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Full text of "Los precursores españoles del canal interoceánico"

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MODESTO PÉREZ 

PABLP NOUOUE5 



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LOS PMCÜUSiES 



MODESTO PÉREZ 

PABLO N0UGUÉ5 



Los Precursores Españoles 
del Canal Interoceánico 



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PERLADO, PAEZ Y COMPAÑÍA 

(Sociedad en Comandita) 

SUCESORES DE HERNANDO 

Arenal, II, y <{iiintaiia, SI y H'.i 

MADRID 



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E8 propieda(l de los antores 



Qfi Y V , ji-(o^i 



Imp. \ encuad. de Valentín Tordesillas, Tutor, 16, Madrid 
Teléfono 2.012 



fi -S. M. el ReY ée Espa- 
ña B®n Jllf©F^S8 MHÍ Y s"' 

Pf?as, i'pesidentee de la Re- 
pyblisa de i^anaroá, dedi- 
Gan esfee lifep® 

Li®g ay1i©r?eS. 



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CUATRO PALABRAS 



La gran República Norteamericana ha realizado la 
obra gigantesca del Canal de Panamá, que, confundiendo 
las aguas del Océano Atlántico y las del Pacifico, acorta 
distancias, aproxima pueblos y transforma, renueva y 
mejora, en infinidad de aspectos, las relaciones del mun- 
do; pero á España, cuya sangre ha regado también los 
trabajos del maravilloso Canal, le corresponde la gloria 
de haber sido la primera en concebir la idea de la comu- 
nicación interoceánica y en desvelarse por darle vida 
derrochando materiales esfuerzos y llevando á término 
tan sorprendentes expediciones que más que históricas 
parecen legendarias. 

Desde los primeros años del descubrimiento y la con- 
quista de América hasta bien cerca de nuestros días, la 
energía española no ha dejado de manifestarse con exube- 
rancia, tanto en el orden intelectual como en el físico, en 
lo que respecta á la aspiración de unir el mar del Norte, 
el Atlántico, con el mar de Balboa. 

Se trata de una tradición tan luminosa que en ella 
abundan admirables antecedentes de todos ó casi todos 
los proyectos de comunicación interoceánica examinados 
en los tiempos modernos. 



VIII 



En las páginas de este libro, escrito á base de venera- 
bilísimos papeles de indiscutible autenticidad, se demues- 
tra así, aun habiéndonos limitado, por ahora, á historiar 
someramente algunos de los precursores españoles de la 
magna empresa en la XVI. ^ centuria. 

En cuanto al Canal de Panamá, con el Chagres como 
fundamento para construirle, copiosas son, en nuestro 
estudio, las pruebas de que los Estados Unidos no han 
hecho sino poner en ejecución iniciativas y planes idea- 
dos, acariciados y ensayados por ilustres capitanes hispá- 
nicos apenas descubierto el Nuevo Mundo, 

Que la evocación de estas nobilísimas figuras contribu- 
ya al aumento de las glorias de España, á que se le haga 
justicia en América y en todas partes y á estrechar cada 
vez más cordialmente los lazos entre españoles é hispano- 
americanos, hijos unos y otros de la Hispania máxima 
cuyos anhelos y destinos se han de inspirar en su tradición 
cultural acreciéndola para fortificarse y engrandecerse. 

Hacemos público el testimonio de nuestra gratitud á 
las insignes personalidades que se han dignado aplaudir 
nuestra labor y sobre todo enviarnos pensamientos de 
homenaje á la energía de España en América. 

Poetas, novelistas, pensadores, militares, ingenieros, 
jurisconsultos, catedráticos, oradores, estadistas, etc., re- 
presentan el espíritu nacional, y por ellos, muchísimo más 
que por nosotros, celebra nuestra Patria el inmortal acon- 
tecimiento de la próxima inauguración del Canal Inter- 
oceánico y resucita la memoria de ínclitos lauros y dere- 
chos inalienables. 




HOMENAJE Á LA RAZA 





Cuando se habla de Hernán Cortés, se recuerda al Conquistador 
de un Imperio poderoso y formidable, sojuzgado por arte que sale 
de los límites de la historia y llega á los del encantamiento. Pocos 
se fijan en que donde acaba el Conquistador, empieza el Descubridor, 
que siempre tuvo puesta la mira en el Estrecho que debía comunicar 
al Atlántico con el Pacífico. Ganado México, Cortés, rico é ilustre, 
pudo acabar su vida en ocio y reposo. Como estaba enamorado de 
la gloria, prefirió empobrecerse y afrontar riesgos inauditos, orga- 
nizando por su cuenta expediciones, para alumbrar tierras y aproxi- 
mar océanos. Asi, hubo un mar al cual los españoles de entonces 
dieron el nombre de Cortés, y la ingrata posteridad se lo ha quitado. 
Y no ha sido ningún español, sino un extranjero, Prescott, quien re- 
conoció en este Precursor el genio de la empresa romántica. Los que 
afectan ver en Cortés un buscador de oro, ignoran la parte más ex- 
traordinaria tal vez de sus hazañas, completamente ideal, de ese 
ideal que es fecundador de realidades. Y nunca hubo nadie más 
idealista, ni tampoco más hábil y astuto, con la astucia del genio, 
que el inmenso Malinche, á quien debemos culto y desagravio. 




Entre el fragor de los combates, la incertidumbre de portentosas 
aventuras y el anhelo de hazañas increíbles, los descubridores y 
conquistadores españoles del siglo xvi, Titanes de la raza, sublimes 
Caballeros de la Quimera, vislumbraron la comunicación interoceá- 
nica, hoy realizada por los Estados Unidos. 

Los forjadores de aquella edad de hierro merecen que sus nom- 
bres sean los primeros que se graben en el pórtico luminoso de esta 
edad de oro, que crea la maravilla del Canal de Panamá. 


















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La historia del descubrimiento, conquista y colonización de Amé- 
rica es la manifestación más culminante del q-enio español, que se 
atrevió á explorar un mundo desconocido, dominándolo en plazo 
tan breve y mediante tan esforzados medios, que su relato parece 
arrancado de la leyenda. 

Si admira lo hecho por los españoles, no sororende menos lo que 
intentaron. Ellos presintieron, apenas pisado el Continente america- 
no, la existencia del Océano Pacífico, que proyectaron unir con el 
Atlántico por el istmo que, al cabo de cuatrocientos años, atraviesa 
el canal de Panamá. Vasco Núñez de Balboa, tras penosísima mar- 
cha, logró dar vista en 23 de Septiembre de 1513, desde la cumbre 
más elevada de la cordillera que separa uno de otro Océano, al mar 
que llamó del Sur, y del cual tomó posesión cuatro días después. I 
el primer proyecto de comunicación entre ambos fué idea del gran 
conquistador de México, del insigne capitán Hernán Cortés. 

Propagar esa historia, cantera inagotable de episodios que tocan 
en lo maravilloso, no es sólo tributo que se rinde á los que la hicie- 
ron; es también semilla que se vierte en el cerebro y en el corazón de 
la juventud, la cual ha de inspirarse en aquellos altos ejemplos de 
grandeza heroica, de firme esfuerzo y de perseverante actividad. Lo 
que fuimos debe constituir prenda dada al mundo para responder 
de lo que seremos. Prenda, por cierto, que á mucho nos obliga. 



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La obra gigantesca del Canal IntenoeéaAiba d9 
Panamá, viene a ser como la áltlma piedra de un 
edificio grandioso, en cuyos cimientos lleva ca- 
da uno de los sillares el nombre de uno de aque- 
llos héroes españolea, descubridores y conquista- 
dores, que fueron los precursores inaortales de la 
civilización actual en al gran continente america- 
no. 

Madrid, 29 de Diciembre de 1914, 



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Los pueblos que fueron grandes y se han hundido no deben ol- 
vidar la historia de sus ¡empresas, que en ella y en las enseñanzas 
de la adversidad está el secreto de su resurrección para el ins- 
tante en que las tremendas luchas que fragua la codicia de los pue- 
blos, abatiendo á los soberbios, deje el paso libre á los previsores 
y á los capacitados para lograrla. 

La memoria de pasadas hazañas es un tormento para los resig- 
nados, un acicate para los perseverantes y un título de revindica- 
ción para los dignos de alcanzarla, que la gloria para los pueblos 
como para los individuos es inalienable é imprescriptible. 



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LalHlSTORIA DE LOS PRECURSORES ESPAÑOLES DEL CaNAL INTEROCEÁ- 
NICO, que me dicen están ustedes componiendo, no puede ser para 
mí sino de grandísima satisfacción, por haber de ser uno de los li- 
bros que descubran las glorias de nuestra antigua cultura, que son 
el intento de todos mis afanes y estudios en lo que toca al idioma y 
literatura. La parte destinada á la ciencia de nuestro siglo de oro 
anda, por desgracia, harto descuidada, y los que, como ustedes, la 
saquen del olvido, merecerán bien de la Patria. No tengo tiempo 
para rebuscar antecedentes, de los cuales mi buen amigo D. Daniel 
Granada publicó algunos en El Imparcial el año pasado, y que, ade- 
más, no serían más que gota de agua llevada al mar después de las 
investigaciones que ustedes están haciendo. Mis felicitaciones calu- 
rosas por la empresa y libro, que habrá de despertar á otros, para 
que algún día se pueda escribir la obra de La Ciencia española. 

Madrid, 19 Enero 1915. 



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La decimoquinta centuria había asistido á una renovación de 
la sociedad europea, cuyos movimientos llevaron sus ondas vibra- 
torias á todos los confines del planeta, en la siguiente. Cupo á Es- 
paña dirigir la acción renovadora en nombre del catolicismo, ex- 
tendiendo sus alardes á los extremos oriental y occidental del 
mundo. Los caudillos eran los combatientes de aquella idea reli- 
giosa, llegando á realizar el Salmo de David; las oraciones al Dios 
de los cristianos se oían en los bosques filipinos y americanos ál 
tiempo mismo. Desde el Oriente del Sol hasta su ocaso, los espa- 
ñoles alababan el nombre del Señor. ¡Qué labor! La miseria, el 
hambre, hasta el sacrificio de los caníbales eran los holocaustos 
ofrendados: unos, á la mayor gloria de Dios: los otros, la Huma- 
nidad alzaba los altares á la civilización y comunión de los hom- 
bres. Nada detenía el brío de los héroes españoles, ignorantes del 
fin: seducidos por sus codicias y concupiscencias, laboraban para 
todos los descendientes, que recogieron in integrum el acervo ad- 
quirido, con sus deficiencias, errores y prejuicios. 

Por eso, el descubridor definitivo de las tierras llamadas más 
tarde americanas, murió ignorando su obra, como más tarde los 
conquistadores de los continentes definían las semejanzas objeti- 
vas en el Norte y en el Sur, nombrándolas de igual manera, aten- 
tos á las palabras indígenas que les hablaban de riquezas deslum- 
bradoras, aun cuando fuesen irreales dentro de la sana razón 
común. Y así escalaban las cimas andinas en el istmo, marchando 



siempre tra.s el país dorado do sus ensueños y espejismos de felici- 
dad. Y al frente iba Vasco Núñez de Balboa, que vio el primero á 
sus pies el mar inmenso, distinto del otro que dejaba á sus espal- 
das. Ante la visión del infinito, él, intrépido en su carácter, indo- 
mable en su voluntad, bajó las laderas abruptas febril y resuelto, 
y así entró a^nias adentro, en su diestra la espada y tremolando, 
alta, en su izquierda, la bandera de España, creyendo, con épica 
locura, asegurada así la dominación de aquel piélago desconoci- 
do, en nombre de Dios y el Emperador. 

Ese hombre pisó con sus compañeros los terrenos que más tar- 
de reconocieron los emisarios de Felipe II y los modernos ingenie- 
ros franceses y anglo americanos, hasta llegar á la feliz termina- 
ción del Canal de Panamá. Más que á ninguno, debe la Humani- 
dad consagrar su nombre para siempre, y es española su estirpe, 
y es nuestro su arranque, como es nuestro todo lo grande, hermoso 
y fecundo que forma la historia de los hombres de todos los tiem- 
pos, en las distintas manifestaciones de la vida política y social. 
Tal vez no se conozca jamás el estatuto definitivo nuestro, pero 
nadie podrá negar que los españoles hemos sido los precursores de 
la vida contemporánea europea, como fuimos los promotores de la 
civilización americana. 

¡Ah! Si en lugar de preocuparnos siempre de lo exótico y ex- 
traño hubiésemos sabido deducir las consecuencias del magno 
postulado presentado á la faz de todos en el siglo xvi, España se- 
ría hoy la curadora de todos los intereses de América j el Norte 
de África. ¿Temeríamos, en semejante trance, las contingencias 
de esta guerra europea y asiática, que nos obliga á tan forzada 
pasividad? 



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Nada menos que de la primera mitad del siglo xvi datan las Rea- 
les Cédulas de la Majestad de Carlos V ordenando procurar la co- 
municación entre los dos grandes mares que bañan las costas de 
América, á través del río Chagre. Cuatrocientos años transcurrie- 
ron sin que la voluntad del Emperador Rey se realizara; anglosajo- 
nes, y no hispanolatinos, acometieron y realizaron la colosal empre- 
sa. Pero cuando en las aguas del Canal de Panamá proyecte el sol 
la recortada silueta del pabellón nacional que arbole el primer navio 
que las surque, otra sombra mayor y más gloriosa, la del César 
magnánimo, evocada de El Escorial, revindicará solemne los in- 
maculados timbres de la raza española. 




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El genio de la rasa previo é intento 
ya, en el tiempo del descubrimiento y 
la conquista de América, el beso de 
tas aguas del Océano Atlántico y las 
del Pacífico. 

Ningún proyecto moderno de co- 
municación interoceánica deja de te- 
ner luminosos antecedentes españoles 
en la primera mitad del siglo XVI. 

Desde entonces hasta ahora ape- 
nas se interrumpe la gloriosísima plé- 
yade de nuestros precursores del Ca- 
nal de Panamá. 

La titánica obra, pensada por Es- 
paña y realizada principalísimamente por los Estados Unidos, mo- 
difica y renueva multitud de relaciones. 

Al acortar distancias y aproximar pueblos, transforma también 
y facilita en muy amplia medida la comunicación postal interna- 
cional. 

Y esta rapidez, esta prontitud, que entrañan aspectos industria- 
les, comerciales, mercantiles, etc., etc., liarán más expedito el inter- 
cambio sentimental en su carácter más puro y noble, aliviarán im- 
paciencias y abrirán más ancho cauce al desenvolvimiento de la 
fraternidad humana. 

Aunque no fuera por otra cosa que por imprimir, en innumerables 
ocasiones, celeridad á los servicios postales, habría que bendecir la 
concepción, construcción y apertura del Canal Interoceánico. 



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CARACTERES DE LA ÉPOCA 



CAPITULO I 

Por patriotismo.— El ambiente.— La 
sociedad de entonces . — Intrépidos 
aventureros. — El encantado paraíso. 
Los vagidos de la civilización.— La 
santa independencia.— Nuestro lio- 
menaje.— A enaltecer la raza.— Con- 
tratos entre la Corona y los conquis- 
tadores.— La sed de riqueza.— Des - 
manes inevitables. — Los sacrificios 
de los indios.— Injustas censuras-- A 
= nuestros hermanos do América. = 



ON honda emoción ponemos la pluma 

C sobre las cuartillas al comenzar á es- 
cribir nuestra Historia de los precur- 
sores españoles del Canal Interoceánico , 
humilde labor de dos obreros que en- 
gendró el más férvido patriotismo. 
En páginas antecedentes quedan expuestos nues- 
tro propósito y las características de nuestra Histo- 



4 — Mp>íestb Pérék— Pablo Nougués 

ria. Antes de narrar la vida y hechos de los pre- 
cursores que han de desfilar ante vuestra vista, 
cúmplenos determinar el ambiente y los caracteres 
de la época, la atmósfera en que se desenvolvieron 
las fecundas actividades de los conquistadores. 

La sociedad española de entonces consideraba 
minúsculos los más temerarios proyectos, mezqui- 
nas las más insuperables empresas, y afrontaba im- 
pávida los riesgos más tremendos. 

Era aquélla una generación de héroes, de hom- 
bres geniales, una raza de intrépidos aventureros, 
cuya fortaleza y brío asombran y maravillan. 

En la Historia refulgen con luz esplendorosa los 
hechos realizados por aquellos ilustres varones, glo- 
ria de la madre España, que dotaron á su Patria con 
un mundo inexplorado, en el que todos los prodigios 
de la Naturaleza se realizan bajo el ardiente sol de 
los trópicos, con virtiendo aquella tierra bendita en 
un encantado paraíso. 

A través de los siglos alienta allí, vivida, real, 
inextinta, la suprema audacia de nuestros progeni- 
tores, y en aquel terruño regado con su sangre hay 
dulcedumbres amorosas para la vieja Matrona que 
allí llevó, con el ánimo de sus hijos, los primeros va- 
gidos de la moderna civilización. 

En el transcurso de los tiempos hemos visto cómo 
las Repúblicas americanas, capacitadas para regirse 
á sí mismas, pictóricas de energías, se han emanci- 
pado de nuestra tutela, declarándose independientes. 

Con su solo esfuerzo, laborando con ahinco, sa- 



Caracteres de la época — 5 

tarándose de cultura, florecen entre los pueblos más 
adelantados del orbe. 

Y la fecunda Hesperia contempla extática, con 
maternal arrobamiento, este soberano resurgir de 
sus hijas bien queridas. 

Estrechos vínculos de fraterno afecto nos unen 
con las naciones de la imponderable América, y 
por ello nosotros, al empezar á pergeñar este libro, 
rendimos con profunda emoción el más sincero ho- 
menaje de admirativo cariño á los pueblos que an- 
taño constituyeron preciados florones de la Corona 
de Castilla y hoy son esperanza risueña, promesa 
feliz, en el concierto de la Humanidad. 

Las cenizas de nuestros antepasados, que repo- 
san en el seno de la virgen América confundidas 
con las de los indígenas, constituyen segura garan- 
tía de que han de perdurar los lazos que unen á la 
Metrópoli con sus colonias emancipadas. 

¡Bien haya la hora en que estos lazos cristalicen 

en una íntima comunión de pensamiento y en un 

supremo anhelo de enaltecer y honrar á nuestra 

raza! 

* 

No ignorarán nuestros lectores que en el período 
del descubrimiento y conquista de América hacíanse 
las expediciones al Nuevo Mundo mediante contrato 
formalizado entre la Corona y el que solicitaba ir á 
descubrir mares y tierras. 

La Corona reconocía grandes preeminencias á 



6 — Modesto Pérez— Pablo Nougués 

los solicitantes y les otorgaba el derecho de ordenar 
la forma en que había de realizarse la colonización, 
y de fijar reglas para el buen trato y conversión de 
los indios, nombrándoles Capitanes Generales de 
las fuerzas expedicionarias y Gobernadores de las 
tierras que conquistasen. 

Estos caudillos tenían la facultad de formar jui- 
cio de residencia á los Gobernadores y lugarte- 
nientes por ellos nombrados, castigando á su arbi- 
trio las faltas que cometieran. 

El contrato obligaba á los jefes de expedición á 
cumplir fiel y lealmente las instrucciones que se les 
dieran, y á costear de su bolsillo el alistamiento de 
la gente que llevaran á sus órdenes, con más la ad- 
quisición de buques, armas, municiones, víveres, vi- 
tuallas, acémilas, caballos, pertrechos, equipos, ma- 
terial de guerra, y cuanto fuera preciso para la crea 
ción y sostenimiento de las fuerzas por ellos organi- 
zadas. 

Los expedicionarios que se enganchaban en ta- 
les huestes hacíanlo influidos por un ansia vehe- 
mente de riqueza, y dominados por este sentimien- 
to cometían desmanes que los caudillos no tenían 
más remedio que tolerar. 

Además, no era empresa fácil contender con los 
indígenas, supersticiosos, astutos y valientes hasta 
la temeridad, habituados á la guerra, en la que con- 
tinuamente se ejercitaban, y ansiosos de que nunca 
faltaran prisioneros que inmolar á sus ídolos. 

«Cuando han de dar guerra— escribía el Ade- 



Caracteres de la época — 7 

lantado Montejo al Emperador Carlos V, — primero 
vienen á dar la paz para saber la gente que viene y 
el concierto que trae, y el aparejo que tendrán para 
hacella. Y esto ha sido general en todas estas partes, 
que todos los que van á algunas tierras nuevas los 
reciben y salen á hablar, y en viéndolos que asien- 
tan en la tierra y se quieren servir dellos y los vean 
descuidados, les dan la guerra. Y en esta tierra más 
que en otra ninguna; que más de diez ó doce Capi- 
tanes que han muerto con su gente en ella, todos 
los han recibido en paz, sobre ella les dieron guerra 
y les mataron.» 

A más de esto, los sacrificios á que sometían los 
indios á sus prisioneros eran espantosamente ho- 
rrendos. 

En una obra dedicada por un fraile menor al 
Conde de Benavente, en el año de 1541, se ofrecen 
detalles de estos suplicios. 

Delante del altar de su dioses tenían los indíge- 
nas una piedra larga, en la que tendían de espal- 
das y atado al que iban á sacrificar. El sacerdote, 
con una piedra muy afilada, abría el pecho de la 
víctima con mucha fuerza, y le sacaba el corazón 
que colocaba sobre el altar. 

• 'íLos corazones, á veces, se los comían los mi- 
nistros viejos; otras, los enterraban y luego tomaban 
el cuerpo del sacrificado, y echábanlo á rodar por 
las gradas del altar abajo.» 

Si el cadáver era de un prisionero de guerra, lo 
recogía el que lo aprehendió, y lo guisaba para co- 



8 — Modesto Pérez — Pablo Nougués 

raérselo con sus amigos y parientes al otro día, en 
una gran fiesta que celebraban. 

¿Qué mucho que para guerrear con tales enemi- 
gos tuvieran que tolerar los conquistadoras todo 
género de desmanes á la soldadesca? 

De lo expuesto se deduce que son notoriamente 
injustos los juicios duros, severísimos, con que los 
primitivos historiadores de Indias condenan á los 
aventureros. 

Y dicho esto, nos adentramos en nuestra Histo- 
ria de los precursores españoles del Canal Interoceá- 
nico, recabando para nuestra Patria la gloria que le 
es debida. 

En cuanto se refiere á nuestros hermanos de 
América, decimos con la cordialidad más intensa: 
Recibid de dos escritores, que os aman y os comjyren- 
den, un abrazo del alma. 




CRISTÓBAL COLÓN 



CAPITULO II 

Un error histórico. — Hablando con 
D. Jnan B. Sosa.— Cnarto viaje de 
Cristóbal Colón. - La costa de Centro- 
América.— La bahía de Caribaró.— 
El Quersoneso.— La tierra de Agua- 
ra.— La laguna de Chiriquí.— Gnir- 
naldas de flores, coronas de uñas y 
láminas de oro-- Las tierras de Ver- 
agua.— La isla del Escudo.— El Cubi- 
ga.— La bahía de Portobelo.-El río 
de los Lagartos.- El inmortal ga- 
llego Colón fué el -verdadero 
= descubridor del Chagres. = 



AGE algún tiempo, apareció en la Re- 
vista de América, que dirige en París 
el distinguido escritor peruano Fran- 
cisco García Calderón, cierto artículo 
titulado TJn precursor del Canal de 
Panamá j en el que se atribuía el des- 
cubrimiento del Chagres, río utilizado como elemento 




10 — Modesto Pérez— Pablo Nougués 

•esencialísimo en la construcción de la gran vía in- 
teroceánica, á Nicolás de Ribera Valdivieso y Laredo 
Espinel, natural de la villa de Olivera, en Galicia, y 
compañero de Pizarro en la conquista del Perú. 

Se intentaba apoyar tal aserto en la información 
de nobleza y méritos que Nicolás de Ribera tramitó 
■en 1553, en la Real Audiencia de Lima, para recabar 
la Real Cédula de Caballero de la Espuela Dorada. 

En semejante información se afirma que «Ribera 
descubrió el río Chagres, y llevó por él en canoas 
todo lo sobredicho (pertrechos y soldados), la arti- 
llería y todo lo demás que fué necesario para la na- 
vegación, de cuya causa ha resultado llevarse desde 
■entonces hasta hoy todas las mercancías por dicho 
río, y mucho bien á aquel reino y el de Tierra-Firme 
y á estos reinos, y declaran los testigos que cuando 
el dicho Nicolás de Ribera trajo los dichos pertre- 
chos en canoas por el dicho río, fué la primera vez 
que por él navegaron en canoas los españoles». 

Extraña nos pareció, desde luego, la tesis mante- 
nida en la revista del Sr. García Calderón, y ex- 
hausto de valor histórico el texto alegado en su de- 
fensa. 

¿A qué el empeño de rodear de obscuridades, ni 
^un de levísimas sombras, lo que está discernido 
perfectamente? ¿Se trata quizás de pretender inven- 
tar, por bastardos procedimientos, para adjudicárse- 
las al Perú, que tantas glorias indiscutibles tiene, 
nuevas distinciones preclaras, ya que Nicolás de Ri- 
bera fué uno de los fundadores de Lima? 




CRISTÓBAL COLON 



Cristóbal Colón — 11 

En estos pensamientos estábamos, y estas pre- 
guntas nos hacíamos, cuando tuvimos el placer y el 
honor de visitar, por requerimientos de ciertas obli- 
gaciones periodísticas, y por estímulos y exigencias 
del afecto, á D. Juan 13. Sosa, que entonces ejercía 
la delicada misión de Encargado de Negocios de la 
República de Panamá en esta Corte. 

Don Juan B. Sosa, hombre de inteligencia muy 
clara, de copiosa y exquisita cultura y de trato per- 
sonal sencillo, efusivo, encantador é inolvidable, es 
la primera autoridad histórica de su país, cuyo Com 
pendió de Historia, adoptado oficialmente como tex- 
to para la enseñanza en las escuelas y colegios pa- 
nameños, ha escrito en colaboración con D. Enrique 
J. Arce. 

Es además autor del precioso folleto Limites de 
Panamá. — Apuntamiento sobre los derechos territo- 
riales de la República^ en sus linderos con Colombia. 

A Sosa — ha escrito acertadamente el istmeño don 
J. A. Henríquez — pueden acudir con absoluta con- 
fianza los hombres de Estado de la joven República, 
sobre todo aquellos que tengan á su cargo el arduo 
manejo de las relaciones internacionales, y encon- 
trar en él, siempre que se trate de los límites orien- 
tales de Panamá, un asesor inteligente y concien- 
zudo. 

Actualmente elabora, con el Sr. Arce, una volu 
miñosa edición de la Historia de la floreciente y 
simpática República del Istmo, utilizando millares 
de interesantísimos documentos. 



12 — Modesto Pérez— Pablo Ñongues 

Y hablando con el Sr. Sosa de varios asuntos, 
americanos en su mayor parte, charlamos también 
sobre el referido trabajo de la revista del Sr. García 
Calderón, que el ilustre investigador panameño ha- 
bía leído ya y que, como á nosotros, le había cau- 
sado una profunda sorpresa, y merecido un concepto 
desfavorable desde el punto de vista histórico. 

He aquí, en substancia, lo que de momento nos 
sugirió dicho artículo; bien advertido que quien más 
y mejor habló fué Juan B. Sosa: 

En 1497 dobló Vasco de Gama el Cabo de Buena 
Esperanza, que abrió á los portugueses el camino de 
la India, y Cristóbal Colón proyectó otro viaje — el 
cuarto — al Nuevo Mundo, dispuesto cada vez más d 
encontrar el Estrecho que le condujera, por ruta dis- 
tinta, á las ricas regiones adonde aquéllos habían 
llegado. 

Al mando de cuatro carabelas, zarpó de Cádiz 
el 9 de Mayo de 1502, con su hermano D. Bartolomé 
y ciento cincuenta hombres de tripulación. 

También acompañaba en este viaje al Almiran- 
te su hijo Fernando, que aún no tenía trece años. 

«Mas no le acompañaba Diego, quizás por dismi- 
nuir el número de los príncipes aquellos, muy sospe- 
chosos al enemigo de todo fraccionamiento feudal; y 
no le acompañaba el primogénito, el heredero de sus 
dignidades y prerrogativas, acaso por no dar títulos 
mayores á las poco meditadas concesiones de almi- 
rantazgos perdurables. Una de las mayores suspica- 
cias del cauto y precavido Fernando V se derivaba 




D. JUAN B. SOSA 
Notable historiador y político panameiio. 



Cristóbal Colón — 13 

del empeño puesto por Colón en magnificar á la pro- 
pia familia.»— Castelar: Historia del descubrimiento 
de América, página 524. 

Con vientos propicios, la escuadra atravesó fe- 
lizmente el Océano, y después de tocar en varias 
islas del mar de las Antillas, conturbado entonces 
por tremendas borrascas, recorrió la costa centro- 
americana, desde el Cabo de Gracias á Dios, en Hon- 
duras, hasta Cariari, en el territorio de Costa-Rica. 

El 6 de Octubre, la armada fondeó en una espa- 
ciosa bahía, de la cual brotaban lozanas islas, cu- 
biertas por una múltiple, frondosa y exuberante ve- 
getación. 

Los naturales que, como guías, acompañaban á 
los expedicionarios, llamaban á bahía tan cómoda y 
hermosa Caribaró, y aseguraban que sus contornos 
tenían fama de ser ricos en oro. 

«En este punto parecía realizado el sueño de Co- 
lón, y patentísimo el áureo Quersoneso... Penetra- 
dísimo el Almirante dé que sus ensueños se le ha- 
bían cristalizado á la vista, dijo ser aquélla la tierra 
de Aguara, enteramente áurea, y hallarse á diez 
días de navegación del sacratísimo Ganges.» — Cas- 
telar: Obra citada, páginas 525 y 526. 

De allí siguió la nota hasta la laguna de Chiri- 
quí, donde los españoles adquirieron algunas piezas 
de oro, en su comercio de cambio con los indígenas 
de las riberas. 

Los naturales adornaban sus cabezas con guir- 
naldas de flores, y coronas formadas con uñas de 



14 — Modesto Pérez — Pablo Ñongues 

animales; pero del cuello llevaban colgadas las re- 
lucientes láminas de oro, á cuya sola vista se infla- 
maba de codicia el pecho de los descubridores. 

Alganos indios, conducidos á la presencia de 
Colón, informaron á éste de que el oro se producía 
abundante en las sierras de una región al Oriente, 
á pocos días de distancia, región que los naturales 
denominaban Veragua. 

Con noticia tan halagüeña, Colón abandonó la 
laguna de Chiriquí, á mediados de Octubre; pasó á la 
altura de la isla del Escudo, visitó las bocas de un 
gran río, recogió alguna cantidad de oro, y conoció 
algunos puntos importantes de la costa de Veragua, 
hasta Cubiga, término, según le informaron, de la 
región aurífera. 

Antes de descubrir, el día 2 de Noviembre, la 
maravillosa bahía de Portobelo, examinó la región 
por donde corren los ríos Cubiga y Chagres, de agua 
dulce y muy notables por su riqueza de pescados. 

Colón llamó al segundo de dichos ríos rio de los 
Lagartos, por abundar en sus aguas y riberas esos 
saurios muy grandes, enemigos de los hombres y pa- 
recidos á los cocodrilos del Mío, como dice Pedro 
Mártir de Angleria. 

El Chagres nace á unos cincuenta kilómetros al 
Oriente de Portobelo. 

Tiene una cuenca de dos mil seiscientos cin- 
cuenta kilómetros cuadrados, una longitud máxima 
de Este á Oeste de cien kilómetros, y una anchura 
de cincuenta. 




£^^^C^ALe^ ¿^ <fVÚ>^*A^ ¿:£ccrw>^, ^/Ut^yü/ 



Cristóbal Colón — 15 

En su curso superior, el Chagres camina hacia eí 
Sudoeste, recibiendo las aguas de varios ríos, entre 
ellos el Pequeñi y el Chilibre. 

Desde Matachín á Barbacoas se dirige al Occi- 
dente, y en Barbacoas cambia otra vez de rumbo, 
marchando hacia el Atlántico, en el que desemboca- 
cerca de la villa de Chagres. 

Afluente de la orilla izquierda de este famoso río- 
es el Trinidad, y hasta que confluye con él, el ancho- 
del Chagres varía de cincuenta á ochenta metros. 

Desde el Trinidad al mar, la anchura varía de 
sesenta á cien metros, y la profundidad llega hasta 
diez y doce. 

En una considerable porción de su curso, el río 
de los Lagartos es navegable, y hasta Matachín 
pueden ir por él grandes embarcaciones, en una lon- 
gitud de cuarenta y cuatro kilómetros. 

Al Oriente de la desembocadura del Chagres- 
está la bahía de Limón, llamada también de Naos, 
cuya extensión es de treinta y cinco kilómetros- 
cuadrados. 

La ciudad de Colón, situada á la entrada de esta, 
bahía, se llama así por ser aquella costa la primera 
que Cristóbal Colón divisó en la Tierra Firme, y di- 
cha bahía de Naos, ó de Limón, fué el primer fondea- 
dero de los buques del gran Almirante en el conti- 
nente americano. 



16 — Modesto Pérez— Pablo Nougués 

Es, POR CONSIGUIENTE, INDUDABLE QUE EL DESCU- 
BRIMIENTO DEL RÍO ChAGRES, UTILIZADO COMO ELE- 
MENTO ESENCIALÍSIMO EN LA CONSTRUCCIÓN DE LA 
ORAN VÍA INTEROCEÁNICA, FUÉ REALIZADO POR EL 
INMORTAL GALLEGO CRISTÓBAL COLÓN, DESCUBRIDOR 

DE América. 





VASCO NÚÑEZ DE BALBOA 



CAPITULO III 

Natalicio de Vasco. -Hidalgos, p ero 
pobres. -Criado de rortocarre ro.— 
En la expedición de Rodrigo de Bas- 
tidas.— En Salvatierra.— Agricultor 
y entrampado— Envuelto en una ve- 
la ó encenado en ima pipa.— Cruzan- 
do el golfo de Urabá.- Act itud de los 
i ndios.— Una ofrenda y un a batalla. 
—Fundación de Santa María de la 
Antigua.- Nicuesa, desabrido y ava- 
ro^— Enciso^jle^apacaid^^ 
f o do Balboa.— Semblanzas de Vasco 
= — Núñez — El lebrel Leoncico.= = 




ASCO Núñez de Balboa era natural de 
Jerez de los Caballeros, donde nació 
en 1475. 

Su familia era de hidalgos, pero 
sin recursos. 

En España había sido criado de 
D. Pedro Portocarrero, señor de Moguer. 



18 — Modesto Pérez— Pablo Nougués 

p]n 1501, al recorrer Rodrigo de Bastidas las 
costas de Cumaná y Cartagena, Balboa figuró entre 
los alistados en aquella expedición. 

Cuando el celebérrimo aventurero Alonso de Oje- 
da intentó, sin conseguirlo, establecerse en el golfo 
de Urabá, Vasco Núñez residía en la villa de Sal- 
vatierra, en la isla Española, donde tenía algunos 
indios de repartimiento y se dedicaba á la agricul- 
tura; pero estaba muy entrampado, y habiendo acu- 
dido el Bachiller Martín Fernández de Enciso en 
ayuda y socorro de Ojeda, quiso Balboa tomar parte 
en la empresa, y como se lo prohibía un decreto del 
Almirante, que no les dejaba á los deudores salir de 
la isla, se embarcó misteriosamente, envuelto en una 
vela ó encerrado en una pipa. 

Descubierto en alta mar, Enciso le amenazó con 
castigarle; mas luego se aplacó el Bachiller, y le lle- 
vó consigo. 

Al llegar Enciso á Urabá, le ocurrieron grandes 
calamidades, productoras de tal desaliento que, á no 
haber sido por ciertas animosas palabras de Vasco 
Núñez, hubiera abandonado completa y definitiva- 
mente aquellos parajes. 

Invitados por Balboa, atravesaron el golfo y pa- 
saron al Occidente del mismo, encontrándose con 
cuanto les había anunciado Vasco, quien tenía co- 
nocimiento de ello, adquirido cuando estuvo allí con 
Rodrigo de Bastidas. 

Los indios no tardaron en salirles al encuentro 



Vasco Núñez de Balboa — 1^ 

á los españoles; pero éstos les derrotaron y pusieron 
«n huida, fundando luego, de conformidad con el 
voto que habían hecho antes de la batalla, el pueblo 
de Santa María de la Antigua del Darien. 

No tardó Enciso en observar una conducta que 
le acarreó fuertes censuras y oposiciones. Balboa, 
que gozaba de gran prestigio á consecuencia del fe- 
liz traslado de la colonia, capitaneaba á los descon- 
tentos. El Bachiller fué depuesto, y se constituyó un 
Cabildo, cuyas varas de justicia les fueron conferi- 
das á Vasco Núñez y á JMartín Zamudio. 

Vivas estaban estas diferencias y parcialidades, 
cuando se acordó que Diego Enríquez de Colmena- 
res, Diego de Albítez y Diego del Corral marcharan 
á la costa de Veragua, á entrevistarse con Diego de 
Nicuesa y ofrecerle el mando de la nueva colonia, 
correspondiente á la jurisdicción que antaño le fue- 
ra adjudicada por Fernando V el Católico. 

Nicuesa, cuyo dulce carácter se había agriado 
por las muchas vicisitudes que había sufrido, ape- 
nas aceptó el poder que acababan de reconocerle 
prorrumpió en gravísimos 'denuestos y amenazas 
contra los colonos de Santa María, y sobre todo, á 
descubrir una desenfrenada codicia. 

Colmenares, Albítez y Corral se ofendieron, y 
llegando antes que Nicuesa á la recién fundada co- 
lonia, irritaron contra él los ánimos de aquellos es- 
pañoles; así que, cuando el nuevo Gobernador arribó 
al Darién, fué recibido con hostilidad implacable 
y obligado á embarcarse en un navichuelo ridículo, 



20 — Modesto Pérez -Pablo Nougués 

que el mar se debió tragar, pues no volvió nunca á 
saberse nada del infeliz Nicuesa. 

Ya no tenía Balboa otro competidor que Fer- 
nández de Enciso; pero pronto consiguió alejarle, 
con lo que se encontró á la cabeza de la colonia. 
El Padre Fray Bartolomé de las Casas, en el ca- 
pítulo LXII de su Historia cronológica de las Indias^ 
pinta así á Vasco Núñez: «Era mancebo de hasta 
treinta y cinco ó pocos más años, bien alto y dis- 
puesto de cuerpo, y buenos miembros y fuerzas, y 
gentil gesto de hombre muy entendido y para sufrir 
mucho trabajo.» 

Antonio de Herrera, en su Historia de las Indias, 
dice que Balboa «era muy bien entendido y sufridor 
de trabajos, hombre de mucho ánimo, prudente en 
sus resoluciones, muy generoso con todos, discreto 
para obrar, tan hábil para mandar á los soldados 
como intrépido para conducirlos á la pelea, en la 
que nunca vacilaba en ocupar el puesto de mayor 
peligro». 

Pedro Mártir de Angleria, en su obra De rebus 
Oceánicis et Orbe Novo décades, le llama «egregius 
digladiator». 

Y el gran poeta é historiógrafo D. Manuel José 
Quintana, en sus Vidas de españoles célebres, le asig- 
na, entre otros, los siguientes rasgos: «su brazo era 
el más firme, su lanza la más fuerte, su flecha la 
más certera, hasta su lebrel de batalla era el más 
inteligente y el de mayor poder. Iguales á las dotes 
de su cuerpo eran las de su espíritu, siempre acti- 



Vasco Núfiez de Balboa — 21 

vo, vigilante, de una penetración suma y de una 
tenacidad y constancia incontrastable...; todos se 
daban el parabién de la superioridad que en 61 re- 
conocían». 

Acerca del lebrel de Vasco Núñez, Gonzalo Fer- 
nandez de Oviedo, en su Historia general de Indias, 
liln-o XXIX, capítulo III, trac pormenores muy deli- 
ciosos; V. gr.: «era un perro bermejo, y el hocico ne- 
gro y mediano, y no alindado; pero era recio y do- 
blado...; se llamaba Leoncico...; hijo del perro Bece- 
rrico...', si diez cristianos iban con el perro, iban más 
seguros que veinte sin él...; por envidia, quien quie- 
ra que fué, le dio al perro á comer con qué murió...; 
ninguno tal como él se ha visto después en estas 
partes». 

Tales fueron, esbozados rápidamente, los prime- 
ros pasos y las más reveladoras características de 
nuestro personaje. 

Ahora hablaremos do su obra. 




DESCUBRIMIENTO 
DE LA MAR DEL SUR 



CAPITULO IV 

Enciso expulsado del Parlen —Ex- 
pediciones de Balboa.-La esplendi- 
dez de un indio.— Pan guineo da una 
pui'iada, derrama el oro y habla.— 
I,a ot ra mar —Abrazo de Balboa.— 
Hast a la mar del {"iur.- Rodrig» 
Knríquez de Colmenares á España.— 
Leoncico y la jauría.— En la cumbre 
del Chncnnaque. — l^a mar del 
Sur. Tti Deinn laudavius — ha, cruzi 
de los conquistadores. — Alonso 
Iflartiii e s el primero que iia- 
A^ega por la ma r del Sur.— Pro- 
bando el agua- El notario de la ex- 

L propio tiempo que el Bachiller Mar- 
tín Fernández de Enciso, expulsado 
de Santa María de la Antigua, aban- 
donaba aquella colonia, salieron para 
Santo Domingo y para España dos 
representantes de Vasco Núñez, con 
el ñn de conquistarle al entonces afortunado cau- 




Descubrimiento de la mar del Sur — 23 

dillo la protección de Miguel de Pasamonte, que 
tenía mucho ascendiente con Don Fernando V y 
con Conchillos, secretario del Rey Católico. 

También llevaban los representantes de Vasco la 
misión de dar cuenta á la Corte de los acontecimien- 
tos que hasta aquella fecha se habían desarrollado. 

Para recabar el apoyo de Pasamonte los emisa- 
rios llegaron tarde, porque este personaje ya había 
informado al Gobierno español en favor de Enciso. 

Balboa resolvió esperar el resultado de su emba- 
jada trabajando, y organizó diferentes expediciones. 

Una de ellas, mandada por él mismo, llegó hasta 
la costa septentrional, á una comarca llamada Coiba, 
cuyo cacique era Careta, á quien combatió some- 
tiéndole con escasas dificultades, y con quien no 
tardó en pactar una alianza, que desde luego les 
fué provechosa. 

