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Full text of "Los miserables : melodrama de espectáculo en cuatro actos y un epílogo, divididos en diez y seis cuadros"

SOCIEDAD DE AUTORES ESPAÑOLES 



Los miserables 



melodrama «le espectáculo 

ÉH lüiTRO ACTOS Y ÜR EPílOfit, DIVIDIDOS EN MEZ Y S8IS CülDROS 

nJSPIBADO EN LA CÉLEBRE NOVELA DEL INMORTAL 

VÍCTOR HUGO 



y arrealado á la escena española pm- 



FÉLIX GONZÁLEZ LLANA 






M A D B I D 

SALÓN DEL PRADO, 14, HOTEL 

3l©03 



XvOiS JVIIiSJ^RJVBr^OJS 



Esta obra es propiedad de sus autores, y nadie po- 
drá, sin su permiso, reimprimirla ni representarla 
en España ni en los países con los cuales se hayan 
celebrado ó se celebren en adelante tratados interna- 
cionales de propiedad literaria. 

Los autores se reservan el dereobo de traducción. 

Los comisionados y representantes de la Sociedad 
de Autores Españoles sOn los encargados exclusivamente 
de conceder ó negar el permiso de representación y 
del cobro de loa derechos de propiedad. 

Queda hecho el derósito que ninrca la lev. 



LOS MISERABLES 

jIKelodrama de espectáculo 

IK CUATRO iCTOS Y UN EPÍlOO, DITIDIDOS EN DIEZ Y SEIS GOiD&OS 

INSPIRADO KN LA CÉLEBRE NOVELA DEL INMORTAL 

VÍCTOR HUGO 

y arreglado á la escena española por 

FÉLIX GONZÁLEZ LLANA 



Estrenado en el TEATRO DE LA ZARZUELA DE MADRID 
la noche del 17 de Mayo de 1903 



*^ 



MADRID 

B, Velasco, improsor, Marqués de Santa Ana, 11 
Teléfono número 551 

1903 



REPARTO 



PERSONAJES ACTORES 



JUAN VALJEAN Sr. Puentes. 

MONSEÑOR MIEIEL Aílens-Peiikins. 

MAGDALENA Skta. Sampedro. 

BAPTISTINA Sra. Llórente. 

UNA MUJEfi Abbad (J.) 

OTEA ídem Srta. Lujan. 

OBEEEO Sa. Faüste. 

POSADEEO Fernández (N.) 

bebedor Peral. 

ALCALDE Catalán. 

GENDARME 1.° Morales. 

ídem 2 ° Barinaga. 

SOR TERESA Sra. MonreaL. 

JAVERT Sr. Altarriba. 

OTEO OBRERO Arévalo. 

SIMÓN Leiva. 

LA THENAEDIER Sra. Llórente. 

THENAEDIER Sr. Parera. 

FANTINA Srta. Arévalo. 

PAUCHBLEVENT Sr. Juárez. 

SECRETARIO Moreno. 

BREVET Fernández (H.) 

COCHEPAILLE Gómez. 

OHENELDIEU Barinaga. 

SAINT MATHIEU Del Cerro. 

FISCAL. . Rubio. 

PRESIDENTE Faüste. 

CRIADA Srta. Paso. 

DOCTORDUPRET Sr. Ramírez. 

DOCTOR LAME Fernández. (N.) 

COSETTE Seta. Abbad. (C.) 

MONTPAENASE Sr. Moreno. 

CLAQUESÚS Rubio . 

EPONINA Seta. Sampedro. 

AGENTE Sr. Pérez. 

GAVROCHE Seta. Arévalo. 

PROUYAIRE Se. Calvo. 



JEULLY AréVALo. 

MAEIO AI/Lens-Perkins. 

ENJOLRAS Del Cerro. 

COMBEFEE,RE„ FAUSTB. 

CONPEYRAC Montenegro. 

BRIGUENAILLE EiVAS. 

GUSTBMER Gil. 

BOULETRELLA.. . .J San Martín. 

BRUJON y Morales. 

BAÑÓTE Peral. 

JOLEY LEYV.S. 

LESGEE García. 

GRANTAIRE Mínguez. 

CAPITÁN González. 

CENTINELA Juárez. 

GUARDIA López. 

AMA DE LLAVES.. Sra. AbbAD. (J.> 



»M„ A^SV^^:^ .j^ 



ACTO PRIMERO 

CUADRO PRIMERO 
El vagabundo 



Una plazoleta de una ciudad. A la derecha, en primer término, un 
mesón cuyas ventanas y puertas de cristales, dejan ver el interior 
de una espaciosa cocina, de donde sale rumor de voces. Un banco 
de piedra á la puerta. A la izquierda, en primer término, los últi- 
mos escalones de la Iglesia. Al lado de estos escalones una casita 
baja con una ventana de cristales. En segundo término la puerta 
de la prisión, con una garita. En el fondo una casa de modesta 
apariencia. Es de noche. 



ESCENA ÚNICA 

JUAN VALJBAN, cubierto de polvo, aparece en escena. Lleva una 
camisa de lienzo grosero, anudada al cuello con una corbata retor- 
cida y grasicnta, y sobre la camisa una blusa gris, también muy de- 
teriorada; un pantalón azul remendado con paño verde, y a la espal- 
da una mochila de soldado. Lleva en la mano un enorme garrote en 
que se apoya para andar y se ve que está rendido de fatiga. Después 
de dudar un momento, se dirige hacia el mesón y llama á la puerta 

Pos. ¿Qué se le ofrece á usted"? (Mirándole de arriba 

á abajo.) 

Juan Cenar y acostarme. 

Pcs. Nada más fácil, (volviendo á mirarle.) pagando, 

por su puesto. 



613234 



— 8 — 

Juan (sacando un bolsillo de la blusa.) Tengo dinero. 

Pos. En ese caso, será usted servido, (sentándose en 

el banco de piedra.) 

Voz (Dentro ) Eh, Joaquín; entra pronto. 

Pos . Allá voy. 

Beb. (saliendo.) ¿Qué haces ahí? 

Pos . Ya lo ves, hablaba con el señor, que pide 

alojamiento, (señalando á Juan Valjean ) 

Beb. (Mirándole) Ese .. (Aparte.) No hay duda, él es. 

(Se acerca al Posadero y le habla en voz baja.) 

Pos. ¿De veras? 

Beb. Como te lo digo... Yo mismo le vi salir del 

Ayuntamiento cuando volvía de refrendar 

el pasaporte. (Entra de nuevo en la posada.) 

Pos . Señor mío, no puedo recibir á usted en mi 

posada. 

Juan ¿Por qué? ¿Teme usted quizá que no le pa- 

gue? Ya le he dicho que tengo dinero. 

Pos. No es eso. Usted tendrá dinero, pero yo no 

tengo habitación. 

Juan No importa. Dormiré sobre un montón de 

paja después de cenar. 

Pos. Tampoco puedo darle de cenar. 

Juan ¿Se burla usted? Vengo andando desde el 

amanecer y no he comido en todo el día. 

Pos. No tengo nada que darle. 

Juan ¡Nada' (señalando ei mostrador.) ¿Y todo cso que 

veo en el mostrador? 

Pos. Está encargado de antemano y pagado. 

Juan ¿Por quién? 

Pos. Por unos traginantes, 

Juan (Levantándose.) Eso no es cierto. Estoy en la 

posada, tengo hambre y entro á cenar, (na- 
ciendo ademán de entrar.) 

Pos . (Deteniéndole y con tono muy significativo.) j Váyase 

usted! 
Juan ¿Eh? 

Pos. Tengo la costumbre de ser amable con las 

gentes... ¡Váyase ustedl 
Juan Pero... 

Pos. Basta de palabras... ¿Quiere usted que le 

diga su nombre? (Entra en la posada.) 
Juan (cerrando los puños.) ¡Ahí (Da algunos pasos vacilan- 

do como quien ignora el rumbo que va á tomar y por fin 



- y — 



desaparece por la calleja de la izquierda. Ea este mo- 
mento se abre la ventana de la casa de la izquierda y al 
través de ella se ve el interior de la habitación de un 
obrero, que se dispone a cenar en compañía de su mu- 
jer que tiene un niño sobre las rodillas.) 
ObR. (Abriendo la ventana y extendiendo la mano.) [Está 

lloviendo! 
Mujer Me alegro. 

Obr. ¿Por qué? 

Mujer Pues porque así no tendrás ganas de salir 

esta noche. 
Obr. Sí, dices bien. Dame el chico y prepara la 

cena. 

Mujer Ahora mismo. (Le da el niño que el obrero 

acaricia.) 

Obr. ¡a cenar! 

Juan (Mira el interior de la casa y se dibuja en su rostro una 

sonrisa de esperanza ) EUoS me recibirán.) (Lla- 
mando suavemente. 

Mujer Me parece que llaman, (juan vuelve á llamar.) 

Obr. ¿Quién anda ahí? 

•Juan Dispense usted, amigo: pagando lo que sea, 

¿podiía darme un pedazo de pan, y un lu- 
gar donde dormir? Vengo de Paig Mouisson 
y acabo de hacer siete leguas á pie. 

Obr. Vo no le nÍ3go comida y albergue á un hom- 

bre de bien. Pero, ¿por qué no ha ido usted 
á la posad? de enfrente? 

•Juan No hay sitio. 

Obr. No es po-^ible. Hoy no es día de mercado. 

¿Ha estado usted en el mesón de Francisco, 
en la calle del Canal? 

Juan Sí; de allí vengo. 

Obr. ¿Entonces?... 

Juan Tampoco ha querido recibirme. 

Obr. ¿No?... ¿serás tú el vagabundo de quien se 

habla? (Descuelga la escopeta.) 

Juan ' Amigo. 

Obr. iVete! 

Juan Por favor, un vaso de agua. 

Obr. ¡Un tiro! (cierra con violencia la ventana, y la mujer 

coge al niño entre los brazos, y se oye el ruido de la 
llave y el candado.) 

Juan (Lanzando un grito de rabia.) ¡Ah! (Vuelve á dar al- 



10 — 



Voz 
Juan 



Voz 
Juan 



Mujer 
Juan 
Mujer 
Juan 

Mujer 
Juan 

MujKi 

Juan 
Mujer 

Juan 
Mujer 



Juan 

Mujer 

Juan 

Mujer 

Juan 

Mujer 

Juan 
Mujer 



gunos pasos tambaleándose, como un hombre ebrio, y 

se detiene delante de la cárcel.) Líl Cárcel. (Pausa.) 

¿Y por qué no? (Tira del cordón y se oye sonar una 

campana.) 

^,QuÍén va? (se abre un ventanillo ) 

(Quitándose la gorra.) Señor alcaide, ¿tendría 
usted la bondad de abrirme la puerta y de 
albergarme por esta noche? Estoy sin asilo. 
La cárcel no es una po?ada. Haga usted 
mc)tivo para que le prendan, y se le abrirá. 

(Lanzando una mirada siniestra.) Uu Crimcn... ¿Hls 

preciso realizar un crimen para dormir bajo 

techado? (Ve ios escalones de la iglesia y empuja la 

puerta.) También está cerrada la iglesia. ¡Ah, 

Dios mío, Dios mío! (se prepara á dormir á la in- 
temperie. En este momento atraviesa la escena una po- 
bre mujer, que repara en Juan Valjean. ) 

¿Qué hace usted ahi, buen hombre? 
Ya usted lo ve. Voy á dormir. 
¿En el suelo? 

Durante diez y nueve años he tenido un le- 
cho de tablas, hoy lo tengo de piedras. 
¿Ha sido usted soldado? 
Sí... soldado. 

¿Por qué no va usted á un mesón? 
l^orque no tengo dinero. 
Yo no tengo más que algunas monedas de 
cobre. 

No importa; vengan. 

Con esto no podrá usted albergarse en nin- 
guna posada. Pero es imposible que pase 
así la noche. Vuelve á llover y se va á mo- 
rir de frío. Es preciso que pida un asilo por 
caridad . 

He llamado á todas las puertas. 
¿Y qué? 
Me han echado de todas partee. 

(Tocándole en el hombro.) ¿Es cierto qUC ha lla- 
mado usted á todas las puertas? 
Sí. 

(señalando la puerta de la casa del centro.) ¿Ha lla- 
mado usted en aquélla? 
En esa, no. 
Pus llame usted allí. 



— 41 - 

CUADRO SEGUNDO 
El pobo 



Una habitación muy sencilla. En el fondo la puerta de la calle. A la 
izquierda, en segundo término, una escalera cou cuatro ó cinco 
escalones. En la pared de la izquierda un armario Mesa de ma- 
dera blanca; Dos candelabros de plata, uno de ellos encendido so- 
bre la mesa y el otro encima de la chimenea, que estará encendi- 
da. Puertas á derecha é izquierda; en primer término y al lado de 
la chimena, una butaca. 



ESCENA PRIMERA 

I. A SEÑOHA BAPTISTINA y MAGDALENA. Esta lleva una papalina 
blanca y un vestido de estameña negra con mangas anchas y cortas, 
un delantal de cuadros rojos y verdes, atado á la cintura con una 
cinte verde. El traje de la señora Baptistina es de principios del si- 
glo pasado, ó sea de talle corto, con basquina estrecha. Ambas tie- 
nen bastante edad. Eu el momento de levantarse el telón, la última 
está haciendo labor al lado de la mesa, y la segunda dispone los cu- 
biertos para la cena 

Mag. No, señora; esto no puede seguir así. 

Bap. ¿a. qué se refiere usted, Magdalena? 

AJag . ¿A qué he de referirme? A las limosnas del 

señor obispo. La caridad tiene también sus 
límites. Bueno y santo que su ilustrísima 
haya cedido el palacio á los enfermos del 
hospital, y que prescinda además de sus pa- 
jes y familiares, pero ceder también los gas- 
tos de su carruaje en favor de los presos, me 
parece demasiado... Todos los obispos de 
Francia andan en coche y viven con lujo. 

Bap Eso es cuenta suya. Ya sabe usted que mi 

hermano compadece á los delincuentes y 
que lio les culpa á ellos, sino á la sociedad, 
que mantiene la miseria y la ignorancia, 
únicas causas del delito. 



~ 12 — 

Mag. y tendrá razón su ilustrísima, cuando lo di- 

ce; pero no me negará la señora que nosotras 
somos también hijas de Dios, y que al paso 
que vamos, pronto careceremos de io nece- 
sario. 

Bap. Nada nos falta, Magdalena. 

Mag. No diga usted eso. El señor obispo lleva 

una sotana vieja, indigna de su elevada ge- 
rarquia eclesiástica, y Jas gentes ricas le cen- 
suran por su modefctia, pues según dicen, 
la Iglesia necesita imponerse á los fieles per 
su esplendor. 

jBap. La religión debe imponerse por su pobreza. 

Nuestro Salvador nació en un establo. 

Mag. Bueno, no insistiré más sobre este punto, 

¿pero quiere decirme la señora, por qué ra- 
zón hemos de cik)rmir todas las noches con 
las puertas abiertas? Esto no tiene nada que 
ver con la humildad ni con la mansedum- 
bre; digo, me parece á mí. 

Bap. Porque mi hermano afirma que la puerta 

del sacerdote como la del médico, no debe 
cerrart?e jamás, lo mismo para los enfermos 
del cuerpo que para los enfermos del alma. 

Mag. Pero nosotras somos dos débiles mujeres y 

en esta casa, aunque pobre, hay algunas co- 
sas que pudieran tentar la codicia de los 
malhechores. Los cubiertos de plata y los 
candelabros del mismo metal, que heredó 
la señora de su difunta madre (q. s. g. h.) 
Precisamente hoy... 

Bap. ; Mi hermano! 



•ESCENA II 

LOS MISM03 y EL OBISPO, que entra con un libro en la mano. 

Monseñor Miriel, es un hombre de setenta y cinco años, risueño, 

alegre, de corta estatura, y con los cabellos blancos, viste de un 

láodo sencillísimo y se apoya en una cayada al andar 

Miriel Buenas noches, Baptistina, buenas noches, 

Magdalena. (?e sienta en la butaca con un libro en 
la mano. ) 



— 13 — 



Mag. 

MlRIEL 



Mag. 

MlRIEL 

Bap. 

MlRIEL 
M\G. 



MlRIEL 

Mag. 



MlRIEL 

Juan 



Maj. 
Juan 



Buenas noches tenga su eminencia. 
No tanto, no tanto, y lo prueba es que mi 
eminencia no puede alcanzar á la altura de 
ese armario. Tenga usted, pues, la bondad 
de colocar este libro en el último estante, 
Magdalena. 

(cogiendo el libro.) En Seguida. 
¿De qué se hablaba? 
Magdalena siente ciertos temores. . 
¿Qué temores son esos? 
Pues bien, yo me permito decir á su Ilustrí- 
sima, que esta casa no está segura: que si 
su llustrísima no se opone, iré á buscar al 
cerrajero para que vuelva á poner los anti- 
guos candados en la puerta; es cosa de un 
minuto. 

¿Qué hay? ¿Qué ocurre? ¿Nos amenaza al- 
gún peligro? (En broma.) 
No se burle su llustrísima. Se habla en toda 
la ciudad de un mendigo, de un desarrapa- 
do, de un hombre terrible con mochila y 
garrote. Es necesario poner los cerrojos, 
aunque no sea más que por esta noche: por- 
que la puerta se abre desde fuera, con solo 
levantar el picaporte, y además, como su 
llustrísima tiene la costumbre de decir 
siempre: «adelante,» al primero que llega... 

(En este momento llaman á la puerta con violencia.) 
(Con la mayor naturalidad.) ¡Adelante! (Entra Juan 
Valjean, en la escena, dejando la puerta de par en par.) 
(Apoyándose sobre el palo.) Yo me llamO Juan 

Valjean y acabo de salir del presidio, (ai 

verle entrar, Magdalena lanza una exclamación de es- 
panto y la señora Baptistina se levanta también muy 
asustada; pero al ver que su hermano permanece 
tranquilo, baja la cabeza y vuelve á sentarse, reco- 
brando una calma absoluta.) 

¡Ay, Dios mío! 

Hace cuatro días que he cumplido; cuatro 
días que viajo desde Tolón... Al anochecer 
fui á una posada y me dijeron: «¡Vete!» Fui 
á otra y no quisieron recibirme... Quise en- 
trar en la cárcel y el alcaide no me abrió .. 
Me metí en la covacha de un perro, y el 



_ i4 — 

perro me mordió y me echó de allí, ¡Lo mis- 
mo que los hombres! Salí al campo para 
dormir al raso y empezó á llover... Volví á 
poblado para encontrar al menos el abrigo 
de algún umbral y ahí, en la plaza me dis- 
ponía á dormir sobre las piedras, cuando 
una buena mujer me mostró esta casa di- 
ciéndome: «Llama ahí.» He llamado. ¿Qué 
casa es ésta? Tengo dinero, la pacotilla de 
mis salarios: ciento nueve francos que he 
ganado en presidio por mi trabajo de diez y 
nueve años. Yo pagaré. ¡Qué me importa el 
dinero! Estoy hambriento, aterido, calado 
hasta los huesos. ¿Me echarán ustedes tam- 
bién? 
MiRiEL Magdalena, tenga usted la bondad de poner 

otro cubierto en la mesa. (Esta se acerca ai ar 
mario temblando de miedo, saca otro cubierto y lo co- 
loca sobre la mesa.) 
Juan (Dando dos pasos hacia el quinqué.) Mire USted, 110 

me han entendido bien. ¿Ha oído usted? Yo 
soy un presidiario. He aquí mi pasaporte. 
Amarillo. Esto sirve para que me echen de 
todas partes. ¿Quiere usted leer? También 
yo sé. Sí, me enseñaron en presidio, donde 
hay una escuela para los que quieran apren- 
der. Mire usted lo que pone aquí. «Tolón, 25 
de Septiembre de 1815. — Juan Valjean, pre- 
sidiario cumplido, natural de...» esto es in- 
diferente; «ha permanecido diez y nueve 
años en presidio. Cinco por robo con fractu- 
ro y nocturnidad, y catorce por haber trata- 
do de evadirse cuatro veces. Es hombre 
muy peligroso.» ¡Con esto nadie me admi- 
te! ¿Quieren ustedes darme comida? ¿Hay 
aquí algún establo donde pasar la noche? 
MiRiEL Señor mío, siéntese usted al amor da la lum- 
bre. Vamos á la mesa, y dentro de un ins- 
tante le harán la cama. 

Juan (Balbuceando por efecto de la emoción.) ¿Qué? ¿De 

veras? No me echa usted como los demás... 
No me tutea usted, ni me dice como siem- 
pre me dicen: «Fuera de ahí, perro.» ¡Oh, 
qué buena mujer la que me indicó esta casal 



- iS - 



Mag. 
Juan 

MlRIEL 



Juan 

MlRIEL 

Juan 



MlRIEL 



Juan 

MlRIEL 

Juan 

MlRIEL 

Juan 



¡una cama! ¡Una cama con colchones y sá- 
banas. ¡Como las de los demás! Hace diez y 
nueve años que no duermo en una cama 
¡Qué compasivos son ustedes! Yo pagaré, 
pagaré... Pero, ¿quién es usted? (Fijándose en 
el solideo.) ¿Un clérigo? El cura, ¿no es eso? El 
cura de esa iglesia grande que está en la 
plaza? [Qué bestia soy! ¿Entonces no me 
pide usted dinero? 

No. Siéntese usted aquí, cerca de la chime- 
nea. El viento de la noche es muy frío en 
estas montañas. Magdalena, este quinqué 
alumbra muy mal. Traiga usted el cande- 
labro. 

Voy. (Enciende el candelabro y lo coloca cerca del 
cubierto de Juan Valjean;_ después se va.) 

;Qné bueno es usted! Ma recibe en su casa. 
Sin embargo, yo no* le he ocultado quién 

soy ni de dónde vengo. (Empieza á comer ansio- 
samente.) 

En esta casa no se pregunta al que entra si 

tiene un nombre, sino si tiene un dolor... 

Ested sufre, usted tiene hambre y sed: sea 

bien venido. Y no me dé las gracias por ello. 

Todo lo que hay aquí le pertenece. ¿Para 

qué necesito saber su nombre? Además, 

amigo mío, antes de que usted me lo dijera, 

yo sabía cómo se llamaba. 

(Mirándole asombrado.) ¿De veras? ¿Sabía usted 

cómo me llamaba? 

Sí, usted se llama mi hermano. 

No. Eso es demasiado. Mire usted, señor 

cura, mucha hambre tenía al entrar aquí, 

pero es usted tan bueno para conmigo, que 

ya se me ha quitado. 

Beba usted un vaso de vino para repqperse. 

Mi hermana y yo no tenemos costumbre de 

beber. 

Gracias. 

¿Va usted muy lejos? 

A Pontardier, con itinerario obligado. 

¿Ha sufrido usted mucho? 

¡Ah! ¡Que si he sufrido! (con tono feroz.) ¡Que 

si he sufrido! Y todo, ¿por qué? Yo trabaja- 



— ib — 

ba, trabajaba sin descanso. Fui podador, po- 
dador como mi padre, que murió de una 
caída de un árbol. Tenía una hermana viu- 
da con cinco hijos á quien yo socorría. 
Cuando no había trabajo, me dedicaba á ca- 
zar en vedado y siempre con fortuna. Era el 
mejor tirador en veinte leguas á la redonda, 
y eso que en mi pueblo abundaban los bue- 
nos tiradores. Pero aquel invierno fué tan 
duro, que no encontré trabajo. Cazar era im- 
• posible, porque los guardas, envidiosos de 
mi puntería, me odiaban y era vigilado 
constantemente. Los niños lloraban de ham- 
bre. Una noche, enloquecido, salí de nues- 
tra choza, rompí de un puñetazo el escapa- 
rate de un panadero y robé; sí, robé un pan 
para los chiquitines. 

