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Full text of "Los secretos del pueblo: Novela social y de costumbres"

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HARVARD COLLEGE LIBRARY 

SOUTH AMERICAN COLLECTION 





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LOS SECRETOS DEL PUEBLO. 



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LOS 



SECRETOS DEt f HEBLO 



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NeVELA SOCIAL Y DEeCNTllMBIlEft A 



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M^RTIlSr I>-6.t.MA., 



TOMO IV. 



VALFABAISO: 

tMPRENTA DEL MEROXTRIO 

OE RECAREOO S. TORNERO. 

1870. 



5AL5lC>X.\»^ 



HmnmM pc!lei^ Ubrary 

C;ft df 

Archib«'ci Crrv Coolidge 

aid 

Clarence Leonard Hay 

April 7» 1909^ 



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LOS SECRETD$ DEL 




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LA POLITICA INTERIOR DE CHILE. 



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La 5ocie^a4 4e,l^, Jgfuald^j J^l i2fO ,de A}t\1 



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lia ^poea en (jae figni^Ti naestrp^ p«f donajeSy \% parte 

que torn aron en I03 acontectiiiientos poHfcioos y miffistros 

prop6sito9 asi como nuestras ideas, nos obligan a escribir 

nnas cuantas lineas Bobre ^e asqnto, Ifoeas qae natural- 

>. 

mente se ligan con nuestra hi.^toria, y qae, si no record4- 
semos o si dejiaemos en Blanco, nos .enlcontrai^amos obliga- 
dos a trnncarla, rompiendo asi la saoesibn de los heck^s; 
nms, por fortnna, las pasiones* de loa partidos no iiWs^inti- 
midan, sn espfritu n6 tios anie(ft*enta, pbt^qie' tenetebs la 
' vista on poco fiia^ alta qn6 esa atmtSifera de espe^hlaciOn 
mezqnina, de egoismo estreieho' y ide igAoi*«th^ia pfet&lieio- 
sa, porqne deseaniids vjtrel Hefgfealfirf^&'cfatablefeefse la veraa- 
dera repilbRca y'la verdadera^femocracla y porqEe'Afe otra 
taianera nos vei fames iiiiposibi^Ktaddi j^tira ^egaii cboiio lo be- 
ttios 'dicho, el hilb clfe nnestrtthiStyrta; fVaes <}&s acOAtedi ittfcto- 



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to8 que van a aocederse estin f ntimameiite ligadp8 con< el que 
encabeza el primer eplgrafe de nnestro coarto voldmen. 

Dada esta especie de satisfaccion esplicativa, entraremos 
en materiAXoa la independeDcia^ cgn I03 pi'opdsitos y con 
I08 bii^nos deseo^ de siempre, porqae antes que los indivi- 
daos, que los cfrculos, que los partidos, mt&n las ideas, est an 
los principios, e&t& la rejeneracion del pneblo, est4 el bien 
del pais, al que estd intimamente vinculado el bien de nues- 
trcs hijos. .— r 

Lo confesamos: cuando uno trabaja con esos fines y con 
esa libcrtad, cuando no-iietre -en' vista el lucre del servilis- 
mo ni lo amedrenta el que diran^ cuando no solieita empleos 
ni teme c^rceles, los horizontes se estiendeo, la conciencia 
seengrandeceyJa voluutadBe ensanaha,.el entendiquento se 
aclara y tiene uno' anirhcry adquiefef enerjia-y toma faerzas 
para lanzarso en la lucha contra los abusos, contra los des- 
potismos, contra los privilejios, contra las desigualdades 
sociales, contrc^ todas esas Uagas de que adoleee la especie 
y que degradando a la humanidad la avasallan impidiendo- 
le ereeer «n ci^erpo y en. espfr^tu segun h, lei, 4® j^-^V^^^' 
le»i, Begun la voluntad de ,Dio& . * ,. 



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Eoiique Lopez, 9I j6ven ebanjsta, habia aido miembrq de 
£ft Socwtaddela Igualdffdij era uno de sus parti dario^ mas 
ardieatee, mas debididos y talvez mas ihstr^dosi ^,, 

Xios principips .de esa sociedad no eran poUticos sino hu- 
manitarioi^ sw tendencias se dirijian al bien social y no al 
ei^grandecimiento. o al predominio de este o del otro parti- 
4o, y si esa institQcion hubiera sida ^.prptejida en vez de 
0er ffhqgada, si la hubieran fomentado en Jlugar de estin- 
guirla^.si le, tiendea uqa miano amiga, en vez d^l gf^rqte 
, eO^migo y si.Qjpaawva ipc6|4ui6a sua ideas tan progresistas 
come pacf ficas, en , lugar de echarse en la arena, siempre 






!» 



abrasi^do^ft y. siempr^ .asji^cil fle lapditica d,e cfrcul^o, de 
esa polltica de miras p^rson,^^^ y .no p^rioticas, q3 induda- 
hle.qae J$Lrep6blicar;presjantaTia ahora lin' aspecto.distinto; 
(^8 maa que probable qi^e^. no haorlamos tenido sangrientas 
lacb^, gu^ ,^1 |)^e^blp^ tendria <^^^ conocena bus 

, deJT.echps y estaria pn^ppjsesion de ellos, que seria libr^^'fjor- 




te de 1^ dfempcracia, que. es la limca que epejraaiece a las 
Bacioues^ porqpe- es la que . nivela a las bompres, porque esj 
111 quie forma la .3oberaniaria(Iividual, que es ef lilticbo esca- 
Ion de la per/ipctibilidg^d aocial j polfjtica. 
- Pejj^c^rjue^tros mandatario^ liaa otradO^ y^obrdti de^^distm- 
to, modo.. i^uQfitrps mandatarios luch^u contra los pueblos 

, ea lugai: de guiarlos, Ips escjavizai^ en v^delibertarlos, les 
imponen gobernaates en lagar de aceptar los qqe ellos eli- 
j^d;^ de e^ta^ppresiQn, de esta esclavi'tud llevadaa sistema 

,^y ^ceptada couio sistema, de,esias absiurdas e intrusas can- 
41d^^Qr$ks oficial^s, es de dohde nacen. los distatbios^ los 
odios enqarni^ados, las tuchas sahgrieatas, el att'aso de to- 
doe; Tras. la candidatura oficM proclamada por don Manuel 
Bulne». vino la revolucion del 20 de abril de iSSl y todaS 
. las otras que continuaroft nasta 1859. Ahora, tras lascandi- 
datur^a, oficiales que . proclamara * don' Jos^ Joaquin Perez, 
jcu^le^ serdn Jos i|ia1es que sobreVehgan? Asi es com6 los 
gobernantes provocan, a los ^ pueblos, porque no fespetan la 
vpluntad de los pueblos^ y asi e^'como lasnacione^'dfeda^n, 
como el vicio cunde, cbmo los hombres se'' prostituyiBu'^ y 

envilecan, c^ma el-e^piritvi psibUco ^jei.esti,^igti^X^® /VP^S^i 
dejando.en sU logar' fe h^ed|oHda«pj5ftw»a d^^ darFillsmo y»ide 

:1a adula(jiojqi» Tpar^ quC. tT.h,4Mi5 J9? ..p.*^4'^^*^p[il?^^^^^^ j^^ 

' espe'cal£ido]*«s de^aneouiras, ltw&f<&ed:riedor«J8 de propiaias^y^de 

'; emnleosi los aiiotistas' de I^-bardifa g^lbria: "f riste^s, deciBlo, 

j^ro yaa^ndjiaftflaf ^l^iftismo s^ti^jot^i, ^y^i^s^t^^.se^^^^^ 

plant^adoj jy el Qon^rfead de 1870, ser^^ea >stt graq^ nanypria 



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hec&ora del ejecativb, contrafiando la Tolntitad y las1ii>jitl* 
mas aspiraciones del pais. (1) 

Nos hemos desviado uiji poco del hilo die naestra hiatbria, 
pero contmaemos. Jj^ Sooiedad 4^ ta Igiwldad a que, como 
hemos dieho, pertenecia Eariqae/trabajaba por destruir los 
abnsosy por inocalar las bdenas ideas, por Ue^ar alterreho 
d^ 1a pr^cvtica los sanos priacipips; j no por revolacionair al 
pais, como afirmaban sns d^tractores, y no pot ambictosbs 
fines delacro o da mi^ndo, como lo ban qaerido liacercre^r; 
,y en prnebj^ de fello podemos citar sus principios fuiidamea- 
tales, paes para pertenecer a ella nece$^ital)a el individoo 
ser p^rtidario o profesar Ik jBigaientp doctrina: • 

'^^Reconocerldindependenctade la razoh comodtcfortJad 
de autoridadef: pro/eaar el principio de la sober anid del 
pueblo como base de ioda politica, y el debei' y el amo)r dela 
/raternidad ^n^ver3alcomo vida moraV^ / > 'o .m 

> . Estas pocas liaeas demuestran las tendenbias j el ^pirUa 
de aq^uella estioguida socied^d y'sa^ actos posteriorbs^lo 
confirman, pnes desde luego sus vlust^^dqs mieinbrbs^'tirkta* 
ron de abrir escaelas para qae se educase el paeblo y se 6s- 
tableciera cdtedras de histoina sagrada, hist oria de Chile, 
dibnjo lineal, frances, ingles, m^sica, independiente de los 
de la leetara, escritarai primeras operaciones. de aritm(^tfca 
y elementos degram^tica castellana y jieograQa, etc; 

Ahora bien, }no se divisa aqql cfaramehte .nn fio sodtal 

jQjx vez de nn fin politico^ I si la politica es S^ta, no hai duda 

i^lgnna que es la verdadera, la mas liti!, la mas hermcsa, 



' (I) NnMtttii' opMfdaei Veipeeto * U'de|>^«FkbU pr^etlei iA 1m eatfdtd»tiinif «^i&- 

' le|.Aoffe« ]ktd\Uat tolnmonte |i.iiApi9af ^i^ son nn rjdio,- un al^aso j un m«l cnyos per- 

tuelQ90i, M<e<yto^ son d^gran trasoeixlencia para Jos gobernantes y para, los gubtrnados, 

. sine que van todavia iejos, lutacho tolas leJ(is;poes notolo tio cr^ewtos «d la Icjilimidad 

^d^drta^ eaodidftiiras, no solo Ui isontidirtinios dfs^v^ri^s^de tod^fit|torl^Uid, ^inp.qna 

jllfTsn la d^shoDra ^I indjifidapi q^etl^ ^lE^pJ^a porque son una. prueb^ de 6c^vin^mo y 

de esclftTitud, nna pmeba de ^oca eleracW en el ear&cter'y de ipoctt_€i9vivii(m ed las 

ideas, maiitfeitando'peqmfierfln Wprlniero y-estPcAAex^mlo'dMgMn^ m\ Bition;4iHi di> 

|m%MU»Jd4* de sttr n^ii^sieoV^ honioi^b?^ cuiiodo el i^dividnp que.lo ,o<su^ no h|t .sldo 

ooloeado alli por el libre y espontineo sufrajlo de lot pneblos. 



siebdo 091 ooiM la aceptaoiM j^^omo la qaarcmm: la poll* 

tica del progreao es la qae d^be llamarse politica; la. poU- 
tica del eDga&o^ del abuto y del solo deseo de oiedrar^ no 
69 polftica i^ino retpoceso, dicaraqtismo^ p^rdida para todos. 

En una de lasactas de W StmBdad d^l(i IgiicMad^ leemos 
log di^nientes acaerdos: 

^l."^ Nos reatii*iios en sociedad ^ando del derecho^ que 
fien^Q lo3 hombres libres paraasociar^ para todo objeto 
que no este probibiJo por las leyes. 

2.* Nos renmmos para formar laconciencna p&bltca, es 
decir, para ilustrarno^ ^n los DiflRKOHJS que nos conoeden Cus 
leyes y en fos deiierks que nos imponen. 

3.® Nos reuniiHos 6on el objto de conaiderar nnestrasittfa- 
cion especial y hacerla presente^a las autoridades legalman- 
te constitaida?, indicando los medios que ereemoa puedau 
hacer desaparecer el n[ial, usaado en ' esto del derecho que 
nos concede el cap. 6.^ art. 6.* de la coastitucion y coafor- 
me a las disposioionea jener^les de ^sta. 

Eatos^^ft nae.^tro3 &aic03 m'jdlo-, nuestro^ Aiico? fines. 

Los trastornos; el ernpleo de la fuerza solo sirv^en para 
dar glorias inutilesal que-triaifa: querenaos la pas, la tran- 
qu^rrdAd, pOivfiie tie clLis-solus.poieiJias eij>erar la prospe- 
ridad dti. li repiiblica. , . 

lle-^petnmbfs todas las opiniones como. queremos ver res- 
pf'ti las Jas nuestras. 

Qaeremos c*>a veneer, bo qneremovimpdner aue^tras ideas. 
Lt santii palabra isOalijad es la quo nos nirve de batidwra. 
Btichar.ahios tod*! opre^ion, tola tirania, la tiraqia del ca- 
pricho popular, como la tirania del raandatariij apoyadaien 
la fuerza, 

PuMicamos esta acta solera ne de naestra aoeiedad para 
quesepari nues£ros^adiaclarla?Jos nueatrasintenciohes, para 
que veflgtiH a iSngrosar nuestraa fllas. bs ijjrxEJioa.PATBioTAS.'' 

"Pregtintaniio^ ahorfi: gpnedericonsideyarsecomp pertnrba* 
dores-d^l'did^n publico los que tieaen esta& ideas, I6»;^ue 



Itteen piblieaa estas. leoctoBap^ ]m que baUan este lea- 
gsaje? 

For otra parte, ^qaienes faeroa los que encabezaroo wa 
SDciedad? Ekitre machos jo^enea di:^tiogaido3 por an capaci- 
dad^ por so fortaoa y por sa faoiiUa, eotre algauos artistas 
de primera nota y muchos artesanos Uboriosos y honrados^ 
ae eQCoentran algonod-de'uacstros primeros y mas' famosos 
literatoflL Ahi estaba^ ae paede decir, a la cabeza de eaa ao- 
ciedad y siendo el alma de ella, Fran jisco Bilbao, el escri- 
tor y el pf-ofeta, el hojabre de ideas y el hombre de fe, el 
hombre de seotimiento« huusaitarioa, de peasainieDtx)s ele- 
vados, de intuicioa verdadera, el hombre desprendido que 
no qaeria mas qoe el bien del pueblo y que \lev6 su abne- 
gacion haata sacrificar^e por eae mismo puebla, a quieu tuvo 
el dolor de no ver una sola vez antes que terminara su cor- 
^ laborioga, honrada y talvez penible existencia. 

AUi se hallaba Eu^ebio Lillo, nuestro poeta favorito, el 
* ppeta melodioso y tierno, sencillo y elevado, cuy as estro- 
fas cadendosaay dulces se deslizau suavemente, despertando 
nuestra fantasia, abriendo nuestro corazon a gratas emocio- 
D08, embriagdndonos cou esa annonia misteriosa y simpdtica 
de que i^stdn empapadas sus pocas pero brillantes composi- 
cion^s; Busebio Lillo, de uu caracter afectuoso y enerjico, 
lleno de ternura y Ueno de fuego, lleno de bondad y lleno 
de altivez, que no se ha abatido en la desgracia y sabe ser 
jeneroso ^eu la prosperidad, quo no ha encorvado su frente 
ante los hombres de poder ni trafix^do con sus opiniones; 
en una palabra, que ha sabido conservar su dignidad en las 
luchas politicas y en las luchaa pri^adas como escritor y 
como particular, como ciadadano y como hombre, en la pla- 
za y en el hogar. ' 

Vttfase tambien alU el j6ven ^^njanain Vlcufia Mackenna, 
j6ven Ueno deporvenir.y Ueno de esperanzas, y que no ha 
deimdntido ni eae porv^ir tii lesase^peranza^^pues ha He- 
gado.a cer el mas fecundo escritoi; Qhileno, y sin temor de 



tM twrnnoB vn. mnaa/t. 



n 



equivocarnos/podemos afirniar, el mas fecundo e«6ritor de 
America. La briliaute pluma de Vicuna Mackfennn se ha es- 
teadido a todo, io ha recorrido casi todo; pero de 16 que 
principalrneate se ha ocupado ha side de la historia, y parti- 
cularmente de la historia contempurdaea, porque puede de- ' 
cirsp bieu que Chile no tiene todavia otra, granjeAndose en 
estf, terxeno muchas aninjosidades con la mejor intencion y 
la mejor bceaa f6 de estc mundo. B. Vicuila Mackenna, por 
lo que conocemos de sus escritos y un poco de su perSotia, 
tienfe au alma sincera, afectuosa y honrada, incapai: de'Ha- 
cer el mal sine por oierta lijereza, y esto quizS es li'(|iie^lo 
ha perjudicado; ^pero qu^ escritor no esperimenta sinsabo- 
res? (?Qui5 hombre publico no estS eapuesto a la critica 'mas 
o menos justa, mas o menos seyeraP^La fraoqueza del histb- 
riador Vicuna Mackenna ha ido, es cierto, hasta la temeri- 
dad: tiene Ips- defeptos de su virtud. Empero, jcudnta labo- 
riosidad, cuanto* talento,'cuAnta contraccion, cuanto estudk), 
cuinta profuadidad y elevacion, en medio de algunos de- 
feqtos, no encierran sus infi'aitas'y variadas pajibas! La li- 
teratura n^cional debe considerar como su primer campeon 
ali^enor Vicuna Mackgnna, porque es el que mas la ha en- 
riquecido. . , 

No es nuestro proposito hacer unabiografia ni el andTisis 
de las obras de este escritor, sino que, ^rindi^ndolela justi- 
cia que merece, hacemos linicamente mencion de su m^rito 
para prober h^sta la evidencia los de la Seciedad de lalgiiixh 
dad que un esCrecho despotismo corto en flor antes que jer- 
minara: fan^sta maniobra que nos ha traido muchos males, 
dejando de producir muchos biedes (1). 

Enrique, con su alma ardiente, amiga de la libertad, de- 
seosa 4el progreso, entusiasta por todo lo bello y por todo , 



'* 



(1) £d l{i'aQtua1idad se forma una Afiftmhlea electoral en Santiago encabezada por los 
hombresmas distingddns de nucstra sociedad; ^^^legard a tener el mi&mo ^JSiit qoe la 
SoMedadde la Igualdad? E^perainod qner no, a pesar de laa tendencias que se manl- 
lieetan y de las arbitrariedades que se eometeo. 



il2 



Jo grande, no babia mirado con indifarencia los finesi hama- 
nit;iFip8 que se proponian segair aqaellos j6venes y qtie oa- 
taban en completa armonia con sas tendencias y con las 
.l^ccionea que habia recibido de so maestro; jy c6mo, por 
otra parte, no ser arrastrado por esa elocuencia viril y sim- 
.pa.tica, parab6lica y llena de im^jenes de Francisco Bilbao? 
4C6(QO uo segQir el mismo camino por donde marcbaba Re* 
cabirren, Lillo, Vicuiia, Mario, Bello, Arcos y tantos otros 
en condiciones distintasi, pero undaimes en el pensamiento 
y co^formes en el propdsito? Era uec^sario ser uno de loa 
eampcones de la libertad y de la democracia nacientes, y 61 
acepto el cargo con gusto y con decision. 

Cuando Eariqne se vio completamente libre de la^* preo- 
^enpaciones de la familia, cuando habia castfgado a Guiller- 
xnQ y DO tenia ya teraiDres por la salud dd Mercedes, se en- 
tregd en cderpo y alma, se puede decir asi, pero sin faltar 
jamas a sua deberes, a llev^ar adelante aqaella crnzada qne 
fie dirijia resuelta contra los despotismos, contra las preocn- 
paciones de todo jeaero, para p'antear sobre sus escombros 
^ el estandarte de la razon; el pendon sacrosanto de la frater* 
nidad. 

Tal7cz habia algan e'^oisnao en el sentimiento revolncio- 

nario que esperinaentaba y seguia Earique. Talvez no era 

solo la libertad y progreso del pueblo el m6\ril esclusivo de 

3ns acciones.' TwhIv^z eutraba por mucho^ eu la decision y 

^ eperjj^ con que habia abrazado la causa democr^tica, sn 

propio estado, el deseo de elevarse, de adquirir una posi- 

cion social que lo acercaae a Luisa, de sefialarse con nn he- 

cho digno de la mmer a quien amaba, con una accion no- 

blQ, jenerosa y valiente que lo realzara a sus ojos y que lo 

asimilara en algo a aquella divinidad a quien rendia el cul- 

to mas tierno, mas respetuoso y mas sagrado. Pero esta 

^, en;iu]acion ^es acaso un mal? ^es acaso un psHgrcr? jes acaso i 

i ' Qpa falta o un vibiu? Nq: para nosotras es nn m^rito, quizds 

Tina virtud, porque de allf nasen los grandes despreadi- 



uw nciuRoa oci. romUAt, 



19 



H. 



^ientos, los grandes sacrificios, los grandes hechost'de ^VS 
nacen los hSro^s y de alH nacen los 8aDto9, y Enrique qnenik 
ser lo nnoy lo otro; sin embargo, en la fogo^ridad dela'jn- 
ventad, en esa vehemencia con qup 6e siente y ton qritf rt' 
piensa en los primeros aflos de la vida, podia' mUi bien 
equivocarse en la adopcion de los medios para alcansar 
el prop6dit(^ y c;pmo ^i no veia mas que lasanidaddel 
fin y estaba^resnelto a correr todos los peligros, era uno 
de los mas ardientes miembros de aqnella estihgaida aso* 
ciacion, que, una vez disnelta, tovo que riiafchar cybuIU 
y entrar en la senda tortaosa de 1^ revolaclon armada^ 
pero si el solitario, si el antiguo coronel don Tbribio At 
Guzman se hubiese encoDtrado en esos mom^ntos en Santia- 
go, es seguro que, sin combatir las ideas de Enrique, sin ir 
en contra de sus prop6sito9, lo habria desviado de aqtt^l 
camino peligroso y est^ril que da pretesto a los despotfai- 
mos y solo trae desgracias sin Jiaber coriseguido otra bosi 
que afianzar la tirania eternizdodola; esta es la leccion que 
no8 aconseja seguir el juicio y la que hemoS recojldo cbn 
una dolorosa esperiencia; y ojald este ella bastante grabaidi 
en'el pecho de nuestros coneiudadano) p^ra que jamais "noil 
espongamos a los azares de la guerra crvil, manchando eon 
Mugre de hermanos el suelo de nuestra.querida patria. 



Ill 

A\ mismo tiempq que Enrique formaba eh las filas de las 
defensores de los derecbos del pueblo y de los sosteneldorei 
del principio de la igualdad humana, es decir, de la destrutf- 
cioil completa de los privilejios y de las demat'cacioneft de 
razas, otro j6ven no^menos ardiente y no menos dec?dido, 
porque sentia en su pecho ^l luego de \k desesperatnon, tb- 
xnaba cartas en el partido contrario parli sostenet las ^r^rcl- 
gativas de familia,'para que continaara si^mpre et pars tmjb 
el pi^ del antiguo coloniHJei pari ahogar idn |>nue}^S>s rih 



.1 



; 



M ioii Mm t u m m DiL pvBttAi 



pnblicanoa, quedAodo sabsistente la especie de oligarqnia 
qiie nos habia rejido liasta entooc^ y que por desgracia , 
DOS ri)e tbdavia en parte: este j6v^en era Gailleroio; pero 
antes de verlo figarar en politica, sig^moslo por nn mom^n- 
^ desde aqnel dia en que, reconociendo a 3Iercedes y d5a- 
dole 4sta el perdon, cayera dosmayado sobre sn propio 
lecho. 

XJn soe&o profqndo y reparador habia Seguido a ese acci- 
dent^ afortanado, y todos lo8 doctores en consul ta dijeron 
qqexasi eataba faera de peligro, que la? probabilidade^ en' 
an fgivor eran mayores, lo qne confirmaba la opinion emitida 
recientemente por el doctor Sazie. 

La madre de Gnillerma 8igai6 al pi^ de la letra las pres- 
cripciones de este c^lebre facultativo, adornando el retrato 
de3iercedies, retirando los otros que existian aLrededor del 
IjEM^ho y espiando en silencio y sin ser vista todos los mori- 
mient08.de an hijo. 

. Guillermo, al despertar, miro por todo el cnarto, fijdn- 
doae en cada nno de los objetos; despues cerro los ojos y 
qiied63e por an momento como si hubiera vurlto a dormir- 
ge o coino si reflexionara; pero aquellos ojos estaban mag 
seyenos,' no tenian la dura espresion del delirio ni la vague- 
dad de la demencia: dona Porfira contuvo los latiJos de stl 
corazon, al que hacia palpitar la esperanza. 

La fisonomia de Guillermo, aun en medio de su inaccion 
aparente, se trasformaba por instantes y parecia que una 
revblucicm favorable se operaba en su interior, y era asl en 
*efecto: habia recordado el perdon de Mercedes y se corapla- 
cia en ^1, figurdndose sin duda que el perdon de aquel in- 
jel endolzaba sus dolores o borraba su afrenta. 

Pasado un instante, abri6 otra vez sus ojos y los diriji6 
h^cia el lado de su cama, donde estaban antes colgados to- 
doa lot trofeos. de sus conquistas, y no viendo mas que la, 
.miniatura de Mercedes adornada de flores frescas y hermo- 
yis, 9^,jS|Qori6 dulceqiente, lo desprendi6 del clavo^locoa- 



tempI6iih largo rate, movi6 «as labios coma si ci>n7drsara 
COD ^, J al fin lo acerc^ a la bo<» y lo be86: pero apenaa- 
habia heeho esto, cuan^o ge contrajeron eus faccio!|ea ^ loi 
arroj6 a ua kdo: tctlvez el recaerdo ^el crimen' q«e habia 
cometido oon aqnella herinosa criatara y el castigo qne habia^ 
recibido, se presentaron simultdneamente a so imajiDacion. 

Ppco a poco s^ tranquilizo, y recojiendo el retrato que 
habia lansMido, lo pnso en su lugar y rompid en sollosos. 

La madre miraba siempre a su hijo, sigaiendo nn6 a una 
tbdos BUS movimientos e interpretando por elloa lo qw-^pa- 
saba eil aqnella aln^a angnstiada y arrepentida. ^ 

' Estas observaciones fueron coinuQfoadas al doctor Saziet 
tati Inego eotSo hizo sti ' yisita, y di6. a la sefiora n^a^ores 
esperanzas, aconsej&ndola codtinaase elniifmo sidtetiia. 

, A los ^dos o tres dias, cuand© el fot6graFo bubo itraida el 
gran cnadro adornado de un bermoao mareo, que la madre 
de€rufllerriiO circdnd6d^ hermosas flores, e^peroel momento 
en qne'se qtiedase profundamente doreaido para sostituirlgl 
al pequeno, y volvi6, como siempre, a ponerse enacecho. . 

Cuando Guillermo desperto, fiu primera mirada fu4 pai^ 
Mercedes; y al ver aquella trasformacion se sorprendi6 de 
tal n^anera, que 36 incorpor6 completaitiente, se hin€6 eot 
seguida y le prpgunt6 si lo amaba. • 

Despueis dej6se caqr como abatido, diciendo: .i 

-^No, no -me ama, no pusde amarme; me aborreee, paep 
to que me ha hecho castigar tan cruelmente... 

La madre se estif'eiileci6 al'oir estas pal&bras de su hijo. 
^De qu^ castigo qtieria;hablat?gQueera loquehabiti hachoi) 
se preguhto a si friisraa, para que el pesarfwrtflan ptofan- 
do que llegara al pun to de trast^rnarje el jajcro? Una idea 
confusa al principio, terrible ^ ^aida^fe pres©nt6 aAa 
imajinacioD, llegando a adquirir ixn grado tal de eerti^um- 
bre, que dijo: * ' . • • : ^ ' ^ e 

**- Ya «^, v.y a ^: - han imposibilitadd para sterftpr* a tnf hi jdl 
ya no %% hombrel., . ; *- . . 



J 



\i\ 



Ml>«etntakM int.»B«niOw 



T aiistQ>pen9«m]eQt6 dolorosQ,. qpd e^baba^pQl* ti^rra itori 
dot 6Q8. planes. desde tan brgoti^iopo copibinado^^ bo p ado, 
resistip y.Bt vi6 obligada a aentarsedn el mas prdicI^QisUloD* 

Uq nujevo ruido ea el dormitqrio de QuilkroiQ L volviiSi- 
en %\ y tuvo el valor aaficieate par^ eolocarad .iw 90 poftto. 
de observaoiom 

^oillermo habia deacolgado el jfetratoj pu^atolo ^obre ?U8 
rodUlas^ j mir&ddolocoii ttoa eapresioa de iadecible CarilIo,[ 
lediecda: , J 

tt-J^Qy BO pnedes aborrecerme, de^de qn^ has vetiido aqmj^ 
pQrqoe yo te he visfco; desde que me has perdonadQ, porqQ^ 
JO te he oido y te oigo todavia, pues tas paUbras. y tii.esr 
presioos^ y tu aceoto^y tu mlrada, y tu p^lidezh^a ^uedado 
indeleliles aqoi, aqiii en' mi corazon.. . 

¥! Gaillermo se p6so la maao en el pecbo^> oonjtiniaaQdo, 
enseguida: *> .1 

•^-nN^a paedes aborrecerme^ estQi ^^garo, 4& ^^ p^rqnq 
\k eres la que me has mandado tn retrato. ^Q \h otra^se >pb: 
dia ooQpatida esto? Tii eres y me ama$ todavia; pera..*; 
fpero!... yo te aborrescco y yo me vengar^. . . 

T GniUeriiio, como en Ic^ dias anteriores, af rojo l^ejos de 
ti el retr^to; pero.tamisiodalo al poco tiennpo y coloc^odol(} 
en sd logar del mismo modo qae lo, habia hecbo en Ips dias 
anteriores con la miniatQra».con la sola difer^ncia q^e ahora 
ae failbia moatrado maa MH^iblef >ma9 tierno y tai^Eibieu mas 
irrit ido. 

DoOa Porfira, pnede decirse asi qae ps^rtieip^.de Ia9 jpia- 
^niis impresiones d^ sn hijo, porqae es<?Iam6 a sa y<?2: . 

--^jHa veoitdo aqul! lo ha perdoBado! Pero .. pe?o yotam- 
l»eii me vengar^I... jPobre hijo tDio! jVemr aquf! jPerdOr 
nad Giiaodo tii eres el qae en reaUdad debieras perdona^ 
porque eres el que ha n^cibido Ija mayor afrenta^ el que ha 
sufrido el mayor agravio, al qne han imposi bib tado para 
iienpriel i^to^ eis horforofiQl Esito i4er<s(;e na ejftmplfir xas- 
tigo-oy losufrirdiU r ui a 



jM iioltifeoB i>tt raauK 17 

No habift acabado de proferir estaa palabras, cnando sin- 
ti6 ks herradaras del caballo de paso qae regalarmente 
moQtaba el doQtor, vi^adose obligada a abandonar sa panto 
de observacion, donde no necesitaba estar ya, porqne je- 
neralmente darmia profandamente Guillermo despaes de 
&QS embciones. 

La Be&ora, preoenpada de aqnella idea, que la atormenta- 
ba sobremanera, tan loego como vi6 al medico le eomnnic6 
sns temores. El doctor Sazie se phso k reflezionar, y dijo, 
pensando en la conversacion qae habia tenido dos o tres 
dias antes con el padre y el hermano de Mercedes: 

— ^Talvez tiene usted razon, sefiora. ; 

— No tan solo razon, sefior, sino qne creo tener la sega- 
ridad. 

— F^cil es averiguarlo. 

— iC6mo? 
- — Nada mas sencillo: esperando que se daerma profan. 
damente. 

*La SBfiora hizo como que se ruborizaba. 
• — No tenga usted cuida^o, sefiora, ptosigai6 el doctor; 
yo me encargo de la investigacion. 

— Ustedes est^n tan acostambrados... 

— A todo, sefiora; ese es naestro oficio, y no nos asusta- 
mos de nada, ni ^e hacemos caso a nada. 

— Si, doctor, se lb confieso: qaisiera salir de esta incerti- 
dnmbre, aunqae para mi no lo es casi; pero me gasta cono* 
cer toda la gravedad del mal para arrostrar el peligro de 
frente y para saber a qa^ atenerme, porque en ese caso yo 
sabr6 vengarme. 

J)l doctor Sazie franci6 el entrecefio yTespondi6 con an 
tono de s^fia admiraoion: 

— jVengarsel ^De qu6, sefiqra? 

— gDe qa6? jDel ultrajel jLe parece a usted poco lo qti* 
le he dicho si en realidad ha sucedido lo que pienso y lo 
que creo? 

1% " V ^ 



9'' t 



18 u» fBosuEfgi vmL puttbo* 

'—Me parece lo josto, aenora, y nada mas. 

La respuesta del doctor Sazie no tenia replica. jQne se le 
podia objetar, conociendo la criminal felonia der Gaillermo? 
Sin embargo, la senora penaaba que la ofensa que se habia 
heobo a una pobre costnrera, aunque faera de esa natnraleza, 
no merecia tanto castigo y no merecla tampoco el aire dea-' 
preciativo con que la liabia tratado el juez del crimen el 
dia anterior, porque ella podria indemnizar con plata4afal- 
ta de sa hijo, resarciendo el mal caasado con magn&nima 
largaeza; j esto lo-pensaba a pesar del desprendimiento de 
Mercedes, saponi^ndolo abora falso, paes como sabia el ea- 
tado en que se encontraba Guillermo, no habia por este 
motivo qnerido aceptar sa mano, mano qae ella a sn vez le 
habia ofreqido hipocritamente, pero que en vista del dea- 
prendimiento que manifesto, le habria cedido; mientras que 
ahora, que todo se habia descabierto, merecia an castigo 
ejemplar la astuta hipocresia de los manejos de Mercedes. 
Asi pensaba dofia Porfira, y aunque juata la contestacion 
del medico, no le habia agradado nada, vi^dose,. sin em- 
bargo, obligad^ a guardar silencio por la situacion en que se 
encontraba, porque en otras circunstancias laaltanera matro- 
na habria sabido tomar esos aires de superioridad desdefiosa 
que emplean a las mil maravillas las copetonas santiaguinas. 

Habiendo pasad6 un rato en que el doctor habia guarda- . 
do un profando silencio, dona Porfir^ le dijo: 

— ^Talvez ya seria tiempo, doctor. 

— Dejemos pasar unos minutos mas, porque si sn hijo no ' 
estuviera bien dprmido y recibiera una sorpresa, podria ser 
de malas consecuencias. 

— E?td bien, doctor; pero, francamente, guo encuentra 
usted que seria una desgracia irreparable y un atreyimien- 
to sin ejemplo? ' . 

— En cuanto a qi^e la desgracia seria irreparable, lo con- 
fieso, pues no habria remedi9; pero en cuanto al atrevimien- 
to, me parece mui lejltimo. . ' 



Loi tMmoft ML nmsLOk Id 

— [Doetor! Hdgase listed cargo de la diferendia de clases 
y de posicionei. 

— SeSora, eontest6 Sazie con seriedad: el cricneQ es erf. 
men j no reconoce otras jerarquias qae las del miptno erf- 
men. 

Dofia Porfifa no se atrevi6 a replicar. el majistrado le 
habia dado una leccion j el medico le daba otra; pero en su 
orgBlIo aristocr&tico creia que ni nao ni otro tenian razon: 
tal es la vanidad ridfcula y las pretensiones absurdas de 
nna sociedad que participa tanto. de las ideas del h^roe de 
Cervantes. 

El doctor se par6 para ir a praeticar la curiosa investi- 
gaeion. 

Un minuto despues estaba de vuelta con la sonrisa en los 
labios. ' ' 

Dofia Porfiraclav6 en 61 una mirada investigadpra y llena 
de ansiedad, porque le era imposible desclfrar qu^ era lo 
que significaba aquella sonrisa del medico. 

El doctor, que no profesaba mucho afecto a dona Porflra, 
se sent6 sin decir palabra. 

La madre de Guillermo no pudo contenerse y dijo: 

— iQn6 es lo que hai, senor? Sdiqueme usted inmediata- 
mente de cuidados o hdgame conocer la verdad, porque 
prefiero las situaciones claras. 

— El hijo de usted est^ como el dia en que naci6, seSora. 

— jEs posible, doctor! jMe dice usted la verdad? jNo me 
engana? 

— Yo jamas miento, seSora; y si usted pusiera en duda lo 
que digo, me parece que seria mui fiicil que se cerciorase 
porsf misma 

— Lo creo, doctor: basta que usted rue lo dign, re8pondi6 
dofia Porfira con marcado alborozo. 

Ahora debe usted compr^nder que las virtudes y que el 
desprc^ndimiento de la seBorita Lopez no eran finjidos, si no 
fealee y positivos. . ^ 



\ • 



— Tlene Qsted rnxefu^ dcctot^ eia iiiSa es admirable^ 

— Y IBM qoe admirable, sefiora, esa niSa cs cad divini^ 

—^Eatoi dispoesta a hacer por el!a coanto qoi^a^ 

— Las disposiciones de nsted ton boe&aSy pero me panes 

que le isldr&n barataa, contesto el doctor coo ironia. 
— iPor qo6? 
— Vor la aeodllA raaon de qoe ella iiada exije ni mida. 

qaiere. 
— Yo no habia encontrado on desinteres igoal en A 

muhdo. 

— £9 verdad, senora; ;y decir qoe hai tantaa qoe ae aa- 

erifican por el interes, tantaa qoe cometeo Ji>a]ezaa 7 qoe co- 

meten crimeoea horribles, como loa de esa infernal vieja de 

la tia Anastasia! 

■ 

El doctor Sazie, ain aaberlo, habia dado en el ponto mas 
sensible de la herida. Habia pneato so escalpelo en la llaga 
recientemente abierta y qoe todavia estaba manando aan- 
gre; asi es qoe la madre de Gallermo bajo la vista, agack6 
la cabeza j no respondio palabra, porqoe temia qoe Sazie, 
conoccd'or de tantos secretos, no habiera descobierto el 
soyo^ qoe el dia antes habia sido revelado al majistrado por 
el libro de memoiias de la matrona examiaada, sin embar- 
go qoe tenia plena f6 en la integridad y en la reserva del 
joez, que, por otra parte, no poseia proebas sino sospechas 
nacidas de apontes no menos sospechosos. 

El doctor Sazie, viendo la tristeza de la madre de Goi- 
Uermo, le dijo con tpno afable: "• 

— Ustedes las sefioraa, que jeneralmente solo.ejercen ac- 
tos de caridad, no creen que puede existir tal corrupcion 
en el mundo; y u&tej, parti cularmente, estdabismada Aesdet ' 
que ha palpado ayer lo contrario; pero sepa usted, sefiora, 
que si el i uteres ha invadido e invade la sociedad, esa mo- 
jer es una escepcion, pues no ae presentan muchos c^sps 
igualos. 

DoIIa Porftra comprendid en el acto qoe el doctor estabar 



SI 

4 

\ 

ignorante de todo 7 que no habia dicho sino una de esas 
jeceralidades tan frecaei^tes en la conversacion, sin qne se 
refieran a nadie; de manera que Ievant6 la oabeza, hizo un 
Bigno de aprobacion y dijo al medico: 

— Me ha deacargado usted de un peso enorme. 

— Peso, sefiora, qu6 usted se habia eobado sobre si miflma 
poreu exaltacion, pero qae en rfealldad era mui inveroslmil, 
porqae estos casos se ven raramente, y desde Abelardo 
hASta naestros dias no se cuentan muchos ejemplos. 

— ^Tiene u«ted razon, doctor; pero usted comprendt^^ que 
oyendo tales espresiones y no pudiendo averiguar a punto 
fijo la fara enfermedad de. Guillerno, porqae esta envuelto 
sn orijen en el mas impenetFable misterio, usted compren- 
de, repito, que mis sospechas o mis temores no dejaban de 
tener algun fundamento. 

— Soi de iu opinion, senora, y basta yo mismo lo crel asi 
por un momento; pero afortunadamente no tiene usted nada 
que tcmer, y 4\ todiavia menos... 

El doctor Sazie, diciendo esto. se despidi6, acompaiiando 
sa salodo de ana maliciosa sonrisa. 



IV. 



La convalesc^ncia de Guillermo seguia a pasos ajiganta- 
doa, pero »u carActer habiai cambiado completamente: ya no 
era aquel j6ven vivo, alegre, de maneras lijeras pero Ueno 
de chiste, de agasajos fiiciles y *graciosos, de esa espansion 
sentimental, franca al parecer, y. por lo inismo mas seduc: 
tora. No era ya ese j6ven que imponia, cuyo d^splante y 
cuya audacia avasallaban encantaddo; no: abora sd habia 
vuelto grave, t6trico, tacitutno, pesado si se quiere; ya no 
tenia esa amabilidad suave qu6 halaga y cautiva.a la vez, 
sino que, conservando la mas esqaisita politica, aparecia en 
sociedad con esa circudspeccion, con e.^e frio del hombre 
maduro a quien ha marchitado la esperienci^ y el desen^a- 



HOy safriendo de tiempo en tiempo distraceiones imperdo- 
nables en el individao de baen tono y qae tiene qae tratar 
con personas que ocapan el mismo rango y cuya suacepti- 
bilidad o gazmoSeria se enfada al menor descaido, al menor 
viso de neglijencia; por esta razin deeian macbos de sas 
amigos y los apoyaban las sefioritas j6veQe3, no menos ad- 

. miradas de trasformacion tan s^bita: ''Guillermo es ahora 
lo mismo qae todos los bombres; paso de mola instanta- 
neamente; ya no se divierte sino qae ambiciona; qaiere sin 
duda ser dipatado o ministro; de la noche a la manana se 
ha hecbo el mas ardiente partidario jie don Mannel Montt; 
ya Jio viene a las tertalias, no se junta con nosotros, sino 
que busca los bombres de peso, los horabres graves, y pa- 
rece que este nuevo papel le sienta major que lo que le iria 
actualmente el de calavera, porque ha envejecido consi- 
derablemente de pocos dias a esta parte.^' E^tas eran las 
conversaciones de los amigosde Guillermo, que apoyaban la 
mayoria de las senoritas santiaguinas, diciendo muchas de 
ellas: *'Talvez estard pensando ya en casarse," lo que no lea 
desagradaba en realidad, y alentaba sns esperanzas; pero si 
hubieran sabido el orijen de su mal y lo que pasaba por ^1, 
ningun^ habria aceptado la mano del arist6crata joven. 

La existencia de Guillermo era todavia mas triste que lo 
que aparecia en sociedad, donde estaba' obligado a compo- 
ner su semblante; pero alld en el interior de su alma sentia 
una negra desesperacion, desesperacion que ^1 combatia, tra- 
tando de aturdirse, por cuya razon habia tomado los asun- 
tos pollticos con febril ardpr, creyendo que en esa vorSjine 
de pasiones opuestas y de intereses encontrados, hallaria, 
si no k calma, al menos el olvido de lo que mas lb atormen- 
taba; porque, si bien Guillermo habia recuperado el juicio, 

' no habia podido arrancar el remordi miento ni borrar de su 
memoria la afrenta, sino que por el contrario y a medida 
que trascurria el tiempo, estas dos heridas se ahondaban y 
ee hagian ma^ dolorosas. 






. 4 



IM ISOBIfOS VML mttUK 



23 



Guillermo queria y aborrecia a Mercedes. Esa alma pnra 
habia llegado a lioradar el vicio, habia penetrado hasta aqoel 
corazon de mdrmol, habia'deshecho el hielo de esa montafia 
cubierta de las eternas nieves de la indiferencia; y el Love- 
lace que ae burlaba y reia de todas las mujeres, sin que lo 
conmovieran ni sas caricias ni sns Idgrimas, estaba vencido: 
amaba; pero a ese amor sucediase el odip, el odio por el cas- 
tigo que habia recibido, por la ijideleble afrenta que le ha- 
bia hecho; pero no podia conciliar aquella venganza y aquel 
amor de parte de Mercedes; pues estaba intimamente per- 
' suadido, a pesar de lo que le habian dicho, que la terrible * 
escena de la quinta de Yuugai se llev6 a cabo a instigacio- 
nes de ella"; y sin embargo, habia venido a su casa, lo habia 
perdonadOj lo habia sanado y le habia mand'ado^u retratol 
Esta contradiccion no la comprendia, produciendo en ^1 
tambien sentimientos opuestos y contradictorios. Guiller- 
mo, como hemes dicho, amaba y aborrecia a Mercisdes; ^hu- 
biera esperimentado una delicia inmensa con su posesion, y 
acto contlouo la habria muerto, y en ambas cosas habria 
sentido placer: anomalia que no es mui dificil hallar en el 
mundo y en las pasiones de los hombres; pero afortunada- 
mente ni el uno ni el otro deseo llegaria a efectuarae. por- 
qae la imSjen de Guillermo habiase borrado por completo 
en el pecho de Mercedes y ni siquiera quedaban cenizas 
apagadas de aquel fuego, pues las habia av^entado lejos el 
soplo de un eterno olvido. 

Esta lucha tenaz que se veia obligado a soportar hora a 
hora habia sido la causa, como lo hemos referido, de afiliar- 
ge en uno de los partidos, y como despreciaba todo lo que 
era pueblo y ahora tenia motives para aborrecerlo, eliji6 el 
bando de los pelucones, es decir, de los conservadores, de 
todo lo que hai de retr6grado y de vetusto, tanto en relijion 
como en politica, y la casa de Guillermo se habia trasfor- 
mado en club, donde tenian logar las reuniones y los conci- 
li^bulos de los^ principales miembros de aqudi bando que to« 



» 

davia peaa de una manera tan fanesta aobre los destinoa del 
pais, porque es el sostenedor decidido de las preocupacionea 
mas aljsardas, emanadas de su brgullo 7 de su ig'norancia. 

Gaillermo, aanque jdven,* habia llegado a ser el miembro 
mas 8(ctiyo, mab poderoso, mas deeidido de aquel circalo; y 
con escepcion del candidato para la presidencia, era consi- 
4erado como el mas inflayente y principal de los candillos, 
hasta el pnnto de saponer que ocnparia nh lugar en el nue- 
Yo gabinete, que se formaria sin dada algona a la instala- 
cion del naevo jeCe del estado. Esta creencia jeneral tenia 
'bus justos motivos en que fundarse, porque este j6ven esta- 
ba en todas partes,.prodigaba el dinero con profusion y con 
cordura a la vez, sabiendo sacar el major partido de los 
hombres y de las circunstaucias, dici^ndose ademas que po- 
seia toda la confianza del sefior Montt, el que, en e'aso de 
Uegar al codiciado puesto, no podia menos de premiar tan- 
tos y tan pportunos servicios; pero como Guillermo era hom- 
bre de fortuna, se suponia que seria colocado en uno de los 
mas elevados pnestos, en uno de esos empleos honorlficos 
que se dan y se aceptan por vanidad, no entrando sino por 
mui poco el lucro. 

Todo el partido pelucon trabajaba con /empefib: jaga^a 
una partida decisiva de vida o de muerte, y cada uno de sns 
miembros ponia su continjente de fuerzas para' alcanzar la 
victoria. 

Otro tanto hacia el partido liberal al* que estaba afiliado 
Enrique; y el j67en obrero no desplegaba menos eneijia y 
menos actividad que su enemigo el j6ven patricio, con la 
diferencia que Enrique no odiaba a nadie, no tenia animo- 
sidades de ningun j^nero y solo anhelaba el triunfo de ' 
8US ideas, combatiendo los obst^culos y nada mas, tratanda 
de salvar las barreras que se le oponian por todos los me- 
dios posibles, pero sin pendamiento de haeer mal; y sin em- 
bargo, a medida que se acereaba el tiempo de la eleceion 
del sefior Montt y que el mayor niiniiero de probabilidades 



HM 



IS 



€dtabit por el triunfo del caadidato oficial, hmm m ezaltaba 
Eariqme j mas deddido estaba para entrar en accion. 



V. 



<. 



p- 



No es naestro inimo relatar la historia de estos aoonteei- , 
mientoaf politicos, sino que nos vemoa obligados' a haoer re- 
ferenda d^ ellos Y ^^^ espfrita qae jeneralmente aniniaba 
a los bandos, por la parte de acdon que let cnpo en ellbs a 
nnestros personiijes. 

IBariqae asistia a todas las reuniones j deliberaciones de 
los liberales, salvo aqaella^ doade estaba el elemento oons- 
pirador y revoladonario, a las que tenian entrada mai po- 
cos, pero de donde salia la voz de mando, porqu^ ahi era 
donde se reunian todos los hilos de aquella inmensa opbsi- 
don. 

Enriqne no se escondia de sa padre ni para obrar, ni 
para hablar, ni para pensar; al contrario,x ib^in machfiB oca- 
siones los dos juntos a presenciar las deliberadones de los . 
j6venes, a ver las medidas que tomaban j a oir loa patri6- 
ticos discursos que se pronundaban, tomando de Tea en 
cnando la palabra Enrique con ese reposo, con esa sereni- 
dad del hombre pensador y en^rjico, del hombre de acdon 
y del hombre de ideas, de aquel que no habla con el fln de 
brillar sino con el fin \de ser 4til; de manera q;ue jeneral- 
mente cuando el j67eix obrero tomaba la palabra la asam- 
blea entera guardaba unprofundo silencio, siendoarhistra^ 
da por aquella elocuencia natural y sin pretension alguiia 
que casi siempre impone y convence, . 

El veterano de la independencia, el padre de Enrique, 
que no era, como hemos dicbo, estrano a estas reuniones, se 
encontraba mui arsus anchas y mui satisfecho en medio de 
aquella juventud que lo festejaba a porfia, tanto por el m^- 
rito de su hijo cuanto por el suya propio; pero cuando oia 
hablar a Enrique^ cuando eri tesjkigo d^ sus triunfos, cuatdo 



3ff IM iUXUflNNl tMi WnXfQ. 

{>reBeBdaba la* consideracicktt que tenian por 61 los miembros 
mas caracterixados y mas inflayentes del partido, entonces 
le costaba al viejo soldado contener sua Wgrimas, la satis- 
faccion rebosaba en su pecho y tenia que hacer esfuerzos 
inauditos para no mostrar aquella debilidad de qae tnlvez 
no babria dejado de reirse algun mozalvete; pero cuando 
llegaba a su cdsa se indemntzaba de la reaerva que se habia 
vistQ obligado a guardar, contando a Marta y a su hija lo que 
habia visto y oido y cuanto le habia heeho gozar Enrique. 
^ Marta y Mercedes participaban del entu^iasmo del padre, 
sin estar acordes con sua opiniones, porque temian que En- 
rique fuera a, cbmprometerse. 

— Y aun cuando se comprometiera, r^spondi6 el Vetera- 
no; lacaso log hombres se han hecho i&nicamente para estar 
en la caaa? Todos estamos obligados a defender nuestra pa- 
tria y a trabajar por su prosperidad: yo apruebo en todo la 
conducta de rpi hijo y en -su lugar yo haria lo mismo. Y 
tambien lo he hecho, senora, agregaba el militar con cierto 
orguUo; tambien lo he hecho y he espuesto mi pellejo en 
muchas ocasiones, sin qae me arrepintiera entonces y sin que 
me arrdpienta ahora, pues lejos de arrepentirme me agra- 
daba y me agrada. 

— ^T6. eras militar, amj^o mio, y tenias que obedecer. 

— Enrique tambien es ciudadano y debe .trabajar por el 
bien de su pais. 

— No digo "yo que no trabaje; jpero t^i sabes lo que son 
las revoluciones! 

— Las revolueiones cuando son necesarias hacen bien; 
jquieres tii que nos golnerne un tirano? 

Y el riejo militar seguia hablando con mayor calor y se 
enfer^orizaba mucho mc^s a tuedida que seguia la discusion: 
el pobre hombre habia sufcido la influencia de los j6vene8 
oradores de la libertad, y aplaudia a su hijo y le encontraba 
razon en todo, sia pensar en los compromises que podia 
contraer y en los peligroa que podia correr. 



I « 



Ldn fiMfiiiTn i mL rtmtiift ^ 

« 

Eariqijie era todo f aego, .era todo: eeperftOBas, y la pasioa ^ 
secreta qae lo animaba ceQtapHcaba sua faer^as; j en 1m 
pocoS mpmentos que le dejab&n 8U» ocupacioBes, porqne 
por conviccion no habia querido abaiHlonar sa trabajo a. 
pesar de poderlo hacer sin detritnento plgiiino,.piiea ya cson- 
taba coa un peqneSo ahorro, en esoe poaos momentoc^ de^ 
cimos, efectuaba. prodijioe, de lo^que quf^dabao sorpreodi* 
dos sas compaSeros, gratijearidose cada dU mas la eoofinQsa 
y la estimacioa d^ loa jefes del partida 

Un dia fue Uamado Enrique por uno 4e los miembros 
principales y fa^ introdacido a la sala de las deliberacionjaa 
donde se encontraban reunidas un gran n4niero de perso^^ 
nas y entre ellas muclias a quien no habia visto f iquiera en 
las reuniones publicas. Alii mo por primera vea militai^es. 
de alta graduacion que sin duda no se atrevian a presentar* 
se en publico. Habia tafnbie.n graves personajes eqrolados " 
con los j<Jvenes; p^ro entre unos y otros* reinaba la mayor 
circunspeociouj diferencidudose mu^ho aquella sesiffn.por la 
seriedad iraponente, de las que solian tenerse en publico p . } 
en privado entre los mas caracterizados del partido, 

Reinalja un profundo silencio cuando eutr6 Enrique, y 
un militar, ;que bacia 1^ yeces de presidente q que lo era en 
realidad,,dijo al jdven con pa^iaado tpno: -t 

— Tenga usted la bondad de sentarscs 

Enrique obedecio sin decir palabra. 

Todas las jtniradas e^ban iijaa en 61; pero el j6yeB sin 
intimidarse pase6 su mirada tranquila por toda aquella asam* . 
blea en la que. reconocio a muchos camaradas copiq Bilbao 
y otros. 

La hermosa presencia de Enrique; su actitad tranquila 
que demo^traba a las claras valor e inteHjencia, la distin- 
cion de sns modales, los informes que sin duda alguna teni^ 
de el aquella . reunion, todo cpntribuyxS a granjearle.inme- , 
diatamente la yoluntad de las personas qne no lo cpnpcian, . 
pues ya se habia adquirido la de los otros; asi es qi|e el jefe ^ 



•de kfiociedad, despa^i de nti momeato de silencio, dmji6 U 
palabra 6l j6reti 6fQ estos t^itninos: 

-T-RicoBocemoGl a usted cdmo uno de los miembrot mas 
iictiros, mas Utiles y mas deoididos de la estingaida Sode- 
dad de la Igualdad; j como, a pesar de las arbitrariedades 
del poder, esta sooiedad snbsiste siempre, porqne los bas-^ 
nos- priiHHpios ban de prevalecer, la jaota directiva de ella/ 
(fvte ahora se ve oblt^ada a trabajar en secreio, ha decidi- 
do Uamar a usted parar qne tome parte en sas trabajos, en 
sets peligros, en sas esperanzas f en sas remaneraciones. No 
' •xijimos otra' eosa qae la volantad, qnedando de constgaien- 
td usted libre para aceptar o no aceptar nuestras proposi* 
ciones con la condicion linica de que, como bombre de ho- 
nor, en caso de una negativa de su parte, no revelar^ usted 
jamas ni la ezisteocia, ni los fines, ni los miembros que com* 
ponen o que est&D presentes en esta reunion. 

^^Sendr, contest6 Enrique con su calma de siempre: yo 
he venido voluntariameate, he obrado volantariamente y si 
los prop6sitos son los mismos que los auunciados antes, soi 
eon ustedes voluntariamente y pueden desde luego contar 
conmigo en iodo y para todo: ahora respecto a no revelar 
los secretos, ya sea de los fines, ya sea de las personas que 
tratan de alcanzarlos y cuyo principal n^mero se me dice 
que estd aquf, doi tambien mi palabra de honor que jamas 
ser&n revelados. 

-tNo esperibamos menos de usted, j6ren, porq\ie han 
sido*tair satisfactorios los informes que hemos recibido res- 
pecto ft ust^d, que no Tacilamos un momento en aceptarlo, 
llamarlo y confiarle nuestros secretos. 

— ^Doi a usted las gracias, seSor, y tratar^ de hacerme 
acreedor a la confianza que se han dignado acordarme sin 
merecerlo. ' • 

— Sabrd usted,^ prosiguid el presidente de aquella iniste- ' 
riosa reunion, que tcnemos relacion con toda la repAblica y ' 
<jue'no haa pueblo, por insignificante que sea, que no est< 



eoDiDoyido, que no^estd re9]aelt<>'a saorifiaarfie por obtexi«r 
la libertad de qae no hemos gosado tpd^Tia. 

— No lo dado, seffor. x ' ' ■ 

— ContamoiB, pues^ prosiguid el presidente, con todoa loa 
elementos para trianf^r. Desde Concepcion faasta Ataoiuna^ 
el pais, en an gran jrnayoria, es con nosotnoB* Teqemos bp^- 
no9 candillos, brayos y viejos militarea entre lo3 qn^estiel 
ilnstre jeneral Croz, jefe aguerrido^ pradente, sabio j moi 
repablicano, qua no racilari o diremos mas bien^^ que, eatA 
resnelto a ponerje a la cabeza de nue^troa batallobes^en'caso 
qne faese necesario entrar ea lacha; pero quereiQo^ e^itar 
el vernos obligados a 11 agar a edte eatre mo, queretnos ahd* 
rrar la sangre de naestros enemigos y la nneetra, porqnte la 
gnerra caai eiempre es an mat; ^ia embargo, si naestros. ad- 
versarios nbs compelen a eUa pOr sa tenacidad j stis pre* 
tensiones, estamos resuellbos a aceptarla,* porque no qaere> 
mos que se hoUen por mas tiempo las prerogati^as de los 
pneblos, que se barlen de naestros derechos oomo kamb^es 
y como ciadadanos y qae no tengamos jamas libdrtadL 

— Nada mas jnsto, senor. ' ; 

— Asi es, amigo mio; pero antes de echar m$no de m^ 
. dios vlolentos, es preciso hacer nso de los medios mas paci* 
ficos: esta es mi opinion. , 

Todos, los concarrehtes agacharon la c&bessa ttn^dflal de 
afirmacioD, incluso Enriqae. 

— Un atrevido golpe nos dar& el trianfo sin qtte corra 
ana sola gota de sangre. 

— ^He dicho, sefior, qae se paede disponer de inf. 

— Caento con ello y a cada nno de nosotros nos tocar& 
nnestra parte de accion: el plan es sencilio y c6nsistesok«» 
mente en apoderarse de las personas qae confponen el ga* 
binete y ^e anos ocbo o diez indiyidaos delos masrinfla* 
yentea en el partida DaeSos ana res d^ estas peatsoiiasy el 
pais Qa noestro, el trianfo de la libertad es segdro, porqat' 
nu ^IjmimQ dia se formari on gobimno provisorio^ al ^uf ^ 



obedecer&n en el acto todos los intendentes y gobernado- 
reB de provincia^ y jjue subswtir^ Anicamente hasta qqe el 
pneblo, independiente y libre, emita sa sufrajio con concien- 
cia, y 81 nneatros enemigos salen electos, los acataremos, 
porque serdn el resaltado manifiesto de la voluntad iiacio- 
nal'que ha estado constantemente anulada, pero que es in- 
dispensable qne subsista algaha vez tanto por ponernos en 
armonla con la lei qne nos rije y qoennnca se ha paesto en 
planta, caanto porqne de alii depende el enjgfrandecimiento 
de la nacion y el bien de naestros coi^cindadanoB. 

Palabras de nndhime aprobacion se hicieron oi#*en toda 
la aeamblea. - * 

El orador continn6: 

-^La dificnltad consiste Anicamente en poner de nuestra 
patte a los cnerpos de If nea acantonados en Santiiigo y eato 
estA casfi'hecho, casi convenido, al menos yorespondo com- 
pletamente del batallon mas agaerrido y mas temible, el 
Valdivi'a. Con este solo batallon seria suficiente para ven- 
eer; pero he dicho que se debe evitarel qae corra sangre' 
y estoi ca^i segurq que segandar^n el raovimiento los de- 
mas ctif rpos, al menos tengo mucho3 dato3 para creorlo asf; 
ma«, aun dado caso de qae faltase algano, ^ste seria arrolla- 
do por los demas'y se rendiria sin disparar un tiro. 

-*^Bl^n, bien, dijeron mu chos. 

— El 6xito es seguro, pero se necesita la cooperacion de 
todo» para que cada cnal ponga en juego sos inflaencias y 
la accion sea tan nndnime, tan simnlt^nea, qne no deje la 
menor probabilidad de defensa a naestros ^nemigos, vi^n- 
dose obligados a someterse por completo. Ahora, mi j6ven 
amigo, contina6 el presidente, qaeremos que el pueblo tome 
la parte que le corresponde, y aun cuando pudi^ramos obrar 
ain ^l y conseguir el resnltado que esperamos apoydndonos 
^n ]m faerzai sin embargo, como trabajamos por el trinnfo del 
las bnenas ideas, eomo nnestro fin es establecer los princi- 
piDS demoordticos y repAblicat&os, queremoa que ^1 pueblo 



I 



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' i 



iM Biciuaos QiQi vtmo. 



il 



« 

decida y ejecute, que entre. de uaa viez ea el ejercicio de 
sas derechos; y como no igaoramoa la iaflaencia que nsted 
ejerce entre los artesanos, lo hemo3 Uamado a uated para 
que se ponga a la cabezi de. eIlo$ y se TC^a claramente que 
el golpe de mauo que estamos dispueatos a ^slt, m) ea an 
simple motin militar, sino el resultado de la volantad , na- 
clonal, el resaltado de la opinion jenemlmente pronnnciada 
contra la tirania que nos rije, contra el deipotisoaoqae nos 
gobierna, y qpe tratan de perpetaar. Ahora, amigo mio, i 
^quiere usted ser con nosotros?. Nos hemes abierto complle- 
tamente; usted sabe nuestro plan y nuedtros propdsitos y 
estd usted libre de aceptarlo o de rechazarlo. Si acaao no es 
conforme con sus ideas, o si tiene que hacer algnnas obaer- 
vaciones, las oiremos con gusto. 

- -Estoi, seftor, en todo punto de acuerdo con sus opinip- 
nee, con sus prop6sitos, ^o mismo que con la adop^^ion del 
plan; pero agradeciendo la confianza que depositan en mi, 
es de mi deber manifgstar que ustedes se han formado una 
idea masalta^de mi influencia para con mis companeros de 
trabajo, y que, aun estando decidido a emplear todas mis 
fuerzas, saiga, sin embargo, frustradas sus esperanzasl 

— Nos basta su promesa, es lo linico que exijimos; puea 
dado caso que usted no arrastrase a ningano de sus com- 
paneros, estamos mui pontentos de poder tener a usted en 
nuestras filas,' y yo, a nombre de la soeiedad, ledoi las gra- 
cias por su decision, ddndonos a todos un ejemplo de pa* 
triotismo, , . 

— Sefior, creo no merecer elojios, porque no hago ni he 
hecho nada de estraordinario: cumplo dolo con mi deber, 

— El que cum pie con su deber es un buen citidadano f 
ejsto basta. Ahora lo que necesi tamos es obrar pronto y ac- 
tivamente porque si llegaran nuestros* enemigos a tener 
sospechas siquiera de nuestros^ pensamientos, frtlsfrariian 
nuestros planes anti<;ipdndo8enos, es deeir, dfindonbs a no^ 
sotros el golpe que nos hemos propuesto darle a ellos; de 



oonftigaiehte, cada tino de los individaos que noa encontra- 
mov presentes tieoe hoi y mafiana Bolamente para obrar en 
ga f sfera de accion j- pasado maSana en la noche del die2 
J naeye al reiate estar^ decidido el destino del pais. Es 
iir^til qne lea recomiajide a todos j a cada nno en particu- 
lar el mayor sijilo y la mayor prndencia, porqne de ahi de- 
pende el ^zito; de lo contrario, nnestra desgraeia es segara, 
correremoB grandes peligros y lo qae es peor, perderemos 
la mas J)ella oportanidad de hacer la felicidad de la rep&- 
blica. Con que, hasta pasado mafiana en la noche. £l pnnto 
de reonion ser^ la plaza de Armas y el santo: Digs y Li- 

Losoonjoradoftse dispersaron... Enrique era ya un cons- 
pirador. 

VL 

Al dia siguiente nuestro jdv^n obrero se puso en cam 
pafia y fui a verse con todos sus amigos habUndoIes con la 
mayor reserva y la mayor prudencia, no reveUndoles sino 
lo que convenia, para, en caso que se frustrase la tentati« 
va, no causar a la sociedad el menor compromiso, ni el me- 
por peligro a ningun miembro de ella, reservando comple- 
tamente los nonxbres de las personas que lo compoaian y a 
quienids conocia en no pequefio n^mero. . ' 

Ese dia, como es de presumirlo, no asisti6 Enrique a la 
f&briea^ sino que f u^ solo un momento para hablar a algu- 
nos de sus compaDeros y enseguida se diriji6 a variosotros 
tstablecimientos donde tenia relaciones. La actividad que 
de8pl^6 y Isl^ slmpatias con que contaba, facilitaron de tal 
manara la operaeion que, en la tarde del diezinneve, antes 
de la caida del sol, ya contaba con mas de cien individuos, 
ndmero que una \rez comprometido, arrastraria a la totali- 
dad de Ips artesanos cuando paseasen su l^andera por las 
calles de Santiago al grito de jTiva el pueblo! viva la liber* 
tftd! nra la repiblioal 



A la hora acostumbrada, pero habiendo practicado ya 
todas 8US dilijenciai, lleg6 Enrique a 8a caia mas contento 
que de costumbrt, mauife^itAndose mui cariQo3o con 8u ma- 
dre y hermana^ como para diaculpir^e de la falta que co- 
raetia, no reveUndolw el secreto qut le habian confiado y 
el compromiao qut habia contraido. 

Durante la cena el reterano se entretuvo en Kablar con 
Enrique sobre polftica basta cerca de las once de la noche, 
hora en "qu« Marta y Mercedes se faeron a recojer dejando 
al padre y al hijo de sobremesa, yeado el priixiero a buscar 
otra botella de vin6 para prolongar aquella conversacion 
que le agradaba. 

Enrique habia pensado cotnunicarle el corapromiso en 
que eataba, pero al mismo tiempo vacilaba, previendo que 
su padre se opohdria per el teoior que le sucediese algo; 
sin embargo, le parecia indispensable obrar con su consen- 
timieiito, ya que no se atrevia a pedirselo a la-madre, ea- 
tando segaro de una terminante negativa que lo habiera 
pueato en el grave^ conflicto o de faltar a su palabra o de 
desobedecer a Marta que era lo qae mas reapetaba en el 
mundo. 

Caanio Enrique dijo a su palre el compromiso en que 
se encontraba, el viejo milifcar se pa=io pensativo: aquello 
era ya d^emasialo ssrio y podia traer fatales coa^ecuencias; 
pero al fin 8ali6 de su meditacion, diciendo: 

— Has obrado mal, Enrique, en no ponerte de acuerdo 
con tu padre antes de ernpeSar tu palabra: eeto era deber 
y cordara; deber, en caanto por tii edad no est^s todavia 
emancipado de la autoridadpaterna y no lo estar^s mieu- 
tras nosotros vivamos, porque nos liga una lei superior a 
todas lasjeyes/ la del afe^ito que nos une; y cordura, en 
cnanto yo tengo mas esperiencia en'estos asutitos, pucs he 
visto.machas cosas y desgraciadamente he hecho algunas 
campaflas a causa de elks, 

— jEutonces usted deaaprueb«kl 



— Yo no apraebo ni desapruebo estas cosas, porque no 
n6 de qa6 lado eaU la razon, ni cu^l sea en realidad ]a ga- 
nancia; pero lo que no me Hgra.ia es tu determinacion; sin 
embargo, si estds comproraetido, es preciso marchar: a un 
hombre no le es dado en ningan caso faltar a su palabra; 
pero al menbs desearia yo acompanarte. 

— i Acompanarme! 

— SI, hijo mio, para protejerte y en caso de de?gracia 
mofir juntos. 

— [Moi-ir juntos! jQu^estd usted diciendo, padre mio? 
Me han asegurado que no habrfi el menor peligro. 

— Eso se dice y muchas veces se cree de buena f^, pero 
jeneralmente sucede lo contrario. 

— Motivo de mas para que usted no vaya. 

— iC6mo! 

— Sf, sefior, motivo de mas; porque suponiendo que algo 
aconteciera de grave, ^qui^u consolaria a mi madre y a mi 
hermana? 

— |Y crees t^ que alguien las consuele si te sucede algu- 
na desgracia? 

— Creo que me sentirian muchisimo; pero si los dos... 
— ^Te entiendo, te entiendo, hijo mio... v^ pues, y yo 'seri 

el que realmente se sacrificar^C. 

— Gracias, padre mio: usted tiene el alma resignada y 
fuerte de un santo, y el corazon leal y atrevido de un va- 
liente. 

« ■v 

— Ahora, hijo mio, te encargo la prudencia, no por tl, 
sino por nosotros- piensa en tu madre, en tu hermana, y no 
Divides a tu padre. 

Yel veteranode la independencia le ech6 losbrazos a su 
hijo ■ rompiendo en sollozos y dici^ndole* al mismo tiempo: 

— Yft e» hora, Enrique, ve a cumplir tu palabra y ojal^ 
airvas a tu patria. 

Y el j6ven mui conmovido lo abraz6 tambi#n besiadolo 
con ternura. 



w j» 



LOB fifiOEKroS DSL rotttx). 35 

£1 militar se sereDO «uiuo de improviso y desprendi^n- 
dose de los brazos de Earique, 1% dijo do aaa maaera re- 
snelta: 

— Cuando ea llegado el momento, el hombre debe Ber 
hombre. Delaate del peligro no se Uora sino que se chorea; 
y voto al diablo, que asi lo he hecho yo mochas veces con 
el mejor resultado; sigae mi ejemplo, a Dlos... 

Y el veterano cmpuj6 a Enrique con brusquedad. 
Coando desapareci6 el j67ett, cuando se cerrd la puerta 

tras de ^1 y dej6 d8 oir sus pasos, el viejo militar cruz6 bus 
robustos brazo3 sobre el pecho y un raudal de lagrimaa 
brot6 de bus ojos... 

Asi permaneci6 durante mucho tiempo como esperando 
que 8u bijo volviera, hasta que al fin se sent6 en una silla, 
apoy6 su frente en una de bub manos y dijo: 

— Ya no viene, ya estara mui lejos: jn no lo vol viese a ver! 
y este pensamiento lo h'zo estremecerse, estando a punto 
de tomar su gorra y segair tras de ^1;. pero, ^d6ade encon^ 
trarlo ya? Ademas, ^1 se habia comprometido a quedarse 
en casa para el cuidado y para ^l consaelo de su mujer y 
de su hija: era necesario obbdecer, era necesario resig- 
naise— 

— ^Yo me alarmo quiza sin motivo, e3clam6 iuteriormen- 
te el alferez Lopez, porque Eorique me ha dicho que no 
habia lugar a temer. Por otra parte, auii cuando hubiera 
nn encuentro, aun cuando se diera una bat.illa, c^toi seguro 
de voider a ver a mi hijo, porque Dios no piede permitir 
que me lo quiten y que se lo quiten a su madre y a su her- 
mana, porque su raadre cb una santa y su hermana ea un 
Anjel. SI, tengo segilridad de que vivird: hii alg ) aqui en 
el interior que me lo dice y que me lo promete,., Esperemos. 

Y el yiejo militar se dirijid hdcia su cama: era ya mas 
) las cuatro de la maQana... Marta y Mercedes dormian 
anqnilas como duertnen la virtud y la inoeencia, descan- 
ndo de sua emociones pasadas, creyeudo que ya hablau 



t^ LOS SSeSXTOS DXL FVIffiXA 

desapar^cido los peligros y que al dia sigaiente no tendrinn 
nada qat sufrir. jConfianza del hjmbre! El no sabe, no 
pnede iaber lo qae sncederd an minuto mas alld de sa pre- 
sent e! J sin embargo, afirma y conSa, aacgara y decide! Y 
casi siampre viene el deaeng^So iamediato a echar per tit- 
rra sns cdlcalo.% a frustrar sas combinacioaes, a trastbrnar 
808 esperanxas. ;Pobre Marta, pobre Marcedea, ellas igno- 
rabaa lo que todavia tenian que sufrir!.,. 

Mientras tanto, Enrique habia llegado al punto de reu- 
nion dohde estaba sobre las arfnas y en son de eombate el 
batallon Valdiria. Alii encontr6 a muchos de sns compa- 
fieros, y varlos otroi que iban llegando se plegaron a el. 
Enrique se acerco con su grupo a la persona qae habia he- 
cho de presidente dos noches antes en la sesion secrets, y 
le dijo: 

— Sefior, aqui estdn mis companeros y yo, dispuestos 
todos a defender la santa cau^ja de la liber tad que es la 
causa del pueblo; ordene listed lo que debe hacerse y obe- 
deceremofi. 

^ Todos los artesanos aprobaron las palabras de sn impro- 
risado jefe, gritando: "Si, seHor, aqui estamos y qbedecere- 
mos." Viva Enrique! dijeron' a una los cu&tro carpinteros 
que hribian trabajado coa ^l en la hacienda de San Jorjey 
que pocos dias antes habian llegado. El grito de jviva En- 
rique! fu^ repetido por los deraas obreros; pero Enrique 
conmovido por aqueUa pdblica manifestacion de aprecio y 
de condanza que le hacian, les di6 las gracias, y quitdndose 
en seguida la gorra y pardndose sobre uno de los bordes de 
la pila, dijo a sus companeros: 

— Habeis venido a trabajar por la libdrtaJ; formando una 
parte del pueblo, vivemos, pues, por la libertad y vivemos 
por el pueblo. Ahora lo que queremos son obras y no pa- 
labras; ^estais decididos a derramar yuestra sangre, en ca«o 
que sea necesario, ,para sostener vuestros derechos y para 
conqui8tarlos dQ U tirania que los tiene usnrpados? 



> 

Un sf prolongailo, iamen^o, el al cle una multitad entu- 
Biasta, dej63e oir en el acto; j Earique fu^ leyantado en 
palmas de manos. 

Un joven a lo3 veinte o veintiaa afios, por mui maduro 
que t^Dga el jaicio, por inuclio que haya reflexionado en bu 
vida, no es jama^ indif^rente a las emocionea vi^ras aunque 
transitorias que hace nacer el aura popular... Eorique ea- 
periment6 esa especie de fascinacion y hubo un momento en 
que se crej6 llainado a desempeQar un gran rol, sobre todo 
cuandc^ se encontro acariciado y rodeado d^ I03 j6vene9 
ma3 prominentes dela Sociedad de la Igualdady que el ocul- 
to presidentede eilale dijo: "Usted ea uno de nuestros prin- 
cipales miembros; de hoi en adelante su lugar e«tar^ entre 
I08 primeros, y no dudamos que usted llegue a los mas ele- 
vados pue8to=i del pais si conseguimoa reformarlo, obtenien- 
do ahora el ?rianfo de nuestroa principios, porque eatoncca 
gobernard el merito y no el favor, gobernari el pueblo y 
no la aristocracia y habr^ una esperauza para-todas las con- 
dicionea sociales, pues estard abierto el camino para todoa 
y podremoa decir en Cliile a cada uao de nuestroa eonciu- 
dadanos lo que decia Napoleon a aua ej^rcitos: "Cada aol- 
dado francea lleva en su cartachera el Uaaton de raarigoal." 
Por el momento, mi qu^rido j6Ten, ea preciso esperar: 
agaardamos que se noa reunan laa demaa fuerza^ para obrar. 

Enrique eria joven, deraasiado j6ven, y qued6 samamente 

complacido de aqae la aprobacion y de aqael elojio, no por 

vanidad, no por orgallo, sino porqae iba directanaente al 

lleno de aus aspiracionea, porque le era perraitido esteuder 

mas alld su vista y mirar mas arriba. La imd.jen de Luisa 

habia cruzado por su mente; y en medio de aquel aparato 

de guerra, de la munica marcial, de loa gritos de entusias- 

no febril, en medio de todo aqael laberinto que precede a 

an combate^ en medio de las impaciencias, de los farore^, 

le las imprecaciones, del licor que se daba a la tropa, en 

aedio de todo esto el alma de Enrique habia volado a otra 



39 UM noEisos pn nnu^ 

rejion y casi no oia ni veia lo qne pa^aba a sa alrededof. 
lEnajenacion pura y sublime del amor, que de<?prendi^ado- 
noa de la tierra no3 trasporta h^ciu un edea douda todo es 
nectar, donde todo ea goce, donde todo es luz!. . . 

Durante algunaa boras quedo inactivo el batallon Valdi- 
via en la plaza de arma^, esperando su jefe, el valiente co- 
ronel Urriola, que se reuniera alguna otra fuerza; pero 
viendo aparecer el dia sin que se notara el menor movi- 
miento y que algunos emisarios no volvian, se crey6 sin 
duda traicionado; pero confiando en la pericia y bravura de 
su batallon, se decidio a obrar con 61, distribuyendo algunaa 
armas al paisanaje, y so dirijieron al cuartel de artilleria 
que creian les abriria en el acto sus puerta^; pero en vez de 
esto encontr6 ya una tenaz resistencia, que trat6 en vano 
de veneer, replegdndose con sus viejos y temibles soldados 
en la calle inmediata al cuartel para tratar de apoderarse de 
^1 por el interior llamando la atencion al frente. 

Pero ya los hombres del gobierno, advertidos a tiempo, 
se habian puesto en movimiento. Se tocaba jenerala en todos 
los cuarteles, se ponian sobre las armas lo3 otros batallones 
de linea al mismo| tiempo que los milicianos*, se colocaron 
piezas de artilleria en el palacio, y los granaderos a caballo 
estaban ya montados: la revolucion del 20 ^de abril de 1851 
habia fraca&ado y no habia la menor esperanza de ^xito; sin 
embargo, la juventud y la tropa luchaba para tomarse la 
artilleria, porque alU estaban todas las muuiciones, y una 
vez duenos de ellas, el aspecto de las cosas cambiaba com- 
pletamente; asi es^que se trajeron materias inflamables para 
incendiar los techos y las puertas y tomarla al asalto; pero 
ya era tarde: aquel pufiado de valientes era imposible que 
resistiese al niimero que lo asediabA por diferentes partes, 
sobre todo cuando una bala vino a dar fin con el arrojado 
jefe que los mandaba. 

La alameda era la que haoia frente al cuartel: estaba sem- 
brada de cad&veres, y el Valdivia tambien habia sufrido 



Ml tenam na nrnas, 39 

algunas bajas; pero como ciierpo discipliaado y agaerrido^ 
permanecia siempre en sa paesto, hasta que a1 fiu viose obli* 
gado a capitalar, 

Enrique habia mostrado an valor ind6mito, siendo el 
primero en el asalto j esponi^ndose, a pesar de la recomen- 
dacion de sa padre, a todos los peligros; pero no quiso ja^- 
mas tomar la tea de incendiario; y cuando vi6 la pperacion, 
Bin reprobar ni aceptar la maniobra, se hizo a nn lado: era 
el instinto del deber, el instinto de la verdadera valentia el 
qne obraba en ^I. 

Al mismo tiempo que Eurique corriatodos los peligros^ 
habia otro j67en que los buscaba con ansia, vi^ndosele apa- 
recer el primero en las filai y el primero que march6 al lado 
del presidente Bulnes cuando fad a inspeccionar la posicion 
y fuerza del enemigo: este j6ven era Gaillermo de. . • 

En uno de esos encuentros en que 61 marchaba con un 
arrojo inaudito delante de los mllicianos que lo seguian^ 
porqu6 el valor impone y se hace simp&tico, en uno de esos 
encuentros ae hall6 cara a cara con Enrique, qae lo miraba 
fijamente como a nn hombre cuya fisonomia se ha olvidado, 
pero que se recuerda; sin embargo que Enrique lejos de re- 
cordarla la tenia mui presente, y por eso habia clavado en 
^1 su faerte mirada; pero Gaillermo tan luego como lo aper- 
cibi6, di6 un paso atras, poni^ndose en seguida en ver- 
goDzosa foga, fuga que imitaron los soldados; pues no 
eomprendiendo la causa, creyeron que acontecia algo de es- 
trao'rdinario y de terrible, puesto que abandonaba el campo 
un j6ven que habia mostrado un valor ind6mito y hasta 
temerario. 

Gaillermo, al encontrar a Enrique, al encontrar aquella 
mirada fija, fria y amenazante en.su desden, esperiment6 
una de esas sensaciones que producen ese p^nico involunta* 
rio de que una vez apoderado el hombre nada puede ven- 
eer; asi es que todo el pensamiento de .nuestro arist6crata 
fni solo escapar. Estas contradicciones, dirdmoslo asi, de la 



^ um BieftanM oil v^jrsxub. 

nfttnraleza humana, son mni frecuentes y no pueden fioil- 
mente esplicarse; ^por qu6 razon Guillermo, que buscaba la 
, muerte, que era el primero en las filas, que poco antes mira- 
ba impasible el peligro, huia ahora despavorido a la vista 
de un solo borabre? Pero este era el hecho; y a no ser apo- 
yada per nuevas fuerzas que venian a retaguardia, la com- 
pania qte mandaba Guillermo se habria deshecho comple- 
taraente; pero volvi6 al ataque, auaque sin su valiente jcfe, 
que fu^ recojido sin sentido pero sin lesion alguna, traspor- 
t^ndolo inmediatamente a su casa; sia embargo, aquel ata- 
que no fue de lai ga duracion, pero hizo todavia mas mi- 
s^ntropo su caricter, a peaar de lo3 cuidados de la madre, 
de- los halagos, alabanzas y promesas de todo un partido 
que veia en ^1 a uno de sus principals raiembrog. 

Todo el mundo sabe como terraino aquel descabellaclo 
motin, del que hemes tornado alguaos iacidentes a causa de 
la parte que cupo en ^1 a algunos de nuestros personajes, 
pues en tanto que Guillermo era conducido a su casa rodea- 
do de respetojj y cousideraciones, Enrique era Uevado a la 
penitenciaria en medio de insultos y humillficiones de todo 
j^nero: al primero le aguardaba la gloria del poder; al se- 
gundo talvez la ignominia dv.1 patibulo: asi ei en mucbas 
ocasiones la justicia bumana. 

VII. 

«. • 

Mientras tenian lugar estos acontecimientos, pasaba una 

escena triste en el conventillo de la calle de San Pablo. La 

vieja Marta, que se levantaba temprano, viendo que no apa- 

recia Enrique a la bora de costumbre, fa^ al cuartito del 

j6ven y qued6 sorprendida al ver qua su cama no estaba 

deshecha, lo que probaba evidentemente que Enrique no 

habia pasado la noche allf, cosa que nunca habia sucedido. 

Alarmada por la ausencia de su hijo, fueae inmediatamente 

a despertar a su marido para comunicarle un hecho tan es- 



b08 aicBatos jmbl tm^su^ H 

traordinario. El viejo' mllitar se iacorpor6 en la cama a la 
voz de 8u mujer, restregiCadose los ojos como para sacadir la 
pesantez de sus p^rpados, que no hacia macho tiempo 86 
habian cerrado, preocupado con la suerte que correria su 
querido Enrique; pero apenas contestaba a las preguatas da 
Marta cuando su oido de soldado crey6 apereibir la deto- 
nacion de una descarga de fasileria, y e8clam6 asustado: 

— ^Has oido, Marta! 

— iQurf cosa? 

— Espera un momento. T flj6 el oido, absorbiendo toda 
8U alraa en solo est® sentido. 

• Un ruido imperceptible para cualquier otro, pero mui 
distinfo y muiconocido para el viejo militar, lo.hizo saltar 
de la cama con la ajilidad de un niflo y vestirse precipita- 
damente, caai sin hacer caso de au querida compafiera, que lo 
miraba con estraSeza y suato a la vez y que no pudo menos 
de pr«guritar]e: 

— (iQue es lo que Rai, Domingo! 

— ^^o has oido! 

— Sentl como un golpelrjano. 

— Si, se est&n batiendo; estoi seguro de ello: esa ha sido 
una descarga de una mitad y ahi debe estar Enrique!... 

— ^Q"^ ^^ ^^ ^^® dices! 

— Que tenemos revolucion. Dame mis pistolas y mi sable: 
despdchate. 

Marta no se aiovi6: eslaba casi fuera de ti. 

— Te he dicho que me d^s mis pistolas, repiti6 el militar 
con tono resnelto; y yendo 61 mi«mo a tomar el sable, se lo 
puso a la cintura. 

— iPero ddnde vas! 

-^jQu^ preguntal Vdi a ponerme al lado de Enriqqe; jque 
no sabes que esti comprometido? 

—No!-: 

— ^Pues y o tampoco sabia nada, sine que anoche solamen- 
te me lo dijo 6h 



\ 



^i CM ncaonoi ml wutaUK 

' — (?Y lo dejaste partir? 

— Qu^ querias que hiciera! Tenia comprometida sq pala- 
bra; pero ahora no es el momento de esplicaciones: dame 
mis pistolas. 

— No; no vayas, Domingo... ta mujer U lo pide.. . 

— ^iPero y nuestro hijo? 

— Es verdad, es verdad! jAhl si yo habiera sabido! 

— Marta! todavia puedo llegar a tiempo; d^jame in Sin 
el encargo de ^1, yo estaria ahora a su ladd* 

— ^C6mo sin el encargo de 61? 

— Arioche me dijo que era necesario qu^ yo me quedara 
para... 

— ^Para quit 

— Para que ustedes no se asustaran... jV yo me dej^ per- 
suadir!... 

Se oy6 en ese momento una descarga mas faerte, que . 
hizo estremecer a Marta y que decidi6 al veterano a mar- 
charse... En ese misrao inatante eatraba Mercedes acompa- 
fiada de Santiago^ que decia: 

— jRevolucion, revolucion! Se estda batiendo en la Ala- 
meda! 

— Y Enrique estd ahi, repuso Domingo con tono resuel- 
to; jquieres acompafiarme, Santiago? 

, — jEnrique se ha metido en la revolucion! Paes bien, 
sefiot, vamos, repuso etzapatero, y lo sialvaremos o morire- 
mos con ^1. . . 

— No hables de morir, replic6 el veterano, viendo el 
efecto que estas palabra^. producian en su mujer y en su 
hija, pnes es seguro que volreremos todos sanos y salvos: 
yo me entiendo en este asanto; quddense ustedes tranquil^s. 

— rAnda, Domingo, pero sin armas: ts pidoeste favor... 

— ]Sin armasi En un caso como ^ste! cuando se est&n ba- 
tiendo! ^EstAs loca, Marta? No es la primera vez que me he 
puesto en campa&a, y nunca se te ha ocurrido dejarme par- 
tir sin mi espada!... 



tM SHBIBM tmu fCMMJOk 43 



— Pero akora te lo suplico, Domingo, ya que no siga^ 
d coDsejo de' nuestro hijo. 

El veterano se qued6 pensativo, y sin decir palabra qui- 
t6se el sable qne tenia ya pue^^to a la cintara, toai6 sa go- 
rra de galon, como simple insignia de sa grado, y par|;i6, 
recomendando antes a sa majer y a sa hija qae no salieran 
de casa ni cometierad la menor impradencia, paes, en su 
conoepto, no habia macho que temer. 

La primera cosa qao hicieron la madre* y la hlja, cuando 
se qaedaron solas, fa^ prosternarse ante las im^jenes de sa 
culto para pedir a Dioa por la conservacion de los seres a 
quienea mas amaban. 

Domingo Lepez y Santiago el zapatero, en caanto estuvie^ 
ron en la calle, prendieron la carrera con direccion a la Ala-. 
meda, que era el punto en donde se batian, segua lo habia 
j^ido decir el 6.ltimo; piero una nueva descarga le hizo decir 
al veterano, que por el ruido calcalaba la distancia, como 
acostumbrado su oido a medir el espacio por el.sonido: 
. — 8i el tiroteo es en la Alameda, es mui arriba, aWd por 
la jglesia de San Francisco; tenemos que correr mucho. Y 
marc6 el paso, haciendo a su compafiero la observacion si- 
guiente, sia dejar de andar: tomemos el trote, amigo mio, 
porque como vamos no alcanzariamos a llegar, paes talvez 
nos caeriamos muertos de cansancio; vamos solamente. al 
paso de carga, que es mas liviano, aunque no tan rdpido, 
pero con el cual se sal va sin fatiga una gran distancia: yo 
conozco estas cosas. 

Caando desembocaron a la Alameda vieron mucha jente 
que corria en tropel hAcia arriba, y a pesar de ser bastante 
temprano, el n&mero de personas de todo sexo y de toda 
edad era considerable. 

£1 aK^rez Lopez y Santiago seguian su marcha sin dete- 
nerse, pero oyendo de paso lo que decian unos y otros. 

£1 fuego de fusileria habia cesado lo que. probaba que 
uno u otro partido habia triunfado;^ sin embargo, el vetara- 



^ 



44 tm uKnsxos ]» 

no Hiarchaba siempre; pero habiendo ericontrado algtinas 
compafiias de milicianos que volviao, pregant6 a un oficial 
qn6 era lo que habia. 

— Est^ todo conclaido, ami go, contesto el oficial, miran- 
do al viejo alferez de arriba abaj©, corao para reconocer a 
qu6 bando pertenecia; y laego aBadi6: el coronel Urriola 
ha muerto y el Valdivia ha capitulado; tenemos muchos 
prisioneros; la laortaudad ha sido considerable, parti cular- 
mente en el paisanaje; pero por fortuna todo ha terminado 
bien y ha vencido la buena causa, la causa del 6rden, la 
causa del gobierno. 

Al oir Domingo Lopez el anuncio de que habian muerto 
machos paisanoa, una palidez mortal se pint6 en su sem- 
blante; pero guard6 silencio, sin continuar interrogando al 
oficial, porque' conoci6 que pertenecia al bando opuesto al 
que seguia su hijo. 

—Santiago, amigo mio, me siento desfallecer, dijo el ve- 
terano al j6ven zapatero, appyftndose en su brazo. 

---Animo, sefior, Ariimo, pueda s«r que no haya sucedido 
nada y que se haya escapado o se ejQcuentre entre los pri- 
sioneros. 

—Enrique no es hombre de escaparse, Santiago; la Anica 
esperanza es que lo hayan hecho prisionero; pero si hubiera 
mu»rto! jDios mio! yo no podria vivir!.,. jY que seria de mi 
mujer y de mi hija! 

— ^No crea, sefior, que Enrique ha muerto; es imposible. 
Ustedes ion tan buenoa y tan virtuosos, que Nuestro Sefior, 
lejos de castigarlos, los ha de premiar. 

— Santiago, tus palabras me dan finimo, porque Me dan 
esperanza; vamos adelante. 

No habian andado una enadra cuando diviSaron nn gru- 
po inmenso de jente que se encarainaba hdcia ellos. En me- 
dio de aquel grapo distinguiansis las bayonetas de los 
infantes y nn escuadron de caballeria que los rodeaba. In- 
mediatamente dijo Domingo Lope^a su compafiero: 



— ^Mira, Santiago, alii en el centrp vienen los pritioneros: 
ojaU se eacoentre Enrique entre eUo3, porque eatopcn ha- 
bria e^^peranzas... 

— Vamos a cerciorarnoa. 

— La dificaltad serd penetrar; pero haremot todo em- 
pefio. 

Y el antiguo sarjento de granailero^t a caballo o el mo- 
derno alf^rez se encamiQ6 reiaelto h4cia la Tpaehedambre, 
abri^ndose paso con sua po.lerosos hocnbrot hasta qnecon- 
8igai6 llegar casi al mismo ceatro, donde fa^ detenido por 
la tropa; pero siendo do elerada estatura, lo miimo que 
EDriqne, consigui6 verlo a la distancia, y con au vo« pode- 
rosa, sobreponiSndose al balllcio de la jente y al ruido de 
las armas, lo llamd. 

Enriqne conoci6 aquella voz, yolvi6 la vista hdoia el lado 
de donde venia y tavo la felioidad de ver a sa padre, ealch 
d&odole con la cabeza y con la mas carifiosa sonrisa, porqae 
no podia levantar sns brazos, paes estaban faertemente U* 
gadoa por la espalda. 

El veterano esperiment6 una felicldad indecible: aquella 
felioidad que se siente a la riita de un- ser amado cuando se 
ha creido no verle mas y se le encuentra inopinadamente. 
' La mari^ha de la tropa y de los prisioneros era lentm por 
el inuomerable jentio que ob^traia las calles, y Domingo 
Lopez pudo segair en Hnea paralela con su hijo, annque a 
una distancia en que no podian hablarse pero que nada lea 
impedia de verse y esto era ya una eatisfaocion mui grande 
para ambos. 

Los prisioneros no faeron couduoidos inmediatamente a 
la p>eDitenciaria, donde sin duda serian dettinados, aino que 
los llevaron a la cdrcel para tomar sus declaraeionee y ob^ 
guir con toda lijereza la causa a eada uno de elloa, para Be- 
gun el grado de culpabilidad que taviesen, apUcarlee la 
pec a. . 

I^a viet^ de Domingo Lopea ttaaquiliod sobriflaanera a 



Enriqae, paes ann caando no temia por s{» comprendia la 
angastia de sa familiaal igoorar sa-paradero, mlentras qne 
ahora sabi^adolo, si bien-se aftijirian, al menos no sufririan 
las penas de la incertidambre, figardndose an fin mas des- 
graciado. 

Alentrara la prision el veterano tendi6 lo3 brazoi a 
Enrique, diciendole: 

— Hijo mio, yo te salvar^. 

El j6ren de3apareci6 tras las grueaas puertas de la cdreel, 
qnege cerraron en el acto de haber entrado en sa seao tp- 
do8 Ids prisioneros. 

VIII. 

Domingo y Santiago volvieron al hogar domdstico tan 
aatisfechos como si faeran portadores de la mas feliz nneva; 
per^ como tenian la certidumbre que Enrique vivia y como 
habian sido atormentados por el temor de su muerte, con- 
sidei-aban su prision como una dicha verdadera. 

En cuanto los apercibieron Marta y Mercedes, que se en- 
contraban en compania de Eloisa y de Teresa, que habian 
venido a consolarlas, les salieron al eueuentro, y la interro- 
gadora y perspicaz mirada de Marta conoci6 en el acto que* 
nada habia sucedido de grave; sin embargo, ella y Merce- 
des hicieron simult4neamente la misma pregunta: 

— ^Y Enrique? D6nde estfi Enrique? 

— No hai por qu^ asustarse oontest6 el veterano, pues 
Enrique estd bneno y sano. ^ 

— jPor qu6 no ha venido entonces con ustedes? 

— jPor qu^l Por qu^ ha de ser! (Te parece a ti que en 
esta clase de jaegos no arriesga uno nada? 

— lY qni es lo que ha sucedido? 

— Lo major que podia acontecer* 

— jPero qu^ es lo mejor! 

«<^];40 m«jorbabiera sidoMeapatse iadadablemente; pero 



urn iidbsii^ ml Hwsuk 47 

Enrique no es de los que huyen, (y el veterano se rctorci6 
su bigote gris con sati^faccion) asf e3, senora, qae ahora 
nneBtro hijo se encacntra prisionero de gaerra. 

— {Enriqae estd presol 

— THi mas ni menos, amiga mia; pero no hai cuidado, yo 
lo salvar^. Yo ir^ en persona a verme con S. K el presi- 
dente de la rep&blica, y estoi seguro que conseguire su per- 
don. 

El viejo alferez ignoraba lo que son los partidos y la 
politiea de circulo: ^1 creia, como le habia sucedido muchaa 
yeces en sus numerosas campanas, que despaes de la bat&lla 
ya no habia enemigos, siendo el pHsionero tratado como 
an camarada a quien solo se le exijia el no volver a tomar 
las armas. 

De todas las personas q.ue habian oido la narracion de 
Domingo Lopez, una de las que mas se habia afectado, es- 
ceptuando a Marta y Mercedes, habia sido la j6ven Eloisa, 
que pdlida y silenciosa escuchaba cuanto decia el viejo al- 
ferez, sin revelar la emocion interior que esperimentaba y 
sin pronunciar una palabra sobre la resolucion interior que 
formara, .pues habia concebido instantdneamente el proyecto 
de libertar a Enrique devolvi^ndolo a su familia, cualquiera 
que fuese el saci ificio que le costase la realizacion de aque- 
lla atrevida empresa, y la sola idea del ^xito, el solo pensa- 
miento de completar'la obra que habia comenzado, la entu* 
siasm6 a tal punto, que casi lleg6 a considerar como un 
acontecimiento feliz la prision de Enrique, porque le pro- 
poreionaba la ocasion de ser todavia iitil, pues ella no se 
confesaba a si misma que obraba quiza en su interior otro 
sentimiento que no faera el deseo o la esperanza de rehabi* 
litarse con sus buenas acciones. 

El eambio repentino de Eloisa, su aire casi festiro y esa 
tranquilidad de espfritu que se esperimenta y que se comu- 
nica a los demas, contribuy6 mucho a calmar los temores 
de Marta y de Mercedes^ temores que el viejo militar no 



eflperimentaba, porque tenia eneasqaetada^la idea que solo 
le bastaria presentar^e ante el jeneral B dines, que ann no 
babia dejado el mando, para obtener en el acto la libertad 
de 811 hijo. 

Al dia sigoiente el veterano de la independencia se pnso 
en marcba hiicia el palacio de la Moueda, vestide con an 
traje militar, cubierto el pecho con sus condecoraciones ga- 
nadas en los campos de honor y con an nueva insignia de 
al£§rez qne bacia poco tiempo recibiera. 

A pesar de la marcid f^onomia de Domingo Lopez, lo 
bajo de lu grado militar hizo que no lo consideraran eomo 
lo merecia en realidad, en las antesalas del presidente, cnan- 
do se pre8ent5 a solicitar tina audiencia, pues el edecan di6 
la preferencia a mnch>)s otras personas que habian llegado 
despaes de £1; pero el viejo alferez agaard6 con pacienciai 
consiguiendo al fin serintrodacido, * 

E jeneral Biilnes mii6 al pobre militar con esos ojos es- 
cndriQadorea qne tratan de averiguar en el semblante lo que 
desea el individuo antes que abra sus labios, y le dijo con 
tono afal)le, al ver las condecoraciones del \reterano, sena- 
Idndole a la vez un asiento: 

— jEn qu^ puedo servir a usted, amigo mio? 

Domingo Lopez permaneci6 de pi^, sin aceptar el asiento 
que tan cortesmente le ofrecia el presidente de la repiiblica, 
T contest6, Uevfindose su mano a la freate en conformidad 
al salodo militar que jeneralmente emplea el soldado al ha- 
blar con sus jefes y como hacia poco tiempo que Jiabia sa- 
lido de esa esfera para pasar a la de oficial, conservaba to- 
davia aquellos bdbitos. 

-T-Vengo, mi jeneral, o mi presidente, quiero decir, aso- 
lieitar una gracia de S« E. 

'- — Hable usted. 

— Solicito la libertad de mi hijo. 

— jDe su hijo! jQu^ es lo que ha hecho su hijo? 

— Nada de malo, mi jeneral; una calaverada de muchacho 



— lGu&\ es esa calaveradat 

— Se meti6 en la revolacioa de ayer y ha sido hecho pri- 
8ionero; pero como yo pnedo salir garatnte a S. E. de las 
bueoas intenciones del muchacho, vengo a pedir sa li- 
bertad. 

— {Boenas intenciones llama nsted las de hacer nnarevo- 
lucion, las depertnrbar el 6rden, las de tratar de derribara 
an gobierno lejltimamente constitaido! 

— Sf^aenor; yo aseguro a S. E. qae mi hijo ha tenido 
baenas intenciones, y salgo desde laego de sa fiador, porqae 
lo conozco. 

-iEs decir que usted tiene tatnbien esaa mismas buenaa 
intenciones, desde el momento que lo apoya? 

— jComo n6, escelentisimo sefiorl 

El jeneral Biilnelt no pado menos de reirse de la sencilles 
del veterano, conociendo por este misrao hecho sa ninguna 
culpabilidad. 

— ^Y c6mo se llama el hijo de nsted? pregant6 con aire 
carifioso el presidente. 

— Enriqne Lopez, un servidor de S. E. 

— jBaen servidor! escelente! con servidores de esa nata- 
raleza estaria yo despachado hace macho tiempo &1 otro. 
mundo. 

T la hilaridad deljeneral era mayor. 

—No cree S. E.! mi hijo es an bnen ciadadano. 

— Voi a ven ten go aqni ana lista de los conjurados. 

y don Manuel BAlnes se puso a leer aquel papel que te- 
nia sobre sa escritorio y que estaba lleno de anotaciones. 
Caando hubo coucluido mir6 otra vez con fijeza al Vetera? 
no y le dijo: 

— Imposible, -amigo mio; sa hijo es lo que hai de mas 
atrevido y pernicioso: ^1 ha sido uno de los mas exaltadoa 
y Talientes de la revolacion, y con veinte hombres como 
ese, no habria en el pais gobierno posible. . . 

-*— Sefior, aseguro a S« E. que calumnian a Enriqae. 



to tof ncftstos Did itx^itsgu^ 

— iC6mo que lo calamnianl Los datos que hai sobre rfl 
son fidedigQos. Los informes que tengo a la vista vienen de 
personas que han presenciado los hecho?. Su hijo de usted 
no solo es lino de los principales conspiradores, uqo de los 
jefes del baudo opuesto, uno de los cabecillas mas activos y 
mas encarnizados, sino que ha sido el mas resuelto y el mas 
valiente en la lucha, pues sin ^1 no habria corrLdo tanta 
sangre ni habria sido necesario tauto sacrificio; de consi- 
guiente, por mas buena voluntad que tenga h&cia usted, no 
quedaiS ^1 sin el merecido castigo, pue^ es preciso que se 
liagan algunos ejemplos para que no sucedan con tanta 
frecuencia escdndalos como i^i% para que cesen de una vez 
estas revoluciones que atrasan, denigrau y ensangrientan al 
p»i?. 

El pobre ^adre estaba aterrado, y el intr^pido militar 
temblaba qomo un niQo: aquel hombre qae habia desafiado 
los peligros en tantas ocasiones, se encontraba ahora sin 
inimo y no tenia casi valor para responder una palabra. 

El jeneral Bulnes tuvo compasion, y le dijo con dalzura: 

— No soi yo, amigo mio, el que debe jazgar a su hijo, y 
per desgracia es uao de los mas coraprometidos, pero yo 
har^ de modo que se minore el castigc: vaya usted tran- 
quilo. 

; — ^IMi jeneral, yo he conocido a S. E. niQo en las glorio- 
sas luchas de la independencia; y por eaa especie de frater- 
nidad del soldado, la fraternidad del peligro, ruega a S. E. 
perdone a mi hijo. • . lo imploro de rodilla*'*, mi jeneral. 

Y el veteraoo se hinc6 delante del presidente. 

Don Manuel Bfi.lnes, conmovido de ver a su^pi^s aqueL 
viejo militar, cuyas varoniles fdccioaes demostrab m a pri- 
mera vista al iQd6mito guerrero, puso su mauo sobre el hom- 
fero del alf^rez dici^ndole: 

— Le doi a usted mi palabra que har^ lo que pueda por 
salvar a su hijo, atenuando en cuauto estd en mi mano el 
fallo de los jueces; pero me es imposible en el momento 



■y 



I 
\ 



tot masssos xttL tuttauK 11 

• 
darlo en libertad; con todo, yo le respondo de sa Tida. 

— Q facias, mi jeneral: yo hi por csperiencia qne los ralien- 
tes son siempre compasiroa, y nsted ha side bastanta lo pri- 
mero desde que naci6 para que deje de ser ahora lo segundo. 

Esta alabanza, dicha con toda nataralidad por el vetera- 
no de la independencia, lisoDJe6 el amor propio de don Ma- 
nuel Bdlnes, que, despues de levantar a Domingo Lopez, lo 
hizo sentarse, para convenar familiarmente con ^1, pregun- 
tdndole por todas las campallas que habia hecho y los corn- 
bates en que habia figurado, 

— jY usted es solo alferez? dijo el presidente cuando hubcJ 
escuchado la verldica narracion del militar. 

— Hace poco, sefior, y solo por la gracia de S. E. 

— Ahora recuerdo ... SI, me hablaron sobre el sarjento 
Domingo Lopez. Bi^n, amigo raio, vaya usted tranquilo. . . 

Y el presidente de la repdblica tendi6 la mano al pobre 
militar, mano que dtte llev6 a sus labios, cousiderandola 
come la protectora y salsradora de su hijo. 

Al dia sigaiente de esta entrevista, entr6 ua ordenanza 
al conv^entillo en busca del alferez don Domingo Lopez; y 
asi conio pocos meses antes habia ua soldado de la escolta 
llevddole los despachos de alferez, asi ahora le entregaban 
nn papel que contenia su: promocion a teniente. Esta ele- 
vacion rdpida e inesperada prodiijo un biien efecto en la 
familia Lopez, np por el honor y aumeftto de saeldo, sino 
porque esie hecho era la masevidente prueba de que el 
presidente de la rep^blica se interesaba en la suerte de 
Enrique, pues no concobia c6mo podia premiar al padre cas* 
tigando al hijo. 

IX. 

El proceso contra los revolucionarioa se seguia con acti* 
vidad. Enrique habia sufridb varios iaterrog*itorio9, pero 
m todos ellos habia re?ipuesto terminantemeute que, si bien 
dra verdad qne conooid a muchas personas que habiau to* 



N 



^ 



B2 urn noufofl dxe. YtmsLo. 

mado parte en aquel movimiento, no reyelaria jamas sns 
nombTes. En vano le habian amenazado con el mas rigoroso 
castigo y ana con la maerte misma, o le habiam ofrecido el 
indnlto y hasta la libertad por tal qae vendiese a bus corre- 
lijionarios pollticos, porque tanto lo uno como lo otro ha- 
bia producido el mismo efecto, no cambiando an noble 
determinacion ni la esperanza de la libertad ni el temor del 
castigo; y esta tenacid^d del j6ven^ a mas de lo comprome- 
tido qae estaba por si mismo, a mas de los cargos qne pesa- 
ban ya sobre 61, habia irritado estraordinariamente a los 
'jaeces, a tal'grado que, a pesar de las recomendaciones del 
presidente, fa6 condenado a mt^erte. 

Don Manuel Bulnes, qae no qneria faltar a su palabra, 
pero que, por otra parte, no qneria tampoco desagradar a 
BUS amigos, hizo llamar a Domingo Lopez y le manife8t6 el 
compromiso en qae se encontraba, aconsejAndole que disaa- 
diese a su hijo de una tenacidad que lo perdia indudable- 
mente, hasta el punto que ^1 casi no podia hacer nada en 
su favor, pues todos estaban en su contra. 

— Yo he hecho, anadi6, todo imposible, y lo &nico que 
he conseguido es un salvo-conducto para que nsted lo vea 
y le diga que su declaracion es de mera f6rmula, porque ya 
se conocen todas la^ personas: asf es que se sacrifica ibiltil- 
mente. 

Domingo Lop^z partio con el salvo-conducto, pero con 
el corazon tr&pasado: iba a tener el triste placer de yer a 
su hijo, pues llevaba la seguridad de que Enrique rehusa- 
ria hacer la menor revelacion, porque ^1 en un caso igual 
habria obrado delmismo modo que obraba su hijo. 

Presentado el salvo-conduoto, fu6 inmediatamente intro- 
ducido al solitario calabozo de su hijo, retirdndose al cent!- 
nela por 6rden del oficial de goardia a una distaccia conve- 
niehte para vijilar al reo sin oir lo que hablaban. 

Padre e hijo se abrazaron sin proferir palabra«.. Dado 
este primer desahogo a la afeccion y a la naturaleza, Enri* 



I 

/ 



uu mum MBi fusBbOw * 5<S 

que 86 informd de todo caanto se relacionaba con ^1, sin 
olvidar la mas peqaefia particolaridad y hasta Io£i menores 
sentimientoa qae habian esperimeDtado en su familia. Sa- 
^tisfecbas estas exijencias naturales del carifio, pen36 en si y 
en su sitnacion y pregant6 a sn padre c6mo habia consegoi- 
do penetrar hasta dh El teniente de hacia pocos dias, le 
conto todo caanto le habia sacedido y el encargo con que 
venia. 

Enrique mir6 a sa padre y le dijo estas solas palabras: 

— En nn caso igaal al mio, jharia nsted lo que me aeon- 
seja? 

— No, hijo mio; pero... pero piensa en tu madre y en tu 
hermana; piensa en mf tambien... 

— Yo he pensado en todo, mi querido padre; he llegado 
hasta arrepentirme de mi temeridad. Oonozco que he obra- 
do mal al comprometerme sin su consentimiento, y me 
parece que lo que estoi sufriendo es un castigo merecido por 
mi presuncion. Yo he pensado todavia en ma*?, en mas, pa- 
dre mio... ipero seria justo que, porlibertar a ustedes de un 
sufrimiento y a mi de la -muerte, faera a llevar el luto y la 
desolacion a muchas otras familias? No, padre mio; do que* 
rria yo vivir a ese precio, ni creo que ustedes querrian con- 
servarme as!!... Una mancha de esta naturaleza me mataria 
mas pronto que el hacSa del verdugo, y sobre todo una man- 
cha asl, me impediria pensar en... en vos y en mf... porque 
me consideraria degradado, porque no podria ser hom- 
bre... 

— ^Tienes razon, hijo mio; yo no te aconsejar^ jamas que 

obres mal; sufre la pena, cualquiera que ella sea, pero no 

faltes jamas a la humanidad; porque, como tu mismo dices 

con mucha justicia, Uevaria ta declaracion el luto y el espan- 

*o a otras familias; y al honor, porque la palabra dada, 

»uando esta palabra no ^implica un crimen, debe siempre 

espetarse... Yo estoi seguro que tu madre y hermana, a 

pe&ar de su dolor, aprobardin tu conducta, prefiriendo que 



saerifiqnes ta vida j la de ellaa, con tal de qae cocaenret Im 
de los dema^. 

Pero, hijo mio, re me ocnrre nn medio sencillo qne pnede 
obyiar en paite las dificultadea, ca decir, qae paede salrar^ 
te sin comprometer a nadie. 

— ^Codl, padre mid 

— Mira, piensa nn momento, no to alarmes de lo qne Toi 
a proponerte, sino qae te pido linicamente que reflexiones; 
y si la proposicion qae voi a hacerte la encuentra^ razona- 
ble, como lo es en efecto, no la deseches per cscrfipulos o 
per una sorioibilidai que iria mas aM de Ips limites de la 
verdadera prudencia. 

Ve, Enii-jue: yo soi viejo: pocoa afi03 mas me quedardn 
de vida; mi muerte, en case que llegara a snceder, lo que 
no e^rp^ro, no causaria el menor traatorno, conserv^dote^. 

— Basta, padie mio: ya s^ donde usted quiere venir a 
parar. 

— iD6nde? 

— En que usted ocnpant mi puesto y yo el auyc. En que 
usted encontrard mediosde hacerme evadir, quedandoseen 
mi lugar. 

— Es la verdad; pero no te alarmes: refieziona que esta 
supercheria produciria nn bien eiu sombra de mal, porque 
debes suponer que no babria juez en el mnndo que me con* 
denase: primero, porque yo no era el verdadero culpable; 
segundo, porque un padre que salva a su hijo es mas bien 
digno de alabanza que de castigo; y tercero, porque conta- 
ria con el apoyo del presidente de la rep^blica, que se ha 
mostrado tan bueno conmigo. 

— No acepto, padre mio, no acepto: me daria verguenza 
libertarme a co8ta del menor sacriftcio suyo, lo creeria co- 
bardia, y usted rae ha ensefiado a no ser cobarde; lo creeria 
bajeza, y usted mehadicbo de ser siempre digno. 

— Pero, hijo mio, ^no ves que de la otra manera rae sa- 
crificas mas? ^No comprondes que mi sn&iaiiento ser^ ma- 



JOT vi^ndote & ti espnesto a la mnertef qcie el que yo pae- 
do esperimentar con algunos lijeros contratiempos que me 
orijinaria la medida que te aconsejo adoptart Y por otra 
parte, ^d6Dde estaria tn cobardia, d6nde ta bajeza, caaodo 
no era todo ello otra cosa qae secundar an plan mio, conce* 
bido por mi cariQo y mandado ejecatar por mi autoridad? 

— Usted puede con veneer me, padre mio, pero no persaa« 
dirme; usted puede Uaoer emuudecer mis labios, pero no 
acallar el ^rito dc mi conciencia, que me dice: no, no, mil 
veces no. Un sofi^ma, senor, puede desviar la intelijencia y 
hacer que adopte nn aistema distinto al que antes se tenia; 
pero el corazon es mas leal, mas verdadero, y cuesta mucho 
para que se le engaQe, y ese corazon me dice a gritos de 
desecbar, de no dar oido a sus palabras, de no aceptar sus 
proposiciones. 

— jCon que no hai medio de convencerte! |Con que no 
hai medio de argumentar contlgo! 

—Usted sabe mui bien,^ padre mio, que lo hai y que ese 
jnedio existe, pero cuando es justo y razonable. Mia no es 
la culpa, senor, si pienso asi, porque mi santa madre ha for- 
mado mi corazon, usted mi juicio.y el seflor don Toribio 
de Guzman ha venido a completar la obra que ustedes ha- 
bian comenzado; jc6mo quiere, pues, que yo reniegue ahora 
de mi orfjen, que yo vaya en eonfcra de tan nobles ten- 
dencias? , 

El teniente volvi6 a echar losbrazois a su hijo: mientraa 
mas descubria el m^rito de aquel j6ven, mas sentia el per- 
derlo, y su angustia crecia en proporcion a su carifio y a la 
admiracion que, sin pretenderlo, le arrancaba. 

Viendo al fin que todo empefio de su parte seria inutil 
para hacer bambolear aquella alma tan fuertemento aferra- 
da a sus convicciones, se despidi6 tristemente, pero no sin 
haber perdido la eeperanza de salvarlo, o de que, por lo 
menos, se le conmutara la pena en algiin destierro, a donde 
^1 y su familia lo seguiria. 



s< 

Be Tnelta a la Moneda hiso presoite a don ICaniiel BM- 
nes lo qoe le liabia pasado y las reflexiones jnstas que la 
habia hecbo na bijo y qae A mismo, oomo padre, le habia 
apoyado, no ocnltdcdole al jeneral ni la propaesta de eva- 
sion que le biciera, las raaones en que la babia apoyado y 
la teoaz resisteDcia que encontrtra. 

Esta franqneza elevada de parte del militar, esta magna- 
nimidad de parte del j5ven agrad6 al jeneral, annqne con- 
trariaba de todo panto a las miras de sn politica y a 1<» 
intereses del partido qae se babia propnesto defender; sin 
embargo, dijo al nnevo teniente: 

— ^Ya le be dado a nsted mi palabra de qoe baria todo 
empefio por salvar a sn bijo, y en efecto lo be becbo, aan* 
qae con poco ^xito; pero abora le empeno de naevo esa 
misma palabra de qae la sentencia de maerte qae pesa so- 
bre sa bijo no se Uevark a cabo, ca^teme lo qae me caeste. 

Esta afirmacion resnelta del jefe del estado traDqailiz6 al 
veterano, paes estaba segaro qae an militar de bonor no 
fialtaria nnnca a sas compromiaos, y se despidio del presi- 
dente, si no satisfecbo, al menos tranqnilo sobre la existen- 
da de sa bijo, exijiSndole ademas el permiso de qae lo 
padiese ver sa &milia darante los dias qae demorara en 
apareeer la sentencia del tribnnal donde debia ir en apela- 
cion el daro fallo de la^corte marcial qae jazgaba a los reos, 
lo caal le fae concedido por ana vez al dia bajo la palabra 
de honor del veterano de no bascar medio algano para qae 
se evadiese el reo, respondiendo ^1 don sn cabeza: proposicion 
qae bizo sonreir al viejo teniente, porqae no tenia el menor 
fandamento, paes ^1 volantariameate babria dado en el 
acto sa vida por salvar la de sa bijo. 

Iniitil es pintar el gasto mezclado de pesar qae esperi- 
mentaria la familia Lopez caando penetr6 en el calabozo de 
Enriqne, qaien la recibi6 eon mnestras del mayor regocijo, 
ni mas ni menos eomo si la yiera en sn tranqnilo hogar y 
se encontrara 61 libre de toda preocnpacion de espfrito, de 



toda amenaza sobre 8q persona, de todo amag^o sobre sa 
existencia. 

Eloisa 86 habia introdacido tambien tf tnidamente en la 
comitiva, y Marta y Mercedes la dejaron que las acorn pa- 
fiase con gasto, al ver de cn&ntos peligros aqnella baena 
amiga los habia libertado sin extjir la menor remnnera- 
cion y esponi^ndose ella a mayores, paes la venganza de la 
tia Anastasia debia ser mas temible que una sentoncia de 
muerte, porque una amenaza de esta mujer era lo mismo 
que vivir moriendo* 

Eloisa, al ver a Enrique esperiment6 una impresion de 
dolor que se vi6 obligada a ocultar, porque ella no tenia, 
pnede decirse asi, ni siquiera el derecho de llorar sobre la 
suertede un individuo completamente. estraHo y a quien 
debia considerar con la mayor indiferencia por convenci- 
miento propio; porque, en realidad, jqu^ contacto, qu6 rela- 
cion podia existir entre 61 y ella, a no ser el de la mera ur- 
banidad o el del favor que dias antes les prestara? Eloisa 
quedose, puea, retirada, dando lugar a que Marta, Domingo 
y Mercedes lo estrechasen contra su corazonj pero Enrique, 
sin dei^asirse de los brazos . que tan dalcemente lo oprimiad, 
estendi6 su mano a Eloisa, dici^ndole: 'Tambien usted ha 
querido venir a ver a un prisienero: es un placer bien triste.^ 

— Sf, mui triste, pero que. no cambiara por todas las fe- 
Hcidades de este mundo. 

— Usted tiene mui bnen corazon, Eloisa, re8pondi6 En* 
riqtfe, sin soltar la mano de la j6ven; usted nos ha salvado 
la vida y es natural que se interese por la suerte de aque- 
llos que le deben la existencia de que gozan: conczco la 
delicadeza de este sentimiento y b6 de donde proviene: en 
jeneral, lo Ijue nos cuesta mayores sacrificios es lo que mas 
80 estima, y en muchas ocasiones llega a ser lo que mas se 
quiere. 

— Asi es, en efecto. 

— ^Gracias, Eloisa, gracias;^ Dios le dar^ la merecida re- 



cotopensa, ja qne a nosotros no nog e3 dado ir mas lejos que 
noestra gratitud; pero cuente u'-ted que ella seid eterna. 

— SeSor, dijo la arri^pentiila joven, sollozando, yo soi la 
qne reciboel fivor. jSi u-tedessupieran cudato birn mekan 
hetho, cc&ulo ine baccn y co^tito rae haidn todayia! 

— Xosoiras, bija! dijo Marta iiiterviuiendo; nosotras te lo 
deberaoa todo y tu no nos dcbes nada. 

— No est& lejojs, se5«>ra, el dia en que ustedes lo sepan, y 
entonces lo comprenderfin y rae hardn jasticia. 

— Bueno^ bueno; ya Vifrerao^, dijo Domingo Lopez, con 
en sonrisa triste y amable; pero raientra^ tauto, aproveche- 
mo8 el liempo que nos qnoda para ponernos de acaerdo y 
ver el modo de ealvar a este calavera, porqne en cuanto a 
hacerlp fagar ea imposible, pues yo he empenado mi pala" 
bra y no falto jamas a ella. Puede ser mui bien que esta 
sea la primera y la ultima entrevista que tengamosi, y es 
necesario ver los reenrsos con que contamos papra abrir la 
campaSa que yo ya he inicia«lo no con tan mal ^xito, ppr- 
que al fin es algo conseguir cuando se ha obtenido la segu- 
ridad de que se re?petar^ el pellejo^ y el permiso de poder 
visitar a tan temible revolucionario; pero nos qaeda todavia 
que hacer mucho; piies, segnn me parece, no saldrd este ca- 
ballero tan intacto de sn primera escaramnza. 

— Seria conveniente, dijo Mercedes, escribiral sefior don 
Tdribio de Gazman y a la senora dona Juana, como tambien 
a Luisa, porque son personas mui inflayentes. Al primero 
puede dirijirse Enrique y a las segundas me dirijire yo: 

— Bien pensado, hija mia, y es preciso ponerdesde laego 
manos a la obra y que manana mismo partan las cartas, 
porqne si llegan antes de la sentencia, pueden influir ea la 
deliberacion; y si despues, que no sea tan escesiv^o el rigor 
de ella. 

Mui ta dijo que no tenia mas patronos y protectores que 
BUS Santos, pero que en ellos tenia mas conftanza qne en to- 
das las potestades del mundo, porque lo que no se obtenia 



■la interirencion do D'loa no se consegaia eon los hom- 
s. 

Juto E'oisa no pronunci6 nna sola palabra; y sin embar- 
mientraa los otros hablaban, rerolvia en so oabesa 
cb(<iimos plane.?, nin pararse todavia en niagano, pero 
ii'ddndolos para madorjirlos raejor. 

Jna semana duraron, poco roas o menoa, las visitas qne 
riamentd y dnrnnte ana bora bacia la f^milia Lopez a 
riqne, acompail4inL>Ia constanteruente Klnisa y algunas 
ea Teresa, hista que el e^timo tlia el ofluial de guardia 
> que ya no se podit ver mas nl reo, porque estaba sen- 
ciado y liabia marchad > a camplir su condena. 
— jY cnal ba sido la sentencia? pregiint6 el viejo tenien- 
)1 j6ven cnpitan que on eae momento le babtaba. 
—La ignoro, seilop, todavia; pero todos I03 reoa ban mar- 
ido a la peiiitenciaria y enWe ellos creo que hai algnnOB 
idenados a mcerte. 

Ijto liltimo alarm6 ei^traordinananieDte a Marta y a Bler- 
e?, sin contar a Eloisa, que siempre ocultaba sas im- 
sionep; pero Domingo sa vi6 obligado a tranqnilizarlas 
ivaroeote, dici^ndoles qae un railitar como el jenerai 
IneS no faltaba ^amas a lo qne babia prometido, porque, 
ependiente de gu sagradn pakbra do Boldado, debia te- 
la de rei, qne,' nna vezdadu, podia sin temor coatarse 
. ella; y como en nna repiiblica el presidente no era ctra 
a que el rei en nna monarquia, estaban todos en la obli- 
ion de prestarle entero erudite, y que ^l estaba tan per- 
dido de lo que decia, que iba inmediatamente a palacio, 
nro de qne Enrique no babia sido de aquellos sobra 
enes cayera la Ultima d>^ las sentencsias. 
'j& seguridad del viiy'o soldado, legandadqae di6 6nimo 
)do9, calm6 en parte la mala impresion prodncida por la 
icia qne ac^tbaban de recibir, retiraDdose a su casa mas 
iqnita!), mientras que Domingo Lopez se encatninaba a 
norada presidencial. 



80 

» 

Ea esta ocasion no ta^o mucho tiempo qne perder^ por- 
que no le hicieron hacer nna larga antesala, introdnci^ndolo 
al salon de recibo ordinario, tasi tan laego como fa^ anun- 
dado. 

£1 jeneral B&lnes estaba aentado frenta a nna gran mesa 
cnbierta de papeles, mesa qae existe todavia y en la qne 
ban despachado ya grandes negocios tres presidentet. 

Al momento de presentarse el nnevo teniente, annqne 
Tiejo campeon de la patria, el jeneral, sefialdndole nn asien- 
to, le dijo qne agnardara nn instante y signi6 bojeando aign- 
nos papeles. Terminada la operacion se diriji6 a Domingo 
Lopez, haci^ndole observer qne, a pesar de sns esfnerzos y 
de sns bnenos deseos, no habia consegnido minorar el casti* 
go; pero la pena de mnerte a qne habia sido condenadp 
desde nn principio habia sido conmntada en cinco afios de 
penitenciaria. 

— Ahora, ami go mio, agreg6 el presidente, es preciso 
resignarse; pero esta resignacion serd corta, porqne pnede 
mni bien existir nn indalto caando ocnpe la silla el nnevo 
majistrado qne en poco tiempo mas debe rejir los destinos 
de la rep4blica, y no ser^ yo nno de los qae menos-se empe- 
fie en consegnirlo; y asi como he cnmplido a nsted mi pa- 
labra anterior, a pesar de la oposicion qne me he visto obli- 
gado a veneer, cumplit^ la otra qne le doi ahora; pero por 
el momento me es imposible ir mas alM. 

No se podia hacer la menor objecion a las palabras del 
jeneral, porqne se conocia qne era ya nn partido resuelto: 
asi es qne el sensible padre se vi6 precisado a retirarse con 
el pecho oprimido de angnstia, pnes el tiempo le parecia 
mni largo y la c^rcel.mni dura y mni impropia para nn j6- 
ven como Earique cnya moralidad y pureza de costumbres, 
cnya elevacion y cnyos hdbitos no teniari nada de semejan- 
tes con los qne tienen regnlarmente las personas qne por sns 
crlmenes ocnpan aqnel lugar donde rebosa el vicio y del 
qne ha hecho la maldad sn asiento favorite; sin embargo, 



uM noistoa du rvtBUt, II 

Dtigao Teterano di6 las gracias al preaidente, march&n- 
9 en segDida. 

'81(16 algan tiempo Domingo Lopez en regresar a sa 
I, porqae presentia el pesar qne semejante nueva caasa- 
i la familia: con todo, era preciBO qne al fin lo snpiesea 
m6 sn reaolncioo; pero Marta y Mercedes estaban y& 
renidas por Elolsn, la qne'les babia dicho que si no lo 
lenaban a muerte ella se encargaba de sn libertad, sal- 
lolo deJa prision, cnalqaiera qne fuese el tiempo a qno 
iera side destiaado, as! es que la mala noticia que train 
ete'rano no prodnjo el efecto tan temido qae creia.iba 
nsar, sabiendo en seguida el motiro porque su majer 
: bija no se asQstaban, participaodo ^[ miamo de igaal 
ianza, pnea tenia la esperiencia de 1o3 prodijios heohoa 
Eloisa, a la que consideraba como el dajel tutelar dela 
. que desde algun tiempo velaba por ella. 



Cambio de domicilio. 



El estado en qne se encontraba Mercedes caai no podia 
ya ocoltarse; y sin embargo, la inocente nifia contiDoaba 
ignoiftadolo, habiendo solo comanicado a so madre aqnella 
rara enfermedad que cada dia parecia amnentarse sin saber 
el motivo. 

La pobre Marta^ perpleja y sin saber tampoco c6mo re* 
Telar a sa hija el mal de qne adolecia, tavo qne niuir-de los 
medlos mas iojeniosos para dejar intacta aqaella flor de pn- 
reza, haci^odole a la vez conocer las circa nstancias crfticas 
en qne se encontraba; jpero qn^ es lo qne no paede, lo qne 
no inventa y lo qne no alcanza el carino de madrel 

La sorpresade Mercedes fa6 inmeasa, y de t:il natural eza, 
qne era nna mezcla de sentimientos contradictories, nna 
amalgama de, dolor y de placer, de dese^peracion y de 63* 
peraoza, de anga:<>tia y de alegria. Ella hahria dado sn vida 
por no eocontrarse asi; y si algaien habiera qnerido liber* 
tarla de aqael estado, tambien la habria dado por conser- 
varla: principiaba en ella la mistc^riosa elaboracion de la 
maternidad, esa lei eterna, manantial inagotable de ana 
constante creacion, mezcla de la mayor delicia y del mayor 
dolor, y a la qne est&n snjetos todos los seres del orbe co- 
nocidu y talvez de los orbes desconocidos. {La maternidad, 
este arcano impenetrable por el qne se revelan en parte I03 
ocnltoa designios de Dios; este eslabonamiento sacc^ivo y 
Qonstante por el caal se saceden las jenernK^idaes unas a 



otras en sub distintas espeeit's; estelazo que una a la hama- 
nidad en jeneral haciendo desaparecer o confandiendo todaa 
las razas; este vfncalo que no solo uos liga a nuestroa pa- 
dres, si no que vieqe abraz&ndonos con ens filamentos ocul- 
tos, desde el primer hombre hasta nosotros, j desde noso- 
tros hasta el fin de I03 tiempos, si es qae llega ese fin 
incomprensible para naestra mente, porqae no alcanzamoa 
a concebir el aniquilamiento absoluto; este fen6meno, de- 
cimos, del caal dependen todos, est^ rodeado para la jdven 
madre, qne lleva en sa seno la fatara y pasada simiente, de 
dnlces cnidados, de desvelos incesantes pero deliciosos, de 
solicitad tierna, de esperanzas embriagadorap, de amor poro, 
delicado, anjelical; y Mercedes, asi como las demas criata- 
ras, estaba sujeta a esa lei eterna de la Providencia infinita; 
de saerte que prineipiaba a sentir las mismas emociones 
qne, con mas o menoa faerza, en jconformidad a sa organiza- 
cion respect! va, e^perimenta cada ano de I03 seres!. . • 

Marta, viendo qae eraimposible ya disimular p or mas 
tieinpo a los ojos de los demas cl estado de sa hija, y qae- 
riendo que se ignorase siempre la desgracia que le habia 
cabido, porque no basta para el honor de una mojer el te- 
.ner para y yirjen el alma, sino qne es necesario que tarn- 
bien aparezca el ciierpo sin mancha, pues de lo contrario la 
virtud mas acrisolada est^ espuesta a la sospecha vergon* 
Z( sa, a la <»fensa injusta y talvez al sarcasm o cruel; Marta, 
decim >s, llam6 a su marido para conferenciar con ^l y pro*, 
ponerle un medio de escapar a la diflcil y embarazosa sitaa- 
cion en que se hallaban. 

— Ea iudispensable, Domingo, dijo la prudente Marta, 
qne aband ine>mos estos s tioa en que hemos p^:8ado nuestra 
juventud, donde han nacldo nue>tros hij »s y on los cualea 
Lemos tenidi> dias tan serenos y felices asi como moj:«jto8 
de la mas terrible angustia. 

-^^R>r qQ6, qaerida Mrtrta, deseas abandonar estoa laga* 
res ^oe t4 m'*t:ma aientj^a d<gar? 



If. 






'*4 

— ^No vee, atnigo mio, que el [embarazo de Mercedes se 
hace cada dia mas perceptible. 

— ^Y bien! jTiene ella acasa la culpa! 

— Sin doda qae no, pero es preciso ocultarlo a losjndife- 
rentes o a los estra&os. Td comprender&s bien a cu&ntoa co- 
rcentarios; a cudntas suposiciones, mas o menos errdnoas, 
mas o menos calumniosas, a cu^ntos chismes mas o menos 
ofensivos, no estailamos espuesto?, tanto ella como nosotros. 

— ^Tienes razon, Maria, siempre tienes razon. Soi, pues, 
de tu mismo parecer. 

— Entonces es preciso cambiarcuan to ant^s de domicilio, 
escojiendo un barrio apartado y si es posible que todo el 
mundo ignore el lugar de nuestra reaidencia para no vernos 
espuestos a encuentros desagradables. Las &nicas personas 
a quienes podemos dar parte porque estdn en el secreto, 
porque Bon bnenas, porque nos son adictas y porque les de- 
bemos y nos deben servicios, no teniendo por consiguiente 
nada que temer de su parte, las ^nicas personas, repito, en 
que podemos tener confianza, son Eloisa y Teresa, a quienes 
confiaremos nuestro secreto. 

— Est& bien, jquieres que ahora mismo '^raya a buscar 
una pieza o una casita en un barrio apartado? 

— Prefiero una casita, Domiago, ya que tenemos los me- 
dics de hacer algun gasto mayor, y la prefiero, no por va- 
nidad de ocupar un alojamiento mas vasto o mas c6modo, 
sino por la soledad, por el sijilo, por el misterio de que 
debe rodearse durante algunos meses a nuestra querida hija. 

— La dificultad de encontrar una casa como la que nece- 
sitamos no me parece tan grande; jpero c6mo haremos para 
que nosepan nuestra mudanzalos inqailinos del conventillo, 
teniendo como tenemos que sacar nuestros mnebles? 

— ^Te encuentro razon, amigo mio; esta es una dificultad 
porque, por afeccion, ya que no por otro mdvil, pueden se- 
guirnos y averiguar donde nos hemos mudado, y entonces 
nuestro plan fracasa ifrustr&ndose nuestra combinacion* 



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61 



— jQud hacer, pnes? - [ 

— Lo pensaremos y ja encontrar^moi el medio; mie9t;re8 
tanto voi a Uamar a Eloisa y a Teresa para coiaouicMles 
noestro proyecto y poede ser mui bieu <j[ue la prime ra dea* 
cabra algan espediente injenloao que allane la dificaU^d^ 
yo tengo macha confiaaza en el taleato y penetraoien de 
esa nina, asi como en su bondad. 

Maria, sin rodeos, y <^n esa sencilles elerada qne laliacia 
tan re»petable y tan simpdtica, c.omnnic6 a laa^dos amigas 
de sn hija el proyecto en que estaba y el fin pon que k> hacia^ 

Las dos j6vene3 Uoraban en silencie al escuchar la pala: 
bra conmovida de la vieja Marta cuf^ndo lea espUca))a el 
objeto de sn mudanza. Habia en aqaella confesion doloroai^ 
tanta grandeza, tanta hamildad, tanta r^^gnacion j tanta 
virtud al mismo tiempo qae tanto senti mien tp,, que los aor^ 
llozos de ambas j6venea crecian en proporcion qne Martf^ 
eon sn melancolico y tierno acento continjuaba sa . penosa 
narracion, sacedlSndose nn silencio profondo cnando ^nbQ 
conclaido la iafeliz madre: este silencio era efecto de la re- 
ckon centracion e intensidad del dolor. 

Eloisa faS la primera en interrnmpirlo diciendo: 

— Sefiora, antes de responderle y antes de eapUcarme, 
voi a pedir una gracia qne solicito de nsted como fl m^a 
grande favor qne reconoceri toda mi yida y que satiafar^ 
con nna gratitud eterna. 

— Hable nsted, hija mia, y tenga la seguridad de qne si 
depende da mf conseguir4 nsted lo que soliclta^ prop^rcio- 
ndndome con ello una satisfaccion verdadera, puea le pro 
bar^ que yo tampoco soi indiferente a los beoeficios.q^e^ 
nsted ha hecho a todos nosotros. , * 

— Yacreo haber contestado a este pun to para no insistir 
en ^1 nmevamente. Lo que solicit9 de usted, seQpra, ea que 
no me abandoned es que me Ueve en su compa&ia, porqpe^ 
en ella encuentro la paz del almai el reposo de mi co^pie i\^|^ 
y la alegria de mi corazon. 



€6 iioi numfot ssl trnuuk 



<i 



— Yen, hija mia, rec<poDdi6 Marta con efasiou; ren a mis 
brazos y ten la segnridad de que nuDca nos separaremos de 
if, portjue nosotras encioDtraraos eh tu amistad un placer y 
etr,^ii cotifianza un alivi6*j um. felicidad. 

— -Gracias/diefiora: osted sabrd algan dia el bien que me 
hkhecho. 

-^Yo tambifen, edc1am6 Teresa, quiero acompafiarlos; yo 
tambien qaiero que no me dejen sola mis protectores. 
* — TA tienes tu mando, querida Teresa, y puede ser que 
no le convenga para sus negocios vivir con nosotros; de lo 
contrarro, taitibien tendriamos mucho gusto en estar en tu 
compafiia. 

— ^Y si Santiago c6nsiente, ^nos Uerardn nstedes con- 
sigo? 

' — ^No pbedes dudarlo, Teresa, en caso que ^1 no se perju- 
dSqne y que solo d^ su consentimiento por no desagra- 
darte. 

— Bstoi segura, sefiora, que estard complacido y que ve- 
ria con dolor que nstedes nos dejaban. 

— ^Puea bien, amigas mias, asl estaremos todas reunidas y 
el aislamiento para Mercedes no serd tan penoso, porque ya 
no estard sola. 

^ — Yo habia pensadp, seSora, dijo E^oisa, proponerle a 
utited lo mismo que usted nos ha propuesto; pero por un 
inotivo distinto, que viene, sin embargo, a rela'cionarae o a 
completarse en sus buenos resultados con el suyo. 
" — |Cnrfl era tu pensarriiento? ' ' 

'— ^Cotno ya he dicho a nstedes, yo me comprometo a sal- 
var de su prision a don Eorique, sin poder fijar el tierapo, 
p6rque todavia no he formado mi plan ni sS los medios de 
que pueda valerrae; sin embargo, tengo ]a s^guridad y com- 
prometo mi palabra, y si se quiere mi vida, de que conse* 
gnirS ni intento; pero una vez conseguido, neeesitaba que 
nstedes no vlfiesen mas en el conventillo, porque salvado 
don Enriquei seri indudablemente perseguido y lo eneon- 



^ 



trarian con mfnolia facilidad en la faabitacion de nstedes, 
dond« l^^ policia 8abria que iria infaliblemente a par^r. Pbr 
otra parte, en caso que no se descnbfie^'e, nstedes qqedai ian 
espaestos a soportar mil disgustos, i&iendo vijilados mm de 
cerca y con mucbo mbterio; de maneraqne una v^^z n otra, 
por mtrcfaas qne faeran las precauciones que se tomaran, 
podia caer en mnnos de sns persegnidores y en ese caso 
todo estaba perdido o la esperansa de salvarlo se hacia mui 
remota, porque se centuplicarian las dificnltadesi 

Alarta ccntemplaba con carifio a Eloisa, admir^ndbse de 
aqoella prevision tan rara en nna j6ven de sn edad; asi ea 
que lodijo: 

— Parece, hija mia, que efituvieras mui acoatambrada a 
lances de ebta naturaleza o que en tus pocos afios hubieras 
vi«to mucho mundo, adquiriendo una grande espei iencia. 

— En otra ocasion hablaremos detenidamente sobre esto, 
pues no quiero tener para usted secretos; pero por ahora lo 
qne necesito saber es si encuentra o no razonables mis ad- 
vertencias. , 

• — ^Las hallo mui prndentes y de una prevision admi* 
rat>le. 

— Pues bien, seflora, yo me enCargo de btiscarlil casa y 
de prepararlo todo con el mayor sijilo y con el mayor mis- 
terio, de tal modo qii^ quede todo el mundo desorientado 
y que nadie sepa su nuevo domicilio.' ' 

— Nos entregambs a tf oon enteria confiinzi; jperb c6mo 

V 

Laremos para sacar los muebles sin que nadie lo note? Esta 
-era la dificultaid con que tropezdbamos Doihiftgo y^y'o hace 
' nn momento. j . : 

— E<a dificultad desaparece ficihuerite: tist^db^ dejan Ips 
mumbles en las mismas plezas sacando aqoeVlo mas neceaa- 
ria, delo feual yo me encargo, y hacer correr laVoz de que 
van al carapo por algun tiempo para restablecer comple'M- 
mente la salmi de^ lasefibfita Merc6de5,*y no habrA* udosolp 
^0 no loi^rea, tanio mm si nstedes l^a deiM «f ^nij^r^bde 



Tijflar pof 8U cflMi. La misma fSlbiila se le cnenta al pro- 
pietario^ dejtodole pagado el arrieado por aas a ocho m^ 
868: de eata suerte^ cnando se hay;i fagado don Eariqne 7 
Uegoe la polida al eonTentiUo, no encontrarin m rastro j 
habr^n perdido completamente la pista, 

Ahora, por lo que respecta a Teresa y a mi^ noa moda- 
remos a la l«z del dia 7 a la vista de todos, lleyando naea- 
tro6 muebles a una casa que tendr^ lista de antemano, 7 de 
alii los sacaremoe al dia sigoiente para trasportarlos aca con 
otroj carretones. 

— Todo est^ admirablemente combinado, hija mia. 

— Si, tengo esperanza de que la empresa la UevaremoB a 
eabo sin el mencn* tropiezo, pero es necesario la mas grande 
reserva 7 el misterio mas impenetrable, hasta que no lia7a- 
mos puesto en completa seguridad a don Enrique 7 hasta 
que la sefiorita Mereedes. . . 

— Asi es, Eloisa; 7 para ello seguiremoB en todo tus con- 
sejos. 

— D^jenme obrar a mi sin admirarse de mi metamdrfosis. 
Fuede ser que algunas veces me aparezca de gran dama, 
otras de mendiga, otras en mi estado propio, otras de mu- 
chacha, 7 asi sucesivamente. Fuede ser tambien que ll^ue 
algunas ocasiones tarde de la noche, que otras no me recoja 
a casa 7 que ann se pasen algunos dias sin verme; no hai, 
paeSy que estranarse dfi nada, porque todos estos cambios 
pueden ser necesarios 7 Utiles para la consecucion del pro- 

■ 

7ectQ. 

— Vuelvo a r^petirtelo, Eloisa, haremos lo que nos digaa 
que deb^mos hacer. 

— ^Ahora 70 me encargo de buscar la casa. Cono2co la 
ciudad de Santiago vkSA que a mis propias manos 7 %i cab- 
les pueden ser los Ipgares mas a prop6sito para nuestro 
asunto, 

— ^Te damos .carta blanca, hij^ mil^ pero ea la nueva hn- 
bitadon tenen^oa neoesidad de alguuoa mueblesi aunqne 



6» 

sekii fdlsi inM mdiepetskbTes, *de^e el momento qae nos ve- 
mos obligados a dejar los nnestros. 

— ^Esto no efi tampoco tina dificnltad; solamente ya le he 
dicho que no se admire de nada, ni me averigfte cosa alguna 
hasta qne yo misma espliqne mi condocta, lo qae no dnde 
nated qne lo har6 eea hoi sea maSana, porque me pesa 
tener para nstedes la menor reserva; sin embargo, estoi 
obligada a ello por ciertos motivos qne por el momento no 
me es dado esplicar, perd qtie a sn debido tiempo sabrin 
nttedes; mientras tanto, voi a salir en bnsca de lo que nece- 
tito primero antes de cmprender lo segnndo. 

— iQnieres algan dinero Eloisa? 

— No, senora; lo dnico que qaiero es que me dtje obrar 
libremente, segura de que si alguna vez necesito algo se lo 
pedird. 

IL 

Dicho y hecho. Eloisa se de8pidi6 de Maria y de Teresa, 
tom6 sn manto y parti6. 

La primera dilijenciaque hizo fue dirijirse a su casa para 
vcr a sns sirvientes y tranquilizarlas por su prolon^ada au- 
cencia. Alll cambi6 de traje y se visHd con el mayor lujo, 
haci^ndose cuanto mas in teresante- podia. En seguida Inan- 
d6 que le trajeran el mejor coehe que se eucontrara en la 
plaza, lo tom6 por horas, puso algunas monedas de oro en 
su bolsa y se ech6 a andar por todas las calles de Santiago, 
dando la preferencia a los suburbios, donde orden6 que la 
condujeran primero. 

A medida que Bloisa enofontraba una casa que le parecia 
adecuada para su objeto, abria su cartera y la apuntaba, 
anotando pbco mas o menps la clase- de habitaciones que se 
encontraban a su alrededol*, porque esto ^ra para ella una 
cireunstancia de mucha consideracion, pues talvez de alii 
dependia el ^xito, que tenia por base el cooservar siempre 
el inc6gnito y si era posible el no Uamar jamas la attocion 



de joa ve^Qoa, pasando cuanto mas ae patera ignorada de 
todo el mando. 

£ra ya la caida del sol cnando orden6 al oochero dirijir- 
69 tras del cerro de Santa Luciai barrio entonces casi com- 
pletamente abandonado y doode solo vivian alguaas fami- 
lies pobres y como apartadas del baUicio de la poblacion, 
aunqne en disi^ocia no es macha del eentro de la hoi mag- 
n^ca ciudad de Santiago, 

£n la calle de Breton, arrabal entoncea completamente 
abandonado, encontr6 Eloisa ana casa aislada y de mni mo- 
destas apariencias, qne tenia en sa vieja paerta an papel 
que decia: *Esta casa se alquila." Inmediatamente la anolo 
en sa cartera, hacidndole ana se&al para distingnirla de las 
otra? qne dntes habiar marcado, orient^ndose de la sitnacion 
en qne se encontraba asi como del nombre de la caller mni 
poco conoeido para los habitantes del centro. 

Hechas estas dilijencias se diriji6 a sa primitiva casa de 
babitucion) orden6 a sns criadas de abrir ]a poerta 4e calle 
y de recibir a los j6renes que vinieran a verla. 

Fuera capriGho, faara casaalidad, faura que desde algan 
tiempo ron jase constantemente la ca^a de Etoisa, lo cierto 
del casQ es que la primera persona que se pre^ento fu^ aquel 
mismo Emilio a quien Bloisa habia, por decirlo asi, despe- 
didOf. recibiendp en consecaencia de parte de ^1 el mas 
grapde de los insnltos. 

Eloisa Ittia o se bacia que leia en an libro caando Emilio 
entr6. 

El j6ven dej6 sn sombrero sobre una silla, se acerco a la 
mnchacha, y poni^ndole la mano en el hombro, le dijo fanii- 
liarmente: 

, — {Todavia est^ tnojada conmigo? 

. — To no tengo el derecho de enojarme con nadie, caba* 
Hero. 

•r-Sin embargo, lo hioiste. 

^N<> recperda 



Tl 

w 

■ • * ■ 

— 1)6Qd6 has estado tanto tiempo, qoB no he podido en- 
oontrarte a pesar que te he boscado diariamente! 

— He estado ocopada. 

— Sin dnda con aquel penllan^ criado de Gaillermo, a. 
qnien de baena gana habiera d^do de patadas en. .« 

- ^^Ha venido asted para insultarrae nuevamente? 

— No; pero tango rabia aun de que me pospuaieras a un 
miserable airviente. 

— No me gnata dar esplicaciones a qoien no sabe apre- 
ciarme; pero le dir£ a uated francamehte qaenada teoiaque 
ver, en el senlido qoe nsted piensa, con ese hombre. ' 

— jPor qu^ me hablas de asted y node tfi, como lohacias 

antes? 

I* 

— Porqne ni nsted es el mismo para mf ni yo para nsted. 

— iQo6! jTJna exaltacion moment&nea baatante escusable 
ha aido lo soficiente para cortar nuestras baenas y antiguaa 
relaciones? 

— La jentede nnestro jaez, qne, aegun nstedes, no tiene 
el derecho de enojarse ni de ser ddeQa de 6asa, no paede 
romper relacionea ni aceptar?a^, si no momentdneamente, 
puea se le prohibe el derecho de ser daeflo de si misma: esto 
€8 lo qae nsted qniso decirme: al menos asi lo he compren- 
dido. 

— D^jate, hermosa Eloisa, de esas cosas; si qnierea te pTdo 
perdon de rodillas; vamos, ya estoi a tus plantas. 

Y el aristdcrata j6ven se hinc6 delante de ella, dibuj&ndo- 
se sobre sus labios una sonrisa entre afable y barlona, ana 
de esas sonrisas qae marcan las distancias que hai de tina 
a otra persona^ a pesar de la Intima familiaridad del mo* 
mento. 

■ 

Eloisacomprendid aqnel mndo lengnaje, y con tono digno 
pero hnniilde, dijo a Emilio: 

— Ese reodimiento aparente, seflor, es todavia la conti* 
nnacion de la misma ofensa anterior; afiadiendo ahora la re- 
chifla. Sea como asted qoiera, ofi^ndame como se le antoje, 



72 

m 

estoi dispnesU a soportarlo todo, porqne no qmero m debo 
exaltarme. 

— Te descoDozco completamente, Eloisa, dijo el jdran, 
abandpnando la postara qae habia tornado j dando aga sem- 
blan'te on aire de seriedad; iqni es lo que pasa por tf? 
lC6mo has cambiado tanto en tan poco tiempof 

—O^dlA hnbiera cambiado mas; pero nosotras, en nuestra 
degradante condicion, nO podemos ir max lejos, porqne aan 
cnando mademos por completo de eziateQcia y de ideas, 
fliempfe ara^traremos el desprecio esterior, llevando en no- 
iotras nno todavia mas doloroso: el desprecio propio. 

-^No te comprendo. Jamas te habia oido hablar aaL 4N0 
me qnieres ya? 

— jPuede una querer? jY qn6 aacaria con ello? 
, — Hace poco tiempo no tenias conmigo este lengaaje, 
sino q^e por el contrario me declas que me amabaa 7 que 
eatabaa aatisfecha con mi carino. 
^ — ^Ea verdad, pero me engafiaba a mf miama. 

— EntoAces no me qnieres? 

—No es precisamente eso lo que quiero signiflear. 
. — dOu^ es, pues? 

— Que no aoi la misma. 

— ^Has mudado de vida! 

— ^Por qu^^est^ entonces tan compuesta, tan seductora^ 
pj^ciendo maa hermoaa gue nunca. 

— Porqne todavia no he mndado de condicion 7 quiero 
agradar. 

—{A qm6n? 

— A usted 7 a todos loa que puedan serme Utiles. 