Ayudado por Balboa, Careta venció á Ponca, ca- 
cique vecino y rival suyo, que se vio obligado á 
escapar á los montes. 

No pareciéndole bien á Vasco Núñez proseguir 
guerreando tan tierra adentro, se dirigió á la costa, 
donde tenía sus dominios, de gran fertilidad y ri- 
queza, el cacique Comagre. Careta influyó para que 
desde los primeros momentos se hicieran amigos. 

Los españoles experimentaron indecible alegría 
al enterarse de que Comagre era .dueño de numero- 
sas cubas y tinajas pictóricas de vino, dátiles y 
arrope. 

Más alegría les produjo el que Panquiaco, pri- 



24 — Modesto Pérez— Pablo Nougués 

mogénito del cacique, les regalase cuatro mil onzas 
de oro, en piedras y joyas primamente labradas. 

Los nuestros se apresuraron á repartirse obse- 
quio de tanta valía, y cuando estaban en esta ope- 
ración, la codicia les hizo promover graves re- 
yertas. 

Entonces Panquiaco dio una puñada en el peso, 
derramó por el suelo el oro y dijo: 

«Si yo supiera, cristianos, que sobre mi oro ha- 
bíades de reñir, no vos lo diera; ca soy amigo de toda 
paz y concordia. Maravillóme de vuestra ceguera y 
locura, que deshacéis las joyas bien labradas por ha- 
cer dellas palillos, y que siendo tan amigos riñáis 
por cosa vil y poca. Más os valiera estar en vuestra 
tierra, que tan lejos de aquí está, si hay halla tan 
sabia y polida gente como afirmáis, que no venir á 
reñir en la ajena, donde vivimos contentos los gro- 
seros y bárbaros hombres que llamáis. Mas empero, 

SI TANTA GANA DE ORO TENÉIS, QUE DESASOSEGUÉIS Y 
AUN MATÉIS LOS QUE LO TIENEN, YO VOS MOSTRARÉ 
UNA TIERRA DONDE OS HARTÉIS DELLO.» 

Luego, respondiendo á preguntas que le hicieron 
tres de aquellos españoles, Panquiaco añadió que 
tan rica tierra se llamaba Cumaná, distante de allí 
seis jornadas, y que para arribar á ella les era nece- 
sario atravesar unas montañas, que estaban antes de 
llegar á la otra ^ar. 

«Como Balboa oyó la otra mar — dice Gomara, — 
abrazólo.» 

A requerimientos de Vasco Núñez, Panquiaco se 



Descuhiñmiento de la 7nar del Sur — 25 

hizo cristiano, habiéndosele impuesto el nombre do 
Carlos. 

El primogénito de Comagre prometió á los espa- 
ñoles ir con ellos hasta la mar del Sur, y para que 
no tuviesen ninguna duda de la verdad de sus afir- 
maciones, les dijo que si no resultaran ciertas lo 
colgaran de un árbol. 

Con excepcional contento, á consecuencia de no- 
ticias tan halagadoras, Vasco Núñez retornó al Da- 
rien y se apresuró á enviar á la Española y á la 
Corte á Valdivia, en solicitud de refuerzos para lle- 
var á cabo el descubrimiento de dicha mar. 

El comisionado no llegó á una parte ni á otra, por 
haberse ido á pique, cerca del Cabo de Santa Cruz, 
la carabela que le conducía. 

Balboa, cuyo temperamento era incompatible 
con la inactividad, dispuso el recorrido de la banda 
oriental del golfo de Urabá y la exploración del río 
Atrato. 

Además, ordenó que Rodrigo Enríquez de Colme- 
nares viniese á España, ya que no llegaba de Santo 
Domingo el apoyo solicitado. 

Las que sí llegaron fueron nuevas desfavorables 
para Balboa, dando cuenta de que Enciso había pre- 
dispuesto en contra suya el ánimo de la Corte. 

Sin otras esperas, nuestro héroe resolvió reali- 
zar, aunque con medios muy escasos, una empresa 
que había de colmarle de gloria. 

Con un galeoncillo, diez barcas de una pieza, 
ciento noventa hombres y multitud de perros de 



26 — Modesto Pérez— Pablo Nougués 

combate, Leoncico entre ellos, Balboa salió del Da- 
rien, el 1."^ de Septiembre de 1513, dirigiéndose á 
Careta. 

Allí dejó la pequeñísima nota y algunos solda- 
dos, y tomando mil indios para que le sirvieran de 
guías y de intérpretes, marchó hasta los dominios 
del cacique Ponca, que vencido se alió con Vasco 
Núñez y entregó á los cristianos, en prueba de lo 
sincero de su amistad ciento diez pesos de oro, á 
cambio de una porción de baratijas. También les fa- 
cilitó numerosos indios de carga. 

El 20 de Septiembre, tras un descanso de doce 
días, Balboa reanudó su viaje. 

El 24, luego de haber vencido indescriptibles di- 
ficultades, que le opuso una Naturaleza bravia é in- 
trincadísima, llegó al territorio de Cuáreca, que go- 
bernaba el cacique Torecha. . 

Éste le recibió muy hostilmente, invitándole á 
que, sin pérdida de tiempo, se marchara de allí, so 
pena de acabar con él y con sus compañeros. 

Mas Vasco Núñez infligió al orgulloso y retador 
cacique una derrota, en la que perecieron Torecha y 
más de seiscientos indios. 

«En esta batalla — dice Gomara — se tomó preso 
un hermano de Torecha, en hábito real de mujer, 
que no solamente en el traje, pero en todo lo al, 
salvo en parir, era hembra... Aperreó Balboa á cin- 
cuenta putos, que halló allí, y luego quemólos.» 

El caudillo español dejó en Cuáreca á los solda- 
dos que traía cansados y enfermos, licenció á los 



Descubrimiento de la mar del Sur — 27 

guías con que Ponca le había asistido, y proveyén- 
dose de nuevos conductores, reanudó su titánica as- 
censión á las cumbres de la cordillera ingentísima 
que separa las dos Américas. 

¡Qué de peligros tuvieron que arrostrar aquellos 
hombres hercúleos! 

Pedro Mártir compara esta ascensión con la de 
los Alpes por Aníbal. 

El 25 de Septiembre, Vasco Núñez, con sesenta y 
siete soldados, escaló la sierra de Chucunaque, desde 
cuya cima se divisaba el anhelado mar. 

Antes de remontarla. Balboa ordenó á sus tropas 
que se detuvieran y corrió á lo alto de la montaña, 
con el afán muy legítimo y explicable de que nadie 
contemplara antes que él la maravilla de que esta- 
ban ya tan cercanos. 

Apenas vio la mar. Balboa se arrodilló, prorrum- 
piendo en las alabanzas más entrañables al cielo, 
que le había consentido realizar hallazgo de tamaña 
importancia. 

Después llamó á sus compañeros, y mostrándoles 
la mar del Sur, les dijo: 

«Veis allí, amigos míos, lo que mucho deseába- 
mos. Demos gracias á Dios, que tanto bien y honra 
nos ha guardado y dado. Pidámosle por merced nos 
ayude y guie á conquistar esta tierra y nueva 
MAR que descobrimos, y que nunca jamás cristiana 
la vido, para predicar en ella el santo Evangelio y 
baptismo, y vosotros sed los que soléis, y seguidme; 
que con favor de Cristo seréis los más ricos españo- 



28 — Modesto Pérez— Pablo Ñongues 

les que á Indias han pasado; haréis el mayor servi- 
cio á vuestro Rey, que nunca vasallo hizo á señor, 
y habréis la honra y prez de cuanto por aquí se des- 
cubriere, conquistare y convirtiere á nuestra fe ca- 
tólica». 

Andrés de Vera, Capellán de la expedición, en- 
tonó el Te Deum lauda mus. 

Luego, todos los circunstantes abrazaron á Vas- 
co Núñez y le prometieron perdurable fidelidad. 

Cortaron un gigantesco árbol, formaron con él, 
despojado de todas sus ramas, una cruz, y sobre el 
mismo sitio en que so descubría el mar la clavaron 
en unas piedras. 

En los troncos de los árboles grabaron los nom- 
bres de los Reyes de Castilla. 

No tardó Balboa en emprender el descenso hacia 
la playa. 

Al llegar al territorio del cacique Chiapes, tuvo 
necesidad de combatirle, apelando á las escopetas y 
á los lebreles, y luego que le hubo vencido, organi- 
zó tres partidas, que buscaran los caminos más cor- 
tos para llegar á la mar. 

Las mandaban Francisco Pizarro, Juan de Ezca- 
ray y Alonso Martín, que fué el primero que 

TUVO LA SATISFACCIÓN DE NAVEGAR POR LAS AGUAS 
DE LA MAR DEL SUR. 

En la tarde del 29 de Septiembre, Vasco Núñez 
arribó, con veintiséis hombres, á las orillas del Pa- 
cífico. 

Las ondas se hallaban en menguante, y cuando 



Descubrimiento de la mar del Sur — 29 

volvieron á crecer, Balboa, llevando en una mano la 
espada y en la otra una bandera en que estaban 
pintadas la Virgen María y las armas castellanas, se 
internó en la mar, y dijo en alta voz: 

«¡Vivan los altos y poderosos Reyes de Castilla! 
Yo, en su nombre, tomo posesión de estos mares y 
regiones, y si algún otro Príncipe, sea cristiano, sea 
infiel, pretende á ellos algún derecho, yo estoy pron- 
to y dispuesto á contradecirle y defenderlos.» 

«Y con sus manos — dice Andrés de Valderrába- 
no, escribano de Sus Altezas en la su Corte y en to- 
dos sus reinos é señoríos, que estuvo presente y diá 
fe de ello, — todos ellos probaron el agua, é la metie- 
ron en sus bocas, como cosa nueva, para ver si era 
salada, como la de esotra mar del Norte; é viendo 
que era salada, é considerando 6 teniendo respeto á 
donde estaban, dieron infinitas gracias á Dios por 
ello...» 



Don Manuel Cano y de León y D. Guillermo- 
Brockmann y Arbazuza, en su magnífica obra, to- 
davía manuscrita. El Canal Interoceánico, Imcen 
la exacta afirmación de que «las primeras explora- 
ciones hechas en busca de una comunicación natu- 
ral entre el Atlántico y el Pacífico datan de princi- 
pios del siglo XVI»; añadiendo, con verdad no menos 
inapelable, que «cuando el 25 de Septiembre de 151S 
descubrió Vasco Núñez de Balboa, desde uno de los 
mogotes de la cordillera del Pirri, el gran Océano, 



80 — Modesto Pérez —Pablo Nougués 

convenciéndose de la poca anchura que el continen- 
te tenía en el Darien, ya se le vino á las mientes 

PENSAR SI POR aquellos PARAJES EXISTIRÍA EL PASO 

PARA LAS Indias». 

«El asesinato de que fué víctima Balboa, muy 
poco tiempo después, hizo que no pudiera consa- 
grarse Á BUSCAR EL TAN DESEADO PASO.» 

El ilustre Presidente de la República de Panamá, 
D. Belisario Porras, en carta dirigida á la Junta 
Directiva del Centro de Cultura Hispano- Americana 
de esta Corte, asegura también que el genio de Vas- 
co Núñez de Balboa supo entrever la vía de agua, 

EL GRANDIOSO CANAL PRÓXIMO Á INAUGURARSE. 

Y D. Miguel ünamuno, pensador extraordinario, 
dice, como habrán visto nuestros lectores, en las 
primeras líneas de la admirable cuartilla que ha 
tenido la bondad de escribir para nuestra obra: «El 

PRIMER PRECURSOR ESPAÑOL DEL CaNAL INTEROCEÁ- 
NICO FUÉ SIN DUDA EL MAYOR DE LOS DESCUBRIDORES 

DE América, el que acabó en rigor de descu- 
brirla, Vasco Núñez de Balboa, que desde la 
cumbre del Darien abarcó ambos Océanos.» 






En el capítulo que hemos de dedicar á Pedrarias 
Dávila daremos cuenta del fin desdichadísimo de 
Vasco Núñez. 




HERNÁN CORTÉS 



CAPITULO V 

Retratos de nuestro personaje.— Me- 
dellín fnó su cuna.— Cortés en Sala- 
manca^— A^entura^ra 
Indias.- Capitán de una armada.— 
Los envidiosos.— Conflicto resuelto.— 
IjOs españóleselos tlaxcaltecas— A 
Méjico.— Panfilo do Narváez contra 
Hernando. —Los caracoles trágicos.— 
Fin del Imperio azteca.— Hernán 
Cortés y el problema de la co- 
municación interoceánica . — 
Muerte de Hernán Cortés.— Epitafio 
= == = = poético. = = = = = 



E aquí, extraídos de Bernal Díaz del 
Castillo, Gomara y Solís, algunos de 
los rasgos de nuestro personaje: 

«Fué do buena estatura y cuerpo, 
y bien proporcionado y membrudo, y 
la color de la cara tiraba algo á ceni- 
cienta, é no muy alegre; y si tuviera el rostro más 




32 — Modesto Pérez — Pablo Nougués 

largo, mejor le pareciera; los ojos, en el mirar amoro- 
sos, y por otra graves; las barbas tenia algo prietas 
y pocas y rasas, y el cabello que en aquel tiempo 
se usaba era de la misma manera que las barbas, y 
tenía el pecho alto, y la espalda de buena manera, y 
era cenceño y de poca barriga, y algo estevado, y 
las piernas y muslos bien sacados, y era buen jinete 
y diestro de todas armas, ansí de á pie como de á 
caballo, y sabía muy bien menearlas, y sobre todo, 
corazón y ánimo, que es lo que hace al caso. 

En la gorra, que entonces se usaba de terciope- 
lo, traía una medalla, y no me acuerdo el rostro que 
en la medalla traía figurado la letra del; mas des- 
pués, el tiempo andando, siempre traía gorra de 
paño sin medalla. 

No se le daba nada de no traer muchas sedas y 
damascos ni rasos..., ni tampoco traía grandes ca- 
denas de oro, salvo una cadenita de oro, de prima 
hechura, con un joyel con la imagen de Nuestra Se- 
ñora la Virgen Santa María, con su Hijo precioso en 
los brazos. 

Servíase ricamente como gran señor. 

...En el comer no era nada regalado... En el ves- 
tir lo hacía llanamente, y muy polido... Era muy 
sufrido, muy porfiado, en especial en cosas de gue- 
rra... Le gustaban mucho los juegos de naipes é da- 
dos, y cuando jugaba era muy afable... Era muy 
cuidadoso en todas las conquistas. * 

Fué latino, algo poeta y muy devoto de Nuestra 
Señora la Virgen Santa María, de San Pedro, del 



Hernín Cortés — 33 

Apóstol Santiago y del señor san Juan Bautista.» — 
Bernal Díaz del Castillo: Verdadera Historia de los 
sucesos de la conquista de Nueva España. 

«Era Fernando Cortés de buena estatura, rehecho 
y de gran pecho; el color ceniciento, la barba cla- 
ra, el cabello largo. Tenía gran fuerza, mucho áni - 
mo^ destreza en las armas. 

Fué travieso cuando muchacho, y cuando hom- 
bre fué asentado. Fué muy dado á mujeres, y dióse 
siempre. 

Jugaba á los dados á maravilla, bien y alegre- 
mente. 

Era recio porfiando. Gastaba liberalísimamen- 
te en la guerra, en mujeres, por amigos y en an- 
tojos. 

Era devoto, rezador y sabía muchas oraciones y 
salmos de coro. 

Fué gran comedor y templado en el beber. Su- 
fría mucho la hambre con necesidad. Vestía más 
polido que rico, y así era un hombre limpísimo . 

Era celoso en su casa, siendo atrevido en las 
ajenas; condición do putañeros. 

Fué grandísimo limosnero.» —Francisco López 
de Gomara: Segunda parte de la Crónica general de 
las Indias. 

«Era Hernando Cortés mozo de gentil presencia 
y agradable rostro, y sobre estas recomendaciones 
comunes de la Naturaleza, tenía otras de su proprio 
natural, que le hacían amable, porque hablaba bien 
de los ausentes, era festivo y discreto en las con- 

3 



34 — Modesto Pérez — Pablo Nougués 

versaciones, y partía con sus compañeros cuanto 
adquiría, con tal generosidad, que sabía buscar ami- 
gos sin buscar agradecidos.» — D. Antonio de Solís y 
Rivadeneyra: Historia de la conquista de Méjico. 

En Medellín, provincia de Badajoz, vino al mun- 
do Hernando Cortés, en 1485. 

Sus padres, hidalgos de abolengo, pero en muy 
precaria situación, fueron D. Martín Cortés de Mon- 
roy y Doña Catalina Pizarro Altamirano . 

Fué el suyo uno de los buenos linajes de Extre- 
madura. 

Los Cortés de Monroy y los Pizarro de Altami- 
rano «tenían poca hacienda, empero mucha honra». 

Su estirpe era muy antigua y noble. 

Siendo muy joven, Hernán cursó dos años en 
Salamanca, estudiando Gramática en casa de Fran- 
cisco Núñez de Valera, que estaba casado con Inés 
de Paz, hermana de su padre. 

Fué á la sabia ciudad cuando tenía catorce años, 
y pronto se convenció de que «no convenía á la vi- 
veza de su espíritu aquella diligencia perezosa de 
los estudios». 

Nosotros nos inclinamos á creer que la causa 
que obligó á Cortés á abandonar la carrera de las 
letras debió ser otra: la falta de dineros. 

Cortés, anheloso de seguir la carrera militar, fué 
enviado por sus padres á las campañas de Italia, que 
dirigía el Gran Capitán Gonzalo Fernández de Cór- 
doba; pero cuando iba á embarcar se puso en- 
fermo. 







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HERNÁN CORTÉS 



Hernán Cortés — 85 

Al recobrar la salud, pasó á las Indias en 1504. 

Cortés tenía entonces diez y nueve años. 

Hizo el viajo en una nao de Alonso Quintero, 
vecino de Palos de Moguer. 

Llevaba recomendaciones para D. Nicolás de 
Ovando, deudo suyo y Gobernador de la Isla de 
Santo Domingo. 

Hernán fué muy bien recibido allí, y pronto fué 
muy estimado. 

Ovando le protegió desde luego; pero Cortés, no 
conformándose con la vida ociosa, le pidió licencia 
para pasar á Cuba, donde á la sazón se traían «las 
armas en las manos». 

Hernando Cortés logró en seguida en aquella 
isla reputación de valeroso é inteligente. 

Diego Velázquez, injustamente enojado con Juan 
de Grijalba, por no haber hecho población en los te- 
rritorios que del Yucatán había descubierto, y anhe- 
loso de adquirir en ellos grandes riquezas, decidió 
preparar al efecto una nueva armada y designar 
capitán que la dirigiese. 

Aspiraron al cargo, entre otros caballeros, An- 
tonio y Bernardino Velázquez, Baltasar Bermúdez y 
Vasco Porcallo; mas D. Diego, aconsejado por Ama- 
dor de Lariz y por Andrés de Duero, que eran los 
que más influían en él, lo confirió á Hernando Cor- 
tés, sin grandes dilaciones, bien convencido, como 
dice Solís, de que «quien dilata la provisión de los 
cargos combida pretendientes y parece que trata de 
-atesorar quexosos». 



36 — Modesto Pérez— Pablo Nougués 

Los émulos de Hernán trataron de convencer ai 
Gobernador de lo desacertado del nombramiento; 
pero fueron inútiles las murmuraciones y las estra- 
tagemas á que apelaron para conseguirlo. 

Rápidamente organizó Cortés su flota, en la que 
se alistaron trescientos hombres, uno de ellos Bernal 
Díaz del Castillo. 

En el estandarte del nuevo Capitán figuraba, 
como en el lábaro del gran Emperador romano Cons- 
tantino, la señal de la cruz y la leyenda: con este 
signo vencerás siempre. 

El 18 de Noviembre de 1518 partió Hernando 
Cortés de Santiago de Cuba, tardando muy poco en 
llegar á la Villa de la Trinidad, donde fué recibido 
con complacencia y se le agregaron espontánea- 
mente varias personas de importancia. 

Lo mismo le sucedió en Sancti-Spíritus. 

Estaba todavía Hernando en la Trinidad, cuando 
llegaron allí correos con cartas de Diego Velázqucz 
para que Francisco Verdugo, Alcalde ^layor de la 
villa, le destituyera. 

Semejantes órdenes eran el resultado de las ma- 
quinaciones de los enemigos de Cortés cerca del Go- 
bernador, proseguidas con encono apenas salió nues- 
tro personaje del puerto de Santiago; mas de nada 
sirvieron, porque Hernán encontró de su parte, y 
dispuestos á defenderle, á todos sus soldados y capi- 
tanes. 

La flota, continuando su viaje, que fué muy bo- 
rrascoso, fondeó en la Habana, y allí se alistaron 



Hernán Cortés — 37 

en las huestes de Cortés sujetos muy acreditados, 
entre ellos Francisco de Montejo. 

Llegaron á Pedro de Barba, Gobernador de la 
ciudad, despachos de Diego Velázquez, para que 
destituyera á Cortés, quien se aprestó á no dejarse 
atropellar, seguro como estaba de su inocencia y de 
la fidelidad de sus gentes. 

Conjurado el conflicto, nuestro héroe zarpó de 
la Habana, con once bajeles y otras tantas compa- 
ñías, cuyo mando otorgó á Juan Velázquez de León, 
Alonso Hernández Portocarrero, Francisco de Mon- 
tejo, Pedro de Alvarado, Cristóbal de Olí y otros 
hombres, bravos y esclarecidos, reservándose para 
sí el gobierno de la nave capitana. 

El cargo de piloto mayor lo ejercía Antón de 
Alaminos. 

Poco tardaron en llegar á la isla de Cozumel, 
donde Cortés se hizo amigo del cacique indio, y por 
medio de un intérprete comunicó á los isleños, en 
palabras adecuadas, algunos argumentos favorables 
al catolicismo. 

Allí pudo recoger, después de realizar gestiones 
muy laboriosas, á un español, llamado Jerónimo de 
Aguilar, que se hallaba cautivo en Yucatán desde 
hacía ocho años. 

Más adelante, cerca del río de Grijalva, tuvo que 
pelear denodadamente con los indios, á quienes 
causó una gran derrota. 

Los españoles ganaron á Tabasco, capital de 
aquella provincia. 



38 — Modesto' Pérez— Pablo Nougués 

Luego sufrieron lamentables reveses, y más tar- 
de vencieron á un poderoso ejército indígena; con lo 
que aquellos naturales se vieron obligados á quedar 
por amigos de los españoles. 

Después de la celebración, en la provincia de 
Tabasco, de la festividad del Domingo de Ramos,. 
Hernán Cortés prosiguió su viaje. 

El día de Jueves Santo llegó á San Juan de 
Ulúa, donde recibió la visita de Pilpatoe y Teutllo,. 
gobernadores y embajadores de Motezuma, con quie- 
nes se entendió por medio de Jerónimo de Aguilar y 
de Doña Marina, cautiva de Cortés é hija de un ca- 
cique de Guazacoalco. 

Pilpatoe y Teutile fueron agasajados por Her- 
nando Cortés con un banquete, á cuya terminación 
les dijo que había ido á aquellas tierras de parte de 
D. Carlos de Austria para tratar asuntos muy con- 
siderables, y que esperaba ser admitido á la presen- 
cia del Emperador mejicano. 

Los embajadores hicieron varios regalos, en nom- 
bre de Motezuma, al caudillo español, y le respondie- 
ron que hablar á su Príncipe era muy difícil negocio. 

Cortés les replicó con arrogancia, les hizo algu- 
nos obsequios para el soberano azteca, y les des- 
pidió entre severo y suave. 

Al saberse en Méjico la pretensión de Hernán 
Cortés, fué muy mal recibida, y Motezuma negó la 
licencia solicitada para ir á verle. 

Los mejicanos estaban temerosos de la proximi- 
dad de la ruina de su imperio. 




MOTEZUMA 



Hernán Cortés — 39 

Los partidarios de Diego Velázquez, que no fal- 
taban en la expedición, trataron de crear dificulta- 
des á nuestro guerrero en su marcha hacia adelan- 
te; pero el gran caudillo, para quien eran minúscu- 
los los mayores obstáculos, no tardó en aplacarles y 
someterles. 

El cacique de Cempuállan, enemigo de Motezu- 
ma, solicitó la amistad de Cortés, que se la conce- 
dió de muy buen grado, comprendiendo, desde el 
primer instante que había de serle muy ventajosa. 

Por entonces fundó Hernán Cortés la Villa Rica 
de la Vera- Cruz. 

Habiendo renunciado á continuación el título de 
Capitán general, que Diego Velázquez le había con- 
ferido, fué nombrado otra vez para tan alto cargo 
por sus tropas y por los vecinos de la nueva villa. 

Al llegar los españoles á Cempuállan, fueron re- 
cibidos con entusiasmo, y allí tuvieron nuevas no- 
ticias de las tiranías y crueldades de Motezuma. 

A Quiabislan pasaron después los conquistadores, 
prendiendo á seis ministros del Emperador mejicano. 

Más de treinta caciques, jefes de los indios To- 
tonantes, gente robusta y valerosa, vinieron á ofre- 
cerse á Cortés y le juraron fidelidad. 

A la Villa Rica de la Vera- Cruz vinieron nuevos 
embajadores de Motezuma, y le dijeron á Hernando 
que no tratase de pasar á la Corte, porque tendría 
en ello grandes estorbos; á lo que Hernán respondió 
que los españoles estaban acostumbrados á los ma- 
yores peligros. 



40 — Modesto Pérez— Pablo Nougués 

Cortés contrajo amistad con los indios de Zim- 
pancingo, y en Cempuállan sustituyó el adoratorio 
de los ídolos por un templo erigido á la Virgen 
María. 

Vuelto al ejército á la Vera-Oruz, el insigne ca- 
pitán despachó emisarios encargados de dar cuenta 
á Carlos V de los sucesos que hasta entonces se ha- 
bían desarrollado, y sofocó una sedición, provocada 
por algunos soldados y marineros, que pretendían 
escapar, para dar cuenta á Diego Velázquez de que 
salía con rumbo á España, conduciendo despachos y 
riquezas para el Emperador, un navio, á cuyo apre- 
samiento trataban de requerirle. 

Dos de los sediciosos fueron ejecutados, y otros 
dos condenados á pena de azotes. 

Hernán Cortés, en previsión de nuevas inquie- 
tudes y alborotos, resolvió deshacer la armada y 
convertir en añicos los bajeles, acuerdo en que se 
acusa, como en otros varios, el temple heroico de su 
espíritu. 

Después de realizarlo, y de vencer otros reveses 
y trabajos, penetró con su ejército en la provincia 
de CholóUan, cuyo cacique le hizo grandes encare- 
cimientos del poder y de las riquezas de Motezuma, 
asegurándole que era el mayor Príncipe que había 
en aquel mundo. 

Luego de oír al cacique, les dijo Cortés á los es- 
pañoles: «Esto, amigos, es lo que buscamos, grandes 
dificultades y grandes riquezas: de las unas se hace 
la fama, y de las otras la fortuna.» — Solis. 




XICOTBNCALT, GRAN CACIQUK DE TLAXCALA 



Hernán Cortés — 41 

Hernando Cortés resolvió pasar á la capital me- 
jicana por la provincia de Tlaxcala. 

Los tlaxcaltecas le recibieron en son de guerra, 
creyendo que era amigo de los aztecas. 

Derrotados en dos tremendas batallas, y salidos 
de su error, acabaron los tlaxcaltecas por hacerse 
amigos de los españoles, de quienes fueron siempre 
aliados fidelísimos. 

Esta paz infundió á los mejicanos serios temores. 

Consolidado el fructuoso pacto, Hernán Cortés 
decidió pasar á Cholóllan. 

Pasó efectivamente, y habiendo descubierto que 
allí trataban de engañarle, se dispuso á castigar á 
los traidores, que, escarmentados, se hicieron amigos 
de los tlaxcaltecas. 

Los españoles pasaron de Cholóllan á la monta- 
ña de Chalco, no sin que les surgieran contrarieda- 
des, y sin que les salieran al camino, con ánimo de 
hacerles retroceder, los nigrománticos de Motezuma, 
que formaban numerosas cuadrillas. 

Cortés, sin hacer caso de sortilegios ni conjuros, 
prosiguió su viaje hasta la laguua de Méjico, habién- 
dose detenido en Quitlabaca. 

Casi á continuación dispuso la entrada de los es- 
pañoles en la capital mejicana. 

Motezuma vino aquel mismo día á visitar á Her- 
nando, habiéndose cambiado entre ellos elocuentes 
discursos. 

Cortés le devolvió la visita en el Palacio Im- 
perial. 



42 — Modesto Pérez— Pablo Nougués 

En estas y en otras entrevistas trataron especial- 
mente de asuntos religiosos; mas Motezuma dio po- 
cas esperanzas de convertirse al catolicismo. 

Los españoles eran muy obsequiados por los me- 
jicanos; sin embargo, habiendo sabido Hernán que 
Juan de Escalante, Gobernador de la Vera-Cruz, ha- 
bía sido muerto peleando con Qualpopoca, uno de los 
capitanes generales aztecas, decidió prender á Mo- 
tezuma, y asi lo hizo, yendo al palacio de aquel Em- 
perador, en compañía de Pedro de Alvarado, Gonza- 
lo de Sandoval, Juan Velázquez de León, Francisco 
de Lugo y Alonso Dávila, y seguido de treinta espa- 
ñoles de los más fieles. 

A Qualpopoca le mandó prender y le condenó á 
muerte. 

El rey de Tezcuco urdió una conspiración contra 
los españoles; descubierta á tiempo, fué reprimida 
por Motezuma. 

En junta de nobles, se acordó despedir á Cortés 
y pagar tributo á Carlos V. 

Comunicó Motezuma tal resolución á Hernán, y 
éste se calló y buscó aplazamientos á la partida, sa- 
bedor de que habían llegado á la costa varios na- 
vios españoles. 

Era que Diego Velázquez, cada vez más envidio- 
so de Cortés, había enviado contra él un ejército, al 
mando de Panfilo de Narváez. 

Nuestro héroe partió en su busca, le venció, le 
hizo prisionero, y atrajo á su partido al ejército que 
Panfilo acaudillaba. 



Hernán Cortés — 43 

Vuelto á Méjico nuestro capitán y sabedor de 
que durante su ausencia los mejicanos habían toma- 
do las armas contra los españoles, les hizo la guerra. 

Motezuma propuso á Cortés que se retirara y que 
él invitaría á sus vasallos para que depusieran su 
actitud belicosa, y para cumplir su promesa les re- 
quirió á la paz desde la muralla. 

Allí fué herido en la cabeza, por una piedra de 
las que los mejicanos lanzaban. 

Motezuma falleció á consecuencia de esta herida, 
y sus funerales fueron celebrados con extraordinaria 
magnificencia. 

Los mejicanos sitiaron el alojamiento de los es- 
pañoles, y Cortés se vio obligado á hacer una nueva 
salida, en la que les causó á los indígenas tremendos 
daños. 

Hipócritamente, los aztecas hicieron proposicio- 
nes de paz, con la siniestra intención de sitiar por 
hambre á nuestros compatriotas. 

Hernán, que era muy avisado, inmediatamente 
se dio cuenta de los propósitos de los aztecas, y, á 
ñn de resolver la salida de Méjico aquella misma 
noche, convocó junta de capitanes. 

Al consultarles el asunto, unos opinaron que la 
retirada debía hacerse de día y otros que debía ve- 
rificarse de noche, teniendo en cuenta, entre otras 
cosas, que, según se decía, era costumbre ó supers- 
tición de los mejicanos dejar las armas á la puesta 
del sol. 

Habiendo sido más los partidarios del segundo 



44 — Modesto Pérez— Pablo Ñongues 

dictamen el ejército español salió de la ciudad mis- 
teriosamente, yendo en la vanguardia Gonzalo de 
Sandoval, Francisco de xlcevedo, Diego de Ordax, 
Francisco de Lugo y Andrés de Tapia, y en la reta- 
guardia Pedro de Alvarado y Juan Velázquez de 
León. 

Guardando á Cortés iban cien soldados de los me- 
jores, con los capitanes Bernardino Vázquez de Ta- 
pia, Alonso Dávila y Cristóbal de Olí. 

Más de setecientos mil pesos de oro fueron des- 
amparados, aunque no sin protesta de aquellas tro 
pas, disposición fundamentada por Hernando en que 
no era tolerable «que se detuviesen á ocupar indig- 
namente las manos, que debían ir libres, para la de- 
fensa de la vida y de la reputación». — Salís. 

Cuando los nuestros salieron del cuartel, sería 
aproximadamente la media noche. 

Sus movimientos fueron observados muy pronto 
por las fuerzas enemigas. Era pura invención, estra- 
tagema urdida para engañar á los españoles, el que 
los mejicanos depusieran las armas al llegar la noche. 

La laguna se cubrió de canoas. Los indios pro- 
rrumpieron en desaforadas griterías, y sus caracoles 
en trágicos y espantables sonidos. Las flechas de los 
aztecas llovían á millares sobre las tropas de Hernán 
Cortés. 

Los mejicanos, si hubieran combatido con orden, 
hubieran obtenido una gran victoria; mas lo hicieron 
atropelladamente, y los españoles les causaron des- 
trozos terribles. 



Hernán Cortés — 45 

Hernando Cortés, con algunos de sus capitanes, 
entró en la lid con ánimos heroicos, habiendo sufrido 
grandes reveses y tenido que retirarse para mirar 
por la protección de la retaguardia. 

Por entonces se le incorporó D. Pedro de Alvara- 
do, quien, fijando una lanza en el fondo de la lagu- 
na, dio un salto maravilloso, que le puso, con asom- 
bro del propio D. Pedro, á la otra parte de ella. 

Ya lucía el sol con sus primeros rayos, cuando 
los españoles, desembarazados de los enemigos, pu- 
dieron emprender la retirada á Tlaxcala. 

Una de las mayores alegrías de Cortés fué que 
salieran ilesos de las horripilantes contingencias de 
la memorabilísima noche Doña Marina y Jerónimo 
de Aguilar, que, por su condición de intérpretes, tan 
útiles le habían sido y habían de serle más adelante. 

Los españoles fueron perseguidos por algunas 
tropas de los lugares inmediatos, que, unidas á los 
mejicanos, les acometieron, obligándoles á guarecer- 
se en un adoratorio. 

Prosiguieron los nuestros su retirada, sufriendo 
en ello contratiempos y desgracias inenarrables. 

Muy pocos días tardaron los de Cortés en llegar 
al valle de Otumba, y tampoco tardó mucho en apa- 
recérseles un poderosísimo ejército mejicano. 

Bien se veía, juzgando por su heterogeneidad y 
por su número, que se trataba del postrero y supremo 
esfuerzo de aquellas gentes para librarse del yugo 
hispánico. 

Cortés, que se crecía ante las dificultades, dijo á 



46 — Modesto Pérez— Pablo Nougués 

sus tropas: «Llegó el caso de morir ó vencer; la cau- 
sa de nuestro Dios milita por nosotros.» 

Los españoles, los tlaxcaltecas, los aztecas, to- 
dos pelearon con bravura. 

La victoria para los nuestros no se ofrecía muy 
fácil; entonces Hernán, recordando haber oído que 
los indios consideraban perdida una batalla cuando 
los contrarios se apoderaban de su estandarte real, 
resolvió hacerse dueño de aquella insignia; y lla- 
mando á los capitanes Pedro de Alvarado, Gonzalo 
de Sandoval, Alfonso Dávila y Cristóbal de Olí, 
para que le guardasen las espaldas, consiguió llegar 
hasta el imperial estandarte, y dar muerte, con la 
ayuda de Juan de Salamanca, soldado bravísimo, al 
capitán general de los mejicanos, que lo iba tremo- 
lando; con lo que aquellos bárbaros abatieron las 
demás insignias, se dieron por vencidos y huyeron 
atemorizados. 

En esta batalla, una de las mayores que hasta 
entonces se habían dado en ambas Américas, com- 
batieron de una parte un puñado de españoles, y de 
la otra más de doscientos mil mejicanos. 

En ella murieron veinte mil hombres. 

Merced á tan colosal victoria, concluyó substan- 
cialmente el vasto y formidable imperio azteca. 






Otras muchas acciones de Hernando Cortés, re- 
veladoras todas ellas de la clarividencia de su en- 




CARLOS V 



Hernán Cortea — 47 

tendimiento, de la energía de su espíritu y del tem- 
ple excepcional de su espada, pudiéramos narrar; 
pero no es nuestro propósito agotar la fecundísima 
vida de capitán tan gigantesco, y referidos algunos 
de los más principales hechos que llevó á cabo, pa- 
samos ya á dar cuenta de sus pensamientos, pro- 
yectos y expediciones, en relación con el problema 
de la comunicación interoceánica. 

* 
* * 

En la tercera de las Cartas de Relación, dirigidas 
por Hernán Cortés al Emperador Carlos V, fechada 
en la ciudad de Cuyoacan, á 15 de Mayo de 1522, 
el ilustre caudillo le dice al monarca: 

«Como... yo tenía, muy poderoso Señor, alguna 
noticia, poco había, de la otra mar del Sur, y 
sabía que, por dos ó tres partes, estaba á doce y á 
trece y catorce jornadas de aquí, estaba muy ufano, 
porque me parecía que en la descubrir se hacía á 
vuestra majestad muy grande y señalado servicio, 
especialmente que todos los que tienen alguna cien- 
cia y experiencia en la navegación de las Indias, 
han tenido por muy cierto que, descubriendo por 
estas partes la mar del Sur, se habían de hallar 
muchas islas ricas de oro, y perlas, y piedras pre- 
ciosas, y especería, y se habían de descubrir y 

HALLAR OTROS MUCHOS SECRETOS Y COSAS ADMIRABLES; 

y esto han afirmado y afirman también personas de 
letras, y experimentadas en la ciencia de la cosmo- 
grafía.» 



48 — Modesto Pérez— Pablo Ñongues 

El 6 de Junio de 1523, el Emperador Carlos V 
escribió desde Valladolid á Hernán Cortés, ordenán- 
dole que buscase por ambas costas, la del Atlántico 
y del Pacífico, el estrecho de mar de que tanto 
se hablaba. • 

Hernán, para cumplir los mandatos de su sobe- 
rano, dispuso que Alonso de Contreras pasara á la 
isla de Cuba, con una fuerte suma de oro, para la 
adquisición de caballos, armas y víveres, y para ha- 
cer alistamiento de gente, con destino á la empresa 
que el Emperador le encomendaba. 

Luego confirió la dirección de tal empresa á 
Cristóbal de Olí, que había sido su maestre de cam- 
po durante la conquista de Méjico. 

Cristóbal de Olí, natural, según unos, de Baeza, 
y según otros, de Linares, tenía á la sazón treinta y 
seis años. 

Era alto, algo rubio, muy vigoroso, de anchas 
espaldas y de simpática presencia, de carácter fran- 
co y do conversación agradable. 

Estaba casado con Doña Felipa de Araujo, por- 
tuguesa, y era rico. 

Hernán Cortés encomendó á Cristóbal el mando 
de cinco navios y un bergantín, bien artillados y 
abastecidos, trescientos setenta soldados y veintidós 
caballos, y le ordenó que desde la Villa Rica da la 
Vera- Cruz fuese á la Habana, y desde allí, luego de 
entrevistarse con Alonso de Contreras, continuara 
su derrota. 

Uno de los encargos que más especialmente le 



Hernán Cortés — 49 

hizo fué «QUE PROCURASE DE SABER É INQUIRIR SI HA- 
BÍA ESTRECHO», 

Llegado Olí á la Habana, algunos de sus solda- 
dos le aconsejaron que se rebelara contra Cortés, y 
iiabiendo venido á verle Diego Velázquez, Goberna- 
dor de la isla, convinieron en hacer por cuenta de 
<iinbos la expedición á Honduras. 

Luego, Cristóbal se hizo á la vela, y no tardó en 
llegar al puerto de Caballos, sin que sus tropas su- 
piesen que iba en rebeldía contra Hernando, porque 
su propósito era guardarlo en secreto, ó publicarlo, 
según los acontecimientos se le ofrecieran adversos 
ó favorables. 

Enterado Hernán Cortés del alzamiento de Olí, 
lo puso en conocimiento del Emperador, anuncián- 
dole también que, si el soberano se lo permitía, esta- 
ba dispuesto á enviar contra el rebelde otro capitán 
que le prendiera, y aun á ir á verificarlo ól mismo 
en persona, ya que no convenía, por concepto nin- 
guno, que quedaran impunes delitos tan graves. 

En efecto. Cortés envió contra Cristóbal de Olí á 
Francisco de las Casas, caballero deudo suyo, recién 
llegado á Méjico y persona de toda su confianza. 

Con cinco navios y cien soldados, entre los que 
iban algunos de los que acompañaron á Cortés en la 
conquista del imperio azteca, salió Francisco de las 
Casas del puerto de la Vera- Cruz, no tardando en 
llegar á la bahía del Triunfo de la Cruz, donde Crisr 
tóbal de Olí tenía su flota. 

Las Casas ordenó que se pusieran banderas de 



50 — Modesto Pérez— Pahlo Nougués 

paz en sus naves; mas Olí, creyendo que se trataba 
de una artimaña para mejor sorprenderle, se aperci- 
bió á la defensa. 

Entonces, Francisco de las Casas rompió animo- 
samente las hostilidades contra el faccioso y le echó 
á pique dos carabelas. 

Cristóbal, no encontrándose con fuerzas suficien- 
tes para resistir á^u contrario, le hizo proposiciones 
pacíficas. 

Un fuerte viento Norte causó grandes destrozo» 
en los navios de las Casas, que cayó prisionero con 
la inmensa mayoría de sus gentes. 

Poco tiempo le sonrió la fortuna á Cristóbal de 
Olí, porque una noche, cenando con las Casas, éste, 
después de levantados los manteles, le echó mano á 
las barbas y le causó una grave herida en la gar- 
ganta con un cuchillo. 

Después fué Olí sometido á un proceso sumarí- 
simo y degollado en la plaza de Naco. 

