble, de aspecto enfermizo, gozando de buena salud; en lo cual estri- 
baba su maulería. Sonreíase habitual mente por precaución, y era atento 
casi con todo el mundo, hasta con el mendigo á quien negaba un ocha- 
vo. Tenía la mirada del zorro y el fondo del letrado. Se parecía mucho 
á los retratos del presbítero Delille. Su coquetería consistía en beber con 
lo» tragineros. Nadie había podido jamás emborracharle. Fumaba en 
una gran pipa. Llevaba blusa, y bajo de la blusa un antiguo frac negro. 
Tenía pretensiones de literato y materialista, y sabía nombres que pro- 
nunciaba frecuentemente para apoyar cualquier cosa de las que decía, 
como: Voltaire, Raynal, Parny y, cosa rara san Agustín. Afirmaba te- 
ner «un sistema.» Por lo demás, era un grande estafador filósofo. Este 
matiz existe. 

Se recordará que pretendía haber servido; contaba, con cierto lujo, 
que siendo sargento en Waterloo, en un 6.° ó 9.° de lijeros cualquiera, 



330 LOS MISERABLES 



había él solo, contra todo un escuadrón de húsares de la muerte, cubier- 
to con su cuerpo y salvado á través de la metralla «á un general peli- 
grosamente herido.» De ahí provenía sobre su puerta la flamante mues- 
tra, y el nombre dado en el país á su figón de «posada del sargento de 
Waterloo.» Era liberal, clásico y bonapartista. Se había suscripto para 
el campo de Asilo. Decíase en la aldea que había estudiado para cura. 

Nosotros creemos que había sencillamente estudiado en Holanda para 
posadero. Este tunante del orden compuesto, era, según todas las proba- • 
bilidades, algún flamenco de Lila en Flandes, francés en París, belga en 
Bruselas, montado cómodamente sobre dos fronteras. Su proeza de Wa- 
terloo, ya la conocemos; y como se ve, la exageraba un poco. El flujo y 
el reflujo, lo tortuoso, lo aventurero, eran el elemento de su existencia; 
conciencia desgarrada supone naturalmente vida descosida; y verosí 
milmente en la tormentosa época del 18 de Junio de 1815, Thénardier 
pertenecía á aquella variedad de cantineros merodeadores de que hemos 
hablado, recorriendo los caminos, vendiendo á unos, robando á otros, y 
rodando en familia, marido, muj.er é'hijos, en algún desvencijado cale 
sin á la cola de las tropas en marcha, con el instinto de unirse siempre 
al ejército victorioso. 

Terminada la campaña, y teniendo, como él decía, cum quibus y ha- 
bía ido á establecer su bodegón en Montfermeil. 

Este quibus compuesto de las bolsas y relojes, de las sortijas de oro 
y de las cruces de plata, cosechadas al tiempo de la siega en los surcos 
sembrados de cadáveres, no sumaba por cierto un gran total, ni había 
hecho adelantar gran cosa á aquel vivandero trocado en bodegonero. 

Thénardier tenía en el gesto ese algo rectilíneo inexplicable, que con 
un juramento recuerda el cuertel, y con la señal de la cruz recuerda el 
seminario. Era muy hablador, y dejaba que le creyeran sabio. Sin em- 
bargo el maestro de escuela había notado que cometía errores. Extendía 
las cuentas de los pasajeros con superioridad; pero no faltaban ojos ejer- 
citados que encontraban á veces faltas de ortografía. Thénardier era ca- 
zurro glotón, gandul y listo. No desdeñaba á las criadas, lo cual era 
causa de que su mujer no tuviese ninguna. Aquella gigante era celosa. 
Parecíale que aquel hombrecillo flaco y descolorido debía ser objeto de 
concupiscencia universal. 

Thénardier, hombre de astucia y equilibrio, era ante todo un bribón 
del género templado. Esto es, de la peor especie, por la hipocresía que 
entra en ella. 

No es que Thénardier no fuese en ocasiones capaz de encolerizarse, 
al menos tanto como su mujer; pero esto era rarísimo, y en tales mo- 
mentos, como aborrecía por completo al género humano, como había 
dentro de él un horno profundísimo de odio, como era de esas gentes que 
se están vengando perpetuamente, que acusan á todo cuanto pasa delan- 
te de ellos como causa de todo lo que cae encima de ellos, y que están 



DOS RETRATOS COMPLETADOS . 331 



siempre dispuestos á arrojar sobre el primero que llegue, como legítimo 
agravio, el total de las decepciones, bancarrotas y calamidades de su 
vida, y como toda esta levadura fermentaba en él y bullía en su boca y 
en sus ojos, se ponía espantoso. ¡Desdichado del que pasase entonces ba- 
jó su furor! 

Aparte de todas sua otras cualidades, era Thénardier, atento y pene- 
trante, callado ó hablador según los casos, y siempre con elevada inteli- 
gencia. Tenía algo en su mirada de los marinos acostumbrados á mirar 
con anteojos de larga vista, Thénardier era un hombre de Estado. 

Todo recien llegado que entraba en el bodegón, al ver á la mujer 
Thénardier, exclamaba: ¡He aquí el amo de la casa! Error, no era si- 
quiera el ama. Amo y ama, lo era el marido. EUa hacía, él creaba. Ella 
lo dirigía todo por una especie de acción magnética, invisi^e y conti- 
nua. Una palabra le bastaba á él, muchas veces un signo, el mastodonte 
hembra obedecía. Thénardier era para su mujer, sin que ella se explica- 
se el por qué, una especie de ser particular y soberano. Tenía ella las 
virtudes de su modo de ser; nunca, jamás, aunque hubiese disentido so-> 
bre algún detalle con el «señor Thénardier, > hipótesis, por otra parte 
inadmisible, no le hubiera quitado la razón en público á su marido, so- 
bre ningún asunto fuese el que fuere. Nunca jamás hubiera cometido de 
lante de extraños esa falta que cometen con tanta frecuencia las mujeres 
y que se llama en lenguaje parlamentario descubrir la corona. Aún 
cuando semejante acuerdo no diese otro resultado que el mal, había algo 
contemplativo en esa sumisión de la Thénardier á su marido. Aquella 
montaña de ruido y carne, movíase debajo el dedo meñique de aquel 
frágil déspota. Visto ello por su lado raquítico y grotesco, patentizábase 
la gran cosa universal: la adoración de la materia hacia el espíritu; por- 
que hay ciertas fealdades, cuya razón de ser está en las profundidades 
mismas de la belleza eterna. Había en Thénardier algo de lo desconocido, 
y de ahí provenía el imperio absoluto de este hombre sobre su mujer. En 
ciertos momentos le veía ella como una vela encendida; en otros, le sen- 
tía como una garra. 

Aquella mujer era una criatura formidable, que no amaba más que á 
sus hijos, y solo temía á su marido. Era madre, porque era mamífera. 
Por lo demás, su maternidad se limitaba á sus hijas, pues como se verá 
más adelante, no alcanzaba á los varones. El hombre, solo tenía una 
idea: enriquecerse. Y no lo conseguía. Faltábale un teatro digno de 
su gran talento. Thénardier en Montfermeil se arruinaba, si la ruina 
cabe bajo cero. En Suiza ó en los Pirineos, este hombre sin un cuarto se 
habría hecho millonario. Pero donde la suerte enclava al posadero, allí 
es menester que viva. 

Ya se comprende que la palabra posadero, está aquí empleada en 
sentido limitado, y que no se extiende á la clase entera. 

En aquel mismo año de 1823, Thénardier se encontraba empeñada 



332 LOS MISERABLES 



en unos mil quinientos francos de deudas corrientes, de las que admiten 
espera, lo cual le traía caviloso. 

Cualquiera que fuese para con él la injusticia persistente del destino t 
Thénardier era uno de esos hombres que comprendían mejor, con máa 
profundidad y del modo más moderno, esta cosa que es una virtud en 
los pueblos bárbaros, y una mercancía en los pueblos civilizados: La 
hospitalidad. Por otra parte, era un cazador furtivo y admirable, citado 
por su certera puntería. Poseía cierta risita fría y apacible, que era par- 
ticularmente peligrosa. 

Sus teorías de posadero brotaban de él algunas veces como relámpa- 
gos. Empleaba ciertos aforismos de su profesión que procuraba inculcar 
en el espíritu de su mujer. El deber de posadero le decía una vez violen- 
tamente y en voz baja, es vender al primero que llega, comida, descanso, 
luz, fuego, sábanas sucias, muchacha, pulgas y sonrisas; detener al pa- 
sajero, vaciar los bolsillos pequeños, aligerar honradamente los grandes, 
dar albergue con respeto á las familias en viaje, desollar al hombre, 
desplumar á la mujer, limpiar al chiquillo; poner precio á la ventana 
abierta, á la ventana cerrada, al rincón de la chimenea, al sillón, á la 
«illa, al taburete, al escabel, al lecho de pluma, al colchón y al haz de 
paja; saber cuando se sirven del espejo, con la imagen del que se mira 
€n él tarifárselo; y, con quinientos mil diablos, hacérselo pagar todo al 
viajero, incluso las moscas que se come su perro. 

El tal hombre y la tal mujer eran la astucia y la rabia unidas, ma- 
ridaje repugnante y terrible. 

Mientras el marido calculaba y combinaba, la Thénardier no pensaba 
en los acreedores ausentes, ni se preocupaba del ayer ni del mañana, vi- 
viendo exclusivamente al día. 

Tales eran estos seres. Cosette estaba entre ellos, sufriendo la doble 
presión de uno y otro, como una criatura que fuese á la vez triturada 
por una piedra de molino y destrozada por unas tenazas. 

El hombre y la mujer tenían, cada cual, su manera distinta de mar- 
tirizarla; si Cosette estaba amoratada á golpes era cosa de la mujer; si 
iba con los pies desnudos en invierno, era cosa del marido. 

Cosette subía, bajaba, lavaba, cepillaba, fregaba, barría, andaba, 
«corría, se fatigaba, removía las cosas más pesadas, y débil como era, hacía 
todo lo más pesado. No había piedad para ella; una ama feroz, un amo 
venenoso. El bodegón de Thénardier era como una red en que Cosette 
se hallaba cogida y temblorosa. El ideal de la opresión estaba realizado 
en aquella domesticidad siniestra. Era algo como la mosca sirviendo á 
las arañas. 

La pobre criatura, pasiva, se callaba. 

Cuando así se encuentran, desde su aurora, desnudas y desampara- 
das entre los hombres, ¿qué pasa en esas almas que acaban de dejar el 
seno de Dios? 



LOS HOMBRES NECESITAN TINO, LOS CABALLOS AGUA 883 

III 

Los hombres necesitan vino, los c .ballos agua 

Habían llegado cuatro nuevos viajeros. 

Cosette meditaba tristemente; pues aún cuando no tenía mas que 
ocho años, había ya sufrido tanto, que se ensimismaba en el aire lúgu- 
bre de una vieja. 

Tenía un párpado amoratado á consecuencia de un puñetazo que la 
Thénardier le había sacudido, lo cual hacía decir á la propia Thénar- 
dier de cuando en cuando: 

— ¡Está bien fea con su cardenal en el ojo! 

Cosette pensaba, pues, que era de noche, muy de noche; que había 
sido menester llenar de improviso las jarras y vasijas de los cuartos de 
los viajeros recien llegados, y que no había ya mas agua en el depósito. 

Lo que la tranquilizaba un poco, era que no se bebía mucha agua en 
casa Thénardier. E* verdad que no faltaban gentes que tuviesen sed; pe- 
ro era de esa sed que mejor se dirige al jarro que al cántaro. Quién hu- 
biese pedido un vaso de agua, entre aquellos vasos de vino, hubiera pa- 
recido un salvaje á todos aquellos hombres. Hubo un momento, sin em- 
bargó, en que la muchacha tembló; la Thénardier levantó la tapadera 
de una cacerola que hervía en el hornillo, después cogió un vaso y se 
acercó al depósito. Dio vuelta al grifo. Cosette había levantado la cabe- 
za y seguía todos sus movimientos. Un delgadísimo hilo de agua, llenó 
apenas la mitad del vaso. — ¡Calle, — dijo la mujer, — no hay mas agua! 
—Siguió un instante de silencio. La criatura no respiraba. 

— ¡Bah! — repuso la Thénardier, examinando el vaso medio lleno. — 
Con esta habrá bastante. 

Cosette se volvió á fu trabajo; pero durante un buen cuarto de hora, 
sintió saltar el corazón precipitadamente dentro el pecho. 

Contaba los minutos que iban pasando, deseando estar ya al día si- 
guiente. 

De cuando en cuando, uno de los bebedores miraba á la calle y ex- 
clamaba: 

— ¡Está obscuro como boca de lobo! 

O decía otro: 

— ¡Es preciso ser gato para salir á la calle sin farol! 

Cosette se estremecía. 

De pronto, uno de los mercaderes ambulantes hospedados en el bode- 
gón entró, y dijo con acento rudo: 

— No habéis dado de beber á mi caballo. 

— Sí, por cierto, — dijo la Thénardier. 

— Yo os digo que no, — repuso el mercader. 

Cosette había salido de debajo de la mesa: 

— ¡Oh! ¡Sí, señor! — dijo. — El caballo ha bebido, ha bebido en el cu- 



334 LOS MISERABLES 



^ 



bo, en el cubo lleno, y yo misma soy quien le he dado de beber y le he 
hablado. 

Esto no era verdad'. La niña mentía. 

— He aquí otra, que no es mayor que un puno, y miente como una 
casa, — exclamó el mercader. — ¡Yo te digo que no ha bebido, bribonzue- 
la! Tiene un modo de resollar, cuando no ha bebido, que se lo conozco 
perfectamente. 

Cosette insistió, añadiendo con voz enronquecida por la angustia y 
que se oía apenas: 

— ¡Y mucho que ha bebido! 

— ¡Ea, — repuso el mercader en tono colérico,— no hay que hablar de 
eso; que se le dé de beber á mi caballo, y acabemos! 

Cosette volvió á meterse debajo de la mesa. 

— En efecto: nada hay mas justo, — dijo la Thénardier; — si el animal 
no ha bebido, es preciso que beba. ! 

Luego mirando en torno suyo exclamó: 

— ¡Y bien! ¿Dónde está esa? 

Bajóse, y vio á Cosette agazapada al otro extremo de la mesa, metí- 
da casi debajo de los pies de los bebedores. 

— ¿Quieres salir de ahí? — gritó la Thénardier. 

^Cosette salió de la especie de agujero donde se había escondido. La 
Thénardier repuso: 

— Señorita d.oña Perra sin nombre, vaya á dar de beber al caballo. 

— Pero, señora, — dijo Cosette toda temblorosa, — ¡es que no hay agua! 

La Thénardier abrió de par en par la puerta de la calle. 

— ¡Pues ir á buscarla! 

Cosette bajó la cabeza, y fué á tomar un cubo vacío que estaba en el 
rincón de la chimenea. 

Este cubo abultaba más que ella, tanto, que la muchacha hubiera 
podido sentarse dentro y estar ancha. 

La Thénardier se volvió á sus hornillas, y probó con una cuchara 
de palo lo que había en una cacerola, gruñendo al mismo tiempo: 

— Ea la fuente la hay; todas las dificultades fuesen como ésta. Creo 
que hubiera sido mejor preparar las cebollas. 

Púsose luego á buscar en un cajón donde había dinero, ajos y 
pimienta. 

— Toma, señorita Renacuajo, — añadió; — de vuelta tomarás un pan en 
la panadería. Aquí tienes una moneda de quince sueldos. 

Cosette tenía una faltriquera pequeña en un lado del delantal; tomó 
la moneda sin decir una palabra, y la guardó en el bolsillo. 

Después se quedó inmóvil con el cubo en la mano, y la puerta abier- 
ta delante de ella. Parecía esperar que alguien fuese en su ayuda. 

— ¡Aprisa! — gritó la Thénardier. 

Cosette salió. La puerta se volvió á cerrar. 



ENTRADA EN ESCENA DE UNA MUÑECA 336 



Entrada en escena de una muñeca 

La hilera de puestos de venta al aire libre que partía de la Iglesia, 
se extendía, como hemos dicho, hasta la posada Thénardier. Dichos 
puestos, esperando que pasara luego gente que debía ir á la misa de 
media noche, estaban iluminados todos con velas, que ardían dentro de 
cucuruchos de papel, lo cual, como decía el maestro de escuela de Mont- 
fermeil, sentado en aquel momento á una de las mesas de la taberna 
Thénardier, producía «un efecto mágico.» 

En cambio no se veía una sola estrella en el cielo. 

El último de estos puestos, establecido precisamente enfrente de la 
puerta de los Thénardier, estaba lleno de juguetes de todas clases, y os- 
tentaba mil objetos úe oropel, vidrio de colores y otras cosas magníficas 
de hoja de lata. En la primera fila, y en lugar preferente, había coloca- 
do el mercader, sobre un fondo de servilletas blancas, una inmensa mu- 
ñeca de casi dos pies de altura, vestida con traje de crespón color de 
rosa, con espigas de oro en la cabeza, pelo verdadero y ojos de esmalte. 
Todo el día había estado expuesta aquella maravilla á la admiración de 
los transeúntes de menos de diez años, sin que hubiese habido en Mont- 
fermeil una madre bastante rica ó bastante pródiga para comprársela á 
su hija. Eponine y Azelmá se habían pasado contemplándola horas en • 
teras, y Cosette misma furtivamente, por supuesto, había osado mirarla 
también. 

En el momento en que salió Cosette, con bu cubo en la mano, por 
triste y disgustada que estuviese, no pudo dejar de levantar los ojos has- 
ta la prodigiosa muñeca, hasta la señora, como ella la llamaba. La 
pobre niña, se quedó petrificada. No había visto aún tan de eerca la tal 
muñeca. Toda la barraca le parecía un palacio; y aquella muñeca, no 
era muñeca era una visión. Era la alegría, el explendor, la riqueza, la 
dicha que aparecía en una especie de irradiación quimérica ante aquel 
pequeño y desgraciado ser, tan profundamente envuelto por una mise- 
ria fúnebre y helada. Cosette medía con la sagacidad triste y sincera de 
la infancia, el abismo que la separaba de aquella muñeca. Decíase ella 
que era menester ser reina, ó al menos princesa, para poseer una «cosa» 
como aquella. Contemplaba aquel lindo vestido de color de rosa, aque v - 
llos hermosos y bien peinados cabellos, pensando y diciendo ¡qué feliz 
debe ser esa muñeca! Sus ojos no podían apartarse de aquel puesto fan- 
tástico. Cuanto más miraba, más se embelesaba. Creía estar viendo el 
paraíso. Veía otras muñecas detrás de cía grande» que le parecían hadas 
y genios. El mercader que se movía, allá en el fonao del barracón, le 
producía cierto efecto de Padre eterno. 

En aquella adoración, se olvidaba de todo, hasta del encargo que se 



836 LOS MISERABLES 



le había hecho. De súbito, la áspera voz de la Thénardier la hizo volver 
en sí. 

— ¡Cómo! ¿Aún estás aquí bachillera? ¡Aguarda, allá voy yo! ¿Qué 
tiene que hacer ahí ese monstruo? 