— jA ,mi 7 a todos! |No sabes que quiero siempre aer 
esclusiyo, porqne no me gusta confundirme eoi^ los de- 
maa! 

— \Ex(Qersxaonm de la vanidad! {Pretensiones del amor 



— Sea lo qae 8e foese: ese. es mi deaeo y mi txijdncut, 
porqne ea mi voluntad. 

— Est^ bien: esto puede saceder segan sea A t^rvioi^ > 

^r— ^Te he rehusado algana vez algo, Eloisat 

—No; usted me ha dado todo el dinero que Id he pedido. 

— Y estoi siempre dispaesto a dArtelo. 

— Yo no quiero dinero, sino aervicios de otro j4nerck 

— jServicios!' iQa^ clase de aervicios exijea de ml? DiloA, 
porqne si estin en mi mano no te loi rehnsare; pero es pre- 
ciso qne me hables con la familiaridad antigna, que me di- 
gas tu, qne me llames por mi nombre. 

— Sea; ^tienes a^gnna inflnencia con loa hombres de. f^ 
bierno! 

— Si; estoi en buena armonia con todos loa mand^tarioa. 
Soi nno de los decididos partidarios de la administrcion ac- 
tnal y de la candidatura fntnra, y en el gabinete se encaea* 
tra nn tio mio. 

-iTienes un tio ministro? 

— Jastamente. 

— Paes bien, Emilio, neceaifo de todo ta influjo para ob- 
tener el perdon y la libertad de un j6ven que. . . 

— jDe nn j6ven! jTalvez de un rival miol Imipoaible: 
jc6mo quieres que me preste a ello? 

— ^^Puedo asegurarte, Emilio, que no ea tu rival. 

— lQxi6 en entonces. 

— Es... es... un her mano mio. , 

— Nunca te habia oido decir que tenias hermano. 

— Habia, estado mucho tiempo ausente. 

— T bien; ^qu^ es lo que ha hecho tu hermano? 

— Se meti6 en la revolucion y ha sido condenado a cinco 
anos de penitenciaria* 

— jRevoluoionarioI Si hubiera sido criminal, «i hnbier* 
aido un ladron o un ^esino, podia deade luego a^Qgurartd 
que obtendria su libertad y su perdon; jpero revolucio^arip 
es distinto! En la actualidad, Eloiaa, ea preciso .moatrarse 



fi 10$ saoBiMr iliR. ftnouA 

B&t'&tb^^ «SK)s" seffores, porqtie de alH depende la tranqni- 
lidad presente y la tranquilidad futura del pais, y loa mx-' 
nistrfes asi conto el presidertte estdn tan convencidos de esta 
verdad, que 8of>re e^te pnntoson in^xorables y no traneijen 
pop na^a ni con n«idle. Hh» cri la actualidad jd^enes de las 
primeras familias, mni influyentes por sas relaciones, erapa- 
rentados coti todo el mundo, y que a pesar de esaa ventajas 
D^ ptieden conseguir doblegar la en^rjica decision de los 
inandatario8, porqae estda convencidos, y con mucha jnsti- 
cia, que^iendo induljentes no se conseguiria otra cosa que 
abrir de par en par las puertas a la anarqaia; y esa tirania, 
catQo la llaman los opositores, no es otra cosa que pruJen- 
cia: lo contrario Feria una debi lidad i m perdonable. Ya ve?^ 
pues, Eloisa, que me pides no imposible. 

— ^Ei m^rito es mayor mientras mas dificil es la em- 
presa. 

— Indudablemente; pero exijir lo que no se puede alcan- 
zar es temeridad. 

— Sin embargo, tan tea la cosa, mientras yo toco otros 
resorles, porque no dejnr^ piedra por mover con tal de li- 
bertar a mi hermano, hasta el pun to que yo me quedaria 
goatosa «! 8U lagar. 

— jEl cambio no era malo! Si lo cbnsigues, te prometo 
desde luego que me constituyo tambien en prisionero por 
el piacor de hacerte compaQia, porqae eres capaz con tu 
sola presencia de trasformar la penitenciaria en un paraiso 
terrenal. 

Eloisa, a pesar de los sentimientos que la agoviaban, no 
pudo menos de reirse de la galante ocorrencia de Emilio, y 
dijo al j6v6n, tendi^ndole sn delicada mano: 

— Eres siempre, querido Emilio, el mejor j6ven que lie 
conocido, y eispero qne no dfesmientas ni tu cardctor ni el 
coneepto que me he formado. Por ahora hazrae el favor de 
rfetiratte, pues tengo que 6alir; pero tendr^ el gusto de verte 
maflana aeata misma hofa, y Sste serd mayor si me traes al- 



gnna ntreTa favorable, porqne tne pr6bar& qne baa pensado 
en mi y te has ocnpado de ml. 

--|Tan luego me despided! 

«-^No et por mala voluDtad, sine que es oecesario. Adtos, 
Emilio, hasta maiiana. 

-i-Dime al roenos que ya no me conserras ningun rencor. 

* 

— Nunca te lo he tenido, Emilio, y ahora meDd», puesto 
que pongo a proeba tu bondad pidi^ndote un gran servrcio. 

— ^^Qoe si dependiera de mi ya lo habvias cjcnsegaido; pero 
te prometo hacer ini posible. 

Tan loetfo como se desaparecid el j6ven, Eloisa oambi6 
de traje y se dirij6 a la caile de San Pablo, donde era espe- 
rada con an&iedad. 

Ill 

A pesar de la confianza que tenian en Eloisa, la familia 
Lopez no podia menoa de estar tristemente preocupada, por- 
que podia mai bien suceder qne los esfuerzos de la j6ven 
fracasasen, tropezando con dificultadesinstiperables, porque 
el boen Domingo Lopez haV)ia visto a alguoas personam y 
becho dilijencias corapletamente iniitiles, que solo prodnje- 
ron en 61 cierto desaliento, desaliento que se habia corauni- 
cado en parte al resto de la casa, es decir, de las personas 
que se hallaban alll reunidas, pues se encontraba Santiago 
y 8u e^posa Teresa, que poseyendo todos los secretos de la 
fii^milia estaban dispuestos a ayndarla y a correr la misma 
suerte que ella, cualquiera que fuese la situacion en que se 
enooDtrase. 

La mesa, para la oena estaba puesta y solo agnardaban la 
Ilegada de Eloisa para dar principio, cnando ^sta apareoi6 
risuefia y fiatisfeeha, animando con su presencia a todos los 
que estaban alll. 

— ParecQy hija mia, que nos traes budnas nuevas, le dijo 
Marta con caiuiio, sentindola a su lado. 

~-Todavia no he hecho mucho, setiora; pero estoi en ca- 



7ft 

miao J h# pf acticado alganM <dmijeBcias, de In que cspero 
consegair algo. For el momento ya tengo Tista la caaa, j 
mafiana sin falta correri por mi caenta. La sitoacion es mag- 
nifica^'est^ ea la -caUe de Breton, detras del cemto de Saeta 
Lncia, j a sns alrededores hai poco yeeindario. 

— ^PoeB a mi me ha ido m^l por todas partea, repoao Do- 
mingo Lopez eon voz triste. 

— ^No importa, gefior; es pi'einfto no deamajar. 

— ^En caanto a eso, paede nsted estar segara, Eloiaa, por- 
qne o el diablo me Ueva o yo salvo a Enriqne. 

— ^La eaerjia en la accion es la primera condicion de baen 
6x^0. 

Los cdlcnlos, las probabilidades, las personas qoe debian 
verse, las inflnencias que era necesario emplear, etc., todo 
fa^ discntido en esa nocbe; pero sin qne nada pndiera re- 
solrerse y sin 'saber positivamente cnales serian los medios 
qne mas convendria emplear; porqne Eloisa, sin'qne dejara 
de amitir sn opinion, gnardaba cierta reserva respecto a sa 
accion, no faltando por esto a la franqaeza; porqne era a 
nn mismo tiempo callada y locuaz, reflexiva y atolondrada, 
amiga de proceder por si misma, sin qne por esto desechara 
la opinion- ajena; pero le gustaba, sobre todo, tener la segn- 
ridad de llevar a cabo nn proyecto antes de comnnicarlo, 
ante£( >de decir: aqui est^ el resnltado. 

El dia signiente, Eloisa se levant6 temprano, sa pnso su 
sf ncillo vestido de iglesia y se encamino directamente a la 
solitaria calle de Breton a pregnntar por los propietarios da 
la casa, los qne eran unos pobres viejos, qne al ver a Eloi- 
sa,' a pesar de la modiestia de sn traje, goardaron eon ella 
toda especie de consideraciones, pnes les parecia mni snpe- 
rioi* a i(0das las personas qne, desde algnn tiempo atras, ha- 
bian tenido como locatarios. 

Eloisa, introdn^ida en aqoellas pieras bajas y su^as, cnyas 
mnrallas, ennegrecidas por el himo, indieaban la pobresa 
deJasrpel^^PQaaqneJaaliabiaa habitado y sna costnm^res 



■ii 

eseneialmente ckilenas, m decir, que los importa tnnl pocto 
el oonfortable j el aseo con tal de aparecer aparentemente 
lajosas, vi6 en el acto los inconvenientes, pero a la y6z ob^ 
terv6 qoe eraa mni fi&ciles de refiwrar, y pi*^^t^ a l6r|>ro- 
pietarioe por el preoio« 

— Diez pesos, sefiorita, contestaron a nn liiitmo tiempio 
marido y mnjer, afiadiendo, pira halagar a la nneva sAqnila- 
dora; ya ve usted qne tiene machos ;&rbolea fratalesr, an pa- 
rroncito, dos higneras, alganos tanales a orillas d^ la pared 
y tambien sas tinas de greda para si se quiere mcar alm?- 
don, aunqoe ahora se nos ha prohibido esta indostria'; perb 
laa alqailadoras anteriores aiempre lo bacian y mni bien qne 
ganaban sn sabaistencia, porqae el barrio es apartado, hdi 
poco9 vecinos y a nadie incomoda el olor, poes estamos 
acoBtnmbradoa a 6i desde hace muchos afios. 

— ^{Oon que los 41timos locatarios tenian la fabricacion 
del almidon? 

— Sf, eefiorita; ptro mari6 el marido y se acabo' el hom- 
bre de la casa y con ^1 la Indastria, hasta el panto qne mi 
mnjer y yo nos vimos obligadoe a pedirles el sitio, porqae 
hacia tiempo que no nos pagaban: y nosotros, como nsted 
pnede figardrselo, vivimos de naestros arrienditos. 

— Indadablemente, nstedes estaban en sa derecho y te- 
nian mncha razoo; pero el precio me parece an pbco caro. 

Eata parsimonia aparente de Eloisa era 6nicamente con 
el fin da no levantar la menor sdspecha. 

El viejo ooni6st6: 

— ^No.es caro, sefiorita, porqae aqui pnede hacerse otm 
indastria, en la qne tampoco le iba mal al antigao locatario 
y se empleaban la mnjer y los nifios de 41, y esa indas(txia 
eonsistia en torcer c^fian^O) fal)rie&ndolo tan bien, que fo 
venian a buscar de todas parted para las estrellas; las ISolas, 
lo6 barriletes, los volantines, ^tc.f a tal panto, qub sietnpre 
se encontraba eon pedidos qne no podia satis&cei'; a^' cs 
que gaittban mocha pklia; pero ya nsted deb6 sabeV que 



76 urn sMUiof MKi trattuOb 

cpi^ido el jefe de Ta familin se mnere, todo vien# -al snela y 
, todo 86 hace sal y agaa, y eato fu^ lo qua le suoedid a* esa 
pobre jente. 

— Puesto qae ustedea me dicen que se paeden e^tableeer 
esas dos indastrias, no teago el meaor iaconv^aiente etx 
arrendarles la casa. 

— Y hace usted oioi bien, porque exiaten todavia algnnos 
Utiles para la almidooeria, como son esas tinajas que listed 
tiene a la vista y para la hilaaderia hni ba^itante espacio y 
esos drboles y ^as, estaca^ qae les serrian a la vez para mi* 
dir, es decir, la can^Jia y para torcer el c^fiamo. 

— listed me da magulflcas esplicacioaes que yx> y mis 
compafieroB trataremos de aprovechar poni^ndolas eti 
plaata. 

— Har^Q ustedes mui bien, pues a^i ganar^a plata. 

—Para asegarar tan provechoso arriendo, me permito 
adelantar a ustedes seis mesesi, y Eloisa 8ac6 de su porta- 
monedas los aeseuta pesos, que puso en mauos del propie- 
taria 

Admirado ^ste de tanta jenerosidad, que jamas habla vis* 
to practicar eu sa yida, prometi6 a Eloisa que .la serviria 
en cuanto fuera necesario y que si tenia afgunas dilijt^ncias 
que pr^eticar, estaria 61 mui dispaesto a reemplaa^rla eu 
caso que no qqisiera abandonar sas tareas. 
,, Eloisa se iuformd de todos los vecinos y de sua eostum- 
bres para ver lo qae podia esperar o temer de laa personas 
que la rodeaban, y las respuestas y observaeiones del viejo 
propietario la satisfacieron^ tomando deSde aquel mismotlia 
las Haves, • • l : . 

Practicada esta dtlijenoia, se dinji6, eon su.aotividAd^de 
oostnmbre, a uua.f^lbnoa de carpinteria para linc€rr las fe- 
fc'cciones necesarias en el interior, dicieudo al maestro que 
corriese con todo el trabajo'y que lo biciera con br&:<Kedftd, 
cualquiera que fuera su costo, comprando a la vez loarmoe- 
blesy4tiles iudispenaables paraqoA ia faaili* 'Wtuyi^ca 



con comodidad j decencia, encargaQdo solamente qaa.no 
hicieran niogana refaccion en el esterior, dejandp ]a paerta 
depalle con toda sus vetustas y modestaa apariencias. 

En aquel solo dia dej6 Eloisa preparado caanto era pre- 
ciso paraqnelafamilia Lopez encontrase comodidades, aseo 
y hasta confortable en sa nueva moradd, paea mand6 einpa* 
pelar los cnartos, componer los pisoa, pintar y madar pner^ 
tas e improvisar nnevos departamentos, ordenando a los que 
dirijian aqueros trabajo3 que ta^ie^a coastantemente la 
puerta de calle cerrada, para que, si era posible, no 8^ 
apercibiese nadie, ni aun el mismo propietario, d^ la traa* 
formacion qne se operaba en el interior; y como el dinero 
todo lo pnede, segan lo piensa la jeneralidad, laa 6rdene8 
de Eloisa faeron fielmente camplidas y sus deseos satisfe- 
chos completamente. 

Libre ya de estas ocapaciones, que eran indispensables 
para la realizacion de sas proyectos, qtiiso jozgar por si 
misma de la sitaaeion en qae se encontraba la prisiou de 
Enrique, es deeir, la penitenciaria, y orden6 al cochero d^ 
dirijirse al campo de Marte. 

Esta f imosa prision, ocupada jeneralmente por los maa 

grandes criminale^ se encuentra a algana distancia hftcia 

el 6ur del lugar donde evolucionan las tropas, y es una es- 

pecie de fortaleza y de cdrcel, di>nde se ban tornado todas 

las precaaciones para h^cer imposible la evasion delas per- 

sonas que estdn condenadas a pamr mas o cnenos tiempo, y 

algunas toda la vida, (^q aquel espantoso reeinto cnya sola 

vista inspira terror. 

Eloisa queria, como hemos dicho, darse cuenta del lugar 

en que se encontraba Enrique, como si fuera un matemdt^ 

eoque pudiese valorar las mas o raenbs probabilidades qne 

ofreciei^en sus espcsas murallas para una evasioi} pero sa 

ardiente deseo de salvar al j6ven saplia en parte su falt^i 

de conocimientos especiales, y ciiando bubo dado una vuel* 

Uk gircttlar por el lado de afuiera, crey6 que no era impoai* 



6o iKw mmMDOB ML Mtaijo. 

Wcf evadirst, teniendo faerzas, ajilidad y arrojo; y como 
t&bia que Enriqae poseia estas caalidades, coDcibi6 alganas 
esperanzas, pero prefiriendo sn diplomacia a verse redardda 
a adoptar esta estrema y Ultima medida. 

Dado este paseo de iavestigacion, volvi6 a su casa; y asi 
como la noche anterior, se adoni6 con gran coqueteria, 
realzando con la compostura sua natarales atractivos con el 
fin de agradar mas a Emilio, pero nada mas que con el fin 
de agradarlo para gobernarlo mejor y obligarlo a hacer, si 
era neeesarib, nn imposible: las maj[ere8, por naturaleza, po- 
8een este arte y lo emplean a las mil mara villas y casi siem- 
pre con un feliz ^xlto. 

IV. 

Apenas habia dejado Eloisa sn tocador cnando apareci6 
Emilio, qne a su vez parecia haberse tambien ocupado de su 
traje mas que lo de costumbre, puiss venia vestido de una 
tnanera irreprochable. 

— jSabes, Eloisa, que estfe encantadora? dijo el jSven, sen- 
tfindose en el mismo sofd y tomdndole suavemente una 
mano, que ella no retir6. 

' — ^Te lo confieso, Emilio; me coinplazco en parecerte 
bien. 

— '^Te has adornado para ml 4nicamente? 

-—Nada mas que para ti. 

— jDe veras? Mira que soi capaz de hacer cualquier lo- 
cura poi: complacerte y darte gusto en todo. 

—-Asi es como me agradan los amantes. Talvez por lo 
d^bil que es la mujer, desea y se envanece de ejercer ese 
imperio: jes tan agradable ver a nuestras plantas a los que 
goblernan los destinos humanos! Te lo confieso, Emilio: e^-, 
taria orgullosa de tener arrodillado ante mi a un ministro.^ 

— jQu^ capricho! Eres la muchacha mas estravagante y 
mm hechicera que he conocido en mi yida. 



LOS nOEBTOS DSL PUIBLO. $1 

— Nolo creas, Emilio; todas las mujeres somos mas o 
menoi^ asi: nos complace dominar la fherza, atifi cnando tme^- 
tro imperio sea el de an instante j sea, en realidad el mas 
efimero; pero esa es naestra tendencia y estar^ sin dada en 
nnestra naturaleza. ' 

— Amiga mia, ya que no tienes a tu planta a un ifaims- 
tro, puedes vanagloriarle de tener a tin fatoro dipntado, 
pnes estoi propuesto como candidate del gobierno, y estas 
candidataras son segaras, jamas fracasan, porqoe soii las qne 
tienen en su favor la luerza. 

— ^Me alegro por tl; pero dime: ^qu^ edad tiene tn tio el 
sefior ministro? 

—Mi tio es j6ven todavia: tendr^ cnando mas euarenta o 
coarenta y cinco afios. "' \ 

— Hermosa edad! la edad de la reflexion, en qne el jnicio 
est^ madnro y el corazon no ha cesado de latir. ^Es casado 
el sefior ministro? 

— Casado; pero... pero... no est4 mni bien, qne digamos, 
consn mojer; sin embargo, las apariencias, porlo qne bace 
a la opinion piiblica, se sal van. 

— Te entiendo, te entiendo... 

— Por otra parte, ya qne deseas, segnn estoi viendo, al- 
gunos ioformes sobre ^1, talvez con el objeto de salvar^ a tn 
hermano, debo prevenirte qne mi tio el ministro, es mni 
beato. 

— jBeato! Tanto mejon estos son por lo jeneral los maSM. 

— ^Los mas qn^? 

-^lios mas enamora.. los mas liip6critas qneria dedr. ^No 
sabes aquel adajio antigno que dice: pillalas a tienio y urn-' 
tolas callando. Y que se aplica jenefalmente a los tc^tujbsf 

— ^Pero mi >tio es de una virtud s61ida; va a misa todos 
los dias; estd en mni bnenas relaciones con el arzobispo;'rj^ 
cibe con^tatttemente visitas de cldrigos y... y se confiesamm. 
vez cada mes; debie^do sn elevacion a solo su virtud; ]^t» 
qne mi tio no es de mncho talento, pnes hace poco tiQm^' 



3;3 urn OGBxiofl dxl fumbs^k 



wa polnre abogado sin clientela; pero sa apego a la igle- 
d yerlo siempre ea las procesiones con sn vela y sn ca- 
pinua, el ser miembro de algnnas cofradias, le procnr6 
primero los sindicatos de monjas; y sn bnena administra- 
don , porqne es nn escelente finansista, le di6 plata^ y se ha 
hecho tan notable, qne esnno delosmas importantes miem- 
broB qne componen el gabinete. 

— ^En la descripcion que me haces de tu honorable tio, 
me lo recomiendas estraordinari&mente: es el hombre qne 
necesito. 

T— (Como el hombre qne necesitas! Te eqnivocas, Eloisa' 
mi tio es hombre de 6rden, es conservador, es jesnita, y nn 
conservador y nn jesnita no abogan jamas por los revoln- 
oionarios, y en prneba de ello, no he podido obtener, no dir£ 
la libertad, pero ni siqniera sacar nna peqne&a yentaja en 
favor de tn hermano; pnes se me ha negado redondamente, 
a pesar qne soi el sobrino mas qnerido. 

— iD6nde vive tn santo tio? 

— En la calle de los Hu^rfanos; y te ser& £&cil hallarlo, 
porque, por sn poaicion, es mni conocido en el barrio. 

— ^T nada has consegnido de 61? 

^-*Ya te lo he dieho. 

-^^Talves no te has empefiado? 

— He pnesto en jnego toda mi ciencia; pero respecto a la 
politka mi tio es intolerable. Mi tio es de aqnellos qne di- 
cen: yo soi y debo ser gobiernista, porqne es de ^1 de qnien 
rocdba la pitanza, pn^ soi sn empleado; y castigaril siempre 
y mirar& de mal ojo a todo aqael qne no tenga las mismas 
ideaa Ahora^ si hnbiera sido por ^1, es decir, si hnbiera pre- 
valeoido sn opinion, y casi estnvo a pnnto de qne sncedie- 
88^ ya no existiria tn hermano, porqne ^1 qneria qne fnesen 
oeodenados a mnerte todos los revolncionario^ sin esceptnar 
ningnao. Ta ves, Eloisa, qne no hai nada qne esperar por 
qrte lado« 

~2Me dioes qne tn tio estd mal con su mnjer? 



LOf 8BCBITO0 DIL PITKndb. 83' 

— Sf; hace tiempo. 

— gSabes la causa? 

— Me parece que el viejo, a pesar de so santidad, es algo' 
aficionado al bello sexo, en lo qoe no hace m^l, j de allf 
provienen los disgustos. 

— Basta, Emilio; ^a qu4 horas estA visible tu tio? ^ 

— Antes de hse al ministerio, 

— ^Y a qu^ horas se va al ministerio? 

— A las doce. 

— Bueno, amigo mio; mafiana har6 una visita a tu queri- 
do tio. 

— Te deseo buen ^xito; pero deja que exija de tl una 
condicion. 

— ^Cudl? Soi poco aficionada a las condiciones; pero en 
fin, dllas. 

— Eogatuza, si puedes, a mi tio; pero cuidado!.,, 

— gCuidado de qud? 

— Cuidado de que ^l no te engatuze a ti, 

— Sobre este punto yive confiado. 

— Todavia desearia mas. 

— ^Qu6 otra cosa? 

— Que no vayas a hacer concesion por cdncesion. 

— Veo que te estds poniehdo celoso. 

— De veras, porque te quiero mas que nunca. 
. — Pues, amigo, yo te confieso que has Uegado a destieni* 
po para que me envanezoan tus piropos y continiie acep- 
tando tus galanteos. 

— jComo! Has resu^lto.. . 

— He resuelto vivir honestamente; asi es que puedes estar 
tranquilo sobre las conseeuencias de mis visitas al sefior mi- 
nistro. 

— No quisiera que tu virtud fuera tan rljida y no hubte- 
sen algunas escepciones. 

— El tiempo lo dird, amigo mio; mientraa tanto, desearia 
que te retirases. \ 



84 Um nOBKBOB d«l fubsuk 

--'Me cnesta obedecerte; qnisiera... 

— Imposible, amigo mio; lo mejor es lo que te he dicho: 
dejar que obre el tiempo. 

— jPerp, Eloisa!... 

— No hai peros ni peros; mi volnatad es de fierro y solo 
pueden derretirla los servicios; y aun asi... 

— Pues bien, Eloisa; para probarte lo que te estimo, obe- 
dezco. 

Y el j6ven tom6 su sombrero. 

Elois^ le teudid la mano, que Emilio be36 con carifio. 

— Eicelente j6ven, esclam6 Eloisa cuaudo bubo partido; 
pero hai todavia de parte de Enrique una snperioridad ia- 
mensa. Y la hermosa muchacha, trLste y meditabunda, se 
recost6 en un sofA, cerr6 los ojos y qued6 por algunos me- 
mentos en un estado como de completa inaccion. jQu^ pen- 
samientos la dominaban? ^Qu^ ideas ocupaban la mente de 
aquella mujer degradada, de aquella alma abatida por el 
vicio, pero que, sin embargo, trataba de rejenerarse? ^Era 
acaso el remordi miento? ^Era el alba de un nnevo afecto que 
venia a alumbrar aquellas tinieblas, que venia a hacer latir 
aquel corazon, apagado ya por el deleite impuro, que venia 
a dar calor al caddver de una inmunda prostitucion? jQui^n 
sabe! Hai en el alma arcanos impenetrables... Hai en las pa- 
siones humanas tal enerjia, tal vigor, tal fnego, qub muchas 
ve9QS se depura, como en un crisol, todo lo que no estS en 
armonia con el sentimiento dominante; y cuando este senti- 
miento adquiere esa forma esclusiva y absoluta, disipa en 
imperceptibles gooes las partes heteroj^neas de que antes 
s^ componia, para quedar solo, puro, liquido, como uno de 
esQS elementos primitives que entran en la composicion de 
la materia y que aun no hemes podido analizar. 

Eloisa 8Ali6 al fin de su profunda meditacion y dijo estas 
pocas palabras, cuyo sentido cada cual puede interpretar a 
su manera: ^'Aun cuando pudiera, aun cuando llegara a rea- 
lizarse, no debo consentir, no lo aceptaria jamas; yo sopor* 



* •». — 



LOS Bxcntnos vtL vxndojb* 85 

tarS mi ignominia, pero a nadla asociar^ a elta; a nactiB lSkt4 

cnbrirse la cara ni qne derrame una soWl4grima.*.'^ ' * ' ' 

La pobre j6ren llam6 a sns sirtientes, Ite di6 sns 6rde- 

nes, tom6 otra vez su modesto traje de iglesia y se d!ri}i6 

presorosa y como atraida por nn irresistible iman a la (iaoa 

de Enrique. 

. • •• 
'V. 

» 

Es indadable que en cada uno de los seres bumanos bai 
unft dosis mayor o menor de atraccion. jPor qu^ nos senti- 
mos inclinados a querer a esta o aquella persona? iQxi& lei 
oculta, lei a la que obedecemos sin conocerla, nos afrastra? 
jQui^n ba podido darse cuenta, qui6n ba analizado este sen- 
timiento interior que denotninamos simpatia? {Hai iilamen- 
tos, bai lazos, bai vinculos ignorados entre rin individuo y 
otro individuo a quien nunca se ba visto y al que sin em- 
bargo amamos casi al primer instante, casi al primer encueh- 
tro? ^Y por qu^ en las diferencias infinitas de seres ' de bfia 
misma espeoie, en sus categonas distintas, (bablatho^ de Jas 
establecidas por la naturaleza) en sus gastos veriados, eh 
sus tendencias opuestas, se encaentra ese mismo fluidb que 
produce la amalgaraacion de uhos y de otros, que establece 
la union en los contrastes, y de la union en los contrastes na- 
ciendo el 6rden, la armonia, la belleza, el perfeccionAmiento, 
el amor, la creacion entera, en una palabra? 

Abora bien: si este fen6meno lo vemos realizarse en todos 
los lugares y en todos los tiempos, ^por qu^ bemos de es- 
trafiar la simpatia de Eloisa bacia la familia Lopez y* de 14 
familia Lopez bdcia Eloisa? El punto en que estaban colo- 
cados las unas y la otra jes acaso una bar r era que no puede 
salvarse? Ya vemos que no; porque si Kfoisa se sebtia atrai- 
da b&cia la familia Lopez, la familia Lopez se sentia tarn- 
bien atraida b&cia ESoisa; de mtoera que cuandbia tieron 
Uegar fu^ un motivo de regocijo pafa todos. ' 

— Algo se ba becbo, algo se ba adelantado, dijo Eloisa 



^ jWM wdwm Mil nruDO. 

coi^ feft^ivo ioAO, porque esperimentaba ansi alegria interior 
cnando, despae^ -del cansancio que trae la lacha con el man- 
do, 86 encuentra el hombre en an circalo de paz y donde 
todo respira inocencia y afeccion. 

— jQu^ tenemos de nuevo? le pregunt6 Domingo. 

— No mucho todavia, seflor, pero ya tenemos asegnrada 
la casa, y en una semana, a mas tardar, estard lista y po* 
dr^n nstedes mndarse. 

— ^No deja de ser, sefiorita, no deja de sen 

— Talvez ma&ana tenga qnizd una entrevista con uno de 
los m^nistroSy y puede ser que por este lado saque tambiep 
algujna ventaja. 

— Lo dado mucho, porque usted re que yo no he podido 
obtener gran cosa de S. E el presidente, salvo el que se 
cambiase la pena; pero de todas maneras, no deja ^sta de 
ser dura, y sin embargo, mi jeneral se ha moatrado inflexi- 
.bli^, dici^ndopcie t^rminantemente que ao podia ni disminui^- 
^a.pi modificark. ;Cineo afios de penitenci^rLa! Esto es bar- 
barp^ esto c|s horrible! jQu^ va a hacer Enrique en cinco 
fi^o^i Perderd su juventud, su fuerza, st^ instruccion y hasta 
.9na sentimientos en ese en^ambre de criminales donde el mas 
.malvadp, el mas vicioso y el mas cinico e^ el que pbtiene Ifi 
sijpremacia, es al que consideran y respetan. 

—No permanecerA su hijo los cinco anos: le respondo 
con toda seguri^ad^ pues tengo mucha confis^nza en mi mis- 
ip§, lo que en realidad es un defecto, pero un defecto de 
^e IK) h^, podido oararme. Su hijo no estarden la peniten- 
^oia^a^as de cinco meses, 

— jC6mo lo sabe usted? jPor qu6 lo afirma? 
^1 .— No lo s^: perp s£ lo afirmo, porque hai un presenti- 
mieuto, . hai ana rpz secreta que me lo dice en el inte- 

— -^to se ptU'ecQ^ a. los c&loalos qae h^ce 7 a las probabi< 
lidades con que cnenta Marts; pero en todas ocasiones no 
^eestpcierto.. 



TM noEnos DiL vmauK 87 

— ^Yo si que tengo fe en lo que dice Eloisa, contest<S Mar- 
ta, porqne hai de esos avisos que naoca^ngaBan. 

— Y yo tambien, aaadi6 Mereedes, p<>rque todo caanto 
ha pcnsado mi madre ha salido cierto, y Eloisa se le parece 
en esto. 

— Paes nosotros creemos lo mismo, |no es rerdad Santia- 
go? agreg6 Teresa interrogando a sa marido. 

— Sin dnda alguna, respondi6 el jdven zapatero; basta 
que la sefiora Marta lo piense asi. 

— Hasta a mf me van faaciendo que lo crea, dijo el tenien< 
te, sin embargo que yo sigo la doctrina de Santo Tomas: 
"ver y creer." 

Al dia signiente Eloisa salid temprano, como de cqstam- 
bre, y fa^se directamente a vestir a sn propia casa. Jamas 
esta elegante muchacha habia pnesto mas esmero en nn to* 
cado. El dormitorio estaba sembrado de trajes, de cintas, de 
sombreros y de encajes qne habia ensayadq y d^sechado 
alternativamente hasta qaedar completamente a su gas- 
to, es decir, que ella estaba eomplaoida de sa propia 
persona; y como si dudase todavia del efeoba que produci- 
rian sus atractivos, llam6 a las sirvientes para pr^gnatarles 
ctSmo la encontraban. 

Las do3 machachas, en su admiracion inj^ooa, le dijeron 
que estaba divina y que jamas la habian visto tan intere- 
sante, 

— Es que voi a hacer una eonqui«ta,,las dijo li^dose. ■ 

— De seguro, seQoriia, que no habrA un solo j^ven que 
no se enamore. jSi la viera don Emilio! 

— No es a un j<5ven el que voi a ver siao a un viejo. 

~jA un viejo! Par* qu^ ^irveii kjis viejoSj sdaorital 

—Son los mejores. 

— Para un viejo no faecesitaba de tanta dOmpodtura« 

—Esto es lo que a Ustedes les par6ce; pern yo «^ por es- 
periencia que los riejos son los tnM difidiles, los ttfas Vdgo- 
deones. 



8S UM llQUSOt Mft PinBUW 

—{No faltaba maa! 

~-Pa68 es aBi, amigaB miaa. 

. — Pero asted qo paede qaerer a an viejo teniendo jdy^- 
nes a pafiados y macho mas teniendo a don Emilio, 

— Ysk no necesito de los Jdvenes para aada; ni los qaiero, 
ni me sirven. 

— jPiensa asted en casarse, seflorita! En ese caso no me 
parece mal. 

— ;En casarpie! ^est^n locas? Yo no me casarS nanca. 

Y una sonrisa dolorosa vag6 por los nacarados labios de 
la jovcn. 

— {Nnncal ^Y por qo^ paes, sefiorita, caando todos la 
qnieren y la qaerrian macho mas caando conocieraa lo bae- 
na qae es2 

. — Dejemos esta conversacion: yo las he llamado 4uica- 
mente para qae me digan si no hai en mi traje algan de- 
feoto, 

— Ya le hemos contestado, se&orita, 

— ^Est^ bien; pero antes de partir tomaria ana taza de t^, 
ai hai agaa caliente. 

— En el acto, seSorita; el agaa caliente no nos falta, por- 
qae ya sabe qae nosotras tomamos mate en cuanto nos le- 
vantamos. 

— Vaya ana a bnscarme el mejor coche de la plaza mien- 
tras la otra me prepara lo qae he pedido. 

Caando lleg6 el coche Eloisa, estaba lista y dijo al con- 
dactor. 

— Calle de los Ha^rfanos, n4m... Me hard asted el favor de 
esperarse a la paerta para volverme a traer o para hacer 
otras dilijencias. 

El cochero abri6 la portezaela presuroso, porqae cono* 
cies^do la clase 4e persona con qaien trataba le convenia 
aparecer solicito y complacieatey paes sabia por esperiencia 
qae aqaella categoria de jentes, caando se hall a en bae^a 
posicion, es la mejor pagadora, no regateando jamas. 



urn nrauROB i>il wmbsjx 89 

' Caando Eloisa lleg6 ^ la pnerta de la casa del mifiiairo 
ordeii6 a»l coeUero pregantara por el setlor tal y de decir- 
le que si podrU verlo una aefiorita que agnardaba eo la 
pnerta. 

El machacho voIvi6 inmediatamente con la reepueBtft de 
que podia pasar adelante. 

Eipisa era jeneralmeate tnai daeQa de si misma 7 muoho 
ma3 ab.ora qne estaba completamente serena, pues el trato 
d0 mnndo y de los j6veues de la mas alta sociedad, le babia 
becho perder ese eacajimiento primitivo; pero no por esto 
era desoooada y pet^ulante, sino que tenia facilidad en sua 
maneraa, pero no arroganqia, asi es qae a peaar de aa oon- 
dicion degradante imponia cierto respeto y mucbo mas a 
las pei*8aBaa qqe no conocian sua antecedentes; asi es que 
penetr6 en las babitaciones del se&or ministro sin temor, sa- 
ludAndolo con digna deferencia. 

El ministro en aquel momento se ballaba sentado de- 
lante de sa escritorio atestado de papeles, aparentando sin 
dnda alguna que estaba ocapadisimo para darse asi mayor 
importancia: este espediante es mai comun a las nalidades, 
!pero solo sirve para embanc^r a los necios o a los inocen- 
tea que est^a persuadidos qae esos hombres de estada, json 
seres (Bscepcipnales, privUejiados por Dios con infasa ciencia, 
siq comprender que por lo jeneral no son otra cosa qae ip- 
trigantes que surjen por medio de cdbalas y rara vez por el 
m6rito, pues &te es comunmente modesto, y para subir al 
poder se pecesita espetarse y aparentar cualidades que no 
sa tieiieni porqae si en realidad existieran no se baria de 
ellas an vano alarde. 

El ministro, al ver aquella encantadora y elegante j6von, 
dio a sa semblante la espresion mas amable, tratandb al 
mismo tiempo de hacerse valer con an aire de gravedad y 
de importancia que estaviese en relacion con sa alto paesto, 
y dirijiendo la palabra a Eloisa, le pregant6: 

— Sefiorita: jen qu^ paedo serle a asted dtil? 



90 IM iMRHOS BIL VWUiA. 

• 

— Voi a manifestarlo, seSor; pero antes tendra osted la 
bdfidad de aceptar las esonsas qae motivan mi atreTimieiito, 

£1 nHnistre baj6 la cabeza como para convenir «n lo que 
acababa de deeir la niSa; y la levant6 ea segnida, como 
para significar qoe estaba dispuesta a escacharla. 
' Eloisa coDtinn6: 

— La jasta y merecida fama de sa piedad ciistiana y de 
811 hnmanitario corazon me ha hecho tomar el partido de 
venirlo a ver, de pref«rencia a caalqoier otro miembro del 
gabinete, paes q4 ademas que asted es el alma del gobienio 
y que se siguen al pi6 de la letra sus consejos. 

— Yo no hago mas que mi deber, sefiorita, como cristia- 
no y como ciudadano, pues toda mi ambicion es tratar de 
agradar a Dios y ser litil al pais. 

— Dos nobles prop6sito8, sefior, que est&n demostrando 
elevacion e intelijencia y que sin duda algana debou estar 
acompaBados de la caridad. 

A e^ta palabra caridad, jel miiiistro fij<S su vista en Eloi- 
m como para invrcstigar qu6 era loque podia necesita)*'aqne< 
Ua elegante j6veD, coUtesWndole al mismo tiempo: 

-^La catidad, seSorita/ fes la primera de todas las virtu- 
3^8, dela que naceri todas y la que lleva al corazon mas pu- 
ras y dulces satisfticciones. * 

—No me habian engafiado, sefior, y ya yo me lo habia 
figurado, porque sus palabras lo revelan a usted por com- 
plete: he encontrado en usted la peraona que necesitaba. 

— jEn ml! 

— En nsted, que Ueno de candid no puede menos de ser 
sensible a la desgracia y de tener compasion por les des^- 
ciados. 

* — SeBorita, espHquese usted con confianza; mi voluntad es 
poder ser iitil, particularmente a. .. 

— A los aflijidos: 16 comprendo, sefior. Pues bien, yo ven- 
go a pedir gracia e iiiduljeneia por un hermano. 

— ^Qu^ ha hecho sn hermano? pregunt6 el ministro con 



Ml mcienot dk. tnstA. 91 

tono mas cariQoso, paes reia que se trataba de un lijero ser- 
vicio, como es poaer ea libertad a ua calavera, y que eate 
servicio podia haaerlo valer mucho ea el concepto de aqae- 
Ua j6yeo, que le agradaba mas mientraa maa la miraba y 
que iba per grados exaltando sa temperamento. 

— Nada de malo, sefior, a no ser una lijereza, una locura. 

— Ya me lo figuraba yo. ^Cual es la graoia de usted, se- 
norita? 

— Eloisa MendizAbal. 

— jMendiz4bal! E^e apellido no me es eatrafio, pertenece 
a una familia distinguida del Peru. 

—En efecto, sefior, mi padre era peruano. 

— Disp^nseme usted, seBorita, una preganta indiscreta: 
^es usted casada o soltera? 

— Soi viuda, senor, 

— jViada! jtan j6ven y tan intereaante! jqud Idstima! La 
compadezoo, senorita. 

— ^Gracias, senor, por su bondad. 

y Eloisa 8ac6 su paQaelo de^batista y lo llev6 a sus ojog, 

— No se entristezca usted. No he teullo la menor inten- 
cioudeaumeDtarsus-penas. , 

— Soi sola: se puede decir, hu^rfaaa, sefior; no tengo mas 
que a mi hermano en el mundo y por esto he venido a su- 
plicar y . . * 

— Lo comprendo; ^c6mo se llama su hermano? 

— Enrique Lopez. 

— ^^rique Lopez, dice usted? 

— ^Si, senor; somos hermanos por parte de madre. 

— jEnrique Lopez! Enrique Lopez! Pero este es uno de 
los revolucionarios apresados y el mas temible, asi copao el 
mas tenaz y el mas enearnizado de todos ellos. 

—Mi hermano es, por el contrario, sefior, mui suave y 
mui manso, y aolo instigado y estraviado por otros j6venea, 
ha podido cometer ese acto de locura. 

— Usted lo clasifica bien, sefiorita, pero siento no poderla 



93 tM BiOEirai on fctiblo. 

servir como lo desearia en realidad. Cualquiera otra que hu* 
biera side su falta habiera habido remedio; pero ^sta. . . 

— Compasion! piedad! misericordia! . . . No me abandone 
listed! no me niegue lo que le pido de rodillas. . , 

Y la linda muchacha, tan hermosa como hdbil comedian- 
te, se ech6 a los pi6s del ministro, tom6 una de sus manos 
levant6 hdcia 61 sus ojos, arrasados en Idgrimas perd brillan- 
tes y seductores, entreabri6 sus labios de rosa, dejando ver 
sus finos dientes, de una blancura y de un esmalte superior 
al de las perlas y en seguida cerr6 sus pdrpados, mostrando 
la languidezdeldesfalleclmiento con tanta naturalidad, que 
el ministro se vi6 obligado a agacharse y sostenerla entre 
sus brazes. 

El hombre estaba para siempre cautivo. Su corazoti latia 
con una violencia inusitada, Los encantadores hechizos de 
aquella mujer, hechizos velados, pero alparecer manifiestos, 
pues ^1 los devoraba y los adivinaba con su ardiente y pe- 
netrante mirada; ese estado entre la vida y la muerte, esta- 
do Ueno 4e abandono y por lo mismo lleno de irresistible 
atractivo, languidez que d& mas que la vida, pues hace na- 
cer a torrentes el faego de la pasion, acabaron de fascinar 
por complete al ministro que, fuera de sf, ibaaimprimir un 
beso en los frescos y entreabiertos labios de Eloisa, cuando 
6sta, volviendo de su letargo aparente, lo apart6 con suavi- 
dad, dici^ndole, sin abandonar todavia su actitud suplicante: 

— Piedad, senor, piedad para mi hermano! 

— SeBorita, respondi6 el ministro, levantando a Eloisa y 
llevAndola hd-cia un sofa, al que se dej6 conducir neglijen- 
temente, como si todavia esperimentara los efectos de su 
reciente desmayo; ya veremos, seBorita, aun cuando lo que 
usted solidta es casi un imposible,,. 

— Para un ministry, y un ministro omnipotente como 
me ban dicbo que lo es usted, no hai, no pueden haber im- 
posibles. 

El galan diplomdtico, sentado en el mismo sofi£ al lado 



LOi fttOREtOS DSL FtTtBLO. 9S 

de Eloisa, eonservaba entre sus manos una de las de la nifia, 
que le habia abandonado como por descaido y cuyo gaan- 
te se empenaba el miaistro ea arraucar, a la vez que fijaba 
en ella sus ojos, llenos de esa electricidad producida por un 
vehemente deseo. 

La h^bil actriz baj6 sus pdrpados y retir6 su manp, sig- 
nificando que habia compreadido la intencioa del hombre 
que abusaba asi de la posiciou en que se encontraba. 

— Dice usted que no hai imposibles para mf, contesto al 
fin el ministro, un tanto moderado por aquella leccion; pero 
puedo asegurarle, sefiorita, que en este caso nada puedo 
prometer. 

— Un alma tan caritativa como la suya quizi encuentre 
el medio: al menos a mi me alimenta esta esperanza. 

— Puede usted qonfiar en que har^ cuanto pueda, cuanto 
est^ de mi parte. 

Eloisa trat6 de despedii*se d^ndole las gracias. 

El ministro la detuvo con ademan suplicante, dioi^n- 
dole: 

— Tenga usted la bondad de esperarse pn momento para 
hablar sobre el particular. 

— ^Me tiene usted compasion, senor? 

' — Mucha^ mucbisima; me he interesado por usted desde 
el mismo instante de verla. jEs usted tan simpatica! 

— El buen corazon de usted, sefior, es el que obra y no 
m6ritos de que carezco. 

— ^No diga usted eso; yo no he encontrado jamas una per- 
sona mas Uena de atractivos y de gracia seductora. 

— jSefior! no seburle o me averguence usted... y Eloisa 
lley6 el paJSuelo a la cara como para ocultar el rubor que 
subia a sus mejillas, siendp que lo hacia para ahogar laVisa. 

El miniatro dijo para si: "jQu^ candor, qu^ inocencia! 
C6mo se pone colorada por una pequena alabanza! Ei^te es 
un verdadero hallazgo* Soi el hombre mas feliz!" Y luego 
prosiguid: 



- -'■ »'r «■■ 



94 LOft BIOBXTOB DlL PUXBLO. 

— Lo que ho dicho no es por ofender su escesiva modes- 
tia, que aprecio en lo que vale, sino que viene de la admi- 
racion que usted ha hecho nacer en mf casi iDstantdnea- 
mente. 

— No veo el motivo, sefior. 

— Usted no lo ve, pero yo sf. A usted se lo oculta su hu- 
mildad hechicera, pero no por eso se escapa a la penetra- 
cion de un hombre como yo, que estd acostumbrado a leer 
en el corazon humano y a descifrar y a analizar las emocio- 
nes. 

— Bien me lo habian dicho, senor, que usted reunia la 
bondad a la ciencia, la virtud al talento. 

— Mi dnica virtad es saber distinguir, y por consiguien- 
te, apreciar el m^rito; y el ministro vol\ri6 a apoderarse de 
la mano de la joven, anadiendo: siento por usted un carino 
de padre. 

— jCudn feliz soi, senor! Asi esperimentard el mismo sen- 
timiento por mi hermano y al fin lo libertard usted. 

Esto no agrad6 mucho al diplomdtico, pero disimul6 su 
disgusto, aparentando el mayor iateres. 

— Tratar6 de hacer en su obsequio mas de lo que est^ en 
mis facultades; pero este asunto no podrd arreglarse de un 
dia a otro y tendr^ que verla a usted con frecuencia para 
darle cuenta de la marcha. 

—En tal caso espero que usted tenga la amabilidad de 
concederme algunos momentos de entre vista, sin perjudicar 
a BUS ocupaciones; que yo vendr6 cuando usted me lo diga. 

— Pueden ser cosas que necesitara comunicarle inmedia- 
tamente, y seria preferible que yo faera a verla a su casa... 

— jLlegaria hasta ese punto su bondad! ^Tria usted a ver 
en su pobre albergue a uaa infeliz y solitaria mujer que 
vive estrafia casi completamente al mundo! 

— jC6mo no! Para mi seria un placer en distraer en par- 
te esa soledad, buseando ambos el medio de que no sea tan 
rigorosa, pues ya (fxe yo participo de oierto poder, usted 



LOB Biourros del pvsblo. 95 

puede darme alganas ideas para sal var a sa hermano^ y. de 
este XDodo quedaria usted satisfacha. 

— ^No teogo el menor inconveniente, sefior: vivo en la 
calle del Peamo, n^oi... pero en verdad, no soi dignade 
tanto honor. 

— Usted, sefiorita, merece mucho mas; y en prueba de 
ello tendr^ esta noche mismo el gasto de pasar a sa casa 
para darle caenta de las dilijencias que haya practicado en 
el dia 

— Gracias, sefior; confio en su palabra. T Eloisa present6> 
BU delicada mano al n^inistro, que salid a acompaSarIa hasta 
la puerta de sos habitaciones, que daban al primer patio. 

VI. 

La j6ven rebosaba de alegria y se hizo conducir a sa casa^ 
donde cambi6 completamente el 6rden de sa salon y dor- 
mitorio, sacando varios caadros, qae confind a los ^Itimos 
departamentos para qae, sin qaitar la elegancia y riqaeza 
de los maebles, tavieran aqaellas habitaciones an aire seve- 
ro, como correspondia a ana mnjer de sa estado pero qae 
vivia en ventajosas condiciones de fortana, porque siempre 
infande mas respeto y obtiene mayores yentajas la persona 
qae no necesita de nadie para yivir qae aqaella qae necesita 
de todo el mando: esta es ana manera de obrar qae, aan 
caando parezca estrafia y contradictoria, la vemos siempre. 
confirmada por la prdctica constante, no solo entre npsotros, 
sino en todos los paises; no solo entre los individoos, sino 
aan entre las naoiones; porqae lo qae hasta ahora gobierna 
al hombre, no es el sentimiento de hamanidad compasiva, 
sino el sentimiento de interes y de faerza, en cayas aras se 
sacrifica la conmiseracion para el desvalido y la jnsticia 
para el pobre. 

Eloisa no era majer. qae perdiera an solo momento de 
tiempo; asi es qae atia vez dadas sas 6rdenes, se fa^ a ins- 
peccionar los trabajos de la casa qae habia tomado en arrieib 



H urn 

do en la calle de Breton; pnes aan siendo I03 contratistas 
bien pagadoe, temia qae no le entregasen la casa con toda 
breredad, tanto mas coanto creia en ese momento pr6xima 
la libertad de Enrique, porqne no dadaba ser en pocos dias 
ifcrUtra abeolnta de la volantad 7 del poder del sefior mi- 
nistro. 

Gnando lleg6 a la casa de Domingo Lopez, despnes de 
baber cambiado de traje como de costnmbre, pnes hnbiera 
dado mncho qne pensar presentandose tan ricamente ata- 
viada, lea dijo, con an natural alegria, mas manifiesta ahora 
qne en mnchas otras ocasiones: 

— ^Ayer tenia casi la certidnmbre de llbertar a don Enri- 
que; pero hoi la poseo por eompleto, y es mas que probable 
qne esta nocbe misma veuga a dar a ustedes tan feliz nueva. 

— ^Quiere usted decirnos algo de su combinacion? dijo 
Marta. 

— Snplico a usted, sefiora, de no interrogarme todavia, 
advirti^ndole que no guardo el secreto porque tenga el te- 
mor de que se divulgue, sino porque me concieme a mi per- 
sonalmente y tambien a otros; pero viva en la seguridad 
de que a su tiempo debido no habr^ un solo misterio, un 
solo secreto de que usted y todas las personas de esta casa 
no sean depdsitarias. 

— No es la curiosidad, bija mia, la que me domina; asi es 
que esperar^ el resultado sin impaciencia, salvo la que tengo 
en ver a mi hijo, 

— Esa impaciencia es mas natural en usted y en su fami* 
Ha, puesto que hasta nosotros la espertmentamos. 

— Dime, Eloisa, ^vas a salir nuevamente? 

—Como a las oraciones, (1) es decir, antes que se oscu* 
rezca. 



(1) Para Iob qne lean esta obra y sean estrafios a iinesiras costambres, serd necesarid 
a4tfrtlr qne en Ohlle^ y partioalarmente en Santiago, a la bora de poilefse el aol ee 
tooaxi las eampanas de las iglesiaa para que los fieles bagan su pequefia oracipn, y todo 
fl mundo se saca el sombrero y se detiene en sn camino. 



BM fMUMB tUMOb 



9t 



— ^Te esperaremos a cenar. 

--^No hugan tistedes tal; paede ser qtie me demore mai 
de lo necesario; puede ser talyes qua &o me reocga. 

. — ^T d6Qde pasarAs la noclie? 

— ^DoDde una amiga iDtima qae tengo. 

-rHai lo que qnieras; pero trata de venirte, porqae noa 
liaces ftlta y efitaremos eon caidado: queda, pues^ reattelto 
que -to. esperaremos kaata las dies de la noche. 

— ^No quiero el mehor sacrificio; si Uego, bien^ o si no, lo 
mismo. 

— Pero es que nosotros tenemos gusto de estar en to coh^ 
pafiia. 

— Yo esperimento el mismo y har^ lo que pueda; pero en 
el caso contrario, no terigan el menor cuidado. 

Eloisa volvi6 a salir y vol7i6 a ataviarse con mas gvaeia 
y con mas lujo, si era posible, qae por la maOana caando 
habia ido a ver al ministro, a quien esperaba ahora. 

Tan Inego como se oseQreci6 lo bastante para no ser via* 
to, se preseDt6 el diplom^tico, golpeando la puerta ^ la 
ealle can cierta mesura misteriosa que por malicia conoci^ 
inmediatamente Eloisa, mandando abrir en el acto la puert& 

Debemos advertir que ese dia el ministro casi no habia 
atendido a sua ocnpaciones, poseido completamente de la 
im&jen de aqaella aparicion verdaderamente embriagadora 
que se le kabia presentado por la mafiana; pero por el mis- 
mo keeho de estar tan preooupado de ella habia resuelt^ 
M& en sus adeotros no empefiar tan luego sns inflaenoias 
para dar libertad a Earique, porque se decia qae el ]6r^ 
hiArikiano iba a'aer un impedimento para la conseeacion de 
sus planes amorosos, paes habia concebido ana de aquellaa 
{Misicines que nos dominan por complete y que particular- 
mente ejercen un imperia mas absolato en los hdmbres que 
han llegado a cierta edad, porqae en alios ya no ezistep esos 
eambios cepentiiios de h juTentud, cambioa lijeroa y pro- 
fundos a la veZ| que bacea ^ ^ooaaAo j la deoMf evaoiM de 



torn If % 



7 



*^....t»>>!i.. 



9S MftMOSnOllHA >VM&lft 



esa epoca de la vida tan llena.de variadas emociones 7 en 
laiqq^ pcvrece^iksliz^rsQ la-^istencia eomo en an lecho ro- 
deado d« iperfumadaa flores^ 

Eloisa, caando entr6 el ministro, estaba eomo alMorta 
leyendo an libro que. tenia en la mesa redonda: pero al ver 
la"yi«to«se par6 de sn asieote, dio la mano al gra^e per- 
eMeje, a^alarxdold el wfi 7 tomando dila ana wUeta frente 
a frente de 6\ calcnkndo de tal modo el sitio, (preparado 
qtiifi&i de auteanaQo) qae la laz de la l^mpara diera de Ueno 
al ministro, mientras qae ella qaedaba en ana media cla- 

ridad. . . 

El diplom^tico estendi6 sa vista por el salon, sin dnda 
pava. jdzgar .por loa mnebles lo que podia ser la propieta- 
ria de ellos, en lo caal no 96 equivdcaba, porque el aderezo 
deiUnahabitacion detnaesfcra por lo regalar 7 casi con 
akaetitnd las tendencias de la persona que habita aqael 
recinto; pero, cotno nada vi6 de chocante, paes alii reiuaba 
el luQO sencillo 7 la simplicidad elegante 7 por lo mismo 
marfjco$to6a^ fbrm6 nna opinion favorable de Eloisa, 7 des- 
ptaea de esos camplimientoa de estiloqne sirven paraentrar 
eOiBftMeria, dijo a laij6ved: 

— Yo crfeo yenirla a interrumpir; nsted estaba le7endo 
gh'^^W.monkenbo^ 7 no qaisiera que por mi se privara dean 
entre^Diimiento tan inatirnptivo eomo agradable. 
- — Bs.ivccd^d, seuor, qne leia, y se lo confesar^, leia con 
^xtf'umddi^^ porque ha tornado. an libro que jamas ba qneri- 
id^^permtirme mi.Ji^ermano 7 qae sin embargo encaentro 

-;.-^^Podiia sab€b*8e fia^ libra teS' el qae a osted tanto inte^ 

,*-^]S8iki Julif orU naeva Eloisay se&or, 7 oomo 70 tengo 
el jmi^miditxidmbreiqiieella; xx» {^osta. 

«r-r{Iia'Joli&e la tiaera Eloisa^ sa hermano liace bien ea 
qoi^rui^ted no lea aese-j abator, porqaees de lo mas male 7 
idelomea^m&ibioiaqiieexiste. L 



* 



— ^I en qu6 <5onstete la maldad! ' 

,-r^fi muchas cofiasres nn veneno sutil que se infiltra eb 
las venas cod delicia; pero sin embargo, esta no es de Ia!s 
peCHrea <^ras de J» G^ RoDsseaOi porqne casi ^ circuosdribe 
^mcameotea los seotimientos del eorgson; y paedo asegcL- 
rar a usted, senorita, que yo mistno 1a he encontrado mag- 
Difico en mia primeroe afios, pero despneB he sabido eMon- 
trar ^1 veaeBo. 

. , — Pero ei xxn veneno delicioso; es an veneno qde tiene 
:tpdo el aroma de la virtud. v . > 

— Parec^ qqe usted es algo rom^nticaf ^Qcrisiera nste^ 
imitar a Julia? . ' 

— Ojal4 fuera yo como ella, sefior! ^Qnd significa una fiilta 
'^m]:H*i^adora, niicida de tanta lacha, proyenida de tanta 
4pt$lijeAci3; escoaada por tanta elevacion, rodeada de tin. 
divine afacto jllevada.-haata la idealidad del maa abnegadl) 
curiae? C^r como Jalia, no me atrevo a afirmarlo, pero me 
pitfeoe qw no es caer. 

rrYo tumbien soi de sn imisma opinion, repaso el minia^ 
tro despues de an momento de reflexion. j 

— {Tambien nated! jQuerria ocupar el Ingar de Saint 
Prgux? 

— Estaria orgulloso de ello y aun me creo con fuerza para 
UQgar alii. 

— ^Seria usted capaz de amar de onn tnanera tan pnra, 
.t4% <^esint^08ada, tan.conatant^ y tan ideal a la veet 

— Segun el objeto que la inspirase. - • 

— Es claro que, en au mayor parte, provieae ese aenti- 
miento noble y esclusivo de la grandest de la majer; pero 
no es menoB cierto. que. se neieesita. encontarar al hombre;'no 
es menos ciecto que debe darae ana dnalidad, dirdlp asi} 
ajibli^e^ poirque de otra manera el- brillanta queda sin pu- 
lir, queda con todo su valor intrinseco, pero sin q&e lo 
apreciauit; pi&;qA9 iQeelimw^^sio que lo ensalcen. ^Par^^qu^ 
aerviria^ aefior, on tesoro, cuando el qw lo eoMmti^ba por 



.100 MB matoBios im mnEttO. 

casualidad no conocia su importancia? El ore de America 
DO tavo valor hasta que .lo? espHfioles se mostraton tan 
^vapoa 7 codioioeoa die 61; lo iDi$mo sooede, pnes, a la 
mujer: se pietde su perfujine) se volatiliza en el enpaei^ si 
»o eacQQntdTO unhomfaro qae ftdmire y ealtive esa fior, qae 
sep^ a£(pirax ese a^ oma delioioso*- 

. . M miiiatro <^taba at6mto: jamas habia hallado nna nifia 
que se espresara asi, con tanta franqaeza, con tanta fionra 
A la ve^ que con tanta modestia, porqne Eloisa habia sabido 
dar a sa lengaaje cierto candor provocatiro, cierta senciHsiz 
^sian^nte que revelaba deseos y sajeeion, aspiraciones ha- 
cia nn fin j temor de Uegar a 61. • • 

Bl diplomfitico reBpondi6: 

— Se&arita,^ nsted eslablece una teoria que encanta j qtiie 
a1 mismo tiempo de eboantar convence j atrae: tiene 
usted mttcha . raaon en afirmar qae nn tesoro escondido d^ 
nada sir^e; pero cato £erlus no hace al que lo halla y de 
eu&nta utilidad no es para todosi Ah! No s^ por que me pai- 
vtee que yo me eneuieatco abora en una situacion iden- 
tical 

' : — Sefior, eoiitest6 Ebisa, aparentando rubor y modestia; 
supongo que nsted no quiere burlarae de mi; yo estoi mui 
4iiltan:t« de ser esa^ >joya. 

— No, nsted no esti lejos, sino que lo es en efecto; y ya, 
yo .I4 ftdjmirOf yo la har6 ; •• . 

— lY^igS SI, sefior; astied puede bacarme mui feliz, dando 
la libertad a mi hermano. 
. — ^-3u hermano saldrl libre; pero. . . 

T— jCJ^SmoI i^iu^Qdo, sefior?' .» o ^ • 

.-^No puedo aun. designar el tiempo y el dia; pero sute- 
deff4; intertanto, hablemos de tiosotros mitrnds. ' 

r^ Ah, seDorl es que ' mi hermano kaqe mi 4nieia fe- 
iicidad. 
. tr-^Sn^Qica felimdad] |Nq tidti^ uAted ofro afeotof ' 



XM. tPfpfmfii jmidmiBMu loi 



•» » t ' tf 



--^No! Esta negadou me '^/grada y me entniitece. 

— Porqn^? :. •! 

— PorquB ella me da y me^qita la eaperaaza; ell4 me 
alegra a la ve? qne me a^torpieata. 

—No veo 9I motiro. ^ 

— Voi a aer fraocO) sefloritai fiaplio&ndola a neted que nea 
indnljente: al decir xisted q^ie ao tiene <>tra afeeto que el de 
SQ hermano, me ha llenailode.aati6fai9e|ioa:, porqi^ yeo ^e 
sa ^orazon est6 lijbrej^p^ro eaa misoEia libertad me est^ prcH 
bandoqne yono puedo ifspirar a'^1; ijMn ^mbargo^ siraa. 
tan dichoso 91 ocapara una.peqaefiii parte!. . • ,1 

-*-^Qae asted tiene adqairida,' si»ik>r, 7 adquitida con jita* t 
ticia. 

— jE% yerdad, sefiorita! 

—jMe cree nsted acaso ingrata? Uq servicio que se hace 
y que se recibe ^no es ya un vlncala?. U&ted ha teftido oom-^ 
pasion de mi, se ba eondolido d^.-mia aufHmiedtos, se ^m** 
pefia por aliviarlos: ^puedo despues de eBto permaueeer id* . 
diferepte} , ' i 

— (Ah, seSorita! pero ese seutlmieato ea tan t^nue! yo ; 
desearia. . • 

— Todo tiene su principio, selloar. 

— Sin embargo, por atrevido que pare^oa al hablar asi, - 
para mi no ha habido prineipio. , < la W ^preciado a bs^fcedi 
6p todo su valor, he reconocido todo su m^rito dead^ el' 
memento de verla, y desde ese .laomento la be amad<». .f • [ 

T el ministro, al haaer esta ided^^ien, que ^l oreiA! de 
un efecto irresistible, tanto mas cuanto queeeu realidad te - 
hallaba impresionado^ bbi e#h6 a.los pi4s de' EMsa apode^' - 
r&ndose de una Ae las p^fumadas jn^€^ de la nifif^ mailo . 
que no retir6 en "un principi9y ^<$omo si la sprp!re9a la hu- 
biera obli^ado a abfindonarla^ parQ qiue-ea- a^guida 4erfUa6 : 
suavemente, mirandx) al m^^'istFiado con tines ajea ifAidoiy 
Uenos de un amoroso yeproche, quft ^queria decir,i>'^a pesar «* 
de tu teqieridad que ha pasado de los debidos limitea^ ie*' 



y 



lot YOU taownM ml ytmiibL 

amo, y eatoi d>putsta a perdonartela ofensa;^' sin embargo, 
Eloisa respondi6: 

•;— No me creo digna, seflor, del afecto que nsted me ma- 
nifiesta, ni paedo participar de 61 por el momento; porque 
jc6mo puede amar, como puede dar cabida '^1: cornfedn a un 
sentimiento como 6ste caando estS desgarrado por el dolor? 
Yb, lo confieso tambien, me biento arrastrada por cierto 
simpatia, pero elk proviene, sin dada algana, del iriteres 
que nsted me ha demostrado, de la parte que usted ha to- 
rnado en mi afliccion y del deseo que tiene de aliviarla; con 
todo, me parece que mientraa no hayan cesado mis inqiiie-- 
tildes, que mientras no vea libre a mi hermano, no podrd 
mi alma ser sensible a afectos de naturaleza distinta. 
, — jMe da nsted al menos alguna esperanza? - - 

— ^Seilor, creo haberme espresado demasiado. Yo'ttO ptie- 
do ser indiferente a la bondad, y toda accion jenerosa me 
enternece; sin embargo, en este instante me es inaposible 
afirmar o negar nada« 

— Basta. Yo me abrir^ camino hdcia su corazon y nsted 
r0\3Onbc0r^ por mis actos do lo que soi capaz y todo t5l as- 
cendiente que nsted ejerce en mi. Manana volrer^; y sin- 
ocultar a nsted que hai dificnltades casi insuperables para 
satiifaeer plenamente a sus deseos, es decir, para dar desde 
loegolibertad a su hermano, har^ cuanto est^ die mi parte,' 
lisonjefindome que mi intervencion dedidida no habri4 sidb ' 
instil y que ser6 portador de alguna nu^va favorable. 

Elministro se despidi6 en seguida, y Eloisa, si uo del 
todo tatisfecha, porque se habia figarado que desde el pr?* 
mer asalto rendiria la fortaleza, se diriji6 donde sus nuevot 
amigos para comunicarl^s que el asunto iftardhaba bieo, 
pero q*e todavia se encontraba en los preliminares que in- 
dndablem^nte la llevarian a un resultado favorable. 

El ministro no se hizo esperar tampoco al dta siguiente, 
aino que se presentd media hora mas temprano que el an- 
tenor, porqae do podUdominar sa impadeacia de ver a la 



lOS 

jdren e idteresante viddlta^ qiie lo faibia caitliFado h&sta.&I 
panto de do pensar en otrar oosa ni oeiif)ars0 ;des Dada^ nuA 
qne en agr&dar a aqaeUs nrajer^ para b oAal (fhahia.euBJnedi 
lidad interppasto sa influjo^' ho pbra.libeitana Eknaqne^vpauqi 
talvez no lo habria (xwse^hido y {ampocor^lrlbldeskaba'po]: 
el momento, sico para ohtieni^ ^un^salvq conducto {iacaqno 
foera a v^erlo ra bermana,. en presenciay. se entiende^ida^ Iob 
gnttrdianes de laipenit<»icbira,.pcm][ae aqaelj^irea esa itiiQ 
de los reoB sobre qoien debia ejercerse mayor itijilaucial ; ; 

Facil ek eohcebir la saftisfacoion' de £k>isa cnandp el ml^ 
nistro le eotrego aqueila dvAbuf qae }e abria Us paertes de 
la pr&ion, ddodole la segnridad de rer a EnriqaeiunviTez 
por semana, porque as! e»taba>concebida'el penmso; pdifo 
esto era mncho obtener, Itsonjedtdose, po^ este pripaer paafa^ 
Uegar al Ultimo en poco ^^empo; y ran^ co^ndo^ dado bisd 
que no consigniera lo 41iiQio por los medios' leg^efi, 1^ aU 
canzaria de otra manera; paes una vez establedida laoop^u* 
nicacion, no faltaria uu espediente ^de que v&Jerse^o una 
circdnttancra cualquiera que poder' aproYeehar, tanior^masi 
cuanto que ella no carecia de inventiva^ ' :^ . ' 

Aquelia noche,'se concibe, Eioisa se portd mucfao -xobs 
amable con su seloria, pero sin permitir la 'menor fkmilia- 
ridad, salvo aquellas manif^taciones- qae se hermsxi^Q oon 
el decoro eia es(^luir la pasion, pueslBloisa habta toanodbiila 
resqlacion firme, el prop6sito decidido de abarndonar ^mra 
siempre la oarrera que habia hasta entonces seguido; y comd 
entraba en sus planes el aparecer a los ojoa del :mmistiid 
como una mujer virtuosa, no solo tratd de manteicecio ;a 
cierta distancia, sino que se propixaa mudar de! Tesid>ttii:e!a 
al dia sigaiente, porque podia^er mni bien que tbrnase^aquel 
hombre en la vecindad a)giin<!is inforaiesfiobret <eilaa:qQq 
por otro accidente natural, y ai^que.estaba eapuieMaivS^mni 
do en nn barrio donde era eon^dda, Het^e a SBlfaer )m'c^^ 
a que pertenecia, y en e^e caso ' ^^barataifse para- eifioxpro 
toda sa h&bil conabinacion, porqtte.el mmbtm^ioi^fiid^ 



m 

barlado, fomttia sn desqnite, esponi^ndose ella al ramrtl-^ 
miento de una persona poderosa e influyeBte, oomprome* 
tiendo a nn mismo tiempo el pOTvenir de Enriqtte; asi es 
que en esa misma noche adyirtid a an sefioria que al dia Bi« 
goiente tendria el gnsto de recibirlo en otra casa y que ella 
mandaria o iria en persona a decirle el barrio j el ^nixmevo 
de sn nneva morada. £1 diplom^tioo, <»da vez mas enamo* 
rado, cada instante mas satisfecho de haber tenido la fortn- 
na de eLcontrar en sn camino a una mnjer tan interesai^te, 
sentiase j6ven y alegre, eomo u reuaciese al calor de sa 
nnera pasion, hasta el panto de creer que jamas habia es« 
perimentado^nna afeccion mas intima, pnes le habia tiecho 
olyidar completamente relaciones que databan desde ma* 
cho tiempo atras y qae ni las consideraciones de faimilia le 
habian hecho que rompiese, como estaba ahora dispnestOi 
sin qne habiese mediado para ello la mas lijera insinaacion 
de parte de Eloisa, que, ann caando tenia interes en agra* 
darlo y en dominarlo completamente, al menos por algnn 
tiempo, no habia pensado an momento en qne cambiase sns 
h&bitos; pero el carifio ejerce tal poderio por si mismo, que 
sin pensarlo y sin qnererlo trasforma al hombre. 

Impaciente Eloisa de llevar tan feliz nueva a la angaa^ 
tiada familia Lopez, no veia la hora de qae se despidiese el 
niinistio; pero tnvo bastante poder sobre si misma para no 
darle a conocer el desagrado qae esperimentaba con ia.'picoT 
longaoion de sn Tisita, sino que sostavo por todo el tiamp6 
la mas animada conversacion, deacabriendo en :^la la fian-i 
ra de sa injenio, la gracia esqaisita de sns modales y hasta la 
eleracion de sos ideas; de manera qae aqoel hombre a cada 
fiase y a cada movimiento de la encantadora machacha, esr 
perimentaba ana sorpresa agradable y un place i desconooidq 
por a hasta eae momento, pnes Eloisa ponid en jaegotado 
sn arte, toda sn esperiencia y t<)do aqael conpoimiento de 
mnndo que adqaieren en poco tiempo las.jmpjeires qae lie- 
Tan aemejante yida, porqae el contaoto en qae se enci^eo*' 



lOf 

tibft^^oipdiferttteBqjidirsdDaa de idistintps caraMeres j 4^i- 
versas condiciones sociales, asi como la lucha q^^ esMa 
obiigadds.B 'iseD^teoer para no bw; vlctimafi del eogaiie de 
este y de aquel, despiertan en ellas y agusan de.tal manei^a 
eee in9tiiito*d^& fiammaKeia ds qaeestd natnralmfente dotada 
la]iHi§€r^qix0 6Qib]2eTi^.86bacdQ tan astutas y distoifiladas 
qne ki«j^. penetrah las intenciones, qae laego ae aperciji^en 
de los defectos y de las caalidades de las parsonas que.tra* 
tami'iiio reveUhndoae jamas a si miamas y jagando coa ven- 
taja todos los roles de la comedia hamaoa. 

Gomo hfioios dichp, Eloisa estaba impaciente; y tan laego 
como hubo salvado el nmbral de la puerta el sellor minis-' 
tiro, tQm6 ella el oaouno opuesto, dejando a sds sirvientes 
las mismas recomendaciones qae les habiahecho otras veces.' 

Erav yft como las doce de la noche cuando lleg6 al cola* 
ventillo, y la familia Lopez ya no estaba en pi^ para comnr 
nicarle la faosta bolicia de qoe era portadora, gnarddndola 
pare el dia aigniente, a ptsar de los deseos que tenia de de» 
clrsela, porque estaba segara que con ella serian felloes; 
pero, sin embargo, no se atrevio a llamar a la pnerta, sino 
^6 86 faj§,a ia.apHtario oaarto llena del contento qne iba a 
dar y del qae esperi.mentaba ella misma con la segnridad que 
tenia de t^er al dia sigaiente a Enriqae, goz&ndose de apte- 
poano ^nlaaorpresa que esperimentaria el joven prision^o, 

No habia aun de^nntddo el dia cuando Eloisa se leT^nt6, 
jpo pudi^odo domi^arsa por mas tiempo, faS a golpear a 
}ais l^abitaeiones de I>on^ingo Lopez, gritando desde afuera; 
'^Soi yoy traigo. biienas noticias." > 

f( Mai?|aiTQconpci6 la joz de Eloisa, oy6 lo qne decia y se 

ii li9^)m^B^hBL^ cop esa expansion qpe produce e^l coQtentOi 

4]>r4?9^a 1^ madi:e do £nrique, di<^i^ii4olQ: ;«. 

-^ffl^pf^f toj lo vejT^, hoi lo :ver^4^ 
i.T^«jA.iq,^i^p, hija piia? 

— lA qui^n quiere que sea! 



IM 

-^'^ pofvible, mi qtierida Elaiaa! ^Oomo hn conaeguido 
mDej%nte favor! 

~-El e6mo es todavia- cm misterio, seBora; oontSntese par 
el mom^nto con el becho. 
' — Si, es lo principal) hija mia; pero cm^tame algix 

En ese intervalo se habia levaiitado Domingo y Merce- 
des^ que. faeron tambien a abrazar a Eloisa, sabiendo ya la 
baeim noticia. 

-^La concesioh que he alcahzado es de la mayor impor* 
tancia; pero no hai motivo todavta para que ustedes se ale^ 
greo tantr>, porque no son ustedes los qde tendria el gusto 
de ver a don Enrique, sino solanaente yo. 

Y Eloisa le present6 el salvo'couducto que le liabian dado 
la noche anterioi*. 

'-—Pero por que te dan a ti el permiso, hija mia, y no a 
nosotras? dijo Mafta tristemente. 

' — No se ha podido de otra manera. Yo he tenido que de- 
cir que era hermana de don Enrique, y solo a mi y no a otro 
alguno lo habrian otorgado. 

— jEs raro! 

— ^8f, seSora; pero tenga un poco de paciencia, que al 
fin todo se descubrird. Por otra parte, si esta concesion 
no les proporciona el placer del momento, les da la seguri* 
dad^e aloanzarlo al fiu, ya sea de una manera o ya de otra, 
ya isea con el permiso de las autoridades o ya sea sin ^1, por 
fnedio dS ttna evasion que deja de ser imposible estando en 
contaoto, puede decirse, directo con ustedes, pues yo ser^ la 
que Ueve y traiga las comunicaeiones; y si se necesita de 
ml paf^ con^eguir'la fuga, ed caso que no venga el perdon 
legal, que es lo que tratare de alcanzar de preferencfti,^ pue*- 
d4ti ttfbilbien diaponer como quieran, pues estoi decidida a 
todo, cualesquiera qse sean los peligros que m*e vea obliga* 
da a arrostrar, aun cuando httbiera de sucumbir en ^llos; 
porque con tal de libertarlo a ^l jqli^ importa que^ fo pe- 
rezca!... ^ '^ 



■^Ko babies asi," Eloisa; rio8otro9 no consentiri&mos ja«' 
ihas, dijeron todos, rii lo querriamos que td te sacriftcases 
hasta e?e punto por obtener la libertad de Enrique. 

— Ojala sucediera esto, que seria rlii inajoi^ dicta, rfespon- 
d}6 Eloisai festemente, porque talrez en aqnel momento 
hacia alusion schn miserable'e* ignominioso estado. ' ' 

— ^Es^ero eti"Dlo3 que todo ha de aali'rme bien,' sin tiece- 
sidad de qtfe iladie feufra; de todas maneras, hija mia/iiosd- 
fros te agrad^c^ttids en el alma lo que has beclid, lo que" 
haoesy'lo que estSs dispuesta a hacer. jSin ti qu6 hubieta* 
sido (ie nosotro&T Qli6 seria aliora de Enrique! 

— No liaVenios de estb, sefiora, porque ya he dicho a us-* 
tedes que soi yo la que debo estarles agiadeicida; pasemos, 
pues, a otra cosa: ^que debo decirle a don Enriqae! gPor qa« 
no le escriben? fil tendria tanto gusto... ' [ 

. — Dices bien, Eloisa; para Enrique seria iiii alivio y para 
liosotros un consuelo en saber que ^1 tendrdi al m^nbs cse 
gpce entre tantas privaciones y sufrimientos.' 

— ^Hol t^ngo que trabajar muchlsimo, sefiora, y me veo' 
obligada'a retirarme;' vo'ver^ en algunas horas y entonces^ 
ya u^tedes tendrdn sus cartas preparadas y yo e^tarS en dig* • 
posicion de ir a hacer la visita, que verdaderamente quisiera 
que ustedes hiciesen 6n mi logar, no porque no esperjmetite 
gtisto enello, sinb porque seria mayor si ese gasto qtie'les 
corresp^nde de derech6 lo sintiefeen ustedes. 

' — Gracias, querida Eloisa; de tod 6^ mddos quedamos'sa- 
tisftchds, porque hai cc nseguido lo que no t'erjiamos e^pe- 
ranza de obtener tan luego y qn\i& de no obtener nunca. 

" Eloisa que, en busca del nne rd domicilio pafa lafamilia 
de Lopez, habid recorrido pocoa dias antes casi todo San- 
tiago, le'fu^ ficil i*ecordar las cdsas que tenian pspel de 
arriendo y se fu^ directamente a la calle de Santo D orningo, 
dondi3 labia' visto una de regular apariencia, la que convino' 
a Eloisa, tomdadol&des'Ie'aqjuelmi&mo dia, obViando'todcfjT 
l03 iticobvehientes del pt-opietario con el sencillo espediente 



10& um nxtafoi vwu vvvlou 

de darle tres mcses adelante'ios y de no pedirle reba|a al- 
gana porel a^quiler, hacieaio que trasporta^a sus maebles 
en el mUm'> dia, cuyo eocargo dejo a sus sirvientes, previ- 
ni^ndoles qae todo debia estar arreglado para antes del 
anochecer, coalqaiera qae faera el gasto qae orijinase la 
mudanza con tal de ser servida pnntoalmente. 

Fracticadas estas dilijencias, indispensablea para la conse- 
cucion de sas fines, faeae nneramente al c3n7entillo para 
tomar las cartas, diriji^ndose sin p^rdida de tiempo a la pe« 
nitenciaria, donde presento al snperintendente la 6rden qae 
llevaba consigo j qae ^ste exaniin6 con no poca sorpresa, 
pnes las instrncciones del gobierno respecto a loa reoe 
polfticos eran precisas y terminantes, exiji^adole la mayor 
▼ijilancia sobre ellos; sin embargo, el papel qae le presenta- 
ban era ant^ntico y no podia desobedecer a lo qae oriena- 
ba el ministro, cuya firma y letra le era mai coaociila, cal- 
cnlando por esto qae la persoaa qae tenia presente seria 
mni inflayente en el gabinete, pnes de otra manera no con- 
cebia qae se diera an permiso qae contrariaba las disposi- 
clones acordadas; asi es qae tavo con Eloisa las mayores 
.consideraciones, ordenando en el acto qae compareci^se. 
don Eariqae Lopez, qae era el individao designado. 

A pocos mementos aparoci6 el joven revolncionario, eon 
nn semblante triste pero qae denotabala serenidad interior 
de qae realmente gozaba aqael hombre de on temple sape- 
rior y qae no habiendo 4^linquido jamas conservaba toda 
sn enerjia, sintiendo solamente el Terse aasente de sn fami- 
lia, sin qae lo atemorizasen las incertidambres del por^enir. 

8a sorpresa fu^ gr^nde al encontrarse tan inopinadamen* 
te con Eloiaa, pnes creia qae seria llamado para las investi- 
gaciones politicas a qae se veian sojetps tanto ^l como ana 
oXros compafieros de prision, a pesar qae habia respaesto 
siempre del mismo, modo sin qae le biciesen dar nn paso 
mas all& de lo qne ha^ia dicho al principio. 

Eloisa/ comprendiendo qne Eariqne podia descnbrir la 



tos siRsstos ntL nwBU^ 109 

verdad, es decir, hacer saber que no era su hetmana^ se laS- 
s6 hicia ^1 con los brazos abiertos, dioiendo: 

— lEnriqne, mi querido hertnanol 

El jdren qnedo mail sorprendido ann al oirse Ilamar fki 
7 que lo trataban con la familiaridad de tal; pero Eloisa A 
mismo tiempo que lo abrazaba, le dijo con voz impercepti- 
ble: "Es precise finjir, de ello depende su libertad." Intrd- 
dnci^ndole a la vez, sia qne lo notase el snperinteDdente, lai 
cartas de que era portadora. 

Enriqae comprendi6 que todo aqnello encerraba el secre- 
to de algona intriga tramada en su favor, y en consecuendk 
tom6 la mano de Eloisa con ese cariQo natural que eztstfe 
entre personas a quienes une el lazo de la fraternidad, sin 
hacerse en ello la menor violencia, po'rque en realidad, aun 
' cuando hacia poco tiempo que conocia a Eloisa, 8inti6 po^ 

« 

ella la tierna y desinteresada afeccion de nn hermano, ja 
faera ^ta el resultado de los servicios que il j su familia 
debian a aquella nifia, o ya esa simpatia innata que esperi- 
mentamos por algunos seres. 

La presencia del superintendente hizo que la conversai* 
cion de ambos j6veneB se limitara solamente a ciertas je^ 
neralidades, teniendo el cuidado Eloisa de decirle que sien- 
do ellos solos en el mundo, habia implorado de tal modo al 
sefiior ministro, que, comp<tdecido de su horfandad, le habik 
acordado siqniera una vez por semana el gusto de vorlo, lo 
que no es poca bondad de parte de su sefioria, agreg6 la 
j6ven con acento de profunda, gratitud para que lb notai^a 
el superintendente y se lo comunicara al ministro en' caso 
necesario, como 8ucedi6 en e&eto pocos dias despues y cuatif- 
do fu4 Uamado por ^ste e interrogaldo sobre k j6verkaqui6h 
habia dado permiso para ver a su hermano. ' V 

Enrique, sin saber los medics de que se habia valido 
Eloisa para llegar hasta 61, iri6 que era un gran pasO dado 
a maa de la dieba que le prdporoionaba el saber <ie su fi- 
milia ciuyos mi^^mbrod n(y nobbraban, pero que EIoisi^ &dl« 



uo 

vi^ando ga peoiamieoia le baeia eomprender todo'coanto 
pasaba de la rasBera tliaainjeniosa y sin despertar la menor 
sospecba en el Argas qde ieoiaa presente j qae bo loa per- 
d^a de vista, eRpiando no solo las palabrasqaese deciAo sino 
ba^ta las miradas qae se daban; pero Ebna era tnai astuta 
7 Enrique mui prudente para comprontieterse etk una sitaa- 
eion tan crftica. 

Alfiasede8pidieronambo3J6venes, j como eraneoe^ario 
abrazarse, Enrique fa^ el primero en baeerlo, porque Eloi- 
aa en e^ta ocasion e8periaient6 cierta perplejidad, Bintiendo 
que le subian los colore^ al rostfo y qae su cocazon latia^con 
violencia; pero el pri?ionero, sin eomprenJer la emociofade 
.^n libertadora, la e6treeh<S en saa brazoa natnral y afeotuo- 
fiameAte como a una bermaoa o a una amiga sobre la qu6 
no se tienen las menores pretensiones. \ « 

La }6ven aubiii alcocbe.sin nairar por la illtima veza 
Eorique, qae 8e quedo un momento pavado, 8igai<^ndola |C09 
la vista por la veutana para ver si le hacia'la Mtima BeSa 
de clespedida; pero Eloisa, auncuando conocia que la:mirft- 
ban, porque se lo deda iq1 corazon, no volviQ la eabesa sino 
que se iutrodujo en el cocbe, diciendo al podtillon: 

— ,De, carrera a la calle de San Pssiblo. 
> Cuando.se vi6 sola, Elois^a bajo su manto y $ac6 un pa- 
Suelo para enjagar las l^grimas que corrian por-sup teraas 
piejillas en grande abundanci.a, murmurando'ensaintierioF: 
*^I;q[iposibleI irappsible. Es preciso vencerse. Ei^te sentiweAto 
que ba.nacido con fueza es. preciso ^Jiogarlo, y lo a^iogarfi 
^uu cuando sea necesario morir. . . La sola idea nae parepe 
UjU cripien y lo es en efeoto,.* yo no pue^o, nldebo, ni quiq- 
{fo mancharlo,. y aal suceder4, cae&te lo que cueate,.su^a^9 
quesafra.'' . . ; 

^ Eanaedio de estos tristes pensataie^tos y formada csta 
,re89]li>cion ^eroipa, resoluciou propia dg ijna alijaa virtuqsa 
yieleva(Jfli, pero[ que requeria-el nofas graft; sacrificip, Uctg/^ 
]^loi^ a la puertai deljiouvti^ltiUq ; an fiipp^r^ia ao cas^l^^ 



UM tlOBXrOS DVL PtVBia 111 

instanUneamente sin hacerse violencia, porque sentia real- 
mente on verdadero placer al pensar la satisfaccion que 
iban a tener los padres y la hermana de Enriqae. 

No Darraremos aqui todas las pregantas qae casi a un 
misino tiempo y 8ia esperar r^pue^ta bi:^xa.J^loisa cada 
nno de los miembros de aqnella familia; pero ella satisfizo 
a todos, contdndoles no solo la conversacioa que habian te- 
nidosino, hasta las miraias y la actitad de Eariqae, a&i 
como los pensamientos que ho se atrevia a revelarle por te- 
mor de descubrirse, pero que ella habia leido en bus ojos. 
Ahora, dijo al fin Eloisa despoes de este largo interro^a- 
torio^ es ya necesario decidirse a cambiar lo mas pronto de 
dotnicilio. Un dia G otro puede presentarse ona ocasion fa^ 
vorable que no debemos dejar escapar y es preeiso quiel el 
Ingar donde se refajie don Enrique sea ignorado de todo el 
mnndo, para que ^1 pueda contar con algpnos momentos de 
tranquilidad, porque yo estoi persaadida que dificilmente 
se obtendri su libertad con el benepl^cito del gobierno,- sin 
qae por esto nos desanimemos, pues trabaja en edc( eentido; 
pero estoi segura ^obteuerb por'e^tro. ' - 

Todos convinieron en la exactitud de las reflexiones de 
Eloisa, y cinco dias despaes se encontraba la familia Lopez 
en compafiia de Santiago y Teresa en lai apartada calle de 
Breton, sin que ninguno de lo« habitantes del conrentillo 
sbpifuie el lugarde sa residencia, sino que todos, inelaso el 
propietario, .qnedaron conv«ncidos que se habian ido por 
algan< tiempo al cam po, mneho mas cuando lesconstaba que 
habian dejado en la casa todos sus muebles o que probaba 

que volverian al fin de algana corta temporad^ i 

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La enfermedad de doHa Juana. 



Inter se van desarrollaiido los aeontecioiientoB en Soottir 
go, ^echemos una mirada sobre peraonalw qae ocnpan on 
logar principal en nnestra hiatoria y qne kemos dejado pot 
algnn tieinpo casi olvidados. 

Becordard el lector qne la seftora doSt Jaana habia par- 
tido de Santiago para 8a hacienda de San Joije ep bosca 
de salad j por consejos del m^ico. 

Los primeros me«^ea de sn residencia en el eampo no ie 
habian sido adversos aanqae tampoeo favorables^ pnes no 
habia sentido declinar an enfermedad sino qae se mantenia 
gin agravarse, lo que fae considerado por an baen sfntoiha; 
p6ro en los 41tiffl08 tiempos sentiase agravar dia n dia de 
ana manera lenta pero sacesiva hasta el pnnto de alarmav 
a Lnisa y de alarmarse ella misma. 

M solitario tampoco estaba tan traaqailo, pnea a pesair de 
SOS constantes caidados y de sn ciencia adqnipida no habia 
podido cqiiitener el mal, sino que ^te tomaba enerfK) visi^ 
blemente. 

Uno de espg dias, y aprovecbando la aQSeneia momentib 
nea de Lnisa, dijo dona Jaana a sa amigo: 

— Sabe asted, mi querido Gczman, que me siento peor de 
lo qae ea realidad J4>arezco,-poea me veo obligada a hacer 
esfaerzos para no sobresaltar a Laisa mas de lo qae lo esti 
ya, paes mi hija me estadia y me examina constantemente, 
J si no faera porqne le ocalto caanto me es poaible la pir- 



LO0 SIOi^XTOB DSL tVt&lXK 113 

dida de inis faerzas y el abatimiento de mi espiritu, la veria 
Bofrir mas y esto contribuiria auu a empeorarme; pero me 
parece que es necesario ya tomar una resolucion definitiva: 
creo que me convendria ir a Santiago tanto para consultar 
con los medicos, cuanto porque en caso contrario, es decir 
que la opinion de ' los facultativos no faese favorable, ten- 
go que arreglar asuntos de mucha importancia y de los 
cuales depende el porvenir de mi hija... jde mi hija, Guz- 
man, a quien amo tanto y a quien no me resuelvo a dejar 
sola en el mundo! .. y las Idgrimas corrian silenciosas por 
las palidas mejillas de la aristocratica dama... y esas Idgri* 
mas de madre, lagrimas en que va envuelta tanta afeccion 
y c]^ue son tambien una plegaria dirijida a Dios para que 
proteja al hijo amado a quien se va a abandonar, esas Idgii- 
mas, decimos, cayeron sobre el corazon del solitario enter- 
nec^'^ndolo hasta el punto de no poder contener las suya?; 
sin embargo, dijo a dona Juana serenando su voz, tr^mula 
por la emocion, cuanto le fu^ posible: 

— Esas ideas triste^, amiga mia, agravar&n su enfermedad 
y quizd son la principal causa de ella; yo no veo todavia 
ningun peligro, porque si lo conociera habria sido el pri- 
mero en manifestarselp a uated; pero no por esto desaprue- 
bo su viaje a Santiago, porque he visto qne su estrana en- 
fermedad, y digo estrafia, porque usted afirma que no 
esperimenta dolencia alguna, se aumenta, sin que por esto 
conciba todavia riesgo el que menor. 

— ^Yo si que lo siento, y ademas me lo dice el corazon. 

— Es precise desechar esas ideas tristes, 

— Tristes por una parte, amigo mio, consoladoras por 
otra: es verdad que sufro infinito con la idea de separarme 
de Luisa; pero tambien deseo no menos unirme a mi 
Eduardo... Lo creerd usted, Guzman: he sobrevi\ido a mi 
marido durante muchos afios, pero su recuerdo no me ha 
abandonado un solo di a, talyez un solo instantei y mo pare- 
ce sentir ahora que me llama a ^L 

vim iY« ( 



\ 



114 t08 SSCB]fi1H)S DXL Ptrlt^LO. 

— Ilusiones del carifio, amiga mia, que prueban la exe- 
lencia del alma del que las es peri men ta, pero qae por lo 
mismo son joneralmente fane-tas. 

— No quiero discutir, Guzman, porque no cabe diacusion 
donde hai evideucia: lo que uno siente ^no es acaso una 
realidad? Puede per falso y quim^rico para otro lo que para 
mi es real y verdadero, ^qu^ re^ponder a esto. 

— Pero, seiiora, es indispensable que usted d^ otro jiro a 
9u espiritu. 

Dona Juana se sonri6 con bondad y tomdndole una rnano 
al solitario le dijo sefialando con la otra el cielo: 

— Hai otra vida, amigo mio, wna vida de amor y de luz, 
donde los afectos son eternos; y yo no tengo miedo de ir 
alii donde esta mi Eduardo, sino que al contrario lo de« 
seo. • • 

— rjY Luisa, sefiora, y Luisal 

— jAi! Guzman, tiene usted razon: no puedo, no quiero 
separarrae de ella. 

— ^Asi es como usted debe pensar, senora porque Luisa 
es la hija de Eduardo y viviendo para ella vive para ^1, 
porque vive con ella y con dl. 

— Se lo prometo, amigo mio, si la existencia depende de 
mi volunta ), la conservar^... 

—La existencia, bajo la forma en que estamos tiene su 
t6rmino, pero muchas veces depende de noaotros el acer- 
carlo a alejarlo. 

— ^Y qu(^ debo hacer para conseguir lo Ultimo? 

* 

— Combatir esos pensamientos. 

— Imposible, pprque me vienen, apeparmio, persigui^n- 
dome en el dia y en la nocht^, en la vijilia y en el sueiio. 

— Comprendo: esa manera de ser se ha hecho en usted 
cr6nica. Al principio acirici6 usted esas ideas, la acompa- 
fiaban en su dolor, y ahora no la abandonan; esa es una lei 
de la naturaleza. 

— jNo hai, pues, remedio? .^ 



iKm iicnitos bn hraxxK 11& 

— Deegraciadameute tengo que decir a usted que cuan- 
do los hdbitos Ikgan a cierto grado ya es mui dificil cam* 
biarlos; pero quizA se puede ir modificdndolos poco a poco. 
— Ifo estoi dispuesta a seguir ea todo sus consejos* 
— Lo ^iaico que sieato, sefiora, es que no sean bastante 
eficaces. Si antes hubiera tenido conocimiento de las dispo- 
siciones de su espiritu, talvez habria vencido o habria re- 

» * • 

tardado el efecto; pero ya es algo tarde... 

— jNo hai esperanza, Guzman? Eso era lo mismo que yo 
le decia. No .tema ser franco conmigo: ya usted sabe que 
no soi cobarde y que, a Dios gracias, tengo mj conciencia 
pure y tranquila. ^ 

— Ese es un gran bien, seSora, y suele ser un eficaz xe- 
medio. No hai porque desesperar todavia. 

— Yo no desespero nunca, amigo.mio, sino que poV el 
contrario, los fallos del Altisimo me encontrardn siempre 
reslgnada en mi dolor, serena en mi afliccion, no siendome 
dado ir mas alld, porque no puedo dejar de ser lo que soi. 

— EsO es todo cuanto puede ofrecer la humana e&pecie y 
usted ha llegado al t^rmino. ^ 

Y el solitario dijo entre si mismo: 

— Me he equivocadp; he mirado demasiado al cuerpo sin 
investigar el alma que era donde realmente estaba el mal: 
nunca tiene uno deqaasiada esperiencia. 

-—En fin, {quS es lo que me aconseja el ami go de 
Eduardo? 

— Creo, sefiora., conveniente su viaje a Santiago donde 
tendr^ el giisto de acompafiarla. 

-— jUstedl cuanto le agradezco su oferta! con cu&nto gus- 
to la aceptaria! Pero no es posible! Santiago en la actuali* 
dad e^ii revuelto y usted podia correr algun peligro: , las 
pasiones politicas parece que est&n ahora mas .vivas 'que 
nunca y los odios mas encarnizados. 

— Yo he muerto, hace macho tiempo, para la aociedad 
y nada tenga que esper^t o temer de ellfu 



iH UM 9 aCEXHM DSL rUXEtiK 

I* 

— No, Gazman, nsted es demasiado conocido. Uatcd lia 
jngado on. rol importante, j aunqua haya desaparecido de 
la eficena, poeden Tenir las persecusionea, porque todavia 
. viven muchos de aqnellos liombr«>; preferiria que se que- 
dara, con la segoiidad de que le hare llamar en caso ncce- 
sariO) porque deseo que el hombre quo acompafio a Eduar- 
do hasta bus ^Itimos momento9, est^ presente aloa mios: 
seria feliz en cerrar mU parpados miraDdo al objeto que ^1 
tuvo a la vista cuando se cerraron loa snyoa.-. 

— Senora, querida amiga mia^suplico austedde no tener 
esas idea0... 

— ^Ya he dicho a usted que nada temo* quicro saber so- 
lamente si usted est^ dispuesto a satisfacer mi tUtimo ca- 
pricho... 

— jPuede usted dudarlo! 

— ^No, Guzman, no be dudado nn momento de usted en 
tantos aSos de amistad. iC6mo vendria a dudar en pocos 
dias! Pero alU estd Luiga; es preciso disitnular... le dejo a 
usted el encargo de prepararla. 



IL 

Dona Juana recibi6 a su hija con la mas afable sonrisa, 
aparentando una alegria que estaba lejus de tener. 

La j6ven mir6 alternativamente a su madre j al solita- 
riQ, como querieado descubrir por sus fisonomiaa lo que 
interiormente sentian, y en segaida les preguntq: 

-7-;De qu^ se ban ocupado ustedes durante ml ausencia? 

— De nada, hija mia, uo nos hemos nv>yido de aqui. 

— No preganto, mamita, lo^que ban hecho sino lo que 
ban dicho. 

~Ya que quieres saperlo, ei mui fdcil: nos bemos ocOpa- 

misma? Por qu^ no trata de ^istraerae un 'poco, mamita; 



um M W En oti vwL ramow 117 

meparece qne.esto le aprovecharia; |qo es verdad, sefior? 

— Asi es^ ^uerida tiiisfe/y es^lfli^tnb '1* aconfe^iba J6 
hac6 nn motoento. ''^^ • '^'^^'^^' ' ' • ^^- ' •-'••' * 

— j^Crees, Luisa, que pensar en ti no es pensai* enmf tttia* • 
ma? j<jy 'cosa'd'e? ihaSa'^i^lfet'^'^^^^^ mf en rf'tenbdo? 

iC6mo puedes imajinarte'it^ii^ ifae cliViertSah'frivdlid^dis?" * 

— No es mi ^mmb," 'mamfi^i^ pf Sbarl^ que yo debri sei*W ' 
indiferente, pdrqae ebtd rio ^o quenifir/pbrqoe ekto mar ha- 
ria sufiir mticBo; pero una" idea*^4' deb^-ser rilatadora: dt- 
cen que la locura proVieniB *de acjtif. "' . ^ 

— Pdes yd dme^q set I61*rt, fiijk mia,, ah tea qtie turfed 6b!i- ' 
gasen a no' pensar eil ti. ^^ • 

— Usted tlene la mononiatiik dfel cariflo; la mondnidnk' 
de la benevolencia; pero hai unl^riirino para'todo, y lakJis* 
tracion no quita'ni destrriyti'erafecto, sino'Vjue nlaa bien io 
cbrobora y fortifica. 

— Hace poco le decia a mi amigo Guzraati que no queria 
entrar en discusiones y ahora me veo obl'gada a hacerte la 
misma observacion. 

— Sin embargo, es preciso, maniita, n6 entrar en discu- 
siones, pero si aprovechar de los consejos del sefior Guzman 
porque siempre son favorables: yo estoi viendo que no fie 
mejora y que cada dia... 

— Cada dia, si no me encuentro mejor, me hallo poco mas 
menod lo mismo: la diferenda no es tan grinde. 

— Yo noto algana, mamita, y c'reo, puesto que no se da 
en el campo una rhejoria notable, es conveniente regresar a 
Santiago donde hai recursos y inicho^'facuttativos que con-' 
sultar y que podrian curarla radical men te 'en poco tiempo. . 

— ^Yo tambien habia pensadb lo mismoy pero 'como no' 
me encuentro tan mal como tfi. te flguras, tenia' hecha laf 
resolucioh de no partit tan luega. *' ' ' ;- - 

Conjo se ve, dona Jaana, ni'entia 8on^l fin 'de IrancJtiiliJ 
zar a su nija. , , ' 

— SiempriB vale fnis pri?caver el 'mal que combatirlo, ina- 



lit 

t 

imtfl;y ja que lo habia peusado, seria preferible efectuarlo 
desde laego, haciendo desde maftana, desde hoi mismo, los 
preparativoa. 

— ^Te das demasiada prisa, hija mia; parece que tovieras 
temores de qae jo no participo bajo ningan aspecto, y ad- . 
vi^rte qae yo, que soi la paciente, debo juzgar mejor. 

— CoDcedo qae no eziste el menor peligro; pero no es 
meoos cierto que osted no ae mejora y h^ce ya como cua- 
tro meses o mas que nos encontramos en el camqo sin que 
usted esperimente el menor alivio, sino qae, por el contra- 
rio, se encnentra mas d^bil y mas abatida qae al principio. 
For otra parte, como he dicho anteriormente: mas vale pre-, 
caver el mal que combatirlo. 

— Ya que te empenas, hija mia, obra como te parezca; me 
pongo por completo a tu disposicion y har6 en todo ta vo- 
luntad con la condicion que te s:^metas, <;aando sea necesa- 
rio a la mia« 

— Su voluntad, mamita, nunca pnede dejar de ser la vo- 
luntad de su hija: ordene nsted no mas, con la segaridad 
de que serd obedecida sin dilacion, sin sacriiicio, o mas bicn 
dicho, con placer, porque la obediencia b^cia sns padres es 
un deber que a todo hijo debe causar delicia cumplir. 

— rNo es esto lo que sucede siempre, Laisa; muchas veces 
la voluntad del padre contraria la volantad del hijo. 

— Creo que nunca acontecer^ en mi una cosa igual; al 
menos tengo la esperiencia de toda mi vida pasada para po- 
der responder de mi vida futura. 

— Es verdad, hija mia, porque a pesar de la libertad en 
que has vivido y en que yo te he dejado, has sido siempre 
k criatura mas sumisa. 

— No me he hecho en ello la. menor violencia, porque en 
lugfir de esforzarme ipe ha gustado. ^ 

— Bien, hija mia, mui bien; esperimento una satisfaccipn 
ver4adera en que me hables asi; ahora dispon nuestro viaje 
Quando quieras y para cuando quieras. 



urn SBOUROB DIL fWOUK 119 

Darante esta conversacion entre 1«| madre y la hija, el so- 
lit ario habia pei manecido fcilemioso pero aiento. Aquel 
hombre que veia, se puede decir, en el porvenir, crey6 en- 
contrar en la palabra ded( fia Jiiana algnn proyecto, aTggna 
combinacion premeditada de antemano; ponjue, ^I'lue btra 
cofa podia significar aquella, exijencia, cuando sabia que' 
Luisa no la habia contrariaJo nunca? El sabio anciano com- 
prcndia que un dia u otro sucederia algo de grave, algo de: 
estraordlnario, pero con esa moderacion que lo caracteriza- 
ba no interrog6 nada sobre ua punto que no le habian con-' 
fiado, no moviendo sus labios como hombre prudente que 
no pretende jamaa introducirse ni penetrar en el interior 
ajenOy a no ser cuando cs precise evitar el mal o hacer el 
bien; y como nada tenia quo terher en el caso presente, por- 
que conocia a fondo el cardcter noble y las virtudes de todo 
j^nero que adornaban tanto a la madre como a la hija, que- 
d63e tranquilo en su reserva esperando solo que los aconte- 
cimientoa se sucediesen. 

IIL 

Luisa, con la autorizacion de su madfe, principi6 desde 
aquel mismo dia los preparativos, pues tenia mas temores 
que los que habia demostrado, porque a ella no se le ocul- 
taban los esfuerzos que hacia dofia Juana para aparentar en 
su presencia un estado de salud mejor que en el que en rea- 
lidad se encontraba, no quejdndose tampoco nunca de esa 
languidez que paso a paso la lie vaba al sepiiloro y que Luisa 
veia aumentarse dia a dia. 

El solitario, por su parte, mas conocedor que Luisa da 
los sintomas de aquella enfermedad y del punto a que ha- 
bia llegado comprendia qu3 no habia mas que una remota 
esperanza; pero ocultando a la j6ven su pensamiento se pro- 
ponia prepararla para el caso de liha desgracia minorando 
asi en parte la violencia que lleva coosigo un golpe inespe^ 
rado y de tanto mas terrible efecto cuanto mayor era la eg- 



ISO 

qoisita senfiibilidad de Lnisa y el tierno oaritlo qae profesa- 
ba a sa madre. 

Kl anciano bnscaba, pnes, la ocasioD de hablar a solas con 
Luisa, ocasioQ que le fu^ f^cil encontrar, habitando la mis- 
ma case, y le dijo: 

— ^Temes algo, mi querida Luisa, que te apresuras tanto, 
para la marcha? 

— Con usted puedo ser franca, senor; sf, temo. .. mi ma- 
mita me oculta sus males por no entristecerme: 

Ylaj6^ensesent6enun soffi derramando copiosas U- 
grimas. 

El solitario le torn 6 una de sus manog. 

— Til tambien, hija mia, le ocultas a ella lo que sientes y 
lo que piensas para no alarmarla. 

— Es verdad, senor. 

— De manera que ambas quieren enganarse sin conse- 
guirlo. 

-r-Tambien es cierto, al menos por lo que respecta a mi. 

— Y ella se encuentra en el mismo caso; pero en mi opi- 
nion esta algo distsmte la desgracia. Por otra parte, los me- 
dicos de Santiago pueden con sus conocimientos detener el 
mal. 

— ^Cree usted en la posibilidad de una mejoria! 

— Diffcil, es pero no imposible. 

— Su respuesta me desanima todavia mas. 

— Yo no puedo, hija mia, ni afirmar ni negar nada; jqu^ 
sacaria con darte esperanzas que habrian de salir frustradas 
aumentando mas tu dolor? jY qu6 sacaria con afirmar un 
aeon teci mien to que puede mui bien no suceder? Ei ambos 
cases obraria mal; sin embargo, debo prevenirte que tengas 
tu dnimo preparado, sin por esto desanimarte ni abatirte. 

— Senor, sefior, yo no podr6 sobrevivir a tamafia des- 
gracia. 

Y la nifla rompi6 en soUozos. 

'— Yo no quiero hija mia, combatir tu dolpr; 61 es justo y 



es nataral. Una madre no se reemplaza nunca. Ese afecto con 
que hemos nacido y coa que hemos vivido, eaa ternura de 
todos los iastantes que nos ha protejido ea todas las ^pocaa 
de la vida, deja uq vacio inmenso y un reciierdo indeleble 
cuando nos abandona... pero en fin, todo tiene su t^pmino, 
todo... y todo tambien renace a la eaperanza, qarzd. a una 
realidad mayor, porque Dio3 nos prepara, sin duda algana, 
algo de menos transitorio, algo de mas eatable .. . [Qai^n 
puede darse cuenta de las trasformacioaes de los nciuados- y 
de las que esperimente la hamanidad! Ah! si muri^semos 
cuando desaparecen laspersonas qae araaaios ^a que? queda- 
lia reducida la cadena que sostiene y liga a la especie? No 
habria existido mas que el primer eslabon, sin que hubieran 
podido sucederse uaos tras otros los anillos que vienen for- 
mando las jeaeraciones que se haa desarroUado y que se 
desarroUaran en la inmensidad de los tiempos. El dolor, 
hija mia, se borra al fin para ser reemplazada por el .re- 
cuerdo, y talvez tras del recuerdo venga la union del infini- 
to, la union de lo inconmensurable, la union de la eter- 
nidad. 

— Oh! Dios mio! Dios mio! ^.Qu6 va a ser de ml? 

— Luisa! hija mia! aun no hai motivo por que abatirse.., 
Puede suceder. .. gPara qu^ desesperarse y sentir antes de 
tiempo? ^Iniiairia acaso en la mejoria de tu madre tu dolor 
acturJ? Estoi seguro que si dofia Juana te viera en ese esta- 
do, sufriria infinito, abreviando talvez sus dias. Ten mas es- 
peranza, Luisa, ten mas serenidad, serenidad que nacer6 de 
esa misma esperanza, y estoi seguro que si no se mejora por 
corapleto tu mamit?i!, al menos se aliviard, proviniendo de 
aqul la prolongacion de su precio&a existencia. 

— ^Entoncfs usted cree que hai algunas probabilidades 
de salvarla? 

— jComo no! Yo seria un temerario y un insensato si afir- 
mase lo contrario. 

— Pero la ciencia no ve, no descubre, no cuenta acaso 



in um noBisos meu rrawx - 

ccm todan Ias sf garidades para decir lo qae iDfuIiblemente 
ha desaceder? 

^rrNo bai nada de infalible a no ser la mncrte; y para esto 
no se rtecesita de ciencia, pues e^abemos que ha de saceder, 
pero en cuaDto a deteimioar el tiempo, es mai dificil aan- 
qoe no es imposible: on medi ioa no se ha dicho y est& mai 
lejos toila ia de decirse la iiltima pa-abra. 

—listed me cousuela y me desalienta. 

— Yo no quiero ni lo uno ni lo otro, deseo linicamente 
que tengas la calma posible. 

— [La calma posible! gPaede darse en el mas agudo de 
lossiifrimientos? 

— Tambien te he dicho que no es mi animo combatir tu 
justo d' lor pero que uno debe estar preparado a todo. 

-T Ah! pefi(T; si yo tuviera su edad, su esperiencia y su 
£losofi«; si yano exislieran para mi viuculos; si hubiera visto, 
como usted, desaparecer uno a uno los seres que me rodeaban; 
si estuviera sola en el mundo viviendo en la ciencia, en la 
abstraccion, en Dios; si ya no desease mas que unirme en el 
infinito, como usted dice, a las personas que uno ha amado, 
jcudn fAcW no seria esa resignacion, esa conformidad filos6fica! 
jPero romper los vfoculos mas queridos y mas sagrados, sen- 
tir que la dejan a uno en el vacio, esperimentar. esa soledad 
de afectos, acosturabrarse a no ver ya lo que se ha adorado 
en la tierra, es mui dificil y para algunas almas debe sei* im- 
posible. 

— Y sin embargo, hija mia, todo esto ha de suceder mas 
tarda o mas temprano; per esta razon nos aconseja el Evan- 
jelio de no estar tan pegados a los bienes transitorios del 
mundo, eualquiera que sea la naturaleza de ellos. 

— Convecgo, senor, en cuanto usted me dice; veo la jus- 
ticia y exactitud de sus reflexiones, pero no md resigno. .. 

— La lei de la necesidad es la mas imperiosa de las leyes: 
uno se somete o sucumbe, ese es el dilema; y sesomete, por- 
que la sensibilidad del que esperimenta el pesar es menos 



UNI BlOinta DIL FIJlBli'>. ISS ' 

delicacla, o mnere ctiando ed escesiva: esto entra en la nAtu- • 
raieza 4e,lo8 seres y es tamWen nna lei a que estdn sujetos 
todos segun su organifemo respectivo. 

— jAi! qu^ analisis tan descarnado hace usted del do'or! 
Pero dej^raonos, sefior fil6sofo, de esas cuestlones; yoquiero 
saber ^Qicamente cudi es la eofermedad de mi mamita y si 
hai |)robabili Jades de sanarla. 

— Las prob^bilidades siempre exiaten; abora por lo que 
respecta a la enferraedad, es raas moral que fisica; ella me 
lo ha dicho y yo siento no haberlo sabido antes. 

— Eijtonces sf que concibo esperanzas, porque los actia- 

ques del espiritu son mas ftlciles de curar que los del 
cuerpo. 

, -r-Te equi vocast, bija mia, te equivocaa, y t^ eres como tu 
madre, una de esas naturalezas que sufren mas por el alma 
que por el organismo: a ti te matara una afeccion y no te 
matard un dolor; por esto es que quiero prevenir el sufri- 
miento ti atando a la vez de familiarizarte con ^1 para que 
te enclurezcas. * "'^: 

— ^Pero que es lo que puede abatir tanto a mi mamita? 
^Que pesar agudo, qu^ sentimiento profundo mina su exis- 
tencia? 

— Cada alma tiene sus secretos... Cada hombre sufre a su 
manera. 

— Sin embargo, es preciso un motivo, una causa, y yo no 
le conozco ninguno de aquellos incidentes que pueden in* 
flair tan bondamente en su'animo. 

— Puede ser que exlsta esa causa desde algun tiempo mui 
rembto de que tu no tengas conocimiento, pero que haya 
venido paulatina y lentamente min^ndola hasta el punto de 
haberse apoderado de todo su ser y ser diffeil escaparse a 
su inflaencia. 

— jPero que debo hacerl 

' — Mira, querida Luisa: independiente de las pres<!?ripcio- 
nes de*los medicos, que esnecesario cumplir, trata cuantb 



124 tM BBoitsTos rmti rmaiUK 

pae^AS Ae distraei^la, emp^jtte por jirrancarla a sus penaa-. 
mientop, no la dejes. jamas sola, mu(^strate alegre y compla- 
cida, y talvez consigas hf^cer un mila^ro, adviiti^ndote'que 
le-iinloa peraona.que puede pperj^rlo eres tu; sin este espd- 
diente yo d-'sconfio mucho de sa restablecimiento, sin creer 
por .esto el caso desesperadp. 

— ^Oh! senor! Usted me ha dado un remedio ficil y que , 
es^de mi.paayojr agrado: copipiacer a mi n^adre, distraeHa, 
divertirl^a^ cuente usted conello, estoi disp^esta, dispueati- 
sima a ello. r , 

—rPara esto mjamo ^s preqiso tener su tdctica. Si la lle- 
vas a b^ailes, a sociedades ruidosag, a teatros, creyendo dis- 
traerla, puede ser que te suceda un efecto contrario de lo 
que esperas: esta clase de re^iedios dependen mas de la in- 
telijenoia, de la sensibilidad, dd carino, de las maneras del 
individuo que lo emplea, pues d^ otro mode es matarla. Voi 
a darte otro consejo mas, Luisa, por el conocimiento que 
tengo del car^cter de tu santa madre; practica primero esta 
dilijencia: haz de raanera que vaya a socorrer a los pobrea, 
que e8t6 siempre ocupada de ellos, mira que la caridad en- 
cierra consuelos infinitos, en un balsamo que distruye toda 
especie de miasmas, que prepara el corazon a dulces emo- 
ciones, que posee un tinte de tristeza que se hermanan con 
las otras tristezas, hasta que las dulcifica y las absorbe por 
cempleto, dejanio en el alma esa melancolia dulce, serena, 
inefabje que^e asimila a la impasibilidad de los bienaven- 
turados que estdn en los cielos, Yo no soi medico, Luisa^ t4 
lo aaba^; pero tengo la esperienci^ del corazon y la conozco 
a ella camo te conozco a ti.para poder ju»gar lo que mas 
conviene a sus uaturalezas. 

— Soi en todo de su misu^a opinion, y sin desechar laa 

prescripciones de los medicos del cuerpo, no olvidar^ la re- 

111' 

ceta del medico del alma. . . 

-rr-AUora^ hija.mia, es preciso, que te- haga otra adver- 
tencia. La sanora dona Juana no ha queridp aoeptar 1% pro 



LOS SEOEEf 03 DEL PU&LO. l2i> 

posicion quo le hice de acompaSarla; pero si algo se ofrece, 
si en la cosa mas insignificante puedo yo series iitil, no 
tengas el menor erabarazo en hacerme llamar en el acta. Yo 
te lo-asegtiro, prefer! ria ir desde luego, jpero mi amiga^se 
ha.re8istido y no quiero contrariar su voluntad; y ya que 
hablamos de voluntad, debo tambieri advertirte que es mui 
conyeniente que no encuentre el. menor obstdculo a sus de- 
seos: cualquiera oposicion agravaria el malde que adolece, 
porque, independiente de sua sufrimientos paorales,.hai una 
surescitacion escesiva en su sistema nervioso, proyenida tal- 
veK de la fijeza de sus ideas y de otras causas que no me es 
dado con ocen 

— Si supiera usted, genor, cuanto le agradezco sus con- 
sejos. 

— En^re nosotros, mi querida Lui^a, no debe haber agra- 
decimiento; somos una misma cosa, una misma familia. 

— Dice usted bien, senor: su apreclacion es mas justa, maa 

lejltiina.^ , . -.; 

— ^Quieres ahora que te ayude en tus preparativoa? 
— Deseo mas bien que haga corapania a mi mamita. , 

Eloisa y Ceforina, acompanacLas de las sirvientes^ rid pa- 
raron ,nn solo instante', quedandd todo arreglado eh 'ese 

^ misnao dia; asi es que al siguieute el cocbe estaba Hsto para 
marchar y los caballos de refreaco apostadog en distancias 
convenientes'para hacer el viaje sin dilacion, y que no fa- 

,.' tigase tanto a la enferma, jpuea larapidez en la marcha 
hace menos pesado ua larm camiho, siendo las doce de la 
noche cuando el coche de dofia Juana, acompanado de dos 
inquilinosj. se par-aba en la puerta de la casa calle de la'Ca- 
tedral, siguj indole de atras otro grande y pesado carruaje 
en que yenian las jsirvientes v los equipajes y el cual no 
llQg6 sino sd VQnirel ^ia. . . ^ ^ . i , t 

Esa misnia noche Luisa install su cama" en^ el Quarto de 



126 um ncBSStiM dxl mttLO. 

sn madre, do qneriendo por an momento dejaria sola^ paes 
de e^ta manera podia seguir cod mas escrnpalosidad el priD- 
eipal coDsejo del solitario, qoe coDsistia en distraeria cods- 
tantenieDte y do dejaria, si era posible, entregarae jamas a 
8D pensaniiento favorito. 

Al dia signieate, casi antes qne Dios ecb«!ra sas laces, 
Laisa estaba ya ea pi^, yendo en pantillas al lecho de sn 
madre para ver si dormia, solicitad tierna de que partici- 
pan los hijos realmente amantes y qne es ana especie de in- 
demnizacion de aqaella que ban tenido por ellos las madres 
desde el momento de venir al mnndo. 

SalUfecha Lnisa de la serenidad con qne dormia doBa 
Jnana, baj6 al jardin y entr6 en su pabellon. Apenas en'el, 
se le present6 la imSjen de Mercedes, no olvidada, pero que 
hasta cierto panto no habia ocupado su corazon con esa 
fijeza con que pensaba en ella al principio* a cansa'de la 
preocupacion constante en qae la tenia la enfermedad de su 
querida madre. 

Los recuerdo?, por lo jeneral, no vienen por si misikos, 
sino que nos lo traen las cosas anteriores, esplic^adose asi 

» » 

el fen^meno de qoe a la vista de an muebte, de an color, 
de an sonido y hasta de un perfume, traemos a la memoria 
la persona, las circunstancias que se ban sncedido, los acon- 
teciMiientos que ban tenido lagan b^ aquf la 6ausa porque 
hai ciertos muebles que nos son tan queridos, pues ellos for- 
man parte de nuestra existencia, evocando recuerdos qoe 
DOS ban ^ido gratos. ^Qui^n no ba esperimentado estas sen- 
saciones? Qui^n? Talvez no bai on ger en el inundo que no 
baya sido afejtado asi. Talvez no exists un solo animal qoe 
DO participe de iguales sentimientbs. ' El pajirillo debe re- 
CODOcer sin duda el drbol en que bizo su nido y que f.;6 el 
teatro de sus a mores, cuyo frato deposit6 en ^, y a sd kola 
vista traerd a la memoria la alegre e inocente histbria de la 
pasada primavera, y asi como ^1, tbdos los seres en quo se 
denotaoi'lM ef(9wtjB de la volantad en major o menor escr 



LOl taCBXSOB ML tXJt6U>. 127 

la. \Qxx6 de estraflar era, pues, que Luisa recordara a sa ami- 
ga y se entristeciera con solo este recaerdu! No estaba dis- 
tante la ^poca en que habia cantado con ellp, cosido con 
ella, jngado con ella. . . ^Y qu^ seria ahora de esa pobre 
amiga? H^ aqui la reflexion primera que se le present6 a 
Luisa, e hizo el prop68ito de iriformarse de Mercedes en 
aquel mismo dia. De Mercedes a quien amaba tanto, com- 
padecia tanto, admiraba tanto... ^Y por qu^ no uecirlo? ^La 
idea de ver a Enrique no era la que raenos influia en el ^ni- 
mo de Luisa, y una especie de a'egria triste hacia latir 'su 
corazon de vfijen. La e^^peranza de que en pocas boras esta- 
ria en xntima relacion con su amiga y en pr. sencia de su 
amante, la sorpresa agradable para una y profonda para el 
otro que se lisonjeaba causar con su vista, esa delicia que 
lleva consigo un acontecimiento inesperado cuando es fmis- 
to, el pensamiento de que en esos instantes se encdntraba 
en la misma ciudad y respirando el mismo ambient^ que 
respiraba Enrique, todo, todo, vino en aquel momonto adi- 
sipar en no pequefia parte las penas que hacia tiempo la 
consumian, los temores que no la abandonaban desde que 
lleg6 a percibirse de la lenta pero progresiva decadencia 
de su idolatrada madre; porque el amor, a mas de ser el 
manantial de los mas deliciosos y puros goces, a mas de ser 
el verdadero y solo nectar con que es capaz de embriagarse 
el alma, hace las veces de un narc6tico para el dolor; y 
cuando no consigue desterrarlo del todo, ca^ndo no lo con- 
vierte en dicha, ze asbcia con 61 y lo suaviza o dulciflca, de 
tal modo, que en el mismo sufrimiento encontram s alivio, 
y una melancolia que no carece de encanto se apodera de 
nosotros, sin dada porque sabimos que hai otro ser a nuea- 
tro lado, o diremos mejor, otro yo que ve, que siente, que 
piensa lo mismo que nosotros* vemop, sentimos y pertsamos; 
asi es que cuando Luisa volvi6 al Ldo de su madre no pudo 
^ftta menos de notar el cambio, dici^udule: 
— iComo me gusta, hija mia, verte 4sil Sabes qxd tu ale* 



128 Um 81GE»08 DZL V^JtAUK 

gria 68 el remedio mas eficaz para mi alivio: ten siempre 
cnidado de tentr el mismo semblante y te prometo sanar en 
breve, pero no vengas a finjir, conte3t6, porque yo conozco 
perfectamente cuando ea postizo. 

En segnida hizo sentar a sn bija a su lade, le tom6 nna 
mano, y contempl^ndola con tierno carifio, le dijo: 

— Eres mui hermoaa. jComo envidio la felicidad del hom- 
bre a quien acompafies en sa carrera! 

— Los ojos de una madre no son los mas imparcialas jue- 
ces y SU9 fallos no merecen entero cr^dito. 

— jAh, Luisa, yo te conozco, hija mia; s^ cuanto vales! 

— jOh, mamita! jQaiere usted hacerme fatua? 

Y la hecbicera j6ven abrazo a sa madre colocando su her- 
mesa cabeza en aquel seno que la habia alimentado y que 
todavia la alimentaba con su ternura. 

Dona Juana lloraba en silencio. 

^— jMamita, esclamo Luisa, apercibi^ndose de las Idgrimas 
de Bu madre, yo sol una imprudente que en vez de alegrarla 
la entristezcol 

— OJald todas la? penas faeran asi, que entonces solo ha- 
bria dichas. 

— Pero estas emociones no convienen quizi al estado de 
fiu salud. 

— El placer nunca dafla, hija mia; y esto es tan cierto que 
quisiera dar un paseo despues de almuerzo; me gustaria rev 
la alameda que ha sido siempre mi lugar favorito. 

— Nada mas facil, dijo Luisa con alegria, y voi a dar mis 
6rdenes para que todo est4 listo y no haya que esperar, ni 
lugar a arrepentirse. 

Ann cuando la hora no era de aquellas en que se acos- 
tumbra pasearse en la alameda, do&a Juana vi6 con gusto 
aqael hermosisimo sitio de- la populosa ciudad de Santiago 
donde concurre diariamente lo que hai de mas elegante) de 
mas rico y de mas aristocr^tico en nuestra sociedad. 

J)« vuelta del paseo, Luisa dijo a su madre queaeria con* 



veniente, aun cnando se liatiera mejor, hacer venir alganoa 
medicos para que la examinas^, j dofia Jaana accedi6 nada 
mas que por complacer a sa hija, pae3 ella estaba persna- 
didft^qne'tddo midicamentO' seria iaeficas. : ^ ^ ^^ 
^ La JQnta se hiso en aqael mitmo dia y la discnsidti Ae Ibd* 
fketiHattvoSy despaes del ez&men, fa^ mai larga, 3^ no' p^r/ 
mit^erett qae algoien asistiera a see deliberaoioiies,'io qttf 
dejaba edponer que la enfermedad era grave y comfdi<Mldiai,^ 
qaedando dos medicos de cabecera, nno notnbraido pt)^ l$t 
JQBta f otro al gtifito de la enferma. 

Dofia Jnana, a pesar de este aparato de loa hJjos d^ Si^ 
p6cratas^ ettaba tranqtnla; y el baen hamor com qae babift^ 
priacifpiado aqoel primer dia de so residencia eti il^niiaf^Of ' 
no se altera eo lo menor. ' . » .: 

Loisa, despoes de haber atendido a todo, y viendo- qt^ 
sa madre se preparaba para dormir la siesta, le dijo qu^" 
peosaba ansentarse por on momeato para ir a Ter a Mdr^? 
cedes en eompallia de Ceferina. \ ' 

•^Por qn4 no me lo proTinistes antes, mi qnerida Ltdsa^ 
qne hnbi^ramos ido juntas: teogo tambien mnohos deseos 
de ver a esal pobre nifla. 

— Come usted queria ir a la alameda, no me atrevl a pre^ 
poh^mlo. \ 

— Has hecbo mal, pero ea nn mal f^il de repianir ^^ktfi 
y^dola. » 

— ^Me lo permite nsted? 

-~Np solo ie to'^rtttito sinoqae te lo orden^, «n caso 
que no haya incon veniente de su parte.' ^ ^ '^'^ 

—{Oiidn felia? ine kace usted, mamita! ' 

— Es decir que yo tambien lo soi, por que tu ^elieldaid 4Si 
la mia; ve, hija querida. " i 

Loisa ab c(e kiao repelir ta 6t4M, y beiMtedd ft la on- 

dre, parti6 en compa&iade Ceferina. - * -^^^ ^^^ 

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/: 



En ese momento^ 6l aorasoB da la j6v6a rebbsaba de fe* 
UeidiA. }Ca£a deirc^a no^^aba, €ira:aiabargo, del desengafio 
yide la deBgvaciat As! es la yida hamana: alll doade cree- 
moa eQCidcitraFla dioha, ballamosel suf imientx), y la espe- 
i;aiMai cisuefia- se /transforqia ea uda r^aUdad eruel y tanto 
m^& p^Qosa euantp mas iaesperada. 

Laisa se presento al coQvedtillo kn compa&ia d^ sa ama 
dci leeliLe. Sa prim^^ mir ada se diriji6 al foado die la an- 
g09ta;ca}l6. Las puertas, corr^spoDdieates a las habitaciones 
de la faiailia Lopez estaban cerradas^ y esto solo^ sin otro 
antecedente, le cau86 una impresioa de susto y de doloK te- 
una qae habiera aacedido algana desgraeia, y baj6 del co- 
<^e con; precipUaioiaQ para cereiorarse ^or si misma, pre* 
g%§|fD^o 43011; apsi^dad ppr M4i!!e^Sj&iag»:>pcimwaptt*aaiw 
que encontro en su camino. pr, * o'> >a .' <::t: *: ' l;: 

j3drSaieiBii^'^ii^na|W^,fifi^ q»e.'aaf:hfti^ri(la'Bl caJapo? 
90FmQ(m^. i^P linn yia ^^ -: ^ / ^^ . t . 

— Volverdn luego, senorita, porque^haavdejadatodos^iia 

— ^Ha sucedido algunas desgracia? For qu^ ban abando* 
nA^9»^jpasa? .} I.-". -.^-y' ••-■ • 

— ^Ninguna otra eosa ha pasado, senorita, salvo la pr&iaa 
de don Enrique. ^h^< ,r -^l.^^ ? , 

ipr-jIjA p^isi^a di3 Enrique, dio^Iiiate^Jo^L^iw perdid 
completamente el colore -j ■ . « rr ; ; ' r • . 

— ^Si, seSorita, se endueutrdaj^ra i^ pobre J6ydn en la 
pienita)[ijbiHria.. ; ti : .: 

— [En la penitenciaria! ^C6mo? Poi^.^a^?. ..^ . 

srrrPei (|n^ 4>^ jB^eti5 Qftfocrtt<%tMib(w driit'2ft^ d# ftbril y 
ftt^ hecho prisionero. •^'^h* ,0 ol f if. a^tjo.: i: ^ • ^ 

— jEs posible! 

-~Es una l^tima mui grande, sefiorita, porque el pobre 



joven era mui baeno j mui qaerido da todo el mupdo.«. 
Desde que se fa6 de aqol la familia del sefior Lopez estamof 
padeciendo... listed no pnede figararse la falta qm nos 

liape. 

— Lo comprendo; {pero se sabe la senteDcia que ha re- 
caido sobre don Enrique 7 el lugar d6nde eati an familia? 

-^Si^ senprita, la sentencia ha aido dura, mui dura: cia.eo 
afios de penitenciaria,- 

— jCinco afiosi 

— Y eato se obtuvo por empeQo del padre que fu6 a Ter- 
se con el presidente, quo a la vez de conmutar la pena a 
don Enrique, porque habia sido condenado a muerte, le 
di6 a 61 el grado de teniente. 

— ^iQinco afiosi volvi6 a repetir Lui^ con desaliento, 
(Cineo afios! esto es una eternidad!... 

— F^ero mas rale esto qae lo otro; asf ea que he vift^ a 
toda esa buena jente algo resignada, 

—iY^ en d6nde eajtdn ahora? 

—En cl cam|)9, - 

— jPero en qu^ campo! ^ 

, — Nadle lo sabe, aefiorita, porque partieron dici^tidonoa 
Bolamente adioa. {Oh, aefiorita, loa habitantea del convea- 
tillo lloraron y cada dia loa echan maa de menoa. 

— |Ninguno tendrd maa noticiaa que uatedt 

— Asi lo creo, porque jo he hablado con todos 7 nadie 
ha aabido darme razon. 

— Voi 70 a informarme personalmente en cada uao de 
los cuartoa. 

Y la aristocr&tica j6ven ae dirijid de puerta ea puerta 
para indagar la verdad, pero todos le decian lo miamo que 
ella sabia por indicaciones de la persona con quien habia 
estado hablando. 

Ooando vi6 que toda dilijencia era in&til, aubid al coch^e 
llena de un mortal desalieuto. 

Apenas vi6 a su hija dofla Joana que coaoei6 en el acV^ 



'132 ■)Loi'^iSa!Ao» mix, raiatak 

■qde k habia snced^do algo de grkv« y de pendsd,' pregun- 
tindole c6a pkcipitaciori. • '■''--.-■ • 
^ '-•YtWei^'Lfiisari'qudiiaf'tle'SQdror ' ' 

La j6ven por toda respnesta rompi6 en soUozos sin poder 
dorfiftiarsfe. ■ '■'•''•' "•■" ■ • " 

'''tftitsL Jatoa^que' 'C6ii6(3rd a rfu hija, ^ne rfabia por espe- 
^eudia'^e, ai/)egdt d^'^u 6s'quisita senslbifidad, rara&ente 
lloraba, se alarm6 sobremanera j volvi6 a preguntarle: 
— Pero dime, hija mia, ^qu^ ea lo que ha sucedido? 

''Xitisa coat6 entofid^s a sa ihadre ^todo caanto I9 habian 

'*' —Ed verdad qne e8 hna desgracialo que ha pasado; pero 
Ho 69 irreparable, Ser^nate, hija inia, que talrez en poco^a 
^ffiw eirtatiS Enrlqiie 6fi libertad, pufea yo'aoi bastante ainiga 
de Biilnea y de otrasmtichgus peraonaa' ibfluyenteaj y no 
^ttfto'que cbiiftigttirS su' jierdon, porque at cabb ese j6Ven 
no ha cometido ningnh delito. ' 

— ^Ninguno, mamita, ninguiidj p'era'^dicea Ique M pri- 
meto^oondenado a muerte, lo que prueba que debe haber- 
Be oompropietido demasiado. . '. ' 

»o. J^T^lvez; p6Vb efatjre hosotraa lo ha6e tbdo el inflajo, y yo 
ll!ue'6re6 coh'bastaitte'pbder para alcanzur un favor que, no 
conaidero i&ema^aab grange; ni^naaa inismo bare "^sta dili- 
jencia. ^ . ' 

'' Liisa Be'trikdiialll26 M'tanio po^^in^ 
era mui cpnaiderada en todo Santiago.' [ -i^ - 
"'* Al dia sigiii^nxe a'pesar del*e3tado de langui'dfez'en^que 
se encontraba y a peaar d^ la prohibicion de loa in^dicoa 
'quele filibiari prescrlko el' nia^br'Teposo, dona Jdana se 
^A5rij\tf 'i palarflo; ddnde fa^ Inmediatamepte recibida, (^eto 
^d^^doiid^ no'Bat56 otrk c<isa qiie vagas promeaaa que, por su 
incertidumbre) aigmficaban maa^bien una hegatiVa disfraza- 
^aa coif btlenaa paWbras.' * 

Esto no desalent6 a la se&6ra,\8inQ que se diri]i6 a lias 
^toa' ^fe'dtre^'^erab^jfesf 'Mdyei^^^^^ tkmjfocb 'obitener 



inejor resaltado, hnsta qne fatigada por tanto8 viajes y mas 
todavia por el mal ^xito, cosfb^ne no se habia imajinado, 
Be diriji6 a sa domicilio abatiaa ffsica j moralmente. 

tro i9terrog^d9)ia,oojQ ^^Tfi^ta y,po,Q J^,pjjla^,ca.J^ , _ ['. 

Dofla Jpapa se soani ti^temente'y. le Sijo: , : , 
. — Hai e8per9nzaa,:bj^ft f^ia. Enrigae debe h^berse codIt 
prometido denjasidp, por cuya razop no he ;obtepido on'.'re- 
snltado inmediato, f per^ me ban hecho prome^p y Id que 
DO ?e ha coqs^o^dp hoi ^^^ (^IcaM!8r440Jap,ana. , " ' 

Dofia Joan^, ^cpmp^^e y.%. ocaltaba a Jjuiaa el mal ^xito de 
808: dilijeoc;^ ,porqae qn^ria aborrarle ese pesar, ffuardADj 
dolo^gar^ sijE^^m^jpn^ gQ,le ^ra^jqdiferente lapripi9n ae 
Ii5nriq9,e;,ain ppi|b^i;g^, jqij^^'fe''*?''*'''*.^^ ipt§^^3 *9^r8 d m 
ffk^dte y ^\Ae jflL-hija!, ^ dona Jifan^ ^ijbip^ cojarabrftdo 
Ip. ,qfte pasj^ba en ,el .a^m^jd 6.^91^3^ Jialjiera _5^d,o u ti" ,§plfge 
(Sp-^mnerte para ella, taoto por laMesjgaaldad de l{i3 perao- 
nasj cnftnto porqi^e h^rii^ ponj^rc^dido, la intensidad del 
dolor de.pu hija; p^o afortans^dameDte sns arraigadas pred- 
cnpacioD^ po^iai^ ,apa. Q9pesa|venda sobre fins ojes, pues 
habria dsd^do lia&t^ Ae It^.^vi^dQaqEv-misnia ea caJso que la 
hubieara'corikocido o yisto. ,, ,. . , ^ ^", . .. 

Al dia flignie^te 4offa J.aan^ ^Pf??^f;f§ ^^ 
«1 anterior, fo [habipndo 'P^r .e^tej^gtjiYO p 
practicar nnevw: ^iluenciaa par^i'cpi^egpir. U 
Eni^qae, y ambaso^s^ haJ4w.^^Tfti'''.^-^°h 
4e wmja tri^teza, trt^gz^ qui^ ^pe.ip^as tenU ,^ij 
■imalar deJftDt«desq;nywJrfl,!j, . ^i ■.. 

IHtiempq qqrBa.ain etpbsrgo^sip.qBe ,doBfi Jaan^ c6n- 
pigweaejcdtmenQi-aliyio; y.fi^, cuie,^.i;a7ie3e la (neppr.n,oti- 
pia d« Enrique y de.|sn, fijipiilia, ^ P^aar detodaa lap pea- 
qnia^J^edi^ eacrupi^lafliente.pOT .Cefei;in(^ ^qe Vtiia i;ec(- 
-bi^oja 6i;dea ]de ,Jj«isa y, qije ejla misi^a.pr^tica'bajCqb 
•amai^tereBf , -v,;.-!,; ■' .;,..,■ _ .,' 



199 91011109 Mil fvilM 



VL 

Los medicos asiBtian a la enferma diariamente 7 hacian 
jnntaa ood frecuencia, pero sin resaltado algano: los sfnto- 
mas de la eafermedad eran cada vez mas alartnantes y per- 
dian la esperanza de sanarla, pnes habiati ensayado dife- 
rentes procedimientos y todos ellos i&fractaosamente hasta 
que do8a Jaaoa dijo a los facaltativos de cabacera: 

— H^blenme con verdad, sefiores, y sin el menor temor, 
pues bace tiempo que yo estoi persaadida que mi mal no 
tiene remedio y qne sns desrelos son del tbdo perdidds; 
sin embargo, yo accedf a llamar a ustedes por ciompkcier a 
mi bija solamente y no porqae alimentara H menor espe^ 
ranza; pero el tiempo ae acorta cada vez mas y yo neeesito 
de descanso; neeesito de todas las boras qne astedes me 
arrebatan con sus medicinas, fatig&ndome indtilmente, y lo 
que es peer, aburridndome, porqne esa misma fatiga me 
esten^a. Lo que qaiero saber ^nicameate y lo qne agrade- 
cer^ a astedes serd que me digan cu&nto tiempo me qneda, 
poco mas o menos, dejando obrar a la naturaleza qne es la 
mejor facnltativa; pnes les prevengo a astedes que estoi re- 
suelta a no tomar una sola cncharada de ningun mediea- 
mento, pues be becbo el prop6sito de defender mis uHimas 
boras gozando al menos de algun alivio fisico. 

Los dos medicos se miraron el ono al otro, sorprendidos 
de aquella serenidad, de aquella apreciacion justa y de 
aqnella decision enSrjica; y uno de ellos conte3t6: 

— Con personas de sn temple se debe tomar un cainino 
distinto del que seguimos con la jeneralidad. Pues bien, 
sefiora, no nos es dado a nosotros afirmar como usted que 
la enfermedad de que padece no tiene remedio, pero la ver- 
dad es que no lo bemos podido encontrar. Usted tiene ma- 
cba razon en dejar obrar la naturaleza: hai varios casos en 
que nosotros ecbamos mano del mismo espediente y siem- 



} 



— Est4 bien, sefiora: ^sta serd naeatra 6.1tina4. visStJu u « 

— Y talrea ^a iriaa :p]lo7e(ihosay 'puesto .que,.i?Qeibird. de 
Bstedes tm aviso da maobia interespam nu; {oaintoa^^iAP, 
Aifiores^ me qued^t'iiii d^jndft?/ • 

Lo8 m^diooai volviertyaa wfw^?© y ggard^r9n ^Ueqqio.. 

— Vamos, contiaa6 dona Jaana, no hai po^rrqu^ 9i^fi8<(fir49; 
este es el linico favor quffil^ pldo, poxj cayaraz^n heidicho 
y oreo eu realidftd qdeao^it a^r4 la mat provQCrho^as 4a^a3 

— ^Sellora, a esta clase de pregaotas no acoatqmb]!dm(sp 
responder, tan to porque pQdemo9 eqaivocarnos f4cilmente, 
ctianto porque hai mucbo peligro en bacer semejaui^e^'^i^ 
fidenoiasy &an Quando las solicite el.enfe^mp* > .^ ^ .;. -tui 

— Yo no exija la certidumbi!^ absplu^^ Mix(k IW'firpbftW- 
lidades; y si ustedes se equivocan, ^^nfce, qu»i6i3^(jadrwa Te*- 
ponsables! Ahora por.lo que haQe aI peUgrx)| yo no 1q: Veo; 
paescomo les he dicho a^nteri^rj^ente, ^aMa^ quQ pdi ix^l 
era inoarable y estaba confer me y resigbad^ cproa 1ft estoi 
ahora, de manera que bajo este panto d^.- m% UQ -tlenen 
ustedes razoa en negarme el favor que les pidp. ;.,./, */ 

— Aecederemos a,su vol Bin tad, sefiora, pero ppriiittaRss 
nsted de deliberar un momento entire qq^^os, * 

— Poeden pasar iistedea a la pibza ipmediata. 

JjoB dos facnltativos se dirijierbn en sil^ncio al <?oart;D dp- 
Bignado donde conferenciaron compjun fcufcrto de boi-aiy 
euando volvieron aldormitoria^ijo a dona JiiajOA.^l laispio 
medico que habia hablado antes: ,^ t ; , ; - ,,^ 

— ^H^mos prevenldft; a uaM-, seaDra, qijbe : pi^iM^s ?qui- 
viocar&DS, y ojal6 lo qiuera Dioa; pei!p d^. n^efttr^p^qlgiftt?^- 
cioi|e8.dedaoimos que pnedie prolongarse S'U yi4a^dei !^ a 
tres xfiussesi si no esf^rimdnta.en este tiedipo eonti^ai^ift^^d^s 



HiM'hwnBa se faAllan 48ipawtM a bb alaqive repMlsio y fil- 
nesto y con mas razon las enfermas^ especialmente aqmHaa 
qae tienen afectado el oonaon y enyo aistcma iiemoso es 
mai4elicado. 

-^Gracias, aefior^s, tespondid dclhi Jaana coii':iiba cienri- 
•M que revelaba ana gran «aiis&ocioii interior. {Das o tMi 
miases! Tengo tiempo de sobra: eate ea el major madioamflBi- 
ta'^ae nstedes me han dado; pero todavia solicito deostcides 
tA nn^to permiso. 

- ^^Estamos a sn diaposicion, sefiora. 

— ^Deseo que mi hija ignore compl^Umente A fiila de 
nstedes, gnardando sobre esto el mayor secrete y ano A ea 
^odible diEndole esperanzas. 

/ ^^Oampliremos con lo primero, sefiora; porqne ti^l^cz 
il^gado el caso, la perjndicaria a ella mas qae lo' aegundfo, 
porqae una cosa que no se espera impresiona mm: de^moa- 
la al menos en esa especie de dnda terrible, en vetdad, pero 
que Sotftiene la esperanza. 

Dotia Jaana fa^ de la misma opinion de los medicos qn^ 
'se retiraron admirados de la presencia de dnimo de aqnel^Ei 
sefiora que todavia j6ven y rica podia exasperarse por la 
prd^midad de su fin. 

Gnando hnbieron de^aparecido los facnltativos, defia Jna- 
' na llatn6, como de costnmbre, a sn hija qne la encoQ(a:6 mas 
alegre y satisfecha qne antes, poni^ndose a conv^?sar con 
ella sobre sn enfermedad y las probaUlidades de combatir- 
la, llegando hasta el grado de persaadirla qne no le conve- 
nid la Tkite de loe medicos y que seria mejor despedirl*, 
l^ntd faia» cnanto qne de^de qne la visitaban no habik reoD- 
nocido el menor alivio. 

s 

' Lnisa conrino :en las observaciones de sn n^adr^a y no^^on- 

<A\A6 la tsienoi* sospecha del motiro qne baoiarQliBatisaios 

^ m^i^;^' lidonje^ndose en qme tailvea sin medioiiLas'iiodia 

' satiWfite;' ^ue& h^ia visto qne las difi^ntes difogaaiqoeile 



'UkaA^fulMit las <tdiHiib« aitepn-'oon Tepn^oHwriahftta^* 
"Ibtg^^.-' ■ ■• • • ' ■ "•-••.■■.•■ 1 •■'■:. •r,-.-- 

lA' ^Madbn evf (\m M eQcofitrabA' > Jjoum im mm trmtp: 

Enriqae poF otrsi y^U f^ndraiMia eiunpIatimebBe'JaTmdoii- 

'cia-4e Mei^oe^es 'lablam abKtido ^e 'ial madera sa espfrita 

qae ktibSa Ilegadb tbtiibi^to k fMtntirw 6a oaerpoj-peta itenia 

particular cuidado de ocaltarle a dofia Jaana lo que €0pei$ 

mefbUba^^y era tan di^st/a y tan floa en apaFeotn^ttlcon-. 

tento qM iid> dentia que la engafiad^ madre le regodjaba 

f^te^ormeate de ser ella qpiea: eilgafit^ba a aa^ hijai' suitoa 

' liipoeri^firias qae^ proporeionatban a aqoellaa dbs almaa idia 

espe^ de satififaocion ^n medio de sob aBga^^iaa^ * . ) 

LaB oofiifidenoiae de Lqisa eras ooa.Ceferittfi.« Eaeljoailio 

4^ e6tai segtmda madre dtBsahogaba hi nilift Bu'dolf r<par(Icii- 

p^dbW SUB' teixM>res y si iia> bYbtera traid<^ este, petjneKo 

alivio, sa^'peaaB babrlan sido maa inteBbas Uev6iidQla;q^izi 

hasta la d^des^etafmdti^ peni^ Oeferina-^endiBlzabatfnt (feBfet- 

rea hacienda r&v'um. bus e&p^iinsaB, ya fdemreepectOra.la 

enfermedad de dofia Jaana, a la^ ansdnoia de'>Mieirxte(l6B:i joa 

la priBion de Enriqne, Bobie oaya libentad no^^ehal^iattipo- 

' dido hacer nnevas diltjenmii^a caneadid la maj^br^Ostdriic^^ 

en qnie haiUa eaidp lasafiiQita desde el dra* ef^ qtt€rTi»|l^fM^r ' 

primera ves, no/akij&viidndbse LniBa rdelMle^ ent^n^e» #i)sol^i- 

tar de sa^madure nh SB«ri£?eit>Tde esta mtwaJi^Ba^^eA^lifiinifr 

Ingar, porqae aun cuand^ aaloxhubi^ea: ptop9e9t<^li9(>9)lil^- 

neamente^ ellataiarfkanlolo iiabH«( ae0p||ido; y-^B^gsndo 

fperqnei habria 8idbr£lbBlliiiBetKHnpIeti(i«ei|tQ|4^ ^a 

£impresion pvofunday aamaiOiBiifte ^opw iqiie.^iit^lgd^ ^* 

bria Bbr^Tiadc»TOa> Aiasv^ ipaf que] LiiiBa^QftPQiat liaata ftl (ftP^- 

'tto ebcagirado a que ]rl»^abi|n las 44eat^: -aciMofOi^iaBB ,d# , la 

•onadr^'';' r"w .'•>*••-[• - !\t ;c\.;)'Tf Tfi f'fji.i ./ •. I ,. - ... ; 

I Gomd feaoda ^ preanmiirlai poiroiaa taft^etm^) i^i»ejioBes 4e 

-ucbaa^ Jfloanaiy^ j^» xsMiaidearada^^i^a^biiKk ^j^riiA^f^ Mp^e- 

oigbBAfd^&mtm^: dw^t^hei4e[^ br]^ BOtlle^adii yl.«ll«^r- 



ISS 

inedad, redfaia «oii8taQtemw(e ^risitaa o reqados de todibi 
partes mand&ndose informar porsa salad; pero laapwaonia 
que renian diariamente y a qoiea doSa Jaana recibia de 
preferencia eran dofia Po^ra jr sa hijo^ coq qoifAiea solia 
encerrarse en an gabinete dorante largaa boras. 

Gaillermo hacia de rez en caando compafiia a L^isa 
mientras ambas madres se antr^teaian en sqs con veraaciones 
intimaa. 

Idiisa, oomo debe presnmirlo el lector, no aabia nada de 
los acontecimientM pasados en Santiago durante an perma- 
nenoia en el oampo, tanto porque alii se babia ocnpado escla- 
sivamente de sn madre, caanto porqne la desaparicion de la 
familia Lopez qne habiera podido informarla de lo aacedi- 
do no se lo permitia; de manera que no tenia conocimiento 
algano, ya faera de la intriga con Mercedes qne ella no ig- 
noraba pero que atribnia al artista denominado Victor, ya 
del proceso s^aido contra la tia Anastasia a quien jamas 
habia oido nombrar; asi es que recibia a Gaillermo con la 
misma politica de siempre sin faltar jamas a las considera- 
ciones debidas a la dase qae ambos ooapaban, pero sin per- 
mitir per esto la menor insinaacion que traspasara en lo 
menor los Hmites de esa galanteria natnral que exije el 
baen t6no y qne no significa otra cosa qae esas complacen- 
cias finas y f&oiles de nna sociedad cnlta y elegante y qae 
aeaeeptan sin acarrear compromisos de ningana especie 
sino qne se reciben asi como s^ dan. 

Sin embargo, Laisa habia notado qne Gaillermo no era 
fi mismo j^ven qne babia oonooido desde tiempo atras, en- 
contr&ndolo casi completamente cambiado, pnes lo hallaba 
ahora tacitnmo en rez de petnlante y desprendido, dir^moi- 
lo asi, de esas fri volidades - en qae baeen consistir los hom- 
bres a la moda todo sa mSrito; pnes ahora veia qae se en- 
tregaba y se entregaba eon vehemenoia a las caestiones de 
la polltiea, formando per e^te motive ana opinion mas ayen- 
tajada de H^ sin que por ello desapareciese el alejamiento 



fnftH^tiVo qtteliftbia tenido siempire por «9te snjeto qiAs ha- 
efalas d€Si6ia8 de la soeiedad femenina de Santiago f taWez 
su orgullo, pues no habia niOa que no se pasease aatkfeeha 
ctir la'alaidjeda coando 61 le daba el bra^o haciendo ^ostenta- 
cion de ieste trianfo ante sns rirale8. 