En la carta cuarta de las que D. Fernando Cor- 
tés, Gobernador y Capitán general por Su Ma- 
jESTAD en la Nueva España del mar Océano, en- 
vió AL MUY ALTO Y MUY POTENTÍSIMO, INVICTÍSIMO^ 

SEÑOR Don Carlos, Emperador siempre augusto y 
Rey de España, Nuestro Señor, le dice: 

«Y asimismo tenía hecha cierta armada de na- 
vios, de que enviaba por capitán un Cristóbal Do- 
lid, que pasó en mi compañía, para le enviar por 
la costa del Norte á poblar la punta ó cabo de Hi- 
gueras, que está sesenta leguas de la bahía de la 




•vJÍ61^ cx>^..-.x> -y^y^^^ yA>-<o-«, Vv>o InM. S«Íkík 



Hernán Cortés — 51 

Ascensión, que es á barlovento de lo que llaman Yu- 
catán, la costa arriba de la tierra firme, hacia el Da- 
rien, así porque tengo mucha información que aque- 
lla tierra es muy rica, como porque hay opinión de 

MUCHOS PILOTOS QUE POR AQUELLA BAHÍA SALE ES- 
TRECHO Á LA OTRA MAR, QUE ES LA COSA QUE YO EN 
ESTE MUN^O MÁS DESEO TOPAR.» 

Y es que Cortés había sabido que por Panamá se 
estrechaba la tierra hasta el extremo de que desde 
unas montañas se divisaba el mar del Norte y el mar 
del Sur; por lo que creyó en la posibilidad de que 
allí hubiera estrecho que pusiera en comunicación 
los dos Océanos. 

En la misma epístola le comunica á Carlos V ha- 
ber organizado otra expedición al mando de Diego 
de Hurtado, primo de Hernán Cortés, para que «va- 
ya á reconocer toda la costa de la bahía de la As- 
censión EN DEMANDA DE AQUEL ESTRECHO QUE SE 
CREE QUE EN ELLA HAY, Y QUE ESTÉN ALLÁ FASTA 
QUE NINGUNA COSA DEJEN POR VER». 

Más adelante, en la carta de que venimos ha- 
blando, le dice Hernán á su Soberano: 

«Y como tengo continuo cuidado, y siempre me 
ocupo en pensar todas las maneras que se puedan 
tener para poner en ejecución y efectuar el deseo 
que yo al real servicio de Vuestra Majestad tengo, 
viendo que otra cosa no me quedaba para esto sino 

SABER EL SECRETO DE LA COSTA QUE ESTÁ POR DES- 
CUBRIR ENTRE EL RÍO DE PANUCO Y LA FLORIDA..., 
PORQUE SE TIENE CIERTO QUE EN AQUELLA COSTA 



52 — Modesto Pérez — Pablo Nougués 

HAY ESTRECHO QUE PASA Á LA MAR DEL SuR, y se ha- 
llase, según cierta figura que yo tengo,.,, he deter- 
minado... aunque estoy harto gastado y empeñado, 
porque todo se ha fecho y se face á mi costa..,, en 
viar tres carabelas y dos bergantines en esta de- 
manda,,, y juntar este servicio con los demás qu(i 
he fecho» porque le tengo por el mayor, si como digo 
se HALLA EL ESTRECHO,., y ya que el dicho estre- 
cho no se hallase... terna Vuestra Alteza sabido que 
no le hay,,. Plega nuestro Señor que el armada con- 
siga el fin para que se hace, que es descubrir aquel 
estrecho, porque sería lo mejor,,,; á mí no me fal- 
tará diligencia y buen recaudo y voluntad para lo 
trabajar.» 

Comentando D. Enrique de Vedía estas palabras 
de Cortés, dice acertadamente que todas ellas debie- 
ran estar grabadas en letras de oro y que parece 
increíble que el ilustre caudillo poseyese conoci- 
mientos geográficos tan extensos y finos como reve- 
lan, intentando descubrir la comunicación inter- 
oceánica, AL Norte por la Florida y al Sur por 
Panamá. 

He aquí, tomadas del mismo documento episto- 
lar, otras palabras, sin desperdicio, de Hernando 
Cortés á D. Carlos de Austria: 

«Asimismo pienso enviar los navios que tengo 
hechos en la mar del Sur, que queriendo nuestro Se- 
ñor navegarán el fin del mes de Julio deste año 
de 1524, por la misma costa abajo, en demanda del 
DICHO ESTRECHO; porque, si le hay, no se puede escon- 



Hernán Cortés — 5B 

der á éstos por la mar del Sur y á los otros por la 
mar del Norte; porque estos del Sur llevarán la costa 
hasta hallar el dicho estrecho ó juntar la tierra con 
la que descubrió Magallanes, y los otros del Norte... 
Iiasta la juntar con los Bacallaos.» 

Don Hernando expone en los siguientes térmi- 
nos las ventajas que reportaría, de encontrarse el 
estrecho con que soñaba tantísimo, la comunicación 
interoceánica: 

«Siendo Dios nuestro Señor servido que... se to- 
i'ASE EL Dicho ESTRECHO, scría la navegación desde' 
la Especería para el Reino de Vuestra Majestad muy 
buena y muy breve, y tanto que sería las dos tercias 
partes menos que por donde agora se navega, y sin 
ningún riesgo ni peligro de los navios que fuesen y 
viniesen, porque irían siempre y vernían por reinos 
y señoríos de Vuestra Majestad, que, cada vez que 
alguna necesidad tuviesen, se podrían reparar, sin 
ningún peligro, en cualquiera parte que quisiesen 
vomar puerto, como en tierra de Vuestra Alteza...» 

El 15 de Diciembre de 1525, el Contador Rodri- 
go de Albornoz escribía desde Méjico al Emperador 
Carlos V: 

«Después que á esta tierra llegué, procuré con el 
Gobernador Cortés que diese forma como enviáse- 
mos á DESCUBRIR EL ESTRECHO QUE SE HA DICHO Y 
CREÍDO QUE HABÍA PARA LA ESPECIERÍA.» — JoaqUÍn 

García Icarbalceta, Colección de documentos para la 
Historia de México, México, 1858, tomo I, páginas 
490-498. 



54 — Modesto Pérez — Pablo Ñongues 

He aquí algunas interesantes palabras del relato 
que de los servicios de Hernán Cortés presentó — 
1532-1535 — á Don Carlos de Austria el Licenciado 
Núñez: 

«Iten, que descubrió camino en aquella ida de 
las Higueras hasta juntar con la gente de Pedrarias 
Dávila, y descubrió todo el secreto de la. tierra 

DONDE SE creía QUE HABÍA ESTRECHO PARA LA MAR 

DEL Sur.» 

Un escritor francés, Michel Chevalier, en su li- 
bro titulado L'istme de Panamá, publicado en París 
en 1844, dice que Hernán Cortés, en el escaso tiem- 
po de su amistad con Motezuma, «interrogó á este 
Príncipe sobre el secreto del estrecho», y que, 
«según un despacho de Cortés á Carlos V, de 30 de 
Octubre de 152Ü, el Emperador azteca, á petición de 

Cortés, LE ENTREGÓ UN PLANO DE LA COSTA». 

Indudablemente, el plano estaría muy bien eje- 
cutado, á juzgar por el adelanto de la pintura en 
Méjico. 

Bernal Díaz del Castillo, al dar cuenta de la vi- 
sita hecha á Hernán Cortés en nombre de Motezuma 
por Pilpatoe y Teutile, se detiene en el encareci- 
miento de la habilidad de los pintores que acompa- 
ñaban á aquellos dos generales, que los habían lle- 
vado con ellos para que, copiando lo más intere- 
sante de cuanto vieran, Motezuma pudiese enterarse 
de lo que para él constituía una novedad extraordi- 
naria. 

Solís, hablando de este asunto, dice que Don 




ARMADURA DE HERNÁN CORTÉS 



Hernán Cortés — 55 

Hernando salió á ver á los pintores aztecas, «no sin 
alguna admiración de su habilidad». 

üe Chevalier, en la obra citada, son las palabras 
siguientes, acerca de la comunicación interoceánica: 
<cÉl — Cortés — LA ESTABLECIÓ, aunquc imperfecta- 
mente, POR MEDIO DE UNA VÍA QUE UNÍA LOS RÍOS 
ClIIMALACA, AL SuR, y GUAZAOOALCO, AL NORTE.» 

Otro escritor francés, Félix Belly, en un libro ti- 
tulado también L'istme de Panamá^ que apareció en 
París en 1858, dice: «Es necesario remontarse hasta 
Hernán Cortés para encontrar el punto de partida 

DE la idea de unir EL ATLÁNTICO y EL PACÍFICO.» 

«Desde el día en que el conquistador de Méjico 
descubrió á su vez el mar del Sur, se preocupó de 

LA POSIBILIDAD Y DE LA UTILIDAD DE UNA COMUNICA- 
CIÓN interoceánica... Cuando estuvo bien conven- 
cido de la inutilidad de sus exploraciones, se ocupó 
DE crear una comunicación artificial, y envió á la 
Corte de Madrid, en 1528..., la primera Memoria que 
se ha escrito sobre esta materia.» 

Don Pascual Gayangos, en la introducción á las 
Cartas y Relaciones de Hernán Cortés al Emperador 
Carlos V, París, 1866, página 23, dice: 

«Llamaron su atención — la de Cortés,— entre 
otras cosas, las armadas que de tiempo en tiempo 
hubo de aprestar para explorar con ellas las 
costas del Pacífico, obedeciendo en esto instruc- 
ciones recibidas de la Corte.» 

«Hernán Cortés comprendió desde luego lo 

IMPORTANTE DE LA SITUACIÓN DEL ISTMO DE TeIIUAN- 



56 — Modesto Pérez — Pablo Nougnés 

TEPEC.» — F. de Arrangoiz, Boletín de la Sociedad 
Geográfica de Madrid, 1881, tomo XI, pág. 55. 



* 



Hernán Cortés vino á España por última vez en 
1540, trayendo con él á dos de sus hijos. 

Murió en Castilleja de la Cuesta, provincia de 
Sevilla, á los sesenta y tres años de edad, el 2 de 
Diciembre de 1547. 

Según Bernal Díaz del Castillo, «llevóse su cuer- 
po á enterrar con grande pompa y muchos lutos y 
clerecía». 

Uno de los hijos del gran conquistador puso so- 
bre la tumba de su padre el siguiente epitafio: 

Padre, cuya suerte impropiamente 
Aqueste bajo mundo poseía, 
Valor que nuestra edad enriquecía, 
Descansa agora en paz eternamente. 





©MINI APPREHEND ITT EOS. 




<^3VHa xi^v>ioaoHU0 3 



GIL GONZÁLEZ DÁVILA 



CAPITULO VI 

Místicos y guerreros. -- Keparacióu 
necesaria.— De criado de Fonseca á 
Contador de la Española.— El hacha 
del verdugo. -Memoriales interesan - 
tes.-(ÍonzHlez Dávila y Andrés Ni- 
ño.- Capitulaciones con la Corona-— 
■ .OH secrettis de la mar del 
üt nr. — Descubrimientos y conquis- 
tas.— La lasunade Hicaragriia. - 
Envidias y pendencias.— Prisión y 
= = muerte de Gil González. = = 



NO de los más heroicos capitanes, des- 

Ucubridores y conquistadores que tuvo 
España en el Nuevo Mundo en la glo- 
riosísima centuria decimosexta, de los 
menos conocidos todavía y de los más 
dignos de ser divulgados y perpetua- 
dos, es Gil González, nacido, en el último tercio del 
siglo XV, en Avila, la ciudad insigne por sus místi- 
cos y sus guerreros. 



58 — Modesto rérez—Fahlo Nougués 

De los primeros años de la vida de Gil es muy 
poco lo que se conoce, circunstancia frecuente en la 
historia de muchos personajes maravillosos. 

Lo primero que sabemos de él, exceptuado el 
pueblo de su naturaleza, es que antes de 1511 había 
estado al servicio del célebre D. Juan Rodríguez de 
Fonseca, Obispo de Falencia, que más tarde desem- 
peñó la diócesis de Burgos, Presidente del Consejo 
de Indias. 

El descubrimiento de la mar del Sur, llevado á 
cabo por Vasco Núñez de Balboa, sobre constituir 
por sí mismo un hecho de capital importancia, era 
el principio para la realización de grandes revela- 
ciones y hallazgos. 

De no haber entregado Pedrarias Dávila la ca- 
beza de su yerno al hacha del verdugo, hubiera Bal- 
boa acometido y dado fin á otras gigantescas em- 
presas; pero con su trágica muerte tenían que ser 
otros hombres los que las emprendiesen y ejecutasen. 

Vasco Núñez no sólo dejó abierto el camino para 
acometerlas; dejó también construidas unas cuantas 
naves. 

Abundaron los que quisieron utilizarse de tan 
preciosas ventajas. 

El Tesorero Alonso de la Puente envió á España 
á un criado suyo, llamado Andrés de Cereceda, jun- 
tamente con el piloto Andrés Niño, con quien estaba 
de acuerdo, en trabajo y solicitud de que la Corte 
les facultase para hacer descubrimientos en. el 
Océano Pacífico. 



Gil González Dávüa — 59 

Sus gestiones no tuvieron buen éxito; por lo que 
Niño y Cereceda se pusieron en inteligencia con 
González Dávila, que desde 1511, sin duda patroci- 
nado por Rodríguez de Fonseca, estaba de Conta- 
dor del Rey en la isla Española. 

Fonseca, que como Presidente del Consejo de 
Indias, era quien sentenciaba en los asuntos de Es- 
paña en América, influyó, con resultado favorable, 
en que á González Dávila y á Niño les fueran con- 
feridos la licencia y el negocio que liabían deman- 
dado. 

A la sazón se encontraba Gil en la Corte. 

Había venido á ella para darle cuenta de las 
causas que, á su juicio, habían motivado la dismi- 
nución de pobladores, así vecinos como indios, en 
la isla Española, y de los remedios que debieran po 
nerse en práctica para aliviar y conjurar tan graves 
inconvenientes. 

Acerca de este asunto escribió y entregó Gil va- 
rias Memorias, cuyos originales se conservan en el 
Archivo de Indias. 

A cuatro reduce González Dávila dichas causas: 
la mudanza de Gobernadores, con sus correspondien- 
tes variaciones de procedimiento; el cambio de in- 
dios de unes vecinos en otros; la abundancia de plei- 
tos entre los colonos, y el afán inmoderado de sacar 
oro de la isla Española. 

Y propone Gil que los Gobernadores sean más 
estables; que cese el cambio de indios; que se eche 
de la colonia á los letrados, causantes de los pleitos, 



60 — Modesto Férez— Pablo Nougués 

y que parte del oro se invierta en la mejora de las 
condiciones del trabajo de aquellos naturales. 

Hablando de la hierba venenosa que para hacer 
la guerra ponen en sus flechas los indios caribes, 
promete González Dávila construir armas adecua- 
das y de no mucho coste para contrarrestar tan 
perniciosos efectos. 

En cuanto al aumento de la población en Santo 
Domingo, se muestra Gil partidario de que puedan 
ser llevados allí, por los vecinos, indios de otras is- 
las, y negros, asi como de que vayan de Castilla 
más pobladores á la Española. 

González Dávila creía también preciso: que par- 
te de los mil indios que la Corona tenía en aquella 
isla, según el último repartimiento hecho en ella, se 
dedicaran á granjerias más provechosas para su 
población y perpetuidad que la extracción de oro. 
Como la broma pudre la tablazón de los navios, al- 
gunos indios debían ser empleados en hacer una pez 
llamada copey, para brear las tablas, con lo que á 
éstas no les atacaría insecto tan maligno: otros de- 
bían ser invertidos en trabajar en uno ó dos ingenios 
de azúcar, cuya creación reportaría copiosos frutos: 
aquellos naturales no debían andar perdidos por los 
montes ni en casas ajenas: los vecinos estarían en 
el deber de fundir durante el año el oro que sus in- 
dios sacasen. 

Reiterando la utilidad de que se enviaran labrie- 
gos á la isla Española, Gil expone la manera de re- 
clutarlos fácilmente, y recomienda que cuantas na- 



Gil González Dávila — 61 

ves vayan de España á Santo Domingo deben llevar 
<los medias pipas con sarmientos y algunas posturas 
de árboles. 

En 1519, por el mes de Agosto, se extendieron 
las capitulaciones entre la Corona, González Dávi- 
la y Andrés Niño para hacer descubrimientos en 

LA MAR DEL SuR. 

El Contador y el piloto irían á descubrir, con tres 
navios y un bergantín, por dicha mar, has'J'a mil 

LEGUAS DE MAR Ó DE TIERRA AL OCCIDENTE, Y AL SUR 

DOSCIENTAS, Ó cuanto las naves aguantaran, y bus- 
carían contratación de especería, oro, plata, perlas, 
pedrería, etc., etc. 

Por capitán de la armada había de ir Gil Gon- 
zález Dávila, «persona avile y suficiente». 

Para poner en ejecución lo que el Emperador les 
había encomendado, Gil González y Andrés Niño 
partieron para la Española, y de allí, á primeros de 
Enero de 1520, para el Darien, no habiendo tardado 
en llegar al puerto de Acia, «ques lo más estrecho 

<iUE FASTA AGORA SE SABE PARA LA OTRA MAR». 

Rápidamente descargaron los navios, y mien- 
tras Andrés Niño trabajaba en Acia para recaudar 
cuatro mil pesos que el Rey ponía en la empresa, 
Gil González Dávila se dedicó á buscar sitio adecua- 
do para la construcción de la escuadra, llevando 
consigo cuantos carpinteros, aserradores y hacheros 
pudo encontrar. 

Luego retornó á Acia, para atender al suministro 
de víveres y á otras cosas indispensable?. 



62 — Modesto Pérez — Pablo Nougués 

Habiéndosele desgraciado una porción de ye- 
guas, casi todas las que había adquirido en la Espa- 
ñola, González Dávila pidió á Pedrarias, Gobernador 
del Darien, indios para los transportes, y Pedrarias 
ordenó á un lugarteniente suyo que marchase á tra- 
tar de su adquisición con varios caciques. 

Se había ordenado que Pedrarias Dávila entre- 
gase á Gil González los navios que aquél tenía en 
el mar del Sur, á lo que se negó el Gobernador 
del Darien, contestando que no eran do su perte- 
nencia. 

Desde Acia hasta donde se estaba construyendo 
la escuadra de González Dávila era tan penoso el 
trayecto, que ni los hombres ni las bestias lo podían 
sufrir, y hubo necesidad de hacer, con hercúleos 
trabajos, un camino entre ambos puntos, que dista- 
ban catorce leguas. 

Pedrarias veía con malos ojos las empresas de 
Gil González, porque le era muy doloroso no estar 
apoderado para hacer por sí mismo lo que proyec- 
taba el Contador; pero éste, aconsejado por algunos 
amigos, le ofreció á Pedrarias parte en el negocio, 
apelando á un ardid de gran donosura. 

El Gobernador del Darien tenía un negrillo, y 
González Dávila se lo compró en trescientos pesos, 
que no le entregó, sino que quedaron en poder de 
Gil, como en concepto de recibidos de Pedrarias, 
quien, en proporción de ellos, habría de participar 
de las ganancias que la armada proporcionase. 

Arregladas estas diferencias, Gil González y 



Gil González D avila — 68 

Andrés Niño se hicieron á la mar; pero no transcu- 
rrieron veinticinco días sin que perdieran ochenta 
hombres y sin que la broma pudriese las maderas 
de las naves. 

Después, Niño y Gil González construyeron otros 
barcos, y el 21 de Enero de 1522 emprendieron el 

PRIMER VIAJE POR LA COSTA DE NICARAGUA, CON ÁNI- 
MO DE BUSCAR COMUNICACIÓN ENTRE EL ATLÁNTICO Y 

EL Pacífico. 

Partieron de la isla de las Perlas, el 21 de Ene- 
ro de 1522, y cuando llevaban recorridas cien leguas 
hacia Occidente, ya estaban los navios atacados de 
la broma. Los expedicionarios se vieron obligados á 
sacar á tierra cuanto en aquello,^ conducían y á en- 
viar á Panamá un bergantín en busca de copey j para 
brear la tablazón de las embarcaciones. 

Escasearon los víveres. 

Gil González, para procurárselos y ver de ad- 
quirir algún oro, porque, como dice Oviedo {His 
loria General y Natural de las Indias, tomo III, pá- 
gina 99), «de armada hecha por muchas bolsas no 
se puede sospechar quel desseo de henchirlas es 
poco», se internó en el país con cien hombres, apar- 
tándose excesivamente de la costa. 

Al separarse de Andrés Niño le ordenó Gil que, 
luego que el copey llegara y fueran breadas las ta- 
blas do los barcos, navegase ochenta ó cien leguas 
al Occidente, y que en el puerto más acomodado 
que descubriera se esperarían el uno al otro. 

González Dávila, en su excursión por el interior 



64 — Modesto Pérez— Pablo Nougués 

de aquellas tierras, contrajo, á consecuencia de ha- 
ber tenido que atravesar á pie y sudoroso muchos 
ríos, un tullimiento, que no solamente le impedía 
liacer marchas, ni aun á caballo, sino que tampoco 
le dejaba conciliar el sueño ii ninguna hora. 

El bravo capitán, que tantísimos derroches de 
energías había hecho, tuvo que continuar su derro- 
ta acostado en una manta que iba atada á un palo, 
y conducido á lioinbros, por indios unas veces, y 
otras por españoles. 

Aun en estas condiciones le eran muy difíciles 
las jornadas, y la dificultad aumentó con las lluvias 
torrenciales que sobrevinieron. 

Tuvo necesidad de aposentarse en la vivienda de 
un importante cacique. 

En la casa, que era muy alta y estaba cubierta 
de paja, faé hecha para González Dávila una cáma- 
ra, que se colocó sobre unos postes, para ver de pre- 
servarle de la humedad. 

Llovió con tal abundancia, que en la morada del 
cacique y en la cámara de Gil les dio el agua á los 
hombres hasta los pechos. 

Muchos soldados le pidieron permiso al heroico 
capitán para marcharse y procurar la salvación de 
la vida subiéndose á las copas de los árboles. 

González Dávila, en compañía de sus gentes más 
fieles, se estuvo quieto esperando á que concluyera, 
cuando Dios quisiese, aguacero tan formidable. 

Mas no cesó el diluvio, y á media noche se de- 
rrumbó la casa. 



sñwv 




.> ■ t-^b-i^ 



{En Barcelona) —v-s viejo patio y unas viejas anclas 



Gil González Dávüa — 65 

El caudillo español quedó de pie, sobre dos mu- 
letas, encima de su cámara. 

A hombros fué sacado de allí por sus compañe- 
ros, quienes á voces hicieron venir á los que antes 
se habían marchado. 

Luego, cuando todos estuvieron reunidos, colga- 
ron entre dos árboles una manta y en ella pusieron 
al capitán. 

Se despejó después el cielo. 

Sin embargo, los españoles, en previsión de nue- 
vas lluvias y crecidas, construyeron encima de los 
árboles sobrados recubiertos con hojas, y estas rús- 
ticas y peregrinas habitaciones les aliviaron mu- 
cho en otros dos temporales que estallaron al poco 
tiempo. * 

Grandes fueron las pérdidas que, con motivo 
do avenidas tan horrorosas, experimentaron los 
nuestros. 

González Dávila, prosiguiendo su viaje, llegó al 
golfo de San Vicente, donde encontró al piloto An- 
drés Niño, que acababa de llegar con las naves, 
repuestas por la brea. 

Como Gil, que seguía tullido, no podía andar, 
quiso proseguir, desde aquel punto, los descubri- 
mientos EN LA MAR DEL SuR, y murmurando de ello 
sus gentes, por considerar más beneficiosa, más 
adecuada para la adquisición de oro, la marcha por 
tierra, resolvió continuar por aquellos parajes con 
cien hombres y cuatro caballos, y dispuso que An- 
drés Niño siguiera navegando, como en efecto lo hizo. 

6 



66 — Modesto Pérez— Pablo Nougués 

González Dávila llegó á los dominios de un ca- 
cique llamado Nicoya, quien le regaló catorce mil 
pesos y seis estatuas de oro. 

Lo menos seis mil indios de los de Nicoya reci- 
bieron voluntariamente el bautismo. 

Noticioso Gil de que allí cerca vivía un poderoso 
cacique, llamado Nicaragua, se dispuso á ir á verle, 
aunque los españoles y varios jefes indígenas ami- 
gos le aconsejaban lo contrario. 

Poco antes de llegar al territorio del famoso cau- 
dillo indio, González Dávila le envió una embajada, 
instándole á que se convirtiera al catolicismo y re- 
conociera la soberanía del Rey de Castilla. 

Nicaragua recibió muy bien á los españoles y 
regaló á Gil veinticinco mil pesos de oro y mucha 
ropa y plumajes. 

Á regalo tan precioso correspondió nuestro ca- 
pitán con una camisa de lienzo, una gorra de grana, 
un sayo de seda y una porción de baratijas. 

Además, por medio de un fraile de la Merced, ex- 
puso á Nicaragua y á sus gentes multitud de razo- 
nes en contra de la idolatría y de los vicios en que 
se abismaban y favorables á la religión católica. 

Los nicaragüenses le respondieron que á todo so 
avendrían, «menos á dejar de guerrear y de embo 
rracharse». 

— ¿Á quién — preguntaban — perjudicamos con 
divertirnos? ¿Y por ventura han de ser las mujeres 
y los esclavos quienes manejen las armas, y nos- 
otros los que hilen, tejan y caven? 



Gil González Dávila — 67 

González Dávila «hizo fuera del lugar un humi- 
Hadero de ladrillos con gradas; salió en procesión, 
hincó allí una cruz con muchas lágrimas y música; 
adoróla, subiendo do rodillas las gradas, y lo mesmo 
hicieron Nicaragua y todos los españoles é indios; 
que fué una devoción harto de ver». — Francisco Ló- 
pez de Gomara: Historia de las Indias. 

Queriendo Gil averiguar las riquezas y los se- 
cretos DE AQUELLAS TIERRAS, recori'ió muchos pue- 
blos de ellas, no muy grandes, pero de numerosa 
población. 

Por doquiera que los nuestros iban causaban en 
los indios un asombro' tan extraordinario, que les te- 
nían por venidos del cielo. 

Un cacique muy bravo y belicoso, llamado Di- 
riangen, vino á visitar á González Dávila con qui- 
nientos hombres y veinte mujeres. 

Los quinientos indígenas y el cacique le to- 
caron la mano y le regalaron infinidad de galli- 
pavos. 

Las indias le obsequiaron con hachas de oro. 

Gil correspondió á estos agasajos con «algunas 
cosas de quinquillería» y suplicó á Diriangen que 
se convirtiese al catolicismo. 

El cacique indio pidió á González Dávila tres 
días de término para contestarle á tal instancia. 

Aquel plazo no le pidió Diriangen sino para re- 
unir á sus gentes y hacer la guerra á los españoles, 
á quienes estaban esperanzados de vencer y aun de 
comérselos. 



68 — Modedo Pérez— Pablo Nouguéü 

Enterado Gil González de los propósitos del jefe 
indígena, se apercibió á la defensa. 

Las tropas de Diriangen y las españolas comba- 
tieron animosamente. 

La victoria quedó por los nuestros, por los bar- 
budos. 

Luego, González Dávila se marchó de allí y re- 
corrió más de dosciendas leguas, bautizó á varios 
millares de indios y recolectó inmensas cantidades 
de oro. 

En el puerto de San Vicente se encontró con An- 
drés Niño, quien le aseguró que había navegado por 
la costa trescientas leguas al Occidente, sm haber 

ENCONTRADO ESTRECHO. 

«Á Mí— dice Oviedo en su obra citada, tomo III^ 
página 107 — me escribió una carta Gil González, 

QUE dice que de AQUEL PUEBLO DESTE CACIQUE DE NI- 
CARAGUA LA TIERRA ADENTRO, TRES LEGUAS DE LA 
COSTA DE LA MAR DEL SUR, JUNTO Á LAS CASAS DE LA 
OTRA PARTE, ESTÁ OTRA MAR DULCE, QUE CRESCE É 
MENGUA, É QUÉL ENTRÓ Á CABALLO EN ELLA, É TOMÓ 
LA POSSESIÓN EN NOMBRE DEL EMPERADOR, É QUE SE 
VÍA UNA ISLA DOS LEGUAS DENTRO Ó APARTADA DESTA 
COSTA DESTA AGUA DULCE, POBLADA, É QUEL TIEMPO 
NO LE DIO LUGAR Á SABER MÁS EN ESTO; PERO QUE 
MANDÓ ENTRAR Á ALGUNOS CHRIPSTIANOS EN UNA CA- 
NOA MEDIA LEGUA DENTRO, PARA VER SI EL AGUA CO- 
RRÍA HACIA ALGUNA PARTE, PENSANDO QUE FUESE RÍO, 
AUNQUE NO VÍAN LA OTRA COSTA DE HACIA EL NORTE; 
É LOS QUE ENTRARON NO CONOSCIERON QUE OVIESSE 



GU González Dávüa — 69 

CORRIENTE. E SU8 PILOTOS PORFIABAN QUE SALÍA 
AQUEL AGUA Á LA MAR DEL NORTE...» 

«Es COSA NOTARLE. La LaGUNA DE NICARAGUA... 

Crece y mengua, y estando á tres ó cuatro le- 
■guas de aquella mar del sur, vacía su agua en 
estotra del norte, cien leguas della, por lo que 
LLAMAN Desaguadero.» — Gomara. 

No menos expresivas son estas palabras del cé 
Icbre cronista Antonio de Herrera, en su Historia de 
las Indias Occidentales, década III, libro III, capí- 
tulo VI, tomo II, página 118: 

«A MEDIA NOCHE, AUNQUE CON TRABAJO, POR LOS 
DOLIENTES, Y HABIENDO PERDIDO MUCHA ROPA Y VI- 
TUALLA, COMENZARON Á CAMINAR, Y LLEGARON Á SaN 

Vicente, donde hallaron á Andrés Niño, que ha- 
bía VUELTO, dejando DESCUBIERTAS TRESCIENTAS Y 
cincuentas leguas, y habiendo CAMINADO DESDE 
DONDE SALIERON SEISCIENTAS Y CINCUENTA, HASTA PO- 
NERSE EN DIEZ Y SIETE GRADOS Y MEDIO. ErA AQUEL 
PUEBLO DEL CACIQUE NICARAGUA, TRES LEGUAS LA 
TIERRA ADENTRO, EN LA COSTA DE LA MAR DEL SuR; Y 
DE LA OTRA PARTE, JUNTO Á LAS CASAS DEL LUGAR, 
ESTÁ OTRA MAR DULCE, QUE LLAMARON ASÍ PORQUE 
CRECE Y MENGUA, QUE ES LA LaGUNA DE NICARAGUA. 
Los INDIOS NO DIERON RELACIÓN ADONDE SALÍA, PERO 
LOS PILOTOS CASTELLANOS DIJERON ENTONCES QUE 
AQUEL AGUA SALÍA Á LA MAR DEL NORTE.» 

«Pareció cosa notable— añade Herrera — la 
Laguna de Nicaragua, por su grandeza, poblacio- 
nes É ISLAS; CRECE Y MENGUA, Y ESTANDO Á TRES 6 



70 — Modesto Pérez— Pablo Ñongues 

CUATRO LEGUAS DE LA MAR DEL SUR, VACÍA EN LA MAR 

DEL Norte, que está cien leguas, y éste es el que 
LLAMAN Desaguadero, y ha habido quien ha baja- 
do POR ÉL desde Nicaragua, y ido por mar á Nom- 
bre DE Dios.» 

En la colección Vargas Ponce, tomo LVI, pági- 
nas 779-780, se inserta un manuscrito, copia de un 
original existente en el Archivo de Indias. 

Se trata de un documento interesantísimo, en el 
que un tal Pero Suárez de Castilla se dirige á los- 
diputados españoles que en Badajoz discutían y tra- 
taban con representantes del Rey de Portugal sobre 
el asunto de la Especería. 

Suárez de Castilla dice, entro otras cosas: 

«Quiero yo decir á vuestra merced que aquí es- 
venido un Andrés de Cerezeda, que fué por tesorero 
del armada del descubrimiento que fué á hacer el 
capitán Gil González de Avila Á la mar del Sur, el 
qua) Cerezeda dice una nueva que tengo yo por 
MUY grande, porque lo que hoy vuestras mercedes 
hacen, si esto es ansí, se save todo, y es que yendo 
por la costa de la mar del sur hacia el ponien- 
te á pie por tierra, desviándose de la costa tres- 
leguas, halló un mar dulce que crece é mengua, 
(iue está en trece grados; créese que sale esta 
mar dulce á i>a mar del norte... siendo verdad 
(iue esta mar dulce sale á la del norte, es cami- 
no cierto para que por aquella traviesa de tie- 
rra pueda travesar por la mar del sur á la del 
Norte.» 



Gü González Dávila — 71 

Al retornar Gil González al golfo de San Vicen- 
te, se encontró con que la mayor de sus naves esta- 
ba muy averiada, y decidió regresar á Panamá, ha- 
biéndolo hecho así el 25 de Junio de 1523. 

Su ánimo era disponer otra armada para em- 
prender nuevos descubrimientos. 

Pedrarias Dávila se opuso á estos proyectos de 
González, y el gran capitán aviles se fué á Santo 
Domingo, donde organizó una flota. 

En compañía de Andrés Niño, volvió con ella á 
la Tierra Firme, «más al Poniente, donde les pa- 

KESCIÓ Á ÉL É Á EL PILOTO... QUE PODRÍA RESPONDER 
EL PARAJE DE LA GrANDE LAGUNA DULCE QUELLOS- 
PENSABAN QUE DESAGUABA Ó ENTRABA EN ESTE MAR 

DEL Norte.» 

Desembarcaron en el puerto de Higueras, al que 
González Dávila puso el nombre de Puerto de Ca- 
ballos. 

A otro puerto que encontraron después le deno- 
minó Puerto de Honduras, y en sus inmediaciones 
fundó un pueblo, al que llamó San Gil de Buena 
Vista. 

Dejando allí alguna gente, se internó en el paí& 
con la restante, situándose en el punto que le pare- 
ció más adecuado para dar con los secretos que 

VENÍA PERSIGUIENDO. 

Antes de salir Gil González de Santo Dominga 
con esta nueva armada, Hernán Cortés, que residía 
á la sazón en Méjico, dispuso contra Gil dos expe- 
diciones, una por tierra y otra por mar; aquélla al 



72 — Modesto Pérez —Pablo Nougués 

mando de Pedro de Alvarado, y ésta al de Cristóbal 
de Olí, quien apenas llegó a la isla de Cuba se in- 
teligenció con Diego Velázquez y se rebeló contra 
Cortés. 

Cristóbal salió de la isla y se encaminó al puer- 
to de Higueras, hasta llegar cerca del pueblo de 
San Gil. 

Súpolo González Dávila, y ambos capitanes se 
enviaron emisarios y se escribieron, y al parecer 
quedaron amigos. 

Pedrarias, anheloso de hacerse dueño de lo que 
Gil González había descubierto en Nicaragua, envió 
contra él una armada, en la que iban, entre otros 
capitanes, Francisco Hernández, Teniente general 
del Gobernador del Darien, Hernando de Soto, Ga- 
briel de Kojas y Francisco Compañón, quienes po- 
blaron en la provincia de Nagrando, en las inme- 
diaciones de la Gran Laguna. 

Francisco Hernández ordenó á Gabriel de Rojas 
que se internara en el país, y así lo ejecutó, hasta 
llegar adonde estaba González Dávila, habiendo sido 
echado de allí por éste con buenas palabras, porque 
Rojas se encontró con que no llevaba elementos bas- 
tantes para resistir. 

Al saber Francisco Hernández lo ocurrido, en- 
Tió á Hernando de Soto contra Gil, que estando pre- 
venido, con la sospecha de que capitanes de Pedra- 
rias vendrían á acometerle, prendió y desarmó á 
Soto y á cuantos con él iban y les quitó el oro que 
llevaban. 



Gil González Dávila — 73 

A los tres días les puso en libertad por haberse 
avenido á rendirle pleitesía, y les devolvió el oro y 
las armas. 

. Obtenida esta victoria contra Hernando de Soto, 
González Dávila volvió al punto donde estaba Cris- 
tóbal de Olí; pero éste no era, en verdad, amigo 
suyo, y por él fué preso, siendo después conducido 
á España. 

En Avila, la ciudad insigne por sus místicos y 
sus guerreros, donde había venido al mundo, murió 
Gil González Dávila el 21 de Abril de 1526. 





PEDRARIAS DÁVILA 



CAPITULO VII 

A Castilla del Oro.— En la isla Domi- 
nica. — La indumentaria de Vasco 
Xúfiez.— La elegancia, el hambre y 
la muerte.— El tesoro de París.— Per- 
la maravillosa.— Acia, ¿¿errtt de hue- 
sos.— Panamá, tierra de pescadores.— 
Leones, tigres, osos y onzas- — l^a 
coniiinicación interoceánica. 



UELTO á España el Bachiller Martín 

\Y Fernández de Enciso, denunció á Bal- 
' boa ante la Corte y se desvivió en 

trabajar por que fuera depuesto. 

Juan de Quincedo y Rodrigo En- 
ríquez de Colmenares regresaron aquí 
en Mayo de 1513. 

En cartas de las autoridades de Santo Domingo, 
recibidas por aquel entonces, se daba cuenta de las 
informaciones dirigidas por Vasco Núñez al Almi- 
rante y á los Oficiales reales de la Española, sobre 



Pedrarías Dávila — 75 

LA POSIBILIDAD DE DESCUBRIR LA MAR DEL SUR y SO- 

bre lo necesarios que eran mil hombres para reali- 
zar el descubrimiento. 

Fernando V, queriendo tener noticias concretas 
de los sucesos que hubieran ocurrido en Santa Ma- 
ría de la Antigua y de las responsabilidades con- 
traídas por Balboa, escribió á Miguel de Pasamon- 
te, Tesorero en Santo Domingo. 

Antes que la respuesta á estas preguntas, llegó la 
carta en que Miguel ponía en conocimiento del Mo- 
narca que Vasco se habí¿i extralimitado. 

Colmenares y Quincedo, al estar en Santo Do- 
mingo de paso para España, debieron predisponer 
al Tesorero contra Balboa. 

Las aseveraciones de Pasamonte, más que las 
denuncias de Fernández de Enciso, determinaron al 
Rey á decretar la inmediata destitución de Vasco 
Núñez y que fuera residenciado. 

«Sin pérdida de un solo día, que sería gran pér- 
dida perderlo ^>, se dispuso la organización de una 
armada y el reclutamiento de mil hombres. 

Se eligió para el gobierno del Darien al Comen- 
dador D. Diego del Águila. 

Luego, por haber el Comendador rehusado el 
nombramiento, se designó á Pedrarías Dávila, natu- 
ral de Segovia, hombre de gran reputación en el 
mundo militar por los muchos servicios que en él 
había prestado. 

Pedradas tuvo varios competidores, que aspira- 
ron á gobernar el Darien; pero su amigo D. Juan 



76 — Modesto Pérez— Pablo Nougués 

Rodríguez de Fonseca, Presidente del Consejo de In- 
dias, le dijo al Soberano que era á Pedrarias á quien 
debía conferir aquella gobernación, por las grandes 
dotes que le adornaban y por lo bien que se había 
portado en las guerras de Granada, en Bu^ía y en 
Oran, así como por los excelentes méritos que sus 
antepasados habían hecho trabajando en favor de 
la Monarquía. 

Pedrarias, que desde niño se había criado en eí 
Palacio Real, era Coronel de Infantería, hermano 
del Conde de Puñonrostro, hijo de D. Pedrarias Ca- 
vila, Contador mayor y del Consejo, que había sido 
Capitán general de Enrique IV, á quien había de- 
mostrado siempre, en la paz y en la guerra, inque- 
brantable fidelidad. 

Nuestro personaje era nieto de Diegarias Dávi- 
la, que también había sido Contador mayor de Cas- 
tilla. 

El carácter del nuevo Gobernador del Darien era 
enérgico hasta la exaltación. 

Pedrarias estaba casado con Doña Isabel de Bo- 
badilla y Peñalosa, sobrina de la Marquesa de Moya 
Doña Beatriz de Bobadilla, partidaria y servidora 
muy cordial de los Reyes Católicos, á quienes había 
facilitado considerablemente el advenimiento á la 
Corona entregándoles el Alcázar de Segovia y los 
tesoros dejados en él por Enrique IV y haciendo 
otros merecimientos insignes. 

Para poner más de relieve el prestigio y la in 
fluencia de Doña Isabel de Bobadilla en la Corte, por 



Pedr arias D avila — 77 

la memoria de su tía, recordaremos un episodio in- 
teresantísimo de la mocedad de Doña Isabel la Ca- 
tólica. 

Habiendo Enrique IV hecho reconocer por Prin- 
cesa hereditaria á Doña Juana la Beltraneja, formóse 
un partido, que llegó á deponer en efigie al Monarca 
y á reemplazarle con su hermano el Infante Don Al- 
fonso. 

Después de muchas alteraciones y pendencias, el 
Marqués de Villena propuso, como una de las con- 
diciones para la paz, que la Infanta Doña Isabel se 
casase con D. Pedro Girón, hermano del Marqués, y 
Gran Maestre de la Orden de Calatrava. 

La Infanta, al enterarse de tal proposición, se 
entristeció hondísimamente. 

Doña Beatriz de Bobadilla, que era su aya, le 
preguntó por la causa de su abatimiento. 

Doña Isabel le respondió: «que la querían hacer 
mujer de D. Pedro Girón, y que moriría de dolor an- 
tes de verse así desautorizada; que, siendo hija de 
tantos Reyes, no tenía condición ni humor para ba- 
jar de la clase en que Dios la había puesto, y que 
no se dispondría de ella como se había concertado, 
porque no fué criada para fortuna de un particular 
ni para recompensa de un rebelde...» 

Conmovida Doña Beatriz de Bobadilla con el re- 
lato de la Infanta, salió calladamente de su cá- 
mara, y volviendo muy pronto allí con un puñal, 
dijo á Doña Isabel: «No os aflijáis, Princesa mía, 
que yo os juro á Dios y á vos que tomaré á mi 



78 — Modesto Pérez— Pahlo Nougiiés 

cargo vuestra honra, y que veréis clavar este pu- 
ñal en el corazón de ese atrevido, si tuviese jamás 
la osadía de veros.» — Esprit Flechier, Historia de el 
Cardenal Don Fr. Francisco Ximenez de Zisneros, 
páginas 51 y 52. 