La Thénardier había dado una mirada á la calle, y había visto 4 
Ctosette extasiada. 

Cosette se escapó, cargando con el cubo y alargando los pasos cuanta 
pudo. 



La chiquilla sola 

• 

Como la taberna Thénardier estaba en aquella parte de la población 
inmediata á la iglesia, era la fuente del bosque, de la parte de Chelles, 4 
donde Cosette debía ir por el agua. 

Ya no volvió á mirar ningún otro puesto de la feria. Mientras estuvo 
en la callejuela de Bouknger y en los alrededores de la iglesia, las tien- 
decillas iluminadas alumbraban el camino; pero muy pronto desapare- 
ció el último resplandor del último barracón. La pobre criatura se en- 
contró pues en la obscuridad. Penetró en ella. Pero sintiendo que se apo- 
deraba de su espíritu cierta emoción; á medida que iba caminando iba 
agitando cuanto podía el asa del cubo. El ruido que producía con ello, 
le servía de compañía. 

Cuanto más andaba, más espesas se iban volviendo las tinieblas. No 
había ya en las calles persona alguna. Sin embargo, tropezó con una 
mujer, que se volvió al verla y que permaneció inmóvil, murmurando 
entre dientes: 

— ¿Adonde puede ir esta muchacha? ¿Si será algún duende? — Luego 
la mujer reconoció á Cosette, y exclamó: — ¡Calle! ¡si es la Alondra! 

Así atravesó Cosette el laberinto de calles tortuosas y desiertas en 
que termina por la parte de Chelles la población de Montfermeil. Mien- 
tras hubo casas y aún sólo paredes por ambos lados del camino, anduvo 
bastante animosa. De cuando en cuando veía la claridad de una vela á 
través de las rendijas de una ventana; era luz y vida; allí había gente, 
y esto la alentaba. Sin embargo, á medida que adelantaba, sus pasos 
iban acortándose maquinalmente. Cuando hubo pasado el ángulo de la 
última casa, Cosette se paró. Ir más allá de la última tienda había sido 
difícil; ir más allá de la última casa, ue le hacía imposible. Dejó el cubo 
en el suelo, llevóse la mano á la cabeza, y púsose a rascarse lentamente, 
actitud propia de las criaturas aterradas é indecisas. Ya no estaba en 
Montfermeil, puesto que se encontraba en medio del campo. Tenía úni 
camente ante ella el espacio negro y desierto. Contempló desesperada 
aquella obscuridad, donde no había nadie, donde había solamente ani- 
males, y donde había tal vez aparecidos. Miró bien, y creyó oír las bes- 
tias que andaban por entre la yerba, y ver claramente los aparecidos 



LA CHIQUILLA SOLA 337 



que se movían entre los árboles. Entonces volvió á coger su cubo, el 
miedo le dio audacia. 

— ¡Bah! — exclamó ella, — -diré que ya no había agua. 

Y volvió á entrar resueltamente en Montfermeil. 

Apenas había andado cien pasos, se paró nuevamente y volvió á ras- 
carse la cabeza. Entonces fué la Thénardier quien se le apareció; la Thé 
nardier, amenazadora, con su boca de hiena y destellando cólera sus 
ojos. La muchacha lanzó una triste mirada en torno suyo. ¿Qué hacer? 
¿Cómo salir del paso? ¿Adonde ir? Delante tenía el espectro de la Thé- 
nardier, detrás todos los fantasmas de la noche y del bosque. A pesar de 
todo, retrocedo ante la Thénardier. Emprendió otra vez el camino de la 
fuente y hecho á correr. Salió corriendo de la población, entró corriendo 
en el bosque, sin mirar ni escuchar nada. No detuvo su cursor hasta fal- 
tarle la respiración; pero no interrumpió su marcha. Iba avanzando 
como desvanecida. 

Iba corriendo con ganas de llorar. 

El estremecimiento nocturno de la selva la envolvía por completo. 
No pensaba, no veía ya; la inmensidad de la noche estaba frente á fren- 
te de aquel pequeño ser. Por una parte, todo sombras; por otro, un 
átomo. 

No había más que unos siete ú ocho minutos de la orilla del bosque 
al manantial. Cosetté conocía el camino por haberle recorrido de día 
muchas veces. ¡Cosa extraña! No se extravió. Un resto de instinto la 
conducía vagamente. Sin embargo, no dirigía los ojos ni á la derecha 
ni á la izquierda, temerosa de ver cosas entre las ramas y entre la ma- 
leza. Así llegó á la fuente. 

Era un estrecho pozo natural, formado por el agua en un suelo arci- 
lloso, á la profundidad de unos dos pies, rodeado de musgo y de esas 
grandes yerbas rizada^ llamadas gorgueras de Enrique IV, y enlosado 
con grandes piedras, del cual salía un arroyuelo, produciendo un ruido 
escaso y tranquilo. 

Cosette no se tomó ni aún el tiempo indispensable para respirar. Es- 
taba la noche obscurísima; pero ella tenía ya costumbre de ir á aquella 
fuente. Buscó con la mano izquierda, entre la obscuridad, una encinilla 
inclinada sobre el manantial, la que le servía ordinariamente dé punto 
de~ apoyo; encontró una rama, se agarró á ella, se inclinó y sumergió el 
cubo en el agua. Se encontraba en un estado tan violento, que sus fuer- 
zas se habían triplicado. Mientras estaba así inclinada, no echó de ver 
que la faltriquera de su delantal se vaciaba en la fuente, y que, la mone- 
da de quince sueldos se le cayó en el agua. Cosette no vio ni oyó caer 
nada. Retiró el cubo casi lleno, y lo dejó sobre la yerba. 

Hecho esto, advirtió que estaba abrumada de cansacio. Bien hubiera 
querido partir enseguida; pero el esfuerzo de llenar el cubo había sido 

TOMO I 22 



338 LOS MISERABLES 



tal, que le fué imposible dar un paso. Vióse, por lo tanto, obligada á 
sentarse, y dejándose caer sobre la yerba, se quedó acurrucada. 

Cerraba los ojos, volviéndolos á abrir luego sin saber por qué, pero 
no pudiendo hacer otra cosa. A su lado tenía el cubo, cuya agua agitada 
formaba círculos á manera de serpientes de fuego blanco. 

Encima de su cabeza, el cielo aparecía cubierto de extensas nubes 
negras, que eran como masas de humo. La trágica máscara de la som- 
bra parecía ir cayendo vagamente sobre aquella criatura. 

Júpiter se envolvía en las profundidades. 

La pobre criatura miraba con ojos extraviados esta grande estrella, 
que no conocía y que le daba miedo. El planeta se hallaba en realidad 
en aquel momento t cerca del horizonte, y atravesaba una espesa capa de 
niebla qu^ le comunicaba un tinte rojizo horrible. La bruma, lúgubre- 
mente teñida de púrpura, agrandaba el astro, dándole el aspecto de y na 
llaga luminosa. 

Un viento frío soplaba de la llanura. El bosque estaba tenebroso, sin 
ningún rozamiento de hojas, sin ninguna de aquellas vagas y suave» 
claridades de estío. Alzábanse horriblemente grandes ramajes; agitá- 
banse en los claros deformes y espantosos matorrales. Estremecíanse con 
el cierzo las altas yerbas como anguilas; las zarzas retorcíanse como lar- 
gos brazos armados de garras para cojer su presa. Algunas malezas se- . 
cas, sacudidas por el viento, pasaban rápidamente como huyendo es- 
pantadas de algún objeto que las persiguiese. En todas partes no se ad- 
vertía más que extensiones lúgubres. 

La obscuridad es vertiginosa. El hombre necesita claridad; quien pe- 
netra en lo opuesto á la luz, se siente oprimido el carazón. Cuando el 
ojo ve negro, el espíritu ve turbio. En el eclipse, en la noche, en la opa- 
cidad fuliginosa, hay ansiedad hasta para los más fuertes. Nadie atra- 
viesa solo de noche por las obscuridades de un bosque sin temblar. Som • 
bras y árboles, son dos espesuras temibles. Una realidad quimérica apa- 
rece en la profundidad indistinta. Lo inconcebible se bosqueja á poco» 
pasos de nosotros con claridad espectral. Vemos flotar, en el espacio 6 
en nuestro propio cerebro, algo vago é impalpable como los sueños de 
flores dormidas. Hay en el horizonte actitudes feroces, aspiramos los* 
efluvios del gran vacío obscuro. Tenemos á un tiempo miedo y deseo de- 
mirar atrás. 

Las cavidades de la noche, las cosas convertidas en objetos espanto- 
sos, perfiles taciturnos que se van disipando á medida que vamos ade- 
lante, cabelleras sueltas flotando en la obscuridad, espesuras irritadas, 
charcos lívidos; lo lúgubre reflejándose en lo fúnebre, la inmensidad se- 
pulcral del silencio; los seres desconocidos posibles, ramas misteriosa- 
mente doblegadas, torsos horribles de árboles, prolongadas ráfagas de 
yerbas temblorosas, no existe defensa contra todo eso. No hay valor que 
no tiemble y no sienta la proximidad de la angustia. Se experimenta 



T 



\ 



LA CHIQUILLA SOLA 339 



algo horroroso, como si el alma se confundiese con la sombra. Esta pe- 
netración íntima de las tinieblas, es inexplicablemente siniestra en los 
niños. 

Las selvas son apocalipsis, y el simple batir de alas de un alma in- 
fantil, produce cierto ruido de agonía bajo su bóveda monstruosa. 

Sin darse cuenta á sí misma de lo que experimentaba, Cosette se sen- 
tía sobrecogida por aquella obscura enormidad de la naturaleza. No era 
únicamente terror lo que la impresionaba, era algo más terrible que el 
terror mismo. Temblaba. No hay expresiones para manifestar lo que 
tenía de extraño aquel temblor que la helaba hasta el fondo de su cora- 
zón. Su mirada se había vuelto esquiva. Creía sentir que tal vez no po- 
dría evitar al día siguiente, el volver allí á Ja misma hora. 

Entonces, movida por cierto instinto, para salir de aquel estado sin- 
gular que ella no comprendía, pero que la asustaba, púsose á contar en 
alta voz uno, dos, tres, cuatro, hasta diez, y cuando concluía empezaba 
á contar otra vez de nuevo. Esto le devolvió la clara percepción de los 
objetos que la rodeaban. Sintió frío en sus m^nos, que se habían mojado 
al sacar el agua. Levantóse volviendo nuevamente al miedo, un miedo 
natural é invencible. No tuvo ya más que un pensamiento, huir; huir á 
todo correr, al través del bosque, al través del campo, hasta dar con las 
<casas, con las ventanas, con las velas encendidas. Su mirada tropezó 
-con el cubo que tenía delante. 

Era tal el horror que la inspiraba la Thénardier, que no se atrevió á 
huir sin el cubo de agua. Cogióle por el asa con ambas manos, y no sin 
gran trabajo alcanzó levantarlo. 

Caminó difícilmente unos doce pasos, pero el cubo estaba lleno y era 
tan pesado, que se vio obligada á dejarle nuevamente en el bu el o. Res- 
piró un instante, cogiéndolo de nuevo, y echó á andar; avanzando esta 
vez más largo trecho. Pero fuéle preciso descansar aún; después de al- 
gunos segundos de reposo, prosiguió. Caminaba inclinada hacia adelan- 
te, con la cabeza baja, como una vieja; el peso del cubo estiraba y entu- 
mecía sus débiles brazos. El asa de hierro acababa de entorpecer y helar 
«us manecitas húmedas; de cuando en cuando se veía obligada á parar- 
se, y cada vez que lo hacía, el agua helada que se desbordaba del cubo, 
■caía sobre sus desnudas piernas. Esto le acontecía en el fondo de un 
bosque, de noche, en invierno, lejos de toda mirada humana, á una niña 
-de ocho años; Dios solamente podía ver una cosa tan triste, en tan triste 
momento. 

Y sin duda su madre también, ¡ay! 

Porque hay cosas capaces de hacer abrir los ojos á los muertos den- 
tro de sus tumbas. 

Respiraba la pobre con cierto doloroso estertor; los sollozos oprimían 
su garganta, pero no se atrevía á llorar, tanto era el miedo que le in- 



840 LOS MISERABLES 



fundía, aún de lejos, la Thénardier. Tenia la costumbre de imaginarse^ 
siempre presente á la posadera. 

Á pesar de todo, no podía adelantar mucho camino de aquella ma- 
nera, y proseguía lentamente. Por más que acortaba la duración de la* 
paradas y caminaba de una á otra cuanto podía, calculaba angustiada- 
que le faltaba más de una hora para llegar así á Montfermeil, y que la» 
Thénardier la pegaría. A semejante angustia se mezclaba el espanto de? 
verse sola, de noche y en el bosque. Estaba abrumada de fatiga, y na 
había aún salido de la selva. Al llegar junto á un viejo castaño que ya- 
conocía, hizo una última parada más larga que las anteriores, para to- 
mar mayor descanso; reunió después todas sus fuerzas, cogió de nuevo* 
el cubo, y echó á andar otra vez valerosamente. 

Sin embargo, la pobre criatura, desesperada, no pudo evitar esta 
exclamación: ¡Oh Dios mío! ¡Dios mío! 

En aquel momento, sintió de súbito que el cubo no le pesaba ya. Una 
mano, que le pareció enorme, acababa de coger el asa y lo levantaba 
vigorosamente. Levantó Cossette la cabeza. Un gran bulto negro enhies- 
to y alto, caminaba á su lado en la obscuridad. Era un hombre que había 
llegado detrás de ella, y á quien no había oído venir. Aquel hombre* 
sin decir una palabra, había empuñado el asa del cubo que ella podía le- 
vantar apenas. 

Hay instintos para todos los acontecimientos de la vida. 

La niña no tuvo entonces miedo. 

VI 
Donde tal vez se prueba la inteligencia de Boulatruelle. 

En la tarde del mismo día de Navidad de 1823, estuvo paseando. un 
hombre largo tiempo la parte más desierta del boulevard del Hospital 
en París. Este hombre tenía el aspecto del que busca donde, alejarse, y 
se detenía preferentemente ante las casas de más modesta apariencia de 
aquel ruinoso extremo del arrabal de San Marcelo. 

Luego veremos como aquel hombre había alquilado, efectivamente, 
un cuarto en este aislado barrio. 

Aquel hombre, así en su traje como en toda su persona, presentaba 
el tipo de lo que podría llamarse el mendigo de buena sociedad: la ex- 
tremada miseria combinada con el extremado aseo. Es ello una mezcla 
bastante rara, que inspira á los corazones inteligentes el doble respeto 
que se siente por quien es muy pobre y por quien es muy digno. Lle- 
vaba un sombrero redondo muy viejo y muy cepillado, una levita 
hasta descubrir los hilos, de paño común color de ocre, color que no te- 
nía nada de particular en aquella época, un gran chaleco con bolsillos 
de forma secular, calzón corto negro, pero que mostraba haberse deseo 
lorido hasta el gris por las rodillas, medias de lana negra y gruesos za- 
patos con hebillas de cobre. Hubiérase dicho que era un antiguo precep* 



1 



DONDE TAL VEZ SE PKUEBA LA INTELIGENGA DE BOULATRUELLE 341 

i — *— ,, M 

tor de casa grande, recién llegado de la emigración. Por sus cabellos 
blancos, por las arrugas de su frente, por lo lívido de sus labios, por su 
Tostro en que todo respiraba abatimiento y cansancio de la vida, se le 
hubieran supuesto más de sesenta años. Por su paso firme, aunque lento t 
y por el vigor singular impreso en todos sus movimientos, apenas se le 
hubieran concedido cincuenta. 

Las arrugas de su frente estaban bien colocadas, y hubieran preve- 
nido en favor suyo á cualquiera que le hubiese observado atentamente. 
Sus labios se contraían con un pliegue particular, que parecía severo 
siendo humilde. Había en el fondo de su mirada cierta lúgubre sereni- 
dad. Llevaba en la mano izquierda un paquetito envuelto en un pañue- 
lo > apoyando la derecha en una especie efe bastón cortado de un seto. 
Este palo había sido labrado con cierto esmero, y no tenía mal ver; ha- 
bían sacado partido de los nudos, y le habían figurado un puño de coral 
«con lacre encarnado; era un palo, que se parecía á un bastón. 

Poca es la gente que pasa por aquel boulevard, sobre todo en invier- 
no. Aquel hombre, no obstante, aunque sin afectación, más parecía evi- 
tarla que buscarla. 

En aquella época, el rey Luís XVIII iba casi todos los días á Chois- 
le Roy. Era uno de sus paseos favoritos. A eso de las dos, casi invaria- 
blemente, se veía el coche con la escolta real pasar á todo escape por el 
boulevard del Hospital. 

Esto hacía las veces de reloj á los pobres del barrio, que decían: las 
•dos; pues ya se vuelve á las Tullerías. 

Y los unos acudían y los otros se alineaban para esperarle; porque 
«1 paso de un rey, es siempre tumultuoso. Por lo demás la aparición y 
desaparición de Luís XVIII, producía cierto efecto en las calles de París. 
Era rápido, pero majestuoso. Aquel rey impotente gustaba de ir al ga- 
lope; no pudiendo andar, quería correr; con sus piernas raneas hubiera 
deseado de buena gana ser conducido por el relámpago. Pasaba pacífico 
y severo enmedio de los sables desnudos. Su berlina maciza, entera- 
mente dorada, con gruesas ramas de lises pintadas en los costados, ro- 
daba estrepitosamente. Apenas había tiempo bastante para dirigirle una 
mirada. Veíase en el ángulo del fondo, á la derecha, sobre almohadones 
-de raso blanco, una cara ancha, firme y colorada, una frente recien em- 
polvada, una mirada altiva, dura y fina, una sonrisa de letrado, dos 
grandes charreteras con canalones flotantes sobre un frac de paisano, el 
Toisón de oro, la cruz de San Luís, la cruz de la Legión de honor, la 
placa de plata del Santo Espíritu, un gran vientre y un grueso cordón 
azul: esto era el rey. Fuera de París colocaba su sombrero con plumas 
blancas sobre sus rodillas envueltas en altas polainas inglesas, y guando 
entraba de nuevo en la población, se lo ponía en la cabeza, saludando 
poco. Miraba fríamente al pueblo, que le correspondía perfectamente. 
Cuando apareció por primera vez en el barrio de San Marcelo, todo el 



342 LOS MISERABLES 



que obturo fué esta frase de nao de los vecino* á otro vecino: «Ese 
gordo qne va abí es el gobierno, > 

E*te paso infalible del rey á la misma hora, era, pues, el aconteci- 
miento cotidiano del boulevard del Hospital. 

