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THE LIBRARY OF THE 

UNIVERSITY OF 

NORTH CAROLINA 




ENDOWED BY THE 

DIALECTIC AND PHILANTHROPIC 

SOCIETIES 



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UNIVERSITY OF N.C. AT CHAPEL HILL 



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in 2012 with funding from 

University of North Carolina at Chapel Hill 



http://archive.org/details/lostresmximosoraOOsalu 



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MARCO-ANTONIO SALÜZZO 



LOS TRES MÁXIMOS 

ORADORES GRIEGOS 



CARACAS 

tipografía de "el COJO" 
1897 



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LOS TRES MÁXIMOS ORADORES GRIEGOS 



LIBRAR Y 

jüNIVERSITY OF NORTH CAROLINA 

CHAPEL fílLL 



MÁRCÓ-ANTONldlSALÜZZO . S^S' 



LOS TRES MÁXIMOS 



ORADORES GRIEGOS 




CARACAS 

tipografía de "el COJO' 
1897 



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ADVERTENCIA 



La traducción que de las Filípicas doy 
en este Estudio, la lie heclio de la versión 
francesa del eclesiástico D'Olivet; y la de las 
Olintiaxas, de la versión, también francesa, 
de Atanasio Anger. 

Cuanto al discurso de La Coboxa, lie teni- 
do á la vista la traducción francesa del ya 
citado Auger, revisada y corregida por el 
docto ]irofesor J. Planche; no sin consultar 
una literal é interlinearla y otra correcta, pu- 
blicadas ambas por una Sociedad de Peo- 
FESORES Y Helenistas fraxceses. (París. 



3238 



Librería de Hachette y Compañ^ía. — 79. 
Boulevard Saint Germain. 70. — 1876). 

Tambiéii lie visto, aunque uo utilizándola si- 
no trabajosamente, la traducción de los discur- 
sos DE Demóstenes y Esquino, publicada 
para la Biblioteca popular económica. 
( Yes ACRUZ - Puebla. — Librería de « La 
Ilustración. «— 1883) . 

Y digo así, porque dicha traducción no es 
tan conix^leta como las francesas á que hice 
referencia; pues además de presentar lagunas 
y oscuridades en el texto, deja mucho que 
desear respecto del estilo. 

Como mi único i)ropósito al emprender este 
ESTUDIO ha sido dar á conocer en la medida 
de mis escasas fuerzas la oratoria griega por lo 
que á la política mira, ó mejor: al gobierno 
de la Eepública ateniense; he tratado de pre- 
sentarla en las obras que exclusivamente á 
aquélla se refieren. 

De Pericles he considerado lo que trae Tucí- 
dides; y por lo que hace á Esquino y á De- 
móstenes, sólo he tenido en cuenta lo que á 
ambos caracteriza como hombres de Estado, 
y, sobre todo, sus respectivos discursos en 



3 

EL PEOCESO DE LA COEOXA, que resumeii, 
puede decirse, la elocuencia de aquellos dos 
tribunos atenienses. 

Con respecto al número de las Filípicas 
y al de las Olintiaxas, he seguido la clasi- 
ficación que trae don Severiano Doi)orto en 
la Enciclopedia Hispano-ameeicaxa, que 
es la de Leo Joubert, concordante con la del 
eclesiástico D'Olivet y con la de Atanasio 
Auger. 

El primero da cuatro Filípicas y el se- 
gundo tres Olintiaxas. 

Mr. AYeilj el sabio decano de la Facultad 
DE LETRAS de Besaucou, lia publicado un vo- 
lumen con el título de Las tees Olixtianas. 

La edición de este Estudio en forma de 
libro es obra exclusiva de mi ai)reciado amigo 
el señor J. M. Herrera Irigoj'en, Director pro- 
pietario de El Cojo Ilustrado, á quien doy 
expresivas gracias por esta nueva y bonda- 
dosa demostración para con mis pobres pro- 
ducciones literarias. 
• MAECO-AXTOXIO SALI^ZZO. 

Caracas: 19 de noviembre de 1897. 



LOS TRES MÁXIMOS ORADORES GRIEGOS 



POR MARCO-ANTONIO SALUZZO 



Hubo ya entre los literatos venezolanos 
quien, llevado de su admiración por la 
docta antigüedad, y deseoso de recoger 
para nuestra juventu<l los últimos ecos de 
la elocuencia que resonara en la plaza pú- 
hlica de Atenas, propúsose estudiar aqué- 
lla en el más célebre de los discursos de 
Demóstenes, cual es: el llamado de la 
Corona, aparentemente dirigido á la de- 
fensa de Tesifonte, pero en realidad á su 
propia defensa, y para justificación de su 
ministerio de orador oficial contra la in- 
,vasión macedónica. 

Con todo, el señor licenciado Juan Vicente 
González (pues me refiero á su Estudio sobre 



Elocuencia Política publicado en la Re- 
vista Literaria, periódico que este cé- 
lebre ingenio redactó en Caracas por los 
años de 1865 á 1866) detiénese apenas en 
la consideración de aquella obra maestra; 
ni la coteja con la de Esquino acerca del 
mismo, consabido asunto; cosa que pare- 
ce impretermitible, pues ambas pueden 
considerarse como el proceso político más 
ruidoso de la antigüedad helénica: proceso 
en el cual dos de los tres oradores máximos 
que figuraron en los días postreros de la pre- 
ponderancia ateniense, representan, el uno, 
el principio autonómico vinculado sucesiva- 
mente en cada hegemonía de las metró- 
polis griegas, y el otro, la formación del 
imperio que después de absorbérselas á 
todas, dilató su poder hasta las apartadas 
regiones de Asia. 

Ni ¿cómo hablar de la elocuencia áti- 
ca sin traer al caso á aquél que la ejer- 
citó con aplauso y admiración de coetá- 
neos y pósteros ; al que mereció se le exal- 
tase hasta darle puesto entre los inmorta- 
les: — á Pericles, cuya palabra no pasa, vo- 
ladora, sino penetra en el alma de quien 
la escucha y permanece en ella dominán- 
dola? 



No aspiro, ni ello me es dado, á co- 
rregir la plana del maestro; antes bien, de- 
claro ser él quien me ha sugerido la idea 
de este Estudio, en cuyo plan entran, no 
sólo consideraciones literarias, sino también 
otras políticas y sociales, relativas á la 
época que nos ofrece el último y acaso 
más brillante ejemplar de la literatura 
ateniense. 

Propóngome, pues, con tal motivo, in- 
quirir el poderoso influjo que ejerce la ora- 
toria tribunicia sobre los pueblos, estu- 
diándola en los tres famosos varones, de- 
chados de elocuencia, cuya vida fue parte 
integrante de la nación al amor de la cual 
nacieron y crecieron las ciencias especu- 
lativas y las prácticas, al propio tiempo 
que las bellas artes y las buenas letras. 

El arte de la palabra, en lo que al in- 
telecto se refiere, es igualmente admirable 
en Pericles, en Esquino y en Demóstenes ; 
sólo sí que el hijo del vencedor en Mica- 
la y el contendor de Filipo y de Ale- 
jandro, no comerciaron con el don que de la 
Providencia recibieran ; mientras Esquino, 
después de haber deslumhrado á sus com- 
patriotas con los tres discursos que mere- 
cieron se les llamase Las Tres Gracias^ pu- 



so al servicio de uii [)oderoso las galas del 
ingenio; y no como quiera, sino contri- 
bu^^endo así á esclavizar aquella patria 
tan grande y á quien tanto debía, y alla- 
nando á la ambición de un hombre el 
camino ensangrentado de la conquista. 

Quiero también considerar: 

En Pericles, al grande orador y al hom- 
bre de Estado que supo discernir las as- 
piraciones legítimas y los altos intereses 
de su época, para informarlos en una ci- 
vilización verdaderamente democrática ; pe- 
ro que destruyó el fundamento mismo de 
la democracia, sustituyendo con su propia 
persona la institución que la servía de sal- 
vaguardia ; 

En Esquino, el poder soberano del ta- 
lento ayudado por inquebrantable y de- 
cidida voluntad : poder que transfor- 
ma el ser oscuro, anónimo, en personaje 
egregio, causante de su propia estii-pe; caí- 
do, empero, de la altura de los mereci- 
mientos por haber preferido la utiHdad á 
la justicia ; 

En Demóstenes, por fin, al patriota es- 
forzado, cuya virtud levanta á un pueblo 
entero de la postración en que vegeta, si 
no para vencer, para caer con gloria, y eri- 



gir con su caída imperecedero monumen- 
to á la soberanía de la patria, vinculada 
en la majestad del derecho y en los fue- 
ros de la justicia. 

No abrigo la presunción de exponer en 
todo su complexo tan arduo tema. 

Entra, sí, en mi propósito el deseo de 
ser útil, siquiera ínfimamente, á mis com- 
patriotas, mostrándoles cómo ciertos errores 
de las almas nobles y generosas son tan 
funestos como el crimen ; y que sólo el 
culto de la verdad y la sumisión al de- 
ber, merecen el amor de los pueblos y al- 
canzan los aplausos de la historia. 

Mas, antes de hablar acerca del Olím- 
pico, antes de describir la lucha de Esqui- 
no con Demóstenes ; no creo esté de más 
hacer mención del campo donde se ha de 
combatir, del espíritu que en él domina, 
y de las cualidades intrínsecas de los cam- 
peones, así como de las extrínsecas circuns- 
tancias que con ellos concurren. 



ATENAS 
I 

El medio físico en que se había des- 
arrollado la raza griega, hubo de contribuir 
de algún modo, pero eficazmente, á su 
desenvolvimiento moral é intelectual. 

''El mar, dice el mismo citado Gonzá- 
"lez, rodea á Grecia, excepto por el nor- 
"te, por donde la limitan la Tliria y la 
"Tracia. Ella forma el extremo meridio- 
"nal de una gran península, ancha en el 
"norte, estrecha en el sur; irregular por 
"todas partes y llena de ensenadas." 

" Si, como parece, donde h(>y existe el 
"Mediterráneo, se extendía un valle in- 
"menso como los de la India, el día en 
"que el mar lo invadió distribuyéndolo en 
"colinas, promontorios y montes, y en is- 



12 

''las que flotan, ó surgen y desaparecen; 
"ese día dibujó el pueblo más poético de la 
"tierra." 

"Nada de llanuras monótonas, ni de 
"masas informes: el Peloponeso, la Mese- 
"nia, Arcadia, la Argólida, el Ática; todos 
"sus estados están divididos por ángulos tan 
"marcados, que Gí recia, tan pequeña sobre 
"el mapa, llama vivamente la atención 
"por cierta especie de agitación febril que 
"la distingue de todos los pueblos." (*) 

Y esta agitación pasó del suelo al hom- 
bre, quien, de esclavo que era en la India, 
llegó á ser señor en Grecia. 

Domina la naturaleza, sujétala, domes- 
tícala, edúcala, esclavízala, 3^, por último, 
despósase con ella para producir la fuer- 
za suprema y colectiva que se llama hu- 
manidad. 

"El antropomorfismo, dice Eugenio Pelle- 
"tán, destronó al panteísmo. Depuso la 
"divinidad la figura del símbolo para vestir 
"exclusivamente el tipo humano." 



(-•^) Juan Vicente González. Historia Universal. 



13 



II 



Cuando los pelasgos tomaron posesión de 
la tierra, las primitivas, poderosas convul- 
siones seísmicas habían cesado ya ; y de los 
cataclismos terráqueos simbolizados en las 
luchas de Minerva con Poseidón, no queda- 
ron sino el recuerdo vago de lejanas tradi- 
ciones y el Altar del Olvido, amparado por 
el escudo de Palas- Atenea desde las alturas 
del Acrópolis. 

Tras el dominio de la naturaleza, viene 
necesariamente, el imperio civil, conse- 
cuencia de la autonomía humana. 

Pero como la autonomía humana supone 
hasta cierto punto igualdad, y el impe- 
rio civil no puede existir sin jerarquías, 
surgió en Atenas el gobierno democrático, 
que fue, puede decirse, la resultante de las 
fuerzas morales constitutivas de aquella 
dinámica social. 

Concurrían, pues, todas las circunstan- 
cias para que Grecia, y sobre todo, el Áti- 
ca, fuese el hogar de la civilización en 
que debía incubarse el progreso del mundo. 

Y así sucedió. 

La^ industrias civiles, las artes, las cien- 



14 



cias y las letras, florecieron en aquella tie- 
rra afortunada que consagró la libertad 
como fundamento de gobierno, é hizo de 
la estética el espíritu de la religión. 

Libertad y estética: — bé ahí los polos sim- 
páticos de la civilización helénica. 

Pero para alcanzar el pináculo de aque- 
lla civilización que miramos aún como el 
sumun ars del ingenio humano, necesitóse de 
que el pueblo ateniense educara su al- 
ma en la escuela de lo bello y desen- 
volviese su inteligencia en el gimnasio de 
la verdad. 

Multiplicábanse en Atenas los monumen- 
tos artísticos hasta el punto de tropezar, 
por decirlo así, con alguno de ellos cuan- 
do se transitaba por la ciudad. 

Eran como símbolos que hablaban cons- 
tantemente al pueblo de la virtud de los 
héroes ó de la omnipotencia de los dio- 
ses; y de ahí en los griegos, la constante 
aspiración á la inmortalidad. 

El trofeo de Milcíades no dejaba dormir 
á Temístocles. 

La hist<:)ria de Atenas estaba escrita en 
los monumentos que la decoraban : una es- 
tatua ó un templo recordaba la hazaña 
de algún guerrero ó el beneficio ó la jus- 



15 

ticia de algún inmortal. Y desde el Pí- 
reo hasta el Acrópolis, desde el sepulcro 
de Temístocles, que proclama la existen- 
cia de la patria doquiera alienten ciuda- 
danos, hasta la estatua de Minerva, quien, 
según el sentimiento religioso de los grie- 
gos, fue la única vencedora en Maratón; 
Atenas era escuela donde se educaba el 
alma por la belleza y la inteligencia por 
la verdad. 

¡Portentosa civilización aquella que pro- 
dujo á Pericles, como ordenador de la Re- 
pública, á Fidias y á su cohorte de escul- 
tores y de arquitectos, y á un pueblo que 
no concebía el heroísmo sino eternizado 
en las obras maestras del arte ! 

Mas, debe tenerse en cuenta que el ar- 
te griego era esencialmente trascendental 
y suj estivo, como que en él la belleza, 
símbolo ó manifestación de la verdad, no 
producía la voluptuosa concupiscencia de 
la carne en la inalterable quietud de es- 
téril contemplación, sino inculcaba y sos- 
tenía en el alma el culto de las virtudes 
políticas, sociales y religiosas. 

Basta una sola consideración para com- 
probar este aserto. 

Cuando el mundo antiguo sólo disfruta- 



16 

ba de imperfectas culturas parciales, pro- 
fesaba ya Atenas la idea del progreso; y 
lio coQio quiera, sino en su más lata sig- 
nificación, es decir : — en la del cosmopolis- 
mo, lo que era verdaderamente fenome- 
nal, siendo así que [)or todas partes impe- 
raba la ferocidad bajo el nombre de vir- 
tudes patrióticas. 

Por eso le fue dado dominar nioralmen- 
te el mundo conocido y poner los funda- 
mentos de aquella civilización que debía 
acomodarse más tarde al progreso hu- 
mano. 

Según Platón, Atenas es la bienhechora 
del género humano ; celébrala Lucrecio por 
haber regalado á los mortales con los 
nutritivos frutos de la tierra; Sócrates la 
dice fundadora del culto de la pjedad ; y 
Cicerón y Quintiliano reivindican para 
ella el título de haber erigido altares á la 
misericordia. 

La hospitalidad era característica de los ate- 
nienses, según Pericles, quien llegó.á echar- 
les en cara el que subordinasen en política los 
intereses á los afectos, y se hubiesen con- 
vertido en campeones de la justicia, ampa- 
rando á los oprimidos contra los opre- 
sores. '.' ... . ■ 



17 

Porque el genio ateniense supo compo- 
ner la vindicta con la ley, dice un escri- 
tor contemporáneo, y de esta alianza na- 
ció la justicia. 

i Cosa rara en aquellos tiempos en que 
sólo hablan el interés y la fuerza ! 

Apiádase el derecho internacional bajo 
el imperio de Atenas, y el penal traspa- 
sa el recinto de la ciudad para esparcirse 
por el mundo, teniendo en mira, no el ser 
aislado que se llama hombre, sino el ente 
colectivo á quien decimos humanidad. 

Que no en vano había sido asentada 
Atenas á la sombra del pacífico olivo y 
puesta al amparo de la diosa de la sabi- 
duría y de la fuerza benefactora. 

"Palas- Atenea es, ante todo, la Hija de 
"la Inteligencia; la engendrada por obra 
"del puro espíritu. La diosa de los pen- 
"samientos numerosos, que caen, en for- 
"ma de enjambres, sobre los mortales." 

"No hay ciencia que no se derive de 
"su sabiduría : las artes son atributos su- 
"yos y las industrias sus obras vivas." 

"Ella preside los consejos de la política ; 
"dicta á las ciudades instituciones y le- 
"yes ; y se cierne en espíritu, desde el 
"Acrópolis, sobre el orador y sobre el pue- 



18 

"blo, (i quienes inspira, para inclinarlos á 
"resoluciones racionales como la pro|)ia de- 
"mocracia, como la democracia prudente." 

"Uno de sus apellidos es el de Odiado- 
"7'a de tiranos; y á fuero de pensamiento 
"vivo, la filosofía es su culto." 

"Reconócela por patrona suya la arqui- 
"tectura ; y como las vírgenes de nuestros 
"antiguos cuadros sagrados, podría susten- 
"tar al Partenón, su catedral, en la pal- 
"ma de la diestra." 

"Represéntasela en cierto bajo-relieve, de 
"pies, frente á un joven escultor que ta- 
"11a, en bello estilo dórico, el capitel de 
"una columna, y al propio tiempo aconsejan- 
"do á algunos obreros mecánicos el modo de 
"ajustar las piezas de la rueda hidráulica." 

"Los alfareros le son deudores del tor- 
"no que modela la forma de los vasos; y 
"algunas monedas atenienses traen á la 
"lechuza familiar de la diosa sobre una 
"ánfora volteada." 

"Palas-Atenea agregó á la nave el ala de la 
"vela, liizo que el caballo obedeciese al freno, 
"lanzó por vez primera el carro provisto de 
"ruedas. Porque en ella la heroína es obre- 
"ra, la obrera por excelencia: Ergané, la 
"reina laboriosa de las colmenas femeninas." 



19 

"Guerrea ; y sin embargo, tiene dedos de 
''hada ; y con la misma diestra con que 
"blande la invencible lanza, maneja la su- 
"til aguja y la diligente lanzadera." 

"Los hilos vaporosos que el otoño sus- 
"pende en el ramaje, son menos diáfanos 
"que la tela tejida mágicamente por los 
"dedos de la Diosa." 

"Ella inventó el arreglo del copo de lana, 
"la rueca, el telar y todos los instrumen- 
"tos delicados del bordado y del tejido." 

"Ella fue quien enseñó á la mujer el 
"arte de sembrar flores sobre la tela, á 
"imitación de las que ostenta la madre 
"Naturaleza en las verdes y brillantes pra- 
"deras, y á representar con hilos pupúreos 
"la gloria de los dioses y las hazañas de 
"los héroes." 

"Festejábasela en Atenas ofreciéndole, co- 
"mo el mayor presente, un velo bordado 
"por vírgenes alimentadas en el Erectión ; 
"velo que se ataba al mástil de un trirremo 
"montado sobre ruedas." 

"El peplo sagrado llegaba lentamente al 
"Templo por la vía del Acrópolis ; y los sa- 
"cerdotes revestían con él el ebúrneo cuer- 
"po de la Diosa, quien se regocijaba en su 
"corazón." 



20 



"Lalej^cnda de Palas es casta como la vida 
"de una santa." 

"Su virginidad subsiste inmaculada entre 
"las corrupciones de la fábula." 

"Como se desprendió súbitamente de las 
"fuerzas elementales, y no nació de m^adre, y 
"es hija de la idea, ningún mito impúdico 
"ejerció influjo sobre su pura esencia." 

"Así se sustrae de los fecundantes amo- 
"res del Cosmos, como de las ficciones obs- 
"cenas de los poetas eróticos; que ni el aus- 
"tero Hesíodo pudo ayuntarla con ningún 
"fenómeno en que se encariñara algún dios, 
"ni el frivolo Ovidio confundirla en los 
"escándalos galantes del Olimpo." 

"Y es que los dos sexos se promiscúan en 
"ella con cierta especie de harmoniosa neu- 
"tralidad : varón por la fuerza y el inge- 
"nio, hembra por la destreza y la finura." 

"No de otro modo sino como lo concibiera 
"el primitivo instinto, soñó Platón su andró- 
"gino ideal." 

"No importa que en torno de la hija de 
"Júpiter se perviertan los dioses y las dio- 
"sas se depraven, ni que Artemisa misma 
"pierda su feroz inocencia." 

"Sólo Palas, entre la corrupción celestial, 
"conserva intacta su nativa pureza, y tras- 



21 

"pasa, sin mancillarse, las orgias finales 
"del politeísmo, para que cuando suene la 
"hora fatal de los Olímpicos, el cristianis- 
"mo la reciba con expansión." 

"Si Grecia se adoraba ,á sí misma en 
"Palas — Atenea, ¡cuánto más no adoraría á 
"Atenas, la hija espiritual de la sabiduría 
"y de la fuerza : su preferida, su desposa- 
"da, su amor!" 

"Cuando Cécrope fundó á Atenas, dispu- 
"tóle Poseidón á la hija de Júpiter la hon- 
"ra de proteger á la incipiente ciudad ; y 
"emulóse entre ellos sobre Cjuién la ofren- 
"daría el más precioso don." 

"Golpeó con el tridente la roca el dios 
"marino, y el corcel indómito surgió de 
"las olas, que le enarcaron el cuello y 
"pusiéronle espuma en los labios." 

"Tal fue la predestinación de Atenas á los 
"triunfos guerreros y á la dilatación de su 
"nombre por lejanos mares." 

"Palas, empero, domó con la diestra el 
"corcel salvaje, y con la siniestra hizo bro- 
"tar de la tierra el olivo : el árbol de la 
"paz, la planta nutritiva; simple largueza que 
"prefirió Atenas á la desluml^radora ofrenda 
"de Poseidón." 

"Sin duda por eso reconoció en la au- 



22 

"gusta virgen el tipo transfigurado de su 
"raza; la providencia de su destino." 

"Porque Palas la hizo á su imagen, pen- 
"sadora y activa, creadora é industriosa ' 
"tan apta para las obras del ingenio, como 
"para las fatigas y hazañas de la guerra." 

"Y Atenas, una vez consagrada á la diosa, 
"se consustanció con ella." 

"Erigióle el único templo perfecto que 
"haya ilustrado el sol; consagróle las fies- 
"tas más bellas que hayan regocijado á 
"los hombres en la tierra y á los inmor-, 
"tales en el cielo; hízole esculpir por Fi- 
"dias con marfil y con oro, aquella sin 
"igual estatua de quien dijo un antiguo 
"que añadía algo al prestigio de la reli- 
"gión." 

"Y Palas Foliada fue la Patria misma: 
"la Patria divinizada, exaltada sobre el 
"altar." (*) 

Juzgúese, pues, cual sería el culto, por 
decirlo así, que tributaba el ateniense á 
la ciudad de Minerva, y cómo se esfor- 
zaría para que ostentase siempre en la 
diestra el cetro del imperio. 



(*) Paul de Saint- Víctor. Estudio sobre la Ores- 
tíada de Esquilo. (Traducción del Autor.) 



23 



Que Atenas era para el griego del Ática, 
lo que Jerusalén para el hebreo de Ben- 
jamín ó de Judá: un ser pensante. 

La ciudad con inteligencia para discer- 
nir los verdaderos intereses de la patria 
común, y con brazo fuerte para amparar- 
los y defenderlos. 



r 



EL ORADOR 



De cuantas manifestaciones es capaz la 
civilización de un pueblo, la que en mi 
sentir prevalece en excelencia sobre todas, 
es la del ministerio de la palabra en la 
tribuna pública, — política, civil ó leligio- 
sa, es decir: en la oratoria ; y ello, porque 
en ésta concurren, ó deben concurrir, con 
imponderable harmonía, las bellas artes 
todas. 

La estatuaria ostenta en el orador el se- 
reno equilibrio de las formas: la pintura, 
la gracia de los nobles movimientos; la 
música, el cadencioso ritmo de la voz hu- 
mana; y la poesía, la divina poesía, <¿\ / ^^ 
y ^tmc/ " que transforma en canto la payí^^^^-^-^^ 
labra. / 



A medida que las sociedades van acer- 
cándose á cierta perfección relativa, única 
compatible con la vida del hombre, la en- 
tidad del orador cobra mayor tamaño é 
im[)ortancia, hasta ol })Uiito de haberse 
sobrepuesto en nuestros días á la del poe- 
ta, quien, si lo precedió y superó en las 
civilizaciones parciales, ha tenido que ce- 
derle el puesto en el campo del progreso. 
Y no que el encargo del orador sea su- 
perior, ni con mucho, al del poeta, sino 
porque la acción del primero es más enér- 
gica en una época dada ; más eficaz, y de 
mayor trascendencia. 

El poeta sería acaso más poderoso en lo 
porvenir, si llegara á imperar la idea cris- 
tiana ; pero el orador lo es en lo presen- 
te, por cuanto mueve intereses reales de la 
época en que vive. 

Por eso quien reüna en su ser las cuali- 
dades del orador y la inspiración del poe- 
ta; el que sea á un tiempo Hércules por la 
fuerza y Orfeo por el canto; el que someta 
á los monstruos con la maza y los domes- 
tique con la harmonía; ése será el semi- 
diós de los tiempos modernos. 



27 



II 



El pueblo que hasta ahora se lia acerca- 
do más á la realización de este prodigio, 
ha sido el ateniense. 

La elocuencia era vernácula en aquella 
tierra clásica del ingenio y del valor, que 
no pocas veces aparecieron juntos en un 
mismo individuo, para gloria de propios y 
admiración de extraños; y sin contar las 
muestras de ella dadas ya por Homero en 
los discursos de todo género que pone en 
boca de sus héroes ; y antes de que hubie- 
se retóricos en Atenas ; y primero que Có- 
rax y Gorgias y algún otro siciliano abrie- 
sen escuelas en la ciudad ; ya Solón, y Pi- 
sístrato, y Temístocles, y Arístides, y Alci- 
bíades, habían producido rasgos de elocuen- 
cia, si desnuda de aliños, arrebatadora y 
convincente: ya Pericles había convertido 
el lenguaje en irresistible poder. 

Fue en Atenas la oratoria ministerio po- 
lítico, y el orador magistrado público, cuyo 
voto, confirmado por el puel)lo, convertíase 
en ley. . . 

Diez ¡eran los elegidos para que discir- 
niesen los asuntos del gobierno y: de la ad- 



28 



ministracióii y estableciesen respecto de ellos 
conclusiones que se informaban en decretos. 

No se llegaba, empero, de un salto al ejer- 
cicio de tan arduo ministerio, ni eran ca- 
llejeras las condiciones que para él se exi- 
gían. 

En primer lugar, antes de que un ciu- 
dadano obtuviese la investidura de Orador 
del Estado, pues tal era el nombramiento 
oficial, tenía, en fuerza de la costumbre con- 
vertida en ley, que adiestrarse en los tri- 
bunales de justicia; y cuando sobresalía en 
el arte del bien decir, á título de servidor 
de la República, encargábase de ilustrar al 
Senado y de conducir al pueblo. 

" La profesión de Orador del Estado, dice 
"el eclesiástico Bartlielemy, exige, además 
"del sacrificio de la libertad, conocimien- 
"tos profundos é ingenio sublime. Por- 
"que es poco poseer en parte la historia de 
"las leyes, de las necesidades y de las fuerzas 
"de la República, como la de las naciones 
"vecinas ó apartadas. Ni basta estar á la 
"mira de los esfuerzos rápidos ó lentos que 
"los estados hacen continuamente unos con- 
"tra otros, y de aquellos movimientos casi 
"imperceptibles que los van consumiendo 
"interiormente; ni prevenir los celos de los 



29 

"pueblos débiles y odiado?^ ; ni desconcertar 
"las medidas de los poderosos y enemigos ; 
"ni inquirir, en fin, los intereses de la Pa- 
"tria, al través de mil combinaciones y re- 
"laciones. " 

"También es preciso hacer valer en público 
"las altas y trascendentales verdades de que 
"en particular se está imbuido; no conmover- 
"se con las amenazas, ni con los aplausos del 
"pueblo; arrostrar el odio de los ricos, so- 
"metiéndolos á impuestos crecidos; el de 
"la muchedumbre, arrancándola de los pla- 
"ceres ó del reposo; el de los otros ora- 
"dores, descubriendo sus intrigas. Responder 
"de los acontecimientos que no se pudieron 
"impedir, y de los que no se alcanzaron 
"á prever; pagar con la propia desgracia 
"los proyectos que no tengan éxito favora- 
"ble, y aun algunas veces padecerla por 
"los que lo tuvieron feliz; manifestarse 
"lleno de confianza, aun cuando algún in- 
" mínente peligro difunda el terror por to- 
"das partes, y con inspiración subitánea 
"alentar las esperanzas abatidas ; recorrer 
"las naciones vecinas; formar ligas pode- 
"rosas ; encender con el entusiasmo de la 
"libertad la sed ardiente de los combates ; 
"y después de haber cumplido los deberes 



30 



''de hombre de Estado, de orador y de 
"embajador, marcliar al campo de batalla 
"para sellar con la propia sangre los con- 
"sejos que se han dado al pueblo desde 
"lo alto de la tribuna. " 

Tales eran las condiciones que la ley ci- 
vil y las costumbres consuetudinarias re- 
querían en los Oradores del Estado; y como 
quiera que el ministerio de los dichos in- 
fluía sobre toda ponderación en el ánimo 
de los ciudadanos, no se contentaba la Re- 
pública con sólo aquellas, sino, además, exi- 
gía otras que, nacidas, criadas y fortaleci- 
das en el hogar doméstico, presentaban al 
hombre privado como fiador irrecusable del 
funcionario público. 

El violador de los afectos naturales; el 
disipado, aun cuando lo fuese con sus pro- 
pios caudales ; el que no estuviera radica- 
do en el suelo de la patria ; el que no to- 
mara las armas en defensa de las institu- 
ciones; el que fuera dado á placeres ver- 
gonzosos; estaba excUiído de la tribuna 
pública. Porque, ¿cuál confianza puede ins- 
pirar á la Nación el mal hijo, el mal es- 
poso, el mal padre, ó el mal amigo? Ni 
¿cómo esperar prudencia y economía en el 
manejo del tesoro público de quien no ha 



31 

sabido conservar el propio? Ni, ¿quién 
que no haya sembrado algo en la tierra 
donde reposan las cenizas de los abuelos, 
donde se mece la cuna de los hijos, po- 
drá defenderla con la abnegación que ins- 
piran los santos afectos filiales y paterna- 
les? Y ¿cuándo pudo concebirse el ejer- 
cicio de la ciudadanía sin el aliento va- 
leroso para defender los fueros de la patria ; 
ó tuvo derecho á predicar virtudes quien 
vive de asiento en los antros del vicio ? 

Costumbres austeras, virtudes públicas y 
privadas, carácter incontrastable : — hé ahí 
los títulos de donde derivaba el orador ate- 
niense del Estado, la atoridad con que de- 
cidía de los destinos de la República ; y 
acaso teniendo en cuenta tales y tan su- 
periores condiciones, definió Catón al ora- 
dor diciéndolo : Vir bonus dicendi peritus; 
El hombre de bien, instruido en la elocuen- 
cia, frase que nos ha conservado Quintiliano. 

Y añade el sabio preceptista por vía de 
comentario: — ^'Pero la primera circunstan- 
"cia que él puso, aun de su misma na- 
"tu raleza, es la mejor, y la mayor; esto 
"es : el ser hombre de bien ; no tan so- 
flámente, porque si el arte de decir llega 
"á instruir la malicia, ninguna cosa hay 



32 



''más perjudicial que la elocuencia, ya en 
"los negocios públicos, y ya en los parti- 
"culares; sino porque yo mismo, que en 
"cuanto está de mi parte me he esforza- 
ndo á contribuir en alguna cosa á la elo- 
"cuencia, haría también el más grave 
"perjuicio á la humanidad, disponiendo estas 
"armas, no para el soldado, sino para al- 
"gún ladrón." 

"Pero, ¿qué digo de mí mismo? La 
"misma naturaleza, principalmente en aque- 
"11o que parece concedió al hombre, y con 
"lo que nos distinguió de los demás ani- 
"males, no hubiera sido madre, sino ma- 
"drastra, si nos hubiera proporcionado 
"la elocuencia para que fuese compañera 
"de los delitos, contraria á la inocencia, 
"y enemiga de la verdad. Porque mejor 
"hubiera sido nacer mudos, y carecer de 
"toda razón, que emplear en nuestra pro- 
"pia ruina los dones de la providencia. (*) 



í*) Instituciones Oratorias. Traducción del P^^^ 
de las Escuelas Pías. 



FERIÓLES 

I 

Es Pericles la figura más excelsa de los 
repúblicos griegos. 

Las ciencias gubernativas y sociales eran 
su patrimonio, que complementaba con la 
estrategia, con las bellas letras y con las 
artes plásticas; y á no haber existido De- 
móstenes, la tribuna política le pertenece- 
ría exclusivamente, de hecho y de derecho 
como el altar al dios. 

Pocas veces se reunieron en el mismo in- 
dividuo tantas y tan eximias condiciones; 
ni existió quien, con mayor decoro, dig- 
nidad y nobleza, recibiese y poseyera la 
herencia de sus mayores, para deponerla 
no sólo intacta, sino acrecida. 

Dos estirpes, á cual más egregia por las 
virtudes públicas, á cual más limpia por 



34 



las prendas privadas, concurrieron en el 
Primer Ciudadano di: la Patria, cuyo 
ser era como la flor de selectos linajes; 
y no sin razón se ha tenido á Pericles 
como la entidad representativa del Arte grie- 
go, hija, cual éste, de la victoria ; siendo así 
que en él emulaban el héroe de Micala, 
donde venció la independencia de la Pa- 
tria helénica, y el restaurador de las ins- 
tituciones de la República. 

Excedía, empero, y con mucho, á Jan- 
tipo y á Clistenes, por cuanto á las ap- 
titudes militares de ambos, añadía Pericles 
las cualidades civiles, si no tan seductoras 
á los ojos de las muchedumbres, más efi- 
caces para el perfeccionamiento moral é 
intelectual de los pueblos. 

A fin de seguir el orden establecido por 
la definición que del orador acabo de traer, he 
de considerar en Pericles, antes de todo, al 
hombre de bien: al magistrado íntegro 
y valeroso que ejerció por espacio de cua- 
renta años la autoridad sin convertirla en 
poder, y ello, por medio del razonamiento^ 
fuente de la persuación; al que se mostró 
inaccesible á las sujestiones del despotis- 
mo; al que después de haber exaltado, á 
la República, y acaso á Grecia toda, al pi- 



35 

náculo de la grandeza, descendió al se- 
pulcro, sin mancharse las manos ni con 
sangre ni con rapiñas, entre el duelo y 
la desolación de sus conciudadanos, apo- 
teosis la más cumplida de los hombres 
públicos. 

Como todo varón superior, acarició Pe- 
ricles un ideal : — la grandeza legítima de 
su patria; ideal á cuya obra hizo concu- 
rrir todas las fuerzas morales é intelectua- 
les que lo alentaban, realizándolo has- 
ta el punto de que fuese Atenas el cerebro 
de Grecia, y él, Pericles, el oráculo de la 
victoria del derecho y de la justicia sobre 
la fuerza. 

Aunque la literatura anecdótica de Plu- 
tarco no da idea de la grandeza moral de 
Pericles, limpíala, sin embargo, de las man- 
chas que envidiosas medianías pretendieron 
arrojar sobre ella, ya para empañarla, ya 
para rebajarla de la suprema altura y traerla 
á plebeyo nivel. 

Y ¿ quiénes fueron los detractores del gran- 
de hombre ? 

Esas naturalezas vulgares donde se crían 
y fermentan todas las tristezas del hién ajeno, 
que luego á luego se convierten en odios ; 
esos desgraciados para quienes es atroz suplí- 



36 



cío el espectáculo (le la gloria legítima: los 
mismos que persiguieron á Milcíades por 
haber vencido en Maratón ; á Aristides, can- 
sados de oírlo llamar justo ; á Sócrates, 
porque confundiera á los sofistas : los 
mismos que, impacientes por dañar, aun- 
que sea con el intento, merodean en la 
gloria viva, seguros como están de que la 
justicia tributada á la verdadera grande- 
za, es hija de la muerte y principia en la 
tumba. 

Ni los Cratinos, ni los Teléclides, ni ^ 
los Eupolis, han podido borrar de la con- 
ciencia humana la justa admiración tri- 
butada al repúblico que si cometió faltas, 
fueron aquéllas de que sólo excepcional- 
mente pueden sustraerse ciertas naturale- 
zas acrisoladas en la virtud, y ¿por qué 
no decirlo? asistidas por la gracia de lo 
Alto. 

La fábula y la historia están de acuer- 
do en presentar á la naturaleza humana 
débil y enfermiza ; y aquél se dice perfec- 
to entre los hombres que más se acer- 
ca á la perfección, emancipándose, cuanto 
es posible, de las propias flaquezas. 

Una cosa, empero, es ser hombre, y otra 
sei monstruo ; una ser Hércules ó David, 



37 

y otra Falaris ó Tiberio : una cosa es in- 
currir en faltas y otra deleitarse en el 
crimen. 

No puede acusarse de éstos á Pericles, 
quien mereció ser exaltado por la manse- 
dumbre y la templanza con que supo sufrir 
las más acerbas calumnias sin perder la 
serenidad del espíritu. (*) 



II 



Hay dos especies de caudillos: los que po- 
nen las dotes de su espíritu al servicio del pue- 
blo, con el fin de civilizarlo sin adularlo ni 
corromperlo ; y los que, valiéndose del pue- 
blo como de instrumento propicio á la 
ambición, lo adulan y corrompen. Amól- 
danse los primeros á la opinión pública 
para dirigirla benéficamente, encaminán- 
dola á la meta de nobles y patrióticos 
ideales, por cuya realización se ansia co- 
mo necesidad imperiosa de cierta época ; pre- 
tenden los segundos hacer una sociedad á su 

(*) Véanse TucíDlDBS. Guerra del Peloponeso. (Trad. 
de Diego Gradan.) 
Plutarco. Varones Ilustres. (Pericles). 



imagen y semejanza, para referirla sólo á 
lo que sueñan ser gloria de ellos, y que 
no es en fin de fines sino soberbia y re- 
beldía. 

Pertenece Pericles á la raza de los pri- 
meros : á la raza de los civilizadores. Y 
ello, tan inequívoca, tan característicamen- 
te, que es, acaso, la única figura históri- 
ca, sin exceptuar á Sócrates, que haya re- 
sistido á toda adulteración. 

Si se tiene en cuenta el ingenio, la ilus- 
tración y la educación del hijo de Janti- 
po, y el medio social donde se encontró 
colocado; es más admirable aún la precisión 
de su discernimiento respecto del encargo 
que le tocara cumplir y de la fidelidad con 
que supo cumplirlo. 

Todos ó casi todos los que han escrito 
acerca de este varón insigne, atribuyen á 
estudio ó á temor la abstención que respecto 
de los asuntos públicos guardó durante algún 
tiempo; y aun añaden que no apareció 
en la arena, sino cuando muerto Aristi- 
des, desterrado Temístocles y confinado, 
por decirlo así, Cimón en el Almirantaz- 
go de la flota ateniense, encontróse sin 
contrapeso en las luchas civiles. 

Ello pudiera ser; mas, ¿porqué no ex- 



pilcar tal conducta por el apartamiento 
que casi siempre antecede á la acción tras- 
cendental de los grandes, hombres? ¿Có- 
mo no recogerse dentro de sí mismo y 
meditar honda, profundamente, antes de 
acometer empresas en que va á decidirse 
de los destinos de un pueblo y acaso tam- 
bién del porvenir de la humanidad? 

Puédese echar la suerte como César, cuan- 
do se obedece al estímulo de la ambición 
personal ; pero si va en ello la prosperidad 
ó el hundimiento de la patria, nunca es- 
tará de más la espectativa decorosa y pru- 
dente, no cobarde ni artera, que nos acon- 
seje con acierto. 

Sea lo que fuere, temor ó estudio, la 
época imponía á Pericles tal conducta, ya 
que no eran normales los tiempos que 
corrían, sino por todo extremo extraordi- 
narios. 

Porque las guerras medo-pérsicas, al po- 
ner en contacto dos pueblos, ó mejor: 
dos razas, dos civilizaciones, no pudieron 
dejar de influir en los intereses sociales y 
políticos de Grecia. Y ora fuese portal cir- 
cunstancia, ora á causa de las novedades 
introducidas por viajeros ilustrados y pa- 
triotas, alcanzaba la República los días 



40 



instables y transitorios en que algo nuevo 
pugna por realizarse: en que la civilización 
pide cambios; y la conciencia pública aguar- 
da, puesta en esperanza; y sólo hace falta 
algún varón heroico, de inteligencia pode- 
rosa y brazo fuerte, por cuyo esfuerzo se 
realice lo que aparentemente es prodigio, 
no siendo, en realidad, sino el cumplimiento 
de la ley histórica. 

Poseído Pericles del espíritu, de los in- 
tereses y de las tendencias de su época, 
no trató de hacer que á él se acomodasen 
éstos, sino, por el contrario, acomodóse él 
á ellos: asumió, ello sí, la dirección de 
los sucesos, pero para modificarlos en el 
sentido del bien general, nunca para tor- 
cerlos ó desfigurarlos; y si alcanzó la gloria 
de que el siglo en que viviera llevara su 
nombre, fue no sólo por haber sido manda- 
tario de la opinión pública, nunca déspota, 
sino también, y mayormente, por haber te- 
nido la entereza de resistir á la voluntad 
de sus conciudadanos cuando así lo exi- 
gieron la justicia y la conveniencia pública. 

"Los principios republicanos, escribía Ale- 
"jandro Hamilton en El Federalista, no 
"exigen que nos dejemos arrastrar por 
"cualquier soplo de las pasiones popula- 



41 

''res ; ni que obedezcamos sin discernimien- 
"to á los irreflexivos impulsos que la mu- 
"chedumbre pueda recibir de quienes la 
"adulan en sus caprichos para traicionarla 
"en sus intereses." 

"Cuando los intereses legítimos del pue- 
"blo son contrarios á sus deseos, el deber 
"de los guardianes de dichos intereses im- 
"pone que se combata el error de que aquél 
"es momentáneamente víctima, á fin de 
"darle tiempo para volver sobre sí mismo 
"y reconsiderar las cosas con toda re- 
"flexión. Y más de una vez ha sucedido que 
"el pueblo salvado por este medio de las 
"fatales consecuencias de sus propios erro- 
"ree, se ha complacido luego en erigir 
"monumentos de gratitud á los repúblicos 
"que con magnánimo valor expusiéronse 
"á caer en desgracia para servir la causa 
"de la patria." 

Tal fue en este punto la norma de con- 
ducta de Pericles. 

Guardián de la cosa pública, que no es- 
peculador con ella ; servidor, no adulador 
del pueblo ; hablaba siempre á éste el len- 
guaje de la verdad : interponíase entre el 
error de sus conciudadanos y la conve- 
niencia ó la justicia nacional, para salvar á 



42 

la República délos extravíos populares, á pe- 
sar de la mayoría misma. 

Tan impasible en los conflictos civiles 
como en los trances militares, no era su 
brazo más poderoso en éstos que su pa- 
labra en aquéllos ; y ora se tratase de la gue- 
rra atizada por Esparta la temida, guerra 
que veía descender ct manera de torrente des- 
de el Peloponeso ; ora de las aventuradas 
expediciones contra Sicilia, Cartago y Egip- 
to; ya de mantener en obediente espectativa 
al pueblo y al ejército atenienses frente á 
frente de un enemigo poderoso en armas; 
ya, enardecida contra él la muchedumbre, 
estuviera á punto de convertir en obras ho- 
micidas las amenazadoras palabras ; imper- 
térrito y ñrme, disipa el temor, desbarata 
los proyectos de la ambición, refrena las 
impaciencias, desarma las iras, y concluye 
por aumentar en cada conflicto el presti- 
gio de su autoridad, cuya ilimitada exten- 
sión sólo puede medirse por la grandeza que 
alcanzó Atenas bajo el gobierno de tan 
eminente hombre de Estado. 

Acaso el haber ejercido por tantos años 
la autoridad y de manera omnímoda, dio 
margen á que se tildase de aristocrático 
su gobierno ; cargo que no se compone, 



43 



por cierto, con el que también se le ha 
hecho de haber sedncido á la plebe con re- 
partimientos, y pagarle espectáculos, y darle 
jornal, como lo insinúa Plutarco. 

Para el que juzgue desapasionadamente 
á tan ilustre griego, hay injusticia en lo 
uno y en lo otro. 

Alzase Pericles entre las retrógadas preo- 
cupaciones de la oligarquía ateniense y la 
irreflexiva y no pocas veces mezquina vo- 
lubilidad de sus compatriotas, como la 
razón superior entre la soberbia y la en- 
vidia : es el criterio de la patria ática el que 
habla por los labios del magistrado ínte- 
gro y decide las dificultades públicas en 
el sentido del bien y de la honra de 
todos. 

