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Full text of "Los valencianos pintados por si mismos : obra de interes y lujo"



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PINTADOS POR SÍ MISMOS. 



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PINTADOS POR SI MISMOS. 



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ESCRITA 



?CE nii:: DisTiifrjiDCs sssritcesc. 



(ó) Q^tm, 

4cp cái# 



VALENCIA. -1859. 

Imprenta de La Regeneración Tipográfica. 

DE D. IGJÍACIO BOIX, 

calle ilel Sagrario de Sta. Cruz. núm. í 



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Digitized by the Internet Archive 

in 2010 with funding from 

University of Toronto 



http://www.archive.org/details/losvalencianospiOOvale 



Oegün la prisa que se da á destruir é iniílilizar este 
siglo de vias ferradas y de cables eléctricos , es de pre- 
sumir que la tarea de los futuros arqueólogos , cuando 
traten de exhumar y reconstruir la sociedad actual, 
sera algo mas ruda que la de los arqueólogos presentes, 
cuando se ponen á exhumar y reconstruir las socieda- 
des pasadas. Una destrucción inteligente y presumida 
como la nuestra , es mas mortífera y absoluta que una 
ciega y brutal, como la de los bárbaros. Las generacio- 
nes guerreras que brotó el mundo joven aun y lozano, 
al pasar unas sobre otras, aplastándolas, no las pulve- 
rizaron del todo. Palmira , Elora, Meníis y Nínive, nos 
guardan sus libros , caracteres, y cuadros de mármol y 



granito : el Vesubio nos ha conservado por espacio de 
diez y ocho siglos dentro de un escaparate de lava á 
líerculano y Pompeya ; es decir á una Roma de ayer, á 
Roma material y sensual con sus magnificencias y tri- 
vialidades , á Roma religiosa y filósofa con sus templos 
y palimpsestos. ¿Qué guardaremos nosotros á la socie- 
dad del siglo cuarenta? Nada. Habremos apagado la 
ciencia de la arqueología , quitándole la base y el obje- 
to.... A no ser que ese turbio é impetuoso rio que lla- 
man tiempo , al arrastrar al océano de la eternidad al 
hombre y á sus cosas , escupa á la orilla con la violen- 
cia de la corriente algún fragmento informe, que recoja 
un curioso , y le sirva de piedra para reedificar lo 
que ya no existirá. Y si la piedra fuese casualmente el 
libro que sigue á estas reflexiones , seria un hallazgo 
no despreciable , porque hallaria en él condensados y 
concretos , elementos que por el sistema ordinario de 
estudio é investigación , fuera arduo , cuando no impo- 
sible obtener. 

Tal vez parezca á alguno sobrado grave y didáctica 
la entrada de un libro, en el cual la sociedad se ve casi 
en su totalidad contornada por caricaturas. Pero ade- 
más de que esas caricaturas son una verdad , asi como 
los llamados altos intereses de la humanidad no son 
sino farsa , cuando se desciende á analizarlos sin pa- 
sión; esta publicación representa un fin eminentemente 
moral y de doctrina, y demasiado enlazado con el estu- 
dio del hombre , para demostrar su interés por otra via 
que por la que hemos escogido. Al lector tocará deci- 
dir si hemos alcanzado á llenar el importante objeto 
que nos inspiró la idea de recoger á toda prisa , y fijar 
de una manera permanente, tipos que quizá no tarden 
en desaparecer. 



Kii cslr lii'iH'in (le Irab.'ijos lilor.iiios , so«riin I;í \h'- 
iin.il ( icriK i.i, los Irniiroscs fiiirnii los primríds en In- 
ni.ii- 1.1 iiiicialivM , cuando dicioii ;i luz los fnuirrsrs 
uintddiis por sí nn'snuts ; si«;n¡('ii(lolrs los españoles ron 
<»li'a «galería de li|)os nacionales pnidicada en Madrid 
en IHii. ^ sin endtarno es indndahle (jue anles <le 
aqnellos y éslos , nn N'alenciano so dedicó á (¡nes 
del si^lo pasado , á osteroolipar en verso , y con niia 
sencillez y verdad adniirahle muclios de los ori<ii- 
nalcs qne aliora se presentan en escena. El Valenciano 
íné Callos Ros, bien conocido de los amanles de la 
lilerainra lemosina ; de (piien El Cid y periódico rpie se 
publical)a en esla Cindad en 18i8^ trasladó á sus folle- 
tines algunos tipos. Carlos Ros escribió á fines del siglo 
pasado; lo cual basta para dejar consignada la prioridad 
del pensamiento á favor de nuestra nación , y de nues- 
tra provincia. Bien que, aun sin ello , ¿,qué otra cosa 
son, sino los Valencianos pintados por sí mismos , mu- 
chos de esos coloquis , que andan de inmemorial en 
boca del vuIíío , v sirven de distracción á la ^ente del 
pueblo , pronunciados por una especie de improvisatori^ 
con gracia inimitable , y sabor local sin cotejo? ¿Qué 
otra cosa son sino tipos trazados por pincel mas ó me- 
nos diestro , mas ó menos delicado ; pero siempre ver- 
daderos, siempre vivos, siempre originales? 

Continuamos pues bajo otra forma , bajo un sistema 
mas fdosófico é intencionado, el pensamiento de Carlos 
Ros. Escribimos para la posteridad, y también para 
nuestros contemporáneos. Pagamos un tributo á las 
bellezas que nos legaron los árabes ; fijamos una ima- 
gen fugitiva, antes que la borre la pesada mano del 
tiempo ; y disecamos , por decirlo asi , para conservar- 
las, varias plantas indígenas, que de otra suerte ame- 



nazan agostarse, y confundirse con el polvo que las 
produjo Hasta qué punto el pintor y el disector hayan 
salido airosos en su propósito, no son ellos los llamados 
á fallar. Lo son los españoles que lean la obra , y con 
cuyas simpatías á favor de ella contamos anticipada- 
mente , no menos que con una benevolencia , cuya jus- 
tificación reside en la índole, tendencias, y fin del libro 
que se les somete. Por eso acometimos confiadamente 
la empresa , por eso le damos cima; y por eso los Va- 
lencianos comparecen como son , ante el gran jurado 
nacional , del que á su vez no tarden quizá en formar 
parte , para juzgar y aprender de los demás , asi como 
los demás pueden ahora estudiarlos á ellos , y sacar del 
estudio enseñanza provechosa. 




EL VALENCIANO, 



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EL VALENCIANO. 




iNGiNo de los naturales de las piovincias 
de que se compone la Monarquía espa- 
^d^ ñola , se presta á un estudio tan profun- 
do y filosóíico , á nuestro modo de ver, 
como el de la provincia de Valencia, 
Ora se quiera mirar como causa de esta 
originalidad el clima de que goza este 
privilegiado pais , ora se atribuya á los 
resabios que existen todavía en esta 
provincia como legado de la dominación 
morisca, es lo cierto .que el valenciano, 
en sus costumbres , en sus usos , en su carácter , en sus modos de 
ser , y hasta en su idioma habitual , difiere de un modo asaz sensi- 
ble de los demás naturales de las otras provincias. 

En efecto, el valenciano es preocupado y aun supersticioso en 

materias religiosas, hasta donde puede serlo cualquier otro provin- 

2 






10 LOS VALENCIANOS 

ciano y algo mas ; su jovialidad y placentero carácter ni participan 
de ia severidad del navarro y del aragonés , ni llegan al eslremo del 
andaluz y murciano ; su Irage , por mas que tenga algunos pun- 
ios de contado con el murciano y alicantino, son tan pocos que 
casi nada tienen de común ; su idioma habitual en nada se parece al 
castellano, ni al vascuense , ni al andaluz , si bien existe cierta se- 
mejanza entro el catalán y él ; su claro ingenio le hace apto para 
cualquier empresa , por arriesgada que parezca ; su sobriedad 
es proverbial, sin escluirle de los goces de la gastronomía siempre 
que la oportunidad le brinda ; su piedad no tiene rival en el globo, 
y su sufrimiento no tiene limites ni lo acobarda, porque liierve en 
sus venas la sangre de los conquistadores que hicieron morder la 
tierra á los proscritos hijos de Agar. 

No hay duda que la dominación morisca imprimió de tal modo 
en el valenciano sus usos , costumbres , carácter y modo de existir, 
que el trascurso de seis siglos no ha sido bastante á eslinguirlos , y 
probablemente permanecerán sus huellas cuando hayan pasado 
otros seis mas por la faz de la tierra. 

El valenciano vive ordinariamente en cabanas (barraques) for- 
madas en su parte superior de un sencillo armazón de madera, 
cubierto de una capa de enea , junco ó paja, y la inferior de lodo ó 
barro , semejantes á las que constituyen los aduares de los árabes 
en el desierto, si bien mas sólidas que aquellas, y en las que se 
nota una propiedad de la que está muy lejos el africano. La cabana 
del valenciano , llamada también casa de venganza por la facilidad 
con que puede incendiarse , aunque ocupa por lo regular un redu- 
cido perímetro , á causa de la necesidad que tiene de aprovechar 
el mayor terreno posible para el cultivo , goza de todo lo necesario 
para las necesidades de sus moradores. Los principales deparlamen- 
tos de una barraca , son : el esíiidi , la andana y el estable. El es- 
ludi , ó cuarto destinado para dormir el padre y la madre , ocupa 
regularmente una tercera parte del perímetro, y en él están la cama, 
el arca do la ropa y los demás muebles de importancia. 



PUNTADOS IMjlt .SÍ MISMOS. I 1 

CüiUiguo al csludi osla el cslablo ó cuadra , y en uiiu do It» 
úuguios hay una escalera de madera , mas ó menos segura, «{uo da 
subida á la andana ó segundo piso, lugar deslinndo para guardar 
las cosechas , y en donde suelen colocarse los cañizos para la cria 
de los gusanos de seda. 

Fuera de la puerla , y a uno de los lados de la barraca , «uclc 
haber otra de reducidas formas, casi en miniatura, (juc es la que 
sirvo de cocina , y no lejos do osla se ve una tercera mas inferior 
lodavia , en la «juc muchas veces habila la esperanza de la familia, 
ó sea el cerdo. Kn algunos punios suele haber una muy reducida 
y en forma de medio huevo que sirve de horno. 

El vestido del valenciano todavía reúne mas reminiscencias dcj 
trago árabe , que sus cabanas de las tiendas del aduar. Compó- 
nese el trage de verano de unos zaragüelles ó cdlzoncillos {camalets) 
de lienzo crudo , atados por la cintura, cuyos camales, cstremada- 
menle anchos , uo pasan de las rodillas ; una camisa del mismo 
lienzo, un gorro encarnado (barrcl) idénlico al bárrele tunecino, 
puesto á la cabeza , ó en su defecto un pañuelo; unas albergas {es- 
pardeñes), y un pañuelo en la cintura sosteniendo una navaja mayor 
de edad , á la que parece quiere desalojar la cruz del rosario que 
pende de los hombros, sosteniendo un escapulario con los santos 
Evangelios y algunas medallitas milagrosas , á las que profesa una 
fe á prueba de bomba, sin dejar por eso de lener su poquito de 
confianza en la consabida navaja que juguelca con ellas. El trago 
de invierno es diferente , pero guardando siempre la misma analo- 
gía con el del árabe. Un panla!on de una tela barata y sufrida, casi 
tan ancho como los camalets , un chaleco sin solapas y de escolada 
espalda , ó mas bien , con la espalda de la misma tela que el resto 
del chaleco , el gorro ó pañuelo, las albergas ó alpargatas y la man- 
ta, son las piezas de que so compone generalmente. 

Por consiguiente uo puede ser mas marcada la analogía que 
existe entre el tmge del valenciano y el del árabe : el gorro es el 
que exactamente usan los naturales de la regencia de Túnez; el pa- 



i 2 LOS VALEiNCIANOS 

iuelo eorresponde al turbante , la manta al alquicel , y la navaja en 
la cintura representa al yatagán. Si á esto se añade un culis tostado 
y á prueba de sol y frió , lluvia y viento , todavía resalla mas aque- 
lla analogía. 

Pero no paran aquí lodos los puntos de afinidad que tiene el 
indígena de esta provincia con el de los desiertos del África. El va- 
lenciano de la huerta , que es el que pintamos , montado sobre una 
cabalgadura , es un reflejo del africano , con su aire guerrero , su 
frente elevada , su manta en forma de desplegado alquicel , y final- 
mente con todas las cualidades que distinguen al ginele agareno de 
todos los demás menos del que hablamos. El caballo de nuestro 
héroe , que en el dialecto del pais se llama rosi , no tiene mas bri- 
das , bocado ni serreton que un sencillo ramal dependiente do un 
cabezón no mas lujoso , pues ordinariamente se compone de una 
cuerda de esparto, y pocas veces de correa ; un aparejo redondo 
sobre el que descansa un serón , es la silla de montar, y no tiene 
mas estribos para facilitar el ascenso que la cola del caballo rodea- 
da al pie del intrépido ginete. Pero afortunadamente no necesita de 
estos ausilios para montar , pues su proverbial ligereza le pone á 
eubiei'to de los inconvenientes que lleva consigo la enojosa obesi- 
dad. El famoso Arriaza en su Profecía del Pirineo , asegura 
«Que con puñal en mano 
Salta á la grupa el leve valenciano.» 

En efecto , algunos ejemplos que la tradición ha conservado de 
ía ligereza del valenciano pudiéramos aducir , pero baste saber, que 
durante la guerra de la independencia española se repitió con algu- 
na frecuencia el hecho de ir un hijo de San Luis á galope sobre un 
caballo, echar detrás al mismo paso un valenciano con navaja en 
mano , plantarse de un sallo á la grupa , desalojar al ginete y que- 
darse dueño absoluto de la cabalgadura, sin mas preámbulos ni 
discusiones. A esto es , pues , á lo que se refiere Arriaza en el dís- 
tico que hemos copiado de su escelente oda. 

La piedad, del valenciano es verdaderamente ejemplar : como ya 



PIN'IAIJOS l'OH SÍ MISMOS. 15 

hemos diclio , ol rosario con sus mcdallilas , escapulario y demás 
signos religiosos nunca so sc|)aran de su euello ; las puiülas del es- 
Uidi , de la ventana , de la andana , y la parle interior de la tapa 
del arca , están lionas de eslampilas pegadas con almidón , olileas, 
ó á veces con pan ; y no existe partido ó comarca de la huerta con 
ermita (pie no tenga su especial patrono , al (juo se obsequia en su 
dia con una función religiosa , que siempre va acompañada de mú- 
sicas, fuegos artiticialcs compuestos de cuerda y mascleís (morte- 
retes) y de otras demostraciones piadosas , y ordinariamente estos 
obsequios suelen durar tres dias , y terminar con una procesión. Si 
un individuo de la familia está enfermo , si una cosecha corre algún 
peligro , el sanio patrono es el bálsamo consolador ; al momento 
acude á él la familia desconsolada con una sencillez digna del mayor 
creyente , con una pureza do corazón y con una fe salvadora , y 
consigúela salud que se desea. Después de esto es muy justo dar 
gracias al santo patrono con una misa ú otra demoslracion religio- 
sa , y colgar en su capilla las primicias de la cosecha que se creyó 
perdida. Rasgo digno de 5>er imitado , y muy propio por cierto de 
los que tienen la fe del inocente y justo Abel ! 

Es un dogma entre ciertas gentes el carácter adusto é incivil 
del valenciano, y aun no falta quien fundado en un hecho aislado 
llegue hasta asegurar que un frac ó levita es recibido en la huerta 
á palos y á pedradas , como lo seria una pantera en medio de la 
plaza del Mercado. Semejante aserción tiene mucho de gratuita y 
bien poco de fundada. El valenciano es jovial , caritativo , hospita- 
lario , servicial y afectuoso. Es cierto que sus maneras rudas y 
bruscas le hacen aparecer las mas veces como no es en si realmen- 
te ; pero su género de vida , el aislamiento en que ordinariamente 
vive , y mas que lodo , la total falta de instrucción en la generali- 
dad, le hacen aparecer muy diferente de como él es, y son el origen 
de ese carácter ficticio con que se presenta á los ojos de la genera- 
lidad. Además, ¿qué civilidad ó afección se pide á un ser, que á 
pesar de su penoso vivir y de los grandes servicios que presta á la 



14 LOS VALENCIANOS 

sociedad , suele verse escarnecido y aun insultado en su propia mo- 
rada? ¿Cómo quiere encontrar afable y dulce al valenciano el que 
sale á la hiicrla y al ver á un labrador dedicado á su penosa faena 
le apellida páparo , kabila , abencerraje, y otras cosas por el estilo? 
Semejante conducta no es maravilla reciba en recompensa de un 
ser privado de instrucción , una pedrada , un palo ó una cualquier 
insinuación de este jaez. 

Nosotros hemos recorrido la huerta por todos sus cuatro costa- 
dos ; hemos llegado á la humilde barraca del valenciano ; le hemos 
encontrado jovial y dispuesto á satisfacer hasta nuestra caprichosa 
curiosidad ; nos ha franqueado las puertas de su albergue ; nos ha 
ofrecido cuanto tenia en él y podia sernos de alguna utilidad , y se 
ha prestado muy complaciente á servirnos de cicerone, resistiéndo- 
se luego á recibir la espresion de nuestra gratitud por los servicios 
que nos habia prestado. 

Otra de las causas que influyen mucho, á nuestro entender, en 
la irascibilidad que algunos observan en el valenciano , es el trato 
que , aunque parcialmente , se les suele dar intramuros. El valen- 
ciano , como vendedor de sus verduras en el Mercado , ha de sos- 
tener luchas enojosas con los compradores amigos de regatear, 
después de haber sufrido en las puertas de la ciudad el pellizco de 
los consumos , arbitrios municipales y otros pájaros que no cantan 
muy á su sabor ; como femaler , ha de sufrir las sangrientas pu- 
llas de algunos transeúntes que suelen hacer un paralelo entre el 
rosi y el propietario , y siempre ha de andar con ojo avizor y pies 
de plomo , temiendo alguna cogida de parte de los alguaciles; como 
carretero , se oye apostrofar frecuentemente por esas calles y pla- 
zas con adjetivos tan sabrosos como los de animal , bruto y compa- 
ñía , y finalmente bajo cualquier forma que se ofrezca á los ojos del 
ciudadano , siempre se ve deprimido en su amor propio por entes 
que solo miran al pobre labriego desprovisto de oropeles y de ins- 
trucción , y no divisan en él al que les proporciona las ricas verdu- 
ras , las nutritivas legumbres , las sabrosas frutas y otros innúmera- 



PINTADOS IM)Il SÍ MISAIOS. 1 .") 

bles arliculos que son el alma do la gastronomía, el alimonlo diario, 
el origen del placer del glotón , y ol objeto que tantas golas do su- 
dor hace derramar ni que las cultiva para recreo del consumidor 

Sin embargo , así como la rosa mas bolla no deja do tenor es- 
pinas . así también ol valenciano, en medio de sus buoiías cualida- 
des , tiene sus lunares ó defectos , como todo ser que camina hacia 
la perfectibilidad. Apesar de su piedad sin limites , de su caridad 
nunca desmentida, y do otras prendas ([uo lo hacen recomendable 
y digno de estimación, nuestro héroe es rencoroso como un indio, 
y nunca perdona la ofensa que una vez recibió. Si en el acto de 
inferírsele un agravio no tiene á mano ol medio á propósito para 
vengarse á su sabor , calla y espera , devora en silencio su pesa- 
dumbre, amasa y revuelve en su calenturienta imaginación los mo- 
dos de conseguir la reparación que ansia , y sin aparentar enojo, 
antes al contrario , simulando un olvido que jamás existió , llegada 
la ocasión oportuna , y que á veces esperó meses y aun años , se 
lanza sobre su presa y se cobra con creces y hasta con lujoso in- 
terés. 

Pero cuando el valenciano recibe un servicio , por insignifi- 
cante que sea , tampoco lo olvida jamás : pueden pasar años sin 
recompensarlo , si su posición se lo impide , mas llegado el caso de 
la recompensa, sabe mostrarse generoso en la gratitud, y tanto 
como cruel estuvo en la venganza , porque es eslremado en amar y 
en aborrecer , á fuer de buen heredero de las costumbres agarenas. 

El valenciano , como ya hemos dicho , es jovial como pocos 
otros provincianos. Si en medio de las escenas mas serias de la 
vida , como en una lucha ó cualquier otra , oye el rechinante gemi- 
do de la dulzaina, y el alborotador sonido del tabalet , instrumen- 
tos que pretenden traer su origen de la dominación morisca , y que 
se conocen con el distinlivo peculiar de música del país , inmedia- 
tamentd depone su enojo, disipa su furor, arroja las armas que 
el deseo de la venganza tal vez puso en su mano , y solo respira 
júbilo y alegría. Sin embargo , pasado el primer ímpetu se acuerda 



16 LOS VALENCIANOS 

de sus rencores , á fuer de débil humano , y no descansa basla mi- 
rarse satisfeclio. 

A pesar de esto el valenciano es estimado en cualquier parte 
por los grandes servicios que presta , ora como labriego , ora como 
industrial , ora bajo cualquier forma que se ofrezca á la considera- 
ción del observador. Sus verduras y ensaladas gozan de una reputa- 
ción envidiable , tanto en la península como fuera de ella ; sus fru- 
tas tienen una fama europea, como la naranja , los melones , el al- 
tramuz y otras , y finalmente el arroz valenciano , la famosa hor- 
chata de chufas , y las apreciadas anguilas y pájaros de la Albufera 
en todas parles son recibidos con satisfacción. El sistema de riegos 
de esta huerta también es digno de honorífica mención , siquiera 
haya merecido el privilegio de ser admirado por las naciones euro- 
peas , y no ha muchos años vino un alto personaje eslrangero á 
esta ciudad con la esclusiva misión de estudiarlo, para servir de 
norma en una de las naciones mas adelantadas en asuntos agrícolas 
é industriales. 

Reasumiendo; el valenciano es, como acabamos de ver, uno 
de los provincianos que mas resaltan y sobresalen por entre los de- 
más de la península , tanto por sus costumbres y género de vida, 
como por las tradiciones á que está Ugado , y por las reminiscen- 
cias que lleva consigo , como heredero mas inmediato de la indó- 
mita raza que por largo tiempo dominó el pais , y que no lo aban- 
donó sin dejar señales , tal vez eternas , de su paso por este pedazo 
del paraíso , como vemos en su trage , en su carácter impresiona- 
ble , en su religiosidad , en su modo de hablar , muy parecido á la 
algarabía de la morisma , en sus habitaciones, y hasta en los nom- 
bres que llevan las poblaciones de la huerta, como Beni-Maclet, 
Bcni-Parrell , y otros , que son absolutamente moriscos. 

Tal es el valenciano , aunque pintado á grandes rasgos , que 
-existe todavía y forma la dilatada población de las ricas orillas del 
Júcar y del Túria. 

•í®sé %ai>a^tefi* y UJeda. 




EL ESTERCOLERO. 



PINTADOS pon SÍ MISMOS. 1 7 





EL ESTERCOLERO, 

(FEMTER.) 



lÁTSDo el estrangero tiende una ojeada por la rica , mag- 

'j5 nífica , lujuriante y poderosa vegetación , que despliega 

la naturaleza al pie de las murallas del Cid , cuando 

contempla la vida que bulle dentro de la bella zona de 

verdor que la circunda , cuando recorriendo las encantadas 

orillas del Guadalaviar, la admiración le obliga á repetir 

con Claudiano el pomposo distico , aplicable y aplicado con mas 

justicia á nuestro rio que al Duero: 

Floribus et roséis formosus Turia ripis, 
Fructibus et plantis , semper pulcberrimus undis; (1) 
ignora sin duda que uno de ios mas eficaces ausiliares de esta ve- 



(1) Este dístico existe al estremo del malecón del Túria , dando frente á la Cruz de 
Mislata , entre el jardín del Barón de Santa Bárbara y el rio , grabado en una lápida de 
mármol negro. Es tomado de Claudiano , pceta latino del siglo IV (que floreció en tiempo 
de Arcadio y Honorio), y de su panegírico de Serena, eipo*a de Stilicon. En lugar de Tu- 
ria, dice el poeta, Duria, Duero; pero se ha aplicado oportuna y felizmente á nuestro 
rio , sustituyendo una T á la D. 

3 



18 LOS VALENCIANOS 

getacion , uno de los primeros coloristas de lan hechicero paisage 
reside en el recinlo de sus muros. En efecto, este eficaz ausiliar, este 
Lábil colorista, es (si no lo has , ó lector, por pesadumbre) el estiér- 
col de tus casas , y el polvo calcáreo de tus calles , cuyos géneros 
esportados á los basureros , y distribuidos luego con mano inteli- 
gente y laboriosa , completan el curso de bonificación de la prime- 
ra provincia agricultora de España. Falta saber que para beneficio 
de esta mina envía la huerta diariamente dos ó tres centenares de 
esplotadores , los que salen de la Ciudad cargados de material en 
bruto , y nos le devuelven trasfoimado en rica fruta , sabrosa ver- 
dura , ó suculenta legumbre. 

No concuerdan los autores en la fecha que se deba asignar al 
derecho de los citados esplotadores al beneficio y beneficios de esta 
mina inagotable , por la sencilla razón de que ni aun concuerdan en 
la existencia de tal derecho : por lo mismo nos limitaremos á con- 
signar el hecho, y adelante; que hartos hechos pasan entre nos- 
otros , cuyo derecho es harto deslindable y controvertible , y pasan 
y pasarán, Dios ó el diablo mediante. Pero lo que siempre nos ha 
causado , no sabemos si llamarle estrañeza ó risa, es la singularidad 
que ofrece el ejercicio de este hecho ó derecho. La calidad de los 
frutos de la mina citada es tal , que adquieren un desarrollo conti- 
nuo y diario , en términos que hinchen los filones, rompen las vetas, 
llenan las galerías , y acabarían por rebentar , con grave daño , por 
lo menos de uno de los cinco sentidos , si no estuviese la esplota- 
cion en razón directa é inmediata del desarrollo. Díceseles á los es- 
plotadores : Paga por sacar, lo que si no saco , has de sacar tú; 
ó bien : paga por libertarme de una molestia , de que si no me li- 
bras , me he de librar yo forzosamente : y responde el esplotador: 
pago por sacar lo que si no saco , has de sacar tú ; porque sin lo 
que saco , no tendría que meter para mi , ni sacarle á ti. Pero 
dejémonos de alegorías , adivioallas y juegos de voces ; que nos 
hemos separado de la cuestión punto menos que se separan de ella 
los que en política se echan á biógrafos. 



PINTADOS POR SÍ MISMOS. 19 

Kl fcmalev ocii|)a en su carrera lo qiic se llama ascenso , cuyo 
primer escalón ó enlrada (leblí) sor terrero ; y su término labrador 
ó minislro. Mas no lodos los femalers inauguran su profesión por la 
escala dicha. Lo común es liacer su aprcndizagc en los caminos 
reales , con un cai^acilo do esparto , recogiendo , según y cuando 
la ocasión se los presenta , lo que valió al emperador Constantino 
Coprónimo (2) su signilicalivo apellido. Dicho aprcndizagc tiene sus 
principios , reglas , observaciones, etc. Kl aprendiz de femaler debo 
estar implacablemente reñido con la limpieza y curiosidad ; los es- 
crupulosos ó nauseabundos deben renunciar para siempre ú la pro- 
fesión. Pedimos perdón al lector , si el asunto resbaladizo que nos 
hemos impuesto tratar , no se presta al manejo tan limpiamente 
como quisiéramos. Desde luego el aprendiz de femater ha de estar 
dotado de mucha perspicacia y ojo certero , para distinguir de co- 
lores entre el polvo de la carretera , y reconocer la mercancía que 
le conviene , y no está averiada. Ha de saber distinguir por ejem- 
plo la palomina del estiércol de caballo , para en consecuencia dar 
la preferencia á uno de ellos. Y como nunca falta concurrencia en el 
mercado , necesita ojo avizor para anticiparse á los rivales , en tér- 
minos que si el caso lo requiere , recoja el abono precioso de que 
acabamos de hablar, en el capazo destinado á contenerlo , aun antes 
que llegue á tocar el suelo , y contaminarse con el polvo. Tampoco 
ha de carecer de cierta dosis de ligereza y flexibilidad , ([ue le son 
por cierto bien necesarias en muchos casos ; cuando verbigracia , se 
agacha á l'enar el capazo , después de haber pasado una galera, 
coche ó carruage cualquiera , y al mismo tiempo se le echa en- 
cima una diligencia tirada por diez caballos á galope , o un escua- 
drón de caballería. 



(2) L'icho emperador griego , al tiempo de bautizarle reciennacido, «e ensució en ¡a pila 
bautismal. Los castellanos que no saben griego , ignoran la significación del apellido , y la 
aplicación que hacemos , por no ofender la delicadeza de nuestros lectores. i\o así los va- 
lencianos , pues su dialecto tiene la palabra coj^ro , tomada de! griego sin alteración, y 
un valenciano sabe lo ouc signiDca. 



20 LOS VALENCIANOS 

Si es novel el femater , huye el cuerpo y deja pasar el chu- 
basco , retirándose, cuando el enemigo se halla aun á razonable 
distancia. Si cuenta algunos meses de práctica , no abandona su 
puesto, hasta que le salpica el polvo de las delanteras; y los hay que 
se hacen una gala de ladearse con indiferencia , sin dignarse honrar 
con una mirada á la imponente máquina que hace brotar chispas, 
y á los brutos que la arrastran. También ha de ostentar sus puntas 
y collar de intrépido y valentuelo , por las escaramuzas que le es 
forzoso sostener de vez en cuando con sus comprofesores , ya por 
la adquisición , ya por la defensa de su mercancía ; escaramuzas 
que generalmente se resuelven en arcas (3), y en las cuales no lle- 
van siempre la peor suerte las partes beligerantes , sino el inofen- 
sivo y descuidado transeúnte , á quien una peladilla desmandada 
obliga á dejar el campo libre á los combatientes , y á hacer re- 
flexiones algo duras acerca de la urgencia de las reformas en un 
cuerpo , en quien si la utilidad no va á la par con la limpieza , sino 
es en el buen olor,... de sus virtudes , el distintivo que mas le ca- 
racterice , debe ser cuando menos la disciplina.... y las disciplinas. 

Tras el aprendizage viene la práctica , y el femater de peón se 
convierte en ginete , á fin de comparecer con mayor decoro en el 
nuevo teatro de sus empresas. Cada mañana se abren raagestuosa- 
mente las puertas de Valencia , y dan paso á un lucido cuerpo de 
caballería, cuya montura no es en verdad inglesa, ni destinada á 
lucir en el hipódromo ; pero adaptada maravillosamente á su objeto. 
Un serón doblado sobre el rocin , y que ha de encerrar los tesoros 
de vegetación, de que hablábamos en el principio del artículo.... 
he aqui todo el aparato mercantil del femater. Pero es indispensa- 
ble seguirle paso á paso en su marcha y evoluciones , que no dejan 
de ofrecer rasgos curiosos y característicos. Desde luego nadie vaya 



(2) Así se llama en nuestro idioma un combate á pedradas. Sin duda conservamos los 
valencianos este monumento arqueológico de nuestros antiguos vecinos los Baleares. 



PIISTADOS l»üh SÍ MISMOS. ^1 

á creer (jiio á la profesión , j)()r lacil y sencilla (|ue aparezca , lo 
fallan sus percances. Existo un ser , iiaUíral y csencialnienle anli- 
pálico al fcmater , y respecto del cual son amores la anlijiatia del 
ratón al gato , y la del contribuyente al couíisionadf) de apremio. 
Esto ser , el ángel malo del fcmalcr , su pesadilla , su falalidad , es 
el níinistro encargado de vigilar la observancia estricta y literal do 
los bandos do policía urbana locanlo ú la saludable limpieza de nues- 
tras moriscas calles. 

Lo primero que estudia el femater es el plano topográlico de las 
mismas, el cual posee mas de coro que el padro Tosca, y cuyo 
sistema laberíntico constituye el punto fuerte de su plan do defensa 
contra los ataques del enemigo. Los vecinos , y aun mas las veci- 
nas , oyen con gusto los sonoros monosílabos que resuenan por las 
encrucijadas , invitándolas á aligerar los corrales y basureros do 
las casas de los molestos depósitos do estiércol {fem). Si el femater 
entiende un poco la cúbica del arle , liace maravillosa parroquia, 
pues utilizando los recursos del dialecto , y los inocentes equivo- 
quillos á que se presta el doble significado de la voz fem , se lleva 
de calle , ó mas bien de ventana ó balcón, á las risueñas y lindas 
descendientes de las odaliscas de 1238 , y sale de la ciudad tan 
orgulloso con su serón henchido hasta el tope , como lo esta un 
ministro de primera voz, que estrena en un besamanos el uniforme. 
¿Quién lo diria? ¿Ow la vertu va-t-elle se nicher? ¿A dónde va á 
alojarse la vanidad? En un serón de estiércol. Porque la del fema- 
ter consiste en construir con éste un cono elevado , un verdadero 
pan de azúcar (perdónesenos la comparación) cuyo vértice corona á 
modo de matacandelas el capazo de esparto que le sirve para recoger, 
y el lodo asegurado con cuerdas , cuyas estreraidades van aladas á 
las asas del serón , forma una masa elegante, que lleva el rocin 
orgulloso , y contoneándose con coquetería, como diciendo á los 
que le miran : » Contemplad y elogiad la habilidad de mi dueño.» 
Digamos de paso que de regreso á su barraca el femater abando- 
na mas de una vez la linca recta , v traza una curva . ó mixta, si 



22 LOS VALENCIANOS 

es necesario , á fin de recibir plácemes y esiímulos de algunos ojos 
traviesos salidos de una barraca vecina, y cuyos flechazos son lanío 
mas agudos, cuanto mas !o son los efluvios antihisléricos que exha- 
la el contenido del serón. 

Mientras e\ femater se dedica á esplotar las galerías interiores, 
no descuida el beneficio de las vetas descubiertas, y el polvo cal- 
cáreo de las calles y plazas le suministra mas fácil recurso en la 
pobreza y agotamiento de los filones , aunque no esento de peli- 
gros y chascos. Porque unas veces la mina se le entra en aguas, 
es decir , que al tener recogido un montón de malerial , y en dispo- 
sición de trasegarlo al serón , un malhadado lebrillo de agua , las 
mas veces no limpia , cae sobre el polvo fecundante allegado con 
tanto afán, y destruye de un golpe ¡oh dolor! las coles, berzas, 
calabazas y berengenas encerradas en aquel breve espacio de ter- 
reno. Otras veces, y con harta frecuencia, olvida que solo tiene li- 
cencia para sacudir el polvo á su madre patria , mas no para de- 
jarla en cueros ; y á fuer de hijo ingrato y desconocida , la rasca 
hasta dejarla en puros huesos. Mas no queda impune el desacato. 
Ojos de argos velan en torno suyo , y la ley de non sunt nudanda 
verenda inalris ha de tener literal cumplimiento. El descuidado /e- 
wffíer ve caer sobre sí una figura terrible, y que causa en él el 
efecto de un fantasma ; ve alargarse un brazo , que le coge del cue- 
llo de la camisa , y una voz semejante á la trompeta del juicio, 
le grita : la multa. Aquí empieza la lucha. Si las fuerzas están equi- 
libradas , lo común es dar lugar á que se recoja gente , la cual na- 
turalmente loma interés por el pobre diablo cogido m fraganti , y 
espresa sus simpatías mas ó menos esplícilamenle , hasta que logra 
desarmar el justo celo del centinela de la ley , quien por aquella 
vez la interpreta en su sentido lato , y con su competente apercibi- 
miento deja libre al contravenlor. 

Si éste se halla dolado de mayor fuerza ó agilidad , la pugna es 
mas corla , pues se desase fácilmente de las garras del contrario, 
salta sobre el rocín , y se pierde en pocos segundos por el intrinca- 



PINTADOS l'Oll SÍ :>IISMOS. ^5 

dü dedillo do calles y callcjuchis d»; la ciiidad. Viiov pailíj lleva ciiaií- 
dü o! al¿,niacil coiilia ¡íoco (Mi los recursos fisicus do su [XM-soiia , y 
odia maiu) de la aslucia; pues en ve/, do lanzarse sobro oí dolin- 
cucnlc , asegura la cabalgadura sin cuidarse do aquel , cierto que 
no so le escapará , y loma la via del lemido tribunal , despfies do 
liaber pronunciado la formidable írase sacramental : Á replegarlo á 
/rtZ/oíit!/i(?/rt. «A recogerlo al llcpcso.)) La inspección liscal sobro 
el femaler no so limita á impedir sus desmanes sobro el mayor o 
menor despojo do las calles, sino igualmente sobro el cumplimiento 
de la ordenanza , que proviene á lodos los femalers lleven consigo 
la licencia , que les autoriza á descargarnos del peso de nuestras 
inmundicias. ¡Guay del cuitado, á quien la mirada suspicaz del 
vigia aterre , á quien su acento ronco espante al pedirle con tono 
imperioso : la licencia ! Es que la ha olvidado en casa ; es que ha 
usurpado'un derecho que no le compete ; es que ha entrado en la 
profesión por puerta vedada. ¡ Guay de él! íjue la multa es do ir- 
remisible exacción , quedando en rehenes de su cumplimiento el 
triste y manso compartidor de sus glorias y fatigas. 

El femaler ha de ser discreto á toda prueba , pues acaso no hay 
persona tan admitida á los secretos interiores de las familias. De tal 
privilegio es deudor en primer lugar á los arquitectos , que dan 
paso á las cocinas por las piezas principales; en segundo al terreno, 
que por buena voluntad que en aquellos se suponga, no se presta 
con la docilidad que de desear fuera , al lucimiento del profesor y a 
las exigencias de la distribución interior de la casa. También moja 
aquí la hora oíicial de la visita del femaler, que rara vez sube 
mas allá de las diez de la mañana ; hasta cuya hora es cosa sabida 
que ni señoras ni caballeros están visibles por razones muy obvias, 
y al alcance de todo el mundo. El femaler , pues , ve cosas que no 
son para escritas , y tal vez se le coníian involuntaria ó inadverti- 
damente misterios , que no se coníian á la amistad mas íntima y 
acendrada. En cambio, si el femaler es comunicativo y alegre, sirve 
á la familia , y especialmente á las traviesas y despiertas criadas 



24 LOS VALENCIANOS 

de gacetilla diaria , y de corre-ve-y-dile , como no adolezca dema- 
siado de escrúpulos de monja. 

Y el femater aunque esligmaüzado con el sello de la indiferen- 
cia Y aun del desprecio público, no deja á veces de desmentir la anti- 
patia, manifestando cierta gratitud á su modo, pues en muchas casas 
es él quien surte de paja para los gergones, y no raras veces el serón 
vacio contiene algún melón , ó mas comunmente calabazas de res- 
petables dimensiones , destinadas al parroquiano ; regalo simbólico, 
y que quizá represente las activas y pasivas que figuran en la his- 
toria de las inquilinas. 

No siempre tienen desenlace satisfactorio estas familiares confi- 
dencias , tan lisonjeras para el amor propio del femater. Mientras 
fiado en la bondad y carácter pacífico de su compañero , le deja en 
la eallo entregado seriamente á sus meditaciones, cubriéndole con 
la manta la cabeza, á fin de que no sufra distracciones, y de preser- 
varle contra los peligros y tentaciones de la vista; alguna mano mas 
maliciosa que caritativa restituye al pobre paciente la luz y la facul- 
tad de ir á donde bien visto le fuere ; facultad que aprovecha opor- 
lunamiente, emprendiendo su retirada á la ventura, y dando á su 
dueño un ejercicio de indagación bastante parecido al de ios viages 
de Telémaco en busca de Ulises. 

Muchas veces el forastero se ve interrumpido en su tránsito por 
una numerosa cabalgata de femaíers , que desfilando de dos ó tres 
en fondo , ó en pelotón, se dirigen á un sitio , á donde les llama un 
deber de su profesión , y de la mas alta importancia. Si el curioso 
cede á su instinto de curiosidad y les sigue la pista , á poco rato 
ciertas emanaciones , en nada parecidas á la esencia de rosa, le 
anuncian desde lejos la índole y calidad del género que se maneja. 
Crecidos montones de paja menuda, artísticamente revueltos y 
combinados con ciertos ingredientes de color oscuro, revelan una 
de esas grandes operaciones , á que debe Valencia su salubridad, 
como la debe y debió Roma, desde sus tiempos mas remotos , á 
igual causa y operación. No hay acaso monumento mas interesante 



PINTADOS l'tUl SÍ MISMOS. 25 

b.ijo el aspecto de salud pública , como lainpoco lo hiiljo en la liorna 
anli^'iia , (jiic la Cloaca Máxima , por medio do la cual , y en 
cuya consliiiccion se iiiviilieroii caudales iiunensos , se purgaba 
de sus supcriluidades la reina del mundo. Kii efecto, dicha opera- 
ción consisto en la monda del Valladar, ó acequia madre , o Cloaca 
Máxima , y do las subalternas , cuyos producios constituyen una do 
las rentas mas limpias y saneadas del femalcr. Y sin duda la grati- 
tud provincial de nuestros paisanos quiso perpetuar do un modo 
establo la memoria del gran Tarfjuino , séptimo rey de Roma , pri- 
mer autor del benelico pensamiento, y fundador de la Cloaca Máxi- 
ma, dando el nombre de tarquim al lodo negro, es decir, á la subs- 
tancia , que encerrada en los albañales de la ciudad, causaría su 
muerto y destrucción , y desahogada do las Cloacas por el minis- 
terio de los fematers , da vida , hermosura y lozanía á la magnífica 
vegetación do las orillas del Turia. En otras ocasiones la razzia se 
verifica al pie do las murallas, y al que contemplo de lejos el espec- 
táculo , ignorando lo que sea, le parecerá un ataque parcial de la 
ciudad, ó una escaramuza dada en el foso, y en la cual los defenso- 
res combaten con proyectiles de nueva especie , lanzados por medio 
do palas contra los invasores. Pero la batalla no envuelve carácter 
hostil : es simplemente la monda del Valladar , que rodea en su casi 
totalidad los muros de Valencia por la parte eslerior , sirviendo de 
foso á los mismos. 

El oficio de femater es tal vez el único en que no se roba , por- 
que no se puede robar , y en el que no obstante , ninguno de los 
que lo ejercen , anda con manos limpias. 

Pascual Pérez y Rodrig^uez. 



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EL DULZAJNERO. 



27 



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19 Y ffiíDfloa noo , soíjíqei noo nlílsri ;BvÍ89iq?.o í?1>mím ob ,bidIbí 
tíR Gonun nnoluiGfín nri ; ni ;'í;';')víí()'' idil 



EL DEZAL^ERO. 




oqmolt 
-üoxqíiob 3b»üq on 6JJ; 'q enu ogisnoD B79ÍÍ 

cmij08ib ofjp snij ,8fix9(ifiD ?.ob anaíJ oJn9íij-§i?.no3 loq v ;fó 9b 9?i9b 
qo8 oiip CfiJ {g^'^od ?:ol> ;! joq OTüJOfeib oüf) tj'ijo v 
E aquí iiíl artículo, que debiera escribirse en valencia- 
^ no puro, y con la pluma de Glerigues, de Angles, de 
Bonilla, de Baldovi ó do Liern , y con una dulzaina 
como la de Pastrana, de Poca-sangre ó del Pelotero; 
^^^-JL-^ pero los eslremeños, los burgaleses y asturianos, que 
7 Bü/i^^'í /•' viven en Madrid, rechazarían indignados nuestro pobre 
escrito, que les parecería semi-bárbaro; y no habría un suelto para 
esta obra en los periódicos del Manzanares. Por otra parte, no soy 
yo el mas á propósito para delinear, como se debe, este personage 
típico de nuestro país; y tengo tanto chiste para describirlo, como 
habilidad para tocar la dulzaina. Mi amigo Yañez se reiría de mí, 
si tuviera tal atrevimiento. Pero me han impuesto este trabajo y 
voy á emprenderlo, con la misma descontianza con que se oye en 
nuestros días hablar de moralidad.,, o» ^.ogo oínonnnJsni isb boítbiib 



28 LOS VALENCIANOS 

A pesar de mi formalidad (no os ocurran los burros, que son 
acaso ios seres mas formales de lodos los seres, orgullosos con 
sus orejas); á pesar de la gravedad de mi carrera, que no es tan rá- 
pida como la de cualquier ministro; y á pesar de que no lie dicho 
jamás una frase que hiciera sonreír, y eso que no he pecado nunca 
de hipocresía, os lo confieso, el toque súbito de la dulzaina me re- 
gocija, me alegra y me tienta á dar volteretas delante del impor- 
tante duhainero, como los dichosos arrapiezos, sucesores degene- 
rados de nuestro paisano Nélo el Tripero. 

El duhainero es un hombro delgado , nervioso , de mediana es- 
tatura, de mirada espresiva; habla con rapidez, con soltura, y es 
libre , franco y alegre en su conversación ; no abandona nunca su 
chaqueta ; no se afeita todos los días , pero se cree tan importante, 
como el primer violin, ó el primer oboe del gran teatro de la Scala. 
Su procedencia es de un taller; fué antes tamborilero, y con el 
tiempo empuñó el instrumento con que se honra. El didzainero 
lleva consigo una parle suelta de su cuerpo, que no puede despren- 
derse de él; y por consiguiente liene dos cabezas, una que discurre 
y otra que discurre poco; dos bocas, una que sopla y otra que per- 
manece cerrada; cuatro manos , dos cuyos dedos trabajan infinito y 
dos que se agitan incansables ; y cuatro piernas que marclian casi 
siempre á la par. La cabeza, la boca, las manos y las piernas exu- 
berantes son las piernas y las manos y la boca y la cabeza del 
muchacho que toca el tamboril; son el cuerpo y la sombra, el car- 
retero y el látigo , el portero y su petulancia , la España y 
el desorden : son inseparables , inolvidables , indisolubles : el uno 
arrastra al otro como el imán al acero, como la coqueta á un 
tonto, como el poder á los débiles. El muchacho es un aprendiz de 
oficio, travieso, díscolo, picaresco, y, salvos algún puntapié, algún 
codazo íi otro aviso de este género, se aviene perfectamente con su 
cuerpo mayor. 

Cuando el didzainero, hinchados y encendidos los carrillos 
arranca del instrumento esos sonidos que son menos ingratos y chi- 



PINTADOS POU SÍ MISMOS. ^\i 

liónos, a fuerza de h¡ibilida<l y (1(; [)ulinuii , el iiuicliacho le acom- 
paña con loques do diana, redoblado, do alaquo, de marcha regular, 
de fagina y lodos los demás que caben en la armonía de un lambor 
mayor; y asi corren las calles de la capilal y d« los pueblos, seguidos 
siempre do una nube de cbiíjuillos, desarrapados, grasicnlos, es|)e- 
luznados , (|ue se pegan á los músicos como las moscas á las uvas 
ea el mercado. 

La primera liesla en ([uo brilla cada año el dulzainero suelo ser 
en alguna casa de carpinlero la víspera de san José. ¡Las fallas! es- 
pecláculo que alrae la mullilud , quo convierte en liesla la víspera 
del Sanio Palriarca, y que va á contemplar, entro infinitos haces de 
paja cubiertos de calzones, y de sombreros resinosos, algunos grupos 
tolorados de escenas de idem , con versos idcra. El dulzainero allí 
loca alegres, andantes, pasos dobles, himnos, trozos de zarzuela, y 
el fandango , y el ole y cuanto recuerda el músico , acabando por 
fastidiar á los vecinos. Parece imposible, pero es verdad : su prin- 
cipio conmueve , agita , pone en movimiento : después de algunas 
horas se huye de él. El dulzainero permanece impávido en su silla 
á la puerta del clavario , y á su lado el cuerpo menor. De tal á tal 
hora tocará V., se le dice; y el músico paciente, firme y resuello, 
ni fuma, ni se levanta; no imita á los profesores de orquesta; es 
verdad que el dulzainero ni tiene entreactos, ni sermón: de tal á tal 
hora, alli está él. 

Desde San José hasta la víspera de San Vicente Ferrer no suena 
la música del pais\ pero el dulzainero es un objeto indispensable de 
los milacres. Los necios siguen creyendo que el fundador de la Uni- 
versidad, del colegio de huérfanos, el célebre diputado del congreso 
de Caspe erg un hombre alegre. ¡Hendito saulol Penitente , ocupa- 
do, humilde y sabio no sabia tener la risa en los labios, como al- 
gunas mugeres las lágrimas. Pero el dulzainero alli ; allí y durante 
loda la octava del Corpus: las danzas de moros llevan dulzainero; la 
de la moma ó de los pecados capitales lleva dulzainero; la de los ca- 
ballitos lleva dulzainero; la huida de la Virgen á Egipto y otros mis- 



50 , '^ LOS VALENCIANOS '''^ 

terios, WeYan su duhainéro. Los enanos y los gigantones , lo llevan 
también; lo llevan las danzas encima de las Rocas, y el dtdzainero 
es mi adorno de las fiestas, como el mirto y arrayan conque cubren 
las calles. - i ^O: 

Durante el veranó y hasta muy entrado Octubre es el período 
duhainero: cada calle de la capital tiene su santo tutelar ; faltará la 
música, faltarán adornos, pero el duhainero, no. Es la época de 
brillar; á las tres de la mañana se halla el duhainero en su puesto, 
junto con su inseparable que, medio dormido y bostezando, le sigue 
pacientemente , para atronar no solo la calle de la fiesta , si las con- 
tiguas también y á veces las mas apartadas , según el capricho de 
los directores. Esto se llama albada ó alborada: dichoso duhainero 
si alterna sus toques con la música militar. 

Acompaña la estatua del Santo á la iglesia para la función reU- 
giosa ; le acompaña , concluida la misa ; toca algunas veces por la 
tarde y vuelve por la noche á su tarea. Si no fuera por que se les 
dá buen trato y entra en los gaudeamos de los directores, habia para 
reventar de música. Por la misma época principian las fiestas en los 
pueblos: por supuesto el duhainero allí. Su llegada sola en el carro 
del ordinario , ú ocupando una cabalgadura, atrae á todos los chi- 
qullios de la población, que salen á su encuentro saltando, bailando, 
silbando y rugiendo. Pero el duhainero es hombre impávido : no 
hace caso ; se apea y cruza aquellas masas de zaragüelles y de ju- 
bones con marcialidad pasmosa y se dirige á su alojamiento. La 
turba de chiquillos se instala á la puerta; y ni por mas látigos, ni por 
nías agua, no ceden su posición. Cuando sale el duhainero y dá 
principio á sus toques en la puerta de casa del clavario , el pueblo 
siente una chispa eléctrica ; produce un sacudimiento que hace 
apresurar sus faenas á las mugeres y dejar sus labores á los mozos. 
Todos los muchachos del pueblo forman la comitiva, y no hay vieja 
ni joven que no salga á su puerta para ver al dichoso músico. — ¡Cha! 
¡Yisénta! ya está ahí. — Vamos, vamos, tia Cortesana, ahora es tiem- 
po de bailar. -- ¿ Te han traído el pañuelo de Valencia ? — ¿Quico 



PINTADOS l'Hli sí MISMOS. ^\ 

Yüiuliii á \i\ (¡osla? — Mira , ^\\u: no le olvidct» del pan (inciindo. 
— ¡Animo! ¡ánimu! la \ml\ sora i)iillaiilü. — Yo no pudro onlrcnar el 
corpino. — V cslos diálogos (pío se crnzan en lodas direcxiones de 
puerla a puorla, du venlana a ventana so nnen a Ioh sdbidos, alinlli- 
düs (') relinilios , carcajadas y vuelo tío campanas. I na porción de 
mozos, onvuulloH cd snn inanias, van siguiendo landiiun , lanzando 
algún rclÍDclio, dando un enipnjon do purísima ternura a la ruina de 
sus ponsamionlos , (juo rospoudo con un agudo chillido, (pie (juiero 
ser una carcajada, y moslrando lodo el valor , (pie ellos traían de 
manifestar en su lalanic y adórnanos. 

En los pueblos es donde el dulzainero os mejor tratado : por 
que es mas simpático a aquellos oidos. Pero se le hace trabajar 
desesporadamonle en las alboradas {albacs), en los pasa-calles , en 
la plaza por lanoclio y en los entreactos deis coluquis y caníades. 
A veces acompaña los bailes; yo lo ho visto; ya veis, si podéis 
creerme. Os lo voy á contar, j„.,ifn ^.,;í,! . -.i) obíií Lhno 

Hace pocos años rae hallaba yo en un pueblo, de cuyo nombre 
nic acuerdo siempre con ternura, por que es bueno, laborioso y leal 
y tiene hombres tan probos, como mugcrcs lindas ; y las hay, lec- 
tores míos, en nuestra huerta y en todos los pueblos de la provincia. 
Hallóme . pues, en unas fiestas: mucho vuelo de campanas, muchas 
músicas de guilaria, muchos disparos de escopeta, de fusil y de tra- 
buco on las alboradas, buena misa , buen sermón, una procesión 
arreglada y devota, mucho pan quemado, ricos bizcochos y sobra de 
gallinas. Era una noche: delante de la puerta de la iglesia, levantada 
tres gradas sobre el piso de la plaza , se colocó en semicírculo una 
linea de chicos sentados en el suelo, con las piernas cruzadas y 
detrás muchos hombres y mugeres, unos sentados y otros de^ 
rechos. En un punto una colección de instrumentos que figuraban 
una banda militar y en otro el indispensable dulzainero. En el 
centro de aquel círculo una hoguera que procuraba alimentar el 
pregonero, el alguacil, el cartero, el portero del ayuntamiento, ad- 
virtieudo que estos cualro empleos pertenecen á un solo indivi-r 



52 LOS VALENCIANOS 

dúo. ¡Y se quejan que haya otros que tengan solo dos deslinos! 

¡Se va á bailar la cháquera vella! Aquí de mis gustos por ias 
antigüedades,, gusto que no alcanza hasta gustarme la antigüedad 
de una muger, rae dije para raí; y abrí tanto ojo, y apUqué todo mi 
oido por no perder cosa del baile. 

Y aparecieron las parejas /Caramba qué chicas! diria Peri- 
co García: yo no lo dije, pero me sorprendieron. Serian diez ó 
doce parejas. En lila esterior y de espaldas al público se colocaron 
las muchachas; y en fila interior los mozos , mostrando al público 
sus rostros tostados del sol y robustos por el trabajo y la sobriedad. 
Buenos muchachos; pero hubiera preferido una colocación inversa. 
Cabeza de la danza eraf una joven, que de rigor, debe ser casada, las 
demás pueden ser solteras ó casadas; trages airosos, brillantes ro~ 
detes, talles esbeltos, á pesar de la ausencia de los miriñaques, 
buen zapato blanco escotado , y un lindo rollo ó caragol de pelo á 
cada lado de las sienes, y unas miradas tan modestas, como seduc- 
toras. Los forasteros creerán que esta es una pintura bucóhca; que 
lo pregunten á Bonilla y al Sueco y á todos nuestros paisanos. Yo 
no digo mas, por respeto al editor. 

Principia el baile: las parejas ni se acercan, ni se tocan, ni ellas 
dejan caer sus cabezas sobre el hombro del caballero , ni se apro- 
ximan sus senos, ni se cojenlas manos, ni la cintura Esto es de 

culta sociedad: aquellos pobres hombres no han estado jamás en un 
baile de sociedad. El baile es tan sencillo , tan monótono, que pude 
aprenderlo , yo , que no conozco un solo compás, ün paso hacia 
adelante y otro hacia atrás, con otro lateral á la derecha, levantan- 
do los brazos hasta la altura del pecho ; he aquí su estructura: solo 
para los hombres era un poco mas comphcado: al llegar á la última 
vuelta giraban sobre sí mismos, se quitaban el sombrero y hacían un 
saludo difícil para nuestro sistema de cortesías. Es inútil advertir 
que el dulzainero y su conjunto tamboril era el alma del baile, su 
bastonero y su todo. Concluyó; y ahora entra mi sorpresa: cada 
mozo llevando de la mano á su pareja debía pasar por delante del 



PINTADÍKS l>OH SÍ MIS'VIOS. 7)?) 

dulzdinrro, (\\]c lenia su |)i()()io soiuhníio (MiIic las rotiilliis, v tiabin 
de (itíjar im) el una iiioiicda. Kl iiiúsico conoce pronlamcnie v\ va- 
lor (ic la nioiHMla y lo anunc.a al público, iiacit-ndo conocer la 
esplendidez do cada bailarin. I'or cada real de velion da una 
pilada aguda, chillona, vihranle, destemplada: y seí,'un las piladas 
lorma ol publico el debido íonccplo del galante labrador, listo pi o- 
duce algazara, ruido, silbidos, carcajadas y galanterías di ncunbres 
propios, alentando ó arrcnlado o enorgulleciendo a las lindas pareja*, 
que vuelven á sus rasas acompañadas de sus caballeros. K' dnl- 
lainero no sale mal en la jácara vieja. 

En lin, el dtilzainero es para nosotros y para mi el pilmiro, una 
necesidad en las fiestas, es una campana para las iglesia , una cam- 
panilla para un oficinista, una capa para un retirado, un cambio mi- 
nisterial para un cesante y un editor para este articulo. 

Vicente Bol». 








LA VENDEDORA DE CALABAZA ASADA. 






LA aRABASEIIA. 

(\E1\DED0RA DE CALABAZA ASADA.) 




\ 



^^ SA fruta tan temida por los que se dedican á una car- 

~^ )^ rera literaria ó dese&n adquirir el titulo de novios; 
1111 

El II I ese proilucto agrícola tan destituido de partículas 
I JUI alimenticias y desabrido para ciertos paladares, 
iMi como pomposo y visible en medio de los campos, 

>^ ^ g también causa las delicias de una buena parle de 

ic^^S'^ij' nuestra población, tiene sus aliares en !a< calles de 
la morisca Valencia , es preconizado en brazos femeninos por nues- 
tras plazas , y constituye la ocupación mercantil de alguuos seres 
privilegiados, que ni figuran en las listas de matricula de comercio, 
ni están obligados á llevar libros en forma como dispone el código, 
ni son perseguidos por los investii^adores de la hacienda pública, ni 
están clasificados, ni necesitan patente para egercer su industria, ni 



56 LOS VALE1NCIA^^0S 

íinalmente, les causan pena alguna las oscilaciones de la bolsa, ni se 
cuidan de las alzas y bnjas del cambio , por que sus operaciones 
nada de común tienen con aquellas miserias. 

Muchos creen que para conocer el valor de la calabaza , basta y 
sobra con ser estudiante en dias de exámenes, ó solicilar un si cuan- 
do la luna está en menguante; pero es*e es un error lamentable en 
demasía , porque para conocer el valor de aquel fruto se necesita 
verle en brazos de la mujer que se hace lenguas por lodos los án- 
gulos de la ciudad , publicando sus escelencias y remontando hasta 
las nubes la bondad del esquisito género que enagena. 

Figúrese el lector una muger de mas ó menos edad, porque en 
esto no hay regla fija, vestida con superlativa sencillez, los zapatos 
en chancla ó con el talón horizontal , cuando no está ausente, las 
piernas al aire libre, el vestido de un color problemáíico y con al- 
guno que otro rasguño de poca importancia; los brazos al tenor de 
las piernas , al cuello un pañuelo de formas económicas y que no 
puede desdeñarse de estar en sociedfid con el vestido, y el cabello 
en tan estudiado desorden, que ni el famoso Tiffon ni los entendidos 
Lita Melendez, y cuantos co^ffeurs se conocen en la patria quetanlo 
debe á Jaime I, podrian entenderse si se introdujesen en aquel dé- 
dalo. Tal es el vestido de nuestra heroina, ó sea la carabasera. 

Sobre su brazo izquierdo lleva una labia de una media vara de 
longitud y como un palmo de latitud ; sobre esta tabla descansa un 
trozo de lalon délas mismas dimensiones, y este á su vez sostiene 
media calabaza cortada horJzontiimente, que acaba de salir del 
horno, inútil es mencionar la buena cantidad de moho que contie- 
nen lanto la tablila como la hoja de lat; que la cubre , á causa del 
sudor que se desprende de la mercancía, por que harto conocida 
debe ser del piadoso lector, si ha lenido la fortuna de recorrer nues- 
tras calles y de encontrarse frente á freníe con la induslriosa rauger 
que nos ocupa. 

Armada do eslo modo sale la carabasera á la calle cuando co- 
mienza á declinar la larde , ó .sea á la hora proximamcnle en (jue 



PIMADOS POll si HUSMOS. .)7 

los (.'iruiuillos se (l(»ji\ii las (vscii(!la>. NiKjslra Imroina luarclia n';,'ular- 
monlo á paso (i(^ laidiana, coiin) si (|insiora impedir (|tii' oÁ gi'ticrü 
se onfriasu y coino si sii adividad escilara a la de los alicionados y 
consiimidoros. A si discurro nnoslra comercianla por las calles lla- 
mando la alonrion hacia su f!:(''ncro con los grilos d»;; ¡c/tíV/»/fí , la 
mcl ¡)orlc\ — ¡(irn acabn ixir ddforn\ — \t'aleni(Hai/ com un siicrcl 
— Asó es canclal — \vhi<¡HCs, aso es casca, nsu\ — ¡t/ que rcranelal — 
¡^«í me la acahal y prodigándolo otras frases y haciendo uso de 
oirás símiles, que si para algunos no prueban la bondad del genero 
por aquello del orbuon \)\\m en la fabrica se vendo,» tienen la ven- 
taja de dar una idoa do la facundia del dialecto del pais y de la faci- 
Hdad con (pie es manejado por los indígenas. 

Después do pregonar largo ralo la morcancia y de agobiarla con 
los apilólos do niiol, azúcar, canela, casca y otros por el eslilo, se 
présenla un comprador, (jue ordinariamente suele ser algún chi- 
quillo, doméstica, revendedora i'i otro á este tenor. La carabasera 
suele clavar una rodilla en tierra, sobre la otra sostiene la tabula, 
toma con la mano derecha una hoja de cuchillo ó de navaja , cuyo 
mango desapareció años ha, con los dedos déla izquierda ase el 
borde de la calabaza , y en esta posición levanla los ojos hacia el 
comprador y comienza el dialogo siguiente: 

—¿Cuanta n* vols? 

— Tallem un diner. 

— ¿Vols péndremela tola? ¡mira qu'es molí dolsa! 

— No vullc mes qu'un diner; donem vosté un bou tros. 
Y nuestra heroína corta un pedazo con arreglo á la moneda, re- 
cíbelo el comprador en la palma do la mano y se lo acerca a la boca 
sin reparar en el mugre que ya ha formado costra enlre los dedos 
de la comercianla, á causa del jugo que despde la mercancía. 

Concluida la venta prosigue la carabasera su marcha como ya 
hemos dicho, repitiendo los elogios del esquisilo género y prodigan- 
do á boca llena la frase sacramental de: chiques, bollinl, bollint la 
porte, asó es canela, ele. 



58 LOS VALENCIANOS 

El capital que nuestra heroína tiene en circulación rara vez pasa 
de una docena de reales, y para eso no ha de pertenecer á la clase 
mas inferior del gremio, pues esta induslria, así como todas, tiene 
también sus diferentes grados de prosperidad. Si la carabasera 
puede algo, es decir, si su fortuna es tan desahogada que le permite 
desprenderse de la cantidad que hemos mencionado mas arriba, lle- 
gado el tiempo de la recolección del fruto con que comercia, compra 
en junto una partida de seis ú ocho calabazas , las coloca en el bal- 
cón, ventanas ó terrado de su casa, y hé aquí el repuesto para una 
temporada. 

Cuando el capital de la carabasera no es tan mezquino que se 
cuenta por cuartos , entonces sus negociaciones mercantiles no se 
reducen al estrecho círculo en que las hemos visto girar hasta ahora, 
sino que ensancha el horizonte de sus relaciones y hasta llega á 
constituirse en comercianla de puesto tijo, que cuenta con una par- 
roquia estensa , se mira acreditada entre sus favorecedores y ya 
puede decir que tiene üü pueslo con pretensiones de ¿o^a (tienda), 
por mas que se halle espuesta al aire libre, ó por mejor decir, á los 
cuatro vientos. 

La que se encuentra on oslo caso examina el punto que cree 
mas á propósito para constituir iRparneta, ó puesto, que regular- 
mente suele ser una esquina frecuentada por las personas que mas 
consumen el género; pido la venia del vecino ó vecinos mas inme- 
diatos al punto elegido , y con el fin de gozar sin ningún recelo de 
todas las inmunidades posibles y que mas garanticen su libertad, 
habla también al celador del barrio y se pone bajo la inmediata pro- 
tección de los agentes de aquel funcionario. Obtenida la venia, para 
lo que no siempre son de absoluta necesidad aquellas gestiones, 
porque a veces suelo autorizarse sponíe siia, procedo á la coloca- 
ción de la paraeta en la forma siguiente: 

Compónesc regularmente de un banquillo ó silla sin respaldo 
tumbada de lado; encima una tabla como de una vara de larga y 
media de ancha, y sobre ella la hoja de lata con la calabaza asada, 



PINTADOS l»uU SI MIS.Mo.*;. 3f> 

unas cuiinlas naranjas (!♦• lii claso mas inlVrior, un piifiado do ra- 
caliuel, olro de michon, A soa j^arhanzos (oslados reducido» a frao 
ciones iniiv menudas <|U(' pm lo comiin muíjIo sor la OKCoria del /or- 
ral, y algunas p('(|ucnas ranlidadcs d* (rula d<í inliina tlawc eA su 
lioinpo. Talos son los arlícuios (\o qno so compone sn liomla, (».«ptiOstos 
a sol y a;:ua , frió y vionlo , porijiio no lienen nia^^ osr^parale (juc 
el ciclo, y los (pie cspondo en canlidados de a cuarto y a ochavo. 
En ninguna do esas tiestas popularos (|uc tanto dbundan en 
nuestro pais, y que son conocidas con ol distintivo de fesles de car- 
rcr, hace falla la carabnscra con su paraeta muy bien proTista, no 
solo do los artículos que dejamos mencionados y de los que liare 
un gran despacho, sino de algunos otros géneros do rircuniiancias, 
como las almezas, vulgo Ilirons, y canudlos para disparar los huesos 
y dftlos que nueslra heroína saca un buen partido , merced al ca- 
rácter especial de muchos individuos de los que nunca hacen falla 
en aquellas íunciones. 

Efectivamente, en cuanto anochece, que es cuando la fesla de 
carrer entra en su lleno , á causa de estar todo el dia ocupados en 
el trabajo la mayor parte de los individuos que dan vida y anima- 
ción á aquellos espectáculos , concurren una porción de jóvenes 
oüciales de diversos oílcios , comienzan a recorrer la calle en donde 
se celebra Id tiesta , o'bservan con minuciosa atención á todas las 
chicas que adornan los balcones y las puertas de las casas, y forman 
su plan de ataque. Lo piimero que hacen es presentarse en el pues- 
to de nuestra carabasera , que de ordinario se sitúa en una de las 
esquinas de la calle de la fiesta; compran todos los Ilirons que tiene; 
cada mozo se arma de su canuto, llamado técnicamente estufaor, y 
vuelven a recorrer las calles disparando huesos y dando sustos á 
cuantas jóvenes se p<men á tiro. Pero con el íiii de disimular la bro- 
ma, también se proveen nuestros jóvenes de algún puñado de caca- 
huet y de otras chucherías que van mascainio al propio tiempo para 
alejar la idea de que su esclusiva misión es la de disparar /?t«¿/5 de 
Ilirons. 



40 LOS VALENCIANOS 

No es necesario decir que la carabasera sabe sacar todo el par- 
tido posible de las circunstancias, escatimando cuanto puede las por- 
ciones que vende en vista del consumo que hay y de la buena vo- 
luntad de los alegres consumidores. 

Sucede muchas veces que al ano(;hecer y cuando ya es hora de 
retirar la paraeta, le queda sobre el latón un trozo de calabaza, que 
no ha podido espender todavía. Si se resuelve á guardarlo para el 
dia siguiente, corre el peligro, no solamente de no venderlo por la 
mala presencia que debe ofrecer el género , sino de desacreditar á 
la otra media calabaza que ha de salir del horno para el consumo 
del dia. En esta dura alternativa se decide á dar salida al trozo que 
le queda, aunque tenga que darlo por algo menos de su valor. Con- 
sentida ya en ello, espera la ocasión propicia, y no tarda á presen- 
társele. 

Una muger de humilde aspecto se acerca seguida de dos ó tres 
chiquillos ; al estar frente á la paraela nuestra heroina la detiene al 
grito de: 

— ¡Chit! ¡ascolle, dona! 

— La muger se detiene con los chiquillos , mira á la carabasera, 
se acerca al puesto, y 

— ¿Qué vol? responde. 

—Quedes este trosel; que men vach y lil donaré baralet. 

— ¿Guant vol dell? 

— üepare vosté be; asó es un sucre; anem, donem setse inés d' es- 
te tros. 

—¡Seise inés!— esclama la pobre muger que mira en ellos el pre- 
cio de dos libras de pan del dia anterior, y con los que puede saciar 
el hambre de sus pequeñuelos: — ¿vosté en vol cuatre? 

— ¡Gom cuatre, dona de Deu! ¿está vosté loca? 

— Si no vol no me la done. 

— Si vol, un sóu li costará 

—¿Me la dona en sinc? 
Y viendo la carabasera que por este medio no puede deshacerse 



PINTADOS I'On SÍ MISMOS. 41 

del trozo de morcancia, pierde los osli ibos y arrómelo contra la po- 
bre muger con los piropos de:— ¡vaya , vaya V. a comer paja y za- 
naiiorias; y le re¿jala otras lloros por el estilo. La iiilcrix-bdü se eno- 
ja tainhicn. deja que el í^ato se l(! suba á la parra, devuelve los dic- 
terios duplleados á nuestra heroína, la zambra sube de punto, y por 
fin ambas contendientes vienen ;i las manos , so agarran de los ma- 
ños, menudean los arañazos y rasguños, la parada viene al suelo y 
mientras la propietaria vindica su honor ultrajado, los chitiuillos que 
han acudido á los gritos se aprovechan de la ocasión , tragándose 
cuantas frutas pueden recoger, hasta (juc se presenta un vigilante y 
como Dios lo dá a entender pone en paz a las lidiadoras y cesan los 
silbidos y la algazara de ios espectadores (juc han gozado de un gro- 
tesco espectáculo sin costarles un cuarto. Terminada la lucha los 
chiquillos se encargan do recoger los mechones de cabello y trozos 
de vestido que han quedado sobre el campo. 

Entonces la comercianta recoje sus mal paradrs géneros , y al 
tiempo de marcharse recibe la orden de presentarse aquella misma 
noche ó a la mañana siguiente en casa del comisario del cuartel , el 
que le da una reprimenda por su carácter díscolo y pendenciero. 
Mas este percance no impide que la escena se reproduzca siempre 
que la oportunidad se presenta. 

La carabasera no siempre comercia con el mismo género. En la 
época oportuna pone su puesto de castañas calientes en el mercado 
ó en cualquier esquina a propósito; otras xeces hs panochas asadas 
constituyen su modo de vivir, y linalmente, los membrillos asados 
y las favetes cálenteles forman también su ocupación vespertina. En 
resumen, la carabasera es un ser vividor, activo, emprendedor, in- 
dustrioso y digno de ocupar un lugar en esta colección de cuadros 
pintados con brocha gorda. 

José £apat«j> j UJeda* 




EL FOGUERER. 

(El horniUero.) 



^^rii-^:|prv>-^T-n»fíTyrrp^^ 



EL FOGIERER. 



L grato estado del dolce far niente peculiar á lo-s hi- 
jos de los pueblos meridionales , parece que deberla 
comprender de lleno, á los que vieron su pi'irjiera luz 
en la ciudad del Cid, que con su pintoresca posición to, 
pografica en una inmensa llanura esmaltad g ^jg jardines 
que con el aroma de sus flores embalsam g^ gj ambiente- 
con su cercado de ferazisima y poblar' ^^ imerta que os- 
tenta orgullosa su robusta y no interrumpida ^ejetacion en un di- 
latado horizonte que se pierde en las playar^ ^gj mediterráneo , et- 




44 LOS VALENCIANOS 

peclador tranquilo que parece contemplarla esíasiado á una respe- 
tuosa ílislancia; con la riqueza y abundancia de sus aguas potables 
y de riego; con su tan productivo como magnifico lago de la Albufe- 
ra; con su risueño y límpido celaje, que sublima el espíritu y nutre 
al poeta de divina inspiración, y por último, con su voluptuoso y 
embriagador cañamelar en los dias calurosos del estío , templados 
por la suave brisa del mar, bien se puede decir que Valencia , ha 
sido enriquecida con todos los dones de la naturaleza , mas propios 
para que sus naturales fuesen muelles y afeminados. 

Sin embargo, el observador imparcial notará con gusto que, á 
pesar de la blandura y lijereza de su carácter, se encuentran en no 
escaso número laboriosos y entendidos agricultores; artesanos enér- 
gicos y fuertes para el trabajo; fabricantes aventajados en toda clase 
de industrias ; reclutas de fácil instrucción, y soldados valientes. Y 
si bien en lo general no tienen al trabajo la afición que debieran, 
tampoco son tan indolentes como parecen y se les ha querido supo- 
ner; desplegando cuando la necesidad les acosa , una actividad de 
ingenio sorprendente en un pueblo que, sobrado confiado en la Pro- 
videncia, suele comunmente decir cuando ha gastado en un dia lodo 
su haber monetario: Mañana Dios proveerá. 

El tipo que presentamos puramente indígena de este país, es 
una prueba del aserto anterior. 

Un hombre vulgar, sin oficio ni instrucción para ganarse la sub- 
sistencia, llega un dia en que se encuentra frente á frente con el es- 
cuálido y repugnante roFtro de la miseria, y asustado retrocede; su 
orgullo le retrae de humillarse á mendigar el sustento; la necesidad 
le apremia; se recojo sobre sí mismo; dá tormento á su imaginación, 
y á poco sale de este estado, convertido en un inventor de horni- 
llos, para cuya fabrieadon no se necesita emplear el menor ca- 
pital. 

Y nuestro hombre, en mangas de camisa en el verano, chaqueta 
elástica de lana en invierno, pantalón de algodón de color indefini- 
ble por su mucho uso, faja de estambre , pañuelo á la cabeza y al- 



rnVTADOS POR fií !WISMOS. 45 

pargatas, cruza b caf)!!;!! en todas (lirccnonos, llovando colgado a 
las espaldas un capazo quo, encierra los materiales de su invento, 
consistentes en tierra hecha l)arro y escremcnto tierno de caballe- 
ría, gritando en su rico y armonioso dialecto: Foyueeereeecr. Al 
cirio las cuidadosas amas do casa que , tienen repuesto de ollas 
desculadas ó rotas en su parlo inferior, y por lo tanto inútiles é 
inservibles para el uso ordinario; le hacen llamar por sus criadas 
que las bajan ala puerta de la calle, donde precedido el consi- 
guiente regateo las ajustan según sus dimensiones (í;. 

Entretenido es por domas , el ver á nuestro industrial ocuparse 
en la elaboración do sus hornillos, á la que dá principio por acabar 
de rebajar los pucheros hasla la mitad de su barriga , siendo de 
notar que verifican la rotura sin valerse de otros instrumentos que 
una piedra , con tal destreza é igualdad , que los oficiales de albañil 
cuando reprenden algún aprendiz porque rompen muchos ladrillos 
al cortarlos con la paleta, dicen (rmal aprovecharlas para fo(jueret',i> 
que sin otro útil quo una piedra corla los pucheros sin quebrarlos, 
colocarlos enseguida boca abajo; amasar el barro con los cscremenlos 
que le han de dar trabazón y consistencia; formar sus paredes sobre 
las del puchero, de una pulgada de espesor, y elevarlas desde su 
base, rematando en tres puntas semejantes á las de un bonete, cinco, 
seis y ocho pulgadas ; colocar con simétrica igualdad en forma de 
hierrecillos, tres cascos del que fué puchero en su parte interior donde 
este principia á estrecharse; abrir una venlanita de desahogo para 
la ceniza , promediada entre sus dos asas á igual distancia de los 
hierros y el zócalo ; y como complemento de su artefacto, con las 
manos mojadas pulirlo hasta dejarlo enteramente liso y hermoso: 
Las criadas suelen encargarse de enjalbegarlos, y la metamorfosis 
es tan completa que. al que no haya presenciado su elavoracion, le 
es difícil creer que, el bien acabado hornillo que se le presenta ala 



(1) El precio mas común en sus diferentes clases es el de doce : diez j seis y veinte y 
euatro maravedís. 



46 LOS VALENCIANOS 

vista tenga por base los restos despreciables de un inútil puchero y 
que su invención sea debida á un hombre común del pueblo Va- 
lenciano, 

Su utilidad es generalmente reconocida por lodos los que han 
tenido lugar de usarlos, ya por que su bien ideada construcción fa- 
cilita el buen cocimiento de los manjares , como por lo económico 
de su coste, y el comprobante irrecusable de esta verdad que re- 
fluye en honra y prez de nuestro industrial es que, aquel que vimos 
en un principio recorrer las calles y plazas con el capazo al hombro, 
no tardó mucho en presentarse seguido de un pollino cargado con 
los materiales , y acompañado de un muchacho que con argentina 
voz repite de cuando en cuando , la sabida cantinela de: Fogueee^ 
reeeer al fogueeereeeer. 

Y tanto ha progresado esta clase de industria, conservando la 
elegancia de su forma que , en nuestros dias vemos ya en muchas 
tiendas de esta hermosa capital , hornillos elaborados y ostentando 
su blancura, al parecer como emblema de puro contentamiento, 
por haberse librado de la suspicaz penetración del señor conde de 
Toreno. Y efectivamente si este célebre estadista al querer inocular 
en nuestro país el sistema francés de la matrícula, dejó de incluir en 
ella al fabricante del hornillo valenciano , porque ignorase su exis- 
tencia, ó por que su obscura y humilde procedencia no le diesen ti- 
tules bastantes para poder figurar al lado de otras industrias ; ó á 
causa de que su esclarecido talento reconociese que, seria escarne- 
cer la miseria, el gravar con un impuesto el artefacto que podia re- 
putarse como hijo natural de aquella , ó bien por querer pagar un 
tributo de admiración al genio creador de este invento; lo cierto es 
que el foguerer se vio libre de figurar en el estenso y minucioso pa- 
drón de la matrícula , y marchar sin trabas por el camino del pro- 
greso á su completo desarrollo. 

Ignoramos si el señor don Alejandro Mon, continuador de aquel 
sistema, al establecer el suyo tributario, con la firmeza de voluntad 
que se le reconoce, dispensó al foguerer el justo privilegio que venia 



UNTADOS POB SÍ MISMOS. 47 

disfrutando, ó Vi su inflíjxihlc rocliliid lo sujetaría á la ley común 
de lüs vlcmás indunlnales. Mas sea de ello lo quo (juiera , lo positi- 
vo es (|ue, ni se le lia podido privar do su originalidad <|ue no reco- 
noce seguudo QÍ de iu marayilluáo cngrandeciuiiento. 



K. •. 7 91. 





EL TARTANERO. 



,iamsidm»AikmmeiaMmmi ifimni 



EL TAKTANEIIO. 



O 



~o-<?SÍ9>-— 



9s9 ^S ©a? ^^ *'^ ESO? Allá u lo lejos por cnlrc una nube de pol- 
^^¿sfe^^>^«5?^U^ ^^ ^""^ *"^ desvencijado vebiculo lirado por uu es- 
^^^Q^ cnalido rocin y guiado por un.... no sé lo que es; 
síK^. dislingo un objelo que se mueve, bracea, grila, 
\^V _^^,y pero no la (¡gura que lieuc; parece ¿ilma que lle- 
^ tíÜhf va el diablo, si be du juzgar por el paso que lleva. 
>J>^3:5 '/oxi El largo y espacioso camino del Grao es recorrido 
"v)^ en minutos por el jamelgo, gracias á los esfuerzos 

del que lo rige. 
Por esla otra part 3 veo una especie de carromato con honores de 
tartana, que cruza lo q^e con mucha prosopopeya llamamos camí/íOí 
reales; jmagnilicos caminos! El paso lento y pesado del mulo, el tra- 
queteo iuferual de esa quisicosa, que se aumenta con el número de 
baches, hoyos y piedras de que esla liena la vía, nos dan la idea de 
las dulzuras que se deben esperimenlar en un viaje hecho por este 
medio de locomoción. 

Por fin, no muy lejos, en todas las calles de Valencia^ encon- 
trareis y veréis una cosa parecida á un cajón monstruo, á un cofre de 

7 



- 50 LOS VALENCIANOS 

colosales dimensiones lirado por un cabailo, pues á este ya le pode- 
mos dar ese nombre, el cual lo mismo váal paso que á escape, según 
es la voluntad de su dueño. Ahora bien, si rae preguntáis quiénes 
son estas tres distintas personas, os diré que el tipo verdadero que 
á grandes rasgos voy á pintarragear; el tartcmero. 

¡El tarlanero! Verdaderamente para hablar de este personaje, ca- 
si se nos hace preciso hablar de la tartana haciendo para ello una es- 
cursion á la historia para saber el origen, glorias y vicisiludes que 
ha tenido ese antiguo vehículo, elcuah á despecho de la moda, ha 
echado profundas raices en este bienaventurado suelo: pero nos- 
otros que no somos aficionados traerá colación lo que no conduce á 
nada, dejamos que la historia de la tartana duerma en paz, y vamos 
á ver si podemos dar con la historia del taríaoero. 

Tres son las distinciones que hemos hecho de este tipo, tres, 
pues, son las clases en que le dividimos; tarlanero del Grao, de 
los pueblos y de la capital. Vamos á hablar coa separación de 
cada uno de ellos, comenzando por el último. 

La tartana de alquileres, como hemos dicho antes, un cajón, un 
cofre, un cualquier cosa, pero graciosa, bien pintada, con sus asien- 
tos de muelles, su caballo de buen aspecto, sus arreos rauyliuipios, 
y sobre todo su movimiento mas suave; es una locomotora que ofre- 
ce algunas mas comodidades que las demás. El que dirige este con- 
voy, ya sea dueño, ya sea criado de él, es lo mas tino y urbano que 
se encuentra en la clase de tartaneros. Viste como la gente del pue- 
blo; chaqueta, gorra, pantalón y faja; destroza el castellano cuando 
le habla, de lo cual tiene precisión á toda hora; comprende todos los 
idiomas del mundo, pues reduce sus voces á dinei'o y su significado 
á poner á disposición de toJo el mundo su carruaje; su lengua, y es- 
to parece inútil decirlo, es la valenciana de la cual hace uso fre- 
cuente, ya sea' francés ó chino con quien hable. Sus sillos de espera 
son los que el nuevo reglamento, innovación importante que se ha 
hecho en esta materia, les señala y que por lo regular son adminis- 
traciones de diligencias, fondas, ferro-carril, etc,en los cuales forman 



PUNTADOS roit SÍ :^iisiio.s. 51 

sus r(>uiii()ii(!s, y vn al^'unos |)Uiili)S, como .siipnngainos, la plaza do 
la Aduana iin|M'ovisaii ciorlos juegos inoceides quü les cidrcliriien 
agradablouwMilü y los iiaccu pasar ul lieinpo con guslo é intfrrt. Es- 
lo |)(Msoiia¿,'o es el cicerone d<! lodos los furasleros y e.Nlrangeros (juo 
so sirven do él, por lo cual lodos oslan relacionados con los foiidi.tlas, 
palronas do casas de Imcspcík's, diicfios de cafés, ele. ele; es lam- 
bieii e! aliuaiiai{ii(; ainbiii.iDle de las íieslas que marca lanío la iglesia 
como la moda; por (v>u sabe mejor que nadie cuales son los dias du 
paseo, los porrals^ los dias en ipio se acoslumbran hacer las giras, 
vulgo /íat'//(íí, las horas en que se celebran la^ paradas, y en lin, lo- 
dos los aconlecimienlos para los cuales es necesario servirse de ellos; 
podemos decir que es el Vaíencia en la mano por ser el hi>mbre que 
conoce mejor la población. Todos eslos oficios que desempeña le [)0- 
WQUVii conlaelo c(»n todas las familias de mediana fui luna de la ciu- 
dad y le proporcionan el placer ó desgracia do saber mil sccrelos lan- 
ío de amores como de honra, azares de la sucrle, gloria , esperan- 
zas, sueños, influencias y meuliras; que podríamos caliíicar de Mis- 
leriosde la tartana, y lodo eslo lo sabe sin querer, por casualidad, 
pronunciando alguno una palabra inprudenle ó escapándosele á otro 
alguna espresion ino!)orluna. A veces algunos acoslumbran tomar 
uno de esos carruajes para hablar sin (jue nadie les estorbe y lo 
hacen de lal modo que, aunque el tarlanero no pecase de curioso 
lendriaque oir á la fuerza y enterarse del asnnlo que trataban. Los 
mas conceptúan á esle personage como un poste , un adberenle 
de la tartana, que no liene sentido, ni vida, ni movimiento mas que 
para obedecer y cobrar; creen que es una cosa cualquiera ante la 
cual se puede decir todo sin ter.ior de que guarde memoria mañana 
de lo que hoy se haya hablado; creen que es una masa de carne, 
incrustrada en su asiento á la cual Dios no ha concedido otra fa- 
cultad que la de dirigir ese desdichado vehículo: y verdaderamente 
¡cuánto se engañan! El tarlanero es un hombre como cuabjuier otro 
que vive, piensa, siente, ama, aborrece; que aspira ei mismo aire 
que nosotros bebemos, que le alumbra el mismo sol que nos bañaá 



52 LOS VALENCIANOS 

nosotros de luz, que le cobija el mismo lecho azul que como cortina 
inmensa nos cubre las puertas de la inmensidad, que forma parte 
de esa grande y estensa familia que se llama humanidad; el tartane* 
ro es un ser humilde considerado en la escala social; pero á pesar 
de que el hombre le ha dado una categoria intima, el siente los mis- 
mos deseos, tiene las mismas aspiraciones goza con los mismos es- 
pectáculos, siente los mismos afectos y tiene los mismos vicios que 
los demás: creer otra cosa seria una estupidez, una estupidez que 
cometen á todas horas del diala mayor parle délos que se sirven de 
él. Y á la verdad, no se le puede tachar de curioso cuando sin pre- 
guntar le cuentan lo que él no tiene deseo de saber; ni mucho menos 
podremos decir que es un escucha cuando no se esconde para saber 
secretos de nadie ; asi que cúlpense á sí mismos los que impruden- 
temente se confian lo que no se puede decir sino tomando las pre- 
cauciones necesarias. El tartanero podrá hacer buen ó mal uso de 
lo que oiga, por loque siempre esos datos que ha recogido al azar 
y que ha ido escribiendo en su memoria como en las pajinas de un 
libro, serán un arma terrible de la que podrá servirse cuando quie- 
ra: con la particularidad de que el dia en que la use su dicho mere- 
cerá fé y nadie recusará su autoridad por mas que íigure en una 
de las últimas lineas de la esfera social y la persona aludida perte- 
nezca á un alta gerarquia, pues hay palabras cuyo efecto no se 
borra aunque se puede hundir al que las ha dicho , como podemos 
aplastar la vibora cuya mordedura nos dá la muerte. 

Este es el tartanero de la capital, es decir, ese que vá desem- 
pedrando las calles lanío de dia, como de noche; el que vemos á ca- 
da momento crugiendo el látigo y preguntando i(¿falta carruageh->, 
el ser indispensable en todas las diversiones, el conductor de todas 
las clase de la sociedad, y por fin; el hombre necesario para encar- 
garse de ciertos oílcios ó negocios, en los cuales las mas veces ig- 
nora el papel que desempeña. Pasemos á decir algo del tartanero 
de los pueblos. 

Este pcrsonage por lo general es natural de la huerta, que es la 



PINTADOS pon SÍ MÍSMOS. ^i'S 

que mas SO comuiiira ron la cupial; TorriMilc, Liria, MasamaprL'll, 
CliirivoHa V otros cien pnchlos quo no tío/ww do las vcnl;i].»s del ífr- 
ro-rarrii l«» posoon. v sus oslaci'»ni*s lijas las licnni en las posadai 
ó nii las ifuoras de las purrias i\o S'Tranos y de San José. Kslc larla- 
iioro vislo poco mas .'» menos como los labradores; y f»iis costumbres, 
usos V liábiloM csljii muy en armonia con las de aquellos. Su rostro 
lüstatlo por el s )l, rasurado constantemente y «in llevar nunca la two- 
ñor señal de bijíole, patilla ó barba présenla el tipo perfecto \ turne - 
Icristicodel hombre de nuestros campos; una variar-ion en est;i parte 
y en sentido rcformisln producihü sensación y harta alarma cntrf 
ellos. El tartanero, pues, vive con su pueblo y sigue sus co.slunabres 
fueran como ((uieran, como buen hij<» y tid imitador de lasprácliros 
(pie unas generaciones legan a otras y que t;mlo se icspelan en los pe- 
queños lugares. Ademas del oticio (pie como a tal licne, ileva unidos 
ó ans^jos á él oíros, como son el de cartero, repartidor y cümisio- 
nisla, efecto esto de los pocos medios de comunicación ipio hay con 
la c\pital. Cuando sale de esta ó del sitio de su re<idenc a. si 
lleva la tartana vacía se acomoda en ella y á su blando movmienlo 
y arrullado por el ruido que produce el collar de campanillas del mu- 
lo se duerme como un lirón; pero cuando el carruage va lleno enlon- 
ces lo único que hace es alguna estación, o bien en alguna casa ami- 
ga donde se le obsequia con un vaso de lo tinto, ó bien en alguno de 
esos parages cuyo pacilico ramo de or^a llama y convida a sorber 
un vaso de lo blanco. Por lo demás, parlicipa de las mismas cuali- 
dades que todos ellos y es sin dispula el que tiene mas obvencio- 
nes, el que santifica mas las fiestas y el que esta mas bien conside- 
rado. 