El paseante de la levita amarilla, no era evidentemente del barrio, 
ni de París tampoco probablemente, puesto que ignoraba esta circuns- 
tancia. Así es, que cuando al dar las dos vio el coche real, rodeado de 
un escuadrón de guardias de Corpa, galoneados de plata, desembocar en 
el boulevard, después de dar la vuelta á la Salpétriére, se quedó sorpren- 
dido y casi aterrado. No había nadie más que él en la calle de árbolesy 
y se arrimó vivamente contra un ángulo de la tapia de cerca, lo que no- 
impidió que le viese el señor duque de Havre., El señor duque de Havre, 
como capitán de guardias de servicio aquel día, iba sentado en el coche 
frente á frente del rey, y dijo á su majestad: 

— ¡He aquí un hombre de bien mala traza! Varios agentes de policía, 
apostados para vigilar en la carrera que seguía el rey, se fijaron tam- 
bién en aquel hombre, y uno de ellos recibió orden de seguirle. Pero el 
hombre se internó en las callejuelas solitarias del arrabal, y como el día. 
empezaba á declinar, el agente perdió la pista, según resulta de un par- 
te ¿frígido aquella misma noche al conde Anglés, ministro de Estado y 
prefecto de policía. 

Cuando el hombre de la levita amarilla hubo hecho perder la pista 
al agente, redobló el paso, no sin haberse vuelto muchas veces para cer- 
ciorarse de que no le seguían. A las cuatro y cuarto, es decir, cerrada 
ya la noche, pasaba por delante del teatro de la puerta de San Martin, 
donde se representaba aquel día el drama Los dos presidiarios. El car • 
tel, alumbrado por los faroles del teatro, debió chocarle, porque aún 
cuando caminaba deprisa se paró á leerle. Poco después estaba en el 
callejón de la Planchette, y entraba en el Plato de estaño, donde estaba 
entonces la administración de diligencias de Lagny. 

El coche partía á las cuatro y media. Lop caballos estaban engan- 
chados, y los viajeros, llamados por el mayoral, se encaramaban á toda 
prisa por el alto peldaño de hierro del vehículo. 

El hombre preguntó: 

— ¿Hay asiento? 

— Uno s>lo, á mi, lado, en el pescante, — contestó el mayoral. 

— Le tomo. 

—Subid. 

Sin embargo, antes de partir, el conductor dirigió una mirada al 
traje nada lujoso del viajero, y á su pequeño lío, é hizo que se lo pagase. 

— ¿Vais hasta Lagny? — le preguntó el cochero. 

— Sí, — dijo el hombre. 

Y el viajero pagó hasta Lagny. 

Partieron enseguida. 



• DONDE TAL VEZ SE PRUEBA LA INTELIGENCIA DE BOULATRUELLE 343 



Cuando hubieron atravesado la barrera,' el mayoral [procuró anudar 
la conversación; pero viendo que el viajero sólo contestaba por monosí- 
labos, tomó el partido de silbar y jurar contra los caballos. 

Envolvióse el conductor en su manta. Hacía frío. El hombre no pa- 
recía acordarse de ello. Así atravesaron Gournay y Neuilly sur-Marrte. 
A eso de las seis de la noche estaban en Chelles. El mayoral se paró 
para dar aliento á los caballos delante de la posada de tragineros, esta- 
blecida en los viejos edificios de la abadía real. 
— Yo bajo aquí, — dijo el hombre. 
Cogió su lío y su bastón, y saltó del carruaje. 
Un instante después había desaparecido. 
No había entrado en la posada. 

Cuando después dé algunos minutos la diligencia volvió á emprender 
la marcha para Lagny, no le encontró en toda la calle mayor de Chelles. 
El mayoral se volvió hacia los viajeros del interior, diciendo: 
— Aquel hombre no es de aquí, pues yo no le conozco'. Tiene cara de 
no llevar uü sueldo, y sin embargo no se preocupa mucho del dinero, 
pues ha pagado hasta Lagny y no pasa de Chelles. Es de noche, todas 
las casas están cerradas, no entra en la posada, y no se le vuelve á ver. 
Se le ha de haber tragado la tierra. 

No había sido el hombre tragado por la tierra, sino que había cruza- 
do á grandes pasos entre la obscuridad la calle mayor de Chelles, des- 
pués había tomado á la izquierda, y antes de llegar á la iglesia, el cami- 
no vecinal que conduce á Montfermeil, como cualquiera conocedor del 
país que hubiese ya transitado por él. 

Siguió rápidamente este camino. En el lugar donde cruza la alameda 
antigua que va de Gagny á Lagny, oyó venir gente; ocultóse precipita- 
damente en una zanja, y esperó á que los que pasaban se hubiesen aleja- 
do. La precaución era por otra parte casi supérflua; porque, como hemos 
dicho, era una noche de Diciembre obscurísima. Apenas se veían dos ó 
tres estrellas en el cielo. 

Estaba donde empieza la subida de la colina. El hombre no volvió á 
entrar en el camino de Montfermeil; tomó á la derecha, al través de los 
campos, y se internó en el bosque apresuradamente. 

Cuando se encontró ya en el bosque, acortó el paso, y empezó á mi- 
rar atentamente todos los árboles, avanzando poco á pocp, como si bus- 
case ó siguiera una senda misteriosa conocida por él únicamente. Hubo 
un momento en que pareció haberse perdido y se detuvo indeciso. Por 
fin, tentando aquí y allá, llegó á encontrar un claro en que había un 
montón de piedras grandes y blanquizcas. Dirigióse vivamente donde 
estaban las piedras y las examinó con atención, al través de la bruma 
de la noche, como si las revisara. 

Un gran árbol, cubierto de esas excrecencias, que son como las ve- 
rrugas de la vegetación, estaba á pocos pasos de aquellas piedras. Acer- 



344 LOS MISERABLES 



cose al árbol, paseando la mano sobre la corteza del tronco, como si 
quisiera reconocer y contar todas las verrugas. 

Frente á ese árbol, que era un fresno, había un castaño, enfermo de 
una des cor tez a dura, al cual habían puesto por vendaje una tira de zinc 
clavada. Levantóse de puntillas, y tocó aquella venda de cinc. 

Después anduvo tentando el suelo con loa pies, todo el espacio com- 
prendido entre el árbol y las piedras, como pretendiendo cerciorarse de 
que la tierra no había sido recientemente removida. 

Hecho lo cual, se orientó nuevamente, y emprendió su marcha á tra- 
vés del bosque. 

Este era el hombre que acababa de encontrar á Cosette. 

Caminando por la espesura en dirección á Montfermeil, había distin- 
guido aquella pequeña sombra que se movía gimiendo, que dejaba un 
peso en el suelo, que lo levantaba otra vez y volvía á moverse. Acercó- 
sele, y vio que era una pobre criatura cargada con un enorme cubo de 
agua. Entonces se llegó á la niña, cogiendo silenciosamente el asa del 
cubo. 

VII 
Cossette en la sombra junto al desconocido. 

Cosette, ya lo hemos dicho, no había tenido miedo. 
El hombre le dirigió la palabra. Hablábale en voz grave y casi baja. 
— Hija mía, es muy pesado para tí eso que llevas. 
Cosette levantó la cabeza, y respondió: 
— Sí, señor. 

— Dame, — repuso el hombre, — yo voy á llevártelo. 
Cosette soltó el cubo. El hombre se puso á caminar junto á ella. 
— Mucho pesa, en efecto, — dijo entre dientes; y añadió luego: 
— Chiquilla, ¿qué edad tienes? 
— Ocho años, señor. 
— ¿Y vienes con eso de muy lejos? 
De la fuente que está en el bosque¿ 
— ¿Y vas muy lejos ahora? 
- — A un cuarto de hora largo de aquí. 

El hombre permaneció un momento sin hablar; luego preguntó brus- 
camente: 

— ¿No tiene madre? 

— No lo sé, — respondió la chiquilla. 

Y antes que el hombre hubiese tenido tiempo de tomar nuevamente 
la'palabra, añadió: 

— No lo creo. Las otras sí tienen, pero yo no. 

Y después de una pausa, prosiguió: 
— Creo que nunca la he tenido. 

Detúvose el hombre, dejó el cubo en el suelo, se inclinó, y poniendo 



COSETTE EN LA SOMBRA JUNTO AL DESCONOCIDO ' 345 

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ambas manos sobre los dos hombros de la niña, hizo un esfuerzo por mi- 
rarla y ver sn rostro en la obscuridad. 

£1 flaco y escuálido semblante de Cosette, se dibujaba vagamente á 
la pálida luz del cielo. 

— ¿Como te llamas? — preguntó el hombre. 

— Cosette. 

El hombre sintió como una sacudida eléctrica. Miróla nuevamente, 
separó después sus manos de los hombros de Cosette, volvió á cojer el 
cubo, y echó á andar. 

Después de unos instantes, preguntó: 

— Chiquilla, ¿dónde vives? 

— En Montfermeil, sabéis... 

— ¿Es allí donde vamos? 

— Sí, señor. 

Hizo otra pausa todavía, y volvió á preguntar: 

— ¿T quien es el que así te manda á brujear agua al bosque á estas 
horas? 

— La señora Thénardier. 

El hombre replicó con un sonido de voz que esforzaba, para darle el 
tono de indiferente, pero en el que se notaba, sin embargo, un temblor 
singular. 

— ¿Qué es lo que hace esta señora Thénardier? 

— Es mi ama, — dijo la niña. — Es la dueña de la posada. 

—¿De la posada? — dijo el hombre. — Pues bien; allá vqy á pasar esta 
noche. Acompáñame. 

— Vamos allá,— dijo la niña. 

El hombre andaba bastante deprisa. Cosette le seguía sin dificultad. 
No sentía la menor fatiga. De cuando en cuando levantaba los ojos ha- 
cia aquel hombre, con cierta expresión de tranquilidad y confianza inex- 
plicable. Jamás le había enseñado nadie á dirigirse, á la Providencia y 
orar. No obstante, sentía ella dentro de sí misma, algo que se parecía á 
la esperanza y á la alegría, y que se elevaba hasta los cielos. 

Pasáronse algunos minutos. El hombre repuso: 

— Pero, ¿no hay criada en casa de la señora Thénardier? 

— No, señor. 

— ¿Luego estás tú sola? 

— Sí, señor. 

Hubo todavía otra interrupción. Cosette levantó la voz: 

— Es decir, hay dos niñas. 

— ¿Dos niñas? 

— Ponine y Zelma. 

La muchacha simplificaba en esta forma aquellos nombres]~noveles- 
cos tan agradables á la Thénardier. 

— ¿Quienes son estas Ponine y Zelma? 



346 LOS MISERABLES 



; -r-Son las señoritas deja señora Thénardier, es decir, sus hijas. 

— Y, ¿qué hacen estas niñas? 

—¡Oh! — dijo Cosette. — Tienen muñecas muy bonitas, tienen cosas en 
que hay oro, mucho con, que entretenerse* y ellas juegan se divierten.,. 

—¿Todo el día? 

—Sí, señor. 

-¿Y tú? 

i — Yo, trabajo. 

—¿Todo el día? 

La niña alzó sus grandes ojos, en los que había una lágrima, que á 
causa de la obscuridad no podía verse, y respondió dulcemente: 

— Sí, señor, 

Y prosiguiendo, después de un intervalo silencioso: 

— A veces, cuando he concluido mi tarea, y me lo penniten, me di- 
vierto también. 

— Y ¿cómo te divierte* tú? 

— Como puedo. Me dejan; pero yo no tengo muchos juguetes. Po» 
nine y-Zelma no quieren que yo juegue con sus muñecas. Tengo sola- 
mente un sable muy pequeñito de plomo, que no es mayor que Qsto. 

Y la muchacha levantaba su dedo meñique. 
—¿Y que no corta? 

— Sí, señor, — dijo la niña,— corta ensalada y cabezas de mosca. 

Llegaron á la población. Cósette guió al forastero por las calles. Pa- 
saron por delante de la panadería, pero Cosette no se acordó del pan que 
debía llevar. El hombre había cesado de hacerle preguntas, guardando 
entonces un silencio sombrío. Cuando hubieron dejado tras sí la iglesia, 
viendo el hombre todos aquellos puestos al aire libre, preguntó á Coset* 
te: 

— ¿Hay feria aquí? 

— No, señor; es Navidad. 

Cuando estuvieron cerca de la posada, Cosette le tocó en el brazo tí» 
mi da mente: 
* — ¿Señor? 

— ¿Qué hay, hija mía? 

— Enseguida estaremos en la casa. 

—¿Y qué? 

— ¿Que si queréis dejarme otra vez el cubo? 

— ¿Por qué? 

— Porque si viese el ama que me lo han traído, me pegaría. 

El hombre le devolvió el cubo. Un instante después estaban á la puer- 
ta del bodegón. 






DESAGRADO EN RECIBIR, ETC. 347 



VIII 
Desagrado en recibir en casa un pobre que tal vez sea un rico. 

Cosette no pudo evitar una mirada oblicua hacia la muñeca grande 
que continuaba expuesta en la tienda de juguetes, y llamó enseguida. 

Abrióse la puerta; apareció la Thénardier con una vela en la mano. 

— ¡Ah! ¡eres tú, holgazana! ¡Gracias á Dios! ¡Pues no has malgasta- 
do el tiempo que digamos! ¡Se. habrá estado divertiendo la sinvergüenza! 

— Señora, — dijo Cosette temblorosa, — aquí hay un señor que desea 
hospedaje. 

La Thénardier reemplazó enseguida su expresión hocicuda por una 
mueca amable, cambio tan visible como propio de posaderos, buscando 
ávidamente con la mirada al recien llegado. 

— ¿Es este señor? — dijo ella. 

— Sí, señora, — respondió el hombre, llevándose la mano al som- 
brero. 

Los viajeros ricos no son tan corteses. Este* ademán, y la inspección 
del traje y equipaje del forastero, á que la Thénardier pasó revista de 
una ojeada, borraron la expresión amable de su gesto, y volviendo á po- 
ner la cara hocicuda, replicó entonces secamente: 

— Entrad, buen hombre. 

Entró el «buen hombre.» La Thénardier le echó una segunda mira- 
da, examinó particularmente su levita raída por completo, y su sombre- 
ro algún tanto abobado, y consultó con un movimiento de cabeza, un 
fruncimiento de nariz y un guiño de ojos á su marido, quien continuaba 
bebiendo con los tragineros. El marido respondió con aquella impercep- 
tible agitación del índice, que unida ai huecamiento de los labios, sig- 
nificaba entonces: «pobre de solemnidad.» Partiendo de este supuesto,, 
dijo la Thénardier: 

— Buen hombre, aunque lo siento mucho, no hay cuarto disponible. 

— Ponedme donde queráis.— dijo el hombre; — en el granero ó en la 
cuadra. Pagaré como si me dierais cuarto. 

— Cuarenta sueldos. 

— ¿Cuarenta sueldos? Bien. 

— Corriente. 

— ¡Cuarenta sueldos! — dijo por lo bajo un traginero á la Thénardier. 
— ¡Sí. no son mas que veinte! 

— Cuarent i para él, — replicó la Thénardier en el mismo tono. — Yo no 
, admito pobres á menos precio. 

— Es verdad, — añadió el marido con dulzura, — es un perjuicio para 
los establecimientos el recibir gente de esta cía e. 

Entre tanto el hombre, después de haber dejado sobre un banco su 
envoltorio y su bastón, se había sentado á una mesa sobre la que Co- 
sette se había apresurado á poner una botella de vino y un vaso. El 



348 LOS MISERABLES 



mercader que había pedido el cubo de agua se lo llevó él mismo á su ca- 
ballo. Cosette había vuelto á ocupar su lugar debajo de la mesa de coci- 
na y tomado su calceta. 

El hombre, que apenas había mojado sus labios en el vaso de vino 
que se había servido, contemplaba á la niña con atención particular. 

Cosette era fea. Dichosa, hubiera sido bonita tal vez. 

Hemos ya bosquejado aquella figurita sombría. Cosette estaba flaca 
y descolorida; tenía cerca de ocho años, y apenas aparentaba seis. Sus 
grandes ojos, hundidos en una especie de sombra, estaban casi apaga- 
dos á fuerza de llorar. Lqg extremos de su boca tenían esa especie de 
curvatura de la angustia habitual, que se advierte en los condenados y 
en los enfermos deshauciados. Sus manos estaban, como había adivina- 
do su madre, «perdidas de sabañones.» El fuego que la iluminaba en 
aquel momento hacía resaltar los ángulos de sus huesos, y ponía horri- 
blemente de manifiesto su demacración. Como siempre estaba tiritando 
de frío, había tomado la costumbre de apretar las rodillas una contra 
otra. Todo su vestido nó era mas que un harapo, que hubiera dado lás- 
tima en verano y horrorizaba en invierno. No tenía sobre sí mas que 
ropa agujereada, ni siquiera un mal pañuelo de lana. Se le veía la piel 
por varias partes, distinguiéndose en muchas de ellas manchas azules 6 
negras que indicaban los sitios donde la Thénardier la había golpeado. 
Sus piernas desnudas eran delgadísimas y amoratadas. Lo hundido de 
sus clavículas hacía llorar. Toda la persona de aquella criatura, su por- 
te, su actitud, el sonido de su voz, los intervalos entre palabra y pala- 
bra, su mirada, su silencio, su gesto mas insignificante expresaban y 
traducían una sola idea: el temor. 

El temor se había posado sobre ella; la cubría, por así decirlo; el te- 
mor la hacía recoger los codos sobre sus caderas, esconder los talones 
debajo la falda, ocupar el menor sitio posible, sin dejarla respirar más 
que lo necesario, convirtiéndola en lo que podría llamarse su vicio cor- 
poral, sin otra variación posible que la de aumentar. Había en el fondo 
de su pupila un rincón sombrío, donde se anidaba el terror. 

Era tal su miedo, que al llegar, mojada y todo como estaba, no se 
había atrevido á ir á secarse al fuego, y se había vuelto silenciosamente 
á su tarea. 

La expresión de la mirada de aquella criatura de ocho añod era de 
ordinario tan triste, y á veces tan trágica, que en ciertos momentos pa- 
recía tener trazas de volverse idiota ó demonio. 

Jamás, hemos dicho, había sabido lo que era rezar; jamás había 
puesto el pié en una iglesia. ¿A.caso tenía tiempo? decía la Thénardier. 

El hombre de la levita amarilla no apartaba los ojos de Cosette. 

De repente la Thénardier, exclamó: 

— ¡A propósito! ¿Y el pan? 



DESAGRADO EX RECIBIR ETC. 349 



Cosette, según su costumbre, cada vez que la Thénardier levanta b 
la voz, salía inmediatamente de debajo de la mesa. 

Habíase olvidado por completo del pan. Recurrió entonces al expe- 
diente sempiterno de los niños asustados. Mintió. 

— Señora, el panadero tenía cerrado. 

— ¡Haber llamado! 

— Ya llamé, señora. 

—¿Y bien? 

— No abrieron. 

— Mañana sabré yo si eso es verdad — dijola Thénardier; — y si mien- 
tes, verás la danza que te espera. Entre tanto, devuélveme la moneda de 
quince sueldos. 

Cosette metió la mano. en el bolsillo del delantal, y se puso verde. La 
moneda de quince sueldos había desaparecido. 

— ¡Ea! — dijo la Thénardier — ¿Me has oído? 

Cosette volvió el bolsillo del revés; no había nada. ¿Qué podía haber- 
se hecho aquel dinero? La pobre criatura no encontraba una palabra 
que contestar. Estaba petrificada. 