Pedrarias, el Galán, el Justador, como le llama- 
ban por su lucimiento en los torneos, recibió el tí- 
tulo de Gobernador de Castilla del Oro, el 28 de Julio 
de 151o. «... es mi merced é voluntad, por la parte 
que á mí toca é atañe, que vos, el dicho Pedrarias 
Dávila, tengáis por Nos, é en nuestro nombre, la 
gobernación é capitanía general de toda la gente ó 
navios que agora van en la dicha armada, é así 
mismo de la que está ó estoviere ó fuere de aquí 
adelante á la dicha tierra de Castilla del Oro..., é 
que vos, el dicho Pedrarias Dávila, podáis usar 6 
uséis el dicho oficio de nuestro Capitán general é 
Gobernador, así por mar como por tierra, por vos ó 
por vuestros lugares tenientes...» — Fernández de 
Navarrete, Colección de los viajes y descubrimientos 
que hicieron por mar los españoles desde fines del si- 
glo XV, tomo III, págs. 337-42. 

Para Maestre de campo se nombró á Hernando 
de Fuenmayor; para Teniente general, á Juan de 
Ayora, cordobés, de gran pericia en las armas; para 
Alcalde mayor, á Gaspar de Espinosa, natural de 
Medina del Campo y recién licenciado en leyes en 
la Universidad de Salamanca; para Alguacil mayor, 
al Bachiller Martín Fernández de Enciso; para Con- 
tador, á Diego Márquez; para Tesorero, á Alonso de 



Pedrarías Dávila — 79 

la Puente; para Factor, á Juan de Tavira; para Re- 
dero mayor, á Juan de Albornoz, y para Veedor de 
las fundiciones, á Juan de Quincedo; y por haber 
muerto éste antes de la partida de la flota, á Gon- 
zalo Fernández de Oviedo. 

Se concedió á Pedrarias Dávila el sueldo anual 
de trescientos sesenta y seis mil maravedises; el 
de cien mil á Hernando de Fuenmayor y el de se- 
tenta y dos mil á Juan de iVyora. Los capitanes 
tendrían cuatro mil maravedises de sueldo al mes, 
los cabos de escuadra tres ducados y dos la clase de 
tropa. 

Tendría, además, Pedrarias cincuenta mil mara- 
vedises para un médico, treinta mil para un ciruja- 
no y treinta mil para un boticario. 

Cincuenta y cuatro mil ducados gastó el Rey en 
esta armada. 

Los expedicionarios, que pasaban de dos mil, sa- 
lieron de Sanlúcar de Barrameda, en veintidós naves 
y carabelas, el 11 de Abril de 1514. 

Acompañaba á Pedrarias su mujer Doña Isabel 
de Bobadilla. 

Con ellos iban Fray Juan de Quevedo, francis- 
cano, que fué el primer Obispo del Darien, y algunos 
religiosos de su Orden. 

La mayor parte de las gentes que llevaba Pe- 
drarias eran de la nobleza. 

El Presidente del Consejo de Indias se había 
puesto de acuerdo con otros Consejeros, como Her- 
nando de la Vega, Palacios Rubios y Zapata, para 



80 — Modesto Pérez — Pablo Ñongues 

discutir y resolver acerca del número de expedicio- 
narios que debían admitirse. 

A más de diez mil hubieran llegado, de haberse 
concedido pasaje á cuantos quisieron intervenir en 
la empresa. 

Y es que por entonces había dispuesto el Rey 
que Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capi- 
tán, fuese á Ñapóles con un ejército en el que se alis- 
tó la mayor parte de la gente de Castilla, especial- 
mente los nobles, y que, habiendo desistido el Mo- 
narca de enviar á Italia á Gonzalo, casi todos los 
que hubieran ido con él suspiraban por figurar en el 
viaje de Pedradas Dávila. 

Ante la marcha á Ñapóles con el Gran Capitán , 
los nobles habían vendido y empeñado sus bienes 
para ataviarse y engalanarse con excesivo lujo. 

En sedas y brocados consumieron el producto de 
la venta y la pignoración de sus haciendas. 

Anhelaban, pues, desquitarse de tan abrumado- 
res dispendios, yéndose con Pedradas nada menos 
que á Castilla del Oro, donde soñaban con que rá- 
pidamente se harían ricos, verdaderos potentados. 

El 3 de Junio de 1514, la flamantísima expedi- 
ción llegó á la isla Dominica. 

Allí, Pedradas Dávila, después de oírlas opinio- 
nes de Fray Juan de Que vedo, de los oficiales y pi- 
lotos, de Enciso y de Rodrigo Enríquez de Colmena- 
res, determinó reconocer la costa de Tierra Firme 
desde el Cabo del Aguja hasta el puerto de Santa. 
Marta. 



Pedrai^ias DdvUa ~ 81 

El 12 de Junio llegaron á dicho puerto. 

Pocas horas después del arribo de los españoles, 
infinidad de indios flecheros, muy envanecidos, apa- 
recieron en la playa. 

El Gobernador dispuso que Juan de Ayora y 
otros capitanes, con tres barcos y cuantas tropas 
cupiesen en ellos, fueran á requerir á los indígenas 
á ñn do que se hicieran cristianos y se redujeran á 
la obediencia del Rey de Castilla. 

Uno de los tres barcos iba mandado por Juan de 
Ayora, otro por Rodrigo de Colmenares, y el terce- 
ro por Gonzalo Fernández de Oviedo. 

Acompañaba á Colmenares, en concepto de intér- 
prete, un indio que había estado en España. 

Los expedicionarios se aproximaron á los natu- 
rales y les hablaron á grandes voces, «pero en la 
verdad — dice Oviedo en su Historia, — no nos enten- 
dían más que se entendiera un vizcayno en su vas- 
cuence con un tudesco ó arábigo, ó otro más extre- 
mado lenguaje.» 

Como los indios respondieron fué disparando mi- 
llares de flechas con formidable ímpetu, viéndose 
obligado Pedradas á desembarcar con su gente y á 
internarse en el país. 

Algunos indios é indias fueron apresados y otros 
fueron muertos. 

El 30 de Junio llegó la flota á Santa María de 
la Antigua del Darien. 

El nuevo Gobernador había despachado un emi- 
sario á Vasco Núñez, dándole cuenta de su llegada 



82 — Modesto Pérez — Pablo Nougués 

y para que explorase cómo estaban en la colonia los 
ánimos. 

El emisario había oído encarecer las proezas de 
Balboa, y creyó encontrarle sentado en un trono y 
rodeado de magnificencias; pero le encontró en ca- 
miseta, en alpargatas y con zaragüelles, dirigiendo 
á unos indios que cubrían de paja el techo de su 
casa. 

Aseguró Vasco Núñez al comisionado que recibi- 
ría á Pedrarias pacífica y amorosamente; y así lo 
hizo. 

El Gobernador se presentó en Santa María con 
sus huestes en formación y armadas. 

Efusivamente se salud¿iron Pedrarias y Balboa. 
A las pocas horas celebraron una conferencia, en 
la que Dávila dijo á Vasco que el Rey le había en- 
viado á aquella tierra para favorecerle y gratificarle 
por sus extraordinarios servicios. 

Balboa se apresuró á entregar al Gobernador una 
Memoria, en la que le informaba del estado de la co- 
lonia y de sus progresos. 

Tan próspera estaba antes de la llegada do Pe- 
drarias, que üos christianos vivían sin nescesidad é 
tenían aparejo para ser ricos presto». 

Las felicidades se convirtieron en desventuras. 
El hambre y la peste causaron numerosas víctimas. 
«En un hoyo que se /iacz«— afirma el Padre Las Ca- 
sas, — muchos juntos enterraban.» 

Nobles hubo, de aquellos tan majos, tan atavia- 
dos, tan fastuosos, que ofrecieron sus joyas más pre- 



Pedrarias Dávüa — 83 

ciadas y sus vestidos más ricos y llamativos por 
pedazos de tocino y por pedazos de pan, si bien es- 
térilmente, porque ni tocino ni pan había. 

Y noble hubo que, diciendo á voces por las ca- 
lles que se moría de hambre, se murió, en efecto. 

Pedrarias ordenó á Luis Carrillo que fundara 
un pueblo á siete leguas de Santa María de la An- 
tigua. 

También organizó, utilizando enseñanzas y re- 
velaciones de Vasco Núñez, una expedición con cua- 
trocientos hombres, cuyo mando confirió á Juan de 
A y ora. 

El nombrado para dirigirla debió ser Balboa, que 
al verse postergado, se convenció de la malqueren- 
cia que le tenía el Gobernador. 

Recién llegado Pedrarias al Darien, había empe- 
zado á practicar averiguaciones secretas contra Vas- 
co Núñez, cuyos enemigos trataban de imputarle el 
trágico fin de Diego de Nicuesa y exigían que se le 
enviara á España. 

Así lo hubieran logrado si Fr. Juan de Que vedo, 
amigo de Balboa, con quien tenía además negocios 
que iban por buen camino, no hubiera hecho ver á 
Dávila que pues ya se sabía en la Corte el descu- 
brimiento del mar del Sur, más había de perjudicar- 
le que favorecerle la realización de deseos tan ma- 
lévolos. 

Vasco, cuyo proceso seguía tramitándose secre- 
tamente, solicitó del Rey que le consintiera venir á 
España. 



84 — Modesto Pérez— Pablo Nougués 

Don Fernando, influido por el Gobernador, le 
contestó que se quedase en Santa María. 

Estaba Pedrarias temeroso de que Balboa se con- 
quistara el favor de la Corte. 

Pedrarias resolvió alejar á Vasco Núñez, enco- 
mendándole una expedición al Dabaibe, y Balboa 
partió para aquel territorio con cinco barcos y ciento 
noventa hombres. 

El 20 de Marzo de 1515 llegaron á Santa María 
de la Antigua las provisiones reales nombrando á 
Balboa Gobernador de las provincias de Panamá y 
Coiba y Adelantado de la mar del Sur. 

Estos nombramientos molestaron indeciblemente 
á los enemigos de Vasco, en especial á Pedrarias, 
que se negó á entregarlos á su contrincante, y no 
se los hubiera entregado, á no haberle requerido con 
energía, para que lo hiciera, el Obispo Fr. Juan de 
Quevedo. 

Dávila condujo por sí una expedición que des- 
embarcó en un puerto de la costa Norte, donde fun- 
dó un pueblo que recibió el nombre de Acia, que en 
lengua indígena quiere decir huesos de hombres. 

En el mismo año, Francisco Pizarro y Gaspar de 
Morales, cruzando el Darien, llegaron á las orillas del 
mar del Sur, y con canoas y gente que les suminis- 
traron Chiapes y Tamuco, amigos de Balboa, pasa- 
ron á la isla de las Perlas, lucharon varias veces con 
ol cacique Terarequi, y le obligaron á pedir la paz. 

El cacique regaló á Morales y á Pizarro una ces- 
ta de perlas, que pesaron ciento diez marcos. 



Pedrarias Dávüa — 85 

Entre ellas las había como nueces y como ave- 
llanas. 

Una pesó veinticinco quilates y otra treinta y 
uno. 

Esta la compró á Gaspar de Morales, en mil dos- 
cientos castellanos, un mercader llamado Pedro del 
Puerto, quien al día siguiente se la vendió á Pedra- 
rias Dávila, en la misma cantidad que había dado 
por ella. 

Pedrarias se la regaló á su mujer Doña Isabel 
de Bobadilla, que se la vendió á la Emperatriz Doña 
Isabel, esposa de Carlos V; figurando después dicha 
perla entre las más ricas de la Corona de España. 

También en 1515 Gonzalo de Badajoz, por or- 
den de Pedrarias, desembarcó en Nombre de Dios. 

Internándose en el país, arribó á las playas del 
mar del Sur, las costeó, é invadió los dominios de 
varios caciques. 

Venció á uno de ellos, llamado Escoria, atravesó 
el río denominado entonces Escoria y ahora Santa 
María y penetró en la provincia de Parita, cuyo ca- 
cique se llamaba París. 

Badajoz le envió una embajada para que el ca- 
cique escogiese la paz ó la guerra. 

París hizo á Gonzalo un obsequio por valor de 
cuarenta mil pesos. 

Sin embargo, los españoles y los indígenas de 
Parita hubieron de venirse á las manos, y los nues- 
tros adquirieron otros cuarenta mil pesos lo menos. 

París fué herido, mas reunió sus fuerzas, atacó 



86 — Modesto Pérez— Pablo Nougués 

á los españoles y les arrebató todo el oro y todos los 
esclavos que llevaban. 

Gaspar de Espinosa, vengando á Badajoz, obtu- 
vo terribles victorias sobre los indios. 

Sometió al cacique Escoria, y luego de confesar 
y comulgar se dispuso á pelear contra París. 

El 6 de Agosto de 1516, Diego de Albitez, con 
ochenta hombres, acometió á los paritanos, que le 
resistieron durante varias horas. 

La llegada de Gaspar de Espinosa dio el triunfo 
á los españoles. 

Cuando al día siguiente entraron los nuestros en 
la población del cacique, la encontraron reducida á 
cenizas. 

En las inmediaciones del lugar hallaron parte 
del famoso tesoro que Gonzalo de Badajoz había per- 
dido. 

El Gobernador y sus parciales se propusieron 
que el Rey limitase las mercedes otorgadas á Vasco 
Núñez. 

Las banderías se acentuaron y los enconos se 
recrudecieron. 

Por fin se llegó á una inteligencia: Vasco Núñez 
se casaría con Doña María de Peñalosa, una de las 
hijas de Pedrarias Dávila, y pasaría á la mar del 
Sur para hacer nuevos descubrimientos; mas ten • 
dría que resignarse con el título honorífico de Ade- 
lantado. 

Por ninguna de ambas partes fué sincero el con- 
venio. Balboa lo contrajo impelido por las circuns- 



Pedr arias Dávüa — 87 

tancias, y el Gobernador no se propuso sino hacer 
desistir á Vasco de los derechos que le concedían 
las provisiones reales. 

Después de acometer con ochenta hombres la re- 
población de la villa de Acia, el Adelantado se pro- 
puso dar cima á todo lo referente á la construcción 
de la escuadra para descubrir en el mar del Sur. 
De muy mala gana facilitó Pedrarias á su yerno 
los recursos necesarios para la empresa. 

Vasco cortó y labró en Acia la madera precisa 
para cuatro bergantines y se hizo con indios de car- 
ga que, remontando las cumbres de las montañas, le 
ayudaron á transportar hasta el río de las Balsas 
las piezas de las naves. 

Balboa no daba con frecuencia noticias de la 
marcha de sus trabajos, y sus enemigos requerían á 
Pedrarias para que le destituyera. 

Fr. Juan de Quevedo, Vasco Núñez, el Padre 
Las Casas, Gonzalo Fernández de Oviedo y otros 
personajes habían dirigido á la Corte varias acusa- 
ciones contra Dávila, que dieron por resultado el 
nombramiento de D. Lope de Sosa para Gobernador 
do Castilla del Oro. 

Balboa, puesto de acuerdo con Andrés de Valde- 
rrábano, Luis Botello y Hernando Muñoz, encomen- 
dó á Andrés de Garabito que averiguase lo que hu- 
biera de verdad acerca del nombramiento de D. Lope. 
El Adelantado no se proponía sino hacer descu- 
brimientos y conseguir que se le perdonase la falta 
que había cometido por emprender la expedición 



88 — Modesto Pérez— Pablo Nougués 

después de terminarse el plazo de cuatro meses en 
que había de efectuarla, estando firmemente dis- 
puesto á hacerse á la mar antes de que expirase la 
prórroga que para la realización de la empresa le 
había sido otorgada. 

Don Lope de Sosa murió antes de desembarcar 
en las playas del Darien. «E assí como fué su nao 
surgida... é se comen9Ó á vestir para salir en tierra, 
é acabó de dar orden en la manera de su salida á 
tierra, luego expiró, é dio el ánima á Dios, dentro 
de la mar, sin salir á tierra.» — Oviedo. 

Pedrarias,que continuó desempeñando el gobier- 
no, escribió á Vasco Núñez para que fuese á Acia, 
so pretexto de que él iría para ultimar los preparati- 
vos de la armada, y ordenó á Francisco Pizarro que 
marchase á aquella población paraprenderá Balboa. 

Cuando Pizarro se apoderó de él, le dijo Vasco 
Núñez: 

— «¿Qué es esto, Francisco Pizarro? No solíades 
vos antes salir así á recibirme.» 

También fueron presos y sumariados Luis Bote- 
lio, Hernando Muñoz, Andrés de Valderrábano, Her- 
nando de Arguello y Andrés de Garabito. 

Este fué puesto en libertad, por haber confirma- 
do las denuncias que acusaban al descubridor del 
mar del Sur de que pensaba declararse en rebeldía. 

Vasco Núñez, Luis Botello, Hernando Muñoz, 
Andrés de Valderrábano y Hernando de Arguello 
fueron condenados á muerte y ejecutados en Acia, 
que quiere decir, repetimos, huesos de hombres, no 










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Pedrarias Dávila — 89 

se sabe de cierto en qué día; pero, indudablemente, 
entre el 14 y el 21 de Enero de 1519. 

Apenas fué cumplido el severísimo fallo, Dávila 
se trasladó á la mar del Sur, y queriendo borrar la 
memoria de la posesión tomada por Balboa, la tomó 
él de nuevo el 27 de Enero de 1519. 

Estuvieron presentes al acto Andrés de Garabi- 
to, Francisco Pizarro, Andrés de Segovia, Juan 
Tello, Melchor de Ribera, Bartolomé Pimienta (pilo- 
to), Juan de Escobar, Sebastián de Rivadeneira, Juan 
de Mendaño, Bartolomé de Bastidas, Rodrigo de Pra- 
do, Juan Martín, Francisco de Arroyo (canónigo), 
Pascual de Andagoya, Antonio Rubielo y otros 
muchos. 

Pedrarias tomó en su mano derecha una bande- 
ra de tafetán blanco, en la que estaba figurada la 
imagen de Nuestra Señora, hincó las rodillas en el 
suelo, las hincaron también todos los demás que es- 
taban presentes, tañeron las trompetas y «el dicho 
Sr. Teniente general dijo á altas voces: O Madre 
de Dios, amansa á la mar é haznos dignos de estar i 
andar debajo de tu amparo; debajo del que se plega 
descubramos estas mares é tierras de la mar del Sur 
é convirtamos las gentes de ellas á nuestra Santa 
fee católica». — Ahto de posesión que Pedrarias Dá- 
vila tomó en nombre de SS. AA., en la costa del Sur, 
del señorío de aquellas partes. — Colección Muñoz, 
tomo 76, folio 159. 

Diego de Albítez y Tello de Guzmán, en una ex- 
pedición que en 1515 dirigieron, por orden de Pe- 



90 — Modesto Pérez— Pablo Ñongues 

drarias, á las costas del mar Antartico, habían lle- 
gado á un pueblecillo situado en un lugar que los 
indígenas llamaban Panamá. 

Acerca del significado de este nombre se han 
emitido diversidad de opiniones. ¿Se llamaría Pana- 
má el cacique imperante en aquella comarca cuando 
llegaron á ella los españoles? ¿Habría allí algún ár- 
bol que se llamara Panamá? ¿Querrá decir esta pa- 
labra tierra de las mariposas? La opinión que ha 
prevalecido es la de que significa tierra de pescadores. 

Pedrarias resolvió llevar á la práctica una muy 
luminosa idea del inmortal Adelantado, la de poblar 
en el sitio descubierto en 1515 por Guzmán y Albí- 

teZ, «POE SER LO MÁS ANGOSTO DE LA TIERRA DE LA 

UNA Á LA OTRA MAR» y por reunir excelentes condi- 
ciones, que no tenía el Darien, para servir de base á 
las empresas y descubrimientos en el Gran Océano. 

Gaspar de Espinosa, de acuerdo con el Gober- 
nador, fundó á Panamá, en nombre de la Reina Doña 
Juana y de su hijo el Príncipe Don Carlos de Aus- 
tria, el 15 de Agosto de 1519. 

Por Cédula de 15 de Septiembre de 1521, la nue- 
va población fué erigida en ciudad, y se le conce- 
dieron por armas «un escudo en campo dorado; en 
la mitad del ala derecha un yugo i un manojo de 
flechas, pardillo todo con cascos azules y plumas 
plateadas... En la otra meitad dos caravelas... i en- 
cima dellas una estrella en señal del polo antar- 
tico: por orla castillos i leones.» —Colección Muñoz, 
tomo 76, folio 259. 



Pedr arias Ddvila — 91 

Se designaron, concedieron y confirmaron los 
términos de la «Nueva Ciudad de Panamá del Sur 
de Castilla del Oro», «mas por cuanto S. M. piensa 
en el comedio del camino entre las ciudades de 
Panamá i del Darien i las villas de Acla i el 
Nombre de Dios hacer un paso para seguridad i 
comodidad de la contratación, manda se deje 

PARA ELLO UN TÉRMINO REDONDO DE TRES LEGUAS.» 

Muñoz, obra citada, tomo 76, folio. 260. 

«Este lugar (Panamá) — dice Prescott, Historia 
de la Conquista del Perú, pág. 54 — estaba perfecta- 
mente SITUADO PARA EL GRAN OBJETO DE LAS EXPEDI- 
CIONES MARÍTIMAS, Y EL PUERTO, POR SU PÜSICIÓN 
CENTRAL, ERA EL MEJOR PUNTO DE PARTIDA PARA 
ESAS EXPEDICIONES... SlN EMBARGO, EN ESTA NUEVA 
Y FAVORABLE POSICIÓN PASARON ALGUNOS AÑOS ANTES 
QUE EL RUMBO DEL DESCUBRIMIENTO TOMASE LA DI- 
RECCIÓN DEL Perú. Todos los esfuerzos se diri- 
gían EXCLUSIVAMENTE AL NORTE, Ó MÁS BIEN AL 

Occidente, obedeciendo las órdenes del Gobier- 
no, QUE SIEMPRE ANTEPONÍA Á TODO EL DESEO DE 
descubrir un ESTRECHO QUE, SEGÚN SE SUPONÍA, 

debía cortar por algún punto el prolongado 
Istmo. Se hacía armamento tras armamento con 

ESTE quimérico FIN.» 

«El trato DE ESTA CIUDAD ES GRANDÍSIMO I RI- 
QUÍSIMO, PORQUE DE LA COSTA DEL PERÚ ACUDÍAN NA- 
ves cargadas de oro y plata, i de la mar del 
Norte acuden las mercaderías que llevan de 
Castilla las flotas, i se pasan á la ciudad en 



92 — Modesto Pérez— Pablo Nougués 

GRANDES RECUAS QUE SE TIENEN PARA ESTE EFECTO, I 
MUCHA PARTE SE LLEVA POR EL RÍO DE ChAGRE HASTA 

CINCO LEGUAS DE Panamá.» — Herrera, Historia de 
las Indias Occidentales. 

Para facilitar el tráfico entre ambos mares, era 
necesario fundar en la costa del Norte un estableci- 
miento análogo al que acababa de crearse en la 
del Sur. 

Con autorización de los Regidores del Darien, 
confirmada y corroborada luego con más astucia 
política que cordialidad, por Pedrarias, Diego de 
Albítez, con un bergantín y una carabela, marchó á 
la isla, de Bastimentos. 

Al llegar, más tarde, al puerto llamado por Die- 
go de Nicuesa, en 1510, Nombre de Dios, quiso ha- 
cer población; mas el navio en que iba hacía mucha 
agua, y tuvo Albítez que retornar á Bastimentos, 
donde se le hundió el barco. 

Paruracá, señor de aquel territorio, suministró 
á los españoles canoas con que pasaron á Tierra 
Firme. 

El cacique Capira, en cuyos dominios penetra- 
ron, se sometió á Diego de Albítez y le regaló al- 
gún oro. 

Volvió el capitán de Pedrarias á Nombre de 
Dios y asentó un pueblo, con la misma denomi- 
nación, también en 1519, el año en que fué fundada 
Panamá. 

Hechas ambas poblaciones, una en el mar de 
Balboa y otra en el Atlántico, surgía la necesidad 



Pedr arias D avila — 93 

de un camino quo las comunicara sin las dificilísi- 
mas fatigas de atravesar las formidables asperezas 
y contrariedades del Istmo. 

El camino fué abierto, á costa de gigantescos, 
hercúleos trabajos, por orden de Pedrarias Dávila. 

«Pobló Pedrarias el Nombre de Dios i á Pa- 
namá. Abrió el camino que va de un lugar á otro, 

CON GRAN fatiga I MAÑA, POR SER DE MONTES MUY 

ESPESOS I PEÑAS.» — Gomara, Historia de las Indias. 
«En POBLÁNDOSE Panamá i Nombre de Dios, se 

TRATÓ DE ABRIR EL CAMINO POR AQUELLA PARTE, LA 
MÁS ANGOSTA ENTRE LOS DOS MARES, AUNQUE DE AS- 
PERÍSIMAS SIERRAS, ADONDE SE HALLABAN INFINITOS 
LEONES, TIGRES I OTROS FIEROS ANIMALES, I TANTA 
MULTITUD DE MONAS DE DIVERSAS HECHURAS I TAMA- 
ÑOS, QUE CUANDO SE ENOJABAN GRITABAN CON TAN 
GRANDE ESTRUENDO QUE ENSORDECÍAN Á LOS HOMBRES 
I SUBÍANSE CON PIEDRAS Á LOS ÁRBOLES I LAS ARRO- 
JABAN Á LOS QUE SE ALLEGABAN, PERO LAS BALLES- 
TAS CASTELLANAS LAS CASTIGABAN.» — Herrera. 

Recién fundada Panamá, el Licenciado Gaspar 
de Espinosa recorrió las costas occidentales del 
Istmo. 

Al regreso de esta expedición penetró en la pro- 
vincia de Parita. 

Luego, pasó al territorio de Nata. 
Noticioso Urraca, opulentísimo cacique de las 
montañas de Veraguas, de la proximidad de los es- 
pañoles, salió á esperarles belicosamente. 
Se trabó descomunal batalla. 



94 — Modesto Pérez — Pablo Nougués 

Por ambas partes se hicieron derroches de valor, 
aunque con pocas ventajas para los invasores. 

El Licenciado quiso retirarse en secreto. 

No pudo abrirse camino sino á costa de grandes 
trabajos. 

Llegados nuestros compatriotas á las tierras del 
cacique Bórica, innumerables indios pensaron re- 
sistirles, «pero, como vieron los caballos, estimando 
que los habían de tragar, huyeron». 

No tardó Espinosa en volver á Nata. 

Deseaba asentar allí un pueblo por ser «aquella 
tierra... fértil, llana y graciosa», y para que sirviera 
de centro de las operaciones de la guerra que pro- 
yectaba hacer á Urraca. 

Pedrarias otorgó á Gaspar la licencia que le pi- 
dió para fundar la población y, anhelando interve- 
nir por sí mismo en la empresa, le ordenó que fuese 
á Panamá, á fin de conferenciar con él. 

Francisco Compañón quedó en Nata, con cin- 
cuenta soldados y dos yeguas. 

Una noche fué acometido muy vigorosamente 
por Urraca. 

Hernando de Soto y Pedro Miguel dieron cuenta 
al Gobernador del apuro en que Compañón se halla- 
ba, y Pedrarias envió en su ayuda á Hernando Pon- 
ce, que llegó á Nata cuando Francisco se disponía 
á dejar el país. 

Pedrarias, que siempre fué muy activo, no tardó 
en llegar. 

Urraca, aliado con otro cacique llamado Exque- 



Pedrarias Dávila — 95 

gua, le opuso una resistencia tan formidable, que 
Dávila tuvo que apelar á la artillería. 

La victoria, aunque no decisiva, se declaró por 
los españoles. 

El Gobernador castigó también á Bulaba y á 
Musa, jefes indios que habían ayudado mucho al 
señor de Veraguas. 

Después fundó la villa de Nata, hizo reparti- 
mientos de indios entre sus vecinos y, quedando allí 
por lugarteniente á Diego de Albítez, regresó á 
Panamá. 

Desde 1520 hasta 1526 se registraron en el Go- 
bierno de Castilla del Oro otros notables hechos, 
como la exploración, por Hernando Ponce y Bartolo- 
mé Hurtado, de las tierras de Chiriquí; el recorrido 
de la mayor parte de ellas y el arribo á Nicaragua 
por el memorable capitán aviles Gil González; el 
viaje de Pascual de Andagoya por el Oriente del 
Istmo, y la organización, entre Francisco Pizarro, 
Diego de Almagro y Hernando de Luque, como apo- 
derado de Gaspar de Espinosa, de una sociedad para 
descubrir y conquistar el Perú. 

En 1524, Pedrarias, envidioso de los descubri- 
mientos realizados por Gil González en Nicaragua, 
ordenó al capitán Francisco Hernández de Córdoba 
que fuese á poblar en aquella región, á cuyo efecto 
le puso al frente de una armada. 

Córdoba hizo el viaje, y en el estrecho Dudoso 
fundó una villa, á la que puso el nombre de Bru- 
selas. 



96 — Modesto Pérez— Fahlo Nougués 

«A orillas de la Gran Laguna asentó la ciudad 
de Granada, desde donde pasó á la provincia de 
Imabite. 

Llevó un bergantín en piezas, con el cual 
hizo desc0brie, i bajar toda la laguna, i halló- 
le salida á un río, por donde sangra, i no pudo 
navegar adelante el bergantín, por haber mu- 
chas piedras, i dos raudales ó saltos muí gran- 
des; pero confirmáronse en que salía á la mar 
DEL Norte.» — Herrera. 

Sebastián de Benalcázar, en nombre de Francis- 
co Hernández, enteró á Pedradas de todo lo ocurri- 
do en esta expedición. 

«A diez deste mes de Abril de 25 años — escribe 
Dávila al Emperador, — llegó aquí á esta Cibdad de 
Panamá un mensajero de poniente, que mi Teniente 
Francisco Fernández me embió, que se dice Sebas- 
tián de Benalcázar, que se ha hallado en todo lo que 
se ha hecho al poniente, con el qual me escribió e 
hizo saber las cosas siguientes:» 

He aquí algunas de las que Hernández de Cór- 
doba ponía en conocimiento del Gobernador y éste 
en el de Carlos V: 

«La MAR Dulce son dos bocas, i la una tiene 
treinta leguas de ancho, e de la una a la otra 
hai un estrecho por do se sangra, e en medio 

DESTAS DOS BOCAS ESTÁ UNA LAGUNA PEQUEÑA. HAI 
EN ELLA MUCHAS ISLAS POBLADAS. POR ESTA MAR DUL- 
€E SE ECHÓ AL AGUA UN BERGANTÍN... PARA DESCUBRIR 

LA MAR Dulce, con que se bojó toda. Fallóse una 



Pedr arias D avila — 97 

SALIDA DE UN RIO POR DONDE SANGRA, POR EL QUAL 
NO PUDO IR EL BERGANTÍN, PORQUE ES DE MUCHAS PIE- 
DRAS, I VA muí recio, I TIENE DOS MUÍ GRANDES SAL- 
TADEROS, I FUERON POR ÉL EN UNA CANOA, I NO SE 
PUDO SABER Á DO VA Á PARAR. CrÉESE QUE SALE Á LA 

MAR DEL Norte.» — Muñoz, tomo 77, folio 147. 

En el mismo documento le dice el Gobernador al 
Monarca: 

«Entendiendo estoi de hacer navíos i lo ques 
necesario para traer aquí á esta clbdad de pa- 
namá la especería, donde me certifican pllotos 
que la traerán. suplico á v. m , porque los gas- 
tos de acá son müi grandes, i para esto de espe- 
cería es menester ayuda de v. m., me mande favo- 
recer i ayudar para ello.» 

En 1526 fué nombrado Gobernador de Castilla 
del Oro Pedro de los Ríos. 

En 1527, Pedrarias Dávila, siempre con mucho 
predicamento y gran influencia en la Corte^ fué de- 
signado para ejercer la gobernación de Nicaragua. 

Desempeñando Dávila este cargo, y persistiendo 

EN EL AFÁN de FACILITAR LA COMUNICACIÓN ENTRE EL 

MAR DEL Norte y el del Sur, dispuso que los capi- 
tanes Martín Estete y Gabriel de Rojas fueran Á 

DESCUBRIR EL DESAGUADERO DE LA LaGUNA DE NICA- 
RAGUA. 

Rojas y Estete llegaron al cabo de Gracias 
á Dios. 

Encontraron excelentes minas é hicieron po- 
blación. 



98 — Modesto Pérez— Pablo Nougués 

Rojas continuó allí, y Estete retornó á Panamá. 

En 20 de Enero de 1529, Andrés de Cereceda es- 
cribe al Emperador Don Carlos: 

«...Mucho se procuró... que se hiciese la .jorna- 
da DE DESCUBRIR EL DESAGUADERO DE LA LAGUNA DE 

Nicaragua..., que se cree sale á la mar del Norte, 

PORQUE se halle PUERTO PARA QUE ESTA TIERRA SE 
PUEDA SERVIR DE LA MAR DEL NORTE, I POR ALLÍ DE 
GENTE I CABALLOS I LO DEMÁS NECESARIO, I PORQUE 
SE TIENE QUE HAI ALLÁ RICAS MINAS, I ANSÍ SE SABE 

DE Indios que lo sacan: proveyó el Gobernador 

POR CAPITÁN AL DICHO MARTÍN ESTETE, I CON ÉL UN 

CAPITÁN Gabriel de Rojas, muí diestro en las co- 
sas DE LA TIERRA... LlEVÓ GENTE DE PIE E DE CABA- 
LLO, UNOS DIZE QUE CIENTO E CINQUENTA HOMBRES, 
otros que LLEVA DOCIENTOS; POR EL CAMINO QUE VAN 

se cree que saldrán a la mar del norte, junto 
al cabo de gracias a dios, o muí cerca, que será 
mas de cien leguas i aun de ciento veinte destos 
pueblos, porque no llevó el camino derecho del 
Desaguadero, sino por más arriba, para tomar 
MÁS POSESIÓN...» — Muñoz, tomo 77, folios 107-108. 

«A DESCUBRIR EL DESAGUADERO FUERON LOS CA- 
PITANES Martín de Astete e Garbiel de Rojas. 
Este, que es muí platico en la tierra..., está es- 
cribiendo LA RELACIÓN DEL DESCUBRIMIENTO. Yo LE 
encargo HABLE PARTICULARMENTE DE LO QUE DICE 
QUE PODRÁ DAR PUERTO Á ESTA GOVERNACIÓN PARA 
LA MAR DEL NORTE... Es HOMBRE CUERDO I DE BUENA 

RAZÓN.»— El Licenciado Castañeda al Emperador, 



Pedr arias B avila — 99 

desde León de Nicaragua, á 30 de Marzo de 1529. — 
Muñoz, tomo 77, folio 139. 

«Los QUE DESEABAN DAR CONTENTO AL EMPERA- 
DOR, PORQUE LE VÍAN EN CUIDADO DE BUSCAR CAMINO 

PARA LAS Islas de la Especería, decían que pues 

NO SE HALLABA EL ESTRECHO QUE DESEABAN DE LA 

Mar DEL Norte á la del Sur, en la parte que 

MÁS SE IIAVÍA pensado QUE LE HAVÍA, QUE ERA DESDE 

EL Golfo de Urabá hasta el Desaguadero de Ni- 
caragua, QUE se podía hacer PASO DE UNA MaR Á 
otra por una DE QUATRO PARTES: LA PRIMERA, POR 

EL Desaguadero de esta Laguna, por donde suben 
i baxan grandes barcas, aunque hai algunos 
Saltos peligrosos, que, abriéndose Canal por 
aquellas pocas leguas que hai de tierra de la 
Laguna á la Mar del Sur, fácilmente podían 
SALIR Á la Mar Navíos. La segunda, por el Río de 
Lagartos, que llaman de Chagre, que nace á cin- 
co ó SEIS LEGUAS DE PaNAMÁ, LAS QUALES SE ANDAN 

CON Carretas..., i también decían que se podían 
cortar para que la marea subiese por Canal 
hasta el Río. La tercera, por el Río Vera-Cruz 

Á TeCOANTEPEC, por el QUAL traen I LLEVAN BAR- 
CAS de una Mar á otra los de Nueva - España , 
con Mercancías. La quarta, el paso de Nombre de 
Dios á Panamá, en que afirman que, aunque havía 
Sierras, no havía gran dificultad de abrir cami- 
no. Decían también que del Golfo de Urabá á 
S. Miguel no havía más de 25 leguas i que, aun- 
que havría dificultad, era maior la potencia de 



100 — ^fodesto Pérez —Pablo Nougués 
LOS Reies de Castilla, i que con tal paso se 

ESCUSABA LA TERCERA PARTE DE LA NAVEGACIÓN Á 

LA Especería, i se iría siempre por la demarca- 
ción DE Castilla, sin contr adición de nadie, escu- 
sándose muchos trabajos i gastos.» — Herrera. 

* * 

Pedrarias Dávila falleció en León de Nicaragua 
en 1530. 

Gonzalo Fernández de Oviedo afirma «que fué 
hombre templado en el comer y en el regimiento de 
su persona». 

También asegura haberle oído decir que había 
sido paje del Rey Don Jaan II, «el qual murió año 
de mili i quatrocientos i cinquenta i quatro años..., 
por manera que passaron enmedio septenta i seys 
años. Pues pónganse sobre essos los que al letor 
le paresciere que avría este page quando el Rey 
murió, é poco mas ó menos llegarán á los noven- 
ta años». 




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PEDRO DE LOS RÍOS 



CAPITULO VIII 

La venganza de un soldado. — El 
César, en Vitoria.— Caballero y de 
buena casta. - La linmanídad con los 
indios.— Kl trato de la Espece- 
ría^— Un_ov1Ho_d^^ 
carta —El puñal de IMzarro.— Del 
río <1e los Las:artos al mar del 
= =r =^orte y á Panamá. = = = 



NHELoso Gonzalo Fernández de Oviedo 

A de vengar los perjuicios y ofensas que 
creía haber recibido de Pedrarias Dá- 
vila, resolvió venir á España para 
denunciarle ante el Consejo de Indias 
y ante el Emperador. 
Oviedo disimuló sus propósitos. 
Asegurando que iba á Panamá á darle personal- 
mente á Pedrarias las quejas que de él tenía, se em- 
barcó en Acia, el 3 de Julio de 1523. 

Puesto de acuerdo con el maestre de la nave, se 



102 — Mjodfsic Pérez— Pablo Nougués 

dirigió á la isla de Cuba, habiendo llegado el 17 á la 
ciudad de Santiago, donde Diego Velázquez le reci- 
bió y trató afectuosamente. 

De Cuba pasó, tras un viaje muy laborioso, á la 
isla Española. 

Quince ó veinte días estuvo con D. Diego Colón 
en Santo Domingo. 

El Almirante, que había sido llamado por el Mo- 
narca, invitó á Gonzalo para que hiciera en su com- 
pañía la vuelta á la metrópoli. 

El 16 de Septiembre de 1523 salieron de Santo 
Domingo, en la misma embarcación. 

El 5 de Noviembre de aquel año arribaron á 
Sanlúcar de Barrameda. 

El Consejo de Indias se encontraba entonces en 
Burgos. 

A la ínclita ciudad castellana se trasladó Fernán- 
dez de Oviedo, después de breve estancia en Sevilla. 

Los Consejeros y Gonzalo marcharon muy pron- 
to á Vitoria, porque Carlos V residía allí, con moti- 
vo de tener sitiada su Condestable D. Iñigo de Ve- 
lasco la villa de Fuenterrabía, que desde las altera- 
ciones de las Comunidades estaba en poder de los. 
franceses. 

Fernández de Oviedo expuso al César y á los se- 
ñores del Consejo las culpas de que tenía por res- 
ponsable á Pedrarias, y trabajó cuanto le fué posible 
para que fuera removido de la gobernación de Cas- 
tilla del Oro. 

Representaban y defendían á Dávila ante la 



Pedro de los Ríos — 103 

Corte su mujer Doña Isabel de Bobadilla y el Ba- 
chiller Corral, entre otras personas. 

Dos años duraron estos pleitos y diferencias. 

El resultado de tan animada y sostenida lucha 
fué favorable á Gonzalo Fernández de Oviedo, por- 
que el Emperador destituyó á Pedrarias y nombró 
para sucederle á PQdro de los Ríos, «caballero y de 
buena casta», natural de Córdoba. 

En 1526 se le extendieron y entregaron á Ríos 
las correspondientes provisiones reales. 

En ellas se le daban encargos y se le hacían ad- 
vertencias de trascendental importancia. 

El nuevo Gobernador se preocuparía especial- 
mente de la conversión de los indios y de que fueran 
tratados con humanidad. 

También había de asentar poblaciones en luga- 
res sanos y convenientes. 

<.Y PORQUE EL MEJOR MEDIO POR DONDE PARECÍA 
QUE SE PODÍA CONSEGUIR EL TRATO DE LA ESPECERÍA, 
ENTRETANTO QUE SE HALLABA ESTRECHO, ERA HACER 
DOS CASAS, UNA EN LA ClUDAD DE PANAMÁ I OTRA EN 
LA COSTA DEL NORTE, PARA QUE, DESCARGANDO EN 

Panamá la Especería, se pasase en Recuas á la 

CASA DE LA COSTA NORTE, I QUE DE LA MISMA MANERA 
SE LLEVASEN Á PANAMÁ LAS MERCADERÍAS QUE SE HU- 
BIESEN DE LLEVAR Á LAS ISLAS DE LOS MALUCOS..., EN 
LLEGANDO, CON MUCHA DILIGENCIA LO MIRASE I CON- 
SIDERASE, I AVISASE CON BREVEDAD DE LO QUE PARE- 
CÍA QUE SE PODÍA HACER EN ELLO, PLATICANDO CON 

TODOS LOS Oficiales Reales, porque, habiendo par- 



104 — Modesto Pérez— Pablo Nougués 
TiDO CON EL Armada á la Especería García Jofre 

DE LOAISA, I ESTANDO DE PARTIDA CON OTRA SEBAS- 
TIÁN GaBOTO, habiendo luego DE LLEVAR OTRA Sl- 
MÓN DE ÁLCAgOVA SOTOMAIOR, CONVENÍA QUE, SI 

ALGUNAS Naves de esta Armada fuesen á recono- 
cer Á Panamá, las tratase muí bien, i diese todo 
el buen despacho posible, teniendo apercibido el 

PASAGE de las MERCADERÍAS DE UNA MAR Á OTRA.» 

Herrera. 

En trescientos sesenta y seis mil maravedises se 
fijó el salario anual del Gobernador, á quien habían 
de librarse, además, cincuenta mil para un físico, 
treinta mil para un cirujano, treinta mil para un bo- 
ticario, ciento ochenta mil para diez escuderos, tres- 
cientos cincuenta y cinco mil para treinta peones y 
cien mil para un Alcalde Mayor. 

Este cargo fué conferido á Juan de Salmerón, 
«que... era Letrado é sabía el J^erecho é las Leles». 