Sin la separación en dos bandos distin- 
tos, no ya sólo políticos sino sociales, suscita- 
da por los aristócratas, y que dividió en dos 
la República é hizo que el un partido se lla- 
mara plebe y el otro oligarquía ; Pericles no 
hubiera tenido que optar entre el dominio 
de los pocos ó el gobierno de los muchos, 
decidiéndose al fin por éste. 

No hay duda de que gobernó con el 
pueblo y para el pueblo, pero teniendo 
siempre por mira la justicia y la utilidad; 



44 

y las fiestas públicas, civiles ó religiosas, 
y los es])ectáculos en que abundaba por 
entonces Atenas, servían á la i)ar que de 
locreo, de instrucción, suavizando los há- 
bitos é ilustrando las inteligencias. 

Fundó la democracia en la retribución de 
los cargos públicos, á fin de que éstos no fue- 
sen monopolio de los ricos y de que su 
ejercicio sirviese de escuela á las aptitu- 
des del ciudadano; con exponer constan- 
temente las bellezas artísticas á los ojos 
del pueblo, inspiró el amor al bien, pre- 
sentándolo como emanación de lo bello ; 
humanó á los dioses en mármol y en bronce, 
y en bronce y en mármol resucitó los héroes, 
para mantener y sustentar el culto de los unos 
y la admiración por los otros, fundiendo así la 
piedad y el heroísmo en uno solo y acen- 
drado afecto; y, por último, previniendo 
futuros desastres y dilatando la fama y el 
poderío de la República, fundó colonias 
que fueron á la par como desagües de la 
población y centinelas avanzadas déla paz 
nacional. 

"¡Admirable hombre, en verdad, no só- 
"lo por la blandura y suavidad que guar- 
ido en tanto cúmulo de negocios y en 
"medio de tales enemistades, sino por su 



45 

"gran prudencia, pues que entre sus bue- 
"nas acciones reputó por la mejor el no ha- 
"ber dado nada en tanto poder ni á la 
"envidia ni á la ira, ni haber mirado á 
"ninguno de sus enemigos como insufri- 
"ble ; y yo entiendo que sólo su conducta 
"bondadosa, y su vida pura y sin man- 
"cha en medio de tan grande autoridad, 
"pudo hacer exenta de envidia y apro- 
"piada rigurosamente á él la denomina- 
"ción al parecer pueril y chocante que se 
"le dio, llamándole Olímpico.'' (*) 

No con menos largueza que Plutarco, 
expone Tucídides las excelencias de Pe- 
ricles. 

"Y á la verdad, dice, mientras tuvo el 
"gobierno durante la paz, administró la 
"República con moderación ; la defendió 
"con toda seguridad ; y la aumentó en gran 
"manera. Después, cuando vino la guu- 
"rra, conoció y entendió muy bien las 
"fuerzas y el poder de la ciudad 

"Mientras Pericles tuvo el poder, junto 
"con el saber y la prudencia, no se de- 
"jaba corromper por dinero : regía al pue- 

(*) Plutarco. Varones Ilustres. {Pericles). 



46 



"blo libremente, mostrándose con él tan 
"amigo y compañero, como caudillo y go- 
"bernador. Además: no había adquirido 
"la autoridad por medios ilícitos, ni decía 
"cosa alguna por complacer á otro; sino 
"que, guardando su autoridad y gravedad, 
"cuando alguno proponía cosa inútil y fue- 
"ra de razón, lo contradecía libremente, 
"aunque por ello supiese que había de 
"caer en la indignación del pueblo ; y 
"todas cuantas veces entendía que ellos 
"se atrevían á hacer alguna cosa fuera de 
"tiempo y de sazón, por locura y temeridad 
"antes que por razón, los detenía y re- 
"frenaba con su autoridad y gravedad en 
"el hablar. Al mismo tiempo cuando los 
"veía medrosos sin (;ausa, los animaba." (*) 
Después de estas afirmaciones, ¿qué va- 
lor puede asignarse a las diatribas de Eu- 
polis, rival impotente de Pericles en la 
tribuna, y cómo tomar en serio la pintura 
que del grande ateniense nos hace el mismo 
detractor, cuando nos lo representa disfrazado 
de Júpiter grotesco con cabeza de cebolla? 
Ni tienen en este particular más eficacia los 
cliistes de Aristófano, el cortesano de la 



(*) TüCÍDiDES. Guerra del Peloponeso. {Trad. de 
Diego Gradan. ) 



47 

maledicencia popular ; porque de ninguna 
manera podía respetar nada ni á nadie, 
quien había atentado contra la majestad 
del Olimpo, degradando á los dioses, y 
contra la virtud de la tierra, insultando 
á Sócrates. 



III 



Excepto ciertas frases agudas ó filosófi- 
cas, de aquellas en que tanto se compla- 
cía la antigüedad, nada quedó literalmen- 
te fijado, del grande orador : bastóle á éste 
escribir en mármol la gloria de su patria y 
su propia gloria ; contentóse con grabar en la 
conciencia pública los altísimos hechos de 
su magistratura; con dejar sus hazañas 
guerreras conmemoradas en nueve victo- 
riosos trofeos. 

Esto no obstante, mostrando Tucídides 
el método de los historiadores maestros, 
da á Pericles tres discursos, que no por 
ser imitación, pos|)onen la oratoria del 
grande hombre de Estado ; y bien se echa 
de ver en ellos, al través del arreglo del 
historiador, la alteza del tribuno: lo cual 



48 



autoriza para creer que, por lo menos, con- 
servó aquél la armazón de la obra, las ideas 
capitales y no pocos pasajes al pie de la letra. 

Basta comparar dichos tres discursos con 
el cuerpo del libro en que corren, para 
encontrar entre el uno y los otros diferen- 
cia de raza ideológica y aun de forma. 

Tucídides estudia y anota para concluir 
luego con enseñanzas que principian y 
terminan en su Historia. 

Habla Pericles con la entonación de 
quien asienta verdades canónicas, y como 
tales incontrovertibles: — con plenitud de 
intuición soberana. Fluye la elocuencia 
de sus labios á manera de río caudaloso, 
cuyos inagotables manantiales son descono- 
cidos; deja caer desde tanta altura la palabra, 
con tal autoridad, que se le escucha cual á 
oráculo. Y como está por cima de todas 
las pasiones, de todos los intereses mez 
quinos y transitorios; como sólo se inspi- 
ra en la gloria de la República y en la 
dicha de sus conciudadanos; cada pensa- 
miento suyo es un dogma, cada discurso 
un código de sabiduría. 

Hay en ellos más ideas que palabras ; 
más enseñanzas en lo que se sugiere que 
en lo que se dice. 



49 



Feríeles no se escucha á sí mismo como 
los habladores gárrulos ; el lenguaje no es 
para él instrumento melópico que arrulla 
y adormece, ni mucho menos columpio 
deleitoso; sino virtud poderosísima que des- 
pierta el ánimo y lo levanta á las alturas 
del deber y del heroísmo. 

Su elocuencia no estriba en el estilo ni 
en la acción, sino en algo inefable que 
respira, que vive, aun en la letra muerta 
llegada hasta nosotros bajo la forma de 
imitaciones y traducciones. 

Breve y parco de palabras; de inmóvil 
y sereno continente, que realzaba con ro- 
paje de gracia decorosa ; preséntase aquel 
hombre extraordinario á los ojos de sus coe- 
táneos mismos y á los de la posteridad, 
como el Júpiter de Fidias, expresándose en 
el idioma de Sócrates. 

Y no en vano dijo alguno de sus riva- 
les ser el único entre los oradores que in- 
troducía la palabra á modo de aguijón, 
en el alma de cuantos lo escuchaban; y 
otro nos lo muestra como el Saturnio, desco- 
giendo desde la tribuna fragorosos rayos que 
conmueven y estremecen á Grecia. (*) 



(*) Eupolis y Aristófano. 



50 



De ahí el dicho de que La persuación 
moraba en sus labios; de ahí el (jue se le 
apellidase el Olímpico. 



iV 



Cada uno de los tres discursos que en 
boca de Pericles pone Túcidides, puede 
graduarse de obra maestra en su género. 

Porque si constituye señalado triunfo 
haber disipado el natural temor que ins- 
piraba á los atenienses el poderío y la 
dureza de Esparta, y concertado en uno 
solo los diversos pareceres, para resguar- 
do de la República; si el elogio de los 
buenos, muertos heroicamente en defensa 
de las instituciones patrias, abunda en pa- 
sajes donde la verdad luce como piedra 
preciosa montada sobre el oro de la be- 
lleza ; el que un ciudadano, antes poderoso, 
caído ahora en odio y en desgracia, arros- 
tre la furia de todo un pueblo, y ha- 
ciendo su propia apología, convenza de 
injusticia á los contrarios y los traiga al 
terreno de la razón y de la conveniencia 
pública, cual era entonces para los ate- 



51 

Ilienses: la continuación de la guerra con- 
tra un enemigo á quien estimaban no sólo 
incontrastable sino invencible; es clara 
muestra de suprema elocuencia que sólo 
puede producir quien á la fuerza podero- 
sa del ingenio añada la plena posesión de 
la verdad. 

Sin embargo: cuantos han expuesto pa- 
recer acerca de los referidos tres discursos, 
dan la palma al pronunciado en loor de 
los muertos en la guerra del Pelopo- 
neso ; á lo que se me alcanza, porque 
sobre ser más artístico en la forma y ce- 
lebrar las virtudes de los que concurrie- 
ran á la salvación y engrandecimiento de 
la República ofrendando la vida en aras 
de ella; l.is circunstancias del momento, 
ingenif)samente aprovechadas por el ova 
dor, y la distribución de la piozn, im[)u- 
sieron aquel juicio. 

En efecto: todo contribuía á solemniznr el 
acto grandioso en que héroes invisibla^, |>oro 
no ati frentes, tomaban posesión de In inmoitn- 
lidad. 

El cadalso, como llama Tucídides el ca- 
tafalco sobre el cual colocaban los huesos 
de los fenecidos en la reciente campaña , 
las ofrendas que en él despositaban los 



52 

parientes y amigos de aquéllos; la urna 
de ciprés dispuesta por cada tribu para 
contener los restos mortales de sus coterrá- 
neos, y aquella otra vacía destinada á reme- 
morar los guerreros cuyos cadáveres no pudie- 
ron haberse ; el concurso de gentes de todas 
clases y condiciones; el solar sagrado dis- 
puesto para sepultar á los que habían me- 
recido bien de la patria ; la presencia 
de Minerva, que presidía la apoteosis des- 
de lo alto del Acrópolis; el puerto del 
Pireo, que, como quien dice, recibía la 
palabra del orador para dilatar en las 
lontananzas de los mares el espíritu re- 
munerador del Ática ; todo, todo po- 
nía de lesalto la solemnidad con que el 
pueblo ateniense sabía recompensar las ha- 
zañas de sus defensores y santificar á los 
héroes en la religión del patriotismo. 

Necesítase, en verdad, tal escenario y 
semejantes circunstancias, para posponer al 
último los otros dos discursos, que no le ce- 
den, por cierto, ni en la naturalidad esté- 
tica, característica de la elocuencia de Pén- 
eles ; ni en el vigor de las ideas, ni en lo 
arduo y trascendental del nsunto. 

No habla, empero, Pericles, cuando elo- 
gia á los guerreros muertos, ni ante el 



53 



Senado ni ante el pueblo, sino ante la pa- 
tria misma; ante el mundo y para ense- 
ñanza de las generaciones venideras : no es 
el orador sino el genio inspirado por el 
Numen de la patria; el sacerdote á cuya 
palabra se transforma el ciudadano en héroe 
y el héroe en semidiós, con altares y culto. 



Discordes andaban los pareceres sobre 
si había de anularse el decreto contra los 
megarenses, á exigencia de los lacedemo- 
nios, ó si se mantendría en vigor. 

Grave era el asunto, pues la decisión 
envolvía nada menos que la paz ó la guerra ; 
y sobre grave, urgente. 

En tal punto sube á la tribuna Peri- 
cles, y rompe el discurso con estas solem- 
nísimas palabras: 

"Mi parecer es y fue siempre, varones 
"atenienses, no conceder ni otorgar su de- 
"manda á los lacedemonios, ni rendirnos á 
"ellos, aunque sepa muy bien que los hom- 
"bres no hacen la guerra al final con aquella 
"ira y ardor de ánimo con que la empren- 



54 



''den, sino que, según los sucesos, mudan y 
"cambian sus voluntades y propósitos." 

i Cuánto distamos hoy de esta elocuencia 
varonil, franca, gallarda, hija de la verdad; 
que nada teme cuando se trata del cum- 
plimiento del deber y de la conservación 
de la honra ; que no duda nunca de la 
victoria del derecho sobre la fuerza; que 
no envuelve el miedo con el ro])aje de la 
falsa prudencia; y que antes de permanecer 
suspensa entre el castigo y la esclavitud, 
prefiere caer vencida á vivir humillada ! 

"Si les otorgamos esto, continúa, incon- 
"tinenti os demandarán otra cosa mayor, 
"pareciéndoles que por miedo habéis ce- 
"dido á su pretensión ; y si les recusáis 
"con aspereza, vendrán replicando en igual 
"tono. Por tanto, me parece que debéis 
"determinar : ú obedecer y pactar con ellos 
"antes de recibir daño, ó emprender la 
"guerra, que es lo que juzgo por mejor, 
"antes que otorgarles cosa alguna grande 
"ni pequeña, para no tener ni gozar con 
"temor lo que tenemos y poseemos." 

Y como si no bastase este último rasgo, 
que expone inequívoca y claramente la 
vida oprobiosa de los que renuncian, co- 
bardes, á la defensa de su libertad, ter- 



t 



55 



mina la consideración del punto, con esta 
filosófica sentencia : 

"En tan gran servidumbre y sujeción 
"se pone el hombre obedeciendo al mandato 
"de sus iguales y vecinos sin tela de juicio, 
"en cosa pequeña como en cosa grande." 

Pone de manifiesto en seguida la polí- 
tica artera de Esparta, su rivalidad con 
Atenas, sus intrigas y su inquebrantable 
propósito de suscitar una guerra en que 
el Ática toda quede vencida y humillada, 
cuando no destruida. 

Pero no será tal, porque Atenas, por- 
que el Ática triunfará irrevocablemente 
en esta guerra ; que los mismos bajeles 
vencedores en Salamina, vencerán nueva- 
mente en todas partes. 

El mar es campo victorioso para los ate- 
nienses, quienes no en vano afianzaron en él 
la independencia helénica. 

Y por último, invocando recuerdos que no 
mueren sino con la dignidad y la honra de 
la patria: 

"Nuestros mayores y antepasados, dijo, 
"cuando emprendieron la guerra contra 
"los medos, ni tenían tan gran señorío 
"como ahora tenemos, ni poseían tantos 
"bienes ; y lo poco que tenían lo dejaron 



56 



"y aventuraron de buena gana, usando 
"más de consejo que de fortuna, y de es- 
"fuerzo y osadía, que de poder y facultad 
"de hacienda. Así expulsaron á los bár- 
"baros y aumentaron su señorío en el es- 
"tado en que ahora lo veis. No debemos, 
"pues, ser menos que ellos, sino resistir 
"á nuestros contrarios, defendernos por to- 
adas vías, y trabajar por no dejar nues- 
"tro señorío más ruin y menos seguro que 
"lo heredamos de ellos." 

"Habiendo Pericles acabado su razona- 
"miento, dice Tucídides, los atenienses, 
"aprobando el consejo, determinaron seguir- 
"lo, y conforme á él respondieron á los la- 
"cedemonios." (*) 

Meditad las palabras del historiador, y 
veréis en ellas la alabanza más cumplida 
del orador y del hombre de Estado. 



VI 



Conflictiva en extremo era la situación 
de Atenas al promediar el segundo año 
de la guerra del Peloponeso. 



(*) Tucídides. ^ ífísf. de la Guerra del Pelop. ( Trad. 
de Diego GraciÁn.) 



57 

Entrado por el enemigo á sangre y des- 
trucción el territorio del Ática hasta las 
cercanías de la ciudad; llena ésta con to- 
das las gentes comarcanas, que se aco- 
gían á ella como á seguro de salvación ; 
y para colmo, el azote déla peste; alcanzá- 
banse días verdaderamente apocalípticos. 

Pero ni el hambre, ni las privaciones 
de todo linaje, ni la guerra misma, era 
tan temerosa y horrible como el contagio 
que cayó entonces sobre los atenienses. 

"Jamás se vio en parte alguna del mundo, 
"dice Tucídides, tan grande pestilencia, ni 
"que tanta gente matase. Los médicos 
"no acertaban el remedio, porque al prin- 
"cipio desconocían la enfermedad, y mu- 
"chos de ellos morían los primeros al vi- 
"sitar á los enfermos. No aprovechaba el 
"arte humano, ni los votos y plegarias en 
"los templos, ni adivinaciones, ni otros 
"medios de que usaban, porque, en efecto, 
"valían muy poco; y vencidos del mal, 
"se dejaban morir." (*) 

Agobiado el pueblo bajo el peso de ta- 
maña calamidad, movíase, inconsciente, á 
todo viento de impresiones, achacando á 



(*) Tucídides. Obra citada. 



58 



esto ó á lo otro las desgracias que pade- 
cía ; y, conforme á la previsión de Peri- 
cles cuando opinó por la resistencia con- 
tra Esparta, no hacían ya la guerra con 
aquella ira y ardor de ánimo con que 
la emprendieran, pues los sucesos infaustos 
habían mudado y cambiado las voluntades 
y los propósitos. 

Todo estaba desprestigiado á causa de 
lo precario de la vida: el templo, donde 
yacían mudos los dioses ; la patria, ajada, 
escarnecida, casi prisionera de un enemi- 
go cruel y despiadado ; los hogares, con- 
vertidos en hospedería de la muerte. 

Llegó á tal punto la desesperación, que se 
agotaban los últimos instantes de la existen- 
cia entre liviandades y torpezas, como apura- 
l)a el antiguo sentenciado á muerte el vino de 
gracia con que se le asistía, para que cayese, 
antes que exánime, ^brio, sobre su propia 
deshonrada sangre. 

Sólo Pericles permanece íntegro, ileso, 
en medio del general desorden, al modo 
de firmísima columna que subsiste sobre 
las ruinas de grandioso edificio. Sólo él 
es dueño de sí mismo; ni desespera de la 
salvación de la República. 

¿Podrá, empero, dominar las iras popu- 



59 

lares, que braman en torno de su frente, 
como ha dominado los estragos de la guerra 
y los horrores de la peste? 

Cuando las catástrofes proceden de lo 
Alto, como que traen consigo mismo al 
hombre aliento poderoso para resistirlas ; 
pero cuando se forjan en el antro de las malas 
pasiones donde impera la envidia, piden 
algo así como serenidad divina para afron- 
tarse con ellas y dominarlas. 

Y la serenidad divina existe en el va- 
rón justo que da culto al deber. 

No se había colmado aún la medida de 
las calamidades para el pueblo ateniense; 
y á los desastres de la guerra y do la 
peste, que si traen la muerte no la dan con 
deshonra, añadíase ahora el oprobio de soli- 
citarla pazcón un enemigo cuya soberbia no 
la aceptaba, sino la imponía, á fuero de con- 
quistador. 

De ahí al sometimiento no mediaba sino 
un paso ; y habríalo dado Atenas si Pe- 
ricles, investido aún con la autoridad de 
Caudillo y Capitán de la Armada, no hu- 
biera reunido á los ciudadanos y exhor- 
tádolos á que tuviesen buena esperanza, 
procurando convertir la ira en mansedum- 
bre V en confianza el miedo. 



Lo que constituye la elocuencia de Pé- 
neles en el discurso por él pronunciado 
con tal motivo, no es sólo el criterio po- 
lítico, ni las atinadas apreciaciones acer- 
ca de la conveniencia nacional, ni el exa- 
men de los elementos victoriosos en que 
abunda la República, ni el llamamiento 
á las glorias patrias puestas ahora en tran- 
ce deshonroso, ni cuanto, por decirlo así, 
se respira en aquella obra maestra del 
grande orador: la elocuencia de Pericles 
en esta ocasión consiste en el valor sere- 
no, impasible, cuasi divino, con que se pre- 
senta ante aquel pandemónium, donde gri- 
tan y bufan y braman y ladran todas las 
pasiones del infierno ; y se presenta no 
como suplicante sumiso que implora la 
magnanimidad del superior, sino como 
protector cuya autoridad se impone por 
obra de la ley, aun entre el poder tumultua- 
rio de la anarquía. 

Ningún circunloquio cobarde, ningún eu- 
femismo hipócrita, ninguna reticencia en- 
gañosa: allí no se rinde cuenta por el man- 
datario, sino se piden por el patriota á los 
malos ciudadanos que pretenden salvarse sa- 
crificando á la Kepública en las aras del 
Miedo. 



61 

No sorprende á Pericles el odio que contra 
él abrigan los atenienses; antes bien, ello con- 
firma sus previsiones. Y por lo mismo ha 
querido juntarlos para quejarse de ellos 
y saber si desmayan; si pueden más las 
adversidades, sean cuales fueren, que el de- 
ber, el piadoso, pero inexorable deber para 
con los dioses de la patria. 

Ni para aquí la inflexible energía de 
Pericles. 

Después de haber hablado en nombre 
de la salvación común é interpuesto entre 
las cobardías de la desesperación y los dic- 
tados de la esperanza, el decoro de la Re- 
pública, ha de hablar en nombre de sí 
mismo ; ha de apelar al testimonio de su pro- 
pia conciencia, que con ser una sola, pe- 
sa más en la balanza de la justicia, 
que la voluntad errónea, por medrosa, de 
todo un pueblo. 

"Y os engañáis con un hombre como 
''yo, díceles ( recordándoles ser el Piii- 
"mer Ciudadano dk la Patria), que á 
"mi parecer ninguno le lleva ventaja así en 
"conocer y entender lo que cumple al bien 
"de la República, como en ponerlo por 
"obra, ni en tener más amor á la patria, 
"ni que menos se deje vencer por dinero; 



"que todas estas cosas se requieren en un 
"buen ciudadano. Porque el que conoce 
"la cosa y no la pone por obra es como 
"si no la entendiese. Cuando hiciese lo 
"uno y lo otro, si no fuere aficionado á 
"la República, ni dirá, ni hablará cosa 
"que aproveche en común. Cuando tuvie- 
"se lo tercero y se dejare vencer por di- 
"nero, todo lo venderá por esto. Por lo 
"cual, si conocéis que todo esto cabe en 
"mí más qué en ninguno de los otros, y 
"si en mí os confiasteis para emprender 
"esta guerra, no cabe duda, de que me 
"culpáis sin razón. Porque así como es 
"locura desear la guerra antes que la 
"paz, cuando se vive en prosperidad; así 
"cuando precisa obedecer á sus convecinos 
"y comarcanos y cumplir sus mandatos, 
"ó exponerse á todo peligro })or la victo- 
"ria y la libertad, los que en tal caso rc- 
"huyen el trabajo y riesgo son más dignos 
"de culpa." 

"Y así como los hombres aborrecen y 
"odian á quien por ambición procura ad- 
"quirir la gloria y la honra que no le perte- 
"necen ; así también vituperan y culpan 
"al que por falta de ánimo pierde la glo- 
"ria y la honra que tenía. Por tanto, varo- 



"lies atenienses, olvidando los dolores y 
"pasiones particulares, debemos amparar 
''y defender la libertad común." (*) 

Pocas veces, como en ésta, aparecen jun- 
tas la serenidad y la vehemencia: sereni- 
dad de la razón soberana que se impone 
por el poder de la verdad; vehemencia de 
la justicia inexorable, que busca, que soli- 
cita el bien supremo para las sociedades, 
cual es: la dignidad de la nación basada en 
la dignidad del ciudadano. 

No omite Pericles ninguna considera- 
ción relativa al estado social y político 
de Atenas : considera la guerra como grave 
mal, pero mal inevitable en lo presente, 
que se trocará en bien futuro, porque en- 
grandecerá la República levantándola sobre 
trofeos de nuevas y trascendentales victo- 
rias; asegura con la intuición patriótica 
de Temístocles, que Atenas vencerá en 
los espacios marinos á sus enemigos de 
hoy, como venció en los miamos espacios á 
sus enemigos de ayer; alaba la confianza que 
procede del consejo prudente y de la recta 
razón ; y vitupera }' escarnece la que nace 
de inesperada y caprichosa prosperidad. 



(*) TucíDiDES. Obra citada. 



64 



Todo lo había examinado, todo lo había 
ya dicho: había [)revisto las contingencias 
de la guerra y señalado con índice pode- 
roso el campo triunfal donde se pondría 
término á la lucha. Pero como era él, 
Pericles, el blanco de las malas pasiones ; 
como por odio á él intentárase nada me- 
nos que ofrecer la patria á manera de 
víctima propiciatoria en los altares de un 
poderoso á quien de antemano se creía 
vencedor; por ciencia y por arte cierra 
Pericles el círculo de la oración volvien- 
do á hablar de sí mismo, y no como quie- 
ra, sino esforzando la alabanza : preconi- 
zando, por decirlo así, sus propias virtudes. 

"Los que carecen de mérito me tendrán 
"odio y envidia, lo cual no es cosa nue- 
"va, porque comunmente acontece á todos 
"los que son reputados por dignos de pre- 
"sidir y mandar á los otros, el ser envi- 
"diados. Pero el que sufre tal envidia y 
"malquerencia en las cosas grandes y de 
"importancia, puede dar mejor consejo; 
"pues, menospreciando el odio, adquiere 
"honra j reputación en el tiempo de presente 
"y gloria perpetua para el venidero." (*) 



(-*) TüCÍDiDEs. Obra citada. 



65 

He ahí el retrato de Pericles hecho 
por él mismo. 

No podemos leer estos conceptos sin que 
inmediatamente se nos vengan á la me- 
moria estotros notados por Plutarco : 

"Estuvo en cierta ocasión un hombre 
"malvado é insolente denostándole é in- 
"juriándole (á Pericles) todo el día ; y lo 
"aguantó aun en la plaza, mientras tuvo 
"que despachar los negocios que ocurrieron: 
"á la tarde se retiraba tranquilo a casa, y 
j "aquel hombre se puso á seguirle, vomi- 
"tando contra él toda suerte de dicterios: 
"llegó á casa (Pericles) cuando ya había 
"oscurecido, y mandó á un criado que to- 
"mase un hacha y fuese acompañando á 
"aquel hombre hasta su posada." 

La magnanimidad, madre del perdón, 
es virtud característica del civilizador de 
Atenas. 



VII 

En los dos anteriores discursos admira- 
mos á Pericles como hombre de Estado, 
cuya oratoria, copiosa en filosofía guber- 
nativa, combate, refuta, convence, conmue- 



ve, y triunfa sobre sus contrarios para lion- 
ra y prez de la justicia y del bienestar de la 
República. 

■ Adivínase en la diestra del orador la 
espada del guerrero; la espada que comu- 
nica temple á su palabra y le ciñe la frente 
con el nimbo deslumbrador de la victoria. 

Propósitos más amplios, mayores y más 
trascendentales miras, una civilización lo- 
cal que es ya preludio de progreso cos- 
mopolita; y sobre tan eximias cualidades, 
el arte llevado á la mayor cultura en el t 
ideal y á la mayor perfección en la plás- 
tica; eso nos ofrece el discurso de Pericles 
en loor de los guerreros muertos. 

•*£sta noble harenga, dice madama Qui- 
"net, debería servir de modelo á cuantos 
"en lo porvenir quieran bonrar al ciuda- 
"dano que ba merecido bien de la patria." 

Trasladémonos con la imaginación al 
teatro de la apoteosis ; contemplemos al 
grande orador, que. es al propio tiempo 
Caudillo y Capitcm de la Armada, como lo 
dice Tucídides ; figurémonos oír cual flu- 
yen de sus labios los períodos rítmicos de 
la lengua de Homero, para caer, produ- 
ciendo eléctrico estremecimiento, sobre el 
concurso de heroicos guerreros que absor- 



m 

tos escuchan ; envolvamos la solemne es- 
cena con la irradiación espléndida de la 
libertad, más deslumbradora que el sol del 
Ática cuando se refleja en las canteras 
del Pentélico, ó cuando viste con áureo 
manto los templos de los dioses y las es- 
tatuas de los héroes; y tendremos siquie- 
ra un cuadro pálido de aquella represen- 
tación cuyo asunto es el engrandecimiento 
de la patria por la victoria, y la glori- 
ficación del ciudadano por el cumplimien- 
to del deber. 

El sentimiento de la inmortalidad cons- 
tituía, puede decirse, el objeto principal 
de la vida en la patria de Sócrates y de 
Aristides; y ello de tal manera, que el 
griego, sobreponiéndose á los profundos te- 
rrores de la muerte, conviértela en maes- 
tra de virtudes sociales y domésticas. El 
ser débil, enfermizo, falible, desaparecerá 
para que sobre sus despojos se alce el hé- 
roe, á quien emancipa la muerte procla- 
mándolo vencedor de las flaquezas huma- 
nas é hijo de la gloria. 

Sobre esta idea capital gira con subli- 
me, y, aun pudiera decirse, con patética 
harmonía, el discurso de Pericles, cuyo 
propósito en esta ocasión es levantar el 



alma del ciudadano al Olimpo, donde se 
ostentan con majestuosa serenidad los hé- 
roes muertos ; elevar cada vez más el nivel 
de las inteligencias; infundir en el alma 
la impasibilidad de la virtud; educarla en el 
amor de lo bello, para que por este medio 
se posesione y disfrute del bien. 

Y j con cuánto arte produce todo esto ! 

No creáis, empero, que hablo de lo que 
algunos pretenden dar como arte oratorio, 
y que consiste en pantomimas ridiculas 
por estudiadas, ó en modulaciones indeco- 
rosas por femeniles ; ropaje abigarrado de 
palabras ruidosas pero vacías, más propias 
del teatro que de la tribuna. Ni hablo 
siquiera del arte de Isócrates, sofístico un 
tanto en el fondo y esclavo en las formas; 
arte fincado en la simetría de los períodos 
y en lo que bien pudiera llamarse cadencias 
casi prosódicas. 

El arte oratorio de Pericles es har- 
monioso cual la madre Naturaleza ; im- 
ponente y atractivo como ella ; y como ella 
abundante en bellezas de perspectivas mora- 
les y docentes que las lontananzas del tiempo 
lejos de marchitar retocan. Arte ingénito, y 
como tal espontáneo, no aprendido ; compara- 
ble sólo al de los profetas hebreos, porque pro- 



cede del alma y se alza al cielo sobre las po- 
derosas alas de la inspiración, aunque por 
caminos diversos y procedimientos distin- 
tos : arte severo y a la par apacible, que 
conmina y halaga, y produce el bien por 
obra de lo bello. Tales y tan marcadas 
gradaciones ostenta; divisiones tan exactas 
y harmoniosas; tan delicadas variedades; 
en suma : tal gracia, que presenta formas 
literarias arquitectónicas, majestuosas é im- 
ponentes, como el aspecto del templo ya 
consagrado al dios. 

Y este arte procede, no de la inteligen- 
cia, ni de la fantasía, sino del alma, es 
decir: de lo divino que en la naturaleza 
humana existe. 

Aunque se trata de la apoteosis de los 
héroes, no es de ellos la prez de aquel 
acto remunerador, sino de Atenas. 

Por Atenas, por la gloria y por la fa- 
ma de la ciudad de Minerva, corrieron 
aquéllos al combate y cayeron sobre su 
propia sangre, pues les parecía cosa dura 
sufrirse esclavos en el solar que sus mayores 
engrandecieron, cuando vivos, con proezas 
insólitas, y santificaron, muertos, con sus 
restos sagrados. Que tiene fundadores la 
fama de Atenas ; y son los varones escla= 



70 

recidos, primeros habitantes de tan privi- 
legiada región, y sus no raenos ilustres, inme- 
diatos descendientes, causantes de las genera- 
ciones actuales, quienes conservan intacto 
el tesoro legado por los unos y acrecido 
por los otros. 

Sobre las virtudes de estas generaciones 
descansa y subsiste la grandeza de Atenas : 
de Atenas, que es escuela de doctrina, regla 
para toda Grecia y cuerpo bastante y sn- 
ficiente para administrar y dirigir bien á 
muchas gentes en cualquier género de cosas. 

Tal fue y tan pura el ara donde se sa- 
crificaron los proceres, cuya memoria, ben- 
decida y aclamada por la voz de Pericles, 
del Primer Ciudadano dk la Patria, 
encúmbrase sobre merecidas alabanzas has- 
ta el pináculo de la inmortalidad. 

Dichas ya las grandezas de Atenas y 
preconizada la gloria de sus esforzados de- 
fensores, quedaba satisfecha la expectación 
pública. 

Pero después del homenaje rendido á 
la República ; después del tributo dado á 
los beneméritos de ella ; necesario era 
suscitar la noble emulación del patriotis- 
mo, á fin de que tal como lo presente 
correspondía e^n nubleza 4 ]o pasado, cq- 



71 

rrespondiera del propio modo lo porvenir 
á lo presente, convirtiéndose así en pro- 
greso humano la civilización ática. 

Y hé aquí cómo presiente y expone 
Feríeles aquella ciudadanía universal que 
será la más alta expresión de la filosofía 
socrática : 

"La tierra toda, dice, es sepultura de 
"los hombres famosos y señalados, cuya 
"memoria, no solamente se conserva por 
"los epitafios y letreros del sepulcro, sino 
"por la fama que sale y se divulga en 
"gentes y naciones extrañas; las cuales con- 
"sideran y revuelven en su entendimiento 
"mucho más la grandeza y magnanimidad 
"del corazón, que el caso y la fortuna que 
"depara la suerte. Estos varones os po- 
"nemos delante de los ojos, dignos, cierta- 
"mente, de ser imitados por vosotros, para 
"que conociendo que la libertad es felici- 
''dad y la felicidad libertad, no rehuyáis 
"los traba,jos y peligros de la guerra; y 
"para que no penséis que los ruines y co- 
"bardes que no tienen esperanza de bien 
"ninguno, son más cuerdos en guardarla 
"vida, que aquéllos que por ser de mejor 
"condición, la aventuran y ponen á todo 
"riesgo. Porque al hombre sabio y pru- 



72 

"dente más le pesa y más vergüenza tie- 
"ne de la cobardía que de la muerte, la 
"cual no siente por su proeza y valentía 
"y por la esperanza de la gloria y de la 
"honra pública." (*) 

Tal es el discurso de Pericles en loor 
de los militares fenecidos en la primera 
campaña de la guerra del Peloponeso : an- 
ticipado canto del cisne, testamento del 
grande hombre, que contiene en sumario 
elocuente toda una filosofía social y polí- 
tica ignorada aun hoy día por muchos ^ 
pueblos, practicada por pocos, no supera- 
da por ninguno. 

¡ Qué lección para los egoístas y para 
los cobardes! Y al propio tiempo ¡qué 
recompensa para los que, puesta la men- 
te en los ideales del patriotismo, profe- 
san y practican la religión del deber! 

Nunca fue estéril el sacrificio de los 
buenos, porque de él nace y por él crece 
la grandeza, la fuerza, la gloria de la patria ; 
de la patria, que consagra con gratitud piado- 
sa la memoria de aquéllos, y los inmor- 
taliza confundiéndolos coq su propia exis- 
tencia. 



(•■•) TücíDiDEs. Obra citada, 



73 



VIII 

"Debía Pericles á la naturaleza, dice el 
"eclesiástico Barthelemy, ser el más elo- 
"cuente de los hombres, y á la aplicación, 
"el primer orador de Grecia." Y en ver- 
dad: no sé si alffana vez concurrieron en 
el mismo individuo las dotes del in- 
genio y la cultura que da la educación ; 
pero ésta tan subordinada á aquéllas, que 
no se la advierte ; pues lo que parece au- 
sencia completa de arte, es el propio arte 
llevado á la perfección suprema. Y si pu- 
diera establecerse algún paralelo entre el 
lenguaje y la escultura, entre las ideas y 
las formas arquitectónicas ; arriesgaríame á 
decir que en los discursos de Pericles el 
pensamiento se mueve con ondulaciones 
graciosas y apacibles como las curvas en 
los contornos de la estatua; al paso que 
la idea, á fuer de verdadera, va directa- 
mente al intento, como la línea recta al 
término, en la fachada de suntuoso edificio. 

De ahí la brevedad de las sentencias, 
la harmoniosa amplitud de los períodos, el es- 
plendor actual y las perspectivas del bien, 
que caracterizan la elocuencia del Olímpico 



74 

y la señalan como la severidad eu la be- 
lleza. 

En Pericles el guerrero complementa al 
hombre de Estado, cuyo pedestal es la tri- 
buna, trono de su grandeza ; que si con la 
espada obra milagros materiales, con el 
raciocinio crea toda una civilización basada 
en la autoridad y en el poder, en la fuerza y 
en la persuación. En una palabra: produ- 
ce la perfección relativa que puede alcan- 
zar la sociedad humana en materia de 
gobierno. 

Ni ¿ quién reunió en tal grado las cua- 
lidades que constituyen el arte oratorio, 
desde las más sublimes hasta las más tri- 
viales; desde las más varoniles y levan- 
tadas hasta las más insinuantes y senci- 
llas? Si, como Sócrates y Aristides, no 
hubiera desdeñado el reducir á escritos sus 
arengas; si poseyésemos siquiera en toda 
su integridad los tres discursos traídos por 
Tucídides ; indudablemente que en ellos 
se informaría el monumento imperecede- 
ro de la elocuencia ateniense puesta al ser- 
vicio de la verdad gubernativa. 

Que es Pericles, aun hoy día, el represen- 
tante de la democ^'acia pura ; y ello, por- 
que supo transformarse por completo ; vol- 



75 

verse hombre nuevo; deshacer todo vín- 
culo con las opiniones muertas de su 
tiempo. 

" Nadie menos que él, dice Quinet, se 
"dejó influir por el espíritu banderizo." 

Comprendió las tendencias de su época, 
y lejos de combatirlas púsose al frente de 
ellas para dirigirlas en el sentido del pro- 
greso; rompió toda especie de compromi- 
so entre la idea nueva y las antiguas ru- 
tinas. Al modo que Sócrates había dese- 
chado la añeja filosofía y Fidias la vieja 
escultura, él dio de mano á la política 
caduca que se empeñaban en conservar á 
todo trance hombres enmohecidos por el 
egoísmo. 

Entendió que la idea, si ha de cantar 
victoria, ha menester de la fuerza ; del nú- 
mero, pero para convertirlo en derecho; y 
con la autoridad del derecho, imponer la 
justicia. 

Murió llevándose consigo á la tumba 
la victoria definitiva de Atenas, cuya he- 
gemonía acaso habría hecho imposible los 
desatentados sueños de Alejandro y las san- 
grientas bacanales que pusieron término 
al poderío romano y prepararon las ver- 
gonzosas postrimerías del Bajo Imperio. 



76 



"Estando ya para morir, dice Plutarco, 
"le hacían compañía los primeros entre 
"los ciudadanos y los amigos que le que- 
"daban, y todos hablaban de su virtud y 
"de su poder, diciendo cuan grande ha- 
"bían sido; medían sus acciones, y conta- 
"ban sus muchos trofeos, porque eran has- 
"ta nueve los que, mandando y vencien- 
"do, había erigido en honor de la ciudad. 
"Decíanse esto linos á otros en el concep- 
"to de que no lo percibía, y de que ha- 
"bía 3^a perdido enteramente el conoci- 
"miento; mas, él lo había escuchado todo 
"con atención, y esforzándose á hablar les 
"dijo: que se maravillaba de que hubiesen 
"mencionado y alabado entre sus cosas aque- 
"llas en que tiene parte la fortuna y que 
"han sucedido á otros generales ; y ninguno 
"hablase de la mayor y más excelente, que 
"es, dijo : — el que por mi causa ningún 
"ateniense ha tenido que ponerse vestido 
"negro." 

Bien merece quien tal dijo de sí pro- 
pio sin temor de quedar desmentido, ser 
proclamado por la historia benemérito de 
la humanidad. 



77 



IX 



Y sin embargo : este varón egregio, gran- 
de por abolengo de patricio; mayor por 
sus propias, intrínsicas virtudes; máximo 
como repíiblico; incurrió en dos gravísi- 
mas faltas: la una contra el fuero social, 
contra el orden político la otra. Porque 
después de haber tolerado que se manci- 
llasen las buenas costumbres, permitió se 
minaran por su base las instituciones, y 
se desplomasen sobre la República, en cu- 
yos despojos imperaron de entonces los 
demonios de la anarquía disfrazados de 
apóstoles de la democracia. 

Miró, impasible, la invasión de las con- 
cupiscencias jónicas, que se estrenaron des- 
lumhrando la juventud, y terminaron por 
enervarla; y casi puedft asegurarse que no se 
dolió al ver el agostamiento de la prima- 
vera de la patria^ como él mismo la llama- 
ra, bajo el viento de infandos placeres. 

El Areópago, aquel senado olímpico don- 
de residían juntas la sabiduría de los dio- 
ses y la justicia de los hombres, principió 
por padecer merma en su autoridad, ca- 
yendo á la postre en desprestigio y casi en 



-78 

desuetud, bajo el gobierno de un varón 
cuya muerte dejaría en orfandad la Repú- 
blica. 

Por donde se prepararon aquellos días 
anárquicos en la vida política, escandalo- 
sos en la social, que principiaron con 
Cleón el carnicero y terminaron con Al- 
cibíades el disoluto; es decir: en la más 
hedionda de las demagogias y en el más 
empalagoso refinamiento de los vicios. 

Mientras vivió Pericles, descansó Atenas 
tranquila y casi feliz, porque la diestra 
poderosa que había desbaratado á sus ene- 
migos y mantenídolos en sujeción, la cu- 
bría con victorioso escudo; porque la in- 
tehgencia privilegiada que fomentó las 
bellas artes y las puso al servicio de la 
victoria, proveía á su suerte; porque la 
abnegación del gobernante la mantenía en 
la abundancia del orden. 

Pero cuando la muerte puso término á 
aquella existencia, paralizóse también la 
vida de la República; y cayeron espesas 
tinieblas sobre la que fuera luminar de 
civilización para sí propia y mantenedora 
de libertades para los extraños. 

La anarquía en el interior y las em- 
presas descabelladas en el exterior, acá- 



7d 

rrearon la ruina de la nación que había 
quebrantado el imperio medo-persa y obli- 
gádolo á ser su tributario; que había re- 
suelto anticipadamente el problema de la 
población por medio de sabias coloniza- 
ciones, y civilizado á la par casi toda la 
región del Mediterráneo ; que había en- 
fienado la soberbia de Esparta, protegido 
á los pueblos débiles del Continente, po- 
blado y engrandecido las islas del archi- 
piélago; en una palabra: — que había sido 
la representante de la más alta civiliza- 
ción anterior al cristianismo. 

La Historia registra esta catástrofe, ver- 
daderamente trágica, no tanto para me- 
moria de las cosas, cuanto para elocuente 
lección de los pueblos, cuya suerte no so 
afirmó nunca con el poder de ningún 
hombre, por grande, por prestigioso que 
sea, sino sobre el imperio de instituciones 
sabias por justas y estables por libres. 



ESQUINO 



La posteridad ha sido inexorable, por no 
decir apasionadamente injusta, con Esquino. 

Sólo dos historiadores, que yo sepa 
(Cantil y Pier/ón), sin dejar de señalar 
las faltas del rival de Deraóstenes, le han 
hecho justicia, cada cual á su manern. 

Entre el Esquino de Demóstenes y el 
de algún otro historiador (Lorent), existe 
el verdadero Esquino, que, sin ser here- 
dero de la inmoralidad y la vileza, ni 
estar con ellas connaturalizado ; sin ser el 
apóstol del progreso fundado en la unidad 
de Grecia ; es el orador egregio, el sagaz 
político, en una palabra: el repúblico ca- 
lificado, cuyo error gravísimo consistió en 
creer que alguna vez pueden sacrificarse im- 
punemente á la fría utilidad los fueros 
sagrados é imprescriptibles de la justicia. 

6 



82 



¿A qué ccliarle en cara el haber nacido 
de padre paupérrimo, si ya no esclavo, ó los 
oficios serviles de su infancia, ó las degradan- 
tes ocupaciones de su juventud, ó, caso de 
ser ciertas, las prostituciones de su madre? 
Tanto valdría decir que Sixto V, uno de los 
Máximos Pontífices del catolicismo, trocó el 
burdo cayado del porquerizo por el báculo 
del Jerarca, y pudo levantarse desde la po- 
cilga basta la Sede del Sucesor de Pedro. 

Corrió la juventud de Esquino entre las 
irritantes privaciones de la miseria; y no 
apareció en la arena sino á los cuarenta 
años, cuando la desgracia é indudablemente 
el estudio y la educación, habíanle madurado 
la inteligencia y preparádolo para las luchas 
enérgicas y laboriosas de la vida pública. 

El atleta formó y fortificó al hombre 
de Estado. (*) 

Las viles ocupaciones de sus primeros 
años no pudieron despojar á Esquino de 
los dones físicos con que la naturaleza qui- 
so favorecerlo. 

Y tridos los historiadores, aun aquellos 
que dan entero crédito á las odiosas, por 



(■••) Se ha dicho que Esquino ejerció el oficio de 
atleta en su ju^^entud. 



8á 

parciales, acusaciunes de Demóstenes, cori- 
caerdan en que era Esquino de bellísima, 
varonil presencia, modales cultamente des- 
envueltos y voz sonora y harmoniosa. 