Sobre el tartanero del Grao ¿qué le diré, amigo lector, que ya 
no sepas? ¿Quién no conoce esc 1 ombre o muchacho, por que los 
hay de todas edades, que vemos a cada momento, aunque ya en cor- 
lo numero, y que nos asedia, nos agobia, nos fastidia con su eterno 
tuno, dos, tres faltan, 7> según es el número de personas que vé? Na- 
die, pues lodos cuál mas, cual menos, hemos hecho uso de su estra- 



54 LOS VALENCIANOS 

ño carretón, que visto á buena luz no se sabe de qué está formado, 
ni cómo se mueve, ni cómo se puede ir en él; á pesar de que hay 
algunos sumamente graciosos, con sus corlinas de colores, sus ca- 
ballos llenos de cintas y de collares y sus asientos forrados de mejor 
tela. Sin embargo, la generalidad de estos carritos no tienen ningu- 
na condición que los haga admisibles para que uno se atreva á viajar 
en ellos; por fuera el aspecto que presentan no puede ser mas po- 
bre; las ruedas de puro viejas han perdido el barniz que un tiempo 
tenían y solo las queda el color de la madera; las paredes de la tartana 
están formadas por dos pedazos de estera vieja; el asiento del que 
la guia es una pelada labia de pino ó de cualquier cosa, y el rocinan- 
te es un esqueleto de caballo cubierto con una piel sin crines y llena de 
mataduras, llagas y otras cosas por el estilo. Por dentro la vista que 
ofrece no es menos interesante: tiene por toldo unas cuantas cañas 
que al moverse el carruage producen un concierto armonioso y an- 
gelical; por asientos unos que en su tiempo fueron almohadones, for- 
rados de una tela raída, y por suelo ó bien una estera ó bien una 
pieza de cuerda tejida del mismo modo que está hecho todo en este 
original vehículo. Guando se mueve esta máquina, debemos confesar 
que se sostiene j9or máquina y admiramos lo bien que conserva ca- 
si siempre la ley del equilibrio. Guando completados los indispensa- 
bles ocho asientos, y á veces ocho y medio ó nueve, sin los cuales 
no puede comenzar el viage, entra en ese precioso camino del Grao y 
escapa al galope aquella armazón de hierro, piel y caña y con ella otras 
cien; nos parecen fantasmas que cruzan el espacio empujadas por un 
genio diabólico y que la tierra parece que traga perdiéndose tras esa 
bóveda de árboles qua forma el techo de tan encantadora via. El mar 
es el término de este molesto al par que agradable via^e, pues en su 
trayecto suceden escenas dignas de contarse, en las que el protago- 
nista es el tartanero, y que yo no puedo detenerme en referir pomo 
alargar mas este articulo. Al principio y al íin del camino suceden 
oirás no menos divertidas y graciosas con el regateo del precio; ac- 
tualmente han desaparecido casi del lodo, pues algunas veces daban 



I•l^TVD()s pon si mismos. 55 

Iiipar ;i serios jillcrcndDs v aciiloiüdiis ili>|ml;N. Kl rcíflimwnlo que 
el aiKt |»¡is;i(l() se puljlicó lijatido las lürilas \ el iiiaximtin (h? los pre- 
cios lia corladü sino (\o wm al menos en parle la arliilrariedad doloM 
larlanero.s, cuya vohmlad en e.sle piinlo cía la suprema y única l«y. 
Do los Iros larlaneros ipio liemos Iralado (h^ l»os(|uejar. esle es sin du- 
da chine présenla nn cacHíciinas general, y al que vcrdadeíamen- 
le podemos dar I il nondire, pues su olicio no eonsislc solamente en 
cruzar el camino del (¡rao sino ipio se esliende á mas. Su car- 
run^'e lo mismo sirve para correr por la capital, (|uc para ir á los 
pueblos, que para pascar por los arislocralicos salones de la Alame- 
da confundido con los lujosos cochos y no menos lujosas tartanas 
de nuestras principales familias. A este pcrsonagc se le distingue de 
entre los demás por su vestido mezcla de marinero y laljrador y lam- 
bien^por ser el mas trulian, malicioso, hablador y sidapado de todos 
ellos. Su trabajo dura inicnlras dur.in los baños; concluidos estos, 
concluye su obra, no obstante de que quedan algunos siempre, aun- 
que muy pocos, los cuales se reparten los escasos viages que se ha- 
cen en el invierno. 

Hé aquí al tartancro. 

Para concluir voy á añadir dos palabras; este tipo está próximo 
á desaparecer, aunque creemos vivirá algún tiempo, menguanlo con- 
siderablemente cada año su importancia y su nombre. Si me pre- 
guntáis la razón de esto, no sabré deciros mas que porque asi lo 
exige una señora á quien hoy comenzamos á ver do frente y que se 
llama Civilización, esa civilización que está imponiendo su voluntad 
al mun o y que viene rodeada de cuantos atributos y cualidades pue- 
den embellecer la triste prosa de la vida. Comodidad, economía, 
guslo, ornato, todo lo lleva consigo; ¿quién se atreverá á no hacer- 
le paso? Nadie; adelante, pues, la compañera del siglo XIX. Pero ¿no 
oís? alia á lo lejos, muy lejos ha sonado un grito agudo, estridente, .'^a!- 
vage, una especie de silbido fuerte, continuado, penetrante, que lle- 
ga a los confines del horizonte y se pierde entre los pliegues de las 
nubes ¿que es eso? Poco a poco se vá acercando una mole que He- 



56 LOS VALENCIAISIOS 

va por cimera una densa columna de humo y que se abre paso por 
oníre los campos, las villas y las ciudades ¿donde vá? ¿quién la guia? 
¿quien es? Es el siglo XIX, que vá en pos de la verdad guiado por 
el genio del hombre. No le detengáis; pensarlo solamente seria una 
locura. No hace mucho entró en España y al poco tiempo su voz so- 
nó en el Grao, llegó á Valencia y se estendió hasta.... ¿quién sabe 
adonde irá? Ahora que hemos entrado, ó por mejor decir, hemos na- 
cido para la vida universal, necesitamos de otros medios para exis- 
tir; la tartana en el año 1859 es un anacronismo que no comprende- 
mos, mucho mas cuando el mundo desea volar como el pensamiento; 
el tarlauero es un ser que na puede vivir teniendo por sombra el humo 
déla locomotora. Aquí podíamos decir mu y bien la elocuente y profun- 
da frase de Viclor Hugo, esto matará á aquello, aunque el aquello es 
muy pequeño comparado con esa magnífica invención á la que se le 
dá el nombre de vapor. 

La capital también perderá esos antiguos carruages sustituyén- 
dolos por otros mas cómodos y de mejor gusto, como sucede ya en 
otras capitales de provincia, siendo la moda la que introducirá esa 
variedad de faetones, carretelas, tres por cientos, etc. 

Yo que tengo en mucha estima y aprecio en lo que valen esas 
gloriosas antiguallas de nuestros padres, en ciertas cuestiones las 
respeto pero las lego al olvido para marchar con el espíritu innova- 
dor de mi siglo, que por mas que se diga no quiere dormir ni en los 
caminos, ni en los mares, ni en sus leyes, ni en sus costumbres; si- 
no que quiere correr con la celeridad del rayo, quiere volar com.o 
la imaginación fogosa del poeta. Tarlauero, después de haberte pin- 
tado del mejor modo que me ha sido posible te dejo, te abandono 
como uno de esos recuerdos que alegraron la vida de nuestros padres; 
la locomotora acaba de silbar; el embarcadero del ferro-carril está 
lleno, tu tartana está vacía. Adiós. El mundo y con él Valencia quie- 
ren saludar el sol que anuncia la nueva era. 

C Calvo j J&<í¡)úrisuex, 



«¡l'TWí^v 




BL (XAVARIO DE LAS HESTAS DE CALLE. 



■^^^^^] 



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EL CLAVARI DE LES FESTES DE CARRER. 



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.O. 



O LES señor, ello es preciso dar comienzo á tra- 



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P 



,(^^^;^^^^JT^ zar del mejor modo posible este personaje, el 



Hí ^^^y 



cual si mi predicción se cumple , larde des- 
aparecerá áe la escena : esle tipo se repro- 
duce con tanta facilidad y profusión como el 
bacalao, de maneía que es el antítesis de 
los demás ; mientras aquellos a impulso de 
la moda caprichosa y entusiasta por innovar, 
"" ó por efecto del tiempo que todo lo arrastra, 
ceden su condición particular á otro de suyo mas encarnado con 
las ideas y costumbres del siglo que atravesamos, ó cuando me- 
nos se metamorfosean hasta el punto de no haber término de 

8 






58 LOS VALENCIANOS 

comparación, enlre el viejo tipo que se hunde cansado de tan larga 
existencia, y el nuevo que le sustituye con no escaso caudal de ilu- 
siones y esperanzas ; nuestro héroe cada dia se engrandece en nú- 
mero, se multiplica , y Valencia que da su contingente para la em- 
pleomanía, como hace cada provincia, surte también el no escaso 
personal de clavarimanía; pues unos y otros saben de antemano 
que para sentar plaza ya sea en la nómina del Estado , ya sea en la 
callejera , no se necesita otra cualidad que la de poseer ciertas tra- 
gaderas de elasticidail indecible. ¿Y cómo no ser asi cuando para 
condecorarse con el rimbombante titulo de clavario de fiestas, no se 
exije ser letrado , hacer voto de castidad, ni ninguna de esas condi- 
ciones quepudieran ser un obstáculo para revestirse con el , y en 
cambio goza de mil ventajas, reportando honra j provecho. 

Ser empleado y clavario de fiestas son bocados sin hueso ; sin 
embargo, aquel necesita pretender su empleo, mientras que este 
lo agarra; y como por desgracia, entre esta clase de chupópteros de 
nuevo cuño, ya hemos dicho que no es condición precisa ser letra- 
dos se desconoce la lógica, y detestan todo razonamiento ó discusión 
que tienda á desviarles de su propósito , y así como la raza cani- 
na no reconoce mejor ley que la del colmillo , así estos presupues- 
tívoros enarbolan su bandera y á voz en grito proclaman como ley 
mas obvia la de la fuerza bruta; y líbreme Dios de encontrarme en 
medio de un combate entre gente de tan buen puño, y robusta in- 
tención de no ceder la clavarimanía al gran turco que se la dispu- 
tara, aunque tuviese que armar un puj.lato con él mismo. 

Basta de preámbulo, y puesto que el tipo que nos ocupa es un 
efecto , sepamos su causa. 

Piérdese (1) en la oscuridad de los tiempos el origen ó institución 



(1) No podemos resistir al deseo de estampar algunas de las consideraciones que acer- 
ca de la procedencia de las Gestas de calle ha escrito nuestro amigo D. Francisco Puig 
y Pascual , todo con el deseo de ser mas exactos y por que reconocemos que no llega- 
ríamos á la altura de este modesto literato al recopilar la Índole sie aquilas. \ Ojala hu- 
biera escrito también acerca del lipol 



TIMADOS IMUl si HUSMOS. 59 

di3 ciLTla.s r('>livi(|;i(l('s (jiio Irasmilioscn a las goncra» iones fnUiras 
a(|iiollus (lias (le í^loriosa recordación en honor (h? lo» cuales fueron 
creadas. Do muy distinta manera nos lia consignado la historia su 
reiohraeion on las diferentes (>pocas (|iie han atravesado las naeio- 
ncs, ya en el apogeo de su prosperidad , ya en el periodo do su de- 
cadencia. A nietlida (pie los pnoMos han adelantado en sn civihza- 
cion , hemos visto (pie han sufrid ) modilicaciones mas i) met.os 
Irascondcnlalcs ; pero (jue no han alterado cu nad.» su esencia , de- 
jándonos por consiguienlo en doscubierlo el objeto que sus fundado- 
res se propusieron. Asi vemos , por ejemplo , que al paso que los 
|)rimitivos pueblos del globo sancionaban como precepto el sacri- 
ücio de millares do victimas humanas á sus falsos ídolos ; en épo- 
cas posleriorcs , y cuando conocieron la barbarie de estos espec- 
táculos tan gratos para sus antepasados . y tan repugnantes para 
ellos, no solo los condenaron al olvido, sino que se avergonzaron al 
solo recuerdo de lan atroz costumbre, sustituyéndolos empero con 
otros mas gratos y en mas perfecta consonancia con la índole de sus 
moradores. 

El nacimiento del cristianismo fue la antorcha que disipó las ti- 
nieblas de tan borrascosos tiempos , relegando con las sabias máxi- 
mas del Evangelio tan cruentas escenas. Desde esta época en que 
la civilización lomó nn giro distinto , han sufrido una metamorfosis 
completa esos actos espontáneos con que los pueblos recuerdan an- 
tiguas tradiciones. Y mientras los romanos en su estúpida embria- 
guez se entregaban á asquerosas y repugnantes bacanales, los cris- 
tianos celebraban con religioso compungimiento las festividades de 
los Santos. ¡Singular contraste que hace mas latente las tendencias 
del espíritu humano hacia su mejoramiento moral! 

En ninguna nación quizás se presenta lan á las claras ese pru- 
rito de festejar, como en nuestra España. Dominada primero por 
un fervor rehgioso , á cuyo influjo se debieron tantas conquistas , y 
subyugados después por el fanatismo inquisitorial de los Torque- 
madas, origen de su decadencia y envilecimiento, desde los últimos 



60 LOS VALENCIANOS 

años del reinado de Felipe lí hasta la muerte del imbécil Carlos el 
hechizado, acudió en cuantas ocasiones veia malograrse sus inten- 
tos á la celebración de actos religiosos, pública y ostensiblemente 
manifestados. En mas de una página leemos en la historia , esa fiel 
consultora tan benévola como rica y erudita, que los monarcas man- 
daban hacer públicas rogativas antes ó después de emprender una 
guerra , para que el cielo les concediese el triunfo de sus armas; y 
cada pueblo, cada provincia , se encomendaba á sus Santos patronos 
para implorarla justicia de su causa. Esto por una parte, y las gran- 
des calamidades públicas, que en todos tiempos han afligido ala hu- 
manidad por otro, multiplicaron estraordinariamente las festividades. 
Valencia es quizás entro todas las provincias que comprende 
España , la que cuenta mas Santos de su devoción , como vulgar- 
mente se dice , y la que consagra mas dias del año á tributarles un 
culto esterior, al paso que religioso, de contentamiento y bienan- 
danza para sus moradores. Y un forastero se hubiera asombrado al 
recorrer treinta años atrás las calles de esta capital viendo ¡oh pro- 
digio mararilloso ! empotrados en las paredes de casi todas ellas 
uno ó mas retablos , cubiertos de madera unos , otros de lienzo con 
la imagen de un Santo , deteriorada por la incuria de los tiempos, 
y alumbrados algunos durante la noche por un grasicnto farolillo, 
que la piedad de algún devoto , ó una promesa empeñada , tenian 
cuidado de alimentar. Si al forastero se le preguntara , creyéndose 
trasportado al claustro de algún monasterio (pues tal debiera pare- 
cerle tanta multitud de postizas capillitas como se ofrecían á su vis- 
ta) si cada una de ellas reconocía una fiesta, y le hubieran contesta- 
do afirmativamente , ¿seria estraño , esclamase , que Valencia era 
el pais de las fiestas? Los valencianos tienen fama de ser los mas 
festejadores del mundo : y cuenta que por grandes y dolorosos re- 
cuerdos que abrigase el pueblo valenciano , se han disipado como 
el humo , tan pronto como han oido el tamboril y la dulzaina. Esta 
fama proverbial la tenemos muy bien sentada , y donde mas resalta 
es en las tan celebradas festes de carrer. 



PINTADOS POH SÍ niIÍOlOS. 61 

lié aí|ui , pues , el inoinonlo oportuno para poner do manilicslo 
al hcroü «jiiü motiva rsle escrito. 

(ioncralniento v\ físico de nucslro hombro es aunípio bien ages- 
tado do s(Mnl)lantc enjuto : en consecuencia os amante! do lo enjuto\ 
basliuilc lomado del sol , pues os amijío de las mciicMidüs ;i rumpo 
raso : hercúleo , pero sin oslenla^ion . solo hace alarde de sus fuer- 
zas cuando le dispulan su empleo , y ya sabemos de que modo las 
uliliza ; nervioso de temperamento , auncpie solo le atacan estos 
cuando rinde cuentas do los fondos recaudados para el Sanio y re- 
sulta alguna diferencia en su ronlra , que es lo mas frecuer.lo , á 
causa de no ser su fuerte eso de andar con números , á no ser que 
sean de lotería , pues en este caso nuestro clavario os p:ran caba- 
lista , y si no diiránlo las rifas que todos los domin^'os tienen lugar 
en pro de la fiesta , siendo tal su de>lreza ó calculo . que sin ser 
un Macallisler, ni siquiera aprendiz de preslidijitador, sabe que nú- 
mero ha de ser el agraciado , y claro está que obla por él; (para el 
mejor éxito de esta operación el bolso donde se colocan los núme- 
ros suele estar en estado interesante). Sin embargo, tiene la precau- 
ción de anunciar al publico que ha cabido la suerte á un sugelo de 
la calle inmediata. 

Oue alargue el paso el que haya de seguirle la pista. 

Viste decentemente en su clase: chaqueta corla y pantalón de 
campana y ajustado á la rodilla; y como su ocupación ordinaria es el 
oficio de bellulero . y por desgracia . no presta lo suficiente para 
las francachelas y frecuentes giras donde se saborea la esquisita 
paella , guisada comunmente por el mismo , que es muy inteligen- 
te en materia de gastronomía , procura á fuer de buen ministro de 
Hacienda , aguzar su imaginación que es fecunda , y como resul- 
tado de estas oabilaciones aritméticas poder destinar algún sobrante 
para atender álos suculentos y nutritivos pasatiempos de que es en- 
tusiasta , y esto esta en completa armonía como en compensación 
de los sinsabores y aturdimientos de cabeza que le ocasiona su 
clavaria. «En conciencia, dice , (téngase presente que es elástica) 



62 LOS VALENCIANOS 

yo, debo resarcirme de lanío trabajo; trasnochado y sin descanso, 
acometido á todas horas por unos y por otros ¿ cómo era posible lo 
resistiese sin estos enjutos íragosh-) 

Moralmente con pequeñas escepciones , es intachable , amante 
de la femilia, religioso , buen amigo , en términos que sino fuera 
tan furibundo en política (que generalmente la hecha de patriota 
dfi los mas G>xaUados) seria un hombre aprueba de bomba , pero 
quiere la fatalidad que desde que Esparteiio ó no. recordamos quien 
fue , mandó quitar un retablo que tenia al lado del balcón de su 
casa , no pueda transigir ni aun con los mismos liberales ; él según 
dice á todas horas, tiene deseos de conocer á Prudhon , pues le 
han contado que una, de las máximas de este filósofo es «que la 
propiedad es un robo» máxima que está muy conforme con sus ideas 
puesto que á la muerte de sus padres tan solo heredó dos sillas ro- 
tas y aun no ha podido mejorar su ajuar. En fin baste ya de físico 
y moral y entremos de lleno en el ejercicio de sus funciones. 

El clavario de las (¡estas de calle goza de consideraciones no 
solo en la suya si no que hasta en el barrio : llega el dia de la fun- 
ción y ha de iniciar la inversión de los fondos, de anlemano ha de 
tener formado el programa de las fiestas , siendo el comisionado di- 
plomático para con el dulzaynero y músico mayor (deis Oliers); es 
además delegado especial cerca del orador y vicario de la parroquia 
ó convento don Je se ha de celebrar la función de iglesia, si es que 
el rumbo de la fiesta y cantidad que se recaudó sufraga para ello. 
Ha de arreglar la cantada de ciegos y es preciso hablar á Santa- 
pola ó Viñes. Si hay baile de torrente tiene que ajustar á Nás el 
chogiiero y el Sort el Tintorer y Botifarra, célebres en mas de 
una pantomima : ha de tener dispuesto á fuerza de repetidas liba- 
ciones de lo enjuto á Grancha , famoso coloquiero que les hace 
caer de risa, ó por que no se pueden tener; lo cierto es que mu- 
chos de los que le oyen se caen. Tiene que buscar un florero que 
tenga los colgajos nuevos y sea barato. Esta clase de pabellones ó 
trofeos de banderas de mil colores hacinados en medio de la calle, 



PINTADOS I'OM si 'MISMOS. (')?) 

liu siisli luido a les lióles v ijallardcls con (jui' jinliguiímcnlí; so en- 
galanatta. Calcula a (|ue conliteria cncai^'ara los hizcocliuH , pues 
osle es negocio que debe |)('usarsc ya í|ue de ello pende el (¡lU' le lo- 
que un buen bizcocho-tortada , y además olio en raínn para ayu- 
dar a la paella ó almuerzo del dia de la función. Si no prestan los 
fondos para la corrida de loros do carne , es preciso ir a la ^'ana- 
deria de Coqui que por ocho reales presta un toro de cartón : en 
fin si hay fuegos artiüciales ó cuando menos Iraca y petardos es con- 
siguiente personarse con Poncl, acrcdilado pirotécnico para que ar- 
regle una cosa que esliga he pera tots. 

Es llegado el dia de la luncion ; á las dos de la mañana ya le- 
ñemos en pie á nuestro clavario (pie no durmió, en lodo el rato que 
para ello deslinó , y csla dispuesto á no dejar que alma viviente 
repase en toda la noche. Después de tomar el aguardiente, da or- 
den y principia el dulzainero , á éste sigue la música , después 
las esclamaciones de júbilo, vulgo relincliaes y con esto se da prin- 
cipio a las célebres albaes , tan maldecidas por los conlnirios á 
las tales fiestas, como encomiadas por sus entusiastas. Hecho el pa- 
sa calle de ordenanza, se dirigen a las cases foranes que contribu- 
yeron con algún donativo para ayuda de la fiesta, y después de en- 
ramarle la puerta y de hacer frecuentes visitas á otras casas, donde 
en cambio de monedas les dan con que refrescar la garganta, llega 
la hora del almuerzo, y nuestro clavaiio descansa del largo paseo 
para emprender otro no mas corlo que se titula la replega pa l'ar- 
mozar: después de este viene la liesla de la iglesia, si la hay , y 
después de conducir al santo procesionalmente cuando la fiesta es 
de rumbo, la misa es acompañada de música con el correspondien- 
te sermón , ó bien carga con el santo en brazos, sin mas ostenla- 
cion, y se cauta una misa de correguda; concluida ésta, viene el 
reparto de los bizcochos , donde el clavario quisiera pasar treinta 
veces por la puerta de su casa y otras tantas repartirse bizcocho. 

Uno de los actos en que prueba evidentemente su ingenio y fa- 
cilidLid para hallar arbitrios, es cuando llegada la larde vé con asom- 



64 LOS VALENCIAKOS 

bro que no bastan los Ingresos para satisfacer los gastos; entonr,es 
se dirige al mercado , y comprando alguna fruta ó legumbre, que 
dice ha sido un regalo hecho al santo, eutra en la calle y principia 
á gritar con voz pulmonal y fuerte nEls codoñs de la Sanlísima 
Trinitat regaláis per un devóty) ó bien, La col flor que han donat 
pera Senta Bárbara. Y muy pronto tras una otra subasta de esta 
naturaleza, le facilita una cantidad que no tenia. 

En fin, son tales las ocupaciones del clavario, pues, que en lodo es 
de precisa asistencia, que solo una naturaleza de hierro puede re- 
sistirlo, y cuando llega la última hora de la noche y cualquiera de 
mis lectores necesitaría el reposo por tanta fatiga , renunciando de 
buen grado el empleo que tales sinsabores ocasiona , nuestro héroe 
se dispone á sostener la clavaria para el año inmediato, y si observa 
que tiene contrincantesque se disponen á cojer las rosas que, puestas 
sobre el altar, esperan á los que las han de coger, significando así que 
quedan en posesión de la clavaría ^'ávn el viniente año; allí es de ver 
cómo convoca á su cuadrilla, que adelantándose á subir la escalera ad 
hoc, tiene abajo además de retaguardia quien le guarda las espaldas; 
los otros se valen de iguales medios, y no hace muchos años ha tenido 
que mediar la autoridad ó la policía para evitar una conclusión de- 
sastrosa, ó cuando menos, un final parecido al ball de Torrent, y 
como prueba evidente del aserto que en un principio sentamos, de- 
bemos decir que en cierta calle de esta ciudad hay 29 clavarios 
para la fiesta del presente año, y nótese que apenas tendrá otros 
tantos vecinos. ¡Oh turrón, turrón! cuan acechado te vés, por 
corta que sea la dosis con que te ofrezcan! 

Hasta aquí el clavari en general, dejándonos muchas particula- 
ridades anexas á este tipo por no fastidiar mas al lector. 

Sin embargo, Valencia tiene sus fiestas de calle suntuosas, y 
en consecuencia , clavarios qne son el reverso de los que hemos 
bosquejado , elejidos por sorteo. En estas fiestas que pudieran lla- 
marse de priner orden, tales como las tan celebradas de los mila- 
cres, donde las bellezas valencianas se disputan la dicha de ser las 



PINTADOS pon sí MISMOS. 65 

mn8 alavindiis, nada liay dü lidiculuú nuestro modo do vor, ni bico 
os verdad (|iu' no somos anii/^'o.s do los cultos cstcriorcs; esta fun- 
ción procedo do la iglesia a la quo se le d.i la iniciativa de un modo 
digno y (|ue llega á una altura tan merecida rjue el resto de la 
tiesta , ó sea el culto cstcrior , casi parece una consecuencia de 

•,U\\U'\. 

Al trazar algunos do los rasgos peculiares á los clavarios áv. fies- 
tas callejeras , nuestro móvil arranca del deseo que abrigamos á 
fuer do valencianos de quo desaparezcan, sino de raiz, al menos 
gran parlo de osos actos que se perpetran en presencia do los 
santos , y que no parece sino que estos los autorizan, y que tan poco 
dicen en favor de nuestra cultura y costumbres : nadie como nos- 
otros comprende que cierta clase del pueblo , dedicada asiduamen- 
te á -sus faenas, necesita un dia ó dos al cabo del año para dar 
treguas á tanta fatiga y entregarse al placer y alegría á que son 
acreedores, como el resto de la sociedad; pero repetimos, que 
hijos de este suelo privilejiado, entusiastas como el primero, llenos 
de fé suficiente para respetar las tradiciones y cuanto fue iniciado 
por nuestros padres , desearíamos se corrijiese esa clase de des- 
ahogos y contentamientos espresados de un modo tan indigno y que 
dá lugar á los estrangeros a insultarnos, cuando comentan nuestras 
costumbres. 

JTosé Yieeiif e Xebot. 




EL TORRENTI- 



c>í;?^ifi 



uiÉN es, preguntará el lector, ese individuo de la 
gran familia valenciana , ese liabilanle de una 
de las fértiles comarcas regadas por el Túria, 
que no está comprendido en el tipo general y 
merece el privilejio de un retrato aparte?.. Oh! 
es que el torreotino tiene su fisonomía especial 
cuyos rasgos se apartan completamente de los 
que constituyen la manera de ser, no diré de sus compatricios, 

• 

sino hasta de los vecinos de quienes los separan algunos jornales 
de tierra. El torrcnlino es un tipo originalisimo, digno de estudio. 
Si lo examináis esteriormente aun hallareis en él los rasgos mate- 
riales de la raza morisca ; pero si lo sujetáis á un examen de su 
carácter é instintos, pronto habréis de convenir en que es una varie- 
dad y variedad muy preciosa del tipo nacional, y lo que es mas 




68 LOS VALENCIANOS 

eslraño, de los individuos de su propia familia , con quienes está 
ligado por la identidad de origen, de costumbres y de territorio. 

El torrentino! ¿queréis las señas de este curioso miembro de la 
comunidad valenciana? ¿queréis una fórmula para componer un 
escelente egemplar de esa entidad original? Echadme en un cuer- 
po ágil, enjuto, nervudo y curtido por los rayos del sol meridional, 
iguales parles del espíritu ingenioso y civilizador de la raza árabe 
y del carácter cosmopolita y calculador de las frias razas del Norte, 
y obtendréis un torrentino puro , auténtico y tal como lo ha produ- 
cido la sabia naturaleza. 

El torrentino está en todas partes y lleva su industria á todos 
los rincones del globo. Su carácter altivo repugna la dependencia 
en el trabajo , y este rasgo de su carácter le obliga á ser osado y 
emprendedor. Dadle á un torrentino un capital de doscientos reales 
y le habéis hecho comerciante. Recorred la España entera, pasad 
la Europa , cruzad el Atlántico , y en todas partes hallareis el tor- 
rentino, y en todas partes quedareis sorprendidos al ver al hombre 
de los campos hollar con paso firme y resuelto los grandes centros 
de la industria y del comercio. 

No temáis que escape á vuestra mirada; no temáis que los ras- 
gos de su fisonomía sean los rasgos vulgares , indecisos y unifor- 
mes de la gran familia aritmética que se agita en las cinco partes 
del mundo : ó, mejor dicho, no temáis que se os escape por falta 
de fisonomía. El torrentino es el tipo único y ejemplar del comer- 
ciante poético, y aun me atreveré á decir romántico, por mas 
que esta idea parezca lejana y antagonista de todo lo que se roza 
con los guarismos. El torrentino no ha renegado jamás de sus tra- 
diciones, y cruza los grandes focos déla civilización sin dejar en 
ellos un átomo del pasado. Donde quiera le veréis con su pintores- 
co pero modesto traje campesino; y si la curiosidad ó un instinto 
investigador y filosófico os induce á estudiarle de cerca , le halla- 
reis siempre sobrio y circunspecto , aun en medio de las prodiga- 
lidades de la fortuna. 



PINTADOS pon SÍ MtSMOS. í>9 

IN»r(juo oso modesto lahric^'o (jik; rcMorro el mundo «in cono- 
cer mas idioma (|uo el dialecto del pais , llega con frecuencia ú 
reunir un gran capital. 

Acaso imaginará el lector que una organización tan impaciento 
y un ospirilu lan avonlurcro y cosmopolita como el del lorrenlino, 
ha do avenirse mal con ol amor á la localidad, y que ose valencia- 
no industrioso , una voz lanzado en el camino do la espeíMilacion. 
lardo ó nunca volverá á pisar el patrio hogar. ¡Oh , íjuo mal co- 
nocéis al torrontinoi Ya os ho dicho que es un comerciante sui 
generis. Ni la próspera fortuna , ni los rcíinamionlos de la civili- 
zación, ni el ejemplo do la sociedad gcneralmenlo positivista y 
descreída con quien suelen oslar en contacto en sus dilatadas es- 
cursioncs, son bastantes á borrar do su corazón el amor patrio y 
el apego al modesto campanario de su pintoresco y risuefio lu- 
gare jo 

Tampoco imaginéis que esto espiritu industrial, ó mejor diremos, 
esto instinto innato en el lorrenlino que le obliga á buscar el movi- 
miento, la actividad y los ceñiros de la industria y la civilización, en- 
vuelve algún móvil de avaricia ó sordidez. Nada mas opuesto al carác- 
ter del lorrenlino. Por el contrario: aquí volvemos á encontrar uno 
délos rasgos mas salientes del tipo provincial. El lorrenlino es fran- 
co, generoso, desprendido y hospitalario. Bajo este punto de vista 
debo rectificar un dicho vulgar que se aplica á los naturales de ese 
pueblo industrioso y que es, mas bien que un rasgo de crítica pro- 
funda , una pincelada muy propia del humor epigramático de los 
valencianos. Dícese comunmente que cuando nace un lorrenlino, 
su padre le estrella contra la pared: si se ase á ella, el autor de sus 
días le augura un próspero porvenir y le declara lorrenlino de buena 
raza : si no hace presa es señal evidente de una organización dege- 
nerada. Al través de su exageración y de su carácter epigramático, 
se halla, sin embargo , mucho de cierto en el fondo de este dicho 
vulgar. Aplicada al carácter distintivo del lorrenlino , esa imagen 
pintoresca y material pinta con bastante energía la fuerza de volun_ 



70 LOS VALENCIANOS 

tad que le impele á buscar la independencia y la libertad en la ma- 
nera de subsistir , y el valor con que suele librar su porvenir á sus 
propias fuerzas. 

Si quisiera entrar en detalles sobre las diversas industrias que 
son del dominio del torrentino, estos renglones lomarían el rumbo 
de un articulo estadístico. En tesis general, se puede afirmar que 
el torrentino conoce instintivamente todas las industrias peculiares 
del país , y que su ojo certero y perspicaz se equivoca raras veces. 
Si le buscáis en la corte le hallareis bajo la forma del clásico horcha- 
tero; si vais en ciertos momentos á Italia, á Francia, á Alejandría, 
es probable que le veáis contratando alguna partida de simiente de 
seda. En España es cosa sabida que le hallareis en todas partes, 
llevando á donde quiera los mas estimados productos de su país, y 
esplotando de camino toda industria que surge en la tierra que 
pisa. En una palabra ; so le ha visto en las esposiciones de Lon- 
dres y París, y ha arrojado una chispa de su genio osado y empren- 
dedor en esas inmensas hogueras de la civilización , donde han ido 
á calentarse todas las industrias del mundo. 

Es posible que llevados de la simpatía que me inspiran mis 
vecinos, exagere un tanto los rasgos de su fisonomía. Sin em- 
bargo , no se pierda de vista que es quizá la primera vez que se 
hace pública justicia á esa población de hombres tan honrados como 
laboriosos , y que les debemos intereses atrasados de estimación y 
alabanza. 

Hemos bosquejado á grandes pinceladas el tipo del torrentino, 
que como se vé por los rasgos mas notables de su carácter, di- 
fiere bastante del tipo general de los naturales del antiguo reino de 
Valencia. Creemos muy imperfecta ó insuficiente nuestra breve la- 
rea , y muy digno el asunto de ser tratado con mas detenimiento. 
Forse altro cantera con miglior pletro ; y si no hay mas aventaja- 
do ingenio que cautelas glorias del torrentino, quizá nosotros nos 
decidamos algún dia á ampliar este breve trabajo y á dar una idea 
mas lata de las costumbres y de los hábitos mercantiles del torren- 



PINTADOS IM)K SÍ .'MISMOS. 71 

linu, (-011 dalos mas curiosos ü iiii|)()i'lüiit)S acerca do su industria 
y su comercio. 

Knlrolaiilo , el via^ícro (\\u) al visilar cslo país de las flores y de 
las mugoros, paso por las inuiodiacioncs do osa población llena 
de vida , en la eslacion en (pie las lluvias ponen los caminos inlran- 
sitables ó incomunican á los lorrenlinos del resto del mundo; el via- 
goro curioso, repelimos, (pío (piiera ver un pcípieño centro d(! ci- 
vilizazion y un pueblo do campesinos (pie aranzansin dejar de mirar 
atrás ni sacudir su corteza labiicga , penetre en cualíjuier hogar 
modesto do Torrente , arrellánese en un sillón do baqueta á la lum- 
bre do la hospitalidad y dejo hablar por espacio de dos horas á 
uno de esos descendiontes do la raza mora , que viste el trajo tradi- 
cional , que se muestran íicles á sus antiguos hábitos, y que hablan 
do la Basilica de S. Pedro y de la catarata del Niágara. 

Porej^rin García Cadena. 





LA PESCADORA. 



LA PEIXCAORA. 



-•íi* — 



uNQiJE la significación mas nalural y genuina de la pa- 
, . . ,, labra que sirve de epígrafe á eslc articulo, pudiera 
(4 )q hacer creer á los eslrangeros poco conocedores de 
' ^ \\ nuestras costumbres, que el tipo de que nos vamos 
V^C// ^ ocupar es en algún modo parecido al de las ima- 
ginarias amazonas soñadas por su imaginación ca- 
lenturienta , no por eso podrá atacarse con justicia 
de pobreza á nuestra lengua, ni de falla de lógica á nuestra mane- 
ra de espresarnos. Cierto es que al nombrar á nuestra heroína la 
peixcaora se concibe fácilmente la idea de una muger bella , fuerte 
y arrogante que compartiendo las fatigas del compañero , que Dios 

hizo su ¿refe natural , se lanza sobre una frágil barquilla, sin temor 

40 



74 LOS VALENCIANOS 

á las olas ni tempestades , y porsigus liasta lo mas profundo de sus 
nacaradas mansiones á los habitantes del cóncavo cerúleo. Cierto es 
también , que al lado de tan bello cuadro se manifiesta mas negro, 
mas miserable y hasta repugnante el que nos descubre á la 'peix- 
caora tal como nosotros la conocemos ; con su desaseo , con sus 
maneras toscas y con sus trajes raidos , y ocupada únicamente en 
vender los productos de la honrada industria del pescador, Pero á 
pesar de lodo, y como liemos dicho antes , no se puede atacar de 
pobreza á nuestro idioma que adopta tales palabras, porque al íin 
y al cabo la peixcaora también pesca eo sentido traslaticio (y no 
como se quiera , sino con un tino y habilidad admirables] el dinero 
del bolsillo de los pacíficos ciudadanos , á quienes sirve de cebo el 
pescado contenido en sus cestas, 

Pero justifiqúese ó no hasta cierto punto la palabra en cuestión, 
lo cierto es que el tipo que représenla , original por sus cuatro 
caras, es uno de los mas dignos de estudio en lodo el antiguo reino 
de Yalencia. En todos los países y en todos los tiempos se ha no- 
tado una gran diferencia de costumbres y caracteres entro los ti- 
pos que podemos llamar terrestres y entre los que por consecuen- 
cia denominaremos maritimos. Ese bellísimo espacio líquido llama- 
do mar , que ya se lanza con furia sobre las embarcaciones que el 
hombre arma para dominarle, ó ya besa mansamente y como en 
señal de paz las orillas de esa tierra que le sujeta y contra ia cual 
murmuran sin cesar sus olas en las playas , imprime un sello espe- 
cial y que no se borra jamás á todos los que la suerte ó la desgra- 
cia condena á vivir con él en perpetua lucha, ó alimentándose con 
los productos que arranca de su seno. No sé de qué modo su gran- 
deza se infunde en el ánimo de la gente de mar, ni de qué manera 
esa dulce melancolía que lleva consigo se apodera de su alma , lo 
cierto es que pescadores , marineros, granujas y mugeres, todos en 
fin, los que directa ó indirectamente andan mezclados con este ele- 
mento , tienen un aire triste y meditabundo • sus conversaciones 
siempre graves , solo dejan entrever el dolor y la alegría , sin es- 



TIMADOS I'Oll SÍ Misólos. 7f5 

prcisiuios claiainoiili! jam.is; sus roslrus hroiii-failos se iiiiniit.jn rara 
vez y sus ojos escudriñadores ponulruii liastu ul fondo del alma do 
los (lemas hombres. Iilslas cualiJadeH tan (iisliiilas en geucrul do 
las (|ne sobresalen en los lipo.s lerreslres , han profundizado esa 
distinción (juü sü advierte entre las dos clases de li()os menciona- 
dos y han dado ese bello colorido (íspecial que lunlo agrada a todas 
las novelas maritimas, a tmlos los cuenlos de ú bordo y u I s bellí- 
simas melodías de liellini y Arriela. 

Pero si esta sola circunstancia hace de la peixcaora un tipo 
digno do estudio, lo es mas aun por la especialidad de sus costum- 
bres que las separan de sus compañeros de |)rofesion en los demás 
puertos de España y del eslrangero. ti colorido local cjuc á lodos 
los lipos valencianos presta el árabe grabado sobre sus rostros y 
costumbres; el qu(í añade a esta singularidad eso lenguaje brevo 
sentencioso (|ue está señalando su origen lemoaia, y, la no desprecia- 
ble circunstancia de formar el pueblo de los marinos aj)arle del de 
Valencia, lo sulicicntcraenlc separado para que sus costumbres so 
conserven integras, y bastante próximo , sin embargo, para consti- 
tuir un lodo con el carácter general valenciano, hacen que, como 
dijimos ya , sea nuestra peixcaora uno de los lipos siii (jeneris v 
mas originales de lodo el anligu) reino de Valencia. 

Ia peixcaora, hablando en general, suele ser una mnger do 
edad madura ó incierta, a juzgar por su (isonomia bronceada y cu- 
bierta de arrugas, de mediana estatura . ó mas bien alta que baja, 
delgada como un atún y seca en sus movimientos y palabras: si a 
esto añadimos un genio no muy placentero, mucha acciou, gran 
actividad , músculos bastantes desarrollados y un par de retoños 
de mas o menos tiempo , habremos formado el retrato general 
del tipo. En cuanto a su traje, fuera del indispensable mantón a la 
cabeza , que es de rigor y mauiliesta al tipo en cualesquiera cir- 
cunstancias, las damas prendas del traje varian notablemente según 
la mayor ó menor fortuna de la dueña, de su natural aseo y de otra 
multitud de circunstancias. 



76 LOS VALENCIANOS 

Sin embargo , no es muy aventurado señalar por regla general 
que sus pies , casi siempre desnudos, solo hacen uso tal cual vez 
de algunos zapatos en chancla ó de zapatillas con suela de madera, 
y que el vestido, zurcido por mil partes, presenta un color inde- 
finible. 

Por supuesto que esta regla general , está sujeta á muchas es- 
cepciones , puesto que entre esas peixcaoras feas y de una edad 
regular , suelen encontrarse pimpollitos capaces de hacer pecar á 
un santo , y viejas mas viejas que la madre que las dio el ser. 

Pero estas hermosas niñas son (como diría un romántico) deli- 
ciosos oasis en medio del desierto de la vida, ó una isleta de hadas 
en medio de un estanque de gusanos. Y esas otras viejas (siguiendo 
el mismo lenguaje) son los miasmas pútridos que exhala ese mismo 
estanque cenagoso , y que no afectan en nada su naturaleza. 

Volviendo, pues, á nuestro tipo y sin salir de él, hemos de 
advertir á nuestros lectores que está repartido en una infinidad de 
variaciones, ó mas bien que su pequeña sociedad tiene una es- 
cala gerárquica , que en nada cede á las de las otras sociedades. 

Desde la peixcaora aristocrática que después de fletar por su 
cuenta una tartana para cargarla con los cestos de su pescado , los 
vende j9or mayor á otras industriales que se encargan de su des- 
pacho , hasta la desgraciada y miserable, que no solo carga y des- 
pacha por sí misma su mercancía, sino que ayuda ais chics en la 
bolichada , hay una escala que formada de medias tintas concluye 
en el color blanco y negro que hemos trazado. 

Hé ahí el por qué de esa confusión y diferencia en los detalles 
del traje y en las habitaciones que separan á las peixcaoras , y 
cuyas diferencias se reconocen hasta en el lenguaje que usan en la 
venta. Añádese á esto la diferencia de las estaciones, que produce 
como consecuencia necesaria una gran variación en las costumbres 
y aspecto de nuestro tipo , y se comprenderá que no son de estra- 
ñar tales mutaciones. 

Ha sido siempre idea común ó axioma, y la historia de los pri- 



PINTADOS pon SÍ MISMOS. 77 

moros discipnlos do Jnsiirrislo nos lo coiilinna , (luo la' pcnl(3 (juü 
siihsistü (l(> la posea , no es la ({tío mas ai)iiiiila do medios maloria- 
los do suhsistcnoia , ni la (|tii; mas fácil monto iu<(ra cambiar las 
rclucicnlüs escamas de sus poces por relucienlcs pesólas ó naj»o- 
looncs. 

Por osla razón no ha do crocrsc qiio la arislocrálica pcixcaora 
do (pie anlos hornos hablado es ningún (ireso-hcmbra ni cosa que 
so le parezca. Todas sus riipiczas so reducen á unas cuantas arro- 
bas do pescado, y una mala barraca, y leda su oslenlacion a llevar 
un buen vestido el dia de la Virgen de Agosto, que es su función 
principal , y á repanchü/arso en una tartana que la reconoce como 
duefia , mientras dura el Iraycclo del Urao á Valencia. 

Según la costumbre marina general y saludable , la pcixcaora 
se levanta en lodo tiempo al amanecer , y si es verano arregla 
prontamente los quehaceres de la casa, da de almorzar y cnvja á 
la escuela ais moínculs, almuerza frugalmonle, y como si diji-ramos 
una cebolla cruda, un tomate idem ó algún pez del dia anterior, 
con sü correspondiente pataquela (pan moreno en forma de inedia 
luna) y sin mas preámbulos se lanza hacia vora mar (orilla del mar) 
con su indispensable fuente bajo el brazo y un peso do deshecho 
que impondría sin duda terror al encargado del repeso. Allí lija la 
mirada, y el corazón impaciente espera la llegada del barco de su 
marido , (si lo tiene) pueslo el pañuelo de percal sobre la cabeza y 
sostenido entre los dientes, á guisa de bandera. 

De paso, y como quien no hace la cosa echa una mirada inteli- 
gente al fondo de los barcos que van saliendo , y se alegra ó en- 
tristece oportunamente con su fortuna ó desgracia. 

Si el barco que espera es de volanti ú palangre, (pesca de an- 
zuelos que da generalmente poca pesca pero gruesa) apenas le vé 
próximo nuestra peixcaora se adelanta á la orilla, si quiera se 
moje algo por las olas, y con la vista interroga al marido , leyendo 
en su inmutable fisonomía la sentencia que ha de hacer aquel dia 
feliz ó desgraciado para ella. En tanto el barco avanza sin cesar 



78 LOS VALENCIANOS 

hacia la playa, y al cabo de algunos minutos ya está encallado en 
la arena , la vela hace íripa de vieja y los hombres , levantados los 
paníalones hasta la rodilla , sallan al agua y empujan con fuerza á 
la barca , que bamboleándose y como de mala gana , se desliza 
por cima de los travesanos enjabonados que ponen bajo su quilla. 

Ya en tierra la barca, y siempre con su imperturbable sangre 
fría , sacan los marineros de su escotilla ó fondo, los cestos de junco 
en que yacen los cadáveres de los peces y se los entregan á nues- 
tra peixcaora , en tanto que arreglan los aparejos, componen los 
rotos , reúnen los cables y ponen la barca en disposición de una 
nueva campaña. 

Hé aquí llegado el momento en que nuestro tipo entra de lleno 
en sus mas importantes funciones , dando muestras nada equívo- 
cas de su actividad y energía. Unida ya á las compañeras que tienen 
derecho á parte de la pesquera , y puestas todas en cuclillas ó á 
horcajadas al derredor de la que tiene el peso , (}ue es el punto 
culminante de la cueslion , se dá principio por la salida pausada y 
magestuosa del susodiclio peso que, colocado en el suelo espera 
con aquello el momento de su triunfo. /Cuadro digno del pincel de 
Goya ó de David Teniers! vierais allí , lectores mios las miradas 
ávidas de toda aquella cohorte áepeixcaoras, clavadas alternativa- 
mente en las cestas del pescado, en las manos de la pescadora, en 
los movimientos del peso. Vierais á su alrededor y traídas como por 
brujería , un coro de viejas en pié , mas con niños en ios brazos y 
otras con cestas destrozadas, pero todas abismadas en la famosa 
operación. Y entre aquel grupo desarrapado y silencioso , la heroí- 
na, es decir, la pesadora, preparándose á resistir las reclamacio- 
nes de sus compañeras y calculando mentalmente los recursos que 
la han de servir para no perjudicarse en el reparto. 

Como el peso no se equilibra por sí solo en ningún caso, es 
preciso como operación preliminar, equilibrarlo con arena, cosa 
sumamente difícil y que dá lugar á reyertas y riñas sin íin , que 
pintan por sí solas el tipo, pero que no nos atrevemos á transcri- 



I'INTADOS l'OH si líIlS-MOS. 79 

bir por r(»s|)('l() a lu di'rcncia y soIjio todo üI espacio (!«' qno pode- 
mos disponer. Sin embargo do ludo, y cuiilrslaiido de paso a las 
alusiones (pie so la dirigen , la peixca -pesadora conlinua impávida 
sil operación «pie suelo terminar p'>r una confusión goneral en (|ue 
todas hablan y niii^nina se entiende. Vchlicado el e(piilibiio del 
malhadado pcsui so acercan los cestos y se procede a la reparüeion 
del pescado, según las partes ya de antemano señaladas. I.a pesa- 
dora pone en el plalillo unas piedras sin forma ni color delinible y 
cuyo único conlvasle es su voluntad y con ellas procede a verilicar 
¡as pesadas. Inútil es decir que á cada instante sobrevienen nuevas 
riñas y dispulas que harian interminable la operación si la pesadora 
no continuase impávida en el ejercicio de sus funciones. Pero llega 
un momento fatal en que se pasa de las palabras á los liechos y las 
peixmoras apoyan sus respcciivas reclamaciones haciéndose dueñas 
como pueden del pescado, objeto de sus deseos. En (al momento, 
su grileria es insoporlabie y causa eslrañeza y risa ver en confu- 
sión inesplicable sus negras manos y las plateadas supcríicics de 
los peces , desaparecer ambas cosas como por encanto y prodigar 
insultos sin descansar. 

Otras veces, y cuando algunas ó alguna de las que tienen parle 
en la pesquera es de la aristocracia pesqueril, compra, después de 
nn largo regateo , su parle a las demás , y se pone en campaña con 
lodo el género, ya para el mercado de Valencia, ó para el del mismo 
Cañamelar. 

Cuando la pesquera no es de volantí , ni palangre , sino una 
mera 6o/ic/ía(íc/, no acuden á ella mas que las pescadoras pobres 
y de menos recursos. El boliche es la única esperanza de los des- 
graciados marineros que no han podido alquilar su barraca a alguna 
familia de Valencia, en aquellos largos dias de verano en que el calor 
y el hambre se conjuran para hacerlos sus \iclimas. Inútil seria es- 
plicar á los valencianos lo que se entiende por una bolichada ; pero 
por si acaso este libro cae en manos de un forastero eslraño a las 
costumbres de Valencia , diremos únicamente que es una de las 



80 LOS VALENCIANOS 

muchas pescas de red con plomos que se conocen, y que se dife- 
encia de las demás en que, lanzada por las lanchas á bastante dis- 
tancia de la orilla, es sacada con cuerdas desde ésta por la gente 
allí dispuesta, con lo cual la red recoge todo el pescado que se en- 
cuentra á su paso. Los que toman parte en esta pesquera (á mas 
de los hombres que montan la lancha y que son los principalesj se 
reducen á elementos de deshecho en todos los puertos de mar. 
Viejos que no se hallan en estado de manejar un remo, muchachos 
que aborrecen el trabajo y mugeres que no tienen otro recurso ó 
que son de la familia de los otros trabajadores, esos son los únicos 
que descienden hasta tan desventurada ocupación. 

Allí unos y otros desnudos de rodilla abajo , mugrientos y des- 
arrapados , chorreando sudor por todos sus poros , y haciendo una 
fuerza desesperada que dibuja vigorosamente sus músculos en todo 
el cuerpo , empiezan su casi improductivo trabajo , a los primeros 
albores del nuevo dia y en medio de un silencio sepulcral, propio 
délos ingleses, y que debe hacer á estos, á nuestro parecer y 
entre paréntesis, tan buenos marinos. 

Después , marchando desde la orilla, hasta el sitio donde se van 
arrollando las cuerdas , y desde aquí otra vez á la orilla , y trans- 
curridas dos o tres horas mortales , la proximidad de la lancha que 
echó la red , y los corchos Qotantes de ésta que se divisan á poca 
distancia , les anuncian que se acerca el momento decisivo. 

Ya se han juntado las cuerdas : ya sacan los hombres en peso la 
red y ya se abren esLraordinariamente los ojos de todos los pesca- 
dores ; pero á pesar del desengaño general, á pesar de qne en el 
fondo de aquella red solo suelen verse unas cuantas libras de ala- 
droc (pescado ó sardineta) ni una palabra sale de sus labios, ni un 
rasgo de desesperación se advierte en sus fisonomías y á maravilla 
se oye murmurar á algún anciano una íuiüosa imprecación. Uno de 
los pescadores entonces examina con cuidado la pesca para arrojar 
al agua las muchas arañas de mar que suele haber entre ella y para 
colocar lo róstanlo en los barreños , ó puentes de loza que se tienen 



PIUTADOS pon sí MISMOS. 81 

proparadus , y que una <l«' a(|iifllas peixcaorat quo nudosas y aba- 
tidas a(-ai)au de sullar las falidicas cuerdaü , so encarga de llevar a 
su venta. 

Tero cnalcsquií'ra (jiie sea el modo con (jue la pcixcaora se haya 
proporcionado su mercancía, lo cierto es (juc se lanza con ella á lo 
lar¿,'o (le las abrasadas callos del (lanamelar y Cabañal, con un de- 
cidido paso do alaquo, y no sin haber antes arreglado su toHelíe 
que se reduce á su pañuelo de cabeza, cojido entre los dientes, y 
que la deíiendo do los ardientes rayos del sol, la indispensable fuente 
bajo el brazo , cubierta con un paño mojado para que el pcix so 
mantenga fresco, y el consabido pe>o bajo el otro brazo. 

Ya instalada en acpiellas ralles, llama á todas las alquerias, abre 
las puertas de todas las barracas y pregona su género , gritando á 
cada instante con su chillona y destemplada \oi pachell vól, molls 
grd'sos , aladrdc , y siempre pronta á aprovecharse de la mas leve 
indicación para entrar en vuestra abjueria ó barraca , enseñaros por 
lo !as sus fases los pescados que lleva, haceros notar su frescura 
en los ojos, en las agallas, la cola y demás parles de su cuerpo, 
ponderar su baratura y buen peso , y obligaros por todos los me- 
dios posibles á comprar el género, demostrándonos de paso su ha- 
bilidad en manejar el peso, y hacer uso de la arena, piedras y demás 
adminículos que consigo lleva. 

A veces, cuando todas sus estratagemas han resultado sin efec- 
to , cuando su actividad se ha malgastado inútilmente, la veréis di- 
rigirse con tardo paso al mercadillo del mismo Cabañal, yalli, re- 
gateando , amenazando y burlándose alternativamente de los com- 
pradores, obligarles á cargar hasta con su último pez. 

En esta temporada de verano , la peixcaora tiene otro gran 
recurso para su subsistencia , que la resarce en algún modo de sus 
trabajos como vendedora. Nos referimos á la probabilidad de alqui- 
lar su modesla barraca a alguna familia no muy rita de Valencia, 
que aspira á seguir la moda de la estación, y hacerse la ilusión de 

que viaja trasportándose a la orilla del mar. Esle nuevo recurso la 

11 



85 LOS VALENCIANOS 

impone nuevas obligaciones , que si bien la mayor parte de las 
veces no pasan de actos de cortesía y buena urbanidad, llegan no 
pocas á constituir á nuestro tipo en una ama de gobierno ó patro- 
na de huéspedes , con gran desdoro de su libre y primitiva profe- 
sión. 

Si es invierno, y la pesca abundante , ó si es de la llamada del 
bou ó parejas del bou (que se verifica con dos barcas grandes que 
marchan á vela, llevando en su medio la red, nuestra peixcaora, 
por sí sola , ó en unión con otras, según los casos , fleta una tar- 
tana por su cuenta , ata á la trasera de la misma los cestos de la 
pesca, cubiertos con su indispensable paño mojado, y con aire con- 
quistador y el pañolón caido sobre el cuello , emprende al escape el 
camino de Valencia; de Valencia que es su mas risueña esperanza, 
el centro de sus ilusiones y el terreno mas á propósito para des- 
arrollar su carácter y costumbres; y por consecuencia , su astucia, 
vicios y virtudes. 

Verdad es que en este camino tan deseado, hay un tropiezo de 
gran monta que hace pasar malos ratos á nuestras pobres indus- 
triales : verdad es que existe una fatídica Puerta del Mar que ataca 
sin compasión al bolsillo y á los nervios de nuestro tipo, y conmue- 
ve todo su cuerpo como una descarga eléctrica. Pero cómo ha de 
ser, es preciso refrenar la lengua y aflojar el bolsillo, poniendo en 
las manos siempre abiertas de la Hacienda , la desesperadora can- 
tidad de cuatro reales por arroba de pescado, so pena de pasar por 
el terrible dilema de dedicarse al contrabando (costumbre indigna de 
nuestro tipo) ó dejar de tentar fortuna en la plaza pública, renun- 
ciando desde luego á las glorias de la profesión. 

Aun quedan, sin embargo, que pasar otros sustos á nuestra 
pobre peixcaora , y no debe contarse como el menor entre ellos el 
de los dénau dinés que la municipalidad la obliga á satisfacer para 
entrar en el goce de un puesto y un peso en la pescadería, y de todos 
las demás adherencias que constituyen el oficio. 

Mucho podríamos estendernos en este lugar, enumerando las 



PINTADOS ron sí mismos. 83 

Iraiforinacioiios (iiio lia sufiidu la pescaduria dcsíh? su nacimiento 
en la ÍUnza Hcdnnda hasta su iiislalacion en el cóniodo y r-lrganto 
lugar (juo hoy ocupa ; poro como esto seria separarnos demasiado 
de nuestro Ií|h), haremos gracia á nuestros lectores do esta supre- 
sión, ((uo estamos seguros nos agradecerán. 

Ahora bien , cuando la peixcaora , después do haber cerrado 
to las los manos (juc se abrian para pedirla su dinero , so encuentra 
sentada tras de su elevado puesto , Irancpiila la conciencia, caido el 
cabello y el mantón, y en desorden los vestidos , es cuando empie- 
za á hacer uso do osa gerigonza particular propia do su clase, y que 
tan celebro la ha hecho en Valencia. 

Activa como siempre , apenas asoma un comprador o compra- 
dora por la puerta, cuando le llama a grandes voces y en medio do 
insultos embozados, do alusiones picarescas y gritos penetrantes, 
le muestra su pescado como el mejor que so vendo y regaña do 
paso, con aquellas de sus compañeras que quieren aparroquianar 
al vendedor y separarle del puesto de la que primero le llamó. Estas 
riñas frecuentes en las que nuestro tipo demuestra la agudeza de su 
ingenio con esas comparaciones y rasgos ingeniosos que le son pe- 
culiares , van acompañadas generalmente de un movimiento de ase- 
veración particular que consiste en golpear una de sus manos abier- 
tas con la otra cerrada , inclinando todo el cuerpo hacia adelante. 
Además sucede generalmente , que á las primeras de cambio, y sin 
que exista para ello el menor fundamento, lloran como unas Mag- 
dalenas apenas han comenzado sus riñas, mezclando los insultos con 
las lágrimas y dando confirmación al dicho vulgar valenciano plora 
lo mateix qu' una peixcaora. 

Antiguamente, y cuando el tipo estaba en toda su originalidad 
y vigor, solian terminar estas riñas por acciones no muy pulcras y 
decentes, y aun por sendas palizas, pero en el dia en que ha de- 
generado hasta el punto /oh vergüenza! de que se peine y com- 
ponga como las demás mugeres , y use ¡pañuelo de seda á la ca- 
beza! hoy dia, repetimos, estas escenas han desaparecido de 



84 I^OS VALENCIANOS 

la pescadería, y han terminado la diversión de los aficionados. 

Aunque no tan generalizada como antes , todavía queda entre 
ellas una costumbre que se pone en práctica los dias en que la 
venta ha sido abundante y han sacado de ella el partido que espe- 
raban, y consiste en tomar por grupos en las horchaterías un vasito 
de horchata , mas ó menos grande , y un chocolate con bollo ó pa- 
necillos , según los casos , empleando de este modo sus primeras 
ganancias. Esta saludable costumbre ha producido otro semi- 
refran valenciano , el pesar de la peixcaora , pastilla y bollet 
y got d' a quiñset, por lo cual no hemos querido dejar de men- 
cionarla. 

De todos modos , despachada ya su mercancía y cumplida su 
obligación , nuestro tipo vuelve á tomar su anterior aire arisco y 
despegado, que solo habia perdido en el mercado de Valencia, 
donde, como hemos dicho, se muestra tan habladora como la muger 
que mas, y á pióó á caballo, es decir en tartana, se vuelve á su que- 
rida patria , á su querido Cañamelar , ó á su querido Cabañal, unas 
veces después de haber despachado por sí misma todo el pescado 
que se proponía vender, y otras dejándoselo por un precio dado á 
nna revendedora. 

De vuelta ya en el mar, arréglalos quehaceres de su casa, 
como Dios la dá á entender, ofrece velas ó misas á la Virgen del 
Rosario , para que el marido no tenga ninguna desgracia en su 
viaje , ó no le coja la tempestad que entonces muge , reza su 
rosario como buena cristiana y fiel conservadora de las costumbres 
de sus mayores y aquí paz y después gloria. Y al fin y á la postre, 
después de tantos sudores y afanes , después de tanta actividad y 
talento , con tan pocas esperanzas y tanto trabajo empleado para 
conseguirlas ni aun estas la quedan satisfechas : siempre es la misma 
peixcaora desastrada y rota; siempre la misma peixcaora pobre y 
mal vestida. Con estos resultados no es eslrano que su carácter so 
agrie, que se haga cada vez mas uraña é intratable, y que cuando 
la amenace la vejez y tenga forzosamente que resignarse á desem- 



PINTADOS pon SÍ MISMOS. 85 

poñnr nn pnpol s(MMii)(l¡irio en su |)ii(>l)l(», echo con júhitu gubre los 
lioinliros (l(< sus liijas la pesada car^M de su oficio. 

Mnloncos (jttscausa do sus fali^'as do loda la vida, v arurrurada 
cu uu rincón de la hartara so nianlionc ron lo ({uo la (|uiorcn dar, y 
llova con paciencia las ()enas y (hdoros que como herencia y parte 
le tocan en osla vida do lagrimas , hasta que un día, el menos pen- 
sado váá buscar á una mansión do igualdad y de paz, un descanso 
olerno, y tal voz la bienaventuranza y la felicidad, (jue en vano pre- 
tendió en la tierra. 

E. NerrHiio Fatliratl. 





EL CACAHUERO. 



_^^||||,5f«^«>:^W^pppp«Í^V,,?V,^^^^¡^^^ 



EL CACAIIIIERO. 

VENDEDOR DE CACAHUATE. 



Ulencu es acaso la ciudad de España donde figu- 
ran en guarismo superior los lipos originales , y 
creo poderme csplicar la razón. La necesidad de 
procurarse la subsistencia produce , desarrolla, 
J^ ' ^i y basta, si es permitido bablar asi, subdivide los 
1^^ >^^|| instintos dirigidos á satisfacer aquella , y como 

^M jM^P^M^ M los tipos describibles no salen del circulo de los 
empleos , profesiones , oficios ó industrias , que 
sirven para ganar la vida , allí donde estos medios é industrias se 
presentan en mayor número, allí deben abundar forzosamente los ori- 
ginales para las galerías biográficas. Valencia es región privilegiada 
en este particular. Su rico y feraz suelo brinda con mil recursos al 




88 LOS VALENCIANOS 

esplolador , quien á muy poca costa los beneficia, y precisamente 
de uno de ellos me propongo trazar en breves palabras el boceto. 
Tal vez parezca á primera vista árido el asunto al que lea el titulo 
que lo encabeza ; pero he creído que esprimiéndolo, aun podria dar 
jugo á un artículo no de los menos interesantes del presente álbum. 

A principios de este siglo se importó de América , con objeto de 
aclimatarla en nuestro suelo , la planta cuyo nombre indígena es 
maní ó cacahuate , y á la cual los valencianos con una ligera altera- 
ción han asociado el diminutivo de cacan (cacao) llamándola caca- 
huet. En su primera época parecía no deber adquirir el desarrollo 
que después ha adquirido , ni llegar á ser un ramo de industria tan 
considerable como es hoy día. Pero la facilidad de su cultivo en un 
terreno análogo al país de donde es originaria , y las aplicaciones 
que ofrece á algunos ramos , sin contar la estraccion del aceite , y 
la mezcla con otros productos de general consumo, han popularizado 
el cacahuet , ganando derecho de ciudadanía en nuestro reino hos- 
pitalario y generoso. Advirtióse desde luego que la almendra del 
cacahuet tostada daba un alimento, si bien ,up tanto estimulante, 
agradable y barato , cuyas circunstancias bastaron para que cun- 
diese prodigiosamente su uso, especialmente entre las clases menos 
acomodadas de la población , y para infiltrarlo mas en las entrañas 
de esa sociedad que vive de poco , brotó naturalmente el oficio de 
vendedor de cacahuate, vulgo cacahuero. 

El cacahuero , con ligerísimas escepciones , ejerce su profesión 
de los seis á los doce años. Pertenece á e¿a categoría , que se ha 
dado en llamar de granujas , pero que ha subido un escalón mas; 
es decir que de mendigar por las calles , de jugar y reñir por las 
plazas , de oliscar por las puertas de los bodegones , y puestos de 
vendedores de comestibles , ó de procurarse goces por otros medios 
que no carecen de inconvenientes y peligros , se ha elevado al ran- 
go de comerciante. Su capital social se pasea entre los cuatro y seis 
reales ; los enseres de su tienda ambulante los constituyen un ca- 
pazo ó cesta , mas bien el primero , cuyas asaó sujeta un cordel; dos 



PINTADOS l'OH SÍ MISMOS. 8íí 

Ó tres ¡ii(MÍi(l:is (lo inadt'rii, fruccioiK^s del ccInmiD , y un furolilo 
con iiumIjocü dü acoilc. Poríjiio os do advoilir que el cacahuero e» 
ave noclurna por puiilo ;,'cnoral , s'm quo |)(tr eso dejen de obser- 
varse vesporliiias y aun inalulinaa , lo cual debe atribuirse al au- 
mento de la aticion y del cacaltueí. 

Siendo ave noclurna , su aparición es do Irisle agilero para los 
que vivimos con el sol , y con el cielo azul , y con el dia lar^ro. A 
mediados do Oclubre , cuando ya el e(|uinoccio se alejó lo baslanle, 
para que perdiese el equilibrio y el pleito ol dia conlra la noche, 
una voz lúgubre, por mas que el limbre pueril y á veces arí,'enlino 
disminuya el efecto , vibra de una manera desagradable sobre el 
límpauo do los que ya se retiran al abrigo de cerradas babilacio- 
nes , y raro es el que no esclama : ya leñemos el invierno encima. 
Y en verdad que las pobres criaturas no tienen la culpa de que el 
dia acorte, y la nocbe alargue, y el frió se entre de rondón ; pero 
como á estas ideas melancólicas se asocia periódicamente la df I ca- 
cahuete no puede uno defenderse de un sentimiento de pena, al echar 
una ojeada retrospectiva al mes de Mayo que ya pasó , á las fiestas 
del Corpus que lucieron, al Cabañal que yace solitario , y á Gode- 
ila, Burjasot , Chiva , Buñol , Navajas , y otros puntos de deporte 
autumnal, que van despidiendo á sus huéspedes. 

A bien que nuestro carácter nos preserva de impresiones dura- 
deras, sobre todo de cierta índole antipática y fastidiosa. La imagi- 
nación se traslada luego , ó bien á San Martin y á Santa Catalina, 
con la Albufera y sus tiradas , ó bien á la plaza de San Francisco 
con su feria y sus turrones, y ya solo queda del cacahuet y de su 
proclamador lo agradable y atractivo , que es el buen rato que se 
pasa á la lumbre royendo su almendra , y humedeciéndola con un 
baño, que cierto no es de agua fría , aunque lo sea de agua chirle, 
gracias á la cristiandad de los taberneros, y á su odio á cosa no 
bautizada. Desde aquel punto cesa ya la prevención , y el cacahue- 
ro se halla en pleno ejercicio de sus derechos. El silencio de la 

noche es interrumpido por la monótona cantinela del muchacho , v 

12 ' 



90 LOS VALENCIANOS 

de cuando en cuando por una voz lejana , ó descendida de lo alto, 
que grita: cacahuero ! tíl viandante para: trata de penetrar en las 
tinieblas , y si éstas no le dejan vislumbrar de dónde partió la voz, 
despide á su vez la frase sacramental : ¿Quí crida'! (¿Quién llama?) 
Entonces se reitera el llamamiento , y de eco en eco llega al punto 
donde es esperado. Baja á la puerta de la calle, ó sale del interior, 
si es casa baja, el comprador ó compradora; llénales la medida 
bien colmada formando cono , y añadiendo dos ó tres granos de 
supererogación , ó bien sosteniendo el cono con la otra mano para 
que no se derrumbe el castillejo , y el cacahuero continúa su pere- 
grinación por las desiertas calles. 

A veces, y no son escasos los ejemplares, el cacahuero es invita- 
do á entrar en la casa, donde se le llama, y donde encuentra gente 
maleante y juguetona, según nuestro Cervantes; la cual en un abrir 
y cerrar de ojos se apodera del capazo , lo vuelve de arriba abajo, 
vierte el contenido, y todos los concurrentes, que llevan dentro de si 
lo bastante para no necesitar nuevo avisillo de beber , recogen los 
despojos esparcidos, avisan de nuevo, y responden al aviso. Si el ca- 
cahuero es novel, se aflige y llora al verse entre cubas semovientes, 
dando por perdida su mercancía. Pero el que tiene mas esperiencia del 
vino en general, y dei vino cacahuero en particular, ve con tranquili- 
dad desaparecer en los bolsillos y estómagos las tres ó cuatro libras 
de cacahuate que encierra el capazo; cuida solo de salvar éste y el 
farol , y aguarda el desenlace que no tarda en presentarse. Pregun- 
tante el valor total de la partida , y oida la respuesta, entra el re- 
gateo , concluyendo casi siempre por satisfacer generosamente al 
cacahuero con un ciento por ciento de ganancia , figurando á veces 
en el contrato por añadidura el capazo y el farol , y sin faltar quien 
pretenda seriamente incluir en la venta al mismo cacahuero. En 
suma, éste despacha en media hora lo que por los trámites ordina- 
rios le costaría tres dias de escursiones y de ejercicio de gaznate; y 
va risueño á casa á recontar el beneficio y utilidades de aquella es- 
peculación imprevista. 



PINTADOS l'iUi si MISMOS. 91 

INmo lio t's lo coimiii Iropr/.ar ron scincjüiiU) íilon. A veces ol 
Irislü canto del cacu/iiicro sirve de aeoniiciíiaiuieiilo al de laH rana- 
les , y el pasoaiite recdio sohíe sus espaldas un baño poco liigié- 
nii'o , y de euvüs incünvenienlcs le indemniza cun avaricia y CHca- 
sez la niiserablo fíanaiicia que logra reali/ar. 

También ha de vivir á prueba de chascos ; pues no lodos hon 
aíieionados de veras , y hay llamamientos, procedentes acaso de 
porche do villuloro , ó de gente dosocu|)ada y hambrienta , (|uo 
atrae al vendedor hacia un punto , y cuando llega a él , otro acento 
de ventrílocuo lo arrastra hacia punto opueslo, hasta que so conven- 
ce de la maligna burla de que es objcíto , y sigue su demanda , no 
sin exornar su mal humor con atavíos gramaticales de la clase do 
intcrjecioncs , do que el idioma posee una decente colección. 

Aunque ctímo por via de compensación, otros chicuelos indem- 
nizan al cacahuero do tales percances , pues como las notas musi- 
cales del anuncio no requieren largos años de estudio , aíjuellos so 
divierten en remedar al cacahuero , y cantan con propiedad tal, (jue 
se confunden con el real y efectivo , y son llamados y esperados, 
mientras ellos siguen su rula fisgándose de los chasqueados, y bus- 
cando de nuevo á quien chasquear, muy envanecidos de su habili- 
dad y mérito filarmónico. 

Entre los señuelos que el cacahuero pone en juego para atraer, 
uno de los mas notables es el anuncio de su apetitosa mercancia. Y 
como el cacahuate caliente y reciensalido del horno es mucho 
mas llamativo que el que se ha enfriado ya , la palabra caliente es 
en boca de los cacahueros un arma, que miinejan con lanía destreza 
como la suya un profesor de esgrima. Algunos lo anuncian fesliva- 
meule, llamándolo: calent de vaes: (caliente de valde). Pero ¿ quién 
ser i capaz de reducir á guarismo las variantes de ese adjetivo, que 
constituye la circunstancia mas apreciable del cacahueí'í De cuan- 
tas he procurado retener , solo conservo las siguientes : Calenl, 
calient , caliente, calente , calitie, caliete, calet^ cálele, catite, etc., 
y de algunos mas osados, que no escrupulizan atentar contra la 
integridad de la radical ; colete , colet , colient , etc. Seria nunca 



92 LOS VALENCIANOS 

acabar, si rae propusiera apurar las mil y una combinaciones, que 
la fecunda imaginación del cacaAzíero sabe producir, y las mil y 
una formas que sabe dar á las ocho letras de su precioso adjetivo. 
Generalmente va acompañado éste del torrat (tostado), y la frase 
musical se resuelve comunmente en torrat y calent , y viceversa. 
Pero como dicho adjetivo solo alcanza dos ó tres variantes , que 
son turrat , y turriat , no merece la pena de mencionarlo. 

Hay cacahueros estacionarios , los cuales establecen sus queren- 
cias en puntos determinados, sirviendo de faro á los transeúntes el 
farol medio sepultado en el capazo , y entretienen el ocio y la espe- 
ranza de compradores , royendo cacahuate, ó bien jugándoselo con 
otros del oficio, ó bien rifándolo al canet, ó á otros inocentes jue- 
gos de cartas , con que divierten á las criaturas , ó se ensayan como 
los gatitos pequeños en desplumar á pajaritos sin canon. 

El cacahuero diurno tiene épocas ordinarias y estraordinarias, 
y sitios de preferencia fijos y accidentales. Las épocas ordinarias 
son todos los dias ; los sitios de predilección las inmediaciones de 
los cuarteles , lupanares , bodegones y tabernas , tenduchos y pues- 
tos de las afueras ; en suma de todos aquellos parages donde hay 
vino , ó cosa que se le parezca , y gente que lo beba sin gesticular. 
Las épocas estraordinarias y sitios accidentales son las fiestas de calle, 
revistas , paradas, corridas de loros , etc. Allí hace su agosto aun- 
que sea en Julio ú Octubre ; y son de ver las evoluciones que prac- 
tica , y la saliva que gasta para llamar la atención y magnetizar 
los bolsillos , estableciendo el circulo de polos positivos y negati- 
vos , polillas y pollos , de modo que aquellas deseen y pidan , y 
estos compren y den. 

Y en medio de tanto giro y de tanta actividad , que ni alteran 
la luz ni las tinieblas, ni enfria el invierno , ni agosta el verano; 
el cacahuero nunca sale de laceria; porque aun de aquel mi- 
croscópico capital que lleva en circulación , no es siempre dueño, 
sino un simple administrador ; y mercantilmente hablando , ha de 
sacar el principal su capital é intereses, y el empleado su subsis- 
encia. 



PIISTADOK POB gl BfieíOS. ^^3 

Aunque el caculiuero domina la siluíirion nocturna , y la escla- 
rece) con su liicJérnaíía amhulanir , lio reina í'íiipíTo sin rival. Kl 
CHSlaQoro le di^pula . no la priniacia , ponjiio os im|)osil)lo, sino la 
arislocracja del despacho , y i'l castañero , avp (amhi(>n nocturna, 
lucha á braio partido , <> mejor , a ga/.nal(5 t iidido con el cacahue- 
ro, creación j()vi!n v lo/ana , llamada á destronar con el tininpo , á 
lo menos en ciertas rcí<ione>, el imperio (pie de inmemorial ejer- 
cian las castañas , y .Síd>re lodo antes do la aparición del carahuale 
sobre nuestro hori7.onlo. V en efecto , ol castañero mantiene siem- 
pre á razonable y respetuosa distancia al ochavejo ó cuartejo niin, 
ahogado con seis nudos en la punta ile un inuf:riciito pañuelo , /í 
apretado dentro de manecilas llenas de moc<»s , los cuales ochavejo 
y cuartejo sin escrúpulo ni empacliu se clesí-amn ante el capazo ca- 
cahueril , v son acoíridos amistosa v familiarmenlo en sus rincones 
sin que desdeñen su sociedad los demás compañeros , cuya repre- 
sentación monetaria por milagro alcanza á los ocho maravedís. ¡Qué 
contraste el de esla democrática franqueza , con el orgulloso tono 
del castañero , quien sobre no rebajar su mercancía por menos de 
un real ó diez cuartos libra , con dificultad se aviene á fracciona- 
mientos , que representen menos de la mitad de aquella I Esto siem- 
pre es un consuelo p Ta el cacahuero ; quien ve su jurisdicción es- 
lendersc ilimitadamente , mientras la del castañero va diariamente 
perdiendo terreno y parroquia. Porque el cacahuero vende ; v ven- 
den los puestos de viejas esquineras, y venden los hornos, y venden 
las panoUeras (vendedoras de mazorcas de maíz tostadas), v vende 
todo el mundo, y el cacahuate triimfa, y acapara la influencia de 
las masas, y hasta seria capaz de producir una revolución. 

He dicho que son niños por lo común los que se dedican á la 
especulación cacahuera nocturna y diurna ; cuya regla sufre una 
que otra escepcion. Entre éstas debo citar y consignar para memo" 
ría de la posteridad , un tipo tal vez único , que durante siglos re- 
gistrarán los anales del cacahuerismo. Existe un anciano llamado 
Conslantino; vejete alegre , retozón, travieso, y dolado de cierto 
gracejo natural; digno en suma de íigurar en una de nuestras an- 



94 LOS VALENCIANOS 

tiguas comedias de capa y espada en el papel obligado de vejete. 
Su físico no riñe con la doble profesión que ejerce. Ojillos vivos 
y penetrantes , nariz corva y afilada como pico de ave de rapiña, 
formando la punta continuación de arco con la barbilla, y entre 
ambas retirada la boca fisgona y de labios sutiles : la persona di- 
minuta y ligera , los movimientos entre mico y ardilla , y todo con- 
dimentado con una inalterable jovialidad y nunca desmentido buen 
humor. He dicho que desempeñaba una doble profesión. En verano 
es vendedor de agua de cebada fvulgo cebadero), y en invierno 
cacahuero. Su juventud , si no miente la crónica, fue medianamente 
borrascosa , cuyas borrascas (y no del corazón) le crearon mas de 
una vez pensionista de establecimientos costeados por el ministerio 
de Gracia y Justicia. En su edad actual, que frisará en los setenta, 
hace tiempo se retiró á buen vivir, y tanto en la venta de la cebada 
como del cacahuet , sus canciones y mímica , que hacen desternillar 
de risa al esplin personificado , le han procurado un nombre y for- 
mado una clientela poderosa. Su querencia se halla, no circunscrita, 
sino designada comunmente en los arrabales allende el Turia , sin 
que por eso deje de recorrer las calles do la ciudad , las fiestas y 
toda concurrencia , donde se le ve a lo mejor soltar el capazo , y 
ponerse á bailar el minué , jota , fandango y zarabanda , acompa- 
ñándose con la voz , y sufriendo sin alteración , y sin perder la son- 
risa , la rechifla y hasta los pescozones y tronchazos , que estudian- 
tes , y gente rapaz y descreída tal cual vez le disparan por via de 
distracción , aunque sabida ya su heroica tolerancia , apenas hay 
quien se tome tan brutal hbertad, contentándose con oirle, reirse y 
vaciarle el capazo en cambio de abundante cosecha de calderilla. 

De todo lo dicho sacamos en consecuencia que la aclimatación 
del cacahuate en nuestro pais ha sido un acontecimiento de bullo, 
y de notable influencia gastronómica, física, y hasta social y polí- 
tica ; y que el cacahuero, si se analiza con profundidad ydetencion, 
es un poder, una palanca de no escasa fuerza en los destinos do la 

provincia. 

Pascual PerejB y Rodriguez. 




EL BARRAQUERO. 



PINTADOS PíHi 81 MISMOS. 



95 



EL BARIIAOIEIIO. 






L lipo que tratamos de bosquejar morirá pronto- 
el silvido de la locomotora que se lanza á través 
de un inmenso jardín para llegar hasta el Grao 
annncia su agonía: las barracas que se levan- 
tan durante el caluroso estío, sirviendo á los 
bañistas de punto de partida para ejecutar sus es- 
cursiones, desaparecerán poco á poco para ser 
reemplazadas por habitaciones menos primiti- 
vas, y su constructor y. dueño, el hombre que 
agota los recursos de su imaginación, para proporcionar á las per- 
sonas que necesitan refrescar el cuerpo un barreño de agua del mar 
y una sabana ; el barraquero , en fln , dejara de existir, ó se trans- 
formará en otro ser de cuyo bosquejo se encargaran las futuras ge- 
neraciones. 




96 LOS VALENCIANOS 

La civilización lo invade lodo , y nuestro siglo no se contenta 
con tomar baños á la manera que lo hacia cincuenta años atrás ; á 
nuestros abuelos, poco duchos en materia de refinamientos, les 
bastaba un toldo de estera que les interceptara los besos ardientes 
de Febo ; nosotros , generación raquítica y enclenque , remilgada 
y melindrosa , nos quejamos ya de las barracas que se levantan en 
la playa , y deseamos mejoras y citamos los adelantos de otros pue- 
blos y pedimos colocarnos á su altura , y abogamos , en fin , por la 
muerte del barraquero y de sus hospitalarios albergues. 

Y la prensa periódica, ese monstruo de la época, que invade 
y lo censura todo , ha dado también en la mania de solicitar para 
los bañistas algo mas que barracas , se ha hecho eco , según dice, 
de la opinión pública , y pone todos los años el grito en el cielo 
pidiendo reformas , y se burla ¡qué escándalo! del aspecto ridiculo 
de los bañistas de ambos sexos. 

¡Oh tiempos! ¡oh costumbres! ¿Qué dirian nuestros abuelos de 
este proceder indigno si levantaran la cabeza? ¿Qué dirian de nos- 
otros al ver que rechazábamos sus recuerdos y despreciábamos sus 
tradiciones? ¿No nos llamarian, con justicia, hijos ingratos y desna- 
turalizados, traslornadores de la so^ciedad, y enemigos declarados 
de todo lo antiguo? 

Y en verdad que no puede encontrarse un paisaje mas poético 
que el que se desarrolla ante nuestros ojos si contemplamos desde 
el mar, la playa de Valencia, al caer de la tarde en uno de los 
ardientes dias del eslío. A la izquierda se prolongan los bosques de 
naranjos y limoneros , limitados allá á lo lejos por elevadas cadenas 
de montañas; delante de nosotros se estienden las blancas casas del 
Grao, las alquerias y las barracas del Cabañal y el Cañamelar, á 
la derecha, la arenosa playa desaparece confundida con el azul del 
cielo y la verdosa tinta de las aguas , el muelle se adelanta en me- 
dio de todo, ofreciendo á los buques un refugio seguro, á lo lejos 
aparece Valencia , la oriental y poética ciudad , tan preciada de 
nueslros abuelos los árabes como la misma Granada, en medio de 



TINTADOS VOU SÍ 1>IIKI\I().S. 97 

un ho.squo <lo |)liii)l;i.s dtí (odas ius calidadus, porruinada por el aro- 
ma de las ilitiís (|ii(! crccon csponlaneaiiUMilü cu ttaU', j)rivilL';,'iado 
8U0I0 , y el sol (pío He escondo a imoslra espalda arroja sus últi- 
mos rayos sobro esto sorprendeiilo panorama y lo domina con colo- 
res fanlisticos y tintas mágii^as, cuyo secreto no lian podido en- 
contrar los pintores. V alii, junto al mar, en el úilimo limite do 
las arenas, besadas por las olas so eleva una multitud de barracas 
do formas caprichosas y grotescas: son les barraquetes de nadar, 
las barracas do los bañistas, la propiedad del barraquero : ahí está 
uneslro tipo ; varaos, lector, á hacerle una visita. 



n. 



El -abuelo pMía (pulga) ya no sirvo para los trabajos fpie re- 
quieren vigor y energía ; nació antes que el siglo y los años han 
debilitado su poderosa organización. Marinero en su juventud, nunca 
abandonó los buques que hacen el comercio de cabotaje y conoce 
la costa palmo á palmo. Trabajador y amigo de especulaciones in- 
tentó algunas empresas comerciales que no le produjeron los resul- 
tados que esperaba; introduciendo unas veces tabaco y otras telas 
estrangeras, á despecho de aduanas y carabineros , se comprome- 
tió sin fruto y no pudo nunca llegar á ser dueño de un laúd , que 
era su sueño dorado. 

Desesperado de su suerte y no encontrando otro medio de po- 
ner fin á sus males que el suicidio , se casó; desde entonces Pusa, 
abandonó sus arriesgadas especulaciones , dejó de ser camorrista y 
pendenciero, y se limitó á llevar á cabo los viajes de conveniencia 
y á esplolar la industria de la pesca. 

Los años pasaron poco á poco, y á la vuelta de veinte se en- 
contró con hijos que podian reemplazarle en las faenas mas rudas, 
con muy pocas fuerzas para trabajar, y con una muger vieja y 
murmuradora: Desde entonces adoptó una vida mas melódica. 

Durante el invierno se dedicó á llevar en una lancha pasageros v 

13 



98 LOS VALENCIATÍOS 

cnriosos á !os buques, á componer redes, á pescar; á la llegada 
del verano se hizo barraquero. 

Allí le tenéis todos los años en la playa; en despacio desuñado 
á las barracas de las mugeres, la costilla del abuelo Pusa propor- 
ciona comodidades al bello sexo , él por su parte se encarga de la 
porción masculina del género, en el distrito que ocupan las barracas 
de los hombres. Álli están las barracas del Pelul , (el peludo) el 
Nano, (el enano) el Frechil, (el frito) el Bort, (el espósito) el Ca- 
ragól (el caracol), allí la de la sahata , (el zapato) la crehuela^ (la 
crucecita) la gahia , (la jaula) el litót , (el pavo), allí está también la 
del abuelo Pusa que tiene por emblema una máscara , por cuya 
razón se la conoce con el nombre de barraca de la caraseta. 

Cada individuo paga dos cuartos por el disfrute de la habitación 
y esta cantidad aumenta progresivamente á medida que va satisfa- 
ciendo exigencias tales como la de pedir calzoncillos, señalar hora 
determinada y otras semejantes; lo mismo relativamente sucede 
en las barracas de las mugeres. El barraquero, colocado á la puer- 
ta de su establecimiento, vigila a dos ó tres chicos que sirven á los 
bañistas y al mismo tiempo les proporciona grata conversación 
contándoles algunas aventuras de su juventud y sobre todo los ma' 
ravillosos efectos que producen los baños de mar en toda clase do 
enfermedades, en especial si los pacientes utilizan su barraca. Tam- 
bién suele vender algunos cigarros que siempre tiene jjor casuali- 
dad ^^w complacer á los amigos: esto es también un recuerdo 
de su juventud. 

Lo que , sobre todo , hace recomendable al barraquero , es su 
honradez y su integridad; para evitar robos fáciles en aquellos sitios 
va colocando en sus bolsillos los relojes de los bañistas y las sor- 
tijas en sus dedos, y no hay ejemplo de que haya faltado una de 
estas prendas de valor encomendada á su cuidado ; su reputación 
es antes que nada y la conserva sin mancha. 

Su vestido es tan sencillo, que no podría suprimir uua sola 
prenda , por mas que lo deseara ; un barrel (gorro) negro por lo 



PlNTADíís ron sí MISMOS. 00 

r<>i;iiliii- , lihi'ii sil riilic/.ii del sol y il«t la liiiiiicilad , una camisa do 

color y un ancho piíiilalon consliliivcn (;! rcslí» del Irajc. (d cal/.ado 

no lo usa por iniílil. I'asa el día sirviendo a lo«; liaiVislas v por la 

nocli(> diiciii n la misina liarraca , de la <ph' no so sepnru duran- 

Ic loda la oslacion del verano. Su muf;cr, \a liemos dicho (jut; liaco 

otro lanío en la barraca (h;slinada al bello sexo. 

Contenió con su sucrle , el barratiuero vuelvo, sin embar^^o, 

muchas veces los ojos á su vida anlerior y no puede menos do 

exhalar un suspiro al comparar aipiella energía y a(|ucl enlusiasmo 

con su inercia aclual; recuerda á veces los hijos (juc licne en el mar 

arrostrando los peligros de una vida azarosa , y él <iue no lembl») 

jamás anlo las embravecidas olas , tiembla por la suerlo de sus 

hijos, y una lágrima ardiente se desliza silenciosa por su loslada 

mejilla. 

III. 

El azul puro del ciclo desaparece detrás de densos nubarrones, 
el viento fresco de la larde conmueve la superíicio do las aguas, 
y las olas azotan la playa con sordo rumor, la naturaleza va toman- 
do un aspecto melancólico , la gaviota atraviesa rápidamente el es- 
pasio anunciando la tempestad, el invierno se acerca. 

lia pasado la estación de los baños ; el barraquero destruyo la 
choza, recoge los escasos muebles que componen su ajuar : arroja 
sobre el mar una mirada de gratitud y se dirijo al Cabañal á ocupar 
su antigua habitación, (\ue ha tenido alquilada entre tanto á una fa- 
milia de Madrid. Allí pasará el invierno tejiendo redes ; contando 
historias y esperando la vuelta de la primavera para volver á edifi- 
car en la playa la barraca de costumbre. 

En cuanto los rayos del sol empiecen á hacer notar la necesidad 
de los baños , la barraca del abuelo Pusa será la primera que se 
alzará altiva sobre la arena de la playa y á la puerta , honrado y 
reflexivo, se presentará de pie su amable dueño, que nos ha ser- 
vido para bosquejar el tipo del barraquero. 

Rafael SlSasco. 




SINDICO DEL TBTBUWAL DEL AGUA. 




^^ 



EL SÍNDICO DEL ThlBlINAL DE LAS AGllAS. 



-o-OO-OO-^B O-O-CHOO- 



UPONGO, apreciables lectores mios, que os habéis dete- 
nido algan jueves delante de hi puerta de los Apóstoles 
de la Catedral: supongo qne a! pasar por alli , eran 
las doce del dia , y supongo , en íin , que sabéis el 
objeto que reúne en aquel punto á siete honrados la- 
bradores, que escuchan, discuten y fallan en presencia 
de interesados y de curiosos. Sabéis que aquel grupo 
se llama el Tribunal de las Aguas. Esa institución . ves- 
tida hoy de chaqueta , pantalón estrecho y sombrero 
redondo, nació por los años 911 al 976, bajo el gobierno de Ab- 
derrhman-Anasir-Ledinala y de su hijo Albaken Almoslansir Bilah. 
Estos nombres os darán a entender que la institución que os llama 
la atención, nació con turbante y alquicel. No creáis por eso , que 




102 LOS VALENCIANOS 

voy á referiros su hisloria: y esto es muy grave , muy serio, muy 
tribunal; y como el editor de esta obra me ha señalado otro asuu- 
to, debo complacerle, apesar de mi decidida afición á las antigüe- 
dades. Siento no poder hablar de las leyes , de las costumbres , de 
la imparcialidad y de la prontitud de este célebre tribunal ; porque 
el susodicho editor lo lleva á mal y me indica con sus gestos, que 
hable de un individuo que le parece notable entre los que se sientan 
bajo los arcos de los Apóstoles. Veréis lo que quiere el editor. 