Pedro de los Ríos salió de España, con dos na- 
ves, una carabela y doscientos hombres, el 30 de 
Abril de 1526. 

Con él iban su mujer doña Catalina de Saave- 
dra y Gonzalo Fernández de Oviedo. 

El 31 de Mayo llegaron á la isla de la Gomera. 

En la Dominica, los indios, caribes y flecheros, 
mataron á dos españoles que se habían aproximado 
á la costa á coger palmitos. 

Con arcos, flechas y grandes bocinas de caracol 
surgieron rápidamente en la playa innumerables 
indios. 



Pedro de los Ríos — 105 

El Licenciado Juan de Salmerón, Diego Gutiérrez 
de los Ríos (sobrino de Pedro), Egas (hermano bas- 
tardo del Gobernador), Gonzalo Fernández de Ovie- 
do y otros caballeros é hidalgos saltaron á tierra 
para hacer frente á naturales tan belicosos. 

Pedro de los Ríos hubiera desembarcado, á no 
haberle disuadido de ello los expedicionarios, pues 
estaba tan grueso que apenas se podía mover. 

Los españoles eran muy pocos. 

Los indios no se pusieron á la distancia necesaria 
para combatir, y nuestros compatriotas volvieron á 
sus naves. 

Al día siguiente prosiguieron su viaje. 

El 30 de Julio de 1526 llegaron al puerto de 
Nombre de Dios. 

Pedro de los Ríos y Juan de Salmerón se posesio- 
naron allí de sus respectivos oficios y supieron que 
Pedrarias había ido á Nicaragua, hacía ya siete me- 
ses, con la inmensa mayoría de sus subditos, tanto 
cristianos como indios. 

El 24 de Agosto Ríos salió de Nombre de Dios, 
con dirección á Panamá, donde había de esperar y 
residenciar á Pedrarias Dávila. 

En la capital de Castilla del Oro escaseaban los 
víveres. 

Pedro dispuso que algunos de sus soldados se 
trasladaran á Nata, población que no estaba tan mal 
surtida. 

El traslado de aquellas Tuerzas no obedeció me- 
nos que á esa razón á la necesidad de combatir á 



106 — Modesto Pérez— Pablo Nougués 

varios caciques de la comarca, que no se daban pun- 
to de reposo. 

El caudillo indígena que más soliviantado estaba 
era Trota. 

El capitán Alonso de Vargas recibió, en Enero 
de 1527, el encargo de pacificarle. 

Pocoa, cacique que había estado encomendado 
en Nata á Pedro de Plasencia, serviría de amigable 
componedor entre los españoles y los indios. 

Plasencia juraba y perjuraba que Pocoa era 
hombre leal y que desempeñaría excelentemente su 
cometido. 

No fué leal, sino traidor. 

Trota y los demás jefes rebeldes dieron muerte al 
capitán Vargas y á diez y ocho ó diez y nueve espa- 
ñoles, habiendo sido el propio Pocoa quien le quitó 
la vida á Pedro de Plasencia. 

Siendo Pedrarias Dávila Gobernador de Castilla 
del Oro, Francisco Pizarro, Diego de Almagro y Her- 
nando de Luque se habían concertado para proceder 
al descubrimiento y conquista del Perú. 

El 14 de Noviembre de 1524, Pizarro salió de 
Panamá con un barco y cien hombres. 

Y habiendo con Don Diego Almagro en firmes lazos 
á un fin común unido el vigor de sus brazos 
y con Fernando Luque que aprontó los dineros, 
en mil quinientos veinticuatro, con cien guerreros 
tras sí, Pizarro en una nebulosa mañana 
de Noviembre, en un barco por la mar Ocóana 
penetró, y en sus ondas dejando blanca huella, 
confióse ciegamente á su propicia estrella. 

(Heredia, Los Conqtiistadores de Oro.) 



''•"'im 




FRANCISCO PIZARRO, Y SU ESPADA 



Pedro de los Ríos — 107 

Almagro le seguiría al poco tiempo. 

Arribó Francisco á la isla de las Perlas, dobló el 
puerto de Pinas y entró en el río Birú, en cuyas in - 
mediaciones sufrieron los aventureros espantosas ca- 
lamidades. 

... Los soldados sufrían cnal precitos 
sintiendo el venenoso picor de los mosquitos 
que el cielo salpicaban con enjambres zumbones, 
é iban con asco hollando el fango do legiones 
do reptiles inmundos y exóticos insectos 
surgían; y veían animales infectos 
con escamosos vientres de crisálidas hartos, 
y con pies retorcidos trepar raros lagartos. 

Y al arribar la noche, en la tierra templada, 
en sus capas tendíanse junto á la ociosa espada, 
sin qiie sus cuerpos flacos tuviesen más sustento 
que la raíz amarga ó que el rojo pimiento. 

Sobre el dormido grupo de aquella heroica gente 
volaban los vampiros como crespón viviente 
y aquellos á quien ellos sus ósculos grababan 
dormían con tal sueño que nunca despertaban. 

(Heredia.) 

Los soldados pedían el regreso á Panamá. 

Pizarro les hizo desistir de su pretensión, hablán- 
doles al amor propio y á la codicia. 

Diego, con una carabela y sesenta ó setenta 
hombres, marchó en busca de Francisco. 

Cuando se encontraron, decidieron que Almagro 
fuese á Panamá para obtener de Pedrarias Dávila y 
de Hernando de Luque recursos con que proseguir 
y llevar á cabo la obra que habían acometido. 

La naciente epopeya hubiera muerto, de no ha- 
ber obligado Luque al Gobernador á consentirla, á 
cambio de mil pesos de oro enjas ganancias que rin- 
diese. 



108 — Modesto Pérez— Pablo Nougués 

Pizarro volvió á Panamá después de otorgar este 
permiso Pedrarias Dávila. 

El 10 de Marzo de 1526, Almagro, Pizarro y Lm 
que extendieron un documento comprometiéndose á 
repartirse el Perú por iguales partes. 

Hernando se administró á sí mismo y adminis- 
tró á sus consocios el Sacramento de la Eucaristía, 
para hacer más solemnes, ñrmes é inquebrantables 
las estipu]aciones. 

Pregonada la expedición, se alistaron en ella 
ciento sesenta hombres. 

Pizarro y Almagro, con fuerzas tan escasas, sa- 
lieron de Panamá en dos naves, llevando por piloto 
á Bartolomé Ruiz, hombre despierto, animoso y ex- 
perimentado. 

Al llegar á la embocadura del río de San Juan, 
se hicieron dueños de un opulento botín. 

Convinieron en que Almagro retornara á la 
capital para atraer gente, Pizarro permaneciera 
cerca del río y el piloto explorase ]a costa hacia el 
Mediodía. 

Francisco se internó en el país. 

En esta marcha sucumbieron muchos españoles. 

Gravísima era la situación de las gentes de Pi- 
zarro cuando volvió á reunirse á ellas Bartolomé 
Ruiz, quien hizo relación de su llegada á la altura 
de la Punta de Pasado. 

a Fué — dice Prescott — eZ primer europeo que, na- 
vegando con este rumbg en el Pacifico, cruzó la linea 
equinoccial.» 




COMUNIÓN CELEBÉRRIMA 



Pedro de los Rios — 109 

Casi á la vez que Ruiz, llegó Diego de Alma- 
gro, que en Panamá había encontrado un eficaz 
auxiliar en Pedro de los Ríos, sucesor de Pedrarias 
Dávila en aquella gobernación. 

Los españoles, reanudando su viaje desde el río 
de San Juan, llegaron á la isla del Gallo, descubier- 
ta anteriormente por Ruiz. 

En la playa de Tacamez intentó resistirles un 
ejército de diez mil indios. 

Atendiendo á lo excepcional de las circunstan- 
cias, se celebró un consejo de guerra. 

Muchas fueron las opiniones favorables al com- 
pleto y definitivo abandono de la empresa. 

Almagro dijo que, sin haber hecho nada, sería 
vergonzoso y ruinoso volver á Panamá. 

— «Mejor es— añadió — vagar como hombres li- 
bres, aunque sea en el desierto.» 

A lo que Pizarro repuso: 

— «Eso es muy cómodo para los que se divierten 
corriendo de una parte á otra.» 

Se enconó la disputa, los capitanes echaron 
mano á las espadas, y hubiera corrido la sangre, de 
no haberles aplacado y reconciliado el piloto Ruiz y 
el Tesorero Ribera. 

Prevaleció el criterio de Almagro. 

Los soldados quedaron muy descontentos al sa- 
ber la determinación de sus jefes. 

Algunos suscribieron una carta pidiendo á las 
autoridades de Panamá que les libertasen de la mi- 
seria y los padecimientos que les devoraban. 



lio — Modesto Pérez— Pablo Nougués 

Esta carta, encerrada en un ovillo de algodón, 
llegó á manos de la mujer de Pedro de los Ríos, Doña 
Catalina de Saavedra. 

Vuelto Almagro á Panamá, en solicitud de re- 
fuerzos, el Gobernador no sólo se negó á complacer- 
le, sino que envió á la isla del Gallo al caballero 
cordobés Juan de Tafur, con terminantes órdenes 
para que Pizarro, sin pérdida de tiempo, regresara 
con sus huestes. 

Pizarro recibió dichas órdenes, y hombre de más 
obras que palabras, sacó su puñal, hizo una raya en 
la arena, de Este á Oeste, y volviéndose hacia el 
Sur, dijo: 

— «Camaradas y amigos: por aquí se va á Pana- 
má á ser pobres; por allí al Perú á ser ricos. Escoja 
el que fuere buen castellano lo que más bien le es- 
tuviere.» 

Y pasó él la raya. 

Trece más la pasaron, uno tras otro. 

«Éstos fuer 071 — dice el cronista Montesinos — los 
trece de la fama.» 

Pedro de los Ríos, al tener noticia de la desobe- 
diencia de Pizarro, se indignó. 

Diego de Almagro y Hernando de Luque le hi- 
cieron al Gobernador tan atinadas consideraciones, 
que terminó por enviar algún socorro al indomable 
capitán extremeño. 

Noticioso Carlos V de que en el cabo de Hondu- 
ras había rivalidades entre capitanes españoles, or- 
denó que fuese á ponerles en paz Diego López de 



Pedro délos Ríos — 111 

Salcedo, sobrino del Comendador Mayor de la Orden 
de Alcántara D. Nicolás de Ovando. 

De Honduras se trasladó Diego López á Ni- 
caragua. 

Llegó á León al mismo tiempo que Pedro de 
los Ríos. 

Ambos presentaron sus provisiones á los Regido- 
res de la ciudad, quienes reconocieron por Gober- 
nador á López de Salcedo. 

«Cuando Pedro de los Ríos partió para Nica- 
ragua, DEJÓ ORDEN AL CAPITÁN HERNANDO DE LA 

Serna i al piloto Corzo, con acuerdo del Licen- 
ciado Juan de Salmerón, su Alcalde mayor, i del 
regimiento de la ciudad de Panamá, que fueran 
Á descubrir el río de los Lagartos, comenzando 

DESDE lo más cerca DE PANAMÁ, tiUE SERÁ COMO SEIS 
leguas, I QUE LLEGASEN HASTA DONDE EL RÍO DESEM- 
BOCA EN LA MAR DEL NORTE. 

I ENTRANDO CON ALGUNA GENTE EN UNA CANOA 
QUE PARA ESTE EFECTO HICIERON, EN SEIS JORNADAS 
QUE ANDUVIERON RÍO ABAJO... HALLARON QUE HABÍA 
VEINTISÉIS LEGUAS DE DONDE SE EMBARCARON, I QUE 
ERA EL RÍO BUENO I CON BASTANTE FONDO PARA NA- 
VEGAR..., I HABIENDO, EL SEXTO DÍA QUE SE EMBARCA- 
RON, SALIDO Á LA MAR, EL PILOTO FONDO, I HALLÓ 
CUATRO Ó CINCO BRAZAS, Á MEDIO TIRO DE PIEDRA DE 
LA PUNTA DEL RÍO, DE BUEN FONDO... I QUE LA ENTRA- 
DA DEL RÍO TENÍA UN TIRO DE PIEDRA DE ANCHO, I QUE 
ENTRABAN EN ESTE RÍO OTROS DOS RÍOS PEQUEÑOS, EL 
UNO DE LA UNA PARTE, Á LA SALIDA DE LA PLAYA, I EL 



112 — Modesto Pérez — Pablo Nougué!i 

otro junto á un ancón pequeño, que se hace junto 
á la mae, i que el río les pareció navegable, para 
poder subir por él navios, doce leguas desde la 
mar, i más adelante canoas i barcas chatas, i que 
podían también pasar á la sirga, por ser las ori- 
llas cómodas para ello..., i que á la banda del 
Nombre de Dios, cinco leguas del río, estaba 
portobelo, que era müi bueno i cómodo, i á seis 
leguas la isla de bastimentos, que tenía buen re- 
paro para los navios que iban de castilla... 

Fueron asimismo el Capitán Serna, Alvaro de 
Guijo i Francisco González, regidores de Pana- 
má, Á RECONOCER LO QUE PODÍA HABER DE LA ClUDAD 

DE Panamá á la parte de este río de los Lagar- 
tos, ADONDE podían LLEGAR BARCOS, I HALLARON 
QUE DESDE LAS ESTANCIAS DEL RÍO GrANDE, DE LA 
CORRIENTE DE PANAMÁ, QUE ES DOS LEGUAS DE ELLA 
POR TIERRA, I POR MAR TRES, PODRÍAN LLEGAR Á 
LAS DICHAS ESTANCIAS BARCOS CON LA MAREA, DESDE 

EL RÍO DE Panamá hasta el de los Lagartos, i su- 
biendo POR ÉL arriba, hasta NUEVE LEGUAS, POCO 
más ó menos, hallaron mucha PARTE DE LA TIERRA 
LLANA, SIN NINGÚN RÍO QUE DIESE ESTORBO, I PARA 
HABER DE SER AQUEL CAMINO PARA EL TRATO DE LA 
MAR DEL Sur CON LA DEL NORTE, SE ADOBARÍA CON 
POCA COSTA, I QUE DESDE LA BOCA DEL RÍO DE LOS LA- 
GARTOS, QUE ES EL QUE AHORA DICEN ChAGRE, EN LA 

MAR DEL Norte, podían subir navios con la marea 

DIEZ LEGUAS, TODO HON DABLE I LIMPIO, I DESDE ALLÍ 
arriba, que es ADONDE LAS BARCAS PODÍAN LLEGAR, 



Pedro de los Rios — 113 

I ADONDE SALIERON CON LA CANOA PARA RECONOCER 
EL RÍO, SE PODRÍA SUBIR AL REMO, CON TRABAJO, I A 
LA VELA EN TIEMPO DE BRISAS; DE MANERA QUE DESDE 
DONDE PUEDEN DAR LAS BARCAS LA CARGA EN LA MAR 
DEL Sur, HASTA DONDE LA PODÍAN RECIBIR LAS DE LA 

MAR DEL Norte, había nueve leguas de tan buen 

CAMINO UUE podían ANDAR CARRETAS. 

Todas e^tas diligencias i otras se hacían bus- 
cando CAMINOS CÓMODOS PARA EL COMERCIO GRANDE, 
aUE SE ESPERABA QUE SE HABÍA DE TENER CON LAS 
ISLAS DE LA ESPECERÍA, QUE, AUNQUE NO PARA ESTO, 
APROVECHARON DESPUÉS PARA EL TRATO DEL PeRÚ. 

De ESTO SE DIO CUENTA AL ReI, I SE PROPUSO 
TAMBIÉN EL CAMINO DE PaNAMÁ A NOMBRE DE DiOS, 
I QUE EN TAL CASO SERÍAN NECESARIAS MUCHAS ACÉ- 
MILAS, I EL Reí RESPONDIÓ POR ENTONCES QUE LO 
MANDARÍA MIRAR I AVISARÍA DE SU VOLUNTAD.» — 

Herrera . 

En el Archivo de Indias de Seviila se conservan 
los originales de los documentos en que se relatan 
la expedición de Hernando de la Serna y Pablo Cor- 
zo, para reconocer el Cluigres, y la de la Serna, Guijo 
y González desde dicho río al mar del Sur. 

Muñoz, en el tomo 78, folio 48, de su Colección, 
inserta el siguiente sabroso resumen de tan áureos 
papeles: 

«HiciÉRONLO (el reconocimiento del Chagres) 
EL Capitán Fernando de la Serna i el Piloto 
OoRgo, DE orden del Lio. Juan de Salmerón, Al- 
calde Mator e Juez de residencia de Castilla 

8 



Í14 — Modesto Pérez — Pablo Nougués 
DEL Oro; de Pedro de los Ríos, Lugarteniente 

GENERAL DE LA MISMA; ArIAS DE AzEBEDO, ALCALDE 
ORDINARIO, I DE LOS REGIDORES DE PANAMÁ, DADA EN 

11 DE Marzo de 1527. Esta fecha trae la instruc- 
ción QUE SE LES DIÓ PARA EXAMINAR CAUCE, ORILLAS^, 
desembocadero, COSTAS A UNA I OTRA PARTE, PRO- 
PORCIÓN DE ABRIGO I SURGIDERO PARA LOS NAVIOS, 
CALIDAD DE LOS INDIOS, I SUS POBLACIONES, ETC. 

Hecha íjna canoa para CoRgo, la echaron al 

AGUA EN 3 DE ABRIL. 

Día 4 FUÉ LA 1.^ jornada, i la 6.^ el día 10, 
(iUE llegaron a la mar a hora de vísperas, i el 
mismo día se sondó la barra o boca del río de 
1 v2 braza hasta 8 largas en baja mar, i en el 
tiempo más seco del año. 

Hallóse el río todo navegable para barcas 
llanas y canoas, si bien en partes se hallaron 
algunos raudales i bastante madera atravesada. 

La BOCA ES ANCHA UN TIRO DE PIEDRA. DeSDE DO SE 
ECHÓ LA CANOA HASTA EL MAR, 25 LEGUAS (NO 26, 

COMO DICE Herrera, IV, 15, que en lo demás va 

BIEN.) Los DOS ríos QUE DICE HERRERA. 

DÍA 11 SE ANDUVO POR LA PLAYA DEL MAR SON- 
DAND(^; HALLÁRONSE A 1 ^¡^ TIRO DE PIEDRA, DE 4 A 5 
BRAZAS BUEN FONDO. HAI JUNTO A LA BOCA, POR LA 

PARTE DE Nombre de Dios, un anconcito capaz de 
UN Na vio. 

HÍZOSE LA BUELTA RÍO ARRIBA EN 8 DÍAS, HASTA 
Dü QUEDAVA la canoa a 2 Va LEGUAS DEL BOHÍO DEL 

Capitán Pizarro e de Dij:go de Almagro. Firman 



Pedro de los Rios — 115 

AQUÍ Feknando de LA Serna=Pablo CoRgo=Mi- 
(íUEL DE Cuesta, escrivano que fué con ellos. 

Después Serna, Guijo, González, haviendo. re- 
conocido LOS CAMINOS hasta LA MAR DEL SuR, SE 

halló que por la del Norte pueden subir los nA: 
víos con la marea hasta 10 leguas río arriba; de 
allí, en barcas, siete (u ocho) leguas, con alguna 
dificultad, ques hasta do quedó la canoa: i que- 
dan 3 leguas de muí buen camino, hasta el mar 
DEL Sur, en que pueden andar carretas. 

Autoriza estos autos, en 2 Setiembre 1527., 
Cristoval Muñoz, Escrivano del número Consejo 

DESTA nueva CiUDAD DE PANAMÁ.» 

Pedro de los Ríos ejerció la gobernación de Cas- 
tilla del Oro hasta 1529. 

Le tomó el juicio de residencia el Licenciad.0 
Antonio de la Gama. 

Según Oviedo, regresó Pedro á España «y no 
volvió más á las Indias*. 

Herrera asegura que estuvo en el Perú con Fran- 
cisco Pizarro; peleó, á las órdenes de Vaca de Cas- 
tro, contra los partidarios de Diego de Almagro, el 
Mozo, en la terrible batalla de Chupas (15 de Sep- 
tiembre de 1542), y por salvar la vida accedió, 
siendo Regidor del Cuzco, á reconocer por Justicia 
Mayor y Procurador General á Gonzalo Pizarro 
cuando éste se aprestaba á declararse en rebeldía 
contra el Virrey Blasco Núñez de Vela, á quien la 



116 — Modesto Pérea-^ Pablo Nougués 

Corona había encomendado la ejecución de nuevas 
y humanitarias Ordenanzas. 

Añade Herrera que Diego Maldonado, el Rico, 
Graspar Rodríguez do Campo Redondo, Alonso de 
Toro y Podro de los Ríos, entre otros, «embiaron á 
decir al Visorrey, con un Clérigo, natural de Madrid, 
llamado Loaisa, que, perdonándoles la culpa que 
tenían, irían luego á su servicio». - ; v ■ r 

En 1547, Diego Centeno, natural de Ciudad-Ro- 
drigo, habiendo obtenido en el Cuzco una insigne 
victoria sobre los Pizarros, nombró capitán de Infan- 
tería á Ríos, que en 20 de Octubre de aquel año lu- 
chó, también bajo la dirección de Centeno, en la ba- 
talla de Guarina, tan desgraciada para los realistas. 

¿Moriría Podro do los Ríos en Guarina? 

A raíz de tan sangrienta jornada, ¿perecería, 
como otros capitanes y soldados, á manos do sus 
enemigos? 





DIEGO LÓPEZ DE SALCEDO 



CAPITULO IX 



El poderío de Es paña. -Melancolía 
y optimismo.- La libertad.— DiseD- 
siones y Juchas.- Uieiro Lór>ez á las 
Higueras — Stlmántica dncet. — Ija 
gobernación nicaragilñnse.— Gabriel 
de Rojas, concjuist ador y buen -sol- 
dado — El Desaffiíatlí'i'o de la 
lauriiiia <!«' la <*iii<lHd «l*^ iiira- 



liada. z:= =z = m 



OR Cédula expedida en Toledo á 20 de 

P Noviembre de 1525, el Emperador 
Carlos V y Doña Juana, su madre, 
nombraron á Diego López de Salcedo 
Gobernador de la provincia y golfo 
de las Higueras. 
Haciendo cotejos con las angosturas presentes, 
infunde melancolía, pero tambión levanta el ánimo 
y le requiere al anhelo de nuevas prosperidades, la 



118 — Modesto Pérez— Pablo Nougués 

reproducción de los términos con que aquellas regias 
prescripciones eran encabezadas: 

«Don Carlos, por la gracia de Dios, Rey de Ro- 
manos é Emperador semper augusto, Doña Juana, 
su madre, y el mismo Don Carlos, por la misma gra- 
cia, Rey de Castilla, de León, de Aragón, de las Dos 
Sicilias, de Jerusalem, de Navarra, de Granada, de 
Toledo, de Valencia, de Galicia, de Mallorca, de Se- 
villa, de Cerdeña, de Córcega, de Murcia, de Jaén, 
de los Algarves, de Algecira, de Gihraltar, de las 
islas Canarias é de las Indias é islas é Tierra Fir- 
me del mar Océano; Condes de Barcelona, Señores 
de Vizcaya é de Molina, Duques de Atenas é de Neo- 
patria, Condes de Ruysellón é de Cerdaña, Marque- 
ses de Oristan é de Gociano, Archiduques de Austria, 
Duques de Borgoña é de Bravante, Condes de Flan- 
des é de Tirol, etc.» 

Hay que exclamar con Macaulay: 

«¡Cómo has caído del cielo, oh Lucifer, hijo de la 
mañana! ¡Cómo te hallas abatido, tú, que arruinabas 
las naciones!» 

Si España llegó á ser tan poderosa, el mismo in- 
signe historiador lo discierne con sagacidad profun- 
dísima, distinguiendo y deslindando la causalidad 
de la coincidencia, aquel poderío y aquel esplendor 
fueron producto, no del absolutimo, porque «los 
gobiernos despóticos— como dice Montesquieu — se 
parecen á esos salvajes, que cortan el árbol para 
coger el fruto», «sino de las antiguas y venerandas 



Diego López de Salcedo — 119 

instituciones de Castilla y Aragón, altamente favo- 
rables á la libertad». 

Teniendo en cuenta que en la provincia y golfo 
de las Higueras había habido disensiones y luchas 
entre Gil González Dávila, Cristóbal de Olí, Fran- 
cisco Hernández de Córdoba, Teniente de Pedrarias 
Dávila, y Francisco de las Casas, cuñado y Teniente 
de Hernán Cortés, con abundancia de prisiones y 
muertes, alteración y despoblación del país y, sobre 
todo, con probabilidades de estorbo en la conversión 
de los indios, Don Carlos y Doña Juana, para reme- 
diar lo pasado y para que en adelante hubiese allí 
paz y justicia, pusieron su confianza en Diego López 
de Salcedo, sobrino del exgobernador de la Isla FJs- 
pañola, D. Nicolás de Ovando. 

Inñuyó en su nombramiento para la gobernación 
de las Higueras la memoria de la persona y de los 
servicios de su pariente. 

En 4 de Septiembre de 1526, la Audiencia de la 
Española dispuso que Diego López marchase, sin 
pérdida de tiempo, á tomar posesión de su cargo. 
Trataría de paz con los indígenas, se conduciría 
con ellos amorosamente y trabajaría en instruirles. 
Que su proceder fuera tal, lo mismo con los natura- 
les del país que con los españoles, que no hubiera 
posibilidad de nuevos alborotos. 

No tardó Salcedo en embarcarse para la villa 
de Trujillo, que gobernaba, en representación de 
Hernán Cortés, Hernando de Saavedra. Apenas ha- 
bía en ella sino partidarios del gran conquistador 



120 — Modesto Pérez— Pablo Nougués 

de Méjico. Además, los indios estaban muy confor- 
mes con Saavedra, porque desconocía la avaricia. 
Y se procuró impedir el desembarco de Diego López, 
creyendo que sus provisiones no serían del Rey, 
sino de la Audiencia de la Española. 

López pudo, no obstante, salir á tierra, y hacien- 
do ver que sus poderes eran reales, fué aceptado 
en su empleo. 

En 26 de Octubre de 1526, reunidos, en la Igle- 
sia de Trujillo, Hernando de Saavedra, Teniente; 
Antonio de Figueroa, Alcalde; Juan Copete, Gas- 
par de Garnica, Pero Laso de la Vega, Diego Mal- 
donado y Francisco Velázquez, Regidores; Juan de 
la Puebla, Alguacil, y Alvaro Carrasco, Escinbano, 
compareció Salcedo, y después de exhibir y ser leí- 
da la provisión que llevaba de los Reyes, fué reci- 
bido por Gobernador, habiendo sido testigos del 
acto Francisco de Cisneros, Alonso de Solís y otros 
muchos. 

Diego López se propuso que fueran castigados 
quienes, á su llegada á las Higueras, habían inten- 
tado resistirle, y prendió y envió á la Española á 
Hernando de Saavedra, Gaspar de Garnica, Pero Laso 
de la Vega, Martín Cortés y Cristóbal de Morales. 

El nuevo Gobernador solicitó de la Audiencia dé 
Santo Domingo un Alcalde Mayor para la adminis- 
tración de la justicia, religiosos para la fundación 
de un monasterio de franciscanos, materiales para 
construir iglesias y ornamentos para aderezarhis 
decorosamente. 



Diego López de Salcedo — 121 

También le consultó si los indígenas habían de 
ser bautizados antes ó después de ser instruidos en 
la fe católica. 

No todos los religiosos opinaban unánimemente 
acerca de tan grave cuestión, que dio lugar á muy 
animadas y duraderas polémicas, y acerca de la 
cual, más adelante, en 30 de Marzo de 1541, el Em- 
perador demandó el parecer del inmortal teólogo y 
catedrático de prima en la Universidad de Salaman- 
ca, Francisco de Vitoria, quien se declaró partidario 
de que el adoctrinamiento en la fe precediera á la 
recepción del bautismo. 

Disgustados los indios de las Higueras con la 
remoción del generoso Teniente de Hernán Cortés, 
ni pagaban á Salcedo tributos, ni le acudían con 
los víveres necesarios, ni sembraban; con lo que 
todos los artículos adquirieron precios elevadísimos. 

Recién llegado Diego López á su gobernación, y 
hallándose entendiendo en resolver tan pavorosas 
dificultades, se presentaron en Trujillo Diego de Al- 
bítez y Sebastián de Benalcázar, Regidores de la 
ciudad de León, con el Escribano Juan de Espinosa, 
para requerir, en nombre de Pedrarias Dávila, á 
Hernando de Saavedra y al Concejo de aquella villa, 
á fin de que se sometieran á la obediencia del Go- 
bernador de C^istilla del Oro. 

Se encontraron con que Salcedo ejercía el man- 
do de las Higueras por nombramiento de la Corona, 
é intentaron volverse; mas Diego López les retuvo 
en Trujillo. 



1^2 — Modesto Pérez— Pablo Nouyués 

Desde allí le escribía Albítez á Carlos V, en 25 
de Diciembre de 1526: «Llegado yo á 4 jornadas 
de esta villa, supe haber llegado Diego López de 
Salcedo,. provisto Gobernador. Y aunque con esto 
■cesara el fin de mi venida, le quise ver i saber sus 
facultades. Llegado, me requirió con sus provisiones, 
que obedecí. Creo fué V. M. inspirado por Dios para 
enviarlo en coyuntura que tales discordias se apa- 
garan... Siendo sobrino del Comendador mayor, que 
tan bien gobernó lo que fué á su cargo en estas 
partes, é crianza i hechura del, acertará en todo, i 
convendría, para evitar discordias, le declarase V. M. 
por su gobernación esto de Higueras, lo de Ulancho 
y las provincias de la costa del Sur, hasta lo de 
Guatimala, que pobló Alvarado.» — Muñoz, tomo 78, 
folios 287-288. 

Diego López acordó pasar á Nicaragua, de don- 
de le llamaban varios vecinos, que querían verse 
libres de la fatigosísima carga de tener que ir á 
Panamá, distante trescientas leguas, para la resolu- 
<5ión de sus diferencias y pleitos. 

Antes de la partida para la provincia nicara- 
güense, hubiera enviado presos á España á Sebas- 
tián de Benalcázar y á Diego de Albítez, si no hu- 
biera decidido utilizarles en el proyectado viaje. 

Con ciento veinte hombres de á caballo. Salcedo 
salió de Trujillo, dejando por Teniente á Francisco 
de Cisneros, persona muy bien reputada. 

El capitán Alonso de Solís, un religioso y alguna 
tropa se adelantaron, por orden del Gobernador, á 



Diego López de Salcedo — 123 

los demás expedicionarios. Al llegar al valle de 
Ülancho fueron acometidos, con lamentables pérdi- 
das, por indígenas, que clandestinamente esperaban 
á los españoles. 

Salcedo, sospechando que Diego de Albítez no 
carecía de culpa en aquella emboscada, le envió 
preso á la Española, y lo mismo hizo con Benalcázar 
y el escribano Espinosa. 

Muy pronto fueron absueltos y libertados los 
tres por la Audiencia de Santo Domingo. 

Cuando Diego López llegó al valle, después de 
una marcha tan difícil y horrible que en ella mu- 
rieron muchos indios de carga, perecieron los pe- 
rros, se despearon los caballos, y las castellanas 
huestes pasaron hambres tan dolorosas que en varios 
días no pudieron comer más que hierbas, tomó san- 
grientas represalias por la derrota inferida á Solís, 
ahorcando á multitud de enemigos. 

Salcedo se detuvo un mes en el valle de Ulancho. 

El 7 de Mayo de 1527 presentó en León sus pro- 
visiones, en cabildo formado por Martín Estete, Te 
niente de Pedrarias; Juan Talavera, Alcalde; García 
Alonso Cansino, Francisco Pacheco, Francisco Nú- 
ñez, Diego Galiano, Diego de Mercado y Pedro Sán- 
chez de Cardeñoso, Regidores; y Diego de Tapia, 
Escribano público y del Concejo. 

Ai día siguiente le recibieron por Gobernador y 
le entregaron las varas. 

Posesionado Pedro de los Ríos de la gobernación 
de Castilla del Oro, Pedrarias Dávila le convenció 



Í24 — Modesto Pérez— Pablo Nougués 

do que debía hacer un viaje á Nicarag^ua, dándole 
por segura la obtención de grandes riquezas. Tam- 
bién le pintó como empresa sin escollos la de apo- 
derarse de la dirección de aquellos dominios. 

¿Procedería Pedrarias de buena fe al dar tan fas- 
cinadores consejos al nuevo Gobernador de Tierra 
Firme? ¿Creería que, mientras él estuvo al frente de 
Casiilla del Oro, capitanes suyos habían conquista- 
do las poblaciones nicaragüenses? ¿Ó se propondría 
alejar de Panamá á Ríos para hacer menos onerosa 
la residencia que éste tenía el encargo de tomarle? 

Lo cierto es que Pedro se embarcó para Nicara- 
gua y que sé presentó en León solicitando ser pro- 
clamado jefe de la provincia. 

Los Regidores de la ciudad celebraron cabildo 
para tratar del asunto. 

Á trescientas leguas estaban de Panamá; era im- 
posible que lo olvidasen. Se habían padecido los sin- 
sabores de tan larga y escabrosa jornada, que, por 
otra parte, exigía lentitudes perjadiciales en el des- 
pacho de los negocios. Tener propio Gobernador re- 
portaría inmensas ventajas. Si Pedro de los Ríos lle- 
vara provisiones del Rey, habría que obedecerlas y 
cumplirlas. Que presentara los títulos en que fun- 
dase su derecho. 

Ríos los presentó; mas determinándose en ellos, 
éon toda claridad, que los límites de su mando ha- 
bían de reducirse á Castilla del Oro, los Regidores 
de León se negaron a reconocerle Gobernador de 
Nicaragua. 



Diego López de Saleedo. — 125 

Y tuvo que volverse á Panamá, desilusionado: 
por no haber podido ensanchar los ámbitos de su 
jurisdicción, pero con los bolsillos reventando de* 
plata, por haber hecho muy buenas ventas. 

En cuanto Diego López se puso en marcha para 
Nicaragua, los más importantes pueblos del distrito 
de TrujUlo se sublevaron, y hubo en aquella villa 
desacatos y alteraciones. Francisco de Cisneros fué 
destituido y preso por los rebeldes. 

Para ver de conjurar estos males, Salcedo nom- 
bró nuevo Teniente en las Higueras á Diego Méndez 
do Inestrosa, y en 20 de Agosto de 1527, en León, 
lo dio las instrucciones á que había de atemperarse., 
En Trujillo fué recibido y acatado Diego Mén- 
dez, pero no tardó en ser depuesto. 

Benito Pulido y Pedro Benítez, Alcaldes; Gonza- 
lo Blas, Alguacil Mayor; Vasco de Herrera, Pero 
García Senxino, Diego Maldonado y Diego Bravo, 
Regidores, se apoderaron de él y nombraron Tenien- 
te á Vasco de Herrera, que cometió, para tener con- 
tentos á los revoltosos que le sostenían, desafueros 
innumerables. 

En el tomo XIV, páginas 384-395 de la Colección 
de documentos inéditos relativos al descubrimiento, 
conquista y organización de las antiguas posesiones 
españolas de América y Oceania, sacados de los arcliir 
vos dd Reino y muy especialmente del de Indias, se 
inserta la instrucción y poder que en 1527 dio el 
Gobernador del Nuevo Reino de León, Diego López 
de Salcedo, á Gabriel de Rojas, «conquistador ó 



126 — Modesto Pérez— Pablo Nougués 

buen soldado, veterano en la Tierra Firme, hombre 
de honra i de expirien9ia..., hombre para confiar 
del todo lo que de buen capitán se debe fiar..., vale- 
roso por su persona é habilidad..., de buena casta, 
é gentil é conversable milite, é buen compañero é 
muy bien partido i liberal» — Oviedo, Historia Na- 
tural y General de las Indias, libro XXIX, capí- 
tulo XXXIII, tomo III, páginas 168-169, — para que 
fuese á descubrir el Desaguadero de una laguna en 
la provincia de 'Nicaragua y para que hiciese una 
población de españoles. 

«....En nombre de Su Magestad, é en mi lugar, 

os ELIJO É proveo DE CAPITÁN, I OS MANDO QUE CON 
LOS CABALLEROS É HIJOS DALGOS É GENTE DE CRISTIA- 
NOS QUE APERCEBIDOS ESTÁN É CON VOS ENVÍO..., VOS 
PARTÁIS I VAIS POR LA VÍA DEL DESAGUADERO DE LA 
LAGUNA DE LA... CIBDAD DE GRANADA... 



«lo que vos el capitán gabriel de kojas ha- 
béis de hacer en el descubrimiento del desagua- 
dero de la laguna de la cibdad de granada, é 
población que vais á hacer, así en lo que toca á 
los cristianos españoles, como naturales de la 
tierra, es lo siguiente: 

• Primeramente, partido que seáis, con ayuda 
DE Nuestro Señor, desta cibdad de León, vos é los 

CABALLEROS É HIJOS DALGOS É OTRAS PERSONAS QUE 
EN VUESTRA COMPAÑÍA VAN Á SERVIR Á Su MaGESTAD^ 



Diego López de Salcedo — 1^1 

seguiréis vuestro camino derecho por la vía del 
Desaguadero de la laguna de la cibdad de Gra- 
nada, POR LA banda del NoRTE... 



Ítem: Que sabéis quánto servicio á Su Mages- 

TAD SE hace con SABER SECRETO É FIN DEL DESAGUA- 
dero de la dicha laguna, si llega á la mar del 
Norte, como porque es una de las cosas de más im- 
portancia QUE POR ACÁ HAY, Y QUE MÁS ACORTARÁ. 
EL CAMINO DE ESTOS REYNOS Á ESPAÑA, Y AUN PARA 
EL EFETO DE LA ESPECERÍA, QUE EN LA BUENA VEN- 
TURA DE Su MaGESTAD TENGO ESPERANZA DE VER 
MUY PRONTO DESCOBIERTA; POR LA PARTE QUE VAIS^, 
TERNÉI8 MUCHO CUIDADO, POR TODAS LAS VÍAS É- MA- 
NERAS QUE PUDIERDES, SOBRE EL SECRETO É FIN DE 
TODO ELLO, MIRANDO Á QUÉ PARTE SALE, É EN QUÉ 
RUMBO É PARTE, É QUÁNTOS GRADOS TIENDE; LO QUAL, 
(50N TODA BREVEDAD, ME HARÉIS DELLO SABIDOR, PARA 
QUE Su MAGESTAD SEA INFORMADO DE LA VERDAD DE 

todo ello, é como príncipe agradescido hos dé el 
premio é el galardón de tan gran servicio é 
aumento de sus rentas, como espero en nuestro 
Señor de vuestra ida haréis. 

Ítem: Por la vía del dicho Desaguadero, á una 

PARTE Y Á otra, PROCURARÉIS DE SABER LAS POBLA- 
CIONES É INDIOS QUE HAY, Y EN LA PARTE QUE Á VOS 
PARESCIERE, JUNTO Á PUERTO DE LA MAR DEL NORTE, 
DONDE PUEDAN SURGIR LOS NAVÍOS QUE Á ELLA VINIE- 
REN, SIN QUE LAS DICHAS MERCADERÍAS QUE TRUXEREN 



128 — Modesto Pérez— Pablo Nougués 

PUEDAN RESCEBIR DAGNO, DONDE CREÁIS QUE Su Ma- 
OESTAD BEA SERVIDO É LOS CRISTIANOS ESPAÍíOLKS 
APROVECHADOS, Y EN LA PARTE QUE MEJOR DISPU8I- 
CIÓN HALLARDES, FUNDARÉIS UNA VILLA, Á LA QUAL 
INTITULARÉIS DEL NOMBRE.» 

Pedrarias Dávila fué nombrado por la Corona 
Gobernador de Nicaragua, y habiéndolo sabido bus 
deudos y amigos de aquella provincia, en la que 
ejercían la casi totalidad de los cargos públicos, pren- 
dieron á Diego López de Salcedo y al capitán Ga- 
briel de Rojas (que aún no había podido emprender, 
por escasez de gente que le acompañara, el viaje 
para descubrir el secreto del Desaguadero de la la- 
guna), y les encerraron en el castillo de León. 

Llegado Pedrarias á su nuevo gobierno, man- 
tuvo encarcelado á Diego López, y no le dio suelta 
hasta que, después de algunos meses, se entendió y 
convino, por fin, con él, por mediación de Diego Al- 
varez Osorio, Diego de Tobilla y varios Regidores. 

En Marzo de 1529, Diego López de Salcedo, muy 
trabajado, malhumorado y triste, regresó á Trujillo, 
donde murió el 3 de Enero de 1530. 




ANTONIO DE LA GAMA 



CAPITULO X 

Juez de residencia.— En la isla de 
San Juan y en Tierra Firme.— Go- 
bernad or interino. — La autoridad, 
aiistera y pura —Protector de los in- 
dios y perseguidor de los holgaza- 
nes.— Santiag-o de los Caballeros.— 
l>e IVoinbre de I>íob, por el 
Cliagfses, Iiasta cerca de Pa- 
iiamá. - La culata de Urabá.— De 
= — Castilla del Oro al Perú. = — 




N la Corte y en el Supremo Consejo de 
Indias se recibieron diversidad de que- 
jas contra Pedro de los Ríos, por cier- 
tos desplantes y atrevimientos en que 
solía incurrir y por el escaso favor 
que había dispensado á los conquis- 
tadores del Perú. 

A consecuencia de tan numerosas denuncias, se 

9 



130 — Modesto Pérez— Pobló Nougués 

ordenó que el Licenciado Antonio de la Gama fuera 
á Castilla del Oro y residenciase á Ríos, á cuyo 
efecto se lo dieron varias instrucciones, una de ellas 
que, terminado el proceso, devolviese al Gobernador 
las varas, que de allí en adelante había de manejar 
con escrupulosa rectitud, dictando y ejecutando dis- 
posiciones de conformidad con las necesidades y 
exigencias del bien público. 

Antes de pasar de la Gama á Tierra Firme, se 
detendría en la isla de San Juan para instruir jui- 
cio de residencia al Gobernador, Regidores, Escriba- 
nos, Fieles, Alcaides, Sesmeros, Procuradores, Al- 
guaciles y dem¿ís autoridades de la colonia. 

De cuantos territorios habían descubierto hasta 
entonces en América los españoles, acaso ninguno 
tan rico como la isla de San Juan. 