De la cultura de su intelecto y de 
la educación de su alma, dan testimonio 
los discursos que de él se conservan ; en 
los cuales, no obstante la opinión de cier- 
to escritor notabilísimo (*), descúbrense be- 
llezas ideológicas de raza platónica y for- 
mas retóricas de la escuela de Isócrates. 
* "Esquino, sienta Pierrón, fue filipista 
"moderado; y por más que diga Demós- 
"tenes, uno de los caudillos honorables del 
"bando macedónico ateniense. No quiero 
"afirmar que fuera siempre modelo de vir- 
"tudes, ni que dejase de aceptar alguna 
"vez presentes de Filipo, pues todo pare- 
jee probar que era hombre apasionado, 
"violento y aun injusto; mas, no por esto 
"creo merezca los calificativos de mal ciu- 
"dadano, traidor y alma venal, que, á 
"manos llenas, le han prodigado sus ene- 
"migos." (**) 

Por singular coincidencia, así Esquino 



(*) Arcadio Roda. Los Oradores Griegos. 
'■■■) Pierrón. Hist.de la literatura griega. {Trad. 
del autor). 



84 



como Demóstenes aprendieron á socorrer- 
se en la tribuna con el arte teatral, cuan- 
do 3^a la oratoria ateniense tenía no sólo 
que ataviarse de flores retóricas, sino tam- 
bién valerse con los arbitrios de Mel- 
pómene. 

Aquella elocuencia severa y desnuda 
como las estatuas de Fidias, y cual ellas 
de impasibilidad heroica y expresión divina ; 
aquella elocuencia que principió en Pisís- 
trato, Solón, Temístocles, Aristides, Alcibía- 
des y Sócrates con frases cuyo brillo enérgico 
ha sido consagrado por la admiración de los 
siglos, y que alcanzó la suma perfección en el 
sin par Pericles; vivía aún, pero santifi- 
cada en la estética griega; con culto, es 
verdad, mas, sin imitadores y menos aún sin 
émulos. 

La gracia de la verdad es desnuda como la 
de la infancia. 

No hay duda de que Esquino frecuen- 
tó, á pesar de su pobreza, la escuela de 
Platón y la de Isócrates, donde, como an- 
tes apunté, adquirió caudal de ciencias 
morales y políticas que alzaron al anti- 
guo amanuense de escribanos y jueces á la 
altura del jurisconsulto. 

El sabe amenizar la análisis árida del 



abogado cod las reflexiones del filósofo y 
del legislador, sin hacer caso omiso del 
moralista y aun del poeta, sin duda para 
comunicar á lo verdadero el prestigio de 
lo divino y de lo bello. 

No es Esquino uno de tantos aventu- 
reros que, armados de la palabra como de 
arma venal, éntranse en el campo de la 
política para vendimiar lo que no sem- 
braran; sino el hombre singular en Cjuien 
las circunstancias y el medio donde le 
tocó vivir, desenvolvieron y perfeccionaron 
* cualidades intrínsecas de exquisita delica- 
deza. 

Dan testimonio de la honorabilidad de 
este ateniense los cargos oficiales con que 
lo distinguió su patria, á quien represen- 
tó como embajador y como pilágora, sin 
contar con que fue Orador del Estado y, 
por ende, consejero del pueblo ; puesto que 
requería, como se ha visto, no sólo condi- 
ciones altísimas morales y científicas, si- 
no también valor á toda prueba y carácter 
incontrastable é incorruptible. 

Ni parece bien aceptar en absoluto la 
opinión de Quintiliano acerca de la oratoria 
de Esquino, cuando la califica de floja, por 
tener j dice, mcts carne que músculos. 



Verdad que en aquél el artista, y, si se 
quiere, el poeta, prevalece sobre e) pen- 
sador lógico y poderoso, no sin que á las 
veces caiga en el retórico rebuscador de 
figuras postizas; pero estos defectos desa- 
parecen por completo siempre que revestido 
únicamente de sus armas naturales (el pen- 
samiento y los afectos) aparece en la arena 
el hombre. 

Entonces convence y conmueve, y cu- 
bre el razonar con la emoción, como para 
poner el entendimiento bajo al patrocinio 
del alma. 

Prueba de esto el magnífico apostrofe 
á los jueces con que termina la perora- 
ción de su defensa en el proceso conocido 
por el nombre de La Embajada ; apostrofe 
en que la piedad filial, él amor paterno y el 
culto de la divinidad, confúndense con el 
grito airado que arranca la injusticia. 

"Jueces, dice, miradme aquí rodeado de 
''las personas á quienes alcanzaría el ri- 
"gor de vuestra sentencia, y que se })re- 
''sentan ante vosotros para unir sus sú- 
"plicas á las mías." 

"No desoigáis á este anciano, que tiene 
"en mí el único apoyo de su vejez; á 
"mis hermanos, que pasarían vida inquie- 



87 



"ta y deshonrada si de su lado me arran- 
"caséis ; ni olvidéis, sobre todo, á estos 
"inocentes niños, ignorantes aún de los pe- 
"ligros que á su padre amenazan, y que, 
"por lo mismo, son más dignos de com- 
"pasión." 

"Os pido que os intereséis por su suer- 
"te; que no los dejéis abandonados, como 
"presa indefensa, á mis enemigos, y menos 
"á un hombre que parece mujercilla por 
"su cobardía y crueles resentimientos." 

"Imploro el favor de los dioses y la 
"clemencia de los jueces que han de pronun- 
"ciar mi sentencia." 

"No me condenéis: no me sacrifiquéis á 
"un traficante con palabras escritas ; á un 
"bárbaro, á un infame!" 

"¡Oh vosotros, los que os interesáis por vues- 
"tros hijos y por vuestros párbulos conciuda- 
"danos ! recordad quien soy yo : recordad 
"soy el mismo que en la condenación de Ti- 
"marco ha dejado exhortaciones indelebles á 

"la virtud! ¡Oh! no es la muerte lo 

"que me espanta, sino la deshonra y los 
"ultrajes que padece el sentenciado en el su- 
"plicio. Ver entonces la risa insultante 
"del rostro enemigo ; oír cómo se repiten 
"las injurias dictadas por el rencor y la 



88 






''mentos. 

"¿Qué me importa la existencia? Educado 
"entre vosotros, formado con vuestro ejem- 
"plo y con vuestros principios, en los actos 
"de mi vida tenéis el testimonio que ha 
*'de condenarme ó absolverme." 

Notable á la par del discurso de La 
Embajada es el que pronunció Esquino 
contra Tímarco^ á quien acusó é hizo con- 
denar, como reo de costumbres infames, á 
ser degradado de los privilegios cívicos, 
no obstante la protección de Demóstenes. 

Según Pierrón, este discurso es uno de 
los más virulentos, crueles y hábiles que 
haya resonado en la tribuna ateniense. 
Lástima no sea posible transcribirlo par- 
cialmente siquiera, no obstante haberlo 
atenuado Esquino mismo en algunos pasajes, 
porque ni aun así se compone con el de- 
coro y mucho menos con la decencia mo- 
derna. 

"Si para adjudicar el cetro de la elo- 
"cuencia, dice el citado Roda en su bello 
"libro de Los Oradores Griegos, no tu- 
"viésemos más obras á que atenernos que 
"la acusación de Demóstenes y la defen- 
"sa de Esquino (en el procQso de La L¡m- 



^'bajada), sería muy aventurado el conce- 
"der á cualquiera de ellos la preferencia. 

"¡Tan difícil me parece la elección! 

"Pero lo que prueba el poder que estos 
"oradores desplegaban en la tribuna, y lo 
"que al mismo tiempo parece indicar que 
"ni todas las inculpaciones del uno eran 
"fundadas, ni el otro era incorruptible, es 
''que el fallo de los jueces dejó indemnes 
"á ambos competidores." 

Concuerda Pierrón con Roda cuanto al 
^ mérito de ambos discursos, pero difiere 
respecto del desenlace del proceso ; pues 
cuando afirma el segundo que el Jallo de los 
jueces dejó indem^ies á ambos competidores, 
asegura el primero que Esquino "ganó la 
"causa; pero la impresión producida por 
"las elocuentes inventivas de Demóstenes, 
' 'debilitaron, según parece, desde entonces, 
"y no como quiera, la autoridad moral 
"de Esquino." (*) 

Idomeneo, á quien cita Plutarco, asegura 
que Esquino fue absuelto por una mayo- 
ría de treinta votos ; pero el autor de 
Las Vidas Paralelas, no sólo niega se 
pronunciase sentencia en el proceso de 



(*) PiEERóN. Obra citada. {Trad. del autor.) 



90 



La Embajada, sino, además, dice no sa- 
berse si Demóstenespronunció el discurso que 
con tal motivo preparara : opinión inadmi- 
sible, puesto que sin haberse [)roducido la 
acusación, Esquino no habría pronunciado 
el discurso de la defensa, uno de los más 
citados y aplaudidos por críticos é historia- 
dores de nota. 

El discurso contra Timar co, el de La Em- 
bajada y el de La Corona, formaron, al 
decir de los atenienses, un grupo literario 
tan acabado en belleza, (|ue mereció se le 
designase con el nombre de Las Tres 
Gracias de Esquino. — " Gracias un tanto 
"muelles y afectadas, pero dignas, con todo, 
"de tal nombre", dice Pierrón, 

Prevalece en Esquino la imaginación so- 
bre el entendimiento, y por lo mismo es 
más impetuoso que sereno ; más temible 
en el ataque que hábil en la defensa : des- 
cuida el escudo para esgrimir constante- 
mente la espada. 

Ni creo aventurado decir que si en la 
calma del gabinete traza magistralmente 
el plan de sus discursos, en la tribuna, 
llevado del ardor de la improvisación, des- 
hace aquél, y descuidando el estrecho en- 
lace de las partes y la conveniente elec- 



91 

ción de los argumentas, pospone el raciocinio 
á la emoción. 

De ahí, en mi concepto, el que no obs- 
tante haber ganado algunas batallas con- 
tra su poderoso rival, fuera de éste la 
victoria postrera y decisiva de la guerra. 

Nadie ha superado á Esquino ni en la ar- 
diente manifestación de las pasiones, ni en el 
colorido del concepto, ni en el movimien- 
to y relieve de las imágenes, ni en el brillo 
de los pensamientos. 

Abunda en frases tan inesperadas como 
profundas ; en figuras de tan exacto atre- 
vimiento, que sin la fama de improvisa- 
dor, antecesora de sus discursos escritos, 
creeríase que á fuerza de estudio y de tra- 
bajo había llegado á la expresión de afec- 
tos que estallan súbitamente como el trueno 
y deslumhran como el rayo. 

Nunca se queda más acá de la raya que 
señala el término de la carrera ; trasj^á- 
sala siempre, estimulado, si no por la ver- 
dad misma, por la verdad absoluta, por 
lo que él cree ser la verdad, según el dicta- 
do de la pasión. 

Desconoce la sobriedad, pero su abun- 
dancia no es de palabras sino de ideas. 

Es un coloso cuya grandeza no puede 



92 

medirse sino cuando, yace postrado, ven- 
cido, ¿por quién? Por las potencias ver- 
daderamente incontrastables de la tierra: 
por la dignidad y el patriotismo. 

"Nada más delicado ni gracioso que su 
"estilo," dice el docto Planche, cuando re- 
visa y corrige las Obras Compliítas de 
Demóstenes y Esquino, traducidas direc- 
tamente del griego por el eclesiástico fran- 
cés AuGER ; "sencillo, familiar, pero no- 
"ble é ingenioso, posee las delicadezas del 
"arte unidas al encanto de la naturaleza. 
"Castizo, puro, elegante, sin separarse, em- 
"pero, de la ingenua, de la simple expresión 
"popular." 

"Harmonioso, sin caer en lo amanerado ; 
"vivo sin ser superficial ; activo é impetuoso 
"como quien corre sin detenerse hacia la 
"meta; preciso y rápido en algunos pasa- 
"jes, y á las veces grande y sublime." 

Esquino fue el único que osó desafiar las 
iras tribunicias de Demóstenes; y si el 
Monstruo hubiera podido tener superior, 
fuéralo, sin duda, el artista literario de 
Las Tres Gracias. 



DEMOSTENES 
I 

Refieren cuantos han escrito minuciosa- 
mente acerca de Esquino, que, desterrado 
éste de Atenas á causa del proceso de 
La Corona, fijó su residencia en la isla de 
Rodas, donde fundó escuela de oratoria. 

Abrió el primer curso con la lectura 
de la oración contra Tesifonte ; y como 
los discípulos, después de aplaudirlo, se 
manifestasen sorprendidos de que con tal 
obra hubiera sido condenado : "Aguardad."' 
les dijo, y leyó el discurso con que lo 
combatió Demóstenes en aqueUa ocasión. 

El entusiasmo no conoció entonces h'- 
mites; y Esquino mismo, contagiado con la 
emoción del concurso, exclamó: "Y ¡ qué se- 
ría si hubieseis visto y oído al Monstruo 

No puedo explicarme por qué el califi 



I " 



u 



cativo (le MoNSTiíUO en boca de Esquino 
y en tales circunstancias, constituida para 
mí el mayor elogio del contendor de Fi- 
lipo y de Alejandro, y me da idea exacta 
del aspecto de aquél en la tribuna, don- 
de lo veo, transfigurado y como poseído 
del dios de la patria; en desorden la ca- 
bellera, chispeantes los ojos, la voz tonan- 
te, imperativo el ademán. 

Y hasta creo contemplar un rostro en 
que, por insólita alianza, se confunden 
las dos majestades de la naturaleza irra- 
cional, á saber: — el león y el águila. 

A la fuerza del rey de los bosques, une 
Démostenos la elevación de la señora de 
los espacios: algo así como el poderío de 
lo presente y la soberanía de lo porvenir. 

De ahí el que se me antoje decirle 
cosmopolita por hi conciencia y griego por 
el patriotismo. 

Su desgracia, si .tal cabe decirse del 
único poder que resiste á Filipo y á Ale- 
jandro en nombre de la dignidad huma- 
na, consiste en haber venido al mundo 
muy tarde ó muy temprano; desgracia 
no para Grecia, sino para Demóstenes 
mismo. 

Como antecesor á la época en que vi- 



vio, padece la nostalgia del tiempo ocasio- 
nada por los afectos que le mueven el 
alma ; y más adelantado que sus coetá- 
neos cuanto á los ideales del progreso 
vinculados en una república donde el or- 
den se genere de la harmonía entre la 
justicia y la libertad, sufre el suplicio de 
la inercia absoluta impuesto á la soberana 
potencia. 

Y es que se inspira en la victoria de 
los antepasados para aspirar á la repú- 
i)lica de lo porvenir. 

Poseído del espíritu heroico de las gue- 
rras' médicas, conserva el acento, prorrum- 
pe en la voz de mando de los capitanes 
de Maratón, de Salamina, de Platea ; y 
así como la sombra de Milcíades visita 
los insomnios de Temístocles, el ejemplo 
y la voz de Pericles sostienen á Demos- 
tenes en la tribuna del Pnyx 3^ lo em- 
pujan por los campos de Grecia para apelli- 
dar guerra en nombre de los fueros na- 
cionales. 

Mide las fuerzas de Filipo y de Alejan- 
dro como medía el Olímpico Aas de los 
aliados del Peloponeso ; no á fín de capi- 
tular con ellas, sino para combatirlas ven- 
tajosamente: para debelarlas. 



96 



Habla en nombre de Atenas, no porque 
se inspire en la supremacía de un pueblo 
sobre los otros pueblos, ni en el dominio 
de una nación sobre las demás naciones ; 
sino porque Atenas representa la Gran 
Patria griega : la Helada, cuyo pabellón, 
roto, pero glorioso^ puede ser reparado aún 
por la victoria. 

Homero hace decir á Júpiter que aun- 
que todos los dioses del Olimpo tirasen 
desde la tierra de una cadena para pre- 
cipitarlo del solio supremo; él, el Saturnio,^ 
los traería a sí con un solo esfuerzo de 
su voluntad omnipotente. 

Realiza Demóstenes la fantasía hiper- 
bólica del cantor de Troya, cuando, al 
ver rodar á sus conciudadanos por la pen- 
diente de la decadencia moral al abismo 
de la degradación, los detiene, los atrae, 
les señala el campo del honor; á él los 
conduce y en él los ordena para resistir 
al invasor extranjero que, disfrazado de 
libertador, pretende rematar la antigua, la 
sacrosanta independencia. 

No importa de quien sea la victoria, 
ni cabrá mengua á los que sucumban en 
defensa del derecho: oprobio será del des- 
tino si permite el triunfo de la fuerza. 



97 



Pues así como hay hombres que aver- 
güenzan al género humano con las apa- 
riencias de cierta grandeza impostora, hailos 
también que lo honran en los días cala- 
mitosos. 

Prueba de esto último Demóstenes, quien, 
con sólo su palabra, detiene el carro triunfo 1 
de Filipo y pone turbación en el pecho 
de Alejandro, por más que á ambos cubra 
la púrpura imperial. 



II 



De los discursos de Demóstenes, el pre- 
ferentemente y con mayor aplauso citado es 
el de La Corona; acaso porque, además de 
reseñar la historia de Atenas en sus he- 
roicas postrimerías, presenta con todas sus 
faces y como reunida en un punto la 
vida del grande orador, en la forma del 
proceso más ruidoso á que asistiera Grecia, 
poseída de gratitud y de justicia. 

Lo retrospectivo de los magnos sucesos 
que en él se refieren, añade vijtal interés á 
esta obra maestra de la tribuna, realzada 
por un veredicto que si honra á Demóstenes, 
hace resaltar el espíritu justiciero de Atenas, 



ó por mejor decir: de la Gran Patria 
helénica. 

Indudablemente: el discurso de La Co- 
rona es la apoteosis, y aun pudiera de- 
cirse : la auto apoteosis de Demóstenes ; 
pero donde se ostenta aste en toda su 
grandeza, en toda su majestad oratoria, 
es en las Filípicas y en las Olintianas. 

Con las Filípicas interpónese entre Fi- 
lipo y la independencia de las naciones 
griegas, representada por la hegemonía de 
Atenas ; y aunque no logra enardecer los 
ánimos hasta el punto que demandan 
el deber del ciudadano y los intereses le- 
gítimos de la patria común, pone, como 
quien dice, la chispa del bien en el pecho 
de cada ateniense, si no de cada griego, 
para que brille más tarde, alentado por la 
voz del mismo Demóstenes con las fer- 
vientes Olintianas. 

Bastábanle ya los alegatos forenses á 
inmortalizar su nombre de orador, pues 
en ellos se encuentran los gérmenes, por 
decir lo menos, de aquella razón apasiona- 
da de aquell^. dialéctica subyugadora (*) que 
habían de ostentarse tan gallarda, tan vic- 



(*) Frases de Cicerón. 



toriosamente en los discursos políticos, para 
vivir en ellos como perpetua memoria del 
irresistible poder de la palabra. 

Necesítase el irrecusable testimonio de 
la conciencia universal en la no interrum- 
pida serie de veinte siglos, para creer, sin 
siquiera asomos de duda, que un hombre, 
un hombre solo, no asistido por la fuerza, 
y, más aún : combatido en el hogar mis- 
mo cuyos fueros defiende, pudiera detener, 
durante catorce años, al más astuto de 
jlos conquistadores : á Filipo, cuyo poder 
omnímodo, expresado con voluntad sobe- 
rana, recibe en toda su plenitud, como 
debido homenaje, il célere ubbidir con que 
ponderó el poeta Manzoni la omnipoten- 
cia del último representante de la fuerza. 

Denuncia Démostenos los planes liber- 
ticidas de Filipo y sus bárbaras usurpa- 
ciones, entre el silencio complaciente, por 
no decir cómplice, de sus conciudadanos; 
y evocando recuerdos heroicos y gloriosas 
hazañas, insta, suplica por que se adopten 
resoluciones varoniles, que sean al propio 
tiempo expiación de pasados erix)res y pren- 
da segura de victorias venideras. 

Mas, como no bastasen la instancia y la 
súplica, impónelas con la infalible auto- 



100 



ridad de quien representa no sólo la dig- 
nidad de un pueblo, sino los fueros de la 
conciencia humana. 



III 



Resignados estaban ya los atenienses y 
con ellos los griegos todos, á reconocer 
la dominación macedónica, en vista de los 
triunfos de Filipo, quien, poderoso en ar- 
mas, amenazaba el Ática ; cuando acomete 
Demóstenes la empresa casi temeraria de 
levantar el decaído ánimo de sus compa- 
triotas y persuadirlos á tomar resoluciones 
dignas de sí mismos y de sus antepasados, 
para salvar á Atenas, y con ella al Ática, 
y con el Ática á Grecia entera, del opro- 
bio de la servidumbre. 

La primera Filípk^a contiene las demás, 
que bien pueden considerarse como am- 
pliaciones de las ideas en aquélla apun- 
tadas, y á las que vuelve más de una 
vez el orador para imprimirlas profunda- 
mente en la conciencia de sus conciu- 
dadanos. 

"Sí: puede vencerse á Filipo; y ¿por 
qué nó, cuando Filipo es menos poderoso 



101 

que Jerges, vencido por nuestros mayores?" 

"Sí : puede vencerse á Filipo ; y ¿ por 
qué no, cuando el macedonio no es más 
poderoso que el espartano, vencido por 
nosotros mismos? " 

"Ya que no podamos emular lo pa- 
sado, no permitamos, á lo menos, nuestra 
propia infamia en lo presente, ni nos resig- 
nemos á presenciarla." 

Tal es la idea capital de Demóstenes. 

Después de enumerar los elementos en 
que abunda la República para llevar al 
cabo la patriótica empresa, sostiene y prueba 
que sin tardanza ha de acometerse ; porque 
Atenas debe desconfiar de Filipo como de 
temible enemigo, siendo como es Atenas 
el único antemural del engrandecimiento 
macedónico. 

Tan irresistible poder de elocuencia des- 
pliega Demóstenes en la primera Filípica, 
que Filipo mismo, aconsejado por su na- 
tural astucia y transigiendo con las circuns- 
tancias del momento, firmó á poco un 
tratado de paz: tratado capcioso durante 
el cual si no hubo hostilidades ostensibles, 
húbolas encubiertas y más eficaces, pues 
se fió á la intriga de los malos patriotas 
el desacreditar sigilosamente la causa de 



102 

la República, para quien, decían, no que- 
daba salvación fuera del protectorado de 
Filipo. 

"Yo mismo," exclamó éste después de 
haber leído el discurso de Demóstenes; 
"yo mismo habría aprobado con mi voto 
"tal parecer, me habría declarado la gue- 
"rra, y nombrado á Demóstenes general 
"del ejército." (*) 

En efecto: la primera Filípica á la 
par que convence, conmueve : convence ex- 
poniendo razones frías, penetrantes, tan- 
gibles, dispuestas con la inflexibilidad 
de la lógica más rigurosa ; conmueve des- 
pertando en el alma las sagradas emocio- 
nes del patriotismo : de manera que el de- 
ber y el amor, las dos deidades de las 
almas nobles y generosas, enseñoréanse del 
ciudadano para inspirarle resoluciones varo- 
niles.. 

Apodérase Demóstenes de la tribuna sin 
miramiento al derecho de los ancianos, 
como él mismo nos lo dice; y una vez 
en ella, comprende que ha de habérselas, 
no ya con los vencedores del persa y del 



(*) Olivier. Historia de J^iZípo, citada por el ecle- 
siástico D'Olivet en su tradacción francesa de Las 
Filípicas. 



103 



lacedemonio, sino con un pueblo cuasi 
corrompido por alguno de esos interregnos 
vergonzosos llamados paz, qae no son en rea- 
lidad sino oprobio de las naciones. 

Por eso prorrumpe en el discurso diciendo : 

"En primer lugar ¡oh atenienses! no os 
"desalentéis, por más adversas que las cir- 
"cuustancias actuales os parezcan ; porque 
"de las mismas causas que han acarreado 
"vuestra perdición debéis sacar valor y 
"esperanza." 
^ "¿Comprendéis lo que quiero deciros? 
"Pues quiero deciros que si es conflictiva la 
"situació,n que alcanzáis, culpa vuestra es, 
"ya que no obrasteis como debisteis. " 

"Razón tendríais para desesperar si, pre- 
"viniendo vuestras desgracias de hoy, hubie- 
"seis vanamente agotado ayer vuestros es- 
"fuerzos." 

No insiste Demóstenes acerca de este 
punto, pero dice lo bastante para echarles 
en cara á sus compatriotas la criminal 
pereza que había traído la República á 
tan conflictiva situación. 

La reticencia eufémica grita, como aquel 
silencio de que habla el orador romano. 

"Vosotros, continúa, los que visteis con 
"vuestros propios ojos el poder ilimitado 



104 

"de Esparta, y vosotros, los que de fama 
"lo conocéis ; traed á la memoria el valor 
"decoroso con que supisteis, no hace mucho, 
"armas en mano, contener aquel coloso en 
"los términos de la justicia." 

"Y ¿ á qué, me diréis, renovar en la 
"memoria tales hechos? Para demostraros, 
"atenienses; para haceros palpar que la 
"previsión puede precaveros de todo pe- 
"ligro, cuando la inercia, de seguro, os 
"perderá siempre." 

"Ved aquí ejemplos de lo uno y de lo 
"otro : cuanto á la previsión, recordad que 
"ejerciéndola ayer, os hicisteis superiores, 
"con mucho, á los ejércitos lacedemonios; 
"al paso que la inercia os pone hoy hajo 
"las insolentes amenazas del macedón." 

"Pero Filipo, se me dirá, al frente de 
"numeroso ejército y después de habernos 
"arrebatado tantas plazas, no puede ser 
"fácilmente vencido. 

"Lo sé, atenienses ; pero sé también que 
"en días no remotos fuimos señores de 
"Pidna, y de Potidea, y de Metona, y 
"de las comarcas circunvecinas; como sé 
"también hubo un tiempo, no lo olvide- 
"'mos, en que la mayor parte de los puc- 
"blos ayer independientes y rendidos hoy 



105 



"á Filipo, mostrábanse menos celosos de 
''la amistad de éste que de la nuestra." 

"Si en aquel entonces, Filipo, viéndose 
"sin aliados, hubiera temido arremeter con- 
"tra alguna de las repúblicas dueña de 
"plazas fronterizas, no habría acometido 
"ninguna de las empresas que ha llevado 
"a buen término; ni, ciertamente, alcan- 
"zado su poder el auge en que lo vemos. 
"Pero consideró dichas plazas como otros 
"tantos premios ofrecidos al valor de los 
"combatientes y destinados al vencedor; 
"comprendió que, según el curso ordinario 
"de los sucesos, los ausentes son despojados 
"por los presentes, y los imprevisores y 
"cobardes, por los que saben prevenir tra- 
"bajos y arrostrar peligros." 

"De ahí el acrecentamiento de su po- 
"der ; el que todo lo haya conquistado ó 
"atraídoselo á título de alianza." 

"Porque, desgraciadamente, siempre se 
"abraza el partido más poderoso en activi- 
"dad y en fuerza." 

• "Si, pues, atenienses, desde hoy mismo, 
''ya que antes no lo hicisteis, raciocináis 
"del propio modo que Filipo; si cada 
"uno de vosotros, proveyendo á la necesi- 
"d:ul presente, quiere concurrir de buena 



106 

"voluntad al bien común en la medida 
"de sus fuerzas; los ricos coutribuyendo 
"con sus caudales, los jóvenes alistándose 
"en el ejército; y, para decirlo todo en 
"una palabra: si cada cual está dispuesto 
"á proceder por sí mismo y })ara sí mis- 
"mo, sin esperar indolentemente en la 
"actividad de los demás; presto, muy presto, 
"'atenienses, con la ayuda de los dioses, 
"repondréis lo perdido, que de otra manera 
"será imputado á vuestra negligencia; y 
"quedaréis vengados de Filipo." 

"Ni os figuréis que la felicidad de éste 
"s3a inmutable como la de algún dios. 
"Nó: que hay quiénes lo odian, y quiénes 
"lo temen, y quiénes lo envidian, aun 
"entre los mismos que parecen serle más 
"adictos. ¿Cómo suponer en los que lo asis- 
"ten la ausencia completa de las pasiones 
"humanas? Pero como se ven sin apoyo 
"no estallan. No los culpéis, pues ; culpad 
/sí, á esa molicie, á esa inercia de que 
«'debéis corregiros desde hoy mismo." 

"Considerad, atenienses, el punto á que 
"lia llegado , la arrogancia de Filipo." 

"Este hombre no os otorga siquiera el 
"derecho de escoger entre la paz ó la 
"guerra: os amenaza, y no de cualquier 



107 

"modo, sino con altivez y con ultrajes." 

"No satisfecho aún con tantas conquistas, 
"adelanta cada vez más y más; y mientras 
"vosotros temporizáis indolentes, os en- 
"vuelve, os asedia por todas partes." 

"¿Para cuándo aplazáis el cumplimiento 
"de vuestros deberes públicos? ¿Esperáis, 
"acaso, algún acontecimiento excepcional? 
"¿ (3 aguardáis que la necesidad os fuerce 

"á ello? Pero, atenienses, ¿qué extra- 

"ña idea os habéis formado de los sucesos 
"que todos presenciamos?" 

"No hay más ingente necesidad para el 
"hombre libre, que la de borrar la ignominia 
"con que voluntariamente se ha cubierto." 

"Y i qué ! ¿cuánto tenéis que hacer es, 
"decidme, preguntaros unos á otros cuan- 
"do vais de paseo por la plaza pública : 
"<^' Qué hoy de nuevo f " 

" i Oh ! y ¿ queréis mayor novedad que 
"la de ver al macedón enseñoreado de 
''Atenas é imponiendo la ley á Grecia 
"toda ? " 

— '^ ¿ Ha muerto Filipof" — " No, pero está 
^'enfermo.^' ¡Quiá! Y ¿qué os importa el 
"que muera ó viva ? El día en que Filipo 
"no os tiranice ya, presto, muy presto, 
"atenienses, os daríais otro, si no cambiáis 



IOS 

"de conducta; porque Filipo ha llegado á 
"ser lo que es, no tanto por su propio 
"esfuerzo, como por negligencia vuestra". 

No perdona Demóstenes ningún medio 
para despertar el dormido heroísmo de 
sus conciudadanos; y después de haber 
hecho vibrar intensamente la fibra patrió- 
tica con los anteriores conceptos, que bien 
pueden estimarse como el sumario de un 
código de filosofía política; enumera, según 
antes dije, los recursos victoriosos de Atenas ; 
traza el itinerario de la victoria en guerra 
ofensiva y sin tregua; y concluye pidien- 
do se castiguen como traidores á los que 
concibieron y propusieron el Tratado de paz 
con Filipo. 

Faltaba algo, empero, á esta obra maes- 
tra del ingenio, de la honradez, del patrio- 
tismo y sobre todo del valor civil, — corona 
inmarcesible del ciudadano, y sin el cual 
no puede existir la República. 

El ateniense, entre todos los pueblos 
antiguos, temía más que á la muerte al 
ridículo, con ser la muerte la trastorna- 
dora de la infinita harmonía, informada 
en el universo. 

El ridículo era, pues, arma poderosísima 
en Atenas; arma que no desdeñaron ma- 



im 



nejar ni Sócrates el austero, ni Aristides 
el justo. 

No podía Demóstenes dejar de esgrimir 
tan poderosa arma; pero cuando la es- 
grime, y como para hacer resaltar más y 
más la decadencia de sus conciudadanos, 
finaliza con el sarcasmo lo que principia 
en la piedad y en la confianza que le 
inspiran los dioses tutelares de Atenas, 
no sin rendir el debido homenaje á aquella 
exquisita cortesía ática; á aquel respeto 
,por lo desconocido y arcano, que mira 
Cicerón como ley capital de la tribuna, y 
según la cual no deben proferirse jamás 
en ella palabras siniestras ni ominosas: 
verba male ominata, sino envolviendo tales 
ideas con términos oscuros y misterioso?, 
en gracia del propio y del ajeno decoro. 
"En verdad, continúa: si en fuerza de 
"imprevisibles accidentes aconteciere que 
"la fortuna, propicia siempre más que 
"nosotros mismos á nuestros propios inte- 
"reses, quisiera, como lo deseo, terminar 
"su obra; todo lo podrías osar, aun entre 
"las turbaciones de alguna í^ubitánea re- 
"vuelta, con tal de que estuvierais prepa- 
"rados para prevalecer en ella. Pero como 
"nada tenéis determinado, ui en prepara- 



lió 

"tivos, ni en proyecto siquiera; ya qtie 
"las más felices circunstancias os abriesen 

"las puertas de Anfípolis, ¡no entra- 

"ríais en Anfípolis ! " 

Representaos el gesto, el ademán, la 
figura del orador, el timbre de su voz 
cuando acusa de cobardía á los atenienses, y 
os encontraréis frente á frente de la elocuen- 
cia misma, que brota de los labios de un ser, 
humano por la carne, divino por el verbo. 

Aquel : — "Ao entraríais en Anfípolis,'^ es 
el cauterio sobre la llaga viva. 

Por más que el pueblo de Atenas dur- 
miese en la ignominia, el sarcasmo crude- 
lísimo ha debido producirle la impresión 
de las mordeduras del áspid en las en- 
trañas del soñoliento. 

Y no es de poca monta el riesgo en que 
se pone Demóstenes; porque si Atenas no 
era ya la ciudad de Minerva, los atenienses, 
degradados por sus propios procederes, pre- 
tendían encubrir la merecida deshonra con 
la gloria de sus mayores, invocándola á 
cada paso para profanarla, sin sacar de 
ella ninguna^ virtud regeneradora. 

La soberbia ocultaba la vileza, como el 
verde limo las corrompidas aguas del es- 
tanque. 



111 

Pero es tan irresistible la atracción del 
deber, que hasta las conciencias paralíticas 
lo reconocen y confiesan, siquiera en silen- 
cio y con los labios, entre las torturas del 
remordimiento. 

En este punto Démostenos no es ya el 
orador del Estado, sino el justiciero nacio- 
nal; su poder omnímodo, su autoridad 
suprema, su energía olímpica, sin atenua- 
ción de misericordia. 

Es el dios que flagela á un pueblo, 
pero que lo flagela para despertarlo de 
sopor infamante. 

Y j qué flagelo ! No calla uno solo de 
cuantos insultos le ha escupido Filipo á 
la República, desde la sorpresa de Lemos 
y de Imbros, de donde se llevó cautivos 
á tantos atenienses, y el desastre de Geresta, 
que lo puso en posesión de inestimables 
presas ; hasta la captura de la galera sa- 
grada, símbolo heráldico de la victoria de 
Salamina. 

"Procedéis, les dice por fin, en vuestras 
"guerras con Filipo, como el bárbaro cuando 
"combate, quien, al recibir un ^ golpe lleva 
"la mano al punto dolorido; y así mismo 
"á los demás donde le pega el contrario, 
"sin curarse de prevenir el ataque ; por- 



llá 



"que como no tiene destreza para ello, ni 
"siquiera lo intenta." 

"Así vosotros en esta guerra." 
"Si oís decir que Filipo ha caído sobre 
"el Quersoneso, ahí enviáis socorros ; si sobre 
"las Termopilas, ahí acudís luego ; si á 
"otros lugares se dirige, lo seguís á ellos; 
"ya á la derecha, ya a la izquierda, como 
"si estuvieseis á sus órdenes; sin proyecto 
"premeditado, sin ninguna precaución, y 
"en la sola espectativa de algún desastre 
"que os ponga en movimiento." 

Derrama Demóstenes, por decirlo así, su 
alma en las Filípicas restantes; y como 
el músico que se apodera de un tema 
patético y lo desenvuelve, innovándolo, en 
inagotables variaciones ; así él, siempre elo- 
cuente en la ubicuidad de su propósito, 
no da tregua al patriótico esfuerzo por 
levantar á aquel pueblo de la postración 
en que yace. Pero el pueblo, atento á 
las palabras y negligente para las obras, 
aplaude la voz del orador sin seguir su 
dictamen ; complácese, deleitase en un arte 
estéril sin proveer á su propia suerte ; y 
mientras con mayor claridad se le de- 
muestra la mala fe de Filipo respecto de 
Atenas, y los encubiertos planes que trama 



113 

para obtener el dominio de Grecia, mayores 
son los embarazos públicos. 

No se desalienta, empero, Demóstenes ; 
antes bien, continúa, impasible, en su obra, 
puesta la conciencia en el deber y apercibida 
el alma al sacrificio. Diríase estarle enco- 
mendada la salvación de la honra nacio- 
nal ; que ha aceptado el encargo ; y que lo 
cumplirá por sobre cuantos obstáculos pueda 
oponerle la cobardía de unos, la venalidad 
de otros y la indiferencia de casi todos. 

Fue en tal situación cuando profirió 
aquella frase, sencilla y á la par profunda, 
que ha llegado hasta nosotros como ley 
suprema de las circunstancias dificultosas: 

ACTOS, NO PALABRAS. 

"Cuando se cpiiere reprimir á los usurpa- 
adores, ordena, lo que se necesita, atenienses, 
"es poseerse de la fortaleza que inspira 
"actos, no palabras." 

" ¿ Basta, acaso, en la situación á que 
"nos vemos reducidos, alegar que la jus- 
"ticia está departe nuestra?" 

"Tranquilos encontráis, sea en vuestras 
"propias luces, sea en nuestras arengas, 
"razonamientos mejores que los de Filipo, 
"según los principios de la justicia; pero 
''cuando se trata de rechazar enérgica- 

s 



114 

"mente al invasor, sólo obedecéis á vuestra 
"indolencia." 

"De ahí (y lo uno es consecuencia ne- 
"cesaria de lo otro), de ahí el que vos- 
"otros y Filipo salgáis avante en lo que 
"mira al objeto del estudio ; con la dife- 
"rencia de que Filipo triunfa en las obras 
"y vosotros en el razonamiento." 

Toda la teoría de la Boetie sobre la 
servidumbre voluntaria está resumida en 
los párrafos últimamente citados, y no 
como quiera, sino con la evidente previ-< 
sión del genio. Di ríase á Demóstenes asis- 
tente en espíritu á las futuras caducida- 
des de pueblos transeúntes del heroísmo á 
la esclavitud, como del día á la noche; 
de pueblos que, después de haber derro- 
cado tiranías duras pero francas, matadoras 
del cuerpo, sométense voluntariamente á 
despotismos hipócritas, asesinos del alma. 

Superior á Atenas, superior al Ática, 
superior á Grecia misma, el contendor de 
Filipo puede proclamarse á sí propio cam- 
peón de la libertad humana, justiciero 
inexorable Je opresores y de oprimidos y 
ciudadano de los siglos futuros. (*) 

(íí) Frase que pone Schil"LER en boca del marqués de 
Posa en el drama Don Carlos, Infante de España. 



115 



IV 



Parece indudable que las Filípicas y 
las Olintiaxas fueron pronunciadas á la 
vez y alternativamente en un período de 
catorce años, es decir: desde la ocupación 
de Anfípolis porFilipo, hasta la toma y des- 
trucción completa de Olinto por él mismo. 

Ello es que unas y otras constitu3^eron 
el ejército más formidable contra el pode- 
roso macedón, no obstante el marasmo del 
pueblo ateniense, quien ni vio el peligro 
ni creyó en él, sino cuando triunfante el 
invasor, allanaba, no ya sólo el Ática, 
sino el solar mismo, resguardo de Atenas. 

Prescinde Demóstenes en la primera Olin- 
TiANA de hacer resaltar el poderío de 
Filipo, temeroso acaso, por una parte, de 
enaltecer la enemiga, amenazadora gloria, 
y por otra de aumentar la vergüenza de 
sus conciudadanos. 

Porque mientras mayores fueran los 
triunfos del ambicioso rey, más extraordi- 
naria aparecería su autoridad -^ y mientras 
más propicias las circunstancias por los 
atenienses despeidiciadas, mayor el oprobio 
y el vilipendio. 



116 



Relega, pues, al silencio la grandeza 
postiza de Filipo; indulta á los atenienses 
de errores que estaban á punto de expiar 
eomo crímenes; y atento sólo á la salud 
de la patria, advierte al pueblo de los 
peligros que lo rodean, y propone los 
medios para prevenirlos. 

Con menos ardor, pero con patriotismo 
más reflexivo que en las Filípicas, ocupa 
Demóstenes la tribuna para ilustrar al 
pueblo acerca del partido que había de 
adoptarse con motivo del cerco de Olint^ 
y del socorro que una diputación de esta 
ciudad solicitaba de Atenas en tan grave 
emergencia. 

No le era, empero, familiar el estilo que 
hoy decimos medio. 

Apenas subsiste en él por algunos mo- 
mentos consagrados á la confianza que 
debían poner los atenienses en los dioses 
inmortales, vistos sus flagrantes beneficios; 
y luego, dando de mano á cuanto no fuera 
combatir directamente con Filipo, cae de 
nuevo sobre él para presentarlo como ene- 
migo vulgí(,r á quien puede vencerse con 
sólo quererlo varonil y enérgicamente. 

Hé ahí lo que de sus conciudadanos 
reclama : 



117 

"No esperéis, díceles, que me extienda 
"en esta ocasión acerca de las conquistas 
"de Filipo, ni que con ello trate de reani- 
"mar vuestro enervado aliento. ¿A qué 
"fin? Tal circunstancia no cedería sino 
"en gloria del invasor y en oprobio vues- 
"tro. Sí: porque mientras más inauditos 
"aparezcan los triunfos de este príncipe, 
"más admirable se presentará él á vuestros 
"ojos; y, al contrario, mientras más favo- 
"rables las ocasiones por vosotros frustradas, 
j'mayor ha de ser vuestra vergüenza." 

"Pasaré, por tanto, en silencio cuanto mire 
"á la grandeza de Filipo, pues basta sólo 
"pensar en ella para mirar que es exclusiva- 
"rnente obra vuestra." 

No faltaban en Atenas mismo admira- 
dores de Filipo ; y aun comenzaba á pu- 
lular por todo Grecia, aquella turba, cor- 
tesana de la victoria, que para justificar 
sus ansias serviles, disfrazábalas con la as- 
piración á la unidad nacional, torpe sofisma 
contra el cual se alzaba, con heroicas verda- 
des, la historia de las guerras médicas y la 
del Peloponeso ; sofisma cobarde.^ que cubría 
de vergüenza las tumbas venerandas de 
los proceres atenienses, desde Milcíades 
hasta Pericles. 



118 

Rehusa Démostenos así la admiración 
como el temor á quien se ha engrandecido 
trajinando por las tortuosas sendas de la 
traición y del crimen ; y firme é ileso en 
medio de medrosas degradaciones, sólo adora 
en el altar de la patria al ídolo de la 
independencia. 

Oigámoslo desenvolver tan nobles ideas 
en varoniles pensamientos. 

"Erróneo sería el figurarse que Filipo, 
"siquiera sea dueño de tantas plazas y de 
"tantos puertos, y porque haya alcanzado tal 
"importancia y tan segura, subsista poderoso 
"para siempre. Verdad que cuando el poderío 
"se funda en el amor de los pueblos, y guc- 
"rrean los aliados con el mismo legítimo 
"interés, ningún trabajo los detiene, ningún 
"revés los desalienta; nada puede hacer- 
"los cambiar de partido." 

"Pero cuando la grandeza no es obra, 
"como la de Filipo, sino de la ambición 
"y de la mala fe, el más ligero obstáculo, 
"el menor contratiempo basta para des- 
"quiciarla y abatirla. Porque no es posi- 
"ble, atenÍQ^Ases; nó, no es posible, que 
"el injusto, el impostor, el perjuro, viva 
"de asiento bajo el palio del triunfo. Po- 
ndrá vencer alguna vez y realizar casual- 



119 



\ "mente parte ele sus locas esperanzas ; mas, 
"al ser conocido, no tarda en contemplar 
"por tierra el edificio de su falso encum- 
"bramiento." 

"Y así como para que sea duradera 
"la casa, el bajel, la fábrica, en fin, deben 
"descansar sobre sólido fundamento; del 
"propio modo para ser feliz toda empresa 
"ha de tener por principio y por base la 
"verdad ; y lié ahí precisamente, de lo 
"que carecen las de Filipo." 

lojüoro si alguna vez se ha igualado 
(superado nunca) el arte oratorio coa que 
expone Demóstenes la falsa posición de 
algún usurpador y lo precario de su po- 
der, siempre que los tiranizados quieran 
derribarlo. Cobra la idea en el orador- 
príncipe, color, forma, vida; y aparece en 
el pensamiento, no ya aérea, envuelta en 
sonidos, sino visible y palpable como el 
cuadro ó la estatua. 

Ahí está Filipo con su delirio de gloria, 
con sus bajas pasiones capitaneadas por la 
envidia, con sus vicios vergonzosos-; ahí 
sus tenientes echando menos el cielo de 
la patria y el calor amoroso del hogar, 
sacrificados en aras de un déspota cuya 
ambición no saciarían todas las grandezas 



120 • - 

do la tieri'íi; ahí los estipendiarios extran- 
jeros, que cobran en oro su tarea de ex- 
terminio; ahí, en fin, toda la locura y 
la corrupción toda de Filipo. 

El manto del triunfo cubre ahora la 
lepra del vicio, porque siempre fue dado 
hacerlo á la prosperidad, seductora de la 
mayoría de las gentes; pero el imperio 
de la mentira es efímero y la grandeza 
de los déspotas el espejismo de la historia. 