El referido individuo es uno de los siete síndicos de las siete ace- 
quias conocidas por los regantes, los molineros y pescadores de caña 
con los nombres de Tormos, 3IesíaUa, Rascaña, Cuart , Mislata, 
Favaraj Godella. La de Moneada ocupa una categoría mas elevada; 
y no puedo decir ahora por qué. Ahora bien, el individuo á quien lla- 
maré el n'wí/íco elegido por los regantes de su acequia respectiva, es 
hijo de una alqueria grande , blanqueada , limpia , risueña , donde 
han nacido sus ascendientes desde el tiempo de la espulsion de los 
moriscos. Abundancia de gallinas , el tinado ocupado por robustos 
cerdos, la cuadra por un buen par de muías y dos caballos , algunas 
ovejas en el corral , sillas de color, vistosas cortinas en los cuartos 
de familia , las paredes de la cocina adornadas con profusión de 
utensilios de bronce , y de brillante barro de Manises , los pisos 
limpios , frescos, lavados lodos los dias , las mugeres de la casa asea, 
das, alegres, bondadosas, y un antiguo sillón de cuero, destinado 
al esclaustrado que ha encontrado allí un asilo: hé aquí fel cuadro 
que ofrece la morada en que nació nuestro sindico. De niño no vino 
á estercolar por las calles de Valencia; iba á escuela y llevaba zapa- 
tos. Un estudiante pobreton , ó aspirante á maestro le repasaba á 
mediodía las lecciones, al mismo tiempo que enseñaba á leerá 
una su hermana , linda y graciosa labradora , cuyas mejillas se colo- 
reaban constantemente durante la lección : esta modestia la hacia 
bajar la voz hasta un punto que desesperaba al pobre maestro. El 
niño conocía á los señoritos del ama de la alquería; había visitado su 
casa y jugado con ellos: concluyó su carrera de leer, escribir y 



IMMADoS l'on si MlSWdS. IDTÍ 

conlar en 1;h Ksciinlas l*ia-i. Su liuóspcd (Mclaimlrado ln onscíiú ú 
ayudar la misa, v los inodali's (¡ik; lo dislin;,'uiaii d(3 los hijos do to- 
das las barracas inincdialas. 

('liando ol camino oslaba malo, ol futuro sindico vonia á Valen- 
cia en el cirro do su casa; los jornaleros le permilian que monta- 
se los caballos y las ínulas (|ue so diri^Man a la labranza ; acompa- 
ñaba á su madre el dia de Santo Tomás, cuando iba a pagar al amo 
el arriendo de las tierras de su labor: y ogercia sobre los muchacbos 
de la vecindad todo el despotismo de los caprichos pueriles. 

Acabada su carrera literaria en las Escuelas Pias , después de 
repelidas consultas acerca de su futuro estado, queriendo unos (jue 
fuera médico, otros abogado y muchos, en íin, que opinaban por 
el sacerdocio, pues era de rigor que hubiese un religioso en la fa- 
miHa , optóse úUimamenle por la vida labradora , fundándose en 
proyeclados enlaces de familia, en combinaciones de intereses y en 
planes de >'^ntajosa posición. 

El joven llevó desde aquel dia las cuentas , apesar de que olvi- 
daba la forma de letra que habia aprendido y no leia el Aíio Cris- 
tiano tan de corrido como antes ; pero en cambio supo dirigir a los 
jornaleros, los dislribuia convenientemente, cuidaba délas caballe- 
rias, reprendía a los holgazanes, y manejaba con soltura la jaca fa- 
vorita. Donde quiera qne entraba recibía las mayores considera- 
clones de los padres , los nombres mas cariñosos de las madres, las 
sonrisas mas gratas de las hijas: la elección de esposa preocupaba 
toda la huerta. Por último, hizo lo que casi todos, una vulgaridad: 
se casó. Una carretela del amo llevó á la novia , á su madre y a la 
madrina: un faetón al novio, al padre y al padrino: cuatro tartanas 
á los amigos. Pasearon la ciudad entre mullilud de chicos , haraga- 
nes y mugeres; cruzaron el mercado entre festiva y atronadora al- 
gazara; arrojaron algunas arrobas de peladillas y confites ; socorrie- 
ron á la puerta de la alquería a multitud de mendigos; y la novia, 
hermosa y llena de pudor , oyó mil cosas que aumentaron el color 
de sus mejillas. 



104 LOS VALENCIANOS 

Desdo entonces nuestro personage fue mas activo, mas laborioso, 
mas grave : solo por complacer al Ayuntamiento , llevó á su linda 
esposa á grupa en una gran festividad. Fue el dia en que le en- 
vidiaron los elegantes de la capital : esto lo ha referido él con orgu- 
llo á cuantos lo han querido oir , y ella con rubor á las que le pre- 
guntaban lo que la dijeron en la carrera. 

Su padre, viejo ya , disponía algo en su alquería ; pero el hijo 
era el alma de todo: era ya importante dentro y fuera de la huerta: 
era elector para diputados á Cortes. Al entrar en el goce de este 
derecho , fue buscado , consultado , visitado , obsequiado : y fue 
individuo del Ayuntamiento de la capital : no presidia los teatros; 
no abandonó su trage, pero no faltó jamás á una sesión. Su alquería 
fue desde aquella época el punto de reunión de los labradores no- 
tables de toda la huerta : era el alma de sus deliberaciones; y res- 
petábanle porque trataba con frecuencia al señor conde de M. al 
señor marqués de H., al señor canónigo N. y á otros muchos caba- 
lleros y personas notables que le estrechaban la mano, le admitían 
en sus casas, le llamaban amigo; y estas distinciones eran muchos 
mas notables en vísperas de una elección. Era una especie de adhe- 
rencia á la aristocracia de la sangre y del dinero , á la que estaba 
hgado, sin darse razón de ello. Primero influyó en las elecciones de 
síndico su acequia, y después fue elegido para este cargo, término de 
las ambiciones de los notables de la huerta. Es un hombre apacible 
en su trato: de mirada tranquila, de fisonomía bondadosa; escucha 
á lodos sonriendo; pero su sonrisa no es la del cortesano , ni del 
hipócrita, ni de los pedigüeños ; habla poco, porque no tiene el don 
de la palabra, como los diputados de la nación, y siempre medi- 
tando ; es consultado el último en una cuestión , porque se desea 
saber su opinión particular: tiene sus máximas peculiares y de cuan_ 
do en cuando la echa de doctor, achaque general en los tiempos 
bienaventurados que corremos. Su trage es una mezcla de ciuda- 
dano y labrador ; pero no abandona el pañuelo de pita que cubre su 
cabeza por debajo del sombrero , y no ciñe jamás su cuello con 



^I^TAI>os i'oii si MisTUis. 106 

ningiiD.i (lo las Ü^adunm do seda ó lana, non que los liombrcn pon- 
hadoi'CH apn^taiiKis la ^argniila. VimIIo cii el tribunal; con I04 ojos 
niiMlio corradoH o<ti!iirl)a a los contriiiounlos, hiii abandonar la vara 
nudosa do i\\w so sirvo , como los ricos nos servimos do las rañas 
{\o Indias. Oidas las parios, a|»riola los labios, niorra los ojos, baja 
la cabo/.a y osciicba •'! paroror d(» sus colof'as. — V bien , //pió lo 
paroce a V.? — lo profíunla por lin uno do estos. Kl inlorpolado 
Tuolvo a apretar los labios . cojo la vara con las dos manos y 
dospnos do al^Minos soj^nndos, principia á esponer su diclámcn con 
un Psi!!!..., (pie viono acompañado de un meneo do cabeza ¿de- 
recha é izípiierda. Yo... continúa , diré, quo... pues... Kl acusado 
no tenia razón.... poripio esas cosas... ya se vó... otra vez hizo lo 
mismo; V como nunca se enmiendan... ya lo ven Vds., esto es claro. 
— ¿,Y (pió hacemos? — pret^unla otro de los colegas. — Hombre, eso 
está visto, que pague. — Corriente, añado un tercero.... — V el ne- 
gocio se ha fallado: nuestro sindico está Iranfpiilo, porcjue ha hecho 
justicia ; y si queréis probarlo, debiais haber oido á las partos: no 
se equivoca , no , ha llenado su deber. 

Cuando abandona el tribunal se confnnd»^ con los acusados y 
acusadores y alli habla con mas soltura, mas naturalidad: las formas 
le dejaban mudo, aunque estuviera muy clara su razón. 

El sindico no es un empleo sujeto á traslaciones , ascensos , ni 
cesantias; no sigue las oscilaciones" de la política , ni el movimiento 
de la rueda ministerial; no tiene derecho á jubilación , ni está es- 
pueslo á la alza y baja de un sueldo. Pero á falta de tanto:, contra- 
tiempos, sacudidas y percances, gozado un prestigio no conocido 
bastante de los que esliman la posición social por el brillo que des- 
pide el puño de oro de un bastón, ó el número de porteros, de 
ordenanzas y cordones de campana , que se cuentan á disposición 
del funcionario. E! prestigio de nuestro mandatario , durante su 
cargo y después de cumplido éste , tiene algo de patriarcal; im- 
pone sin terror, manda sin inspirar recelo, ni odio; es eslimado 

por lo que representa, porque lleva impreso una especie de sacer- 

14 



106 IOS VALENCIANOS 

docio, venerable por la antigüedad y la santidad de sus funciones. 
En su elevada gerarquía no es tratado sin embargo, con adulación, 
ruindad de espíritu, ni cobarde deferencia: los que acuden á con- 
sultarle, sóbrela propiedad de una senda, sobre los p&sos que 
debe distar en la huerta una barraca de otra , sobre la prioridad 
de que gom én el arrienda de una tierra tal ó cual familia y sobre 
otras cuestiones semejantes , unos y otros le dan siempre el dulcí- 
simo ¡tratamiento de lio , (\\iq significa para ellos en estas circuns- 
tancias tanto como padre. Oráculo de multitud de familias, aisladas 
en ese occéano de verdura que envuelve á la capital, aconseja, 
manda, cdncilia, y falla en sus contiendas domésticas y en los nego- 
cios que han de salir de la esfera de familia. Los viejos le visitan 
diariamente; lo^ hombres formales forman sus reuniones en los 
bancos que se levantan debajo del emparrado, que sombrea la puer- 
ta de la alquería del sindico, y los jóvenes le saludan con respeto 
cuando lo ven pasar, ¿aumentan las contribuciones? ¿se estiende el 
radio? ¿peligra la paz de la huerta? Nuestro personage recibe , es- 
cucha, va, viene; y millares de brazos robustos se levantarán á su 
Toz , si él lo indica solamente. Se halla en su mano la resistencia y 
la transacción, dispone de la paz ó de la guerra. ¿Quiere luchar? En 
este caso , oiréis en seguida el formidable rumor de que ha reso- 
nado en la huerta el terrible caracol , instrumento bélico , que 
ya ha desaparecido, pero que aun espresa en el dia el levantamien- 
to en masa de una inmensa población, que acude á las armas de 
una manera espantosa , como se ha visto dos ó tr«s veces en lo que 
contamos de este siglo. El alma, el espíritu de esta gran sedición 
es el síndico: esto indica su poder: poder humilde á los ojos de 
otros poderes , menos robustos, aunque mas esplendorosos, pero 
que cuenta con millares de subditos obedientes , sumisos y adhe- 
ridos á él. 

Así se le comprende en nuestra capital. En circunstancias crí- 
ticas , las autoridades superiores le llaman , le consultan , le inter- 
rogan , le oyen ; y no son por cierto despreciados sus avisos. Sin 



PINTADOS l'Kll .si MISMDS. 107 

frases osludiadas , sin lono parlaiiiciitai m , ni fonMino , poro ron can 
fraii(|iio/.a ruda , pero aiilori/.ail.i , i|ii)> adi|tiirrr «I tindico en su» 
funciones , saho decir la verdad y csiioner su o|iini()n , <|U(! poca* 
▼üces Muolu 80r despreciada. De a(|ui resulta la CKpecic de intimidad 
(pie li^n á estos funcionarios de la huerta con las autoridades y 
ma^'nates de la capital : el sindico , a pesar de hu trago liuinildc, 
es una inlliiencia en todas |);irtes , pun|uc os una potencia y una 
nocüsidad. Kl día que desaparecieran estos patriarcas do nuestra 
huerta, oso pais , tan hermoso, soria temible: los síndicos son sus 
tutelaros, sus guias , sus moderadores , sus consejeros , sus sacor- 
düles on (in. 

La Vi jéz do estos personajes es un objeto do veneración : es 
preciso verlo , para comprender el grado de cariño y d»' rcs|)elo 
quo so les profesa. Si algo (jueda onlre nosotros de los tiempos pri- 
mitivos ; si algo rosta do los antiguos caudillos do los pueblos, se 
encuentra en esta claso de ancianos de nuestra huerta. Representan 
siempre la institución: los siglos han progresado , las revoluciones 
lo han destruido lodo ; y esta institución ha permanecido de pié. 

El sindico es un monumento : el pueblo labrador le venera : él 
le sirve de pedestal; para matarle, es preciso ahogar la agricultura. 

Se concluyó el juicio , señor editor : he dibujado al sindico como 
he podido y he sabido ; pero es un personaje tan histórico y tan 
formal , que no quisiera haberle ofendido , ni este es mi animo , y 
desde luego retiro cualquiera frase que pudiera desvirtuar a estos 
representaLles de una venerable institución. Me ha puesto V. en 
un compromiso ; si he salido bien, mejor para los lectores. 

Vicente Boix. 




EL CAFETERO. 



MI » 



^-'^mmmmmm:^^ 



r.ii 



EL CAFirrEKO. 




ECiDiDAMENTE quicre V., amigo editor, que hable 
yo del cafetero? Pero , señor, ¿que he de decir 
de un tipo que lodos conocen? — Doy por sen- 
tado que \. me dice: «nosotros no escribimos 
^ ; 1/ X'g^r t^sle libro para los que al presente ven á cada 
^'^-^ihd^á^^' momento á nuestro tipo ir de calle en plaza 
^^;>^^X X todos los dias que Dios amanece, sino para los 
que en lo sucesivo, allá pasados, algunos años, 
quieran saber lo que es en nuestros dias el cafetero de Valencia. 
Es decir, que escribimos para la posteridad.» ¡(irán palabi-a! ¡mag- 
nifico ! Esto me satisface , y voy a principiar. 

Guando yo vine a Valencia, viajero oriundo de un mundo des- 



lio LOS VALENCIANOS 

conocido~((lel limbo tal vez , puesto que no recuerdo de él pena ni 
gloria.) — ¡ah! y \qué descansada vidal se me viene ahora á lamente 
decir con aquel sapientísimo y virtuoso varón á quien no gns- 
idih2i el mundanal ruido.... — cuando yo vine á ver la luz pública 
en esta mi queridísima ciudad del Cid , que Dios prospere , ya el 
Nuevo Mundo descubierto por Colon, se habla hecho viejo entre 
nosotros y entre los ricos tributos que desde muchos años atrás 
viene rindiendo á nuestra madre patria, hacia ya tiempo que era 
conocida y esplotada en Valencia la semilla de la cofea arábica, 
llamada café en toda tierra de cristianos. Ya entonces habia en nues- 
tra capital dos ó tres cafés . y si no los habia serian cafetines ; que 
en esto no estoy muy seguro, ni el corto plazo que el editor me 
concede para escribir este artículo me permite recoger mas datos 
sobre la materia ; sean cafetines y no insistamos mas: ya entonces 
habia dos ó tres de estos establecimientos , repito, y paréceme á 
mí que desde aquí estoy viendo como, nuestros sencillos y morige- 
rados padres , algunas tardes , de vuelta de su paseo , entraban en 
una pieza oscura , alumbrada únicamente por un quinqué melancó- 
lico, y se sentaban ante una modesta mesa de pino, á departir un 
rato y á tomar su exigua ración de lo que hoy llamamos caldo de 
higos y entonces llamarían con toda formalidad café. 

Desde entonces esta industria ha tomado creces. Ante todo, ha 
habido que decorar con lujo los establecimientos destinados al con- 
sumo del mencionado artículo. En aquel tiempo apenas concurria 
algún desocupado á tomar algo en ellos; hoy una población flotante 
hace de los mismos su residencia habitual, y dejando en su seno cada 
uno su contribución pecuniaria, ayudan entre todos á la crecida que 
el estado les impone. Antes se servia una cosa mal llamada café, y 
nada mas , ó poco mas que esto ; hoy se sirve café puro , y además 
alcores , vinos , cerveza , sorbetes, pasteles , cigarros , y hasta po" 
lilica y literatura en enormes sábanas escritas , llaraadasj)móíí¿coí; 
y en fin, es probable que mas adelante se sirvan, coiao en el csfó 
Europeo á^ Madrid , almuerzos y cenas. 



PlNTAT)(ífi POB .SÍ MISMOS. 1 1 I 

l)c lo dicho 80 doUuce, (|U0 Ioh üsliiblíM/miiriaos dondü se .sirva 
cafó, qiiüiio lounanlaHoircun-lnuciatiUiUüdícliaH y ünmUm por conA- 
gnionlt! a <al alliira, inercrenin olro iwmibro ; rfcclivimí' «il. , lienen 
olía calííKoi'i» y í^i! llaman do olía manera.— Aliora me íui(![»ííííiIo 
do liabur sii|uiüia .supuesto , quo lo.s unli^'uos cafó.s tic Valencia, por 
niüdosloK (pío liiüsen , pudieran llamarse eafolinos. Ivoscafelino» íK)n 
una especie de cantina en dundo se sirve peíuuscaró de Uiloronles 
Cüioros con oUos laníos nombres , buñuelos y café. Ainda luais, 
hija y dc|)ondienle do osla, exislo la industria cuyo reprosenlanlo 
es oí amable señor (juc no.s liaco ol obsoíiuio de servir do Upo para 
esle arliculo , el cafelcro ambulanlo. 

Ea! ya hemos llegado a nuestro asunto. 

El cafetero ambulante es muchas veces , ni mas ni menos, 
que el propietario de un cafelin , el cual , para lucrar doble- 
mente en determinadas horas , lo conciba lodo dejando en casa 
una cafetera y llevándose otra , os decir, dejando al frente del liu- 
glao de casa á su costilla , en lanío que él recorre las calles con 
una cafetera de hoja de lata; otras veces es dependiente de la casa, 
y las mas suele ser un individuo aparte, que negocia por su cuenta 
y riesgo , lomando generalmente fiado el café que vende por la 
ciudad. 

Un amigo mió muy dado á aventuras nocturnas , y que por sus 
pecados ha tenido alguna vez que ir á esperar la aparición del día 
en una buñolería ó cafetín de los que hago mención, me ha iniciado 
en estos secretos del ramo, y me ha referido con frecuencia algunas 
de las escenas preliminares que preceden á la aparición del cafe- 
tero, por esas calles de Dios. Si queréis , lectores, tener una idea 
de alguna de esas descripciones que á mi amigo he escuchado, 
oídme. Imaginaos uno de esos cuadros de tintas sombrías, de esas 
costumbres flamencas, que adornan en preciosa multitud el Museo 
Nacional de Madrid. La luz de un mísero candil alumbra apenas la 
estancia en que se ven tres ó cuatro mesas deteiioradisimas : sen- 
lado negligentemente se apoya en una de ellas á las veces un mu- 



112 LOS VALENCIANOS 

chacho harapiento, de esos que no tiene hogar ni familia, y tenien- 
do delante de si una copa de aguardiente, entona con el monótono 
compás de nuestros cantos populares un cantarcillo que pica como 
pimienta: otro muchacho , que por los rotos de su chaqueta enseña 
su camisa y por los de esta sus carnes, acompaña el cantar gol- 
peando con las palmas en otra mesa que ocupan él y una copa 
medio vacía. Una moza despeinada, después de haber limpiado el 
mostrador y sus adherentes, se entretiene en meter masa en una 
caldera llena de aceite hirviendo y sacar buñuelos con una ligereza 
notable. La dueña del establecimiento preside estas operaciones, y 
el cafetero, si no es de casa , preocupado entretanto con los prepa- 
rativos de su venta, va y viene, trae fuego para su hornilla, llena 
la cafetera, ó busca, en fin, algo que le falla para su avío. Al 
mismo tiempo y de paso , ora dice una chanza á la buñolera , ora 
impensadamente la toma un buñuelo ó dos : por fin , arregla con 
la dueña sus cuentas pendientes , se cala el barret, se atiza un la- 
tigazo de aguardiente , enciende un cigarrillo , echa un requiebro 
al ama, si lo permite, y después de frotarse las manos con satis- 
facción, se echa afuera sin temor al frío, y ofreciendo á voz en grito 
á los madrugadores su cuotidiano «café caliente.» 

Ya tenemos al cafetero en pleno ejercicio de sus funciones. Con 
la dudosa luz del crepúsculo vuelve al mundo el confuso rumor de 
la víspera: suenan alternativamente el toque de alba en los templos, 
el de diana en los cuarteles, el agudo silbido de la locomotora que 
parte, en la estación del ferro-carril : ladran los perros, se abren 
las tiendas, y pasan corriendo los carros que acarrean frutas y 
verduras al mercado : entonces , entre tantos rumores diferentes, 
suena la voz grave de nuestro hombre , que sale al encuentro á las 
criadas y á los asistentes, gritando* «café.)) 
' Van las pobres fámulas soplándose los puños de puro frío, y él, 
abrigado con su grueso chaquetón , calado hasta las orejas su tradi- 
cional barrel, añade entonces «¡caliente!)) 

Viéraisle á esta sazón con qué rapidez recorre multitud de calles 



PIMADOS POH SÍ MISMOS. 1 1^» 

y |)'a/.iit'la.s , ropartioiido ai|iii y alia la/.as du hu iuimcanli! Iii|iimI<), 
aniínaiido á los mas frioH a lomar una ración con In Hc^'iiridail do 
(jiic cslá «icalciililo , calicnlü." Vi('rai>lu llegar á lan administracio- 
nes (londcí parle ó IIc^m alimona dil¡;,'tMícia , ó ruand<» no . á la csla- 
cion dt'l ferrocarril, y por úllimo, diri¿jir,se á la plaza del increado, 
donde le esperan las vendedoras, a lan cuales reparlc él su res(>oc- 
liva la/a enlre saludos y buenas palabras, (pie nada ipiila lo curtos 
á lo comercianle. AMi la llcluijiicni , la ¡tanaera , la tannicheni y 
otras son servillas sucesivamenlo , y nunca dejan de relamerse de 
gusto , auui[ue al devolverle el platillo, no pocas veces le recon- 
vienen , ora perqué no está prñu carregaet , ora perqué té póc su- 
cre , etc., a todo lo cual salisfaco 61 como puede, cobra el coiilin- 
gcnlo y pasa adelante. 

Después de esto , la conc urrencia que va afluyendo á la plaza 
la llena complelamenle, y cutre esc marcmaynum cu) di animación 
creemos (pie pocos mercados ofrecerán, el cafetero sigue haciendo 
su agosto. 

Cuando ya el relente de la niafiana no se deja sentir, la gente 
apetece poco la mercancía de su vehículo, y nuestro hombre por 
lo tanto, desaparece. Con lodo, aun si le quisiéramos hallar no nos 
seria muy difícil verle á las puertas de las posadas ; pero en esas 
horas no hace gran negocio , no aspira á mas que á pasar el ralo 
hasta labora en que acostumbra retirarse á casa: llegada la cual, 
no vuelve á dar cuenta de si hasta que anochece , semejante en esto 
á los murciélagos. En esa hora vuelve á aparecer en público y se 
oye su voz á la puerta de las posadas, bodegones, etc., en las 
plazuelas, cerca de los cuerpos de guardia , y en una palabra , en 
lodos los grandes centros donde á lales horas hay animación y mo- 
vimiento de gentes, en especial de ciertas gentes. 

El todo lo recorre, lodo lo husmea, en todas parles está: detalle 
indispensable en lodos los animaibs cuadros que por doqueir ofre- 
cen las calles de la capital, su figura impasible aparece en último 

término siempre que hay riña , atropello ú escándalo. Si eres ar- 
la 



114 LOS VALENCIANOS 

dista , lector, y te gustan las costumbres , ya te doy que hacer con 
él: ¿quieres reproducir un altercado entre dos mozos rasgaosl te 
puedes olvidar, si quieres , de poner un agente que medie entre 
ellos , pero no te olvides de poner entre los mirones uno mitad 
hombre, mitad cafetera, ese es nuestro protagonista: se trata de una 
riña de mugeres de plazuela, de un accidente cualquiera? no omi- 
táis el cafetero: sin este accesorio el cuadro seria incompleto. 

El cafetero se retira tarde : cuando las gentes salen de los tea- 
tros aun oyen su canto que á lo lejos se confunde con el del sere- 
no: del mismo modo que al amanecer asedia á los madrugadores, 
por la noche aun á última hora persigue á los rezagados. En esto 
disiente notablemente el ejercicio de su industria del de otras mu- 
chas ó del de todas: en efecto, los demás vendedores de fruslerías 
y comestibles tienen horas mas cómodas destinadas para la venta: 
él únicamente es quien tiene precisión de arrostrar el gris de las 
mañanas de Enero y las corrientes frias de las noches de Marzo: él 
es, como si dijéramos, la avanzada de esos innumerables hijos de la 
pobre plebe que salen á buscarse un pedazo de pan con ese comercio 
de menlirigillas. El cafetero es el último que abandona el campo 
y el primero que rompe el fuego ; pero campechano siempre, ale- 
gro á pesar de lo molesto de la hora , observador maligno de los 
mil accidentes con que amanece el mundo, gacetillero que, si lie 
vase á un periódico los mil chismes que recoge á su paso , daria 
material para una crónica larga, ó cuando menos para una letrilla 
V. gr. , como la siguiente: 



EL CAFETERO. 



Estas noches y estos dias 
Hace un frío que traspasa; 
Por miedo á las pulmonías 



TINTADOS l'íUi si MISMOS. Hj 

No liay tinicn miI^m do su casa 
Sin bii la/:i <lc ciifc. 

¿Mü enliciulo iislú? 
Hoy loma loda la ^'onto 
Una lacila. ¡Caüísnlu! 

ií^afó, café! 



¡Alza! ¿habró visto yo alguna 
Que se sepa Iralar bioii? 
— [)\^,\ usté (jue no ¡lorluna! 
Que no lo loma... ninguna 
Tan caliente como usté. 

¿No me esplique? 
Que lo diga el so Visienle 
Que lo sabe bien. ¡Calienlel 

¡Café, café! 



Cuando salgo se retira 
De la timba Don José, 

Y de estar tira que tira... 
Lleva una cara... que inspira 
Lástima; pues ya se vé, 

Un mal entres 
Le arrancó el último diente, 

Y el pobre vuelve ¡caliente! 

¡Café , café! 



¡Hola! Damián y Damiana 
A la misma hora que ayer 
Han abierto la ventana. 



116 LOS VALENCIANOS 

— |Parroquiano! ¡parroquiana! 
No bajan. ¿Qué les diré? 

¿Me entiende usté? 
Cómo se asoma la gente 
A tomar fresco. ¡Caliente! 

¡Café, café! 



Deja él la ventana abierta 
Y ella hace que no le vé. 
¿Si bajarán á la puerta?... 
No se sabe cosa cierta, 
Mas yo espero aquí.— ¿Qué haré? 

¿Me entiende usté? 
Como están los dos de frente 
Lo toman juntos. ¡Caliente! 
¡Gafé , café! 



De la plaza Villarrasa 
Hoy sale coche, y tendré 
Que llevarles (que se pasa) 
Una taza de café. 

¿Cuándo podré 
Libre del frió relente 
Ir al lao de mi... — ¡Caliente! 

¡Café, café! 

La anterior canción, digna de la memoria del célebre Tino.... 
— Y á propósito de Tino , ¿No saben Vds. quién es Tí^o? Tino es 
el proto-tipo de cuantos cafeteros hayan existido y existirán en ade- 
lante en Valencia: Tino , al dejar por otra no menos honrosa la 
antigua industria en que se ha hecho memorable, ha dejado á sus 



PIISTADOS IMill si MI.S.M(»S. 1 17 

siicesitros difíoos ejemplos (|U(» iiuilar, y Irazüdo para los que ven- 
gan sobre su luiolla, un hoiiioso ciiinini) (|ii(' rocorrcr cun gloria. 
El cafe lü (iubo en gran parle la pro|)aga( ion <lc su consumo , y los 
vomledorcs <le caff molido , los propiíílarios de las lonjas do ullra- 
marinos, f/j büli(jncrs del Mercal, le deben un monumento sino 
quieren «(uo la posleridad les señale con el dedo y arroje sobro 
su memoria la vergonzante calificación do ingratos. lié dicbo. 

— Pero, señor editor , ¿aun quiere Vd. (|uo diga mas? ¿Qué 
quiero Vd. que diga? (jue el cafetero, en verano se convierte en 
horchatero? que.... ¿no basta aun? Considere Vd. que no es floja 
obra, charlar tanto con tan poca sustancia.— Dispénseme Vd. por 
hoy. El tiempo urge y.... lié dicho. 



Pedro Yag;o. 





LA TORRATERA. 



^^©^ 



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;» 




I *■ f ■*■'! 



^ 



LA TOSTOAER A, 

vendedora de Tostones. 
(Vuljjo) TORRATERA. 



®|#g|||p^?L que tome el agua desde muy arriba, quizá no 
enconlrará sobra de novedad ni originalidad en 
un lipo, que cuenta modelos en siglos remotos. 
En efecto, habia entre los romanos y en la épo- 
ca de íloracio, compradores de lostones (torrat), 

Fricti ciceris , et nucis emptor, 
como dice el mismo en su célebre epístola á los 
Pisones; lo cual no podia verificarse, sin que hubiese vendedores 
ó vendedoras. Aunque sin devanarse mucho los sesos , v sin apelar 
ala autoridad de Horacio, á cualquiera se le ocurre /que siendo 
aquella tierra de garbanzos , crudos no los comerian , y de allí á 






120 LOS VALENCIANOS 

cocidos, y de cocidos á tostados no hay sino un paso; y tampoco 
es de presumir que todos los aficionados á esta comida , tuviesen 
habilidad, ó humor , ó tiempo de tostarlos ; por donde , de ilación 
en ilación se saca, que los buscarían , y los comprarían, y se los 
venderían. Hacemos esta generosa concesión á los que hilan delga- 
do. Fáltanos ahora demostrar que , á pesar de todo , la vendedora 
de tostones valencianos , que nos proponemos colocar en berlina, 
es un modelo sui generis , y que semejante á ella no se halla en 
toda tierra de garbanzos. Vender tostones! Eso está dicho muy 
pronto. Vender! Cualquiera vende , si le compran.... Pero saber 
vender tostones, rodearlos de una aureola de atractivo y seducción, 
que haga de su comercio y de su venta una especialidad.... esto 
solo es concedido á la torratera valenciana ; y hé aquí lo que la 
constituye un tipo único , y con derecho á un asiento en la galería 
de los Valencianos pintados por sí mismos^ En efecto, la torratera 
se pinta sola. Y de paso advierto que el bello sexo egerce el mo- 
nopolio esclusivo de la venta de tostones , sin que el feo tenga en 
ello intervención , á lo menos ostensible ; y aunque la duración de 
su imperio en la Ciudad es flor de un dia , el eco de su triunfo 
dura lodo el año, y forma un sonido continuo, encadenando la de- 
liciosa impresión de lo pasado con la seductora del porvenir. Es- 
pliquémonos. 

Las romerías son una de las necesidades mas apremiantes de los 
pueblos. El sentimiento religioso se hermana en ellas al natural ins- 
tinto del placer, aquel santifica éste , y persona que escrupulizaría 
asistir á una corrida do toros , ó á otra función puramente profana, 
creerá contraer un mérito para con Dios , visitando en romería tal 
templo , ó tal ermita , y procurando al paladar ciertas satisfacciones 
(j onsideradas como parte de la ceremonia. La proverbial piedad de 
los valencianos ha pagado su tributo á esta necesidad , y consagra 
una especie de primicias del año á las romerías en los meses de Enero 
y Febrero, con la visita de ciertos santuarios, dedicados á ciertos 
Santos. Estos ^on 3an Antonio Abad , San Vicente Mártir , San Va- 



PIMAhOS l'nll si MISMOS. Il2| 

loro , la Puiifirai ion ile la Viinen. San Illas , y la Virgen <le Oaiii- 
panar. Las piiorlas y corcüliius <le las ighvsías baju lua (lidian advu- 
raoioni'.s , do las cuales unas osl.m situadas inlramuroH , y ulra.-^ en 
los (Miarlo'es y arral>;dos , se ven aiiipliameule .surli las de coincsli- 
bles V f,'()l()sinas saladas y diiicos, eiitii» las cuales lus íu\ii,nes 
(vulgo tonal) liguraii m |)riuir>ra linca. 

(lomiíMi/a la originalidad do la liosla en el titulo mismo ron que se 
la distingue , que es el do porral , nombre , cuyo origen no es del 
caso averiguar , porque hallamos su esplicacion en la simple y 
mora corrupción de torrul , y sustitución de una p a una /. Kilo es, 
que la palabra ha recibido la soberana sani'ion del uso , cuva vo- 
Innlatl , según el citado elogiador de los compradores de loslones 
romanos , es suprema ley. Ello es lambirn que el porral de San 
Antonio, porral de San Valero, porral de San lilas, porral de 
Campanar, designan sin lugar á e(|uivocacion la feria de tostones 
en los puntos citados, yes palabríi (|ue suena agradablemerde al 
oido de un valenciano devoto y aficionado a las golo-^inas. V hé aquí 
porque tal vez no se les apellida : romería de San Blas , de San 
Valero , etc., sino que se especifica lo que es objeto , ó capital , ó 
muy principal de la devota visita , la compra del lorrat. Verdade- 
ramente que para unos ojos y corazón genuinamente valencianos no 
deja de ser espectáculo tentador a(piella larga fda de mesas, verda- 
dero mosaico de golosinas , que llaman y atraen poderosa é irre- 
sistiblemenie el contenido do los bolsillos. El aparato de cada lor- 
ratera se C(>m[)one de los siguientes adininículo.s. Una tijera seme- 
jante á la de un catre , aunque de piernas mucho mas elevadas, 
sostiene un anchuroso y desahogado tablero movedizo ; de suerte 
.que en un abrir y cerrar de ojos se desarma el aparato, quilando el 
tablero, y doblando la tijera. Fijo aquel sobre ésta por medio de 
dos listones , los cuales la impiden abrirse mas allá de los limites 
que le prescriben , se tiende sobre él un lienzo blanquísimo , y por 
toda su superlicie se van di>tribuyendo en montones, prudente y 

sabiamente calculados para la mejor visualidad v conleolamiento de 

' la 



122 LOS VALENCIANOS 

los ojos espertes, almendras y avellanas tostadas , castañas pilon- 
gas, ciruelas-pasas , orejones , y una especie de roscas garapiñadas, 
en cuya confección entran el huevo y la harina, y el azúcar cristali- 
zado. Parecerá estraño que en la precedente esposicion no figure 
el producto principal , el rey de la romería , el torrat. Pero es por- 
que ocupa un lugar único y privilegiado en sendas sillas, flanquean- 
do el cuerpo de la torratera á ambos lados , y colocado en cuatro 
ó seis sacos de lona según la calidad del garbanzo. Y los sacos no 
se dejan ver así como quiera , sino que el contenido llena hasta la 
mitad de ellos , y el resto del saco hasta el borde superior se arrolla 
curiosamente, formando un bordón en torno del torrat, logrando 
con ello el doble objeto de hermosear coquetamente la mercancía, 
y recogerla sin trabajo , terminada la feria , con solo desarrollar la 
mitad superior, y atarla con un cordel por donde toca al contenido. 
No faltan mesas donde los sacos de tostones se ponen mas en evi- 
dencia , colocados sobre el tablero ; pero lo común es no abandonar 
su puesto privilegiado. Entre ambas pilas de sacos, y detrás de la 
enunciada batería de golosinas, descuella y domina la torraíera, 
por regla general , fresca , lozana , rolliza , de ojos árabes provoca- 
dores y risueños, sentada sobre una elevada silla, que la deja dueña 
de sus movimientos , y resguardada por los flancos con los torreo- 
nes de que hemos hecho mención. El trage, que participa del pinto- 
resco de la huerta y del de la ciudad , es siempre rico y elegante, 
y las joyas que adornan la cabeza, cuello y orejas de \diS torraleras, 
son algunas veces de no escaso valor por las perlas y pedrería que 
las enriquecen. Y esta limpieza característica de las valencianas , y 
que forma ley inviolable en las torrateras , es observada aun de 
aquellas, que ven ya muy lejos los umbrales de la juventud, y que 
sin embargo no desdoran el puesto, á pesar de las arrugas de sus 
rostros. 

Pero los sitios escogidos para desplegar una torratera su mer- 
cancía, y no pocas veces sus gracias y atractivos , no son tampoco 
fiados al acaso. Porque si bien la generalidad se condensan en las 



IMMADOS poli SÍ MISMOS. 1S3 

¡ntiiodiiiriotios de lu i^'lcsia ó ormitu (ciiniíKt (!«• la romería, \an hay 
quo prt'licren sriilar el «ampo a laif^'a dislani-ia , (mi una de laspiin- 
cipalüs avcMiidas ()uu coiiducon al punió ; como huccde por cjcmplu 
en ül i>urral do San .\nl<»nio, en el cual so ven pue.slos do iorraíe- 
nis rii la hajada del pílenle de Serranos ; observando, y no desacer- 
ladamenle, (pie liay aíicionados, (jue al primer envilc cedrn , en 
especial , si hay niño.-* y novias ú quienes conlenlar y obscípiiar ; y 
(pie los li;i\ i|iic no guslan do ir cargados largo Irccho con el pa- 
ñuelo del lorrut ; y á éslos les acomodara proveerse al regreso , ga- 
namlo do descanso lodo lo largo de la callo de Murviedro, emblema 
de la longilud , y aun mas de la suciedad por sus proverbiales ba- 
ches é hislórico lodo. De a(pii se inliere (pie la elección de jxieslo 
no es asunto indifercnle para las lorrateras , y es en lanío grado 
verdatl, que no fallan (|uiencs loman posesión desde eidia anlerior, 
tendiendo en el suelo la tijera doblada , y sobre ella el tablero , á 
íín de que otra no se les adelante á ocupar el espacio, que conside- 
ran como mas ventajoso á su despacho. 

Ello no obsta para que el diablo que todo lo añasca , haga de 
modo que el sitio que sobra , no contente á las que llegan tarde. De 
aquí resultan polémicas cientilico-geométricas acerca de la esten- 
sion del área , que á cada una concede la ley para construir ; un 
palmo, un dedo es objeto de acalorada discusión ; no es raro que 
intervenga la fuerza bruta , y que el hermoso y tentador ediflcio 
vaya rodando por esos suelos , y que la ofendida se dispare contra 
. la ofensora , y que jueguen las uñas, al acompañamiento de allegro 
aguato y vivace , y.... Pero entonces.... perdona lector.... enton- 
ces.... desaparece la iorralera , y se funde en el tipo general de I3 
muger pendenciera , para el cual es ocioso gastar tinta y papel, 
porque es planta indígena de todos los climas , y de todos los países 
del mundo. 

En cuanto á la calidad de los artículos que vende , por punto 
general es buena y admisible , aunque entre ellos los haya de dife- 
rentes clases y precios. Porque no es el mismo el del torrat de 



124 LOS VALENGUNOS 

garbanzos del Saúco , que el do garbanzos ordinarios ; ni éste el de 
los carcomidos y rolos. Tampoco lo es el de las almendras del vale, 
comparado con el de otras calidades inferiores , y asi de lo demás. 
Respecto alas capitanas pilongas, sufren alguna modificación, por- 
que como la provisión que de todo se hace , es abundantísima , su- 
cede que hay sobras de un año para otro , y este sobrante no se ha 
de echar á perros. Conteníanse pues las íorrateras con mezclarlas 
con otras mas jóvenes, y ailá pasa. Pero de todos modos fuera de 
desear que las pilongas hablasen , para oir de algunas de ellas como 
testigos presenciales , episodios del pronunciamiento del 43; y lo 
que es al tiempo de ser vendidas , podrían asimismo reemplazar sin 
inconveniente á la arcilla refractaria para hornos de alta presión. A 
pesar de ello se venden ; ¿ y quién seria capaz de resistir á la , no 
digo retórica , sino poesía destilada por labios rubicundos , y re- 
suelta en frases, ya suplicantes , ya estimulantes , ya festivas , ya 
provocadoras , y siempre poderosas , usadas con femenil agudeza 
según y como conviene, y segnn y cual es el sexo y condición de 
los devotos, blanco de sus tentaciones ? Porque hay personas , en 
especial jóvenes que galantean , para quienes es un deber impres- 
cindible hacer el pañuelo (fcr el mocador) á su prometida ; es decir 
gastar en el puesto del torrat cuatro ó seis reales ; y á éstos es á 
quienes se dedican aquellas á envolver con preferencia en sus dul- 
ces redes. Dicho se está, que una vez mordido el anzuelo , tienen 
hecho su negocio; porque no hay enamorado mezquino, y se creería 
deshonrado á los ojos de su querida , si pensase ni aun remotamen- 
te en regatear. La traviesa torralera le pide el pañuelo , lo esliendo 
curiosamente por encima de los montones de almendras, ciruelas, 
avellanas, etc., le pregunta si quiere dos ó tres libras de lorrat, 
con la esperiencia que tiene, de que algunos se ruborizan de pedir 
una ; coge en su blanca mano un puñado de tostones , los enseña y 
ofrece á prueba , ponderando su bondad esquisita , ó inmediata- 
mente introduce el plato de la balanza en el saco repleto , y pesa, 
haciendo alarde de bizarría y generosidad , el obligado lorral, prin- 



PINTADOS I'OU si MISMMS. t!l'i 

(•i|)(? (lo la lioslii. No ilüjii ünfíiíir las liUíMia» íli.H|)()íiicioncH del com- 
prador : iliilü cu sü^iii<la a pi oIku de lodim Iüh dein.in arliculos , in- 
(liusas las pilüHKiis , clüfiiniido bu lilaiidiirii , aiiinpie ai iiiiUscarlaH 
sallo un di(Mdü cu dos pcda/.os, v por tiii, deHpucsdc lialicr eHlirado 
y licchíí proslar la longauíiuidad dcd p(d)rc novio , ala curiosaniculü 
las punías d(!l pañuelo , lo oulro^ía a cslc y á veces á aquella u 
(pncu va dcslinado , y présenla verbalinenle la cuenla un í^lobo, 
haciendo creer , ó á lo nicnos traían. lo de persuadir al bondadoso 
parro(piiano , (jue solo |)or su buena cara le hace un harwlo ruinoso 
á sus inlereses. Si es nui^'cr la (pie compra , o alguno do a<piellos 
(pie miran el Inrral como |)arle inlegranle de la romería, y lo com- 
pran por devoción , ofrece el de los sacos superiores , almendras 
ordinarias, y pilongas ancianas, sin resabio a'guno de juventud, 
bactendo también con ellas su negocio , y complelando el sistema 
de colocación de su género de la manera mas ventajosa posible 

Los cuidados y practica (pie retiuierc la prcparaeiíMi del tonal, 
y demás artículos que liguran en la mesa de la lorratera valencia- 
na , serian sobrado dispendiosos , si su objeto único fuese lucir en 
los seis ó siete días que indicábamos al principio; y las utilidades 
que reportasen, no estariin en consonancia con los gastos que re- 
presentan. Pero la íonaYera no brilla solo en la capital: do(|uiera 
que hay tiestas que celebrar , y (cada pueblo de su provincia tiene 
la suya), doquiera que hay reunión de gente , sea cual fuere su ob- 
jeto , alegre ó triste , allí se presenta , alli despliega sus recursos, 
alli cautiva , alli vende. Por eso se la vé hasta en las puertas del 
cementerio el dia de difuntos , como en las procesiones , y demos- 
traciones de júbilo popular. Su traslación de la ciudad á los pueblos 
no se hace sin estrépito ni aparato : muchas tienen carruage propio, 
otras lo alquilan ; y llama la atención de vecinos y transeúntes el 
momento de la partida , viéndoselas encaramadas en los vehículos, 
Menos hasta el tope de mesas , palitroques , sacos , cestas , y otras 
baratijas propias de la profesión. Terminaremos diciendo que los 
barrios de predilección donde se albergan las tomitevas, (¡on las 



126 i LOS VALENCIANOS 

calles de la Muela , Cubells , y adyacentes , bien que no las deja de 
haber esparcidas por otros puntos de la ciudad. Hay también tor- 
rateras perenes , que tienen , por decirlo asi , arrendado un sitio 
en el Mercado por las inmediaciones de la fuente , para contentar 
á los que , sin ser devotos de romería , no son menos apasionados 
á los tostones, y roen con placer almendras y castañas, aun cuando 
éstas cuenten algo atrasada la fecha de su nacimiento. 

Pascual Pérez y Rodi'igiiez. 





-«SsÍ^ 



EL PESCADOR DE CAÑA. 



IM.MAUO.S rull si MLSMO.S. \ 2/ 



EL PESCAHOII DE CA\A. 



<,.^ ''*'*■ ®. o es eslc un tipo que caracteriza las costumbres 
^.'jj^rr'y^^'.? jel pueblo valenciano, de ese pueblo jovial, 
•>> \ ' <l' activo , emprendedor maravilloso , y sin em- 
'•> , V .4iv^ baríio tomamos el pincel y la paleta para ofre- 
^ilV •<!• < ^^^ ^' P^^'i^'o uu boceto en el que se vean de- 

ijc.¿.;A>¿i[^ lineados los rasgos que marquen la lisonomia 
í^&'oo^'„^'V íAá' del personage que vamos á retratar. 
En lodos los países existen pescadores de caña. Y se dirá tal 
vez por ello , que vamos a describir un tipo general : grave y nota- 
ble equivocación; el pescador valenciano y prototipo de esta indus- 
tria negativa, puede servir de modelo a cuantos se dediquen a 
ella en toda la redondez de la tierra. Aqui se posea al anzuelo , en 



i 28 LOS VALENCIANOS 

el mar , en el delicioso y trasparente lago de la Albufera , en los 
rios y acequias , en donde aparezcan aguas en íin , y pueda pre- 
sumirse que baya un pez que muerda incautamente el cebo. Por 
eso merece especial detalle el pescador de caña entre nosotros , ya 
que contrasta por su escentricidad con el carácter distintivo de los 
habitantes de este suelo privilegiado. 

El tipo que vamos á describir es entre nosotros, carísimo lector, 
un personage adusto , que se divorcia de la sociedad por el placer 
flemático de sentarse con una caña en la mano , al borde de un es- 
tanque ó á la orilla de un rio , con-iumiendo las horas, hasta que ca- 
prichosamente pique un pez la pasta de su anzuelo. Hemos oido mil 
veces definir el cuadro que representa el pescador de caña , dicien- 
do : que es un grupo que comienza por un inocente , y acaba por 
un animal ; nada hay en esto de ofensivo , si se toman en cuenta los 
mil dicterios que caen de continuo sobre la frente de esos honrados 
ciudadanos que loman por tarea la diversión mas pacifica y soli- 
taria. 

El pescador de caña simboliza el quietismo , y gasta el tiempo 
con la profunda convicción de que se ocupa en cosa de provecho. 
Considerado económicamente es un capital dedicado á la iraproduc- 
cion , es un cero social que consume y no da medios para su propia 
subsistencia , «modos de vivir que no dan que vivir,» trabajador 
que llama profesión á su indolencia. 

Si por rasgo íisiológico ha de dctinirse, se le encontrará de ca- 
rácter severo , inactivo , de temperamento indeterminado , ó al me- 
nos dudoso, y como emblema de la paciencia y de la calma, siendo 
indiferente todo cuanto no conduzca á su favorito entretenimiento. 

Como ente saciable , realiza el divorcio , ausentándose á pesar 
de su honradez , del hogar doméstico , y robando á su esposa las 
dichosas horas que compendian el bieneslar do la familia. Y no solo 
es esto , sino que llega por su diversión antisocial hasla el estremo 
de separarse del trato de las gentes, que se acostumbran á no contar 
con la compañía y amistad del que táti voluntariamente se aisla. El 



PIISTADOS l'OH sí MISMOS. I2*J 

jugador (|uo picrflo y i*l iiosrador du caña non loi Individuos (|uo 
luuü üo ult.sitaon (l«<l mundo ni ipití viven ; el un.i lija toda ru aten- 
ción y sil ospcranzii en el nnipo (|ue rree su íclic idad, el otro lija su 
visla üii las aguají , con In es|ioran/a lisonjera t.iinbicn de quo un 
pez lü lie un placer inesplicable. Anibo.s fanalicoi, é iniv.r.cgibloA 
en sus lendencins, y alirigando ambos la convicción de que su 
fortuna pendü del azar y del eni^^ina qne lian de llegar á ver re/iUtl- 
to. Lna circun^ancia los pre*^enla no obsl.inlu como lipo!) antitéti- 
cos , la de (pío el ju^Milor puede mejorar de condición si lo da el 
viento del favor , inienlra> (pie el pescador al anzuelo lia de empeo- 
rarla, Como capital en con.Nlinde baja , y continuamente consumible. 

Se (lira la! vez (|Uü ul personago que nos ocupa es tratado con 
demasiada severidid , y que tan solo so loman en cuenta sus defec- 
tos. Somos justos y ipicremos reproducirlo con la mayor exactitud, 
no pudiendo prescindir por ello del detalle indispensable que venga 
á formar el raro conjunto do cualidades que son pro|)ias de nuestro 
recomendado. Y ocurre otra co>a sin¿;ular ; siempre la generalidad 
de los hombres aplica y dirige frases benévolas liacia el que se ocu- 
pa en diversiones inofensivas y pacificas , y faltando a este principio 
se guardan para nuestro pescador los mas calumniosos dicterios , y 
las mas torpes y burlescas murmuraciones, ¿cómo hemos de pin- 
tarle pues? del mismo modo que le vé la sociedad , para que no se 
le ocurra la pesada chanza de (jue nuestro retrato no tiene semejan- 
za al orií^'iiial. Si os inocente y lo condenan , la culpa no es nuestra; 
si es pacitico y le injurian , paciencia, así encontramos las cosas, 
asi debemos dejarlas. 

Los pescadores de caña tienen en Valencia y sus alrededores 
frecuentes tertulias en las que se conciertan para sus espediciones, 
y se habla eslensaraente de lances que diariiimenle les ocurren. Es- 
cusado es añadir (jue siempre se las prometen felices para el dia si- 
guiente , y que con aire de triunfo producen algunas frases enigmá- 
ticas, como signilicando que poseen el secreto que les ha de con- 
ducir á uua grao pesca. 

16 



130 LOS VALENCIANOS 

Ellos saben como el acequiero mas hábil y entendido , el tandeo 
como la limpia de las acequias , y cuantos accidentes sufre el riego 
de nuestras hermosas campiñas, porque f;icra indisculpable no estar 
en los pormenores que conduzcan á una feliz operación , que mere- 
ciera la critica punzante entre los del oíicio. 

Por lo regular los pescadores salen acompañados de un carnera- 
da , con ánimo de separarse en el sitio que les convenga ; andan 
precipitadamente , y no se entretienen en su marcha aunque se les 
llame ; en tal momento van agitados por una ilusión brillante. Qué 
dicha si encuentran turbias las aguas , porque sea dicho de paso, 
las aguas cristalinas no hacen maldita la gracia á nuestro héroe. 

Llegan pues al término de su espedicion , y con actividad in- 
comprensible, arman la caña , dejan los aprestos en el suelo (vulgo 
ormeig), se persignan, dirigen una mirada escudriñadora por los 
campos inmediatos , y teniendo que lamentar siempre algún pequeño 
contratiempo, arreglan el cebo, lo colocan , y manejando con cierta 
maestría el instrumento de sus lides , lo dejan caer sobre las aguas, 
animándose por las mas halagüeñas esperanzas. 

Aquí debiera ponerse una línea de puntos suspensivos , porque 
á escenas tan activas siguen el silencio, la calma, la postración, 
en que naturalmente deben caer hombres que fijan todas sus ideas 
en el albur en que juegan la mayor parte del tiempo de que pueden 
disponer. Su pensamiento cruza en todas direcciones por el fondo 
de las aguas , y casi seres anfibios se pegan como la ostra cerca de 
corrientes y los lagos , con una inmovilidad que asombra. 

Hay días fatales para el pescador de caña ; cuando reina cierto 
vienlecillo que les impacienta ; cosa admirable , atendida su imper- 
turbabilidad : entonces el pescado come á su sabor sin caer en el 
engaño , y el hilo se vé flotar por el espacio cien veces sin que una 
sola piesa venga á premiar el suspirado anhelo de quien de buena 
gana se echaría en aquellos momentos de desgracia á lidiar en su 
desesperación á brazo partido hasta con un cetáceo. No es estraño 
verle en tales horas variar de sitio , saltar , moverse con agilidad, 



PirSTADOS I'OU si MIS.MOH. 17)1 

|)ar.i (lar do IVonlo con la lo: luna (jiic l(! volvió la ü.spalda ; porque 
ptu-dio la larde , v no lleva inuoslra si(|uÍL'ra ([110 lo arredilo cu su 
fati^M , y lomo la rccliill I. I'^ii (wle caso so retira aburrido, inal- 
diciíjiílü y <io inalisima espina, como si por el hroma/.u (pío le aflif,'0, 
so liul)ioro dejad(» a lio/.os el lioiiur do su liuibru cu las acccpiias, 
loalro úo una calamidad , que en voz do producirlo un desengaño, 
lo aviva ol dosoo do volver por su ro¡)ulac¡on al dia siguiente. 

Varios son los cebos do (juo so valo o! pescador valenciano , en- 
tro los quo liguran la pasln , molina . f/aniba , cuc , etc. y ele: nsan- 
úo^ci para las ranas la caña corla y un vivillo de grana , como el 
meiüo mas general entre los quo se dedican a esta ocupación do 
tercero ó cuarto orden en razón a su pncd mérito entn! los aíicio- 
nados. 

l.a célebre cabana ó barraca do! lio Plaza , es el almacén de 
que se sirven |)ara deposilar los úliles necesarios al olicio. Allí go- 
zan un refrigerio, se entonan, y toman punto de partida en sus cspe- 
dicionos , que suelen ser mas ordinarias al Pechinar , al sequv'd de 
1). Salvador , escorrenlia de la dehesa , Perdió , acequia del Rey, 
el Toll de la Glosa , el Póu de Áparici , orillas del furia , y oíros 
puntos que fuera prolijo enumerar. 

Cuando el pescador tiene la caña en la mano , es arriesgado di- 
rigirle la palabra, porque cree que se aliuyenlan los peces al menor 
ruido. Nada le subleva tanto como la idea de que puedan haberse 
echado redes en los charcos , porque para el aficionado al anzuelo 
no hay otra pesca licita que la que constituye su tranquilo recreo. 

Nada es comparable al entusiasmo de nuestro pescador, cuando 
por rara casualidad tiene un momento feliz en sus operaciones , la 
jovialidad se pinta en su semblante . su or¿;u'lo adquiere un nuevo 
Ululo que no cambia por otros lauros, y su familia tiene derecho á 
esperar un grato afecto y una alegria sin limitrs. 

Nunca el pescador al exagerar la magnitud de una presa , se 
vale del número par; asi se le oye de continuo decir que sacó en 
cierta ocasión casi rompiendo la caña , una anguila de diez y siele 



152 LOS VALENCIANOS 

onzas , ó un barbo de trece onzas y medía; esto se esplica fácilmen- 
te , vio mismo hacen los cazadores y cuantos desean ser creídos 
en sus relatos de tal género. 

La investigación fiscal ha llevado su vista de lince á lodos los 
ramos en que se desarrolla la actividad humana , para que rinda un 
tributo que ayude á los gastos de ese ente moral , impalpable , que 
se llama Estado. Solo el pescador de caña pasó desapercibido, y no 
contribuye con un maravedí. Indudablemente debe haber conside- 
rado el fisco que no debe pagar contribución el que ejerce una in- 
dustria que destruye el capital , y una diversión que diariamente se 
convierte en martirio , porque fuera injusto gravar con impuestos 
la calma , esa inocente calma que tanto tributo presta á la malicia 
de las gentes. 

Entretanto fijémonos en esta triste Uquidacion. 

Un peón de albañil gana 6 rs. vn. de jornal. 

Un pescador de caña puede por término medio sacar cinco peces 

por dia. 

Que valuados á dos cuartos importan 10 cuartos. 

Total 10 cuartos. 

Baja del producto. 

Dos cuartos por gasto de calzado 2 

Uqo por la pasta 1 

Dos por deterioro de sus útiles 2 

Dos por gastos de ropa 2 

Cuatro por merienda , 4 

Y cuatro por imprevistos 4 

Total 15 cuartos. 

Baja sobro el producto -. 5 cuartos. 

Sin que se cuenten la pérdida del tiempo , las incomodidades, 



PINTADOS pon fil MISMOS. 17)5 

insolaciones , ton-lnnas , disgustog do fiímilia , y otro.s accidcnlcK, 
qiio no nos alnivonios ;i rt'l'íMir pi»r no recarpar el cuadro con liólas 
d'Muasiado sombrías. 

Dííjcnutslü ; no so nmnvo, lija su mirada on la pluma qun so 
meco a llor de a;,Mia , si saca la picdr.i y eslabón es para malar las 
horas , si fuma es para lomar alíenlo ; no le dcspcrlemo-; de e>a 
hurrihie Iranipiilidad , la! ve/, seria desvenlurado ; que lia\a do lodo 
en el mundo , desdo ol (pío tenga una aclividaü peligrosa, liasla e| 
que se rija por una pesadez inalterable. 

Por lo demás , dejemos consignado (juc generalmente los pes- 
cadores de caña son buenos ciudadanos , como les llama el vulgo, y 
no tengamos necesidad do repetir aíjuello do: .(Señores, quo á 
nadie aludo, que no me dirijo á persona determinada , etc., ele.;/) 
porque el vicio está en la cosa , y no en el hombre. 

Francisco de P. Ci:rR«. 





EL CAPELLÁN DE LAS ROCAS. 



--^^O^v.^^'^ 






EL CAPELLÁN DÉ LAS KOCAS. 



¿fN todos vuestros viages, lectores que hayáis via- 
jado, no habréis visto en la procesión veneranda 
del Corpus , un objeto mas histórico , mas tra- 
dicional, mas conocido, ni ;mas remedado que 
nuestro Capellán de las Bocas. Es un tipo de 
Valencia , sin confusión , ni mezcla alguna ; y 
apesar de las Rocas tan grandes , tan grandes 
los gigantones , tan grandes los famosos ciriales 
y tan grandes las águilas , la figura del capellán se destaca de la 
procesión, se destaca de los mohatras que le siguen; y cien mil ojos 
se tijan en él casi á un mismo tiempo. Mezcla de religioso y de civil, 
es un objelo solo , aislado , indepeadieote; y al que no puede darse 




136 LOS VALENCIANOS 

una verdadera aplicación. Se ie comprenderla asociado á una co- 
misión de fracs, ó de charreteras; se le comprenderia entre bone- 
tes , ó coronas; pero donde está, donde brilla, donde tiene su 
lugar, es cosa que no se puede determinar, ni analizar. Antiguamente 
eran los síndicos del venerando, célebre y virtuoso consejo de la 
ciudad los que anunciaban la solemnidad , mandando disponer las 
colgaduras y ejerciendo una especie de autoridad, á cuyo paso se 
inclinaban los espectadores. Pero acabó el consejo , y al acabar la 
España grande , se introdujeron nuevas costumbres : a los síndicos 
sucedió el capellán , asi como á los fueros sucedió la brutal centra- 
licacion. ¡Cómo se han invertido los tiempos! Perdone Vd. señor 
editor; me olvidaba de que escribía un artículo recreativo ; pero me 
enmiendo y vuelvo á buscar mi Capellán de las Rocas. Estoy per- 
suadido de que el público recibiría con una silba espantosa al pai- 
sano, siquier fuese persona digna, que viniera hoy á sustituir al 
capellán: su carácter, su dignidad y el tiempo le han hecho tri- 
plemente respetable. 

Pero al hablar del Capellán de las Bocas no hay un valenciano 
que no recuerde con cariño al que durante tantos y tantos años ha 
desempeñado este cargo honroso , que confiere la municipalidad. 
Es preciso buscar este inolvidable modelo , para describir este tipo, 
que ha de ser como el original ; ó el público no lo encontrará com- 
pleto. No puede ser: mas como él ha dejado tan impresas en la 
memoria de dos generaciones sus maneras, su talante, su gallar- 
día, sus modales y su apacible sonrisa, todo parece pequeño, 
hasta que el tiempo haga olvidar al que por espacio de casi medio 
siglo se ha atraído las miradas y las simpatías de los valencianos. 

No creáis por eso que el Capellán de las Rocas hace destacar 
su importante figura en un cuadro militar ó religioso. No es un 
Guillermo de Tyro al frente de un ejército de cruzados, ni un sa- 
cerdote á la cabeza de numerosos neófitos , que van en devola ro- 
mería : por el contrario , abre el camino á una porción de figuras 
y de figurones qno participan algo de las bacantes y de los locos, 



PIKTADOS l'on SÍ MISMOS. 137 

confundidos nniro aljíazara y hullicio con ia Vir^on y San Josó y con 
liT,s aultitTiilas oriünlalt's , con Irajos del Asia, del África y de Eu- 
ropa Kii pos de cslas niiidiis , impaNÜilos y plásticas ma^'osladofl 
vioiiLí. a fuer de va'salios rebeldes, una lurbí iiKjuiela , cslrepilosa 
cslrafia, parecida á un delirio, golpeando, corriendo, voceando y 
afiliando sus eslrañas vesliiluras, qno se descubren como punios 
raros sobre la mas i de especladores , que se cslicnde como una 
ancha alfond)ra por las calles y plazas de la carrera. Kl capellán 
precede, pues, a csla cabal¿,'ala fanltslica en que ninjíim Iraje 
tiene propiedad . v qno ofrece por eso niism« una confusión , pa- 
recida a los sueños de la calentura ; y se acerca y pasa sin dejar 
impresión, como una visión eslraña , é indeiinible. 

¿Sabéis el lugar (¡ue ocupa el ca|)ellan en este cuadro? Pues 
vcdlo aquí : abren la niiirclia dos guardias civiles de caballeria ; y 
después de olios dos banderas , cuyos lienzos tienen un color do 
lien a particular, ostentando en su campo, pintados de negro, ob- 
jetos que se parecen á diablos ó animales fabulosos : cada una de 
sus astas esta coronada con una monstruosa diadema cíe hojarasca. 
Los heraldos que las llevan van cubiertos con unas dalmáticas o so- 
brevestas del mismo color que las banderas. Detrás de estas visio- 
nes cabalga el capellán : su brillante sotana de seda está ceñida este 
dia con un ancho cinturon , dejando caer á un lado y otro su man- 
teo. Cubre el bonete su cabeza , y los guantes de seda son de rigor. 
Un caballo , escogido entre los mejores de la capital , ricamente en- 
jaezado con gualdrapas antiguas y oculta la erguida cabeza en una 
inundación de lazos de todos colores , va sujeto por dos palafre- 
neros que obligan al hijo del aire á marchar al paso, sin permitirlo 
piafar, ni caracolear. 

Ya viene el capellán , murmura la multitud : y todos los ojos 
se dirigen á él; por todos los balcones, ventanas, azoteas y mira- 
dores asoman rostros de todas cataduras para ver el personaje mas 
notable de la cabalgata. Aun los mismos amantes que en aquel 

momento escuchan palabras dulcísimas, suspenden su delirante co- 

18 



158 LOS VALENCIANOS 

oquio para saludar al personage de todos los años y que todos los 
años parece nuevo en la escena. ¡Bien! ¡bien! se repite por todas 
parles; y hombres y mugeres y niños, 'e contemplan con estraña 
mezcla de respeto, de admiración, de cariño y de curiosidad. El 
capellán cruza la carrera , con el aire de un cónsul romano en 
el dia de su triunfo, como un prelado en los tiempos de la edad 
media ; y su semblante debe estar risueño , tranquilo, grave y co- 
medido. Su saludo, que es frecuente y casi sin descanso , consiste 
en levantar su brazo derecho con magestad y sin afectación , y ten- 
diéndolo cuanto sea posible, se quita el bonete trazando con él un 
semicírculo y se lo vuelve á poner, sin abandonar la sonrisa y el 
agrado que debe brillar en su fisonomía. Donde quiera que vé á 
una autoridad , á un amigo, á una persona de categoría repite sus 
saludos; y estos saludos eran inimitables por su gracia , su marcia- 
lidad y su soltura, cuando los admirábamos en el simpático y que- 
ridísimo D. Antonio Marco. 

La cabalgata pasa ahora por delante de una iglesia parroquial. 
¿Escucháis el vuelo de la campana grande de su torre? Es que su 
Quasimodo (este recuerdo nos dá á entender que los campaneros 
sean feos) devuelve el saludo que el capellán dirige á la iglesia y 
se saludan los dos, porque el capellán es beneficiado de aquel clero. 
Magnifica correspondencia de cortesía y de cariño , que solo se con- 
sigue en Valencia la víspera y el dia del Corpus. 

Por una costumbre que data de la época de los vireyes, el ca- 
pellán , al frente de su cabalgata, se detiene á la puerta del pala- 
cio del capitán general para invitarle á la gran solemnidad. La car- 
rera termina en la casa de las Rocas, donde tiene su principio. 

¿Quién podria sustituir á este histórico capellán? Cuestión es 
esta, que ignoro si ha ocurrido á algún concejal el resolverla. ¿Quién 
osaría , vestido de frac y la cabeza cubierta con nuestros ridículos 
sombreros , montar á caballo y pasear la ciudad , saludando á de- 
recha é izquierda? Ved, por consiguiente , planteada una cuestión 
que no deja de tener mucha importancia en nuestras costumbres 



PINTADOS pon si MISMOS. 139 

populares. Siipiimid el ('apellan di' las /locas, y la muchcdumbrü 
so rclii'aria siieiu-iosa y maldecirá (mi mis adcnlros al/imprudcnlc f|iie 
lo privara de aipiel objeto principal deis caballcts. \m iniítmo lia su- 
cedido cuando se ha Iralado do suprimir la drijólla y arrancar los 
per;;am"inos d(! minos de los golj)eadores'. Kl pueblo ha creído bur- 
ladas sus esperanzas y sus derechos: cxif,'o lodo eso [)or(pic asi lo 
onconlró en su niñez, y no os lan fácil cambiar las coslumbres, como 
las formas polilicas de un oslado. 

No croáis por lodo oslo , Icclorcs no valencianos , que el Cape- 
llán de las ¡{ocas es un clérigo de misa y olla ; es una persona que 
se lilula capellán do honor del Escmo. Ayunlamlcnlo, que es esco- 
gido entro los eclesiásticos mas rcspclablts, y que en las funcio- 
nes quo descritas quedan , e|j;erce un acto solemne en nombro del 
municipio. Cuando Valencia sabia y guardaba y hacia guardar sus 
derechos^ daba á esto pcrsonagc la verdadera importancia que so 
merece : pero ahora solo una venerable tradición conduce al pueblo 
á contemplarle bajo el doble carácter que representa. Una fria son- 
risa do los centralizadores, un desden de los que han viajado mu- 
cho, porque han ido hasta Madrid, ó que han viajado por imita- 
ción, y un mohin disimulado de los que se llaman ilujtrados, por- 
que concurren á lodos los bailes do sociedad, no privarán al Ca¡)e- 
llan de las Rocas del prestigio que le rodea. 

Hü concluido mi comisión , señor editor. Haga V. el uso que 
quiera de este articulo, pero ni afuer de propietario diga V. que es 
bueno, porque no le creerán. 

Vicente Boix.. 




EL CRIQUET DE SEN VISENT. 



li)(o)©©(o)(o)(o)©®(o)(o)©Q©(o)(o)©@(3^^ 



EL CniOlET DE SEN YICÉM. 




i la tarea que hoy emprendemos se nos hubiese 
impuesto hace doce años , no aventuramos nada 
con decir quebaslaria al lector echarse ala cara 
'ílj el retrato del tipo que vamos á bosquejar, para 
\_) en su vista sonreir y prometerse durante la lec- 
%i^ Qj tura del mismo, un ralo de solaz v recreo. 

^^■^^ o¿o "^^^^ ¿Y el trascurso de doce años ha podido in- 

^ fluir hasta el punto de que hoy ya no nos haga 

gracia lo que antes de ese tiempo nos la haria? He aquí uno de los 
raciocinios que surjen de la tesis que hemos consignado, y sin em- 
bargo no es esa precisamente la deducción (jue nos proponemos 
resulte de nuestro aserto. 



142 LOS VALENCIANOS 

Decimos que hace doce años bastada contemplar un momento 
el retrato del niño de S. Vicente para sonreir y prometerse un rato 
ameno y divertido , porque en aquella época el tipo que nos ocupa 
no podria menos de recordar á todo valenciano los rasgos caracte- 
rísticos de esta especialidad que fué; todavía bullirian en la mente 
del lector los episodios perpetrados por aquel , y que todos los dias, 
y á todas horas se gozaba el vulgo en comentarlos. Hoy si algún tipo 
necesita del ausilio de Daguerre y de la pluma de Mesonero Roma- 
nos, lo es sin duda el niño de S. Vicenle. 

Cada siglo tiene su faz. 

Siempre derrumbando , empero siempre reconstruyendo ; esta 
es la misión del tiempo , vampiro incansable , fuerte, inflexible 
y pertinaz que lodo lo arrastra en pos del. ciego frenesí que le in- 
duce á no dejar huella de lo que fué : que borra, sepulta y pulve- 
riza pueblos enteros y hasta la fauna actual la modifica haciendo 
desaparecer tipos que nunca han de volverse á ver, sucediéndoles 
otros con distintos cai-actéres , vida y tendencias. Hé ahí esplicado 
el que nuestro huérfano haya cambiado completamente sus costum- 
bres y no sea ni sombra do lo que fué. 

Para entrar de lleno , pues, en la descripción de lo que ha sido 
y es el chiquel de Sen Vicent, bueno será {\\iq la historia nos diga 
algo acerca de la procedencia de este párvulo. 

Existe en Valencia un Colegio Imperial de niños de S. Vicenle 
Ferrer , que según los dalos que me he procurado (debidos la ma- 
yor parte á la galantería y amabilidad del actual clavario del mismo, 
D. Sáhas Trapiella) su fundación se remonta al siglo XIV. Efecti- 
vamente por esta época, el digno obispo de esta ciudad D. Hugo 
Bajes , en ocasión en que las discordias civiles devoraban á los 
hijos de la bella capital del Cid, que divididos en diferentes partidos 
y fracciones, aspiraban á todo trance á ceñirse la envidiada corona 
de Aragón, mandó llamar al ilustre y preclaro varón, gloria y prez 
de Falencia S. Vicente Ferrer, que al contemplar el abandono en que 
los disturbios políticos dejaban á los niños pobres , se dedicó con 



PINTADOS I'OH SÍ MLS.MOS. 145 

ol ofaii í|Uo caraclnriznba todos sui aclo-* , a iccojcr á lo8 desgra- 
ciados huciTanos y dcposilarlos i>i) l.i cana (|iii' ocupaban Ioü Ueg- 
niiics. 

KsUn^uida por falla <Io iudividuus aquella coiporucíon encar- 
gada do la educación y dirección do los ídoüidIos nino!^, varios 
purtjonuges de la capital , llevados de -su lilaiitro()ia , ponsiiron re- 
emplazar a los Begniíies en su hcnpinórila niision cerca de los liuér. 
fanos ; y al efecto, por los años 1540 formaron nuovaa inslilu- 
riones que merecieron la aprobación del virey D. Fernando de 
Aragón , du(|uc de Cdiabria y la protección du la ciudad , las quo 
rigieron al colegio liasla (pío, habiendo ocurrido entre los cofrades 
varios disturbios quo llegaron á noticia del Monarca D. Felipe II, 
éste en iGOá dispuso que el Beato Patriarca Juan de Ribera diese 
al estableciinieiitü unas nuevas instituciones , bajo su real patronato, 
las que le gobernaron hasta que en 1C24 se incorporaron al colegio 
de S. Vicente la casa y privilegios que disfrutaba el establecimiento 
fundad() por D. Carlos I en looO, para la educación do lus hijos 
dü los moriscos convertidos. 

Desde aquella época , y á través de las vicisitudes del tiempo, 
se ha conservado tan útil establecimiento , sin embargo de sufrir 
tantas innovaciones como las circunstanc;as han exijido. Hoy dia, 
el gobierno interior de este colegio está encomendado á una Junta 
que representa los tres brazos , eclesiástico , noble y seglar. 

De cuantas alteraciones han tenido lugar en esta casa de bene- 
ticencia especial, Linguna ha producido un cambio tan radical 
como la última que tuvo lugar hará como doce años. 

Antes , como ahora , para ser colegial es requisito indispensable 
ser huérfano de padre, puesto que estas veces, según la tradición, 
las suple el santo , del cual llevan su nombre. Han de abonar el im- 
porte de 320 rs. (ahora 400), cantidad única para los siete ó seis 
años que tija el reglamento, como término bastante para salir á los 
catorce años con alguna instrucción , suGcienle para dedicarse al 
arte ú oficio que mas vocación tengan. 



144 LOS VALENCIANOS 

Remontémonos , pues , al año 1820 ó 30 y veamos al neófito 
que acaba de entrar colegial. 

Son las tres de la tarde , y el niño de siete años ha sido pre- 
sentado por su madre ó pariente al clavario , que ya recibió los 
320 del pico , y tomó los informes necesarios para la admisión del 
huérfano: éste sin dejar á su madre á quien tiene asida del vestido, 
recibe unos confites que le dá el director para que no le tenga 
miedo y sea buen chico y aplicado , lo cual promete el párvulo 
significándolo con una cabezada. Inmediatamente es conducido por 
su madre á las enfermeras (encargadas de la ropa, limpieza, aseo, 
y asistentas para cuando hay enfermos) y despojándole de su ropa 
ordinaria, en un momento le desfiguran y le convierten en un 
chiquel de Sen Vicént con su cotila parda, almilla, calzonci- 
llos y medias todo de hilo , zapatos como los de fraile , con punía 
redonda , y por complemento de esta singular trasformacion , le 
ponen un casquete de la misma ropa que la cota, y la correa que 
sujeta á ésta por la cintura : su madre que le vé y no le conoce 
ya casi, su primera esclamacion , es: «/?// meti de la mehua vida y 
de les mehues entrañes, ya lens pare atra vólta;y> (1) y arro- 
jándose al cuello de su hijo le colma de besos y abrazos confun- 
didos con las lágrimas de ambos , que no parece sino que ya no 
se han de ver mas , ó que el niño ha hecho voto de castidad , ó 
cosa equivalente ; y en sus sueños de madre ya le contempla hecho 
un aprendiz de arzobispo. 

Un tanto tranquilizados de esta primer impresión, lodos á 
porfía procuran alentar al novato y le presentan en su nuevo traje 
al maestro de escuela , que después de echarle un pequeño sermón 
concluye por darle también algún dulce , y el niño , mirando de 
reojo á todos no se aparta de su madre, única con quien cambia 
alguna palabra. Por fin, ha llegado el momento supremo de sepa- 
rarse madre é hijo : aquí te quiero ver ; la madre llora de gozo 



(1) Hijo de mi vida y de mis entrañas, ya lioiies padre otra vez. 



piMADos ron sí Mismos. 145 

y scnliinicnlo ;i la vez, iniMriMs (\no rl lujo, ¡milando á un 
bcceiiilo , hiMiií.i qiii; es un coiilciilo .1 \a piit.'il.i del co'c^'io [mr 
iloiidc salió sil iinJi'ií : (sroclivainiüilu, l)ici) pronlo principia el no- 
vicio á cspiTÍin 'nlar los ef.'cl'is iU la separación iIií la (|iio le (lió 
el ser: ¿;eneralmcnlL' cnamlo se Hora no es ciiamlo so pom» niijor 
scinhiaiilc , asi es (pie ios colegiales (pie iodos acudieron al llanio 
cjeculado en do mayor , (piieren ver a su nuevo compañero y si 
p^r desgracia, esle no tiene (| le agr.ulecer á la naturaleza un fí- 
sico agradid)le, etn|)ie/iin la< iii-lirecias dnecl is de «esc tendrá gran 
cnliada en el calildo (si es (jue lienc la cabeza grande;» (ícrco 
(]Uo es vecino de ilocaiicide (si la boca es (lesüIi(igada):D si lieno 
Ira/a de enano , ó es [)atojo, se acerca uno y le dice: «amiguilo, 
ya eres feliz; ayer cayó un angtd de la cornisa de S. Nicolás y es 
seguco que eres acreedor á reemplazarle; » me parece, añade un 
tercero que este se lia de liacer amigo del cocinero y nos va a cerce- 
nar la ración: «¿por que?» ccntesla olio; ('jiciiqie noce."-a de Ih lar y 
mientras el lloro se lia z impjJo un pan lleno de carne : y aijuí 
principian á darse unos á oíros empujones, y presto vienen encima 
del novato una docena , que si no lo aplastaron fue por que, aper- 
cibido el maestro, se personó entre los adores y les liizo desapa- 
recer á latigazos, dejando libro por aquellos momentos al Imcrfano 
que á todo trance quiere irse en busca de su madre ; pero el 
director le lran(|uiliza como puede, llevándoselo á su lado. 

El primer mes lo pasa en una continua pesadilla, sin separarse 
jamás de la portería esperando á su madre que se llena de amar- 
gura ai saber el mal trato (juc dan á su hijo los domas colegiales; al 
efecto, procura llamar á algunos y dándoles algún regalilo , les io- 
cHa á que se interesen por el huerfanito: así lo prometen y cumplea 
hasta un cuarto de hora después que se marchó la buena raugcr; 
mas luego son los primeros en imaginar toda clase de engañosas 
redes para que el incauto vuelva á imitar al becerro , protestando 
de la mentida amistad de jUS compañeros. Aquel le envia á la rc- 

puslcria para que lo deu du merendar designándole la morada del 

IQ 



146 LOS VALEKCIAKOS 

zapatero de la casa, que lo recibe con el tirapié, pues es hombre 
de poca paciencia ; esle le dice que si tiene ganas de hacer aguas 
menores puede ir donde le indica, que es la cocina , y el marmitón 
le regala un cachete por vía de respuesta. 

Pero ha pasado el primer mes y todos sus dias han sido sellados 
de un verdadero martirologio. Nuestro nóvalo ya sabe ayudará misa 
y por consiguiente lo destinan á una iglesia para que, junto con 
cuatro, seis ú ocho de sus compañeros, scgiin la capacidad de la 
iglesia, se egercite en ayudar misas. Los primeros dias sufre otro 
purgatorio con los nuevos engaños que los colegiales le ocasionan: 
quién le dice que el sacristán es el cura y debe ir á besarle la 
mano , que como esto es á las primeras horas de la mañana y el sa- 
cristán está de mal humor , porque acaba de levantarse , al ver la 
insistencia del neófito buscándole la mano, le dá con esta en los ho- 
cicos y el pobre huérfano marchase llorando por la caricia recibida; 
y sin que la suerte le sea mas propicia en el segundo mes que en el 
primero , pasa un noviciado capaz d« liaccr ver la luz á un ciego. 
A fuerza , pues , de lecciones tan sentidas y que menudean los re- 
sultados sobre el cuerpo de «luestr® oolegial, llega á Uacerse su ca- 
beza á prueba de cachetes y trompazos. 

Empero esta triste esperiencia que enseña el noviciado, re- 
dunda en pro del colegial , que obligado á tener en una actividad 
asombrosa sus cinco sentidos , acaba por salir un refinado y des- 
pierto centinela que lo mismo tiende su mirada ya sagaz sobre el 
vasto campo que se le presenta, como presta un oido gatuno á los 
rumores, por lejanos que se anuncien. Su imaginación tampoco yaco 
©Blu mecida. 

Para evitar asechanzas que tan sentidos resultados ofrecen, 
ayudado de su ojo avizor, fino oido, olfato canino, tacto aüie>lrado 
y tragaderas semi-antropúfagas, llega con el tiempo, á fuer de buen 
calculista, á convertirse en uis formidable torreón que imposibilita 
todo asalteo que quiera hacérsele. En fin, la incombuslilidad, masque 
ea la saiamandra, está personificada en nuestro colegial; tanto que 



prríTADOs pon sí hismos. 147 

un (lia era sinónimo decir «chit/uci de Sen Viccní» que aesludianie 
déla luna» ó inino do s mamado » 

|Cii.iiil.H l.i^'riinas! ciiaiilüs sinsahíics cosió al pobre novato 
para lle^^ar a ser un lineo . un operlo rapaz, pehatlilla t'li'rna de las 
bcalas (juo no ilan liuiosua v (Je los viejos ;<rurii(lon'.s , unas y oíros 
serán el blanco de los nobles aUupms del adió Irado mozo (pío jura 
resarcirse de b»s pescozoiies (pie en su iiu\ iciado recibií), lomando 
la rebancha u costa du eslos pilares de i^le^ia por aiilunomasia quo en 
vez do sor su soslcn , solo sirven para murmurar y crilicar cuanto 
Tcn y dejan do ver en el templo del Señor. 

Cuand» ya so considora apio p ira el c^'ercicio do sus funciones 
serai-cclesiáslicas, punto mas (p»c monaeales, se le destina para que 
vaya solo á un convento do nionjas , capilla ó ermila, para que á 
la voz quo ayude misa , haga las veces du sacristán, si como ocurre 
en oslas últimas se carece de osle personaje. 

Aqui es do ver las ínfulas de que so revisto aquel timiíio novato 
qtic un dia no lenii valor p ira alzar los ojos del suelo. 

— ¿Hay misa? pregunta uní mugcr, olvidándose de acompañar la 
pregunta con una moneda cobriza. 

— ¿Y le parece a Vd. que en la calóüca Valencia dejará do ha- 
berla? ¡Somos judíos acaso!! y sin concretar mas la respuesta, se 
aleja el niño-sacrislan , dejando con la boca abierta á la devola, 
que moliéndose la mano en el b isilli y sac-mdo una pieza de dos 
cuartos, vuelve a llamarle, y esta vez, como ya sabe nuestro lector 
que este liuóiTano es tjdo oido, oyó el sonido y do lardó un segundo 
en deshacer el cam'.no , d.ciendo: 

— ¿Oué se le ofrecía á Vd.? 

—Quisiera saber á punto fijo, contesta la mugor , mpliéndole la 
limosna en el cepillo (jue llova sicmpro nuestro diminuto sacristán, 
¿ qué hora se dirá la misa , si es que la hay. 

— Mire Vd., señora, la misa tendrá lugar dentro do un cuarto 
de hora, voy á sacar los ornamentos y al momento á dar los 
toques en la campana , la dice el eapellaa de la capilla, si quie- 



148 LOS VALKIs'CIAKOS 

re Vd. le traeré una sillila y estará sentada cómodamente y 

— No , gracias , gracias , mo basla con saber lo que me Las 
dicho. 

Y por este estilo se podrá sacar la consecuencia de lo obligada 
que deja á aquella scuora para qu3 otra vez principie su pregunta 
como lo hizo en su segunda interrogación. 

lia principiado la misa y nuestro chiquet de Sen Vicént espera 
con ansiedad (¡uo llegue el sanclus, porque en este oslado abandona 
al sacerdote y altar, desata la cajita ó cepillo que lleva sujeto á la 
correa de la cintura , y principia á rodar la iglesia y cruzarla en 
todas direcciones , repitiendo cada segundo: 

— ¡Pare Sju Vicsatl ¡Limosna pera el Pare Sen Vicéntl. Y aquí 
es de ver como sienta el pié y descarga el peso de lodo su cucipo 
sobre la piorna de un devoto que nunca le dá limosna y queso vuelve 
como un energúmeno contra nuestro huérfano que le conlesta con 
la mayor sangre fría: 

— Tómelo Vd. en paciencia, hermano, mas sufiió el señor por 
nosotros, y diciendo eslo , le dá con el cepillo en los hocicos á una 
pobre beata que también liene apuntado en su gran libro verde y que 
al sentirse tan fuerte golpe csclama desesperada ¡imprudente! 

— Eres entre todas las mugeres , contesta á sollo voce y siguiendo 
su camino el rapaz que no puedo contener la risa ; y formando un 
dúo lastimoso el devoto y la beata, hachan postes de su bocacoulra 
el que tan mal parados les dejó. 
En eslo objeta i:n tercero: 

— Vamos: callad ya y poned atención á la misa, que Dios castiga al 
que murmura. 

— A.mpn , contesta el pequeño sacristán con voz argentina al per 
omnia scecida que pronuncia el sacerdote desde el ültar. 

Concluida la misa, es costumbre que el huérfano vaya á la 
aguaderia mas inmediata por un chocolate para el clérigo : y como 
á cierta edad el apetito es insaciable, al chiquet de Sen Vicént se 
le pasan unas ganas de probar el contenido de aquella jicara , que 



rmiADos ron sí mismos. 149 

no pudicndo rosislir a liin (liilcilicanlos deseos, principia por melcr 
el dedo miñique liasla el zócalo v dnspues que so lo ha chupado y 
relamido C()nleinj)lii con gran dolor (pie el liipiido espeso ha bajado 
olro dedo desde el borde y sus ganas se han aiimenlado ; resuello 
por Cm á apurar de una vez el conlenido de la jicara , se niele en el 
portal de una escalerilla y alli concluyo con el panecillo y chocolale, 
quoaunqtio para un mismo lin, se desuñaba para difercnle eslómago. 
Y ahora: ¿cómo me presento al V. Ambrosio? Ya lo he pensado; 
y diciendo y haciendo , deja el pialo y la jicara en un rincón, y 
asemejanza do los pollinos cuando usan de la esponsión placcnlera 
de rcvdlcarsc por la yerba , asi nuestro héroe se revu«'lca por el 
suelo, logrando ponerse como un yesero ; con una poca saliva hu- 
medece sus parpados, se apodera del pialo y jicara , y al cnlrar en 
la capilla se acuerda que en un tiempo imitaba perfeclanicntc al 
becerro cuando lloraba , y lo pone en ejecución de un modo tan 
sobresaliente, que el capellán sale á su encuenlro, dicicndole: 

— ¿Oué le ha pasado? ¿Cómo vienes tan puerco , sin chocolate y 
llorando tan lastimosamente? 

— Es que a! volver una esquina, unos porrazos que iban corriendo, 
me han lirado en tierra y uno de ellos se ha zampado el panecillo 
y el olro ha lamido la jicara, y á no ser por el Padre S. M- 
cenlc , á quien imploré intercediese por mi en tan apurado trance, 
es seguro que me matan; ji, ji, ji 

— Vamos, hombre, no hagas caso ya , loma esos dos cuartos y 
cómprale una cosa. ¡Malditos perros! Ya me presuniia yo algún 
caladismo cuando tanto tardabas. Y el buen padre se martha en- 
lonces á lomar su chocolate no sea que otroincidenle le deje sin él, 
si manda olra vez al huérfano. 

El niño de S. Vicente es el terror de los pobres vagabundos 
que síluaJos á la puerta de la capilla recibjn á veces la limosna, 
que á no estar estos, fuera sin duda para él : decir que no ima- 
gina todos los medios de deshacerse de estos seria una necedad. 
Guando hay algún maulen que se lleva la limosna de los íielcs 



150 LOS VALENCIANOS 

que entran en la iglcí^ia, por los lómenlos con que implora ía cari- 
dad , y su cojera es fa'sa ('que lo sabe muy bien nueslio mozo con 
su ojo perspicaz), se marcha á la sacristía, pilla un barreño lleno de 
agua, y sin decir «agua vá» se la ecba encima al pordiosero, y 
aunque sea en el mes de Enero le da un baño que mejor no le lo- 
mara en Julio : el cojo reniega del rapaz , ésle se apodera de su 
muleta, y logra echarlo en üerra (si es que no quiere ponerse de 
relieve , haciendü ver que es íinjida su c audisliormidad). En una 
palabra , el ckiquet. de Sen Yicénl es el prototipo de los antiguos 
escolares. 

Eá un cieg'oque busca la puerla de salida á la calle?... pues alli 
está el rapazuelo que te conduce á la sacristía y I© abandona en 
medio de un silencio sepulcral , hasla que después de verle perder 
la paciencia a'i pobre ciego , desde una respetable distancia fpues 
conoce bien de qué modo se desahogarla aquel) principia á decirle: 
«dos pasos á la derecha; tres á la izquierda» y de este modo le 
conduce fuera sin haberse acercado al ciego, que no pudicndo 
resistir su furia , da garrotazos sobre el suelo que hacen salir 
chispas. 

Es un hombrote brusco que con palabras y acciones propias de 
su carácter quiere por fuerza que el bnórf-ino le diga qué capellán 
dice la misa mas ligero : hó aqu'r á nuestro chiqml da Sen Vicent 
que le encamina hacia una capi.la donde ha de celebrar un semi- 
paralitico que invierte de cuatro á cinco cuartos de hora. 

Llora un chico de S. Vicente «no lema Vd. por éU es que prac- 
tica los ú timos reclami»s sobre la faltriquera i\& algún individuo 
tenaz en fío darle alguna limosna. 

El niño de S. Vicente es hasta inteligente en pinturas: si se 

le destina á la Catedral ú otra iglesia domle hay buenas obras 

de Morillo , Rafiel, etc., asi que ve entrar un francés, se le acerca, 

y respetuosamente, le dice: 

— Monsiú, iquerer que yo ens^eñat pinturas de Rafael? 

— Trésbim, le contesta el francés. Alli es de ver cómo al ense- 



TIMADOS pon SÍ MISHÍ»S. 151 

ñailo un cnndro de Gova, ilio*' quíí es do Joiincs. b\ rti de é.sle, 
asegura imiy formal í|ue es (li)ra úí'Á Ticiaiio. y así dispárala 
basla (|iio |»i)iilémiii'o cu los lioeicoH ol cepillo al foiaslcro le baco 
ciMupi'ondur (|iie lo iinpor(.iiile pura ól es (|iiu le ailoje una buena 
propina, V como \jí eslrangeroü oslo servicio lo pa^'aii bien, lo 
poneu on la cajila una, dos ó (res nioimila.s de phiia , y uo sera di 
primer ejemplar <lo liaberlei dado b;i.sla oro ; cnloiices ocha á 
correr cotuo un gamo, y por mas quo el cslran;j¡cro se dc>p<.'pile 
liauíandoli;: acb, pelil garlón ;p nada, nueslro rapaz ya cslá 
en la sacrislia praclicamlo cierlos meneos en el cepillo, (jne muy 
pronlo producen el efeclo apelecido; eslo es, que las monedas de 
piala síí liaslaík'n de lugar, y saliendo del cepillo, gracias a su des- 
treza en o>la parlo , vavAn á ser cambiadas eu la couülcriaó pasle- 
Icria, jiunlos quo son su dc'icia y eneanlo. 