Dofia Porfira, por sa parte, prodigaba a Luisa laa mas 
lisoDJeras alabanzas, rodedndola de las atenciones mas tier- 
Das y mas esquisitas; pero la j6ven patricia estaba mui lejos 
de dar nna importancia mayor a todas esas muestras de 
prefereocia con qne qaeria la madre de Gaillermo atraerla, 
pnes dominaba ea ella, sin saberlo, nn instinto de repnlsion 
que trataba de reDcer, pero qne le era imposible alejar a 
pesar de todos sos esfaerzos, porqae se creia iojasta al es- 
perimentar nn seDtimiento qae no tenia manera de ser ni 
motivo jnstificable para que ezistiera. 

Hacia ya mas de dos meses, desde el liltimatum de los 
medicos, ultimatum coDocido ^nicamente por dofia Juana, 
que la visitas de dona Porfira y de Gnillermo se repetian 
cada dia con mas frecuencia, pues solian venir por la ma- 
fiana y por la noche, prolongdndose cada vez mas las oon- 
yersaciones privadas que a yeces tenia la madre y a veces 
el hijo con la sefiora dofia Jnana, lo cual no podia dejar de 
estrafiar mucho a Luisa, porque habia ocasiones que se veia 
privada de ver a su madre, ddndole esta maniobra mucho 
que pensar, sin que por esto pudiera descifrar el enigma, 
que es lo que sucede jeneralmente en aquellos individuos 
francos por naturaleza y que son incapaces de adivinar una 
intriga, porque carecen de malicia, aun cuando les sobra la 
intelijencia; pues por lo regular la astueia acompafia a la 
mediocridad y la franqueza al talento: especie de compen- 
sacion que talvez estd en el 6rden de las cosas para equili- 
brar las fuerzas de los unos y de los otros en este mundo 
de sempiterna lucha; mas lo cierto del caso es que nosotros 
y con nosotros el mundo entero prefiere la intelijencia sen- 
cilia, que puede ser engafiada, pero que ea inmeneamente 



i^?fi^ 9116 jifA €p an^drciilo estrecho y qiie niuiQa pip- 
<dliiM,iM|jda^qiia po se xecoopQptre al rededor del ser Apoca- 
do^'PCiroflspecoUdor a:qai6Xi dinje y de ^[aiea ^sn cmf^ 
dad favorita, pero una cp9li4Ad eaeDcialmeatene^tira^ ^ 



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Dofia iTiiaDa esperabsi Coq tranqtillidad bu iiltitiib^Mtftiiftf- 
to, cafti pndiera decirse' cod alegrik^ pbi^^de' nii^^ntraii/'faiai 
sd acercaba el t^rmino^ mas contenta s4 matiiFestlibl^ i^ii d'e^ 
jar de €8perimentar por 6Sto motnenids^de t^tttda tne!an- 
colia, 8obre todo cnando pensaba eh'sb'll^,'y'el^'|)^tisal'^ 
miento la ocapaba ooDstantemehte...' * , ) i 

Kingana otra preocmpacion mortillcaba in Qgpirfiit| poi^- 
^M habia poestd SUB astintdi eoolpleiatiiei&to 6&*Mj^a'^ 
byit* lo ^fimo qae la a]fcorna[eataBa 'qae era A* p^retttir tb 
fn hija habia desaparecidb ^ii '^^rte^ por^ii^ Areii'lttftMf 
asegnrado sn tortana j con cfHa sv'felicldadj^'sfnCiencfe'fttil^ 
camente el teiier que separarse de lina niflk ;a^''^tti6ti atiiabtl 
tanto; pero en cambjoleuia Ids' ponsdelba de la ^V^fbn,' liS 
esperanza de la vida ef erna y con ellk liL feltcidad d6' oiihrse 
all& en loil clelbs eon s^ queii'dfo' espok^V creencla consblaft^^ 
ra qbe iiei liga con &a«btroa kf^cfcos de la tierra; qd'e ^oi 
abre nn horizon te de amor, que hace en algnnos hasta agra- 
IJabt* el terribte triiasito de la mtierte, qae ofrede^ conrae- 
los inefables a 1& desgracfa, ^uia niVela lai lerarqtiias Klf- 
manas en el seno de Dios, qae prodtace la i^esigoacipn' eh 
naestrbd infbrtanios, el alivio ett tinesti'as miserias, el con-^ 
suelo en nnestrosadVersidades, el irifid'e\)bnaniapa^^^ 
borrascosa exSitencia... Creeneia is&blinie qne seestienclea 
todos Ion piiebloa, que abafca a t6das las castto, q&e If^ga 
a todas las j^nera^idnes; qtie de enkeftot^sbbi^'lo^tS^pfod^^ 



U2 kM neiunoi hitL m&k 

que vire en la eternidad de lot siglos, que reina sobre las 
intelijencias, qae lleva el peadon de la iamortalidad huma- 
na tan alto para qae no haya ser qae no lo divise y para 
que no haya hombre que no lo siga, caalquiera qae sea su 
fd, sa relijion, su creencia) en todas e%%B jerarquias, en to- 
doa esos escaloaes en qn^*^ pbr la dirltta e inescratable pro- 
videncia nos hallamos, sin darnos caenta de la caaaa, o lo 
qae es lo miamo, de los designios del Altfsimo... 

Ya lo hemos dicho, esa confianza en la eternidad de la 
yida hacia qae dofia Jaana taviese valor, y como solo le 
qil^Qba por arreglar iin asantp &q|co, el mas i;|a^ortante 
sin^dada^ quiso desde l^egp abordar e3ta cueat^n antep^ q^,e 
U foltjtrft el tiempp; y aun ca^ndp np. le . ffustabit. entrftr' Sjp 
en el^ razQ^ per lo qae habia preferido dejarla para Ip 
Ultimo, ya 8^ hftcifi indiapen^able espl^faj;8^ y,un dif^ porU 




5j9J9(ien|^paf a pisar rpgiambralea de, 1% et«f pi^^4-*^^^ P^^ 
jjg^,A la Yea de parifi^ara^, queria . dar tod^ j^ ^jgray^ftl, 
to4ii la ^ol€a;npidad poaible a la Ultima e importante bon- 

Yeraai^HMK que iba a tener con sa amada hija. ^ 

JLiusaentrfS al dormitorio d^ sa madre at miamo tiempo 
qup ^, coijfesor salia; y eate en6aentjr9,..p^e8ftjio f^riebro; de 
fui^ prpjita.e meyitable ^pparacwo, ja QOQnjpyii^p^o^a^d^iir 

^®? • « ■ ' •. ■ .-'■' ' '• '' ' ''rod u'y 'r.'i 

Pofia Jnana couocio en el aqto la ingfM'eaipo.qii?.. hmv^ 

reeibidp sa hija y atray^adola a 91 coq cariSo^ la dijo qoq 

1^1^ serenidad dalce y amoroaa. 

— No te asastes, bija iiiia, paes ahora me. encaentro flifgjor 
gue nonca y cisi teoj^p esperanza d9 aliviar.. 

.7 en efecto,^ doGa . Ja^oa, tenia efx eae niojjiento on 9pW^ 
blante alegre j qaai riapefip; j saja m^illa| on tant9 ftn\am- 
dw po? on l^^ro canaiui p^reciiinproaajiar la yaelta a la 



mk mmatm mu mnmuL I4i 



salud, el prindpio de una falk eonvtlMoeQcia qaa prometia 
una proloDgacion de vida: tal es el efecio que eama jrae* 
ralmente la sati^oion inttrior, la tranqailidad de la cdn- 
cienciai el gooe del alma. 

Loisa al cootemplaria vi6 que aa madre deeia ¥wdad j 
le tranquiliz6, dici^ndola: 

— Lo confieso, madre mia, la vista de to confeeor me biso 
temblar, porqae creia... 

— Que habia Uegado el 4Itimo momento, {qo es ver- 
dad! Paes bien, hija mia, ya yes oamo te has equivocado, 
ya ves como me eneaentro major y yo tambien lo sieato 
asl , 

— Entonces, ^para qui el sacerdote caya 14gabre prasen- 
eia oprime el corazon angarando la desgraciaS 

— ^No babies asf, hrja mia; ese lengaaje solo puede eaca- 
sarlo la impremeditacion qae ocasiooa el iaataatAaao tiifri* 
mientOy pues si t4 bobieras rsA^jiioQado, te* ac^re8arta^,<d#^ 
otra manera; porque el sacerdote^ parsi tia cat6Uoo^ l«|)0S'4t 
fKT un Bvotivo de espaatOi lo es de oal»a; l^j.os 4f tf atr ]m 
oonstemaeioii, traa el aoiis»elo; lejos de itt<HrtifiaaniQS$ atiTtaf 
y ano se transforma, direlo asf , con la ancion de sa satta 
palabra. For otra parte, nanca debe esperar el cristiafto los 
postreros momentos de la yida para camplir con loe pre-, 
ceptos de nuestra sagrada ralijioo; asi es, qae no porque 
hayas visto salir de mi caarto a xm saoairdota, me eaaoen: 
tro ya en el 41timo estremo; no, hija xaiB^ no he aguaYdado 
yo ni agnardar^ nnnca esos iostantes Uenos de ansiedad' 
para dedicarlos al Griador,' poes me gusta mas go^sarme en 
la esperansa de nna vida eteitia qae temerla, prepari&ndome 
de antemano para entrar en ella sin qoe nada deje en pes 
de mi.. H6 aqai la aaasa, hija mia, porqoe me he bafEado^ 
hoi en las agaas cristalinas y parificadoraa del Santp Saera*, 
mmto de la penitencia, ocap4adol»e a la ye% de lo qne 
mas amo en el iftnndo,.as d«<4fi 4e t^ pefoepn esa HMfii- 
dad qae axiata en los cielQ8^ ow^ eie ddspreadiim^o^ ^e|it 



t# A$'PitolaMB,Jci(m MftVdiMMad ^M-Mlb qiqeni'd[ bio^flu: 

riA /tidily bfjJi mil , e» niiii'itmikaiovifif widai ilbga&.« eL 
Urmino de ella es lo que liai de po9ttii^6, Hclqveliittf^^cier'*' 
t#, y^ ti6'|»od«oiotf esoosatlD tti* debediDs aetttirlo, pocqae'.es 
una verdad, porqae es naa fatalidad qae^a veoido-al mnoti 
do ctofr ndsotroB, <jQe 68ti ^il fiosotroftj yi^qoe- por ma^ que 
hagacDos no se apartar^ de nosotros... I^Mtm d»iAjm diaa 
h) mismo que dentrd de dies mesesi o dentro de'diez afies, 
j^ debe morir; ^qAd ioiporton $1g«m9 a{>ari€ioiie8 mas d; 
mteo» iMnnetotrs del sol en QQ^rtrot hemisferiorf £ffh>iia 
altera el tiempo, esto no alcanza a ser on panto en la inn 
cOonMstmible'^teroidfld, esta es todavia menos qdenn 
peqnefio grano de arena en la inmensidad delos maresp 
ipot'qwi entonces abatirnot? For qnd' ecliar tantO'de me- 
nbs ese fttgas reMmpago que se llama rida? Es predso, iuja- 
slaf^ae el esplrita domiii«!« ia materia; es iodispeosabloi 
fit not aoostambmnfM K iiiir« de frsnta. a wiBstra wlret^' 
mrki hi iniiOTte, qw qnisA es nnestra m^or amiga^ pnoK 
tiWea «i la tnnsttoion de la impei^BcAibilidad a la perfecti*> 
WSMad^ de la^ tierra lil cielo. • . . 

Ldn^a escnckaba en silen^o aqndlas palabras n'dcidas del 
coav^noimiento relijioso, aqaellas paiabras qae .desgarr&n-; 
dole el al^a lacoMolirbaa, aqneilas palabras que mostrdLn- 
dola la lladi^ le sefialaban el todo^ io eterno, lo inftavto««. 

• -^Vi^lfBy hijn} mia^ ptosigdid dofla Joana^ espwo qaer 
tefl^M-Tfftlor.^.. To be est^o taalM> t{eiix{>o bontigo y: separ/ 
mda de'tii padre j separada de mi Edaardo^a«; es necteaidoi 
qtie al fin n^e-tina a S^ sin ;por'es()a abandonacte, aino qnei 
atabos ^areinee sobre tn destiao enJsitieiifa; hasta que to) 
ttnas taiibien eoti^ •nosotrM%i' \o4 ^o^t.. |Hai«n^to moti-' 
▼0 pafft^eiBftristecejra^t **'?..! 

• «r«-Mad#e lAia, escla^ Lniss^ siendo la' primera vea qn^ 
le daba tasr dnleey tier^o noMbre, porqae- i4empro si^iita-" 
4« 1ft c^Mttunbirf maderna; ft* lubtA dioho^ ittafiftita^ .td^^ 



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dre iniit no ifbeiAfcAAdooeatiuUi. to^ ea mai laeg<^... 

—rS[^ pa l4>. qaieFQ^. hij A mia, per mas qoa dteaa rer a mi 
Ednardo, {pero.qjji^a paede .fijar el t^rmioo? Qai^a paede 
afifo^i* qxie hQi maSaaa no noa s&pararenios ?. .. Fero, 
Laisa^ qq hablemoia ; mas de cosas tristos j entremos desde 
luego en otro 6rdeii de ideas; edtremoa a examinar el asan* 
to pria<^pal para que te he Uamado. 

-^Par^.mf no h^ otro negocio prinoipal que el restable^ 
cimiep^fao 4^. sa salad^,qaa la prolojigaoiod de su.vida... 

-nTa creo, LQJsa, y n)^ agrada que asl pieDses; pero nna 
madre tiene del>era$ qtie. camplir, tieiie oUigaciones quel 
llenar.aqtes de abandonar an rol... Noaotras, tal caal lo ae- 
rh td en algan di^ que no creo lejano, no debemos Umitar 
Dueatra accioa a la edocacion de naestos hijos; es preciao 
tambien que vijilemoa per sa por^enir y qae caando Dios 
DOS llame, tengamos, si ea posible, asegurada la felicidad da 
Ids seres que nos ha confiado para que ellos a au vez ase-^ 
guren la de los que se les confien: la maternidad, hija mia, 
es el mas grande de los sacerdocios, es una especie de aao* 
ciacioQ con Dios para segundar sus designios*.. 

T^, ^Puisa, no hace mucho tiempo que me dijistes que mi 
voluntad era la tuya, que estabas decidida a camplir mia 
6rdenes, que tu deseo era complacerme; ^te encueotras aho- 
ra en la misma dispoaicion de entonces? 

— jEstrano mucho que uated me haga semejante pregun* 
tal jHe variado acaso en mi conducta? La he dejado de 
respetar y de amar menos? No, madre mia, yo s^ que usted 
no puede qaerer otra cosa que mi felicidad; p^ro aun cuan- 
do (ne ordenase el Bacrificio, aup euando me impnsiera la 
desgracia, la aceptaria, poilqae ai^upre me coosideraria di< 
chosa obedeci^ndola, e infeliz en medio de todjs los goces, 
contraridndola... Solo hai uu caso, caao qua no UegarA nnu« 
ca,.en el onal me pondria de frente y^o sesgaria jamas: 
este caao es el crimen y qjie sated me ordene com^erio? 
porque ante el mandato de los oadr^ estd el mandate de 






l4^ L0« SMBlXOt ]>tL NnLQ. 

Dios, ante U^obediencia a los que nos \mti da^ el ser, eslA 
la obedtieocia al qae ba dadto el Ber a todoB log s^ecT, al que 
ba dado leyes inma tables 'a toda li orea^ioiii^ 

— Yen a inia brazos^ mi adorada hija, ven; fd Uenaa de 
una celestial delicia mis liltiinos dia8..« Dtos te beddiga lo 
mismo qae ta madre te bendieel... '■ - ' • 

Y do&a Jaana incorporiadose es nU lecb!D, pi»o sua ma- 
nos sobre la hermosa cabers de Ltiisa, y levantaado los ojos^ 
al cielo, inToc6 al Btepno Padre cofi ese leo^uaje que debe 
traspasar el empirio y Weg^Lfeomo una aroma hasta el tro- 
d6 de Dio9, cnalquiera que sean los labiod qae lo proDun- 
cieQ y el rito o la relijioQ a que pertedeaca el que lo iavoca; 
porqae la plegaria es universal, pfertenece a tbdos los cultos, 
es esa a^iracioQ del alma que tfo admite distinciones de 
ningiffla especie, rivalidades de niBgunj^aero, preferencias 
de nihgana liataraleza; pues las jerarquia^ y privilejios ha- 
manos d^a|)afecen ante aqaella atm6sfera de laz qae a to- 
doS alunibra, que a todos anima y donde solo alcaazan los 
defetellofe dela virtifd que son los eflarios emauadoa del Al- 

T 

tisimo y que vaelveu'aleentro, al hogar, al fdco de dowde 
pdttieron y de'iond^'ttacieron...' Por eso es que la 4irtud 
lio r6cOiroi3^ secta, isiuo que es el patrimouio de todos los 
hombrcs, pt^iendo pafrtiei^asr de ella el pag*ano, el id61a- 
tra, el judio, el cat61ico, el piotedtante, el incrddulo, el ado- 
rador de Buda xdmo^l adorador dfe Ciisto 



I / 



• 

Lmsa en sndolor-se effoontfaba contenta. Aquellas pala- 
bras y aqaella bendioion baibian^ ^'t>$s^'es |tQrmitido hablar 
as^ aumentiado sil afliccioBV ^consoldadolaq ya la vez que se 
abondaba mas la berida^seespama sobre ella con mai pro- 
fusion el bdlsamo que la dcatrizabt; y dijo a su madre con 
esa aerena tristezd que naiie de uap resoiadon en^rjica, de* 
cidida y prafonda: . .. ; • ' 



- \ 



Uk BSCKTfCM DSL YxnUxA. 147 

— Ordiene usted... 

'-^Ya esperaba, mi querida Luisa, una obediencia serae- 
ja*ite; 'snbia (ie antemano ta sumision filial y s^ tambien que 
&ta no se desmentird nunca. 

— Ese es mi deber, que se armoniza con mi voluntad. 

— No tengo necesidad de decirte que quiero tu bien y 
que 'me empiefio per tu bien. 

*— Predmbulo iniitil, mamita. 

"^ — Noes mi dnimo, querida bija mia, entristecerte; \^%x6 
sientb'qu« Dioa me llama: yo debo morir luego^ 

^N*o, mamita, imposible; 

^— Dej^moftos de eso y mi'remos las .cosas de frente tal cual - 
sou, tal 6ual ban de snceder. 

*^5Per6 trsted'iiie ba dicho que se encuentra mejor. 

^Talo creb! y en efecto no be mentido, porque en rea- 
liifadf l6 espierimento. ' 

—[Para que entonces estbs ]ireludios! 

'^P6i^qne esmucho mejor vivir prevenidos, 6obio lo acoh- 

seja el EVanjcirb. Abora bien, hija inia, despues de mis dias^ 

ya sean maa cortos o mas largos, tddebea quedar sola, bu^t* 

faha, sin apbyo ninguno y espuesta talvez a ser reducida a 

"la miseria. . • 

-^Mamita, dado caso que sucediera tal desgracia,^ me que- 
da 'tiiT in^estro/ 

-— S^ que don Toribio de Gazman, que el sincero amigo 
de milEduardo, tio te abandonaria jamas; pero ^1 est& al 
borde del sepulcro y su frdjil bdculo no podria sostenerte: 
he decididb, por consiguiente, otra cosa. 

— jCu6ir"''^ '' • --^ ' 

-^Oyeme atentameate sin infcerrumpirme. 

Y ddbi Juana pas6 on pafiuelo sobre su frente para secar ; 
el "sudoi* que le borria en abundancia, continuando en se- 
gulda: \ ' 

— ^Tengo sfecretoa que no me es dado revejarte, aun en 
mi teeho de tnufeile, ^r^ue no \^ perteuecen; pero elloa 



148 LOB SlOBBtOS DSL P17XBL0. 

me obligan para preservarte a ti de la de^racia, para sal- 
var el honor de mi familia, a ordenarte, y, si es necenrio, 
la suplicarte qu^ te cases antes qui? yo haya desaparecido de 
este mundo. ' ■ - 

Lnisa qued6 petrificada sin saber que responder. 

Dona Juana continu6: 

— Creo que por el moniento serA para ti un sacrificio el 
matrimonio, porque no tienes una voluntad decidida; pero 
ella vendrA poco a poco: muchas veces los enlaces que no 
cuentan con los ardores de la pasion, sou los mas serenes, 
los mas darables, porque impera en ellos linicamente la ra* 
zon, sin escluir el afecto que viene mas tarde, que se desa- 
rrolla eon el vinculo y que lo trae al fin la familia. Si esto 
que te pido, Luisa, es un sacrificio, porque no estis sufiden- 
temente preparada, llegar^ el dia en que no lo sea, y sobre 
todo, cumpliendo mi voluntad, bajar^ serena a la tumba: esta 
serd^ la linica recompensa de mis cuidados, de mis desvelos, 
de mi carino, fundada en esos mismos desvelos y en ese 
mismo carino, porque al separarme de tf te considerar^ ya 
feliz. 

— Y 81 por hacer mi felicidad faera usted a elaborar mi 
desgracia ^no lo sentiria, madre mia? 

— Mucho, muchisimo; pero en el caso presente lo he con- 
sultado todo, tanto por lo que respecta al individuo, euanto . 
por las relaciones que existen desde mucho tiempo - entre 
ambas familias, relaciones que conviene conservar para 
nuestra tranquilidad y para nuestra fortuna, porque una vez 
turbadas, nos traerian el descr^dito, la desconaideraciou so- 
cial y quizdila miseria; y una familia como la nueatra debe 
impedir a todo trance lo uno y lo otro: yo no puedo dejar 
que se tome jamas en boca el nombre ilustre de mis ante- 
pasados y de los de Eduardo, y tii, hija mia, debes tener la 
misma opinion y conservar el mismo respeto y la misma dig- 
nidad por ellos, por ml y por tl propia. 

La angustia de Luisa era infiaita. .Cop su cabeza eucor- 



vada y sin decir nna sola palabra, escuchaba a sti madre, 
no teniendo el menor pensamiento de contrariarla, pero su- 
friendo tanto, tanto como era inipoaible qne se lo figarase 
dofia Jaana, porque si htibiera s&bido el martirio que su 
hija esperimentaba, es mfas que probable que se habria re- 
tractado de sus exijenciasf, dejAndola en completa libertad 
de obrar, pero c6ino arrancar aquellas ideas que habian 
madarado los alios! C6tno destrair sas combinaciones basa- 
das en la fortanai y en la honra! Habiera sido necesario re* 
formarla y ya no era tiempo! 

La obediente hija se conteQt6 con decirle: 

— jY cufil 88 la persona, madre mia, que usted se ha ser- 
vido dedicarme? 

— Un j6ven que por su famiha es tu igual; que por su 
ilnstracion te se asemeja, esto es si no te aventaja; que por 
sn f(M*tuDa te encuentras th ligada a el y ^1 ligada a tf; que 
por su.reputacion es acariciado en todos los clrculos de la 
sociedad y aun en los circulos del gobierno; que por sn va- 
lor ha Uegado a conseguir uua inflnencia de primer 6rden 
en todas las deliberaciones de los hombras prominentee que 
dirijen al pais, hasta el panto que no serA estraflo, y real 
mente lo merece, que sea en breve nombrado diputado por 
el gobierno (1) y en mui poco tiempo mas, ministro; pues 



(1) Etta frase que nos yenros obligados a emplear de diputados por elgohiemOy a pe- 
sar de lo« b&bitos constantes de nuestro pais 7 de muchos otroe, dos da pena; y lo dire- 
mos con mas franqueza: nos da asco, mal que les pese a los iodividoos que ban ocapado 
esos paestos en todas nuestras administraciones, a los que los ocupan actualmente y a 
los qae los oonpardn en seguida eA yii*tud del ben^ldcito del ejecutivo. Lo hemos dicho 
UD. poco yelado> pero lo repetixnos abora bastante. esplicito: los que se sientan en los 
bancos de la representacion nacional conducidos de la mano por medio de la com- 
presioD, del fayor, de la cabala, de la intriga gabernatiya, no son diputados, debie- 
ran no ner G&qniera ciudadanos, porque no poaeen la dignidad necesaria: el hombre 
digno, el hombre que se respeta a si mismo, el hombre que sabe apreciar la altura 
en que ya a ser colocado, el hombre que tiene conclencia de sus deberes, el bom- 
ber que ya a l^iilar sobre los pueblos. £n esto no hai discusion, no hai oontroyersia de 
nlngan j^nero, porque hasta los paniaguados mismos lo confiesan' y tienen yerguenza 
de decir que han subido por elfayor, y ojaU la tnyieran mas hasta el panto de rehusar 
esa eleyacion efimera, injusta y yergonzosa que en yez de honrar, denigra al que la 



posee todas las condiciooes para Uegar a esaa alias digw- 
dade& 

— Mamita, permftame qae le diga que no ambiciono ^i 
esa fortuoa, ni esa gloria, ni esa elerada poiBcioD, {Kirqne eoi 
modesta y ^6 conteDtarme con caalquior cosa^ piies lo i&nico 
que prefiero es el afecto que estoi dispuesta a dar y que 
exijo me tengan. 

— Jostamente; te tienen ese afecto y es precbo que iA 
obedezcas a la lei de la reciproctdad. 

— El car! So, madre mia, no se exije, sino que ae siente; 
no se manda, sino que nace; porque no proviene de la obe< 
dieneia pasiva, sino de la libre espontaneid^d: el carino es 
la conformidad de los instintos, es la lei oculta por la cual 
Dios puebla a los mundos y que no debetnos infrinjir bajo 
ningona con&ideracion ni bajo ningun pretesto. ^Q'l^diria 
ustfd 81 fihora la obligasen o si la habieian obligado^ cuui- 
do Difia, a querer a otro que ami padre? ^No ea verdad que 
u^ted hubiera resistido? gNo ea veidad que usted habiera 
desobedecido? 

— iBegi&tido gj; desobedecido jamas. .• 

— Acepto 8u manera de pensar y poresta ration me fio- 
meto; acato y reverencio su aatoridad, y por lo tanto cum- 
plir^ el sacrificio. 

— Pero no es, hija mia, un sacrificio el que trato de im- 
ponerte, sino que es una . conveniencia para la familia, tal- 
vez un gusto para ti. 

— ^Hasta ahora no pnedo decidir, porqae todavia estoi a 
oscurai^; porque todavia no me ha nombrado usted al indi- 
vidno y talvez quizd no lo conozco; de manera qae el raejor 
partido que paedo adoptar es el dejar suspenao mi jaicio, 
aunqne desde laego quede comprometida mi palabra, paea 
.estoi dispuesta a la obediencia. , 

acepta peijndicando a la democracia y a la repabliea, enya exktencia haoen impotible 
roaUndola antes de Dacer. ojaU eatas Ifneas hlcieran enbir el rubor a las mejiU^a de los 
qne ocupan y de los qae preienden candidaturas oficiales; oja}& se avergonzaran de 
aceptarlas, que ganarian ellos en oonrideracion j el pais en libertadt 



— iQuieres que te lo nombre! ^ . 

— Nada mas pKtaral^.fiadre mia, pero debe 6dr bneno, y 
no pongo objeciones desde el momento que asited la ha ele- 
jido ; deade que conooi^adolo ]o aprecia, y aprecUndolo 
me lo destiDa. 

Habia tan pnDzante dolor ea Aqci^Ia obediem^la, qae dofia 
Jaana miBma lo not6, porque la fisonomia de Luiaa estaba 
alterada y parecia prontp a desmayarae. 

— Dejemos ebta conversacion, dijo la noble matrona^ qne 
por lo inesperada ain dada te ha asixstado; pero ya te fami- 
liarizar^ con la idea y te sorprender^s cada dia menoa has- 
ta qua llegaes a familiarizarte por completo. 

— Ncrnca. 

— Eisto te parece ahora, hija mia, pero despaes verfis. 

— Madre mia! madre mia! no me exija tau gran sacrificio! 

— Hija querida! hija de mi coraajinl yo lo hago por ta 
bien; 81 me faera posible reyelarte uu secreto, comprende- 
riaa que trabajo fiDicamente por ta felicidad y pon., Deje- 
mos esta conversacion, Luisa, me sieuto. an poQo fati- 
gada. 

— Una sola palabra, mamita: jme permite U9ted oomuni- 
car esto a mi maestro y pedirle su consejo? 

— jQaieres escribirle a Guzman? 

— SL 

Dofla Juana reflexion6 un momento y luego anadi6: 

-^-Hazlo, hija mia, y dile de mi parte que se apresure a 
venir, porque ya se aceir'ca el tiempo en que debe cumplir- 
me el favor que le pedi en diaa pasados antes de partir de 
la h^enda. , . . 

Xuisa saliendo del dormitorip, C9rri6 donde su npdrissa y 
desheeha en Ifigrimasi; ae e6h6 en. ^ua brazos dn proferir una 
sola palabra. 

Geferiaa se. sobresaltd muchlsimo, y spstemendo a Iiuisa, 
}e dijo: 

•~iQu^ iiienes? ^Qu6 ha pasado? i^t& mui mala la seSora? 



— No, ama mia, no... 

— lQxx4 ha sncedido entonces, Dios mio, que viene en tan 
deplorable estado? 

Luisa, BolIozandOi refin6 a su nodriza cnanto le habia di* 
cho su madre. 

— Eero esto no es motivo para alarmarse tan to, hija- mia. 
Comprendo que te hayas sorprendido, pero no hai razon 
para que te aflijas y desesperas asi; porque un dia u otro 
dober^ casarte, y un esposo elejido por la seflora debe in- 
dudablemente ser el que mas te conveinga y el que mas feliz 
te haga. 

Luba, sin responder, ocult6 la cara entre sus manos, se 
desprendio de su nodriza y se encerro en su cuarto, dando 
libre curso a su afliccion o mas bien dicho h. su desesperar 
cion. 

Ceferina no se atrevi6 a s^guirla comprendiendo que hai 
momentos, qne hai sitnaciones en la vida en que toda com- 
pania es importuna, en que no se esoucha ninguna observa- 
cion, prefiriendo el individuo estar solo consigo mismo, re- 
concertrarse en su dolor y apurar hasta las iiltimas heces de 
la amargura sin testigo alguno que presencie el estado de- 
plorable de esa alma acongojada. 

HI. 

Luisa, de un carficter en^rjico a la vez que sensible, su- 
raiso pero resistente, altivo al mismo tiempo que suave y 
humilde, habia tomado, en ese corto espa6io de tiempo en 
que sonde6 todo el abismo de su desgracia, la -mas rara y 
al parecer contradictoria resolucion, pues habf a 'pfrdmetido 
interiormente y se consideraba eon fuerzad suiicientes para 
cumplir su promesa: que obedeceria a su madre sin traicio- 
nar' ft Enrique: y este pensamiento que iarnionf zkba^ su deber 
con su afecto, la tranquiliz6 casi instautdneamente; iddndo- 
le ^nimo para afrontar la tempoistad j evitar el naufrajio; y 



tos vacaamm dsl pitibm. 153 

duandp volvl6 a pte^entarae ahtesu madre, tentayasu sem- 
blante^ como su dtiimo, sereno, tranquilo, casi risuefio, lo que 
admird a Ceferina, pues no hacia mucho que habia visto su 
profunda desesperacion. 

Poi* la noche y caando dofia Jaana desoansaba, escri- 
bi6 Lnisa al solitario estas pocas llneas: 
"Querido maestro mio: . 

''La enfermedad de mi mamita, lejos de declinar, se agra- 
va y hoi me ha encargado que escriba a ustad para decirle 
que se apresare a Tenir, porque es llegado el tiempo de 
cutnplirle con el favor que le pidi6 en dias pasadog en la 
hacienda. Estas son sus' palabras testuales que copio fiel- 
mente, y que, sin saber la causa ni lo que significari, me 
infunden miedo, pareci^odome que envuelven nn funesto 
presajio. • jAi! mi querido maestro. jA cu^ntos sufrimientos 
no estjimos espnestds! Por qu^ mementos de angustia y de 
tristeza tenemoa que pasar en la^ vida! Antes de esperimen- 
ts,t ciirtos dolores'mas v.^ldria morir!,.. Venga, venga pron- 
to: usted ha sido siempre nneatro dnjel tutelar; sdlvenos 
ahora como nos ha salvado otras veces... 

"Tamblen para ml reclam6 su proteccion y su consejo. 
Hoi me ha hecho mi mamita una proposicion que me ha 
espantado, que casi ha arrastrado con la poca razon que me 
dejan mis pesares. jCuAn frftjil es el hombre! Cuin ilusoria 
su felicidad! |Y yo que me crel tan dichosa!... jQaiere que 
me case, maestro mio! ^Debo y podr^ yo hacerlo? Usted 
que conOefe*mi cora^on resolverft el problema. Yo estoi re- 
sueltat a sacrificarme por obededer a mi madre, pot no con- 
trariaF'su voluntad, por complaeerla en estos dias de dolor 
y de sufrfmieuto. 

''Todo cuanto nae rod^a^s Mgubire y todo cuanto ha su- 
cedido y sucede desde algan tiempo a esta parte parece 
que bnbiiera sido calculftdo para atormentarme, pues inde- 
ptndiente de la enfermedad de ini madre, qu6 tanto me 
haceBofrir y que me caxisa tantos temoises, Mercedes y sus 



■\ 



154 um fluuBot 14K nam^ 

padres ban desaparepido de Santiago y no se aabe^donda 
estdn: uated comprenderd . cadato me ha mortificado y me 
mortifica esta ausencia; con mi amiga toda se me habria he- 
cho mas llevadero, porque ella habria compartido sus pe^a* 
res conmigo y yo los mio3 con ella. Pero lo que a ustod va 
a atormentarle, lo que va a estrafiarle sobremanera, es qae 
Enrique, su j6ven y qnerido disci pulo, so encaentra desde 
bace ya alganos meses efi la peniteDciarial Yq s^ que esta 
noticia va/a serle mui dolorosa, pero al menos tenga usted 
el consuelo que la prisioa de Enrique no proviene de erf- 
men alguno; ^1 es un reo politico; se meti6 en la revolocion 
del 20 de abril, fa6 hecho prisionejo con las armaa en la 
mano; y per macho favor ha sido conmutada la sentencia 
de muerte que le habia cabido en jcinco afios de penitencia- 
ria! {Que caatigo, Dios mio, por una falta que, si lo es, 
t^ene sa escusa en la uobleza misma del sentimiento que ha 
impulsado a cometerla! \Y atreverse los hombres a bablar 
de equidad y de justicia! Esto espanta; pero es preciso no 
anonadarse y haCer algo por salvarlo... La enfermedad de 
mi mamita nos ha impedido obrar; ella fu^ una vez a ver al 
presidente y a algunas otras perdonas y me dijo que le ha- 
bian dado esperanaas; pero desde e^e dia no pudo ya vol- 
ver a salir, y yo, \qu6 podia hacer yo! He tratado de tomar 
informes, pero iniitilfnente; nador ha podido saberse hi de 
Enriqae ni de su familia. Ceferinaha corrido por todas par- 
tea, y en todas partes la misma respuesta, la misma igno- 
rancia, el '^no s6'^ .desgarrador... Esta situacion es horrible, 
horrible, maestro mio, y si dura mas tiempo, crop que no 
podr^ soportarla. Yenga, pues, aeflor; su amiga, su hija su- 
cumbe si usted no llega. Se lo saplico: venga a sostenerme. 
Yo nunca habia esperimentado.la desgraoia, no sabia que 
eramos ^usceptibles de tantps dolotres y que eramoa capa« 
ces de tanta resistencia; pero es«.o debe teoer su t^mino... 
Yenga antes, antes que e^e t^rmino llegne.,. Morir en la 
inaccion es mas que morir.. Guaiodo uno sucumbe en la lu* 



UA ttMMCQi Mb nnw^ 168 

cha, debe seatir meiioS} poi*qa6 la sarescitacion del comba- 
te da enerjia y se cae casi de improviso... 

^' V^ea usted, eefior, cuantos motivoa hai para que aoceda 
a la 8i&plica de mi madre y a la mia. Estoi, poes, seguraque 
no DOS abandooar^... Hasta la viata, hasta luego, querido 
maestro mio; paes codAo que en pocos dias mas teadrd el 
gusto de abrazarlo 

"Su LUISA." . 



IV, 

Esta carta mandada esa misma noche por un propio, a 
quien se le habia ordenado de matar los caballos porque 
Uegara cuanto^nteaa su destino, la recibio el solitario como 
a las siete de la noche del dia sigaiente; y a pesar del mal 
tiempo, pues llovia a torreatea, a pesar de la oscuridad de 
la ncche, a pesar de las observaciones que le bacia don Pe- 
dro Murna, el adrainistrador de la bacienda de Saa Jorje, 
a pesar de las sdplicas daTorcuato, ordeud que se dispusie- 
ra inmediatamente el coche de viaje, y a las diez meuos 
cuarto se puso ea camino sin mas provisiones que un pao, 
un pedazQ de charqui y una botella de vino y sin mas ar- 
mas que su grueso baston. 

A las mismas hor.as del dia siguiente entraba el coche en 
el espacloso patio de la casa de dofla Juana. 

La aparioi^n repentina del solitario caus6 una gran sor- 
presa y una grande alegria a Luisa y a su madre, pues 
estaban mui lejos de esperarlo tan luego. 

La primera 4ilijejncia de don Tpribio de Guzman £ai ver 
a la enfermfi, y4^amando un asiento al lado de la cabecera 
de la enferma^ le dijo con tono Ueuo d^^l mayor iuteres. 

— Sefiora antes del amigo estd el medico; deme usted el 
pulso^ 

— ^Yo no e^ ahora por cu4l decidirme, pero le asegnro 
que necesito mas del primero que del segundo. 



156 I4M fmiKM>m ml nrmbOk, 

' — Sea como qniera: aqnf tien6 nsted a ambos. 
— y a CDal de los dos mejor. 

El anciano no respondid sino que gaard6 silencio sia sol- 
tar la mano de dofia Jaaoa. En segaida la hizo recostarse, 
paso el oido en el peeho de la enferma y permaneci6 asi por 
algnn tiempo. 

— ^.C6mQ me encuentro, Gazman? pregnnt6 la sefiora con 
tal serenidad como si hablase de una persona indiferente. 

^ — La enfermedad ha hecho mas progresos de los que yo 
creia, dijp el anciano. 

— Asi me lo habia figarado yo: tantos medicamentos me 
ban hecbo mas mal que bien; pero era indispensable pagar 
su tribute a la ciencia. Por fortnna, ya los he despedido, 

— Ha obrado usted mui cuerdamente, amiga mia; y lue- 
go diriji^ndose a Luisa le dijo: "Oonservas por casualidad 
todas las ordenanzas que han recetado desde que principio 
la curacion.- 

Luisa se par6 y trajo una porcion de papeles que exami- 
n6 uno a uno meneando de vez en cnando la cabeza, pero 
sin proferir palabra. Concluido el exdmen, dijo a la se- 
fiora: 

— Los facultativos no han hecho al principio otra cosa 
que esperiencias; solo al fin han venido a conocer en parte 
la enfermedad fisica que a usted la aqueja, porque en cuan- 
to a la moral solo usted y yo la teabemps. Pero {c6mo ha 
podido Uegar usted a tener conocimiento del estado de gra- 
vedad en que se encontraba para hacerme Uamar, aunque 
yo no me de^espero todavia. 

Luisa se habia retirado por 6rden de su madre que que- 
ria hablar con el solitario francamente y eia rodeos. 

— No trate usted de hacerme concebir- esperanzas que no 
tengo, porque perderia su tiempo. He sabido, amigo mio, 
que Ui i fin se acercaba y por esto lo he mandado llamar. 

— jPero c6mo lo ha sabido usted? es lo que desearia 
conocer. 



LOB iacnxtos DKr nmui. 11^7 

— Independi^Qte de lo que jo sabia por mi misma, se lo 
pregudt^ a 1oei m^icoa 

— ^Y ellos 80 lo dijerqn?. 

— ^A foerza d^ instanciias y de d^pllcaa lo consegai y el 
t^rmino maa largo qae me dieroo ^sta por coficluir&e; pero 
he aprovechado imi tiempo, paes no dejar^ nada atraa, puea 
todo lo tengo ya en regla, salvo uo asanto del qne conver- 
saremos mafiaoa o pasado, porqiie ahora es indispensable 
que usted se vaya a descansarj y a pesar de las protestas 
del solitario de que no sentia la menor fatiga^ le faS precise 
ceder, porque dofia Juana no quiso transijir eh este panto; 
pero antes de retirarse sac6 de sus bolsillos un frasquito que 
jamas lo abandonaba y que era un elixir inventado y fabri- 
cado por ^1, y vaci6 unas dos o tres gotas en una copa de 
flgua, diciendo a dofia Juana que tomase aquello antes de 
dormir. 

A pesar de la r&pida marcha de la noche anterior y de 
no haber cerrado sus pilrpados, el anciaao vel6 hasta mui 
tarde, porque estaba realmente preocupado con la enferme* 
dad de do&a Jutoa;, cuyo estado era peor de lo que ella mis- 
ma lo creia, qued&ndole en su concepto pocos dias de vida; 
sin embargo, 41 se lisonjeaba prolongarlos algunos mas eon 
sus cuidados y con aus eonocimientos. Tambien lo preoeu- 
paba sobromanera la prision de Enrique y recorria bu su 
imajinacion todos lod medios de que podia hacer uso para 
conseguir su libertad; pero desgraciadamente no encontra- 
ba ninguno gue contase con la seguridad de un buen Sxito, 
ni aun siquiera eon buenas probabilidades. Habia tambien, 
y no entraba por poco en el desvelo del solitario, la situa- 
cion en que jse enoontraba Luisa, no ignor^ndo ^1 la pasion 
que sentia por Enrique, la finura de sus seutimiento^, la de* 
licada altivez desu eardeter, todo lo cual debia contribuir 
a atormentarla y a hacerla insoportable su estado, coloc&n- 
dola en la dura alternativa de que si cedia se haoia ella y 
}xacia a Enrique para siempre infeliz; y m. no cedia abre7ia< 



-■••■< 



15% I4W msftMhi i>CL FuikLo. 

ba irremediablemente Iob ya cbntados dias d^ sa madre; 
pero el anciano se lisonjeaba de disaadir a'doir dofia Jaaoa 
de 8U precoDcebida determinacioa sin contfm-iiirla per 'CNrto, 
siflio atraerla poco a poco de manera d6mx> qire c^iese a sa 
propia reflexion ein qne creyese que obrabapor injestio- 
nes de sadie. Estos peneamientos, cada coal cfe t^Bto i^te- 
res, lo ocaparon toda la noche y solo pddo coneiliar el saeSo 
coand ya venia el dia; asi es que se levaatd sobreealtado 
cofliido al despertac vid el sol qtie eatraba pot* sa ^entaoa, 
coeaqvie nd le babia socedido hacia mnchos aflos, pnea ha- 
bia^adqfiirido la costambre de lerantarse ed tocl0 tiempo 
un poco antes del cresp^scolo de la maSaoa. 

El cordial qne al despedirse diera el solitarid a dofi% Jaa"- 
na habia producido en ella mai baen eft3Cto,<paeSf co^ qtie 
no le socedia desde mncho tiempo, d(irmi6 tranqaitiameate 
toda la noche, encontrdndose al despertar-maa reanimada. 

Loisa que, desde an regrosd a Santiago, s^ habia io'sta- 
lado en la pieza inmediata al dormiiioHO'de sn m^dre para 
estar pronta a servirla en caanto pndieraofred6^e^e, enti^, 
come de oostumbrd, mai temprano para ver m. dorthia, por- 
qaa por la mafiana eran casi losaolos momeatos/en qtie'^a- 
dia eoBciliar el poco y fatigoso sne&o de que 'gozaba/qt»e* 
dando mai sorprendida al encontrar ya a la s^Qora i^^tada 
enk sama. ^ .; 

•^Mamita, le dijo Luisa, al trerla, {Ha paiado nsted la 
noche en Tela. 

*— ^Al contrario, hija mia, he dormido profanijam^nte y 
mesiento mejor, efecto sin dada del cordial qne me di6 
Gnaman. •• . .' 'ni -. 

**-Asi debe ser; ^1 es tan buoii medico qufe jeiaefaln^ente 
Sana a todos los enfermos de la hacibnda: nno de ;los n!K0ti' 
yos, comonsted sabe, porqae aqaella sencilla jeiite' lo tiene 
por brujo. 1 ^ 

-^{Ha3 hablado, hija mia, algo con Gaascnan fes^eeto a lo 
(][iie te dije en dUs pteadost 



p 



— ^Ko, mamita, le escribi solamente; y anoche no tave 
lugar de conversar tton ^1 ni hizo la menorinsinnacion sobre 
este asnnto secondario, consagr&adose al piiDcipal, a su en- 
fermedad.' 

— jPobrc Gnzman! El era el amigo iatimo ' de tu padre, 
de mi qaerida Edaardo, y yo debo tser pafa 6\ su hermana, 
aai coma lo es 61 para mi; (con cn&tita dilijencia ha venido! 
Un j6ven no se habria atrevido a hacer uq viaje tan preci- 
pitado y con t&n mal tiempo! Esto prneba el macho in teres 
qne'se tomist'por nosotraa y id no'debes decir hi pensar que 
to asnnto, como lo Hamad, (y dofia Jaana se 80ilri6) sea para- 
fl secandario; pero ya que abordamos esta cuestion, conti- 
nu^mosla en el punto que la dejamds. 

— ^Siempre piensa ustcd eu lo'mismo, mamita? • 

Y Lnisa mir6 a su madre con unos ojos eu que se reve- 
laba la tetnuraiy la sApKca, con unos que pareciani decir: 
"Tecga Bsted compiaiion de su hija.** • . : 

— ^No me 'mires asri, Luiaa, porque eres capaz de echar 
por tierra mi resolucion; y.siu embargo, ella es neeesaria, 
indispensable, y 6uceder&... Una^ebilidad de mi p«lrteseria ' 
nn crimen imperd66able, seria tu p6rdida, ^6ria una ofensa 
hecha a mi hermatla, seria un borreii y una mancha a su re- 
putacion y a su raemoria; seria un ultraje a la honorabiliaad 
no desmentida de nuestros antepasados y a la de nosotros 
mismos; con que asi, hija mia, venoe en mi obseq^uio esa 
repugnancia que no ti^ne gran fundamento y que me lison- 
jeo desaparezca en breve cuando te haya dicho el nom- * 
bre del j6ven que ie destino. Tu dolor, Luiea, no hard mas 
que aumentar el mio; sin que me sesl dado canibiar de r^o^ 

— Querida^Miadre mia, no sufra usted, se lo suplico..; Yo 
esloi resuelta, estcd decidida -a obedeceifla, Eacuse usted- una 
debilidadde nifia... me someto gustosa... cumplir con su vo^ 
lontad es toda mi dieha... toda...' 

YL^isa^n an dolofi en su dedesparacion, decia lo que 



1^0 LOS BftOEilffOi Dflb tUMffJO. 

sentia, decia la verdad: jamas esta uiM^ esta hija tMi tierna 
como amante, habia aceptado el placer, ^Igace^.el d^eite, 
el amor con tbda so ambrosia, la gloria con todps^ ,aii8eAT 
cantos, el cielo con todos sus resplandores si hubiei:^ P'^^*^?'. 
do contra la vokntad de sa madre; porque en;gl seaamij- 
mo de la mas embriagadora existencia habriar encontrado 
un tormento horrible, un remordimiento inoeaaute que hu^ 
biera acibarado todos sas gooes; mientras qao ^n la angaa- ^ 
tia, en la congoja, en el masgrande infortanio, en, el iafierno 
mismo, habria encontrado placer; j la satisfacpioif de h^ber 
camplido con sa obligacion; de no haber hecho sufrir a sa 
madre, de haber obedecido a sa voluntad, era una e^pecie . 
de compcnsacion en sus dolores, disminuy^ndolos, suaviz^n- 
dolos, dulcific^ndolos, hasta el punto de Ijiac^rsele agrada- 
bles; porque el que se saorifica por abnegacion, por deber, 
por virtud, halla en el mismo sacrificiosu digna y inerecida - 
recompensa. El unico caso en que Luisa hubiera dejado da 
obedecer a su madre, como ya lo hemos dicho^.era en el 
que le orJenase obrar mal, porque all! no habria obedien- 
cia sino debilidad, y Luisa era fuerte; porque alii habia de- 
gradacion, y Luisa tenia dignidad; porque alii se le decia 
de faltar a Dios, y Luisa lo amaba y reverenciaba sobre to- 
das las cosas. . 

Sabemos que ese ssntimiento de respeto y de amor por 
los padres se .ha debilitado muchisimo en nueetra preten- 
dida civiliaacion. Ahora se haoe alarde de independepcia y 
es considerada la desobediencia como una prueb^ de ener- 
jia, de cardcter, de voluntad; la. sumision es bajeza, es co- 
bardia, es debilidad; hacer su gusto, he aqui la reglja, h^ 
aqui e} derecho, h^ aqui la manera de obrar; el amor pqor^ 
loa que pos han dado el ser, es una cosa de antal^o, vieja, 
pasada de moda, ridioula, propia de idiotaa, que solo puede 
soportarse en los primeros anos cuando- se neoesita de sua 
cuidados y de su proteccion, pero que una ve2 venida la 
juventud, ya se sacude e^a carga iQ4tiVpdsada,iemb4r^fofBt 



i^ue,.i^/icle a.contrairiaf naestros placeres, que no se armo- 
;.j^i:i^ :^H n^edtros gocea Permanecer al lado de sus padres, 
rodearlos de duleea consideraciones, tener placer ea servir- 
left, hajlar satiafaccioa en obedecerles ;qu^ ridicolos! Para 
qn^ sirven los viejosi ;Qai^a se divierte con ellos! Son tras- 
toB ia^tiles que solo sirren de estorbo y de los que convie- 
ne deshacerse! Asi se p^'ensa, asi se discurre y asi se obw 
ahora. Pero este es el motivo porque es muiraio encontrar 
seutimientos nobles y elevados, almas virtiiosas, faertes, 
en^rjicas, talentos sdlidos y profundos, convicciones since- 
ras, costumbres puras, caracteres Integros, firmes, decididos, 
pues ya no se siente y casi no se concibe la abnegacion, el 
sacrificio, lagrandeza en las ideas y en las acciones. |Y c6mul 
Cuando esa falta de amor y de respeto por los padres em- 
pequenece el alma, la vicia, la degrada, la apoca de tal modo 
que ya lees jmposible conocer lo verdadero, lo 6til, lo real- 
mente provechoso, agradable, tierno; porque el individuo 
eptura^decido y raqaltico de espirita, es incapaz de esns 
afecciones durables que acompanan hasta el sepilcro des- 
. pues de baber hecho los encantos de la existencia. 

J6vene3: ^quereis una eaposa ordenada, aniante, que se 
consagre a ^u interior, que participe de vaestroa gooes, que 
OS ayade en yuestras adversidades, que no os abandone en 
Jla, desgracia, que contribuya a vuestr^i fortuna por medio 
de la economia y del trabajo, que no sea ni disipada ni va- 
nido8a,^que eduqaea vuestros hijos en el 6rden y ea la mo- 
^ralidad, que los haga aptos para todo y buenos para todo? 
ijuo quereis? Pues bien, buscadla ^n aquella«i qae ban r^s- 
petadp y, amado a sus padres y eetad seguros que no oa 
eg^ui vocals. 

Lomismo sucede con las niflas respecto de los hombreip; 
el companero fiel, aquel qae ser^ buen marido y buen pa- 
dre, aquel.que las rodeard de consideraciones, que las bara 
, respetaj>le^ por su posicion y por su nombre, aquel queserd 
un yerda^^f^^ j^f<^^^ J^ familia Dor ^u ilu$tracion, por aw 



U2 

a&etO0 J par sa monlidad, es pfeeim irlo abweareiitrolos 
que hao amada y servido a sa§ paJve^ de lo oootmio^ es 
maa que probable que aeriln de^raciadaa. 

YX qae hocra a sa? padres, dijo J^acristo, teodrt boga 
Tida 7 Fer& feiiz en la tierra j ea el cielo. 

Delia Joana conmonda y gozosa de encontrar en sa bija 
tanta virtad, la dijo: 

— ^No cambiaria este momente por todo on sglo entero 
de yida; me hag hecho esperimeDtar de antemano la dicha 
qne debe poseer^e en la gloria: t& ser& feliZ| mni feKxi hija 
mia^ no lo dudes. 

— Lo soi ya, mamita, al ver que nsted lo es. 

— ^T yo morir^ tranqaila, morir^ dichosa... Gracias, Dies 
mio, gracias. 

— ^Para qn^ hablar de morir enando... 

— Tieoes razon; do bai necesidad de ocnparse de esto, ello 
rendr^ cuando Dios quiera. Ocnp^moDos de lo que mas me 
iDteresa, ocapSmonos de nosotras... Todavia do te be dicbo 
el nombre del j6veii que debe tener la dicha de ser ta espo- 
80, pero te asegaro que goza de las mismas condiciones: 
familia^ fortuna, rango, talento y hasta hermosura, en todo 
te es igual; pues e^ Gaillermo de..., a quien tft conoces y a 
quien has visto casi desde to mas tierna infaucia. 

— {Gaillermo de... esc1am6 Luisa con un tono de despre- 
cio que Ho pudo disimular. 

— 8f, hija mia: jqu^ tienes que decir de 61! 

— ^Nada, mamita, qne sea una cosa grave y un motivo para 
que lo rechace, pero hubiera prteferido a cualquier otrp: teu- 
go por Gaillermo una especie de alojamiento invencible. 

— ^Talvez habrds oido algana de sus aventuras galantes, 
pero esto, sin disculparlo pasa, y los j6venea se transforman 
sobre todo caando ban tenido ' li!i. fortuna de conseguir niSa 
como tL 

— ^Yo no he oido nada de &\ mamita; 86 scdamente que 
esunj6?6n a la mclda, que 16 encuentran mui espirituali 






iqtkb tocUis tratan de agradarlo, y 68to porqne yb misma lo 
he proseoelado bn las tertnliaa en que noa hemos eneontra- 
da cast siempre; pero le asagora, sin que por esto me obli- 
gae a camfoiar de determinaeioD, Gnillermo, en el caso dado, 
es el tiltimo de loa j6vme3 que habria aeeptado, sin qne 
- desconozca por ello sn talento, an flnnra^ an distincion, an 
elegaocia y sn hermosura ei ae qniere; pero hai en mi an 
saithniento iostintiro de repulsion de qne nunca he podidp 
darme cnenta, tanto mas cnanto ha nacido en mi sin moti^ 
vo; sin embargo, en estos ultimos tiempos lo he visto mni 
cambiado a tal panto que lo he desconocido completamen'^ 
te, y este cambio le es favorable. 

— Ya ves, hija mia, ya ves: todo es susceptible de modifi- 
carse y de mejorarse; no dado que en poco tienipo te dir^ 
a ti misma una cosa distinta de la que hoi piensas. 

— Puede ser, mamita, puede ser, de todos modes nsted 
pnede estar segara de mi obediencia, porque mi obediencia 
es mi voluntad. 

Luisa hizo esta afirmacion absoluta con an tone casi sere- 
no, porque era fuerte por el plan que habia combinado in- 
teriormente: ^'de complacer con su madre y de no traicionar 
a Enrique;" de otro modo no habria tenido valor, talvez 
hubier^ sucumbido en la prueba. 

— ^Yo desearia que eneontraras placer. 

— Yia lo he repetido muchas vecea que siento ese placer 

porque cumplo con mi deber obedeciendo a su mandate; 

• • • 

Ho ffirer exija udted mas, madre mia; ir mas all^ seria contra- 
riar a la naturaleza, seria mentirme a mf misma y mentirle 
a ust^d; y asi como no puedo dominar aquella porque est^ 
^fSsL'efB, de ffii alcance, Ho me es- dado hacer lo segundo por- 
que cometeria una falta y deseo estar pura hasta del mas in- 
•'sigriificiBliite desliz. 

— ^E¥«3 to todo un dechado, hija querida. |Qui6n puede 
l^ei* Ciapais d^ no amarte? }Qui6n te negard una justa y me- 
tec^a adtziiracioil? ]Oudn pequefio eneuentro a Guillermo 



1<4 

e<Mnparaiidolo eontigo; pero es necesario... y cod di€ciilted 
liabr& tempooo en Santiago major partidol E3 preciao que 
deeiendaa no poco, Lniaa, porqne no bai injeles en U tiem. 

Loiaa baj6 la cabeza 01 n decir palabra, por que, ana coan- 
do habia formado nn prop6sito qne U sostenia, aiempre a- 
perioientaba nn dolor agado, aiempre tenia el preaajio de 
nna lacha terrible en lo que eataba resaelta a jngar an vida 
por coDsegair la victoria; pero alcanzindola, el trinnfo de- 
bia serie mni costoso \y qaiSn sabe si lo cons^uiria! 

Despoes de nn corto sileocio, darante el cnal contempl6 
dofia Joana a Laisa con nnos ojo3 en qne se revelaba aatia- 
faccion y snfrimiento, admiracion y angnstia, le dijo: 

— Guzman debe ya estar en pi^, hija mia; anda ve lo qne 
necesita, conferencia eon ^1 y dlie qne en nna hora maa de- 
searia hablarle. 

Lnisa parti6, y do&a Jaana mQrmnr6 entre dientes: 

— fininto me cnesta el sacrificio que le* impongo a este 
ADJe]; p ro es necesario, es precise, es indispensable, porqne 
de otra man^a seria iafeliz y porqne existen motivos tan 
poderosos... 

V. 

El solitario, acostambrado al campo, habia ido a respirar 
el aire de las plantas en el jardincito de Lnisa mieiitras le 
ananciaban que podia presentarse en el cuarto de doSa Jua- 
na a quien hubiera deseado ver inmediatameute, porqnp el 
estado en que la habia encontrado y la habia dejadb. la npcha 
anterior era, en su concepts alarma^te. 

£1 noble anciano se habia sentado en nn banco. Su im- 
ponente fisoaomia revelaba a aa mismo tiempo meditaci^ 
y tristeza; se asemejaba al yiajero,fil6sofo que conteniplan- 
do los antiguos monumentos recorre en su memp^ia los 
acon^ecimientos de las jeueraciones "pasadas, admirando sua 
grandezas y compadeci^odose de sus miserias; sin embargO) 
aqucl hopibre no hacia en ese memento ek eatndio de la 



m 

hi!A$»\6^ siiio qnd pemsf^ba en U eufer^iedad 4^ doSa 
Jaana, en la oonversacionqde habia teoido con ellaen la 
hacienda de San iorje^ en eea, especie de enajenacion men- 
tal| sentida y ratonada, a q^^n el vulgo llama monoma- 
nia y que, Bin embargo, es talvez una manera de ser ma^ 
perfecta de naebtro espMtn, porque esti mas desprendida 
de la vida real, porque casi ise admila a e^ otra vida qae 
se dei^omin'a del alma, y que, ai exi&te« ocupa ana rejion dia- 
tpta de la nostra, pero todavia en relacion con ella. 

No ocnpaba menoa cl pensamiento del solitario las cir- 
c{in&t9.ncias en que del^ia encoatra^se la familia XiOpez, la 
familia de ese hombre animosQ y Ueno de jenerosidad qae 
le babia salvado la vida con' riesgo d^ la say& y sin qae 
nnnca hubiera revelado el secreto de uaa aocion qae lo real 
zaba altamente ya que no habia pensado siqaiera en la in- 
demnizacioD pecaniaria. 

Absorto.en estos tristes pensamientos, Laisa lleg6 hasta 
donde ^1 eataba sia qae la apercibiera; y sola cuaado le 
pnso la mano en ^1 homb^o, volvid U cabeza y se sonrid 
trigtemente, dici^nd(4^: 

— Me has sorprendido, hija mia, en an triste estado; paesf . 
a decirte verdad, pocas veces me he encoatrado tan aba ti- 
de como ahora; pero ya se ve: pocas veces he teaido moti- 
vo$ QMS poderosos como al preseote, porqa^ veo el horizonte 
cargado de nubarrones, presajio de aaa tempestad desecha; 
y no es para menos, hija mia, desde qae mi amigs^ dona 
Joana se encaeQtra en peligro, d^sde qae tii vas a ca^arte, 
desde qoe Enriqae se halla condeoado a soportar .todo caan- 
to le sobrev^nga sin teaer qoien le ayade^ ni qaien lo pro- 
t^a y desde qne lahoarada familia de mi libertador ha 
desaparecido. 

— De veras, sefior, qae todas estas desgracias juntas, es 
una carga demasiado pasada, casi superior a las fuerzas hu- 
manas 

T la hermosa nifia levantd ins^iatiyafaente I09 0J09 al 



ctelooomo pam pedir a Dies fortalea y miMricar^ 
— Yalor, hi ja mia, respondid el anciano, vdor, porqae el 
abatimiento es el peor de los mal^; y snoqae yo, como 
todo hombre, no estoi exento de ^1, sin embargo, ee pred-' 
BO tener faerza y sobreponerse a ans pesar^: eBto es lo que 
nos dice la prodencia, paes solo osi podemos »lir trianfon- 
tes en la lucha. To s^, hija mia, qae sobre ti peda lo mas 
agudo y lo mas iiolento del dolor, y por esta misma razon 
neceeitas tener mas conformidad, mas redgnacion^ m8» 
enerjia. 

— Lo ebmprendo, ^ero es acaso nna daefia de bos senti- 
mientos? Paede modificarlos a sn antojo? 

— ^Hasta cierto panto, hija mia. Hai, es verdad, cosas qne 
no dependen de nosotros, qne obran sobre nosotros sin por' 
esto damos cnenta de ello; pero no es menos cierto qoe te* 
nemos facoltades poderosas, que tenemos la razon, el jnicio, 
la volnntad qne oponerles y de esta manera debilitar o nen* 
tralizar los efectds: asf es como el hombre lacha con la ma- 
teria y trinnfa de ella; lacha con sns pasiones y tambien 
consigae avasallarlas caando no se han apoderado todavia 

• • • 

de ^ caando no lo han dominado pen* completo. 

— ^To qaisiera tener esa resistencia y ese poder. 

— Lo tienes, hija mia, porqne lo veo y lo s4: tu posees el 
cardcter mas sensible qae he conocido; pero tampo<^ he 
encontrado nna alma mas faerte, y en ti la debilidad no es- 
claye la enerjia: este es nn fen6meno raro, perd iq[ue ee da 
y qae exiRte, an fen6meno qae se realiza to ti y de donde 
proviene tn saperioridad y ta perfeccion. ' 

— Seflor, se lo confieso, no estoi para oir ^labanza. 

— ^Yo no alabo, sine qne establezco los hechos; no digo li- 
sonjas, sino qae jasgo; no me empefio en adormecerte, sino en 
prepararte, porqne todavia tendr&s mucho mas que dtifrir; 
pero yo estar6 a ta lado, hija mia, pBxk qae ' cohfondatmois 
naestros dolores, paes no se lacha de frente contra la afli^ 
ciop, lino qne es precise segair sus a^aadj el ^hico consae- 



lo del safrimiento es el suffjUarento mi^oiio; .querer dUtraer 
las pen&§ opoDi^Qdoles.iEtl placer, qs aumentarlos; esa tran- 
sioioQ DO est^ en la nataroilez^a y qu ser senBible la r^chasa: 
las Wgrimas se endolzan c<;^ las %rima8 y no coA^las risas, 
y yo tratar^ de aliviarte comp^deoieadote,' es decir, unien- 
do Dcestros pesares. 

— Abl -^Ci6m9; .conocd ust^d. el cprwon, maestro mio, y 
c6ii^o sabe. sondear sus beri^as para corarlas. 

— Algp ha de dar, hija, mia^ el haber vivido, el haber 
sentido, el haber pensadQ^*. Pero hableraos eobre uno de 
los. capitulos de ta carta qxie me iatereaa sobre manera, 
ya que estda satisfechos jos deseoa espreaados ea el otro, 
poes eatoi al lado de tu madre y al.lado tuyo. Dime ahora, 
{es verdad que dona Juana^se empena en qae te cases? 

— Estd decidida, esta reauelta... 

— ^Y t« 

— Yo tambien lo estoi* 

— {Aqu^? 

— A obedeeerla. 

— Es verdad lo que pae has escrito? 

— Usted sabe qae yo no mi^nto nuaca, maestro mio.^ 

-^Lo s^; pero me estrana una condesendencia tan fi^cil. 

— 'J^&oill {F^cille pareoei Ahl.Tistod no sabe caanto he 
safrido y c^jdnto snfro, 

. — Pera un poco:de resistenoia podia b^ber vencldo a tu 
cariQosa madre^ que no ha teuidoi oti^ peo^aqaiento en la 
vida que el hacer tu f elieidad • 

— rBste ea el mismo deseo qne le ha hecho decirme que, 
mi enlace era necesario, indispensable* 
• r^Pero si til le hubieras espuestoalgunas reflexiones... 
,; —jReflexione3 contra su dolor! Imposible!, 
, — Talvez me he equivocado y me j alegraria de ello. 

. — |G6mol jEn que? » . . ' 
. —•Greia^ otra cosa./ 

— j^tt6 ptra waa? , : 



i- ' ,•:>.■;. , v> 



169 UM noMrai ML mauk 

— Creia qae traias otro afeeto... 

Lciisa llev6 ana mano a sa corazon y ecli6 al cndio del 
anciano bq otro brazo, esclam&ndo: 

— Es rerdad, padre mio, yo amo... Amo con delirioysin 
esperanza!... Fig^rese asted ahora codl pnede ser mi do-' 
lor. . . 

— Lo comprendo, hija mia, lo aiento tamtnen..^ y \91s\k' 
grimas corrian en abnndancia por los sarcos de las mejiUiBM - 
del solitario, yendo a hamedecer sas nevadas bai*bas. 

— jSi podiera verlo una sola vez! Si pudiera esplicarle 
mi conducta! Si conociera mi sacrificio! Si eiqtiiera lo scf- 
piera librel... Tendria algun consuelo, algan alivio! El me 
perdonaria!... Moririamos juntos!... Seriamos un moment©, 
felices!... jFelices! si^ feiices, porque 41 me ama lo misitti 
que yo lo amo!... 

— jHablas de Enrique? 

— jEstrana preguata! jA qui^n quiere nsted que me re- 
fiera sine es a 4i? 

— Ya lo sabia; jpero c6mo puedes tii afirmar que^^l te 
ama? ^Te lo ha dicbo en alguna ocasion? 

— Jamas; pero estoi segura, segurfsima de ello. jSe ue- 
cesita acaso del ajente de la palabra para que se nos revele 
el afecto? ^Podria yo sentir como siento y amar comp amo 
si el no sintiera y amase de la misma manera? gNo exUte^ 
una lei misteriosa pero real y positiva que n6s revela el 
pensamiento? ^Podria yo haber derramado mis ligrimug 
sobre sus mejillas, cuando lo tuve moribundo entre mis bra- 
zos/sin que esas Ugrimas hubiesen llegado a su corazon? 
Habria yo confandido mi aliento con su alieuto, pnesto mW 
labios sobre sus labios ante la presencia de Dies que iroi^ 
contemplaba y que sin duda alguna aprobaba mi adcton, 
puesto que no me arrepiento sino que me regocijo de eUa, 
sin que nuestras almas se hubieran reclprocamaute iqeen- 
diado con la divina llama del amor? {Y decir, padre^mfoy 
y pensar que debo renunciar para siem^re a ^1 - ^Gab^ oste 



ridad de que se hard! *^ irKui 

ahora me dijeran: contrariando la voWtiftlft tte ^A iksd^fe^f^ 

que tanto amas, rehusaria y rehasaria sin vacilar... EsKtf,^ 
pues, decidida a no ver mas a BWMja'fe?;«pfel4%a'?fcfei???S(^ 
M<!l4^^«eS|)ertiM; aHi>^^^^ a 

mi madre, jm^^ ^ ff6 t* fefe^^eftfrfc 'ik-^KkM? om'Vi*'^ 

l(»^b^e«, i|leV4ti^1a'c{>tmiei]ic$a'* c^gft^\)dd ^|^ (^^OMtt?- 
Mientras qne- ^Q- tfli^clia id«^'-|t3£( m^ ^^mI^ fi#t2i^Mtid,^^dC 
qde ittO '•t*(M-k-^q^bl«i 0bt««^i}ar4i^ ift^os 

prt^akJaidii*b*4T^ dfe^xligtidtO'^^liof y l<o qqe^iei^ik^'pat&afll) 
m«S' WiilJle -toda^ii^^pj^va^Ja dei^ af!>f^tDr&ilf jlf«ai]^re^tt: 
q«ded'a&o,< ^it/adi''de :«ar; oitriAo'^ pMqwtiide 4iikpi^lM(iti^> 
to fei»toj q«e ahoiPa pffftifA 4f\ y^fai^rirrf* yo^'')»bHrA ^l^y iiid^ 
rir^ j^o;'p)gr(y "bh 'H^^trn "desgpaieii) tfe^dr^oidsr^iddttad^^ 
de» Imter |>€trtiiaBeqtdo'> d{^i&os ''el aho'fdelrotro^U^iUifQ^do ^idt 
sefndiBfd la ind^ble iiich|i 'da: iktaberaoi ^afcohtrado'' ^a'et 
mancd^ dp Ix^berabs" aai^dd j^ de .^uontlmiaF m«iidfiKft6Di(>B.a8iii 

'-^Hijatm!a!/ADJql xiiiol iqm^Ti ep^ek^a^ qqe Aoche !tea1d)i[> 
en isii.izidftiii&ini^mcrptar de^magror^d^lBJip yiddcimryer laq^ 
gustia! Ta dolor aumenta ml adcmraoioftv f^xmniSMAaommi 
aamenta mi dolor: porqae n^iantras mas desgraciada eres, 
mas hermosa y grande te veo, creci^ndo en proporcion la 
iriktod ooal el fiuMmi^iitD^lry: el anfrioiieifto CiOiii.Uirviit^ 
Hs|a (mia^ • es bnqpodLMerqne ,no BA^ 
tiempQ,7aov]Bndr4.i^Ea|>Qfa'J'.vi\r^ioc^ ,:••:•:. :'^» 3 



diqhoM, 3ipQ4o privad|9.; dc mk aBpirfcione^i impodble. 
f^T^Yfi jeremoi^ Ltiisa; puede ser 'que todo paada armor 
nisarse. 

— Si, sefior, ya yo tenga formadp mi plam obedeoeri a 
mi madra, y jamiu^ U0| jamas tnucionard a Euriqoe; ler^ 
aiempre £e} ^ eu amor/ . 

— ^No 86 G6mo pnede9 f^aarto oon use y ooneerTarte para 

otro. 

fT^-Ufilfed lo BabrA mat taerde^ 

^^Esverdad, ya e&tiea^o: abaadooariia el vfnoolo delr 
coerpo, conserv^ndo iatactx^ el vfDcalo d^l alma, 

— No, seOor, yo no hago ^aaas abstraeoionesi yo no en-, 
tiendo de ^sas sntilezas; o.me c^i toda eotera o qo medio 
nunca: el que ha de poeeer mi co^rpo^ poaeeri mi espfritn;^ 
y el qoe poaea mi e0pirit%. poteefi mi cqerpo... 

Eaia caatidad.lleDa de ftauqMiata, esta yirjimdad llena de 
atrevimiento probaba la pimzA y la eleradion de esa alma 
doade no halna panetrado la aombra de Hn peniamiento oar* 
nal... Gaalqufiera otra en igdal caao hubiera uaado de rodeoSi 
4j9 mtioencias, demediaa palabraa, poniendo de manifiesto an 
malicia por el faecbo miamo de ooaltarla; pero Lniaa, poaeida^ 
dil aentimiento de digiiidad qae le era pecaliar y con nn co- 
liaeontan pnro como el de nn iojel) comprendi6 en el acto 
tiodalaTabaardidad de eae aofiama que el mni^o acepta como 
una^rtiid, oomo nn aacrifi(»o del qne ae haee gala; pero en. 
la delicadeza de Lnisa, la idea de qnerer a udo. y aer de: 
ottroi era.'una p^atitnokMi qae no aceptaifia jamaayqne 
apenaa ooncebia qne phdtera darse y qne hnbiera nna; «ola 
pevamiaKcapaa de efectaark. t. . 

!f SI aoliUrio, cada vez maaiadmiFada^ ann onando conoda 
IbBi'feekLttmientoa.de aqnell&ji^en, marrebaba comode'encin- 
to en encanto, porqne tanta virtnd, i}adtaa;bnegaeion, tanto 
amorj tai}t9'di^nidad'y taii< eipiritQal delieadeaa ck-eia qne 



umf u nmt m pm iwnmuk . ITl 



no podian existir rennidaa, j en nn grado tan promineBte, 
en ttQfiolb sen pern ibdra no podia negarse a k evidtoeia 
de 8H8 ojos y tenia que confesar y confesaba con gofito qae 
jamat habia visto en el mnndo mnjer mas oamplida y que 
si hnbiera algana que fnese capaz de haoer la feUoidaddot 
nn hombre en la tierra, ella era la 4nica. » 

iQa^ edniacion, qu^ temparamento, qni circunttanciaa 
tan raras y ^escepcionales, decia entre si miamo, deben haber 
contiibuido, deben haberse armonizado para formar esta no 
meno3 rara escepeionlY el anciano mientras mas pehsaba 
en ello, mas sensible le era que e?ta flor faera a rnarohi- 
tarsa, qae estednjel tayiera que pasar por-todas las amar-^ 
garas qae aflijen a los demas y qae estas faesen todavia- 
para ella mas, macho mas, cien mil veces mas acerbas, 
porque a medida qae la senaibilidad es mayor y mas eeqtii-> 
sita y refinada, asi son las impresiones; y era faera de doda 
que Luisa safria estraordinariamentei snfria oomo nadi.e po* 
diasufiiF. 

Lleno de^estas ideas^ hizo tambien el firme propiSsito de 
salv^rla, de impedir- ese matrimonio, de poner en aceion 
toda su iDflaencia de amigo, todo su prestijio desabio, toda 
sa nscendientd como inseparable compafiero de Eduardo, de 
ed$ hombre ai qnien: adoraba dofia Jaana, por quien qiteria 
separarse dehmondo yjqu'e era el padre de Luisa; y el ian* 
ciano dijo a ia j67en !qne tenia a su lado: 

— Recomendarte el valor, es iniitil: lo tienes dema8iado;> 
loiini(^'i]uete faltjEt es la esperai^a y yo te la doi: yo me 
toi a pofferen Iach|i> contra lo que t&oonsideras el imposLt 
ble; pero dime antes el nombre del marido^ qae te dani. 

— Creoen 8u volantad, conozeo la fuerza de su persua- 
cion, s4 el poder que tiene su palabra sobre mi mamita,- s^ 
tambien ^cx^mo 'ella obedeoe y sigue ciegamente kuQ oonse- 
jos; pero en este caso es de todo panto imposible; ella me 
ha visto desfallecer y n6 ha cedido^ jcalcmle usted;8i poede 



n:^^<U!iafiii;^ltca antes deiobfan nala'hagft listed dbrnmar 
xmx^iBoin. Ugrima; no le* manifi^ste mi e&ttdo; qn% no sepa 
<m£(Btp snfit), porqnc'eatoi[sena.darld an goipe de mnerte 
dlpkisair en la' dadgrkm da sa hija; ;y f^lla debe vivir aAu 
cuando yo perezca! Ella me faa dicho que tiene comproaii- 
Eft^^de kiSqoe depende mi.fortima y que has^ la honra de 
ttkf|ldt^^ado3> coma lo^ de etta propia, comola-de mia per- 
soaa ii'^uieo amamucho'eii elmnndo, dbpende de ffste enlace^ 
* l^jY te ha esplicado la eansa de todo eato? 
'' -^No; me ha dicho qae es na imiatierio que no debo saber 
y queojaU no sapiiera. nuoca; y osted eoneibe que no he 
insistido sobre eate paato- y^qae nd^quiere insisiir jamas. 
. .<^4^jBdro^andl es e\. nombre cje esa persona a quien eat&' 
ligi^do tanto misterio? De ese eeposo a quien te dedtcan? 
ItlHt-Grolfermo de.... 
• rf-ql^nillermo deL;;^jGrtnllermo de... has dicho? 

Y la fisonomia del anciano se descompnso dandoalgunos 
pdsas^ffllLmsopaio si aqael' nombre tu^iera algo.dre terrible, 
aigb deie^pantoso, oomo si aquel nombre eroxsaraun espec- 
tm^4^^^ ^^^^^^^ apareoido repeatinameBte, 
- • jGuiilerino de... GoiUermo de... repilii6 por tres veceseon 
TOiptemblorosa; y acerc^ndoso ndeTaniente a Luisa, le dijo 
mni bajp;como para ser:oido de ella solamente: 

— jlmposible! ,. Te han engaftlEido. J iGuillermo de.^ no 
ezistb. 

: -r-^jNd exiate! volvi6.a decir Laisa. ^Y c6mo es.que no 
exisle^ baando solo anoche he estado ooi);^l y oon.an ^di)9^ 
poco.imtesique ustedUegara. 

^*-^]Con WL madre! ^Y como se jlama su madrel 

-T^Dofia Porfira de... ' 

{DonajPorfifai.fil inisnio nomi:)re, dijo eL anciAiio ihablan- 
doi ccMsigd misipo y 1 a^o afiadidc 
:)i>€^*i|YiqB/6 edaditiene ese hombife? 

— Es mni joven aun, tendrd nnos vinticuafcrA^o iFfin,^^* 



/ 



Mft. fVVKD. • ITS 



que 00 exintfil . ' '* :• -^ ..') al jp »••**»{ 

— ^No k) coQ09do^ yja mta, r^spoddi^ tristeoMD^ensl 'Soli- 
tario; la semejansi 4e nombres^ma ^Dga£E6. ^ -r v: 

T el anciaao baj6 la cabesb y oetv6 lis ojas eohio im 
hombre que odeclita profaadamente, haciendo abstraccion 
de cqaato le'rodea. Laego volvi^dose bdroia Lnisa, 1^ piifS- 
guBt6: • • •' / 

-^Han ex^stido Biempte relacioiiea de amisCad eoftre dofia 
Jaana 7 esa eeQora? 

— Antes se veian mai de tarde ea tarde, pero se eooori- 
traban oasi eieoo^pre en las tertoiias' trat&Qdt)3e con urbaai- 
dad; y hace coidI> dos afios a esta parte que se haa yisitado 
con mas frecuenoia y al parecer con mail iotimidad, 'lia^fa 

que Mtimamente, dtiraute la enferm^edad de ^i mamitai^esti 
viniendo diarian^ente con sa bijo, tenienda de ai»^fydo en 
coando largas conferencias a solas. . •} 

— jY has hablado eti algunas ocasiones con esjeiijc^W^B? 

— Machfsimas y en la aetnalidad todas laanoches^gfie-ha* 
ee compania papticularmentie caandomi toamita ae eflttcetie* 
ne con la de ^1. '. r ; i . ;io'> 

— ^Qq^ cjase de j6ven es ese? iCa^les son 9Qft dostum]^Qe^ 

— Las ignore; jamas me l^e ocppado de avetrignar m ftdd. 
£1 es mai amable en sociedad, de modales diaiingaidos) pa- 
rece que es el dandy mas a ]^ p^da, peFp,3roibe^pfe(runen- 
tado por ese joven no ^6 q\x6 eapecie de a«Utipatia Clft que HO 
be podido darme cnenta^ porq^ie nonoa me h^* filll^dp en lo 
menor. '•',(,• • 'v! 

El aides misterioBOS, leyes ocujitas, riiagnetiaiaasllbconi- 
prensibles,: gaces de las alo^i^ que^^abrenbdAn jfti^iT'en la 
tierra [c6mo vemas palpabWmentQ sn^ efeele^I; «Hi]?ittiir4iti 
anciano entre dieutessin que Laisa pndiepa CQn)pr6fi4e^^ 
que decia ni adiyiQar Ip qne ppr .Bi;i m^nt^ plsa^a« . ] — 

£1 solitario se referia sin dada algana aLe^Qtivnfgpti&id^ 

repulsion . gm Lwm ^^p^^p^w^sS^^^j^ 



174 

nitnto innato) sentimiento itmoiiVado p6P'ptMi d^t^j^'v^, 
pero que sin dada provenia de esas leyes ^idfiscB/dfe'^ste 
emabaeioiitt o gaces de ias almieis qvt^ BOhteU&Asai mh. tie- 
rra aun despoes de haber desaparecido ios cae^pod ia qoie- 
nes ellas aBimaban, segna decia el anckno,'^ paes't^ii&s^po- 
drdnegarqae los afectoa- y las pasione^ sobrevivfen a Ids 
que las ban- esperimentado, asi como s^bre^iy^n las ideas 
que se estienden por los continentes y que se infiltt*an en 
cada existeucia, siguiendo la marcha progresiVA de las jene- 
raciones, sin jamas estinguirse! QaizA de aqut ^rovierien I013 
ifiBtintos que son tambien un impenetrable mistef 16, como lo 
9a cuanto nos rodea y hasta nosotros pata nosotros'mistnos. 

— Si esa sefiora y ese joveuj continud el anciano despues 
de su pequefia pausa, vienen hoi y por casualidad me en- 
cnentro con ellos, no me llames por mi propio notnbre. 

-*^^Oonoce usted a esas personas? repiti6 Luisa eon' insis- 
tencia. 

— 8f^ hija mia, a una de ellas. 

_ • » 

— ^Y ellas lo conocen a usted? 

— -Talvez la madr^ puede conservar algun recuerdo; pero 
como th sabes, ya yo he dejado de existir para la sooiedad, 
ya yo eatoi muerto para el mundo, y el cotonel Toribio de 
•6azman estd hace mucho tiempo cubiert6 -con el polvo del 
eterno ol vido. 

-*-^abe usted, seftor, que me ha estrafiado mucho su sii- 
bita mndanza! Aqui hai algun misterio. 

•i-Lo hai, Luisa; pero ya que it madre Ho quJete' revel St^- 
telo, yo estoi en el deber de callar. 

-^Y yo respeto los escrlipulos de ambos. * 

- i-^Ptiedo decirte uita dosa, y es que el enlace ptoyectado 
tt^ desagrada ahora mas que nunca y si est^ en mi podet 
^pi^darjkm nada. 

— Pero ya he anticiipado a usted la condicibri: ' sin dis^us- 
tar a mi madra ■■ '^ • 

' j^Acepto con gusto dsta eondidon, f^htb rtsd cuanto tj^ue 



Ml ttOBMSai »IL WUMBUk 



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do otra manera oorreria pellgro; ana oontradiccion coal- 
qaiera, sa pesar, la idea de hacerte desgraciada, la lucha 
qae se estableceria entre sa carino y lo que ella considera 
8a obligacion, podria tener fatales consecaencias: ya yes 
qae tengQ necesid^d/df^^^i^^td^QJto; j{^;q sin hacerme esa 
prevencioQ yo estaba rteaeho a segair el mismo sistema. 

En esos momentos vino Ceferina a interrampirlos, dicien- 
do qae la sefiora llamaba al sefior de Guzoian. 

— Eat^ biea; vol en el acto, pero repito mi eneargo: qae 
no se me Uame por mi n ombre delante de nadie, partica- 
larmente en presencia de las personas qae hemes mencio- 



nado. 



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Mafpiinonio jpro^ectado. 



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Dofia Jaana tenia necesidad de hablar con el solitado, 
queria confiarle sas proyectos y qae faeran sancionados con 
sn aprobacioD, porqne si biea ella estaba persaadida qne 
obraba del modo mas conveniente para lo3 iatereses de Lai- 
sa y de so fatniliai le era mai agradable qae el anciaoo fae- 
ra de sn misma opinion, porqne esto era nna prneba ine- 
qnivoca de qne todo marcharia con aclerto, y asi abri6 la 
conyersacion dici^ndole: 

— listed sabe, mi ;!preciado amigo, qne nosotros no tene- 
mo3 ni hemos tenido jamas secreto para nsted, a tal pnnto 
qne nsted es poseedor mas qne ningano, mas qne yo misma 
talvez, de todos los acontecimientos sacedidos en nnestra 
casa qne ha sido la snya y continnard siendolo toda la vida. 

EI solitario hizo nna sefial de asentimiento y agnardo qne 
la sefiora contionara. 

— ^Ya dije a nsted anoche la opinion de los medicos res- 
pecto a mi, opinion qne estd en conformidad con lo qne yo 
pienso y qne talvez no difiere de la snya. En esta estremada 
eitnacion es mni natnral qne piense en el establecimiento 
de mi hija y ann lo habia pensado ya de antemano por 
motivos qne le revelard a nsted mas tarde y de los cnales 
tiene nsted algan conocimiento* 

£1 anciano volvid a hacer nn movimiento igaal al ante- 
rior y dofia J nana pro6igni6: 



— Pl^nso, pnes, casar a mi hija, ly con qaiin cree toteS 

— Ya roe lo habia dtcho Lnisa, 

— T»nto mejor que se haya anticipado^porque me alfoitk 
algnn trab^^ja Ahora bien, amfgo mlo; nada me estra&arili 
que u-ted desjipiobase e6te Enlace. 

-*-Tiene usted an jasto motivo parapensar asi ** 

— No se me ocultaba, Grazman, que uated se op6ndria:erfi 
lo8 horabt'es' lo3 resentimientos nunoa se borran; pefo creo 
que una vez que yo le €spouga n^is motivOs, serd usted d6 
mi misma opinion. 

— Sin contrariarla y deseando verdaderamente que ^std- 
mos en todo de acuerdo, dudo mucho que usted me prft- 
suada. ' !' 

— Si us^ted Fe digna oirme, lo espero. ' » 

— Ejsciicho con mucha atencion, pues tengo en "ello mti- 
cho interes. ' ' 

— Usted sabe que mi hermana la mpnja dej6 uri testA- 
mento en favor dfl padre del'j6ven que se casari con Luida 
y que la fort una que poseemos es puramente usufructuafia, 
salvo algiinas cosas que he podido adquirir con mis econof- 
mia?. ' /. . \- I u 

— S6, ^eflora, que bai algo de eso; pero me parece 'qtt& 
una cuestion de iuteres pecuniario' no es un motrvo de'b^- 
tante e.^cusa para dar ^1 paso que usted piensa.; ' ' '* 

■^No es, amigo, mio, simplemente una cuestion de inte'^ 
res pecuniario 1 i que me obliga, sino una cuestion de ho- 
nor personal sobre la que le hablar^ en deguida; ;^ue^ yi 
que trataraos de la fortuna, debo advertirle que no entfa 
por poco en inis cdlculos, pOifque hoi dia no se mira corni 
una cosa de seguriia 6rden, sino de vida o muerte, de uri 
iritere^ i^eattnente" capital; pero dado caso que no fueri este 
m6vil el que me hlciese'obrar (y se lo puedo asegurarque 
no eritra del todo en mis desigaios, sino que en realidacl, 
me es mui secundario) siempre debo tener en . vista' que 
Xuisa est£ adostuoibrada'a la riqUeza y ^ue su^hdbitos, su 

fOKO IT, 1% 



nuwa de ser,, s\i9 teodeacias uo se amoldarian jamas a nn 
eatado de mediocridad j iqeaos de pobreza, paes anfriria 
j)v(>Frf^lemei\te; y ^sto, mdepeDdiente que por el rapgo en 
que ha- Dacido, qi^e por. la spcia^ad a qae pertenece, que 
por el papel que est^ llamada a representar en el gran mun- 
do, necesita de todp ese desahogo, de todas esaa comodida- 
des que son indispensables para mantenerse en su puesto, 
y mas in dispensable 4 todavia a una ni&a como Luisa, que 
.tienjpi gustos tan refiaados y una especie de sibaritismo en 
el goce, que ama la hermosura, a quien le agrada rodearde 
de ^bj^tos de arte j todo cuanto hai de bello j de delicado 
en las obraa de la qatnraleza y en las obras del hoinbre, 
que ama lo que es eseocialmente portico como lo es ella, 
que no puede vivir aino en medio de cierta atmdsfera mis- 
teriosa y di^f^a^ perfumada y a^rea como lo es sn cuerpo, 
como lo es su alma, coino lo son sas inclinacione?, como lo 
son sus afectos, como >Dios ,1a ha hecho, en una palabra; y 
usted camprender^, querido Guzman, qwe para conservarle 
todo esta, que para qae conserve esta existencia, que para 
que i^o se pierda el aroma de esta bella flor, se necesita de 
la riqueza que da iodependencia, que da consideraciones, 
que prpporciona goces de todo j^nero, que permite ejercer 
|a can 4^ que ensahcba ej poder de nuestra voluntad, que 
maritiene la enerjia- en el cardcter, que aleja la timidez, la 
,eortedad, el apocamiento del espiritu, que realza las cuali- 
dades y en^pubre loa defectoSf-qne nos idealiza, en una pala- 
bra; en tantp, mi querido araigo, que la pcbreza destruiria 
todo ese encanto,, privaria a Luisa de ese perfume que ella 
necesita aspirar, barreria couesa aureola en que ella nece* 
sita vivir, la privaria de la independeocia sin la que el a no 
puede estar,^ desterraria la belleza, la poesia, la caridad que 
constituyen la esencia de su ser y que sou su principal ocu- 
pacion, su principal goce, su principal enoanto, y materia* 
lizdndola asf^ la mataria; porque la pobreza apoca el espiri- 
tu! auoQC^dft laa facultades, reatrioje la iatelijencia, avasalU 



IM ttMttifos %A prainib, ltd 

el car&cter, limita las aspiraciones, embota lo3 sentidos; y 
as! como Uega hasta el panto do afeary de degradar al alma, 
degrada y afea tambien el caerpo. Y yo deseo que mi Lai- 
sa no Ilegae jamas a ase estado. 

— Veo, seQora, re8pondi6 con calma el solitario y medio 
sonri^ndose, que asted da mas importancia a la fortana qae 
lo qae acababa de decirme, porqae me ha pintado todos los 
goces, todas las comodidades qae ella proporciona con pin- 
cekdas llenas de an brillante colorido y dignas del mismo 
Epicuro. jPero a qa6 estado tan triste y tan degradante 
deja nsted redacida a la gran mayoria de la especiet Si solo 
sp padiera peosar, elevarse, gozar, ser libre, vivir por la 
riqueza, jqu^ seria del resto de la hnmanidad! QaS seria de 
los pobreb! ^Confiese al menos^ seQora, qae esas ideas, bala- 
guefias para los podero^os, son mni desconsoladoras para los 
desvalidos y mai injasta para la Provideacia Divioa; pero 
afortanadamente no son mas qae opiniones estraviada^ pro- 
venidas de oaestras peqaefieces, de nuestras preQcapacioaes 
y de naestras misems, qae no pueden perturbar el eqaili-* 
brio del mando, qae no paedea desmeatir la misericordia, 
< jastiQia y sabidaria de Dios qae ha formado el hombre para 
qae goce de sua beneficios y se eleve hasta El, caalqaiera 
que sea sa condicioD, sa estado, sa fortana; porqae el pen- 
samieato, la intelijencia, la virtad, la poesia, el jenio, el pla- 
ce(*, el goce, la dicha, no son el patrimonio de nads, sino el 
patrimouio de todos: el hombre paede ser feliz, grande, ele- 
vi^do, espi ritual, portico, sablime, si se qaiere, en la pobreza, 
porqae esos dones del Altlsimo vienen desde mai arriba y 
no Son la propiedad de tales o caales individabs, ni el pri* 
Vilejio esclasivo de la fortana, si bien en naestro actaal es* 
tadp de cosas, ella en parte los facilita; pero dejando 
estas jeneralidades para concretarme a Laisi, vol a permitir* 
ipe rebatir sas opiniones por el inheres qae tengo en la fe-^ 
licidad de usted y de su adorable hija. 

~ •--Xalvez me eij^aivooo, Quztaan, pero oq he t^nido la 



160 WB fOCKOSOB DIL PUXBLO» 

menor intencion, se lo aseguro, eri ofender.a Dios 6on mis 
ideas y en querer dafiar a mi pi6jimo, 

— Conozco 8u corazon, amlga mia; s^ que e3 nil tesoro de 
bondad, de l^exiefixjencia, do amor; b4 la pureza de sus costnrn- 
bres, B61a fanlidhd desu \)da, larelijirisidad de sus pensa* 
mientos para qiie llegase algun'a vez^a figufarme, ni agn por 
nn instante, que hubiera pasado'por su mente un mal prop6- 
sito. Loque veo solaojente e3 uti p:»queao estravip, un pe- 
quefio error que nace no de usted, sine de la soeiedad en 
que ha vivido y que no es vituperable, porque tiene un 
buen fin. ; ' 

. -T-AcouMjenae, guieme, Guzman, esto es lo que necesitb, 
Bobre todo en mia 61tinao3 dias en lo3 que debo purificarme 
cuanto me spa, post ble para comparecer ante Dios y juntair-, 
me con mi. Eduardo. 

IL 

. DoBa Juana esperfmentd una especie de fatiga al coil- 
cluir sa frase. La cohversacion se habia prolongado dema- 
siado y solo tuvo dnirao para decir: 

— Me sieuto debil, Guzman; icomo no sea esto lo tlltimo! 
En todo caso usted es mi albacea y dispondri de... Un des- 
yacecimiento momentfiheo de cabrza le cort6 la palabra^ 

El 8 Jitario se. al rm6, pero no toc6 la campanilla para 
que viniese jente, por temor de asustar a Luisa, lo que coti- 
fiideraba mui peligroso, sirio que la socorri6 solo y tomin- 
dole el puiso conoci6 que no era otra cosa que un lijero des- 
;inayo, precursor, sin duJa del desmayo eterrio, pero de 
nitJguna consecuencia por el momento, pues haoi6ndole oler 
jun poco de sales la volvio eh sf en el acto y volvi6ndole a 
dar esas crotas de &u elixir la entoh6 considerablemente. 

— Hacen bien 1 s inguilinos de la hacienda, mi querido 
amigo, continu6 doBa Juana, con to no alegre, una vez re- 
cuperada, en llaraarlo a usted brujo, porque U3ted obra pro- 
dijibs en el cuerpo y- en el espfritu: ayer con esas gotaa he 



llOB 01GESIO8 DIL FUULO. 181 

.» ■ I . • . 

ppsf^do la mejor noche y ahora me vaelven a la vida y me 
dan fuerza como por eocaato. jHa encontrado ustod pbr 
casuaUdad aquella redoma mfsteriosa que coDteaia el Ifqai* 
do que preaervaba de la muerte, deque tantas veces liabiA 
nsted como yo oido hablar en eaos cuentos que hacen las 
deliciaa de lea niSos? 

— OjaU, stCora, la Lubiera encontrado; y no crea usted 
qae be dejado de ba^'carla, lisonjeandome con la quimera 
d<^ hallarla algun dia, porque tenia a la vista este misterio- 
so Hquido coyos efectoa son real men te proJijiosos, pero que 
alcanzan tan alld en sua felices reaultadQa oomo loa de la 
encantada redoma. 

— Pero en fin, uated ha descubierto un remodio porteii- 
toso. 

— Yo lo he hallado, sefiora, no lo he descubierto; y por 
mas que lo he sometido a un prolijo andlisis q-.i.inico des- 
componidndolo, me ha sido imposiblo conibinar las sustan* 
cias p hallar los irgredientes de que se forma: es uno de 
aquellos secretes que han desaparecido con el individuoque 
lo poseia quedanHo envueltos en el qaisterio. 

— Sabe usted, Guzman, que a pesar del intere^ que ten- 
go en continuar nnestra.conversacion interrumpida por ese 
lijero accidente,'ha picado mi curibsidad. lo que usted me 
dice, a tal punto que desearfa saber c^mo ha llegado a sua 
manos esc tesoro: usted es el homl^re de los prodijios, Guz- 
man, y qnien sabe si usted .mismo net lo eg; estoi y^'.por 
adherirme a \\ opiqion de nuesthos sencillos campesinos. 

— 'Satibfar^ sti curiosidad brevemerite. Itecuerda usted 
que no hace mucho tiempo, en un paseo qu.e hicimos con 
Luisa y Enrique al.volcan estinguido que e.std en imp de 
los pas elevados picos de una de las mqnta&asde la hacien- 
da, recuerda usted qu,3 se habl6 de i^na m6mU qile aVH 
cxistia y que usted queria ver? * 

— Perfectameute. 
—Plies bien, seSora, yo,liabia descubierto esa m6mia ha- 



183 um srauHNM job, nwoM. 

cia mncbos afios y mi admiracion y mi cariosidad me inda- 
jeron a rejistrar todo cuanto alii existia y a exarainar pro- 
lijameDte aqnel caddver discecado, encontrando pendiente 
colgado a su caello este mismo frasco que yo Ue.o siempre 
conmigo del mUmo modo que lo llevaba la m6mia, y que 
oontenia este licor en mas cantidad que abora, porque he 
becho algun uso de 6\ en mis esperimento^ y en algunos 
casos estremos en que me be] visto obligado a emplearlo, 
pues lo economizo como mi mas granile tesoro, porque la 
esperiencia me ba demostrado que prolonga la vida basta 
donde lo permite la naturaleza^ baciendo que muera el en- 
fermo sin angustia, casi sin agonia. 

— jEs posible! 

— Si, seBora, y vine a conocer su efecto por esperiphcia 
propia, del modo siguiente: Creyendo que este licor sefia 
alguna bebida embriagadora del uso del indio, jla destap^ 
y oli con precaucion, en segnida la acerqu^ a mis labios y 
puse en mi lengua una pequeQa ddsia, como la de una cu- 
cbaradita de t^, que tomd sin repngnancia, porque no tenia.. 
mal gusto. Poco rato despues sentl una fuerte traspiracron 
en todo mi cuerpo y una especie de embriaguez que sin ha- 
cerme perder la razon me adormecia dulcemente, casi po- 
dria decirlo, deliciosamente. A pe^ar de este sopor, que no 
perturbaba mis sentidos, conoci que no era ya un licor el 
que babia bebido sino algun bre7aje que talvez me iba a 
dar la inuerte dejdudome en el mismo estido que la momia, 
y le conSeso a usted la verdad, tuve miedo; peco el adorme- 
cimiento seguia gradualmeate basta que ya no tuve concien- 
cia de mi ser. Yo nosS cudnto tiempa pernoianeceria en es^ 
estado, pero lo cierto del caso es que fui dispertando poco 
a poco y que al fin desaparecid cooap-etameute aquet ador- 
mecimiento y pude levantarme con la cabeza tan fresca y 
tan Serena, con la imajinacion tan viva como si no bubiera 
becho otra cosa que dormir el mas apacible sueQo, qpn la 
diferencia que caando tom6 aquellas gotas eran las doce del 



IM nOUHMI BB PinBUV IBS 

dia, paes acababa de dar cuerda a mi relojf y cuando dis^ 
pert^ estaba ya el sol en su oca^o, lo qae hie hizo presumir 
al principio qae mi letargp habia darado como anas seit 
horag; pero cnando ech^ mano a mi reloj; para oemorarme 
con exactitud del tiempo transcurrido vi con sorpresa qu^ 
86 hallaba parado, 16 cnal me hizo presumir que e^ suefio 
habia side mas prolongado, y para ceroior^i»me di nueva- 
mente caerda al reloj viendoque no se habia parado pQr:Un. 
accidente o por defecto de la mA'pina sino porque estab?i^ 
realmente en otro dia, conveocrdudooieeQaipletadieiite por 
pregnnta que hi<?e a loa campesinos. 

De^^de ese moraento, seftora^ gaardd este eU^cir oomo un 
verdadero tesoro y por el ensayo que hice despues eo anir 
males y aun en hombre^, he aprendido a aplioarlo 86gun el 
caso, oonsistiendo la diferencia de sus efeotos en la cantidad 
Buministrada: h^ aquf, seQora, la hiatoria natural y sencilla 
de este milagroso remerlio^ en cuyo deScnbrimlento he gas- 
tado gran parte de mis Altimos afioa sin pod^^r fdibricar uno 
igual; y e^sta contracoion constante me ha hechp adquiriri 
prdctica y oientificaraetite algunoi eouocimiftfttos en qaf mi- 
ca, en flsica, en bo tunica, en ineralojia, hasta el pun to que* 
he llegado a obtener resultados desconocidos tpdavia y que 
acopio prolijamente para que sirvan a mis semejantes. 

— Lo que usted. me dice es pro lijiaso; es como unp d^ 
esos caentos de Laa mil y una nochea^ 

— Y sin embargo, seflora, uste.d ha visto los ^tensilioa 
que usaba ese salraje cieatifico, asa iadio cat6Ueo^ puesto 
que tenia en su grata la Imito^cwi d^, VrUtQt,^ ese guerrjera 
ind6mito, pueato que conservaba su carcas, su arco, sns fle- 
chas, a la vez que una hermwa y cortante espada toledana. > 

— De veras, Guzman, y tambien Luisa y Sariqujs han vis- 
to y admirado esa m6mia. . 

— A qaien yo respeto y reverencio, sefioraj ..pprqueej 
esplritu que ocup6 ese cuerpo debio aer un grande esplritu, 
pues 61 me ha proporcioaado y m? ba k^oho adqpirir, por 



el esto^o que me lie risto obligado a enaprender para lie- 
g«r hasta donde ^1, los medios de aliviar y de ser ixiXl ^n 
parte a mia semejaDteei. 

— De manera, amigo mio, que nsted va a gastar conmigo 
una parte de ea tesoro. 

— Todo &i es necesario, sefiora; pues dando can ^usto mi 
vida por saUarla, ]c6mo no habia de dar mi redoma! Y sia 
embargo, cada gota de ella tiene para mi mas valor que el- 
mas grueso brillante. 

— Gracia^f Oazman, eepero que uated no laconsuma com- 
pletamente; y dofia Juana con esa familiaridad noble, sen- 
Ua y digna que distingue a la gran s^fiora. ae npoderd de 
una de las manos del solitario que e9trecb6 entre las suyas 
sUavetncnte, de la misma manera quese hublera ftpodera:do 
de la mano de su qnerido Eduardo, dici^ndole en seguivSa: 
' ^-*^Pero a peear de lo milagroso de su medieamento, ^1 
no puede dar la vida? 

< — Xo hai nada; seflora, que pueda contrariar las leyes de 
la naturah'za. La vida, como la muerte son mi^terio!S impe- 
netrable^t, proeeden de causas desconocdas y nosalKJinossi 
lo l3no es lo otro o si ambas no son mas que una uiisma e 
id^Dtica cosa. 

— Lo que quiere decir que usted no sabe si la vida es: 
muerte o la muerte es vida. 

— Jastamente, sefiora: yo veo en todo y por tado una 
ti^ailsfbrAiacion constante. 

' — jLos fil68ofob! Los fildsofosl No tienen mas que Ja duda^ 
H itifiertidumbre, el caos, la nada. 

9 

. ■■ . ; III. 

m 

m 

Un gblpe suave en la puerta del dorrai tori o se dej6 oiry 
la sefiora dijo, coruode co&tumbre: 2qu($hai?«^Qaiea^8i Tase 
fasted adelante. 

Dofia Juana suponia que debian ser personam de confiahza« 
Polla Porfira apareoi6 acompafiada de Bu hijo. 



tot maxim ix^ ?9Xn.o. \8S 



El solitario recoBoci6 en el acto a la esposa dd hombre 
que habia causado la desgracia de EJaardo y aqaua 61 
babia nauerto eu leal combate; porque dofia Purfirata pesar 
del trascur$o de los aflos, conser^ab.^ aua pierta frescora eo, 
BUS atractiyos de otro tierapo, atractivo^ que por medio del 
cuidado y de las comodidades dc la yidai nose habian mar* 
chitado en t\ grado que debia esperarse. Pof otra parte, la 
fisonomia del hijo, su estatura, sus modaleSt etp./erao qom* 
pletamente id^oticoa a los del padre; asi es que era ic^rpoai- 
ble equivocaise. 

El aojitario, con esa galanteria del hombre de soqi^dad 
que jamas se olvida, aun cuando se haya perraaneoido por 
mucho tiempo ajeno a ella, con esa galant-^ria, decimos, se 
pai 6 para recibirlos, pero antes dijo a dofia Jaana de ma^ 
nera a i.o ser oido: 

— No roe llame u«ted por mi nombre. 

Este incidente Labia ioterrumpido la convejsacion que 
tenian p* cob mementos antes y que el ancianoe^perahaJle 
var arim deseulape feliz, porque suponiaque el principio de 
elia aoguraba baen ^xito, de manera que qaed6 sumamenta 
desfjgradndo con las visitas. 

Doila Juana pre8ent6 al solitario a doBa Porfira j a su 
hijo nomhrdndolo nada mas qae con jpUitulo de un aotigi^o 
amfgo soyo. 

El coronel se inclin6 con cortesania, pero sin ir. mas ade- 
lante, hacieodose deseotendido del moviinieoto qae habia 
hechq dofia Porfira paradarleJa luano, porque talvez en.su 
franqueziiL la habria rehusa lo si se la habieran presentado 
de una .ro^nera mas ostensible, 

D(»n T<»jibio de Guzman examin6 d^tenidamente .a la 
madre y al hijo y crey6f eacootrar e?i el Altirno el qai^imo 
hom)>rG que habia visto en aqaella.misma casa hacia diez 7 
Bejs.o dieziocho aQo^. Respecto a dofia P^>rfira ya hemoif 
dioho que habi|( mudado ti^n ppco qui^la habria reconocidQ 
en el acto. ,. 



Darante los primeros momentos de conversacion, el soli- 
tario no tom6 la menor parte, sin siquiera abri6 ana labios; 
pero ae qued6 en sa Ingar esperaado solamente el tiempo 
fxijido por la etiqneta para retirarse; asi es que caando 
crey6 que no faltaba a la poHtica, se despidid dando sola- 
mente la mano a la dueSo de casa. 

— ^Qo^ hombre este tan adusto, amiga mia? dijo dofla 
Perfira a dofla Jnana cnando lo vi6 partir. 

—lYAte he dicho que es un antiguo aniigo mio. 
• — Parece on misintropo: jqu^ nombre tienel 

— Ha llegado hace poco, ayer no mas y quiere guardar 
el inc6gnito. 

-^jQae es algun jefe de partido, algun aspirante, algun 
revolneionario? 

— No se ocupa de polftica. 

' — ^Es acaso algan fil6sofo? Al menos tiene las apariencias. 

■*— Has acertado. 

— ^;Fi!6sofo en estos tiempos! Mas valiera ser saltimban- 
que; porque la filosofii no da plata ni a nada conduce; mien- 
tras que lo otro es ona prefesion que en ocasiones es mni 
Incrativa. 

A doQa Jaana le incomod6 esta reflexion, pero tuvo la 
prudencia de no contestar. 

DoDa Poifira in8i3ti6 en sa observacion diciendo: 

— Me parece que a ti te agrada la profesion de filosofia, 
porque lo recibes con intimidad y familiarmente. 

— ©i un hombre a quied debemos muchfsimos favores. 

— que ^1 te los debe a tf, porqtie esta clase de pdjaros 
jamas tienen un centavo, y se allegan y. adalan a las perso- 
nas ricas para aleanzaf nn plato con que matar su hambre o 
alguna pequefia propina que les d^ io suficiente para vivir 
coal bestias saivajes en un apartado rincon, asi como Di6je« 
nes en su tinaja; y estos son los mas moderados o que al 
menos ocoltan el desmesurado orgollo que los roe interior- 
mente; poes hai otros mocho mas perniciosos y mas majade- . 



< 



UM iiMMfoi biL'^JhnilaDO^' 187 

ros, qnaliablan mncWsimo c6n tono majistral; qiie 86 injie- 

ren en la poUtica, que awdaa por las calles y 'paseos c^n \ 

•una marcha mesarada y uti aire grave^ como dictendo aqtrf 

estoi yo, aqut va el Mnsias; qtie encuebtrad tedo malo^ me- 

nos lo que elloa dicen, lo que ellos pieffai^an, lo que ellos e«- 

criben/que no haUan nadie que los c6mpreiida y qJien los 

admire lo ba^^t^ante, porque toda admiracion es poea paia 

ellos; que miran desd^ fa tripode que se han forjado alMen 

8u caletre, de alto a baj6 a todos loshombres; que se creen 

profundos e infalibes en relijion, en politica, en litefatdra, 

en artes, en ciencias y en qn^ se yo qad; en fin, que no quie- 

ren a nadie, que no hacen bien a nadie y que solo se ocu- 

pan en *contemplar^e a si mismos, en hablar de si miamos, en 

estasi'arse desl inismos. 

Dofia Jaana no pudo raeno^i de reirse y de reirse con ga- 
nas al oir la critica mordaz de dofla Porfira, y le dijo: 

» — Parece que no eres mai partidaria de los fil6.^6fo8, 

— jPartidaria! Huyo de ellos como de la peSte. 

— -Plies, arniga mia, yo fcfengo una opinion contraria, por- 
que el iimco que he conocido, el caballero que acaba de 
salir, es todo lo opuesto al cuadro que id has trazado; por- 
que ^1 lo sabe todo, y jamas dice nada; 6\ no habla de bI 
mismo, sino de los otros; ^1 no se engrandece, sinb que en- 
grandece a los demas; ^1 cree que nada sabe, y donde en- 
cnentt^a el lalento lo admira y elojia; 61 ighora sfu tn^rito, 
para reconocer el mSrito de los otros; ^ se olvnda sfeinpre 
de su yo para tener eu la meraoria los yoes'ajeiiq-'; 61 s* cree 
talvez el dltimo delbs hombres, pues sirve, considera, esti- 
ma, aliria, f ivorece al que se le presenta; ^l compadece at 
criminal, disculpa las' flaquezas humanas, tiene iddul!encia 
pbr las debilidades del pr6jimo, perdona a sua enemigos, 
habla bien de todos y soloes severo eonsigo mismo. \ 

— Th me pintas un sauto y no un fil6sofo. 

— Ml amigo es las dos cosas a la vez. 

. — Sin embai'go, su ficionomia ref ela dureza* 



>*— Si, eMtA wjeto ei;i ajgupas ocaBioiijes, pero esto sncede 
con mucba rareza, a espeuxuentar cierta amftrgora que apa- 
rece ^d 6.08 facciones, peio loego jc^mbia y.ue domina. 

— A pesi|r de lo quo. mq dices, no \o he enoontrado aim* 
pittico apriroera vista. . 

«— Talvea; no todoa. tenemoe la misma manera de ver j 
de pexm^r. 

^ X'doQa Joana, j^ortando asi la conrerwcion, dijo en su 
iateripr: ^^Oebe e:ri8tir algo en loe hombrea quese rev^Ia a 
. an pesar La repul&iop instintiva debe provenir de que cuan- 
do ae eqcoentran el bien cqq el mal, se rechazan, no pudien- 
do per SOS natviralezoB distintas: asimilarse ni ponerse en 
cpptacto. ' r r 

Efita era la verdad, y el raciocinio de dofia Jaaua era. ver- 
dadero. , . . , 

La uKidre de jSrttillermo <ii6 la ultima tnano al proyeeta- 
do enlace, aFrt^glando d.efiuitivamente todas las condipiones 
pa a que no hul;)iera l«^ar, ni por una ni porotpa parte, a 
ii^icjar uu juicio, auii e.a ca^o que hubiera, marchaado el 
tiempo, alguna di^cordia autre los e^posos, quedaudo por 
m^tao cbDvenio separala y reconocida la fortuna de cada 
unOy/de la eual, podian di^fi utar libremeute sin intervencion 
de parte del inarido^ sin que pudiera cotnprometerta, usa- 
fruct,uarl% u\ ennjenarU bajo ningim a^^pecto. . 

PoQa Porfira y Guill^rnjp, hat^ian accodido, porque en 
realidM temian laa consecu^ncias de un pleito que I04 pri- 
vara por Qomplt^to de larfortuna; mieatras queasi, auu cuan- 
do babiaa hecho CQOcecioues de alg-uua pirte de loi bienes 
d)p que ellod estab'^u actv(ala[ieQte en poae^sion, sju embargo, 
f^e^qraban el restp; y yaii^^ dqle^s para cHqs, aparept4n\Io je- 
' neroMidad y despreudiuiieuto, quf)dac segucos y ser lejiti- 
mamenite doeQoa de Ip qu^, lea dajaban, que era mui canai-; 
derable. 

Dofia Juana, fatigadc^ qpn estalarga converaacton.sobre 
intereseSi converaacion qu^ le era penoaa y que aolo la so- 



llamar* aHoIitarib 7 k so Tiija/tatiluego 6ariib^^'de8(>idi6 
/doQa: Poili'rit; para ^olazarse fifi^ tAntb toory^aqa^llas dba fyt»^- 
a^tias que 1(8 efrrfti tah ^aeridas '^peviai^dddlfes qufe no'le 
tratiria en ese diadd nidgan asalbCa' matritaociitil), pdr^^Ia 
ilia misma le de^^gfadaba. ' I ^. 

La conversacion pi4n'ci|iial iiiitt^ laqti^nas fre* peraimMy 
rod6 eritodced sobre un asuoto que -les iritisreatfba vivamen- 
te a todds <illo9, salVa cferto3 gr^adoi, €8 iietjir, ^fei'tsis ^Ittftifts 
fte intere&, pues se bcnparoii ca^iaf-idtt^Waoletfte de!la fodfi- 
lia LdpezJ de W^fiaion de Enrique y de loa 'niedios de (jfte 
podria rcixai^e taatib ]>ara palva^ - -■ 

El sblitario ipi'ovechb esUa bpbrtenidad para ha<5er valer 
ante Ib^ ojoa de la seQora las «obre>^a'ieQte3 cualidadeft-'de 

iirique y aun se aventur6 a decir qae hariallifi ft^licidad de 
cnalduier sefSorita. ^ ^ ^ ; .< :' -' * :o ' 

' Dofia Jaana, Jgin disminnir en na,da Iks pteodas dfe!*J(5t^6n 

ob'refo y por el bontrarlo encomend^ridolas mdchljrfmo/ife 

limii6 a decir: ' 

— iQdi Mstima qtte Enrique lia pert€jne«ca( a la aliSto- 
cracia!' 1 • » - t . . . ., w 

Eata efeclatnacion ponia de manifiesto stt bbirdad, sn afec* 

' to por el hei;mattb de 'Mercedes^ pero al t&israb-ttettipa i$da 

ifittan^ijiblesridea^ de wM^ que er^limpdsfbtelobrtibatil', 

'particulafraenfe 6ti aquellos' ii6m^tos en ijfte pat'etce ^4^ 

erindi'tidtib isre af^rra tiiad que nunea a:»us^€fetoclas■ co*. 

le^^ilera qn^i'sean ellas, pbrqde son e^os 41tkftOj lAomentos 

•fle la vWalos«que se asimilan mas con hi edu^aolon reeibidS, 

aucediendo muchas veces que, a pesar de haber adbptado 

otraiideks^'dorante latniyor partb d^ nuefstra e^ist(»cia, vol- 

remos a nriestrbs pritoitivos i^incipft*^; VdlVemos^ tt '1i infi^- 

Afa^'en lo^ pbsftrerbs^nbmefitodde'tltt^istriittiansitoriaoatTeta. ' 

Per eita Itiiioii ^1 soKtario gttiiivlA dilencio,^ff^ntfari4r 
en lo metoi* ^1 p^nsafmit^nto "ixiaiiifeetildk) >pbr la'^fettii^, 
pero tambien sin aj^yiirloi • ^ ' - ■■'' 



■J -i ■'. ,. i.'. 



190 AM (woasoi An nwBu^ 

, , Stgal69e a edifa conversacion nn peqoefio ^ilenc^o^ porqiie 
efuia uBo^ estaba impresioDado, a &u manera^ j taAto el ^aa- 
((iaiio como I^aisa DQ qoeriaQ dar el menor moti^odet db* 
.gqAto<a la nobid pacieBte; ]c6mo podna ^91?^^^ ^? ¥ii^' 
{c^uio podria hacerlo 9a amigOi casi &q^ hermano! . 

Era ya ud poco entrada la noche. Dofia Joana mai^ifesljd 
el 4e9eo de recojerge, dioiendo al soUtario; 

*~I>6ime Tisted anas cuaatas de sua milagrosas gotaa para 
domir trftoqaila y tener mafiana una larga coaferQncia ^ 
Ijat^d, paea hoi hemps aido iaterrampidos; y para quei po 
ai^ceda lo miamo;eapero que uated teags^ la boi^dad dq pre- 
sentarae a primera hora, ea decir, tan laego coi?io despiertfe. 

Elaolitario ae. retir6, qnadaodo Laiaa i^.aolaa copdoSa 
. Jaaqa para ayadarla a de^und^rse y para.recibir Jap 4Itimaa 
caficiaa ,de aqoelta tierna madre, cariciaa que le Servian de 
consoelo en aua aufrimientos, aiend i el ^aico placer de f^Q 
go^baiea la vida^ porqae la afeccioa, ptjrqie el amor, Qual- 
.quieraqne aea sa natnraleza, todo lo.entjlalza/todo lo alia- 
na y todo la ennoblece; razon, ain dada, por la qae d^c^a 
Jfaacriato^ cuandp le pregaqtaban ana diacfpalos; ^'en.qa^ 
recoDoceremos a loa naestros?— Ea que ae amen los unoa a 
Joa otroa.'.' Laipcion 4e pnalcanca social iofiaito, p.o|rque en 
pocaa.pa^fibraa eatacomprea^ido t^do el perfeQcionamiento 
^niQanpf^yaaea cpa relacioa a la familda, ya al eatado 6 ya 
a la especid ea jeneral, p)|0a loa.qne ae anxan no ae. perjadi- 
f^VL aioo que ae. ayudan; no ae tieaeh envidi^ .^pio quje ae 
tienen oaridi^d, y aua relacionea son nobles, ainceraa, de^lfi- 
t^reaadas, fecandas siempre en paz, en regocijoi en acmon^, 
^^felic^dad. , ; ,. 

ALaiguiepte dia, deapaeade \^ i^atinal vjdta d^Loiaa, 
qUiei $9:enoontraba\CQ9fitant9meAt^ pr6$eate al d^pert^r - de 
ja .madre^ fu^ introdueido; . el aplitario > a1 caarto de, ,d(^ 
•Joftaa^quQ lo r.ecibi6 aan.aqnel:plaeejp que aa^qdel ^fifio 
yq[a^.|^$r^ei«aiMt,f)ir^itfq#]ba^^ la eaperan^ de.re9ibir on 
Qonauelo en loa trances de angaatji^ y ^ 1?. di jo; . . , . ^ 



um noBXTOB dil puxblo^ 101 

— Sentf injSaito, mi qaerido Gazman, que ajer fa^emop 
interrumpidos, porqae, habldadole a usted <^a fraoqaeUi 
xne siento cada iustante mas d^bil y creo qae ha llegado el 
tiempo de no perder I09 cortos momentoa qae uoa coDced^ 
la Provideocia. Eq trea dias mas, Gazman, es el ani^ersario 
de la muerte de Eduardo; y an presentimieoto. iBterioir, 
presentimlento que llega al grado de aaa fiQavicciQii abso- 
lota, me dice que ese tambiea es mi t^rmino,.. . 

— SeQora, es preciso no dar entero cr^dito a^saa ideas 
fanUsticas de una imajinacion exalt ada. 

— No, amigo o^io; el alma suele tener sua anuucios/sus 
profecias inCilibles: hai casos en que el e3pirita llega a an 
grado tal de lacidez^ que penatra en .I09 arcanos del porve- 
nir y que ve mas alU de lo que le es dado ver al homi>re. 
jNo tiene usted, Gazfuau, qonocimieatp de este raf o fen6- 
meno? {No ha pre^^enciado, no ha sentido usted mismo, en 
algunas ocasiones, este poder del alma? Las protecias de 
algunos hombres, y particularmente de los pidres de pues- 
tra reHjion, deben sin duda tener suorijen en esa dilatacion 
del espiritu, si es percpitido espresarnos asf, que tras- 
pasa los tiempos y el espacio y para la que no ezisten ni 
fechas ni lugares, sioo qae estd presente ^n las pasada^ 
como en las futuras edades^ sino que ve todas las. ^poca^ 
en un soloinstante, el pasado y el porvenir en un salo mp- 
mento. 

£I solitario mir6 con asombro a dofia Juana y guards si- 
lencio. , , 

— No se asuste usted, Gazman, dijo la noble matrona coa 
una sonrisa de benevolencia; tenemos muehisimo tiempo. 
En tres dias puede hacerse mucho, y todo se har^ 

— jPero no es posible, sefioral 

— Qa6! ^El fil6sQfo es el que se muestra cobarde eu.el 
tlltimo trance? ^Cudnto mas vale entonces la relijioa qUjB la 
ciencia? Yo estoi serena, amigo raio, porque .tengo coLfiai;^- 
sa en la bondad y miaericordia de Dios; porque q& ^ue y<4 



t^2 UM iOGUtOf ML PITfelLix 

la teQBirme a ml Edaardo/y porqae dejo asegurado el por- 
•Yenir^e mi hija. 

— Aycr, «eaoi*a, hablabamos sobre este {iltimo panto y 
iieirto decirle que diferimos en Buestro modo de ver. 

•^Poede isef/Gazman, pero espero que al fia qaedaremos 
de acn^rdo. 

— ^Usted daba, sefiora, 'demasiada importancia a la fortu^ 
na, haeiendo casi consibtir en ella la felicidad. 
' • ^^Ni tanto ni tarapoco, amigo raio; pero la creo uecesa- 
ria, casi indispensable per la raanera de eer de Laisa. 

'♦-^Y sin embargo, nsted se eqaivroca: Luisi es una de e^as 
almafi^iie viven en una esfera mucho maselevada. La vida 
de Ltaiiga cobsiste ;&riicaniente en los afectos y en las ideas: 
^1 coraston yla ihtelijencia son su tolo. Para las almas vul- 
gjiris, para lai que nacen, crecen y mueren en los gocesde 
la materia, para las quo solo existen por la vanidad, por la 
b6tentacion, por el qu^ dirin, para las que brillan por el 
lajo, para las que acatan y temen la opinion sin temer ni 
aeatftr los clamores de su onciencia, para las que piensau 
"en festines, en saraos, en bailes, en paseos, en tertalia?i, para 
las que solo contemplan su est6:nagoy se fijan en la magni- 
'^cenciA del ti'aje, en la suntuosidad de los edifipios, eh el 
'ddra<Io'de los mumbles*, en el brillo de los equipajes, en lo 
'ftltillido del lecho, en lo que deleita 16s sentidos y agrada 
al cuerpo, para todas estas, cqnfieso con usted, es indispen- 
sable la fbrtiinB) pues sin ella la vida es un tormehto con- 
tinuado, un infierno verdadero; pero Luisa puede vivir sin 
ellko con ella; le es indiferente, porque ser^ graride, podti- 
ca^ iletada, ideal, vaporosa, diftiPana, coiiio usted dice, en un 
palacio o* en 'tna choza, en medio del refinatniehto del lajo 
o en la desnudez de la pobreza; no proviniendb'su mSrito 
dePik mayor o menor porcion de fortuna que posea, sino de 
lit '^scelencia de sus cualidades, de la nobleza de sus pensa- 
'ibi(h:itoB, de la satttidad de sus actos. Luisa, sefiora, es inde- 
J^ndimte, no-pbt- el hecho de tenet fortuity, siuo porque 



# • 



KOl BiCBiMNMI DIL nULO; 19S 

DO la uecesita; sn liberiad de accion no consiste en la ma- 
yor 6 menor cantidad de peeoB con que caente, 8ino en e\ 
desprendimiento absolato de sn esplritd. Ahora por 16 que 
respecta a la caridad que constitaye so mayor goce» nsted ' 
est^ mni equivocada, sefiora, en creer que es solo J a for tuna 
quien la da y que solo con ella se ejerce; la caridad, amiga 
mia, est^ en el alma y no en los talegos y puede practicar-' 
se en todas las condiciones del individuo, pues no se nece- 
cita del dinero paral satisfacer plenamente esta aspiracion 
santa. Ya usted ve, pues, que la riqueza no es para su bija 
un elemento sin el cual pierda el brilto de sas cualidades^ 
el perfume sus virtudes. Luisa sera ideal, vaporoaa, po^Lica, 
cnalquiera que sea la esfera en que se halle colocada, porque 
es virtuosa y la virtud no es el obligado patrimonio de la 
fortuna, sino que la puedea poseer sin escepcion algnna to- 
dos ]os seres, y el tiempo llegari en que vivamos todos en 
esa atm6sfera de lu2^ en que respiremos todos ese aikbiente 
delicioso, siempre nuevo, siempre fresco, siempre agrada- 
ble. . . 

— Usted me complace a la vez que me persaale, Guz- 
man. Yo comprendo que bai seres tan elevados que lleguen 
a ser superiores a esos accidentes de la fortnna y tan to mas 
\p comprendo cuanto que lo veo y lo palpo, porque asi es 
usted y asi babrd^n sido y ser&n los santos; pero yo no he 
lleg^do a ese grado de desprendimiento, querido Guzman, 
se lo confieso no podria resolrerme a vivir en la po« 
breza. 

J. 

— Asi le parece a usted, sefiora, pero Uegado el caso tis* 
ted seria feliz en esa condicion humildecomo lo ba sido en 
la opulencia. Talvez serd necesario ro'mpei" con alganosliil- 
bitos y ^tp es inas o menps doloroso, pero al fin uno se ba- 
biti^a y la calmiEi se restablace, cuando se tiene como n!3ted 
bondad y nobleza en las ideas y en los sentimientos; pero 
cuslndo nuesira existencia se bace consistir dnicamentie en 
la vanidad, eii el lujp, eu el deleite escluaivo del cuerpO| 



194 £08 BCOBJttOS DSL FtTHBtiO. 

entonces si que es insoportaWe la poT)reza; pero esto depen- 
de, como U8t«d misma debe j azgarlo, de falta de ele vacion 
6Q el alma del indlvidab. 

— Asi es, Cruzman, asi es; ,y yo sol la equivocada; yo lie 
dado mas unportancia a. la riqaeza de la (][ae en realidad 
merece; pero, como le lie dicho antes, no es esto solo lo que 
me ha determinado a llev^r a. cabo el matrimonio de Luisa 
con Guillermo, sino consideraciones de un orden supe- 
rior, 

— Vamos, amiga mia: pues yo, por mi parte no alcanzo a 
penet^rar ese misterio, sino que por el contrario, hallo en lo 
sucedido motivos para que nunca llegara a realizarse tal 
union; porque usted no ignora los males que esa familia ha 
ocasionado a k suya. 

— ^si es, Guzman: aunque a decir a usted verdad, Eduar- 
do.siempre fa^ reservado cbnmigo sobre este particular. 

— jPobre amigo mio! esclam6.el solitario vertiendo 1^ 
grimas, pues comprendi6 la magnanimidad de aquel hom- 
bi^!^ qae^, sin duda por no darle may ores penas a su esposa, 
Qcqlto tpda la amargura de su corazon, llevindos'e al sepul- 
cro si^s secretos. 

— Hace usted bien de Uorarlo, Guzman, pue3 a pesar del 
tr^Sjcprso del tiempo, no ha pasado casi un solo dia de mi 
Vjid^ c^ucj yo no lo\haya recordado con igaal sentimiento. 
jQu^ almj?! iC6i?io me ggrada el haber sido su esposa! C6mo 
me deleita el pensamlento que dentro . de tres dias estar6 
tinida a ^1!... PeTo continuemos nuestra con versacion sobre 
Luisa,' jj[UQ es el primerb y el illtlrpio, el mas agradable y el 
njas n^q^. f^^^PtQ spbre el,cual gebo ocuparme. . ' 

. — Si, DTosigamos para tomar una deliberacion justa, ra- 
«Qflad^.j[, que , prepare la :felicidad de esa inimitable nifia. 

rr-rEchando a un lado las consideraciones de fortuna, ten- 
go que toinar eii ^cvienta las consideraciones de honra por 
mi g^uerida hermana, por mi re^petable familia, que ha goza- 
do, y ^on justieia, de la consideracion universal, porque 



LM Bicnurros dxl PimLo. 195 

niAgaoQ de nuestros antepasados^ se ha mapchado ^on una 
lalta, . , 

— Nada mas justo que conaervar inc61ume el nombrt de 
naestrc^padre. ;,; ,. / ;. .;,:■„;, .^ : 

— Pues bien, amigo mio, si no ae hace e\ inatrimonioque 
. tepgo decidido, la reputacipn de mi hermana 8ufri;*d, y^con 
ella la- reputacion de toda mi familia incluso Luisa.' ' , 

— Yc6mo? , •' . ^ ' 

— Usted no ignora, Guzihan; usted que quiso a mi; her- 
mana; usted po ignora, pues, una.historia anl^gua eii la que 
ha tornado, usted tapibien un rbl nada secimdario. 

, — Coinprendo, senorai. Y el.solitario se pasd la manp por 
su anoha ffente para secar el sudor que brotaba d,e elU al 
evocar aqaello8 recnerdos; ' 

Dona Juana continud: • * t r . 

— Hubo.una especie. de testamento, una coucesioh o una 
donacion, como quiera Uamarse, que mi hermana hizo en fa- 
vor del padre de Guillermo, de los bienes que poseia, de- 
jdndonos a nosotros una parte como usiifructiiarios'solatn^n- 
te; y aun cuando no sea este interes ej m6vil de mis acciones, 
debo evitar todo aquello que puada herir o manchar en lo 
mas mfnimo la reputacion de la monja; y como es natural 
que la Porfira o su hijo, jpara apoderarse de la totalidad de 
la fortuna, establezcan un pleito contra Luisa; y feomb ^en 
ese pleito deben recitarse.los hechqs, deseo que'se guafde 
completo silencio, silencio que no se romper^ con este enla- 
ce, del que he sacado condiciones tan favorables para mi 
hija» como no me habia lisonjeado de obtenerlas. 

— jPero c6mo puede usted empenarse por 'unir a Luisa 
con el hijo de un hombre que ha esplotado en su favor el 
erroy, con el hijo de una persona que los ha perjudicado 
atrozmente! ^Quiere usted acaso premiar al vicio y sancio- 
nar con su aqu^escencia eLcrimen cometido? 

— jPor qu^ han de responder los hijos de 1^3 acciones de 
los padres? jQud culpla tiene el j6ven Gdillerrao do lo (jue 



196 

Mzo el autor de dtis dias? For otra parte, {c6mo piensa lis- 
ted que yo deje espnesto el honor de mi hermana? ^Me acon- 
aejaria nsted que cometiese tal faltaf (So seria nsted mismo 
capaz de bacer no sacrificio por salvar 9a repatacion, la mia, 
la de toda ana familia? Re8p6Qdame, Gazman« 

— Sf, senora; seria capaz de hacer hasta tm imposible por 
tal de qae qnedase siempre intacta la repntacion de uste- 
deSj 7 ▼GO ahora la heroicidad del sacrificio. ^Pero no se 
podria eyitar todo esto? 

' — No; 70 lo lie pensado mnclio, mncMdimo y no he en- 
contrado otra salida, asi es que he resaelto. Y^ nsted ve, 
amigo mio, qne no es el interes del dinero el que me gaia, 
sino el deseo y el deber en qne estoi de salvar el honor a 
mi infortnnada hermana. 

— ^Qn^ desgracia! qn^ abismo de males! 

— 2l^6nde los ve nsted, Guzman? Comprendo que a nsted 
le disguste este enlace, como me sucedia a mf; pero, ^deja 
por esto de ser indispensable? ^No se evitan con ^1 mayores 
desgracias? Ademas, Guzman, {no debemos acaso perdonar? 
^Seria propio en el alma de un cristiano que conservtise el 
rencor hasta su muerte? Yo he perdonado, Guzman, para que 
Dios me perdone y para que lo perdone a usted mismo; 
pues uswed cort6 mui temprano la ex*utencia de aquel hom- 
bre; y si su accion puede ser aprobada por el mundo, si 
hasta yo esperiment^ en acjuellos tiempos gratitud hdcia us- 
ted, gratitud que conservo toda via, sin embargo, jestd usted 
seguro de la aprobacion de Dios, que es la que debemos biis- 
qar? Usted ha muerto al padre, Guzman; ^n > le parece pre- 
cise, necesario, indispensable indemnizar de algun modo al 
hijo?. 

£1 solifario agach6 su cabeza como agoviadp por el ^6so 
de SOS reflfxion* s y al ftn contest6: 

— La prueba mas evidente de que he obrado ma], es que 
nuT^ca nie ba abandonado un amargo recuetdo aM en el 
fondo de mi conciencia y que no ha bastado el tiempo ti^as- 



SM aaounoB mk fvbilo. ; 197 

' cnnido pttra borraria per completio; pero^ se&or»,''iyo soiel 
qne^e cometido el deliifco y yo el qae debo pag^lo; y- se* 
' ria tiH' nnevo crimen^ y talvez tm crfjueQ mayors si cionsiD- 
ti^ra en que una paloma iomaoalada se aaerifiease, cnal ioo- 
ceate vfotitna, en aras de mi falta. Yo no pnedo ^01 debo 
permitit qne Lniaa consiime * el sacrificia; que se haga pbra 
siempre desgraciada, qoe se inmole en proveoho mid: eatio, 
kjos de disminair mis remordimientos^ los agravaria. nuts, 
mtichb mas. ! 

-^Basta, Gazman, basta. En oaso qne ese acto der su.yida, 
de qne nsted se arrepiente todavia fuese malo, nosotros te 
nemoe en 61 la mayor parte, porqne fa^ por , nosotj^os qne 
nsted lo cometi6; de oonaigaieote, estamoa mas que nafced 
obligadas a repararla de algan modo. 

— Yo lo reparare por mi mismo, seflora. Yo ir6 donde el 
bijo y donde la esposa a decirles: ^^Aqul teneis al qne os 
arrebatd al ser qne mas qaeriais; vengo a pagar mi deada, 
haced de mi lo qne os parezca; pero no sacrifiqoeia al que 
no debe ser sacrificado, no inmoleis a Laisa/' 

^— No, Guzman^ no le permito a nsted dar este paso, ppr- 
qne a nada condnciria, pnes el matrimonio se llevaria a ef6c- 
to de todas maneras, porqne he resaelto^ amigo mio, salvar 
a* toda costa el honor de mi hermana, qae ea el mio, que ea 
el de mis padres, el de mi marido, el de mi hija; y si he re- 
cordado an accion no ha sido con el fin de renovar an dolor, 
porqne eato aeria renorar tambien el mio, slnO par^ que, 
compadeoi&idose del hijo por la espiacion del padie, ae^p- 
taaenated oon mej or volnntadeate enlace. 

— Pero, sefiora, yo a(»i el que debo aer castigado y jio 
Lniaa. 

-^{Cotnaidera nsted acaao'el matrimonio proyeotadO/oopio 

nn mal? Y en caao qne lo fuera, el aentiasniento f aer la. jno- 

mefift^neo y de ningnna matt$i?a equi^aleatera la^d^sgraQias 

qne ae orijinarian no haci^adolo. Ahora, por lo .qu^ haiftf al 

^daati^de sa faita, coma uat^d Is^Uama^ np esil^^aia vie- 



198 KM tt c a w e i »sb tmoLOk 

tima espiatoria, porque habriamos veoido a pamr al mismo 
resaltadoy aanqae usted no se habiera batido coo* el : padre 
de Gaillermo. For otra parte, ana vida como la ^aja^ con- 
sagrada eiclasivamente al bien de sns aemej antes, llena de 
abnegacion y de sacrificio, debiera haber borrado hasta el 
Ultimo vestijio d6 nna accion que no habrla taWez un aolo 
hombre qae en bo misoio. Ingar no habiera cometido^ Us- 
ted, ml qaerido amigo, ha recihido ya machas praebas de 
la Providencia, qae le han demostrado claramente el per- 
don, agaard&ndole mas tarde la gloria reser^ad^a al jasto; y 
BO tenga usted de ello la menor duda, porqae yo: lo «iedto 
y se lo digo, y usted aabe que eoando se esti ya en los um* 
brales de la etemidad uno ve mnoho mas lejos en la man* 
sion de los espfritus y en los fallos de Dioe. 

La voz de dona Juana^tenia algo de profi^tioo, algo de so- 
brenatural, y el solitario sentia como un respeto relijioso por 
aquella amiga que lo consolaba y por cuyos labios .reoibia 
quieA el perdon de Dios« Otro sentimiento obraba tambien 
en ^1 para no . contrariar la voluntad decidlda de la noble 
enferma, y era el encargo de Luisa, qae le habia dicho que 
bajo ningun pretesto revelasea su madre el estado dolojrido 
de su alma, porque esto seria caus^rle sentimientos de que 
qneria ahorrarla, cualesquiera que faeraa las desgracias que 
le sobreviniesen a ella, de manera que el anciano guardaba 
silencio, derramando abundantes l^grimas al pensar en el 
sacrificio infinito, superior casi a la nataraleza humana, que 
se habia impnesto Luisa y ouya magnitud solo ^1 conocia, 
porque solo 61 sabia el amor tan inmenso como invariable 
qne aquella niSa albergafoa en su corazon. 

Do&a Juana, equivocada sobre la causa que motivaba las 
l^grimas del solitario y erey^ndolas que faesen eLresoltado 
del pesar que le caasara la proximidad de su muerte, le 
tom6 una mano, dici^ndole con acento carifioso aunqoe me- 
lane61i(io. 

r— Valor, amigo mio^ nadc^ tiene 4q terrible &i^ lance 



LCMt ncBMos DA rtnsuK m 

cnando nada extste en nnestro interior que nos haga temer 
la presencia de Dios, sino que por el contrario, todo nos dice 
qne seremos recibidos benignamente. 

— ^Veo con placer, amiga mla, que ya usted ha entrado al 
reino de los delos, porque trata de consolar a los que esta* 
mos todavia en la tierra. 

— Ann tengo que pedirle otro favor antes que nos sepa- 
remos. 

— Ordene usted con la seguridad de que en todo ser4 
puntualmente obedecida. 

—-Lo 8^, Grumman, j aunque mi encargo serfi doloroao lo 
cutnplirii usted. Ya es tiempo, amigo mio, que Luisa no 
mantenga por mas tiempo la ilusion de que puede salvarme 
o que mi fin no estd tan cercano. Yo misma he contribuido 
a mantenerla en esta duda para irla acostumbrando poco a 
poco al dolor; pero engafiarla ya, seria hacerle mas sensible 
mi separacion; asi es, Guzman, que le recomiendo a usted 
el que la prepare al trance para que no le tome de impro- 
vise; y como esta es una cuestion delicada y que yo no ten^ 
dria fuerzas para abordarla, es precise que usted me desem- 
peSe y que emplee todo su tacto, toda la finura de su espiri- 
tu y de su cariQo para con mi adorada hija ;que Dies sabe 
cuAnto me cuesta dejar!... 

Y como si dofia Juana tuviera necesidad de apelar a un 
recurso divino para amortiguar su dolor humane, tom6 en- 
tre stis mauds un pequeSo crucifijo de marfll con incrusta- 
cicmes de oro que tenia a su cabecera y lo besd repetidaa 
vecesi.. y aquella im&jen ique viene consolando a la huma- 
nidad hace ya diezinueve siglos, que alivia todos los sufri!- 
mientos, que trasforma en placer todos los dolores, que 
convierte en alegria todas las angustias cuando se le llama 
se le invoca, aquella imdjen fu^ el mejor y mas eficaz re- 
medio para ddfia JuauB, porque despues de un memento de 
meditacion o de silenciosa plegaria, volvi6 la cara risuefia 
y satisfecha h&cia su amigo, dici^ndole: 



206. USB fliajkssofl dil Firitto. 

f 

.,-T^l^a tto.pufrp, Gjazmau; mi? peaiare3 devhace aa ,^piqiej)i,v 
tp I93 ba jdisipado el Sefior, lleoando mi alma dQ c^l^stUl. 
coQsuelo... {Qa^ dicha tan iuefable da lacreencia en.Dio^, 
la persaasioaabsolata de qae estamos con El; qne viTyimos 
por £^, qae Tamos Hcia El! j06mo puede haber ^oin^rea 
qae pongan en dada la ezistencia de ua Ser Supremo,- pri-. 
ydodose de la. dicha mayor, del alivio mas eficas^ que paeda 
sentirse en los vaivenea y tormentas de la vida, en la bo- 
rrasca , tenebrosa de la mnerte! . . • 

— Asi eSj hija mia, asi es: la creencia en Dios^ la ef peran-. 
ZBi en Dies, la fe en Dios, hace que naestro pensamiento 
tome un vuelo infinito, que se levante hasta las r^jiones in-^ 
conmensurables de la eternidad, que se desprenda de la. 
vida terrestre para subir hasta los cielos, qae se engolfe en^ 
los mares de la contemplacion y de la plegaria, que se arro- 
be en la abstraccion^ que penetre en los misterios de todo 
<;uanto nos rodea, aun euando no lo vea, aun cuapdo no los 
defina: especie de iotuicion que nos concede Dios por el h^- 
cho solo de creer en Dios y que es mas o menos lummosa^ 
mas o menos clara segun esa nuestra f(§, mayor o menor 
segun idealicemos o materialicemos al Hacedor, segun le 
rindamos un culto mas o menos espiritual, mas menos con- 
forme a su divina esencia. 

— jGazman! iQ\x6 bien hizo usted en venir, amigo mio! 
;C6mp me siento fuerte y f^liz a su lado! C6mo su conver-. 
aacion me. alivia y me encanta! ^Quiere que le diga ft usted 
^yt^u cosa? Usted es para mi mas que un sacerdote, mas que 
up copfesor, mas que.uu Aiyel, porque reune todo eato^ 
porque ?jerce conmigo todas estas funciones, siendo a la vez 
mi p^fdrfiii^mi beripano, mi amigo, mi m^dica.. jAh! Cpj^ntp 
^abj^ia fl^^p que ;mi.Luisa se hubiera encontrado presen- 
ts, a^nije^^acQ^versacion para que oyendo sus palabras hu: 
^ie^aaij^ te^tigo de mi. serenidad! Asiella sufriria mep.oa. 

-tYo ipe epc^fgp de referlrselo, sefiora, y, este ser6 . el 
mejor medio de prepa^arla« . . 



aw 

— Usted me ha yencido. ,h'?-. * 

n-4j^4lflgi^.«ialg0^me afegropor 6lla^ por «ited, |>or 

. ]^lMli(^«Hot Ott)^ A jrpptie^r, pdro ae contaya* tdiiia ^1 eouf- 
p|;ofi^ eK>lt«iit6 /cle qq cfrntrariar los deseod de la sefiori^ 
4^ i|Q.C6^€|}w el madilHo por que paaf^ba^Loisa/ j m rediirA 
^ ^vmitgorio 4ieleado qnQ m iba a oonf^noiar con elhl 
Xioi^liMia ti^mpoyifift'efecto, qme: la ^apeniba eon tria^ 
l^i^'Fl^P^ft ml^^^ad) 7 oattudo lo Ti6 apartcar, oom6 fiieia 
^^pF^upt^tedQl^ pHmcsTQ por laaalod de aa madr^ antai 
que averigoar lo que se habia resaelto reap^cto a dla. 



I 
I 



VI. 



JSI ancianp, sin esfaerzo algnno, tom6 el aire graye y dalr 
ce qiie reclamaban las circaQstaDcias, es decir, la aoleo^ui- 
dad que acompa&a a la prozimidad de la maerte y a la 
prbxlmidt^ del inatrimpnio que en muchaa ocasiones ea 
mas terrible 7 causa mas desesperacion que ese Ultimo tran- 
ce, por el que tenemos todos que pasar algnn dia, e hizo 
pre^ente a Lmaa todo el abismo de sa desgracia; pero sa 
palabra revelaba tanto aentimiento como consuelo, tanta 
resigitacion, tanta filosofla, tanta moral relijiosa 7 aqblime, 
qua liuiaa, en lo profando de su angoatia, esperimentaba, 
algun aliviOy parecT^ndole oir la voz de un santo, la yoz 4f?; 
un profeta, la voz de Dios.. • , v , 

titiiaa drjo'al solitario: ^^Acompdfieme usted: qujero rer a. 
mi madre, quiero ahog^arma en el dolor para sacar £a^rzas 
del dolor mismo, pu^s me parece que eu la afliccion hallo 
mi consueld Vamos... 

T LuiEia . tom6 de la mano al solitario y se encami oiS, al 
parecer serena, at cuarto de au madre. Quien la nubiera vis- : 
to en ese momento la habria tornado por UOA aparlcion: 



S02 



tal era eiflnobatiiiiillo^^iieie iMiaHMlMM •& 9itpt4\ sem- 

blante. (i i 

^.Vpemtrer ett el d^mnitofM, doOa JaMa 'd^^mpretidieii- 
do lo que pasaba en el alma de sa hija, le abri6 los braaoe 
para ealMoharla en an seno^ Lqisa^ ain pr#olpitacioii, gki pro- 
jumoiar utia sola palabra, 11^ doode m, vtodre- (|m Isolo 
halMa twido fiierza0jpar|b ha(9er e$a demmtracieft fftc^'para 
kablar, y las dos permaBederon tmidairalB )laiiiaFS« p6r SM 
ndmbrea^ sin siqutera i aoaariciarse: teoian at&baa tolnflioti^ 
tidad y la blaacaca del m^rmol. La intensidad d^l dok>rieB' 
halia priTadode la aockm misitta del • ddlor: ^i^ el pttraaiB' 
mo de lacDDgo^a. 

Lnisa, haciendo talvez un esfaerzo sobrehamano, se des- 
prendi6 de los brazos de su madre, sentdse a sa lado j le 
dijo con resignado acento: 

— Si Dios quiere qae nos separemosi, debemos acatar sa 
volnntad ehcontrando en ella an leniiivo para la desgracia, 
en vez de martirizarnos con ana dosesperacion impoteqte. 

— Tienes razon, hija mia, y me agrada tantpcomo me 
Consaela yerte faerte y resignada.. Ya IlegardL el dia en qae 
nbs jantemos todoi para no separarnos nanca. 

El sofitario, con sua brazos crazados sobre el pecbo, j>er- 
manecia'a la distancia contemplando aqael caadro qa^ re-; 
velaba valor y ternura, abnegacion y angastia.^ 

— Ahora, Laisa, dime iqxxi es lo quepiebsas sol^re el pro* 

Vectado matrimohio? Te res^elvea a ciinplir con mi vo- 

.1 ..■.••, -* . • . • ' • . • 

luiit^'d? ' ' . : ■ 

— ^No tan solo me resaelvo^ nia.dre pyiia^ siuo que teUgo 
garto en cailnplirla. . . , 

— P'ero no haceft nihgan sacrificio? 
' — id6mo pdede haber sacrificio cuando se U^na el mas sa- 

*'-^x6 s^ que en la obediencia encaentras ta dicba; pero ; 
lo'qtie deseo saber es si no le bace safrir.este enlace. 
— Al coititrario, A me'lxace gozar. 



'"'i- 



^rifiii di9 $ii.«iaoriftii0t ^noontrdbfii^l «MjFor it^iri^iyj^^. 

la hacia feli^ tales son siempre los efectos de la virtud, ^ / 

.^-r-l^t^N^ liij» m^K^eWi d^ronkW^istQpflm 10141^^ 

]n^9<^rxi»0-9«iero pomft^ Ikpda entem mieDi^raft jo yiva.i . 

— El mismo deseo teogo 7o;]ih^|al4^d^.^iadD ae perp^ 

— Dichoso ^1, madre.JttJAf 3(.diel»dto.psta4(.^t^^ jO;la<a«i- 

Offemqa annfifiip ^eni ese momenta- qoBi^dofia Porfiiu.x Mti 
hijo des^alMu i^W a to safim'a; y dofti Jaana.dididrdenyiDO 
sill ^li^gnsto, 4f^ que ^paaasen add^anie, poifqae habieua pre- 
fm^m^moi9cw aiaok^ con: bq -hija 7 con^ sh amiga - . 

La madre de Gaillermo, conociendo la gratedad^en/qne 
s^^M^l^ti^lp^. dofia Jsanb 7 para.m^i&ata^e todoicIJnte- 
res que tomaba por ella, le propuso que desde ese dia »: 
q^^da,Jifi^ eUiGdB^ pf^j^K^wmxpnf^^ 7 acoqipafiarfa.IlEHsa, 
P^i^l¥^«^wriea>6tU:c»^gQ.. u ' ^. . V . 'V 

Dofia Jaana le di6 las gracias sin aceptar la ofertat:diS' 
ci6jsd<^ <lp» w> ^maodOwya ifnadicaPMntoSfi iieteditii^^e 
mm p^ga, af^t^DOia^ jbaat^t^do]^ L wa jtr « Qeferitkii . f 

— Pero esta pobca imS^^ coataatil^ ddfid Forfira^ de niaiih 
r^]e^ taa di^Hoada^ipMde eDfermaxte: cok tcinta ipala bo- 
che^. miel^traa que- (^fnedftndome 70 nos alteniariampi^ 7 
mir6 a Laisa ^on un^aii:^ de bondadolaa aolkajlnd eomd di- \ 
cij^ja^ol^ ^^Ya Jrjefli cnmbs> me xnteresiE) por li'V ; [iir^ 

La acoDgc^adft mfia seapoiadiiSi oonesa «alma triste ipie < 
nl«Difief|tA^toa r^acflnfiion iavadabloa : . , /'. 