"Cuando se consideran las prosperidades 
"de Filij^o, continúa Demóstenes, hay razón, 
"convengo en ello, para juzgarlo poderoso 
"enemigo; porque la próspera fortuna ejer- 
"ce irresistible influencia en las cosas hu- 
"manas. Mas, en verdad : si se me diese 
"á escoger entre vuestra suerte y la de 
"Filipo, y os viese resueltos á cumplir, 
"siquiera en parte, vuestros deberes ; no 
"vacilaría, y me declararía por vosotros, 
"seguro de que vosotros merecéis, antes 
"que él, la protección del cielo." 

"Por desgracia vosotros yacéis en la 
"inacción, sin pensar en que la indolencia 
"no puede c£|.Dtarse el amor ni el socorro 
"de los hombres, y menos aún aspirar á 
"la protección de los dioses." 



121 

"Démades, corrompido por el oro de 
"Filipo", dice Atanasio Auger, el elegante 
traductor francés de las Olintiaxas "coin- 
"bate enérgica, aunque inúltilmente, la opi- 
"nión de Demóstenes." 

La patriótica arenga de éste levanta á 
los atenienses de la vergonzosa indolencia en 
que vegetan ; decrétanse auxilios á Olinto, 
consistentes en treinta galeras y dos mil 
soldados ; y Cliares, investido con el mando 
de la expedición, sale, por fin, á vindicar 
^los ultrajados fueros de la justicia. 

Pero Chares, sin plena conciencia de su 
encargo, es uno de tantos héroes de parada 
que se nacen y medran en las épocas opro- 
biosas de las decadencias populares, y que, 
socorriéndose con la mentira, convierten el 
mando en instrumento de latrocinios. 

Lejos de correr en socorro de Olinto, 
dirígese á Palena, donde alcanza facilísima 
victoria sobre unos pocos montoneros ex- 
tipendiarios de Filipo ; y disfrazado de ven- 
cedor regresa á Atenas, donde celebra con 
espléndido banquete su mentiroso triunfo. 

El pueblo, eterno niño, deslumhrado con 
tanta jnagnificencia, mide por ella la mag- 
nitud de la postiza victoria, y premia con 
áurea corona al despreciable histrión. 



122 

Llegó á tal punto el estravío de la razón 
pública, que no se pensó ya sino en cas- 
tigar á Filipo; y Filipo, entre tanto, ade- 
lantábase de día en día por el camino 
de la victoria, pasando por sobre la letra 
muerta de los decretos con que en su 
locura pensaba vencerlo el ateniense. 

"Sabed, gritábales Demóstenes, que todo 
"decreto es inútil si no va seguido de la 
"voluntad firme de ejecutar sin dilación 
"lo que en él se ordena. Que si los de- 
''cretos tuviesen fuerza material para im- 
"poneros su ejecución, ó si pudieran por 
"sí mismos efectuarse ; vosotros que multi- 
"plicáis los decretos hasta lo infinito, no 
"veríais andar con tal lentitud vuestros 
"asuntos, por no decir que no los veríais 
"en tal inercia 

"La palabra y la deliberación preceden, 
"en verdad, á la acción ; pero la acción 
"prevalece sobre ellas por la excelencia y 
"por la eficacia." 



Di (juel securo íl fulmine 
Tenea dietro al balerío. 



123 



La osadía de Filipo, movida por su 
desatentada ambición, ha llegado al colmo. 

¿Qué se aguarda, pues, para poner por 
obra los medios de salvación común ? ¿ No 
se ha apoderado el invasor de las más 
importantes plazas, con vilipendio de sagra- 
dos pactos? ¿ O se impondrá Atenas el 
deshonor de verlo posesionarse del Ática? 
Y ¿tal conducta no equivaldría á secun- 
darlo, á ayudarlo eficazmente en sus liber- 
ticidas empresas? 

Ved cómo pone de resalto Demóstenes 
tan patrióticas previsiones, que tienden á 
escudar la honra de la Gran Patria griega. 

"Cuando ocurre alguna derrota, ninguno 
"de los fugitivos se la achaca á sí mis- 
"mo, sino á su general, á sus conmilitones, 
"ó á cualquiera otro. Y sin embargo : el 
«'desastre no se consumó sino porque todos 
^'huyeron ; que si el acusador hubiera cum- 
"plido con su deber; si cada cual hubiera 
"hecho otro tanto, la victoria habría coro- 
"nado el esfuerzo común" 

Es de notarse que Demóstenes entrevera 
siempre en sus discursos las demostracio- 
nes lógicas con las peroraciones patrióticas, 
ó lo que es lo mismo : hace que á la 
convicción, hija del raciocinio, siga la emo- 



124 



ciüii, que arrebata y conmueve: llama á 
la inteligencia, y una vez que ésta se 
posesiona de la verdad, encomienda lo 
demás á los nobles arrebatos del alma, 
propulsores del heroísmo. 

Por eso, agotadas las tangibles demos- 
traciones lógicas, implora en su ayuda 
los sagrados recuerdos que constituyen la 
religión de la patria, y fía á la nobleza 
de los afectos la realización de los dicta- 
dos del deber. 

Y ¡ con cuánta maestría sabe ejecutarlo ! 

"Vuestros padres, dice, á quienes los ora- 
adores coetáneos suyos no intentaron nunca 
"lisonjear, y que, por su parte, no acaricia- 
"ron jamás viles adulaciones, imperaron 
"en Grecia durante largos años. Y sometíase 
"Grecia de buena voluntad al imperio de 
"ellos; y atesoraron más de diez mil talen- 
"tos; y obedecíales el rey de Macedonia 
"como el bárbaro debe obedecer á los 
"griegos; y alcanzaron en mar y en tierra, 
"con sus propias milicias, muchas y muy 
"célebres victorias ; y fueron los únicos 
"entre los hombres que conquistaron con 
"heroicas hazañas gloria insóHta superior 
"á la envidia." 

Dudo mucho que algún poeta ó histo- 



125 

riador ú orador, antiguo ó moderno, ha\"a 
expresado con mayor alteza la alabanza 
legítima de un pueblo. 

Conquistar gloria insólita superior a 
LA ENVIDIA, es llegar á la cumbre de la 
grandeza humana. 

No ha}^ más allá. 



Con la tercera y última Olintiana pene- 
tra Demóstenes en las ignotas regiones de 
lo porvenir, cuyos sucesos predice, dedu- 
ciéndolos de los hechos pasados y de los 
presentes. 

En su dialéctica despunta ya una como 
aurora de la filosofía de la historia, movida 
por las auras de ultratumba, que traen con- 
sigo, según la misteriosa expresión de Eurí- 
pides, el espíritu profético de las sibilas. 

Como el patriotismo es para Demóstenes 
religión y la patria Dios, transfórmase de 
orador en profeta. 

Así : después de haber llameado la atención 
de los atenienses acerca de cómo Filipo, 
débil en sus principios, había llegado a ser 
tan poderoso, y de seguirlo paso á paso 



126 

en su carrera de triunfos desde Anfípolis 
hasta Pidna, y desde Potidea y Metona 
hasta Tesaha; después de haberlo pintado 
dueño y señor de Feres, y de Pegaza, y 
de Magnesia, y de cuanto abarca la mira- 
da de su ambición ; fuhiiina la criminal 
indolencia de los atenienses, y sin rodeos 
ni ambajes condénalos como abados y co- 
laboradores de Filipo; reos, por tanto, de 
lesa-patria. 

En esta OlixtiíVxa la elocuencia de 
Demóstenes llega hasta llevar al ánimo de, 
los atenienses la convicción de socorrer 
nuevamente á Olinto; y ello, no ya sólo 
con raciocinios dictados y sostenidos por la 
más vigorosa lógica, sino con demostracio- 
nes evidentes en que campea la seguridad 
de los números. 

Sostener con la una mano á Olinto y 
guerrear con la otra en los propios domi- 
nios del re}^ de Macedón i a, — hé ahí la tác- 
tica que, según Demóstenes, abonaría el 
triunfo de Atenas y consumaría la ruina 
de Filipo. 

La idea t^o era original, pero sí de re- 
sultados infalibles : era la misma de Pericles 
en la guerra del Peloponeso, cuando pro- 
ponía llevar el desconcierto á los aliados 



m 

y la victoria de Atenas en la proa de 
sus bajeles. 

¿Qué mucho? El Olímpico y el Mons- 
truo son genios de la misma raza ; beben 
en la misma fuente de inspiración ; y cami- 
nan directamente al mismo punto, que 
es: el engrandecimiento de la patria. 



VI 



Tarde se decidió Atenas á seguir las pa- 
trióticas indicaciones de Demóstenes; la trai- 
ción previno á la justicia y á la utilidad; 
y Olinto, entregada por Eutícrates y Las- 
tenes, á quienes, como á dos de sus prin- 
cipales hijos, confiérase la defensa de los 
fueros patrios, pereció bajo el ariete venga- 
tivo del vencedor, quien no indultó ni á 
los traidores mismos. 

Reconoció Atenas la para ella infausta 
fortuna del invasor, ya que se apercibiese 
á caer anegada en su propia sangre sobre 
los memorables campos de Queronea, se- 
pulcro de la grandeza y de l/i libertad de 
Grecia toda ; y de aquel conflicto de tan- 
tos años, sólo quedaron, de un lado la va- 
ronil, la honrada, la incontrastable elo- 



128 

cucncia de Demóstcncs; y del otro las in- 
dolencias del pueblo ateniense, que expi"6 
en la esclavitud, como crímenes irremisibles, 
sus anteriores faltas. 

Diga lo que quiera Plutarco, Demostenes 
en el campo de batalla no fue inferior á 
Demostenes en la tribuna del Pynix ; y 
así lo comprueba el que los atenienses le 
absolviesen de baberse salvado en Queronea, 
donde combatió bajo el mando de Lisióles, 
general del ejército, y, por tanto, único res- 
ponsable del desastre, así como habría sido, 
el representante de la victoria entre las 
aclamaciones del triunfo. 

Nó: no deserta Demostenes de las bande- 
ras de la patria, sino cambia de campo de 
batalla: deja de combatir en Queronea 
para ir á luchar cuerpo á cuerpo desde 
la tribuna con los malos atenienses, con 
los traidores vendidos al orodeFilipo; yá 
su no igualada elocuencia, que obró en aque- 
lla ocasión el milagro de transformar á 
Atenas, cercada de pavor, en baluarte inex- 
pugnable, y á "fugitivos derrotados en es- 
forzados héroes, debióse que el vencedor 
depus.^era su sed de venganza y retroce- 
diese, convencido de la esterilidad de su 
victoria, si no la cimentaba en la clemencia. 



m 



Sólo un pueblo corrompido y cobarde hace 
responsables de las desgracias por él mis- 
mo ocasionadas, á la inocencia y al heroís- 
mo fatalmente vencidos. 



VII 

La oratoria de Demostenes nos presen- 
ta un problema psicológico no resuelto aún, 
y es : si en el orador de las Filípicas, 
>de las Olintianas y de La Corona, el arte 
dominó y adiestró á la naturaleza ; ó si 
ésta, de suyo, habría producido aquellos 
. prodigios de elocuencia que han llegado 
á nosotros pregonados por la admiración 
de tantos siglos. 

Sus ensayos en la oratoria tribunicia, 
propiamente hablando :-en la oratoria al 
raso, fueron tan desgraciados, que alguna vez 
hubo de resignarse á no ocupar jamás una 
tribuna en la que se veía pospuesto hasta á 
los groseros marinos del Pireo ; y sólo impul- 
sado por Eunomo de Triusta, que descu- 
bría en él cierto modo de dt\3Ír muy se- 
mejante al de Pericles, y por las leccio- 
nes de declamación del cómico Sátiro, persis- 
tió en cultivar el arte oratorio. 



lao 

"En cosecueiicia, dice Plutíirco, hizo cons- 
"trüír un estudio subterráneo, que aun se 
"conserva ; y bajando á él se ejercitaba en 
"formar y variar, tanto la acción como el 
"tono de la voz ; y muchas veces pasó allí 
"dos y tres meses continuos, no afeitándose 
"más que un solo lado de la cabeza pa- 
"ra no poder salir aunque quisiera, dete- 
"nido por la vergüenza." 

"De donde nació la opinión, añade el 
"mismo biógrafo, de que no era naturalmen- 
"te facundo, sino que su habilidad y su, 
''fuerza se debían al trabajo; de lo cual 
"parece que es también una convincente 
"prueba el no haber oído nunca nadie á 
"Demóstenes hablar extemporáneamente ; y 
"antes sucedió que estando sentado en las 
"juntas, y siendo llamado del pueblo mu- 
"chas veces por su nombre, no se presentó 
"nunca si de antemano no estaba dispues- 
"to y prevenido para hablar." 

Y sin embargo: contra este parecer, que 
atribuye la elocuencia de Demóstenes al 
arte, y sólo al arte, hay opiniones de no 
poca cuenta 

Esquino, el más poderoso de sus rivales 
y competidores, gradúalo de admirable, pre- 
cisamente por la soltura en el decir; Pitón 



131 

de Bizancio, cuyos discursos califica Plutarco 
de torrentes de palabras, párase deteDido 
por alguna improvisación de Demóstenes ; 
y como Lamaco Mirréneo leyese en los jue- 
gos Olímpicos el elogio de Filipo y de 
Alejandro, expresamente escrito para el caso 
asumió Den'ióstenes la defensa de los ven- 
cidos contra los vencedores, mudando en 
favor de aquéllos los ánimos de cuantos 
componían el concurso. 

Compartiendo estas opuestas opiniones, pa- 
» réceme acertado creer que poseía Demóstenes 
lo que hoy decimos temperamento oratorio; 
no tan despierto que desde luego se manifes- 
tase dando golpe, pero sí dócil y fácil á las 
enseñanzas y cultura del arte : á que se 
agrega el medio social y político que consti- 
tuía la civilización ateniense, tan propicia á 
las manifestaciones de la elocuencia oratoria. 

Era, en suma, todo lo contrario de Dé- 
mades, quién en el sentir de Plutarco, en- 
tregado á su propio ingenio ó llevado de 
él, producíase invencible; y hablando de 
pronto confundía el esmero y prevención 
de Demóstenes. * 

No daban exclusivamente á éste la palma 
de la tribuna algunos varones atenienses, 
insignes por el saber y por la rectitud. 



132 

Itefiere Aristón ele Quío que preguntado 
Teofastro acerca del mérito oratorio de 
Demóstenes, resumió su juicio diciendo: — 
''Es digno de la ciudad ;" y como lo apu- 
rasen añadiéndole : — " ¿ Y Démades ? " — 
"Sobre la ciudad ;"— dijo, sin vacilar si- 
quiera. 

Polieucto de Esfecia, personaje del gobierno 
en Atenas, dice á Demóstenes perfectísimo^ 
pero encontraba más vigor y energía en 
los discursos do Foción, como que ence- 
rraban alto y profundo sentido en bre-* 
ves palabras ; táchalo Demetrio Faléreo de 
cortesano de las muchedumbres, á cuyo 
agrado sacrifica, añade, el antiguo decoro 
oratorio, descendiendo hasta femeniles co- 
queterías. Demóstenes mismo confirma el 
sentir de Polieucto acerca de la superiori- 
dad de Foción, á quien temía hasta el 
punto de llamarlo el hacha de sus pro- 
pios discursos; y apunta Plutarco: "Que si 
en los asuntos que trató, al amor de la 
gloria y á la nobleza de los pensamientos 
se hubieran unido el valor militar y el ha- 
berse en tf)do limpiamente, habi-ía sido 
digno de que en el número de los ora- 
dores se le colocara, no al lado de Mi ro- 
cíes, Polieucto é Hipérides, sino más arri- 



133 

ba, con Cimón, Tucídides y Péneles. (*) 
No se compone, por cierto, este último 
juicio con el que nos da el mismo biógrafo 
respecto del propio Demóstenes, cuando 
afirma á renglón seguido: que prevaleció 
sobre todos los oradores de su tiempo, ex- 
ceptuando á Foción; y que ninguno de 
sus émulos ó rivales habló con más liber- 
tad que él al pueblo ateniense, ui resistió 
con más energía á sus deseos, ni increpó 
con mayor entereza sus desaciertos ; y trae 
en abonó de tal dicho, con referencia á 
*Teopombo : que enardecido contra Demos- 
tenes el pueblo ateniense á causa de ha- 
ber rehusado el Orador encargarse de sos- 
tener cierta acusación injusta, díjoles: — "Por 
"consejero me tendréis ¡ oh atenienses ! añu- 
sque no lo queráis; pero por calumniador 
"nunca, aunque os empeñéis en ello." 

Y si se quisiere alguna otra prueba de 
que no fue cortesano de la fortuna ni de 
los caprichos de las muchedumbres, recuér- 
dense las terribles reprehensiones, por de- 
cir lo menos, en que abundan las Filípicas 
y las Olintianas ; su opinión, siquiera fuese 
tácita, acerca de los fondos legaünente apli- 



(*) Plutarco, Varones Rustres. Demóstenes, 



134 



cíidos para ser distribuidos entro los asis- 
tentes á las asambleas públicas ; el paralelo 
que, con mengua de sus coetáneos, esta- 
blece entre éstos y los atenienses y demás 
griegos de las guerras médicas; y sobre todo, 
aquella nunca bien admirada frase; aquel: 
— iYo entraréis en Anfípolífí, que, á manera 
de estigma, estampa en la frente del pue- 
blo ateniense para despertarlo de su cobar- 
de postración. 

Y el pueblo ateniense, que, como todos 
los pueblos, no hacía obras malas sino ins- 
tigado por los malos, y era intuitivamente 
justiciero y generoso como fuerte al fin, no 
sólo pospuso con desprecio la acusación 
promovida contra Demóstenes por sus ene- 
migos, los mercenarios de Filipo, con mo- 
tivo del desastre de Queronea ; sino le con- 
fió nuevamente la dirección del gobierno, 
y reclamó de su palabra el elogio de los 
que cayeron en aquel campo funesto bajo 
los pendones de la Gran Patria griega. 

Todo el peso de los victoriosos trofeos 
de Filipo y de Alejandro no pudo ano- 
nadarlo; y tanto á la muerte del primero, 
enseñoreado ya de la tierra, como á la del 
segundo, vencedor del Asia, intentó levantar 
á su antigua gloria la esclavizada Grecia, 



135 

Proscrito, errante, desdeñó refugiarse en 
la morada de los poderosos, y fue á caer 
á la sombra del santuario, ofrendando va- 
lerosamente la vida en aras de los dioses, 
ya que las aras de la patria estaban pro- 
fanadas y rotas por los mismos á quienes 
se encomendara su guarda y su defensa. 



VIII 

Incompleta habría quedado la gloria de 
uno de los máximos oradores atenienses, 
si le hubiera faltado el ataque alevoso de 
la calumnia, tan bien recibido y aceptado 
por la maldad, pero precario y vano como 
el polvo que alza el viento en los caminos 
públicos. 

La calumnia es hermana gemela de la 
envidia, y ambas nacieron de la soberbia, 
fecundada por su propia impotencia. 

Como la madre que las llevó en sus en- 
trañas, están condenadas al suplicio de la 
desesperación, que al fin y á la postre les 
inflige la verdad con sus triunfos modes- 
tos pero imponentes. 

Ni en el infierno penetra la esperanza, ni la 
santa alegría en el corazón del soberbio....,, 



136 



Por eso una de las señales iiief|iiívocas 
del alma buena y justa es el ai)lauso que 
da espontáneamente á la virtud y al in- 



IX 



El desastre de Queronea no desalentó á 
Demósteues, quien, muerto Filipo, creyó 
que la próspera fortuna podría sentarse 
nuevamente bajo las banderas de la an- 
tigua Helada ; pero la tristísima suerte de * 
Tebas, cuyas ruinas humeantes publicaban 
las victorias de Alejandro, advirtieron á 
los griegos que sólo habían cambiado de 
amo, y que en lugar de habérselas con 
el raposo, ávido de poder, tendrían que lu- 
char con el simio, ebrio de venganzas y 
de lujurias. 

A la muerte de Filipo, el mundo anti- 
guo descendió de la fementida clemencia 
dictada por la utilidad, á las venganzas 
crueles impuestas por la soberbia y lleva- 
das al cabo por las más sucias de las con- 
cupiscencias. 

Hubo, sin embargo, uno como día de sol 
en medio de aquella noche borrascosa de 



137 

tres lustros; y fue el espectáculo de la coro- 
nación de Demóstenes; triunfo el más es- 
pléndido que baya alcanzado ningún mortal. 
Porque no se coronaba sólo al ingenio y al 
valor cívico en la persona del orador, sino 
también á la abnegación en el servicio de 
la República ; á la fe inquebrantable ; al 
heroísmo, que armado con la palabra, obraba 
el milagro de resistir al poder de las armas, 
poniendo en fatal contingencia su victoria ; 
á la virtud, en fin, vencida pero no deshon- 
rada, y cuya desgracia trágica salvaba la 
* honra de la patria. 

Ello, empero, no fue obstáculo para que 
cayesen nuevas y mayores desgracias sobre 
Démoste n es. 

Harpalo, gobernador que había sido en 
Macedonia, cargado de riquezas y cansado 
de sus propias abyecciones, abandonó el 
empleo; mas, temeroso de las cóleras del 
amo, corrió á ponerse bajo la protección de 
Atenas, cuyos oradores se propuso ganar 
con larguezas y dádivas, á fin de poner en 
salvo los mal adquiridos tesoros. Opúsose 
Demóstenes á la admisión de aquel huésped 
que atraería de nuevo las iras ele Alejandro 
sobre la ya postrada República, en la pri- 
mera asamblea que al efecto se tuvo; y co- 



138 

1110 en ella quedase indeciso el asunto, y 
Demóstenes, en otra que próximamente y 
con el mismo fin se célela rara, abstuviera se 
de hablar por cierto impedimento físico in- 
superable, achacóse á ruin venalidad su con- 
ducta. 

Con tal motivo constituyóse Estratocles 
en acusador de Demóstenes y Dinarco en 
sostenedor de la acusación; de donde re- 
sultó condenado el gran patriota á la multa 
de cincuenta talentos, que, como no pu- 
diera pagar, le acarreó legal mente una pri- 
sión por tiempo indefinido. 

El pueblo, dando al olvido los altos ser- 
vicios del más constante defensor de sus 
libertades,* ratificó con injusticia la senten- 
cia de la envidia y del odio. 

Porque Estratocles y Dinarco no eran sino 
calumniadores, ó mejor: los continuadores 
de la infame obra de Esquino, cuya acu- 
sación contra Demóstenes en el proceso de 
La Corona, imita ó copia servilmente el 
segundo. 

"Demóstenes, diga lo que quiera Plutarco, 
"afirma el historiador francés Pierrón, nada 
"había recibido de Harpalo ; y ello se com- 
"prueba con las protestas constantes de 
"aquél, á las que con justicia damos crédito," 



139 

"El tesorero de Harpalo, aprehendido en 
"Rodas por el macedonio Filoxeno, y puesto 
"en tortura, reveló el nombre de todos aque- 
"llos á quienes Harpalo cohechara, sin men- 
"cionar nunca á Demóstenes ; y Filoxeno, 
"á quien no movía ninguna razón para silen- 
"ciar el crimen del enemigo irreconciliable 
"de Alejandro, tuvo la lealtad de justifi- 
"carlo en las cartas que escribió á los ate- 
"nienses con motivo de llevar á conocimien- 
"fo de ellos lo que acababa de saber." (*) 

No tardó Atenas en reparar aquella fla- 
*grante injusticia, y su primer acto al incor- 
porarse del sueño de la esclavitud, fue reha- 
bilitar la memoria del constante defensor 
de su independencia. 

Sancionóse decreto por virtud del cual 
se le erigió á Demóstenes una estatua de 
bronce, en cuyo pedestal se leía el elogio 
del orador y del patriota. 

Ofrenda propiciatoria á los manes del 
grande hombre ; pero más que esto, repa- 
ración debida á la justicia; expiación de 
una falta que deslustraba las virtudes de 
Atenas y su culto por la verdad. 

( • ) Acerca de este particular, además del juicio de 
Pierrón en su HiST. de la Lit. griega, puede verse lo 
que trae Pausanias, citado por el español A. Roda, 
en su bello libro titulado Los Oradores Griegos. 



140 



He aquí, según Plutarco, la iii.seri[)ci6n 
referida : 

"Si hubiera eu tí, Demóstenes, podido 
'*E1 valor competir con el ingenio, 
''No habría el Macedón mandado en Grecia." (*) 

No ha sido, de seguro, el broncíneo sím- 
bolo lo que ha traído hasta nosotros el nom- 
bre de Demóstenes y eternizádolo en la his- 
toria, sino aquel verbo poderoso y fecundo 
consagrado á la causa de la justicia, que es 
la causa de la humanidnd. 



Si, como parece indudable, la más exacta 
comparación, por no decir la ya convencio- 
nal, del orador político, es la que se esta- 
blece entre éste y el hombre que movido 
por irresistible fuerza para llegar á determi- 
nado punto, adelántase sin cesar; y si ca- 
sualmente atraviesa algún jardín, apenas 
respira de paso la fragancia de las flores y 
admira de igual manera sus gayos matices, 

(*) He preferido esta inscripción por concordar con 
la que trae Piérrón en su HisT. de la Literatura 
GRIEGA. Noel eu su Historia Abreviada sobre el 
mismo asunto la pone en estos términos : '^ A la hora 
de la muerte no hizo nada indigno de Atenas,^^ 



141 

preocu|)íulo sólo por alcanzar el término; 
a nadie mejor que á Demostenes puede, 
en verdad, aplicarse tal símil. 

No obstante el ritmo y las imágenes 
poéticas C|ue al decir de los doctos en acha- 
ques áticos, esmaltan sus discursos; ritmo 
é imágenes no estudiadas sino espontánea- 
mente producidas ; nótase en ellas el pre- 
dominio de un propósito que, como el [«royec- 
til, partiendo de foco poderoso, va certero 
al blanco. 
> Tanto en las Filípicas como en las 
Olintianas, como en el discurso de La 
Corona, todo concurre por completo en 
la escena á poner de resalto al ambicio- 
so macedón, sobre quien llueve la elo- 
cuencia de Demostenes, para, exterminarlo, 
como lenguas de fuego sobre el enemigo 
de la patria. 

La retórica artificial y artificiosa no en- 
tra por nadíi en las arengas de aquel cí- 
clope del lenguaje; pero en cambio, y con 
ventaja, brilla en ellas la oratoria propia- 
mente hablando, es decir : la lógica secun- 
dada por la emoción y exp.*esada en la 
más perfecta forma del arte. 

Bien se echan de ver en Demostenes los 
elementos extrínsecos que desbastaron y 



14á 



pulieron, por decirlo así, la rica pero abrup- 
ta cantera de su naturaleza, hasta i)re- 
sentarla pulimentada y en toda su magni- 
ficencia estatuaria. 

Comunicóle Platón aquella serena fan- 
tasía que se alza de la tierra, llevada por 
el entusiasmo, hasta perderse en la piedad 
suprema ; dióle Isócrates la geometría de 
los períodos, melopeya del pensamiento; 
enseñóle Tseo el prestigio de la retórica, 
graciosa cuando parca, semejándose enton- 
ces á los florecidos arbustos que ador-c 
nan las impasibles, elevadas montañas ; y 
Tucídides, el Virgilio de la Historia, in- 
fundióle el culto por las virtudes apa- 
cibles y modestas. 

*'Demóstenes, dice un historiador fran- 
'^cés, (*) es Tucídides transformado en ora- 
"áov, con las esenciales diferencias de ca- 
"rácter, de ideas y también de dicción que 
"requiere el tránsito de los serenos tem- 
"plos de la sabiduría, al mundo tempes- 
"tuoso de las pasiones y de las celosas 
"rivalidades." 

De nada< menos se necesitaba para so- 
meter, para domesticar aquella naturaleza 



(*) Pierrón. Trad. del autor. 



143 

altiva, agreste, que, como la del león cauti- 
vo en la ciudad, conservó siempre, para 
dejarlo oír de cuando en cuando, el po- 
deroso rugido que denuncia la selvática 
ornnipotencin. Porque Demóstenes en la 
oratoria, como Homero en la épica, como 
Esquilo en la dramática, como Fidias en la 
escultura, para hablar de los antiguos, es 
un espíritu antepasado en un organismo 
presente, que si por el corazón pertenece á 
Grecia, por el alma corresponde á la India; 
y de ahí, aquellas poderosísimas, gigantes- 
cas, abrumadoras ideas, graciosamente ex- 
presadas en la más harmoniosa de las 
lenguas. 

Por la constante aunque aparentemente 
inexplicable conjunción de ciertos contrastes, 
la oratoria demosténica aseméjase más que 
ninguna otra á la de Pericles, por no decir 
ser ésta la única con la cual pueda compa- 
rársela, no obstante que tino y otro se carac- 
terizan por cualidades esencialmente distin- 
tas ; pues si la sidérea serenidad constituye 
la fuerza y la belleza del Olímpico, los tem- 
pestuosos arrebatos informan e^casi trágico 
poderío del Moxstkuo. 

Mueven á ambos repúblicos la indepen- 
dencia de la patria y la estabilidad de sus 



144 



lil)(?i talles domésticas; csfuórzanse por iii- 
fuiíilir a] pueblo el valor civil, que vincula 
en el derecho la igualdad délos hombres; 
y combaten contra la soberbia y el miedo, 
representados, aquélla en el déspota, es- 
totro en el siervo. 

Ambos combaten por la misma causa: 
— por el triunfo del bien, aunc[ue con dis- 
tintas armas, según las formas que el ene- 
migo reviste. 

Feríeles con el arco de Apolo contra 
Pitliúii: Demóstenes con la maza de Hércules< 
contra la Hidra. 

Porque, ¿qué es Esparta sino la guerra 
civil contra las libertades públicas? ¿Qué 
Macedón ia sino la guerra extranjera con- 
tra la inde[)endencia nacional? 



XI 



Demu.-tenes ha sido en todo tiempo jus- 
tamente admirado por cuantos aman el 
arte oratorio y se complacen en él ; ello, 
por supuesío, con detrimento siempre del 
máximo Orador; porque, como dijo Esquino, 
era aljsolutamente necesario haber visto 
y oído al Mo^'STRUO para apreciar en toda 



Í45 



SU plenitud el poder soberano de aquella 
especialísima elocuencia, procedente del al- 
ma, que se producía con ai'te al parecer 
no aprendido en la forma, original en el 
fondo, y [)or todas maneras avasallador. 

Entre los que han extremado la ala- 
banza para con el contendor de Filipo y 
de Alejandro, citaré algunos, cuyos juicios, 
que brillan por la imparcialidad, se imponen 
por el acierto. 

— "Cuando leo algún discurso de Isócrates, 
>"dice Dionisio de Halicarnaso, citado por 
"Can tú, (*) mi espíritu se tranquiliza y 
"conforta como al oír sonidos espondaicos 
"y dóricas melodías ; pero cuando me viene 
"á las manos alguna oración de Demóstenes, 
"nuevo entusiasmo arrebata mi entendi- 
"m lento, y me hace pasar de un afecto á 
"otro; desconfiar, temer, luchar, despreciar, 
"aborrecer, compadecer, amar, estremecerme, 
"envidiar; en una palabra : — excita en mí 
"todas las emociones que caben en el alma 
"humana , 



"Su manera de hablíir no tifene nada de 
"lo que se llama elocuencia en los contem- 



( • ) HiST. Univ.— Época III. Literatura Griega. 



i4é 



"poráneos 6 en Cicerón ; esto os : lo patético, 
"la ironía fina y ligera, las gradaciones 
''delicadas, la templanza de expresiones, la 
"magnificencia ; pero posee cierto estilo na- 
" tu ral, y sin embargo escogido y harmo- 
"nioso; y, lo que importa más: manifiés- 
"tase hombre público y dotado de carác- 
"ter enérgico; dificultoso para concillarse con 
"la flexibilidad del ingenio. Obliga á })en- 
"sar en las cosas C|ue dice más bien que 
"en el modo como las dice; va rectamente 
"á un objeto, con vigor continuo, extraor-< 
"diñarlo; no hay en él pasajes artificiales 
"ni ripios; creyérase C|ue improvisa sus 
"arengas si no supiésemos, por el contra- 
"rio, cuanto las trabajaba ; y que (cosa más 
"extraña aún para nosotros, y, sin embargo, 
"muy usada antiguamente) prepara exor- 
"dios en los momentos de descanso. 

"Así producía aquella indefinible impre- 
"sión que llamamos lo h'UBLiME, y probó 
"ser merecedor de pronunciar la ora- 
"ción fúnebre sobre la moribunda libertad 
"griega." 

— Según Longino: "Reüne Démostenos en 
"su persona k.s cualidades todas del ora- 
" dor que ha nacido para lo sublime y 
" perfeccionádose en el estudio : tono de 



147 

"grandeza y majestad, movimientos ani- 
'' mados, destreza, rapidez; y lo que, sobre 
" todo, lo dintingue : aquella fuerza, aque- 
" lia vehemencia á que nadie se ha aproxi- 
" mado siquiera ; cualidades raras que con- 
"sidero como un presente de los dioses, 
" porque no es permitido llamarlas huma- 
"nas, y con las cuales hace olvidar las 
" que le faltan. Deraóstenes ha eclipsado 
"los oradores célebres de todos los siglos; 
" los ha abatido, fulminado, con los Ye]{im- 
í" pagos y los truenos de su elocuencia. 
" Porque, ciertamente, es más fácil arros- 
" trar las tempestades de lo Alto, que dis- 
" cernir con impasibilidad las violentas pa- 
" siones que campean tumultuariamente en 
" sus arengas." 

, —En concepto de Cicerón no carece De- 
"móstenes, de ninguna de las cualidades que 
"caracterizan al orador. Cuanto puede sumi- 
"nistrarda agudeza del ingenio, el artificio y 
"aun la astucia, encuéntrase en las causas 
''que trata. Si consideramos su estilo, nada 
"más castigado en lo que piden la delica- 
"deza, la precisión y la claridad* si la gran- 
"deza y la vehemencia, eclipsa á todos por 
"la sublimidad de las ideas, por la fuer- 
"za y por la majestad de la expresión." 



14g 



"Recuerdo que en mi Bruto, donde no 
'callé ningúu elogio á los oradores roma- 
' nos, sea por inclinación hacia mis com- 
' [¡atriotas, sea para excitar en ellos la noble 
'emulación, puse á Demóstenes por cima 
'de lodos. Ha alcanzado, en mi sentir, 
'aquella elocuencia que admiro en idea, 
' pero cuyo dechado no he encontrado aún." 

— "Demóstenes, juzga Fenelón, parece des- 
' entenderse de sí mismo para no tener otra 
' mira sino la Patria. No inquiere lo be- 
' lio, mas, lo produce sin pensarlo. La ad-^ 
'miración misma es siempre inferior á 
' este hombre que hace uso del lenguaje 
'como de modesto vestido, para cubrir 
'su desnudez. Truena, fulmina; es un to- 
' rrente que todo lo arrolla y se lo lleva 
' consigo. No podemos criticarlo porque 
'nos sentimos por él subyugados; y de 
' ahí el que pensemos más en lo que nos 
' sugiere que en lo que nos dice." 

— " En Demóstenes, considera Stievenart, 
'la fuerza de la acción oratoria, es decir: la 
- vida de la elocuencia, era prodigiosa. 
'Como digVio discípulo de Platón, había- 
' se asimilado cuanto de sublime contie- 
' ne la filosofía del Maestro; y si, como 
' Platón misQ:io la define, la elocuencia e." 



149 

" la razón apasionada^ merece Demóstenes 
" el nombre de orador por excelencia." 

— Para Berrier, á quien tiene Cormenín 
(Timón) por el mtís grande de los oradores 
— franceses después de Mírabeau: '' Demosienes 
"es el centro luminoso de las ideas de su 
"época. Su talento flexible sabía amoldar- 
" se á los caprichos, á las exigencias del 
"pueblo ateniense; de aquel pueblo más 
"inconstante que la rueda de la fortuna, 
"y más instable aún que el fugitivo so- 
"plo de los vientos." 

" Con justicia ha sido considerado, con- 
" tinúa el mismo Berrier, como el prime- 
" ro de los oradores, pues nadie ha sabi- 
" do manejar con tanto acierto el arte de 
" persuadir, que es lo que constituye la 
" verdadera elocuencia." 

— Afirma A. Noel, en su Historia Abre- 
viada DE LA LITERATURA GRIEGA : " Que 

" Demóstenes posee las cualidades oratorias 
" más eminentes, y en grado tal, como nadie 
" ha llegado á alcanzarlas. Sea cual fuere el 
" asunto que trata, engrandécelo Datural- 
'' mente y sin esfuerzo. Loque en él pre- 
" domina es cierta lógica severa, cierta dia- 
" léctica vigorosa, concisa; cierto encade- 
" namiento inflexible : de donde resulta un 



15Ó 



'Hodo compacto é indisoluble. Su dicción, 
" con ser nerviosa y rápida, es, sin embar- 
"go, periódica. Demóstenes impone la con- 
•' vicción llevándose consigo al auditorio 
"completamente dominado por él." 

A estos juicios que, generalmente hablan- 
do, sólo se refieren al hombre docto en el 
decir, hay que añadir para completar el 
retrato del orador, el del varón honrado; 
el del buen ciudadano, el del repúblico. 

Y á f e que en mi sentir no creo sea 
más admirable el primero que el segundo; 
sino, al contrario: que el perito en el de- 
cir resulta del hombre bueno, del buen ciu- 
dadano. 

El artista de la tribuna era en Demos- 
tenes el instrumento movido por la musa 
de la honradez. 

¿Qué es, en efecto, su elocuencia sino 
la obra en que, por virtud del patriotis- 
mo, alternan ó concurren con admirable 
harmonía, la misericordia y la justicia, la 
energía legal y la condescendencia deco- 
rosa, la pasión y la sabiduría, la conce- 
sión y la intransigencia, la inspiración y 
el raciocinio, el heroísmo que procede por 
medios desconocidos é impracticados y la 
táctica sometida á las reglas; en una pa- 



151 

labra: — el quid ohscurura iluminado sólo 
por la mirada de la conciencia? 

Salvar ]a patria sobre todo y contra to- 
dos, y salvarla por obra del valor cívico 
de sus hijos: — lié ahí el constante, el in- 
mutable intento de Demóstenes. 

Toda su filosofía política se resume en 
una sola frase : — Actos, no palabras. 

De ahí el que las naturalezas débiles y 
medrosas, no le paguen tributo de admi- 
ración, sino, por el contrario, le cobren 
miedo y ]o teman. 

Demóstenes no era el orador de un pue- 
blo, ni el de una nación, sino el caudillo — tri- 
buno de una raza que se había impues- 
to con el heroísmo á las presunciones bru- 
tales de la fuerza. 

No habla en nombre de Atenas, ni del 
Ática, sino de Grecia toda: por eso invoca 
el testimonio de los héroes de Maratón, de 
Salamina y de Platea. Hay más: habla, 
indudablemente, en nombre del progre- 
so, porque Grecia representa el esfuerzo 
de la humanidad para conquistar irrevo- 
cablemente el imperio del derecho. 

Hay dos hechos históricos en la vida de 
Atenas, caracterizados en sendos monumen- 
tos, que son como los términos señeros de si^ 



152 

Jiegemoiiía, porque marcan la gloria su})re- 
nia y la honda ab3^occión que alcanzó, 
sucesivamente, el pueblo helénico. 

Cuando Darío puso por obra el exier- 
minio de Grecia, ensoljerbecido con lo que 
él creía su poder soberano, cantando de 
antemano victoria, mandó prevenir un tro- 
zo de mármol, y lo confió al ejército pa- 
ra que con aquella piedra se erigiese el 
trofeo imperecedero de su soñado triunfo. 

Roto y vencido el persa en la llanura 
de Maratón, aquel trozo de mármol, bo- 
tín del triunfador, ofrendóse á los dioses 
inmortales, y con él creó Fidias la Né- 
mesis atenea, símbolo humano de la jus- 
ticia divina. 

Más tarde, cuando el pueblo ateniense 
descendía á la noche de su historia, y la 
olorosa fama de los antiguos héroes era 
reproche para sus degenerados descendien- 
te?, unos cuantos tumultuarios decapitaron 
la estatua del vencedor en Salamina, co- 
ronándola luego con la cabeza de un es- 
clavo. 

Cae Demóstenes vencido por la fatali- 
dad sobre aquel campo histórico, cuna^ y 
sepulcro del único pueblo que ha sabido 
conciliar la libertad con el orden en el se^ 



153 



no de una democracia á la par justiciera 
y misericordiosa; y cae entre la Némesis 
de Fidias y la mutilada estatua de Te- 
místoclos; es decir: entre el símbolo de la 
libertad y la picota de la esclavitud. 

Continuó siempre la Diosa representando 
la justicia, pero sojuzgada por la fuerza, 
carecía de eficacia ; el tronco de la estatua de 
Temístocles pregonaba la victoria deSalami- 
na, pero envilecida por la cabeza del esclavo, 
patentizaba la degradación de todo un 
pueblo. 

Que ha sido siempre la esclavitud cri- 
men irremisible contra la justicia 

Con Demóstenes termina la elocuencia 
de los tiempos antiguos. En pos de él ven- 
drán los retóricos, los declamadores, los 
palabreros; los que tienen la libertad en 
los labios y el servilismo en el corazón ; 
los esclavos disfrazados de ciudadanos, cuya 
alma abyecta, puesta siempre en almoneda, 
se vende al mejor postor por un mendrugo 
de pan empapado en infamia, que irá á 
parar, no muy tarde, como dice el Evan- 
gelio, á lugares inmundos. 



EL PROCESO DE LA CORONA 



La Historia tiene también su Infierno, 
con suplicios horrorosos como el talión, in- 
flexibles como la justicia, implacables como 
la venganza, insolutivos como la Eternidad. 

Demóstenes y Esquino ocupan sitio no- 
table en el Infierno de la Historia, ligados 
como están indisolublemente por veredicto 
de la conciencia humana. 

Imposible separar al uno del otro. 

De ahí el que nunca haya podido ex- 
plicarme por qué no los colocó el Dante en 
la Tolomea de su Infierno después del conde 
Ugolino y del arzobispo Ruggieri ; expuestos 
en simbólico grupo, donde un águila ator- 
mentase con garras y pico á una serpiente. 

Si el poder del ingenio ha hecho que el 



156 

Conde roa sin descanso el cráneo ensangren- 
tado del Arzobis[)0 traidor á la amistad, 
¿porqué el orador patriota no habría de cas- 
tigar al través de los siglos al retórico 
mercenario del invasor extranjero? 

Demóstenes y Esquino no son ya dos 
hombres, sino dos principios; los dos prin- 
cipios que combaten encarnizadamente en- 
tre sí desde la fundación de las sociedades: 
— la libertad y la esclavitud. 

La primera siempre contrastada y siem- 
pre incontrastable, siempre asistida por el 
derecho; la segunda postrada siempre alas* 
plantas del poderoso, siempre en el períbolo 
coronada de acebo. 

Diez años subsiste la última, la decisiva 
lucha entre aquellos dos hombres : diez años 
durante los cuales, Grecia, olvidada del de- 
sastre de Queronea, imcorpórase en su lecho 
mortuorio, y lega á cuantos vivan en los 
siglos futuros el testamento de su gloria, 
vinculada en la resistencia á la opresión, 
como cumplimiento de sagrado, de in- 
eludible deber. 

Y el mundo ha aprendido en el proceso 
de La Corona que no fue siempre del 
vencedor la prez de la victoria, ni cupo 
en todas partes infamia á los vencidos. 



157 



i Bendito mil veces el tribunal de la con- 
ciencia humana, que remunera á cada pue- 
blo como á cada hombre gloria ó vilipendio, 
no según sea feliz ó adverso el éxito de 
la causa que defiende, sino de acuerdo con 
los dictados de la justicia y del deber! 



II 



Vacilan algunos historiadores en decidirse 
centre la causa de Atenas, representada por 
Demóstenes, y la de Filipo, defendida, por 
Esquino, suponiendo en el Rey macedón 
cierta elevación de miras, y propósitos de 
tal trascendencia en el progreso universal, 
que casi achacan á crimen la resistencia 
del grande Orador; puesto que, según aqué- 
llos, tratábase nada menos que de civili- 
zar el Asia llevando á ella la cultura he- 
lénica, para constituir por este medio en 
un solo hogar dos sociedades de cuya 
unión habría de reportar la especie huma- 
na incalculables beneficios. 

Tales suposiciones, gratuitaminte optimis- 
tas, están desmentidas [)or la historia, según 
la cual, así Filipo como Alejandro, no pasan de 
ser dos capitanes astutos que supieron apro- 



1^ 



vecbar en beneficio propio \as circunstan- 
cias en í|ue se encontraron colocados. 

En efecto: extenuadas y empobrecidas 
las principales metrópolis griegas á causa 
las ludias sangrientas y devastadoras que 
bubieron de sostener durante la guerra 
del Peloponeso, bastábanse apenas A sí 
propias para vegetar en un suelo talado 
por las armas y esterilizado por el crimen. 

Pericles se había llevado consigo á la 
tumba la victoria de Atenas; cúpole á 
Lisandro la triste, la estéril gloria de ser< 
ministro de las venganzas de Esparta con- 
tra la ciudad de Minerva; y el testamen- 
to de Epaminondas, que imponía la paz 
con todos los griegos, no podía cumplirse 
entre los combates del odio. 

Por otra parte : los excesos de una de- 
mocracia turbulenta y feroz servían de 
poderoso incentivo al acrecentamiento del 
poder macedónico, quien sabía ocultar sus 
repugnantes vicios con cierta magnificen- 
cia imitativa de virtudes sociales. 