Hay dias falidicos en que no percibo limosna, aunque llore, pa- 
tee y acuda áUxáoslos recursos imaginables; eolwnces es preciso que 
los podíizos de cirio que liene el sacrislan guardados en un cajón 
que nuestro huérfano couo(;c muy bien , le propoi-cionen en cambio 
de ellos algunos cuarlos para las golosinas a que esla lan acostum- 
brado . que sin ellas no puede pasar; no hay pedazos? pues coje 
un cirio , lo cslrella en el suelo, y nauy pronlo lo reduce á fraccio- 
nes. En íin , seria asaz prolijo si me prop isiera dar lodos los 
delalles que son poculiares á eslc Upo , laa caraclerislico del genio 
valenciano, que lodos los dias discurre nuevos medios para hacer 
su agoslo. Y sobre lodo pasamos por a! lo cierlos olicios á que se 
presla por su inlrepidcz y que micnlias los dulcineos que se valen 
de él para lograr enlrevisU-* con sus dukincas descansan en los 
buenos oficios del huérfóno, éste solo miía la gucsIíob malcQjáli- 
Bieiile, eslo es, bajo el aspeclo de «cuanlo le producirá.» 

El chiquet de Sen Vicent e» preciso en lodas parles ; de él se 
echa mano en las griiiides fcslividades, de él sale la Vír¿;en para 
el m.slcrio del dia del Corpus , á éi se acude para representar los 
lan celebrados mUacrei. : ellos ocupan un lugar prcferenle en las 



1 52 LOS VALENCIAÍÍOS 

procesiones : en una palabra , la persona del chiquet de Sen Vicént 
no podría reemplazarse en Valencia. 

Así llegaba á los catorce años , y despojándose de sus hábitos 
senii-talares , se dedicaba á las arlos, oficios, ó á la vagancia; pues 
á pesar de que en el colegio se le daba una educación elemental 
de cuantos esludios son conocidos, á muchos les pasaba aquello que 
acontece á los estudiantes, «que muchos entran en la Universidad 
y á muy pocos les entra esta.» Así , con dolor , se enconlrahan an- 
dando el tiempo , unos cu la primer grada social y otros en la úl- 
Uma. 

Hoy diaha desaparecido esta belcrogcnoidad,liaricndo mas hu- 
milde su porvenir , empero ma?; seguro y cierto. Mientras, el huér- 
fano pasaba de los side á los catorce años , según el antiguo ré- 
gimen entre la escuela y la iglesia; y después era incierta su 
profesión ; los cslalulos de hoy día , han prevenido csie mal , de- 
dicándoles desde los doce años á cualquier oficio mecánico , aquel 
que mas les agrada, y hasta los catorce años el colegio les man- 
tiene mientras son aprendices , y de este modo , cuando salen de la 
casa ya pueden ganarse el sustento por sí mismos. 

Esto colegio es el mimado de todos los valencianos ; nadie ve 
un colegial sin mirarle con ojos de piedad [)or la convicción de que 
es un huérfano , que la tradición nos enseña que fué planteado por 
el famoso diputado en las Cjrles de Aragón , p(ir el gran Apóslol 
valenciano , cuyo solo recuerdo regocija y alegra el ánimo de todos 
los afortunados que vieron la luz en este suelo privilegiado de la 
naturaleza, y que fue la cuna de tan eminente y esclarecido patricio, 
de ese gran Sanio que es, á no dudar, la providencia en todos 
nuestros conflictos y el orgullo del verdadero valenciano. ¿Hay uno 
solo do los hijos de la bella riudad del Cid que no mire como ob- 
jeto especial do su veneración al que se encargó de ser padre de 
aquel de nosotros que la fatalidad le privase del suyo respectivo? 
Niego que así sea. Y si existe algún desnaturalizado que mire con 
cínica indiferencia el colegio do niños de San Vicente Ferrer , blasón 



PINTADOS ron sí MISMOS. 153 

conslnnlc do la imlcciblo (liiha «lo sor pairicio de bn inmoi tal y 
preclaro varón , qno lo calle . que no lo diga , porque el analoma 
general de los valonnanos caerá sobro su c;ib«'z;i. 

Lucilas iiilo>linas, ajilaciones p »pul.ircs , dcsaslrcs y calamida- 
des aíliJTan un dia y olro tba á la lil.inliopa Valencia, pero el co- 
legio imperial prevalecerá á pesar de l"du , pu.'slo (|iie llegada la 
hora f.ilal.el buc.i valeiiLiünn j.ini is dojara tiesamparado al liuérfano 
de padre que fue el preddcclo del iluslro varón S. Vítenle l-crrer. 

José Vicente \ebot. 



:^^S\W^^ 




20 




EL GRANERER. 




EL mmm o. 



^T;^Mo canto del amor las ^cnlil''zas 
?»^I*^,f Ni (lo Marle y MiTcuno los cuidados. 
f^,0^ Ni de nautas herúicos las proezas 
Perdidas en islotes ignorados; 
No mi musa con fa» Ücs lindezas 
Su voz ha de elevar á altos estrados, 
Antes rasando el sikjIo de corrida 
Al autor de la escoba, lia de diir vida. 

El yranerer , oscuro, y viejo tipo 
Cuyo origen se pierdo en Ips^edadcs 



a 



(1) Fabnoanle y veudedírde^scobas. 



1S6 IOS VALETÍCTAKOS 

Jamás so prcscnló al dagucrrcülipo 
Del pintor de las grandes sociedades, 

Y es que el pobre á mi ver no sufrió el hipo 
De brillar como arlisla en las ciudades, 
Anlcs bumiltlc, listo y consecuente 
Limpia á lodo español desde Torrente. 

Que su alcurnia es antigua así lo infiero 
Sin revolver mohosos pergaminos. 
Pues si el polvo no fuera lo primero 
No existieran el hombre y sus destinos, 

Y como Adán fue polvo , bailo ligero, 

Y el polvo y el barrer son tan vecinos, 
Concluyen con gran lógica mis trovas 

Que en ios tiempos de Adán ya habria escobas. 

Mas no canto yo al arte informe y rudo 
Que en manojos aló plantas ó varas, 
Sino á la escoba culta que no dudo 
Nació después de industrias mas preclaras, 
Porque es obvio que el hombre apenas pudo 
Llegar á pehimangos , sin que avaras 
Sus manos arrancasen á la tierra 
El hierro que en sus sótanos encierra. 

Después alzó á Babel , mas el deslino 
Pronunciándose en contra del progreso 
Al hombre lo instruyó que en su camino 
Jamás podrá avanzar si pierde el seso, 

Y en castigo eterna! del desaliño 
Que por grande cayó del propio peso, 
D spersó por senderos ignorados 

A los hijos de Ad.m estravíados. 

Desde enlonrcs la raza que en España 
Hizo pié tras los altos Pirineos, 
Una voz con la fuerza , oirás con maña, 



PINTADOS pon SÍ MISMOS. 157 

Llenó la Iradiciün do mil Irofcos, 
Mas mezclada su fe con la Te eslraña 
De paganos y moros devaneos, 
De anuei lipo y carácter primilivüs 
Los rasgos se guardaron menos vivos. 

Pero Iberia Iriunfú!... y enlonco Edcla 
Sus hijos acercando al fucrlo muro 
Dióles su vega , encanlo del pocla, 

Y en ella un porvenir siempre seguro; 
Sobrios y activos , su mirada innuicla 
Tendieron mas alia , y un cielo puro 
Divisando enlre el Sur y el Occidcnlo, 
Al bordo se sentaron de un Torrente. 

Gran villa por demás! su fónil vega 
Dilatándose en cintas de esmeralda 
A nuestra buerla su matiz allega 
Ciñcndole a su ocaso doble falda; 

Y cual esmaltes que el capricho agrega 
Aquí la roja flor, y allí la gua da 

Sus aromas esparcen ondulantes 
Bajo un cielo de hermosos cambiantes. 

Sus blancas casas , de la paz espejo 
Templos son donde el culto es la limpieza 
Brillante sobre el nítido azulejo 
Que ni al misero esquiva su belleza; 
Allí el niño y el joven como el viejo 
Al trabajo pidiendo su rKjueza 
Descansan par momentos presurosos o^ 

Tornando á ¿us afanes codiciosos. 

No hay que dcc.r si cnmedio el paraíso 
ITuríes fallaran de tal frescura 
Que desde el niveo rostro al pie conciso 
Sean sal del placer por su hcrujosura; 



1159 LOS VALENCIANOS 

Baste afíadir , que para ser preciso 
El poela que cante á una cintura 
Ha de ceñir el compendioso talle 
De la h ja de Torrente y de su valle. 

¿Qué mucho si al pisar este terreno 
Sembrado de jifdigros y de abrojos 
Todavía no lie dicho nada bueno 
Del tipo que iniciaron mis anílojos"? 
Mas ya qu« ai invadir cercado ageno 
Halle en vez de una escusa mil enojo^s, 
Dejo cual fiel pintor tiazalo el maro©, 

Y vuelvo ámi fia:ura. Seré parco. 

El granerer por rancias tiadiciones 
A sus padres y ■abuelos íiel en todo, 
No ha caido por dicha en len'taoioncs 
De buscarse la vida de otro modo, 

Y aunque nunca los vio contar doblones, 
En sus trece cerradoá pie ra y Jodo 

Si nació granerer , .^rranererrauene, 

Y á sus hijos su oficiio ilses transíiepe. 
En su rostro tos ta<l« y algo enjutiO 

No hay un p^lo ... de tointo , por supuesto, 
Antes revelan su perg^eño en bruto 
Su alegre ojo y malicioso gesto, 

Y ágil cual corzo , como el galo astuto 
Siempre á moverse con placer dispuesto, 
Yive libre, feliz é independiente 

Poi- no pensar en serlo realmente. 
Su casita le brinda en miniatura 
Cocina , entrada , cuarto v doslunado, 

Y una higuera ó moral , cuya espesura 
Trepa á vw,m sombría hasta '«I tejado; 
Mas allá caprichosa arquitectura 



PINTADOS POB si MISMOS. 159 

Dio renombro do liornill(N a un Unglado 
Dondü ci) Cükío con gciilil dcmuiro 
.>e giii*.< lii paeUa ¡il sol y al yiro. 

Poro ¿(>ú ütyla el l;illcr , üÓBilu la li9*ila 
Que alesDia los mui'blüs del b.iiriUu? 
Inúlil es qi>o balUrlo^ se prulenda 
Pui(|ue Tiera un afán nunca cumplido: 
El (jruMrer os fabiica y Irasilienda 
Es mo.Hlrador, acémila y lurlido 
Es progon, comurcioulo y Iragincrd 
Es lodo dundo osU y en casa es cero. 

Vedlo al pailirL.. aponus do Muifoo 
Sacude con el día lo impoiluno 
El lálamo abandona de [limcnso 
Por la mesa frugal del dosayuno; 
De un conato de almuerzo se baco reo, 
Mas en seco dejándolo oportuno 
Carga el serón con palmas y borramientas, 

Y á Valencia se lanza echando cuentas. 
Cuo su negro sombrero de anehai ala» 

O tal vez un ciiambcrgo muy raido^ 

El panlaloíj de chin , pobre de galaa, 

Alpargalas y eláíiito ceñido, 

Cual magnate quo p!.<a regias salas jíoíU'. i 

Emprende su carrera de corrida ' ' 

Tocando efl Alacuas y Clm-ivella, -- 'A 

O cruzando Palraix. y Vislabella. T 

Mas cual sHcle gentil el vetorano 
Marchar con el fusil muy mas airosa, 
El granerer no suelta «le la maao q fi es* 
La soguilla que teje laborioso, jíioIuo ¡í. 

Y sea en su camino , ó cuando en vaoo oíb/io 
Turba 6U gfUo el cívico reposo, obaümLJ. 



160 LOS VALENCIANOS 

Protesta contra el ocio es su soguilla 
Por la fe en el trabajo que en él brilla. 

No es difícil creer que á cada inslanlo 
Ha de cnconlrar amigos , y aun amores 
Este tipo de alegre viandante 
Que huella sin cesar las mismas (lores, 
Pero (irme en su objelo culminante 
Que es la ciudad do premian sus sudores, 
Saella un cliisle , requiebra , jura ó calla 
Sin que el pie le dolcngan voz ni valla. 

Cada punió mas ágil y acucioso 
Por vencer á sus colegas mas liílos 
A paso redoblado marcha ansioso 
Tras do lucros escasos y previstos, 
Mas el diablo que odia su reposo 
Lo lienta con mil goces imprevistos 

Y ante el lemplo humeante del dios Baco 
No puede resistir y se echa un lace. 

Recuerda á su favor que en la alborada 
Fue su almuerzo mas bien primera parlo 
Que comedia de efecto, y acabada 
Con aquel buen sabor que exige el arlo; 

Y fiando á su faja olra jornada, 

Y sorbiéndose un vaso á cada aparto, 
Llega al (¡nal , y digno de mil bravos 
Rescata de cien nudos cualro ochavos. 

Terminado su almuerzo por entregas 
Torna á coger su trole á lo perruno, 

Y con voces que en Francia fueran griegas 
Empieza á proclamarse inoportuno: 

Si entonces hacia el por tu mal llegas, 
Ycraslo cual traduce el desayuno. 
Lanzando el <í(jranereeer.,,.i> con voz sonora 



riNTAÜOS POR SÍ :\IISM()S. 161 

Cion voros nada ma.s en niodia hora. 
Por Cuailü ó S,\i\ Viccnlc miró la pl.iza 

Y ya las muzas C!;lan en moviminiilo, 
Pues aiin(|iie el paso ;iíloje , el darle caza 
Es ne¿,'oeio ijiie pende del niomenlo; 

Si el eallizo dohió, buscan la liaza 
De Irasinilir su lip e al desátenlo, 

Y si no lo cünsigiicn , que es frecuento, 
A oiro cólefra aguardan mas prudente. 

Llega el crilie«t piinli» en (pie encarados 
Fregona v eseobero , es va preciso 
Ajuslar del convenio los tratados 
Del piso de la calle á un f'uarlo piso; 
AHi es oir de acentos desgarrados 
Salir casi arreglado un compromiso 
Que al pie de la escalera se termina 
En dimes y diretes de cocina. 

Porque eso si, la dignidad humana 
No perm'.te al Marqués de la Escobilla 
Wolesl.irse en subir una mañana 
K\ escala , ni escalón , ni escalerilla, 
Antes si advierte resistencia vana 
En la que osada su soberbia humilla, 
O le planta en su cara un buen desaire 
O le pido la escoba por el aire. 

Ya que bajó por una ú otra via, 
Abre el serón relleno de palmito, - i 

Y el cordel que el manojo al mango lia r^^l A 
Deja á sus pies con gesto ma<? contrito, r^T 
Busca afanoso lo que al caso guia, 

Saca el podón , la agu'a , un podoncilo ( 

Y empuñando la escoba vergonzante jíJ 

Le destoca sus barbas al iostaote. 

21 



162 .^OLOS VALEKCIArfOS 

Escoge do la pa'ma mas mediana 
Olio nuevo aderezo de á Ires lu-^ilos, 

Y ajuslándi.'lo al mango cual campana, 
Desarrolla los ásperos espartos; 

De un garrote los lia , da con gana, 

Y ciñeiido el manojo en giros hartos, 
Pasa el cabo , lo anuda , pule su obra, 
Car<:a con su sf'ron , escii|)e y cobra. 

Olriis veces luciendo sus quibites 
En muestras primorosas o sencillas 
Ostenta sin gastar escaparates 
Escobas , escobones o escobillas, 

Y encomiando con gracia sus remates 
A doncellas que fiieron.... criadillas, 
Les ofrece p r diez ó veinte ncliavos 

La palma. .. del barrido en sendos rabos. 

Son las doce del dia.... su pasco 
En al7;i terminó , mas rúenla en baja 
Si esl'imagü cansado de bureo 

Y los pies de correr no muy en caja; 
Seis reales llenaron su deseo, 

Y ojala no sufiieran mas rebaja, 
Pero es el caso (|ue al oler lo enjuto 
Si'giinda veza Baco dá tributo. 

Alterando lal vez su ,tiiier;irio, 
Si el servicio requiere una contrata, 
De su rul.i revuelve el rumbo vario 
A Cuarto, Cliirivella ó á Misl;/l;r, 
Trueca en palos su negro numerario, 
Los ajusta a! serón que lo mal Inda, 

Y airaslrando una cruz de dos arrobas 
Llega á casa sin blanca y sin escobas. 

Come , enfila las palmas , y halagado 
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EL CLAVARIO DE GREMIO. 



PINTADOS pon si MfSMOS. 163 

Do su 9oJ iiiiporlnii;! ni (ttilco iiiNltnto, 
(Inii sus cóliíf^üs y olios (;()nf,'r(»;í¡i(l(), 
Huyendo (le lu blanco da en lo tiniu: 
Alii es de oir su cliblo descarnado 
Junio al dinl(!l del bá(|nifo rccinlo, 
O embrollando la cuenta do un escolo 
Quo so salda á favor do algún girrolc. H 

Cuan. lo lli'ga el olofio que en lispafla ' ouO 
Da al palmito lozano crecimiento, / 

Asaltan por cuiídrillas la monl.ifia 
Por la palma oblencr.... del sufiimienln, 
Pues no es raro quo un chusco de n)3s maña, 
Sin licencia de Rey ni Ayuntamiento, 
Recoja con sus palmas las agenas, 
Reduciendo á una sola Iros faenas. 
Acaso el egoísmo de la hartura 
Su hastio al esparcir por verdes prados 
Ignora la inmiiient<! desventura 
Del olicio escobil y sus aliados, 
Porque á fuerza do lanía peladura 
Son ya laidos l.'s montos repe'ados 
Que solo por polar (luedii algún punto 
Eí] Tous ó Gu.t.lasuar , Chiva ó Sagiinlo. 

Mas previendo su lin el escobero, 
Por un genio benóíico infldido, 
Se apresta á socorrer al compañero 
Bajo bases quo aun nadie ha infringido, 
Y después do cum|)r¡r con gravo esuiero 
Del social cslalulo lo ofrecido, 
A su hermano acompaiuin en la muerte 
Los q le en vida paríieron su vil suerte. 

Tal Hs del ,jranerer el dpo andante, 
Sano, alegro, sociable y satisfecho 
Con ver á su familia birlo abundante, 



IM .80!L0S VALENCIANOS 

Creciendo en derredor so el blanco lecho; 
Conductor, cosechero y fabricante 
El da forma al palmito sin provecho, 

Y sostén del decoro en su llaneza 

Es hombre necesario.... á la limpieza. 

A sus toscos trabajos mal premiados 
Debe el sucio Madrid cien mil escobas, 
Que en carros por Torrente sustentados 
El aseo trasladan por arrobas: 
¿Qué fuera do Castdla y sus estrados 
Si el héroe ignorado de estas trovas 
Abjurando sus limpias tradiciones 
Al polvo abandonase los salones? 

Pero no haya temor!... antes los rios 
Torcerán hacia el monte sus corrientes, 
Antes del j5o//o cesarán los plus 
Al ver un miriñaque de tres puentes, 
Antes con dotes se hallarán desvíos, 

Y han de faltar maridos complacientes 
Que falten á este artista en sus apuros 
Su fe y un capital de quince duros. 

Recibid , pues , mis plácemes sinceros 
Alberics y Verdets , Moras , Marsillas, 

Y otro? muchos que el gremio de escoberos 
Ordenasteis con reglas tan sencillas: 

En trabajo y virtud sed los primeros, 
Invada vuestra escoba ambjs Castillas, 

Y ai sol de panderetas y guitarras 
Alegre vuestra voz las Albujarras (1). 

Cristóbal Pascual y Genis. 



(l) Nombre del punto ó barrio en que terminan las sííís callns de Torrente, donde habitan 
los 47 escoberos que actualmente existen en aquella villa. En 6 de Enero de 1851 creaion 
una Sücieiiad de socorros mutuos , para el caso de enfermedad ; y las curiosas y bien me- 
ditadas bases de sus Estatutos , acreJitan á un tiempo la previsión y fliantropía de tan 
honrados menestrales. 






EL CLAYAIIIO DE GRE3II0. 



^^/^ríX5=^'^^L nombro de clavario qno lia sido darlo á difercntcá 
&'^^7^•í<!^^ dcslinos du la sociedad enlrc los cuales liruian 
^^í w-^ ^^^ '"^ pericona que liene en su poder la llave ó llaves 
H ?i Íj i |oJ de algún luf:ar do confianza; cnal¿:unas órdenes 
^^B ,«.^^A¿ miülarcs el caballeroque tiene ciorla dignidad, á 



tv-^%yi^r^ % cuvo cargo osla la custodia v d fen.-a de su prio- 
cipal castillo, fortaleza o convenl'», también lo 
ha obtenido el gcfe df cualquier congregacinn industrial. 

Reunidos de i'imcmorial (1) en corpuracion todos los individuos 



(1) No se puede fijar la época en que ?e formaron los gremio^; , por lo que se lee ea 
los fueros del auliguo reino de Valencia, cuando trata de las atribuciones de los jurados que 
dictaban, ó coQnrmaban. ó aprobaban las ordenanza-^ gremiales, enleniíendo en la? ciu- 
sa> promovidas en el seno de io< g emios; de los oficios que teniau el derecho de elección 
para indiviiluos del consejo, según indicación de Cedro I . \ sabido que los moros no teninn 
gremios, e^ de suponer : Que de pues de la conjuisla de Valencia por D. Jaime I de Aragón 
se fueron asoc ando todo- los individuos que ejercían un mismo oficio, sujetándose á medios 
reglamentarios que aprobaban dichos jurados. 



166 LOS VALENCUrfOS 

que profesaban un misni) oücio había una junla para representarle, 
la cual era presidida por dicho clavario, llamado lambiea hermano 
mayor, un compañero ó segundo , dos mayorales, dos celadores, 
seis ó mas prohombres y un secrclario. Cada vez que el gremio, 
por circunstancias particulares , sufria una modiíicacion notable en 
sus ordenanzas, la elección de estos era por primera vez por vota- 
ción general de todos los titulados maestros de aquel oíicio; pero en 
las demiis elecciones sucesivas se vcrilicaba a propuesta de los 
mismos empleados en junla particular proponiendo tres sugelospara 
cada empleo, dando cuenta á la junla general para que entre ellos 
elijieran los que creyeran cünvenienles. 

El clavario, como presidente de la corporación, tenia á su cargo 
hacer observar las ordenauzas que de orden del rey se espedían 
para cada oücio, habiendo precedido antes petición de los maestros 
del mismo oíicio, informe del ayunlauíieulo de la población y au- 
diencia territorial. 

Interesado el clavario en llevar con lodo rigor que los aprendices 
no pasaran á la clase de olieiales sin haber pasado el número do 
años que se marcaban en las ordenanzas , ni que estos úllimos as- 
cendieran á maestros sin el riguroso examen y otros requisitos que 
se les cxijia , nadie se traslimitaba del circulo de sus funciones y 
marchaban con regularidad en todo lo concerniente á cada oíicio. 

Como á espíritu de corporación procuraba con sus C(mip;iñeros 
sostener sus fueros y privi egios en lo político é industrial, aun 
cu.ind ) fuera necesario con las armas en la mano , aco¿:iendo á sus 
hermanos bajo su bandera [\). Recurría al rey siempre que lo cxijia 



M) No se sabe con certeza el origen de las banderas. Con motivo de unas fiestas que se 
celebraron en Valencia en 1373, se leen eu un inaiual del Cünsejo \o< colore'* quR acepla'on 
los gremios para sus banderas: Los cortantes, azul c'aro; los pelaires , verde con manga 
blanca ; los corregeros y silleros , carmes! con manga derecha azul claro; lOí cirtidores, 
azul oscuro : los espaderos , carmesí , sembr.ido de amapo'as , oro y manga verde .• los hor- 
neros , encarnado y manga blanca; los esparteros, verde; los tejedores, vede rosado 
con manga negra; los molineros, blanco y manga encarnada con ra\as los corredores de 
cue'lo, morada y manga encarnada ; los carpinteros , encarnado de r.olea con adornos de 
lenguas de madera, semeiantes á fresadura; os ropavejeros, azul claio ; los corredores de 
oreja, encamado y manga morada; los ropenis , tafetán veaie; los labradores, clavos y 
caperoaes eacarnilos; ¡os sailrei, mj.adj ; los plateros, tafetán eucaruaiio. Lasbauderas 



PINTADOS POR SÍ MISMOS. \(\7 

oí caso, y oslo con los Inrormivs (|ii(! se Ii.id indicado y de acuerdo 
su real coiiscjt» dicLiba Icu's siilidas pur Lis cuales (jUcdaLa jiic- 
luiado i'l Ir., bajo y l)icn sí'iv.do d c. niun. 

Las dilerenlos ordenanzas do l(»s gremios encierran en si un plan 
de logislacion induslrial al cu.d >i se le añaili(;ra la enseñanza cien- 
lilica (|;ie Iidv dia d.i el gobiern > en sus escuelas, so oblcndi ia un 
resollado asond)r(isn en la república de las arles. 

Con los adi'lanldsde la civilización y el djsarro!! ) general do la3 
i.leas son mavores los gocc-i de la vida , y de consiguicnle la nece- 
sidades; y el maniilaelurero debe esmerarse mas en sus obras (j'jo 
se aumentan en nimeio, forma v objeto. Por eslo necesita ipio 
sea mayor su inslruccion y por lo raisuio que mejore la legislación 
(le su ramo. 

Ivfl ulilidad do los gremios es indispulablc, porque do solo orga- 
niza la? clases , sino que engranlcvc á lo-* artesanos. 

La razón humiiiia, soplo de la divinidad, os bastante sabia para 
conocer apriori el bijn y el mal ; pero el corazón del hombre, sea 
por la d^b lid.i.l de su materia , ó por otras causas que no conoce- 
mos, solo se mueve por el interés de ulona o inlercs material ; no 
encontrándole en su arte lo busca en cualquier olra cosa ; y asi su- 
cede. Ciiandi» los gremios existían con sus fueros y privilegios, el 
aprendiz que se matriculaba en cualquiera de ellos, su ambición se 
limitaba á lograr su iin 'dial) gralo de oicial q-ie con suíicienle 
tiempo y aplieacion a!canzal)a ; luego, con el mayor empeño, as- 
piraba á sur maestro , y cuín lo esto lograba se creía un bonibre 



que ezi.>ten hoj eo diferentes gremios no concuerdan con los colores indicados en dicbo 

munual. 

En unas nota* halladas entre 'o* papeles de D. Jo-é Mariano Orliz, cronista de Valen- 
cia en 1788, >e lee- Que en l.'il9 Cuando íe formaron las a-uciacione> llamadas germana- 
da* , cada oficio reunió bajo una 1 andera 'os tue á él perlenecian , n que e-las son la- que 
llevan bov en las proce ione>. t!>la# bardeías son de color encarnado, verde ó carniesi; el 
palo á que rada una esiá sujeta es como una pu'gada \ nied a dediámelru \ de uííO.- veinte 
palnios de altura , el esliemo supeiiur <'e este remata por un santo de ma.-oneria de un 
palmo y medio rie alto. Debajo de la peaiii ^oble qi;eestá colocado el sai'to se desprenden 
una- LÍ-ilas de vaiios colures , y como de unos tre:- pa mes de largo, del mismo punto, bajan 
hasta el suelo unos cordones que terminan en unas borlas, en los ^érlice^ c ligantes de cada 
bandera vú asida otra borla igual á la de .o» cordones , todo del mismo color que ia ban- 
deía. 



Í6§ LOá VALEKCIAKOS ^ 

de gran posición, porque veia que á nadie se lo permUia trnbnjar 
por su cuenla sin haber pasado por igual tramitación. Revcslido do 
su saber y privilegios, procuraba eslahieceráe en su tienda para 
sel vir al común con la (!oble moralidad do alcanzar la mano de algu- 
na joven honrada, que á manera délos estudiantes, siempre solía 
ser l'i que le liabia estado esperando llegara al fin de su carrera. 
Abierto su establecimiento, su interés material se limilaba á traba- 
jar con afán, para proporcionar una decente manutención á su fa- 
milia, y su interés de glaria eslondia su ambición al honroso as- 
piraiilisimo dj ser do los que componían la prulioniaiiia del gremio 
y el empleo de clavario. Entonces se creia haber llegado al colmo 
del poder, y era respetado por todos sus inferiores. Lleno de or- 
gul o y satisfacción, mandaba reunir y presiilía las juntas de su 
gremio, Icia y volvia á leer los oficios que la autoridad le dirijia 
por asuntos de contribución y otros informes; siendo su mayor goce 
cuando acompañaba á la imagen del santo patrón de la corjioracion, 
llevando d 'lanle el estandarte que fue primero enseña de guerra y 
luego guia de la procesión que acompañaba á la imagen. 

Los aprendices y oficiales cuyo be!lo era llegar con el tiempo 
á aquel e.u'íleo, al ver al clavario con tanta pompa, se decian unos 
á otros, señalándole con el dedo: (uMira al clavari. ¿Cuánl aplega- 
rem nosalros á ser lo que és e//?» 

Es una verdad indisputable que aunque la razón nos dá á co- 
nocer que es mala la envidia, nuestro corazón nos inclina á ella, 
por manera , que no hay hombre que no se sienta molestado por 
esia pa>ion que es á veces el móvil de las mejores acciones , y 
Ciras la cansa do l(>s mavores trastornos socales. Sucede lo primero 
cuando la afición se fija en el deseo de una cosa que puedo venir 
por pasos sucesivos sin interrupción do la marcha normal de los 
acontocimcnlos, y lo segundo siempre que se intenta salir de la es- 
fera que cada uno dabe recorrer. Sentado , pues, que tolos se en- 
cuentran soli-citados por esta pasión , debe conducirse por í^I mejor 
sendero dando reprcseotaclon ó importancia á todas las clases de la 



TINTADOS pon SÍ MISMOS. 169 

sociedad ; así se dcslniyc «•! cxigcrado aspiratilismo porque nres- 
(id<í el l)i»ml>ro d^ oierl«s dcroclios , piensa (pie mui-li<»s lo cnvidiaa 
y siempre la envi.lia es uicnni* en aquel (jue so cree envjdindo. 

Disiiviiiuidií lioy l.i iin]»ai lauda que nuestros niavorcs daban á 
las clas<ís obreras, y abolidos sus fueros, el arlesano que nace pen- 
sador y con gran imaginacinn, busca medios para salir de su cla- 
se dcsprcsli^iiada y prelcndc ad<|uir¡r ^losicion en la rcproscnia- 
cion nacional , unas veces diindo su voló en elecciones para al- 
canzar «n desuno á (luien no es digno de reprcsenhirle , oirás quc- 
lieuílo ser él el represcnlanle cnlorpocc fn €uanlo alcanzan sus 
fucrz;*$ la marcha progresiva de la civilización , perturba el orden 
y de consiguicnlc aumenta la inmoralidad. Si no se encuentra en 
oda. I de dedicarse á seguir una carrera facullaliva, ni á la práilica 
ú<¡ una oticina admiuislnitiva , sigue en su emptTio para sacar al 
menos á sus bi¡i»s del taller donde los croe bumi'lados. Los dedica 
á carreras para las cuales no son muchas veces apios, y les incul- 
ca la empleomanía , origen de los disturbios de nnrsíra época. 
Des¡)ues ó antes de su muerte lega á la sociedad con un hijo la casa, 
por cjrmplo de un abogido pobre y poco cap.iz , en vez do \z de 
un herrero ñco y hai)il , cuyo taller encuentra acred t;tdo por su 
padre, y que paede engrandi'ccr con los adel<:nlo? del arle. 

De los d.ferc itcs puntos do vi;?la qu3 se miran las cosas nacen 
las diferentes i leas y de éuas las diversas opiniones, y mirando los 
gremios como un obstáculo para ganar tiempo aquellos cuyo lalentü 
no necesita laníos años para aprender un oücio , c(ms:deran per- 
judicial que se obligue á ser aprendiz tanto tiempo para ascenderá 
olicial y después á m:icslro : pero aun^ne la pérdida de tiempo e^ 
cuasi irreparable, harto estaba compensada pnr cuanto un obrero 
que coneluia los años do apreudi/.aje pasaba á trabajar de oficial, 
ganando un jirnal proporciimado á su caprciiíad y destreza. x\de- 
mas, por mucho mayor (pie sea la capacidad de un sugelo res- 
poeto de otro, para aprender un oficio , no siendo ésle enteramente 

Iccplo , nu pasará do una mitad el csccso de tiempo que uao ne- 

22 



170 LOS VALENCTAPÍOS 

cesilc mas que el olro. Respecto al ascenso de oficial á maestro, 
sino reuaia suficientes Cünociniientus para ascender, no se le apro- 
baba. 

Cuando cualfiuicr silgólo llegaba á una población y quería man- 
dar construir cu.ihiuier manufactura, no lc>nia que preguntar quien 
seria h.ibil para su ejecución , por(|ue sabia que sin mas que ir á 
cualquier taller públicamcn'e establecido, se encnntralia con un 
sugeto que tiabia probado legalmente su capacidad para ejecutarlo. 
Caso que el micstrono desempeñM'a bien el cometido, se podia 
recurrir al gremio donde el obrero era pericialmente juzgado. 

El gobierno de nuestros dias , que no deja de proti-jer en cierto 
moJ ) á las arles mecánicas creand» cdseñanzas públicas para el 
efecto, no ha previsto en el modo de establecerlas los inconvc- 
nionles que se presentan para que un artesano pueda asistir á ellas, 
tanto por la complicación de materias que se esplican en un mismo 
curso, como por las lioras en que se entra y sale de las clases. 
Las muchas materias qve se cursan en estas clases exijen que el 
alumno esté coniinuamenlc ocupado en el estudio de las ciencias 
y qi!0 abandone la práctica ilel trabajo . que es lo nna esencial para 
llegar á vencer los obstáculos que so oponen al vcriíicar las cons- 
trucciones del obrero , si bien es bueno conocer la naturaleza do 
lo< mUcriales y el equilibrio y movimienlo do los cu» rpos. Además 
el artesano necesita un número considcrahle de horas para poder 
ganar un jornal (¡ue sea sulicicnle para att'n;!er á los gastos de su 
manutención y no puede disponer de ciertas lloras, especialmente 
de las del dia , para acudir á la escuela, únicamente puede liaccrlo 
por las noches y esta es la razón por la cual las es( uelas induslria- 
les no se ven concurridas por artesanos, que son los que podian 
sacar una utilidad mas inmediata ; únicamente suelen concun ir á 
éstas personas, acomodadas (|ue por sus costumbres, y á veces va- 
nidad, no les es permitido desceniler al terreno de la práctica, lo 
que ocasiona el poco adelaulauíiculo ua la manufacturas de nuestro 
país. 



pnsTADos ron sí mismos. 171 

La mnvor pirlo dn los invenios man úliles en las arles, son 
debidos á la (•aüuali.'ad ó á cici lo inslmlo mecánico, y no á la fi- 
losofa ; csla c.isuaüilad aconicce en la manipiilat ion ó inmedlala 
inspección do la cosa; la li'oscfia nace do la (d)>crvancia y mcdi- 
laciin , pero el discurso crea ideas y n»rma juicios sin leiier en 
cuenta fenómenos <|uc no concibe la razun y so'o los aperciben log 
senüdos cuando los encuenlran en la pnclica. lié aquí el molivo 
ponpic se concibe un proyecto que aparece claro al cniendimicnlo 
del inventor y al de It-s dcníás á (Uiienes se esplica; mas al llevarlo 
á la práctica quedan destruidas todas las ilusiones al ver que no 
produce el efecto que se proponían. 

Sin en vez de baber instituido las enseñanzas industriales de 
la m.incra que se lian dispuaslo, so liubieran dejado los gremios 
com í de antiguo, obligando á saber tales ó cuales malcrias á ios 
que tuvieran (jue tomar el Úulo de oíicial ó maestro, precisándoles 
á acudir poi l.is noclies á sus escuelas, se oblen:!rian grandes ade- 
lantos en las arles mecánicas. Si los adelantos de la época reclaman 
niodilicaciones, liagansc enliorabucna, mas no se desiruxa lo bueno, 
no se (|uilen las ilusi-ncs á quien pueda gozarse en ellas, y bús- 
qucnsc las verdaderas iililidades. 

Kn los tiempos del rey Fernando el VI, conociendo este quo 
aunque los lejiílos de seda de esta ciudad de Valencia forman uno 
do los p incipales objetos de la industria de sus naturales, y no se 
rccojian las ulilidides que pud.eran por bailarse estos doliluidos 
de los estudios y coiiocimienios radicales de que dej)ende la inven- 
ción , viiriedal y buen gusto de Ins d.bujos que facilitan los grandes 
consumos de lelas, por medio de una real cédula de 29 de Setiem- 
bre de l'oG, se mamió quo la ciudad do Valencia contribuyese de 
sus propios á la sislcncia de seis jóvenes destinados al estudio del 
dibujo y llores para los tejidos bajo la dirección de unos maestros 
que pasaron á ella de Lion de Francia , con motivo del estableci- 
miento de lo fabrica de cuenta de los cinco gremios mayores de 
Madrid. Por manera quo unieron la escuela con el taller; con esta 



172 IOS VALENCtAKOS 

disposición darla por el rey y olía que su sucesor D. Carlos ITT dio 
en 30 vie Solicmbrc de 1784 se d«be lal vez, el Cilado do nues- 
tros atlolanlüs en la fabricación do tejidos do seda. 

Tales disp:)Siciones podían haber servido de ejemplo para C| 
présenle. Eu la aclualida.i se disünguen con bs pomposos nombres 
do bachiller, maeslro en arles ó ingenioi-o aquellos que han hecho 
cierlos esludios teóricos, sin que los mas se hayan duilicado á la 
parle práctica y materiid da las manufacturas Jóvenes muchas ve- 
ces de preclaros enlcndimlenlos han empleado el tiempo en apren- 
der las matemáticas y fisisa , y como no conocen la práctica , ni 
por sus hábitos les es fácil acostumbrarse al penoso trabajo de la 
ejecución , tropiezan con dilicultades que no tropezara un mediano 
aprendiz de un taller. 

En los liempos en quo los gremios gozaban do sus fueros y 
privilegios se sabia ci(M'!amente que el I lulado maestro de un oíicio 
sabia llevar á cabo lo que se lo mandaba , y ahora se debe pregun- 
tar si el titulad j míeslm en arles ha visto ejecutar una vez siípiicra 
lo que se trata de encargar. El maestro en arles ó ingeniero m3cá- 
nico, cuando lo titulan tal , podrá saber matemáticas, lógica abs- 
tracta del número y la forma, lambien conocerá la física y química, 
ciencias todas nlilisimas p.:ra el adelanto de la industria, pero ig- 
norará completamente el me¡or modo de hacer realizable un pro- 
yecta , y suponiendo que al p;)ncrlo en práctica consiga concluirlo, 
vendrá cu conocimiento de que pudiera haber ahorrado tiempo y 
dinero con habeilo hecho de lal ó cual manera. Una de las grandes 
ventajas que puede llevar un fabricante , respecto de oiro del mis- 
mo rama , es , que pueda vender sus fabricaciones á menor precio. 
Conij la baratura consiste en la menor cantidad de Lempo, mate- 
rial yhibiüdaJ que se necesita para construirla cosa, y solo el 
ejecutar muchas veccj esta misma, da conocimiento para disminuir 
dichas cantidiJcs , resulta que la práctica es la que debemos abra^- 
zar con preferencia. 

Para las nobles y bellas arles como la pintura , escultura y gra- 



rmTADos pon sí msMos. 173 

baclo, Tinnca Im liabidw premios en l.i forma qnc en las mccinicas, 
porque eslas (Icpcnden únicnmonle de la im;i¿,', nación y la prj{ Mica 
de ver piular, e>eulpir ó f^rabar laníos ó ruanlos años, muy poco 
puede inlhiir |>ara ipie sa'¿,Mn buenos arÜMÍas; una l)nena cdiicacioD 
dada en las academas ilu.>lrubj su cnlendimicnlo por medio del 
dibujo y oirás malcrías sin sujeción á tiempo, pjrque prelendcr 
que lüs arlislas de oslo género caminasen por pasos sucesivos en las 
p.oJucciones do su arle, seria querer formar una carrera de poetas. 

La arquileclm-a , annquc esta incluida en las bellas artes , por 
las ciencias ausiliares (pío se bace indispensable el poseer para la 
ejecución de sus obras , siem|)rc se ha considerado como una car- 
rera cienlilica; asi es (|ue nunca so les ha obligado á poseer el 
dibujo natural con tanta laiilud como la necesidad obliga á los pin- 
tores, escultores y grabadores, yl paso que se les ha ex'gido con 
lodo rigor el estudio de las malematicas , fis.ca y construcciones. 

Volviendo a nuestro héroe el clavario del gremio , pues queda 
dcmoslrala !a importancia que han tenido, y titilidad que han rc- 
poi'lndu y p :)dian r.'p:)!lar á la sociedad las asociaciones gnMr.iales, 
me concretaré á describir el calado en que hoy dia se encuentran. 

Los artesanos que tienen lilu'o do maestro , todos los años en 
el mismo dia que marcan sus ordenanzas continúa eligiendo cla- 
varios, compañero ó segundo, y demás empicados. El clavaiio, 
cuando recuerda y compara su poder con el de sus aniecesores, 
queda como estático por algunos momeidos, y luego exclama «¡si 
estuviéramos en tiempos pasados!...» Sin embargo insiste aun en 
querer darse preponderancia , procura se celebre la misa anual al 
Santo patrón de su gremio, manda sacar en andas la imagen para 
acompaaar al Señor Sacramentado ^^n la procesión del Co: pus y en 
la que se celebra en las íieslas de S. Vicente Ferrcr, patrón de Va- 
lencia ; además de la imagen saca la bandera , y a modo de anligua 
usanza , marcha con los demás maestros á formar parle en esla otra 
procesión. El clavario, compañero y oíros empleados van delante 
de éstos llevando los cordones que bajan del alto de la bandera ó 



174 LOS VALENCtANOS 

las borlas en quo rematan los vértices colgantes de esta. El encar- 
gado de sostener y llevar la bandera por su asta , suele ser un ofi- 
cial del mismo olieio que tenga mucha fuerza , y al son do la dul- 
zaina y tambor él va haciendo varias evoluciones con el palo ó asta 
bandera, colocándola vcrlic.ilmenle sobre el hombro izíjuicrdo, 
luego la pasa al dorocho , ya la hace descansar sobre la barba, ya 
sobre los dienles de la mandíbula inferior, ya sobre la frente. La 
víspera del Santo patrón dd gremio suele pasar el clavario , acom- 
pañado del síndico , secretario y otros pn. hombres , por casa de los 
demás maestros con objeto de inviiarles á que concurran á la 
fiesta y don alguna limosna para los pobres maestros ó viudas de 
aquellos que por su vejez ó achaques no pueden trabajar. 

A estos actos está hoy dia reducida la representación del cla- 
vario de un gremio, gefe en otro tiempo del ramo que profesaba, 
y que ahora va á desaparecer hasta el nombre de tal empleo. Ca- 
sualmente se me ha invitado para que escribiera este articulo cuando 
ya se ha comenzado á vender hasta las casas en donde han estado 
y eslái las congregaciones de que hablamos. Los clavarios y demás 
maestros antiguos, desde el fondo de su corazón lanzan un suspiro 
al ver dt'saparecer h.isla los odilicios que fueron tribuna de su re- 
presentación social. En ellos se dieron á conocer sus antepasados 
como patricios, como artesanos y como religiosos. ¡Grande es 
vuestro dolor! Peroneos quejéis de loqueos pasa, sino gozáis 
de los privilegios que de inmemorial, sino os dejan sitio siíjuieía 
para verificar vuestras reuniones, en cambio tenéis un gobierno 
que no os quiere mendigos sino propietarios. Un ministro lo ha 
dicho ; creo que saldrá con su intento, de lo contrario no li> hubiera 
manifestado, «j Podéis creer que un ministro diga una barbaridad!» 
Los que actualmente sois clavarios , diga cada uno para sí de su 
desl.no; ((¡ En mí se acaba el clavario h O á manera do como so 
Icia en aquella lápida que encontraron en Portug .1: 

«Ultimo rey de los godos 

Aquí Rodrigo reprsa.» 
Alejandro Buchaca j Freiret 




EL TERRERO. 



PINTADOS ÍMUl SÍ I^IISMOS. 



175 



55?"^^"^ 3^?5555ÍiÍSiÍÍlSg 



EL AREMRO. 

(Vulüo) TEUUERO (1). 




Cti' 



;p^^^:x:^'^^s^N forastero que pendre desde las seis liasla las 
^5^ Q) onre de la mañana por las calles lorluosas de la 
ciudad de D. J lime de Aragón , podrá Dolar 
en! re la mullilud de ohjelos quo herirán su vis- 
lii c imaginación, ciertos ginelcs , cuya edad 
no baja de seis ni pasa de once por lo común, 
caballeando sobre individuos de la familia del 
compañero de Sancho Panza, y recurriendo los 
barrios á paso grave y mesurado , y al compás de una canc'.on, 




(1) Este arlicu'o , asi como e! del Efilercolrro (femaler). se publicaron >a con algunas 
valíanle? y alteraciones, el .•eguudo en el pcntidico llu ado El Lid , \ ^u^ u\ n.eio.- te Í3, 
f4 y ¿;:> de SeiiemLic de 1848, v el ple^enle en el periódico hebdomadario Uiulftdo el 
Sueco en los uúmcros del 1 y 14 de Noviembie de 184'. 



176 LOS VALEIÍCIAKOS 

cuya Iclra es un acerlijo mas indescifrable que la cuestión del dia, 
y cuya inflexión musical desafia á los mas inirépidos filarmónicos. 
Esla canción anuncia la venia de una mercancía del reino mineral, 
de cuya mina son los gincles susodichos los esclusivos espiolado- 
rcs. Por abreviar , el forastero topará con muchachos quo venden 
arena ó tierra de fregar. 

Existe en las inmediaciones do Valencia y junto al pueblo de 
Burjasot una mina , cuyos productos después de fregar los cachar- 
ros , que sirvieron al alcuzcuz y pilan del rey Zaen , y las marmitas 
do la cocina do D. Pedro el Ceremonioso , continúan después do 
siete siglos prestando tan útil servicio á las cazuelas , peroles y 
paellas do los vasallos constitucionales y dos veces leales de Isa- 
bel II. Inútil es nos detengamos en su descripción y chisiücacion 
gco'.ógca, ni en si es terreno de aluvión, ó perlenecc ala serie nep- 
tuniana, ó si tiene partículas es^uislosas , cíe ; lo que nos importa 
saber, es que es mina , y mina inagotable de lierra de fregar. Las 
cuevas, que el continuo descarnar y cavar de laníos años ha prac- 
ticado en las laderas del monte, son la escuela practica de los niños 
de líurjasol , desdo que saben tenerse en dos pies. Es , dig.moslo 
asi , un empleo do entrada , cuyo ascenso es el úo femaler (ester- 
colero) y el término, arriero ó labríidor. 

El lerrero es esenci;ilmenle viiíjidor, pues desde niño empren- 
do viages por su cuenla. Otros . hasta que son mancebos , no salea 
del cascaron, ni abandonan las faldas de su madre: el terrero po- 
see ya su cabalgadura, (que tanlo lo es un jiimt-nto como un caba- 
llo árabe pura sangre) su mercancía y su capilal. Al amanecer lena 
el serón de las riquezas de la mina , monta en el asno , sirviéndolo 
en general de estribo la cola arrollada al pie,, y pica hacia la ciu- 
dad. Apenas entra en ella , sn voz aguda y argentina p ¡no en movi- 
miento las cr adas del barrio que atraviesa. Lo ordinario es aguar- 
darle a la puerta, cuando no se le llama desdo ba'con ó veiilana, 
diciéndo'e (|ue aguarde. Alguna vez aquel aguardar se parece al 
aguardar de un buen gobierno , quo uuuca nos llega ; y es debida 



PINTAROS pon SÍ MISMOS. \77 

scmejanlo burla á los que ol vulgo apellida conills Je póre/ie (cone- 
jos (le desván) designando con osla caliíicacion ¿ los vcllutcros , ó 
del arlo de la soda , los cuales solazan su Irabajo y ofdrolicnen el 
^istidio del telar con (al cual pulla lanzada desde lo alto á los 
transeúntes, y mejor á las Iranscunlas. 

La criada quo aguarda al terrero, va armada del indispensable 
perol. Pocas voces sucede (jue el vendedor lampiño descienda de su 
cabalgadura para distribuir el contenido del serón. Lo común es 
alargar el brazo , y llenar el vacío que lo presenta la sirviente. Pero 
sabedor antes do estudiar física , do las leyes de las densidades y 
volúmenes , á los pocos puñados el perol aparece colmado , y con 
su cono por añadidura. El caso es que tiene por contrincante á 
quien posee i¿;ualmente la ciencia de las densidades , y aprieta la 
tierra á medida quo el terrero la vierte , de donde so origina una 
polémica acalorada , que termina muchas veces por vaciar otra vez 
la tierra en el serón , y rescindirse el contrato de venta , no sin 
sendas jaculatorias que mutuamente se lanzan los enemigos. Lo ge- 
neral es adoptar un justo medio , gracias al cual el terrero , que 
conoce que vale mas perder , que mas perder , tapa la boca de la 
mozuela y la del perol con uno ó dos puñados suplementarios , y 
quedan sentadas las paces entre las potencias beligerantes. 

Se conoce que la educación de estos niños tiene muchos puntos 
de contacto por lo que toca a la sobriedad , con la que los esparta- 
nos y lacedemonios daban á sus hijos, obligándoles a sufrir el ham- 
bre y la sed hasta un estremo , del que se quejaba la naturaleza 
misma y hasta la economía. El terrero divierte al parecer su ham- 
bre cantando , sin resignarse por eso á soportarla espartanamente. 
Cuando disputa y alterca con las criadas sobre la tierra de fregar, 
pide con frecuencia en pago de los puñados que agrega á la masa 
primitiva , un pedazo de pan , y no es raro que éste figure también 
en el contrato y arreglo , exigiéndolo con insistencia y sin apelación. 
Así las criaturas logran una ganancia, cuyo beneficio disfrutan en el 
acto, y restauraii las fuerzas, que bien necesarias les son para vocear, 

23 



178 LOS VALENCIANOS 

y para aumentar el despacho , esforzando los medios de publi- 
cidad. 

Al ver á unos niños de tan corta edad desplegar una energía 
económica tan tenaz y pendenciera, cualquiera la admirará, como 
impropia de aquella edad , por mas ensayos y lecciones que la pre- 
cedan. Preceden lecciones, sí ; pero van condimentadas y ribetea- 
das de amenazas de parte de los padres , las cuales saben ellos 
muy bien por esperiencia que no son bocanadas de aire poniente, y 
sus costillas y región inferior guardan á veces recuerdos mas inde- 
lebles de lo que ellos quisieran. Los padres al fiarles la hacienda, 
se la dan medida ó calculada , en términos que conocen matemá- 
ticamente los kilogramos de arena que contiene el serón , y en con- 
secuencia el valor exacto de ellos al precio corriente. Ha de volver 
pues el serón á someterse á la inspección fiscal , á ver si suma 
igual el producto y residuo al total primitivo. El terrero que esto 
sabe , apela pues al recurso de ahuecar la arena para que abulte, 
y ganar por ejemplo una onza en libra , lo cual siempre le propor- 
cionará un repelón de tres ó cuatro ochavos por serón. 

Todo esto revela en el terrero una agudeza y despejo, que hablan 
alto en favor de su mérito y aptitud mercantil. Pero no es de ahora 
de cuando data esta prenda recomendable , pues de otras hizo alar- 
de en tiempos antiguos , que el descuido y la injusticia de los hom- 
bres han consentido eclipsarse y caer en la sima del olvido. 

Y no sé yo, por qué razón no ha de hacer valer el terrero sus 
derechos á la nobleza : derechos acaso mas averiguados que otros 
que suenan y se frotan por los hocicos de todo bicho , con mas em- 
peño y frecuencia que conviniera. Ello es que al infeUz terrero solo 
le queda de caballero la caballería , sea cual fuere la especie á que 
pertenece. En cuanto á los servicios eminentes y arriesgados que 
sus ascendientes prestaron al pais , esos se han echado en serón 
rolo , que tanto monta como en saco roto , y el pobre terrero , con 
todos sus méritos á la cola, pasa su infancia apeando y subiendo por 
ella. Cuáles sean esos méritos , que á otros valieron títulos , y tier- 



PINTADOS POR SÍ MISMOS. \7[) 

ras , y casas , y lodo lo al , una simjiln indinacioii lo dará a co- 
nocor. ( 

Guandí» o\ Roy D. Jaimo oslrcdió el bUxjnrn de Valencia , poco 
antes do su deí'miliva coiniuisla , entr(!l(M)ia relaciones con los cris- 
tianos que en ella vivían ; |)ero la vifíiliincia de los sarracenos im- 
pedía (jue aiiucllas fuesen muy IVecuentes y estreclias. I'or esi» su- 
codia á veces la mas completa incomunicación á las noticias mas 
consoladoras , y á lin de sostener el espíritu , no público , sino pri- 
vado de los pobres cristianos , se hacia indispensable escogitar un 
medio , ya que no directo , á lo menos indirecto y solapado , de 
manifestarles <jue no so desistia de la empresa, y que se acercaba 
el dia do su redención. Guando con mas empeño corrian los ciegos 
moros , ó moros ciegos de entonces con las Gacetas y papclitos do 
entonces (porque Gacetas debia haber, aunque no existiese impren- 
ta , y sino , ¿de que modo se habia de mentir de oíicio?) cuanto 
con mas empeño , repilo , andaban colgándose reliquias al Rey Dod 
Jaime, y suponiéndole en retirada lo menos hasta Mallorca, con 
solos cuatro descamisados ; en una palabra , cuando forjaban los 
políticos guerreros de antaño los moldes , sobre que con el tiempo 
se habia de vaciar los parles de ogaño, etc., etc., etc., penetraban 
por la ciudad una nube de rapaces con sus turbantilos , y caftanilos, 
y babuchitas (eso me lo figuro yo , porque no iria el generoso 
Rey de Aragón á enviar descalzas á las pobres criaturas), montados 
en su serón de tierra de fregar , y gritando por las calles en su en- 
diablada gerga idéntica á la de ahora : la térra , la guerra , guer- 
rialaguela , la guerra , la térra , siendo acaso la vez primera que 
la misma sirvió de medio estratégico contra una ciudad sitiada , y 
para dar aliento y vida á un partido moribundo. Ello es que los 
cristianos , por lo poco que husmeaban , y por los antecedentes que 
tenian de los nuevos apóstoles con mocos, inferían lógicamente que 
las Gacelas de Zaen mentían, y que el Rey D. Jaime en vez de ir á 
solazarse con Doña Teresa , pensaba repetir la célebre é histórica 
palada, y echar epatadas á los descreídos , de la tierra que no 



180 LOS VALENCIANOS 

pudieron sostener los hijos primogénitos del Cid. Y vea V. como el 
terrero ha figurado en primera linea en nuestras guerras, ya que no 
figura en nuestras crónicas por un olvido (quién sabe si envidia) de] 
cual se debia pedir estrecha residencia á Beuter , Escolano y demás 
turbamulta de ensucia-papel , á quienes haria sombra un burro con 
un serón , y un muñeco por remate. Pero como de esas las traga- 
mos ; tenga paciencia el noble , benemérito y patriota terrero , y 
arree como pueda su gentil cabalgadura. 

Esta no siempre olvida el sentimiento de su valor y de sus re- 
cuerdos ; así es que mas de una vez , mientras su ginete se distrae 
inocentemente delante del anaquel de un quincallero , ó del mostra- 
dor de una confitería, se cruza detras de él , ocupando en su longi- 
tud total los dos tercios de la anchura de nuestras espaciosas calles; 
y como en tiempo do lluvia su pavimento no es de aquellos que 
puedan servir de modelo y estudio á los que se dedican á la carrera 
de ingenieros de caminos y canales , los transeúntes han de descri- 
bir un semicírculo , poniéndose en incómodo contacto con el es- 
tribo del animal (ya he dicho mas arriba qué cosa sea este es- 
tribo) y dando unto de balsa á los zapatos ó alpargatas , para que 
aquel no ensucie los cuatro sustentáculos de su elegante masa. 
De aquí resultan altercados y dispulas con el terrero , que como de 
juro, siempre ceden en daño y mengua del angelito , sino pasa la 
cosa adelante , y un envión aplicado por mano robusta y villana no 
hace perder el equilibrio al jumento , y no le envia á descansar so- 
bre el terreno que conquistó por concomitancia , y alfombrar con 
el contenido del serón el teatro de sus antiguas glorias. 

Esto que en otros individuos de diversa edad y sexo daría pie á 
reyertas y escenas divertidas , no causa mella por lo común en 
aquella edad de indiferencia y abandono ; el terrero sigue su ruta, 
y sin cuidarse de que su compañero haga alarde de ligereza y sol- 
tura , le deja dueño de sus instintos pausados y tranquilos , y á 
veces emplea un cuarto de hora en medir de un estremo á otro una 
calle de doce metros de longitud , mirando entretanto con distrac- 



PINTAT>OR POR SÍ MISMOS. 181 

clon y desmayo las tiendas y objetos, vistos ya centonares do veces. 
Anímalo alí,'nn lauto ol encuentro ron un cofrade , en cuyo caso so 
entabla un dialogo acerca (\o la buena <> mala venta , ó de otros 
asuntos pueriles, y luego se separan enviindose saludos filarmónicos 
por via ik despedida , y derrochando todo el repertorio musical 
que guardan para ciertas ocasiones , on cuya grata tarca les ausilia 
también á veces el compañero , dando el tono con algunas notas de 
bajo profundo , cuyo efecto no deja de ser notable. 

Pero entre los percances del terrero ninguno hay tan amargo y 
trascendental, como el que sufre de cuando en cuando, y casi siem- 
pre por su culpa. Terminada su escursion y despachado el género, 
nada le queda que hacer, sino tocar en retirada hacia su hogar, 
donde le aguarda el padre lan severo como un comisionado de apre- 
mio-, á pedirle cuenta de los puñados de tierra , y examinar si el 
cargo y dala suman igual , y ¡ guay del cuitado , si hay trabacuenta 
ó níquil ! Pero el genio perseguidor de los muchachos le hace en- 
contrar al paso , ó bien en el muro , ó bien en las afueras , algún 
corrillo de gente non sánela, trabajando en su oficina, es decir, 
dedicados á la chapa, sin tener chapeo. La tentación es irresistible: 
la ocasión se pinta calva : montones de ochavos limpios y esmera- 
dos como si saliesen del troquel, pueden agregarse al producto de 
la mina ; en un momento se hace comerciante y especulador : cal- 
cula el capital , los intereses , pero no calcula la bancarrota , ó sar- 
ria rota •• aventura algún ochavillo; gana , el infeliz cae en el garli- 
to : pone, pierde ; pone , pierde , y pierde, y pierde , y gana , y 
pierde , y pierde , y lo pierde todo. 

((A Dios leche , dineros, 

Huevos , pollos , lechen , vaca y terneros, d 

Menor es la fatalidad , cuando el diablo solo se contenta con po- 
nerle por contrincante algún consocio , en cuyo caso la partida se 
halla equilibrada , y entonces la suerte, mas que la prestidigitacion 
decide la inclinación de la balanza. Pero de todos modos el perdi- 



182 LOS VALENCIANOS 

doso ha perdido, y el juez severo que le aguarda , es inexorable. 
Raro es que la madre se interponga entre la espada justiciera em- 
puñada por una mano, cuyo pulso hace latir la sangre árabe.... Lo 
menos que debe temer es.... una aplicación demasiado práctica y 
literal del sistema de educación espartana.... 

Pero hay terreros que también han recibido su dosis de sangre 
árabe para sufrir el juicio y sus consecuencias ; y con magnánima 
resolución esclaman ; ¿y qué le hace costilla mas ó menos .^ Y se 
presentan al padre, y le dicen como Polion á Oroveso : Feri , ma 
non interrogarmi. Pegad: mas no me preguntéis 

Al otro dia se les ve con su acostumbrado jumento (así reza 
Cervantes) , camino de Valencia , y saludando otra vez los torreones 
arabescos del Portal Nuevo, ó de la Puerta de Cuarto. 

Al principio dijimos que son niños esclusivamente los que se 
dedican al oíicio de terreros ; sus gracias y candor, aunque ya un 
si es no es adobados con la malicia campesina , son el mejor señue- 
lo para la venta , y tanto es asi , que solo un terrero se conoce, 
que por lo visto ha cogido gusto al oficio , que ejerce hace quince 
años ; y dicho se está que su voz (la cual desgraciadamente para él 
pudiera en caso urgente reemplazar á un contrabajo) denuncia al in- 
truso , al ingerto híbrido , al terrero usurpador ; y por eso ni goza 
simpatías , ni su género preferencia ; lo cual unido á su carácter 
medianamente agreste y adusto , acabará por enagenarle por com- 
pleto las voluntades fregoniles , y por convencerle que su persona 
es un anacronismo gritador en la existencia del terrero. 

Y para que no quede pincelada por dar en el fiel y caracterís- 
tico cuadro que acabamos de esponer en esta galería , debemos 
añadir que de años á esta parte el comercio de tierra de fregar ha 
tenido una ostensión merecedora de elogio por lo que se roza con 
la química en general , y con la economía doméstica en particu- 
lar. Muchos terreros llevan en el serón y sobre la tierra , otro ca- 
pazo pequeño , lleno de unos terrones de un tono gris , á que lla- 
man térra de pelaire , y sirve según la opinión vulgar , para qui- 



PINTADOS I'OIt SÍ MISMOS. ÍH7t 

lar raanclias. Kilo es (|uo do la tal tierra tienen un despacho no 
des|)rocial)lo , siendo su v.ilor naluralmcnte superior al de la de 
fregar; y los que poseen en su serón el aditamento enunciado, tienen 
buen cuidado de anunciarlo con repetición , para no ser confundi- 
dos con el vulgo de los terreros, tpie se mueven dentro del cir- 
culo inmemorial de su antigua y noble |)rofesion. 




Ti 



.J I 

C/iRNE FRESCA 



cu - -g^ 







EL TURRONERO. 



EL TOKKOm. 

(TÜRROIVEÍIO , QUE PTCÉÑ EN MADRID.) 



«Si la luna faera pan, 
V á pedazoí se cayera. 
Es tanta el hambre que teriíjo, 
Que toda me la comiera - 
Cosas de mi abuela. 



^üÁN grato , cuan dulce es para una periodística 
íytk pluma el refocilarse con la melosa tinta del epí- 
grafe , que acabamos de dejar consignado!.., 
¡El turrón !... No levantes mucho la voz, al 
pronunciar tan codiciada frase , querido lector, 
:5>^^. ,,, ^"-^IS porque las paredes oyen; y si á comprender 
SW©J^^-f3 llegan lo que entre dientes murmuras , capaces 
son de desplomarse por ver de atrapar bajo sus 
ruinas el fruto á ellas prohibido , el tesoro de la época , la piedra 
filosofal ...1'..'.. 

¡El turrón!... ¡Magnifica palabra!... ¡El «veni , vidi, vtncij> Úe 

U 




186 LOS VALENCIANOS 

l^s e|ércUos beligerantes , el post nuhila Fhebus de los vencidos, 
éljam Icetus moriar de los vencedores!... ¿Dónde se encuentra 
otro vocablo de tan risueña perspectiva , de tan odorífera fragan- 
cia , de mas esquisito paladar ? 

Muy bueno dicen que es , y muy bueno será él sin duda , cuan- 
do se le desea , se le busca , se le persigue en todas direcciones 
con tanta tenacidad y encarnizamiento.... ¡ Oh ! ni el Vellocino de 
oro inspiró en otros tiempos mas arrojo , mayor audacia , para lo- 
grar su difícil posesión. 

Torpeza, y grande, fuera, pues, el disputar á este sabroso 
fenómeno de la Dulce alianza , ni sus calidades aparentes , ni su 
mérito positivo, ni aun su higiénica bondad. Convenimos sin repug- 
nancia en todas y en cada una de las virtudes del niño mimado, del 
plato de las Ninfas , del néctar de los Dioses. Nada mas natural 

Pero.... «¿qué tiene que ver (dirá alguno de mis lectores) toda 
esa música celestial con los Valencianos pintados por sí mismos^-) 
«El Torronér (contestaré yo entonces) es un tipo como cualquier 
otro , tan valenciano como el mismísimo Micalet ; y cuando el edi- 
tor de esta obra (no la del Micalet) dejando á mi libre alvedrío 
la originalidad de la materia, me ha dicho únicamente: «escriba 
usted un tipo de gusto, y> he creído de buena fe, hablando con toda 

formalidad , que 

«Entre los tipos , ya en plaza, 

Que ofrece esta colección 

Vendiendo hasta.... calabaza. 

No haría un papel.... de estraza 

El vendedor de turrón»..., 
ó el que lo compra. , que tan turronero puede ser considerado el 
uno como el otro.... Y por mas señas que esta paridad de circuns- 
tancias características , esta analogía de títulos apelativos , hubiera 
puesto en un serio compromiso la elección del modelo para mi re- 
trato , á no haberme ocnirido afortunadamente un medio muy sen- 
cillo de zanjar la dificultad. Helo aquí: 



piNTAnos ron sí mswos. \^7 

ffCornünios las aceitunas 

(Do pasl.i dulce so cnlieníJo), '^" ''''' " 

Y (Icjiínios en ayunas '' '"'""■"• ' ^'^ 

A quion las compra y las vmiiW'.V' ' ' "'* 

Olio al lili y al cabo, no es lan mal tijw esc nhnihanidn ciudü^ 

daño de Alicante y de (lijona , ((ue iio morezda los honores do una 

breve pincelada , mayormente siendo valenciano ác laU btíenaf W-' 

tadura * •^^^\ *^''*^ ^'^ »»Uín\ «uüímA». 

Por olra parle ¿qué pudiéramos declt* h'0stíirbs*ltnrtjf)6'é'o' Úí del 
ospendedor de ese género estancado', ni de ías iktlüs V^pédiés ñé 
hislriones sin estancar que pululan por ciíalqtiliíl' ^ifid p'i^bclamatidó 
á voz en grito la escclencia de lan sabrosa pasta?... Nada , quo no 
salte a la vista de quien la fije por un solo momento en la adjunta 
lámina.... ¡Ecce homol.... Abi los teneíá'í^ é(l «no con sus verdes 
antiparras y su levitón castaño oscui^o , repartiendo a manos llenas 
el codiciado fruto de su ditfcé itidtislria ; y á los otros con un palmo 
de boca abierta , repitiendo sin cesar aquella aria coreada de la 
Gazza-ladra, «¡cuan rico es!... ¡sí que nos gusta!...» ¡Vaya una 
salida!... 

Pero entremos nosotros en materia . que el asunto es bastante 
delicado , y merece la pena de masticarse bien , prescindiendo de 
formas , cuanto de él se diga."^'^ «ou^aua 9b oqraoü no , ?jMA 

Solo conocemos dos maneras de adíjuirir e/ (urroñ : comprátí- 
dolo ó procurando ganar la voluntad de sus fabricantes para que 
nos le regalen , para obtenerlo gratis : y confesamos ingenuamente 
nuestra inaptitud en ambos sistemas. Para lo primero nos faltan 
medios y oportunidad- Para lo segundo.... habilidad, gracia , voca- 
ción. Quod natura non dat , iníellectus non presfat. '''■ ^'^"'' 

El turrón , el manjar especial de tos predestinados , no lo han 
criado tampoco Dios ó los^ hombres para el primero que llegue : se 
necesita genio , carácter , poca aprensión en ciertos casos, y hasta 
una marcada tendencia en otros hacia él : «j me importa un bledol y 
¡,qué se me da á mil.... y) para mascar á dos carrillos, y á la puerta 



188 LOS VALENCIANOS 

misma de la calle , lo que íal vez , en igualdad de circunstancias, 
no se atrevieran otros á tocar siquiera con la punta de la lengua en 
el mas oscuro rincón de su domicilio.... Verdad es que cada uno, 
en este picaro mundo , suele ser hijo de su madre , y que sobre 
gustos nada hay escrito ; pero á lo menos los que descienden por 
línea recta de la antiquísima y barriguda familia de Juan Palomo, 
dejen estar en paz al mísero mortal, que antes , ahora y después... 
(ítantum pellis et ossa fuií.y> 

Sin embargo , á pesar de las dificultades que ofrecer suele ge- 
neralmente la adquisición de este maná terrestre , nada hay mas 
sencillo , cuando Dios quiere , que el poder decir á los envidiosos, 
chupándose los dedos : «míralo, ya le tengo entre dientes, no le ca- 
tarás».... 

((Yo una vez lo he probado, 

Y afirmar puedo 

Que en mi vida he comido 

Manjar mas tierno. 
/Y que bien sienta.... 

Lo mismo al medio-dia 

Que tras la cena ! 
Pero ¡ qué bataola , Dios mió, en materia de turrones!... 
Antes , en tiempo de nuestros abuelos , se conocían muy pocas 
especies de esta fruta de Pascuas. Los individuos aquellos conten- 
tábanse con las que habían visto siempre por Navidad en la mesa 
de sus antepasados , sin que les ocurriese siquiera el deseo de inno- 
vación alguna en el particular. Todo se reducía , pues, al turrón de 
almendra, de cañamones, de avellana, de.... de.... cualquiera otra 
fruta seca , y.... pare Vd. de contar. Pero en el día se ha hecho 
casi interminable el catálogo de sus varias nomenclaturas.... 
((Hay turrón de chorizos, 

De economias, 

Turrón de oreja larga, 

De caña de Indias. 



PINTADOS pon SÍ MISMOS. 189 

l:)n lin , liay luiitos, 
Que es (liricil sin duda 
Podor cojilailüs. 
Y.... j ya se ve ! sw.muIo lal la abiindancia del género , y no es- 
casos lampoco los niedios (l(> podiT acncarso á las respcclivas fa- 
bricas.... 

No es eslraño tampoco 
Que quien de él gusla 
Tire al agua su anzuelo 
Del pe/ en busca: 

Que , si cslá fresca, 
Bien saben mas de cuatro 
Lo que se pescan. 
Y si está caliente , ó libia por lo menos , poco se pierde en pro- 
bar fortuna. Lo que conviene , lo que importa , lo ([uc interesa es 
no soltar nunca la caña de la mano , que el pez-turron es voluble, 
caprichoso como una coqueta ; se enamora fácilmente mañana de lo 
que tal vez hoy desprecia y aborrece ; y a lin de aprovechar una 
favorable contingencia, 

El pescador , que sabe 
Lo que es su oficio, 
Apenas se permite 
Mudar de sitio: 

Porque no ignora 
Que en el dia se cuentan 
Veinte y cuatro horas. 
Hombres conocemos nosotros de tan rara habilidad, de tan fino 
tacto , de tan certera puntería en esta dulcísima pesca , que , como 
ellos se propongan atraparla , y digan : «vente conmigo» ni el mis- 
mísimo diablo en persona seria capaz de impedirles el salirse con 
la suya. Verdad es que se necesita para ello una constancia sin li- 
mites, una paciencia á toda prueba , y una abnegación á veces que 
raya en heroísmo ; pero «no se cogen truchas á bragas enjutas» ni 



190 LOS VALENCIANOS 

se come turrón con la boca cerrada. Es preciso decir algo mientras 
se mastica , aunque solo sea 

¡ Beali possidenlesl 
Otras clases hay también de este alicantino fruto , designadas 
por los inteligentes con los nombres de turrón de esperanzas y 
turrón de caridad. ... 

¡ Este si que es bien dulce, 
Rico y sabroso !,.. 
Se deshace en la boca 
Como el bizcocho. 

Cuando lo pruebes, 
i Ya verás , lector mió, 
Que sabor tiene ! 
Del turrón positivo de caridad al turrón do esperanza ó de ol- 
fato , como le llaman algunos , hay tanta distancia sin embar- 
go , como de lo blanco á lo negio , de lo vivo á lo pintado , del 
cielo á la tierra ; en una palabra , la misma diferencia que de hincar 
en él el diente á quedarse materialmente en ayunas.... 
(cHuye , pues , de quien vende 
Turrón de espera, 
Que hay esperanza á veces 
Que nunca llega. 

El otro , al menos, 
Aunque huela á limosna, 
Lo zampas luego.» 
Por lo demás, el turrón de carne ha sido siempre, entre los va- 
lencianos, el bocado predilecto de toda mesa decente, de toda fiesta 
popular : y bajo de este concepto nadie negará sin duda , que si 
hasta ahora tuvo grande importancia (y bastante consumo) en nues- 
tra provincia , de hoy mas ocupará un punto distinguido en las fe- 
rias de sus principales poblaciones, y muy especialmente en el techo 
de ciertas salchicherías de pasta dulce ; como el Zancarrón de Ma- 
homa en la mezquita donde se le adora. 



PINTADOS l'OH SÍ MISMOS. 191 

Esla ospocio (lü liíiion ^o liaco unas vocok a iruinn , y olrafl á 
má(|uina ; porquo en licuM^t^ <1(! Fu-scuasiirincipalmcnlc suele 8cr tan 
onornio el consumo . (pie no haslau ¡os recursos naluraleg de los 
operarios , y es preciso acudir para su fabricación á los adelaulos 
cicnlificos de la época. 

So subdivide diclio Inrron de carne en cualro diferentes clases. 
1." superior do embuchado; 2." de chorizo propianionlc dicho; 
S." de longaniza , y i." turrón de salchicha. 

Al de embuchado le corresponde de hecho , si no de derecho, 
la primada entre todos los domas turrones; os, digámoslo así, lo 
(luo on la milicia el general en gcfc ; es la cabeza , la veleta de la 
torre ; os el vuelo del águila comparado con el do las otras aves. El 
turrón do embuchado , en una palabra , contiene lo mas delicioso 
de los almacenes do la Dulce alianza. 

Sigue al de embuchado el turrón de chorizo , que es el que da 
vulgarmente el nombro a los domas do su especie, y el cual, cuando 
no está mezclado con almendra de mala Índole , es un postre de 
muy buena catadura en una mesa regular. Y como que ocupa un 
escalón mas bajo que el primero , está también mas al alcance de 
la generalidad.... 

«Tiene mucha salida, 
Despacho grande, 
Lo mismo en las aldeas, 
Que en las ciudades. 

Pobres y ricos 
Todos probar desean 
Turrón-chorizo. 
Viene después el turrón de longaniza , que no es otra cosa que 
una especie de cañulo de pasta ondulante y flexible , compuesta de 
las mismas sustancias que se usan para las anteriores , con la dife- 
rencia dp. que tanto en calidad como en proporción , son algo infe- 
riores , lo mismo que en color , olor y sabor 

Pero el último, el turrón-salchicha , será siempre, por mucho 



192 LOS VALENCIANOS 

que de él se diga , la grada mas baja de la escala turronera , y la 
mas fácil , en consecuencia , de poder ser ocupada por los aspiran- 
tes á tomar asiento en tan dulcísima base. 

«Pues siendo el mas barato 
De los turrones, 
Si el rico lo desprecia, 
Lo busca el pobre. 

Y como hay tantos, 
Por todas partes siempre 
Le van buscando. 
En fin , visto ya generalmente lo que viene á ser el turrón de 
carne , y particularizadas , á mayor abundamiento , sus diversas es- 
pecies , concluiremos por ahora haciendo una levísima indicación 
acerca de las cualidades digestivas de cada una de sus categorías. 

Nada mas fácil y bonancible que la digestión del de la primera 
clase. Con dificultad pudiera encontrarse otro manjar que mejor se 
preste á sentar perfectamente en el mas delicado estómago. 

Los turrones de la segunda y tercera no ofrecen tampoco una 
gran contra alas hipocráticas doctrinas ; aunque siempre es buena 
alguna taza de té de paciencia , ó caldo de resignación , para obte- 
ner, en ocasiones dadas, el apetecido resultado. 

Pero el turrón-salchicha es en estremo temible para los que 
tienen una organización biliosa; pues producir suele, por lo regular, 
irritaciones, cólicos, y hasta descomposición pútrida de los hu- 
mores.... 

Por eso te aconseja 
La musa mia 

Que no compres ni vendas 
Turrón-salchicha. 

En todo caso 
De los otros mejores 
Toma, un buen cacho. 

Sueca 10 de Abril de 1859. 

José Bei'iiat Baldo vi. 



PINTADOe 9ÚW fff KUDIOS. 1^^ 



1, i, , .. i :líf f.l 'JÜj' 

APÉNDICE. 

«Mirad cual pone la cara 
Ese voraz lurronerOy 
Al rclirar la cuchara 
De nuestro patrio puchero.» 

GLOSA. 

Lo que pescó no se sabe, 
Pero , si bien se repara, 
A nadie duda le cabe 
De que no ha sido agvw clara; 
Porque , aunque el tai no lo alabe. 
((.Mirad cual pone la cara. » 



Según su afilada muela, 

Y según su diente fiero, 

Si no es de la parentela 

De Juan Palomo , yo infiero 

Que pertenece á su escuela.... 

(íEse voraz tur ronero.)) 

25 



194 



.5ít^1/XQS VALENCIANOS 

A devorar sin rebozo 
Contemplad cual se prepara, 
Y como llora de gozo, 
Sin ver que la suerte avara 
Turbar puede su alborozo.... 
(íAl retirar la cuchar ay) 



• i'ikj 



ni 



mk 



Pues no falta algún heraldo, 
Que con rostro placentero 
Engulió'lay^r sii^'ágmnaldo, 
Y hoy muestra 'ante el inundo entero 
Que no es siempre igual el caldo.,.. 
«De nuestro patrio puchero. y> 



.30Jd 



9d<?>! 9? 




,0'180 Qlnsib íi8 0ií§Oe; / 

;;!o]a9'ifiq tí'í Qb m ofl i^. 

•)Í!(ÍÍ '■> . (V'.0\r;TsVftw\. Í)U 




EL BARQUERO DE LA ALBUFERA. 



PINTADÍKS POR SÍ MISMOS. 19^ 



^ liV. íiiiíj fi'j y'i'í) >.ii'. ■;.\íi ')'.'. 



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i.¡ )|j rtOÍ y <'jioí)í>v ofiriül ^' ',(1 

ti no') flsíífijfBí Hííiitfjij.tni) 'j'' . -pivi iol) fenlino 

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:;.fj r(, j 

EL BARIÍIERO DE LA ALBUFERA. 

au(i , fcoéioniío Y «uíjüíihV «vOCboqeo íí( 

f,n« íiofeolo?. 01! tilA i'Á ' 

■r.\-^ ■'■'" ■ ■ ■ ■. i-\f ii'i fiafloníioíi ..:> 

•Qi'^^^/^ Lector, si no eres aficionado á cazar, pasa por alto 

\P las páginas que siguen : yo las he escrito bajo 

> w I U 1 la impresión de mis recuerdos campestres , y 

(¿/ jy .:>0J creo que en el campo hay algo mas poético 

S5n) '■ C^Q y DQ3S agradable que los árboles y las flores; 

'rvcJv'n' ®ste algo son para mi las perdices y las liebres. 

jíÍjV^.'. ^^ipí"'' ¡ Entre los muchos sitios alegres y pintores^ 

oí v- fiBshstofM?; , (jQg qyg j^Q (jgjg nunca de visitar el viagero que 

arriba á U bulliciosa Ciudad regada por el Turiá , ocupa lugar 

preferente el famoso lago de la Albufera , lugar de recreo de los 

valancianos en general , y de los amantes de la caza en particular]'^ 




196 LOS VALENCIANOS 

Este magnifico depósito de agua dulce , situado á dos leguas 
escasas de la población , separado del mar por una frondosa lengua 
de tierra que se llama la Dehesa , y que riza sus olas en una super- 
ficie de ochenta mil pies de longitud, y mas de veinte mil de an- 
chura , es á no dudar , uno de los mejores cazaderos del mundo 
para toda clase de aves acuáticas , de las cuales se encuentran en 
número infinito y con portentosa variedad. Las que mas abundan 
entre ellas son principalmente las fochas , cuyos inmensos bandos 
semejan sobre las aguas una alfombra negra y flotante ; los ánades 
neguetas , los ferinos , los silvadores y los de pico ancho. En las 
orillas del lago se encuentran también con abundancia las becaci- 
nas , picardonas , pollas de agua , y caballeros de todas clases. 

Los pájarjs mas notables por su hermosura son , después del 
cisne , rey de los lagos , el calamón ó gallo , de color azul muy su- 
bido y pico encarnado ; el soljerbio flamenco , blanco, con las alas y 
pico de color de grana; la elegante garzota blanca y de sedosa 
pluma , el avetoro y el suaya , bellos por sus vivos colores. 

Pocos espectáculos conocemos mas animados y curiosos , que 
el que ofrece la Albufera los dias de tirada , que solo son una vez á 
la semana. Reúnense la víspera todos los cazadores en las pintores- 
cas barracas del Saler , á donde' acuden también los barqueros, 
después de haber recorrido la laguna para observar en qué puntos 
tienen mas querencia los pájaro^, y hacer luego la elección del 
puesto para tirar , con arreglo al fljúmecoi que (Jisfruían sus respec- 
tivos amos. 

Por consecuencia , UE bai'quero inteligente y trabajador es ló' 
primero ylo, mas indispensable para todo cazador que quiera dis- 
frutar de los placeres que proporciona la Albufera. El barquei'o es 
un tipo especial ci^yo retirato,me,será imposible bosquejar siquiera, 
aUjU apuntando algunos (le lo^ rasgos que mas, le caracterizan y lo 
han hecho célebre, :. ;, ¡i ,\ i ¿i ;' 

El barquero tiene sm morada ew los arrabales 4e Gatarrojaó^ 
Silla, cerca de las riberas del lago,, y suicasa^? ]^vnaQ(l£^s,ta habin-y 



PINTADOS POR SÍ MISMOS. i 97 

lacion de broza y cañas , tan úlil y conooida on nuoslra huorla con 
el nombro de barraca. Los adornos do su vivionda íjiio corisliluyon 
toda su fortuna , son los aparejos de su barca , las rodos de pescar, 
la íilora , y una oscopola vioja , gonoraimcnlo de chispa. 

Kl porsona/íc de qut! nos ocupamos jamás es conocido [lor so 
n()nd)re propio: desdo liein()o iiiinoinorial y sin una sola csccpcion, 
el barquero se llama (¡anchól, Marohúl, lludcro , I'iulo , l'laqner, 
Parra, Sebeles, Cola, Tendré, Rorra , ele. 

Es generalmente flemálico y cachazudo ; nunca , ni aun en los 
momentos de mas prisa , sale de su paso grave y mesurado , y en 
los preparativos y maniobras de a bordo gasta la misma calma , por 
mas que la impaciencia devore á su amo el cazador. Es sentencioso 
y lardo en ^u conversación , y en lo locante á sus atribuciones , en 
si hay poca ó mucha caza, y en qué sitio se encuentra, su palabra 
liene siempre cierto aire misterioso de que no se avergonzaría una 
Sibila, y cierta enfática circunspección que baria honor al mas 
hábil diplomático portugués. , 

Cuando el cazador de Valencia llega al Saler , lo primero que 
hace es preguntar á su barquero: ¿qué tal? hay pájaros? dónde 
Uranios mañana? El barquero oye la pregunta , saluda á su amo, 
y alarga la mano para tomar el cigarro que ésle lo ofrece ; pero no 
contesta jamás. Yo soy de los que mas haa conseguido en este 
punto , y solo hago memoria de algún monosílabo acompañado de 
una mueca , horrible aunque verdadera espresion del silencio. 

Mas larde , cuando le he hecho paladear dos ó tres veces el 
vino de mi bola , cuando le he presentado ante sus ojos mi cesto 
repleto de provisiones ; mi hombre , después de asegurarse que 
estamos solos , me ha llevado al rincón mas escondido de la barra- 
ca, ha tomado una postura imponente, que es para él cruzar los 
brazos sobre la parte superior del pecho , ha echado la ultima mi- 
rada de recelo á cuanto le rodea , y bajando lodo lo posible su voz, 
gutural y áspera de suyo , me ha dicho : Si demá tenim veiit á mi- 
cha vela, y mos deixen la Enchumara ó la maleta deis escla^dors. . . 



198 LOS VALENCIANOS 

mos divertir ém : encara que es chent volandera^ y Paigua está 
creixcuda ; poro els animáis están ben posats y ó fan bé. 

Pero (he contestado yo) y si ei número primero nos pide esos 
puestos , ¿dónde vamos con el cuatro? Entonces tomando el bar- 
quero un tono mas solemne y respetuoso , y ahuecando la voz con- 
testa: X'amo va al piiestót. (El amo es el arrendador de la Albufe- 
ra, que elige y lira siempre el primer puesto , y es á los ojos del 
barquero el primer personage de la nación.) 

En él puestbt l'amo la esgarrará demá^ niá déu mil galeraes á 
la soca del puesto , y tots grasos. 'l^il. Oi 

A todo esto el barquero habla generalmente á bfuito, no ha 
recorrido la laguna , según es su deber , y lo que afirma con tal 
aplomo y misterio lo sabe por algún compañero , que probablemen- 
te le ha contado una filfa. 

No hace aun muchos años ningún barquero decia á su amo ni 
una sola palabra acerca de su pensamiento sobre la elección de 
puesto ; creia su dignidad altamente rebajada , si en esta parte no 
se le concedía el mas completo voto de confianza ; pero en esta 
época espansiva y parlamentaria de suyo , ya sufre el mejor bar- 
quero ías interpelaciones del cazador, y aun se digna descender 
hasta discutir con él sobre si se ha de elegir el puesto del Peluque- 
ro , ó el de /a Inglesa. 

A las dos de la madrugada del dia de tirada , tiene lugar en 
casa del arrendatario , (ó empresario , como le llama un amigo 
mió) la gran reunión de cazadores y barqueros, que han de hacer 
la elección de puestos para aquel diá , cuya operación se llama 
tirar bólleles. ■ üü , :;íí" ':-'¿ oj-'Lí! i\\ o-JvI>:í ;■'>;. : 

El amo preside esté interesante acto , s'ehtáüó de'tfás' de una 
mesa de pino , sobre la cual un candelero de hoja de lata con una 
vela de sebo, alumbra la escena , infestada poí el olor del aguar- 



Pl^TAn<)S POH sí MISDKtS. 199 

dionlo con quo loilos los hanidcros li;iii lomidi) l;i inañanii v con (íI 
humo (l(;l (lotüstable tabuco (]uo t'iiniari Ioh cincucnla h sesenta Dia- 
rineros de Agua duloo , allí picHenlcs. 

Ijü mesa •'» presidencia Sio compone á ma.s del amo , de un se»- 
crétario quo ancla los puestos que van eü^iéiidoso , y del barquc-' 
ro del amo , giífo re.s|)clado por lodos los demás , por ser la mas 
elevada posision social á ipic puede llegar un barquero. Esto abre 
la sesión y ttjnieudo dereobo á usar de la palabra antes que nadie, 
sube sobro una 'silla , y dice en alta y solemne voz — caballcrs: 
leslém Idtsl Lue^o pasa lisia , y elige el primer puesto para su 
amo en medio del mas respetuoso silencio — el primer vá al pues- 
íót. En seguida pide el baríjuero del segundo y dice, por egemplo 
— ('/ sefjon Vil á la punta delpuchbl. Asi van eligiendo por su orden 
hasta que alguno pide un puesto ó cmpabesada que perjudica á 
los puestos vecinos por estar demasiado aproximado á ellos: allí se 
acabó el orden : principian las disputas salpicadas de las mas duras 
y gráficas palabras , que producen la mas espantosa gritería , y 
algunos argumentos ad hominem ; por fin suele restablecerse la 
calma cuando se cansan de gritar , y el amo 6 su barquero deci- 
den la contienda , cuya sentencia no sufre jamás réplica ni apela- 
ción. Acabada esta escena que dura siempre largo rato , se mar- 
chan los barqueros á la tienda, y con repetidas libaciones de 
aguardiente templan el ardor de la pasada batalla , y toman fuerza 
para el trabajo del dia.— Ya abordo , la primer idea y habilidad 
del barquero es ir á la vela al puesto , sea el viento de donde quie- 
ra; el trabajo de remar es pesado y aunque el viento sea poco ó 
malo , el caso es llegar aunque sea tarde , y cruzar el bonancible 
lago fumando puros que pide á su amo , porque el barquero se ol- 
vida siempre el tabaco , y contando maravillas de la tirada , para 
distraer la impaciencia del cazador por llegar al puesto. Los pri- 
meros rayos de la aurora abriéndose camino por entre los frondo- 
sos pinares dé la dehesa alumbran las bandas de patos que llegan 
ya de sus guaridas nocturnas , y principia la lirada. 



2100 LOS VALENCIANOS 

La primer advertencia que hace el barquero á su amo es— /*V^ 
los al cbll : no els fasa nafráis (heridos), y es que cuando cae un 
pato herido se aleja del puesto á capuzones y los barqueros tienen 
que perseguirlo á fuerza de remos hasta rematarlo de un tiro y co- 
brarlo y cuyo trabajo muy repelido en un dia de tirada , es verda- 
deramente pesado. 

La barca se coloca á doscientas varas del puerto , y desde allí 
avisa el barquero con Imeca y campanuda voz, el sitio por donde 

entran los pájaros al puesto — del Palmar del Salér..... vanda 

de Sollana Ierra de mar y cuando ya entra el bando á tiro 

avisa con la alarmante voz de ais hóts. 

Si algún pájaro recibe un tiro pero sigue volando y va á caer 
á tres ó cuatrocientas varas del puesto , el barquero debe ir á co- 
brarlo ; pero como su fuerte es la navegación á la vela , el viento 
le hace tomar un rumbo que no es el del sitio donde el pato cayó; 
no lo encuentra, y de vuelta de su cómodo é inútil paseo, cuando el 
cazador le pregunta si lo ha encontrado, responde muy serio... vola. 