— ¿Es que has perdido la moneda de quince sueldos? — dijo aullando 
la Thénardier. — ¿0 es que quieres robármela? 

Al mismo tiempo alargó el brazo hacia el martinete, colgado en el 
rincón de la chimenea. 

Este ademán amenazador, dio á Cosette fuerzas para gritar: 

— ¡Perdón, señora! ¡Señora, no lo volveré á hacer! 

La Thénardier descolgó el martinete. 

Entre tanto el hombre de la levita amarrilla había metido los dedos 
en el bolsillo de su chaleco, sin que nadie hubiese advertido este movi- 
miento. 

Por otra parte, los demás viajeros bebían ó jugaban á las cartas, sin 
fijarse en nada más. 

Cosette haciéndose un ovillo, llena de angustias en el rincón de la 
chimenea, procuraba encoger y esconder sus pobres miembros casi des- 
nudos. La Thénardier levantó el brazo. 

— Permitidme, señora, — dijo el hombre; — pero acabo de ver una cosa 
que ha caído del bolsillo del delantal de esa niña, y que ha rodado. 
Puede que sea esto. 

Y así diciendo, se bajó, é hizo ademán de buscar por el suelo un 
instante. 

— Aquí está precisamente, — añadió levantándose. 

Y entregó una moneda de plata á la Thénardier. 
— Sí, esta es, — dijo ella. 

No era tal, porque era una pieza de veinte sueldos, pero la Thénar- 
dier salía beneficiosa. Guardó, pues, la moneda en su faltriquera, y se 
contentó con lanzar una mirada feroz á la pobre muchacha, diciéndola: 



350 LOS MISERABLES 



t 



— ¡Cuidado con que te vuelva á suceder! 

Cosette volvió á entrar en lo que la Thénardier llamaba «su nieto,» 
y sus grandes ojos, fijos en el desconocido viajero, comenzaron á tomar .. 

una expresión que nunca había tenido. No era más que ún horrible | 

asombro, al cual se mezclaba una especie de confianza estupefacta. * 

— A propósito, ¿queréis cenar? — preguntó la Thénardier al viajera. 

Este no respondió. Parecía meditar profundamente. 

— ¿Quién será este hombre? — dijo ella entre dientes. — Algún pobre as- 
queroso. No tiene de seguro con que cenar. ¿Me pagará siquiera la posa- 
da? Gracias que se le haya ocurrido la idea de robar el dinero que esta- 
ba en el suelo. 

Eutre tanto se había abierto una puerta, y habían entrado Eponine 
y Azelma. 

Eran en verdad, dos hermosas niñas, que más parecían señoritas que 
lugareñas, muy graciosilla? ; una con sus trenzas color de castaña, muy 
lustrosas, y otra con sus largos cabellos negros, que le caían sobre la es- 
palda, las dos vivarachas, aseadas, gorditas, frescas y sanas, que 'daba 
gusto el verlas. Vestían ambas ropas de abrigo, pero con tanto arte ma- 
ternal, que lo grueso de la tela no quitaba nada á la coquetería del con- 
junto. Ettaba previsto el invierno sin que desapareciera la primavera. 
Ambas criaturas irradiaban. Además eran reinas. En su tocado, en su 
alegría, en el ruido que hacían, tenían algo de soberanas. 

. Cuando entraron, la Thénardier les dijo en tono de desagrado,- lleno 
de adoración: — ¡Ah! ¿sois vosotras? 

Después, colocándolas entre sus rodillas una después de otra, acari- 
ciando sus cabellos, rehaciendo sus lazos, y dejándolas luego con la tier- 
na manera de soltar, propia de las madres, exclamó: 

— ¡Vais de cualquier manera! 

Fueron á sentarse junto al hogar. Tenían una muñeca que volvían y 
revolvían sobre sus rodillas entre diversos y alegres arrullos. De cuando 
en cuando, Cosette desviaba los ojos de su calceta y mirábalas jugar con 
aire triste. 

Eponine y Azelma no se fijaban para nada en Cosette. Era para ellas 
como el perro. Las tres criaturas, que no sumaban en junto veinticuatro 
años, representaban ya toda la sociedad humana: por una parte la en- 
vidia, por otra el desden. 

La muñeca de las hermanas Thénardier estaba muy estropeada, su- 
cia y rota; pero no por eso dejaba de parecer admirable á Cosette, quien 
en su vida había tenido una muñeca, una verdadera muñeca, para ser- 
virnos de una frase que todos los niños comprenderán. 

De pronto, la Thénardier, que continuaba yendo y viniendo por la 
sala, advirtió que Cosette se distraía, y que en vez de trabaja^ se ocu- 
paba de las niñas que estaban jugando. 



DESAGRADO ÉN RECIBIR, ETC. 351 



— ¡Ah! j Ya te estoy riendo yo ahora!— exclamó ella. — ¿Es así como 
tú trabajas? Ya te haré yo trabajar zurrándote. 

£1 forastero sin levantarse de la silla, se volvió hacia la Thénardier, 
y sonriendo, con un aire casi temeroso, la dijo: 

— ¡Vaya! ¡Dejadla que juegue! 

De parte de cualquier otro viajero que hubiese estado comiendo una 
ración de carne y bebiendo dos botellas para cenar, y que no hubiese 
tenido aquel aire de pobre asqueroso, semejante ruego habría sido una 
orden. Pero un hombre que tenía aquel sombrero se permitiese tener un 
deseo, y que un hombre que vestía aquella levita se permitiese manifes- 
tar una voluntad, era cosa que la Thénardier no creía deber tolerar. Re-, 
plicó pues agriamente: 

— Es preciso que trabaje, puesto que come. Yo no la mantengo para 
que no haga nada. 

— ¿Y qué es lo que está haciendo? — repuso el forastero con esa voz 
dulce que contrastaba extrañamente con su aspecto de mendigo y sus 
hombros de cargador. 

La Thénardier se dignó contestar: 

— Medias, señor. Medias para mis niñas, que no tienen como quien 
dice, y que van á quedarse con los pies desnudos. 

El hombre miró los pies amoratados de la pobre Cossette, y con* 
tinuó: 

— ¿Y cuando habrá concluido esas medias? 

— Tiene lo menos para tres ó cuatro días, la perezosa. 

— ¿Y cuanto puede valer ese par de medias una vez concluido? 

La Thénardier le dirigió una mirada despreciativa .- 

•VTreinta sueldos al menos. 

— ¿Lo daríais por cinco francos? — repuso el hombre. 

— ¡Pardiez! — exclamó dando una risotada cierto traginero que esta- 
ba oyendo. — ¡Cinco francos! ¡ya lo creo! ¡pues no que no! ¡Cinco pi- 
lustras. 

Thénardier creyó deber tomar la palabra. 

— Sí, señor, si es ello un capricho, os daré el par de medias por cin- 
co francos. Nosotros no sabemos negar nada á los viajeros. 

— Pero sería preciso pagar enseguida, — dijo la Thénardier con su 
manera breve y perentoria. 

— Compro ese par de medias, — respondió el hombre, — y... — añadió 
sacando del bolsillo una moneda de cinco francos que puso sobre la 
mesa, — lo pago. 

Después se volvió hacia Cosette: 

— Anda á jugar, chiquilla, tu trabajo corre de mi cuenta. 

El traginero se conmovió tanto ai ver la moneda, que dejó su vaso 
adelantándose á recogerla. 



352 LOS MISERABLES 



— ¡Y es verdad!— exclamó examinándola. — ¡Una verdadera rueda 
trasera! ¡Y que no es falsa! 

Thénardier se acercó y guardó silenciosamente la moneda en su bol- 
sillo. 

La Thénardier no teniendo nada que replicar, se mordió los labios. 
Su rostro tomó una expresión de odio. 

Sin embargo, Cosette temblaba. Aventuróse á preguntar: 

— Señora, ¿es esto verdad? ¿Puedo ir á jugar? 

— ¡Juega! — dijo la Thénardier con voz terrible. 

— Gracias, señora, — dijo Cosette. 

Y mientras su boca daba gracias á la Thénardier, toda su alma in- 
fantil se las daba al viajero. 

Thénardier había vuelto á ponerse á beber. Su mujer le dijo al oído: 

— ¿Quién sabe lo que puede ser, tal vez, este hombre amarillo? 

— He visto, — respondió .en tono soberano Thénardier, — millonarios 
vistiendo levitas como la suya. 

Cosette había dejado su media, pero no había salido de su .sitio. Mo- 
víase siempre lo menos posible. Tomó de una caja detrás de ella algunos 
trapos viejos y su pequeño sable de plomo. 

Eponine y Azelma no prestaban la menor atención á lo que pasaba. 
Acababan de ejecutar una operación muy importante; se habían apode- 
rado del gato. Habían arrojado su muñeca al suelo, y Eponine, que era 
la mayor, fajaba al gatito, á pesar de sus mahullidos y contorsiones, <son 
una porción de retazos y harapos encarnados y azules. Mientras hacía 
esta obra grave y difícil, la decía á su hermana en ese lenguaje dulce y 
adorable de las criaturas, cuya gracia, semejante al explendor de las 
alas de una mariposa, se pierde cuando se la quiere fijar: ^ 

— Yes, hermanita mía, esta muñeca es más divertida que la otra. Se 
mueve, chilla, tiene calor. ¿Quieres, hermanita, que juguemos con ella? 
Esta sería mi hijita. Yo sería una señora. Yo vendría á verte, y tú la 
mirarías. Poco á poco verías sus bigotes, y esto te admiraría. Y luego 
le verías las orejas, y luego la cola; y esto te asombraría. Y tú me di 
rías ¡Ay! ¡Dios mío!.... Y yo te diría: Si, señora; es una hijita que yo 
tengo, y así es mi hijita. Todas las niñas pequeñas son así ahora. 

Azelma escuchaba á Eponine toda admirada. 

Entretanto, los bebedores se habían puesto á cantar una canción- obs- 
cena, con la que reían hasta hacer temblar el techo. Thénardier les ani- 
maba y acompañaba. 

Así como los pájaros hacen con todo su nido, las criaturas hacen 
una muñeca con lo primero que les viene á mano. Mientras Eponine y 
Azelma envolvían al gato, Cosette por su parte había envuelto el sable, 
hecho lo cual, hacía como que quería dormirle en sus brazos y cantaba 
para ello dulcemente. 

La muñeca es una de las necesidades más imperiosas y al mismo 



DESAGRADO EN RECIBIR, ETC. 353 



tiempo uno de los más bellos instintos de la infancia femenina. Cuidar, 
levantar, adornar, vestir, desnudar, volver á vestir, enseñar, regañar 
un poco, mecer, mimar, hacer dormir, figurarse que algo es alguien: 
ahí está todo el porvtnir de la mujer. Así fantaseando y charlando, ha- 
ciendo pequeños ajuares, pañalitos y mantillitas, cosiendo vestidos, y 
chambritas, la niña se vuelve jorvencita, la jovencita llega á joven casa- 
dera, la joven casadera se trueca en mujer casada. El primer hijo es la 
continuación de la última muñeca. 

Una niña sin muñeca, es casi tan desgraciada y tan imposible, como 
una mujer sin hijos. 

Cosette se había hecho, pues, una muñeca con el sable. 

La Thénardier se había acercado al hombre amarillo. Mi marido 
tiene razón, pensaba ella; quién sabe si es el señor Laffitte. ¡Hay ricos tan 
especiales! 

Llegóse hasta apoyar los codos en su mesa. 

— Señor, — le dijo. 

Al oír la palabra señor ¡ volvióse el hombre. La Thénardier no le ha- 
bía llamado todavía más que buen hombre. 

— Ya veis, señor, — prosiguió ella, tomando su aire meloso, que era 
más repugnante aún que su aire ferofc; — yo gusto también de que la niña 
juegue, no me opongo; pero esto es bueno para una vez, porque vos sois 
generoso. Ya veis, como no tiene nada, y es preciso que trabaje: 

— ¿Entonces esta niña no es hija vuestra? — preguntó el hombre. 

— ¡Oh! ¡Dios mío! No señor. Es una pobrecilla que hemos recogido 
por caridad, especie de criatura imbécil. Yo creo que tiene agua en la 
cabeza; pues tiene, como veis, la cabeza gorda. Hacemos por ella todo 
lo que podemos, pues no somos ricos. Hemos escrito á su país, y en más 
de seis meses nadie nos contesta. Hemos de creer que su madre habrá 
muerto. 

— ¡Ah! — exclamó el hombre volviendo á su ensimismamiento. 

— Valía su madre bien poca cosa, — añadió la Thénardier. — ¡Eso de 
abandonar á su hija! 

Durante toda esta conversación, Cosette, como si por instinto hubie- 
se adivinado que hablaban de ella, no había apartado los ojos de la Thé- 
nardier. Escuchaba vagamente.* Entendía algunas frases sueltas. 

Entretanto los bebedores, casi todos borrachos, repetían su estribillo 
inmundo con mayor algazara y alegría. Era una canción licenciosa de 
color muy subido, en que andaban mezclados la Virgen y el niño Jesús. 
La Thénardier había ido á tomar su parte en las risotadas. Cosette, de- 
bajo de la mesa, contemplando el fuego que se reverberaba en su mira- 
da fija, había vuelto á mecer la especie de muñeca que había hecho, y 
mientras le iba meciendo cantaba en voz bajít: ¡Mi madre ha muerto! 
¡Mi madre ha muerto I ¡Mi madre ha muerto! 

TOMO 23 



354 LOS MISERABLES 



1 



A las muchas instancias de la patrona, el hombre amarillo, «el mir 
llonario,> consintió finalmente en cenar. 

— ¿Qué quiere tomar el señor? 

— Pan y queso, — dijo el hombre. 

— Decididamente, es un miserable, — pensó la Thénardier. 

Los borrachos continuaban entonando su canción, y la niña, debaja 
de la mesa, seguía también cantando la suya. 

De repente dejó Cosette de cantar. Acababa de volverse y ver en el 
suelo la muñeca de las hijas de Thénardier, que la habían dejado por 
jugar con *A gato, y estaba á pocos pasos de la mesa de cocina. 

Entonces ella dejó caer el sable fajado, que sólo la satisfacía á me- 
dias, y paseó lentamente la mirada en derredor de la sala. La Thénar- 
dier hablaba bajo con su marido, contando dinero; Éponine y Azelma 
jugaban con el gato, los viajeros comían, ó bebían, ó cantaban; ningu- 
na mirada estaba fija en ella. No había momento que perder. Salió de 
debajo de la mesa arrastrándose sobre las rodillas y las manos, cercio- 
róse tra vez aún de que nadie la espiaba, deslizándose luego vivamente 
hasta la muñeca y la cogió. Un momento después se encontraba en su 
sitio, sentada, inmóvil, vuelta únicamente de modo que hiciese sombra 
sobre la muñeca, que tenía en sus brazos. Aquella felicidad de jugar con 
una muñeca era, en verdad, tan rara para ella, que encerraba toda la 
violencia de un deleite. 

Nadie la había visto, excepción hecha del viajero, que comía lenta- 
mente su frugal cena. 

Aquella felicidad duró cerca de un cuarto de hora. 

Pero por mucha precaución que tuviera Cosette, no advirtió que uno 
de los pies de la muñeca sobresalía, y que el fuego de la chimenea le 
alumbraba con toda claridad. Aquel pié rosado y brillante que salía de 
la sombra, atrajo de repente la mirada de Afeelma, quien dijo á Éponine: 
— ¡Mira, hermana mía! 

Las dos chiquillas se quedaron paradas, estupefactas: ¡Cosette se ha- 
bía atrevido á coger la muñeca! 

Éponine se levantó, y sin soltar el gatito, se fué hacia su madre y 
empezó á tirarla de la falda. 

— ¡Déjame, hija! — dijo la madre. — ¿Qué quieres? 

— ¡Mira! — dijo la niña, — ¿no ves? 

T señalaba con el dedo á Cosette. 

Cosette, entregada completamente á los éxtasis de su posesión, nc 
veía ni oía nada. 

El rostro de la Thénardier tomó esa expresión particular que se com- 
pone de lo terrible mezclado á las fruslerías de la vida, y que hace que > 
se designe á esa especie de mujeres con el nombre de «megeras.» £ 

Esta vez, el orgullo herido exasperaba doblemente su cólera. Cosette f 
había traspasado todos los límites; Cosette había atentado á la muñeca 



DESAGRADO EN RECIBIR, ETC. 355 



de «aquellas señoritas. » Una czarina viendo á un mongick probándose 
el gran cordón azul de su imperial hijo, no hubiera puesto otra cara. 

Gritóle pues con voz enronquecida por la indignación: 
— ¡Cosette! 

Cosette, temblando como si la tierra se hubiese abierto debajo de 
•ella, volvió la cabeza. 

— ¡Cosette! — repitió la Thénardier. 

Cosette tomó la muñeca y la puso suavemente en el suelo con cierta 
veneración mezclada de dolor. Y entonces, sin apartar de ella los ojos 
juntó las manos, y horror causa el decirlo tratándose de una niña de su 
edad, se las retorció; después, lo que no había podido arrancarle ningu- 
na de las emociones de aquel día: ni la ida al bosque, ni el peso del cubo 
de agua, ni la pérdida del dinero, ni la vista del martinete, ni aún las 
«ombrías pa' abras que había oído decir ala Thénardier... lloró. Kompió 
Á llorar. 

Eatretanto, el viajero se había levantado. 

— ¿Qué es ello? — dijo á la Thénardier. 

— ¿No lo veis? — dijo la Thénardier señalando con el dedo el cuerpo 
<lel delito, que yacía á los pies de Cosette. 

— Sí: ¿y qué? — repuso el hombre. 

— ¡Esa miserable que se ha permitido tocar á la muñeca de mis hijas! 

— ¡Tanto ruido para eso! ¿Y aún cuando hubiera jugado con la 
muñeca? 

— ¡La ha tocado con sus manos sucias! — prosiguió la Thénardier. — 
l Con sus asquerosas manos! 

Aquí Cosette redobló su llanto. 

— ¡Quieres callar! — gritó la Thénardier. 

El hombre se dirigió á la puerta de la calle, abrióla y salió. 

En cuanto hubo salido, aprovechó la Thénardier su ausencia para 
dar por debajo de la mesa, un tremendo puntapié á la pobre Cosette, 
<jue la hizo levantar aún más el grito. 

Abrióse nuevamente la puerta, y apareció otra vez el hombre, lle- 
vando entre sus manos la muñeca fabulosa de que hemos hablado, y que 
todos los chiquillos del pueblo habían estado contemplando desde por la 
mañana y poniéndola de pié junto á Cosette, díjoie: f 

— Tómala, para tí. 

Es de creer que durante la hora que hacía que estaba allí, en medio 
de sus meditaciones, debió haber notado confusamente aquel puesto de 
juguetes alumbrado con velas y candilejas, tan expléndidamente, que 
aparecía á través de los vidrios de la taberna, como una iluminación. 

Cosette levantó los ojos, había visto al hombre ir hacia ella con aque- 
lla muñeca como si hubiese visto venir al sol, oyó aquellas palabras 
inauditas: Para tí; le miró, miró á la muñeca, retrocediendo luego poco 



356 LOS MISERABLES 



á poco fué á esconderse al último extremo debajo de la mesa en el rin- 
cón de la pared. 