—rSfirjfa OR $ii<^ifido io^il/seftomy ptiea ea lpgBT;de,in0r» 
t^^am^e^ ^qtelitfiwt^ tm pla«|»r:'i» estar. el itaaxavit6toi{K» > 
puiiiible ,QMk vai mlamitapa^i ekiiqae iai n» priiram ite adgnoao 
QlomwtMk ne taasaiia ml enl^zdd^bae^taarbisp. '^/ji^^ 



304 

* **No qoiwo iawtir, porqve cMiprMdo j uprddo fl 0en- 
tituiento qae te goia; pero al manas aeria eonveniisiita qua 
fla qnadara Guillermo {mva lo qua paada gocedar da iiipra- 
vigo. 

•^TanpDco, a^onh pai^qaa todo ast^ praviato j iria 
maifo; 7 ai algo de aatraordiaaiio ancadiera, ta^emda t^kMm 
nrrientaa da que adiar nkrH>l 

— ^Nanca, hija mia, loa criadoa desemp^dbfa^tan biaii to* 
que ae laa aacarga oomd una ptmotia ii}terfesadis odUici una 
persona de la familia; o de no, qae lo diga mi amiga: q^EMfe^ 
rea, Joanita, que se qoeda GuiUwino? 

— ^No hai necesidad) ain%a mia^ te lo aaegoto; iitt airtio 
aeaptaria, aan cuando soi enemiga da qae pM* mi Ise into- 
moden en lo manor o hagan el maa li|drd tacrifkao. 

-^Td oomprendea qna entre noao^oa no ptrede haber ni 
incomodidad ni samficio y qae Gkdllarmo* tandria moeho 
goato enter i&tiL 

--«Aai lo creo, peix) ya ta lie djoho qae aeria petididnarse 
m vano. 

-^Lo qne ea pennon parami, sellora, dijo Onillermoj td^ 
mando parte en la conversacion, ea qui no se me^ MWp(i €fn 
aada» * - •. : o 'T« v,.r I 

^^Da todaa maneras se lo agredesdo, eenMst6 dc«[a J^a- 
na; pero hablamoa de otra o<>aa qne creo infiereeaiA' iiiafi a 
nated: mi hija ha dado sa consentimiento^ : * 

«^|Ei poaible sefioral Si la sefioirite iLttisa hUrao^&edidb a 
nuadpliea ainqne haya intervenido el mandattf de nsted, 
paedo'decir qae Mi el mas feliz de k>8 homlnraa. ^v '. ^ 

T Onillermo diriji^ a la j6ven ana mitada td^r&dl f ivi- 
plicante qne revalaba esperanaa, gratitad y amoiv^ 

Luisa, blanca como nn lirio^ a caasa de la paUctes de an 
roatea, inro qna apoytirsa en el/braao del aoUtaflo^pafano 
caer desmayada; pero sobreprai^iidoia a 'ab4tdor)>fk)i»>^ 
esfiasijih. sobaraiio da volnnta^, propiat^diii aqm^^^tdar 
en^rjica, qna aaoaisa ^hbr >:del imcri4<Aa^/sa' feMi|)«»^%ffi«^ 



xkWWHMM MTMIMk 20S 



ftiftd y mir6 nih rUnid^ "-titfti ^tiefable tdrBnra y d(m tiM «e^ 

rin^a^ taJl, qde'^pfetreda qtfe lli delennitiaeioii ^otftfati' ^tti* 

l^e ien p^fecto iMtioiiia <Mm Io& d^oM 4^ bu c^^Mizob. ' ' 

]%fia*^ifft, ifiterpretandd faVOMtfolem^bte la tnljhlda'dd 

' ^^-Li^^^bMb, aintgd nfb, tiWfdato ni pf^fifon d^ mi 
parte, flifi<y wri«(fe|6. ' 

-^^ShtA tsi Id que haoe tt)i dieba, y yo tratar^ d«ti6r acre^ 
d6r aella. • 

— £mp6&e8e asted en hacerla feliz j yo- m h agt^etetS 
d«§t]« el dieK>. 

*^0M Isefibnir^l' encargo es mm dulce y el cnmpliuiiehto 
mai eroave y agi^dable. 

^ Dofia Po^fit^ se par6 de ra a^ietito, y coloc^odose al lado 
de Liiiito, le tom6 ana de aus manos, atray^ndolahftda sf 
para abraisarla. 

' Loisa :dej^e ttcaHciar, sin correaponder los oariDos, pero 
sifi deseeharios. Gasi no podia darse caenta de 1^ que paia- 
b& ^^or elia; y sin embargo eataba ea plena poseBion de sub 
facaltades, quizd estaban iBias ahora mas ^Was que latiaca, 
pero vivaa pan* el dolot: jtriBte condicloti -de aquella/ trfrjen 
qtie por tantos' tiiulos meteoia ser felizt • • . '^ * \' 

^^OofDpreiide, htja mia, dijb dona Povfira a Lnisa, man- 
tenfi^ad^^lUBieiBpre abraeada; eomprendro tq timides y cmios- 
cdtddna eBBsdelitAd^aa delpodor: s^ que ^n H iilo^eii* 
cia de niQa, ann lo que se desea se teme: asi me sacedid a 
ml, asi les sncede a todas; p^^ro esta impresion de un mo- 
mento es mui pasajera y aan snele encontrarse en ella cier- 
ta delibta* lo desconocidd tiene tambien stt MtftetiW/ N^e- 
Tos laikoB,' hi^ tnia, crian ttxMv^ afec(^: tetfdrAatiB esposd' 
y ^Uf midre qne te hftieci y aqiiien th {(mar&s: esde e^ tm 
entotlbke dt^l eoraeoB, p«es cono^r^atidid kid atrtig^oB cari* 
fiM 8e ad^ntei^ <]$roB. GhiiUeriffio^ kari^^fStAbs^ elt^ aegarlf ? 
d« ^fe; 'porq«» ^tt' W6 ^ iijet^^ti^ aatoB,' f «lft pkAht 
n«dl^4^lnilto>^e^^je«aHd«deB;ct|a ftdqQ{l^o^ci«M#3)^^^ 



206 

Im £rij^)i4»dQi9 d^) phm^r f!^90 ^w bb h» .consagrado euU* 
raine%(e |k^ polftiieay 4Mrce]lBi.«^ria qqe o^rece up rmaeiif|% 
pgryi^mryqae U Abfe;<Wreaiiipo*varto ft-sw jast^4ia|)i- 
raciones. Ya verds, hija qnerida, conoio en mni pocQ tiampa 
TepUBBj^i^ el. priilifar,.pap6l en^^ las afftorap deSaotia- 
go. Serfia la mas hermosa, la mas rica, la.rmaa iofljayente^ Ur 
maa .^odi^At^ T^ e^eri^ im poffireair Ue^o d<^^aeia|tos.^ 
Entras en el mnndo bajo los mas favorables aasp|ok>8e vaa 
aser Wpidichoaa.., : :. i 

Luisa gaardaba el mas profando silencio. Aqnallaa i^^ 
labraaja oiip^ian y aqtiellaa caricias la dieaagf^adaban. Pa- 
reciale mni impropio qne le hablaran> d^ ^V}^ y 4e Mx- 
oi^ndea en e^os momentoe: er^ ana eapeeie. de prdfanacipn 
del |qg0r^ nxt aarcas^io dirijido al dolor, casi nna cn]te!ld9d.,4 . 
Pero no replic6, no hizo el mas lijero ademap 4^ • ajffQj)a- 
<4Qn -o de^aprobddon, porqne so madre: la ^^in^ba y ted|ia 
cpBtcariarla^ temia qae^rasloje^e^lloi qne pa^uba jB^ #g. i^lo^a^.* 
ena nj$c9Wtio qne apurase lia^ta las Ultimas hecea .'de aqnel 
c41ia<a4EQargo.«^ que ae eonsumaaa el 8a(^fi(Ho,.. 

La viailba de d<^a Por6ra se prolongd aq^^ dia mas 4$. 
lo ordinario; pero al fin parti6^ y Luisa fa6 a reffijiarse al 
sono.de su madro, de sa iftadre^ eaoaa idvoluntaria^ dia an 
nuyor deagraciai pero en la que eaoontraba todo an c&nliti^* 
lo, eala q^ie hallaba la 6nica d.^lanpa qde pudiera aliviarla* 

' VII.: 

Los dos diaa qi^ precedieron ^Imtip^dfido ppr dpfla Jida^ 
na, ea de^if y al ani7e139arid.de li^pHfierto de sQ n^arido^: Lii^iffa ^ 
y ^ iK>Utaida no ae apartar<Hi]^ti9 aolo^nommt^ 4^. la w1pi9-^ 
cera da la 4ftfermis qbei ^oaedida jque.ae aeefeaba^la b^rai 
parecii^ niaa^iseifena, eomftniiSAiidOiiEl tranq^iMdad a I^P- qu9 
la rodefibftm wa la iiraobaiQiQB djB h virtpdj^cALyoa r^Sf^om 
se ep«ie&dett'y;p6flet]lui pot toim partes, comunioaado a 



Mil ildiaibii ok. publo. iOf 

Idtf details el rslot qae en ^I encterra: infltieiicia divi|ia que 
obrando tobre el aMa de la morlbunda obraba tambien ea 
la desu hija y eA la de 6u amigo, a tal jpunto^ que eu au 
inmenso dolor sentiaji la calma de los bienaventarados, la 
iinj)erturbable tranquilidad de los justbs^ 

£1 fatal dia, el dia ananciado lleg6 al fin, y do&a Jfiiana 
se hizo ve^tir por su hija con el mayor esmero, como 3! fae- 
ra a predentarse en sociedad o hacer la mas agradable yisita, 
ordenando que le trajesen bqs joyas, de las cnales tom6 aqne; 
Has que le habian servido el dia de sn matrimonio^ coloc^n- 
dos^ en nno.de sns dedos el anillo de brillapies que Edaardq 
le diera en iaqael anirereariq de tan feliz memoria. 

£<aisa, llorosa pero valiente, Ibabia terminado sa tarea; y 
abrazando tiernamente a sn madre.le dno con nn acWto 
Ue'no ff0 paelanc61ica ternura: - / 

'— jPor qn^ no estoi yo en sn lugar? Comprendo ahora 
qne 151 iriuerte pnede llegar a ser una felicidad: ir,a unirsei 
con lo que s6 ba amado es el colmo de.la dicha. , 

' — ^He envidiias, picaroha? rues bien, .prefiero que ihe eu;^ 
vidies a que te entristezcas, pprque asi no te serd tan sensi-. 
ble nuestra separacion moQient^hea. Ya te Itegat^ tambien 
atittt turno y. esperimentards lo,que .yo esperimento, y 
ser^s tan feliz como yo soi. , , / 

— Sij feli?!.„ cuando vaya a reunirme en la mansion eter-; 
na'cpn u^te^ y mi padre!... , ' , " ,, r , .. 

— ^Tambien babrds amado a otros, y ellos .te se rennir&n 
a tl y t& te reunirAs a ellos y a nosotrps; porque td ,y los 
que Bas amado formaremos una sola familia, naremos quizd' 
nn solo grupo. 

-V-Dios. lo quiera! T la imajmpcio^ deLuisa,vold a nna 
parte distinta de aquella en^^que se babia fljado la de dofia.| 
Juana: ^sta pensaba en GuillermO| la otra ,pensaba'en En-,, 
rique. , . , , 

--^bijia mia, ya que'^bemos conaeguidQ td y yo serenar 
nuestro espiritn 'en medio de nnestra afliccion; ya que ha 



S98 UM sitexroB i>kL 



•>w^;*! *>;: i-^'-* .•: ^S > 




beneficio de la resigMcionj yei^^u? Ppd^nppP TO^^T^^^ fwnW 
el t^npfno, demos la liltima mano a 1^ obra, aejecaos coip-t 
pletamente concluida nuestra tarea y liabrS consegQido IJe^ 
nar mi mision en la, tierra^ . 

T-to que usted ordene, madre mia, se cuipplird. , . 

— Biqr^ hiija mia; hoi se efectuarA ta matrimopio. 

Luiga baj6 la cabeza en senal de obediencia yrtambi^ra 
para pcultar su turbacion. " , . 

Conv^nido ya el matrlmdnio para es^ dia, ^legarQu'a la 
bora fijada dona Porfira y Gaillermo y fueron intrpdocndoa 
al dormitorio de do&a Juana, donde se hallaba ya un saeer- 
dote, Luisa y el solitario. 

tias espesas cortinas de las puertas y de las ventan^, im^ 
pidienda qne penetrase la claridad aamortigndndo^. con- 
siderabiemente, daban a ac^aella pieza un aspecto aeyero y 
triste, a lo qae contribnia no poco la antigued|ad de los mne- 
bles, (^ne, coino ya sabemos, l\9bian perteneoido a stia ante- 
pasados y que ella babia conservado como up respetooso, 
recnerdo, pues lo 6mco moderno qne habia en aqnel de- 
partamento era nna c6moda poltrona en la qae regulfor- 
mente descansaba do&a Jaana y rezaba sus de vociones. Xos 
cnadros que adornaban aquel dormitorio y que, como ya lo 
hemos dicbo, representaban a los abnelos de Luisa, al pri-, 
mer arzobispo de Santiago don Manuel Yicnfia y s, uni^ her- 
maua de dofia Juana en traje de mpnja, infundiau re^eto 
y daban/si se ^os perqiite espresarnos asi,^ qie^ta grayedad 
solemne a aquella r ca y antigua habitacion, llena de recaer-, 
dos para la aristoqr&tica damay que^ iba. a servi^ de altar 
para el liimeneo y de, ataud para el aiepulcro: ^antitesis bu-, 
manas que suceden con poiayor frecu^hcia de 16 que jene— ' 
ralmente se creel 

Dofia Juana, (j^ueriepdo solemnizar pias aquel acto, para 
que se grabase en gl alina de los j6venes esposda con carac- 



imperecederp.ifielie^do,' Imbiai maiadtQ, tntea da.efooliiw.fl 

Jdrih«B^ reeibiir ia comtoioB; /aii CAi^tie « .^oa ioojraroepti- 

b^ Ataftal, .ei aacttdote ae dic^MMO para dark ^ iriilii(K>« ^ 

' / QlbdoB sa:^prQ8teniarptt ani(e faqpiil ettbUola j9ilgrado dtl 

lOflttoJidiQmo^.Tjiie ea pant lo§ e^yetttes^al ousteric^ maa gt^- 

cde' qjQe ^ckbrafbl ocdio' a 411* Aofa Jiuina f todos los tit* 

omutaDtes, efceptiumdd eliaolitaiii)^ pertehebian; e^ embat*- 

go, ^ste hizo la misma ceremonia que los otros y da7<^. aa 

akpaal dqlocoa mas fervor, oca mas £4 €on tiias untion 

Iqae.algoims de loa que ser emxnutnibah presented: tal es U 

rtdijioni^sieppiritv, ajeha a las f^roralas; la relijiooid^l pern- 

saoiieBtQ, ajeoa. air rito; Jla rel^iofL de la vc^a^tad, ifidepen- 

diente de las pr^cticas con que adornan a Dios U gran lai- 

yoria de; los hontl»res 4e oorazoii> y -die ktelije&cia/ y el 

wflitario^ evftimio de esos liooxbres ijae tieneii ^n U j qve 

^sesp^tan iiodas las ereendas^ p<>xqiie veta ea ella nna sola 

dreencio^ JDios; ana sola moral: Isa leyes inhefentes a la ha- 

mana mbtjoaraleaa. . 

iSdnoliiida la angcisti| ebrtoioaia, dbfia Jaana: se smti^ 
^apBTUliiaadJb yidijo^ saeerdote: 
• Ar^pooeda klftora a la ilmo|i 4e mis hijosl 
> £1 inisis&io.del altaar^ sf a qnitars^ las Vestidnras con qup 
habia dado la comnnion, hisb pararse a'antbos jdvenea j 
4ar8e la mano el uao al otrou • 

Beinaba jon pxoftuido nlenoio y 0OIO se sentia 4a i^spi- 
racion ajitada de la enferma. 

Gnillermo soni^ a Lokla darifiofaadieiite; pero la j6^en, 
iaamiiril y ibianea eodto tina est&tad, tenia sos ojos oUvadds 
oit ^1 snekh 3^ pal*eeia cvA ajenk a^nanto alii pasaba, pare- 
alamo tenatoeoaoiendade lo que iba a haeer ni ide lo qnt 
sncedia... i ' . 

La TOE tdel nacerdote se hkm bir... ^Dodo onaiito l^ dma 
eitt graw! yisotoame^ sdle«nne>y ^Mte eooko el acto, icbmo 
In eir^nitfubciMs; OODS^ <€ft Itgaf en qm te rnqontrabaji. 

TOMO IY« li 



|>MiiiaMS6 on #£ WDoro qtie fa6 oido de todML 

gado a Mpetir k afianiy p te gau ta* por trea yboo, hula que 
lOB deteoloridot lalHo&de la j6vea pmranciaiQB wi aiiioaa 
pitflido que n vaatro, mts d^il qoe so caerpo^ poea tan 
'httgo oomo ei mtaistro ikij^^tar letedid la bead^ioB, 
Li^ oayo exfcnioie ep. d misno Ingar en qae ae aooim- 
iraba 

El €aCTificio «staba oonsamadD, y todala caerjia de aqua- 

' Ha j6r^n fo6 insaficdeate pass represeatar kaata el fin el 

papel qae se habia propaeste, as decir, para qae aa auidre 

no le aperciUese de m mmenao dolor y de an graade y 

iier6iea abnegaeion^ 

C(m esoepcdOQ del aplitarioE, nadie oomprendia la angoafcia 
de aqaella j^^o, y sa desmayo fa6 atribaidor/a aaa timidea 
natural qne esperimenta toda ntHa en seoiejante acto, a eae 
esceso de pador prop^o de una aefiorita qne lia conaerFado 
iatacta su inocencia virjinal; sin embargo, a dolia Jnana le 
pa86 por la imajiaacion nna dnda y eoncibid algnn teoior 
sobre la decision de su hija^e iastantiLaeamente interrag6 
con su mirada al solitario, qae, aaateniendo a Lnisa, ayndado 
pqr Gnillermo y dola Perfim, sa prepacaba a daila. algdnas 
gotas de 9u predijbso eordidki 

El anciano conocid en el acto. lo qne aignificaba la Biira^ 
da de la madre y r^ponduS lac^icaaiente.esta frasec 

— No hai cuidado. ? ' 

, La ambignedad-de la oonteatacion podia hacar creer a 
do&t Jnana qne se trataba sobre el estado moral de Jjooul^ 
ann cuando el solitario ae xeferia ^faucamente al estado fisi-* 
oo; pero habia respnesto aai premeditadaisente yoon la 
intencion de tranquilizarla, lo que consigui6. 

Becobrada Luisa de sn desmaye, reenper6 sik tfiarjfa lias- 
ta el pitnto de aer baatante daefia'de si numa pata oenliar 
ans peaarea y moiEArarae aolo-aftdada por d deplorable 



IM OBBtaaSM DXL WMBM. 211 

^ taao de sa madre; y en realidad qn% bq hecesitaba finjir 
muQricj, ^orqne en aqaellos instantes no la ocapaba casi otro 
sentimlento que ver tan postrada a la antora de sus dias y 

tiempd el fatal vaticinio. 

Dona PorfirA J Guillermo pretendieron qnedarse acom- 

'' pafiando a la enferma; pero ^ta manifest6 el deseo de per- 

manecer sola con sa confesor, con sa hija j con sn amigo; 

da modo que aun liaciendo ya ana parte integrante de la 

casa y perteneciendo a la misma familia, se vieron obliga* 

dosj a retirarse; pero partieron satisfechos, porque estaba 

arre^Iado y hecho lo principal, incluso el testamento y los 

' demas conventos con todos los requisites legales; de mane- 

^ra que desde ese momento se consideraban lejitimos posee*" 

'dore^ de aquella inmensa fortuna de que habian disfrutado 

siii^erec^6, pero que ahora lespertenecialejitimameute. 

No seamo^ tan severos para juzgar a do&a Porfira y a 

* Uuilleritio, porque estas combinaciones y estos cdlculoa se 

""veh diariamente en la sociedad y son aceptados por todo el 

mundo. jTriste condicion, en verdad, del degradante esta*^ 

do en que nos encontramos y de la sed inestinguible de 

oro que sentimos y que perturba todas las nocionea de 

equidad, de justicia y de honor verdaderol Empero, el 

liombrej^^conociendo al fin que la dicha y la grandeza con- 

sisten en nunca hacer el mal, conseguirA volver sobre spa 

pasos y.seguir sus naturales instintos, que est^n en armonia 

coil' las ley es eternas del Creador. 

. La muerte del jasto debiera presentarse siempre a la vis- 
ta ae los bombres, poi*que no hai en ella nada de t^trico, 
nada de espantoso: es un cuadro halagiieflo y consolador mas 
bien que aterrante, y esparce la dulzura y la calma en lugar 
de la desesperacion y del miedo. 

' %B. Ultima bora de dofLa Juana se acercaba, pero nada en 
su ^Irededor mostreibft esif ansiedad que precede a la mue^ 
ie y que se apodera del enfermo y de lo3 (jue lo acompa* 



212 um jtaMUfoi Ml MntA. 

fian, paes aanqoe eoa dificalt-ad, dirijia la palabra y/t al 
nno ya al otro, prodigSndoIe tiernas caricias a sa )iija| a 
qaien se empefiaba en consolar v peiiaaadir que aqaella se- 
paraciou era quiza un bien de la J^rovidencia en ve» de un 
mal, y qae conformandonos con sas oc.altos dosignios obra- 
mo3 caerdamente, tanto porqae es imposible qponerse a 
ellos, cnanio porque todo debe al fin redandar^en provecho 
del bombre. 

Caalqniera que hubiera oido aquellas conrersacionea o 
que hubiera yisto aquel interesante cnadro, no se habria 
imajinado jamas que estaba tan cercana la muerte: tal era 
la serenidad que aparecia en los semblantes, a pesar de es* 
tar la tristeza en los corazones, perp esa tristeza resignada 
y dulce que se hermana con la conformidad relijiosa y qM 
estd mui lejos de la indiferencia y del olvido, sino que per 
el contrario, conserva siemprp frescos y palpitantei los re- 
cuerdos. 

— Querido amigo, dijo dbfia • Juana al solitario, con ?oz 
temblorosa y entrecortada; me siento algo fatiga^dav {Me 
faarian bien sns gotas? 

— Sf, sefiora, y voi a pi^epardrselas/ 

— Luisa, hija mia..., quiero que no sufraa., yo no siento 
riada... estoi alegre... ya me ves. 

-^Y yo, madre mia, al yerla tan ,tranquila, esperioiento 
casi lo mismo. Pero las l&grimas qce no podia contener^ dea- 
mentian sas palabras. 

— No Itores: este el^ tin ih^tante, vas a ser felis^ el C9razdn 
me lo annncia... y los moribunaos ven... ^ 

El solit'ario le di6 las gotas en fmias faerte d6si8y y dofia 
Juana se reanimd. ' .' 

— Esto es prodijioso^ Guzman... es un milagro: usted me 
resucita: siento ens'aftcharse mi corazdn... 

El anciano guard6 silencio, pot*qae- pabia bien que aque* 
Ha animaeioD era fictici.a y que ya no habia remedio algo* 
no para arrancark de lois bmzo3 de 1^ ihaerte; pero tambien 



Lob gBOMBTOB DXL PUSBLO* 213 

. * . - • . • - 

sabia qne aqnel cordial ta haria morir sin snfrlmiento, lo 
que es de nn bien incalculable en aquellos dolorosos y an- 
gnstiados initantes. 

» El4iacerdotef conocedor, tambien. de la proximidad de la 
bora, 80 babia arrodillado delante de.un crucifijo y oraba 
en silencjo, encomehdahdo sin duda a la boudad iniiQita de 
Dio3 aqn^lla alma, qne estaba pronta a entrar a] seno de lo 
inlltiito.. 

OBI calor 6 la animacion prodacida por el remodioj iba 
declinando por grados, y dofia Jaana, comprendiendo que se 
aCercaba el t^rmino, esteudi6 su naano al solitariocomo para 
despedirte de ^I, y atrajo a bu hija hdcia sf . como pai*a no 
separarse de,e|la y volar juntas a la mansion de Dios,.. . 

El 8kcefdote^**c6tin^ovido con aqiieV pat^tico y tierno eg- 
pecttfculo,^ se acerc6 lloroso ^\ lectjo de la moribund^, y pre- 
sentAndoie el crucifijo esclamd con dqlce y triste acento: 

— Hfi aquf, senora/uuestro ultimo consueloy nuestrasola 
cg(peranza,.. Jeisus tiene sus brazos abiertoa para recibirla. 

DoSia Juana desprendi6 su mano de la del solitario, t6m6 
ei''ct*uctfi|oi lo acerc6 a sus labibi, y bes^nddlo por tres vo- 
ces, se lo paio aV confesor, dicieodole: . . <. 

— ^E^tbi'pefdonada y hoi me recibird en su gloria.,. 

El sacerdote se hinc6 .de nuevo, nmrmurando sin .duda 
alguna plegaria, y.di6 su «a*nta absolucion. a la enferma,' que 
en esa mismo' momento'se estiriguia... 

^ 8olit|trio toinft el pulso a dona^uana y.a Luisa, que ha- 
bi4' pfei^didb el conocimiento, quedS!ndose como dormida en 
el seno de su madre, mene6 la cabezay dijo al confesor de 
pasarle nn cuchara y un vaso de aghal '. 

El sateef dote*, temiendd una doble desgracia, pfegunt6*con 
angustia: 

-iOn^wr ' ' ' • • • ■■' ^^ '■. 

— Nada de estraordinario. Ha suc§dido lo que yo temia, 
lo due iia ^ddia mehos de bdfeeder.,. 
-^Pero, ^qu6 es lo que tai? 



r >■ 



1 



• 

— Si yo no me enoontran preseote, talvw^ 

— {Por Diofi! espliquese ustecL. 

— ^Talyez no habria habido 8eparadon« 

— {Es dedr!*^ 

— Que hnbi^ramoe tenido nna doble de^grada*.. 

— jAi! q\x6 p^rdida! qn6 Uatuna habria sido! 

— Y qnien sabe n no habiera sido ana felicidad! 

T el solitario, sin mas esplicacion, j dejando al sacerdQ*, 
te en la incertidambre por la Tagaedad de sns palabn^ 
abri6 los labios a dofia Jaana 7 vaci6 en la boca casi nna 
cncharada entera de sn elixir, j la misma operacipn practi- 
c6 con Loisa, aunqne d^ndole mncho menos cantidad del- 
misterioso liqnido. 

La madre j la hija, con no pooo asombro 4^1 sacerdote, 
volvieron casi a nn mismo tiempo en sL 

DoSa Jnana mir6 a sn alrededor como qnien sale de nn 
letargo 7 no sabe donde se encni^atra; 7 clavando sns ojos 
en el solitario, lo salnd6 con nna sonrisa, besando en segnida , 
a sn hija. 

— ^Madre mia, madre mia, jann vivimos! esplamd Lmsa; j-. 
70 qne creia haber volado al cielo con nstedl 

— Yo bajo de 61 para decirte nna palabra... para pedirte 
perdon... 

— jPerdon! perdon! ^De qn^, madre mia? 

— Yo te he... hecho .. desgraciada... Perdon!... 

— {Desgraciada! es verdad; pero 70 no pnedo evitar nnefi- 
tra separacion; ella viene de Dios 7 nsted me ha diqho d^. 
respetar sns fallos. 

— No es esto, hija mia, no es esto... 

— ^La Anica desgracia es qne nsted mo dcge... yiya 7 se?^ 
feliz. 

— jVivir! 7a no es posiblel... Perdon!... me ha eqnivoca- 
do... perdon!... ^-/ 

— Madre mia! no me hable asi^ qne me dosgarr^, pi i^q^... . 

— Ai! Yo snfro infinito... Eate casamiento,.. perdon^; T^ 



UMLmmnmvm9mfm4k\ 2ii 



te ! kis saorifiQadiO^ jo^. na: f i4iM^ pevo ahoFa comprendoi .. 
Aboiia TMil^ ifos^aoiad^ :q«e^ t^ he h«Qhp.M perdanL;. 

-TfNo hai isaeHfioip oniiado. se cpmple con sa deben.. To . 
soi J sev6 dichosa porqae he llenado el mio. 

-•T^Pero.** yo mo ha equwooado*.. Gailleirmo... jahl deaes- 
pcraoioD... perddaame.M 

• «r-*£o le doi las graciaa por todo el bieo que me ha hecho . 
doraate mi yida^ par Wtia 1^ felicidi^d qne he gozado a sa . 
lado, podr.al ^jenlplo qpe .me ha dado y por la virtad qne , 
me ha ensefiado.. . .) ^ . . ' ; 

Y la j6vei}, Ueoa deflaota .unoioQ^ ae arrodill(^, dici^ndole; 
*^Sb oaied, madre mla^ %^!^ d^e perdonarme y beadecir? 
me;, y aai aer6 dioh^i^a ahorn ;^y fiiempre^ asi aoportari^ con. . 
mm reaigaaoioa' el ah^ndonoea. qae^^^d oie d^iL..'' 

/^^Te beodigo^ hija mia^ con^«%0 d^Sa JaaQa.con voz caai 
apagada; y espero en D1os.m <|tie tdM< Imi de.* preqaiar,,/' . 

La moribniida cerr6 4SQ8 ojo0yfe.qiied6 como ea uu ^' , 
tasis; pero se AOAocia qoe viyift.aa^. > . 

. Famd^ nn ratp, 8ali6 de pst^a letarg o, mpstripdose ea fu 
fiio|ie4iia an c$mbio,.e8ti:^d>fl«Vip) .paes ea yez de aagos-:, 
tia manifesUb^k la BOf^. grange. aJ^ia, . , u 

iQ^ habitf .pfaaado^por iagjvwl, V.orpo prp^itf) ai^pagaw y 
por aqadl eaplrita 4i#pQeeto.^ A i^ol^^ a qtraa rejipoea? Qa* 
bia tdoidiQ eaa iutotckm ^vs^ al^oaajB veces ncs ooa^de IMo^ 
habia penelirado ep e} oapapiOf h^a l0ido ea el/pprvfenir 
con Job iacorp^^^ ^goa ^1, aliftg; y^l^aibia virto If^ dLesgr^i-.. 
cia de ^^, hija j.W f^ioidft§ dftw hmij por . wt#, ,rw(m le . 
diji^.a) volvv pp^^temenrtpj^l eflrt^49\i^9rQP4f i d? la Impjia- . 
na.e»at*»cifl..,., -1; -.. i/: 1:. ,» - > -'.:::..* [*-i. : 

— Te he he«feoiifpgR^8ii^...rp^j5ft(fg!tfs icUcJiq5iR.^..Ahpri^. 
veo mi error y comprendo ta sufrimiento: jamabas! y te he 
dado a Gnillermo! ;Ai! no lo sabia!... Enriqae! Enriqae! es- 
pera... espera... en tn madM^y..r-e& Dies... 

Y dofia Jaana^ estrechando a su hija contra sn corazon, 
espird 



316 Uft 

13 solrtario tnro que sdstefidr niievanDute a Ldim, pbr^ 
que volTi6 a desmayarse, en teoto^ que d aaieeidote^ dedi- 
cado escltnivamente al bien de las almas, se limits a radtar 
la plegaria de loe mnertoe. 

ITn sileocio sepnloral reinaba en aqnel eapaakna doKmi- 
torio. No se oia una sola toz ni tampooo nn soUoao o mi 
qtiejido; pero este mismo silencio, esta falta del eoo hnm«M> 
era conmovedon no hai nada mas solemne y mas doioroso 
que esa inmoyilidad de las personas que rodean a un ^adi* 
ver. Cnando se oyen algunos ayes, cuando se aenten alga* 
nos suspiros o sollozos ahogados, cuando se ven ccftrev si- 
gunas Ugrimas, se esperimenta algoa ali^io en la. trlrteaa; 
pero cuando se ven cjos.enjutoa en semblantee descompnes* 
tos, cuando reina esa inaccion, ese mudismo en d^nsedor de- 
un muerto, se puede asegurar que existe alU una de estas 
dos cosas: o una tndiferenda glacial y absoltito^ o on seqlH 
miento tan profundo que va mas all^ de las afKeblinie» co- 
munes, Uegando a los ^Itimos grades del dolon 

£1 solitario re«ost6 a Luisa en un sofa, le aplic6 el rMtedlio 
de costnmbre y se fu^ a hinear eon el eon£esor « uno <ie^ Ids 
costados de la cama en que yada'la anvante madre. 

CuandoXaisa Volrid en sf, mir6 a su alrededor y r^.^a 
su maestro y al sacerdote orlindo; entoiices ^llii.s^ to\rant6' 
sin dedr palabra, ysin decir palabta se puso %n 1« mUikxfa 
actitud' al lado de aquellbs dos VeneraUes anclanos, qtie, de 
er^encias distintas, s^ eonftindian en una sob ereent^ia, Dies, 
Uegando iambos al mismo tSrmino por di^ersos cKmfnoi, 
pero que sieinpre Ilevan al bombre a un pamtd dado: el Ha* 
cedor de todas las cosas, el Padre de todos los bbnitMres, el 
l^befano Juez que (fitpone de fauidstroa destines/* - ^ 



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, Lii«l9, i^WiMit^ OB :!»%': ertHYO eBtraJia ¥ida y la ajp^r^te? 
7f A 4afi>i9<u(^ ppar'la v^ilia i«hc0$aptei I09 ti^aps quidftdos 7 loa i 
rottia^imidQlifi^lltano, habrii^^mai lo^ego aeompaiQadp a' ra 
qi^md&midfe. . '. ^ : 

' ;DaSa; Ppi^fifta 7 Qr AiUer«io. 80 rhabian iastaUdo desydis e^t^ 
iQiMM'^faa k en^a ^^efd^fM Jiofi^ai ab^d^nando la ftpya 
de la calle de las Monjitas: nada mas natural qoie esta^ 4^4^ ^ 
qiHsE.&tUUtfiii^rwarfil mftFid^krde Loiea 7 qqe< Aebi^ cnidfir 
d^Wr«ail«dc7. tembtea da 09 ifortaija- 

• Tanto a4fi!ittadi!e.ooiiiaal hijp w> Jes agradabft laf^r0^> 
saft^adel.^iitiajriQ; p^rp.tetaiaja que oonteiQpQriza):: cw 41. 
pqr^Jpii^U qi^ em jporqlte ];«uiaft iH> file AFCinia con n^sguiia 
oteit |^9i6ii»^ 91. habia qi^erido ta^n^pooo i^xoAr k>tro mi^dic^o; 
a^parar /de Us r^^i4a9*anataiicU9 de GtvHermo 7 dQ d<>Sii ^ 
Pi$)f^m.(|ii9 8efni^te(fQ9 nui aoUcU^ d^routie toda la €tn< 
fermedad* i . . 

Li^hriif A pelar da U jreppgniinciainsitiAtiyA <|iie eent^U ppr 
supQiandaiyjpprM afn^gra.^ nobi^biA.pQ^dQ' m«»09 4^ /i^^ 
comoer ite iti^idade^qfie hubim ii^liid^ eoa eUa 7 el f^tef «^' 
qui^nmaQi^iatelMQ: por .««. saJud|,( rep;coah^«dpae i^^twipr- 
mentor eriB dlejiiinMiito AavefUBibW que la aepMtfb^ de e][lo9. . 
A%Bpfto;TMii3Jbftbk fM3ialqtt)M »L solitariO[Jo quelle ^ii-^. 
cedb;:ip«)oJste^iiarda^lt49U€ffteb eliad(a,}a mefttion^ ppih^^ 
que^ no queria ni fomentar aqqeUa nfiinm] l^pt^SQ .ni;> 



218 LM aK,»lilTOi DIL FraSLDw 

tampoco combatirla, dici^ndose all^ en sos adentros: "De* 
jemos que obre la naturaleza, porqae ella es el mejor gtiia 
y el mas sabio maestro.'* 

La convalescencia de Lnisa era lenta pero progresiva; 7 
aunque tan j6veD, no po4i^ nd^prarse con la rapidez propia 
de sa edad, porqae la agoVia^an tantps pesares, siendo sa 
i&nica y favorita distraccion pensar en ellos y hablar de 
ellos con sa qaerido maestro, qaedl^ndose jeneralmente has* 
ta mai avanzada la noche ocapados ambos de sqs tristes 
recaerdos en qae no tenian niia peqaefia parte Enriqae y 
sa familia. Machas vecea Laisa pregantaba al anciano sobre 
cniX habia sido la caMia db la trasfotittaoion s^bita de ^a 
madr^'^n el Ultimo memento y el por qti^ habia tenido la ' 
SQS jabios el nombre de finrique; y el aolitarib, por toda* 
contestacioD, le decia lo mismo qae habia dicho dofiA JaacMU: ' 
^^Espera...'' siendo esta Mia ptilabra el 4iiico goce^ el ttnito 
rayo dd la^ que veia tiuisa en la lobregaez de^n presente ' 
y ihtnrat exi&tencia. ' 

Dofia Porfira y sa h^o estaban ciaida dia mam fastidisfdcM 
de la presencia del misteriosb anoiano onyo nombre ignora^ * 
ban y feoya infldeftcia tetnian; asi esqae a medida que Lniea 
r^a^erabii sas fuerzas era m^yor la frialdid oon •que tM-^ 
taban al 'cor<ynel don Torlbl6 d<e GaMian, llegatido en^oca* 
siottes hasta el grad6 de ser impolfticos con 41 cnaodo no es^ 
taban en presencia de Luisa, porqne temifta di^odlarit, 
conbciendola deferencia y el earifio regpetoMO y tMrnoque 
ella le tenia. 

£1 bolitario conocia mtii bien que wa nn hooped impor- 
tanb to casa de G tiillernift]^, pero totno estaba reqn^lto a qile^ 
daHd, al menoB mientras dnralH la convalescenda Ak EidiM, 
gaAvdaba silencio; y pasaba- por alto tdda ki tnaleiPi^kNieia 
qae I# laiafiifedtaban, ni i»»m iH^tda ootto^-fii no tacdifo- 
ciifi^ o'^mo'si'^nt^llegaM hakfa^lrto^ qcievm vwdad^^piiea 
no<«lfi| (^n<iiM eh 16 mas minimolato maff(»as de»c«|twte 
de d«»*!P(tf(lra y di'ta hija • ' ^ 



A T^4 ■ ^. . . .. • •• ^•. *-•'*«*- 



la del solitario en concepto de . lopi jl9€|j9^ 4e c^mj <QDIAO • 
V^MkV^^^fk d^ HrY|f0>t«'iif>'^.QreiaD,jo^lig»d69;ta guar- 
dar loB mismos miramientoa con ^lW,l»i p^fer^ .fflwer ae>., 
v4B*H|ja#^.MwJ« Miat#ptp, .JpiiJflal.la knm ^ufyir^.mnchiai- 
mo; pec9tlt»lft^Afij|0 eagfi^ tfto*o pai^ ap 4^^?. m^riw » ' 
qmiiftidiipi4i«f« Q«»p^#teB»eB^. lo; .q^* hobier*, Mdo an 

sa hijita, como ellallamaba a Laisa, 7..see,$f!a#ft defAA;^^;;. 

grado, porqae consideraba a Gaillermp igaal en raogo, em 
foftxum^nim !(pn#U«Mfis, wp^nutAtf. de estfi^ <sDoj«n^!4e 
cvfiaaat^jMiw ^y<iMab)^!la major felicidad ,|i^a it^i^lH)^ 
paiQ^abiot^' )pK^lpiabata creep ,^oe ia^ven fie babia ^ngii^i^i 
do 7 qae lo (]^el|#<{)«p«ab9(qii« .^er^.w^ bii«%>^«bi9rft T<n . 
nid9f «'9er, «a verd^D « irreppfUable mal . . ^ , ; 

q«ef|o>mlin,: jw^aousntei fabre el ; carifio qo^ le prglmaJlMi,. .. 
Cf£NiiM't]b ^«ta>i^r!(iBdea : q^oftdpmi^^ a aqpella fOfO^ a -, 
qnien no consideraba como a ana sirmnte dipio Qomo^^ii^o 
8egixi4l^ifB»(lt:%:3f^{)^rJaia4e 4oSa ^aanaiiabia teuido fiem• 
p^fff^l»d%ia«)^c^ft|^ .c()flfli4ww?^^^ ^96 ^ia^ . dapim^,^Be 

presentd C6feri^ik;i^B?gi4« ^ ifi^^VO^f^if ech4ii€U>ie.a,lpB ^ 
pi& de Lnisa, le dijo: . , / » 

-^iQ/f^if^t^m^Qfiffmi I *?<» ."q«^^, dQai.^a la, "ha d^pei^i^Piy 

a OSted? .j. i-' j;,. . .'.•, -UC*' '■■■■: . <'..Lfi y. , . . ▼ . '-.Jl •: 

fT«r$iA94#» ^r,|0 l/MbNj)iitt$^rtf4ifcCba4}-- p<WO^ «4. .9««4i|rio: 
tengo que obedecer, 7 no-jlieF-cf odj^. pvtjr ein. tded^iitQ. . 

-ntf4-#)l%«@|)^%(|rf»: ,«K!^an9p4pibl0o$a|^flaj«fae. algpn*! 
dia de ta lado; pero no hai remedio, es an hecho: mdiiffiip' 



2^' 

■^Jd Dtf qtifiei^Mr el orffiifi d6 ' ^ilrt)iMt «» ttM tfltfy ^ 
nfeaiaieii nil taatrifAo^ioj 'J*^ • -" ■ • = ^- • '-- 

— jEnfonbies hs IflOi^ ffii in^ido d qae fe hs ibaA& ii •ttM8 
s^&](^aiit« drciear Y liniu «^ adt^^'doMlefidnliiAAtt.^ 

Gfoillermo jiMsifiMra ;a<flM VbifiAt deltan tM* naont y« 
saMiii^-nBdedriMd^!;^. - '^ '■ " . ■■ j .■ 

d^-brazo.'- • ■' • ■:•••• •' '• 
'El '^trtiki Ma» am c^e#«ittbiBid6a. diMrtemaT id «»li«im, y 

Ptfi#i1ile eckd IM brii»!« «n U^ana cfti«<ift pottfe fCdferiftiTfld 

Loisa tratd d4 deteo^^a 'dou'b v4«U;' {^i^ «d 'etfosi^ ■ 
gtfftfnflol^, le dHjode iM ifiddt^^lkhlali^iMte •*^QoMies« lulefl, 
aaiA flfria, > Ife ^iieeento;" ' y - la«go <^fijii^d«to tt iOdiUiEmbo,'' }« • 

etftfefttw cii^nstandaA: f"* ->« ' <;' j ■■ J ' 

•t^iL8 litt hedlio a'uJitfeA al^'idfttmlatgbiidi^ifiadh*' 
—Mil, D(>'pifecisatt6Q«6/'^i>t*^i'%^-'trfb«lm dtMSiiM^ 

eHalflfidf pai«qaefa«««''dil]^Mkae^tfi6l#." OV. 
— iYentonces! •• ^ '" *' .- • • •• - 

'^li qae, itafehti^^' i<m'96l^ne^^m a»iiidU'4-ee- 

ner la misma atitbrfdad'qeeitt«iB<M^''jF iK]PqMi<d<A)Je^^^Aritii- "^ 

vientes, j asi es impoaible gobernar bien sa casa. ^i '■ 
•^Ji»-4«Aota, (MMtot^il^ltfV'ewidij^ifd/lM «ii'8kiti«n- 

td, tifte-qae es lin aegBfeyta^tiaf^e'." X ,^' • r '•;'-'; 

— ^Yo he reparado qae las criadas la tratan como si f«<dM " 

lo:qs6in»|MdrAi'i]aelibi<4<;«kftiBiif>, %iStf«i^v|(n»^0f4ito- 

lefftUfj"! '■- •' 1'' • •'•'' ■'■'•-•■ '■' •' ^' '••:•■• '• ''• •••' ■ 
— Mi madre y jOj sefiora, se lo habiamot ordenacR^' ^ ^ 



»i 



\ > 



JBILIiaBiBOi OdiLL, fSddlLOL 2^i 

n^ri J*(l W»' "JJ!i'*"l!ir . 'JT^ 

jowdr?: if 9 .^fe^iflxps il a ns^d : W ; mucho. 

(fe » 8M^IRP*fl^iW l98,«|U» aw :T\^e;^a ji^, c^a^ por 
llfli^i3Rcipf^<yi€^i*f)i;<«lj^cs pw gUje pfrojEa»,y 

que 86 le profesa, ha llegacb.a p^p jA^mmhw de la gji^i^a 

7-:il[o.fi^,mi.4i^i5W^ aeftojra, pqatijarUr, Ja n^^M* ^e yer 
de ii^djQS^^y.por la fxiii9ma r^^oa . e9|>era qi^ t^|)pcope 
iH>oti:fH7^e^la.iaiM:Q{^rii^ spptifar^.de <miila(|[pi pero 

para evitar a ustedes todo niQ^vp 4e dUgait^ qaeda. ^e^de 
ahora, y oomo lo ha estado siempr^, a mi ;9prYiciQ privado 
sin qne ,^i^e ^ng4^qJlaint;p|'v^n|f .Coii,^ila ni. ^IJa co^ nadie. 

— Pero no concibo c6mo se paede hapdr tol rseparacipn 
ejx%r» ^pa^^ J mojer j.queios siri^ien^.del uno nq'Jio 8e4n 
del otro* ,, , ^ • 

-^EsperOf sefiora, que mi e;i0^.^er4 bfsJt^te, amable 
paiifi cgi^,p^derme ^(i9^,capri9ho^.,n()^p^^^^ ab- 

soluta dependencia. 

. TLnisn mir6 a Gaille^nxo cpjd-tal.d^^oidad y.refi^lucion 
que 4^tB baj^ 9a vjata 9,bl|g&pdQlo a ijoa^ife^tarse contra la 
Tolantad de sa madre, diciendo: 

. .— Pg^dep :<^^T^. <?<>Da9 f?«*tiea5i[7 ya qpe, te.,agriNEla esta 
mnjer, cone^rv/^l^j pi^o cr(?o. .^ue^-,8|^r|a mas c^erdd segnir el 
consejp de mi xnadre, ^.ft^j^pn appya ^a justicia. > 

— ^No niego que ujgi ^^ido ^eba.^r.Qpmplaqiente con fta 
mnjer; peroee,dei^ twbien^eyjtjp^el.p^^ (je, c6ftfundir 
la condescendeUda con la debiUdad, 

.Canclnyendo esta obaep yaQion, dpf a Porfira ae.pard nn 
tan^to despechada p<^r,po haliQ?pe h^<?ho ai^ yolantad* ' 

Darante toda €&t& cdnversaciQ^, p\ s(^litario no desole|e6 
sps Ubios hasta ^l^^ , (JijiJ^r^g, j<j|ij^\iiabia flej Ado .|).artir a 

mas afabU modo: ' i 






-^2% 



.\ • 



^j 



jamas Hie ha satisfectid LifiA, ii'p^ttr^^ M6tt]<H9Vft«ol^ 
1 j_Crea, tefior, qne cuando so esposa^s^^ta^^MA i dMi- 
placeilo, mas valiera do mrisfir;' iott 'td^o^ tf iJi^ es^^MR^e 
• a^arle a nsted ese gusto; lb hard * * • *• ' i ^ ' '' ' / 

— Todayia, senor, conte8t6 GniUermo 8on]i^Q3d0i^,~'tio 
iahgO'lk confiaiusa necesaria con mi mii}ef , pties ittfn cuando 
hace cerca de dos meses qne estimds tmidos ^f la igtea^i 
sin embargo. .. como ha estado enfertna jrcomc^a* lie visto 
tan tAste, he redpetado esa enfermedad f da .tf&ftezf£/ ' 

— ^Ha hecho nsted mni bien; yla sefiontk Lofiu' aprecia^ 
eh sn Justo valor esa condncta. ' ^ ' ' * * ^"^ '"'' 1 

— jEs verdad, Lnisa? ' • - > v x ^ 

— Desde el momento que' mi mi^stto lb itfirnU^ mo hai 
por qoedndarlo. . » • : i i 

— fTn ma^trof Ko lb conocia yoj y sin dmbargtJ Hem^ 
crecido casi JDntoe. ' ' • **^ 

*— Pero nohemds vivido. • »:^; .;— 

-^Ya lo 8^' con todo, creia qoeiib '^abias tbnfdb direc- 
tores. 

— £k justamente lo ^nico con c[ue( he contado, lbs' 4hicos 
'apoyos qu6 me^han sostenido y dlrijido: mi niadrey ttii 
maestro. ; . .. . t 

-^jY por qn6 no me has dicho sn nombr^ para hohrarlo? 
jPor qu^ me has obligado a pregant^tselo ia Jit ' " 

— ^No lo s^; pero en We caso obedezco a qnieii tespeib, 
desde que mi madreha hecho' loih!^'o?*/ '-"^^^ * "~ 

—No pretenda nstefl, amigo, in terra in'pi6 el Holifeanp, 
conocer cosas que habr& motivo paria ocultarlas!' ,^ .1' "' 

— jEjitofices nsted tambien rehosa dfecirme sn nombre! 

r-Hai ciertas circunstancias.. ., pefo quizis no est4 Iej6s 
el dia en que nsted lo sepaL * *,'!!* 

— jlfis sin embargo mai rai-o qne viva bajo un mjsino'^ 
chb una persona a qnietf tto'W (Xlbbc'e, iioa peiisgna euyo 
nombre seignora! ' * * ' ^^^^^'" '-^^^^ 



wtedilbQ-Jii ^apontrcido ^iie6(ta caaa Sanckokoi jdec£ter|di*gios 
afios conocido; pero no pasard qaia^mobliD^ieoipo sia goe 
Im (siriottdad qvcdq aatisfeoha. < * ;^ < . > . 

r^Ustedi seOor^ ddbeioompfandeir qae en laa<cijreiiiifatan- 
cias en qne nos encontramos no es mera ontlosidad la mi*. 

itnAsllci y€O.y:.l0''0aQ<fie8O;' r '..1 [ 

— T si Qiited lo ¥e y lo confieaa {a.qu^ viejia ua misterk) 
qne tra^pasa IO0 liqptitei de las; coarenieiiciiai sooialaflT 

— ^Jamaa; cada paede ir.mas alU de las rerdaderas cm- 
Teqimcias soeiales^ dijo hmuk con sev^eridad^ oaando lo hsk 
apojrado mi madra y oaando 70 lo sosteago; Boseo la eon- 
ciencia de mis actos; s^ de qudmanera be obctado, m cbrai^ 
loal) 7 por'consigiiiente, lo que iiago es.en virtdd de cr«l)rlo 
lejitimo. > , 

.. — Paede bbt rerdadero lo que dices, pero ^0 luf estoi 
ien mi caaa o soi en ella nn 4sero? ^ ^ 

-^tQai^a pone esto en dnda? * 

•^{G6mo! jPretendes que no estoi en mi oasao* qoesQi 
peor que el Ultimo sirviente) ^ 

-f-He dioho todo lo cotntrario. - ' 

— T enitonces ^eomo es que vire aqni en iotimas i^ela- 
^Clones con mi .esposa, relacionea cien mil reoeA mas f otimas 
qae las mias^ ana peiapna qne no qeaoiseo, 7 no solo^ qaa 
no conozco, sino qae kasta 0070 nombre igaoro, no pndieq- 
do ann llamarlo si se ofrece? Coofiesa al mepos que esto es 
iDAi aiagnlar,. y qne hago ea mi casa nn pkpel mni ridi^ 
ftnlo.* 5 , i 

: -^No liaga usted escenag a sa esposa; me ir&.;!. Pero ad- 
yierta aeted qne mi edad 7 el nombre que Itero bastarAn 
fiaita ale|ar de ni^ted, tbda sospecha. 

^-^h, paiire niio^ nose incomodej-no se vaya; lestoi'tbA 
ddvia nlai d^bil^imtii tmte..; lie moriria... OdUerttto^ coti^ 
tinQ6 Lnisa,.<iiir^idQdoBO(>aw mi^ridQ, si supieras qttii^p es^ 
81 8«.pi0ras ciitfnto le ban del»Ul(i * mis pailres a «8tt eaballe- 



as4 

;io« enibta Id debo fo miamai te «rrodlUiUriM di^te'-de M 
J le pe£tiriaa de^ imQ Teees perdbfi de io q«e lotf dicka; fe 
'^^fpUco qae ho haUes Mi 

— £[abr& hecho mneho por usieddi, ptaom otttiftoji ttf, 
so bs reicoBocido «n mi vida nlngofr btue&ctoF) Bt^U-deb) 
aervidiOB a aadia 

Laisa, al oir esto, cambi6 iartantAQeatifeate de aeiiittd 7 
da tono, j dijo a sa marido coo noble mfl^estadf 

— ^Adnerta tambien listed, caballero, qde Mba ^ra la p|i- 
BieraT€fes que saplicaba y seni la 4Uipia..« Sla^or, mi 
; jDiaestra 7 Begando padre, 7 Lnisa desigriuS al eoKtatio, no 
abaQdonar^ la casa de su hija, siao oaando ifl qniera dpjjmv' 
me; Yo lo Humdo 7 ie oomplir^.. 

La ¥0£, el aceato, reirelaD taiito el carficftory la vohiiitid 
mas o menos decidida de las personas, que inmediatametite 
te ^BOBOce la eikeijia del imiivcdao; 7 Oailbrrao odmpKiidi6 
sin qae se lo dijeran, qae tendria qae hab^raelaa ooq nam 
de esas natnralezas que jamas ae doblegwi, jsiiiq pbr la raaon, 
por el conTenciiniento o por el oajriftej de; modo que pfe76 
mas prudente ceder, porqae ad ganaria aa cbnetpta d^ 
Lnisa, mientras que de otra manera estaba ^eapaesto a no 
edmegttir jamas nada; 7^ en copseonenida res^Modad: < 

-^Gfedo a ta voltintad 7 eedo con gnsto^ amiga mia; pero 
al mebos reconoeer^ qne estaba 7 qae'^toi«a-mi deieehp, 
' portjaq on eeposo ea dempre nn espoakiu 

3S1 aolitario perniiaiieeia impadble, 7 sin embaigo tenia 
niLinteres tital pn aqaidla di0ensi^;'no popque 8§ Crataim 
de ^1, duo porqne esa conversacion afectaba a Lnisa, 7 eca^ 
ae pnede dedr aai^ el prelioiinar de las'relaeiones^ae'se sn- 
cedieran maa tarde entre l6s espoaos; 7 comoen esto eonr- 
sistia el porvenir, la feliddad o la indejieaidencia de la hqa 
da lia amigo, qneria saber la faensade Tdlnnjtad de <](Qe^o- 
dia()iiQ)oiier Lnisa ea ^nn ditoo diado 71011' ^etdadieatabb 
pompladdo dd lii eaeijiia que habiadekplegado. ^ i ' 

. Gdittiim^ ae eetaddetebft diatrbtadd; |ieo6 an- a« ita^aiOB 



LOS dXCfftXTOB DIL PXTIBLO. 225 

no era esta concesion de trascedental importancia^ sino que 
al haceria habia formado su c&lculo: queria ganar terreno, 
deseaba conquistar a: Ltiisa, se habia propuesto, en-una pa- 
labra, rendirla; porque el vfaculo de la iglesia significaba 
bien poco en su concepto, si no conseguia el vinculo de la 
naturaleza, qu6 es el ; mas lejitimo, el mas indisdluble y el 
mas fuerte, y ese vinculo no existia, y era preciso llegar a 
el; pero como la violencia es el peor de los medios, se pro- 
puso emplear la dulzura y la mansedumbre, y dijo a Luisa: 

— Querida mia, yo no quiero tener mas voluntad que la 
tuya, y desde ahora puedes obrar en [conformidad a tus 
gustos, pues me he propuesto no contrariarte nunca, sino 
que por el contrario, deseo que tu voluntad se armonice con 
la mia sin que haya, si es posible, la menor diverjencia de 
opiniones: ^encuentras pues que no me conduzco como debo? 

— Aprecio esa noble manera de ser y la estimo en lo que 
vale. 

Y Luisa tendi6 la mano a su marido con esa dignidad 
ben^vola que realza la acciou mas insignificante. 

Guillermo se despidid dejdndola en coafidencia intima 
con el solitario y con Ceferina que, hasta ese momento, ha- 
bia permanecido como ajena a la conversacion, aun cuando 
tomaba en ella el mayor interes, porque todo lo que se re- 
lacionaba con Luisa lo oonsideraba de 1ft mayor importancia, 
pues su existencia dependia de la elxistencia de ella. 

Don Toribio de Guzman, hombre de esperieacia, hombre 
de mundo, y sobre todo hombre pensador que penetra en 
^l corazon adivinando las pasiones hamanas y los mdviles 
que las determinan, habia leido como en un libro abierto 
en el alma de Guillermo no" teniendo por el iadividuo las 
consideraciones que le habia manifestado Luisa, creyendolo 
verldico y caballeresco; pues ^1 sabia deantemano quetoda 
esa benevolenoia no era otra cosa que cdilculo para adorme- 
cerla; pero ^1 se encontraba afortunadamente ahi para si era 
necedario cru^ar sus planes^ 

lOMO XT, U 



32S 1^00 KBOOBtOB ML FUBLO. 

IL 

« 

Pasado nn momento despaes de haber qaedado solos, 
Luisa dijo al 8olitario: 

Es preciso confeaar que mi marido no se cojnporta mal, 
pues, en resumidas cuentaa, tenia y tiene razon de averi* 
guar coal es el nombre de las personas a quienes cobijan 
las murallas de su casa. 

— Lo s6, hija mi a, y he estado casi al panto de decfrselo; 
sin embargo, consideracionea de otroj^nero y que talrez tu 
ignoraSf me ban impedido hacerlo. 

— No pretendo entrar en sus secretos; pero sea de ello lo 
que faera, yo tengo el deber de P'^r justa y no le negar^ a 
Guillermo que se haportado de una manera digna y propia 
de uu caballero. 

— No te dejes seducir por las apariencias, hija mia. Mu- 
cha9 veces se concede algo para pedir mas. 

— jY qu^ mas puede exijir? 

— Ya lo veremos. 

— Si contin&a como ahora, bien poco hai que temer. 

— Ojali; pero la exijencia actual prueba sus pretensiones. 
]Echarnos a Geferina y a mf, nada menos que eso era lo que 
deseaba!.. . 

— Dona Porfira, pero no Guillermo. 

— Madre e hijo, Luisa, no tengas la menor duda. 

— Pero no lo conseguirdn jamas. 

— Lo conseguir^n, lo conseguirdn, hija mia, e3clam6 Ge- 
ferina llorosa, porque ^l es tu marido, y tarde o temprano 
tendrds que cederle y conformarte con su voluntad. 

Luisa se sonri6 y dijo: 

— No tema, ama mia,^no tema. . ♦ Usted no se separard 
nunca de mi lado. 

— ^Yo no quiero ser causa de disgustoa, ni introducir la 
desunion entre los esposos* 

— No lo crea. Yo se como debo de obrar y hasta donde 



t w 



XiOB BMsftnoB mOi fuiblol 127 

paedo conceder. Abora desearia que di^ramos un paseo en 
carrnaje. {Nos acompafiaria, usted, sefior? 

— Con el mayor gusto, contestd el solitario, que veia que 
mientras mas se distrajese Luisa, la convalesceDcia seria mas 
pronta. 

— ^Ddnde iremos? pregunto el anciano a Luisi^ cuando 
entraron en el coche. 

— A la calle de San Pablo. 

' — Buena idea. Paeda ser que sepamos algo de nuestros 
amigos. 

— Ayer no mas, se&or, he estado yo ahi, y aun no han 
Tuelto, contestd Ceferina. 

— De todos modos, quiero por lo. menos ver esos lugare«, 
dijo Luisa. 

El coche se detuvo en la puerta del conventillo y las trei 
personas que iban en dl^bajaron. 

Luisa se apoyaba en el brazo del solitario; sentiase d^bil 
por la emocion. Aquellos sitios le traian dukes y conraove- 
dores recaerdos; jqu^ cambio en tan poco tiempo! Parecfale 
triste, mui triste aqiiel conventillo en que tanto habia go- 
zado con su amiga Mercedes, haciendo obras de caridad 
entre aquellas pobres jentes; y ahora pareciale encontrarlo 
solo, pues faltaba lo que le daba animacion y vida. 

Luisa, despues de haber permanecido un largo rato in- 
m6vil frente a las puerta cerradas que daban a las habita- 
clones abora solitarias de la familia Lopez, se diriji6 hdeia 
la pieza de la pobre viuda a qnien babia socorrido una vez 
y a quien babia dicho que mandase a sa^casa cuando turie* 
se necesidad de algun ausilio. 

La mujer que continuaba postrada en la misma oama en 
que la babia visto como siete meses antes, reconoci6 a Luisa 
en el momento y rompi6 en lianto diciendo con toz conmo- 
vida. 

— ^iQa6 consuelo! La vista de usted, seSorita, me prueba 
que han de volver laego..« {Ah! Si «Bted iapiera cu&uto 



228 LOB 8i&OB£Tu» Di!ih PI3 IfiBlA/. 

bien me hacia Mercedita y la senora Marta! Desde que ellos 
partieroQ todo se acab6. . . 

— Lo comprendo, contest 6 Lnisa enternecida; ^pero por 
qn^ no ha mandado usted a casa? 

— No he podido moverme, y mis hijitos son tan peqne- 
fios; sin embargo, lo que uated me dej6 me ha servido mn- 
chisimo, asi tambien como lo qae me di6 la sefiora Marta 
antes de partir; sin esto, ya uo existiria. . • 

— jNo haberlo sabido yo! esclamd Luisa; pero ya reme- 
diaremos el mal y a usted no le faltarA en adelante lo nece- 
sario. 

— Gracias, senorita; Dios premiard su caridad. 

— ^Ya principio a recibir la recompensa, dijo Luisa al so- 
litario, porque me siento casi alegre con la idea de socorrer 
a esta infeliz a quien protejian liXercedesi y su madre y a 
quien contin4an protejiendo por mi conducto; y luego diri- 
jiSndose a la enferma, anadi6: 

— Lo que yo haga, senora, agrad^zcaselo de preferencia 
a Marta y Mercedes, pues es sin duda alguna el espiritu de 
ellas el que me ha traido aquf y el que ahora me anima. 

—Si, seeorlta, asi debe. ser; pero no por eso dejar^ de 
rogar a Pios por usted. 

— Hdgalo, h^galp siempre, qt^e bastante lo necesito; y 
yo aer^ qaien deba estarle recoaocida, 
. — Ha sabido usted, sefiorita, de mis bienheohoras? ^Ven- 
drin luego? \Qa& gusto tendria d,e verlos! 

— Yo nada he sabido; pero pid^selo usted al Sefior y lo 
conseguir&. 

--^Es lo que hago todoa los d\w* « • es lo que hago a todo 
momento, pero mis santos no me oyen; yo ser^ tan mala. . • 

—Continue usted sin desmayar, y al fin lo conseguird. 

— jY pensar que esa virtuosa familia debe sufrir muchi- 
Bimo? Porque, sefiorita, ha de s^b^r usted que el j6ven En- 
rique, hermano de Merceditas, est^ en la Penitenciaria, no 
por crimen alguno, se&orita, porque toda esa familia es 



XiOS 8SCSXT0S DSL PUXBLO, 229 

Santa, sino porque se meti6 en la revolacion; y poco tiempo 
despues desaparecieron todos, sin saber donde, sin que ha- 
yan vuelto una sola vez, sin tener la menor noticia del lu- 
gar donde se encuentran. 

— ^Y no ha visto usted a ninguno de sus conocidos? 

— A ninguno, sefiorita. 

— Es raro, mui raro. 

— Asi lo dicen todos, \j jdL hace como cinco o seis meses 
que se ausentaron! Pero es imposible que no vuelvan, por- 
que es probable que no dejen perder sus trastos que estdn 
guardados en las piezas. 

— Esperemos; y si usted tiene alguna noticia, hdgamela 
saber en el acto. 

Luisa se despidi6 de la enferma dejdindole para mientras 
algun dinero, yendo en seguida a visitar a cada uno de los 
pobres habitantes del conventillo y esparciendo sobre todos 
ellos sus dones en conformidad a sus necesidades, saliendo 
de aquella miserable morada mas contenta que del mas sun- 
tuoso palacio, porque habia sido colmada de bendiciones. 

— Desde la muerte de mi mamita, dijo Luisa al solitario 
euando estuvieron solos en el coche, este es el dia en que 
lie sentido en mi corazon algun alivio. jQu^ placeres tan 
inmensos produce la caridad! 

— Asi es, hija mia; no hai goce mayor en este mundo que 
el bacer el bien. 

— jY tan pocos que lo practican! j06mo es que los hom- 
bres anteponen los efimeros pasatiempos de la vanidad a las 
delicias puras, daraderas y provechosas de la caridad? Estoi 
por creer que no saben ser felices por ignorancia. 

— De todo hai en el mundo, hija mia, de todo; pues no 
falta la maldad, y el egoismo es un sentimiento mui jeueral. 

— Por egoismo debiera uno ser humane. 

— Soi de tu misma opinion; pero mientras no se conciba, 
mientras no penetre en nuestros corazones el esplritu ver- 
dadero de la moral cristiana, no habrd esperanjsas dQ refor- 



ma, 7 loB que practican la caridad continaanCD, como haata 
aqai, siendo uDaescepcioD. 

Efita agradable plitica 86 internimpi6 con la Uegada del 
coclie a la casa de Laisa. 

Goillerino estaba en la pnerta de calle y abri6 la porte- 
suela del carru«;je, presentando cortesmente la mano a sa 
esposa para qae b&jase, y dici^ndole con aire de nn tierno 
reproche: 

— ^or qu^ DO me dijiates qae pensabas salir? l^e habria 
acompafiado con macho gasto. Esta es la primera vez qae 
das an paseo y habiera sido conveniente hacerlo jantos. 

— Creia qae no te seria agradable, porqae he ido a casa 
de pobres, 

GaiRermo tembl6 iavolantariamente, paes crey6 qae Lai- 
sa habiera ido a ver a Mercedes; pero sabiendo qae se ha- 
bian aasentado desde macho tiempo y qae el hermano es- 
taba en la Peaitenciaria, se seren6; sin embargo, siempre 
tenia sus te mores, y para cerciorarse de lo qae habia sace- 
dido, le dijo: 

— ^Y por qa^ sapones qae no me habria sido agradable 
ir a ver a pobres? 

— Porqae los desprecias. 

— ^Ya s6 a lo qae te refieres; pero nno se modifica. 

— Ojald; lo deseo por ta propio bien. 

— ^Me prometes entonces convidarme en otra ocasion? 

— ^Te lo propondr^, y si qfoieres, lo aceptar&s. 

— Qaerrd, aan caando no faera mas qoe por darte gasto. 

— Caando las cosas son forzadas, no volaatarias, salen mal. 

— Pero en mi serA volantario, porqae qaiero agradarte, 
qaiero qae me ames como yo te amo. 

Y esto fa^ dicho en voz mai baja y acompafiando a la 
palabra an snave apreton de manos. 

Laisa mir6 a Gaillermo con ese aire de dada y de sor- 
presa qae caasa an acontecimiento inesperado. 

— No te asastes, qaerida mia, contina6 en el mismo tono 



1 

/ 



tM 8SCBST0S BXL linoM. 231 

Gaillermo. To he respetado tu dolor y por esto no te he 
dicho mi pasion, pero todo tiene su t^rmino j ya seria en 
ml una degoortesia el no decirte el cariSo que siempre me 
lias inspirado j que ahora mas que nunca siento efl mi. 

— ^La herida estd mui fresca, ml dolor ea mui profando 
para que pueda sentir y apreciar emocionea distintas; de 
consiguiente, te agradecer^ el qae demos punto final a esta 
conversacion, 

Y diciendo e«to, se desprendid del brazo de Guillermo, 
corri6 a su pabellon y se encerr6 en ^1. 

El marido quedo sorprendido, porque habia sido tan rft- 
pido aquel movimiento y tambien tan inesperado que ni 
siquiera pens6 en detenerla, queddndose de piS en el mismo 
sitio durante un largo rato. 

Cuando volvi6 de su estupefaccion, dijose a si mismo: "Es 
estraordinario lo que a ml me pasa: hace como dos meses 
que estoi casado con mi mnjer y aun no le he dicho "te 
quiero;'* y ahora que apenas he Uegado a pronunciarlo, no 
9olo no me escucha sino que haye". •. 

Un pensamiento r&pido y terrible pas6 sin dada por eu 
imajinacion en aquel instante, porque mad6 de color repe- 
tidas veces, llevdadose la mano a la frente y sacudiendo 
foertemente la cabeza. 

— jlmposible! dijo entre dientes; si hubiera sabido, no se 
b/ibria casado conraigo. .. Ya veremos quien vence. 

Y Guillermo se diriji6 a las habitaciones de su madre. 
Intertanto Luisa habia encontrado sobre su costurero 

unagruesa carta dirijida a ella, lacrada de negro con un se- 
Ho estraflo que le era cotnpletamente desconocido y que se 
asemejaba a es)8 pedacitos de trapo bordados denominados 
oscapularios que se colgiban antiguameate al cuello todas las 
mujeres de nuestro pai^, y aun los hombres, coaservdadolos 
todavia nuestras madreay hasta no pocas persoQas de las nue- 
ras jeneraciones, pero cayo u?o se pierde dia a dia; sin em- 
bargo, las monjas santiaguinas fabrican aan jaguetes de una 



■ 

I 



288 

ignorftnte rapeisticion a Iob que atribayen grandes yirtades 
tirnendo como amnletos para preeervar al que los carga da 
mnchos males y de machos peligros, y los regalan a sos co- 
nocidos ereyendo qne les hacen an graade obseqaio. Hai 
alganos de estos escapalarios qae son realmente valiosos, 
porqae a mas del trabajo, est^n bordados con hilo de oro y 
con perlas o piedras preciosas, sobre todo coando la monja 
los dedica a algan obispo, a an ministro de estado o a an 
presideate qae talvez no se desdefia en Uevarlos al cnello 
debajo de la camisa y de la banda tricolor. 

Lnisa daba, pues, vaelta a aqael gnieso paqaete, miraba 
aqael sello estraordinario y no se atrevia a romperlo; temia 
encontrar algnn terrible misterio, pero vencida al fin por 
esa cnriosidad qae despierta lo desconocido y qne crece 
mientras mayor es el temor qae caosa, hizo saltar el negro 
lacre, apareciendo an peqnefio retrato de sa tia en traje de 
monja y de fecha reciente; pnes repr^entaba a ana mnjer 
de edad y qae revelaba en sas facciones an largo sofrimien- 
to por sa mirada triste y dalce y sa cara descarnada y 
palida. 

Antes de principiar a leer aqael largo escrito, coni)empl<S 
Lnisa detenidamente el retrato de sa tia darante macho 
tiempo, como si pretendiese descnbrir en aqaellas facciones 
lo qne debia haber sentido y haber pensado aqnella akna 
en sa prolongado cantiverio. En segaida llevo a sas labios 
aqaella imdjen besdndola con ternnra y derramando sobre 
ella an torrente de Mgrimas, l^grimas qae la aliviaron en 
parte de sas dolores pasados y de sas dolores presentes qae 
eran, se paede decir asi, nnos mismos, porqae las impresio-, 
nes no se aislan sino qne se encadenan y la reminiscencia 
del snfrimiento de ayer nos hace snfrir hoi y nos har4 sa-; 
frir ma&ana hasta qae el tiempo la debilite sin por esto es 
tmgnirla. j 

I 

•1 

I 

! 

I 
\ 



XM noiunOB ml mm/K 233 



m. 



En el graeso paqnete que Laisa conservaba entre sas 
manos, habia varios papeles independienteB los qdos de los 
otros, como docamentos o piezas justificativas de alguna 
causa, paes Dot&banse drstintas escritaras que paso aparte, 
disponiSadose para leer lo que decia el mas voluminoso de 
ellos y que iba todo escrito de pufio y letra de su tia. 

Pero apenas habia trascurrido las primeras lineas cuando 
Luisa di6 un fuerte grito, cayendo desniayada, pero que 
afortunadamente oy6 Ceferina que corri6 presurosa donde 
ella prestdndole los primeros ausilios, yendo en seguida a 
Uamar al solitario y a Guillermo, diriji^ndose primero don- 
de aquel, ya fuese porsimpatia o ya porque supiese que po- 
dia serle mas litil por sus conocimientos; de consiguiente, 
f u^ 61 el primero que penetr6 en|,el cuarto de Luisa, pudiendo 
ver el retrato de la monja a quien reconoci6 en el acto a 
pesar de los ano3 trascurridos y del cambio natural opera- 
do por el tiempo, 

Los papeles que habian motivado el desmayo de Luisa 
estaban en el suelo, y el solitario los recoji6 y guard* por 
prudencia figurdndose que aquellos papeles debian contener 
talrez cosa que convenia que ignorase el marido que no 
tardaria en Uegar, como sucedi6 en efecto, pero habiendo 
ya hecho desaparecer los documentos que ocult6 en sus in- 
.mensos bolsillos sin leer una sola linea. 

Luisa, vuelta en si, nada mas que con la impresion del 
agua fria con que le habia rociado la cara, se encontr6 ro- 
.deada, sin darse cuenta de ello, del solitario que le tenia 
una mano tomsindole el pulso, de su marido, su suegra y 
Ceferina que le preguntaron tan luego como abri6 los ojos 
qu^ era lo que le habia pasado. 

Luisa mir6 al principio a todas aquellas personas con 
cierta estraneza como quien dice: ^%Qii6 significa esto? Pero 






m iM Bsasnos vn. rxnesuK 

laego se le vino a la memoria la carta y la baso6 con la 
vista per todas pai:te8 pregontdndose a si misma, %i lo que 
acababa de sucederle seria o no un suefio, y para cerciorar- 
86 de ello dijo: 

— iD6nde esti la carta que acabo de tener y que princi- 
piaba a leer? 

— lQ\x6 carta? respondierpn todos mir&ndose unos a otros. 

— La carta que encontr^ ea el velador, la carta de mi 
tia. .. de mi pobre tia que ha muerto! . .. 

— jLa carta de tu tia! ^Dd tu tia la monja? e8clara6 dofia 
Porfira sobresaltada, ^Has reoibido una carta de ella y dices 
que ha muerto? 

— La he encontrado sobre mi velador cuando volvf. La 
he tenido largo jato en mis manos sin iabrirla, porque tenia 
temor: su lacre negro y au eello me infundian miedo, y con 
razon; pues, lo primero que vi fa^ su retrato, y lo primero 
que lef su muerte . • • jPero d6nde est^ la carta? Yo quiero 
leerla hasta el fin, porque no pude continuar hace poco, 
pero ahora tengo fuerzas, estoi decidida. 

— Pero si no hai ninguna carta, Luisa, querida Luisa, 
contest6 Guillermo: debe ser una ilusion, taWez un sueno. 

El solitario permanecia impasible y mudo. Sabedor ^1 de 
todo cuanto habia acontecido entre la tia de Luisa a quien 
habia amado ea sa javeatad, y el padre de Gnillermo a 
quien habia muerto, pre3umi6 que aquella carta contenia 
revelaciones de importancia y que solo debia ver Luisa a 
quien la entregariaen tiempo oportuno y aparent6 la misma 
fiorpresa que los demas agregando para quitar toda sospecha: 

— Yo no creo que sea suefio o ilusion, sino que lo qu8 
Luisa ha sabido, es real y positive: la tia monja debe haber 
muerto y ella lo ha adivinado, talvei lo ha visto con los 
ojos del alma. Yo he presenciado muchos casos de estos, y 
sin comprender ni poder esplicarme ese sonambulismo de 
los espiritus, he sido testigo de algunos de estos prodijios y 
aun en la historia se refieren muchos. 



Urn BSOttRoi tm wnauK SW 

T como si se hubiera combinado de antemano nn plan 
para engaHar a Guillermo y a dofia Porfira, entr6 en esa 
momento an criado que les hizo ana sefia misterioia para 
Uamarlos h&cia afuera, dici^ndoles que en la matlana de ese 
mismo dia habia mnerto en el monasterio de . . . la madre 
abadesa, tia de la sefiorita Luisa. 

Dofla Porfira y Guillermo quedaron asombradoa e hi- 
cieron a su vez seQas al solitario para comunicarle la noti- 
cia que venia a apoyar lo que ^1 acababa de decir, preguU' 
trfndole en seguida: 

— jQu6 haremoa? jQufi partido tomar! jDebemos disuadir 
a Luisa o decirle la verdad! 

— Es preciso obrar con prudencia, contest6 el Bolitario. 
El estado en que se encuentra esta nifia es mui delicado, y 
no tdmando precaucionee, puede suceder una deegracia; pero 
si ustedes quieren, si ustedes tienen confianza en ml, yo me 
encargo de hacer el golpe raenos sensible. Conozco a Luisa 
y s^ la manera como debo de tratarla. 

— Le dejamos a usted toda libertad, seHor, conte8t6 Gui- 
llermo, quedindonos solameute el gentimiento de ignorar el 
nombre de la .persona a quien debemos ya tantos favores. 

El solitario vi6 en el acto bajo aquella apariencia de in- 
teres y de gratitud, toda la malicia que encerraba la pre- 
gunta, y re8pondi6: 

— Cuando hago algun servicio, sanor, y lo actual estd mui 
lejos de serlo, porque yo debo desde tiempo atras muchos 
beneiicios a la familia de Luisa y a Luisa misma, cuan- 
do hago algan servicio, repito, trato de no aparecer, si es 
posible, por cuya ra«on le suplico' que ma escuse si no le 
digo mi nombre por ahora. 

— Veo que es un partido tomado y no quiero contrariar 
su voluntad, dijo Guillermo con cierto tono de despeoho 
que en vano trat6 de dominar. 

— En cstas circunstancias no deben despreciarse los ins- 
tantes, repuso el solitario, refiri6ndose al estado de Luisa, y 



236 

coa la aatorizacion de ostedcs me ocnpar^ de la enferma. 

Y todos tres entraron naevamente al cnarto de Lnisa 
que se habia qaedado sola con Ceferina, estraOando la de- 
8aparicioQ repentina de aquellas personas que le eran tan 
inmediatas. 

DoOa Porfira, como siempre, Ueno de caricias a Lnisa, 
maaifestdndole el mayor interes, dici^ndole los mas gran- 
des elojios 7 afiadiendo todos esos consnelos vnlgares qne 
los indiferentes prodigan con profusion y que saben de me- 
moria, pronunci^ndoloa de corrido y easi sin pensar en ellos, 
pero con la seguridad de haber sido elocuentes y persnasi- 
vos. 

Satisfeclia, pnes, dona Po fira con sn manera de condncir- 
se y convencida que habian prodacido nn grande efecto sns 
palabras, ge retir6 con sa hijo para dar lugar a qne el soli- 
tario le corannicase la infausta noticia que acababan de re- 
cibir y a lo que ella se habia referido de nn modo indirecto. 

Cuando el anciano se vi6 a solas con Luisa, le dijo qne 
no habia sido mera ilusion la lectura de la carta, sino qne 
era efectiva, pero que 61 la habia guardado tenieado moti- 
ves para ello, motives que talvez le serian revelados en la 
misma carta que le entregaba, suplicdndole solamente que 
ya que no podia menos de sentir esta nueva desgracia, esta- 
ba en el deber de conservarse, no entregdndose del todo a 
la tristeza, pues UiBcesitaba de su cooperacion para buscar 
el medio de salvar a Enrique. 

El hdbil anciano sabia el poder que ejercia en Lnisa este 
solo nombre y de cuanto era capaz de obrar con la sola idea 
de poder ser siquiera litil a aquel j6ven a quien ya le era 
prohibido ver, al que estaba obligado a renunciar para 
faiempre. 

La recomendacion produjo, pues, el deseado efecto, por- 
qne Luiisa dijo al solitario. 

— ^Tiene usted esperanza? 

— Nunca la he perdido, y todavia no hemes dado ningun 



L08 8SCEKT0S VHh FUHBLU. 237 

paso con este fin. La enfermedad de tu mamita y la tuya 
DOS lo ha impedido; y ahora que pensaba que habia Uegado 
ya el tiempo de obrar, esta nuev^ desgracia quizd nos lo 
impida. 

— No, maestro mio, no; yo tendrfi fuerzas para lachar, no 
me dejar6 abatir y la esperanza me sostendrdi triunfando de 
mis pesares o haci^ndome superior a ellos. 

— Si, hija mia, necesitas de toda tu euerjia: en esto esti 
el m6rito y qnizd en esto consiste el triunfo. Ahora seguro 
que mantendrAs tu espiritu tan tranquilo como te sea posi- 
ble, voi a dejarte el tiempo necesario para leer la carta de 
tu tia. 

— Para nsted no tengo secretos, senor, y podrfamos leer- 
la juntos. 

^ — Tu hablas por ti; pero piensa que aquf pueden haber 
secretos de otroa Ten animo, hija raia, para soportarlo todo 
y pnedas en seguida cumplir tu mision. 

El anciano se retir6, y Luisa qued6 sola contemplando 
aqnella carta que al fin se deter mi n6 a abrir nuevamente, y 
ley 6 el contenido que era el siguiente: 



IV. 



^^Monasterio de las... julio 20 d6 1861. 

"Mi querida sobrina: 

"Cuando esta carta llegue atus manos ya habr^ desapa- 
recido de este mundo: tal ha sido la liltima 6rden que he 
dado y que s6 se cumplir^ puntuaimente. 

"No me sientas, no me llores, mi querida Luisa; al6grate 
mas bien de mi muerte porque ella me libra del tormento 
de la vida: ella me liberta de mis pesares y hasta de mis 
remordimientos, pues los he sentido ahora mas que nunca 
al saber que mi hermana te ha sacrificado a una quimera. 
jAh! jPor qu6 no me lo prevendria antes, que yo hubiera 






838 

evitado ta desgracia y no tendria ahora tanto de qoe arre* 
pentirme! Pero no la cnlpes, sa £alta tiene an noble orfjen j 
hai errores qoe emanan de la yirtad o qae son la yirtnd 
miama como te lo probarii la lectara de esta carta. 

T6 debes ignorar, hija mia, lo qae ha sido mi vida j 
ojal£ la confesion de mis faltas eneaentre en ti algana in- 
doljencia: necesito ta perdon, Laisa, para ir al fin a nnirme 
a lo9 seres a qnienes he amado tanto j a qaienes he hecho 
tan desgraciados, 7 contando con ^1 es qae moero en paz, 
porqae creo haber espiado bastante mis estravios para qae 
Dios no me haya acordado el snyo. 

Dtspnes de este pirrafo segaia la relacion minnciosa de 
SOS amores con Gnillermo de...; de c6mo habia conocido sa 
engaSo caando ya no habia remedio; del dolor que habia 
sentido al saber la maerte de Edaardo, habi^ndose persaa- 
dido qae ella era la principal cansa de aqaella lamentable 
p^rdida, p^rdida qae habia llorado hasta el Ultimo momen- 
to de sa vida; de las relaciones qae habia tenido con el co- 
ronel don Toribio de Gazman, cayo aprecio se habia con- 
servado intscto por largos afios, recorddndolo siempre con 
gasto, y ^Itimamente, de los naevos acontecimientos y de la 
carta qae habia recibido de sa hermana al otro dia de sa 
ffilldcimieato, etc. 

"Despaes de esta descripcion, hija mia, continaaba la car- 
ta, voi a entrar a hablarte de cosas qae te coaciernen; y 
aan caando ya el mal estd hecho y no hai comb volver atras, 
sin embargo paede ser qae te sirvaa de algo, al menos por 
lo que respecta a la fortaaa de que te constituyo iiaica he- 
tedera, preservdndote esta circunataacia de muchas inco- 
modidas a que podria verte espuesta, para lo cual te acorn- 
pafio todos los papeles que anulan la donacion que hice a 
Gaillermo de muchos de mis bienea y en favor de ua hijo 
que tuve de 61 y del que se encarg6, por la interveacioa de 
una criada llamada Anastasia Fincheira, una mujer de la 
tilla de San Bernardo y cayo nombre era Mariana Pqqq0« 



tM vmmatMB dkl puxsLa 



fiM 



Esa mnjer, muerta haca alganos a&os, habia remitido la U 
del failed miento de mi hijo a la tal Anastasia Pincheira de 
quien recibiera el nifio, y ^dta me trajo a mf el docameDto 
con mucha reserva hace solo nnos caantos meses, de mane- 
ra que ese acto de donacion qaeda nulo volviendo esos bie- 
nes que la familia de Gaillermo ha retenido usurpadot du- 
rante mochos afios, a mi poder, o, lo que es lo miimo, al 
tuyo. 

"Macho, muchidimo me caesta hacerte estas revelaciones; 
pero tengo que obedecer al mandate de ta madre que hace 
pocas noches se me aparecid entre suenos dici^ndome so- 
ilemnemente: ^*To he cometido un error, hermana mia, al 
unir a mi hija con Guillermo de... y es precise que tt veu- 
zas tu verguenza en bien de mi Luisa, haci^ndole una re- 
lacion de tu vida para preservarla de otras de&gracias que 
podrian solDrevenirle ignordndola;" y la vision deiapareci6| 
qued^ndome tan grabada la imijen de mi hermana y sus 
palabras, que no he podido olvidar ni a la una ni a las otras; 
y desde ese momento bice el prop6sito de re^relarte toda 
mi existencia con sus faltas, con sus dolores, con su espia- 
cion: mi promesa la estoi cumpliendo; quiera Dios que pro- 
dazca los efectos deseados. 

"Pero no me limitar^ ^aicamente a hablarte de mis es- 
travios, si no que quiero ir mas lejos, poniendo ante tu vista 
la larga y dolorida existencia que he pasado en esta inmen- 
sa tumba donde el vulgo cree que se cobija la virtud y 
donde solo existe el fastidio, la desesperacion, y en algunoi 
casos; la demencia y la cstupidez. 

"Ta eres j6ven, querida hija mia, y talvez en un momento 
de abnegacioD, de aburrimiento o de delirio, te sacrifiques, 
creyendo encontrar aquf la paz, creyendo que los claustros 
dan al espfritu la tranquilidad necesaria para no pensar en 
otra cosa que en Dios; pues bien, Luisa, yo te hablo con la 
esperiencia de mi vida, con el convencimiento de mi razon, 
y te aconsejo que jamas adoptes una existencia contraria a 



240 

1m lejtB de la oatonleza, eantraria al orgaQismo, eontnriA 
al entendimiento, eontraria a la Tolantad, coDtraria a loi 
instintof, eontraria a todo lo que nos ha dado Dios de no- 
ble, de afeetooso, de grande. 

^o crei en on prindpiOy sobrina querida, espiar mis fal- 
taa entregindome esclasiTamente a llorar aobre ella^ peio 
en eetoB clanstros donde no se respira el amor, donde no ee 
encoentra otra cosa qoe la desolacion, porqae sas lieladas 
paredes enfrian todo afecto, y las momias silenciosas qne 
]o8 habitan reapiran tan glacial indiferencia qae entnmecen 
el corazon, j el bielo penetra hasta los hnesos. 

^m afio de mi noviciado, Luisa, estave bien, moi bien* 
estove en eonformidad con mis g^tos, con mia ideas y con 
mia aapiraciones; me encontraba rodeada de peqnenos coi- 
dados; me parecia baber hallado, en Ingar de una hermana, 
macbos bermanaa, porqae creia qne me amaban: las moojaa 
tienen tambien sa polftica, sos atnbiciones, sns dLicalos y 
eaben finjir en este estrecbo recinto, tanto o qniz& mas qne 
lo que flnjen los diplom&ticos en sa grande esfera de accion. 

'^La abadesa era una pariente de Gaillermo, de Gruillermo 
a qnien todavia yo amaba, annque babia rennnciado a el; 
paes por sus mentidos consejos me resolvi a to mar el ba- 
bito, dicidndome que alii aqnietaria mi concieneia tarbada 
por el remordioiientOy y qne de esa manera salvaba las apa- 
riencias conservando intacto el honor de la famiiia y nn 
eterno y espiritaal amor a 6\. La abadesa 8egand6 sos pla- 
nes; me hizo, en el inter^alo del nonciado, saave y feliz la 
Tida, y pronancid mis yotos; pnes independiente de las su- 
jestiones de Gaillermo^ tenia la abadesa nn interes particn- 
lar en que tomase el velo, porque hacen gala los eonventos 
de qne adopte la vida monistica una nifia j6ven, rica, de 
las principales familias y particnlarmeate si es hermosa; y 
lo era yo en realidad. 

'^Este c&lcalo de estas infelices mnjeres es una especie de 
renganxa contra la sociedad y sos encantos de qne ya no 






^< 



turn iidkiiM biL pubbu>. S41 

les ei permitido partioipan ui •8,que^ ^^ieanatt qTi$i tpd^t 
se sometiesfu al peaosajogo que pesa lobre ellas^.pjies yo 
no be visto jamas seres mas enTidioiifop j.deajma^ cMt* f^po- 
cadas qae las moDJas: resnltadct a qae lafi\conc[ucei^ 1^. 
pr^cticas insignificaajtes a que e^t&a sqmetida^^ $1 OQio 4U 
que yiven y las pocas emocioqes que aienteOtr esceptuandor 
las de sus' odios SQrdos y tenaces, de aus rei^iUas solapftdas, 
de BUS matiejos tenebrosos y de sus vengauasas mezq^vlnas y 
terribles. . + . 

"Lleg6 al fin el dia de vf^i profesioji^. Habian tenidq el 
eaidado de presentarme la vida del clanstro dulce. y midtc;-: 
riosa, suave y apasionada, aspirando solo al perfecciona- 
miento del espiritu para estar eiempre en tiernos icploquioa 
con un Bios lleno de boadad^ .de i9isencordia y de amor»r 
Yo tenia esa e;saltacion de las ajjcaaa sensibles y,elevadais.. 
que ban cometido una fi^ltat y qp^ parf borrafja.qui^ren . 
llegar al perfeccionami^nto, y me ^esprendia sin dojor^ c^si 
podr6 decir con d^licia, de todo <manto. amaba e4 el munr 4 
do, incluso el bombre por ^uien tqe sacrififiaba y a cuya^ 
vista queria aparecer Qon esa aureola de vif tud .sublime , 
para qqe jamas me plvidase, ya que .no podiaoji^s qniroof;. . 
porque, como te lo he dicbo, Guillerqpo era casad,^; . de ma* 
nera que buscaba linieamente el consiorcio , d^ nostras al^ . 
mas purificadas por el sacrificio, para conteDpLpl^raoi>i^ libreii 
de remordimientos, all& en los cielos, y que, Ubrestapibien 
de inipuros y terrenales afectps, nps posfigemos, , por paedi^c 
de nuestro pensamiento, en el seno de Dies. 

^'Ese dia en que una se presenta por ^Itiqui veil al.n^undo^r 
y en que ea ataviada de todas las grandezas hpmi^^as par% 
deepreciarlas en presencia de todos, es jeperalmente un dia. . 
hermosisimo para la j6ven nbvicia, es th dia df) triunfo, f/^ 
el orgullo humano disfri^zado con el manto relijiqso^ le 
persuade ,que es qua heroina, que sale fuera^ 4e M^ e^fera > 
comun, que degpreciarlQ que los otros acati^n,, quo w|r9f 
con soberano desdOu lo que los demas buscan con iosia, 

TOMO It. Ift 



■:v 



342 KM ncounoi dsl fobm» 

que es grande sobre los grander; j triunfante j Uena de 
maj^stad, se de^poja de ems vestiduras, ee despide de eaa 
padres, se dirije al altar, totna su hdbito, pronuncia el ja- 
ramentb con voz vibrkiite de relijioso entusiasmo y se cu- 
bre "el rpstro con el espeso velo: jaquella alrha desde ese 
moitieDto qneda trasformada en cadaver! [aqnella fisonomia 
no Brillard ya con ningun afecto tierno y apasionado! {aquel 
coraKoti ba dejado de latir para slempre, a no ser que es- 
periihente las con^ulsiones viotentas de la desesperacion y 
mas tarde la agonia del fastidio! 
'Y^ cndntas reflei^ones, hija querida, lio se presta este 

' . ' 

absordo ^stadol ;A.il Las leyes de la nataraleza no se barlan, 
no se1[^mbaten impun^tnente, no; las personas que las con- 
traiian son Irlctimas de sd esttavio y sofren las consecnen- 
ciasi ;Y qu^ cofisecaencias, Dios mio! (Mas valiera no baber 
nacido, mas v>liera baber mnertol... jVotos eternos para 
nn sisr, eomo el hombrV, qae bambia de ideas, de pasiones, 
de volthitad, de afectos, a cada afio, a cadia dia, ^ tada* 
instante! jA quS abismo nos ban condacido nueitras preo- 
cnpaciones! Bdte ba sido^iino de los delirios bamanos que 
ba inmolado en el altar del fanatismo namerosas e inocen- 
Ms vlcftimad! No, Lukid, cnalesquiera que sean tus snfri- 
mientos/tas dolor^s, ins desengafios, no adoptes el partido 
que yt) adopts, no sigas el catiiino que yo segui, porque te 
encontrarias en ^1 cien itnirveoes mas desgraciada, y muerta 
para siempre a toda esperanza. 

''Bejo a UD lado tnis refleiione^ iristes pata continaar 
mi no menos triste narracion. 

"Ei dia del monjio yo estaba en el colmo de la felicidad, 
estaba' poseida del mismo vertigo que todos esperimentan 
en aqtiellos. momentos, y me parecia que las pnertas de los 
cieloi se babi'an abierto para recibirme, entreyieudo ya la 
gloria del SeQor. ;C6ino pintarte, Luisa, aquel estado de 
mfstica exaltacibn, aquel arrobamiento delicioso que pro- 
ducia to mi todo cuanto me rodeabal f mposible; pero lo 



que pnedo deciHe ei que me crei divina 6 ptimio a serlo. 

"Las moDJas^ me rodeaban, me acariciaban, me prodiga- 
ban alabaozas, me entonaban salmos, estaban de fiesta, es- 
taban realmente alegres, estaban trianfantes: jiba a se^ como 
ellas, y esperimentaban ya la alegria del diablo!... jQu^ re- 
gocijo mayor que bacer un desgraciado! {Dicha de Satan^! 
al menos yo no te lie sentido nunea!... 

^'La iglesia estaba perfamada, Uena de laces, Uena de flo* 
res, Uena de incienso, y ocupaba la espaciosa nave un jentfo 
inmenso. 

''A tni aparicion se dej6 sentir un murmullo jeneral y 
Uegaron hasta mis oidos las esclamaciones de admiracion 
que mi preseiicia arrancaba a los espectadores. 

"Qu6 j6venl jQa^ hermosa! IQo^ encanta^doral decian al- 
gunos jQu^ dioha! \Q\xi gloria! jQu^ felicidad para sus pa- 
dres! decian otros. jDigna esposa de Jesucristol repetian 
mucbos! Y unos , pocps, pero mui pocos y en voz mui baja 
esclamaron: "I'^a^ 16stima! jQu^ desgracia!'^ jAi Luisal Estos 
Mtimos eran los que estaban en posesion dela verdad;a los 
otros les cegaba el fanatismo . • . 

''Yo diriji mi vista serena por toda aquella concurrencia, 
y distingui a Guillermo en el mismo lugar apartado en que 
tenia costumbre de colocarse cuando venia a orar. Toda mi 
alma, estaria sin duda en aquella mirada^ « • Le dirij{ una 
Ultima sonrisa y levantS mi vista al cielo, como quien dice: 
^^all^ nos uniremos;'^ y eiste era en realidad mi pensamiento, 
mezcla de misticimo y de pasion, de amor divino y de amor 
humano . • • i^n ese instante fui dichosa como no lo serd 
nadie!... 

"Misegunda mirada fu6 para mi hermana y xsu marida 
Me habian dicho de antemano el lugar en que estaban colo 
cados, porque tenia que despedirme de ellos como los m 
cos miembros de mi familia, y me fu^ f&cil ballarlos. Mi 
bermana tenia un panuelo en sus ojos y tu padre estaba mui 
cambiadx), mui flaco, mui triste! Sent! en esQ ttomento ua 



dolor agndo y Ilev^ la mano a mi corazon, pnes comprendf 
todo el mal que, le babia hecho. jPobre Edoardo! Yo lo He- 
v^ a la tumba! . .. Pero ^1 me ha perdoaado j t4 tambien me 
perdonar^ ^o es verdad, Laisa? 

"Esta especie de remordimiento que me a8alt6 en medio 
de mi ^stasis, lo amortiga6 la idea de qae iba a purificarme, 
de qae estaba ya parificada; proponii^ndome, sin embargo, 
hacer la felicidad de nstedes como una escusa mas que me 
daba a ml misma para borrar en mi conciencia hasta el mas 
pequefio vesUjio de mi falta. ^Promeaa vana! jEsperanza que 
nunca debia realizarsel... Al dia siguiente era presa de mi 
remordimiento y lo be sido casi toda mi vida, porque al 
dia siguiente debia caer la venda que cubria mis ojos. Pero 
cada cosa vendr^ a su tiempo con la continuaclon de mi 
bistoriii. 

"Jamas se ban borrado de mi memoria aquellas boras en 
que faf tan feliz; pero la reaccion ha sido terrible y esa fe- 
licidad ha causado mi tormento mas cruel, mi tormento in- 
cesante. 

'To estaba ataviada con el mayor gusto. Llena de pedre- 
rias, debia parecer una divinidad, pues cuando me mir^ al 
espejo me sorprendi yo misma. Tenia conciencia d^l efecto 
que produciria en los espectadores, porque lo sentia en mt 
A las esclamaciones de admiracion sucedieron los soUozos y 
las Idgrimas de un gran n^mero de person as que sin duda 
simpatizaban cofi mi juventud, y puedo decirlo abora sin 
vanidad. con mi belleza« 

''£sas Idgrimas, resultado en unos de la compasion y en 
otros de la alegria, eran para mi el mas rico incienso y me 
gozaba en ellas, creyendo que a medida que se aumentaban 
por ^e contajio del. dolor, me desprendia mas y mas del 
mundo, alzdndome envuelta en vaporosas nubes bdcia las 
rejiones et^reas: crefame ya en los cielos y desde aquella al- 
tura miraba con pi^dad a los (uiseros mortalea que dejaba 
en la tiera. 



t08 flCmXTOS DXIr PUXBLOr 24S 

''Uespues se di6 principio al sermon. El orador ^agrado, 
lleno da uncion, hizo el pauejirico de Ja virjea que se con- 
sagra a Dioa. Lo confiesQ, yo me rab6ric6 un taiito, empero 
creia mi contraccion tan para, mi U tan sincera, mi pensa- 
ittiento tan elevado, mi desprendimiento tan sublime, mi 
abnegacion y mi sacrificio tan incomparable, que me juz- 
gaba sttficientemente ^antificada y sufiQientemente digna 
para aspirar al titulo de esp9?a de Jesucristo. ^Estaba yo 
engaSada? Sin duda alguna, coinio mis sufrimientos poste- 
rior^s lo prueban. 

"El sacerdote continu6 el sermon, realzo mis prendas per- 
sonales, mi estirpe, mis riquezas, mis triunfos'en la socie* 
dad, mis esperanzas halagueSas y justificadas que me abrian 
de par en par las puertas de todos los encantos, de todos. 
logf atractivos, de todas las glorias del mundo; y que sin em- 
bargo preferia la vida austera, el manto burdo y humilde 
de la monja, el duro lecho de una tarima que se asemejaba 
mas bien a la fria losa de un sepulcro, agregdudose a esto 
la soledad del claustro, la privacion de todo goce que no 
fuera el amor de Dio3,na oracioh constante,.el silencio, los 
silicios, la maceracion santa, la obediencia pasiv^a, la pres- 
cindencia de todo afecto, de todo lazo, de toda relacion es« 
terior: perd que en cambio iba a toner la dicha inme^sa, la 
dicha infinita, la dicha que no tenia ni precio ni compara; 
cion, la dicha inimitable y augusta de ser una delas esposas 
de Jesus..., una de las virjenes que rodean el Bagrario y 
cuyos asientos est&n juntos, son los n\as inmediatos altrono 
deDios. 

•'fista-peroracion, adornada con todas las galas de la elo- 
euencia, con toda esa poesia mistica del culto, con ese so- 
lemne aparato del rito, conmovi6 tan profundamente al au- 
di torio que solo se oian sollozos, no habiendo quizA en el 
sagrado recintb, una sola persona, salvo Guillernb, que no 
vertiese Ugrimas; y yo misma estaba tan fuertemente im- 
presionada que hubo Txtt momento en que cref perder el cch 



346 US ncsitos bb. ramuk 

nocimiento: pero sin dada, esperando este resaltado, tinian 
la vista fija en mi, 7 fof inmediatamente socorrida. 

^^Sn. segaida el orador se diriji6 a ml para ezliortarme 
en el camplimiento de missagrados deberes, para que no 
desfalleciera, sigaiendo eon constancia el camino del perfec- 
cionamiento que habia abrazado, no tei^iendo ya nada que 
hacer ni con el mundo ni con I03 hombres, pnes valia mas 
que todo el mundo 7 los hombres juntos con el solo hecho 
de tener el tltulo 7 de ser en realidad una de las sagradas 
esposas de Jesucristo. 

"Mi eipiritu habia llegado a tal grado de exaltacion que 
si me hubiera dicho el sacerdote qhe estaba 7a gozaudo de 
la gloria de Dios, lo habria creido sin vacilar, pues a mi mis- 
ma me lo parecia 7a, o al menos me figuraba que por un 
milagro del Sefior me habia dejado entrever la morada de 
loscielos; pero sali de esta deliciosa absorcion mental para 
entrar a la vida positiva, caando me dijeron que 7a era 
tiempo de dar el ultimo abrazo, el Mtimo adios, la despedi- 
da i&ltima al mundo 7 a mi fanliilia. ' 

"Abrac^, pues, a mi querida Juana 7 a mi querido Eduar- 
do. La fisonomia de ambos no se me ha borrado jamas, es- 
pecialmente la de tu padre.... Por sus pallidas mejillas co- 
man dos gruesas l&grimas, las iinieas que habia derramado, 
7 una de ellas que, al abrazarlo, ca76 por casual! dad en mis 
labios, era amarga, mui amarga... tan amarga que me pare- 
ce sentirla aun, cual si me hubiera horadado el paladar... En 
seguida me dijo estas solas palabras: 

-— Dios quiera que seas feliz; 70 rogar6 a ^1 por tf-.. 

"Despojada una vez de mis espMndidas vestiduras 7 pues- 
to el hibito de monja, se apagaron las luces 7 entr^ en las ti- 
niebl^s. .. Las decoraciones se habian cambiado... La tran- 
|i(pioA futf r^pida 7 terrible... Del cielo baj6 a los infiernos... 



W9 MVKJITMW J>«L rUJUUM. 247 



V. 

^'Apenas se cerraron tras de mi las pnertas eternas del 
cU astro, y coando todavia resooaban en la iglesia las pisa- 
das de las personas que la abandouaban, caando aan los 
4Uimos soaldos del drgano no se habian estlngaido y 
caando las mondtoaas salmadios de li^ monjas no se ha- 
bian apagado todavia en mis oidos, la abadesa, cambian- 
do oomo por encanto la alegria 7 suavidad de sa semblan- 
te en un cefio airado, me dijb con an tono severo que me 
hel6 e! corazon: - 

— Scr Ursula, dentro de una hora pres^ntes^ nsted a mi 
eelda^ pues tengo que hablar en priv^do con r^ste^ 

"Fu^ tal la turbaclon y el espanto, que me causaton aque- 
Uas pocfs palabras qile no pude contestar^ y solo esclam^: 
"[Madre!? Y me puse de rodillas cruzando mis brazos sobre 
el pecho 

^La al'Anera abadesa me mir6 de arriba abajo de una 
maners tan glacial que qued^ pelrificada. jEln seguida me 
repi^'6: 

—Dentro de unahora, sor Ursula, y sajid sin anadir mas. 

Xas demas monjas la siguieron y.yo qued^ ^olft, comple- 

tanente sola en el coro, es decir, en aquel recinto,en que 

pcos mementos antes me habian manifeatado tanta bondad 

y \nto carifio, en que pocos mocaentos . antes . n^e habian 

dico que jo estaba llam^d^ & ser una de las lumbreras 

de i comunidad y que desde novicia se (jontf^ba conmigo 

para<ne hiciese florecer el monasterioj sij^ dp^a porque 

tpdax no tenian asegarada la vlctima, iporciue . aun me 

qued^i tiempo para retractarm^e t9.piendo4a.posiluli,(Ja;d de 

aband^nrlos en ese supremo instante en que ypjnisma po- 

seia la ^,al tad.de d^cidir de^ mi 8jji,frte; ,pero tpdp esto lo 

vine a ^oprender mucho despues, cuando ya no-^i^l;>ia es- 

peranza,^3,Q(jo no habia posibilidad, cuando eat&ba pbli- 



346 tm twaomNi na nnnut 

gada a tascar el fireno sin qae me f aera posible arrancarlo o 
destrozarlo. 

''No 8^, hija mia, cudntd tiempo permanecf alii completa- 
mente anonadada, completamente abatida j sin darme caen- 
ta de lo que pasaba ni aun siqaiera de la 6rdeQ de la aba- 
desa, de esa 6rdeQ que tauto me habia impresionado y que 
•ra la causa del estado en que me encontraba. 

''Ea probable que la abadesa me mandase buscar viendo 
que trascurria mas del tiempo que me habia fijadb para 
eomparecer a su presencia, pues sali de mi estapor cuando 
una monja remeciSndome suavemente como quien dtspierta 
a una ^persona dormida, me dijo: 

. — Herihana: {qu^ hace usted aquf^ La madre (badesa me 
manda a buscarla. 

— ^La madre abadesa! escIamS, ni mas ni menos que si vol- 
yiera de un letargo o saliera de un profando suefio, ipars^ 
qu^ me quieren? 

— ^No lo s^ hermana. 

— Ahl ya recuerdo: ella me dijo de fr a su celda dentro 
de una bora, jliabrd pa^ado mas tiempo? Voi en el acto. Y 
me puse de pi^. 

— Es probable que Asi haya sucedido. jCuindo 1e di6 a 
usted la 6rden! 

— Tan luego como se concluy6 el monjlo.,. Tan luego 
como entraba de lii iglesia al coro. No soi yo acaso latbvi-. 
cia que ha profesado hoi? 

''La monja me mir6 asustada, temiendo sin duda c^e hu- 
biera perdido el juicio, y en ' verdad que easi teni/fazon; 
en seguida nie dijo: / 

•■^Lamisma. / 

— Pkies'bien, vatnos donde la abadesa. jSabe s/materni- 
' dad para qu6 me necesita? '/ 

; ; -^No-. ••'•••• 

— jCi^e^' usted, hermaua, qtie haya pasado i^^ de una 



UM iKflmo i M& vtnttLdw 



i4d 



— Si sn reyerencU me dice qae la madre abadesa le di6 
la 6rden de comparecer a su preseneia cnando concIuy6 la 
funcion, es claroque ha trascurrido mucho mas tiempo,' y 
esto es. motivo sin doda porqae me ha mandado a buscarla. 

— jQq^ iri a sncederme? 

— StipoDgo qae nada si acaso es'ua olvido involuntario: 
la madre abadesa es mai buena y bondadosa. 

— jBondadosa! No lo creo. 

— ^No diga usted eso, me contest6 la monja* asastada y 
volvienda la cara para todos lados como para cerciorarse de 
que no habia sido oida; y laego aQadi6: es an peoado gra- 
ve para nosotras hablar mat de sas superioras, y yo estoi en 
el deber de comnnicarle lo qae se habla: esta es la regla. , 
: — Ah! hermana, disp^nseme,.-, yo no he qieridp hablar 
mal de sa reverencia... Esto no es otra cosa qne el resalta- 
do del estado en qae me encaentro; disciilpeme, hermana. 

— La 6nica qae paede perdonar es la madre abadesa, 
pero^ repito, cnente asted desde laego con sa indaljencia; 
porqa^ sabe perdonarlo todo/y discalparlo todo. En lo iini- 
co qae es rljida y con lo caal no transije, es caando se falta 
a la regla o caando no se someten'^al precepto de Santa obe* 
dt&ncta; porqae esto es lo esencial, y sin ello no podrfamos 
existir ni tan tranqailas ni tan ordenadas y florecientes como 
lo hemes estado hasta hoi, y como espero en Dios qae lo es* 
taremos siempre. 

T^Pero yo no he desobedecido; y si he faltado ha sido 
contra mi volantad. 

— Ya 16 veo, hermana y se lo har^ presente a sa reve- 
rencia, la madre abadesa. 

V-Est^ bien, vamos. 

"Y me dirijf cpn pasos vacilantes ,al cUastro en qae estd 
la celda de la saperiora de mi convento, en compafiia de la 
otra her^piana, qne me dej6 en la pieza qae servia como de 
antesala, dici^ndome qae iba a prevenir a la madre aba- 
desa de mi Uegada. 



260 »>• BIOKITOS DIL FirnEO. 

'Tasado nn instante, vol7i6 la misma monja 7 m^ hizo 
sella de segnirla. 

"La madre abadesa estaba sentada delante de una mesa 
en que habia gran niimero de papeles, un cracifijo de bulto 
y de nn tamafio considerable, algunos libros al pareoer de 
devocion j nn manojo de Taves. 

"Aqnel cnarto era espacioso, y dos ventanas de vidrio da* 
ban a nn peqnefio patio, donde se veian alganas macetas 
de flores y mnchas janlas con pdja^os, a los que era mni 
afecta la abadesa. Las murallas de ^qnella habitaeion estii- 
ban casi cnbiertas de grandes cnadros de santos, entre ellos 
algnnos de bastante m^iito. 

'^El sillpn que ocnpaba la abadesa era de snela y tacho- 
nado con clavos amarillos, y en el resto del cnarto habia 
algnnos sillones do paja y nnos cnantos tabnretes. A los.piAs 
de sn reverencia roncaba nn enorme y rollizo gato color de 
tigre y de vista fosforespente. 

'Xa monja que me acompafiaba hizo una profunda reve* 
rencia al entrar al cnarto. Yo la iinit^. 

'Termane<;imos paradas sin tomar asiento y sin que la 
abadesa nos invitase. ^ 

'^Me contempl6, sin proferir palabra, por un largo rato, 
con esa mirada escrutadora, fria y penetrante que caracte- 
riza al juez y que por lo regular fascina al reo, haciSndole 
temblar con el hecho solo de claVarle la vista. 

"Despnes de este .exdmen me dijo con tono mas dulce: 

— jPor qu^ no ha venido usted, sor Ursula? 

— No ha sido por faltar a la obediencia, le contest^, sine 
porque tantas emociones turbaron mi memoria, y a no ser 
por la madre, que su reverencia se sirvi6 mandar en mi bus- 
ca, aun permanece.ia en el coro yen el mismo li^gar en que 
nsted me dej6. 

''No B& lo que pasaria por la imajinacipn de la supcriora 
en ese momento; pero continu6 mir&ndome fijamente, y deah 
pues de este exdmen me dijo: 



v< .. 



— Talvei echa nsted de menos el mundo y B^8 pompas; 
pero ya es tarde: nsted ha tenido todo el tiempo necesario 
para resolverse. Ningana sujestion ha obrado sobre usted. 
Sus votos han sido libres y sq juramento con pleno conoci* 
mien to de cansa. Siento, pues, qne se haya arrepentido de- 
masiado tarde para no poder salir *y demasiado temprano 
para principiar naestra santa vida, cnyas dulznras no conoce 
nsted ann. 

''Al pronunciar la palabra dnlznra, me pareci6 notar 
nna amarga e imperceptible sonrisa en los delgados labios. 

— Paedo asegurar a su reverenoia, contest^ humilde y ti- 
midamente, pnes la mirada de aquella mujer ejercia sobre 
mi la fascinacion del miedo, esa fascinacion qae paraliza y 
cntumedece los movimientos; pnedo asegurar a su reveren- 
cia^repetf, que he pronanciado mis votos libremente, que 
no tengo todavia motivos para arrepentirme de la santa 
vida rehjiosa que he abrazado con gasto y ann podria decir 
con entosiasmo, y que seguir^, espero en Dios, con todo el 
fervor y toda la humildad necesaria hasta llegar a ser una 
digna esposa del Sefior, 

— Sor Ursula, lo que usted dice estd bien: asi es oomo 
debe obrar siempre una esposa de Jesus. Tome el ejemplo 
de mis otras hijas, sns otras tantas hermanas, y marchari 
usted por bnen camino, siguiendo sin apartarse jamas de la 
regla de nuestra santa fundadora; pero desgraciamente ten^ 
go algunos motivos para creer qup sa vocacion no ha sido 
tan verdadera y tan espont&nea como lo afirma ahora, sino 
que motivos puramente hamanos han inflaido en su deter- 
minacion; y ojaU tne hnbieran sido conocidos antes para 
haber reparado el mal; pero solo me faeron descubiertos a 
iltima hora, cuando ya no habia remedio, sino cometiendo 
un escSndalo que no existe igual en los anales de nuestra 
comunidad y que la hubiera perj adicado a usted altamente 
en el cbncepto publico. Estas dos causas tan poderosas: el 
honor de la 6rden y la reputacion de una se&orita^^ me oblir 



352 LM UOBlfOi DEL FUllLdw 

garon por deber y por can dad a no interrampir la ceremo* 
Dia. jDios qniera qae haya acertado en mi determinacion y 
que sea ella de sa agrado! Pero para impetrar el poder del 
Altlsimo en caso qne haya obrado mal, voi a hacer tacar a 
comuntdad (1) para que se pongan mis amadas hijas ea 
oracioD. 

— iVero qxx4 es lo que yo he hecho, madre mia? esclam^ 
llena de tarbacion. ' 

— Voi a dejar a sor Ursala el tiempp saficiente para que 
recapacite bien lo que ha hecho y me con teste ma&ana: hoi 
queda sor IJrsala libre del cumplifnieato de las obligacio- 
nes de la regia; mientros nosotras todas iremos a postrarnos 
humildemente a los pi^s del SeSor para suplicarle que me 
perdone a mf por si he delinquido, por si no he tenido el 
cuidado necesario por el bien y prosperidad de este santo 
rebafio que me ha sido confiado y del cual tendr^ que dar 
estrecha cuenta'ante el trono del Sefior. 

"Y la abadesa hizo ademan para que me retirase, orde- 
nando a la otra hermana que me condujera a la celda que 
se me habia destinado. 

"Yo estaba aterrada y me dej^ guiar sin pronunciar pa- 
labra, casi nin ver nada. 

''Llegamos al fin a un corredor angosfco y h^medo, a cuyo 
estremo habia una puerta que la monja abri6, dici6ndome 
solamente: 

— Esta es la celda de sor Ursula. 

"Yo^ome di cuenta al principio de la habitacion que 
me habia sido destinada desde aquel dia que entraba a for- 
mar parte de la comunidad y que habia llegado al alto y 
codiciado grado de ser madre o monja de velo negro y sine 
que viendo un crucifijo sobre una mesa, me hinqu^ ante ^1 



(I) T^rmino que UBanlasmoDJas cnando ton convocadas para deliberar sobre on 
caso grave; y el sonido partieitlar qae M da a la campank cuando «8to sneed* eansa 
una seasaoioa profhadft y es on magn^ aoonteoimieiito qoe pone a laa monjas. ea ranto 
moTimiento. 



V 



LOi nOEiTOS DIL TUMSIAk 10S 

y Uor^ muehfsimo sin decide nada, sin pedirle iiada j tal- 
Tez sin pensar en nada, siendo qrxiz& aqaello un simple de* 
sahogo de la naturaleza que se ania a mi devocion j a mi«. 
creencias.. 

'Todo ese dia lo pas6 encerrada y sola en mi celda sin 
tomar el menor alimento y atnrdida a tal panto que me pa- 
recia qae no era la misma mnjer o que habian trascurrido 
muohda a&os desde los momentos aates qae me enGonti*aba 
en la iglesia, brillante de hermosnra y llena de an celestial 
regocijo. (Ai! impD^iblC) I^aisa, qqe t4 comprendas tan b&« 
bito cambio, tan repentina trasformacion y que yo paeda 
esplic&rtelo; lo linico que me es dado decirte es que casi no 
tenia conciencia de mi ser^ es decir, si existia o no. 

^'Mui tarde de la noche me di6 fiueSo, porqne la natnrale- 
za siempre vijila por Iq. con'^ervacion, y busqui^ mi cama 
para acostarme. El mollido lecho consistia en ana tarima y 
una vieja frazada; pero no tave tiempa de pensar en esto, 
que era en realidad mai insignificante «omparado con lo 
.^ demas que me sncedia; y me dormf profandamente; 

''No 8^ la bora que seria caando despertS^ pae» el sol no 
penetrab^ en el angosto corredor sino avlas doce del dia y 
por un corto espacio de tiempo: era sin dada el lugar en 
que me encontraba una especi^ de calabozo, pero muclio 
menos terrible que el que tuve ocasion de conocer des* 
paes (1), que, si ng me engaflo, existe en todos eitos santos 



(1) Poeo tiempo liace que todps loa diorios ebilenos pablicaron las atrocidades. coma- 
tidaa en no convento de monjas de Cracovia; de eonsSgniente, do bo crea ezajerado lo 
que declmos sobre las nnestras, porque esta es la natural conseoueDcia de esos yotos 
perpetuos que, eontrariando las leyes de Dios^ perturban las tendencias del hombre j 
lo desfiguran de tal^anera que esQS reclusos llegan a formar casl una espeeie distlnta 
dn relacion eon el resto de la humanidady y no pocas veces en lucba eon ella. Si «• 
revelaran los mieteriosy los dolores, las deseeperaciones, los erimencs talyez que encie* 
Iran esos claustros y que durante siglos no ban traspas^do la espesura de 9Us morallas, 
qnedando .sepultados en esos Idbregos reeintos, nos pasmariamos quizft a pesar de la 
corrupcion del siglo. Pero es natural que as! suceda^ euando se coneulcan j se empefiam 
en anular lai leyes eteruas de la creaelou que, a despeobo de los esfuerzos del hombre, 
renocer^ siempre continuando la obra infinita que admiramoa sin comprender. Ko ei| 



S54 



asilos en que se albergan las personas que sa consagrati es- 
cla^ivamente al servicio del altar y a la pr^dica por el 
ejemplo, por la accion y por la palabra, de las virtudes que 
se Hainan tolerancia, mansedombre, hamildad y conformi- 
dad, paes recuerdo que algunos afios mas tarde, echando 



nnestro dnimo negar que en esos claustros hayan ezistido j existan santos yarones j 
MDtaB vlijenes; pero bI fuera poaible establecer una estadistica exacta, [quS reducido 
leria talvez sa ntimerol T tan convencidas van estando las sociedades de la verdad do 
\o que decimofi que en muchos paises no se admiten ya loa votos perpetuos. Se ha dicho 
que en esta medida se ataca la libertad individual; j nosotros somos de opinion que se 
conserva, porque no es atacaf la libertad individual el detener el brazo del suicida. La 
reatriccion temporal del voto no quita la perpetuidad del voto, porque el indlviduo 
que quiere pasar encerrado para siempre en uu clau8tro puede hacerlo al amparo de la 
misma lei, renorando sub votoB peri^dicamente. Por otra parte, en nuestro siglo eeme- 
jantes instituciones son ya incomprensibles anaeronlsmoe: talvez sirvieronen laspasftp 
das edades, (lo que dudamos mucho a pesar de lo que tifirman alsfu&os b^toriadores 
si ponemos en la balanza los males que ban producido y . la ignorancia y supersticion 
que ban fomentado) pero que eran iniitiles yperjudicialet en los'tiempos presentes; sin 
embargo* d^jeseles que existan en buena bora, pero ponlendo a las mismais personas 
que tienen esas tendenci^ al amparo de la lei prerisora, para que no aean toda su vida 
Tictimas de un momento de exaltacion o de delirio; y de eata man era los claustros 
podrian ser vijilados por la autoridad civil para amparar a muobos desgraciados cuyos 
lamentos se abogan muriendo en la desesperacion. T de esta manera« volvemos a deciri 
las leyeB que erijen a todo un pais, penetrardn al interior de esos recintos misteriosos, 
llevando el dncora de salvacion a mucbos desgraciados sin dejair alslados esos pnntos k 
donde no alcanza abora a penetrar su inftuencia, parapetdddose en privil^ips.e imnu^ 
nidadfs que yano se pueden acordar, que ya no deben existir y menos tolerarae. 

KoBotros hablamos bajo el punt^ de vista social y bajo el punto de viata bumanitario 
sin tomar en cuenta el punto de viata retijloso; pero si para los dos primeros es indis- 
pensable la aboUcion de los votos perpetuos, lo creemos tambien mul txM para el aegon- 
do, porque destruir los abusos no es destruir la relijion si no que es purificarla y eon- 
■ervarla, pues con lo primero se consigue lo iiltimo. Ctiando el catolicismo haya 
lacudido toda la carcoma que las pas^ones y las ambieiones degas y erroneas que los 
hombres ban afiadido al tronco, cuando bayan desaparecido las temporalidadea de los 
Papas y de los sacerdotea, cuando bayan desterrado del culto todo el paganismo de 
que lo rodean actualmente materializdndolo y ridiculiz&ndolo, cuando se destierren del 
•antuario las aspiraciones esencialmente mundanas en que vivenlosUamados a comba- 
tirlas, cuando se presente y se ensefie la moral en su fortna pura, en su forma elevada 
y ajena de pr&cticas insignificantes, cuabdo la humildad y la ca^idad eean el sfmbolo y 
la doctrina de los Uv'Uas difundlda por medio de la accion para que los demas hombres 
los sigan con el acto, entonces si que el catolicismo, disipando las tinieblas, conaeguird 
la universalidad que se ha decretado, pero que estd mui lejos de poseer; porque entonces 
estHWin en reiaoion intima, en completa artnonla la creencia con la civilizacion, la fd 
con la ciencia, la relijion con el progreso, la obra con la idea; mientraa que abora nos 
TWO* obligados It teohauu: 1a creenolj^ que ise noi jimpon^ iX Meptainos 1« olyilu»9lon 



IM nouvos DiL rmnLO. 315 

abajo UQ caerpo de edifieio, se encontraron dos mnrallas 
casi unidas 7 alganas osamentas: este sin dada habia sido 
nn lugar da castigo obnlto^ cnya existencia no se conocia, 
habiendo estado reiervado a mai pocas personas, por caja 
razon habia desaparecido de la memoria de todas las mon- 
jas que formaban la comQnidad, quedando solamente cier. 
tas tradiciones que se contaban las unas a las otras como 
esas tistorias antiguas hechas exprcfeso para producir t^tri- 
cas impresiones en la imajiaacion ardiente. 7 jeneralmeDte 
fantdstica de la jnventud, que se complace 7 prefiere todas 
aqnellas cosas qae las conmaeve faertemente; sin embargo, 
se citaban alganos nombres particalares de los verdagos j> 
de las vfctimas, entre ca7as fant^ticas relaciones se daba la 
Iprefereneia al de una abadesa Uamada la madre Encarna- 
cion Valdiyia, que habia hecho morir en nn sdtano y empa- 
lada a una pobre monja que tenia por nombre sor Ursula 
Urrutia; pero que al dizt siguieute del fallecimiento de dicha 
monja prinoipi6 la abadesa a sentirse mala, hasta que, no 
pndiendo soportar 7a lo que le pasaba, se yi6 obligada a 
consultar el caso al confesor; 7 era que sor Ursula se le apa- 
recia todas las noches a las doce en pnnto 7 se acostaba con 
ella en la cama, empal&ndola lo mismo que la habia empa- 
lado a ella en vida, sin que hubiera oraciones ni escapula- 
rios que le yalieran para libertarse de aquella terrible apa- 
ricion, 7 que habi^ndole aconsejado el confesor que durmie- 
ra con dos crucifijos, uno en cada costado, se le habian 
retirado ^stos, habiendo venido en su lugar dos diablos en 
compaSia de sor Ursula, que se habia condenado por haber 
muerto detesperada, Uevdndose a la abadesa a los infiernos 
en cuerpo 7 alma, pues al dia siguiente se encontr6 la celda 



que Bttrje, y & Ifenfgar de la f!S eu cado de dat cr^dlto a la cienoia, f orque en el eitado 
actnal de cosaa eea creencia, esa fd y eta relijion eBt&n plagados de cosas que chocan 
el eDtettdimiento, qae repagHan a la raion y qile no acepta el buen sentido; y eite ea 
el motivo porqne cnnde el escepticismo que ea tanto o ooaa pero&clQto que elfanatiamo 
de»de que noi Uera al indlferentismo, que ea el emblema^de la inereia moral* 



S5< 

yacia, nn fiierte olor a aznfre j la cama chamnseada coino 
por llamas j qud los dos crucifijos habian vaelto la eapalda 
a la abadesa para no ver que se la Uevaban los diablos, lo 
cual era evidente, porqae los habian encontrado con la cara 
hdcia la pared. 

"Yo me habia reido mncbas veces de este cnento 7 de la 
crednlidad de lai novicias, donde se referia como on hecho; 
pero ese dia se me vino a la imajinacion a cansa de la coin- 
cidencia de tener el mismo nombre, como tambien de en- 
contrarme en nn caarto qae se asemejaba a an calabozo y 
lo dora qne se habia mostrado conmigo la abadesa el dia 
anterior. 

"Estaba snmida en esta reflexion penosa, caando se me 
present6 la misma monja a llamarme de parte de la snpe- 
riora qne me estaba esperando. Al oir esta 6rden esperi- 
ment^ nn terror p&nico, qne, paralizando sin dnda la circa- 
lacion de la sangre, me oprimi6 de tal manera el corazon, ' 
qne qned^ faelada j exdnime por algnnos minntos, bafiando 
todo nii cuerpo on sador frio* ' ^ 

^La monja me miraba sin^decirme palabra; y viendo qne 
no me movia, me repiti6 la 6rden. 

^£ntonce8 me pard como pade y march^ con ella. Mis . 

pasos eran vacilantes como los de an beodo y no podia en 

mi cabeia coordinar doi ideas: tal era mi tnrbacion, tal 
mi miedo..; 

VI. 

''La madre abadesa estaba sentada en el mismo logar en 
qne la babia visto el dia antes, y me recibi6 con an tono 
de glacial ceremonia, dici^ndome: 

— Sirvase, sor Ursula, tomar asiento, pnes tenemos que 
hablar bastante largo. 

"La abadesa debi6 conocer nii estado, qae, por otra par- 
te, estaba visible, pnes aSadi6: 

-— Ser^neae ustednntes de tbdo. ' 



urn a ndaft oB vel nnooA. 257 

— ^T en segaida hizo una sefial a la monja para que se re- 
tirase. 

''Qaedamos solas. 

''Despaes de un rate pasado en on silencio profando, rato 
que ella aprovecharia en examinarme, pnes 70 no me atre- 
via a levantar los ojos, me dijo: 

— Ayer ha tenido, madre, todo el dia pftra reflexionar 
bastiinte, y Qste*d debe haber comprendido, por lo que le 
dije, la materia de qae se trataba o el panto delicado a que 
alndia; y por esa miama razon acord4 a nsted ese perento* 
rio plazo, ezimi^ndola a la vez de todas sns obligacionea 
como monja, paea el artfculo tal de naestra regla me da 
esta autorizacion. 

— No £^ a lo qae sn reverencia se refiere; 7 si he de con- 
fesar a sn reverencia la verdad, no he tenido ocasion de re« 
flexion ar. 

— ^Y qa^ ha hecho nsted todo este tiempo? 

— Nada... He sufrido, he llorado: esto es todo* 

— Pero no se sufre ui se llora sin motive; y segan las 
apariencias, sa residencia en el convento le ha sido agrada* 
ble; ayer no mas estaba nsted brillante de alegria; iqni 
paede haber motivado trastorno tan grande en tan pocas 
horas? 

— Sn reverencia lo sabe. 

— k^i; pero yo s^ qae el mismo motivo tenia la sefiorita 
antes que el qae tiene ahora la monja, y qae antes estaba 
mai sati^fechay ahora la veo mai abatida; ^c6mo nna misma 
causa pnede producir dos efeotos distintos? 

— No lo ocultar^: el ^nico motivo que me ha paesto en 
este estado ha sido el que apenas habia yo pasado de la 
iglesia al coro, caando sa reverencia me ha mirado y habla- 
do con ana severidad... inmerecida... 

— jlnmerecidal {Sor Ursula! me contest6 la abadesa le- 
vant^dose de su asiento y mii^d<Nne con cefio airado. 
^06mo se atreve nsted, a calificar de inmerecido ese peqne- 

Wf^ IT* 1) 



S08 

to acto de sereridad, qae praeba toda mi inda^jenciay sa- 
biendo, cotno sabe usted, de donde pruvienet 

— Lo ignore. 

— jLo igoora! Bista de bipocresia, sor Ursala, porqne 
tengo Bobre mi me 4a docameotos caja autenticiiad oo se 
atreveri n^^ted a negarme. 

— Paedo asegorar a sa reverenc'a que ignore el motivo; 
qne estoi completamente inocente. 

— Can menus tenacidad, mi indaljencia babri^ side ma- 
yor« y el arrepentimiento de su filta habria traido tra« de 
fel el perdon; pero sa persistenci.i en continnar en ^a negativa 
me praeba sa pertinacia en el mal, y sa pertinacia en el 
mal me oblige, con mnjho d'HgiHta mio, a toner qae em- 
plr'ar el castigo como iinico correctivo. 

'^Estas amenazadoras palabraR, mi qaerida sobrina, vol* 
vieron a traerme el recoerdo de la iavero>iinil histoiia de 
la abadesa Bncarnaciija Valiivia y de la autigaa sor Ursa- 
la, y temblS de naevo, lo cnal visto por la madre, contina6 
dici^ndome: 

— A lo qne se debe temer es a la calpa y no al castigo, 
porqae aqaella mancha mientras que i^ta, parifica; pero yo 
qniero que asted minima sea su joez. 

Sor Ursula, 8greg6 la abadesa con tono solemne, crnzan- 
do los brazos sobre el pech(3 y levantando los ojos al cielo; 
nsted se ha presenta lo a [ui como una vfrjen para y casta, y 
sin embargo, habia llevado en el mundo una vida licenciosa. 
i '^Un rayo no me habria hecho tanto efecto como.estas 
palabras. Yo habia caido, es verdad, pero no habia dejado 
de ser digna: mi calpa era el resultado de una pasion estra- 
viada, pero no del viclo; y la prueba mejor de mi delicade- 
za era qae lo habia sacrificado todo, quj habia sacrificado 
hasta a mi mismo amante, porqae en eae momento lo creia 
toda via con el alma mas noble, por tal de conservar el ho- 
nor, de recuperar la pureza obligdndome a pasar por el 
crisol del saorificio; de manera que caaado oi la palabra 



UM nCBIKW DSL fUlBE^ >99 

licencioaa^ me irritS y dije resaeltamente & la nbadesa: 

— Mienten y miente. 

''La superiora Be poso Ifyida de c61era, pero se contuvo^ 
dominfin lose hasta el puQto da decirme con dalsBura: 

— Yo desearia, hija mia, qae se habieaea engafiado y en 
engaflarme yo raisma, paes con tal de que una de mis mon- 
jaa saliera triaafiate de caalqaier impatacioD, daria con 
gasto mi vid^i, por<]ae lo qae mas estimo y lo que mas amo 
es sa virtad; y ojald^ sor Ursala, padiera usted combatir, 
anolar, de^trair los docameotos que tengo aqaf presentes 
y que le mo^trarS en segaida, para hincdrmele de rodillas en 
"presencia de la comuniJad y pedirle p4blicamente perdon 
do haberia juzgado mal. 

'^Se habia obrado en mi, con aquel grosero insulto, una 
reaccion prodijiosa: me volvi6 toda mi antigua altivez, y 
mirando de f rente a la vieja monja, le dije: 

— No ea necesario que su reverencia me pida perdon, 
porque desprecio un io^ulto, tan impropio en baca de una 
relijiosB, como ealumnioso. 

'Habia, pin duda, en mi actitud, en mi mirada, en mi 
acento, tal fuerza de oonviccion y tal enerjia, que la abade* 
sa, aunqae cdrdena de rabia, baj6 la vista, no pudiendo 
sostener el brillo' de mis ojos o el grito de su conciencia 
manchada; pero rebacidndose en seguida, me contest6 con 
finjida mansedumbre. 

— Sor Ui-sula, la soberbia es un gran pecado, y usted se 
ha propuesto sin duda hacerme perder la paciencia; pero 
abi est& nuestro SaQor a quien le dijeron tantidmo sin con* 
seguir alterarlo, y yo auoque d^bil trato deseguir ese ejem- 
plo. U«ted no solo no respeta a su superiora, sino que la 
provoc?! y ^a in^ulta; pero yo la perdono, sor Ursula, asi como 
Jesus nuestro divino esposo perdon6 a los que lo de^^iono- 
cian e injuriabai; sin embargo, tengo que vijilar por el ho- 
nor y digui lad de este sauto retirp, de este convento qae 
tiempre ha aido un modelo por la virtad ejemplar d^ laa 



virjenes que han abrazado nuestra sagrada 6rden; aaf es 
qne me reo en la necesi dad de correjir en listed qq mal que, 
ffl una ves ha socedido, no debe repetirse nnnca. 

He nsado de la palabra licenciosa^ prosigai6 la abadesa, 
porqae nsted, antes de venir al co&yento ha estado en rela- 
ciones ilicitas con nn j6v'en casado, y hace mni pocos dias 
qae listed me pidid la autorizacion para hacer nna donacion 
de caantiosos bienes qne poseia en favor de nn nifio, y 
este nifio era nn hijo snjo, sor Ursula, frato de nn trato 
tanto mas pecaminoso cnanto qae el padre de esa infeliz 
criatnra es un hombre casado, siendo de consigniente el 
orijen de la discordia de nna familia y de mnchas otras dea- 
gracias qne pneden snceder; y nsted ha yenido sor Ursa- 
la, a sorprender la inocencia mia y la inocencia de mis San- 
tas hijas, engaQ&ndonos con una finjida virtud para asociarse 
a las castas esposas de Jesucristo, tomando el mismo velo 
sagrado que las cubre a ella^^ \\ ellas mas pnras que el dia 
en que nacieron y emblanquecidas ahora por el bautismo 
de la penitencia! jCdmo, puef», sor Ursula, pretender que 
yo no defienda la pureza de mis santas hermanas! Yo no 
puedOy sor Ursula, en conciencia, dejarlas en contacto con 
nsted; y ya que me es vedado arrojarla del claustro, porque 
desgraciadamente para nosotras y para nsted misma, esti 
ya consagrada, ver6 modo de aislarla, lo que servir^ de 
precaucion para ellas y de eastigo para nsted. 

Ahora, continn6, sin permitirme qne hablase, poniSndo- 
se ella el dedo indice sobre sus delgados y pdlidos Ubios, 
no es calumnioso lo que estoi diciendo, pues aquf tiene ns- 
ted sus propias cartas desde larga fecha y algunas de ellas 
datadas desde esta santa c tsa. ^Negara usted, pues, la evi- 
dencia? Negard nsted su propia letra, su propia firma? Ne- 
gar& usted ese instrumeQto publico para el cual usted me 
pidi6 permiso engafi^ndome? 

'^La abaddsa hizo una pausa y me mir6 con ironia, aO^'^ 
di6ndo: 



LOS BKOBITOB DSL PUSBLOb 261 

— Responda, jconfiesa o niega, sor Ursula, el hechoJ 
"Y6 conoel mis cartas y se me revel6 en el acto toda la 
negra perfidia de Guillermo y aquella maquinacion infer- 
nal qne se habia tramado para apoderarse de mi fortuna. 
Habia caido en un lazo tendido de antemano eon mucha 
premeditacion y consumado ahora con la mayor infamia y 
con la mayor crueldad. El esceso de mi indignacion aliog6 
mi verguenza, haciendo desaparecer tambien mis temores, 
y contest^ resueltamente: 

— La sefloiita de..... confiesa el hecho; la monja lo 
niega. 

— No comprendo esas distinciones; y me parece que la 
seflorita de.. • es la misma persona qne sor Ursula. 

— Sor Ursula no ha delioquidcJ jamas; y el crimen mas 
grande que ha cometido la senorita de. . . no es haber sido 
seducida, sino el no haber cionocido a un infame... 

— ^Es este su arrepentimiento? me dijo la abadesa, enfu- 
recida. jEs esta la escusa que da iiated al eogaflo que ha 
cometido apoderdndose indebidamente del santO hdlbito que 
la cubre. 

— Yo no he enganado a nadie, sino que se me. ha enga- 
fiado a mf, y su reverencia es c6mplice tambien de ese en- 
gano. Yo he tomado el hdbito, yo he renunciado a todo, 
porque cref en la'virtud de un malvado, primo de su reve- 
rencia, y porque tenia y tengo ahora mas que nunca, fe y 
confianzaen la bondad y misericorJia de Dios, a quien bus- 
caba, a quien busco y a quien buscar^ con mas ahinco, por- 
que comprendo que es el unico consuelo, el iinico amparo, 
el linico refujio que me queda en la vida y que nadie me 
puede arrebitar, nadie... aun cuando me sepulten viva... 
'^Estas palabras creo que impresionaron algun tanto a la 
abadesa. En seguida continu^: 

— Cuando tom6 la resolucfon de hacerme monja, dije al 
confesor mi estado, le descubri mi vida"y le descubri mi al- 
ma por completo, y 61 me perdond y ^1 aprob6 mi resofa- 



sea 

clon 7 ^ me dijo qae Dies me recibiria gnstoso en sns bra- 
Z09 y cref lo que el confesor me dijo entoaces y lo creo ann 
comolo creer^ siempre... 

Pero todavia hai mas, se&ora, prosegaf: ayer raismo, an* 
tea de recibir el \ elo SAgrado, y por con^iguiente, antes de 
recibir al seSor en el Sacramento, hice con el mismo sacer- 
dote, qne es el 4irector del convento, mi confedion jeoeral, 
y volvi a pregantarle con toda la hamildad de mi corazon 
y bafiada en Mgrimas; si seria d'gna de ser la esposa del 
• Sefior; y ^ me respondi6 por trea veces: bi, bf, si; y eo se- 
guida me di6 sn santa absolncion. Hi atjai el motivoen qne 
me fandaba poco h& para decir a sn reverencia: la se&ori- 
ta de... confiesa el hecho, pero la monja lo niega; porqne 
si he sido criminal en el siglo, he sido virtnosa y verldica 
en el clanstro... Ahora espero qne sn revereDcia me diga 
si he cometido o no nn sacrilejio, segan parece qae consi- 
dera sn reverencia el acto de mi profesion. 

— Hip6crita, esclam6 la abadesa, no sabiendo qn6 contes* 
tarme. Sor Ursnla, nsted no me engafia con sns (^ofismas. 
Usted ha bnrlado la confianza de tolo el mnndo. Us^ted ha 
prostitnido nnestra santa 6rden. U^ted ha manchado el ta- 
bera^cnlo. Udted ha desconocido y ajado mi aatoridad. lis- 
ted no se somete a la santa obediencia qae le es preacrita 
por la regla. listed serd castigada, y caj^tigida de ana ma- 
nera ejemplar... listed qneda desde ahora c ndena<la a mo- 
rir en el in pace reservado a lasr^prubas, a las coiitumaces 
y alas sacriiegas. 

"y la abadesa se sent6 en sn sillon, porqne no podia sos- 
tenerse. 

— listed, sn reverencia, le contest^, qneda desde ahora 
tambien citada por mi ante el tribnnal de Dios... Su reve- 
rencia, qne ocapa el lugar y qaiz4 hasta el mismo apos^^nto 
de la antigaa prioradel conv^fnto, Eacarnacion VaKlivia, y 
yo qne hago el mismo papel de sor Lfrsala y a qaieii n.e 
(U3imiIo por el casti^o qae me preparan iojastamente y has- 



V 



IM nOBIVOS DIL P0XBLO» 26S 

ta por el nombre, a usted j a mi nos correrA la misma suer* 
te— Prepdrese. 

"Eete reto, este llamamiento a la presencia de Dios, este 
cdso prdctico que le presentaba y que ella talvez creia, la 
entonacioQ vig«3rosa y prof^tica de mi voz, todo sin dada, 
C0Dtribaj6 a atemorizirla de tal mode, qae despues de an 
instante reposo con voz balbuciente: 

— No quiero qae se diga qae llevo el rigor hasta cse 
pnnto. Quiero nsar con nsted de mas mansedambre para 
ver si a?f conoce sus estravios y se arrepiente de ellos. Gon- 
tinde nsted ocnp»udo la misma celda, sometida a Codas las 
pr&cticas qne ordena la regU, y con la espresa prohibicion 
de bablar con nadie. E i el coro y en el refectorio se senta- 
ri tambien en an lug^r aparte y qae le ser^ designado aho* 
ra. mismo. Vaya Uited en paz y piiale al SeQor qae la per- 
done. 

— Rogar^ a sa Majestad qae nos perdone a ambas, le con- 
tent ^. 

^Y salf de la celda de la abadesa sin qne ella se aperci- 
biera que la enerjia que me habia sostenido an momento 
iba decayendo... 

vir. 

'Tantas emociones en tan poco tiempo no solo babian in- 
flaido sobre mi espirita^siuo que habian. hecho fliqaear mi 
cnerpo; me sentia dSbil, me sentia con fiebre, pero me pa- 
recia qne me habia rdjenerado en parte, aunqne escesiva* 
mente abatida. 

''Cnandi* llegu6 a mi celda no pensd en otra cosa que 
echarme a los pi^ del Sefior, y peiturbada como estaba mi 
alma por tantas tiibulaciones, tom^ en mis manos el Santo 
Cristo qne se encontraba sobre la mesa, y arrodillada y Ho- 
rosa cnal otra Magda-ena, no tuve mas aliento qne para de* 
cirle como el profeta rei: ^^JPeque^ aenor^ tened 'fnisericordta^ 
de mir 



%iii doda por efecto del sacadimiento o de la violeDcU 
oon que tomaria oon mis manoa crispadas el crocifijo, se 
desprendid sa brazo derecho del peqaefio clavo qne lo soa- 
tenia, enrediindose entre mis cabellos, ni mas ni menoB 
coma s hobiera querido abrazarme. En ese instante sentf 
como xuk cboqae el&^trico, pero dalce a la veE qoe profan- 
do: me paied6 que Dice me habia perdooado, que me acep- 
taba por su sieira j por so esposa: Jgrata ilusiou de un cere- 
bro trastomado, pero no por eso menos eficaz y menos dulce! 
pues he couservado esa impresiou durante largos alios, ^r- 
Yi^ndome de lenitiro en mis pesares, de amparo en mis tri- 
bulaciones, de soeten y de gaia en mi creencia y en mi f^ 
y Altimamente de consoladcHa esperanza en mi natural tSr- 
mico: en mi muerte . • . 

"Es probable qne permaneceria algunas horas en on le- 
targo absolute, pues cuando recoper^ mis sentidop, qoe ^n 
mi conciencia no habia perdido, me halM rodeada de varias 
monjas que se empefiaban en lerantarme y qui tar de mis 
manos el crucifijo que yo tenia asido con tat faerza, que era 
impoable arrancdrmelo sin romperlo, resolviendo por esta 
razon dej&rmelo o talrez no atrevi6ndo$«e a despojarme de 
A violentamente por derte respete relijioso. 

"Una fiebre violenta se apodero de mf, y pasaria, segun 
me dijeroB despnes, eomo quince diss entre la vida y la 
muerte, pero en todo ese tiempo no me desprendl del cru- 
cifijo, no teniendo otra conciencia de mi ni dando otra 
sefUd de mi vida que el retener faertemente la sagrada im£- 
jen del Salvador cuando pretendian despojarme de ella. 

^Ia juyentud me saly6 y mi restablecimieoto fa6 rdpido, 
porque a esa edad se convalece lijero; asi es que tan laego 
como eatuve en estado de salir, se me orden6 de parte de 
la soperiora qoe asistiese al coro a todas las distribociooes 
y a los demas deberes qoe prescribia la regla. 

^o obedeci en el acto, y la primera rtz que asistf a la 
hora de prima se me 8efial6 lugar separado para hacer mis 



tot iBourof ML nnniiQ. ifi$ 

praoiones y completamente aparte del resto de la comuDi* 
dad. Yo conoci que este era uu vej^men, pero me resign^ 
eni silencio. Tenia ademas la drden de qae yo faera la & ti- 
ma moDJa que me retirara del coro, estando obligada a 
quedarme alii hasta que hubieran desaparecido todas. 

"Pero lo que me estraQd sobremanera fu6 que ese dia y 
asi sucesivameute todos los otros y en cada distribucion ve- 
nian las monjas una a una donde yo estaba prosternada, y 
ddndome con el rosario en la cabeza, me decian estas pa* 
labras: 

— Arrepi^ntete de tu pecado. 

"Cambiando de espresion una sola de ellas, que con voz 
dulce y compasiva pero mui baja, casi imperceptible, como 
para no ser oida, me dijo: 

— Paciencia y esperanza en Dios. 

"Te lo confieso, Luisa; en el primer momento me di6 un 
sentimiento de indignacion esta prActica cayo significado 
ignoro y que supongo fu^ invencion de la abadesa, a tal 
punto, que estave por pararme e injuriar a la superiora de- 
lante de toda la comunidad; p^ro afortnnadamente me con- 
tnve; y cuando of el consejo que me daba aquella voz dulce 
que me era deaconocida, me seren^ y me resign^, infl ay en- 
do de tal manera en mi aquellas palabras de ^^paciencia y 
esperanza en DIos," que bastaron por si solas para darme 
aliento y aliviar mi amargura. 

"Pas^ asi algun tiempo sin hablar con nadie y recibiendo 
diariamente el mismo castigo, pero oyendo tambien el mis- 
mo consuelo, hasta que un dia vino a mi calda la monja que 
ya te he mencionado, y que sin duda era la confidents de 
la abadesa, a decirme que 6sta me llamaba porque tenia 
cosas de familia que comnnicarme. 

"Para mi habia pasado todo temor, porque estaba resuel- 
ta a todo; asi es que me pare en el acto sin vacilar y segui 
a la monja sin desplegar mis labios, aun cuando ella trataba 
de darme conversacion, porque yo me habia propuesto obe- 



it9 iM 

decer estrictamente el mandate, j por otra parte, sitodome 
ftcil comprender de d6ude progenia U locaacidad de aqoe- 
11a mad re que en otras ocasiones no habia qnerido contes- 
tar a mis pregontas, me resolvi a guardar el mas absolato 
silencio. 

^La abadesa, en cnanto me present^, ee inform6 de mi 
salad, afiadiendo que e^peraba me resolviese a no permane- 
cer contumaz para de est a manera *ohtener el perdon, poes 
el eastigo qae se habia visto obligada a imponerme diami- 
nniria considerablemente y era para ella el mayor sacrificio 
verse compelida a nsarlo siempre. 

— Tengo la conciencia tranquila y no s^ lo que su rove- 
rencia encaentra en rui de pertiaaz, le cootest^. 

— Hal mncba sobetbia en usted, sor Ursula, prosiguid la 
abadesa. 

— Poede ser mui bien; no pretendo ser perfecta, y todos 
los dias me empefio en coiiejirme y le pido a Dies su gracia. 

— Lo que usted m*^ contesta lo est^ probando claramente: 
adema^, siempre permaiiece sin pedirme perdon. 

— iDe qnd fulu? Sj revereucia sabe mejor quenadie que 
sor Ureula es inoceute. 

— I&to es lo mismo que decirme que yo soi la culpable! 
No apure usted mi paciencia, sor Ursula, y me vea obligada 
a salir de la modfracion que me he impuesto. 

To gtiarde silencio y la aba le^a continu6: 

— Susobeibia esid de manifiesto y Dios la castiga, no 
mateiialmente como lo hace la saperiora,sinohiri^ndola€n 
6US afeceiones, que k6 que usteJ conserva siempre por las 
personasque viven en eU'glo, auu cuando debiera haberlas 
completamente olvidado. 

^Yo mil 6 a la abadesa para saber lo que queria decir, y la 
cruel UJOiija se sonr 6, agregan lo: 

— No le demorar^ la noticia, sor Ursula, para que cuanto 
antes ruegue Ubted a Dios por su hermano politico don 
Eduardo, que ha fallecido ayer. 



tm noufoi OIL wntM. Hf 

-^{Edaardo! esclam6 faera de mi por %l dolor que me ha« 
bia caasado aqaella noticia; (Edaardo, 70 be sido quien te 
hamueitol 

-^{Con qne usted lo ha muerto y lo confiesa como si no 
faera nada? 

— Sa reverencia es cruel. 

— No soi croel si no que soi jasta, y en prueba de ello la 
creoinocente del crimen de qne usted seacusa ahora, porque 
tengo la seguridad de que la muerte de don Eduardo no ha 
sido cadsada por usted sino ordenada por Dios, porque todo 
este tiempo no se ha movido usted del claustro; vaya usted 
en paz. 