Todo barquero es pescador y hracQuiere en la Albufera en los 
dias que no son de tirada, á pesar de los cinco guardas : necesita 
munición pero jamás la compra \ porque el dia de tirada pide á su 
amo— ím grapát de 7nunisió pera rematar , lo cual da con gusto el 
cazador, siempre liberal en aquel momento, y el barquero la guar- 
da toda rematando los pájaros heridos con la íitora , que es una 
larga caña armada como un tridente , fingiendo que su escopeta no 
sale , por tener la llave descompuesta, ó el oido tapado : el caso 
es conservar la munición , aunque se pierdan pájaros. No hay que 
decir que la comida , el vino , y los cigarros han d,e estar abun- 
dantes y buenos en la barca , si el barquero ha de trabajar con 
gusto. 

Concluida la tirada y de vuelta ya en el Saler , es de ley que el 
barquero quede natural propietario de los restos del almuerzo y ta- 
baco , y después de cobrar su crecido jornal, tiene también de ri- 
gor una focheta pera el caldero. 



PINTADOS POH SÍ MISMOS. 201 

Tal es , (lihiijiíílo ;i grandes ras^^os , la lisdnomía del bar(|uero 
do (lalai'i'oja ó Silla , pero la del i)ar(|uer() del Saler es todavía mas 
espi'cial y earaelcrisliea. Ksle iilliiuü no sirve nunea á un cazador 
iiileii^'eiilc , y (jue le obligue á desüinpeñar su olicio con la aelividad 
necesaria ; su barca solo eslá al servicio de los cazadores nóvalos, 
de ios forasteros , y sobre todo de los ingleses. Esla es la caza que 
mas los distrae. 

Vosotros, los que leáis e>l<s lergldncs, y no esleís ¡nicirdcs en 
los secretos do la Albufera ; -huid de los barqueros del Salér! Por- 
que ellos se burlaran de vuestra lengua y vuestro trago , liarán 
suyas vuestras municiones y comida , os depositarán en el puesto 
que encuentren mas próximo , aunque en él sea mas fácil cazar 
aves del paraíso que patos ; os verán achicharrados por el sol 
mientras ellos duermen á la sombra en el fondo do su barca, y por 
último , os dejarán en tierra lan llenos de cansancio como de fas- 
tidio , para ir á referir el lance á sus compañeros, y reírse jun- 
tos de los que llevan a los cazadores viejos, y que cobran muchí- 
simo peños , trabajando en cambio mucho mas. 

Este es el barquero , tal como le hemos conocido siempre ; tal 
como está sin duda destinado á ser durante muchos siglos. 

Y es que toda hombre refleja en su corazón , como en su inteli- 
gencia algo de la misión á que se consagra, y si el marinero del Oc- 
céano es á pesar de las tormentas, tan sencillo y tan rudo hoy como 
en los primeros tiempos, ¿qué no sucederá al pobre barquero de 
la Albufera, que no conoce mas tempestades que las de su vida, 
¡ranquila y sosegada como el lago , teatro un día ('o las hazañas de 
sus padres , y que espera seguirá siéndolo de las de sus hijos? 

Una palabra y concluimos : por mas que la verdad nos haya 
obliíado á parecer duros alguna vez con la clase que hemos queri- 
do dar á conocer, debemos decir que hay en ella honrosas escep- 
cíones , y que entre los barqueros de la Albufera hemos enconti-ado 
no solo trabajadores honrados y compañeros leales, si no lo que es 

mas aun ; amigos fieles y desinteresados.— Barou de Cortes. 
Madrid á ¿1 de Marzo de 18o9. 26 




EL COLOQUIEBO. 



EL COLOQIIERO. 



-^5;,^^*x< AL año para los vales 
JíímtP^' ^"® ®° ^^^ edades anliguas, 
^Jci^W, con el guilaiTo á la espalda 
v:"f^bir^ y la escarcela vacia, 

sin dar reposo á las piernas, 
se andaban luda la Vida 
Iras el humo salvador 
de alguna feudal cocina! 
Una lonja de venado 
sazonada en el acíbar 
de la soberbia , y en copa 
dorada uo lra¿o de lióla, 
hacían vibrar las cuerdas 




204 LOS YALETÍCÍAINOS 

mercenarias de su üra. 
No asi los ilustres émulos 
de aquella errante familia, 
que hoy del Guadalviar pasean 
la sacra, fértil orilla. 
Estos sí que en venturosa 
edad pulsaron las libras 
de la lira vagabunda 
sin jamás hallar esquiva 
á la fortuna voluble. 
Estos si que inmortalizan 
su nombre , y á la alta cumbre 
lle¿an por senda ti crida 
pisando escudos por zarzas, 
y por abr.ojos inorciHaal ,,.„ 
No hay regocijo silvestre, 
fiesta ó zambra campesina 
donde el vate valenciano 
á quien el vulgo apellida 
Coloquiero , no haga alarde 
de su musa peregrina. (|«onG Jx' 
Hay que obsequiar al patrono 
del lugar?, '¿Se viene encima ■ ' 
centenar, fiesta pafrióticaf,-'' '■ 
parto real, mayoría- : '' '";*- í' 
de príncipe , ó concésidd ■■•''-■ ' 
hecha en favor de la villa? 
Hay bodopri<o qué' trascienda, 
venció en elección 'ré'Md^áf"' ''•• > 
simpático inuríiCipíd?(Vi íííifinosGíi 
A! punto ., venga unatrinca 
de ciegos músico-andanlés ■■ 
con guitarra y bandolina; '-''"'- 



PIIST\DOS POIl SÍ HUSMOS. 205 

y no falle cnlre los miembros 

de lan ilustre cajiilia, 

el popular coloquiero. 

Sin él no hay íiesla lucida, • 

ni la ausencia de su musa 

retozona y agresiva 

suple becerro hostigado 

en talanquera ó prolija 

labor al sublime numen 

pirotécnico debida 

del gran Ponent. ¡Venturoso 

trovador! como le mima, 

no bien llega á sus umbrales, 

el alcalde ; como escita 

su apetito trashumante 

con la exhibición continua 

del rico frito guardado 

en panzuda tinajilla! 

En tanto que la alcaldesa 

dispone cama mullida , yiiíuüU 

con sábanas , cuyo estam'b'ré 

Penélope campesina 

hiló en doméstica rueca! 

Pues y el pueblo ? cómo brinca 

de placer , saboreando 

de antemano la incisiva ^q cnauj'- 

parla del coplero insigne ! 

Ya está la plaza invadida; 

todos se sientan : ancianos 

y hembras en rústicas sillas^ 

y los hombres en el suelo, '''^ !" 

cruzadas á la morisca 

las piernas , en el tablado 



206 LOS VALENCIANOS 

Ó el balcón la visla fija 

donde el edelano bardo, 

dispensador de la risa, 

en breve de puro gusto 

hará crugir las mandíbulas. 

Vedle subir al labiado 

ó al balcón de la alcaldía 

que adornan sedas vistosas 

en que la color domina 

roja y naranjada ; vedle 

con qué gravedad olímpica 

sube la angosta escalera, 

cual si trepara á la cima 

de Helicón , ó al capitolio 

á ceñir la sien altiva 

de laureles inmortales. 

De los orfeos sin visla 

sigúele en pos el cuarteto^ 

y lleva por comitiva 

alcalde , ronda , clavarios, 

y notables de la villa, 

con capa de ceremonia. 

La multitud reunida 

se conmueve ; un gran murmullo 

agorero de la risa, 

suena por doquier ; los codos 

con brusco lenguaje avisan 

al vecino , y el silencio 

le inculcan en las costillas. 

Callan todos : las guitarras, 

el violin y la cítara 

preludian: hasta las piedras 

escuchan. Suena en seguida 



TINTADOS POR SÍ MISMOS. 207 

una los, y rasga el aire 
voz quo emiten con faliga 
á un tiempu fosas nasales 
y boca sin policía; 
y al monólono rasgueo 
de las viliuelas , publica 
en alto accnlo lus hechos 
de la sang^rienla heroína 
Sebastiana del Castillo, 
ó cualquier clra fatídica 
historia que á la asamblea 
espeluzna y horripila. 
Tan alta empresa á ios bríos 
de la soprano confia 
el musical consistorio, 
y en ella gloria cumplida 
ha alcanzado ia famosa 
Malibran de la Ollería!... 
Calla la yok ; del guitarro 
la postrera nota vibra 
moribunda en los bordones: 
la muchedumbre se agita, 
lose , escupe , se acomoda 
en el suelo ó en la silla, 
y otra vez reina el silencio: 
el coloquiero principia.... 
¿Qué dirá? todos alargao 
el cuello , la oreja enfilan 
hacia el tablado; la boca 
entornan , porque la risa 
que está de escapar ansiosa 
halle dispuesta salida, 
y pendientes de sus labios 



^Qg LOS VALENCIANOS 

ni se mueveo , ni respiran. 
En breves frases y estilo 
jovial la musa festiva 
al auditorio saluda, 
reclama el silencio , y trisca 
por las faldas del Parnaso. 
Mas de repente , ¡ oh delicia 
del campesino auditorio ! 
Del trovador la iiicisiva.u..;r.;U'jr. 
sátira fija su rumbo; ' ' • ■*""^ " 
y entrega al ludibrio y risa 
popular ora un marido, nnxüioív 
de quien murmura la crítica, 
y que escucba allí quizá 
su historia, sudando tinta,. -i.iu ^'^ 
ora un burlado galán 
ó moza desvanecida 
y casquivana que lleva 
revuelta á toda la villa.... 
Rien todos ; del cuilado 
objeto de escarnio y íisga 
circula. de boca en boca ¡.^íjíü j;^ 
el nombre y de fila en fila?) , oííoI 
y no falta en la asambleai?, í ¡"no 
Argos cruel que le atisba 
- recatándose en la sombra 
ó revolviendo una esquima. 
Alto clamor interrumpe 
al bardo : los hombres silban, 
ladran los perros , los niños 

vocean sobre las sillas, 
y las mu geres persiguen 
á la sombra fugitiva 



rmTADOS ron s( mismos. 209 

con águila carcajada 
que á un liempo os cliiHido y risa; 
inienlras gravo y reposado 
suspendo el vale la mímica, 
los labios cierra , y aguarda 
quo cese la griloría. 



Oh de Ou6Io y Sania Pola, 
manes iluslrcs; qué días 
de júbilü y de placer 
liahois dado á los que liabilao 
del Turia la f¿M lil vcgal 
Los ecos de vucslra lira 
aun vibran en los oidos 
de la genle campesina, 
á quien vuestro solo nombre 
deslcrnillaba de ris?. 
Émulos de vuestras glorias 
aun hay, aun el suelo pisan 
del Cid , vagabundos vales 

de gran ingenio y valia 

que do pámpano y laureles 

tal vez Ceñirán la altiva 

frente un dia , y los umbrales 

pisarán de Nemosina. 

Pero en lanío vuestros nombrec 

a trompetazos publica 

la fama y cierno aplauso 

os reserva la curtida 

gente que del turbio Júcar 

ye' Guiulalviar, fertiliza 

con arado y con estova 

la dilatada campiña. 

Peregriu García Cadena. 27 



.?JY¡' 



r/'lí) {i, ir 
'í, ')!; 



»««ií»S»«v^. «ii»»i«£> jiiR'858'»'i»*I 




EL ALTRAMUCERO. 

{El Tramuser.) 



■J ■. .". t \ \ f\ 1 \ I I '^1 




1 ,'111 (I ■^•. i'ij .irmí 



EL ALTRAMICERO. 

(Vulgo TRAMUSER.) 

iii) ,80uq ,oí.ijO .éiííD ol 08 ouj) d 

Xl]/Í¡fi'illj, 

^\^>5o"'C\\\9^" só en rpic consisto. Apenas liny provincia en 
^'/^5ÍÓ(%'¿^^ Espafia, cuyos naliiral;;s sean objeto do mas 
íy Ir m T "^ 1 /•■ ^"' '^ ' "*'''''^'^^" y sarcasmus que los valencianos; 
^§ \ M^'i ^' ^' "^'^'"^ tiempo tampoco la hay que sea mas 
5//L ^'l/J csplolada y cspiiraida , en pczando por el go- 
HV^!37 V^/;;^> bicrno. Echase en cara á los valencianos su per- 
Kv^ív^^ ^'^''^'*'^^*' "'^'"•'^^ ' I^'"o|'í^sún(lose alguno á cnlifi- 
' ■ -^ car á Vdencia de Paraíso de España habilado 
dé' diablos; cdanílo la e-poriencia c>lá dando un continuo y solemne 
monlis á la lrit:te aguii.'za , designando á üt tercio de sus moradores 
COT.U forasteros, y que en ella han adquirido riquezas, honores y ele- 
vada posición social, lo cual de cierto no sucedería, sí la perversidad 
genial de los naturales fuera tan repulsiva y formidable como so pre- 



212 LOS VAIEríCIAKOS 

tende. Desde el que dijo: Llevaban por cascabeles cabezas de va- 
lencianos, hasta el que en ruines asonancias quiso crear un prover- 
bio , sentando que: en Vaíencia—lodo es apariencia; — la carne 
pescado, — el pescado agua; — los hombres nmgeres, — las miigeres 
nada, no se han vertido mas que insulsezes, cuyo carácter mas bien 
se resiente de envidia y o.iiulacion que do fundada antipatía. Se 
les critica porque comen, por ejemplo, cosas que en otras provincias 
sirven de alimento á las bestias; como si no se pudiera con mayor 
razón retorcer el argumento, esponiendo simplemente , que si los 
valencianos comen, v. g. altramuces, que en otras provincias cora^ui 
los bueyes, lo hacen por un gusto particular, que nada tiene de re- 
pugnante , y además no constituye dicha legumbre su ordinario 
alimento ; al paso que el pan de bellolas forma el casi esclusivo tío 
otros pueblos no ,tan^j»a|t.rala^loSípor^;C,€r>sura,|(k la cual los de- 
fiende su misma- pobreza é insígniílcancia; y quejos mismos Aristar- 
cos se regalan con bellotas como con un bocado esquisilo y muy 
bien pagado. Pero veo qüL! si insisto mas í&rgaímcnte en la apología 
de nuestro calumniado país, jusliricarc hasta cierto punto la preven, 
cion con que se lo mira. Dejo, pues, en su lugar ventajoso y decenio 
el uso del altramuz , y voy á ocuparme de su venta y circulación. 
jElaltramuz CjS u/ia planta IcgurainQSja, qpc se, cria en abundancia 
en Valencia, Murcia y. Afldailucía. S,u cuUivQ,se ha esíendido cstrajT 
ordinariamente como pasto t]e los animales, y forma un ramo de 
comercio considerable, ^le moda, que figui;a en los precios cor- 
rientes do las plazas mercantiles de dic,has provincias, ; señalada- 
mente dó Sevilla., llamándose :aUraníUGes,stívillanos los de calidad 
superior., Per^, ,p^ j .yalc^icia , ademas úé deslino , ipdipa(|o^, sirv^e 
también para alimento d,e las personas. J^l altramuz se venÜe seco, 
y su gusto es ama.rgp¡; jp;;qual,-^!n/) jSjSüijia inconvenieate, Iraláutioso 

del paladar de los animales^. (^5i„,,¡j,^AÍr, í;a i)i¡i;ii oi^ii i,; /. <;;;;: u 

Alboraya es ua pueblo q,y<ív(|j§ta;;medi{i Icgjua d^-fY^iiliencla, y 

((on^e el cultivo del al' ramii.z,. se, ;Xqriíi(?,ü ¡con mas esmero, puqs el 

desViuo da dicha legjiíibre la happ acreedora !á.QUidad9s.,mas cspe- 



piMADOS. pon sí mismos. 213 

ciaics. Si so ha do creer á -algunos , el alliamuZ posee cualidatJcs 
líi¿,Méni(:ii.s y digostivas nMomcindablcs, en li'iminos í]ue hay quion 
lü loma á pojjlrüs de la coniula , para ayudar u la digoslion. 

El allraniuz dcslinadü a la vunla para oí regalo dolos aficiona- 
dos,, scsomelü prévianicnle a un remojo para quilario la amargura, 
y á un largo baño de agua salada , el cual pcnclia é iiinclia el al- 
tramuz , convierlc su linla pálida piimiliva en un color de yema 
de lluevo, y lo hace blando y tratable ; de suerte que con un poco 
de destreza en el manojo de la dentadura, salta la cascarilla y el al- 
tramuz se comelimpio. La operación del remojo la repite el allramu- 
cero lodos los dias, y á las primeras horas de la mañana tiene yaá 
punto la dosis suíicienle de altramuces para el calculado despacho del 
día. Deposita luego su mercancía en un doble capazo de palma, es de- 
cir, un capazo dentro de otro. En una de las dos asas del capazo cste- 
rior hay cosida y alianzada una gruesa correa doblada, de unos dos 
dedos de ancha y dos cuartas de larga, contando el doblez ; y esta 
correa introducida por la otra asa cierra el capazo, y permite lle- 
varle á la:espalda, cayendo la correa sobre el hombro, y llegando 
la esiremidad á la mano, que lo sostiene. El doblez de la correa está 
hecho para introducir por él el brazo, y aliviar de rato en rato el 
trabajo de la mano. Examinemos ahora el contenido del capazo in- 
terior. Diez ó doce libras do altramuces preparados, según arriba se 
ha dicho , ocupan el fondo , cubiertos con un lienzo húmedo ó mo- 
jado para impedir su desecación, y conservarlos todo el dia en 
un estado de frescura y humedad. Dentro del mismo capazo ocupa 
casi siempre un rincón un saquito con chufas , á las cuales se hace 
sufrir igual operación de remojo; pero como -quiera que éstas son 
pemasi.ido conocidas fuera de Valencia, no son acreedoras á mcB- 
cion detenida y especial. Raro es e! comprador que a los altramuces 
no a^i-ógji su p'jñ.iJito de chufas , pues no falta quien encuentra ad- 
mirable al paladar la mezcla del sabor dulce do las chufas con o\ 
salado de los altramuces. Algunos capazos coolienen en su pared 
interior una boláita de cuero pegaJa ó cosida á ella , y sirve para 



?2f4 LOS VALENCIANOS 

depósUo del producto pecuniario del día, Complolan el ajuar unas 
balanzas y pesos corrcspondienles de libra, media libra y onzas, las 
que algunos allramuceros susliluyen por hermosas piedras calcáreas, 
que aseguran ser exaclamenle iguales en peso alas de hierro, y que 
han sido rcvijadas por el Repeso , aserción que ninguno se loma el 
trabajo de rebatir; asi como tampoco se la toma de compulsar la 
legitimidad del peso , recurriendo al Tribunal. 
(>*;(), íAsí como en el oíicio de terrero , femaler , cacahuero , y otros 
semejantes, los que se dedican á ellos son prtr lo común niños ó jó- 
venes, asi la profcsio:i de tramuser es ordinariamente egercida por 
gcnle chapada , ancianos y aun mugeres de avanzada edad. Es 
como si dijéramos, una especie de jubdaclondel labrador, ó un des- 
canso al que S3 halla impos.biblado de soportar los rudos trabajos 
40' la agricultura. 

,'íí;it Por milagro , pues , se oye sonar proclamando altramuces una 
voz fresca y juvenil : la mayor parte son voces cascadas que huelen 
á catarro de media legua, sin que poroso la inílexion musical de 
estas mismas voces deje de formar pai-ie de la escuela del tramuser, 
para atraer compradores; y altramucero conozco, y por cierto bien 
entrado en días , á quien muchos parro.juianos dan el nombre do 
tramuser dols (altramucero dulce) á causa de la dulzura y suavidad 
de su canto, que parece diga á cuantos le escuchan : «compradme 
á mi allramuccá, porque los canto bien.» 

, Entre diez y once de la mañana , com'enzan á penetrar en la 
Ciudad por las puertas de la Trinidad y Serranos comiarsas deallra- 
muceros, que se desparraman por toda ella, ¡legando hasta los 
bai'riosiy callejones, ma?* esccntricos, ó quizá buscando'os con pre- 
ferencia , por ser allí donde .consideran mas probable y asegura- 
do su despacho. Algunos , y son los mas, se limitan á anunciar la 
mercancía, sin inJicar el precio ; otros ya duchos en el conoci- 
niienlo del carácter de los compradores, muchos de los cuales pre- 
fieren no comprar á preguntar el precio y regatear, publican éste 
Qp, voz clara , y a io mojor so oscucha la agradable frase: ara sí que 



PINTADOS POR SÍ MISMOS. 215 

vanáciiiUre el^ (nim'i^cíls. (.ViioiM si (|uo van a cualro los allra*ffi 
mucilos.) Tainl)icn li.iy allrumiiciíro do buon liumor , el cual oxorna 
hpolaila y fria pilabra tramuser con repulgos y pclí^ndengues , que 
hacen rcir á los lioitbres, y invs á las mugeres, y lo proporcionan 
una salida al género , qua camaradas mas serlos y formales no saben 
realizar. El allramucero os avo do lodas eslacioncs , pues lo fnismo 
cania en verano que en invierno , lo mismo vende en la ciudad que 
en la Iiucrla, en los porrals que en las procesiones; el eco de los 
allraniucos resuena do día por lodos los ángulos de la población, 
do la vega y de los pueblos circunvocinos. Por oso no os eslrailo 
que haya quien so dedique con amor é inlencion al cultivo de una 
planta, que á algunos produce masque un miserable jornal, ó el ejer- 
cicio lio cualquiera otra profesión de las que puedo desempeñar un 
sugetodo su clase. Y el allramucero, como generalmente lodos los 
vendedores aaibulaiiles , liono su vuelta, es decir, su itinerario de 
las calles que debo recorrer , y donde la esperiencia le demuestra 
que su presencia y su capazo sou acogidos con cariño. Y en recorrer 
el itinerario y en la hora do recorrerlo es lan exacto como un cronó- 
metro ; lo cual proporciona á los que carecea de reloj , uno seguro; 
porque basla oir la voz del tramuser en una calle ó en otra, para 
que los vecinos digan con certeza : «ahora es la una y media , ó, 
ahora son las dos:» yon consecuencia arreglan sus quehaceres y 
ocupaciones, sabedores ya d'3 la hora en que están. 

El allramucero tiene una predilección particular por los mucha- 
chos. Las inocentes criaturas se contentan con ver en sus bolsillos 
ó en sus manos un gran puñado de altramuces y chufas , sin fijarse 
en el liel do la balanza. Lo mas que se permUen , y oslo mas bien 
por costumbre que por penetración , os decirle: ancm, nofasagan- 
ckét\ es decir «que pose bien.» Y el allramucero, riendo socarro- 
namente, los lidco ver que la balanza de los altramuces cao doble 
que la opuesta, yeitos se van convencidos y conlenlds. Aun es 
mas ventajosa su especulación, cuando en lugar do comprarle por ' 
libras ó por medias libras , le piden un ochavo ó uü cuarto do allra- 



216? LOS VALENCIANOS 

muces'ó chufas; porque entonces mete !a mano en el capado , y^les 
salisfdce c©a' un puñado , que pesado en regla no'valdriá la milad' 
de lo que le dan. .>i\ , ói.j^¡ii,q;>i ',( :>%í,u,4!;í 

Una singularidad ofrece- h venta de-altramuces , que no sabemos 
si tea'Jrá igualó scmajanlo en el catálogo de vendedores de esta 
galena. El allrarauccro, recibe no solo dinero, sino también hierro 
viejo eti' cambio de altramuces y chufas. El hierro lo vende dcspuí's-' " 
ó k'oaTibiaíá peso con la regular compensación, por rejas, azadas, 
legones y otros instrumentos de; labi'anza. Esto que para él es' un 
cálculo' ventajoso, no lo es para las casas donde hay muchachos tra, 
vieses ylaíicionados al altramuz: los cuales, si no' se atreven á sisar 
ochavos, tal vez -pnírque no los hay a mano , -no escrupulizan en so- 
cuestnary. hacer perdidiza una llave, una cerraja , ó cualqui'^r pe- 
dazo; deshierro viejo , yendo presurosos á ofrecerlo al altramucero, 
quién colocándolo en uu' plato de la balanza, iguala el peso' con al- 
tramuces', con la legalidad acostumbradavylosdespacha con-'^^ 
teñios. '!:go '.;,';(|i.'.- ■ -fj, ' •'.' 

Las tiestas de calle llaman espccialmcfftb d^Vtramuser. D'óá''díás"' 
pasados en el ocioy continua diversión, y para los cuales, grandes" 
y pequeños , ellos y ellas condensan los ahorros detcdo el año ,'de- ' 
beu ser naturalmente un venero de ganancias. Aquí, es verdad, 
comparte el altramucero la influencia y la parroquia con el caca- 
huero, pero aun queda á ambos un campo harto -espacioso' en que 
moverse, sin incomodarse mutuamente. Si sC recorre la calle de 
fiesta, se la verá alfombrada de hojas de naranjo, espadaña, y'^ 
toda clase de enramada fragante y aromálica , que con tanta profu-^ ' 
sion brota nuestro hermoso clima • y entremezclada con 'ella' otra'" 
segunda alfombra de cascaras de altramuz y cacahuate'. 'Si se levanlatí * 
los ojos del suelo para fijarlos en los risueños vecinos, y risueñas ' 
y retozonas vecinas, ¡se los verá empleados en continuo e;orcidodGi ' 
masticación, promovido por los tramusers, quienes confunden sué'f' 
discordantes voces con las chillonas notas de la dulzaina y ataba^'^'" 
UUo (labalcl y dülsaina; y todo redunda cu mayor solemnidad dé la 



PI^TADos pon si misólos. til 7 

íicsla, en mavor aligcramienlo de los bolsillos, y cd mayor peso 
del bulsillcji» (le cuero del capazo del tramuser. 

Por concluir do una vez , y resumir en uno luda la epopeya del 
tramuser , añadiieiiios , que la música se ha asociado a la gloria de 
su canlo, y existe ua vals, lilulado del tramuser, compucilo por 
D. Juan Leslaii^', profesor de violin de este loalro , por los años de 
1830 a 3"), cuyo lema obligado es el canlo que ordinariamente sirve 
de acom|)añamienlo a aquel, para el anuncio de la mercancía. 

Merece, pues, esle Upo pasar a la posteridad , ó a lo menos 
circular por las provincias conlemporáncamenle, á fln de que se sepa 
apreciar , y que los censores del uso del altramuz , tratándose de 
personas, aprendan á comerlo á fuer de hombres de gusto, ó á 
lo menos se abstengan de manejar el látigo , que muy bien podría, 
por la torpeza del que lo empuña , darle en la cara , y eslamparle 
el cardenal, que á otros necia é injustamente destinaba. 

Paseual Pérez j Rodrif^uez. 




28 



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EL HACENDADO VALENCIANO. 



iltjii«K| on 'iiip aofiofn i; i.! i orí íii.J«'t 

ú OÍlC"»![)n;(iJ 0bí|iÍ,íllJi ííOíiiuin, . i;l ob 



• ■ lili M '■ 1 , üj":; 

; iU(| 'il" 



EL nACEADADO VALEACIANO , 

!'i flOS~ obí"" • ' ' •'■- ■ i. i. . ,. ■ '■' ' ' „■:»(>■, j i,> j. 

: ' .^ ?• '.'.■': eVrih,n- ' h *)( lili..- 

•^^^p^s^'^AGCERnE, el inmortal Dagucrre que con su invonlo ha 
ft'TFi "¿í aiimcnladü el número nada escaso de los que cucnla 
r^^~r^ vD Y'<^ en sus náiíinas el sido XIX ha hecho un írran 
t^^^\3 servicio á la ciencia y en parlicular á la piíilura. sacando 
^^^^ con su máquina en un minulc», similcsdc rclralos, paisages, 
ftPS g'*i'Pos y cuadros. Eslo se mo ocurro en el momcnlo en que 
cojo el pincel , alias la pluma para p.nlar ó daguerreolipar 
al tipo que sirve áa epígrafe á este articulo , pues encuentro no esa 
difícil facilidad que ese descubrimiento tiene para retratar un ob- 
jeto, sino osa dilicullad insuperable que una inteligencia medianí- 
sima y una mano poco diestra tienen para sacar el original de un 
ser vario en sus manifestaciones y las mas vccss incomprensible 
aun hasta para los que mas le conucen. ' ¡ 

Sin embargo , dejando á un lado los escrúpulos voy á trazar á 
grandes rasgos el diseño de el hacendado valenciano , á pesar de 
que no lo he sido nunca, ni lo soy ^ ni el horizonte me muestra 
que pueda serlo algún dia. Entremos en materia ; ¿ pero por dóndo 
empiezo? ¿ lalorrogaromos á aucslro pcrsoaagc , dicicadole da 



220 LOS VALENCIAKOS 

úmútQ viene, qué es, á dónde vá, cuales son sus aspiraciones, qué 
es lo que Irala conseguir? En verdad que muchas preguntas de 
estas no tienen respuesta á menos que no penetremos en el sagrado 
déla intención ó formemos un juicio temerario ú ofensivo. Con lodo, 
yo voy á decir lo q'ie sepa, bueno ó malo, agrio ó dulce, alegre 
ó serio , protestando antes de mi buena fé al emitir mi opinión , la 
cuíil no quisiera se interpretase en otro sentido que en el que 
realmente puede tener cuando se dirige al púbüco; el de la verdad. 

El hacendado valenciano , como lodos los hacendados del mun- 
do , repito que es un ser vario en sus manifestaciones , efecto de 
que cada uno tiene su origea ; ü«0s son hacendadas porque sus 
padres y sus abuelos y toda su ascendencia lo fueron • éstos tienen 
el orí'ullo de la sangre y de los pergaminos ; otros deben sus rentas 
á su trabajo y éstos tienen el orgullo de habérselas ganado con el 
sudor de su frente; otros poseen inmensos capitales, gracias á las 
revueltas políticas que han agitado por tanloi tiempo á nuestro des- 
dichado pais, y estos tienen el orgullo de haber saWado ala patria; 
y otros , en fm deben su fortuna á un azar do la suerte ; llámese 
bolsa, lotería, especulaciou mercantil, descubrimrento» de un te- 
soro, etc., etc., y estos solamente tienen el orguílo de ser ricos. 
Todos ellos á primera vista parece que se distinguen , y efectiva- 
mente , cada uno tiene sus rasgos propios: y particulares.; no obs- 
tante, á la larga los van perdiendo y vienen á confundirse en la clase 
aristocrática, entre la cual no hay mas diferencia que aristócratas 
con dinero y aristócratas sin él. Nosotros , pues, dejando á un ladoi 
aristocracia y nobleza , vamos á ocuparnos de la hacienda; pero no 
de ésa que enredaay enreda á nuestros polilicos , que se embrolla 
mas cada dia y mata los deseos fia vida de tanto ministro'. y em*. 
picado, sino la de nuestro tipo qué íes dalmas lucrativa i cómoda 
y regalada, .uvt '.:■>. ^^^^v. 5^^i5vu-^^^:^A h olí <•:- - ': 

E\ hacendadex que 'podernos' lla-radr ^forderecho^ hereáilarm , es 
regularmente de uu pueblo en donde egerce una soberanía ilimilada, 
omnímaáa^ absoluia y.casl de der(Wílio.£¿¿«¿ao; es m ei pu-eMcf m 



^I^TAD0S van sí mismos. 321 

•á voces on to4a la oomarca 6 pitrlido, un bajá , urV mdrtdirlri , tñ 
reyezuolü quo licnftsucum;irilla, su palacio , mu aduladora y hasta 
su corle; licfió la in/luericia moral on loda clase do nrtirtbrarhirrtlOí 
V oleccionos ; ordena y manda a su antojo, y háCtí duanto le dá la 
gana , sin tt'raor de (|uo so oponga nadio á í« soherario girólo. 
¿Ouicn se ln In do oponer si todos vart buscando \(H medios (it Ét- 
lisf.icer sus dos«os?¿0^>ión ^^ '^ ha de oponer si sil desagrado pücdé 
hundirles y empobrecerles y su sonrisa puede ele'iarles V engr^ítí^' 
docerlos? Temeridad seria f mas que lomeridad , locnra. f\úcvef 
conlrariarlos y liacerles la guerril ürt sü sweib, dí^l qHie"*it'iiCrt siefrdo 
propietarios por generaciones y siglos. Después de habdr dicho' que 
es el señor del pueblo, tratumionlo qae se le concctl'e' y íc le dá 
respetuosa y hunildemcnle, inútil parei-e añadir q-ie él es el dipu- 
tado nato por sa distrito, el elegido para re¡)resentar sus intereses 
y los de su pueblo ei* el seno de la representación nacional y en la 
diputación provincial, y no s& l« nombra alcalde, y concejal, V 
síndico, y administrador, y recaudador, y con esílos todtw los caf-* 
gos que hubiese, pm-que teirdria que reproducirse cien vecds, tomar- 
mil formas , y adquirir una actividad que de ordinario' lío posee;^ 
empero 3i él uo desempeña e-íos deslinos por la imposibilidad ma(0-^ 
rial que bay en ello, en su lugar los e^i^ercen sus paniaguados ó fa- 
veritos. 

~r Por lo que llevanms dicho, ya se vé la influenci* y poder que 
liúneo en susí pueblos ; en la capital liencti también su aiíloridad é 
impoiilandav Frecuentan los altos circuios . s& rozan con lo mas 
notable que encierra la población , gastan sin medida , pasean en 
carruaje, asisten á toda clase de fiestas que tengan su tinte aristo- 
cfatico, hablan de lodo é intervienen en todo : v por último, sino' 
son graniies talentos . son grandes personalidades. Este es el ha->> 
cendddi) que hemos llamado por derecho b«redilario: veamos al 
que lo es por el derecho de su trabajo. ?o vh . ^ 

u« Este persoaage también suele ser de pueblo; las industrias y 
oíkioá hoy (üa elevan a pocos de. la simple condición de artesano.i 



|ÍS2 - LOS VALEIÍCÍAKOS 

á la (le señor: la Uorra , mas prodiicliva qno la mayor parte do las 
induálrias y mucho mas en eslc pais, si qiio présenla ejemplos do 
eslas gloriosas y cslrañas trasformaciones. El padre de nuestro hó- 
roo, por lo regular fue un hombre trabajador, económico y preca- 
vido; vistió con honra los blancos zaragüelles , y aunque con la mu- 
tación do fortuna varió la vida , él conserva sus antiguos bábitos, y 
si no vá como antes, viste á la usanza do los labradores ricos del 
dia. Su hijo , es decir, el hacendado, el encargado de gastar lo que 
su padre con grandes trabajos economizó , el tipo que nos ocupa, 
habiendo probado la vida agitada de la capital , cuando su padre 
le mandó para que cursase algunos años en la universidad, no 
puede acomodarse á vivir todo el año en el pueblo y se decide á 
pasar los inviernos en el centro de la provincia , en la hermosa 
Valencia. Su afán de figurar le atrae á ella , y no pierde medio de 
mostrarse espléndido social, inteligente , y sobre todo rico ; el que 
no lo ha sido nunca necesita hacerlo saber á todos , así como el que 
do rico pasa á pobre va procurando siempre ocultarlo. Para mani- 
festar y probar lo crecido de sus reñías, que ordinariamente son 
bastante cortas, tiene palco en el Teatro principal, tartana domi- 
nada á tomar parte como una de las mil cuentas de ese inlerm na- 
ble rosario que se forma en el paseo de la Alameda y que tanto 
espanta y desanima á los apasionados de las beldades valencianas; 
es miembro, socio ó cofrade de casi todas las corporaciones cien- 
tiíicas, industriales y religiosas, y especialraento de la de S. Vicente 
de Paul. Mas, á pesar de lodo esto , sus aspiraciones tienen un tin 
mas alto, un objeto mas elevado , una mira mas grande, mas di- 
latada, mas vasta, ya no se satisface su orgullo con ser rico :ó con 
la apariencia descrío, ya no se contenta su vanidad con que lo 
don las consideraciones que se le prestan á un hombre de impor- 
tancia ó de significación politica ; quiero algo mas , y esto algo es 
salir diputado. Esta es la ilusión de su vida, la esperanza de 
sus sueños , el termino de su carrera , la gloria de sus dias , su 
título do nobloza. EsU quo no podromos llamar virtudes , m vicios, 



PINTADOS POR Sí MISMOS. 523 

conslilnvon los principii'cs rasgos do su vida; ahora sin descender á 
su vida inlima , que catla uno Heno la suya, vamos a delinear li- 
gerameule olro4 rangos que lo caraclerizan por complclo. ' 

« El hacendailo ralenciiino , como hijo de osle pain (juo licno 
siiMiiprc un airo libio para arrullaile, una almü?.fiTa perfumada 
para adormc^erit! , un ciclo azul para sonrcirle, un campo inmenso 
para perderse, una naiur.deza rica y fecunda para vanagloriarse do 
babor vislo por primera vez la luz en su seno , liendc pur inslinlo a 
la |iorcza , hija clasica de los suclits meridionales. No pretendemos 
bacer una virlud do lo que el calccismo calilica con el nombre de 
pecado morlal , pero séanos licito cscusar nuestra falla de dili- 
gencia por el clima y situación topográfica de nueslra población. 
No dejaran do lachar a'gunos de infundada esta razón , mas á 
los que lal crean, solo les rugiremos que visiten en la encanta- 
dora primavera los mil piieblocillos que desde lo alio del Miguclelc 
se dislingucn como nidos do pájaros y que matizan esa sabana verde 
qno se csliende dc?do un cslrcmj á otro del horizonte, desdólos 
pios del elevado monto hasta las orillas del espumoso mar. Y si no 
que en la estación del verano so acerquen á esas playas, cuya abra- 
sada arena quema los pies , cuyo fuerto sol tuesta las manos y 
cuyo Tiento encendido escalda las mcgillas, seca la lengua y ahoga 
la respiración, y digan si al llegar á la alquería, oasis deesa tierra, 
si tendrán fuerzas para trabajar con afán constante, con celo incan- 
sable. Seguro que no ; el sol del Mediodia tiene un fdlro sin duda 
que lo envenena todo; lanío aroma, ianla luz, tanta flor y lanío 
tan be lo adormecen el cuerpo, y el alma parece que se escapa con 
tanta mirada , tanto beso, tanta sonrisa, lanía lágrima, tanto sus- 
piro. La tierra que los hijos del desierto pisaron un dia jamás será 
olra cosa que lo que la naturaleza quiere que sea , jardín de Es- 
paña , paraíso perdido del moro , trasunto del cielo. Por eso sus 
Lijos so resienten de esa indolencia que es el carácter distintivo de 
Dueslros antepasados; pero no obstante, hoy día ha disminuido 
mucho, gracias al movimicnlo regenerador del mundo. Como con- 



^^4 LOS yAl-ENCTANOS 

secuenciíi dQ lo que Hevíjimos esjjuesto , otra de las cualidades quo 
xlislingucn al tiacei>dado, es la de inle,rcs,9r^e en todo lo concer- 
aienle á su pali'iíi. 3i fis taíi bella ¿cómo no la ha de amar? ¿cómo 
ha de ser posible que la olvide? ¿cómo no la ha de Icner siempre 
presente en sy i n?,qgi nación? Iflipos^blie es ,que la olvide como es im- 
posible que se olvide el recuerdo del priiner aqior, las últimas pa- 
*l,abras de .yn ínoribjijpdo, los consejios (Je nneslro padre , las tiernas 
caricias , de la que ps ,(^ó el ser. pi hacendado valenciano podrá 
ausentarse por ^Iguj) tiepipo (le su tierra, pero, por fin vendrá á 
descansar al seno de su íjajpij^^ , vendrá á buscar la paz en una de 
esas alegres casilíijs ,0'C^ltas bajo las copas de los árboles, saturadas 
de perfumes y pj^fdidas ,entre bosques do rosales y naranjos y ven- 
drá á cerrar s,us pjos £^1 suelo iquj'í le yió JQítcer , que le recibirá en 
su lecho de flore^. 

Este es ,q\ Ipi^cenMiQ valencioíHQ; si el original no se recono- 
ciese en esta copi^ hecha , no Qon niáquina ni pincel , sino á pluma, 
le ruego que ipe dispense : y, si acyi;so se creyese retratado, entonr 
ees no le pido na(^$i; me quedo satisfecho y m^doy la enhorabuena. 
Sin e^mbargo, crpo in^posible que se pueda pinlar fielmcnle á esUj 
tipo,, po,rqii,e pjjr^ ello seria ^ preciso clasificarlo en pail órdenes, 
tíintí)is como ellos son; y hoy dip con wucho mas naoUvo cuando la 
desamortización, Jas sociedades de crédito, las acciones de minas, 
ferro-carriles , ele, jiacen variar el estado social de casi todos los 
individuos. No se cr,ea por esto que nosotros senlinios que se opere 
este movimiento , no; cuando se trasforman las cosas es porque 
cambian las ideas y éstas en su revolución conslanlie y perpetua 
van Qsplicaocjo la verdadera fórmubi del progreso. Pero eslo ya no 
hace referencia ^\ valenciano en particular , sino al hacendado en 
gpncral. jü oi¡i} 'j-i'nu\> umirnihn; ,..,1 os)}) •. ^ 

^ j ,CpncUiyamí)$ ; Dsite ra^l Tííítrato solo puede llevar una mala firma 
S¡1 pié ; jcl ffpo bAcho está : ahí arriba le, tenéis; ahora si querrás 
s^.^f: ^lpoi)i,brp ílel qi^e lo ha ejecutado rfá. -ü^ioof 




EL PALLETER. 

(El pajuelero.J 



PIM'AUDS P(Ml ttí ¡HIKMOS. 



225 



EL PALLETER. 



ODO pasa: el tiempo borra las huellas de lo 
antiguo con la misma faciliJad que el mate- 
mático una operación algebraica escrita en 
la pizarra. 

De! acontecimiento de ayer apenas queda 
memoria lioy. 

Y >iu embargo, entre el ayer y el hoy hay 
algo invisible , misterioso , que los une v 
encadena. Es la ley de la atracción universal 
lo que produce es*e resultado , ó es que todo 
dimana de un principio elerno , fijo , in varia 
ble, origen de todas las cosas humanas? 

Si llamáramos á la filosoUa en nuestra ayuda , materia habria 
sobrada para serias y profundas reflexiones. Pero la indagación de 

la verdad filosófica llevarla muy allá nuestro cometido , y ahora e»- 

29 




225 IOS VALEKCIAIÍOS 

preciso caminar á la ligera , es decir, sin cquipage, como el sol- 
dado, como el comisionista, con el mosliuario debajo del brazo. 
Esto , al menos, ahorra tiempo y esplicaciones en la exhibición 
del personage que ofrecemos en e! gran barato social de nuestras 
costumbres. 

Nos asalta una duda sin embargo. 

El personage que vamos á retratar ¿es un tipo de actualidad, 
vivo , perenne , existente , ó es una Irasformacion , un derivado do 
lo que fue? 

¿Invocaremos al artista para que nos preste su pincel , ó lo 
delinearemos de nuestra cuenta y riesgo, prí3SCÍndiendo del parecido, 
considerándolo únicamente como otro de los individuos de la gran 
familia humana? 

Fuerza es ser eclécticos en la ocasión presente , por mas que 
no hayamos podido comprender hasta de ahora las escelencias de 
esta escuela. 

Ventajas de la teología , un distingo nos saca del apuro. 
El palleter de ayer ya no es el do hoy. No le busquéis porque 
no existe. 

Recorred las calles y plazas, haced una escursion por los alre- 
dedores do esta ciudad que los poetas llaman do las flores , porque 
sin duda su inspiración es primaveral, y encontrareis de él un bor- 
rón nada mas. 

El tiempo ha hecho de este ser social lo que un esposilor de 
cuadros fantasmagóricos; lo ha ¿esleído hasta conseguir una com- 
pleta Irasfiguracion. 
• Necesariamente hemos de hacer una revista retrospectiva , y 
aun cuando retroceder no sea do nuestro agrado, la circunstancia 
especial de este trabajo nos dispensa. 

El palleter del pisado era un tipo; los que hoy le han reem- 
plazado no llegan á ser ni un trasunlo; son una mala copia. 

Afiuel era la pcrsonillcacion gráíica y genuina , una idea com- 
pleta de su ser fisico , moral é intelectual , consecuencia lógica de 



PINTADOS POR SÍ MISMOS. 227 

suraz;i,(lo su exisloncia ; los do huy , un deiivaíJo incomplclo, 
itieiiiclo , ahigairaiio. 

El [)rim(?ro lonia pureza do raza ; sns sucesores son meslizos. 

El original , el verdadero tipo , lipo de pura sang , rgcrcia SQ 
indusiria con orgullo, con independencia , liasla con allivcz, dccia 
como el lilósofo, oninia mea , meciim parlo. Todo nic lo dr-bo ú mí 
mismo. iMi industria rao perleneco , soy el avaro que codicia el 
despilfarro del rico y los desperdicios del pobre, porípio en mis 
manos sufren una Irasformacion com|)lcia. Egerzo el comercio 
como on los lienapo^ primilivos : desconozco el papel moneda , rea- 
lizo mis existencias sin necesidad de ese agente intermedio '¡je 
llana:! dinero, y ad juiero por un puñado de azufre, desde el cris- 
tal de Venocia que roll Ja la licnnisiira df una encopetada scfiora, 
bastí el vidrio de una vasija, rola por las frecuentes libaciones de 
UDa orgia. 

Su olicio era un oficio moñudo , era un modo de vivir que no 
daba de vivir como decía Larra, y que sin embargo vivia , no con 
holgura, pero si con escasez , con resignación, como vive en nues- 
tros dias el sor social, condenado por los adelantos de la industria 
á ocupar una gran parte de su existencia cu un trabajo que por lo 
insignificante y mecánico no puede darle lo suficiente para cubrir 
todas sus necesidades. 

Su vida era nómada. Judio errante de la generación pasada, 
crecía y í-e multiplicaba en calles y plazas, sin olvidar sus visitas en 
ciertos dias del mes y en ciertos meses del año por los alrededores 
do la ciuda 1 y por los pueblos do su deliciosa vega. 

Del serón que pendía á sus espalilas sacaba los abanicos v pa- 
juelas que ofrecía por alguno-s pares de zapatos viejos, que iban á 
poder de algún reraendnn para trasformarlos en nuevos, ó por pe- 
dazos de vidrio y cristal que se fundían de nuevo. 

Modesto en sus aspiraciones , de inteligencia limilada, y poco 
sensible al aguijón de las pasiones, no veia otra atmósfera que el 
pequeño círculo de sus comensales, y la taberna eslraviada donde 



228 LOS VALENCIANOS 

por poco precio refrescaba sus fauces con el tinto del país, corro- 
borante que le animaba á volver á emprender su correría , prego- 
gonando el cambio de abanicos y pajuelas, por vidrios y zapatos 
viejos. 

Oposicionista nato de criadas y mugeres de artesanos pobres, 
sostiene luchas heroicas en sus ajustes , y acaba las mas de las 
veces por dejarles como recuerdo , en compensación de su 
buena fé , el romance de algún bandido ejecutado años há , ó al- 
gunas endechas de brocha gorda , que wna musa hambrienta y cor- 
rompida daba á la estampa con las licencias necesarias, en celebri- 
dad del arrepentimiento de una moza que por sus malas pasiones y 
torpe vida había vendido su alma al diablo, y encomendándose á la 
Virgen del Rosario se habla ido al cielo en derechura. 

Fuera del presupuesto social , este personage egercia su mul- 
tiplicada industria sin percances , sin licencia , lo que es mas , sin 
matrícula ; ese fac simile de contribuyente, que da hasta repre- 
sentación y voto en nuestros dias. 

Pero los adelantos de la época han operado una trasforroacion 
radical en este tipo. La división del trabajo le ha robado parle de 
su comercio. 

La invención de los fósforos casi ha venido á su^primir su repre- 
sentación. 

Las traperías han monopolizado las compras de alpargatas de 
* cáñamo , papel viejo y trapos que antes solia cambiar por pajuelas 
si el negocio le proporcionaba utilidades. 

Y hoy por miserable que sea una familia , siempre tiene provis- 
ta la cocina de su correspondiente caja de fósforos. 

Ha trasmitido , pues , su herencia , no á sus hijos , sino á otra 
generación nueva , adolescente , que egerce esta industria , como 
primer paso de su educación futura. 

Con efecto , no es ya el hombre que llegaba á la vejez , eger- 
ciendo siempre un mismo oficio; hoy es una niña, joven , que mu- 
chas veces cubre sus formas con harapos, y cuyo distintivo carac- 



PINTADOS pon Sí WÍSMOS. 229 

torísliro os el pnñnHo (lo algodón ;i niadroH ¡izulos, quf» on forma 
do loca oculta su cahcM, miich;n vcci's c.dva. d 

Hoy lia empezado ya la dü^'eneíacum de cslc ser ; hny «e íi<»nlnn 
ya los efoclos do una miílamorf >sis , la lraHli;iiira('ion, propi;inionlf 
dicha, do esla cii^íaliila vivionlo, qno croco y so desarrolla d(!J.indo 
plaza a los (|iimco artos do edad á otras niñas que la sii^tiliiyon. n 

Hoy al ülaiilropo (Jebo preocuparle t\ estudio óa estas criainras 
desgraciadas que, empezando ^u existencia en medio del abandono 
y de la abyección .suelen entra en un hospicio á llorar los eslravios 
de la vida en la primavera desús dias. 

Pulula por calles y plazas esa familia erranie pregonando con 
voz chillona ol cambio do zapatos viejos por las con>abidas pajuelas 
que apenas se conocen hoy en la cocina de las casas, y cuyo uso 
y aplicación mas frecuente es servir de combustible á la descuidada 
maritornes que , medio soñolienta y restregándose los ojos , ha 
equivocado la hora en quo ha de servir r\ chocolate a la ama 
que la atormenta con sus gritos, y ásu esposo que ha empezado á 
leer el diario sin tener delante el sabroso soconusco con el corres- 
pondienle vaso de agua. 

¡Cuanta infelicidad no reúne la vida de esas criaturas abyectas 
arrojadas al mundo como golas de agua corronipida en el^ cristalino 
mar de la esperanza! 

Solas y sin amparo , fluctúan sin cesar entre el atractivo de 
una ganancia mayor, ofrecida por un bribón , ó h golosina con quo ^ 
suelo brindarle el vendedor de cacahuate , la carabasera , ó la pa- 
nollera, imicos res taur anís que conoce, y cuyas provisiones son 
de su agrado. 

Aquí , ó en los sitios donde se colocan estos vendedores , se 
para a entablar onvorsacion, dando cuenta de las ganancias obteni- 
das durante su correría , que suelen pasar de sus manos a la del 
vendedor, terminando su viage en la puerta del cuartel, esperando 
que un tambor le diga cuatro chicoleos y le ofrezca, de buena volun- 
tad, el pan que le ha sobrado, y algunos cuartos por añadidura. 



230 LOS VALENCIANOS 

Corlo es el trecho que debe recorrer ya ; del cuartel á las ta- 
bernis y bodegones situados ea los arrabales de la ciudad , la dis- 
tancia es corta. 

lia llegado , pues , al término de su viage. 

Espera que el loque de oranion anuncie que se van á cerrar las 
puertas. La distancia, la plática sabrosa con sus buenos amigos y 
el requerir de amores del tambor ó del veterano que echándola de 
rumbón , se la ha suplantado , la hacen comprender el tiempo per- 
dido , y !as cantidades negativas que lleva consigo. 

Se dtísespera, pero una mano generosa la saca de apuros en 
aquel trance de prueba. 

Calcula, medita, abarca con una mirada todo cuanto la rodea, 
y echando cuentas se decide por aceptar los afectos del chaval que 
la aligera del peso y la ayuda á soportar «la débil carga que sobre 
sus hombros pesa.:» 

Desde este momento se observa una reacción en ella , se la ve 
con mas frecuencia en sitios solitarios , descansa las horas de sol, 
sobre el banco de algún piiseo , se familiariza mas con tan buenos 
compañeros, y acaba por devolver con un brindis el cordial saludo 
de un nuevo huésped. 

Decimos, acaba : no; hace alto para despojarse de sus atavíos, 
y renunciar á las incomodidades y privaciones de una vida que le ha 
acarreado disgustos y sinsabores. 

Algún tiempo después suele aparecer de nuevo en el teatro del 
gran mundo, pero ocupando un lugar que sus compañeras le en- 
vidian porque sin duda ignoran que ciertas galas que ostenta son el 
producto de una vida licenciosa y corrompida. 

Tal es en esqueleto el ser social que aun existe entre nosotros, 
y que asi como el primero ha desaparecido en su conjunto, debe 
esperarse que de sus sucesores no quede mas que la memoria 
dentro de algunos años. 

FranclMCO País 7 Pascual. 




LA REVENDEDORA. 



PINTADOS POR SI MISMOS. 



231 



LA REVENDEDORA. 



S^iíiiW^ ENGo el pie en el estribo del coche que va á 
partir, y me ponen la pluma en la mano , y 



Sj^!^ 



T 



%3,'v' 



^^ me piden un artículo , esto es, la copia de 
^^ uno de los mil tipos que de entre esa varia 
WM niultilud se destacan. La idea es inoportuna si 
las hay. ¡ Y ha de ser en este momento preci- 
samente Cuando he de bosquejar mi tipo ! Aun* 
i^^i^^í^gj^ que, si bien se mira, no es el peor, que 
^ÍP.##)^^ digamos. Si mi tipo y yo nunca hubiésemos 
de perdernos de vista , maldito el chiste que tendría hacer una co- 
pia cuando hablamos de estar á todas horas faz á faz el original y 
yo. Pero habiendo de .^alir de Valencia y pudiendo ser mi pcregri- 
nacioa corla ó muy larga , el asuulo varia de aspecto , y ello bien 



232 LOS VALENCIANOS 

mirado , no me disgusta ya lanío el pensamiento de lomar unos 
apuntes de cualquier viviente de los que hormiguean á mi visla en 
la populosa Valencia. En nuestra naturaleza abundan tales caprichos 
y tales peripecias ; un silio , una muger , un objeto cualquiera, ja- 
más nos parecen tan bellos como cuando les damos un ccá Dios». 
No sé qué encantos nos guardan todas las cosas para esos momen- 
tos solemnes de la separación : ¡ qué variedad de rasgos hasta en- 
tonces desconocidos descubrimos en ellas 1 Toda mi vida había 
permanecido en Valencia , y únicamente al tiempo de emprender 
un viaje sentí una vez deseos de conocer el célebre tribunal del 
agua , porque hasta entonces no me habían ponderado su origina- 
lidad y mérito , ó bien porque hasta entonces , si me lo habían pon- 
derado no me había fijado en ello. Algo de eso mismo me sucede 
ahora. Hace bien el edilor en proponerme que escriba : venga la 
pluma : hasta ahora no me había ocurrido que la revendedora del 
mercado tiene rasgos caracterislicos , peculiares del país. Andando 
el tiempo ¿qué será lo que en Valencia los tenga como ahora, y 
no pierda una gran parle de su originalidad ? El ferro-carril y el 
puerto eslendíendo nuestras relaciones , llevan trazas de borrar 
nuestro carácter provincial No hay otro pueblo como el nuestro 
que con tanta facilidad abdique sus gustos y costumbres para to- 
mar los del prirüero que llega , y si bien nada eii este mundo nace 
para permanecer eslacíunario y conservar por mucho tiempo una 
misma manera de ser , la volubilidad de nuestros paisanos, lleva 
á una exageración (que no trato de censurar) esta condición natu- 
ral (le todo lo que subsiste de tejas abajo. La naturaleza ha dolado 
al valenciano con este objeto , de felices disposiciones , que le ha- 
cen aprender con suma facilidad las lenguas estrañas é idenlificarse 
con los usos establecidos en lodo pais que él visila: de lo cual te- 
nemos egemplos en las principales poblaciones de España y aun 
en algunas del eslranjero. En Madrid hay barrios poblados com- 
plelamcnte de valencianos; hay industrias en cuya esplolacíon no 
iülerviene nadie mas que ellos ; pues bien , oíd sus diálogos: el 



PINTADOS rOB SÍ WlSl^lOS. ti^jS 

mismo dejo y eiilíniarion , los misnio-i modismos y ruanlo contri- 
buyo á caracleniar v dírcolomlo al Icn^oago del fMicblü indií,'ona 
de Madrid . advorlirois oii el len¿;iiago del valenciano aclimaiudo; 
id á Barcelona, olro lanío res|»eclivam(MU(< podremos deñr; id 
a /Viidalucia, i^^iial. Kn Marsella , en Arfrcl , donde liav inucliisi- 
mos, los valenciaiioH so confunden con los naturales do la locali- 
dad domlo se han oslablecido. Címsccnenle en cslo la naloralcía, 
los i)a dolado do una organización a propósito para aprendorlo lodo 
con rapidez , si bien les ha nt^g^ado la obstinación quo hace profun- 
dos a los pensadores en una esclusiva maleria. Las arles de imi- 
tación , las bellas arles, son sus esludios favorilos, en cuyo cullivo 
han honrado mucho a su palria y en el cual saben apoderarse del 
efecto do la naturaleza con una exaclilud asombrosa. 
>'' Ved, pues, como no ofendo á mis paisanos diciendo que cons- 
tituimos el pueblo voluble por escelencia. Si lijamos para con'obo- 
rar lo diclio , nuestra consideración en el flialeclo dei país , adver- 
tiremos que nuestra lenyua , rica en su origen , sin dejo ninguno 
que haga intransigente el hábito de su pronunciación con cualquie- 
ra otra lenofua, ha ido tomando tantas palabras del castellano, que 
teniendo un mismo punto de partida que el catalán , apenas se pue- 
de creer hoy al ver su notable diferencia ; lauto se allerna su 
uso con el do tin castellano medianamente castizo; No tema el cas- 
tellano viejo que no se le comprenda en nuestra ciudad como ha- 
brá suci'dido tal vez en otro tiempo ; aquí se entiende y se habla 
bien la lengua nacional aun por las clases mas íntimas y desprovis- 
tas de instrucción. Viniendo después á nuestros bailes Iradicionaleí, 
a los cantares provincia'es , como son en sus respectivas localida- 
des las habas verdes , las manchegas , el vilo , la jola , y como 
era aquí no hace muchos años la cháquera vella y otros, ya no 
los busque el curtoso éu los alegres alboroques áé\i gcnte'del pue- 
blo , ponjue si alguna vez sale áver els verenars ({\ie se celebran 
orilla del rio y en nuestra campiña , oirá después de terminada la 

paella , cantar á uno de siis coasumidores unas playeras acumpa- 

30 



2®4 tos VAtBIfaAT?©» 

fiándose con las paíkias, mii líias ni menos qiio como se suelo 
vei-eíi* algan ventiorrülioí á en ;U«a casa de monlaíicses en Aii^ 

El tfadicix)ntjl*araijíííe^/,tiaai especial de nuestro pa^is y que 
tanto hace asemejará nuestros huGntiMws á los árabes del desierto, 
esisi ba desaparecida también; ¡ojalá con él desaparezcan otras CO'- 
sas no menos cai-acteríisliGas déla raaa quCí vivo aill ende ol estre- 
cho de Gibrallar! \ Ojalá dejemos pronAotdjBi ven tan recargada la 
estadística criminal como li#y la n-mos ! ¡ Ojalá la instrucción, os- 
t^ndiéndose en nuesira poblada, ^^ega ,, modifique pronto ciertos 
rasgos decarácteivpeculiateSiPQP..da8gríW;Í!a,4e'ti<4da3iWs climas me- 
^idionaIes■!^;',;^; /^jf'nR'ffur. ^o m> 7 n-¡?r(; !•;?. í; \.:!n:'in r! 

Pero estoy vientclOí que he perdidí^ de vista á mi tipo^ 

Mullilud de consideraciones que quieren- parecer jmciosas y que 
son fuera de propósito , haiii venido á interponerse como una 
niebla entre mi vista- y el original que me babia propuesto bos- 
^qiftejar. ^^v,;: , .:::-; p 

< Concretémonos , pues i> y- sigamos , ó mas bien., cmpczemos 
á copiar á la revendedora^ 

Preciso es para ello que nos traslademos, al Mercado. 

Entre las cosas nolablps qM litíne Valcuciav os u-na de las que 
mas merecen lijar la consideración del forciatcros la m»fnilica plaza 
4;d Mercada: el Mercado de Valencia, tiene mas de un conceplo por- 
que atraer la atención; la abundancia de sus arliculus de venta, 
su asco*, el estenso espacio que ocupa y oirás miicbiis condicio- 
sesi^i le hacen uno de los. primeros mercados de España. El espcc» 
lacillo que ofrece á la vista» del viajero en sus, Imras, dp concurrencia, 
es bello. Eigúrese quií^n np javlvaya vástov,» un cspaiio irregular de 
una grandísima eslcnsion , il.u.nímatlo porla.osp!end;'nle luzdenucs- 
•Iro ciclo meridional, y dentro del cua! se agilan como en un lierbi- 
jtleKO inmenso, miles do personas , confundiendo sus voces en un 
rumor que se parece mucho al de las olas del m;ir; figúreso. toda 
e$JUii«gejalüque va y^ y^eaecpulciü.ida poi'.puprnws banií;adus du na-^ 



riNTAT>«$ ron -sí niifiífns. 255 

ranjns. limónos, cere/.asw.tlü siii;li¡n. mclunoí. lómales, pcr.in, de 
ciiiiiilus finliis. (Mí lili, i»a cmi'íU'i» n\ olías provinriín, y miicli.ií 
m.i«i ; li^'uioc' li»ilii« L'hlas fruliii* , c^c.l.míc* cími mi iironia y can 
.sus IVosciis ci)!(»r('s ; im i^'in(i , oiirni,los aiüiiiiKios <Jidl(»íj..ti ,|U6 
nüccsahamuiileliiibra iK> lubor ciilrc laula ¿^«'iilo- la ge-ule «Je mo- 
jor liiiin )r quií so uonoco , y cüiu;ncijilcra lu VüiiiaJ do lo que 
dcci'.nus. 

Pues bien, cnlro lodu csl» algarabía, on moilio de esa Cünfa*< 
sioii dü |)oi|iieAoH iiUcrcsos i|iie su criii.ai) on csc ceulr* nieiran'- 
lil , nnJjli» cii*u chuiiiy oiilrolos maclios li.ios (nic necesanaimulu 
cii'^íHUrani el (UIiíosd, Imv uno (|iuí so dislaca en primer lermino, 
hay iiiK) in igor ()uo , antes ({iie la mulliluJ invada la pla/.a , recor- 
ro ios piiesiüs lie, las ven.ledoras , conloiiü.mdase con aire de Iriiin- 
fo y^jjaiklo de>li2ar su mira Ja do esa manera propia de las gentes 
impariosas ó ir¿ksoiblos. Los afios bin recargado su (¡gura , ;ibui- 
tandj obo<aiu3nlo sus conlurnos é imprimióndule ese sello <]uc haco 
decir á las gentes, «esa muger es una jamona». Activa como ella 
sola, inspección* con ojíí inloligcnlo varias paradas, arregla con 
muchas vcnJodjras cuentas pendientes, presta á uííAS , cobra do 
oirás, etc.; esta es Va reveadgUora , pero la revendedora en gor- 
do , la (]U0 gasta ricas arracadas , la jugadora pertinaz y supcr»^ 
ticiosa do lotería , que persigue á la sucrto basta en las loterías dé 
riferas clandestinas, la que nunca falta á las ücstas del Ángel de 
Liria y á la 3íare de Dea de Campanar , y la que mueve , cníift;^ 
mas ruido on las lieslas de la calle do Saa Gil ó de la Muela, cuan^ 
do es su marido clavario de las mismas. -^ 

Vosulros , lectores , si habéis pasado muchas reces por clmcr-' 
cado, la halx-eis vwlo disputando furiosamente y habréis oido ^¿n 
sus labios figuras nuevas de lenguagc , habréis aumentado el cr jtá4 
logo do vuestras voces conocidas coo muchas de las interjcciones 
y cpilelos que habréis escuchado al pasar: osa es nuestra h^rolü^ 
lectores , es la misma. Muchas veces habréis oitío conlar f me hay 
en nuestro murcado una ospocio de prestamistas que dejd'i)<diDerD'á 



256 -^^ tos VALENCIANOS 

uninleiés tal, que al año el capital viene á dar un Guatrocienlos 
ó quinientos por ciento ■, pues ese és nuestro tipo , la revendodora 
engordo, la comerciante al por mayor, quesacrilica á su hermá- 
nala revendedora pobre. Muger incansable , va al portal á esperar 
á los labradores, con quienes ajusta lacarga que traeu , antes que 
lleguen al mercado y la traslada á su casa,' sita en alguna de las 
calles contiguas á éste, desde donde va aquella á surtir en peque- 
ñas porcionesdos innumerables puestos de Jlas vendedoras: a/ delall. 
Ck)ncluida lávenla del día, nuestra protagonista acude álos diferen- 
tes puestos que la deben, á cobrar de sus deudoras , lo cual con- 
sigue , gracias muchas veces á su buen método , en que entran 
por mucho insinuaciones manuales é interpelaciones de cierto gé- 
nero ; cuando no , ella compra , vende , ajusta, fia , cobra ; en íin, 
ella hace todo cuanto se ofrece en el negocio que lleva entre ma- 
nos , dejando cosas de otra importancia al dominio del maridos'<y 
probando una vez mas que en esta iierra las mugeres son mas ac- 
tivas que los hombres. ■ ■ 

La otra revendedora de que llevamos hecha mención , la pobre 
victima sacrificada al monopolio^ á la ambición de su colega , es 
la que, contando con mucho menos capital, tiene que vivir á la som- 
bra de la anterior y en quien la falta de numerario determina una 
diferencia notable de costumbres. Esta, apegada como un hongo á 
su puesto , nunca se menea de! mismo ; todos los dias permanece 
en su sitio desde el amanecer hasta la hora en que realiza todo el 
género, ó hasta lanoche muchas veces: asi es que esta muger ','#' 
semejanza de los perros que'Viv^i encadenados, tiene un carácter 
sumamente irascible , y apenas hay parroquiano que no la merezca 
una espresion afable si hace indicación de comprar y no comprado 
por cualquier otro motivo. '*o- ^s* ' ' ;.' '* " ' ' 

. , E4a pubro muger se preserva dé'los'rayos del sol' c6n «na grue- 
sa Iqna ; sostiene animadísimos diálogos de parada á parada con sus 
compañeras en sus ratos de buen humor y abandona rarísimas ve- 
ees su puesto, para alguna diligencia muy precisa tan solo, y de- 



PiríTADOS pon KÍ IHIKItOS. M7 

jando en su lu^jar una por^ona lun intima roino algiin bijo iii\o /isa 
manilo. 

Esla quo ps lan'vcndi'íldra á qnien con inai frRriipnria af oye 
vocoar (MI las acalor¡i(hK (lispuLis dn la |)laza. wifíM (li.slinfriip por 
su lrajo^l('t^rM^|•a(ll^inl() . ésla cuva imagen p.xpdiizncí'a y liar.i;»i<'n- 
la Hi iHH r(!presunla sicMiipro ipio oímos nienlar a la revendedora, 
es la t|iio nos provee tlireclamcnlo do Iccliuga-i , cebollas , aios, pe- 
rogil y ülras incnuilencias . para cuyo comercio no se nccesila la 
foilima de un Uoslchild. Kspeciede liera sin dí>mc8licara quien ve- 
mos lodos lí s diQH como enjaulada enlre canastos de Iw^rzas y ccho- 
llas , suelo ver exasperados sus instintos feroces por esa coliorte de 
sucios y maliiinos arrapiezos, cono<'idos en otro tiempo con el s'ni- 
nificativo nombre de cmidncfies del mercal, los cuales, creciendo 
sin i^lucacion ninijuna, empiezan por robar verduras y llegan con 
el tiempo á terminar honrosas carreras. 

Pero no Tayais á creer por lo que llevo dicho que todo lo qoe 
hay en nuestro mercado son harpías y desmelenadas furias . do 
creáis que entre las vendedoras no se encuentra también género 
rauv apetecible; hay por el conlrario muchachas de ojos espresivos 
capaces de hacer olvidar la compra á un santo, si un santo fuese a 
comprar; hay una (iguera cuya gracia ha merecido los honores da 
ser aludida por plumas distinguidas en ;?a/)c/eí;)i/6/ico5. Venid, con- 
migo , sino,,.. le«loces , y pasar emosrevisla á tanta jovencita qu 
muy bien pud eramos calilicar de bocalo di cardinale , si los carda- 
nales pudieran en realidad gustar bocados lan esquisitos. Llegué- 
monos hacia el mercado nuevo y asi como quien inspecciona las 
naranjas levantemos la visual hasla las labradoras que las venden, 
tan frescas como sus frutas, trasplantadas aun con el roclo de la 
maüana desde nuestra vega á nuestro mercado ; y viendo eslo. uo 
sabremos qué alabar mas , si la fertilidad de nuestros campos ó la 
buena suerte de nuestros campesinos. 

Empero , creo , lector, que se me hace tarde y el tren me es- 
pera : me voy : el boceto queda trazado. Si cuando vuelva algún 



258 LOS TAL«NCTAKOS 

día á Valencia , no oncucnino á mi lipo integro , fi con «1 Tiempo 
vcmDS un dia su^liluid.is las oscuras y m;ii vcnliiaii.is casas do h 
Ciiilo de Bailriüla , San Gil y la Muela , donde hoy se amontonar 
las patatas, nabos y otros ai tíci.los comcíilibics que suden el mer- 
cado , pjr Iimj»ios y espaciosos almacenes; y los lil)ros de entradas 
y salidasen donde hoy liaeo conslar la revendedora las p iridias (-juc 
negocia con rayas y oln>s signos convencionales , inteligibles para 
ellasila , for -elegantes libios rayados; cuando el lenguaje do la 
revendedora sea roas Ümjúo y traje mas .aseado, y tengamos 
meroíiid )s gchi lechas de eristal como suf-eJe en otras partes; cuan-' 
do , en íiii , alem :»s los perros con longanizas ; enlonces eeharc la 
visia sobre estas rayas , y dichoso yo si por ellas puedo venir en 
recuerdo de lo quj es h,»y la reoendedora Jjl mercado. Y si es 
que ho siido tan loripe que por lo quo llev^í trazado noalcanzík á re- 
conocer á nuestra horoina , me baré la cucnia del pintor que dt*cia: 
c$i sale con barbas , San Antón» ó la de aquel chico que ilocia á 
su compañero el acolito i: cuaüiji 

«anda, repica á santos, nins oíi 

serán mancUegas, '.!.;'• mI 

y si no lo riipicas 

wrim boleras.» 

Pedro '¥aso» 




EL COCOTERO. 



pmTAiMM POR Si :\iki.ii(>s. 959 




;éÜa-\\ 



EL COCOTFIiO. 

(YciiJcilor de cocüts.) 



«i. I- 

f^rv^" ^ AH?i elevarse un mwlílí ""'> 
•r i* ,>,-t A l:i ( umbre del pcupler 
tJP^/¿^ Y llegar á ser ministro' 
DcncIc mozo lie cordel, 
Dice la genle de peso» 
Olio os necesario I o ñor 
Decisión en la cabozív 
Y en el pecho mucha fó. 
ií. Pero mas fé y decisión» 
Ha de alosorap aquel 
Que grita por lodaí* parios: 
Cocuis ¡j' vi, cabülUr» (1). 

(1) Cücnts y vino, cabal'eros: este es el grilo con que el cocotero pregona su mer- 
cancía. Se llaraa cocol á una ejpec e de empanada de pe.-cado que tiene la forma 'Je una 
medín luna: en las liólas délas pastelerías de Valeucia le bautuio coa el profano Loaib.e de 
pa»t4 di i^etcudo. 



240 LOS VALENCIANOS 

Dicen que lucha el ministro 
Con (liticullades cien 
Para llevar adelante 
Las empresas de interés; 

Pero el pobre cocotero 
¿Tiene poco que correr 
Para llenar el estómago, 
Que es una empresa también? 

Y aquel puede hacer contratas; 
Pero éste , ¿qué puede hacer, 
Sino gritar por las calles^i^Jg 
Cocóts y vi , cahallerst 
■ ' Lectores , el cocoleró>ní> / ] 
Derrama doquiera el bien; 
Dá de comer al hambriento, 

Y al sediento de beber. 
Tranquila está su conciencia 

Con su honrado proceder, 

Y en sus sueños descansados 
Apariciones no vé. 

Hijo del pueblo sencillo, 
Donde está el pueblo está él; 
Gritando con voz sonora: .; 
Cocbls y vi, caballers. . ; ' 

Dejadle paso , lectores, 
Que el hombre tiene que hacer 

Y con la cesta y la bota 
Embarazado se vé. 

Dejadle paso ; en la fiesta 
Hay muchos con hambre y sed, 

Y calcula el cocotero 

Los cocóls que vá á vender. 
Ya se aleja presuroso, 



PIMADoS IMín si MIK.MOS. tUi 

Va upenas so alraiizu u ver; 
Solu 8(1 grito se esnicha, 
CuLÓÍs y vi , cahtúlcí s. 



11. 

En un (Jia de verano 
Cuando el sol dosciendo ú plomo 

Y los sentidos aliirde 

Y del mas sabio bace un bolo; 
Como a las dos de la larde 

En qjue es mayor el bochorno, 

Y Valencia es gn ÍDlierno, 
O al monos un pur¿:alorio, 

Cruza por ta les y plazas 
Con estruendo y alboroto 
Una mullilud alegre 
Que no tiembla ante un sofoco. 

Corren tartanas y coches; 
Marchan ligeros los mozos; 
Lanzan las niñas miradas 
Matadoras, de sus ojos; 

Se a|íresuran los ancianos, 
Flechan sus lentes los pollos 

Y se incomodan las madres. 
Que se incomodan por poco. 

Una frase se repite 

Y anda en la boca de todos, 

Y vago el aire resuena: 

31 



242 LOS VALENCIANOS 

¡A los loros, á los loros! 

Las varias localidades 
De la plaza , poco á poco 
Se van llenando de gente 
Que habla y grila por los codos. 

Allí aparece el romántico 
Tratando de templos góticos, ' 
Con un imberbe político 
De cerebro poco sólido. 

Alli la santonQ mistcia 
Que se divierte de incógnito 
Con un capitán de húsares 
Muy pedante y muy estólido; 

Allí está la niña pálida 
Que quiere cazar un prógimo; 
Allí el altivo aristócrata 

Y el papanatas alónilo; 
Allí, en fin, el cocotero 

Ejerce su sacerdocio 

Y vá cocóls ofreciendo 

Y sendos tragos de mosto. 
¿Una muger so desmaya? 

Cocotero , vino pronto. 
¿Siente un inglés un vabido? 
ün cocdt, por S. Antonio. 

¿Sufre un ataque de nervios 
La esposa de Capricornio? 
Pues un cocót y un buen trago, 
Con eso se cura lodo. 

— ¿Qué tal se porta el espada? 
—Muy bien; ya está muerto el toro 
— Venga un trago, cocotero, 
A la salud de ese mozo. 



PINTADOS IMMl SÍ HUSMOS. 243 

— ¿Con qu6. pci lida , mo olvidaí? 
— Dt'jamo, qu(5 oros muy Ionio. 
¿Y lus pronR'Sjis , inórala? 
¡Valíame Dios qué bolonio! 

— ¡Oh rabia! yo mo suicido, 
No, no, ujo vülvcró loco: 
Cocoloro , cocoloro. 
Dame vino que me ahogo. 

Y el cocoloro solicilo 
Satisfechos deja á lodos 

Y si arregla dos dispnlas 
Promueve veinlo alhorolos. 

Porquo el vino en el verano 
So subo á los cascos pronlo 

Y el cocót dicen las genios 
Que os llamalivo del mosto. 

Nuestro héroe todo lo mira 
Con la calma do un estoico, 
\ aunque jamás abrió un libro 
Tiene facha de filósofo. 

Nada importa al cocotero 
Que dos chulos mato el toro. 
Que ande á cachetes el público, 
Que den de palos á un prógimo. 

Que silben al presidente. 
Que lo dé al espada un cólico, 
Que escandalice una ninfa 
Reputada de buen tono. 

Mientras él su mercancía 
Despache, bueno anda todo; 
Para las demás cuoslioncs 
Está ciego y está sordo. 

Pasa la larde , la noche 



244 LOS VALENCIANOS 

■ ?cí)ív Su manto esliende ó su toldo, 

Y terminada la fiesta 
Vuelven á Valencia todos. 

El cocotero vacía 
Lleva la cesta en el hombro, 

Y á su lado vá la bota 
Desocupada de mosto. 



III. 

Arrulla con dulce acento 
La 'playa el Mediterráneo 

Y al compás de su murmullo 
Alza el marino su canto. 

Los buques se balancean 
Con un movimiento blando, 
O ligeros como flechas, 
Se lanznn por el espacio. 

Griiza la vela latina 
Del pescador, como un pájaro 
Que vá rozando las aguas 
Gon imi)ulso temerario, 
'í Frente á la mar se levanta 
La Villanueva del Grao, 

Y entre las aguas y el pueblo 
Las barracas de les baños. 

Allí , cuando el sol aprieta 
En el rigor del verano. 
La gente acude solicita 
Buscando un refresco grato. 



IM^TAIKls i»(»n si :\iisM(t.s. í¿45 

\a)h lioml'rcH y las inugcros 
Casi junios vnii :il hafln, 
Pues aun(|U(; oslan divididog 
No sé si eslaii separados. 

Una iniiltilud cnriosa 
Sicnipro obscMva el e>peclaculo, 
Quo a lodos les gnsla ver 
Flaijiiezas de sus hermanos. 

Y hay pullas y chanzonetas 

Y equívocos enigmálicos 

Y hay misleriosas historias 

Y hay hasla cuenlos fanlaslicos. 
l'n hombre lo osouclia lodo, 

De lodo se va enterando, 
Callado como un estúpido, 
Impasible como un sabio. 

Es el cocotero amigo, 
Que vá á vender á los baños 
Con la cesla en la cabeza 

Y con la bola en la mano. 
Como en los toros , él es 

La providencia de cuantos 
Para vivir necesitan 
Un impulso soberano. 

Así forlilica estómagos, 
Entona cerebros lánguidos, 
Da fuerzas a los raquílicos 

Y buen sueño á los sonámbulos. 
No falta uua sola tarde. 

Porque se precia de exacto, 

Y mientras haya un bañista 
No se aparta de su lado. 

Cuando el fresco de la noche 



246 LOS VALENCIANOS 

El otoño vá anunciando 
Las barracas se destruyen 

Y queda el mar solitario. 
Y entonces el cocotero 

Queda pensativo un ralo 

Y se encamina después 

A otra parte con sus bártulos. 



IV. 



¿Quién no conoce , si mide 
Solo dos dedos de frente, 
Que en el tiro del palomo 
Ha de hallarse nuestro héroe? 

¿Hay hombre tan mentecato 
Que le juzgue tan imbécil 
Que abandone los productos 
Que esta diversión le ofrece? 

El cocotero es activo, 
El caminar no le duele, 
Y al tirador proporciona 
Muy nutritivos deleites. 

Este gasta municiones 
Que muchas veces se pierden; 
Pero aquel le proporciona 
Municiones de otra especie. 

Y si el tirador á casa 
Sin un palomo se vuelve. 
En cambio una cesta entera 
De coc6ls lleva en el vientre. 



PINTADOS l»OH SÍ MISMOS. 247 

E>lü, sino es económico. 
Una gran venlaja licno; 
Oiic lili liomlirc se ücuesle sano 

V un cólico le ilispieric. 
Pero estas son quisicosas 

^)uc el cocotero no entiende; 
Despacha su mercancía 
Y 30 nada mas se cnlromele. 
Él vá vendiendo salud, 

Y si veneno se vuelve. 

La culpa está en el eslóraago 
Que dijerirlo no puede. 

Callen , pues, los delruclores 
Que en su contra se revuelven, 
Callen, porque el cocotero 
Limpia la conciencia tiene. 



V. 



No hay broma , lance ridiculo, 
Porral ó fiesta de calle, 
En que al punió no se halle 
El héroe de nuestro artículo. 

Trabajador sin igual, 
Con la bola y con la cesta, 
Desempeña en toda fiesta 
Un papel muy principal. 

Pero mas de él no refiero. 
Que fuera no concluir 
Empeñarse en escribir 
Las glorias del cocotero. 

Rafael Blaseo. 




PORTA VIOLÓN. 




^- 



III. 



EL PORTA'\IOLO\S, 






Ui E m 

íé\\ ■■-' 'k^Ü 



//%y 






STÁ visto : este señor se ha inlrotlucido en mi 
casa cargado con su armatoste y teniéndome 
sin duda por pais conquistado, de grado ó 
p )r fuerza rae hará locar el violón que maldito 
si de ello tengo gana. 

Pero esto no puede quedar así ; yo voy á 
montarme en ira, á enarbolar el puño, aponer 
cara feroce enseñando los incisivos y vere- 
mos si con tan canina y hostil actitud , le haré miedo al señor edi- 
tor y en su consecuencia scllevaia la música a olra parte. E>lopasa 
de castaño oscuro ; fiues con raclenne un dia y otro dia el violón 
en mi casa , es forzarme á que le loque, y va he puesto dcma- 



250 LOS VALENCIANOS 

nifiesto mi rotunda negativa, mi formal protesta, mi... Tamos; 
ya lo he dicho , no quiero locar e! violón á sabiendas que bastante 
lo tocaré i^^norándolo : y ahí es un grano de anís ; hoy dia que tan 
en boga está el hacer sentir los desacordes sonidos de este desco- 
munal instrumento , iré yo á jugar col fuego ; yo, que no necesito 
mas que cojer la pluma, cuando se me convierte en arco y como 
consecuencia precisa creo estar trazando renglones y resultan ras- 
gados y altisonantes berridos ¿qué no será, pues, si me propongo 
escribir al porta violonsl Claro está que el tipo traerá su volumi- 
noso apéndice para que yo loque el violón. 

Además ¿ qué he de decir yo ? Que hay en Valencia uno ó dos 
hombres que llevan este pequeñuelo instrumentilo allá donde se les 
manda y punto final. 

— Pues amigo mió , está ya anunciado en los periódicos que us- 
ted es el encargado de escribir el tipo que nos ocupa y no hay mas 
remedio que cumplir la palabra. 

He ahí el argumento eterno del señor editor que cada vez que 
le miro á la cara cuando de esto me habla , me recuerda al majis- 
ler de primeras letras en ocasión de repasarme una lección que no 
sabia. 

— Pues corriente , le contesto yo , escribiré lo que sepa y pueda 
indagar acerca de dicho tipo , y daré gusto á V,; pero si algún lec- 
tor murmura por la poca gracia de mi escrito , en castigo me voy 
k cdiSdi del porta violó ns , le mando cargar con su estupendo chis- 
me y le zampo en casa del murmurador para que nos lo describa a 

_ ,■ , , , ;-riü] (JÍÍ9 ob I 

medida de su deseo. 

y, . Li 

Y ya me tienes, benévolo lector, corriendo calles y plazas en 
busca de un amigo que cierto dia me dijo qué consideraba tipo es- 
pecial al porta molbns puesto que en Valencia se hace de ello un 
oQcio ú ocupación y además porque tiene sus leyes particulares. 
— ¡ Pero calla ! ese hombre que hacia mi viene creo que es uno 
del oficio, sí no hay duda. 

Me acerco á éj. ' ■ "'^^ '^' '" ''""^ '" ' '"'^''^ '"" "' 



PINTADOS pon kI mismos. 251 

— Oiga V(l. I)U(M) h()ii>!)íi' : ¿es V<l ••! (luesc ocupa en lli-var ar- 
riba y abajo los víoIkiiüs? 

—Yo no los llüVü arriba y abajo , «[uü los llevo á Ia« iglesias ó 
teatros. 
—Pues bien , oso precisaincuto «s lo que yo qucria preguntar a 

—Y bien ¿qnó so lo ofrece á Vd? 

— Se me ofrece una diiila acerca del modo de vivir de Vd. 

¡Nunca se lo hubiera dicho I Se quedo como 8i viese almas. 
Efeclivamenle, conüeso que anduvo poco acertado en el modo do 
interrogarle. 

.^Puos a mi, contestó él, pasada su admiración , no se me ofre- 
ce ninguna. Y echando á andarle tuvo que delrncr añadiendo. 

— Y' si yo lo galilicáraá Vd. su trabajuó molestia por darme al- 
gunas noticias que le pediré , seria Vd. mas amable. 

— Vamos diga \\\. pues lo que desea saber , porque tengo pri^sa^^ y 
para mí el tiempo es oro. c ,.,,.., .» .• »f 

g.^ Chiipalo esa dije para mi majin. Este hombre tan andrajoso 
que cualquiera le creerá un mentecato , me ha dado una lección de 
la cual voy á aprovecharme. ., 

— Pues si el tiempo es oro, repliqué yo ¿cómo lo invierte Vd. 
tan infrucluosamtnle, dj ocupándose mas^ij^i; j^ü llevar violones á 
donde le mandan? . 7 . 

— Porque con ello gano mi subsistencia y no me creo en el caso 
de exiiir mas á mi destino. 

— ¿Cuanto le pagan á ^'d. por llevar y traer un violón? 

— Nueve cuartos , v si es violonchelo cuatro v medio. . 

•fii'rn f')\ 

— ¿Y cuántos violones llevará Vd. aproximadamente al día? 

r-Qué sé yo; unos dias no paro desde la descuberla hasta las 
tantas de la noche, mientras que he tenido dia de truenos en que no 
he hecho mas viaje que por el violonchelo. , ,, ^ . , o. 

Ig— Y diga V., ¿qué cosa ea la descubérlal ^ 

— Guando descubren al Señor por la mañana. « ■ . , „ 



25^ LOS VALENCÍATÍOS 

— ¿Y Vd. solo sirve á un profesor ó á muchos? 
— A lodos. 

— ¿Y cuántos coútrabajos hay en Valencia ? 
— Como unos doce. 

— ¿Y les conoce Vd. por alguna seña para dislinguiílos? 

— Yo doy al violón el nombre del profesor y así me cnliendo. 

— Y los profesores ¿qué tal se portan con Vd.? 

— Bien y mal; de lodo hay. 

— Pues ¿ cómo asi ? 

— Los de h paella.... 

— No pase Vd. adelanto. ¿Quiénes sontos (hhpaella'} 

— Los déla paella son la sección de músicos que loca en lo mas 
rumboso, como son teatros, grandes entierros, en fin en lodo aque- 
llo en que olijen á los mas disUnguidos. 

— De modo que les podremos llamar la ai isitocracia del arte. 

— Si señor. 

— ¿Y eslos cómo le tratan? 

—Bien en cuanto á que sin apresurarme llevo la orquesta entera 
ó media orquesta. " ''' ", ' i " 

—Espere Vd., ¿qué es eso de orquesta'" Y^'^¿W8r^iiíéfe'Ía'^ 

—Si es orquesta he de llevar cuatro atriles y si es media, dos; y gano 
en el piimer caso nuevo cuartos y en el segundo cualroy medio. 

—Perfectamente. ¿ Y cómo dice Vd. que le trata la sección de lá 

paella? 

—Si no fuera porque á veces me hacen ir sin ninguna gratificación 
á avisar á los cantantes para esla ó aquella función , podría servir- 
les mejor que a los guerrilleros. 

— ¿Y quiénes son los guerrilleros? 

—Los guerrilleros son los músicos que van á los pueblos y que les 
be ció servir á cscapfeí'*^' *'^'"\ 

—¿Pero también ganará Vd. milcha mas? 

—No hay duila , si es función en el Grao tengo 4 rs., si es en el 
Cabañal 5 rs. 



piWTVDo.s ron sí .-^íismos. 25!^ 

—Do moflo quo podremos docir iinc por media hora do diblancia 
lo pnírnn ;'i Vd. una poseía. 

— Ks so^Miií : hay piieMos mas lojanos y p;i::an monos. 
— ¿Olió función locncrda Vd. Iiabcr ganado ma.>»? 

— ¡0!íl cuando los funoralrs do í). Tomás Ürú quo fui á Murvio- 
dro , mo dioron ílO rs. Kn lo quo vá de siglo ba sido el dia quo 
mejor lio locado la quirra. 

— ¿En lo qiiová de siglo? 

— ¡Olí! si el siglo pasado ya tenia yo esto oficio. 

—¿Y Vd. qué os , casado , viudo ó soltero? 

— Nada do eso. 

— ¿Pues qué os Vd.? 

— Porta-violons. 

— Do manera quo no leniondo Vd. hijos , no podrá legarles su 
oíicio. 

— ; .Mejor 1 

^¿Por qué? 

— Porque asi los llevaré yo por ellos. 

— ¿Pero y á la muerte de Vd. ent(mccs? 

— Cuando yo muera ya se ha (¡nado el mundo. 

— ¿Y diga Vd., cuando va fuera cargado con el violón le pesará 
mucho^ 

—Vaya si pesa , como que hay uno que tiene dos arrobas y media 
de peso , pero yo me paro en todas las erm'.tas que veo ramo y 
hago estación sorbiéndome de un trago un careo (\) asi alcanzo fuer- 
zas para resistir hasta el término del vinje. Hay dias que me gasto 
lodo lo quH gano en doséls y rosquilléies. 

— ¿Y qué es eso del dosét? 

— Dos chavos do aguardiente y una rosquillcta. 
¿Qué dias son los peores para Vd.? 



(1) Caarüllo. < ,fiS03 «Oli 



254 LOS VALENCIANOS 

—Aquellos en que hace aire contrario y me hace bailar s:n gana 
cargado con el violón y si hace poniente pofque rompe las cuerdas 
y levanta las lapas del contrabajo. 

— ¿Y cuando se le rompe á Yd., quién responde de ello? 

j-^Yoflo tengo mas obligación cuando se rompe alguno que es 
llevarlo á componer, haciendo gratis cuantos viajes sean necesa- 
rios. 

— ¿Y le ha sucedido á Vd. rompérsele alguno por porrazo? 

— Sí señor , una vez iba á Alg'iraesi y como habia llovido estaba 
resbaladizo el piso, y cuando Dios lo quiso me fui rodando con el 
violón desde un margen bastante alto hasta un foso y tuve que 
recojer en un capazo lo que fue contrabajo ; tan hecho astillas 

quedó. í,:: r-.:;i. 'r " 

—Se me figura que la culpa de este percance la tendriap las es- 
taciones repetidas que baria Yd. por adorará Baco. 

— No me descuidé, pero yodebiadar la culpa al piso porque efec- 
tivamente estaba resbaladizo. 

— ¿Y su oficio también tiene contrarios? 

— Vaya si los tiene. 

— ¡Hombre ! ¿será posible? 