Bap. ¡Por un pañi 

Juan Por un pan, sí señora. Me denunciaron 

como autor de robo con fractura y noctur- 
nidad, y fui condenado á cinco años de pre- 
sidio. Me llevaron á Tolón: me hicieron ves- 
tir la chaqu3ta encarnada, remacharon la 
cadena á mi pie, y hasta el nombre me qui- 
taron: ya no era Juan Valjean, sino el nú- 
mero 24.061. Después... ¡Qué vida! ¡Qué ho- 
rrible vida! Una tabla para dormir, los gol- 
pes brutales de los cabos de vara, las bro- 
mas salvajes de los compañeros... ¡Oh! Los 
perros, los perros son más felices 

MiRiEL ¡Desgraciado I 

Juan Un día me propusieron los compañeros un 

proyecto de evasión. Acepté con alegría. 
¡No pensé en las consecuencias! Angustiaba 
mi corazón el recuerdo de mi pobre herma- 
na, y de los chiquitines. ¡Qué sería de ellos! 
¡Qué sería de las pobres hojas del árbol ro- 
busto aserrado por el tronco! ¡Llegó por fin la 
hora de la fuga! ¡Huí de presidio! Dos días 
anduve errante, en libertad por los campos... 
si es ser libre el ser perseguido j acosado, 
volver la cabeza á cada instante, estremecer- 
se al menor ruido, tener miedo de todo, del 
techo que humea, del aire que zumba, del 



— 17 — 



pastor que canta, del hombre que pasa, del 
perro que ladra, del caballo que galopa, de la 
hora que suena, del día porque se ve, de la 
noche porque no se ve, de la carretera, del 
sendero, del matorral y del sueño. A los dos 
días fui preso: cuarenta horas hacía que no 
había comido ni dormido. El Tribunal me 
condenó á tres años de recargo. ¿Y á qué 
seguir? Nuevas fugas, nuevas prisiones, 
nuevos recargos... ¡Diecinueve añosl ¡Dieci- 
nueve años de presidio por romper un vi- 
drio y robar un pan! (sollozando amargamente.) 

iVJiRiEL ¡Y ahoral... 

Juan Ahora, ya ve usted: tengo cuarenta y seis 

años y este pasaporte, este infame papel 
que hace que me arrojen de todas partes. 

MiRiEL Sí, sale usted de un lugar de tristeza, pero 
más alegría hay en el cielo para el rostro 
con lágrimas de un pecador arrepentido, 
que para la vestidura blanca de cien justos. 
Si usted sale de ese lugar de maldición con 
pensamientos de^dulzura y de paz, vale más, 
mucho más que ninguno de nosotros, (juan 

Valjean mueve la cabeza lúgubremente: en este mo- 
mento vuelve á entrar la señora Magdalena con una 
lámpara. Apaga los dos candelabros, quita los cubiertos 
y los coloca en el armario.) VamOS, Se hace tarde 

y usted necesita descansar. 
Bap. Buenas noches, hermano mío. 

MlRlEL Buenas noches. (La señora Baptistina y Magdalena 

entran por la escalera de la izquierda.) Usted tam- 
bién, amigo Valjean, que pase muy buena 
noche. Mañana temprano, antes de partir, 
beberá una taza de leche bien calen tita, de 
nuestras vacas. Ahí tiene usted su cuarto y 
aquí está el mío. 

Juan Grracias. (Después de dar algunos pasos se vuelve rá- 

pidamente )¡Cómo! ¿De veías? ¿Asi me hospeda 
un su casa, tan inmediato á usted"? ¿Ha re- 
flexionado bien ¡o que hace? Yo soy un hom- 
bre muy peligroso. Ya lo ha oído usted, una 
especie de bestia, de bestia feroz, á quien 
acaban de romper sus cadenas. ¿Quién le ha 
dicho á usted que yo no sea un asesino? 



— 18 — 

MlRIEL Eso incumbe á Dios, (señalando al oielo .) 

.lUAN [Dios! ¡Dios! (llace uu gesto feroz y desaparece ) 



ESCENA III 



MONSEÑOR MIRIEL y JUAN VALJEAN 



MiRiEL Tarabiéa yo estoy rendido de sueño. (Da al- 
gunos pasos y después se sienta en Ja butaca.) ¡Pobre 
hombrel ¿Será cierto lo que acaba de decir? 
¿Habrán hecho de él una bestia salvaje? 
¡Ah, no, nol En el fondo del alma humana, 
aun en la más obscura, en la más perversa, 
exisie siempre una chispa, un destello di- 
vino que el bien hará brillar espléndida- 
mente, pero que el mal no podrá extinguir 
por completo. En este mundo no hay más 
que seres felices y seres de'-graciados. ¡Oh! 
¡Miseria, miseria; quién pudiera atajar tus 
iias'\s para siempre sobre la tierra! (permane- 
ce algunos momentos como ensimismado y después s« 
duerme. ) 

Juan (Sale de su cuarto con una palanqueta en la mano y ca- 

mina con naucha lentitud escuchando; empuja la puerta 
y después de un momento de meditación se dirige ha- 
cia el armario. Se inclina y escucha por la puerta de la 
izquierda, después se dirige hacia la derecha, pero de 
pronto se le cae el cayado de la mano al obispo y Juan 
se vuelve pálido, al ruido del cayado, y queda frente al 
obispo. Entonces se estremece y mira atónito la cara del 
viejo, dulcemente iluminada por la luz de la lámpara. 
, Después de un momento de reflexión, su mano se le- 
vanta con lentitud, hasta la altura de la cabeza y se 
quita la gorra. En seguida hace ademán de irse y abre 
la puerta con precaución y ya en el umbral, se vuelve 
y mira otra vez al armario. De pronto, y como quien 
adopta una resolución súbita, se pone la gorra, abre 
el armario, saca los cubiertos, los arroja dentro de la 
mochila, corre hacia la puerta y huye velozmente sa- 
liendo de espaldas para no ver el rostro del obispo. 
Toda e.sta escena muda ha de hacerse con las pausas 
que la inspiración artística aconseja al actor.) 



19 - 



Mag. 

MlRTEL 

Mag. 

MlRIEL 



Gen. 1 o 

Juan 
Gen. 1.0 

JNIlRIEL 



Juan 
Gen. 1.0 

MlRIEL 



Gen. 1.0 

MlRIEL 



(Apareciendo eu lo alto de la escalera.) Me pai'eCft 

que han abierto la puerta. Sí, no hay duda. 

]Ah, Dios mío! Los cubiertos. (Acercándose al 
armario.) No están, 

(Despertándose.) ¿Quién anda ahí? ¡Ah! ¿Es 
usted, Magdalena? 

(Enseñando la cesta de los cubiertos vacía.) Mire SU 

Ilustrísima... Nos han robado los cubiertos. 
El hombre ha huido con ellos. ¡Nos hao ro- 
bado!... (Gritando.) ¡Nos han robadu!... ¡Bien 
lo decía yo! 

¡Rabado! ¿Por ventura no he dicho yo á ese 
desgraciado que todo lo que había en esta 
casa era suyo? Mire usted, Magdal'^na, nos- 
otros reteníamos, injustamente toda esa pla- 
ta; si, señor, injustamente. ¿No pertenecía á 
los pobres? ¿Pues quién era ese hombre? ün 

pobre sin duda alguna. (En este momento sale 
también la señora Baptistina, y se oye fuera ruido de 
voces. Por último, aparece Juan Valjean, entre dos 
gendarmes. Al verle Monseñor Miriel, se estremece.) 
(Á Juan.) Entra, pillo, entra, (saludando miliUr- 

mente ) A la orden de su Ilustrísima. 
¡Ilustrísima! ¡No es el cura! 
¡Silencio! 

¡Ah, es usted, amigo mío! \Te alegro de yol- 
verle á ver. ¿Pues no había dado á usted 
también los dos candelabros, que son de 
plata? ¿Por qué no se los llevó usted con los 
cubiertos? 

(Atónito y mirando al obispo con una expresión de 
asombro.) ¡Ehl 

¿lluego es verdad lo que dice ese hombre? 
Nosotros le dimos el alto, porque parecía 
que iba huyendo de aquí: y al registrarle le 
hemos encontrado en la mochila unos cu- 
biertos de plata. 

(Sonriendo ) ¿Les ha dícho á ustedes que se los 
había dado un cura en cuya casa había ce- 
nado? Y ustedes no quisieron darle crédito, 
¿no es eso? 
¿De manera que podemos dejarle marchar? 

Sin duda, (Fijándose en el Gendarme 2.°) ¡Ah, 

buenas noches, Juan Bautista! 



— 20 — 



Gen. 2.0 

Gen. 1.0 



MlRIEL 

Gen. 1.0 

MlRIEL 

Gen. 1.0 

Gen. 2. o 

Juan 
Gen. 1.0 

MlRIEL 



Juan 

MlRIEL 



A la orden de bu Ilustrísima, señor obispo. 
El caso es que hace pocas horas se presentó 
en la Alcaldía un saboyanito quejándose de 
que en el campo, á una legua de aqui, le 
había robado una moneda de plata un ¡nen- 
digü. 

Pero, ¿ha dicho que fuese él"? (señalando á Juan 
Valjean.) 

Las señas coinciden con las suyas. 
Eso no es posible. Si hubiese sido él no ha- 
bría entrado en el pueblo. 
Pero... 

Cuando su Ilustrísima dice que se le puede 
dejar en libertad... 
¿De veras me dejan? 

¿No lo has oído? (juan hace un moYimiento para 

eí5eapar.) 

ün momento, amigo mío. (juan se detiene.) 

Antes de irse, tome usted sus dos candela- 
bros... Aquí están, (juan ios toma maquinalmen- 
te.) Pueden ustedes retirarse, (los Gendarmes 

saludan 3' salen: después hace señas á la señora Baptis- 
tina y Magdalena ctue se retiran también, y por último, 
se acerca á Juan Valjean.) No olvide USted, nO 

olvide nunca que rae ha prometido emplear 
ef-a plata en hacerse hombre honrado. 
jYo!... ¡Que yo he prometido! 
Juan Valjean, hermano mío, ya no perte- 
nece usted al mal, si no al bien, su alma es 
la que rescató para librarla de las negruras 
y del espíritu de perdición... De ahora en 
adelante, pertenece á Dios, fjuan vaijean cae 

de rodillas á los pies del obispo y le besa la mano.— 
Telón rápido.) 



FIN DEL ACTO PEIMERO 



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ACTO se;gundo 

CUADRO PRIMERO 
La ceSada 



El pueblo de Montfermell. A la izquierda un mesón. Al fondo la 
carretera. 



ESCENA PRIMERA 

l,a THENARÜIER está sentada en un banco á la puerta del mesón 

meciendo en sus rodillas á una niña de pecho y cantando una canción 

antigua. THENARDJER 

Then. iMaldita posada, aialdito usurero y maldita 

s.ierte! 

La Th£x. ¿Qué tienes, hombre? ¿Por qué te desespe- 
ras así? 

Then. ¡Por nada, bestia! ¿Y el pagaré que vence 

mañana? Ya verás, ya verás cuando el 
alguacil nos ponga enmedio de la carre- 
tera. 

La Tiíex. ¡Quién sabe! De aquí á mañana.,. 

Then. ¡Ah, sí! De aquí á mañana.. .Van unas ho- 

ras. 

Voz (Dentro.) |Po8adero! 

Then. ¡ Voy! ; Maldito sea! (vase.) 



La ThEN. ¡üf, qué genio! (rautina aparece llevando en los 

brazos UBa niña dormida.) 
r ANT. (Lleva un mantón de lana tosca, de color oscuro, un 

vestido de percal y zapatos gruesos.) Perdone USted, 

señora. ¿Es esta la carretera de Vanjours? 

(Deteniéndose.) 

La Then. La misma. 

JH'ant. ¿Esta lejos el pueblo? 

La Then. A una hora de aquí. 

Fant. Muchas gracias. Vengo de París y estoy algo 

cansada. 
La Then. No es extraño. De París á Montfermeil hay 

una buena tirada. Pero siéntese y descanse. 

Fant. (sentándose.) Con su licencia (Mirando á la niña. 

de La Thenardier.) Tiene usted uua niña her- 
mosísima. 

La Then. Gracias. Usted también tiene otra preciosa. 
¿Está dormida? 

Fant. Sí, señora: se quedó dormida en el camino. 

La Then, ¿Cómo se llama? 

Fant. Eufrasia; pero yo la digo siempre Cosette. 

Es un nombre más bonito. ¿No es verdad? 
Mire usted, ya va á cumplir los diez y ocho 
meses. 

La Then. Lo noiismo que mi Eponina ¿Y á dónde va 
usted? 

Fant. Vuelvo á mi país, á Montreuil, con el propó- 

sito de buscar trabajo. 

La Then. ¿Usted? Y el padre de la niña, ¿por qué no 
trabaja? 

Fant. .Turbándose.) ¿El padre? 

La Then. Naturahnente. tía esposo de usted. 

Fant. (Bajando la cabeza.) |MÍ eSpOSOl 

La Then. ¡ Ah, vamos! Sí, entendido... Siempre la mis- 
ma historia. Algún bribón, ¿no es eso? Al- 
guno que la habrá seducido y después... si te 
be visto, no me acuerdo. 

Fant. ¡Si al menos tuviera el consuelo de poder ali- 

mentar á Cosette con el fruto de mi trabajo! 

(Tose.) 

La Then. (Moviendo la cabeza.) No parccc usted muy ro- 
busta, 

Fant. Ando algo malucha, en efecto, pero tengo 

ánimos. Me han escrito de Montreuil que 



— 23 

una mujer puede ganar dos francos al día, 
en unatabrica de abalorios negros que ha 
instalado allí un forastero á quien llaman el 
señor Magdalena. Dicen que es un hombre 
de bien y que acaban de nombrarle alcalde 
por los beneficios que su industria ha pro- 
ducido al país 

La ThEX. (< on acento de duda ) ¡HuOi! 

Fant. ¿Cree usted que se negará á darme trabajo? 

La Then. Mucho lo temo. 

Fant. A causa de mi Cosette, ¿no es cierto? Sí, son 

muy ridiculas las gentes del pueblo... Cuac- 
do ven á una soltera con uua criatura en 
brazos, la miran con desprecio, ¡sin pensar! 
¡sin comprender!... ¡Pobre ángel de mis en- 
trañas! 

La Thkn. Ea, no se aflija usted. 

Fant. Pero yo no puedo abandonar á mi niña. Us- 

ted que es madre y querrá á tu hija como 
yo quiero á la mía, ¿dígame si esto es po- 
sible? 

La Then. Sí, es muy duro, no lo niego. Pero cuando 
hay que esconder una falta para ganarse la 
vida, es preciso tener resolución. 

Fant. ¿Qué quiere usted decir? 

La Then. Está claro. Que debe usted confiar la niña 
al cuidado de una persona de su confianza. 

Fant. ¿Dice usted?... ¡Ah, no, no! ¿Dejar á mi hija? 

Nunca, nunca. 

La Then. (Alzando los hombros.) Pues llcvésela. 

Fant. Pero, ¿de veras presume usted que se nega- 

rán á darme trabajo? 

La Then. Ya lo he dicho. 

Fant. (como hablando para sí.) A o harán eso. Todavía 

hay personas compasivas en el mundo. (le- 
vantándose y dando algunos pasos muy agitada.) 
Adiós, señora 

La Then. Buena suerte. (La Thenardier vuelve á cantar y á 
mecer á su hija ) 

Fant. ¡Áh, Dios mío!... Y si no encuentro ocupa- 

ción, ¿qué va á ser de nosotras? (La Thenardier 
sigue canturreando y meciendo á la niña, aparentando 

no fijarse en Fantina ) ¡La miseria! jLa mueriel 
Señora .. 



- 24 — 

La Then. ¿Aún está usted aquí? 

Fant. Usted que parece tan buena madre, ¿que- 

rría encargarse de cuidar á mi bija durante 
algún tiempo? 

La Then. Según. 

Fant. iSada más que el preciso para hallar ocupa- 

ción y bacer algunos ahorros. En seguida 
volveré á buscarla. Mientras tanto jugaría 
con Eponina. Pagaré seis francos al mes. 

Then. (Desde dentro.) No se puede menos de siete 

francos, y eso, dando seis meses adelantados. 

(Fantina hace un ademán de sobresalto.) 

La Then. Es Thenardier mi marido, ¿sabe usted? El 
dueño de la posada. 

Fant. ¡Seis meses!... 

Then (Desde dentro ) Total: cuarenta y dos francos. 

Fant. Los daré. 

Then. (Dentro.) Y además, quince francos para los 

primeros gastos. 

Fant . (sacando un bolsillo del pecho.) También los daré. 
Tengo ochenta francos, de manera, que aún 
me queda bastante dinero para llegar hasta 
mi pueblo caminando á pie. 

Then. ¿La niña tiene su equipo? 

Fant. ¿Que si lo tiene? Y muy hermoso por cierto. 

¡Vaya! Una docena de camisas y cinco ves- 
tiditos de seda, como una princesita. Abí 
están en mi maleta. 

Then. Entonces habrá que dejarlo. 

Fant. Ya lo creo que lo dejaré. Es de ella, es de 

mi cielo. 

La Then. Está bien. Déme usted la niña. 

Fant. ¡La niña!... Sí; es preciso... Por Dios que no 

se despierte. Si viese sus ojos, no tendría 
valor para dejarla. Mímela mucho. Le gusta 
la leche con bizcochos. Déjeme usted darle 
un beso. ¡A3', pobre hija de mi alma! (Lloran- 
do con desesperación.) 

f/A ThEN". (Mirando la maleta.) PcrO... 

Fant. Sí, ya comprendo, el equipo. ¡Qué estúpida 

soy! Ya me había olvidado. (Abriendo la male- 
ta ) Tome usted. Tres gorritos bordados, las 
camisitas, las enaguas y tres pares de me- 
dias. Estos zapatitos de raso blanco son para 



los días de fiesta. En cuanto llegue á Mon- 
treuil, les escribiré para darles mis señas. Me 
llamo Fantina. Fantina Duval. 

La Then. Bien, está bien. 

Fant. y ahora, adiós. Deje usted que la vea otra 

vez. (Besando á la niña con infinita ternura.) ¡Hija, 

hija de mis entrañas! No puedo más. (pro- 
rrumpiendo en sollozos.) No puedo más. ¡Adiós, 

adiós' (Sale vacilando por efecto de la emoción. En 
cuanto Fantina desaparece, La Thenardier de;a brusca- 
mente las dos niñas en la cuna y baja á unirse á The- 
nardier, que le arranca el dinero y empieza á contarlo ) 



CUADRO SEGUNDO 
E9 alcalde de Montreuil 

Un salón en la alcaldía de Montreuil. En el fondo, hacia la izquierda, 
una gran puerta con vidrieras, que da sobre una escalera de pie- 
dra con balaustrada, cuyos primeros peldaños estarán visibles. La 
balaustrada y la escalera estarán cubiertas de una espesa capa de 
- nieve. En el fondo, en el centro, otra puerta de dos hojas con esta 
inscripción: *Salón del señor Alcalde. = A la derecha, en primer 
término, una mesa con varias carpetas, y en el mismo lado, y cer- 
ca de la mesa, una estufa encendida. En la pared se verá un re- 
trato de Luis XVIII, y á la izquierda otra escalera que conduce á 
una habitación donde se lee: 'Cuerpo de guardia • 



ESCENA PRIMERA 

Al levantarse el telón, el TÍO SLMÓX y una docena de OBREROS. Es- 
tarán agrupados alrededor de la puerta del centro. En primer térmi- 
no, EL SECRETARIO escribiendo. FAXTIXA vestida con un capu- 
chón gris y el TÍO FAUCHELEV.^XT calentándose á la estufa 



MaG . (Saliendo.) BuCDOS díaS. 

Obreros Muy buenos dias, señor alcalde. 
Mag. ¿Qué desea usted, amigo Simón? 



- 2ti — 

Simón Pues yo deseo... es decir, deseamos todos los 
presentes, que el señor alcalde nos conceda 
una gracia. 

Mag. Veamos. 

Simón Como hoy se inaugura un nuevo taller en la 

fábrica, quisiéramos que el señor alcalde 
viniera á beber una copa con los obreros. 

Mag . Con mucho gusto. 

Simón Siento no ser un sabio para expresar al se- 

ñor alcalde, toda la gratitud que le debe el 
pueblo, porque todos le estamos agradeci- 
dos, ¿no es cierto, compañeros? 

Todos Sí, si. ¡Viva el señor Magdalena! 

Mag. ¡Gracias, hijos míos! En m;irchn. (ei señor 

Magdalena y los obreros salen por las puertas de cris 
tales ) 
SeC. (Que se habrá levantado, vuelve á sentarse frotándose 

las manos.) ¡Qué popularidad tieu.5 el señor 
alcalde! Todo el mundo le quiere. 

Fauch. Todos menos yo. 

Fant. y yo. 

Sec. ¿Qué dice usted? 

Fant. La verdad. El tiene la culpa de mi desgra- 

cia, por haberme arrojado de su fábrica, 
donde ganaba un jornal honradamente. 

Sec. El señor Magdalena no interviene nunca en 

los asuntos del taller de mujeres. ¿Y usted, 
amigo Fauchelevant, por qué le aborrece? 

Fauch. ¿Por qué? Mire usted, señor Secretario: no 
niego que ha enriquecido al país, con su 
endiablado descubrimiento; pero cuando él 
llegó aquí, con una mochila á la espalda, 
una cayada en la mano y unos pantalones 
remendados, era yo patrón de un taller de 
abalorios, y ahora tengo que portear carros 

de piedra, para comer. (Aparece Javert en la 
puerta de cristales.) 



27 



ESCENA III 



LOS MISMOS y JAVERT 



Jav. 



Fant. 
-Iav. 

Fant . 



Jav 

Fant. 



Jav. 

Fant. 

Sec. 
Fant. 
Sec. 
Jav. 

Fauch. 
Jav. 



Fauch. 

Jav. 

Fauch. 



^A un agente que está eu la escalera.) ]Que qUlten 

de ahí esa carreta! No ven ustedes que difi- 
culta el paso, (viendo á Fauchelevant.) AprO- 

pósito, ¿le parece á usted que el centro de la 
calle es el sitio más adecuado para descar- 
gar adoquines? (a Fantioa.) ¿Qué haces tú 
aquí? 

Vengo á legalizar una firma. 
¿Tú? ;La Fantina! 

Sí, señor comisario. Tengo que enviar dine- 
ro á los Thenardier, y cotno éstos suelen 
quejarse de que se extravía, me han aconse- 
jado que se lo mande directamente al señor 
alcalde de Montfermeil. Ya usted ve, mi 
niña... 

¿Tienes una niña? 

Sí; Cossette... ¿Acaso cree el señor Comisario 
que una mujer de mi clase, no puede tener 
una hija? 
No. 

Tues si no fuera por ella, hace tiempo que 
habría buscado en la muerte la felicidad. 
Tome usted el documento. 
Gracias. 

Un franco del papel sellado. (Fantina se lo da.) 
Anda y guárdate de aprovechar estos días 
de Carnaval para armar escándalos. 
Pierda usted cuidado, señ-^r Javert. (Vase) 
Y ahora hablemos no-^otros dos, amigo mío. 
¿Por qué ha dejado usted el carro en medio 
de la plaza y tan cerca del hoyo de arena? 
¿No ha pensado usted en que puede ocurrir 
una desgracia? 