Ya no lloraba, ni gritaba; pero tenía el aire de no atreverse á respirar- 
La Thénardier, Éponine y Azelma, eran otras tantas estatuas. Lo» 
mismos bebedores se habían suspendido. Reinó ijn silencio solemnísimo 
en todo el bodegón. 

La Thénardier, petrificada y muda, volvía de nuevo á sus conjetu- 
ras: ¿Quién será este viejo? ¿Un pobre? ¿un millonario? Quizá sea amba» 
cosas, es decir: un ladrón. 

La cara del tabernero Thénardier presentó aquella expresiva arruga 
que acentúa la expresión humana cada vez que el instinto dominante 
aparece en ella con todo su brutal poder. El tabernero se fijaba alterna- 
tivamente en la muñeca y en el viajero; parecíale olfatear en aquel hom- 
bre algo como de cuando se olfatea una talega de dinero. Esto sólo duró 
lo que un relámpago. Acercóse á su mujer, diciéndole por lo bajo: 

— E*a mecánica cuesta lo menos treinta francos. Nada de tonterías» 
¡Es preciso humillarse ante ese hombre! 

Las naturalezas groseras se asemejan á las naturalezas sencillas ei> 
qu. no hay en ellas transiciones. 

— Y bien, Cosette, — dijo la Thénardier con cierto acento que quería 
ser dulce y que se componía sencillamente de esa aniel agria propia de 
las mujeres perversas, — ¿no tomas tu muñeca? 
Cosette se arriesgó á salir de su escondite. 

Mi querida niña, — repuso la Thénardier con ademán cariñoso,— este 
señor te regala la muñeca. Tómala. Es tuya. 

Cosette consideraba la muñeca maravillosa con cierta especie déte* 
ríror. Su rostro estaba todavía inundado de lágrimas, pero sus ojos em- 
pezaban á llenarse, como el cielo en el crepúsculo de la mañana, de las 
extrañas irradiaciones de la alegría. Lo que ella experimentaba en aquel 
momento era bastante parecido á lo que hubiera sentido si le hubiesen 
dicho de improviso: «Muchacha, eres la reina de Francia.» 

Parecíale que si tocaba á aquella muñeca saldría de ella el trueno. 
Lo que era Verdad hasta cierto punto, porque ella pensaba que la 
Thénardier regañaría y la pegaría. 

Sin embargo, la atracción pudo más. Acabó por acercarse, y mur- 
muró tímidamente dirigiéndose á la Thénardier. 
— ¿Es verdad que puedo, señora? 

Ninguna expresión alcanzaría á pintar aquel ademán de desespera- 
ción i de espanto y de arrebato á un tiempo. 

— ¡Pardiez!— dijo la Thénardier.— ¡Si es tuya, puesto que el señor te 
la regala! 

— ¿De veras, señor?— preguntó Cosette.— ¿Es ello verdad? ¿La señora 
es mía? 

El forastero parecía tener los ojos arrasados en lágrimas. Parecía ha* 



DESAGRADO EN RECIBIR, ETC. 357 



f>er llegado á aquel punto de emoción en que hablamos para no llorar. 
Hizo un sigíio afirmativo de cabeza dirigiéndose á Cose t te, y puso la 
mano de «la señora» en sus manecitas. 

Cosette retiró vivamente su mano como si la de la señora la quema» 
«e, y fijó los ojos en el suelo. 

Estamos obligados á añadir que en aquel instante sacaba la lengua 
de un modo desmesurado. 

Volvióse de repente, y cogiendo la muñeca con violencia: 

— La llamaré Catalina, — dijo. 

Fué un gran momento aquel en que los harapos de Cosette tropeza- 
ron y estrecharon las cintas y espléndidas muselinas de color de rosa de 
la muñeca. 

— Señora, — preguntó ella, — ¿puedo ponerla sobre una silla? 

— Sí, hija mía, — respondió la Thénardier. 

Ahora eran Eponine y Azelma las que miraban á Cosette con envidia.. 

Cosette puso á Catalina sobre una silla, después sentóse en el suelo 
delante de ella, y permaneció inmóvil, sin decir palabra, en actitud 
contemplativa. 

— Juega, pues, Cosette, — dijo el forastero. 

— ¡Oh! Ya estoy jugando, — respondió la niña. 

Aquel forastero, aquel desconocido que tenía el aspecto de una visita 
•que la Providencia hacía á Cosette, era en aquel momento lo que la Thé- 
nardier aborrecía más en este mundo. ]S[o obstante, le era preciso conte- 
nerse, por más que fuesen aquellas emociones mayores que las que podía 
soportar, por acostumbrada que estuviese al disimulo, procurando co- 
piar á su marido en todas sus acciones. Apresuróse á enviar sus hijas á 
acostarse; después pidió permiso al hombre amarillo para enviar tam- 
bién á Cosette, que se había cansado mucho aquel dia> añadió con aire 
maternal. Cosette se fué á acostar, llevando su Catalina en brazos. 

La Thénardier iba á cada instante al otro extremo de la sala, donde 
-estaba su marido, para ensanchar el espíritu, decía ella. Cambiaba con 
«él algunas palabras, tanto más furiosas cuanto que no se atrevía á ex* 
presarlas- en alta voz. 

— ¡Maldito viejo! ¿Qué capricho le ha dado? ¡Venir aquí á enredar! 
j Querer que juegue ese pequeño monstruo! ¡Darle muñecas! ¡Regalar 
muñecas de cuarenta francos á una perra que yo vendería en cuarenta 
sueldos! ¡A poco más, la llama c vuestra majestad» como á la duquesa 
-de Berry! ¿Dónde tendrá el juicio? ¡De por fuerza debe estar loco este 
viejo misterioso! 

— ¿Y porqué? Es muy sencillo, — replicábale el marido. — ¡Si eso le 
•divierte! A tí te divierte que la niña trabaje, y á él le divierte que jue- 
gue. Está en su derecho. Un viajero hace lo que quiere cuando paga. Si 
«ese viejo es un filántropo, ¿qué te importa? Si es un imbécil, no es cosa 
4}ue te incumba; ¿de qué te quejas ya que tiene dinero? 



358 LOS MISERABLES 




Lenguaje de amo y razonamiento de posadero, que no admitían ré- 
plica uno ni otro. 

El hombre se había puesto de codos sobre la mesa, y había vuelto á 
cu actitud meditabunda. Todos los demás viajeros, mercaderes y tragi- 
neros se habían separado un poco, y ya no cantaban. Observábanle 4 
cierta distancia, con una especie de temor respetuoso. Aquel particular 
tan pobremente vestido, que sacaba de su bolsillo las ruedas traseras 
con tanta facilidad, y que prodigaba muñecas gigantescas á niñas an- 
drajosas, era ciertamente un buen hombre magnífico y temible. 

Papáronse algunas horas. La misa de media noche se había celebra- 
do ya; la Noche-buena había concluido, los bebedores se habían ido, la 
posada estaba cerrada, la sala baja desierta; el fuego apagado, y el fo- 
rastero continuaba siempre en el mismo sitio y en la misma actitud. De 
cuando en cuando cambiaba el codo en el cual se apoyaba, nada más» 
Pero no había vuelto á decir una palabra desde que Cosette se había ido. 
Los dos Thénardier solamente, por cumplido y curiosidad, continua- 
ban en la sala. 

— ¿Es capaz de pasar así la noche? — gruñía entre dientes la mujerv 
Pero al oír que daban las dos, se dio por vencida y dijo'á su marido:: 
— Me voy á acostar. Haz lo que quieras. 

El marido se sentó en un rincón junto á una mesa, encendió una 
vela, y se puso á leer el Correo francés. 

Pasóse así una hora larga. El digno posadero había leído á lo meno» 
tres veces el periódico, desde la fecha del número hasta el nombre del 
impresor. El forastero no se movía. 

Thénardier se revolvía, tosía, escupía, sonóse dos ó tres veces, hizo 
ruido con la silla, y á todo eso el forastero sin hacer el menor movi- 
miento. — ¿Estará dormido? — pensó Thénardier. El hombre no dormía; 
pero nada podía despertarle. 

En fio, Thénardier, después de descubrirse, se le acercó suavemente, 
y se permitió decir: 

— ¿El señor no va á descansar? 

No va á acostarse habría aparecido excesivamente familiar. Des- 
cansar sabía á lujo; y mostraba respeto. Semejantes palabras tienen la 
propiedad misteriosa y admirable de aumentar al día siguiente la cuenta 
de gastos. Un cuarto en que uno se acuesta, cuesta veinte sueldos; un 
cuarto en que uno descansa^ cuesta veinte francos. 

— ¡Calle! — dijo el forastero. — Tenéis razón. ¿Dónde está la cuadra? 

— ¡Señor! — exclamó Thénardier sonriendo. — Voy á acompañaros. 

Tomó Thénardier el candelero, y el hombre su lío y su bastón; y el 

posadero condujo al huésped á un cuarto en el piso principal, expléndi- 

damente alhajado, con muebles de caoba, cama, esquife y colgaduras» 

de percal encarnado. 

— ¿Qué significa esto? — preguntó el viajero. 



DESAGRADO EN RECIBIR, ETC. 359 



— Es nuestra cámara nupcial, — dijo el posadero. — Ocupamos otra mi 
esposa y yo., Aquí no entramos más que tres ó cuatro veces ai año. 

— Habría estado mejor en la cuadra, — dijo el forastero bruscamente. 

Thénardier hizo como que no entendía aquella reflexión poco lison- 
jera. 

Encendió dos bujías de cera sin estrenar, quq figuraban sobre la chi- 
menea. Un magnífico fuego ardía en el hogar. * 

Sobre la repisa de la misma chimenea, bajo un fanal, había un ador- 
no de cabeza de mujer de hilo de plata y flores de azahar. 

— Y esto — ¿qué significa? — repuso el viajero. 

— Señor, — dijo Thénardier, — el sombrero de boda de mi mujer. 

El viajero miró el objeto con una mirada que parecía decir: ¿Ha ha- 
bido pues, un momento en que ese monstruo fué una virgen? 

Por lo demás, Thénardier mentía. Cuando tomó en arrendamiento 
aquella casucha para convertirla en figón, había encontrado aquél cuar- 
to alhajado así, y había comprado los muebles y las flores de azahar, 
pensando que aquello prestaría cierta sombra de gracia á «su esposa,» 
de lo que resultaría, para el establecimiento, lo que los ingleses llaman 
respetabilidad. 

Cuando el viajero se volvió, el posadero había desaparecido. Habíase 
eclipsado discretamente, sin atreverse á dar las buenas noches, no que 
riendo tratar con cordialidad irrespetuosa á un hombre á quien se pro- 
ponía desollar regiamente á la mañana siguiente. 

Thénardier se retiró. á su cuarto. Su mujer estaba ya acostada; pero 
no dormía. Cuando oyó los pasos de su marido, volvióse y le dijo: 

— ¿Sabes que mañana pongo á Cosette en medio de la calle? 

Thénardier respondió fríamente: 

— ¡Cómo te alteras! 

No cambiaron otras palabras, y algunos instantes después estaba 
ap»g«Ul.ta. 

Por su parte, el viajero había dejado en un rincón su palo y su pa- 
quete. Fuera ya el hostelero, sentóse en un sillón, y permaneció algún 
tiempo pensativo. Quitóse después los zapatps, tomó una de las dos bujías, 
sopló la otra, empujó la puerta y salió del coarto, mirando en torno suyo 
como quien busca algo. Atravesó un corredor, y llegó á la escalera. Allí 
oyó un ligerísimo ruido que parecía la respiración de una criatura. De-, 
jóse conducir por aquel ruido, y se encontró en una especie de hueco 
triangular abierto debajo de la escalera, ó por mejor decir, formado por 
la escalera misma. Este hueco no era otra cosa que la parte inferior del 
armazón que sostenía los escalones. "Allí, en medio de toda clase de ces- 
tos, trastos viejos y rotos, entre el polvo y las telarañas, había un lecho, 
si es que puede llamarse así un jergón agujereado hasta descubrir la 
paja, y una manta agujereada hasta descubrir el jergón. Nada de sába- 



360 LOS MISERABLES 



ñas. Esto tendido en tierra sobre los ladrillos. En este lecho dormía Co- 
sette con su señora. 

El hombre se acercó y la contempló. 

Cosette dormía profundamente; estaba vestida del todo. En invierno 
no se desnudaba para no tener frío. 

Tenía abrazada contra su corazón su muñeca, cuyos grandes ojos 
abiertos, brillaban en la obscuridad. De cuando. en cuando lanzaba pro- 
fundos suspiros como si fuera á despertarse, y apretaba la muñeca entre 
sus brazos, casi convulsivamente. No tenía al lado de bu cama más que 
uno de sus zuecos. 

Una puerta abierta junto al desván de Cosette dejaba ver un cuarto 
.obscuro, bastante grande. El forastero entró.. En el fondo, al través de 
una puerta vidriera, veíanse dos camitas iguales, blancas y limpias. 
Eran las de' Azelma y Eponine. Detrás de ambas camas, se medio ocul- 
taba una cuna de mimbre sin cortinas, donde dormía el chiquillo que 
había estado llorando toda la noche. 

El forastero conjeturó que este cuarto comunicaba con el de los es- 
posos Thénardier. Iba á retirarse, cuando su mirada reparó en la chi- 
menea; una de esas vastas chimeneas de posada donde hay siempre tan 
poco fuego, cuando le hay, y que dan frío al verlas. No había fuego en 
ella, ni siquiera ceniza; pero sí algo que llamó la atención del viajero. 
Eran dos zapatitos de criatura de forma elegante y desigual tamaño; 
recordó el viajero la graciosa é inmemorial costumbre de los niños, que 
colocan mi calzado en la chimenea la víspera de Navidad para esperar 
allí en las tinieblas algún brillante regalo de su hada buena. Eponine y 
Azelma no habían faltado á esa costumbre, y habían puesto cada una 
de ellas uno de sus zapatos en la chimenea. 

Inclinóse el viajero. 

La hada, es decir, la madre, había hecho ya su visita, y se veía bri- 
llar en cada zapatito una hermosa moneda de diez sueldos enteramente 
nueva. 

El hombre se levantó de nuevo, é iba ya á salir, cuando distinguió 
en el fondo, aparte, en el rincón más obscuro del hogar, otro objeto. 
Miró y reconoció ser un zueco, un horrible zueco de la madera más co- 
mún, medio roto, y completamente cubierto de ceniza y barro seco. Era 
el zueco de Cosette. Cosette, con aquella tierna confianza de los niños 
que puede ser engañada siempre sin desanimarse jamás, había puesta 
también su zueco en la chimenea. 

Es una Cosa por cierto sublime y dulce, la esperanza en una criatura 
que nunca ha conocido más que la desesperación. 

No había nada en aquel zueco. 

El forastero buscó en el bolsillo del chaleco, se inclinó, y puso en el 
zueco de Cosette un luís de oro. 

Después volvióse á su habitación á paso de lobo. 



THÉNARDIER MANIOBRANDO. 361 



IX 

Thénardier maniobrando 

Al día siguiente por la mañana, dos horas á lo menos antes del alba, 
Thénardier, sentado á una mesa de la sala baja del bodegón , y alambra- 
do por ana vela, estaba arreglando la cuenta del viajero de la levita 
amarilla. 

La mujer, de pié, medio inclinada sobre él, le seguía con los ojos. 
No cruzaban una sola palabra. Por una parte, era aquello una medita- 
ción profunda; por otra, la admiración religiosa con la cual se mira na- 
cer y desarrollarse una maravilla del espíritu humano. Oíase un ruido 
en la casa; era la Alondra que barría la escalera. 

Después de un buen cuarto de hora y algunas raspaduras produjo 
Thénardier esta obra maestra: 

CUENTA DEL SEÑOR DEL NUIL 1 

Cena 8 francos. 

Cuarto 10 » 

Bajías 5 » 

Fuego 4 » 

Servicio 1 » 

Total. . . . 88 » 

Servicio estaba escrito cervisío. 

— ¡Veinte y tres francos! — exclamó la mujer con un entusiasmo mez- 
clado de cierta vacilación. 

Como todos los grandes artistas, Thénardier no estaba satisfecho. 

— ¡Psch! — dijo. 

Era el acento de Castlereagh redactando en el congreso de Viena la 
cuenta que debía pagar la Francia. 

— Señor Thénardier, tienes razón, bien debe eso, — murmuró la mu- 
jer, pensando en la muñeca regalada á Cosette en presencia de sus 
hijas. — Es justó, pero demasiado. No querrá pagarlo. 

Thénardier rióse fríamente, diciendo: 

— Pagará. 

Aquella risa era la significación suprema de la certeza de la autori- 
dad. Lo que estaba dicho debía ser. La mujer no insistió. Púsose en se- 
guida á arreglar las mesas; el marido se paseaba arriba y abajoMe la 
sala. Después de un momento, éste añadió: 

— ¡Y yo debo mil quinientos francos! 

Thénardier fué á sentarse á un rincón de la chimenea meditando, y 
puestos los pies sobre la ceniza caliente. 

— ¡Ah! — repuso la mujer. — No olvides que hoy planto á Cosette en 
la calle. ¡Dichoso monstruo! ¡Se me come el corazón con su muñeca! 
¡Antes me casaría con Luís XVIII, que tenerla un día más en casa! 



362 los Miserables 



El marido encendió su pipa y respondió entre dos bocanadas: 
— Entregarás esta cuenta al hombre. 

Y después salió. 

Apenas, había salido de la sala, cuando entró el viajero. 

Thénardier volvió á aparecer inmediatamente detrás de él, perma- 
neciendo inmóvil en el umbral de la puerta entreabierta, visible única- 
mente para su mujer. 

El hombre amarillo llevaba en la mano su bastón y su lío. 
— ¡Cómo! ¡Levantado tan temprano! — exclamó la Thénardier. — 
¿Acaso nos deja ya el señor? 

Y hablando así daba vueltas con ademán embarazoso á la cuenta que 
tenía entre manos haciéndole pliegues con las uñas. Su rostro duro pre- 
sentaba un$ expresión que no le era habitual, de timidez y escrúpulo. 

Presentar semejante cuenta á un hombre que tenía todas las aparien- 
cias «de un pobre», se le resistía. 

El viajero parecía preocupado y distraído, y respondió: 

— Sí, señora; me voy. 

— El señor, — repuso ella, — ¿no tiene pues negocios en Montfermeü? 

— No, paso sencillamente por aquí. Señora, — añadió, — ¿qué es lo que 
debo? 

La Thénardier, sin responder, le entregó la cuenta doblada. 

El hombre desplegó el papel y le miró: pero su atención estaba visi- 
blemente en otra parte. 

— Señora, — repuso, — ¿hacéis buenos negocios en Montfermeü? 

— Así, así, señor, — contestó la Thénardier estupefacta de no ver otra 
explosión > distinta . 