—En primer lugar los sacristanes , porque son tan egoístas, que 
cuando voy á llevar el violón, he de formar un cuadro de bancos 
de, la iglesia para la orquesta y como voy solo , no puedo levantar 
á peso los pesados bancos , y lo hago á rastras ; como el piso se 
raya, arremeten contra mi como unos energúmenos , y de ahí que 
siempre estamos como el gato y el perro. Además los sacristanes 
son malos para todo el que es pobre y vo por desgracia lo soy. 

— ¿Con qué tan egoístas son los sacristanes?, , ' ., 

—Cómo que así que concluye la función , si es larde me obligan 
á sacar atriles y violones paia que lo deje en una casa inmediata y 
de allí que me lo vaya llevando bajo mi responsabibdad, para evi- 
tarles la incomodidad de esperar á que me lo vaya llevando tras 
una cosa, otra. 'ti..^ 



Pí^TAPos ron Kt Mí5:nos. 5nr) 

' '— ¿Y (pió otroi conlrarios licnc Vd. 

— I.os cirKjuillos y los perros; quij los prímcr» s me abosan á pe- 
dradas cuando vov cargado yho puedo defenderme . y los segun- 
dos por que sin dnda se a-<usl;in al verme ron el armatoste á la ra- 
b.'za , mo ladran y pcr.-i^iien liAsla hacerme caer alguna vez , por 
cruzárseme por eiilre las piernas cuando van corriendo. Pero mi 
Hias acérrimo conlrario lo es mi compañero de oOr io. 

— ¿Pues y por (jue? 
*''- Piirqut; no nos podemos ver el uno ál otro: así qnc nos junta- 
mos, sin saber el por qué los dos deseamos venir á las manos y 
darnos de cácheles hasla hincharnos las narices. Por fortuna como 
\amos con las manos ocupadas para sostener el violón , evitamos 
mil contratiempos. ". ^'"'' 

— ¡"Mala poste de chiquillos y perros!! 

— ¿Con qué no desea Vd. mas? 

—Sí hombre, le deseo a Vd. mejor estrella y un porvenir mas pa- 
ciOco y tranquilo. 

—No me fallará Dios mediante un hospicio para concluir mis días 
cuando ya no tenga fuerzas para cargar con los violones. 

— Sí, es verdad : algo es algo. Tome Vd., toque hoy la. quirra á 
mi salud y le quedo agradecido por su amabilidad. 

Y despiíliópdomo de mi porla-violons , me diriji á mi casa don- 
úf intranquilo y aílijido escribí toda la conversación que no pudo 
menos de afectarme vista la. Iris. e coos.eouencia que se desprendo 
de un relato que prueba la bueña índole de este ser desgraciado, 
que tras una vida de perros y caminando eternamente cual otro ju- 
dío errante con el doble peso del violón , toda su esperanza la cifra 
en que para terminar tan azarosa existencia le den hsIK» en un hos- 
picio. Pens íbamos escribir un tipo coronado de dias de sol , v la 
fatalidad ha querido que negras y manchadas nubes, viniesen á 
empañar tan bella ilusión. 

El por/a violons es jna pajina de gloria , un recuerdo perenne 
de lo amante que es el valeuciano de condición humilde de pro- 



256 LOS VALETfCIANOS 

porcionarse un modus vioendi , aunque bien podría acoplarse por 
anlílcsis esta proposición. 

Consignemos, pues que esle ser, rCuya única veníaja en el mundo, 
es que apcsar de llevar siempre el violón , á l<»das parles , casj 
podriaiios aíirmar que nunca lo loca , mienlras oíros que jamás io 
llevan, por su desdicha lo locan con mucha frecuencia , es acree- 
dor, no solo á nueslra consideración, si no á la do que el go- 
bierno eslabieciese una ca-;a ó dcparlamonlo, que montado sin 
ningún boalo , y si con mejores condiciones que los hospicios or- 
dinarios , sirviese de morada á los seres desgraciados que como 
nucslro porla-violons Iras uní vida ijilada y llena de amarguras, 
resislen sus faligashasla donde no es d.ido esperar , porque les re- 
pugna la clausura absoluta , poca salubridad y peor alimcnlo quo 

alli se les dá. 

José Ticente ÜTebot. 





EL TABALER. 



PIISTAUOS fOH KÍ ;>1I)Í|I(>.S. 



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EL TAMBOIIILEHO. 



(Tabaler.) 



' íTlL'll 

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E 






' T^tf Ády hombre sin hombre. 

L tabaler es un individuo como otro cualquiera. ,^[j¿j3 
O por mejor decir es un individuo como pin- 

Se parece á los dtmás hijos de Adán en fjue 
es un ser dolado de naluraleza física y naturaleza 
moral, de cuerpo perecedero y de alma inmortal. 
No se parece a los demás individuos de su es- 
pecie , porque sus hábitos , su manera de exisljtr , sus ocupaciones, 
su educación , dilieren esencialmenle de los hábitos , de la manera 
de existir, de las ocupaciones y de la eílucacion de los hombres 
constituidos en sociedad* 

Por que el tabaler es un hombre constituido en sociedad : mas 
diremos; es un individuo útilísimo á la república y cuya misión 

egiTce una benéfica inQuencia en/?i,jes¡l^íio ift^A"al de la humanidad. 

^' 33 



258 '^"'tOS VALENCIANOS 

¿Quién ignora que el tamboril valenciano es un talismán que 
lleva la alegría al corazón de los hijos del Cid? Y en este concepto, 
¿Cuánto mas fecunda no es la influencia del tamborilero que la que 
egerció el famoso Carlos Broschi en el ánimo del rey Fernando VI? 
Y sin embargo , la sociedad es injusta con el tamborilero. En la 
escala social se le designa un peldaño íníimo y rastrero: en la es- 
fera del arte , se le considera como un apéndice , como una escre- 
cencia, como una especie de verruga del donsayner. 

De aquí se desprende naturalmente un corolario amarguísimo, 
por mas que parezca vulgar. La locuacidad y el poder de los pul- 
mones son medios seguros de hacer figurar en la sociedad. 

Es nn absurdo considerar al íabaler como la sombra de un cuer- 
po, como el apéndice del donsagner. Como individuo de la especie 
humana , y como músico , el labaler debeser, considerado indivi- 
dualmente : tiene su manera de ser especialisima y es tan digno de 
la estimación pública como el donsayner. 

Hay mas : el segundo no es nada sin el primero : luego el pri- 
mero es tanto como el segundo ; luego la pretendida preponderan- 
cia de la dulzaina es cuestión de pedantería y de orgullo mal fun- 
dado, -^-n 
"' Iriarle lo ha dicho en una fábula que se llama El pedernal y el 
eslabón. 

"'Oigamos á Iriarte: ' - ' *" " ' "' i, 
''' Al esláb'ón áe^ci*uéí' ''"^ ^' 

trató el pedernal un dia 
porque á menudo le heria 
:8gí:(v /•<ioHí K para sacar chispas de él. "^ Q'^P''^^ '^^^^^ 
^'''■■^'■^' Riñendo éste con aquel 

al separarse los dos, •■'i-'' - 
— Quedaos, dijo, con Diós'^ " 
ijfífioino-; ¿valéis vos algo sin mí? 
*''•''• Y el otro responde:— Sí; 

.bcbincííjud fil eb io que sin mí valéis vos. 



/ 



PINTADOS pon si MISMOS. 10^ 

IliHta aquí ül I/dfuQlaiuo os|)aúol : su fábula cogo do medio á 
medio a lus dos miuicus popu!ur(;s de ((uo vcnlmo8 linblando. Ki ia- 
haler y ol donsayner son el podornal y el eslabón : enlro los dos 
eslá lu cliisj)a. u,I . 

No hay , puos , supremacía en la dulzaina, ni en la gerarquía 
dol arlo ocupa mas ulla región ol dulzainoro que el laniborilero. 

Con esto ({ucda sulicienlcuienle demostrado el axioma con que 
comienza eslo articulo ; es decir , quo «o Aay hombre sin hombre. 

Pero hay mas : se puede probar que el labaler tiene sobre el 
donsayntr ventajas de imporlaocia arlistica y de prioridad. 

Veamos cómo. 

El tabaler va siempre delante del donsayner , pero no á !a ma- 
nera del heraldo que presido á su señor, sino a titulo do sabio re- 
gulador sin ol cual el dulzaiocro seria el salvage iücullo y bravio de 
la música. 

El tabaler es d que marca y sostiene el ritmo música! y de- 
fiendo los fueros del compás , sin los cuales no habria música po- 
sible, i! .:i!¡¡;:i')íri !HI düK/Mii.icl';! .-Md'-lJi noy j,||;nir.') ( ;';, ! 

Y fioalmonle , al hablar de la combíDacion do esos dos instruí 
raenlos bulliciosos, siempre habréis oido decir: labal y donsayna^ 
y jamás donsayna y tabal , ni mucho menos donsayna á secas. 

Luego bajo este punto de vista el tabaler , y el labal son mas 
escelenle que el donsayner y la donsaynaif^f.;^ ,.( 

¿Porqué, pues, se ha dado siempre tan poca importancia al 
labaler y taota al donsayner'? ¿Y por qué en el curso do esta pu- 
blicación sale a luz y forma en !as paginas de los tipos valen- 
cianos mucho después y detrás del donsayner, en vez de ir delante 
como le corresponde por esencia, presencia y potencia? 

Eslo sucede porque estamos en España y en Valencia ; porque 
vivimos en el pais do los viceversas; porque la modestia no es el 
medio mas á propósito para hacer fortuna ; porque hazte de miel y 
comeránte moscas; porque alia van leyes do quieren reyes, yfij 
nalmenle, porque el peix grós se mencha el wi^«if/f,L.^¿;^i^^^ ¡^ 



^^ LOS VALENCIANOS 

El tétbdkrWés ira hoiubi-e; pero es un chico y con el tiempo 
cl^cfe'i se desarrolla y se madura. Pero entonces pierde yasu-íís^^ 
ñbmíáí ^*''- 

Es hijo de un donsayner ó no lo es. Lo primero es lo mas fre— 
^fehte. El sagrado fuego del tabal y la donsayna pasa de padres á 
hijos hasta que se estlngue, como la llama de la pira antigua, en' 
iin miembro indigno y degenerado déla familia. uJg« otiCJ 

Su padre, además de donsayner es tejedor ó zapatero, y el 
¿hi^d iapren-diz dtí lo mismo.: • 

Nace;'cfé'<^tÍ'''y se' deáarrolía á los melodiosos acentos de la dul- 
zaina. 

^^'•'Sii instinto niúsicoliátJneéoz':^ las baquetas 

(jfelillos) del tamboril y entre sus ilusiones de niño acaricia en su 
íiiénie la idea' de manejar algún dia un bombo. ■^^^'^ 

El autor de sus dias lo contempla con orgullo y dice para su 
gá>jf^:tJSiíi6 éé desgracia llegará á oscurecer las glorias de Magaña 
Y'áe\ Metíat. ' ' ' 

El chico estudia con ardor, redobla como un energúmeno, ha-ce 
cruglr el pergamino del tamboril y llega á dominar el instrumento 
eh él mismo punto y sazón en que los vecinos han ensordecido por 
unanimidad. A^^^ *' 
' ''^'Oué triunfo para el arte! ■'^^'^^l '^ ' 

Qué gozo para la familiaf^^-'^*'- '' ( rmsimmh uj ^un yi!iMí-c::> 
^« 'Qué orgullo parad que lélirdá^^r^érr '•" ' '^ ''o^- 
•""^El chico tiene oclio años y ya es un artista solicitado. Cuando 
éF'padre y el hijo fancionañ juntos en alguna fiesta de calle ó pro-' 
cesión , el primero , al atacar tm pasage de entusiasmo , baja los 
ojos y la dulzaina piara mirar fcb^ ternura á su hijo que camina de- 
IHiílé hacimdo hSlér ^\ UwíhQv'ñ. /¡..q oIíüjuü uHcj 

'^ 'Qué momento de esponsión artístico-paterna'l! A.t|i/é11a iíícUná- 
C!on do la dulzayna es todo un poema y señala Una generación de 
artista. Aquella dulzaina ha producido aquel tamboril. i íxíjo-) 

El muchacho éS' ya tan árlisla como «u p^adro: 8ü agilidaid , '6tt 



limpieza (lo cjoru( ion m \ím\ podido monos du llamarla nlenrinn do 
algunoá clavarios, y su foiluiia osla ln'clia Su padre lísconstdta ya 
a'f;nna!4 dudas sohro el compás vio iiivuto asi rou ü1 carácter do 
autoridad musical. 

Por lo coiuun, el tainhurlirro csl.i dotado de una notalilíí fuerza 
difíesUva y do un sistema mandibular muy a propiJsilo para tritu- 
rar el mármol do üarinira. Asi es que un los lances de lumor llena 
su niision oon ardor asombroso. Su misión enlonocs es el estómago. 
Su padre lo mira también con orgullo bajo- este punto de vista; 
considera la solidez y el escoloiilo mecanismo de su creación y mur 
mura por via de corolario; — ¡Oué diente! 

¡Oué diente! (luiore docir. ¡que biMi come.' ¡qué bioQ toca ci 
tamboril ! ¡qué talento tiene ! qué ilustración para su patria! '»''.ué 

Los mejores íabalers suelen ser zurdos. 'Ji 

: .No aecesilamos csfvlicar este fenómeno. Cualqnicra que los baya 
Tísto tocar habrá observado la asombrosa agilidad dví su mano iz- 
quierda , educada con singular esmero. Esta agilidad es un perfil 
de escuela. ; > 

Cuando el tabaler loca con entusiasmo , especialmente si es de 
Bocüe, se duerme tocando y las b-iquelas movidas por los nervios 
y él cerebro en estado do somnambulismo , siguen repicando con 
fontáslica rapidez. ' ovbID b , ísidúe:. , fian^ 

'•! i Eb' este estado el tabalér salva las cumbres mas elevadas det 
arte y se convierte en un semi-dios. Quasimodo en estos momentos 
era una campana : el labaler es un tamboril. 

El tabalcr iiabla poco: el genio no es vocinglero; pero, como 
ya hemos dicho , mastica como un gastrónomo romano. 

Apcsar de esta circunstancia no tiene pelo de tonto. 

Sus funciones que mas odia son las nocturnas y matutinales, Las 
alboradas (albaes) le apestan. Eslose concibe- las verdaderas almas 
de artista guslan mas de ver la puesta del sol que su salida ; porque 
la puesta del sol tiene un fondo de melancolía que está muy en con- 
sonancia con las vagas inquietudes del alma superior. 



622 LOS VALENCIANOS 

Porque el tabaler tiene inquietudes vagas lo mismo que cual- 
quiera hijo de vecino. 

Om Las novilladas y las procesiones son su elemento, y alli es donde 
se muestra artista inspirado y escelenle. En las fiestas de calle suele 
estar apálico é indiferente y bosteza con frecuencia. 

Si la naturaleza le favorece con dotes musicales, antes de los 
diez y ocho años llega á dulzaicero. En caso contrario es tabaler 
toda su vida ó cultiva el oficio en cuyos secretos han iniciado su 
niñez. De suerte que de un tamborilero á un tejedor de seda ó á 
ui zapatero no hay mas distancia que la longitud de una mala ba- 
queta. 

Es raro ver un tabaler mayor de veinticinco años. Si lo hay 
suele ser el descrédito del arte y el escarnio de los verdaderos 
artistas. 

; v;Los tamborileros nacen y mueren lo mismo que todas las cosas; 
y como también los artículos fisiológicos nacen y mueren , resulta 
que terminando aquí este artículo, todavía estamos dentro del Upo 
que describimos. Pero antes de poner el signo ortográfico con que 
terminan todos los articules del mundo , indicaremos algunas cele- 
bridades valencianas que ilustran los anales tabaleríslicos y recor- 
daremos con profunda veneración al Mellat, Bartolillo, elRataet, Ma 
gaña, Súbies, el Clavell , Carnislóllcs , el Andalús, Micolau y el 
T6rt de la Sénia , sin contar muchos artistas contemporáneos que 
honran la profesión y el pais que los vio nacer. 

Pereg^rin García Cadena. 



iim 




EL FLORERO. 



PINTADOS ron sí Mismos. 




^3rto^o^s'TS'>^'*?^ 



"-/I' "ns^' ^ ''^ ""^ 




(FLORERO.) 



ARA probar la popularidad y estimación de qué 
goza entre los valencianos el tipo que nos pro- 
ponemos retratar , basta saber que , al en- 
contrarse dos individuos del pais y querer uno 
de ellos ensalzar el trago que visto el otro, suele 
dirigirle esta esclamacion : (.iChé ¡pareix que 
vaches apañal de florero ¡y) ' '--'-i' . -»-• 

En efecto , el adornista es un hombre qu^ 
se atrae la estimación y el aprecio público 
como pocos otros ; pues no hay fiesta grande 
ni pequeña en la que no desempeñe también un papel de suma im- 
portancia como sucede al donsainer y al cuheter. Por esta razón no 
debemos negarle un lugar , aunque humilde , entre los valencianos 




^64 LOS VALENCIANOS 

á quieaes se han dedicado ya algunas paginas en este libro , pues 
seria hasta punible olvidársele un funcionario tan Importante tra- 
tándose de pintar á la provincia que mas se distingue entre todas 
en achaque de fiestas. Por otra parle , temeridad muy grande seria 
disputar al adornista ese derecho para el que cuenta con títulos 
inapreciables , porque si es una verdad que las costumbres han na- 
cido del hombre , ya que las nuestras son tan originales justo es 
que no releguemos al olvido á aquellos que son sus buenas mante- 
nedores. Si nosotros presentásemos á nuestros lectores al adornista 
simplemente como es, tal vez no podrían formarse nna idea de su 
verdadera importancia : por eso creemos necesario agregar algunas 
otras consideraciones que puedan conducirnos á nuestro objeto , y 
que nos servirán como punto de partida. 

Valencia es un pais privilegiado por la naturaleza, y esto que 
por lo sabido bien pudiera pasarse por alto , . 4ebe , sin embargo, 
recordarse para poder deducir que, si á ello s^ une el caráater fes- 
tivo de sus habitantes , nuestro pais se convierte en el encanto de 
los encantos. Conste esto por si acaso donde menos se piensa salta 
la liebre , porque por muy humildes que sean nuestras pretensiones, 
estas líneas podrian ir á dar un rato de solaz ó mal humor al mismo 
gran turco ó cuando menos á uja pobffí; maniebege^^raeiaSí alíin^ 
mortal Gutemberg, que prestó á la publicidad ISfes alasde su ge- 
nio conyirtiéndola de raquítica y débil en robusta 5^ poderosa. Cáf 
balmenle por si tai sucediese nos imponemos espontáneamente la 
obligación de manifestar , que los valencianos son gente dada á la 
broma^ y ?il jaleo , por supuesto como Dios manda.y sin faltar á los 
deberes que cada cual qn su respecti^vo es^tado tienre: que cumplir, 
y que por esta razón no desperdician la menor circunstancia en que 
puedan improvisar ó cresar una fiesta, mienli'as quelos hombres 
de estado , sin duda alguna no muy aücionados al lahalet y donsai- 
na, se esfuerzan por reducir los dias de precepto , cuyo pensamien- 
to nos parece de dificU realización en nuestro pais, á menos que no se 
supriman previamente aquellos instrumentos daclaruudo la profe- 



PINTADOS POR SÍ MISMOS. 2^)5 

sion como ^'ónoro de iluilo cüUíorciü.. Aiiiiasí , no nos alrcveríumos 
á responder del biion oroclu do nucslio ^'olpc do oslado. 

l'ero ilcjtMiioH yu laii posada digiesiitn , purquo nos cslá dando 
un olocuonlü ogoiuplo de que solemos apartarnos mas do un objeto, 
cuando mayor os el deseo coj) (pío prctendQwos llegar 6 él. 

Tres son , como hemos dicho , las personas » ó digamos^ funcio- 
narios públicos , porque intervienen ou las funciones populares, íjuo 
liguran en ollas do un modo envidiable: el donsainer, cuheter y flo- 
rero. Probar cual do las tros es la mas importante seria tarea ocio- 
sa ó imposible do aclarar , por cuya razón lonemos (juc colocarlas 
en igual altura en el aprecio público. Esto sentado pasaremos á h^- 
cor la disección del iHlornisla como Dios nos dé á enlcpdor. No es 
dclcaSo decir si ol adornista es alto ó bajo, gordo ó flacp , bonito 
ó 'feo , porque en esto cada cual e^ lo que es y jo que puede, sin 
quo deje de ser mejor por falla de deseos. Porque sea alto ó bajo, 
gordo ó delgado , ó bonito ó feo, al cabo y al íin el florero no es 
mas que florero ; si bien no siempre , pues no faltan individuos en 
ci gremio que suelen ayudarse con el producto de otra ocupación, 
como por egemplo la de carpintero , porque aunque esta no sea ei^, 
él habitual , se dedica también á ella por lo hermanada que está con 
s.. industria. En efecto , dedicándose nuestro héroe á la carpintería 
puede labrar por sí mismo muchos enseres que en su dia necesita 
para el mejor resultado de los trabajos que se le encargan. Si pe- 
netramos en su taller, veremos colgadas del techo algunas arañas 
dt5 cristal cubiertas cuidadosamente con fundas de percalina con pre- 
tensiones de gasa , á las paredes algunos trages de, los pislerios 
que suelen representarse en las procesiones ; y esto que en si nO| 
licno nadado particular, presenta, sin embargo un espectáculo oñj, 
ginnl para el curioso observador. Sabido es que el florero lo mismo 
se dedica á cubrir de colgaduras un templo que un teatro ; lo mis- 
ni(» llena una calle de banderas , trofeos , boles y gallardels que al- 
quila trages para máscalas , y á tanto alcanza su poder que si exa- 
minamos detenidamente su tienda podrecías observar que ,, graci^ 
' :i BÍ9bon;iobG lo yidoa emv .o-wi^l» oblíuriols ^lo oJae as 



266 LOS VALENCIANOS 

á su genio , andan por allí revueltos el cielo y el infierno confun- 
diéndose en una misma cosa, y que por consiguiente se avienen 
muy bien San Miguel y Satanás que se hallan el uno junto al otro 
sin dirigirse la mas mínima reconvención., Por este medio el florero 
logra hallarse al mismo tiempo condenado y en estado de gracia, y 
éi y sus hijos y su muger bordan ó trabajan tranquilamente rodea- 
dos de los espíritus celestes é infernales. Bien es verdad que en este 
picaro mundo la manía de metalizar todas las cosas no hace repa- 
raren pelillos , y esto, hasta cierto punto, nos dispensa de dirigir 
la menor reconvención á nuestro pobre florero. 

¡ Pobre florero ! ¡ oh ! no ! sin duda alguna hemos perdido un 
tercio y quinto de nuestro capital discurridor. i Llamar pobre á 
uno de los pocos afortunados mortales que merced al carácter de 
nuestros paisanos tiene varias épocas en el año que llegarían á en- 
vidiar los mas encopetados y-... nosotros mismos ! Y sino, acom- 
' pañemosle en ese viaje que va á emprender. 

Se le ha ajustado para apañar de florero la iglesia de cierto 
pueblo. Así que penetra en él con su carro atestado de diferentes 
objetos , se le aloja en una de las mejores casas donde se le guar- 
dan todas las consideraciones gastronómicas apetecibles. Mientras 
que el donsainer hace su pasa-calle destrozando con universal 
aplauso cualquier aire popular ó alguna que otra melodía arreglada, 
ó mas propiamente dicho, desarreglada por él; nuestro hombre se 
halla recorriendo impávido las cornisas de la iglesia con el fin de 
colocar las arañas , ó bien adornando el altar del Santo en cuyo 
honor sé celebra la fiesta , á ocupado en otro trabajo que tenga 
por conveniente practicar en uso dé sus celebérrimas atribuciones. 
Lo cierto es , que en un momento planta en ciertos puntos de la po- 
blación la señal de la fiesta , y que esta señal acompañada de los 
animados ecos de la dulzaina y del repicado acompañamiento del 
tahalet cambian como por encanto el aspecto de lodo el pueblo. La 
conversación general , particularmente de las mugeres , pues hasta 
en esto es afortunado el /forero, versa sobre el adorno de la igle- 



PINTADOS l'Oll SI .IIIS.HOS. 267 

sia, \ \;\ ('htriincsü i\ Id obrera í\\U' pov \u\ cspirilu do «íconomía 
tan invrlciaílo como mal onUMidulo iiuiLhas vecen enlro el bello sexo, 
liabian (l(>t(>i-miii.ulo adornar la m(!su duinlu liu de descaiiHar el santo 
al pasar la procesión por la puerta de \a misma con una blanca sa- 
bana y con el cobertor d(! la cama, desislen de su enípcfio y llaman 
al florero para (jue se encargue de esto trabajo. Acude nuestro hom- 
bro con su bolsa colj^^ada sobre el lado derecho en la (pío lleva una 
buena provisión de punías de Taris y con su almohadilla lan»bicn 
colgada en el lado izciuierdo dondo conserva los ullilercs nue nece- 
sita para arreglar los pliegues de las colgaduras y principiando la 
operación . quo practica con un coquetismo digno de mejor suerte, 
retirándose de cuando en cuando algunos pasos atrás a íin de ob- 
servar la buena simolria del adorno , logra dejar satisfechos los 
deseos do la clavariesa ó do la obrera , las cuales pagan religiosa- 
mente el trabajo habido y por haber , ademas del vaso de aguar- 
diente con que lo obsequian y que no es mas que el conductor 
íiel de alguno que otro prim , pá socarrat , coca fina ó pá be- 
neit. 

Sin embargo de tanta honra y provecho no c? en los pueblos 
donde nosotros debemos buscar al adornista con su aureola inmor- 
tal : dentro de los viejos muros de la ciudad del Cid le veremos con 
todo su esplendor. En los pueblos . si bien es cierto que las fiestas 
meten mucho ruido es mas pronto ocasionado por els masclels y 
els tronaors que por el sordo crujido de los damascos y ropages 
del florero. 

Eo Valencia es otra cosa. 

Las tiestas de calle son relativamente mas vistosas que atrona- 
doras , y por lo tanto hay que apelar á lodos los recursos del arle. 
El adornista desplega aquí lodos sus conocimientos y buen gusto, 
y de uua calle sobre cuyo estado de limpieza han tenido que estar 
llamando continuamente los periódicos la atención de la autoridad 
local , hace él en pocas horas un hermoso salón en donde millares 
de persona»* disfrutan del buen efecto del adorno realzado notable - 



'268 LOS VALENCIANOS 

mente por torrentes de luz. A los estremos de la calle el florero 
adorna dos improvisados y elegantes arcos con telas coloradas ó 
verdes y galoneadas de una cinta que á lo mas puede pasar por un 
conato de galón de oro , pero que producen el mejor efecto: do 
trecho en trecho de la óalle y á guisa de telarañas suspendidas de 
una cuerda atada á los pisos de ambas paredes de la misma unas 
preciosas telas , que podrían ser , pero que en realidad no son otra 
cosa sino zarazas ó pcrcalinas teñidas de colorado ó del color que 
mas le place ó conviene , y en taparle superior del ángulo que 
'] forman estos pabellones una corona cuyo color de ocre del pais es 
un testimonio fiel de que no es oro : entrelazados con estos adornos 
primorosos colocaba el florero en otros tiempos mil y mil bolas do 
papel de color y ^a/Zardeíí en cuyo centro , como propagador do 
hs luces en medio del oscurantismo, ponia un cabo de vela do 
sebo ó alguna que otra tísica cerilla. ' '^i.'?> fn-'j fijfií)'! 

La civilización ha sido inexorable con este sistema de alumbra- 
do feslero callegil , y hoy casi han desaparecido por completo 
" aquellas verdaderas parodias de molones alumbrantes sustituidas 
por las hachas , que si bien arrojan mas luz también suelen poner á 
los transeúntes en un estado lastimoso convirliéndolos á veces oi 
' verdaderos panes de cera. El aliar del santo , el balcón de la casa 
del clavario y algún otro edificio se trasforman igualmente por el 
'"""''genio del florero y tanto estoé como el altar del santo que suele co - 
locarse en una vetusta ventana ó en algún mísero balcón ó cuando 
mas en el centro de la calle en forma de templete presentan el as- 
pecto de una verdadera decoración de teatro. No faltan por supues- 
to , las banderas colocadas en varios puntos de la calle , invención 
del espíritu moderno, y eiv las que se ven escritos los nombres do 
. la mayor parte de los pueblos de la vega y aun de la provincia, 
" '*.y todo esto , si bien carece de lujo , como no puede menos de su- 
' ceder , atendido el capital que en ello ha empleado el florero, que 
aunque no es tan escaso como el déla bafahasem no'ascendera se- 
guramente á muchos millones, produce un efecto magnífico, por 



TINTADOS POH KÍ MISMOS. 269 

cuya razón oslamos tenlailos á (Tccr que (|uicn tales prodigios ¿bra 
y vive pucilicauíCDlc, cumo hemos diclio al principio , entre espi- 
rilus buenos y malos, debe poseer, cuando menos, elinescrutablo 
^ccrclo de la raágia. 

Hooiíj iS^ "^ ^^ °^^^ ^^'"'^ ^^^^ ^^^^ ' H"^ nosotros no queremos averi- 
guar , poríjue ni nos interesa ni menos creemos que interesará á 
j, 1 1 nuestros lectores aunque sean chinos ó persas , mahometanos ó 
. rusos , ó aÍ4íun habilaulc del valle de Andorra ó vecino deis Or- 

Pero donde el adornista saca toda su habilidad y si es posible 
, ,1, 89 escede asi mismo , es en las fiestas do iglesia durante la semana 
j),j; ú oc,lava del Corpus. Todo el mundo sabe con cuanta solemnidad y 
, lujo, se celebran aquellas funciones religiosas en Valencia y la fama 
_j. , que goza pn este particular la ciudad de las flores. Pues bien ; el 
_^) adornista es uno de los que mas contribuyen á este lujo , á esta fa- 
,,,, ipa , á esta solemnidad que se imprime á los actos religiosos que 

lienep lugar durante aquel período. ' ' 

_yf m..,,El adornista se ajusta con los clavarios y compone el carro 
t,-,,, triunfal que va en la procesión , adorna las fachadas de las casas de 
..(j,. los clavarios y obreros y el tablado donde toca una banda de música 
_y. durante algunas horas de la noche que precede á la función. Como 
gT,: por lo regular participa del doble carácter de ropero el adornista viste 
^Qj , dansetes , y aunque alguno de ellos no tiene elementos suficientes 
QÍjj;:|)ara proporcionar tragos á todo el apostolado , podría no obstante 
aspirar á vestir decentemente al bou y á la muía ó al misterio de la 
,j ; degól/a \\e l^n contundentes recuerdos entre los valencianos. En 
tjjj cuanto al adorno de la iglesia , nuestro héroe practica en grande es- 
u¡,, cala los trabajos que en miniatura hace en las funciones de que ya 
,■] hemos hablado , pero sin los ribetes de ridiculez que podrán des- 
„ ;. prenderse del relato que de las mismas hemos hecho. En las fun- 
..,j,, cjoqes del Corpus el adornista secunda admirablemente los deseos 
.. , |de Ic^ .clayarios pstenl?mdo en el adorno de los templos toda la pom- 
pa y magnificencia qu« requieren los actos "refigiosos , para cuya 



V.270 LOS VALENGIAKOS 

mayor brillantez los valencianos no escaüman medio alguno ; por- 
que si bien por su carácter especial en la funf^iones populares se 
despachan á su gusto , cuando se trata de dar culto á Dios no ol- 
vidan nunca que son hijos de Vicente Ferrer y Luis Beltran. 

¿ Pero donde iríamos á parar si hubiéramos de referir una por 
una las ocasiones en que se busca el ausilio del adornista? Diremos 
únicamente que el Corpus tiene sus tiestas de iglesia y sus proce- 
, signes, San Vicente Ferrer sus altares y sus milacres , San José sus 
carpinterías y sus falles y que unos y otros acontecimientos arras- 
: tran en pos de si al adornista, porque este es tan necesario para las 
.fiestas como el aire para la existencia del hombre, 
j.,,., Finalmente , dentro de una circunferencia no tan grande como 
* ^ bello es el pais que encierra , el adornista recorre un espacio que 
I Cüjfiréi de yistosa^ colgaduras en épocas determinadas y frecuentes, 
como si la naturaleza tan pródiga y tan amable para el suelo ya- 
lenciano fuera insuticiente por sí sola para acreditar las caUticacio- 
nes que de este pais se han hecho en los pasados y presentes tiem- 
^ pos y que probablemente seguirá mereciendo en los futuros. 
, _ ,.Tal.es el adornista y la importancia que tiene entre la gran fa- 
,.. . miíia valenciana. El siglo XIX podrá borrar con su huella el nombre 
de muchos de los individuos que se hallan escritos desde inmemo- 
rial en el gran libro de nuestras costumbres , porque la civiliza- 
ción , por doloroso que sea , tiene que destruir con frecuencia para 
,;, perfeccionar. El adornista saldrá incólume de esta revolución y lejos 
.¡ de desaparecer de la escena le veremos cada dia en mayor estado 
,, de progreso. 

Es verdad que dentro de poco no veremos por los caminos á 
dos hombres que , como si llevaran una camilla , trasportan de un 
punto á otro las arañas de crislai que sirven de avanzadilla para 
dispertar el entusiasmo en la gente del pueblo donde se celebra la 
Jiesta. En cambio los ferro-carriles y los tramway proporcionarán 
.aladornista un medio de trasporte mas seguro y económica , su- 



IVfll' 



biendo cada dia un escalón mas por la interminable escala de la ci- 

> í;'.>: : .■■■• . ■ .■ . , ' , 



PINTADOS pon SÍ MISMOS. 271 

viüzarion irá ohloniondo todas las voiilajüs quo los adelantos de núes, 
tro siglo vayan con(|iiistau(iii ; poniuo ciiaiiltí mas delicado sea «jí 
gusto de nuestros dosceiuiienles en las íieslas popnlarcs y religiosas 
mayores serán las utilidades que alcanzará nuestro hóroe. 

fjfonurdu L'mI«o. 





■5^ NÍÍÍV^^X 



LA RIFERA. 




TU 



■^If 






TT 




LA RIFEUA. 



I. 



^^ásáS'-áSx ^^Nos ^'^"^S' lector. 

*.?<<>o Además aspiro á conquistar tu benevolen- 



a 



B 



Soy cortés y Le saludo antes de hablar de la 
rifera. 



»Kggo ^^^ y Procuro , saludándote . atraerme tus sim- 

^ÍM^Í'-'^S^ palias. 
"^^^Sp^^ De manera , que mi saludo , es interesado 

en parte. 
Esta observación te probará que, además de cortés, soy franco, 
Pero vamos al asunto. 

Para tratar de la rifera comenzaré hablando de la lotería, por- 
que , como sabes muv bien , conociendo las causas se aprecian me- 

35 



274 LOS VALENCIANOS 

jor los efectos , y es includable que no exisliria la rifera si antes no 
hubiera existido la lotería. 

Hinquemos , pues , el diente en la lotería. 

Si pretendiese pasar por reformista do costumbres te espetarla 
ahora una peroración filosófico- moral , poniendo de vuelta y media 
á todos los juegos en general y al de la lotería en particular; pero 
ni quiero abusar de tu paciencia , ni pretendo moralizarte , porque 
te supongo hombre de costumbres morigeradas. 

Si fuera diputado do la nación te pronunciaría un discurso de 
oposición , tronando contra el gobierno y anatematizando á la lote- 
ría. Diría que este juego es una contribución desigualmente repar- 
tida y por consiguiente injusta, contribución que pesa con especia- 
lidad sobre los pobres , cuando , según la constitución de la mo- 
narquía , todos los españoles están obligados , cada uno según sus 
fuerzas , á sostener las cargas del estado. Diría también que con- 
sentir el juego de la lotería es esplotar la credulidad pública, fo- 
mentar la holganza, causar la ruina de muchas familias, y de todo 
esto tomarla pié para esplicar mis opiniones políticas y para arre- 
glar á mi modo la nación. Poro esto , lector, seria meter la hoz en 
mies agena , quitando uno de sus entretenimientos á bs padres de 
la patria. Además de que al ministro del ramo siempre le quedaría 
el derecho de no hacerme caso, ó el de contestarme que , injusta ó 
no, moral ó inmoral, esta contribución produce cuarenta millones 
anuales y cuarenta millones no son un grano de anís. 

Esto, pues, no nos conducirla á nada. El resultado es que, 
buena ó mala, la lotería existe encarnada en el presupuesto de in- 
gresos de nuestra nación, como un árbol profundamente arraigado 
á la tierra y es casi una necesidad para ciertas gentes, que invier- 
ten su tiempo , su buena fe, y su dinero soñando números y arre- 
glando combinaciones desde una estraccion á otra. ¿Qué importa 
que á la llegada del correo se encuentren con un desengaño mas 
y algunos reales menos , si durante quince dias han vivido de espe- 
ranzas? 



PINTADOS POH SI HUSMOS. '27\'l 



Ya (]Uü liu rcsiiollo h:il)l;ir (\o. la lídcria le diré Icrini 'uaiio 
paliibras acorra dosti liislorla. 

Comen/ari; |)()r su climologia. 

Groen algunos que el nombro de iolcría viene de! alemán lol, 
que signilica suerle. Oíros aseguran quo se deriva do la voz italia- 
na /o//a, lucha, poiíjue cada jugador parece como que lucha con 
la fortuna y con los rcslanles jugadores. 

La negra noche de los tiempos envuelvo con sus sombras el ori- 
gen de la lotería. Hay quien la cree un pasatiempo antidiluviano, 
pero los autores sensalDS tienen por muy aventurada esta opinión. 
Caminando a través de los siglos y rasgando las nieblas de la his- 
toria encontramos á la lotería representando un brillante papel en 
una íiesla pagana , instituida en honor de un dios antropófago de 
quien la fábula cuenta que devoraba ásjs propios hijos. Con efecto, 
se sabe á ciencia cierta qué los romanos amenizaban las satur- 
nales (1) distribuyendo gratuitamente billetes entre los convidados 
y verificado el sorteo , parece que gozaban de ciertas considera- 
ciones los individuos a quienes favorecía la suerte. Al principio, las 
estracciones consistían en objetos cuyo valor material era insigni- 
ficante. Es preciso llegar á los reinados de Nerón y de Heiiogábalo 
para encontrar el juego de la lotería provisto de su principal ali- 
ciente, la esperanza de fortuna. Estos eslravaganles emperadores 
reformaron los lotes, ordenándolos de manera, que ¡os sugelosque 
resultaban premiados tenían . en muchas ocasiones . asegurado 
desde aquel momento su bienestar. 

Este juego cayó después en el olvido hasta que en el siglo XVIII 
le resucitó en Ñapóles un monje llámalo Celestino Galiani. 



(1) Fiestas que se celebraban <'n Ruiua eu houoi de Sdlurnu y que fueron institaida; 
bajo el consulado de Sempronio Arrafino y de Minucio . según uno? autores , v que . según 
otros, fueron creadas por Tarquino el Soberbio , durante el consulado de T. Largio. Tito 
Livio asegura que Tulio Hostilio había ya antes hecho Toto de instituirlas. 



276 LOS VALENCIANOS 

En España, la primera estraccion de la lotería primitiva ó anti- 
gua , única de que me ocupo, porque á ella y solo á ella se debe la 
aparición del tipo que me lié propuesto delinear; la primera estrac- 
ccion, repito, se celebró en Madrid el dia 10 de Diciembre de 
1793 , bajo el reinado de D. Garlos III y siendo ministro el prin- 
cipe de Esquiladle. Sus productos se destinaron al sostén de varios 
establecimientos piadosos y en el dia continúan casi dedicados al 
mismo objeto; porque, ¿qué mas establecimiento piadoso que el Es- 
tado que ha de sostener á esa larga falange de empleados qne se 
sientan á la mesa del presupuesto? 

Desde entonces hasta nuestros dias , las estracciones de la lote- 
ría han venido sucediéndose unas á otras , siendo causa de alegría 
para algunos, los menos; de pesar y disgusto para otros, los mas. 



ni. 



En algunas ciudades, la aíicion á la lotería está tan profunda- 
mente grabada en el corazón de las clases menos instruidas de la 
sociedad, que raya su entusiasmo en monomanía. 

Ciertas coincidencias, ciertas casualidades vienen en algunos 
casos á dar tal celebridad á determinados números, en determinadas 
estracciones , que los jugadores acuden en tropel á dejar su dinero 
en las administraciones de loterías á cambio da papeles, que en úl- 
timo resultado , no son mas que papeles mojados. Y como el entu- 
siasmo es contagioso hay ocasión en que, aun aquel que no ha ju- 
gado nunca, se siente, digámoslo así, arrastrado por una tentación 
irresistible á probar fortuna por la vez primera. 

Si eres valenciano, tú recordarás , lector, que no hace mucho 
tiempo llegó la idolatría de los jugadores hasta el punto de producir 
casi un alboroto en esta capital. Tú recordarás que , después de 
haber corrido de boca en boca , y de haber sido el obgeto obligado 
de las conversaciones durante muchos dias . una mañana apareció 
en todas las calles, en todas las plazas , en las paredes, en las puer- 



IMNIAIKÍS pon SÍ MISMOS. VI 

(as, on las haldosas, oscrilo el nii inoro 57 y no habrás olvidadu quo 
a la llc'^'ada dol (Corroo hubieron do cob)car9c ceiilinelas en las ad- 
minislracioncs do loltTÍa , de orden do la Autoridad , para contener 
á las gontos quo acudian en busca del número con tanta fó es- 
perado. 

Y esto, lector, habla muy alto en pro do la ilustración do que 
blasonamos. 

Hn cada ostraccion del jncf:o do la lolciia hay cuatro periodos 
marcados : el primero os aquel durante el cual el jugador se acerca 
á una administración y juega los números que quiere y el interés 
que so le antoja ; cuando concluye e>le período so dice que se ha 
cerrado el juego de poco precio En el segundo ya tiene que suje- 
tarse el jugador á ciertas reglas , con respecto a la cantidad que 
deposita , que siempre es mayor que en el primer periodo: el ter- 
cero es un intervalo destinado al cambio de las jugadas por los pa- 
garés, y el cuarto, en fin, es el momenlo supremo, decisivo: 
corresponde á la publicación de losjiúmeros premiados. 

Durante el primer periodo es muy precioso el papel de la rifera. 
so reduce á preparar sus listas (sedas), á comprar ios objetos quj 
so propone rifar y á esperar á sus parroquianas. Durante los tres 
últimos períodos , va , viene, corre, se afana, dispula , cobra , y 
entra, como quien dice , on el pleno egercicio de sus funcioues. 

IV. 

Y hó aquí , lector, que ya comienzo á hablar de la rifera. 

Esta muger no tiene fisonomía, ni figura propia; puede ser jo- 
ven ó vieja , fea ó bonita , alta ó baja ; pero pertenece casi siempre 
ala clase ínfima de la sociedad. Es ordinariamente pobre, sobre 
todo si cuenta poco tiempo en el ejercicio de su industria, aunque 
algunas merced á los caprichos de la picara fortuna y á su talento 
particular, consigue crearse una posición desahogada que le per- 
mite emprender otras especulaciones, la de prestamista, por ejem- 



^7% LOS VALENCIANOS 

pío , con lo cual consiguen darse lo que se llanda buena vida y aun 
ahorrar algún dinerillo para la vejez. 

Generalmente , la rifera es viuda ; algunas veces casada ; pero 
en este caso al marido no interviene para nada en los negocios da 
su muger que sabe manejarse sola lo suficiente para no salir nunca 
engañada. 

La rifera establece en torno suyo una reunión de jugadores, 
que casi en su totalidad pertenece al sexo femenino , y representa 
el papel de un banquero que cobra y paga, ni mas ni menos que 
el gobierno con respecto á los restantes jugadores de la nación. 

¿Cómo es, pues, preguntará alguno, que encuentre clientela, 
cuando seria mas cómodo y mas seguro jugar en las administracio- 
nes del gobierno que entregarse en manos de una muger sin res- 
ponsabilidad? Porque la rifera admite posturas mas cortas; porque 
cobra intereses mas reducidos , porque además de dinero , rifa pa- 
ñuelos, pendientes, sortijas, vestidos , mantillas , abanicos y otras 
mil zarandajas ; porque fia algunas veces á sus ^parroquianas ; y 
sobre lodo, porque la costumbre égerce tal inOuencia sobre nuestros 
actos , que hay mugeres que no depositarán un cuarto siquiera á 
la lotería y fiarán , sin embargo , todo el jornal de una semana de 
sus maridos en manos de una rifera. 

Hay que tener también en cuenta que los buenos jugadores de 
lotería, las jugadoras pur sang aguardan siempre á ultima hora 
para elegir el número en que han de depositar su confianza , después 
de haber consultado sus libros cabalísticos , de haber formado sus 
combinaciones ó de haber pescado al flareí una palabra , una seña, 
cualquier cosa que pueda traducirse á números. Y como cuando 
creen tener resuelto el problema, cuando imaginan que han despe- 
jado la incógnita, ya no pueden jugar á la lotería, corren desaladas 
en pos de las riferas. 

Y son de oir entonces los diálogos que se entablan entre las ri- 
feras y sus parroquianas , es de ver el afán con que éstas acuden 
á casa de aquellas y el ahinco con que les suplican que admitan 



PINTADOS l'(»ll SÍ MIS:>1()S. í279 

cuatro ó cinco cuartos al número dos para los puüuulus de ¡nía, ó 
UD roal al primer cslracto do los tres duros , etc. 



\. 



¿Ves aciuellas dos iuuÍ5'ert's qiio acaban de enconlrarsü a la 
puerta de una casa, cuyo eslerior no indica por cierto la opnlen- 
cia? I'ucs son dos entusiastas ju¿;adoras , dos alicionadas de la mas 
pura raza : la casa ante la cual so han detenido es la do una rifera. 

— ¡Ay señora Tomasa! dice la una , enjugándose el sudor con el 
embcs do la mano, ¡válgame Dios y qué carrera acabo de dar! 
pero al lín me he salido con la mia. 

— ^Si? pues del mal el menos... cuénteme Vd., sefiora Pepa, 
cueirtemo Vd. , esclama la otra. 

— Para el primer eslracto una fifjura de dos. Yo pienso jugar el 
11 que no ha venido desde el año pasado por Navidad. 

— El n... ¡ bueno! ¿y qué mas? 

— Para el estrado simple una figura alta; una figura de siete. Yo 
creo que el 16 no faltara. 

— 11 y 16.:.. corriente son números muy bonitos, señora t'epa. 

— Muy bonitos y seguros. Se los he podido sonsacar á Juan , el 
cuñado de la lia Antonia. 

— ;CalleI ¿Juan el tuerto?.... 

— Justo... 

— Uno gordo.... picado de viruelas... 

— Ajajá.... el mismo. Acierta dos ó tres todas las estracciones 

es lo mas gabuüsta.... 

-¿Sí.... eh? 

-=-!Va se vé , tiene un libro que vale mas que el Potosí! 

-¡Olga! 

— Pero no es esto todo , señora Tomasa. 

— ¡Cómo! ¿hay mas? 

—Toma, toma.... ¿No le hé dicho á Vd. que yo sin números no 



280 LOS VALENCIANOS 

me quedaba?.... Y que son fijos.... apostaría las dos orejas áque 
vienen clavaditos. 

— A ver, á ver. 

— Pues señor , asi que ha amanecido me hé puesto la mantilla, hé 
tomado una peseta y anda que andarás , á ver al flaret. ¡Y cuánta 
gente que había esperándole , Virgen santa! Pero todos se han que- 
dado á la luna de Valencia , porque no le han entendido los muy 
torpes. Ya se vé , no saben donde tienen la mano derecha. Apenas 
le hé visto salir le hé dado la peseta y le hé dicho: hermanito , có- 
brese Vd. media libra de aceite para la lámpara de la Virgen. Ha 
cojido la peseta sin decir palabra y me ha devuelto trece cuadernas 
en cuartos. 

—Eso es el 26. 

— Sí señora , el 26. Y al darme el cambio me ha dicho. La virgen 
te conceda la mayor felicidad. 

— ¿Xa mayor'? El 90. 

— Justamente; he formado la pina y ha salido el 90 ; pero aun 
falta lo mejor... Después, se ha restregado los ojos y se ha rascado 
el cogote. 

— Los ojos.... el 2... y el cogote... calle V... el cogote... ese nú- 
mero si que no lo entiendo. 
— Yo tampoco, pero ello es número. 

— Yo lo creo:... el cogote.... el cogote.... Y diga Vd. ¿se lo ha 
rascado con tocia la mano? 
— Con las dos. 

— ¡Oh! pues entonces es el 10. 

—Y es verdad. Después de todo esto , ha sacado una naranja y un 
pedazo de pan y se ha puesto á almorzar. 
—El 25 y el 50. 
— Sí.... esos son claros. 

—Con que tenemos el 26, el 90, el 2, el 10, el 25 y el 50. 
=Sin contar el 11 y el 16 de Juan el tuerto. 
=¿Y qué piensa Vd. que hagamos, señora Tomasa. 



PINTADOS POll Sf MISMOS. 281 

=¡Yü! jugarlos.... ¡pues no faltah-i lua.s! aunque me (jiicdc sin 
caini>a ... Cuino que no lonia mas dinero y lió onípofiado por seis 
péselas ol paHiiolo de crespón, lie corrido ya dos ú Ires rifrras y 
las muy picaronas no iian ({uerido admilirmclo.s. Sin duda han olido 
el negocio , y como saben que son dol ¡laret... Ahora vengo á ver 
si me los admito Quica. 
=Si, si... vamos pronto. 

Y las dos jugadoras penetran en casa de la rifera. 

Esta las recibo con benévola sonrisa y después de escuchar su 

pretensión, esclaina:=Dianlre , han venido Vds. tan larde yo 

ya habia cerrado el juego.... 

=PorDios, liaOuica.... que ya sabe Vd. que las pobres no 
podemos hacer las cosas cuando queremos. Mi marido es un necio 
que aunca quiere que le hable de lotería; de modo que hé de ir 
escondiéndome. 
=¡Je'sus . qné barbaridad! 

^Calle Vd. tia Quica... si es lo mas borrico.... Dice [uc todo 
son embustes. 

Pues muy mal dicho porque bien mirado, esta es una cosa 
á la que tonto el que jueya y tonto el que no juega. 
==Eso le digo yo. Con que quedamos en que.... 
=Vamos, bueno.... Los admitiré porque son Vds..- sino.... 
=Dios se lo pague tia Ouica. Y los números son bonitos , ¿es 
verdad? 

=Bonitos son. Aunque al fm y al cabo todos son bonitos si salen. 
Y como todos están en bolsa. 

Y diciendo y haciendo la rifera saca, al fin, con gran proso- 
popeya la seda y, como no sabe escribir, señala los números por 
medio de ilguras estrambóticas , que consisten, ya en una cruz, ya 
en uno ó dos círculos mal Irazados , ya en cualquier otro ¿larabalo 
de aspecto raro , que huele á cabala desde una legua. Entrega 
después á las parroquianas una contraseña con idénticas Gguras y 

cobra luego el importe de los números, despidiendo á las jugadoras 

36 



282 LOS VALENCIANOS 

que se retiran tan contentas como si tuvieran ya entre sus manos 
el dinero ó los objeto- que ambicionan. 

VI. 

Y llega al fin el correo : los números cacareados , los qiie las 
cabalas daban por seguros , los que el flaret (1) habla pronosticado 
no aparecen en el cuadro y la rifera se solaza con el dinero de las 
ilusas, que en vez de escarmentar para siempre, se maravillan á 
voz en grito de su torpeza por no haber llegado á descifrar un nú- 
mero que con tanta claridad se les habia anunciado y juran y per- 
juran que han de desquitarse en la estraccion siguiente. 

Por el contrario, üha casualidad hace qué lléguetí premiados los 
números que se esperaban y entonces í'a fiféi-á', si estábrn muy 
cargados dichos números , r'écoge su atillo , se declafa en quiebra 
Y desaparece hasta que pase, el chubasco, para volVet á l^s an- 
dadas , después de mas ó menos tiempo. 

Por lo dicho , lector , comprenderás que la rifera es una defrau- 
dadora de los intereses del Estado, que su industria es una industria 
de contrabando , una industria privada por las leyes. Y M lá mayor 
parte de las veces producé á nuestra heroína una ganancia segura y 
un jornal mas crecido que el qué obtendría dedicándose á cualquiera 
otra ocupación, le ocasiona también , en muchos casos, serios con- 
flictos , graves disgustos y formidables persecuciones. Pero no hay 
atajo sin trabajo y algo es preciso sufrir en este mundo para ganar 
honradamente el sustento. '^ ^'^^^^'"^ ••''" '^'^^" 

(1) Frailecico. Es un pobre lego á quien las mugeres de Valencia sacan da quicio dos- 
cientas veces al dia, porque lian dado en suponer que posee el don de adivinar los números 
que han de salir premiados cada estraccion. Nó puede ir por la calle , ni estar quieto en su 
casa , sin que sus apasionadas le interpelen , le cojan , le suelten y le zarandeen por todos 
lados. Una palabra suya, un gesto, un estornudo , la mas mínima acción el mas pequeño 
movimiento es para las jugadoras de lotería un número que ha de venir irremisiblemente 
premiado en el próximo sorteo. Pero como cada muger lo interpreta á su modo, resulta 
que una misma palabra recibe noventa interpretaciones distintas y hé aquí que una de ellas 
ha de ser precisamente algún número premiado. Verdaderamente aunque las mugeres le re- 
galan para tenerle contento , yo creo que este pobre hombrees digno de compasión por 
haberle caido encima uiía plagü de rtiugefes , y de mugeres fanáticas. 



PINTADOS ron sí wisMos. 2S/^ 

Esta es la rifera (|iic, como hó dicho mus arril);i , sd convicrle 

á voces on prcslamisla, por el int'xiico iiilorés de dos reales por 

duro cada me>, y que egerce con frecuencia ambas industrias á 

la par. 

VII. 

Voy á concluir ; pero me ocurre un escrúpulo, Icclor. 

El de que esla obra lleva por lílulo Los valencianos pintados 
por si mismos y si hemos do hablar con franqueza la rifera no ¡es 
un Upo eoleraiüenle valenciano. 

Tú dirás qne esle escrúpulo me ocurre nn poco lardi?. 

Verdad es; pero mas vale larde que nunca. 

Además, en descargo de mi conciencia debo deciile. y tú no 
podrás menos de convenir conmigo, que si es cierto que debe haber 
rifaras donde quiera que se juegue á la loteria, también lo es que 
la rifera valenciana presenta ciertas particularidades qne la distin- 
guen de las demás riferas y que la hacen digna de figurar en la pre- 
sente obra. 



Adiós, lector. B. T. M. 



Joaqnin Serrano y Cañete. 



^SMi^'- —^ 




"^^ ^ ^'^^W^ 




EL COaUIUERO. 



\i^ 




Eli COOllLLER. 




E 



'Q L hombre que ama el aire puro y libre de 

^SQ los campos, y goza con la contemplación de 

^^ su inmenso horizonte limitado á lo lejos por 

8888o 

^W las empinadas crestas de las montaña^ ó la 

»^ movible superficie del mar, y anhela respi- 
88^ rar la perfumada brisa que brota del ere- 
píisculo de las lardes de primavera como 
brota del amor la esperanza, y contempla la 
nacarada luz de la luna , que se mece en el 
espacio como lámpara solitaria , colocada por la mano de Dios para 
alumbrar una inmensa tumba , y vive una vida mejor escuchando 
las armenias de la naturaleza y los ecos solemnes que se despren- 
den de la creación como un tributo magestuoso dedicado al que la 



65> 

a 






288 LOS VALENCIANOS 

sona en quien él deposite toda su confianza para vigilar con escru- 
pulosidad cuantas personas se introducen en el establecimiento; en 
el interior se hallan colocados los trabajadores que fabrican la pasta, 
el que la pesa y corta, que lleva el nombre de serreta 6 tallaor, y 
allá en el fondo aparece un agujero enrojecido como debe ser la 
entrada del infierno, guardado por un hombre muy ligero de ropa 
que con una pala en la mano se asemeja á Neptuno apoyado sobre 
el tridente; el agujero es la boca del horno y el hombre el paler; 
esto es , el que cuida de la cocción del pan. El coquiller no tiene 
puesto determinado ; gira de un lado á otro como una ardilla, sirve 
á todos á un tiempo y entra y sale continuamente de la casa : en 
sus vueltas y revueltas suele cruzarse muchas veces con un perro 
propiedad del amo , que pasa sin dilicnltad por entre sus piernas 
torcidas , acostumbradas por otra parte á este ejercicio canino. 

Durante la noche amenizan el trabajo los operarios por medio 
del canto. Es de notar que el hombre tiene una inclinación innata 
á cantar ; canta como susurra el viento entre los árboles, como 
murmura la fuente , como exhalan perfumes las flores; el horabre 
cania sin duda desdo el primer dia de la creación . desile el momen- 
to en que se apercibió que sus órganos vocales pronunciaban soni- 
dos ; los niños cantan antes de hablar imitando el arrullo de la ma- 
dre que le adormece en su seno , el hombre canta siempre que se 
encuentra solo en medio de la naturaleza ; así vemos á los labra- 
dores elevar su canción melancólica al trazar sobre la tierra el surco 
que la hace fecunda, canta también cuando es largo el trabajo para 
hacer breves las horas; por eso se canta en los talleres donde se 
ven precisados muchos individuos á residir por largo tiempo; el 
canto fortalece y consuela el alma , sin duda , y hace olvidar las 
fatigas dtíl cuerpo. 

El coquiller es el héroe obligado de estas fiestas ; recuerda in- 
finidad de cantos populares y destroza al mismo tiempo la música 
de las zarzuelas, haciendo de este modo una combinación horrenda 
que solo puede resistirse á la boca de un horno , que es como si 



PINTADOS pon SÍ :>ii.SMo.s. 280 

dijéramos junio al crúlor de un volcan. Kii una ocasión lanza su voz 
atiplada, ai viento y dice* 

Carabasa m' han dnnal 
Y no in' han donal meló; 
Mes mo estime carub.isa 
Que casarme en un furo. 
En otras pretendo demostrar sus profundos conocimientos en la 
lengua castellana, y esclama: 

Los arboles d' Arancués, 
Onidos de dos en dos, 
No tienen tanta finura 
Como yo ü tengo á vos. 
Por último, el auditorio queda asombrado cuando abulia: 
Siñor Don Simón, 
La vida es fugal, 
Y naide privó 
Su trage falal. 
Esta suele venir d' Aragón, 
No perdona ni '1 sexo á la edad; 
Y pues dise que fué 1' anguilon, 
Buenas noches, siñor don Simón. 
Hemos dicho que el titulo de coquiller es (5l primero que se re- 
cibe en la carrera, y en efecto , después se halla el de serreta ó la- 
llaor y el de paler ; son ci>mo si dijéramos los grados de bachiller, 
licenciado y doctor en la facultad horneril. Si el coquiller es muy 
corto de entendimiento se queda en este estado toda su vida y no 
pasa de tal aunque se muera de viejo ; si, por el contrario, dá 
muestras de inteligencia y aplicación asciende á serreta y hasta 
puede llegar á paler, que es el úUimo limite de la carrera. 

El coquiller , bueno ó malo, haragán ó trabajador , reposado ó 
pendenciero , guarda siempre en su corazón intacto el sentimiento 
religioso ; venera como patrona especial á Nuestra Señora de las 

Mercedes , y lleva constantemente su escapulario en el pecho para 

37 



290 LOS VALEKCIATÍOS 

que le sirva de consuelo en sus aflicciones, de amparo en sus ad- 
versidades , de refugio en sus penas. Con esle ausilio el coquiller lo 
sufre lodo y vive contenió en medio de la escasez, amparado bajo 
el manto de la religión que todo lo abarca y lodo lo embellece. Se 
cuida poco del porvciir y apenas se ocupa del presente ; ve pasar 
los días sin reQexionar que pasan sobre el y solo de cuando en cuan- 
do vuelve la vista alris para recordar un momenlo de felicidad que 
quizá no le vuelva á sonreír durante su peregrinación en la lierra. 



]Bs|,fí»el Blasco. 







EL VELLUTERO. 



PINTADOS pon SI MIStJKIS. 



291 




eX' 



EL YELLITERO. 




EGUJí el diccionario do la lengua castellana es el 



\ que Icje en seda. Esia definición es mezquina 
vj para dar á conocei al vcllulero valenciano que, 



Sov (N además de lejedor en seda , es un docto sui ge- 
>^ neris colegial del Arle Mayor do la seda. El 
velliilcro valenciano es planta indígena de los 
barrios llamados «Las Torres» y técnicamente 
el clot. Frecuenta pocos años las Escuelas Pías, 
para remontarse hasta la boliga, (1) y su entrada en el arte mayor, 
es para aviar (2) ó fer canilles. En este período do tiene voz ni 
Tolo ; pero en cambio tiene la facultad de probar antes que nadie y 




(1) La azotea donde se tienen lo' telares. 
(i) Desmolar la lela j Ueuar laa caoUlas. 



295! LOS VALENCIANOS 

sin medirlo en la jicara el zumo de uvas que vá á buscar de vez en 
cuando á la taberna. De este estado pasa á ser el verdadero vellu- 
tero y entra en participac.on con sus compañeros de los placeres y 
fatigas diarios , que son poco mas ó menos asi. Se levanta ya bien 
entrado el dia; (el vcllutero tiene sus humos de señor y no quiere 
principiar su trabajo á la hora que el albañi!) toma la capa , que es 
su uniforme tan querido , que hay quien no la suelta ni aun cuando 
Febo nos visita quince horas diarias , poniéndonos á 34 sobre cero, 
y no saldrá nuestro hombre nunca de casa de su maestro sin dai 
una prueba de su üdelidád , llevándola plegada bajo del brazo hasta 
la puerta de la calle. Su primer visita matinal es á una de las ermi- 
tas que pueblan sus barrios , donde no de lo tinto , sino de lo ani- 
sado , se toma uno ó dos cuartos para matar el cuc. (3) De allí, 
en conversación con sus compañeros, á la botiga. Ya te crees^ 
lector, que el vellutero valenciano se eclipsa todo el dia encorbado 
sobre su telar sin pensar mas que en hacer crecer su tela ; pero te 
equivocas : eso cualquier trabajador sabe hacerlo y él tiene mas 
maginacion de la que se necesita para esa vulgaridad. Habituado 
^desde su niñez á elevadas regiones , y filósofo por raza , mientras 
ti abaja para ganar el pan de su familia , se distrae en continua con- 
versación ó canto y versa aquella siempre sobre lemas vulgares, 
pues él conoce el arte de gobernar, y los males que afligen á la 
nación los tiene él corregidos con solo dos dias que fuera ministro; 
sabe al maravedí cómo se reparte en Madrid el producto de las con- 
tribuciones ; es enemigo nato de los derechos de puertas; sus cono- 
cimientos en diplomacia eclipsan á Meternich y Valesky ; cuenta con 
a gravedad que le es peculiar lo que costaron los muebles de la 
casa del presidente del consejo de Ministros ; los platos favoritos 
a mesa del embajador francés ; las conversaciones mas secretas 
de S. M. la Reina con su alia servidumbre ; los galanteos y sa- 



(3) Matar el gusano ; frase equivalente á tomar la mañana. 



PINTADOS POll SÍ MIS.110S. í¿95 

cnfirios (lo ciertos olovados pcrsonüjos por esta ó la olía hai- 
larina ; conoce, con todos sus pormenores, el régimen interior 
del palacio del Sultán; los trajes del emperador do la china, y 
su clase do tejido ; la grandeza del puerto de Cronstadt : describe 
todas las batallas liabidas y por haber y lo horrible de las íicras de 
África V América, con pormenores quo sus cazadores desconocen; 
j)oro (londo mas fuerte so muestra el vollulero valenciano es en ad- 
ministración municipal : conoce á cuantas personas ejercen autori- 
dad en Valencia empozando por los alguaciles del Ayurtaraienlo, y 
como estas cosas las vé de cerca, dice verdades como puños y 

acaba siempre diciendo: «si yo fuera Alcalde — Después de 

comer le es indispensable su ratilo de siesta, aun cuando sea sen- 
lado en la misma banqueta dol telar. También canta el vollulero al 
compás de les cárcules , y recita versos de comedias, porque tam- 
bién asiste los lunes á las funciones de teatro , á benoíicio del pú- 
blico, y mezclado con versos de Zorrilla y Olona, canta en Cua- 
resma cánticos sagrados ; desde Pascua florida á la granada reci- 
ta els milacres de Sen Vicént , y desde esta fecha els misléris de 
la fesla del Corpus , porque has de saber , lector, que supongo no 
serás valenciano si lo ignoras , que los personages de esos autos 
sacramentales son casi todos velluleros, y como el que va con un 
cojo.... así es que todos ellos los saben todos y muy particular- 
mente el bando del rey Heredes, que principia: 

faráu saver 

de part del rey de gran poder 

siñor que tot ó mana, 

qu' el dichóus d* esta semana 

vinguen totes les dones 

axí les males com les bónes , etc., etc. 

Desde la primera Pascua deja el trabajo antes de anochecer, 

para irse estramuros, y ahora , merced al gran adelanto del siglo, 

tiene que andar algo mas y colocarse extra-radio , donde sentado 

sobre la yerba , al aire libre y sin dársele un bledo de los transeun- 



294 LOS VALENCIANOS 

tes, cena ó merienda con -su familia y amigos con una liberlad y 
sosiego envidiables. Repite á menudo los bandos (í) y la conver- 
sación so va poniendo !.an animada que es un gusto oirle y no es 
difícil verle regresar á la ciudad como , si siendo turco , llevara en 
brazos á su muger. Es do indispensable polilica anles de separarse 
de' sus compañeros fer dos ó Iresdoséts, (5) durante cuya operación 
si la conversación gira sobre los hombres de gobierno dice nuestro 
vellulero cosas tan grandes como verdaderas ; mientras los nif.osy 
cogidos con las costas se van durmiendo, y las mugeres , cargadas 
con el pequeñilo , que se ha dormido, tratan en vano de adelantar 
e\ regreso á casa. — Su oilio á los derechos de puertas y su enemis- 
tad con los dependientes del ramo es tan natural como el del niño 
al gato que se le come la m 'rienda. Con frecuencia, al regresar el 
vollulero de esta espeJicion le exigen en la puerta cinco ó seis 
cuartos por un poco de vino que queda cii la bola y que nunca paga 
sin ten jr antes una larga polémica con los dependientes, y veces 
híiy que por evitar que estos salgan con su empeño, se sale, y tras- 
colando el vino de la bota á su estómago , entra ufano sin que le 
pillen los cuartos y zumbando á los dependientes A estas meriendas 
pone fin la víspera de S. Gil , en que el maestro , poniendo, según 
antigua costumbre, sobre la banqueta del telar un puñado de azofai- 
fas y un candil le indica que principia la vela. Esta es la vida regu- 
lar del voUutero; pero hay épocas es[ieciales que no debe ignorar 
el lector. Los sábados al marchar de casa del maestro toma la dita 
(G) con tan esquisito cálculo, que siempre tiene la cuenta en par- 
tida de cargo , asi es que al dejar un maestro tiene con frecuencia 
la satisfacción de que quede en su libro una partida á su nombre: 
acto continuo de lomar la dita, la fuente del mercado le sirve de 
punto de reunión para orientarse del estado del arte. En tiempos de 



(5) Echar tragos. 

(o) Llaman aíi al esrote de uno b dos cuartos para ecliar un trago, 
(e) El lanío que adelanta el maesUo seuiaiialmenle á los oficiales, basta que a! cortar 
la tela se arregla la cuenta. 



PINTADOS pon sí MISMOS. 295 

hüimaudiuliís y concdrics (7) ol vcIIuIím-o li^niia on todas y asidlo á 
sus acloi cou .Uu[a ronnaljd.uJ y tal acopio <lu razonoK, como acudo 
áüu coinpafíia en tiiMitpos de; inilicia 'lac/innal. ¡Cómo espo.siblc que 
no suspiro lodo aiili^'uo vcllutcro valouciauo al rccordiir el rosari 
de la fuisLora (8) y aquidlos vor.sos": 

No t'.s pcusi.'ii (¡110 soc pastora, 

ponjue poilc l)oiT('{,Mi('ls, 

(jiic soc lii N'cr^e Maria 

do la coucóna dolí? Porclicts. 
Dejira de ser valencia;. o nuestro vell.itcro sino tuviera el ta- 
lento do suspender sus oeu|)acioiics siempre que purdc procuiarso 
UU buen ralo en cslo valle de lagrimas; así es que no liay ücísla 
qup,Uolo baga dejar por mas ó menos tiempo el telar. 

Su i)|ieion á les paelles os tanta, que no pcrmiliLMidolc sus me- 
dios liaccrbis con la frecuencia que desea, se enlrcticne fenlles de 
boca (9). con sus compañeros do bol'uja , y sin moverse del telar ni 
iuteriumpir su trabajo, so conviene á cóm poséni, (10) se designa 
el silio en que se creo ya eslar y ¡qué gusto es oirle cómo se co- 
me uno una ¡lierna del palo , al olro pedir vino para acabar de tra- 
gar un pedazo de pechuga ! En Un , como la frase valenciana csplica 
nuiy bien , la paella se hace y se come solo,... de habla , pero con 
una gracia que solo el vellutcro posee , porque es chistoso en su 
modo de decir. .,jj,.3 ^^^ 

Si hay calma en la demanda do géneros de su arle él te la dará 
á conocer pronto , lector mió , porque cuando salgas do casa le en- 
contrarás á parejas p<ir las esquinas implorando la caridad pública y 
sabe ,Dios cuánlo me duele ver distinguirse de los damas gremios 
en cosliimbre tan fea, al que mas glorió ha dado á mi pais. 

,Hé dicho algo acerca del vcllulero jornalero ; pero conside- 
rado Como macslro, aun cuando tiene mucho del que acabo de 



(7\ Hermandndés a<i llamadas. 
(8) La mas célcb'e de la.-» d chas. 
('.») Uacerla- de conveisaciou. 
(lü) £1 escole. 



'(Wí'j r.Mi i> i:.,r 



296 LOS VALENCIANOS 

bosquejar, tiene, sin embargo, su cualidades especiales, porque 
ésle gasta levita ó tuliina , en verano, y gabán y guantes en invier- 
no , los dias de fiesta , se entiende. Está suscrito á dos ó tres se- 
manarios de literatura , y hace comedias caseras , siendo joven , si 
viejo, ó es pescador de caña, si no tiene familia, ó si la tiene le es 
indispensable tartana y barraca en el Cabañal. Le conocerás siem- 
pre que le encuentres por la profusión de terciopelo y telas de 
seda que verás en los trajes suyos y de su familia , hasta el niño de 
pechos lleva falda de seda y gorrita de terciopelo. El tiempo que le 
dejan libre sus ocupaciones lo emplea prestando muy buenos ser- 
vicios, como individuo de sociedades religiosas ó de beneficencia. 

También diré algo del vellutero que cuelga los hábitos , ó sea 
del que , habiendo nacido hijo de vellutero y pasado su niñez aviant 
ó fent canilles se deja el arle de la seda por dedicarse á otra car- 
rera ; á éste le conoce todo valenciano á tiro de ballesta : si quiere 
ser guasón , es un necio cargante , y si le dá por lo grave es tan 
insufrible como las campanas del convento de Sta. Tecla. Si presu- 
me de elegante ¡ay Dios mió! aquello es lo que llamamos un 

velluler fi. 

Pero esta es una variedad de la especie que no tiene colorido 
determinado , ni aplicación posible en nuestro articulo. 

Es un vellutero degenerado , es una negación de sí mismo y 
pasa á constituir el embrión de un ente indescifrable que por cual- 
quier punto de vista que se le mire solo ofrece rasgos ridículos y 
pretensiones exóticas. 

El tipo verdadero , el industrial que nos propusimos bosquejar 
queda trazado según le comprendemos, en las líneas que anteceden. 
Cuando deja de hacer lo que nosotros hemos consignado, es, ó por- 
que no ha entrado en su esfera, ó porque ha saUdo de ella saltando 
torpemente la valla que le separa de las que ocupan otros. 

En cualquiera de estos casos le debemos abandonar, porque en 
ninguno de ellos le comprenden nuestras observaciones. 



-á_ 




EL MADERERO. 



PINTADOS POR SÍ MISMOS. 



f¡t 



^ 



\J^^ 







EL MADERERO. 



|M,^ SE hombre , vestido tan á la lijara, como su 

SM^^"^"^MS ocupación exije , y que en ciertas épocas del 

«séís ^m- ano veis aparecer en las orillas de los rios, 

Sy ü ^^ conduciendo maderas de construcción, es el 

^p JU 4*6 maderero , de cjya individualidad, bien co- 

.^•P C^'wé» nocida en el reslo de España , vamos a ocu- 

^♦M>x/€>N'€xV'-^ parnos 



Tj'Tiririj' «f'9* '^ gyg anchos zaragüelles revelan en todas 

parles su origen valenciano. El gancho , inslrumenlo único de que 
se vale para todas las operaciones de su oíicio, se asemejaria mucho 
á las picas quo usan los cosacos , si ademas de su parte punzante 
DO tuviera esa especie de acerado espolón, con el que atraen lige- 
ramente los maderos que se apartan de la corriente. Para ser ma- 

38 



298 LOS VALENCIANOS 

derero se necesita haber nacido en Ademúz , Gofrentes ó Cbelva. 
En este último pueblo encontrareis la figura que nos hemos compro- 
metido á bosquejar, es decir, el tipo perfecto de la clase, el ma- 
derero puro , el cual no se ocupa en otra industria ni conoce otro 
género de vida que el trabajo ó merodeo á orillas de los rios, ora 
se llamen éstos el Duero , el Guadalquivir , el Tajo , el Júcar ó el 
Túria. En los otros dos pueblos indicados, el maderero es á la vez 
un jornalero del campo, y maneja mas tiempo el arado que el gan- 
cho. Solo cuando Ghelva ha enviado a los rios todo su contingente, 
es cuando se acudo á Gofrentes ó Ademúz en busca de madereros. 
Además en Ghelva reside la plana mayor de este ejército acuático, 
compuesto de empresarios , mayorales y cuadrilleros , y de cuyas 
respectivas posiciones vamos á ocuparnos sin dejar de dar pince- 
ladas al tipo que se contorna en el cuadro. 

El maderero , jeneralmente es hijo do un maderero también. 
Guando tenia seis años (1) su padre se lo llevó consigo y hacién- 
dole servir de ranchero le hizo entrar cu la clase , pasando por 
esta escuela de apreadizaje, en la que, además de la instruc- 
ción , se les proporciona la comida y doce cuartos diarios. El Túria, 
es casi siempre el rio donde hacen sus primeros ensayos estos tier- 
nos reclutas. Cuatro ó cinco conducciones han bastado para que 
el niño se famillaiice con el manejo del gancho y aprenda á nadar 
como un pez. El ganchero puedo llegar á ser cuadrillero, especie 
de cabos que teinen bajo sus órdenes siete gancheros , y cuyo jor- 
nal es dos reales mayor que el de éstos que ordinariamente es do 
tres reales. El cuadrillero necesita ya tener cierta instrucción y 
condiciones de mando , amen do las de valor y práctica en el 
oficio, y si éstas son muy sobresalientes puede aspirar á ser un 
diá müyoral, en cuyo último rango se cobran diez y seis ó veinte 
rs. diarios y so puede mandar y administrar ala española. 



(1) No os admire !a edad. Cuando veáis ios madereros en las orillas de los rios podéis 
acercaros á ellos y enconUareis muchos ¡aiños de esla ó menor edad, sirviendo de raa- 
dle rios. 



PINTADOS POn Si MISMOS. ^21)9 

El maderero puedo dccirso (|uc es el rcprcsonlanle mas [xiro 
do la raza ibérica, do esa raza quo furmó las mejores legiones ro- 
manas qno ludió sielc siglos con los árabes y (juc (lió celebridad 
á la infanleria española en Ilalia y Flandcs. El mndcrero es sobrio, 
ágil , vállenlo y gran nad idor. Kespeclo a su moral , con solo hacer 
présenlo (pío el género de industria quo ejerce es el que mas so 
presta á actos de insubordinación y quo ésta jamas lia levantado su 
cabeza en las fdas del ejército acuático , queda hecha su apología. 
El maderero es considerado en todas parles como a^e de paso; 
conoce la geografía do su nación por el curso do los rios: 
sabe que siguiendo el Túria llegará á Valencia : que si se contrata 
para el Guadalquivir verá la gran ciudad de Sevilla , mientras que 
si ha ido al Tajo podra admirar los jardines de Aranjucz, pasar á 
Madrkl y ver la leona del Retiro. En las grandes poblaciones nunca 
veréis discurrir á un maderero solo por sos calles , y es que en 
esta industria la individualidad se cree débil y torpe hasta para 
cruzar do un puesto á otro. Ea esto se parecen á los marinos que 
siempre visitan !as poblaciones en grupos. El maderero, como 
Upo primitivo , y do honradez heredada conserva un miedo tra- 
dicional á las malas artes que se suelen ejercer en las grandes ciu- 
dades, y pretiere el ruido armonioso de los rios , aunque cambie 
de tono en los dias de tempestad, al bullicio de los grandes focos de 
población, y aqui resalla de nuevo su semejanza con los marinos, 
los cuales , cuando desembarcan lo hacen por pocas horas y solo 
por dar un vistazo á la población que se les ha presentado delante; 
pero quo por la noche no dormirían tranquilos , sino fuesen me- 
cidos por las olas del mar. Del mismo modo nuestro héroe solo 
duerme tranquilo y sin recelo oyendo el murmullo de los rios. El 
maderero vuelve á su pueblo tan puro como salió de él: ni en su 
habla, ni en su trajo ni menos en sus costumbres se ha mezclado 
nada de otras provincias: sus largas ausencias no han entibiado sus 
afectos de familia. En sus largos viajes lo vé todo , lo observa, 
lo admira ; pero no se adhiere á nada. No hay memoria en la clase 



500 LOS VALENCIANOS 

de ese individuo que haya echado raices en ninguna de las pobla- 
ciones que visita. Su presente eslá en los rios; su porvenir en Chel- 
va. Cuando es viejo, sus hijos , á quienes él ha educado en el ma- 
nejo del gancho , le guardan el lugar preferente , junto á la chime- 
nea, y el jubilado marino de agua dulce se complace en oir hablar 
de las vicisitudes de la última conducción. El maderero es amantó 
de su pais sobre todas las cosas del mundo. Si le asaltiin las ter- 
cianas , enfermedad de! oficio , su primer exijencia es para que se 
le conduzca á Chclva. Él aire de sus montañas y la brisa de siis 
vergeles cree que pronto le devolverán la salud. Si el mal arrecia 
en el camino pide á la Virgen del Remedio (2) que le permita ver 
el campanario de su pueblo , aunque á su sombra haya de encon- 
trar la muerte. 

El maderero , sin embargo de las vicisitudes de su industria, se 
cree feliz. Preguntadle si eslá contento y os contestará, echándose 
el gancho al hombro , que prefiere su manera de vivir , con lodos 
sus riesgos , al trabajo monótono del labrador abriendo surcos en 
la tierra ó del industrial pegado siempre á la máquina que mueve. 
Para comprender que no se halla mal avenido con su difícil y arries- 
gada industria 5 seria preciso que le vieseis con sus compañeros, 
en las calles de Chelva , en un dia de partida. Nunca para una 
conducción salen menos de ciento , y á veces doble y trip'e nú- 
mero. El pueblo todo se pone en movimiento. Las mugeres van 
y vienen á llevar los equipajes de sn maridos al ropero que vá á 
partir. Los chicuelos destinados á servir de rancheros se agitan y 
se multiplican. Es muy frecuente en esos días ver á la puerta de 
una casa cinco ó seis individuos de una familia, despidiéndose á la 
vez , el marido, de la muger , el padre, de las hijas , los hijos de la 
madre. Cuando así sucede , las pobres mugeres se consuelan del 
abandono en que se van á quedar , pensando en los ahorros que 



(2) Imagen que se venera en Chelva en un ermitorio situado á la falda del elevado 
inonte llamado El Pico. 



PINTADOS P(m SÍ MISMOS. 50 1 

pueden l?*acr .sos liomlires. Kllas , gtMH'ruImnnlo se apoderan de 
las ruceas y los cspoi an hilando. {'.)) Cualipiiera (jue hubiera tenido 
ocasión de presenciar oslas ó parecidas escenas habría creido asis- 
lii' a ios preparativos de una campaña , sobre lodo si repara en el 
gandío (pie nunca abandona nuestro héroe y (jue lo da un color 
guerrero. 

Si el Upo que vamos busqucjando ha llamado tu atención , que- 
rido lector, no podrá menos de llamarla también la clase de in- 
dustria que le presta nombre y que diíiere en mas de una cosa do 
todas las que ocupan a la gran familia humana. El maderero no 
tiene necesidad de trabajar todos los dias ni es el trabajo igual 
ni lo verilican siempre en un mismo punto. Si en el rio ha sobre- 
venido una fuerte crecida , el maderero se aparta de sus orillas y 
esperU en el pueblo inmediato que el agua disminuya para volver á 
él. Cuando el tiempo les favorece con lluvias continuas y mode- 
radas, el rio aumenta su caudal de agua , y esto contribuye á dar 
impulso á la conducción ; pero llegan á veces ocasioues terribles en 
que tras un largo periodo de sequía el estampido del trueno anun- 
cia la proximidad de la tempestad. Brilla el relámpago , el cielo 
abre sus cataralas y los montes y los valles se ven de repente 
inundados de agua. El rio , por cuyos puros cristales se deslizaba 
el maderero media hora antes , ha recibido el tributo de cien arro- 
yos. El mjinso cordero acaba de convertirse en león irritado. El 
maderero rompe las antiguas amistades con su viejo compañero, y 
olvidándose de la tormenta que ruje á su alrededor y menospre- 
ciando la muerte que le amenaza airada desde el fondo de las tur- 
bulentas corrientes, trabaja desesperadamente para facilitar el curso 
de la madera , ó se lanza en su seno para salvar la existencia de un 
compañero , cuyo gancho agitado de cierto modo anuncia el peligro 
eminente en que se encuentra. En estos trances de muerte, ningún 



(3) Generalmente la muger del maderero hila cáñamo, cuyas madejas se convierten en 
lienzos ordinarios en Cheba mí>nl6 . ó én él vetioo •pueblo de Callee. 



502 LOS VALENCIANOS 

maderero , si es chelvano , deja de invocar la protección de la Vír- 
cfen del Remedio, Hé aquí los dias de prueba que se ofrecen á mis 
marinos de agua dulce , y que ninguna industria conocida los pro- 
porciona tan amargos. En cambio tiene también los suyos de bo- 
nanza y do ventura. 

La madera está ya en Aranjuez. 

Las lluvias que , haciendo crecer el ya caudaloso Tajo han ame- 
nazado su existencia , ban facilitado la conducción. 

Los empresarios han llenado de oro sus bolsillos y ellos han re- 
cibido también alguna gratiíicaciou no convenida. Yedlos como dis- 
curren por las frondosas alamedas del Beal sitio. Parecen soldados 
que merodean la victoria con que ha sido coronada una penosa cam- 
paña. 

Nuestra joven Reina, siguiendo la costumbre de sus antepasados, 
se digna alguna vez acercarse á los industriosos valencianos para 
admirar sus trabajos. Los madereros, entonces, comprendiendo toda 
la importancia de la regia visita, ejecutan las principales maniobras 
del oficio con presteza é inteligencia á la voz de sus cuadrilleros, 
y pronto la corte, admirada , les ve inaugurar un puente movedizo, 
pero seguro , por el cual S. M., seguida de sus aristocráticas damas, 
cruza el Tajo. 

Estos inesperados sucesos son el bello ideal del pobre maderero. 
Sus padres le han hablado de las visitas que soUa hacerles Fer- 
nando Vil cuando arribaban á Aranjuez en época que se hallaba la 
corte , y ellos podrán recordar á los suyos la muniücencia de su hija 
Isabel II, que en mas de una ocasión ha mandado distribuirles al- 
gunas cantidades. 

¿Qué hombres son esos ? esclamará un estranjero al ver un gru- 
po de madereros en la plaza mayor de Madrid, con los ganchos al 
hombro y mostrando sus piernas desnudas , debajo de sus anchos y 
sucios zaragüelles , sin embargo de que se siente un frió de tres 
grados bajo 0. 
—Esos son españoles, se les podría contestar, esos son hombres 



PINTADOS pon SÍ MISMOS. 505 

do hierro quo resisten el frió de hoy como el calor de los trópicos, 
y qne desalían la mucile en las corrientes do los rios como desafiaron 
la que vomitaban vuestras balerías asestadas contra la iumürlal Za- 
ragoza. (4) 

Bos(iuejado el lipo del maderero nos resta solo , pava dar por 
concluido nuestro artículo, decir cuatro palabras sobre el sistema 
económico administrativo con que se gobierna la milicia acuática de 
quo él forma parle. 

Cerca de los madereros, aunque siguiendo rula diferente, ca- 
mina lo que ellos llaman la tienda , especie de brigada compuesta 
de soberbios mulos que llevan sobre sus lomos las provisiones de 
harina, vino y aceite, únicos arliculos de su consumo, á los que la 
tropa agrega las frutas y verduras que encuentran en las orillas de 
los riós. Con las provisiones va también el equipaje del maderero, 
que consiste en un par de camisas , igual número de zaragüelles y 
alguna chaqueta de palio pardo. Esta sección se llama la ropería y 
el mozo ó mozos que cuidan de ella roperos. La tienda suminisira 
las provisiones á los rancheros que caminan siempre una hora de- 
lante, á orilla del rio , para disponer y confeccionar los dos ranchos 
diarios, que forman su alimento. Preciso será advertir aquí que 
desde inmemorial ha consistido éste en migas, que se ofrecen al ma- 
derero en el almuerzo lo mismo que en la comida, sin que exista 
memoria do que se haya cambiado nunca do vianda. Mas de un gan- 
chero ha creído ver en esto una cosa providencial , y al considerar 
quo también á los peces se les alimenta con migas de pan , han 
convenido en que esle es el alimento de lodo ser acuático, en cuya 
fam lia se cuenta ya él. Aparte de esta creencia, digna de atención, 
añadiremos nosotros , que la dificultad de surtir la tienda de otros 
artículos que los indicados , han obligado á los mayorales y empre- 
sarios á suministrar á la clase el pan puro , ó convertido en migas, 



(4) En la guerra de la Independencia un batallón formado en Chelvav compuesto en sa 
mayor parte de madereros tuvo la gloria de defenderse ea Zaragoza contra las águilas fraa- 
ceiás. 



504 LOS VALENCIANOS 

amén del vino que no se les escasea, y del aguardiente, que en- 
cuentran también en la tienda , si bien con la restricción de haberlo 
de pagar pava poderlo trascolar al estómago. El maderero, sin em- 
bargo, á fuer de español y de bien criado no protesta nunca contra 
su obligado rancho de raigas y , como hemos dicho, se halla con- 
tento con su suerte y en buena armonía con los mayorales ó empre- 
sarios que se lo suministran. 

El movimiento progresivo del siglo del vapor , del telégrafo 
eléctrico y del déílcit ha ejercido también su influencia en la vida 
del pobre maderero. Antiguamente los dueños de las maderas ha- 
cinadas en los puntos de embarque , se entendían con los mayora- 
les, los cuales reciutaban la gente y con ella acudían á encargarse de 
su conducción , bajo un tipo de jornal que nunca variaba. En este 
sistema no habla interés en que la conducción fuese mas ó jnenqs 
pronl^a. El trabajo se dejaba siempre para mañana y podría decirse 
que el rio solo hacia la conducción bajo la vigilancia del maderero. 
En el día todo ha cambiado. El genio especulador del siglo %\\ ha 
hecho nacer la persona del empresario , digna de figurar en un 
cuadro aparte, el cual por una cantidad alzada, pero bien calcu- 
lada, se obliga á hacer la conducción: de ahí el interés en que ésta 
se verifique en el menos tiempo po>ible , y como consecuencia in- 
mediata, que el trabajo sea mas duro: encamino el empresario 
haciendo trabajar mas al individuo , ha descubierto ancho porvenir 
para la clase , llevándola á todos los rios de España. 

Joaquín Pai'do de la Casta. 






H,! 




EL OBRERO DEL CORPUS. 



PINTADOS poli SÍ MIS.MO.S. ?)05 



EL OBRERO DEL CORPUS. 




^■¡■^^ ADÍE que conozca un poco el tipo cuyo nombre va al 
^ Sí \^^' frente de estas lineas le coníundirá ciertamente con 
"" el Clavario , ya de fieslas de calle, ya mucho menos 

de Gremio. No negaremos que existe cierta analogía en- 
tre el Clavario y el obrero del Corpus ; lauto mas, cuan- 
|l\§ to que generalmente se suele denominar á éste como aquel. 
Pero muy otras son las obligaciones, las incumbencias, 
los caracteres , en fm , del Clavario y ql Obrero del Corpus. 
Aquel es un cargo mas popular (y permilaseqos )a frase); el Obrero 
pertenece á una corporación mas elevada : en una palabra; el Cla- 
vario , con raras escepcioues, es de la clase proletaria; el Obrero, 

de la clase media, v aun muchas veces de la aristocracia. 

39 



506 LOS VALEJNCIAINOS 

Hechas estas breves indicaciones, vamos á nuestro asunto. 

Un domingo cualquiera, regularmente del mes de Mayo, se reú- 
ne la corporación , llamada Obrería del Corpus de la parroquia A. 
ó B. y celebra junta general. Si hubiésemos de juzgar por el nú- 
mero de individuos que á ella asisten , creeriamos que era reduci- 
disima la congregación , y no nos podríamos figurar que pasase de 
doscientos el número de los asociados. Por lo regular, componen 
la junta el cura propio de la parroquia que preside, el Fabriquero, 
los obreros de aquel año , y seis ú ocho asociados mas. Abierta la 
sesión, danse cuentas, y aprobadas, regularmente sin discusión, pá- 
sase á la elección de obreros (que ordinariamente son tres), ó lo que 
sucede con mas frecuencia, se invita á los concurrentes que no han 
obtenido nunca aquel cargo , á que lo desempeñen en el año 
entrante. 