Sin embargo, sus pobladores casados eran tan 
pocos, que bien podía temerse que no tardara en 
quedar casi desierta, de lo que seguiríanse para Es- 
paña y para los naturales de aquel país grandes 
perjuicios. 

Carlos V ordenó al Gobernador de San Juan que 
diese providencias en cuya virtud contrajeran matri- 
monio, en el término de dos años, y permanecieran 
en la isla todos los castellanos que en ella estuviesen 
avecindados, á lo que les estimularía con la conmina- 
ción de quitarles los indios que tenían en encomienda. 

Vulnerados y olvidados este y otros imperiales 
preceptos, de la Gama deduciría las correspondien- 
tes responsabilidades á sus transgresoros. 



A nt 07110 de la Gama — IBl 

Así lo hizo; trasladándose después á Castilla del 
Ovo, á residenciar á Pedro de los Ríos. 

Cuando llegó allí, ya había regresado á España 
Juan de Salmerón, que, por diferencias con Pedro, 
había dimitido el cargo de Alcalde Mayor de la pro- 
vincia. 

No hay que decir que Salmerón hizo en la Corte 
nuevas acusaciones contra Ríos. Y como, además, 
no dejaban de llover las procedentes de Tierra Fir- 
me, se mandó á de la Gama que no renovara los 
poderes al Gobernador, que le consintiera y facilita- 
ra, si quisiera emprenderlo, el retorno á la metrópo- 
li, y que él, el Licenciado, se encargase del gobierno 
hasta la provisión de lo que se tuviera por más ven- 
tajoso. 

Revelan un simpático espíritu de humanidad los 
encargos hechos á de la Gama al conferirle interi- 
namente empleo tan importante. 

Su salario sería el mismo que el de su antecesor, 
pero con la condición de que había de carecer de 
todo otro linaje de utilidades. Si al recibir estas ór- 
denes tuviese indios en repartimiento, los renuncia- 
ría. Ya le dotaba ^1 Emperador con una paga deco- 
rosa y le hacía promesa de recompensarle en pro- 
porción á los méritos que contrajese. La autoridad 
debe ser tan austera, tan pura, que en ella se miren 
los subditos. Y lo que la Cesárea Católica Majestad 
se proponía era que el Licenciado se despojase de 
cuantas trabas pudieran estorbarle la administra- 
ción de la justicia. 



132 — JSIodeíito Pérez— Pablo Ñongues 

Fué de la Gama uno de los mejores gobernantes 
de Panamá. 

Privó á muchos pobladores españoles de los in- 
dios que sin derecho y sin piedad explotaban. La 
Corona, preocupada con el buen trato y prosperidad 
de los indígenas, había nombrado Protector de ellos 
al Capitán Alvaro de Guijo. De cómo los protegió 
de la Gama dan clara idea las antipatías que se 
captó, la irritación que produjeron á los codiciosos 
sus disposiciones humanitarias y contundentes. 

Penetrado de que la vagancia es fuente de pobre- 
za y corrupción y de que la buena marcha de la 
república tiene camino anchísimo en los hábitos la- 
boriosos, persiguió y castigó á los holgazanes. 

Para fomentar la exploración de las minas ins- 
tituyó espléndidos premios con que recompensar á 
quienes las descubrieran. 

Sobraban regidores en Panamá, y disminuyó su 
número. Con tan acertada medida evitó confusiones, 
y libró al erario de gastos superfinos. 

La insalubridad del sitio en que Gaspar de Es- 
pinosa, por orden de Pedrarias Dávila, había fun- 
dado, en 1519, la nueva capital de Castilla del Oro, 
sugirió á de la Gama el propósito de trasladarla á 
lugar más conveniente. 

Por Cédula dada en Ocaña, á 31 de Abril de 
1531, se ordenó al Juez de residencia y Gobernador 
interino de Tierra Firme que sobre la mudanza de 
la ciudad de Panamá tomara informes «muchos i 
ciertos» y los enviase. 



Antonio de la Gama — 133 

Había grandes peligros de que los esclavos ne- 
gros de Tierra Firme se sublevasen, y el Licenciado 
io evitó dictando y haciendo cumplir sabias y ad- 
mirables Ordenanzas. 

En 1524 los indios habían destruido á Nata, y 
en 1531 de la Gama mandó reedificar aquel pueblo, 
que recibió el título de ciudad y la denominación de 
Santiago de los Caballeros. 

La ciudad de Panamá hizo llegar á la Corte y al 
Supremo Consejo de Ipdias la exposición de los per- 
juicios que se le irrogaban por tener que conducir 
hasta ella á lomo las mercaderías desde Nombre 
de Dios. 

A causa del mal camino entre ambos puntos, las 
conducciones requerían excesivos desembolsos. 

«... I A VIENDO NECESIDAD DE REPARARLE CONTI- 
NUAMENTE, SERÍA MENOS COSTOSO HACERLE POR EL RÍO 
ChAGRE, por EL QUE SE PODRÍA ANDAR EN BARCAS I 
BERGANTINES HASTA LA BOCA DEL RÍO, I ARIERTO ESTE 
CAMINO PODÍAN PASAR POR ÉL LA ESPECERÍA SIN COSTA 
ALGUNA, PORQUE LO QUE AVÍA DE DICHA CIUDAD (PA- 
NAMÁ) HASTA DONDE LLEGARÍAN LAS BARCAS SE PO- 
DRÍA ANDAR EN CARRETAS.» 

Resultado de estas manifestaciones fué la si- 
guiente Cédula, dada en 12 de Marzo de 1532: 

«La Reyna: Licenciado Antonio de Lagama, 
NUESTRO Juez de residencia de Tierra Firme, lla- 
mada Castilla del Oro. Por parte de la Ciudad 
DE Panamá me ha sido hecha relación que a causa 
del mal camino, lodos i ríos e pasos malos que 



134 — Modesto Pérez— Pablo JSÍougziés 

HAI DESDE DICHA ClUDAD A NOMBRE DE ÜIOS, CON 
MUCHO TRABAJO SE PUEDE NINGUNO ALLÍ SOSTENER^ 
PORQUE UNA ARROBA DE BINO VALE QUATRO I CINCO 
PESOS, I OTROS TANTOS LA DE ACEITE, I UN QUINTAL DE 
JABÓN DOCE CASTELLANOS, I UNA VARA DE PAÑO CINCO, 
I ASÍ AL RESPECTO TODAS LAS OTRAS COSAS, I QUE CADA 
DÍA I A LA CONTINUA HAI NECESIDAD DE REPAROS, I 
QUE SERÍA MUCHO MENOS COSTA HACER EL CAMINO POR 
EL Río DE ChAGRE, PUDIÉNDOSE ANDAR CON BARCAS I 

Bergantines hasta la boca del dicho Río, donde 

MEJOR aparejo SE HALLARE, E QUE, ABIERTO ESTE 
camino, PODRÍA PASAR POR ÉL LA líSPECERÍA SIN 
COSTA ALGUNA, PORQUE LO QUE HAI DESDE LA DICHA 
CIUDAD HASTA DONDE PUEDEN LLEGAR LAS BARCAS SE 
PUEDE ANDAR CON CARRETAS; E ME FUÉ SUPLICADO 
MANDASE PROVEER ACERCA DE ELLO COMO MAS MI SER- 
VICIO FUESE E BIEN DE AQUESA TIERRA. POR ENDE YO 
VOS MANDO QUE, LUEGO QUE ESTA RECIBÁIS, OS INFOR- 
MÉIS E SEPÁIS, POR TODAS LAS VÍAS QUE SE PUEDA, 
CÓMO E DE QUÉ MANERA LO SUSODICHO PASA, E ME EM- 
BIEIS VUESTRO PARECER DE LO QUE EN ELLO CONVIENE 
QUE SE HAGA, PARA QUE, POR NOS VISTO, MANDEMOS- 
PROVEER SOBRE ELLO LO QUE MÁS CONVENGA A NUES- 
TRO SERVICIO E BIEN DE ESA TIERRA; E NO FAGADES 

ENDE AL. Fecha en Medina del Campo, a 12 días 

DEL MES DE MaRZO DE MIL E QUINIENTOS TREINTA I 

dos Años.— Yo la Reyna.» 

En 1533 los panameños volvieron á solicitar que 
se hiciese el camino de Nombre de Dios á Panamá 
por el Chagres. 



Antonio de la Gama -— 135 

También pidieron que «pudiéndose navegar 
DICHO Río CON Barcas o Bergantines, se sirviese 

S. M. MANDAR QUE LA CIUDAD DEL NOMBRE DE DiOS 
SE PASASE CERCA DE LA BOCA DEL RÍO». 

Y nuevamente se prescribió al Licenciado que 

«81 EL Río SE PODÍA HACER NAVEGABLE SIN DAÑO AL- 
GUNO, COMO PROPONÍA LA ClUDAD, PROVEYESEN QUE 

LA DEL Nombre de Dios se trasladase cerca del 

Río, AL SITIO QUE MEJOR LES PARECIESE, I QUE EMBIA- 
SEN, EN LOS PRIMEROS NAVÍOS QUE PARTIESEN DE 
AQUELLA TIERRA PARA ESTOS REINOS, RELACIÓN DE 
LO QUE HICIESEN, PARA QUE, EN SU VISTA, SE PROVE- 
YESE LO CONVENIENTE». 

El Licenciado de la Gama á la Emperatriz, desde 
Nombre de Dios, á 22 de Febrero de 1533: 

«Se llevan ya Mercaderías desde aquí a Pa- 
namá, POR EL RÍO DE ChAGRE, E DESCARGAN 6 LEGUAS 

DE Panamá. Verelo todo por vista de ojos, i se 

ASENTARÁ COMO CONVENGA. SlN DUDA SERÁ MUÍ GRAN 
COSA, I SE EXCUSARÁ MUCHA COSTA, PORQUE ES INCOM- 
PORTABLE LO QUE SE GASTA EN ESTE CAMINO PARA QUE 
SE PUEDA ANDAR. Me VUELVO Á PANAMÁ.» MuñOZ, 

tomo 79, folio 305. 

El Licenciado de la Gama á la Emperatriz, desde 
Panamá, á 15 de Mayo de 1533: 

«Cuando recibí la cédula para hacer infor- 
mación I DAR parecer en LO DEL ChAGRE, YA CIER- 
TOS MARINEROS HABÍAN TRAÍDO POR ÉL ALGUNAS MER- 
CADERÍAS HASTA UNAS ESTANCIAS 5 LEGUAS DE AQUÍ. 
Fui A VERLOS CON REGIDORES I OTROS. LUEGO BOLVÍ 



136 — Modesto Pérez — Pablo Nougués 

POR TIERRA A VER EL CAMINO HASTA DO DEJÉ SEÑALA- 
DO EL DESEMBARCADERO... LaS DOS SIERRAS QUE AVÍA 
EN EL CAMINO DE NOMBRE DE DiOS A ESTA, LLAMADAS 
CaPIRA i del BiAL, do morían MUCHAS BESTIAS E AUN 
GENTE, ESTÁN YA DERECHADAS E NO SE PASAN, PUES 
DESQUE VINE MANDÉ PONER A ELLO NEGROS; MAS, AN- 
DÁNDOSE EL ChAGRE, se excusan GASTOS SIN ADERE- 
ZAR DICHO CAMINO.» — Muñoz, tomo 79, folio 309 
vuelto. 

El Licenciado de la Gama á la Emperatriz, desde 
Panamá, á 28 de Julio de 1533: 

«Segunda vez he ido con los Regidores a re- 
conocer EL CAMINO, desde EL DESEMBARCADERO DEL 
ChAGRE, QUE YO SEÑALÉ, I SE LLAMA DE LAS CrUCES, 
HASTA ESTA ClUDAD; ES MUÍ BUENO, I SERÁN A LO MÁS 

4 V2 LEGUAS. Se andará muí bien en carretas; YA 
cada día vienen barcos desde nombre de dios con 
Mercaderías, i he mandado hacer casa do se reco- 
jan.» — Muñoz, tomo 79, folio 305 vuelto. 

El reconocimiento del camino desde Panamá al 
desembarcadero del Chagre lo acordaron, en 22 de 
Febrero de 1533, Antonio de la Gama, Pascual de 
Andagoya, Juan de Velasco, Alvaro de Guijo, Tori- 
bio Montañés, Juan de Castañeda y el tesorero Je- 
rónimo Martel, y lo principiaron en 10 de Marzo del 
mismo año. 

Los caciques y los indios de la culata y golfo do 
Urabá estaban irritados y alzados, á consecuencia 
de perjuicios que habían recibido de algunas flotas 




Los descubridores y conquistadores españoles del siglo xvi, que 
tanto pensaron y trabajaron ya en la resolución del problema ingen- 
tísimo de la comunicación interoceánica, si fueron pródigos en ha- 
zañas guerreras, también hicieron luminosas demostraciones de 
energía intelectual, echando los cimientos de la maravillosa obra 
que acaba de llevar á término la gran República norteamericana é 
inmortalizando, más aún por el espíritu que por el material esfuerzo, 
la influencia hispánica en el Nuevo Continente, abierto á la victo- 
ria de los más fecundos adelantos y las más bellas idealidades. 

Poner de relieve aquellas concepciones y aquellas proezas, his- 
toriarlas y cantarlas, es labor de patriotismo insigne, de entrañable 
compenetración hispano-americana, y venero de estímulos para otras 
empresas y otras glorias, ya que es á base de tradición progresiva 
como hay que elaborar nuevas edades de oro. 



■"-^^^C^ ^J^ '^^^.^íZ^'^y </^ 



Antonio de la Gama — 137 • 

procedentes, en su mayoría, de la provincia de San- 
ta Marta. 

El capitán Julián Gutiérrez, por orden de Anto- 
nio de la Gama, fué á pacificarles y les devolvió 
parte de los prisioneros que les habían sido hechos. 
Otro viaje hizo Gutiérrez por mandato del Licen- 
ciado y reintegró á los urabaes cuantos indios é in- 
dias de los conducidos á Castilla del Oro les queda- 
ban por recuperar. 

Para los caciques fué portador de varios obse- 
quios; con lo que se proponía facilitar la corrobora- 
ción y afianzamiento de su amistad y alianza. 

Los señores del país recibieron y aceptaron cor- 
dialmente las pacíficas proposiciones del Capitán, y 
tres de ellos por sí, y en representación de los demás, 
fueron con numerosa compañía á la villa de Acia 
para visitar á de la Gama y holgarse y divertirse 
allí. 

Diez días duraron las fiestas que la famosa villa 
celebró en honor de los visitantes. 

Al regresar á su país, Gutiérrez escoltó á los ura- 
baes, de los que era muy amado. 

En 3 de Diciembre de 1532 Antonio de la Gama 
se dirigió á la Corona, asegurando que para la con- 
tratación con los naturales de Urabá nada convenía 
tanto como hacerla por medio de Gutiérrez y enca- 
reciendo las ventajas de que hubiera entre aquéllos 
indígenas, para evitarles nuevos daños de los navios 
que arribaran á su territorio, no solamente algunos 
cristianos, sino varias cruces colocadas en sitios al- 



138 — Modesto Pérez— Pablo Ñongues 

tos, en señal de que merecían respeto y buen trato 
por ser amigos del Emperador. 

El Licenciado, convencido de la eficaci? de tan 
previsoras medidas, habíalas puesto en práctica con 
resultado excelente. 

Tan satisfecho estaba de los servicios del Capi- 
tán, que, habiéndose obtenido algún oro de los ura- 
baes, á cambio de mercaderías, aconsejó á la Corona 
que se le diera, incluso el quinto real, y que se le 
otorgaran otras mercedes y recompensas. 

Según cuentas ajustadas en 13 de Diciembre 
de 1532, el gasto de los viajes de .Julián Gutiérrez 
importó cuatrocientos quince pesos, y ascendió á mil 
el oro adquirido por rescates. 

La diferencia entre ambas cantidades fué lo que 
se le dio al diplomático Capitán. 

Coronación de las negociaciones relatadas fué 
la siguiente ley, expedida por el Emperador, en Ma- 
drid, á 16 de Febrero de 1533: 

« Que la culata del golfo de Urabá sea de Tierra 
Firme. — Porque los límites de la provincia de Car- 
tagena comienzan desde el río Grande, que parte en 
términos con la de Santa Marta, hasta el otro río 
Grande que corre por el Golfo de Urabá con setenta 
leguas de costa: Declaramos que la culata de este 
Golfo, donde estaba el cacique Cimaco, toca á la 
gobernación de Tierra Firme.» — Recopilación de le- 
yes de Indias. 

Si el gobernador de Castilla del Oro se desvivía 
por la pacificación de Urabá, era muy otra la con- 



Antonio de la Gama — 139 

ducta de Pedro de Heredia, Gobernador de la pro- 
vincia de Cartagena, que, pretendiendo extender su 
jurisdicción hasta el río Grande del Darien, se mal- 
quistaba con los panameños y con los urabaes. 

En una carta fechada en Panamá, á 15 de Mayo 
de 1533, de la Gama exponía á la Emperatriz doña 
Isabel fuertes desconfianzas respecto al proceder de 
Heredia. 

Noticias curiosísimas contiene este documento, 
como la de que Julián Gutiérrez se entendió con los 
urabaes para ajustar las paces por medio de una in- 
dia que desde niña se había criado con él, muy en- 
tendida, buena cristiana y parienta de los principa- 
les caciques, con la que se casó á ruego del Gober- 
nador. 

Gaspar de Espinosa le escribía á Carlos V desde 
Panamá, en 10 de Octubre de 1533: 

«Lo de la culata de Urabá pretende Heredia, i no 
conviene por aora sacar este resgate de la mano de 
Julián Gutiérrez... Es menester tomar algún asienta 
en aquello: es ijn pasage por donde se dará en esta 

MAR del sur muí brevemente, ESPECIALMENTE POR 

EL RÍO Grande, que se dice San Juan, e el rio de 
LAS Redes, questá en la misma culata.»— Muñoz, 
tomo 79, folio 307. 






En Diciembre de 1533 Antonio de la Gama fué 



14G — Modesto Pérez—Pablo Nougués 

sustituido en la gobernación de Castilla del Oro por 
el Capitán Francisco de Barrionuevo. 

Más adelante, el Licenciado marchó al Perú, don- 
de prestó muchos y meritorios servicios. 




GASPAR DE ESPINOSA 



CAPITULO XI 



A D. Enrique Esperabé Arteaga. 

En Medina del Campo.— Salamanca, 
maestra de las virtudes y de las cien- 
cias^— Klmn^pobre^^ 
tierra.— La bondad de Espinosa.— 
Hermosura y utilidad del Clia^ 
gres. — Palabras prof éticas. — Los 
dineros del Licenciado. — Espinosa 
mnere en el Cuzco.— Lamentaciones 
— — =r — y panegíricos. = = --= = 



ASPAR de Espinosa nació en Medina 

Gdel Campo, en los últimos años del 
siglo XV. 
Estudió Leyes en Salamanca, y 
con tan extraordinario aprovecha- 
miento debió hacerlo que, no bien se 
había licenciado, ya tenía reputación de entendido 
jurisconsulto. 



142 — Modesto Pérez— Pablo Nougués 

En 1514, cuando acababa de salir de la Univer- 
sidad, fué elegido Alcalde Mayor de Castilla del Oro, 
al conferirse la gobernación de aquella provincia á 
Pedrarias Dávila. 

Llegados al Darien, Pedrarias le ordenó que re- 
sidenciase al descubridor del mar del Sur, para de- 
ducirle cuantas responsabilidades civiles y crimina- 
les hubiera contraído. 

El Licenciado sumarió á Vasco Núñez y le con- 
denó al pago de numerosas indemnizaciones. 

De las denuncias criminales, como la expulsión 
de Diego de Nicuesa y la de Martín Fernández de 
Enciso, formuladas contra Vasco, Espinosa le absol- 
vió, por encontrarle «á lo menos con no más culpa 
que los otros del pueblo». 

De las resultas civiles del proceso quedó Balboa 
«como el más pobre hombre de la tierra», según so 
le dijo gráficamente á la Corte por encargo del Obis- 
po Fr. Juan de Quevedo. 

No hay que atribuir á malas pasiones de Gaspar 
de Espinosa la aflictiva situación económica en que 
llegó á verse el gran descubridor, sino á los innume- 
rables litigios que á éste le fueron puestos. 

No podían avenirse con la juventud del Licen- 
ciado, con su entendimiento ni con su cultura, las 
persecuciones sistemáticas contra un hombre de cu- 
yos excepcionales merecimientos se dio desde luego 
clarísima cuenta. 

Buena prueba de la rectitud del Alcalde Mayor 
son sus opiniones acerca de la responsabilidad cri- 



Gaspar de Espinosa — 143 

minal de Vasco Núñez, consignadas en carta escrita 
al Rey Católico en 30 de Noviembre de 1514. 

El extracto de esta carta, hecho por la Secretaría 
del Archivo de Indias, lo publica Muñoz en su Co- 
lección ^ tomo 75, folio 336: 

«A S. A., el Lie. Espinosa.— A su cargo está la 
justicia, y consulta algunas cosas; manda S. A. cas- 
tigar los culpantes en descomponer á Enciso, y lo son 
casi todos los que fueron con él. — En lo de Nicuesa 
ha hecho la probanza, y todo el pueblo es culpante, 
pues le llamaron, aunque tuvieran alguna causa 
para resistirle...» 

De pecar el Licenciado, fué por carta de menos, 
por no haber dado curso á todas las reclamaciones 
que se le hicieron contra Balboa. 

En 15 de Noviembre de 1515 le escribía Espino- 
sa al Monarca: «que hacía cuatro meses que había 
enviado la residencia que por mandado de S. A. tomó 
á Vasco Núñez y officiales; que Pedrarias, en aten- 
ción á las necesidades y fatigas que hubo luego que 
fueron allí, acordó disimular y suspender algunos 
pleitos criminales é concejiles entre el Gobernador é 
Vasco Nuñez é otras personas, é que, si diera lugar 
á ello, fuera cosa que nunca se acabara, porque to- 
dos los vecinos travavan pleito» . 

No disimuló Pedrarias espontáneamente, no sus- 
pendió de buena gana procedimientos criminales ni 
concejiles: pretendió que Espinosa decretara, como 
consecuencia de la causa, la prisión do Balboa; á lo 
que el Licenciado se opuso con admirable firmeza. 



144 — Modesto Pérez— Pablo Nougués 

Las disimulaciones y tolerancias del Gobernador 
fueron debidas á la bondad de Gaspar de Espinosa 
y de Fr. Juan de Quevedo. 

Los maliciosos, empezando por Pedrarias, dijeron 
que el Licenciado estaba vendido á Vasco Núñez; lo 
que constituye la mejor demostración de la justicia 
del Alcalde Mayor de Castilla del Oro. 

Suponiendo que hubiera querido venderse, ¿po- 
dría comprarle quien había quedado «como el más- 
pobre hombre de la tierra»? 

* 
* * 

Los españoles que habitaban el pueblo de Santa 
Cruz habían sido muertos por los indios. 

Pedrarias se propuso castigar aquella matanza. 

Para ello y para poner en práctica su pensa- 
miento de fundar dos poblaciones, una en las costas- 
del mar de Balboa y otra en las del Atlántico, salid 
de Santa María de la Antigua, en 30 de Noviembre 
de 1515, con doscientos cincuenta hombres, doce- 
caballos, tres carabelas y un bergantín. 

Pronto tuvo que abandonar la expedición. 

Llegó á la punta de la Aguada, dio el nombre 
de Arias al río que por ella desemboca en el golfo 
del Darien, y continuó el viaje hasta Acia. 

Enfermo, regresó desde allí á Santa María, don- 
de ya se encontraba á fines de Enero de 1516. 

Le sustituyó en el mando de la empresa Gas- 
par de Espinosa, que la acometió con doscientos- 
■hombres. 



Gaspar de Espinosa ~ 145 

Algunos meses antes de que Pedrarias saliera de 
la capital del Darien, Gonzalo de Badajoz, atrave- 
sando los territorios de varios caciques, había llega- 
do á las playas del Océano Pacífico. 

El señor de la provincia de Parita, llamado Pa- 
rís, le hizo al jefe español un regalo de gran impor- 
tancia. 

En vez de aplacar, exacerbó la codicia de los 
conquistadores, que atacaron inesperadamente y de 
noche el campamento de los paritanos y se apode- 
raron de cuarenta mil pesos. 

A cuarenta mil ascendería también el regalo que. 
Íes había enviado el cacique. 

París reunió su gente, acometió á los españoles, 
é hizo en ellos un espantoso escarmiento, causándo- 
les muchas bnjas y quitándoles, no solamente los 
ochenta mil pesos, sino, además, todo el oro y todos 
los esclavos de que se habían hecho dueños desde 
que salieron de Santa María. 

Pedrarias, al saber la derrota de Badajoz, con- 
sintió que Espinosa marcliase á Parita, para recon- 
quistar el tesoro perdido. 

El 6 de Agosto de 1516, la vanguardia del Licen- 
ciado, dirigida por el Capitán Diego de Albítez, lu- 
chó con los indios de París, que le hicieron una resis- 
tencia formidable. 

La llegada de Espinosa decidió la victoria en fa- 
vor de los cristianos, quienes pudieron hallar, en las 
inmediaciones del pueblo del cacique, una parte de 
las anheladas riquezas. 

10 



146 — Modesto Pérez— Pablo Nougués 

El Licenciado dispuso el reconocimiento de algu- 
nos territorios y el de la costa hasta la isla de Ce- 
baco, y con dos mil indios prisioneros y una inmen- 
sa cantidad de oro, regresó á Acia en Abril de 1517. 

Allí encontró á Vasco Núñez «poblando tan en 
forma la villa de Acia, como lo está ésta del Darien, 
é alié mui bien de comer, como lo hallamos en Se- 
villa, i nao ansí mismo para podernos venir á esta 
cibdad, como nos venimos en una noche». 

Estas manifestaciones son otra prueba de que 
el Alcalde Mayor no tenía reparo en hacerle justicia 
á Balboa. 

De haberle querido mal, no le hubiera tributado 
tan fervorosas alabanzas. 

* 
* * 

En 1519, estando para terminar los procesos 
contra Balboa y consortes. Espinosa le dijo á Pe- 
drarias «que viese su señoría si manda va que se re- 
mitiesen á sus Altezas ó á los de su muy Alto Con- 
sejo ó á lo menos el proceso tocante en particular al 
dicho Adelantado Vasco Núñez, atenta su calidad é 
título é dignidad de su persona, ó si mandava quel 
dicho Señor Alcalde Mayor lo vea é determine en 
todo lo que se hallare por justicia sin hacer la dicha 
remisión, ó qué es lo que manda cerca de lo suso- 
dicho». 

Bien patente vuelve á estar la rectitud de Espi- 
nosa, que expone con claridad su parecer de que 



Gaspar de Espinosa — 147 

por lo menos el proceso contra Vasco Núñez debe ser 
enviado á la Corte. 

Pensar y hablar tan juiciosamente, ¿no es lo 
mismo que recordarle á Pedrarias las instrucciones 
que se le dieron, al nombrarle para el gobierno de 
Castilla del Oro, de «usar los oficios de Justicia é su 
jurisdición civil é criminal, así por mar como por 
tierra, quedando de todo ello la apelación para ante 
los del Consejo destos reinos de Castilla, siendo de 
seiscientos pesos ai'riva>y? 

Resalta más el espíritu del Licenciado si se ad- 
vierte que, antes de darse la terrible sentencia, Pe- 
drarias nombró á Espinosa Capitán general de la 
armada de Vasco Núñez, de la expedición que había 
de hacer descubrimientos en la mar del Sur. 

Si el nombramiento hubiera sido posterior al fa • 
lio, pudiera parecer una recompensa. Habiendo sido 
anterior, no cabe interpretarlo sino como una tenta- 
tiva para seducir á Espinosa y estimularle á la in- 
fracción del deber. Tentativa inútil: el Licenciado 
no vaciló, aun provisto Capitán general, en mos- 
trarle á Pedrarias cuáles eran sus obligaciones; no 
tuvo reparo en negarse á dictar sentencia sin previo 
mandato del Gobernador. 






Poco tiempo después de la tragedia de Acia, Pe- 
drarias Dávila marchó al Darien; pero pronto volvió 
á dicha villa con ánimo de fundar una ciudad en 



148 — Modesto Pérez— Pablo Nougués 

las costas del Pacífico, y dispuso que el Licenciado 
fuese á Panamá, que era donde Pedrarias quería 
poblar, por ser lo más angosto de la tierra desde el 
mar del Norte al del Sur, 

Los castellanos, acostumbrados á vivir nómada- 
mente, eran contrarios á que se poblase. 

Pedrarias resolvió dividirlos y fatigarlos, y man- 
dó á Espinosa que, con un navio, algunas canoas y 
ciento cincuenta hombres, volviese á la provincia 
de Parita, en busca del resto del tesoro que aquellos 
indios habían arrebatado, años atrás, á Gonzalo de 
Badajoz. 

Cuando Espinosa y sus gentes llegaron á los do- 
minios de París, el valiente y famoso cacique aca- 
baba de fallecer. 

Creían los paritanos en otra vida después de 
ésta y tenían junto al cadáver de su señor, para 
enterrarlos con él, treinta mil pesos. 

El Licenciado, valiéndose de algunos indios que 
había prendido, hizo comparecer á su presencia al 
heredero de París, tímido jovenzuelo que le regaló 
algún oro. 

El Capitán general retornó á Panamá. 

Pedrarias volvió á requerir á los castellanos para 
que poblasen allí, y como le opusieran nuevas obje- 
ciones y resistencias, les amenazó con devolver á 
los paritanos el tesoro, que había mandado enterrar, 
y con la vuelta á Castilla. «A mí — decía — no me 
faltará de comer allá.» 

Ante estas amenazas desaparecieron todas las 



Gaspar de Espinosa — 149 

dificultades para asentar la población, y Panamá 
fué fundada en 15 de Agosto de 1519. 

En 1520 Gaspar de Espinosa fundó á Nata, en 
una región fértilísima, y el nuevo pueblo le sirvió 
de base para sus campañas contra el cacique Urra- 
ca, que, aliado con otros señores de territorios colin- 
dantes, les hizo á los castellanos una guerra muy 
larga y cruda. 

* 
* * 

En 10 de Marzo de 1526, Francisco Pizarro, Die- 
go de Almagro y Hernando de Luque otorgaron, en 
la ciudad de Panamá, ante el Notario Hernando del 
Castillo y á presencia de los testigos Juan de Panes, 
Alvaro del Quiro y Juan de Vallejo, la celebérrima 
carta de compañía para el descubrimiento y con- 
quista del Perú. 

üíPara hacer la dicha conquista y jornada — dicen 
Pizarro y Almagro — no lo podíamos hacer, por no 
tener dinero y posibilidad tanta cuanta es menester. * 
Y luego añaden: «vos el dicho don Fernando de Lu- 
que nos disteis y ponéis de puesto por vuestra parte 
en esta dicha compañía... veinte mil pesos en barras 
de oro, y de á cuatrocientos y cincuenta maravedís el 
peso... Todos por partes iguales hayamos en todo y 
por todo, así de estados perpetuos que S. M. nos hi- 
ciese merced, en vasallos ó Indios, ó en otras cuales- 
quiera rentas». 

Según esta escritura, fué Luque quien aprontó 



150 — Modesto Pérez— Pablo Nougués 

los fondos para el descubrimiento y conquista del 
Perú. 

La verdad es que Luque no contrató por sí con 
Pizarro y Almagro, ni le pertenecían al memorable 
clérigo, los veinte mil pesos que les entregó, sino que 
intervino en el compromiso de 10 de Marzo de 1526, 
aunque en él no se consignara, como apoderado y 
representante de Gaspar de Espinosa. 

Primero Quintana, en sus Vidas de los españoles 
célebres, y luego Prescott, en su Historia de la con- 
quista del Perú, llamaron la atención acerca de este 
punto interesantísimo; y es necesario llamarla do 
nuevo, ya que se viene repitiendo, y constituye to- 
davía uno de tantos lugares comunes en materia de 
historia, que Luque fué el socio capitalista en la 
empresa del hallazgo y subyugación del imperio 
inca. 

En 6 de Agosto de 1531, el Vicario y Espinosa 
suscribieron en Panamá, ante el mismo Escribano 
Hernando del Castillo y los testigos Alonso de Qui- 
rós, Juan Díaz Guerrero y Juan de Vallejo, un do- 
cumento en el que Luque «cede y traspasa la tercera 
parte que... le toca, en el Licenciado Gaspar de Espi- 
nosa, porque así es verdad que hizo y efectuó la dicha 
compañía y contratos por mandado y comisión del 
señor Licenciado Gaspar de Espinosa, que presente 
está, y los veinte mil pesos de oro de ley perfecta los 
recibió de dicho señor Licenciado y son suyos, y hice 
la dicha compañía con ellos, á su ruego, para él y por 
su mandado». 



Gaspar de Espinosa — 151 

Quintana extractó estas novedades, que mejor 
es llamar revelaciones, de la (^Noticia general del 
Perú, Tierra Firme y Chile, por Francisco López de 
Caravantes, contador de cuentas en el tribunal de 
la Contaduría mayor de las mismas provincias». 

La obra de López de Caravantes está en la Bi- 
blioteca Real do Madrid, y anteriormente estuvo en 
la del Colegio de Cuenca, en Salamanca. 



* * 



Gaspar de Espinosa fué partidario decidido de 
la comunicación interoceánica y la recomendó al 
Emperador Carlos V en memorabilísimas correspon- 
dencias. 

«Al Emperador, el Licenciado Espinosa; Pa- 
TS'AMÁ, 10 Octubre 1533. 

El camino de Nombre de Dios acá, aunque 

€0RT0, ES muí TRABAJOSO. El ChAGRE SE NAVEGARÁ 

Á muí poca costa, i será lo más útil i más hermoso 
del mundo. Serían menester hasta 50 negros que 
anduviesen ordinariamente con sus hachas lim- 
piando los palos i maderas que el río trae con las 
avenidas i desmontando 1 abriendo los montes de 
la ribera. los de nombre de dios querrían que 
esto nunca huviese efeto... son mercaderes allí 
oebados a aquel trato, i les pesa de cualquier 
otro agujero que se abra... diz que se intenta 
VENIR DE Mercadería o de Armada al Perú por el 

ESTRECHO DE St.^ M.^ QUE DESCUBRIÓ MAGALLANES. 



152 — Modesto Pérez— Pablo Ñonguen 
Parece inconveniente abrir otra puerta que ésta 

PARA el mar del SuR, LA QUE FÁCILMENTE TIENE 
CERRADA V. M. La RIQUEZA DEL PeRÚ HARÁ TANTO- 
RUIDO, QUE TODOS LOS PRÍNCIPES DEL MUNDO PONDRÁN 
LOS OJOS EN ELLO. 

Los Indios de las provincias del Perú es gente 
muí diestra en hacer i abrir caminos e calzadas 
e fortalezas, i otros edificios de piedra e tapie- 
ría, e de sacar agua e azequias... los edificios 
dicen que nos hacen mucha ventaja a nosotros. 
Convendría traer 200 Indios de allí con que se 

HARÍAN aquí casas DE CONTRATACIÓN I FUNDICIÓN I 
DE PARTICULARES; SE TRAERÍAN AGUAS MUÍ SANAS A 

ESTA Ciudad enferma, por no ser tales las que 
HAi. Podría hacerse azequia de a(íua del Chagre 

HASTA LA MAR DEL SUR, E QUE SE NAVEGASE. SON 
COMO 4 LEGUAS DE TIERRA LLANA.» MuñOZ, tOlIlO 79, 

folios 306-308. 

<íEl Chagre será lo más útil y más hermoso del 
mundo.» 

¿No son proféticas estas palabras? 

Útil y hermosa sobre toda ponderación es la 
obra que, con el Chaires como base fundamental, 
esencial para ella, ha construido la República Norte- 
Americana, comunicando por el Canal de Panamá 
el Atlántico y el Pacífico. 

«Desmontando i abriendo los montes de la ribera 
del Chagre.» «Podría hacerse azeqnía de agua del 
Chagre hasta la mar del Sur, e que se navegase. j> 

Lo QU6 los yanques han hecho ha sido realizar 












^^ ^t^<^ i.Ji^,.c^^^ ^^j^ 



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Gaspar de Espinosa — 153 

la manera como concibió, á fines del tercio primero 
del siglo XVI, la comunicación interoceánica, un eas- 
tellano insigne, Gaspar de Espinosa, natural de 
Medina del Campo é hijo intelectual de la gloriosí- 
sima Escuela de Salamanca. 

«¡Siempre — como dice D. Enrique Esperabé, — 
asociada aquella ínclita, inmortal Universidad, á los 
más grandes hechos y acontecimientos de la huma- 
na cultura!» 



En 1536 la Corona concedió á Gaspar de Espi- 
nosa la gobernación de Nueva Castilla, desde la pro- 
vincia de Catanez hasta el río San Juan, en pago 
de los muchos y extraordinarios servicios que había 
prestado en Tierra Firme; y para perpetuar la me- 
moria de ellos le dio por armas un escudo en cam- 
po dorado, en el que habría: un yugo y un manojo 
de flechas, á la derecha, en la mitad del escudo; á 
la. izquierda, dos carabelas; encima, una estrella; 
por orla castillos y leones. 



Insurreccionados los peruanos, en peligro el 
Cuzco y ausente en Chile Diego de Almagro, se 
vio Pizarro en apurada situación. 

Para mejor salir de ella, requirió la ayuda de 
varios amigos. 

Hernán Cortés le envió «con Rodrigo de Grijal- 



154 — Modesto Pérez— Pablo Ñongues 

va, en un propio navio suio, desde la Nueva España, 
muchas armas, tiros, jaeQes, adere90s, vestidos de 
seda i una ropa de martas». — Gomara. 

El Licenciado Gaspar de Espinosa respondió 
también al llamamiento de D. Francisco, y acudió á 
favorecerle, desde Panamá, con doscientos cincuen- 
ta hombres. 

Surgidas, más adelante, gravísimas diferencias 
entre Pizarro y Almagro, por la extensión de sus 
jurisdicciones, se intentó resolverlas por caminos 
de paz. 

Los embajadores de Pizarro, para ese efecto, fue- 
ron Gaspar de Espinosa, Antonio de la Gama, Gui- 
llen Suárez de Carvajal, Diego de Fuenmayor y 
Fermín Rodríguez. 

Espinosa, más interesado que nadie en el arre 
glo pacífico de aquellos pleitos, trabajó cuanto pudo 
para ver de lograrlo, y volvió á demostrar la sin- 
déresis, la prudencia y la habilidad que todos le 
reconocían y admiraban. 

Cuando más podía esperarse de sus gestiones, el 
Licenciado murió, casi repentinamente, en el Cuzco. 

«Murió el LÍ9en9Íado Espinosa, cuya falta se 
cree que hico harto en estos neg09Íos.» — Oviedo. 

«Se formaron ciertos capítulos,. , Por haber ado- 
lecido Espinosa, aguardando que sanase no se fir- 
maban. Murió Espinosa, de que pesó mucho á los 
buenos y deseosos de la paz.» — Herrera. 

«Por desgracia, terminó... la negociación la 
muerte del Licenciado, ocurrida inesperadamente... 



Gaspar de Espinosa — 155 

En la fermentación en que estaban los ánimos, fué 
ésta gran pérdida para ambas partes, porque Espi- 
nosa unía, á la influencia que tienen siempre los 
consejos prudentes y meditados, un interés mayor 
que el de ningún otro en que fueran seguidos.» — 
Prescott. 

«El nombre de Espinosa — agrega el mismo au- 
tor—es memorable en la historia por estar relacio- 
nado desde el principio con la expedición al Perú, 
la cual, á no ser por la oportuna, aunque secreta, 
aplicación de sus fondos, no habría podido entonces 
llevarse á cabo. Había residido mucho tiempo en las 
colonias españolas de Tierra Firme y Panamá, don- 
de desempeñó varios destinos, ya como funcionario 
legal, presidiendo los tribunales de justicia, ya 
como eficaz director en las primeras expediciones 
de conquista y descubrimiento. En tan complicadas 
funciones, adquirió alta reputación de probidad, in- 
teligencia y valor, y su muerte, en la presente crisis, 
fué sin duda alguna el acontecimiesto más desgra- 
ciado que podía sobrevenir al país.» 

«Cuando ya se trataba de formar ciertos artícu- 
los en que unos y otros se habían convenido, adole- 
ció gravemente (Gaspar de Espinosa), y falleció de 
allí á poco. 

Sintiéronlo mucho todos los que deseaban since- 
ramente la paz, porque cifraban en él las esperan- 
zas de conseguirla; sintiéronlo también los que le 
apreciaban por sus prendas personales, que, sin 
duda, eran estimables.» — Quintana. 



156 — Modesto Pérez— Pablo Nougués 

Tales son los principales hechos de la vida estu- 
diantil, judicial, militar, científica, política y diplo- 
mática de Gaspar de Espinosa, que nació en Me- 
dina del Campo y cursó la carrera de Leyes en la 
Escuela de Salamanca. 




FRANCISCO DEBARRIONUEVO 



CAPÍTULO XII 

El cac ique Enriqíiojo.— Catolicismo 
teórico . — El Paternóster y el Ave- 
maria. — A la sombra de un árbol.— 
N nmantino y de buena casta-— 1^» 
II avoga ción por ol <^»iagrow.— 
Kl t'aiial liiterooeáiiioo- — El 
Ufo <;rai ide «lo la ^iagdatena, 
cainiíio para la inai'«lel i^iir. - 
Kl Ducado de Vei agua.— Oti a vez la 
culata de Uiabá.- Documentos no- 



= = = = tables. 



OR Cédula expedida en Medina del 
Campo en 4 de Julio de 1532, la Em- 
peratriz Doña Isabel, ausente de Es- 
paña la Cesárea, Católica y andariega 
Majestad de su primo y esposo el 
Emperador Carlos V, nombró á Fran- 
cisco de Barrionuevo, natural de Soria, Capitán ge- 




158 — Modesto Pérez— Pablo Nouguéü 

neral de las fuerzas que habían de ir á la isla de 
Santo Domingo, para poner término á la guerra que 
desde hacía muchos años venía sosteniendo allí con- 
tra los españoles el cacique Enriquejo. 

En el mismo documento imperial se consigna la 
provisión de Barrionuevo para Gobernador de Cas- 
tilla del Oro: «... é por satisfacer á la suplicación que 
por parte desa isla nos ha sido fecha, habernos acor- 
dado de enviar doscientos hombres destos Reynos, 
é por Capitán dellos á Francisco de Barrionuevo, 
nuestro criado, á quien hemos acordado proveer de 
nuestro Gobernador de Tierra Firme.» 