Señor Javert, no he sido yo, sino los empe- 
dradores que no me quieren bien. 
¿Por qué razón? 
Porque no soy amigo del señor Magdalena. 



Jav. Pues es preciso apartar el carro de allí antes 

de descargarlo. 

Faüch. Así se hará, señor Comisario. (Ea este momen- 
to se oyen gritos íuera ) 
Jav. ¿Qué gritos son esos? (Acercándose y mirando por 

la puerta del fondo.) ¡Ab!... Es ]a Fantína. ¡Aho- 
ra verás, miserable! (Sale corriendo por la esca- 
lera.) 

Fauch, El señor Javert tiene el carácter enérgico, 
pero no se puede negar que es un hombre 
honrado. Además es muy simpático. Tam- 
poco quiere bien al señor Magdalena. Hasta 
luego, señor secretario: voy á ver al señor 
Goudron para que venga á contar los ado- 
quines. (Ssle por la derecha En este momento sale 
Fantina por el cuerpo de guardia, precedida de Javert 
y conducida por dos gendarmes. También llegan con 
ella algunos curiosos y otros se quedan mirando á tra- 
vés de las vidrieras del cuerpo de guardia.; 

Jav, (a uno de los agentes ) Que le acompañen tres 

hombres y lleve usted esa mujer á la cárcel. 

Fant, ¡A la cárcel! 

Jav. Ya tienes para dos meses. 

Fant. Dos meses... Eso no puede ser... Yo no tuve 

la culpa, señor Comisario... Si hubiera usted 
visto todo lo que pasó... Ese caballero, á 
quien yo no conocía, me echó un puñado de 
nieve en la espalda. ¿Tiene acaso nadie de- 
recho para martirizarnos cuando paseamos 
tranquilamente por la calle? Por eso me 
exalté, y no fui dueña de reprimir el primer 
movimiento. Quizá no habré tenido razón 
para enfadarme, señor Javert. Pero en el 
primer pronto no puede una contenerse. ¡Si 
viera usted qué desagradable es sentir una 
cosa tan fría de improviso! Yo estoy enfer- 
ma, señor Comisario: toso mucho, y mis 
manos arden. Vea usted, tengo calentura. 
¡Ahí Siento de veras que se haya marchado 
ese señor, porque le habría jredido perdón 
de rodillas. Sí, nada me costaría pedirle 
perdón, 
■ Jav. Ya dirás todo eso al tribunal. 

Fant. No... Usted habla del tribunal para asustar- 



— 2'J — 

me, ^;no es verdad? Es imposible que no se 
apiade de mi desgracia, señor Comisario. Si 
usted me llevase á la cárcel, ¿qué iba á ser 
de mi pobre Cosette? De aquí á tres días 
tengo que pagar cien francos á los Thenar- 
dier, porque si no, despedirán á mi hipta. 
Usted no sabe qué clase de gente son esos 
Thenardier. Unos posaderos, unos lugareños 
que no entienden de razones. Para ellos no 
hay más que el dinero. No me meta usted 
en la cárcel, mi señor Javert. Los Thenar- 
dier pondrían á mi hija enmedio del arroyo 
en el rigor del invierno. Tensa usted lásti- 
ma de mi pobre Cosette, señor Comisario. Si 
fuera más gran decita, ya podría ganarse la 
vida, pero no puede aún. Ya usted ve, no 
tiene más que siete años el ángel de mi 
alma. 
Jav. ¿Has concluido de decirlo todo? Pues á la 

cárcel. El Padre Eterno no podría impedir- 
lo. (Entra el Señor Magdalena seguido de algunos 

obieros.) Ahí tienes al señor alcalde. 



ESCENA III 

LOS MISMOS y el SEÑOR M \GDALENA 

Mag. Aguarden ustedes un momento. 

Fant. ¡Ah! ¿Eres tú el señor alcalde? (volviéndose fu- 

riosa hacia el señor Magdalena.) ¿ErCS tÚ el virtUO- 
so señor MagdalenaV (volviéndose á ios demás.) 

El es el causante de mi desgracia. Sí; ese 
viejo, ese villano, ese monstruo tiene la cul- 
pa de todo. Sí, señor Javert. Me echó de fu 
casa por habladurías de la inspectora del ta- 
ller, por chismes de una mujerzuela. ¿No 
es una infamia despedir á una pobre mu- 
chacha que trabajaba honradamente, por el 
delito de tener una hija?... Desde aquel día 
no volví á ganar lo suficiente, y de ahí na- 
cen mi desgracia y mi deshonra. Mi Cosette 
había caído enferma y tuve que mandar di- 



— 30 - 

ñero. Entonces vendí mis vestidos, mis 
muebles, mis cabellos y hasta mi cuerpo. 

(Arrancándose violenlamente el capuchón y mostrando 
sus cabellos cortos adornados con flores marchitas y 

llenas de lodo.) Vean usted^s mi pobre cabeza. 
¡Ab, miserable, miserable! ¡Maldito peas! (Le 

arroja á la cara un puñado de flores. Todos los cir- 
cunstantes, á excepción del señor Magdalena, que per- 
manece impasible, hacen ademán de indignación.) 

Jav. (a los agentes.) ¡Atad á esa bfibunal 

Mag. ¡áeñor Comisario, ponga usted á esa mujer 

en libertad. 

Fant . (Atónita.) ¿Qué dice? 

.lAV. |Ehl ¿Dejarla en libertad? i 

xMag . Sí. 

Jav. Imposible. Esa mujer acaba de abofetear á 

un caballero, 

Mag. Escuche usted, Javert. Yo pasaba por la pla- 

za cuando usted traía á esa infeliz. Había 
algunos grupos comentando lo ocurrido, y 
sé perfectamente que no ha sido ella, sino 
el caballero quien tuvo la culpa. 

Jav. Esta mujer acaba de insultar al señor al- 

calde. 

Mag. Eso es cuenta mía. 

Jav. Perdone usted, señDr alcalde; la injuria no 

es suya, es á la autoridad. 

Mag. La primera autoridad es la conciencia. Aca- 

bo de oir á esa desgraciada, 3^ sé lo que me 
hago. 

Jav. Mi deber exige que la detenida vaya á la 

cárcel. 

Mag. y el mío exige que la ponga usted en li- 

bertad. 

Jav. Pero permita usted... 

Mag. La falta que esa mujer ha cometido es de 

mi competencia, con arreglo á los artícu- 
los 9, 11 y 15 del Código de procedimiento:^. 

Jav. Sin embargo... 

Mag . Ni una palabra más. (javert se inclina y hace se- 

ñas á sus agentes para que dejen en libertad á Fan- 
tina.^ 

Fant. Pero, ¿es cierto? ¿Es verdad que estoy libre? 

(Dirigiéndose al señor Magdalena.) 



- 31 ~ 

Mag . No sabía una palabra de lo que acaba de 

decir. Es más: hasta ignoraba que hubiese 
usted estado en mis talleres, pero repararé 
el mal. Pagaré sus deudas y haré venir á su 
hija ó irá usted á buscarla. Volviendo á ser 
feliz, volverá á ser honrada. Además, si es 
verdad lo que ha dicho usted, y yo no dudo 
que lo sea, jamás ha dejado usted de ser hon- 
rada, virtuosa y santa á los ojos de Dio^. 

Fant. (cayendo desplomada á los pies del ser Magdalena y 

besándole la mano.) ¡D'.OS mío! ¿Ks posible tan- 
ta dicha? ¡Ah! Bendito sea usted, bendito 

sea. (^Solloza y se desvanece.) 

Mag. Amieos míos, tengan ustedes la bondad de 

ayudarme á conducir á esta mujar á la en- 
fermería de la fábrica. Por aquí, por mi des- 
pacho. En seguida iré yo. (Salen todos lleván 
dose á á Fantina.j 



ESCENA IV 

MAGDALENA y JAVEKT 
Mag. 'a Javeit que se dispone á marcharse.) EsCUchc US- 

ted, señor Comisario. Acabo de hablarle con 
alguna violencia, y le suplico que me dis- 
pense. 

Jav. (con frialdad.) El scñor alcalde estaba en su 

derecho, pero habrá de permitirme que le 
diga que es demasido bueno con los crimi- 
nales. 

Mag. Los criminales no son masque desgracia- 

dos. 

Jav . Los malos son malos biempre, y yo puedo 

afirmarlo mejor que nadie, porque me crié 

en presidí'). (Mirándole fijamente.) 

Mag . ¿De vera?? (palideciendo.) 

Jav. Fui cómitre en... en un presidio del medio- 

día. 

Mag. iAh! 

Jav. De manera que conozco á esas gentes que 

algunas veces se disfrazan de ovejas para 

engañar á los tontos. (Se oye sonar la campana.) 



— ól — 

Mag. Ya van á salir los obreros, (eh este momento so 

oye fuera la voz de Fauchelevaut.) 

Fauch. En, largo de aqní, holgazanes: yo descarga- 
ré el carro. 

Jav. Es el tío Fauchelevant que ha traído los 

adoquines para el empedrado de la plaza. 

(En este momento se oyen enl a plaza gritos desgarra- 
dores de espanto. Magdalena y Javert se lanzan á la 

ventana.) |Se le ha caído la carreta encima. 

Mag. ¡Desgraciado! ¡Pronto una palanca! 

Jav . Llegará tarde. El carro se hunde en la arena. 

Voces (Dentro.) ¡Socorro! ¡Socorro! 

Mag. Amigos míos, veinticinco luises á quien le- 

vante la carreta. 

Simón (En la escalera ) No es la voluntad la que fal- 

ta, si no fuerza. 

Mag. Allá vo}'' yo. 

Jav . No he conocido más que un hombre capaz 

de hacer eso que usted propone, señor Mag- 
dalena. 

Mag. (volviéndose.) ¿Quién? 

Jav. Un forzado del presido de Tolón. 

Voces ¡Socorro! 

Mag. (Mirándole.) [Ah! (Se lanza hacia la plaza. Algunos 

le siguen, oyéndose gritos de espanto.) 

Obrero (En la plaza.) No haga usted eso, señor Mag- 
dalena. 

Jav. (íQué hace? ¡Se van á aplastar los dos! ¡La 

carreta se mueve! ¡Es increíble! 

Voces (Fuera.) ¡Viva el señor Magdalena! (Entra en la 

escena el señor Magdalena, jadeante, limpiándose el su- 
dor, con los vestidos manchados de nieve y fango.) 

Mag, Gracias, gracias, amigos míos. 

.JAv, (Aparte.) El es. (Alto.) Autes de que usted se 

vaya, tengo que pedirle que me conceda una 

licencia de quince días. 
Mag. ¿Para qué? 

Jav. Para ir á París... Creo haber reconocido, en 

circunstancias muy extraordinarias, á un 

antiguo presidiario, reincidente y quisiera 

denunciarlo. 
Mag. ¡Vaya usted! 



— 33 



CUADRO TERCERO 
Una tempestad bajo un cráneo 

El despacho del Alcalde 

ESCENA PRIMERA 

El SEÑOR ÍIAGDALEXA y SOR TERESA 

IVIag. ¿Se le han entregado ya al viejo Fauche- 

levant los mil francos? 

8oR T. Sí, señor: 3' además acabo de darle una car- 
ta de recomendación para la directora del 
convento de las Carmelitas de París, rogán- 
dola que le admita como jardinero. 

Mag. Está bien. Sor Teresa. ¿Y cómo sigue nues- 

tra enferma? 

Sor T. Un poco mejor. El médico cree que la pobre 
Fantina se salvaría si pudiera ver á su hija. 

Mag. No sé en qué piensan esos Thenardier. Les 

he escrito tres cartas en quince días recla- 
mándoles á Cosette, y aun no obtuve res- 
puesta. Será preciso que vaya yo mismo á 
buscar á la niña. 

Sor T. ¡Oh, sí, señor Magdalena! Hágalo usted por 
esa desdichada. Si viese cuánta adoración 
siente por usted desde el día en que la re- 
cogió. 

Mag. Todo lo que yo haga por ella, me parece 

poco, (viendo á Javert.) ¡ Javert! 

Jav. (inclinándose respetuosamente.) ¿Da el Señor al- 

calde SU permisoV 

•Mag. Adelante, Javert. Hermana mía, vuelva us- 

ted al lado de Fantina, y dígale de mi parte 
que mañana iré á buscar á Cosette. (sor Tere- 
sa se inclina y sale.) 



— 34 — 
ESCENA II 

MAGDALENA y JAVERT 

Mag . ;.Qué hay, Javert? 

Jav. Hay, peñor alcalde, que se ha cometido una 

acción culpable. 

Mag. (Dejando ]a pluma sobre la mesa.) ¿Qué aCCiÓn es 

H.«a? 

Jav. Un agente de la autoridad ha calumniado á 

un superior gerárquico del modo más grave. 

Mag . ¿Quién es ese agente? 

Jav. Yo. 

Mag. ¿Usted? 

Jav. Sí. 

Mag . ¿Y quién es la autoridad ofendida? 

Jav. Usted, señor alcalde. 

Mag. ¿Pero qué quiere decir todo esto? ¿Dónde 

está el acto culpable cometido por usted en 
contra mía? Usted no me ha ofendido 
nunca. 

Jav. Sí, señor alcalde, y vengo á pedir mi desti- 

tución de comisario de policía. Usted dirá 
que puedo presentar la dimisión de mi 
cargo, pero esto no basta. Dimitir es honro- 
so. Yo he cometido una falta y debo ser 
destituido. 

Mag . No entiendo ese galimatías. No le compren- 

do á usted. 

Jav. Va usted á comprenderme, señor alcalde; 

hace seis semanas, y á consecuencia de la 
disputa que tuvimos sobre aquella mucha- 
cha, sobre la Fantina, monté en cólera, y 
sin encomendarme á Dios ni al diablo, le 
denuncié á usted. 

Mag. ¡Me denunció! 

Jav. a la prefectura de policía. 

Mag . ^.Como alcalde que usurpa atribuciones? 

Jav. Como antiguo presidiario (Movimiento en Mag-- 

daiena. Pausa.) Así lo Creía entonces. Hace ya 
tiempo que me dominaba esa idea. Cierta 
semejanza extraordinaria, la aventura de la 



— 35 — 

carreta, su vigor muscular, su pierna que 
cojea un poco... [qué sé yo! Tonterías. Pero 
el caso es que le tomé á usted por un tal 
Juan Valjean. 

MaG. [Sin poder contener su emoción.) ¿ün tal?... 

Jav. Justamente. Juan Valjean. Yo había visto 

á ese hombre hace veinte años en Tolón. 
Al salir de presidio, parece que Juan Val- 
jean había cometido otro robo á mano ar- 
mada en una carretera, contra un mucha- 
chito saboyano. Es un caso de reincidencia, 
ya lo sabe usted, y que se castiga severa- 
mente. En fin, el hecho es que la cólera me 
impulsó y que le he denunciado. 

Mag . ¿Y qué le han respondido á usted? 

Jav. Que estaba loco. 

Mag. y á eso ¿qué dice usted? 

Jav. Que tienen razón. ~ 

Mag . Bueno es que usted lo declare. 

Jav, Por fuerza, puesto que el verdadero Juan 

Valjean ha sido preso. 

Mag. ¡Ah! (Deja caer una hoja de papel que tiene entre las 

manos y se queda densamente pálido.) 

Jav. Diré á usted lo ocurrido. Hace poco tiempo 

detuvieron á un sujeto llamado Saint Ma- 
thieu, por robo de manzanas con escala- 
miento de muro; y al llevarle á la cárcel de 
Arras, un antiguo presidiario cumplido, que 
ahora es calabocero, le reconoció como Juan 
Valjean. Lo propio afirmaron tres condena- 
dos á cadena perpetua, llamados Brevet, 
Cochepaille y Cheneldieu; la semejanza no 
cabe duda; idéntico aspecto, idéntica edad, 
idéntica estatura. En fin, yo mismo, á mi 
vuelta de París, estuve en Arras, é hice que 
me presentasen á San Mathieu. 

Mag . (con gran ansiedad.) ¿Y qué? 

Jav . Pues la verdad es la verdad. Aquel hombre 

es, en efecto, Juan Valjean. Yo también le 
he reconocido. 

Mag. ¿Está usted seguro? 

Jav. (Riendo forzadamente.) ¿Que SÍ lo estoy? Y por 

cierto que ahora que he visto al verdadero 
Juan Valjean, no comprendo cómo he po- 



— 36 — 

dido llegar á creer otra cosa, (ineiinándosc.) 
Perdóneme usted, señor alcalde. 

Mag. ¿y qué dice ese hombre? 

Jav. El asunto es grave. Un robo de mnnznnas 

es un delito leve para un individuo cual- 
quiera, pero para un presidiario es un cr - 
men. Escalamiento y robo todo junto. Pero 
ese canalla de Juan Valjean, es ladino como 
un zorro viejo. Hace como que no entiende 
lo que le dicen. Y repite estúpidamente: 
«Yo soy Saint Mathieu, y soy Saint Ma- 
thieu,» y de ahí no sale. Pero no le valdrá su 
astucia. Hay testimonios y pruebas. La cau- 
sa se verá mañana en la Audiencia de Arras 
y allá iré yo como testigo. 

Mag. ¿Se va usted? 

Jav. Esta misma noche en la diligencia. 

Mag. ¿Cuánto tiempo durará la causa? 

Jav. Todo lo más un día. Mañana mismo por la 

noche se dictará sentencia; pero yo no aguar- 
daré el fallo del tribunal y regresaré en 
cuanto preste mi declaración. 

Mag. (Despidiéndole con un gesto.) Está bien, adiós. 

Jav. (Sin moverse.) Dispense usted, señor alcalde. 

Mag. ¿Qné más hay? 

Jav. Aun tengo que recordarle una cosa. 

Mag. ¿Cuál? 

Jav. Que debe usted destituirme. 

Mag. (Levantándoííe.) Javert, usted exagera su falta. 

Usted es un hombre de honor, y yo deseo 
que conserve su plaza. 

Jav. Señor alcalde, no puedo acceder á lo que 

usted me pide. He ofendido á la autoridad 
en su persona y quiero ser castigado. Si uno 
de mis subordinados hubiera hecho lo que 
yo he hecho, le hubiese declarado indigno 
del servicio y hasta le habría despedido. Yo 
quiero ser tratado como merezco, porque 
si no, me consideraría injusto. Para tener 
prestigio hay que ser inflexible. Señor al- 
calde, la conveniencia del servicio exige un 
castigo ejeixiplar. Pido, pues, la destitución 

del comisario Javert. (saluda inclinándose pro- 
fundamente y se retira. Magdalena se desploma sobre 
una silla, ocultando su rostro entre las isianos.) 



- 37 — 
ESCENA III 

JU AN V A L JE A X (l) 

Juan ¿Dónde estoy?... ¿Xo deliro? ^jEs cierto que 

he visto á Javert y que me ha dicho todo 
eso?... ¿Quién puede ser ese Saint Mathieu? 
¿Será verdad que se me parece de un modo 
tan extraordinario? ¡Es inaudito! ¡Inaudito! 

(Levaiiiándose y paseando con agitación.) ¿Qué ha- 
cer? La vista es para mañana. Si quiero ir á 
Arras no puedo perder un minuto. (Protes- 
tando.) Pero, ¿por qué he de ir? ¿Por qué he 
de denunciarme? Esta idea es absurda, ab- 
surda... Caima, un momento de calma, ó 

me volveré loco. (Reflexionando.) ¡Ah, SÍ, CSto 
por de pronto! ^Tira del cordón de la campanilla y 

entra la señora Jiancei.) Señora Mancel, tenga 
usted la bondad de ir á casa de Scaníaire y 
de encargarle que me envíe un cabriolé al 
anochecer. Necesito trabajar un rato y no 
quisiera que se me molestara bajo ningún 
pretexto. 

Sra. Man. Está bien (se va.) 

Juan ( Delante de la puerta.) Así soy dueño de la si- 

tuación. En ese c^che puedo ir á Arras á en- 
tregarme ó á Mont.fermeil á buscar á Cosette. 

(cierra con llave y vuelve a sentarse.) \ ahora tÚ, 

mi testigo, mi guía, mi jaez; tú que en otro 
tiempo rescataste mi alma para el bien, 
aconséjame. Ho}', como entonces, todo esta 
oscuro en el fondo de mi conciencia. Ven, 
sostenme, ayúdame, ilumíname. Mi primer 
movimiento cuando Javert me hablalba, fué 
de alegría, lo confieso. Ese hombre que me 
acosa hace tanto tiempo, ese hombre que 
estaba en acecho detrás de mí como el perro 
en pos de su presa, ya está despistado, abso- 
lutamente despistado. Me lo ha dicho él mis- 



(1 ) Los aetoros están autorizados para reducir este monólogo en 
la representación. 



— 38 — 

mo. Ya tiene á su Valjean. De manera que 
ya estoy en salvo, ya todo concluyó, ya puedo 
respirar tranquilo. Sí, tú respiras tranquilo. 
Pero ¿y el otro? ¿Y el inocente? ¿Qué será de 
él? ¿Qué es lo que habla en tí? El instinto 
físico, el instinto egoísta. Pero tu razón, ¿qué 
es lo que dice tu razón? (pausa.) Mi razón me 
dice que ha sido preciso un cúmulo de cir- 
cunstancias casi milagroso, una especie de 
influencia casi divina para preparar en la 
sombra ese extraordinario parecido. Yo no 
he intervenido en nada de lo que sucede.... 
¿Serás tú, Dios mío, quien ha dispuesto to- 
dos estos sucesos increíbles para salvarme? 
Sí, sí. ¿Por qué no? (protestando.) ¡Ah, hipó- 
crita, hipócrita, que quieres convertir en 
cómplice tuyo al Ser Supremo!... Un hombre 
justo te ha trazado tu misión en la tierra, 
¿pero, cuál? No era seguramente robar la 
plata, esconder tu crimen, sino expiarle... 
No era para despistar á la policía, sino para 
redimir tu alma y para rescatarla del pasa- 
do. El mismo te lo ha dicho. Pues entonces, 
si realizas otro acto infame, no la redimes, 
porque tu pasado continúa... Sí, vuelves á 
ser ladrón, el miás odioso de los ladrones, 
porque robas á otro su nombre, su paz, su 
vida. ¿Qué digo ladrón? Más, mucho más; 
¡eres asesino, el asesino de un alma! ¿Quie- 
res tú ser ese ladrón, ese asesino? ¡Ah, no, 
no! Entonces no vaciles más. Anda, vé, libra 
á ese hombre, entrégate, denuncíate.» (Bajan- 
do la cabeza.) ¡Me denunciarél (cayendo sobre la> 

mesa ) |Me denuncíarél [Ah, cuánto sufro, 
cuánto sufro! La fiebre me abrasa. ¡Me aho- 
ga! (solevanta y va vacilando hasta la ventana, la 
abre y respira con ansia el aire fresco.) ¡Con qué de- 
licia respiro el aire fresco! (Después de un ins- 
tante de vacilación vuelve hacia la mesa y se detiene 
de pronto como asaltado por un pensamiento.) ¡Ah! 