'^AquelTa maligna ironia encerraba tanta animosidad, tan- 
to dtseo de mortificarme, que produjo en mi un efecto con- 
tra rio y tnve compasionide aquella al na tan llena de pon* 
zofl), y le dije con conviccion bumilde. 

— Regard a Dies por mi hermano y por su reverencia para 
que los perdone, pues por mi parte ya yo he perdonado a 
su reverencia. Tambien rogar^ al Sefior que me perdone a 
mi por el mal que he hecho al primero. 

^Yo conoci que mi respuesta la habia herido en lo mas 
vivo a la abadesa, porque la vi mudar de color; pero no me 
dijo nada y sali. 

"Tu comprenderds, querida hija mia, cuAnto sentimiento 
no me causaria la inesperada muerte de tu p.^dre y cudnto 
remordimiento a la vez, pues yo estaba persuadida y lo es* 
toi toda * ia que yo he sido la causa de e^ta desgracia; pero 
tergo la seguiidad de que ya 61 me ha perdonado y no 
dudo un raomento que t& imites a tu padre. 

^Continuar^ mi peno^a relacion, que ojal^ hubieraya con- 
cluiclo, porque el reffifrtela aviva mis dulores. 

'"iWos dias trflBcurrieron cnando fui nuevamente Ha- 
mada por la abadesa, a quien encontr^ mui ajitada pre« 
gunifindome sin entrar en preliminares, como era su cos- 
tumbre. 



368 

— Sor Unob^ fponoee luted al eoronel doa ToritHO de 
Gozouid} 

— Si, madre, le contes^^: he tenido ^e honor y conservo 
per & gratos recnerdos y graode estimacioiL 

— iGratoa recaerdos y graode ^timacion por no asenno! 
Solo nsted, sor Ursala, es cap^z de esperimeotar tan tiemos 
aentimientoa por an malvadu! Un alma bien paesta se Ik>- 
rrorizaria. 

— I El eoronel don Toribio de Gozman asesino! La habrin 
engafiado a so rev^erencia. 

— ;Engafiado! caando todos I03 diarios lo dicen y cnando 
63 la misma bennaoa de sor Urdala la qae le comnnica tan 
fonesta noeva! 

— {Mi herroana! |TaDto tiempo que no b6 de ella! esclam^ 
involanianaroeote. 

— 2"^ sabe nsted a qoien ha asesinado? prosigoid la abade- 
•a enfarecida. 

— Lo ignoro* 

— Poea bien, s^palo: ha asesinado a Gnillermo de.«.an 
antigno amante, el padre de sn hijo. 

— jA Gnillermo! 

— Al mismo: ya ve como Dios la castiga, sor Ursula, jy 
todavia no se eDmiendii! 

— Lloro mis cu1p2», madre, y confieao que estas calamidar 
des nacen de ellas, pero la justicia de Dios debe cum- 
plirse. 

— Si, debe cumplirse; pero el medio mas seguro de que 
no caiga con todo su rigor es pedir perdon. 

— Ta he dicho a su reverencia que sor Urania no se cre% 
calpable en su calidad de monja, que es en lo que su reve- 
rencia puede y debe juzgarme. 

— i5oberbia, soberbia iuiiaita: est& usted esperimentando 
el ca^tigo de Dios y no se convence. 

"En seguida, tomando su cinto, me peg6 con 61, diciSn- 
dome: 



1.00 BIGBXTOS DSL PVKBLQ. SM 

— Besaparezca Qsted de mi presencia antes que me vea 
obligada a emplear mi jasta ira! 

''Yo me fui a la celda a echarme como de costnmbre a 
los piSs del Redentor: era solo alli donde encontraba con* 
saelo 7 era el ^nico con qoien podia hablar, a quien podia 
y me gostaba dirijirme, paed toda comunicacion con las 
otras monjas me era prohibida, y del esterior no sabia nada, 
ignorando completamente si habrias venido tii y mi her- 
mana alganas voces a verme o si me habian escrito; en una 
palabra, qa6 era lo que sucedia en el recinto de mi escasa 
pero querida familia; y salvo los dolorosos aeon teci mien tos 
que me habia r^velado la abadesa, sin duda con laintencion 
de hacer mas penosa mi vida, todo lo demas lo ignoraba^ 
porque la superiora habia ordenado que duaudo viniesen a 
bnscarme de cualquier parte que fueseo, les respondiese siem- 
pre que no pudiendo hablar conmigo, dejasea el recado, el 
cual se le comunicaba inmediatamente a la abadesa lo mismo 
que cuauto me escribian; de manera que mi hermana ignch 
r6 hastaep estos iiltimos tiempos si existia o no, suponien* 
do talvez que la habia completamente olvidadp, peroyo me 
habia propuesto denpues guardar completa reserva con ella, 
asi es que nunca le comuuiqu^ nada de lo sacedido, y estos 
secretes no habrian salido del recinto de nue^tros claustros 
a no ser que me lo ofdeno ella terminantemente cuandb se 
me apareci6 en suenos; y como yo creo firmemente ea la 
existencia de los espiritus y que estos se nos revelan en al- 
gunas ocasiones, he tenido que cumplir su 6rden y la cum- 
plo con gusto, porque, como ella me dijo, puede salvarte 
de muchos peligros en la vida. 

"Desde esa liltima vez no me volvi6 a Uamar la abadesa 

« 

durante muchos anos, pero sierapre pesaban sobre mi loa 
castigos que me habia impuesto y que yo recibia con resig- 
nacion y al Ultimo con placer, porque me llegaron a ser 
agradables las penosas y humillantes obligaciones con que 
m^ habiaa sobrecargadb; de manera que los c^lculoa dd la 



S70 

abadesa le salieron mal, poea en lagw de racrificarme ma 
roboatecia caJa rez mas ea el ejercicio de la haaiildai, 
eneontrando en ella ona satidfaccion interior de qae antes 
no tenia idea, j a aie«lid % qae eran m h degrad^ntes Kia aer- 
Ticioa qae me imponiao, mi contento era mijor, te nien lo 
ao!o qae adivinasen esta aati^fdcdon de mi alina pjmi qae 
no me privasen de ella. 

VIIL 

''Pero aacedia en mi an fen6meno raro: a medida qae an- 
mentaba mi piedad dismtoaia mi devocion; y a medida qae 
tenia mas cotifiaaz i en Dios, a medida qoe lo amaba mas j 
qae lo ve'a mas grande, mas poderoso, mas iofioito, podr^ 
decirlo asi, las innamerables y mondtonas pr&cticas de la 
regia me disgastaban, pareciSadome qae eataban destioadas 
esclosivameate para formar aat6matas y no seres pensa- 
doreS| y qae empeqaefiecian a Dios en vez de eogran- 
decerlo, qae desterraban el Terdadero calto del alma para 
no tener mas qae el colto del caerpo; asi es qae de to* 
das las distribuciones o de todas las horas qae se eroplea- 
ban en estas ceremonias, la 4nica qae me agradaba era la 
de la oracion mental, porqae era hecha para recojer el es- 
pirita y elevarlo a Dios; porqae la oracion mental no tiene 
formas si no qae es la inspiracion de cada ser, el sentimiento 
intimo espresado solo por el alma sin la ayada del lengaa- 
je, de la ceremonia, de la jenoflexion. 

^Todas esas salmodias gangosas qae hieren el if mpano, 
todos esos reisos de tabla en an idioma qae apenas t* ntien- 
den, me parecian otras tantas pacrilidades ridicnlas para el 
bombre, y por consigniepte, macho mas ridfcalas para Dies. 
Qa^! {Le ser& mas grato al Ser Sapremo qae le dirijan sas 
preces en latin en lugar del espafioi, del frances, del griego 
d del chino? {Y saben acaso las monjas lo qae dicen, coando 
•1 poco latin qae aprenden es on verdadero latin de cocinat 



iM noBixog VEL nrauK S71 

^Tnfiayen mat en nuestra piente y en nnestro corazon las pa* 
labra") dichaft en an idioma estranjero, en on idiorna maerto, 
cajo sigaificMdo apen^s conocemoa^ qae la^ espresadas en 
el nueatro? Yo creo qae no, Luisa, y creo mas: creo que asi 
8e acostambran las monjns y los frailes a mover luaquioal* 
ttiente r^as labios en lugar de levantar el lorazon a Dios, 
trasforroando la oracion en hdbito grosero y el pensamiento 
qae la dirije y qae 1^5 da a'as en pidotica^ iiisignificantes 
qae a nadiie aprovechan y qae en vez de aprovechar perja« 
dican. 

^Aai Upga^ con el tiempo a desprmderrae completamente 
de todas esas fraslerias del rito, guardando siempre las apa* 
riencias, en primer lugaji* poi que podia equivocarme y no 
qneria indncir a otras en error; en segando, pi»rqae podia 
dar motivo'a nuevos per^egniinieDtos; y p'»r ^timo, porqae 
convenia mas a la relijiosidad de mi^^eiitimiento^^ paes asi, 
en medio de e>a8 jenuflexiones y distintas aberraciones de 
los claastron, me qaedaba mas tiempo para adorar a Dius, 
porqae me habian sobrecargadti da tal maaera de trabajo, 
que Solo tenia aqaellos momentos consagrados al ritaal para 
poder pensar, para poder orar. 

'^Una noche, debia ser mni tarde, porqae yo estaba pro-* 
fondamente dormida, macho mas tarde qae la bora de que- 
da,^ sentf que golpeaban saavemente a mi poerta y me le- 
vant^ algo alarmada pregantando: * ^Qutdn e>i" DeograttM^ 
me contestaron; y respond! segun cobtumbre: per semper^ 
apareciendo en segoida ana monja alia y pdlida qae he di« 
riji6 a mi dici^ndome, como para darse a conocer, las iinv 
cas palabras de benevolcncia que yo oia diariamente en el 
core: 'Taciencia y confianza en Dio8^\ y en seguida se ech6 
en mis brazos. To la recibi como ana amiga que Dios md 
mandaba para acompafiaroae en mi soledad y abandono, y 
aenti por ella ana simpatia instintiva: era mi primer vlnca* 
lo, era mi pnmer afecto, era el primer iazo qae me unia % 
•er hamano desde el dia de mi profeslon. 



Vti ZM ncnuBiros dbl rvxBLa 

"Oh, Lnisal no hai mMca mas dalce, no hai armonia mas 
deliciosa que la palabra de una amiga cuando se ha dejado de 
oir por mucho tiempo. Te aseguro que esperimentfi un pla- 
cer indecible al escachar lo que me decia aquella hermana, 
aquella compafiera del desierto. 

'*Me dijo que hacia mucho tiempo que deseaba hablarme, 
pero que no lo habia hecho por temor de comprometerme 
mas y agravar mis sufrimientos; que se tenia sobre mi una 
vijilancia mui severa que le habia impedido acercarse; pero 
que ahora esa vijilancia habia cesado, sin duda porque nun- 
ca habia dado el menor motivo de sospecha; que ella habia 
presenciado mi profesion y habia Uorado amargamente ese 
dia bajo su espeso velo, que rara vez acostumbraba levantar 
por motivos que me revel6, circunstancia, afiadi6, porque 
la abadesa y demas monjas me creen loea y me dejan en 
paz; y luego dijo: "La locura es en los claustros una enfer- 
medad tan comun como el idiotismo; al fin se Ilega allf.^' 

^Yo teml por un momento que no fuera en realidad a 
adolecer de este triste mal; poro no tardd mucho tiempo en 
desengafiarme, pues encontr6 en sor Nicolasa, que este era su 
nombre, la mujer mas instruida, mas induljente y mas real- 
inente cristiana que jamas hubiera conocido; pero sus ideas, 
ya fuera por su instruccion, por lo mucho que habia leido 
o por lo mucho que habia pensado, iban mas lejos que las 
mias, pues ella despreciaba no solo las pr&cticas de la 6rden 
y todo ese ceremonial que constitoye el rito, sino que era 
deista en toda la estension de la palabra; y cuando yo le 
hacia algunas reflexiones, porque desde ese dia seguimos 
yisit&ndonos todas las noches, sobre lo descarnado de su 
creencia, ella me contestaba: *^Sigue tus convicciones, ami- 
ga mia; yo nunca tratar^ de combatirlas, porque introdaci- 
ria en tu espfritu la perturbacion y este seria un mal De- 
bemos siempre poner acordes la prdctica con la ensefianza, 
la conviccion con el hdbito; porque si la razon nos dice una 
cosa y la costambre otra, hai dos faerzas que se ponea en 



LOf SIOBKOS DIL FUlBLOk S78 

lacha, y una na llega a 6er ni buena relijiosa ni baetia £16- 
Bofa, no llega nunca a tener esa seguridad en la idea para 
vivir traDqnila en su creencia; con que asi, amiga mia, no 
hablemos sobre esto: Dioa es nuestro padre comnn y para 
^1 no pueden haber ni castas ni cultos privilejiados, porque 
sa lei manifiesta es la armonia, y la armonia en el 6rden 
moral, es la tolerancia, es la fraternidad, es el amor.** 

''iQa^ dalces momentos, mi querida sobrina, he pasado al 
lado de esta amiga, de esta hermana! Las boras mas felices 
de mi vida se las debo a ellal Todas nuestras conversacio- 
nes eran jeneralmente sobre Dios: en ese panto estaban en 
perfecta armonia nuestras ideas; estdbamos de acuerdo en 
esa contenjplacion infiuita y nos estasi^bamos en ella. En lo 
avanzado de la noehe, cuando nos reuniaoios, nos sentdba-* 
mos juntas a mirar al cielo y principiaban nuestras misticas 
a la vez que fi]os6ficas conversaciones, y adordbamos a Dios^ 
y lo amdbamos, y nos hincdbamos asidas de la mano^ Uenas 
de admiracion y llenas de gratitud por ese se^ infinite que 
se nos revela en sus obras y que sin embargo nos es impo- 
sible comprender: yo tambien me iba haciendo deista in- 
sensiblemente. 

"Una nocbe snpe, por conducto de mi amiga, que la ma- 
dre abadesa habia caido repentinamente enferma y que la 
comunidad estaba mui alarmada, pues era la monja que, 
independiente de su cargo, cargo que habia ejercido muchaa 
veces, gozaba de grandes consideraciones y no se hacia nada 
sin su anuencia, motivo por el cual yo habia continuado 
siempre lo mismo bajo el mando de otras superioras, por- 
que no habia ninguna que se hubiera atrevido a remover 
lo establecido por ella. 

" Yo no conservaba ya, te lo confieso, Luisa, ningun resen- 

timiento por esta mujer, sino que me compadecia de su es- 

travio y deseaba vivamente que se arrepintiese y se recon- 

ciliase con Dios, no porque se suspendieran mis trabajos y 

ihis humillaciones, sino porque queria su salyacion, y en 
tfm n« 18 



t74 tM noEnoB wkl ruMBux 

coDsecueBcia dije a mi amiga: ^llogaemos a Dios por la aba* 
desa.'' Sor Nicolasa me abraz6 faertemente, dici^ndome: 
"No me he cngaSado: erea como yo creia." Y se puso coa* 
migo de rodillas delante de mi cracifijo, a pesar de sa filo- 
lofia, permaneciendo en ese estado macho mas tiempo que 
yo, como en ona especie de completa abaorcioa mental. Al 
fin se levantd, descobrid sa rostro, que estaba bafiado en U- 
grimas, me atrajo hdcia si, y me dijo: '^Ursala, me has ven- 
cido: creo en Jesncristo y lo adoro/' Y en segnida se pros- 
terD6 nnevamente y lo bes6 mil y mil veces, e^lamando en 
varias oca$)iones: ^^Soi feliz, mui feliz..^' Iba a venir el dia 
y nos separamos mas satibfechas, mas contentas, mas ami- 
gas qne nnncu. 

'^Al dia sigoiente todo estaba trastornado en el convento, 
las moDJas corrian presarosas de un lado a otro y cuchi- 
cheaban coando se encontraban, alcanzmdo a percibir yo 
algo de lo quo deeian, y eatre otras cosa^: ^'Q le el cara era 
grave y que se hacia indispensable Hamar a lo3 medicos.'' 

"Como de costumbre, me fui al coro y me arrodill^ en el 
mismo lugar que habia ocupado por tantos afios, en ese la- 
gar separado y donde veuian las^monjas a azotarme con sa 
rosario; pero apenas me habia hincado cuando vino la priora 
y me dijo: "Sor Ursula, usted queda desde hoi, por 6rden 
de la madre abadesa, exenta de todo castigo y completa- 
mente reintegrada en todos sus privilejios de madre, oca- 
pando el mismo lugar que nosotras. La madre abadesa, 
haciendo justicia a la humildad y a la paciencia con que 
ha sobrellevado por tanto tiempo las pen as que, con dulor 
de su coraz'^n, se vi6 obligada a imponerle, reconoce en sor 
Ursula una de las n as dignas siervas del Sefior." 

*'Yo, sin re."^ ponder una palabra, p )rque la turbacion em- 
bargaba mi lengua, abandon^ aquel lugar que habia Uegado 
a serme querido; y a una senal de la priora, la seguf, de* 
signfiodome una colocacion a su lado. 

"Caando salimos del coro, las monjas vinieron donde yo es- 



£08 nOElTOf VML PITISLO. 178 

taba a hab'arme cou el mayor cariflo; y la priora, caminan* 
do a mi lado, me ]lev6 liasta ana nneva oelda, diciSndome: 
^^Esta 63 la habitacioQ que ha ordenado la abadesa se le d^ 
a sor Ursula: qaeda usted en su celda." 

"La celda que hie habian dado era espaciosa, ventilada, 
alegre, y tenia todo el confortable que le era permitido a 
una monja de las de mayor categoria del coavento; pero yo 
ecb^ de menos mi hamilde y 16brego calabozo y me entris- 
teci pensando que no veria quizd a mi amiga. 

"Lo primero qae rair^ fu^ la mesa para ver si estaba en 
ella mi viejo cracifijo con su brazo derecho desclavado, y 
no encontrdndolo, porque me habian puesto uno nuevo y 
hermoso, me dirijl a mi antigua celda, donde permaneci al* 
^un tiempo despidi^adome de aquella triste morada en la 
que habia pasar^o dias tan araargos y tan felices, y donde, 
por decirlo asi, habia aprendido a conocer y a amar la ver- 
dadera doctrina de Oristo. En seguida tom^ mi crucifijo y 
lo llev6 con el mayor cuidadt) y con el mayor respeto a mi 
nueva habitacion, y sin desalojar al que estaba sobre la 
inesa, puse el otro al lado de mi cabecera, quedando con- 
tentfsima al tenerlo tan cerca de mi. 

'^Estaba haciendo mispequefios arreglos, como es natural 
en una mulanza de habitacion, porque no por ser monjas 
dejamos de ser mujeres, cuaudo senti que golpeaban sua- 
vemente a mi puerta, y creyendo que faera sor Nicolasa, 
vol6 a abrirle, encontrdndome de frente con la antigua con- 
fidente o secretaria de la abadesa, que me dijo de una 
manera afable y re^^petuosa: ^^La madre abadesa supUca a 
sor TJr-iula se sirva pasar a su celda, pues quiere hablarla." 

"Por ixmca respuesta tom^ mi ve'o y sali en el acto, acorn- 
pafi&ndorae de la secretaria. Durante el corto caminp me 
inform^ de la enfermedad de la abadesa, a lo que me eon- 
te8t6: 'No hni esperanzis; los medicos, que aoabari de salir, 
la ban desahuciado." 

'Xa monja me mir6 para ver el efecto que producia en ml 



tn urn 

esta noticia, sabedora sin dada de que mi largo Mstigo no 
era tan merecido y esperando encontrar en mi semblante 
algnn signo de satii^&ccion interior, paes me parecia qne se 
sorprendia al verme derramar algonas Istgrimaa 

''En cnanto me vio laabadesa, trat6 de inoorporarse para 
recibirme; pero yo, conociendo la cansa de aqael raovimien- 
to, porqne lei en an semblante sa dolor y an conatemacion, 
corri hdcia ella, y echiadole loa brazoa al caello, la contnve, ^ 
dici^odole al miamo tiempo: "Madre mia, perd6neme, por* 
qne mi ofenaa no ha aido intencionaL" 

^LoL abadea.1, aorprendida, me m'r6 nn momento, dndando 
qniz^ de lo que le decia; pero convenci^adoae por mi aem- 
blante de la aioceridad de mis palabras, me conte8t6: 

— Sor Urania, nated ea maa qne nna majer, ea maa qne 
nn anjel, ea la verdadera eapoaa del Senor, y ^1 le recom- 
penaard en el cielo lo qne yo le he hecho aafrir en la tierra; 
mientraa que a mi me caatigari, debe caatigarme y quiero 
qne me caatigne. 

— Eae micmo deaeo, madre, praeba qne an reverencia 
eatd en poaeaion de la gracia de Dioa. 

— Sor Urania, yo aoi mai pecadora.^ Yo la he ofendido 
mncho, la he martirizado mncho y de la manera maa injna* 
ta; perdon*.. 

— Dioa como yo, madre, ae lo tiene mncho tiempo acor- 
dado. 

— Uated me cit6 para el tribunal de Dios, donde teogo 
Inego que comparecer. 

— T en el tribunal de Dioa eucontrard an reverencia mi- 
aericordia: El ha dicho que un momento de verdadero arre* 
pentimiento basta para que el maa grande pecador obtenga 
el reino de loa cieloa. 

— Sor Ursula, ic6mo ea posible que aquella a quien yo 
tanto he ofendido sea la qne me consuele y me alivie! Pocoa 
son los momentos que me quedan de vida; ^querria nated 
teoer la caridad de ayudarme en el trdnaito? 



Ml SIOBKOB DSL vxnsBUk 27T 

— Sa revereDcia no paeda darme ni reoompeDsa ni ale*- 
gria mayor. 

— ^Su8 virtudes, sor UrsuU, aumentan mi remordimiiento; 
pero en algo reparar^ el mal, haciendo p4blica coDfesioa de 
mi pecado. 

— Yo talvez he sido la que he delinquido, no su reveren- 
cia; pero en todo caso, Dios y yo la hemos perdonado. 

— No es lo baatante, no; es preciso dar un bnen ejemplo 
siqniera, ya qae se han dado tantos malos. 

''En seguida llam6 a una monja y le dijo dos palabras al 
oido; y despues, tomdndome ana mano, que llevd a su8 la- 
bios, a pesar de mi resistencia, me preguQt6: 

— jNo me sucederd a ml lo que a mi antecesora sor En- 
carnacion Valdivia con la monja que llevaba su mismo 
Qombre? 

• — No, madre, no, jamas, le contest^. 

—Dios te oiga y Dioss te premie, hija mia. 

''Esta familiaridad con que me hablaba me enternecid y 
la abrac6 con respeto y carino. 

"En ese momento se oy6 el toque conocido para llamar a 
eomunidad. 

"Poco a poco fueron compareciendo las monjas hasta que 
se completo el niimero. 

"fo reconoci fdcilmente a mi amigaNicolasa. La abadesa 
tambien la reconoci6, y llamdndola, la hizo colocarse a mi 
lado, como si hubiera sabido el lazo que nos unia. 

"En seguida, haciendo un grande esfaerzo y pidiendo su 
b&culo, se hinc6 eh la cama, y bafiada en Idgrimas pidi6 
perdon a la eomunidad por el mal ejemplo que le habia 
dado, confesando todo el mal que me habia hecho, y pas^n- 
dome el b^culo, cual si quisiera darme su autoridad, cayo 
desmayada. 

"Todas las monjas se habian arrodillado tambien; y con- 
movidas por aquel triste e imponente espectdculo, Ubraban; 
y cada una de ellas vino doude yo estaba a pedirm^ a su 



I7t WMi Mmaaofm im 

ves perdon, a pesar de qae yo les decia que no me babian 
ofendido. 

'^Vaelta en sf la abadesa, dijo qae le trajeran a su confe- 
6or, y qned&Ddose an momento con 61, sin permitir qae na- 
die saliera de la celda, recibi6 la comanioa y la eatremaun* 
cion. 

'Tocos minntos despaea e8pir6, teniendo el crucifijo con 
nna mano y a ml con la otra. 

''El sacerdote, antes de partir, me entreg6 ana cartera con 
papeles. 

"Yo y mi amiga qaedamos vel&ndola. 

IX 

"Despnea de llenadaa todas las prdcticas qae se acostam- 
bran segan la regla en casos andlogos, se reuni6 la comani- 
dad para nombrar a la nneva abadesa y fai elejida casi por 
nnanimidad, paes solo habo an voto en contra, que fu^ el de 
mi amiga, sor Nicolasa, qaedando admiradas todas las mon- 
jas y aun yo misma de qae fue^e ella qaien se oponia, lo 
qae me di6 macho qae pensar, bastando este solo motive 
para proponer a la conlanidad qae me permitiera reflexio- 
nar tres dias para decidirme. 

"Esa misma noche, y a la hora de costambre, vino mi ami- 
ga a mi celda y me dijo: 

— ^Yo he votado en contra taya porqae, si bien eres la 
mat meritoria de todas las monjas, no eres la mas a prop6- 
sito para el cargo, paes tas ideas estda en pagna con las 
prdcticas de la regla, y te verias obliga la a destrair la <3r« 
den o a someterte a ella, a ser hip6crita o a obrar en contra 
de tas principios, y ni .lo primero ni lo segando debes 
hacer. 

" Yo vf qae tenia razon mi amiga y sa parecer estaba ade- 
mas conforme con mis deseos, paes lejos de ambicionar el 
paestQ, lo tamia, lo caal sacede rara vex en loa cl&astiros, 



porqtie eotre e^as personag que se dicen fuera del mnndo y 
de SDS poropas existen tambien las misinas pasiones qneen 
la sociedad y quiz^ mas surescitadas, pueRla falta de impre- 
Biones, la falta de diHtraccion, la mon )tonia de la vida qae 
llevaD, recoDcentra sns aspiracioneR, de cual(]nier natarateza 
que sean, adqairiendo por esto mismo mayor fuerzay mayor 
vehertiencia; y la praeba mas e video te de lo quo te digo es 
la historia por demas eseandalosa de todos los capltulos de 
naestros conventos, y los cas^tigos, y las injiiaticias, y las 
veoganzas qne se ejefeen despnes coq los caidos o con los 
que ban salido de capltulo errarlo, segun la espresion vulgar 
que ba llegado a pasar a proverbio. 

''Yo, pues, estaba decididaanoaceptar, mucbo mas cuan- 
do era un coDsejo de mi amiga; pero en la noche sofi^ de 
que mi santocristo, el del brazo despren dido, me bablaba 
mui dfspacio al oido y me decia:— "Sacriffcate y no eacu- 
cbes los consejos del egoismo; acepta el cargo y trata de 
bacer el bien y asi habras cumplido con el mandato de Dies 
que e8t& en los cielos." 

^Cuando despert^ me pareci6 que todavia resonaban en 
mis oidos las mismas palabras y mir4 al crucifijo que tenia a 
mi cabeeera, creyendo que veria el movimiento de sus labtos, 
pero me engafi^: la im&jen estaba, como sierapre, impasible. 

'Tor una de esas aberraciones del esplritu que son mas 
comunes de lo que se cree, a pesar de haber sacudido mu- 
chas preocupaciones, a pesar de ser medio fil6sofa o medio 
racionalista, como se dice hoi dia, estaba sujeta a ciertas 
supersticiones; y asi como pens^, cuando casualmente se 
desprendi6 el brazo derecho de mi crucifijo, que el seflor 
me aceptaba por su esposa, usi ahora pens^ tambien que 
era cierto lo que Labia RoQado y me determine a aceptar 
el cargo, pr^vio el consentimiento de mi director, asi como 
me he determinado a revelarte mi vida y mis faltas par la 
aparicion en aueflos de mi hermana cjue me aconsejd ba^ 
carlo, 



•^ 



}I0 

^an Inego, pues, como amaneci6, mand^ decir a mi di- 
rector espiritaal qne lo necesitaba urjentemente. Este santo 
saeerdote tenia por mi cierta predileccion, que sin demos- 
tr^rmela, yo reconocia en mnchas de esad insignificancias 
que no son nada bien consideradas, pero que revelan afecto; 
y aun cuando era yo la monja que menos frecuentaba el Sa- 
cramento de la penitencia y que en muchas ocasionea le ha- 
bia manifestado, no mis escr^pulos como mis demas herma- 
nas, sino mis dudas, siempre habia sido mui induljente, 
aprobando cuanto h^ia o cuanto pensaba, de manera que 
tenia ona f6 ciega en lo que ^1 me decia, porque sua ideas 
se hermanaban con las mias a tal punto, que jamas me or- 
denaba rezar tal o cual oracion, ayunar tal o cual dia, morti- 
ficar mi cuerpo de tal o cual manera, sino que me exborta- 
ba a ser humilde y caritativa, reduci^ndose a esto toda su 
doctrina, toda su ensefianza y toda lu moral. 

''Cuando le dije que habiajsido nombrada abadesa casi por 
unanimidad, se sorprendi6; pero luego, refiezionando un 
poco, me dijo: 

— No me admira. 

''Sin embargo anadi6: 

— Desearia saber cu^l ha sido el voto de sor Nicolasa. 

— El voto de sor Nicolasa es el dnico que he tenido en 
contra, le contest^. 

— Ta me lo habia figurado, dijo. 

— iConoce usted a sor Nicolasa? 

— Sf, hija mia, y hemos hablado muchas veces de sor 
Ursula. 

— jDe mi? 

— Si, madre, de usted, y por ella s^ muchas cosas. 

"To le iba a preguntar a mi director si sor Nicolasa se 
confesaba, conociendo como conocia las ideas de esta monja; 
pero crel imprudente en mi semejante pregunta y talvez 
mui embarazosa para el saeerdote la respuesta, y guards si- 
lencio. 



JM BMBnOB Pn tVMBUk S81 

^'Bespues k espnse mis dada« y mis temores, las ideas que 
yo tenia respecto de las pr^cticas y sobre las que ya le ha- 
bia hablado, pero que creia ahora necesario repetirle, pues 
ya no tenia que dar cuenta de mi misma linicamente, sino 
de ]as demas, y que talvez sin saberlo podia hacer un mal. 

"£l sacerdote se qued6 pensativo por un largo rato, y en 
seguida me dijo: **Nuestro primer deber es hacer el bien. 
Lo que quieras para ti quiere para los otros, dice el Evan- 
jelio. No choque usted de pronto con los habitos de las 
' demas; pero trate de modificarlos: querer enderezar violen- 
tamente una rama torcida, es quebrarla: pero poco a poco 
se puede ir levantando hasta enderezarla del todo. Nuestra 
manera de ser relijiosa, no en cuanto a la esencia, sino en 
cuanto a los accidentes, necesita reformarse: hai muchas nu- 
bes que embarazan la luz del sol: hai muchos errores que 
interceptan la luz de la verdad; trabajemos con duimo y no 
abandonemos el campo por estar lleno de maleza; si nadie 
se resolviera a cultivarlo por temor del trabajo, jdonde ha- 
Uarfamos nuestro alimento? Si tuvi6ramos miedo de com- 
batir las preocupaciones por temor de perecer en ellas, 
jc6mo descubrirlamos la verdad? El sacrificio de Jesus hizo 
el triunfo de su relijion, y la sangre de los mdrtires ha vivi- 
ficado la creencia. Pero si no se tiene el vigor suficiente para 
concluir la obra y si se ha de desfallecer en el camino, mas 
vale no comenzarla; porque una obra sin concluir cae luego 
en ruinas, y las ruinas pueden sepultar al mismo que ha 
emprendido el trabajo. 

'^Esta parab61ica manera de espresarse me dejaba siempre 
en la incertidumbre, al menos si me atenia al sentido mate- 
rial de sus Ultimas frases, y me deoidi a contarle lo que me 
habia dicho sor Nicolasa, que se armonizaba con mis deseos, 
y en seguida lo que habia sonado la noche anterior; y en- 
tonces el viejo y santo sacerdote pie conte8t6: 

— El espiritu de Dios tiene muchos medios para llegar 
hasta nosotros, y es precise no desatender sus avisos. 



— jCree nftted, paes, sefior, que deba j qae paeda ac«p- 
tar el cargo? 

— Jj% voz de Dios tieoe macho mas poder qae la voi de 
Bor Ur^ala, y ha oido la primera. 

'^Alentada c 'ii estas palabraB y mas aan con las qae creia 
yenir de boca del mi^mo Dios, me present^ a la comanidad 
el dia designado y acept^ el bdcalo deabadesa, nombrando 
de priora, coq no poca admiraoion del convento, a la mon- 
ja )<>ca, sor Nicolapa. 

''Iii^til seiA qae te h^ble de mi administracion: esto no te 
toca ni te intere^a; pero eegundada por mi amiga, hicimoa 
caanto bien y caaota reforma nos parecia provechosa, te- 
niendo siempre el eaidado de consaltar la opinion de las 
df mas mouja?9, obrando de manera qae Ilegasen a persna- 
dirse qae ellas eran las ioiciadoras de la idea, porqne de 
este modo es como se aceptan y se oonsolidan las innova- 
eiones. 

'Tero si no me detengo en este panto, voi a comnnicarte 
noa de mis grandes aflicciones, qae, aanqae esencialmente 
personal, paeda tatvez ioflair en ta manera de jazgar res* 
pecto a la espiritaali lad qae daba tener con el tiempo la 
relijion; y a pesar de que yo no participo de los mismos 
priocipios, porqae no he qaerido abandonar del todo aqae- 
llos en qae he sido criadi y en qae he vivido; sin embargo^ 
no me atrevo a jazgar y macho menos a condenar los ajenos 
y menos todavia cnando la persona qae los ha segaido era 
an ejemplar de hamildad y de cari^ad, reaniendo como 
complemento la ciencia y la sabidaria, porqae aqael espf- 
rita era caanto he conocido de mas profando y de mas ele- 
vado; me refiero, Laisa, a la priora del monasterio, es decir, 
a la monja loca, sor Nicolasa, mi amiga y consejera, qae 
me servia de provechoso ejemplo por sas virtades, de in- 
com|»aral>le maedtro por sa ensefianza y a qnien perdi en 
el mejor tiempo. 



noil tMHBeoi wfc womAL ttt 

X 

*'Sor Nirolasa padecia de un dolor al pecho que la coii» 
enraia leatamente y sobre el que ella decia con macha 
calofm: 

— Me guftta osta enfermedad, porqne no me hace snfrir 
XDQcho y s6 que me libertarA laego dn eAte mundo, d^odo- 
me mi pasaporte para la eternidad; y como me ga:4t^ ma^ 
cho viajar, y viajar alU en lo deaconocido y en lo inflnito, 
la acaricio con cierta satisfaccion. 

— Pero este es on snicidio disfrazado, le dije yo nna 
vez. 

— No 63 nn snicidio, porqne no estd en mi mano cTitar 
el mal y lo combato diariamente; sin esto hace tiempo qne 
estaria bajo el eepnlcro. 

— {Pero c6mo ae poede combatir la mnerte y desear la 
mnerte, llamarla y hacerla qne se aleje? 

— ^Te acnerdas de las egpresiones^ de Santa Teresa en sn 
deseo de nnirse al Sefior; te acnerdas de lo qne decia al fin 
de cada nna de ens eatrofas: ^'qae maero porqne no mne- 
ro?^' Y sin embargo, la doctora del catolicismo no hacia 
nida por qnitarse la vida, y si hnbiera tenido naa enferme- 
dad la habria combatido, porqne este era sn deber asl como 
lo es el mio. 

'^Eta respnesta me conyenci6 y no le habU mas sobre el 
particolar. 

"Un dia not^ qne sor Nicolasa no babia ido a vfsperas, 
y como nunca faltaba a las prdcticas de la 6rden, a pesar 
de no creer en ella^, me estrafiS mncbisimo y me levant^ 
antes de tiempo de mi asiento para ir a la celda dela 
priora, a qnien encontr^ en cama y con nna escnpidera en la 
mano Hena de sangre. 

"Al vercpe me dijo con voz dnlce: 

— Me alegro qne hayas venido, porqne tu amiga se ir& 



2Si idf iiiwfMS mL nmiLo. 



dentro de pocas horas y no me resolvia a partir sin verte. 

— Pero 63 imposible, amiga mia, le contest^ asostada; voi 
a hacer Uamar a on m^ico. 

— Bs instil, no ten go remedio, [cre4melo... y le vino otra 
bocanada de sangre. 

"Yo la sostave, colocindola de manera qne no se ahogase, 
J en segnidasalf corriendo e hice que faeran inmediatamente 
a bnscar el primer mddico que encontrasen, volviendo a la 
cabecera de mi amiga. 

— No te alarme«, Ursula, me dijo; el caso estaba previsto 
de antemano y no me toma de nuevo; th tambien lo sabifts. 

— jPero tan pronto! 

— Yo no me qnejo, hija mia, porqne Dioa me ha conce- 
dido una felicidad qae no es^peraba: el tener ana amiga con 
qaien estar hasta el filtimo momento y qae al fin cierre mis 
pdrpados. 

'To no pnde contener mis Mgrimas, y ella me dijo con 
tono festivo. 

— jEstds loca! Me pones en un duro aprieto: el tener que 
consolarte. jCrees que no es bastante lo que me queda por 
hacer? jTodavia recargas mi tarea? Esto no es justo, sefiora 
abadesa, y no porque usted est^ investida de ^ gran autori- 
dad deja de haber an tribunal superior a quien pueda que- 
jarme y que est^ mas dispuesto a hacerme justicia. 

^En ese momento se sinti6 la campanilla que se toca en 
los claustros cuando es introducido, por algun accidente, 
nn hombre, con objeto de que las monjaa se cubran o evi- 
ten su vista. 

"Sor Nicolasa al oir el toque me mir6, dici^ndome: 

— iNo te habia dicho que era irnitil? 

— Pero hacer lo que nada cuesta, no es macho hacer. 

-^— Sin embargo.. . 

— Ha sido mi voluntad, sor Nicolasa. 

— Ubedezco, sefiora abadesa. Y mi amigase inclind para 
demostrarme que reconocia a su superiora. 



UM 8B0EXC08 »XL FUmiO. 181 

''EI medico ezamiD6 a la enferma con el mayor esmero; y 
Uam&ndome aparte me dijo: 

— No hai rem^dio: talvez no llegue a la noche, pero con 
segaridad no pasardL de ella; de consigaiente, todo medica- 
mehto es instil: d6le usted este calmante, que es cuanto se 
pnede bacer, no para que viva, sino para que sufra menos. 
Es indispensable que si tiene algp que disponer, lo haga 
cnanto iintes; no hai tiempo que perder. 

''C nan do volvi a la cabecera, mi amiga me pregunt6 con 
voz d^bil: 

— iQa^ es lo que te ha dicho el medico? 

— Lo mismo que tii creias, le contest^; porque me pare** 
ci6 instil y talvez, pernicioso el querer engafiar a aquella 
alma fuerte. 

— {CudLndo es el t^rmino probable? me volvi6 a pregun- 
tar, 

— Esta noche. 

— Se engafia: morir^ mafiana a las doce del dia, me con- 
test6. 

— ^C6mo lo sabes? 

— ^Tedgo un presentimiento4 

— {Las fil68ofas creen tambien en los presentimientost 

— Los afectos tienen su lei. 

— jQq^ relacion tienen los afectos con la muerte! 

—He amado. . • y el objeto de mi carifio muri6 a las doce 
del dia veinticuatro. . . y mafiana es esta fecha. 

— jHas amado? le pregunt^ con interes, 

— Esa es otra lei a la que nadie se escapa. . . de una ma- 
nera o de otra. 

— ^Y c6mo no me lo habias dicho? 

— ^Para qu^? 

'-•^Para haberte acompafiado a llorar y a querer al objeto 
de tu carino. 

— Gracias, amiga mia, y me mir6, sor Ursula, con una 
gratitud y una ternura indeoible. 



''£sa mirada me re vel6 ca&nta habia amado 7 cndnto ama- 
ba aan. 

— Ya que tomas tanto interes, me dijo, espero qne me 
hagas un servicio; y voi a hablarte largo sobre ^1, porqae 
en e-te momento me siento faerte. 

— No hai servicios entre nosotros, sino deberes; pideme 
lo qae quieras. 

— Alii en aqnella viejamaleta, rae dijo consa voz entera 
como 811 e^tuviera baen% hai nnos papelea y un retrato: 
guarda I08 primeros y leelos una vez que yo haya muerto; 
pero despues te encargo de hacer abrir mi fosa y colocar 
unos y otro al lado de mi corazon, para que se sepulte con* 
migo todo cuanto he amado, y que solo quede un recuerdo 
en la muerte de la amiga a quien mas he querido, para qqe, 
Guando pienses en Dios y eu nil, pienses tambfen en ^1. 

— Si, lo har^, te lo prometo; jno tienes otra cosa que pe- 
dirme? i^o tienes otra cosa que hacer antes de pasar a la 
eteroidad? 

— Te comprendo, jquieres que me coiifiese? 

— Degearia. 

— Es in&til, amiga mia. No son estos los momentos de 
prepararse para la otra vida. Es preciso haberse anticipado: 
este es el instante en que la obra debe entregarse concluida 
y no principiar en ella. Yo no soi partidaria de esos arre- 
peutimientos tardios. No nie;^o la bondad infinita de Dios, 
pero rae parece mui poco un moraento de dolor para repa- 
rar una vida llena de crimehes. Soi de opinion de vivir 
bien y morir a mi gusto: jl)e qu^ pueden valer estos 61 ti- 
mes momentos? QuS m^rito pueden tener para el Sefior 
estos inbtautes de lucha y de dolor fisico? No es ahora cuan* 
do debe comenzarse la cuenta, sino que debe tenerse ya he- 
cha, y yo la he prpparado desde mucho tiempo atra^ para 
no pensar en ella ahora que me aqueja la agonia. Ya que 
DO soi buena para nada, ni 6til para nadie, quiero disponer 
a mi antujo de estas cortas horas. He cerrado mis libroS| 



p ' 



VML PinBLO. fir 

estA heoho mi balance; tengo el derecho de descansar ya no 
es tiempo de abrir caenta naeva. Cod que ani, Ursula, no te 
empefies en llamarme un confesor; converaemoti. 

^'Yo estaba at6nita. Esta era para mi una doctrina nneva; 
7 lo que es mas, una doctrina qua me agradaba y que me 
oonvenia, sin que por esto dejara de e»tar perpleja, lo cual 
sin duda conoci6 Nicolasa. porque me dijo: 

— ^Tienes tus escr^pulos; no los estraflo, querida amiga; 
en tu Ingar talvez haria yo lo misrno; de conaigaiente, haz 
venir al confesor para que no digas que alguna vez he de- 
jado de ser complaciente. 

— Pero si esto te mortifica, no lo har^, le contest^, 

— Me agrada verte asi, me respondi6, porque es una prue- 
ba de que en tu pecho no se abrigan temores ni re^pecto a 
mi ni respecto a ti: la conHanza es la major prueba de la 
tranquilidad de la conciencia. Pero ya que habUmos del 
confesor, hazlo venir, es el tuyo y el mio; teadr^ mucho gus- 
to en despedirme de e^te antiguo y buen amigo. 

"Di 6rden de hacer llamar a mi confesor y orden4 tambien 
que las monjas se pasieran en oracion. 

"No rard6 en Uegar el anciano sacerdote y en cuanto lo 
yi6 sor Nicolasa, le tendi6~ familiarmente la mano, dici^n- 
dole: 

— Creia no haborlo visto mas, pero le debo a mi amiga 
la sefiora abadesa este servicio: 

-—{Me llama usted comp confesor o como amigo? pregun* 
t6 con agrado el digno presbitero. 

— [Inted sabe que nuuca he ocupado el primero y si mn* 
chas veces al segundo. 

— Asi es, hlja mia; pero podias quiz^ haber cambiado de 
ideas, y en ese caso • . . 

— No es este el momento de cambiar de ideas, porque 
para esto se necesitan argumentos y usted cone be que la 
raz m no puede estar mui despejada ahora; pero he queri* 
do oomplacer a mi amiga. 



To ertaba ftdminida^ son aumdo conoda las ideas de sor 
Nioolaaa, qae el director aoeptare tan C&dlmente tales opi- 
nionea y que nnaca le hubiera hablado de confesioa. 

^Fero el saoto sacerdote, como respondieado a lo qae pa- 
aaba por mi imajinacioii^ dijo: 

—La Tirtad no necesifca de esta o de la otra pr&ctica re- 
lijiosa, pnes es ana misma en todas las creencias y en coal- 
quiera de ellas tendrd sn premio. 

— Pero Ursala me ha hecho dar nn g^n paso, senor, rea- 
pondi6 Nicolasa y voi a morir acompanada de la imajen del 
Bedeotor. 

— Haces bien, bija mia, porqne la imajen del Redentor 
perteoece ya a mochas relijiones y con el tiempo las com- 
preaderd todas onificdndolas, pnea al fin no habrd mas qne 
nna sola (6 y una sola creencia: el amor al pr6jimo y la ado- 
racion a Dios por el espirita. 

'-^jQa^ hermoso colto! esclam6 la moribnnda. jCdmo se 
hermana con el corazon y con la intelijencia! 

— ^Los hombres se ban apartado de ^1; pero al fin lo re- 
coperar^o; y en pmeba de ello, sor Nicolasa, nsted ha Ue- 
gado casi al pindcalo: caando se tiene a Dios, no hai neeesi- 
dad del sacerdote. 

— Le doi las gracias, sefior, por haberme confortado en el 
41timo momento. La mision del sacerdote est^ complida, 
ahora mis Mtimos mementos son para mi amiga y para mis 
recuerdos • . . Adios. 

^Y sor Nicolasa estendi6 tn descamada mano a la arrnga- 
da del anciano, ni mas ni menot como qnien se dice: Hasta 
laego. 

''Mi director espiritual, con los ojos arrasados por sns es- 
casas Idgrimas, se hiQc6 ante el lecho, leyant6 sn vista hdcia 
el cielo y le ech6 sn bendicion al mismo tiempo qne mar- 
muraba las palabras de perdon y de misericordia con qne 
el confesor absaelve a sns penitentes; deslig&ndose en se- 
gaida casi imperceptiblemente, pues yo apenas not4 qae se 



urn HomoB in vuwtM. tSi 

habia marchado: tal era la absorcion de mi espfrita con la 
Boblimidad de aqael acto. 

— Ahora, amiga mia, me dijo sor Nicolasa, ya qae to he 
dado gasto sali^ndote con ta capricho, ea el que me has 
proporcionado un placer, paes me he despedido de ese dig* 
no padre a qaien he debido en macha parte la sanidad de 
mis principios, porqoe ^1 sabe adaptarse a todas las opinio* 
nes sacando el posible provecho de ellas, reservemos para 
nosotras los pocos minatos qae me quedan que estar contigo 
en la tierra, paes mas tarde, y no serd en macho tiempo^ 
nos aniremos en el cielo. 

"Acabando de decirme esto le vino otro v6mito de sangre) 
y caando el accidente habo patoado, me dijo: 

-^Gracias a Dios, creia qae^ra lo Altimd y lo sentia ver- 
daderameate, pon|ae desea^ ocaparme de ^l contigo. Saca 
los papeles y sa retrato, a£Ladi6, qaiero morir vi^ndolo y 
hablando de ^1. ^ ' ^ 

Trdeme tambien ta crucifijb milagroso: Jesucristo ha side 
todo amor y no se opone al amor, qae es sa lei, porqne 41 
fa6 el verdadero int6rprete de la lei de DioB. 

''Yo obedeci e hice cuanto me dijo. 

"Sor Kicolasa be86 al Siefior repetidas veces y lo dej6 al 
lado de sa cabecera. Ea segaida hssd el retratx) de sa aman- 
te o de sa marido, pues yo no sabia si era lo uno a lootro, 
y me lo pas6 a m( para qae hiciera lo mismo, dici6ndome: 

— B<38a a ta hermano en Jesacristo y a ta amigo, desde 
qae eres mi amiga; y ambos te bendeciremos desde el cielo^ 
porque ^1 ya no pertenece a este mando... 

"£dto9 recaerdos de an ser amado, esta consagracion a ^1 
en los postreros instantes de la vida, este desprendimiento 
absoloto de toda otra idea qae no faera su afecto, esta soli* 
daridad qae establecia entre sa amor a Dios y sa amor a nn 
hombre, parecerdn profanes a la jeneralidad, pero yo no he 
sentido jamas una impresion mas grande^ mas sabliane^ mat 
relijios^ y mas solemne., • 



Toda la noche pas^ a su ladoconvewando familiarmeate 
y dici^ndome lo mas (ntim j d-i s\x^ peaHamieotos sia oca- 
parse ya de la eternidad, siao ea lo que tenia relacion con 
BU maoera de ser actual. 

"Cuando lleg6 el dia me dijo: 

-^Cumple con tus deberes; pero no te olvides de vcnir 
antes de las doce: quiero morir vi^ndote y darte mi dltima 

despedida. 

'"Talvez jamas, ni aun en mi postrer trance, he orado con 
mas fervor y con mas satisfacciou que en ese dia; y sin pre- 
pararme de otra manera que con la oracion qae acababa de 
hacer, me crei digoa para acercarme a la Santa Mesa y ofre- 
cer a mi amiga el espirita d§t pios. 

'^Oaando volvf«a la ctslda^ 9on ^icolasa me dijo: 

— Estoi mai fatigada, pero Jtni pensamiento no me aban- 
dons: dame agua. 

^'Yo record^ el calmante del doctor y se lo di mezclado. 

"Qaed6se en noa especie d,e letargo y cnando vol vi6 en si, 
me tom6 de nna mano y me atrajo hdcia ella, diciSndome: 

— Ya apenas te veo; acSrcate, cample con mis encargos, 
toma el retrato y los papeles, haz lo qae te he dicho... dame 
tn dltimo abrazo... y pon el craci^jo en mi pecho... ya veo 
el cielo. • • Adios. . . 

»Y an lijero estremecimiento del caerpo me anuaoi6 que 
habia dejado de existir. 

" Yo me arrodill^ ante sa lecho teniendo ana de sas manes 
entre las mias; y sin dada me desmay^, paes caando volvi 
en mi me encontr^ en mi celda rodeada de la mayor parte 
de la comnnidad, la qae estaba moi afectada con mi acci^ 
dente, pues me habia granjeado el poco cariSo que, por lo 
regular, son capaces de sentir las monjas, paes no hai nada 
de mas egoista y de mas ^rido que las personas que han 
pasado la mayor parte de su vida encerradas en an cl&ns^ 
tro: esta ea ana observacion hecha por machos y confirma* 
da por ml 



"He cumplido, mi querida sobrina, con el encargo de mi 
hermana y bajo a la tamba tranqaila, a pesar de mis faltas, 
que ya Dios debe, sin dada, haberme perdonado desde el 
momento que me da tanta serenidad en el espfrita Ojald 
esta relacion de mi vida, escrita eeclasivamente para tf, te 
sea provechosa y te salve de los peligros y de las acechan- 
zas del mundo. 

"Yo no poedo decirte de qn^ manera debes obrar en la 
situacion en que te encuentraa y en que por nn error, pero 
un error lleno de nobleza y lleno de caridad, te coloc6 mi 
querida Juana. Ya sabes lo que fu^ conmigo el padre de tu 
marido y rara vez desmienten los hijos de sn orfjen; pero 
esto no es un imposible y te toca a ti el juzgarlo, pero juz* 
garlo sin preveociones, porque no tienes nada que bacer con 
la ^xistencia pasada de un hombre a quien yo he perdona- 
do desde bace mucbo tiempo y vuelvo a perdonar en mis 
liltimos momeatos; pues si be rasgado el velo que cubria 
mi vida, no ha sido para bacer recriminaciones, ni para sus* 
citar odios y menos aun para poner una barrera entre per- 
sonas ouidas ya eon el vinculo sagrado del matrimonio, sino 
dnicamente para preservarte, segun el deseo de mi hermana, 
que es la que te alumbrari y te inspirar^ desde los cieloa 

"Por lo que a ml respecta, te bago una sola siiplica ddn- 

dote este solo consejo: 'Terd )ua, hija mia, cualquiera que 

sea el mal que te hayan hecho; no tengas rencor ni ejerzas 

la menor venganza, y asi obrat ds como ha obrado el Sefior, 

y. tu moribunda tia te bendecirfi desde lo alto asi como te 

beadice en la tierra. 

Son Ursula. 

^*Te cohistituyo heredera de mi mayor tesoro, mi viejo 
crucifijo. No lo hagas componer, d6jalo en la misma actitud 
en que se encuentra; en ^1 depo^ito mi Ultimo aliento, y mi 
41tima siiplica es de que te sirva de protector en la vida." 



Marido J mnjer. 



La lectnra de esta carta hizo nna profanda impresion en 
Loisa. Todos aqaellos secretos que se le habian reservado 
durante tanto tiempo, estaban descabiertos en un solo ins- 
tante, y conocia ahora perfectam^^nte la razon qae habia de* 
terminado a sa madre para aoirla a Gaillermo, qnedando 
para siempre iotacta la repatacion de so hennana, cnyas 
fa]t&8, de otra manera, era mas que probable qoe se hobie- 
ran hecho pdblicas; porqae, ya qaiaiera anmentar la for* 
tana o ya conservar la qae tenia dona Porfira, tanto en 
nno como en otro caso, habria entablado nn jnicio, encon* 
trdndose Laisa sola e ignorante de las cosas y sin nadie que 
la gaiase, estando asi sin remedio perdida, circanstancia 
que habria aprovechado la madre de Gaillermo, que cono- 
cia el asunto y se hallaba en poseuon de alganos papeles 
qne lejitimaban los derechos del heredero de la difahta 
monja que ella habia sapnesto, y a quien mantenia ocnlta- 
mente, bajo el mismo nombre del nino mnerto, creyendo en 
realidad el sostituto que era hijo de an caballero y de nna 
monja y que llegaria a ser poseedor de nna fortuna consi- 
derable. 

Esta combinacioD, llevada a cabo por el marido de doff a 
Porfira, la habia contiDuado olla, sobornando a la dicha Ma- 
riana PoDce para la sostitucion de an niQo por otro; de ma- 
nera que la monja ignoro hasta macho tiempo lo socedido; 
7 solo vino a saber la verdad, caando recibi6 de la tia Anas- 



'I 
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urn nKmxros sil ruwmjx I9S 

tasia los papeles jastificativos de la mnerte de sn hijo, loa 
que le faeron entregados, no con el objeto de favorecerla a 
ella o a 8Q familia, sino con el fin de perder a Oaillermo, a 
quien odiaba la vieja matrona y de qoien qaeria a toda 
costa vengarse; y como este era uu medio casi inf»lible de 
despojarlo de la fortana que tenia usurpada, lo habia em- 
pleado como un mes antes de su proceso, para que en vista 
de este documento y de otros, reivindicasen sns derechoa 
los lejftimos herederos; pero aor Ursula, apreciando en su 
justo valor la importancia de aqnellos papeles, aunque no 
los habia trasmitido a su hermaaa ni la habia hablado una 
palabra sobre el particular por cierta delicadeza de sentU 
mientos, los conservaba cuidadosamente para hac^rselos en* 
tregar despues de sus dias, y que entonces pudiesen enta- 
blar el juicio sin consideracion a ella. Este cdlculo de sor 
Ursula habia quedado frustrado por la muerte anticipada 
de dofia Juana y el casamiento proyectado con Gaillermo, 
por lo cnal habia determinado destruir aquellos documen- 
tos antes de su muerte; pero la aparicion en sueQos de doQa 
Juana y lo que le habia dicho, obIig6 a la monja, no solo a 
remitir a su sobrina los papeles, sino tambien a hacer'e una 
relacion de su vida, cuya veracidad confirmaban los docu* 
mentos. 

IL 

Bien poca importancia daba Luisa a todas estas cuestio- 
lies de interes; pero ellas le reveUbanlos m^)vile3 que habian 
obrado sobre los iudividuos con quienes estaba en relacioo; 
y aun cuando creia a Gaillermo tan inocente como ella de 
todas estas intrigas, no podia menos de esperimentar por il 
cierto desapego o cierta repugnancia que le era imposible 
dominar, y que, mal de su grado, reaacia constantemente, 
a pesar de las delicadas atenciones de su maiido. 

Sumamente preocupada por la dificil sitnacion en que se 
•ncontraba, y abatida ademas por las pSrdidas que habia 



eeperimentado, estaba indecisa eobre 1o que debia hacer en 
el futaro, que ae le preaeotaba ooo na aspecto oscaro, ame- 
nazador y siniestro; y como uo ooDtaba oon otro consejero 
que sn maestro, toc6 la campaoilla, maDd&ndole decir qae 
deaeaba bablarle. 

No tard6 en aparecer el anciano, qae mir6 a Lnisa fija- 
mcnte antes qne le hab!ara para conocer lo que pa^ba en 
ella, descobriendo en el semb!aDte lo qne no le dijeron las 
palabras. 

— Padre mio, esclam6 LiUa al verlo, {c6mo adivina nsted 
las cosas? ^como sabia nsted el coKteoido de estn carta para 
haberla gaardado? Si habie:<e caido en manos de ellos jqa^ 
desgracia! & mas qae probable que no me la habrian en- 
tregado, qne nnnca hahiera coaocido la grande alma de mi 
tia! Pero aqaf hai aecretos e^pantosoa, qaerido maestro mio; 
yo no tenia idea de qne exi^tiese tanta mildad y de qne 
ann miserables interests hnmanos fnesen capaces de indncir 
a los hombres a tanta perfidia, a tan to horror! 

— ^T& miras al mando con los ojos de ta alma sin mancba 
y al traves del mas dorado prisma; pero la esperiencia del 
mal te har6 conocer la escelencia del bien. Tu aprecias y 
admiras la virtnd por instinto; pero para e^stimarla en sa 
jnsto valor es necesario profandizar hasta en los negros an- 
tros del vicio: las tioieblas nos hacen conocer el meiito^le 
la laz; si siempre vivi^ramos en la claridad. no tendrta &ta 
para nosotros precio algnno: las difereocias o los contrasbis 
realzan las cosa?, y de la comparacion es de donde nace la 
exactitnd del jnicio. T& has podido jozgar do la grandeza 
de alma de ta tia, porqae has visto la peqaeflez de otros; 
pero yo sabia cnanto ella valia, antes, mncho antes qne tii... 

— Eila tambien, maestro mio, hace en estas memorias ana 
reminif'.aencia honrosa de nsted. 

— jPobre yfctima! jCu^nto la he amado y cn&nto la he 
compadecidol 

— jUsted am6 a mi tial 



tM aCMMVOB DIL FUXSLO, '205 

—Si, bija mia, si; pero yo no era digno* 

— jTJ^ted no ser dignc!.. Y ese infaine... 

— No prosigae; no hablen a^-i de los muertoi Yo no tengo 
motivos para qaejarrae de ella, sino para apreciarla. Yo no 
debo^tampoco hablar de ^1: bastante mal le be hecho. 

— Lo 8^. 

— Si lo sabes no me lo repitas; ya vendri sobre mi el 
cast] go. 

— Pero nsted no lo ase8iQ6. 

— ^Qa6 otra cosa es un homicidio? 

-Hai gran diferencia. 

— ^La conozco; pero esto no impide qae he privado a un 
hombre de ver la luz del dia, cuando todo le presajiaba ona 
larga existencia. 

— Ese seria su destino. 

— Yo no soi fatalista, Laisa. 

— Entonces ese seria su castigo. 

— jQui^n sabe! Pero lo cierto es que mi conciencia no ha 
estado tan tranqnila. 

— Puede ser qufe la lectura de esta carta le quite a usted, 
no digo el remordimiento, pero hasta el peaar de haber co- 
metido esa accion que lo perturba y que lo entristece: jes 
acaso un crimen el matar a una viboi a? Lea usted, sefior. 

£1 solitario tuvo la carta eutre sus manos y principi6 
aqut^Ua lectara que corQeDz6 a interes^rle desde la primera 
pdjina; y a medida que proseguia, ?nas se animaba su fiso- 
nomia, hasta que no pudiendo contenerse, se le rodaron las 
Idgrimas, jias Idgrimas siempre escasas de un auciano y que 
no brotan sino en faerza de un sentimiento prv»fundot (Esas 
Idgrimas condensadas per el frio de los afiosi 

Luisa lo conteraplaba y lloraba tambien, porque recorria 
en su imaj^nacion los parajes que ella habia leido, signiendo 
con la vista la parte en que se encontraba el anciano, para 
calcolar si el efecto era an^logo al que ella babis^ esperi'^ 
mentado. 



£i3ta observacion es natural: ^eu&ntafl veces no le habr^ 
rocedido igoal cosa a naestros lectores? {Cointas veces no 
habrdn segoido con la vista a la persona qae estd leyendo 
la carta qae a ellos lea ha impresiooado? Uno qoiere cono- 
cer, quiere oomparar, qoiere ver si el efecto que ha produ- 
cido en ^1 es igQal|al que le prodnce al otro, y de aqof es de 
donde nace la coriosidad con que se ezamina la fisonomia 
ajena. 

Caando el solitario conclay6 sn lectnra, qTted6se doloro- 
samente pensativo, porqae el aspecto de sa semb^aDte re- 
velaba nna reflexion triste: qnizi pensaba en el tesoro qae 
•6 habia perdido en el clauatro, y en los sufrimientoa de 
aqnellas nataralezas privilejiadas que estaban llamadas para 
hacer en el mando sn propia felicidad y la ajeua, y qae po- 
dian haber sido fecondas en so dicha, mientras que habian 
eido est^riles en sn sofrimienio. 

Luisa lo interrumpi6 en sua refleziones, dici^udole: 

— {Tengo yo razoUy maestro mio? La carta que acaba de 
leer {oo ha disipado sus temores? juo ha destruido sus re- 
mordimientos? ^no le ha dado la seguriiad de que obr6 
bien? 

— Si, hija mia, hai macho en eata carta que justifica mi 
accion; empero, mis priocipios actuates, los priocipios naci- 
dos de mi reflexion, y mas que de mi reflexion, del Evanjelio 
7 de la moral de Cristo, siempre me condenan; y la carta 
misma me esti probando que he obrado mal, porque no he 
perdonado como debiera perdonar, como sor Ursula per* 
don6. 

— ^Tampoco tengo yo hiel en el alma ni quiero vengansas; 
pero, {no se debe acaso destruir el mal? 

-— Destruir el mal no es lo mismo que destruir a los hom- 
bres: para lo primero estamos autorizados y es nuestro de? 
ber, pero para 'lo segundo, cuando se han traspasado los 
limites, aun cuando se quiera volver atras, no se puede, pues 
ya estfi el acto c9n8amado, j contra an acto consumado no 



urn noBiiros db nriBU, ItT 

hai Incba, no hai argnmento, no hai lei: es preciso soportar 
las consecnencias de la accion cometida. 

El solitario entreg6 la carta a Luisa; 7 despaes de haber 
contecnplado detenidamente el retrato, esdamd: 

— jPobre mujer! jCudnto debe haber sufrido y de CQ&ntos 
modon! Traicionada per sn amante de una man era tan iufa« 
me! arrancadas de raiz sas esperanzas! burlado su idealismo! 
trastornadas 8Q9 ideas de virtud! vejada en sa diguidadi 
nltiajada en sa honor! persegaida y castigada! y sin cansa! 
I Ah! para haber llegado al grado de perfeccionamiento mo- 
ral a que pudo alcanzar, so necesita una alma tan fuerte 7 
recta como la suya y un amor infinito a Dios! Esto es lo que 
la ha salvado, esto es lo que al fin tra8form6 sus dolores en 
dichas, bus vej^menea en triunfos, sua humillaciones en glo* 
rias... Ya ves, Luisa, c6mo esta mujer fu^ superior a sus 
deegracias y venci6 a sus enemigos, llegando a ser mas felis 
que lo que hubiera sido en el mundo. {Y ih, hija mia, des- 
falleces cuando tus sufrimientos, si bien triste^ no tienen 
Ufida deaerhu! Auimo, Loisa, £nimo; no e8t& lejana la bo- 
nanza: tra3 la tempestad viene la calma y no dudes que al 
fia &p}:rect)^ para ti el iris de la felicidad. 

— Esa carta, entristeci^ndome, me ha fortalecido, sefion 
y ahora estoi mas dispuesta que antes para la lucha. 

— Asi me agrada verte, asi me gusta que pienses. 

-^{Q^^^^^ nsted que vayamos al convento a reclamar el 
tesoro qae mi tia me dej6 en herencia? 

— Con el mayor gusto, Luisa; estoi a tus 6rdenef. 

IlL 

La nave de la iglesia estaba completamente enlutada 7 el 
caddver de la abadesa, colocado en el feretro, alcanzdbase a 
percibir tras las rejas del coro. Algunas monjas estaban arro- 
dilladas a su alrededor 7 otras cantaban salmos. Un jentio 
inmenso salia y entraba a la nave para ir a contemplar los 



&ft8 LM nOKROS DIL PVOLOu 

despojos de la madre abadesa qne habia mnerto en olor de 
santidad. 

Luisa se arrodill6 lo roismo qne todos y ord largn rato, 
DO apartaodo sn vista on solo momeoto de aque la fi^ono- 
mia pdlida y serena qoe, aanque inanimada, parecia rtfiejar 
la gloria de que gozaba ya. 

De esta coutemplacion llena de triste encanto, fa^ arran- 
cada Luisa por el contacto de ana mano qne le toc6 soave- 
mente el hombro; volvi63e la j6ven y se encontr6 con un 
anciano sacerdote de cara dolce y melanc6Iica, que le dijo 
con una voz casi imperceptible: ^'Sigame." Lnisa obedeci6 
sin reflexionar y atraves6 la nave entrando en la sacristia. 
Gaando estuvieron solos se volvi6 h^cia ella el ministro del 
altar, y tomandole una mano, le dijo con dalzara: 

— S^ que usted es la sobrina y la heredera 6nica de la 
madre abadesa. 

— Sf, sefior; y yo p6 que usted fu^ su confesor. 

— Su amigo, sefiorita, mas bien que su confesor, p^rque 
era alma tan paracomo el cielo; no tenia culpa. 

— Conozco su bistoria. 

T—Ya lo 8^, porqae yo mi^mo fui el portador de esosplie- 
gos, cuyo contenido no ignoro. 

— ^Corao es, sefior, que los encontr^ a mi vuelta sobre mi 
velador, sin que los hubiera visto nadie? 

— No halldiDdola-a usted, a quien hubiera deseado ver, y 
sabiendo que estos papeles le debian ser entregados hoi 
misuio, segun s&plica de la abadesa, me valf de una anti* 
gna sirviente de la casa que posee toda mi confianza, pues 
era mi coufesada desde muchos afios. 

— jLa Anita? 

— 8f, la vieja Anita, que ha tenido el talento de perma- 
necer oculta, haciendo que nadie se fije en ella, y escon- 
dlendo su virtud coino f^u mas rico tesoro. 

— jEs posible! Todos la hemes tenido por medio idiota, y 
aun cuando todos la quieren, nadie le hacia caso. 



— Pues bien: ya sabe usted, hija mia, que tiene una alha- 
ja en esa idiota qne le ha servido ahora para ocultar estos 
papeles y ponerlos solo a su vista. 

— No lo olvidard 

— Ahora la he liamado, hija mia, porque he conaegaido 
que le acuerden el raro privilejio de penetrar hasta el core 
y que pueda usted abrazar a su tia. 

— jSefior! Qu^ felicidad! Cudnto se lo agradezco!.. . 

— Ya me lo 'figuraba. Tiene usted tambien que cobrar 
una herencia, ^no es verdad? 

— SI, el crucifijoque la acorapan6 en ?us 6ltimos momen- 
tos y en el que deposit6 su postrer aliento. 

--El mismo, hija mia. 

Una puerta se abfi6, apareciendo una monja que pre- 
gunt6: 

— ^Usted es la sefiorita Luisa Valdes? 

— Si, madre. 

— ^Le ha dicho el seilor... el especial favor que le ha side 
acordado? 

— Lo s^, madre, y lo agradezco. 

— Pase usted para dentro. 

Luisa penetr6 en aquellos sitios que estaban llenos de la 
presencia de su tia, en aquellos corredores que tantas ve- 
063 habria ella hollado con susplantas. Aquel era el mismo 
aire que ella habia respirado, las misraas flofes que habia 
visto, los mismos objetos que poco antes habria contempla- 
do; y todo esto hablaba al corazon y al entendiiiiiento de 
Luisa el triste lenguaje del recuerdo, la melanc6lica con- 
templacion de lo fujitivo de la vida huniana... 

Luisa penetr6 al fin al coro, siendo recibida por la prio- 
ra que la condujo hasta el feretro,- donde se arrodill6, per- 
maneciendo asi durante mucho tierapo con una de las ma- 
Dos de la abadesa entre las suyas. . . 

Las monjas miraban cob interes aquel cdadro. La bermo- 
8ura de Luisa y la sem^janisa que tenia con su tia, asi como 



Ia altiTes sencilla de sn porte y la tranquilidad reflenTE y 
triste de tns faccione?, cansaban respeto, admiracion y ca- 
riOo. 

Loifa Be leTaBt6 ein decir palabra, sin deiramar una sola 
Ugrima y sin ezhalar nn eclo sospiro, imprimi6 un prolon- 
gado beeo en la mann6rea f frente del cadArer, saliendo en 
segnida. 

La priora Yolvi6 a acompafiarla y la Il6v6 a la aolitaria 
celda de la abadesa para poner en sua manos el crncifijo. 

Todo en aqnella pieza intereeaba a la j6ven. £1 lecho en 
qae habia dormido y en qae habia recientemente eapirado, 
Ids Utiles de qne se babia servido, an libro de oracionea, los 
trajea que habia upado, la ailla en qne ae aentaba de prefe- 
rencia; en noa palabra, cnanto eziatia en aqnel dormitorio, 
cnanto ella babia tocado con ana manoa o mifado con ana 
ojoa, la atraia, baciendo mil y mil pregnntas a la priora ao- 
bre laa particolaridadea de la vida de an tia, aobre ana h&- 
bitoa, ana costumbres, ana ideas, ana palabraa, y per tUtimo, 
rogindole le concediera todoa aqnellos objetoa de ningan 
valor monetario, pero de mncho valor moral para ella. 

La moDJa le conte8t6: 

— No crea nsted, aefiorita, qne eataa coaas careeen de 
precio para noaotraa, aiDO qne lo tienen realmente en el mia- 
mo aentido que osted las estima: cada nno de estos objetos 
es nn recoerdo para laa monjas a la vez qne una reliqnia: 
porqne la sefiora abadesa, digna prelada de nneatro monaa- 
terio, era maa qne nra simple mnjer, pnes era nna verdade- 
ra santa, y noaotraa tenemoa en mncha valfa lo qne a ella 
ha pertenecido; y ann cnando deseamos satisfacer y agradar 
a nsted, sin embargo, debe considerar que se ha llevado la 
parte principal, el crncifijo, al qae afiadiri gnatoba nn libro 
de oracionea de an reverencia;| pero ^o demaa pertenece al 
conveato. 

T la moDJa pnao en manos de Lnisa aqnella otra reliqnia. 

— Comprendoi dijo ^sta, asi como aprecio debidamente 



SOI 

lo8 JQBtos motivos qae nstedei tienen para no desprendeno 
por completo de las cosas que pertenecieron a sa santa pre- 
lada, y de consigaiente, no insisto en mi solicitad; pero ja 
que no me ea posible obtener esto, espero de^a reverencia, 
ai no ea importano o contrario a las reglas derdaastro, que 
me permita visitar la antigaa celda qae ocap6 mi tia. 

La moDJa mir6 a Laisa, reflexion6 an instante, y no sin 
cierta vacilacion contest6 accedietido a lo que le pedia la 
•obrina y heredera de la abadesa. 

Despaes de machas vaeltas por aqaellos eapaciosos y so* 
litarios claastros, en los qae se veiaa alguno^ antigao^ caa 
dros de santos de mai poco m^rito, penetraron en el angosto 
y h&medo pasadizo que conducia a la celda qae durante lar- 
gos afios habia ocupado sor Ursula. 

Cuando la aristocr^tica nifia, acostumbrada desde su in- 
fancia a todas las comodidades de la vida, vi6 aqaella po- 
cilga en que le parecia que nunca habiera podido albergarse 
un ser humauo, se entristeci6 profandamente; pero a la tria- 
teza 8ucedi6i3e luego la admiracion y ese entnsiasmo que 
produce la virtud y que nos hacen esperimentar los heclioa 
Iier6ico9. Al lado de la cabecera, es decir, al lado de aque- 
Has tablas que habian sido su duro lecho por un largo espa- 
do de tiempo, lefaae un letrero, ya casi borrado, en la hd- 
meda y ennegrecida pared, que decia: ^Taciencia y confianza 
en Dios^^; y Luisa record6 en el acto que esas palabras 
eran las que le habia dicho sor Nicolasa a su tia desde el 
primer dia en que principi6 su proloogado martirio, y que 
sin duda sor Ursula habia grabado en la pared en esa mis* 
ma fecha para tenerlas siempre presente y que le sirvieran 
de consuelo en sus penas y tribulaciones. 

Luisa habia permanecido mas de dos horas en el interior 
del convento, pareci^ndole que hacia pocos minutos que 
acababa de Uegar, a tal punto le habia agradado o habia 
absorbido sus facultades aquella peregrinacion. 

Cuando yolvi6 a la nave de la iglesia, encontr6 al aolita* 



SOS S4M MUBAUI DSL mtBiUK 

no en compafiia del anciaop sacerdote oonVersando fami- 
liarmente, ni mas ni menos que si habieran aide antigaoa 
camaradas. 

Ambos anc^anos estaban aentados en el ditimo escafio y 
tambien para alios se habia deslizado el tiempo con mocha 
rapidez ^Qa^ era lo que se habian dicho, qu^ revelaciones se 
habian hecho en voz baja y en el interior del temple? jQai^n 
podia saberlo! Sin embargo, la aDimacion de sus rostros de- 
notaba lo importante de la conversacion que tenian; pero 
al ver aparecer a Luisa, se pararon, como quien dice: ''Esta- 
mos li*«to&;^' y la sigaieron hasta la paerta de la iglesia, don- 
de se par6 el sacerdote, demostrando que estaba obligado 
a quedarse. 

Luisa, al despedirae, le dijo: '^Espwo, senor^ que el que 
ha side director de la madre lo sea tambien de la hij^i y 
que en lo sucesivo nos favorezca nsted con su presencia.'' 

— Sefiorita^ contestd el hnmilde sacerdote; naestro deber 
es ir donde nos llaman y prestar ansilio al que nos lo pide; 
pero me temo mucho que no sea yo el que reciba el benefi- 
cio; mas, ya sea en un caso o en el otro, tendrS siempre uii 
placer verdadero en proloogar con la sobrina la amistad 
respetuosa y cristiana que tuve con la tia. 

El solitario y el sacerdote se abrazaron sin decirse pa- 
labra. 

— ;Este si que es un verdadero minintro de Dios! esclam6 
Lul^a, cuaudo el sacerdote hubo entrado nuevauiente al 
templo. 

— Asi es, hija mia, asi es, conte8t6 el solitario, guardando 
en seguida un profan Jo silencio hasta que llegarou a la casa, 
silencio que Luisa tampoco estaba dispueata a iuterruoipir, 
porque ella misma Uevabasu espiritu lleno de las suaves y 
recientes impresiones que acababa de esperimentan 



um WMWtQB 0tt n7ian.a SOS 



IV. 



GQillermo estperaba a 8U espo^a caando la vi6 Uegar en 
compafiia del solitario, trayendo entre sas brazos aa gran 
bulto envaelto en un pafio negro, 16 que le hizo decir: 

— ^Tienen algo de'fdaebre laa compras que haa hecho. 

— No 68 una compra, sino una herencia, lo que traigo 
aquf. 

— jUna herencia! Pero una herencia que se trasporta tan 
f&cilmente, no debe ser de mucho valor. 

— Para mf lo tiene; y tal es su valor, que no la daria por 
cuanto poseo. 

— jCa^pita, hijita! En tal caso es preciso que scan algunos 
ricos brillanted, porque la fortuna de nosotroa es mui consi- 
derable para cambiarla asl no mas. Por otra parte, si es una 
joya de precio tan fenomenal, ^p^^^ 4^^ traeria en un paSo 
negro que indudablemente apagar& su briilo y dismianir& 
8n valor? 

— Dej^monos de chanzas y de palabras equf vocas, res- 
pondi6 Luisa con meIanc6Iico acento: lo que traigo es el 
crucifijo que ha ac »nipafiado a mi tia durante su vida y du- 
rante su muerte, y del que me ha hecho una donacion 
formal. 

— Ya comprendo. ^Has estado en el monaeterio? 

—Si. 

— {Mucha jente habia? 

— Muchidima. 

-iPor qu^ no me prevenistes, que yo te habria acompa^ 
fiado? 

£n ese momento se reunia a ellos, en medio del espacioso 
patio, dufia Porfira, que vi^ndolos llegar, les 8ali6 al encuen- 
tro con esa curiosidad de mnjer que no las abandona ni aun 
en la vejez. > 

— Crel, dijo Luisa^ tespondiendo a la pregunta de su ma* 
ridO| que no te serta agradable semejaute visita. 



^^Jkm30 hm ido, Irijft aua^ mtermoiptd dirfia Porfira. 

— Al DUMiMterio de*. • 

La ouidre de GmllenDO te inoiiitA; p«fo disinmlando n 
tarbaeiao, dija: 

— * j^AllbD poerto A cuerpo de U abadfln m U ap«cte- 
don p4blica? 

^^U sefiors; ae distiogtiia datde h reja del oorou 

—-To hobiera ido a rer en noredad para mf, pnea nan* 
ca la be presenciado. 

— fie habria oated atrerido, eeSonf 

Dulla Porfira mir6 a Latea con eetratteza j oomo qneriendo 
descnbrir el sentido verdadero de aqnella interrogacioo, j 
en ti'giiida replied: 

— ^Y por qni no? 

«— »Nada maa, aefiora, que porqae son espeeticoloa trittea 
qne^ si^giin creo, no 9on de ra agrado. 

— ^Tienea razoo, repodo dofia Porfira, tranqnilizada por la 
f eapneata o interpretacion de Luiaa; no aoi partidaria de laa 
eoaaa triatea* 

-^T aobre todo de aqnellaa qae traen dertoa recnerdoa 
penoaoa 

'^iQai qnierea decir eon eaot eaclamd doSa Porfira real- 
mente alarmada, alarma que se habia comanicado al miamo 
Gaillermo; paea, como ae aabe, no era igaorante de mnchoa 
bechoa paaadoa. 

«— Qatero decir, aeDora, contest6 Luiaa con aerenidad y 
de nna manera casi iodiferente, ni maa ni menos qoe ai es- 
toviera hablando de coaas que no afectaban en lo menor a 
niDgono de los circanstantea; qoiero decir, qae eaos eapec- 
ticnioa noa hacen penaar en naeatro porvenir, moatrdLndonoa 
que a an vf z llegard tambien nueatra bora. 

Dofia Porfira y Gaillermo respiraron viendo qae Luiaa 
ae ocapaba de eaaa jeueralea refleziones que todo el maudo 
dice, que todo el maado pienaa, pero que a mui pocoa afi^cta. 

----T en fio, replied dofia Porfira con amabilidad y ya li* 



I 



£08 saoBifeot too, FOttiAi sol) 

bre de la preocupacion que la alarmaba; {te fa^ bien? {et- 
taba mui cambiada la sefiora abadesa? ^habia macha jente! 
Dicen que ha maerto con los honores de saata y laa beatas 
con en presurosas para^ver si les toca algan pedacito del 
hdbito. 

— Y yo entre ellas, sefiora, re8pondi6 con severidad Lui- 
ssr; yo entre ellas me hubiese considerado afortanada en te^ 
ner algan recuerdo de nna persona qae ha llenado sn mision 
sobre la tierra digaamente, noblemente, santamente. 

Dona Porfira conoci6 que habia ido demaaiado lejos; pero 
habia hablado asi por agradar a sa naera sabiSndola ezenta 
de preocnpaciones. 

Pero Gaillermo, mas astnto que sa madre, dijo a ^sta en 
tono de reproche: 

— La sefiora abadesa, tia de Luisa, era mui consideradai 
y con jnsticia, de todo el mundo^ Las virtudes que la ador- 
naban habian traspasado, a pesar de su escesiva modestia, 
las paredes del claustro, y por todas partes no se oia otra 
cosa que alabanzas; asi es que si la sociedad de Santiago ha 
ido en tropel a ver aus restos mortales, no ha sido inducida 
por la mera curiosidad, sino por la admiracion que arran- 
caba a todo el mundo, y nada mas justo que lo que dice mi 
esposa: que se habria considerado afortunada en [)oseer al- 
gan recaerdo de una persona que ha jlenado, de una mane- 
ra ejemplarmente evanj^lica, su mision en el mundo; pero 
en esto, madre mia, Luisa no ha sido sincefa, porque a ella 
le ha tocado la major prenda, heredando el mismo St^fior 
que la acompafi6 a la sefiora abadesa tanto en rida como en 
muerte. 

Luisa mir6 afectuosamente a su esposo, agradeci^ndole 
que hubiese sabido interpretar sus sentimientos fielmente, 
honrando a la vez la memoria de su respetada tia. 

Dofia Porfira di6 tambien la razon a su hijo, escusdndose 
con su cardcte^ lijero e inclinado a la mordacidad; pero que 
en el fondo decia elki era lo mas humana y Qompasi /a, si 

fOKO IT. %% 



S06 fiof natanoB dsl puxblo. 

bien Dn si es no es fil6^ofa; y agrej(f6 osto con la intencion 
drf atraersH al ^olitano y de cipurv-j Ii c>'ifiin/5\ Je Luisa 
que hasta eritonces se lubia comp Ttada con ella de una 
ma;nera politica pero circunspecta, irr.^prochable en cuanto 
a las exijencias del buen t uio pero glacial, como \o es este, 
qne por lo regular careee da esa franqueza y de esa expan- 
sion de sentimientos que atrae, farmando ei encanto de las 
relaciones entre nnos y otros. 

La couversacion de qne acabamos de dar cuenta al lector, 
principiada en el patio, se habla continnado en el pabellon 
de Luisa, pabellon qne no habia abandonado y qne conser- 
vaba como en los tienapos que conocemo-^, si bien con cierto 
pequefio abandono que indicaban las s^rias preocapaciones 
del espiritn de la j6ven, 

V. 

Gnillermo, qne habia formado sn plan de antemano para 
dar el nltimo golpe a Luisa a qaien consideraba, sino ren- 
dida, al menos mui pronta a serlo, tuvo que demorar la eje- 
cucion por algunos dias a causa de la mnerte de la tia qne, 
como era natural, debia sentir, reavivando el dolor qne le 
cansara la muerte de la madre. 

Gnillermo era, como se sabe, nn j6ven perfectamente 
edncado y de un tacto fino, diremos mas bien, esquisito para 
comprender y apreciar los diferentes caractere^^, las dife- 
rentes tendencias, los deseos y las aspiraciones distintas, en 
una palabra, las variadas delicadezas de la mnjer; asi es qne 
habia dejado pasar el tiempo del dolor, qne habia tratado 
de compatizar con ^1, que se habia mostrado hasta entonces 
con su mnjer atento, obsequioso, afable, rendido, pero ja- 
mas exijente; sin embargo, no dejaba de haber hecho sns 
insinuaciones veladas; y ya creia que era llegado el tiempo 
de obrar, porqne de otro modo podia caer en el peligro 
opuesto, es decir, podia su mujersuponer la indiferencia; y 
en ese caso todo estaba perdiio en una nataraleza escesiva* 



m'iDte sensible, po^tica y apasionada como la de Laisa; de 
jnanera que Gaillermo habia seguido el mejor camiao que 
se podia adoptar para triunfar de una majer de la delica« 
deza de ideas y de la delicadeza de sentimientos de sa 63* 
posa; pero ya temia haberse preseatado mas indiferente de 
lo que dcbiera; de modo que estaba resnelto a hacer efecti- 
vos de una vez los derechos de marido. 

Era uua noche de luna, una de esas noches que propia- 
mente pueden llamarse chilenas y esclnsivamente santia- 
guinas, porque Duestro apacible satSlite brillaba coq todo 
6u c'^pleudor, como brillau en nuestro dififauo cielo las es- 
trellas que pareceu dcsprendidas de sa azulado asiento y que 
por su hermosura invitan a la meditacion filos6fica y relijio- 
sa, a esa meditacion indefinida que no se comprende, que 
no se analiza, ni a la que tampoco se aspira, pero que sin 
embargo se siente, porque es un pensamiento vago, silen* 
cioso, superficial y profundo, suave y ardiente, apasionado 
y tranquilo: es como esa luz que nos alumbra, en que se en- 
vuelven y en quese confunden las inspiraciones vaporosas 
a la vez que entusiastas del poeta, los elevados pensamien- 
tos del filosofo, el ascetismo del creyente, la esperanza de los 
apasionados, la luna de miel de los esposos que ban contrail 
do un recieute y por esto agradable vfnculo. 

Nosotros preguntamos, a pesar del materialismo que nos 
invade, a pesar de esa consagracion constante hdcia la for* 
tuna que es toda la aspiracion del presente siglo, nosotros 
preguntamos: jcudl es el j6ven que no se ha sentido impre- 
sionado en algunos momentos de soledad y de reconcentra- 
cion sobre si mismo cuando el p^lido astro recorre los es- 
pacios del firmamento? jQai^n no ha sido influenciado por 
aquella luz? ^Qui^n no ha pensado en su amante? ^Qui^n no 
ha record ado los seres a quienes ha querido? jQui^n no ha 
fijado su vUtsi en los sepulcros? iQiiia no ha ido recorrien- 
do las horas de su ya pasada existencia? jQaiSn no piensa 
en el pasado y eu el porvenir? jQai^a no e^hoi una miraijla 



S#8 fioi noiiMi ML tvtUMk 

a la eternidad, al infinito? ^Qai^n no se arroba en la vagne- 
dad inmeDsa y oscnra de este todo qne nos es dado contem- 
plar sin jamas definir caando se mira al cielo y ve ala lana 
recorrer con veloz carrera el campo espacioso del firma- 
mento. 

Era, paes, una de esas nocbes de Inna, decimos, que Lni- 
sa, entregada a sns pensamientos y completamente absor- 
bida por sas ideas, no habia visto a Gaillermo, que se habia 
detenido a corta distancia y a la sombra de an drbol que 
ocultdndolo le permitia contemplar aqaella hermosfsima 
mnjer, cuyas gracias y cnya tristeza realzaban los p&lidos 
rayos de la Inna. 

En efecto, no parecia Lnisa an ser de este mundo: era 
mas bien una aparicion bellisima, una hada misteriosa j 
simpdtica, la hurl invisible y ehcantadora de aquel solitario 
paraiso donde ella yivia y a quien ella animaba con su pre- 
sencia; y a tal punto producia aquella ilusion, que Guiller- 
mo mismo creia encontrar mas monumental el elegante y 
sencillo pabellon, mas fragantes las Acres que lo rodeaban, 
mas suave y delicioso el aire que banaba aquel recinto. 

Luisa, sentada en una de esas poltronas de junco que nos 

vienen de la India, y vestida completamente de negro, te- 

' nia su cabeza neglijentemente reclinada en el respaldo de 

la silla, siguiendo sas grandes y rasgados ojos medio vela- 

dos por sus largas pestanas, el rdpido curso de la luna. 

Guillermo estaba absorto... era feliz .. y se gozaba en su 
dicha al considerarse ^nico daefio de aquel finjel, y lo que 
es mas que un ^ojel, de una inojer realmente'divina. Yo soi 
8u esposo, decia entre si mismo; ella me pertenece comple- 
tamente; no hai nada en el mundo que pueda separarnos. 
Ella con sus caricias me hard olvidar... jOlvidar! Y al pro- 
nunciar esta palahra, un pensamiento desgarrador debi6 
cruzar por su imajinacion, porque su semblante se alter6 
considerablemente, y esa contraccion nerviosa de sus faccio- 
nes represeut6 a la vez el miedo y el odio, la deaesperacioii 



IM 890BIT08 DKL FUXBLO; 309 

7 la esperanza que sin duda sentia Gaillermo en sa in- 
terior. 

Lnisa, dejando en ese mismo instante sn asiento, 86 arro* 
dill6, 7 con sus manos puestas sobre el pecho, como en acti* 
tnd de orar, esclaai6 con trUte acento: 

— Dios mio, protejedio, salvadlo, hacedlo dichoso, 7a qne 
70 no pnedo serlo! 

Gaillermo cre76 que aqaella esclamacion Re referia a ^I, 
qne aqutj'lla siplica ^ era por ^I, 7 corri6 Mcia Luisa, di- 
ci^ndole: 

— S >i dichoso, mni dichosd, alma mia! jC6mo pnede ser 
desgraciado an hombre a ta lado? jY qn^ penas no eres t& 
sola capaz de borrar por completo? Yo tengo mis pesares, 
es verdad, pero t& los destrairds, t4 los cambiards al fin en 
alegrias... Si, Lnisa, tii 7 Dios me sanardn! 

La sorpresa impidi6 a Laisa el contestar, le impidi6 has- 
ta el moverse 7 permanecer por algun tiempo en la misma 
actitad en que se encontraba, teniendo a su lado a Gailler- 
mo, qne se habia arrodillado como ella, apoder&ndose de 
una de sus manos. 

— ^Pensabas en mi, qnerida Lniaa, ^no es verdad? dijo el 
apasionado marido, llevando a sus labios la mano que tenia 
entre las 8n7as. 

Luisa la retir6 como asnstada, mir&ndolo con estrafieza. 

Guillermo atribu76 este movimiento a ese pudor instinti- 
vo de la mnjer a quien los primeros halagos le son hasta 
cierto pnnto penosos; por otra parte, ^1 creia, como 7a he- 
mes dicho, que habia dejado pasar demasiado tiempo sin 
exijir el cumplimiento de las obligaciones de esposa, de 
manera que podia' esperimentar algun despecho al ver su 
indiferencia; pero como habia resuelto probarle 7a de que, 
lejos de indiferencia sentia amor, sentia no solo el carifio 
del alma, no solo el aprecio 7 la admiracion, no solo el en- 
tusiasroo por su belieza moral, sino tambien el ardor de los 
aentidoB, el vebemente deseo del goce, la delicia de la pose- 



$10 Ml mcKmm dil wmuk 

sioD, que viene a completarse pop el raatrimonio, trat6 de 
mostrarse galante y de pedir rendido los iiltimos favorea. 

La persuasion de Gaillermo, como es facil de concebirlo, 
no la habia ni aun siquiera imajinado Luisa, y ajena por 
completo de los sentimientos qoe dominabaa a su marido, 
lo dejaba decir, ni mas ni menos como si no compreadiera 
la significacion de las palabras; y asi era en efecto, pues 
Lnisa oia un murmullo que no descifraba, voces cuya sig- 
nificacion no estaban a su alcance; sin embargo, no le agra- 
daban aquellas espresiones y se esquivaba por instinto de 
aquellos halagos que no eran del todo exijentes pero que 
cualquiera otra habria comprendido, porque revelaban en 
parte una intencion determinada, porqae a pesar del velo 
con que iban envaeltos, manifeataban un propdsito, un fin 
dcterminadb. 

Luisa, que no queria sin duda profanar aqnel sitio en que 
habia evocado a sus padres y a su tia, rogando talvez por 
su amante, dijo a su marido: 

— En este lagar solo me encuentro bien cnando estoi ais- 
lada, cuando no me ve nadie, cuando me recojo en mi inte- 
rior para pensar en los demas y pedirle a Dios por los seres 
que he amado y que continAo amando. 

— ^Y no es verdad que yo no era indiferente a tu ora- 
cion? 

— Te lo confieso: no he pensado en ti. 

— jY por qui^n decias entonces que lo protejiera y que 
lo sal vara Dios? 

— Por los de?graciados, por los que padecen... 

— jPero yo lo sot, Luisa! |Si supieras cu&nto he tenido 
que sufrir y cuanto sufro! Si conocierai^ mi vida desde hace 
algun tiempo, estoi seguro que me compndecerias! 

— Yo tengo compasion, amigo mio, dijo Luisa a'go enter- 
necida,fporque el acento de Gaillerrao era depg^uradqr; yo 
tengo siempre compasion por todos los que sutVen, pero en 
tl no veo motives para ese sufrimiento. T^i eres rico, eres 



urn ascnuBTot mo. FUXBLOii 31;L , 

conaiderado, ocnpas nn Ingar distingaido, tienes satisfecliaa 
todas tus uecesidade^, estds libre, completaraente libre, y 
puedes aspirar a las diguidades y a los honore-; imientraB 
que otros! .. Pero ya te he dicho: dejemos este lugar, que no 
quiero profanar con conversaciones estranas a mis senti- 
mientos, porque es aqui el sitio donde consagro a mis. re* 
cuerdos toda mi alma. 

Y Luisa se p3r6 y entr6 en su pabellon, a donde lasigui6 
Guillermo, sentaudoae en el mismo sofa que ella. 

El j6ven continu6: 

— Si tienes compasion de los que padecen, debes tenerla 
por mf. 

— Pero id posees cuanto puede apetecer el hombre mas 
exijente de este mundo. 

— Sin embargo, no tengo tu afecto, mi adorada esposa, y 
este es mi supremo bien! 

Guillermo creia lo contrario, pero se hacia el inocente para 
que Luisa le dijera: 'Te amo, amigo mio." 

Luisa, sin embargo, gaard6 silencio. 

— jNo me respondes? continuo Guillermo. Te he ofendido 
acaso? Dimelo y te pedir6 perdon de rodillas. 

— Creo que no me has ofendido nunca; pero aun cuando 
sucediera, no me costaria mucho perdonarte... 

Habia tal naturalidad en la palabra y en la espresion de 
la fisonomia de Luisa, al mismo tiempo que tan fria indife- 
rencia, que Guillermo la mir6 sorprendido y le pregunto: 

— ^Me habr^ equivocado? 

— Yo no 6^ sobre qu^ punto, amigo mio; creo que hasta 
ahora no hemos discutido ninguno. 

— jQu^! iNo hablaraos de nuestras relaciones? El vinculo 
que nos una es acnso insignificafite? 

— Segun la manera como se consider^. 

— jLuisa! ]\Ii qneridn Luis-j! esclamo Giiillermo, ('^lerapre 
con la |)er8nasion de cjue sa demora en declararse lo habia 
perjudicado, y que era ol rc^entimieato el que obraba en e^a 



majer, reflentimiento tanto mayor c lanto que ella dehia 
coDfriilpiaree hermosa, y por oin^^ioraieiit*? <li^fia de todc»8 
los arata mien tog y acree«lora a todsLs las maiiife«tacioDe«<,} 
yo U- amo, amiga mta, y no sido de ahom, siiio desde ma-, 
cho tiempo, desde machos a&u^, desle la primera vvz que 
tc vf . .. 

— Lo qne no teha impedido querer a raacba«, rj«pondi6 
Laisa con neglijencia. 

— Ah! mi adtirada espo^a, esos han sido meros pasatiem- 
poa, lijeros desearrios de la juventad. 

— Yo creia y creo todaria qae las afecciones no son ana 
coaa con qoe se jaeg»; qae el amor es an sentimiento santo 
y qae ana vez qae ae ha apoderado de nosotras debe Uenar 
entera y esclnsiyamente naeetra existenda. 

— ^Asi es, Laisa, y asi me sacede: yo no pienso mas qae 
en tf, no vivo sino en t{ y por tf.. . 

T Gailiermo, arrodillado delante de sa majer en ana ac- 
titad saplicante y apasionada, la miraba con ojos Uenos de 
faego, con ojos qae obligaron a Laisa a bajar los sayos. 

El marido se crey6 vencedor, pn^ el hecho de desviar 
la vista era ana prneba ineqafvoca de sa trianfo; al menos 
este era an signo infalible en concepto del Lovelace santia- 
gnino, y sa ciencia de sedactor, y de sedactor feliz, no po- 
dia engafiarse; asi es qae se abalanz6 hdcia ella en la fotima 
persaasion de qae estaba ganada la victoria, y trato de darla 
an beso. » 

Laisa de8vi6 sa cara, y pardndose de sa asiento, dijo a sa 
marido: 

— Caballero, yo creia qae se debiera tener con ana setlo- 
rita mayor respeto y mayores consideraciones. 

— ^Pero en qa^ te he faltado, injel mio? iPiensas qae an 
beso es de tanta trascendencia entre esposos? Pero ya se ve: 
como este es el primero, es mai nataral que te escases. 

— {El primerol No existir^ ni el primero ni el Ultimo, 
por<]lue no existirft niogano. 



LOS tmmmoM i^wl vwjom. SIS 

— jN'rignno! jninguno! dijo Gaillermo, abaadonando la 
poMcion ijae t^Dia y ruui sorprendido de las palabras qae 
h^bia protiuiiciado so mujer. iNingaao! repitid. jC6mo es 
esto, IrJH mia? 

— jCoin'*! Como usted lo ha oido, caballero. 

Y la voz, y el semblante y el adenaaa de Luisa erareanel- 
to, iinperativo, absoluto: se conocia una voluntad en^rjica, 
dtndidf*, invariable. 

La sorpresa de Gaillermo fu^ inmensa: caia desde los 
cielos a la tierra, del coLveocimieato al desengailo, de la 
persuasion intima y deliciosamente embriagadora de eer 
amado, al desconsuelo, al abismo doloroso de no serlo, y el 
de8pecho y la desesperacion se apoderaron de ^1, hasta el 
, punto de no encontrar nada que decir, nada que replicar, y 
cay6 en tierra como herido de un rayo: el rayo agudo, te- 
rrible y esterminador del remordimiento. 

En efecto, Guillermo, en aquel mismo momento, habia re- 
cordado, a Mercedes. .. Las dos linicas mujeres a quienea 
habia anaado en Ja vida lo despreciaban, y se habia visto 
obligado, para entrar en posesion de ambas, a hacer el mal; 
a la una le habia dado un narc6tico para conseguir una 
. victoria que era mas bien una derrota; y una derrota espan- 
tosa por 8U8 consecuencias fanestas; a la otra le habia dado 
su mano, la habia Uevado al altar, era su esposa delante de 
los hombrea y talvez delante de Dios, ;y lo repudiaba! j Y 
tenia solo el tftulo de marido sin tener la posesion, sin te* 
ner el goce, sin siquiera alcanzar la piedad que se debe a 
los desgraciados! 

Pero Guillermo, lamentdndose de su suerte, no considera- 
ba su culpa. Lloraba su desgracia, como le sucede a todo 
ser egoista, sin contemplar demasiado su orijen, y creia que 
debia tenerselt compasion por bus sofrimientos, cuando 61 
era el que habia sacrificado la inocencia. Sin embargo, el 
remordimiento habia hecho en 61 surcos es pantosos y con- 
tinuaba deegarrando su alma, y cada vez que recibia uno 



de estoft deseogafios, sa herida, rq profaoda, sa incurable 
herida^ vertiasangre como en el primer dia^ como en el mo* 
mento fatal en que la habia recibido. . . 

VI. 

Laisa, ignoranio de lo que pasaba en el interior de an 
marido, porqae no coaocia sas acto3, t^ivo compasion y se 
acerc6 a ^l pira leraatarlo, repreadi^adose a si mianna de 
sn dareza, ana caaado tenia el prop6dito de no transijir ja- 
mas, de no contrariar naoca la determinacion qne se habia 
formado desde ua'principio; es decir, qne obddeciendo asa 
madre no seria iafiel a sa amor, no traicionaria a Enriqne, 
J e&ta idea, concebida en an principio, U consolid6 la carta 
de sa tia, con la revelacion de ana vida tan Uena de dolo* 
res, cau-^ados principaltnente por el padre de nn hombre a 
qniea ella se en.K>ntraba fdtalmente nnida de an modo irre- 
mediable. 

Ynelto en si Gaillermo, encontr6 a Lnisa a sn lado, qne lo 
miraba con compasion prodig^ndole sas caidados, y le dijo 
con despecho: 

— Valiera mas qae me abandonases a mi snerte; soi des- 
graciado. ., moi desgraciado. 

— Ese es an titalo para mi, Gaillermo, y este hecho s61o 
basta para qae yo no te deje. 

— ^Entonces eres mia? 

— ^No estamos liga<los por un vlncnlo? Yo debo cnmplir 
la volantad de mi madre y creo an deber mio no abandonar 
a mi esposo. 

— Lui^h! Luisa! no me bagas concebir esperanzas. •• 

— jE^peranzih! jDeqae? 

— jDe qu^! jY me lo pregantas! 4N0 sabes qne te adore) 
— l^uede feer. 

— jCon qn^ indiferencia dices ese pvede aerl 

«"-Yo no sol dui^&a, amigo mio, de los sentimientos de los 



L08 mCBROB' DBZi WWBUK SIS 

demas, sido de los mios; pero dime: ^por qui padeces? jPor 
qxii sufr^s? 

— jPor qu6 padezco! ^Lo ignoras? 

— Corapletamente. 

— Ah! Padezco por... padezco porqne veo que no me 
amrs! 

' Y Gaillcrrao volvio a apoderarse de ana mano de Lnisa, 
que 6sta le abandon6 sin oponer resistencia. 

— iTienes algo que te isttormente a mals de lo Ultimo? 

Guillerroo mir6 a su mujer como espantado y queriendo 
leer en la fisonomia de Luisa el pensamiento que la ocupa- 
ba; pero se tranquilizo al ver aquella cara inj^nua que no 
revelaba ni la sombra de una sospecba, y le conte8t6: 

— Nada, nada mas que lo liltimo. 

— Yo no qaiero, Guillermo, exaaperarte; pero creo de mi 
deber ser franc^^, completamente franca. 

— jQue delicia, Luisa! La fracqueza entre marido y mu- 
jer es el lazo mas fuerte que el vinculo, es la prueba mas 
evidente del carino; con que agi, hija mia, habla: toda mi 
vida esta pendiente de tus hermosos labios. 

Luisa volvi6 a mirarlo con compasion y le apret6 lijera- 
mente la mano. 

Guillermo, sintiendo esta insinuacion, que, segun^l, era 
una manifestacion t^cita de carifio, repiti6: 

— Hibia, mi adorada, Luisa, y haz para siempre feliz a 
un desgraciado. 

— OjfilA pildiera, amigo mio. 

— ^Ten la segtiridad, tenia, Luisa, de que me hards di- 
choso, para sieltopre dichoso. 

— Sabea, Guillermo, que me haces sufiir? 

— jYo h icerte sufrir! ^Por qu^? jMo es-bastante mi amor? 
^,Q lieres (]ue te idolatre? Pues bien: iii eres mi delicia, mi 
D\o?y mi todo. 

La ilusion de Ber amado liabia vuelto loco a Gui- 
llermo. 



316 

Laisa se contavo; temi6 herir de maerte aqnel corazon y 
66 call6. 

— Prosigae, prosigae, hija mia; ten confianza en tn mari- 
do, en tn amante; prosigae como habias principiado; dime 
con franqaeza lo que sientes: dimelo, porqne de otra mane- 
ra sofrir^ lo que \ii no poedes imajinarte: teodrd dndaa. 

— La dnda, la incertidambre vale en algonaa ocMionea 
mad qae la realidad. 

— Nanca, nanca, Lnisa; 70 prefiero a todo ana sitnacion 
conocida, franca, aan cnando sea penosa. 

— Yo tambien aoi de la misma opinion. 

— |Y entonces! 

— Es que. . . 

— Hazme de una vez feliz o deagraciado. 

— Ni lo nno ni lo otro, amigo mio; pero podemos gosar 
de tranqnilidad, de paz, de armonia; es dedr qae podemos 
ser hasta cierto panto dichosos. 

— Lo seremos por complete, no lo dudes. 

— jPor complete! Yo no lo ser^ nunca. 

— Lo eer^s 7 mi gloria 7 mi dicha entera dependerin de 
la tu7a; porque 70 no podria ser feliz siendo tk desgraciada. 

— ]¥ sin embargo asi ser^! Pero tendr^ al menos la sa- 
tisfaccion de no haber contribuido en lo menor a la desgra- 
cia ajena. 

— Vamos, Luisa, esplicate de [una ve^ 7a eonoces mis 
sentimientos, habla. 

— Son esos mismos sentimientos los que me hacen cidlar. 

— lC6mo! jMi amor, mi adoracion te imponen silencio? 

— ^Esa es la verdad; ^quieres Gaillermo que seamos ami« 
gos 7 amigos para siempre? 

— |Lo dudas, hija mia! 

— Pues bien; no me ames. 

— jNo amarte! ]No amar a mi esposal )Qn4 as lo que me 
pides? 

— Lo que 07es, 



XM iSaMBOS DlL MliLOb Sl7 

— Pero esto es nn imposible; e^to e^ti en contra de la na. 
taraleza, en contra de mis afectos, en contra de mi deber. 
iC6mo qniel*e8 qne obre? 

— -Dejemos esta conversacion, G-aillermo; dej^mosla para 
otro dia. Ahora te encaentras demasiado exaltado, y temo... 
temo hacerte.mal... 

— ^No; qniero vivir o qniero^ morir en este momento: es 
indispensable que me digas lo que sientes, pnes estoi resnel- 
to a hacer efectivos hoi mismo mis derechos de esposo. 

Laisa compreadid lo qae significaban aqaellas palabras, 
7 se estremeci6; pero sa resolacion estaba tomada, y dijo a 
Gaillermo: 

—Jamas.., 

— {JamasI {Entonces no me amas? 

—No. 

— jY por qn6 te nniste a mi? 

— Por obediencia; pero aun podemos, si no vivir feliceSi 
al menos vivir tranqailos, Gnillermo: te he ofrecido mi 
amistad; ^la aceptas? 

— jTa amistad! ^Piensas qae yo estoi soHando? jCrees quo 
estoi loco? {Te figuras que soi un babieca? {Me tomas por 
nno de esos maridos fiiciles qne se prestan a todo? No; yo u6 
lo que me corresponde; yo s^ como debo de obrar. . . 

— Obra como quieras, contest6 Luisa con calma; yo tam- 
bien tengo mi determinacion y nadie me hard variar de 
el la. 

— jNadiel Advierte que soi el dueflo^ que soi el amo, que 
me debes obediencia, que puedo dispoaer de ti como se me 
antoje, porque la relijion, porque la iglesia, porque la socie- 
dad, porque las leyes divinas y humanas me autorizan, me 
dan la facultad de obrar y de obrar a mi antojo, de dispo- 
ner, en una palabra, de mi propiedad, pues la mujer esja 
esclava del marido. 

— No hai mas poder que la voluntad, respondi6 Luisa 
Bonri^ndose tristemente; y en seguida afiadid: pero, Guiller^ 



mo, DO te cz^Ues, no te estravie-i, sigae mi coasejo y vivi- 
remos tranquilos. 

— iK^ rimi carioso lo que td me propones! jA. qn4 ^i^ne 
a qnedar redaciJa entonces laaatoridad del miridol Yo no 
transijo: ea pr^H^Iso qae obedezcas, y obedecei^s. 

vn. 

En ese mismo inatante, y acabando Gaillermo de pronnn- 
ciar esaa palabra^, qae sin dada Uegaron hasta d(>na Por&ra, 
apareci6 ^sta en la babitacion de Laisa, con aire majestnoso 
y severe: era la diosa de la justicia, qae sin dada iba a pro- 
nnnciar el liltimo fallo. 

— Me gasta verloa a nstedes en rqlaciones tan intimas, 
hijosmios. jSer^ yo acaso importana? dijo dofia Porfira con- 
snltando el semblante de los dos esposos; y en segaida, como 
si hnbiera comprendido de lo qae se trataba, como si ba- 
biera adivinado la sitnacion en qae se encontraba sn hijo, 
afiadi6: 

— ^Me parece qae soi necesaria. Ustedes deben tener al- 
gnnas dificnltades y no hai como las madres para resolver- 
lasi, porqae nnestra esperiencia y nnestro cari&o todo lo 
allanan. 

— Hai cosas, sin embargo, sefiora, contest6 Laisa, en qae 
la intervencion es ineficaz, iniitil y qaizd perniciosa. 

DoBa Porfira francio el entrecefio y Gaillermo respondi6: 

— Mi madre tiene razon, y dobJemente razon cnando nos 
ocapamos de nn asonto qae, aan concerni^ndonos a noso- 
tros, le afecta tambien a ella. 

Y Gaillermo esplic6 a dona Porfira el estado de la dvsca* 
sion caando ella llegaba. 

DoSa Porfira refiexion6, mirando alternativamente a sn 
hijo y a sa naera, y en segaida dijo: 

— jCaestion de jovenes! Laego se allanard. No te apures, 
Gaillermo: las cosas vendr&n por si mismas. 



fM tl0inO6 DSL FUBLO. S19 

El carrain del rubor, y talvez ua sentimiento mas fuerte, 
sc pint6 instantAneam^nte en el semblaate de la pura y de- 
licada nifia, que contest6 en el acto: 

— He dicho, sefiora, que jamas^ y vuelvo a repetir lo 
mismo. 

— Yo conozco, hija mia, el corazon humano, agreg6 doQa 
Porfira, y s^ por esperiencia a lo que se reducea esos pro* 
p6sitos. 

— Usted conocerd, seBora, el corazon humano; pero pue- 
do asegurarle que no conoce el mio, porque bo equivoca 
completamente. 

Dona Porfira se sonri6, respondiendo estas dos palabras: 

— Ya veremos. Si tu marido sabe conducirse.,. 

— Yo le he ofrecido, senora, mi amistad, y vuelvo nueva- 
mente a hacerle la misma propnesta; de consiguiente, estoi 
persuadida que la falta estd en ^1 y no en ml. 

— Mi hijo hace mal en no aceptar*tu proposicion, porque 
lo otro vendr^ mas tarde... Pero yo no he visto seres mas 
tontos que los enamorados; y Gaillermo, como todos, paga 
sn tributo; mas al fin conseguir^ todo lo que quiera y todo 
aquello a que estd lejftimamente autorizado« 

— Creia, sefiora, que usted seria de mi opinion, porque 
entre las mujeres me parece que debe existir cierta afinidad 
de sentimientos, defandiendo una misma causa, cualesquiera 
que sean los accidentes que obran en nosotros. 

— Yo no conozco mas que una sola lei: la obediencia pa- 
siva a la voluntad del marido, pues a ella me he sometido 
siempre y a el'a creo que deben someterse las personas que 
quieran obrar con cordnra. 

— {Y cuando el marido no tiene razon tambien estamos 
obligadas a obedecer lo que &. manda, a acatar lo que ^i dice? 

— Una no debe juzgar, porque es mas fficil que nosotras 
nos equivoquemos que los bombres. 

-^Puede ser, sefiora^ pero habrd veces en que ellos seau 
los engafiados. 



MO 

— Sf, pero el major partido es Iiaeer lo qoe le dicen, por- 
qne asi se liberta do error. 

— *To no abdicard jamas de mi rason. 

— Te preparas entonces a machos sinsabores; porque, 
contrariando al marido, te contrarias a U misma, 7 es mas 
prndente ceder voluotariameote que ceder por la faerza, 
poes el marido tiene la autoridad, es el qae manda 7 de una 
manera o de otra hai que obedecerle. 

— Segno esto, sefiora, el matrimonio es la esclavitnd, 7 70 
no he nacido para ser sierva. 

— ^Una es siempre esclava de sos deberes, de sns obliga- 
clones, hija mia, 7 es preciso soportar el 7ngo: este es el rol 
de la majer, esta es la condicion en qne nos ha colocado 
Dios. 

— Bien triste es, senora, pero 70 no la acepto, o dird mas 
bien, no creo qne Dios nos ha7a dado ese destine. 

— Y no tan solo Dios, sino los hombres qae han inter- 
pretado sn voluntad, estableciendo Ie7e8 en conformidad a 
las prescripciones del Sefior. 

— {Las prescripciones del Sefior! ^Ha ordenado Dios qne 
la mnjer no sea digna? ^Ha qnerido qae sea solo an instrn- 
mento, un antdmata, an jagaete en manos del hombre? No, 
sefiora; 70 tengo ana creencia mai distinta respecto al rol 
de la mnjer: la qae esti Uamada para formar el corazon del 
hombre, debe ser digna; la qae lo condaee en los primeros 
pasos de la vida, debe ser libre; la qae lo acompafia en toda 
sa carrera, debe ser faerte; la qae es &rbitra de sos goces, 
debe ser indepeodieote; la que mitiga 7 eodolza sos sofri- 
mieotos, debe teoer volaotad propia, accioo pVopia, r^zon 
propia: el matrimonio no es la esclavitad, sioo la asociacion; 
no es la dependencia, sino la onion saota 7 feconda de dos 
intelijencias para formar ona sola intelijencia, de dos afectos 
para formar on solo afecto, de dos seres distintos que ^e com- 
pletan a si mismos para marcbar a on solo destino, a no solo 
fin, al fin 7 al destino para qae han sido creados: asi es como 



I 

70 concibo el matrimonio y asi me parece comb Dios debe 
haberlo establecido. 

*— jMui bien mareharia el mundo con esas teoriae! Qa^ 
union, qu^ 6rden, qu^ armonia existiria en el hogar si la 
mujer fuera indepeodiente y libre, si tuviera, como tii di- 
ces, volnntad propia, razon propia! ^No coinprendes, no vea 
que de esta saerte seria imposible la exiatencia de la fami- 
lia y aiiQ la existencia de la sociedad que se forma de ella? 

— a1 contrario, seSora, yo no paedo concebir 6rden, be- 
lleza, m oralidad, iotelijencia, dicha, goce, armonia, sin la 
libertad de la mujer; si le quita usted esa independencia, 
todo cae y el matrimonio se convierte en una prostitucion 
indigna que degrada al hombre, qae llegaria hasta degra- 
dar la especie. 

— Dej^monos de teprias y vamos a la prdlctica, dijo Gui- 
llermo, porque este ea el mnjor modo de cortar la cuestion: 
hace mas de dos meses, senora, qae somos casados y me 
parece un tiempo sobrado.. . 

— Bien dicho, bien dicho, esclam6 do5a Porfira, y me ei- 
trafia* macho que no hayas obrado como debieras. 

Luisa mir6 a la madre y al hijo con sorpreaa, con horror 
y hasta con repugnancia; pero dominandose, dijo con un 
aire de dignidad qae impuso a Guillermo: 

— Te he ofrecido mi amistad, Gaillermo; es lo iinico que 
puedo darte; ac^ptala por tu bien propio, pero no quieras 
ir mas adelante. 

— jTu amistad! Estd bien; ipero qui^n me impedir& lo 
demas? 

-— T6 mismo, amigo mio; ta propia dignidad te retendrd^ 

— jMi diguidad! ^Y pierdo acaso mi dignidad por exijir 
lo que u^e pertenece de derecho? 

— ^Qa^ es lo que te pertenece de derecho? 

— jLo ignorab! Pa^s sdbelo de una vez: lo que me perte- 
nece de derecho eres til. 

r-Y no tan solo es un derecho, interrumpid dofia Porfira, 



322 um iMnuROi pil fumbx/}. 

sine an precepto, hija mia, nn precepto de cuestra santa 
relijioD, que lo ordeua terminaDtemente a los esposos. 

Luisa casi no daba crSdito a lo qne oia, y tan ruborizada 
como escandalizada, se ocnlt6 el rostro. 

— Constltalo cuando qui eras, amiga mia, con tu confe- 
8or, y ver^s que lo qne te digo es la verdad, afiadi6 dofia 
Porfira. 

— Paes yo, repuso Luisa con enerjia, no acordarS nnnca 
tal derecho ni creer^ jamas en tal precepto. 

— Pues harias mal, porque sin que t& lo acordases pnede 
y debe tu marido tomarlo, y pecarias mortalmente faltando 
a un mandato de la Iglesia. 

— Yo creo, Guillermo, replied Luisa, sin mirar siquiera a 
dofia Porfira, porque le habia causado horror; yo creo que 
t& no participards de tales opiniones, a pesar de lo que has 
dicho, pues no puedo suponer que al menos no seas caballe- 
ro; y un caballero nujica obra en contra de la voluntad de 
una mujer, nunca la considera y se considera tan indigno, 
nunca la degrada y se degrada hasta ese punto, porque esa 
es uua exijencia que envuelve la corrupcion mas espantosa, 
la prostitucion, y no puedes td haber Uegado alii, ni puedes 
pensar ni exijir que yo llegue. 

Habia tanta dignidad, tanta entereza, tanta justicia en lo 
que decia Luisa, que Guillermo no reapondid palabra; pero 
dofia Porfira tom6 su defensa y atac6 a su nuera con vehe- 
mencia, reprochando a su hijo su pusil^nime condescen- 
dencia. 

Alentado Guillermo con la peroracion de su madre y cre- 
yendo a su mujer vencida, porque no habia contestado, se 
atrevi6 a decir: 

— Cede, Luisa, cede a la razon... cede a mi carifio... Yo 
no querria violentarte... Al fin ver&s como llegas a que- 
rerme ... 

---Jamas, porque amo a otro y me conservarS para el 
que amo tan pura de cuerpo como pura de espiritu^ 



Gaillermo y dofia Porfira quedaron aterrados; aqnella 
franqaeza de la vlrjen manifestaba la castidad y la fuerza de 
un alma superior, de un alma indomable. 

Pasado esta primera impresion, vino el faror. Los ojos de 
Gaillermo se inyectaron de sangre y esclam6 con una voz 
de traeno: 

— ]Me has engaSadoI {For qui te casaste conmig6 si ama- 
bas a otro? Pero yo te har<$ sufrir inmensamente; est^ en 
mi poder ... No le Uevar^ a ta amante esa pureza, no; yo 
te har^ ceder ... y si no cedes . . . har^ nso de la violencia... 
estoi en mi derecho ... me perteneces. 

— Y yo, dijo a su turno dofia Porfira, te despojar^ de 
toda la fortuna. .., s&betelo: yo soi la &nica daefia. .. yo. . « 
No desmientes de ta orijen, picarona. .. ta tia la monja, la 
Santa abadesa... 

— Basta de infamias, basta... Ahora mismo saldreis de 
esta casa, raza de viboras . . . ahora mismo . . . esclam6 Laisa 
Uena de justa indigoaeion. 

Dofia Porfira se 8onri6 desdefiosamente. 

Gaillermo se abalanz6 hdcia Laisa poseido de an vertigo 
espantoso: era ana furia en vez de an hombre. 

£1 solitario, apareciendo repentinamente en el caarto, con. 
tnvo a Gaillermo con an brazo vigoroso, y empaj&ndolo 
con violencia, le dijo: 

— Eres tan miserable y tan infame como tas padres. 

Gaillermo fa^ a caer a caatro pasos de diatancia, perma- 
neciendo alii sin levantarse. 

— jHas maerto a mi hijo! esclamo dofia Porfira faera de 
si, tratando de levantar a Gaillermo. 

- — Qui^n sabe, contest6 el solitario con ana serenidad im^ 
ponente: el qne mat6 al padre talvez ha sido conservado 
para matar al hijo. 

Dofia Porfira abri6 sds ojos desmesuradamente como qaien 
ve a an espectro, y apenas pronnncid esta 4nica espresion; 

— jUsted! 



324 

— ^Yo mismo, seSora: yo el antigao ooronel don Toribio 
de Gozmao, el amigo de Eduardo, del padre de Lnisa a 
qnien nstedes asesioaroD, pretendieodo ahora haoer lo mis- 
ISO con la bija. To conozco todas las infainiascometidas en- 
tonced y no permitire ni permitira Lai^a que se repitan, ya 
que ba tenido la magnanimiiad de no decirles a nstedes 
nada; pero e^pan'o de ana vez: Luisa estA en po9e>ion de 
todos los d6CQmento3 qaejastifican qae es ella la finica y 
lejitima beredera de toia la fortnaa por cnyo interes ban 
cometidu nstedes tantas infamias; y para que nsted se con- 
venza de la verdad, pnede abora mismo leer la carta de sor 
Ursnla recibida bace pocos dias y escrita en los 41timos 
momentos de esa santa mnjer, sacrificada por nstedes. 

El solitario dej6 de bablar, pero sin apartar sn vista de 
aqnel cnadro repagnante, paes las desco ipaestas facciones 
de Gaillermo no inspiraban compasion sino nn sentimiento 
distinto. 

Dofia Porfira, aunqae no babia perdido el sentido, estaba 
tanto o mas aterrada que sn bijo, y bnbiera preferido eien 
mil veces encontrarse en sn estado a tener qne mirar a 
aqnel anciano qae se le aparecia repentinamente como nn 
testigo de sns . faltas, como nn jnez Uamado para casti- 
garlas. 

Lnisa dijo al solitario: 

— Tonga nsted compasion de ese bombre y soc6rralo. 

Don Toribio de Guzman obedeci6 y se acerc6 pansada- 
mente al I agar en que se encontraba Gaillermo. 

Do&a Poifira, talvezinstintivamente, tral6 de cnbrir asu 
bijo con sa caerpo, temi^ndo que el qoe babia muerto a sn 
padre no hiciera otro tanto con el de^icendiente. 

Pero el solitario, comprendiendo los temofes de la ma- 
dre, le dijo: 

— Talvez valdria mas que muriera; pero me mandan sal- 
varlo y lo salvar^. 

Y sin esperar respuesta tom6 el pnlso al jdven, y aacando 



X08 SIOABSFOB DKL FUtBUk S2& 

de sxx^ grandes bolsillos una especie de cartera llena de pe- 
que5( 8 instrume^ntos, llam6 a Luisa dici^ndole: 

— Tiene una conjestioa cerebral: talvez moriria si no se 
sangrase; este es el unico y eficaz remedio. 

Dona Porfira volvi6 a m^rar al solitario, raui sorprendida 
de la calma y de la seguridad con que hablaba el anciano, 
en cuyas faccionns crey6 encontrar alguna sernejanza con el 
hombre que habia conocido en otra ^poca y en aqnella mis- 
ma casa. El eentimiento de madre se sobrepnso a todo; y a 
pesar de su temor y de su vergiienza, dijo al solitario: 
— Sdlvelo usted, senor. 

— ^Talvez hago un mal; pero yo no puedo ni debo dejar 
morir a nadie si estd en mi mano evitarlo« La jasticia de 
Dies obrarfi a su tiempo; ;y quien sabe si este no es su prin- 
cipio, porque la vida suele en algunas ocasiones ser mas pa- 
nosa que la muerte! 

E! anciano sangr6 a Gaillermo, que no tard6 mucbo en 
volver en si, mirando a su alrededor con esa curiosidad del 
que despierta de un profundo sueno y que trata de recono- 
cer el lugar donde se encuentra; pero apenas se dio cuenta 
de lo sucedido, apenas le vino el recuerdo de lo que habia 
hecho y dicho, que volvi6 a cerrar los ojos para no ver, sin 
duda, a las persooas con quienes se encontraba. 

El solitario contemplaba a Gaillermo y a su madre sin 
decir palabra. La fisonomia de este hombre era grave. Aque- 
lla tranquilidad en la mirada r^velaba la tranquila resolu- 
cion de su espiritu: era una de esas naturalezas que no va- 
cilan para decidirse, sino que conciben y ejecutan con la 
certidumbre del que tiene conciencia de sus actos. 

Un silencio profundo reinaba en aquel salon y todo era 
alii imponente. A la serenidad del anciano agreg&base la in- 
mobilidad de la madre y del hijo, y la actitud triste y re- 
fleziva de Luisa. 

El solitario dijo ftl fin, diriji^ndose a Guillermo y a doSa 
Porfira; 



m 

— ^Ustedes tienen en sa presencia al que d\6 muerte al 
marido j al padre; pneden la esposa y el bijo yengarse, con 
la segnridad de que no har^ nada para defenderme, sino que 
dejar^ que se cumpla en mf lo qne dice el Evanjelio. "Quien 
a cnchillo mata a cnchillo muere'^; pero no permitirS jamas 
qne se violente la volnntad de la hija de mi amigo Ednar- 
do, y qne se consume un matrimonio qne la natnraleza re- 
chaza y qne seria casi un crimen. . . 

— Hayamos, hnyamos de aquf, dijo GuiUermo a sn madre 
en voz baja y con tono snplicante; hnyamos, tengo miedo a 
este hombre, tengo miedo a todo. . . 

Dofia Forfira no se encontraba tampoco bien; sentfase, 
como nunca, d^bil y apocada: esperimentaba vac^os temo- 
res: no era la mnjer en^rjica de otras veces; pero respon- 
diendo en Ingar de sn hijo a la especie de reto qne le habia 
dirijido el anciano, esclamo: 

— Mi hijo no es un asesino y no es este el memento a pro- 
p68ito para tomar una determinacion; por otra parte, usted 
le acaba de salvar la vida. Hablaremos en otra ocasion. 

— Caando usted qniera, seflora; pero debo advertirle qne 
ya tampoco he sido asesino; y en cuanto a la vida de su 
hijo, no es a mi a quien tiene que agradecerla, sino a Luisa, 
IB, Luisa a quien ustedes han querido sacrificar, pero a quien 
no tocar^n uno solo de sus cabellos, a quien ya no har^n mal 
alguno! 

— ^No ha sido nuestro ^nimo sacrificarla, sefior, sino^ qne 
fnera feliz; asi lo pensd tambien su madre que contribuy6 
por mucho a este enlace. 

— Ya no es tiempo de engafios... La mdscara ha caido... 
Todo se sabe... Basta... Aqnl tiene usted la carta de sor Ur- 
sula; ISala en reposo y no dude que sacaremos todos algun 
provecho, porque se convenceri usted misma que sus exi- 
jencias son absurdas y no espondrdn a Luisa, por conve- 
niencia propia, a nuevos sinsabores y quiz&s a nuevas cat-^- 
trofes. 



urn. WBO E lTOi DIL FOSBLO^ 327 

Dofia Forfira no replic6, sino. qae hizo una reverencia y 
8a1i6 con su hijo. 

Coando quedaron solos, Lnisa dijoal anciano: 

— Estas son demasiadas emociones para ml. Me siento des* 
fallecer; y sin embargo, es preciso que conserve toda mi 
enerjia para la lacha, porqne no ceder^ jaraas. 

— Haces bien, hija mia; pero no creo que tengan ya pre- 
tensiones de ningun j6nero, porque lo perderian todo. 

— Pero pueden entablar un pleito; y si mi madre me sa- 
crific6 por conservar intacto el honor de su hermana, yo 
estoi dispuesta a hacer otro tanto. 

— Si tu madre hubiera tenido conocimiento de todo, no 
lo habria hecho, estoi seguro de ello; de consigAiente, sacri- 
fic&ndote td ahora, contrariarias, en vez de seguir, su vo- 
luntad. 

— No me he espresado bien: el sacrificio de que hablo no 
es absoluto, porque ninguna consideracion ni ningun interes 
me har& mudar de la resolucion que tengo formada y que 
Uevar^ a cabo; pero como la fortuna es el m6vil Unico 
que los ha hecho obrar, les dejar^ el goce de esa misma for- 
tuna que poseen y'por la que han cometido tantos erf menes, 
para que se retiren en paz y guarden un secreto que a ellos 
les conviene no revelar, porque de otra manera se perde- 
rian a si mismos. 

— ^Tu plan me parece bien; jpero c6mo tendr^ lugar se- 
mejante separacion sin que se aperciba de ella la sociedad, 
quedando espuestos a mil comentarios? 

— ^No s6, pero estoi resuelta a arrostrarlo todo antes que 
ceder a sus exijencias, antes que vivir bajo el mismo techo 
con jente como esta; y no crea, senor, que esperimento odio, 
no; pero es una cosa mas invencible que el odio la que 
siento. 

— ^Qu6 cosa, hija mia? 

— llepugnancia, sefior; y lo peor es que no puedo ven- 
cerme, que nace y est^ en mi a despecho de mi voluntad; y 



* 

reo qae esta diiiposieion en qae me encaentro se annienta- 
ria si permaneciefleo aqof, no pndiendo prefer hsRta donde 
Uegnria* Por otra parte, ^recnerda nsted lo qne le dije on 
dia de qae obedeciendo a mi madre eetia fiel a Enriqae? 

— Perfectacnente y lo oomprendo \o mismo. 

— Ya he camplido con lo primero, me faUa ahora liacer 
efectivo lo eegando; j para con^gair esto, es indispensable 
nna separacion aV>solota; porqne tengo miedo de esta jfote, 
y no 8^ por ({oS cau^ se me viene siempre a la memoria la 
desgracia de Mercedes. 

— 'fienes razon, dijo el solitario, despaes de haber refle- 
xionado nn rato. 

— ^Y es p^scisp qne esto se haga ahora mismo. 

— lY de qu& medida piensas valerte? 

— Voi a escribirle, sefior; y si esto no produce bnen efecs- 
to^ bnscaremos otro espediente. Gnando haya terminado mi 
carta se la leer^ a nsted. 

Y Luisa se sentd en sn escritorio y redact6 la signiente 
nota. 

VUL 

"^eDora dofia Porfira de. • • 

Sefiora: 

La lectnra qne debe nsted haber hecho de la carta de mi 
tia, los secretoa qao encierra esa carta, lo acontecido en nna 
^poca remota y lo sacedido hoi, los sentimientos de sn hijo 
y los mios, los inconvenientes con qne tendriamos que tro- 
pezar, los graves hechos que ponen entre nosotros nna ba- 
rrera iosnperable, todo, todo esto creo que debe de haberla 
inducido a pensar qae la union entre Guillermo y yo ea 
completamenle imposible. 

A cualquiera otra persona, sefiora, le hubiera hecho salir 
de los Ifmites de la moderacion el conocimiento de tanta 
maldad y de tanta perfidia, y habria roto sns relaciones de 



una manera estrepitosa, talvez de una raanera crdel; pero 
mi tia ha perdonado a 8Q raarido, la ha perdona^lo a usted; 
y yo tanibien debo perdonar y perdono; pero esto mi^mo 
je probHift qae nn determinacion es invariable y que nada 
en el raundo me pnede hacer cambiar de propdsito, porqne 
cuando decide )a refl xion y no k pasion, paede conhide- 
rai*se el paso daiio como una cosa resnelta y del que es im- 
poflible volveratras. 

No qniero bacer inonlpaciones de ningnn j^aero, y si 
pndieraolvidar enanto he sabido, lo haria con guato; pero 
este mismo deseo me obliga a escribirle para qae n^ted re 
flexione mas de lo qne debe haber reflexionado; y si la vida 
de mi tia no le ha snjerido la idea de ana separacion, espe* 
ro qne se la sujiera mi carta, hasta el pnnto de no atreverse 
nsted ni sn hijo ^ presentarse mas a mi vista. 

£1 iinico mdvil de todas sos acciones, seSora, desde sd 
marido hasta nsted y desde nsted hasta su hijo, ha sido el 
deseo de posesionarse de la fortnna de mi fdmilia, y este 
deseo, satisfecho en parte por medio de crimenes, pnede 
realizarse ahora por medio de nna concesion lejitima y has- 
ta de bnena volnntad y con pleno conocimiento de cansa. 

listed no ignora qne pneda entrar en el acto en posesion 
de todos mis bienes; que tengo en mi mano todos los docd- 
mentos qne comprneban la lejitimidad de mis derechos; 
qne la volnntad de mi tia es tan esplfcita como manifiesta; 
que me seria fi&cil y qniz^ provechoso para mis intereses el 
hacer p4hlicas las infamias cometidas; qne pnedoen nn caso 
dado annlar an matrimonio realizado solamente por com- 
placer la volnntad de una moribanda qne estaba tambien 
eugafiada, no habiendo tenido otra sancion qne la del sacer- 
dote, pnes Uegaria el caso qne me veria oblig^ida a re velar 
qae ningana lei es superior a mi volantad, ni nadie seria ca- 
paz de forzarmea vivir con el hijo de losasesinosde mi padre 
y de los defrandadore&i por no usar de otra espresion, de mi 
fortnna; pnedo, pnes sefiora, hacer valer (odo esto, y ua em* 



390 lot 

bargo, me he propuesto no hacer nada de ello en easo qne 
nsted acceda a lo qne Toi a proponerle. 

Primeramente dejo en poder de nsted y de an hijo todoa 
lo8 bienes de qne estiln actnalmente en posesion por el tdr- 
mino de sna dias. 

Segnndo: nstedes se comprometen a gnardar el mayor si- 
lencio aobre los aconteclmientos pasados y presentes, po- 
niendo en mis manos todas aqnellas piezaa qne pndieran, 
annqne de nna manera ilegal^ hacer aparecer en jnicio con 
algnna verosimilitnd de derecho. 

Tercero: el matrimonio legal y relijioso qne me nne apa* 
rentemente a sn hijo, pero qne nnnea me nnird en realidad, 
qneda completa annqne idcitamente disnelto, sin qne jamas 
jestionen sobre A. 

Cnarto: qne no intentardn hacer el menor mal a mi maes* 
tro y proteetor, el coronel don Toribio de Gnzman, cnales* 
qniera qne sean los acontecimientos qne p.aedan sobrevenir 
en el fntnro. 

T qninto: qne si nstedes faltaren a nna sola de estas esti- 
pnlaciones, la concesion qne les hago de tan considerable 
parte de mi fortnna, qnedaria por completo annlada. 

Ta ve nsted, sefiora, qne todo lo que exijo entra, pecn- 

niariament.e hablando, en sos intereses y no en los mios; 

pero pnedo decirle a nsted qne en esto no hago nn gran sa- 

crificio, porqne la fortnna para mi tiene menos valor qne la 

honra; sin embargo, no dejo de considerar qne la jeneralidad 

de las persojias la anteponen, oblig^ndome esto mismo a 

creer qne nsted no vacilar^ en aceptar mis condiciones. 

Sin mas 

LuiSA Valpbs ." 

Esta carta sees, qne era mas bien nn reproche que nn 
convenio, nna acusacion que nn contrato, obtuvo la aproba- 
cion del solitario y fa^ en el acto mandada a su destine. 

La contestacion no se dej6 esperar mncho tiempo y yenia 
concebida en estos t^rminos: 



^^SeOora dofia Luisa Yaldes. 

Sefiora : 

Sa nota me ha Uenado de sentimiento, pero veo en alia la 
justicia. 

Usted, sin embargo, ha hecho responsables a nnoa de las 
falta3 de otros: yo y mi hijo somos inocentes, pero nsted 
tiene hasta cierto pnnto razon en snponernos partfcipes de 
los actos de mi esposo; las apariencias nos condenan, pero 
mi hijo y yo pedimos perdon de nnestras faltas; y asi como 
nos han perdonado los muertos, espero qne nos perdonen 
los vivos, por cnya razon aceptamos con gratitud la bene* 
voleocia qne nos manifiesta. 

Si no faera por ciertas consideraciones sociales, nos ha* 
briamos despojado en el acto de nna fortnna qne he venido 
a convencerme de qne no nos pertecece; pero el haberla po« 
seido por tan largos a&os, el ser nsted eaposa de mi hijo 
ante la sodedad, y el no vernos, tanto nsted como nosotros, 
espnestos a las interpretaciones de distinto j^nero y no po- 
cas veces calumniosas de esa misma sociedad, me obligan a 
aceptarla tanto a nombre mio como al de mi hijo, pndiendo 
nsted estar segara qne gnardaremos relijiosamente las con- 
diciones qne nsted nos impone. 

Comprendo la delicadeza de sentimientos qne la animan, 
y veo qne talvez la hemes ofendido por esceso de carifio, 
por deseo de qne nnestras relaciones faeran mas Intimas; 
pero tambien comprendo ahora los inconvenientes qne se 
oponen, yno pnedo menos de reconocer lot jnstos motivos 
qne obran sobre nsted para no aceptar una nnion qne, ann- 
qne lejitima, social y relijiosamente hablando, no lo es, sin 
embargo, por el hecho; pero tengo la esperanza, y la alimen- 
to con gnsto de mi corazon, qne algnna vez llegne a reali- 
zarse o lleguen a desaparecer los inconvenientes qne nos se- 
paran, haci^ndome nn deber de empefiarme por medio de 
mis acciones fntnras, en borrar las cansas y los efectos que 



sss 

han motirado 7 que influyen de una manera inevitable en 
esta Ri>paracion que lamento pero qne no paedo roenos de 
considerar indiiipensable por las mismas razones qne nsted 
la considera, an n qne estas sean desdoroeas para mi y hono- 
raU^s para nsted. 

Sieoto verme obligada a hablarle oon eata politica, ajena 
de mi cnrifio; pero oecesaria en el estado de nnestras re'a- 
cioRpfi, pnes ya no me es dado poderle dar el titalo qaerido 
de hija qne tanto agradaba a mi corazon y qne hnbiera he« 
cho mi delicia y mi orgnllo; pero paede ser que liegne un 
tiempo en qne me sea dado tener esta satisfaccion inmensa; 
y mientras llega tan deseada ^poca, sfrvase nsted aceptar 
las consideraciones y la gratitnd eterna de sn mni atenta y 
agradecida servidora, 

FOSFIBA DS. .." 

Habiendo Lnisa leido la contestacion de la madre de sn 
marido, se la pa86 al anciano con cierto aire de desden, qne 
significaba sin dnda o qne no creia en el contenido o qne 
despreciaba tanta bajeza, tanta hnmillacion por conservar 
la fortnna como manifestaba aqnel escrito, en qne la codicia 
no era velada siqniera por el arte. 

£1 solitario recorri6 a sn tnrno aquellas pdjinas, y nna 
sonrisa de incrednlidad mezclada de barlona indiferencia 
apareci6 en sns labios, diciendo en segnida: 

*^La vibora no se atreverd a morder. 

— ^Tiene nsted entonces segnridad ^de lo qne dice esta 
carta? 

— S^ qne la fortnna pnede mncho en esas almas, y ten- 
drin miedo de esponerse a perderla. 

— Si es asi no es caro el precio a qne nno compra sa 
tranqnilidad y pone nn freno a la maledicencia. jSabe, maes- 
tro mio, qne siento nna delicia inmensa? 

— ^Por qn6j hija qnerida, cnando todo lo qne te sncede 
estriste? 



/' 



tM nOBSfOS DBL FU1BL0» SS8 

— Porqne me creo Hbre; porque puedo pensar en 41... por- 
qne me parece qae mi condacta la apruehan desde el cielo 
mis padros y mi tia; porqae trabajaremoi^ desde hoi mismo 
en libertar a Enrique... y ponjoe usted, y esto es nno de los 
princi pales motives, qneda exento de todo peligro, tal vez 
de todo pesar interior. 

— Tienes razon, Lnisa, y creo qne las Ultimas palabras de 
tn madre se realizar&D: '^espera/' dijo ella en e^^e snpremo 
momento en que sin duda ya veia con los ojos del alma. 

— Yo tambien tengo f(^, sefior, y siento que renace en ml 
la esperanza. 

Mientras Lnisa y el solitario se entretenian agradable- 
mente convefsando y combinando sus planes para salvar a 
Enrique, Guillermo y dofia Porfira, Ilenos de despecho y do 
impotente rabia, salian de aquella casa qae habian creido 
apropiarse, para no volver a entrar nanca en ella. 



tmm^i^mmmmmmmmmmmmmmmmmifm 



if: 



La fuga. 



I 



La vida hnmana ea ana traDsicioa coastante y sucesiva 
de nn seDtimiento a otro sentimiento, de an afecto a otro 
afecto, de una idea a otra idea, de na hecho a otro hecho, 
eslabondndose asi el pensamiento de ayer con el peDsa- 
miento de hoi para enjendrar el pensamiento de mafiana: 
y este mismo encadenamiento que existe en el 6rden moral 
existe tambien en el 6rden ffsica Todo se sacede, todo se 
trasforma, todo varia para llenar el fin de la creacion, qne 
es la armonia, la vida el progreso. 

Luisa habia, lo mismo qne los demas seres, esperimenta- 
do y pasado de una impresion a otra impresion. Despues 
de los deliciosos dias de San Jorje al lado de su amante, 
mas deliciosos todaria por la incerttdumbre que lleva con- 
sigo el divino estimulante de la esperanza, se habian suce- 
dido la caida de Mercedes, la separaeion instant^nea de 
Enrique, su casamiento con Gaillermo, la violeocia que ha- 
bia tenido que hacerse a si misma, la muerte de su madre 
y de su tia, la declaracion insultante de su marido y de su 
suegra, que la habian ofendido en su delicadeza de mujer, 
en su elevacion de pensadora, en su espiritualidad de vlrjen. 
Despues de tantos dolores para tan pocas alegrias, yolvia 
otra vez a despejarse el horizonte, y aunque lleno todavia 
de tinieblas, distinguia en lontananza una d^bil luz que la 
alumbraria en el camino, que la guiaria en la marcha: esta 



d^il las ore el pensamiento de salvar a Enrique, pensa- 
miento que embriagaba todo sn ser, que la trasportaba 
al Eden misterioso de un porvenir desconocido, pero lleno 
del perfume de la virtud y de las dolces emociones que es- 
perimentaria Enrique al saber que era ella quien se habia 
ocnpado de su vida, quien le habia dado su libertad... y esas 
emociones las sentia ahora Luisa, gozando anticipadameute 
de lo que debia gozar Enrique, porque ella estaba resuelta 
a confesarle su amor, a decirle que solo habia cedido al im* 
perio del deber, pero que siempre habia sido digna de 61 y 
que el sacrifido mismo que se habia visto obligada a prac- 
ticar era una prueba incontestable de aquel desprendi- 
miento, de aquella heroicidad que necesitan los grandes 
afectos, las grandes pasiones, las grandes virtudes. 

Y Luisa se decia a &i misma: ^^Es imposible que ^1 no 
comprecda esto, que ^1 no aprecie esto, y que no me ame 
de la misma manera que yo le amo." 

Mecida la imajinacion de la j6ven patriciacon tan seduc- 
toras ilusiones, se dispuso en compafiia del solitario a obrar 
inmediatamente, y al otro dia se diriji6 a casa de sus 
princi pales conocidos, quedando de juntarse con su maestro 
a la hora de la comida para comunicarse lo que hubieran 
obtenido de favorable, ponidndose asi de acuerdo para 
obrar en lo sucesivo. 

Don Tori bio de Guzman, empero, no tenia ya amigos; 
pues, o habian bajado al sepulcro, o sin duda lo habrian ol- 
vidado los pocos que aun podian existir de esa ^poca, de 
manera que no sabia a quidn ni d6nde dirijirse, siendo un 
estranjero en Santiago, antiguo lugar de su residencia y en 
el que habia brillado en otras ocasiones. 

Por otra parte, su condenacion a muerte debia subsistir 
siempre, agravando la pena la faga de la capilla, que habia 
burlado el fallo de sus jueces; de manera que no solo care- 
cia de inflaeacias que poner en juego, sino que corria el 
riesgo de perder hasta su libertad, y por consiguiente dt 



SSS iM M ca u wo g ML nnBBAi 

poder servir de apoyo a Luisa en las crfticas circaiistanciat 
en que se encontraba, teniSndolo eamamente preocnpado 
estaB cavilaciones de sn e8]:<irita. 

De repente pas6 por an imajinacion nna idea fajitiva, 
pero qne pooo a poco (a4 tomando for mas, hasta que se de* 
cidi6 a adoptarla y convertirla en proy-tcto, e inmediata- 
njente se fu^ a aoa sastreria, coaipr6 uti traje negro, afeit6 
an blaoca barba, que lo habia acomp^fiado durante tantos 
a&os, ddadole el aspecto mas venerable, a^^pecto que habia 
contribuido tambieri no poco a su reputacion de brujo y 
al respeto supersticioso de que gozaba entre los campesinos 
de la hacieuda de San Jorje; pero si lo privaba de las pre- 
rogativas de la aocianidad, habia esta sola operaciun reja- 
veoeciJolo de veinte afios, quedando ^l mismo sorpren- 
dido, despues de concluido sa tooado, de encontrarse tan 
mozo. 

Por mucho tiempo que nn hombre de mundo haya pasa- 
do en el campo y Uevado esa vida ruda y salvaje del de- 
aierto, nunca pierde sns buenos modales, ese no si qvA de 
buen tono, que, a despecho del traje, se distingue, y que 
jamas o rara voz adquiere nn parvenu; ese no si qui, deci- 
moB, del hombre que ha rolado siempre en la aha sociedad, 
no habia abandonado al solitario, a pesar de su larga sepa- 
l*acion del mundo, no encontrfindose embarazado con su 
nuevo y elegante aunque serero traje. 

La idea nueva que habia crnzado por la imajinacion de 
aquel hombre era por demas sencilla. Don Toribio de Guz- 
man pen^6 que el j6ven que acababa de subir al primer 
puesto de la nacion, debia, por cAlcuIo y por sentimiento 
propio, estar dispuesto a ejecutar actos jenerosos que le 
graiijearan buen nombre entre sns conciudadano:?, y a mas 
la aatisfaccion interior de poder ser y de seren efecto, mag. 
nAuimo; y en consecuencia se encanun6 al palacio de la mo- 
ne da a presentarse ante don Manuel Montt, que hacia jjocos 
4as habia escalade el paeato que mas tarde debiera costar* 



\e tantas amargaraa 7 a la uacioa tanta sangre y tantos sa- 
crificios (1). 

El j6veQ presidente estaba sentado en sa despacho, en el 
mismo salon qiie habia sarvido a su antecesor el jeneral 
Balnes, cuando se hizo ananciar don Toribio de Guzman con 
8Q nombre y con su titulo. 

El presidente Montt, cuya vida no habia sido estr^^fia a 
los aconteciiiiientos poHticos, aunque no hubieran figurado 
en an ^poca^ record6 en el acto toda^ las circunstancias de 
aquel ruidoso proceso y de aquella ruidosa faga, que habia 
ocnpado per mucho tiempo a la sociedad entera de Santia- 
go, con mas, la particalaridad de que no se habia vuelto a 
aaber nada del paradero del coronel; asi es que tanto por 
curiosidad corao porque creia importante aquella visita, or- 
den6 de hacerlo introducir en el acto. 

La mirada sagaz y penetrante del j6ven presidente, esa 
mirada acoatumbradaadescifrar los secretos del corazon por 
los rapgos de la fisonomia, se clav6 serena y al parecer im- 
pasible en las varoniles facciones del antiguo guerrero y en 
su porte noble y desenvuelto, que anunciaba resolucion, 
franqueza e hidalguia a la vez, y no pudo menos de sentirse 
impresionado favorablemente por aquel hombre, de manera 
que lo recibi6 con agrado aunque con cierta reserva pecu* 
liar a su car&cter y propia en aquellas circunstancias y con 
aquel personaje estrano, que aparecia de un improvise des- 
pues de una ausencia tan larga. 

El presidente, ofreci^ndble una silla para que se sentarA, 
le dijo con esa amabilidad un poco terca que lo caracteriza 
todavia y que ha tenido quiza siempre. 

— Creia que el seHor coronel don Toribio de Guzman ya 
no existia. 

(1) iDlos qmera que no se repitan en nuestro pale eseenas como esta! Que no haya 
tin hombre que ftuba al poder en medio de la sangre! Que se avergiieneen de las can* 
didaturas oficiales y no las aoepten jamast Que sepan imitar el ejemplo del seflor don 
Antonio Varas, por honra propia, por deooro propio, por elevacioa propia, asi como 
por el engrandeclmiento, por el progreso y por la llbertad del pais! 



— Su escelencia no paede haber conocido al coronel 
GozmaD. 

— No personalmente, ea verdad, pero los h^roe^ de la in- 
dependencia nanca se olvidan en el corason de an chileno. 
Por otra parte, usted tuvo un proceso rnidoso a congecaen- 
cia del cual fa^ usted borrado del escalafon del ej^rcito. 

— No es esto solo, sino que 8. E. no debe tampoco igno- 
rar que ful sentenciado a muerte y que el fallo de mis jue- 
ces no se cumpli6. 

— Es verdad; usted se fag6 de capilla, lo qua tambien 
hizo mucho ruido. Recuerdo haber leido todo esto en los pe- 
ri6dicos de aquel tiempo; pero ^qu^ es lo que usted solicit a, 
senor? 

— Vengo a cumpUr mi sentencia de entonces y a pedir 
un favor por mis servicios. 

— No comprendo, senor. 

— S. E. ha tenido a bien recordar que he sido uno de los 
41timo3 soldados, no de log primeros, como 8. B. supone, 
que ha derramado su sangre en favor de la independencia 
de nueetro pais, y en virtud de esta accion, si es que exist© 
algun m^rito en cumplir con su deber de ciudadano y de 
militar, vengo a implorar de S. E. una gracia. 

— ^La de su vida, la de su perdon, la de sa grado? Todo 
lo tiene usted, senor coronel, concedido en el acto. 

Don Toribio de Guzman hizo una jenuflexion y di6 las 
giacias al presidente, afiadiendo: 

— Nada de esto, senor, es lo que solicito, porque estoi 
dispuesto a que se ejecute la antigua sentencia; que por lo 
que hace a mi grado, ya he renunciado a ^l desde muchos 
aSo5). 

— iPero qu6 cosa de mayor interes que la vida, que los 
honores y que la fortuna desea usted? Porqoe, cr^amelo, 
sefior Guzman, yo estoi dispuesto, no dir^ a concederle lo 
primero, pue3 usted lo obtendria ahora fficilmente y no ha- 
bria un solo tribunal que se atreviese a poner en ejecucion 



aqaella gentencia, sino que le acaerdo desde laego lo se- 
gundo y todo el tiempo trascurrido le serd a usted de abo- 
no, lo que, como he dicho antes, importa una fortuna, y una 
fortuna considerable. 