Enrique, Enriquillo, Enriquito, Enriquejo ó don 
Enrique, que de todas estas maneras le nombran los 
historiadores, había sido educado, en la villa de la 
Vera -Paz, por frailes de la Orden de San Francisco, 
que, además de adoctrinarle y bautizarle, le ense- 
ñaron lectura, escritura y gramática. 

«Es el cacique D. Enrique cristiano bautizado, 
sabe leer é escribir, é es muy ladino, é habla bien 
la lengua castellana.» — Oviedo, Historia Natural y 
General de las Indias, libro V, capítulo IV. 

He aquí cómo le retrata Herrera, Historia de las 
Indias Occidentales, década II, libro V, capítulo I: 
«Era D. Enrique alto i de buen cuerpo, bien propor- 
cionado i dispuesto; la cara no tenía hermosa ni fea, 
pero mostrava gravedad i severidad. Los frailes le 
habían enseñado á leer i á escribir, i bien doctrina- 
do en costumbres, i siempre mostró en sus obras que 
con los religiosos había aprovechado.» 



Francisco de Barrionuevo — 159 

En 1519 D. Enrique era vecino de San Juan de 
la Maguana, cuyo repartimiento de indios había 
heredado un tal Valenzuela. Los naturales del país 
denominaban Bauruco á aquella provincia. 

El cacique se había casado católicamente con 
una india de ilustre prosapia, llamada D * Mencia. 

Valenzuela se apoderó de una hermosa y velocí- 
sima yegua de D. Enrique. 

Otra ofensa más grave le infirió el encomen- 
dero. 

¿Sería D.^ Mencia una bella mujer? ¿Encendería 
con sus encantos los deseos carnales de Valenzuela? 
¿O sería éste tan sensual que su concupiscencia se 
la hiciere de todos modos apetecible? 

Lo que es indudable es que Valenzuela abusó de 
la compañera de D. Enrique. 

Muchos son todavía los que entienden el ejerci- 
cio del poder como el amo de los indios de la villa 
de San Juan de la Maguana. 

D. Enrique, lastimado en su honor y en su ha- 
cienda, tuvo, desde el primer momento, derecho á 
rebelarse. La autoridad que se desmanda deja de ser 
autoridad, se hace indigna de su investidura. 

El pobre cacique preguntó á Valenzuela por qué, 
habiéndole sido fiel, no habiéndole cometido ningu- 
na falta, le había tratado con tan duros rigores. 

Valenzuela respondió con una paliza á las pre- 
guntas de D. Enrique. 

Maravilla la resignación del vejado caudillo. 
¡Cómo debieron arraigar en su corazón las máximas 



160 — Modesto Pérez — Pablo Nougués 

cristianas que en su niñez aprendió en el monasterio 
de la Vera-Paz! 

El catolicismo de aquellos tiempos, más aún que 
el de los actuales, era predominantemente teórico. 
Bastaba con la creencia. Lo trascendental, lo salva- 
dor, no eran las obras, sino la fe. 

D. Enrique, cristiano nuevo^ agotando los proce- 
dimientos pacíficos, y aumentándose, al agotarlos, 
los sinsabores, practicaba la fe, la vivía. 

El cacique acudió á Pedro de Vadillo, Teniente 
de Gobernador en San Juan de la Maguana, para 
que le hiciera justicia. Vadillo le amenazó con cas- 
tigarle si le volvía con acusaciones contra Valen - 
zuela. 

¿Dónde encontraría D. Enrique remedio? La Au- 
diencia de Santo Domingo, ¿había de hacer los oídos 
largos á sus lamentaciones y demandas? 

A los jueces de la capital de la Española, á las 
más altas representaciones del poder imperial en 
ella, se dirigió. 

Aquellas encumbradas autoridades no quisieron 
llamar al orden á las de la villa de San Juan, y se 
limitaron á entregarle, sin más reparaciones, una 
carta de favor para Vadillo. 

Cuando el Teniente de Gobernador recibió la 
carta, fué cuando tuvo para el desdichado cacique 
más crueles tratos. Y desde entonces observó con él 
Valenzuela más abominable conducta. 

D. Enrique apeló, transcurridos muy pocos me- 
ses, al único recurso que le quedaba: huir de sus 



Francisco de Barrionuevo — 161 

opresores é internarse en las escabrosas é intrinca- 
das sierras del Bauruco. 

Durante tres años, los colonos de la isla de San- 
to Domingo fueron perseguidos, molestados y con 
frecuencia castigados terriblemente. 

En todas las bocas andaban el nombre de Enri- 
quillo y el de sus guerrilleros, y en todos los cora- 
zones el sobresalto que infundían. 

El cacique, por su voluntad, hubiera permaneci- 
do á la defensiva. Únicamente el temor de quedarse 
abandonado y desamparado le obligó á consentir 
que gentes suyas ejecutaran en los españoles trági- 
cos escarmientos. Los indios de D. Enrique hicieron 
matanzas de cristianos, pero él «siempre mostró en 
sus obras que con los religiosos había aprovechado». 
A diario rezó, aun en los trece años de la rebelión, 
el Paternóster y el Avemaria. 

La inquietud producida por tan prolongado y 
•contundente alzamiento so refleja muy bien en la 
mencionada Cédula de la Emperatriz: «por parto 
desa ciudad é isla é otras personas particulares nos 
ha sido significado de los daños é males que los di- 
chos indios alzados han fecho é hazen en los cristia- 
nos españoles pobladores desa isla é en sus hacien- 
das, é el peligro en que están adelante, si no se re- 
media», 

Por lo que, á pesar de «las grandes necesidades 
que acá hay con las grandes é continuas guerras 
quel Emperador é Rey nuestro señor tiene, en defen. 
«a de nuestra Santa Fe Católica, resistiendo al Gran 



162 — Modesto Pérez— Pablo Noxigués 

Turco, que con tan gran poder viene á la ofender, 6 
las que en defensa de las fronteras de África é otras 
cosas del Estado destos Reynos hay». Doña Isabel 
acordó el nombramiento de Francisco de Barrionue- 
vo para la pacificación de la Española. 

Doscientos hombres irían con él, en la nao impe- 
rial, «bien proveída é vituallada de todo lo nece- 
tario». 

El Viernes veintiuno de Febrero de mil quinien- 
tos treinta y tres presentó Barrionuevo sus provi- 
siones en Santo Domingo ante el Licenciado Alon- 
so de Zuazo, el Doctor Rodrigo Infante, el Licencia- 
do Juan de Vadillo, Oidores de aquella Audiencia, y 
el Escribano Diego Caballero, y aquel día desembar- 
có la gente del Capitán general y fué conducida al 
patio de la Casa de la Contratación. Allí se procedió 
á inventariarla, habiendo resultado que ascendía á 
ciento sesenta y siete hombres, que fueron alojados 
en las posadas del Almirante, del Obispo de Vene- 
zuela, de los Oidores, de los Justicias y Regidores y 
de otros vecinos de la ciudad. 

El 22 de Febrero los Oidores convocaron á las 
personas principales de Santo Domingo para plati- 
car en el negocio de la guerra del Bauruco, y se 
reunieron con dichos Oidores, en la Sala de la Au- 
diencia, el Almirante D. Luis Colón, el Obispo de 
Venezuela, el Maestrescuela D. Alonso de Espejo, el 
Maestro Rojas, el Canónigo Mendoza, el Licenciado 
Gonzalo Vázquez, Gaspar de Astudillo, Veedor, Die- 
go Maldonado, Teniente de Gobernador, Cristóbal 



Francisco de Barrionuevo — 163 

de Santa Clara y Pedro de Medina, Alcaldes ordi- 
narios, Diego de la Peña, Regidor, Lope de Barde - 
ci, Jácome de Castellón, Francisco de Avila, Pero 
López de Ángulo, Alonso de Avila, Gonzalo Hernán- 
dez, Pedro de Talavera y otros vecinos. 

Hubo diversidad de pareceres sobre la grave 
materia discutida, y se nombró una ponencia for- 
mada por Alonso y Franciso Dávila, Lope de Bar- 
deci y Jácome de Castellón, para que por escrito 
recomendasen lo que tuvieran por más ventajoso. 

Los Oidores encargaron al señor Obispo de Vene- 
zuela «que este negocio, como cosa que tanto impor- 
ta, lo encomiende á Dios nuestro Señor, ó se haga 
sobre ello oración particular en su iglesia catedral, 
y lo mismo encomiende á los monasterios desta ciu- 
dad, para que hagan oraciones sobre ello, de mane- 
ra que el suceso é fin que de ello resultare sea ser- 
vicio de Dios nuestro Señor é de su Majestad é bien 
de la tierra». 

Francisco y Alonso Dávila, Bardeci y Castellón 
presentaron á la Audiencia, el 27 de Febrero, el 
informe que se les había encargado, y los Oidores 
resolvieron que Barrionuevo diera también su opi- 
nión acerca de cómo debería hacerse la guerra á 
D. Enrique. 

El Capitán se manifestó partidario de intentar la 
paz antes de dar comienzo á las hostilidades. «Así — 
dijo — me fué encargado por los señores del Consejo, 
porque allá tienen por cierto que será muy más pro- 
vechosa la paz con él que la guerra.» 



164 — Modesto Pérez -Pablo Nougués 

La Audiencia, reunida en 1.° de Marzo, mandó 
que se procediese de conformidad con el dictamen 
del generalísimo. 

A mediados de Abril de 1533 Barrionuevo salió 
del puerto de Santo Domingo, en una magnífica ca- 
rabela, con varios soldados, indios y cuadrilleros y 
con abundancia de víveres. 

Navegando á Occidente y costeando la isla por 
el Sur sin haber encontrado rastro de enemigos, 
llegó á las inmediaciones de la sierra del Bau 
ruco. 

Río Yáquimo arriba halló una estancia de indios, 
que estaba desierta, y varios sembrados; lo que 
daba á entender que no lejos de aquel punto estaría 
el cacique. 

Barrionuevo le envió por un indio una carta di- 
ciéndole que quería hablarlo de parte del Rey. 

Nada volvió á saberse del emisario, y el genera- 
lísimo, con otro guía, treinta soldados y víveres 
para una semana, prosiguió su marcha en busca do 
D. Enrique. 

A los tres días de reanudada la expedición, los 
españoles prendieron á cuatro indígenas, por los que 
se tuvo conocimiento de que el cacique se hallaba 
en la laguna del Comendador, distante de allí ocho 
leguas de muy mal camino. 

Cuando Barrionuevo, después de un viaje muy 
laborioso, arribó á la laguna, se valió do una india 
«que él llevaba, que había estado un tiempo antes 
con el mesmo Enrique y le conocía muy bien», para 



Francisco de Barrionuevo — 165 

comunicarle que le quería entregar en persona una 
carta del Emperador. «... Y entró la india en la la- 
guna dándole el agua hasta la cinta.» — Oviedo, 
libro V, capítulo VIII. 

Por fin, el Capitán español y el jefe indio se en- 
trevistaron, habiéndose recibido y tratado el uno al 
otro con muy corteses y afectuosos miramientos. 

Por la paz venía suspirando D. Enrique, que 
tampoco había sido el provocador de tantos distur- 
bios y calamidades. 

A la sombra de un árbol fueron estipuladas las 
capitulaciones que pusieron remate á la guerra del 
Bauruco. 

Ajustado el convenio, fué inmensa la alegría por 
ambas partes. 

«Bien mostró este Capitán, Francico de Barrio- 
nuevo, ser numantino é de buena casta, y tener la 
experiencia que convenía para acabar este negocio 
tan sabia é prudentemente como se acabó por su 
persona y esfuerzo... Como varón de buen ánimo é 
prudente, dio en su empresa el ñn que he dicho... 
Llamóle numantino porque es natural de la ciudad 
de Soria, la qual yo tengo que es la que los antiguos 
llamaron Numancia.» — Oviedo, id. id. 

«Cuanto al cacique D. Enrique, me parece que él 
hizo la más honrosa paz que ha hecho caballero é 
capitán é príncipe, de Adam acá, y quedó más hon- 
rado que quedó el duque de Borbón en el venci- 
miento y prisión del Rey Francisco de Francia en 
Pavía.» — Oviedo, id. id. 



166 — Modesto Pérez— Pablo Nougués 

Las conmociones y desventuras que hemos his^ 
toriado sumariamente, ¿no encierran una gran en- 
señanza para los directores de pueblos? 

Hay que no sembrar vientos para no tener que 
recoger y disipar tempestades. 

No habiendo ofendido á D. Enrique ó habiéndole 
hecho justicia, se hubiera evitado la rebelión, y has- 
ta hubieran podido ahorrarse las oraciones y roga- 
tivas encomendadas al Obispo de Venezuela. 



La carta que, desde Panamá, le escribió el Li- 
cenciado Gaspar de Espinosa al Emperador, en 10 
de Octubre de 1533, encareciéndole las ventajas de 
hacer «azequia de agua del Chagra hasta la mar del 
Sur», motivó la siguiente imperecedera Cédula real, 
dada en Toledo á 20 de Febrero de 1534: 

«Al Governador e Juez de residencia i Ofi- 
ciales DE Tjerra Firme, N.^ Castilla del Oro. — 
Sabiendo que por el río Chagre se puede nave- 
gar CON CARAVELAS 4 O 5 LEGUAS I 3 O 4 CON BARCAS, 
T QUE ABRIENDO CANAL DESDE ALLÍ HASTA EL MAR DEL 
Sur PODRÍA NAVEGARSE DE UNA MAR A OTRA, JUN- 
TÁNDOSE LA DEL Sur con dicho Río, vos mando que 

TOMANDO PERSONAS EXPERTAS VEÁIS QUÉ FORMA PO- 
DRÁ DARSE PARA ABRIR DICHA TIERRA Y JUNTAR AMBOS 
MARES. EmBIAD PINTURA DE LA TIERRA, MONTES, &, 
DEL COSTO DE LA OBRA, I TIEMPO EN QUE PODRÁ HA- 
CERSE, CON VUESTRO PARECER. ENTENDED CON TODA 



Francisco de Barrionuevo — 167 

DILIGENCIA, COMO COSA QUE TANTO IMPORTA.» Mu- 

ñoz, tomo 80, folio 18. 

De 20 de Febrero de 1534 es también esta otra 
Cédula: 

«Francisco de Barrionuevo, mi Governador 
DE Tierra Firme, i nuestros Officiales i Justicias 
DE LAS Ciudades de Panamá i Nombre de Dios. — Yo 

MANDÉ DAR PARA VOS UNA CÉDULA, FECHA EN MeDINA 

del Campo, 1532, 12 Marzo, en que a pedimento 
DE LA Ciudad de Panamá mandé al Licenciado 
Gama, Juez de residencia ahí, porque a causa de 
LOS malísimos caminos desde Nombre de Dios a 
dicha Ciudad, valían carísimos los mantenimien- 
tos. Sería útil limpiar el Chagre, hacer casa de 
piedra á su boca para cargar i descargar los 
navíos, conducir la carg ación por el río en bar- 
cas hasta distancia de do a panamá se puede 
andar en carretas; cosa de que sobre otras ven- 
tajas vendría gran provecho al tráfico de la 
Especería. Huvo información Gama, i fué a verlo 

ÉL mismo E informó DE SU UTILIDAD; VISTO ANTE EL 

Consejo de Indias a su consulta, nos venimos en 
<iue se haga e hacemos merced de 1.000 p^ vg de 
nuestras rentas, i v3 en sisas de lo que 08 pare- 
CIERE. Si no alcanzaren los mil, embiad informa- 
ción AL Consejo, con la cuenta de lo gastado, 
PARA proveer.» — Muñoz, id. id. 

«Como esta 2.^. providencia es camino para la 

OTRA, quizá se mandaría PONER EN OBRA LA FÁBRICA 
DE LA CASA I LA LIMPIEZA DEL RÍO PARA FACILITAR EL 



168 — Motiesto Pérez — Pablo Ñongues 

TRANSPORTE MIENTRAS SE VEÍA LA TRAZA I MODO DEl. 
CANAL DE COMUNICACIÓN. 

La opinión de Barrionuevo fué que se aprove- 
chase EL curso del río Ch AGRES HASTA DONDE PU- 
DIESEN LLEGAR LAS BARCAS, ACONDICIONÁNDOLE PARA 
LA NAVEGACIÓN Y SALVANDO EN CARRETAS EL TRA- 
YECTO RESTANTE. POR LO DEMÁS, NO DEBIÓ PARECERLE 
BIEN LO DE ABRIR LA COMUNICACIÓN FLUVIAL ENTRE 
LOS DOS MARES, PORQUE EN OTRA CÉDULA REAL DE 

1.° DE Marzo de 1535 se le dice: En servicio os 
tengo el aviso que me dais que os parece convenir 
estorbar que por el estrecho no fuesen ningunos 
navios, porque sería abrir la puerta a los por- 
tugueses i aun a los franceses, e que antes se 
devería poner orden en la guarda del estrecho: 
así he mandado a los del nuestro conse.jo de las 
Indias lo platiquen, para que se provea como máb. 
combenga á nuestro servicio; de lo que en ello 
se hiciere i proveyere os mandaré dar aviso.» — 
Notas de Muñoz, 

De los términos de esta Cédula de 1.*^' de Marzo 
de 1535 no se deduce, como afirma Muñoz, que no 
debió parecerle bien á Francisco de Barrionuevo 
la comunicación ñuvial entre los dos mares. Lo 
que se deduce, sin ninguna violencia, con claridad 
diafanísima, es que Barrionuevo creía que antes 
de abrirse dicha comunicación debería ponerse 
orden en la guarda del estrecho. 

Barrionuevo al Consejo de Indias, desde Nombre 
de Dios, á 20 de Enero de 1536: 



Francisco de Barrionuevo — 16í) 
«En el acarreto de esta Ciudad por la mar 

AL ChAGRE i después RÍO ARRIBA HAI MUCHA RAREZA 

i desorden. convendrá poner obligado i tasa. si 
s. m. hiciese merced de dicho acarreto a esta 
Ciudad de Nombre de Dios i a la de Panamá, pon- 
dríanse arrendador i orden. los provechos po- 
dríanse gastar en obras públicas, empleándose lo 

PRIMERO EN BARCAS PARA EL RÍO...» — MuñOZ, tOmO 

80, folio 256. 

Por este mismo tiempo en que Barrionuevo go- 
bernaba en Castilla del Oro, el problema de confun- 
dir las agruas del mar del Norte y las del mar del 
Sur preocupaba muy hondamente á García de ber- 
ma. Gobernador de la provincia de Santa Marta. 

Al Emperador, García de Lerma, desde Santa 
Marta, 25 Enero 1534: 

«Hice 3 vergantines i una fusta, en los qua- 
le8 i otra cara vela embié á descubrir los secre- 
TOS DEL RÍO Grande con 140 hombres... Pondré 

COMO pueda en obra LO QUE DISPONÍA AL TIEMPO DE 
MI VENIDA, QUE ERA PARTIR PARA LA RAMADA, PACI- 
FICAR I ALARGAR MÁS LA TIERRA CON PENSAMIENTO 
DE JUNTARME AL RÍO GrANDE, I HACER UN PUEBLO 

donde me parezca. espero será muí servido v. m., 
porque se tiene muí averiguado que por este río 
Grande de la Magdalena se descubrirá camino 

PARA LA MAR DEL SUR.» MuñOZ, tOmO 80, foliO 20. 



En Septiembre de 1535 Barrionuevo envió al 



170 — Modesto Pérez— Pablo Ñongues 

Emperador la relación que le había sido pedida de 
Castilla del Oro, «su grandor, las animalías, las de- 
rrotas», y le daba cuenta de que se disponía á par- 
tir para la provincia de Urraca, lindante con la de 
Veragua. 

Según otra carta del Gobernador al Consejo de 
Indias, fechada en Nombre de Dios y en 20 de Enero 
de 1536, Barrionuevo hizo dicho viaje con cien cas- 
tellanos y algunos negros. 

El cacique Urraca había fallecido, pero el país 
estaba alzado por el cacique Estiver. 

Barrionuevo le requirió á la paz y le ofreció, en 
nombre del Key, perdonarle las muertes que había 
cometido, amenazándole con la guerra si se negara 
á tan amigable proposición. 

No acudió Estiver al requerimiento, y los caste- 
llanos le mataron algunos indios y se apoderaron 
de sus provisiones de maíz. 

Confiesa Barrionuevo que era Estiver una espe- 
cie de Enriquejo, á quien, como al de la Española, le 
habían hecho innumerables burlas. 

* * 

El Capitán Felipe Gutiérrez y un clérigo llamado 
D. Juan Sosa, que se había hecho muy rico en el 
Perú, se asociaron para conquistar y colonizar la 
provincia de Veragua. 

Al efecto, pidieron permiso al Emperador, y á don 
Luis Colón, que pleiteaba con la Corona por la pro- 
piedad de aquel territorio. 



Francisco de Barrionnevo — 171 

Obtenidas ambas licencias, Gutiérrez y Sosa sa- 
lieron de Santo Domingo con varios navios y cua- 
trocientos hombres, en Septiembre de 1535, y fun- 
daron una colonia á la que dieron el nombre de 
Concepción; pero el clima, las avenidas, el hambre 
y la peste no tardaron en acabar con ciento veinte 
expedicionarios. 

Queriendo contrarrestar tantos inconvenientes y 
desventuras, Gutiérrez dispuso fuerzas que se inter- 
naran en el país en busca de oro, víveres y semillas. 

Parte de dichas fuerzas llegaron al pueblo en 
que habitaba el cacique Dururúa, quien recibió afec- 
tuosamente y regaló con esplendidez á los castella- 
nos, cuya codicia fué tanta, que no dejó lugar á la 
gratitud, pues les robaron al cacique y á sus gentes 
cuantos objetos valiosos pudieron encontrarles. Du- 
rurúa fué preso y llevado á Concepción. 

Estas y otras arbitrariedades indignaron á los 
indígenas, que á las órdenes de Dururúa, escapado 
de la prisión, hicieron á los de Gutiérrez una guerra 
de excepcional encarnizamiento. 

Horrorosas calamidades tuvieron que padecer 
los fundadores de la colonia. Un navio que Gutié- 
rrez había enviado á Jamaica por mantenimientos, 
se fué á pique. Otro navio, bien nutrido de provisio- 
nes, perteneciente al clérigo Sosa, tuvo que arribar 
forzosamente á Cartagena, y allí fué apresado por el 
Gobernador Heredia. 

En 23 de Agosto de 1536, Francisco de Barrio - 
nuevo le escribía, desde Nombre de Dios, al Consejo 



172 — Modesto Pérez — Pablo Nougués 

(le Indias: «En Veragua han sucedido cosas mui feas 
i abominables, entre las quales fué que mataron dos 
ó tres indios i se los comieron.» El hambre había he- 
cho incurrir en la antropofagia. 

Felipe Gutiérrez tuvo que abandonar Concep- 
ción, y muchos de sus hombres, que quedaron allí, 
hubieran muerto, si los vecinos y las autoridades de 
Nombre de Dios no hubieran acudido en su ayuda. 

Ante el fracaso de estas nuevas tentativas colo- 
nizadoras, el Emperador mandó que formara parte 
y estuviera bajo la jurisdicción de Castilla del Oro el 
territorio de Veragua, sin más exclusión que la de 
veinticinco leguas cuadradas de terreno que, con el 
título de Ducado de Veragua y otros honores y de- 
rechos, se otorgaba á D. Luis Colón, nieto del inmor- 
tal descubridor de América. 

Un juicio arbitral había puesto fin, en Julio 
de 1636, al pleito sostenido por los sucesores de don 
Cristóbal con los Reyes. 






Las querellas por la posesión de la culata de 
Urabá, comenzadas bajo el gobierno de de la Gama, 
duraron mucho tiempo. 

Barrionuevo al Consejo de Indias, desde Nombre 
de Dios, en 30 de Enero de 1536: «... Pedro de Here- 
dia, a pesar de la provisión real para no entrar en 
Urabá vino allí i al Gonú. Yo, conforme á otra Cé- 
dula... embié una armada de 120 hombres á Urabá 



Francisco de Barrionuevo — 173 

al mando de Julián Gutiérrez, el qual, teniendo su 
real sentado, embió un vergantín a requirir a Alonso 
de Heredia y luego al Gobernador su hermano, do lo 
hallase. Entretanto se vinieron de paces más de 20 
caciques. Luego vino Pedro do Heredia por la mar 
con una nao e ciertos vergantines, i gente por tierra. 
Acudió Gutiérrez a saber lo que quería i quedaron 
concertados que se estuviese cada uro como estava 
hasta que la Audiencia de Santo Domingo proveyese. 
I estando con esta seguridad, dio sobre Gutiérrez 
<íon toda su gente diciendo mueran i mataron 3 es- 
pañoles, i prendieron á Gutiérrez, i su mujer, her- 
mana del cacique de Urabá, huyó con los indios i 
20-25 españoles. Todos se han espantado de ver en 
Heredia tal desacato a las Cédulas de V. M.»— Mu- 
ñoz, tomo 80, folios 255-256. 

Con el fin de ilustrar esta cuestión, reproducimos 
otras dos cartas. 

Gaspar de Espinosa á S. M., desde Panamá, 11 
Abril 1536: «Barrionuevo nada hizo en la provincia 
do Hurraca, ques en las vertientes de la Mar del Sur, 
á causa do venirse á resistir a Heredia en la culata 
de Urabá. Licenciado Vadillo ha ido a tomar resi- 
dencia á Heredia, i Barrionuevo i Julián Gutiérrez 
son idos a verso con el Licenciado.»— Muñoz, to- 
mo 80, página 257. 

Al Emperador, Pascual de Andagaya, 26 Ju- 
lio 1536: «Dige en otra cómo el Gobernador Barrio- 
nuevo i Julián Gutiérrez irán idos á lo de Urabá. 
Muchos días que tenían allí hechos vergantines i 



174 — Modesto Pérez— Pablo Nougués 

recogidos 100 i tantos hombres para el descubri- 
miento del Río Grande del Darien i poblar aquella 
provincia. Mandóles Vadillo desde Cartagena que no 
lo hiciesen, siendo la cepa i principio de esta gover- 
nación. Representóle el Governador, i el Licenciado 
tornó a embiar un Alguacil, que ya encontró a Ba- 
rrionuevo i Gutiérrez de camino para ir a hablarle. 
Con todo, el Alguacil siguió adelante i deshizo el 
pueblo que havia hecho el Governador, el qual se 
cree irá á la Española a pedir justicia con el Licen- 
ciado, que con tanta pasión procede.» — Muñoz, to- 
mo 80, folio 257-258. 

A Francisco de Barrionuevo le sucedió, en 1536, 
en el gobierno de Castilla del Oro, el Licenciado Pe- 
dro Vázquez de Acuña. 




PASCUAL DE ANDAGOYA 



CAPITULO XIII 



Al servicio de Pedrarias-— Regidor 
en Panamá. — Descubrimiento del 
Birii.— El Rey de los caciques.— liO 
útil es limpiar el Cliagres.— 

Andagoya, Pizarro y Almagro.— El 
gobierno del río de San Juan.— An- 
dagoya, Benalcázar y Vaca de Cas- 
tro. — La cosmografía de la Corte. 



ASCUAL de Andagoya nació en el valle 

Pde Quartango, en Vizcaya. 
Su padre, que fué hidalgo, se lla- 
mó Juan Ibáñez. 

Siendo muy Joven, pasó Pascual 
á Tierra FirmCj en 1514, con Pedra- 
rias Dávila, en aquella crecida, aparatosa y rim- 
bombante expedición que no tardaron en destruir 
casi del todo el hambre y la peste. 



176 — Modesto Pérez — Pablo Nougués 

Andagoya estuvo cierto tiempo al servicio del 
auevo Gobernador de Castilla del Oro, quien le hizo 
considerables mercedes y le dio en matrimonio una 
joven, apellidada Tovar, doncella de D.*'^ Isabel de 
Bobadilla. 

En 1521, cuando la capital de Tierra Firme re- 
cibió el título de ciudad, fué nombrado Regidor de 
aquel Cabildo. 

En 1522 solicitó de Pedradas licencia para ir á 
descubrir desde Panamá por la costa del Sur. 

Por fin cien compañeros, duros como las rocas, 
con Pascual de Andagoya al frente, se embarcaron, 
y llevando más lejos su tesón, costearon 
el golfo que el Pacífico bate. La isla de Perla 
circuyeron, las ánimas atónitas al verla, 
y 0{3oniendo sus proras del mar á los furores, 
entre todos los de oro bravos conquistadores, 
U)graron los primeros, en lentas carabelas, 
trazar en mar no hendido blanquísimas estelas. 

(Ileredia, Los Conquistadores del Oro.) 

Llegó Andagoya al golfo de San Miguel, y no 
tardó en pasar á la provincia de Chochama, cuyos 
habitantes hablaban lengua cueva. 

Todos los plenilunios venían por mar, á comba- 
tirles sañudamente, unos indios á quienes los de 
Chochama temían tanto, que ni siquiera se atrevían 
á salir á pescar, con serles la pesca muy necesaria 
para el sustento. 

Pascual de Andagoya supo entonces que los 
agresores procedían de una provincia denominada 
Birú y que eran tan numerosos como valientes. 

Chochama, que así se llamaba, como el país á 



Pascual de Andagoya — 177 

que había dado nombre, el cacique de los indígenas 
maltratados y empavorecidos, solicitó la protección 
del caudillo español para ir á castigarles. 

«...y por descubrir lo que había de allí adelante, 
que hasta entonces no se había descubierto, invié á 
Panamá á hacer más gente que la que tenía...» — 
Uelación de Andagoya. 

Luego que recibió los refuerzos que había pedi- 
do, el bravo Capitán, acompañado de Chochama y 
de varios intérpretes, se puso en camino para el 
Birú, adonde llegaron después de seis ó siete jor- 
nadas. 

Una vez allí, subió un río grande arriba, como 
unas veinte leguas, y encontrando á los biruanos, 
los derrotó y desbarató, aunque se defendieron con 
arrojo. 

Consecuencia de esta victoria fué que se some- 
tieran al Emperador siete caciques muy importan- 
tes. Uno de ellos era el soberano de los otros seis y 
se llamaba Tibro. 

«Esta tierra nunca había sido descubierta, ni por 
Castilla ni por tierra del golfo de San Miguel, y 
desta provincia se tomó el nombre del Pirú, que de 
Birú se corrompió la letra y la llamamos Pirú, que 
deste nombre no hay ninguna tierra.» — Relación de 
Andagoya. 

Por los señores sometidos, por sus intérpretes, 
y, sobre todo, por sus mercaderes, Pascual tuvo re- 
forencias amplias y fascinadoras de la costa de 
cnanto después fué descubierto hasta el Cuzco, y 

1-2 



178 — Modesto Pérez— Pablo Nougués 

acompañado del Rey de los caciques, que se le ofre- 
ció para ir á mostrarle otras provincias, se hizo á 
la mar. 

Reconociendo los puertos que descubría, Anda- 
goya estuvo á punto de perecer. Su cansa, «navio 
de poco sostén, é llano debaxo como arteQa», so 
anegó, y el heroico Capitán se hubiera ahogado, de 
no haber acudido el gran cacique en su socorro; 
pero se mojo y enfrió mucho y adquirió un tulli- 
miento gravísimo. 

Montesinos asegura que, queriendo lucir sus ha- 
bilidades de jinete ante los indios, se cayó del caba- 
llo, y enfermó de resultas de la caída. 

Prescott encuentra más verosímil esta explica- 
ción que la dada verbal y escritamente por el haza- 
ñoso caudillo. 

Enfermara por una ú otra causa, es lo cierto que 
Pascual de Andagoya tuvo que volverse á Panamá 
para reparar la salud, y, ante el temor, ya que lo 
era imposible continuar descubriendo, de que se ma- 
lograse una empresa que de seguro había de pro- 
ducir grandes riquezas y honores. 

Llevó consigo á la capital de Tierra Firme á 
Tibro y á sus intérpretes, y allí relató, maravillan- 
do á cuantos le oyeron, sus luchas, investigaciones 
y penalidades. 

Pedrarias, entusiasmado con las noticias dadas 
por Andagoya y convencido de que éste no podría 
en mucho tiempo montar á caballo, ni apenas de- 
dicarse á otra cosa que á procurar su curación, le 



Pascual de Andagoya — 179 

suplicó que renunciara la naciente y malograda 
empresa en favor de Francisco Pizarro, Diego de 
Almagro y Hernando de Luque, quienes le abona- 
rían los gastos que hubiera hecho. 

Andagoya satisfizo los deseos del Gobernador, 
á no ser en lo relativo al dinero, por desconfiar de 
que aquéllos se lo pagaran, contando como conta- 
ban entonces con escasos fondos. 

Pizarro, Almagro, Luque y Pedrarias se concer- 
taron para proseguir el descubrimiento y la con- 
quista que arrebataban las imaginaciones con ven- 
turosas promesas. 

Tres años tardó en convalecer Andagoya, que 
volvió á desempeñar en Panamá su antiguo cargo 
de Regidor. 

En 1527 enviudó en aquella ciudad. 

En 1530 se casó en segundas nupcias, en Santo 
Domingo, con Doña Mayor Mejía. 

En 1534 Francisco de Barrionuevo, habiendo 
tomado posesión del mando de Castilla del Oro, le 
nombró Teniente de Gobernador. 

En 10 de Octubre de 1533 el Licenciado Gaspar 
de Espinosa había comunicado á Carlos V que «po- 
dría HACERSE ACEQUIA DE AGUA DEL CíIAGRE HASTA 
LA MAR DEL SuR». 

El Emperador, en 20 de Febrero de 1534, orde- 
nó á Barrionuevo que «E2>viase pintura de la tie- 
rra, MONTES, &, DEL COSTO DE LA OBRA I TIEMPO EN 

QUE PODRÁ HACERSE» y que entendiera en ello «con 

TODA DILIGENCIA». 



180 — Modesto Pérez— Pablo Nougués 

Andagoya no era contrario á la comunicación 
de ambos mares. Las ventajas que podría repor- 
tar no podían ocultarse á su larga experiencia ni 
á su entendimiento. Teóricamente le convencía el 
proyecto de canalizar el Chagres hasta Panamá; 
pero lo tenía por imposible desde el punto de vis 
ta económico. 

En este sentido le escribió al Emperador, desde 
Nombre de Dios, en 22 de Octubre de 1534: 

«La cédula paea ver cómo se puede juntar 
esta mar con la otra procede de aviso dado sin 
conocimiento. con todo el dinero del mundo no 
se saldría con ello, cuanto más con la ayuda de 

fiOS VECINOS DE AQUÍ. Lo ÚTIL ES LIMPIAR EL ChA- 
ORE, POR DO SE PUEDE IR Á LA SlRGA, TANTO QUE 
FALTARÁN HASTA PANAMÁ SOBRE CINCO LEGUAS, LAS 
CUALES SE PODRÍAN HACER DE CALZADA.» — MuñOZ, 

tomo 79. 

Desde su Tenencia de Gobernación, Andagoya 
protegió, facilitándoles provisiones, á Francisco Pi- 
zarro y á Diego de Almagro. Las riquezas que, en 
cambio, adquirió, le acarrearon profundas envidias 
y crueles vejámenes. 

El Licenciado Pedro Vázquez le tomó residencia 
«con toda la riguridad que pudo», y le envió preso 
á España, donde fué absuelto, recompensado y enal- 
tecido por los Reyes. 

Le confirieron el título de don y el de Adelanta- 
do, Capitán general y Grobernador del río de San 
Juan y otras provincias con sus anejos. 



Pascual de Andagoya — 181 

Esta gobernación había sido otorgada, en 1536, 
á Gaspar de Espinosa; pero habiendo muerto el Li- 
cenciado, en 1637, en el Cuzco, y sabida la triste 
noticia en la Corte, donde xindagoya se encontraba, 
se concedió dicho gobierno al insigne descubridor 
del Perú. 

Y en Cédula expedida en Toledo, á 10 de Enero 
de 1539, le dieron por armas un escudo hecho tres 
partes, que en «la primera parte alta de la mano 
derecha esté un águila negra, rapante en vuelo, en 
campo de oro, y en la otra parte alta de la izquier- 
da esté una ciudad de oro, y encima de la dicha 
ciudad, en lo alto della, un castillo de oro con sus 
puertas y ventanas de azul; que del homenage del 
dicho castillo salga una bandera colorada con unos 
perfiles de oro, y encima della una cruz de oro en 
campo verde, y en la otra parte baja un león de oro 
con una corona real en la cabeza, atado con una ca- 
dena de oro, con unas letras, delante de las manos, 
de oro, que dicen Tihro, en campo, la mitad de me- 
dio arriba colorado y la otra mitad de medio aba- 
jo azul, y una orla con cuatro aspas de oro y cua- 
tro veneras de oro en campo colorado, y un yelmo, 
cerrado con una águila negra rapante, por divisa, 
encima del dicho yelmo, con sus trascoles y depen- 
dencias á follages de azul y oro.» — Nobiliario genea- 
lógico de los Conquistadores de Indias. 

En la Cédula de referencia se consignan, entre 
otros muchos, estos méritos de Andagoya: «Hezistes 
gente y fletastes ciertos navios con que fuistes á des- 



182 — Modesto Pérez— Pablo Ñongues 

cubrir la provincia del Perú, la cual descubristes y 
pacificastes, y pusistes debajo de nuestro yugo y co- 
rona Real de Castilla siete Señores que en ella ha- 
llastes, y trajistes con vos, al tiempo que volvistes á 
la dicha ciudad de Panamá, el principal de los di- 
chos Señores, que se llama Tibro, é trajistes relación 
de todo lo que adelante había; é que á causa de ha- 
ber vos adolecido de los trabajos que pasastes en la 
dicha jornada, do que estobistes tres años enfermo, 
distes la demanda de la dicha conquista y descu- 
brimiento al Marqués D. Francisco Pizarro, de don- 
de ha resultado tanto acrecentamiento á nuestra co- 
rona y patrimonio Real.» 

Resueltos con tanta felicidad los negocios, An- 
dagoya emprendió el retorno al Nuevo Mundo. 

A principios de 1539 se embarcó en Sanlúcar, 
con sesenta hombres, y arribó á Nombre de Dios el 
24 de Junio de aquel año. 

Antes se detuvo en Santo Domingo, dejando allí, 
para que reclutara gente y adquiriera caballos, á 
su cuñado el Capitán Alonso de la Peña, hombre de 
experiencia y lealtad, que no tardó en proporcio- 
narle ciento cincuenta hombres, cuarenta caballos y 
material de guerra. 

Con doscientos hombres, cincuenta caballos, un 
galeón, una carabela y dos bergantines, Andagoya 
partió para su Gobierno. 

Reconoció el cabo de Corrientes y explorando la 
costa descubrió, á cinco leguas de la isla de las 
Palmas, la bahía de la Cruz, subió por uno de los 



Pascual de Andagoya — 183 

muchos ríos que en ella desembocan, y no tardó en 
encontrar un puerto «que se cree ques uno de los 
mejores del mundo... Tiénese por gierto que hasta el 
tiempo presente ninguno se sabe mejor en estas In- 
dias». — Oviedo. 

El Adelantado llamó Buenaventura á dicho puer- 
to, y fundó junto á él una ciudad con el mismo 
nombre. 

Entretanto, envió á Panamá el galeón para que 
Alonso de la Peña condujera á Nueva Castilla á 
Doña Mayor Mejía con su servidumbre y enseres. 

Andagoya nombró Teniente de Gobernador á 
Juan Ladrillero, tan buen marino como soldado, 
y quedándole en Buenaventura con la Armada y 
cincuenta hombres, se alejó, con el resto de las fuer- 
zas, nueve leguas la tierra adentro. 

Tan difícil era el terreno, que los perros de gue- 
rra, no pudiendo aguantarlo, retrocedieron á la cos- 
ta. Andagoya y su gente avanzaron otras cinco le- 
guas. A catorce del litoral hallaron la provincia de 
Atunzeta, abundante en población y muy escabro- 
sa. Los naturales del país se les opusieron amenaza- 
dores. Los castellanos, acostumbrados á despreciar 
peligros, no les hicieron caso, y entraron en las al- 
deas sin causar daño. La altivez y la piedad les bas- 
taron para aplacar y pacificar á los indígenas. 

En Atunzeta le dijeron al Adelantado que, dis- 
tante diez leguas, á veinticuatro de Buenaventura, 
que serían catorce sin las fragosidades de las mon- 
tañas, había, en la provincia de Lile, un pueblo con 



184 — Modesto Pérez— Pablo Nougués 

cristianos. Andagoya se puso en marcha, y el 10 de 
Mayo de 1540 llegó á Cali, que así se llamaba el 
pueblo. 

En él halló á treinta españoles. Diez y ocho es- 
taban tullidos. Eran residuos de una matanza hecha 
por los indígenas en fuerzas enviadas por Francis- 
co Pizarro contra Sebastián de Benalcázar, que, es- 
tando en Quito de Teniente de Gobernador de aquel 
celebérrimo jefe, había salido de allí sin su permiso 
y producido alborotos. 

Pizarro intentó sofocarlos con tropas al mando- 
de Pedro de Añasco y Juan de Ampudia. Los indios 
dieron muerte á estos capitanes y á más de cuaren- 
ta soldados. Los que consiguieron huir estaban en 
apuradísima situación, y hubieran perecido sin la 
llegada y el socorro de Pascual de Andagoya. Cali 
había sido fundado por Benalcázar, y el Adelantado 
le cambió el nombre por el de Lile. 

Alonso do la Peña puso en conocimiento de su 
cuñado que Benalcázar, que había venido á España, 
había sido provisto por la Corona Gobernador de 
Popayán; que en Santo Domingo estaba rehaciéndo- 
se de gente, caballos, municiones y víveres, para ir 
á posesionarse de su destino, y que proyectaba pa- 
sar á Popayán por Nueva Castilla. 

Con doscientos arcabuceros y ballesteros, Benal- 
cázar, desde la capital de la Española, se trasladó á 
Panamá. A los pocos días se hizo á la vela para su 
Gobierno. Arribó, sin saber adonde llegaba, á la ba- 
hía de la Cruz. 



Pascual de Andagoya — 185 

Ladrillero se concertó con él y le aconsejó que 
por el puerto de Realejo, que había sido la ruta uti- 
lizada por Andagoya, se dirigiese á Lile. 

¿Cuáles serían los propósitos de Benalcázar? Para 
averiguarlo, el Gobernador de Nueva Castilla desig- 
nó á Luis Bernal con sesenta hombres. Y lo que 
hizo Bernal fué acompañar á Benalcázar hasta Lile, 
donde Andagoya se encontraba. 