Pero, ¿y Fantina? Yo olvido á esa pobre 
mujer: me olvido de todo. Hasta ahora no 
he pensado más que en mi conveniencia. 
Salvar mi cuerpo ó salvar mi alma, ser un 



— 39 — 

magistrado despreciable ó un presidario su- 
blime, es decir, ¡yo 3^ siempre yo! Pensemos 
ahora en los demás... Si me denuncio me 
prenden y sueltan á Saint Mathieu, esto es 
indudable, pero, ¿y después, qué es lo que 
ocurre aquí? ¡Ah! Aquí hay un pueblo, una 
industria, fábricas, obreros, viejos, mujeres, 
niños, pobres gentes. Yo lie creado todo este 
bienestar, yo he hecho vivir todo esto. Si 
desaparezco, ¿qué sucederá? Desapareciendo 
yo, todo muere, esto es evidente. ¿Y esa in- 
feliz mujer de cuya desgracia soy responsa- 
ble, aunque involuntariamente? ¿Y la pobre 
niña víctima de esos miserables Thenardier? 
Si yo desaparezco morirá la madre y la niña 
quedará sin protección. Y tantas ruinas, 
y tantas desolaciones, ¿por qué? ¿Por quién? 
¡Por un mendigo, por un vagabundo que no 
será más infortunado en presidio que lo es 
en libertadl ¡Ah, no, no! Tú mientes, tú 
mientes. He ahí un hombre, un pobre viejo, 
sobre quien recae una fatal semejanza como 
un crimen, que va á ser confundido contigo, 
que va á ser condenado por tí, y que va á 
concluir sus días en la abyección y en el 
horror. Y tú, quédate de señor alcalde, qué 
date de persona honrada y respetable. Anda, 
vive feliz, virtuoso, admirado y hasta ado- 
rado de muchos, y durante todo ese tiempo, 
mientras estés tú aquí en la alegría y la luz, 
babrá otro que vestirá la chaqueta roja, que 
llevará tu nombre de ignominia, y arrastra- 
rá tu cadena en presidio. ¡Sí, todo esto está 
admirablemente combinado! ¡Ah, miserable, 

miserable! (Estremeciéndose con espanto.) ¿Quién 

me ha llamado miserable? (Pausa. Se tranquiliza 

tiu poco y se enjuga el sudor de la frente.) No, UO lo 

soy. ¡Basta de cobardía! Mañana estaré en 
Arras y dentro de un mes en presidio. ¡Todo 
ha concluido! Digamos adiós á esta existen- 
cia tan buena, tan pura, tan radiante... Ya 
no iré más á pasearme al campo, ya no oiré 
cantar á los pájaros en los árboles, ya no daré 
una moneda á los pequeñuelos, ya no dor- 



— 40 - 

miré en un lecho mullido, ya no escribiré 
más en esta mesa. En vez de todo eso, el pre- 
sidio, la argolla, el calabozo, el cepo y la pro- 
miscuidad horrible de los criminales. [Y á 

mi edadl ÍCubriéndose la cabeza con las manos.) ¡Es 

demasiado, demasiado! No puedo, no puedo. 
(cayendo de rodillas.) Mi juez, mi DIos, ten pie- 
dad de mi. Yo no sé si es necesario este sa- 
crificio, pero ya ves que es imposible, (cou la 

frente apoj-ada en el respaldo do la butaca, solloza las- 
timosamente ) ¡No puedo, no puedo! 



CUADRO CUARTO 



aai 33e 



ESCENA ÚNICA 

EL PRESIDENTE, EL FISCAL, SAINT MATHIÉ, entre dos Gendar- 
mes. Abogados, Jueces, Testigos y el Público. Después CHENELDIEU, 
COCHEPAILLE y BREVET. Luego JUAN VALJEAN 

Fiscal Señores magistrados: Acabáis de oir á los tes- 
tigos, entre los cuales se encuentran personas 
respetables. No sólo tenemos en nuestra pre- 
sencia á un merodeador de fruta, tenemos 
en nuestro poder á un licenciado de presidio, 
un criminal de los más peligrosos, un mal- 
hechor llamado Juan Valjean, á quien la 
justicia persigue hace ya mucho tiempo, par 
el delito de robo á mano armada en la per- 
sona de un muchacho llamado Gervasillo; 
crimen previsto en el articuló 383 del Código 
penal, y respecto de cuyo delito nos propone- 
mos perseguirle ulteriormente cuando haya 
quedado probada su identidad de una ma- 
nera jurídica. 

PrES . Acusado, levántese usted, (los Gendarmes obli- 

gan á' Saint Mathié á levantarse. Este hace un movi- 
miento como quien se despierta después de un sueño 



— 41 ~ 

y mira atónito á su alrededor.) ¿Tiene USted algO 

que decir en su defensa? 

Saint M ,<Que si tengo algo quo decir? ¡Está claro! 
Que fui carretero en París, y que lo fui tam- 
bién en casa del tio Balup... Es un oficio de 
perros... En invierno se pasa tanto frió, 
que se golpea uno las manos para entrar en 
calor, pero los maestros se quejan diciendo 
que así se pierde el tiempo... Andar sobrf' 
un carro y descargar al aire libre cuando 
hay hielo en las piedras es muy duro. En 
semejante faena, pronto se gasta un hom- 
bre; y luego, son tan malos los patronos... 
Cuando un pobre no es ya joven, le llaman 
viejo, tonto, burro viejo'y otras cosas por el 
estilo. Yo no ganaba más de un franco: me 
pagaban lo menos que podían, aprovechán- 
dose de mi edad... Tuve una hija conmigo 
que er'a lavandera en el río, y entonces lo 
pasábamos mejor. Su marido no era bueno, 
la zurraba sin compasión, por costumbre. Se 
murió pronto. Ya se ve, cuando se come 
poco y se trabaja mucho... 

pR£s. Acusado, responda usted á las preguntas 

que se le han hecho. Se halla usted en una 
situación en que es preciso contestar con 
toda claridad. Acusado, en interés suyo, le 
interpelo por última vez. Explique usted 
claramente estos dos hechos: Primero, ¿ha 
saltado usted la tapia de la heredad de Pie- 
rron, si ó no? ¿Es cierto que tronchó usted 
una rama del árbol y robado las manzanas, 
es decir, que ha realizado el robo con esca- 
lamiento? Segundo: ¿es usted el presidario 
Juan Valjean, si ó no? 

Saint M. (Atónito y miranrio á todos lados ) ¡Vaya uuas pre- 
guntas! ¡Que yo no soy yo, que soy otro! ¿Es 
que se burlan ustedes de mi? 

Fiscal (con voz severa.) Acusado, at'enda usted bien. 
Usted no responde á nada de lo que se le 
pregunta, y ese sistema de negativas agrava 
su situación. Es evidente que usted no se 
llama Saint Mathié; que usted es el proce- 
sado Juan Valjean y que hace muchos años 



_ 4-2 - 

ocultó su verdadero nombre para despistar 
á la justicia. Es evidente también que ha 
robado las manzanas en el huerto de Fie- 
rren. Estos dos hechos están plenamente 
comprobados. 
Saint M. Yo no he robado nunca nada. Voy á decir 
lo que quería decir, pero no me ocurría al 
pronto. No sé explicarme... Ya saben que 
fui carretero y que no sé leer ni escribir. No 
tengo que comer todos los días, y como ve- 
nía de camino, después de un turbión que 
había desgajado los árboles, encontré por 
tierra una rama tronchada de manzana?; la 
cogí sin pensar que me traería tantos dis- 
gustos. Tres meses hace que estoy preso y 
que me llevan de acá para acullá como ar- 
caduz de noria. Ustedes hablan contra mí y 
me dicen: «Responda usted á esto y á lo 
otro», y no sé qué decir. El gendarme que 
tengo al l?do, y que es un buen muchacho, 
aunque tiene la mano dura, me empuja con 
el codo diciéndome: «Responde, imbécil.» 
Yo no sé explicarme... yo no he hecho estu- 
dios... yo no tengo letras como los señores. 
Me hablan ustedes de cierto Juan Valjean. 
Pues bien: no le conozco. No tiene uno obli- 
gación de conocer á todo el mundo. ¿Me 
preguntan ustedes por mi familia? Pues ya 
no la tengo. Mi hija está enterrada en el ce- 
menterio del Padre Lachaisse, en el hoyo 
grande, en la fosa común, en la de los po- 
bres. ¿Quieren saber el nombre de mis pa- 
dres? No los conocí. No todos tienen casa 
donde venir al mundo cuando nacen. Creo 
que mi padre y mi madre eran gentes que 
andaban por los caminos, y no sé más. Cuan- 
do era chico me llamaban el pequeño, y 
ahora me llaman el viejo. Les repito que no 
he robado nada. Pobre, bien; pero ladrón, 
¡nunca! ¿Acaso no roban más que los mise- 
rables? Pues yo sé de patronos ricos que ex: 
plotan el sudor de los trabajadores. ¿No es 
esto robar? ¿No es esto contra la ley de Dios? 
¿Sí? Pues nadie los busca ni los detiene. . (ei 



43 — 



Pres. 
Saint M, 



Fiscal 



Pres. 



Saint M. 
Pres. 



Presidente toca la campanilla.) ¡Cá, al COntrarioI 

se les adula, se les considera, y la policía se 
quita la gorra cuando pasa por delante de 
ellos. ¡A mi maestro le nombraron síndico 
del Ayuntamiento de París! Así, como lo 
digo, señor Presidente. ¡Ea, ya me fastidian 

con sus preguntas! (Exaltándose cada vez más ) 

¿Por qué se han de revolver todos ustedes 
contra un hombre de bien? Esto no es justo, 
no, señor. ¿Qué motivo hay para que tan 
encarnizadamente se me persiga? ¿Cuándo 
se ha visto que se trate á un pobre hombre 
con tanta dureza? ¿Eres ladrón, eres crimi- 
nal, eres presidario cumplido? No te llamas 
Saint Mathié, sino Juan... Juan no sé qué... 
¡Vaya, esto es demasiado! Un santo se enco- 
lerizaría. ¿No saben ustedes que he pasado 
hambre? Entonces, ¿por qué no me sueltaa? 
¿No se encuentra un corazón generoso en 
esta sala? ¡Cuando digo que hay para perder 
el juicio y renegar de todo!. . 
Acusado: guarde usted compostura, ó ios 
gendarmes se la harán guardar. 
Corriente. Ya me callo: no diré una palabra 
más. Que me lleven á presidio, que me de- 
capiten si quieren: pero que no me llamen 
ladrón. ¿Qué necesidad hay de insultar á un 
hombre delante de tanta gente? (se sienta y se 

oyen murmullos en el público.) 

Señor Presidente: en vista de las denegacio- 
nes confusas del acusado, que como acaba- 
mos de ver pietende pasar por idiota, pido 
que sin más preámbulos comparezcan dfi 
nuevo ante el Tribunal los condenados Bre- 
vet, Cochepaille y Chenaldieu, y se les inter- 
pele por última vez acerca de la identidad 
del reo con la persona del presidiario Juan 
Valjean. 

Que entren los testigos. (Sale un Ugier y pocos 
momentos después entran Chenaldieu, Brevet y Coche- 
paille, conducidos por gendarmes.— Dirigiéndose al acu- 
sado:) Levántese usted. 
¿Otra vez? (Levantándose. Risas en el público.) 

¡Orden! Chenaldieu, usted ha sufrido pena 



_ 44 — 

infamante y no puede prestar juramento. 
¿Declara upted que ese hombre es su anti- 
guo compañero Juan Valjean? 

Chen. Sí, señor Presidente. Yo fui el primero que 

le reconoció é insisto en ello. Ese hombre es 
Juan Valjean, que salió del presidio de To- 
lón en 1815. Ahora tiene el aspecto de un 
bruto, pero con nosotros era muy socarrón. 

Fres. Y usted, Cochepaille, ¿le reconoce también? 

CocH. Vaya si le reconozco, señor Presidente. He- 

mos pasado cinco años juntos, amarrados á 
la misma cadena. ¿Te enojas porque lo re- 
cuerde, compañero? 

Pres, ¿y usted, Brevet? 

Brevet Señor Presidente: ese hombre es Juan Val- 
jean. En presidio le llamábamos Juan el re- 
cio, por lo fuerte que era. 

Saint M. ¡Esta si que es buena! (^Mirando ai presidiario.) 

Fres. Acusado: ya ha oido usted á los testigos. 

¿Qué tiene que contestar? 

Saint M. vRiéndose.) Digo, ¡qué esta si que es buena! 

(Rumores de indignación en el público ) 

Fres. ügieres, hagan guardar compostura al pú- 

blico. Se va á terminar la vist^. (En este mo- 
mento Juan Valjean, que ha entrado por una puerteci- 
Ua del lado del Tribunal y ha escuchado las declaracio- 
nes de los presidiarios.) 

Juan ¡Chenaldieu, Cochepaille, Brevet, mirad 

aquí! 
Voces (En ei público.) lEl señor Magdalena! (los jueces 

se levantan y miran con asombro á Juan Valjean.) 
Juan ¿No me reconocéis? (^Los tres presidiarios le miran 

y hacen seriales negativas con la cabeza.) PueS bien: 

yo os reconozco perfectRraente. ¿Te acuerdas 

Cochepaille?... (Después de vacilar un momento.) 

¿te acuerdas de aquellos tirantes amarillos 
que llevabas en presidio? 

CoCH (volviendo á mirarle con asombro.) ]Qué dicC ese 

hombre! 
Juan Y tú, Chenaldieu, á quien llamábamos en 

presidio «Niega á Dios», ¿no es verdad que 
tienes en el hombro derecho una profunda 
quemadura, porque un día quisiste borrar 
con un hierro candente las letras T. O. y F. 



— 45 — 

que aún debes de llevar grabadas en la piel? 
Contesta: ¿no es verdad? 

CocH. Es cierto. 

JuAN" Y tú, Brevet, ¿no te marcaste también en el 

brazo izquierdo, cerca de la sangría, una fe- 
cha con pólvora quemada? Esa fecha, es la 
del día del desembarco del Emperador Na- 
poleón en Cannes. «Primero de Marzo de 
1815.» Levántenle la manga de la chaqueta. 

Brevet (Levantándose la manga.) Ac|UÍ CStá. 

Gen, (Mirando el brazo desnudo.) Es verdad. (e1 audito- 

rio lanza una exelamaci<3n de asombro.) 

Juan (con voz tranquila.) ííeñores magistrados: ese 

hombre es inocente. Señor presidente: man- 
dad que me detengan. El criminal que uí-- 
tedes persiguen no es Saint Mathié, sino yo. 
¡Yo soy Juan Valjean! 



FIN DEL ACTO SEGUNDO 



.>je-»^>y.;«!a¡ig-«^^_ 



^Kg■':^A^^:^?" •^^•'^^::'Mg^3>a^5:g3:s¿^gg^^ r^y^^y^t^:.xs)mm 



ACTO te;rci;ro 

CUADRO PRIMERO 
Sor Teresa 



Una habitacióu en la enfermería. En el fondo de la derecha la puerta 
de la celda de Sor Teresa. En la izquerda, en un ángulo del muro, 
una g-rau ventana, á través de la cual se ven los techos de las ca- 
sas. En primer término del mismo lado, la puerta de entrada, y 
enfrente de ella la cama donde está acostada Fantina. Es de noche. 



ESCENA PRIMERA 

FANTINA, SOR TEREriA y el DOCTOR LAME 

Sor T (a Fantina.) ¿Cómo se encuentra usted, hija 

mía? 
Fan. Mejor. Quisiera ver al señor Magdalena. 

• -* (xose débilmente '1 

Sor T. (En voz baja al Doctor.) No hace más que repe- 
tir esas mismas palabras todo el día. ¿Qué 
debo responderle? 

Lame Hay que avisar al señor alcalde. La enfer- 

ma no está bien. 

Sjr T. El señor Magdalena no está en el pueblo 
desde ayer, y Fantina ha pasado toda, la 



_ 4b - 

• 

noche muy abitada: ahora parecía más tran- 
quila, porque supone que el señor alcalde 
ha ido á buscar á su hija. 
Fan, ¿Pgv qué hablan ustedes en voz baja? ¿Qué 

suceder (incorporándose en la cama.) 

Sor T. Cálmele usted, hija mía: procure descansar 
ahora, y no hable. Vamos, yo se lo ruego. 

Lame (eu voz baja.) Dígale usted que el señor Mag- 

dalena está ocupado en el Ayuntamiento. 

Sor T. Yo no puedo mentir, señor Doctor. La reli- 
gión me lo prohibe. (Aproximándose á Fantina.) 
El señor alcalde está ausente. 

Fan. ¿Ausente? (con alegría.) Entonces ya sé dón- 

de ha ido. A buscar á Cosette, á mi hija. 
Perdóneme usted, hermana. Hace un mo- 
mento he alzado la voz, pero no lo haré más. 
ICstoy tan alegre ahora. Dios es bueno, y el 
señor Magdalena también lo es. Figúrese 
usted que ha ido á Montfermeil por Cosette, 
por mi hija. 

Sor T. La repito que sea razonable y que procure 
descansar un rato. Estese quietecita y vuél- 
vase á echar. 

Fan. Sí, yo haré todo lo (^ue usted me mande. 

Sor Teresa. El señor Doctor dejará que la 
acueste á mi lado en una camita, ¿no es 
verdad? Ya verá usted, cuando despierte 
por la mañana, la daré los buenos días, y 
por la noche, como no duermo, la sentiré 
dormir á ella. ¡Tiene una respiración tan 
dulce, y me hará tanto bien el oiría!... 

Sor T. Todo vendrá á su tiempo, hija mía. Lo im- 
portante ahora es recobrar fuerzas y tran- 
quilizar el ánimo. Ya que usted es feliz en 
este momento, obedézcame y no hable más. 

Lame - Déme usted la mano. 

Fan. ¿El pulso? ¿Y para qué? ¡Si ya estoy buena! 

¿No ve usted que dentro de poco llegará 
Cosette? ¿Verdad que ya estoy buena, Sor 
Teresa? 

Sor T. Sí, ya está usted mucho mejor. 

Lame jYa lo creo! Conque basta luego, y juicio. 

(Va a la mesa y escribe una receta. Por Teresa se sien- 
ta al lado de la cama y empieza á hacer crochet ) 



— 49 — 

Fakt. ¡Cuando dormía á Cosette la cantaba una 

canción! A ver si la recuerdo. Sí, esta es. 

(Canta dulcemente hasta quedarse dormida.) 

Azul es el lirio (1) 
y verde el rosal, 
sus flores en Maj^o 
rosadas serán. 



La Virgen María 
me fué á visitar, 
con manto bordado 
y de oro el sayal. 



En mi velo, dijo, 
envuelto verás 
el niño que un día 
me fuiste á implorar. 



Azul es el lirio 
y verde el rosal: 
más bello es el hijo 
que yo te he de dar. 



ESCENA 11 

LOS MISMOS y JUAN VALJEAN, que entra en el momento de 
quedarse dormida 

Sor T. ¡Por fin, dormida! ¡Ah! ¿Es usted, señor al- 
calde? Le aguardábamos con impaciencia. 
¡Qué pálido está! ¿Se encuentra enfermo? 
¿Qué le ha sucedido? 

Juan No he podido venir antes. ¿Cómo sigue esa 

pobre mujer? 

Sor T. No está mal en este momento. Pero ayer 
estuvo muy agitada. Pasó toda la noche de- 
lirando. Pero ahora descansa tranquilamen- 
te. La infeliz supone que el señor alcalde 

^ly La artista puede suprimir esta caución si lo juzga necesario. 

4 



~ 50 - 

ha ido á Montferaieil en busca de su hija. 
No sabe usted la alegría que le ha causado 
esta suposición. Hace poco croímos que se 
iba á volver loca de contento. ¿Es cierto que 
viene usted de allí? 

Juan No: vengo de Arras. 

Sor T. ¡Pobre Fantina! Ahora que le va á ver á us 
ted solo, ¿qué le diremos? 

Lame ¿Cuándo podrá venir la niña? 

Juan Dentro de do=í días. 

Sor T. ¿y qué le vamos á decir cuando se despier- 
te? ¡Ah, Dios mío! Temo que al no ver á su 
hija va á sufrir una sacudida violenta. 

Lame Le diremos que no ha regresado el señor 

Magdalena. 

Juan No: es preciso que le hable en seguida, (sc 

acerca al lecho de Fantina y la coge una mano.) 
FaN. (Se despierta sonriente y dice:) ¿Y CoSCtte? 

Sor T. ¡Siempre la misma idea! 

Fan. ¿Dónde está? ¿Por qué no la han subido so- 

bre la cama para que yo la viese al desper- 
tarme? 

Lame Hija MÍa, cálmese usted; su niña está ahí. 

Fan. (Devorando la puerta con los ojos.) Entonccp, trái- 

ganmela ustedes. 

Lame Todavía no. Aún tiene usted un poco de ca- 

lentura y la presencia de su hija la agitaría. 

Fan. Ya estoy curada. Le repito á usted que estoy 

curada. ¡Quiero ver á mi hija! 

La.mé ¿Ve usted cómo ee exalta? Mientras esté así, 

me opondré á que vea usted á su hija. 
Cuando sea razonable se la traeré yo 
mismo. 

Sor T. ¿No me ha prometido usted obedecerme en 
todo cuanto la mande? Pues yo le ruego que 
tenga juicio. 

Fan. Lo tendré, sor Teresa: se lo prometo. No se 

enfade usted conmigo. 

Sor T. (Acariciándola.) No me enfado: ya sé que sus 
vehemencias son muy naturales. 

Fan., y usted también, señor doctor, perdóneme 

usted. Esperaré: esperaré todo el tiempo 
que quieran, pero les juro que no me hubie- 
ra hecho daño ver á mi hija, ¿sabe usted? Si 



— o; — 

me la trajeran ahora me pondría á hablar 
coa ella tan tranquila. No tengo calentura, 
pero, en fin, por darle gusto voy á hacer 
como si estuviera enferma. 

Lame Así me gusta. (Da la receta á sor Teresa y sale.) 

r AN. (volviéndose hacia Juan Valjeau y con acento muy ca- 

riñoso.) ¿Le ha parecido á usted bonita, señor 
alcalde? Habrá tenido frío en la diligencia, 
¿no es cierto? ¿No me la podrían traer uu 
momento, un momento siquiera? Ya no me 
conocerá la pobrecilla. Las criaturas son 
como los pájaros, no tienen memoria. 
Juan Cosette es hermosa y está buena, y la verá 

usted muy pronto: pero cálmese usted. 

FaN. iQué felices vamos á ser! (Javert aparece en la 

puerta y Fautina, al verle, lanza un grito ) ¡ A.h' (Abra- 
zándose á Juan Valjeau.) ¡cálveme usted, señor 
Magdalena!... ¡Ampáreme usted, hermana 
mía! 



ESCENA III 

LOS MISMOS y JAVERT 

JuAH Tranquilícese, hija mía. No viene por usted. 

(a Javert.) Estoy á sus órdenes. 

Jav. ¡Andando! 

íSoR T. ¡Señor Magdalena! ¿Qué significa esto? 

Jav. Sor Teresa, usted que no ha mentido nun- 

ca, no puede dar ese nombre á un misera- 
ble, á un presidiario, (sacando un papel del bol- 
sillo.) Aquí está la orden de arresto, firmada 
por el señor juez de Arras. Conque, vamos. 

Sor T. ¿La orden de arresto contra el señor alcal 
de? Pero ¿estoy soñando? ¡No; esto no es po- 
sible! Usted es víctima de alguna espantosa 
alucinación, señor comisario. ¿Presidiario él? 
¿Presidiario el mejor y el más compasivo de 
los hombres? ¡No: repito que esto no puede 
ser! 

Jav. Hermana, es usted demasiado buena para 

comprender hasta dónde llega la audacia de 
ciertos criminales. 



- 5-2 — 

Juan ;Javert! 

Jav. Llámeme señor comisario. 