— He dicho a S. E. que he renunciado desde mucho tiem- 
po atras a todas esas consideraciones que tanto influyen ao- 
bre la jeneralidad de los hombres; pero en cambio de todo 
cuanto S. E. ine ofrece y en cambio de los servicioa que he 
prestado a mi pais, quiero quo S. E. acceda a una s^plica. 
— ^Cudl es esa s^plica? 

—Que S. E. d^ la libertad a un j6ven. y 

— iPor que falta o por qu^ crimen estA detenida la per- 
sona por quien usted se interesa, seflor de Oazman? Pues 
aun cuando no tengo nada que hacer, como usted debe sa- 
berlo, en el poder judicial, sin embargo, prometo a usted 
interponer en su favor mi influencia. 

—No hai crimen ninguno y quizi no hai falta, seflor, en 
el acto coraetido por el individuo, pnes es un simple reo po- 
litico. 

— jReo politicul 

— Si, senor; es ua j6ven que tom6 cartas en el complot 
del veinte de abril. 

— jUn revolucionario! jMe admira, senor de Guzman, que 
siendo usted un hombre de esperiencia, que debe estar siem- 
pre de parte de la autoridad; que sabiendo ademas cu&ntaa 
desgracias y cxiinta perturbacion en el pais no acarrem esos 
motines, se atreva usted a pedirme la libertad de uno dt 
esos conspiradores! Yo faltaria a mis deberes, seBor, si acce- 
diese a su siiplica, y creo que usted por si mismo no-me exi- 
jird tal cosa. 

— Seiior, yo conozco al individuo y s^ que es incapaz de 
faltar y menos aun de cometer un crimen. 

— No pretendo hablar de criaaenes, senor de Guzman, y 
paede la persona de que usted me habia ser mui honorable: 
perarazones de estado, razones que me es imposible desa-** 



94# XM ocmxtos dil ipviftijo. 

tender en mi calidad de jefe de la nacion, me obligan, a 
despecho de mi volnntad, a no complacer a nsted como 
en realidad lo deseo. 

— Paedo asegarar a 8. E. que el joven por quien impe- 
tro la magnanimidad de S. E. debe haber sido alucinado j 
engafiado. 

— jY qui^n me asegara que no continuari si^ndolo? lis- 
ted concibe que yo no puedo prestar armas en contra de 
mi mismo. Esta consideracion no me importaria mucho 
81 se tratase linicamente de mi persona; pero estoi obligado 
a velar por la tranqoilidad del pais^ j en este caso &nico, 
dispense usted que no ti;{tnsija. 

— Sefior, desde luego me ofrezco a S. E. en garantiia, ase- 
gunCndole que no se meterA mas en polftica. 

— Su garantia, sefior de Guzman, vendria a ser ilusoria; 
porque ^qui^n se atreveria a hacer efectiva la responsabili- 
dad con un hombre de sus m^ritos y de sus antecedentea! 
Pero veamos: jcudl es el nombre de la persona? 

— Enrique Lopez. 

— jEnrique Lopez! jAve Maria, sefior de Guzman! jEn- 
rique Lopez! Nuestro mas encarnizado, sagaz y valiente 
enemigo! 

— jC6mo, sefior! 

— Lo que usted oye, sefior de Guzman. 

— Debe haber un equivoco, Excmo. sefior. 

— ^No hai equivoco ninguno; y ahora recuerdo: este j6ven 
debe gozar de grande influencia, pues, independiente de su 
empefio, ha contado ya con padrinos poderosos con los cua- 
les he tenido que luchar, pues he tenido empefios haata de 
mis propios ministros. 

— y sin embargo, sefior, no es otra cosa que un simple 
artesano y completamente bueno e inofensivo como su 
padre. 

— En fin, sefior coronel, yo ver^ la cosa, y sin dar a usted 
una seguridad absoluta^ le dar4 esperanzas; pero deje nsted 



LM UMnunos dil fitxblo. 3il 

al menos qne se aqnieten un poco los etpiritns. listed com* 
prenderd qne ea el .estado de efervescencia en que 86 
encaentra el pais, seria impradencia de mi parte el propor- 
cionar elementos a la combustion. 

Ea balde don Toribio de Guzman iDsi8ti6 en dar seguri- 
dades al presidente sobre la eonducta posterior de Enrique, 
pues 6&te permaneci6 inflexible en su determinacion, limi- 
tdndose a decir: 

— Deje usted que tome mas informes y me ponga al cabo 
de ciertos pormenores, asegurdndole desde luego mi buena 
disposicion y el deseo que tengo de servirlo. 

El coronel no tenia que replicar y se despidid. 

Sc E. le alarg6 la mano, llevando la amabilidad hasta 
acompafiarlo al fin del salon, donde le hizo el Ultimo saludo. 

Don Toribio de Guzman, aunque no tenia la seguridad 
de libertar a Enrique, sail 6 del palacio de la moneda encan- 
tado de la acojida de don Manuel Montt y de su trato s^rio, 
afable y al pareccr sencillo, que atraia sin intimidad y daba 
confianza con respeto, particularidad de este c^lebre y emi- 
nente personaje chileno, que ha sido reconocido por todos 
y hasta por sua mas encarnizados enemigos, de los cuales 
mnchos te han trasformado en sus decididos partidarios, 
solo con el hecho de haberlo tratado unas cuantas veces. 

II. 

Don Toribio de Guzman lleg6 a su casa, o lo que es lo 
mismo, a casa de Luisa, en el momento que 63ta ya venia 
de vuelta de sus dilijencias. 

Luisa quedd sorprendida al ver al coronel, y al principio 
no lo reoonoci6; pero cuando se cercior6 que era bien ^1, le 
ech6 los brazos al cuello, dici^ndole: 

— iQu< significa esta metamdrfosis, querido maestro mio? 
jPosee usted acaso el secreto de rejuvenecerse asi como ha 
descubierto la misteriosa redoma que contiene el licor de la 



H% um aKaanoi ml wtnauK 

vida? jSabe nsted, sefior, que con lo prlmaro le baataria a 
nsted para hacerse millonario en mai poco tiempo si ambi- 
cionase usted la fortnna? 

— Oja16, mi qnerida hija, faera poseedor do esos secretes, 
no para adquirir riqnezas, que al menos para mf son de poco 
valor y de poco nso, sino para hacer el bien a mis semejan- 
tet; pero la metamorfosis qae th crees encontrar b6 la debo 
Anicamente al barbero y al sastre, asi como la redoma, cien 
mil veces de mas valor, porqne al menos mitiga los dolores 
y sostiene un tanto el vigor de la naturaleza feaando esta 
desfallcce por algun accidente, se la debo a mi qaerida y 
reppetada momia. Ya ves, Loisa, que no poseo ni una ni 
otra cosa; pero el arte de conservarse, el arte de'ser por ma- 
cho tiempo joven y que mantenga al cuerpo y al espfritu 
Fu lozania, a pesar de los anos, es mui conocido de todos 
aunque poco practieado; paes consiste uaicamente en ser 
frugal, ya sea en los alimentos, ya en el saefio, ya en la be- 
bida, ya en los placeres, ya en los trabajos, y si es posible 
hasta en el peneamiento; por esta razon, aunque viejo por 
la edad, conservo todavia cierta fuerza que se ve en parte 
tan luego como la navaja ha hecho desaparecsr de mi cara 
las insignias de la ancianidad; pero no ha sido por acicalar- 
me ni parecer j6vcn que he mudado de traje y cortado mi 
blanca y larga barba, sino para practicar algunas dilijencias 
en favor de Enrique; y como no era posible que me pre- 
sentase cual un ermitano de la Tebaida sin llamar sobre mi 
la atencion del publico, me he visto obligado a hacer esta 
trasformacion que, te lo confieso, no es de mi agrado. 

— ^Y qu6 resnltado ha obtenido usted, maestro mio? 

— ^No completamente satisfactorio, pero me han dado es- 
peranzas y puedes ebtar segura que no dejar^ dormir el 
asunto. 

— ^Al qniin se ha dirijido usted, senorf 

— Me he dirijido al primer jefe del estado, a don Manuel 
Montt, 



f 



tM BB0IUBTO8 bSL TmOSUk 343 

Y el solitario refiri6 a Laisa sa larga entreviata con el 
presidente de la repiiblica y sus resriltados. 

— Uated ha consegaido mas que yo, agreg6 Luisa, por- 
qae yo he obtenido solaraente esas promesas banales que se 
hacen a todo el mundo y que por no decir francamente no, 
88 dice: *^Veremo9; har6 mi posible; pierda usted caidado." 

• — Pero yo tampoco he conseguido mas qae eso, hija mia. 

— Sin embargo, la palabra de on presidente y el modo 
tan lleno de benevolencia con que ha sido nsted recibido 
hacen jnzgar favorablemente. 

— Asi lo creo tambien^ 

— No por lo que me ha sncedido hoi desmayar6, sino que 
principiar^ de nuevo maQana, continuando hasta que consi- 
ga mi objeto. 

— Ese tambien es mi prop6sito. 

Tres dias apenas habian trascurrido desde la entrevista 
del solitario con don Manuel Montt, tres dias empleados 
con constancia en trabajar por la libertad de Enrique, cuan- 
do se present6 en casa de Luisa un oficial del ministerio de 
la gnerra que era portador de un grueso pliego dirijido al 
coronel don Toribio de Guzman, el que contenia la absolu- 
cioh de la sentencia de muerte promulgada muchos aQos 
atras, la reintegracion de su grado y a mas el goce completo 
de todos BUS sueldos desde el mismo dia en que fu^ dado 
de baja durante el gobierno de don Jos6 Joaquin Prieto 
hasta esta ^poca; de manera que el solitario, para quien te- 
nian tan poco valor la plata y los honored, se veia de un mo- 
mento a otro rico y ocupando un elevado puesto en la 
sociedad; pero, preciso es decirlo, no era esto lo que hala- 
gaba al fi 6sofo, desprendido completamente de las vanida- 
des humanas, sino que eata prueba de consideracion le pre* 
sajiaba la pronta libert id de su querido discfpulo, porque 
snponia una gran dosis de bondad y de jnsticia en el pre*- 
sidente de la repiiblica; pero el coronel no conocia la terca 
se vend ad de principios y de cardcter del seflor don Man q el 



-.H_A. fL- ^ ft . 



Montt| sereridad Uena de manaedambre, terqoedad Uwa 
de jenerosidad y tal^es por lo mismo inflexible en la perse- 
cncion de una idea, en la realizacion de nn acto; asi es que 
estaba completamenie eqoivocado respecto a la inmediata 
libertad de Enrique. 

Al dia siguiente don Toribio de Gazman Yolvi6 a pre- 
sentarse en palacio para dar las gracias a S. K y fu6 nue- 
vamente recibido con las mismas o mayores demostraciones 
de afecto que la vez anterior, sin por eato darle mas espe- 
ranzas siibre el asunto que el solitario consideraba como 
principal; pero alentado por la confianza y carilio que le 
manifestaba el presidente, insistid con mas ardor que antes; 
pero todo en vano, pues sus argumentos y sua palabras fne- 
ron a estrellarso con la fria impasibilidad del politico, para 
el cual est& ante todo la razou de estado, sin dar cabida a 
las afecciones, a los sentimientos del corazon, a las espan- 
sionea del alma, a esos arranques de jeneroso desprendi- 
miento o de jeneroso entusiasmo que forman los heroes y 
que no alcanzan a comprender ni apreciar los hombres que 
no ban tenido mas norma que la lei^^ mas gnia que los c6- 
digos humanos, mas vida que los negocios ptLblicos, nas as- 
piracion que conservar, que dominar, que gobernar. 

IIL 

Pero no era solo Luisa Valdes y el solitario quienes que- 
rian, quienes se empefiaban, quienes hacian mayores e&faer^ 
zos por libertar a Enrique, sino que^ como ya lo sabemos, 
Eloisa Mendizabal trabajaba por su parte con mejor acierto, 
pnesto que habia consegaido tener el gusto de ver una vez 
por semana a su supuesto hermano; pero esta concesion, que 
habia obtenido desde nn principio, no habia pasado adelan- 
te y hacia tiempo que estaba estacionaria, sin poder conse- 
guir una franquicia mayor, sin poder alcanzar la libertad 
que ambicionaba y que dia a dia pedia a su seOoria el mi- 
pistro. 



UM ncflunKM 01& mftuib 34S 

Como tres meses habian trascurrido recibiendo la visita 
diaria del grave personaje, sin qne ni ella ni ^1 cediesen un 
^pice en el punto principal da sua aspiracionet respectiras; 
porque ni el ministro habia concedido la libertad del her- 
mano, ni Eloisa habia acordado el raenor favor, galvo aqne- 
llos indispensables para mantener en sub redes al prisionero, 
y que, alitnentando las esperanzas, no traspasaran los Hmi- 
tes de la mas estricta honorabilidad; a tal punto, que el mi- 
nistro, cada dia mas lisonjeado en su amor propio, se figu- 
raba haber emprendido una eonquista difieil, pero* de la 
que lo relevante de su merito, triunfaria al fin. 

Eloisa, por su parte, sin abandonar tampoco la esperanza 
de burlar al diplomitico, po se dejaba adormeeer de ella, 
sino que oianiobraba continua y sordamente de manera a 
tener dos vias de salvacion: la una por el engaflo y la otra 
por la concesion lejitima, prefiriendo, como era natural, esta 
liltima, porque la otra estaba rodeada de peligrot; empero, 
era necesario adoptarla en caso de no tener efecto la mas 
regular y la mas conveniente. 

Durante este tiempo Eloisa habia mantenido tanto en En- 
rique como en su familia la esperanza de que el momento 
menos pensado obtendria la libertad, y esta esperanza habia 
contribuido mucho a tranquilizar los esplritus; pero como 
traseurria ya tanto tiempo, Enrique, combindndose eon 
Eloisa, habian ideado un plan de fnga, proporcion^ndole la 
ultima los medios de evadirse que consistian iinicamente en 
una fuerte cuerda y dos grandes clavos. Esta cuerda, que 
habia sido llevada poco a poco para no ser vista por el su- 
perintendente o cualquier otro empleado de la penitencia- 
ria, tenia muchas varas de largo y gruesos nudos de trecho 
en trecho trabaj ados por Enrique durante las horas de des- 
canso y con las mayores precauciones para que no malicia- 
sen su intent6, el que hubieran adivinado inoiediatamente 
que alguno se hubiese apercibido de la existencia de aquella 
especie de escala. 



9i6 tot nMunofi dbl fodm/x. 

Boriqae habia dicho a Eloisa que a distaocia de treinta 
o CQarenta metros de ]a muralla habia en nno de los patioi 
de la peDitenciaria an elevadlsimo palo, imposible de esca- 
lar para cualquiera que no tuviera naucha ajilidad y fuersa, 
pero qne 61 ya se habia ensayado en varias ocasiones du- 
rante la nocbe, habiendo consieguido al fin llegar al tope, 
donde pensaba amarrar faertemente la cuerda, lanzando la 
otra punta con una gruesa piedra h^cia el otro lado del 
murOy desde donde la amarrarian por el esterior, dindole la 
mayor tirantez posible para que ^1 pudiera hacer la descen- 
cion. 

Este plan era eencillo y era seguro, debiendo esperarlo 
de la parte de afuera su padre y Santiago; pero no lo ha- 
bian Uevado a efecto, tanto porque era preciso fabricar la 
cuerda, y para esto se necesitaba macho tiempo, paesto que 
Eloisa solo podia lle^arle una pequeQa parte de cuerda cada 
semana, cuanto porque le habia dicho a Enrique y lo creia 
en realidad que el dia menos pensado saldria de su prision 
legal men te y sin necesidad de echar mano de medios de 
por si peligrosos, yi^ndose despues obligado a salir del pais 
por el temor de ser nuevamente capturado; pero como ya 
habia trascurrido tanto tiempo y la paciencia de Eorique 
estaba para agotarse, resolvi6 emprender la fuga y abando- 
nar aquel lugar, que se le habia hecho insoportable por la 
clase de moradores con quienes estaba obligado a yivir. 

Durante los tres o cuatro meses que habia permanecido 
Enrique en la penitenciaria habia adquirido una grandfsi- 
ma e^periencia de la vida, habia visto cosas que jamas se 
babria imajinado, crfmenes de los que no tenia la menor 
idea; habia visto a la humanidad bajo una forma diametral- 
mente opuesta, como se la habia figurado; habia presenciado 
todo cuanto hai de bajo, de inmundo, de soez, de cruel, de 
e&pautoso, de malvado sobre la tierra; habia sido testigo de 
escenas sucias y horripilantes por la andacia, por la vana ) 

gloria del crimen; habia conocido a esos heroes del vicio 



\ 



MIL Hnuuk 347 

que hacian alarde de sa ferocidad, que se pavoneaban con 
8US maldades y qae mientras mas criminales eran o apare- 
cian se consid^raban saperiores, siendo no objeto de respe- 
to y hasta de envidia para sus consocios. 

Aqael que Labia hecho mas robos, que habia cometido 
mas «?sesinatos, que se habia mostrado mas feroz, que habia 
derramado mas sangre y bebidola en el cr&aeo de bus vie- 
timas, era considerado el rei de aquel gremio, el Pluton de 
aquel Averno* 

Al principio Earique trat6 de mejorar aquella jente, pero 
le volvieron la espalda y se burlaron de ^1. 

Entonces Enrique us6 de un mStodo distinto: el no ha- 
blar, el no mirar, el no ver, no tardando por esto mismo en 
acarrearse la animosidad de todos, y no perdian ocasion al- 
guna pf^ra mo rtificarlo, ya fuese de una manera o de otra; 
pero el desprecio profundo de Enrique lo salvaba: ninguno 
de aquellos hombres era capaz de ofenderlo, capaz de he- 
rirlo; sin embargo, el deseo de salir de aquel lugar era en 
el cada dia mas vehemente. 

La indiferencia, la impasibilidad, la mansedumbre de En- 
rique, lejos de calmar a aquellas farias, las habia exaltf^do 
a tal punto, que un dia se propusieron asesinarlo; pero un 
guardian oy6 el complot y lo evit6, castigando a los princi- 
pales autores del crimen, entre los que se contaba en prime- 
ra linea un hombre alto y grueso al que llamaban el jigante 
Goliat por su portentosa fuerza; pero este hombre era mui 
necesario para uno de los talleres, pues ^1 solo hacia mover 
una mdquina, de manera que pronto sali6 de su condena, 
guardando mayor resentimiento contra Enrique a causa de 
no haberle poJido hacer mal, y esperando que se le presen- 
tase una oportunidad para castigarlo, segtin ^1 decia; pero 
Earique estaba prevenido, pues el guardian le habia conta- 
do el suceso, dici^ndole que se precav^iera y designaadole 
el individuo que queria hacerle mal. Ei j67en obrero hizo 
poco caso, confiado en su ajilidad| en su fuerza y en su dea- 



34a 

treza, sin eanfiane pv esto del individno^ porqne A oaoocut 
jft denuKiado los in^tintos feroces de la jenendidad de aqiie- 
Ilos hombres qae la eoctedad pretende moralizar con aqoe- 
lla circel, donde se trabijan alganos artes, pera que no con- 
higae sm propositoi, paes los iodividao?, casi sin e6eepci<m 
algaoa^ pnede asegurarse que salen mas ooirompidoe, mas 
ridoBOB J maa crinuLales qae coando entraron al priQcipio, 
porqoe la maldad tiene sa atmosfera j ejerce aa prenon, 
contamioando con aoa miaamaa a todos los qae habitan en 
el mUmo recinto. 

Gomo hemos dicho, el jigante Goliat espiaba nna ocaaton 
J &ta no tard6 macho en present^UBcIe. Un dia qae ae en- 
eoDtraba solo Enriqae en an lagar apartado, donde solia 
retirarse en las horaa de descanso para leer o meditar, fa6 
advertido Gx>liat por 809 otros compafieroe y ae dirij6 en el 
acto bicia el j6ven. 

Lo9 presidiarioa se hicieron aparentemente deaentendidos 
para eagafiaf a sns gaardianes y dar tiempo a qae aa cama- 
rada conclnyese la operacion, sin qae por esta distraccion 
hibilmente ejecntada, dejasen de estar atentos a lo qae iba 
a pasar, oo dadando por an momento cadi seria el resaltado. 

Enriqae yio venir al jigante, y caal otro Daidd, tom6 dos 
peqaefiaa piedras en sas maoos; pero ea lagar de lanzarlaa 
con la honda como el profeta rei, paso ana en cada mano y 
cerr6 los pofios: no podia evadir el combate y era neceaa- 
rio trinnfar o perecer. 

Goliat se acerc6 paasadamente, mir6 h&cia atras para 
cerciorarse de si lo veian sas compafieros, se sonri6 sain- 
ddndolos, y volViendose en segaida donde Bnriqae, le dijo 
con voz gataral, ni mas ni menos qae el rojido espantoso y 
amenasador del tigre: 

— Ahora no me escapards, y se lanzd de an salto sobre 
Ecrique, del mismo modo qae lo habiera hecho el terrible 
animal qae acabamos de nombrar. 

El j6yen. aon ana lijereza prodijiosa, hizo a an lado el 



x^ iMulrai DKL nmash. 349 

caerpo, evadiendo el golpe, j la masa enorme del jigante 
pas6 adelante sin encontrar resistencia, estrell^ndose con el 
mnro inmediato. 

Goliat, con el faerte choqae dado en la pared, se le ha- 
bian dedoUado y ensangrentado sas manos, j se volvi6 fa- 
rioso contra Enrique, que ya se hallaba a algnnos pasos de 
61 y que hubiera podido emprender la fuga, libertindose 
del peligro; pero eata maniobra no se le ocurri6 a Enrique, 
porque no estaba en su carficter. 

Goliat se lans6 nuevamente y (ai burlado por la miama 
maniobra del j6ven, recibiendo ademas un faerte puntapi^ 
en el abd6men que lo hizo retroceder. 

La rabia del jigante aument6 considerabletnente con este 
otro ataque frustrado, y la bilaridad de los espectadores con* 
tribtty6 no poco al acrecentamiento de su furor. 

Una feliz idea se le ocurri6 a Enrique y la puso inmedia* 
tamente en planta. A poca distancia habia un gran monton 
de ceniza y tom6 un grueso pufiado antes que Goliat lo em* 
bistiera por tercera vez. Este no se fij6 en la maniobra y lo 
atac6 sin vacilar, viendo que Eurique lo esperaba de firme; 
pero antes que descargase el terrible golpe, nuestro j6ven 
obrero, que no habia perdido un dpice de su saugre fria, le 
lanz6 el pufiado de ceniza a la cara, coq tal acierto, que lo 
ceg6 en el aeto, Uen^ndole a la vez la boca, que la tenia 
entreabierta por la e61era que lo dominaba. 

Goliat llev6 sus dos manos a los ojos con ese movimiento 
natural del que ciega iustantdneameute, quedando por com- 
plete a merced de su enemigo, que supo aprovechar de la 
ocasion para descargar dos fuertes pufietazos en el ancho 
pecho del jigante, que cay6 de espaldas sin pronunciar pa- 
labra y vomitando sangre mezclada de ceniza. 

La estupefaccion de los presidiarios que presenciaban el 
combate fu6 suma, tanto mas cuanto que Earique, aunque 
de elevada estatura, era mui delgado, y su hermosa fisono- 
mia no anunciaba fuerza tan herc41ea. 



3$A tdn nftStsiMi SSL ttstaiUK 

EI j6ven mir6 nn momento con aire de deaprecio al ji- 
gante y ee diriji6 sileDcioso j sereup hdcia el patio donde 
se encontraban I09 espectadores, que le abrieron paso al acer- 
carse a elios, porqae les habia iDfandido respeto aqael acto 
qne probaba sn estraordioario vigor, pnei la fuerza brnta 
68 lo ^Qico qae impone a jente de ese jaez. 

Advertido el gaardian de lo sucedido, fa6, en compania 
de todos I08 presidiarios qae se encontraban presentes, a le- 
yantar al jigante, qne continuaba echando sangre, sin poder 
todavia abrir los ojos ni decir nada, pero lachando por po- 
nerse de pi6 sin consegnirlo. 

— Cdspital e8clam6 uno de los presos; |quien hnbiera 
creido qne ese mnneco derribase al jigante de nn solo 
golpel 

— Lo cnrioso seria qne lo hnbiese mnerto, dijo otro. 

— En ese caso merecia qne lo proclamdsemos por naestro 
rei, repugo nn tercero. 

— jValiente mnehacho! agreg6 nn cuarto; jqa^ Idstima 
qne no sea de los nnestrosl 

Nosotros saprimimos todas las interjecciones de qne iban 
acompafiados los dichos de cada nno de los presidiarios, dl- 
.chos qne mortificaban estraordinariamente la vanidad del 
gran bandido qne yacia en el suelo. 

Al fin, el jigante fn^ puesto de pi6, escapi6 sangre y ce- 
niza, se lav6 los ojos y consiguid ver y hablar. 

La espresion de aqnella fisonomia era espantosa; volvien- 
do y revolviendo sns ojos en todas direcciones parecia qne 
qneria devorarlos a caantos se encontraban presentes, paes 
habia oido sus risas y sarcasmos. 

— Ya me las pagareis, amigos, esclani6; pero decidme, 
mientras tanto, donde est& el maricon de la ceniza. 

— jEl maricon! jGaramba con el maricon! asi qnisieras ser 
tii como ^H contest6 nn viejo d^bil, chico, y al parecer en- 
fermizo, pero qne era mas temido qne Goliat. 

--*-AhI pap^ alaoraa, repnso el jigante; solo a nated se le 



pneden perdonar esas chanzasi Si otro me lo habiera dicho^ 
ya veriamos.. • 

El viejo chico a quien llamaban alacran, se sonri6, mos- 
trando udos dientes pequeSos, amarillos y al parecer mui 
afilados; pero aqaella sonrisa tenia la particalaridad de cau- 
sal* mas temor qne la bronca y col^rica voz del jigante, por- 
qne el papd alacran era el director, el jefe, el alma de Io8 
bandidos, probando con sa incontrastable saperioridad que 
la intelijencia se sobrepone siempre a la faerza, o mejor di- 
cho, es la mayor de todas las faerzas, pues es la &nica qne 
pnede veneer todas las resistencias. 

El guardian impnso sileocio y orden6 a Goliat de segair- 
lo, sin duda para qne otro empleado superior juzgase del 
hecho; pero a Enrique no le hicieron la menor observacion 
ni le impusieron el menor castigo. 

El jigante habia tenido que pasar a la enfermeria, porque 
los dos golpes de Enrique, ayudados de la pequefia piedra 
que habia puesta en cada una de sus manos, fueron tan rd- 
cios, que le fracturaron dos costillas del pecho al c^lebre y 
temido Goliat la m&quina a quien ^1 servia de motor tuvo 
que quedar parada por mucho tiempo. 

IV. 

Exasperado Enrique, como ya lo hemos dicho, de hallar- 
66 en contacto por tanto tiempo con aquella jente, decldi6 
al fin no esperar mas 8U libertad sino tomarla, corriendo 
todos los riesgos de una evasion peligrosa bajo todos aspec- 
tos y especial men te si era descubierto; pero estaba resuelto 
a no permanecer un solo dia mas en la penitenciaria, prefi- 
riendo morir en la lucha o quedarse, y solo esper6 la visita 
de Eloisa para ponerse definitivamente de acuerdo en todo 
lo que debia hacerse en la noche siguiente, que era la fijada 
por Enrique. 

Como si la Providencia hubieae querido protejer la tva* 



%i2 

4 

tioQ del joren y honrado aitesano, la noche senalada par 
isbe era tenebrosa j fria cotno en lo mas riguroso del ia- 
Tierao, y llovia a torrentea. 

Toda la £imifia de Eariqae eat^iba aobreaaltada, eon ese 
temor mezclado de esperaoza que precede a nn aoonteci- 
miento del cual depende la felicidad o jlesgracia de naestra 
trida. 

La vieja Marta, Merced^ y Teresa m pasiemn en ora- 
don; 80I0 Eloisa andaba de nn lado a otro haciendo algn- 
naa dilijencias, talvez con el fin de ocnltar sn tnrbacion 
interior, tnrbacion qae podia conocerse facilmente por la 
palidez de sn rostro. Domingo Lopez miraba en silencio el 
grnpo que formaban sa mnjer y sn hija arrodiiladas delante 
de las im&jenes de sn devocioo, sin dejar de fijarse en Eloisa 
qne entraba de tiempo en tiempo bajo cnalqnier pretesto y 
volvia a salir sin decir palabra, pero sonri^adole iristemente 
al viejo militar como dos indiyidnos qne estdn de acnerdo 
en la ejecncion de algnn proyecto que los demas igno- 
raban. 

Domingo Lopez habia pedido el cocbe para las diez de 
la noche: era el mismo qne le habia servido seis o siete me- 
sea antes para condncir a Gnillermo a la quinta de Tnogai, 
y ahora como eatonces, habia sido servido con pnntualidad. 

£1 viejo militar se sent6 en el pescaote para conducir los 
caballos, y en el interior se coloc6 Santiago y Eloisa, qne 
qniso ser a toda costa de la partida. Tambien pnsieron nna 
cantidad de cueros de cordero cortados de cierto modo y 
con amarras por dentro con el objeto de forrar las ruedas 
del coche tan Inego como hnbieran llegado al campo de 
Marte, para dirijirse en segnida a la penitenciaria y no ser 
descubiertos por los centinelas. 

Eran las diez tres cuartos cnando se pnsieron en marcha. 
Llovia a torrentes y no se distingnian los objetos a dos va- 
ras de diatancia* 

Bl coehe se deslizaba rdlpidamente por las calles de San- 



DM notftsroi tnof miLo^ , i^i 

tiagp, alumbradaa entouces por las opacas Umparas de ac^eitd 
colooadas de trecho en trecho. 

Ningun otro carraaje veiase en ese momento, y los aerenos 
se distingaian con dificaltad, acarracados en lo8 ingiilos de 
las esquinas para gaarecerse de la llavia, sabiendo que exis- 
tian casi 4nicamente por el sllbido prolongado 7 notorio 
del pito de hueso que llevan siempre consigo, y con el qtte 
hacen sus sefiales convencionales segan sea lo que ise led 
ofrezca. 

El cocbe atraves6 la alameda, mas 8olitat*ia aan qne todo 
el resto de la poblacion, porque este barrio y particular- 
mente en aqaella ^poca, pasadas ciertas boras de la noche^ 
e3 el mas triste y 16brego de Santiago. Un peqnefio farol 
colocado en uno de los dos lados del pescante alambraba el 
camino. La llavia azotaba la cara del veterano^ qae estaba, 
como se dice vulgarmente, mojado como sopa. Santiago y 
Eloisa, que iban en el interior, no decian palabra, pero esta- 
ban inqnietos. Santiago llevaba, para mas precaacion deba- 
jo de la manta, nna linterna sorda. 

Antes de enfrentar la calle del Diezioclio, qne paede de- 
cirse estaba entonces apenas delineada^ Domingo Lopez 
mir6 sn reloj a la laz del farol y dijo: ''Las once y cuarto* 
tenemos tiempo de sobra." Y tom6 en seguida la direccion 
de la penitenciaria. 

Cuando lleg6 el carraaje al campo de Marte, Domingo 
Lopez contnvo los caballos y apag6 la vela, diciendo en voz 
baja: ''Ya es tiempo de praqticar la operacion." 

Eloisa y Santiago descendieron del coche y sacaron los 
cneros de cordero qae]^traian, principiando a forrar laa 
rnedas. 

La llavia continaaba siempre con la misma fuerza, y la 
oscaridad qae los rodeaba €^ra espantosa. 

Trabajaban sin verse y sin hablarse, pero trabajabau sin 
hacer case de la llavia ni del barro, que les llegaba a media 
pierna. La pobre Eloisa estaba completamente empapada^ 



Bi en ^tu^ momeiito U Imbien rist^ el iiiiiiHlit>, mo ksbiia 
e<MOCt<lo en aqo^lla jd^en a U e!ega]ite Tiiidita de Im eaDe 
de Kaato Domingo^ a qaien reui diarutmeiite j q«e le p«re- 
da toa delica Ja qae no seria eap^ da aaportar la menar 
intemperie. 

Conelaida la operacion, volvid Domingo Lopes al pe»- 
eante y eontinuaron la mareha. £i coehe no hada d menor 
roido. 

Caando llegaron como a la mitad del espeso mnro que 
drcanirala la pentteaciaria y en direccion al pnnto indica- 
do por Eoriqne, se pararon, bajando otra Fez del carmaje 
J sacando doB gaochos de fierro y nn pesado martillo para 
introdncirloa en la pared. LiiS gaochos 7 el martillo estaban 
forrader para amortigaar el aonido. Eran en ese momento 
las once j tres caartoi*, porqae el viejo militar 8ac6 so reloj 
qne v^i6 con precaudon a la laz de la linterna sorda qne 
Hatitiago traia deb^jo de la manta. 

Aqucllos quince minutes de espera les parecieron nn si- 
glOf a tal punto que el veterano mir6 repetidas veces sn 
reloj, porqae temia eogaiiarse. 

Eran ya las docs y ciaco minutos y principiaba a apode- 
rarso de ellos el sobresalto, caando oyeron nn prolongado 
ailbido, setlal couvenida entre Eariqae y los de afaera. 

La seQal fu^ contestada de la misma manera, lo que que- 
ria decir quo estaban prevenidos. 

Focos momentos despaes siutidse 6aer a corta distancia 
nn cuerpo pesado sobre el barro. Santiago sac6 la linterna 
sorda, acomoddadola de manora que la refraccion de la luz 
dlera {inicameate en el suelo para buscar la cuerda y no 
ser visto a la distancia, quedando ^1 y los demas a la som- 
bra, es decir, envueltos en la oscuridad. 

A poco andar y guiados por el ruido, encontraron la pie- 
dra a que ostaba atada la cuerda y fijaron 6sta fuertemente 
a la pared en los gruesos ganchos que habian traido y he- 
oho trabi\jar espresamente con ese objeto. 



BM tiOftiMk DiL fmiH. 356 

Eariqne C0Q0ci6, por la tension de la caerda, que ya la 
liabian fijado; pero esper6 un memento por precancion. 
Caando crey6 que ya no habria el menor riesgo, princapi6 
8u descencion, ni mas ni menos qne un consamado acr6bata. 

Pocos minutos fueron necesarios para recorrer aquel corto 
espacio y se encontro sobre el muro donde se acost6 por 
esceso de precancion, pnes era imposible que lo distinguie- 
ran aun a corta distancia en medio de aquella oscnridad. 

Domingo Lopez, Santiago y Eloisa estaban al pi^' del 
muro y conocieron por el movimiento de la cuerda que En- 
rique habia llegado y que bajaba. 

La ansiedad era grande, y aquellos tres corazones palpi- 
taban en fuerza de la emocion que sentian; pero n^ podian 
verse los individuos, de manera que era imposible conbeer 
cudl de ellos era el que estaba mas impresionado; mas iloso- 
tro8, que tenemos el privilejio de leer en las intenciones y 
qne sabemos de anteraano el interior de los personaje^i que 
figuran en nufstia historia, podemos asegurar que de las 
tres personas que aguardaban a Enrique, la que espei imen* 
taba una aensacion mas viva y mas profunda era Eloisa, y a 
tal grado, que si el j6ven hubiese sido sorprendido, como 
era probable, ella habria escalado el muro y perecido en la 
demanda por sostenerlo. 

Pero este estado de suprema angustia dur6 solo un mO'^ 
mento, porque Enrique se encontr6 en unos cuantos segun* 
dos en brazos de su padre, que lo tuvo por largo rato cdntra 
Bu pecho. 

Un d^bil suspiro hizo conocer a Enrique que Eloilra es- 
taba presente, y preguntd con voz mui baja: '*gD6nde estA 
mi hermana para abrazarla?" E inmediatamente dos tof nea- 
dos brazos se le echaron al cuello, sin presentar por esto la 
cara, que Enrique buscaba para besarla; pero Eloisa, pre- 
viendo esto y talVez por no ceder a una tentacion dulce, se 
esquiv6, diciendo al j6ven: "AquI tiene nsted tambieh un 
buea amigo^'; y lepreaantd a Santiago, escapdndose el'a* 



3S6 kM aaoixtod dil puttui. 

El veterano dijo entonces: ^^Bejeraonos de camplimlentoi 
por ahora, que dentro de an rato nos abrazaremos de naevo 
J mas largOy porqae es preciso peosar que no debemos 
perder tiempo," 

T diciendo j haciendo, el soldado de la independencia 
arraac6 lo8 garfios c'avados a la mnralla, cort6 el cordel 
para no dejar rastro de c6mo habiasido la escarsion, oblig6 
a entrar al coche a las tres persooas qae lo acompanaban y 
le di6 el trote a sas caballos, sabi^adose ^1 al pescante sin 
decirle ni nna palabra mas a sa hijo. 

Poco mas o menos en el mismo sitio donde habia forra- 
do las ruedas del coche se detuvo y practic6 la operacion 
contraria, en la qae paso mai poco tiempo, paes no hizo 
otra cosa qae cortar las amarras. 

Intertanto Enriqae habia tornado ana de las manos de 
Eloisa, haci^ndole mil pregantas, a las que apenas contesta- 
ba la j6veD, vencida por la emocion. 

El carraaje lleg6 al fin con toda felicidad, deteni^ndose 
en la calle de Breton frente a la puerta de la nueva habita- 
cion de la familia Lopez. 

V. 

Pintar la recepeion de Enrique, retratar todas aquellas 
emociones, todas aquellas alegrias distintas pero a cual mas 
deliciosa y a cadi mas profunda, es una tarea mui dificil, 
aaperior a nuestras faerzas, y que sin embargo estdn al al- 
cance de cada lector y eada uno puede figardrselas y apre- 
ciarlas segun el grado de sensibilidad de qae est^ dotado. 
En la jerarqufa infinita de los seres y de los sentimientos, 
es imposible clasificar, es imposible designar con palabras 
la escala, el diapason de cada uno de ellos, y no hai voces 
ni lenguaje algano qae represente con propiedad todas esas 
modulaciones del corazon, qae no tienen nombre, ni balan- 
sas bastante finas para designar la t^nue gravedad de laa 



SOS SIGSnoi DIL VUEBUX 357 

Benpaciones; y esta es la razon porque un mismo aconteci- 
miento se repercute de diversas maneras en cada uno de los 
seres, y este es e^motivo tambien porque dejimos a la con- 
sideracion de cada cual que juzgue del contento de Mar- 
ta, dd Mercedes, de Domingo, de Eloisa y de los demas in- 
dividuos que hacian parte mas o menos integrante de aque* 
11a honorable familia. 

Como es de presumirlo, la primera dilijencia de Marta 
fa^ de que cambiaran toda su ropa que venia empapada, y 
aderoas, Enrique estaba descalzo; pues no hubiera podido 
hacer la ascencion al alto palo ni la descencion por el cor- 
del si hubiese tenido zapatos. 

El antiguo sarjento Lopez, y decimos sarjento, aunque 
habia llegado ya a ser teniente, porque n09 es simpdtico el 
grado con que lo conocimosal principio; el antiguo sarjento 
Lopez, repetimos, estaba de pUcemes, no cabia de satisfac^ 
cion, y no ceaaba de mirar y remirar a Eirique y de hacer- 
le mil preguntas, cuyas respuestas no esperaba, y de decirle 
mil estravagancias sin que se apercibiese de ellas. 

— Vamos, Marta, esclaraaba algunas veces: ya ves que 
estamos transidos de frio; ea preciso darno3 un poco de 
vino; anda, pues, que no te has de encontrar en otra; saca 
ademas todos los fiambres y haznos un buen valdiviano con 
harta ceboUa, harto aj{ y bastante agrio de naranja. Ya 
veras, Enrique, anadi6, que asi no nos costipamos, porque 
tu madre sabe hacer estas cosas divinamente. 

Y el buen sarjento, sin esperar la cena, se echaba un 
buen vaso al cnerpo, diciendo: 

—Este ha sido mi r^jimen en campafia, y nunca me ha 
salido mal; siemprfe he estado firme como un peraly bneno 
y robusto como un fraile o como un can6nigo; lo que no es 
poco decir, porque esos cabaJleros se pasan la vida mas re* 
galada de este mundo. 

Y la alegria del veterano subia de punto. 

Marta no estaba menos contenta que su marido, pero qq 



)59 

dioha era distinta: era, se puede deoir asi, reservada y sl- 
lencioAa, j no meDOS o talvez mas prof an da que la de Do- 
mingo Lopez, pero tenia otra nataraleza y obraba en con- 
for mi dad a ella. 

Enrique, sin dejar de sentir una satisfaccion inmensa, uno 
de aquellos pocos goces que se esperimentan tambien pocas 
veces en la vida, estaba sin embargo, pan^iativo, maa pensa- 
tivo que lo que requerian las circunstancias, de lo que exijia 
el placer de verse despues de tantos sufrimientc>8 y despues 
de.una tan larga ausencia. 

lQ,\x4 pasaba en ese momento por la imajinacion del j6- 
vep? Preciso es decirlo: recordaba a Luisa y veia a Merce- 
des. .. Luisa habia desaparecido para 61, no tenia de ella la 
menor noticia, talvez lo habia olvidado, y esto lo entriste- 
cia, esto casi lo desesperaba. Nunca se habia atrevido a 
preguutarle a Eloisa por Luisa; jpodia hacerlo? ^La conocia 
acaso? Asi es que ignoraba completamente qu6 era de ella, 
si permaneceria en San Jorje o habria vuelto a Santiago y 
si tendria alguna noticia de su pri^ion. Todo esto lo preo- 
cupaba, a pesar del placer de sentir^e libre, a pesar de la 
delicia que esperimentaba al ver a su familia. 

Por otra parte, el estado en que encoutraba a Mercedes, 
aunque previsto de antemano, aonque era natural e infa- 
lible, no dejaba tambien de hacerlo rt-flexionar bastante; y 
estos dos pensamientos: el no saber de sii querida y el saber 
lo que iba a sucederle a su hermana, entristecian, dir^moslo 
asi, su alegria. 

, Mercedes, por su parte, gozaba infinite al ver a su her- 
mano, pero se mostraba timida, recelosa, tcasi avergonzada 
y no tenia ya la espontaneidad de afectos de otra ^poca, 
sia que por esto dejasen de ser tan tiernos como antes: pero 
la conciencia de su estado, lo que ya esperimentaba desde 
algunos dias, el no ser lo que era acibaraba el goce iofinito 
de tener a su lado a su 6nico hermano, en quien tenia toda 
6U confinnza, en quien habia depositado tantas veces sus vir- 



toi aaonxos ma, fiheua 895 

• ■ 

jinales impreeiones y los aotos todos de sa corta carrera en 
el mnndo. 

Eloisa, pAlida de emocion pero sonri^ndose con delicia 
inefable, satisfecha de sn trionfo, contenta con haber vuelto 
al 8eno de aquella virtaosa familia el miembro mas qneri- 
do, orgallosa de que le debiera Enrique su libertad, jEari- 
que a qoien adoraba en secrete y por quien hubiera dado 
cien mil veces la vida! esperimeutaba una felicidad indeci- 
ble, una de aqaellas dichaa que apenas soporta el corazon, 
una de aquellas emocione<3 dulces, tiernas, apasionadas y 
profundas que se reconcentran en el alma de tal modo, que 
casi no las manifiesta el semblante; y menos, mucho menos 
aun la palabra; asi es que solo podia eonocerse el divino 
Stasis de Eloisa por el brillo de sus ojos, que se dirijian al- 
ternativamente ya a la madre, ya al padre, ya a la herniana, 
y al hijoj repercuti^ndose en su pecbo las deliciosas impre- 
siones de cada uno de ellos, viaiendo a formar en segaida una 
sola impresion, del mismo modo que en una orqueata com- 
puesta de diferentes instrumentos prodacen un solo e impo- 
nente sonido, sonido que comprende todos los ecos en un 
soloeco, todas las melodias en una sola melodia. 

Santiago y Teresa, naturalezas buenas , pero no naturale- 
zas po6tica8, estaban tambien coatentos, alegres, satisfeohos; 
sentian cuanto podian sentir, gozaban cuanto podian goza^, 
participando a su manera del goce comun, y aumentfindolo, 
si posible era, con sus esclamaciones inj^nuas, Uenas de na« 
tural benevolencia y de sincero placer. 

Oomo es de presumirlo, ninguuo se acost6 aquella noche: 
jqu^ suefio podrian tener! Cuando ae vive por el alma, el 
imperio del cuerpo desaparece, y los sentidos acbmpafian y 
velan tambien con el espiritu que los dirije. 

Pero el tiempo pasa, las horas se suceden las unas a las 
otras sin interropcion, y tan to para los felices como para 
los desgraciados, sin poderlos detener los primeros y sin 
precipitarlos los segundos, sin que aquellos las fijen y dn 



3«0 

qae estos las hagan correr, aino qoe se deslisan de la misma 
manera para todoa en el camino iaconmenaiirable de la eter- 
nidady donde van a perderse todos los acontecimientoSy to- 
daa las glorias, todas las dichas, todos los dolores del 
miiiido. • 

£1 sol alambraba ya al nnevo dia, caando Marta, notan- 
do cierto cambio en Mercedes, dijo a los demas que era ne- 
cesario reparar con algunas horas de descanso las fatigas de 
aquella noche tan llena de trabajos, de peligros y de emo- 
clones* 

EI sarjento Lopez aprob6 la indicacion de sa esposa j se 
lley6 coDsigo a Enrique. Santiago j Teresa hicieron lo mis- 
mo, y se qnedaron solas la madre, la hija y Eloisa, a qnien 
Marta habia hecho nna imperceptible sena para que per- 
maneciese, y acerc^ndose a ella, le dijo en voz baja: 

-~Creo que va a llegar el momento: es indispensable que 
me acompafies, hija mia. 

Eloisa mene6 la cabeza afirmativamente y mir6 a Merce- 
des con ojos compasivos y llenos de solfcito interes. 

Las mejillas de la hermana de Enrique habian paeado 
del mas vivo encarnado a una estremada palidez, y sas la- 
bios blancos articularon estas solas palabras: 

— (Madre mia, s6c6rrame, me muero! 

Marta y Eloisa levantaron a Mercedes y la Ilevaron hasta 
sn cama. 

— Hazme el favor, Eloisa, de ir en busca de una matrona, 
68clam6 Marta con angustia. 

— En el acto, sefiora; pero desnud^mosla primero. 

-^Yo lo hard sola: el caso urje. 

Eloisa no respondid, sino que sa1i6 precipitadaraente, y 
sin pensar en matrona alguna, se fad directamente donde el 
doctor Sazie, a quien encontro por fortuna. 

El doctor la reconocid en el acto, y al verla despavorida, 
le pregant6 sin saludarla: 

— jQu^ sucede? 



MM ooi ioi vtL rmuidi^ S61 

— La sefiorita Mercedes Lopez. . . 

— Ya eomprendo^ y voi en el acto. 

•--*No viven en la misma caaa, sefior. 

— Es verdad. Ea ve% pasada fai a hacerle ana visita y no 
encontr^ a nadie, ni nadie sapo darme uoticia. jDdnde vi- 
ven entonces? 

— En la calle de Breton. Iremos jantos, seBor, si asted no 
lo tiene a mal. 

— Al contrario, hija mia^ asi llegar^ mas Inego y no ten- 
dr^ que andar pregjintando; pero ^el caso es nrjente? 

— Asi me lo dijo la sefiora Marta. 

— Vamos, jpobre nina! esclamd el compasivo doctor, to- 
mando en el acto sn sombrero; jpero como haremos? aQadi6: 
a mi me es ya casi imposible andar a pi^. 

— Monte usted a caballo, seQor, y yo lo segaird, segura 
de que no me llevard muoha ventaja. Y la djil nifia corri6 
adelante con encantadora gracia. 

£1 doctor la dej6 ir, marchando en aeguida sin perderla 
de vista. 

Al golpe conocido dado por Eloisa en la puerta de calle, 
^sta se abri6 instant^neamente y el medico fa^ iotroducido. 

— SeQor! esclamd Marta al verlo; usted es nuestro dnjel 
de guarda. 

— OjalA, seJElora; pero por de^gracia no soi otra cosa que 
el facultativo; sin embargo, ^qu^ es lo que se ofrece? 

— Mercedes. . . 

-Veamos... 

Y el doctor, acompaOado de Marta y de Eloisa, fud con- 
dncido al dormitorio. 

Pocos momentos despues, el lloro de un niSo anunciaba 
la existencia de un nuevo ser que venia a ocupar su paesto 
en el mundo. 

Fasado el dolor fisico, entra a ocupar el puesto el senti- 
miento moral, sentimiento instilitivo y que es sin duda una 
de las grandes leyes de la naturaleza, uno de los grandes 



362 

migterios de la creacion, y la madre reelama a sa htjo, qnie- 
re verlo, qaiere hablarlo, qoiere desde laego alimentarlo con 
el delicioso nectar de sa seno, que encierra todo on porve- 
nir Y <\^^ ^ el arcane incomprensible de todo nn mando, 
talvez de todo nn nniverso. 

Mercedes pidi6 a sn hi jo; j bes^ndolo con temnra, be- 
s^ndolo con esa delicia qae solo nna madre siente^ concibe 
y aprecia, se lo pas6 a Marta, dicidndole: 

— Qui^ralo como yo lo qniero, imelo como yo lo amo: 
hijo de la desgracia pero no del crimen, merece per ese solo 
titnlo msyor carifio. 

— Sf, alma mia, ef; lo qaerr4 tanto como a ti, mas que a tL*. 

Y Marta llorosa, Uorosa de felicidad, tom6 la criatnra y 
la acar]ci6 lo mismo que la hibia ac&riciado Mercedes. 

La hija rec9mpen86 a la madre mir&ndola con esa grati- 
tad llena de amor y de entnsiasmo qae se esperimenta per 
los seres que amamos y qae nos favorecen, dici^ndole a la 
vez: ^€oi feliz en mi desgracia y nsted no paede menos de 
serlo tambien en la snya.'^ - 

Al despertar el saijento Lopez y sn hijo, fo^ Marta en 
persona a ananciarles la naeva noticia, y el viejo Domingo 
per toda respnesta le ech6 los brazes a sa majer, sabiendo 
qae estaba ya faera de peligro sa qaerida hija. 

Enriqae Uoraba en silencio sin proferir palabra. 

Marta lo examinaba, y acerc&ndose a ^1, talvez porqae 
adivinaba los pensamientos qae ocapaban en ese instante la 
imajinacion del j6ven, le dijo, tomindole carifiosamente ana 
mano: 

— ^Ta padre no ha pensado en otra cosa qae en la salva- 
cion de Mercedes; y yo, a mas de esto, qaiero al hijo de 
Mercedes como los quiero a astedes, y el mismo afecto qae 
^o esperimento deseo qae astedes lo tengan. 

Naestra hija, y Marta mir6 a Domingo; ta hermana, y 
se diriji6 a £nriqae, est^ inoc^nte, como astedes lo saben; 



Ml fIGElMl MBL nWOOA. 863 

esti pura, como lo ha sido toda an vida; pero mas inocente 
y paro es el Aojel nacido de sua entraflas, y debemos amar- 
lo como la amamos a ella; porqae si Mercedes viera indife- 
rencia en ustedes, la heririan de mnerte y habrian cometido 
la mas grave injusticia por no decir el mas feo crimen. Ella 
misma me ha recomendado a esa criatara con estas espre- 
siohes^ que manifiestan toda su ternura de madre: ^'Hijo de 
la desgracia, merece por este solo tltalo mayor carifio." 

— No tengas cuidado, lo querremos, esclamd el veterano. 

— SI, madre mia, lo querremos, repitio Enrique; y lo que- 
rremos tanto como la queremos a ella. 

— Asi me gusta verte, hijo de mi corazon; no esperaba 
menos de tf. . • 

Y la madre abraz6 a Enrique, y sus Idgrimas se confon- 
dieron. . . 

jAi! jcuftn dulce, poderoso y benevolo es el imperio de la 
mnjer! iC6mo sabe en caalquier edad, en cualquier t'iempo, 
desviar del mJil camino las pasiones del hombre! \C6mo nos 
gaia sip autoridad! jComo nos condace sin mandato! jC6mo 
la obedecemos sin humiltacion! Infiuencia dichosa, inflaencia 
casi divina, ella es la que gobierna al mundo sin apercibir- 
nos; y gin embargo, jca&atas veces la calumniamos! cuanto 
mal no tratamos de hacerle! cu&nto no la oprimimos! Pero 
ella se venga a faerza de dulzura, a fuerza de abnegacion, a 
fuerza de gracia, a faerza de cariSo, y, salvo escepciones, al 
fin nos vence, no solo individaal, sino colectivamente; pues 
se sobrepone a los c6dig03 formados por nosotros para ava- 
sallarla. Este poder, acordado por la Providencia, no lo des- 
truiremos jamas; y si hemos Uegado a combatirlo por igno- 
rancia, ha sido a costa de nuestra felicidad, ha sido para 
establecer nuestra desgracia. Caando la mujer sea coir ple- 
tamente libre, el hombre habr& llegado a su perfecciona- 
miento moral; porque la esclavitud de la mujer ha probado 
y estd probando toda via que seguimos el sendero opuesto 
al verdadero progreso humano, pues a medida que ella ha 



364 iM noKKrot dil twuA, 

ido adqairiendo iDdependeDcia ha adquirido tambien dig- 
nidad; j a medida que ha adquirido dignidad, el hombre ha 
sido mas poderoso, mas intelijente, mas en^rjico, mas suave, 
mas humanitario, mas feliz; cons^iltese la historia y ella nos 
dar4 lecciones elocuentes; comp&rense los paises doude exis- 
te mas libertad para la mujer con aquellos donde son escla- 
vos J se ver^ la diferencia 

El sarjento Lopez y su hijo, despues de la peroracion de 
Marta, se dirijieron al dormitorio de Mercedes, prodig^n- 
dole toda clase de carifios, toda clase de consuelos delicadoa 
y de dulces satisfacciones, porque le hablaron con el len- 
guaje inimitable del afecto verdadero, que nace de la since- 
ridad del corazon, dici^ndole que su hijo era tambien el de 
tod OS ell 08. 

Para esa misma noche se decidi6 el bautismo, debiendo 
ser los padrinos del recien nacido Enrique y Eloisa, por pe- 
dido de Mercedes. 

jCadl no fu^ la alegria de la libertadora del prisionero! 
Este era una especie de lazo, uua especie de consorcio entre 
ellos! Y Eloisa estaba agradecida de esta preferencia, ha- 
ci^ndola mui dichosa; preferencia acordada por Mercedes 
para que aquel dia sirviera de conmemoracion de la liber- 
tad de su hermano, a la que habia contribuido Eloisa, unien- 
do este acontecimiento al nacimiento de su hijo. 



I 



Desolacion. 



I. 

Eloisa era la 4nica persona qne salia de la casa, era la 
que estaba Uamada a hacer todas las dilijencias; y sin em- 
bargo, nadie podia decir que alii existia, porque caando no 
entraba tarde tomaba mochas precaaciones para no ser ni 
conocida ni vista; y ese dia, mas que los otros, tenia que 
andar por todas partes, pues estaba obligada a procurars© 
los medios de allanar las dificultades para que se le posiese 
8gua y oleo al nino en la misma casa; pero como a fuerza de 
dinero todo se vence, accedi6 gustoso el pdrroco de^ San 
Isidro a hacer lo que las drdenes de sus superiores le impe* 
dian, pero que la codicia le aconsejaba desobedecer, porque 
Eloisa habia puesto en sus manos tres onzas de oro, y un 
cura de nuestros tiempos y de nuestro pais, no se resiste ja« 
mas a tal aliciente. 

Salvada esta dificultad, Eloisa pens6 que era mas que 
probable que la policia, advertida de la fuga de Enrique, 
auduviese en su busca, y tom6 un coche para dar algunos 
paseos por la calle de San Pablo; y en conformidad a lo que 
habia preristo entonces y pensado ahora, era ya el conven- 
tillo el lugar donde se dirijian los ajentes de la autoridad| 
pues habia muchos de ellos en la puerta y un gran alboroto 
en la calle. 

Eloisa hizo parar el coche y pregunt6 a uno de los espec- 
tadores qud era aquello. 

— Dicen, senorita, contest6 el individuo a quien ae habia 






S6i UM ucui^ui tftL fMikfli 

dirijidOy qne bascan a nn preso de la penitenciaria qne se 
fag6 anoche. 

— jUn preso de la penitenciaria! {Seri algan c^ebre ase- 
Bino? 

— Es mas qne probable, sefiorita, porqne ha entrado al 
interior del conventillo bastante faerza j hai soidados apos- 
tados en las cnatro cnadras. 

— ^Al rededor de toda la manzana? 

— -Sf, sefiorita. 

— jY sabe nsted el nombre del preso? 

— Dicen qne es nn j6ven carpintero, sefiorita, llamado 
Enriqne. 

— Ah! jBaeno 8er& ^1! 

— £1 mi&mo diablo, segnn asegnran los soldados, 7 por 
eso han vehido en tan crecido numero. 

Durante esta conversacion el oiicial qne mandaba la par- 
tita habia hecho derribar las paertan del teniente Lopez 
para ver si encontrabaii al hi jo, y si haliaban alganos pa- 
peles de qne tenian 6rden espresa de apoderarse. 

Independiente de esto se habian tornado declaraciones a 
machos de los alquila lores del conventillo j por pradencia 
o por averigaar la verdad se habian tambien apoderado de 
algnnos que tavo a bien el oficial considerar como sospe- 
chosos. 

Las investigaciones no podian ser sino io^tiles y Eloisa 
tnvo el placer de coogratnlarse por sn prevision; y tapdn- 
dose el rostro a tiempo que salia la tropa para no ser cono- 
cida por algnno de los inq^ilinos del conventillo que podian 
cometer una imprndencia, esper6 nn momento para ver si 
conocia al oficial qne mandada la partida y tomar informes 
mas circunstanciados de ^1, aun cnando ya sabia lo qne ne- 
cesitaba, es decir que Enrique era activamente perseguido. 

No tard6 mucho en presentarse a la cabeza de la faerza 
nn oficial llamado GoDzalezJdvei: alegre y deno menosale- 
gres aventuras, y que era intimo amigo de una de las anti« 



MB ticntnos DKi vwauK S67 

gtias ami gas de Eloisa; asi es que en cuaato lo recoDoci6, for- 
m6 sa plan y orden6 al cochero de Uevarla . a la calle de 
Santo Domingo, es decir, a sa domicilio natural o fiojidOf 
como quiera Uamarse, pero en el cual recibia diariamente 
las Tisitas del sefior ministro. 

Llegando a sn casa, escribi6 una sencilla esqaela conce- 
bida en estos t^rmiDos; 

^^Mi qnerido Gonzalez: 

Si sns ocnpaciones no se lo impiden, deseo verlo. Hace 

tanto tiempo qne no tengo este gnsto que es mni escnsable 

mi capricho. Espero que usted tenga la amabilidad de com- 

placer a en antignaamiga 

Eloisa Msndizabal. 

Vivo en la calle de Santo Domingo, niim. .• y lo agnardo 
a las dod de la tarde." 

Escrita la esquela, mand6 a una de sns sirvientes para 
que faese en el acto al cuartel de policia y tratase de ha- 
blar personalmente con el capitan Gonzalez, entreg&ndole a 
^1 la carta. 

El oficial fu^ mas que puntual, porque antes del tiempo 
indicado se encontraba ya en casa de Etoisa que, despues 
de los saludo9 y zaiamerias de estilo, le dijo: 

— ^Lo he incomodado? jHa estado usted mui ocupado? 
jLo hago faltar a sus obligaciones? ^C6mo est^ su amiga? 

— j/L quien paede incomodar usted, Eloisa! Hace tanto 
tiempo que no la veia, que su esquela me ha sorprendido y 
me ha encantado. {Tiene usted neceddad de mi? Estoi 
pronto para servirla. 

— Nada de eso, amigo mio; tenia ganas de verlo, y esto 
es todo. 

-^{Usted es mui amable, Eloisa! Jamas la habia visto a 
usted tan carillosa como ahora. 

— ^Qu^ quiere usted? nosotras tenemos nueatroa capri- 
chos? jHa estado usted mui ocupado este dia? 

— Algunas horas he estado ocupadisimo. 



368 

— lY no es com que ahora le pertfirbe o dbtraifa da bus 
deberesf 

— ^Nada de eso, amiga mia; me encargarou ir a prender 
a un reo politico que se fug6 anoche de la peniteneiaria, 7 
nada mas; pero mi tarea eati conduida. 

— {A UQ reo politico! |3abe nsted que me gnstau esaa 
historias, y que yo simpatizo con los reos politicos! 

— ^Nada lo estraflo porque usted es tambien una rerolu- 
douaria de corasones. 

— Dej^monos de lisonjas y cutfuteme lo sucedido mien- 
tras DOS sirven uuas once para las que lo he hecho llamar. 

— Estoi mui farorecido porque con los pobres pacas na- 
die guarda esas eonsideraciones. 

— Los pacos son hombres como todos los demas, y cuan- 
do son cabal leros como U8ted, merecen toda espede de 
coDBideraciones; pero vamos al asunto^ 

— ^Ya le he dicho que anoche se fogo de la penitenciaria, 
y no 80 sabe c6mo, un reo politico y nos han lauzado en su 
pei-seguimieuto: pero hasta ahora no hemos sabido nada; 
sin embargo, se supone que no ha salido de Santiac^. 

— ^Y ese reo es de alguna importancia! lEs algun grave 
e inflayente personaje? 

— ^Nada de eso: es un simple artesano. 

''— ^T para un simple artesano se toman ustedes tanto tra- 
bajo! Yo lo dejaria escapar. 

—Tambien soi yo de la misma opiuion, pero estoi obliga- 
do a cumplir mis 6rdenes« 

— jY esas 6rdene8 son perentorias? 

— ^Tanto qne todo el cuerpo esti en campana. 

— jPero usted se ilusiona, amigo mio! Para un hombre 
tan insignificante no se tiene tanto caidado ni tanta vijilan- 
cia. 

— Usted hubiera dicho mejor: no se debtera^ pero sea de 
ello lo que fuere, uno se ve siempre obligado a obedecer su 
consigns. 






— |Ea verdad que no comprendo que un simple artesano, 
por mas importancia que se le d^ o que se le supouga, me- 
rezca los honorea de ser persegnido de esta manera. 

— Y lo que le he dicho a usted no es nada: se ban maudado 
requisitorias ai todos los puntos de la rep^blica para que sea 
aprehendido. 

— jEs posible! Y Eloiia, a pesar de su afectada indiferen- 
cia, palideci6. 

— Y 6rdenes terminantes de tomarlo vivo o mnerto. 

— jTanta severidad! Tanta vijilancial 

— Yo mismo he sido encargado para allanar su casa y 
apoderarme de todos sus papeles. 

— jY qu^ ha encontrado usted? 

— iQu^ quiere usted que encuentre en casa de una per- 
sona tan insignificantel 

— ^Tiene usted mucha razon. 

— Pero es preciso cumplir^y lo he hecho. 

— jY nada ha podido encontrar de grave? 

— jAbsolutamente! Y asi me lo presumia y asi se lo dije 
al comandante; pero ^1 tenia 6rdened superiores, 

— jY cudl es el nombre del individuo? 

—Enrique Lopez, carpinter> o ebanista de profesion, 
edad de veinte a veintidos anos, alto, buen mozo, etc., etc* 

— El gobierno debe estar loco o creer en duendes; pero 
en fiu, ^no hai nada mas sobre el particular? 

— Lo que le he dicho a lasted es cuanto s^; pero creo que 
en las altas rejiones del poder se empefian mucho por to- 
marlo. 

— Dios quiera que no lo consigan. 

— Para mi es indiferente. 

— Yo me intereso siempre por los perseguidos por la jus- 
ticia: sigo en este pun to y estoi completamente conforme 
con las bienaventuranzas. 

-— Ahora, amigo mio, dijo Eloisa, pardndose de la mesa 
en que se habian servido las once, he tenido el gusto de 



no Lot Bmota/Km dxl ruBftLO. 

▼erio y solo me resta decirle que ponga en mi nombre a la 
disposicioQ de sq simpdtica amiga este terno de oro, qae se 
lo obseqnio como an agradable recuerdo, paes quiz^ no 
tendr^ ya el gasto de verla a ella y a usted. 

— jE3 posible! 

— Si, amigo mio: ya no me verdn mas; me voL 

— ^Para d6nde? 

— No lo s^ todavia; pero le aseguro que esta seri naestra 
Ultima entrevista. 

— ;Vamos! dijo alegrementc el policial; justed ha encon- 
trado algan millonario y ha obtenido una colocacion hon- 
rosa y lucrativa? 

— Colocacion honrosa para nosotros no existe; y en cuanto 
a lucrativa, nada me importa; con que asi, usted se ha equi- 
yocado sobre ambos puntos; pero no quiero entrar mas a 
profandizar la cuestion, recomendandole solamente que se 
comporte bien con mi amiga. Adios; tengo que hacer mu- 
chas dilijencias antes de mi partida. 

Y Eloisa estendi6 afectuosamente la mano al capitan Gon- 
zalez que se retir6 tristemente, porque afeccionaba a Eloisa, 
apreci&ndola por su caricter jeneroso y franco, desprendido 
y alegre. 

Tan luego como parti6 el oficial de policia, se diriji6 
Eloisa a la calle de Breton para prevenir a Enrique qae no 
saliera bajo ningun pretesto, lo que contrari6 sobremanera 
al j6ven prisionero, porque tenia la idea de salir a la calle 
para tomar informes sobre Luisa; y aun cuando su intencion 
era linicamente de pasar por la casa de doSa Juana para ver 
si habitaban o no Santiago, sin embargo, se resolvi6 a obe- 
decer a Eloisa, y mas que a Eloisa, a las s&plicas de toda la 
fainilia, inclusa Teresa y Santiago, que tomaban parte en su 
destine y que querian la tranquilidad absoluta de sus bien- 
hechores. 



Um BlOBlTOt D«L FUttUdw 371 



II. 



Mientras teniiui lagftr los acontecimientos qne acabamoa 
de referir, una escena casi parecida pasaba en las altas re 
jianes del poder; porque la faga de Eariqae no solo los ha- 
bia sorprendido, siiio qae lo temiao, y con mui jasta razon^ 
Begun los informes pasados de la penitenciaria, en qae ha- 
ciendo referenda al caso sacedido con el c^lebre jigante' 
Goliat, a&adiendo mil Dtros comentarios qne hacian apare- 
eer al j6ven Enrique como el mas insigne revolucionario y 
como un hombre de accion, de enerjia, de volnntad, de in- 
telijencia, siendo por sf solo capaz de p^nerse a la cabeza de 
sus correlijionarios poUticos, UevanJo nn enorme contin- 
jente de faerza por la grande inflaencia qdi se habia sabido 
ejercia en las masas, pues ^1 habia sido el que las habia 
arrastrado al combate el 20 de abriL 

Informadp, pues, don Manuel Montt de la faga de Enri* 
que, orden6 que se practicaran las mas prolijas dilijencias 
para prenderlo, y en conformidid a estas 6rdenes superio- 
res, se hacian las pesquisas de que hemes sido testigos. Pero 
recordando el grande interes que habia manifestado por la 
suerte de este j6ven el coronel Gazman, crey6 que 6ste ha* 
bria tornado parte en el asunto y mand6 a liamarlo. 

No tard6 mucho en presentarse en palacio el antiguo y 
moderno jefe, y decimos moderno, porque hacia pocos dias 
que habia entrado en el goce de su grado. Don Manuel 
Montt lo esperaba, decidido a arrancarle el secrete, ya faera 
por la astucia o ya por la amenaza, juzgdndolo como los de« 
mas hombres en quienes obra el halago o el temor. 

Don Manuel Montt mir6 de una manera fria e investiga- 
dora al noble anciano, cuya fisonomia inalterable revelaba 
la tranquilidad interior, y le dijo con afable severidad^ sin 
quitarle la vista; 

-*-|Sabe Qsted, sefior coronet^ la grande noeya 4^1 4ia? 



St8 1^ iOKttinKMi ina lixriS^. 

— No s^ nada, sefior. 

«-lG6moI caando es una cosa que a nsted le interesa! 

—{Que a mi me interesa, seilor! Bien pocas cosas me li- 
gan al mnndo. 

-*-Pero esta es una de ellas, paesto qae nsted no hace 
muchos dias me habl6 a mi mismo de ella. 

— iQaerrd S. E. referirse a mi s4plica? 

— Justamente. 

— ;T bien, se&or! ^Ha tenido S. E. la jenerosidad de con- 
cederme tan laego lo que le pedia? 

Y los ojos del coronel brillaron de alegria. 

Don Manuel Montt dijo entre si mismo: o este es mas hi- 
bil que yo para disimular, o no ha tomado parte alguna, e 
inmediatament^ oontest6: 

— ^Yo no he tenido la jenerosidad, seSor, sino que se la 
han tomado. 

— jSe la han tomado! No s^ lo que S, E. quiere decir. 

— ^Lo que quiero decir y lo que usted debe saber, es que 
el reyolucionario Enrique Lopez se ha fugado. 

— jSe ha fagado! jEstA Enrique libre! No podia S. E. 
darme una noticia mas satisfactoria. 

Habia en esta sorpresa y en este contento 'tal naturali- 
dad, tal espresion de verdad, que al presidente no le cupo 
duda de que el coronel no habia tomado parte en la fuga de 
Enrique; y le hizo tanta gracia aquella manifestacion • de 
franca alegria, que le dijo ri^ndose afectuosamente: 

— ^Parece, senor, que le agrada a usted mucho el mal 
del estado? 

— No el mal del estado, senor; pero si el bien de mi que- 
rido discipulo, de mi querido hijo. . . 

— {Relaciones tan intimas tenia usted con ese joven? 

— Si, senor; y mas todavia: porque fu^ el padre de ^1 
quien me libert6 de capilla. 

— Comprendo, sefior, y aprecio sus sentimientos; pero el 
liombre de estado tiene que ser distinto* 



tM tlOnRMI WKL F9SBM. 373 

— No 86 lo que es un hombre de estado; pero s6 lo que 
es un hombre de bien. 

— De mauera, sefior, que si ese temible revolucionario se 
le preseutase, como es de. esperarlo, ^no lo entregaria usted 
a la justicia? 

El coronel don Toribio de Guzman mir6 fijamente al pre- 
sidente, dici^ndole con entereza: 

— Creia no haber dado a S. E. motivo alguno para que 
me dirijiese tales palabras. Y si es por el grado en que me 
ha restablecido S. E., grado que be conquistado en los cam- 
po8 de batalla defendiendo a ml patria y del que nadie 
puede privarme, t6melo de nuevo S. E , qulteme en bora 
buena el titulo y todo lo demas anexo a ^1, que en cuanto al 
honor, lo he adquirido, lo ten go y no esttC en manos de na- 
die arrebatdrmelo; pero no me haga S. E. proposiciones que 
envuelven un insulto, porque envuelven una bajeza y Tori- 
bio de Guzman es incapaz de cometerla« 

— No hai motivo para exaltarae, coronel. Usted debe con* 
cebir que el bien de la patria vale mas que el bien de un 
individuo y que no por evitar un pequeno mal se permitan 
mayores. 

— S. E. obrard como lo crea conveniente, pero yo tam- 
bien 8^ c6mo debo de conducirme; y para terminar dirS a 
S. E. que hoi mismo voi a tratar de buscar a Enrique, y que 
si lo encuentro, como me lisonjeo, no solo no lo entregar6 
a la justicia, sino que lo ocultar^, y no solo lo ocultar^, sino 
que lo defender^ y antes de tomarlo pasar^n sobre mi ca- 
daver. 

Don Manuel Montt, - sensible a todo acto de magnanimi* 
dad, y apreciando la franqueza sin tenerla, estendi6 la mano 
al coronel, dici^ndol^ al^mismo tiempo: 

— ^Si me dejara Uevar por mis sentimientos de hombre, 
daria en el acto libertad a su discipulo, pues me agrada la 
manera de ser del maestro; pero ya creo haberle repetido 
otras voces que me veo en la precision, en U necesidad, en 



37i Ml nouMi ML vnu^ 

el deber, de contrariarme a mi mismo para satisfaoer las 
extjencias de mi puesto, para Ilenar las obligaciones que he 
contraido con la nacion; asi es, seftor, que ea el caso pre- 
sente vamos a entrar en pngna, pero en pngna franca, pnes 
yo har^ cnanto paeda per apoderarme de ese peligroso j6- 
ven y asted harS cnanto pneda tambien por defenderlo; 
pero cnalquiera de los do^ que gane la partita, seremos 
eiempre amigos. Y el preddente estendi6 otra vez la mano 
al coronel, significindole asi que no deseaba le replicase. 

Mas djil que en los aQos de su juventud, porqne la ale- 
gria da alas, se diriji6 el solitario a casa de Lnisa, que lo 
estaba esperando, porque tenia el presentimiento de que el 
llamado del presidente seria favorable. 

— ^Ya 8^, ya s^, seilor, la nuera que nsted trae, esclam6 
Luisa, al ver al anciano. 

— Imposible, imposible, hija mia; es demasiado grande^ 
demasiado buena... 

-^jEnrique estd libre! 

— 4C6mo.lo has adivinado? 

— Lo he leido en su cara. 

— Sf, cstd libre; pero est^ perseguido. 

^jPerseguido! ij por qni^n? 

—Por la autoridad. 

-^{Que no ha sido perdonado? 

—No; se ha fagado. 

— jFugado! Paes bien, sea; lo salvaremos* 

— Sf, espero ganar la partida que tengo entablada con el 
presidente. 

Y el coronel 'cbnt6 a Luisa todos los incidentes de esta 
liltima entrevista. 

Hacia tiempo, mncho tiempo que Luisa no habia esperi- 
mentado una alegria igual; le parecia que vol via a la vida^ 
que era una ezistencia nueva, una 6rbita distinta que re- 
corria... La idea de ver a Enrique, de encontrarse en su 
presencia, talvez de un niomento a otro, le causaba una tur- 



1M ilQBlTOa ML PUBBLO. 375 

bacion delicio8a que no babria cambiado por ningnna for- 
tnna. 

jQa^ iba a decirle despnes de -tan larga ansencia! G6mo 
estaria despnes ds tan to sufrimiento! Qa^ cambio habria es- 
perimentado en sua ideas! jTendria ahora valor para decirU 
que la amaba? Y ella! y ella ^c6mo debia recibir esta decla- 
racion en el estado en que se encontraba? Por otra parte, 
icuil seria la opinion de Eorique? ^ Apreciaria su accion? ^La 
disculparia? ^La haria responsable de su condescendencia? 
{Seria capaz de apreciar su saerificio? ^Entraria en todos los 
pormenores que la habian obligado? jDebia ella esplicirse- 
los? iG6mo obraria en lo sucesivo? ^Q^e caminb seguiria 41 
J cudl era el que a ella le correspendia? En fin, jque nue- 
vos sentimientos, qu^ nuevas ideas, qa5 nuevo r^jimen seria 
preciso adopter? Y toda esta preocjupacion la ocupaba, la 
embarazaba, la aliviaba, la abatia y la soatenia, la hacia sn- 
frir y la hacia gozar; en una palabra, llenaba su existencia, 
haciendo subir la savia, haciendo latir el corazon, trayeado 
esa superabundancia de vida que es el patriotismo de la 
juventud, el faego sagrado del alma que se alinaenta con lo 
mismo que al parecer lo estinguiera. 

El solitario, por su parte, aunque ya en el ocaso de la 
vida, cuando los seniimientos se ban amortiguado, cuando 
las impresiones son tenaces, cuando todo se apaga a nuestro 
alrededor^ el solitatio, decimos, Se sentia rejuvenecer, nacer 
a la esperanza, entrar en la actividad de los afectos, porque 
preveia que de la libertad de Enrique dependia la felicidad 
de Luisa, y talvez la felicidad de todos, incluso la de ^1 mis- 
mo; y presumia, como presumia Luisa, que de un dia a otro, 
que talvez en unas cuantas boras tendria el gusto de estre- 
charlo entre sus brazes, pues era fuera de duda que trataria 
de bnscarlo o de buscar a su amada, a Luisa, a quien ado- 
raba y de quien no debia tener noticia, encerrado en una 
prision y ausente su familia, de quien podria haber sabido 
algo si acaso se hubiese encontrado en Santiago y que I^ui^a 



L 



37( um iiouam vml maux 

la bxibiese visto en nna de las ocasiones qne habia ido a 
iDformarse al conventillo. 

TeoemoB que.advertir tambien que la j6ven patricia, in- 
dependiente de bus visitas al conventillo y otras mnchas di- 
lijeneias que habia hecho, se habia tambien presentado en 
diferentes ocasiones a la quinta de Yungai, encontracdo 
siempre los mismos moradores, pero sin que supiesen el pa« 
radero de ninguno de los tniembros de la familia Lopez y 
bastante alarmados por tan prolongada ausencia. 

Luisa y el solitario decidieron desde ese momento no sa- 
lir de casa para esperar a Enrique, contando con la segnri- 
dad de qne vendria tan luego como le fuera posible, tan 
prpnto como se lo permitieran las circnnstancias haeerlo sin 
riesgo; y en conaecuencia, se dieron las 6rdenes necesarias 
a los siiTientes con este objeto, sin despertar en ellos esa 
curiosidad peculiar a lo? ^riados y que por impradencia po- 
dia poner en peligro a Enrique. 

III 

Eloisa, precavida siempre e interesada sobremanera en 
tomar todas las precauciones necesarias para que no exis- 
tieran ni siqniera probabilidades de mal ^zito en la irdua 
empresa de poner en seguridad eompleta a Enrique, se ha- 
bia decidido esa noche a esperar al galante ministro por 
precaucion, es decir, eon el mismo fin con que habia hecho 
Uamar al oficial de policia; y como no dudaba que el diplo- 
matico vendria infaliblemente por su ausencia de la noche 
anterior y por la fuga del prisionero, hizo prevenir al cura 
de San Isidro que el bautismo y 61eo de la criatura no ten- 
dria lugar sino a las diez u once de la noche, para lo cual 
se le pondria un carruaje; y ells, por segunda vez, se fu^ a 
la calle de Breton con el objeto de hacer todas las preven- 
ciones necesarias y quiz& tambien eon objeto de ver a En- 
rique. (Qoi^n es el que se sacia de mirar a la persona ama- 



i^M 



ton aOMSTOS DIL FUSSLd. 377 

da! iQui^n no encaentra sa mayor delicia en contemplarla, 
aun cuando no aea mas que por un naomento! 

De vuelta a su casa en la calle de Satnto Domingo, se 
vistid con la mayor elegancia, ni mas ni menos como si qui- 
siera sedacir, trianfar, avasallar pjira siempre a an hombre: 
esta era la hdbil maniobra que ya habia empleado con el 
ministro y que le habia dado buenoa reaultados; de consi- 
guiente, se valio de todo su arte en el peinado, hizo ugo de 
lus mejores perfumes, se puso sua mas rican galas, se mir6 
cien mil veces al espejo, estudid su fisonoraia, calcul6 las 
posturas mas naturales y mas atractivas, trat6, en una pala- 
bra, de aparecer interesante, y mas que interesante, encan- 
tadora. 

Esa noche, y en conformidad a la prevision de Eloisa, el 
ministro no esper6 la hora acostumbrada de su visita, sine 
que se present6 mucho mas temprano. 

El salon se encontraba perfectamente iluminado, y Eloi- 
sa, nn tanto reclinada sobre un sof4, habia adoptado una 
actitud que realzaba todas sus gracias naturales, que dejaba 
.dM Jtodo, so, hechi^os; j coa una co^u. Ja 1 J. d. 
sencillez, pero por esta razon cien mil veces mas peligrosa, 
habia colocado medio a medio de su divino seno un boton 
de rosa blanca eon dos hojas verdes que demarcaban la se- 
paraeion deliciosa de encantadoras formas, misteriosas a 
la vez que di^fanas al traves de los encajes que las cu- 
brian. 

El ministro apareci6, y ella aparent6 no verlo para que 
la mirase un instante en esa especie de irreflexion y esta- 
diado abandono: el objeto que se habia propuesto estaba 
conseguido; el ministro estaba mas que nunca cautivo. 

— Sefiora! e8clam6 el diplomitico; venia a pelear con us- 
ted y veo que estoi vencido antes de entrar en combate. 

— jA pelear eonmigo! Yo creia no haberle dado motive 
alguno, sino que por el contrario. . . 

— Si, usted ha sido mui sagaz, mui engafiadora. 



378 XM 

— ^Yo soi siempre inj^noa on mis afeccioncs, sefior, y ja- 
mas las traicioDO. 

— No es precisamente de una traicion de la qne qniero 
hablar; pero nsted ha aprovechado de mi concesion para 
bnrlar la Tijilancia lejitima del gobierno. 

— jYa 8^ d6ode qaiere nsted venir a parar! Y Eloisa son- 
ri6 carifiosamente al ministro, mostrdndole esa cavidad en- 
cantadora adornada de fiaos y blancos dientes con labios 
de D&can paraiso lleno de delicias que convida a beber la 
copa del di vino nectar con el cnal se embriagaban los dioses 
del Oiimpo. 

El ministro estaba lelo y no sabia casi lo qne pasaba por 
^1: tal era el predominio qne habia tornado Eloisa y qne en 
ese momento ejercia con mas faerza. 

— Sf, amiga mia, coDtest6 al fin el diplbmdtico, sent^n- 
dose al lado de Eloisa y tomdndole sn snave y perfnmada 
mano; nsted se ha valido del permiso qne yo le habia acor- 
dado o qne habia consegoido, para hacer evadirse a sn her- 
mano. 

— Le asegnro a nsted que soi inocente y qne me trae la 
mas bnena noticia, hacidadome esperimentar la mas agra- 
dable sorpresa: jcon que Enrique se ha escapado! 

— listed lo sabe major que yo, sefiora. 

— iCadnto me alegro, amigo mio! Y el ingrato ann no ha 
venido a verme! 

— Vamos, d6jese nsted de disimnlos, y digame franca- 
mente ddnde lo tiene escoixdido; desearia verlo, desearia co- 
nocerlo para decirle cuanto ha hecho nsted por 61. 

— ;E1 picaron lo sabe bien! Y sin embargo no se ha pre- 
sentado a mi vista! ^Cudndo se fng6? 

— Anoche; pero yo soi nn zonzo en darle esplicaciones 
sobre nn hecho en que nsted ha tomado parte. 

— ^Y qud mal habria obrado snponiendo que fnera cierto? 
— Ninguno respecto a nsted; mucho respecto al gobierno 

de qne yo hago parte. 



urn ncnavM vml mnjb. 379 

— jY qu6 falta, qu6 mal le hace al gobierno un preso mas 
o menos? 

— jC6ino 86 Gonoce qoe listed no sabe nada de adminish 
tracionl 

— jYa lo creo! ni me ocupo ni me ocupar^ nanea de ella; 
perO) les verdad lo que nsted me dice? 

— ]Io&iste nsted todavia en engafiarme! 

— jOjaU faera cierto qne lo engaSabal 

— jDe veras! jUsted no sabe nada? 

— jY qn^ quiere nsted que yosepa! 

— jNo ha visto usted a su hermano? §No ha veoido to- 
davia? 

— Sefior, espero al menos que usted no se chancee con 
mis afectos ni se burle de mb esperanzas: ya me ha repeti- 
do esto mismo ahora poco. 

— Paes, amiga mia, lo que le digo es la verdad: su her- 
mano se ha escapado anoche. 

— jAnoche! 

— Si, anoche. 

— jY de qu^ raanera? 

— No se sabe. El Anico vestijio que se ha encontrado ha 
sido una larga cuerda llena de nudos y que estaba asida al 
tope de un alto palo que habia en uno de los patios; pero 
es preciso que su hermano sea el diablo para que se haya 
volado de esa manera. 

Eloisa se sonri6 sin interrumpir al ministro, que conti- 
nu6: 

-7-Sf, es preciso ser el mismo demonio; de otro modo no 
se concibe su evasion. 

— jY lo persiguen? 

— Es indadable; y creo que. aun cuando se esconda como 
un alfiler, no escapard: las medidas est^n bien tomadas. 

— Pero, senor, usted que es un hombre de tanta inteli- 
jencia como corazon y que posee mi carino, ^no se apiada- 
ria de ^1? jno se apiadaria de mi hermano? 



380 L08 SB0BXT08 DK. P0XBJM)b 

— jSu carifio! Esto vale mas que una razoa de estado: 
cnente usted conmigo. 

— Esto 68 lo mismo que contar con el gobierno, 

— No lo crea usted: don Manuel Montt, qne es el presi- 
dente de la repiiblica, no es lo mismo que yo que me ena- 
moro de unos bellos ojos que pueden obligarlo a uno a ha- 
cer las mas grander locuras: don Manuel Montt es la lei, es 
el c6digo, es la justicia, es el 6rden, es la est^tua de Miner- 
va, que no ve otra cosa que la razon y la conveniencia del 
pais; y ^1, a quien estamos y debemos estar sometidos en 
cuerpo y alma, no transijird nunca, porque ^1 no tiene otra 
conciencia que el bien del pais. 

— Pues si ese nuevo Minos no tiene corazon, no faltard 
quien lo tenga. 

— Es decir, que usted cuenta conmigo. 

— Indudablemente: seria un insulto para usted y una de- 
ctpcion para ml el no juzgarlo asi, 

— De manera que no es a 61 a quien debo obedecer, sino 
a usted. 

— Y advierta que yo exijo una ob^diencia pasiva, ciega, 
inalterable. 

-— jLa obediencia del perro? 

— Ni mas ni meiios. 

— Si usted lo exije, si usted lo ordena, la tendr^. 

— Quiero que usted me d6 un salvo-con due to para Enri- 
que, y puesto que el presidente es inflexible, serd necesario 
que nsemos del subterfujio. Por otra parte, esto entra tarn- 
bien en la politica. Usted le hard un servicio al senor Montt, 
porque lo libertard de un enemigo tan temible como mi 
hermano. 

— Pero esto es comprometerse demasiado. 

— jY yo no me comprometo? 

— jPuedo aspirar, Eloisa?. . . 

— I A qu^ no se puede aspirar? 

— {Me ha hecho usted penar por tanto tiempo! 



fibi ta0kvsoB dxl puiblo. 3tl 

— Vo qaitro, amigo mio, contestd Gloisaf apretando ana- 
ve 7 sigQificatiramente la maao del ministro; no qniero siiio 
hacer concesiones volantarias. Poner prejsio al favor es des- 
trairlo, y a mi me gasta la espoutaneidad en todo; sin eato 
no paede existir el goce, no puede existir nada; y yo soi 
en este panto de ana estricte^s de principios incontrastable. 
^Qa^ me importaria ana concedion por otra concesion? Esto 
no seria otra cosa qae an trafico, y con el corason y con los 
afectoa no se paeden, no se deben establecer mercados: todo 
negocio en ese sentido es una degradacion, y yo no quiero , 
degradarme^ ni asted aceptaria con gasto eata degradacion, 
porqne lo sapongo maa elevado y mas digno, siendo en este 
sentido qae me es dado apreciarlo y qae me sea dado qae- 
rerlo. 

— ^De veraa, Eloiaa? 

— ^Dada asted de mi verdad? jNo re asted mismo ' qae 
en mi franqaeza hai algo mas qae solicitar ana gracia? 

— Firmar^, amiga mia^ el salvo-condaoto para sa her-* 
mano. 

— r^Sin exijencia algana? 

--Sin exijencia* 

— Ah! lajenerosidades la mejorarma para veneer. {Qai^n 
no admira an acto desinteresado? jQai^n no se some^je at 
imperio de la magnanimidad? Le agradezco sa accion por 
usted y por mi: por asted, porqae me lo ha hecho conocer 
a fondo; por mi, porqae paedo apreciarlo y. . . 

— Deme asted papel y plama, Yo jaego mi cartera de 
ministro contra anos belloa ojos. Este serd an disparate para 
los hombres de estado y yo mismo lo habria conaiderado 
como tal hace mai poco tiempo; pero asted me ha traafor- 
mado completamente. 

— Me es imposible, sefior, aceptar tanto sacrificio. Rehaso 
desde luego y me aometo al destine sin eaperar algo del 
favor, ;E1 pais perderia tantp con sa aalida del ministeriO| 
qae vale maa qae se sacrifiqae mi hermanol 



— Pero TJc^m^ €gc?mni6 spMOoadamente d diploniitieo; 
wted cs dcmawJido devadu j eaki pomda de iden Uenitt 
de^ P»o jamM eooKiitir^ en m Mccifido. 

— Yo DO aeepto, teftor; porque si jo puedo aurificanne, 
mo debo aaerifiev a otroa. 

'^I>g^iiioiiaa de aigam^itactoaea. Ha deddido ladYar a 
sa bCTmano j ae aalrar^ aoceda lo qae soeeda. 

Un feUUnpago de feliddad paa6 por I09 ojos de Eloiaa; j 
pai&odoae eon gneiMj eoloe6 d tintero j el papd oerca del 
miotstro, que eseribid una carta privada al inteadente de 
Yalparauo para que dejan paaar a Enriqae si sadia del pais 
o DO lo captarase en caso qae fuera a residir en aqaella 
dndad* 

— ^Yaestii hecho eoanto osted deaeaba, amiga mia, y 
tengo ana verdadera satisfuscton en haberia servi Jo en algo, 
rin intern y &0I0 por Tolnntad^ y solo por carifio. 

— >£i hac^ bien nnnca se inerde, sefior. 

— Ojali sea asL 

— Ho ]o dnde osted: Dies recompensa siempre las bnenas 
acciones. 

— {Dies! La cosa es algo lejana. Mas bien qnisiera. . • 

Eloisa solt5 ona carcajada^ y conteniSndose, afladio: 

— He habian dicho qne osted era moi piadoao, y nonca lo 
be poesto en doda. 

— lY en qo^ he fidtado a la piodadf 

— ^Em de dedr qae Dios es ona coaa mai lejana. 

-^Disc^lpeme nsted, sefiora, el entosiasmo nos hace ha- 
blar lo qae no debemos. 

—En fin, sea de ello lo qae faere, yo no paedo menos de 
estarle sgradecida y desde ahora caente osted con mi reoo- 
nocimieoto. 

— Desearia mas bien contar con so carifio. 

— Del ono es fiicil y natural pasarse al otro. 

Eloisa, sin prosegnir mas en ana conversacion que moi 
pooo la inter^aba, trat6 de qne se faera el ministro; pero 






LOB SIOUVOB DEL P0JBBLO. 883 

para despedirlo eontento, 8ac6 el lindisimo bo ton de rosa 
que tenia en 8u seno, y presentdndoselo, le dijo: 

— Slrvase usted aceptar esta flor como un recuerdo, como 
una praeba de mi cari. . . 

Y Eloisa, sin acabar de pronunciar la palabra, afiadi6: 
de mi gratitad. Y baj6 los ojos con ana hipocresia encan- 
tadora como para decir que habia ido mas alia. 

— Eloisa, Eloisa, e3clam6 el diplomatico arrodilldndose; 
prosiga usted, coucluya, diga francamente: "De mi carifio, 
de mi amor.^' 

— {Y bien! contest6 Eloisa, como si la pasion la arrastra- 
se: "de mi amor.. ." 

— jAi! qu^ dicha! qu^ felicidadi Al fin.. . 

— Sf, al fin seremos felices en pocos dias mas. 

— ^Me lo prometes, Eloisa? Y el ministro le hablaba de 
tu por la primera vez con esa deliciosa familiaridad del ca- 
rifio. 

— jC6mo no he de prometer lo que quiero, lo que deseo! 
pero sepa usted esperar .. Adios, amigo mio, taWez ma&ana 
no tenga el gusto de verlo, pero despues. . . 

— jCruell ;Por qu^ privarme un dia de esa felicidad, de 
la dicha de estar a tu lado! 

— Privarnos, diga usted mejor. 

— jPrivarnos! Tienes razon, querida mia; pero por lo 
mismo. . . 

— Tengo mis secretos: espere. 

— ^Me resignar^. 

— Nos resignaremos, amigo mio; pero despues... Adios, 
d^jeme usted, d^jeme usted. . . 

Y Eloisa corri6 hacia su dormitorio como si se temiera a 
fil misma; y cerrando la puerta con Have, dej6 plantado al 
diplomatico medio a medio del salon y de rodillas como se 
habia puesto. 

En seguida mir6 por el agujero de la Have y lley6 el pa- 
fiaelo a su boca para ahogar la risa: el ministro conservaba 



SS4 UNI BioAwoa vUl ftnono. 

la misma acfcitad j Uoraba j reia mirando el boton de rota 
que a cada instante Ilevaba a sos labios. 
Al fiu tom6 sa sombrero y partid. 

IV. 

Desembarazada de la presea«ia del miniatro, volvi6 a 
vestirse Eloiga con sa sencillo y modesto traje de iglesia, 
hiao venir un cocbe y se dirijid donde el cura de San Isi- 
dro para condacirlo a la calle de Breton. 

El santo cara se coloc6 al lado de la encantadora mncha- 
cba, que sin dnda le hizo eaperimentar nna de aquellas sen* 
saciones inesplicables que nos cansa el contacto de la mnjer, 
cnya saave y perfamada atai63fera atrae, prodnciendo en 
nosotros ana especie de escalofrio qae nos estremece deli- 
ciosamente, paes al poeo rato principi6 a rezar en latin, sin 
dnda para desecbar la tentacion del espiritn malo, a quien 
en ese momento tenia el bonor de representar Eloisa, qne, 
en concepto del baen presbitero, debia ser la forma qne ha- 
bia adoptado el diablo para hacerle perder sa alma; asi es 
qne impert^rrito en sa santa y her6ica lacha, sali6 al fin 
vencedor, paes no desplego sas labios hasta qne el coche 
paro frente a ana paerta de calle de mas qae modesta apa- 
riencia, y que no estaba por consigniente en relacion con 
los faeries derecbos qae le habia volantariamente pagado 
aqnella senorita, por el solo hecho de poner el dleo faera de 
la parroqaia, haci^ndole presamir qae aqaello cncerraba al- 
gnn misterio; pero como sa mision era mni limitada y cj- 
nocida, no tenia para qu^ investigar asantos qae no eran 
de sa resorte. 

El cara baj6 primero del carraaje y no tavo siqaiera la 
amabilidad de ofrecer la mano a Eloisa para qne descen- 
diese a sa vez, sIqo qae por el contrario mir6 h^cia otro 
lado para no rer aqael pi6 encantador qae se descabrid has- 
ta an poco mas arriba del tob^lo al tiempo de sentarlo en 
el estribo. 



/ 



La j6ven fi6 sonri6 con disimulo, porque, por una de csas 
afinidades misteriosas de la naturalezd, por nno de esoB flai- 
dos magn^ticos que se comanican, se infiltran o se reper* 
cnten, sin saber c6mo, dejin ser a otro ser, ella habia cono- 
cido, habia adivinado, diremos mejor, lo que pasabft por el 
buen sacerdote; y si se hubiera ballado en otras circunstan- 
cias y con otras ideas, talvez le habria agradado segandar 
el plan del demonio, conquistdndole, annqae faera por mero 
pasatiempo, aquella alma para sa popnloso imperio. 

Como ea de presamirlo, todo estaba preparado en la casa, 
y la ceremonia relijiosa se llev6 a efecto, sirviendo de pa- 
drinos a la criatnra las dos personas que hemos indicado ya 
y que creemos no habr& tan laego olvidado el lector. 

Esa nophe se pa86 en deliciosa platica y nada vino. a tur* 
bar aqnella sencilla alegria con que se celebrab^ el baatismo 
del ni&o; solo Enrique, sin dejar de estar contento, tenia una 
preocupacion que no podia, que no queria tampoco dese- 
char. 

Durante el dia y en algunos momentos que habia pasado 
, a solas con Mercedes, le habia preguntado si no habia teni- 
do alguna noticia de su amiga, a lo que le habia contestado 
su hermana, que no saliendo a la calle ninguno de ellos, 
salvo Eloisa y Santiago, que iba a su taller, no habian podi- 
do tener la menor noticia, siendo esta una de las cosas que 
mas la entristecia, y que, aun cuando habia preguntado a 
Eloisa y dddole las se&as de la casa para que se informase, 
nunca le habia dicho nada, lo que le hacia suponer que es^ 
tarian todavia en el campo. 

Enrique estaba, pues, mui contrariado con esta ignoran- 
cia absoluta sobre Luisa y su maestro, y resolvi6 hablar con 
Eloisa al dia siguiente para combinar algun plan por el cual 
pudiese llegar al conocimiento de aquello que tanto le inte- 
resaba saber. 

Aun no amanecia cuando ya Enrique, que no habia pe- 
gado sus ojos durante la noche, se paseaba por el patio, sin 



dacU para refirescar aa ardiente cabesa y hablar con Eloisa 
antee que aalieee a la calle. 

No tairo naestro j6Fen amigo macho que esperar, por- 
que la poerta del cnarto de Eloia^ se abri6, apareciendo ella 
reatida ja como para salir. 

— Mi qaerida hermaaa, dijo Eorique a Eloisa, yeado don- 
de ella estaba y tom&ndole ona de sns manos con esa £Aini- 
liaridad pora del sentimiento de la fraternidad. T como se 
habia acostnmbrado a Uamarla siempre asi y a tener con 
ella la confianza de tal, Eloisa no se estran6, sino qne lo mir6 
carinosamente, pregnntdndole: "^Qa^ qnieres?^ 

Debemoa tambien advertir qne con el largo trato y con 
la familiaridad con qne estaban obligados a hablarse en la 
penitenciaria delante de la persona qne los vijilaba durante 
sn entrevista semanal, se habian acostnrnbrado de tal modo 
a tratarse, qoe ya lo hacian por hibito, sin poder volver 
atras, lo qne bnbiera sido mni doloroso para Eloisa^ porqne 
esta confianza era nna de las cosas qne mas le agradaban y 
qne mas la hacian gozar. 

Enriqne cont^t6 a la pregnnta de sn hermana adoptiva, 
con esta otra interrogacion: 

— ^Por qn^ te has levantado tan temprano? 

— No tanto como tii^ Enrique, paes hard como media hora 
qne oigo tns pasos en el patio. 

— Es verdad, tenia calor, estaba medio sofocado. 

— {'^e sientes mal? T Eloisa mir6 al joven con interes y 
como para ayerignar si Enrique sufria algo. 

— No precifamente, hermana, pero iii comprender^ que 
despuea de tantos acontecimientos no se puede e^tar mui 
tranqnilo. 

— jPero, Ennque, ahora eslas con tu familia y est^ libre! 

— Itespecto a lo primero, te concedo: tengo mucbo gnsto, 
mucbi^imo y xii no eiitras por poco eu mi sati&faccion. Y el 
j6ven apret6 c^rinosameDte la mano de su hermana que 
conservaba aun eutre las soyas. 



not nounos nm rwas^ 38T 

Eloisa se estremecid y mir6 a Enrique de una manera 
rara; tan rara, que ^ste no comprendi6. 

— ^Te decia, pue^, prosigui6 el j6ven, que es para mi una 
gran felicidad el estar con ustedes; pero respecto a Hbertad, 
no he heclio mas que mudar de c&rcel. 

— jMudar de cArcel! ^Llamas t<i mudar de cdrcel el estar 
en tu casa, el vivir con las personas a quienes amas y que 
te amau? 

— Tienes razon, hermana mia; he sido un bdrbaro en ka> 
War asi; pero queria decir iinicamente que me es prohibido 
salir, que no puedo ir a ver a mis amigos, que* . . . 

— No seas ppco agradecido a Dios, Enrique, 

— Dices bien, Eloisa. 

— Mira: si quieres salir, si qaierea irte, puedes hacerlo hoi 
mismo. 

— jQu4 es lo que dices? 

— Lo que oyes. 

— ^^Has conseguido mi libertad completa? 

— No precisamente; pero puedes ir al punto que quieras. 

— iC6mo? 

— Tengo en mi poder un salvo conducto para tu persona 
y que va dirijido al intendente de Valparaiso. 

— ^Qa^ tengo yo que hacer en Valparaiso? 

— ^Te encuentras persegnido, amigo raio, y un dia u otro 
pueden prenderte; mientras que saliendo del pais por algun 
tiempo, puedes volver despaes cuando se hayan olvidado 
los acontecimientos y amortiguado un tanto las pasionea 
polfticas. 

— Yo no qniero dejar a Chile, hermana mia, no. 

—Compreudo que no quieras abandonar tu pais y menbt 
tu familia; pero esta es la manera 4nica de salvarse, amigo 
mio; cr^emelo: ahora hablaremos sobre este punto con tus 
padres y con tu hermana. y te convencer^s. ' 

— No necesito de conrencimiento alguno, pero no qniero 
abandonar a Chile. 



$88 

Eldua ae figar6 an momento que talrea ella seria la causa 
de la tenacidad del j676a ea no dejar an pais, 7 le dijo: 

— jT ai te lo pidieran por favor, Earique, Iob mismoa que 
estdn maa interesadoa qne tu en que no te alejed? 

Enrique, a su turno, mir6 a Eioiaa, pensando que hacia 
referenda a Lnisa y que talvez con 8u penetracion habria 
Uegado a descubrir algo de su secreto, sabiendo quiz& algu* 
na coaa que le ocnltaba. 

— En eae caso, contest6 el j6ven, iria con gusto. 

— ^Pnea bien, ya veremos. . . 

T a an vez Eloisa apret6 la mano de Enrique, que tarn- 
bien ae tnrb6 y ae e3tremeci6 a su turno, creyendo que no 
tardaria en hablarle de Luisa. 

La conversacion continu6 por largo rato sobre las proba- 
bilidades de faga, sobre el disfraz mas conveniente, sobre 
el lugar donde seria preferible dirijirse, sobre riesgoa, etc.; 
pero nada referente a Luisa, que era lo qne el esclusiva- 
mente deseaba, haata que ae resolvi6 abordar la auestion 
con mana para no comprometerse ni comprometer a an ama- 
da, porque ya eataba convencido que Eloisa no sabia nada 
de sua relaciones, o diremos major, de sus pensamientoa 
ocultoa, pensamientos que a nadie habia revelado escepto a 
an hermana y al solitario, y qne por consiguiente debia ig* 
norarloa Eloisa por mucba (jue fuera su penetracion. 

V. 

Enrique, antes de atreverse a hablar sobre Luisa y a pro- 
nunciar an nombre, consul t6 su interior, trat6 de criar faer- 
saa, ae empe06 por componer au semblante, por aparentar 
la mayor indiferencia; y cuando (»*ey6 qne estaba bien pre- 
parado, que era impenetrable, que nadie podria leer en su 
corazon, aun los que eatuviesen mas familiarizados a cono- 
eer o a adivinar sua impreaiones, dijo a Luiaa: 

— )Te ha preguntado algunas veces Meroedes por una 



3M 

sefiorita amiga suya y que se llama dofia Laisa Valdesf 

— Machf&imas. 

— Y le has dado alganas notiicias de ella? porqae sd qa« 
esto le seria mni agradable a mi hermana. 

— lY por qui n6 desagradablc? . 

— Porque ella la quiere machisimo. 

— Paede ser mui bien qoe por la misma raeon de qoerer^ 
la machisimo le fuera mad desagradable. 

-J-No si lo que quieres decir. 

— Yo si qae l<> b6 j th tambien lo aabr^, pere nadie mas. 

— ^Conoces a esa sellorita? 

Y Enriqaa apenas pudo disimolar sa sobresalto. 

— ^De vista. 

— jLa has visto? 

—En machas ocasiones, y siempre procuro verla, porqae 
me intereaa, tanto por el afecto qae s^ que le ttene Merce* 
des, cuanto por ella misma, porqae jamas he encontrado una 
sefiorita mas hermosa, mas po^tica, mas encantadora; jamas 
he visto a nadie qae llene tanto ml gasto como ella. Si fae* 
ra hom^re y monarca habria puesto cien mil veces a sas 
piSs mi corona. Una sola mujer hai que se le asemeje, aun- 
que de formas distintas y talvez de caracteres, y esa mujer 
es tu hermana. ^ 

Enrique oia con delicia todo cuanto decia Eloisa, que 
continu6 su conversacion, afiadiendo: 

-— Y esa mujer es tu hermana; pero en el mundo no hai 
dos tipos mas perfectos y me parece que dos almas mas pu* 
ras y sublimes. Por esta razon he comprendido el grande 
afecto de Mercedes por esa sefiorita y el que debe tenerle 
esa sefiorita a Mercedes. Por esta raz ju he comprendido la 
amistad que debe unirlas, a pesar de la grandisima diferen- 
cia de ambas posiciones, ya sea en familia, ya sea en fortu- 
na, porque la seSorita Valdes pertene(se a la mas alta socie^^ 
dad y es una de las mas ricas personas de Santiago. 

— Y bien, Eloisa; {por qu^ si conoces a la sefiorita Luisa, 



por qwi m la lisi Tirto ao te lo Ini OMBaiado a an het 



y 



— Fufqae le liabris cwmIo mi gnve sal j bo lie q wri- 
do atonneatafUL He prefiEnido cdlanae, be prefierido dadir 
SOS projeetoe 7 so decirle qae eit4 ea Siai«iagD deade aui- 
dio tieapo. 

— {Pefo eail ea la caoMl 

— ^Aoa a ti miai&o no qaM^a dedrtda^ 

— ^jPor qo^ 

— ^Talres por lo qae se reladona eoa ta hennaaa 

— jEb algao secTeto! 

— Para oatedesy sf; para d resto del maadoy bol 

— ^^V por qo^ DO si^odolo pan todos lo es para aoaotrosl 

— ^Porqne ea realidad no es on secreto, sino simplemente 
ana coaa qae ostedea ignoran* 

Enriqne eaperiment6 ana aensadon dolorosa; tovo miedo. 
Un yago preaentinuento le deda qae lo que le iban a reye- 
lar OTa algo de terrible; pero, domioindoee, reposoc 

— VamoSy d^jate de rodeos y dime de una vex lo qoe sn* 
cede* T& aabea que todo lo de mi hermana me interesa. 

--'Joatamente eate es el nusmo motive que me obliga a 
detenerme, temiendo que tengas t£i tambien qne sofirir. 

— No tengas miedo; yo eatoi ya algo acostnmbrado a la 
deagraeia y mi alma ae ha endoreddo lo bastante para no 
alarmarme tan fddlmente. 

— hsi lo creo; y eomo por otra parte lo has de saber tu 
mismo/ maa hoi, mas mafiUmay poco importa qne te lo revele 
deade In^o; pero ereo mni convenirate que se lo ocnltes a 
tn hermana, al menos mientras est^ tan delicada por sn re- 
cieote enfermedad, pnes una impresion faerte y dolorosa 
como debe cansarle esta notida cuando U^ue a saberla^ po- 
dia ser en la actualidad de mui fatales consecuencias. 

— {Es una cosa mui grave? 

— ^Para elia^ si; para los otros, es mui comun. 

-—No me exasperes por mas tiempo; dime de una vez qu^ 



JUMI MCBXfOa SXL FOXS&O. 391 

es lo que ha pasado que tanto puede afectar a mi hcrmana, 
liasta el punto de temer dedrraelo a tnf. 

— ^Creo que no habras olvidado a Gaillermo de?.. . 

— Ilai acoatecimientod fdtalos en la vida que jam&s se ol- 
vidan^ 

— Ei que Gaillermo de.., se ha casado. 

— jCasado! ^Y qui6n \ix side la miserable para aceptar a 
636 infame? 

— Tienes mucha razon en exaltarte, y por ti mismo pue- 
des juzgar de la impre^ion que e:^ta noticia habria producido 
en tu hermana; porque^ de cualqniera manera que sea, es •! 
padre de 8u hijo. 

— jEl padre de an hijo! 

— Si, amigo mio, el padre de su hijo, el padre de nueatro 
ahijado, de esa inocente criatura que igaora que ha venido 
al mundo por medio del crimen, y a quien nosotros hemos 
jurado protejer y a quien protejeremos; ^no ea verdad, En- 
rique? 

— Y bien, iqu6 importa que se haya caaadol Acaso mi 
hermana lo habria aceptado jamas? 

— Sin embargo, id sabes; el porvenir de au hijo deaapa- 
rece con eate enlace. 

— Mercedea no habria recibido jamaa de ese hombre uo- 
solo centavo, y nosotroa no lo habriamos permitido tampoco 
y no permitiremoa que reconozca en ningun tiempo al autor 
de sua diaa: este es mi penaamiento. Pero. eato nada impor- 
ta, Eioisa; vamoa al aaunto de que habldbamos, que es el 
principal. 

— ^Ea tamos en ^1. 

— [Como eatamos en 61! 

— Juatamente, amigo mio, porque Guillermo de... «8 el 
marido de la aefiorita Luiaa Valdes, con quien. . • 

Enrique no la dej6 concluir. Un grito eapantoao, grito 
salraje, grito aterrador, grito sin nombre, artieulacion lien a 
de anguatia, de furor, de de^sesperacion, vos sin aignifica* 



don propia^ pero qae hs tenia todai, se e8eap6 del peeho del 
j6veD, que cay6 al aaelo sin oonodmiento. 

Otro grito menos terrible pero no menos dcdoroso se dejo 
oin era el de Eloisa, qae al preeijHterae sobre Enrique para 
levantarlo, habia eaclamado: iDioa mio! lo he maertoL. Pero 
no le aobrevivir^!. . . 

El cnerpo de Enrique tembid: ana oonyulfflon Tiolento se 
apoder6 de todos sos miembroSy y ae par6 tieso 7 Mvido como 
un cad&rer a quien ban aplicado una poderoaa miquina gal- 
y^ica, un gran cheque de electricidad antes qae se haya 
apagado del todo el calor vital que lo alimenteba y que se 
demora en estiogairse. 

De repente, sin ver a Eloisa, que estaba postrada a sos 
pite y qae le tenia con sas brassos asidas las rodillas, se laa- 
z6 hicia la puerto, sacudiendo con violencia el estorbo que 
lo detenia^ yendo Eloisa a rodar a alganos paaos de dis- 
tencia. 

Ne encontrando la llave para abrir la puerte, y aan si la 
hubiera hallado, talvez no la habria visto, le di6 un empu- 
jon ten violento, que saltaron varias astillas de las groesas 
teblas, rompi^ndose la vieja y fir me cerradara; pero en ese 
momento apareci6 Domingo Lopez, que, oyendo aqael grito 
«pantoso de su hijo, se habia medio vestido precipitada- 
mente. 

— ^DeMngalo, sefior, det^Dgalo, grit6 Eloisa desde el saelo. 

T el vigoroso veterano to16 donde su hijo sin darse cuen- 
to de nada de lo sucedido y lo tom6 faertemente per la 
espalda. 

Enriqae V0M6 la cara con cefio airado y dijo con voz de 
trueno: ^^D^jeme usted, seSor; yo lo mater^ a 61, la matar^ 
a ella; pero qaiero ser yo solo quien lo haga... y despaes 
me maliar^ a mi mismo." 

— {Qai es lo que dices? 

— ^Digo que no qaiero toner aynda de nadie, qoe no qaie- 
ro que me acompafie nadie. 



-*-Calma, calma, hijo mip; jqu< e» lo que ha sucedido? 

— jNo lo 8abe usted? Es verdad, no lo sabe... que se lo 
caente Eloisa; mientras tanto, dSjeme libra, tengo qae ir; les 
preciso qne vaya. . • 

— ^A d6nde, hijo mio? 

— Donde los novios; ^d6nde quiere que sea? 

— lQu6 novios? 

— D^jeme en paz con sua preguntas: Bloisa se lo dir^ 

Y Enrique di6 un fuerte sacudon para desasirse de los 
brazos del veterano; j aunque lo hizo vaoilar, no lo solt6, 
sin embargo. 

En ese momento lleg6 Majrta desolada 7 sin saber tampo- 
CO qa^ era lo que sucedia; pero las fisonomias le decian qne 
pasaba algo de grave, algo de estraordinario, y corri6 al 
Ingar en que se encontraba luchando el hijo con el padre. 

— jPor Dioe! Enrique, iqvii es esto? iqni es lo que pa$a? 
jqu^ es lo que quieresS esclam6 Marta asustada 7 llorosa. 

— Lo que pasa es la mayor iufamia y lo que quiero es la 
mayor venganza. .. d^jenme salir. 

— Tu madre, mi querido hijo, to lo pide de rodillas. No 
saigas. 

Y Marta sehinc6 y bes6 las manos del desgraciado j6ven. 
Enrique la mir6 un momento, y luego agach^ndose la 

levant6 y la estrech6 entre sus brazos, dici^ndole: 

— ISoi mui infeliz. 

— Pero qu6 te ha sucedido, hijo de mis entrafias? 

— ^Yo no puedo decirselo porque si lo dijeran mis labios, 
talvez no tendria faerzas, talvez me moriria; y no quiero 
morirme antes. .. no quiero. .. necesito vengarme, aunque 
despues me caiga todo el mundo encima... aun cuando 
vuelva a la penitenciaria, aun cuando me maten. 

— jPor Dios, hijo mio, espera un momento! 

— Esperar! ah! madre mia; si usted tuviera el corazon 
como yo, no me lo diria. 

— El corazon de una madre participa de todos los dplo- 



394 

res qne epperimenta e^ del hijt>. Cmfiite a 61, hazme cufrir 
como tu feufre^ Enriqae, vacia en mi pecho toda to amar- 
gnra y veri^ qne mi fifliccioa sobrepnja a la taya, que mi 
dolor eg superior a to dolor. 

— ^Y qu6 sacaria con esto? 

— Que moriria asi como tn quieres morir. .. 

— jMorir, madre mia; y yo matarlh! N.», no, c3o; todavia 
me qneda nna cnerda 8en:»ible, una cuerdk que n j se ha roto: 
el amor a mis pndre^. 

— Poes bien, hijo qnerido, continuo Marta con esa »olici- 
tud tierna, con ese acento inimitable qne solo brota del pe- 
cho de nna madre; si no quieres qne mnramos, vive. 

— Vive, Enrique, vive para tus padres y para tu her- 
mana. 

Y el viejosoldado lloroso y temblando, se hinc6 asi como 
lo habia hecho Marta, abrazando las rodillas de su hijo. 

La desesperacion de Enrique estaba vencida, pero no au 
dolor. 

A la fogosidad impetnosa de la primera impresiou se su- 
cedi5 el abatimiento de la desolacion. 

Enrique era un nino sin fnerza, sin accion, sin mo vi mien- 
to, casi sin vida. Sns ojos se apagaron, perdieron su brillo y 
no vertierbn nna l^grima. 

El j6ven dejdse conducir sin proferir palabra y su andar 
vacilante demostraba qne apenas existia, que ni siquiera te- 
nia conciencia de ^u estado. 

Colocado en su cama, exhalo un suspiro doloroso y cerr6 
sns pdrpados. Un copioso sndor brot6 por todos los poros 
de sn cuerpo. Muchas voces la suprema angnstia, cuando no 
la alivian las Ugrimas, halla esa salida. Se dice qne Jesns no 
llord sino que 8nd6 sangre en la oracion del huerto cnando 
se presentaron a su vista todos los males por que habia de 
pabar la hnmanidad, y lo cruento del sacrificio que al si- 
guiente dia tendria que esperimentar 



El suicide. 



I 

Eloisa, ocultando sa acongojado rostro entre sns crispadas 
manos, permanecia en el mismo sitio a donde la arrojara el 
violento sacudon de Eariqae, no habia hecho el menor mo- 
vimiento y la Anica palabra que habia proferido fu^ el "de- 
t^Dgalo, det^Dgalo" qae drrijiera al padre al tiempo de ver- 
lo, Gon el fia de que soeorriera al bijo. 

Las pasiones tieueu un leuguaje inimitable, un lengnaje 
espresivo y elocuente sobre el cnal nadie ae engafia, pues 
todo el mundo en el acto, sobre l6 que significan esos arran- 
ques, midiendo por ellos la iutensidad del sentimiento que 
esperimenta el individuo, sin necesidad de que lo esprese 
con la palabra; y Eloisa habia conocido en el acto la esten- 
sion inmenaa del amor de Enrique y la herida profunda y 
talrez incurable que debia de haberle causado con la reve- 
lacion repentina del casamiento de Luisa. 

— Yo lo he salvado para matarlo en seguida, se decia 
Eloisa a si misma. iQa6 horrorl Yo merezco cien mil veces 
la muerte, yo . . . 

Y la pobre mujer se desgarraba el pecho en su deaespe- 
racion muda. 

Domingo y Marta ae acercaron donde ella y la levanta- 
ron; estaba bafiada en sangre, pero no habia perdido el co- 
nocimiento, sino que conservaba toda su razon. 

— iQxxi ha sucedido, hija mia? Cu^ntanos lo sucedido, dijo 
con dulzura Marta, abrazando a Eloisa. 



396 

— To no merezco compasion, sefiora; jo soi la causa de 
todo el mal; debea astedes botarme 7 maldecirme. 

— jTu cauda del mal de Earique! To, que lo has libertado 
J qae nos lo has devaelto! No lo ereo, hija mia, te engafias: 
estoi segara qoe te engaSas. 

— Yo lo he maerto, senora, nadie sino yo ha sido. 

— '{Th lo has mnerto? Pero mi hijo vive: eo hables asi, 
Eloisa. 

— jAi! Dios lo qniera! 

— Y lo querri, Eloisa; tengo la segaridad que da la f(5, 
que da la esperanza en la bondad del sefior; pero espUcate, 
iqn^ ha sncedido? 

— ^Vive Earique? 

— Si; tiene un lijero desmayo, 7 nada mas. 

Marta no estaba tan tranquila como aparentaba, pero de- 
seaba serenar a Eloisa. 

— Ai, senora, desconfie usted de esa tranquilidad; la he« 
rida que le he hecho e3 mui profunda 7 por consiguiente 
incurable: 70 lo siento por mi misma. 

— Pero por Dios, dilo de una vez. 

— ^Yo no sabia que Earique amaba a la senorita Luisa 
Valdes. 

— ^Que Enrique ama a la seflorita Luisa? lEstis loca, hija 
mia? 

— jY ese amor es infinito, selSiora, infinite!... Yo lo he re- 
conocido«... 70 s^ lo que eg. •. 

— ^Pero qui^n te lo ha dicho? ^Ci^mo lo has sabido? 
^C6mo. •. 

— Nadie me ha revelado ese secreto, pero 70 s^-... 70 s^ 
lo que digo; 70 s^ que lo he muerto. 

—Pero aun dado caso que esto fuera cierto, jpor qu^ tan- 
ta desesperacion? 

— Porque la sefiorita Luisa Valdes esti easada 7 se lo 
dije a Eaiique. 

— jCaeadal 



— Sf, seQora, casada, 7 casada oon Gaillermo de. .. 

— jQa^ es esto, Dios mio, qu^ es esto? 

-r-La verdad, sefiora. 

— jPero c6mo? jDesde caindo? jPor qu^ no nos lo habiaa 
dicho, hija mia? 

— El c6mo, no lo s^, seBora; el cu&ndo, no podria sefialar 
el dia, pero hace ya bastante tiempo; y mi silencio ha pro- 
yenido de que no queria aucnentar mas los ya grandes pe* 
Bares de ustedes, de^cubri^ndoles un acontecimiento que, 
de una manera o de otra, las aflijiria macMtiimo o les quita* 
ria la poca tranquilidad de que disfrutaban despues de tan 
terriblea sucesos. 

— Comprendo, Eloisa, comprendo tn delicadeza. 

— ^Pero la senorita Luisa, esclam6 Domingo Lopes, que 
basta ese momento habia guardado sileacio; la seQorita Lui- 
sa no sabria que ni la maa infeliz criatura, que ni la mujer 
mas vil se habria casado con ese hombre. 

— Es mas que probable que lo ignorase, que no haya sabi- 
do nunca el crimen cometido con nuestra hija, repuso Marta. 

— Pero es que el crimen cometido con nuestra hija noes 
nada, no mancharia tanto a ese hombre como la marca de 
infamia que yo he puesto sobre sus espaldas. 

— jLa marca de infamia, dices! 

.^^i, 8|; la marca de infamia con un fierro ardi^ndo. . . 
marca que nadie puede arrancar y que estarA alU mientras 
^1 viva. 

-r-Ah! ignoraba eso!... Tehasvengado,.. y deaqui vienen, 
sin duda, de aqui ban nacido nuestros nuevos pesareal... 
Que la voluntad de Dios se cumplat 

— No nos hemes. vengado sino que hemes castigado: as! 
lo ha pensado y lo ha dicho mi hijp, asi lo ha juzgado mi 
coronel, asi lo he creido tambien yo. 

— Y asi no mas es, repuso Eloisa con convencido acento* 

— Dejemos esta friolera a un lado, dijo el veterano y va* 
moa a lo principal. 



39t um noxKros dil nmbo. 

— Enrique, sefior, me inst6 tanto para que le diera algu- 
nas noticias de la sefiorita Luisa, y como el casamiento es 
coDocido de todo el mundo, se lo comuniquS como una cosa 
que debia saberse mas hoi, mas mafiana, y que talvez seria 
conveniente que ^1 fuera preparando a Mercedes antes que 
recibiera el golpe repentind.mente. jPero si yo hubiera sa- 
bido el mal que iba a hacer! Ah! jPor qu^ no lo he conoci- 
do? jPor qu^ no lo he previsto? InfelizI y ya no hai reme- 
dio! . . 

— No desesperemos, Eloisa, ni tii desesperes, porque no 
has obrado mal, porque es una fatalidad la que pesa sobre 
nosotros y nada mas. Ahora es preciso que socorramos a 
Enrique y que lo ignore todo Mercedes: es preciso distraer- 
lo, es preciso aliviarlo, y yo cuento contigo, ya habia pen- 
sado en ello, Eloisa. 

— Sefiora: mi vida es suya y puede disponer de el la. 

— Ah! si Dies me oyera! aun podrfamos ser felices! Yo 
me lisonjeaba en que fueses su esposa. •. y todavia no pier- 
do la esperanza: la imposibilidad amortigua el deseo; nadie 
se desespera porque no alcanza a la luna; y Enrique se cal- 
msvi al fin en presencia de lo insuperable, ^no ores de mi 
opinion? 

Eloisa tembl6; aquella proposition tan inesperada la tur- 
b6.1ia pobre j6ven sentia a un mismo tiempo un placer y 
un dolor indecible. L^ que le decia Marta era halaguefio, 
era seductor; pero era inverosimil, era imposible; no suce- 
deria jamaa! Ella tenia conciencia de la pasion de Enrique 
por la suya propia, y poseia bastante dignidad para no 
querer manchar a nadie y menos al ser a qnien ella amaba 
mas en el mundo: conserraba orgullo en su degradacion y 
grandeza de alma en la bajeza de su estado; era una mujer 
caida, pero no prostituidi... El huracan del siglo habia pa- 
sado sobre ella, le habia tronchado el tallo delicado de la 
pureza; pero la planta conserraba todo su vigor y renacia 
4e su tronco matilado el cactus brillante de la virtad| siu 



um nounoB dxl puxblo» 3f 9 

qne el atractivo del placer habiera Uegado a marchitarlo; 
y asi conte8t6 hnmilde, pero resueltamente: 

— Lo que usted me dice, seno ra, me honra y me tompla- 
ce, pero no lo merezco; no soi digna de ese honor, ni acree- 
dora a tanta felicidad. 

— ;C6mo! T^ que nos has salvado a todos de tantos pe- 
ligros; que lo has salvado a ^1, y que ahora ademas lo 
libertas! 

— Es verdad que he hecho todo esto, pero haci^ndolo, 
mas bien me he favorecido a mi misma que a ustedes; pues 
no estd lejano el dia en que descubra a usted mis secretes, 
y entonces verd usted que tengo mucha razon en proeeder 
como procedo. 

For otra parte, sefiora, no se ilusione usted: Enrique es- 
perimenta una de aquellas pasiones invariables, que no ce- 
den jamas, que son 4nicas en la vida y de que el hombre no 
se desprende sino hasta la muerte y que quiz^ lo acompa- 
nan mas alld. . . Todo me induce a creerlo asf, sefiora Mar- 
ta: el cardcter de su hijo, la elevacion de sus ideas, la pure- 
za de sus costumbres y mas que todo, el imperio, la fascina- 
cion prodijiosa que debe ejercer una senorita como dofia 
Luisa Yaldes, pues con solo el hecho de verla se la ama, 
porque parece dotada de una atmosfera de atraccion pro- 
dijiosa, sin que sea posible desprenderse o sustraerse a ella 
cuando se ha entrado en el radio de su inflaencia magu^- 
tica. 

Marta oia a Eloisa con complacencia a pesar de los senti- 
mieutos que la agobiaban; y no podia menos de admirar 
itquella frauqueza, aquella humiidad y aquelia elevacion a 
la vcz, que a medida que preteadia aparecer mas pequefia 
y menos acreedora a uada, se realziba sin quererlo y bin 
peushrlo, se realzaba mas traCaoUu de apjcarse: tal es el 
efecto que [)roduce siempre la verJadera humiidad cuaudu 
no la acompaua la afeclaciou hip6crita, que en pur lo re^a- 
lar tan menuda como vana, pero que afui luuadameutt^ rara 



400 um ncaanoB dil ruisnow 

rez consigne engafiar, porque de algan modo se traslnce el 
orgnllo del que aparenta la hutnildad. 

IL 

Enrique, vnelto en si, se levant6 de sa cama instantanea- 
mente como ahogado por el dolor; pero no mostraba nin- 
gnn arranqae de desesperacion, sino per el contrario, mir6 
a 808 padres con carifio y dijo a Eloisa con afectnoso tone. 

— Me has hecho una revelacion que me ha trastornado 
por nn momento el juicio; pero ya ves, la calma ha sucedi- 
do a la tormenta y creo que estar^ sereno por mucho tiem- 
po; sin embargo, quidiera saber algunos pormenores de tan 
inesperado acontecimiento. 

Eloisa mir6 fijamente a Enrique: aquella serenidad la 
asustaba. 

Enrique sostuvo la mirada sin inmutarse y con la mayor 
sangre fria dijo otra vez a Eloisa: 

— Vamos, hermana mia, prosigue. 

— D^jate de investigaciones in^tiles, repuso Marta. 

— Es por mera curiosidad, madre mia; no tenga usted 
cuidado; no me ve: jtodavia me quiere mas sereno? 

— Lo 6nico que puedo decirte, querido hijo mio, es que 
me sorprendes, que no s^ que pensar. 

—Enrique es hombre, sefiora, y sabe vencerse y veneer 
cnanto se le presenta, contest6 Domingo, diriji^ndose a su 
mujer y mirando al j6ven con carifio y con satisfaccion, 
pues creia haber dicho una gran verdad, dado un buen con- 
sejo y apoyado una her6ica resolucion. 

— Ya ve usted lo que dice ,mi padre, querida madre: los 
hombres tenemos una naturaleza distinta. 

Y Enrique al decir ^sto se sonri6 de una manera imper- 
ceptible, pero que para un observador revelaba una tristeza 
inmensa. 

JEloisa pareci6 conocer cuanto sufria el j6ven^ y cuanta 



amargura ocultaba en su corazon, y tembl6, porque se le 
ocurri6 un pensamiento siniestro. 

— Enrique, contest6 Marta, no le engafia tan fi&cilmente 
a una made: t^ sofres. . . 

— Para qu^ ocultarlo! pero este sufrimiento, lo mismo que 
todas.las cosas, tendrd su t^rmino.. . vamos, Eloisa, cu^nta- 
me lo que sepas del matrimonio. 

— Si me lo e^jes.. . 

— Indudablemente lo deseo; pero si te cuesta mucho sa- 
crificio, no lo exijo. 

— Est6 bien, amigo mio, ser^ breve y referir^ lo que s^ 
en presencia de todos, puesto que a todos interesa mas o 
menos mi relacion. Como ustedes pueden figurarse, yo, des- 
pues de los acontecimientos que ustedes conocen y en los 
que ban tornado tan gran parte, no podia ser indiferente a 
lo que podia pasar en casa dt Gnillermo y de cuando en 
cuando me informaba sobre lo que sucedia en aquel inte- 
rior, y en una de esas ocasiones me dijeron que el patron 
ya no viyia en su casa sino en la de su mujer, pues se habia 
casado recientemente. Pregunt^ con quien, y me contesta- 
ron que con la senorita Luisa Valdes, lo cual me sorpren- 
di6 sobremanera, pues habia oido a ustedes, y especialmea- 
te a Mercedes, hablar tanto y tan favorablemente de esta 
seSorita, que no podia comprender que una persona de tan- 
to m^rito pudiese casarse con un hombre como Guillermo 
de. . . Pero al mismo tiempo que me dieron la noticia del 
enlace me dijieron tambien que habia muerto la madre de 
la novia en el mismo dia. 

— jHa muerto dona Juana! esclam6 Enrique, con sefiales 
de verdadero sentimiento. 

— Si, amigo mio, poco despues de que se echaron las ben- 
diciones, 

— jPobre senora! dijeron a un tiempo Domingo y Marta. 

— Dichosa ella que ya no sufre, murmuro Enrique, entre 
dientes. 

9«1«0 XT, It 



iO^ MM SXGBBT08 DSL FITSBLOb 

— Esta circunstancia, agreg6 Eloisa, llam6 mncho mi cu- 
riosidad y ea el misino dia trat6 de ver a la seQorita Luisa, 
pero en vano, porque, segun me dijeron, no salia a ninguna 
parte ni recibia a nadi e; hasta que por casualidad como un 
mes despues la vi montar en coche con un anciano y la re- 
conoci en el acto, aun cuando no la habia visto jamas; pero 
imposible que me equivocara por el retrato que tant'as ve- 
ces me habia hecho de ella Mercedes. 

— jCon un anciano! dices. 

— Sf, justamente, con un venerable anciano de barbas 
tan blancas como la nieve. 

— jMi maestro tambien estd aqul! jY 61 ha consentido! 
Por Dies! ^C6mo es esto? 

— ;Mi coronel! esclam6 a su vez Domingo, entonces ten- 
go esperanzas de verlo. ♦ 

Eloisa pro8igui6: 

— Jamas he visto una senorita mas hermosa y mas sim- 
pdtica, pero tampoco jamas he visto una fisonomia mas 
triste. 

— jTriste! dices; ;y recien casada! te habrds equivocado... 

— Era imposible equivocarse, Enrique, imposible.. . 

— Contini&a. 

— Esto me di6 mucho que pensar, y trat^ de averiguar la 
causa, pero no fu6 posible saber nada, sino que los novios 
vivian separados, aunque en la misma casa, continuando la 
seSorita Luisa en un pabellon que dicen tiene en el inte- 
rior. 

— Asi es, yo he estado alii, dijo Domingo Lopez, aque- 
lloB eran otros tiempos, los tiempos felicesl 

— ^Tambien esta circunstancia me hizo reflexionar, sin 
que por ^sta pudiera deducir consecuencia alguna, a pesar 
que comprendia que aquel matrimonio no era feliz, no era 
unido y debia existir un misterio en todo esto; jpero c6mo 
saberlo? Imposible; yo no podia ir a la casa, porque habria 
sido reconocida en el acto por doSa Porfira y don Guiller- 



urn tiKdofitoB DtL vuuM^ 40^ 

mo, asi como por Tomas que, segun parece, habia vuelto a 
ocnpar el pnesto de secretario y «0Qfidente ea casa de sa 
antiguo amo, de manera que estaba reducida a lo que pu- 
diera saber por mi misma, y con este objeto rondaba con 
frecuencia la casa, particularmente de noche antes de venir- 
me aquf, pero sin mayor resultado. 

La liltima vez que la he visto, siempre acompaSada del 
venerable anciano y jamas de su marido, fu6 en la muerte 
de la abadesa del monasterio de. . • y eatoncea tambien es 
taba mui triste. . . Me di6 icompasion y me figar^ que seria 
mui desgraciada. jY qui6n sabe si no lo esl 

— jPobre senorita! esclara6 Marta, jpobre seBorita tan 
buena, tan caritativa, tan humilde, tan suave, tan hermosal 
;Qu^ lastima que haya tenido esa suertel Yo la considero 
mas hifeliz que a mi misma hija! 

— Tienes razon, Marta, repuso Domingo, debe aer mzs 
desgraciada que Mercedes. 

— jT cu^n dignas ambas de ser dichosas, afiadi6 Eloisa! 

La tristeza de Luisa pareci6 consolar algun tanto a Enri* 
que, sin duda porque se figur6 lo mismo que su amiga, que 
habia un misterio en aquel matrimonio, pues de otra mane- 
ra HO se comprendia esa pesar que se revelaba tan patente- 
mente en el rostro de la novia; pero al reflexionar que Lui- 
sa pertenecia a otro, la mas negra melancolia se apoderd 
nuevamente de aquel corazen destrozado ya por indecible 
angustia; sin embargo, permaneci6 al parecer impasible; 
pero esa serenidad espantosa ator men taba a Eloisa muchq 
mas que la desesperacion. 

Enrique lleg6 hasta el punto de chancearse con su her- 
mana adoptiva y de sonreirse con sus padres; pero aquellas 
chanzas y aquellas sonrisas la entristecian, casi la desespera- 
ban, causando en ella el efecto contrario que sin duda se ha« 
bia propuesto producir Enrique. 

Caando dc»pert6 Mercedes, quiao el j6ven ver a su her* 
inana j se dirijieron todos al dormitorio deU nueva madre^ 



401 ' SM nasnoB dbl pitshlo. 

qae tenia entre sus brazos al tierno frato de sas entrafias. 

Enrique la mir6 en ^ilencio por nn corto rato, le pidi6 
al nifio 7 lo be86 repetidas veces, pasdndoselo en segaida a 
Eloisa J a sas padres, sin dada para que hicieran lo mismo 
que lo que ^l habia heeho, devoWi^ndolo otra vez a Merce- 
des sin proferir palabra; pero esta pantomima deliciosa fu6 
de mui corta duracion, pues en seguida se puso a conversar 
con 8U hermana tan alegremente como lo habian visto en 
pocas ocasiones, como rara vez le sucedia, porque Enrique 
era de una de esas naturalezas reservadas que prodigan 
poco las palabras. 

Domingo y Marta se habian al fin serenado al ver la cal- 
ma de su hijo, j aun cuando creian que debia sufrir y que 
hacia eifaerzos para vencerse, pensaban que su tristeza en- 
contraria un pronto remedio por la poca violencia coo que 
^ se hacia sentir tan al principio; pero Eloisa no tenia la mis- 
ma confianza, y su ojo atento espiaba hasta los mas imper- 
ceptibles movimientos de Enrique, fijdndose, no tanto en lo 
que ^1 decia, no tanto en sus palabras, cuanto en aquellos 
arranques insignifieantes que no llaman la atencion de na- 
die, pero que revelan, a pesar siiyo, el interior del que quie- 
re ocultar los sentimientos que lo devoran deseando que 
nadie los conozca. 

Enrique habia tomado una determinacion, se habia pro- 
puesto un plan y la seguridad de Ue7arIo a cabo le daba 
esa tranquilidad. 

Eloisa creia ver en esto mismo al suicida, y temia y tem- 
blaba y no se apartaba de Enrique, sigui^ndolo como su 
Bombra. 

IIL 

lC6mo coraprender y c6mo esplicar esos terribles huraca- 
nes del espiritu movido por la lava ardiente de las pasio- 
nesl 

La mente de un suicida, antes de cometer el acto, debe 



LO0 gXOSKfOB DIL PTTKBLO^ 405 

eer nn volcan. . . jQu^ de temores, qu^ de iacertidumbres, 
qu^ de contradicciones, qu^ de dolores, qu^ de angustiag 
distintas, qu< de ideas opuestas y cndnta desesperacion no 
debe encerrar esa cabeza y hacer latir ese corazon, antes 
que el brazo, con sa iltimo y fatal inovimiento, haya lleva- 
do a los labios la envenenada copa, hecho jugar el gatillo 
de una arma de faego o acariciado la homicida y cortante 
dagal jPobre loco! Pero ese loco a causa de una angustia 
superior a sus foerzas es mas bien digno de Mstima que de 
vituporio! Compadezc&moslo en vez de condenarlo! Ten- 
gamos piedad de ese' hombre d^bil y en^rjico al mismo 
tiempo, pero indudablemente desgraciado, pues ha preferi- 
do el aniquilamiento de su ser porque todo era tinieblas, 
porqut sin duda no brillaba ya para ^1 la mas leve esperan- 
za y ni un solo rayo de esa luz divina lo animaba, aoste- 
niendo la angustiada ezistencia del que estiC resuelto a dar 
fin a sus dias. 

Enrique se encontraba en esta situacion espantosa. Po- 
seido de un amor Anico, absoluto, vebemente, en el que 
hacia consistir toda su felicidad, toda su gloria, toda su vida, 
diremdslo asf, jy verse privado repentinamente de ^1, y ver 
que su mayor enemigo, el hombre que mas lo habia ofen- 
dido, el que habia manchado a su hermana, era el que se 
lo arrebataba!. . . Considerar a Luisa en brazos de Guiller- 
mo, pensarque aquella mujer divina era de otro, amabaa 
otro, acariciaba a otro, era un dolor tan agudo, que no com- 
prendia ^1 mismo c6mo lo soportaba, c6mo vivia aun, c6mo 
no habia muerto en el momento de reoibir tan fatal y tan 
inesperada noticia; pero estaba segaro, estaba intimamente 
convencido que no podria resistir, que le seria imposible 
prolongar una vida que ya no tenia para el el menor atrac- 
tiro, el menor estimulo, ni fin, ni propdsito alguno* iQ,xx6 
hacer con una existencia tronchada, inservible, iniitil? ^A 
qui^n aprovecharia cuando ^l tenia conciencia que no seria 
bueno para nada, apto para nada? ^Y para qu^ una vida 



iW urn aMauBm dk rtnmuk 

Bin deeeanso, sin solaz j consagrada solo al dolor? Tivir 
para padecer jes vivir? Prolongar los dias para prolongar 
el fiufrimiento ^es cordara? Estas reflexiones S6 habia hecho 
interiormeiite EDriqae, y pei*saadido de ea exactitodi con- 
vencido de su justicia, viendo que no habia remedio para 
sn mal, habia tornado una resolucion estrema. . . invariable: 
habia pensado suicidarse, y esta fatal determinacion, lejos 
de perturbar sua ideas, le habia traido la tranquilidad a sa 
espiritu y podia contemplar el abismo de su desgracia sin 
inmutarse y tan sereno o mas sereno que si se tratara de 
una persona estrana: h^ aqui el secreto de su faerza y de 
esa sangre fria que tanto admiraba al padre y que habia 
Uegado hasta enganar la solfcita perspicacia de la madre, 
pero no de la amante^ porque Eloisa vi6 claro cu&l era la 
determinacion tomada por Enrique, ayuddndola en este des- 
cubrimiento su situacion propia, es decir, el dolor que ella 
misma esperimentaba, porque, jquiSn sino el que ama pue- 
de compreader el sufrimiento acerbo que encierra nn amor 
desgraciado? jQuiSn es capaz de medir ese abismo sin limi- 
tea de una desesperacioil no menos infinita que se apodera 
del alma en casos andlogos, a no hallarse impresionado de 
la misma manera? Cuando uno llega, con el frio que traen 
los anos, a esa edad que se denomina de la razon, ya es in- 
capaz de apreciar, porque es incapaz de sentir el fuego in- 
tenso del amor y mide la sensacion ajena por la sensacion 
propia, enga&dndose en sus apreciaciones, y esto era lo mis- 
mo que habia sucedido a los padres de Enrique. For otra 
parte, la pasion es mas poderosa mientras mayor es la per- 
fectibilidad de los individuos, y el amor estd en relacion, 
no solo de la sensibilidad, sino tambien de la intelijencia, y 
cuando 6sta ha tomado un gran desarrollo, el otro sigue el 
mismo curso, pues a medida que el entendimiento crece, el 
carifio se aumenta, se perfecciona, se sublimiza, y su dulce 
imperio, su deliciosa tirania se apodera casi por completo 
del hombre: de aqui viene la inolvidable historia de Eloisa 



\ 



tOB BIGBITOS DIL FUIBLO. 407 

y Abelardo, cayos amores, desafiando los siglos, han llegado 
hasta las jeneraciones presentes y alcanzarda a las venide- 
ras, porque la perfeccion de las personas es lo que hace la 
faerza y perficcioa de los afectos. Al que ama macho, dice 
Jesus, mucho le ser^ perdonado, porque el amor es una es- 
pecie de fuego que todo lo purifica, pero cuya mayor o me- 
nor intensidad estdi ea relation con la mayor o meaor cul- 
tura del sujeto, hasta el grade de poder medir la capacidad 
de un individuo por la faerza misma de bus afecciones; de 
consiguiente, la perfectibilidad del ser se eacueatra en re- 
lacion directa con la facultad de amar que encierra en sf 
ese mismo ser: el que no ama a nadie es un m6nstruo que 
mas valiera que no hubiese nacido, porque tampoco sera 
amado de nadie. Si hai algo que esplique el fea6tneno de 
lo que Uamamos simpatia y antipatia, es la lei de los afec- 
tos: las personas que mas quieren son siempre las mas sim- 
p^ticas y las egoistas las mas repulsivas, y en no pocas oca- 
nones las mas ignorantes. 

Eata digresion nos sirve para poder calcular, tanto el afec- 
t> como la desesperacion de Enrique, pudiendo nuestros 
Itctores darse cuenta del martirio de esa alma delicada, sen- 
sible, pura, entusiasta, intelijente, en^rjica. 

Eloisa vijilaba, pues, a Enrique, porque, como hemos di- 
feo, habia comprendido su fanesta determinaeion y estaba 
Bgura de que la llevaria a efecto si no se oponia a tiempo;' 
ipro c6mo obrar? c6mo impedirlo? Esta era su cavilacion, 
suidea fija, su pensamiento esclusivo. 

Inrique por su parte hacia esfaerzos por desorientar asus 
paces, y lo habia conseguido, de manera que a este i especto 
estea tranquilo y todo su pesar consistia en verse obligado 
a d^rlos; pero ^1 se decia a si mismo: ''Ya no puedo ser- 
virl(; en lo sucesivo ser^ una carga, les causar^ un sufri- 
mien) diario que vendri a terminar con lo mismo de aho- 
ra, Oi mi muerte; ^no vale mas ahorrar amarguras y 
abr«\r el camino? Si he de morir de todas maneras, pues 



4M 

etiboi tegariBino de ello, {por qo^ no anticipttr nnos di«tf 
Yo no puedo decir jn: essto, porqae respir&r no es yiwir; 
}qn^ importa entonees apagar este aliento de la materia? 
To ereo Iiaeer nn bien a mu padres en vez de nn mal; per- 
que en enanto a mf^ estoi segoro que obro como debo; ^po- 
dria hacerlo de otra manera? {Me convieae bajo algnn panto 
de mta? No; por mas que qnisiera alncinarme, no lo con- 
tegmnB: no eziste para mi ni la mas remota esperanxa, es 
predso aeabar con esto, j todo liabr& terminado... nnas 
cnantaa horas j descansar^ en paz. . ." 

Y Enriqne continnaba afectaoio con sos padres, Ueno de 
temura para con Mercedes j amable con los demaa. 

Antes de la oradon, dijo el j67en a Domingo j a Marta 
qne deseaba retirarse a sa cnarto, porqae tenia neeeaidad 
de descanso, j agregd: 

— Porqne estoi tambien triste j es preciao apagar en el 
snefio lag penas del espirita, pnet nstedes comprenderdn 
qne safro algo. 

— ^Asi es, hijo mio, contestaron los confiados padres, en- 
' cargdndole solamente qne si le era posible yiniese al tiempo 
de la cena. 

Eloisa mir6 tristemente a Enriqae y lo dej6 partin ella 
tambien habia formado sn prop6sito en caso qae le foera 
dado libertarlo. 

Enriqae, libre de la presencia de los otros, se cambi6 
completamente al enoontrarse solo, cayendo al instante la 
mdseara qae ocaltaba sas sentimientos y dejando ver en sr 
semblante la melancolia inmensa, la desesperacion sin igoa' 
qae lo deroraba interiormente. 

Eloisa miraba por el agajero de la Have lo qae hacia Et- 
riqae, tratando de adivinar en sas descompaestas faccions, 
no ya lo qae iba a ejecatar, paes no tenia de ello la meiOr 
dnda, sino la bora en qne lo efectaaria^ es decir, si s#ia 
aqaella noche o al dia sigaiente, porqae tambien creia ine 
no demoraria macho aqaella solacion desgraciada. 



Enrique se paaeaba en el cuarto, y crey^ndose solo, o 
que nadie lo veia', se par6 delante de sa maleta y sac6 una 
pistola de graeso tealibre, que contempl6 detenidamente/ 
colocandola en una mesa con carpeta verde que tenia en 
su cuarto, pero teniendo el cuidado de cubrirla con la mis- 
ma carpeta. 

En seguida mir6 con enternecimiento un retrato que col- 
gaba de an pecho, aplic6 a 61 sus descoloridos l&bios repeti- 
das yeces y lo dej6 tambien sobre la mesa; este retrato era 
el de Luisa que le regalara Mercedes el mismo dia en que 
^1 partia para la hacienda de San Jorje, donde, sin pensar- 
lo, encontr6 el orijinal. 

Despues volvi6 a pasearse por el cuarto con aire mas me- 
ditabundo pero que no representaba a la desesperacion, 
sino a la melancolia resignada y profunda, a esa melaneolia 
incurable que proviene de una gran desgracia que no se 
puede separar, que no esti ya en manos de los hombres 
evitarla. 

Al fin detAvose, tom6 un asiento y se puso a escribir. 

Eioisa no podia leer aquellos caract^res, pero adivinaba 
a qui^nes podian ir dirijidos, y seguia con la vista, ya la 
fisonomia o ya la manb d® Earique, que a cada momento 
se detenia, como quien vacila o no est^ satisfecho de los 
conceptos que escribe por no representar las ideas; y asi 
debia suceder, porque el j6yen ponia a un lado el papel 
donde habia trazado algunas palabras y tomaba otro en 
bianco para comenzar de nuevo, hasta que parecia mas sa- 
tisfecho, pues principi6 a leer en voz baja, haciendo a la 
vez algunas correcciones, ya aumentando o ya borrando 
Ifneas. 

Las cartas que habia escrito, y que se puso en seguida a 
sacar en limpio eran las siguientes: 



410 urn tsoBSTOfl vtSL ffraDu.0. 



IV. 



"A la seilorita Luisa Valdes: 

"Senorita: 

"Todo se le perdona al que ha dejado de existir, y mi 
muerte justifica mi temeridad; porque, cuando usted reciba 
estas lineas, estara yerta la mano que las ha trazado y no 
tendrfi. usted contra quien enfadarse. 

"No pretendo que usted me compadezca, porque esa 
compasion me haria mal, y tampoco la necesito, pues mue- 
ro dichoso: muero am^ndola. . . 

"Usted no me ha hecho agravio alguno y menos la mas 
leve ofensa; y sin embargo, padezco, padezco como nadie ha 
padecido en este mundo. 

"Yo soi todo una contradiccion: habia escrito que moria 
dichoso y ahora digo que sufro y que sufro horriblemente; 
pero es asi, porque esperimento ambas cosas a la vez, . . 

"Luisa, d^jame hablarte de esta manera en mi liltima 
hora. . . mi amor no puede ya ofenderte, y mas alld de la 
vida no hai jerarquias: todos somos iguales e hijos de un 
mismo padre. . . 

"Yo soi el unico culpable, el 4nico. . . jPor qu^ he tenido 
la pretension de fijarme en tf, de pensar en ti, de no amar 
sino a ti? ^Por qu^? No sabria decirlo; pero este amor ha 
sido superior a mf y ha entrado en mi corazon sin saberlo; 
de consiguiente, soi desgraciado, pero no criminal. • . no me 
condenes; compad^ceme. . • 

"jOompasion! ya he dicho que no la necesito, he dicho 
tambien que la rechazo y lo repito ahora... No quiero tu 
compasion. . . jLa compasion del verdugo mas vale no te- 
neiia! 

" Yo deliro. . • lo s6; pero dSjame delirar, d^jame amar- 
te... jpiedad por el dolor!... 



um iMBiSBM vwL rawoj^. ill 

''Ah! Si snpieras, Lnisa, cq^Cq feliz era! Si sapieras la di- 
cha inmensa en qae reboaaba!... jSi lo sapieras, comprende- 
rias mi martirio!... Dios castiga mi pretenciosa soberbia; 
p«ro creo que el oastigo es demasiado inhamano, demasia- 
do cruel!.,, 

"Craz6 una j%z por mi imajinacion la esperanza; |pero 
cndn caro me cuesta el desengafio! ;Qa^ espantosa reali- 
dad! 

jPero tengo acaso el derecho de quejarme? No; ni aun 
este alivio se me ha concedido! Ni aun puede servirme de 
desahogo el faror! Estoi condenado al mayor de los sufri- 
mientos: a morir siempre amando!... El aborrecimiento si- 
qniera es ana v&lvula para el dolor; {si me faera dado al 
menos aborrecerte!... 