Y prosiguió ella con acento elegiaco y lastimero: 

— ¡Oh, señor! ¡Los tiempos están muy malos! ¡Y luego, tenemos tan 
pocos burgueses por acá! Todo es gente menuda. ¡Si no viniesen de 
cuando en cuando algunos viajeros generosos y ricos como su merced! 
Tenemos tantas cargas... Ved, esa chiquilla nos cuesta un ojo de la cara. 

— ¿Qué chiquilla? 

— Ya sabéis. ¡La niña! ¡Cosette! ¡La Alondra, como la llaman en el 
lugar! 

— ¡Ah! — exclamó el hombre. 

Ella continuó: 

— ¡Qué bárbaros son estos lugareños con sus apodos! ¡Mejor tiene aire 
de murciélago que de alondra! Ya veis, señor; no pedimos limosna, pero 
no podemos darla. No ganamos nada, y tenemos mucho que pagar. ¡La 
patente, las contribuciones, las puertas y ventanas, los céntimos! ¡Sa- 
béis, señor, que el gobierno pide mucho dinero! Y luego, yo tengo mis 
hijas propias; no he de ir á mantener hijos ágenos. 

El hombre repuso, con aquel acento que se esforzaba en hacer que 
pareciese indiferente, y en el cual había cierto temblor: 



THÉNARDIER MANIOBRANDO 363 



—¿Y si os desembarazase de ella? 

— ¿De quién? ¿De Cosette? 

—Sí. 

La cura colorada y violenta de la tabernera se iluminó con una ex* 
presión repugnante. 

— ¡Ah! ¡Señor, mi buen señor! ¡Tomadla, guardáosla, lleváosla, azu- 
caradla, trufadla, bebéosla, coméosla y andad, bendito de la santísi- 
ma Virgen y de todos los santos del cielo. 

— Está dicho. 

— ¡De veras! ¿Os la lleváis? 

— Me la llevo. 

— ¿Ahora mismo? 

— Ahora mismo. Llamadla. 

— ¡Cosette! — gritó la Thénardier. 

— Entretanto, prosiguió el hombre, voy á pagaros de todas manera» 
mi hospedaje. ¿Cuánto es? 

Dio una mirada á la cuenta y no pudo reprimir un movimiento de 
sorpresa: 

— ¡Veinte y tres francos! 

Miró á la tabernera y repitió: 

— ¿Veinte y tres francos? 

Había en la pronunciación de estas dos palabras así repetidas, el 
acento que separa la admiración del interrogante. 

La Thénardier había tenido tiempo de prepararse para el choque. 
Respondió por lo tanto con aplomo: 

— ¡Oh; sí, señor! Son veinte y tres francos. 

El forastero puso cinco monedas de cinco francos sobre la mesa. 

— Id por la chica, — dijo. 

En este momento Thénardier apareció en medio de la sala, y dijo: 

— El señor debe veinte y seis sueldos. 

— ¡Veinte y seis sueldos! — exclamó la mujer. 

— Veinte sueldos por el cuarto, — repuso fríamente Thénardier, — y 
seis sueldos por la cena. En cuanto á la chica , necesito hablar un poco 
con el señor. Déjanos solos. 

La Thénardier tuvo uno de estos desvanecimientos que deslumhran, 
producidos por los imprevistos destellos del talento. Sintió que el gran 
actor entraba en escena; no replicó una sola palabra y salió. 

En cuanto quedaron solos, Thénardier ofreció una silla al viajero. 
Üste se sentó. Thénardier continuó de pié: su semblante tomó una ex- 
presión de hombría ¿e bien y sencillez. 

— Señor, — dijo, — no puedo negároslo, adoro á esta niña. 

El forastero le miró fijamente: 

— ¿Qué niña? 

Thénardier continuó: 



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rtvívr 364 tos MISERABLES 



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— ¡Es tan picaril la, que cualquiera la toma ley! ¿Que significa todo 
este dinero? Recoged vuestras piezas de cien sueldos. Es una criatura 
por la que estoy apasionado. . 

— ¿Pero quien es? — preguntó el forastero. 

— ¡Quién ha de ser! nuestra pequeña Cosette. ¿No queréis llevárosla? 
Pues bien, os hablo francamente; como sois vos un hombre honrado, no 
puedo consentirlo. Me haría mucha falta esta niña. ¡La he visto tan pe 
queñita! Es verdad que nos cuesta dinero, verdad es que tiene defectos, 
verdad es que no somos ricos, como es verdad que he pagado mas de 
cuatrocientos francos de drogas, ¡solamente para una de sus enfermeda- 
des! Pero algo debemos hacer por Dios; no tiene padre ni madre; yo la 
he criado. Tengo pan para ella y para mí. En fin, estoy encariñado con 
la chiquilla. Comprendereis perfectamente que uno se encariñe; "soy un 
papanatas, es verdad; no sé discurrir; quiero á la chica; mi mujer es vi- 
va de genio, pero también la quiere. Mirad, es ya como hija nuestra. Yo 
necesito oiría hablar en casa. 

El forastero seguía mirándole fijamente. El continuó: 

— Omitid mis razones y perdonad, señor; pero no se da así un hijo al 
primero que pasa. ¿No es verdad que tengo razón? Después de todo digo 
yo que vos sois rico, tenéis las apariencias de un buen sujeto... ¡Si fuera 
para su felicidad! Pero es preciso saber. ¿Entendéis? Supongamos que 
yo la dejara ir y que me sacrificase; querría saber naturalmente adonde 
iba, no querría perderla de vista, para poder verla de cuándo en cuan- 
do, para que supiera que el buen padre que la ha criado velaba por ella. 
En fin, hay cosas que no son posibles. To ni siquiera sé cual es vuestro 
nombre. Os la llevaríais y yo diría: ¡Hola! ¿Y la Alondra? ¿Adonde ha 
ido Cosette? Convendría cuando menos ver algún papel, un pedazo si- 
quiera de vuestro pasaporte, ¡cualquier cosa! 

El forastero, sin dejar de mirarle con aquella mirada que penetra, 
por así decirlo, hasta el fondo de la conciencia, le respondió con acento 
grave y firme: 

— Señor Thénardier, no se saca pasaporte para venir á cinco leguas 
de París. Si me llevo á Cosette, me la llevaré, y nada mas. Vos no sa- 
bréis mi nombre, ni sabréis mi domicilio, ni donde está, y mi intención 
es que no vuelva á veros en toda su vida. Yo rompo la cuerda que lleva 
atada al pié, y ella se va. ¿Os conviene esto? ¿Sí, ó no?... 

Así como los demonios y los genios reconocían por ciertos signos la 
presencia de un Dios superior, Thénardier comprendió de igual manera 
que tenía que habérselas con alguien muy fuerte. Esto fué como por in- 
tuición; lo comprendió con su golpe de vista límpido y sagaz. Durante 
la víspera, mientras estaba bebiendo con los tragineros, fumando y can- 
tando coplas alegres, no había dejado de observar un solo instante al 
forastero, acechándole como un gato, estudiándole como un matemático* 
Habíale espiado á la vez por cuenta propia, por gusto y por instinto, y 



THÉNARDIER MANIOBRANDO 365 



^é^ 



espiado como si le hubiesen pagado para ello. No se le había escapado 
un gesto ni un movimiento del hombre del levitón amarillo. Aún antea 
que el desconocido manifestase tan claramente su interés por Cosette, 
Thénardier se lo había adivinado. Había sorprendido las miradas pro- 
fundas de aquel viejo, que refluían siempre en la muchacha. ¿Por qué 
aquel interés? ¿Quien era aquel hombre? ¿Por qué, con tanto dinero en el 
bolsillo, vestía tan miserablemente? Preguntas que á sí mismo se hacía 
¿in poder contestarlas, y que le irritaban. Había estado pensando en ello 
toda la noche. ¿No podía ser el padre de Cosette?. ¿Era tal vez algún 
abuelo? ¿Entonces por qué no darse á conocer enseguida? Cuando se tie • 
ne un derecho se manifiesta. Aquel hombre no tenía evidentemente de- 
recho alguno sobre Cosette. Entonces ¿quien era? Thénardier se perdía 
en suposiciones. Entreveíalo todo, pero nada veía. 

De cualquier modo que fuese, al entrar en conversación con aquel 
hombre, persuadido de que había un secreto en todo aquello, persuadido 
de que el hombre estaba interesado en permanecer en la sombra, sentía- 
se fuerte; pero con la respuesta clara y firme del forastero, con ver que 
aquel personaje misterioso era misterioso simplemente, se sintió débil. 
No esperaba resultado semejante. Esto fué la derrota de sus conjeturas. 
Reunió sus ideas, pesólo todo en un segundo. Thénardier era de esos 
hombres que de una mirada juzgan una situación. Calculó que era el 
momento de ir derecho y rápido. Hizo como los grandes capitanes en el 
instante supremo y decisivo que solamente ellos saben reconocer: descu- 
brió bruscamente sus baterías. 

— Señor, — dijo, — me hacen falta mil quinientos francos. 

El forastero sacó de uno de sus bolsillos una cartera de cuero negro, 
abrióla, tomando de ella tres billetes de banco, que dejó sobre la mesa. 
Después apoyó su ancho pulgar sobre aquellos billetes, y dijo al taber- 
nero: 

— Haced venir á Cosette. 

Mientras esto pasaba, ¿qué hacía Cosette? 

Cosette al despertarse había corrido á ver su zueco. Había encontra- 
do la moneda de oro. No era un Napoleón, era una de esas piezas de 
veinte francos nuevecitas, de la Restauración, sobre cuya efigie la cole- 
ta prusiana había reemplazado á la corona de laurel. Cosette quedó des- 
lumhrada. Su destino comenzaba á embriagarla. Ignoraba lo que era una 
moneda do oro: jamás había visto ninguna, guardóla apresuradamente 
en su bolsillo como si la hubiese robado. Sin embargo, conocía perfecta- 
mente que aquello era bien suyo, adivinaba igualmente de dónde le 
venía; pero experimentaba un especie de alegría llena de miedo. Estaba 
contenta; estaba sobre todo estupefacta. 

Aquellas cosas tan magníficas y bellas no le parecían reales. La mu- 
ñeca le daba miedo, la moneda de oro se lo daba también. Temblaba va- 
gamente ante aquellas magnificencias. El forastero únicamente no le 



366 LOS MISERABLES 



daba miedo; al contrario, la tranquilizaba. Desde la víspera, al través 
de sus admiraciones, al través de su sueño, pensaba en su imaginación 
de niña en aquel hombre que tenía las apariencias de viejo, pobre y 
triste; que era tan rico y tan bueno. Desde que había encontrado en el 
bosque á aquel buen hombre todo estaba para ella como cambiado. 

Cosette, menos dichosa que la última golondrina del cielo, no había 
sabido nunca lo que era refugiarse á la- sombra y debajo las alas de su 
madre. Cinco años hacía, es decir, todo lo que podían remontarse, sus 
recuerdos, que la infeliz criatura no había conocido más que temblor y 
frío. Siempre desnuda bajo la ruda brisa del infortunio, parecíale enton- 
ces que estaba vestida. Antes su alma tenía frío, ahora sentía calor. 

Cosette no tenía ya tanto miedo á la Thénardier. No estaba ya sola; 
alguien se interesaba por ella. Habíase puesto inmediatamente á su tra- 
bajo de todas las mañanas. Aquel luís que llevaba encima, en el mismo 
bolsillo de su delantal de donde se le había caído la víspera la moneda 
de quince sueldos, le proporcionaba distracción. No se atrevía á tocar 
la; pero pasaba á veces cinco minutos seguidos contemplándola y, debe- 
mos decirlo también, sacando la lengua. Mientras iba barriendo la es- 
calera, parábase y permanecía así inmóvil, olvidándose de su escoba 
como del universo entero, tan ocupada estaba en ver brillar aquella es- 
trella en el fondo de su bolsillo. 

Creo que fué durante una de esas contemplaciones cuando se le acer- 
có la Thénardier. 

Por orden expresa de su marido había ido á buscarla; y cosa inaudi- 
ta, no le dio porrazo alguno ni le dirigió la más pequeña injuria. 

•^-Cosette, — díjola casi dulcemente, — ven enseguida. 

Un instante después entraba Cosette en la sala baja. 

El forastero tomó el paquete que había llevado y lo desató. Aquel 
paquete contenía un vestido de lana, un delantal, una almilla de fustán, 
un jubón, un pañuelo, medias de estambre, zapatos, en fin: un traje 
completo para una niña de siete años; todo era negro. 

— Hija mía, — dijo el hombre, — toma esto y vete á vestir enseguida. 

Apenas asomaba el día cuando los habitantes de Montfermeil, que 
empezaban á abrir sus puertas, vieron pasar por la calle de París un 
buen hombre pobremente vestido, dando la mano á una niña vestida* de 
luto, que llevaba en brazos una muñeca de color de rosa. Dirigíanse 
hacia Livry. 

Eran nuestro hombre y Cosette. 

Nadie conocía al hombre; y como Cosette no iba ya andrajosa, m\. 
chos no la conocieron tampoco. 

Cosette se iba pues. ¿Con quién? Lo ignoraba. ¿Adonde? No lo sabía 
Comprendía únicamente que dejaba tras sí el bodegón Thénardier. 

Nadie había pensado en despedirse de ella, ni ella en despedirse cu 
nadie. Salía de aquella casa odiada y odiando. 



QUIEN BUSCA LO MEJOR PUEDE ENCOTNRAR LO PEOR 367 

¡Pobre ser dulcísimo, cuyo corazón hasta entonces no había sentido 
más que opresión! 

Cosette caminaba gravemente, abriendo sus grandes ojos y contem- 
plando el cielo-. Habíase guardado su luís en el bolsillo del delantal 
nuevo. De cuando en cuando se inclinaba y le dirigía una mirada; des- 
pués se fijaba en el buen hombre. Parecía sentir algo como si estuviera 
junto al Dios bueno. 

' X 
Quien busca lo mejor puede encontrar lo peor 

La Thénardier, según su costumbre, había dejado obrar á su mari* 
do. Esperaba grandes acontecimientos. Cuando el hombre y Cosette se 
hubieron ido, Thénardier dejó pasar un cuarto de hora largo, y des- 
pués, llamándola aparte, le enseñó los mil quinientos francos * 

— ¡Nada más! — dijo ella. 

Era la primera vez, desde su instalación, que se atrevía á criticar 
un acto del dueño. 

El golpe fué acertado. 

— Efectivamente, tienes razón, — dijo él; — soy un imbécil. Dame el 
sombrero. 

Dobló los tres billetes de banco, los metió en su bolsillo, y salió ace- 
leradamente; pero se equivocó, tomando primero por la derecha. Algu- 
nos vecinos á quienes preguntó le indicaron la equivocación por haber 
viatQ á la Alondra y al hombre en dirección á Livry. Siguió la indica- 
ción, marchando á paso largo y monologueando. 

— Ese hombre es evidentemente un millonario vestido de amarillo, y 
yo soy un animal. Primero dio un franco, después cinco, luego cincuen- 
ta, últimamente mil quinientos, y siempre con igual facilidad. Lo mismo 
habría dado quince mil. Pero yo le atraparé de nuevo. 

T luego, aquel paquete de ropa preparada de antemano para la niña, 
todo esto era muy singular; muchos misterios se encerraban en ello. No 
se sueltan tan fácilmente los misterios cuando se poseen. Los secretos de 
los ricos son esponjas empapadas en oro, que es menester saber expri- 
mir. Todos estos pensamientos giraban agitados en su cerebro. Soy un 
animal, repetía. 

Al salir de Montfermeil junto al recodo que forma el camino que va 
á Livry, vese desenvolver este camino hasta muy lejos en el llano. Una 
vez allí, calculó que debía ver al hombre y á la niña. Miró tan lejos 
cuanto pudo alcanzar con la vista, y no vio nada. Preguntó nuevamen- 
te. Entre tanto iba perdiendo el tiempo. Unos transeúntes le dijeron que 
el hombre y la niña que buscaba se habían internado eñ el bosque por 
la parte de Qagny. Apresuróse á tomar esta dirección. 

Le llevaban mucha ventaja, pero una criatura anda despacio y él 
caminaba deprisa. Además, el país le era muy conocido. 



368 



LOS MISERABLES 



Be repente se quedó parado dándose una palmada en la frente como 
hombre que ha olvidado lo esencial, y que está dispuesto á volver sobre 
sus pasQs. 

— ¡Debería haber tomado mi fusil! — exclamó. 

Thénardier era una de esas naturalezas dobles que pasan algunas ve- 
ces junto á nosotros sin echarlo de ver, y que desaparecen sin haberlas 
conocido, porque el destino no nos las ha mostrado más que por un lado. 
La suerte de muchos hombres es la de vivir así medio sumergidos. En 
una situación tranquila y despejada, Thénardier tenía todo lo que era 
menester para formar, no decimos para ser, lo que se ha convenido en 
llamar un comerciante honrado, un buen burgués. Al mismo tiempo, da- 
das ciertas circunstancias, verificados ciertos sacudimientos que conmo- 
viesen interiormente su naturaleza, tenía todo lo que se necesitaba para 
ser un malvado. Era un tendero en el cual se encerraba algo monstruoso. 
Satanás debía á veces acurrucarse en algún rincón del tabuco en que 

vivía Thénardier, reflexionando sobre aquella obra maestra de defor- 
midad. 

Después de una corta vacilación: 

— ¡Bah! — pensó él. — ¡Tendrían tiempo de escaparse! 

Y continuó su camino, avanzando rápidamente y casi en ademán de 
certidumbre, con la sagacidad del zorro olfateando una banda de per- 
dices. 

Efectivamente, en cuanto hubo pasado los estanques y atravesado 
oblicuamente el gran claro situado á la derecha de la alameda de Belle- 
vue, cuando llegaba á la calle de Céspedes que dá casi la vuelta á la co- 
lina, divisó por encima de una maleza, un sombrero, sobre el cual había 
ya aventurado muchas conjeturas. Era aquel, el sombrero del hombre. 
La maleza era baja. Thénardier reconoció que el hombre y Cosette esta- 
ban sentados allí. No se veía á la muchacha á causa de su corta estatura 
pero se distinguía la cabeza de la muñeca. 

Thénardier no se equivocaba. El hombre se había sentado allí para 
dejar descansar á Cosette. 

El tabernero dio la vuelta á la maleza y apareció de súbito á las mi- 
radas de los que buscaba. 

— Dispensadme y perdonad, señor, — dijo casi sofocado por el cansan- 
cio, — pero aquí tenéis vuestros mil quinientos francos. 

Hablando así, ofrecíale de nuevo sus tres billetes de banco. 

El hombre alzó los ojos. 

—¿Qué significa esto? 

Thénardier respondió respetuosamente: 

— Significa, señor, que me vuelvo á quedar con Cosette. 

Cosette se extremeció arrimándose al hombre cuanto pudo. 

Este contentó mirando á Thénardier en el fondo de los ojos, y mar- 
cando mucho todas las sílabas. 



QUIEN BUSCA LO MEJOR PUEDE ENCONTRAR LO PEOR 369 

— ¿Volvereis á que- da ros-con-Cosette? 