Juan (eü voz baja ) Señor comisario, tengo que ha- 

cer á usted una súplica. 

Jav. [Altol... A mí se me habla alto, ¿entiendes? 

Juan Concédame usted dos dias para ir á bupcar 

la criatura de esa infeliz mujer... Pagaré lo' 
que sea preciso. Usted me acompañará, si 

gusta. (En voz baja.) 

Jav. (Riendo ferozmente.) ¿Tienes ganss de reir? Me 

pides dos días para, escaparte, y dices que 
es para ir á buscar la hija de esa bribona. 
¡Qué cosa más chusca! 

Fan. (incorporándose en la cama.) ¡Mi hija! ¿Lr á bus- 

car á mi hija? ¡Luego no está aquí! Yo quie- 
ro ver á Cosette, señor alcalde. Hermana, 
respóndame usted. ¿Dónde está mi hija? 
¡Pronto, mi hija! 
Jav . Miren la otra por dónde sale. ¡Qué alcalde 

ni qué niño muerto! Aquí no hay más que 
un ladrón, un presidiario llamado Juan Val- 
jean. ¡Eso es lo que hay! (Agarrándole por 

le cuello.) 
Fan. ¡Ah! (Lanza un grito, se incorpora con el espanto re- 

tratado en los ojos y por último, cae desplomada en la 
cama.) 

Sor T. (caj-'endo de rodillas.) ¡Misericordia, Señor! 

Juan (Se hiergue, separándose, con violencia, de las garras 

de javert.) Acaba usted de asesinar á esa 
mujer. 

Jav. (Retrocediendo intimidado por la actitud de Juan.) 

Concluyamos. Los Gendarmes están abajo. 

Juan (Acercándose á la cama y arrancando uno de los barro- 

tes de hierro,) Le acousejo á ustcd que no me 
distraiga en estos momentos. 

Jav. (Desconcertado.) ¿Qué diceS? 

Juan Tengo que hacer un juramento sobre este 

cadáver. Esperadme ahí fuera. No quiero 
que nadie profane mis oraciones. 

Sor T. Yo se lo ruego también, señor comisario. 
• (Entra en la celda.) ¡Sea usted compasivo! En 
todo esto hay un error, que Dios aclarará 
muy pronto, 

Jav. La celda de Sor Teresa no tiene salida, (mí- 



— 53 — 

lando desde la ventana.) Cuarenta pies de alto. 
Pe cuucedo dos minutos. 

Juan (señalando la puerta.) ¡Salga USted! (javert sale.) 

Fantina, yo te juro que Cosette será dicho- 
sa, aun á costa de mi vida. (Arregla la almoha- 
da, cierra los ojos al cadáver, después se arrodilla cerca 
de ella, levanta dulcemente una mano de la muerta, la 
besa y la coloca en el lecho. Después se levanta y se di- 
rige hacia la celda.) ¡¡Sor Teresa! 

Sor T. (Sale. Juan saca de su cartera varios billetes de Banco, 

que entrega á la Hermana.) 

Juan Hermaua, tome usted para el entierro de 

esa pol)re mujer: el resto lo dará usted á los 

pobres. (Coge su sombrero y da dos pasos hacia la 
puerta.) 

Sor T. ¿Dónde va usted? 
JfTAN A entregarme á la policía. 

Sor T. (Atónita.) ¡A entregarse! ¿Luego es cierto lo 
que dice ese hombre? 

Juan (Bajando la cabeza.) ¡Es cierto! 

Sor T, ¿Usted un criminal? ¿Usted un antiguo pre- 
sidiario? 

Juan ¡Sí, Sor Teresa! 

Sor T. Pues bien: yo no quiero que usted se en- 
tregue. 

Juan ¿Qué dice usted? 

Sor T. ¡La verdadl Vivo alejada del mundo y des- 
conozco sus leyes; pero las leyes divinas, las 
únicas que yo profeso, me impulsan á am- 
parar su fuga. Si mi acción es buena ó mala, 
Dios decidirá en su día, y á su fallo me so- 
meto. ¡No tengo otro juez! ¡Pronto! .. ¡Aquí! 

¡En mi celda! (Empuja á Juan Valjean hacia el án- 
gulo que hace la puerta de su celda y le oculta dentro 

de ella.) Ahora, ¡que entren! 

JaV. No está. (Mirando á todos lados.) 

Sor T. Acaba de huir. 

Jav. ¿Por dónde? Usted que es una santa mujer, 

dígame por dónde ha huido. 

Sor T. (señalando la ventana.) Por allí. 

Jav. ¿Por los tejados? 

Sor T. Hace uri momento. 

Jav. Le atraparemos. Rodead la calle, (saie diri- 

giéndose á los Agentes que quedan á la puerta.) 



Juan (Se arrodilla delante de Sor Teresa.) ¡Que DioS le 

premie á usted esta mentira en el Paraíso» 
hermana mía! 
8oR T. ¡Y que El le ampare á usted sobre la tierral 



CUADRO SEGUNDO 
La huérfana 



Un bosque cerca de Monfermeil. A la derecha una luente que sale de 
una roca. Noclie muy obscura 



ESCENA ÚNICA 

COSETTE y JUAN 
Cos. (Llega por el feudo con un cubo y entra en escena 

muy asustada.) Tengo miedo, un miedo muy 
grande. De día no me asustan los árboles, 
pero de noche... ¿Qué hay allí? ¡Un fantas- 
ma! (Escondiéndose detrás del cubo.) ¡No!... ¡Es Un 

álamo! |Qué frío tengo! ¡Ya está aquí la fuen- 
te! A llenar, á llenar á escape, (pone ei cubo de- 
bajo de la fuente.) ¡Cómo se queja el agua! ¡Pa- 
rece que también tiene miedo! (Tratando de le- 
vantar el cubo.) ¡No puedo con él! ¡Es tan pe- 
sado!... (Da unos pasos y vacila.) Se me Va á 
verter el agua. (Aparece Juan Valjean.) 

Juan ¿Qué haces, hija miar 

Cos. Verter un poco de agua. ¡Pesa tanto el 

cubo!... 

Juan 8í, en efecto. Dame, te lo llevaré yo. 

Cos. Gracias. 

Juan ¿Cuántos años tienes, chiquita? 

Cos. Ocho años, señor. 

Juan ¿Dónde vives"? 

('os. En Montfermeil, aquí al lado. 

Juan ¿No tienes madre? 

Cos. No lo sé. Me parece que no. Las demás ni- 



— 55 — 

ñas sí la tienen, pero yo creo que nunca he 
tenido madre. 

Juan ¿Cómo te llamas, hija mía? 

Cos Cosette. 

Juan (Estremeciéndose. j ¡Ah!... ¿Y quién cs la perso- 

na que te envía al bosque? 

Cos. La señora Thenardier. 

J JAN ¿La Thenardier? 

Cos. Sí, señor; mi ama. La dueña del mesón. 

Juan ¿No hay criada en casa de la señora The- 

nardier? 

Cos. No, señor. 

Juan ¿Estás sola? 

Cos. Hay otra chica, Eponina, la hija de la señor 

ra; pero ésta no trabaja, juega con sus mu- 
ñecas. 

Juan ¿Y tú sí? 

Cos. Todo el día. A veces, cuando he concluido 

mi trabajo, juego yo también. 

Juan Pues voy á cenar á casa de tu ama. ¿Quieres 

enseñarme el camino? 

Cos Con mucho gusto. * 

Juan Vamos. 

Cos. Por aquí, señor, por aquí, (vanse.) 



CUADRO TERCERO 
El salvador 

Una sala baja de la taberna. Puerta al fondo y á la derecha. Mesas, 
botellas, vasos 

ESCENA PRIMERA 

LA THENARDIER, está limpiando los vasos al levantarse el telón. 
THENARDIER, CLAQUESUS y MON'TPARNASE beben sentados al- 
rededor de una mesa 

La Then. ¿Por dónde andará esa holgazana? De fijo 
que estará entretenida en la feria... (Acercan- 



— 56 — 

dése á su marido.) Escucha: mañana mismo 
poDgo á Cosette de patitas en la calle. 

Then, Mañana es muy fácil que nos pongan á to- 

dos. 

MoNTo ¿Qué sucede? 

Then. [Lo de siempre! Que he firmado un pagaré 

de quinientos francos y que no tengo un 
cuarto. 

Claq. (Bebiendo.) Pucs cuando 110 hay dinero, no se 

paga. 

Then. ¿Y decir que este maldito oficio no produce 

lo suficiente para comer? (Bebe.) 

MoNT. Es que bebes demasiado, amigo Thenardier. 

Claq. ¡Algo ha de hacer uno! 



ESCENA II 

LOS MISMOS; JUAN y COSETTE, que aparecen en la puerta del 
fondo, que estará entreabierta 



Cos. (cogiendo el cubo.) Déme usted el cubo. Aquí 

hay un señor que viene á cenar. 

La Then. ¡Un señor! ¿Y te has entretenido charlando 
con él? Ahora verás lo que te espera. (Diri- 
giéndose furiosa hacia la niña. Juan se interpone.) 

Juan Dispénsela usted, señora. En efecto ha sido 

mía la culpa. 

La Then. Lleva el cubo á la cocina, (cosette entra y sale 
en seguida.) ¿Qué dcsca ustcd, Caballero? 

Juan Cenar. 

La Then. ¿Cenar y dormir? 

Juan Cenar solamente. 

L-\ Then. ¿Qué quiere usted que le sirva? 

•luAN Cualquier cosa; pan y queso. 

Then. (a ios bebedores.) Es uii mendigo. 

La Then. Tome usted, buen hombre.' (sirve á Juan, co- 
sette hace calceta acurrucada cerca de la mesa donde 
está Juan Valjean. En este momento entra Eponina 
muy bien vestida.) 

EpON. ¡Mamá! ¡Mira qué bonita! (Enseñándole una mu- 

ñeca.) 

La Then. ¡Ah! ¿Eres tú? Ven, hija mía. (La abraza y la 

acaricia los cabellos dulcemente.) 



— 57 — 
Cos. (Deja la calceta y se queda mirando la muñeca.) ¿Ks 

una señorita? 
La Then. (volviéndose á ella.) ¿Eh? ¿Es asi como tú tra- 
bajas? Yo te haré trabajar á latigazos, holga- 
zana. (Levantándose y cogiendo unas disciplinas.) 

Juan (Deteniéndola.) No la castigue usted, señora. 

La Then. Es preciso que trabaje, puesto que come. 
Yo no la mantengo para que no haga nada. 

Juan ¿Qué hace ahora? 

La Then. Unas medias, señor mío; unas media? para 
mi Eponina, que está sin ellas como quien 
dice, y que no va á quedarse con los pies 
desnudos. 

Juan ;Y cuando acabará de hacer ese par de me- 

dias? 

La Then. Aun tiene tarea para tres días esa bara- 
gana. 

Juan ¿Cuánto puede valer ese par de medias? 

La Then. Lo menos un franco. 

Juan ¿Quiere usted cedérmelas en cinco? 

Then. ¿Eh? (Mirando al viajero.) 

Claq. Vaya un negocio. (Riéndose.) 

La Then. Si es capricho de usted, se le dará ese par 
de medias en cinco francos. 

Then. (Acemándose.) Aquí no se niega nada á los 

viajeros. Pero sería preciso pagar en segui- 
da. (Mirándole con desconfianza.) 

Juan Pues bien, yo las compro y además las 

pago. (Da una moneda á Thenardier.) Ahora tU 

trabajo es mío. Anda, vé á jugar, hija mía. 

(a Cosette.) 

Then. ¿Quién es este hombre? 

Cos. Señora, ¿es verdad que puedo ir á jugarV 

La Then. (Furiosa.) [Juega! 

Cos. Gracias, ¡señora. (Saea de una caja algunos trapos 

viejos y se pone á jugar con ellos.) 

Then. (Acercándose á Montparnase.) He visto millona- 

rios que llevaban levitones como ese. (Es- 
cribe en la pizarra.) 

La Then. Mi marido tiene razón. Ese hombre puedy 
ser un banquero. Hay ricos muy extrava- 
gantes. 

The>;. (a su mujer.) Prouto, llévale una servilleta, 

ponte un mantel, una bugía y una botella 



— 58 — 

de vino. (Le da una pizarra.) Después le dai'ás 
esto. 

La Then. (Limpiando la mesa ) Ya ve ustcd, Caballero, 
yo bien quisiera que la niña jugase, pero no 
piempre se puede. Los que nada poseen tie- 
nen precisión de trabajar. 

Juan ¿No es de usted esa niña? 

La Then. ]Cá, no señor! Es una infeliz que hemos re- 
cogido por caridad Hacemos por ella lo que 
podemos, pero se puede tener corazón y po- 
cos recursos, ¿no le parece á usted, caÍDalle- 
ro? Su madre no valía gran cosa y nos debe 
más de cien francos. Nosotras tenemos tam- 
bién mucbas obligaciones, ya ve usted mi 
Eponina (señalándola.) y Gavroche, su herma- 
no que ahora duerme allí, en su camita. 

Juan ¿Y si la desembarazasen á usted de ésta? 

La Thev. ¿De quién? ¿De Cosette? 

Juan Justo. 

La Then. Con mil amores. Los tiempos están muy 
malos. Y luego pasan por aquí tan pocas 
gentes acomodadas... Si de vez en cuando 
no nos enviara la Providencia algún viajero 
rico y generoso como el /Señor, ya hubié- 
ramos tenido que cerrar el mesón. Mire us- 
ted, esa chica nos en esta los ojos de la cara. 

Jijan Bueno, pues yo me la llevo. 

Then. (Acercándose ) ¿Y los cien francos que se nos 

deber* 

Juan Se pagarán. 

La Then. Entonces, mi buen señor, tómela usted al 
instante, póngala en azúcar, rellénela de 
trufas, cómasela á besos y bendígale la Vir- 
gen María y los innumerables santos de la 
corte celestial. 

Juan Pues está dicho: me la llevo. 

La Then. ¿De veras? ¿Se la lleva usted? 

Then. Pagando antes, por de contado. 

Juan Naturalmente. 

La Then. Siendo así, ahora mismo, 

Juan Llame usted á la niña. 

La Then. ¡Cosette! 

Juan Toma esto, hija mía, y vé á vestirte. 

Cos ¡Un vestido nuevo! En seguida, (saie muy 

alegre.) 



— 59 — 



Juan 

La Then. 



Juan 



Then. 
La The V. 
Then. 



Juan 
1'hen. 



Juan 
Then. 



Juan 



¿Qué le debo á usted'? 

(Mirando á su marido.) ¡ A VCr! (Hace como que lee 

en la pizarra ) Diez francos. Sí, señor; son diez 
francos: ocho por el mantel el vino y la luz, 
y dos por la cena. 

(sacando del bolsillo dos monedas.) AcjUÍ están. (El 
marido, que ha .seguido con interés toda esta escena, 
se acerca en este momento ) 

El señor no debe más que medio franco. 

(sin comprender.) ¡Cómo! 

(Sí, medio franco por el pan y el queso. En 
cuanto á la chica, necesito hablar un poco 

con el señor. (Acercándose y hablando en voz baja 
con su mujer y á los bebedores.) Dejadme: eS pre- 

ciso que yo averigüe quién se oculta bajo 

ese levitón. (Salen todos por la derecha.) Mire Us- 
ted, caballero, tengo que decirle que yo ido- 
latro á esa criatura. 

(Mirándole fijamente.) ¿Cuál Criatura? 

Es una cosa rara, ¿verdad? Pues qué quiere 
usted, soy asi. He tomado cariño á la niña, 
sí, señor, la quiero más que á la mía. Con- 
oue recoja usted su dinero. 
¡Eh! 

Usted quiere llevársela, pero yo no puedo 
permitirlo. La he visto tan pequeñita... Cier- 
to es que no tenemos dinero y que he paga- 
do por ella más de doscientos francos en 
medicinas, pero ¿qué importa? algo se ha de 
cer por el prójimo. Además, no se entrega 
una criatura al primero que pana. ¿Verdad 
que tengo razón? Usted parece un buen se- 
ñor y quizá sea feliz en su compañía, pero 
hay que enterarse primero Pongamos que 
la dejase marchar, es un suponer, y que me 
sacrificase por ella. Pues bien, tendría preci- 
sión de saber á dónde iba para ir á verla de 
cuando en cuando, y además necesito saber 
sil nombre para pedir informes. No es por 
desconfianza, ¿sabe usted? nada de eso, no 
señor, pero en fin, es indispensable. ¿Quién 
nos dice que mañana no viene la madre de 
Cosette á reclamar la niña? 
(Tranquilamente.) Scñor Theuardíer, si me lie- 



— 60 — 

vo á Cossete será sin condición alguna, üs- 
tsd no sabrá mi nombre, no conocerá mi 
domicilio, ni le diré nunca dónde está la 
chica, porque mi propósito es que no le 
vuelva á ver más en toda su vida. ¿Le con- 
viene a usted mi proposición? ¿Si ó no? 

Then. (Bruscamente.) Mire usted, Caballero, yo nece- 

sito mil quinientos francos. 

Juan Señor Thenardier, este asunto debe de resol- 

verse con el consentimiento de ambos. Para 
eso he venido aquí. Nunca tuve inte)\ciones 
de llevarme á Cosette sin haber satisfecho á 
usted lo que se le adeudase. Usted asegura- 
ba hace un momento que se le debían cien 
francos, y ahora pide ujil quinientos. 

Then. Tengo un apuro. 

Juan (sacando una cartera y contando algunos billetes.) 

Aquí los tiene usted, 

Then. (Rascándose la oreja.) ¡Demoniol 

Juan Traigo un recibo en regla, en el cual decla- 

ra usted que han sido íntegramente saldadas 
todas las cuentas de la niña y que en lo su- 
cesivo no puede hacer reclamación alguna 
sobre este particular. ¿Quiere usted firmarlo? 

(Thenardier vacila, va á firmar y coge los billetes.) 

Ahora llame usted á la chica. 

i HKK. ¡Cosette! (Sale vestida de negro. Juan la coge por la 

mano, preparándose á salir.) Un momento, (inter- 
poniéndoíre.) 

Juan ¿Cómo? 

Then. JLe diré á usted: he reflexionado... En reali- 

dad no tengo derecho para entregársela á 
usted. Soy un hombre honrado y esa chica 
no es mía, sino de su madre. Ella me la 
confió y yo no puedo dársela á nadie. ¿Es 
que quizá habrá muerto, me dirá usted? 
Corriente; en ese caso yo no debo entregar 
la criatura sino á una persona que me traiga 
un escrito firmado por la madre, en que se 
me autorice para confiar la niña á esa per- 
sona. ¿Es esto claro? 

Juan Tiene usted razón. (Vueive á abrir la cartera.) 

Then. (Aparte.) ¡Bueno! ¡Vaá sobornarme! (Alto.) Le 

advierto que ahora no me contento con me- 
nos de diez mil francos. 



61 — 



JUAN Lea usted. (Leyendo.) «Señor Thenardier: en- 

tregará usted la niña al dador de la presen- 
te. Se le abonarán todas sus deudas. Fanti- 
na.» Ya usted ve: la firma está legalizada 
por el secretario de la Alcaldía de Montreuil. 
Puede usted quedarse con ese documento 
para su resguardo. 
(Atónito ) Pero... 

De manera que después de haberle satisfe- 
cho los gastos de la niña, y de haberle en- 
señado la autorización para llevármela, nada 
tiene usted que reclamar. Adiós. 
Sin embargo... 

Le aconsejo á usted por su bien, que no me 
detenga. Vamos, Co«eíte. (Toma á la niña por 

la mano }' salen ambos ) 

¡Maldito viejo! ¡Si hubiera tenido un arma! 

(Entra La Thenardier, Claquesus y iloutparnase.)' 

¿Cuánto le has sacado? 

[Mil quinientos francos! (^Enseñando ios billetes.) 

¿Nada más que eso? 
¡Era un millonario! 

Debíamos haberle preparado una embos- 
cada. 

¡Te ha robado! 
Con alevosía. 
Y con nocturnidad. 

Sí: soy un animal. Tienes razón. Ese hom- 
bre es evidentemente un banquero de París. 
Primero dio un franco, después cinco, luego 
cien, luego mil quinientos, y lo mismo hu- 
biera dado cien mil. Pero yo le atraparé to- 
davía, (a su mujer.) Dame la escopeta. 
La Then. (^^rando hacia la puerta ) ¡Silencio! 



Then. 
Juan 



Then. 
Juan 



Then. 

La Then. 
Then. 
La Then. 
Claq. 

Mont. 

La Then. 
Claq. 
Mont. 
Then. 



ESCENA III 

LOS MLvM.'.S y JAVERT, DOS GENDARMES y ÜN AGENTE 
JaV. 



Then. 
La Then. 



(Llamando ) Abrid en nombre de la ley. (.u 

oir estas palabras, los tres hombres se estremecen y se 
sientan como al principio del acto.) 

(a su esposa.) Abre. 
Adelante. 



62 — 



Jav. ¿No ha venido esta noche un hombre á re- 

clamar una niña? 

Then. ISí, señor, y acaba de irpe. 

Jav. (a los ingentes.) Registrad la casa. Yo vo}'^ por 

este lado. Y tú, guarda la puerta. (Entran dos 

Agentes por la derecha, y Javert por la Izquierda.) 

¿A quién persiguen? (ai Agente.) 
PE A un rico fabricante de Montreuil, llamado 
el señor Magdalena. 

(Entrando al mismo tiempo que los Agentes.) No hay 

nadie. Pero no importa, yo le cogeré, (a ios 
Agentes.) Pronto, camino de París. Allí le en- 
contraremos, (salen Javert y los Agentes.) 
|TJn rico fabricante! 

(Riendo.) La gallina se ha burlado del raposo. 
¡Ahí Yo te atraparé, viejo filántropo, y en- 
tonces tú me las pagarás, 



Then 

Agen 

Jav. 



Then. 
MoNj- 

Then . 



. CUADRO CUARTO 
La fyga 

Una encrucijada, donde desembocan dos callejuelas irregulares, ce- 
rradas por muros. En el fondo, una especie de chaflán for- 
mado por una casucha deshabitada, con una puerta cochera 
desvencijada y remendada con pasaderas de hierro. A derecha 
é izquierda, grandes tapias revestidas de hiedra. La de la izquier- 
da, de unos diez pies de alto, forma un ángulo saliente con la ca- 
lleja de la izquierda, y otro ángulo entrante en forma de Z vuel- 
ta. En la esquina un solar en forma triangular y revestido de nna 
empalizada. Un reverbero cuya cuerda atraviesa la encrucijada. 

Es de noche. Hay luna muy clara. 
f 

ESCENA ÚNICA 

Entra primero JUAN VALJEAN, llevando COSETTE en brizos, y 
después JAVERT y LOS AGENTES 

Juan Todas estas callejuelas del barrio de San An- 

tonio forman un verdadero laberinto. Mejor. 
Los sabuesos de la policía han perdido el 
ratítro. Pero ese Javert lo husmeará todo. 



- 63 — 

Cos. Señor, tengo miedo. ¿Quién nos persigue? 

JüAx ¡Calla, hija mía! ¡Es la Thenadierl 

Cos. (con espanto.) ¿Es clbi? 

Juan No digas nada. Si gritas, si llora.s, la The- 

nardier te descubrirá 5^ te echará la garra 
¡Quédate aquí 3' no te muevas! (Deja á Cosette 

y se inclina para miiar hacia la izquierda, y oa seguida 

la retira vivamente.) ¡Maldición! ¡Ya están al 
final de la calle javert y sus agentes! (To- 
mando de la, mano á Cosette.) Ven por aquí- 
¡Pronto! (Oa unos pasos por la callejuela de la dere- 
cha y retrocede apresuradamente.) ¡imposible! 