"jAborrecerte! Ya te he dicho que estoi iasensato! i Abo- 
rrecerte! Preferiria mil veces lo que ahora esperimento an] 
tes que Uegar hasta alii! ; Aborrecerte! j Y por qu^? ^Por los 
favores que me has hecho? jPor los beneficios que he reci- 
bido? ^Por la dicha de que he disfrutado? 

''Mira, Luisa, mira: t^ no sabes los bieues inmensos que 
he obtenido de ti, que me han venido de ti... y sin embar- 
go, no hai nada de mas real, de mas positive que ellos! T^ 
no sabes las nobles aspiraciones que me has hecho crear, 
c6mo se habia modificado mi cardcter, c6mo se habia des- 
pejado mi entendimieuto, c6mo se habia remontado mi alma 
a las rejiones de lo bello, de lo ideal, de lo grande, c6mo 
me habias hecho amar la virtud! Til no lo sabes, Luisa; 
pero esta es la pura verdad; un moribundo jamas miente... 
Graeias, pues, adorable mnjer, gracias!... 

"Ah! qu^ mementos he pasado en la vida pensando en ti, 
ocup&ndome de ti, no teniendo mas horizonte, mas guia, 
mas estfmulo, mas aspiracion que ti! iQa^ momentos! No 
los cambiaria por un mundo: he sido el m'ortal mas feliz... 
talvez al hombre no le es dado ir mas alld!... Gracias, Luisa, 
y la gracia del Sefior sea siempre contig^. 



412 tM McniiroB ma fvsbui. 

"iC6mo recuerdo las lecciones que me daba mi maestro! 
Con qu^ delicia traigo ahora a la memoria los oonocimien- 
tos que ^1 me hizo adqoirir; porque, a medidii que ^l ilus- 
traba mi espfritu, mi corazon se ensauchaba, mi pasion to- 
maba mayor vuelo, pues la idea adquirida hacia brotar una 
nueva esperanza, sentia que salvaba las borrascas, que daba 
un paso adelante, que me acercaba a Dios y a tl!.,. 

"Y bien, Luisa, gcomo has podido ignorar tanto afecto? 
^C6mo mi amor no se ha revelado por mi mismo sin nece- 
sidad de que lo dijeran los labios? Y si lo has reconocido, 
si lo has adivinado, ^por qu6 lo has destrozado con tanta 
crueldad? Me parece que este procedar es alevoso. . es mas 
que alevoso es... me callar^; pero mi alma siente lo que mi 
pluma no escribe ... 

"Yo si que me he engafiado. . . \ A.i! Hubo un momento 
en que crei ver el cielo. .. en que crei que me araabas!!. . . 
jPor qu^no mori en ese instante? ^Qu^ crimen he cometi- 
do jDios mio! para que me reiervaras tan grande martirio? 

"iC6mo, Luisa! t6, tan humana y compasiva con todos, 
jno has tenido piedad de este infeliz? . . , ^Qu^ te he hecho 
para prepararme este tormento? jSi th supieras lo que su- 
jfro!... Pero ojald siempre lo ignores!. •. Yo no desearia 
para mi mayor enemigo que esperimentara el menor de 
mis padecimientos, que viviera una hora de esta» horas 
que han precedido a mi muerte y un minuto de eitos lil- 
timos minutos que me quedan y que los consagro a ti, a mi 
maestro, a mis padres, a mi hermana . • . jY sin embargo, 
sdbelo, Luiia, para que no quede en tu pecho el mas lijero 
pesar, el mas lijero remordimiento: siento en esta suprema 
congoja, en esta desgarradora agonia, una dicha infinita, 
una dicha que me estasia, la inmensa dicha de decirte: te 
amo!. .. Si, te amo como nadie ha amado, como nadie qui- 
zd aaiari, porque no hai ni pueden haber dos Luisas en el 
mundo! . . . jY yo soi el que ha tenido la felicidad y la des- 
gracia de encontrarte! jCielo e infierno, yo he atravesado 



V.- 



V 



LOS fflKmitOB DXIi ralEBLO. iM 

por ambos lagaresl Me han destrozado los tormentos del 
Ultimo, pero he gozado las delicias del primero! Me qaejo 
y me complazco, sin saber ni poder decidir si mi infortunio 
es inferior o superior a mi dicha! 

''jTe acuerdas de aquella flor que me diste cuando estaba 
enfermo en el rancho de mi maestro, despues del feliz en- 
cuentro del leon? ^Te acuerdas? Pues bien, mi adorada 
Luisa, esa flor ha sido mi talisman y mi consuelo en las ma- 
yores angustias de mi vida, y ahora mismo la Uevo a mis 
labios en compania de tu imdjen para besarlas por la lilti- 
ma vez! • . . jSi hubiera podido regarlas con mis Idgrimas! 
Pero mis ojos no las vierten ya. , . mi corazon carece de 
este alivio!.. . 

"jPobre Luisa! jSabes que te compadezco? Perder un amor 
como el mio es mucho perder! No hai nada en este mundo 
que reemplace ai carifio, nada; y yo te habria adorado!. . . 

"jPobre Luisa! Has per dido a tu madre, lo u6; jqu^ dolor, 
qui angastia debes haber esperimentado! ;y no haber esta- 
do yo alii para consolarte! jNo haber podido recojer tus 16- 
grimas! jTus Ugrimas, a quienes hubiera abierto mi corazon, 
como el Anico santuario digno de recibirlas, digao de con- 

ser varlas! ... 

"Pero dime ^por qu^ te has casado! ^Amabas a es« hom- 
bre? jAh! si es asi, si fuera asi, estaba yo curado para siem- 
pre, no privaria a mis padres de su hijo y a mi hermana de 
su hermano; mi sufrimiento cesaria en el acto y echaria lejos 
de mi un ampr indigno, saA como se arroja del cuerpo a un 
animal venenoso o inmundo!... Pero el hecho mismo de su- 
frir me prueba que debo amarte; y mi desesperacion tam- 
bien me dice que ya no hai remedio! . . . 

"Luisa, ^es preeiso que yo muera para que td seas feliz? 
Ya est& hecho, ya no tienes nada que desear..., empero, 
jtraer6 mi inuerte tu tranquilidad? Si tuviera esta esperanZia 
llevaria a la eternidad siquiera este consuelo ... 

"P^rdona a un moribundo, Luisa; perdona la declaracioa 



414 

A% anos labiof qae no lian de voider a pronunciar tn nom- 
bre, qae me era tan qaerido! Perdon... 

^^jPerdon! ij de qo^? Yo jamas te he ofendido, mientras 
que th erea la qae ha destrozado mi corazon, la qne priva a 
mis padres de sn Enriqae! de sa Eariqae a qnien ellos 
amaban! {Yo debiera aborrecerte y maldecirte, j no paedo 
ni lo ano ni lo otro!... solo me es dado morin hd aqal mi 
Aniea, mi sola Tenganza! 

"Otra vez se apodera de mf la desesperacion y creo qae 
no podr^ acabar mi vida en paz... Otra vez viene el odio a 
invadir mi pecho, porqae el faror de los celos me qaita 
toda la tranqnila magnanimidad qae me habia impaesto... 
Yo aborrezco a ese hombre y lo mataria sin piedad... Afor- 
tanadamente no paedo salir, no debo salir, no qaiero salir. 
La majer qae lo ha aceptado es todavia mas ^miserable qae 
&; y jamas, ni aan para pisarlos con el pi^, me pondrS en 
contacto con seres tan inmnndos... 

"Continue nsted, sefiora, su hermosa carrera; viva osted 
en medio de la riqaeza a qae sin dnda se ha vendido; com- 
pldzcase en haber Uevado el dolor al seno de ana familia; 
b&rlese de haber caasado la maerte de an pobre y oscaro 
artesano: estos son trofeos dignos de sa noble alcnrnia; pero 
yo, si bien d^bil hasta el panto de snicidarme, no cometer^ 
la villania de amargar sns placeres, de empanar sas glorias 
dici^ndole qnien es sn marido... Mi manera de vengarme es 
dtvolviendo el bien por el mal qae me han hecho; y asi ser6 
infeliz, pero no miserable . .. Adios « 

'^[Ai, Lnisal... No paedo termiaar esta carta con el insal- 
to!... No qaiero ir al otro mundo aborreci^ndote, no; deseo 
morir amdndete; y ya qae es imposible tenerte presente, 
qaiero besar ta imdjen, ta bella im^jen!... Y la flor qae me 
diste pasard a hacer parte de mi inanimado cnerpo, porqae 
desaparecenl conmigo... serd mi cemanion, mi Eacaristia, 
mi Diosl... 



>w 



V 



LOB MOUtOi DIL ratBM. 415 

''Ten eompasion de an loco... Nadie se enoja con ellog on 
•1 mando... Piensa que este loco era poco antes un j6ven 
cnerdo, honrado, trabajador, amante de sas padres y qne no 
le habia htcho mal a nadiel Piensa que es tu hechura, que 
el ettado en que se encuentra te lo debe a tf, j tendr^ lis- 
tima de ^I, j talvez viertas una pequeCa l&grima sobre mi 
solitaria j abandonada tumba... 

"{Mi tumba! Mi tumba es mi reposo! Pues, sibete, adora- 
da Luisa, que acaricio la muerte, que la veo Uegar con sa- 
tisfaceion, que me complazco en que est^ en mi mano, en 
que deptnda de ml, en que nadie tenga el poder de impe- 
dir que Uegue, porque yo he puesto mi brazo sobre ella y 
la he detenido un momento para que se Ueve consigo a una 
vfctima con quien no contaba todavia!... 

"Tendr^ miedo del suicida, Luisa? ^Me condenards como 
todo el mundo? Me arrojards de tu memoria como arroja- 
r&n mi cuerpo del bendito sepulcro? ^No tendr^ cabida en 
tu corazon, asi como no tendr^ cabida en el polvo que cu- 
bre a las jeneraciones de los hombres que mueren en su le- 
cho? jHasta ahi llegarS mi desgracia? No lo creo; th me 
recordards,.. Yo te he salvado la vida en dos ocasioues, ^por 
qu^, pues, habria de serte tan indiferente mi muerte? 

"No tengo el derecho de lisonjearme de tu amor: esto seria 
demasiado; \y con todo, han existido ocasiones en que he 
creido en 61! jCu^n dichoso fai entonces! Pero al menoa 
creo que me has ofreeido tu amistad, la has tenido tambien 
por mi hermana, jpor qu^ negarme un recuerdo? 

''Si alguna vez te encuentras desgraciada, si en alguna 
oeasion tus infortunios te obligan a levantar tu vista al cie- 
lo para pedir clemencia, piensa que yo estar6 alll para vi- 
jilar sobre tu destino, para implorar por tu felicidad... 

"Comprendo que deliro; jpero por qui6n? jPor qu^ cau- 
sa! jA qui^n se lo debo? ^Soi yo responsable de lo que 
no puedo e?itar, de lo que nace en mi y a despeaho 
demi? 



4lC LM SXOBBTOS DSL TtUlOSI/). 

"Ta es bastante... Mi estravajancia se limita a suplicarte 

que tengas compasion por an desgraciado.- 

"Adios para siempre. 

"Enmque Lopez." 

A peiar de la locura que se manifiesta en esta carta, Eari- 
que, en medio de sus contradicciones, en medio de sua sen- 
timientog opueatos, no habia olvidado la honradez de sus 
principios, la hidalguia de sus pensamientos, la jenerosidad 
de su corazon, pues no habia querido decir a Luisa lo que 
era su marido, no habia querido revelarle lo que habia ^1 
mismo hecho con Guillermo y el estado en que se encon- 
traba, nada mas que por no martirizarla, nada mas que 
por no herirla en su amor propio y ofenderla en su dignidad 
de mujer y de esposa. . . Cualquier otro hubiera recurrido 
a este espediente; cualquier otro habria creido esta ven- 
ganza natural y lejitima; cualquier otro hubiera dicho: yo 
te har^ sufrir mas de lo que tii me haces sufrir; pero este 
cAlculo no entraba en una alma tan elevada como la de En- 
rique, en una pasion Uevada hasta el idealismo como la suya; 
porque el verdadero amor comprende y ejecuta el sacrifi- 
cio Bin comprender y ejecutar jamas la venganza: las ideas 
bajas y rastreras no son jamas propias de ^!, sino que per- 
tenecen a una esfera mui inferior, a la esfera comun, y En- 
rique habia salido de ella, o mas bien dicho, no habia en- 
trado nunca en ella. 

Despues de esta reflexion sigamos el hilo de los pensa- 
mientos del suicida, trazados en sus cartas. 

La segunda estaba dirijida a sks padres, y se espresaba 
asf: 

^*Mis amados padres: 

"No pueden ustedes sentir mas que yo el pesar que voi a 
darles, porque antes que ustedes lo esperimenten, me lo re- 
presento en mi imajinacion; jy yo mismo me espanto de ser 
la causa de tanto dolor, y ese dolor se representa en mi de 
antemano! 



y 



iim ncdunoji ml rtnauK 417 

''jAh! Me parece verlos en presencia de mi cadaver. 
iCodnta desesperacion! jPobre veterano de la iDdependen- 
cia! iC6mo vas a caer con mayor faerza que si habieses ' 
sido herido por la mas mortffera bala enemiga! jPobre ma- • 
dre! iC6mo va a desaparecer ta resignacion en vista del 
caerpo inaQimado de ta hijo! jPobre hermana! C\i&\ ser& ta j 

pesar caando tambien ta presencies la maerte del hermano! 
Tii qae has safrido tanto, dnjel del cielo; jy qae yo tenga 
todavia la craeldad de aumentar taa machos padecimientos 
con este qae es el mayor de todoss! 

"Es preciso, lo confieso, que yo tenga an corazon de fiera; 
sin ese corazon ^c6mo seria capaz de consumar este actol 
Yo mismo no lo comprendo, jy sin embargo, estoi reaaelto 
a hacerlo! Empero, ea defensa mia, debo agregar, qaeridoa 
padres y qaerida hermana, qae la consideracion de sas sa- 
frimientos me ha hecho vacilar de mis determinacionea to* 
madas y examinadas con la frialdad del joicio, con la ba- 
lanza de la razon, con la paata o la regia del racioci- 
nio; y solo despaes de haber colocado en el debe y en el 
haber de mi desgracia todos estos considerandos, es qae he 
formado mi resolacion, sin jamas abandonar mi respeto y 
mi amor hacia nstedes; porqae es en consecaencia de mi ca- 
rifio y de mi dolor propios qae he determinado morir, y 
morir^... 

"Yeamos, padres mios, las razonesqae me he dado y xm- 
tedes por si propios fallardn y me hardn jasticia, y ver^n 
qae he obrado como debia, .como no podia menos de 
obrar. 

"Ya estdn en posesion de mi secrete... ya conocen mi 

amor por la sefiorita Laisa; pero lo qae ignoran, lo qae qai« 

z& no paeden comprender, es qae ese amor era mi vida, ml 

vida entera, esclasiva, absolata, mi vida de todos los ins- 

tantes, la vida de mi alma y sin la caal no podia ezistir, no 

podia estar ya en la tierra. 

I "Ahora bien: caando todo esto ha deaaparQcido, caando 

[ MMo IT. ^ at 



I 






418 tOB alBCRS)*OB DSL PtTtBLO. 

ya no me calieata ese faego, cuando he perdido la ma^ puria 
esencia de mi ser, ic6mo vivir! jY puede acaso llamarse 
vida esa somnolencia de una alma' desfallecida? Pensar y 
querer, ^ao son I03 atributos del espiritu? jY c6mo pueden 
' ustedes figurarse que y o tuviera en lo sucesivo ideas y vo- 
luntad, cuando me faltaba el elemento primordial el pode- 
roso motor que las impulsaba, el fiaico ajente que las ponia 
en actividad cuando me faltaba Luisa?... 

"Yo he querido ahorrarles pesares constantes; porque 
iqa€ es lo que ustedes habri an hecho con un tronco sin mo- 
vimiento propio, o con un idiota sin voluntad y sin accion? 
jNo es verdad que habrian sufrido mas y de una menera 
constante? iCu&nto mejor entonces no es arrancar el mal 
con tiempo! Cudnto mejor no es precaver mayores desgra- 
ciasl Cudnto mas vale apresurar el tiempo del dolor que 
estacionarse para siempre en ^1! 

"jNo es esto prudencia, pridres mios? jNo son ustedes ^e 
mi misma opinion? jHabrian preferido el ver a su hijo en ese 
estado lamentable por largos afios, a tener que Uorarlo en 
un dia? Ustedes mismos en mi lugar, jnp harian otro tanto? 

"Ustedes, sin dejar de comprender la pasion, ya no la 
esperimentan, y se engafian por consiguiente sobro su in- 
tensidad en una ^poca dada de la vida; ]c6mo asi, pues, ser 
imparciales j ueces. 

"Si yo no supiera, queridos padres inios, que me era impo- 
Bibk ir mas alM, jamas habria atentado contra mi vida; pero 
cuando tengo la seguridad de que habria de morir luego en 
fuerza de mi sufrimiento, ^.qu^ importa adelantar de unaa 
cuantas horas el t^rmino? Ademas, jseria vida la que yo 
hubiese obtenido en esos dias, dado caso de haberlos dejado 
dorrer? Yo no he hecho otra cosa que ahorrarles y ahorrar* 
me mayores angustias, he hecho un c^lculo matemdtico y 
nada mas; mi acto no es entonces el resultado de la locura, 
sino de la premeditacion: he querido andar el camino mai 
Qorto; estoes todo« 



"Esplicada mi condacta r^stame ahora hablarles de mi 
afecto y de mi reBpecto hdcia ustedes, asi como de mi cari- 
fio y admiraci on por mi infortunada hermana; 

"Muero, queridos padres^ con on gran consuelo, con una 
gran satisfaceio n, porque Biempre los he amado y porque 
jamas les he hecho sufrir en la vida, salvo en esta {Jtima 
ocasion que no ha estado en mi mano evitarlo, que he sido 
herido por el destino y arrastrado por la fatalidad.., 

"Ahora, echando una mirada retrospectiva sobre mi pa- 
pasado, siento mi corazon henchirse de una gratitud ifinita, 
de un amor tan suave, tan puro, tan deleitable, que por si 
solo, si no ezistiera aquel, llenaria de felicidad toda mi 
vida. 

"iQa6 cuidados, qu^ lecciones, qu6 ejemplo no he recibi- 
do de ustedes! G6mo han corrido los afios de mi nifiez y 
corrian los de mi juventnd por el sendero del placer y de 
la virtnd! Ustedes me han hecho bueno sin sacrificio, y han 
tenido el raro talento de apartarme del mal y del vicio casi 
sin sefialdrmelo, encamindndome a la moralidad sin hacer- 
me perder mi inocencia, de modo a conservar siempre esa 
sencillez deliciosa que abre tanto al corazon h^cia los ma9 
puros deleitesi » 

'^Recordar tantas horas pasadasa sa lado en compafiia de 
mi hermana, recordar sus caricias en que brillaba ese afecto 
que nos ha aoompafiado sin abandonarnos jamas, recordar 
nuestroB juegos infantiles en que ustedes tomaban parte^ 
recordar esas historietas contadas pot ustedes con tanta gra* 
cia y que hacian nuestra delicia, que nos Servian de recom- 
pensa, y que sin apercibirnos de ello ilustraban nuestro 
esplritu a la vez que lo guiaban h&eia el bien, recordar nues* 
tros trabajos, nuestras oeupaciones que ustedes tenian el 
talento de convertir en otras tantas diversiones, recordar 
esa armonia no interrumpida, esa tranquilidad, ese 6rden, 
esa paz, esa dicha que reinaba en nuestro modesto alber- 
gue, todo esto^ queridos padres mio8;| se me repreaenta aho- 



420 tM moBXtoB taiL fM^lo, 

ra con colores tan vivos, con tintes tan frescos que me 
hacen gozar como gozaba entonces, Uenando mi alma de gra* 
titad 7 de regocijo, Uendndola de la im^jen de nstedes, del 
amor de nstedes... 

"Perdon^ padres mios, por el gran pesarqne les preparo, 
perdon.. . y no acusen a su hijo de inhamano y de egoista, 
no; si yo no supiera que les iba a hacer sufrir mas quedan- 
do con vida, no me atreveria a troncharla y soportaria coh 
resignacion mi dolor en obsequio de su carino; soportaria, 
si fuese posible, mil muertes por evitar un solo pesar, esto 
les probard lo fundado de mi conviccion, lo inalterable de" 
mi prop6sito; y tanto es esto, queridos. padres mios, que si 
no tuviera la seguridad de morir pronto, no tendria esta 
tranquilidad de espiritu, esta Iqcidez de ideas, esta delica- 
deza de afectos que proviene 4nica y esclusivamente de mi 
resolucioD; pues tan luego como Ssta desapareciera caeria 
como un tronco muerto o no seria mas que una pobre bestia! 
jMe querrian ustedes ver reducido a este estado? Lo que- 
^ rria yo? No; todavi^ tengo bastante enerjia para obrar y 
bastante razon para seguir el buen camino... 

Me es imposible decirles que no sufran. jC6mo no me ha- 
bian de sentirl C6mo no ban de llorar mi desgracia cuando 
yo Uoro la de ustedes! Pero es necesario tener valor, tener 
resignacion para soportar el mal, baci^ndole frente cuanto 
mejor se pueda cuando este es inevitable, inevitable como 
el presente!... Preg^ntenselo a Mercedes y ella los conven- 
cerdi, ella les dir& que mi muerte es precisa^ necesaria, infa- 
lible, porque ella era mi confi^^i^ta, porque ella estaba en 
posesion de mi secreto, ella conocia toda la fuerza e inten- 
sidad de mi amor y ella sabe que es imposible que yo viva 
faltdndome ^ste. 

^'jPobr9 madre mial no es tan solo la muerte del hijo la 
que ella va a sufrir, sino la perdicion del hijo: ella conside- 
rar& que un suicida no puede ir al cielo y esta idea la ator* 
mentard horriblemente. jOondeniarse su Enriquel (Qa^ pen- 



Bamiento tan triste! Qa^ reouerdo tan f&nebpe! Pero, que- 
rida madre mia, tenga ccmfianza en la misericordia infinita 
de Dios... Yo he sido bueno toda mi vida, ningun vicio ni 
ningan crimen me arrastra a la tumba. Una pasion pnra^ 
olevada, podria decir, sublime, es la que me mata; ^por qu^ 
me castigaria el Sefior por nn sentimiento que ^1 ha hecho 
nacer en mi corazon, del que me glorio en vez de avergon- 
zarme, y.que lo ha enjendrado la virtud y nada mas que la 
virtud? Los santos que usted tanto venera, madre mia, jno 
son unos verdaderos suicidas? ^No me ha dicho usted que 
ellos se mortifican de distintos modos, que ellos maceran 
sus carnes, se privan del alimento, cargan cilicios, hacen 
penitencias, y que mientras mayores son sus sufrimientos, 
mayores son tambien sus m^ritos, mayor es la gloria que 
Dios les prepara? Esto se lo he oido a usted muchas ve- 
ces, esto me lo ha ensefiado; y bien, jno son ellos otros 
tantos suicidas del amor? Si todos esos martirios acortan 
los dias que la naturaleza les acordara, ^qu6 diferencia hai 
de ellos a mi? Una pasion los domina y a edta pasion se sa- 
crifican, ^no es tambien lo que yo hago? No es tambien 
el m6vil que me determina? jPor»qu6 entonces se salva- 
rian ellos y me condenaria yo? ^Por qu^ ser abre para ellos 
el cielo y para mi el infierno? Pero aun hai mas, qaerida 
madre mia: esos santos varones se suicidan por egoismo, 
porque se suicidan por gozar mas luego de la felicidad 
que les espera; mientras que yo me suieido por evitar la 
desgracia que me mata; ellos podian evitar la muerte y se 
la dan, ningan dolor los atormenta y concluyen consigo- 
mismos; en tanto que yo padezco y mi padeciraiento es eV 
que me precipita al sepulcro... Ahora bien, si los que se 
suicidan se condenan, jno son ellos mas suicidas que yot 
^Por qu6 habiamos, pues, de tener una suerte distinta? No, 
madre mia, no tenga usted el menor temor: yo me salvair^ 
como usted se salvardy cotno todos los buenoa deben sal-' 
varse... 



Hi AM naufloi Mb mno. 

'^Dos palabraa mas antes de darles mi Ultimo adios: Eloiaa 
es mi hermana, mi hermana de adopcion; 'ella ha sido naes- 
tro ^Djel tatelar y ncMi qaiere 7 86 de qae sentir^ mi muer- 
te; sean ustedes, si es posible, mas faertes qae ella para con- 
solaria, porqae, por an presentimiento rare, me parece qae 
sa dolor tiene algo de semejanteal mio, qae hai cierta afi- 
nidad entre lo qae yo siento.y lo qae ella esperimenta: hai 
areanos qae se revelan solo a loa moribandos y yo eoi ano 
,de ellos, desde qae solo me qaedan anoa caantos mmatos 
de vida: el tiempo necesario para despedirme de mi qaeri- 
do maestro, el coronel don Toribio de Gazman, el amigo de 
mi padre, el amigo del padre de mi amada, el director de 
Laisa, {de Lnisa por qaien he goasado como an injel, por 
qaien safro como an condenadol De Laisa qae me ha hecho 
vivir y qae me mata! 

No por esto, mis qaeridos padres, tengan por ella el me- 
nor resentimiento, no; ella ed digna de toda su veneracion, 
de todo sa amor, y mi deseo ea qae sa imdjen reemplace la 
mia y qae ocape en sas corazones el mismo logar qae yo 
tenia, sin por esto pedirles qae me olviden, lo qae s6 qae es 
del todo imposible. 

^'Adios padrea, adioa hermana, adios £loisa: esta es la 
transitoria despedida del hombre, pero conservad la espe- 
ranza de qae nos encontraremos en breve. 

"Todo tiene an t^rmino y tras la desolacion yiene la es- 
peranza y al fin renace el goce . * • Adios ... 

"Sa amante hijo 

Enrique." 

^ 

Terminada esta carta, el j6ven di6 anos caantos paaeos 
. por el caarto y laego se sent6 otra vez a la mesa; sa tarea 
no estaba terminada y era necesario conclairla. 

Enriqae yolvi6 a tomar la plama y escribi6: 



\ 



urn SBOUROB biL FprXBU). iH 

*'A1 sefior coronel don Toribio de Guzman. 
"Mi querido y r^spetado maestro: 

"jCurfn poco he aprovechado de sus sabias lecciones! Us- 
ted qniso fortalecer mi espirita contra lo8 accidentes de la 
vida, contra la desgraci^: pero estos accidentes y esta des- 
gracia han hecko trizas al primer cheque su ensefianza, mis 
prop6sitos y mi ser! 

''No ea nn reproche, mi qnerido maestro, el que yo le 
hago. Su doctrina tiene todos los caracteres de la verdad. 
Yo la admiraba y qneria seguirla; empero mi flaqueza no 
resistid, el golpe ha sido demasiado violento para mi debi- 
lidad; y he sucnmbido... 

''Si, maestro mio; creo que no se obtiene la serenidad del 
espfritu cuando las pasionea bullen en el interior del pecho. 

''La jnventud no escala tan fdcilmente el templo de la 
sabiduria para alcanzar de un brinco la triunfante impasi- 
bilidad del hombre que ha corrido la vida safrieudo por 
grados sus decepciones, hasta llegar al poato en que nada 
lo altera, en que nada lo inmuta... jY qui^n sabe todavia 
si ese punto existe y si alguna vez se alcanza! jQai^n sabe 
aun si se debiera considerar como un perfeccionamien- 
to o como nn vicio! Sin embargo, no entrar^ a aualizar el 
hecho: tengo demasiado ulcerada el alma para ocuparme de 
filosoiSa, a no ser la filosofia del dolor, la filosofia de la re- 
signacion para llegar con frente serena al t^rmino de la ea- 



rrera... 



Qu^ felicidad es morlr, querido maestro mio, cuando ya 
no se abriga ninguna esperanza! ^De qn^ sirve la vida sia 
que siquiera la colore el arrebol de la ilusion? Este era el 
que me alimentaba, el que me sostenia, el que me alumbra- 
ba antes, jpero ha desaparecido quedando yo en completas 
tinieblas!... jOu^n triste es la oscuridad, seQor, y mucho mas 
triste la oscuridad del alma!,.. Cuando el esplritu no ve 
nada, todo se ha perdido: jya no hai reraedio para ^1!... 
"Yo le hablo a usted como fil6sofo, y puedo a^iegurarle 



Hi 

que no 60 la deseBpencion la qne me mata^ mno la refleccioii 
impaable, madara^ kija de on acto de mi joicio y no de la 
impremeditaeion ni del capricho. To he visto qne debia 
morir sin remedio y solo he anticipado el minoto. |Dira 
nated qae no he tenido la snfidente enerjia para resistir al 
dolor? Poede ser, seiior; pero es de advertir tambien qn^ 
hai dolores de dolores; iqmin es capaz de medir bh faerza? 
Hai temblores de tierra, caya yiolenda es mas o menos 
grande y a la qne resisten mas o menos los edifidos, pero 
tambien se dan cataclismos qne todo lo destrnyen hadendo 
desaparecer los continentea jCrifdcarfamos por esto de debil 
a esa pordon de tierra qne se ha snmerjido en el abismo? lis- 
ted, maestro mio, sabe mejor qne sn pobre dlsdpnlo, qne se 
rompe el eqnilibrio cnando dos fherzas encontradas se cho- 
can y la nna es superior a la otra, jpor qn^ entdnces cnl- 
parme? Si el golpe ha si do de mnerte, si me ban traspasado 
el corazon de nna parte a otra, ^qni^n es capaz de criticar 
el qne haya sncnmbido? ^Soi yo, por ventura, drbitro com- 
plete de mi ser? Y ann caando lo faera, ^c^mo impedir que 
nna mano aleve me clave nn pnSal por la espalda? 

"No qniero discalparme a sn vista, qnerido maestro mio; 
digo ^nicamente lo que siento sin pretension de aparecer 
faerte, sin qnerer tampoco discnlpar mi debilidad, sino pre- 
sentarme tal cnal soi para qne nsted me jazgne; pero sn joi- 
cio no lo esperare, ^l llegard despues del fallo de Dios, por- 
qne cuando lea estas lineas, ya habrd desaparecido del 
mnndo; pero estoi seguro que, criminal o no, no perder^ sn 
afecto ni desaparecen^ de su memoria... ^no es verdad, pa- 
dre mio? 

"Usted ve qne todavia raciocino: el dolor no me ha qui- 
tado el juicio; pero este jaicio se conserva linicainente por- 
que tengo la seguiidad de morir ea breve, tan breve como 
cuando haya puesto el punto final a esta carta! 

^'Aun no he dicho a usted, padre mio, la causa de mi 
mnerte; jpero con qn^ fin decirla cnando usted la sabe, cuan- 



.X 



\ 
1 

1 



Slip noguRKMi WKU mnttdl ii9 

do asted la comprende, caado hace tiempo debe haberla 
previsto y adivinado? ^C6mo se le podia ocultar el resalta- 
do conoci6ndome a ml, conoei^ndola a ella? Sin duda que 
el mal no ha eido posible evitarlo caando ha sucedido, y no 
me es dado criticar actos que no conozco y menos aan actos 
que usted ha aprobado, y que segun entiendo se ban lleva- 
do a cabo en su presencia y talvez con su anuencia. (Ai! 
jqu^ terrible es esto! Y sin embargo no entra en mi la me- 
nor sospecha, porque siempre lo considero digno, justo, 
grande... y que conserva en su corazon el mismo afeeto por 
8u Enrique, por su discipulo,. por el hijo del viejo y hono- 
rable soldado Doiningo Lopez... Usted no pnede haberme 
clavado el pufial! Usted no puede haberme traicionado! Im- 
posible! tan imposible como que Dies sea el autor del mal!... 

"A pesar que mi determinacion prueba que no he segui- 
do o que han sido ineficaces bus mfizimas; sin embargo, en 
mi {iltimo trance me queda mucho de ellas, me queda la 
serenidad, me queda el valor, me queda la resignacion, la 
justicia, el aprecio de las personas, la. gratitud por los be- 
neficios, mi amistad por Eloisa que desde ahora se la reco- 
miendo, mi respeto y carifio por mis padres lo mismo que 
por mi maestro, mi afeeto y admiracion por mi hermana, 
cuyo hijo lo pongo bajo su proteccion, y mi amor, mi in- 
menso amor por Luisa que no ha llegiido a destruir su ma- 
trimonio con un . . . hombre, que, por mui rico que sea, no 
poseer^ los tesoros de afeeto que esa mujer neeesita para 
vivir y que yo le reservaba en lo interior de mi corazon; 
y con todo le deseo que sea feliz, y mi liltima s^plica a la 
Divinidad, se lo aseguro, maestro mio, va a ser por ella, asi 
como el nombre adorado de Luisa ser^ tambien mi Ultima 
palabra. 

"Adios, padre y director mio; corta ha lido la carrera de 
sa discipulo, ningun fruto ha podido usted recojer de sus 
sabias lecciones, Dies no le ha* permitido ver su obra, pero 
ha sabido grab^r de tal manera el carifio y la gratitud en 



4SC 

mi alnm que Imjsri al sepulcro Ueno de sa memoria j abra- 

fltndolo en espfrito* 

''AdkMy y no <dfide jamas a sii 

''Ekriqus. 

^P. D« — ^^No 68 yerdad qae muero en mi raaon? ^Podria 
nn loco haber escrito esta carta con tanta sangre firia? Pero 
la qne ha dtrijido a Loisa manifiesta el delirio; deaengftSela, 
maestro mio, j dfgale que haata el Ultimo he conservado 
mi jnicio con el fin esclnmyo de amaria liasta el Mtimo.'' 



Cnando el snicida hnbo terminado de escribir, volyi6 a 
pasearse per el caarto. En segnida se par6 otra yez delante 
de la mesa, eeli6 nna Ultima ojeada sobre sns manoscritos, 
los cerr6 cnidadosamente y se diriji6 h&cia la pnerta, dete- 
ni^ndose easi a cada paso, como qnien reflexiona, como qnien 
madnra nn pensamiento o estd a pnnto de resolver an pro- 
blema; pnes se pnso el dedo fndice sobre sn ancha y despe- 
jada frente* 

Eloisa continnaba mirando siempre por el agnjero de la 
Have y sn corazon latia con violencia^ parecia qae se le 
arrancaba del pecho y lo sostenia con sns dos manos apre- 
tAndolo faertemente: ella veia qae el tr&jico desenlace lle- 
gaba a sn t^rmino y no se resolvia a obrar, paes no sabia 
c6mo debia condacirse, porqae talvez ana impradencia 
podria precipitar el acto y hacer ilasorio todo medio de sal- 
vacion. 

De repente se di6 vnelta la Have, pero Bloisa tavo el 
tiempo saficiente de ocaltarse y Eariqne apareci6 en el dia- 
tel de la paerta y respir6 con faerza, como si necesitaran 
sns pnlmoDes an aire nnevo y abandante. 

La mirada de Enrique era triste pero serena y se encami- 
n6 a la habitacion de sns padres con paso firme aunqne aa 
tanto pansado. Se detavo an momento en el patio y mir6 



tvmubk 427 

a1 oielo, qned&ndosa en esa actitnd contemplativa por algu- 
1108 segnndos. Lnego entr6 en la habitaoion con la sonrisa 
en la booa, pero a traves de ella se notaba una profunda 
melaneolia. 

Eloisa pen86: ^^Enriqne no se ha resnelto a morir sin ver 
por Ultima vez a sns padres; quiere despodirse tdcitamente 
de ellos, sin dada desea abrazarlos y despnes llevar a cabo 
sn pensamiento.'' 

La j6 ven no se habia engafiado. iDos propdsitos llevaba 
Enriqae: el nno era el mismo que habia adivinado; el otro 
consistia en que deseaba hablar con ella; asi es que en cuau. 
to entr6 en las habitaciones, pregunt6 con interes: 

— iQxxe ha salido Eloisa? 

Su madre le respondi6 que no sabia, pero que iba a bus- 
carla. 

Eloisa habia oido la pregunta de Earique y la respuesta 
de Marta, y finjW eetar mai ocupada caaado se presentd. 

— Enrique te necesita, mi querida Eloisa, dijo Marta; por- 
que ha pfeguntado por ti con mucho interes; hazme el fa- 
vor de ir, ya sabes que estd mui triste / convendria dis- 
traerlo. Ven, hija mia, que talvez se consiga lo que yo he 
pensado, lo que me haria tan feliz... 

— Voi en el acto, sefiora, contest6 Eloisa, aunque eatoi 
persuadida que ya le ser6 Atil en bien poco. 

— No hables asl, no me quites mi esperanza... 

— Sefiora, yo daria gustosa mi vida por Earique, pero en 
cuanto a lo que usted se figura es un imposible... yo misma 
no consentiria... 

— jTu! jY por qu^? ^^C6mo dices ent6nces que darias por 
^1 tu vida? 

— Y no tan solo una vida sino cien vidas si las tuviera; 
pero hai eosas que no se pueden revelar todavia porque no 
hallegado eltiempode descubrirlas; pero 41 vendr^... 

— jPiensas que esa descabellada pasion es incurable? ^No 
ves til misma los inconvenientes? iQ\i6 esperanza puede ya 



4a% 

A abrigar? T ri tuTo la inaensatez de fijane en la sefiorita 
Lnisa Valdes, ya debe ester saficientemeiite deaengaiiado, 
ya debe haber viato que hai ona barren insaperable 7 qae 
no es cordara pretender lo imposible. 

— Es yerdad, sefiora^ qne ^1 debe eater deaengafiado; pero 
no ea menos cierto qne su paeion es incnrabi^ eomo nsted 
dice. Cnando se ha conocido a nna mnjer como la sefiorite 
Lnisa Yaldes, no hai remedio: se la ama aiempre o se mnere. 

— Ezaltociones de la jnventnd, ilasionea de la primera 
edad qne mai laego disipa el tiempo. 

— Se eqnivoca, sefiora; 7 tel^ez no pase nn dia sin qne 
nated reconozca 7 confieae qne estoi en la verdad. 

— *^Qq^ es entonces lo qae te figaras? 

— Lo qne he dicho a nsted. 

— Pero esto no pnede ser, es preciso qne no sea. 

— Uno no es dnefio, sefiora, de los acontecimientos. 

— Si no es daefio de ellos^ al menos toma mncha parte, 
7 en no pocas ocasiones los dirije a an antojo, como creo 
qne snceder^ ahora. 

— 0}M faera asi; pero no pasar^ nn momento qne nsted 
misma teoga el desengafio. 

— Eloisa^ no me hables con reticencias; desearia qne te 
esplicaras claramente. 

— Con mas claridad se esplicardn los hechos. 

— iQa6 es lo que hai entonces? pregnnt6 Marto nn tanto 
alarmada. 

— No pnedo descnbrirlo ann, porqne lo perjndicaria a A 
7 a nstedes. 

— Habla, Eloisa, dime Inego lo qne piensas. 

— Ya he dicho que si revelara lo que exiate, produciria 
un malisimo resultado, 7 entonces el mal talvez no tendria 
el menor remedio. 

— EstA bien, Eloisa; conozco por esperiencia tu sagacidad, 
asi es que no tengo el menor inconveniente en dejar todo a 
tn prudencia; vamos. 



uli MkskinM dil Finnic. 42^^ 

— ^Estoi a ens 6rdeDes, sefiora. Y se dispaso en el acto a 
acompafiar a Marta. 

Eloisa habia gaardado el terrible secreto previendo la 
alarma de toda la fainilia y lo que diriau a Eariqae para 
hacerle abandonar el proyecto, obligdndolo asi. a que se afe- 
rrase mas en su idea o a qne sucumbiese de inanicion y de 
melancolia. No era por esto el ^aimo de Eloisa el no reve- 
larles lo qne iba a snceder, sino que buscaba la ocasion. Ella 
sabia por instinto, aunque no por esperiencia, que un aeon- 
tecimiento imprevisto tiene masr fuerza, se apodera instan- 
tdneamente del individuo, y desvia, si nos es permitido de- 
cirlo su pensamiento, cambiando de, curso sus ideas, mien- 
tras que el raciocinio en esos lances escepcionales de la 
vida no tiene dominio alguno, y podia mui bien Enrique 
Uevar a cabo su proyecto de una manera mas £&cil e impo- 
sible de evitar aparentando que cedia a las reflexiones de 
la madre y de la familia; en tan to que si lo sorprendian en 
el acto mismo de Cometer el atentado, se turt>aria y esta tur- 
bacion haria una reaccion violenta sobre su ser y no pudien* 
do ya disimular ni finjir tendria que confesarlo todo; y en 
estos desahogos de la pasion, unidos a la revolucion que 
operaria el carifio de sus padres, esperaba Eloisa, si no ha- 
ll ar un remedio absolute, al menos un lenitive que calmase 
la irritacion del momento, lo cual podria traer quiz& poco a 
poco la reflexion y con ella se conseguiria ganar tiempo 
para que se disefiasen Ids acontecimientos; pues por lo que 
habia visto en Enrique y por lo que ella misma sentia, es- 
taba persuadida que la sefiorita Luisa Valdes no podia ba- 
ber sido indiferente a las relevantes prendas del j6ven una 
vez conocidas, deduciendo de aqui y de la tristeza que ha- 
bia observado ^en Luisa, que existia un misterio quid era 
necesario averiguar y el que talvez redundaria en favor de 
Enrique, ofreci^ndole algun alivio, de modo que lo iimco 
que queria alcanzar Eloisa, era evitar aquella ooche la ca- 
tdstrofei hadendo vivir a Enrique tino o dos dias mas, que 



4S0 

durante erte intetralo ella ae proponia obnr de manera a 
aalvarlo. 

Coando apared6 Marta con so j6ven amiga a la pien en 
qne se encontraba an hijo y la demaa f<unilia, es decir, Do- 
mingo 7 Mercedea acompafiados de Santiago y Teresa, qne 
desde algnn tiempo kacian parte de la misma casa oonaide- 
randoloa tambien como miembroe de la miama &milia, En- 
rique se par6 para recibir a Qoisa, y no oontento con edten- 
derle la mano, la abraz6y aun cuando hada pocas horaa qne 
babia estado conversando con ella^ y le dijo, mirindola 
fijamente. 

— ^Algo de estraordinario pasa por H, querida hermana 
mia, pnes be sentido los latidos de tu corazon. 

— Es una cosa natural en mi, contest6 Eloisa rnbonzada 
y torbada a nn mismo tiempo, pnes padezco de esta enfer- 
medad desde algnnos afios, y los aconte^imientos de boi no 
ban sido los mas a propdsito para calmarla. 

— Tienes razon; pero al fin ll^;ard el dia en que estemos 
todos tranquilos. 

Eloisa mir6 a sn vez a Enrique con la misma fijeza con 
que ^ste la babia mirado a ella, y el j6yen baj6 su vista 
como avergonzado, porque conoci6 que su bermana adopti- 
va babia descubierto que mentia. 

— ^Hablemos mas bien de tus pesares, amigo mio, y no 
afectes una serenidad que no tienes, ni quieras damos una 
esperanza de que t^ menos qne nadie, participas. 

— ^Es imposible disimular contigo, querida Eloisa, y ten- 
dr^ que ceder a tu deseos, pero quiero bacerlo de una ma- 
nera privada, quiero eonfiarme esclusivamente a ti y be 
yenido para suplicarte que me acompafies un momento a 
mi cuarto, porque necesito bablarte a solas. 

— Hola, caballerito, esclam6 el sarjento, con tono de afec- 
tooso reprocbe, (con que ya usted no tiene confianza en 
nosotros? 

;;---Iumensa| padre mio; inmensa. • . pero ea un aervicio el 



que tengo que pedir a Eloisa, y solo ella puede hac^r- 
melo. 

— Tienes razon, dijo Marta, tomando una de las manosde 
8U hijo y otra de las de Eloisa; tienes razon en depositar 
tod a tu con£anza en mi hija (y Marta inir6 con ternura a la 
hechicera niSa) pues siempre nos han salido bien sos conse- 
jos, si^odole a mas deudora de mucbos e importantes ser- 
vicios, de manera que no dudo est^ dispuesta a hacer cnan- 
to de ella exijas. 

— Todo, conte st6 Eloisa, con una entonacion de voz par- 
ticular y que significaba: ^^basta el imposible " 
— ^Gracias, hermana mia: lo esperaba de tf. 
— ^Pero qu^ es lo que sufres, querido Enrique? pregunt6 
Mercedes que, como sabemos, estaba ignorante de lo suce- 
dido; ^qu6 es lo que sufres, bermano mio, afiiadi6, que no se 
lo bas comunicado a tu hermana? Yo creia tener toda tu 
confianza; jte babr^ dado algun motivo para perderla? 

— ^No, Mercedes, no; pero... disciilpame por ahora..« otro 
dia. . • lo que siento es insighificante. . • 

— Imposible, imposible, Enrique; te conozco demasiado 
para que me engafies, t4 sufres... t^ padeces mucbo. 

— Sf , Mercedes, te lo confieso, tengo pesares... pero afaora 
no es tiempo, tu estado me impide bablarte, en pocos dias 
mas lo sabrds todo... y me consolar^... 

— Dios lo quiera, no me gusta ser ezijente. Dale an be^* 
sito a mi bijo* 

— Al bijo y a la madre, contest6 Enrique, acariciando al 
recien nacido, y abrazando tiernamente a Mercedes. 

En seguida Enrique abraz6 tamUen a sus padres con mas 
amor que nunca, pues se qued6 por mucbo tiempo apretin^ 
dolos contra su corazon... 

Eloisa lloraba sin poder contenerse. Aquella escena muda 
era cuanto babia de mas pat^tico para quien estat)a en el 
aecreto. Aquel adios silencioso y Ueno de amor y lleno de 
anguatia y lleno del remordimtieufto del auicida, era tan cou- 



43^ urn IMUM DIL »0kBLO. 

movedor, que Eloisa casi est a vo a p unto de descubrir i 
Enriqile y de decir a sus padres: 

— Det^nganla, det^nganlo que va a suicidarse; pero afor- 
tunadamente se venci6^ porque de lo contrario* jqui^n sabe 
lo que hubiera sucedido!.. 

El j6ven se de8pidi6 afectuosamente de Teresa y de San- 
tiago, y dijo a Eloisa: 

— Yamos, hermana mia. 

Los dos salieron, y cuando hubieron desaparecido, Mer- 
cedes pregunt6 con angustia a sus padres: 

— ^Qui^ significa todo esto? Yo tengo miedo. Enrique me 
ha parecido mui estrafto... Algo de terrible debe haber pa- 
sado o va a suceder... 

— Tranquilizate, hija mia, repuso Marta, ya luego sabrds, 
como telo ha prometido ^1. 

— jLuego! Luego! pero quizd hai algo de mas inmediato 
que ese litego,.. 

— Confia en mi, Mercedes, esclam6 Marta, dirijiShdose a 
la cama, y ten cuidado de este pobre anjelito. Y le setlal6 
a la criatura que en ese momento se puso a llorar, como si 
hubiera comprendido la afliccion de su madre. 

Mercedes lo estrech6 entre bus brazos, lo bes6 y gnard6 
silencio. 

Intertanto vamos a ver lo que pasaba entre Enrique y 
Eloisa. 

VL 

Llegados al solitario cuarto que era uno de los mas apar- 
tados de la casa, y seguro Enrique de encontrarse sin tes- 
tigos con Eloisa, poi'que sabia que sils padres no habian de 
espiarlos, le dijo, sentdndola a su lado y tomdndole fami- 
liarmente una de sus manos: 

*— {Has amado alguna vez, Eloisa? 

La nifia se estremecid... Aqnella pregunta no la esperaba; 






^_^i 



t68 SlCdtitOS DXL P^iEBLO. 43S 

« 

iqui era lo que queria saber? qu^ sigu^fioaba esta rara in- 
troduccion? 

Enrique, viendo la turbacion de su amiga, continu6: 

— No te alarmes, Eloisa, te he hecho esta pregunta {mi^ 
camente para ver si sabes lo que es un amor sin espe-*^ 
raiQza. 

— Lo s4. ^ 

— Ed ese caso somos hermanoa por el dolor, y esta union 
es una'de las mas fii^rtes que existen, 63 uuo de los vfncu* 
los sagrados que ligan a los hombres. 

— ^No necesito de el para servirte. 

— Lo s6; pero esto te hara comprender lo que sufro, 

— Lo he' comprendido. 

— Quizd no del todo, porque deben existir muchos gra- 
dos en el dolor; sin embargo, tendrds poco mas o menos la 
medida de mi sufrimiento. 

— :Puede ser que no llegue yo hasta donde tu Uegas; pero 
de todos modos, si no alcanzo hasta ese punto, me aproxi- 
mar6 a ^1. 

— Pues bien, Eloisa, yo guardaba un secreto que tA sin 
pensarlo, has descubierto. Yo amaba, y th me has desen- 
ganado, o mas bien dicho: tii me has muerto; pero no temas^ 
prosigui6 Enrique, arrepentido de su dltima palabra; todo 
tiene remedio^ 

— iQa^ puedo hacer para indemnizarte del mal que te he 
causado? 

— El mal no viene de ti, hija mia; el mal viene de otra 
parte; porque si tii nada me hubieras dicho, de todos mo- 
dos yo lo habria sabido. 

— Pero si todo estd ya descubierto, ^pa^a q^^ me has 11a- 
mado? 

— ^Te he llamado para que comprendiendo mi dolor, me 
haga^ un gran serviciq. s 

— ^Tampoco ixecesitaba comprender tu dolor para que dis- 
pongaa de mi como quieras. 



\ 



434 £08 sKmsToB T>tL ptmnuiO. 

— ^Eloisa, perd6name, perd6namo; yo creo que te lie he* 
cho mucho mal, que te lo hago todavia, 

— Hai males iavoluntarios de que uno no pnede ser cul- 
pable, y talvez el que yo siento como el que tu has recibi- 
do, SQQ de la misma naturaleza, tieuen poco' mas o menoa 
un mismo orijen. 

— jQu^ eg lo que dices? jMira que tus palabras siguifican 
mas de lo que td pien^as! 

— Puede ser; pero esa es la verdad. 

— jCreea de que la desgrabia de que soi vlctima puede 
8^ involuntaria? 

— Talvez. 

— Imposible, Eloisa: ua]|matrimonio no se hace sin el con- 
sentimiento espreso y declaraio de los c6nyujes. 

— Es verdad* 

— ^Y entonces? ^C6mo puede haberse casado la seCorita 
Valdes sia voluntad de liacerlo? 

— Yo la he visto despues de su matrimonio escesivatnente 
triste; esto es todo cuanto puedo decirte. 

— Seri^ la muerte reciente de la seQora dona Juana la 
que la traia asf. 

— No sabre contestarte. 

— jQui6ri puede negar la realidad, Eloisa! El hecho es 
citrto y tambien lo es. * . tambien lo serA mi dolor. 

— Distrdete, amigo mio; las nuevas impresiones van bo* 
rrando tas huellas de las pasadas, hasta que desaparezcan 
del todo. . . 

— jDistraersel Habia creido que tenias una alma de otro 
temple y que podias comprender la pasion! . . 

— jEorique! Pero todos los sufrimientos tienen su t^rmi- 
no, til mismo lo has dicho; y.yo agrego: que todos los do- 
lores pasan. . . 

— ^Tii no puedes saber a cuantos matan. 

— Escepciones, si es en realidad que existen, 

-—No wtrar^, Eloisa, en una discusion est^ril. Las cir* 



I 



v* 






LOS eMUttm DlL PtattjO. 



435 



CQOstancias son demasiado graves: cada ser siente a an ma- 
nera, y 70 no puedo obrar sine en conformidad de la mia. 

— No *tengo nada qne contestar, respondi6 Eloisa. Y la 
pobre niSa, qae tenia qne ocaltar el interior de sa corazon 
y que a la vez estaba obligada a espiar el de Enrique, cay6 
en una especie de laxitud o de abatimiento pirofundo. 

— Poco tiempo hace que me pareci6,.. que 14 tambien su- 
frias. 

— jCoSl esla persona que no ha padecido o qne no pade* 
ce! Pero dime, Jpara qu^ me has llamado? Esto es cuanto 
necesito saber. 

— Voi a decirtelo. Y Enrique perdi6 el color. 

— jTan grave es lo que exijes de ml que tanto te inmu- 
tasl 

— ^Me he inmutado? Pues bien, te lo confieso^ temo..* 

— Habla, ordena, y yo sabr^ cumplir... 

— Le he escrito una carta a la seQorita Luisa Valdes y 
otra a mi maestro; y desearia que se la Uevase*?... 

— ^Nada mas qae esto? En el instante. 

— Siempre eres jenerosa y magnfinima; ^por qu^ no tuve 
la dicha de conocerte la primera? 

— jEsa si que hubiera sido una desgracia! Pero no ha* 
blemos sobre ml; jqu^ mas necesitas? 

— Ninguna otra cosa, sino que me abraces y me perdo^ 
nes... 

— Abrazarte, si; perdonarte/'jde que? 

— De un mal involuntario que yo he creido entrever... 

— jCosas imajinarias! Tii no me has hecho mal alguno ni« 
voluntaria ni involuntariamente. 

— jMe habr6 engafiado! Me alegro: es un pesar de me- 
no9. • • 

— Ya te he dicho que no te ocapes de ml, ^D*ib3 entre* 
gar la carta a la seSorita Luisa en persona! 

— SI, a ella misma. 

-— ^Y la de tu maestro? 



436 



£08 naOBXMi DHL PVXBCiQi 



-rPaedes dejarla tambien a la misma. 

— ^Espero la respuesta? 

Enrique tembl6 de pi^s a cabeza, y luego dijo: 

— Es iniitil; puedes venirte. 

— ^No espero la respuesta? volvi6 a repetir Eloi^a, insis- 
tiendo en esta pregunta, porque ella sigaificaba mddio: sig- 
nificaba nada menos que un pronto suicidio, pues si Enri- 
que le hubiera contestado que aguardara,, habia alguna 
esperanza; pero decirle que no, era lo mismo que anunciarle, 
que a la vuelta no lo encontraria ya con vida. En este con- 
flicto, Eloisa, replic6: 

— Si no vas a salir, es claro que puedes esperar. 

— No voi a salir, hermana mia, pero es inoficioso que 
aguardes la respuesta. 

— No desesperes, ami go mio, quiz& puede ser fa voi able. 

— Nada tengo que aguardar^ querida Eloisa: los hechos 
consumados no tienen remedio. 

— jPor que escribes entonces? 

—Para despedirme. 

— Pero |d6iide vas? 

— ^No sabes que me es imposible permanecer en San- 
tiago? 

— Lo s^; mas esto no impide que aguardes la contesta- 
cion para tra^rtela a tf, desde el momento que no has de 
partir esta noche... 

— jQui^n te lo ha dicho? 

— Ann conservo en mi poder el salvo condacto; y sin ^1, 
te espones a caer en manos de la policia. 

— Basta de objeciones, Eloisa; ^quieres hacerme o no el 
servicio que he solicitado de ti? 

— Lo quiero. 

— Pues haz entonces lo que te digo. 

— Desearia verte a mi vuelta. 

— Me ver^s... 

' — ^Me lo prometes? 



^ 



tM BIOUROS DSL PlteliA. 437 

— Sin duda alguna. 

Eloisa no se engan6 sobre lo que significaba aquella con- 
cesion acordada tan fdcilmente, y palideci6; pero dominan- 
do su turbacion, dijo a Enrique, con yo^ solemne y acen- 
tuando su? palabras. 

— Enrique, yo no te debo un solo servicio y eg indispen- 
sable que me hagas uno en recompensa de los que yo te he 
hecho; de otra manera tengo el derecho de calificarte de 
mal agradecido. 

— Ordena, Eloisa, y serds servida, y servida con gusto... 
— Bien, lo ^inico que te exijo es que no hagas nada, que 
no tomes ninguna determinacion antes de cuarenta minutos; 
^me parece que no es mucho pedir? 

Enrique mir6 a Eloisa con estraneza. Temia que hubiera 
penetrado en su interior y hubiera adivinado lo que iba a 
hacer; pero reflexion6 un mom en to y se dijo para si mismo: 
— Ella piensa estar de vuelta en ese tiempo y teme que 
me fague antes; y convencido que habia acertado con la 
verdad, le contestd: 
— Concedido, amiga mia, anda sin cuidado. . 
— Pongamos nuestros dos relojes acordes, porque a mi 
me gusta la puntualidad inglesa. 

—Tengo las nueve y veinte], minutos. 
. — Exactamente; lo mismo marca mi reloj; con que enton- 
ces no hai que.faltarfel trato es trato. 
— Convenido. 

Eloisa tendi6 la mano a Enrique; pero ^ste le dijo: 
— No es bastante... dame un abrazo mas para despedir- 
nos como buenos a-migos... 

La palabra despedirnos la proi;unci6 el j6ven de una ma- 
nera tan triste, que hizo un momento vacilar a Eloisa, que 
sabia lo que aquella voz significaba; pero ya ella habia com- 
binado su plan y tenia confianza en que le saliera bien como 
le habia salido todo hasta el presente, y en coasecuenci^ 
abraz6 a Enrique. \ 



\ 



438 



Vtt 



Tao laego eomo naestra iateresante nifia se deapiii6 de 
Bnnqoe, 86 fa^ directameate doade Domingo y Mar ta, j 
llam^odolos eparte para no alarmir a Merced^, les dijo: 

— Tengo qoe comaoicarlea a i^tede? ana cosa mni impor- 
tante de la cnal depende nada menos qae la salTadon de 
Enrique* 

— {La salvacionde Enriqne! jPaes qne ea \o qae hai de 
nnevo? esclamd Marta, aobresaltada. 

— En ningnn caso mas qae en este se necesita de mayor 
sangre fria, se&ora; el peligro mismo qae corre el hijo de 
nstedes lo aconseja. 

— lQ,ni peligro? ^Han sabido qne vive aqni? gLo persi- 
gnen? ^Tratan de prenderlo? 

— Todo eso seria nada. 

— ]Nada! jentonces? 

— No bai qne intimidarse; nstedes tienen la posibilidad 
de Balvarlo* 

— jSalvarlo de qn^? 

— ^De ^1 mismo. . . 

— {C6mo de ^1 mismo? 

— Ya babia dieho a nsted de qne a ana persona como la 
sefiorita Lnisa Valdes no se olvida... 

—lY bien? 

— La herida de Enriqne es profunda, incurable. 

— Ann caando asi faera, jqaS paede suceder de tan alar- 
mante? 

— Enriqne ha resnelto snicidarse... 

— jSnicidarse! 

Y Marta asi como Domingo Lopez se sorprendieron de 
tal mancra, que snslabios no articalaron palabra; no 8ali6 
de ellos mas que ana especie de marmallo inintelijible, 
vitfndose la honorable esposa del reterano obligada a sen< 
tarse, porque sus piernas flaquearon* 



t09 iXCKITOS OK. PUBBLO. 459 

— Senora, lo que se necesita ea el momento es enerjia; 
de lo contrario todo estdj perdido. 

— ^Y c6mo* lo has sabido? gTe lo ha dicho ^1? jQu^ es pre- 
ciso hacer? . c 

— Yo he visto desde on principio lo que astedes no han 
visto. He comprendido lo que ustedes no han comprendido 
y he obrado del modo siguiente: 

Y Eloisa cont6 a los padres de Earique todo lo que ha* 
bia visto, la coaversaoion que habia- teuido y liltimamente 
la promesa que le habia hecho. 

— Eatonces es preciso ir en el acto donde ^1... jPor qu^ 
no nos lo habias prevenido con tiempo? Nosotros lo hubie- 
ramos disuadido.. 

— No lo he creido conveniente ni creo que todavia ha 
llegada el momento de obrar con buen exito. 

— lC6mo.no ha llegado la hora, cuando dices que dentro 
de cuarenta minutos...! 

— SI, dentro de cuarenta minutes Enrique debe suicidar* 
se; pero es preciso tener el valor y la serenidad impertur- 
bable de aguardar hasta el ultimo instance... 

— jEloisa! iC6mo se conoce que Enrique no es ni tu hijo 
ni tu hermano! porque si lo fuera, ya habrias volado donde 
el, ya le hubieras dicho: "Conossco tu inteucion y la; reprue- 
bo y no la cometerds." 

— jSeflora! esclam6 Eloisa fuera de si y dominada por 
una escitacion febril: Enrique es mas que mi hermano, es 
mas que mi hijo: jes mi amante!... quiero decir que yo lo 
amo... y lo amo tanto, que daria ciea mil vidas por^l. .. 
' pero por la misma razon que Iq amo y que no quiero per- 
derlo, y que trato a toda costa de protejer su existencia, no 
he seguido el camino que.ustedes hubierati seguido. 

Domingo y Marta al oir esta'confesion abrazaron a la j6- 
ven simult^neamente, dici^ndole cada uno a la vce: 

— iHija mia! mi querida hija! ser^s la esposa de Enrique 
y tendremos una honra y una dicha inmensa... 



m 



UM BBoauRNis i^Mt wnmuk 



\ 



— ^Ya he dicho a usted, seffora, que jamas, oontest6 triste' 
mente Eloisa diriji^iidose a Marta; y en segaida agrego: no 
nos ooupemos de eate asunto, sino qne debemos hablar de 
lo mas urjente, pues yo ten go que partir en el acto para 
cnmplir con el encargo de Enrique. 

— ^Piensas dejarnos? 

— Sf, es indispensable. 

— ^Y en estas circnnstancias? jQu^ haremos nosotros 
Bin tl? > 

— Ustedes eon bastantes para impedir el snicidio, si si- 
gnen mi coisejo. 

— Di!o, bija querida, dilo y lo cumpliremos al pi^ de la 
letra. 

— Tienen ustedes treinta minutos todavia; porqne yo es- 
toi segara que Enrique me cumple su palabra; y lo que 
debe hacerse es lo siguiente: se podrd.n ustedes en aeecho 
en la puerta de su cuarto, del mismo modo que yo lobe he- 
cho, y desde alii podrdn ver lo que pasa en el interior, pero 
sin precipitarse por nada antes de Uegado el tiempo. 

— jQu6 ansieiad! jque tortura! ;qu6 d^sesperacion! 

— ^Tortura, ansiedad, desesperacion que es preciso saber 
Boportar para dar el golpe certero. 

— Y bien, ^cudl es ese tiempo dado? 

— El idltimo minuto, y si es posible cuando 61 haya to- 
rnado la pistola en sus manos. 

— ^Y si se adelantal 

— No se adelantarS; pero en todo case ustedes estdn alii 
para observar sus movimientos y apro.vechar el momento 
oportnno. En esto consiste el bueh ^xito. Esa impresion que 
lecausar^ la sorpresa en aqi:iel lance, e3tremo, les dard a us- 
tedes la victoria. 
. — jSi al menos estuvieras con nosotros! 

— Seria peligroso, comprenderia que lo habia traiciona- 
do, y esto era lo bastante para que todo se perdiese, 
* — Trataremos de tener valor. 



^ — Mas que el valor es indispensable la calma. Les dejo mi 
reloj, que he confrontado con el de ^1 y andan acordes; 
conqueasi, hasta eliiltinio minuto, saWo algunaocurrencia 
imprevista de la que ustedes juzgarin porsl mismos, siendo 
mui diflcil que se equivoquen, sobre todo en una cosa de 
tanto interes. 

Eloisa parti6 como una flecha, y ^Domingo y Marta dea- 
pues de un instante de perplejidad se fueron a ocupar su 
puesto o lo que es lo mismo a espiar todos los movimientos 
y acciones de su hijo: el observatorio ya era conocido. 

Marta mir6 la primera por el agujero de la llavQ y luego 
Domiogo, que se puso el dedo Indice sobre sus labios para 
recomendar que no hablara, con el fin de poder observar 
major y de no llamar la atencion del suicida con el menor 
ruido. ' 

Enrique se pa3e6 como diez minutos todo lo largo del 
cuarto, mir6 el reloj y dijo perceptiblemente: "El tiempo 
se acerca. .. todavia diez minutos. .. jQaeridoa padres, que- 
rida hermana! ^qu6 va a ser de vosotros? jQu^ golpe tan te- 
rribleK .. Soi mui cruel! ^Pero c6liio puedo obrar, Dios mio? 
jDe todos modos es preciso que muera!... No hai remedio! 

Y Enrique mir6 al cielo, se hinc6 delante de la mesa, 
cruz6 los brazos sobre el pecho y permaneci6 conao en ora- 
cion. 

Domingo y Marta, que miraban desde afuera, temblaban 
sin poderse contetaer, sus dientes se chocaban los unos con 
los otros, sus corazones Jatian con violencia, sus ojos desen- 
cajados parecia que iban a reventar o salir de sas 6rbitas; 
. quien los hubiera visto en ese estado no los habria conoci- 
do: a tal punto se hallaban desfigurados y descompuestas 
BUS facciones. 

Pero Domingo jnir6 el reloj: faltaban aun cinco minutos 
y acercAndose al oido de Marta, le dijo: 

— No puedo contenerme mas,., vox a bacer sal tar la 
puerta. 



La no menos angustiada maclre se puso a mlrar por el 
agajero de la Have conteitiendo con la mano a su esposo. 

Enrique tom6 de la mesa el retrato d^ Eloisa, lo bes6 re- 
petidas veces, volviendolo a colocar en sa lugar. 

Faltaban do3 minatos, y el suicida mir6 hdcia la puerta 
como( para ver si no se presentaba alguno: sin duda espera- 
ba a Eioisa; pero viendo que no aparecia, se 8onri6 y estird 
su br^zo levaotando la carpeta. 

La fis nomia de Enrique era triste y serena. ..estababe- 
llfsimo: era 1:4 imajen del dolor resignado que ve llegar el 
momeuto de su delibranza. 

i — En tus manoSy Senor^ encomiendo mi alma! esclam6 el 
suicida con melanc61ico pero tranquilo acento. 
' Y sac6 la pistola que tenia debajo de la carpeta... El re- 
flejo del ncerado y pulido cafion {a6 a herir la pupila del 
de^encajado ojo del viejo soldado que estaba en aceclio. 

En ese mismo momento en que et infortunado joven di- 
rijia la arma homicida contra su corazon, volo la puerta del 
cuarto hecha mil pedazos haciendo uu ruido espantoso. 

Enrique se detuvo involuntariamente. La prevision de ^^'> 

Eioisa se Labia realizado. Et padre y la madre penetraron 
en el interior al mismo tiempo que los pedazos de madera, 
esclamando: 

— Hijo mio! mi querido hijo! 

Y se apoderaron de Enrique, que no opuso la menor re- 
sistencia, sinti^ndose desfallecer, pues aquella sorpresa lo ha- 
bia trastornado c6mpletamente. 

Aquel ruido estraordinario que habia causado la fractura 
de la puerta, sobresalt6 sobremanera a Mercedes, que, no 
pudiendo contenerse, se levant6 del lecho, t6m6 al reciea 
nacido entre sus brazos y sali6 al patio. En ese mismo mo- 
mento pasaban Santiago y Teresa atraidos por igual moti- 
voj y al ver a Mercedes, le dijeron: 

— ;Qu^ imprudencia!. •. salir asi!... ^Qa6 es 16 qae ha < 

sucedrdo? 



IM 8SCRII0S DHL PCniBLd. 



443 



" — |Lo 8^ yo acaso? ;Debe Ber algo de terrible! jD6nde 
est^a mis padres? ^D6nde estd Enrique? 

— El ruido ha sido en el cuarto de ^1, respoiidi6 Santia- 
go, y cref oir las voces de don Domingo y de la sefiora. 

— Si, ellos son. .. (jQu6 es lo que ha pasado? Vamos. 

Y Mercedes march6 la priraera sin oir las advertencias 
Buplicantes de Ttrepa que le decia de volverse a su cama. 

Caando Mercedes vi6 aquel cuadro tan tierno y tan te- 
rrible, dio un grito de dolor tan profando y tan agudo, que 
Enrique se e8tremeci6, abri6 sus ojos y estendi6 su» brazos 
pronunciando este »olo nombre: j Mercedes!... Y Mercedes 
sin proferir palabra se ech6 en los abiertos brazos del her* 
mano. .. ambos se habian desmayado. 

Santiago vol6 en busca de un m6dico, y Teresa fu6 a 
componer los remedios que Marta le indicara. 

Enrique no se habia suicidado; gpero quien podia respon- 
der ^e su vida? El mismo habia dicho que no tenia remedio 
y Eloisa lo habia confirmado. ..La agonia seria mas larga: 
•sto era cuanto se habia ganado 



'• 



_ f 

La promesa j la recompensa. 



L 

Eloisa, al despedirse de los padres de Earique para cum- 
plir con los encargos que ^ste le habia hecho, se diriji6 
precipitadamente a la calle de la Catedral, donde, como se 
sabe, residia Luisa. 

El portero estaba prevenido para dejar pasar en el acto 
a cualquier persona que se presentase, ya'sea a preguntar 
por don- Toribio de Guzman o por la dueno de casa, porque 
se esperaba que de un momento a otro apareciese Earique 
o algun emisario de ^l; de consigaiente cuando pregunt6 
Eloisapor la senorila doiia Luisa Valdes, la dejaron pasar 
en el acto, dici^ndole que estaba en sus habitaciones. 

En las casas grandes de Santiago hai que recorrer pri- 
mero un estenso patio antes de llegar a la antesala, donde 
jeneralmente se pregunta si estd o no la persona a quien 
se busca en la casa; j Eloisa, aun cuando la habia dejado 
pasar el portero, tuvo que golpear aquella otra pieza para 
ver si podia ser introducida a las habitaciones o al salon de 
la senorita Luisa Valdes/ 

En ese mismo momento el solitario leia un peri6dico en 
la mesa redonda que se encontraba medio a medio del pri- 
mer salon, alumbrando aquella gran pieza una Idmpara solar 
de r'ceite de ballena o de nabo como se usaba en aquella 
^poca. 

A los primeros golpea, el coronel don Toribio de Guzman . 
se par6 preguntando: 



V. ^ 



/I 



%i/ 



LOB BiBCiEtfeTOS DBL PmCBLO. 445 

— ^Qui6n 68? 

— Basco a la sefiorita dona Luisa Valde^, respondi6 Eloi- 
sa con su voz dulce y arjentina. ' 

' r— jDe d6nde la busca? contesto el solitario. 

— Desearia hablar particularmente con ella, senor, porque 
traigo Unas cartas urjentisimas para ella y para el senor de 
Guzman, 

Cuando el viejo coronel oy6 que les llevaban cartas diri- 
jidas a ambos, presumio en el acto que debian ser de En- 
rique, y se diriji6 apresuradamente hacia la puerta donde 
se encontraba la emisaria. 

Eloisa reconoci6 al solitario por la pintura^que le habian 
hecho de ^l y le entreg6 las cartas. 

En el mismo instante el coronel Guzman reconoci6 la le- 
tra de su discipulo, y sin reparar en la portadora, corri6 
como un nino 'hdcra el interior de la casa, gritando: 

— Luisa, Luisa, ven inmediatamente. ^ 

El crujimiento de un vestido de seda de una persona que 
caminaba con precipitacion se dej6 oir, y Luisa apareci6 
casi instant^neamente. 

— jCartas de Enrique! esclam6 el solitario. 

— jDe Enrique, Dios mio! jQui^n las ha traido? 

— Yo, sefiorita, contest6 Eloisa; pero debo advertir a 
ustedes que no hai tiempo de leerlas, porque no hai tiempo» 
que perder. 

--^iQui es lo que dice usted? replic6 Luisa asustada. 

— Conozco que usted es la sefiorita Luisa Valdes; pues 
bien, sefiorita, si usted no socorre pronto a Enrique, mue- 
re . . • Por caridad, ya que no por carifio, se lo suplico a 
usted de rodillas... 

Y Eloisa desolada se ecli6 a los pi^s de Luisa. 

—\Se muere, se muere! 

— ^;Y por qu^? contest6 laaristocrdticaj6vendespavQridt, 
sin saber casi lo que decia. 

— Porque no hai tiempo de entrar en esplicaciones • . • 



446 



Um BBOBltOS DBL tWBUK 



vamos a salvarlo si aun es posible, y si usted quiere . . • 
— ;A salvarlo! . . • Pero dlgame al menos ^qu^ es lo que 

pasa? 

-7-Se iba a suicidar... talvez lo ha hecho. •. y llegaemos 
demasiado tarde si a osted no le es indiferente la muerte de 
un hombre. 

— ;A suicidarsel... jlndiferente la maorte de Enrique!.. . 
Vamos.,. 

Pero la emocion era demasiado violenta, la impresion' de- 
masiado viva y demasiado repentina; asi es que al pronan- 
ciar la pakbra de vamos csij 6 exdnirae. 

El solitario, mas dueno de si mismo a pesar de la terri- 
ble sorpresa, tom6 a Lu'sa en sus brazos acompanandola 
Eloisa para levantarla y la coloc6 sobre un sofa ddtadole in- 
mediatamente su maravilloso elixir que le hizo** volver en el 
mismo instante. 

— Vamos, vamos, maestro mio^ fa^ la primera palabra 
que dijo Luisa; y sin atender a su pelnado algo descom- 
puesto ni a tomar una manteleta de abrigo, corri6 hdcia el 
patio llevando de.una mano al solitario y de la otra a Eloi- 
sa y pidiendo a gritos el coche. 

Afortunadamente, por una prevision del solitario habia or- 
denado que permaneciese siempre el coche enganchado has- 
ta la una de la manana, y esta 6rden la habia dado el dia 
anterior desde que supo la faga de Enrique, previendo que 
podia ser mui necesaria esta medida en un caso urjente. 

El coche parti6 a escape; pero durante los pocos minu- 
tes que tat»d6 en llegar de3de la calle de la Catedral a la de 
Breton, Luisa y el solitario pudieron informarse defies prin- 
cipales incidentes, tanto de la fuga de Earique, cuanto de 
lo que habia motivadod deseo d^ suicidarse; y Eloisa dijo 
con exactitud todo lo ocurrido, causando con su animada 
narracion una profunda emocion en Luisa, emocion varia y 
casi indefinible, porque participaba de sentimientos distin- 
to9) puea habia en ella una mezcla de amor, de entaaiasmO| 



m 



I J 



V / 



UOB 8S0BSf6B DMt PtnSKLOw 



44? 



de miedo, de desesperacion, de ternura, de'abatimientp; ha- 
ciendo, comb hemos dicbo, una sensacion verdaderamente 
incalificable pero grande y poderosa en el conjunto, una 
de esas sensaciones que absorben por corapleto todo nues- 
tro ser, haci^ndonos gozar y sufrir a la vez de la manera 
mas intensa; pero Luisa, llena de una ansiedad dolorosa, a 
pesar de la prueba inequivoca de la pasion de Enrique, de 
esa pasion con que ella queria y necesitaba ser amada, llena, 
decimos de angustia, le parecia que el coche tardaba un 
siglo en llegar y que la distancii se prolongaba indefinida- 
mente. 

El carruaje se paro al fin a una sefial de Eloisa que hizo 
coraprender al cochero que debia detenerse; 

Sin hacer caso de la etiqueta (porque no es comprensible 
en esos momentos de un supremo apremio) byj6 primero 
Eloisa, pero esper6 a que descendiese en seguida Luisa y 
el solitario y golpe6 la puerta de calle de la manera eonve- 
nida, pero con muclia mas precipitacion o violencia que de 
costumbre. ' 

Luisa se 'apoy6 en el brazo del anciano, porque se sentia 
desfallecer; y si la nueva de la muerte de Enrique hubiera 
llegado a sus oidos habria ella sucumbido en el acto, pero 
alimentaba alguna esperanza por la relacion qu« le La- 
bia hecho Eloisa,, teniendo casi la persuasion que los padres 
de Enrique habrian evitado la catdstrofe. 

Serd neces3.rio decir pr^viamente que durante el inter- 
valo^transcurrido entre la partida de Eloisa y su Uegada, 
habia habido un pequeno cambio en el modo de ser de 
Enrique; pues, como lo sabemos ya, al dolorido grito de 
Mercedes y al abrirle sus brazos y precipitarse ella, ambos 
habian quedado sin sentido: estado delicioso para Enrique 
si acaso puede darse algun goce en el anonadamiento; 
pues lo privaba del terrible martirio de su irreparable des- 
gracia-, sin embargo los'cuidado.3 de Marta y los remedies 
que les habia apUcadO| a sus dos queridoa hijos, los habiaa 



448 X08 BSoiuEttos DSL PtneftLo. 

forzado a volver a la vida, ja Ja vida que es el mayor tor- 
mento en circunstancias como eatas! Triste obseqnio que se 
empenan en darnos siempre las personas que nos afeccio- 
nan, sin averiguar que muchas veces vale mas un letargo 
absolute y eterno. , 

Cuando Enrique y Mercedes volvieron en si y se encon- 
traron el uno en brazos del otro, se contemplaron por un 
momento sin hablarse, y la reminiscencia de lo que Labia 
precedido vino a Enrique de un golpe y un raudal de M- 
grilnas se desprendi6 de sus ojos. Esas lAgrimas debieron de 
aliviar un tanto su corazon, porque dijo: 

— Padres mios, hermana mia, perd6nenme!... ahora veo 
que no disponia yo de mi vida sino que tambien disponia 
de la de ustedes que me es mas cara, cien mil veces mas 
cara*(» 

Casi en ese mismo instante se sinti6 el fuerte golpfe que 
daba Eloisa en la puerta de calle, y Enrique se par6 di - 
ciendo: 

— Eaa es mi otra hermana... estoi seguro de ello.... ^Qu^ 
noticias traer^? 

Teresa fu^ corriendo a abrir, y al instante se oy6 el ruido 
de varias personas qtie corrian atravesando el angosto pero 
largo patio. 

Luisa se present6 la primera en el umbral de la puerta 
y ahl se detuvo un instante sin movimiento, ni mas ni me- 
no8.que como una aparicion... como un dnjel que baja del 
cielo y que reposa un momento a la vista de los mor- 
tales. 

Enrique la reconoci6 en el acto y se prostern6 de rodi- 
UaS) ni masni menos como si se le hubiera presentado una 
divinidad. 

. Luisa entonces, sin saludar a nadie, talvez sin ver a nadie 
corri6 donde 61 y lo estrech6 en sus brazos, dici^ndole: 

— Vive... te amo... soi tuya... lo he sido, lo ser^ siempre 
y nunca he dejado de serlo... 



,.x 



I 

I 

/ 

urn «taMt(M I0to ^triBLo. 44d 

Enrique pronunGi6 unas cuantas palabras lainteHjibles y 
volvi6 a desmayarse de nuevo... 

Luisa lo retuvo en sas brazos y mir6 al solitario oomo para 
decirle: "jSoc6rralol..^ 

Al aproximarse don Toribio de Gazman, el sarjento Lo- 
pez, a pesar del trascarso de los aSos, lo reconoci6. 
, — ;Mi coronel, mi coronel! esclam6. 

Y los dos viejos soldados 8e abrazaron, sin tener en cnen- 
ta la gran diferencia de posicion, de rango y de fortuna que 
existia entre ambos, con esa fraternidad de companeros de 
armas, fraternidad realizada por el m^rito del uno y del 
otro, por la sinceridad de los afectos^ por los' servicios reel- 
procos y las gratitudes reapectivas, pues si Domingo Lopez 
habia salvado la vida al coronel, el coronel habia instruido 
a Enrique, ddndole la vida del esplritu que es superior a 
todo* 

EI solitario, que habia oido la eselamacion de Luisa^ se 
desprendi6 del sarjento para ir en socorro de Enrique que 
no tard6 en volver en si. jQui^n es el que muere de feliei- 
dad! jV^rtigos de la dicha, que si nos anonadan por un mo* 
mento, llevan siempre consigo el aliento de Dios para rea« 
nimamos y su esplritu in mortal que ^epura los afecto^^ que 
idealiza el' goce y que nos trasporta por algunos instantes a 
la mansion infioita donde El reina alumbr&ndonos con su 
gloria I 

|Qu^ de sentimientos y qu6 fuerza, qu6 de emociones y 
qu^delicta no reinaba en aquellos corazones, no brillaba en. 
aquelloB semblautes! jQui^n se creeria capaz de describirlos 
traduci^nddlos con palabras! 

jEnrique,. pooo aateV en brazes de la muerte, y vuelto alfo- 
ra a la vida! ^Y a qu6 vida? A la vida llena de e&peranzas, 
llena de promesas, llena de^recompensas, pues Luisa le ha-* 
bia dicho que lo amaba, que era suya, que lo habia side 
Biem|)i?d iQu^ mayor felicidad! iQad mayor triuLfo! La 
transicion no podia aer ni mas grande ni igix^% fayorable: era 



t 



4B5 tM tKJBStdft DXt. TVtBiJO. 

mns que renacer, era pasar de la desolacion mas espantosa 
fil cotitento mas puro, del abi^roo si\ parai80, del infierno al 
cielo! ;Y todo esto caai a nn, mismo tiempo! casl sia dar lu* 
gar a que desapareciesea par oomplejto las amargoras del 
dolor, las tinieblas de la desesperacifia!. .. 1 

jY Luisa, Luisa, que habisl soportado tantas acgustiaa, que 
habia hecho t»ntos sacrifioios, s^ veia ahora recompensada 
en un solo in&tante! Lui^a, que consideraba perdido a Eari- 
que, la babla al fta hallado! Luisa, que habia volado en alas 
de la angustia temiendo encontrar a su amante convertido 
^p cadaver, lo vda sano y saWo, lleno de la misma embria* 
gupz que seutia ella, de esa embriaguez sin nombre, em- 
briaguez talvez superior a la que gozan los dujeles! . • Luisa, 
por Qtra parts, volvia a ver a Mercedes, a Mercedes, a 
quien amaba eomo hermana y quizd^s mas que a hermana, 
porque comprendia do^ afectos o'dos motives para tener uo. 
solo y grande afocto: g1 carino que inspiraba por fci y el ca* 
rifio que iospiraba por estar en posesion del de Enrique: era 
pues doblemente hermana, doblemente qiierida! 

jY la infeliz Mercedes gozdsa y avergonzada a la vez! Go- 
ijosa de ser madre y avergonzada de^ serlol Gozosa de ha- 
ber visto a Luisa y avergonzada de que Luisa la viera! Go- 
zosa de ver gozosa a E.urique, a sus padres y a todos cxiantos 
le rodeaban, iaclusor el coronel don Toribio de Guzman, a 
quien miraba con.coriosidad, con respeto y con carifio y 
avergonzada tambien de todos cllos y hasta de si misma! 
Eero felizj.feliz, porque todos er*n felicesi 
..jY qu6 decir de la alegria de las padres! Guando el amor^ 
filial se^ha couservado intacto y que ha crecido en lugar de 
disminuirse con la edad, cuando. se recoje ya el frato de 
ti^nto . d^svelo, de tantos y tan ti^rnos cuidadoe, cuando el 
niSo que simbpliza la promQsa ha^llegado a la jayeotud de 
lacual se espera la recompensa; ;qii^ de martirios no caoaa 
BU pdrdidal jquS de dicbas no produce su salvaeionl Y esto 
CQiiisideradci icudl no 9eria el goce de Domingo y Marta al 



>*. 



fibs idMBiftoi i^iL JNifeBt»k 4ki 

ver a sa Earique libre ya de sus penas! al ver vivo a qnien 
creian muerto! al ver dicboso a qaien creian desgraciado! 

Y Eloisa, la abnegada Eloisa, jqu6 sensacion eeperimen- 
taria? Si descorremo3 uu tanto el velo de ese corazon jqn6 
descubriremos en el? Eloisa era de las peraonas maS felices 
4ae all! se encontrabao, pero era tambien la lioica desgra- 
ciada . • El pecho de Eloisa se henchia de placer al conside* 
rarse qqe era ella la que habia salvado a toda aquella vir-' 
taosa familia que sin sa intervencion habria perecido sia 
remedio; que era ella quiou habia libertado a Enrique de la 
peuitenciaria, de donde talvez no habria salido nuncao ha- 
bria salido despues de muchos afios! 'One era ella la que su- 
jetanc|o el br^zo al Buicida, habia ido en busca de su con- 
Buelo uoico, del solo alivio que podia salvarlo, de su amadal 
Porque sin ella no se encontraria alii Luisa! No se encon- 
traria el f;Abio maestro! No se encontrarian sue padres sine 
para Uorar sobre el frio caddver de su hijo! Y la rerainis- 
cencia de sus actos la realzaba a sus propios ojos, le haeia 
olvidar sus fdltas, y el recuerdo amargo de su vi da pas ad a' 
se perdia en el mar encantado y siempre bonancible, llevada 
al terreno de la prdctica, de la virtud! Pero esa alma esta^ 
ba herida de muerte! Estaba para siempre destrozada y la 
esperanza no la reanimarla jamas! Ella amaba y amaba con* 
la seguriJad de no serlo nuncal Qu^ tormento para una 
mujer, y para una mujer de ese temple! Ella amaba, y sin. 
embargo habia ido en busca de su rival! Qu6 jenerosidad! 
Ella amaba, y a pesar de esdr afeccion santa, o mas bien dt* 
cho, a causa de ella, habia tenido el valor de poner a la una> 
en briizoa dcjl.otrol Ella amaba, y eate amor no le impedia' 
reconocer el m^rito de Luisa, sus grandes virtudes, su gran*' 
de talentP, su sorprendcDte .belleza! ' 

Y lo qui^ .es jinas, naugho mas, amaba a Luisa pbrque efa' 
amada de Enrique! jEUa amaba, y si le htbieran propuesto' 
unirae al ser por quien vivia, no !o habria aceptado jamas! 
Tenia la conciencia de su infwioridad y deseal^a uite todo 



m 



SOB noftifOB vMt rctBiJo. 



y iobro todo la dicha de Eariqae* . . Bloisa era grando en 
fiu. bajeza, era her6ica isn an abyeccion, y en nuestro con- 
c^pto estaba ya depurada de su falta, estaba maa que de- 
purada: era una verdadera santa; porqae el amor sincero, 
el amor profando, el amor abnegado, el amor que solo se ali- 
menta de amior, tiene eata cualidad: su fuego divino evapo- 
ra cuanto hai de impuro en el hombre y deja linicamente 
la eseucia del bien, la e^jencia de que nos ha formado DiosI 
Por e&to es que la3 palabras de Jesucristo, que nos compla- 
pemos eu voWer arepetir, tieneu una signrficaoion tan in- 
n^ensa como jasta y verdadera: ^'al que ama muelio, muclio 
le ser& perdonado! . ." 

Todos los tesoros del mundo los habria desechado Eloisa 
ppr no turbar aquella felicidad, por no echar u!na sombra 
en.aquel. cielo; por no manchar el amor puro y virjinal 
de aquellos dos seres puros y virjenas. Ella tenia ahora la 
aeguridad de morir: su herida era incurable, asi como lo 
era poeo autesla de Enrique; y no habia para ellala menor 
evperana^a, asf como no la habia para ^1! Eloisa se sentia 
desfallec^r, ee sentia morir, ;pero con una delicia que le hu- 
biera sido imposible eucontrar en vida! Con una delicia 
que. en«sa opinion no t^perimentaria jamas en el gode mis- 
mo, dado caso que le fuera dado obtenerlo! 

H4 aqui groseramente pintados los sentimientos de las 
pocas personaa(](ue Torpiaban aquel grupo, que es uno de los 
prinx^ipajea de nuestra historia, pues los personajes que se 
encozjtraban en el cuarto de Enrique, y Enrique mismo, son, 
ppdremos decirlo asi, los mas in&portantes de' una novela 
como laindestra, que earece de esa Variedad de incidentes 
quetanto agradan a la jenefalidad, pero que en cambio 
creemos que tiene el juego de Ms pasiones, esos movimien- 
tea ne m.enos< variados del coraxod^ que sqq }os que const!- 
tuyeor la rida d«l kombre. 



I • 






>*: 



It : 

Luisa, desprendida ana yez de Eariqae, se ech6 en brm< 
SOS de Mercedes, que no ceeaba i& lloiar, acai ici^ndola. 

Aquel cuadro era tau conmovedor como tierno, y los fe- 
lices espectadores de 6\ teaian, coma se^lice jeneraloiente, 
sn aliento snspendido, y el alma de ellos habia pasada a sh 
vista, paes no les era dado siqaiera articular ana pala^ 
l)ra; ^no ea acasoverdad que caando se presoncia ono 
de estos raros espect^culos, todo nuestro ser pa^a a naes- 
tra mirada? jNo as cierto que nuestra ?ida . $0 recnje 
en un solo sentido y que Ips demas qnedan .como paraliza- 
do8? Pues bien, este mismo fea6meno sucedia en aquel me- 
mento y solo se sentiau los sollozos de Mercedes y las me- 
dias palabraa carifiosas de Luisa, dichas casi al oido de su 
amiga, como para no pertarbar el silenoio profando que 
reinaba en aqnel recinto; porque es de advertir ^que las 
gtandes alegrias, que el contento real y verdadero, que la 
felicidad, en una palabra, no es nunca bulliciosa, sino que 
es solemne. No digais por una persona que rie: ^'hi aqui un. 
hombre feliz;" decidlo si por una persona que piensa: la 
risa acompana si^mpre al placer, pero jamas se asocia con 
la dicha; la primera es frivola, la (^tra es SfSria; la risa pue- 
de producirla el sarcasmo y no pocas veces va en union del 
vieio y hasta del crimen, mientras que la dicha es insepara- 
ble de la virtud; la una buscael raundo, no puede estar sino 
en compafiia de muchos, le esimposible vivir sola; mientras 
que esta se com place en el retiro, existe por si misma, y 
mientras mas se esconde, mientras mas se oculta de profa- : 
nas miradas, naas grande es y solose re vela en el ^.emblante, i 
porque no alcanza a espresarla la palabra; y rfste era justa- 
mente el sentimiento que se habia apoderado de todos. 

Pero Luisa no debia limitar sus caricias a Enrique y a su 
heimana, sino que tambien hizo participes^de ellaa a todo9 > 



m 



UNI IKflUBOi vtt rvwUi* 



los que se enc^ODtraban alii, segan el grade qae ocupaba 
cada cual en su corazoc; j como Eloisa le era desconociday 
fu^ mas afectuoaa con Teresa y su mari do; pero Enrique, 
pari&ndose j tomando de la mano a la joven, dijo a Luiea: 

— SeBorita, hi aq^i It mi seganda hermana, hermana de 
adopcion, es verdad, pero no por esto menos digna de nues- 
tro carifio y menos acreedora, no solo a noestra considera- 
oion y a nuestro afecto, sino tambien a nnestra mas grande 
gratitnd, poes le debemos mnchos servicios que no tendre- 
mos jamas con que pagarle, a no ser con nuestro carifio. 

— Que es lo que mas quiero; que es lo linico que quiero, 
contest 6 Eloisa bajando la cabeza. 

— ]Ah! sf, repuso Luisa; y aun cuando no faera n^as que 
el haberme ido a Uamar, seria suficiente, porque este es un 
doble servicio; pues no tan solo se lo ha lecho a ustedes 
sino a ml tambien, y un favor de esta naturaleza ni se olvi- 
da nitie\je precio. 

Y Lnisa abraz6 con verdadera efusion a aquella mnjer 
que la jeneralidad consideraria como la hez del pueblo y a 
quien nadie hubiera tendido la mano ni siquiera saludado 
en publico, 

Se pensard quizd que si Luisa hubiera sabido la existen- 
cia pasada de esa nina, no habria usado con elk de tan 
afectuosa familiaridad; pero si al tener fconocimiento de 
aquellos malps antecedentes hubiera tambien tenido de 
los buenos, no habria vacilado en aceptarla; porqu0 Luisa 
era de esas almas para quienes el arrepentimiento es una 
virtud que necesita sostenerla y empujarla; y si hubiera po- 
dido adivinar \p que pasaba en el interior de Eloisa, si 
hubiera sabido de cu&nta abnegacion era susceptible aquella 
mujer, la habria amado, y amado muchisimo, pues aun a^f 
la atraia, sintiendo desde luego por ella una simpatia irre- 
sistible: iman misterioso de la virtud, que se inflltra en las 
almas verdaderamente grandes y jenerosas, sobre las que no 
ban pasado esas mezquindades, esas pasiones insignificantes 



,« •» * 



toe SJECBSVOK.DXL PITBBLO. « 455 

o rastreras que ea la atm6sf<$ra que noa allaienta y en que 
vivimos, y de doade naoe nuestra laanera de ser pequeSa 
y miserable. 

No3otro3 np3 hemos demorado mucho paradescribir mal, 
con naesfcrk pdlida narracion, esos momentos que realmen* 
te no pueden trascribirae al papel, eaos instantes en que 
Bolo hablan las fisonomias, no habiendo lengaaJQ hamano 
que pinte I03 reUmpagos del gentiiniento, reldmpagoa que 
se suceden los unos a log otros, pasando con una rapidez 
casi vertijinosa, ' 

De consiguiente^ renunciamos a daguerrotipar aqnella 
eacena, limitdndonea a narrar lo que 8uoedi6 eo aeguida. 

III. 

Cnando Luisa pas6 de loa brazos de Enrique a los de 
Mercedes y asi sucesivamente ha^ta que lleg6 donde la po- 
bre Eloisaj^que fae la ultima, nada mas qiae por la circuns- 
tancia de no conocerla bastante, pero que despues ocup6su 
debido puesto con lo que habia dicho el feliz mancebo, 
cuando hubo concluido, decimos; y llena siempre de la mas 
tierna emocion, pues era tan dichosa como no lo habia sido 
en su vida, tom6 una de las manos de Enrique, con una ila- 
turalidad inimitable, con un abandono sencillo y casto, pero 
a la vez Ueno de majestad, y diriji^ndose al ancianojcoronel 
y a los padres de su amante, les dijo: 

— Bendecid nuestra union.., 

Y Luisa se arrodillo allado de* Enrique, qde imit6 en el 
acto el ejemplo, pero de una manera casi raaquinal, porque 
no cabia en i^l ianta y.taa inesperada feliciilad. 

Todos se quedaron sorprericjidos^ porque todos, ccm escep- 
cion de Mercedes, sabian ya que Luisa era casada. 

Por un memento reino un profando silencio. 

Luisa y Enrique, con la cabeza inclinada, esperaban la 
bendicion sin decir palabra. 

Mercedes se binc6 tambien al lado de su amiga, y mirad- 



456 um gBomos obl wfijimuk 

do al coronel y a eas padres, les dijo oon tono saplicante y 
dulce en que se revelaba an goce inmenso: 

— Sf, bendecidlos ahora, que maflana los bendeoiri el sa- 
cerdote. • . 

Domingo j Marta yacilaban, y p^lidos como estdtnas de 
bianco mfirmol, permaneoian sin movimiento, asi como sua 
tabids sin voz. 

£1 coronel don Toribio de Gnzman ievant6 entonces an 
viata al cielo, esteadi6 sa mano sobre la cabeza de los dos 
jdvenes, y con acento tembloroso por la emocion, pero pro- 
fdticq y lleno del espirita de Dios, esclam6: 

— Yo bendigo vuestra anion en el nombre del Sefior qae 
08 reoompensa y en el de vnestros padres para qne se cam- 
pla sa promesa; paes dn «a lecho de maerte os dijo hace 
poco tiempo la espo&la de mi amigo Eduardo: "Me he enga- 
fiado. . • es Enriqae. . . Espera. J' Y esas liltimas palabras 
me ilaminan, y esa promssa se reali^a, y yo creo camplir 
con mi deber bendiciSndoos. . . 

Y el viejo coronel, sin dar importancia a la forma, hizo 
el mismo ademan qae hacen los sacerdotes, porqne para ^1 
el matrimonio era solo la volantad, y ^I conocia qoe esa 
volnntad era espon tinea y libre; . . porqne para ^1 el ma- 
trimonio era la nnion^del pensamiento, la anion de la vir« 
tad, mas qae la anion de la carne, y no tenia miedo' en apro- 
bar y sati^facer vfncnlos contraidos de una; manera mas 
indisolnble qae la inventada por los hombres, porqne ese 
es el vinculo do Dios. . . 

Los padres de Enriqae, arrastradoa y conmovidos por 
aquel ejeinplo, por aqaella uncion del viejo militar, por 
aquella segaridad y decision del sabio, hicieron otro tanto 
y abrasaron tiernamente a sus hijos,* sin per esto compren- 
der c6mo padiera realizarse aquel matrimonio cuando esta- 
ba de pot medio la ceremonia relijiosa celebrada con otro 
hombre y que era la {laica, segan ellos, que po^ia lejitimar 
la union, qae formaba el verdadero vinculo. 



^-'-. 



/ 



tM UMBBaoNm PEL rnxUK 457 

Mercedes no cabia de contento, no tenia Toces con que 
Bignificar so alegria, y pasaba a bu hijo, ya a Luisa, ya a 
Enrique, ya a loa demas, hasta el panto de ponerlo en ma- 
no9 del solitario, que lo mir6 con ternura, derramando so- 
bre aquella criatura inocente pero hija del crimen, dcs grue- 
sas I6grimas que talvez fueron'a servirle comfo un bautismo: 
afii al menos lo con8ider6 la pobre Mercedes, que mir6 al 
coronel con unos ojos de madre, Uenos de tan tierna gratitud, 
porque una madre es siempre mas sensible al cariflo que 
manifiestan por su hijo que al que le demuestran a ella 
misma. < 

El solitario adivin6 lo que pasaba por la j6Ten, y po- 
ni^ndole una mano en el hombro con la familiaridad afec- 
tuosa de un padre, le dijo: 

— Pobre hija mia! jCu^nto debes haber sufrido para lie- 
gar a tener este consuelo que Dioi! envia casi siempre abrien- 
do el corazon a un nuero afecto y a un afecto tan puro y 
delicado que se apodera casi por completo de la mujerl 

— Sf, sefior, he sufrido inmensamente! 

— Pero al fin parece que ha llegado ya el tiempo de la 
recompensa. Lo sncedido en este momento te demostrar^ 
que la Providencia viene en nuestro soccrro. 

— En efecto, lo sucedido ahora es un milagro, pero es un 
milagro hecho por Luisa, y Mercejies la abraz6 nueva- 
mente. 

— No seas injusta, contestd Luisa, mirando a Eloisa, cuya 
tristeza se sobreponia a su voluntad, pues aparecia riiui 
meditabunda. No seas injusta, Mercedes, cuahdo td mas 
que nadie sabes que fa^ la sefiorita la que ha hecho el ver- 
dadero milagro. 

— Yo no he sido mas que el instrumento, sefiorita, por 
•1 que se ha cumplido la voluntad de Dios, contest6 Eloisa 
humildemente y haciendo referenda al caso actual. 

— En verdad, Luisa, que tienes razon: riuestra hermana 
Eloisa etf la que ha hecho la mayor parte; pero &in embar- 



go, es precifio confesar que si tu no hubieras^renido, mi 
hermano taropoco ee habria salvado. 

— jEs verdad lo que dices, Mercedes? preguDt6 Luisa a 
Enrique con un tono lleno de ese dalce abaudono qae da 
la certidumbre de ser amada. 

— ^Verdad, sefiorita, verdad; perc, . 

-^Debo hacerte una advertencia, Enrique, y una sola 
para que no me vea obligada a r>epetirla: de hoi en adelante 
me. llamards simplemen^ Luisa. 

' — Luisa! Luisa! jqud dicha! ^Es realidad lo que sucede? 
jNo estoi soQando, no? 

Y Enrique mir6 por todas partes 7 a todos los que esta- 
ban presentes para cerciorarse sin duda que no se engafiA- 
ban sus sentidos. 

— Acabamos de ser bendecidos por nuestros. padres y 
unidos ante Dios, amigo mio; no hai, pues, ya incertidum- 
bres ni motivos de desconfiauza. Cont^stame ahora a mi 
pregunta, dijo Luisa volviendo a apoderarse de la mano de 
Enrique. 
— jProvidencia divina! esclam6 el j6ven como en mfstico 
« arrobamiento y sin responder a la ioterrogacion que le ha- 
cian; jqu^ es lo que he hecho para merecer t^nto? iqn6 vir- 
tud para tan^ran recompensa? 

Y Enrique^eeprosterno para orar: asi es como el amor 
verdadero del hombre se confande con el amor -de DIos y 
establece el verdadero culto, la sola relijion grande y su- 
blime que existird en el mundo y que dard en tierra con 
las preocupaciones y los groseros idolos a quienes veneramos 
hoi dia. 

— lEarique, mi querido Enrique! esclam6 Luisa llena del 
mismo entusiasmo relijioso que 6\\ tienes razon, no hemes 
hecho /Uada; pero esta no es una recompensa, sino un favor 
dc Dios; es preciso que trabajemos por ser dignos de ^1. 

— Si, Luisa, si, no lo dudes; yo har6 cuanto de mi depen- 
da por merecerlo y por merecerte. 



« 



tiOi iBOMtOS IMIL Mfett^ 459 

— jPor merecerme! ^No me tienes aqui? ^No soi ya tdya! 
jNo no3 han benSecido nuestroa pad'res?— Y mira, Enrique, 
manana, manana iremos a arrodillarnos en el sepulcro de 
mi madr0, para que ella tambien nos.bendiga por si misma 
desde el cielo. 

— Pero, Luisa, j^er£ cierto? jMe habrAn engafiado! ^No 
eres . entonces casadar jNo es verdad, amiga mia, que no 
lo eres? 

—Si. 

— jEntonces es falso lo que me dijo Eloisa? 

Y Enrique mir6 a su hermana adoptiva como interro- 
gdndola tambien. 

-r-No, conte8t6 Luisa. 

— jC6mo que no! Pero si es asi, gde qu^ manera es nues- 
tra union? 

— Naestra union es espiritual, Enrique., Nuestra union es 
heclia y sancionada por Dios. jNo te basta el goce pleno y 
absoluto de mi voluntad? 

— Sf, mil veces sf, Luisa; estoi contento, estoi satisfecho, 
soi mui feliz, demasiado feliz. 

y aquellas dos almas castas, aquellos dos pensamientos 
elevados, aquellos dos cnerpos purog y sin inancha se abra- 
zaron nuevamente en presencia de todo?, sin verguenza al- 
guna, porque tenian la conciencia de su dignidad, la eon- 
ciencia de que cumplian con un deber, y que lejos de 
ofender el pudor, lo realzaban con la manifestacion casta do 
una voluntad libre y virjinal. 

IV. 

/ 
= Mercedes, sorprendida con lo que habia oido, no pudo 

dar cr^dito a las palabras, pareci^ndole que no habia com- 

prendido el significado, y pregunto a Luisa: 

'-^jQa^ es lo que dices, hermana mia? 

« 

— Que estoi casada^ casada segun ios hombre«», pero no 



460 



UM iH[M|HfOi Mfc wmbftb 



Began Dios. Mi esposo, mi verdadero esposo e% el que aoa- 
bo de elejir ahora, es el que acabaa de darme tos padres y 
el mio; y Luisa de8ign6 al solitario. 

— jCasada! casada! jY c6ino? jCon qui^D, hermana mia? 
Es imposible, imposible... Te burlas de mi, jno es verdad? 

— Desgraoiadamente no, Mercedes; lo que te digo ea 
cierto, es positive: estoi gasada. con el'jdven mas noble, mas 
elegante, mas espiritaal, mas codiciado de todo Santiago. 
Y Luisa so 8onri6, aaadiendo; estoi casada con GuiUermo 
de... que es el dije de nuestra sociedad. . 

— [Con Gcillermo de!... jlofdliz! jTa casada cop GuiUer- 
mo de...? ;Qa^ horror, que maldad, qu6 crimen!... jC6mo es 
que aun vive ese m6nstiuo!... 

Y Mercedes, al hacer esta esclamacion, se desmayo, des: 
prendi^ndose de sus brazos la criatura a quieii poco antes 
aeariciaba con delicia; pero el previsor anciano, que conQci6 
lo que iba a suceder por la palidez de Mercedes, recibio a 
tiempo en las suyas aquel fruto de la desgracia a quien 
quizi persegairia una, fatalidad terrible, y tuvo l&tima de 
el y llor6 sobre ^1. , ^ 

En ese momento golpearon a la puerta de calle y Eari- 
que, Luisa y el solitario se ocultaron poj preoaucion y por 
cousejo del sarjento que temi6 que fuese la policia que ve- 
nia ea perseguimiento de su hijo; pero no era otro que el 
medico que habia ido a buscar Smtiago, cuando poco antes 
habian perdido el conocimiento Enrique y Mercedes a causa 
del proyectado suicijdio del primero. 

La visita del facultativo no podia llegar mas a tiempo, e 
inmediatamente que vio a Mercedes y que supo su estado, 
conden6 la imprudencia que habia cometido^ atribuyendo 
a ella el desmayo, y ordenando en consecuencia que la 
tr/iRladaran a la cama, que la cubrieran de ropa y la hicie- 
ran traspirar, dejando una receta para' que le dieran tres 
cucharadas en el termino de tres horas, y que 61 volveriaal 
dia siguiente* 



Ii08 810&1V0B WtL PtriBLOw 



4M 



Oaando se despidid el mSdico, se pre^entaron en el dor- 
mitorio de la enferma, Luisa, Eariqae y el solitario qae se 
sent6 a list cabecera de la ca^l^l, tomdadole inmediatameate 
el poUo y diciendo al mismo tiempo para tranqailizar a 
todos, que se habian alarmado con el accidente: **No hai cui- , 
dado; yo respondo de ella." o 

A la sorpresa que habia caasado en Luisa la esclamacion 
de Mercedes, se sucedi6 la indigaacion, porque la aristo- 
crAtica j6ven, la esposa del noble Gaillermo habia com- 
prendido el crimen, habia penetrado en aquel abismo de 
maldad que jamas habria sapaesto, que jamas habria adi- 
vinado. 

Aquella accion, aquel atentado contra una vf rjen, aquella 
manera de llevar a cabo tan negro crimen, jqu^ de bajeza, 
qu6 de abyeccion, qu^ de villania, qu6 de infamia, qu^ de 
prostitncion, quS de inmundicia b^jo todos. aspectos no en- 
cerraba!. . . 

jY luego tener la osadia este hombre de pretenderla a 
ella, de obligar a su madre a darle el consentimiento, de 
llevarla al altar y de hacerle recienteraente promesas de 
amor! Esto era inconcebible y traspasaba todos los li mites, 
iba mas alld de lo que todos van, habia llegado al ultraje, 
a la ignominia, a la infamia!. . . 

— Esto no puede quedar asi, dijo Luisa dirijifindose al 
coronel que tenia todavia al hijo de Mijrcedes en sus bra- 
£08; no puede quedar asi, es indispensable un castigo y nn 
castigo ejemplar!... Este hombre ha sido la causa de todas 
las desgracias de esta familia y de t:>das las que yo he es- 
perimentfdo. La familia de este hombre viene persiguien- 
do desde largo tiempo a nuestra familia y ha muerto a 
mi padre, ha muerto a mi tia jy qui6n sabe si hasta 
mi madre no ha sido indirectamente su victimal... Yo 
habia perdonado; pero, jno hai un t^rmino para esta lei? 
JUG puede Uegar a convertirsc ese perdon, que sin duda al- 
cana es ana virtud cuandQ no ha llegado a ciertos limites, 



i^2 urn nottitoB 0>l rvttuo. 

en debilidad villftoa caando, como ahora, se dda impune el 
crimen? ' 

— El perdon, bija mia, repuso el anciano con mansedum* 
bre, no es nunca debilidad, sino que es grandeza; y el cri- 
men jamas queda sin castigo. 

— jPero senor!. . . 

— El hombre de qne td hablas ha sido castigado ^no ea 
verdad, Enrique? Ila sido castigado por el hombre y toda- 
via> le espera el castigo de Dios jy quien sabe si no lo ha 
comenzadp a sufrir, ti no lo estd sufriendo ya. ' 

— Asi es, sefior, contesto el joven tristemente. 

— Pero ^por qae no nos lo habias escrito? jCa^ntas deS' 
gracias de menos, cudnta felicidad de mas tendriamos aho- 
ra, pues yo no habria consentido jamas!. . . 

— Yo escribf el hecho a mi maestro, Luisa, pero le ocult^ 
el nombre, y 61 aprob6 mi accion. 

— Como aprnebo todo lo que es justo, todo lo que es 
magDanimo. 

— Per otra~ parte, yo ignoraba y todos aqui ignordbamos, 
hasta hoi solamente que nos revel6 Eloisa, que hubieses te* 
nido o tuviesei relaqiones con el. 

— jQuS encadeuamiento fatal! Si este habrdsido tambien 
el resultado de una infernal combinacipn! 
. La presuncion de Luisa era verdadera; pues, como sabe- 
mbs, Guillermo intrig6 al principio con el medico de dona 
Juana para que la indujera a salir al campo, 

Luisa reflexion6 un momento y luego dijo: 

— Ya comprendo. .. El pintor Victor se hacia el invisible 
para mi. .. y el mismo pintor Victor obr6 de mariera a au- 
sentarnos para llevrar a cabo su intento. •• esto es claro; pero 
esto prueba lo que jamas me habria imajinado. .. \Q\x6 villa- 
nia, Dios mio! {Qa^ maldadl. .. ;C6mo hai sobre la tierra 
fieras tan inmundas, tan solapadas y tan cruel es! . .. Pero en.: 
fin, iGu&\ es el castigo que has dado a ese malvado? 

— Hace unas dos p tres horas, Luisa,. contests dulcey ao- 



/ 



tj 



Ml BKOtirtOS tVL FinCBLO, 463 

lemnemente Eorique, qoe yo tenia la desesperacion en el 
alma ^ tal pnoto que casi' llegnd a(*maldecirte. Hace dos o 
tres horas que te eecribia y que tenia preparadael arma 
con que habia pensado dar fia a mis dias... Pues bien, Luisa, 
* en aquel supremo momento yen aquella suprema angastia, 
no me atrevf, no quise ofender mas a ese hombre, que no 
solo me habia ofendido en mi hermana, si no que me habia 
arrebatadoa mi supremo bien, y me calld per consideracion 
a ^1, por amoi* a tl; pues no quise darte esa afliccion a pesar 
que td y 61 me daban la rauerte. ;C6rao pretender ahora 
que soi feliz, que te revele lo que te ocult6 cuando era des- 
graciado? Disp^nsame, Luisa, perdona a ese hombre y d6ja* 
lo en paz. 

— ; Alma jenerosa, no me hagas morir de felicidad! Qq^ 
dicha, qu^ inmensa dicha e^ amar y ser amada a&i!«... 

— De veras. El amor todo lo invade. .. el pecho rebosa 
de alegria... no hai l^gar en 61 paraotro sentimiento. 

— Con que me habias maldecido! jAh! No he leido todavia 
esa carta que nie entreg6 tu hermana adoptiva dici^ndome: . 
"No hai tiempo que perder, marchemos." Pero voi a verla. 

— Talvez convendria que no la leyeras. 
—iPoT qu6? , 

— Porque estab^ talvez fuera de mi. 

— No, yo quiero verla. .. quiero saber lo que me deciaa 
en ella^ quiero vivir de tu vida, y si esposible, que no pase 
para mi desapercibido unp solo de tus pensamientos, una sola 
de tus emociones. , 

Y Luisa rompi6 el sello, principiando en silencio aquella 
lectura que de vez en cuando le hacia levantar eu seno vir- 
jinal como ajitado por la tempestad; jy no lo son acaso las 
borrascas del corazon? 

Cuando hubo terminadola carta, Luisa estendi6 su mano 
a Enrique, dici^odole: 

— Estamos unidos para siempre, ya nadie podri moraj- 
nente separarnos. 



464 UM nOBSMl oil TVWBSdK 



V. 



En 636 instante volvia Mercedes ea si, y la primera pala- 
bra que sali6 de 8a boca f a§, como ^ieoipre lo es la palabra 
de la madre: 

— jMi hijo! jD6nde estd mi hijo? 

— ^Aqoi, conteat6 el solitario, presentAndpselo* 

— jPobre e infeliz criatura abandonada! sin padre y sin 
norabre . . • Ven . . . 

Y la madre lo estrechd en sa seno ... En seguida con- 
tinad hablando consigo misma: 

— |Qq^ fatalidad vsl a pesar sobre este iaocente! ^Qai^n 
lo protejerd? ^Quieu?. .. iQai va a ser de ^1 ea el mundo? 
El crimen de sa padre lo persegair^ . . . iC6mo salvarlol 
c6mo!... ^ 

\ — Yo lo protejer^, yo lo salvar^*. . 

— jUsted, senor! pasted?- .. esclam6 Mercedes volviendo 
sa rostro Ueno de ana gratitad infinita hdcia el solitario, 
que la contemplaba con la tefnara de an padre amante. 

— Si^ hija mia, yo, respondi6 el anciano de ana manera 
decidida. 

— ]C6mo! esto es completamente imposible!. .. Mi hijo 
no tieut) nombre, no tiene padre, no tiene fortuna, no tiene 
nada, a no ser la bnella pestilencial y epiddmica del vicio. 

--Paes bien, yo ser^ sa padre y le dare mi nombre; le 
dar^ mi fortana adqairida hace pocos dias, pero ganada 
hace machos a5os; y borrar^ para siempre el sarco trazado 
por el crimen, 

— I Pero, sefior! 

— Yo 86 lo qae digo, hija mia, y no creas qae hago an 
ser vicio, si no qae me honro a mi mismo, y no crens qae 
obro de una manera desinteresada, sino que pago doa dea- 
das: la qae debo al abaelo de esta criatara, ^al padre. de 
Guillermo por haberlo muerto en an desafio, y la qae debo 



MB IIcAuAnmi pHl rtntttA. 465 

al otto ftbnelo, al aarjento Lopez por haberme aalvado de 
oapilla: lo primero es nna espiacion, o mas biea dicho, nil 
deber; lo segando es una recompensa, o mas bien dicho> una 
gratitud; pero en ambos casos me encaentro obligado a 
aceptar con gusto esa.obligacion, 

^ — {Sefidr, sefiorl esclam6 Domingo Lopesi; no se pued^ 
aeepter tan gran sacrificiol No somos dignos de tan to ho- 
nor!... 

' — ^Yo 6^ lo qne digo, amigo mio; nsted.como antigao mi* 
litar debe obedecer la 6rden de sn jefe y lo que ^ste manda 
se Iiar&. 

Y el viejo coronel se 8onri6 bondadoaamente^ agregando't 
— Salvo qne nna voluntad superior lo impida; esta vo- 

Inntad snperior la reconozco iinicamente en su hija. 

*— jEn mi! ^Y por qn^ en mi, cnando depende de mis pa^ 
dres? ^Y por qu^ en mi, cnando nada tengo^ nada valgo^ 
nada soi, sino nna infeliz a qnien ^espreciard el mnndo! {Y 
por qn^ en mi, cuando lo {inioo qne poseo es mi hijo, qne 
Uevar^ consigo la ignominia y la ignorancia de la madre! 

— ^Ya he dioho qne yo acepto todo, qne yo sal to todo, 
qne yo respOndo'de todo, y que sabr^ colocar a la virtud en 
el lu^r que le correspondt mn qne sufra jamas la inocencia. 

— jMi coronel! ... Yo no se c6mo manifestarle mi grati- 
tud!.. ^ 

Y Domingo Lopez, etf compafiia de sn mnjer, la honrada 
y buena Marta, trat6 de eoharse a los pids del solitario; pero 
£ste, recibi^ndolos en sns brazes, les dijo: 

--•^No acabais de bendecir la' union de Eonqne y de 

Lnisa? i^o acabais de dar vuestro consentimiento, de san- 

eionar con vuestra voluntad un enlace del todo espiritnal? 

Pues bien, haced otro en el mismo sentido: yo ser^ ^nica- 

mente el padre putativo, el Jos^de la Santa Virjen, y adop- 

tar^ el hijo de Mercedes asi como el patriarca ad6pt6 a 

Jesus. Y desde hoi, si Mercedes consiente, ser^ sn esposo y 

8U hijo llevardk mi nombre«H 

iworr, * M 



I 

I 

! / 



466 tM isCBXtOB DSL tVAoXK 

■ . ■ / 

La sorpresa de los espectadores fa^ grande. Todas aqae- 
IUb pereoBas tan intimamente tiaidas, toQ'uitel?6Bada9/f»ii su 
feliddad reciproea y tan llenas de tieroo^ afeetos y de sa* 
gr^dos vinculos, qaedaran admiradas y compkddas d0 la 
honorable proposicioa hecha tan noblemente por el ooronel 
don Toiibio de Guzman, 

• Domingo^ Marta, Lnisa, Bnriqne, Eloisa, Santiago y Te- 
reaa, todos, movidos de nn misaxo impul^o, corrieron donde 
el solitario, abrazando unos sus rodillas, besando otros sua 
manos y manifest&ndole cada ono a bu xnanera m . respeto 
fin carifio, su admiracion. 

' Mercedea lloraba en silencio y la 4nica manifeatacipn que 
bizo fa6 estender sa afilada mano al ooronel qn^; apoderdn- 
dose de eUa/la jllev6 respetuosameiite a 8as labios. El alma 
de Mercedes estaba Uena de alegria, de. gratitud, de amor, 
basta el pnnto de oreer qae jamas habia esperimentado lo 
qoe en ese momento esperimentaba, porque sentia por ^ 
anciaho un afecto puro, confiado, apacible, sereno y espiri- 
tnal como el que se tiene por Dlo3,.oonio el que profesamos 
a los padres... - . :' 

EI solitario, a an vez, se sentia satisfQcbo,gOfsabd (K>.mo.no 
habia gozado en sn- ju^^entud^ amab$ .copL<> nuaQa hal>ia 
amado en su Hda, y le'pajnecia^<|a^i. qua nuei^a, 9i&yia|: que 
nria nueva sangte-carculaba por ens .veuAay le-^aba nnevo 
aliento, nuevo Animo, voluntad nueva, ni mas ni menos qcnno 
€i hnbiese re}uyaneoido, Qonserif^do, empe(0| la conciencia 
del sabio, la profandidad . del fil6«afo; j^k e^periencia del 
hombre de mundo; el desprendimienio sublime del santo. 

-^Hijds mios, dijo elsoRtario;* .conservando siempre entre 
SQ» manps la mano de Mercedes y diriji^ndose a todos los 
que estaban pr^s'eites; Dios me> reservaba todayia una di- 
chay por lai que- he trabt^'adoy-pero que no crei?. alcanzar. 
Al ofreQor mi mano y mi nom^bre a Mercedes, no hago an 
don^ sino qne retnbo una recompensa: este 4njel es superior, 
mui superior a ml,' y yo aoi el fay^l'eiHdo len v« de aer el 



• I 

favorecedor, como Qstedes piensan, como usted^s lo creeiL 
Si fuera yo oapaz de seatir orgallq, seria ahora cuando lo 
te^ndria; pero esperitnento una cosa soperior, la satisfaccion 
interna, el goce de Josd al uairse a la Madre del Salyctdor. 
En consecijiencia, amigos mios, no os engafieis; ea ella la que 
hace la gracia, asi co^o faS JVIaria la que engrandeci6 al 
anciauo patriarca, al pobre carpintero que ocupa un . lagar 
tan distinguido en la santa epopeya del cristianismo y al 
que referenda la hamanidad hace ya diez y nueve sig^oB. . 
Ya veis, pues, que la que merece vuestraa consideracienes 
es ella; que es ella de donde me viene el favor; y . que son 
8U8 padres los que me pormiten tomarlp. 

— jC^pita, mi coronel, que usted es capaz de hacer llo- . 
rar al diablo! Y el viejo sarjento trataba de enju^ar y dc). 
contener las Mgrimas que saltan a torrentes de sus ya tarir. . 
dos ojos. jCdspita! prosigui6, jqui6n demonios me hubiera 
dicho que cuando lo sacaba yo de capilfa, saWaba al marido 
de mi hija que nacia en ese mismo dia! jQuidn me hubiera.^ 
dicho quQ yo tendria la felioidad de unirme al noble y va- 
liente coronel don Toribio de Gazman! iDios mio! esto es , 
demasiada felicidad, demasiada para tan poco tiempo y par^ , 
tan poco m^rito! 

Y el veterano de la' independencia, Uoroso ,y risuefio, 
abraz6 a su mujer^ dici^ndole: ^'jNo es verdail lo que digo, , 
mi querida Martai^' 

—SI, mi viejo amfgo, es verdad, mucha verdad. 

Luisa, a su turno, fa^ a sentarse en las rodillas del soli^ 
tariOf que permanecia al lado de la cama de Mercedes, j, 
echdodole los brazos a ^1 y a ella, les dijo.con alegria in« 
fantil: *^Ya que ustedes han bendecido mi union, yo qiaiero 
bendecir la de ustedes/' 

— ;De verasi contest^ el anciano con jocosa jovialidad; 
no paede haber en el mundo una sacerdotisa mejor. 

— I^uisa, dijo Mercedes al solitario, es la divinidad pro* 
t^ctora de nuestro hogar, y por consiguieate^ deb« aer U- 






■ 

santft A qnien rindamds nnestro culto y que lejitime nues- 
troa espirituales lazos. , ^ 

Elotsa, que basta ese momento habia estado sin tooia'r 
aparentemente parte en aqnellas escenas, pero tomdndok 
en reilidad, mtervioo del modo siguiente: 

•^Yo pido una sola sitplica: la {iltiaia. 

' — jQu^ es lo que quieres? dijeron todos a un mismo tiem- 
po; ordena. 

'—No es una 6rden, sine un simple deseo. 

"^^ — Dilo y serd satisfeclio, se apresur6 a responder Enrique. 

— Contando con Xxx palabra y la de todos ustedea, porque 

16^ Unos a los otros se ksemejan, ^ropongo que el enlace de 

nfi Wrmaua Mercedbcon el seQor donToribio de Guzman 

se'^fect^e mafiana, pues asi tendria el gusto /d(^ presenciarlo. 

'-^jTanluegd! repuso Marta; y por otra parte es preciso 
toilet (rfertas consideraciones por el estado actual de Mer- 
cedes. ■'' '" ' ' '••■ "" ' ' ' '' ' / 

'' — No creoV seffork, qiie esto Ultimo pueda ser uh incon-. 
veni'ente, y en cda6to a io primero, menos. aun; pues si es , 
vfer^ad (Jiii? fes la primera vei que se ven, rio.es la pnmera" 
vez que se conocen: el trato de lo^ esplritus es niui superior 
artrato de las p^rsonas. tJ&ted me dird quizd que poi: qu^ 
pretendo 4inrf cids'a tan precipitada, y le cpntestarS: estoi eh 
visperas de emprender un largo viaje, sefiora, y antes de 
partir quiero -darme e^tk satisfaccion. ' . 

La propdsicion de Eloisa fa6 app'yadi por toclos, inclc6a 
lferc6ded,'' que 'accelli6 sin pponer nlngun incbnveniente. 

" — Ya qtie ^e'me Acuerda la sAplica, deseo tambien ser la 
riadrflia,''lfenientfb ft6r compaaer(i' a.Enriqu^^^ Eatd es un 
poco de egoismo, pero disciilpenme, p'ues no volver^ a ver- 
loi' tail Tuego, V qbiero en el monx^rito procuratme todos loa 

gocesposibw- • ; ; -; 

•i^^Pei-o d6iid6 vas, hija querida? pfegurit6 Martai tit no 
puedes sijiaf&rte'dfe'nosotras, ri^b puedes ir a ningiina parte 
fiin que te acompafiiembs, 



t^ BMUfot Dm nma/K 469 

— No dudo queP^^fe-Io^AlfafiaiAAj^tes^, cpntestd trislfe. 
mepte ©piaA; ||efQ e^d fl^as tarde.. Por^.^^^J p^pmpnto. ^g^pi 
obligada a partir spfci, .. j; ust^qf, ^abei bji.e^ (^V^ np. ^^ Jji j)yi- 
, i^era Tez que Jo h^go y- q^e nuuca/ifl.j3 ^^jp^r^lii^o.' j"_ 
. — Pei;p ahora-parecp que j^ un?^ai;i^encia mas Ja,rffa% ,^ ^ 

— P^ra todas las cosaS| senora, es imposible fijar el te^- 
miao.' Mi ausencia pueijeser de mas o mgnos tiempp; pero 
estoi.. segu^a que al fin npa reuniremos y ppptiauarenpios sie^ 
do felices. , . .^. r , . 

— Esto es cuanto yo deseo, coanto todos ^d^eseamos, ,hjja 



mla. 



' » > 



y 



— Ya.<jue me Jian liecW ^ste MtiqfiQ fi^YjOr, me. enea^go 
mafiana misino de practicar las dilijencias, pues soi la lipica 
que puede.^ajir a la caU6 sin desperter^sogpechas,^ ahora 
mas que nunca debemos estar en guaydiai.pcT<jii^ la liber- 
tad de Enrique peligra;,p6 siS^e, se hapen activas peequisas 
para, apoderarser dj^ ^1, y seHa ponyeniente qupjse aueentase 
cuanto antes del pais. Ya le he dado un sal^o conductO'pjijra 
que pueda embarcarse sin riesgo; pero es. precise qae^se val- 
ga luego de 61, porque.de. otromodo el^mismo papel q^ue le 
abyo ahora las puejta-s puede cerrdrselks manana, y en ese 
caso quedariamas comprometi^ que anteSi*,. . , 

Eloisa hacia interiormente alusion al ministro^ y^ presuniia 
que una.vez que. se considerase ch^squ^ado, y no podia me- 
nos que peijsarlo asi, pues no lo volveria a yer, el despecho 
lo empujaria a la v^nganza, tratando de perder > Enrique; 
y el temor de que llegara este casp era lo que deseaba^ evi- 
tar Eloisa y lo que la obligaba a hacer esa advprtencia para 
que tomasen la urjente medida que proponia. 



VL '.• '■ ■ . ■ 



» t • 



. Ya estaba av^nzada la .noche y aun perjnanecia el^oche 
a la pnerta de calle, circunstancia qiie record6 Eloisa y 
de la q^e .adyir|ii<S al politarip, tenjerosa siempre que esto 



f , 



m 



pM ffgfiv f w iw 



llamase la atencion del Tecindario o di9 la pbliciay fa6s6 
uh m6tivo p^ra que descubriesen a Enriqne. 

— Tiene usted macha razon, amiga mia, dijo Lnisa, qne se 
babla completamente olvidado del carruaje y para qnlen laa 
boras habian volado con estraordinaria rapides. Es precise 
ordenar que se vaya a casa, afiadi6, porque estoi resiielta a 
'|>asar aqui la noche, y ojald pudiera pasar la vida entera; 
^no es verdad, seCor? {uo le gustaria a usted tambien? dijo 
Luisa al solitario. . ^ 

— Vivir con las personas a quienes uno ama es la mejor y 
la mas natural existencia para elbombre^ respondi6 el an- 
ciano, 

— ^Aprueba usted entonces mi pensapaiento? 

— Ciertamentei hija mia. 

— Es indispensable, dijeron todds. 

— Puea bien, nos quedaremos; >oi a dar las 6rdene3 al 
cochero. 

— ^Yo ir^, Luisa. 

Y el coronel se par6 de su asiento. 

— Necesito, seQor, el coche al amanecer, porque quieto ir 
con Enrique al panteon, Hdiganae, pues, el fayor de prevo- 
nirselo a Fermi n, (el lector recordard'que este era el nom- 
bre del cochero a quien 86 le desbocaron los caballos 6n 
la calle del Dieziocho) y que tome la Have de la sepultura 
que est^ en el cajoncito de mi velador. 

El solitario di6 la 6rden al buen Fermin, dici^ndole que 
la seSorita Luisa se quedaba aquella noche para cuidat a 
una persona enferma. 

El cochero, que sabia cuan caritativa era Luisa, no se es- 
trafi6 de semejante determinacion, y contesto al solitario: 

— Oumplir^ pufitualmente con la 6rden de la seQorlta. 
' Eloisa, atenta a todo cuanto ^asatbal^ hizo a Luii^a la ob* 
' servacion 6iguiente: : .^i • 

— ^^finrique est& activramente perseguido. Se ban man da- 
do requisitorias a todas las provincias, y la policia desplega 






en : SbiBtiago todos atis medids de aK^qioo, :todos saa Ahr 
mentos para capturarlo. ^No serd imprudencia salir piiblida- 
mente ea ooche? A ml modo de rer, I04U6. (l^Werltn ha- 
cer era marcharse en; el fcto a Valparaiso embarqiudosQ.^i;^ 
el memento de llogar; ' > , > 

^— Tiene uated maoh^'razon, contestoLuisa; y a^ pesar 
deJa impori^noia qm ddoc^ a eata escnrmon y de lo satififaq* 
torio, de lo agradable que me hubiera sido, reaijfteio desde 
Ivtego a^ella. 

-»-P0rd^y6 no renunc&i dijo Enriquevaun. cuando sapis* 

ra que iba a ser tornado preso; porque no hai tormeiito al-- 

.guno bastante grande qxie.^e iatimide o qqe sea aupdrior a 

la dicha que esperimeiitftr^ien .eetarxiiQ momento eon Lu^a 

en el sepulero desas padres, a quienes ella va a prfesentarme. 

—No lo habia pensado. El temer de tu prision me habia 
hecho d^istir, pero soi de tu mismo parecer; no ppdemos 
dejar de hacer esta romeria que servird para lejitimar nues- 
tra union* 

— Lo^unoy lo otro puede efectuarse, dijo el solitario.in- 
terviniendo; y sin opoqerme a la justaindicacion de Bloisa, 
pues yo tambien 6^ que se interesan mucho en tomar ^, En- 
rique, en lo que est^ empenado el mistno presidente, seguu 
me lo ha dicho;«in embargo, ereo que seria mui peligroso 
que se pusiese en marcha de dia, porque la vijijanciaisa 
ejerce mejor; mientras/que hacidndolo en la . noche, h^bria 
mas probabilidades de evadirae, y de esta suerte podria 
tambien efectuar su visita al cementerio. donde no ira nadie 
a buscarlo. 

— Lo que udted dice es lo mas razonable, senor, contest6 
Eloisa; pues asi todo se ^comoda, asi podr^' darse mi berma- 
no Enrique muchas satisfacciones antes de au partid^^ sati^i- 
facciones que necesita ahora mas que nunca, puesto qu<^ es* 
tari privado de elks por un tiempo que no puede fijarse, 
a la vez que escapard mas fi^cilmente, eticargindome yo 
desde luego de procurarle los medios para la evaaion, tra- 



in 

y^ndole mafiana. en la noche na carrnaje de on individao 
sobre cnya discrecion puedo contar, saliendo garaaie de 
ella. 

— Lo qae t4 hagas, Eloisa, 8er& siempre bien hecho, dijo 
Marta; pueb me basta solo saber qae t& pones mano en al- 
gana cosa para qne yo asegare el baen ^xito. 

— |Qa6 felicidad! repnso Mercedes, de pasar siqniera una 
noche juntos! de estar rennidos por alganas boras todoslos 
que se amani 

— Hasta qne llegne el momento de estarlo por meses, por 
afios 7 tal vez por toda nna eternidad, r^plic6 Lnisa, yendo 
a acariciar a sn amiga. 

— Con permiso snyo, mi coronet, dijo el satjento Lopez; 
pero 68 preciso que yo haga una advertencia. 

— Desde ahora no soi su coronel, amigo mio, sino sn com- 
pafiero, sn hermano, su padre, aun cnando vaya a contraer 
matrimonio con su hija; hecha esta observacion, diga nsted 
sn advertencia. 

— Aun cuando nsted quiera, sefior, no puede dejar deser 
mi coronel y siempre lo considerar^ como tal. jEstariamos 
frescos que yo fuera a perder ahora mis hdbitos! Que a 
los cincuenta y tantos afios olvidase mis obligaciones y mi 
consigna! {Que yo dejara de dar el titulo a mis jefes y de 
respetar su graduacicfn! Esto seria lo mismo que echar por 
tierra la lei de los militares, y yo estoi acostumbrado a res- 
petar esa lei y quiero respetarla siempre... Con que asi, mi 
coronel, es preciso que nsted aguante que yo lo nombre 
siempre mi coronel Guzman. 

El solitario se ri6 de las ocurrencias de Domingo Lopez 
sin dejar de apreciar aquel corazon franco, leial, jeneroso y 
humano y al que no faltaba otra cosa que el barniz de la 
instruccion; pues poseia el buen juicio que vale mncho mas 
que ese oropel del hombre de sociedad y al que da tanta 
importancia ese ignorante vulgo que se denomina gran tono, 
nobleza, aristocracia, j cuyo principal m^rito consiate en la 



\ 



<« 



UM mauRoa dk. tmmuK ITS 

iropertinencia est^pida, en la conversacion frivola, eH la 
elegaad^i del maSecoqae pone tod^ su orgallo en el txaje, 
ya venga de :1^ modista o del sastre, toda su ambicioa en 
tener alganas blondas, algnnos diamantes o algonas boias 
.u^haroladasy segan sea el bqxq de ese pabre e infataado ser 
quenodeja ni el menor rastro, ni la.menor buella, ni el 
menor vestijio de en iniitil y transitoria permanencia en el 
mnndOf y que sia embargo, tiene la arrogancia de coneide- 
rarse acreedor al respeto de los demas, porque lleva tal o 
oaal nombre, porque viste de seda, porque tiene coches, 
porqne nsa libreaa, sin comprender qae a sa vez ^1 es la li- 
brea favorita de la ignorancia, de las preocupaciones, de la 
estupides y de cuanto se ha inventado de ioipropio, de de- 
gradante y ridfculo en las sociedades panadas y modernas. 

Estas reflexiones que se nos vienen a laplnmaenlos 
momentos de la improvisacion, nacen del conooimiento qoe 
tenemos de nnestra sociedad y particniarmente ^e la socie- 
dad santiagainayx^uyos defectos, dir^moslo asi^se irradian por 
toda la rep&blica; y si nosotros los anotainos, no es con la 
intencion de herir, sino eon la de que se corrijan para el 
bien de ellos, para el bien de todos. Pero dado el caso de 
qne en realidad se ofendan nuestros pisaverdes de ambos 
sexos. no por esto retirai:emos nuestras palabras, pues prefe- 
rimo8 un dolor o una incomodidad momentdnea a an vicio 
cr6nico^a una corrupcion que venga con el tiempo a deje- 
nerar en cancer, esto es si el mal no es ya incurable y se 
niecesita de una ampntaeion«.. 

Pero dojando estas divagaciones que en no pocas veees 
nos ban apartado de la narracion de nuestra histor ia, es in- 
dispensable que nos volvamos a concretar a ella para satis- 
facer la justa exijencia del lector; y asi direoxos que el co- 
ronel don Toribio de>Guzman pr^unt6 al sarjento Domingo 
LopeK 

— jCndl es, amigo mio, la adtrertencia que usted qneria 
hacerf 



\ 



\ 



— Una mni eencilla: Ics aoontecimientos de hoi hob luui 
hecbo oWidar completamente de la eena, y son ya como las 
doa de la mafiana sin que nadie la haya reclamado. Parece 
qne el amor qtitta a mnchoa el apetito; pero a mi me ance- 
dia y me secede lo contrario, {te acaerdas, Marta? Pero eata 
maldita vieja es capaz de decir qne n6 por ponerae a la 
moda; ain embargo, a mi me socedia, como he dicho, que 
mieotraa mas enamorado estaba, mas comia; y ahora me par 
rece que roe vneWe el apetito de aqoellos tiempoe; {de aqiie- 
Uos tiempoa en qne la machacba Marta me echaba saa goi- 
fiadas y me tenia sa baena faente de baSoelos pasadoa 
por chancaca para caativarme! Pero yo no era tonto, por* 
qne mientras mas qoeria, mas comia, y mientras mas comia, 
mas qneria; y ahora esperimento el mismo fenomeno, por- 
qne tengo nn apetito de los grandes diablos qne sin dnda 
ha hecho nacer tanto amor y tanta tardanza de la merien* 
da; con qne ad, hago la adrertencia, o niejor, la prbposi- 
cion de qne se sirva la cena, esto es, salvo si mi coronel no 
ordena otra cosa, pnes siempre el soldado debe obedecer al 
oficial, bajo mni daras penas, penas qne yo jamas he snfri- 
do porqne he teoido el talento de ser snmiso y no seria aho- 
ra qne iria a faUar a la ordenanza. 

Este largo discnrso del veterano prodnjo nna hilaridad 
jeneral, porqne todos aqnellos corazonea se sentian palpitar 
^ de felicidad, menos el de la pobre Eloisa qne no podia 
veneer sn tristeza, a pesar de ser en realidad dichosa; pnes 
la Incha qne estaba obligada a soste ner consigo misma no 
le permitia aparecer contenta y satisfecha como lea de- 
maa. 

Dnrante la cena y entre loa chistes y las ocnrrenc^as gi*a- 
eiosas del viejo soldado, se hafol6.de la pr6xima partida de 
Enriqne, manifestando en parte Eloisa el motivo qne tenia 
para que se aprovechase cuanto antes el favor del niinistro, 
favor qne con nn poco de tardanza debia convertirse en per- 
secncion y en odio, lo cnal era, bajo todo aspecto, indispen- 



' f 



sable evitar, porqne eu ello consistia la salvacion de Eq- 
rique. 

— ^ya qne usted se encarga de todo, seflorita, dijo el eo- 
litario a Eloisa 7 que ha manifeatado el deseo de ser noestra 
madrina, me permitir^ saplicaf a usted qu<j vaya al monas- 
terio de.. . y pregantando por el oapellan, le diga en mi 
nombre de venir, ddndole la oalle y el mlimero de la casa, 
Bi no se acompaOa con usted. 

— Esto {iltimo seria lo mejor. 
— Es mhs que probable qne lo haga. 

— ^Y a qu6 hora le parece a usted mas conveniente! * 

— Cuando Luisa y Eorique estfiu de vuelta del panteon 

— Lo que 8er& a las nueve o diez del dia. 

— Fijemos la liltima hora. ^ ^ 

> — ^Y en la noche partird mi hermauo, sefior? 

— lo/aliblemeDte. 

— Poeas horas va a tener defelicidad, jcdmo pndiera pro- 
Idng^rselas! 

— Gracias por ta deseos, hermana mia, pero en este poico 
tiempo he vivido siglos y se ha apoderado de ml tal deli- 
cia, tal segaridad, tal confianza, que parto sin hacerme la 
menor violencia, parto contento, pprque parto satisfecho. 

— Otro tanto me sucede a ml, qaerido Enrique, dijo Lui- 
sa, pues veo sin dolor y sin temor tu partida. 

— Oasi podria decirse con satisfacoion, agreg6 Mercedes, ' 
para dejar de estar sobresaltados y llenos de temores* 

— lY a qu^ punto piensas dirijirte de preferencia? pre- 
gunttS el coronel. 

— Me ir^ al Per6, seflor, jqu^ le parece? Es el punto map 
cercano que tenemos, y tan luego como haya amnistia para 
los reos politicos, estar^de vuelta. 

— Si tomas en consideracion las distancias, seria en ese 
case preferible la Rep&blica Arjentina, de la que estamos 
'H un paso; pero yocreo que seria mejor no ir a ningano de 
e&tos dos paises. 



476 urn ntaaamm vml tvmux 

— iPor qn^, gefior? " - 
■ — Porque nada h«i eu ellos do nuevo que poder apren- 
der, pnes son poco mas o menos naestras mistnas costam- 
bres, noestras mismas preocupaciones y hasta naestro mis- 
mo idioma. 

— E^o s^ria nna facilidad-en vez de uu incouveniente. 

— No, ami go mio, ya que estfis obligado a viajar, es 
preciso ©prender, y para aprender no se va a lo conooido 
que se sabe, si no a lo desconocido que se igaora. 

— ^Y bien, senoi? 

— Yo te aconsejaria deir & E^tados Unidos o a Baropa, 
dando ]a preferencia al primero, porque alii se aprende a 
ser libre, y la libertad es la primera coudicioa para la feli- 
cidad del hombre, el primer bien para la prosperidad de las 
iMciones; y nada mas que el ejemplo de. ese gran pueblo 
echar^ en tierra las coronas y las aristocracias europeas, re- 
jenerando al mundo: de consiguiente, alii entrariaa en una 
escuela pfictica de la que sacarias un gran provecho, ya sea 
comparando las costumbres para adopter las buenas y dei^- 
char las malas, ya para tener algunas nociones de las mil 
industrias que alii existen y que ban colocado a esa nacion 
a la cabeza de todas, no solo por su r^jimeu gubernativo, 
sine por sus invenciones nuevas y su produccion variada e 
inmensa, y aun cuando no foera mas que por aprender el 
ingles que ha llegado a ser el idioma mas indispensable de 
los tiempos modernos a causa de la gran preponderancia 
qae han adquirido esas naciones por sus riquezaSy acumula- 
das a fuerza de intelijencia y de trab^o. 

— Pero hai tanta distancia, senor, de aqui a JBstados Uni- 
dos o aEaropa, cQnte8t6 Enrique con cierto embarazo. 

— ^Te comprendo. 

— Tienes razon, Enrique, interrumpi6 Luisa, porque es 
preterible a todo el estar cerca de los que se aman. 

— Oonvengo en ello, Luisa, pero la vida del hombre es 
mfdtiple y su destino mas vasto; y para asegurar eae misiQO 



- ' ' '• r fiM sttonasMM iMO. nrt^^ 477 

amor es iiidispensable el trabajo, la producciofi bonsta'nte, la 
variedad, porque la pasion maa viva se estingairia si no pen- 
siramos mas que en ella; pero hai un medio de arnionizarlo 
todo y que, sin alejariniicho de nosotros a Enrique, ad- 
quiera^ste la esperiencia que necesita y los conocimientos 
que le faltan. 

— Cudl es esfe medio? ^ 

-~-Qae en lugar de ir a lbs Estados Unidos o a Europa, 
vaya a California, donde existe el mismo progreso, la misma 
actividad, el mismo rdjimen que en los otros estados de la 
gran confederacion, y la distancia es menor, teniendo la fa- 
cilidad de regresar en mui pocos dias, cuando ^1 quiera, 
cuando se le llame, porque 63 preciso saber aproveghar, sa-' 
ber sacar parti do en beneficio propio y en beneficio de loa 
demas, de todo cuantb se presenta. 

— Conveni^o, senor. 

—Pero debo hacerte aun una pequefia advertencia; tal 
vez in&til para tf, porque te conozco y porque amas, y el [ 
amor es el mejor preservativo contra los malos- ejemplos y 
contra las tnalas costumbres y el mejor estimuld para ad- 
quirir lo realmente provechoso; pero esta advertencia quizd 
puiede redundar en provecho de alganos y por eso creo in- 
dispensable ponerla. He hecho, amigo mio, una bbserva- 
cion, la que, salvo pocas escepciones, nunca'me ha fallado; 
y 6sta consiste en que la jeneralidad de los individuos que 
ban ido a educarse a Europa o a viajar por ella, ban vuelto 
mas est&pidos de lo que salieron de aquf, porque ban trai- 
do fevolidad en lugar de instruccion, pretensiones en lugar 
de ciencia, ridiculeces en lugar de esperiencia, guantes y 
corbatas eii lugar de instrumentos y de industria, puessolo 
se ban ocupado de paseos, de bailes, de teatros y de livian- 
dades, sin adquirir otros conocimientos que los de las mov 
das, ni otra ocupacion que cambiar de traje ciiatro o seia 
veces al ditt:'primero la robe de chambre; segundo,^ el trkje 
para almorzar^ un tanto de confianza o negligi: tercero, el 



i80 



lUM naEKCMI OIL FonbD^ 



la diferftncia ^ae existe entre la gaztnonerla y la virCad, dn* 
tre la desvergiienza y el abandono sencillo, casto y elevado, 
no t)carriSndo6ele ni aan siqniera la idea de impropiedad 
por ir sola con Eariqae a visitar el sepulcro de sns padres. 

Antes de partir, dijo a Eloisa con so voz dulce, petsuasi- 
va y ben^vola, que, al dar una 6rden, encantaba. 

— Hazme el favor, amiga mi a, ya que eslfda obligada a ha^ 
cer algunas escursiones, de ir a casa y entregar a mi ama 
de leche dofia Ceferina Carrasco este papel que la tranquili- 
zard de mi ausencia, aun cuando no puede tener mucbo 
euidado, porque sabe que estoi en compafiia de mi maestro; 
pero desearia qile se encbntrara con nosotros: ella es para 
ml mi segunda madre, y lejbs de tener secretes para ella, 
me gusta que sea testigo de todas mis accioties, 

- — Cumplir^ su encargo, sefiorita, con la mejor voluntad. 

««— T nsted se hard amiga de ella, como io es ya mia ^no 
es verdad, Eloisa? 

— i Amiga! amigal No me es dado, sefiorita, tener tanta 
dicfaa!... T la abnegada niSa se cabri6 el rostro'con aiubas 
mano9. 

— ^Por qu6, Eloisa? jPor qu^? Es verdad que hace u6 
dia que la conozco; ^pero no sqple al tiempo la virtud? Los 
servicios ^no nos aproximan los unos a los otros y saltan las 
distaneias? Bloisa, yo le he ofrecido a nsted mi amistad, y 
me creo bastante digna para no ser por nadie rechazada. 

Esta manera de espresarse no provenia de orgollo, sino 
de esa conciencia del ser superior, cuya fr'anqueza humilde 
y altiva se estima a sf misma y se valora con justicia, sin 
Uegar nunca al m&rjen de la vanidosa presuncion. ^ 

— jRechazada! rechazada, Dies miol no, sefiorita; soi yo 
la que carezco de los m^ritos que se necesitan para estable- 
cer tan Intimas relaciones. 

—Mi hermana miente, interrumpi6 Enrique, porque yo 
estoi al cabo de lo que es, de lo que ha heoho- y de lo que 
w capaz de hacer. 



£08 sBcnunoii oiL puibm.. 4S1 

K 

— t^or favoir, Enrique, por favor, seBorita, no hablemog 
mas, porque temeria... Y aun no ha llegado el tiempo, pero 
llegardi pronto, j eijtonces sabrd si,tengo o no razon. Ahora, 
por el momento, no perdamos tan preciosos instantes: uste- 
des tienen que hacer su santa peregrinacion, y yo varias 
cosas de la mayor urjencia, sin contar las mias que tambien 
tienen su interes relativo. 

-^Esto no me impedird de darle a uated la mano y de 
decirlei ^^hasta la vuelta/' 

— Hasta la vuelta, seiSorita, y todos los asuntos estardn 
allanados: jque todos sean felices! 

— Gracias, contest6 Luisa. 

Pero Enrique mir6 a Eloisa creyendo reconocer en la 
ei)tonacion de aquella voz un sufrimiento oculto; sin embar- 
go, Eloisa le sonri6 con amabilidad, disipando asi el triste 
pensamiento que podia babdrsele ocurrido. 

Luisa y Enrique -abrazaron a todos y subieron al coche. 

Llegados al panteon, donde Luisa era mui conocida, pues 
iba con mucha frecuencia a aquel lugar de olvido y de re- 
cuerdos, sali6 a recibirla, como de costumbre, el capellan, a 
quien solia dar algunas limosnas,. estranandose de encon- 
trarla acompaSada de un j6ven; pero como bastaba ver a . 
Luisa para desterrar toda sospecha, se figur6 que seria al- 
gun hermano o algun pariente inmediato. 

Mas adelaute le saU6 al encuentro uno de los p'anteoneros 
que estaba a cargo de las plantas del pequeno jardin que 
rodeaba al mausoleo, siendo ambas cosas cuidadas con el 
mayor esmero, porque desde muchos afios atras don^ Juana 
habia pagado puntualmente una pequefia mesada para que 
el recinto donde descansaba su Eduardo estuviese siempre 
arreglado y no en ese triste abandono en que por lo jene« 
ral eatdn la gran mayoria de los sepulcros, teniendo ademaa 
la obligaclon el panteonero de Uevarle semanalmente una 
maceta de flores de aquel jardin, y estos eran los 4nicos que 
dofia Juana ponia en su dormitorio, pensandQ talvez que 






482 

en eilBB yendna ana pequena particn^a de la es&mz de sa 
qnerido esposo o que por lo meac^s oadaa eo el recinto qae 
A habitaba. 

Par QQa de e^as ideas o capricaos qae sin darnos caenta 
de ro arijen 8e nos ocarrea, Laisa, desde la moerte de ra 
madre, habia hecho poaer en el sepalcro, me Jio a medio de 
las doe nnias fanerarias que coateniaa los despojos morta- 
les de SOS padres, nna hermoaa limpara de plata que ardia 
oonstaijtemeote, porqne tenia el hombre que estaba al cnida- 
do del maosoleo el encargo especial de qae nnnca les fal- 
tara combostible; asi e3 qae a coalqaiera hora del dia o de 
la noche Be encontraba alambrado aqoel sepalcro. 

Laida, al llegar al maa^oleo, saco la Uav^e qae le babia 
entregado Fermin y abrio la paerta, tomaodo de la mano 
a Knriqoe y bajaado coq ^1 las gralas de la b6veda. 

Ilai pocas cosas mas imponeates qae la maasion de los 
mnertos y eocoatrarse bajo de tierra al lado de nn feretro; 
asi es qae Eoriqae, aanqae nataralmente valiente, 8inti6 
nna conmocion qae^ apercibi^adola Luisa, le dijo: 

— No tcmas nada, mi qaerido Eariqae, estamos en la 
mansion de naestros padres y en^presencia de ellos, y yo s6 
que nos aman y qae nos miran favorablemeate desde el 
cielo. 

— No me sobrecoje el temor, sino el respeto. 