— Sí señor; me quedo con ella nuevamente. Me explicaré: he refle- 
xionado. En realidad, no tengo derecho para dárosla. Yo soy un hombre 
honrado como veis. Esta chica no es mía, sino de su madre. Su madre 
me la confió, y yo no puedo entregarla sino á su madre. Vos diréis: 
«Pero la madre ha muerto. » Bueno, en ese caso no puedo entregar la 
criatura sino á la persona que me traiga un escrito firmado por la ma- 
dre, en que se me mande entregar la niña á la tal persona. Esto es evi- 
dente. 

El hombre, sin responder, registró su bolsillo, y Thénardier vio rea- 
parecer la cartera de los billetes de banco. 

— ¡Bien! — exclamó para sí. — Procuremos sostenernos. ¡Va á corrom- 
perme! 

Antes de abrir la cartera, el viajero lanzó una mirada escudriñadora 
en torno suyo. El lugar estaba absolutamentt desierto. No había un 
alma en el bosque ni en el valle. El hombre abrió la cartera y sacó, no 
el puñado de billetes de banco que esperaba Thénardier, sino un simple 
papelito que desdobló y presentó abierto del todo al posadero, diciéhdole: 

— Tenéis razón. Leed. 

Thénardier tomó el papel y leyó: 

M-aur-M, 25 Marzo de 1623. 

* . t Señor Thénardier: 

» Entregareis á Cosette al portador. 
»0s serán pagados todos los picos. 
•Tengo el honor de saludaros respetuosamente. 

«Fantina.» 

— ¿Conocéis esta firma? — repuso el hombre. 

Era, en efecto, la firma deFantina. Thénardier la reconoció. 

No tenía nada que replicar. Sintió dos violentos despechos, el de re- 
nunciar á la corrupción que esperaba y el de ser vencido. El hombre 
añadió: 

— Podéis guardar este papel para descargo vuestro. 

Thénardier se replegó en buen orden. 

— Esta firma está bastante bien imitada, — murmuró entre dientes. 
— ¡En fin, sea! 

E intentando un esfuerzo desesperado, añadió: 

— Está bien, señor mío, puesto que sois el portador. Pero es preciso 
pagarme «los picos pendientes,» que son una buena deuda. • 

El hombre se puso de pié, y dijo sacudiéndose á papirotazos el polvo 
de sus raídas mangas: 

— Señor Thénardier: en Enero la madre contaba deberos ciento vein- 

TOMO I 24 



370 LOS MISERABLES 



U 



te francos; en Febrero le mandasteis una cuenta de quinientos; recibisteis 
trescientos francos á fines de Febrero y otros trescientos á principios de 
Marzo. Han pasado después nueve meses, que á razón de quince francos, 
precio convenido, hacen ciento treinta y cinco. Resulta que habiendo 
recibido de más cien francos entonces, ahora sólo os restaban treinta y 
cinco francos. Y acabo de daros mil quinientos. 

Thénardier sintió lo que siente el lobo en el momento de verse mor- 
dido y cogido por los dientes de acero dé la trampa. 

— ¿Quién es este diablo de hombre? — pensó. 

Y haciendo lo que el lobo, dio una sacudida. La audacia le había ya 
dado otra vez buen resultado. 

. — Señor cuyo- nombre ignoro, — dijo resueltamente y dejando aparte 
toda ceremonia respetuosa, — me volveré á llevar á Cosette, ó me daréis 
antes mil escudos. 

El forastero dijo tranquilamente: 

— Ven, Cosette. 

Tomó á la niña con la mano izquierda y recogió con la derecha el 
bastón que estaba en el suelo. 

Thénardier advirtió lo enorme del garrote y la soledad del sitio. 

El hombre se internó en el bosque con la niña, dejando al tabernero 
vacilante é inmóvil. 

A medida que se iban alejando, Thénardier examinaba aquellas an- 
chas espaldas algo encorvadas y aquellos grandes puños. 

Luego, sus ojos, volviéndose á sí mismo, fijábanse en sus desmesura- 
dos brazos y débiles manos. — Preciso es que yo sea muy bestia, — pen» 
saba él, — para no haber tomado mi escopeta, puesto que iba de caza. 

Sin embargo, el posadero no abandonó su presa. 

— Quiero saber á donde vá, — se dijo. Y se puso á seguirlos desde 
cierta distancia. 

Quedábanle dos cosas en la mano: una ironía en el papel firmado 
Fantina 1 y un consuelo en los mil quinientos francos. 

El hombre se lhvaba á Cosette en dirección á Livry y Bondy. Cami- 
naba lentamente, baja la cabeza, en una actitud reflexiva y triste. El 
invierno había dejado el bosque tan claro y desnudo, que Thénardier 
podía no perderlos de vista, desde mucha distancia. De cuando en cuan- 
do volvía el hombre la cabeza y miraba si le seguían. De repente distin- 
guió á Thénardier. Entró bruscamente con Cosette en una espesura don- 
de ambos podían ocultarse. 

— ¡Diantre! — exclamó Thénardier, redoblando el paso. 

La espesura del ramaje le había obligado á acercarse á ellos; pero 
cuando estaba el hombre en lo más intrincado, volvióse, y por mucho 
que Thénardier procuraba ocultarse en la espesura, no pudo evitar el 
ser visto El hombre le dirigió una mirada inquieta, después meneó la 
cabeza y continuó su camino. El tabernero continuó siguiéndole. Andu* 



REAPARECE EL NÚMERO 8,430, ETC. 371 



r 

vieron así dos ó trescientos pasos. De pronto el hombre volvióse de nue- 
vo, viendo todavía al posadero. Esta vez le miró con aire tan sombrío, 
*jue Thénardier juzgando «inútil» ir más allá, retrocedió, deshaciendo el 
camino. 

XI 
Reaparece el número 9,430, y Cosette lo gana a la loteria 

Juan Valjean no había muerto. 

Al caer al mar, ó más bien al arrojarse, iba, como se ha visto, sin 
>el grillete. Nadando entre dos aguas llegó hasta un buque anclado, al 
<jue estaba amarrado un bote, en el cual encontró la manera de escon- 
derse hasta la noche. Entrada ya la noche, arrojóse de nuevo al agua, 
ganando á nado la costa á poca distancia del cabo Brun. Allí como no 
le faltaba dinero, pudo procurarse ropa en un figón de los alrededores 
de Balaguier, que era á la sazón el vestuario de los presidiarios escapa- 
dos; especialidad bastante lucrativa. Después, Juan Valjean, como to- 
dos los tristes fugitivos que procuran burlar la vigilancia de la ley y la 
fatalidad social, siguió un itinerario obscuro y vago. 

Encontró primeramente asilo en Pradeaux, junto á Beausset. Luego 
«e dirigió hacia Grand- Villard junto á Brian<jon, en los Altos- Alpes. 
Huida vacilante é inquieta, camino de topo, cuyas ramificaciones nadie 
«abe. Más tarde ha podido encontrarse algún vestigio de su paso por Ain 
en el territorio de Civrieux, por los Pirineos en Accons, en el lugar lla- 
mado Grange de-Doumecq, junto al caserío de Chavailles, de los alrede- 
dores de Périgueux, en Brunies, distrito de la Chapelle Gonaguet. 

Estuvo en París y le acabamos de ver ahora en Montfermeil. 

Su primer cuidado al llegar á París, fué comprar vestidos de luto 
para una niña de siete á ocho años, y procurarse luego alojamiento. 
Hecho esto se dirigió á Montfermeil. 

Como se recordará, ya en su anterior evasión, había hecho allí mis- 
mo, ó en los alrededores, un viaje misterioso, del que la Justicia había 
| tenido algún indicio. 

Por lo demás, se le creía muerto, y esto aumentaba la obscuridad 
<jue se había formado en torno suyo. En París llegó á sus manos uno de 
los periódicos que consignaban el hecho. Con esto se sintió tranquilo y 
<sasi en paz, como si en realidad hubiese muerto. 

La misma tarde del día en que Juan Valjean había sacado á Cosette 
de las garras de los Thénardier, entraba en París. Entró al anochecer, 
acompañado de la niña por la barrera Monceaux. Subió en un cabriolé 
<jue le llevó á la esplanada del Observatorio. Bajóse allí, pagó al coche- 
ro, tomó á Cosette de la mano, y los dos, entre las sombran de la noche, 
atravesaron las desiertas calles inmediatas á la Ourcine y la Glaciére, 
dirigiéndose al boulevard del Hospital. 

El día había sido extraño y henchido de emociones para Cosette; ha- 



t 



LOS MISERABLES 



Man comido'detrás de los vallados pan y queso comprados en 
rrillos que se encontraron; habían cambiado frecuentemente d< 
habían andado á pié diversos trechos, y ella no se había que 
estaba cansada, y Juan Valjean lo advirtió fácilmente puet 
tirando más y más de su mano á cada paso. Entonces cargó 
cuestas; Cosette, sin soltar á su Catalina, dejó caer su cabe 
hombro de Juan Valjean, y se quedó dormida. 



LIBRO CUARTO 



LA CASUCHA DE CUERVO 

I 
Maese Cuervo 

Hace cuarenta años, el transeúnte solitario que se aventuí 
los extraviados barrios de la Salpétrifere y que subía por el 
harta la barrera de Italia, llegaba á donde se hubiera podido 
París desaparecía. No era por la soledad, puerto que había tr 
no era por el campo, puesto que había casas y calles; no era a 
ciudad, pues las calles tenían baches como las carreteras, y 
nacía en ellas; no era una aldea, pues las casas eran demás 
¿Qué era pues? Era un lugar habitado donde no había nadie; 
gar desierto donde había alguien; era un boulevard de la gi 
eión, una calle de París, más espantosa de noche que una t 
triste de día que un cementerio. 

Era el antiguo barrio del Merca do -de -Caballos. 

Si el transeúnte se arriesgaba á ir más allá de las cuatro p 
nosas del Mercado -de Caballos, si con'sentía siquiera en pasar 
del Petit-Banquier, después de haber dejado á su derecha un i 
cado de elevadas tapias, y un prado en que se levantaban mí 
casca de tenería parecidas á chozas de castores gigantescas, y 
llena de pilas de madera de construcción, al lado de montón* 
eos, aserraduras y virutas, sobre las cuáles ladraba un gran 
una larga pared, baja, ruinosa, con una puerteeita negra 5 
cubierta de musgo que se llenaba de flores en primavera; luegt 
más desierto un horrible y decrépito edificio en cuya fachada 
grandes y gruesas letras: Se pbobibe poner carteles, aque 
aventurero llegaba al ángulo de la calle de Vignes-Saint-Marc 
des casi desconocidas. Allí, junto á una fábrica y entre do 
jardín, se veía en aquel tiempo una casucha, que, al prime 
vista, parecía pequeña como una choza, y que era en realic 
como una catedral. Presentábase á la vía pública de lado, po 



MAESE CUERVO 



373 



¿angular, y de ahí bu aparente exigüedad. Casi todo el edificio estaba 
oculto, y no se veía más que la puerta y una ventana. 
Esta casucha no tenía más que un solo piso. 

Al examinarla, el detalle que chocaba desde luego, era que aquella 
puerta no había podido ser nunca más que la puerta de un tabuco, 
.mientras que aquella ventana, si hubiera sido de piedra de sillería en, 
vez de piedra bruta, habría podido ser la ventana de un palacio. 

La puerta no era otra cosa que un conjunto de tablas carcomidas, 
groseramente unidas por travesanos parecidos á troncos mal igualados. 
Daba esta puerta acceso inmediato á una escalera áspera de altos pelda- 
ños, llenos de lodo, yeso y polvo, del mismo ancho que la puerta, y que 
se veían desde la calle empinarse derechos como una escala, y desapa- 
recer en la obscuridad entre dos paredes. Lo alto de la abertura informe 
<que cerraba aquella puerta estaba cubierta con una tablilla estrecha, en 
medio de la cual habían aserrado un agujero triangular, que servía al 
propio tiempo de tragaluz y ventanillo cuando la puerta estaba cerra- 
da. Sobre la hoja de esta última, un pincel mojado en tinta, había tra- 
zado de dos brochazos el número 52, y por encima de la tablilla el mis- 
mo pincel había borroneado el número 50; de suerte que nacía esta duda: 
.¿Dónde se está? La parte superior de la puerta dice: en el 50; la inferior 
replica: no, en el 52. Varios trapos de color de polvo colgaban como cor- 
tinajes del postiguiiio triangular. 

La ventana era ancha, suficientemente elevada, provista de persia- 
nas y hojas vidrieras con grandes cristales; sólo que estos grandes cris- 
tales tenían varias heridas, ocultas á la vez y descubiertas por un inge- 
nioso vendaje de papel; y las persiana*, desunidas y desencajadas, mejor 
amenazaban á los transeúntes que resguardaban á los habitantes. 

Las tabletas horizontales que faltaban, estaban candidamente reem- 
plazadas con tablas clavadas á lo largo, tanto, que lo que comenzaba 
por persiana acababa por postigo. 

Aquella puerta, de aspecto inmundo, y aquella ventana, de aspecto 
decente, aunque deteriorada, vistas así en la misma casa, producían el 
efecto de dos mendigos desaparejados, que fueran juntos y caminaran 
codo á codo, con dos caras distintas bajo iguales andrajos, habiendo sido 
$1 uno siempre mendigo y el otro en otros tiempos un hidalgo. 

La escalera conducía á un cuerpo de edificio vastísimo, que se pare- 
cía á un cobertizo convertido en casa. 

Este edificio tenía por tubo intestinal un largo corredor, en el cual 
se abrían, á derecha é izquierda, aposentos ó compartimientos de varias 
dimensiones difícilmente habitables, puesto que mejor parecían barra- 
cas que celdas. Estas habitaciones recibían la luz de los solares baldíos 
de los alrededores. 

Todo aquello era obscuro, incómodo, apagado, melancólico, sepul- 
cral; cruzado, según estaban las rendijas en el techo ó en la puerta, por 



374 LOS MISERABLES 



ráfagas frías ó corrientes heladas. La particularidad interesante y pin- 
toresca de esta clase de viviendas, es la enormidad de las arañas. 

A izquierda de la puerta de entrada, dando al boulevard, á la altura 
de un hombre, un tragaluz que estaba tapiado, dejaba un hueco ó nicho- 
cuadrado, lleno siempre de piedras que arrojaban los muchachos al par 
sar por allí. 

Una parte de este edificio ha sido demolida últimamente; mas por lo- 
que resta todavía puede aún formarse idea de lo que fué. El todo, ei> 
conjunto, apenas cuenta un siglo. Cien años son la juventud de una 
iglesia y la vejez de una casa. Parece que el asilo del hombre participa 
de su brevedad, y el asilo de Dios de su eternidad. 

Los carteros llamaban á aquella casucha el número 50-52; pero era 
conocida en el barrio por el nombre de la Casa de Cuervo. 
Explicaremos el origen de este nombre. 

Los colectores de pequeños hechos que se convierten en herborizan- 
tes de anécdotas y que fijan con un alfiler en su memoria las fechas fu- 
gaces, saben que hubo en París, en el último siglo, hacia 1770, dos pro- 
curadores en el Chatelet, llamados Corbeau (Cuervo) el uno, y Renard 
(Zorro) el otro: dos nombres previstos por Lafontaine. La coincidencia 
era harto graciosa para que no sirviese de alegre divertimiento á la gen- 
te de golilla. Recorrió inmediatamente la parodia, en versos algo cojos y 
las galerías del palacio de Justicia. 

De un proceso en la rama, 
muy ufano y contento, 
ejecutoría en pico 
estaba el señor Cuervo. 
Del olor atraído 
un Zorro muy maestro, 
etc... (1) 

Los dos honrados curiales, incomodados por los epigramas y morti- 
ficada su dignidad por las carcajadas que les seguían á todas partes r 
resolvieron desembarazarse de sus apellidos tomando el partido de diri- 
girse al rey. La súplica fué presentada á Luís XV el día mismo en que 
el nuncio del papa por un lado y el cardenal de La Roche Aymon por 
otro, devotamente arrodillados ambos, calzaron, en presencia de SuMa-. 
jestad, cada uno con una chinela, los pies desnudos de madama Du-Ba- 
rry al salir de la cama. El rey, que reía, continuó riendo; pasó alegre- 
mente de los dos obispos á los dos procuradores, é hizo á estos golilla» 
gracia de su nombre ó poco menos. 

Y por S M. el rey fuéle permitido á maese Cuervo añadir un ra- 
billo á su inicial y llamarse Guervo; pero maese Zorro fué menos- 
afortunado, porque sólo pudo obtener cambiar la Z en P y llamarse Po- 



( 1 ) Traducción de Samaniego. 



MAESE CUERVO 376 



rro; tanto, que el segundo nombre, con ser á la vista una antítesis del 
primero, no dejaba de parecer en sustancia lo mismo. 

Ahora bien: según la tradición local, este maese Cuervo había sido 
propietario del edificio numerado 50 52 del boulevard del Hospital, sien- 
do él mismo el autor de la monumental ventana. 

De ahí el ser. conocida aquella casucha con el nombre de casa 
Cuervo. 

Frente al número 50-52 descollaba, entre los árboles del boulevard, 
un gran olmo, muerto en sus tres cuartas partes; casi enfrente empezaba 
la. calle de la barrera de los Gobelinos, calle entonces sin casas, sin em- 
pedrar, plantada de árboles raquíticos, verde ó llena de barro según la 
estación, la cual iba á parar precisamente á la muralla que cercaba á 
París. El olor de caparrosa salía á bocanadas de los tejados de una fá- 
brica vecina. 

La barrera estaba allí mismo. En 1823 el muro de circunvalación 
existía aún. 

Esta misma barrera llenaba. el espíritu de figuras siniestras. Era el 
camino de Bicétre. 

Era por allí, donde en tiempo del Imperio y de la Restauración, en- 
traban* en París los condenados á muerte el día de la ejecución. Allí fué 
donde se cometió hacia 1829 aquel misterioso asesinato llamado «del 
portillo de Fontainebleau,» cuyos autores no pudo descubrirla Justicia, 
problema fúnebre que no ha podido aclararse, enigma pavoroso que no 
se ha descifrado. Dando algunos pasos, se encuentra la fatal calle de 
Croulebarbe, donde Ulbach dio de puñaladas á la cabrera de Ivry entre 
el ruido de los truenos como en un melodrama. Algunos pasos más ade- 
lante, se llega á los abominables olmos descabezados de la barrera de 
Saint Jacques, el expediente de los filántropos para ocultar el suplicio, 
la mezquina y vergonzosa plaza de Gréve de una sociedad mercachifle, 
que retrocedió ante la pena de muerte, sin atreverse á aboliría con gran- 
deza ni á mantenerla con autoridad . 

Hace treinta y siete años, al dejar á un lado esa plaza Saint- Sao- 
ques, que estaba predestinada y que ha sido siempre horrible, el punto 
más triste tal vez de todo este triste boulevard era, el punto tan poco 
atractivo aún hoy mismo, donde se encontraba la casucha 50-52. 