También hay al extremo de esta calle poli- 
zontes que acechan. ¡Cercado por todas par- 
tes! ¡Estoy perdido, Dios santo! Y no veo 
masque paredes lisas en torno mío. (Mirando 
el muro de la izquierda.) Aquí hay un esquina- 
zo. Si estuviese solo, sirviéndome de los co- 
dos y de los pies lo escalaría. En presidio 
estas ascensiones eran para nosotros cosas 
de juego, pero con la niña es cosa imposi- 
ble. (Volviendo delante de la casa del fondo.) Esta 
casa parece deshabitada. ;Si pudiese pene- 
trar en ella! Estos tablones no deben de ser 

muy resi.s^teníeS. (Apoya el hombro con fuerza so- 
bre una de las tablas, que cede.) Hay Un muro de- 
trás. ¡La puerta está tapiada! 

JaV. (En la calle de la izquierda.) Por aqUÍ. 

Juan Ven, Cosette: vamos á acurrucamos aquí 

por de pronto, (separando un segundo tablón y §e 
oculta con ella entre las tablas y las piedras, después de 
colocar rápidamente los dos tablones arrancados en el 
sitio que ocupaban antes.) 
JaV, (Entra en la escena con dos Gendarmes y un agente. 

Lleva en la mano derecha el bastón con borlas y en la 
izquierda una pistola.) ¿Cuáutüt} ageilteS han 

quedado en la calle de Polonceau? 
Agente Cuatro. 
Jav. Pues entonces no pueden escaparse por ese 

lado. Registrad las tapias. 
Agente ¿No se registran las casas? 
Jav. ¿Las casas? (vacilando.) ¡Las casas después! 

(Entran por la callejuela de la izquierda.) 
Ju.\X (Saliendo de su escondite.) No CS posiblo perma- 



- 64 — . • 

necer aquí. Ven, Cosette. (coge á la niña y levan- 
ta los ojos mirando á todos lados.) ¡Ah, esaS ta- 

piasl ¿Cómo escalarlas con la niña? ¡81 tu- 
viese una cuerda! (Dándose un golpe en la frente.) 
¡Ah, sí! ¡La cuerda del reverbero! (vaai cajón 

de hierro del farol, y hace saltar el pestillo con una na- 
vaja y arranca la cuerda ) Déjaroe hacer. (En este 
momento se oye sonar el órgano y el canto de las car- 
melitas. Pasa la cuerda alrededor del cuerpo de Cosette 
y cogiendo el otro extremo con los dientes, comienza á 
subir jjor el esquinazo del muro apoyándose con los 
codos y los pies, hasta llegar á lo alto ) ¡Un. techo! 

Cosette, arrínaate á la tapia. ¡No grites! No 

tengas miedo! (E-mpieza á levantarla suavemente 
hasta depositarla á su lado.) 
JaV. (Apareciendo por la callejuela.) ¡Dionisio! ¡Dioni- 

sio! Ko debe andar lejos. Registremos las 

casas. (Entran en la callejuela de la izquierda ) 



CUADRO aUINTO 
£1 a§i9o 

Cambio de vista horizontal. El muro di?, la izquierda desaparece y la 
decoración de la derecha se hunde en los bastidores de la derecha, 
descubriendo detrás de él un jardín solitario y tranquilo, con gran- 
des macizos de flores: iluminado por la luna. Una vez practicado 
este movimiento, el muro ha pasado de izquierda á derecha y se ve 
adosada á él una casita cuyo techo desciende hasta muy cerca del 
suelo. En el fondo del jardín un gran ediñcio sombrío y solemne y 
una capilla, cuyas ventanas estarán iluminadas. 

ESCENA PRIMERA 

JUAN VALJEAN y COSETTE, en el techo de la casita, y FAUCHELE- 
VENT, en el jardín 

Fauch. ¡Qué luna más clara! Va á helar de ñrme. 
Abriguémoslas plantas. ¿Pues no parezco un 
gato con este cascabel? También es ocurren- 



— 65 - 



Juan 



Fauch. 



Joan 
Fauch. 



Juan 
Fauch . 



Juan 

Fauch , 

Juan 

Fauch. 

Juan 

Fauch. 



Juan 



cia poner esto á un hombre. ¿Y todo para 
qué? Para que las monjitas no se acerquen. 
Si no hubiera perdido esta pierna debajo de 
la carreta, en seguida iba yo á consentir 
esta burla. En fin, vamos á dormir^ que hace 
mucho frío para andar al raso y con música 

ratonera, (sonando el cascabel.) 

(a cosette) Aguarda, que vea dónde estamos. 

(Dejándose caer á todo lo largo del teche y sostenien- 
do á la niña hasta llegar á un tilo; se apoya en las ra- 
mas y se deja caer. En -este momento se oVe más so- 
lerane el canto religioso, acompañado del órgano en la 
eapiUa del convento.) ¡Un hombre! (Vieado á Fau- 

cheievent.) ¡Estamos perdidos! 

(Retrocediendo asustado ) ¿Quién anda ahí? (Apro- 
ximándose y mirándole con asombro.) [El Stñor 

Magdalena! ¿De dónde cae usted? ¿Qué bus- 
ca usted? ¿Y esa niña? 
¡Fauchelevent! ¿Qué casa es esta? 
El convento de Carmelitas, donde me tie- 
nen de jardinero, gracias á su recomenda- 
ción. 

¿Quiere usted salvarnos? 
¿Y usted me lo pregunta? ¿Usted, á quien 
debo la vida? Si usted no me saca, muero 
aplastado debajo de la carreta, (cogiéndole la 

mano y besándosela ) 

¿Y puede usted ocultarme en algún sitio? 
Ya lo creo: en mi habitación. 
¿Por cuánto tiempo? 
Por el que usted quiera. 
¿Eh? 

Sí, señor; precisamente iba á llamar á mi 
hermano para que me ayudase en las faenas 
del jardín. ¿No se avergüenza usted de to- 
mar su nombre? 

¡Qué si me avergüenzo! ¡Gracias, Fauchele- 
vent, gracias. Dios mío! De rodilla?, Cosette. 
jDí á tu madre que hemos encontrado un 

asilo! (Cosette y Juan Valjean se arrodillan iluminados 
por el fulgor de la luna.) 



FIN DEL ACTO TERCERO 






ACTO CUARTO 

CUADRO PRIMERO 
Efl motín 



Una calle de árboles en el jardin del Luxemburgo. En el fondo grran 
fjnerta de madera, con una puertecilla abierta. Kn el mismo lado 
una alta tapia que separa el jardín de la calle de árboles del Oeste. 
Por encima del muro se distingue un reverbero. A la izquierda 
un banco en el paseo . 



ESCENA PRIMERA 

OAVROCHE, JUAN PROUVAIRE y FEULLY, entran por el foro 
derecha. Al levantarse el telón, se oirá á lo lejos el toque de llamada 

Feu. • ¿Oís? Están tocando llamada. 

Prou. Sí; hay jarana y gorda. 

Gav. iCuánto me alegro! ¡Cómo me gusta á mí el 

humo de la pólvora! (Aspirando el aire.) 

Feu. ¿Por dónde anda Enjolrás? 

Prou . Nos ha encargado que le esperásemos en el 

Luxemburgo. 

Feu. Debe de estar del lado del Panteón. 

Gav . Voy á buscarle. 

Feu. No, aguarda muchacho, vamos todos. 

Gav. Pues entonces, andando. ¡Marchen... ar! (se 

alejan por la izquierda.) 



— b8 - 
ESCENA II 

JAVERT y CLAQUESÜS, por el fondo 

Claq. Separémonos, señor Comisario, y hablemos 

pero andando cada uno por su lado. The- 
nardier puede venir de un momento á otro 
y no conviene que nos vea juntos. Ya sabe 
usted que es desconfiado y astuto como un 

zorro. (Sc separan y paseau hablando al cruzarse uno 
con otro.) 

Jav. Pero estás seguro de que ese sujeto que vie- 

ne á pasearse aquí todas las tardes es ef se- 
ñor iVlagdalena? 

Claq Segurísimo. Acostumbra á sentarse en ese 

banco con una señorita que le acompaña. 

Jav. ¿Le ha reconocido Thenardier? 

Claq. Y yo también. 

Jav. ¿De manera que es el mismo individuo que 

hace diez años íué á Monfermeil á buscar 
una niña? 

Claq. Indudablemente, y la niña quizá sea la se- 

ñorita que le acompaña. 

Jav. . ¿Será él? ¡Bah! ¡lis imposible! Juan Valjean 
desapareció en Marzo de 1822 y estamos en 
Junio de 1832. ¿Dónde podría haberse ocul- 
tado por espacio de diez años? No, de fijo 
hay un error. Juan Valjean ha muerto. 

Claq. Ahí tiene usted al señor Magdalena, (se se- 

paran y Javert queda en el fondo observando.) 

ESCENA líl 

JUAN VALJEAN y COSETTK, por la izquierda. MARIO les sigue 
á distancia 

Juan ¿Qué te pasa, hija mía? Parece que estás 

preocupada. 

Cos. (Mirando á su alrededor.) Al COntrario: estoy 

muy alegre. (En el momento de dar la vuelta, apa- 
rece Mario y Cosette lo enseña una carta ) ¡Qué hor- 



- 69 — 

iDOsa tarde hace! ¡Qué bien se está aquí! 
Apropósito, papá. ¿No se ha fijado usted que 
los jardines están casi desiertos y que en las 
calles también hay poca gente? ¿Es que 
ocurre algo? 
Juan No lo sé. He oido decir que se entierra hoy 

á un general republicano, al general Lamar- 

que. (Desaparecen por la izquierda.) 

Claq. (Acercándose á javert.) ¿Qué dice usted ahora? 

J AV. (siguiendo con la mirada á Juan Valjean.) Sí, ha eu- 

vejecido bastante, pero se le parece. ¡Ah, si 
fuese él! Hay que andarse con tiento, sin 
embargo, porque una equivocación sería 
grave. 

Cla^. Thenardier no tiene duda alguna, porque 

si no se libraría muy bien de tender un lazo 
al señor Magdalena esta misma tarde. 

Jav. ¡Un laxo! 

Claq. tíí; ha convocado á todos los amigos en su 

casa para hacer cantar al viejo. 

Jav. ¿Esta tarde? ¡Demonio! Harto nos dará que- 

hacer hoy el entierro de Lamarque. 

Claq Thenardier cuenta con el motín. ¡Claro! A 

río revuelto ganancia de pescadores. 

Jav. y de ladrones. 

Olaq Cuidado. Me figuro que viene allí. ¿Dónde 

podré ver á usted, señor Comisario? 

Jav. Enfrente del Panteón, (vase.) 



ESCENA IV 

CLAQUESUS y THENARDIER que llega con EPONINA 

Claq. (.Mirando. j Sí, él cs: no hay duda. 

Then. (viendo á ciaquesus.) ¿Estás tú ahí? Aguarda. 

¿Me has entendido bien, Eponina? 

Epon. Perfectamente. 

Then. Escucha. Cuando el viejo venga á sentarse 

en ese banco le darás la carta; pero ten cui- 
dado de hablarle con mucha dulzura, ¿en- 
tiendes? 

Epon. Repito que sí. ¡No soy tan bestia! Además, 



-To- 
ya he llevado muchas cartas como esa. (The- 

nardier se dirige á Claquesus y Eponina se retira.) 

Then. Ya lo ves. Preparo el anzuelo con el cebo de 

la caridad. ¡Ah, la faena está hábilmente 
(lispuestal ¡Ahora no se me escapará como 
la otra vez ese ladrón de niños! Le tengo 
cogido y á la chica también. Hoy su dinero 
será mío, todo mío. Mira, le aborrezco de tal 
manera, que casi preferiría su sangre, (con 

ferocidad.) 

Claq. No, mejor es el dinero que no deja rastro. 

¿Pero estás seguro de que irá á tu casa? 

Then. A la de un tal Jondrete, un desgraciado 

padre de familia con dos hijos que se mue- 
ren de hambre. (Cou voz lastimera.) 

Claq. ¿Quién es ese sujeto? 

Then. .Soy yo, imbécil. Jondrete es mi nombre 

de guerra. ¿Acaso no viven conmigo dos 
huérfanos de madre, Gavroche y Eponina? 

Claq. ¿Y ai el viejo te reconoce al entrar y pide so- 

corro? 

Then. No temas, ya tengo adoptadas mis precau- 

ciones para evitarlo. (Mirando.) ¿Por dónde 
anda Eponina? 

Claq. Mírala allí, al extremo del paseo, (señalando 

el paseo.) Cualquiera diría que acecha á al- 
guno. 

Then. De fijo no anda lejos su Mario. 

Ci.AQ. ¿Quién es Mario? 

Then. Un estudiante de derecho, un pelagatos que 

vive en un cuchitril enfrente de nuestra 
buhardilla y que ni siquiera so ha fijado en 
la chica. Pero como es guapo y las mujeres 
no tienen pizca de meollo en la cabeza, mi 
Eponina se ha chiflado por él y todo el santo 
día le anda haciendo arrumacos. Si al me- 
nos tuviera dinero, vaya en gracia, pero para 
pasar apuros bastantes tiene Eponina con 
los que hay en casa. 

Claq. ¿Y tú no has tratado de disuadirla? 

Then. ¿Para qué? ¿f'ara que se encalabrine vaás? 

Yo la dejo que revolotee alrededor del estu- 
diante, que á su vez revolotea alrededor de la 
nieta de ese señor Magdalena. 



— 71 — 

EpON. (Entra corriendo.) AqUÍ están. ¡Largo! (Thenar- 

dier se aleja con Claquesus. Vuelve á oirse el toque de 
llamada á lo lejos ) 



ESCENA V 

EPONIKA, JUAN VAL.JEAM y COSETTE 

Juan Sí: no hay duda. Hay agitación dentro de 

París. Con que, descansa un momento y va- 
monos á casa. 

Epon. (Acercándose ) Señor, mi bondadoso señor. 

Usted no nos desamparará, de fijo. Tenga la 
bondad de leer esta carta. 

Juan ^;Una carta para mí? 

Epon. De mi padre. De un infortunado padre de 

familia en el mayor abandono. Mis herma- 
nitos acaban de entrar en el hospital. 

Cos. ¡Pobre muchacha! ¡Qué aspecto tan misera- 

ble tiene! (a Juan en voz baja.) 

Epon. (Aparte.) ¡Qué linda es! ¿Si será en efecto la 

Cosette, como supone mi padre? (con tono 

feroz.) 

Juan (Leyendo la carta.) Hija mía, SU padre me dice 

que está en la miseria. 

Epon. En la miseria más espantosa, señor. 

Juan Viudo con seis hijos. 

Epon. Y sin un pedazo de pan que llevar á la 

boca. 

Cos. ¡Infelices! 

Epon. V^enga usted á casa y se convencerá de lo 

triste de nuestra situación. 

Juan Está bien, iré. 

Epon. El Señor se lo premiará á usted en el cielo. 

En la carta están las señas. ¿Cuándo irá a 
vernos? Ya usted ve, cuando se tiene ham- 
bre no es posible aguardar. Además, el case- 
ro nos amenaza con echarnos mañana. 

Juan .Entonces iré esta misma tarde. 

Epon. ¿A qué hora? 

Juan A las seis. Después de comer. 

Epon. ¿De veras? 

Juan Sin falta. Adiós, hija mía, hasta luego. 



TI — 



EpON. (Mirándole con asombro y fljamentu ) ¡Qué blieno 

es ustedl ¡Dios le tendrá en cuenta esta bue- 
na acción! (Vase rápidamente.) 



ESCENA VI 

COSETTE y JUAN VALJEAN 

Cos. Dice bien esa muchacha: ¡qué bueno es us- 

ted, padre mío! 

Juan Cuando se tiene más de lo necesario, no hay 

mérito en dar algo á los pobres. Esto no 
debe llamarse bondad, sino deber. 

Cos. Y lo que ha hecho usted por mí, ¿cómo 

debe llamarse? 

Juan Por tí, hija de mi alma, no hice más que 

pagar una deuda de gratitud que tú me has 
devuelto con creces. Gracias á tí he conoci- 
do la dicha de ser amado, lo mismo en los 
felices años del convento que después de 
haber salido de él. Como siento que tu in- 
clinación no te haya impulsado á consa- 
grarte á Dios. 

Gos ¿Por qué? 

Juan Porque entonces ningún ser humano podría 

robarme tu cariño. 

Cos. ¿Es que temes que llegue á querer á otro 

más que á tí? 

Juan No lo sé; pero hay momentos en que esta 

idea me produce angustias de muerte. Mira, 
hace días que experimento una inquietud, 
como si me amenazase algún peligro. (En 

este momento atraviesa la escena Mario para pasar por 
delante del banco: pero Juan le mira fijamente y pasa 
por detrás alejándose.) 
Cos. (ai verle baja los ojos y hace rayas en la arena con la 

sombrilla.) [Dupeligrol ¿Cual? 
Juan Lo igaoro, ó mejor dicho, lo sé; sí, lo sé. He 

sido demasiado dichoso para que pueda 
continuar por más tiempo tanta felicidad. 

(Estrechando la mano de Cosette.) ¡Coil tal de qUe 

esta felicidad no concluya por perderte, todo 
lo sufriré con resignación! 



— 73 — 

Cos. ¿Y por qué habría de abandonarte, padre 

mío? 
Juan Porque yo no soy un padre como Iob demás. 

¡Ah, si tú supieses, si tú supieses! (vuelve á 

entrar Mario. Aparte.) ¿Otra Vez? (aUo.) VámO- 

nos, Cosette. 
Cos. ¡Ya! 

Juan Si, vamonos. (La empuja y Mario da maquinal- 

mente un paso hacia ellos. Juan se vuelve y le mira.) 

¡Vaya un joven más impertinente! 

Cos. (Con voz trémula.) ¡Ese jOVen! (Se alejan por uu 

estremo del paseo.) 

Mario Es preciso que le entregue esta carta, cues- 
te lo que cueste. 



ESCENA VII 

MARIO, GAVROCHE, JUAN, PROUVAIRE, COMBEFERRE, COÜRFI- 

R.4.C y FEOLLY. Se vuelve a oir á lo lejos el toque de llamada. Se 

oye cantar á GAVROCHE á gritos 

GaV. (Entra en escena y ve el reverbero.) ¡Hola! Un fa- 

rol intacto. Esto no está en regla. ¡Abajo el 

reverbero! ^Xlra una piedra y caen los cristales con 
estrépito.) ¡Ajajá! 

IMarío ¿Qué haces, muchacho? 

Gav. Ya lo veis, señor Mario. ¡Empieza la revolu- 

ción! Los reverberos alumbran á los polizon- 
tes. ¡Ah! Ahora que me acuerdo. (Haciendo 

ademán de irse.) 

Mario ¿Dónde vas? 

Gav. Aquí al lado. A casa de un panadero. Voy 

á romperle el escaparate antes de que cierre 

la tienda. 
Mario ¿Porqué? 
Gav. ¡Vaya una pregunta! Pues porque da el pan 

falto de peso. En seguida tstoy de vuelta. 

(Sale rápidamente empezando ."i oírse rumor de voce? 
lejanas.) 

Maruí ¿Qué pasa? 

Gav. jYa está! Valiente susto se ha llevado el ]r- 

drón. Lo menos se ha figurado que princi- 
piaba el noventa y tres. (Llamando.) fCh, com- 



— 74 — 

pañeros: por estelado. Aquí está el ciuda- 
dano Mario de Pontarcey. (Entran Enjolrp.s y 
Prouvaire y después Combeíerre, Fenlly y Coufeyrac, 
que quedan en el fondo.) 
EnJ. ¡Mariol (poniéndole la mano en el hombro.) 

Mario ¡Ah, eres tú, Enjolrás, y tú también, Prou- 

vaire! (Dándoles las manos.) ¿Qué SUCede? 

Enj. Eres de los nuestros, ¿verdad? 

Mario Pero, ¿qué pasa? 

Proü. ¿Cómo? ¿No lo sabes? ¿No oyes tocar lla- 

mada? 

En'j. El Gobierno nos desafía, Mario. La fruardia 

nacional acaba de disparar contra el pueblo. 

Mario ¿Dónde? 

Enj . En el entierro de Lamarque. 

Gav. Pues nos vengaremos, ¿no es cierto, ciuda- 

dano Enjolrás? Anda y cómo redoblan los 
tambores. ¡Pronto redoblaremos nosotrosl 
¡Rataplánl (subiendo.) A las armas. ¡Cuánto 
me gasta á mí levantar adoquines y desen- 
ganchar coches!... ¡Abajo la policía, por lo 
pronto! 

Enj. ¿Quieres callar, muñeco? Y tú, Mario, ¿vie- 

nes con nosotros? 

Mario No sabes las penas que sufro en este mo- 
mento. 

Enj, ¿Todavía ese amor? Ea, eri estos momentos 

no se debe de pensar en las mujeres, amigo 
mío. 

Prov. El amor es tan sagrado como la libertad, 

Enjolrás, pero tú no sabes lo que es eso. Tú 
eres un hombre de mármol, una estatua del 
Museo, sin otras pasiones que la libertad y 
la justicia. El corazón tiene también "sus de- 
rechos. Mario, tú debías de haber ido esta 
mañana á ver á tu abuelo. ¿Te ha recibido 
mal? ¿No sabéis que Mario tiene un abuelo 
rico y realista que ha roto con él por sus 
opiniones? 

Enj Entonces, ¿por qué 'ha vuelto á verle? 

Prov. Porque quiere su consentimiento para casar- 

se con su novia. 

Mario ¿Y sabes lo que me ha respondido? «Anda, 

imbécil, haz que sea tu querida.» ¡Oh! 



— 75 — 

Enj. No perdamos el tiempo. En marcha. 

Pkov. ün momento. ¿Y qué piensas hacer? 

Mario Enviarle una carta y verla por última vez. 

F'kgv ^.Y luego? 

Mario No lo sé. 

Trov. Mario, los amigos del A. B. C. los estudian- 

tes y los obreros, capitaneados por Feully, 
están dispuestos á seguir á Eojolrás. 

Gav. Adelante los hombres de corazón. Ciudada- 

no Mario, deje usted á la señorita hasta des- 
pués del triunfo; mientras tanto, que borde 
la camisa de boda. 

CoNF. Ven, Mario; ya están levantando barricadas 

en la calle de San Dionisio. 

Mario Y detrás de un montón de adoquines vais á 
luchar contra toda la guardia nacional, con- 
tra treinta mil soldados y contra la artille- 
ría de Vincennes. 

Enj. No importa,. En las luchas por la libertad, 

de la sangre de los vencidos brota la semi- 
lla de los vencedores. 

Mario Eujolrás, puesto que se trata de morir, iré 
■ con vosotros. 

CoNF. ¡Bravo! 

Enj. Pues entonces, hasta luego, Mario. 

.Mario Hasta luego. (Dando la mano á todos.) ¿Vais á 
reuniros en San Meryr' 

Gav. (Volviendo.) En la calle de la Chamvrerie. 

(^Eponina entra ) 



ESCENA VIII 



LOS MISMOS y EPOXINA 



Epon. (Por el fondo.) Gavroche. 

Gav Hola, Eponina. ¿Cómo está la familia? 

Epon. Te necesito. 

Gav. Ahora no puedo dedicarme á nada. Tengo 

que echar á Luis Felipe. 
Epon. Escucha. 