— El respeto es ua sentimiento digno y qae ellos lo me- 
rece'n. Arrodill^monos paraorar por ellos e invocarlos, para 
qne veDgan sas espfritas a animar sus cuerpos, bendiciendo 
nnestra uDion desde su kcho mortaorio. 

Aqael cuadro era conmovedor, solemne, interesante. La 
I^mpara daba una laz rojiza y an tanto opaca para los ojos 
qae en ese momento acababaa de ser heridos por los rayos 
del sol. El sepulcro parecia prolongarse y aparecia a la 
vista mas grande qae lo qae en realidad era, a caasa de las 
Bombras que se proyectaban. Dos grandes y lajosas arnas 
estaban colocadas sobre ana especie de pedestal y como sas- 



\ 
tiOB BlCBCTOfi Dm FI7BHL0, 483 

pendidas. En cada una distinguiase nn nombre y una fecha, 
y epcima de este nombre y de esta fecha Labia una cruz de 
oro como incrustada en la urna. El nombre y el apellido 
era el que habian tenido en vida aquellos inanimados restos 
que al lado el uno y el otro estaban en tranquila posesion 
de esa triste morada. La Mmpara ardia medio a medio de 
ambos f^retros y dejaba distinguir facilmente aquellas dos 
sencillas inscripciones que nada deciari para la jeneralidad 
que las hubiera visto, pero que significaban: mucho para 
Luisa, porque una fecha es de una importancia inmensa para 
el que conoce los acontecimientos, pues ese solo signo trae 
a la mente innumerables recuerdos y nos hace sufrir o go- 
zar segun sean los hechos con que se relaciona. Enrique y 
Luisa, prostemados ante los dos f^retros, estaban silenciosos 
pero asides' de las manos, Al cabo de alganos minntos pa- 
sados en esta especie de oracion, Luisa dijo a Enrique: '^Voi 
a descubrir a mis padres: me gusta siempre ver esas fisono- 
mias eerenas y casi risaefias; ver a estos dos seres que tanto 
se amaron y que tanto me amaban,'* 

Y tocando un resorte, se levanfc6 la cubierta y quedaron 
a la vista los dos caddveres intactos, porque habian sido 
embalsamados con esmero. Luisa bes6 en la frente al uno 
y al otro, y luego dijo a Enrique: '^B^salos tii tambieu." • 

El j6ven se quedo perplejo: aquellos dos cuerpos le in- 
fundian un relijioso respeto, y se detuvo. 

— B^salos, repiti6 Luisa; ellos lo quieren y yo lo ordeno 
y lo quiero tambien. 

Enrique obedeci6. 

— Ahora b^same a mi en presencia de mis padres, que 
desde este momento son tambien los tuyos. 

Y los labios y los brazos de ambos j6veues se unieroa... 
En ese instante 8inti6se un ruido lijero, una especie de 

suave murmullo: eran dos inocentes palomitas de esas que 
atrae la luz y que revoloteaban al rededor de la Umpara. 
— Mira, Enrique, dijo Luisa, permaneciendo aun abraza- 



" 



4M 

doK eats dot palomitM somos Dosotroe, y lnUmpam ambo- 
lizft nnertro ainor^« )fis padres aproeban noestio matrimo- 
nio* Elloa han enviado estos dos emisarios para significar- 
noslo: estamca desde hoi ligadoa para siempre. Yo te 
pertenezoo j ta me perteneeea: somoa eeposoau. 

— iLoka! Lais^! jqn^ feliddad. jEres mia de verK! 

— ^^Pued^ dadarlo aun? 

— i£s que no comprendo, qae no cabe en mi.tanta dicha! 
Df melo, repitemelo nncTamente! . • . 

— Soi to ja, J tn ja para siempre . • 

El resorte Tolvi6 a jagar y la tapa de los dos ataades cay6 
sin mido cnbriendo a los mnertos. 

Enrique qoiso beaai; y abrazar nna segncda yea a Luissi 
pero ^ta retirdndolo soavemente, le dijo: 

— Basta: te he beaado delante de tns padres y delante 
de lof mios; pero nnoca socederd a espaldas de ellos . . . Las 
nmas est&n cerradas y lo mismo permaneceran mis labios. 
Soi tnya, he hecho el jnramento de serlo, y no habr^ poder 
hnmano qne me haga faltar a ^ Paedes tener la segaridad 
absoluta qne te pertenezco de corazon, que te amo y qne 
solo vivo por tf y vivir^ para tl; pero tengo que respetar a 
mis padres, teDgo que r^petarme a mi misma para ser 
digna de ellos y digna de ti; de consiguiente, ten entendido 
que nunea ir6 mas alld; .. porque estoi en el debar de con- 
servar puro e intacto mi honor de majer y mi honor de 
esposa, aun caando lo sea de un malvado. El vinculo reli- 
jioso y social que me liga me impone deberes que, en mi 
concepto, no se deben quebrantar y que no quebrantare 
nunca* Tii eres duefio absolute de toda mi alma y lo ser^ 
mientras yo viva y falvez mas alM de mi vida... Soi tu esposa 
ante Dios y ante mis padres, jno es esto lo bastante? {No 
quedas con esto satisfecho? 

— Si, satisfecho, mas que satisfecho, mi adorada Luisa, 
porque he alcanzado lo que jamas esperaba alcanzar; porque 
comprendo ese ideaHsmo de virtud y me satlsface^ tauto 



i 



tot nOUSOt tIML VMBHA. 



485 



cnanto me agrada, porqne admiro 7 reverencio la espiri- 
toalidaddelhisafectoa, porqae no eres mujer sino que eres 
injel, y uu dnjel debe estar siempre pure. • 

— Lo que me has dicho, lo esperaba, Enrique, porque s^ 
que me amas como yo te amo, y por la misma razon nos 
comprendemos, identific^ndose nuestras ideas y nuestros 
actos. Si no hnbieras sido noble de corazon, que es la sola 
nobleza real y positiva, no'te habria preferido, no tehabria 
amado. •. Ahora, Enrique, partamos, porque nos esperan; y 
dentro de algunas horas tendrSs que partir t^ mismo, pero 
esta ausencia no me asusta ni me intimida. 

Los grandes afectos, puede decirse, que son casi inmuta- 
bles, no participan de temores, no temen la inconstanciay 
tienen una confianza absoluta en si mismos y llegan a su- 
blimarse tanto. que participan de la inalterable esencia de 
Dios... 

Y aeste estado habian Uegado estos dos j6venes y vir-' 
tuosos amantes« 

VIIL 

Los semblantes de Luisa y de Enrique estaban radiantes 
de alegria cuando volvieron alacalle de Breton, dejfindose 
ver la satisfaccion interior de aqoellas dos almas por el as- 
pecto de sus animadas'facciones. 

A'l memento de bajar del coche y golpear la puerta, sa- 
lieron todos los habitantes de aquella modesta casa a recibir 
a la feliz pareja. jAquel matrimonio por el espiritu, aquellos 
novios que acababan de desposarse en un sepulcro ddndose 
por linieo juramento de fidelidad un solo beso en presencia 
de dos cadaveres, aquellos dos seres hermosos por el cuer- 
po y por el alma y mas virjenes que hermosos, no podian 
menos que infandir carino, admiracion y respeto, hasta el 
purito que a pesar de saber que les faltaba la sancion reli- 
jiosa, la bendieion del sacerdote, todos loi consideraban 
como lejitimamente unidos, y ellos mas que nadie tenian la 



ft 

I 



4S^ 

coneieneia y la conviccion del viocnlo indisolable qne lia- 
hl&n contraido y qae se proponian conservar siempre goar- 
dAodose el uno para el otro! Y en efecto, |qu^ matrimonio 
pnede darse mas casto, mas cocforme a las leyc3 de Dios y 
a las leyes de la natnraleza y por consigaieDte maa lejf dmoa 
qne aqoel? 

Goando llegaron del panteon Laisa y Eorique, ya habia 
Toelto Eloisa de sos dilijenciaH, encontraadose altf el aDcia- 
no sacerdote y Ceferina que ea union de los demas faeron 
a recibirlos. 

— ^Ama mia, dijo Laisa a Ceferina con encantadora gra- 
cia; aqnf tiene nsted a mi ver Jadero esposo qne no la echa- 
T& de 60 casa« 

— iQue es la que dice^? 
• — ^Xo8 hemes casado y nuestros padres nds ban bendeci- 
do... venimos del panteon. 

— ^;Casado! 

— Y para siempre, querida ama mia. 

— Pero hija, esto no puede ser, don Gaillermo todavia no 
ha mnerto.,. 

— Para mi es como si no existiera; pero no se asuste ns- 
ted: nuestro matrimonio es el mas lejitimo y el mas santo 
de los matriraonios, porque es el matrimonio de la voluntad, 
el matrimonio del espiritu que nada tiene que ver con el 
cuerpo^ y que no lo gobierna otras leyes que las de esa mis- 
ma voluntad. 

— Hija, mia, perddoame, pero aun inaisto: no s^ lo que 
dices. 

— ^Ya se v6: usted no mira otra cosa que la bendicion del 
sacerdote; sin esto, nada encnentra usted de lejitimo; pero 
es precise que usted sepa que hai una bendicion superior: 
la bendicion de Dios... ^no es verdad, padre mio? 

Y Luisa se diriji6 al anciano capellan del monasterio de 
su tia/a quien habia hecho llamar el solitario. 

— Es verdad, hija mia, contest6 el digno director de Sor 



LOS IBOlOttOiBvDffii FUBB&O* 4ST 

l^icolasa, que nada hai eu este mundo ni en ningun otro, de 
mas grande que la beadicion del SeBor; ^per© c6mo inter- 
pretarla? gc6mo conocer su maaifestacion? gcomo estar se- 
garo de ella? 

— Por el contento del alma. 

— Tienes razon. E^ verdad que el contento del alma es la 
mejor giiia; ^pero cudntas veces nuestras pasiones no nos 
engafian, haciendonog considerar como provechoao lo que 
en realidad no lo es? 

— En lo que usted me dice, sefior, hai tambien mucho de 
cierto, pero no es aplicable al caso presente; y usted que 
jconocia la conciencia de sor 'Ursula, que sabe indudable- 
mente muchos de los incidentes de la vida de mi infortuna- 
da tia, puede hablar con mi maestro que se encuentra pre- 
sente, y cuya aprobacion tengo, confiando mucho en ella, 
y ^1 le dir4 si mi union es o no lejitima, para que usted en 
, seguida me condene o absuelva y quite o confirme los es- 
criipulos de mi segunda madre; inter tanto, yo uso de los 
privilejios de mi voluntad, y voi con mi esposo y en com- 
paSia de mis nuevos padres a ver a mi querida hermana que 
por su enfermedad no puede estar aqni con no3otr03, 

Y tomando de la mano a Enrique y a Eoisa, se dirijieron 
al dormitorio de Mercedes, siguiendolos Domingo Lopez, 
Marta, Ceferina, Santiago y Teresa, a todos los que, escep- 
tuados Marta y Ceferina, les importaba bien poco que dij^- 
ra el sacerdote cuanto quisiera, porque en sti opinion Enri- 
que y Luisa estaban lejitimamente casados. Tal es el triunfo 
que alcanza la virtud y obtiene el m^rito. 

Bastante larga fu^ la conversacion de los dos anciapois, 
pero al fin aparecieron con sus caras risuenas; era, pues, in- 
dudable que ambos se encontraban sat isfechos; ^pero qui^n 
habia vencido? Esto era lo que iba a revelarse. 

Al entrar el sacerdote, mir6 fijamente a Mercedes; sin 
duda se habian ocupado mucho de ella; en segaida contem- 
pt a la aristocrdtica Luisa y al proletario Enrique, y una 



481 urn KOinot nu raon^ 

mnestra visible de satisfaccion ae not6 en el semblante ve- 
nerable del sacerdote. 
Despuea de una pausa, dijo el ministro del altar: 
— Estoi Eatisfecho, hijos mios. Laa esplicacionea que me 
ha hecho mi amigo el coranel don Toribio de Gazman, me 
praeban que la union de ustedea si no es lejibima ante los 
hombres, debe serlo ante Dios; sin embargo, aprobfindola 
yo Qjxno particular, no puedo sancionarla como sacerdote, 
porque la iglesia tiene sus reglas que no nos es dado a no- 
sotros quebrantar y que no lo podriamos, aun cuando lo 
qDisi6ramos; pero la manera como ustedes se ban ligado es 
buena, no se opone a ningana de las leyes divinas y hu* 
manas y estdn en su derecho al seguirla, porque no ofende ; 
a nadie, porque se respeta el buen nombre de una familia 
ilustre por las virtudes de sus antepasados, porque ba liber- 
tado del crimen involuntario, direlo asi, aunj6ven honrado, 
intelijente, bueno, y que ha sido y es el sosten y la alegria 
de sus padres, porque es la justa recompensa que Dios con- 
cede a la hija obediente, porque es la satisfaccion de/un 
amor puro, casto, ideal, como hai bien pocos en el mundo 
y porque el consentimiento dado y el matrimonio sanciona- 
do tiempo antes por la bendicion del sacerdote, es de todo 
punto inmoral, falso y contrario a la naturaleza; pues ese 
consentimiento ha sido el' resultado del engano, esa bendi- 
cion proviene del engafio y todos crimenes cometidos por 
una parte, e ignorados por la otra, son un doble engafio, y 
mas que un engano, otro grandisimo crimen que debe agre- 
garse a los anteriores y que hace imposible bajo todo punto 
ese enlace; y tan lo hace imposible, que si Uegara a reali- 
zarse por alguna circunstancia, seria este el mayor de todos 
los crimenes; pero si esto es verdad, hai que considerar que 
no 86 disuelve relijiosa y socialmente ese vinculo, sin esta- 
blecer una ruidosa demanda, sin dar a luz acontec^mientos 
que quieren olvidarse y a cuya consideracion se han sacrifi- 
cado muchos intereses de distinto j^nero, y que ya que ea 



imposible dar este paso; 8e haca por consigaiente indispen* 
sable respetar, vBocial, civil j relijiosamente, la tinion con- 
traida 7 las obligaciones qae le son inherentes, salvo lo qae 
se denomina el d6bito qae, en mi concepto, e3][nna pro9titu- 
cion inmanda. 

— lEate es nnestro prop6sito 7 lo llevaremos a cabo. 

— Paes hijos mios, sois unos dnjeles 7 Dios os darfi/ sa 
recompensa aquf en la tierra 7 a^& en los cielos. 

— jPodemos creernos entonces lejltimamente nnidos? 

•^No^hai ni paeden hab^r 16703 contra la volontad, qae 
es lo que con8tita7e la libertad individual, la pbrsonalidad 
humana, esceptuando e\ caso de hacer mal a otro; 7 aun 
tnirada la cuestion bajo este punto de vista, todavia le que* 
da el derecho al individuo de preferirse a. si mismo, a no 
ser que tenga la abnegacion de un santo; 7 no faltan ocasio* 
nes en que esa abnegacion es perjudicial, sin que por esto 
obre mal el individuo, porque la imprudencia o el error, 
cuando es involuntario, no establece delito algano, 7 aquel 
adajio antiguo quQ dice: Quien ignorantemente peoa^ igno^ 
rantemente se condena^ es un absurdo ridfculo. 

Me he espresado conforme a mis opiniones, prosigui6 el 
sacerdote, 7 he tenido la satisfaccion de ver lo que no habia 
visto en mi vida; un matrimonio espiritual. 

— ^TodaVia ver^ usted otro en el mismo sentido 7 bajo las 
mismas condiclones, dijo el coronet afladiendo; h^ aqui mi 

espoia/ 

Y se coloc6 al lado de MeroedeSj que lo mir6 de una ma^ 
nera afectuosa, dulce 7 saplicante, como se mira a un sahto 
a quien se ruega 7 de quien se espenL 

-— Hija mia, 70 no puedo darte los deliciosos trasportes 
del amor, dijo el solitario, porque nuestras edades son dis* 
tintas 7 la naturaleza] tiene Itjes^ invariables que ningun 
poder humano puede quebrantar; lo ^nico, pues, que te 
ofrezco es la proteccion de un padre bajo el tf tulo de espo- 
so, 7 lo 4nioo tambien a que te es dado aapirar por ahora 

worn If, tv 



410 y^ B9m99!9B vm-^tfwau^ 

61 la tranquil idadde tu QapirUii, asegurando el porveuir de 
ta hijo; pera .no dado ua solo mom^ato qae oQQseguirds ^1 
fin la felicidad, porqu$ yo no soi la suficiente recompeasa 
para tns vijrtudesj ni el «afioiente galardon debido a tua m^* 
ritos, sino linicamente un instrumentd puesto por la Provi- 
» dencia para que mas tai'de obtengas. el verdadero premio, 
la dicha quote aguarda, a la que ores acreedorA y que ella 
indudablemente te prepara... Yo bo; puedo vivir muoho, 
hija .mia, y presiento el Urmino de mi earrera por lo poco 
que me queda que hacer, porqtie ya no paed6 ser litil, por- 
que mi mision esti casi oojioluida. 

•?— Senor, lo .{iltimo que' usted acaba de decir, seria .mi 
mayor desgracia, porque eu cuauto a lo primero, es la te- 
oompensa mas grande que Dies pudiera acordarme, pues ya 
me Biento feliz y s^ que lo ser^ toda mi vida a su lado. 
-^Y al lado de' Luisa, hga m\a^ 
— jVferdad! verdad! ;al lado de mi Luisa! |qu6 dichal 
— Y para-no separarnos jamas^ repuso al^gremente la en- 
cantadora j6v6a, que permaneoia siempre tomada de la 
mano con Enrique. , 

I — Veo que todos sereis felices^ dijo el sacerdote <snno 
inspirado^y de hoi en adelante la. paz del ^nor 9er^ con 
vosotros. 

En ijeguida hizo que se dieran la mano el coronel don 
Toribio de Guzman y Mercedes Lopez, ecMndoles la bdn- 
dicion en el nombre del Padre, del Hijo y del Esg^itu 

Santo ..• •«•••••... .^ • ....... ^ .•••.-. » . ^ «••«.<•• • 

El regocijo qu^ todos. esperimeataron en ese momento m 
trasmiti6 hasta Eloisa, que baSada en Ugrimas,.pero.ea;e9as 
Ugrimaa deliciosas que n;iuclia9 v^ops nos hace verterla fe< 
Uoddad, abraz6 a. Mercedes <^n nu p^er y.una ternurain- 
decibles, j le dijo: . 

— No s6 cudl de todos aqui $9 eUjnas dichoso, pero en 
cuanto ami el peso de la alegriai ca^i me sosfoca,. pA^i me 
ahpga! Cudn feliz seria yoai muiiera en este momentol 



tM^maoBaam on nmmm 



491 



^'c-i)li|tr tables asi, BloimvdP^^ <1^^ dcbearlaimtteisfce^aaii^o 
el alma estS satisfedm? ;¥ si ,te> eiicuQnlrai& fcaiagofJW^Aiviijr 
el r^ultad'o del beoeficio que > ojoai baa ibeeho, p<>fqi]ie des- 
pues de Bios^ todo o casi todo te la debemos. a ti,- ^r.q^6 
dadar de lo mismo que.ya'seeeperimanfca y no Stiponer qi^e 
la Alegm serA mayor andando el tiempo? Tii baa $6^brado 
ya y soIq te resta rbcoj^r la cosefiba; bas Jbe(ibQ j^l ttabajo, 
es preciso gozar del frdto: despuea de la bfitalla eptdi^l 
triunfo. 

-T-Mercedes, ya he reoojido la co^eche^^^y^ be gozjada del 
fruto, ya bef consegaido la victoria :y esto Q^.lp qae me pro- 
dace el goce aotaal resultado de mis bueaas accloues; t^- 
tama abora espiar las malas ... 

— jLas malasi Pero eso es imposible, BUoiaa. Una persona 
de tus sentimientos y que practiea la virtud de la manera que 
til lo: haces, no puede delinquir, no paede .baber delin- 
quido* . * 

— ^Te equivooas, amiga tiaia, til no CQnocag.mi vida... miis 
tarde la conocerds.., abora no es el mo men to a propdsito. . . 
gooemos este dia. 

Y Eloisa se.separ6 de Mercedes para ir a ft^liiAtir, a En- 
rique y a Luisa, a^i como al soiitario y a los demas juienj- 
brosde la familia, sin esoluir a Santiago y Teresa que eran 
masT antiguos oonocidoa de la casa que ella, aun cuando era 
indudable que ella ocupaba ua lugar preferente. 

Despues, diriji^ndose al sacerdote, le dijo en voz baja: 

— ^Podr6 contar con los ausilioa de usted en un momento 
dado? ) 

— Siempre y en todos, bija mia, respondi6 el viejo minis- 
tro del altar, mirando con carfosidad a aquella j6ven que 
en circunstancias como estas le bacia una progunta que de- 
notaba una gran tristeza y un fanesto presajio. 

Nada tQrb6, empero, la alegria de todos en aquel dicboso 
dia cuyas boras corrieron con una velocidad eatraordinaria, 
basta que Uegada la nocbe, el ruido de ua carruaje que se 



paraba a ]a puerta loa hizo estninecer. Era el coclie qa% 
debia^condncir a Enrique a Valparniao. 

La despf dida no fa6 tan triate oomo era de eaperarlo, 
porque todos oontaban con la segnridad de vol verse a ver^ 
pronto J ilibres y a de toda zosobra. 

Solo Eloisa al dar an Ultimo abraco a Enrique, le dijo: 

— Dios quiera que seas el mas felizde loa hombres. .. ya 
no te ver^ mas, no olvides a tu Elpiaa. • . Adios para siem- 
pre... ' 

Al mismo tietnpo 4}ue los caballos partian al trote larg^o 
llevAndose a Enrique, Eloisa silenciosa y mtletia se desliza- 
ba como una sombra por k calle de Breton, alajdndose con 
paso precipitado de aquella casa donde estaba su dnica fa- 
milia, las solas personas a quienes habia amado sinceramen* 
te en el mundo y las ^nicaa que la habian hecbo sufrir y 
gozar, pero a las que debia la conformidad, la ti^anquilidad 
de su conciencia^ el arrepentimiento de sus faltas, la reje- 
neracion de su vida y el aprecib de si misma. 

Qoince dias despues el coronel don Toribio de Guzman 
se instalaba con su esposa en casa de Luisa y el sarjento 
Lopez y Marta regresaban al conventillo de U calle de San 
^ablo con gran satisfaccion de sus moradores que loa reci- 
bieron en triunfo envidiable recompensa de las almas ca- 
ritativas que siempre y por todas partes posecban la afec- 
cion a despecho de la comun ingratitud. 



> ' < 






Fin d9 Elpioa, 



Ya 86 habia esparcido por la sociedad eantiagaina, tan 
^vida siempre de novedades, la noticia de la aparicion del 
coronel don Toribio de Gazman que habia side repnesto 
en la efectiTidad de an grado por el j6ven presidente de la 
rep4blica, cuyo aprecio se habia captado; de modo qtie afla- 
ya'on en gran n&mero las viaitas a casa de Loisa, bajo el 
pretesto de darle el p^dame, pero en realidad para ver al 
viejo coronel) sobre el que se decian muchas historias a cual 
de ellas mas estravagantes, y tambien para informarse de 
loa novios; pnes corria en los aristocrdticos salones de la 
chismoBa 'capital, el rumor estraSo de que no hacian vida 
comun, permaneciendo Guillermo y Luisa completamente 
separadoS) aunque en una misma ca^a, guardando las apa* 
riencias del buen tono, o aquello que se llama jeneralmente 
la|gi conveniencias sociales. 

Severa y Amable, personajes que figuran al principio de 
esta historia, interesadas en atraerse a Guillermo, lo mismo 
que las hijas de don Pastor de los Monasterios en cautivar 
a Enrique, fu6ron unas de las primeras que visitaron a 
Lnisa, mostrdndose mas cariflosas, mientraa maypr era la 
envidia y el despecho oculto que sentian, siendo las prin- 
cipales que difundian en todo el vasto cfrculo de sus rela< 
clones infinidad de an^cdotas sobre la escentrlcidad de 
Luisa; pero cuando supieron la separacion de Guillermo, 
60 decir, que el j6ven y su madre habian vuelto a ocupar 



494 

ra caaa en U calla de las Monjitas, qae*lando Lnisa en la 
snya, daplicaron sob fiaitas, snbiendo por mncho los qnila- 
tes de so amabilidad, para Ter si podian averigaar la causa 
de aqnel fen6meDO tan estrano, pnes era ineoncebible'qne 
en plena luna de mvA w viese e8S indiferencia, o mas bien, 
ese raro abandono, tanto mas cnanto que el incnestionable 
mdrito de Gnillermo, del qne nadie podia dadar, eiendo 
reeonocido en todo Santiago, hacia presnmir que el recien- 
te matrimonio seria el mas feliz, teniendo como tenia mn- 
cbas condiciones favorables para serlo asi, 7 principalmente 
la fortana. 

Lnisa conocia a d6nde qnerian venir a parar aqnellas anii- 
gnas amigas, y elndia sos pregantas con respnestas os- 
cnras 7 evasiyas, tratando de cerrar la pnerta a la en- 
riosidad de Severa y Amable, sncedi^ndoles otro tanto 
en casa de Gaillermo qne, como es de presnmirlo, tenian 
mayor ioteres qae Lnisa en ocalt-ir sa? casas; de manera 
que no sabiendo lo qne acantecia de positivo en el interior 
de aqnellas familias, inventaban Severa y Amable historic- 
tas qne hacian eircalar como verdades, echando en ellas nn 
granito de malediceneia, por darles {micamente ese picante 
tan necesario para animar en parte la vida ociosa de la je- 
neralidad de las personas qne se dicen entre nosotros aris- 
t6cratas. 

Pero si habia escitado la cariosidad el casamiento de 
Gnillermo con Lnisa y sa separacion tdoita, mneho mas la 
de8pert6 el matrimonio del coronel con Mercedes tan Inego 
como faeron a habitar la casa de Lnisa, cnya noticia se 
edparci6 por todo Santiago esa misma noche, haci^ndose 
verrfones distintas. 

Como era de esperarlo, unas de las primeras personas 
que pnpieron la nueva, fu^ Gaillermo y sn madre^ sobresal- 
tdndoso estraordinariamente ambos, porqne era faera de 
duda que estaban descubiertos y qne en vista del horroro- 
80 criinen cometido por Gaillermo, tratarian de persegnirlo 



sp8 ngta^M piOi fuiblo. 49| 

y quiz& 86 presentarian judicialmeBte en cpajtra de 6\ jfk 
faeran unos o ya fueran qtros, cpaYiniendo acallar a to(ia 
costa xin asunto rodeado de tantos peligros para GuillermOj 
tanto .mas cuanto que habia vuQ^to a aparecer el sarjeji^o. 
Lope? y se sabia que Enriqae se habia fagado de la peni- 
tenciaria y debi^ permanecer oculto eu Santiago; de mane* 
ra que de un^ memento a otro caeria quizes la tempestad 
mas, terrible que nunca, presentdndose abora mas amena-; 
zante que la vez primera, pues contaba con nuevps. y pode- 
rpgos elementos, tales como el cpronel don Toribio de Guz- 
man y la aristocrdtica e inflayente Luisa Valdes, cuyo 
cardct^r decidido y en6rjico cuando queria, era oapaz por 
si eolo de hacerles mudho mal, reducidndolos a la pobreza 
y a la ignominia; asi es que Guillermo y 311 madre tembla- 
ron, porque era indudable que dejasen ya de estar en 
posesion de todos los secretos el maridp y la amig^ de 
Mercedes, resolviendo en consecuencia salir en el mismo dia 
de Santiago y encerrarse en la mas distante de sus hacien- 
das, d^jando al astuto Tomas el encargo de .tenqrlos al c6- 
rriente de cuanto sucediese etx la capital. ^ 

Esta fuga precipitada salvo a Guillermo de un nuevo f 
desagradable lance, porque a pesar del gran prestijio que 
gozaba entre los principales sujetos del partido triunfante, 
no le era posible al juez del crimen desentenderse por com- 
pletp de aquel procesp en que desempenaba (jruillermo un 
papel de consideracion, y lo mand6 citar para que compa- 
reciese al juzgado; pero su ausencia le sirvi6 de mucho^ 
porque mas tarde poderosas influencias acallaron aquel asun- 
to, reduci^ndolo todo a una pena pecuniaria que se tuvo 
cttidado de hacer aparecer, mas bien como una dddiva que 
como un castigo, pues se dijo que el arrepentimiento de 
una calaverada de j6ven habia sido causa deque Guillermo 
practicase un acto de espl^ndida caridad. 

Para un fin distinto, pero procedente del mismo asuntP, 
se citaba tambien a Eloisa, siendo como a Guillermp irupo- 



/ 



I 

\ 



4M AM 

Bible encontrarla^ paes hasta la misma familia Lopeas igno< 
raba d6lide estaviese, do habi^ndola vaelto a ver desde la 
noche en qae balna partido Enrique para Valparaiso, cosa 
que estraffaba sobremanera 7 que tenia a todos mni triste- 
mente preocbpados^ sabiendo como sabiap los padres de 
Enrique el afecto que tenia por su hijo y que les revelara 
en aquella bora de angustia en que estaba ^te para suiei- 
darse, j con el solo fin de probarles que se interesaba lo 
mismoque ellos en la salvacion del jdven, lo que hacia que 
fie perdieran en mil 7 mil conjeturas, hasta el punto de lie- 
gar a persuadirse que talVez, arrastrada por el carifio, se 
habria ido oculta a Valparaiso para acompafiar a Enrique, 
7 en realidad, no iban tan distantes de la verdad en estas 
suposiciones, porque Eloisa habia tenido el mismo pensa- 
mientOf pensamiento que a fuerza de lucha habia conseguido 
veneer, aun cuando no tuviera la intencion de seguir a En- 
rique, sino dnicamente el triste placer de verlo hasta en los 
dltimos mementos de embarcarse. 

El objeto para el que Eloisa era tan activamente btiscada 
por el juez del crimen, no era otro que darle la parte que 
le correspondia en la distribucion de los bienes de la tia 
Anastasia, cu7a gran ma7oria habia sido destinada para las 
casas de beneficencia, reserv^ndole a Eloisa las sumas pro- 
cedentes de los contrato8;^ero siendo imposible encontrarla, 
el juez mand6 que se depositase ese dinero a la 6rden de la 
j6ven para que le fuese entregado en cuanto se presentase 
ella o sus herederos lejftimamente comprobados, dando en 
los peri6dicos el correspondiente aviso. 

It 

Iiloisa, etitrigada esclnsivamente a stui peb&amieixto8,lletiAy 
se puede decir ati, de su vida anterior 7 de su vida presen- 
te, no viviendo 7a mas que de afectos tiernos 7 de amargoa 
rMuerdos, avergoncada de su pa&adoi cbnmovida eii U 



\ , 



UM SSOSKFOS DBL FUJONUX 49t 

.actualidad y no tenieudo otra esperanza que en su triste y 
,pr6ximo porvenir, pues poseia la certidambre de su cerca- 
no fin; Eloisa, decimos, no se fijaba en la fortana que ella 
habia, tratado de adquirir para labrarse lo que en el mundo 
se llama \independencia, sino que el curso desus ideas habia 
por completo cambiado de rumbo. ;Qa6 independencia 
podia desear ya, cuando sd exisfcencia estaba tronchada, 
cuando tenia la seguridad de morir, y-cuando deseaba mo- 
rir! jQa^ les importa el dinero a los que estdn pr6xj[mo3 a 
bajar ^1 sepulcro! Ni de qu^ sirve tampoco a las almas de 
grandes afectos o de grandes pasiones, a las intelijencias que 
conciben" graiides ideas! Los jenios, cualqniera qu6 sea su 
naturaleza, no [trabajau por la fortuna, sino que siguen el 
instinto divino de que haU sido dotadosi La ]:iqueza esta 
hecha para esas mediocridades de que se compone la huma- 
nidad en jeneral; pero es preciso confesar que, a de^pecho 
de esta preocupacion universal, hai algunas escepciones a 
quienes no La invadido o corrompido el espiritu del siglo. 
Nosotros sabemos, y lo sdbemos por esperiencia propia, 
y por la esperiencia jeneral, que lo solo que en nuestra ^poca 
se acataes la fortuna; (1) pero ^impide esto acaso que exis- 
tan almas superiores? No negamos que esa corrviptela gane 
terreno; pero^dejardn por esto de haber personas que pres- 
cindan completamente del lucro? Sabemos anticipadamente 
la risa sard6nica que causard esta proposicion en la gran 
mayoria de los hombre^ que se considerau de mundo y que 
hacen Ostentacion d^ su ^ximia capacidad y de sas prdcti- 
cos conocimienitos; pero jpor Dios! se tratara (ie idiotas, sd 
considerardn como locos a las escepciones? jD6ade iriamos 
entonces a parar! Si fuera asi no habria un hooabre mas 
est^pido que Jesucristo, que no solo despreci6 la forjsuna, 
sino que se hizo el redentor de la humanidad a costa de au 

C* ) Y a tal ptttito llega esta preocUpacion, que, si esta no^ela ha tenidd o tieiiQ 
alguna aceptacion, se lo debe pf mcipalinente a los veinte mil peso! que se dibe habet 
ganado su autor, pues talvez de etra manera habria causado la risa del despretio. 
fOXO IT* 82 



4M BOB vQKnm vml wvmjck 

vida! Si faera asi jen qu^ categoria colocariamos a las pri- 
meras lambreras de la especie! ;D6Qde iriaa a parar los 
Bantos, lbs sabios, los fil6sofos! 

Eloisa no pensaba, pnes; en la fortuna; ajenn completa 
mente a todo otro interes que el de sus afecciones, no ha- 
bia recordado esa parte del prooeso de la tia Anastasia 
para ir a reclamar donde el juez el dinero que le correspon- 
dia J que el mismo doctor Sazie le dijera de contarlo seguro 
y ni habia visto siquiera el peri6dico en que se le Uamaba. 

La nobhe de la partida de Enrique ella habia llegs^do a 
Bti caiia mui triste, tan triste, que bus fieles sirvientes se 
alarmaron temiendo que le hubiera sucedido alguna des- 
gracia; pero Eloisa las tranquiliz6 dici^ndoles que pada 
tenian qiie temer, porque nada le habia sucedido de desfa- 
TOrable, sino que, por el contrario, habia conseguido todq 
cuanto deseaba; pero que desengafiada completamente del 
mundo queria vivir completamente retirada sin ver alma vi- 
viente hasta que Ibios dlspusiese de ella. 

Las dps criadas le hicieron presente que el seSor minis- 
tro habia venido repetidas veces y que parecia mui contra- 
riado de sn ausencia. Eloisa se sonri6 tristemente y dijo a 
BUS fieles companeras: 

— He engaBa^o a ese daballero: esto era indispensable 
para mis planes; pero ahora no existe ya motive alguno para 
obrar de la misma manera y serd necesaiio decirle la ver- 
dad. Manana le llevareis una esquela de mi parte. 

— jQu^ feliz va ser, porque nos parecia que sufria! 

■ 

— Lo siento verdaderamente. 

— ^Pero ya verA usted lo contento que ae presentarA, 

—No es mi d.nimo llamarlo, sino decirle que no vuelva 
mas y que me perdone el haberlo ofendido. 

— ^Y por qu^, sefiorita? Parecia tan bueno ese caba- 
llerol 

Eloisa no contest6 a las reflexiones de bub Birvientes, sino 
que les dijo: 



— No estoi para nadie. Hasta mafiana. 

Esa Doche la pas6 en vela, entregada toda entera a sus 
tristes pensamientos: safria y gozaba alternatitamente, es- 
taba satisfecha y arrepentida, hallaba placer en sa dolor y 
dolor en sn placer, pero no tenia esperanzas, y para el que 
no tiene esperanzas no hai otro refajio qne la muerte; ^de 
qn^ sirve una Vida sin objeto, sin fin, sin estfmulo? 

Al dia sigaiente, a pesar de la fiebre que la devoraba, es- 
cribi6 al ministro la carta sigifiente: 
"Sefior: 

"Pido a nsted perdon por haberlo en^aSado. 

"Yo me he presentado a usted eomo una mujer virtnosa 
no si^ndolo y he abusado de so credulidad. 

''El i6ven por cuya libertad tanto me interesaba4 no et& 
mi hermano, pero Upoco era mi amante en la Icepcion 
que se da jeneralmente a esta palabra. 

''Hacia tiempo que habia prometido arrepentirme y he 
cumplido con mi juramento; pero lo mismo que me salva 
me mata: este arrepentimiento que me ha traido la paz me 
arrebata la vida, 

/'Muero victima de una pasion noble pero desgraoiadat 
eompad^zcame sin odiarme. 

''To regard a Dios por usted, que ha sido el Salvador de 
Enrique y dignese perdonar a su infeliz 

Eloisa Mendizabal/' 

El ministro recibi6 esta carta, qae le cau86 un verdadero 
pesar, y trat6 de presentat*8e varias veces en casa de Eloisa, 
pero otras tantas no fu^ admitido a pesar de su insistencia 
y de SOS s&plicas. Viendo que todo era en vano se resolvi6 
a escribirle esta pequelia esquela; 

**Sefiorita: 
''Sq[ carta me revela su m^rito. 

"Lo iinico qae tengo que perdonar ei su cruel negative 
para verla* 



500 IM SXCmCTOB dsl pujsi^o. 

"Yo soi el que verdaderameate ha faltado, porqae queria 
abusar de ^su posicion. 

"Usted me ha hecho compreniier mi deber y vuelvo 
a 61. 

"Ustei me ha curado de mis pagados deacarrios y se lo 
agradezco. 

''No desespere Uated; tratede vivir y al fiji encontrard 
el alido de sus males, iqae das.le luego le deaea de cora- 
zon su atento y S. S " 

CuaDdo Eloisa recibi6 esta respaesta, dijo: 

— No deja esto de ser una satisfaccion. Pero luego volvi6 
a su estado de abat\miento, del que no habia nada que la 
sacara. 

El mal de Eloisa se agravaba visiblemente y el estado de 
su salud se hacia cada dia mas alarmante, hasta el punto 
que sus dos buenas sirvientes le dijejron: 

— ^Es indispensable, senorita, llamar un medico. 

— No, hijas mias, le3 contest6 Eloisa, mi enfermedad es 
de otra naturaleza y mi remedio no esti^en k viJa sino que 
estd en la muerte. 

— jPor Dies! No diga usted eso. Y las dos muchachas se 
echaron a llorar. 

, — No hai por qu^ aflijirse; lo que ustedes miran como un 
gran mal, es para mi un gran bien. 

— IUq . gran bien! -^Y qu^ seria. de nosotras? 

— ^De ustedes? Lo que ha sido hasta aqui: Dios las ha 
protejido y seguira protejidndolas. 

— Usted, feefiorita, es el lioicoconsuelo que tenemos. 

— A-nadiefalta el Sanor, y yo tendr^ cuidado deque no 
qucden desaraparadas. 

Aquellas do3 pobres criataras amaban verdaderamente a 
la mujer perdida que las habia servido de madre y que las 
trataba casi como hermauas, Uevando sas cuidados hasta 

• 

ocjultarles cuanto le era posible sus estravios,. a tal grado 
que jamas se figuraron que estaban al servicio de una me-' 



£06 diSfSsaasM Bm ^vjaxui ' 501 

retriz; sin embargo, Eloisa les pidio perdon del mal ejetn- 
plo que podia haberles dado involaatariamente, d^ndoles 
al mismo tiempo saludables consejos. 

La naturaleza J20 resiste macho a ese estado de absorcion 
del espiritu y Eloi&a cayo gravemente enferma sin poder ya 
levantarse de la cama. Ciiando se vi6 ea* ege estado y que 
Begun ella no habia ya esperanzas-, suplico a sus dos compa- 
neras de ir a buscar ^1 anciano sacerdote, capellan del mo- 
nasterio de. . . que ^habia bendecido la union del ooronel 
donToiibio de Guzman y de dona Mercedes Lopez, y a 
quien habia suplicado en aquel feliz dia, da ayudarla cuan- 

do ella lo necebitara/ 

* 

El buen minis tro del altar no se hizo esperar: siempre 
estaba dispuesto a volar en ausilio de los aflijidos, y su ma- 
yor felicidad consistia en arranear el dardo de la desespe- 
racion a lag almas doloridas, preparando el espiritu, enca- 
minando dulcemente hdcia Dios que es el manantial inago- 
table de todo consuelo. 

Cuandb el buen sacerdote vio a Eloisa la reconoci6 en el 
acto, pero qued6 mui sorprendido al ver aquel cambio tan 
grande en tan corto tiempo; asl es que le dijo con dulzura: 

— Es preciso, hija mia, que sus sentimientos hayan sido 
demasiado profandos y sus dolores demasiado agudos para 
que la hayan reducido 'a este estado. 

— A si es^ padre mio. 

— ^Son las pasiones y no las enfermedades las que han de- 
bido destrozarla, porque solo ellas arrebatan con tanta via- 
lencia y dejan huellas tan hondas y tan incurables... 

— listed ha adimado, senor. • 

— jAi! hija mia, jqui^n no conoce sus estragoe! Dlchosos 
aquellos que han sufrido; pero mas dichosos los que han sa- 
bido venoerse y que al fin han triupfado. 

— No les es dado a todos ser de los liltimos. 

— Yo no critico ni al que muere ni al que vive: tal vez 
son ambos dignos de misericordia y de alabanza; pero "me 



y 



V 



801 

gusta la fortaleza, ^dmiro la lucha, porqae s^ que la victo^ 

ria solo la alcanza la enerjia. 

. — Tao^bien los que sucumben combaten. 

; — Pero no ban tenido quiz& el suficiente dnimo^ la eufi- 
ciente confianza en Dies, la suficiente resignacion, la Bufi- 
ciente esperanza. . . 

— Dice usted verdad, sefior, ar mf me ha faltado lo ill- 
timo. 

— lA.iI hija mia, eate ea uno de los motivos mas frecuentea 
por que el hombre se pierde. 

— ^Pero cuando falta la esperanza, sefior, |qu4 es lo que 
nos queda? En este caso, {no vale mas morir? , 

T— Hai esperanzas de esperanzas, hija mia: la esperanza en 
Dios es mui distinta a la esperanza de nuestras pasiones, de 
nuestros deseos, de nuestras aspiraciones. El hombre no vive 
solo de este mundo sino que vire de la eternidad; no vive 
de la came, sino que vive del esplritu, y el esplritu es pre- 
ciso que vaya mas alld, que se remonte mas alto, que suba 
hasta su orijen. 

— No se llega tan fdcilmente a ese grado de reflexion y 
de santidad. 

— De un salto no; pero poco a poeo si 

— Ya es tarde para ml. , 

— ^Nunca es tarde para Dios. 

rr-Este es el motivo por que lo he hecho a usted Uamar. 

— Bien, querida hij^i; a todos nos recibe el Sefior. iQm6 
es lo que deseas? 

— Hacer a usted la esposicion de mi vida, abrirle mi eo- 
razon para que lea en ^1, y si mis faltas no son de aquellas 
para las que no hai perdon, se sirva usted acord&rmelo 
d^ndome su santa bendicion y cumpliendo con las liltimas 
volnntades de un moribundo. 

Eloisa 86 detuvo conmovida y fatigada: conmovida por 
lo que iba a,revelar al confesor, y fatigada por aquel gran- 
de esfuerzo. 



i 



£06 sKnixoft OIL ptroLd.' I SOS , 

—La esoueho a usted, hija mia, suplicdndole no se tarbe, 
porqae mi ^inico atributo es perdonar y no castigar; porque 
81 vengo a deaempefiar el papel de juez, ea de un juez lleno 
de misericordia, lleno de bondad y que siempre perdona. . . ' - 
que siempre tiene conmiseraclon y se hace cargo de todas 
las flaqaezas, de todas las debilidades del hombre... 
' — Asi lo he comprendido, asi lo comprendo, asi lo crco 
y asi lo esperp, 

Eloisa principi6 su confesion. 

£1 sacerdote con su vista fija en el cielo oia a su peniten- 
te sin inmutarse. ' 

Cuando Eloisa, despues de dichasi sus culpas, hizo una re- 
lacion sucinta y sin pretensiones de lo que habia motiva- 
do su arrepentimiento y de lo quie habia motivado su amor, 
el sacerdote se estremecio y sus ojos vertieron algunas Id- 
grimas. |Quien sabe si no habia alguna analojia entre am- 
bas ezistencias! jqui^n sabe si ^1 no habia en su juventud 
esperimentado los mismos dolores y encontrado la ealma, 
alii donde no la habia bascado Eloisa, es decir^ en la reli- 
jion, en la aspiracion y consagracion a Dios! 

El santo varon le di6 su absolucion, dici^ndole: 

— No necesitabas el perdon del hombre, pues ya debias 
haberte adquirido el perdon de Dio3, porque El no deja 
nada sin recompensa. 

Has hecho mucho bien, y el que ha hecho mucho bien 
debe tener tambien mucha gloria. 

Lo Anico que siento es que te hayas abandon ado al do- 
lor cuando todavia podias ser dichosa como yo lo he sidp. 

— jDichosa! jy de qu^ modo? 

— ^Lo deseas? Aun puedo salvarte. 

— Imposible, senor, imposible. .. ya es demasiado tarde. 

— Nunca es tarde para orar y consagrarse fil bien d^l \ 

prdjimo: este es el verdadero camino del cielo y por 61 se 
Uega tambien a la serenidad del espiritu: tras la tormenta 
viene la bonanza, y la paz del Sefior eg el premio del juste. 



— Pero c6mo conseguirlo? 

— ^Vive, liija mia, no ya para ti... • pero si para taa seme- 
jantes. 

— jY el dolor iacesaate que me mata! . • . Per otra parte, 
^c6mo renunciar a la dicha que esperimento en la agonia? 
Porque ha de saber, senor, que toda mi felicidad consiste 
ahora en morir. 

— Ese no es mas que egoismo: trabaja por vencerte y 
conseguir&s la victoria llegando talvez a serle util al mismo 
j6v.en a quieu amas y por quien mueres. 

— jLo cree usted, senor? esclam6 Eloisa, anim&ndose sus 
facciones, pero luego anadi6: Enrique no me necesita ya, ^1 
es dichoso y su dicha es to do mi consuelo. 

— jQui^n sabe lo que pueda suceder! Pero hai un medio 
para que aun seas feliz. 

— sCudl? 

— La caridad es una fuente inagotable de dulces e 
imperecederos consuelos. Tu alma esta Ilamada a beber en 
esa fuente; tus acciones me lo prueban, y bien poco costaria 
ensayar. Si despues de haber tanteado esta senda vienes 
donde yo eatoi y me dices: '*El remedio 'es ineficaz" enton- 
ces te dir& "Muere"; pero antes es precise ensayar. 

— Veamo8, senor, aun cuando me encuentro ya demasiado 
d6bil. 

— Estfis mas d^bil de espiritu que de cuerpo; reforzando 
el primero se correjird el segundo. 

— Espero que usted me diga c6mo debo de obrar. 

— Muere para tf y vive para los otros, te he dicho, y estcf 
lo conseguirdls entrd.ndote de monja de caridad, que al fin 
UegarSs a vivir por tl misma y para ti misma, porque no 
hai nada que robustezca el espiritu como la abnegaeion y 
, el sacrificio que al fin se trasforman en dicha, porque el 
amor fal pr6jimo es el amor de Dios, y el bien heeho a su 
fiemejante se hace nuestro bien y redunda todo en nuestro 
prorecho: es un rocio que vivifica el corazon, alegra el es- 



LOB 81GBBT0B DXL FCrXSbO, , 508 

plritu y cadadia desprendi^ndose de las pasiones de la 
came nos aproxima mas y mas al Sefior. 

Esta proposieion del buen sacerdote tom6 mui de nuevo 
ai Eloiea y se puede asegurar que le agrad6, porque dijo al 
vi^jo capellan con dulzara: 

' — Hdgame usted el favor de volver man^^na, sefior, y ten- 
drd usted mi determinacion. 

Que Dios te ilumine, hija mia, y premie tus virtudes acd 
en la tierra como las premiard indudablemente en el cielo. 



III. 



All! Si nos apresurdsemos tanto para hacer una buena 
accion como nos apresuramos para adquirir la fortuna! 
jCu^nto no ganarian los desgraciados! Pero jeneralmente 
esto es lo que mas se descuida, y cuando llega a hacerse, se 
deja para lo iiltimo, para cuando haya tiempo de sdbra y 
que no exista hoi un placer frfvolo a quien darle la prefe- 
rencia! Afortanadaraente el buen sacerdote no era de este 
niimero y lo priraero que hizo al dia siguiente fa6 encami- 
narse a la casa de Eloisa, porque comprendia que aquella 
alma necesitaba de un apoyo y de urj consuelo inmediatp 
antes que la ganase por completo el desfallecimiento moral 
que la abrumaba; asi es que lleg6 cuando la an^astiada 
j6ven todavia no lo esperaba. 

— He venido' temprano, dijo, porque creia y creo que mi 
visita no te serd indiferente. 

— La visita de un santo siempre llega a tiempo porque 
es siempre un alivlo. 

— gC6mo te sientes, hija mia? ^Te encuentras mejor? 

— Mejor, raucho mejor, senor, porque sus palabras me 
han reanimado, porque su consejo me ha dado alguna es- 
peranza. 

— jHas pensado lo que te he dlcho? 

— ^Mucho, muchisimo. 



506 tM sicaunofl dsom sxnoM. 

— ^Y qu^ has hallado? 

—He encontrado qiie aun puedo ser 4til y que talvez 
esto me d6 la vida del alma, que es la que habia deaapare- 
cido para ml, que es la que solo necesito. 

— Asi es, hijamia: en la caridad se encuentra la vida del 
alma, la vida de los afectos, porque se ama a Dies y se ama 
al pr6jirao. 

— Y podr6 servir algun dia a Enrique, jno-es verdad, 
senor? 

— ^A ^1 como a todos. 

— jY qu6 es precise hacer, sefior? 

— Lo primero es restablecer la salud, porque el trabajo 
de una monja de caridad es duro, mui duro y se nece- 
sita tanto de la fuerza del cuerpo como de la fuerza del 
alma. 

— Ahera estoi dispuesta. 

— Trata, pues, de adquirir lo que has perdido, que yo me 
encargo de lo demas, y en quince dias Ov un mes todo que- 
dar^ arreglado; pero es necesario un propdsito firme y una 
voluntad decidida. 

— Creo tenerla, sefior; pero tambien seria mui convenien- 
te que usted me fortaleciese con su presencia y con su con- 
sejo para llegar a tener su conviccion y su f6. 
. — Mi presencia y mi consejo son tuyos, te lo pFometo; yo 
vendre diariamente a verte y me empefiar^ por sanar al 
cuerpo y al lespiritu. 

Eloisa encontr6 una gran satisfaccion en aquella prome- 
8a, porque tenia la seguridad que aquel santo varon con sa 
mansedumbre anjelical y sus palabras Uenas de' consuelo y 
de esperanzas, borraria en su corazon un amor para que na- 
ciera otro amor que al fin debia suplantar por complete al 
primero. 

La hdbil asistencia del anciano capellan del monasterio 
de... y sus cuidados de todo j^nero, contribuyeron mucho 
para restablecer a Eloisa, que al fin del t^rmino fijado se 



im nouHMi BiL wmoA. 



Bor 



\ 



enobntraba en completa salud y su alma un tauto mas tran- 
qnila, porque el digno sacerdote habia sacado provecho de 
las propias accionea de Eloisa, de sa propio amor, para amor- 
tiguar poco a poco la inteusidad de su faego; pero tom6 
una via opuesta a la que cualquiera otro habria seguido, 
pues lejos de combatir aquel afectb que nada tenia de cri- 
minal, sino que por el contrario habia sido causa de una 
conversion, le hablaba constantemente de 61 y lo dirijia sin 
estinguirlo; pues sabia que las pasiones, lejos de ser un mal, 
son el bieh mas grande cuando se las conduce hdcia un buen 
fin, cuando se las encamina hdcia la virtud. 

Un dia l]eg6 el sacerdote mas temprano que de costum- 
bre y le dijo: "Amiga mia, todo tropiezo est4 allanado y 
puedes desde mkfiana tomar el respetable y querido h^bito 
de la monja de caridad. Dios te ha concedido como un pre- 
mio este nuevo bautismo para elevarte ante tus propios 
ojos, para rejenerarte ante la sociedad, porque ya no serds 
para nadie, aun cuando se supieran tus faltas, ' un objeto de 
desprecio, sino un^objeto de veneracion, porque el vestido 
de esa sierva del Senor es* el emblema del desengano, del 
arrepentimiento, de la hiimildad prdctica y de la caridad 
abnegada que no espera recompensa alguna por su sacrificio 
constante, a no ser la que le es permitido tener a todo hom- 
bre que levanta su corazon hdcia Dios: la recompensa de la 
vida eterna. 

Ese mismo dia hizo Eloisa la reparticion de todos sus pe- 
quefios bienes sin guardar nada para si] salvo la suma eziji- 
da por la congregacion de las l\ermatias de caridad para el 
fpmento de sus pequefias y mas indispensables necesidades; 
y cuando hnbo terminado estos arreglos, cuando dej6 ase- 
gurada la subsistencia de sus dos iieles sirvientes, dijo a su 
director: ''Ya estoi dispuesta, sefior: pero usted que me ha 
salvado de la miierte debe conducirme en la vida. Mis pri- 
meros paaos serAo d^bilesj vacilantes y necesito un sosten 
para no caer. listed, a quien he revelado mi corazon y que 



808 tM suasmoa dk FinoojO. 



\ 



/ 



comprende toda su flaqucza, es el que me evitard los desfa- 
llecimientos propios de 1^ convalecencia." 

-— Yo te ayudar^, hija mia, coatesto el digno sacerdote; 
pero ten la segaridad que Dios estd ya contigo y que no te 
dejar^ caer, porque ^1 te sostendrA. 

— Es verdad, eenor, que siento en mi como un nuevo es- 
piritu, que me aninaa una especiede entusiasmo, que veo en 
lontananza un horizonte lleno de fulgores, que. vuelvo a la 
vida bajo una faz distinta, que amo como nunca he amado, 
porque amo a los desgraciados y esperimento el fuego divi- 
no de ese carino sin llmites por todos los que padecen, su- 
friendo ^nicamente por^no ser capaz de aliviar tantos dolo- 
res como deben existir sobre la tierra, de consolar a tantos 
aflijidos, de enjugar tantas Idgrimas... Ah! senior; jqu^ ma- 
nantial inmenso de dicha se encuentra en la caridad! Yo no 
lo conocia, no lo habia previsto.., jComo serd.cuando se en- 
tre en la prdctica! jQu^ de noches deliciosas no debe uno 
tener al hacer en la hora de acostars3 el exAmen de su con- 
ciencia y ver el bien que ha ejecutado y el que piensa eje- 
cutar al dia siguienfre! Al contemplar los dolores, las mise- 
rias, las desgracias de distintos- jeneros que ha podido de 
algun modo disminuir! Senor, sefior, jcudntos placeres des- 
conocidos para el mundo, cudnta gloria ignoi'ada, cudnta fe- 
licidad pasa desapercibida para el hombre! \Y decir que es 
usted el que, arrancdndome de la muerte me da esta nueva 
vida! Pero usted debe sentir ya la recompensa! Esa recom- 
pensa que mas tarde debe llegar tambien para mi, porque 
espero en Dios que se me proporcionaran ocasiones iguales 
para hacer con otros lo que usted ha hecho conmigo! 

— Hija mia, veo con delicia que vas mas alM de lo que yo 
creia, que alcanzas mas alld de lo que yo pensaba, que Ue- 
gards al punto donde yo no ke conseguido llegar: tanto me- 
j^r para ti, porque mayor serd tu deleite y mas pura y graa- 
de tu gloria. Empero, debo hacerte una sola advertencia, 
aun cuando tengo la seguridad de que me sobrepujes en 



»- 



/ 



todo ; sin embargo, los primeros pasos, eomo t4 misma lo 
has comprendido, no son nunca firmes, sino que necesitan de 
un sosten y algunas veces de un gaia; per tanto, voi a pre- 
venirte de una sola cosa, de un solo desliz en que jeneral- 
mente caen las almas buenas, y este escollo es el escollo de la 
gratitud. El bien debe hacerse, hija mia, sin niugun interes, 
sin ninguna ambiclon, ni aun aquella de que nos lo reconoz- 
can, pues en tal caso'ya pierde todo su perfume, todasuele- 
yacion, todo su m6rito, toda su grandeaa; porque al acreedor 
que presta con interes no se le debe servicio alguno ni tie- 
ne a el derecho el que menor desde el memento que se le 
satisface: esto mismo su(5ede a los que, por sus favores, espe- 
ran la gratitud de aquellos a quienes se los hacen; y desde 
el momento que la accion ha obtenido su recpmpensa, ^qu6 
mas se puede o debe esperar? Pero aquel que purifica su in- 
tendon y practica el bien solo por el bien, ese tiene un pre- 
mio mayor, un premio'esencialmeDte espiritual y digno del 
Senor. Con que asi, hija mia, trata de desprenderte poco a 
poco de las aspiraciones mundanae, para.alcanzar a las divi- 
nas, que es donde se encuentra 1^. quietud y la dicha del 
alma. 

, — Solo me falta, seEor, un Mtimo debev que cumplir para 
desprenderme completamente del mundo y aun, si es posi- 
ble; del amor de Enrique, que siempre me acaricia y que 
siempre me persigae. * 

— El amor de Enrique te es saludable, porque ha sido no- 
ble y desprendido. Dios no nos manda olvidar a lo que he- 
mes amado cuando la pasion no nos ha inducidoi al mal, y 
la tuya, poriel contrario, me has dicho que te ha conducido 
al bien, que te ha apartado de una carrera de perdicion, 
quete ha hecho practicar acciones jenerosas, en una pala-'" 
bra, que te ha salvado y que talvez essa 61 mas que a mi a 
quien debes la santa carrera que piensas seguir, la santa 
cruzada que vas a emprender contra la desgracia y ijaiserias 
de tus Bemejantes; ^por qu^ entonces olvidarlo? No, hija 



no 

mia, eontin^a am&ndolo y ten segaro que ese amor se per- 
dev& algan dia ea el seno de Dio8. 

— {Qa^ relijioo, sefior, es la soya que do condena los afec- 
toB, que no contraria las inclinaciones del corazon aun en 
la vida misma del espiritualismo qne usted aconseja? iQuA 
relijion es esa tan dalce para seguir y qne tanto se confor- 
ma con nnestra natnraleza? 8i nsted me hnbiera dicho qne 
no amara a Enriqne, qne coml&atiera esta pasion qne me 
iba a hacer morir y qne ahora nsted ha convertido en ele- 
mento de vida, si nsted me hnbiera aconsejado eso, todo 
estaba conclnido y mi salvacion no se habria jamas afecta- 
do, pero nsted ha sabido condncirme, y sin anamatizar mi 
carifio lo gnia y lo ensalza: tal doctrina es digoa de aegnir- 
se y la segair^ hast a mi mnerte. 

• — ^Esa doctrina no es mia sino de Jesncristo, de qnien soi 
el ^Itimq de sns disclpnlos. . . Esa relijion de paz, de carl* 
. dad, de amor, teniendo como complemento a la hnmanidad, 
ha sido mal interpretada, pero ella reinara al fin. 

— ^Y nosotros principiaremos a practicarla. ^No es ver- 
dad, sefior? 

— Asi lo espero. 

— Desde mafiana soi con nsted para no separarme jamas 
del sendero qne me ha trazado. Ahora, como le he dicho 
antes, tengo qne lleoar mi liltimo deber, tengo qne escribir 
a mis bienhechores, a los padres de Enriqne, de qnienes es 
preciso qne me despida, pnesto qne ya no debo vivir para 
los felices sino para los desgraciados. 

— ^Bien, hija mia, estar^ contigo a la hora fijada por la 
directora, qne son las once del dia. 

— Convenido, 

El sacerdote se despidi6 de sn ne6fita y ella se pnso a 
desempefiar sns iiltimos qnehaceres; y despnes de haber 
aconsejado a sns fieles sirvientes, dici^ndoles la vida qne 
debisn segnir y la peqnefia fortuna qne les dejaba para la 
latisfaccion de sns necesidades y para qne nnnca la miseria 



fiO0 nOBMSOB DSL TUMBLE, 611 

]sik arrastrara en ningan tiempo al vicio a que son condn- 
cidas alganas infelices criaturas faltas de apoyo y faltas de 
alimento, despues de todo esto y de la distribucion equita- ' 
tiya de caaato poseia, se consagr6 a escribir la siguiento 
carta a la madre del j6ven a quien solo habia amado en el 
mando. 

IV. 

"Sefiora dofia Marta Garrido de Lopez. - 

''Sefiora: 

"S^ que usted debe haber estra^ado mi ausencia y ' 
que seguird inquieta por ella, pero tranquil Icese porque me 
encuenti^ sana y salva. Esta inquietud la esperaba de su 
bondad, asi como la espero del senor Lopez, de Mercedei^, 
de la senorita Luisa, del seSor don Toribio de Guzman, 
como tambien de Santiago y Teresa, porque siento que to- 
dos me querian y me apreciaban, aunque en grados distin- 
tos, como es natural que suceda, segun el lugar que nos 
haya cabido en suerte, en virtud del mayor o menor mfirito 
de nuetras acciones. 

"Yo habia resuelto, sefiora, morir despues dela confesion 
que voi a hacerle, pero un digno y anciano sacerdote, el 
mismo que bendijo la union de Mercedes, me .salv6 la vida 
abri6ndome una nueva carrera, carrera que he abrazado con 
gusto y que, espero en Dios, conservar^ hasta el fin natural 
de mis dias; pero esto no me impide hacerle la confesion 
de mis faltas a la vez que manifestarle mi gratitud por sus 
beneftcios, porque si no he muerto materialmente, he muer- 
tOy sin embargo, para el mundo y debo a usted, antes de 
separarme para siempre, una esplicacion de mi conducta, un 
motivo por que no la acompafio y la causa principal que me 
habia hecho adoptar una determinacion estrema y funesta, 
pero de la que, mediante Dios, estoi completamente libre, 
pues he reconocido mi error y adjurado con tiempo de ^1. 



til2 urn BIOBSTOfl DWL FOIBZiO. 

"Usted recordard, mi querida raadre, y conc^dame el fa- 
vor de nombrarla as! porque me es sumamente agradable, 
usted recordard que en un momento estremo, de estremo 
dolor y de estrema angastia, me vi obligada a revelar el se- 
creto que no pensaba descubrir a nadie, que no queria des- 
cubrirme a mi misma, porque no era digna de sentir lo que 
sentia ni de aeeptar lo que usted me proponia; pues bien, 
desde ese momento resolvi separarme do ustedes y de ^1, 
porque resolvi morir; y mi promesa se habria cumplido sin 
el ausilio, sin el consejo paternal del venerable sacerdote 
que me ha libertado de mi misma. 

"De donde provenia esta desesperacion? me preguntard 
usted, y voi a decirselo: esa desesperacion nacia de mi vida 
pasada, Yo no he sido la mujer honrada, la mujer sin man- 
cha que se present6 a ustedes para captarse su confianza. 
Yo era una de esas infelices que se arrastran en el lodo in- 
mundo de la prostitucion; pero debo decirlo: mi cprazon no 
estaba del todo viciado, puesto que form^ el plan de salvar 
^ ustedes desde el mismo momento que los vi y talvez an- 
tes de que los conociera; pero cuando llegu^ a tratarlos, 
cuando se me present6 Mercedes, cuando pode apreciar a 
Enrique, mi determinacion se hizo inquebrantable y 4)or 
todo el oro del mundo no habria faltado a ella; y si me 
puse al servicio de la tia Anastasia y de la madre de Gui- 
llermo fu^ con el prop6sito firme de desbaratar sus planes 
homicidas: h^ aqui mi solo m^rito, m^rito fdcil y que no 
necesitaba de grandes virtudes sino de una inclinacion be- 
n^vola, de lo que se llama buen natural; de consiguiente 
bien poco he hecho y bien poco o nada tienen que agrade- 
cerme. 

Pero con el trato de ustedes se acrecent6 mi aprecio y se 
acrecent6 mi amor; pues a la vez que mas amaba, mas com- 
prendia cu&n indigna era; y puedo decirle a usted, sefiora, 
que jam^s me lisonje6 la menor esperanza, sino que hice la 
resolucion sincera, la resolucion inmutable de no ser nunca 



.'; 



\ 



IM 8I0BIT0S DIL tlHBSLO, ^li 

\ 

de 61 aun en an do hubiora llegado a corresponderme; y sin 
embargo, por un fen6meno incomprensible, por nno de esos 
capriclios de que es imposible darse una solacion, cnando 
comprendi que ^l queria a otra mujer tan digna como ^, 
tan elevada y tan grande comp el, senti que me era indis- 
pensable morir j hubiera muerto sin el ausilio del buen ea- 
cerdote que, sin contrariar mis afectos, me 8ac6 del error, 
abriiJndome la mas hermosa carrera; poes desde hoi soi ya 
monja de caridad. 

No por esto dejo de amar a Enrique. Mi director y mi 
padre espiritual me lo ha permitido; pero ahora, aun cnan- 
do todavia no he principiado en mi sublime ministefio, 
siento que lo amo de una manera^ distinta, porque su dicha 
hace la mia, porque vivir^ de su felicidad, sin sombra de la 
mas lijera amargura, sino que lo recordar^ a £1, a'la seQo- 
rita Luisa, a ustedes, a Mercedes y al senor de -^Guzman en 
mis humildes oraciones, para que cada dia est^n' mas satis- 
fechos los unos y los otros, dindoles el justo premio que sus 
virtudes merecen, premio que no les envidio, pues ya yo 
tengo el mio y el 6nico a que podia aspirar y que Dioa se 
ha servido asignarme. ' 

"Ahora, sefiora, me resta dnicamente manifestarle a usted 
y a toda su familia mi gratitud profunda, porque a ustedes 
debo el haber salido de'la carrera del vicio. Sin su.ejertiplo 
iqu^ hubiera side de ml? Sin esas virtudes sencillas y sin 
ostentacion que a cada paso tenia a la vista, jd6nde me en- 
contraria? Ustedes me han salvado; ustedes han conqoistado 
una alma para el SeSor, ustedes han formado a la madre de 
caridad que se propone endulzar muchas amarguras, es de- 
cir, que las infelices criaturas a quien yo alivie se lo debe- 
rdn a ustedes y tendr^ el gusto de repetirles constantem^ite 
sus nombres para que la bendicion del cielo, espresada por 
los labios de los aflijidos y dd los menesterodos que son los 
hijos de Jesucristo, acompafie siempre a toda su familia. 

"Perdone, mi querida y virtuosa madre, si la he hecho 

lOMO IV. 



\ 

V 






6l4 LOS B>0B«1*O8 DlL FUSBtiO. 

Bufrir por algun tiempo al no decirle nada de mi pobre 
existencia; pero espero que ese pesar de uno3 pocos dias 
qnedard suficientemeute indemnizado con el placer que debe 
causarle la noticia de mi nuevo estado y de mi nneva vida. 
"jPara qu6 hablarle ahora de cada. uno «n particular, pues 
debe presumir que a todos los tengo en mi corazon y que 
por todps ello3 rogar6 al Sefior, asi como espero que lo ba- 
gan por ml! 
' "Su adoptiva y amante hija 

"Elqisa Mendizabal." 

"P. D. — Desde mafiana dejo el nombre con que firmo 
esta despedida para tomar el de Dolores" 

Al dia siguiente entra|3a Eloisa a desempenar el noble 
rol de la hermana de carulad^ siendo recibida en la congre- 
gacion con sinceras demostraciones de jdbilo, pues habian 
precedido las recomendaciones del santo sacerdote. 

La madre Dolores fu6 desde el primer momento la mat 
abnegada, la mas humilde y la mas litil de aquel hermoso 
plantel del cristianismo, no habiendo querido nunca aceptar 
ningun grado de distincion o de honor a que la hacian 
acreedora sus virtudes, prefiriendo siempre el mas dificil, 
el mas peligroso y el mas duro de los oficios o de los debe- 
res a que est^n consagradas; asi es que era citada como un 
modelo, no levantando jamas la menor envidia, sino &nica- 
. meate la admiracion y el amor de sus hermanas, la admifa- 
cion y el amor de los pobres y de los enfermos a quienes 
socorria y aliviaba. 

Di03 tiene consuelos para todaa las almas que, arrepenti- 
das de sus faltas^ quieren sinceramente correjirse 






Impresion^s de viaje. 



I. ' . 

k 

Enrique habia partido felizmente. Ningun tropiezo hall6 
en Valparaiso que lo detuviera, y el vapor, zarpando al dia 
Biguiente, lo alej6 d'e las playas chilenas sin mas annncio 
(porque por precancion tomo un nombre distinto) que dos 
pequenas esquelas dirijidas a sus padres y a su maestro, 
yendo en esta ultima el mas afectuoso recuerdo para Luisa. 

Mucho tiempo habia que esperar antes de recibir nueras 
de Enrique; empero el, con esa solicitud del amante y con 
ese carino del hijo y del hermano, mand6 sus cartas de to- 
dos Ids puntos en donde se detuvo el vapor, incluyendo a 
Panamd, que fu^ el liltimo desde el cual 6scribi6 hasta sa 
"arribo a San Francisco, 

Intertanto todas sus relaciones eran felices. Ninguna nu- 
becilla habia turbado por un splo momento los dias bonan* 
cibles de todas las personas a qnienes amaba. 

Luisa era tan feliz como podia serlo estando Enrique 
ausente; pero Uena de una confianza ilimitada, teniendo la 
seguridad de ser amada como ella comprendia el amor, es- 
tando al lado de ^su amiga y de su maestro, personas que 
siempre se ocupaban de su amante, o mas bien dicho, de su 
esposo, poseyendo f^ en el porvenir, encontrdndose rodeada 
de personas que la afeccionaban, desempeSando sienipre el 
papel de Providencia en su esfera de accion, ^qu^ mas po- 
dia desear mientras no viniera el complemento de la dicha 
que estaba segura llegaria? 



\ 



/ 



5l6 txm foso&mosi Dtt itxnsBto. 

Mercedes y el solitario por su parte, pero eapecialmente 
la primera, gozaba de una calma qiie hacia miicho tiempo 
no epperimentaba; tenia a mas de esto el amor por so hijo, 
el culto por su marido, siendo tambien el centro de mil ca- 
riBos prodigados con profusion por sus padres y por su ami- 
ga. ^C6mo esperar, pues, una felicidad ma;^r? Jamas habia 
creido llegar al grado a que Labia alcanzado, y le daba gra- 
cias a Dios. 

jY que diremos del sarjento Lopez y de Marta Garrido, 
al considerar a sus hijos sanos, buenos, libres y sobre todo 
felices! ^Hai dicha mayor que la de lo3 padres cuando con- 
templan la ventura de que gozan aquellos seres que la Pro- 
videncia les confiara, a quienes ellos tanto atnan y en quie- 
nes tienen cifrado, no ya su porvenir, sino la tranquilidad y 
la alegria de sus postreros dias? 

En una palabra, todas aquellas personas que hemes visto 
sufrir tanto y tan sin motivo, que hemos visto perseguidas 
por el vicio y no pocas de ellas victimas del vicio, que he- 
mds contemplado rodeadas de tantas calamidades y al bor- 
de de tantos abismos, se hallaban ahora pr63peras, conten- 
tas, tranquilas, pues hasta la misma Eloisa habla encontrado 
el sendero de la felicidad, y Santiago y Teresa aumentaban 
cousiderablemente su fortuna y en tan poco tiempo^ se con- • 
sideraban ya como exentos de los vaivenes de la inconstante 
diosa; pues habian llegado a formar su pequeno capital mas 
que suficiente para hacer frente a las ^ventualidades de su 
industria, satisfaciendo dmpliamente lo m6dico de sus aspi- 
raciones y de sus necesidades, 

Perp mientras los perseguidos gozaban, los perseguidores 
sufrian. Mientras que los prinieros habian llegado a la cds- 
pide de la felicidad, los otrog se ^ncontraban en el abismo 
de la jdesgracia. Mientras que aquellos a quienes se habia 
pretendido matar en cuerpo y en espiritu, se veian llenoa 
de salud, de honra y de consid^raciones, los verdugoa ha- 
bian sucumbido en el desprecio, en el dolor y en la desea- 






peracion, como la tia Anastasia, y arrastraban una vida mi- 
serable, Hena de remordimientos, de sobresaltos y de t emorea 
que no dejaban ua memento de sosiego con la de Guillermo 
y de su digna madre dona Porfira. 

En vano este j6ven habia querido huir de la justicia para 
burlar sua fallos; pero ^se pueden acaso burlar los fallos de 
Dios? Alli, donde el poder humano se detiene, el poder di- 
vino penetra. Alli, donde la sentencia de un jaez no alcan- 
za, la sentencia de Dios llega, Alli, donde el castigoimpues- 
to per el hombre queda sin efecto, el castigo de Dios se 
realiza. Por esta razon en vano Guillermo se habia ocaltado 
en la soledad, porque en la soledad lo perseguia el remor- 
dimiento; pues el remordimiento no reconode ni tiempo ni 
logares, estd en el alma^ y alli donde estd el alma, alli se en- 
cuentra sin que el sueno mismo pueda perturbarlo o apa- 
garlo. 

Guillermo habia escapado al llamamiento del juez del 
crimen, y tenia, por otra parte, grandes influencias, podia 
evadir la lei humana; pero por mas que hiciese, no estaba 
en su mano libertarse de si mismo, y su yo, su inseparables 
yo, lo perseguia por todas partes. 

Al fin dio con un espediente: el espediente de la bestla, 
es decir, el espediente para trasformarse en besli a, porque 
los animales jamas dejeneran, jamas se degradan como se 
degrada y dejenera el hombre. ;Gaillermo tom6 el partido 
de embriagarse para conseguir al menos el pesado siieSo del 
beodol 

Cuando su madre lo vi6 reducido a ese estado y sin po* 
derlo libertar de ^1, puesje era preferible a Guillermo el 
einbrutecimiento a la razon que le recordaba lo que habia 
hecho, la infamia que pesaba sobre ^1, si^ndoleimposible. 
reparar ni lo uno ni \o otro; cuando su madre, decimos, se 
cercior6 de que ya no habia remedio, principi6 a su vez su 
martirio, principi6 a su vez su eapiacion; espiacioa: terrible 
que comenzaba por el desprecio del hijo, concluyenda por 



S18 UM Biouemi ]>il nnnnKi, 

el desprecio y horror de sf mismft; \y ojaI& habiera Bido 
086 desprecio y horror de aqael que siente sa falta arrepin- 
ti^ndose de ella, sino qa'e era el desprecio y horror de la 
nalidad moral, de la impotencia fisica y social, viendo que 
le era ya de todo pnnto , imposible reqnperai^ el paesto y 
libertar9e de lo que la atormentaba en su interior! Empero 
mas valia morderse los labios, a^uantar en silencio todos* 
aqnellos males, porque jcontra qui^n se quejaria? ^Qui^n 
le tendria Mstima? Qui^n se compadeceria de ella y de sa 
hijo, de ella y de su hijo que no habian tenido jamas mi- 
sericordia por el pesar ajeno! . . 

Un dia le trajeron a Guillermo ex^uiole. Unos campesi- 
nos lo habian recojido, porque' lo habian visto tirado en el 
camino; y reconociendo al propietario de la hacienda se 
habian detenido y lo . habian Uevado a las casas^ como di- 
cen jeneralmentelos inquilinos por las habitaciones del pro- 
pietario. 

Dona Porfira mir6 a su hijo tristemente, e hizo un jesto 
de repugnanda al considerar que ,aquel desmayo.era prove- 
niente dela embriaguez y no de otro accidente; sin embargo,, 
domindndose a si misma, para no dar mal ejemplo, lo hizo 
conducir a su lecho, diciendo para disimular: 

— iQu^ le habrd.n hecho a mi hijo? Pero cuando se que- 
d6 sola principiaron sus Idgrimas y el lamento triste de sus 
desventuras, principi6 el gusano roedor de su conciencia a 
mortificarle como siempre: aquella mujer habia envejecido 
en mui poco tiempo, estaba inconocible, no era ni sombra 
de lo que habia sido: este es el castigO de Dies. 

Guilbrmo no habia esperimentado un cambio menos sor- 
prendente. Pocos meses antes, era, como sabemos, el j6ven 
mas baen mozo de Santiago, el mas espiritual, el mas cor- 
tesano, el mas seductor en toda la estension de la paiabra, 
asi como en su mala y buena acepcion; mientras que ahora 
tenia una cara grosera y amoratada por el alcohol; sus ojos 
torvos y saltados revelaban al ser malo y estiipido, su na- 



UNS 8ICBBT0S DCL FUSBLO. 519 

riz rojiza como una betarraga auunciiaba la corrapcion inte- 
rior, el esceso de todos los vicios, y su boca lleua siempre 
de hedionda saliva por la esaitacioa del aguardiente y del 
tabaco, causaba una repugnancia invencible. Sas palabras 
eraa groseras, mas groseraa que las que acostumbra la pie- 
be en las cloaQas de la prostitucion p en las inmundas ta- 
bernas que frecuent'a. Su lenguaje inconexo manifestaba a 
las claras la perturbacion de su cerebro. Sus furores y sus ' 

lAgrimas decian sus remordimientos, que, cual lava^ ardien- 
tes, abrasaban su mente en las rSfagas de lucidez que para 
aumentarsu martirio, le venian de cuando en cuando. Pero 
entonces la escena era mas espantosa, el cuadro era mas 
sombrio, mas asqueroso, mas terrible, porque esta furia Ian* 
zaba imprecaciones, y luego deciale a su madre los mayores 
y mas groseros insultos; pero no contento con esto, lanzibase 
sobre ella para despedazarla, acus^ndola de ser la autora de 
sus males, porque ella y su padre se habian robado la for- 
tuna ajena. . . ^ 

Cuando estos accesos sobrevenian, y sobrevenian cada dia 
con mas frecuencia, dona Porfira no tenia otro remedio que. 
huir y encerrarse apuradamente, pues ya en una ocasion 
estuvo a punto de ser asesinada por su hijo, salvdndola la 
casualidad de encontrarse presentes dos robusto? inquilinos 
que consiguieron arrancarla de manos de Guillermo que la 
estrangulaba. . / 

Desde ese momento dofia Porfira habia tomado sus pre- 
cauciones haciendo poner buenas puertas y buenas cerra- 
duras a sus habitaciones, y que durmiesen cerca tres o cua- 
tro bombres; porque era necesario una ^uerza de Hercules 
para contener a Guillermo cuando le daban aqdellos ata* 
ques» 

No sabremos decir cu^l de estas dos personas era la que 
mas sufria, si la madre o el hijo, pero lo cierto del caso era I 

que aqnella vida era espantosa, y que aquellos sufrimientos 
debian ser horribles; y a tal punto causaban miedo aquellias 



I 



529 urn Mmxuasm du mttcA. 

escenas, qne los canapesinos decian que bus patrones estaban 
condeDadoa en vida, o que por lo menos les habian becho 
daflo (1)^ inclicdndose a lo liltimo por el respeto y sumi- 
sion profunda que esa sencilla jente tiene por lo que llama 
el patron, el rico, el hacendado; pero sin embargo, tembla- 
ban siampre, y para preservarse de accidentes, se llenaban 
de rosarios y de escapularios, diciendo algunas oraciones 
que ellos creen mui eficaces para este j^nero de males, o 
para apartar a los espfritus infernales, haciendo infructuo- 
80S sus maleficios o preserv^ndose de ellos. 

Hemos trazado a la lijera el cuadro feliz de la virtud y 
el cuadro horri pilau te del erf men; pero todavia le reservaba 
Dios a los unos mas satisfaccionea y mayores recompensas, 
y a los otros mas sufrimientos y mayores castigos, porque 
todavia, tan to para los unos como^ara los otros, no estaba 
colmada la medida de su Justicia. 



IL 



Hacia dieziocho meses que Enrique se habia ausentado 
de Chile, y en todo este tiempo no habia escrito ni a Luisa, 
Bi a sus padres, ni a su'maestro una^ola carta de conside- 
racion, limitdndose a tranquilizarlos sobre su salud con pe- 
quefias esquelas que nada decian de su manera de ser, de 
las impresi^nes que hubiera recibido, de ^os estudios que 
habia hech6 y de los mil incidentes que porlo regular ocu- 
rren en los yiajes y que, jeneralmente, los escribe uno en 
su libro de memorial; pero al fin recibi6 el coronel don To- 
ribio de Guzman un grueso paquete que contenia una carta 
voluminosa para Luisa y dos para 61, de las que daremos 
cuenta a nuestros lectores. 



(1) Espectedd maleficio eo que ei^en firmemenU los* hombresdel campo jque 
jeneralmente ]o hacen los MachU, bmjoa o personaa que tienen heche un conrenio ee- 
^eU con el diablo. 



UNI nrauRoi DB nm&o. S31 

Principiaremos por la de Lnisa: 

^'San FranciscOj marzo 20 de 1853. 

''La primera dificaltad con que tropiezo es el nombre 
quel debo darte: mi querida Luisa me parece mui pd- 
lido; mi adorada esposa me parece algo impropio; ^c6mo 
Uamarte, puee, mujer idolatrada? ^C6mo darte el cabficati- 
vo que venga mas bien'a mis afectos, que se armobice mas 
con nuestra situacion? ^Te dire simplemente Luisa? [Este 
nombre me es tan querido! Esta sola palabra suena a mi 
oido con tan agradable tirmonia, me es tan melodiosa, que 
solo 6U sonido, que solo el modularla en mis labios, me es- 
tasia!. . . iCudotas veces, cudntas voces no he pronunciado 
tu nombre, y cudnta delicia no he sentido! jEo cuantas oca- 
siones esa sola palabra no me ha hecho estremecer de ale- 
gria! jLuisa, Luisa, d^jame llanarte simplemente asl, por- 
que me parece que ten go mas confianza, mas familiaridad, 
mas posesion de ti! Porque me parece que me identifico 
mae, que soi mas dueno de todo tu ser! jTu ser! ^86 aeaso 
lo que digo? jY sin embargo, el Uamarte con tu solo nom- 
bre me perstiade que ya eres mia, completamente mia! 
^Por qu^ no dejarme con esa ilusion? ^Mi delicia causa al- 
gun peijaicio? ^No me has autoriiado t<i misma? ^No me 
has autorizado con el beso que me distea en el sepulcro de 
tus padres? jBeso divino que todavia siento fresco y palpi- 
tante en mis labios! jQa6 ambrosia debia encerrar! Qu^ 
n6ctar del cielo ha derranaado en todo mi ser que aun lo 
recuerdo como si fuera ayer! que aun su dulce, su perfuma- 
da, su deliciosa impresion la tengo presente y^me parece 
del memento!... Y bien, Luisa, dime: ^te ha acontecido a ti 
lo mismo? Indudablemente, porque de otra manera no me 
comprenderias ni te comprenderia yo! Porque de otra ma- 
nera no podrias amarme! La reciprocidad en los afectos es 
una ki; de consiguiente, ^c6mo apreciar mi pasion y com- 
prenderia sin que t6 no te sintieras en el mismo grado y con 
el Qiismo entueiasmo? Si, Luisa; s^ que nos amamos y que 



^22 gott Ainuexoft dml msBsjo. 

no8 amaremoa siempre.., jQui^n paede ya s«*pararno8? Solo 
Dio8, solo la muerte; j aun esto no lo creo, porque Dios nos 
ha unido, porque la muerte es la transformacion de la ma- 
teria y no el aniquilamiento del esplritu, y nuestro afecto 
nace de ^1, viva de 61, estari siempre en ^1; nuestro amor 
€8 tan inmortal como es inmortal nuestra alma... ^No lo con- 
cibes asi? No lo pieneas ih misma? Asi lo creo, asf lo espe- 
ro.yo y asi lo creerAs y lo esperarda tiS... 

"Ai! Luisa, yo no habia pensado escribirte una sola linea; 
porque ;c6mo espresarte lo que he sentido! Yo te he asocia- 
do a todos mis actos, me has acompanado en todas mis 
acciones, has estado conmigo en todos mis pensamientos; y 
qu^ encanto! qu6 hechizo tan imponderable no ha esparcido 
para mf por el universo entero tu sola im&jen! ^Paeden tra- 
ducirse estas impresiones? No, imposible! h6 aqui la causa 
por que me habia abstenido de trasmitirlas al papel. 

"jQu^ pasion tan noble, qu^ pasion tan pura, qu^ pasion 
tan grande es el amor! jComo mejorando nuestras costum- 
bres nos eleva! jCdmo libertdndonos de los preclpicios nos 
Ueva al bien por una senda de balsamicas floree»! C6mo apar- 
ttfndonos del vicio, no3 encamina a la virtud! C6mo nos 
hace admirar todo lo bello! C6mo nos estimula para em- 
prender todo lo grande! Qui^n puede corrromperse aman- 
do! El mejor preservativo para consorvar la moralidad, es 
la pasion Uevada al idealismo! Ea vaao precipitar^n a un 
joven en medio del fango de la corrupcion mas espantosa, 
porque si 61 ania lo atrstvesara sin mancharse y saldrd tal- 
vez mas purificado que antes de haber penetrado en 61! 

"Pero todavia hai mas... todavia encuentro en el amor 
un efecto maravilloso que si no lo hubiera esperimentado, 
jamas lo habria creido; porque pueden comprenderse fdcil* 
mente todos esos arrebatos deliciosos, todos esos 6stasis del 
seu/iimiento, pero el punto culminante es la coufianza inmu- 
table, la tranqullidad absolnta de que nos hace gozar, po- 
ni6ndono8 en posesion de esa impertubabllidad que debe 



\ 



um ftBO&isoi DU rtnauk 



523 



tener Dios, db esa especie de inmutabilidad sublime del 
que estA eii posesion de la verdad siu linaites, y el amor 
cuando llega a ese grade, se parifica de tal mauera qiie no 
desconfia ni tiene contrariedad alguna. 

"^Y lo creerds, Luisa? Yo he sentido lo que ahora esplico 
sin perfecto m^rito: yo me he separado de ti sin iiolor; yo he 
estado ausente sin safrimiento, porqae- tli y yo hacemos una 
sola unidad, porque vivia en tl, porque no me separaba de 
tf, porque nuestras exiatencjas eran y son id^oticas, bastdn- 
dome mi amor para estar seguro del tuyo ... 

"Luisa, tiiidebes saber con qu6 lengaaje nos habla la na- 
turaleza caando aniamos! C6mo se armonizan* sus fen6me- 
nos con nuestros afectos! Co mo se engalana para escitarnos! 
C6mo nos provoca con sug mil variaciones, con sus mil ma- 
ra villas, con sus mil - lenguas para Hablar una sola, la del 
amor! 

"El mar con tbda su majestad, con todos su^ abismos in- 
con mensurables, iqu4 de abismos de recuerdos y de pensa- 
mientos^ no menos profandos no despierta en nosotros!, 
Caando la tempestad ruje sobre nuestras cabezas, cuando 
embrav6cido y lleno de furores parece sepultarnod, jno es 
verdad que nos trae a la memoria a un ser amado? jNo es 
verdad que en esos iastantes de confasion pavorosa, la imd- 
jen de nufe^tra querida se nos presenta mas patente y mas 
seductora que nunca? Yo lo digo por esperiencia propia: 
en uno de esos cataclismos ma^rltimos me parecia tenerte 
a mi lado y no teqlia nada, absolutamente nada, ni aun la 
mtierte que los amenazaba a todos menos a mi, porque con 
tigo, jbauriendo ambos! modiamos morir? Y si me hubieran 
sepultado las olas en sus negras soledades, ^no es verdad 
que habrfamos renacido al dia siguiente porque tii habrias 
muerto un iristante para vivir en seguida... para vivir una 
eternidad?* .. 

"En otras ocasiones, caando tranquilo el oc^ano tiene sus 
suaves c^firos y sus dulces melodias, cuando parece sonreir- 



K^Si .. Ads raOSBTOB D<L FUXBLO. 

nos con e^ mnrmullo ^ilencioso de sas apacibles y casi tfmi* 
das olas, ;tras qui prisma encantador no te presentabas a 
mi fantasia! Td festabas coamigo, Luisa, y los dos gozdba- 
mos de aquel espectAculo tierno y grandiose! Faerza invisi- 
ble del amor que todo lo embellece; jcdmo ban podido des- 
conocerte o corromperte los hombres! |c6mo ban podido 
cambiar est^s goces casi di vinos por esos carnales plaqeres 
que en ^ugar de elevar el alma la degradan! 

"Cu^ntas veces tambien al levantarse o al ponerse el sol 
en los confines del horizon te, jno estabas tii presente, no te 
,veia con los ojos del alma? Y alld en las avanzadas boras 
de la noche, cuando dueroie nuestro mundo y los habitan- 
tes que lo pueblan, pero que parece vivir el estrellado cielo 
con sus infinitos, resplandecietites y misteriosos moradores! 
icudntas veces no he pensadp en ti y me he unido a til 
jcufintas veces no me he confandido conti,go alld en la eter- 
nidad!... 

"^Qu^ especie de similitud tiene el amor con Dies, Luisa 
mia? jYo me encuentro arrastrado a la contemplacion, a la 
amorosa s^iplica, a la plegaria humilde, a la oracion, en una 
palabra, cuando pienso en El o en ti! ^Es esto un defecto o 
es esto una virtud? Pero califiquenlo como quieran, a mi 
me agrada sentirlo asi y lo pienso asi; y tanto n^as lo siento, 
lo pienso y lo creo, cuanto que conozco que me mejoro; y^ 
mejordndome, jcual podria ser el motivo que me impidiese 
seguir esa senda que me aprovecha a la vez que me agrada? 

"Pero aun esto no es todo, Luisa mia; aun hai un fen6- 
meno mas: la induljencia, la induljencia sobre todas las fla- 
quezas humanas, se ensancha; y a medida que es mayor la 
pasion que sentimos, mas grande es tambien la conmisera- 
cion que esperi men tamos por las debilidades del hombre. 
' A naedida que es mas puro e intenso el amor que nos do- 
miaa y que nos dirije, se siente desapareper de nuestro co- 
razon el rencor, el odio y la ve nganza! jProdijios del carifio! 
^C6mo no estarte agradecido? 



''A tal punto llega mi Qonvencimieato 8obre este punto, 
Lnisa, que creo Indispeasable, y mas que indispensable, 
provecbos®, estimular el amor e^n los j6vene3 y hacerlo 
crecer y crecer hasta donde sea posible, para desterrar la 
sensualidad, para mejorar las costumbres, para robustecer 
el cuerpo y el esplritu, para formar la verdadera familia, 
para crear los buenps hdbitos, para hacer ciudadanos inte- 
lijentes, abnegados y laboriosos, para encaminarnos a la di- 
cha del cielo por medio de los goces de la tiwra, pues la 
felicidad en el mundo me parece que debe ser una cosa que 
Dios no condena, deade que nos ha dado la aspiracion inna- 
ta hScia e\ja. .. 

"jQue estravagancias estoi diciendo, Luisa! |Es esta la 
manera de escribir a su amada? ^Es este el medio de coniu- 
nioarnos nuestros afectos? Indudablemente no; pero yo no 
puedo separar la filosofia del amor, asi como no puedo tarn- 
poco dejar de unirlo a la creacion: y a Dios . • • 

"Pero si es indispensable que me aparte o que me separe 
de los pensamientos que la pasion despierta en mf; si es 
preferible que me concrete esclusivamente a ella, a pesar 
que creo estar mas que nunca en ella, te hablarS de nuestro 
Ultimo adios, del postrer momento que estuvimos en San- 
tiago, y de las ideas que me acompaSaron despues en mi 
viaje y que no me ban abandonado durante todo el tiempo 
de mi ausencia. 

"Ea este caso, Luisa, tendr6 que hablarte de todos aque- 
llos incidentes que, haeiendo mi desgracia, me dieron la 
felicidad. jPero con qu6 objeto, Luisa, estar obligado a te- 
ner tal reminiscencia? jNo me basta acaso tu confesion? jNd 
he estado satisfecho con ella? ^Para qu^ es mas? ^Para qu6 
recordar acios que t^ conoces, delirante amargura que te 
habia escrito, dicha suprema que me caus6 tu arribo y tus 
palabrais? Ai, Luisa! jFui tan feliz y lo soi como nadie pue- 
de serlo! Y y o mismo no comprendo c6mo cabe en mi pecho 
tanta alegrial 



/ 



B26 



jbM fticauTFOf mOi vmauK 



"jPero has visto,' Luisa, c6mo el amor madara el juicio? 
Te aseguro que no solo me haces vivir, sino tambieu refle- 
xionar, y que he llegado a escalar las altas rejiones de la 
intelijencia nada mas que porque s^ amar! ^Qa^ era yo an- 
tes de oonocerte? Un j6ven sin ideas, sin discernimiento, 
casi sin aspiraciones, marchando ea ua circolo estrecho y 
obrando bien per instinto; mientras que ahora soi todo un 
hombre, ahora comprendo lo bello, deseo lo heroico, admi- 
ro lo sublime, Ahora he adquirido gran variedad de cono- 
cimientos y la posesion del valor de mi ser y de la dignidad 
humstna. Ahora no tengo ni temores ni arrogancias: soi hom- 
bre delante del hombre y no me encorvo ante la presencia 
de un emperador, asi como no desprecio a un mendigo, pues 
disto tanto de la soberbia como de la bajeza, Ahora han 
jiesaparecido para mi mil preocupaciones: preocupacion de 
familia, preocupacion de foituna, preocupacion de raza, 
preocupacion relijiosa, preocupacion politica, preocupacion 
social; todo, todo ha volado, todo ha desaparecido ante la 
fraternid^d, la libertad y la igaaldad humana, conslderada 
esta liltima en cuanto al derecho jeneral del hombre y no 
en cuanto a los atributos con que Dios ha dotado o Astin- 
guido a los individuos en su personalidad propia; y este in- 
menso cambio es debido unicamente al enjendro de la pa- 
sion en mi espiritu, a quien ha fecundizado asi. 

"|Qu6 prodijios, qu6 portentos, mi adorada Luisa, no hace 
el fuego divino del amor! En nuestras relaciones sociales, en 
el trato familiar de los hombres, jc6mo lo suaviza, c6mo lo 
endulza, c6mo lo fraternizal El amor nos hace mas compa- 
sivos, mas miser icprdiosos, mas induljentes, pudiendo ase- 
gurar que el que' ama nunda castiga sino que perdona, por- 
que de su corazon brota sin esfuerzo la santa miel de la 
^caridad! 

"jEn cuAntas ocasioneS) independiente del raciocinio, no 
he es'perimentado yo esta verdadl En mis viajeSj en los mul- 
tiples accidentes del que corre de una parte a otra, en las 



I«Ot BSOXtTOS DXL ^SBLO. 527 

variadas relaciones que s^ ve obligado a formar, en la di- 
versidad de personas y de caracterea con quienes tiene que 
tratar o contemporizar, en todos estos casos he rec nocido 
la influencia ben^fica del atnor, porque me ha servido en 
todos ellos como la mejor gaia, como el mejor Mentor. 

"jY sabes otra cosa, Luisa? La persona que ama es jene- 
ralmente amada: hai una irradiacion de afectos que nstce de 
ella y se esparce a su alrededor, formando una atm6sfera de 
simpatia que atrae involuntariamepte; de modo que ese 
sentimiento no tan solo eatd en el ser que lo esperimenta, 
flino que se repercute en los otros, produciendp una especie 
de benevolencia jeneral y reclproca. ;Ya ves cuantas virta- 
des tiene el amor y cudnto se alcanza con ^1! jPero para qu^ 
declrtelo cuando debes saberlo, y saberlo mejor c[ne yo! 

"Yoi a hacerte una pregunta, Luisa: ^no has pensado mu- 
chas veces que yo estaba a tu lado en Santiago cuando con- 
versabas con mi hermana y con mi maestro y cuando han 
debido ir a verte mis padres? Indudablemente que si, por-' 
que a mi me hia parecidp estar presente a esas conversacio- 
nes, estar casi oy^ndolas. 

"Hai veces que creo en la aparicion de los esplritas por 
lo que a mf mismo me pasa, independiente de lo que se 
dice sobre ellos y de los casos que se xjitan; y en yerdad, 
^no es el alma menos corp6rea que la electricidad? Y si esta 
recorre los espacios con una velocidad sorprendente, jpor 
qu^ no habia de recorrerlos aquella? Y si ese fluido Uega 
sustancialmente al t^rmino dado, gpor qu^ en el mismo ca- 
rActer y bajo las mismas condiciones no hemos de Uegar 
nosotros? Ya ves, Luisa mia, de cudnto es capaz el amor; 
jpor qa6 lo condenan algunos en vez de recibirlo como un 
gran beneficio de DiosI Por mi parte, Luisa, si medijeran 
de renunciar a n^i pasion, mas valiera que me dijeran de 
morir, porque mi amor es mas que mi vida, pues sin ^1 yo 
no comprendo lo que seria de ml. 

/'Mis trabajos, mis ocupaciones^ los conocimientos que ad- 



528 £00 noBXTOB dil, i^tnikLO. 

quiefo son tuyos, todo te lo debo; porqae no doi un paso, 
porque no hago nada sin referirlo a ti: eres mi eatimulo, 
mi medio y mi fin, y si me lo arrebataran, todo caeria en 
tierra, todo desapareceria como el homo. 

"Ahora, Luisa, dime ^cadndo regresar^? A pesar de mi 
confianza, a pesar- de la seguridad qlie tengo de ta amor, 
a pesar de la poaesion moral que me has dado, sin embargo 
deseo verte; y si al principio me bastaba lo primero, ya me 
parece que necesito lo segando. La mejor frase que puedes 

» 

contestarme es esta: "ven." 

Empero, mi adorada Luisa, obra como quieras; yo no 
tengo mas lei que tu voluntad. 

Escusado es que te diga que abraces a mi hermana y a 
mi maestro, porque lo hards sin que yo te lo recomiende, 

Y mis pobres y queridos padres! Hdblales de mf, Luisa, 
y te amardn mas de lo que a mi me aman. ^ 

Qa6 momentos me esperan! Casi no quisiera pensar en 

ellos! Soi mui feliz.. . Seremos moi felices. . . 

Tayo para giempre, 

Enrique." 

III. 

Enrique solo se iabia limitado a escribir a Luisa sus im- 
presiones amorosas, sin hacer referenda a sas viaies, reser- 
vando este asunto para su maestro. Su carta, mas lac6nica 
que la que dirijia asu amada, estaba llena de obaervaciones 
juiciosas que varaos a copiar en parte por si pueden ser 
Utiles. 

H^Ias aqul: ' 

^^San Francisco^ marzo 2i de 1853. . 

"Querido maestro mio: 
''He hecho mui bien en seguir su cons9Jo, porque he visto 
una sociedad distinta a la nuestra, puede decirse, casi un 
mundo nuevo. 



Xios B}E03B!cos DSL nss3sm, £29 



'^iQu^ progreso! qu^ activid&d! qu6 enerjia en la accion 
individual y colectiva deests gran pueblo!. Caando recuer- 
do nuestra manera de obrar pausada, leata, pereaosa, y Ja 
compare con la accion clecidida, con el espiritn de empresa 
que anima a cada individuo y a esta nacion en jeneral, com- 
prendo y compadezco el atraso de nuestro pais, la somno- 
lencia en que vive, los pasos contados fcon que avanza en la 
senda de la civilizacion! 

"Nosotros, maestro mio, y usted lo sabe mejor que yo, 
estamos mui atras; y aun cuando por espirifcu de nacionali- 
dad quisi^ramos ocultarnoslo, nos vemos obligados • a reco- 
nocerlo y a confe^arlo; empero, ^en qu^ consiste esta diferen- 
cia? H(5 aqui la pregunta que me lie hecho y lo que he tra- 
tado de investigar para ^onformarmo a sus deseos y seguir 
BUS consejos que taato me ban sarvido y ma sir^^en y cuya 
ntilidad y conveniencia palpo a cada momento. 

"^Serd,n mis deducciones buenas? Eito lo ignoro; pero las 
someto a su jui^ip' para qua las califique, no poniendo en 
alias el menor amor propio y desconfiando macho de su 
exactitud; sin embargo, esoero que la sanidad de mi prop6- 
sito me granjee sil iaduljencix Eatrar6 desde luego en ma- 
teria sin pretension la qae menor, puo^ no soi ni estadista, 
ni politico; ni jiifi&cQiLrdl o, saio qae emito mi opinion sin 
darle la menor importaiicia y solo como 6l discipulo que 
da a su maestro la lecoion qi'ie le han ordenado estudiar. 

"Paes bien, mr^estro mio, todo el secrato de la preponde- 
rancia de los Estados Unidos, de su progreso sin ejemplo 
en las sociedades pasauas y piesentes, (l^ la estabilidad de 
BUS instituciones, de la paz inalterable de que gozan'en 
medio del mas activo movlmieato de sus habiLantes, de ha- 
ber sobrepujado en m nos de ana ceat^ria a las otraa na*- 
cioaes, de sus griindtis ecipresas, de sus grandes inventos, 
de sua multiples y v;a'ia.:Ia3 iadustruis; el secruto de todb 
esto me parece que provicne en su mayor parte, por no de- 
cir totalmente, de la libertad amplia de que goaan; poique 



630 um BieuvoB dil fuiblow 

aqul se ve libertad polftica, libertad civil, libertad relijio- 
sa, libertad de indostria, libertad de asociacion, libertad en 
todo J para todo; j esta libertad, centuplicando las faerzas 
del hombre y desarrolWndolas, ha creado esa enerjia ind6- 
mita en el individuo, enerjia que todo lo vence j que ha 
echado por tierra las preocupaciones que no3 agovian toda- 
via a nosotros. 

"En Chile vemos mui marcado el espiritu de familia; en 
Efitados Unidos solo existe una gran familia. 

"En Chile vemos las prerogativas de los que se dicen no- 
bles, prerogativas de hecho aunque no de derecho; en Es- 
tados Unidos todos son iguales y por consiguiente, todos 
son nobles. En Chile hai el esclusivismo relijioso que enjen- 
dra los odios de secta, en Estados Unidos la libertad reli- 
jiosa que establece la tolerancia que es la fraternidad del 
pensamiento bajo distintas formas. 

"En Chile existen clases privilejiadas como el clero, en 
que no alcanza la lei civil; en Estados Unidos los compren- 
de, los proteje y los castiga a todos porque todos son ciu- 
dadanos. ' 

"En Chile estdl uno obligado a pagar por el culto que no 
profesa, a mantener la relijion que no tiene; en Estados 
Unidos cada cual sostiene su creencia y mantiene su igle- 
sia: todo depende de la voluntad, no de la fuerza, de la li- 
bertad, no de la violencia, y al simple deista nadie lo mor- 
tifica n'i ^1 desembolsa un centavo por ritos que no se armo- 
nizan con sus ideas. En Estados Unidos es donde est& en 
prSctica este gran principio: La Iglesia Ubre en el Estado 
lihre^ y asi es como se vive en armonia. 

"En Chile el pueblo es nada, eh Estados Unidos el pueblo 
es todo. 

"En Chile est^ coartado el 'sufrajio por el despotismo de 
las autoridades, y los que debieran velar por la libertad son 
los que la conculcan; en E3tados Unidos las autoridades se 
abstienen de toda intervencion y solo vijilan por conservar 



I 

V 



I 



\ 



£08 UKOtXXOS DSL FGUBXiO. 531 

^el 6rvden para que se mantenga intacta esa misma libertad 
que entre nosotros se mata. 

"En Chile todo se centraliza y sin embargo se vire en 
la discordia; en Estados Unidos no hai tal centralizacion de 
pod^res y sin embargo hai armonia y hai unidad. 

"En Chile parten del ejecativo los gobernadores de las 
provincias y los pueblos no tienen ni vida propia ni repre- 
sentacion propia; en Estados Unidos nombra cada estado a 
BUS jefes y deliberan sobre sas conveniencias sin dafiar en 
lo menor el nervio poderoso de la gran nacion, sino que 
con ese r^jimen se fortalece cada dia con la prospeYidad de 
todos. 

"En Chile tenenods la libertad en la palabra y la esclavi- 
tud en la prdctica; la repiiblioa como principio, la monar- 
quia con^o hecho; la democracia escrita, la aristocracia rea 
lizada; mientras que en Estados Unidos, libertad, repiiblica, 
democracia, son una realidad, no una* ilusion, no una voz, 
no un finjimiento. 

"En Chile hai candidaturas oficiales que hacen de la re- 
presentacion nacional una burla grosera; en Estados Unidos 
solo hai candidaturas populares que llevan al congreso los 
independientes, y por consiguiente lejitimos representantes 
de cada estado. 

"En Chile se desprecia el trabajo y al trabajador; en Es- 
tados Unid08 se santifica al prlmero y se hbnra al seguado. 

"En Chile el artesano doblega la cabeza, se avergiienza 
de serlo, y solo acepta la labor como una necesidad; en Es- 
tados Unidos lleva el trabajador alta la frente, se hombrea 
con todos, no se hnmilla ante nadie, porque tiene concien- 
cia de su dignidad de hombre que no le han arrebatado las 
preocupaciones ni se la jarrebatardn jamas. 

"H^ aquf, maestro mio, de donde proviene en mi humil- 
de concepto la admirable y lejftima virilidad de este pue- 
blo, que no acepta ningun yugo porque ha sabido romper 
Qon todas las tradipiones del pasado, ^on todas las institu- 



S33 &CI8 fifiOEZSTOB DSL PtnEBliO. 

Clones del presente que rijen a lo3 deiTias; paes no tiene iai 
quiere reyes porq,ue el es e) gran rei; no acepta soberanos, 
porque ^1 es el soberano; no reconoce aristoeracia, porque 
posee la aristoeracia de Dic^, el indiviuu:i]i>?mo que se desa^ 
rroUa en fuerza de las facnltades natura-es con quecadaser 
es dotado; no tiene relijion cada, relijioa oficial, relijion 
dominante, relijion f??:al"ria'lr»; r irpon e^clusiva, porque las 
acepta toda^, viviendo^ tid -.7 en pa?^, pues ept'in oblrgadas a 
tolerarse miitn!aiiiente; y a tal puiDto llegan las cousecu^n- 
cias de esta maaera fie s.r, a tal gr do ha n.lcanzado el sen- 
timiento de digiudcd er. r >ci boiribre.^, que con dificultad 
se encuentra un yanke.; quo quiera r,*:rv^ir de criado. El 
yankee pisara brvrro, c.^TttwA leu?., l'"^!id!'d caanfco destino se 
le presente, frabajara pr.ra todo.el ijAi:n'^:o, p?ro sin sujecion 
y con independeTicia, paes s?.be qu^ ti"?tbaja para sf mismo; 
pero en cuanto a li dcme^rlcirlrd. no la acapta, asi como sua 
diploniSticos no aceptan la*^ libreas con que exijen los reyea 
que se presentea a sua cortes en sus recv^pciones oficiales, 
sino que el yankee ird vestido de c:.ballero, pero nunca de 
payaso; y esa independeiicia, eso despr3cio por las ridicule- 
ces aristocrdticas y mondrquicas, lo han .sabido imponer, 
dandoles este solo heclio mas prestijio en los otros paises, 
que el que. Iiubieran obtonido conformdndose a esa etiqueta^ 
inventada por la vanidad de unos hombres que, aunque es- 
tdn colocados sobre tronos, nada tienen de superior a los 
demas, sino que ban invertido las leyeg de la naturaleza de- 
gradando a la especie y causaadole los graudes males de 
que todavia itdolece y las monstruosas absurdidades en que 
tddavia cree. 

"Empero, maestro mio, este hermoso cuadro no deja de 
'tener sus defectos: los arnericmos del norte hau llevado 
hasta la exajeracion ese prinoipia de digaidai y se han 
hecho soberbios. EI yankee tiene por lema y esta persuadido 
del siguiente absurdo, dioiendo cjn mucho enfasis y como 
una verdad inconcusa: "iVb admitimos puperiores ni reconoce ^ 



I 

V 



mos iguales!^^ La primera proposicion puede talvez aceptar- 
se, pero la segunda es ua batbarismo que va de U^no con- 
tra la doctrina de Cristo, contra la fraternidad humana y 
que mas prueba ignorancia que ciencia; pero el orgullo y la 
soberbia, hijos de las preocupaciones, e8t4n probando clara- 
mente que aan no se ha alcanzado, que aun se estd, mui lejos 
del conocimiento perfeicto de las cosas, de la manera como 
debe vivir el bombre y que conserva todavia los defectos 
de la esclavitud; porque.el hombre libra, el hombre verda- 
deramente superior no despotiza al debil sino que lo com- 
padece y lo ayuda; no avasalla al igaorante, sino que lo 
ensena; pues sabe que su ciencia es nada, y que pequenos 
aecidentes no pueden elevarlo mucho mas alto que su her- 
mano, porque el ignorante es hombre, asi como lo es el sa- 
bio, y la sabiduria humana no se estiende a muchos, porque 
el pobre e^ hombre, asi como lo es el rico, y la riqueza hu- 
mana t3o va m'ii lejos, porque todo es caduco y perecedero 
y lo que poseemos lo dejaremos de poseer manana; de ma- 
nera que no vale la pena de en6rgulleoerse por tan tranai- 
torias ventajas, en caso que en realidad lo sean. ^No es usted 
de mi mi&^^ma opinion, maestro mio? ^No cree usted que 
aquel que mira a todos con induljencia, que a todos trata 
como hermanos, que no de&precia ni al pobre, ni al desvali- 
do, ni al d^bil, ni al salvaje, ni.al ignorante, es el quesigue 
la lei de Jesucristo y que la lei de Jeaucristo es la lei per- 
fecta? ^No piensa usted que es una imperfeccion, una prue- 
ba de poco conocimiento moral y de estrechez de miras ese 
orgullo yankee? (1) La verdadera superioridad, ^no me ha- 

(l)vHai nn fen6meno por demas cnrioso que exists en Chile y que siempre nos ha 
chocado, sin podernos dar olaramente cuenta de 61, y 6ste consiste en el orgullo que 
desplegan los estranjero^ respecto de noaotros, y parti cularmente los inglesefe, desde 
el momento de pisar eatas playas, y el acataTuiento inmotivado con que los rtcibimos 
y con que. los miramos, pareei^ndonos tan eatravagante y tan fuera de razon lo uno 
como lo otro. Existe, es verdad, la preocupacion de nacionalidades, y esta es mas 
fuerte mientraa la potencia es mas poderosa, llegando a considerarse superiores los 
unos a los otros por haberles tocado la casualidad dd nacer en tal o oual paii que tlene 



8S4 UM SMOtnos dil pitbia 

bia diclio nsted muchas veces qae consiste en la hamildad, 
asi oomo la verdadera moral en la caridad, y la caridad ea 
la fraternidad? 

Pero no en este el solo defecto que he encontrado en este 
pais tan digno bajo todos respectos de ser estadiado e imi- 

mayor nt^mero de oafiones, que haoe ostentacion de mayor ftierza, qae ha ganado ma- 
yor numero de batallas, que caenta con mas indastrias o mas medios de prodaeoion, 
que ba teoido mas sabios, qne posee mas cienclas, en'que estd mas difundida la cmliza' 
eioD, y creemos que no andamos escasos eu aeordar ventajas; pero, ^qud tiene que ver 
todo esto con el individuo? ;Acaso el ingles^ el francos, el aleman, el yankee quorllega 
a Chile, tiene, por el hecho de haber naoido en Londres, en Paris, en Berlin, o en 
Waehlngten, toda la ciencia, toda la sabiduria, toda la industria que han adquirido 
aquellas naciones? ^Por el hecho de venir al mundo en tal o cual lugar se adquiere u^ 
m^rito? es un motivo de snperioridad? Asi lo creen ellos j asi nos parece que lo pen- 
samos nosotros; ipero hai preocupaclon mas absurda y mas infundada por una y otra 
parte? ^Hal ridiculez mayor que el orgullo de ellos y que la sunusion nuestra? 

Nosotros no queremos despojar a nadie de su mSrito, no queremos hacer cuesUones 
de nacionalidades, stno que al contrario, vamos contra ese espiritu que no tiene razon 
de ser y que si existe, desaparecerd algun dia; y menos tenemos ojeriza por 4ste o aquel 
pueblo, pues los consideramos a todos como hermanos y formando parte de la unidad 
humana; pero por lo mismo, nada hai de mas justo que el que\se valore al hombre por 
Bu m^itto personal y no por el lugar de donde yenga o doude haya nacMo, aun cuando 
6ste fuera el Cielo Empireo. ^Qu^ es lo que debe acatarse? Nada mas que los opnoci- 
mientoB o las prendas que adornan al individuo, pero no por su naclonalidad, porque 
4sta no acredita ni disminuye los m^ritos de la persona, asi como no debe acrecentar 
ni dismiriuir nuestra consideracion: acada ono segun sua obras, dicen losSaneimonianos, 
y esta doctrina estd basada en la equidad. 

Pretenden los estranjeros que ellos nos traen la cirilizacion y que, por oonsigulente, 
debemos estarles mul agradecidos. "iQu6 fuera de ustedes sin nosotros, gritan de yoz en 
cuellor'^Y se pavonean henchidos de orgullo y creen que han dicho una verdad tan 
grande como el Evanjelio; y a nuestro turno la aceptamos como tal y les damos las 
gracias con nuestro respeto y nuestra consideracion. ^Qui^nes son en este caso los 
mas ignorantes? Ellos o nosotros? En nuestra opmion, ambos. La civilizacion no es el 
patrimonio de un pueblo, sino de muchos pueblos, no proviene de nna jeneraclon sino 
de muchas jeneraciones, no reconoee ni amos ni propietarios, sino que es el espiritu de 
Dios esparcido por todo el mundo, reconociendo por linico heredero al hombre y no al 
franees, al ingles, o al espafiol. ^Qn6 se diria si tuvieran la pretension de afirmar que 
tambien les6ramo8 deudores de la luz del sol, porque ella viene de Oriente a Occiden- 
te? Se diria, y con razon, que eran unos locos. Pues mas locos son cuando se hacen 
dueiios de la civilizacion, que es todavia mas di&fana, mas etdrea, maa fugaz, menos 
,apropiable que la luz del sol; y si es on absurdo lo prlmero, ;c6mo debemot considerar 
lo tiltimo? 

^De qni6n tienen ellos la ci?ilizacioa que blasonan? De los asirlosi de los fenicioi^ de 



/ 



um SBcnnros dsl ptrmLO. 535 

tado, sino qne lie hallado mas arraigada que en ningana par- 
te la preocupacion ciega del diaero, eata preocupacion que 
invade al mundo, que se apodera de los corazones, que es el 
idolo dominante de nuestfa ^poca, pero que aquf impera 

lot griegos, de los .romanot. ^Y por qu6 no reconoceD, no agradecen a aquelloi^ lo 
qne qnleren que les resoonozcamos y qne le agradezcamos a eilos? 

Pero se dice con mucho ^nfasis: si nosotros no traj^ramos comercio e industrias, nt- 
tedes no tendrian nada y earecerian de todo. Este es nn nuevo error y nn nuevo ab- 
Burdo. ;Nos traen acaso ese comercio y esas industrias ^nicamente por favorecernoB? 
Si fuera as!, tendrian razon y hablarian con justicia; pero cuando lo hacen por sn con- 
yeniencia, por su interes privado, por la ganancia que les resulta, ^donde estA el servi- 
cio? d6nde estd el bieo? Y si lo hai, nos parece que ea reciproco y que ni ellos nl 
nosotros tenemos nada que agradecerles, ni nada que agradecprnos. De consiguiente, 
por qu6 no tratarlos y que nos traten bajo el mismo pi6 de igpialdad y con recJprocas 
consideraciones? Es preciso, pues, que se desengaiien ellos y que nos desengafiemos 
nosotros pata que en lo sucesivo sepan que es infundado su orgullo y sepamos que es 
no menos infundada nuestra consideracion, consideracion que llega hasta el grado de 
annlarnos nosotros mismos, perdiendo muehas ventajas que nos pertenecen y que debie* 
riimos y pudieramos aprovechar. 

No es nuestro &nlmo crear animosidades que no sentimos, qne dese&ramos que nadie 
las tuviera^ porque son injnstas tanto de una como de otra parte, pero no podemoa 
menos de bablar, comb lo dijimos al principio de esta nota, sobre un fen6meno que nos 
ha choeado y nos choea todavla, pues estamos palpando las prerogativas que se dis- 
ciernen ellos y las preferencias que nosotros les acordamos; asi, por ejemplo, en las 
adminiitraciones deBancos, en que entran por tres cuartas partes los capitales chilenos, 
Temos que se confieren los empleos principales a est^anjeros; y esto no es nada^ sino 
que se les abre cr^dito con mucha mas facilidad a ellos que a nosotros y que aun 
euando posean menos fortuna que un chileno, tienen sin embargo mayor acoesit, mas 
franquieias y consiguen los capitales que necesitan con menos trabas, guard&ndoles a 
la vez toda especie de consideraciones; mientras que a los cbilenos les cuesta, y son 
recibidos con aires de proteccion desp6tiea, ni mas nl menos que si les dispensaran ana 
graoia. {Y sin embargo, oasi todos los accionistas o li^ mayor parte son chilenosi 

Se diri tal yez que es indispensable que echemos mano de ellos porque nosotros so< 
mos incapa<^es de administrar nuestra fortuna; ^p^ro son tan grandes, tan escepciona- 
les, tan raros |os conoclmientos que se necesitan para esto? Creemos que no, y que les 
damos la preferencia nada mas que por una preocupacion inveterada. 

Mui distantes estamos que por espiritu de nacionalidad, espfritu que combatimos 
tanto en ellos como en nosotros, no se conceda a la capacidad y a la intelijencia toda 
la consideracion que merece y todas las recompenses y ventajas imajinables, cualquie* 
ra que sea el pais de donde proceda el iDdividuo; pero de esto ,a la parcialidad ciega 
que se tiene, hai mucha distancia, y esto es lo que criticamos en jueticia y sin la menor 
animosidad por nadie ni contra nadie, pues tratamos la cuestion en t4sis jeneral y 
como una obserracion un acrimonla sobre nuestras costumbres^ con el fin de que se 
eorri\jaB4 ^ 



B86 moB iOxssxsoB dsl vnsBUh 

Bobre todo, o mas bien dicbo, es el todo, ea el priaoipio, el 
medio y el fin, refiri^ndoae cuanto hai a este solo punto, 
donde converjea todaa las aspiraciones^ pues' ^\ dollar es 
el Dies favorite y 6.uico del yankee. Usted debe compren- 
der, maestro mio, que al espresarme a^i, hablo sobre el es- 
pfritu dominante de este pais, sin contar honrosas y nume- 
rosas escepciones. 

Es indudable que esta pasion por el dinero es una de las 
principales causas, qnhi la primera, que empuja a las gran- 
des y atrevidas empresas, que crea los nuevos iuventos y 
desarrolla de una manera prodijiosa la industria* jpero con- 
sagrar toda nuestra vida y todo nueatro pensamiento a este 
solo objeto, me parece desvirtuar nuestra nataraleza, meta- 
lizar nuestro corazon, hacer que no sienta los grandes afec- 
tos, que no conciba las grandes ideas, que no aprecie ni 
comprenda las grandes virtades! ^No es usted, maestro mio, 
de la misma opinion? gNo he recibido de. usted estaa mismas 
lecciones no hace mucho tiempo en aquel inolvidable retire 
de la hacienda de San JorjV? 

Las observaciones de entonces, senor, me han servido 
ahora, he venido a palpar sua efectos y por ellas a ^acar mis 
deducciones, arraigdndose en mi mente cada dia maa su 
doctrina, porque veo sus tendenclas civilizadoras y huma- 
nitarias y en las que se encuentra la verdadera felicidad de 
la humana especie. 

Este espiritu yankee, materializando el alma, no nos eleva 
sino que nos dejenera. 

Los "que quieran ver en nuestra critica .una mala predisposicion en contra de loa es- 
tfanjeros, se equivocan. Tenemos muchos y mni buenos amigos entre elloa, cuyas pren- 
das reconocemos y apreciamos individilalmente, y ademas, boulos bastante viejoa y 
un poco reflexivos para que^la esperiencia y el raciocinio no bubiera deatruido en noso- 
tros una preocupacion injusta e impropia de un hombre ct)n algunas pocas ideas. 

Nada es mas natural que el amor por su pais, por el suelo donde uno ha nacido, 
donde han vivido sus padres y sus afecciones mas caras; pero esto no es motive de va- 
nidad, de crguUo, de superioridad de ninguna especie; pues el m6rito del individuo 
debe estar en si mismo, estd 90 sus cualidades personales y no en la localidad de don- 
de procede, porqud esta clase de superioridad ao ea ma» qu« una preoeupacion yana j 
fibiorda. .,« . , 

I 



y 



tM StCBlVOB DXL FVBBLO* 



637 



"Todo lo que hai de mas tierno, de mas hermoso y de 
mas sublime en el seutiinieuto y en la idea, eutVa en esa 
s^d brutal de lo que se llama placeres corporales; entra, no 
teniendo en vista ctra cosa que nuestras necesidades ffsicas, 
entra en el buUicio, en el festin de las pasiones dejenera* 
daS| en los goces efimeros de la pstentacion vanidosa, en el 
Injo, grande o pequefio, porque todo es relativo, pero que, 
sin embargo, aniquila o ahoga las nobles aspiraciones, loa 
pensamientos elevado)3, la poesia de que est&n mas o menos 
dotadas todas las alinas. 

''£1 yankee, hablamos' siempre en t6sis jeneral, no recono- 
ce btra lei, puede decirse asf, que el trabajo, ni otra aspi- 
raciop que el dollar: el principip el medio y el fin de las 
acciones de cada uno de los americanos del norte est4 ba- 
sado alll, ticnepor fundamento, y podriamos decir, por nor- 
ma, esos dos estimulantes poderosos que ban llevado a ese 
gran pueblo al estado de prospericiad matei:ial en que se 
encuentra; y si bien es verdad que la satisfaccion de nues- 
tras necesidades fisicas entra por mucho en el desarrollo de 
nuestras fdcoltades morales, no es menos cierto que la con- 
traccion absoluta a lo primero adormece lo Ultimo, porque 
el individuo que no tiene en vista mas que la fortuna y el 
medio de adquirirla, se ve obligado a consagrar mui poco 
tiempo al perfeccionamiento intelectual: y en prueba de 
ello, querido maestro mio, verA usted ea este pueblo gran 
cantidad de activos e intelijentes comerclantes, de hdbiles 
injenieros, de millares de industriales, pero no encontrar^ 
usted sino mui pocos hombres consagraioB esclusivamente 
a la ciencia, mui pocos profandos y distinguidos medicos, 
mui pocos escritores de nota cuyas obras llamen la atencion 
universal, mqi pocos poetas cuyas sentimentales o en^rjicas 
estrofas llenen el milndc: de tQJo esto encontrar^ mui poco 
y comparativamente menos que en los otro3 pueblop, por- 
que a mi enteuder, el trabajo inoesaute j la 4ttioa aspira- 



VOll^lT. 



W 



% 



cion a la ganancia, impiden que se esplayeel alma y vuelea 
las rejiones del idealismo. 

"Por otra parte, maestro mio, esta manera. de ser del 
hombre me parece que lo lleva a la estrechez del egoismo 
y asi es como este defecto, o dir^ mejor, este vicio, se je- 
Deraliza mas en ciertos pueblos, not^ndose que es menor el 
desprendimiento de los individuos alK donde mas se con- 
sagran al materialisilio del lacro,* y esta es la razon que 
me induce a creer que entre nosotros hai mas fraternidad, 
mas benevolencia, mas hospitalidad que en naciones como 
lo8 Estados Uiiidos, que cuentan con elementos de progreso 
que no son conocidos entre nosotros. 

"Me he estendido mas de lo que debiera en mis observa- 
clones de j6veD, pero debo a usted estas esplicaciones, por- 
que su espiritu y su enseQanza me ban inducidoa hacerlas. 
Yo puedo, maestro mio, estar mui equivocado. Mis cdlculos 
pueden ser mui falsos. No pretendo que se d6 a mi manera 
de ver las cosas la menor importancia, y ya creo hab^rselo 
dicho; pero tambien era indispensable que me esplicara, 
puesto que usted me indujo a hacer este viaje, del cual no 
me arrepiento, siao que por el contrario, me congratulo, 
agradecidadole a usted la indicacioa que me hizo antes de 
partir de Chile, porque sin ella habria viajado por otros 
pueblos que no me hubieran dado el caudal de esperiencia y 
conocimientos que he debido a ^ste; asi es, respetable maes- 
tro, que aun en lejanas comarcas su inflaencia ben^fica me 
sigue y meproteje, independiente de aquellaotra influencia 
que usted conoce, independiente de la influencia de Luisa 
a quien refiero todas mis acciones y todos mis pensamientos; 
a quien consagro todo mi ser. 

"Yo debiera, querido maestro, haber comenzado mi narra- 
eion pt r un incidente que'entra por mucho en* mi felicidad, 
pues ha de saber usted que no solo tengo a una amante, que 
no solo tengo a un mentor, sino que tambien he encontrado 
a un amigo... jUn amigo!... Maestro mio, iqu6 palabra j 



liOCI 8XCBXT08 DSL PITKBLO, 539 

qu^ afeccion tan dulce! Luisa hall6 a mi hermana, y yo he 
hallado a Pederico Bradfort! ^Pero qai6a es Federico Brad-^ 
fort? me pregaatard usted; y bien, voi a contestarle: Fede- 
rico Bradfort es una de esas almas que no padiendo vivir 
en el mundo, porque todo caanto les rodea es miseria y 
egoismo, y porque no estando en su verdadero centro, qui- 
60, en un momento de desesperacion y de desengano, volar 
hrfcia la mansion de los dnjeles hayeado de la mansion de 
los hombres: Federico Bradfort es ua jovea que se ahoga- 
ba en la bahia de San Pablo y a quien tuve la fortuoa de 
salvar: jDios me ha recompensado, y me ha recompensado 
grandemente, ddndome un amigo! 

"Ah! maestro querido, usted debe saber cudnta d^licia se 
encuentra en la amistad! Ustec?, que ha teuido lagar de sen- 
tir y de apreciar la del padre de Luisa, la de su camarada, 
de su colega y de su amigo Eduairdo!,.. 

"Yo le he abierto mi corazon a este j6ven y todos mis res- 
petos, todas mis aflixiones se las he comnnicado. Yo le he 
hablado de usted, de Luisa, de mi hermana, de mis pjadres, 
de la pobre Eloisa, y juntos hemos derramado Idgrimas de 
entusiasmo par las virtudes de usted, per la subliraidad de 
mi amada y ppr las cualidades que adornan a Mercedes y 
que distinguen al sarjento Lopez y a su digaa esposa Marta 
Garrido. Yo le he revelado to'da la historia de mis amores, 
toda la triste historia de la^^nujer del coronel don Toribio 
de Guzman, toda la abnegacion de este hombre, todos los 
sacrificios de Eloisa, toda la maldad de nuestros per^egui- 
dores y tambien el castigo que mi padre y yo nos vimos 
obligados a imponer al desgraciado autor de nuestros ma- 
les, a quien, a pesar de todo, no odio, sino que compadezco, 
porque 61 debe ser infinitamente mas desgraciado que aque- 
lloa a quienes pretendia aniquilar, aquellos a quienes preten* 
dia ofender... 

"jY si usted supiera, padre mio, c6mo se impresionaba 
mi amigo Federico! Si qsted lo bubiera visto abra2;arme y 



' 1 



S40 %lk fMntnot ml rtswsuk 

derramar Ifigrimas! Si usted hubiera oido sus espresiones! Si 
nsted sapiera cudnto lo admiraba, codoto le agradecia el 
bien que me habia hecho a mi y que habia hecho a mi her- 
maoa! jSi osted sapiera coa qu^ conmocion tan piofaoda 
oia el relate de I03 infortanios de Mercedes y la especie de 
adoracioa que le tributaba! Si usted hubiera presenciado 
todo e&to, estui seguro que lo quer-ria.como yo lo quiero! 
Estoi seguro que tendria por 61 taata amistad como yo la 
ten^fo! 

"jY despues, despues cuando le hablaba de,la manera 
como yo estaba unido a Luisa, del juramento que habiamoa 
contraido, de ese matrimonio moral basado Anica y esclu- 
Bivamenteea la voluntad reefproca, en labendicion de nues- 
tros padres, en el beso dado y recibi^o en el sepnl^ro, se 
estasiaba y me decia: 

— A&f es como yo comprendo'el amor, asi es como yo 
comprecdoel matrimonio. 

"jY, maestro mio, horas y hora«; sq transcurrieron, y dias 
de dias schan pasado sin casi apercibirnos del trascurso 
del tiempo, porque, engolfado yo en mis recuerdos, le co- 
municaba a ^1 mis impresiones y 41 las sentia como yo las 
sentia, y se ideutificaba conmigo, y eramos uno, porque 
eramos amigos: secreto de las almas que no se esplica, pero 
que se epperimenta! 

"Yo no he escrito a Luisa, ni a mis padres, ni a mi her- 
mana este incidente; pero se lo comunico a usted, que parti- 
cipa de todos los afectos, ^ue goza por todos, que los 
comprende todos, que es dueQo de todos; sin embargo, la 
reserva que guardo no lo es, porque no tengo inconveoiente 
en confesarles a ellos lo que a usted le revelo y estoi seguro 
que ellos quedar^n satisfechos de mi relacion nueva, acep- 
tando a mi amigo como yo lo acepto y como yo lo estimo. 

''Pero le dir6 a usted francamente lo que ha conmovido 
mas a Federieo, sin decirmelo ^1, porque yo lo he adivina- 
do o conocido; pero' son las desgracias de^ mi hermana, y es 



tM BicnuReoB mOi wmaUk ■ Sil 

el desprendimiento de nsted, es su apoyo para levontarlo, 
para izarla a su altara, para dar[e su posicion, sii for tana y 
su rango, para prestarle el ii:)mbro ilustre de Gozman a su 
hijo; pues bjen, senor, esto es lo que ha contnovido mas a 
mi amigo hasta el punto de decirme: "Envidio al coronel, 
envidio a ese anciano virtuoso y noble que ha Uevado la 
calma de la felicidad a esa alma casi anj^lica, p^ro martiri- 
zada porel ihfortunio, infortunio*que no ha dependido de 
ella. lOjali yo hubiera podido estar en su lugar!" 

"£16 aqul, senor, el simple relato de mis impresiones, una 
simple epposicion de mis juicios, una corta pero veridica na- 
rracion de mis sfectos. 

"Ahora me resta decirle que abrace a mi hermana en 
nombre de su hermano, a mis padres en nombre de su hijo, 
a mi Luisa en nombre de su Eariqae, y que todos estos 
afectos se confundan en la admiracion y en la gratitud que 
le deb^ su 

"ElSBlQUE." 

IV. 

Inclusa con estas cartas venia otra en ingles dirijida al 

« 

seSor don Toribio de Guzman,'y que estaba cdncebida en 
cstos t^rminos, que talvez nosotros traducimos,incorrecta- 
mente, pero cuyo sentido, o cuyos conceptos, creemos no ha- 
ber adulterado: 
*'Senor don Toribio de Guzman. 

"Creo que entre hombres no hai escusa que pedir por 
dirijir uno a otro una carta. 

^Yo soi hijo de una chilena: mi madre naci6 en Santiago 
y contrajo matrimonio en la misma ciudad, vie n dose mi 
padre obligado, au^que por mera f6rmula, a abjurar su 
relijion; pero este rigorismo lo hizo dii?gustarse de una so- 
ciedad que lo habia obligado a contrariar sus principios, y 
regresd a su patria, los Estados Unidos,, que fambien es la 
mia; sin embargo, nnnca puede uno ser indiferente al lugar 



Ht urn noBimi vm, rumsJb. 

en que ba nacido sa madre, ni tampoco a la relijion que ha 
profesado ella, motive por el caal, ^itf desechar mi creencia, 
fraternizo con el rito cat61ico que fa^ el en que naci6 la mu- 
jer que me di6 el ser. 

"Jil preliminar de mi carta le parecerA estrano; pero los 
yankees no nos.detenemos en las fdrmulas oratorias ni es- 
tamoa sujetos a las reglas de una introduccion esencialmente 
de etiqueta, sino que principiamos nuestras corresponden- 
cias por donde nos viene el primer pensamiento, segaros de 
que despues se 8ucederd.n los otros, y asi me acontece ahora, 
porque vol a entrar en otro 6rden de ideas. 

"Ha de saber usted, senor, que al tomarme la libertad de 
escribirle es porque lo conozco, porque he hablado sobre 
usted muchisimo con mi amigo Enrique, complaci^ndome 
en cuanto 61 me decia, haciendo por sus palaj^ras que na- 
ciera en mi un afecto sincero por su persona y una alta ve- 
neracion por sus virtudes y por sus talentos: h^ aquf uno de 
los motives por que he usado de esta franqueza sin la anuen- 
cia de Enrique; pero el otro motivo es para ml, al menos 
por el momento, el mas esencial, puesto que todo el se re- 
fiere a su discipulo, o lo que es lo mismo, jsi mi Salvador. 

^'Nosotros no somos, senor coronel, para hacer grandes 
circunloquios, sino para irnos de lleno a lo que mas nos 
conviene, o como ustedes dicen: al grano. Pues bien, voi a 
hablarle sobr* mi libertador, sobre mi amigo, sobre mi 
hermano, sobre el hombre desinteresado y magndnimo que , 
nos ha ahorrado un Into eterno, arrancando a mi padre de 
la desesperacion, a mi hermana de la deshonra y a mi de 
la muerte, y de la muerte del suicida; porque yo hice cuan- 
to pude por quitarme la vida, y cuando ya no tenia con- 
ciencia de mi ser, cuando ya estaba consumado el crimen, 
Enrique, con riesgo de su propia existencia, me arranc6 de 
uu elemento que en pocos segundos debia terminar conmigo; 
J como presumo que ^1 no le haya dicho una sola palabra 
de lo sucedido, pues conozco su modestia, y mas que todo. 



hot ilscntitos dsl vmono. 64S 

SQ sistema de nanca hablar de sf mismo y menos ann enco- 
miar sua acciones; como s6 esto, yo me encargo de comani* 
cfirselas a nsted para que no^ igaorc de lo que es capaz sa 
disclpulo, la doctrina que usted le ha iaculcado y el grado 
a donde lo ha Ilevado su ejemplo y sas lecciones: usted pne- 
de vanagloriarse de haber formado un hombre. 

"Pues bien, ha de saber usted, seBor, que yo soi amigo 
de Enrique desde su llegada a California, y que en esos 
primerosy hastaxrierto punto vacilantes pasos de un cono- 
cimieuto nuevo, fui atraido por una simpatia irresistible 
hdcia ^1. 

"Mi calidad de medio paisano fa^ un motivo mas para ir 
estrechan do nuestras relaciones durante seis meses de resi- 
dencia en San Francisco, donde Uegamos a asociarnos de 
tal riianera, que vivimos juntos. 

"Enrique, de una actividad prodijioaa e >ntelijente, no 
solo ganaba mucho dinero con su trabajo, pues se eatable* 
ci6 como arquitecto desde el principio, mediante al conoci. ^ 
miento que yo tenia de algunos individuos, sino que lo 
abarcaba toHo y no habia industria que no estudiase ni ta- 
ller de alguna consideracion que no visitase, dedicando una 
parte de sus noches para el perfeccionamiento del idioma 
ingles en que yo lo ayadaba, aunqae 61 estaba ya algo avan- 
zado cuando lleg6, pues me dijo que a bordo del vapor en 
que habia venido se habia consagrado esclusivamente a 
este estudio, de manera que lleg6 a San Francisco con un 
caudal de voces y cierta facilidad de elocucion poco comun 
en un estranjero, y sobre todo en un individuo que practi- 
caba desde tan corto tiempo un idioma algo dificil para el 
que no est& familiar izado con ^1, o que no ha tenido lugar 
de vivir por largos afios entre nosotros. Yo no hablaba ^ 
espafiol sino que tenia nada mas que como un recnerdo de 
^I, pues mi madre habia muerto muchos anos, dejdodome 
mui peqneSos a mf y a mi hermana Emma, y mi padre no se 
Gontrajo nunoa a enseSiarnos, aino que le oiamoa de vess ea 



Hi IM 81CQUKII08 DBL ITMUA 

cuaiido hablar con alganos estranjeros y oosotros le solia- 
mos pregantar qn^ idioma era ^uel, y ^1 no3 decia: 

— El que hablaba ta madre y el que es precise que uste- 
des aprendaUy por si algan dia van a visitar el pais de mi 
esposa, que se llama Chile y que e^tA situado en el Ultimo 
estremo de Sad America. 

'^Y toda la ensefianza de nuestro padre se limitaba a se- 
fialarnos en el mapa la situacion de esa repiiblica. 

"Hablo de esta circunstancia como de uu accidente, pero 
que ftl6 sin embargo el primer viaculo que me uni6 a En- 
rique, pues yo le servia de maestro de ingles y 61 me ense-v 
fiaba el espanol, de manera que en mui poco tiempo apren- 
di6 cada uno et idioma del otro. 

"El baen ^xito de algunes constrncciones de Enrique, la 
exactitud, la puntualidad en sus tratos, lo m6dico de su 
trabajo, todo esto contribuy6 a formarle luego buena re- 
putacion y un cr^dito abierto; de manera que en mui poco 
tiempo adqui)i6, aan sin codiciarla, una fortuna considera- 
ble, estando llamado a enriquecerse mucho si hubiera que- 
rido pernaanecer aIguno3 pocos anos en San Francisco. 
Pero Enrique, que mira la fortuna como una cosa mui se- 
cundaria en la vi da y solo como el medio de poder hacer 
algun bien a sus semejantes, no quiso separarse de mi y 
me siguid a Banicia donde me llamaba mi padre y donde 
tenia su principal comercio. , "^ 

''Benicia es un pue^to nuevo colocado en la desemboca; 
dura de dos cauda'osos rios, San Joaquin y Sacramento y 
en el pequeno golfo que se denomina la baliia de San Pablo. 
En este punt > tocan todos los vapores de arribada o de ba- 
jada de I03 rios, y en c'l habia coloeado mi padre un gran 
cstablecimiento de provisiones con mui buen ^xito, pues 
en poco tiempo habia hecho una fortuna nada despreciable 
y se preparaba para casar a mi hermana Emma con el hijo 
de otro comerciante mui rico, que viendo la proaperidad del 
aatAblecimieuto de mi padre, se proponia sin duda obtenerlo 



para su hijo, y asi habia side el convenio, paea mi padre 
habia prometido retirarse a una peqaefia casa de campo^ 
satisfecho con las rentas que le proporcionase una parte de 
6U capital adquirido, porque dejaba a mi hermana en po- 
Besion de la mitad de la fortuna, considerando, no solo mi 
voluntad para coder a Emma todo aquello que podia hacer- 
Ja feliz, sino tambien mi aficion por el estudio y mis incli- 
naciones opuestas, no al trabajo, sico al trabajo especulativo; 
de manera que mi padre me habia dicho: ^^Cuando se hayt 
casado Emma nos iremos a vivir a una hermosa casa de cam- 
po, donde tendr^s toda libertad y donde podr&s consa- 
grarte a lo que te sea agradable, sin que tengas necesidad 
de pensar en tu subsistencia, pues gracias a Dies la tene- 
mos ganada; y si voi a dar a tu hermana la mayor parte 
dQ nuestra fortuna, no creas que por esto te faltar^ lo nece^ 
sario, porque coqozco Io que eres y s^ que andando el tiem- 
po alcanzards mas de lo que esperas"; y mi padre estaba 
dispuesto a separarse ya del comercio, con cuyo objeto me 
mand6 llamar a Benicia, acompafidndome Enrique, que per- 
maneci6 por algunos dias con nosotros, antes que se faerft 
al interior^ que dcseaba visitar por uno o dos meses, para 
conocer nuestras ricas minas de oro que tanto renombre 
han tenido y tienen en el mundo. 

''Disctilpeme usted, seflor, que sea tan prolijo en mi na- 
rracion; pero todo esto viene a prop63ito de los aconteci--^ 
mientos que voi a referirle. Enrique se capto inmediata- 
mente la voluntad de mi padre y dd mi hermana, y fu^ 
recibido y atendido como un miembro de nuestra propia 
familia durante los pocos dias que permaneci6 con nosotros 
en Benicia, qued^udome yo en casa para presenoiar el ma« 
trimonio de mi hermana, pero con la intencion de irme a 
reunir a ^1 tan luego como se efectuara el enlace convenido. 

'^Cuando Enrique parti6, yo y mi hermana nos quedamos 
tristes, y esta tristeza se comunic6 hasta mi padre, que dijo: 
^'Siento que se haya ido este j6ven, pues mQ ha parecido 



B46 «» noBSTos da mrKsiiO. 

tan bien que desde el primer dia lo lie consideradq 6orad 
no hijo-mas y an hijo bastante querido. 

"No pa86 un ines sin que mi padre esperimentara uno de 
aqnellos contratiempos tan frecaentes entre nosotros: el ban- 
qaero en qae tenia colocados todos o la mayor parte de sus 
fondoa qnebr6 de la noche a la manana, y de tal manera, 
que no tnvo otro arbitrio que fagarse, quedando por este 
motivo mi padre completamente arruinado. 

^£n el momento de saber la noticia que desbarataba 
completamente los planes de mi padre, las aspiraciones de 
mi hermana y aun la^ mias propias. todo se trastornd en la 
casa, y mi pobre padre se encerr6 en su cuarto, haciendo 
otro tan to mi hermana y queddndome yo solo, no para pen- 
sar en mi ruina particular, sino en la ruina de los otros, 
afect^ndome por ellos.y no por mi, considerando la grave- 
dad del asanto, pues conociendo el espiritu de nuestra so- 
ciedad, veia claramente que mi hermana lo mismo que mi 
padre, estaban para siempre perdidos; la primera, porque sin 
fortuna era mui dificil que se- casase y su cr^dito quedaba 
comprometido hasta cierfco punto por las voces que Jbabian 
circttlado; y el segundo, porque tenia deudas pendientes 
que le era imposible satisfacer,"a mas de ver destruidas las 
espectativas de sus hijos y la suya propia, pues ^1 creia, y 
con justa razon, que no volveria a rehacerse, porque se en- 
contraba en aquella edad en que ya el hombre decae, en 
que no tiene la enerjia y la actividad de la juventud, que es 
lo que se necesita cuando la riqueza, no existe. 

"Al dia siguiente mi padre se fu^ a ver a su araigo, es 
•deoir, al padre del futuro marido de mi hermana, que lo 
recibi6 de una manera glacial, porque ya 6\ sabia lo que ha- 
bia acontecido, y que su amigo, lo mismo que su negocio, 
estaban como echados al agua, sucediendo una circunstan- 
cia mas, y es que mi padre le era deudor por una fuerte 
suma, cuyo vale faltaba pocos dias paja que se venciera, no 
alcan^ando con las ezistencias que habia en almacenes a 



I 



ncnUKlOB DSL PirBBLO. ii7 

cubrir esta como otras cantidades que det>ia; pero talyez mi 
padre pens6 qae aqael caballero lo , sacase de aparos o al 
meDos no le cbbrara la snma qae le debia, atendiendo a las 
relaciones que existian entre ambos, puesto que en poco 
tiempo iban a hacer una sola familia. 

"Los cdlculos de mi padre quedaron compleiamente bur- 
lados, pues su amigo le dijo clara y termiaantemente, que 
no solo le pagaria eon toda integridad la deuda a su venci- 
miento, sino que su hijo no se casaria con mi hermana Emma, 
porque era un partido ruinoso y que il sabria destruir una 
inclinacion que estaba en contra de las conveniencias. 

"Mi padre sali6 casi muerto del escritorio de su amigo, 
habi^ndole asegurado prSviamente que seria pagado con 
toda integridad, porque en su despecbo pens6 que no debia 
dejar de satisfacer la deuda de aquel hombre, aun cuando 
dejara a los otros insolventes; pues habria pocos que tuvie. 
ran aquel corazon, no pudiendo debar el menor servicio a 
una persona que se mostraba tan exijente como dura, y mas 
que esto, tan despreciativa, dejando a mi hermana con la 
palabra dada, y lo que es peor, siendo el enlace conocido 
de todo el mundo y cayendo sobre ella el dealionor, pues 
nadie consideraria de donde provenia la falta. 

"Cuando mi padre lleg6 a casa, yo conoci en la altera- 
cion de su semblante que algo de estraordinario le habia ^ 
pasado, y sin decirme una palabra, se encerr6 en su cuarto 
durante cuatro o cinco horas, no bajando al comedor cuan*- 
do fu^ llamado, lo que nos alarmd sobremanera. y fuimofi 
mi hermana y yo donde ^1, pero encontrando la puerta con 
Have; golpeamos. Mi padre, con voz enfadada, nos pregun- 
t6: "^qui^n e8?'^y conoci6ndopos vino a abrirnos; pero a pe- 
sar que trataba dc componer su semblante, yo no pude me* 
nos de notar que sufria y le pregunt^ la causa; pero ^1 
evadi6 la respuesta y se puso a discertar sobre la fortuna, 
dici^ndonos que en la pobreza tambien se podia vivir feliz: 
tesis que le habia oido combatir a mi padre m^ohas veces^ 



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estraadadome que de un momento a otro hubiera cambiado 
de ideas, porqne sin ser arabicioso, consideraba la fortuna 
como el primer elemento de dicha, opinion mui jeneral en- 
tre nosotros y que ha llegado a convertirse en axioma: nada 
hai sin dinero. 

"Mi padre, segiin snpe despues, habia reunido todos sua 
recursos y hasta las alhajas de farnilia; y viendo que todo 
esto junto no le daba para satisfacer sus cr^ditos, re8olvi6 
suicidarse, y lo habria efectuado sin la Uegada providencial 
de Enrique, que aleaDz6 a tomarlo del brazo, y aun cuando 
Bali6 el tiro, la bala tom6 un camino distinto, hiriendo lije- 
ramente a Enrique y yendo a quebrar un grande espejo 
que estaba colocado sobre una chinaenea, cuyo espejo con- 
servamos como una reliquia, como un recuerdo imperece- 
dero de la jenerosidad de mi amigo^ 

"Enrique, despues de libertar a mi padre, le arranc6 su 
secreto, le pidi6 la lista de sus acreedores y le dijo que ^l 
veria modo de arreglar el asunto y que esperase el resulta- 
do hasta las ocho de la noche, dej^ndolo libre de obrar si 
no llegaba a la hora indieada. Mi padre le previno que no 
queria bajo ningun aspecto presentarse en quiebra, aun 
cuando le eran favorables las circunstancias, de manera que 
no veia ^1 medio c6mo se pudiese arreglar aquel asunto que 
habia principiado tan mal, pues no le ocult6 la recepcion 
que le hiciera su antiguo ami go, el padre del faturo esposo 
de Emma. 

^ "Enrique sali6 de casa sin ver ni decir nada a na*e y se 
fu6 directamente donde el principal acreedor, el mismo que 
habia tratado con dureza hacia pooos dias a mi padre, y le 
dijo, segun me lo cont6 mi cunado el dia d^ su casamiento: 

— He tabid o que usted tiene un cr6dito de quince mil 
pesos contra el sefior Bradfort. 

— Si, senor, le conte3t6 secamente el comerciante. 

— Ese cr^dito lo considera usted como perdido. 

— Qreo que no sacar^ de ^1 ni un veinte por ciento, por- 



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que la quiebra dej . banco Jonde Bradfort tenia la mayor 
parte de sas foados, lo iahabilita casi por completo para la 
satisfaccion de sua compromisos. 

— Esa es una deagracia, no una falta, y se debia tener 
compasion y ayudarlo a levantarae en vez de despreciarlo y 
tiranizarlo. 

• — Yo ao recibo l^cciones de nadie, contestd el comer- 
ciante con altaneria* 

— Ni yo vengo a darlas, le re^pondid Enrique en el mis- 
mo tone. 

— Ya es demasiado perder una fuerte suma con que cou- 
taba con seguridad. 

— Suma que usted no perderd, pues vengo a pag^rsela 
Integramente. 
* Mr. Nay, que este era el nombre del comerciante, abri6 
los ojos como asustado, porque esta p^rdida lo preocupaba 
mucho y estaba ademas sumamente contrariado con las ob- 
servaciones desu hijo que realmente queria a Emma, y que 
por lo mismo resistia a su voluntad o a la 6rden que le 
habia dado de olvidarla, de modo que esta promesa de 
pago salvaba todas las dificultades obviando los incon- 
venientes, y asi cambiando de tono, dijo a Enrique con 
amabilidad: 

— Tenga usted, sefior, la bondad de sentarse; iqni ha 
vuelto el banco a abrir su caja? 

— El banco en que el senor Bradfort tenia sus fondos estd 
completamente arruinadd. 

— ^Y entonces? 

— Soi yo quien vengo a cubrir este^y otro cfifidito del 
sefior Bradfort, pero con algunas.condifciones. 

— ^Cudles? Pues estoi dispuesto a satisfacerlas todas con 
tal que se me pague Integramente. 

— Aqui tiene usted un bono por cincuenta mil pesos con- 
tra el banco de Davidson y Ca., y me parece que estos no 
quebrardn. 



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