Las casas regulares de la clase media no han comenzado á aparecer 
allí sino veinticinco años más tarde. El sitio era melancólico. Por las 
ideas fúnebres que inspiraba, conocía cualquiera que se hallaba entre el 
hospital de la Salpétriére, cuya cúpula se divisaba, y la cárcel de Bicé- 
tre, que tocaba al portillo; es decir, entre la locura de la mujer y la 
locura del hombre. En todo lo que la vista podía extenderse, no se dis- 
tinguían más que los mataderos, el muro de circunvalación y algunas 
raras fachadas de fábricas, parecidas á cuarteles ó á conventos; por to- 
das partes barracas y casuchas de tapia, viejos muros negros como mor- 



376 LOS MISERABLES 

tajas, ó hileras de árboles paralelos, edificios tirados á cordel, 
ciones monótonas, líneas frías y prolongadas, la tristeza lúgut 
ángulos rectos. Ni un accidente de terreno, ni un capricho de 
tura, ni un solo pliegue; era aquello un conjunto glacial, reg 
Nada oprime tanto el corazón como la simetría. Y es que la si 
el pesar, y el pesar es el fondo mismo del duelo. La desespera 
teza. 

Si pudiera soñarse algo más horrible que el infierno en que 
sería el infierno en que se fastidiara uno. De existir semejante 
su entrada habría podido ser ese trozo del boulevard del Hospi 

Así pues, al caer de la noche, en el momento en que la clai 
aparece, sobre todo en invierno, á la hora en que el cierzo cr> 
arranca á los olmos sus postreras y tostadas hojas, cuando la ol 
es profunda y sin estrellas, ó cuando la luna y el viento clarea 
bes, este boulevard resultaba espantoso. Las líneas negras se h 
perdíanse en las tinieblas como pedazos del infinito. El trans 
podía abstenerse de recordar las innumerables tradiciones pa 
del lugar. 

Aquella soledad, en la que se habían cometido tantos crÍD 
nía algo de horrible. Creía uno presentir lazos tendidos en aqi 
curidad; todas las formas confusas de la sombra parecían sos] 
y los largos huecos cuadrados que se distinguían entre los árbo 
cían tumbas abiertas. De día era aquello feo; por la tarde lúj 
noche siniestro. 

En verano, á la hora del crepúsculo, veíanse aquí y allí alg 
jas, sentada» al pié de los olmos en bancos enmohecidos por la 
Aquellas buenas viejas pedían limosna cuando pasaba alguien. 

Por lo demás, aquel barrio, que más bien tenía el aire de e: 
que de antiguo, propendía .ya desde aquella fecha á trasform 
entonces, quien hubiera querido verle debía apresurarse. Cada 
desapareciendo detalles de aquel conjunto. En la actualidad, 
hace veinte años, la estación del ferrocarril de Orleans está allí 
viejo arrabal y le va acorralando. Doquiera que se levante en 
de una capital una estación de ferrocarril, resulta la muerte de 
bal y el nacimiento de una ciudad. Parece que alrededor de e¡ 
des centros del movimiento de los pueblos, con el rodar de las p 
máquinas, con el respirar de los monstruosos caballos de la civi 
que comen carbón y vomitan fuego, tiembla la tierra llena de f 
y se abre para tragarse las antiguas moradas de los hombres ps 
paso franco á las nuevas. Las casas viejis se derrumban y las n 
elevan. 

Desde que la estación del ferro carril de Orleans ha invadid) 
rrenos de la Salpétriere, las antiguas calles estrechas, iumediat 
fosos de Saint Vietor y al Jardín Botánico, se conmueven violeí 



NIDO PARA BUHO Y CURRUCA 377 



cruzadas tres ó cuatro veces al día por esas corrientes de diligencias, co- 
ches y ómnibus que, en un tiempo dado, hacen retroceder las casas á 
derecha é izquierda; pues hay cosas que parecen peregrinas cuando se 
anuncian, que son rigurosamente exactas. Y así como puede decirse en 
verdad, que en las grandes ciudades el sol hace vejetar y crecer las fa- 
chadas de las casas al medio día, también es cierto que el paso frecuente 
de carruajes hace ensanchar las calles. Los síntomas de una vida nueva 
son evidentes. En aquel antiguo barrio provinciano, en los recodos más 
salvajes aparece el empedrado, comienzan á extenderse, y prolongarse 
aceras, hasta allí mismo donde no transita nadie todavía. Una mañana, 
mañana memorable, en un día de Julio de 1845, viéronse de repente hu- 
mear allí las negras calderas de asfalto; aquel día puede decirse que llegó 
la civilización á la calle de la Oarcine, y que París entró en el arrabal 
de San Marcelo. 

n 

Nido para buho y curruca 

Delante de la casucha de Cuervo fué donde Juan Valjean se detuvo. 
Como las aves selváticas, había elegido aquel lugar desierto para hacer 
su nido. 

Bascó en el bolsillo, y sacó una especie de llave maestra, abrió la 
puerta, entró, la cerró después con cuidado, y subió la escalera, siempre 
con Cose t te en brazos. 

En lo alto de la escalera sacó del bolsillo otra llave, con la cual abrió 
otra puerta. El cuarto en que entró, y que cerró inmediatamente, era 
una especie de desván bastante espacioso, amueblado con un colchón 
puesto en el suelo, una mesa y algunas sillas. Una estufa encendida, 
cuyas ascuas se veían, estaba en un rincón. 

El farol del boulevard alumbraba vagamente aquel pobre interior. 
En el fondo había un gabinete con una cama de tijera. Juan Valjean 
dejó la niña á aquella cama, colocándola en ella sin despertarla. 

Echó yescas, y encendió una vela; todo esto estaba preparado de an- 
temano; y del mismo modo que lo había hecho la víspera, púsose á con- 
templa*, ú Cosette con una mirada llena de éxtasis, en la que la expresión 
de la bondad y del enternecimiento llegaba casi al extravío. La peque - 
ñu el a, con aquella confianza tranquila que no pertenece sino á la fuerza 
extrema, ó á la extrema debilidad, se había dormido sin saber con quien 
iba, y continuaba durmiendo sin saber dónde estaba. 

Juan Valjean se inclinó y besó la mano de aquella criatura. 

Nueve meses antes había besado la mano de la madre, cuando tam- 
bién acababa de dormirse. 

El mismo sentimiento de dolor, religioso y punzante, llenaba su co - 
razón.. 

Arrodillóse junto al lecho de Cosette. 



LOS MISERABLES 



Ya era muy entrado el día, y la niña seguía durmiendo. 

Un pálido rayo del sol de Diciembre atravesaba la ventana del 
van, esparciendo por el techo largas ráfagas de sombra y luz. Den 
te, una carreta de cantero, pesadamente cargada, que pasaba por la 
zada del boulevard, conmovió la casucha como un trueno prolong 
haciéndola temblar de arriba abajo. 

— ¡Sí! ¡Señora! — gritó Cosette, despertándose sobresaltada. — 
voy! ¡Allá voy! 

Y arrojándose del lecho, con los párpados medio cerrados toe 
por la pesadez del sueño, extendió el brazo hacia el ángulo de la pf 

— ¡Ay Dios mío! ¡Y mi escoba! — dijo. 

Abrió entonces del todo los ojos, y vio el semblante risueño de . 
Valjean. 

— ¡Ah! ¡Calle! ¡Es verdad!— exclamó la niña. — Buenos días, sen 

Los niños aceptan, y se familiarizan inmediatamente con la ale 
y la felicidad, siendo como son ellos naturalmente felicidad y alegri 

Cosette vio á Catalina á los pies de su cama, se apoderó de ell 
empezó á jugar. Y estando jugando, todo se le volvía hacer pregan 
Juan Valjean: ¿Dónde estaba?... ¿Era grande París?... ¿Estaba 
lejos la Thénardíer?... ¿No volvería á verla? etc., etc. De pronto e: 
mó: 

— ¡Qué bonito es esto! 

Era una horrible buardilla; pero ella se sentía libre. 

— ¿Tengo que barrer? — preguntó por último. 

— Juega, le dijo Juan Valjuan. 

Así se pasó el día. Cosette, sin inquietarse por comprender nade 
consideraba inexplicablemente feliz entre aquella muñeca y aquel ' 
hombre. 

ni 

Dos desgracias mezcladas producen la felicidad 
A la mañana siguiente al rayar el día, Juan Valjean estaba tod 
al lado de la cama de Cosette. Esperó allí, inmóvil, y la vio despert: 
Algo de nuevo penetraba en su alma. 

Juan Valjean no había amado nunca nada. Hacía veinticinco 
que estaba sólo en el mundo. No había sido nunca padre, amante, r 
do ni amigo. En presidio era malo, sombrío, casto, ignorante y f 
El corazón de aquel antiguo presidiario estaba lleno de virginidadei 
hermana y los hijos de su hermana no le habían dejado más que u 
cuerdo vago y lejano, que había acabado por extinguirse casi en 
mente. Había hecho cuantos esfuerzos había podido para encontra 
y no habiéndolo conseguido, los había olvidado. La naturaleza huí 
es así. Las demás tiernas emociones de su juventud, si es que las t 
habían caído en un abismo. 



DOS DESGRACIAS MEZCLADAS PRODUCEN LA FELICIDAD 379 

Cuando vio á Cosette, cuando la tuvo consigo, la llevó y la libertó r 
sintió romovérsele las entrañas. Todo lo que de pasión y afecto había 
en su alma, se despertó y precipitó hacia aquella criatura. Acercábase ¿ 
la cama en que ella dormía, y temblaba de gozo; experimentaba arran- 
ques de madre, y no sabía lo que eran; porque es cosa muy obscura y 
dulcísima ese grande y extraño movimiento que se efectúa en un cora- 
zón que empieza á amar. ¡Pobre corazón, viejo y nuevo á la vez! 

Solamente que, como él tenía cincuenta y cinco años y Cosette ocho, 
todo el amor que él hubiera podido tener en toda su vida se fundió en 
una especie de claridad inefable. Era la segunda aparición pura y diá- 
fana que encontraba. El obispo había hecho alzar en su horizonte el alba 
de la virtud. Cosette hacía levantar en el mismo, el alba del amor. 

Los primeros días se pasaron en este deslumbramiento. 

Por su parte, Cosette, también se volvía otra sin ella saberlo. ¡Pobre- 
criatura! Era tan pequefiita cuando su madre la dejó, que ya no se acor* 
daba de ella. Como todos los niños, semejantes á los renuevos de la vid 
que se agarra á todo, había procurado amar y no había podido conse? 
guirlo. Todos la habían rechazado: los Thénardier, sus niñas y otros ni* 
ños. Había amado al perro que murió, después de lo cual, nada ni nadie 
había querido amarla. 

Triste cosa es decirlo, como hemos ya indicado, á los ocho años te- 
nía frío el Corazón. No era culpa suya, no era la facultad de amar la que 
le faltaba: ¡ay! era la posibilidad. Por eso desde el primer día, todo 
cuanto sentía y pensaba en ella se empleó en amar á aquel buen hombre. 
Experimentaba lo que nunca había conocido, una sensación expansiva. 

El buen hombre no le hacía el efecto de viejo ni de pobre. Parecíale 
Juan Valjeaü tan hermoso como linda le había parecido la buhardilla^ 

Son esos los efectos de la aurora, de la infancia, de la juventud, de 
la alegría. La novedad de la tierra y de la vida tienen en ello buena par- 
te. Nada es tan risueño como el reflejo vivificante de la dicha en una 
bohardilla. Todos hemos tenido en nuestro pasado algún desván poético. 

La naturaleza y cincuenta años de intervalo habían marcado una 
separación profunda entre Juan Valjean y Cosette; esta separación la 
llenó el destino. El destino unió, y enlazó con su irresistible poder, aque- 
llas dos existencias desarraigadas, distintas por la edad, semejantes por 
el duelo. La una, efectivamente, completaba á la otra. El instinto de 
Cosette buscaba el padre como el instinto de Juan Valjean buscada un 
hijo. Verse, fué encontrarse. En el momento misterioso en que sus dos* 
manos se trocaron, quedaron unidas. Cuando aquellas dos almas se divi- 
saron mutuamente, se reconocieron como necesarias una á otra, y se 
abrazaron estrechamente. 

Tomando las palabras en su sentido más comprensible y absoluto r 
podría decirse que, separados de todo por muros sepulcrales, Juan Val- 
jean era el viudo, como era la huérfana Cosette. Esta situación hizo que- 



OOÜ LOS MISERABLES 

Juan Vsljean viniese á ser de un modo providencial el padre 
sette. 

Y en verdad, la impresión misteriosa producida en Cosette ei 
do del bosque de Chelles, por la mano de Juan Valjean cogiendo 
en la obscuridad, no era una ilusión, sino una realidad. La entr 
aquel hombre en el destino de aquella criatura había sido la He] 
Dios. 

Por lo demás, Juan Valjean había escogido bien su asilo. Est 
en una seguridad que podía parecer completa. 

£1 cuarto con gabinete que ocupaba con Cosette era aquel ou 
tana daba al boulevard. Siendo única esta ventana en la casa, n< 
que temer miradas de vecinos, de lado ni de frente. 

El piso bajo del número 50 52, especie de cobertizo derruí 
vía de cuadra á hortelanos, y no tenía ninguna comunicación 
principal. Estaba Beparado de él por el suelo, que no tenía ni t 
ni escalera, y que venía á ser el diafragma de la casa. El prin 
contenía, como hemos dicho, muchos cuartos y algunos desvs 
los cuales solamente uno estaba ocupado' por una vieja que cui< 
la habitación de Juan Valjean. El resto estaba desocupado. 

Aquella vieja era quien, adornada con el nombre de inquilini 
cipal, y en realidad encargada de las funciones de portera, le hi 
quilado aquel aposento el día de Noche buena. 

Se le había él dado á conocer comí un rentista arruinado por 
nos de España, que Be iba á vivir ahí con su nieta. Había pagí 
meses adelantados y encargado á la vieja de amueblar el cuai 
gabinete como se ha visto. Fué esta buena mujer quien encendí 
tufa y lo preparó todo la noche de su llegada. 

Pasaban las semanas. Aquellos dos seres llevaban en aquel mi 
tabuco una existencia feliz. 

Desde el amanecer, Cosette reía, charlaba y cantaba. Los nii 
nen su canto matinal como los pájaros. 

Sucedía á veces que Juan Valjean tomaba sus manecitas, ec 
das y acribilladas de sabañones, y" se las besaba. La pobre niña 
lumbrada á llevar golpes, no sabía lo que esto quería decir, y se r 
toda avergonzada. 

A veces se ponía seria contemplando su vestido negro. Cosí 
llevaba ya andrajos, llevaba luto. Salía de la miseria y entrab 
vida. 

Juan Valjean se había propuesto enseñarla á leer. 

A veces, mientras hacía deletrear á la niña, recordaba que 
sido con el propósito de hacer daño con el que él había aprendidt 
en presidio. Y aquel propósito se había convertido en el fin de e 
á leer á una niña. Entonces el viejo presidiario sonreía, con la ¡ 
meditabunda de los ángeles. 



LO QUE OBSERVÓ LA INQUILINA PRINCIPAL 381 

Tenía el sentimiento de que era ello una premeditación del cielo t 
una voluntad de alguien que no es el hombre, y se perdía en meditacio- 
nes. Los buenos pensamientos tienen sus abismos como los malos. 

Enseñar á leer á Cosette y dejarla jugar, á eso se reducía casi toda 
la vida de Juan Yaljean. Después le hablaba de su madre, y la hacía 
rezar. 

Ella le llamaba padre sin saber ni conocerle otro nombre. 

El se pasaba horas enteras contemplándola como vestía y desnudaba 
su muñeca, oyéndola gorjear. La vida le parecía ya en lo sucesivo llena 
de interés, los hombres parecíanle ya buenos y justos; en su imagina- 
ción no reprochaba ya nada á nadie, no veía, por lo tanto, razón algu- 
na para no envejecer mucho, toda vez que aquella criatura le amaba. 
Veía para sí todo un porvenir iluminado por Cosette como por una luz 
simpática. El hombre mejor no está exento del todo de egoísmo; á veces 
reflexionaba con 'cierta alegría que Cosette sería fea. 

E8to no pasa de ser una opinión personal; pero para decir todo lo 
que pensamos al punto á que había llegado Juan Yaljean cuando se puso 
á amar á Cosette, nada nos prueba que no le fuera ello menester para 
mejor perseverar en el bien. Acababa de ver bajo nuevos aspectos la 
maldad de los hombres y las miserias de la sociedad, aspectos incomp e- 
tos y que no mostraban fatalmente sino una parte de lo verdadero, la 
suerte de la mujer resumida eil Fantina, la autoridad pública personifi- 
cada en Javért; él había vuelto á presidio últimamente por haber hecho 
el bien; nuevas amarguras le habían abrumado; el disgusto y la fatiga 
apoderábanse nuevamente de él; el recuerdo mismo del obispo llegaba 
quizás á eclipsarse algunos momentos, salvo empero su reaparición lu- 
minosa y triunfante; pero sea como fuere, es lo cierto que aquel recuer- 
do sagrado se iba debilitando. ¿Quién sabe si Juan Yaljean no estaba en 
vísperas de descorazonarse y recaer? Pero amó, volvió á ser fuerte. ¡Ay! 
era bien poco menos débil que Cosette. El la protegió y ella le fortale- 
ció. Gracias á él, ella pudo seguir el curso de la vida; gracias á ella, 
pudo él continuar en la virtud. El fué sostén de la niña aquella, y aque- 
lla niña fué su punto de apoyo. ¡Oh misterio insondable y divino de los 
equilibrios del destino! 

IV 
Lo que observó la inquilina principal 

Juan Valjean tenía la precaución de no salir jamás de día. Todas las 
tardes, al obscurecer, se paseaba una 'hora ó dos, algunas veces solo, 
frecuentemente con Cosette, buscando los extremos retirados de los bou- 
levares más solitarios y entrando en las iglesias á la caída de la noche. 
Iba gustoso á San Medardo, que era la iglesia más cercana. Cuando no 
acompañaba á Cosette, ésta se quedaba con la vieja; pero era la alegría 
de la niña salir con el buen hombre. Prefería una hora de ir con él, á 



382 LOS MISERABLES 



*us mismas conversaciones con Catalina. El la conducía de la mano diri- 
agiéndole palabras dulces. 

Así es que Cosette estaba muy. contenta. 

La vieja cuidaba de la casa y de la cocina, é iba por las provisiones. 

Vivían sobriamente, teniendo siempre un poco de fuego, pero ©orno 
gentes necesitadas. Juan Valjean no había cambiado nada del movilia- 
rio del primer día; únicamente había sustituido por una puerta toda de 
madera la vidriera del gabinete de Cosette. 

Llevaba siempre su levitón amarillo, sus calzones negros y su som- 
brero viejo. En la calle le tomaban por un pobre. Sucedía á veces que 
alguna buena mujer se volvía y le dada un sueldo. Juan Valjean recibía 
el sueldo y saludaba profundamente. Sucedía también otras veces que 
encontraba á algún pobre pidiendo, limosna, y entonces miraba detras 
de sí por si le veía alguien, se acercaba furtivamente al infeliz, le ponía 
eñ la mano una moneda, generalmente de plata, y se alejaba rápidamen- 
te. Esto tenía sus inconvenientes. Empezaba á conocérsele en e