Gav. Lo que tienes que decirme, ¿favorece á la 

monarquía? 
Epon. Vé á casa á las cinco. 



_- 76 - 

Gav. Corriente. Así como así, hace ya un año que 

no he visto á mi padre; pero en seguida me 
vuelvo á la barricada, ¿entiendes? una ba- 
rricada espléndida que vamos á levantar con 
aspilleras y todo, como un reducto. Ven á 
verla esta noche. 

Epon. iQnizál 

Gav. ¡Cuánto me divierto hoyl (Frotándose las manos. 

Desaparece cantando por la derecha.) 



ESCENA IX 



EPONINA y MARIO, que aparece por el foro 



Epon. 
Mario 
Epon. 

Mario 

Epon. 



Mario 
Epon. 

Mario 

Epon. 
Mario 

Epon. 
Mario 
Epun. 
Mario 
Epon. 

M.ARID 



Epon. 
Mario 

Epon. 



(Dulcemente.) ¿Qué tiene usted, señor Mario? 

¡Ah! ¿Eres tú, Eponina? 

Bien se echa de ver que sufre usted algún 

pesar. |Si yo pudiera serle útil en algo!... 

Gracias. 

Sin embargo, hace unas seis semanas me 

dijo usted: «Yo te daría cualquier cosa si 

averiguases las señas de cierta señorita.» ¿Se 

acuerda usted? Pues bien: tengo las señas. 

Las conozco. 

(con tristeza.) ¿Las sabc usted ya? 

Pero, oye. Si quieres, puedes hacerme otro 

favor... un gran favor. 

¿Cuál? 

Llevarle esta carta, puesto que conoces sus 

señas. 

¿Una carta para ella? (con acento de ira.) 

¿Quieres ó no? 

(Después de vacilar ) Venga. 

Pero no se la entregues delante de su padre. 
Su padre estará ausente. 
Para entrar en el jardín, no hay más que 
sacar una barra de la verja. La octava, con- 
tando por la derecha de la puerta. (Movimien- 
to de Eponina.) 

¿De modo que entra usted en su casa? 
¿Qué tienes? 
Nada: pero... 



— 77 — 

Mario ¿No me dijiste que tendrías gusto en ser- 
virme? 

Epon. ¡En eso sí! 

Mario Yo aguardaré en casa la respuesta. Vamos, 
te explicaré lo demás andando. 

Epon. No es posible: ya sé lo bastante. Usted quie- 

re ver á una señorita, y yo tengo que hablar 
con un joven. Conque, separémonos. 

Mario Adiós... ¡Ah, toma! (Le da uua moneda de plata, y 

Eponina la arroja al suelo después de mirarlu con estu- 
por y sale corriendo.) 

ThEN . (Entrando y cogiendo la moneda.) ¡Despilfarrada! 

¿Eh? (Llamando.) 



ESCENA X 

THENARDIER, CLAQUESUS, MONTPARXASO, GLTE:MAR, BKOU- 

LVTELLE y BAVET. Todos aparecen mirando á todos lados 

con precaución 

Then . Escucha. Orden del día. El golpe es para las 

seis. 

MoNT. Seremos puntuales. 

Then. No, tú y Brujón, os encargaréis de apodera- 

ros de la muchacha. 

MoNT. Eso me gusia más. 

Then. Un coche agaaidará en la calle, al lado de 

la verja, (a ios demás.) Y vosotros, hasta luego. 

Claq. ¿y si el viejo resiste? 

Then. Si resiste, peor para él. (con ademán muy ex- 

presivo.) 



CUADRO SEGUNDO 
La sorpresa 



Una especie de desván destartalado y sombrío, cuyo techo estará for- 
mado de vigas que se apoyan en un poste colocado á la izquierda, 
tallado en su base, de una madera gruesa en forma de escabel. En 
el fondo, una puerta que abre sobre un corredor. Una ventana cua- 



drada a la derecha, á la altura sobre el jiiso. Una sola silla de paja, 
rota, y cerca del poste, una mesa desvencijada En un ricón se ve 
un cuadro pintado al óleo. 



ESCENA PRIMERA 

GAVROCHE y EPONINA 

Epon. ¿Has entendido bien? 

Gav. Sí, Eponina, dicho y hecho. Allá abajo todo 

marcha viento en popa. Nuestr-a barricada 
es un asombro. Es tan alta como una casa. 
Voy un momento á verla y vuelvo en segui- 
da. Hoy tengo que estar en todas partes. 
París me pertenece. Lo único que necesito 

es una carabina, (sacando de debajo de la blusa 
una pistola y contemplándola con melancolía.) Tengo 

una pistola, pero le falta el gatillo. ¿Para qué 
sirve una pistola sin gatillo? Pero no impor- 
ta. (Blandiéndola.) ¡MueraU los tiranOs! (ai salir 

tropieza con Mario.) Buenas tardes, ciudadaoo 
Mario. Salud y fraternidad. Hasta luego. 

¡Abajo lo existente! (Sale cantando.) 



ESCENA II 



MARIO y EPONINA 

M\Rio Te aguardaba en mi cuarto, ¿Por qué no has 
ido? 

Epon. Acabo de llegar. 

Mario ¿Y qué? Habla pronto. 

Epon. He entregado la carta. 

Mario Dame la respuesta. 

Epon. (Registrándose los bolsillos.) No es uiia respuesía, 

es una sola palabra puesta con lápiz. Lea 
usted: «come». ^.Qué quiere decir «come»? 

Mario (Mirando el papel.) ¡Oh! Gracias, Eponina, gra- 

cias. (Lanzándose por el corredor.) 



— 79 



ESCENA III 



ESPONINA y JUAN VALJEAN 



Epon. 

Juan 

Epon. 



Juan 
Epon. 

Juan 

Epon. 

Juan 

Epon. 

Juan 

l!]PON. 

Juan 
Then. 
Epon. 
Then. 

Epon. 
Then. 
Ei'.w. 



(Mirando el papel.) Quiere decir: «ven» ya me 
lo imaginaba yo... El padre, á tiempo llega. 

(Mirando hacia el eoiredor.) Hija mía, ¿quién eS 

ese joven que sale corriendo? 

Un vecino, el señor Mario. ¿Le conoce us 

ted? 

No. 

Ha debido encontrarle usted en el Luxem- 

burgo. 

Es posible. 

¿Ha dejado usted sola á la señorita? 

5laturalmente. 

¿En un día como el de hoy? Ha hecho usted 

mal: debía usted volver á su casa. 

¿Qué dice usted? 

(Kstrujando el papel.) Nada. (Aparte.) ¡Ya iré Jo! 

¿Y su padre de usted? 
(Mamando.) ¡Eponina! 
Aquí está. 

¡Eponina! (Desde la puerta. Eponina se acerca á él ) 

Baja, y si ves á los soplones, da un silbido. 
No puedo: tengo que hacer, 
(cogiéndola por los puños.) ¡Cómo se entiende! 
Ya le diré á Gavroche que avise, (se separa 

de él y sale.) 



ESCENA IV 

JUAN VALJEAN, then \RDIER. Después CLAQUKSÜS, BBIGUE- 
NAILLE, GUSTEMER, BREVET y BROÜLATELLE 



Then. (Entra. Lleva gafas ahumadas.) Tenga UStcd la 

bondad de sentarse, mi generoso bienhechor. 
Juan ¿Es usted el señor Jondrete? 

Then. El mismo: pero tómese usted la molestia de 

tomar asiento. (Acercándole la silla.) 

Juan No puedo perder tiempo. 



80 



Then. 



Juan 

Then. 

Juan 



Then. 



Juan 
Then. 



Juan 
Then. 



Juan 
Then. 



Un momento nada más. Ya usted ve, mi 
respetable protector, la espantosa miseria 

en que me encuentro. (Entra Brlguenaille con un 
martillo de herrero en la niiuio y la cara tiznada de ho- 
llín, y se coloca silenciosamente delante de la puerta ) 

^iQaién es ese hombre? 

Un vecino: no baga usted caso. 

Ya volveré otro día. Aquí tiene usted esto 

para las necesidades más apremiantes. (Le 

da dos monedas de oro.) 

Dos luises... Los emplearé en pagar los al- 
quileres, porque el casero, ya sabe usted 
que quiere ponerme en la calle. (Entran en si- 
lencio Gustemar y Claquesns, también tiznados de ho- 
llín: el primero con una lima y el segundo con una 

barra de hierro.) tíon amigos de casa. Estau 
tiznados porque trabajan en la fragua. No 
se cuide de ellos. S03' tan desgraciado, que 
muchas veces me dan impulsos de tirarme 

al río. (En este momento entra Brevet con un hacha, 
y Brigueuaille, al ver la banda completa, cambia de 
voz y dice con acento terrible:) No Se trata de 

nada de esto. (Quitándose las gafas.) ¿Me cono- 
ce usted? 

No. 

(Acercándose más á Juan Valjean.J Yo nO me llamo 

Jondrete, Me llamo Thenardier: soy el po- 
sadero de Monfermeil, ¿lo 03^6 usted bien? 
¡Thenardier! ¿Y ahora, me conoce usted? 
Tampoco. 

(Levantándose furioso hacia él.) ¡Ah! ¿Está UStcd 

de broma? ¿Conque no se acuerda de mí? 
¿Conque no sabe quién soy? 
Perdone usted, ya veo que es usted un 
bandido. 

¡Bandido! ¡Usted me llama bandido! Sepa 
usted, señor millonario, que he tenido un 
establecimiento propio; que he pagado con- 
tribución; que he sido elector; que soy un 
ciudadano, y sepa además que no soy un 
hombre obscuro, cuyo nombre se ignora; 
que va á robar criaturas á las casas, como 
usted es ladrón de niños. Es verdad que he 
quebrado, que me oculto, que no tengo 



Si - 



pan, pero no engaño á las personas como 
usted, señor filántropo. Basta ya: conclu- 
yamos de una vez. Necesito dinero, mucho 
dinero, una suma enorme, ó le estermino á 
usted ahora mismo. 
Brevet (Levantando el hacha.) Si hay que partir leña, 

aquí estoy yo. (Oe pronto Juan se levanta, arroja 
la silla á las piernas de los bandidos, derriba de un gol- 
pe con la cabeza a. Brevet y da un puñetazo á Gustemar, 
y trata de alcanzar la puerta, pero los seis hombres le 
rodean y se entabla una lucha empeñada y silenciosa 
entre ellos. Juan derriba á Brulebaille y le pone la ro- 
dilla encima; pero los otros le cogen por los brazos y le 
atan con cuerdas, impidiéndole evadirse.) 

Then. No le matéis. Atadle á la silla. (Le atan.) Aho- 

ra registradle. 

ClAQ. (Después de registrarle, contando el dinero.) ün 

luis, tres francos... 

Then. ¿No lleva cartera? 

BouL. Ni reló. 

Gus. ¡Diablo de viejo, qué puños tiene!- 

TiiEN. (a Juan.) Caballero, ha hecho usted mal en 

querer escaparse, y yo tampoco he hecho 
bien en incomodarme. Ahora, si usted me 
lo permite, vamos á hablar tranquilamente. 
Porque es usted millonario, le acabo á 
usted de decir que necesitaba dinero, una 
cantidad enorme. Esto no sería razonable. 
También tendrá usted sus obligaciones. 
No quiero arruinarle, señor mío, y voy á 
hacer un verdadero sacrificio por mi parte. 
Me hacen falta doscientos mil francos. Us- 
ted me dirá que no se lleva una cantidad 
como esa en la cartera. Su firma me basta. 
Tenga usted la bondad de escribir lo que 

voy á dictarle, (saca pluma y papel del cajón de la 
mesa.) 

Juan ¿Cómo quiere usted que escriba si estoy 

atado? 
Then. Es cierto: perdóneme usted, (a ciaquesns.) 

.Déjale suelto el brazo derecho, (Acerca la mesa, 

moja la pluma y se la entrega á Juan ) Escriba US- 

ted: «He recibido del señor Thenardier la 
cantidad de doscientos mil francos que le 

6 



i-2 — 



devolveré á la presentación de este docu- 
mento.» (sigue con la vista lo que escribe.) Bien. 
La fecha y la firma, (pirma.) «Pedro Fauche- 
levent.» ¿Es este su nombre en la actuali- 
dad? (Va hacia los bandidos y les enseña el recibo, y 
Juan aprovecha este momento para coger un cuchillo 

del cajón de la mesa.) No me crt^a usted tan 
majadero que vaya á conformarme con este 
pedazo de papel, que no tiene valor ningu- 
no: necesito otra garantía. Va usted á escri- 
bir una carta á su hija llamándola á esta 
casa, 

Juan ¿A Cosette? ¡Miserable! (Derriba la mesa y se co 

loca detrás de ella con el cuchillo en la mano.) ¡L)ÍOH 

me ampare! 

ThEN. Abridle en canal, (van á precipitarse sobre el, y 

en este momento se oye un silbido agudo.) ¡La po- 
licía! 

Gus. ¡Huyamos! 

tíouL. ¿Por dónde? 

Then. • Por la ventana. 

BüUL. Primero yo, viejo farsante. 

-Gl'S. Antes nosotros. (Empujándose unos á otros.— En 

este momento de confusión para acercarse á la ventana 
sin ser visto Juan Valjean entra Javert y los Agentes.) 

Jav. ¿Queréis mi sombrero? Alto todo el mundo. 

No hagáis la tontería de resistir. Sois seis. 
Nosotros somos quince. Sed razonables. Los 
coches están abajo. Con que, vamos. Antes 
las esposas. Buenos días, Briguenaille. Bue- 
nos días, Brevet. Buenos días, Bouletrelle. 

Hola, Thenardier. (l.os Agentes van saliendo con 

los detenidos.) Buenos días, Juan Valjean. Te 
creía muerto, me creías vencido, pero ya te 
tengo en mi poder. Ahora veremos quién te 

salva del presidio (En este momento se abre la 
ventana y aparece Gavroehe. Rumores y campanas que 
tocan á rebato.) 

Gav. Buenas noches. Con permiso de ustedes. 

Aquí esta el pueblo. Adelante, ciudada- 
no Combeferre. (siguen ios rumores más cercanos 
y voces de 'MMuera Luis Felipe!», y aparecen los insu- 
rrectos.) 

CoM. (Adelantándose.) Está usted libre, ciudadano. Y 



~ 83 — 

usted también puede retirarse, (volviéndose á 
javert.) El Gobierno provisional no detiene á 
nadie. Conque cada uno por su lado. 

JaV. (Mirando eou intención á Juan Valjean.) [El ciuda- 

dano y yo nos volveremos á ver! 



CUADRO TERCERO 
La última cita 

Un jardín oculto y lleno de malezas. En el lado izquierdo se ye el 
comienzo de un pabelloncito. En el centro, un banco de piedra 
bajo los árboles. Noche de luna. 

ESCENA PRIMERA 

MARIO y COSETTE. Después EPONINA 

Mario Sí, Cosette; tenía necesidad de hablarte y 

he venido. No podía vivir como estaba. No 
puedes imaginarte las angustias que acabo 
de pasar. Cuando te alejaste con tu padre de 
los jardines del Luxemburgo, experimenté 
una profunda sensación de tristeza. El amor 
verdadero se alarma por la cosa más nimia, 
y cuando ha fundido dos seres en un deseo 
único, necesita de la eternidad para su di- 
cha. Mira, si no hubiera alguno qae amase, 

^ se apagaría el sol 

Cos. Pero hace pocos momentos me hablaste de 

un modo tan desesperado, que se me llena- 
ron los ojos de lágrimas. ¿Por qué me has 
dicho que deseabas morir? ¡Morir tú. Dios 



mío 



Mario No temas, acabo de verte, acabo de oirte, y 

casi he vuelto á recobrar la esperanza. 

Cos. Es preciso esperar, Mario. Ya tienes veinti- 

trés años, y dentro de dos, podrás casarte 
sin el consentimiento de tu abuelo. 

Mario ¿Y hasta entonces? 



Cos. Pues vendrás aquí todas las noches y habla- 

renaos de nuestro amor, de nuestras esperan- 
zas, de nuestros sueños, de nuestras ilusio- 
nes. ¿No basta esto para nuestra felicidad? 

(Entra Eponina j se oculta detrás de un matorral.) 

Epon. (Aparte ) ¡Aquí cstán! 

Mario ¿Y no temes que surja algún nuevo obstíi- 
culo? La persona á quien das el nombre de 
padre ba llegado á infundirme ciertos rece- 
los, te lo confieso. 

Cos. No digas eso, Mario. Si supieras cuánto me 

quiere y cómo se ha sacrificado por mí... Yo 
te aseguro que su mayor dicha la cifrará en 
vivir a nuestro lado. 

Mario No quiero infundir en tu ánimo ninguna 
idea de tristeza. El corazón se hace heroico 
á fuerza de pasión, pero en el mío, sin saber 
por qué, germinan hoy ciertos pensamien- 
tos que me inquietan profundamente. Qui- 
siera que mi alma fuese inaccesible á las 
emociones vulgares, quisiera vivir en el azul 
del cielo, sin preocuparme de las sombras y 
de los odios de este mísero mundo, pero mi 
razón, todavía está sujeta por lazos mezqui- 
nos á la realidad. De todos modos, sin tí, mi 
adorada Cosette, no podría vivir, (con solem- 
nidad ) Escucha, nunca he empeñado mi pa- 
labra de honor sin cumplir lo ofrecido en 
ella; pues bien, Cosette, yo te doy mi pala- 
bra de honor que si me separan de tí busca- 
ré la muerte. 

Cos. (Estremeciéndose.) ¿Otra vez habjas de morir? 

No, Mario, eso no puede ser, tu vida es la 
mía. 

Epon. (Aparte) ¡Cómo le ama! 

ESCENA II 

LOS MISMOS y JUAN VALJEAN, que entra en escena muy agitado 
y volviendo la cabeza como quien teme ser perseguido 

Juan («esde fuera.) ¡Cosette! 

Cos. ¡Mi padre! (a Mario.) Ocúltate. (Mario se oculta 

y entra Juan, que pasa por delante del lugar donde 



— 85 — 



está oculta Eponina, que sale del jardín sin ser vista 
por él.) 

Juan ¿Dónde estás, hija mía? 

Cos. ¡Aquí, padre! (Reparando en la agitacióu de Juan 

vaijeau.) ¿Pero qué sucede? ¡Estás pálido 
como la muerte! 

Juan Hija ^a, me amenaza un gran peligro. 

Cos. ¿Un gran peligro? 

Juan Sí; un hombre, un enemigo encarnizado que 

me creía muerto, acaba de encontrarse con* 
migo. Ese hombre tiene mi vida en sus ma- 
nos; por consiguiente es preciso, que sin 
perder un minuto salgamos de París. 

Cos. ¿Salir de París? 

Juan Ya te he dicho que es para mí cuestión de 

vida ó muerte. Si permanezco un instante 
más en París estoy perdido. 

Cos. Pero, ¿dónde vamos? 

Juan No lo sé. A cualquier parte; por lo pronto, 

hay que aprovechar el motín para huir; des- 
pués, ya trataremos de buscar un asilo lejos 
de París, lejos de Francia si es preciso. 

Cos. ¿Y cuándo volveremos? 

Juan ¡Quizá nuncal 

Cos. (^Aterrorizada.) ¡Munca! 

Juan La fatalidad nos impone este nuevo sacri- 

ficio, Cosette. Yo no puedo conjurar el pe- 
ligro que nos amenaza. Por lo tanto es for- 
zoso anticiparse á los sucesos. Si yo faltase 
¿qué sería de tí sola, abandonada en este 
inmenso Parí^? Voy á recoger lo preciso 
para el viaje, y sin perder un momento, sin 
volver la vista atrás, hay que huir, huir 

para siempre, hija mía. (Se dirige hacía el pa- 
bellón.) 

Cos. (Sollozando.) ¡Ah, Dios mío, Dios mío! 

Mario (Acercándose.) ¿Lágrimas? 

Cos. |Ay, Mario, tengo que abandonarte! 

iVIario ¿Qué dices? 

Cos. La verdad. Mi padre me lleva fuera de 

París. 
AtARio ¿Y tú consientes? 
Cos. ¡Qué he de hacer, Mario! El ha amparado mi 

orfandad, le debo sumisión, obediencia. 



-. 86 — 

Además, le amenaza un grave riesgo, y es 
natural que le afrontemos juntos. 
Mario Di mejor que no me has amado nunca. 

Cos. ¡Que n^ te amo! (En este momento entra Eponina.) 

Epon. Señor Mario, sus amigos le esperan en la 

barricada de la calle de la Chamvrerie. 
Mario Pues vamos á la barricada. 
Cos. No, eso no. Mario, escucha, atiéndeme, no 

vayas á la barricada. (En este momento aparece 
Juan Valjean en el lado derecho.) 

Mario Puesto que voy á perderte, ¡qué me importa 

la vida! ¡Vamos á morir! (Sale velozmente se- 
guido de Eponina ) 

Cos. ¡Morirl (Lanza un grito terrible y cae desmayada en 

los brazos de Juan Valjean, que acude á sostenerla ) 

Juan (Mirando con infinita ternura el rostro de Cosette.) Si 

ese hombre muere, morirá ella también. 



CUADRO CUARTO 
La baps^icada 

Plazoleta en una encrucijada de la calle de la Chamvrerie. En el fon- 
do una barricada enorme, con una cortadura hacia la derecha para 
poder entrar por ella. Sobre los adoquines está enhiesta una ban- 
dera roja, iluminada por una antorcha colocada en la barricada. 
A la izquierda, en segundo término, el café de Corintio. Un barril 
de pólvora cerca del edificio, y también de este lado, uno de los 
ramales de la calle de Mondetour donde se ve una barricada pe- 
queña á medio hacer. El otro ramal. se ve en el primer término 
derecha con su correspondiente barricada: de este mismo lado la 
trasera de una casa, contra la cual está adosada una cañería que 
se pierde en la alcantarilla cerrada por una verja de hierro. En la 
plazoleta guijarros amontonados, carretillas, toneles, sacos de are- 
na y demás materiales para la barricada. 

ESCENA PRIMER A 



ENJ0LRÁ8, FEÜLLY, COMBEPEERE, CONPEYRAC, BAHORET, 
JOLY, LESGLE, GLANTAISE, y una treintena de insurrectos más. 



— 87 — 

los cuales estáu apostados detrás de las barricadas y hacen fuego en 

el momento de levantarse el telón. GAVROCHE anda de un lado 

para otro animando á los combatientes. Se oyen algunos disparos y 

después cesa el ruido. 

Feü. (Levantándose.) Ya no hacen fuego. 

Baho. ¡Victoria! 

CoNF. Me parece que se han retirado hacia la calle 

de San Dionisio. 

Enj. (a Gavroche.) Tú que eres chico, sal por la 

cortadura, arrímate á las paredes de Jas ca- 
sas y explora un poco las calles. En seguida 
vuelve á decirme lo que hay. 

Gav. ¿Conque los chiquitos sirven para algo? Me- 

nos mal. Fíese usted de los pequeños y des- 
confíe de los grandes, ciudadano. David era 
pequeño y mató á Goliat, También yo tengo 

erudición, comandante. (Salepor la cortadura.) 

Enj. La barricada está casi desecha. Todo el 

mundoá trabajar, (comienzan á llevar adoquines.) 

Dejad las aspilleras. Pueden tratar da sor- 
prendernos. La luna es reaccionaria. En este 
momento nos alumbra á nosotros y los ocul- 
ta áello.S. (Se oye pasar lista detrás del café.)¿Cuán- 

tos muertos hay? 
CoM. No lo sé: están pasando lista. Los guardias 

nacionales y las tropas han perdido quince 

hombres. (Se oye la voz de Gavroche imitando el 
canto del gallo.) 