En el monasterio de Nuestra Señora de la Mer- 
ced, de aquella ciudad, se examinaron por ambas 
partes las cédulas y provisiones reales en que cada 
una consideraba fundamentado su derecho. 

El día de la junta al efecto celebrada transcu- 
rrió sin que se llegase á ninguna conclusión satis- 
factoria. 

«E assí como el sol se fué, llevóse tras su clari- 
dad la vergüenga de la gente del Adelantado», que, 
amotinada, reconoció por Gobernador á Benalcázar. 
Lo mismo hicieron el Cabildo y casi todos los Regi- 
dores de Lile. 

Andagoya fué preso, despojado de cuanto tenía 
y conducido á Popayán. 

Estos extremos habían alcanzado las rivalidades 
cuando llegó á la costa, con cien hombres y cuaren- 
ta caballos, y llevando consigo á Doña Mayor Mejía 
con su servidumbre, el Capitán Alonso de la Peña, 
que no tardó en enterarse de la prisión de Andago- 
ya é inmediatamente se dispuso á trabajar cuanto 
pudiera para libertarle. 

Por entonces vino á dar en la bahía de la Cruz, 



186 — Modesto Pérez— Pablo Nougués 

después de una naveg-ación muy borrascosa, el Li- 
cenciado Vaca de Castro. 

Alonso de la Peña había enviado, desde Buena- 
ventura, un bergantín para explorar la costa, y esto 
fué casualmente la salvación de Castro. 

Los que iban en el bergantín se enteraron de lo 
que ocurría, y lo comunicaron á Peña, merced á 
cuya protección pudo entrar la Armada del Presi- 
dente en el puerto de Buenaventura. 

Cuando Vaca de Castro, luego de nuevos y es- 
pantosos peligros, y siempre con la ayuda de Peña, 
llegó á Cali, procuró inteligenciar á Andagoya y á 
Benalcázar, pero no lo consiguió. En vista de ello, 
recomendó al Adelantado que regresara á España. 
El Emperador resolvería aquellas intrincadas y eno- 
josas cuestiones. 

«La cosmografía de la corte i la de por acá no 
so conforman hasta agora — dice Oviedo — ni se con- 
formarán hasta que el Roy recoja é confunda todos 
estos patrones é se verifiquen por el original de su 
justi9ia.» 

Con autorización de Vaca de Castro, Andagoya, 
en compañía de su cuñado, volvió á Buenaventura, 
donde se encontraron con que Doña Mayor Mejía y 
algunas de sus doncellas habían fallecido. Encomen- 
daron á Dios el alma de aquellas infelices mujeres 
y se embarcaron para Panamá. 

El Adelantado dejó por representante en el río 
de San Juan á su hijo Juan de Andagoya, y en Bue- 
naventura al capitán Payo Romero. 




VACA DE CASTRO 



Pascual de Andagoya — 187 

Desdo Panamá fueron por tierra ambos cuñados 
hasta Nombre de Dios. 

Allí se separaron, dirigiéndose Alonso de la Peña 
á Santo Domingo y Pascual de Andagoya á España. 

Despachados sus asuntos en la corte, Pascual de 
Andagoya regresó al Nuevo Mundo en 1546, y acom- 
pañó al Perú al Licenciado Pedro de la Gasea, á 
quien ayudó considerablemente, como consejero y 
como capitán, á vencer á Gonzalo Pizarro, cuya ca- 
beza, henchida de revolucionarios pensamientos y 
delirios de poderío, fué entregada al verdugo. 






,'Sfej=S--:,rr-trifr-, 



GONZALO FERNÁNDEZ DE OVIEDO 

CAPÍTULO XIV 



( 



A D. Melquíades Alvarez. 
Los grandes historiadores.— La flor 
de España.— Llavero del Príncipe.— 
El genio de Gonzalo de Córdoba. - 
Margarita de Vergara-— A'? Catkdlogo 
Real de Castilla.— Secretario del Gra n 
Capitán.— Císneros, colonista.— La>; 
alforjas de Fernández de Oviedo — 
Alcaide en Santo Domingo.-Las ri- 
quezas del Perú.— Con la pluma en 
la mano— «l>el estrecho y cami- 
no que hay de la niav del Xorte 
á la mar austral, que dicen del 

OKZALo Fernández de Oviedo nació en 
Madrid, en Agosto de 1478. 

Siendo todavía niño, entró al ser 
vicio de Don Alonso de Aragón, se 
gundo Duque de Villahermosa, sobri- 
no de Don Fernando V el Católico. 
El Duque, que sentía pasión por las letras, inició 




190 ~ Modesto Pérez— Pablo Ñongues 

y estimuló en Gonzalo el amor al estudio de los gran- 
des historiadores. 

Trece años escasos tendría Oviedo cuando el de 
Villahermosa le presentó en la Corte, donde le fué 
otorgado el título de mozo de cámara del Príncipe 
Don Juan. 

En 1491 el joven preceptor acompañó á la Reina 
Doña Isabel y á sus hijos al cerco de Granada, en 
vísperas de rendirse aquella ciudad. 

Oviedo conoció allí á las más famosas persona- 
lidades que entonces había en España, y allí cono- 
ció también á Cristóbal Colón, que intentaba ofrecer 
á los Royes un nuevo mundo. 

Al regresar el inmortal pontevedrés de su primer 
viaje á América, sus hijos Diego y Fernando fueron 
admitidos como servidores en la cámara del Prínci- 
pe Don Juan, y Oviedo contrajo con ellos una amis- 
tad que le fué muy útil para enterarse de lo ocurrido 
en la primera expedición de Don Cristóbal. 

A fin de depurar la exactitud de las noticias que 
le suministraron, Gonzalo mantuvo larga correspon- 
dencia con los hermanos Pinzones. 

En 1496, al acordar los Soberanos ponerle casa 
al Príncipe heredero, cuyo matrimonio con la Prin- 
cesa Margarita, hermana del Archiduque de Austria, 
estaba conciírtado, Don Juan encomendó á Fernán- 
dez de Oviedo la custodia de las llaves de su cá- 
mara. 

En 4 de Octubre de 1497 falleció el Príncipe en 
Salamanca. 



Gonzalo Fernández de Oviedo — 191 

Su prematura muerte causó sentimiento tan en- 
trañable en los criados de Don Juan, que unos se 
murieron de pena, otros se retiraron al claustro y 
otros se fueron de España en busca de aventuras y 
de emociones con que olvidar ó por lo menos aliviar 
su dolor. 

Esta última fué la solución adoptada por Oviedo, 
que marchó á Italia, teatro entonces del genio del 
Gran Capitán y del valor de los tercios castellanos. 

Gonzalo adquirió allí muchas y ricas amistades. 

Aficionado á la pintura, se relacionó con Leonar- 
do de Vinci, con el Tiziano, con Miguel Ángel y con 
Rafael de ürbino; amante de las ciencias y de las 
letras, se hizo amigo del sabio Pontano, de Serafín 
del Águila y de Jacobo de Sannazaro; con vocación 
por la milicia, tuvo conocimiento y trato con Capi- 
tanes ilustres. 

De Roma marchó á Ñapóles, y entró al servicio 
del Monarca Don Fadrique. 

Repartido aquel reino entre Luis XII y Fernan- 
do V, Oviedo, á solicitud de Don Fadrique, quedó 
de guardarropa de la Reina Doña Juana, y diez me- 
ses estuvo á su servicio, viniendo luego á Madrid, 
de donde faltaba hacía cinco años. 

En esta capital se enamoró de Margarita de Ver- 
gara, <.<una de las más hermosas mugeres que ovo en 
su tiempo en el reino de Toledo», y se casó con ella 
itmás m^ancebo y con menos hacienda que fuera me- 
nester». 

Sobre diez meses estuvo casado Fernández de 



15)2 — Modesto Pérez— Pablo Nougués 

Oviedo. Margarita quedó tullida de resultas de un 
parto, y no tardó en morir, dejando tan apenado á 
su marido, que cuarenta y cinco años después recor- 
daba lloroso la desgracia. 

En Octubre de 1503 Gonzalo tuvo parte en la 
victoria que alcanzamos en el Rosellón contra los 
franceses. 

En 1505 fué requerido por Don Fernando paní 
que recopilase cuantas noticias pudiera adquirir 
acerca de los Monarcas españoles desde los tiempos 
más remotos, y empezó á componer y escribir el Ca- 
tálogo Real de Castilla. 

Por entonces asistió, en Dueñas, al casamiento 
del Rey Católico con Doña Germana de Foix, y pre- 
senció las conferencias y discordias entre Don Fer- 
nando y Felipe el Hermoso. 

Gonzalo contrajo nuevas nupcias, y en 1509 le 
nació el primer hijo. 

En 1512 el Gran Capitán le nombró Secretario 
suyo y le llevó á Italia. 

Gastada la hacienda y perdido el tiempo, volvió 
Oviedo á la Corte, y en 1514 se alistó en la arma- 
da que condujo á Pedrarias Dávila á Castilla del Oro. 

Por muerte de Juan de Queicedo, se concedió á 
(rónzalo el cargo de Veedor de las fundiciones de 
Tierra Firme. 

En la misma expedición, y parece ser que en la 
misma nave que Oviedo, pasó al Nuevo Mundo Ber- 
nal Díaz del Castillo. 



Gonzalo Fernández de Oviedo — 193 

' En 30 de Junio arribaron los expedicionarios al 
puerto de Santa María de la Antigua. 

Transcurrido algún tiempo, y mal avenido con 
la conducta de Pedrarias, intentó Gonzalo regresar 
á España, y habiendo vencido las dificultades que 
para ello trató de oponerle el Gobernador, empren- 
dió el retorno en Octubre de 1515. 

Llegado á Sevilla á primeros de Diciembre, se 
dirigió á Plasencia, donde se encontraba Don Fer- 
nando, que se alegró de las noticias que le trajo y 
del regalo que le hizo, consistente en indios caribes, 
papagayos, azúcar y cañafístola; pero el Monarca 
no quiso oírle en los asuntos relativos á la goberna- 
ción de Castilla del Oro y le ordenó que escribiera 
un memorial y se lo entregara á Conchillos, el Se- 
cretario regio. 

En Madrid supo Oviedo la muerte de Don Fer- 
nando, ocurrida en 23 de Enero de 1516. 

Profunda contrariedad experimentó con la in- 
fausta noticia; mas, anheloso de que los excesos de 
Tierra Firme no quedaran sin corrección, marchó á 
Flandes, para dar cuenta de ellos á Don Carlos, que 
le recibió en Bruselas y ordenó al Gran Canciller de 
Borgoña que le oyese. 

El Canciller no se atrevió á resolver en las de- 
nuncias hechas por Oviedo, y Don Carlos dispuso 
que el memorial de éste; fuera examinado por Fray 
Francisco Jiménez de Cisneros y por Adriano de 
Utrech. ' '¡ 

Poseído Cisneros por la idea de aplicar un nue>- 

13 



194 — Modesto Pérez— Pablo Nougués 

vo régimen al gobierno de las Indias, acordó enviar 
á ellas á Fr. Luis de Figueroa, Fr. Alonso de Santa 
Domingo y Fr. Bernardino de Manzanedo, Priores 
Jerónimos de la Mejorada, San Juan de Ortega y 
Montamarta, de quienes el Veedor nunca logró ser 
oído ni despachado. 

En Septiembre de 1517 vino Don Carlos á Espa- 
ña, y á principios de 1518 volvió Gonzalo á presen- 
tarse en la Corte con las denuncias y reclamaciones 
que en 1515 había llevado á Flandes. 

Tampoco en esta ocasión logró ser atendido; no 
consiguió serlo hasta 1519, en que, en Barcelona, se 
le oyó y despachó como él deseaba. 

Entre las mercedes y recompensas que obtuvo, 
figuran sus nombramientos de Regidor perpetuo de 
Santa María de la Antigua, Escribano general de la 
provincia y Receptor por S. M. de las penas de cá- 
mara. 

Habiendo coincidido con su estancia en la ciudad 
condal la llegada de la noticia de la decapitación de 
Balboa y compañeros, el Consejo de Indias le comi- 
sionó para incautarse los bienes de los ejecutados. 

A primeros de Abril de 1520, en una carabela 
del Maestre Pedro Rodríguez, se embarcó, con rum- 
bo á Tierra Firme, en Sevilla, llevando consigo á 
su mujer, dos hijos y ocho criados. 

En 24 de Junio llegó al puerto de San Juan, y 
allí supo, con gran sentimiento, la muerte de Lope 
de Sosa, con quien, debido á sus gestiones, había 
dispuesto el Emperador sustituir á Pedrarias Dávila, 



Gonzalo Fernández de Oviedo — 195 

Apenas vuelto al Darien, tuvo serias diferencias 
con Pedrarias, que, por odio al Veedor y por otras 
razones, deseaba, y no tardó en resolver, la trasla- 
ción de la capital del país á Panamá. 

Con intención nada piadosa, Pedrarias Dávila le 
ofreció el cargo de Teniente de Gobernador en el 
Darien, y Gonzalo dudó mucho si lo aceptaría; al 
cabo lo aceptó, reservándose sus oficios de Veedor 
de las fundiciones, Regidor perpetuo y Receptor 
general de la Real cámara y fisco. 

En Noviembre de 1521, recién encargado de la 
Tenencia, perdió á su segunda mujer. «Con el dolor 
de pérdida tan triste para mí — exclama, — trans 
portado é fuera de sentido, viendo muerta á mi mu- 
jer, que yo amaba más que á mí, estuve para perder 
el sesso, porque demás de tan dulQe compañía y ser 
mi desseo vivir en el estado matrimonial como cris- 
tiano, no era acostumbrado á las man9ebas que mis 
vcQinos tenían, y aun algunos duplicadas.» 

En su nuevo cargo persiguió y castigó la pros- 
titución, la blasfemia y el juego; prohibió que las 
mujeres indias fuesen cargadas como acémilas; mul- 
tó á los escribanos por sus arbitrarias exacciones, 
que mejor sería llamar robos, y dictó y puso en 
práctica otras medidas. 

La austeridad de su conducta le aearreó nume- 
rosas y terribles enemistades. 

En 19 de Septiembre de 1522, estando á la puer- 
ta de una iglesia, fué acuchillado por un tal Sim^n 
Bernal, y aunque las heridas fueron graves, se le 



196 — Modesto Pérez — Pablo Nougués 

curaron pronto, {gracias á su vigorosa naturaleza. 
Simón fué sentenciado á perder la mano derecha 
y el pie izquierdo, y á los tres días de cumplida la 
sentencia murió en la cárcel de Santa María de la 
Antigua. 

El palo en que clavaron la mano y el pie de Si- 
món fué el mismo en que no mucho antes había es- 
tado ex|>uosta la cabeza de Vasco Núñez de Balboa, 
el glorioso descubridor del Océano Pacífico. 

En 3 d(i Julio de 1523 Gonzalo salió del üarien, 
para España, con las alforjas llenas, como en 1515, 
de denuncias contra las injusticias de Castilla del Oro. 
En 5 de Noviembre arribó á Sevilla, y de allí 
pasó á Vitoria, donde se hallaba el César, á quien 
dio cuenta minuciosa, en audiencia especial que le 
concedió, de los trabajos y sinsabores que había pa- 
decido desde 15i*0. 

Por orden de Carlos V entregó al Consejo rela- 
ción escrita de las arbitrariedades que le había de- ■ 
nunciatio. 

En Marzo de 1524 el Emperador trasladó su 
Corte á Burgos, y más tarde á Valladolid. 

Oviedo, í-iguicndole, obtuvo el nombramiento de 
Gobernador y Capitán general de la provincia de 
Cartagena. 

En 152G, encontrándose el Emperador en Sevilla 
para cck-brar sus bodas con Doña Isabel de Portu- 
gal, tuvo Gonzalo la satisfacción de que el César 
nombrara á Pedro de los Ríos Gobernador de Cas- 
tilla del Oro. 



Gonzalo Fernández de Oviedo — 197 

En 30 de Abril se embarcó otra vez para el 
Nuevo Mundo, en la nave en que iba el sustituto de 
Pedradas, y en 30 de Julio arribó á Nombre de 
de Dios, donde Pedro de los Ríos y su Alcalde Ma- 
yor el Licenciado Juan de Salmerón se posesiona- 
ron de sus respectivos cargos. 

Amotinada la provincia de Cartagena, renunció 
á gobernarla, y recobró su oficio de Veedor de las 
fundiciones. 

Luego marchó á la provincia de Nicaragua, que 
regía Diego López de Salcedo, y allí vivió tranquilo 
hasta que Pedrarias fué designado para aquel go- 
bierno. 

En Septiembre de 1530 volvió á embarcarse pa- 
ra la Península, y en ella estuvo ya á mediados de 
Diciembre. 

Por entonces alcanzó que se proveyera en su 
hijo Francisco González de Valdés, joven de veinti- 
trés años, la plaza de Veedor de las fundiciones del 
oro de Tierra Firme, y lo que más le satisfizo á Fer- 
nández de Oviedo fué verse nombrado por el César 
Cronista general de Indias. 

En el otoño de 1532 regresó al Nuevo Mundo. 

En Enero de 1533, habiendo muerto Francisco 
de Tapia, Alcaide de la fortaleza de Santo Domin- 
go, los Oficiales reales y los Magistrados de la Au- 
diencia de aquella ciudad confirieron interinamente 
la Alcaidía á Fernández de Oviedo, que fué confir- 
mado en el cargo por Cédula imperial de 25 de Oc- 
tubre. 



198 — Modesto Pérez— Pablo Nougués 

En el verano de 1534 volvió Gonzalo á España, 
en representación del Regimiento y Audiencia de 
'Santo Domingo, para denunciar ante el Consejo de 
Indias los desafueros que venía cometiendo García de 
Lerma, Gobernador de la provincia de Santa Marta. 

En 28 de Febrero de 1535 Carlos V salió de Ma- 
drid para dar impulso á los aprestos navales que en 
el Mediterráneo se hacían contra Barbarroja. 

La familia real continuó en esta villa. 

El Emperador, antes de emprender el viaje, dis- 
puso que, oídas las opiniones de los más viejos ca- 
balleros castellanos que habían brillado en la corte 
de los Reyes Católicos, se estableciera la casa del 
Príncipe Don Felipe. 

Uno de los consultados fué D. Juan de Estúfii- 
ga y Avellaneda; pero, pensando todos en Fernán- 
dez de Oviedo, que también había servido al Prínci- 
pe Don Juan, Don Felipe le hizo llamar para que 
enterara á su ayo D. Fernando de Estúñiga del 
orden y etiqueta de la casa del infortunado joven. 

A fines de 1535 el Alcaide regresó á la Españo- 
la, habiendo llegado al puerto de Santo Domingo 
en 11 de Enero siguiente. 

En Noviembre de 1536 perdió á su hijo Francis- 
co Fernández de Valdés, que seguía al Mariscal Don 
Diego de Almagro en el descubrimiento y conquista 
de Chile. 

En 1538 el Consejo de Indias mandó proveer de 
artillería gruesa é muy hermosa la fortaleza de San- 
to Domingo. 



Gonzalo Fernández de Oviedo — 199 

Disminuida la población de la isla á consecuen- 
cia de la emigración provocada por la fama y el an- 
helo de las riquezas dol Perú, Oviedo estimuló, para 
contener á los labradores que aún no habían emi- 
grado, el desarrollo de la agricultura. 

En 1543 el Consejo de Indias envió á la Espa- 
ñola al Licenciado Alonso López Cerrato, para que 
residenciara al Presidente y Oficiales de la Cancille- 
ría de Santo Domingo, 

Cerrato, más que como juez, procedió como azo- 
te, y el Regimiento dominicano dio poderes á Gon- 
zalo Fernández de Oviedo y al Capitán y Regidor 
Alonso de la Peña para que vinieran á la Corte y 
formulasen ante ella las correspondientes reclama- 
ciones. 

Ambos procuradores salieron de la Española en 
Agosto de 1546 y llegaron á Sanlúcará fines de Oc- 
tubre. 

A mediados de Noviembre llegaron á Madrid. 

El César estaba ausente, y ejercía la goberna- 
ción del reino el Príncipe Don Felipe. 

El resultado de sus gestiones, en verdad muy la- 
boriosas, fué la remoción de Cerrato y la de su com- 
pañero Alonso de Grageda; la vuelta á la Española, 
con título de Arzobispo y Capitán general, de su 
antiguo presidente D. Alonso de Fuenmayor, y el 
nombramiento de Oviedo para Regidor perpetuo de 
Santo Domingo. 

En 1544 hizo Oviedo grandes esfuerzos para 
contener la despoblación de la isla Española. 



200 — Modesto Pérez— Pablo Nougués 

En el otoño de 1556 volvió á España, y en el 
verano de 1557 falleció en Valladolid, á los setenta 
y nueve años. 

«La muerte — dice uno de sus biógrafos — vino á 
sorprenderle con la pluma en la mano, no menos in- 
fatigable que en los negocios públicos, en sus colo- 
sales tareas literarias.» 

He aquí las principales obras, originales unas y 
traducidas otras, de Fernández de Oviedo: 

Clarihalte: libro del muy esforgado é invengible 
caballero de Fortuna; La respuesta á la Epístola 
moral del Almirante; Relación de lo subgedido en la 
prisión del Rey Frangisco de Frangia; Sumario de 
la Natural Historia de las Indias; Cathálogo Real de 
Castilla, conocida también con el título de Historia 
general de Emperadores, Pontífices, Reyes, etc.; Libro 
de la Cámara Real del Principe Don Juan y offigios 
de su casa é servigio ordinario', Reglas de la vida es- 
piritual y secreta theologla; Batallas y Quinquage- 
nas; Tractado general de todas las Armas é diferen- 
glas dellas; Libro de los Linages y Armas; Las Quin- 
guagenas; Historia general y Natural de las Indias 
Islas y Tierra- Firme del mar Ogeano. 

Gonzalo Fernández de Oviedo, en su Historia 
general y natural de las Indias, trata de la comuni- 
cación del Océano Atlántico con el Pacífico y dice, 
entre otras cosas; 

«Z>eZ estrecho y camino que hay desde la mar del 
Norte á la mar austral, que dicen del Sur: 

Opinión ha seIdo entre los cosmógrafos y pi- 



Gonzalo Fernández de Oviedo — 201 

lotos modernos, y personas que de la mar tienen 
algún conoscimiento, que hay estrecho de agua 
desde la mar del sur á la mar del norte, en la 
Tierra Firme, pero no se ha hallado ni visto 
hasta agora; y el estrecho que hay, los que en 
aquellas partes habemos andado más creemos que 
debe ser de tierra que no de agua, porque en al- 
gunas partes es muy estrecha, y tanto, que los 
indios dicen que desde las montañas de esquegüa 

Y DE Urraca, que están entre la una y la otra 

MAR, PUESTO EL HOMBRE EN LAS CUMBRES DE ELLAS, 
81 MIRA Á LA PARTE SEPTENTRIONAL, SE VE EL AGUA 

Y MARES DEL NORTE, DE LA PROVINCIA DE VERAGUA, 

Y QUE xMlRANDO AL OPÓSITO, Á LA PARTE AUSTRAL Ú 

DEL Mediodía, se ve la mar y costa del Sur, y 
provincias que tocan en ella, de aquestos dos 
cifciques ó señores de las dichas provincias de 
Urraca y Esquegua. Bien creo que si esto es así, 
como los indios dicen. que de lo que hasta el 
presente se sabe, esto es lo más estrecho de la 

TIERRA 



Si COMO EN NUESTRO SeÑOR SE ESPERA, PARA LA 

Especería se halla navegación para la traer al... 
PUERTO DE Panamá, cOxMO es muy posible, Deo vo- 
lente, desde allí se puede muy fácilmente pasar 

Y TRAER Á estotra MAR DEL NoRTE 



202 — Modesto Pérez— Pablo Nougués 

hay maravillosa disposición y facilidad para se 
andak y pasar la dicha especería por la forma 
que agora diré: desde panamá hasta el... río 
Chagre hay cuatro leguas de muy buen camino, y 
muy á placer le pueden andar carretas carga- 
das, porque, aunque hay algunas subidas, son pe- 
queíías, y tierra desocupada de arboleda, y lla- 
nos, y todo lo mas de estas cuatro leguas es raso; 
el cual río sale á la mar del norte, á cinco ó 
seis leguas del... dicho puerto de nombre de dlos, 
y entra la mar á par de una isla pequeña, que 
se llama isla de bastimentos, donde hay muy 
buen puerto. mire vuestra majestad qué maravi- 
llosa cosa y grande disposición hay para lo quí5 

ES DICHO, QUE AQUESTE RÍO ChAGRE, NACIENDO Á DOS 
LEGUAS DE LA MAR DEL SUR, VIENE Á MEFERSE EN LA 

MAR DEL Norte. Este río corre muy recio, y es 

MUY ANCHO Y PODEROSO Y HONDABLE, Y TAN APROPIA- 
DO PARA LO QUE ES DICHO, QUE NO SE PODRÍA DECIR NI 
IMAGINAR, NI DESEAR COSA SEMEJANTE TAN AL PROPÓ- 
SITO PARA EL EFECTO QUE HE DICHO 




FRANCISCO LÓPEZ DE GOMARA 



CAPITULO XV 



Icalá de Henares.— Retórica y 
Teología.— En Bolonia y en Venecla. 
Capellán de Cortés.— La Historia ge- 
neral de las Indias. — Uememhrgm zSí 
de la muerte. — Gomara y B ernal 
Díaz.— La historia aristocrática y la 
historia social.— «Del pa so que 
podrían hacer para ir m ás 
= = breve á las illalueaM » — — 



RANCisco López de Gomara nació en 

F Sevilla, no se sabe en qué año, pero 

se cree que hacia el de 1510. 
Su familia, que estaba en buena 
posición, le envió á estudiar á la Uni- 
versidad de Alcalá de Henares, que 
ya en aquella fecha gozaba de gran celebridad, de- 
bido á los esfuerzos de su ilustre fundador el Carde- 
nal Cisneros. 



201 ~ Modesto Pérez— Pablo Nougués 

Gomara desempeñó en las aulas de Alcalá la cá- 
tedra de Retórica, y se asegura que lo hizo con 
lucimiento. 

Parece ser que al salir de la Universidad se or- 
denó de sacerdote y que no tardó en marchar á 
Italia. 

Allí contrajo amistad con algunos sabios. 

En Bolonia y en Venecia conoció y trató al gra- 
mático Sajo, y á Olao, Arzobispo de Upsala. «Sajo, 
gramático, y" Olao Godo, Arzobispo de Upsala (á 
quien yo conversé mucho tiempo en Bolonia y en 
Venecia), ponen por tierra muy poblada la Scandi- 
navia, que agora llaman Suecia, la cual es septen- 
trionalísima.» Gomara, Historia de las Indias, capí- 
tulo III. 

En el capítulo X vuelve á citar á Olao y asegu- 
ra que le debió interesantes relatos: «Agora hay 
mucha noticia y experiencia cómo se navega de 
Noruega hasta pasar por debajo el mesmo Norte, y 
continuar la costa hacia el Sur, la vuelta de la Chi- 
na; Olao Godo me contaba muchas cosas de aquella 
tierra y navegación.» 

En 1540 Hernán Cortés regresó definitivamente 
á España, y por entonces fué cuando Gomara, ya 
vuelto de* Italia, debió entrar al servicio del in- 
mortal conquistador de Méjico, como Capellán de 
su casa, 

Al poco tiempo de hallarse desempeñando la ca- 
pellanía, empezó á escribir la Historia general de las 
Indias con los datos que le suministraron Cortés, 



Francisco López de Gomara — f?05 

Andrés de Tapia, Gonzalo de Umbría y otros perso- 
najes famosos. 

En el capítulo LXXVIII de la Conquista de Mé- 
jico, segunda parte de la Crónica general de las 
Indias, hablando de «el osario que los mejicanos 
tenían para remembranza de la muerte», dice Goma- 
ra: «Fuera del templo, y enfrente de la puerta prin- 
cipal, aunque más de un grande tiro de piedra, 
estaba un osario de cabezas de hombres, presos en 
guerra y sacrificados á cuchillo... Andrés de Tapia, 
que me lo dijo, y Gonzalo de Umbría, las contaron 
un día, y hallaron ciento y treinta y seis mil cala- 
vernas en las vigas y gradas. Las de las torres no 
pudieron contar.» 

También debieron facilitarle abundantes porme- 
nores y referencias para su labor Pero Ruiz de 
Villegas y Sebastián Gaboto. «Conversé yo mucho á 
Pero Ruiz de Villegas, natural de Burgos; que ya no 
hay vivos sino él y Gaboto. Es Pero Ruiz noble de 
sangre y condición, curioso, llano, devoto, amigo de 
andar á lo viejo, con barba y cabello largo; es gen- 
til matemático y cosmógrafo, y muy platico en las 
cosas de nuestra España y tiempo.» Historia de las 
Indias, cap. CI. 

López de Gomara publicó su trabajo en 1552, en 
Zaragoza. La primera parte, Historia de las Indias, 
la dedicó al Emperador Carlos V, y la segunda, Con- 
quista de Méjico, á Don Martín Cortés, el primogéni- 
to de Don Hernando. 

El libro del eximio Capellán tuvo muy buena 



206 — Modesto Pérez— Pablo Nougués 

aceptación, como lo demuestran las varias ediciones 
que de él se hicieron en poco tiempo en Medina del 
Campo, Zaragoza y Amberes. 

No se le dispensó menos cordial recibimiento 
fuera de España, y fué traducido en parte al latín, 
y del todo al francés y al italiano. 

A quien no le gustó la obra fué al Gobierno, y 
por Cédula del Príncipe Don Felipe, dada en Valla 
dolid á 17 de Noviembre de 1533, se ordenó la reco- 
gida de ejemplares y multar con doscientos cincuen- 
ta mil maravedises á quien en lo sucesivo volviese 
á imprimirla ó venderla. 

Al Consejo de Indias y al Príncipe les resultó li- 
bre lo que Gomara había escrito. 

Recién entrado el Capellán al servicio del con- 
quistador de Méjico, le acompañó en su expedición 
á Argel; así lo afirma en ei capítulo final de la se- 
gunda parte de su Historia. 

Se ignora dónde, cuándo y de qué murió Go- 
mara. 

Se le ha tachado de inexacto; pero él contó lo 
que le habían referido; nunca estuvo en las Indias. 

Los errores que se le achacan y, sobre todo, su 
admiración y entusiasmo por Cortés, suscitaron la 
publicación de la Historia de la conquista de la Nue- 
va España, por Bernal Díaz del Castillo. 

Para Gomara, Cortés conquistó á Méjico; para 
Bernal Díaz, el imperio azteca fué conquistado poj- 
Cortés y por cuantos soldados y Capitanes le acom- 
pañaban. Gomara atribuye la empresa al getíio, 



Francisco López de Gomara — 207 

Bernal Díaz á la colectividad. La concepción histó- 
rica del primero es aristocrática, democrática la del 
segundo. 

Además de la Historia de las Indias y de la Con 
quista de Méjico, Gomara escribió otros libros que se 
han perdido, como los Anales del Emperador Carlos V, 
cuyo manuscrito estuvo mucho tiempo en la biblio- 
teca del Conde de Villaumbrosa, y como las Batallas 
de mar de nuestros tiempos, donde narró las haza- 
ñas de los Barbarrojas. 

En la literatura española hay muy pocas obras 
tan bien escritas como las de Francisco López de 
Gomara, de estilo sencillo, ingenuo, vivo, desafeita- 
do y elegante. 

* 
* * 



En el capítulo CIV de la Historia de las Indias, 
nuestro autor discurre luminosamente sobre el pro- 
blema de la comunicación interoceánica. 

He aquí algunos de sus conceptos y expresiones, 
dignos de eterna fama: 

<iDel paso que podrían hacer para ir más breve á 
las Malucas. 

Es TAN DIFICULTOSA Y LARGA LA NAVEGACIÓN Á 

LAS Malucas de España por el estrecho de Maga- 
llanes, QUE HABLANDO SOBRE ELLA MUCHAS VECES 
CON HOMBRES PLÁTICOS DE INDIAS, Y CON OTROS HIS- 
TORIALES Y CURIOSOS, HABEMOS OÍDO UN BUEN PASO, 
AUNQUE COSTOSO; EL CUAL NO SOLAMENTE SERÍA PRO- 



208 — Modesto Pérez^Páblo Nougués 

VECHOSO, EMPERO HONROSO PARA EL HACEDOR, SI SE HI- 
CIESE. Este paso se habIa de hacer en Tierra Fir- 
me DE Indias, abriendo de un mar á otro por una 

DE cuatro partes, Ó POR EL RÍO DE LaOARTOS, QUE 
corre Á la costa DEL NOMBRE DE DiOS, NASCIENDO 
EN ChAGRE, cuatro LEGUAS DE PANAMÁ, QUE SE AN- 
DAN CON CARRETAS; Ó POR EL DESAGUADERO DE LA LA- 
GUNA DE Nicaragua, por do suben y bajan gran- 
des BARCAS, Y LA LAGUNA NO ESTÁ DE LA MAR SINO 
TRES Ó CUATRO LEGUAS: POR CUALQUIERA DESTOS DOS 
RÍOS ESTÁ GUIADO Y MEDIO HECHO EL PASO. TAMBIÉN 
HAY OTRO RÍO DE LA VeRACRUZ Á TeCOANTEPEC, POR 

el cual traen y llevan barcas los de la nueva 
España. Del Nombre de Dios á Panamá hay diez y 

SIETE leguas, y DEL GOLFO DE UrABÁ AL GOLFO DE 

Sant Miguel veinte y cinco, que son las otras dos 
partes y las más dificultosas de abrir; sierras 

SON, PERO MANOS HAY. DADME QUIEN LO QUIERA HA- 
CER, QUE HACER SE PUEDE; NO FALTE ÁNIMO, QUE NO 
FALTARÁ DINERO, Y LAS IndIAS, DONDE SE HA DE HA- 
CER, LO DAN. Para la contratación de la espe- 
ciería, PARA LA RIQUEZA DE LAS InDíAS, Y PARA UN 

REY DE Castilla, poco es lo posible 



Si este paso que decimos se hiciese, se ataja- 
ría LA tercia parte DE NAVEGACIÓN. L08 QUE FUE- 
SEN Á LOS Malucos irían siempre de las Canarias 
ALLÁ por EL Zodiaco y cielo sin frío, y por tie- 
rras DE Castilla, sin contraste de enemigos. 



Francisco López de Gomara — - 20Í) 

Aprovecharía eso mismo para nuestras propias 
Indias; ca irían al Perú y á otras provincias, en 
las mesmas naves que sacasen de españa, y así se 
excusaría mucho gasto y trabajo.» 




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índice 

Páginas 

Cuatro palabras vn 

Caracteres de la época. 

Capítulo I.— Por patriotismo.— El ambiente.— La 
sociedad de entonces.— Intrépidos aventureros.— 
1^.1 encantado paraíso.— Los vagidos de la civili- 
zación.— La santa independencia.— Nuestro ho- 
menaje.— Á enaltecer la raza.— Contratos entre 
la Corona y los conquistadores.— La sed de rique- 
za.— Desmanes inevitables. —Los sacrificios de los 
indios.— Injustas censuras.— A nuestros herma- 
nos de América 3 

Cristóbal Colón. 

Capítulo II.— Un error histórico.— Hablando con 
D. Juan B. Sosa.— Cuarto viaje de Cristóbal Co- 
lón.— La costa de Centro-América.— La bahía de 
Caribaró.— El Quersoneso.— La tierra de Agua- 
ra.— La laguna de Chiriquí.— Guirnaldas de ño- 
res, coronas de uñas y láminas de oro.— Las tie- 
rras de Veragua.— La isla del Escudo.— El Cubi- 
ga. — La bahía de Portobelo. — El río de los 
Lagartos.— El inmortal gallego Colón fué el ver- 
dadero descubridor del Chagres 9 



212 — índice 

Páginas. 

Vasco Núñez de Balboa. 

Capítulo III. — Natalicio de Vasco. — Hidalgos, 
pero pobres.— Criado de Portocarrero.— En la ex- 
pedición de Rodrigo de Bastidas.— En Salvatie- 
rra.— Agricultor y entrampado.— Envuelto en 
una vela ó encerrado en una pipa.— Cruzando el 
golfo de Urabá.— Actitud de los indios.— Una 
ofrenda y una batalla.— Fundación de Santa Ma- 
ría de la Antigua.— Nicuesa, desabrido y avaro.— 
Enciso, de capa caída.— El triunfo de Balboa.— 
Semblanzas de Vasco Núñez.— El lebrel Leoncico, 1 7 

Descubrimiento de la mar del Sur. 

Capítulo IV.— Enciso expulsado del Darien.— Ex- 
pediciones de Balboa.— La esplendidez de un in-- 
dio.— Panquiaco da una puñada, derrama el oro 
y habla.— La otra mar.— Abrazo de Balboa.— 
Hasta la mar del Sur.— Rodrigo Enríquez de Col- 
menares á Es^añEL— Leoncico y la jauría.— En la 
cumbre del Chucunaque.— La mar del Sur.— Te 
Deum laudamus.—hEL cruz de los conquistado- 
res.— Alonso Martín es el primero que navega por 
la mar del Sur.— Probando el agua.— El notario 
de la expedición 

Hernán Cortés. 

Capítulo V.— Retratos de nuestro personaje.— Me- 
dellín fué su cuna. — Cortés en Salamanca. — 
Aventura frustrada.— A las Indias.— Capitán de 
una armada.— Los envidiosos.— Conflicto resuel- 
to.— Los españoles y los tlaxcaltecas.— A Méji- 
co.— Panfilo de Narváez contra Hernando.— Los 
caracoles trágicos.— Fin del Imperio azteca.— 
Hernán Cortés y el problema de la comunicación 



22 



Índice — 213 

Páginas. 

interoceánica.— Muerto de Hernán Cortés.— Epi- 
tafio poético 31 

Gil González Dáivila- 

Capítulo VI.— Místicos y guerreros.— Reparación 
necesaria. —De criado de Fonseca á Contador de 
la Española.— El hacha del verdugo.— Memoria- 
les interesantes. — González Dávila y Andrés 
Niño.— Capitulaciones con la Corona.— Los secre- 
tos de la mar del Sur.— Descubrimientos y con- 
quistas.— La laguna de Nicaragua.— Envidias y 
pendencias.— Prisión y muerte de Gil González. . 57 

Pedrarias Dávila. 

Capítulo VIL— A Castilla del O/'o.— En la isla Do- 
minica.— La indumentaria de Vasco Núñez.— La 
elegancia, el hambre y la muerte.— El tesoro de 
París.— Perla maravillosa.— Acia, tierra de hue- 
sos, ^PauamsL, tierra de pescadores. — Leones, ti- 
gres, osos y onzas.— La comunicación interoceá- 
nica 

Pedro de los Ríos. 



74 



Capítulo VIIL— La venganza de un soldado. -El 
César, en Vitoria.— Caballero y de buena casta.— 
La humanidad con los indios.— El trato de la Es- 
pecería.— Un ovillo de algodón y una carta.— El 
puñal de Pizarro.— Del río de los Lagartos al mar 
del Norte y á Panamá 101 

Diego López de Salcedo. 

Capítulo IX.— El poderlo de España. — Melancolía 
y optimismo.— La libertad. -Disensiones y lu 
chas. — Diego López á las Higueras. — Salmántica 



214 — índice 

Páginas, 



íiocef. — La gobernación nicaragüense.— Gabriel 
de Rojas, conquistador y buen soldado.— El Des- 
aguadero de la laguna de la ciudad de Granada. 117 

Antonio de la Gama. 

Capítulo X. — Juez de residencia.— En la isla de 
San Juan y en Tierra Firme. — Gobernador inte- 
rino.— La autoridad, austera y pura.— Protector 
de los indios y perseguidor de los holgazanes.— 
Santiago de los Caballeros. — De Nombre de Dios, 
por el Chagres, hasta cerca de Panamá.— La cu- 
lata de Urabá.— De Castilla del Oro al Perú 121) 

Gaspar de Espinosa. 

Capítulo XI. —En Medina del Campo.— Salaman- 
ca, maestra de las virtudes y de las ciencias. — 
El más pobre hombre de la tierra. —La bondad de 
Espinosa.— Hermosura y utilidad del Chagres.— 
Palabras profé ticas. — Los dineros del Licencia- 
do. — Espinosa muere en el Cuzco.— Lamentacio- 
nes y panegíricos 141 

Francisco de Barrionuevo. 

Capítulo XII.— El cacique Enriquejo.— Catolicis- 
mo teórico. — El Paternóster y el Avemaria.— A. la 
sombra de un árbol.— Numanti no y de buena 
casta.— La navegación por el Chagres.— El Canal 
Interoceánico.— El Río Grande de la Magdalena, 
camino para la mar del Sur.— El Ducado de Ver- 
agua.— Otra vez la culata de Urabá. — Documen- 
tos notables 175 



índice — 215 

Páginas . 



Pascual de Andagoya. 



Capítulo XIII.— Al servicio de Pedrarias.— Regi- 
dor en Panamá.— Descubrimiento del Birú.— El 
Rey de los caciques.— Lo útil es limpiar el Cha- 
gres.— Andagoya, Pizarro y Almagro.— El gobier- 
no del río de San Juan.— Andagoya, Benalcázar 
y Vaca de Castro.— La cosmografía de la Corte. . 17.5 

Gonzalo Fernández de Oviedo. 

Capítulo XIV.— Los grandes historiadores.— La 
flor de España.— Llavero del Príncipe. —El genio 
de Gonzalo de Córdoba.— Margarita de Verga- 
ra.—El Cathálogo Real de Castilla. —SecretRño 
del Gran Capitán. — Cisneros, colonista.— Las al- 
forjas de Fernández de Oviedo.— Alcaide en San- 
to Domingo.— Las riquezas del Perú.— Con la plu- 
ma en la mano. — «Del estrecho y camino que hay 
de la mar del Norte á la mar austral, que dicen 
del Sur.». jt^c) 

Francisco López de Gomara. 

Capítulo XV. -En Alcalá de Henares.— Retórica 
y Teología.— En Bolonia y en Venecia.— Cape- * 
llán de Cortés.— La Historia general de las Iw- 
íí¿a.s'.— Remembranza de la muerte.— Gomara y 
Bernal Díaz.— La historia aristocrática y la his- 
toria social.— «Del paso que podrían hacer para 
ir más breve á las Malucas.» 20?) 



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