Ello sí ; pero la tarea patriótica, la ta- 
rea fecunda f para el progreso humano, ha- 
bría sido la reconstitución, no el aniqui- 
lamiento de las distintas autonomíaá que 
constituyeran la confederación helénica. 



159 



Rematar la independencia de cada una 
de las repúblicas que unidas habían ven- 
cido al pe»^sa, y junto con ella las liber- 
tades civiles y pob'ticas; fiar al poder 
macedónico, evidentemente extranjero si 
no por la raza, por la acción del tiempo 
y de la distancia, la resurrección de la 
patria común ; trocar el fundamento in- 
conmovible de las instituciones por la es- 
cena transitoria del poder personal ; he- 
cho es que merecerá siempre la conde- 
lU ación de la historia. 

Y tar fue la obra de Esquino y la de 
los que con él combatieron directa ó in- 
directamente los patrióticos planes de De- 
móstenes. 

Ni da testimonio la historia en pro de 
los que afirman haber sido el móvil de 
Alejandro al emprender la expedición con- 
tra el Asia, reunir en un solo pueblo los 
de oriente y los de occidente para exten- 
der sobre ellos el palio de la civilización 
helénica. 

Lo que afirma la historia, aun por bo- 
ca de ministros fanatizados con la leyen- 
da del Caudillo macedón, es: que éste, 
atento sólo á sus intereses personales; sin 
tener en cuenta los altos fueros de la ci- 



166 



vilizacion holéiiica y menos aún el deco- 
ro de sus victoriosos conmilitones; impú- 
soles los usos, los hábitos y hasta la in- 
dumentaria de los persas: circunstancias 
que dieron margen á no pocas reclama- 
ciones de aquéllos, en cuyo mal disimu- 
lado enojo traslucíanse ya los trágicos fu- 
nerales del pretenso hijo de Júpiter. 

No era, por cierto, llevar al Asia la 
cultura helénica representada en la civili- 
zación ática, imponer á los griegos las 
prácticas y costumbres serviles de los es-t 
clavos persas y consagrarse á sí mismo 
por señor y dios de propios y extraños ; ni 
convertir la guerra en cacería de hombres 
para ahogar entre el estruendo de las ar- 
mas y los alaridos de las víctimas los 
gritos de una conciencia enferma; ni vol- 
ver las capitulaciones de guerra, con cu- 
yo derecho se amparaba el vencido, en 
actos de bárbara y cobarde venganza; ni 
arrasar ciudades opulentas, arándolas lue- 
go y sembrando de sal desolados solares. (*) 



(*) Son veAiaderamente horribles las escenas san- 
grientas que al hablar de las conquistas de Alejandro 
en Asia traen Diodoro de Sicilia, Justino y Arrio, 
entre los antiguos, y Michelet entre los modernos. 
Plutarco mismo, fanático admirador de Alejandro, 



161 

Ni fue Alejandro quien inició las re- 
laciones entre arabos mundos, el oriental 
y el occidental; pues mucho antes de 
que él lo intentara en provecho de su 
desatentada ambición, existían ya las co- 
lonias del Asia menor; y Jantipo había 
vencido en Micala; y Pausanias arrojado 
á los persas de Chipre y tomado por la 
fuerza á Bizancio, donde los prisioneros 
de guerra casi igualaron en número al 
ejército victorioso ; y vencía Cimón en el 
^Eurimedonte, asegurando la libertad de 
los griegos del Asia menor, y conquista- 
ba á Thusos y á Eión, y sujetaba al Quer- 
soneso, y trasladaba á Atenas los despo- 
jos mortales de Teseo; todo por minis- 
terio de la libertad. 

Y ya Jenofonte y Agesilao habían pasea- 
do triunfalmente las regiones asiáticas y 
puesto en evidencia cuan fácil era alcan- 
zar victorias sobre pueblos degradados por 
la esclavitud. 



dice el exterminio de los cúsanos, y cómo fueron pa- 
sados á cuchillo hombres, mujeres y. piños. 

El biógrafo llama á este acto de barbarie : sacrificio 
en los funerales de Hefestión. Montaigne y Montes- 
quieu no disimulan los crímenes del conquistador, y 
aun atenuándolos los condenan. 



162 

Compárese en sus resultados el proceso 
legítimo y civilizador de la libertad, con 
los medios puestos en práctica por el des- 
potismo. 

Una vez rechazada la onda invasora 
del poderío asiático por el valor griego, 
fuese tras ella la civilización de occiden- 
te á las regiones orientales; y así como 
del trozo de mármol destinado por los 
persas para perpetuar la que soñaran fá- 
cil victoria, nació la Némesis, trofeo de la 
justicia; de la bárbara invasión perso-meda, 
apoyada en la fuerza, resultó la reacción 
benéfica del progreso, obra del derecho. 

En contraposición á esto, y por obra 
de los sucesos mismos, quedó manifiesta 
la acción arcana y vengadora de la Pro- 
videncia, cuando los restos de la invasión 
macedónica volvieron de rechazo sobre 
Europa, trayendo consigo los vicios degra- 
dantes de Asia encarnados en el impla- 
cable vencedor de Cranón. 

Antes que haber alcanzado una victoria, 
los griegos de Alejandro perdieron una gue- 
rra; el Asi? fue sepulcro de las virtudes 
helénicas; y los triunfadores, al regresar á 
sus hogares ó al radicarse en tierras con- 
quistadas, no fueron sino los representan- 



163 

tes y continuadores del despotismo asiático. 

Los que vencieron con la espada que- 
daron vencidos por los vicios; y la civi- 
lización griega lejos de transformarse en 
progreso, padeció parálisis de muerte: 
Grecia no se dilató hasta el Asia; an- 
tes bien, Asia cayó sobre Grecia. 

Hé ahí la verdad histórica. 

Alejandro, junto con la libertad de los 
pueblos, mató la razón y la conciencia de 
los individuos; y al crear el mesiazgo 
político, que, corrompiendo el criterio his- 
tórico, ha convertido naciones enteras en 
juguetes serviles de alucinados, sanguina- 
rios ó rapaces, fundó la dinastía de los 
HOMBRES-DIOSES, subsistcutes auu hoy día 
con el nombre de genios. 

La orgia militar, como califica Michelet 
el reinado de Alejandro, resucita las an- 
tiguas sociedades orientales, que yacían en 
las tinieblas de los tiempos pasados, y es- 
boza los despotismos ejercidos en los tiem- 
pos modernos en nombre de la sobera- 
nía popular. Porque así como Dionisio ó 
Baco copia las desvanecidas Jeyendas de 
caducas edades, el Hijo de Júpiter-Ser- 
piente sirve de modelo al Hijo de Ve- 
nus y éste al Hombre- Estado, quien, á 



164 



SU vez, habrá de ser imitado por el 
Hombrc-Revohición. ( * ) 



III 



El Proceso de la Corona es uno do 
los acontecimientos notables ocurridos en 
Grecia, y aun pudiera graduarse de ex- 
cepcional. 

Los litigantes en aquel Proceso son, apa- 
rentemente, Esquino y Demóstenes : — el 
acusador y el acusado; pero en realidad 
las partes eran Filipo vencedor y Atenas 
vencida. 

Esquino, consecuente consigo mismo, quie- 
re que sea condenada en juicio la resisten- 
cia de Atenas contra Filipo, por la propia 
Atenas. 

Es decir: quiere la deshonra después 
de la desgracia. 

Demóstenes, fiel á sus deberes para con 
la patria, al defenderse á sí propio, de- 
fiende la independencia de la República 
y la causa de Grecia. 



( - ) Luis XIV decía : El Estado soy yo ; Napoleón I : 
La Revolución soy yo; y uno y otro no eran sino el 
despotismo encarnado, según la expresión de Nodier. 



165 

Es decir : quiere que el heroísmo ab- 
negado prevalezca sobre la desgracia del 
vencimiento. 

En aquel juicio entre el triunfador y 
los vencidos, el patriotismo heleno alcan- 
za en el Pnyx lo que no pudo alcanzar 
en Queronea: — la reivindicación del dere- 
cho contra la fuerza. 

Diez años, según los más, duró el fa- 
moso proceso, que no pudieron ahogar, 
aunque sí detener, las victorias de FiU- 
po, ni las conquistas de Alejandro; y cuan- 
Mo se proclamó el triunfo de Demóstenes 
sobre Esquino, el vencedor de Darío ha- 
bía dejado de ser hombre para transfor- 
marse en dios y recibir como tal adora- 
ciones y ofrendas. 

En la vergonzosa postración del mun- 
do, sólo en Grecia hubo hombres ; sólo 
on Atenas hubo ciudadanos. 

Este acontecimiento único redime á la 
ciudad de Minerva de todos sus errores 
y flaquezas, y la presenta á la admira- 
ción de las edades como campeón inven- 
cible del derecho. 

Hé aquí el historial de los "feucesos : 

A poco de haber declarado Atenas la 
guerra á Filipo cediendo á los consejos y 



166 



exhortaciones de Demóstenes, temerosos los 
atenienses de verse atacados en sus pro- 
pios hogares, confiaron á aquél la repara- 
ción de las murallas, resguardo de la ciu- 
dad ; encargo que cumplió el Orador no 
sólo con la eficacia por el caso requerida, 
sino con patriótico desinterés, pues á sus 
costas hizo cavar dos fosos en torno del 
Pireo, invirtiendo así parte de su pecu- 
lio en bien de la patria. 

Como recompensa á tal conducta, cierto 
ciudadano de nombre Tesifonte, propuso 
al Senado se premiase al Orador con una*^ 
corona de oro, efectuándose la coronación 
en el Teatro. 

Establecía, empero, una ley que no se 
agraciara con tal distinción á ningún ex- 
gobernante, sin haber previamente rendido 
cuenta de su gobierno ; y prescribía otra que 
los premiados por el pueblo lo fueran en la 
plaza pública, y en el Senado aquéllos á 
quienes el Senado premiara. 

Los únicos premios que se proclamaban 
y otorgaban en el Teatro y se hacían con- 
currir con las fiestas de Baco, eran los 
acordados fjor toda la Nación. 

Esquino, en cuyo pecho dormía vivo 
aún el odio por Demóstenes á causa de 



167 



la acusación que intentara éste con- 
tra él con motivo de La Embajada, ci- 
tó en juicio á Tesifonte como violador 
de las leyes en beneficio de alguien que 
ni poseía virtudes, ni había prestado ser- 
vicios á la República, sino, al contrario, 
acarreádole graves desgracias. 

" Esta causa se aparta de todas las for- 
"mas de nuestro derecho, pero es gran- 
"de, dice Cicerón. Hay en ella cierta in- 
" terpretación de las leyes, bastante aguda 
"por entrambas partes, y gravísima con- 
* " troversia sobre los respectivos méritos 
. " de aquéllas para con la República." 

" El móvil á que obedeció Esquino al 
" quprer vengarse de Demóstenes llevando 
" á juicio los actos y la fama de éste en 
" la acusación contra Tesifonte, fue el ha- 
"ber sido acusado él mismo capitalmente 
" por Demóstenes con motivo ó so pretexto 
"de mal desempeño de una embajada." 

" Ni habló tanto de las cuentas que 
" no se habían rendido, como de los elo- 
" gios por Tesifonte tributados á un hom- 
" bre que, en concepto de Esquino, no 
"era óptimo sino pésimo." ' 

" Esquino í)resentó esta acusación cua- 
"tro años antes de la muerte de Filipo 



168 

"de Macedonia, pero el juicio no fue sen- 
" tenciado sino algunos años después, cuan- 
" do Alejandro estaba ya en Asia." 

" Dícese que á este juicio concurrió Gre- 
" cia en cuerpo." 

El discurso de Esquino, considerado des- 
de el punto de vista del arte retórico, 
es perfecto, absolutamente hablando. 

Tiene el brillo del puñal lenta y pa- 
cientemente fabricado, y también el filo del 
arma homicida. 

Bien se conoce que el contendor de üe- 
móstenes, el acusador de Tesifonte, estaba 
poseído de dos pasiones : el odio y la ven- 
ganza. 

Esta escribe bajo el dictado de aquél. 

Eii el ruidosísimo proceso hubo dos 
criterios: el del legista, que era el de 
Esquino, y el del jurisconsulto, el del 
hombre de Estado, que era el de Demos- 
tenes. 

El pueblo de Atenas sentenció, no apli- 
cando la letra muerta de la ley, sino ate- 
niéndose al espíritu justiciero de la ju- 
risprudencia universal, tan antigua como 
los tiempos *60ciales, tan inmutable como 
la noción del derecho puesta por Dios en la 
conciencia humana. 



De aquí el que Demóstenes dirigiéndo- 
se á sus jueces les dijese: "¡Atenienses! 
" no debéis juzgar de igual manera las 
" causas privadas y las causas públicas, 
" Los asuntos que cuotidianamente se pre- 
" sentan, han de resolverse según los he- 
" chos y las prescripciones de la ley ; pe- 
" ro cuando se trata de los máximos in- 
" tereses del Estado, no debéis perder de 
" vista la grandeza de vuestros anteceso- 
" res. Al sentaros en este Tribunal para 
" decidir un proceso político, cada uno de 
*" vosotros debe tener presente, á fin de 
" no incurrir en nada indigno de sus 
" mayores, que con las insignias de la 
" magistratura representa el genio sobera- 
" no de Atenas." 

Pero el genio soberano de Atenas, cifrado 
en la belleza estable bajo todas sus formas, 
así en lo artístico como en lo social y 
en lo político, no podía inspirar á Esqui- 
no, quien miraba sólo á lo útil en un 
momento dado del tiempo. 

Rabino (estéril que invoca la letra de 
la ley prescindiendo de toda elevada con- 
sideración, de toda trascendencia justiciera, 
cuando se trata de una causa en que ac- 
túan como partes, la Patria en vindicación 



170 

de su imperio y el invasor extranjero para 
justificar sus propósitos liberticidas. 

Ningún triunfo militar hubiera podido 
compararse al que habría alcanzado el 
macedonio con la condenación de Demós- 
tenes, en la cual iba envuelta la propia 
condenación de Atenas. 

¿Cómo negar, sin embargo, el poder 
oratorio de Esquino, siquiera prevalezcan 
en él los rebuscados atavíos de la más 
refinada retórica? Necesitábase de la pode- 
rosa palabra de Demóstenes, que vibra 
en defensa de la patria, por sus altares' 
y por sus hogares, pro aris et focis, para 
combatir á aquel atleta adiestrado ahora 
en los combates de la tribuna, como antes 
en los de la arena. 

¡Y con qué maestría se insinúa en el 
ánimo de los jueces para ponerlos de su 
parte ! ¡ Y cómo cubre con el bello colorido 
del lenguaje los propósitos de venganza y 
de odio que lo animan! 

Fíngese víctima cuando no es en realidad 
sino victimario; invoca los fueros de las le- 
yes, cuando conspira contra la justicia; habla 
de verdad, f-\a mentira le mueve la lengua; 
dícese defensor de la gloria helénica, y ha 
sido y es el más esforzado de sus enemigos. 



171 



Preséntase ante los jueces confiado en 
los dioses, númenes de las leyes ; en las 
leyes, expresión de la justicia; en la jus- 
ticia, razón de los pueblos. 

Invoca á Solón el poeta de las institu- 
ciones, el jurisconsulto de la poesía ; des- 
cribe la edad de oro de la República, con 
las prácticas ya arcaicas que echa de me- 
nos en la ocasión ; dice el panegírico de 
los gobiernos fundados en la democracia; 
recuerda la antigua fórmula de las asam- 
bleas en la ilustración de los problemas 
* públicos; y todo para protestar contra la 
licencia de los oradores á quienes, como á 
Demóstenes, no reprimen ya ni pritáneos, 
ni poedros, ni la tribu turnante en el go- 
bierno. 

Sólo queda á Atenas, según Esquino, 
un poder en los días de ruina que alcan- 
za, y es: el derecho de perseguir al au- 
tor de toda proposición ilegal. 

Renunciar á él es aniquilar la Consti- 
tución de la República : — es decretar su 
ruina. 

Después de trazar tan fatídico cuadro, 
y de hacer consistir, por decirlo así, la 
salvación de la Patria en el castigo de 
Tesifonte, ó sea de Demóstenes, afírmase 



172 

en el campo que juzga más seguro para 
salir victorioso, á saber: en el estricto cum- 
plimiento de leyes cuya interpretación fija 
con criterio sofístico. 

Y cuando mira asegurada la victoria, 
lánzase sobre Demóstenes como can hidró- 
fobo, cuyas presas, cubiertas de baba letal, 
son seguros instrumentos de muerte. 

Es el eco de la escuela sofística, que 
pretende renovar con Demóstenes, en la 
propia Atenas, el sacrificio de Sócrates. 

La cultura social de nuestra época y 
ciertos elementos especiales creados por la ' 
civilización moderna, nos impiden apre- 
ciar en lo que valían las libertades permi- 
tidas á los oradores antiguos. 

Cicerón no se cansa de recomendar el res- 
peto al decoro, hasta el punto de proscribir 
de la tribuna toda palabra ominosa; y sin 
embargo, ¿ qué orador moderno, aun en los 
pueblos donde la libertad parlamentaria 
ha vestido desde su origen el sayo encar- 
nado del insulto, ha igualado al Padre de 
la Patria romana en sus diatribas contra 
Verres ó en sus virulencias contra Cati- 
lina? ^ 

Esquino nos da á cada paso paradigmas 
de ello. 



173 



He aquí algunos de colérica elocuencia : 
" Supo Demóstenes con anticipación, di- 
" ce Plutarco, la muerte de Filipo ; y pa- 
" ra preparar á los atenienses á tener con- 
" fianza de mejorar su suerte, se presentó 
"alegre en el Consejo, significando haber 
" tenido un sueño que le hacía pronosticar 
'* á los atenienses sucesos muy prósperos ; 
" y de allí á poco parecieron los que 
" traían la noticia de la muerte de Fili- 
"po. Sacrificaron, pues, inmediatamente por 
:> " la buena nueva, y decretaron coronas á 
" Pausanias. (*) Presentóse así mismo De- 
" móstenes coronado, con un rico manto, 
" sin embargo de que no hacía más que 
" siete días que había muerto su hija, 
'^como lo dice Esquino, para motejarle por 
" este motivo y censurarle de desnaturali- 
"zado: acreditándose con esto él mismo de 
" poco generoso y de abatido de espíritu, 
" pues que tenía el llanto y el lamento 
" por señales de un ánimo benigno y pia- 
" doso, y desaprobaba en otros el que lle- 
" vasen los infortui,iios con entereza y re- 
" signación. > 

" Porque en mi concepto es de un áni- 



(«) El matador de Filipo. 



174 

" mo social y esforzado, atendiendo siempre 
" al bien común y subordinando los inte- 
" reses y sucesos particulares á los públi- 
" eos, el saber guardar en todo la digni- 
" dad y el decoro." 

Dramatízase la sencilla narración del bió- 
grafo en el discurso del orador, quien nos 
presenta á Demóstenes, no ya dolorido si- 
no alegre, trocado el manto negro por 
otro de gala y ceñida la frente con festi- 
va corona. No es sólo el orador quien ha- 
bla en Esquino : es el pintor, que traza y co- 
lorea admirable cuadro ; es el poeta, que 
entona dolorosa elegía sobre la memoria de 
la juventud, de la belleza y del candor 
segados á deshora por la muerte. 

Ya antes, como para dar mayor solem- 
nidad á su lenguaje, pónelo bajo la pro- 
tección de los archivos públicos, memoria 
de los hombres, y de la piedad paterna, 
herencia de los dioses: 

" Qué hermosa institución j oh atenien- 
*'ses! son los archivos del Estado" 

" Inmutables por naturaleza, nada pa- 
*' decen encías metamorfosis políticas, y 
" merced á ellos el pueblo puede leer cuan- 
" do le place en el alma de esos hombres 
"que, envejecidos en el crimen, se cubren 



175 

"el rostro con la máscara de la virtud.". 



Y luego, abalanzándose, como quien dice, 
sobre Demóstenes : 

" Ese mismo adulador ¡ oh atenienses ! 
'*ese cortesano, tiene el primero noticia de 
" la muerte de Filipo ; noticia que le co- 
" munican los espías de Caridemo ; y fin- 
"ge un sueño enviado por el cielo. No 
" fue de Caridemo de quien el impostor 
"recibió el aviso, sino de Júpiter y de Mi- 
í' nerva. Estas divinidades, á quienes el em- 
" baucador ofende con sus perjurios, acuden 
" á revelarle en sueño los sucesos futuros." 

" Era el séptimo día después de la muer- 
'He de su hija; y antes de llorarla, antes 
" de rendirle los últimos deberes, coronado 
" de flores y vestido de blanco, ofrece sa- 
" crificios con violación de todas las leyes. 

" ¡ Y acababas de perder la primera, la 
" única criatura que te daba el dulce nom- 
" bre de padre ! 

" No insulto tu infortunio ; estudio tan 
" sólo en aquel trance tu carácter. 

" ¡Atenienses! el que no ama á gus hijos, el 
" mal padre, no podrá ser buen guía para 
" el pueblo. Sin entrañas para los seres más 
" queridos, que son su propia sangre, ¿ os 



176 

" amaría á vosotros que le sois extraños? El 
" mal padre de familia no puede ser buen 
" magistrado. " 

" Perverso en su casa, no mostró Demós- 
" tenes en Macedonia ni honor ni virtud : 
"cambia de lugar, no de costumbres." 

¿Cómo pudo el odio, grosero de suyo, 
expresar con tanta belleza tan delicados 
sentimientos? 

La apelación á la piedad paterna traí- 
da á largo drama por Esquino, tiende en mi 
concepto, á romper la árida, analítica mo- 
notonía de la tesis legal, poniendo así de 
manifiesto la habilidad retórica del orador. 

No satisfecho aún con exponer á Demóste- 
nes al desprecio y al odio de los hom- 
bres, quiere condenarlo á la venganza de 
los dioses como violador de los manda- 
tos promulgados por los genios tutelares 
de Atenas ; y á fe que sin la defensa del 
Grande Orador ; en vista de las contradiccio- 
nes de la historia ; quedaríamos indecisos 
al juzgar de tal causa si hubiéramos de 
atenernos á la palabra de Esquino, quien 
asume en pste pasaje de su discurso el to- 
no solemne, mejor dicho, hierático, no ya 
del augur griego, sino del antiguo sacerdote 
indio. 



Í11 

Serví rale de tenia la guerra sagrada pro- 
movida por la conducta de los locrios de 
Anfisa, tan funesta para la independencia 
griega como propicia á los ambiciosos pla- 
nes de Filipo. 

" Hay u:^a llanura ¡atenienses! un puer- 
'Ho conocido con el siniestro nombre de 
^'Puerto de las Imprecaciones J\ 

" Estuvo éste en un tiempo habitado por 

"los cirrheos y los cravalidas, razas sin 

"freno, que forzaron el Templo de Delfos, 

j " mancharon las santas ofrendas y ultraja- 

" ron á los anfictiones." 

" Más indignados aún que los otros indi- 
" viduos de esta Asamblea, nuestros antepa- 
" sados preguntaron al Oráculo qué castigo 
*' debían sufrir los profanadores." 

"¡Guerra á los cirrheos y á los cravali- 
" das, respondió el Oráculo! \ Guerra de día 
" y de noche ! Llevad á esos pueblos el hie- 
" rro, el fuego, la esclavitud ; consagrad á 
"Apolo, á Diana, á Latona, á Minerva, 
"sus tierras completamente abandonadas: 
"no trabajéis en ellas ni consintáis en que 
"otros trabajen." o 

"Conforme á esta respuesta, y según con- 
" sejo del ateniense Solón, aquel hábil le- 
" gislador y poeta filósofo, decidieron los 



m 

'' anfictioües armará los puel^los paralan- 
"zarlos contra aquellos hombres proscritos 
"por los oráculos. Reunidas en suficiente 
" numero las tropas, vencieron y desterra- 
" ron á los habitantes, cegaron los puertos, 
" arrasaron la ciudad, consagraron el suelo, 
" según la orden del Oráculo, y juraron 
''solemnemente prohibirse á sí mismos y 
"á los demás hombres toda clase de tra- 
" bajos en los campos consagrados; defender 
" al dios y la tierra sagrada con armas, 
" con manos, con pies : con todas sus po-^ 
"tencias. Pero era poco aún el juramento, 
"y lo afirmaron con esta imprecación. 

"Si hubiese algún infractor de estejura- 
" mentó, así fuere particular, ciudad ó pue- 
'' blo, maldito sea por Apolo, y por Diana, y 
" por Latona y por Minerva ! ¡ Rehúsele la 
" tierra sus frutos ! Paran monstruos sus niu- 
"jeres; no engendren sus ganados confor- 
" rae á la naturaleza; sean vencidos en la 
"guerra, en los tribunales, en las Asam- 
" bleas. Queden exterminados ellos, sus ca- 
" sas y su raza. Jamás sacrifiquen santa- 
" mente á Ap<^l<^7 ^^i '^ Latona, ni á Diana 
" ni á Minerva; y sean rechazadas sus oíren- 
"das." 

" Va á leerse el oráculo. Escuchad la 



m 

"imprecación; acordaos del juramento de 
" los anfictiones: del juramento de vuestros 
" antepasados." 



"A pesar do estos juramentos, del ana- 
" tema, de los oráculos todavía escritos en 
"nuestras tablas, los locrios de Anfisa y 
"sus caudillos, hombres sin ley, cultiva- 
" ron la llanura; reconstruyeron y habi- 
" tnron el Puerto de las Imprecaciones, exi- 
"gieron tributo á los navegantes, y compra- 
" ron algunos oradores enviados á Delfos, 
" entre ellos á Demóstenes. Sí : el orador 
" que elegisteis en el Consejo Anfictiónico, 
" vendió su silencio á los locrios por mil 
" dracmas. Prometiéronle, además, enviarle 
"á Atenas todos los años, veinte minas del 
"dinero maldito, para que fuese aquí el 
" celoso protector de los anfisios." 

" Desde el día en que se consumó aquel 
" crimen, el particular, el príncipe ó la re- 
" pública que con él trató, fue víctima de 
"irreparables infortunios. ,, 

" Ved ahora cómo los Dioses y la Fortuna 
"triunfaron de la sacrilega Anfisa." 

" Bajo el arconte Teofrasto, siendo hie- 



180 

" romenon (*) Diogiieto de Anafliste, ele- 
" gisteis por pilágoras al famoso Midias, (**) 
"á Trasicles y á mí el tercero. Reuniéron- 
" se los otros anfictiones. Los que querían 
'' mostrarse benévolos con nuestra Repú- 
" blica, nos advirtieron que los anfisios, 
" servilmente sometidos á sus amos los te- 
" baños, proponían se decretase contra el 
'' pueblo ateniense una multa de cincuenta 
" talentos por baber suspendido en el nue- 
" vo Templo, antes de su consagración, es- 
" cudos de oro con esta leyenda: — Los ate- 
" Ilienses sobre los medos y sobre los teba- 
^' nos, que combatían contra los helenos. 

^' Envióme á llamar el hieromenón y 
"me rogó fuese al Consejo á defender 
" nuestra República : este era ya mi pro- 
" pósito. Obligado por la ausencia de mis 
" colegas, entro y hablo : de pronto, un 
" insolente anfisio, hombre grosero, qui- 
" zá inspirado por algún genio malo, lanza 
"violentas vociferaciones. — "Ante todo ¡oh 
"helenos! dice, si no estuvieseis locos, no 
" pronunciaríais siquiera en estos sitios el 
" nombre de Jos atenienses, sino los arroja- 



(•^ ) Guardián de los archivos sagrados. 
( — ) Orador en el Consejo Anfictiónico. 



181 

" riáis del Templo como á malditos." — A\ pro- 
" pió tiempo recuerda nuestra alianza con la 
" Fócida; alianza que fue obra de Cobrilos, y 
" prorrumpe contra Atenas eñ otras injurias 
"que no pude oír sin indignación, y cuyo 
" recuerdo me enardece aún. En mi vida he 
"sentido cólera semejante. Suprimo gran 
" parte de mi respuesta, pero tuve el pensa- 
" miento de recordar las profanaciones de 
" Anfisa; y desde el sitio en que me hallaba, 
"señalando la llanura de Cirrha, domina- 
,"da por el Templo, de donde se la ve por 
" completo : — "Representantes de Grecia, ex- 
" clamé : ¿veis esos campos consagrados á 
"los dioses? los locrios los cultivan. ¡ Esas 
" fábricas, esos establos, ellos los han cons- 
"truído! i Ese puerto de maldición ellos lo 
"han restablecido! ¿Son acaso necesarios 
"otros testigos? Bien sabéis, por propia ex- 
" periencia, que han levantado, impuestos y 
" percibido dinero sobre una comarca con- 
" sagrada." — Y al propio tiempo hice leer 
" el oráculo, el juramento de nuestros an- 
" tepasados, el anatema, y protesté, diciendo : 
" — Yo fiel á este juramento, por la salva- 
"ción de Atenas, de mis hijos, de mi 
" casa, de mí mismo, defenderé la tierra 
"sagrada con mis manos, con mis pies^ 



182 

'con mi voz, con todas mis fuerzas. Vos- 
' otros ¡oh anfictioncs! |)ensad en vosotros 
' mismos. El sacriñcio ha comenzado, las 
'víctimas están en el altar; vais á invo- 
' car el favor de los dioses soljre vosotros 
' y sobre la Nación. Ahora bien: meditad en 
'esto: ¿cómo osarán rogarles vuestra voz, 
' vuestros ojos, vuestros corazones, si dejáis 
' impunes los malditos á quienes ellos han 
'rechazado? Porque la imprecación desig- 
' na claramente y sin equívocos las penas 
' que deben padecer los profanadores y cuan- ^ 
' tos consientan en la profanación." 

"Después de mi discurso, del cucd sólo 
' cito este rasgo, salí de la Asamblea. Hu- 
'bo gritos y tumultos entre los anfictiones. 
' Ya no se trató de nuestros escudos, sino 
' del castigo de los locrios; y como avanzara 
' mucho el día, pregonó el heraldo que todos 
'los habitantes de Delfos, de más de diez y 
' seis años, libres ó esclavos, fueran, al salir 
' el sol, á la plaza de las Víctimas, armados 
'de hoces y de azadones; y añadió: que el 
' hieromenón y los pilágoras acudirían tam- 
' bien en ayi?.da del Dios y de la tierra sagra- 
' da, bajo pena, contra la ciudad que no com- 
' pareciese, de ser excluida del Templo y 
' envuelta en la imprecación," 



183 

" Al día siguiente, pues, desde la aurora 
"acúdese á la cita: descendemos á la 11a- 
" nura de Cirrha ; y una vez destruido el 
"puerto y quemadas las casas, nos retira- 
" mos. Entre tanto los anfisios, que babi- 
" tan á sesenta estadios de Delfos, caen en 
" numerosos grupos, bien armados, sobre 
"nosotros; y á no haber ganado la ciu- 
" dad, nuestras vidas hubieran corrido pe- 
" ligro." 

"Habiendo trascurrido un día más, Co- 
" tifo, encargado de contar los votos, con- 
" voca una Asamblea general ; es decir : no 
"tan sólo á los hieromenones y á los pi- 
" lágoras, sino también á todos los que 
" participan de los sacrificios y consultan 
"al Oráculo. Levantáronse allí mil quejas 
"contra Anfisa; mil elogios se alzaron pa- 
" ra Atenas. Por último, decretóse que 
" antes de la sesión siguiente, los hiero- 
" menones acudieran en día fijo á las Ter- 
" mópilas^ provistos de la sentencia de los 
" locrios por su crimen contra los dioses, 
" contra la tierra sagrada y contra los an- 
" fictiones." , 

"Presentamos un dictamen, primero al 
" Consejo, después al pueblo reunido ; y 
" como fueran aprobados nuestros actos, Ate- 



184 

" lias entera proyectó una piadosa repara- 
" ción." 

" Fiel á sus compromisos con los de An- 
" fisa, opúsose Demóstenes: yo lo confundí 
" ante vosotros. No pudiendo, empero, enga- 
" ñar abiertamente á la República, vase nues- 
" tro hombre al Consejo, hace retirar á deter- 
" minados particulares y lleva al pueblo un 
" proyecto de Acuerdo redactado por algún 
" ignorante seducido, i El intrigante convier- 
" te este acto en decreto nacional con la san- 
" ción del pueblo, y ello cuando ya se le- 
" vantaba la sesión ; cuando la muche- 
" dumbre se retiraba; cuando yo había sa- 
"lido: yo que jamás lo habría tolerado. 
" Ese decreto dice, en resumen, que el hie- 
'' romenón de Atenas y todos los pilágo- 
" ras irán á las Termopilas y á Delfos 
" en las épocas f jadas por nuestros antepasa- 
^^ dos : palabras especiosas que ocultaban 
'' un resultado abominable, cual era : nuestra 
" exclusión de la Asamblea que la necesidad 
" obligaba abrir antes del término ordinario. 
" Otra cláusula del decreto, todavía más 
" clara y perniciosa, prohibe á los represen- 
" tantes atenienses tener en adelante nada de 
" común con los miembros de la Dieta: ni 
"debates, ni actos, ni determinaciones," 



185 



''¡Nada de común! ¿Qué quiere decir 
"esto? — ¿Haré hablar á la Verdad ó á la 
"Adulación? — A la Verdad ¡atenienses! 
" porque la costumbre de adularos ha perdi- 
" do á Atenas." 

" Pues bien : ello era imponeros el ol- 
" vido de vuestros paternos juramentos: ¡el 
" olvido del anatema, el olvido del orácu- 
"lo divino!" 

" Quedamos, pues, encadenados por ese 
" decreto. Reuniéronse los otros anfictio- 
" nes en las Termopilas, excepto los de 
" una sola ciudad que ,no nombraré. (¡Así 
" su desastre no se renueve en ningún pue- 
" blo de Grecia!) (*) Decretó la Dieta 
" una expedición contra Anfisa y eligió 
" general á Cotifo de Farsalia, presidente 
" del escrutinio." 

" Encontrábase Filipo, no en Macedonia 
" ni en Grecia, sino en el fondo de la Escitia. 
" Y i osará decir Demóstenes que yo lo lan- 
" zaba contra los helenos ! " 

" En esta primera campaña los ven- 
" cedores trataron á Anfisa con muchos 
"miramientos. No castigaron sus aten- 
"tados sino con una multa j que debían 



(*) Refiérese á Tebas destruida por Alejandro. 



186 

"pagar al Dios en plazo indefiíiiclo. 
"Desterraron á los anatematizados y á los 
"autores de las p rofar. ación es ; pero como 
"este pueblo, sobre no pagar la deuda sagra- 
" da, repatriaba ti los impíos del desticri'o 
" y desterraba a los piadosos á quienes la 
"Dieta había vuelto á la patria; tomá- 
" ronse de nuevo las armas contra él an- 
otes de que Filipo hubiese salido de Es- 
" citia, y cuando los Dioses nos ofrecían en 
" esta guerra santa el mando que Demós- 
" tenes había vendido.'' 

" Pero los Dioses mismos ¿ no nos lo 
"advirtieron? ¿Podían enviarnos mayu- 
" res prodigios, á menos de hablar el len- 
" guaje humano ? No : nunca he visto ciudad 
"alguna más protegida por los Inmortales, 
" ni más arruinada por algunos parlanchi- 
" nes, ¿ No era, acaso, aviso suficiente el pro- 
" digio que se presenció en la celebración de 
"los Misterios con la muerte de los inicia- 
" dos ? ('^) ¿ No nos aconsejó Aminiado que 
" enviásemos emisarios á Delfos para con- 
"sultaral Oráculo? ¿No fue Demóstenes 
" cjuien se opuso con esta frase tan sabida : 



(■^ ) Refiérese que fueron devorados por monstruos 
marinos. 



187 

''El Oráculo filipizaF (*) No fue ese Lom- 
" bre, groseramente impío, harto de los li- 
" berti najes que le habéis dejado gozar? Y 
"también osó decir: "Filipo no ha entra- 
" do en el Ática porque los sacrificios le 
" han sido contrarios." 

"¿Qué suplicio no mereces, destructor 
" de Grecia ? Si el vencedor es detenido 
" por tristes presagios en la frontera de los 
"vencidos; tú, que nada supiste prever; tú, 
J' que lanzaste nuestras tropas antes de que el 
" Cielo hablase; ¿qué castigo iro mereces por 
" las calamidades que has acarreado sobre 
" la Patria? ¿Una corona 6 el destierro?" 

" ¡ Ah ! ¡ cuántos sucesos extraños, ines- 
" perados, en nuestros días ! Nó : no hemos 
" vivido la vida ordinaria de los hom- 
" bres ; hemos nacido para asombro déla 
" posteridad." 

" El monarca de los persas que abrió 
" el monte Athos, que encaderró el He- 
" lesponto, que pidió á los helenos la tierra 
" y el agua, que en sus cartas se hacía 
" apellidar dominador de todas las naciones 



(*) Es decir: habla en favor de los intereses de 
Filipo, 



188 



''desde el Poniente hasta la Aurora, ¿ com- 
" batía sólo por el imperio del mundo? Nó : 
" combatía, además, en defensa de su vida." 



"Y Tebas, Tebas, ciudad vecina núes- 
"tra, ¿no fue un día barrida del sue- 
•' lo de Grecia ? ¡ Justo castigo del pue- 
" blo que en la causa común había adop- 
" tado el partido de nuestros enemigos, y 
" á quien los dioses, sólo los dioses, des-^ 
" truyeron, únicamente por haber tocado 
'' al botín sacrilego ! " 

" Los infortunados lacedemonios, que en 
" otro tiempo aspiraban á la hegemonía de 
'' Grecia, arrástranse ahora en el séquito de 
" Alejandro; muestran el espectáculo de sus 
" miserias; entréganse á merced del tirano, 
"ellos mismos junto con su patria; y espe- 
" ran sentencia de la piedad de un vencedor 
" ofendido ! " 

" Nuestra Atenas, en fin : el asilo co- 
" mún de los helenos; Atenas, donde las 
" embajadas de Grecia venían á implorar 
" protección ; Atenas ¡ ay ! no lucha ya por 
" la preeminencia, sino tan sólo por la pose- 
" sión del suelo de la patria ! " 



189 

" Tales catástrofes datan desde la fecha en 
" que Demóstenes entró en la g-oberna- 
" ción de los intereres públicos." 

" Gran sentido encierra el pensamiento 
" de Hesíodo en esta materia." 

"Aconseja el poeta á los pueblos y a las 
" ciudades que rechacen los malos conse- 
"jeros." 

" Citaré sus versos, porque si es de la 
"infancia aprender las máximas de la })oe- 
"sín, el aplicarlas es de la edad madura : 

— " Toda una ciudad recoge á las veces los 
" amargos frutos producidos por los delirios 
" y por los perversos proyectos de un solo 
" hombre.'^ 

" — Y el pueblo es devastado; y el hambre 
"2/ Ici peste acuden, secundando la justicia 
" de los cielos; y perece el ejército; y caen 
"por su propio peso las murallas; y las 
" olas del mar destrozan las armadas bajo 
" la colérica mirada de Júpiter J^ 

'^Romped el ritmo poético y buscad 
" tan sólo la idea. No oís á Hesíodo, sino 
" al Oráculo contra la política de De- 
" móstenes ; política funesta que^ todo lo ha 
"devorado: armadas, ejércitos, República." 

" í Nó ! ni Frinondas, ni Euríbates, ni 
" ninguno de los antiguos malvados le 



190 

"igualaron nunca en imposturas ni en 
" truhanería ! ¡ Oh tierra ! j Oh Dioses ! ¡ Oh 
"genios! Y vosotros, mortales, amigos de la 

"verdad ¿Por qué se osa hablar de la 

'' alianza con los tebanos y no de las circuus- 
"tancias, y no de los temores que á aquéllos 
"asediaban? ¿Por qué no se habla de 
"nuestra gloria, sino de las arengas de 
" Demóstenes? Y no obstante, ¡ cuántos otros 
"'antes que él, estrechamente unidos con 
"aquel pueblo, habían sido embajadores 
"en Tebas! Trasíbulo, cuyo crédito no tu- 
" vo rival en esta ciudad ; Leodamas de 
" Arcania, cuya elocuencia tenía tanta fuer- 
"za como la de Demóstenes y mayores be- 
" llezas que ella ; x4rchidemo de Pela, diplo- 
" mático de poderosa palabra, cuyo celo por 
" Tebas ha ocasionado tantas tempestarles ; 
" el demagogo Aristofón de Atzenia, acu- 
"sado de abrigar sentimientos beocios; 
" 3^ el orador Pcriando de Anaflisto, que 
" vive aún. Pues bien : ninguno de éstos 
" logró traernos la alianza de Tebas. Sé la 
"causa; pero ese pueblo es desgraciado, 
" y la callo^ (*) 



( ■■ ! La causa era que Tebas fue adicta á Persia y á Ma- 
cedonia. 



''jCJaando Filipo les arrebató á Nicea pa- 
" ra entregar esta plaza á los tesalios; cuan- 
'' (lo después de haber alejado la guerra de 
" Beocia, llevóla de nuevo al través de 
" la Fócida, á los muros de Tebas ; cuan- 
" do, en fin, dueño de Elatea, la fortificó 
" y la guarneció con tropas ; entonces, viendo 
" á sus puertas el peligi'o, llamáronnos los 
" tebanos ; y vosotros os pusisteis en mar- 
''cha, y entrasteis en Tebas, ginetes é infan- 
" tes ; armados, prontos á combatir, antes 
^' de que ese hombre hubiese escrito una 
"palabra acerca de la alianza. ¿Quién os 
" hizo penetrar en la ciudad ? — i El es- 
'' panto público, la necesidad de una con- 
" federación : no Demóstenes !" 

" Demóstenes con sus negociaciones os ha 
" causado tres enormes daños." 

''Hé aquí el primero : " 

"Filipo os llamaba sus enemigos, pero su 
" rencor para con Tebas era real, aunque tá- 
" cito : el suceso que lo había acarreado me 
" dispensa de otras pruebas. Demóstenes os 
" ocultó tan importante disposición de 
'■'ánimo; y haciendo creer qü^e la alian- 
" za era obra, no de las circunstancias 
" sino de sus embajadas : " No discutáis, 
" decía al pueblo, las condiciones de este 



'Tratado: harto dichosos seremos si ío 
' terminamos." 

" Entregró hi Beocia entera á los Teba- 
' nos, consignando en un decreto que si 
' alguna ciudad se separaba de ellos, Ate- 
' ñas socorrería á los beodos de Tebas. Bella- 
' quería en las palabras y en los hechos; 
' alteraciones que le son familiares. ¡ Co- 
' mo si la Beocia, oprimida en realidad, 
' debiérase aliviar con las palabras de un 
' Demóstenes, y no irritarse con sus pro- 
' pios dolores ! " 

'' En seguida, os cargó con dos terce- 
' ras partes de los gastos de guerra, aun- 
' que alejados vosotros del peligro, no gra- 
' vando sino con una tercera parte á los 
'tebanos: repartición por la cual fue asa- 
'lariado. En cuanto al mando, lo hizo 
'común en el mar, no obstante que los 
' gastos pesaban sólo sobre vosotros ; y el 
' de tierra lo entregó por completo á los 
'tebanos, sin que durante toda la cam- 
' paña, Estratocles, vuestro general, pu- 
' diera proveer á la conservación de sus sol- 
' dados. N9 soy yo sólo quien lo acusa, ni 
' cae mi palabra sobre el silencio de los cir- 
'cunstantes; lo que digo yo, todos lo 
'sienten: ¿y vosotros que lo sabéis no 



"os indignáis? Sí: tal es vuestro ánimo 
"respecto de Demóstenes. La costumbre os 
''hace mirar con indiferencia sus crí- 
" menes. " 

'' Preciso es cambiar de dictamen ¡ ate- 
" nienses ! Preciso es que os indignéis y 
"castiguéis á ese hombre, si deseáis salvar 
" los restos de la República." 

" El segundo daño que os ha causado, 
" más grave aún, es el de haber establecido 
" en Tebas, en la cindadela, el asiento del 
" Consejo y de la democracia ateniense, 
" estipulando á favor de los jefes beocios 
" la participación en todos los asuntos de 
" Atenas. Con este engaño se hizo pode- 
" rosísimo, pues de lo alto de la tribuna, 
" aseguraba que aun sin concedérsele en- 
" cargo alguno, iría por donde lo tuviese 
" á bien en calidad de embajador vuestro." 

" fe Osa contradecirle, acaso, algún general? 
" Trátalo como esclavo ; y sujetando en silen- 
" ció á la oposición, amenaza con hacer decre- 
" tar la preeminencia de la tribuna sobre la 
" espada. — « Porque, añadía : yo os he pres- 
" tado más servicios en la tril:)una que los 
*' generales en los campamentos ó en los 
" campos de batalla ! " 

" i Y en las tropas extranjeras ha roba- 

13 



194 

^' do el sueldo de las plazas vacantes! 
''¡Y ha saqueado una caja militar j ven- 
^' dido á los anfisios diez mil milicianos 
"de las tropas auxiliares! A pesar de 
■'mis protestas, á pesar de mis vehemen- 
" tes quejas en las Asambleas, nos arrebató 
^' aquellas tropas, y emprendió después cam- 
*' pañas mal concertadas, con lo cual quedó 
'' la República desguarnecida. ¡ Ah ! ¿cuáles 
" podrían ser los deseos de Filipo, sino com- 
" batir separadamente, aquí á las milicias 
" atenienses, cerca de Anfií^a las bandas ex- 
'' tranjeras, y caer en seguida sobre los 
" helenos, desanimados por tan terrible gol- 
"pe?" 