Hasta ahora hemos hablado en general ; pero supongamos que 
Don Ambrosio , hombre muy honrado , de buenos sentimientos y 
muy religioso, individuo de la obrería de su parroquia , se presenta 
por primera vez en la junta general. Así que le ven entrar los obre- 
ros, hablan entre sí, y convienen en dirigir sus tiros hacia el buen 
Don Ambrosio. 

Efectivamente , uno de ellos toma la palabra , y con razones 
mas ó menos fundadas le convence de que debe ser obrero, y 
queda así convenido. Terminada la junta, todos se acercan á Don 
Ambrosio , dándole mil enhorabuenas por su honroso cargo ; él 
dice que en verdad le asusta la empresa , porque lleva muchas in- 
comodidades y disgustos ; pero los obreros le tranquilizan con aque- 
llo de que no es tan fiero el león como le pintan , y que sobre lodo 
Dios recompensará esa nueva prueba de sn religiosidad. D. Ambro- 
sio va á su casa , cuenta á su muger y á sus hijos lo que acaba de 
pasar , y en aquel mismo dia el sacristán y los macipes de la par- 
roquia van á felicitar al nuevo obrero. 

Dejemos á un lado las visitas del cerero , adornista , rope- 
ro, etc, , etc. , etc. , que recibe nuestro hombre en aquellos días; 



PUNTADOS i'on sí mismos. .)()/ 

y pasemos lainhien por alio las conrorcncias quo time I). Aml)rosio 
con sus dos compañiMos do obrería. loriuaiKlo planes para el año 
próxinu». 

Lo (pie si liaremos notar a iiiicslros lectores es el cuidado con 
(pie mira aipiel año todas las procesiones de la octava del Corpus, 
coniando las andas, ciriales , incensarios, capellanes, danzas, mú- 
sicas, ele, (pie van en ellas, y conliándolas á su memoria, ó si esta 
es frágil , al papel. Inútil nos parece advertir que la que mirará con 
lodos sus cinco sentidos, como suele decirse, es la de su parroquia; 
porque así sabe ya á quo atenersa y liene una base segura, como él 
mismo dice, para el año próximo. 

Nada, que merezca llamar nuestra atención acontece a nuf'stro 
obrero en toda lo restante del año ; pero a principios del venidero 
ya comienza la cosa de veras, como se dice vulgarmente. Se trata 
con el ropero de las tiguras que ban do ir en la procesión ; con los 
clavarios de los gremios, de los ramos y ciriales quo se les ba de 
dar, porque sus andas vayan en la mismas; con el sacristán, sobre 
el aceite de las lámparas ; con el cerero , de las velas que ha de su- 
ministrar ; con el fabricante de ramilletes, de las varias clases de 
estos ; en una palabra , se ajusta todo lo necesario p;ua el mayor 
lucimiento de la función. ,? 

., Esto es cosa de los obreros en común ; por lo que toca a Don 
Ambrosio , además de eso, tiene otras muchas cosas que arreglar. 
El ha de pintar toda la casa, interior y esteriormenle, de arriba á 
abajo ; ha de poner colgaduras nuevas en las alcobas; él, su muger 
y sus hijos, han de estrenar aquel dia trajes nuevos ; así es , que 
ha de ver al sastre, para que le haga el frac negro, pantalón, id., 
y chaleco blanco ; ha de encargar sombrero nuevo y botas nuevas. 
La niña mayoreita cose una camisa á su padre, destinada para aquel 
dia; mientras que su mamá se ocupa, cuando su marido no se halla 
en casa , en hacer unos tirantes de cañamazo , para darle una, agra- 
dable sorpresa con los tirantes y con una corbata negra de moaré, 
hecha de un trozo que ba sobrado de su vestido. 



508 LOS VALENCIANOS 

Todo es , pues , animación y movimienlo en casa de D. Am- 
favosio. El pasa todas las noches tratando con sus compañeros de 
obrería, de todo lo que concierne á la función ; no se habla én'sü 
báSa de otra cosa ; !os niños no piensan mas que en sus trajes nue- 
vos ; la obrera, en la cortesía que harán los jiganles cuando pasen 
por enfrente del balcón ; D. Ambrosio , en íin , en su marcial as- 
pecto cuando enarbole el guión y vaya marchando al compás de la 
música con su peculiar proso'popeya. 

Oegaipor fin la víspera de la fiesta. ¡Qué tragin! ¡Qué impa- 
'clehtarse! ¡Qué arrepe-nürse de haberse metido en semejante hibe- 
rinlo! El sastre , que no ha concluido é\ frac ; el zapatero , que no 
^ha cumplido su palabra ; la modista, que devuelve el vestido y lo ha 
ert'ado ; el fabricante de los ramos , que no los ha concluido ni los 

puede concluir ; la Todo, en fin, pareae que se conjura 

contra D. Ambrosio. El no pai-a. en todo el día, 'de casa del obrero 
á casa del sastre, do alW á la capitanía general para que asista á la 
procesión un piquete de tropa ; de la capitanía general á la casa de 
aguas heladas para que no sé olviden de preparar el refresco; dé 
aquí á la parroquia , de la pan'ó'(|uia á casa del adornista; del núút- 

Dista á ¿qué se yo? Lo que si sé es que por la noche el buen 

hombre está rendido y con mas deseos de tenderse en la cama, que 
de estar recibiendo visitas y oyendo la música , qué ejecuta varias 
piezas en el tablado qne hay a pocó^ pasos de su casa. Resígnas'eí, 
no obstante , y ced^ á esta exigencia, otras de las mil que lleva su 
espinoso cargo. 

Finalmente, á la una de la noche bajan los músicos del tablado, 
y se despiden las visitas de D. Ambrosio ; pero él tiene todavía que 
obsequiar á aquellos con unas cuantas botellas, resultando por con- 
.siguienle que no se acuesta hasta las dos y médlá de la madrugada. 
Esto no impide que á las cinco 'ñé la mañana llamen ya á la puerta 
de su casa algunos individuos de la parroquia en demanda dé ra- 
mos y ciriales para la procesión ; demandas que continúan lodo el 
dia , que se reproducen sin cesar á cada momento, hasta la hora de 



PINTADOS pon Sf !V!1S'>1()S. ."^09 

snlir ¡iqiiolla , y faslidinndo solx'riiníiineiilo al fmon í). Anihrosio, 
sin (Icjnilo voslir, loiimrfliocilat»! ni comor tramiuilamcnlo. Así es 
quo pH.iíA tl(»s hoiMS y modiii en vestirse y acicalarse para ir a ocu- 
pí^r en ios olicios lio la mañana o! si lio prefercnlc (\u(> le esla re- 
Sc^'Vado. 

iJoírada la hora de la procesión, nuoslro hombre se dirige ú la 
iglesia que so halla enlonces convenida en oln» campo do Agrá- 
mame. 

-^Qiic ha de ir delante Santa Lucia. 

— iVo ácnOr, San Ramón és primero. 

^Tiene Sania Lucía el sitio doprefercncia, 

— No señor. 

—Si señor , le digo á Vd. que si. 
• ' — Y 70 digo que no. 

— Pues yo no salgo. 
"'•í— Piles yo tampoco. 

He aquí una de las muchas cuesíiones que se suscilati y que ha 
de cortar el obrero corti6 sli prudencia í'é dicl'e. 

En esto avisan que no han llegado todavía los apóstoles; que 
Ntíé está echando un tr.ígo , y que falla uti levangelista. D. Ambro- 
sio y sus compañeros se incomodan y se arrepienten una y mi! ve- 
ces de haberse metido en tal fregado. Pero no es esto solo; los en- 
cargados de llevar el anda del titular de la parroquia dicen que no 
Quieren llevarla sino se les aumenta diez reales á cada uno sobre lo 
estipulado ; los obreros grVfáh y palean; pero lien'cn que transigir. 
Lá f)rdcesion sale en íin , y D. Ambrosio, cogiendo maquinalmente 
el guión, olvida entonces lodos los sifisabores y disgustos que tan 
desconcertado le traiau. Al pasar por delante de su casa, dirige la 
vista háciá sus balcones , y ve á su esposa sonriendo de satisfacción, 
y á ¿ús aniigos saludándole afectuosamenfé, al paso que los niños 
grrlan «ól papá, el pa^á» y aiVójan un puñado de flores deshojadas 
¡sobre su cabeza. -^^ •"'-'' '' 

Concluida la procesión, D. Ambrosio vuelve á ^ü "casa condece- 



510 LOS VALENCIANOS 

rado con una docena de manchas de cera que le regaló un porta- 
cirialole y que le han causado no poco disgusto ; pero el refresco, 
qu3 produce una alegría general , le hace olvidar el percance. Des- 
pués la música ejecuta varias piezas como la noche anterior ; Don 
Ambrosio no puede tenerse de sueño, y tras do unas cuantas horas 
de sonsonete, y gaudeamiis á los músicos , se entrega rendido en 
brazos de Morfeo , no sin jurar una y mil veces que no volverá á 
ser Obrero del Corpus. 

Al dia siguiente se levanta nuestro héroe á las diez de la maña- 
na, todo molido y lleno de dolores, efecto del guión y del continuo 
ir y venir de .os dias anteriores, y recibe una porción de visitas, 
pero de varias clases. 

— Amigo D. Ambrosio , muchos años que V.. .. 

—Gracias, Don Lucas, gracias : ¿qué tal le pareció á Vd. la 
función? 

— Magnífica, oh..... si, magnífica, como no se ha visto igual en 
la parroquia, 

— Señor obrero , interrumpe cierto prójimo quitándose la gorra, 
para servir a Vd.; aquí tiene Vd. el recibito de 

—¿Qué tal? ¿Se ha des-sansado? Dice el vecino de enfrente , que 
devuelvo tres ciriales que llevaron en la procesión él y sus dos 
hijos. 

El buen D. Ambrosio tiene que mostrarse risueño y afable con 
todos, y recibir los plácemes, y soltar l'argent, y contentarlos con 
sendos pesos duros que no son de ceremonia, y etc., etc., etc. 

Pero al través de su rostro amable y de sus palabras afectuosa- 
mente afectadas, se ve al obrero triste , y fijo solo en una idea, la 
de que toda la fiesta y bullicio pasó, y sus monedas pasarou tam- 
bién á manos de los que han contribuido á ese bullicio y á esa 
fiesta , mientras que solo no han pasado para él el cansancio y 
aburrimiento , y el vacio que tras si ha dejado la animación ide los 
dias anteriores. Pudiera creerse que D. Ambrosio , en aquellos mo- 
mentos compadece á los obreros de las otras parroquias á quienes 



TIMADOS i'oH SÍ miamos. 311 

aun MU liii llcfíado el día do la prueba , es drcir , el lunio de la 
liívsla , y á los (juo , andando el liciupo , han dü succdirlc en su es- 
pinoso cargo. 

La esposa dn I). Ambrosio , por olra parle, llene (|ue guardar 
luda la ropa de fiesta ó de elujuela , como ella la llama ; los Irajes 
dü los mucliachos; los suyos; la manlcleria ; el cubre-cuma, las 
colgaduras, el en ün , es lu cierto (|ue lodo el dia eslá ocupa- 
da en semejanles faenas , á j)csar del dolor de cabeza (jue la pro- 
dujo la balada de la tiesta. 

Cualquiera que liaya leído este articulo , y seguido con la ima- 
ginación cuanto llevamos espucslo , comprendera fácilmente que 
hablábamos en la hipótesis de que la procesión haya podido verlli- 
carse. Pero supongamos por un momenlo que al tiempo le da la 
ocurrencia de hacer el oso el dia de la procesión. Si llovera ; si no 
lloverá Son las cinco de la larde y principian a caer golas. 

— ¿Qué hacemos? 

— Hombre , veremos si esto para 

— En el suelo , contesta un chusco 



— Ya parece que no llueve.... 
Pero una lluvia regular interrumpe la frase. 
Los músicos están en la iglesia ; parte de la corporación ha acu- 
dido también ; los jigantes eslan esperando y mojándose. Algunos 
gremios han llegado ; todo , en fin , está casi dispuesto. 
—Esto no será nada, dice uno. 

Y D. Ambrosio se alegra. 

—Si que lloverá , contesta otro , el tiempo está muy cerrado. 

Y D. Ambrosio vuelve á desazonarse. 

Por fin, el tiempo se decide ó á continuar obsequiando al pú- 
blico con agua, ó á serenarse; en el primer caso, la procesión se 
suspende para otro dia , en el segundo cesan. los sustos y todo pro- 
sigue como si tal cosa. 

Francamente , no sabemos como hay quien sea dos y tres veces 



512 LOS VALENCIANOS 

Obrero del Corpus. Es una cosa que á la primera vez fasUdia, y el 
que prueba el bocado de la obrería queda saciado y harto para to- 
da su vida. Solo un celo decidido y una aticion á toda prueba pue- 
den hacer llevadera una carga mas pesada de lo que á primera vis- 
ta parece, como habrán podido comprender nuestros lectores por el 
breve bosquejo que hemos trazado. No es esto decir que no juzgue^ 
mos dignos del mayor elojio á los que sabiendo los disgustos , sin- 
sabores y gastos que lleva consigo este cargo , quieran no obstante 
desempeñarlo. Mas aun ; creemos que en este pais clásico de relir^ 
^iosidad y4)elo por la fe que nos legaron nuestros padres , no han 
de faltar nunca personas piadosas quq consagren con decisión sus 
desvelos é intereses á tan laudable objeto, como no faltarán tampo 
co para las mil fiestas con que Valencia obsequia todos los años á 

sus patronos. 

«5. P. í»*.. 





EL CORREDOR DE JOYAS. 



PINTADOS l'OII si MISJlllS. ril.l 



-,7-^V r- 



J -"^ 




EL CORREDOR DE CflOYES. 



ÍA*ra^ü;^«i'¿'Wú>-i)E iréis que no, se celebren carreras de caba- 
ÍV^J-^^^S^Sá ^'^^'^ ^^^ donde semejanles espectáculos se 
í Jfí ■»>». "Iií^ dan . no tienen , por cierto , ni el objeto de las 
tó|| JLr Ijí^^ de Valencia, ni el aparato que las precede i)uc- 
^-^> .*. 'ísíá <l6 asemejarse. Generalmente las carreras de 
■í-^ííxSÍ-^-^ caballos tienen por base el fomento de la cria 
caballar, el estimulo de los criadores, y si es 
por diversión con ciertas formalidades que pon<jn á cubierto la ma- 
licia y las ventajas relativas. Por mas que las de Valencia tengan 
cierta fórmula original , no es nuestro propósito hallar de ellas, 
sino del ginele que es el protagonista de la función. 

El corredor de chbijes , que asi se llama en la huerta de Valen- 

cia , no es un ginele amaestrado en los picaderos , ni monta poniea- 

40 



314 LOS VALENCIANOS 

do en práctica las reglas del arte , ni como los jokeys ingleses tie- 
nen por oficio la equitación. Su físico generalmente puede definirse 
de modo que ponga de relieve su originalidad , y ahi está la espe- 
cialidad del tipo. La edad de nuestro héroe frisa de 20 á 30 años, 
estatura mediana como la del cazador español , membrudo sin ser 
grueso , moreno , de ojos vivaces y una agilidad á toda prueba. 
Sus ascendientes han sido honrados colonos ó jornaleros de campo. 
Bajo estos auspicios el corredor de chóyes no sabe que lo es hasta 
que un dia practica el olicio ; pues de pequeño montaba un asno 
con el cual recogía estiércol ; y de mayor saltaba ya de un 
golpe sobre las ancas de un mal rocín , con el cual traía y llevaba 
la ropa al lavadero. Por supuesto , que nunca usó de estribos , va- 
liéndose para montar , casi siempre por el rabo , de las cerdas de 
éste metidas entre la planta del pie y la alpargata , cuando la llevó 
y cuando no , que eran las mas veces , formando sobre las falanges 
de los dedos una lazada que sé deshace al tieÉfib' de- dar el salto. 
Cuando el jaco va horro de carga , y en momentos en que eí corre- 
dor en ciernes se halla en parage que puede ser visto de algunos, 
menos do sus padres ó amos , aplica sus talones á la cabalgadura, 
y le hace dar un trole largo que mas tarde se convierte en escape. 
Cualquiera, menos él', quedaría molido después de un ejercicio de 
esta clase, que procura rejH'oducir diariamente. Una carrera y olra 
montado en rocines de semejante especie , sin montura , sin freno, 
y con solo e/ íe/Té-Zó , ó barbada , que es todo el avío de nuestros 
labriegos , le da una práctica tal , y una seguridad sobre el animal, 
que solo puede apreciarse teniendo en cuenta el lastimoso estado de 
nuestros caminos vecinales. 

Andando el tiempo , el mozo es criado de labranza , ó zagal ó 
larlanero , y si en la casa del amo se necesita desbravar algún po- 
tro no se llama ál picador; basta que el chico le tome de su cuenta 
para dejarle mas manso que una oveja. La intrepidez y los conoci- 
mientos que ha adquirido de los gitanos con algunos plagio^ de los 
inteligentes del dichbus , feria do animales que se celebra los jueves 



PINJADOS pon SÍ ÍIISMOS. 31;) 

do cada soinana , lo dan alguna fama iclaliva , con la cual asciende 
a la caloí^'oria do! iiombro <lc cunlianza en el ramo do la cuadra. A 
eBladiilma, las niü^as do su claso le quieren, y si entre ellas hay 
alguna que lüs pola , no os por citMlo para hacerla el amor, sino 
para tener una geñora de sus pcnsaniienlos en los días de la üd. 
Eisla no se presenta sit^mpre poique ni hay ganaderos que prueben 
sus razas, ni estos juegos se celebran sin tener por objeto una licsfa 
religiosa ó patriótica. 

Llega una do esas que á la vuelta del año presenta la oportunidad, 
•y aqui .so deja ver al corredor de chóijes en toda su deformidad , y 
también en toda su hermosura. El clavario ha sondeado de antema- 
no a los labradores , molineros ó tratantes que poseen algún buen 
caballo; y merced a la intervención de los corredores y a los mu- 
cbos iUicionados a las carreras , se enciende la emulación que viene 
á concluir por una gruesa apuesta. Aqui es nuestro héroe el objeto 
de todas las atenciones por la parte que le elige su campeón. Algu- 
nos dias antes se pone a cuidar del caballo , le mima , le mantiene 
con regalo , y su entrada en la casa del dueño del animal no se le 
puede prohibir. Esto mismo es uno de sus recreos , y tal vez la 
mejor de sus distracciones , porque al transite procura pasar por la 
puerta de su chica , sin detenerse mas que lo preciso para decirla 
un a Dios que no tienen interpretación. 

Ya han llcf^adolos días de la tiesta. Las cosas se preparan , y 
los momentos de la carrera se aproximan. Señalado el punto en que 
se ha de correr, el alcalde del distrito ó vaia á que pertenece la 
función , con su sombrero peludo y ancha cinta , su cliaqueta corla 
ó su levita treintañal azul lurqui , y siempre con unos pantalones 
tan anchos que al caminar no se vislumbra del interior mas que lo 
que divisa el espectador en las olas de teatro del armazón (jue las 
promueve , va señalando las dimensiones de la carrerja. Los llauli- 
nenls y Jos guardas están apostados en las embocaduras de los ca- 
minos para que no pase ningún imprudente en los apuradlos mo- 
Lueotos j mientras el alcalde . señalando siempre con una vuii.ta fle- 



5t6 LOS VALENCIANOS 

gra con cabos de plata , que es el cetro de su jurisdicción , dispone 
y ordena con «na precisión que heredó, y una regularidad que forma 
otro de los contrastes de la función. Mucho antes de la carrera, las 
mozas y las solteras de la vecindad discurren por los alrededores 
del campo, con ese airo tradicional que ni han mudado las revolu- 
ciones ni es fácil hacer desaparecer. Por supuesto que ha de ser 
muy pobre la joven y aun la vieja que no se adorne con el collar do 
gruesas perlas , rica adjudicación del quinto de su madre , y con uu 
par de barquillos de oro con esmeraldas , que si desaparecen es 
para dar paso á otros pendientes de la clase del collar. Si ha de ir 
á la orden del dia llevará pañolón de crespón amarillo , ú otro color 
fuerte , y blanco si es hija de rico arrendatario ó propietario aco- 
modado , con falda de seda de tornasol á rayas diminutas, y un 
buen abanico do nácar ó hueso. Las que no reúnen tantas conve- 
niencias se aprestan con el pañuelo de crespón ú otro pequeño de 
pita, hueca falda de percal francés , y borceguíes de cabra. Pínten- 
se como se quiera , mas lindas labradoras no las hay en el mundo. 

Mientras llegan los campeones y el señor alcalde , los encarga- 
dos de este han hecho dos metas, una de salida y otra de llegada, 
pero rigurosamente siempre formadas por una línea de matapusa y 
espadaña , ó de yerbas recortadas en los márgenes de la acequia 
mas inmediata. Ya están ahí los ginetes con sus caballos : la alga- 
zara comienza; pero el dulzainero no toca. Es que no es hora, y 
además se halla ocupado refrescando. Durante el rato que se espe- 
ra la seña! de apresto , el corredor de clióyes tiene cogido á su ca- 
ballo de la brida, cuidando de que su impaciencia no le exaspere 
ni se calme. El animalito , que suele ser un buen jaco de la marca, 
cuidado como una joya , mimado espresamente , y aun , al parecer 
de algunos , semi-embriagado con pan y vino para darle fuego y 
j.esistencia , está impaciente , relincha , bufa , palea, y no ve el mo- 
mento de que le suelten. Los curiosos y los interesados de una par- 
te forman un grtipo al rededor del campeón , el cual va vestido lo 
mas ligeramente posible, que es otra- de las originalidades del tipo. 



PINTADOS POU SI :>IISM()S. 517 

Una camisa íijriiesa poro limpia con pochcras , y uros anchos cal- 
zoncillos os lodo lo quo lleva • « sa os la rcininisconcia do los arabos 
(Id (Icsicrlo. Ni pailiicio a la cabí'za , ni Taja, ni inedias; pues si 
al^íuna v»»/, añado al^'O ;i lo dicho , scr.m unos milonos sobre las 
panlorrilla-; , qnc dan on docir (jue son calses de traneta Va des- 
calzo , los brazos an cman^'ados hasla mas arriba del codo, desabro- 
chado y ('olgando de los ojales les mansanctes , que son dos geme- 
los formados de reales de piala , los mas nuevos (pie hallo su novia, 
entre las monedas del reinado actual. El corredor, aunijue oye á los 
circunstantes , generalmente calla porque se trata de la apuesta , de 
la calidad del caballo y de las comparaciones consiguientes. Si ha- 
bla será para decir que siente el mal estado de la jaca , que ha pa- 
sado muy mala noche , que hace cuatro dias no se podia mover de 
una indigestión. Aunque estos sean todos sus conocimientos en ve- 
terinaria , si la conversación se alarga y toma interés, es preciso que 
se queje de que la carrera es larga y que los alcaldes no han puesto 
las metas arregladas á los 12o pasos. Ademas hay una irregularidad 
en el sitio que es preciso tener en cuenta. La distancia forma curva 
y es preciso considerarlo para apreciar el valor del vencido; el ginete 
cede la linea interior á su contrario para demostrar su generosidad; 
pero el dueño del caballo no quiere, y el alcalde llama a juicio á 
campo raso. Se avienen por lin echando suertes, no sin prometerse 
los gineles ir con cuidado en los latigazos , á fin de no darse por 
equivocación ó por ardid en las narices ó en la cara del otrí) animal. 
Suena por fin la hora , y el dulzainoro que tocaba y reprodocia 
una de esas variaciones de su instrumento entrelazado de solos de 
tamboril, emprende el tango americano ú otro coro de una zarzuela 
que no ha visto, pei'o que tampoco ha escrito el autor. Los corre- 
dores alan sobre sus muñecas dos látigos y los afianzan para tenerlos 
seguros en la carrera. Los animales al oido de la música que le^ es 
tan grata , se revuelven y están impacientes : los gineles no montan 
hasta el último momento ; pero aun así , cuando llega es'prcciso que 
dos moros sostengan sobre la meta á los caballos para que no se des- 



oíb LOS VALEKCÍAKOS 

fctoqiien. En pelo , con ia ropa que se ha dicho y con un látigo en 
ycada mano , tomada !a dislancia paralela conveniente , parlen como 
rayos á la señal del alcalde. Vedlos volar: pero no los veréis , porque 
.#1 cafeaWo cUiVOS .músculos han lomado toda la lonjitud posible des- 
cribiendo una linca horizontal -sobro vuestro frente , no os deja ver 
al ginele que pegado á la columna dorsal del belerofonte suelto, y 
agitando vivísimamenlelos dos látigos sobre las ancas del caballo, no 
os parece sino que el animal tiene' alas. Es imposible describir la 
velocidad de k carrera : no puede creerse que esta se ejecute en un 
pedregal , sobre una superücie llena de baches ; y lo mas admirable 
es que esos gineles que parecen parle de sus cabalgaduras , des- 
precien su vida por esa aücion , dejándose llevar couio .pajas en un 
terreno que podrían quedar estrellados al menor tropiezo del animal. 
El entusiasmo de los héroes de la liesta supera todas estas inconvo- 
/niencias y dificultades. La carrera concluyó. 

El vencedor y el vencido arropan bien sus caballos después de 
la f-arrera. 

El primero, llevado en triunfo hasta el pnnlo en que se halla el tri- 
bunal , recibe de este en el acto la joya que está colgada de 
un triangulo de flores puesto sobre el balcón del clavario, y 
consiste casi siempre en un pañuelo de pita de colores muy .vi- 
vos. El segundo aunque haya sido por dedos la diferencia, de 
buena fé confiesa que no ha ganado; pero se ratifica en el mal 
estado del caballo y se consuela con increpar al dueño porque ha 
.permitido la competencia. Todo se apacigua cuando se habla de la 
otra ; y los ginetes , aparte los comentarios qne se les permite en 
desahogo de la alegría ó de la desgracia , se desquitan con refrescar 
á la salud de ios clavarios durante la cantada de guitarras en ¡a cual, 
el ladino cantador de oficio nmica deja de recrearles el oido con 
aquella célebre y antigua canción. 

Cualsevol home que té 

Rosi corredor de clíoyes 

Y la dona bailadora, 

Ya pot dir que's pinta á soles. 

Manuel Calvo 




EL COHETERO. 



iMNTAnoS l»<>H KÍ niíSMV»S. 519 



ÍLC 




LLÁ voy , y no á hacer cualquier cosa; nada_^ 
x/\/$o" menos que ha describir á un pirolécnico,. | 
^^^' pero no de ac^uelios que en la pirolccnica,, 
se dedican á la aplicación tormenlaria v arle 
&óv> de destruir, sino a la parle recreativa ; los 
S^ primeros noccsilan de muchos y sublimes 
i/'^ esludios para poder merecer una charretera 

.■^ en el cuerpo de artillería , á la par que los 

''-' ^^^'^'^ ¿>' segundos sin teoría de combustión, ni cál- 
culo diferencial, ni integral, son los que sin causar espanto enlretie-, 
nen a las gentes con el ronco son deis masclels (1), con el traque- 
teo de les piíiletcs (2), la rápida ascensión dj les ixides (3) y con 



(1) Morlereleí. 

(2) Cohetes sin petardo 

(3) Tohetes vola(loie<. 



320 LOS VALENCIANOS 

las vistosas ruedas que ya con direcciones recias , ya describiendo 
volutas ü otras curvas , despiden fuegos de diferentes colores pre- 
sentando bellísimos cuadros capaces de animar al inglés mas fle- 
mático. 

El pirotécnico que vamos á describir llamado vulgarmente el 
Cuheter (1), es un hombre que causa la mayor admiración á los la- 
briegos: generalmente cssér-o, previsor, sereno, arrojado y pronto 
en sus acciones; suele no fumar y en caso de hacerlo lo verifica 
pocas veces. Estas cualidades son debidas á el eminente peligro á 
que continuamente está espucsto por la fácil inflamación de la pól- 
vora y otros combustibles que forman el principal material de sus 
obras. Los instrumentos de su arle se reducen a una artesa y una 
bala de á doce para desmenuzar la pólvora; un almirez para macha- 
car el azufre; una hoz para corlar las cañas; unas tijeras para corlar 
papel; un embudito de ojadelala; unos cuantos pinchadores; ataca- 
dores de hierro huecos y macizos ; una balanza pequeña; mesas y 
sillas. Su trage siempre modesto y de poco valor, suele componer- 
se de un pantalón no muy ancho y bien cortado de tiro para po- 
der saltar con facilidad; una chaqueta de manga ajustada, porque los 
faldones de un gsiban ó levita le incomodarían y la manga ancha 
permiüria la entrada á las chispas hasla tocar el culis de los brazos. 
Prefiere la ropa de lana á la de hilo y mas á la de algodón, porque 
en aquella el fuego no puede prenderse con facilidad, mas no tiene 
nolicia de las telas de asbesto que son incombustibles. Estos humil- 
des Pirabollslas andan siempre de fiesta en fiesta al revós de los 
médicos que andan siempre de llanto en llanto. Trabajan con ligere- 
za y precaución, son exactos en sus presupuestos y sacan un re- 
gular producto de su trabajo. Sus mas útiles y altas relaciones son 
los alcaldes de los pueblos y los clavarios de las fiestas. Cuando 
unos ü oíros se presentan en su casa , en representación de la junta 
de fábrica ó ayuntamiento, el cohelero los recibe con mucha se- 

(1) Cohetero. 



PINTADOS pon Sí Mismos. 321 

ricdad, los dirn (jiio so .sicnlon qiic'Undosc 61 íld pió. K! alcaldo y 
domas del comaiidin le, o!)S(?rvaii alonlatnnnlc, se miran unos ú oíros 
y í()in;iiido uno la i:ilciaiiva cá|)Iica al cohetero o! objeto do su ve- 
nida nianifeslando si (luicre máseles , Iraca do Cohiílos , caslÜlo 6' 
cuerda, ^ienipro son ires do estas cosas las que so lo oncargm, 
pero infaKblcmcnlo, si es para pueblo cníran en ellas las dos pri- 
meras; la dolorminacion do si la tercera ha do ser cuerda ó casiilio 
dependo de una discusión que los principales del pueblu han tenido 
do antemano en la cual suelo haber mas debate que en el congreso 
do diputados cuando só traía de presupuestos. 

Rt'suclla la cuestión , al paso que encargan la traca y los mas-' 
clets oíilran en ajuste del cantillo ó cuerda, .sin explicación de la claso" 
de vistas do fueg :)s que ha de tener y sin otro mas que decir un 
castillo- ó cuerda do taaUís libras de valor (1). El cohelero que les 
ha cstavlo cscuchan.lo con sumí atención uñólos esl; eraos dolos 
dedos índice y pulgar y llevándolos á los libios, se queda pensati- 
vo y como reflccsionando si podrá descmpeúir el cargo. Por pocas 
quesean sus ocupacioi.es en aquel cnlonccs, contesta: ^ 

— Mucho trabajo hay. Y siguo como moditando; no obstante hare- 
mos lo que se pueda. 

— Es (¡lie no fasa falla. Contesta uno de los otros. El (lia abans 
per lavesprada l'cspcre en casa. ^ 

— Bien, bien. Contesta el cohetero. 

— No se olvide de diir hon cabás. Dándole á entender con esta 
que lleve un buen capazo Heno do cohetes sueltos. 

— Bueno; no fallaiá nada de lo que sea menester. Envíen ustedes 
un carro uno ó dos dias anles, según lo distante que está el pueblo, 
que allá iré con mi genio. 

Se despide la comisión y el cohelero principia á preparar la en- 
comienda por si solo ó auxiliado por sus oficiales, los cuales traba- 

■jií;oo 

(l) Ifibrji, iBODcda imag.Baria quo e juivale á quiucc reales velion y d.^í niarare- 
di#ef. 

11 



522 , í.pfj V^LEKCIAKOS 

jan sentados con mucha reparación udos de píros para evitar des-, 
gracias. GonmucHa facilidad ocurren esplosioncs causándolas á ve- 
ces muy terribles. En la fabricación do les ixides de luz que se 
componen de una mc?cla de salilrCj adufre y carbón; cuando ala- 
can estos ingredientes (iQulro del rollo de papel ó cáñon de cuña 
que da forma al cohete y por inadvertencia ó descuido cijoca el ata- 
cador con otro hierro que, hay dentro de] cplicle mientra^ lo for- 
man, se produce la explosión del qijiQ tienen entre las manos; y es 
cosa de admirar como no lo sueltan y lo sostienen con los dedos 
para que no comunique el fuego á la obra que suele haber en der- 
redor. Los mas de ellos (jue ignoran las materias que constituyen la 
pólvora suelen admirarse que unidas las materias indicadas se in- 
flamen con tanta facilidad, y mil veces se les oye decir: «Cosas hay 
en nuestro oíicio alas que se prende. fuego cqi^ mas Cacilidad que á 
la pólvora. 

ün poco antes ó después que el cohelero y sus oficiales han con- 
cluido el trabajo encomendado, como de improviso, se présenla á la 
puerta de su casa un hombre acompañando el carro convenido para 
la traslación del cohetero , oficiales y su obra al pueblo dpnde se ha 
de celebrar la función. 

,.— -|Ya están hechos los fuegos? Pregunta el conductrr del carro. 
¿Podremos divertirnos? No se olvide usled de los cphcjlcs sueltos. 
— Ya tengo hecho buen acopio de ellos. Responde el cohelgro. Y 
por cierto que los hay bien gordos. 

Con sumo cuidado cargan su obra sobre el carro, y el conduc- 
tor , cohelero y dos ó mas oficiales suben en él y se dirijen hacia el 
lugar de la función. Durante el camino el cohelero lo va ponderando 
al conductor el buen tralo que á el y a sus ayudanlcs les dieron en 
tal ó cual pueblo , lo mucho que les gustó la cuerda ó castillo ; los 
oficiales que también meten su cuarto á espadas en ¡a conversación, 
como en un cnlreparcnlesis preguntan si en el pueblo á donde van 
hay buen vino, citando algunos puntos donde dicen que les dieron 
á beber con abundancia uno muy bueno ; el conductor con inocente 



PIRTADOSNUi SÍ MíSIIdS. 553 

nmal)irKlad les contesta (iiio en su p'ií'blo hay vinos do cscclenlc ca- 
Tulnd, |)()rí|no aiinijuo nb sea asi creo que todo lo qnc existe en el 
lugiir en qne ha nneido es lo mejor que se conoce en el mundo , y 
les promete que durante los (Has que permanezcan en el pueblo les 
dará á beber cuanto (piieran del mejor vino (juo se encuentre. Con 
esta y (ílraí conversaciones van pasando el camino sin serles fasti- 
dioso y cuando menos piensan se encuentran en las inmediaciones 
del puei)Io. El previsor cohelero manda á sus oficiales que inmcdia- 
tamenlo echen pié á tierra y se queda en el carro puesto de pié; 
el conductor baja y loma con su izquierda la muía por la brida jun- 
to á \\ boca, con la derecha hace criljir el Litigo y formando un 
curioso grupo entran en el pueblo. Todos los muchachos salen fre- 
néticos a recibirles, andan saltando y gritando al rededor del carro; 
los oíhciales les separan cm[)tíjándolcs , uno cae junto á la rueda, 
otro so plaño de un latigaz') que ha recibido del conductor, las mu- 
geres salen á las puertas y miran aquel aparato hasta que le pier- 
den de vista. Como en triunfo acompañan al cohelet-o y demás jentes 
hasta la casa donde debo pernoctar. Llegados ya los oficiales des- 
cargan lodo el comboy y lo depositan con precaución en sitio reti- 
rado y seguro. 3J¡cnlras, acuden el alcalde, el secretario, los regi- 
dores, el cui-a, el medico , el maestro de escuela y todos aquellos 
que figuran en primer linea en el pueblo ; cada cual dirijo al cohe- 
tero m'ú palabras que todas se reducert á preguntarle ¿Que (al, lin- 
ar em bones dcsparaesl Será bó 6l castell? ¿Pótfa cuhels solls? 

El secretario suele recordar á media voz la orden dada por dife- 
rentes gobernadores civiles de que no se permita disparar carreti- 
llas sueltas en las poblaciones. Tod? el mundo calla y oye al secreta- 
rio con desprecio; alguno mas osado contesta. ¡Vhá, vhál Els de \a- 
lencia velen arrcfjfaro lol. Mes valfjtiera que se arreglaren ells. Algún 
viejo de los presentes suele concluir la locución del osado añadiendo: 
Tota la i)ida han lirat cuhels eU diés' de les fesles. ¿Per qué ttó natn 
delirar Aora? Entre estas y otras r^azones el cohelero y su jente deá- 
causan del viage y lomae su buea vaso de agua cotí Wmú i áfítite^f.' 



524 LOS VALENCIANOS 

Luego sale acompañado do la comiliva que allí se lia reunido á su 
llegada y se dlrijen al sUio donde quieren que se dispare el castillo 
ó cuordíi, examina alcnlamcnle el terreno y como sabe la dirección 
do los fuegos y el efecto que pueden producir á la visla del especta- 
dor de mirarlos de uno ú otro punto, si acaso no juzga el sitio á 
propósito lo manifiesta á los que le acompañan, les indica la mejor 
disposición, y estos, por aquello de Magisler í/m/ convienen sin re- 
plicar con el cohetero. 

A! dia siguiente apenas principia el sol á rayar sobre el horizon- 
te dorando las cumbres de las montañas, las azoteas de los edificios, 
y la3 copas do los árboles mas elevados ; cuando las flores mues- 
tran su mejor lozanía resaltando sobre sus corolas las brillantes gotas 
de rocío que el relente deposito durante la noche; cuando acaricia- 
das por un suave céfiro embalsaman la atmósfera con sus aromáti- 
cos olores, un vuelo de campanas y clamoreo general anuncian el 
principio do la fiesta y el cohelero comienza á demostrar sus habilida- 
des. Frente á la puerta del templo tiene colocada como una hilera 
de masclets que va disparando uno á uno al son de las campanas: 
Todo so pone en movimiento , lus niños saltan de alegría, tcdos van 
abriendo las puertas de su casa; únicamente suelo permanecer cer- 
rada la do algún palacio, antiguo castillo donde mora alguna señora de 
alta estirpe que por haber gastado con demasía en la curte se ha 
retirado provisionalmente en aquel lugar, de donde toma el nombre 
su título; y el confuso rumor la despierta, tal vez, de un sueño que 
que la hacia gozar de un fantástico baile que se daba en una emba- 
jada en cuyos salones soñaba estar. La banda do música repite 
varias piezas alegres y todo aparece bello y encantador. 

El cohetero vuelve á su alojamiento, almuerza y prepara de nue- 
vo los masclets. Los oficiales que no han olvidado las promesas del 
que les condujo al pueblo, cuando en el camino le preguntaron si 
habia buen vino en el lugar á donde iban, recuerdan á su conduc- 
tor lo prometido y logran visitar algunas bodegas donde dan á Baco 
un culto reverente. 



TINTADOS POU SÍ MISIMOS. 525 

A las (linz (le la inafiaiia siiolcj |)rinci|)iar la misa mayor ron or- 
questa y síM'mon ; al llegar al piiiner ovaDgelio se (üsparaii olía vez 
una hilera do masdels , lo mismo al levaiilar a Dios y á la conclu- 
sión (le la msa. 

Por la tarde del primer dia de la (¡osla no sucU) iialjer cosa par- 
ücular tn el pueblo (|ue ocupe nolablemenlc al cohetero ni ases 
oficiales. Tur la noclic después de haber Icnido un concierlo de cie- 
gos, haberse recitado algún romance ú olra diversión por el estilo; 
cuando la noche ha mediado su carrera y lodo el pueblo se ha reti- 
rado á descansar deseando que llegue el siguienle dia para con- 
tinuar la fiesta, aqucll(>s mozos solteros á quien el pórfido Cupido 
La heiido con sus invisibles Hedías , pretenden dar un desahogo á 
sus orólicas pasiones , manifestando el amor que tienen á sus sil- 
fidcs-con una serenata que llaman albaes. Este es un episodio do 
la fiesta en que el cohelero loma parte aunípic indirectamente. En 
los pueblos do nuestra provincia las mozas solteras tienen vani- 
dad de que sus pretendientes les tiznen con humo producido por 
el fuego do los cohetes las fachadas de sus casas que por razón Je 
las fiestas han blanqueado, pues en ello creen ver grabadas las se- 
ñales del aprecio que so les tiene enlrc los solteros. Cosa singular 
son las lalcs serenatas: una dulzaina, un tamboril; dos Bardos, y no 
de los que tuvo Salomón ni la Escocia ; un gran número do mozos 
y el cohetero ó uno de sus oficiales con un capazo sobre las espal- 
das lleno de cohetes, se presentan frente la ventana do la joven que 
quieren obsequiar. Principian con una monótona orquesta y cuando 
concluye la introducción , que dura unos tres minutos , el tamboril 
acompaña con unos golpes pausados y pianos ; uno de los Bardos 
se pone á cantar improvisando el primero y segundo verso y el otro 
concluye el cuarteto cantando también de improviso el tercero y 
cuarto. De tales inprovisaciones suelen salir unas veces pensamien- 
tos ingeniosos y sutiles ; otras, estravagancias y sandeces de á 
folio; el lenguaje es castellano, valenciano ó una mezcla de en- 
trambos , como por ejemplo. 



326 LOS VALENCIANOS 

— NiBa qoo estás en la cama, 

despierta si estás dormida. 
— No aamentes la ardiente llama 

que va acabar con mi vida- 

— Cuanta cosa en ¡o mon pasa, 
¡pues anem com te que ser! 

— Tens al rector dins de casa 
y al teu novio en lo carrer. 

— Prenda de amor adorada 
pomell de aroma y chesmil. 
Eres niña mas salada 
que les roses en abril. 

A la conclusión de cada cuarteto vuelve la música igual á la 
introducción, disparan algunos cohetes , dan unos prolongados ahu- 
llidos que allr llaman rellinchar, semejantes á los lelilíes de los ára- 
bes y cantan otras canciones por el estilo. 

La luirí que ha estado escuchando desde el principio aquella ar- 
mónica manifestación del amor que inspira, dá mil y mil vueltas por 
su mullido lecho y no satisfecha de estar oyendo desde la cama se 
levanta con ligereza , pone desnudos los pies sobre el suelo y con 
solo el grotesco camisón que cubre sus torneadas formas corre a 
colocarse encojida debajo de la ventana para escuchar mas de cerca 
las coplas que entonan en su alabanza; se repite el disparo de co- 
hetes que tiznan la blanca fachada , siguen cantándola improvisadas 
canciones haciéndola aumentar el férvido deseo que tiene de que 
llegue el suspirado dia en que el himeneo haga reales sus esperan- 
zas ; la comitiva se despide cantando, y se marcha con la música á 
otra parte. 

Cansados de darle culto á Gíteres pasan á dárselo á Momo pa- 
rándose á la puerta de algún viejo regañón que por desgracia tiene 
dos ó mas hijas feas y presuntuosas y entre otras canciones también 
improvisadas y con igual filarmonia que las anteriores suelen 
cantar. 



piMAjM)S ron hí •uis.mos. 527 

— iu ic (¡uc lena dof Qhi((iu'Us 

l/eu fq^a que siyitcn koucu. 
— AUs valfjuera </ue luujucreM 

dos ¡mrcs de catorac arrobes 
— Ciiamlü paso por Ui jjuoila 

me bpccs cara tJc Masólo (1) 
^y como üoy T^ulaino (2) 
solo pjiso, pico y voló (3) 
Con e§las sátiras y aíiuulias trovas se Icrmiqa la fuwjion y can- 
sados se retiran á sus casas. 

Principia el dip ¿i clarear; Morfco deja su presidencia, vuelve 
Febo á ocuparla y las pinlailas avecillas saludan al padre de la luz 
con sus suaves- y melodiosos liinos. El pobre cohelero, ó uno de sus 
oflciales sin embargo de no haber doimido en toda ¡a noche coloca 
sus masclels , como el dia aíilerjor, frente la puerta del templo, los 
dispara acompañamlo al eslampido el vuelo de campanas y comien- 
za el segundo (lia de la flesjp. 

Este es el dia de mas trabajo y en el .que el cohetero muestra 
todas sus habilidades Mienlr-is se celebra la misa conventual hace 
los disparos de costumbre y luego pasa con los oficiales á preparar 
el castillo. A manera de un arfjuilecto cuando plantea un palacio 
clava en el suelo los piquetes que juzga necesarios , los une por 
medio de cuerdas ., marca los puntos donde han úq ahincarse los 
pies derecho^ , y los Kjficiales principian á hincaj' dichos pies suje- 
tándose es trie I a ni en te á lo prescrito por su director; concluida esta 
operación el eolLelcrp, para probar la solidez del trabajo , ^e abraza 
á cada madero le empuja hacia adelante y atrás y si vé que no s^ 
mueve dá por sólida la obra. Coloca las ruedas donde eslan ensar- 
tados los cohetes y queda monlatio todo el aparato. 

Como muchas jentes de los pueblos circunvecinos suelen acudir 

(1) En vez de Mochuelo. 
(8) Por Gorrión 
(i) Por vuelo. 



328 LOS VALEKCIAKOS 

á la fiesta siempre envidiosos de! goce de los de aquel lugar,, algu- 
nos mal intencionados intentan á veces prender oculSamcnle fuego 
al caslillo; para que esto no suceda el alcalde pone dos ó mas vigi- 
lantes que no dejan acercar á nadie mas que hasta una distancia des- 
do donde no pueden hacer mal. 

Muchas veces en lugar de un castillo hay dos , uno que paga el 
ayunlamiento y otro los clavarios; otras, el ayuntamiento paga una 
cuerda y los clavarios un castillo ó viceversa. En el mayor número 
de pueblos por razón de economía solo se dispara una de las dos 
cosas. 

El disparo de la cuerda no ofrece tan buena vista al público ni 
lucimiento para el cohetero como el del caslillo , sin embargo que 
son mayores las dificultades que hay que vencer para que una 
cuerda sea buena. 

A lo largo de una cuerda tirante sujeta por sus estremes hacen 
correr varias ruedas de cohetes, que van prendiéndose fuego por 
un orden sucesivo desprendiendo muchas veces otros cohetes hacia 
bajo y otros rayos de luz de diferentes colores con intervalos de 
oscuridad, sin que por esto deje de estar prendido el fuego. Dichas 
ruedas caminan por solo el impulso que reciben del fuego; única- 
mente si por el rozamiento con la cuerda les impdo la marcha, los 
oficiales les empujan con una caña. Presentan estas, vistas mas ó 
menos agradables. 

El castillo es la obra nías bella de las del cohelero. Después 
que se ha celebrado la procesión, cuando la imagen del santo pa- 
trón del pueblo que llevan en andas está entrando en el templo, una 
estrepitosa traca de cohetes retumba en los oidos de los concurren- 
tes terminando con trueno de ronco estampido al que el pueblo con- 
testa victoreando. 

Según disposición de los señores que dirijen la fiesta, concluida 
la procc^ion , ó una ó dos horas después , proceden al disparo del 
caslillo; disponen lo primero cuando liay muchos forasteros y quie- 
ren dispensarles la gracia do dispararlo pronto para que no regro 



PIM AtlOfi POrt <\ MISMOS. ^t9 

sen Inrílo n sm rasas , \ I«V .^cfí-nnílf» rtiniidn por íinlojo (lUK'icn 
guardar la inavnV íhvM'.^^Ml pina dcspucs de cenar. 

tMjíada la hora (•(invonida. ^'i'an niiin"ro do ^ínfo sft onrtíertlra 
n^i^iidii tíM (ItM-rcdor <W\ caadlo, I(>.m balcones y venlanbs se lialtan 
liónos de ciirioío.i y lodos aguardan Con impiiciencTiíKiUe üo (l(^ prin- 
cipio á la función. 

Dada la (Wdcii para proceder al dnparo, el cohetero y sus oficia, 
les se di^íponon para 61 efeclo .Hándoiíc cnairo hilos ó ciiilas (ino ««n 
ol eslreino dó cada mangada h chaíj^iéla y los olro.s dos en lo!í cs- 
Ircrtios del |ianlali^h', con objelo dd q'ue no s6 les pueda inlrodiicir 
líin^Mina chispa.' Llfí^^adé el momento .se j^rinclpia disparando de uno 
á uno varios colicles voladores que suben con urta velocidad ¡idini- 
rabíé, eslalHiiulo unosconuiV peijueño Iriícno cuando llegan á su 
may(H' altura, oíros moslrando una luz amarillenla ú rojiza que ilu- 
mina lodo aquel cápacio dejando ver cort baslahle cinridad el rosl.o' 
do los espaciadores ; Itiegb vdh prendiendo fuego á las rueda> mas 
avanzadas, las (lue jiran en loCnb de su eje desprendiendo luces dé 
admiral)lc vUla, siguen á eslaá los fuegos de enmcdio y luego las 
del eéíllro, que ¡son las úllimas, se dcHarrollan en figuras semicircu- 
lares, cónicas ó óüces con profusión de luces de mil coltires quó 
causan uu maravilloso encanto ; suele concluir por una estrepitosa 
iraca Wa coheles y por la ascención á la vez de varios cohetes vola* 
dores. A(|ui es ella: los mozos que han vaciado el capazo del co- 
helero comprándolo lodos los cohetes sueltos que ha traido además 
de los gastados en les albaes , principian á prenderles fuego lanzán- 
doles a diestra y siniestra sobre los grupos de gente; todos se po- 
nen en movimiento; corren, chillan, gritan, ricn. vocean; por todas 
partes se ven raudales de fuego; parece que el Piroflejeton (1) se 
ha salido de madre , lodo el mundo aunque contento se encuentra 
alarmado; únicam.'ute el cohetero permanece impa.sible al fuego y 
se muestia satislceho por haber dado fin á su compromiso. 



(í) Uno de los ríos del infierno. J o^iüíüí i3 

42 



33Q LOS VALENCIANOS 

En la misma noche y después de haber desmontado las ruedas y 
desclavado ios plés derechos que armaban e\ castillo se presenta en 
casa del alcalde ajusta su cuenta, firma si sabe el recibo que suelen 
darle es le ndi (Jo ó lo hace por mano agena, cobra el valor de lodos 
sus trabajos, cena, le dan las gracias y se relira á descansar. 

A las íloslas qao se celebran en los pueblos suele seguirse el 
que baya después dos ó tres dias en que se corren novillos ; convi- 
dan como es vagülAv^nV cohelero para que asista á ellas, pero este, 
ó sea por aquello «que a úadie le gusta estar en la tienda después 
que concluyó su hacienda» ó bien porque conviene con aquel re'rau 
anglo-ümcricano M Times is money (1) no aguarda mas y se marcha 
en cuanto amanece. 

Esias son las observaciones que tengo hechas acerca de la vida 
(\q\ cohstsro. Es uno de aquellos individuos que no gustan de revo- 
luciones, no desean mas que haya liestas y su mayor gloria consiste 
en que se lo encargue la formación de un castillo ó cuerda que 
haya de dispaiarse en presencia de S. M. 

He concluido con el cohelero, caro editor,' y voy á principiar á 
cscrilíir otro tipo en (jue trataré tanto de cosas acuosas, como en 
este he tratado de cosas Ígneas. 

Alejandro Buchaca y Freiré. 




(1) El tiempo es dioero. 




EL FORMACHER. 



PmTAT>OS POH M MISMOS. 



331 



^-^m^^ 



EL FOKMCIIER. 

(RcqQesonero.) 



j¿g^^'f^¡Í^íjüENAS lardes, señor editor, ca "? ' = 
¿^ykyxyl^i' —Buenas lardes, ami.-io : llega Vd. mas á 



B 






Tiempo, que la paloma mensajera al arca de 

— De veras? Me alegro, porque la oporluni- 
dad sino es una virtud , es á lo menos un siste- 
ma completo de filosofía ó de política. l*cro es- 
pliqueme Vd su cita bíblica. 
— Mi cita bíblica , traducida al lengnagc profano se reduce a dar al 
diablo á los literatos indolentes , irregibles é indomables , que com- 
ponen las tres cuartas parl^^s de la república. 
— ¿Por qué lo dice Vd. ahora mas que nunca, señor editor? — 
No se dé Vd. por aludido : yo con Vd. no tengo motivo de qiiiíjá' 



335 I'PS VALENCIANOS 

por el momento. Lo que ac^bo de decir es una canción qne por 
desgracia lengo aprendida desde que soy editor. 0,.evedo liablaba 
muy mal de los sastres y zapateros y los tenia por monstruos de 
inexactitud; pero yo sé que no tenia razón. En materia de inexacti- 
tud, la do muchos literatos dá qaince y falla á lodos los sastres y 
zapateros habidos y por haber. 

—Vamos, ya csloy en ello: Vd se lamenta de que el original de 
los Vale'icianos |)i!ila<l)s por si mismos no venga a la imprenta con 
la urgencia que reclama la publicación ¿No es eso? 

— Ciertamente. Ya vé Vd. que me sobra la razón por los cuatro 
costados. "^ 

—No tanto como Vd. cree. 

¡Cómo! 

—La pereza do los literatos valencianos está en la índole de la pu- 
blicación de Vd. Mas diré : es de la esencia de la obra y debia usted 
pagarla á precio de original, ' ^| ', Í''| 

—¡Esta es otra! A ver , espüqucmc Vd. esa idea peregrina que de 
seguro no está impresa en ninguna parle , ni de ella ha oido hablar 
ningún editor del mundo desile la invención de la imprenta. 

—Es muy sencillo. ¿Cómo se llama la obra que Vd. publica y que 
pone á prueba su pacienci;a de editor? 
j — í.tis Valencianos pintados por si mismos. 

— rerfectamenle: pjííes &nli:e esos Yalaiici,anos, que se pintan á sí 
mismos hay un Upo bastante general que podremos llamar el hte- 
ralo indolente. Si eladgclivo le parece á Vd. desagradable podre- 
mos llamarle ellileral^o. cQftlQtíaplji^tóví). ílft,.m>tipo meridional que 
no carece de poesía,. . -i,;.!;!^' -.S n'^Innor^ nrr 

—Pues reniego de Apolo y del Mediodía., 

[.rr^^o , amigo mió; reniegue, Vd,. mas bien de la inflexible ley que 
obliga al editor 4, ir en, pos del lileratp, y aljiteralo á ir en pos del 
editor. : ¡(..u - «mü ¿f : íím^mj 

—Llámele Vd. ache. fe;i|resulladasicmpre,será qiuq.esteycompro- 
iliQjWp ¡i dp¡i; Hft9L,enlf,cg,a semanal de tipos valencianos y qiie lengo 



PIMADOS pon KÍ MISMOS. ^^7i 

qiin sacíir los arlíciilos con (>;n/.as. Vo a oslo lo ll.iino pereza, in- 
(JoluiHia ú ciialfiuii Til olía t-osu ijuc s\^\ \\'n\iw lo mismo. 

— liiiJolcruia , si ; poro imloleixiii podica, indolencia quo llene 
color loí'dl. No liav quo corregir a la madre romun, scfior editor. 
Valencia es un pais alricano , la nalur.ileza es aquí esplendida , po- 
derosa y nos ¡odea por lodas parles lujurianlc y embelesa Jora, lia- 
lagando nuo-^tros instintos de molicio. No os cslraño quo los que 
vive!) do pocáia encuentren en oslo delicioso paraíso mas disposi- 
ción |)ara inecor el es¡iirliii en lo va¿'o,quoá sugctar el pensa- 
miento a la ítirmula ai livu y circunscrita. 

— Lo vagi»( lo vayo ! Es decir, quo lo quo en el orden social se 
casli^ por la loy, en el orden moral viene á ser un oíicio lícito y 
rec^Miocido? Ks decir quo el ponsamieolo puedo vagar impunemente 
en menoscabo de un editor? 

•rrAy, amigo miol os quo la inteligencia parece quo eslé desti- 
nada á vagar eternamente : unas veces por huir del editor y otras 
por correr en su busca. Cristóbal Colon fue un ilustro vago y los 
mismos que le trataron de mon ligo y de Insensato porque buscaba 
un editor para una ile las obras mas grandes que han visto los si- 
glos, pudieron aplicarle la ley de vagancia si en aquella época la 
bubieran tenido a mano. 

— Todo eso es muy santo y muy bueno, señor poeta, pero no 
mo espüca por qué razón no ba de obrar ya en mi poder un tipo 
valenciano que se me ofreció hace niucho tiempo y que á estas horas 
debia andar ya impreso por ese mundo. 

— Y qué tipo es ese? 

— El requesonero , ó llámese farnmcfier. 

— Acabara de csplicarse! Pues ya caig^ en la causa de la demora. 

— Y cuál es? 
-I^El requcsí)neío valeociaBo es la antítesis del poeta meridional. 

— Pero hombre , ¿qué t ene quo ver un poda con un requesonero? 

— Absolutamente nada ; y esa es precisamente la razón por qué 
no es fácil que un poeta se ocupe de un roquesoaefo. 



334 LOS VALENCIANOS 

— Ahí habría que distinguir de casos y cirtunslancias; pero no nos 
engolfümos en esa maloria y es|)Iíqncme Vd. como el requcsoncro 
valenciano es la anlilesis del puela meridional. 

— Voy á complacer á Vd. El requcsonero es la aclividad material 
la multiplicación del inJiviiluo para el trabajo, tres entidades acti- 
vas y un solo hombre verdadero. 

— Es decir que el requesonero trabaja por tres , al paso que el 
poeta vajaroso de que Vd. me habla no trabaja ni siquiera por uno. 

— Hoy está Vd. implacable , señor editor. El poeta es un sé,r su- 
perior é indeílnible que no puede sujetarse á las leyes de los demás 
mortales , y hace ya miiclios siglos q le viene purgando con el ma' 
estar de la maloria los faeros y liberta les del espíritu. Seamos con 
él benignos y generosos y hablemos del requesonero 

— Eso pido y burras derechas, como decia Sancho. 

— Decia, pues, que el requesonero es un industrial activo, infa- 
tigable y úlil á la república. 

— Tendrá , por supuesto , su fisonomía especial. 

— Tiene tres íisonomías : de modo que es un Jano corregido y au- 
mciitado. 

— Poco á poco ! Vamos por partes : á ver si esta vez entro en po- 
sesión do mi tipo valenciano. Decíamos que el requesonero tiene 
tres fisonomías. 

— Cabal : como que es uno y trino. 

— Bravo ! esplíqueme Vd. la primera fisonomía. 

—La fisonomía malulinal? 

— Pues! la íisonoraía matutinal 

— El requesonero valenciano se levanta con la aurora y abandona 
su casa bajo la forma de un cabrero , salvo sea el pellico y la zam- 
pona. Recoge sus cabras y se echa á trillar las calles de la capi- 
tal, pregonando su mercancía, que esprime con mano hábil y vi- 
gorosa á la puerta del parroquiano. 

—Alto ahí! Esa fisonomía la conozco yo hace mucho tiempo y no 
es peculiar del pais de las flores. 



PINTADOS I»ím SÍ MISWOS. 535 

— Eso probará que es iiiiii li^onítmia viilg.ir ; pero yo no iiivcnlo: 
copio a la iiiluraloza , inaüru rccuiiüa que dorraina las cosas úlilcs 
por loilas parles. 

— Eso es un olo^íio qno aírr,iílororán los cabreros de todos los 
países: poro pnsomos á la scíjonda lisoiiomia. 

—Como V. gusto. La segunda (isonomia es nl^^o mas local. A las 
doce de la mañana , poco nías ó menos, el cabrero se melamorfo- 
sea , deja las cabras ei; el corral , oinbraza con el derecho una gran 
banasta llena de pequeñas porciones do leche cuajada , conocidas 
por acá con el munbre de [ormackels , em|)uña con la sinicijtra una 
bolsa de mallas y torna ¿ recorrer la>; calle.c presionando la misma 
mercancía siijela á dist nti forma y consislcncia- 
— Y aqui entra el foi mucher pro[)iamoiile dicho? 
— En-cucrpo y en anirai. El furmackcr , ente simpático á los go- 
losos de ambos sexos y muy especialmenle á los mucliachos y á las 
sirvientas, ileva en su canasta una porción de canastillos del diá- 
metro de un napoleón, llenos de leche cuajada. Estos son los for- 
machéis. La b( Isa de mallas no tiene mas obgeto que el de recibir 
los cana-ili'los vacios. El formucher pregona su ra-Tcancía , le lla- 
man , acude solicito a la puerta de la ca<a donde le esper? una raa- 
riiornes con nn plato en la mano, traslada la banasta d^l brazo de- 
recho al siniestro , loma con delicadeza un canastillo con el pulgar, 
el índice y el dedo del corazón, aprieta suavemente el flexible mol- 
de, á fin de que el blanco cuajaron de léchese desprenda sin lesión, 
y acercando la mano al plato que le presenta la doméstica, imprime 
un ligero sacudimiento de abajo arriba al molde y deja en el plato 
y en el pnnlo exacto donde ha puesto el ojo, un requesón ma> blan- 
co que la nieve y en el cual han quedado impresos los trenzados 
mimbres del canastillo. 
— Hombre , lo pinla Vd. de un modo que casi me despierta el 
apetito de los formachets. Deben ser muy sabrosos. 
— No lanío como indica su bella apariencia , señor editor. Los 
formaehels, como otras cosas humauas no son lo que parecen; pero 



336 LOS VALENCIANOS 

esto na consiste en el artiíicii) , si no en la materia. La teche va- 
lenciana na es la loclie do las Navas, ni punto monos; y aquí en- 
trarían como de moldo algunas roíloxiones subre la calidad de los 
pastos valencianos; pero no quiero usurpar el asunto á plumas mas 
competentes y sigo hablando del formacher. 

— Lo hemos dejado en el punto y sazón en q;ile. depositaba el pri- 
mer reijucson en el pialo de la sirvionla. 

—Pues visto uno , vista una docena. El formacher los va dejando 
en el plato con admirable sinictria y á medida que los desaloja del 
moldo deposita los canastillos en la bolsa de mallas. Esta es la ma- 
nera de vender á domicilio los formnchets. 

— Pues que , no siempre se vcntien á domicilio? 

— No , señor editor: Vd. sabe ó debe saber , á costa de algún car- 
denal en la canilla ó do alg-m chichón en la cabeza , que en Va- 
lencia hay una plaga de ch.cos vagabundos , torcaces y bravios qtie 
son la pesadilla eterna de los ciudadauos y como si digcramos la 
peste de la república. 

— No faltan, no faltan. j ,..; i 

— Pues bien; esos son parroq-iianos constantes del requesonero y 
reciben el codiciado manjar en la palma de la mano , cuya siipcrHcie 
por el olor , color y sabor no equivale nunca á- la de un plato. De 
la mano lo trasladan á la boca sin perder migaja y vuelven á pre- 
sentar la palma para recibir otro ejemplar que trasiegan de igual' 
manera al estómago. Hecho esto, unas veces pagan y otras apelaii' 
á la franquicia de la fuga ; pero el requesonero que entiende el ofi- 
cio suele exigirles por garantía el ángulo entrante de un edificio, 
procurando evitar que se salgan por la tangente. 

Este, como Vd. comprende , es un simple contrato de compra 
y venta. Otro suele ocurrir entre el refjuesonero y los chicos bal- 
díos y ^agebundos , que no deja de tener su originafidad. Ocurre 
con frecuencia que en mitad de la calle un eursanlo de plazuela se 
para en seco delante del requesonero y á dos pasos de d stancia, 
abriendo desmesuradamente la boca. El industrial , en vez de darsB 



TINTADOS pon SÍ !\ns:\ios. 337 

por ofendido al ver la imioca, so deliene Uunljícn y sepiilia al ins- 
lanío la mano en la canasla. Toma un fannackel , oprinie el rústico 
molile de la manera (pie llevo referida, y lo despido con gracia, en- 
viandoselo al parroqu'ano á la altura do la cabeza. Rl inuchaclio lo 
recibe en la boca si os diestro en el ejercicio : de lo contrario el 
formachet se lo aplasta en un ojo ó en la oariz. Losquo so entran de 
rondón por la boca, cuelan libres de dor<?chos , y los pierdo el re- 
quesonero: los (pie dan fuera del blanco so pagao á doble precio. 
Es ocioso añadir (jue después de este ejercicio la cara íjol rnucha- 
cho ofrece lodo el aspecto do un enorme requesón. 

— Se concibe perfectamente. De suerte quo la segunda (isonomía 
del reqncsonero está grandemente interesada qn borrar ledas las 
demás íisonomias. 

— Yd. lo ha dicho; y sorá tanto mas vigorosa y característica 
cuanto mas destreza tenga el rcquesonero para borrar las agenas. 

— Enterado: pasemos ahora á la tercera íisonomía: 

— Ultima metamorfosis del requesonero. Esto benemérito indus- 
trial deja á las dos de la tarde la canasta de los formachets, toma 
una fuente fabricada en Manises ó en la Alcora, la carga de otra 
sustancia láctea y compacta que se llama brullo , clava en el centro 
un cuchillo y mediada la tarde sale otra vez á la calle con este nuevo 
producto de su industria. ¿Sabe Vd. lo qué es brullo? 

— Gomo si no lo supiera : espliquemelo Vd. para que yo traslade 
sus propias palabras á mis suscritores 

— Conoce Vd. el sabroso requesón áh Miraflores? 

— Sí señor. 

— Pues no se parece en nada al brullo , ó por mejor decir se pa- 
rece en la forma. 

— De suerte que entre el brullo valenciano y el requesón de Mira- 
flores exlite la diferencia.... 

—De ser el uno un manjar muy delicado y el otro un lacticinio es- 
túpido y desabrido , eslraño á los paladares delicados. 

—Hay algo de singular en la manera de espender esa mercancía? 

43 



338 LOS VALENCIANOS 

— Nada que dé importancia ni carácter al tipo de que hablamos. 
— Luego está agolado el asunto? 

— Se ha quedado Vd. mudo? 

—Cuando un poeta calla es que no tiene nada que decir. 

— Respetemos el silencio de los poetas : de ledas maneras tenia yo 
razón al decir que me venia Vd. como llovido del cielo. El artículo 
del formacher está hecho. 

—A gusto de Vd? 

— Muy á mi gusto. 

— No habrá quien desconozca el tipo? 

— Únicamente un topo. 

Pereffrin Gareía Cadena. 





«S^sr^ 



EL FIEL DE FECHOS. 



PINTADOS I»On SI MISMOS. 



559 



EL FIEL DE FECHOS. 



JARÍSIMO lector : suponiéndote enterado lo nece- 
sario para que ninguna duda te quepa acerca 
del Upo cuyo titulo acabas do leer y que me 
propongo bosquejar, pasaré por alto la defi- 
nición del mismo y consiguiente clasificación, 
pues creerla hacerte un insulto con solo pensar 
que pudieras confundirle con el Secretario de 
pueblo, ó de Villa entre los cuales hay sujetos 
muy entendidos, que si do están revestidos del 
caracterdo licenciados en leyes, poseen á lo menos los esludios univer- 
sitarios bastantes para desempeñar con acierto inteligencia, desemba- 
razo y probidad, el pesado cargo do su cometido y la provincia de Valen- 
cia puede gloriarse en este sentido puesto que cuenta ocupando este 




540 LOS VALENCIANOS 

destino á grande número de personas cuyo acertado juicio , y rele- 
vantes dotes , facilitan la tramitación da los innumerables negocios 
que abraza una secretaria, desempeñando en muchos pueblos el 
doblo carácter honorífico de Asesor del Ayuntamiento. 

El boceto que yo me propongo mostrarte es el trasunto de aquel, 
esto es , una parte alicuotd , una fracción de inteligencia encerrada 
en un encéfalo de grandes dimensiones y que el frenólogo Cubi y 
Soler define diciendo que son ce cabezas aguadas y) y que sin temor 
de ser desmentidos podríamos añadir que son una amalgama dei?z- 
tropo y Assinus : En fuerza de su triple cometido de jieí de fechos, 
sacristán y Majlsler de la capaz aldea ó lugar de veinte vecinos ( y 
aun me escedo) tiene que aguzar su entumecida imajinacion pues 
que su buena estréllalo elijió para ser la única persona letrada de la 
aldea , y en consecuencia consultonato de cuantos conflictos , y 
malandanzas aquejen al vecindario. 

Según la tradición , la familia de Ecequlél Bueñtoro (que asi se 
llama nuestro fiel de fecíms) descitjnde de gente de pluma larga y 
letra menuda el primero de sus ascendientes que ejerció ó mejor 
dicho anduve entre tinta y papeles, fué mayordomo de la Casa Cas- 
tillo que cerca del término tenia el señor de la Aldea ; tanta era su 
sabiduría que en cierta ocasión , le inlelijenciaron de que el diablo 
revestido de todo su poder, pretendía apoderarse del castillo. Los 
aldeanos acudieron en tropel á pedir atnparo á la Virgen del Asalto; 
pero D. Rufo diz qué consultó unos librajos con tapas de pergamino 
Tñuy roldas y después de encerrarse algunas horas todos los dias en 
Un aposento para meditar, consultar y estudiar, salió resuelto á po- 
íierse en guardia contra todo atentado del diablo ; efectivamente, se 
ideó un cepo tan original que cuando el ángel malo intentó en una 
tío'che do truenos introducirse clandestinamente en el castillo, no 
pudo evitar de caer en el bien ideado cepo: ya otro dia se le en- 
contraron allí , si bien con la figura de ráton , pues como el espíritu 
del averno sabe tanto , se dijo para sí : «'ya que me han pillado que 
se encuentren un ratón.» 



PINTADOS POB SÍ IWISMOS. 7t.\\ 

Esto lo contaba los días clásicos el padre de Eccquicl sentado á 
la puerla do su ca>ia y escuchado por la mayoría de los aldeanos que 
lodos so hacían cruces del firan saber del Sr. Rufo y miraban do 
soslayo al Ecc(|uiclilo, afortunado ser que venia al mundo a heredar 
lodo aquel prodnclo de majincs tan entendidos. El padiede Ece- 
quiel era el sastre de aquella aldea y del lugar vecino, y sabia 
tantas Iclias que cuando era lle¿;ado el dia del Santo titular, ú otra 
fiesta señalada , el señor cura iba la víspera en casa do aquel para 
quedar conforme á lin de quo al dia si¿íuienlc cantara en la misa, 
diciendo lo que contenía el libro descomunal que habia en la iglesia. 

Eccquielilo hacia de monacillo en compañía del hijo del sacris- 
tán y desde niño ya mostraba el genio con que naturaleza dotaba 
á todo su casta. 

Con tan buenos auspicios pronto llegó (antes de los veinte años) 
á leerse casi de corrido libros de letra chica y bastante juntita. Con 
el tiempo, pues, y sobrevenida que fué la muerte del sacristán, lo 
reemplazó nuestro Ecequicl. Después acaeció el óbito del maestro 
de escuela y también fue agraciado con la vacante. Hasta que, por 
lin sobrevino el fallecimiento del ^e/ de fechos , y no teniendo de 
quien echar mano , por votación unánime del Ayuntamiento recayó 
la vacante en favor de Ecequiel Buenloro. 

La fatalidad quiso que inaugurase su nuevo destino, dando lu- 
gar á que el Sr. Gobernador de la provincia le impusiera 100 rea- 
les de mulla al alcalde, por no dar dirección a un oüiio dirigido en 
esta forma: 

S. M. 

Escmo. Sr. Cap.» gral. 

de los Ejer.'°^ reunidos 

de 

just.' en jusr. 

Y fue porqué, habiéndoselo dado á leer al nuevo fiel de fechos, 
no pudo dar razón de lo que aquello significaba , pues él leía así: 



542 LOS VALENCIANOS 

ese eme, exmo sor. cap. yral. de los ejeríos reunidos de justa en 
justa. . 

Y es claro que no sabiendo nadie qué jerga era aquella, arri- 
maron el oticio en un rincón y no se cuidaron de él hasta que con 
motivo de la multa supusieron que era para el capitán general de 
los ejércitos reunidos y que debia llevarse de justicia en justicia. 
Molivo por el cual, el alcalde decia que Ecequiel era un zoquete, y 
el señor cura lo apellidaba el topo de resultas de otra cacasenada 
que también le habia hecho. A trueque, pues, de tan significativas 
calificaciones , nuestro Buentoro continua en su triple cometido, 
haciéndose respetar de grado ó por fuerza , puesto que su hercúlea 
naturaleza le facilita medios para ventilar á puño cualquiera cues- 
tión en que terciara algún mozo de los que incomodándoles lo ne- 
gro buscan el blanco en el bulto del prógimo. 

A Ecequiel nada de esto le arredra ; ¡cuántas veces diera un ja- 
món de los dos que tiene colgados en su casa por poder desquitarse 
con el señor administrador de rentas ú otro cualquier superior que 
le asesta detrás de un oficio, otro, conminándole con multas , ó exi- 
giendo el pago de ellas por la inercia ó ineptitud de aquell ¡Oh! en- 
tonces el fiel de fechos quisiera tenerlo á la mano para hacer com- 
prender al superior que si no es un estuche en letras lo es en puño. 

Pero ya es hora que nos traslademos á secrelaría, que es el 
mismo local en que funciona como maestro de primeras letras. 

Su despacho se compone de una mesa de pino bastante capaz, 
que un dia fue blanca ; pero que al presente es indefinible su color, 
un tintero do loza y dos plumas , y esparcidos aquí y allá una por- 
ción de papeles sucios en el mayor desorden : una caja de cartón 
que contiene un eslabón , dos ó tres pedazos de piedra de chispa, 
yesca , un ovillo de hilo encarnado y una ahuja. 

Veamos en que se ocupa: acaba de echar yesca , ha encendido 
el cigarro , se ha puesto unas gafas y parece que medita el conte- 
nido de una comunicación que tiene entre manos. En esto es inter- 
rumpido por el alcalde del lugar que se presenta un tanto azorado. 



IMMADOS IMín SÍ HUSMOS. 34?» 

— ¿Olió ocurre'/ pregunta ron vivo inlerés el fiel de fechos. 
— Una (lüsgracia : el chico del Curro sí? ha colgado do una cuerda 
y allí en su casa lo Ucnos muerlo. 
— ¡Un suicidio!!! Voy a poner la comunicación inmcdialamcnlo al 
Sr, gobernador. 
— A eso prccisamenlc vengo. 

El fiel de fechos queda un monicnlo pcnsalivo , cojo la pluma 
y úl cabo de media hora Ice lo siguiente al alcalde para que juzgue 
do su tálenlo v laconismo con que consigna el acontecimiento: 
dico asi: 

«Tengo la salisfacion do poner en su conocimiento como en el 
día do hoy y en esta misma hora ha sido encontrado ahogado del 
cuello , colgando de una cuerda del pescuezo N. N.j 
— ¿Qué lo parece á Vd? pregunta con gran énfasis nuestro Ece- 
quiel. 

—Hombre, me parece bien; sin embargo eso déla cuerda del pes- 
cuezo tras el ahogado del cuello.... pudiera.... 
— Nuestra misión, Sr, alcalde, es la de espücar las cosas breve 
y concienzudamente : eso si Y. supiera letras lo comprendería mejor 
— Bien, bien ¿y dime? objeta el alcalde, ¿has dado conocimiento 
de los cachorrillos? 
— Ahora mismo ; contesta Ecequiel, y tomando otra vez la pluma 
escribe lo siguiente: 

Tiene U. S. el honor de saber como se le han detenido á N. N. 
dos cachorritos , etc. 

Este oficio ocasiona una sonrisa de satisfacción al fiel de fechos, 
pues él mismo se aprueba su gran talento. 

Empero hoy es dia de correr y es preciso trabajar mucho para 
poner al corriente los muchos negocios : por lo mismo llama á el 
alguacil y le dice con mucha gravedad: 

— Todos los que estén bajo mi férula y la del señor alcalde tienen 
la entrada prohibida en este recinto mientras me ocupo en despachar 
el correo. Solo pasará Yd. recado en caso de alterarse la salubri- 



544 LOS VALENCIATÍOS 

dad pública por medio de algún alboroto á mano airada con preme- 
ditación y alevosía. 

El alguacil que no entiende una jota de cuanto le ha dicho Ece- 
quiel Buentoro saluda y se marcha. 
— ¿Qué otros oficios hay para la ílrma? pregunta el alcalde. 
—Ahí tengo dos mas'que son estos que escribí ayer. 

El fiel lee: 

«Remito á ü. S. los maestros de escuela duplicados, cuyos re- 
cibos pertenecen al mes que finó para los efectos de la ley. Dios, etc.;^ 

Otro. 

«En el día de hoy ha sido herido N. N. hijo de su padre difunto. 

Todo lo cual lo envío á U. S. para Ion efectos consiguientes. 
Dios, etc.» 

El bueno del alcalde firma , y como ya tiene noticia de los he- 
chos que se lo relatan , no se fija , y además porque no podría des- 
empeñarlo mejor. 

Una porción de negocios de la mayor importancia , hace precisa 
la persona de Ecequiel en la capital. Vedle á la puerta del gobierno 
civil esperando que sea la hora de audiencia. Llegada ésta entra 
nuestro hombre en Secretaría y en todas las mesas cree ver al go- 
bernador fijar su mirada en él, y deseando darle reiteradas pruebas 
de lo satisfecho que está por la exactitud é inteligencia con que 
desempeña su encargo. Nuestro fiel se acicala lo mejor posible, y 
dirigiéndose á una mesa, pregunta humildemente, á pesar de la 
intención que tenia de interrogar en dó mayor. 
— Señor , ¿Yd. ha visto pasar por aquí una licencia de escopeta, 
abonada por mi como secretario? 

Es claro que el empleado á quien se dirige esta pregunta no 
puede menos de reír á carcajada , vista la manera de hacer la pre- 
gunta. 

Esto Ecequiel lo interpreta satisfactoriamente y cuando vuelvo 
al lugar dice que se ha hecho íntimo amigo de todos los empleadps 
principales y que estuvo riendo con ellos un gran rato. 



PINTADOS I'Oll SÍ MIS.MOS. 345 

Kn fin, cnris'ino Iccior, (!S|)iiu.slos los anlorioros renglones, 
(lojo a lu discrucion los mil t'iiisoilios de i|ue esla sembrada la vida 
del fiel de fechos , (|uü su mayor forliiiia consislc en í|iie licn(3 gran 
dosis do aprobabilidad y en eslu eoi)ce|)l() es feliz y termina sus diaij 
con el convencimiento de que es hombre entendido y que la aldea 
le os deudora de las luces que esparció con sus palabras lesluales, 
(y cuidado que él no conoce los fósforosj. Dejemos, pues, al tiem- 
po que se encarga de ilustrar hasla los mas recóndilos lugares, y 
él sacará del error craso en que yaco nuestro Ecequiel Duenloro, 
fiel (lo fechos de la aldea. 

Para atenuar todo comentario desfavorable a nm-slro lipo, con- 
cluiremos con la siguiente reílexion. 

Cuando so dota con 500 ó GOO rs. anuales una |tlaza de esta 
naturaleza ¿qué otra persona que Ecequiel Buontoro podria ó se 
preslaria á desempeñarla? Claro está que nadie. 

José Vicente Xebot. 




44 




EL PAEUERO. 



>'MñM'' '.0\' 



V, 



EL PAELIERO. 

GUISADOR DE SARTENES, 
(viiljjo paellas.^ 

|í|^?<íf ^5?í|^n verdad que somos los valencianos gente desen- 



&&y^ '" ^-vt^ fadada y fresca! Estas ardientes imadoaciones 
^^'^ T,__ '^ v^' meridionales que hierven dentro de nuestro crá- 

^Ji^\ '^^ ZM' tensidad una chi.spa del fuego que oreó á Juanes 



Ei^^^ meridionales que hierven dentro de nuestro cra- 
^; J neo , y en las cuales vive con mas ó menos in- 



'^^h .. , /"^^ y a Ribalta, curao á Ansias March y á Gil Polo, 



SS^^^M^áclÜ 6sta fibra tan electrizable y delicada , cuando 
so trata de apreciar bellezas y entusiasmarse con una inspiración ar- 
íistica ó poética, se atlojan y laxan cuando se las obliga á descender 
á los intereses materiales , de los cuales únicamente la parte que 
proporciona una modosía subsistencia , ó crea algún goce sencillo y 
poco dispendioso , disfruta el privilegio de fijaraos y atraernos. Así 
se espüca c<)mo nuestro pais cuenta pocos capitalistas, comparado 



548 LOS VALENCIANOS 

con otras provincias; asi se esplica cómo, por ejemplo, so encuen- 
tra en Cataluña á un hombre, á quien se ve uno tentado de alargar 
una limosna , y luego averigua que es un millonario ; y se tropieza 
en Valencia con un hombre con todas las apariencias de potentado, 
y es un simple artesano , y a veces un simple jornalero. En otras 
parles la riqueza no traspira al esterior, hasta que el oro hace esta- 
llar las paredes y techos como un vapor dilatado. En Valencia, un 
capital insignificante juega y reloza en manos de su poseedor , y le 
hace con frecuencia olvidar el dia de mañana. Si á reflexiones hemos 
de ir , no sabemos de parte de quién está la verdadera filosofía; si 
de los que arrastran una existencia de privaciones y fatigas ince- 
santes para atesorar y aumentar , ó de los que utiüzan , aun quizá 
con sobrada largueza, los bienes, de que el nacimiento , la fortuna, 
ó su trabajo los han dolado. Además es forzoso pagar al clima y al 
temperamento el tributo, de que bajo otro concepto se hallan esentos 
los que tienen la sombra al rededor , quiero decir, los habitantes de 
las latitudes boreales, ó zonas frias. Para un valenciano es condición 
indispensable de existencia el deporte al campo... la paella.. /Paella! 
nombro mágico y seductor , cuyo timbre suena armonioso y vivi- 
ficador en los oidos de un verdadero hijo del Túria. 

La paella valenciana (sartén) es uno de aquellos esfuerzos dej 
ingenio meridional para inventar un goce peculiar á los hijo's del sol 
y de las flores ; goce no limitado por su rareza ó subido precio a 
ciertos alcances pecuniarios , sino mas bien adaptado á las posibi- 
lidades mas modestas y populares; sin que esta circunstancia le 
haga perder su mérito ; antes bien ella es la que contribuye á re- 
alzarlo. Ldi paella tiene fama y reputación , no solo europea , sino 
universal. Donde quiera que en el estrangero se habla de Valencia, 
su nombre es inseparable del de la paella. Sin duda el bueno dé 
Alejandro Dumas de ella quiso hablar , cuando puso en boca de su 
Conde de Monte-Cristo la revista de los platos sabrosos, que habia 
gustado en sus escursiones por Europa, citando la olla podrida de 
Valencia , la cual no debió sor otra (con paz sea dicho de la erudi- 



PINTADOS 1M»H SÍ MISMOS. .^/jO 

clon (lo! citado autor) (|iio la paella valondana. Para los (pie una 
voz la han probado, es un nM-ucrdo aí^radal'lH y liormoso ; para los 
quo solo la conocen de oidas , es un ensueño . una ilusión dorada. 
Y una particularidad siní^ulariza y aisla la paella de lodo el sistema 
culinario v í^aslronóníico, y es, quo solo un vilenyiano sabe í^uisarla, 
solo él poseo el secreto do su confección, el cual reside en él, en- 
carnado ó identificado, como en los reyes de Francia la virtud do 
curar los lampáronos. Y so ha visto ; porque á pesar de haberse 
empeñado muchos oslrangoros y en varias ocasiones, en guisar una 
paella valenciana , aunque diostros por otra parle , y profesores 
eméritos en la ciencia, han fracasado en sus ensayos; y un paladar 
esporto al momento ha reconocido la mano incsperla, la mnno que 
no era valenciana. Y tampoco consiste esta esclusion en la natu- 
raleza v calidad do los elementos, que entran en la composición de 
la paella. «Un valenciano la condimentará con igual acierto y gusto 
en las orillas del Sena y del Támesis, quo en las del Turia , y en- 
tre los hielos do Rusia , que cnlre los calores de la Guyana , si 
llene á mano los artículos tradicionales que la constituyen. 

Verdad es que no todos los valencianos saben guisarla ; pero 
también lo es que los únicos que la guisan, lo son ; que los maes- 
tros en el arte son muchos , y finalmente que entre éstos los hay 
especiales , que dignos del título de profesores, lo llevan con or- 
gullo, y desempeñan sus funciones de un modo inimitable. 

La idea , pues , de paella envuelve un doble tipo, ambos origi- 
nales, y tanto, quo acaso lo sean mas que ningún otro de los que 
brillan en esta galería biográfica. Los lipos son , el paellero y la 
paella; es decir , el guisandero y lo guisado, comprendiendo en 
el s3gundo lo que acompaña á la comida de la paella , rasgos de 
costumbres populares, croquis animadísimos de travesuras, y cua- 
dros de gran relieve con figuras alo Goya y Rembrandl. Probaremos 
á manejar nuestra brocha gorda de la manera menos desairada po- 
sible. 

El oficio de paellero salta á primera vista que no ha de ser de 



550 LOS VALENCIANOS 

aquellos, que dan al que lo profesa, un modo Revivir estable, como 
el oficio de sastre, de carpintero , etc. Porque ni todos, ni siempre 
están comiendo paellas, ni tampoco lodos ni siempre recurren á la 
habilidad del paellero titulada , pues como hemos dicho , no son 
pocos los que dominan la ciencia de h paella. El oficio de paellero 
es un agregado ordinario al de villutero ó zapatero. En efecto, en 
el seno de estas dos profesiones es donde se ha de ir, á buscar los 
hombres competentes para la resolución de aquel problema, y rara 
vez se nombra á fulano el paellero, sin que le acompañe la cola de 
el velluter ó sabater. Gomo directores de una función que es esen- 
cialmente de broma y bureo , ellos son bromistas, y por punto ge- 
neral holgazanes y poco adictos ala lanzadera ó tirapié. Cuando es- 
casea el trabajo de su profesión , señaladamente de !a primera, 
son los que antes que nadie son despedidos del obrador: hacen fiesta 
los lunes , y el resto de la semana entretienen a los demás de la 
manera que podrá el lector observar en la biografía de este tipo 
notable valenciano. Además son, en caso dado , pescadores de caña, 
tocadores de guitarra , y siempre fumadores y enemigos irreconci- 
liables del oidium tukeri. Con esto cuentan con no escasos recur- 
sos para mantenerse en años de penuria, y con el último de la bolsa 
de ios amigos , á quienes hicieron reir en la prosperidad , para que 
les impidan llorar en la adversidad. El paellero se halla dotado del 
competente mote ó apodo , por el cual es lisa y llanamente cono- 
cido , V. g. Betso, el granolero , el tbrt de la polla y otros adita- 
mentos de este jaez. 

Hase pretendido por algunos desnaturalizar la paella primitiva 
valenciana , socolor de mejorarla ; así es que la han recargado de 
artículos, sabrosos y suculentos , si ; pero que la convierten en un 
guisado ó comida cualquiera, destruyendo su originalidad. Lo que 
estereotipa ó mas bien fotografía la paella valenciana, separándola 
del resto de las combinaciones culinarias , es lo siguienle: palos, 
pollos ó gallinas , mas bien los primeros ; lomo de cerdo, costillas, 
chorizos, anguilas, tomates y arroz. En algunas ocasiones no falta 



iMWTADOs poh «i Miswns. 551 

quien añado cuatro ó cinco docoiiüs «lo cararoleí» fraude» , ron lo 
cual (iiipda cernido el catáloíío garramcnlal de la paella talcnciíma. 
Todo lo íidinas son (unruplelas é iuUu.sionos de gmlc or^'üllosa. ó 
mas bien envidiosa , ta cual necesita de niurlio paní lucir, no |m)mj- 
yendo la coinhinncion d(! !<» pwo y ordinario para ohioncr el hot- 
prendenle ofeclo (pie en los diinas se adviurlc. 

Ona paella (y ahora no hablamos do las aristocráticas, ni tam- 
poco de las que tienen por base media libra óe bacalao) so orga- 
niza onlinariamenle la anlcvispera «le liesla , y el niiinon) de los 
congregantes no baja de dooe, y pocas veces C8ce<le de veinte. La 
idea brota en un cerebro , ÍTcc»ent«'m€nt« en dos ó 1res a la vez, 
se comunica, y al punto es acogida con entusiasmo. Y como los 
aclori's del drama son por lo común artesanos , el di;i de liesta in- 
medioto, de que pueden di.><poBer, es el designado para la función. 
El paelkro , a quien so invita , y que no es raro forme parte de la 
reunión , despliega en el momento su energía y magisterio , ofre- 
ciendo poner á disposición de los escotantes tantas libras de esto, 
tantas de lo otro, etc., sin salirse de los limites constitutivos de la 
paella , y dejar satisfechos y contentos á diez y seis individuos por 
la friolera de seis rs. cada uno. Aceptada en el acto la propuesta, 
se procede sin demora ñ la cotización, ó cuando mas, se diliere a la 
tarde ó á la mañana siguiente , á-lin de que el paellero tenga espa- 
cio de hacer las provisiones y ocuparse de los preparativos indis- 
pensables. Aunque hay paellas domé.sticas, lo ordinario es comerlas 
en e! campo , y la designación del punto donde se haya de verifi- 
car, es también objeto de seria y detenida discusión. Tanto mes lo 
es, cuanto que nuestra huerta abunda en sitios a propósito, que 
con su soledad por una parte , y por otra con la proximidad de al- 
guna fuente ó manantial , y de barracas hospitalarias de donde sur- 
tirse de lo que accidentalmente pudiera faltar, y mas que todo de 
algunas tabernas ó cantinas sembradas por la vega , convidan á 
competencia y llaman a los aficionados. 

El paellero , bien v debklauíeBte provisto . empieza a menear 



55^ LOS VALENCIANOS 

los trebejos, y se dispone á salir airoso de la empresa. Entretarto 
otra discusión muy seria y grave ocupa á los asociados. Si lian de 
llevar ó no, mugeres y niños. Los pareceres se dividen; los preopi- 
nantes se engrescan ; linalmente, vence la mayoría á favor de la 
admisión, con la enmienda de que también se cotizarán á un SO por 
100, es decir, que satisfarán á tres reales por cabeza. Se comu- 
nica 3\paellero la modificación y enmienda, y la cosa marcha. 

Gomo es indispensable oir misa , ha de ser la del alba , y al 
efecto uno se ha de eucargar de dispertar á domicilio. A bien que 
otro de ios socios es el sereno del barrio , y en consecuencia el 
natural disperlador, con lo cual cae el telón sobre el drama de la 
víspera. 