Gav. ¡Kikirikí! 

Enj. Ese chiquillo va á hacerse matar. (Entra Ga- 

vroche.) ¿Qué pasa? 

Gav. Los realistas están en el ángulo de la calle. 

He visto los centinelas. Con que venga un 
fusil. 

Enj. Hay que estar alerta. Una cosa me inquieta, 

^a no se oye la campana de la iglesia de 
Saint Mery. ¿Se habrá rendido la barricada? 
¡Diantre! Eso sería grave para nosotros, (sube 

hacia el fondo.) 

Gav. Oiga usted, ciudano Feully. 

Feu. ¿Qué quieres, muñeco? 

Gav. ¿No es usted quien ha traído los obreros? 

Feu. ¿Por qué lo preguntas? 



-- 88 — 

Gav. ¿Ha reparado usted en aquel sujeto alto con 

blusa que se apoya en un fusil y observa 
atentamente lo que pasa? 

FeU. (Mirando.) No le COnOZCO. 

Gav. Por algo decía yo que se desconfiase de los 

grandes. ¿De veras no le conoce usted? 

Feu. JSo recuerdo. 

Gav. Pues es un soplón. Aun no hace quince días 

que me bajó de las orejas de una cornisa 
del Puente Real. 

Feu. Hay que advertir á Eojolrás. 

Gav. Mi comandante, dos palabras, (a Enjoirás. Le 

habla al oido.j 
EnJ. ¿Eytás seguro? (Estremeciéndose.) 

Gav. ¡Segurísimo! 

Enj. ¡Llámale! 

Gav. (Acercándose al desconocido.) Amigo míO, ¿tiene 

usted la amabilidad de venir á conferenciar 

un momento con el comandante? 
Jav . ¿Qué desea? 

líNj. ¿Quién es usted? 

Jav. Ya veo de qué se trata. Pues bien, sí. 

Enj. ¿Es usted un espía? 

Jav. ¡fc'oy agente de la autoridadl 

Enj. ¿Cuál es su nombre? 

Jav. ¡Javert! 

Enj. Está bien. Será usted fusilado diez minutos 

antes de tomar la barricada. 
Jav. (impasible.) ¿Y por qué no ahora? 

Enj. Porque tenemos que economizar la pólvora. 

Jav. Pues mátenme de una cuchillada. 

Enj. Miserable polizonte: nosotros somos jueces, 

no asesinos. Que se conduzca á este hombre 

á la habitación de los heridos. 

Jav. Hasta la vista. (Le atan ios brazos y le llevan al 

café de Corintio. En este momento se oye tocar á re- 
bato.) 

Enj. (con alegría.) ¡ Ah! vuelven á tocar á rebato en 

San Mery. Nuestos amigos resisten. 

Prou. Atención, la tropa avanza hacia estelado. 

Enj Todo el mundo á su puesto. No disparar 

hasta que se acerquen. ¡Oido! [Fuego! 

CoNF. Algunos han caído... Otros huyen... ¡Victo- 

ria! 



— 8J — 

Prou . tíí, pero á otra victoria como ésta, tendremos 

que retirarnos. Apenas quedan municiones. 

En;. Que se fabriquen. Ahí, cerca de la bandera, 

está Uü barril de pólvora; abridle. 

CONF. (a los otros.) ¡Ya lo oís! (a Eujolrás.) ¿Y laS 

balas? 

Enj. Que se fundan los platos de estaño y las cu- 

charillas del café. 

CoNF. ¡Son insuficientes! 

Enj. Gállate. No tenemos otra cosa. (Gavroche ha 

salido del café con dos fusiles y una escopeta. Oye las 
últimas palabras.) 

Gav. Ciudadano comandante, antes no tenía un 

arma y acabo de heredar tres. A este paso 
voy á abrir un establecimiento. 

Enj Quédate con la escopeta. 

Gav. ;,Una escopeta? Es muy pequeña. 

Enj. Pues toma el arma que quieras. 

Gav. Entonces me quedo con este fusil. Es el más 

largo. Pero ¿y los cartuchos? (Enjoirás, com- 

beferre y Confej-rac, cambian uua mirada.) Sí, ya be 

oído lo que pasa. En este picaro mundo, no 
hay nada completo. Ayer tuve una pistola 
sin gatillo y ahora tengo un fusil sin cartu- 
chos. No, no, esto es demasiado. Voy á bus- 
carlos para mí y para los demás. 

CoM. ¿Dónde? 

Gav. En las cartucheras de los muertos, 

Enj. ¿Estás loco? 

Gav. Ahora verán ustedes. (Mirando á todos lados y 

viendo un cesto de botellas en la ventana.) ¡Ah! ya 

encontré lo que buscaba, (coge la cesta.) Tome 
usted mi fusil. 
CoM. Pero ¿dónde vas? 

Gav. (poniéndose la cesta al brazo.) Voy. . ¡á la COmpra! 

(Echa á correr, j 

Enj. ¡Detenedle! 

Gav. (Kscapándose ) Ahora vuelvo. (Sale fuera de la 

barricada.) 
CoNF. ¡Le van á matar! (Todos ios insurrectos suben á l.i 

barricada y miran con ansiedad.) 

Enj. jNo me atrevo á mirar! (En este momento tia- 

vroche coloca la cesta en el suelo y empieza á sacar 
cartuchos de un miliciano.) 



— 90 



COM. 



Ban 

Gav. 



Todos 

Feu. 

Co]^. 

Enj. 

Todos 

Enj 

COM . 



Enj. 
Gav. 



Enj. 

CONF. 

Enj. 



¿No ves que te apuntan? (Se oye una desnarga. 
Se pono en pie, se coloca en jarras delante de los mi- 
licianos, y canta.) 

¡Vuélvete, muchachol 

¡No teníais cuidado. Les falta la puntería. 

Son noilicianOS. (Oa unos pasos escurriéndose y re- 
gistra á otro miliciano muerto y después á otro.) 

¡Basta! (otro disparo.) ¡Bastal 
Es más listo que las balas. 
¡Se diría que está Jugando al escondite! 

¡Con la muerte! (se oyen más disparos y Gavroche 
Taclla y cae.) 

lAh! 

(subiéndose encima de la barricada.) ¡Le han mata- 
do! ¡A-Sesinos! (Gavroche se incorpora.) 
No; se levanta. (Gavroche se vuelve á los milicia- 
nos y les hace burla, colocándose la mano delante de 
la nariz. Vuelve á cantar.) 

Dame la mano. Amba, muchacho. 

(Fuera.) Primero el cesto. (Levantándole sobre la 

barricada) ¡Viva la República! Allons evfavts 

de la pütvie... (^uena otra descarga más nutrida que 
las anteriores, y cae de" espaldas en los brazos de los 
insurrectos. Los defensores de la barricada lanzan un 
grito de espanto. Eujolrás coloca el cuerpo de Gavroche 
■ en la plazoleta y todos los combatientes le rodean.) 

Acaso no esté más que herido. 
(inclinándose sobre el cadáver.) La bala le ha en- 
trado por el corszón. ¡Está muerto! 
¡Qué alma tan grande en cuerpo tan peque- 
ño! ¡Alinear, compañeros! (los insurrectos se 

alinean en fila, y Enjolrás y Combeferre llevan el cuer- 
po hacia el Café.) ¡Presenten, armas; (los subleva- 
dos presentan las armas al pasar el cadáver.) 



ESCENA III 

LOS MISMOS y JUAN VALJEAN, que entra por la callejuela de la 

izquierda y busca con los ojos á MARIO el cual sale en este momento 

por la puerta del Café 



Juan Llego á tiempo, (ai verle.) 

CoNF, (Desde la barricada ) Cuidado, COmpañerOS, 



— 91 — 

Acabo de oir colocar las cajas de metralla 
en los cañones. 

Enj. No harán mucho daño en los adoquines. 

Arrojaos al suelo, sin embargo (se oye un ca- 
ñonazo y caen heridos y gritando algunos hombres.) 

CoNF. ¡La metralla nos diezma! 

Enj. Es que han apuntado á la cortadura, y la 

carga nos hiere de rebote. Es preciso evitar 
el segundo tiro. 

CoNF ¿Cómo? 

Enj. Poniendo fuera de combate al^efe de la pie- 

za. (Apunta y tira.) 

CoNF. [Está herido!... Se lo llevan. 

Enj. Entonces, hemos ganado tres minuto?. 

Ban. Es preciso tapar el boquete. 

Enj. ¡Un colchón! 

Ban. No hay más que los precisos para los mori- 

bundos. 

Jeü. Allí hay uno, (señalando uno que estará colocado 

delante de un balcón en un piso alto.) 

Ban. ¿y quién lo traeV 

Jeu. ¡Como no tuviésemos alas...! 

Juan Bastaría con romper las cuerdas. 

Enj. ¡Imposible! 

Juan ¡Se intentará! ¿Quién tiene una arma de 

precisión? 

Enj. Aquí está la mía. 

Juan Gracias, (juan apunta, dispara y rompe una cuerda; 

vuelve á disparar y rompe la otra. Se ve caer el colchón 
muy allá de la barricada ) 

Todos ¡Bravo! (Aplauden.) 

CoNF. El colchón ha caído, pero ahora, ¿dónde 

está el guapo que va á ir á buscarlo? 

Juan Se intentará. (Se lanza por la cortadura. Se oyen 

varios disparos, vuelve con el colchón, colocándolo en 
el ángulo muro.) Ya eStá. 

Enj. Bienvenido, ciudadano. 

Ban. ¿Quién es este hombre? 

Enj, Es un hombre que salva á los demás. 

MaBIO Yo le conozco. (Mario y Juan se miran frente á 

frente.) 

Enj. Ahora estamos seguros por este lado. A 

nuestros puestos, Mario. El momento su- 
premo se acerca. (Mario se aleja.) ¡Qué traigan 

al preso! (Dos insurrectos traen á Javert.) 



— 9-2 — 

Juan (ai verle.) ¡Javert! 

Jav. ¡Juan Valjean! 

Enj. [Ya ves que no te olvido! 

Jav. Gracias. 

Ekj. El último que salga de aquí, le levantará la 

tapa de los sesos, con esta pistola. (Deja una 

pistola.) 

Juan ¿Cree usted que merezco alguna recom- 

pensa? 

Enj. Sin duda. 

Juan Pues bien: le pido una. 

Knj. ¿Cuál? 

Juan La de permitirme destrozar el cráneo de ese 

hombre. 

Jav. Es natural. 

Enj . ¿No hay quien reclame? (Mirando á su alrede- 

dor.) Le entrego á usted ese polizonte. (Dán- 
dole la pistola.) Pero no quiero que se le eje- 
cute aquí. En esa callejuela. No hay que 
mezclar su sangre con la nuestra. 

Jav . Vamos. (Marcha con serenidad hasta el ángulo de la 

derecha, seguido de Juan.) Desquítate, Juan Val- 
jean. (Este saca una navaja y la abre.) ¡Un jabe- 
que! Es el arma que mejor te cuadra. 

Juan (cortándole las cuerdas que le sujetan.) Está UStcd 

libre. 

Jav. (Estupefacto.) ¿Qué dices? 

Juan ¿No decía usted que debía tomar el desqui- 

te? Pues ya lo tomo. ¡Vayase usted! 

Jav. (Retrocede dos pasos y vuelve.) Guárdate de mí. 

Juan ¡Eso es cuenta suyal 

Jav. (Vacilando.) No, antes la muerte... Yo no pue- 

do deberte la vida. Quiero mejor morir. Má- 
tame. 

Juan Repito que se vaya usted, (javert se aleja miran- 

do atónito á Juan Valjean.) Qucda Cumplida la 

orden. 

Mario (Desde la barricada.) Ciudadanos. Ha llegado el 

momento de las resoluciones supremas. Nos 
quedan cinco cartuchos por combatiente. 
Los precisos para resistir diez minutos. ¿Qué 
pensáis hacer? ¿Entregaros para ser deporta- 
dos por vida ó fusilados? 

Todos No. 



- 93 



Mario 
Todos 

Enj. 

Todos 

Mario 



Todos 
Enj. 



Mario 



Todos 
Enj. 



Todos 

Enj. 
Mario 



Juan 



¿Entonces preferís morir? 
Si. 

¿Todos? 
Si. 

Nada más sencillo. No tenemos balas, pero 
tenemos pólvora. Llevemos ese barril bajo 
la bóveda del café, y cuando agotemos los 
cartucbos, cuando hayan tomado las barri- 
cadas, los que sobrevivan harán saltar el edi- 
ficio. 

Sí, sí, sí. (Se oyen algunos disparos.) 

¿OÍS, compañeros? El fuego se extiende á 
las demás barricadas. París, la ciudad in- 
mortal, vuelve á reanudar su labor: ¡la revo- 
lución! (Se oye cantar a lo lejos la Marsellesa y vuel- 
ve á escucharse el toque de rebato.) 

¿No escucháis, ciudadanos, ese concierto de 
rumores supremos? La campana hiende el 
espacio con su grito de bronce y la Marse- 
llesa llena el aire con su canto de guerra. 
Cantad y luchad ahí abajo, hijos de la pa- 
tria, mientras nosotros vamos á dar por la 
república el último aliento. 
¡Viva la república! 
Llevad el barril de pólvora al café, (se ejecuta 

la orden y se oye retumbar el cañón que hace saltar 
muchos adoquines de la barricada.) ¡El CañÓn! ¡DcS- 

pués vendrá el asalto! ¡A la barricada! (Mario 

corre hacia la calle de Mondeteur.) 

[A )a bariicada! 

(Gritando.) ¿Estás ya, Marío? 

(Desde la pequeña barricada.) Ya estoV, Enjol- 
rás. (Se oyen nuevos cañonazos enfrente de la barri- 
cada grande y muchas descargas de fusilería en las 
pequeñas. Se oye la voz de Mario.) ¡Rcsistld COn 
brío! Ahora vuelvo. (Atraviesa la plaza para ir á 
la barricada de la izquierda y .Tuan le sigue. Al entrar 
en la callejuela de la derecha cae herido por una bala. 
Juau le recibe en sus brazos y le deposita en el suelo.) 

(Reconociéndole.) No está moerto... He aquí al 
que ella ama y á quien yo aborrezco. ¿Cómo 

salvarle? (Mirando á todas partes y yendo de un lado 

para otro.) No hay Salida. Sería preciso minar 

la tierra. ¡ Ah, por aquí! (Arranca, no sin gran es- 



— 94 — 

fuerzo, los barrotes de hierro de la boca de la alcanta- 
rilla y arrastra hacia ella el cuerpo de Mario.) ¡DlOS 
nos ampare! (Desaparece con Mario por la boca de 
la alcantarilla. Un nuevo cañonazo hace una ancha bre- 
cha en la barricada y los tambores tocan paso de ata 
que, hasta que las tropas asaltan la barricada. El fuego 
de los insurrectos es cada vez más débil. Por último se 
replegan desde las tres barricadas sobre la plaza, ha- 
ciendo frente á los asaltantes y entran en el café de 
Corintio. Las tropas coronan las barricadas y aparecen 
también á la entrada de las dos callejuelas. Los insu- 
rrectos aparecen en las ventanas del café y se les oye 
cantar á voz en cuello: 

¡Amour sacre de la patrie, 
condui, soutiens, nos bras vengeurs! 
\Liberfé'. . \liberté\... \cherie\ ., 

Se oye dentro una formidable descarga; los soldados co- 
ronan las barricadas y el café de Corintio vuela enme- 
dio de una gran explosión.) 



PIN DEL ACTO CUARTO 



W II II H II II i| 'I M 11 'I II II II II II i II II II II II II " ¡i II II II II II II II II II II 11 



EPÍLOGO 



La muerte de Juan Valjean 

Una habitacióu bastante espaciosa y apenas amueblada. A la izquier- 
da, un gran espejo, y sobre la chimenea los dos candelabros de 
plata del señor Miriel. Un velador con enseres de escribir, y cerca 
de este mueble una butaca. Una silla y otra butaca. 



ESCENA PRIMERA 

El DOCTOR DUPRET y el AMA DE LLAVES, que entran por la 
derecha 

Ama ¿Cómo está, señor? 

DuPRET El enfermo sigue mal, muy mal, desgracia- 
damente. (e1 Doctor escribe una receta.) 

Ama- ¿Pero qué es lo que tiene? 

DuPRET Todo y nada. Su enfermedad es más moral 
que física. Es un hombre, que según las 
apariencias, debe de encontrarse bajo el in- 
flujo de un gran pesar. ¿Ha perdido recien- 
temente alguna persona querida? 

Ama Sí, señor; su hija. Es decir, no es que la 

haya perdido, la ha casado. El mismo día 
de la boda vino aquí el pobre señor, y des- 
de entonces yo le miro languidecer á ojos 
vistas. ¡Es una compasión de Dios! 



- 96 - 

l)uPRET ¿Y no ha vuelto á ver á su hija desde en- 
tonce?? 

Ama No, señor. Ella no sabe donde vive, ni él 

ha querido darme las señas de su hija para 
que fuera á avisarla. Y entre tanto... 

DuPRET La dolencia se agrava. 

Ama ¿Que le ha dicho a usted? 

DupRET Me ha dicho que se sentía bien. (Dándole la 

receta.) 

Ama ¿Volverá usted, señor Doctor? 

DuPRET (Moviendo la cabeza.) Sería mucho tnejor que 

viniese otra persona. (Saleel Doctor acompañado 
por el Ama de llaves ) 



ESCENA II 

JUAN VALJEAN aparece en el umbral de la puerta déla izquier- 
da; sus cabellos están completamente blancos y anda encorvado,, con 
gran dificultad 

Ama (volviéndose.) ¡Qué imprudencial ¿Por qué ha 

paÜdo usted de su cuarto, señor? 

Juan Tenga usted la bondad de darme el brazo. 

Vamos hasta esa butaca. (Le conduce.) Es 
preciso que escriba cuatro renglones, (sen- 
tándose en la butaca, sostenido por el Ama.) Grracias. 
Ya estoy bien. No tengo necesidad de nada. 
Déjeme usted un momento, (saie ei Ama.) 

Juan (coge la pluma y escribe con gran dificultad, observán- 

dose que le tiembla la mano) «CoSette de mi 

alma... yo te bendigo...» No puedo, (seie cae 

la pluma de entre los dedos.) No teUgO fuerzaS 

para llegar al fin. (solloza débilmente.) ¡Todo 
acabó ya! ¡Voy á morirl ¡A terminar de mo- 
rir, porque estoy muerto desde el día que 
perdí á Oosette!... He cumplido con mi deber 
salvando la vida á un hombre, uniéndole á 
ella para siempre y refiriéndole mi historia. 
Sí, era preciso no mezclar la vida de un pre- 
sidiario con la suya. Por eso me alejé de su 
lado, por eso me oculto. ¿No es la concien- 
cia mi único guía? Pues ya está satisfecha 
mi conciencia. Pero el corazón tiene tam- 



- 97 - 

bien sus derechos. ¡Morir no es nada: para 
mi es casi un bien! ¡Pero morir sin verla es 
horriblel ¡Ella me sonreiría, ella me diría 
una palabra! ;0b! ¡Un minuto... un minu- 
to solamente! ¡Que yo escuche su voz, que 
yo experimente el consuelo de mirarla por 
última vez! ¿Puede esto ofender á nadie? 
jAh, no, nunca, nunca ya, todo acabó... 
todo! ¡Dios mío... Dios mío! ¡No la veré más! 

¡Nunca más! (En este momento llaman á la puerta.) 

¡Adelante! 



ESCENA III 

MARIO y COSETTá entran precipitadamente 

Cos. (Corre hacia Juan y se arroja á su cuello.) ¡Padre! 

Juan (Se levanta trémulo de alegría.) ¡Cosettc! ¡Ella! 

¿Eres tú? |Es usted! ¡Sí, tú eres! (sostenido por 

Mario y Cosette, vuelve á sentarse en la butaca.) 

Mario ¡Al fin le encontramos! 

Juan ¿Y usted también, señor Mario? ¿Luego us- 

ted me perdona? 

Mario ¿No oyes, Cosette? Todavía me pide perdón. 
jAh, padre mío! Ya sé lo que usted ha he- 
cho por mí. Toda mi vida pasada de rodi- 
llas, delante de usted, no sería bastante 
para expiar mi ingratitud. ¡Aquella barrica- 
da, aquella inmunda cloaca, todo lo atra- 
vesó por mi, por tí Cosette. Me llevó al tra- 
vés de todas las muertes que apartaba de 
mí y aceptaba para él... ¿Por qué no lo ha di- 
cho antes padre mío? (volviéndose á cosette.) 

¡Este hombre ss un santo! 
Juan ¡Silencio, silencio! ¿A qué decir todo eso? 

usted me ha traído á Cosette: ya estoy pa- 
gado. 

Cos. ¡Padre! ¡Padre mío! (Le separa ios cabellos con 

dulzura y le besa en la frente.) 

Juan ¡Deja que te mire! ¡Qué estúpido era yo 

hace un momento! ¿Pues no he creído que 
no volvería á verte más? ¡Habla uno sin con- 
tar con la misericordia de Dios! ¿Usted me 



Cos. 



Mario 



Juan 

Cos. 
Juan 

Cos. 
Mario 
Juan 
Cos. 

Juan 



- 98 — 

permitirá que le tutee, ¿no es verdad, señor 
Mario? No será por mucho tiempo. 
¡Qué maldad habernos dejado en tan cruel 
incertidumbre! ¿Dónde ha estado usted? 
¿Desde cuándo está usted de vuelta? ¿Por 
qué no nos ha avisado? ¡Vaya un padre in- 
grato! ¡Estar enfermo y no saberlo sus hijos! 
¡Mira, Mario, mira quémanos tan frías tiene! 
Pero ahora está usted en nuestro poder. No 
pasará un día más en esta casa. Mañana no 
estará usted aquí. Nos pertenece y ya no le 
soltamos. 

(Moviendo tristemente la cabeza.) Mañana ya nO 

estaré aquí, pero tampoco en su casa. 
¿Qué quiere usted decir? 
No quisiera darte pena, hija mía, pero voy 
á morir. 

¡Morir! (Estremeciéndose.) 

Sí. 

¡No, padre mío! Vivirá usted, sí vivirá. Yo 
quiero que viva. ¿Oye usted? 
Hija mía, es preferible que te abandone. 
Muero gozoso. Ya ves, siento tus manos en 
las mías y veo correr las lágrimas por tus 
mejillas. Este era el fin que yo ambiciona- 
ba. (Cosette cae á sus pies sollozando.) Empiezo á 
ver menos claro." Cosette, acerca aquellos 
dos candelabros, (cosette lo hace.) A tí te los 
lego, hija mía. Son de plata, mas para mí 
son ds oro: son de diamantes. No sé si el 
que me los dio estará ahora satisfecho de 
mí allá arriba. He hecho lo que he podido 
para seguir su senda. ¡Ah, sí! (con ios ejos fijos 

en los candelabros y levantándose en éxtasis.) ¡Ya le 

veo! ¡Me llama!... ¡Me espera!... ¡Me sonríe!... 
¡Me tiéndelos brazos!... ¡Allá voy! (cae en su 
butaca muerto. Mario y Cosette le besan las manos.) 



FIN DE LA OBRA 



Los ejemplares de esta obra se hallanj 
de venta en todas las librerías. 

Será considerado como fraudulentol 
todo ejemplar que carezca del sello d^ 
la Sociedad de Autores Españoles.