" i Y el autor de tantos males : Demós- 
" tenes, no se dá por satisfecho con la impu- 
" nidad; é indígnase si no se le ciñe la fren- 
" te con áurea corona! Ni le basta ser 
"proclamado entre vosotros: si su nom- 
" bre no es saludado por Grecia entera, 
*' muéstrase descontento ¡Tan cierto es que el 
'' ánimo perverso convierte el poder usur- 
'' pado en instrumento de calamidades! " 

" Pero su (tercer atentado es el más ho- 
" rroroso." 

"Filipo no despreciaba á los griegos: 
"sabía aquel príncipe insensato que iba 



195 

" á aventurar, en un momento, tocio su 
" poder con el trance de una batalla. 
" Por otra parte: deseaba la paz y se dis- 
'' ponía á enviarnos una embajada, por- 
**que al propio tiempo los magistrados de 
''Tebas mostrábanse temerosos á causa de la 
^'expectativa del próximo peligro; temor 
" bien fundado, pues se aconsejaban, no con 
" algún charlatán, cobarde, desertor de su 
" ])uésto, sino con la guerra de la Fócida; 
'' guerra de diez años y lección de perpetua 
j'' memoria. Viendo Demóstenes esta dis- 
*' posición de ánimo, sospechó que los beo- 
" tarcas iban á pactar solos la paz y á 
"recibir, sin contar con él, el oro de 
*' Macedón i a. Entonces, ese hombre, que 
" se habría considerado reo de muer- 
" te si lío hubiese acudido al botín, co- 
" rre de un salto al centro del pueblo 
"reunido. Nadie se decidió allí ni por la 
"guerra ni por la paz; pero él, esperan- 
" do que los jefes beocios le trajeran al- 
"guna parte del ignominioso salario, jura 
"por Minerva ( j oh Fidias! ¿ pudieras ha- 
" cer cómplice á esta diosa de, la rapaci- 
"dad de un Demóstenes?), jura coger 
"por los cabellos y arrastrar á una pri- 
" sión á quien quiera hablase de paz con 



196 

" Filipo. Imitador fiel de aquel Cleofoiite 
''que en la guerra con Lacedeinonia arrui- 
" no, según se dice, á la República." 

"Sin embargo: los magistrados de Tebas 
"no le prestan oído; y para que votaseis 
" la Y)az, hacen revolverse á los soldados que 
"habían partido ya. Entonces Demóstenes 
" acaba de perder la razón ; lánzase á la tri- 
" buna ; llama á los beotarcas traidores á la 
" Nación ; y declara él : — él, quien nunca vio 
" cara á cara al enemigo, que os va á hacer 
" decretar una embajada, para solicitar de 
" Tebas el paso contra Filipo. Vencidos por 
" la vergüenza de parecer traidores á Grecia, 
" aquellos magistrados renuncian á la paz y 
"apresuran los preparativos de la guerra." 

" Y aquí es justo conceder un recuerdo á 
" los valientes a quienes, no obstante el as- 
" pecto amenazador de las víctimas inmo- 
" ladas; con menosprecio de siniestros presa- 
"gios, precipitó Demóstenes en peligro ma- 
" nifiesto ; y cuya tumba osó profanar ese 
" desertor fugitivo, tributándoles el elo- 
"gio del valor." 

"¡Oh tíj.^ el más incapaz de los hom- 
" bres para una acción generosa, el más arris- 
" cado en las palabras! ¿Te atreverás á afir- 
" mar en faz de tus conciudadanos que 



197 

''te deben conceder una corona por los 
"desnstres causados á la República?" 

" Y si lo dice ¡atenienses! ¿lo sufriréis vos- 
" otros? 

" i Ah ! trasportaos de este Tribunal al 
" Teatro ; ved caal se presenta el heraldo ; oíd 
" la proclamación que va á hacer en virtud 
" del decreto ; y preguntad después si los pa- 
"rientes de tantos muertos verterán más 
"lágrimas sobre los héroes infortunados, 
'* que sobre la ingratitud de la Patria. 
"¿Hay un solo heleno, un solo hombre 
"educado en la libertad, que no gima 
" al recuerdo de la ceremonia de otros 
" tiempos, verificada en el Teatro en idén- 
" ticos días, antes de la representación de 
" las tragedias ; cuando Atenas tenía mejo- 
" res caudillos y mejores leyes?" 

" Adelantábase el heraldo ; y presentando 
" á los huérfanos, adolescentes adornados con 
" armaduras completas, pronunciaba estas 
"palabras tan hermosas cuanto admiradas: 
" Hé aquí los hijos de los valientes que pere- 
" cieron en el campo del honor. El pueblo 
" los ha criado hasta la pubertad ; y ahora 
" los arma, y los envía, bajo la protección 
"de la Fortuna, á sus particulares tareas, 
" prometiéndoles puestos de honor." 



198 

"Así hablaba entonces el lieraldo; pero 
" hoy, cuando presente á aquél que ha sumido 
"en la orfandad á tantos niños, ¿qué pa- 
" labras pronunciará? En vano recitará to- 
*•' das las disposiciones del Decreto ; que no 
'* enmudecerá la verdad, y á la voz del 
" heraldo opondrá su voz." 

''¡Ese hombre (si eso es un hombre) 
" exclamará, es coronado por el pueblo 
" de Atenas en premio á la virtud: él, vicioso 
"y mal ciudadano; en honra á la nobleza de 
" carácter, siendo como es un cobarde, un, 
'' desertor ! " 

"¡Por Júpiter! i por todos los dioses! 
"os conjuro ¡oh atenienses! que no le- 
" vantéis sobre la escena de Baco el tro- 
" feo de vuestra deshonra; ni mostréis á los 
"griegos el pueblo de Minerva tocado de de- 
" lirio; ni recordéis sus irreparables miserias 
" á los tebanos, por causa de Demóstenes 
"fugitivos, y amparados por vosotros. ¡ In- 
'' felices! que han perdido sus templos, sus 
"hijos y hasta las tumbas de sus mayo- 

" res Y todo por la venalidad de De^ 

"mostenes y por el oro del Gran Rey !" 

"Puesto que no habéis visto su desastre, 
" imíigináoslo: representaos una ciudad asal- 
"tada, muros derruidos, casas incendiadas. 



199 

" madi'cs y niños reducidos á la esclavi- 
'' tud ; ancianos y ancianas, que pierden 
^' la libertad en los últimos días de su 
"vida, bañados en lágrimas, implorando 
" vuestro auxilio, exhalando su cólera, no 
" contra los ejecutores, sino contra los au- 
" tores de tan cruel venganza; suplicán- 
"doos con moribunda voz, que no coro- 
*' neis al azote de Grecia y os libréis 
"del genio fatídico que sigue á ese hombre 
"funesto." 

"Porque ninguna ciudad, ningún ciuda- 
" daño se sometieron impunemente á los 
"consejos de un Demóstenes." 

"Cuando alguna nave de Salamina, sin 
"culpado su piloto, naufraga en el viaje, 
"la ley prohibe á ese hombre el ejerci- 
**cio de su profesión, con el fin de que 
"nadie juegue con la vida de un heleno; 
**y íi Demóstenes, que ha hundido á Ate- 
'' ñas y á Grecia entera en el a])ismo, ¿lo 
"dejaréis empuñando el timón del Es- 
"tado?" 

Pocas veces rayó tan alto la elocuencia 
patética, ó sea: el arte de conmover; y 
acaso nunca hasta aquel momento (pues 
aun no había hablado Demóstenes ) encon- 
trara el odio más denigrantes expresiones. 



200 

La fealdad del perverso no satisface á 
Esquino cuando pinta al Demóstenes mal 
ciudadano; y llama en su auxilio á lo ho- 
rrendo para ajusticiar al Demóstenes sa- 
crilego, á quien arrastra con inauditos in- 
sultos desde el Puerto de las Imprecacio- 
nes, en la llanura de Cirrha, donde provoca, 
dice, la cólera de los dioses ; hasta el cam- 
po de Queronea, donde avergüenza al he- 
roísmo heleno, entre los rayos de Júpiter 
y los bastonazos de Ulises; híbrido engen- 
dro de la suprema arrogancia y de la 
máxima cobardía : — Encelado y Tersites 
á un tiempo. 

Después de esta odisea trágico-ridicula, 
presenta Esquino el contraste más vivo 
entre Demóstenes y el verdadero demó- 
crata, cuyo retrato pinta con pincel maestro 
y vividos colores : 

*' Unánimes estaréis, á mi ver, acerca 
*'de las cualidades que debe poseer el buen 
'' demócrata." 

" En primer lugar ha de ser hombre 
" libre por parte de padre y de madre, 
" pues la deso-racia de su nacimiento le 
" haría enemigo de las leyes, que son la 
'' salvaguardia del poder popular. Sus mayo- 
" res tienen que ser servidores del pue- 



201 

" blo, ó, cuando menos, será preciso que no 
" hayan sido enemigos, para que no se ven- 
" guen en el Estado odios de familia. Por 
" último, y sobre todo: el demócrata ha de ser 
" modesto y morigerado en su modo de 
" vivir, puesto que los excesivos gastos lo 
"arrastrarán á venderse traidoramente; co- 
" mo también ha de unir al espíritu de rec- 
"titud, ingenio gracioso en el ejercicio del 
" lenguaje. ¡Es tan hermoso saber optar por 
" el partido más útil, y persuadir con la cul- 
"^tura del talento oratorio! Sin este concierto 
"de facultades, es preferible el buen sentido 
"á la elocuencia." 

" Poseerá, además, el demócrata, alma 
" varonil, para que en los momentos con- 
" flictivos y en la guerra no abandone la 
" causa del pueblo." 

" Las cualidades contrarias, propias son 
" de los partidarios de la oligarquía." 

" Aplicad unas y otras con imparciali- 
" dad á Demóstenes, y ya veréis cuan ex- 
"traño es á aquéllas." 

" Tuvo por padre á Demóstenes de Pea- 
" nia, el cual, no he de ocultarlo, era hombre 
"ingenuo. Pero ¿quién fue su madre? 
"¿quién su abuelo materno? — Ahora lo 
" sabréis, " 



202 



" Existió en otro tiempo un tal Gilón, 
" natural de (Cerámica. — Este hombre en- 
" tregó á los enemigos nuestra fortaleza 
^'del Ponto." 

"Condenado á muerte, evitó el suplicio 
"con la liüida y ss retiró al Bosforo, don- 
" de recibió de los tiranos de aquel pue- 
" l)lo, como recompensa, una posesión 11a- 
" mada Los Jar díñese 

" Casó con mujer rica, quien le llevó mu- 
''cho oro; pero era una escita!" 

"Tuvo dos hijas, que envió aquí co^n 
" dotes considerables, y de las cuales casó a 
" una con quien no sabré nombrar, pues- 
'• no quiero atizar más rencores." 

"D.^móítenes el Peanio, con desprecio de 
"las leyes del Estado, casó con la otra, 
"que nos ha dado al embrollón Demós- 
" tenes: á Dsmóstenes el sicofanta. Así, 
" pues, por su abuelo materno es 3^ a ene- 
" migo del pueblo, puesto que habéiscon- 
" denado á muerte uno de sus antepa- 
"sados; por su madre es un escita, un 
'M:)árbaro : sólo por la lengua es griego, pero 
" indigno, (i causa de su perversidad, de ser 
" ateniense." 

"¿Cuál ha sido su vida? Después de 
"haber disipado locamente su patrimonio' 



203 



'• de trierarca pasó á escritorzuelo, Perse- 
" guido en este oficio con motivo de sus perfi- 
" dias, y vendiendo sus arengas á los ban- 
" dos contrarios, lanzóse á la tribuna." 

"A pesar de sus enormes rapiñasen el 
" Tesoro, le queda muy poco." 

*'E1 oro del rey de Persia afluye al 
" abismo de sus prodigalidades, pero no 
"lo cegará jamás; porque ¿cuáles riquezas 
'' serán bastantes para saciar á un alma de- 
" pravada? Vive, no de sus rentas, sino de 
/'vuestros peligros." 

" En cuanto á saber y á elocuencia, ha 
"nacido para decir bien y proceder mal."- 

" Ha abusado de tal suerte de su cuerpo, y^ 
"desde la infancia, que no quiero decir- 
" sus envilecimientos, pues tiempo há nos lia- 
" cemos odiosos hablando con demasiada 
"claridad de las torpezas ajenas." 

"Por último: ¿que obtenéis de ese hombre?" 
" — hermosos discursos y acciones infames." 

" Respecto de su valor, permitidme dos 
" palabras nada más." 

"Si él negase su cobardía, si no la co- 
" nocieseis como él se conoce ,á sí mismo, 
" no me detendría en este punto. ¡Pero él la 
" ha confosado ante la Asamblea del pue- 
".blo, y vosotros estáis de ello convencidfis." 



204 

" Réstame sólo recordar las leyes relati- 
" vas á gente de esa ralea." 

'•' Solón, nuestro antiguo legislador, creyó 
" que debía someter al mismo castigo al 
" desertor y al cobarde. Quizá esto os sor- 
''prenrla. ¡Procesar los impulsos naturales ! 
"¿Porqué? Pues á fin de que cada uno 
" de nosotros, más temeroso de las penas 
" legales que del enemigo, ofrezca á la Pa- 
"tria un intrépido defensor. Ved ahí cómo 
"el legislador priva de la aspersión lus- 
^'tral y excluye de la plaza pública á los ^ 
" que no quieren empuñar las armas, á 
" los cobardes, á los desertores. Rehúsales 
"todo premio: recházalos de los sacrificios 
"ofrecidos por la Nación." 

" ¡ Y tú, Tesifonte, intentas coronar á 
" quien la ley le niega la corona ! Tu decre- 
" to llama á la escena, durante las tra- 
"gedias en el Templo de Baco, á un in-. 
" digno cuya cobardía ha entregado al 
" enemigo nuestros templos y los sepulcros 
" de nuestros mayores." 

" Temo apartaros del objeto de la dis- 
" cusión ; perp no puedo menos de presen- 
"taros esta regla de conducta: — cuando 
" Demóstenes se llame defensor del pue- 
"blo, examinad^ no sus arengas, sino su 



205 

"vida; no lo que dice ser, sino lo que 
" es en realidad." 

." Y supuesto que os he hablado de coro- 
" ñas y de recompensas, predígoos j ate- 
"nienses! que si no reprimís esa profusión 
" de honores prodigados al azar, no obten- 
" dréis ni el reconocimiento de los que 
"los reciben, ni ventaja alguna para los 
"intereses públicos." 

"Los malvados no se corregirán, y á 
" los buenos los sumiréis en el mayor des- 
" aliento. Si os preguntan: — ¿qué época 
" os parece más gloriosa para Atenas : — la 
" de nuestros antepasados ó la actual ? La 
" de nuestros antepasados, responderéis uná- 
" nimes. ¿ Eran acaso mejores entonces los 
" hombres que lo son hoy ? Sí : entonces eran 
" distinguidos, hoy degenerados." 

"Las coronas, las recompensas, las procla- 
" maciones, ¿eran tan frecuentes como hoy? 
" Nó. Escaseaban entonces los honores y glori- 
" ficábase el nombre de la virtud. Ahora lias- 
"ta la virtud se ha envilecido; y las coronas 
"las prodiga la costumbre, no la reflexión." 

" Según este paralelo i atenienses ! no es 
"extraño que las recompensas sean ahora 
" más numerosas, y entonces estuviera la 
" Patria mas floreciente." 



206 



"Tratemos de explicar la causa." 

"¿Creéis que para ganar la corona en 
"Olimpia o en otros juegos, desearían los 
" atletas ejercitarse en la lucha y en el pu- 
" gilato, 6 en diferentes })eligrosos comba- 
" tes, si se concediese aquélla, no al más 
"digno, sino al más intrigante? Ni uno 
" solo la querría. Pero como el premio es 
"raro, de dificultosa y plausible conquista; 
"como la victoi'ia inmortaliza al vencedor ; 
"existen hombres que exponen la vida, 
"sufren mil trabajos, afróntanse con los 
" peligros." 

"¡Pues bien! vosotros sois los jueces 
" del campo en que combate la virtud 
" cívica. Si dais las recompensas á cierto 
" número reducido, á los más dignos, se- 
"gún las leyes, abundarán los émulos del 
" patriotismo; si, por el contrario, premiáis 
" al primer ambicioso, corromperéis los más 
" nobles caracteres." 

" ¿ Quién os parece hombre de mayor alien- 
^'to: Temístocles, que comandaba vuestra 
"Armada cuando vencisteis á los persas 
"en Salamina, ó Demóstenes el desertor? 

r 

"¿Milcíades, vencedor de los Bárbaros en 
"Maratón, ó ese cobarde?" 

"Pero ¡oh Dioses del Olimpo! es pro- 



207 

*' fanacMjii el nombrar estos grandes hom- 
*M)res al lado de ese monstruo. Cítese uno 
"solo de aquellos patriotas á quien se haya 
''coronado. ¿Ha sido ingrata Atenas? No: 
"ha sido magnánima; y sus ciudadanos, 
"sin coronas, fueron dignos de ella, porque 
"fundaban la propia gloria, no en la letra 
" muerta de un decreto, sino en el recuerdo 
"imperecedero de la Patria." 

" ¿Qué recompensas recibieron ? Esto me- 
" rece especial mención." 
^ "Vivían en aquellos tiempos algunos ciu- 
" dadanos, quienes, después de penosos tra- 
" bajos, de grandes peligros, debelaron á los 
" medos en las orillas del Estrimón. A 
"su vuelta, cuando, ya vencedores, regresa- 
" ron ala Patria, pidieron el premio; y el 
" pueblo les concedió uno, magnífico pa- 
" ra aquella época: — tres hermes de pie- 
"dra en el pórtico de los Mercurios; pero 
" con prohibición de poner en ellos nin- 
" gún nombre, á fin de que la consagra- 
" ción pnrecieni dirigida al pueblo y no á 
" los generales." 

" Juzgad de ello por las inscripciones." 

"Grabóse al pie de la primera estatua: 

" Grande ánimo alentaba á los generosos 

" guerreros que quebrantaron el imponente 



208 

^ furor de los antiguoH persas, con el harnhre 
' devoradora, con la espada y con el espanto. 

" En el de la segunda estatua: 

" A sus valientes generales, Atenas recono- 
' cida. — Anímese la futura generación á defen- 
' der la Patria cuando cordemple esta recom- 
' pensad 

"En el de la tercera estatua: 

" Menesteo en los campos frigios, digno 
' compañero de los Atrídas, educa y adiestra 
' á los combatientes, y sus rápidas victorias 
' enaltecen á los hijos de Atenas. Tú cantaste, 
' Homero, sn ingenio y su fama, y dotaste á 
' tus conciudadanos con el arte que eterniza 
' el triunfo.'''' 

"¿Dónde está aquí el nombre de los gc- 
'uerales? En ninguna parte; y en todas 
'el nombre del pueblo." 

"Entrad en el pórtico de los Cuadros. 
'(Porque los monumentos de nuestras altas 
' acciones rodean la plaza pública)". 

"Ahí está pintada la batalla de Maratón. 
'¿Quién era el general? Milcíades. Y no 
'obstante, su nombre no está allí. ¡Plus 
' qué! ¿no pidió tal honor? Sí; pero negósdo 
' el pueblo, y tan sólo le concedió el de que 
' apareciese en primer término exhortando á 
'sus soldados al cumplimiento del deber." 



209 

" Ved en el templo de Cibeles, cerca del 
" Consejo, la recompensa concedida á los que 
*' devolvieron al pueblo sus hogares." 

" Arquinos de Celo, uno de los liberta- 
" dores, propuso é hizo sancionar el decieto." 

" Concediéronse mil dracmas para sacri- 
^' ficios y ofrendas: menos de diez dracmas 
" por cabeza; y en vez de la corona de oro, 
*' se les agració con una de olivo. Entonces 
^'\a corona de olivo era altísimo honor; 
*^ lioy la de oro ha caído en menosprecio." 
^ " Y la distribución no se fió, por cierto, 
" á la casualidad. El Consejo inquirió cui- 
' Vadosamente quiénes combatieron con 
"denuedo en File, sosteniendo el sitio 
*' contra los lacedemonios y los trentinos; 
*' quiénes no huyeron, corno los cobardes 
"desertores de Queronea!" 



IV 



Bastan los pasajes transcritos para se- 
ñalar, ya que no para exponerlo en toda 
su acción, el poder oratorio de Esquino, 
en cuanto la letra por sí sola puede 
hacerlo, despojada del timbre de la voz, 
de la acción y del gesto, que vienen á 



210 

Constituir la, entidad del discurso, ó sea: 
la [)alabra liecha hombre. 

Gracias al Proceso bk la Cokona co- 
nocemos inequívocamente el origen de la 
Guerra Sagrada; guerra que explicarán 
después los historiadores, aunque sin el 
calor con que pinta Esquino la destruc- 
ción del Puerto de las Imprecaciones en 
la ciudad de Anfisa, y la serie varia y 
azarosa de los acontecimientos que sus- 
citaron el poderoso Imperio Macedónico. 

Trozos tiene la acusación de Esquine 
en que la oratoria, sin dejar de ser tal, 
reviste, hasta cierto punto, el sagrado ho- 
rror de la tragedia esquílica; pareciéndo- 
nos que el auditorio, incorporado al ora- 
dor, asumiera el carácter del coro antiguo, 
y prorrumpiese, repitiéndola, en aquella 
exclamación solemne como el arrepenti- 
miento, que renueva el espanto de pasa- 
das calamidades : " — / No : no hemos vivi- 
do la vida ordinaria de los hombres: — he- 
mos nacido para asombro de la posteridad ! " 

Tebas, barrida del suelo do Grecia por 
la cólera de los dioses en castigo de sus 
deslealtades; Atenas, que no lucha ya por 
el glorioso engrandecimiento de los hele- 
nos, sino sólo para poseer el solar que 



211 



SUS progenitores consagraran; las víctimas 
de la guerra, los que osaron arrostrar, a 
sabiendas, estéril sacrificio, desoyendo el 
oráculo del Dios; y como profética senten- 
cia salida del sepulcro, la voz del can- 
tor sereno de Los trabajos y los Días, anun- 
ciadora de tremendas catástrofes, por des- 
gracia cumplidas; son rasgos de inmarce- 
sible belleza, que acaso podrán igualarse 
alguna vez, pero superarse, jamás. 

Si cuando se esparce puede compararse 

> Esquino á dilatado piélago concitado por 

borrascoso viento, abunda, si se concentra, 

en energías tan inesperadas como poderosas. 

Así: para pintarnos á Demostenes en la 
tribuna, llámalo fabricante de palabras, y 
añade que arrancarle la lengua seria tapar 
los agujeros á una flauta; para retratarlo en 
sus inconstancias, figúralo más vario en vuel- 
tas y revueltas que su nativo río, el Euripo, 
cuyas orillas habita; intenta exponer cómo 
ha abusado ( Demostenes) de su cuerpo desde 
la infancia, pero renuncia á ello, porque se 
haría odioso Jiabla.ndo con demasiada claridad 
de tales torpezas; y por últinií, contrapone 
la corona de oro con que se intenta pre- 
miar á Demostenes roto y fugitivo en Que- 
ronea, á los hermes de piedra conmemora- 



212 



tivosde las victorias alcanzadas en las orillas 
del Estrimón: — trofeos que no ostentan ni 
el oro ni el marfil, atributos de los dioses, 
ni otra inscripción sino los versos del Ciego 
sublime cuyos cantos crearon el arte único: 
el arte que eterniza la fama de los héroes, 
exaltando su nombre á la par del nombre 
de los dioses. 

Fue Esquino quien produjo la perfecta 
alabanza de la clemencia política, cuan- 
do dijo ser la amnistía la palabra más 
hermosa que han pronunciado los hombres: 
y también salió de sus labios aquel apos- 
trofe terrible, que se cumple aun boy día 
como fatídica ley histórica: — "¿Habéis ol- 
vidado ¡atenienses! que la opresión de la jus- 
ticia lia sido siempre y en todas partes el 
preludio de la tiranía f^^ 

Al modo de hábil capitán, prevé Esqui- 
no las contingencias todas de la lucha ; 
estrecha á su adversario; ciérrale las sa- 
lidas á fin de no dejarle opción sino entre 
el rendimiento ó la muerte; y para ello 
trata de imponerle un plan de defensa 
subordinado á la acusación, siguiendo el 
cual, de seguro, todo estará contra De- 
móstenes, quien no logrará borrar los car- 
gos, antes bien los afianzará, renovando 



213 

en la memoria de los jueces los afectos 
diestra y sagazmente movidos por su acu- 
sador. 

Por donde llega Esquino á estas con- 
clusiones : 

"¿Que sucederá si no le escucháis así? 
"Entrará en la escena, como sutil trampo 
" so, como malvado audaz, como verdu 
" go de la República ; porque el misera 
"ble llora cou mayor facilidad que otros 
"ríen, y comete perjurios sin escrúpulos." 
> " Ni me sorprendería de que, nó lágri- 
"mas, sino injurias derramase sobre los 
"ciudadanos reunidos en este recinto, y ex- 
" clamara: — Cerca de la tribuna del acusa- 
" dor veis á los partidarios de la oli- 
"garquía; á los dem(5cratas cerca del acu- 
"sado." 

No desdeña Esquino lo sarcástico ; todo 
lo contrario: mézclalo con lo ridículo co- 
mo para ponerlo más de resalto por el 
contraste entre lo uno y lo otro. 

"¿Cuál es el objeto de tantos y tan pe- 
** nosos cuidados? ¡Coronas de oro, procla- 
" maciones en el Teatro, contja lo prescrito 
" por las leyes ! Si el pueblo, viejo delirante, 
" olvidando sus infortunios, acordase conce- 
" der esa corona ; él, Demóstenes, debería 



214 

'presentarse y decir: — ¡Atenienses! acepto 
' la corona, pero por lo que hace al 
' modo de la proclamación, lo rechazo. 
'No: los mismos sucesos por los cuales la 
' Patria se cubre la frente, llorando, no 
' deben servir para colocar con ostenta- 
' ción una corona en la mía. — Esto di- 
' ría un hombre sinceramente virtuoso, 
'pero no tú; tú hablarás como el criminal 
' que finge virtudes." 

"¡Por Hércules! No temáis ¡atenienses! 
' que Demóstenes, intrépido guerrero, hé- 
' roe magnánimo, frustrado el premio del 
' valor, se dé muerte al entrar en su 
' casa (*) No. El ríe de vuestra estima- 
' ción ; con procesos se ha hecho pagarlas 
' heridas que merecidamente recibiera ; ha 
' valorado en oro las bofetadas que le dio 
' Midias y . cuyas marcas muestra aún en 
' las mejillas. Porque ese hombre lleva 
'sobre los hombros, no una cabeza, sino un 
'capital (**)" 

Si establece paralelo entre él y Demós- 
tenes, hácelo con tal movimiento de con- 



(*) Alusión á Ayax, que se dio muerte cuando 
los griegos adjudicaron á Ulises, su competidor, las 
armas de Aquiles. 

(üK-:) Juego de palabras malignamente donairoso en 
griego, 



215 



vicción I y con tal arte ; imita de modo 
tan magistral las cóleras suscitadas por la 
injusticia, que nos parece oír el acento de 
la verdad. Así falsifica el orfebre, bas- 
ta igualarlos en brillo y limpidez, el oro 
y el diamante; y á no ser por la con- 
ducta del pueblo de Atenas, que premia 
al acusado y condena al acusador, sus- 
penso estaría aún el juicio de la his- 
toria. 

"¡Atenienses! jamás he envidiado las 
" ocupaciones de Demóstenes, y nunca me 
" he avergonzado de las mías. Los discursos 
" que he pronunciado ante vosotros, míos 
"son, no los niego; pero si pudieran pare- 
" cerse á los de ese hombre, me creería reo 
" de muerte." 

" El silencio ha sido regla de mi mo- 
" desta vida." 

" Satisfecho con poco, no he deseado 
" enriquecerme á costa de deshonras. Hablo 
" y callo con reflexiva determinación ; nun- 
" ca impulsado por el capricho de ávidas 
" concupiscencias." 

"Pero tú, si se te paga, enmudeces; una 
" vez disipado el oro, gritas. Hablas, no por 
" propio impulso sino obedeciendo las órde- 
" nes de quien te compra. Hé ahí por qué 



216 



^' aventuras sin pudor afirmaciones acerca 
'' de cnya impostura se te convence en se- 



guida.' 



"Así, pues: esta acusación, emprendida 
*' en tu sentir por complacer á Alejandro, 
"la suspendí cuando vivía Filipo; antes 
"del advenimiento de Alejandro, antes de 
"tu sueño á pi'opósito de Pausanias, an- 
" tes de tus coloquios nocturnos con Mi- 
" nerva y con Juno. ¿Cómo había de adu- 
" lar con anticipación á i^lejandro, yo que 
" no sé soñar como Démostenos? " 
- " Me criticas porque ocupo raras veces 
"la tribuna; ¿y crees ignoremos que ese 
" pensamiento te lo lia sugerido, no la 
"libertad popular, sino un gobierno muy 
"diferente? En la oligarquía no acusa 
"quien quiei'e, sino quien domina; en la 
" democracia acusa aquel que quiere acu- 
"sar y cuando le place. Porque hablar 
" de tiempo en tiempo caracteriza al ciuda- 
"dano atento á las circunstancias y amigo 
"del pueblo; al paso que hablar todos los 
"días oficio es y tarea de mercenarios. " 

Terminaré^ estas inserciones con el pasaje 
en que Esquino, apurando la materia, con- 
sidera la coronación de Demóstenes como 
ejemplo corruptor para la juventud. 



217 

" Si os piden los jóvenes algún modelo que 
*' seguir, ¿ cuál le daréis ? Porque, ya lo 
" sabéis : palestras, escuelas, ciencias, be- 
*■ lias artes, contribuyen menos á la edu- 
" cación que las proclamaciones públicas. 
"¿Coronaréis en el Teatro por su virtud 
" á. algún malvado? Pues tal espectáculo 
"corromperá á la juventud. ¿Castigáis al 
"infame, al desenfrenado: — aun Tesifonte? 
" Será para ella elocuente lección. Si al 
" volver al hogar el autor de una deter- 
," minación injusta y vergonzosa trata de 
" aleccionar á su. hijo, no será, y con razón, 
" escuchado por éste. Decidid, pues, no tan 
"sólo como jueces, sino como responsables 
" ante todos los ciudadanos ausentes, i Ver- 
"güenza para vosotros si se os compara, no 
" con vuestros heroicos antepasados, sino 
" con Demóstenes el cobarde! " 

"Y ¿cómo escapar á tamaña ignominia? 
" Desconfiando de esos hombres que ocul- 
" tan la perfidia bajo el nombre de ami- 
" fros. El título de celoso demócrata es al- 
" to premio, que ordinariamente obtienen 
" por medio de palabras aquel^ps que más 
" lejos están de serlo por las acciones! 
" Así : cuando os encontréis con algún ora- 
" dor ambicioso de brillantes coronas^ de pro- 



218 



clamaciones lieclias ante todos los hele- 



' nos, aplicad al caso las leyes que exigen 
' pruebas de lícita renta: que os pruebe la 
' regularidad de su vida, la integridad de 
'su carácter. A quien no lo hiciere vo 
' le ratifiquéis los elogios concedidos; y así 
' velaréis sobre la mermada autoridad po- 
' pular. ¡Ah! ¿no os parece extraño que 
' con desprecio del Consejo y del pueblo, 
' los particulares reciban cartas y emba- 
' jadas de las primeras potencias de £u- 
' ropa y de Asia? Sí: lejos de negar tal 
'crimen, castigado con la muerte por 
' nuestras leyes, algunos ciudadanos se 
' vanaglorian de cometerlo. Comunícanse 
' sus despachos. Los unos os dicen : — fijad 
'sobre nosotros los ojos; somos los guar- 
'dianes de la democracia. Los otros: re- 
' compensadnos, puesto que hemos salva- 
' do la República." 

" Entre tanto, encorvado bajo el peso de 
'sus infortunios, el pueblo, viejo deliran te, 
' conténtase con un poder ficticio, y tras- 
' pasa á otros el ejercicio de su legítima, 
' de su propia autoridad. Así, sin resolver 
' nada, abandona la Asamblea, como se sale 
' del festín costeado por todos, después de 
'haberse repartido los despojos." 



219 



Creo firmemente que cada lector de es- 
ta pieza oratoria repetirá al terminar la 
lectura de ella la exclamación de los rodios 
discípulos de Esquino: ¿Cómo pudiste ser 
condenado con discurso tan elocuente f 

Porque, en efecto : nunca se demostró 
con lógica más rigorosa la ilegalidad de un 
asunto, que lo hace Esquino de la pro- 
posición de Tesifonte ; ni las sanciones 
prohibitivas de la ley en un caso dado, 
se coQi probaron de modo más tangible. 

Como alegato, la primera parte de la 
acusación es irrefutable; y si en la segunda 
el arte retórico aparece casi siempre con 
los atributos de la elocuencia ; si el acusa- 
dor es no pocas veces patético, á menudo 
grandioso y alternativamente brillante; los 
argumentos que produce para acusar á 
Demóstenes carecen de fuerza, y por poco 
que se contrapesen con la defensa de éste, 
bállanse viciados de falsedad, como suge- 
ridos, al fin, por el odio y la venganza. 

De ahí, acaso, la precisa y gráfica ex- 
presión de Quintiliano á propósito de la 



220 



elocuencia de Escjuiíio, la cual, dice, tiene 
más carne que músculos. 

Orador alguno en ningún género trazó 
con maj^or habilidad el plan de un dis- 
curso; pero la falta de trabazón en las 
partes, que comunica á aquéllos fuerza in- 
contrastable hasta presentarlos en la inte- 
gridad de un todo incompatible con la 
menor desmembración; la ausencia del 
aliento poderoso que ejercido en el cam- 
po del arte produce cierta impresión cuan- 
to uniforme irresistible ; tachan la obra dr 
incompleta y aislan, deslustrándolas, las 
bellezas en ella esparcidas. 

Por lo demás: si la elocuencia de Es- 
quino en esta acusación no puede decirse uni- 
forme hasta formar un todo compacto, único, 
como el maderamen de la heráldica galera 
de Salamina, ¿quién no habrá de admirar 
en ella el ardor vehemente y la abun- 
dancia de expresiones ora sentenciosas, ora 
sarcásticas, tan atrevidas é inesperadas co- 
mo las destrezas del atleta? 

Si la retórica artificiosa hubiera podi- 
do triunfa» de la elocuencia. Esquino habría 
vencido en el proceso de La Corona. 



221 



VI 



Pero ello no era dable ciiando se tra- 
taba de la causa del de re el jo y de la jus- 
ticia defendida por Demóstenes y juzga- 
da por la ciudad de Minerva ; cuando la 
s^erdad, expuesta con hechos patentes, res- 
plandecía en la belleza de las formas; 
cuando, en fin, la honradez y la elocuen- 
cia concurrían en Demóstenes para en- 
carnar en su persona el verdadero, el 
perfecto orador: — Vir honiis dicencU peritus. 

Y sin embargo : no se presenta el con- 
tendor de Esquino tan confiado en sus pro- 
pias fuerzas, como i)ara que se deje de 
adivinar, 6 mejor: para que no se eche 
de ver en el exordio de su discurso la 
temerosa inquietud que interiormente lo 
conmueve en casos semejantes, al decir de 
algunos de sus biógrafos. 

Acaso resonaba siniestramente en sus 
oídos aquella frase terrible por lo verda- 
dera y atrevida por lo enérgica, con que 
retrata Esquino al pueblo de Atenas cuan- 
do lo apoda Viejo delirante; y acaso tam- 
bién más de una víctima de la volubi- 



222 

lidad ateniense presentábase á los ojos 
del acusado. 

Ya sabemos por cuáles razones inten- 
tara Esquino imponer á Demóstenes el 
plan que debía seguir en la defensn, y 
cómo se había esforzado para traer á tal 
punto los jueces. 

Así, i^ues, á este particular se dirige 
en primer término la energía de Demos- 
tenes. 

No bastaba, em})ero, la lógica legal pa- 
ra demostrar la malicia que tal imposicióic 
envolvía ; necesario era poner el derecho del 
acusado no sólo bajo la protección de 
los fueros civiles, sino al am})aro de lo 
que es más sagrado, más imj)onente aún: 
— bajo el patrocinio de la piedad, atri- 
buto supremo de los dioses, y bajo la égi- 
da de la justicia, virtud excelsa de los pue- 
blos. 

Porque los ingenios máximos son pia- 
dosus y justicieros, como mediadores, al 
fin, entre la conciencia de los hombres y 
la bondad de lo Alto, para mantener la 
paz social 4y el buen orden político, polos 
simpáticos de toda asociación humana cons- 
tituida en gobierno. 

Admirable es el arte con que harmo- 



223 

niza DeraóstíMies los diversos afectos que 
trata de mover en el exordio de su dis- 
curso; y más admirables aún los medios 
de que se vale para hacer prevalecer la 
emoción sobre el raciocinio. 

Invoca primero á los dioses inmortales; 
apela en seguida á la justicia humana ; 
y establece, por último, un paralelo entre 
él y Esquino, es decir: entre el aboga- 
do del invasor extranjero y el defensor 
de la independencia patria. 
> Di ríase que el orador no perora sino 
canta, inspirado por algún genio, un him- 
no religioso en el cual alternan y se con- 
funden lo solemne con lo patético; y que 
Júpiter y Minerva: — la omnipotencia del 
cielo y la sabiduría de la tierra, concu- 
rren como testigos mudos, pero imponen- 
tes, á aquel juicio en que contienden la 
cobarde utilidad y la abnegada justicia. 

" Comienzo rogando á los Dioses Inmorta- 
" les que os inspiren para conmigo ¡atenien- 
"ses! las mismas disposiciones que siem- 
" pre he sentido por vosotros y por la 
"República; y al propio tiempo» os persua- 
" dan, puesto que así lo pide vuestro 
"interés, vuestra equidad y vuestra glo- 
" ria, á que rio debéis obligarme siga en mi 



224 

defensa el orden trazado por mi enemigo. 
Que nada sería más injusto ni más opuesto 
al juramento por vosotros prestado de es- 
cuchar imparcialmeiite á las dos partes; 
lo cual no sólo significa que debéis ser 
neutrales en vuestro juicio, sino también 
permitir al acusado la elección de los me- 
dios discernidos por él más oportunos con 
el fin de justificarse." 

" Lleva Esquino en este litigio muchas 
ventajas sobre mí, de las cuales dos so- 
bre todo i oh atenienses ! son harto im- 
portantes. Los peligros que corremos no 
son iguales; porque si él no gana su 
causa, nada pierde; y si yo me ena- 
jeno vuestra amistad Pero nó: no sal- 
drá de mis labios ninguna palabra acia- 
ga en los momentos en que comienzo 
á hablaros." 

'' La otra ventaja que lo favorece consiste 
en que hay natural inclinación á escuchar 
con agrado las acusaciones y las calumnias, 
y con disgusto la defensa de los que se ven 
obligados á hablar bien de sí propios." 

" Esquino tiene, pues, en su favor cuan- 
to concilla la atención simpática de la 
ma3^or parte de los hombres: — yo sólo 
tengo lo que los enoja y ofende." 



225 



"Si guardo silencio sobre los actos fie 
" mi vida pública, incompleta será mi jus- 
'Hificación, y podréis creer que os habéis 
" engañado al considerarme digno de pre- 
" mió. Si me extiendo sobre lo que lie 
" hecho en servicio del Estado, tendré ne- 
" cesidad de hablar frecuentemente de mi 
" persona." 

" Procuraré, pues, hacerlo con la me- 

"sura que me sea posible; y lo que me 

"vea obligado á decir respecto de mí mis- 

>" mo, atribuidlo ¡ oh atenienses ! al que me 

" ha reducido á tener que defenderme." 

"Creo ¡oh jueces! que todos conven- 
^^ dréis en que este debate nos es común 
" á Tesifonte y á mí, y en que no debo' 
"hacer por conseguir sentencia favorable 
" menos esfuerzos que él mismo. Triste cosa^ 
" es ser despojado de todo, y más aún 
"por el enemigo; pero perder vuestra 
" simpatía y vuestro afecto, desgracia es 
" tanto más sensible, cuanto nada hay para 
" mí tan precioso como vuestra estimación. 
" Y puesto que son tales las contingen- 
" cias del combate, creo justo, > y os lo su- 
" plico, escuchéis mi defensa con la impar- 
" cialidad impuesta en las leyes que esta- 
" bleció Solón aconsejado de su amor por 



2^6 

vosotros y por la democracia, cuyo imperio 
creyó deber perpetuar grabándolas en ta- 
blas de piedra y dándoles por guardián 
el juramento de vuestros Tribunales," 

"No quiei'o decir con esto que el Legis- 
lador desconfiase de vosotros; pero acaso 
preveía que las inculpaciones y las calum- 
nias del acusador alcanzarían irremedia- 
blemente al acusado, si vosotros, atentos 
siempre á los deberes de jueces, no acogíais 
favorablemente al segundo orador; y es- 
cuchándolo con ánimo imparcial, llega-, 
bais á pronunciar justa sentencia." 

" Debiendo dar en este día cuenta de 
mi vida entera como particular y como 
hombre público, he invocado é invoco 
de nuevo á los Inmortales. Ante voso- 
tros les pido, sí, que os inspiren para 
conmigo en los ataques de que soy objeto, 
benevolencia tan completa como grande 
ha sido en todas ocasiones mi amor á 
la Patria y á mis conciudadanos. Y j ojalá 
os dicten también los Dioses el decreto 
que reclaman el honor nacional y la con- 
ciencia ñet los buenos!" 

"Si se hubiese limitado Esquino al ob- 
jeto de su acusación, mi primer cuida- 
do sería justificar el decreto del Consejo ; 



^ 



" pero, puesto que la mitad de su dis- 
" curso consiste en divagaciones y en falseda- 
" des contra mí, creo necesario y justo 
''¡atenienses! responder primero á ellas bre- 
" veniente, á fin de que ninguno de vos- 
" otros, extraviado por tales digresiones, 
" pueda escucharme con desconfianza so- 
*' bre la acusación misma." 

" Hé aquí la respuesta que á sus in- 
" vectivas y calumnias contra mi persona 
"doy: ved cuan sencilla, pero al propio 
"tiempo, cuan sólida es." 

" Si vosotros, entre quienes he vivido 
"siempre, me consideráis tal como me ha 
" pintado el acusador, imponedme silen- 
"cio; y no dudéis en condenarme aun cuan- 
" do los actos de mi gobierno os parecieren 
"prodigiosos. Pero sime reputáis más digno 
"y de mejor origen que él; si, dicho sea 
" con modestia, sabéis que mi familia no 
" cede en honradez á ninguna otra; no lo 
"creáis en lo demás que ha manifestado; 
" porque, indudablemente, todo ha sido obra 
" de su invención." 

" Sólo os pido, pues, para estp proceso la 
"bondad que siempre os dignasteis dispen- 
"sarme en otros muchos." 

Sea que la perspicacia del orador le- 



yese en la fisonomía del concurso seña- 
les (le asentimiento, lo que era fácil perci- 
bir en un pueblo como el ateniense que 
llevaba la franqueza hasta la impruden- 
cia; sea que, como dice Platón el divi- 
no, la elocuencia perfecta obra es de la 
razón apasionada; sea, en fin, que en 
aquel momento la naturaleza del hombre 
sobrepujase al arte del orador, acaso para 
realzarlo; ello es que quien, hace poco, alza- 
ba himno deprecatorio á la bondad de los 
dioses y á la justicia de los hombres, pro-* 
rrumpe ahora en este apostrofe en que hier- 
ven la venganza y la ira, entre los estri- 
dentes clamores de mal comprimida cólera. 

"Insidioso Esquino: ¿has podido incu- 
" rrir en la candidez de creer que, ponien- 
" do á un lado mis actos políticos, aten- 
" dería sólo á rechazar tus invectivas perso- 
" nales ? Nó : no esperes de mí semejan- 
"te desvarío. Tus mentiras, tus calum- 
"nias sobre mi magistratura serán, por 
" el contrario, el primer objeto de mi 
"examen. Cuanto á las injurias que me has 
" prodigado; más adelante, si se me quiere 
"escuchar, te las tomaré en cuenta." 

Nunca se admirará lo bastante el ras- 
go característico de este apostrofe; rasgo 



qne pone de manifiesto en Esquino la 
astuta sutileza del sofista, y en Demóste- 
nes el dominio sobre sí mismo del perfecto 
orador. 

Porque juzgó, y con razón, Esquino^ 
que atacando á su contendor en la vida 
privada, obedecería éste á los impulsos de 
la naturaleza y pospondría cualquiera otra 
materia para dar rienda suelta á la ven- 
ganza; pero Demóstenes, sujetando esta pa- 
sión generalmente indómita, justifícase pri- 
mero como magistrado, para defenderse 
luego en la vida social. Así lo pedía la 
gradación del asunto, porque lo que so- 
bre todo importaba al pueblo de Atenas 
eran sus propios intereses, defraudados, 
según Esquino, por Demóstenes. 

Justificado el hombre público, la defen- 
sa del hombre privado era fácil y expe- 
dita; que si la gloria alcanzada^ con ac- 
ciones heroicas y magnánimas redime has- 
ta del crimen, según el criterio extraviado 
de las muchedumbres, ¿ cuánto más no real- 
zará al ciudadano la vida honesta que tiene 
por norma el deber y por norte la justicia ? 