A las cinco toda la espedicion se halla ya en pie y camino de la 
iglesia mas vecina , donde se cumple el precepto con la posible de- 
voción , que será bien escasa y fria , á pesar de las buenas dispo- 
siciones de los cristianos paelleros , los cuales bien necesitan en- 
tonces de la aplicación de los méritos del Redentor, p«ra suplir lo 
que el demonio de la distracción ha chupado por su parte. Pero, 
en fin, tienen misa, que es lo. esencial, y un peso menos encima. 
Si , por ejemplo , la cita es para la fuente de S. Luis , ó de Encors, 
congregados los espedicionarios al salir de la iglesia , envían de- 
lante á lo que los latinos llaanaban con maravillosa propiedad im- 
pedimenta (estorbos) es decir , los bagajes , y por ello entendemos, 
salva la comparación , la turba femenina y los arrapiezos, encargán- 
doles los aguarden fuera de la puerta de Ruzafa. Entretanto , capi- 
taneados por el paellero, invaden el mercado y se disponen á equi- 
parse , recorriendo los puestos y examinándolos minuciosamente 
para encontrar género barato ; pero son detenidos en su escursion 
por el exabrupto de uno de los camaradas , quien propone como 
preliminar, y por via de estímulo á la tarea que' van á emprender, 
abrigar el estómago con una copa de aguardiente. Pero como para 
ello sea indispensable proceder á nueva cotización , la mayoría 
clama, el paellero grita y amenaza abandonarlos, y por unmomen- 



PUNTADOS l'Dlt .SÍ MI.SIIM.S. 555 

to reinan la (MMifusiDn y anarquía Poríln ic Iran^ive, adoptando un 
lomporanwnlü medio, vidgo p.iñ'tH ralipnlo«: on lu^ar de lifs 
libras de ocñle , la puella bc cunlciilaru ron dos , y la uiauu dJ 
pueliero liara «I resto. 

lüntrclanlo la van^'uardia lia salido de la ciudad , y 8c detiene 
á aguardar al eenlro y rela^'uaidia roo la impaciencia <|UC se deja 
discurrir. Sin cesar esta destacando emisarios mocosos |)ara anuiv- 
cmr la llegada , y por liu aparecen los esperados Mesias , y juntos 
emprenden la rula para el punto de su desliho , no sin sendas re- 
cunvcncioDos cod\ uvales, que terminan por a(|uiela!se. Hien es 
verdad que el tiempo gastado en disputas , avenencia y sello de 
lu reconciliación , ba Lecho avanzar el relij llora y media, y el sol 
calienta ya d 'ma^iado; bien es veidad ()ue durante el viaje un mu- 
cbaclio ha caido en una aceijuia y llenadose de cieno hasta el culo- 
prillu, al i]uerer atrapar una lagartija; bien es verdad (|ue a mas 
de mitad de camino se acuerdan que han olvidado el aceite y el 
azafrán. Nueva barauüdu ; nueva pendencia ; nuevos reniegos; nuevo 
alto. Udo se ofrece a ir en volandas y volver con los obgetos olvi- 
dados . antes que la comitiva arribe a su deslino. En efecto , corre 
V vuelve; p'ro VuCio y desairado, porque al pedir al tendero los es- 
presados arliculos, ésle se ha hecho de nuevas, v dice que nada 
sabe. Entre los oventcs hav nna cabeza mas inflamable que las 
■demás , y se dispone a ir a vaciar las tripas pura y lisamente al 
ladrón del tendero, de cuya fesolucion le disuadeo los compaueros, 
sobre todo la noticia que les comunica el p.iellero, quien dominador 
<lel pljiío topogralico de ai'jella sección de la vega y de la siluacioo 
les anuncia la ex stencia de un tenducho próximo, donde sin nece- 
sidad de acogotar tenderos , sera fácil supür y reemplazar lo des- 
aparecido. Al través de estos y otros mil tropiezos y percances, 
^ücaú el término de su fatigas entre diez y once de la mañana. 
Dije el término de sus fatigas, reliriéo'lome a las del camino ; capa- 
ces ellas solas de dar ai traite con una resignación é indiferencia 
genial monos a prueba que ia de lus iudividuos en cue^lion. 



554 LOS VALENCIANOS 

L^ paella (sarlcn) es un insli'umciilo muy conocido de la gene- 
ralidad de los lectores; pero cnírc ellas, en especial las que sirven 
para el abasto de una cuadrilla de treinta ó mas individuos, las hay 
que alcanzan dimensiones fabulosas, y alguna bien podria, supri- 
miéndole las bordes, hacer las veces de plataforma giratoria en una 
estación de ferro-carril. Pocos son los que poseen paellas propias, 
aun de ]os paelleros profesos. En cambio los labradores dueños do 
barracas inmediatas á los sitios de cita ordinaria , tienen una ó dos 
para alquilar; o bien por un precio que se estipula, ó bien admi- 
Ucndole á la participación del banquete. Este último partido pre- 
fieren casi siempre por las razones que luego se dirán. Aun em- 
pero, no ha cantado victoria nuestra gente espcdicionaria , cuyos 
trabajos pudieran celebrarse por un bardo desocupado al par de los 
trabajos de Hércules. Prcgunlan por h paella de alquiler, y saben 
con amarga sorpresa que otra cuadrilla se les ha anticipado, y ocu- 
pado el mueble en virtud del jus primi occiipanlis. En muchos el 
término de la paciencia hubiera estallado , si se hallaran á las puer- 
tas de la ciudad; pero distantes de allí una legua , la prudencia y 
el hambre de mancomún les aconsejan estirar la correa del sufri- 
miento, y dar un ejercicio activo ala gran ciencia del hombre 
zurrado y apaleado , que consiste en esperar. El labrador proi)ie- 
tario de la paella embargada , apunta que á media hora de allí hay 
otra, y que su dueño es amigo, y que no tendrá dificultad en al- 
quilarla. La adversidad amansa y amaestra , y la resignación es su 
fruto y consecuencia. Vase en demanda de la suspirada paella, y 
por fin viene acompañada de un nuevo comensal , que es su propie- 
tario, dotado de las mas brillantes disposiciones gastronómicas. 
Paso por alto las escenas desempeñadas por los impedlmenla con- 
sabidos de arriba, porque ellas solas capitulo de por si merecían, 
y constituirian un tipo lacrimoso ai par que tremebundo. Paso tam- 
bién por alto el almuerzo, por la única y simple razón que no le 
hay; pues los reiterados accidentes y contratiempos han llevado do 
cuarto en cuarto hasta las doce y media á los paelleros , y precisa- 



PINTADOS ron sí MISMOS. 355 

menlo en aiincl pnnlo comienza la verdadera operación de la paella. 

Doscar/íadas las provisiones, soliaco necesario buscar leüa para 
guisar, y los hambrientos cspcdicionariod , imilando á ios troyano» 
que piíUa Vir<;ilii) á su desembarco en la playa de Cumas, 

Ouicril pars semina ílammai 

Inclusa in venis siiicis 

so distribuyen en demanda do combustible. Pero es el caso quo en 
nuestra huerta no se deja a la naturaleza un palmo de terreno, para 
que so espacie y brote á su placer; en consecuencia no hay monte: 
el combustible , pues , se ha de adíjuirir de contrabando , y nuestra 
gente campesina vive muy despabilada , lo cual le es fácil, pues á 
veces todo el terreno de su cultivo lo puede lapr.r un pañuelo de 
veinte cuartas. Uno de los muchachos, aguijado por el hambre, se 
lanza sobro una haz de cañas , y cree haber hecho una hazaña que 
le valdrá elogios y algo mas sólido;, pero la solidez pertenece á un 
mojicón aplicado á su cogote por una mano poco parecida á la 
mano maternal, y es la del dueño de las cañas, quien además le 
conduce á su padre , para que éste le satisfaga el daño causado, ó 
por causar. El altercado termina poi' una Iransaccioo, cuyo articulo 
único se reduce á aumentar cu un guarismo mas el de los consumi- 
dores de la paella. 

Hay leña por fin; una zanja ó agujero abierto en el suelo, y 
flanqueado de dos enormes piedras, es el hogar improvisado, que 
ordinariamente se emplea. Las aves están ya desplumadas , las le- 
gumbres mondadas, la carne despedazada, el arroz limpio. Encién- 
dese el fuego ; mas no se enciende; la leña es verde , el paellero 
sopla y sopla con carrillos de Irompclcro; los ojos le l'oran , el gaz- 
nate se lo añusga y seca: para no ahogarse recurre á la enorme 
bota reservada para el banquete; los demás, que- participan del 
añusgamiento de garganta le imitan; la bota desfallece; y suena 
tercca cotización , la cual no ofrece oposición lan grave, porque 
jos oposicionistas han disminuido , sino en número . en derechura 
de ideas, y en despejo mental Arde la leña, y la paella 



356 tos VALEN€TAWf)S 

descansa ya sobre el voraz elemento. Primero se fríe la volatería, 
y demás artículos que de freír son; tras de lo cual enlra la delica- 
da y esencial operación del agua para el caldo , operación que 
revela a] paellero legítimo , al j»ac//ero sublime. Porque del acierto 
en la cantidad que pon¿;a, depende el bueno ó mal éxito de la em- 
presa : añadir después seria bochornoso , y capaz de desacreditarle 
para siempre; quitar, imposble: y no obstante, la sábiá y prii- 
denie combinación del agua y el fuego, han de colocar la puella 
en su punto, de suerte que la carne , verduras y legumbres estén 
cocidos sin dureza , ni aplastamiento ; el arroz blando y trataule, 
pero manejado de modo que cadu grano vaya por su parte. Y para 
ello el paellero conoce la diversa dureza y penetrabilid.id de los 
varios elementos (k Va paella, y así los va añadiendo progresiva- 
mente según su grado de resistencia , para que todos lleguen al 
punto final en ig»ialos condiciones de sazón y cocimiento. El fuego 
se alimenta con inteligencia y mesura , y cuando al finalizar la ope- 
ración los asistentes dicen : está muy buena y acertada , acompa- 
ñando" la aprobación con adornos signilicativos , que el diccionario 
pasa por a to, el paellero disfruta uno de aquellos momentis pare- 
cidos á los que debieron disfrutar Torcuíiio Tasso y Corina , al ser 
coronados en el Capitolio. A fin, que el hervor de la paella vaya 
remitiendo paulaünaitiente , sin separarla del bo^ar, le quila fuego, 
y cuando lo cree' oportuno, asiéndula del mango colosa!, la coloca en 
el suelo sobre una hoja de col ó berza, sin duda para impedir que e^ 
enfriamiento superior reaccione sobre la capa inferior, todavía muy 
caliente , y tueste el fondo de la sartén , que en nuestro dialecto se 
llama: socarrarse el arrbs. 

La paella no se come sin cierto ceremonial. Colocada en el cen- 
tro de! círculo de asistentes, sentados comunmente en el suelo, ó 
sobre el asiento que su suerte ó industria tes depara ; se clavan las 
cucharas en rueda al rededor de la sartén y dentro del arroz, for- 
mando una especie de empalizada , ó caballos de fiisa. Aun<que es 
ya regla inviolable, se previene sin embargo por el paellero, 



J'INTA1>0S POR SÍ MTSMOS. V^l 

que nadio avancn sino en (^1 Ioitciio (jiie lioiif; do'antc, y en nüirclia 
progresiva . pcn» no 'aleral, sin n.surpar Ion (Ifrerhos ni los loncz- 
nos (lül v»»cino , si la forliiiia so los proporciona PoifpKí el pnellero 
previsor ilisliibiiyc el empcilradt^ do la paella, en términos que 
nadie leniza motivo do piojarso de parcialidad, ó prediiecrioii hatia 
ést»' ó el otro ángulo de la misma. Kl alaque , pues, so vcrilica si- 
multáneamente por toda la circunferencia ; las brechas se abren 
cou regulariilad , y los asalladores caminan al ceniro via r da, con 
mayor ó menor velocid.id , según poseen mas ó menos desarrollada 
Id facultad é instrumentos de masticación. Pero la salva debe alter- 
nar con frecuencia, á íin do refrescar ¿ l.js que se bailan fatigados 
del combate. Dada la señal, clava el pnelhro en t^l punto cc?drico 
de la paella un mojón ó mendrugo de pan , como una especie de 
bandera parlamentaria, el cual anuncia la suspensión del egercicio * 
mandibular, es decir que prohibe comer , basta que lodo el mundo 
haya bebido. Aunque el calculo siem|ire se echa desahogado y lato, 
pocos relieves quediin para los herederos, y lodo el mundo hace 
honor á los conocimientos y habilidad del guisandero. Cierra co- 
munmente h paella, ó bien un frito de embutido y lumo , ó simple- 
mente un ensalada y postres. 

El labrador dueño de la paella , el que indicó la existencia de 
ésta , el propietario de las cañas y autor del mogicon de marras, 
son tres convidados por fuerza , y desempeñan su cometido como 
quien sabe que BO' se encuentran paellas tras cada esquina. El se- 
gundo, en cuvo territorio se celebra ei banquete, mientras el pae- 
llevo suda y brega con su buena ó mala suerte, indica á la cuadrilla 
una higuera que hace sombra á la puerta de su barraca , y brinda 
á lod. s con terrones de azúcar, que no higos, /poniéndolos á su 
disposición con rústica franqueza. No se lo hacen repetir: de tropel 
se encaraman los mas lijjros, y empiezan á sacudirlas ramas, para 
que caigan las maduras brevas, que se reciben en gorras, delantales 
y pañuelos. Pero es el caso que la sazón se hal'a algo atrasada , y 
los liigos son hermanos mellizos de los de mármol ó alabastro, que 



358 LOS VALEKCTAIN'OS 

se ponen sobre los pnpcics en los esciilonosy bufóles de curiales y 
litcralos. Su gusto es un enigma, y el Iciron de azúcar un acio do 
fé; pues la realidad es un sabor de esparto agrio, con un dejo de 
almendra amarga. No obstante, los convidados se dan un atracón, 
el cual, recayendo sobre los lientos preliminares dados á la bola, 
les quila el apetito, y el maligno labriego, cuyo desinterés y libe- 
ralidad chocan á primera vista, utiliza !a inapetencia general para 
regalar á sí y á los suyos ; porque la paella queda á mitad , el pae, 
llero desairado y renegando , y el mueble lodavia decentemenlo 
provisto , loma el camino de la barraca para solaz y huelga de !a 
familia hospitalaria , la cual hace la razón á su turno , á salud de 
los tan delicadamcnle engañados malandantes j^flí-Z/ero^. 

El rofeiido episodio no es sino una vaiiante del Upo, el cual en 
lo esencial queda ileso ó íntegro, porque las reglas, y si así se 
pueden llamar , los estatutos que lo organizan, son observados con 
exactitud y respeto tal , que es de espetar sobrevivan aun largos 
años sin relajación nialleracion, á la ruina de los demás Upos va- 
lencianos. 

Pascual Pérez j Bodrigruez. 





LA PANOLLERA. 






LA PA^OLIJ■[{\. 

(Mazorqucra.) 



lí^NV^ y^í'i^^ esclarecer el asunto voy á principiar con una 
^Ú'^'^^^fxi c¡la¡aiina. 

r^ \^ ._-», r.y v^ — ¡lloiubre, para hablar de la panollcra! 
>5<'^ i^ "^'^ — Si, lector quciido, quijro darme importan- 



P 



fU^l 1 )>'¿S\ cia , quiero darla á esc ser humano que hov cae 
>5< >5< br.jü el dominio de mi i)luma ; ardo en deseos 

íí©'^\^^\©'^ ^'^ ^"^ conozcas mi vasto talento (se erlicnde 
/i_i^^ v^ ^^-— ^. t'aí/o con y, ¡no juguemos!) mi esccsi /a erudi- 
ción , mis estudios , mis buenas dotes y sobre lodo mi modcslta, 
que como puedes comprender, m.aldila la que tengo. Y en esto me 
ap:irli) de las huellas de fray Modesto que nunca fué prior, porque 
el que no se .ilaba, de ruin se mucre , ni medra en suerte y brillo 
el modesto y sencillo, ni se echa de ver á quien no se hace valer, 
viviendo en un mundo tan miserable que.... 

Esta palabra miserable , me recuerda que mi tipo es uno de los 



360 LOS VALENCIANOS 

que cooperan con mas ericacia á que el globo terráqueo se ador- 
ne con titulo semejante. Sin ( mbargo , no lanío , que senleinos 
esta idea como principio general. Hay sus escepcioues y esto me 
obliga d entrar en el terreno de los distingos. 

La panollera, respecto á su condición social, fluctúa éntrela 
última grada de la ciase media hasta muy cerca de !a otra donde 
varios dias se imita al camaleón en sus manjares. 

Esio supuesto , hé procurado investigar el origen de mis patro- 
cinadas desempolvando übrajos , pasando escrupulosa revista á mi 
memoiia y entregándome en brazos de la medilacitny.... nada. Ni 
recuerdo , ni hé podido topar con un autor que de ellas me tra- 
tara. Las panolleras, están , pues, sin historia, y yo voy á fijarla. 
Cábííme la satisfacción de ser el primero que de su profesión se 
ocupa , y que si algún día renacen los antiguos gremios y ellas for- 
man el suyo, indudablemente iré pintado en sus banderas, como 
su único patrón. (Hasta alítwíl jiií oíonazco que le tengan.) 

Siento en este momento una comezón por darlas la antigüedad 
mas maravillosa. Siento no poder decir de Eva, que fue la primera 
panollera del mundo , como de Adán se dice el primer agricultor, 
el primer mayorazgo. Mis l.bios enmudecen y... ¡vive Dios! que 
rabio y pal^o de ira. ¡Pobres panollerds mias! Según mis cabalas, 
la profesión panoUeristica no sube d«! si¿,lo \\l. En cambio debéis 
estar muy ufanas parque sois una de las ma^s grandes conquistas 
famélicas del siglo de oro, (si bien este metal ha sido muy ingrato 
con vosotras.) 

Y no ereo fundarme en una arbitrariedad cuando las doy su 
cuiua en el mejor de los siglos de nuestra literi?tura , no. Sé, no re- 
cuerdo por donde , que en el descubrimiento de la América se co- 
noció el maiz y trasladada su semilla á España echó en ella prodi- 
giosas raices, comunicándose por lodo el mundo; pose al médico 
Fuclio que íe creía salido de la Tui quia y 'Valerio Codio de la Bac- 
triana, pues que lo que ellos refieren no es otro que una especie de 
trigo, cuyo grano era mas pequeño que el nuestro 



PINTADOS IM)H SÍ 11IS:»I()S. ZC)\ 

Ou(*ilü , pues , scnUulo (|ij(; con las minas do A mélica , se dos- 
cubii.!ion les panollcs , y que loniandü do ellas su nombre las pa- 
nolleras^ esla profusión no puede ser anterior al siglo XVI, liabién- 
düse conocido el nuevo mundo a Unes del si¿;lo XV. 
— ¿Pero , qué vienen a ser las panolleras? dirá el lector imjjacien- 
te, car¿,Mdo de lauta cLarla. 

— Voy a decírtelo. — La panollera es un ser humano, cuyo tipo no 
es fácil designar , porque so ven de distintas formas y con diversas 
caricaturas. Las hay feas, liorribljmeiile feas, guapas, bellisimas, 
lindas mozas; otras un si es ó no es, pero habladoras todas has- 
la por los codos, chismosas como si¿;no distintivo de familia, y 
arengailuras consuniadas. Fijan sus reales , en las plazas , en las 
esquinas do las callos, como medida preventiva por si caeu bom- 
bas ; on los paseos , en las afueras de la capital , donde huelas diver- 
siones, jácara, bullicio, en íin, donde los acomoda: á oirás no les 
acomoda en parle alguna , sin duda porcjue de puro viejas tienen 
malos asientos , y on el'carruage de S. Francisco , contra viento 
y marea , transitan por las calles vocifcr.indo «¿Quién quiere pano- 
jas"!!) i(\Caleniilas y buenaslj> «Acahaditas de salirlj> 

Por lo quo de relatar acabo, puede comprenderse que las hay 
asíanlos ó fijas , y movibles ó ambulantes. La panollera ambulante 
pertenece al género de lo malo lo peor, tiene cara de pocos amigos, 
es vieja huraña , regañona, las cortinas desús ojos apenas dejan ver 
el azul, negro ó pardo do su pupila por impedimentos nada curio- 
sos; huye de las sombras de la uoche, como Eneas de Troya, y 
recorre las calles do dia , porque es amiga del sol. Su trago está 
en consonancia con sus maneras. Una tablilla doude coloca las dos 
mitades de una calabaza (obgeto también de su comercio) y un ca- 
nasto donde lleva mazorcas tostadas al horno y membrillos idem, 
completan sus avios. 

Al nombrar los membrillos se me ocurre que la panollera tran- 
seúnte debe ser antiquísima, porque si bien en su origen no hubo 

de vender panochas, se dedicaria a la venta üe membrillos, cono- 

46 



^^62 LOS VALENCIANOS 

cidos por los romanos con el nombre de Malum Sydonlum, porque 
vinieron de la ciudad de Sydonia , en la isla de Candía , según In- 
fiere S. Isidoro. Nüsoll'os les llamamos codoñs sin duda por el vello 
blando y blanco que los cubre á manera de algodón ó cotón, como 
antiguamente se decia. 

Moderno ó no el origen del tipo que describo , lo cual me im- 
porta dos cominos , baste saber que es uno de los infinitos medios 
que se han inventado para ganar el sustento desde que él anatema 
de idnsudoH vullus iui vesceris panem» cayó sobre la humana es- 
pecie. Francamente lo d go; al ver que la desenvoltura de la lengua 
de mis patrocinadas no tiene pepita que la sugele cnando ellas di- 
cen—allá voy — creo que veces mil habrán echado en cara á nues- 
tra madre Eva la célebre picardía que hizo comiéndose la manzana 
para hacernos trabajar á todos. 

Pero volvamos al asunto y dirijámonos hacia la plaza del Mor- 
cado donde, como si el cielo reflejara en la tierra las luces de las 
estrellas, veo aquí y acullá diseminados farolillos, cada uno de los 
cuales me indica el aéreo despacho de una garbosa pianollera Ad- 
mirad á la panollera fija , nata y flor de las de su oficio , joven de 
gallardía, de rostro risueño y de picantes dichos. Observad la es- 
casez de su anaquelería, de sus escaparates y demás utensilios, ^i*e- 
ducídos á una silla entera y citra que no lo es. La pntíítíra sirve 
de mostruario cubierto coa una toháüa limpia y blanca como el 
ampo de la nieve, eso sí, porque las valencianas son curiosas 
hasta la exageración. La otra silla sirve para el uso á que se le 
deslina en sociedad. En un capazo , que no diré si es bueno ó malo, 
porque de todo haber suele , están las mercancías en su estado na- 
tural. Un hornillo ó das , según el capital y crédito de la 'vendedora, 
ponen á las infelices mazorcas en idéntico caso tjue á S. Lorenzo en 
su martirio. Una porción de chiquillos de los que en todas parles 
abundan, se entretienen, abobados, mirando como el fuego va en- 
negreciendo el hermoso dorado de las espigas del maiz. El mas 
atrevido de entre ellos se adelanta á revolverlas para que la acciüo 



PINTADOS pon SÍ MISMOS. 303 

(Jül taogo cuniin por lotlus las facfts, cuya os.ulia rcoompcnsan fre- 
cucnluiuLMiic 1 is paiiolloras , quo tienen lambieo las manus largas 
con un cacliülc mayúsculo, acompasado do alf^ui a figura n lóiita, 
que no os para di<'lia ni conl.ida. Olro granujilla en miniatura pide 
un granito: mi-nlra?} otro (|uc no pidt; zampa los rjne puede. I'inal- 
Dacnle , Iü luz do un farolillo (pie puedo servir de joya arqueüló¿;ica 
se eacarga déla iluminación, aunque refunfuñando con el aceite. 
Hasta aquí la parle escenográfica. En cuanto u la parle decla- 
matoria hé atribuido a mi tipo dolos oralorias en grande escala y 
voy a presentar en croquis uno de sus discursos. 

El tema, por s'ipueslo, es siempre el mismo, ni puede ser mas 
Olanlrópico. «Aliviar de carga el bolsillo del transeúnte. í 
— ;Calcutitas! ¡y que buenasl {Exordio de su arenga) 
— Cómprelas , señor, que dan gusto de verlas. {Proposición.) 
— ¡Baratas y qué ricasl Son de las mejores. {Confirmación.) 
— Que las doy.' (previo pago por supuesto.)— No se vaya sin com- 
prar. {Peroración animada.) 

Un imrividuo de los que echan humo se acerca á encender un 
un coracero en el fiiego de los hornillos. Ya casi encendido, corles- 
mente la dice: «con permiso.» La pano'lera que le creia compra- 
dor, le contesta sonrojada:— ¡Mira el lechuguino! Sin un cuarto en 
el bolsillo! Y vuelta otra vez á sus discursos. — ¡Calentitas! ¿Quien 
las quiere? 

Un prójimo convertido. — A ver las que te quedan. 
— Todas buenas , señor. No es menester que las mire. Si están 
dicieijdo, comeilmel ¿\1 señor le gustan frias ó calientes? Esla es la 
mejor. La calentaré un poquito. Vendo también membrillos. Y á 
fé que son poco buenos. Un asistente que se ha jmpeñado en que 
soy guapa me compra una docena todas las noches. (Revolviendo 
la mazorca.) Me parece que conozco al srñor. Es decir, de oidas: 
por Roseta la criada de Vd. ¡Ay señor, qué candorosa chica cuando 
entró en su casa! No pasaba noche, si era en verano , que no me 
pomprase mazorcas, y si en invierno, castañas. Porque yo vendo 



364 LOS VALEIÍCTANOS 

castañas muy finas; y ¡no digo nada de las batatas!... El asistente 
que me hace corrococos se me jala todas las noches Ires libras. ¡Si 
no fuera tan tragón!! ¡Es tan buen chico! Pues, como decía al se- 
ñor, su criada se ha vuelto tan bribona que ya no viene aquí y 
charla que le charla aliora con la mugar de enfrente, que así ha- 
ciendo la mosquita muerta.... ya, ya...., pero eso es cuento muy 
largo. Desde que Roseta se junta con ella raya en mania lo que le 
gusta la gente de guerra. A buen seguro que no irá á la fuente sin 
dar una mirada á la guardia del Principal La otra noche platicaba 
mi asistente con un paisano suyo , que estaba allí de servicio, y 
Roseta , pasa que te pasa : hasta que no la dijeron: ¡cuerpo bueno! 
¡resalad! no paró. ¡Ah! la tengo una tirria desde entonces, q«e 
cuando la veo con el cántaro al brazo, yo y mi compañera la vende- 
dora de la derecha (que es con la única que hago migas, porque es 
muy buena chica) le cantamos: 

Aunque voy á la fuente 

No voy por agua. 

Que á ver voy á mi amante 

Que está de guardia. 

Señor, ¡se ha vuelto tan bribona! Ea, está ya lisia la panolla. 
Míreme bien para que otra vez pueda reconocerme. ¡Que se acuerde 
de mi! Vaya, que se la coma con salud. 

— Buenas noches , chiquita. 

— Hasta otra vista, señor. 

Y luego , incontinenti (a) repente . 
Mira á lo lejos, y si llega gente, 
Anva el fuego : pónese aseada, 
Y repite su arenga entusiasmada: 

— ¿Quién las quiere? Que queman. 

Un militar retirado , parroquiano suyo. 
— Linda moza , las Ires Je ordenanza. 
— Aquí las tengo gúardaditas para Vd. Son de rechuplete. Gomo 



PINTADOS pon sí MISMOS. 5^K 

qun las lió oscnndwio dobiíjo de la lolialld [^ara que no las vieran. 
¿Y la señora , tan guapt? 

—Tan f^Miapa. (Modo frccuonlo do alabar los maridos en sociedad 
á sus miladüs raras.) 

Voy á calonlarlas un poquito. Kspcrt'so un momcnlo. Vamos 

qué hará. ¿Y los nenes, lan guiípos? 

—Como sicMnpro. A y paloma mia , que me eslás haciendo un 
fuego graneado con esos ojuelos , que si enviudase.... 

— Cómo se burla e! señor, (poniéndose muy huera.) 

— No digas eso. Siem[)re me han gustado las caras como la luya. 
Cuando mi regimiento guarnecia á Figueras teníamos una cantinera 
en el batallón, que ora tu propio retrato. Yo entonces desempeñaba 
la plaza de ranchero , que fue el primer escalón do mi carrera, y 
tanto, me absorvió un dia su conversación , qu • desmide el rancho 
y dejé á mis camaradas tan guapos y tan frescos. Pero mi capitán 
que estas bromas no las tomaba frescas, encargó á dos individuos 
que me sacudieran el polvo de las espaldas; y lan lindamente lo 
hicieron que pienso mo dejaron niemoria eterna de la cantinera; sin 
embargo, no puedo quejarme de sus buenos sentimientos, porque 
logró de mié gefes que me sacudieran dos sargentos , y esto al fin 
y á la postre es siempre mucho mas honorifico.... Poco tiempo 
después casó con un trómpela.... Ah, cuan lontita fué; si me es- 
pera, ahora seria capitana.... ¿Sabes , linda moza, que aun dejarla 
me dieran por tí los sendos palos de antaño? Pero ¡voto á mil bom- 
bas! Que me he entretenido demasiado gucrilleándote y tengo que 
batir retirada a paso ligero , que ya estarán mis nenes desesperados. 
¡Y mi cónyugue! ¡Ah, la arpía de mi cónyugue!... Con que hasta la 
vista.... remonona. 

— Já , já , has visto, chica. (A la del lado, para que la oigan todas.) 
Loco rematado por mí. ; Qué eslo no valdrá nada! 

Hé presentado hasta ahora ala panollera chismosa, irascible, 
presumida, mordaz , incitadora al cónyuge masculino y al trabajo 



566 LOS VALENCIANOS 

de las mandíbulas, y finalmente , como imán que atrae el moílcsto 
capital de la gente menuda con sus chucherías y su charla 

Si aquí hiciera punto cumplii'ia pésimamcnle con n,iis patrocina- 
das , no disculpándolas de estos epiletos que en ellas no pueden 
consliluir defectos. Presentadme sino una panollera que no guarde 
los secretos de sus parroquianos, inespugnable á la conversación, 
que no tenga mas sal que la del bautismo, poco dosenvuella y sem- 
blante taciturno , y puede estar seguro de que s,u gdnanpia no la 
tomaré en arriendo. 

líero, ¡pardiez, que me olvidaba de lo mejor! ¿Cómo creeréis, 
lectores, que Cupido Cisesta sus tiros mas certeros en los despachos 
de hs panolleras2 ¡Ah! Si el raaoslro del amor, Ovidio, escribiera 
en nuestro sjglo y en mi patria , su libertino «Arte de amar» n,o, 
creo qpp olvidara las tiendecitas ambulantes de niis patropina- 
(j^a, §4 querois convenceros de mi aserción , llegaos á ^rillasi í|el 
Mediterráneo en sus frescas noches de eslió , cuando las. brisas del 
UJíir Gonyid-in á mis paisanos á trasladarse al Cabañal, pintoresca y 
l^lanquocina población, recuerdo de los aduares moriscos, animada 
en aquella época d,el año por la sociedad valenciana que huye de la 
opresión en que la tienen sus murallas y busca su libertad con la 
Uberiad de los vientos, ^n aquellas plácidas noches en que, el aln^a 
se estasía lija contemplando la ondulación continua y (a inmei,isidad 
de ese mar, al que, conao dijo Lope de Vega, «la blanda arena pone 
freno» veréis en la playa reuniones juguetonas , danzando y cor- 
riendo é hincando diente á algún fresco manjar. Pues, bien, entre 
esas figuras veréis la de la panollera, rodeada de grupos juvenüe.^, 
aíoi mentada por la urgencia de la demanda; pero afable, a|enta, 
cariñosa y con los ojos mas listos que cazador Iras c| ave. Haz|e ijp 
guiño , y cpJiprenderá al instante que hay una hermosura, reina de 
tu corazón, á quien debe contestar: «está pagado.» Ella te, dará 
también noticia exacta de la morada en que vive la sirena que te 
cautivó, y del momento en que con algunas amiguilas la niña se 
separa de la sombra de su mamá y tienes sobrada ocasión para li^r 



PINTADOS pon SÍ MISMOS. 567 

blaila , al poóllro fiil^'or do la luna y do las cslrullas y á la vista de 
un mar plaluado (|iie so pioidu en lontananza. 

¿I'ucdu iiaccr mas la panullüra quo acomodari^o á Indas las cir- 
cunstancias (l(<t la vida, aparoc/tondo en ol Cibañal atenta, porque 
sus parroquianos lo son, pi escntandose en la plaza f ública do la ciu- 
dad , cluiinbona como la ¿jcinlo (pie la rodea, cooperando al séptimo 
Sacriimcnla siquier lo val^'a alguna propina , y finalmente, propor- 
cionando á nue>lru hambriento estómago su docente m:injar que á 
ser otro no comeríamos por las calles? Puede hacer mas.... 

—Olga Vd. (el lector) ¿y el lalin del principio y la vasta erudición 
y toda aquella modesta incensada con que por via do preámbulo 
Vd. se engalanó? 

— ¡Es verdadl ¡Cáspital 

— Lo habrá Vd. dejado en el tintero? 

— Ticuü Vd. razüQ ; allí estará , y á buscarlo me dirijo. 

pero.... ¡rara casualidad! 

Se m«j ha ocurrido una idea 

1 voy á espresarla en verso. 
ÜN chisgarabís. — A fé que el de Vd. es per-verso. 

— Eslá muy bien, que lo sea. 

Para que Vd. no me lea 

No encue'Atro cosa mejor. 

Allá va, pues, 

AL LECTOa. 

Que de linda panollera 
1.1 dictado adtjuirir quiera 
De generoso señor. 

Dile que adoras su hermosura, ciego, 
Que el corazón al verla se te escalda, 
Porque de amor sus ojos brotan fuego: 
Pídele tres panochas desde luego 
Y le echas cuatro cuartos en la falda. 

FiUberto Abelardo Dlaa. 




EL PILLO DEL MERCADO. 



(g^. 



^nn:,í^-.T 



EL PILLET DEL MERCAT. 



i^.'^^'í "^ ''^^1 cHiombrc rindo, ó cuando menos el curioso 
&/<:,\)J c^i^ Icclor, se empeñan en que esle lipo no reúno 
^'v^ ^ C-yi^^ las condiciones indispensables para caracleri- 
S-vD ^' OjS '^^•'•^ ' y •'^*^'' ^"""^'^ aliüarle en la nomcncliiliiia 
M'^^ ^")Sk *'° '"^ ^''"^^ Valencianos , no seré yo á fe mia 
fe.^/;.' VTiSI qu¡':n Iralo de llevarles la conlia insisliendo en 
wáQly*' ^^i^ (jiic sea como oíros csclusivo de esle suelo, 
d»nde á la vez que perfecciones , abundan 
lunares que muy bien pueden pasar plaia de ran.s : lo que si diré, 
lo (|Ue es una veiilad inconcusa es, que el V'úkl del Mercal fué 
célebre en tiempos pasados en esla ciudad del Cid ; aquel ser , que 

gracias á la perspicacia de ios licmpoi présenles oo lia podido me- 

47 



370 LOS VALENCIANOS 

nos de ser clasificado cscrupiilosamcnlc, dando por resultado un 
proiluclo do hombre sin olra ctialidiid dislinliva. 

¿Y qué lieno do parlicjlar que el produelo do eslo ser diese 
por resullado un hombre'^ ¡Vaya si lo liene! 

Anliguamcnle se creía que el Pillel del Mercaf era animal an- 
fibio , puesto que si las circunstancias le aprcmiabau , se zambullía 
en el agua, y resistía mas q'ie un buzo , por lo que se creía que 
respiraba por medio de agallas. Se le lomaba otras veces por ave 
de rapiña , porque á semejanza de estas se dejaba caer sobre sil 
presa desde ío alto, volviéndose á lo alto cargado con su presa. 

Se le atribula la cualidad de reptil al verle arrastrándose por 
debajo de las mesas del Trencfi, (lealro de sus hazañas) y cual otro 
lagarto sus miembros de locomoción ejecutaban la rcplacion á las 
mi! maravillas. 

Era un simil del cuadrúpedo porque lo mismo que los gatos 
se asia á las paredes li;as , y se escapaba á visla del estúpido au- 
ditorio. 

Fsla cualidad gatuna era proveí biat y de grande efeclo para el 
P'Aiel del Mercal. 

lié aqui probado , pues , que no dejarla de causar admiración 
á los que tales cualidades le atribulan á nuestro Upo el ver qu6 
después de analizadas la parte estática y dinán.ica del mismo, diese 
por resultado un producio de hombre y nada mas. 

Pero en conciencia debemos confesar qu3 si retrocediéramos a 
aquellos benditos lien- pos , tal vez nosolros mismos no estaríamos 
libres do atribuirle cuando menos una superioridad sobre los demás 
seres de su semejanza , por su asombrosa movilidad , triple acción 
é indecible sagacidad. 

Como valencianos nos complacemos en consignar que este tipo 
ha desaparecido de la escala social valentina , pui-slo que el que le 
ha sustituido es tan igual en Madrid, Sevilla, y demás capitales, 
como lo es en nuestra Valencia, y decimos que nos place el que haya 
dcsapaiecido esla plauta indígena de nuestro suelo, [el Pillel del 



PINTADOS pon Sf MISMOS. 371 

Mercal) porqiio sus lilasoncs lioijian poco, (nos parece) y ningún 
brillo dan á nuestras glorias. 

Además la mi>lon en ol mundo de este lípo particular es tan 
innecesaria á la socie.lad como precisa para 61. 

¡Ojala fueran á descansar en cierna paz los nuevos calíalleros 
do industria , quo son á no dudar los descendientes de aquellos des- 
camisados, en dondo para poderles ver retratados cxactamenlo, 
no hay mas quo leer el tan célebre romance de Nelo el Tripero, 
que dict' lo necesario para hacerse cargo de lo que era este sor, 
que insVguiciido la nomenclatura de los animaK'S de distinta especie, 
con iiuienes tenia afinidad, debemos añadir que se parecia al in- 
secto por la gran cosecha quo de ellos habia particularmente en el 
mercado. 

En otros tipos do los que hemos descrito , hemos consignado lo 
poderosa quo es la acción del tiempo para modilicar ó innovar las 
cosas. Al traiar, puos, del Pillet del Mercal, debemos cunTesar 
ingenuamente que al tiempo solo es debido el que ha\a desapare- 
cido este gafdul en grado superlativo. La autoridad , la pidicia en 
Dada han contribuido para esterminar á este hombre-can, (otra all- 
nidad) pues su guarida la comparlian entre los garrapas y los per- 
ros, todos vacian juntos , dormían como buenos heimanos, se Id- 
mian los hocicos rcspedivamcute , y en ura palabra , hacian vida 
común. 

Para la manuicncion do tan famclica p"olc todos conlribuia- 
mos. 

Estos representaban los consumos de la aclualidad. 

Sin embargo , si alguien tiene que felicitarse en mayor escala 
son las revendedoras del mercado , las labradoras , y hasta los mis- 
mos comerciantes de las especierías que ocupan las casas de la grso 
plaza del Mercado de Valencia, que por ser ía mas hermosa y 
abundanio era también la mas plagada , puesto que además del 
slünúmero do enemigos naturales que conspiran centra los vende- 
dores , contaban á los trescientos pílleles que sin temor á ser des- 



572 LOS VALENCTAKOS 

mcnlidos, representaban una plaga sui gcncris , porque era de ca- 
ráclcr dislinlo á las conocidas. 

Hoy dia , uno de los arbilrios municipales es el de hacer pagar 
dos cuiiilos á cada cspcndedor de legumbres ú olra mercancía quo 
que lome puesto en el mercado. Pues bien , esU conlribuciun no es 
nueva en Valencia. AnÜguamenle, y cuando la raza semi-canina, 
semi-galuna, anlropo-ave , anlropo-replil , y anlropn-an filio ^ 
funcionaba en loda su pujanza , se pagaban lambien los dos cuartos 
por puesto , no para la municipididud , si no para mantener á la 
dicha calila do lagartijas , que para mayor desgracia Cq nuestros 
pasados , los vivi«nles en aquel eulonces , estaban disciplinados. 

¡ Disciplinados lo? pillos! 

Si señor, disciplinados. 

Yo convengo en que cualquiera creerá ser mas fácil disciplirar 
ú organizar una sección de locos furibundos ; pero lo cierlo , lo in- 
dudable es quo aquella semilla ungü.culada , estaba y muy bien dis- 
ciplinada. 

El Pillet del Bienal obedccia á sus gefes , hasta sin necesidad 
do órJon verbal ; cu.il otros nautas, practicaban sus maniobras al 
sonido do un pilo ó silvalo; pero con tal exactitud , con tanto aplo- 
mo , que era preciso verlo para creerlo , y guay del que faltara á 
su puesto , quedaba relegado y cscluido de la hermandad del ga- 
faut , y hasta los perros lo mordían si se acercaba. 

Ellos tenian su cuartel general cerca del hospicio de la Miseri- 
cordia, las tiendas de campaña las representaban las mesas empo- 
tradis en la callo del Trcnch y otros puntos. Teniaa sus horas de 
egcrcicio ó instrucción. 

El gefo mandaba salir do la homogénea íila dos números seis 
pasos al frente y lo entregaba un pañuelo á uno do ellos que se lo 
metia en la faldriquera y principiaba á andar; al otro le mandaba 
quo so lo quitara sin que aquel se apercibiese: en tal estado el gofo 
quo iba armada de una herga de bou le p-eguntaba al primero 
¿Scns? No conisslaba aquel ¿Seus? volvía á replicar el gefe, y si 



TINTADOS pon si MISMOS. 3^3 

por casunliilad conbslaha (juo sí, cslo os, quo sí qno scnlia como 
ol segundo so lo quitaba , dcscargaha lal vcrgazo sobro cslo, quo 
le Iiac/ia lar. siilil y rcíinad.) para en lo sucesivo, que asi so csplica- 
ba el (juo lo (luilascn ai próginio d(í la l)oca lo quo (|uciian. 

GuLMilaso por personas (pío pueden sabeiio, quo cicrlo comisario 
do poiicin. sabedor de que exi.sli;:n mas de Ircscicnlos garrapas y quo 
lodos dormían en el mercado y que á pesar de m vijiiancia Cí-ciiipidosa 
y tm;ieñada, no podía dar con ninguno de ellos, so personó con el 
gefo y lo dijo «que si le presentaba á aquella genio, no les baria 
nada, y aun le daría á él para beber, pues no Iralaba mas que do 
convenuersc do quo oslaban allí, aposar de no poder encontrar á 
ninguno por mas que ios babia buscado: empeñada dicba palabra el 
gofo do la granujería bizo sonar un si'valo y do rcpcnlo y como si 
fueran sombras so presentó aquel obediente ejércilo con gran asom- 
bro del comisario: este díj'» al gofe quo fueran con el á cierta tienda 
donde les daría do beber á lodos. Principiaron á caminar y cuando 
el gofo conoció (jue por el camino (juc se les conducía', seibadcre- 
, cliilo á la torre de Serranos , con voz sonora dijo (Lclúqucls cada ú 
se avenle per aon puja y en un abrir y cerrar do ojos se quedó el 
comisario solo con sus guardias. 

A ser ciertos los antecodenles que tenemos, la casa do campo 
qu8 está situada en las afueras de esta capital, al fin del puente de! 
Real , en una posesión del Real patrimonio , conocida por la. tfTnon- 
íañcla de Elios> fué consti uida con los fondos recaudados para la 
manutención de los pillos. 

Termino pues mi larea , bolgándomc de que Valencia este exen- 
ta do tal plaga , y do boy mas podamos decir que el pillo ba des- 
A aparecido en la forma que le conocieron nuestros antcpa.«ados, vsi 
bien en el fondo pagamos la patente á esla granujería que llaman 
pillo ó caballero de industria (juc es el encargado de vivir á costa do^ 
que so descuida ; por lo demás tan pillo es el que se dedica en Va- 
lencia al (jafaul como los del resU del globo. 

José Vicente IVebot. 




EL ARISTÓCRATA VALENCIANO. 



^yVT( 






EL ARISTÓCRATA YUEACmO. 



^í^^^fe^^^S^'^^ poder describir con acierto esle tipo parlicu- 
^|^i?ii.|^^\ lar, este indwiduo privilegiado de la raza liu- 
s.M^ rk S^^ miina, cuyo ayer es un misterio mcomprensí- 
^^g I §!^3 ^'^' ^ ^"^'^ mañana patentiza en bastantes 
231 SK ocasiones uno do los cuentos di-slumbiiulüios y 

^^'^ y^Z2 poéticos de las mil v una noclics, preciso es 
W^á'^^^^&í armarse de una decidida fuerza de volurlad , á 
la par que de otriis cualii!ades no mcnus im- 
portantes, y bajo esle supuesto ,,sin eerecer de U primera y íiando 
acaso por una especie de amor prop-o común en ludo hombre res- 
pecto d si mismo en la posesioa de las segundas , vamos a dar prin- 



576 LOS VALERCIAIÍOS 

cipio á la obra desdo luego, y veremos si con las ideas que nucs'ra 
pobre imaginación nos sujiera , y ios pcnsamionlos qiio rclaliva- 
mcnlc al objeto nuestra pluma traslade al papel , logramos trazar á 
nucslr(»s amables lectores una pintura fiel y exacta del aristócrata 
val(;jiciano. 

Ilay una clase en la sociedad de todos los paiscs conocidos, que 
asi que esc cnlc fantástico , que llamamos fortuna , llega á otor- 
garles algunas dedadas de miel , consiguen á manera de magia en 
poco licinpo una suerte disparatada , merced á cuya trasformacion 
log'ran igualmente colocarse á una altura nolablu en el mundo , y 
por consecuencia son considerados de él de una manera cslraordi- 
naiia , poi.icndo de relieve aquel refrán do que oros son triunfos. 
lio aquí, pues, el origen de nuestro protagonista , ponjue ésto 
debe su existencia á dos seres pcrtenecicnlcs á la clase de que ha- 
blamos , ó lo que es igual , á Pedro Margarit (entonces) hoy uno do 
los hombres mas populares de la Capital situada á las márgenes del 
Turia , y que ha desempeñado por dos veces el cargo de represen- 
tante del pais en el congreso de Diputados , en una palabra, indivi- 
duo en la actualidad de tanta importancia para la Capital referida, y 
de tanto viso en ella como Marianeta , (antes) boy la señora Doña 
María Gutiérrez do Margarit (su muger) que especie de personilica- 
cion de todos los caprichos de la loca , cual suelen denominar á la 
moda, y que nosotros deümmos fuente manantial de las polémicas 
y trapisondas conyugales , que por dicho molivo es la piedra de 
toque y base de todas las conversaciones de las bonitas y las feas, 
y la admiración do ese género feliz de hombres , cuyos quebrade- 
ros do cabeza están reducidos á saber si el sombrero debe llevarse 
hongo, si el chaleco debe tener osle año éste ó el otro corle , si el 
frac ó levita debo ser á la francesa ó á la inglesa, y otras cosas por 
el estilo , proj)iedad esclusiva de toda gente imbécil, y qi'o v'ive y 
triunfa en el mundo porque el diablo lo quiere así . gin juj^ con 
una idea ulterior. 

Una vez que estamos al corriente ¿q las particularidades prlnci- 



piUTAnos pon si mismos. ^n 

piílos acerca ilol nacimirnlo íle nuestro onie , ni ipie sus pai'r s ja- 
más IiDn ([ucndo revelar el secreto do la liiimikie cuna en (',1:0 vino 
al mui.tlo , ni del origen do su brillante cambio social , que no fué 
otro, (nos referimos al tiempo de su oscuridad) que una reducida 
lienda con algunos sacos do legumbres, y un mezquino acopio de 
otros artículos, razón mas para no comprender un progreso tan 
asombroso, aun cuando hoy dia tanto abundan este género de mi- 
la¿(ros en nuestra sufrida y resi^'^nada España. Una vez, repetimos, 
puestos al alcance de las circunstancias anexas á la entrada en el 
mundo <lc nuestro porsonafre , rl cual recibió en la pila bautismal 
el nombro do Federico , justo será que dejemos trascurrir quince 
años , periodo suficiente para íiuc el niño so crie robusto en una 
casa de campo que el padre de la criatura poseo hace tiempo en la 
antigua Diauian, (hoy Dciiia) y durante el cual consigue la familia 
su propósito , concibiendo respecto á su ídolo las niac doradas y 
bellas ilusiones , y vislumbrando en él un genio para el porvenir. 

Llega, pues, el vastago á la edad que hemos insinuado, y 
nuestro respetable D, Pedro Margaril tiene una especie de consejo 
con su esposa Doña Mariana. Se trata entre ambos de la convenien- 
cia de instruir á Federico en los primeros rudimentos, de darle 
educación: se reflexiona respecto del colegio que deberá elegirse 
para el heredero. El padre , de buena fe , y con la idea de dar mas 
importancia ¿ la familia , aconseja uno de los colegios establecidos 
en la corte, ó cualquiera de los de Francia, La raima que, no obs- 
tante de pesar siete arrobas castellanas la echa de sensible y de pade- 
cer horribles ataques de nervios no se conforma con tener á su 
hijo á tanta distancia. El ex-dipulado no ve mas que por los ojos de 
su abultada compañera , y consiente á propuesta de ésta en que el 
niño ingrese en el colegio ma? acreditado do la digna Ciudad del Cid. 

Un raes después , Federico tiene entrada en el de I03 Escolapios 

de Valencia acompañado de su Papá y de su Maraá , la cual deja 

correr de sus ojos un rio de lágriraas , de una abuelila que á juzgar 

por los años que cuenta , debió presenciar la entrada del intrépido 

48 



378 LOS VALENCÍANÜS 

D. Jaimo en la capital de los dos antiguos reinos . de una lia y otras 
personas , que según sus exageradas manifeslaciones sentimentales, 
mas parece que van á dejar en la última morada á Federico , que 
bajo el cuidado y dirección de esos sabios clérigos á quienes sonjpa 
deudores de tantos oradores célebres, tantos famosos escritores , y 
tantos eminentes lalenlos y admirables notabilidades ; y Federico 
pierde de vista á su faniilia inraediala:nenle hasta que las fiestas ó 
vacaciones de reglamento le permitan volver á verla. 

Aquí principia á ser mas interesante la descripción de nuestro 
individuo , y aqui empieza también el asunlo á ser de mas fácil di- 
rección para nosotros. Federico , durante los primeros dias se en- 
cuentra en el colegio en idéntica situación que el infortunado paja- 
riilo al verse prisionero en una jaula, después de haber tenido todos 
los campos por suyos. El pájaro , reducido á semejante esclavitud, 
salta de una á otra caña atolondradamente , se arranca sqs pintadas 
plumas lleno de desesperación con su agudo pico , en fin se hiero 
repelidas veces la linda cabeza tropezando al dar tan violentísimos 
movimientos con el dorado cielo de su estrcclia cárcel. 

Federico , al verse en la reducida celda ó aposento del colegio, 
sin otra compañía que sus libros , ni mas distracción que una oscu- 
ra sala que le ofrece á su vista la ventana que tiene su departamen- 
to , suspira y llora unos ratos , y se desespera otros , recordando 
el solo contiguo á la casa de campo de sus padres , y así como el 
pajarillo , según anteriormente hemos referido , se arranca su pin- 
tada pliima al verso caut. vo , Federico unas veces nseditg una esca- 
patoria del colegio , otras un brinco á la callo por la ventana, y 
reconociendo por último la diiicultad que se ofrece á la realización 
de sus pensamientos , lira su tintero de cristal al tejado inmediato, 
rasga sus papeles y rompe sus libros, tendiéndole seguidamente 
sobre su cama con la idea do dormirse , lo cual logra hasta que el 
encargado del colegio entra en la habitación, le despierta, se en- 
tera de lo sucedido , lo conduce al preceptor á quien corresponde^ 
y éste le castiga de la manera mas conveniente después de rocon- 



PIRTADOS POR si MI.S:\I()5. 570 

venirle del modo mas op<M liino. Fe ti cric o sufre el cnslipo, poríjiic no 
lo (iiicdíi otro recurso , pero so declara cnenriíjo del csUidio , y un 
(lia y olro , un mes y olro mes , un afio y olri» año trascurren idén- 
licamenlü ; para él no sirven las reconvenciones ni castigos , dando 
á con.ocer oslas cualidades á los Escolapios la índole del chico , y 
poniéndolos en la precisión muchas veces do manifcslar á I). Pedro 
y Doüa Mariana las circuiislancias de su relofio . hasla que no ha- 
biendo aprendido el colegial durante su dilatada ctjtancia en el co- 
legio , á pesar do los afanes du sus maestros , mas que á escribir 
mal , contar peor y dibujar pésimamente , por decoro del estable- 
cirnienlo ruegan á sus padres la salida de esto ya insolento pollo; 
la cual se verilica on cuanto llega á noticia do Doña Mariana, quo 
fuera de si esclama •• aMejor, mi !)ijo es rico , y no necesita estu- 
diar ni que le molesten. Manda , pues , Pedro por él , y que me 
le traigan.» 

Al dia siguiente vuelve Federico á su casa, y en lugar de reci- 
birle en ella de la manera que es acreedor un holgazán, un hombre 
que se propone vivir en el mundo sin ser úlil en nada á la socie- 
dad, es colebrada su llegada como la de un héroe que torna al suyo 
desdo un pais estrangero lleno de trofeos debidos al valor v á la 
victoria. A D. Pedro Margaril se le cae la baba de gusto, como 
vulgarmente se dice , al ver á su hijo que ya cuenta unos diez y 
ocho años hecho un gallardo mozo, se entusiasma ¡levado de su ca- 
riño paternal mirando á su cara mitad y ambos movidos como por 
resorte dicen á su pimpollo. «Ya estás en tu casa. Ya no sufrirás 
mas, tu no necesitas aprender nada, hijo mió, nada absolutamente, 
porque eres rico, y no estamos on época de encontrar otro Salo- 
món quedoje el dinero por la sabiduría» Por resultado de tan singu- 
lar manifestación con la cual Federico está del todo conforme, el mi- 
mado joven a la vuelta de algunos meses verifica un viage á la Cor- 
te en compañía de un amigo, mediante el consentimiento y aproba- 
ción de D. Pedro. 

Jamás el amigo le habla, ni aun por incidcccia de ciencias ni de 



580 LOS VALENGIAKOS. 

artes, nunca le ocupa la atención con cosas útiles; de aquellas que 
proporcionan imporiantes conocimientos, poro on cambio liace que 
aprenda a montar á caballo , tirar la pistola y el florete , hablar de 
lodo sin conocer do nada, á ser atrevido sin causa ni razón, y mil 
necedades y vicios con los que el hombre se cree autorizado para 
realizar cuanto so lo antoja y cuanto se le pone en su magín. 

Los gastos que ocasiona á D. Pedro ninguna reconvención ob- 
tienen, porque lodo lo que su hijo egecuta le cae en gracia, todo 
le parece bien, haciéndole formar la idea de que Federico tiene ta- 
lento, y una admirable disposición á pesar del concepto que mere- 
ciera á los Escolapios. Federico á los ocho meses de permanencia 
en la coronada villa, so muestra cansado de repente de su residen- 
cia en la misma. Resuelve, pues, su vuelta á la ciudad en que nació. 
Nada avisa á su familia porque no lo considera do buen tono, llegan- 
do á los dos días á su casa á las dos de la madrugada. 

El papá y la mamá del angoUto se enteran de la novedad, se 
precipitan al encuentro del recien llegado , el uno en calzoncillos y 
la otra en paños menores. Las escenas consiguientes á este aconte- 
cimiento las calculará cualquiera. Al otro día el buen Margarit se 
ocupa con su muger de ia cuestión do señalamiento de fondos para 
gastos de Federico,— Es necesario qu@ gaste y luzca como el pri- 
mero de los títulos de Valencia, dice el papá— ¡No! responde la que 
llovó en su vientre aquel tesoro en cuestión— Es preciso que gaste 
más por tu decoro y el mió, y por el de toda la familia.— También 
es verdad contesta el capitalista, para quien cuanto su muger pro- 
nuncia es un oráculo. Por íin se asigna al mozo una cantidad cre- 
cida para sus despilfarres; en cambio aquellos seres á los cuales el 
orgullo incita á obrar del modo que estamos observando, se mues- 
tran sordos continuamente á las súplicas de los desvalidos, y no con- 
tribuyen con la cantidad mas ináignificante ni con ausilio de ningún 
género á los establecimientos de beneficencia. 

Federico, enterado por sus padres de la determinación que han 
iomado, lo oye con suma indiferencia, porque para él aquello es una 



rirsTADos POB sí mismos. 381 

obli^'acioi). Ininoilialaincnli! calcula su plan, y so decido por oUer- 
var en Valoiicia igual slslciiia do vida (lUC en la Corlo. 

liajü cslo supuesto vamos á referir cslciifamcnle la manera co- 
mo deja correr las veinlc y cuatro horas del dia sin Irabas de nin- 
guna especio por parle do su familia. 

Cuando el brillaiilo aslro del dia necesita ya pocos inslanles pa- 
ra Hogar á la milad do su carrera, el aristócrata abro los ojos á 
la luz, y tirando del cordón de seda que se deja ver cerca de su ele- 
gante y mullida cama baco que enlio en su gabiíiele un criado 
que al momento le ayuda á vestirse en trago de casa y le manda re- 
tirar sin que en cslo ralo baya pronunciado nuestro hombre pabibra 
alguna. Esle^, acto continuo se sienta en una butaca próxima á una 
mesa sobre la que se dejan ver unos periódicos. — No tengo ganas 
deluer lonlerias, dice, añauiendo contra los periodistas una anda- 
nada de necios insultos. Seguidamente coge la petaca, saca un ha- 
bano, lo enciende y comienza á censurar sotto voce al gobierno ó 
á los fabricantes de cigarros do nuestras hermosas Antillas por el 
mal tabrxo conque se permito elaborarlos. Almuerza á breve rato 
espléndidamente en unión y compañía de los que le dieron el ser, 
sin contestar a las preguntas de estos sino monosílabamente, y á eso 
de las dos ordena que le preparen uno de sus caballos. Se viste, 
monta en él y pasando por las callos principales se dirige a la Ala- 
meda vieja á dar un paseo preci.samenle en la hora que nadie se de- 
ja ver por aquel sitio, pues nuestro héroe se ha declarado enemigo 
de la gente en los dias en que se despierta de mal humor, y aquel 
en que nos ocupamos es uno de ellos. 

Vuelve de su paseo, y entrega con la mayor indiferencia y fatui- 
dad su alazán á un criado, entra en su casa, se pone una rica bata, 
y al breve ralo le entregan el correo, eligiendo algunas cartas escri- 
tas en papel rosa o azul y que son de la misma ciudad, ó del interior; 
las lee sonriéndose maliciosamente, tira de la campanilla y dice al 
criado que se presenta. —Ve á casa de la Marquesa de T. y dila que 
iré á la hora que desea. 



582 LOS VALEKCIAKOS 

Nuestras loctorc«! querrán saler quien es gfíq nuevo pcrsonage, 
y dispuoslos á complacerles en cuanlo sea dable con nuestro pensa- 
miento, consignaremos únicamente que la Marquesa T., es una de 
esas mugeros llenas de virtudes, que ha conseguido apoderarse en- 
teramente de nuestro pretendido duque, y que por lo tanto se di- 
vierte con él como un niño con un juguete. Ya es hora de comer y 
durante el acto entab'a algiin diálogo <jU0 olro, con los papas quie- 
nes le oyen con la boca a'jierla. Sale luego de casa y se encamina 
hacia la calle do Zaragoza, donde encuentra varios amigos, loma 
parte en la conversación, y siempre que pide la palabra es para 
herir á la pobre muger de quien se h iblo en lo mas sagrado, ó para 
ridiculizar á sus semejantes. Disuelta la reuion cila para el Teatro 
á un digno compañero y se dirige á casa de su Marquesa. 

La Marquesa le recibe como acostumbran hacerlo con un hombre 
rico todas esas ninfas sin fortuna, y do reputación dudosa. Empieza 
ella por decirlo que es preciso poner término á la situación en que 
la tiene colocada el cariño que le profesa, pronuncia la terrible sen- 
tencia de «ya es tiempo de que acabemos con las murmuraciones, y 
de que me cumpláis vuestra palabra; Federico! porque... 

Federico, creyendo siniplemcnte en !o que dice, la ofrece satis- 
facer sus deseos para mas adelante , porque pií'nsa que en conciencia 
asi debe portarse el prototipo de la caballerosidad y la elegancia. 
Algo mas larde la M:)rquesa y Federico so dirigen á un palco de! 
teatro Principal y como es natural las genios que los conocen se son- 
rien con picardía al advertirlos. 

Empieza la represeniacion al mismo tiempo que entra en el palco 
el amigo favorito con quien hizo su viage á Madrid. Federico escepto 
los ratos que la Maríjuesa le habla se duerme , criticando la ejecu- 
ción de la obra, pero se despierta en cuanlo se deja sentir el ruido 
de las castañuelas , y lija los gemelos en una de las prosclitas de 
Terpsícore, cosa que notada por la Marquesa la causa muy mal 
efecto , y produce una tempestad mas larde. Acabada la representa- 
ción salen los Iros personajes dol palco y al bajar la escalera choca 



PUNTADOS ron ;.i siisMos. 383 

con un caballero poi- un ligcru pisolcn qiio iiivuluiiluriainenlo lo búu 
dado. Saca nucslro liombru su caí lera cojo una laijcla y la puno en 
manos de anucl después d'j algunas conleálaciuncj» - Conicnlc, ú 
las 11 csUró alli, cai)allci(). — Riie^o á V. ud se baga esperar. 

Su amigo elogia la resolución: la Marquesa que ba comprendido 
86 Iralnba de un lauco, prorrumpo en lloros, y le dice.— No iras, 
lo lo prohibo. — Tú quieres mi miierle? El consigue calmari;i , maa 
como lodo cslo pasa iiilerin la larlana conduce á lodos basla la 
casa de la Marquesa, osla al enlrar en olla lo arranca una solemne 
promesa de no recibir al ofendido. Federico .so dirige con su amigo 
a' Casino en el quo poca ó ninguna genio oncuenlra , pero enlabia la 
siguicr.lc convcrsa'.'on con uno de los socios. 

¿Ha oslado V. osla noche en ci Icalro? Si acabo de salir do el, 
rcspundc aquel. Todos insoporlables en el drama no es asi caballero? 
— Hombre no mo ha parecido á mi como V. dice. — Vaya si no 
han podido estar peor on el drama, en la zarzuela ya es olra cosa. — 
Precisaracnle yo opino que en cuanto al cantar lo han hecho alroz- 
menle.=Variando de conversación, ¿que se dice de política? Amigo, 
la cuestión de los presupuestos so está debaliendo reñidamcnle en 
el Congreso , el gobierno há aumentado los gastos y cslo no puede 
3ufrirse ya por los pueblos. — Eso esotra cíiuivocacion, conlesta 
nuestro héroe , la España puede pagar ir.as de lo que paga y el 
gobierno eátá en su lugar. Si V. se empeña.... Tratando de olra cosa: 
¿sabe V. que los franceses se han apoderado do Sebastopol? — No 
lo creo. La Rusia es la nación mas grande do Europa y ei lodo 
consentirá menos en verse humillada por una nación como la Francia. 
— Vaya con permiso de V. me retiro , dice el otro por huir de 
nucslro ente, y se marcha sin morccer contestación. 

Los dos camaradas sa'en del casino y so encaminan á una casa 
tic juego en b ([ue entran un cuarto de hora después. Un caballo 
deja á Federico sin blanca , un rey y una sola empeñado. Esla ope- 
ración tiene lugar muchas noche? , y Federico cunlrae deudas que 
paga CD un principio , y luego queda en descubierto por evitar que 



384 LOS VALENCIANOS 

llegue á noticias de sus padres. — Acude á un usurero para satisfacer- 
las y el usurero al ver que há llog;;do el plazo prometido y no cumple 
lo pone en conocimiento del señor Margarit , el cual participa á su 
esposa las calaveradas dei hijo , y conciertan el poner remeirio á 
ellas. Ya era tarde. 

Federico, á pesar de este contratiempo continua por el mismo 
camino echándola de hombre de corazón , siendo una especie de di- 
vinidad en la Ciudad de los naranjos y de las flores , puesto que" en 
todas parles se le halla , en todas parles se le vé y en todos sitios 
se lo encuentra , sin abandonar á su Mar^^uesa en sus amorosas re- 
laciones para probar al mundo igualmente su delicada y Caballerosa 
consecuencia. 

Por último , el aristoc'ático Valenciano es un tipo universal, 
todo lo alcanza , todo lo posee y lo domina como un genio de aque- 
llos que de generación en generación suelen aparecer en el mundo 
para ser la admiración y el asombro. 

Si le habláis de ciencias os hablará desde la primera á la última 
como el mas consumado sabio. Habladle de arle=5 , dejará atrás en 
sus esplicaciones á los hombres que mas han sobresalido en ellas. 
De política hará olvidar á los mas notables oradores antiguos y mo- 
dernos. Cuestionar con el acerca de los dos grandes capitanes , tal 
como Gonzalo de Córdova, iNapoleon Bonaparle, etc., vendrán á 
ser para él una especie de cabos de escuadra. Interpelarle una vez 
siquiera respecto á esas dos encantadoras y bellísimas hermanas , ó 
lo que es igual , la música y la poesía ; de seguro criticará las pro- 
ducciones del inmortal Rossini , y censurará las célebres obras del 
Tasso, ú otro genio por el eslilo. 

Semejante educación , tan bárbaro abandono de los padres , de- 
bían dar por resultado un fin borrascoso. 

Este hombre que hemos bosquejado , á quien se vela en todas 
partes , un ente que vivia en conlinuos lances de honor , un hom- 
bre que todo lo jugaba y malgastaba , que nunca meditó en su por- 
venir , habita hoy una casa decente cerca de la preciosa glorieta 



PINTADOS POR SÍ MIS.MO». 585 

dü Valencia , acoslunilua pasear diaiiamcnle del l)razo de una se- 
ñora do cuarenta afios, vestida si no con elegancia con gusto, nues- 
tro lióroe acude ahora de tarde en tarde á los espectáculos públicos 
y en todas parles so lo ol)scrva trislo y cabizbajo. La sefiora es la 
mai(juesa T. ú la cual rindió su mano guiado solo de la idoa de no 
realizar un casamiento vulgar , dando asi el úllim!» paso (jue le res- 
taba para colmo do sus desaciertos y locuras. 

Concluyamos aconsejando á los padres de familia no descuiden 
la educación Je sus tiijos guiados de un mal entendido orgullo fun- 
dado en los bienes de fortuna ú otra causa cualesquiera. Sin edu- 
cación el hombre ó la niuger es una planta exótica , un estorbo 
en la sociedad. 

Ilcmcs terminado nuestra tarea. Róstanos tan solo añadir, y 
con.objelo de que nuestras frases no se juzguen apasionadas, quo 
el tipo que acabamos de describir no es esclusivamente valenciano. 

So encuentra eu Valencia , es verdad , pero del mismo modo lo 
hallaremos en otro cualquier punió del globo. 

Los vicios que en él heiuos censurado no tienen su origen en la 
nacior.alii'ad , se hallan en el organismo del individuo y reconocen 
por causa la falla de buenos inslintos y mejor educación. 

Nueslro tipo no perlcnoce a un solo y determinado país : está 
desparramado por la sociedad é infdlrado en sus arterias : por lo 
tanto diremos con Iriarte: 

A todos y á ninguno 
Mis adverlcnc'as tocan 
Quien haga aplicaciones 
Con su pan se lo como. 

^. del VUlar. 



i9 




LA VALENCIANA, 






LA YALENCIAM. 



^T'^^S^I^* el famoso novelista Alejandro Dumas al hacer su no 
^ ^ \^^ menos lamoso ma¡e por España hubiese tomado su 
£5|Vvrj^.;^» pasaje en uno de los vapores de la compañia Arnaud 
t^^^ii Tonache, que hacen escala en la ciudad de las flores , y 
^^■^ aunque solo fuera de corrida-hubiese dado un paseo por 
^% el partido de Santo Tomás, por Pinedo ó por cualquier otra 
punto de la huerta de Valencia, seguramente el antiguo pendo- 
lisla protegido de Foy, hubiese recibido impresiones mas gratas que 
las que consignó en el relato de su escursion. Tero el para-rayos 
de Maquet , á fuer de hombre escepcional, no quiso seguir las hue- 
llas de los que vienen á hacer un viaje de recreo, por lo que algunos 



588 LOS VALENCIANOS 

compatriotas suyos han dado en llamar con mas poesía que exacti- 
tud, antesala del África. 

Sin embargo, si las encantadoras márgenes del pintoresco Turia 
no tuvieron la dicha do recibir á tan alto y asendereado huésped, 
pueden consolarse recordando que otros , sino tan famosos al me- 
nos mas justos, las han recorrido diferentes veces, y han sabido ha- 
cer justicia á las bellezas que encierra la tan celebrada huerta de 
Valencia. Aunque por otra parte es preferible que el autor de raza 
cruzada, como dice uno de sus biógrafos, no haya recorrido nuestra 
vega si habia de disparalar hablando de ella como lo hizo al hablar 
de Andalucía, lo que es fácil suponer en viageros que solo han vis- 
to el pais de que se ocupan desde la cubierta del buque en que na- 
vegan ó desde la ventanilla del coche que los arrastra, como tal 
vez sucediera al escritor de Villiers-Coterets. Pero vengamos á 
nuestro asunto. 

Cuantos se han ocupado de la muger que sirve de epígrafe á 
este artículo, reconocen á una voz , que la valenciana reun3 en sí 
la belleza, las buenas forinis y la frescura de íos tipos árabe, grie- 
go é italiano. Y en efecto, para convencerse de esta verdad no hay 
mas que fijar la atención en nuestra heroína y se verá la prueba. 

La valenciana es regularmente de mediana estatura, aunque 
abundan no pocas de talla alta; las cabelleras rubias y castañas son 
las que se vea en mayor número; la frente ancha y espaciosa; el 
color de las megillas blanco y sonrosado, aunque un tanto sombrea- 
do por los rigores del sol; y el talle esbelto y gracioso como el de 
las odaliscas que seis siglos atrás acariciaban las suaves brisas de' 
Guadalaviar y llenaban de celos á las virgíneas flores que convier- 
ten en eterna primavera las frondosas orillas del Mediterráneo en 
donde jugueteaba la descreída ninfa que mas tarde inmortalizó Gi^ 
Polo. Tal es, aunque en globo, el retrato de la hermosa mitad de 
los pobladores de la vega de Valencia, ó por mejor decir, tales son 
SMS rasgos mas generales, porque á entrar en minuciosos detalles 
habríamos do mencionar algunas cabelleras negras como el azaba- 



PIISTiDOS rOR sí MISMOS. 589 

eho y cuya lon^iliid piuMio coinin'lir vt'iilítjdsaincnto eon ha renom- 
bradas (lo Jijona ; lonJriainos ()iic hablar (Ui algunos ojog (\uti dan 
envidia al sol, do coja?» pobladas y ar(jiirddan, do lurgonles pcrhos, 
do cinliiras dignas do las sillidcs vaporusas, y de oirás y oirás bo- 
llozas quo seria prolijo onuiuürar y (|ue pü(U>H d« i»uos4ros leclorea 
dosconocíM'án. 

Kl Irajc quo aclualmíMile usa nuestra hcruina, diüere muy poco 
del que se vé en la ciudadana, pero el clasico, el que ha dado lanía 
celebridad á la valenciana y dol que van quedando raros egcmpla- 
rcs que solo so ven en las grandes solemnidades, es lan rico como 
gracioso, tan pinloresco como el do las napolitanas. Compónese do 
un zagalejo de riqíiisima lela de seda , ordinariamente do brocatlo 
do fondo blanco sembrado de flores; jubón (chipó) do raso negro; 
pañuelo corto y delantal de musolina ó tul bordado de oro y lonte- 
juclas; media blanca y zapato escolado con lazo; el cabello cebado 
hacia airas y formando rodete soslonido por una aguja y dos pica- 
dores (rasca-moños) precedidos do una peineta alia en forma do 
mitrado plata sobrcdiu'ada, con grabados y relieves; pendientes 
largos de Ires colgantes do perlas, llamados barquillos; un collar do 
varias rastras de perlas finas ó cadena de oro con una cri'z ó me- 
dallón de lo mismo sembrada do perlas ó mas bien do esmeraldívs 
pendientes del cuello , y un pañuelo bordado en la mano. Tal o^ el 
traje de calle. Para ir á la iglesia se usa el mismo con la diferencia 
de que se le añade una m'antilla negra de seda , bastante corla de 
modo que á causa de la altura de la peínela no baja de la mitad de 
la espalda. 

Comprenderá fácilmente el lector que el traje que acabamos 
do describir es el de rigurosa gala ó de etiqueta, pncs comunnDonte 
el ordinario esta desprovisto de todos los adornos de oro, plata, pe.ias 
y esmeraldas, y además de estar completamente abolida la peineta en 
la actualidad, el trajo de gala solo se usa en los dias de fiesta, en 
las solemnidades y en otras pocas ocasiones, como tendremos mo- 
tivo de señalar mas adelante en este articulo descriptivo. 



390 LOS VALENCIANOS 

La valenciana, hasta que se encuentra en edad de llamar la 
atención de los jóvenes y por consiguiente de tomar estado, ofrece 
pocos rasgos eslraordinarios; pues ordinariamente ayuda á su ma- 
dre en las faenas de la casa, sirve de niñera, toma parle en algunos 
trabajos agrícolas, como en la recolección de las legumbres, verdu- 
ras y demás, y al mismo tiempo va' aprendiendo algunas labores 
propias do su sexo. Pero llegado el caso de tomar una parte intere- 
sante y activa en la sociedad, comienza para ella una vida entera- 
mente nueva , ábrese á su vista un horizonte mas dilatado y la in- 
cauta fadrína (doncella) ya reclama cuidados mayores de la familia 
y necesita estar mas puesta sobre sí. Mientras su presencia pasa 
desapercibida para los jóvenes que habitan en las inmediaciones de 
su barraca, mientras ninguna rairada ardiente como la de los hijos 
de Ulid se íija en ella, la tierna planta de las villas del Turia ni se 
cuida de su desordenada cabellera, ni el deteriorado estado de su 
traje la desvela, ni le importa mucho pasear los campos cercanos á 
su barraca desnuda de pie y pierna , ni hay cosa que pueda causar- 
le el mas ligero sobresalto. Mas ya se encuentra en estado de me- 
recer un chic robusto, tostado por el sol , que sabe por los dedos 
arar, sembrar, y practicar todas las faenas del campo, tija los ojos 
en ella, echa sus planes allá en sus adentros y resuelve tomar por 
esposa á la chiqueta que ha encendido un horno en su corazón, que 
ve on sus sueños y que no le deja vivo ni muerto. 

Al momento se decide á participar sus dulces proyectos á la que 
ama en silencio, y con el íin de conseguirlo no desperdicia ninguna 
ocasión de cuantas se le presentan de pasar por la puerta de la bar- 
raca en donde mora su amor, mirarla con marcada intención y de- 
jar escapar alguna palabrita para manifestar que la niña no le es 
indiferente. La madre de la joven, como mas esperta y ducha, no 
tarda en leer en el semblante del mozo las inlenciones que abriga en 
su alma, y trata de poner á su hija á cubierto de cualquier tonlin- 
gencia. Desde aquel momento ya procura nuestra heroína alisarse 
y poner en orden su cabellera, vestir con toda la pulcritud posible, 



iMwr.vixis ron si ■ohmios. 3^1 

;isoarsi» del inojor modo y no sepanirso muy lejoü de la bai i acá lii 
andar sola por los campos. 

Por íin nueslro mancebo es novio y so lo íranqucan las puertas 
do la barraca, a donde concurre un ralo cada noche después de 
concluidas las faenas del dia, y cambia algunas palabras con su fu- 
tura hasta la hora de letirarso á la suya. Por supuesto, en estas en- 
trevistas nada do notable ocurre, |)Ui's los padres de la prometida 
Oslan con ojos de Ar^'os lomando acia de las palabras y gestos del 
presunto yerno, el cual tiene buen cuidado do medir sus pala- 
bras y acciones para no caer en desgracia i)i cometer el menor 
desliz. 

Los (lias festivos por la nncho y siempre que hay alguna fiesta 
en el Partido, la valenciana es obsequiadn como puede serlo la mas 
alia í)rincesa. El novio reúne dos ó tres de sus amigos mas adidos, 
cada uno de ellos so arma de su correspondiente trabuco, y pro- 
vistos de una escuálida y secular guitarra de cinco órdenes y ade- 
más sin prima, y del inseparable guitarro, se dirigen á la barraca 
do nuestra heroína á las altas horas de la noche, ün par de trabuca- 
zos disparados al aire anuncian á la joven la nocturna visita de su 
amado. No se estremece nueslia protagonista, porque sabe que 
aquella levo insinuación es el preludio de la serenata que ha de 
tener lugar aquella noche al pie de su palacio en honor de su codi- 
ciada belleza. 

Comienza por íin uno de ellos á rascar las mugrientas cuerdas 
de los instrumentos entonando la rondeña denominada entre los 
aficionados del uno y doce, los demá« cantan alternativamente cuar- 
tetas alusivas al obgeto, que imprx)visan a'lí ensalzando las bellezas 
y encantos de la joven que encerrada en su reducido esíudi, junto 
al de los padres, siente latir su corazón de alegría al escuchar los 
dulces piropos que se le prodigan á la paite de afuera, y entre tan- 
to el novio lo envia algún disparo de trabuco por la microscópica 
ventana de su dormitorio, dejando clavadas las balas en la madera 
y tiznando las blancas paredes de la barraca con los fogonazos ó 



39ÍÍ LOS VALENCIANOS 

con cohetes que dispara do vez en cuando con el fin de dar mayor 
animación y realze á la fiesta. 

De este modo prosiguen obsequiando á la novia liasta las pri- 
meras horas de la madrugada, y á veces hasta los primeros pasos 
del alba les obligan á «poner fin á su esparcimiento nocturno. Al 
dia siguiente salo nuestra heroína á la pucrla y contempla con vi- 
yisible fruición las señales de los obsequios que su futuro lo ba pro- 
digado durante la noche anterior; señales que no dejan de esc'Uar 
los celos de las demás jóvenes que contemplan el triunfo déla que 
tal vez miran como á su rival. Entre tanto la madre de nuestra pro- 
metida sale con una cazuela llena de cal, y con ayuda de un pincel 
<5on pretensiones de escoba se entretiene en borrar las huellas del 
amor de su futuro yerno, no sin espresar su descontento entre dien- 
tes por una costumbre que ella misma tuvo por buena cuando ocu- 
paba el lugar de su hija. 

Llega el caso de que concluya la novela y comience la historia 
para nuestra joven. El novio, con arreglo á la costumbre del pais, 
ha de contribuir á las cargas de la unión conyugal aportando el le- 
cho nupcial, ó seantahlado, colchones, almohadas y colchadlos 
muebles indispensables para adornar el estudi, y ademas el or , ó 
sean los adornos de oro de la novia; consistentes en aguja, peinóla, 
barquillos ó pendientes, collar y otros obgelos con relación á la for- 
tuna del novio. Y es tan esencial esto, que mas de un noviage se 
ha deshecho á punto de realizarse por no estar el prometido en dis- 
posición de comprar l'or á su prometida. En cambio esta tiene la 
obligación de regalar á su amante 'la mMí/á del dia del casamiento, 
compuesta ordinariamente de camisa, calzoncillos, calcetas y pa- 
ñuelo de pila para la cabeza. 

Al propio tiempo la futura esposa enseña á todas sus amigas la 
ropa que constituye su ajuar de novia, haciéndolas observar minu- 
ciosamente los pares de enaguas con puntilla, las camisas de man- 
gas bordadas , los i salaecos ó zagalejos y demás piezas de que se 
compone. 



PINTADO.*; pou SÍ mismos. 593 

Dos (') Ircs (li;i.s aillos do culebiurse la uiiiuii cuiiyii¿'al el promo- 
lido a|)areja su rosí y se dirigo á Valciícia. Llega a la plazuela del» 
i'ürchels, ajusta un labiado de cama do malrimouio, media docena 
do sillas do a sois reales, lies ó cualro cuadros (pío (piiereii rcprc- 
seiilar a Nuestro Sr. Jesucristo, á la Virgen María y á los Sanios 
del nombro do los esposos, lo carga todo sobre oí jaco y se dirige 
a la barraca destinada á recibir al nuevo matrimonio. Inútil es decir 
quü los cuadros ó estampas do (¡uo so trata manilicslan á la legua 
quo no son copias de Uafael ni han nacido bajo la iníluencia del piu- 
col del Ticiaiio; pues lauto el desden dol dibujo como la rabia de 
los colores, dan á enlendor bien claramente que no pertenecen á 
determinada escuela, ó mas bien quo la escuela á que pertenecen 
es una escuela sui generis, de brocha gorda. 

Ya tenemos á la valenciana consliluida en el estado de esposa: 
ya es ama y dueña do una barraca, de algunos pcdacilos do tierra y 
tiene voz y voto en las asambleas do la familia. Aquí comienza una 
nueva vida para ella. Mientras su marido se ocupa en las faenas de' 
campo, ella limpia y arregla las verduras para traerlas al mercado 
y esponerlas á la venta pública, en donde sostiene diálagos anima- 
dos y muchas veces grotescos con los compradores. Puesta entre 
sus capazos de lechuzas, coles, alcachofas, cardos y demás géne- 
ros, parece una reina en el apogeo do su gloria y poderio. Al mismo 
tiempo que invita á ios transeúntes recomendando las bondades 
de sus ricas mercancías, va quitando las hojas raarchilas que afean 
el género, lo pono en buen orden, so sienta, se levanta, se revuel- 
vo á lodos lados, se vuelve á sentar y nunca para, mientras está en 
el puesto. El deseo de vender la domina hasta el punto de mirar 
como compradores á todas cuant.is personas pasan por cerca de ella 
sin importarle un bledo que el individuo á quien so dirige invitán- 
dole á comprar una docena de alcachofas, un manojo de cebollas 
nvayúsculas ó un puñado de sabrosas berengenas, vaya tirado de 
flamante frac negro, armado del severo bastón de magistrado ó 
del plebeyo capazo de co-uprar. 

50 



594 LOS VALEKCIAINOS 

Pero en donde la valenciana aparece con loda la belleza que le 
es propia, con toda la gallardía y encanto que le prestan su antiguo 
origen y la sangre oriental que circula por sus venas, es en el acto 
de vender la famosa y aroraálica pera y representando el papel de 
ramilletera ó vendedora de flores. Entonces se ofrece la valenciana 
al ojo del observador. 

«Dulce y sabrosa 
Mas que la fruta del cercado ageno, 
Mas linda y mas hermosa ' 
Que el prado en el Abril de flores Heno.» 
En gfecto , cuando la primavera comienza á dejar ver su encan- 
tador y risueño semblante sembrando galas por el ámbito de la tierra, 
cubriendo de flores nuestros campos, rejuveneciendo á la decrépita 
vejez , dando nueva vida á la tierna juventud y derramando bellezas 
y gallardía á manos llenas por el orbe entero, es llegRda también la 
ocasión de que nuestra heroína salga á lucir sus encantos y se pre- 
senten en competencia las bellezas naturales de la valenciana con las 
de la estación que simboliza los primeros albores de la vida humana. 
A las primeras horas de la mañana , cuando el crepúsculo de la 
aurora comienza á bañar las dilatadas campiñas por donde la suave 
y juguetona brisa discurre saludando á las dormidas flores que prin- 
cipian á abrir sus virginales corolas y á derramar el purísimo aroma 
que embalsama el ambiente , sale la valenciana de su barraca pro- 
vista de una cesta y unas ligeras , dirígese al campo de las fresas, 
semejante á un manto de verde y" grana , y recorre uno tras otro 
todos los surcos echando en su cesta el delicado fruto bañado todavía 
con las perlas del rocío que el alba lloró sobre él al darle su último 
á Dios precisamente en el primer dia de su existencia. 

Terminada la recolección, vuelve la valenciana á su barraca, di- 
vide el fruto entre varias cestillas blancas y limpias como las espumas 
de las olas, y las cubre con delicadas hojas de verde y aromático 
hinojo (fenoU). En seguida se quita el traje de campo , atusa la ca- 
bellera , se viste de gala sin olvidar los barquillos, las agujas , el 



PINTADOS I»(»U SÍ .HISPIOS. 305 

delantal y el parmclo al ciiollo a la neuliiir , loma sus cosías y se di- 
rige á Valencia. i]n uno de los lados del Mercado nuevo, loma aslenlo, 
descubre el góncra, y con el lín de oscilar á^los compradores Irala 
do ([uc las frogas mas gruesas y visibles aparezcan en primer término. 
Llegan los conipradores , y anlc lodo j)asan revista, mas bien con 
el lin de formar nota de las vendedoras , que con el objeto do cscojer 
el mejor género. Mientras dura la inspección se oye el comprador á 
cada paso una invitación distinta: — ¡ascolte! asi ne té «le bones. — 
¡mire que no,n trovará do raillorsl — vinga , vinga vosté a.si! — 
¿Guantes ne vol? ¡prengam estasislellcla! — ¡acabem este grapacl! — 
y otras por el estilo que causan las delicias del observador. Pero 
el que va á comprar , si es amigo del género , se dirige á la vende- 
dora que mas linda le parece , aunque la mercancía sea la mas in- 
ferior, y alli carga gustoso con tal de cambiar algunas frases con 
ella y de contemplar todo lo m?s cerca posible los negros ojos y la 
rubia cabellera de la valenciana. 

La valenciana, representando el papel de vendedora do flores, 
todavía puede decirse que está mas en áu elemento. Si para vender 
la perfumada fresa se atusa el cabello, y se adorna en tot lo de la 
caeixeta, para venir á vender las flores aun trata de dar mayor realce 
á su interesante persona y hasta de ofrecerse á la vista de los admira- 
dores á las galas de la primavera con todo el lujo y la coquetería 
que le son posibles. La Ramilletera llega al Mercado á las primeras 
horas de la mañana rodeada de toda clase de flores, oras sueltas ora 
formando bouquets de todas formas y tamaños. Colócase en su sitio, 
pone á su lado la cesta llena de flores, y en el brazo de esta va co- 
locando los ramilletes dentro de pequeños floreros ó jarritos de la fa- 
mosa porcelana de las fábricas de Manises y Alacuás. 

Entre tanto van acudiendo los aficionados y las bellas ciudadanas, 
y forman del espacioso salón del centro del Mercado nuevo un paseo 
matinal en donde parece que se reúnen en competencia las graciosas 
moradoras de la ciudad del Cid y de la vega con las sin segundas 
flores de los jardines de la izquierda del Turia y de algunos otros de 



596 LOS VALÜTÍCIAKOS PINTADOS POR SÍ MISMOS. 

intra y extramuros. Los alicionados so proveen de ramos que siempre 
tienen á quien regalar entre las bellas del paseo , estas á su vez 
compran también para adornar sus consolas y mesas , y con este 
movimiento la jardinera no para do formar y cspendcr bouqueís, 
sentada detras de su cesta, teniendo en la mano izquierda las flores 
que coloca con la diestra y atándolas con singular maestría. Asi se 
agita ; la mantilla que algunas llevan sobre la cabeza viene con fre- 
cuencia á cubrir el pecho, nuestra lieroina la retira hacia la espalda 
con cierto aire de desden, y este movimiento , al par que el contacto 
de las flores , hacen cubrir sus megillas de grana y represéntase á 
nueslros ojos en el apogeo de su belleza, semejante á Flora en medio 
de sus Estados. 

Pero nuestra heroina no solarae itc so cuida de dar salida á los 
frutos del férül suelo que ayuda á ciiUivar, sino que como coheredera 
de las costumbres y carácter moriscos , es ált.imcnle impresií^nable, 
caritativa en sumo grado y piadosa hasta donde puede serlo el va- 
lenciano. Nuestra protagonista es aficionada á bailes, romerías, y á 
toda clase de fiestas , y muchas veces- en el contrato nupcial hace 
que consto la cláusula de que su marido la ha de llevar á Liria á las 
fiestas del Ángel el 29 ^e Setiembre ; parte gustosa su alimento con 
el necesitado que llega á la puerta de su humilde barraca , y aun 
lo cobija bajo su techo si tiene necesidad de ello , y finalmente 
no aparece oslampila de santo ó santa en manos de un ciego, que no 
compre con toda la fé del mejor creyente para pegarla detras de 
la puerta de su barraca , en la del estudi , en la tapa del arca y hasta 
en los revoltones del techo de su albergue , ni deja de llevar la si- 
miente de los gusanos de seda á la iglesia para bendecirla. 

En fin la valenciana reúne en si las bellezas árabe , griega é 
italiana; es activa y laboriosa como pocas otras provincianas , y ala 
herencia de los dominadores de este pais reúne los encantos que dá 
un clima dulce y benigno y un terreno tan fértil y pintoresco como 
el de los márgenes del ameno Turia. 

«fosé ^apaíer y ligedla. 



flilii. 



TIPOS 



El Valenciano 

El Estercolero , 

El Dulzaiuero. 

La Carabasera , 

El Foguerer 

El Tartanero 

El Clavari de les festes de carrer. 

El Torrentí 

La Peixcaora , 

El Cacahuero 



Págs. 

9 
17 
27 
55 
43 
49 
57 
67 
75 
87 



El Barraquero 95 

El Síndico del tribunal de las aguas 101 

El Cafetero. 109 

La Tostonera f 19 

El Pescador de caña 127 

El Capellán de las rocas 155 

El Chiquet de Sen Visént 141 

El Granerer 155 

El Clavario de gremio 165 

El Terrero 175 

El Torroner. 185 

El Caxadordela Albufera. • • • 195 

El Coloquiero ^05 

ElTranmser. 211 

El Hacendado valenciano 219 

Eí Palleter 225 

La Revendedora 251 

El Cocotero 259 

El Porta violons 249 

El Tamborilero. 257 

El Adornista 265 

La Rifera ; 275 

El Vellutero. 291 

Eí Maderero . 297 

El Obrero del Corpus. . . . .' 505* 

El Corredor de cboyes 515 

El Cohetero. 319 



VÁ roriiiaclicr ,,-;¡ 

El Fiel (ie feclios 7,.';(^ 

El Puellero , ó guisador de sartenes ^/iZ 

La Panollera ."^.ii) 

El Pillet del Mercal 7)fi9 

El Aristócrata valenciano 375 

La Valenciana 387 



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