Y Demóstenes podía vanagloriarse de 
haber sido el defensor constante de la in- 
dependencia griega; de haber levantado 



con la palabra y con el ejemplo el decaído 
ánimo [)opular; y, por último: de haber 
I)ermanecido impertérrito entre las ruinas 
de la patria, faz á faz de enemigas vic- 
torias. 

Pero antes de exponer sus actos como 
patriota y como magistrado, y al intento 
de prevalecer en el ánimo de los jueces, 
entra á considerar los crímenes que gra- 
tuitamente le imputa Esquino; crímenes 
todos cuyo castigo sancionan las leyes de 
Atenas, con inflexible, con inexorable i-i-^ 
gor. 

¿Por qué no se aplicaron oportunamen- 
te estas leyes? 

Ello equivalía á la complicidad de la 
República representada en sus magistra- 
dos; á la complicidad de todo el Ática, 
por no decir de Grecia toda, representa- 
da, por lo menos, en la ciudad de Atenas; á 
la complicidad, en fin, del propio Esquino. 

Y luego, ¡Drosiguiendo el discurso, sella 
este incidente del proceso con argumen- 
tos tan poderosamente lógicos, que lo po- 
nen en posesión de la victoria. 

Desde tal punto queda postergada la 
autoridad moral del acusador, y Demóste- 
nes no tiene ya de frente al ministro de 



231 

la justicia nacional, sino al enemigo á 
(juicn mueven el odio y la venganza. 

Había triunfado ya. 

" Cuando Esquino me vio cometer los 
"enormes crímenes de Estado que con 
" voz teatral ha expuesto, debió en segui- 
" da acusarme legalmente. Si yo mere- 
" cía, en su concepto, ser perseguido co- 
"mo traidor, ¿por qué no me denunció 
"entonces? ¿Por qué no hizo que se me 
" formase proceso según la norma acostum- 
" brada en nuestros tribunales? Si las leyes 
"quedaban violadas por mis decretos, ¿por 
" qué no me acusó como violador de las 
"leyes? En verdad que el hombre capaz 
" de perseguir á Tesifonte por causarme 
" daílo, no habría desperdiciado entonces 
" la ocasión, si hubiese creído le fuera propi- 
" cia para confundirme. ¿ Me tenía por culpa- 
" ble ese calumniador de las prevaricaciones 
" que ha enumerado ó de cualquier otro 
" crimen? Pues bien : para todos los deli- 
" tos tenemos leyes, procedimientos, justi- 
" cia y severos castigos : — hé ahí las ar- 
" mas que debió esgrimir contra mí. Si 
" este hubiera sMo el curso ele las cosas, 
" la acusación actual correspondería á la 
" conducta pasada del acusador. Pero no 



232 



*' fue n.sí j atenienses!. — Esquino, lejos de 
"seguir la única senda recta y justa que 
''se le ofreciern, y largo tiempo después 
" de haber callado en faz de los hechos, 
" viene á amontonar cargos, ironías é in- 
"vectivas; viene á representar una come- 
adla. Además: es á mí á quien acusa, y 
"á Tesifonte á Cjuien, denuncia ante el 
"tribunal. — Éntrelas muchas razones que 
" militan en pro de Tesifonte, constituye 
" ésta la que más lo favorece ; porque 
"si Esquino y yo teníamos que ventilar 
" querellas personales, es el colmo de la in- 
" justicia comprometer á un tercero." 

Plantear el problema en estos términos, 
era al propio tiempo resolverlo, pero re- 
solverlo en su conjunto; y la naturaleza 
de la causa pedía ser examinada y juz- 
gada hasta en sus más insignificantes mi- 
nucias. De ahí el que de lo general pase 
ahora Demóstenes á exponer y discernir 
á la luz de la lógica más rigorosa los inci- 
dentes de aquél; de ahí que para ello exami- 
ne la situación de Grecia en la época de los 
sucesos, á fin de que cada acontecimien- 
to se considere en sus relaciones con las 
circunstancias de lugar y de tiempo en 
que forzosamente hubo de verificarse. 



Bastará al intento sentar, antes de todo, 
como verdad previa, que el Orador era 
absolutamente extraño á los sucesos inme- 
diatos de la guerra fócea, y pintar luego 
el teatro de ésta, con los riesgos morales 
\ materiales que en él concurrían para po- 
ner en peligro la vida de la Kepública, ó 
cuando nó, deslustrar su honra, 

" Encendida la guerra de la Fócida, no 
'^por mí, puesto que aun no había toma- 
" do parte en el Gobierno, ¿ cuáles eran 
''vuestras disposiciones? Deseabais la salud 
•*' de los fóceos, aunque culpables á vues- 
"tros ojos; cualquier revés de los tebanos 
"os hubiera alegrado, pues habían incu- 
" rrido en vuestro resentimiento por el abuso 
" que brutalmente hicieron de su victoria de 
"Leuctra; todo el Peloponeso estaba dividi- 
"do; los enemigos de los lacedemonios eran 
*'allí muy débiles para que pudiesen ven- 
"cerlos; y los caudillos puestos al frente de 
'' las ciudades, carecían de autoridad. Aque- 
" líos pueblos, como los demás helenos, esta- 
"ban agitados por interminables discor- 
^'dias." 

" Filipo, testigo de estos males, que eran 
"públicos, prodiga el oro á los traidores 
" de cada comarca ; fomenta el odio entre 



234 

'los pueblos; lánzalos unos contra otros, 
' para servirse luego de las faltas comunes 
'y de las rivalidades despertadas, á fin de 
'acrecentar el poder macedónico y avasa- 
' liarlo todo. Debilitados por larguísima 
'guerra, los tebanos, entonces tan altivos 
'cuanto boy desventurados, íbanse á ver 
' foi-zosa mente en la necesidad de recurrir á 
'vosotros. Filipo, para impedir la alianza, 
'ofrece á los tebanos un refuerzo y á vos- 
' otros la paz. ¿Qué lo ayudó á haceros 
' caer, casi voluntariamente, en el lazo? 
' ¿ La cobardía ó la ignorancia de los de- 
' más helenos? Quizá ambas cosas juntas. 
'Os veían sostener la guerra: guerra sin 
' término promovida en beneficio de los 
' intereses de todos, como los hechos lo 
' han demostrado; y sin embargo, ni se 
'acudía con el contingente en hombres, 
'ni con dinero, ni con ninguna clase de 
' socorros." 

"Justamente irritados, prestasteis oídos á 
'las proposiciones de Filipo." 

" La paz fue, pues, impuesta por las cir- 
' cunstancias y no por mí, como ha di- 
' cho ese calumniador. Inquirid la causa 
' verdadera de nuestras desgracias presen- 
tes y la hallaréis en las iniquidades de 



235 

" los hombres vendidos para ajustar aquel 
"pacto ignominioso." 

"Si entonces se cometieron faltas graves, 
"yo so}^ completamente extraño á ellas"." 

"El primero que habló de paz fue el 
"cómico Aristodemo. Apareció en seguida 
"el que redactó el decreto; el hombre que 
" mereció tantas alabanzas por su obra: — y 
"ese hombre fue Filócrates de Agnonto, 
"tu cómplice, Esquino; no el mío." 

'^¡Ah! ¡Tú debiste ahogarte antes de 
" proferir tamaña mentira ! Los que apoya- 
"ron la proposición (y cuenta que no exa- 
" mino aquí el motivo que los indujo á 
"hacerlo) fueron Eúbulo y Censonte." 

" Demóstenes no intervino en ello ab- 
"solutamente para nada." 

Narrar circunstanciadamente los sucesos 
ante los mismos que fueron actores en ellos, 
valía tanto como sellarlos con el timbre de 
la verdad. 

Aprovecha Demóstenes tal circunstancia 
para confundir á su acusador, lo que ha- 
ce magistralmente en estos términos: 

"No obstante los hechos tan bien es- 
"tablecidos, tan resplandecientes de ver- 
"dad, lleva Esquino la impudencia has- 
*Ha atreverse á asegurar que la paz fue 



'•obra mía; que yo impedí á la Repú- 
"blica el ponerse de acuerdo coa los de- 
" más helenos, i Oh el más,... pero ¿ dón- 
" de encontraré palabra bastante expresi- 
" va para calificarte? Cuando, presente en 
"Atenas, me veías perjudicarla tanto, apar- 
atándola de la alianza cuyas ventajas 
"acabas de ensalzar teatralmente, ¿por 
"qué no estalló tu indignación? ¿Por 
"qué no corriste á ilustrar al pueblo, á 
"denunciarle los crímenes de que hoy me 
"acusas? Si para excluir á Grecia del 
"Tratado me vendía Filipo, debiste rom- 
" per el silencio, gritar, protestar y pro- 
" bar mi traición. Nada hiciste, sin em- 
"bargo; nadie te oyó tartamudear siquiera 
"una palabra. Pero, ¿qué habría dicho 
"¡atenienses! aunque hubiese hablado? En- 
" ton ees no mandasteis ninguna embajada 
" á los helenos, quienes hacía mucho tiem- 
''po habían manifestado sus intenciones; 
" y, por consiguiente, cuanto el acusador 
" dice sobre este punto es un tejido de men- 
*' tiras. Y además de mentir, ofende á la Re- 
" pública con sus calumnias. Habla de 
" haber llamado á los helenos á la guerra, 
*' cuando enviabais comisionados á FilijK) 
''para conceitar la paz jEsto habría 



2á7 

''sido convertiros en Euríbates, (*) dejando 
"de ser republicanos y hombres de honor! 
"Ni ¿con qué designio habrías enviado en- 
"tonces embajadores? ¿Con el de proponer 
" la paz? Todo Grecia gozaba de ella. ¿Con 
" el de apellidar guerra ? Vosotros mismos 
"deliberabais para terminarla. Es, pues, 
"evidente, que no fui 3^0 el instigador ni 
"la causa de la primera paz, y que las de- 
" más imputaciones de Esquino, de ello de- 
" pendientes, son falsas." 
* Ajustada la paz en las circunstancias y 
en los términos expuestos por Deraóstenes, 
importaba sobremanera que Filipo jui-ase 
cuanto antes el Tratado para quedar cons- 
treñido á cumplirlo; lo cual, señalado por 
el Orador, hizo que se proveyese á ello sin 
pérdida de tiempo. Pero el oro del Mace- 
dón, que todo lo con^ompía ya, impidió el 
cumplimiento de lo acordado; de manera 
que cuando Filipo vino á obligarse á los 
pactos pacíficos, los tracios, aliados de Ate- 
nas, habían perdido sus fortalezas de Serrio, 
de Miscio y de Egisque; y adueñádose aquél 



(*) Heraldo de Agamenón, á quien encargó éstese 
robase áBriseida, esclava de Aquiles; robo que ocasionó 
La venganza fatal que á los aquivos 
Motivo fue de numerosos duelos. 



238 

de toda la comarcn, aumentando así rentas 
3' ejército para facilidades de sus demás 
empresas. 

No se habría, empero, consumado la 
ruina de Atenas, y ésta hubiera [)od¡do 
auxiliar oportuna y ventajosamente á los 
fóceos, sin una nueva infidencia de Es- 
quino, quien, calmando el natural alar- 
ma producido por la presencia de Filipo 
en las Termopilas, persuade á sus compa-. 
triotas de que el invasor es aliado de la 
Fócida y de Atenas, y de que los inte-, 
reses de estas dos repúblicas y los de Fi- 
lipo, concurren de consuno á unirlos en 
perpetua y provechosa paz. 

Entre tanto la caída de Tebas, celebra- 
da por el odio ateniense, anunciaba la 
ruina de la ciudad de Minerva. 

Ni era, por otra parte^ Esc[UÍno, el úni- 
co aliado de Filipo; el único mal ciuda- 
dano, para decir lo menos. Otro había 
más temido; á fuero de anónimo irres- 
ponsable, y á fuero de poderoso invenci- 
ble; á saber: la corrupción general que todo 
lo había ii,"«vadido y dominado; que había 
convertido á Grecia toda en campo de mez- 
quinas rivalidades, si no de odios impío.^-. 

Esquino era el gestor de aquel comer- 



^ 



ció asqueroso en que se vendía y se coni- 
praba honra con oro é infamias con ho- 
nores. 

Describe Demóstenes el cuadro que pre- 
senta esta peste moral, con la misma vi- 
vacidad de colores con que lo hiciera 
Tucídides al describir la peste negra que 
desoló á Atenas en los principios de la 
guerra del Peloponeso. 

"Pero las Repúblicas estaban invadidas 
"por general pestilencia; y comprábanse 
^,' y vendíanse ministros y magistrados; y 
"los ciudadanos y los pueblos carecían de 
"previsión ó se dejaban engañará la luz 
"del día, por no sacudir un reposo indo- 
" lente; y extraño contagio lo penetraba 
"todo; y cada cual imaginaba que por sí 
"solo podría salvarse de la tormenta, y 
"que en el peligro común encontraría puer- 
"to de refugio." 

"En castigo de esta profunda é intem- 
" pestiva incuria, los pueblos han caído en 
"servidumbre; y los caudillos, que creyc- 
" ron venderlo todo, han conocido al fin 
" que fueron los primeros en vegiulerse así 

"propios En vez de los títulos de hués^ 

" pedes y amigos que recibían con el dine- 
" ro, resuenan hoy en sus oídos los de adu- 



240 

' Inílores é impíos, y otros muclios no inc- 
' nos dignos de sus maldades." 

''•Porque nunca se enriquece al traidor 
' sólo por servir sus intereses. Sucede lo 
'contrario: — una vez aprovechada la des- 
lealtad, se le olvida, se le desprecia; y, 
ciertamente, si las cosas no sucedieran de 
este modo, nadie sería tan afortunado 
como los traidores." 

"Pero no: no se hizo para los traidores 
'la estimación; antes bien, el ambicioso 
' que llega á dominar apoyado por ellos, 
'conviértese en tirano de los que le pres- 
' taron apo^^o; y conociendo entonces la 
' perversidad de tales hombres, sólo tiene 
' para ellos odio, desconfianza y castigos." 
"Consultad los hechos que, conserva- 
' dos por el tiempo, pueden siempre ofrecer 
'enseñanza á los sabios." 

" Lastenes fue llamado amigo de Fi- 
'lipo mientras no le entregó á Olin- 
' to ; Timolao hasta la ruina de Teínas; 
' Eudicos y Simos de Larisa hasta el sc- 
' metimiento de Tesalia. Y pronto, mu v 
* pronto, 5^*erseguidos, infamados, agobia- 
' dos de males, fuéronse errantes por tc- 
' da la tierra. ¿Qué ha encontrado Ari.^- 
' trato en Siciona? ¿Qué Perilao en Me- 



241 

" gara ? i Sólo aborreciinieiito y desprecio! " 
"De todo esto se deduce que tú, Es- 
" quino, y tus infames cómplices, debéis 
"vuestros suntuosos banquetes al ciuda- 
" daño celoso por la Patria; al más elo- 
" cuente en combatir la traición; y que si 
"todavía vivís, si todavía se os paga, es á 
"causa del propio Pueblo, que lucha contra 
" vuestras maquinaciones. Abandonados á 
" vosotros mismos, estaríais perdidos hace 
" mucho tiempo." 

Sabedor Demóstenes de que la envidia 
corroe las entrañas de las democracias, 
porque nada detesta tanto el ciudadano 
como la inmaculada grandeza de su igual 
según la ley; grandeza que convierte en su- 
perior al que ha sabido conquistarla; apre- 
súrase á justificar el hecho de ser su propio 
apologista, achacándolo á Esquino: — á Es- 
quino que derrama sobre él la repugnante 
hez de ajenas traiciones y de ajenos crimenes; á 
Esquino, quien lo obliga á defenderse ante 
jueces en su mayor parte mcis jóvenes que 
los sucesos motivo de la acusación. 

Ello era defenderse sin huiiillar á na- 
die, excepto al acusador, contra quien des- 
carga en seguida un sarcasmo más ponde- 
roso que la clava de Hércules. 

i6 



242 



'' Quizá harto os habré fatigarlo, continúa, 
' puesto que antes de pronunciar una pala- 
' bra ya conocíais hasta dónele llegó entonces 
' la venalidad de Esquino. ¡El miserable con- 
' funde la liospitaHdad con la amistad! Y 
' dice que le vitupero el ser huésped de 
' Alejandro " 

"¡Yo vituperarte la amistad de Alejan- 
'dro! ¿ Cuándo ]a adquiriste? ¿Con qué 
' títulos? Nó : 3^0 no puedo llamarte ni 
' amigo de Filipo, ui huésped de Alejan- 
* dro : no soy tan insensato." 

"¿Cuándo has visto que los segadores y 
' las demás gentes que ganan salario se 11a- 
' men amigos y huéspedes de quienes los 
' pagan ? ¡ Nó ! estos nombres no te con- 
' vienen, ni pueden convenirte ! " 

" Mercenario de Filipo antes, mercenario 
'de Alejandro ahora: así es como yo te 
' designo y como te designan todos los que 
'nos escuchan. ¿Lo pones en duda? Pues 
'pregúntales;... ó más bien, yo les pregun- 
' taré por tí." 

" Decidme, ciudadanos de Atenas : ¿ ha 
' sido Esquiíuo el huésped ó el mercenario de 
' Alejandro? ¿Oíste la respuesta?" (*) 



(*) Salta á la vista que este pasaje pide explica- 
ción ; y como no la trae ninguno de los autores que he 



24S 



Vil 



Labor inútil sería la de buscar elenientos 
retóricos eu el discurso de La Corona, ni 
aun la distribución de las paites que, según 
los maestros, han de tener aquéllos; pero 
esto lejos de ser un defecto, constituye cierta 
belleza excepcional é imponente. 

Por otra parte : la dilatada amplitud 
^del discurso opónese á cualquier plan si- 
métrico desde luego perceptible. 

No se trata de la belleza de algún la- 
go sereno cuyo marco forman harmoniosas 
colinas de apacible verdor, sino del piéla- 
go conturbado por tempetuoso viento,' al 
que limitan, de una* parte, montes gigan- 
tescos vecinos del cielo, y de otra el vacío 
infinito del horizonte. 

El orador pasa de lo particular á lo 
general más arrebatado por la pasión que 



consultado, doy la del sabio profesor Herbert, de quien 
la oyó mi ilustrado amigo el señor doctor Juan Pietri. 
Designaban los griegos al mercenario, propiamente ha- 
blando, con el vocablo Mistódotes; y como Demóstenes, 
de propósito, pronunciara Mistódotes, haciendo grave 
el esdrújulo, el pueblo corrigió al Orador. Este en- 
tonces, dirigiéndose á Esquino, le dice: — ¿Oiste lares- 
puesta f 



244 



por la lógica, ó para decirlo todo de una 
vez: llevado de la razón apasionada. 

Si habla de sí inismo, es para confun- 
dir á Esquino; si de Atenas, para fulmi- 
nar la tiranía macedónica ; si de la demo- 
cracia, para presentarla tal cual debe ser: — 
libre por justiciera y ordenada por libre. 
Habla siempre, siempre en reivindicación 
de los derechos patrios ó de los fueros del 
ciudadano, y con el fin de hacer amables 
la justicia y la libertad, únicas generadoras 
del buen orden. ' 

Ha vencido ya á Esquino, lo ha ano- 
nadado, y aun no cree satisfecha la vin- 
dicta pública ; ha puesto de resalto su pro- 
pia inocencia, y aun no se considera jus- 
tificado. Poseído del fuego sacro de la 
dignidad de la Patria y ilel de su pro- 
pia dignidad, que hace correr parejas con 
aquélla, sólo tiene delante, como anhelada 
recompensa: — para Esquino la corona de 
acebo del esclavo, y para sí mismo, la corona 
de oro del triunfador. 

Por eso vuelve á cada instante sobre 
sus pasos, f relacionando los hechos con 
los términos del decreto propuesto por 
Tesifonte, hunde más y más á Esquino en 
el abismo del desprecio público, mientras se 



245 

enaltece él más y raás en el amor de los 
buenos. 

Después de haber dicho cómo el oro 
corruptor de Filipo había enervado el 
patriotismo griego y convertido á casi to- 
adas las Repúblicas en mercados de sier- 
vos ó en arena de estériles, fratricidas lu- 
chas; des|)ués de castigar con infamia la 
memoria de los tesalios y de los dolopos, 
aliados de Filipo contra Grecia ; después 
de haber retratado la cobarde espectativa 
de los n rea di os, de los argivos y de los mese- 
ni<^s; después de haber mostrado el sepulcro 
de las libertades griegas sobre las ruinas de 
la democracia ateniense; pregunta á su con- 
fundido adversario : qué hubiera podido 
aconsejar él, Demóstenes, Consejero del Pue- 
blo de Atenas, sino triunfar con la in- 
dependencia de la Patria ó sucumbir con 
ella. 

"Di, Escjuino: ¿qué debía hacer la Re- 
" pública al ver que Filipo se abría an- 
" cho camino para posesionarse de la so- 
"beranía de Grecia? ¿Qué proposiciones, 
" qué decretos debí presentar yo, Conse- 
"jero del Pueblo, y, sobre todo, Consejero 
"del Pueblo de Atenas? ¿Qué conducta 
" debí seguir, convencido como estaba de 



"que siempre mi Patria había luchado por 
" la preeminencia, por el honor y por la 
" gloria ; y de que con noble abnegación 
" había sacrificado en beneficio de Grecia 
" más hombres y más dinero que Grecia 
''toda junta, })ara atender á la común*^ 
"defensa? ¿Qué debí hacer cuando veía 
"á Filipo, nuestro enemigo, animado por 
"el afán de dominar, hasta el punto de 
" que, después de haber perdido un ojo, 
" de tener rota una clavícula, y una 
" mano y una pierna estropeadas, toda- 
" vía ofrecía voluntariamente á la For-' 
"tuna la parte que prefiriese de su cuer- 
" po, siempre que lo dejara vivir glorio- 
" sámente con el resto ? ¿ Quién se habría 
" atrevido á decir que un bárbaro, naci- 
" do en Pella, pueblo entonces sojuzgado 
" y oscuro, debía tener alma tan gran- 
" de que aspirase al imperio de Grecia? 
¿Quién había de creerlo capaz de conce- 
"bir tal pensamiento? Ni ¿quién se habría 
"atrevido á creer que vosotros ¡atenienses! 
"vosotros, á quienes cada día se ofrecen 
" en la tribuna y en el teatro recuerdos 
"de las virtudes de vuestros mayores, ha- 
" bíais de ser tan pusilánimes que corrie- 
" seis á entregar á Filipo la Patria enea- 



247 

'denada? No: semejante pensamiento no 
'podía suponerse siquiera. Sólo quedaba, 
'pues, oponer vuestra justa resistencia á 
'las injustas empresas del invasor. Así lo 
'hicisteis desde el principio por vuestro 
'interés y por vuestra honra; y yo declaro 
' hoy que á ello os induje con mis decretos y 
' con mis consejos mientras tomé parte en el 
' gobierno." 

"¿Debí proceder de otra manera? Te 
' lo pregunto de nuevo, Esquino." 

" Imposible era olvidar á Anfípolis, á 
' Pidna, á Potidea sometidas; imposible 
' olvidarnos de Haloneso, de Serrio y dé 
' Dorisco conquistadas ; de Pepareté sa- 
' queada ; y de otros muchos atentados 
' cometidos contra la República. Pero quie- 
' ro suponer que los olvidase. Decías al 
' hablar de estos hechos, que mis pala- 
' bras habían atraído sobre Atenas la ene- 
' miga de Filipo, cuando todos los decretos 
' de entonces fueron presentados por Eúbulo, 
' por Aristofón, por Diofito, y no por mí. 
' ¿ Escuchas, hablador deslenguado, lo que 
'estoy diciendo?" 

" Prescindiré por ahora de este asunto. 
' Pero quiero se me diga : — el que se apro- 
' piaba la Eubea y la convertía en ba- 



248 



luarte para inquietar al Ática ; el que [xmía 
mano usurpadora en Megara, arrasaba á 
Pormos, tomaba á Oreos, instalaba como 
tirano, en este último punto á Filísti- 
des y en Eretria á Clitarco; el que do- 
minaba el Helesponto, asediaba á Bizan- 
cio y destruía las ciudades griegas 6 se 
llevaba cautivos á sus habitantes; el au- 
tor de estas agresiones^ repito, ¿ no atro- 
pellaba la justicia y los tratados? ¿No 
alteraba la paz convenida? Y ¿no era 
necesario que algún pueblo de Grecia se 
levantase á detenerlo? Si se niega esta 
necesidad ; si Grecia debía ser, como se 
ha dicho, presa abandonada sin defensa 
á la rapiña del invasor, existiendo todavía 
dignos atenienses; concedo que nos he- 
mos arriesgado inútilmente, yo al daros 
consejos y vosotros al seguirlos; y pido 
que todas las faltas, que todas las culpas 
recaigan sobre mí. Pero si por el con- 
trario, era preciso oponer alguna barrera, 
¿á qué otro pueblo sino 4 Atenas corres- 
pondía hacer frente el primero? A con- 
seguir esto dirigí entonces todos mis co- 
natos ; y viendo que Filipo corrompía á 
lo? hombres influyentes, me hice de ellos 
adversario : me ocupé siempre en descubrir 



249 



" SUS propósitos y en aconsejar á los pue- 
" blos que no se sometiesen al yugo del 
'* macedón.'"' 



(i 



" Porque el hom- 

" bre de corazón entero debe siempre aco- 
" meter arduas empresas; debe armarse de 
"esperanza y sufrir con fortaleza lo que 
" los Dioses cjuieran depararle." 

"Vuestros padres así lo hicieron, y los 

más ancianos de entre vosotros han pro- 
" cedido de igual suerte." 

'• Esparta no era vuestra amiga ui vuestra 
" bienhechora, y más de una vez Atenas 
" había recibido de ella graves injurias. Esto 
"no obstante, cuando los vencedores de 
" Leuctra se empeñaron en arrasarla, vos- 
" otros os opusisteis sin temer el poder y 
" la gloria de los tebanos, y sin recordar 
" los justos cargos que podríais hacer á 
" aquellos por quienes ibais á exponer vues- 
" tra existencia." 

" De este modo enseñasteis á los pueblos 
" de Grecia que cuando alguno de ellos 
" os ofende sabéis contener vuestra cólera, 
"y que cuando el peligro amenaza su exis- 



260 

" tencia ó su libertad, olvidáis vuestros 
" agravios." 

VIH 

Al defenderse, al justificarse á sí mis- 
mo, confunde de tal manera Demóstenes 
su propia causa con la causa de Atenas, 
que la Patria y el Orador constituyen un 
sólo ser, una sola entidad, si ya no apa- 
rece aquélla como ejecutora de los conse- 
jos de éste. 

El Quersoneso y Bizancio salvados; el 
Helesponto puesto fuera de la tiránica am- 
bición de Filipo ; Corinto perdonado por 
Atenas y por ella amparado contra la 
venganza de los lacedemonios ; la Eubea 
socorrida contra los tebanos, en todas par- 
tes victoriosos excepto en el Ática; la ma^ 
riña de guerra, nervio de la República, 
restaurada en virtud de una ]ey tan sa-- 
bia como oportunamente propuesta por el 
Orador; fueron otros tantos trofeos que le 
merecieron una corona en recompensa de 
sus servicios. 

Y en él se coronó á sí misma la Re* 
pública» 



2B1 



" Nadie ignora, afirma, que á más de 
" un gobernante ha coronado la Repúbli- 
" ca antes de coronarme á mí; pero ¿ dón- 
" de está, excepto yo, el ateniense que, 
" siendo Orador ó Consejero del Pueblo, 
"haya hecho coronar á la República?" 

El que tal dice en presencia de un 
pueblo erigido en juez, y cuando este 
pueblo es nada menos que el ateniense, 
está, por cima de toda sospecha; puro como 
la Patria, ileso como la Justicia. 

Sólo Pericles, antes que Demóstenes, ha- 
bía hablado en términos semejantes res^ 
pecto de sí mismo : después de ambos no 
se encuentra nada igual en los anales de 
la verdadera elocuencia, es decir : de la 
elocuencia honrada. 

Y luego, como temeroso de haberse equi- 
parado con Atenas, con la ciudad pensan- 
te; apresúrase á borrarse del cuadro y des- 
aparece, por decirlo así, entre la gloria res- 
plandeciente de la República, levantando 
á ésta hasta las alturas de la apoteosis. 

" i Pues bien ! Yo, que en tan arduas 
"y numerosas ocasiones había contemplado 
" á Atenas pronta siempre á combatir en 
"defensa de otros pueblos; yo, al ver 
" que su propia existencia era objeto de las 



"deliberaciones i)úblicas; ¿qué debía pro- 
aponer? ¿qué debía aconsejar? ¿El vil 
"rencor ¡oh Dioses! contra pueblos que 
"la llamaban en su socorro? ¿Pretextos 
" fútiles para perder la causa común ? j Ali ! 
"¿Quién no tendría hoy derecho de ex- 
" terminarme si hubiese intentado raan- 
" char con una sola palabra la gloria de 
"Atenas? Sé, por otra parte, perfectamen- 
" te, que jamás habríais procedido en men- 
"gua de vuestra honra. Si lo hubieseis 
"deseado, ¿quién os detenía? ¿No erais 
"libres? ¿No estaban á vuestro lado pa- 
" ra aconsejaros los mismos miserables que 
" hoy me acusan? 



IX 



Si Demóstenes hubiera seguido en la 
defensa el orden que tratara de imponerle 
su acusador, habría emprendido aquélla 
bajo impresiones adversíis, |)ues que el punto 
de la rendición de cuentas, sobre ser de 
naturaleza ingrata, no le era muy propicio 
que digamos, dada la fría claridad de la 
ley, contra la cual no quedaba otro recurso 



253 

sino la práctica, tantas veces repetida, vio- 
latoria de ella. 

Fuera ó no la referida ley expresión es- 
tricta de la justicia, ello es que el Pueblo 
de Atenas se atuvo en este caso, no al de- 
recho escrito en papel, sino á esotro que 
lleva en la conciencia todo hombre de buena 
voluntad. 

Así lo comprendió Demóstenes;é invo- 
cando nuevamente los servicios prestados 
por él á la República y á Grecia toda, fía 
^n la memoria popular el hacer justicia á 
tales merecimientos, puesto que insistir so- 
bre ellos sería renovar su propia apología. 

Había, empero, en la acusación de Esqui- 
no un punto débil por lo sofístico y odioso 
por lo artero, como que denunciaba la envi- 
dia del acusador ; y este punto era el de 
imponer á Demóstenes la rendición de cuen- 
tas sobre una suma por él donada á la Re- 
pública. Confiésase Demóstenes responsable, 
y no como quiera, sino por toda la vida, de 
los asuntos confiador á su administración ; 
pero á renglón seguido de este dicho, que 
lleva el respeto á la voluntad ]X)[)ular más 
allá de las imposiciones légale-;, opone á 
la humildad para con la Patria el orgullo 
legítimo para con Esquino; y faz á faz del 



254 

Jurado que iba á juzgarlo y á sentenciarlo, 
sostiene que no está obligado á responder 
ante nadie, ni aun ante los representantes 
de la República, de los donativos que á 
ésta hiciera. Porque ¿ cuándo se trajo ajui- 
cio la generosidad? Ni ¿quién puso lími- 
tes al patriotismo? Y si aquélla y éste só- 
lo tienen en niira la abnegación ó el de- 
ber, la ley que los supusiese litigiosos, 
no sólo sería cruel é inicua, sino infamante 
para la gratitud pública, que viene á ser en 
este caso el derecho no escrito, pero iTiáxi-< 
mo é imprescriptible del género humano. 

Ni era ésta, por otra parte, como se 
ha dicho, la única vez que obtuviera 
Demóstenes los honores de la coronación 
en igualdad de circunstancias, y con él 
otros distinguidos patriotas ; porque, como 
lo hace notar él mismo, los aplausos así 
tributados no ceden tanto en loor del que 
los recibe, como en gloria de quien los 
otorga y noble emulación de los testigos 
presenciales, menos atentos á la recom- 
pensa que á la justiciera generosidad de la 
República. < 

Hé ahí la única gerarquía compatible 
con la democracia, porque se funda en la 
virtud cívica; la única que desarma la en- 



255 



vidia porque sólo pide el propio esfuerzo 
en el propósito de realizar el bien común ; 
la única, asequible, aunque máxima, que 
á nadie humilla, porque invita á todos á al- 
canzarla. 



X 



Los hábitos sociales de la época ; la na- 
turaleza del proceso ; su trascendencia en la 
historia ; el pasado, el presente y el porve- 
nir de la República puestos con tal motivo 
en tela de juicio, ya que se trataba de in- 
quirir si alguna vez el derecho debe ceder 
voluntariamente á la fuerza sin protesta y 
sin lucha ; todo este cúmulo de circunstan- 
cias hicieron que Demóstenes ejerciese el de- 
recho de insulto: — tallón horrible aceptado en 
la tribuna antigua, C{ue no mutila el cuer- 
po ni lo mata, pero degrada el alma y la 
ennegrece con verdades crueles, ó la asombra 
con viles calumnias. 

i Lástima que los mismos elocuentes la- 
bios, defensores de la justicia, rebajasen á 
ésta hasta convertirla en venganza; ni res- 
petasen los fueros de quien, vencido ya, esta- 
ba de hecho amparado ]>ov la misericordia ! 



256 



Pero antes do devolver á su contrario 
la infamia con la infamia, y acaso para 
justificar en este punto sus procederes, pre- 
senta Demóstenes un paralelo entre la acu- 
sación y la invectiva, no sin pintar prime- 
ro á Esquino vociferando desde la ambu- 
lante carreta del cómico de la legua. 

"Hay gran diferencia, dice, entre la acu- 
"sación y la invectiva. La una denuncia crí- 
''menes cuyo castigo previenen las leyes ; 
"la otra profiere palabras ultrajantes con 
"que se ofenden los enemigos, según el grade 
"de furor que los anima." 

" Vuestros antepasados establecieron los 
"tribunales, no para que ante vosotros reüni- 
"dos nos lanzáramos insultos hijos de nues- 
"tras querellas privadas, sino para conven- 
"cer de su delito á cualquiera que hubiese 
"defraudado los intereses de la Patria." 

"Esquino sabía esto lo mismo que yo; y 
"sin embargo, ha preferido la invectiva á la 
"acusación. Así, pues, no sería justo que 
"abandonase yo este recinto sin haberle lie- 
"cho conocer cuanto merece." 

"Pero abites quiero dii'igirle una [)re- 
"gunta. — Dime, Esquino: ¿te presentas aquí 
"como enemigo de la República ó como 
"enemigo mío? Sin duda con este último 



257 

"carácter. Y sin embargo: cuaDclo en nom- 
"bre de la ley podías, si había algún 
"responsable, hacerlo castigar, dejaste tran- 
"quilo á Demóstenes que rindiese sus cuen- 
"tas, sin tomar parte en la actuación de 
"que era objeto; y cuando todo confiesa 
"su inocencia : las leyes, el tiempo, el 
"plazo espirado, los nuuierosos juicios so- 
"bre esta materia, su conducta irreprocha- 
"ble y sus servicios más ó menos gloriosos 
"para el. Estado, según los decretos de la fa- 

^"talidad; ¡entonces es cuando lo atacas ! 

"Mira bien lo que haces:— bajo la máscara 
"del enemigo mío, veo en tí el enemigo de 
"Atenas." 

"Habiéndoos mostrado cuál es el dicta- 
"men que debéis formular conforme ala re- 
"ligión y á la justicia, debo, no obstante mi 
"repugnancia á la invectiva, decir sobre Es- 
"quino algunas verdades indispensables, en 
"cambio de tantos ultrajes y calumnias co- 
"mo ha vomitado su boca. Debo descu- 
"brir su origen y lo que actualmente es ese 
"hombre de lengua atrevida y envenenada, 
"que profiere frases amargas y punzantes, 
"después de haber asegurado que ningún 
"ciudadano digno debía pronunciarlas. Si 
"tuviese yo por acusadores á Eaco, á Ra- 



^á 



"damanto ó á Minos, y no á un charlatán, 
"á un tuno de tribuna, á un miserable 
"escribiente, creo que no habrían hablado en 
"el tono que hemos oído, amontonando tér- 
"minos tan irritantes, y exclamando como 
"en una tragedia: — "¡ Oh tierra! ¡ Oh sol ! 

"j Oh virtud "Y creo que tampoco ha- 

"brían apostrofado á la inteligencia y al 
"saber, para que nos permitiesen discer- 
"nir el bien del mal; pues tal es, ciuda- 
"danos, lo que habéis oído de los labios 
"de ese hombre. ¡ Infame! ¿ qué tiene de co- 
"mún la virtud contigo y con los tuyos? 
"¿Cómo podrías distinguir lo bueno de lo 
"malo? ¿Dónde has adquirido la luz que 
"para esto se necesita ? Y ¿ te corresponde á 
"tí el hablar de ciencia? Aun los mismos 
"que realmente la poseen, no se atreven á 
"vanagloriarse de ello ; y hasta las alaban- 
"zas que otros les dan parécenles inmereci- 
"das." 

"El ser ignorante como tú, el torpe, ol 
"ridículo, el jactancioso, indigna al audito- 
"rio en vez de persuadirlo." 

"Nada mctombaraza para hablar de tí y de 
"los tuyos, pero mucho me cuesta el comen- 
"zar á hacerlo." 

"¿ Citaré á Tromes, tu padre, primero es- 



259 

''clavo de Elpias y maestro de escuela 
"después, junto al templo de Teseo, con 
"sus fuertes trabas y su argolla ? ¿ Ha- 
"blaré de tu madre, que cambiaba de ma- 
"rido cotidianamente, y te educaba entre 
"vicios y liviandades para cómico de la 
"legua? Todo el mundo sabe esto sin 
"que yo lo diga. .¿Recordaré que un tal 
''Formión, músico de la murga, esclavo 
"de Díón de F rearres, la sacó de tan 
"honesta vida? j Por Júpiter! ¡Por to- 
^"dos los Inmortales! Temo que estos por- 
"menores, dignos de tu persona, puedan 
"mancharme los labios." 

"Los abandono, pues, para comenzar tu 
"historia." 

" No era Esquino hombre vulgar, pues 
"salió de la clase de esos miserables que 
"están señalados por la execración pública." 

" Hasta muy tarde, casi hasta ayer mis- 
"mo, no fue ni ateniense ni orador." 

"'Añadió dos sílabas al nombre de su pa- 
"dre, y de Tromes lo convirtió en Atró- 
"metos." (*) 

"Cambió magníficamente el dv5 su madre 
"llamándola Glaucotea, cuando todos saben 



(■*) Tromes, El Medroso; Atrómetos, El Intré-, 

PIDO. 



m 



"que se la conocía por La Duende^ eviden- 
''temente á causa de su lubricidad activa 
"é incansable: esto nadie puede negarlo. 
"Pero son tales tu ingratitud y tu perver- 
"sidad, que babiéiidote hecho los atenienses 
"rico y libre, de pobre y esclavo c^ue eras, 
"lejos, muy lejos de mostrarte reconocido, te 
"vendes para perderlos." 



XI 



Aquí termina el combate personal de es- 
tos dos atletas de la tribuna ateniense, quie- 
nes, á la vez, precipítanse el uno sobre el 
otro armados del insulto, en aquella ocasión 
más hiriente que la espada, y principia el ver- 
dadero proceso filosófico-político, de tan alta 
enseñanza en la historia de los pueblos libres. 

Hay un punto culminante, que sirve al 
propio tiempo de centro en esta obra maestra 
de la oratoria, cual es : — el acierto de De- 
móstenes y su perfecta razón cuando acon- 
seja á la República la resistencia contra 
Filipo; y ^jlo, ratificado aun después del 
deiíastre de Queronea. 

En torno de esta idea, decorosa por lo 
patriótica y recta por lo justa, gira toda la 



261 

máquina del discurso, como el sistema pla- 
netario al rededor del astro que lo gobierna 
y le sirve de centro. 

Ni en la defensa de Tesifonte, que es la 
euya propia, ni cuando devuelve á Esqui- 
no injuria por injuria, pierde de vista, ni 
mucho menos olvida Demóstenes, aquella 
verdad toral, sobre la cual descansa todo el 
edificio social y político de una nación culta. 
fe Qué es la justificación de Tesifonte sino 
la apoteosis del vencido en Queronea ? ¿Qué 
^ las acusaciones contra Esquino sino la más 
perfecta alabanza del patriota griego ? Si 
alguna vez brillaron con luz inmarcesible 
los fueros de la justicia nacional; si alguna 
vez se ostentó en toda su grandeza la digni- 
dad del ciudadano; fue, sin duda, cuando 
el repúblico ateniense, reivindicó, vencido, 
una corona, ofrenda exclusiva hasta enton- 
ces del triunfador ; corona que negaba la 
victoria al derecho, á título de fuerte. 

No fue, por otra parte, Demóstenes quien 
provocó la guerra: suscitáronla, sí, la am- 
bición de Filipo y las complicidades de Es- 
quino y sus conjurados contra 1*^ República; 
y cuando no quedó á Atenas otro arbitrio 
sino volver por sus propias libertades y por 
las libertades de Grecia, sólo pensó el Orador 



en salvar lo único que redime del olvido así á 
las naciones como á los individuos; lo único 
que los engrandece en la historia y les atrae 
las alabanzas de la posteridad: — el cumpli- 
miento del deber. 

Al cuadro retóricamente trazado por Es- 
quino de la guerra de Anfisa, punto de par- 
tida de las calamidades de Grecia, opone 
Demóstenes estotro : si en el primero lu- 
cen á trechos los relámpagos del ingenio, 
reverberan en el segundo las serenas clarida- 
des de la razón, oportunamente avivadas por^ 
el aliento de la virtud, fortaleza del alma. 

Hermana Demóstenes en este pasaje la 
emoción con la lógica. 

"Sí : él es el autor de la guerra de An- 
"fisa: de la guerra que abrió á Filipo las 
"puertas de Elatea, que lo puso á la cabeza 
"de los anfictiones, que precipitó la caída 
"total de Grecia, j Un solo hombre fue la 
^'causa de tantas catástrofes ! En vano me 
"apresuré á protestar y á gritar en la 
"Asamblea: — ¡La guerra, Esquino, es lo que 
"traes al Ática : la guerra de los anfictio- 
"nes ! — Algijnos mercenarios anónimos, apos- 
"tados para sostenerlo, no me dejaban lia- 
"blar; otros, acaso sorprendidos, se imagina- 
"ban que por odio personal le atribuía im£|-- 



"ginario crimen. Y ¿cuáles fueron el carác- 
^'ter, el objeto y el desenlace de esta intri- 
"ga? Escuchadlo y sabedio hoy, ya que 
"entonces no se os permitió que los cono- 
"cieseís. Veréis un plan bien concertado; 
"encontraréis claras luces para vuestra his- 
"toria ; conoceréis, en fin, á Filipoy la natu- 
"raleza de sus ardides." 

"No podía el Macedón salir avante en la 
"guerra que sostenía contra vosotros, sino 
"con virtiendo á los tebanos y á los tesalios 
"en enemigos de Atenas." 

"Aunque vencedor de nuestros generales, 
"quienes lo habían combatido sin talento y 
"sin buen resultado, la guerra, por sí misma, 
"y los piratas, le hacían padecer muchos da- 
"ños. Nada entraba en Macedonia, nada sa- 
"lía de allí, ni aun las cosas más indispensa- 
"bles. Por mar no era entonces Filipo más 
"poderoso que nosotros ; ni podía penetrar 
"en ei Ática sin que lo persiguiesen los tesa- 
"lios y sin que los tebanos le franquearan el 
"paso de las Termopilas." 

"No obstante, pues, de haber salido ven- 
"cedor en varios trances, acerca de lo cual 
"no quiero juzgar ahora, la situación y 
"los recursos de dos Repúblicas poníanlo en 
"conflicto. ¿Aconsejaría á lo? tesalios y a 



264 

*'los tebanos marchasen contra vosotros para 
"vengar el odio que él os i)rofesaba? Na- 
"(lie lo habría escuchado. O valiéndose del 
"pretexto de la causa común, ¿ preferiría el 
"medio de hacerse elegir Generalísimo de los 
"ejércitos? Pues de este modo podríanlas 
"fácilmente engañar á unos y persuadir á 
"otros." 

" ¡Ved aquí cómo lo hizo, y admirad su 
"destreza!" 

"Propónese, eii primer lugar, suscitar una 
"guerra á los anfictiones y turbar sus tareas, 
"presumiendo que rio tardarían en recurrirá 
"él. Mas, ¿ debería ser propuesta esta guerra 
"por un hieromenón (*) de Filipo ó por el de 
"alguno de sus aliados? Nó : Tebas y Tesalia 
"podrían penetrar sus designios y apercibirse 
"para no secundarlos. Pero si un ateniense, si 
"un diputado de sus enemigos se encargaba 
"del asunto, Filipo ocultaría fácilmente sus 
"^■Daanejos; y esto fue lo que sucedió." 

"¿Cómo, empero, llegó á conseguirlo? 
"Comprando á ese hombre. Aprovechándose 
"de que nadie tenía los ojos abiertos (hacía 



(■*) El hieromenón ó, propiamente: hieromnema, ade- 
más de tener á su cargo la guarda de los archivos se- 
cretos, ejercía en la Asamblea de los Anfictiones la fun- 
ción de escribano sagrado. Eran dos, y uno de ellos 
presidía la Asamblea. 



265 

"mucho tiempo que en Atenas ninguno veía), 
''Esquino fue propuesto como pilágora: tres 
''ó cuatro de sus amigos dan la señal alzando 
"la diestra, y en seguida queda hecha y pro- 
''clamada la elección. Investido con la auto- 
bridad de Atenas, vaso á los anfictiones, y 
"consuma el crimen que había contratado. 
"Por medio de brillantes declamaciones y 
"de fábulas inventadas sobre el origen de 
"la consagración de la llanura de Cirra, 
"persuade á los hieromenones novicios de 
-«que deben decretar el examen de la pro- 
"piedad de dicho paraje. Anfisa lo culti- 
"vaba como pertenencia territorial, y el acu- 
"sador poseía una parte del suelo sagrado. 
"Los locrios no nos habían impuesto mul- 
"ta alguna, ni imaginaban ninguna de 
"las persecuciones con que este malvado 
"quiere ahora disculpar su perfidia. Sin 
"'citarnos en justicia, el referido pueblo no 
"podía hacer condenar á la República. 
"¿Quién, pues, nos citó? ¿ Bajo qué arcon- 
"te ? ¡ Que lo diga quien lo sepa ! j Pero 
"ello es imposible! " 

"i Esquino! tú empleaste un prc^texto falso! 
"¡tú mentiste!" 

"Instigados por este embrollón, encamí- 
"nanse los anfictiones á aquella comarca; 



'"caen, enseguida, sobre ellos los locrios; re- 
"cházanlos á casi todos con sus dardos; y 
"aun llegan á apoderarse de algunos hiero- 
"menones. De aquí el ruidoso tumulto, 
"las quejas contra Anfisa, y por último la 
"guerra." 

"Pónese Cotifos, el primero, al frente del 
"ejército anfictiónico; pero parte de sus 
"soldados no llegan, y los presentes son 
"incapaces para todo. En las siguientes 
"juntas confíase el mando á Filipo, por 
"iniciativa de auxiliares suyos envejecido^ 
"en el crimen, todos los cuales eran te- 
"salios ó gentes de otras Repúblicas." 

"Para conseguirlo valiéronse de vanos 
"pretextos. Era necesario, según asegura- 
"ban, contribuir en común ; costear tropas 
"extranjeras y castigar á los contumaces, 
"ó elegir á Filipo. Tales intrigas propor- 
"cionáronle en breve á éste el cargo de 
"General. Inmediatamente reüne las fuer- 
"zas, simula una marcha sobre Cirra, deja 
"á un lado á los locrios y á los cirrences, 
"y se apodera de Elatea" 

"Si entonces los tebanos desengañados no 
"se hubiesen unido á nosotros, la guerra se 
"habría precipitado como un torrente so- 
"bre Atenas," 



267 

"Detúvose á tiempo, gracias ¡ oh atenien- 
"ses! á la bondad de los dioses, y, en cuan- 

"to es posible, á un solo hombre Gra- 

'^cias también á mí." 

Con los subterfugios y las malas artes de 
Esquino, salió avante Filipo, en sus pla- 
nes de ambición. 

El fracaso de *la expedición de Cotifos, 
Estratega nombrado por los Anfictiones, dio 
al Macedonio el mando del ejército griego, y 
junto con esto el ejercicio omnímodo de la 
^tiranía; no como que él la asumiera motu 
proprio, sino por decreto suplicatorio de la 
Asamblea. 

Aparentemente era Filipo el vengador de 
los Dioses contra los anfisios, profanadores 
de la tierra sagrada ; pero en realidad su 
propósito fue siempre sojuzgar la Gran Patria 
griega, cuyo baluarte principal : — el Áti- 
ca, habían de allanarle pacíficamente los te- 
banos. Así, pues, al atraerlos Demóstenes á 
la alianza con Atenas, relegando al olvido las 
antiguas querellas de arabos pueblos, res- 
guardó á la República de subitánea cuanto 
desastrosa invasión. 

Fiado, entretanto, Filipo si no en la amis- 
tad de los tebanos, en el odio de éstos por 
los atenienses, y juzgando imposible toda 



alianza entre las dos Repúblicas, apodéra- 
se desatentadamente de Elatea. 

Hé aquí cómo pinta Demóstenes los efec- 
tos causados en Atenas por este hecho insó- 
lito^ en contraposición del pasaje con (jue 
dramatiza Esquino la escena de la llanura 
de Cirra : 

"Caía la tarde, cuando un correo expreso 
"participa á los pritáneos que Elatea ha sido 
"ocupada por Filipo." 

"Hallábanse á la sazón comiendo, y al 
'instante abandonan la mesa: los uno§ 
"echan irlos vendedores de sus tiendas y 
"las entregan á las llamas; los otros dan 
"aviso á los estrategas y hacen resonar 
''el toque de alarma: — agítase la ciudad 
"en el mayor tumulto. Al rayar la auro- 
"ra, convocan los pritáneos el Consejo en 
"el lugar acostumbrado : todos comparecéis 
"allí, y antes de que nada se haya discutido, 
"ni de que se presente ningún decreto, el 
"Pueblo entero ocupa el recinto. Entra el 
"Consejo, los pritáneos dan de nuevo la 
"noticia, introducen al mensajero para, (jue 
"se expliqr^e, impónense todos de lo ocurri- 
"do y el heraldo grita : — "¿Quién quiere ha- 
"blar !" — Nadie se presenta. Repítese el 11a- 
"maraiento, y tampoco responde nadie," 



269 



"Encontrábanse allí todos los estrategas, 
"todos los oradores. La voz de la Patria 
"reclamaba palabras de salvación. Porque 
"el heraldo, al pronunciar los dictados de 
"la ley, habla por la República, y es su 
"voz la voz de la Patria. ¿Qué debió ex- 
" ponerse para que fuese por vosotros con- 
"siderado? ¿El deseo de salvar á Atenas? 
"Vosotros y los demás ciudadanos habríais 
"corrido á la tribuna, porque todos desea- 
"bais ver la Ciudad asegurada contra aquel 
^"peligro. ¿Era preciso contarse entre los 
"más lieos? Los trescientos habrían habla- 
"do. (*) ¿Reunir patriotismo y riquezas? 
"Habríanse levantado los que después han 
"hecho á la República donativos considera- 
''bles, obra del patriotismo y de la 0{)U- 
"lencia. Aquel día y aquel conflicto recla- 
"maban un ciudadano, no tan sólo rico y 
"patriota, sino además, que hubiese estu- 
"diado los asuntos públicos desde su ori- 
"gen y reflexionado con acierto sobre la 
"política y los designios de Filip(>. " 

"El que no se encontrase en este caso, 
"por mucho celo y riquezas que tuviei-a, no 



(*) Clase de Atenas compuesta de los trescientos 
ciudadanos más ricos. 



270 

"podía indicar el partido más conveniente, 
"ni adelantarse á dar opinión." 

"Pues bien : — el hombre de aquella ocasión 
fui yo: — yo fui quien ocupó la tribuna." 

"Lo que os dije entonces, escuchadlo aten- 
"tamente ahora ; y ello, por dos razones : la 
"primera, á fin de recordaros haber sido yo 
"el único entre todos los oradores y gober- 
"nantes que no abandonó, durante la tem- 
"pestad, el puesto señalado al patriotismo, 
"sino pugnó de veras con palabras y con 
"obras, por salvaros en aquellas conflicti-< 
"vas circunstancias. La segunda, porque 
"los consejos que os di derramarán mucha 
"luz sobre el resto de mi conducta pública." 

"Oíd lo que decía: — Aquellos que creyendo 
"á los tebanos amigos de Filipo se alarman 
"tan vivamente, desconocen el estado de las 
"cosas. Tengo seguridad de que si existiera 
"tal alianza, en vez de encontrarse el Prínci- 
"pe en Elatea, nos habría llegado la noticia de 
"que estaba en nuestras fronteras ; y no sien- 
"do así, cierto estoy de que sólo avanza por 
"ver si puede conseguir el apoyo de Tebas." 

"Os maivfestaré el fundamento de esta 
"opinión." 

"Todos los tebanos á quienes Filipo ha po- 
"dido corromper ó engañar, están á sus ór- 



"cienes ; pero no puede destruir los obstácu- 
"los que le oponen sus antiguos adversarios, 
"y éstos le resisten todavía. 

"¿Con qué fin, pues, creéis se haya apode- 
"rado de Elatea ? Lo que persigue al llevar 
"sus armas tan cerca de Tebas, no es otra cosa 
"'sino inspirar á sus parciales confianza y osa- 
"día ; amedrentar á sus enemigos, para que la 
"violencia les arranque por el temor lo que 
"hasta ahora se niegan á concederle por odio. 
"Si hoy despertamos el recuerdo de las ofen- 
'^as que de los tóbanos recibimos; si les mani- 
"festamos desconfianza como á enemigos, 
"desde luego satisfaremos los deseos de Fili- 
"po; y, en tal caso, no sólo temo la de- 
"fección de los adversarios del Príncipe, sino 
"también que uniéndose á él se precipiten 
"ambos partidos sobre el Ática. Pero si 
"queréis escucharme, si venís á reflexionar 
"y no á disputar sobre mis consejos, con- 
"'fío en que parecerán oportunos y en que 
"disiparé el peligro que nos amenaza." 

"¿Qué se requiere para ello? Ante todo : 
"deponed el temor que os embarga y echad- 
"lopor hoy sobre los tóbanos, quiei^es mucho 
"más expuestos que vosotros, tendrán que 
"afrontarse los primeros con la tempestad. 
"Enviad en seguida á Eleusis vuestra caba- 



272 

"Hería y todos los ciurlndanos en edad de sei'- 
"vir, á fin de que todo Grecia os vea armas en 
"mano. De este modo los amigos que tenéis 
"en Tebas podrán con la misma lihertnd con 
"que sus contrarios sostienen la mala causa, 
"sostener la buena ; pues si los traidores ven- 
"den la Patria á Filipo apoyándose en Lis tro- 
mpas de Elatea, vosotros os encontráis dis- 
"puestos para socorrer oportunamente á los 
"que quieran combatir por la independencin. 
"Propongo también se nombren diez diputa- 
"dos, investidos de autoridad bastante, para 
"concertar con los estrategas el día de la par- 
"tida y los pormenores de la expedición á 
"Tebas." 

"¿ De qué modo manejarán vuestros reprc- 
"sentantes este asunto? Prestadme atención." 

"No exijáis nada á los tebanos, porque 
"esto sería mengua para vosotros. Lejos de 
"hacerlo, prometedles socorros si los piden ; 
"y no olvidéis que su peligro es inmi- 
"nente, y que penetramos mejor que ellos 
"en lo porvenir. Si aceptan nuestros ofre- 
"cimientos y nuestros consejos, habremos 
"logrado el objeto que nos proponíamos, 
"sin que la República haya abandonado su 
"nc)ble actitud ; si los rechazan, Tebas, y 
"sólo Tebas podrá acusarse a sí misma de 



273 

"sus propias desgracias, y nosotros no tcn- 
"dremos que echarnos en cara ningún acto 
"bajo ni vergonzoso." 

XII 

Adoptado el concepto de Demóstenes por 
el Consejo y por el Pueblo, 3^ negociada por 
él mismo la alianza con los tebanos, cúpole 
también la gloria de proponer el decreto en 
que se declaró la guerra al ambicioso Mace- 
dón. 

La piedad para con los Dioses, el amor 
á la Patria ateniense y la fraternidad helé- 
nica, resplandecen en aquel documento y 
nos lo presentan como expresión de las más 
altas virtudes políticas, civiles, sociales y 
religiosas, que, confundidas en una sola: — el 
valor cívico, han levantado el culto del de- 
ber sobre la idolatría de la victoria, y pues- 
to el decoro de los vencidos sobre la sober- 
bia del vencedor. 

"Bajo el x^irconte Nausiclao," reza el in- 
mortal Decreto, que merece grabarse en la 
memoria de todo hombre libre y virtuoso, 
"el 16 del mes Sciroforióu " (mes ateniense 
que correspondía poco más ó menos á nues- 

iS 



274 

tro junio, y (luraiite el cual se celebraban 
las Sciroforias), " Denióstcnes el peanio, liijo 
''de Demóstenes, propuso:" 

"Visto que hasta ahora Filipo, Rey de 
"los niacedonios, ha violado los juramentos 
"y conculcado los derechos consuetudinarios 
"de todos los pueblos helenos ; pospuesto el 
"Tratado de paz concluido entre él y el Pue- 
"blo ateniense; usurpado ciudades que por 
"ningún título le pertenecían; y sometido 
"á sus armas muchas plazas, sin ninguna 
"provocación por nuestra parte: — visto que 
"no satisfecho con esto y llevando más lejos 
"la violencia 3' la crueldad, ocupa con guar- 
"niciones ciudades griegas y destruye en 
"ellas el gobierno democrático; que arrasa 
"otras y vende á sus habitantes ; que en al- 
"gunas los reemplaza con gentes extranje- 
"ras y hace hollar por los bárbaros nues- 
"tros templos y los sepulcros de nuestros 
"mayores: — vista, en fin, esta impiedad, pro- 
"pia de su país y de su carácter, y el abu- 
"so insolente que hace de la próspera fortuna, 
"olvidando lo humilde y oscuro que fue su 
"origen antes de esta su inesperada grandeza ; 
"y atendiendo también á que si la Repú- 
"blica ha podido considerar poco graves las 
"ofensas inferidas á ella en particular, hoy 



275 

"que ve muchas ciudades griegas destrüí- 
"das y cubiertas de ignominia, se creería 
"culpable é indigna de nuestros gloriosos an- 
"tepasados si dejase avasallar á los helenos;" 

"El Consejo y el Pueblo de Atenas decre- 
"tan:" 

"Después de haber dirigido oraciones y 
"ofrecido sacrificios á los Dioses y á los hé- 
"roes protectores de Atenas y de su terri- 
"torio ; con el corazón poseído de la virtud 
"de nuestros padres, quienes preferían la 
"defensa de la libertad griega á la de su 
"propia Patria; lanzaremos al mar doscien- 
"tas naves." 

"El Almirante de esta escuadra hará rumbo 
"hasta la altura de las Termopilas; y el Es- 
"tratega (*) y el Hiparca (**) dirigirán la 
"infantería hacia Eleusis." 

"Se enviarán embajadores á todo Grecia 
"y especialmente á Tebas, que se ve amena- 
"zada más de cerca por Filipo. — Exhorta- 
"rán á no temerlo y á defender heroica- 
"mente la libertad de cada pueblo y la de 
"todos los helenos. — Dirán que Atenas, olvi- 
"dando los resentimientos que han podido 



(*) General en jefe de las milicias de la antigua 
Grecia. 
(**) General de las caballerías. 



276 

"dividir á las dos Repúblicas, enviará so- 
"corros en dinero, y armas ofensivas y de- 
"fensivas ; persuadida de que, si es honroso 
"para los pueblos griegos disputarse entre sí 
"la preeminencia, el sufrir que un bárbaro 
"los despoje de ella, es insulto á la propia, 
"antigua gloria y al heroísmo de sus abue- 
"los. — Los atenienses, añadirán los emba- 
"j a dores, se consideran unidos á los te baños 
"por los lazos de la Familia y de la Patria. 
"Recuerdan los beneficios que sus antepasa- 
"dos dispensaron á Tebas, cuando los herácli- 
"das fueron despojados de sus reinos heredita- 
"rios por los del Peloponeso; reinos que volvie- 
"ron á recobrar con las armas de los ate- 
"nienses, vencedores del enemigo común. Re- 
"cuerdan á Edipo y á sus compañeros de des- 
"tierro acogidos en nuestra ciudad; recuer- 
"dan, en fin, otros muchos servicios impor- 
"tantes prestados por los atenienses á los te- 
"banos. Así: en esta ocasión el Pueblo de 
"Atenas no divorciará su causa de la causa 
"de Grecia." 

"Los embajadores estipularán alianzas so- 
mbre la manara de sostener la guerra y sobre 
"el derecho de matrimonio; y prestarán y 
"recibirán los juramentos. " 

"Embajadores elegidos :-^Demóstenes, Hi- 



277 

pérides, Menesítides, Demócrates y Calles- 
chros." 

Tal fue la causa, tal el fundamento de 
la reconciliación de Atenas con Tebas ; re- 
conciliación hija al propio tiempo del de- 
ber y de la conveniencia pública, y que 
sirvió de núcleo á la coalición del patrio- 
tismo griego contra la invasión macedónica. 

Con la noble actitud asumida por Ate las 
quedaron vencidos los traidores y conju- 
rado el inminente peligro que amenazaba á 
-a la República. 

Kazón, pues, tuvo Demóstenes en pre- 
guntar á Esquino si algún ciudadano, el 
mejor inspirado por el patriotismo y por 
ki justicia, pudo proponer medida más acer- 
tada, ni que mejor correspondiese al glo- 
rioso pasado de Atenas, á su conflicto pre- 
sente y á sus futuras aspiraciones. Razón 
tuvo en afirmar que el silencio de ayer fue 
tan criminal, como eran odiosas las acusa- 
ciones de hoy ; por donde llega á es- 
tas conclusiones, incontestables como los he- 
chos, irresistibles como la verdad, cabales é 
imperativas como el triunfo d*? la justicia. 

"Entre el consejero y el sicofanta existe 
"radical diferencia : el uno declara su opi- 
"nión antes de que se hayan realizado los 



278 

"acontecimientos y se ofrece responsable para 
"(íon el tiempo, para con la fortuna y para 
"con aquellos á quienes persuade; el otro 
"calla cuando se necesita hablar, y al primer 
"revés que sobreviene prorrumpe en gritos 
"de envidia." 

"Aquella era la ocasión propicia: — la oca- 
"sión de los buenos ciudadanos, la de los 
"acertados consejos. Me atreveré á decir que 
"si hoy mismo se puede indicar un partido 
"mejor que el que propuse; algún partido ha 
"cedero; desde luego me confieso culpa- 
"ble. Sí: expóngase al presente algún pro- 
"yecto de útil ejecución para aquellas cir- 
"cunstancias, y declararé que debía haberlo 
"discurrido; pero si no se presenta ninguno, 
"si no es posible alcanzarlo aun hoy mismo, 
"conociendo como conocemos el resultado de 
"los sucesos, ¿ qué otra cosa sino lo Cjue se 
"hizo debió proponer el Consejero del Pueblo? 
"Entre las medidas practicables que podían 
"adoptarse, ¿ no era su obligación escoger 
"las mejores? Hé aquí, pues, Esquino, lo 
''que hice yo cuando el heraldo dijo:"-¿Quiéu 
"quiere hat^lar?" — Sí : esto fue lo que pre- 
"guntó y no: "¿Quién quiere censurarlo 
"pasado? ¿Quién quiere salir fiador de lo por- 
"venir?" 



279 



"Encontrábaste en aquellos momentos en 
"la Asamblea, y permaneciste mudo, mien- 
"tras yo me levanté y hablé. Ya que entonces 
"nada dijiste, habla á lo menos hoy y di me 
"el lenguaje que debía haber usado; las oca- 
"siones favorables que hice desperdiciar á la 
"República; las empresas, las alianzas que 
"debí aconsejar á los atenienses." 

"Lo ])asado, Esquino, se relega siempre á 
"ello mismo, y nadie formula el programa 
"de una deliberación sobre lo ya acaecido. 
"Sólo para lo porvenir y para lo presente se 
"han menester consejos." 

"En aquella época nos amenazaban des- 
"gracias inminentes, y otras habían caído 
"ya sobre nosotros. Examina mi goberna- 
"ción durante aquel conflicto y no calum- 
'*nies los resultados; porque éstos depen- 
"den siempre de la ciega Fortuna, cuando 
''la intención del que aconseja se manifiesta 
"por el consejo mismo. Ni me acuses por la 
"victoria que fue concedida á Filipo; antes 
"bien, piensa que el trance de los combates lo 
"deciden los Dioses y no ningún hombre. De- 
"cir que no hice adoptar la^ medidas to- 
"das compatibles con la prudencia huma- 
"na; que no desplegué en la ejecución de 
"ellas interés, destreza y también ardor su- 



280 

"periur á mis fuerzas; que mis proyectos 
"no fueron necesarios, gloriosos y dignos 
"de la República; son cosas que debes pro- 
"bar antes de acusarme. Si arcana tempestad 
"más fuerte que Atenas, más poderosa que 
"todos los helenos, fulminó nuestras frentes, 
"¿qué pude hacer? El buen marino se 
"provee de cuanto puede contribuir á la se- 
'•guridad de la nave; pero si estalla la borras- 
"ca y destroza el árbol, las jarcias y los apare- 
"jos, ¿se acusará á este hombre del nau- 
"fragio? No soy yo, dirá, quien empuñaba 

"el timón ¡ Pues bien ! — yo no tenía el 

"mando del ejército ; ni era, por otra parte, 
"dueño de la suerte: — al contrario, la suerte 
"era arbitra de todo." 



XIII 



Seguir á Demóstenes en sus justas y for- 
midables represalias contra Esquino, equi- 
valdría á estimular la admiración por ili- 
mitados espacios. 

Cierra contra su adversario, derríbalo; y 
una vez que lo mira atierrado, agobíalo bajo 
el formidable peso de verdades cuyas con- 



281 

secuencias dictan con anticipación el fallo 
de los jueces. 

Si los discursos de Esquino son lazos ten- 
didos contra la República, su silencio, se- 
gún Demóstenes, es crimen de lesa-patria : 
de todas maneras es el malvado que enfer- 
ma, removiéndolo, el cuerpo social, al modo 
que la peste remueve y enferma el cuerpo 
físico. 

Puede decirse que la defensa no obedece ya 
á los dictados de la justicia sino á los arre- 
batos de la venganza. 

"Quien espera triunfos de las calamidades 
"de Grecia merece la muerte y no tiene de- 
"recho de acusar á nadie ; quien contribuye 
"á la prosperidad de nuestros enemigos ja- 
lmas será otra cosa sino un traidor." 

"Y todo atestigua que lo eres : tu vida, tus 
"actos, tus discursos y hasta tu silencio... .¿Se 
"ejecuta algún proyecto útil? Esquino perma- 
"nece mudo. ¿Sobreviene algún desastre? 
"Esquino habla. De igual modo cuando 
"alguna enfermedad ataca al cuerpo hurna- 
"no, reprodúcense las antiguas dolencias." 



282 



XIV 



No se limita Demóstenes á sustentar el 
cu n][)li miento del deber con esperanzas de 
buen éxito, sino, además, sostiene la acep- 
tación anticipada del sacrificio, siempre que 
aquél lo imponga; y el sacrificio ha de ser 
]:>roporcionado á la representación de quien 
lo obra y á la magnitud del asunto. 

Agí, pues: aun cuando los arcanos de la 
suerte se hubiesen revelado á la ciudad de Mi- 
nerva; aun sabedora ésta del desastre que le 
reservaba el destino ; aun viéndose de ante- 
mano traicionada por la ciega Fortuna: — ella, 
alma, inteligencia y nervio de Grecia; ella, 
patrona de la victoria sobre el persa y el 
medo ; ella que había llevado con sus triun- 
fos la civilización helénica al hogar de sus 
bárbaros enemigos; no podía, nó, degradar- 
se a sí misma tendiendo cobardemente el 
cuello á extraño yugo. 

La gloria de sus antepasados, la suya pro- 
pia y su legado histórico, le imponían el 
sacrificio. 

Aceptarlo así, era convertir el desastre en 
victoria y la victoria en triunfo, procla- 
mando al propio tiempo y para siempre, el 



283 



culto del derecho y su imperio definitivo so- 
bre la fuerza. 

Quedaría vencida en un momento del 
tiempo, pero vencedora del tiempo mismo 
en la posteridad: — superior á la desgracia, 
superior á la victoria, superior al destino. 

Que no habían nacido los atenienses para 
sufrirse esclavos : — engendrados libres por pa- 
dres libres, educados en la escuela del de- 
ber, vendimiadores de gloria en las guerras 
de la independencia patria ; eran de cuerpo 
íy de alma incompatibles con la deshonra. 

Porque el éxito feliz de las empresas ar- 
duas procede de causas imprevisibles por mis- 
teriosas ; ni está, por tanto, en manos de 
los hombres la victoria y el triunfo, pero 
sí la aceptación del sacrificio en aras del 
deber: — del deber, divinidad de las almas 
fuertes y de los corazones 'abnegados. 

Fundado en estas consideraciones, alcan- 
zó Demóstenes el punto culminante de la 
elocuencia en el discurso de La Corona, 
preparando así la más cumplida alabanza 
que pueda tributarse á un pueblo libre, para 
Inégo referirla á sí mismo, sii] que vaya 
en elJo torpe vanidad, pero sí legítimo or- 
gullo. 

"Nó: ni jamás ha consentido Atenas en so- 



284 



"meterse á ningún dominador, ni reposó nan- 
cea en vergonzosa esclavitud. Combatir por 
"el primer puesto, despreciar los peligros 
"por la gloria: — hé ahí la conducta que ha 
"seguido en todos tiempos: noble ejemplo 
"tanto más digno de vosotros cuanto pro- 
"digáis elogios, y elogios justos, á aquellos 
"de vuestros antepasados que imitarlo su- 
"pieron." 

"¿ Cómo no aplaudir á los grandes ciuda- 
"danos que se retiraron á las naves, aban- 
"donando su Ciudad y su Patria por no verse- 
"obligados á servil obediencia ? Pusieron 
"á su frente á Temístocles, autor de este 
"consejo, mientras Cirsiío, que quería some- 
"terse, fue apedreado por los hombres, y su 
"mujer lo fue por las mujeres." 

"Porque los atenienses no buscaban enton- 
"ces algún orador ó algún general que los hi- 
"ciese esclavos felices; y la vida misma habría 
"sido insoportable para ellos sin la libertad. 
"Porque cada cual se creía hijo, no solamente 
"de su padre y de su madre, sino también 
"de la Patria." 

"El homl^re que se cree nacido sólo de 
"sus padres, aguarda la muerte del destino 
"ó de la Jiaturaleza; pero si medita en que 
"también debe la vida á su Patria, preferirá 



285 



veces á verla esclavizada. Sí : 
"la muerte le parecerá menos temible que la 
''deshonra y los ultrajes, siempre i nsepa ra- 
íbles de la serv^idumbre." 

"Si osase alabarme de haberos inspirado 
"ideas dignas de vuestros mayores, deberíais 
"levantaros todos contra mí, ya que vues- 
"tras magnas resoluciones proceden de vos- 
"otros mismos, y que iguales y anteriores 
"á los míos habían sido los nobles pro- 
opósitos de la República: sólo puedo aña- 
^'dir que algo se debió también á mis ser- 
"vicios." 

*' Sin embargo : Esquino acusa por com- 
"pleto mi gobernación, y os incita con- 
"tra mí presentándome como el causante 
"de vuestras desgracias. ¿Y para qué? ¡ Para 
"privarme del honor fugitivo de una coro- 
"na, sin ver que no puede conseguirlo á no 
"arrebataros los elogios de los siglos futu- 
"ros! Porque si condenando á Tesifonte no 
"podéis menos de condenar mi conducta, 
"se juzgará, y con razón, c|ue os equivocas- 
"teis al seguirla, y que vuestras desgracias 
"dependen de vosotros y no de la incons- 
"tancia de la suerte." 

- "No ¡atenienses!: — vosotros no claudicasteis 
"al arrostrar toda clase de riesgos por la 



"salud y la libertad de Grecia, como no 
"claudicaron los combatientes de Sala- 
"mina y de Platea. — ¡ Lo juro por las vícti- 
"raas de Maratón, por los combatientes de 
"Artemisa, por la memoria de los valien- 
"tes ciudadanos cuyas cenizas yacen en los 
"monumentos públicos!" 

"A todos, Esquino les concedió indistinta- 
"mente Atenas los mismos honoresy la misma 
"sepultura, sin limitarse á los que habían al- 
"canzado la fortuna de vencer. Esto fue obrar 
"justamente, porque todos habían cumplido^ 
"con los deberes de buenos ciudadanos, sien- 
"do la suerte próspera ó contraria decreto de 
"los Dioses." 

Cuando presenta Demóstenes el argumen- 
to supremo, en defensa de su conducta po- 
lítica, observa Longino, citado por Pie- 
iTÓn, ¿ cuál es la forma que al caso se ofre- 
ce por sí misma? Hela aquí: — "Nó i ate- 
"nienses ! no claudicasteis al arrostrar toda 
"clase de riesgos por la salud y la libertad 
"de Grecia, como no claudicaron los comba- 
atientes de Salamina y de Platea j Lo 

"juro por las víctimas de Maratón ! " 

El orador traspasa en este pasaje los lí- 
mites délo sublime y se posesiona, por de- 
cirlo así, de lo patético. 



287 



Divinizar los héroes de la Patria para in- 
vocar su irrecusable testimonio en defensa 
de la Patria misma ; suscitar en los jueces 
el recuerdo de sus beneméritos antepasados, 
vencedores ó vencidos, pero siempre heroi- 
cos; subyugar la convicción por medio de for- 
mas deprecatorias tan inusitadas como te- 
rribles; penetraren lo íntimo del alma pa- 
ra imponer, como verdades evidentes, las 
inspiraciones de la fe en el deber ; y todo 
esto dicho, no bajo la comba del arco triun- 
fal, símbolo de la fuerza victoriosa, sino 
desde la arena ensangrentada de la catás- 
trofe, donde cayó vencido el derecho; vale 
tanto como equiparará las víctimas de Que- 
ronea con los triunfadores de Salamina: — á 
Temístocles, vencedor, con el propio Demós- 
tenes, vencido. 

¿Qué digo vencido, cuando él se procla- 
ma, faz á faz de los jueces, vencedor de Fi- 
hpo? 

Porque después de haber dicho cómo 
combatiera en todos los campos las miras 
ambiciosas del Príncipe, desde la tribuna 
hasta las embajadas, y hasta el campo de 
batalla: — en Tesalia, en Ambrasia* en Tra- 
cia, en Bizancio, ¿qué más podía hacer? 
¿Morir en Queronea? No lo quisieron así 



288 

los Dioses, quienes lo reservaban para que 
fuese el defensor de la honra helénica en 
oposición á los traidores : — para que reivin- 
dicase, vencido, la prez del vencedor. 

"En cuanto ha dependido de mis fuerzas, 
"me atreveré á aseverar que he vencido 
"siempre á Filipo. — ¿Sabéis cómo? — Recha- 
"zando sus dádivas y resistiendo á sus ofer- 
"tas seductoras." 

"Cuando un hombre se deja comprar, el 
"comprador puede decir que ha triunfado de 
"él ; pero el incorruptible puede vanaglo,- 
"riarse de haber triunfado del corruptor." 

"Así, pues: en cuanto ha dependido de De- 
"móstenes, Atenas salió siempre invencible y 
"victoriosa." 



XV 



A la pintura del demócrata hecha por 
Esquino, opone Demóstenes el retrato del 
orador tal como lo imponían las leyes de 
la República y lo consagraban las tradi- 
ciones del pueblo ateniense ; que así como 
el poeta: — el vate, era sacerdote de los dioses 
y cantor de los héroes, era el orador mi- 
nistro de la República, defensor austero del 



289 

derecho, campeón de la justicia y alutniío 
constante de la libertad. 

El lenguaje que no procede del alma y 
se endereza á la consecución ó al afianza- 
miento de aquellos ideales, es como mefí- 
tica exhalación de tumba, que da frutos de 
muerte. 

Predicar la virtud y practicar el crimen; 
tronar contra la tiranía y lamerle los pies 
al tirano ; condenar con los labios el servi- 
lismo y el robo, y dar testimonio de lo 
uno con los callos de las rodillas y de lo 
otro con infames riquezas ; es atentar con- 
tra la verdad, único vínculo que une á la 
criatura con el Creador; es convertirse en el 
sepulcro blanqueado de que habla el Evan- 
gelio. 

Hermosas, irresistibles, arrebatadoras son 
las formas artísticas, cuando, según la admi- 
rable frase de Platón, sirven de auréola á 
la verdad ; y al contrario baratijas y oro- 
peles cuando se trata de realzar la mentira. 

Porque, como asienta Demóstenes : "No 
"es la belleza del lenguaje ni el estrépito 
"de la voz lo que se estima en los orado- 
*'res, sino el amor ala justicia y la volun- 
"tad de obrar siempre conforme á los inte- 
^'reses de la Patria. Con estos sentimientos, 



290 

"las palabras serán siempre sinceras y lea- 
dles. Mas, el que se inclina servilmente 
"hacia el punto donde la República oye 
"el bramido de las tempestades, no se ase- 
"gura, nó, en la misma áncora que sus 
"conciudadanos, ni espera la salvación del 
"mismo lado que ellos'' 

"Y ¿quién engaña ala 

"República? ¿No es el ciudadano que ha- 
"bla de distinta manera que piensa? ¿No 
"recaen sobre él las justas imprecaciones del 
"heraldo? ¿Puede vituperarse á un orador 
"algo más grave que el hablar contra sus 
"propios sentimientos ?" 

Nada hay, en efecto, más degradante que 
la falsía en los labios del consejero pú- 
blico, quien, mentiroso, conduce al pueblo, á 
sabiendas, por florido sendero á un abismo ; y 
si la mentira se vende á precio de oro, cae la 
infamia sobre la iniquidad y la esclavitud 
sobre el inicuo. 

El mercenario de la tribuna prostituye la 
palabra, que, órgano divino de la verdad, 
fue concedida al hombre para establecer la 
comunión efe la familia humana, fundada 
en el amor. 



291 



XVI 



Machas y muy honrosas distinciones ha- 
bía obtenido Demóstenes del Pueblo y del 
Senado de Atenas, desde la tribuna oficial, 
hasta la coronación pública. Pero ninguna, 
á mi entender, más señalada que la de ha- 
bérsele designado para pronunciar el pane- 
gírico de los que cayeron por la República 
en el campo de Queronea ; porque ello era 
la aprobación de su conducta, el premio 
de sus esfuerzos en pro de la independen- 
cia nacional, ya que la misma voz susci- 
tadora ayer en todas partes de guerra con- 
tra el Macedón, era hoy la que por minis- 
terio de la gratitud pública, consagraba con 
€l óleo de la elocuencia los héroes y los már- 
tires, y les daba posesión de la inmortalidad. 

Ni Esquino con su talento oratorio al que 
realzaban voz sonora y gallarda pre- 
sencia; ni Démades, que acababa de ase- 
gurar la paz bajo las dificultosas condicio- 
nes de adversa fortuna ; ni Egenón, cuya 
influencia con el vencedor ora bien cono- 
cida; ninguno de ellos alcanzó* la altísima 
honra de que la Patria hablara por sus 
labios en el solemne caso, sino aquel bata- 



292 

Uador iiidóinito en quien, para decirlo todo ^ 
el valor cívico superaba á la elocuencia 
misma. 

Con razón blasona de ello el Orador, cuan- 
do, para confundir irremisiblemente á su 
adversario, grítale, faz á faz del pueblo, 
desde la tribuna : 

"Grandes obras ha emprendido y ejecu- 
"tado la República por mi consejo; y voy 
"á presentarte la prueba de que no ha olvi- 
"dado mis servicios." 

"Cuando, después del desastre de Que- 
*'ronea, fue necesario elegir el orador que 
"debía tributar los últimos honores á los 
"mártires de la Patria, no fuiste tú el ele- 
"gido, á pesar de tu voz sonora y de tus 
"intrigas ; ni Démades, que acababa de con- 
"seguirnos la paz ; ni Egenon ; ni ningún 
"otro de tus amigos." 

"Esta honra me fue concedida a mí en- 
"tre todos." 

"Entonces se os vio á Pitocles y á tí, po- 
"seídosde tanto furor como impudencia, vo- 
"mitar contra mí las mismas invectivas que 
"acabas de reproducir ; lo cual fue un mo- 
"tivo más para que los atenienses insistie- 
"sen en mi elección." 

"Aunque no lo ignoras, voy á manifes- 



293 

''tar las causas que á ello los movieron." 
"Ellos conocían mi constante amor á la 
"Patria, así como todos los crímenes con que 
"la habéis ofendido vosotros ; sabían que 
"nuestros reveses aseguraban vuestra im- 
"punidad ; y que si vuestros sentimientos 
"antipatrióticos nx) se manifestaron sino 
"cuando arreció la tormenta, probábase con 
"eso que en todas épocas habíais sido enemi- 
"gos encubiertos de la República. ¿Cómo 
"confiar el panegírico de aquellas víctimas 
"heroicas á los que se habían visto mezcla- 
"dos con los vencedores, participando del 
"placer insultante de sus festines y alegrán- 
"dose de nuestras desgracias? ¿Era digno, 
"era decoroso que la lengua falaz pronun- 
"ciaselas alabanzas y deplorase el infortunio 
"de tan ilustres muertos? La Patria reclama- 
"ba para esto, no quejas ni lágrimas fingidas, 
"sino un alma pura penetrada del sentimien- 
"to público. El dolor de este sentimiento lo 
"encontraban los atenienses en su corazón j 
"en el mío, más no en el vuestro ; y poi esta 
"causa me prefirieron para encargo tan hon- 
"roso. Y no sólo ellos, sino también los 
"padres y los hermanos, encargados de las 
"exequias, obraron del mismo modo; pues 
"la comida fúnebie, que se da de ordinario 



294 



"eii la casa de cualquiera de los más próximos 
"parientes, la dieron en mi casa." 

''No se engañaron al hacerlo así, porque 
"si ellos, como deudos, estaban ligados con 
"los muertos por los vínculos de la sangre, 
"como ciudadano nadie lo estaba en el grado 
"que yo. Sí : los más interesados en la con- 
"servación y en el triunfo de aquéllos, de- 
"bían ser, después de su desgracia para siem- 
"pre irreparable, los que mayor parte to- 
"masen en el duelo general." 

Como se ve, la idea capital de Demós- 
tenes al defender á Tesifonte, ó por mejor 
decir: al defenderse á sí propio, era la con- 
sagración del deber con abnegado cumpli- 
miento, aun en la previa certeza del sacri- 
ficio. Todo concurre en el Discurso de la 
Corona á realzar esta idea ; a formar, por 
decirlo así, aura de convicción en torno de 
ella, de manera que sirviese de mira á los 
jueces, de espejo al pueblo, de numen al 
orador, de legado á la historia, y pesase 
sobre el acusador con ominosa pesadum- 
bre. 

Y ¿dóndi hallar, además de las consi- 
deraciones de todo linaje por Démostenos 
producidas, del testimonio de la historia de 
Atenas, de los hechos consumados anticipada- 



295 

mente al desastre de las libertades patrias; 
dónde bailar el voto púbbco en favor de 
los vencidos; voto que no sólo aprobase sus 
procederes, sino también declarase triunfal 
su vencimiento en fuerza de benemérita 
conducta ? 

Hállalo Demóstenes en la inscripción que 
hizo grabar el pueblo de Atenas para re- 
memorar el sacrificio de los héroes de Que- 
ronea. 

¿Cuál fue el mortal que expresó en el 
lenguaje de los inmortales aquel epitafio 
heroico como la hazaña que consagra; voz 
de un pueblo que se honra á sí mismo 
cuando honra á los defensores de sus dere- 
chos; monumento imperecedero de gloria 
que encumbra el deber hasta por sobre la 
voluntad de lo Alto, cuya injusticia acusa? 

La historia no ha conservado el nombre 
del nuevo Simónides, pero sí sus versos, que 
esparcen olor de verde fama al través de 
los siglos. 

Hé aquí el sentido de ellos : (*) 

"Los que guarda esta, tumba, armados en 



(*"') Doy la traducción en prosa de la que del origi- 
nal griego y en alejandrinos franceses trae el eclesiás- 
tico AüGEB, en sus Obras completas de Demóstenes 
Y DE EsQTTiNO, rcvisada y corregida por J. Planche. — 
( París, 1820. ) 



296 



"defensa de la Patria, ofrendaron la vida 
''en aras del interés común." 

''Combatieron por Grecia toda y por sus 
"libertades, para salvarla del yugo afren- 
"toso de la esclavitud, oponiéndose con va- 
"lor no domado á esfuerzo injusto." 

"Y sucumbieron en el noble propósito 
"traicionados por pérfida Fortuna." 

"Así lo quiso Júpiter" 

"Pero cayeron como buenos en defensa 
"del derecho." 

"Porque el privilegio único de no claudi- 
"car en ningún tiempo, de alcanzar siem- 
"pre la victoria, sólo fue concedido á los 
"Dioses. 

"Ni ¿quién pudo someter al destino?" 

Simónides había preconizado el sacrificio 
de las Termopilas, celebrando la conducta 
de los héroes que allí sucumbieron en 
homenaje á las leyes, fórmula de la A^olun- 
tad justiciera de una nación ; el cantor de 
los mártires de Queronea finca la inmor- 
talidad de éstos sobre su inmolación en aras 
del deber, que ha de ser el alma de la 
humanidad. ^ 

Así, pues : — el desastre de Atenas, inspira 
el primer canon del progreso humano; pro- 
clama el triunfo de la eternidad sobre la 



297 

victoria del tiempo ; celebra la gloria del 
vencido sin mirar á la fortuna del vencedor; 
en una palabra : — consagra el. culto del de- 
ber como el mejor título de inmortalidad. 

Atenas vencida prevalece sobre Macedonia 
vencedora. 

Tal fue el último argumento de Demós- 
tenes: — "¿Lo oyes Esquino? — Porque el pri- 

"VILEGIO. ÚNICO DE XO CLAUDICAR EN NIN- 
"GUN TIEMPO, DE ALCANZAR SIEMPRE LA VIC- 
"TORIA, sólo FUE CONCEDIDO Á LOS DIOSES." 
^ "Nl ¿QUIÉN PUDO SOMETER AL DESTINO?" 

"No es, pues, el orador, nó algún otro 
"mortal el arbitro de la victoria, cuya po- 
"sesión pertenece á los Dioses; y son los 
"dioses quienes la donan ó la niegan." 

Y como temeroso de no reconocerse infa- 
lible sino ante los inmortales, y de haberse 
proclamado superior aun á la Patria misma^ 
añade : 

"No fueron mis consejos ¡oh atenienses! 
"la fuerza que os llevó desde el principio 
"á defender la independencia griega. Si me 
"atribuís el honor de cuanto habéis rcali- 
"zado^ para reprimir un poder fiue se Ic- 
"vantaba contra los helenos, me habréis 
"concedido más que el Pueblo lia concc- 
"dido hasta ahora á ningún griego. Atri- 



298 



"l)üírme semejante honra, sería, pues, infe- 
''riros grave injuria; y si Esquino, si ese 
''liombre fuese justo, tampoco buscaría en 
"el odio que me profesa pretexto para ca- 
"lumniar vuestra gloria." 

Todo estaba ya dicho, pero faltaba algo 
que pusiese á Demóstenes aun á cubierto 
de la envidia, achaque endémico de las 
democracias; y como Esquino, para deslus- 
trar las glorias de su contrario, lo paran- 
gonase con los genitores de la Patria: — "Con- 
"tigo, Esquino, rebátele Demóstenes, y coii 
"aquéllos que prefieras entre nuestros con- 
"temporáneos, es con quienes debe compa- 
"rárseme. ¿No es sabido, acaso, que la en- 
"vidia aborrece á los vivos y se enamora de 
"los muertos !" 



XVII 

En más de nn pasp-je del discurso de La 
Corona pone de manifiesto Demóstenes la 
piedad religiosa que anima su espíritu, y 
su confianza en la acción protectora de los 
Dioses. 

A ellos implora antes que á los jueces, 
cuando da principio á la defensa ; bnjo su 



299 

protección se coloca ; de ellos espera la ins- 
piración que ha de darle victoria ; y á ellos 
invoca en la sentida plegaria con que cierra 
la peroración ; plegaria á un tiempo sim- 
ple como el ruego del niño, patética como 
la suplica del anciano. 

"No escuchéis ¡oh dioses inmortales! los 
'■'execrables votos de los malvados. Corre- 
"gid su alma y su corazón. Y si tanta mal- 
"dad es incorregible, haced que abandona- 
"dos de las gentes, perezcan así en la tierra 
^'corno en el mar " 

"Para nosotros,, última esperanza de la 
"Patria, sólo pedimos que os apresuréis á 
"disipar los peligros suspendidos sobre nues- 
"tra frente, y á acordarnos la salud y la tran- 
"quilidad de la República." 

La piedad es contemporánea del hombre 
social, y sella, como quien dice, las obras 
maestras de los ingenios esclarecidos, quie- 
nes no se avergüenzan, antes lo tienen á 
orgullo, de inclinar la frente en los altares 
de la Divinidad. 



o 

Como es sabido, fuele impuesta á Esqui- 
no la pena de destierro por no haber po- 
dido salir avante en su acusación. 



300 



Demóstenes, depuesto el odio contra su 
acusador, acudió á asistirlo con recursos para 
hacerle llevadera la desgracia. 

No se desdeñó Esquino de aceptarlos; y 
poseído de doloroso afecto exclamó: — "¡Oucin- 
^^do lamentaré lo bastante el separarme de la 
^^ Patria donde queda un enemigo tan generoso 
^'que no me deja esperanza de encontrar fuera 
"(/e ella amigos que lo igualen " 




ERRATAS 



Página 19 — línea 16 — Dice: hilos pupúreos. 
— Léase : hilos purpúreos. 
" 25 — línea 15 — Dice : ritmo. — Léase : 
liúmero. 
98— En la nota final— Dice: Frases 
de Cicerón. — Léase: Frases de 
Platón. 
" 158— línea 4— Dice : á causa.— Léase : 
á causa de. 



índice 



Advertencia Pá 

Introducción 

Atenas 

El Orador 

Pericles 

Esquino 

Demóstenes 

El proceso de la Corona 



o 
11 
25 
33 
81 
93 
155 



f 



^